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sábado, 18 de septiembre de 2010

Los cazadores de cabezas -- Andrés Díaz Sánchez






Andrés Díaz Sánchez
Los cazadores de cabezas


“El éxito es el valor, eso es lo que importa, el coraje en sí mismo, aunque todo lo demás se malogre: eso es el éxito.”
Proverbio tukurio



Iedur corría y jadeaba. Atravesaba raudamente el bosque oscuro, aromático y fresco. Sus pies descalzos volaban sobre hierba, tierra y rocas. Un zorro lo miró con curiosidad tras un matojo de arbustos, una ardilla escapó de su camino y una culebra quedó hechizada por aquella figura musculosa que se movía rápida y enérgicamente.
Tenía dieciséis años y su cuerpo era ya el de un hombre. Podía manejar una espada de guerra y casi había logrado tensar el arco de su hermano Connbraugh.
Era de ojos color verde muy claro y cabello castaño rojizo que caía en grandes mechones sobre sus hombros y espalda alta. Su rostro lucía rasgos severos y agraciados. Varias jovencitas de su aldea se le habían acercado y sonreído, mas él tenía su atención centrada en otros asuntos.
Recordaba a los guerreros, su padre y hermano entre ellos, corriendo a enfrentarse contra los enemigos sobre el valle de hierba y roca. Más de doscientos luchadores irlandeses que peleaban desnudos para demostrar el valor, sólo vestidos por el torque del cuello y armados de espadas, lanzas y martillos.
¡Qué suerte tuvo Cair, su padre, al morir en combate, rodeado de cadáveres, manchado de sangre, rugiendo como una bestia salvaje! Le dolió su muerte por los años que no disfrutaría junto a él, pero se alegraba del honor conseguido y la felicidad que en la Otra Vida estaría experimentando.
Incluso Faedril, su madre, había peleado junto a otras mujeres de la aldea cuando una horda del Norte atacó el poblado. La bella mujer parecía haber sido poseída por Morrigu y Nemain, tales eran su valor y destreza en la batalla.
Mas a él aún no le dejaban luchar con los adultos. Lo consideraban un niño, y eso le dolía. Aquel sufrimiento crecía cuando Aedai se burlaba de él mientras colocaba una flor de almendro en su pelo.
Como cada vez que pensaba en la muchacha, el corazón se le disparó. Prefirió concentrarse en el presente.
Llegó al claro de Bran, el druida. Como otros tantos muchachos, Iedur aprendía de él la sabiduría de la Tierra, el Agua, el Aire y el Fuego, el Conocimiento que sus padres no sabían darle.
La sombra del menhir marcaba la mitad del mediodía. Llegó junto al megalito resoplando. Bran estaba preparando algún brebaje en una olla, cerca de su cabaña. Como siempre que se adentraba en los dominios de Bran, una vaharada de olores exóticos y dulzones embriagó a Iedur.
El druida se volvió y lo miró. Era un anciano de aspecto noble y severo. Vestía túnica parda, impecable, que le llegaba hasta los tobillos. Sus pies estaban enfundados en zapatillas de suave cuero. Siempre portaba un cayado de madera de cedro. Con él llegó a abrir la cabeza de un lobo salvaje. Su figura era delgada y recta como el tronco de un pino. La barba y el cabello grises resultaban impresionantes incluso para aquellas gentes, que dejaban crecer sus cabellos sin pudor. Sobre una nariz afilada e inquisitiva había dos ojos de color azul metálico, inteligentes, profundos y tranquilos.
-No quieres aprender, Iedur -dijo el druida con su grave voz-. Si una nutria no aprende a nadar se hunde. Si un hombre no aprende lo que es importante no pasará de ser un necio hasta el fin de sus días.
-Lo siento, Bran -gimió Iedur, apesadumbrado.
-¿A qué se debe la tardanza?
Iedur estuvo a punto de inventar una historia, pero recordó las enseñanzas:
mentir era la peor de las faltas, del que mentía todos se apartaban, incluso negándole durante días la palabra. Decidió sincerarse.
-Yo... Estuve hablando con Aedai.
El druida casi sonrió.
-Ah... Aedai. Una jovencita inteligente. Uno de mis mejores alumnos. Ayer me dijo que hoy llegarías tarde.
Iedur enrojeció a causa de la ira.
-Sus predicciones suelen ser acertadas -siguió el anciano, cada vez más divertido-. También es cierto que ella se preocupa mucho de que las cosas sucedan como espera que sucedan.
El anciano recuperó la adustez.
-Comencemos las enseñanzas. Hoy aprenderás muchos nombres de hierbas y plantas, su aspecto, localización y usos.
Iedur dejó caer los hombros desanimado.
-¡Vamos, vamos! -replicó el druida-. Imagina que en el futuro eres un guerrero poderoso, perseguido por tus enemigos en un bosque desconocido. Estás herido y débil. Debes saber qué hierbas cerrarán tus heridas y te proporcionarán fuerzas para seguir luchando.
Iedur abrió mucho los ojos, su mente dispuesta para aprender. Bran era un druida muy viejo y sabía cómo estimular a sus alumnos.
Pasaron dos horas estudiando la fauna y la flora boscosa. Cuando terminó la clase almorzaron juntos. Comieron queso fresco con miel, jabalí asado (a pesar de su edad, Bran era un excelente cazador), almendras y caldo de hierbas.
Bebieron cerveza y leche muy fría.
Iedur miró a Bran con el ceño fruncido.
-Maestro, tú que lo sabes todo, dime cuándo me permitirán mi madre y mi hermano combatir contra las tribus rivales. Connbraugh tiene ya en su habitación más de quince cabezas embalsamadas. Algunas las ganó cuando tenía mi edad. Mi madre también posee un trío de testas en su cuarto.
-Recuerda que aquellos eran tiempos más duros. Los clanes del Sur peleaban contra los del Norte, los de Cor- n-Tyr intentaron invadir nuestro territorio y
todas las tribus de la Gran Región debieron unirse para rechazarlos. Ahora hay paz, aunque las batallas se suceden de vez en cuando. Estoy seguro de que pronto podrás lucirte en una contienda.
-¡Seré como Cúchulainn! -bramó el joven-. ¡Los enemigos caerán degollados a mis pies y moriré peleando!
Bran rió. No reprendió a Iedur. Sería ir en contra de las Leyes Naturales reprimir un fuerte carácter juvenil. Además, la comunidad necesitaba guerreros que la protegieran de los enemigos, ya fueran invasores o invadidos.
-Medita mucho antes de entrar en combate -aconsejó el anciano-, pero si lo haces gana o muere. Arrasa como el huracán a tus enemigos y trae el mayor número posible de cabezas. Tu pueblo y tu familia te lo agradecerán. El que no devuelve el ataque es un necio, el que no defiende lo que tiene no merece tenerlo.
Iedur asintió con fuerza.
Transcurrieron dos horas más de clase, centradas en el estudio de la fauna y la flora. Iedur asimilaba los conocimientos con rapidez, pues era un joven inteligente.
Cuando acabaron, Iedur se despidió de su maestro. El severo Bran hubo de reprimir una sonrisa mientras contemplaba la alegre marcha de su alumno favorito.
Iedur sentíase excitado. Bran le había dejado irse excepcionalmente pronto. Aún tenía tres horas libres antes de acudir a la aldea, donde ayudaría a su madre y hermano en las faenas de la casa y el huerto.
Volvió a preguntarse cuándo le dejarían luchar. Deseaba cortar cabezas enemigas.
Se imaginaba agarrando por las melenas un puñado de testas rivales, quizá pertenecientes a los Comcrach o los Finn. Las colgaría del tejado de su cabaña para que todos en la aldea supieran lo valiente y fuerte que era Iedur, el guerrero.
Además, también quería que Aedai le admirara. ¡Aedai! Aún podría verla esa misma tarde, realmente lo deseaba. Se detuvo de pronto. ¿Era bueno que un guerrero ocupara su tiempo libre en frívolas charlas con una muchachita? Aquel dilema siempre lo acuciaba tras reunirse con la joven. De algún modo, intuía que las mujeres apartaban al hombre de su deber, que era la guerra.
Aquella mañana, antes de ver a Bran, Iedur había estado con Aedai.
-¡Seré un luchador famoso! -había dicho él, muy serio-. ¡Cabalgaré junto a Morrigu y Nemain!
Aedai, sobre una de las grandes rocas al borde de la catarata, rió alegre y burlonamente. Aunque no pasaba de los quince años la túnica que se ajustaba a su espigada figura ya dejaba ver sinuosas curvas. Miró con sus profundos ojos negros a Iedur, quien se afanaba por seguirla saltando sobre las húmedas rocas.
A su izquierda se abría una caída de veinte metros. En la base de la cascada, espuma brillante y afiladas piedras. A su derecha, el agua helada corría lánguidamente hasta precipitarse por el borde.
El cabello de Aedai era aún más oscuro que sus negrísimos ojos, muy liso. Le caía espesa y aterciopeladamente hasta la cintura. La muchacha giró su cabeza bruscamente. Su pelo trazó una onda mágica en el aire.
-¡Seguro! ¡Un gran guerrero! -se burló, mirando pícaramente a Iedur. Los rasgos eran finos, bellísimos. La nariz algo respingona denotaba un carácter curioso, vivaracho, incisivo.
Iedur se sobresaltó. Seguir a aquella chica resultaba peligroso. Ella era un ser de la Naturaleza y brincaba ágilmente sobre altísimas ramas y desfiladeros o se internaba sin herirse a través de espesos zarzales. A pesar de su belleza, muchos chicos habían rehusado cortejarla porque ello resultaba perjudicial para la salud. No era el caso de Iedur, quien, a pesar de los hematomas, cortes y arañazos se negaba tozudamente a perderla de vista..
El chico, apretando los dientes, miró desafiantemente a Aedai y saltó a una nueva piedra. Ella rió.
-Primero tendrás que ayudar a tu madre a limpiar tus habitaciones y después sacar brillo a las armas de tu hermano.
-¡Te equivocas! -rugió Iedur. De tres temerarios saltos llegó hasta Aedai e intentó agarrarla. La muchacha salió corriendo y se internó en la fresca espesura.
Al poco, la halló recogiendo moras de un zarzal. Iedur se preguntó, al contemplarla, qué clase de hechizo hacía posible la atracción que sentía hacia ella mientras despreciaba o esquivaba distraídamente al resto de las jovencitas.
-A veces pienso que eres una dríade que un hada dejó en la puerta de tu casa -dijo Iedur-. Tus padres, compadecidos, te recogieron y criaron como a una hija, pero seguramente no eres humana. A vedes pienso que me estás embrujando.
La chica sonrió placenteramente.
-A veces yo pienso que eres un jabalí con aspecto de hombre -ella lo miró burlona y desafiantemente-, un jabalí torpe y desmañado que hociquea entre el barro.
Él quedó quieto, mirándola a los ojos, embelesado por su belleza. Ella, nerviosamente, apartó la vista.
-Iré a nadar a la costa esta tarde.
-¡No vayas! -en la voz de Iedur había genuina preocupación-. Últimamente se ha visto a los hermanos Finn por esa zona. Ya sabes que raptan a las jóvenes para hacerlas sus esclavas. Son nuestros enemigos.
-¿Temes por mí? -Aedai sonreía, llena de placer y burla.
-Sí -dijo Iedur, algo incómodo. No sabía mentir. La sonrisa de Aedai se abrió aún más. Iedur, en un arrebato inexplicable, sacó la pequeña cuerda de su zurrón e hizo una lazada en ella.
-¿Qué haces? -inquirió Aedai.
-Voy a ponerte un lazo al cuello. Así no te escaparás.
-¿Harías eso? -Aedai se le acercó, sus ojos chispeaban traviesamente.
-Por supuesto -Iedur le colocó el lazo en el delgado y blanco cuello. Apretó el nudo sobre la fina garganta. Ella frunció levemente el ceño, pero no se apartó ni borró su sonrisa. Iedur tenía el otro extremo de la cuerda en su diestra.
-Eres una fierecilla y debes ser domada -dijo severamente el muchacho. Tiró levemente de la cuerda y ella se le acercó hasta que sus cuerpos se tocaron. Los ojos de la muchacha se entrecerraron y clavaron en los de Iedur.
-Ahora no te separarás de mí -dijo el chico, sintiendo que se hundía en aquellas dos negras profundidades-. Irás donde yo vaya, te domaré como a un potro salvaje o un perro desobediente -afirmó, con el ceño fruncido.
-Iría contigo hasta el fin de la tierra -contestó ella, sonriendo dulcemente, acercando sus labios a los de Iedur-. Prometo que obedeceré todas tus órdenes sin protestar...
Iedur la ciñó con firmeza por el talle y se besaron. Para los dos era el primer beso. Si los padres de ambos los sorprendieran en aquel momento los azotarían tantas veces que no se podrían sentar en al menos ocho días.
De pronto, Iedur sintió un escalofrío. Otra vez aquel pensamiento angustioso:
¿acaso las mujeres no apartaban al guerrero de la guerra, acaso no lo conducían a una vida sedentaria, a una cabaña llena de niños gritones? De nuevo la
maligna contradicción. Tal vez Aedai fuera realmente una hermosa elfa que le estuviera conquistando para su propio provecho. Si caía en su embrujo podía despedirse de la fama y la gloria.
La apartó violentamente de su lado.
-¿Qué haces? -preguntó Aedai, enojada.
Iedur se alejó hacia atrás, trastabillando.
-¡Me estás embrujando! ¡No caeré en tus redes! -gritó.
Aedai, furiosa, lo acribillaba con la mirada. Los ojos se le tornaron húmedos.
-¡Estúpido! -increpó. Se sacó la cuerda del cuello y la arrojó al suelo. Dióse la vuelta y se fue, caminando con aire orgulloso.
Iedur seguía muy inquieto. Esbozó una sonrisa. Se sentía victorioso.
De pronto, la alegría se esfumó y se vio a sí mismo como un niño tonto y supersticioso. Ahora, tras su error, nunca volvería a ver a Aedai, y aquel pensamiento, extrañamente, le causaba un gran dolor.
Apesadumbrado, echó a andar sin rumbo fijo. Entonces, dióse cuenta de la posición del Sol y recordó su cita con el druida Bran. Echó a correr.
Ahora, muchas horas después, también corría. Pensaba reunirse con Aedai y pedirle disculpas. Habría de reconocer su torpeza, pero quería seguir siendo su amigo. Comprendió que realmente disfrutaba en compañía de la chica.
Al llegar al claro donde solían reunirse lo encontró solitario. Se sentó en una roca junto al riachuelo, que por allí transcurría rápidamente. Comenzó a lanzar piedras contra una gran roca, como tantas veces cuando tenía tiempo libre y se aburría. Estaba dispuesto a esperar.
Una hora después, seguía lanzando piedras. Deseaba que Aedai llegara. Nunca le había hecho esperar tanto, aquella reunión era prácticamente una costumbre para los dos.
Mientras observaba su piedra número quinientos ochenta y cinco impactar certeramente en el blanco, recordó lo que Aedai le había dicho: que aquella tarde iría a la costa. Él lo había tomado por un comentario sin sentido. Pero tal vez ella, en su enfado, habíase alejado tan hacia el Norte para contemplar, como solía hacer, el mar desde los acantilados...
...Los mismos por los que pululaban los hermanos Finn.
Soltó la piedra que tenía en la mano y echó a correr a través de la espesura.
Sentía un gran temor en su pecho.
Llegó a la aldea como una exhalación. Los que le vieron no se extrañaron de su comportamiento, pues Iedur era un joven que no podía estarse quieto. Al fin y al cabo, había nacido bajo los signos del fuego: la salamandra como animal y el manzano como árbol.
Llegó a la cabaña sin resuello. Su hermano Connbraugh apuraba una cerveza mientras fabricaba flechas a partir de una gruesa vara de fresno.
-¿Qué te ocurre, muchacho? -preguntó Connbraugh. Le sacaba cinco años a Iedur.
Su rostro ancho y anguloso sonreía. Era, al igual que Iedur, ancho de hombros y estrecho de caderas. También lo perseguían las chicas, aunque él cortejaba a una sola, Aila, la de la larga trenza.
Iedur estuvo a punto de contarle a Connbraugh sus temores. Si lo hiciera, muchos varones del pueblo (entre ellos los hermanos y el padre de Aedai) saldrían en busca de la joven armados y dispuestos a enfrentarse a los Finn si se daba el caso.
-No pasa nada, hermano -contestó Iedur, aún jadeante-. Estaba probando la velocidad de mis piernas.
Connbraugh lanzó una carcajada y siguió con su tarea.
Iedur salió de la cabaña, dio la vuelta a la misma y, tras asegurarse de que nadie le descubriría, se metió por el ventanuco de la habitación de su hermano.
En el cuarto había múltiples cabezas enemigas embalsamadas y ordenadas cuidadosamente sobre estanterías. También lucían en la sala varios escudos, un arco de madera de tejo, cuchillos de diferentes tamaños y una espada corta que perteneciera a su padre Cair y después a Connbraugh. También había un baúl para guardar las vestimentas y una larga cama, de cuyo cabezal pendía una resplandeciente trenza dorada, regalo de Aila, la prometida de Connbraugh.
Con el corazón latiendo desbocadamente, Iedur se colocó al cuello el torque guerrero de su hermano. Tomó la espada corta, metida en su funda de cuero duro, y la colgó de su espalda. Cogió dos cuchillos largos como su antebrazo, los envainó y sujetó al cinto de su cadera. Si Connbraugh entrara en ese momento en el cuarto sin duda lo despellejaría vivo.
Tras asegurarse de no ser visto salió otra vez por la ventana y huyó del poblado, escondiéndose de los locales e internándose enseguida en la espesura.
Echó a correr hacia el Norte con una firme convicción: si Aedai estaba en peligro la salvaría él, y sólo él.
Al cabo de una hora de veloz carrera salió de los bosques y vio la línea de acantilados. El aire estaba cargado de salitre. Iedur lo respiró con fuerza. Aún faltaban más de dos horas para que el Sol se pusiera. Esperaba encontrar a Aedai antes de que las sombras poblaran el mundo. El torque de acero inclinaba levemente su cabeza. En un principio le habían dolido horriblemente los músculos del cuello, pero al poco habíanse acostumbrado al peso extra.
Corrió veloz sobre una pradera de rocas e hierba húmeda y llegó al borde del precipicio.
Treinta metros más abajo, las olas chocaban contra los rompientes deshaciéndose en espuma. Buscó con la vista. Ojalá encontrara a Aedai. La tomaría de las muñecas y, aunque hubiera de llevarla a rastras, la devolvería al poblado. Había oído historias acerca de los hermanos Finn y temía por la suerte de la chica.
Comenzó a descender por un camino de tierra dura y fría que serpenteaba por entre los taludes de roca. Muchas veces lo había recorrido en compañía de Aedai y lo conocía de memoria.
Llegó hasta las primeras rocas. El mar no estaba encrespado aquel día, las olas no superaban los farallones. Aún así, Iedur debía caminar con cuidado sobre ellos, pues eran sumamente resbaladizos. Se dirigía a una de las múltiples cuevas donde sabía Aedai gustaba de recoger conchas y caracolas.
Ante él, quince metros al frente, apareció una figura oscura. Emergía de una cueva. Era un hombre de aspecto sucio, vestido con pieles de lobo y oso. La melena le caía desgreñada sobre la espalda. Era enorme. De su cadera pendía una larga espada envainada. Estaba de espaldas a Iedur.
El chico se lanzó al agua antes de que el desconocido se volviera.
El líquido estaba helado. Las olas lo llevaron cinco metros mar adentro. Una onda llegó en dirección contraria y lo estrelló contra una enorme roca. Los gruesos músculos de Iedur aguantaron el choque. Se aferró desesperadamente a un hueco en la piedra. Con dificultad, helado hasta los huesos y sufriendo por el peso de la espada corta y el torque, se encaramó a una roca superior. Tenía el pelo rojizo empapado y los mechones se le pegaban al rostro.
No vio al hombre vestido con pieles. Supuso que se había metido de nuevo en la gruta de la que saliera. El muchacho avanzó sigilosamente entre las rocas.
Llegó a las cercanías de la cueva, que se abría como las fauces de un gigantesco monstruo. Escondido tras unas piedras, vio allá dentro a cuatro hombres semejantes al anterior, aunque no tan grandes. Comían peces, cangrejos y el fruto de las caracolas. Sorbían los caparazones ruidosamente, absortos en su tarea. Portaban armas: mazas, machetes y espadas. Al fondo, un poco más apartada del trío, estaba Aedai. La chica los miraba con ojos temerosos mientras raspaba con un pequeño cuchillo un pescado. A su derecha había un cesto lleno de otros muchos. Al parecer, su tarea consistía en quitarles las escamas.
Uno de los tres, el de la maza, se volvió para mirarla. Lucía una expresión atroz. Aedai retrocedió un paso, los ojos desorbitados. También Iedur sintió escalofríos al observar aquel rostro salvaje y maligno.
-¡Más deprisa, estúpida! -bramó el tipo-. ¡Antes de que caiga el Sol debes tener limpios todos los pescados!
Agarró una piedrecilla del suelo y la lanzó hacia Aedai, quien la esquivó ágilmente. La chica tenía ya dos moretones en su fina frente.
Iedur supuso que aquellos eran los Finn. Se decía que vivían muy al Norte, pero bajaban hacia el Sur para pescar y cazar animales salvajes. Nadie los amaba.
Solían robar personas perdidas, en su mayoría jóvenes que esclavizaban o entregaban a tribus lejanas a cambio de alimentos y metales. Eran itinerantes y muy escurridizos. Por eso no se les había atrapado aún. Cuando no cazaban o pescaban solían emplearse en las guerras entre diferentes clanes a cambio de comida y alojamiento.
Apareció aquel que ya conocía Iedur. Introducía su miembro viril bajo las pieles y se limpiaba la orina de la mano en el muslo.
-¡Acabad! -rugió-. ¡Hemos de irnos antes de que empiecen a buscar a la chica!
-Aguarda, Corm -pidió uno de los comensales-. Aún nos quedan unos pocos cangrejos...
Corm se le acercó y de una patada hizo volar el cangrejo entre sus manos. El golpeado encogió los hombros, resignado. Sus hermanos le imitaron. Aquel grupo parecía más una pequeña manada de alimañas que una familia. Sin embargo, sin alguien que impusiera (aunque fuese brutalmente) el orden entre tales bestias, poco durarían con vida, tan odiados como eran.
-¡Puerca! -llamó uno de los Finn a Aedai. Ella lo miró, angustiada-. ¡Recoge los cangrejos y los peces en un saco y síguenos!
Aedai obedeció rápidamente. Iedur vio que por los ojos de la chica cruzaba un rayo de furia. “¡No lo hagas, Aedai!”, pensó.
Pero la joven, aún con el cuchillo de raspar pescado en su diestra, llegó corriendo hasta el que le había dado la orden.
-¡Cuidado, Taugh! -rugió Corm.
Aedai clavó el cuchillo en el costado del aludido. Pero el arma era pequeña y las pieles que cubrían al hombre muy densas. Taugh aulló, más de sorpresa que de otra cosa, se volvió y abofeteó a Aedai dos veces. La chica quedó sin sentido.
-¡Déjame castigarla, Corm! -otro de los Finn cogió a Aedai del pelo. La chica despertó y chilló de dolor.
-¡No, Medb! -bramó Corm-. Ya habrá tiempo para eso después. ¡Vámonos!
Taugh se frotaba el costado y miraba asesinamente a Aedai. Medb la soltó. La chica sollozaba quedamente y pronto continuó su tarea de recoger cangrejos y peces semidevorados.
Iedur sintió que la sangre le hervía en las arterias. Ahora era el momento:
debía lanzarse a la lucha, pelear como Cúchulainn contra los Cien Combatientes y cortar las cabezas de los cinco Finn. Su destino estaba al alcance de la mano.
Con el corazón golpeándole el pecho, Iedur desenvainó silenciosamente la espada y se desvistió, dejando sobre su cuerpo tan sólo el torque y el cinto con los dos cuchillos. Pelearía desnudo, como los mejores guerreros, para probar su coraje.
De pronto, sintió que sus miembros estaban paralizados. Se negaban a obedecerle, a lanzarlo hacia la batalla. Estaba temblando, no podía mover un solo músculo.
Sentía miedo. Miedo a la victoria, miedo a la derrota, miedo a la muerte. Todas sus esperanzas y deseos estaban siendo frustrados cruelmente por el miedo. La vergüenza enrojeció su rostro. Quería reaccionar, mas el terror lo mantenía paralizado. No podía cruzar la Barrera del Miedo. Hizo un esfuerzo de voluntad, concentró todo su ser en el deseo de batalla y gloria. Pero ellos eran cinco, más expertos y fuertes que él. Lo matarían, y matarían también a Aedai. No era digno de ella. Era tan sólo un despreciable cobarde. Un niño. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
Espontáneamente, y antes de poder darse cuenta del hecho, saltó sobre las rocas y corrió hacia Medb, el Finn más cercano, quien masticaba distraídamente un pez crudo. Iedur gritó escalofriantemente. Su rostro era una máscara de locura. Medb fue asesinado, la espada de Iedur hendió su garganta y quebró la columna vertebral, surgiendo por la nuca. Los ojos se le desorbitaron. Intentó gritar,
pero tenía las cuerdas vocales cortadas. Iedur sacó la hoja de su vaina humana.
La primera sangre que derramaba cayó sobre su propio pecho. Medb, chorreando el líquido vital, se agarró el cuello escarlata. Cayó al suelo, muerto.
Iedur, aún sorprendido de su valor, miró la hoja brillante y contempló su rostro reflejado en la sangre.
-¡Cuidado, Iedur! -era la voz de Aedai.
El joven desnudo salió de su ensimismamiento. Sualtaim y Aillil, dos más de los hermanos Finn, se le venían encima. Uno portaba una maza de piedra, el otro dos machetes largos. Eran fuertes y estaban encolerizados. Mas Iedur poseía agilidad y un talento natural para las armas. Había practicado durante incontables horas con espadas de madera. Aun así, un combate real era muy distinto de un entrenamiento.
Iedur saltó hacia atrás, sus desnudos pies, ya en carne viva, volvieron a herirse al asentarse en las afiladas rocas. Un machete de Aillil le tajó levemente el brazo. Iedur comenzó a sangrar. Esquivó el segundo machete y
automáticamente, sin brusquedad, coló su cuerpo bajo el brazo de Aillil al tiempo que clavaba la espada en el muslo del Finn. Éste rugió y se apartó de un salto lateral.
Sualtaim se le acercó blandiendo su maza de piedra. Lanzó un golpe de revés que arrancó levemente la oreja del cráneo de Iedur. El muchacho habíase apartado a un lado y gracias a eso la maza no había hecho volar su cabeza entera. El dolor chillaba furiosamente, la sangre manaba a pequeños borbotones de la oreja deformada, manchando pecho y hombro.
Sualtaim se disponía a golpear otra vez con su maza. Iedur trastabilló y se apartó hacia atrás. La maza pasó como un jirón gris y borroso a dos dedos de su rostro. El chico imaginó que el enemigo era una roca a la que lanzar una de sus piedras. Desenvainó el cuchillo y desde su mano voló, clavándose en la nariz del Finn. La hoja atravesó levemente el cráneo, sin llegar al cerebro.
Sualtaim aulló y se arrancó el cuchillo, tirándolo al suelo. De su tabique nasal roto comenzó a manar sangre. Iedur sacó el otro cuchillo y lo lanzó. Esta vez, la hoja impactó certeramente en la garganta del Finn, quien se derrumbó enseguida junto a Iedur.
Aillil se agarraba la pierna herida con la mano derecha, intentando detener la hemorragia. Miraba a Iedur con un odio capaz de taladrar las piedras.
-¡Matadlo! ¡Matadlo! -rugía Corm, el hermano mayor. Aedai, a su lado, contemplaba con ojos desorbitados la escena. Iedur la miró, y luego se volvió a Taugh y Aillil, quienes ya venían en su busca y dispuestos a hacerle pedazos.
Iedur no dudó. Saltó hasta el cadáver de Sualtaim, recuperó sus dos cuchillos, apartó rápidamente la sangre que bañaba su rostro con el antebrazo y lanzó uno a Aillil.
El Finn trastabilló, mirándose el abdomen. Por entre las pieles surgía el mango del cuchillo. Iedur alzó el otro, dispuesto a lanzar. Los ojos de los Finn se abrieron a causa del terror y retrocedieron gritando y buscando un escondite.
Iedur los contempló, algo sorprendido. No debería extrañarse tanto, el cuchillo entre sus manos de experto tirador era un arma muy peligrosa.
Corm aún se mantenía en pie, sujetando por un brazo a Aedai. Sus dos hermanos permanecían agazapados tras las rocas.
-¡Has matado a mis hermanos Medb y Sualtaim! -rugió Corm, fuera de sí-. ¡Vas a morir!
Desenvainó su espada, larga y recta. Miraba a Iedur con odio, pero también con respeto.
Iedur envainó el cuchillo arrojadizo. Agarró su espada a dos manos. Los dos sonrieron torvamente. Sería un duelo honorable, a muerte. Iedur deseó que su hermano Connbraugh pudiera contemplarle en aquellos momentos. El muchacho, desnudo y sangrante, se rió de la vida y la muerte.
Corrieron el uno hacia el otro. Corm rugió y descargó un mandoble. Iedur lo paró con su espada. El impacto sónico casi lo dejó sordo. Sintió la destructora vibración subir hasta el hombro. Aun así, y a pesar de su corta edad, su cuerpo era ya el de un hombre y como un hombre aguantó. Lanzó un revés y una estocada, su espada resbaló rechinantemente sobre la hoja de Corm. El Finn gruñó, sorprendido. Había esperado luchar contra un cachorrillo y ahora tenía frente a sí un lobo sediento de sangre.
Iedur redobló sus ataques, acostumbrándose rápidamente al dolor que producían las vibraciones resultantes entre los aceros. Recordó a su padre Cair, muerto en combate. Una rabia brutal se apoderó de él. Atacó como un poseso, hasta el punto de hacer retroceder al asombrado Corm.
-¡Deja en paz a mi hermano o la mato! -Taugh agarraba a Aedai por el pelo. La chica chillaba, dolorida y aterrorizada. El Finn, furioso mas también asustado alzaba su maza sobre la cabeza de Aedai. Junto a ellos se encontraba Aillil, quien había sacado el cuchillo de su abdomen. Las gruesas pieles le habían salvado de la muerte.
-¡No! -rugió Corm-. ¡Es un combate legal! ¡No interfieras!
Iedur respetó profundamente a Corm.
-¿Y si te mata? -argumentó Taugh-. ¡Deja que acabemos entre todos con él, es sólo un chiquillo!
-¡Es un guerrero! -bramó Corm-. ¡Quiero su cabeza y la tendré en una lucha legal!
El pecho de Iedur se infló. Sintió un ramalazo de orgulloso placer.
-¡Yo también quiero la tuya! -intervino el chico-. ¡Y las de tus hermanos muertos! ¡Los he matado en combate justo!
-Tendrás sus cabezas si me vences a mí, y después a ellos -Corm señaló a Taugh y Aillil.
-De acuerdo -Iedur se agarró la oreja deformada con una mano. Ahora la sangre manaba más débilmente. Le resultaba imposible oír por ese lado. Supuso que le habían destrozado el oído-. Pero lucharéis de uno en uno.
-Me parece justo -concedió Corm.
-¡Pero...!
-¡Cállate de una vez, Taugh! ¡Tus gimoteos me dan dolor de cabeza!
El aludido enmudeció. Corm alzó orgullosamente la barbilla e infló su enorme pecho.
-Hoy, aquí, demostraremos que los Finn tenemos honor.
Iedur y Corm giraron uno alrededor del otro, observándose en silencio. Las olas del exterior ahogaban los quedos sollozos de Aedai. La chica contemplaba con genuina preocupación a su antiguo compañero de juegos, convertido ahora en sangrante guerrero.
Corm atacó, Iedur paró el golpe. Ya las muñecas no le dolían tanto a causa de las vibraciones y sentíase más confiado. Hubo un intercambio de golpes. Iedur pasó al ataque. Su cerebro gritaba una sola voz:
¡MATARLO!¡MATARLO!¡MATARLO!...” No podía ni quería pensar más que en ello. Recuerdos y esperanzas desaparecieron de su cabeza. Se estaba jugando seriamente la vida y debería concentrar alma, cuerpo y sentidos en el combate.
Corm retrocedió, espantado. Iedur poseía un talento natural para atacar en el lugar más desprotegido de su defensa y enlazar severos y bien dirigidos golpes.
El mayor de los Finn comenzaba a asustarse. Comprendía que aquel chico tenía el potencial necesario para llegar a ser un héroe épico.
Corm rugió y cargó con todo el cuerpo. Las espadas se trabaron, el Finn lanzó a Iedur al suelo. La espalda desnuda probó las cortantes aristas de roca. Se levantó instantáneamente sobre los sangrantes pies.
Iedur comenzaba a resentirse por la pérdida de sangre. Estaba mareado.
Trastabilló. Corm cargó otra vez. De nuevo paró el golpe, el Finn lo empujó y el joven probó en su cadera la dureza de las piedras húmedas. Corm alzó la espada, gritando. Tenía el rostro de un loco sediento de sangre. A su espalda una ola estallaba contra las oscuras rompientes y se deshacía en lluvia de espuma.
Iedur paró varios golpes terribles. Corm lo atacaba sin piedad, el chico se apartaba o defendía débilmente, las vibraciones restallaban en todo su cuerpo amenazando con hacerle estallar la cabeza.
Ahora hallábanse en una zona de rocas romas muy resbaladizas. Los pies de Iedur tenían plantas rojas y sin piel. Habíanse endurecido como cuero seco y se asentaban con mayor seguridad que las botas de Corm. Iedur decidió aprovechar la oportunidad:
-¡No eres más que un cobarde, tu padre lo fue más aún, y tu abuelo os superó a los dos!
Para un celta, ser llamado cobarde era el peor de los insultos, pues amaban el coraje y el valor por encima de todas las cosas. Normalmente, el verse superado numéricamente en una proporción enorme no era excusa para abandonar la batalla. El que un guerrero muriera por efectuar una acción temerariamente suicida no escandalizaba a nadie, sino todo lo contrario: a sus familiares se les trataba con respeto y todos contribuirían con gusto a su manutención. Aunque el muerto hubiera sido en vida arrogante, cruel, vengativo y maligno, si su final fue valeroso el que hablara mal de él sería severamente castigado.
Así pues, las pullas del muchacho enloquecieron a Corm. El Finn se lanzó al ataque como un toro furioso, descuidando sus movimientos. Sus botas resbalaron, perdió el equilibrio y agitó los brazos en el aire.
Iedur rió al ver el hueco gigantesco en la defensa del gigante y saltó hacia él.
Su espada se hundió en el esternón hasta la empuñadura. Los dos se desplomaron, la espada de Iedur pinchó en el suelo de piedra y se partió.
Corm soltó su arma, se debatió y agarró el hombro de Iedur.
-Me has vencido -musitó. Sonrió-. Enhorabuena.
Iedur se levantó, sacando del cuerpo caído la espada asesina, ahora de color escarlata, rota. Cogió el otro fragmento. Trató de unirlos. Tenía los ojos húmedos. Aquella fue la espada de su fallecido padre y con ella también peleó su hermano Connbraugh. Las lágrimas fluyeron.
Corm, en el suelo, a punto de morir, canturreaba una canción montañesa.
A Iedur le temblaban las rodillas. Guardó en la vaina el fragmento superior de la espada. El otro lo empuñó a dos manos.
Tough, Aillil y Aedai lo miraban en silencio. En los ojos de los dos hermanos había genuino terror.
-¡No te acerques! -gritó Taugh. Cogió de nuevo a la chica por el pelo-. ¡La mataré!
-¡Sois despreciables! -bramó Iedur, con voz ronca y ojos enrojecidos. Señaló con la espada rota a Corm, cuya mirada ya era vidriosa-. ¡No merecéis llevar su sangre!
Aedai cambió su expresión asustadiza por otra, iracunda. Metió la mano bajo las pieles de su captor. Taugh dobló rodillas y tronco. Perdió el equilibrio, debilitado. Tenía los ojos desorbitados. La maza cayó al suelo encharcado.
Gritó, y más aún cuando Aedai retorció su presa en la entrepierna de Taugh. Éste se desplomó, chillando de genuino dolor, con las manos en la ingle.
Aedai lo soltó y echó a correr hacia Iedur. Una sonrisa salvaje se abría en su rostro manchado de lágrimas secas.
-¡Vamonos! -exclamó. Abrazó a Iedur con fuerza, hundiendo su rostro en el pecho pegajoso y rojo del muchacho-. ¡Vámonos, por favor!
-No puedo -respondió él, rodeándola con sus brazos-. Se lo prometí al mayor de los Finn.
Aedai lo miró fijamente.
-No. Prometiste luchar contra ellos de uno en uno. ¡Obsérvalos! ¡No son honorables! No pelearán de forma limpia contra ti. Te combatirán juntos, engañándote y usando todo tipo de tretas.
Aillil ayudaba a su hermano a levantarse del suelo. Taugh, aún con un rictus de dolor brutal en su rostro, poco a poco recuperaba la compostura.
-Llevas razón -dijo Iedur-. No respetarán las reglas -deseaba luchar contra ellos, pero... ¿qué sería de Aedai si perdía la batalla? En ella descargarían toda su ira y su frustración. Le resultaba muy difícil decidirse.
Aedai lo miraba, desesperada e implorante. Apretaba aún más su cuerpo contra el de él.
-Vámonos -decidió Iedur. La tomó de la mano y ambos echaron a correr hacia el exterior de la cueva.
Las olas barrían los rompientes, la espuma salpicó sus cuerpos. Iedur agradeció la gelidez del agua salada que se colaba por sus heridas, limpiándolas, lo libraba de la pegajosa costra sangrienta y despertaba sus atontados sentidos.
Saltaron sobre las rocas hasta llegar al pie del sendero de tierra. Comenzaron el ascenso. Iedur resbaló y se raspó el vientre desnudo al caer unos metros sobre el sendero de dura arena. Clavó los dedos en ella y siguió subiendo.
Taugh y Aillil, salvajemente airados, comenzaron el ascenso. El viento cortante levantaba sus pellizas de piel, barbas y melenas. Taugh, ya recuperado, marchaba el primero. El muslo herido de Aillil volvía a sangrar.
La escalada resultó muy dura. Iedur empleó sus últimas fuerzas en llegar a la cúspide. Atontado por la pérdida de sangre, exhausto a causa de la batalla, se desplomó en el suelo de hierba, tierra y piedras. Trató de levantarse, mas no pudo. Respiraba silbantemente, sentía el aire helado acuchillando sus ardientes pulmones. Aedai llegó a su lado y lo miró, desesperada.
-Vete... -logró decir Iedur.
Ella miró hacia abajo, a los dos hermanos que ya pronto los alcanzarían. Se volvió hacia el bosque, tras cien metros de pradera. En la espesura no la encontrarían. Miró a Iedur, tirado en el suelo, incapaz de levantarse y a punto de vomitar. Se mordió el labio superior.
La chica cerró sus puños con fuerza y de dos pasos llegó al borde del precipicio. Los Finn estaban a tan sólo diez metros de la cúspide.
-¡Te cogeremos, furcia! -bramaba Taugh, fuera de sí a causa de la rabia-. ¡Vas a sufrir mucho por lo que me hiciste allá abajo! ¡Y a tu amigo lo vamos a despellejar vivo!
Aedai agarró una piedra maciza tan grande como su propia cabeza. Con esfuerzo la levantó por encima de sus hombros.
-¡Tú eras el que más me pegaba! -acusó, bufando como una gata salvaje-. ¡Cállate de una vez!
Lanzó la piedra. Taugh levantó una mano para protegerse. El proyectil alcanzó su antebrazo y rodó por su pecho. El Finn perdió el equilibrio y se precipitó acantilado abajo. Aillil se había apartado hacia la derecha, esquivándolo. El cuerpo rodó e impactó de cabeza contra una roca del fondo.
Aillil miró a su hermano muerto. Luego a Aedai. La chica contemplaba incrédulamente sus manos. El Finn rugió salvajemente y escaló a la carrera los últimos metros. La muchacha buscó otra piedra, aterrorizada. Aillil llegó hasta ella y alzó su maza de madera, dispuesto a hundirle la cabeza entre los esbeltos hombros.
Iedur se interpuso entre ambos. El muchacho habíase recuperado, aunque todavía estaba mareado. Tenía manchas de vómito en su mejilla. Cargó sobre Aillil.
Éste golpeó con su maza en sentido ascendente. Alcanzó a Iedur en el muslo izquierdo y el muchacho gritó, con la pierna entumecida y doliente. Iedur atacó con la espada, la cual se clavó en la maza, quedando allí encallada. Iedur tironeó, mas no la logró sacar. Aillil volteó el arma, quitándole la espada al muchacho de las manos.
-¡Devuélvemela! -rugió el chico. Se lanzó sobre Aillil y, antes de que éste pudiera reaccionar, los dos puños volaron sobre su rostro rompiendo un pómulo y una ceja. Aillil quedó atontado, sostenido por dos piernas vacilantes. Cayó al suelo.
Iedur agarró la maza y tiró de su espada hasta sacarla de la madera. Aillil ya se levantaba cuando el chico le clavó el arma en la espalda varias veces.
El último Finn quedó en el suelo, moribundo. Iedur lo contemplaba como un borracho. Aedai lo sostuvo cuando ya caía, mas no pudo soportar aquel corpachón musculoso y ambos acabaron abrazados sobre la hierba, incapaces de hacer nada más que permanecer tumbados, recuperando fuerzas, el rostro de Aedai pegado al torque y mentón de Iedur. Temblaba violentamente y no era capaz ni de hablar.
Al cabo de un rato la muchacha se levantó y arrancó un pedazo de su vestido. Con él vendó la cabeza y el brazo de Iedur, cerrando así las hemorragias. El chico tenía oscuras ojeras bajo los ojos, que contrastaban con la palidez cenicienta del rostro. Había perdido demasiada sangre. Sus ojos brillaban húmedamente a causa de la fiebre. Aedai comprendió que si el joven no comía pronto iba a morir. Y eso ella no estaba dispuesta a consentirlo.
Echó a correr hacia el bosque y al cabo de poco volvió cargada de bayas, nueces y moras silvestres. Se había levantado la falda y sobre ella, a modo de cuenco, transportaba los frutos. Iedur los devoró. Tras el banquete, y aún debilitado, el chico logró alzarse sobre las temblorosas piernas y arrancó la espada del muerto Aillil. Limpió el acero en la fresca hierba y miró el arma que
perteneciera a su padre, luego a su hermano, y ahora, por méritos propios, a él.
-He de cortarles las cabezas -dijo, con firmeza. Aedai lo miraba desde el suelo, sentada con las piernas cruzadas.
El chico, ahora ya más restablecido, bajó por el sendero de tierra. Aedai lo seguía muy de cerca, temerosa de que resbalara a causa de la debilidad.
Ya en la cueva, Iedur se aproximó al cadáver de Corm, sobre el que los cangrejos y las gaviotas comenzaban a darse el festín. Espantó a las alimañas. Miró al muerto con respeto.
-Él fue el más honorable. Él será el primero.
Con golpes metódicos lo decapitó. Anudó las melenas a su cinto. Ahora la testa pendía de él.
Siguiendo la antigua tradición de los cazadores, arrancó el corazón de Corm y comenzó a devorarlo para así poseer la energía, valor y nobleza de la presa cazada. La carne y la sangre fortalecieron su cuerpo más que los frutos antes tomados.
-Yo también quiero comer de su corazón -dijo Aedai.
-¿Tú? -Iedur la miraba asombrado.
La chica alzó orgullosamente la barbilla.
-Olvidas que yo también cacé hoy. Maté a Taugh arrojándole una piedra. Su cabeza es mía.
-Es cierto -afirmó Iedur-. Hoy te has comportado como una verdadera guerrera.
Aedai sonrió, llena de placer. Iedur cortó un pedazo grueso del corazón y se lo dio a Aedai. La chica, mientras lo comía, manchando su bello rostro de sangre fresca, miraba pícaramente a Iedur. Él la llamó con un dedo y ella se acercó.
-Aún no he olvidado lo que te dije esta mañana -dijo el muchacho, clavándole los ojos-. Prometí domarte como a un animalillo salvaje, prometí que nunca te separarías de mi lado.
Ella apoyó una mano dulcemente en su hombro derecho.
-Si fueras mi amo... -dijo, casi susurrando, acercándose más a él- debería hasta de comer de tu mano.
-Cierto -respondió Iedur.
Aedai le cogió la diestra y comenzó a chuparla cuidadosamente, sin dejar de mirar fijamente a los ojos de Iedur, hasta que los dedos, la palma y el dorso quedaron limpios de sangre y brillantes. El chico comprendió por qué se había interesado por ella, evitando al resto de las chicas. Ellas aún eran niñas, jovencitas. Aedai, a pesar de su edad, era toda una mujer.
La tomó por la cintura. Sin delicadeza alguna la atrajo hacia sí. Se besaron con fuerza durante largo rato. Iedur comprendió que se podía ser un buen guerrero con una mujer como aquella a su lado. De hecho, deseaba tenerla junto a él hasta el final de sus días.
-Hoy has cazado más que cabezas -le dijo Iedur-. Hoy me has cazado a mí. Eres una espléndida cazadora. La mejor.
-Cázame tú a mí -respondió Aedai.
Volvieron a besarse. Después, dejaron de ser niños y amigos.
Cortaron el resto de cabezas. Como deseara Aedai, la testa de Taugh acabó colgando de su femenina cadera. El cráneo del Finn aparecía deformado debido a la caída por el precipicio, pero pocas mujeres guerreras del poblado habían obtenido un trofeo de tal calibre a tan corta edad.
Del cinto de Iedur pendían cuatro testas. Como sentía un gran respeto por Corm, la del mayor de los Finn colgó de su cadera derecha y las tres restantes de la izquierda.
Al anochecer, los dos estaban sentados sobre la hierba, arriba de los acantilados, observando la puesta de Sol sobre el mar. Aedai apoyaba su cabeza sobre el hombro de Iedur. El gran disco solar amielaba rojizamente las olas. El muchacho compartió el amor que ella sentía hacia el mar. Se sintió embargado por una gran dicha.
Al fin, hubieron de irse. Iedur sonreía. Imaginaba a los parientes de los dos.
Con toda seguridad los castigarían cruelmente por su escapada, la tardanza en llegar y por lo que suponían (con razón) había hecho la pareja en la soledad de los acantilados. Mas también sabía que Connbraugh, tras arrancarle las posaderas con su cinto de cuero, le interrogaría interesado acerca de cómo fue el combate contra los Finn. A partir de aquel día los hombres tratarían a Iedur con
respeto. Las cabezas embalsamadas de los cuatro hermanos adornarían su morada, para orgullo de su madre, su hermano y él mismo. En la próxima contienda los guerreros contarían con él, tratándolo de igual a igual.
Miró a Iedur y la besó. Como los dos habían planeado, en la próxima primavera los casaría Bran, el druida, bajo los almendros cargados de blancas y suaves flores. Habría bailes, alegría y juegos.
Iedur sintió el corazón a punto de estallar de felicidad. Apretó aún más contra sí a Aedai y continuaron su camino hacia la aldea.

El Templo del Deseo de Satán -- Andrés Díaz Sánchez





Andrés Díaz Sánchez
El Templo del Deseo de Satán



"No existen sucesos morales, sino una interpretación moral de los sucesos. El Mal es, simplemente, lo que desconocemos."
F. Nietzsche




Los candiles del Templo del Deseo de Satán desprendían una luz aceitosa y trémula. Iluminaban las figuras grotescas y poderosas de negro basalto brillante, las fauces arrugadas de mandíbulas prominentes y belfos retraídos, los ojos de fulgor diamantino, rojos como la sangre. Las desnudas esclavas bajaban la cabeza cuando pasaban junto a las estatuas de los Héroes del Infierno. Las figuras habían sido bautizadas con sangre de recién nacido y dotadas de un eterno poso mágico. Ningún cultita, salvo los sacerdotes -y sólo unos pocos de entre ellos- eran capaces de aguantas sus miradas pétreas e
implacables, tan sórdidas como todo lo demás de aquel ámbito.
Techo, suelo y paredes estaban construidos en oro oscuro, plata roja y celeste, mármol amarillento y jade color del mar. La luz comulgaba con las tinieblas, los entes demoníacos preferían los rincones oscuros a la claridad. Muchos acólitos imprudentes habían sido poseídos y después abandonados al dolor y la locura por acercarse demasiado a los lugares más sombríos. En general, nadie osaba aventurarse por entre las hileras de inexpugnables columnas ni aproximarse a las paredes, pues a los diablos les gustaba la piedra y atrapaban a todo el que se les aproximara de forma imprudente.
Aquella noche ocurriría algo crucial. Tendría lugar la Más Alta Invocación, la Gran Posesión, protagonizada por el mismísimo Satán, Señor De Todos Los Infiernos. Cada seiscientos sesenta y seis días, atendiendo a la cifra mágica de La Bestia, se celebraba una Invocación de Alto Nivel, en la cual un ente perteneciente a la nobleza infernal -quizás un barón o un condestable- poseía a un Recipiente por medio del cual se comunicaría con los creyentes. Los recipientes solían ser esclavos de ambos sexos -los demonios, aunque nadie conocía sus ritos de reproducción, si los tenían, mostraban caracteres y comportamiento de marcada sexualidad-, los mas bellos ejemplares, entrenados para no resistirse al ente posesor. Las criaturas terrenales solían intentar defenderse contra la violación mental y física que suponía una posesión
infernal. Sin embargo, Allá, se les había adiestrado para brindar gozosamente al demonio todo su ser.
Durante estas fiestas de Invocación y Posesión se encerraba al recipiente en un círculo pentacular que retendría al demonio. Éste impartiría sus enseñanzas durante la Misa de Posesión. Tras el mensaje del ente - ue podía durar
instantes o hasta ciclos menores- el demonio abandonaba el cuerpo poseído, cuyo verdadero dueño solía morir o sufrir una profunda locura hasta el final de su pequeña vida.
Aparte de estas Altas Posesiones, todos los ciclos menores tenían lugar otras, protagonizadas por entes demoníacos de bajo poder. Se encaprichaban con cuerpos humanos masculinos o femeninos y los tomaban. Por ejemplo, dos ciclos menores atrás un guardián del Tercer Nivel fue poseído por un demonio guerrero y lo convirtió durante seis ciclos de instantes en un loco asesino. El poseído mató
con su lanza a siete esclavos, dos Sacerdotes Azules y tres mozos de lucha. El demonio lo abandonó al fin y el hombre volvió a recuperar el control de su mente y cuerpo. Fue indultado y bendecido por el Sumo Sacerdote Gris. Tres ciclos menores antes de este suceso, una manada de súcubos entró en un pequeño harén de esclavos masculinos. Los muchachos fueron violados durante horas.
Cuando los demonios femeninos se marcharon como vaharada de vapor rojizo los poseídos lloraban y suplicaban a gritos más placer.
Los sabios aseguraban que el Templo del Deseo de Satán no era más que un portal entre el Infierno y el resto de las realidades. Nadie sabía en que punto del Todo estaba ubicado. Se decía que flotaba en la Dimensión de los Sueños -ciertos acólitos aseguraban haber despertado en él tras una vida anterior de vigilia... o tal vez inconsciencia-. Otros afirmaban que se hallaba en una línea tangencial a la curvatura del espacio o del tiempo. Muchos viajeros lo habían buscado incansablemente sin éxito, otros cayeron en sus pétreas fauces sin desearlo. Un ciclo menor, el Templo aparecía sobre un desierto de arena
negra, al siguiente flotaba plácidamente en un mar de mercurio... Su posición era itinerante, se movía a través de dimensiones, o quizá éstas fueran las que girasen y el Templo permaneciera quieto.
Nadie conocía tampoco los límites físicos del Templo, dónde empezaba y dónde acababa, ni la totalidad de sus innumerables salas y pasillos. Tampoco su antigüedad ni la identidad de sus constructores, fueran humanos o no. Los árboles genealógicos de ciertas familias sacerdotales se remontaban interminablemente hacia el pasado. Ni siquiera se comprendía cómo transcurría el tiempo allí, y por conveniencia trataba de medirse mediante dos tipos de relojes de agua y arena, que marcaban instantes, ciclos de instantes, ciclos menores -compuestos de ciclos de instantes- y ciclos mayores -compuestos de
ciclos menores-. Mas... ¿qué fiabilidad podría existir, cuando quizá los juguetones demonios podían volver del revés las clepsidras antes de que cayera el último grano o gota?
De cualquier modo, existía una persona que ostentaba el poder: Barokk, Supremo Sacerdote del Templo, Sumo Sacerdote Rojo. Su clan cromático se había impuesto al final de las Guerras Sacerdotales, ochocientos ciclos mayores atrás. Había tenido que pelear mental y mágicamente contra otros muchos aspirantes de su propio clan y de los restantes. Él decidía los días en que se celebrarían las
Misas de Posesión, fuesen éstas Mayores o Menores, los Ciclos de Matanza, las Fiestas del Ensueño o los nuevos decretos que se incluirían en el Libro del Arte, la enciclopedia que trataba todos y cada uno de los aspectos comprensibles de la Magia en el Templo.
Aquel ciclo menor, el de la Altísima Invocación, Barokk marchaba por el largo y vasto pasillo de basalto negro, sentado sobre un trono de oro transportado por diez esclavos de fuerza. Le llevaban hacia la Capilla Posesional. Observaba con deleite las columnatas, las estatuas, los frisos, los mosaicos de exquisita belleza y malignidad, los tapices de terciopelo, las armaduras hechas para enfundar cuerpos no humanos,...
Nunca se dignaría a volverse, pero sabía que le seguía una multitudinaria procesión: sacerdotes con túnicas de diferentes colores siempre tras su trono -quien osara rebasarlo sería despellejado vivo por el Jefe de la Casta de Torturadores y después empalado-, las huestes de orgullosos guerreros, las masas de músicos, arquitectos, pintores, poetas, escultores... Y por último, los rebaños de esclavos, ya fueran de placer, adornados exquisitamente con sedas y piedras preciosas, de fuerza, musculosos y estúpidos o de otros múltiples usos, menos valiosos aún que los anteriores.
Inmediatamente detrás del trono de Barokk, y sostenido por quince esclavos desnudos y aceitados, estaba el Gran Huevo de Plata, que albergaba el recipiente sagrado.
Barokk era delgado y alto, de cráneo rasurado, rasgos suaves y ojos muy negros, inteligentes y penetrantes. Su voluntad había sido templada al fuego de las despiadadas luchas políticas, mentales y mágicas contra sus compañeros de casta.
Amaba su puesto. Amaba el Templo. Él había instaurado el Deber del Deseo Satisfecho. Según tal directriz cada cual tenía la obligación de dejarse llevar por sus instintos más íntimos. Quien los reprimiera sufriría una ejecución ignominiosa. Por supuesto, primero hubo de normalizarse esta ley mediante rigurosos decretos basados en una premisa fundamental: el Derecho del Ser de Voluntad Fuerte sobre el Ser de Voluntad Débil. Ello permitía que la criatura de carácter más agresivo y poderoso impusiera todos sus caprichos, su amor o su crueldad, sobre sus inferiores.
La Casta de Voluntad Más Fuerte era la sacerdotal, dotada de inteligencia y conocimientos profundos, capaces de plegar el tapiz de la realidad a su antojo.
Después le seguía la casta guerrera, cuyas contiendas no tenían ningún motivo:
Barokk había comprendido que en todo muchacho dormía un deseo de aplastar y matar un enemigo con sus propias manos. Si se reprimía tal instinto en beneficio de la comunidad el individuo sufriría al experimentarlo sentimientos de culpa y remordimiento, que podían desembocar en timidez, neurosis, depresión y un descenso pronunciado de vitalidad. Así pues, en las Cámaras de Matanza del Templo los jóvenes con deseos agresivos se aliaban en ejércitos rivales y daban rienda suelta a su sed de sangre sin sufrir culpa ni piedad. Miles de guerreros luchaban sólo por el placer de lidiar y asesinar, sobreviviendo los más rápidos y fuertes, de cuerpos musculosos y salpicados de carne, sesos y sangre. Ellos liderarían a los que vinieran después, hasta que otros consiguieran destruirlos, habiendo vivido por la espada y muriendo igualmente por la espada, en el seno del combate, con una loca sonrisa en el rostro.
Había Cámaras de Satisfacción para todas las exigencias: en las Cámaras de Contemplación los bohemios e intelectuales hundían sus mentes en el sopor de las drogas o en los libros de sentido más abstracto para conseguir el conocimiento profundo que realmente buscaban. Muchos se convertían en sacerdotes.
En las Cámaras de Belleza las mujeres más hermosas mostraban su desnuda feminidad, sólo cubiertas por perfumes, joyas, sedas y cosméticos, a masas de hermosos hombres encadenados y sometidos a forzosa abstinencia sexual. Ellos trataban de alcanzarlas con sus manos, siempre sin éxito. Ellas veían en los ojos de los hombres la adoración absoluta provocada por su hermosura. Paseaban sus cuerpos deliciosos con deliberado encanto. Así, lograban el placer que sus orgullos femeninos les demandaban. Había allí concursos y certámenes. Las ganadoras podían desfigurar el rostro, de por vida, a las perdedoras.
También había Cámaras de Dominación Sexual. En éstas, los hombres y las mujeres más duros, diestros e implacables ejercían su Derecho del Ser de Voluntad Más Fuerte sobre admiradores, amantes, temblorosos esclavos de pasión de ambos sexos, a los que partían el corazón una vez tras otra, de manera refinada y cruel.
Barokk había descubierto la llave del poder absoluto: el placer. Dándole placer a los inferiores, el placer que realmente buscaban, siempre los mantendría controlados. Para envidia y desdicha de otros sacerdotes, las masas se rebelarían si intentaran expulsarle de su puesto.
Mas... ¿cual era el mayor placer para Barokk? ¿El conocimiento, tal vez? Él había soportado un saber capaz de quebrar mentes muy poderosas. No, aquella respuesta no lo satisfacía del todo.
Comprendió de pronto que lo que llenaba su vida era el Amor. Un cariño enorme por su trabajo, por sus inferiores, por su Templo. Los amaba sin reservas.
También amaba a Satán, por supuesto. No le había entregado el alma -esa era una prerrogativa personal de cualquier habitante del Templo, desde los esclavos a los sacerdotes-, pero ciertamente lo amaba.
Mas, ¿quién o qué era Satán?, se preguntó. Al cabo de una vidas de difíciles estudios, había llegado a la conclusión de que no era mas que un Ser de Voluntad Sumamente Fuerte. Una criatura gobernante de ciertas dimensiones o reinos capaz de enamorar, atraer, dominar y arrastrar a incontables de criaturas. No podía comprender los esquemas mentales de Satán, pues una Voluntad Fuerte, con el paso del tiempo, acababa expandiendo su mente hasta hacerla incomprensible para los inferiores. Tampoco conocía si tenía un último cuerpo o si usaba los de otros, si era un alma, un espíritu, un espectro, o
escapaba a toda descripción física.
Escuchó un gimoteo a su izquierda. Irritado, miró hacia allí. Una bonita esclava, vestida con gasas sedosas, se había acercado al trono de Barokk. La mujer sollozaba quedamente y no osaba mirarlo al rostro -de haberlo hecho, le habrían arrancado con pinzas sus bellos ojos.
- ¿Qué quieres, esclava? -preguntó Barokk.
- Amo... La Sacerdotisa Amaria me envía a vos...
- ¿Sabes que serás empalada por interrumpir mis cavilaciones?
Ella reprimió un sollozo.
- Sí, amo, pues sólo soy una esclava. La señora Amaria me ordenó llamaros y no podía negarme a obedecerla. Quiere preguntaros algo...
- Di.
- La señora Amaria desea saber si ella podría protagonizar la Gran Posesión.
- Ve a tu señora con esta palabra en los labios: "No". Ya se lo he dicho otras veces. Después de la ceremonia, preséntate en las Cámaras de Tortura para que el Sumo Torturador te empale lentamente. Puedes retirarte, esclava.
- Gracias, amo -la muchacha, sin cesar de llorar, se marchó cabizbaja.
Barokk miró a la esclava hasta que ésta desapareció. También la amaba a ella, profundamente. A todos los amaba. Incluso a la irritante Suma Sacerdotisa Negra Amaria.
Accedieron a la gigantesca Capilla de Posesión. Llegado un momento determinado, el trono de Barokk fue depositado en el suelo. Subió la escalinata sagrada. Los Sumos Sacerdotes del Resto Cromático -Verde, Azul, Gris, Amarillo y Negro- caminaron tras él con la cabeza baja. Ninguno de ellos -ni siquiera Barokk- pisó el Sagrado Círculo Pentacular.
Barokk se colocó tras el altar de oro, su metal favorito. El resto de los sacerdotes se dispuso a su izquierda y derecha. Distinguió por el rabillo del ojo a Amaria, la Suma Sacerdotisa Negra. Ya antes de que la magia la convirtiera en un ser de divina hermosura había sido una mujer muy bella. No
podía ocultar bajo su pesada túnica las rotundas y adorables curvas de su cuerpo. Quizá ella no las deseara esconder, sino insinuar. El rostro lucía maravilloso, de rasgos finos y delgados, ojos y cabello muy negros y tersa piel blanca que contrastaba con unos labios rojos y llenos, labios lujuriosos creados para ser estrujados y saboreados sin compasión. Era un Ser de Voluntad Fuerte y conseguía lo que le apetecía. Gustaba de enloquecer a decenas de hombres y mujeres con su belleza. A muchos los había conducido al suicidio, tan sólo por pura diversión.
La Sacerdotisa Negra mostraba un rostro tranquilo, severo. Pero sus ojos no podían ocultar la ansiedad y la frustración.
Tras el sermón de rigor, escuchado en expectante silencio por miles de fieles, Barokk ordenó subir el recipiente al pentáculo.
Los esclavos llevaron la esfera de plata cerca del altar y la abrieron con gran cuidado -el error de uno costaría una muerte muy lenta para todos en las Cámaras de Tortura. Dentro del brillante huevo, ahora abierto, había una mujer exquisita, apenas cubierta por tenues sedas, maquillada y peinada de manera elegantemente. El sedoso y abundante cabello rubio caía graciosamente sobre su
espalda y sus llenos y dulces pechos. Estaba arrodillada, con las manos sobre los muslos y la cabeza baja. Sus ojos de largas pestañas permanecían obedientemente cerrados.
Ella sería la víctima, el cuerpo poseído por Satán.
Barokk se acercó al huevo. Sonrió tiernamente mientras contemplaba a la chica, como un padre ante su hija. Acarició el pelo dorado. Ella permanecía inmóvil.
La habían drogado para no ejercer resistencia a la Posesión.
- Puedes abrir tus ojos, doncella -dijo Barokk con voz meliflua.
La esclava obedeció. Eran azules, con dilatadas pupilas que brillaban febrilmente.
- Sal de la esfera y colócate en el pentáculo.
El recipiente se movió lánguida y suavemente, provocando un expectante silencio general. Entró en el círculo pentacular y se arrodilló otra vez, las manos en los muslos y la cabeza baja. Barokk entró igualmente en la figura geométrica.
Sacó de entre sus ropajes la daga enjoyada e hizo dos cortes, uno en cada muheca de la chica. Ella se estremeció ligeramente, mas no emitió sonido alguno.
El Sumo Sacerdote apretó con sus pulgares las arterias de los finos antebrazos durante largos instantes. Después retiró la presión y la sangre fluyó, cayendo en dos grandes cuencos. Utilizó los dedos para pintar de nuevo las líneas de la estrella invertida y del círculo que rodeaba a la joven. Mientras realizaba esta tarea musitaba cánticos y adoraciones a los Altos Señores del Infierno, convocándoles, implorándoles fuerza y dicha. También emitía con trémula voz hechizos arcaicos, poderosos, palabras que una vez pronunciadas provocaban irreversibles reacciones en cadena.
El aire comenzó a espesarse, como si dos manos gigantescas estuviesen aplastándolo lentamente. Los presentes sentían sucios escalofríos que recorrían sus columnas vertebrales. Los más débiles sollozaban silenciosamente a causa del hipnótico terror. Espectros menores se debatían alrededor del círculo pentacular, como jirones de aire caliente. Intentaban penetrar en la figura para poseer a aquella adorable víctima. Mas Barokk había consagrado el recipiente al Altísimo y no permitiría intromisiones. Así pues, los íncubos chillaban al chocar contra la inmaterial protección. Muchos pagaban su frustración con el público, poseyendo furiosamente a diversas esclavas hasta hacerlas aullar entre espasmos.
La sangre de círculo y pentáculo brilló fulgurantemente. Era una línea de luz escarlata que serpenteaba hasta las muñecas del recipiente.
Barokk lamió la daga y después alzó los brazos. Parecía dotado de un aura de fortaleza. Desorbitó los ojos y gritó con voz poderosa:
- ¡Yo te invoco, Señor de Todos los Infiernos, Príncipe de las Mentiras! ¡Te invoco por el poder del Mal en los corazones de los hombres! ¡Por el Universo entero! ¡Ven, Señor Satán, toma esta ofrenda, habla a tus fieles!
El recipiente, de pronto, abrió de par en par sus bellos ojos. A pesar de las drogas, el horror que sentía era puro, real. Sus pechos se alzaban y bajaban rápidamente, su fina piel brillaba a causa del sudor. El rostro se contrajo en una expresión de dolor lacerante. La rubia cabeza cayó hacia atrás y con ella el resto del cuerpo, como traccionado por una fuerza invisible.
La capilla comenzó a llenarse de murmullos exclamativos y silencios de admiración.
Amaria se acercó a Barokk, quien contemplaba al recipiente contorsionarse inutilmente, como si un gran peso la aplastara contra el suelo.
- ¡Déjame entrar en el círculo pentacular! -pidió a Barokk Amaría, la Suma Sacerdotisa Negra, mirando con lujuria mal disimulada al recipiente- ¡Tienes el poder de cambiar la víctima u ofrecerle otra más al Gran Señor!
Barokk la miró con irritación.
- No lo haré, Amaria. Tú ya fuiste recipiente otra vez. Deja que ahora otro ocupe ese puesto.
Amarla bufó como una gata furiosa. Tres Altas Invocaciones en el pasado ella había sido el recipiente. Se ofreció voluntaria, aún conociendo los peligros de la Posesión de Satán. Barokk sonrió al recordarla encadenada y desnuda, anhelando la venida de Su Señor. Satán la había penetrado y embestido salvajemente una y otra vez. Ella comenzó chillando de dolor, mas pronto sus
alaridos sonaron llenos de placer y lujuria. Miles de acólitos contemplaron a la Suma Sacerdotisa Negra retorcerse lúbricamente y gritar obscenidades que hasta para ellos resultaron escandalosas. En esa ocasión, el Señor de Todos los Tnfiernos no les habló; se limitó a satisfacer una lujuria animal. Pero el público dudaba sobre quién realmente había disfrutado más: si el posesor o su víctima.
Desde entonces, Amaria había solicitado y hasta suplicado a Barokk ser el recipiente en las siguientes Altas Invocaciones. El Sacerdote Supremo, divertido, se negó una vez tras otra.
Los gritos de dolor del recipiente devenían poco a poco gemidos, para al poco convertirse en roncos gritos deleitosos de lujuria.
Barokk entrecerró los ojos, contemplando la posesión. Una criatura sensible, hasta no ser ocupada por un Ser de Mayor Voluntad y despojada implacablemente de toda intimidad y orgullo, no experimentaba el arrasador placer reservado al sujeto absolutamente dominado.
Amaria observaba al recipiente con manifiesta envidia. Barokk sonrió de nuevo.
Qué ironía que la Suma Sacerdotisa Negra, tan fría, arrogante y cruel, una mujer poderosa que había partido mil corazones de hombres y mujeres, estuviera tan dispuesta a humillar públicamente su orgullo a cambio de tamaño placer.
- Eres más esclava que ella -le imprecó Barokk, señalando al recipiente dentro del círculo pentacular.
Amaria le miró con furia asesina, mas de pronto se vio atacada por la vergüenza y el pudor y se cubrió con las manos su bellísimo rostro. Aún así, volvió la vista hacia la jovencita poseída, sin lograr apartarla de ella, entreabriendo los labios. Barokk rió, con gran placer. También amaba a la ansiosa Amaria, Suma Sacerdotisa Negra. ¡Cómo los amaba a todos, sus Hijos, sus Retoños!
El recipiente aulló, sin control alguno de cuerpo y mente. De pronto, fue levantada como por una mano invisible. Sus ojos se desorbitaron, el horror se pintó en ellos. La boca se abrió hasta que las mandíbulas se descoyuntaron y vomitó vísceras, intestinos y sangre. El rostro de la joven estaba ceniciento.
Sus ojos brillaban con una agonía capaz de romper la mente. Surgieron de ella palabras ininteligibles, similares a rugidos de un tigre, que hacían volar gotas de sangre y espuma. Restallaban como latigazos metálicos contra el silencio absoluto.
Satán les estaba hablando.
Calló. La chica, aún viva, expelió por sus ojos un humor blanco y amarillo de agrio hedor. De pronto, surgieron incontables voces de su garganta: mugidos, ladridos, gritos, carcajadas,... Y en todos los tonos. Ninguna resultaba inteligible. Aquella cacofonía resultaba fascinantemente horrenda. Barokk volvió a preguntarse si Satán sería un solo ser, un grupo de entes unidos o una mente con múltiples personalidades.
El recipiente sufrió una violenta arcada. Volvió a vomitar sangre. Su cabeza se volvió lentamente. Miró a Amaria. La poseída le sonrió de manera lasciva. Sus ojos ardían con fulgor rojizo. Llamó a la sacerdotisa moviendo el dedo índice.
Amaria, como hipnotizada, andó hacia el círculo pentacular.
De pronto, gritó de dolor. La barrera mágica no le permitía entrar en él. La sacerdotisa lo intentó de nuevo, frenéticamente, pero fue repelida hacia atrás una y otra vez. Al fin, acabó en el suelo, sudorosa, jadeante, temblando de rabia y frustración. La poseída se reía de ella con carcajadas infantiles, que aumentaron su frecuencia hasta convertirse en una sola nota, vibrante y aguda.
Muchos de los presentes rieron también, sobre todo los Sacerdotes Negros rivales de Amaria.
Ésta retrocedió, medio a rastras, horrorizada. La risa se tornó general. Barokk también se regocijó. Al fin y al cabo, aparte de ser el Príncipe de las Mentiras, Satán era el Rey de la Crueldad y la Humillación. La Suma Sacerdotisa Negra desapareció miserablemente de vista.
El recipiente habló voz de hombre, profunda y grave. Abría y cerraba la boca bruscamente como un muñeco de carne y hueso manejado por un invisible ventrílocuo:
- ¡AMADOS FIELES! -un inconmensurable trueno estalló desde el público. ¡Era el Gran Satán quien les hablaba! Le aclamaron, riendo y llorando, hasta rompérseles la voz - ¡YO OS HE CREADO! ¡YO HE CREADO ESTE TEMPLO! -Barokk esbozó una levísima mueca de desagrado- ¡HE HECHO POSIBLES VUESTRAS VIDAS, VUESTRAS JERARQUÍAS, VUESTRO PODER, VUESTRO PLACER Y VUESTRO DOLOR! ¡ADORADME!
¡ADORADME, GUSANOS!
Miles y miles de acólitos, todos los presentes en aquella inmensísima sala, se arrodillaron y gritaron su nombre gozosamente. Eran sus esclavos, lo desearan o no. El poder de la veneración vencía cualquier orgullo.
Barokk también se postró y tocó con su frente el suelo. Amaria también lo hizo.
Ahora reía felizmente, llena de gozo y dicha, mientras gritaba el nombre de su amo.
- ¿ME AMÁIS? -rugió Satán- ¿TODOS ME AMÁIS?
Una sola voz afirmativa fue su respuesta.
- ¿HASTA EL FONDO DE VUESTROS CORAZONES?
Otra ovación unánime.
- ¿NADIE OSARÁ MENTIR?
Una negación de masas.
Los ojos de la poseída salieron expulsados del rostro. El cadáver se desplomó en el suelo.
- ¡ BLASFEMIA!
El grito ascendió hacia lo alto y después bajó al suelo, clamando aquella terrible palabra. Mi1es de corazones pegaron un vuelco en sus pechos. La voz, ya fuera del recipiente, voló de un extremo a otro de la capilla, como un ave fugaz, su volumen ascendiendo y descendiendo fantasmalmente:
- ¡NO TODOS ME AMÁIS POR COMPLETO! ¡MENTÍS A VUESTRO SEÑOR!
Barokk sintió pánico: la presencia invocada estaba fuera del círculo pentacular... Las normas habían sido infringidas, un imprevisto no sucedido en más de cien Altas Invocaciones. Un escalofrío subió por su columna vertebral.
Alzó la cabeza, pasmado. Ante él, en el aíre, se abría un vacío de negrura. Era pura nada, oscuridad total y pegajosa, un desgarrón creciente sobre el tapiz de la realidad. En el centro de la tiniebla se abría otra más densa, la cual albergaba, a su vez, una tercera sombra que la superaba en opacidad. Los agujeros crecían concéntricamente, su centro se remontaba hacia el infinito. Y todos los abismos miraban a Barokk.
- ¿Qué...? -logró musitar el sacerdote.
Quiso retroceder, pero estaba demasiado horrorizado y fascinado como para hacer otra cosa que permanecer de rodillas, la vista fija en el agujero sobre el tapiz de la realidad.
"¡SACERDOTE SUPREMO!" -bramó el Abismo- "¡ERES TÚ! ¡ERES TÚ QUIEN ME AMA DE FORMA FALSA! ¡QUIEN NO ME QUIERE CON TODO SU SER!" Barokk estrelló su frente contra el suelo.
- ¡No! -sollozó- ¡Te amo, Señor Mío! ¡Te amo con todo mi corazón!
"¡NO! AMAS EL TEMPLO. AMAS EL ORDEN, LA JERARQUÍA, LAS NORMAS... ¡AMAS EL PODER QUE TE DA TU DIOS, PERO NO AMAS A TU DIOS!
Estalló una brutal, tronante carcajada que sumió en el terror más abyecto a los presentes. Barokk aún mantenía una parte de su mente en orden; con ella, escuchaba y entendía lo que Satán le dijo:
"HE VIAJADO A TRAVÉS DE EONES Y DIMENSIONES. HE CRUZADO LOS ABISMOS, HE BUCEADO EN EL CAOS. HE VISTO EL PASADO Y EL FUTURO. HE CONTEMPLADO Y HE DOBLAGADO A DIOSES. HE OBSERVADO TODAS LAS RELIGIONES DE LOS HOMBRES EN TODOS LOS ÁMBITOS DE LA REALIDAD. SUS SUMOS SACERDOTES SOIS IGUALES. LO QUE REALMENTE AMAIS ES EL PODER. Y TÚ, BAROKK... TÚ SÓLO TE AMAS A TI MISMO" Barokk sufrió un fuerte estremecimiento. La agonía y el arrepentimiento llenó
su espíritu. Comprendió de pronto que Satán llevaba razón. Él estaba en lo cierto. Era un mal creyente, un falso, un ególatra que utilizó el poder de Su Señor únicamente en beneficio propio.
El Sumo Sacerdote vibró. Aulló de manera espeluznante. La mancha de color que era el sacerdote fluctuó y se retorció como un jirón de formas, se estiró imposiblemente, se separó del suelo y fue absorbida por la Oscuridad. La tiniebla, entonces, se desgajó en dos gigantescos ojos de inconmensurable y enloquecedor mal. Elevados por una columna de fuego blanco y dorado, aquellas dos tenebrosas joyas se alzaron sobre sus fieles. Ninguno de ellos osó despegar la vista del suelo.
"¡OÍD Y OBEDECED!", ordenó la voz sagrada, "¡DE AHORA EN ADELANTE, NO HAY NORMAS NI LEYES EN EL TEMPLO DEL DESEO DE SATÁN! ¡SOIS LIBRES! ¡SOIS TODOS TOTAL Y COMPLETAMENTE LIBRES PARA HACER CUANTO DESEÉIS! ¡OS CONCEDO LA LIBERTAD!" Las dos sombras se expandieron infinitamente, dispersándose en el Tiempo y el Espacio, hasta desaparecer por completo.
Los miles de acólitos quedaron en silencio. Al poco, oyéronse murmullos asombrados, luego conversaciones, quejidos, protestas, primeros gritos y por último un clamor vociferante tan furioso como angustiado:
- ¿Qué haremos ahora?
- ¡No hay leyes!
- ¿Cómo se regirá el Templo?
- ¿Quién nos dirigirá?
- ¿Quién será el nuevo Sacerdote Supremo?
- ¡Yo! -Amaria, la Suma Sacerdotisa Negra, estaba en pie, con las manos en las caderas.
Los miraba altiva y desafiante. Todos callaron.
Entró en el círculo pentacular, besó en la boca al muerto recipiente. Se dirigió a los fieles:
- ¡Hay nuevas normas! -gritó la mujer- ¡Yo las impondré! ¡Yo seré el Nuevo Sacerdote Supremo del Templo del Deseo de Satán!
Miles de seres respiraron, aliviados. La alegría estalló en forma de salvas y vítores a la nueva Sacerdotisa Suprema del Templo del Deseo de Satán. Amaria sonrió, satisfecha. Les contempló, borracha de triunfo, pero también de desprecio: ¡pobres criaturas! Ellos siempre necesitarían un líder. Jamás dejarían de ser unos esclavos... ¡esclavos de sí mismos!, incapaces de tomar sus propias decisiones y actuar conforme a ellas. ¡Qué fino sentido del humor el de Su Señor Satán, prometiéndoles la libertad! Si, ciertamente Él era el Príncipe de las Mentiras.
De pronto, a pesar de que les despreciaba, Amaria sintió un enorme cariño hacia ellos. La fuerza de sus emociones la sorprendió: los amaba. Eran sus hijos, sus niños, a los que ella mimaría, dirigiría y castigaría. Era un gran gozo el que experimentaba, queriéndolos de tal manera. Casi sentía pena por Barokk, el frío y duro Barokk, que estuvo tan concentrado en los elevados asuntos y tan alejado de lo mundano. Amaria decidió que él nunca podría haber experimentado ese amor hacia sus súbditos. No, era imposible que Barokk hubiese amado a nadie salvo a sí mismo, como dijo Satán. Amaria lo compadeció. Pero soltó una gran carcajada. También lo amaba, estuviera donde estuviese ahora. Mas no cometería los errores que le llevaron a la ruina. Ella amaba a los acólitos. Estaba llena de amor. Ella no era como Barokk.
La Sacerdotisa Suprema ordenó retirar el cadáver de la esclava poseída y limpiar el círculo pentacular.
Habló con fuerza y gravedad a sus súbditos y permitió que la aclamaran muchas veces. Cuando estuvo satisfecha, les dio permiso para marcharse de vuelta a sus cubiles. Los alborozados fieles se fueron. Había sido una inolvidable Alta Posesión. Había muerto un Sumo Sacerdote y otro tomó su puesto. Satán les había hablado, les había dado la libertad. ¡Qué gran Señor era! Sin embargo, todos
experimentaban un gran alivio y tranquilidad, a pesar de tan magnos acontecimientos: era como si, en realidad, nada hubiese cambiado. Nada.
Y eso era lo que realmente les hacia sentirse tan felices.


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