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domingo, 26 de septiembre de 2010

EL OJO SIN PARPADO -- Philaréte Chasles





EL OJO SIN PARPADO
(L'oeil sans paupière, 1832)

                                                                               Philaréte Chasles

 «¡HALLOWE'EN!, ¡Hallowe'en!, gritaban todos.» ¡Ésta es la noche santa, la gran noche de los skelpies y de las hadas! Carrick, y tú, Colean, ¿venís? Están ya todos los de Carrick‑Border, y van a venir nuestra Meg y nuestra Jeannie. Vamos a llevar las cantimploras llenas de whisky del bueno, cerveza espumosa y parritch bien espeso. Hace buen tiempo y va a salir la luna; amigos, las ruinas de Cassilis no habrán conocido una fiesta más alegre.
 Así hablaba Jock Muirland, un granjero viudo, pero todavía joven. Como la mayoría de los campesinos escoceses, era medio teólogo y medio poeta, gran bebedor y, sin embargo, sobrio y trabajador.
 Murdock, Will Lapraik y Tom Duckat estaban a su alrededor, la conversación se desarrollaba muy cerca de la aldea de Cassilis. Seguramente no sabéis qué es Hallowe'en: es la noche de las hadas, y tiene lugar hacia medidados de agosto. En esta noche se consulta al brujo de la aldea, y todos los espíritus traviesos bailan por los páramos, atraviesan los campos cabalgando los ténues rayos de luna. Se trata del carnaval de los espíritus y de los duendes. No hay cueva ni peñasco que no celebre su fiesta y su baile; no hay flor que no se estremezca al soplo de una ninfa; no hay mujer que no cierre cuidadosamente la puerta, para que los spunkies no roben los alimentos del día siguiente, ni estropeen con sus travesuras la comida de los niños, que duermen abrazados en la misma cuna.
 Así era aquella noche solemne, tejida de caprichosa fantasía y un secreto temor que subía por las colinas de Cassilis.
 Imaginad un terreno montañoso, ondulado como el mar, y las numerosas colinas tapizadas de verde y brillante musgo; a lo lejos, sobre un picacho escarpado, las murallas almenadas de un castillo en ruinas, cuya capilla, ya sin techo, se ha conservado casi entera y eleva aún al cielo raso las esbeltas pilastras frágiles como las ramas de los árboles en invierno. En toda la zona la tierra es estéril. La dorada retama sirve de refugio a las liebres y la roca aparece desnuda hasta donde alcanza la vista. El hombre, que sólo percibe el poder supremo ante la desolación y el temor, mira estas tierras marcadas por el sello de la Divinidad. La inmensa y fecunda benevolencia del Altísimo nos inspira poca gratitud: sólo respetamos su severidad y sus castigos.
 Ya bailaban los spunkies sobre la hierba de Cassilis y la luna salía, grande y roja, tras la vidriera rota del portón de la capilla.
 Parecía suspendida, como un rosetón escarlata sobre el que se recortaba la silueta de un pequeño trébol de piedra mutilada. Los spunkies bailaban.
 ¡EI spunkie!
 Una mujer, blanca como la nieve, de largos cabellos resplandecientes. Las bellas alas, compuestas y sostenidas por fibras menudas y elásticas, no nacen de su espalda, sino de sus brazos, a cuyo perfil se adaptan. El spunkie es hermafrodita; tiene el rostro femenino y la grácil y delicada elegancia de la pubertad viril. El spunkie sólo va vestido con sus alas; tejido fino y ligero, mullido y compacto, impenetrable y liviano, como las alas del murciélago. Un velo oscuro, difuminado de púrpura y azul tornasolado, brilla sobre este vestido natural, que se repliega alrededor del spunkie cuando descansa comu los pliegues de la bandera en torno al asta que la sostiene. Largos filamentos, brillantes como el acero bruñido, sustentan esos amplios velos en los que el spunkie se envuelve; sus extremidades están armadas por uñas de acero. ¡Ay de la mujer que se aventura, al caer la tarde, por los pantanos o los bosques donde se esconde el spunkie!
 Ya danzaban los spunkies a orillas del Doon, cuando la alegre comitiva ‑mujeres, niños, jovencitas‑ se acercó. Los duendes desaparecieron al instante. Sus grandes alas, desplegadas al unísono, oscurecieron el aire, cual una bandada de pájaros que de golpe alzase el vuelo de entre los cañaverales. Por un instante, el claro de luna se oscureció; Muirland y sus acompañantes se detuvieron.
 ‑Tengo miedo ‑gritó una muchacha.
 ‑Tonterías ‑contestó el granjero‑. Son ánades silvestres que salen volando.
 ‑Muirland ‑le dijo el joven Colean con tono de reproche‑ tú acabarás mal; no crees en nada.
 ‑Quememos las nueces y casquemos las avellanas ‑continuó Muirland, sin atender al reproche del compañero. Sentémonos aquí mismo y abramos las cestas. Aquí hay un buen abrigo: la roca nos cubrirá y el prado nos ofrece un suave lecho. El mismo Satanás habrá de turbar mis meditaciones al calor de la bebida.
 ‑Pero podrían encontrarnos los bogillies y los brownillies ‑observó tímidamente una jovencita.
 ‑¡Que se los lleve el cranreuch! ‑contestó Muirland. ¡Rápido Lapraik, enciende un fuego de ramas y hojarasca junto a la roca; calentaremos un poco de whisky; y si las mozas quieren saber qué marido les tiene reservado el buen Dios o el Diablo, tenemos con qué contentarlas. Bome Lesley nos ha traído espejos y avellanas, semillas de lino, platos y manteca. Lasses, eso es todo lo que necesitáis para vuestras ceremonias, ¿no es así?».
 ‑Sí, sí ‑respondieron las muchachas.
 ‑Pero, antes de nada, bebamos ‑continuó el granjero, quien, por su carácter autoritario, su patrimonio, su bodega bien surtida, su granero repleto y su habilidad como agricultor, había adquirido cierta autoridad en la zona.
 Es hora de que sepáis, amigos, que de todos los países del mundo aquel en donde las clases inferiores tienen al mismo tiempo una mayor cultura y la mayor cantidad de supersticiones, es Escocia. Preguntádselo, si no, a Walter Scott, el insigne escocés que debe su grandeza a la facultad, recibida de Dios, de representar simbólicamente el carácter y el humor nacionales. En Escocia se cree en todo tipo de duendes y en las cabañas se discute de filosofía.
 La noche de Hallowe'en está consagrada sobre todo a la superstición. Las gentes se reúnen para desvelar los misterios del porvenir. Los ritos que se practican con este objeto son bien conocidos e inalterables: no existe culto más riguroso en la observancia de sus prácticas. Y esta ceremonia llena de interés, donde cada uno es al mismo tiempo sacerdote y hechicero, era la meta de la excursión y la diversión nocturna a la que se dirigían los habitantes de Cassilis. Esta rústica magia tiene un encanto indescriptible. Descansa, por así decirlo, en el límite impreciso entre poesía y realidad; se comunica con los poderes infernales sin abandonar enteramente a Dios; los objetos más vulgares se transforman en sagrados y mágicos; con una espiga de grano y una hoja de sauce se crean esperanzas y temores.
 Quiere la tradición que los hechizos de Hallowe'en empiecen cuanto las campanas tocan la medianoche; es la hora en que la atmósfera se llena de seres sobrenaturales, y en la que no sólo los spunkies, actores principales del drama, sino todas las huestes mágicas de Escocia, vienen a tomar posesión de sus dominios.
 Nuestros campesinos reunidos desde las nueve, pasaron el tiempo bebiendo, cantando las viejas y encantadoras baladas, en las que el lenguaje melancólico e ingenuo se entrelaza armoniosamente con el ritmo cadencioso, en una melodía que desciende a caprichosos intervalos de cuarta, con un singular empleo del cromatismo. Las jovencitas, con sus plaids multicolores, con sus impecables vestidos de lana; las mujeres sonrientes; los niños, con la hermosa cinta roja anudada a la rodilla, que les sirve de liga y de ornamento; los jóvenes, cuyos corazones latían cada vez más aprisa, conforme se acercaba el momento misterioso en el que el destino sería interrogado; uno o dos ancianos, a los que la sabrosa cerveza devolvía la alegría de la juventud: todos formaban un grupo encantador, que Wilkie hubiera retratado con gozo y que hubiese alegrado las almas sensibles de Europa, sumidas en tantas tribulaciones y afanes, con la jovialidad de un sentimiento verdadero y profundo.
 Muirland se entregaba como ningún otro a la ruidosa alegría que subía burbujeante como la densa espuma de las cervezas y que se comunicaba a todos los demás.
 Era una de esas criaturas a las que la vida no consigue domar, uno de esos hombres de inteligencia enérgica que luchan contra viento y marea. Una mozuela del condado, que había unido su destino al de Muirland, murió al dar a luz después de dos años de matrimonio, y Muirland había jurado no volver a casarse jamás. Nadie en la vecindad ignoraba la causa de la muerte de Tuilzie: los celos de Muirland. Tuilzie, frágil y aún casi una niña, tenía apenas dieciséis años cuando se casó con el granjero. Le amaba, pero no conocía su carácter apasionado, la violencia que podía animarle, el tormento cotidiano que era capaz de infligirse a sí mismo y a los demás. Jock Muirland era celoso, y la dulce ternura de su compañera no lograba tranquilizarle. Un día, en lo más riguroso del invierno, la envió a Edimburgo para alejarla del galanteo que, supuestamente, le dedicaba un pequeño hacendado que se había empeñado en pasar el invierno en sus tierras.
 Todos sus amigos, incluso el sacerdote, le manifestaron su descontento y le reprocharon su conducta; él sólo respondía que amaba apasionadamente a Tuilzie, y que únicamente a él le correspondía juzgar qué era lo mejor para el éxito de su matrimonio. Bajo el rústico techo de la casa de Jock se escuchaban a menudo lamentos, gritos y llantos, cuyos ecos llegaban al exterior; el hermano de Tuilzie fue a ver a su cuñado para decirle que su conducta era imperdonable, pero esta iniciativa sólo dio como resultado una violenta riña. La joven iba marchitándose día tras día. Finalmente, el dolor que la consumía le arrebató la vida.
 Muirland se sumió en una profunda desesperación que duró muchos años; pero como todo pasa en esta vida y porque juró permanecer viudo, fue olvidándose poco a poco de aquella de quien había sido verdugo involuntario. Las mujeres, que durante muchos años le habían mirado con horror, habían acabado por perdonarle; y la noche de Hallowe'en lo encontró como fuera tiempo atrás: alegre, irónico, divertido, buen bebedor y narrador de magníficas historias, chistoso e intérprete de chispeantes apostillas, que mantenían despierto el buen humor y alargaban la reunión nocturna.
 Habían ya cantado todos los viejos romances épicos cuando sonaron las doce campanadas de la medianoche; y el eco de aquel tañido se propagó en la distancia. Todos habían bebido copiosamente. Había llegado el momento de los acostumbrados ritos supersticiosos. Todos, salvo Muirland, se levantaron.
 ‑Vamos a buscar el kail ‑gritaron‑, vamos a buscar el kail.
 Muchachos y muchachas se esparcieron por los campos, y fueron regresando, uno tras otro, trayendo una raíz arrancada de la tierra: el kail. Debéis arrancar de raíz la primera planta que aparezca en vuestro camino; si la raíz es recta, vuestra esposa o vuestro marido serán apuestos y cariñosos, si la raíz está retorcida, os casaréis con alguien de aspecto desagradable. Si ha quedado tierra adherida a las raíces, vuestro matrimonio será feliz y fecundo; pero si la raíz es delgada y está desnuda, vuestro matumonio no durará mucho. Podéis imaginar las explosiones de risa, el jolgorio y las burlas a que daban lugar estas indagaciones conyugales: los jóvenes se empujaban, se arrimaban unos a otros, comparando los resultados de la pesquisa; incluso los niños más pequeños tenían su raíz.
 ‑¡Pobre Will Haverel! ‑exclamó Muirland, echando una mirada a la raíz que tenía un joven en la mano‑. Tu mujer será fea; la raíz que has encontrado se parece al rabo de mi cerdo.
 Después se sentaron en círculo, y todos probaron el sabor de la raíz: una raíz amarga presagia un mal marido; una dulce, un marido tonto; y si la raíz es aromática, el esposo será de carácter agradable.
 A esta ceremonia siguió la del tap‑pickle. Las muchachas, con los ojos vendados, salen a coger tres espigas. Si alguna de las tres no tiene grano, nadie duda que el futuro marido de la joven habrá de perdonarla alguna debilidad antes de la boda. ¡Oh Nelly! ¡Nelly! A tus tres espigas les falta el tap‑pickle, y no has podido evitar las burlas. Es cierto que, justo ayer, la fause‑house, o granero, fue testigo de una larga conversación entre tú y Robert Luath.
 Muirland observaba sin participar en los juegos.
 ‑¡Las avellanas! ¡Las avellanas! ‑gritaron todos‑. Sacaron del cesto un saquito de avellanas, y todos se acercaron al fuego que habían mantenido encendido todo el tiempo. La luna brillaba resplandeciente. Cada uno cogió su avellana. Se trata de un rito célebre y venerable. Se forman las parejas, y cada avellana lleva escrito el nombre de la persona que la ha elegido; se meten en el fuego, al mismo tiempo, la avellana que lleva el nombre de la novia y la propia. Si las dos avellanas arden tranquilamente, una junto a otra, habrá una unión larga y placentera; pero si al arder, estallan y se separan, habrá discordia y desunión en el matrimonio. A menudo es la muchacha quien deposita en el fuego la imagen a la que está unida su alma. ¡Y cuál no será su dolor, cuando se produce la separación, y el futuro esposo se precipita, chisporroteando, lejos de ella!
 Ya había dado la una, y los campesinos no se cansaban de consultar los místicos oráculos. El temor y la fe que los acompañaban revestían los conjuros de un embrujo desconocido. Los spunkies empezaban a moverse de nuevo por entre los juncos. Las muchachas temblaban. La luna, ya alta en el cielo, se escondió tras una nube. Se llevaron a cabo la ceremonia de los guijarros, la de la vela y la de la manzana, grandes conjuros que no desvelaré. Willie Maillie, una de las jóvenes más hermosas, hundió su brazo tres veces en las aguas del Doon, exclamando: «Mi futuro esposo, mi desconocido marido, ¿dónde estás? Aquí tienes mi mano.» Tres veces repitió el conjuro, y entonces la oyeron lanzar un grito.
 ‑¡Ay, pobre de mí! ¡El spunkie me ha cogido la mano! ‑gritó‑. Todos se acercaron atemorizados; sólo Muirland no sentía miedo. Maillie mostró su mano ensangrentada; los jueces, de ambos sexos, cuya larga experiencia les convertía en hábiles intérpretes de las señales mágicas, declararon sin vacilar que los arañazos no habían sido causados, como sostenía Muirland, por las espinosas puntas de los juncos, sino que el brazo de la joven portaba la marca de la afilada garra del spunkie. Y todos reconocieron que aquello significaba que la sombra de un marido celoso había de pesar sobre el futuro de Maillie. El granjero viudo había bebido, quizá, un trago de más.
 ‑¡Celoso! ‑exclamó‑, celoso!
 Le parecía advertir en la declaración de los compañeros una malévola alusión a su desgracia.
 ‑Yo ‑continuó vaciando de un trago una cantimplora llena de whisky hasta el borde‑, preferiría mil veces casarme con el spunkie que volverme a casar otra vez. Sé lo que es vivir encadenado; tanto valdría vivir prisionero en una botella con una mona, un gato o el verdugo por compañero. Yo tenía celos de mi pobre Tuilzie; quizá estaba equivocado; pero decidme, ¿cómo habría podido no tenerlos? ¿Qué mujer no debe ser continuamente vigilada? No dormía por las noches; no la dejaba un momento sola durante el día; no cerraba los ojos ni un momento. El negocio de la granja marchaba mal; todo se desmoronaba. La misma Tuilzie languidecía ante mis ojos. ¡Que se lo lleve el diablo, al matrimonio!
 Algunos reían; otros guardaban silencio escandalizados. Todavía quedaba el último y más temible de los conjuros: la ceremonia del espejo.
 Sosteniendo una vela en la mano, uno debe colocarse ante un pequeño espejo; se sopla tres veces sobre el cristal y se seca otras tantas, repitiendo: «Aparece, marido mío», o bien, «Aparece, esposa mía.» Entonces, por encima del hombro de quien interroga al destino aparece una figura, que se refleja claramente en el espejito: es la de la esposa o la del marido así invocado.
 Nadie, tras lo sucedido a Maillie, se atrevía a desafiar de nuevo a las potencias sobrenaturales. El espejo y la vela estaban ya preparados; pero nadie parecía tener la intención de utilizarlos. Se escuchaba el murmullo del Doon por entre los cañaverales. La larga cinta de plata, que temblaba sobre las aguas a lo lejos, parecía, a los ojos de los aldeanos, el rastro centelleante de los spunkies, o el de los espíritus de las aguas; la yegua de Muirland, la pequeña yegua de los Highlands de cola negra y pecho blanco, relinchaba con todas sus fuerzas, delatando así la proximidad de un espíritu maligno. El viento se volvía helado y los tallos de los juncos se agitaban con un largo y triste susurro; las mujeres empezaron a hablar del regreso, y no escatimaron buenas razones, ni reproches para los maridos y hermanos, ni advertencias sobre la salud de los padres; en fn, toda esa elocuencia doméstica a la que nosotros, reyes de la naturaleza y del mundo, nos sometemos con facilidad.
 ‑¡Y bien! ¿Quién de vosotros se atreve con el espejo? ‑exclamó Muirland.
 No hubo respuesta.
 ‑Bien poco valor tenéis ‑continuó el granjero‑. Os echáis a temblar con los sauces en cuanto sopla un poco el viento. Yo ‑bien lo sabéis‑ no me quiero volver a casar, porque quiero dormir, y mis párpados se niegan a cerrarse cuando estoy casado; así que no puedo empezar el conjuro. Lo sabéis tan bien como yo.
 Pero finalmente, puesto que nadie quería coger el espejo, Jock Muirland se hizo cargo de él.
 «Os daré ejemplo», y sin vacilar, agarró el espejo; encendieron una vela, y Muirland pronunció valerosamente las palabras del conjuro.
 «Aparece, pues, esposa mía.»
 De pronto, una pálida imagen, de cabellos rubios resplandecientes, apareció por encima de su hombro. Muirland se sobresaltó; se volvió, por si hubiera alguna joven detrás de él para simular la aparición. Pero ninguna había simulado al espectro; el espejo se deslizó de sus manos y se rompió; pero detrás de su hombro aparecía aún el rostro blanco de cabellera resplandeciente. Muirland lanzó un grito y cayó de bruces al suelo.
 Teníais que haber visto entonces a los habitantes de la aldea huir desordenadamente, como hojas arrastradas por el viento; en el lugar donde, poco antes, todos se habían abandonado a sus pueblerinas diversiones, no quedó nada, salvo los restos de la fiesta, el fuego casi apagado, jarros y cantimploras vacías, y Muirland tendido en el suelo. Los spunkies y su cortejo regresaban ahora en tropel, y el temporal, que ya estaba en el aire, unía a sus cánticos misteriosos, el largo ulular que los escoceses llaman de forma pintoresca, Sugh. Muirland, irguiéndose, miró una vez más sobre su hombro: allí estaba aquel rostro. Sonreía al granjero sin decir una palabra, y Muirland no conseguía descubrir si aquella cabeza pertenecía a un cuerpo, ya que sólo aparecía cuando se daba la vuelta.
 Muirland tenía la boca seca, y sentía su lengua helada pegada al paladar. Haciendo acopio de todo su valor, intentó entablar conversación con aquel ser infernal; pero en vano: sólo con ver las pálidas facciones, los encendidos rizos, le temblaba todo el cuerpo. Intentó huir, con la esperanza de librarse de la aparición. Había saltado sobre la pequeña yegua blanca, y tenía ya el pie en el estribo, cuando probó por última vez; pero el temor le venció. La cabeza estaba siempre junto a él, era su compañera inseparable. Estaba pegada a su hombro como esas cabezas sin cuerpo, cuyos perfiles los escultores góticos disponían a veces en lo alto de un pilar o en el ángulo de un cornisamento. La pobre Meg, la pequeña yegua, relinchaba con todas sus fuerzas y daba coces al aire, mostrando el mismo pánico que su dueño. Siempre que Muirland se volvía, el spunkie (era sin duda uno de aquellos moradores de las junqueras quien le perseguía), fijaba en él sus ojos brillantes de un azul profundo, sin pestañas que los oscurecieran ni párpados que velasen su insoportable resplandor.
 Muirland espoleó a la yegua, atormentado siempre por la ansiedad de saber si su perseguidora seguía todavía allí; pero ella no le abandonaba; en vano lanzaba al galope a la yegua; en vano los páramos y los cerros huían a su paso; Muirland ya no sabía por qué camino iba, ni a dónde llevaba a la pobre Meg. Una sola idea le obsesionaba: el spunkie, su compañero o mejor su compañera, porque la cabeza femenina tenía toda la malicia y toda la delicadeza de una joven de dieciocho años. Ia bóveda del cielo se cubría de espesas nubes, que parecían devorarlo poco a poco. Nunca un pobre diablo se encontró más solo en medio de los campos, en una oscuridad tan infernal. El viento soplaba como si quisiera despertar a los muertos, y la lluvia caía oblicuamente por la violencia de la tempestad. El resplandor de los relámpagos se desvanecía, devorado por las nubes de las que salían sobrecogedores bramidos. ¡Pobre Muirland!, voló tu gorra escocesa azul y roja y no osaste volver atrás a recogerla. La tempestad redobló su furia; el Doon se desbordó; y Muirland, tras haber galopado durante una hora, descubrió con gran dolor, que había regresado al punto de partida. Allí estaba, bajo sus ojos, la iglesia derruida de Cassilis, y parecía que un incendio ardía entre los restos de las viejas pilastras; las llamas salian por las rotas aperturas, y las esculturas se recortaban sobre aquel fondo lúgubre. Meg se negaba a seguir avanzando; pero el granjero, a quien le había abandonado la razón y creyendo sentir la horrible cabeza apoyada sobre su hombro, clavó con tanta fuerza las espuelas en los flancos de la pobre Meg, que ésta se desplomó, a pesar suyo, ante la violencia que se le vino encima.
 ‑Jock ‑dijo una dulce voz‑, cásate conmigo y nunca más volverás a tener miedo.
 Imaginad el profundo horror del desventurado Muirland.
 ‑Cásate conmigo ‑repitió el spunkie.
 Entretanto, huían hacia la catedral en llamas. Muirland, detenido en su carrera por los pilares mutilados y las estatuas caídas, bajó del caballo; había bebido tanto vino aquella noche, tanta cerveza y aguardiente, había galopado tanto y había vivido tantas emociones que terminó por acostumbrarse a aquel estado de misteriosa excitación: nuestro granjero entró con paso firme en la nave sin bóveda de donde salía el fuego infernal. La escena que apareció entonces ante sus ojos era nueva para él. Una figura acurrucada en medio de la nave sostenía, sobre su espalda arqueada, un vaso octogonal en el que ardía una llama verde y roja. El altar estaba dispuesto con los antiguos adornos del rito católico. Demonios de roja cabellera erizada ocupaban, de pie sobre el altar, el lugar de las velas. Todas las formas grotescas e infernales que la fantasía del pintor y del poeta hayan podido imaginar, se agolpaban, corrían y se entremezclaban en múltiples y extrañas formas. Los asientos del coro estaban ocupados por graves personajes que conservaban los hábitos propios de su rango. Pero bajo las mucetas se dibujaban manos de esqueletos, de cuyas cuencas vacías no salía luz alguna. No diré, porque el lenguaje humano no puede llegar a tanto, qué incienso quemaban en aquella iglesia, ni qué abominable parodia de santos misterios estaban representando allí los demonios. Cuarenta diablos encaramados en la antigua galería que antaño albergase el órgano de la catedral, sostenían gaitas escocesas de diferentes tamaños. Doce de ellos formaban un trono para un enorme gato negro que marcaba el compás con un maullido prolongado. La diabólica sinfonía hacía temblar las bóvedas semiderruidas, de las que caían, de vez en cuando, fragmentos de piedra. En medio de aquel tumulto estaban arrodillados algunos esbeltos skelpies, parecidos a encantadoras niñas, a no ser por sus colas, que sobresalían bajo sus hábitos blancos; y más de cincuenta skelpies, con las alas extendidas o recogidas, bailaban o reposaban. En los nichos de los santos, dispuestos simétricamente en trorno a la nave central, se abrían trumbas profanadas, de donde surgía la muerte, en su blanco sudario, sosteniendo entre sus manos el cirio fúnebre. En cuanto a las reliquias que colgaban de los muros, no me detendré a describirlas. Todos los crímenes cometidos en Escocia desde hacía veinte años estaban allí, tapizando los muros de la iglesia abandonada a los demonios.
 Ahí estaban la cuerda del ahorcado, el cuchillo del asesino, los despojos horripilantes del aborto y las huellas del incesto. Ahí estaban los corazones de los desalmados ennegrecidos por el vicio, y los blancos cabellos de una cabeza paterna aún pegados a la hoja criminal del parricida. Muirland se detuvo y se volvió; la cabeza, su compañera de camino, no había abandonado su puesto. Uno de los monstruos encargados del servicio infernal le cogió de la mano; Muirland no se resistió. Le condujo al altar; Muirland siguió a su guía. Estaba vencido, sin fuerzas. Todos se arrodillaron, y Muirland se arrodilló; entonaron entonces unos extraños cánticos pero Muirland no escuchaba nada; permaneció inmóvil, atónito, como petrificado, esperando su destino. Entretanto, los himnos diabólicos se hacían más audibles. Los spunkies, encargados de formar el cuerpo de baile, daban vueltas cada vez más frenéticas en su corro infernal; las gaitas gritaban, mugían, aullaban y silbaban con mayor vehemencia. Muirland se volvió para mirar su hombro aciago, que un huésped indeseable había elegido como residencia.
 ‑¡Ah! ‑gritó con un largo suspiro de satisfacción.
 La cabeza había desaparecido.
 Pero cuando su mirada alucinada y asustada volvió a los objetos que le rodeaban, vio con estupor junto a él, arrodillada sobre un ataúd, una jovencita cuyo rostro era el del fantasma que lo había perseguido. Un vestido de lino gris la cubría apenas hasta medio muslo. Podía entrever el escote encantador; los hombros, ocultos por sus cabellos rubios; el seno virginal, cuya belleza dejaba traslucir el liviano vestido. Muirland quedó conmovido; aquellas formas gráciles y delicadas contrastaban con las horrendas apariciones que se veían en torno a ella. El esqueleto que parodiaba la misa tomó, con sus dedos retorcidos, la mano de Muirland, y la unió a la de la joven. Muirland sintió entonces, cuando su extraña novia le apretó la mano, el tacto de la fría punzada que el vulgo arribuye a las garras del spunkie. Era demasiado para él; cerró los ojos, y sintió que se desmayaba. Vencido a medias por un desfallecimiento que luchaba por combatir, creyó adivinar a quién pertenecían las manos infernales que le volvieron a montar sobre la yegua, que le estaba esperando a las puertas de la iglesia; pero su percepción era confusa, y vagas sus sensaciones.
 Como cualquiera puede imaginar, semejante noche dejó sus huellas en Muirland; se despertó como si saliese de un letargo, y se sorprendió al comprender que estaba casado desde hacía algunos días: después de la noche de Hallowe'en había viajado a las montañas y había llevado consigo a una joven esposa, que ahora yacía junto a él, en el viejo lecho de la granja.
 Se frotó los ojos y creyó estar soñando; luego quiso contemplar a la que, sin saberlo, había elegido y que ahora era la señora Muirland. Era ya de día. ¡Qué graciosa era la esposa! ¡Qué dulce luz había en su amplia mirada! ¡Qué esplendor en aquellos ojos! Sin embargo, Muirland se sentía atrapado por la extraña luz que emanaba de aquella mirada. Se acercó a ella; para su sorpresa, su esposa ‑o así le pareció a él‑ no tenía párpados; grandes pupilas de azul profundo se dibujaban bajo el oscuro arco de las cejas, cuyo trazo era admirablemente sutil. Muirland suspiró; el recuerdo vago del spunkie, de la carrera nocturna y de la espantosa boda en la catedral, volvió de golpe a su mente.
 Observando más de cerca a su nueva esposa, le pareció descubrir en ella todos los rasgos característicos de aquel ser misterioso, aunque modificados, y algo suavizados. Los dedos de la joven eran largos y delgados; las uñas blancas y afiladas; los cabellos caían hasta el suelo. Permaneció como abstraído en una fantasía; no obstante, los vecinos le comunicaron que la familia de la joven vivía en los Highlands; que al terminar la boda había sufrido una fiebre altísima, y que no debía sorprenderse si el recuerdo de la ceremonia se había borrado de su mente, aún convalenciente; y que muy pronto se portaría mejor con la joven, ya que era graciosa, dulce y muy buena ama de casa.
 ‑Pero si no tiene párpados ‑exclamó Muirland.
 Los vecinos se reían de él y decían que la fiebre no le había abandonado todavía; nadie, salvo el granjero, advertía aquella extraña característica.
 Llegó la noche; para Muirland era su noche de bodas, ya que, hasta aquel momento, estaba casado sólo de nombre. La belleza de su esposa le había enternecido, aunque él la viese sin párpados. Se prometía, pues, una y otra vez, vencer su miedo y gozar del singular regalo que el cielo o el infierno le habían enviado.
 Pedimos ahora al lector que nos conceda las ventajas y ardides propios de la novela y de la fábula, y que nos permita omitir los detalles de los primeros acontecimientos de la noche. No diremos lo hermosa que estaba la bella Spellie (tal era el nombre de la esposa) ataviada para esa noche.
 Muirland se despertó, soñando que la luz del sol iluminaba de golpe la habitación donde estaba el lecho nupcial. Deslumbrado por los rayos ardientes, se alzó sobresaltado, y vio los ojos de su esposa fijos tiernamente en él.
 ‑¡Diablos! ‑pensó‑, dormir ahora es una verdadera ofensa a su belleza. Así pues, alejó el sueño y susurró a Spellie tiernas frases de amor, a las que la joven montañesa respondió como mejor pudo.
 Spellie no había dormido aún cuando llegó la mañana.
 ‑¿Y cómo podría dormir ‑se preguntaba Muirland‑, si no tiene párpados?
 Y su pobre mente volvía a caer en un abismo de dudas y temores.
 Salió el sol. Muirland estaba pálido y abatido. La señora Muirland tenía los ojos resplandecientes como nunca. Pasaron la mañana paseando por las orillas del Doon. La joven esposa era tan encantadora, que el marido, a pesar de la extrañeza y de la fiebre que aún tenía, no podía contemplarla sin sentir admiración.
 ‑Jock ‑le dijo ella‑, te amo como tu amabas a Tuilzie; todas las jóvenes de los alrededores me envidian; así pues, habrás de estar alerta, amor mío, porque me sentiré celosa y te vigilaré de cerca.
 Los besos de Muirland cerraron su boca; pero las noches se sucedían, y en lo más profundo de cada noche, los ojos resplandecientes de Spellie arrancaban al granjero de su sueño, el vigor de Muirland declinaba.
 ‑Pero amor mío ‑preguntó Jock a su mujer‑, ¿es que no duermes nunca?
 ‑¿Dormir yo?
 ‑Sí, dormir. Desde que estamos casados creo que no has dormido un sólo instante.
 ‑En mi familia no se duerme nunca.
 Y sus pupilas azules, parecían brillar aún más.
 ‑¡No duerme! ‑exclamó Muirland, desesperado‑. ¡No duerme!
 Y se dejó caer de nuevo, exhausto y espantado, sobre la almohada.
 ‑¡No tiene párpados, no duerme jamás! ‑repitió.
 ‑No me canso de mirarte ‑respondió Spellie‑, y te vigilaré muy de cerca.
 ¡Pobre Muirland! Los hermosos ojos de su esposa no le concedían reposo; eran, como diría el poeta, estrellas eternamente encendidas para deslumbrarlo. Se compusieron en el condado más de treinta baladas que celebraban los bellos ojos de Spellie. En cuanto a Muirland, un día desapareció. Habían transcurrido tres meses; el suplicio que había sufrido había arruinado su vida y apurado su sangre; sentía que aquella mirada de fuego le consumía. Cuando regresaba del campo, cuando permanecía en casa, cuando iba a la iglesia, siempre estaba a merced del terrible rayo resplandeciente, que penetraba hasta lo más hondo de su ser y que le sobrecogía de terror. Terminó por odiar el sol y huir del día.
 El suplicio que había destruido a la pobre Tuilzie, se había convenido en el suyo: la inquietud espiritual que había hecho de él el verdugo de su primera y joven esposa, y que los hombres llamaban celos, se había transfigurado en el ojo escrutador, imposible de eludir, que le perseguía constantemente: siempre los celos, pero transformados en imagen palpable, en el prototipo de la sospecha. Muirland abandonó la granja, abandonó sus tierras, cruzó el mar y se adentró en los bosques de América del Norte, donde muchos de sus compatriotas habían fundado pueblos y construido un hogar acogedor.
 Confiaba en que las praderas de Ohio le brindasen un asilo seguro; prefería la pobreza, la vida del colono, la serpiente oculta entre la tupida maleza, un alimento sencillo, simple e incierto, a su techo de Escocia, donde el ojo celoso y perpetuamente abierto relucía para atormentarlo. Después de pasar un año en aquellas soledades, terminó por bendecir su suerte: al menos había hallado el reposo en el seno de aquella naturaleza fecunda.
 No mantenía correspondencia con nadie, en Gran Bretaña, por temor a tener noticias de su esposa; algunas veces, en sueños, veía aún aquellos ojos sin párpados, y se despertaba sobresaltado; se aseguraba cuidadosamente de que las temibles pupilas vigilantes no estuviesen junto a él, no lo atravesasen, no lo devorasen con su luz insoportable; y entonces volvía a dormirse, feliz.
 Los Narraghansetts, una tribu que vivía por los alrededores, habían elegido como sachem, o jefe, a Massasoir, un anciano enfermizo, de carácter pacífico; Muirland se había granjeado muy pronto su afecto, regalándole el aguardiente que él sabía destilar. Massasoit cayó un día enfermo, y su amigo Muirland fue a visitarlo a su tienda.
 Imaginad un wigwam indio; una especie de choza cónica con una abertura en lo alto para dejar salir el humo; en el centro de este humilde palacio ardía un fuego; sobre las pieles de bisonte, extendidas en el suelo, yacía el viejo jefe enfermo; a su alrededor, los hombres de la tribu aullaban, gritaban y lloraban, causando tal alboroto, que no sólo no hubiera curado a un hombre enfermo, sino que habría hecho enfermar a un hombre sano. Un powam, o curandero indio dirigía el lúgubre coro y la danza; el eco retumbaba con el estruendo de aquella extraña ceremonia; era la plegaria pública, ofrecida a la divinidad local.
 Seis jóvenes daban masajes a los miembros desnudos y fríos del anciano: una de ellas, de apenas dieciséis años, lloraba. El sentido común de Muirland le hizo comprender que el único resultado de todo aquel aparato medicinal iba a ser la muerte de Massasoit; en su condición de europeo y de hombre blanco, todos le consideraban médico de nacimiento. Aprovechando la autoridad que ese título confería, hizo salir a todos aquellos hombres que gritaban, y se acercó al sachem.
 ‑¿Quién viene a mí? ‑preguntó el viejo.
 ‑Jock, el hombre blanco.
 ‑¡Oh! ‑respondió el sachem, tendiéndole la áspera mano‑. No nos veremos más, Jock.
 Jock, aunque sabía bastante poco de medicina, advirtió enseguida que el sachem padecía simplemente de indigestión; lo tomó a su cuidado y ordenó que se hiciese silencio; le impuso una dieta y le preparó un excelente potaje escocés que el viejo engulló como si se tratase de una medicina. En tres días Massasoit había vuelto a la vida; los gritos de nuestros salvajes expresaban ahora gratitud y alegría. Massasoit hizo sentar a Jock a su lado, le dio a fumar su calumet y le presentó a su hija Anauket, la más joven y bella de cuantas había visto Muirland en la tienda.
 ‑Tú no tienes una squaw ‑le dijo el viejo guerrero‑. Toma a mi hija y honra mis canas.
 Jock se estremeció; recordó a Tuilzie y a Spellie: el matrimonio nunca le había traído la felicidad. Pero, por otra parte, la joven squaw era dulce, ingenua y obediente. Además, un matrimonio en aquellas soledades reviste muy poca solemnidad: no tiene gran valor para un europeo. Jock aceptó, y la bella Anauket no le dio jamás ocasión alguna de arrepentirse de su decisión.
 Un día, el octavo desde su unión, navegaban por el Ohio, en una bella mañana de otoño. Jock llevaba su fusil de caza. Anauket, acostumbrada a estas expediciones propias de la vida en los bosques, ayudaba y servía a su marido. El tiempo era magnífico; las orillas del río ofrecían parajes deliciosos a los amantes. Jock había tenido buena caza; de repente, una pintada de espléndidas alas atrajo su atención; apuntó, la hirió, y el pájaro, herido de muerte, cayó gimiendo, en medio de la espesura. Muirland no quería perder una pieza tan magnífica; varó la canoa y corrió en busca del pájaro herido. Batió en vano muchos matorrales, pero su obstinación de escocés le empujaba siempre más hacia el corazón del bosque. Muy pronto se halló en uno de esos verdes claros naturales que se hallan en los bosques de América, rodeado de árboles de gran altura; entonces un fulgor atravesó el follaje y llegó hasta él. A Muirland le dio un vuelco el corazón: el rayo le quemaba; aquella luz insoportable le obligaba a bajar la mirada.
 El ojo sin párpado estaba allí, eternamente vigilante.
 Spellie había atravesado el océano, había encontrado el rastro de su marido y le había seguido de cerca; había mantenido su palabra, y sus celos terribles aplastaban ya a Muirland con sus justos reproches. El hombre corrió hacia el río, seguido por la mirada del ojo sin párpado; vio la onda clara y pura del Ohio y se lanzó a ella, empujado por el terror.
 Éste fue el fin de Jock Muirland, tal y como se halla en una leyenda escocesa que las viejas cuentan a su manera. Se trata de una alegoría, afirman, y el ojo sin párpado es el ojo, siempre vigilante, de la mujer celosa, el más espantoso de los suplicios.

EL ELIXIR DE LARGA VIDA





EL ELIXIR DE LARGA VIDA
(L'élixir de longue vie, 1830)
                                                                                   Honoré de Balzac


 AL lector: al comienzo de su carrera literaria recibió el autor, de manos de un amigo muerto hacía tiempo, el tema de esta obra, que más tarde encontró en una antología a principios de este siglo; y, según sus conjeturas, se trata de una fantasía creada por Hoffmann de Berlín, publicada en algún almanaque alemán y olvidada por sus editores. La Comédie Humaine es lo suficientemente original para que el autor pueda confesar una copia inocente; como La Fontaine ha tratado a su manera, y sin saberlo, un hecho ya contado. Esto no ha sido una broma como estaba de moda en 1810, época en la que todo autor escribía cosas atroces para complacer a las jovencitas. Cuando el lector llegue al elegante parricidio de don Juan, intente adivinar cuál sería la conducta, en situaciones más o menos semejantes, de gentes honestas que en el siglo diecinueve toman dinero de rentas vitalicias con la excusa de un catarro, o que alquilan una casa a una anciana por el resto de sus días. ¿Resucitarían a sus arrendatarios? Desearía que «pesadores‑jurados» examinasen concienzudamente qué grado de similitud puede existir entre don Juan y los padres que casan a sus hijos por interés. La sociedad humana, que según algunos filósofos avanza por una vía de progreso, ¿considera como un paso hacia el bien el arte de esperar pasar a mejor vida? Esta ciencia ha creado oficios honestos, por medio de los cuales se vive de la muerte. Algunas personas tienen como ocupación la de esperar un fallecimiento, la abrigan, se acurrucan cada mañana sobre el cadáver, lo convierten en almohada por la noche: se trata de los coadjutores, cardenales supernumerarios, tontineros, etc. Hay que añadir gente elegante presurosa por comprar una propiedad cuyo precio sobrepasa sus posibilidades, pero que consideran lógica y fríamente el tiempo de vida que les queda a sus padres o a sus suegras, octogenarias o septuagenarias diciendo: «Antes de tres años heredaré seguramente, y entonces...» Un asesino nos desagrada menos que un espía. El asesino lo es quizá por un arrebato de locura, puede arrepentirse, ennoblecer. Pero el espía es siempre un espía; es espía en la cama, en la mesa, andando, de noche, de día; es vil a cada momento, ¿qué es, pues, ser un asesino, cuando un espía es vil? Pues bien, ¿no acabamos de reconocer que hay en la sociedad unos seres que llevados por nuestras leyes, por nuestras costumbres y nuestros hábitos piensan sin cesar en la muerte de los suyos y la codician? Sopesan lo que vale un ataúd mientras compran cachemira para sus mujeres, subiendo la escalera del teatro, queriendo ir a la Comedia o deseando un coche. Asesinan en el momento en que los seres queridos, llenos de inocencia, les dan a besar por la noche frentes infantiles, mientras dicen:
 ‑Buenas noches, padre.
 A todas horas ven los ojos que quisieran cerrar, y que cada mañana se abren a la luz como el de Belvídero en esta obra. ¡Sólo Dios sabe el número de parricidios que se cometen con el pensamiento! Imaginemos a un hombre que tiene que pagar mil escudos de renta vitalicia a una anciana, y que ambos viven en el campo, separados por un riachuelo, pero tan extraños uno a otro como para poderse odiar cordialmente, sin faltar a las humanas conveniencias que colocan una máscara sobre el rostro de dos hermanos, de los cuales uno obtendrá el mayorazgo y otro una legitimación. Toda la civilización europea reposa en la herencia como sobre un eje, sería una locura suprimirla; pero, ¿no se podría hacer como con las máquinas que son el orgullo de nuestra época, es decir, perfeccionar el engranaje principal?
 Si el autor ha conservado la vieja fórmula AL LECTOR en una obra en la que trata de representar todas las formas literarias, es para incluir una observación relativa a algunos trabajos, y sobre todo a éste. Cada una de sus composiciones está basada en ideas más o menos nuevas cuya expresión le parece útil, puede haber considerado la prioridad de ciertas fórmulas, de ciertos pensamientos que, más tarde, han pasado al campo literario, y una vez allí quizá se han vulgarizado. Las fechas de la publicación primitiva de cada obra no deben, pues, serles indiferentes a aquellos lectores que quieran hacerles justicia. La lectura proporciona amigos desconocidos y ¡qué amigo, el lector! tenemos amigos conocidos que no leen nada nuestro. El autor espera haber pagado su deuda dedicando esta obra DIIS IGNOTIS. (1846)

 En un suntuoso palacio de Ferrara, agasajaba don Juan Belvídero una noche de invierno a un príncipe de la casa de Este. En aquella época, una fiesta era un maravilloso espectáculo de riquezas reales de que sólo un gran señor podía disponer. Sentadas en torno a una mesa iluminada con velas perfumadas conversaban suavemente siete alegres mujeres, en medio de obras de arte, cuyos blancos mármoles destacaban en las paredes de estuco rojo y contrastaban con las ricas alfombras de Turquía. Vestidas de satén, resplandecientes de oro y cargadas de piedras preciosas que brillaban menos que sus ojos, todas contaban pasiones enérgicas, pero tan diferentes unas de otras como lo eran sus bellezas. No diferían ni en las palabras, ni en las ideas; el aire, una mirada; algún gesto, el tono, servían a sus palabras como comentarios libertinos, lascivos, melancólicos o burlones.
 Una parecía decir:
 ‑Mi belleza sabe reanimar el corazón helado de un hombre viejo.
 Otra:
 ‑Adoro estar recostada sobre los almohadones pensando con embriaguez en aquellos que me adoran.
 Una tercera, debutante en aquel tipo de fiestas, parecía ruborizarse:
 ‑En el fondo de mi corazón siento remordimientos ‑decía‑. Soy católica, y temo al infierno. Pero os amo tanto ¡tanto! que podría sacrificaros la eternidad.
 La cuarta, apurando una copa de vino de Quío, exclamaba:
 ‑¡Viva la alegría! Con cada aurora tomo una nueva existencia. Olvidada del pasado, ebria aún del encuentro de la víspera, agoto todas las noches una vida de felicidad, una vida llena de amor.
 La mujer sentada junto a Belvídero le miraba con los ojos llameantes. Guardaba silencio.
 ‑¡No me confiaría a unos espadachines para matar a mi amante, si me abandonara!‑ después había reído; pero su mano convulsa hacía añicos una bombonera de oro milagrosamente esculpida.
 ‑¿Cuándo serás Gran Duque? ‑preguntó la sexta al Príncipe, con una expresión de alegría asesina en los dientes y de delirio báquico en los ojos.
 ‑¿Y cuándo morirá tu padre? ‑dijo la séptima riendo y arrojando su ramillete de flores a don Juan con un gesto ebrio y alocado. Era una inocente jovencita acostumbrada a jugar con las cosas sagradas.
 ‑¡Ah, no me habléis de ello! ‑exclamó el joven y hermoso don Juan Belvídero‑. ¡Sólo hay un padre eterno en el mundo, y la desgracia ha querido que sea yo quien lo tenga!
 Las siete cortesanas de Ferrara, los amigos de don Juan y el mismo Príncipe lanzaron un grito de horror. Doscientos años más tarde y bajo Luis XV, las gentes de buen gusto hubieran reído ante esta ocurrencia. Pero, tal vez al comienzo de una orgía las almas tienen aún demasiada lucidez. A pesar de la luz de las velas, las voces de las pasiones, de los vasos de oro y de plata, el vapor de los vinos, a pesar de la contemplación de las mujeres más arrebatadoras, quizá había aún, en el fondo de los corazones, un poco de vergüenza ante las cosas humanas y divinas, que lucha hasta que la orgía la ahoga en las últimas ondas de un vino espumoso. Sin embargo, los corazones estaban ya marchitos, torpes los ojos, y la embriaguez llegaba, según la expresión de Rabelais, hasta las sandalias. En aquel momento de silencio se abrió una puerta, y, como en el festín de Balthazar, Dios hizo acto de presencia y apareció bajo la forma de un viejo sirviente, de pelo blanco, andar vacilante y de ceño contraído. Entró con una expresión triste; con una mirada marchitó las coronas, las copas bermejas, las torres de fruta, el brillo de la fiesta, el púrpura de los rostros sorprendidos, y los colores de los cojines arrugados por el blanco brazo de las mujeres; finalmente, puso un crespón de luto a toda aquella locura, diciendo con voz cavernosa estas sombrías palabras:
 ‑Señor, vuestro padre se está muriendo.
 Don Juan se levantó haciendo a sus invitados un gesto que bien podría traducirse pur un: «Lo siento, esto no pasa todos los días.»
 ¿Acaso la muerte de un padre no sorprende a menudo a los jóvenes en medio de los esplendores de la vida, en el seno de las locas ideas de una orgía? La muerte es tan repentina en sus caprichos como lo es una cortesana en sus desdenes; pero más fiel, pues nunca engañó a nadie.
 Cuando don Juan cerró la puerta de la sala y enfiló una larga galería tan fría como oscura, se esforzó por adoptar una actitud teatral pues, al pensar en su papel de hijo, había arrojado su alegría junto con su servilleta. La noche era negra. El silencioso sirviente que conducía al joven hacia la cámara mortuoria alumbraba bastante mal a su amo, de modo que la Muerte, ayudada por el frío, el silencio, la oscuridad, y quizá por la embriaguez, pudo deslizar algunas reflexiones en el alma de este hombre disipado; examinó su vida y se quedó pensativo, como un procesado que se dirije al tribunal.
 Bartolomé Belvídero, padre de don Juan, era un anciano nonagenario que había pasado la mayor parte de su vida dedicado al comercio. Como había atravesado con frecuencia las talismánicas regiones de Oriente, había adquirido inmensas riquezas y una sabiduría más valiosa ‑decía‑ que el oro y los diamantes, que ahora ya no le preocupaban lo más mínimo.
 ‑Prefiero un diente a un rubí, y el poder al saber ‑exclamaba a veces sonriendo.
 Aquel padre bondadoso gustaba de oír contar a don Juan alguna locura de su juventud y decía en tono jovial, prodigándole el oro:
 ‑Querido hijo, haz sólo tonterías que te diviertan.
 Era el único anciano que se complacía en ver a un hombre joven, el amor paterno engañaba a su avanzada edad en la contemplación de una vida tan brillante. A la edad de sesenta años Belvídero se había enamorado de un ángel de paz y de belleza. Don Juan había sido el único fruto de este amor tardío y pasajero. Desde hacía quince años este hombre lamentaba la pérdida de su amada Juana. Sus numerosos sirvientes y también su hijo atribuyeron a este dolor de anciano las extrañas costumbres que adoptó. Confinado en el ala más incómoda de su palacio, salía raramente, y ni el mismo don Juan podía entrar en las habitaciones de su padre sin haber obtenido permiso. Si aquel anacoreta voluntario iba y venía por el palacio, o por las calles de Ferrara, parecía buscar alguna cosa que le faltase; caminaba soñador, indeciso, preocupado como un hombre en conflicto con una idea o un recuerdo. Mientras el joven daba fiestas suntuosas y el palacio retumbaba con el estallido de su alegría, los caballos resoplaban en el patio y los pajes discutían jugando a los dados en las gradas, Bartolomé comía siete onzas de pan al día y bebía agua. Si tomaba algo de carne era para darle los huesos a un perro de aguas, su fiel compañero. Jamás se quejaba del ruido. Durante su enfermedad, si el sonido del cuerno de caza y los ladridos de los perros le sorprendían, se limitaba a decir: ¡ah, es don Juan que vuelve! Nunca hubo en la tierra un padre tan indulgente. Por otra parte, el joven Belvídero, acostumbrado a tratarle sin ceremonias, tenía todos los defectos de un niño mimado. Vivía con Bartolomé como vive una cortesana caprichosa con un viejo amante, disculpando sus impertinencias con una sonrisa, vendiendo su buen humor, y dejándose querer. Reconstruyendo con un solo pensamiento el cuadro de sus años jóvenes, don Juan se dio cuenta de que le sería difícil echar en falta la bondad de su padre. Y sintiendo nacer remordimientos en el fondo de su corazón mientras atravesaba la galería, estuvo próximo a perdonar a Belvídero por haber vivido tanto tiempo. Le venían sentimientos de piedad filial del mismo modo que un ladrón se convierte en un hombre honrado por el posible goce de un millón bien robado. Cruzó pronto las altas y frías salas que constituían los aposentos de su padre. Tras haber sentido los efectos de una atmósfera húmeda, respirado el aire denso, el rancio olor que exhalaban viejas tapicerías y armarios cubiertos de polvo, se encontró en la antigua habitación del anciano, ante un lecho nauseabundo junto a una chimenea casi apagada. Una lámpara, situada sobre una mesa de forma gótica, arrojaba sobre el lecho, en intervalos desiguales, capas de luz más o menos intensas, mostrando de este modo el rostro del anciano siempre bajo un aspecto diferente. Silbaba el frío a través de las ventanas mal cerradas; y la nieve, azorando las vidrieras, producía un ruido sordo. Aquella escena, contrastaba de tal modo con la que don Juan acababa de abandonar, que no pudo evitar un estremecimiento. Después tuvo frío, cuando al acercarse al lecho un violento resplandor empujado por un golpe de viento iluminó la cabeza de su padre: sus rasgos estaban descompuestos, la piel pegada a los huesos tenía tintes verdosos que la blancura de la almohada sobre la que reposaba el anciano hacía aún más horribles. Contraída por el dolor, la boca entreabierta y desprovista de dientes, dejaba pasar algunos suspiros cuya lúgubre energía era sostenida por los aullidos de la tempestad. A pesar de tales signos de destrucción brillaba en aquella cabeza un increíble carácter de poder. Un espíritu superior que combatía a la muerte. Los ojos hundidos por la enfermedad guardaban una singular fijeza. Parecía que Bartolomé buscaba con su mirada moribunda a un enemigo sentado al pie de su cama para matarlo. Aquella miraja, fija y fría, era más escalofriante por cuanto que la cabeza permanecía en una inmovilidad semejante a la de los cráneos situados sobre la mesa de los médicos. Su cuerpo, dibujado por completo por las sábanas del lecho, permitía ver que los miembros del anciano guardaban la misma rigidez. Todo estaba muerto menos los ojos. Los sonidos que salían de su boca tenían también algo de mecánico.
 Don Juan sintió una cierta vergüenza al llegar junto al lecho de su padre moribundo conservando un ramillete de cortesana en el pecho, llevando el perfume de la fiesta y el olor del vino.
 ‑¡Te divertías! ‑exclamó el anciano cuando vio a su hijo.
 En el mismo momento, la voz fina y ligera de una cantante que hechizaba a los invitados, reforzada por los acordes de la viola con la que se acompañaba, dominó el bramido del huracán y resonó en la cámara fúnebre. Dun Juan no quiso oír aquel salvaje asentimiento.
 Bartolomé dijo:
 ‑No te quiero aquí, hijo mío.
 Aquella frase llena de dulzura lastimó a don Juan, que no perdonó a su padre semejante puñalada de bondad.
 ‑¡Qué remordimientos, padre! ‑dijo hipócritamente.
 ‑¡Pobre Juanito! ‑continuó el moribundo con voz sorda‑, ¿tan bueno he sido para ti que no deseas mi muerte?
 ‑¡Oh! ‑exclamó don Juan‑, ¡si fuera posible devolverte a la vida dándote parte de la mía! (cosas así pueden decirse siempre, pensaba el vividor, ¡es como si ofreciera el mundo a mi amante!).
 Apenas concluyó este pensamiento cuando ladró el viejo perro de aguas. Aquella voz inteligente hizo que don Juan se estremeciera, pues creyó haber sido comprendido por el perro.
 ‑Ya sabía, hijo mío, que podía contar contigo ‑exclamó el moribundo‑, viviré. Podrás estar contento. Viviré, pero sin quitarte un solo día que te pertenezca.
 «Delira», se dijo a sí mismo don Juan. Luego añadió en voz alta:
 ‑Sí, padre querido, viviréis ciertamente, porque vuestra imagen permanecerá en mi corazón.
 ‑No se trata de esa vida ‑dijo el noble anciano, reuniendo todas sus fuerzas para incorporarse, porque le sobrecogió una de esas sospechas que sólo nacen en la cabecera de los moribundos‑. Escúchame, hijo ‑continuó con la voz debilitada por este último esfuerzo‑, no tengo yo más ganas de morirme que tú de prescindir de amantes, vino, caballos, halcones, perros y oro.
 «Estoy seguro de ello», pensó el hijo arrodillándose a la cabecera de la cama y besando una de las manos cadavéricas de Bartolomé.
 ‑Pero ‑continuó en voz alta‑, padre, padre querido, hay que someterse a la voluntad de Dios.
 ‑Dios soy yo ‑replicó el anciano refunfuñando.
 ‑No blasfeméis ‑dijo el joven viendo el aire amenazador que tomaban los rasgos de su padre. Guardaos de hacerlo, habéis recibido la Extremaunción, y no podría hallar consuelo viéndoos morir en pecado.
 ‑¿Quieres escucharme? ‑exclamó el moribundo, cuya boca crujió.
 Don Juan cedió. Reinó un horrible silencio. Entre los grandes silbidos de la nieve llegaron aún los acordes de la viola y la deliciosa voz, débiles como un día naciente. El moribundo sonrió.
 ‑Te agradezco el haber invitado a cantantes, haber traído música. ¡Una fiesta! mujeres jóvenes y bellas, blancas y de negros cabellos. Todos los placeres de la vida, haz que se queden. Voy a renacer.
 ‑Es el colmo del delirio ‑dijo don Juan.
 ‑He descubierto un medio de resucitar. Mira, busca en el cajón de la mesa; podrás abrirlo apretando un resorte que hay escondido por el Grifo.
 ‑Ya está, padre.
 ‑Bien, coge un pequeño frasco de cristal de roca.
 ‑Aquí está.
 ‑He empleado veinte años en... ‑en aquel instante, el anciano sintió próximo el final y reunió toda su energía para decir‑: Tan pronto como haya exhalado el último suspiro, me frotarás todo el cuerpo con este agua, y renaceré.
 ‑Pues hay bastante poco ‑replicó el joven.
 Si bien Bartolomé ya no podía hablar, tenía aún la facultad de oír y de ver, y al oír esto, su cabeza se volvió hacia don Juan con un movimiento de escalofriante brusquedad, su cuello se quedó torcido como el de una estatua de mármol a quien el pensamiento del escultor ha condenado a mirar de lado, sus ojos, más grandes, adoptaron una espantosa inmovilidad. Estaba muerto, muerto perdiendo su única, su última ilusión. Buscando asilo en el corazón de su hijo encontró una tumba más honda que las que los hombres cavan habitualmente a sus muertos. Sus cabellos se habían erizado también por el horror, y su mirada convulsa hablaba aún. Era un padre saliendo con rabia de un sepulcro para pedir venganza a Dios.
 ‑¡Vaya!, se acabó el buen hombre ‑exclamó don Juan.
 Presuroso por acercar el misterioso cristal a la luz de la lámpara como un bebedor examina su botella al fnal de la comida, no había visto blanquear el ojo de su padre. El perro contemplaba con la boca abierta alternativamente a su amo muerto y el elixir, del mismo modo que don Juan miraba, ora a su padre, ora al frasco. La lámpara arrojaba ráfagas ondulantes. El silencio era profundo, la viola había enmudecido. Belvídero se extremeció creyendo ver moverse a su padre. Intimidado por la expresión rígida de sus ojos acusadores los cerró del mismo modo que hubiera bajado una persiana abatida por el viento en una noche de otoño. Permaneció de pie, inmóvil, perdido en un mundo de pensamientos. De repente, un ruido agrio, semejante al grito de un resorte oxidado, rompió el silencio. Don Juan, sorprendido, estuvo a punto de dejar caer el frasco. De sus poros brotó un sudor más frío que el acero de un puñal. Un gallo de madera pintada surgió de lo alto de un reloj de pared, y cantó tres veces. Era una de esas máquinas ingeniosas, con la ayuda de las cuales se hacían despertar para sus trabajos a una hora fija los sabios de la época. El alba enrojecía ya las ventanas. Don Juan había pasado diez horas reflexionando. El viejo reloj de pared era más fiel a su servicio que él en el cumplimiento de sus deberes hacia Bartolomé. Aquel mecanismo estaba hecho de madera, poleas, cuerdas y engranajes, mientras que don Juan poseía uno particular al hombre, llamado corazón. Para no arriesgarse a perder el misterioso licor, el escéptico don Juan volvió a colocarlo en el cajón de la mesita gótica. En tan solemne momento oyó un tumulto sordo en la galería: eran voces confusas, risas ahogadas, pasos ligeros, el roce de las sedas, el ruido en fin de un alegre grupo que se recoge. La puerta se abrió y el Príncipe, los amigos de don Juan, las siete cortesanas y las cantantes aparecieron en el extraño desorden en que se encuentran las bailarinas sorprendidas por la luz de la mañana, cuando el sol lucha con el fuego palideciente de las velas. Todos iban a darle al joven heredero el pésame de costumbre.
 ‑¡Oh, oh!, ¿se habrá tomado el pobre don Juan esta muerte en serio? ‑dijo el Príncipe al oído de la de Brambilla.
 ‑Su padre era un buen hombre ‑le respondió ella.
 Sin embargo, las meditaciones nocturnas de don Juan habían imprimido a sus rasgos una expresión tan extraña que impuso silencio a semejante grupo. Los hombres permanecieron inmóviles. Las mujeres, que tenían los labios secos por el vino y las mejillas cárdenas por los besos, se arrodillaron y comenzaron a rezar. Don Juan no pudo evitar estremecerse viendo cómo el esplendor, las alegrías, las risas, los cantos, la juventud, la belleza, el poder, todo lo que es vida, se postraba así ante la muerte. Pero, en aquella adorable Italia la vida disoluta y la religión se acoplaban por entonces tan bien, que la religión era un exceso, y los excesos una religión. El Príncipe estrechó afectuosamente la mano de don Juan, y después, todos los rostros adoptaron simultáneamente el mismo gesto, mitad de tristeza mitad de indiferencia, y aquella fantasmagoría desapareció, dejando la sala vacía. Ciertamente era una imagen de la vida. Mientras bajaban las escaleras le dijo el Príncipe a la Rivabarella:
 ‑Y bien, ¿quién habría creído a don Juan un fánfarrón impío? ¡Ama a su padre!
 ‑¿Os habéis fijado en el perro negro? ‑preguntó la Brambilla.
 ‑Ya es inmensamente rico, ‑dijo suspirando Blanca Cavatolino.
 ‑¡Y eso qué importa! ‑exclamó la orgullosa Baronesa, aquella que había roto la bombonera.
 ‑¿Cómo que qué importa? ‑exclamó el Duque‑. ¡Con sus escudos él es tan príncipe como yo!
 Don Juan, en un principio, asediado por mil pensamientos, dudaba ante varias decisiones. Después de haber examinado el tesoro amasado por su padre, volvió a la cámara mortuoria con el alma llena de un tremendo egoísmo. Encontró allí a toda la servidumbre ocupada en adornar el lecho fúnebre en el cual iba a ser expuesto al día siguiente el difunto señor, en medio de una soberbia capilla ardiente, curioso espectáculo que toda Ferrara vendría a admirar. Don Juan hizo un gesto y sus gentes se detuvieron, sobrecogidos, temblorosos.
 ‑Dejadme solo aquí ‑dijo con voz alterada‑ y no entréis hasta que yo salga.
 Cuando los pasos del anciano sirviente que salió el último sólo sonaron débilmente en las losas, cerró don Juan precipitadamente la puerta, y seguro de su soledad exclamó:
 ‑¡Veamos!
 El cuerpo de Bartolomé estaba acostado en una larga mesa. Con el fin de evitar a los ojos de todos el horrible espectáculo de un cadáver al que una decrepitud extrema y la debilidad asemejaban a un esqueleto, los embalsamadores habían colocado una sábana sobre el cuerpo, envolviéndole todo menos la cabeza. Aquella especie de momia yacía en el centro de la habitación, y la sábana, amplia, dibujaba vagamente las formas, aun así duras, rígidas y heladas. El rostro tenía ya amplias marcas violeta que mostraban la necesidad de terminar el embalsamamiento. A pesar del escepticismo que le acompañaba, don Juan tembló al destapar el mágico frasco de cristal. Cuando se acercó a la cabecera un temblor estuvo a punto de obligarle a detenerse. Pero aquel joven había sido sabiamente corrompido, desde muy pronto, por las costumbres de una corte disoluta; un pensamiento digno del duque de Urbino le otorgó el valor que aguijoneaba su viva curiosidad; pareció como si el diablo le hubiera susurrado estas palabras que resonaron en su corazón: «¡impregna un ojo!» Tomó un paño y, después de haberlo empapado con parsimonia en el precioso licor, lo pasó lentamente sobre el párpado derecho del cadáver. El ojo se abrió.
 ‑¡Ah! ¡Ah! ‑dijo don Juan apretando el frasco en su mano como se agarra en sueños la rama de la que colgamos sobre un precipicio.
 Veía un ojo lleno de vida, un ojo de niño en una cabeza de muerto, donde la luz temblaba en un joven fluido, y, protegida por hermosas pestañas negras, brillaba como ese único resplandor que el viajero percibe en un campo desierto en las noches de invierno. Aquel ojo resplandeciente parecía querer arrojarse sobre don Juan, pensaba, acusaba, condenaba, amenazaba, juzgaba, hablaba, gritaba, mordía. Todas las pasiones humanas se agitaban en él. Eran las más tiernas súplicas: la cólera de un rey, luego, el amor de una joven pidiendo gracia a sus verdugos; la mirada que lanza un hombre a los hombres al subir el último escalón del patíbulo. Tanta vida estallaba en aquel fragmento de vida, que don Juan retrocedió espantado, paseó por la habitación sin atreverse a mirar aquel ojo, que veía de nuevo en el suelo, en los tapices. La estancia estaba sembrada de puntos llenos de fuego, de vida, de inteligencia. Por todas partes brillaban ojos que ladraban a su alrededor.
 ‑¡Bien podría haber vivido cien años! ‑exclamó sin querer cuando, llevado ante su padre por una fuerza diabólica, contemplaba aquella chispa luminosa.
 De repente, aquel párpado inteligente se cerró y volvió a abrirse bruscamente, como el de una mujer que consiente. Si una voz hubiera gritado: «¡Sí!», don Juan no se hubiera asustado más.
 «¿Qué hacer?», pensaba. Tuvo el valor de intentar cerrar aquel párpado blanco. Sus esfuerzos fueron vanos.
 ‑¿Reventarlo? ¿Sería acaso un parricidio? ‑se preguntaba.
 ‑Sí ‑dijo el ojo con un guiño de una sorprendente ironía.
 ‑¡Ja! Ja! ¡Aquí hay brujería! ‑exclamó don Juan, y se acercó al ojo para reventarlo. Una lágrima rodó por las mejillas hundidas del cadáver, y cayó en la mano de Belvídero‑. ¡Está ardiendo! ‑gritó sentándose.
 Aquella lucha le había fatigado como si hubiera combatido contra un ángel, como Jacob.
 Finalmente se levantó diciendo para sí:
 «¡Mientras no haya sangre...!» Luego, reuniendo todo el valor necesario para ser cobarde, reventó el ojo aplastándolo con un paño, pero sin mirar. Un gemido inesperado, pero terrible, se hizo oír. El pobre perro de aguas expiró aullando.
 «¿Sabría él el secreto?»,, se preguntó don Juan mirando al fiel animal.
 Don Juan Belvídero pasó por un hijo piadoso. Levantó sobre la tumba de su padre un monumento y confió la realización de las figuras a los artistas más célebres de su tiempo. Sólo estuvo completamente tranquilo el día en que la estatua paterna, arrodillada ante la Religión, impuso su enorme peso sobre aquella fosa, en el fondo de la cual enterró el único remordimiento que hubiera rozado su corazón en los momentos de cansancio físico. Haciendo inventario de las inmensas riquezas amasadas por el viejo orientalista, don Juan se hizo avaro. ¿Acaso no tenía dos vidas humanas para proveer de dinero? Su mirada, profunda y escrutadora, penetró en el principio de la vida social y abrazó mejor al mundo, puesto que lo veía a través de una tumba. Analizó a los hombres y las cosas para terminar de una vez con el Pasado, representado por la Historia; con el Presente, configurado por la Ley; con el Futuro, desvelado por las Religiones. Tomó el alma y la materia, las arrojó a un crisol, no encontró nada, y desde entonces se convirtió en DON JUAN.
 Dueño de las ilusiones de la vida, se lanzó, joven y hermoso, a la vida, despreciando al mundo, pero apoderándose del mundo. Su felicidad no podía ser una felicidad burguesa que se alimenta con un hervido diario, con un agradable calentador de cama en invierno, una lámpara de noche y unas pantuflas nuevas cada trimestre. No; se asió a la existencia como un mono que coge una nuez y, sin entretenerse largo tiempo, despoja sabiamente las envolturas del fruto, para degustar la sabrosa pulpa. La poesía y los sublimes arrebatos de la pasión humana no le interesaban. No cometió el error de otros hombres poderosos que, imaginando que las almas pequeñas creen en las grandes almas, se dedican a intercambiar los más altos pensamientos del futuro con la calderilla de nuestras ideas vitalicias, Bien podía, como ellos, caminar con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo; pero prefería sentarse y secar bajo sus besos más de un labio de mujer joven, fresca y perfumada; porque, al igual que la Muerte, allí por donde pasaba devoraba todo sin pudor, queriendo un amor posesivo, un amor oriental de placeres largos y fáciles. Amando sólo a la mujer en las mujeres, hizo de la ironía un cariz natural de su alma. Cuando sus amantes se servían de un lecho para subir a los cielos donde iban a perderse en el seno de un éxtasis embriagador, don Juan las seguía, grave, expansivo, sincero, tanto como un estudiante alemán sabe serlo. Pero decía YO cuando su amante, loca, extasiada decía NOSOTROS. Sabía dejarse llevar por una mujer de forma admirable. Siempre era lo bastante fuerte como para hacerla creer que era un joven colegial que dice a su primera compañera de baile: «¿Te gusta bailar?», también sabía enrujecer a propósito, y sacar su poderosa espada y derribar a los comendadores. Había burla en su simpleza y risa en sus lágrimas, pues siempre supo llorar como una mujer cuando le dice a su marido: «Dame un séquito o me moriré enferma del pecho.»
 Para los negociantes, el mundo es un fardo o una mesa de billetes en circulación; para la mayoría de los jóvenes, es una mujer; para algunas mujeres, es un hombre; para ciertos espíritus es un salón, una camarilla, un barrio, una ciudad; para don Juan, el universo era él. Modelo de gracia y de belleza, con un espíritu seductor, amarró su barca en todas las orillas; pero, haciéndose llevar, sólo iba allí adonde quería ser llevado. Cuanto más vivió, más dudó. Examinando a los hombres, adivinó con frecuencia que el valor era temeridad; la prudencia, cobardía; la generosidad, finura; la justicia, un crimen; la delicadeza, una necedad; la honestidad, organización; y, gracias a una fatalidad singular, se dio cuenta de que las gentes honestas, delicadas, justas, generosas, prudentes y valerosas, no obtenían ninguna consideración entre los hombres: ¡Qué broma tan absurda! ‑se dijo‑. No procede de un dios. Y entonces, renunciando a un mundo mejor, jamás se descubrió al oír pronunciar un nombre, y consideró a los santos de piedra de las iglesias como obras de arte. Pero también, comprendiendo el mecanismo de las sociedades humanas, no contradecía en exceso los prejuicios, puesto que no era tan poderoso como el verdugo, pero daba la vuelta a las leyes sociales con la gracia y el ingenio tan bien expresados en su escena con el Señor Dimanche. Fue, en efecto, el tipo de Don Juan de Molière, del Fausto de Goethe, del Manfred de Byron y del Melmoth de Maturin. Grandes imágenes trazadas por los mayores genios de Europa, y a las que no faltarán quizá ni los acordes de Mozart ni la lira de Rossini. Terribles imágenes que el principio del mal, existente en el hombre, eterniza y del cual se encuentran copias cada siglo: bien porque este tipo entra en conversaciones humanas encarnándose en Mirabeau; bien porque se conforma con actuar en silencio como Bonaparte; o de comprimir el mundo en una ironía como el divino Rabelais; o, incluso, se ría de los seres en lugar de insultar a las cosas como el mariscal de Richelieu; o que se burle a la vez de los hombres y de las cosas como el más célebre de nuestros embajadores.
 Pero la profunda jovialidad de don Juan Belvídero precedió a todos ellos. Se rió de todo. Su vida era una burla que abarcaba hombres, cosas, instituciones e ideas. En lo que respecta a la eternidad, había conversado familiarmente media hora con el papa Julio II, y al final de la charla le había dicho riendo:
 ‑Si es absolutamente preciso elegir prefiero creer en Dios a creer en el diablo; el poder unido a la bondad ofrece siempre más recursos que el genio del mal.
 ‑Sí, pero Dios quiere que se haga penitencia en este mundo.
 ‑¿Siempre pensáis en vuestras indulgencias? ‑respondió Belvídero‑. ¡Pues bien! tengo reservada toda una existencia para arrepentirme de las faltas de mi primera vida.
 ‑¡Ah! si es así como entiendes la vejez ‑exclamó el papa‑ corres el riesgo de ser canonizado.
 ‑Después de vuestra ascensión al papado, puede creerse todo.
 Fueron entonces a ver a los obreros que construían la inmensa basílica consagrada a San Pedro.
 ‑San Pedro es el hombre de genio que dejó constituido nuestro doble poder ‑dijo el papa a don Juan‑, merece este monumento. Pero, a veces, por la noche, pienso que un silencio borrará todo esto y habrá que volver a empezar...
 Don Juan y el papa se echaron a reír, se habían entendido bien. Un necio habría ido a la mañana siguiente a divertirse con Julio II a casa de Rafael o a la deliciosa Villa Madame, pero Belvídero acudió a verle oficiar pontificalmente para convencerse de todas sus dudas. En un momento libertino, la Rovere hubiera podido desdecirse y comentar el Apocalipsis.
 Sin embargo, esta leyenda no tiene por objeto el proporcionar material a aquellos que deseen escribir sobre la vida de don Juan, sino que está destinada a probar a las gentes honestas que Belvídero no murió en un duelo con una piedra como algunos litógrafos quieren hacer creer.
 Cuando don Juan Belvídero alcanzó la edad de sesenta años, se instaló en España. Allí, ya anciano, se casó con una joven y encantadora andaluza. Pero, tal y como lo había calculado, no fue ni buen padre ni buen esposo. Había observado que no somos tan tiernamente amados como por las mujeres en las que nunca pensamos. Doña Elvira, educada santamente por una anciana tía en lo más profundo de Andalucía, en un castillo a pocas leguas de Sanlúcar, era toda gracia y devoción. Don Juan adivinó que aquella joven sería del tipo de mujer que combate largamente una pasión antes de ceder, y por ello pensó poder conservarla virtuosa hasta su muerte. Fue una broma seria, un jaque que se quiso reservar para jugarlo en sus días de vejez. Fortalecido con los errores cometidos por su padre Bartolomé, don Juan decidió utilizar los actos más insignificantes de su vejez para el éxito del drama que debía consumarse en su lecho de muerte. De este modo, la mayor parte de su riqueza permaneció oculta en los sótanos de su palacio de Ferrara, donde raramente iba. Con la otra mitad de su fortuna estableció una renta vitalicia para que le produjera intereses durante su vida, la de su mujer y la de sus hijos, astucia que su padre debiera haber practicado. Pero semejante maquiavélica especulación no le fue muy necesaria. El joven Felipe Belvídero, su hijo, se convirtió en un español tan concienzudamente religioso como impío era su padre, quizá en virtud del proverbio: a padre avaro, hijo pródigo.
 El abad de Sanlúcar fue elegido por don Juan para dirigir la conciencia de la duquesa de Belvídero y de Felipe. Aquel eclesiástico era un hombre santo, admirablemente bien proporcionado, alto, de bellos ojos negros y una cabeza al estilo de Tiberio, cansada por el ayuno, blanca por la mortificación y diariamente tentada como son tentados todos los solitarios. Quizá esperaba el anciano señor matar a algún monje antes de terminar su primer siglo de vida. Pero, bien porque el abad fuera tan fuerte como podía serlo el mismo don Juan, bien porque doña Elvira tuviera más prudencia o virtud de la que España le otorga a las mujeres, don Juan fue obligado a pasar sus últimos días como un viejo cura rural, sin escándalos en su casa. A veces, sentía placer si encontraba a su mujer o a su hijo faltando a sus deberes religiosos, y les exigía realizar todas las obligaciones impuestas a los fieles por el tribunal de Roma. En fin, nunca se sentía tan feliz como cuando oía al galante abad de Sanlúcar, a doña Elvira y a Felipe discutir sobre un caso de conciencia. Sin embargo, a pesar de los cuidados que don Juan Belvídero prodigaba a su persona, llegaron los días de decrepitud; con la edad del dolor llegaron los gritos de impotencia, gritos canto más desgarradores cuanto más ricos eran los recuerdos de su ardiente juventud y de su voluptuosa madurez. Aquel hombre, cuyo grado más alto de burla era inducir a los otros a creer en las leyes y principios de los que él se mofaba, se dormía por las noches pensando en un quizá. Aquel modelo de elegancia, aquel duque, vigoroso en las orgías, soberbio en la corte, gentil para con las mujeres cuyos corazones había retorcido como un campesino retuerce una vara de mimbre, aquel hombre ingenio, tenía una pituita pertinaz, una molesca ciática y una gota brutal. Veía cómo sus dientes le abandonaban, al igual que se van, una a una, las más blancas damas, las más engalanadas, dejando el salón desierto. Finalmente, sus atrevidas manos temblaron, sus esbeltas piernas se tambalearon, y una noche, la apoplejía le aprisionó sus manos corvas y heladas. Desde aquel fatal día se volvió taciturno y duro. Acusaba la dedicación de su mujer y de su hijo, pretendiendo en ocasiones que sus emotivos cuidados y delicadezas le eran así prodigados porque había puesto su fortuna en rentas vitalicias. Elvira y Felipe derramaban entonces lágrimas amargas y doblaban sus caricias al malicioso viejo, cuya voz cascada se volvía afectuosa para decirles: «Queridos míos, querida esposa, ¿me perdonáis, verdad? Os atormento un poco. ¡Ay, gran Dios! ¿cómo te sirves de mí para poner a prueba a estas dos celestes criaturas? Yo, que debiera ser su alegría, soy su calamidad.» De este modo les encadenó a la cabecera de su cama, haciéndoles olvidar meses enteros de impaciencia y crueldad por una hora en que les prodigaba los tesoros, siempre nuevos, de su gracia y de una falsa ternura. Paternal sistema que resultó infinitamente mejor que el que su padre había utilizado en otro tiempo para con él.

 Por fin llegó a un grado tal de enfermedad en que, para acostarle, había que manejarle como una falúa que entra en un canal peligroso. Luego, llegó el día de la muerte. Aquel brillante y escéptico personaje de quien sólo el entendimiento sobrevivía a la más espantosa de las destrucciones, se vio entre un médico y un confesor, los dos seres que le eran más antipáticos. Pero estuvo jovial con ellos. ¿Acaso no había para él una luz brillante tras el velo del porvenir? Sobre aquella tela, para unos de plomo, diáfana para él, jugaban como sombras las arrebatadoras delicias de la juventud.
 Era una hermosa tarde cuando don Juan sintió la proximidad de la muerte. El cielo de España era de una pureza admirable, los naranjos perfumaban el aire, las estrellas destilaban luces vivas y frescas, parecía que la naturaleza le daba pruebas ciertas de su resurrección, un hijo piadoso y obediente le contemplaba con amor y respeto. Hacia las once, quiso quedarse solo con aquel cándido ser.
 ‑Felipe ‑le dijo con una voz tan tierna y afectuosa que hizo estremecerse y llorar de felicidad al joven. Jamás había pronunciado así «Felipe», aquel padre inflexible.
 ‑Escúchame, hijo mío ‑continuó el moribundo. Soy un gran pecador. Durante mi vida, también he pensado en mi muerte. En otro tiempo, fui amigo del gran papa Julio II. El ilustre pontífice temió que la excesiva exaltación de mis sentidos me hiciese cometer algún pecado mortal entre el momento de expirar y de recibir los santos óleos; me regaló un frasco con el agua bendita que mana entre las rocas, en el desierto. He mantenido el secreto de este despilfarro del tesoro de la Iglesia, pero estoy autorizado a revelar el misterio a mi hijo, in articulo mortis. Encontrarás el frasco en el cajón de esa mesa gótica que siempre ha estado en la cabecera de mi cama... El precioso cristal podrá servirte aún, querido Felipe. Júrame, por tu salvación eterna, que ejecutarás puntualmente mis órdenes.
 Felipe miró a su padre. Don Juan conocía demasiado la expresión de los sentimientos humanos como para no morir en paz bajo el testimonio de aquella mirada, como su padre había muerto en la desesperanza de su propia mirada.
 ‑Tú merecías otro padre, ‑continuó don Juan‑. Me atrevo a confesarte, hijo mío, que en el momento en que el venerable abad de Sanlúcar me administraba el viático, pensaba en la incompatibilidad de los dos poderes, el del diablo y el de Dios.
 ‑¡Oh, padre!
 ‑Y me decía a mí mismo que, cuando Satán haga su paz, tendrá que acordar el perdón de sus partidarios, para no ser un gran miserable. Esta idea me persigue. Iré, pues, al infierno, hijo mío, si no cumples mi voluntad.
 ‑¡Oh, decídmela pronto, padre!
 ‑Tan pronto como haya cerrado los ojos ‑continuó don Juan‑, unos minutos después, cogerás mi cuerpo, aún caliente, y lo extenderás sobre una mesa, en medio de la habitación. Después apagarás la luz. El resplandor de las estrellas deberá ser suficiente. Me despojarás de mis ropas, rezarás padrenuestros y avemarías elevando tu alma a Dios y humedecerás cuidadosamente con este agua santa mis ojos, mis labios, toda mi cabeza primero, y luego sucesivamente los miembros y el cuerpo; pero, hijo mío, el poder de Dios es tan grande, que no deberás asombrarte de nada.
 Entonces, don Juan, que sintió llegar la muerte, añadió con voz terrible:
 ‑Coge bien el frasco ‑y expiró dulcemente en los brazos de su hijo, cuyas abundantes lágrimas bañaron su rostro irónico y pálido.
 Era cerca de la medianoche cuando don Felipe Belvídero colocó el cadáver de su padre sobre la mesa. Después de haber besado su frente amenazadora y sus grises cabellos, apagó la lámpara. La suave luz producida por la claridad de la luna cuyos extraños reflejos iluminaban el campo, permitió al piadoso Felipe entrever indistintamente el cuerpo de su padre como algo blanco en medio de la sombra. El joven impregnó un paño en el licor que, sumido en la oración, ungió fielmente aquella cabeza sagrada en un profundo silencio. Oía estremecimientos indescriptibles, pero los atribuía a los juegos de la brisa en la cima de los árboles. Cuando humedeció el brazo derecho sintió que un brazo fuerte y vigoroso le cogía el cuello, ¡el brazo de su padre! Profirió un grito desgarrador y dejó caer el frasco, que se rompió. El licor se evaporó. Las gentes del castillo acudieron, provistos de candelabros, como si la trompeta del juicio final hubiera sacudido el universo. En un instante, la habitación estuvo llena de gente. La multitud temblorosa vio a don Felipe desvanecido, pero retenido por el poderoso brazo de su padre, que le apretaba el cuello. Después, cosa sobrenatural, los asistentes contemplaron la cabeza de don Juan tan joven y tan bella como la de Antínoo; una cabeza con cabellos negros, ojos brillantes, boca bermeja y que se agitaba de forma escalofriante, sin poder mover el esqueleto al que pertenecía. Un anciano servidor gritó:
 ‑¡Milagro! ‑y todos los españoles repitieron‑: ¡Milagro!
 Doña Elvira, demasiado piadosa como para admitir los misterios de la magia, mandó buscar al abad de Sanlúcar. Cuando el prior contempló con sus propios ojos el milagro, decidió aprovecharlo, como hombre inteligente y como abad, para aumentar sus ingresos. Declarando enseguida que don Juan sería canonizado sin ninguna duda, fijó la apoteósica ceremonia en su convento que en lo sucesivo se llamaría, dijo, San Juan‑de‑Lúcar. Ante estas palabras, la cabeza hizo un gesto jocoso.
 El gusto de los españoles por este tipo de solemnidades es tan conocido que no resultan difíciles de creer las hechicerías religiosas con que el abad de Sanlúcar celebró el traslado del bienaventurado don Juan Belvídero a su iglesia. Días después de la muerte del ilustre noble, el milagro de su imperfecta resurrección era tan comentado de un pueblo a otro, en un radio de más de cincuenta leguas alrededor de Sanlúcar, que resultaba cómico ver a los curiosos en los caminos; vinieron de todas partes, engolosinados por un Te Deum con antorchas. La antigua mezquita del convento de Sanlúcar, una maravillosa edificación construida por los moros, cuyas bóvedas escuchaban desde hacía tres siglos el nombre de Jesucristo sustituyendo al de Alá, no pudo contener a la multitud que acudía a ver la ceremonia. Apretados como hormigas, los hidalgos con capas de terciopelo y armados con sus espadas, estaban de pie alrededor de las columnas, sin encontrar sitio para doblar sus rodillas, que sólo se doblaban allí. Encantadoras campesinas, cuyas basquiñas dibujaban las amorosas formas, daban su brazo a ancianos de blancos cabellos. Jóvenes con ojos de fuego se encontraban junto a ancianas mujeres adornadas. Había, además, parejas estremecidas de placer, novias curiosas acompañadas por sus bienamados; recién casados; niños que se cogían de la mano, temerosos. Allí estaba aquella multitud, llena de colorido, brillante en sus contrastes, cargada de flores, formando un suave tumulto en el silencio de la noche. Las amplias puertas de la iglesia se abrieron. Aquellos que, retardados, se quedaron fuera, veían de lejos, por las tres puertas abiertas, una escena tan pavorosa de decoración a la que nuestras modernas óperas sólo podrían aproximarse débilmente. Devotos y pecadores, presurosos por alcanzar la gracia del nuevo santo, encendieron en su honor millares de velas en aquella amplia iglesia, resplandores interesados que concedieron un mágico aspecto al monumento. Las negras arcadas, las columnas y sus capiteles, las capillas profundas y brillantes de oro y plata, las galerías, las figuras sarracenas recortadas, los más delicados trazos de tan delicada escultura se dibujaban en aquella luz excesiva, como caprichosas figuras que se forman en un brasero al rojo.
 Era un océano de fuego, dominado al fondo de la iglesia por un coro dorado, donde se levantaba el altar mayor, cuya gloria habría podido rivalizar con la de un sol naciente. En efecto, el esplendor de las lámparas de oro, de los candelabros de plata, de los estandartes, de las borlas, de los santos y de los ex‑votos, palidecía ante el relicario en que se encontraba don Juan. El cuerpo del impío resplandecía de pedrería, de flores, cristales, diamantes, oro y plumas tan blancas como las alas de un serafín, y sustituía en el altar a un retablo de Cristo. A su alrededor brillaban numerosos cirios que lanzaban al aire ondas llameantes. El abad de Sanlúcar, adornado con los hábitos pontificios, con su mitra enriquecida de piedras preciosas, su roqueta, su báculo de oro, estaba sentado, rey del coro, en un sillón de un lujo imperial, en medio del clero compuesto por impasibles ancianos de cabellos plateados, revestidos de albas finas y que le rodeaban semejantes a los santos confesores que los pintores agrupan alrededor del Eterno. El gran chantre y los dignatarios del cabildo, adornados con las brillantes insignias de sus vanidades eclesiásticas, iban y venían en el seno de las nubes formadas por el incienso, semejantes a los astros que ruedan en el firmamento. Cuando llegó la hora del triunfo, las campanas despertaron los ecos del campo, y aquella inmensa asamblea lanzó a Dios el primer grito de alabanza con que comienza el Te Deum. ¡Sublime grito! Eran voces puras y ligeras, voces de mujeres en éxtasis unidas a las voces graves y fuertes de los hombres, de millares de voces tan poderosas, que el órgano no dominó el conjunto, a pesar del mugir de sus tubos. Sólo las agudas notas de la voz joven de los niños del coro y los amplios acentos de algunos bajos, suscitaron ideas graciosas, dibujaron la infancia y la fuerza en este arrebatador concierto de voces humanas confundidas en un sentimiento de amor.
 ‑¡Te Deum laudamus!
 Aquel canto salía del seno de la catedral negra de mujeres y hombres arrodillados, semejante a una luz que brilla de pronto en la noche; y se rompió el silencio como por el estallido de un trueno. Las voces ascendieron con nubes de incienso que arrojaban entonces velos diáfanos y azulados sobre las fantasías maravillosas de la arquirectura. Todo era riqueza, perfume, luz y melodía. En el instante en que aquella música de amor y de reconocimiento se concentró en el altar, don Juan, demasiado educado como para no dar las gracias, demasiado espiritual, por no decir burlón, respondió con una espantosa carcajada y se acomodó en su relicario. Pero el diablo le hizo pensar en el riesgo que corría de ser tomado por un hombre ordinario, un santo, un Bonifacio, un Pantaleón. Turbó aquella melodía de amor con un aullido al que se unieron las mil voces del inferno. La tierra bendecía, el cielo maldecía. La iglesia tembló en sus antiguos cimientos.
 ‑¡Te Deum laudamus! ‑decía la asamblea.
 ‑¡Al diablo todos!, ¡sois unas bestias! ¡Dios! ¡Dios!, ¡carajos demonios!, ¡animales, sois unus estúpidos con vuestro viejo Dios!
 Y un torrente de imprecaciones discurrió como un río de lava ardiente en una erupción del Vesubio.
 ‑¡Deus sabaoth, sabaoth! ‑gritaron los cristianos.
 ‑¡Insultáis la majestad del infierno! ‑contestó don Juan con un rechinar de dientes.
 Pronto pudo el brazo viviente salir por encima del relicario y amenazó a la asamblea con gestos de desesperación e ironía.
 ‑El santo nos bendice ‑dijeron las viejas mujeres, los niños y los novios, gentes crédulas.
 Así somos frecuentemente engañados en nuestras adoraciones. El hombre superior se burla de los que le elogian y elogia en ocasiones a aquellos de los que se burla en el fondo de su corazón.
 Cuando el abad arrodillado ante el altar cantaba:
 ‑Sancte Johannes ora pro nobis ‑entendió claramente‑: ‑¡Oh, coglione!
 »‑¿Qué pasa ahí arriba? ‑exclamó el deán al ver moverse el relicario.
 ‑El santo hace diabluras, ‑respondió el abad.
 Entonces, aquella cabeza viviente se separó violentamente del cuerpo que ya no vivía y cayó sobre el cráneo amarillo del oficiante.
 ‑¡Acuérdate de doña Elvira! ‑gritó la cabeza devorando la del abad.
 Éste profirió un horrible grito que turbó la ceremonia.
 Todos los sacerdotes corrieron y rodearon a su soberano.
 ‑¡Imbécil! ¿y dices que hay un Dios? ‑gritó la voz en el momento en que el abad, mordido en su cerebro, expiraba.

 París, octubre 1830 

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