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domingo, 28 de noviembre de 2010

LORD DUNSANY - NUESTROS PRIMOS LEJANOS

LORD DUNSANY - NUESTROS PRIMOS LEJANOS




     Fui elegido miembro del club al que pertenece Jorkens. El Club del Billar 
     se llama, aunque allí no se juega mucho al billar. Fui allí mucho antes de 
     volverme a encontrar con Jorkens; y escuché muchas historias después del 
     almuerzo, cuando nos sentábamos alrededor de la lumbre; mas, de una forma 
     u otra, en todas ellas parecía faltar algo, sobre todo para quien esperara 
     una de las de Jorkens. Uno ha oído relatos de muchos países y de muchos 
     pueblos, algunos de ellos bastante extraños; y, sin embargo, en el preciso 
     momento en que la historia promete captar tu interés, echas en falta algo. 
     O tal vez haya demasiadas cosas; demasiados hechos, un excesivo respeto a 
     la veracidad e imparcialidad, que conduce a muchos a meter todo en sus 
     cuentos, con independencia de su interés, simplemente porque es verdad. 
     Con esto no quiero decir que los relatos de Jorkens no sean verídicos, 
     circunstancia que, hasta cierto punto, su biógrafo sería el último en 
     sugerir; sería injusto con un hombre con el cual me he divertido tanto. 
     Ofrezco sus palabras tal y como salieron de sus labios, hasta donde puedo 
     recordarlas, y dejo al lector que juzgue por sí mismo.
     Bien, sería la quinta vez que iba al club cuando comprobé con gran alegría 
     que se encontraba presente Jorkens. No estuvo muy comunicativo durante el 
     almuerzo, ni durante algún tiempo después; y hasta que no estuvo un buen 
     rato sentado en su sillón habitual, con su whisky con soda a mano sobre 
     una mesita, no empezó a hablar entre dientes. Yo, que me había creído en 
     la obligación de sentarme a su lado, era uno de los pocos que podían oírle.
     -Existe mucha charla insustancial -estaba diciendo- en los clubes. La 
     gente cuenta cosas, mas no las precisa.
     -Sí -dije-. Supongo que hay bastante de eso. No debería ser así.
     -Por supuesto que no -dijo Jorkens-. Voy a ponerle un ejemplo. Hoy mismo, 
     antes de que usted llegara, oí que un hombre le decía a otro (ahora se ha 
     ido, por tanto no importa quiénes fueran): "No hay nadie que cuente 
     historias más increíbles que Jorkens". Simplemente porque no ha viajado, 
     o, si lo ha hecho, se ha limitado a las carreteras, caminos y ferrocarril, 
     simplemente porque nunca se ha apartado de las sendas trilladas, cree que 
     las cosas que yo puedo haber visto centenares de veces sencillamente no 
     existen.
     -¡Oh!, en realidad no es posible que haya querido decir eso -añadí.
     -No -dijo Jorkens-, pero no debería haberlo dicho. Para probarle, pues da 
     la casualidad de que puedo hacerlo, que ese comentario es rotundamente 
     inexacto, podría mostrarle a un hombre que vive a menos de una milla de 
     aquí, que cuenta historias más increíbles que las mías; y da la casualidad 
     de que son completamente verídicas.
     -¡Oh!, de eso estoy seguro -dije yo, pues Jorkens estaba claramente 
     enojado.
     -¿Le importaría venir conmigo a verle? -dijo Jorkens.
     -Bueno, francamente preferiría oír una de sus propias historias sobre 
     cosas que ha visto -dije-, si es que usted quiere contarme alguna. 
     -No hasta haber aclarado esa afirmación inexacta -dijo Jorkens.
     -Bueno, en ese caso iré con usted -añadí yo.
     De manera que abandonamos juntos el club.
     -Tomaría un taxi -dijo Jorkens-, pero da la casualidad de que me he 
     quedado sin cambio.
     Aunque en otra época Jorkens había sido un gran paseante, no estaba muy 
     seguro de que en aquel momento estuviera capacitado para caminar una 
     milla. Así es que llamé a un taxi, insistiendo Jorkens en que le prestara 
     el dinero con que pagarlo, ya que era él, dijo, el que me llevaba a mí. 
     Fuimos hacia el este y pronto llegamos a nuestro destino, donde Jorkens, 
     generosamente, quedó en deuda conmigo al pagar el importe del taxi.
     Era una pequeña casa de huéspedes más allá de Charing Cross, y una criada 
     nos hizo subir hasta una habitación sin alfombrar. Allí estaba Terner, el 
     amigo de Jorkens, un hombre probablemente en la treintena todavía, aunque 
     obviamente fumaba demasiado y eso le hacía parecer un poco mayor; además, 
     tenía el pelo completamente blanco, lo que le daba un extraño aspecto 
     venerable a su rostro, que por alguna razón parecía inadecuado a él.
     Se saludaron mutuamente y fui presentado.
     -Ha venido a escuchar su historia -dijo Jorkens.
     -Usted sabe que nunca la cuento -respondió Terner.
     -Lo sé -dijo Jorkens-, no la cuenta a los estúpidos que se ríen de todo. 
     Pero él no es uno de ésos. Él puede notar cuándo un hombre está diciendo 
     la verdad.
     Se miraron el uno al otro, pero Terner todavía parecía indeciso, todavía 
     parecía aferrarse a la reticencia de un hombre del que a menudo se había 
     dudado.
     -No se preocupe -dijo Jorkens-. Le he contado montones de historias 
     propias. No es uno de esos estúpidos que se ríen de todo.
     -¿Le ha contado la de Abu Laheeb? -preguntó de repente Terner.

     -¡Oh, sí! -respondió Jorkens.

     Terner me miró.

     -Una experiencia muy interesante -añadí yo.

     -Bueno -dijo Terner, cogiendo otro cigarrillo entre sus sucios dedos-, no 
     importa que se la cuente. Tome una silla. 

     Encendió su cigarrillo y comenzó a hablar. 

     -Ocurrió en 1924; cuando Marte estaba más cerca de la Tierra. Despegué del 
     aeródromo de Ketling y estuve fuera dos meses. ¿Dónde se imaginan que 
     estuve? desde luego no tenía gasolina suficiente para volar más de dos 
     meses. Si caí, ¿en qué lugar ocurrió? Es asunto suyo averiguarlo y 
     probarlo; y, si no, creerse mi historia.

     1924 y el aeródromo de Ketling. Ahora me acordaba. Sí, un hombre pretendió 
     haber volado hasta Marte. Al principio había sido reacio a hablar del 
     asunto, a causa del horror que había presenciado; no había concedido 
     entrevistas frívolas, estuvo terriblemente solemne, y de esa manera alentó 
     dudas de que otro modo se habría evitado y que le amargaron el carácter y 
     le abrumaron con insistencia.

     -Sí, lo recuerdo, desde luego -dije yo-. Usted voló a...

     Me enviaron por correo miles de cartas llamándome embustero -dijo Terner-. 
     De manera que después de eso me negué a contar mi historia. En cualquier 
     caso no me habrían creído. Marte no es realmente lo que creemos.

     "Bien, eso es lo que sucedió. Había pensado en el asunto desde que me di 
     cuenta de que los aeroplanos podían hacer la travesía. Pero comencé mis 
     cálculos hacia 1920, cuando Marte se aproximaba a la Tierra, convencido de 
     que en 1924 sería posible el vuelo. Trabajé ininterrumpidamente en ellos 
     durante tres años; todavía guardo las cifras: no le pediré que las lea, la 
     única base de mi trabajo era que solamente existía una fuerza motriz capaz 
     de llevarme hasta Marte antes de que se me acabaran las provisiones: el 
     propio movimiento de la Tierra. Un aeroplano puede hacer más de doscientas 
     millas por hora, y el mío casi alcanzaba las trescientas sólo con la 
     hélice; además, tenía un sistema de propulsión que aumentaba 
     progresivamente su velocidad en grado sumo; la Tierra, que está a noventa 
     y tres millones de millas del Sol, da una vuelta a su alrededor en un año, 
     y nada de lo que conocemos sobre su superficie ha alcanzado nunca 
     semejante velocidad. Mi gasolina y mis cohetes de propulsión eran 
     simplemente para vencer la atracción de la Tierra; lo que impulsaría mi 
     vuelo sería la misma fuerza que en este momento le traslada a usted en su 
     silla a razón de unas mil millas por minuto. Ese impulso no se pierde al 
     abandonar la Tierra; permanece con uno. Y, con mis cálculos, yo trataba de 
     dirigirlo, comprobando que ese impulso únicamente me llevaría a Marte 
     cuando Marte se encontrara frente a nosotros. Desgraciadamente Marte nunca 
     está realmente enfrente, sino un poco a la derecha, y tuve que calcular 
     bajo qué ángulo a la derecha de nuestra órbita debía despegar mi avión 
     para que el empuje combinado de mi pequeño aparato y de los cohetes, y el 
     considerable impulso de la Tierra, me proporcionaran la dirección 
     correcta. Para conciliar todas las fuerzas que se oponían a mi viaje, 
     tenía que ser tan preciso como si apuntara con un rifle. Con una ligera 
     ventaja por mi parte: el objetivo atraería cualquier proyectil que se 
     desviara de su trayectoria.

     "Pero, ¿cómo regresar? Eso redobló la complejidad de mis cálculos. Si el 
     movimiento propio de la Tierra me lanzaba hacia adelante, igual haría el 
     de Marte. Únicamente debía esperar a que estuviera otra vez frente a la 
     Tierra. ¿Adónde me llevaría ese impulso de Marte?

     Observé un conato de duda en el rostro de Jorkens.

     -Pero era bastante simple -continuó Terner-. Como nuestro planeta se 
     encuentra más cerca del Sol (a unos noventa y tres millones de millas, 
     mientras que Marte está a unos ciento treinta y nueve millones), su órbita 
     alrededor de aquél es menor. En consecuencia, pronto debía pasar otra vez 
     por delante de su vecino, y de la misma manera que en la primera 
     conjunción pensaba lanzarme de la Tierra a Marte, eligiendo la hora 
     adecuada podría igualmente regresar de Marte a la Tierra. Como dije, estos 
     cálculos me llevaron tres años, y por supuesto mi vida dependía de ellos.

     "No había dificultad en que llevara alimentos para dos meses. El agua era 
     más difícil; de manera que corrí el riesgo de llevarme agua sólo para un 
     mes, confiando en encontrarla en Marte. Después de todo, hemos observado 
     que allí existe. Aunque parecía cosa segura, no obstante me inquieté todo 
     el tiempo, y bebí tan frugalmente que resultó que todavía me quedaba 
     provisión para diez días cuando llegué a Marte. Mucho más complicado fue 
     mi abastecimiento de aire comprimido en cilindros, mi método de extracción 
     para su uso, y mi utilización del aire exhalado hasta el máximo posible.

     Iba a preguntarle acerca de los cilindros cuando interrumpió Jorkens.

     -¿Conoce mi teoría sobre Julio Verne y la llegada del hombre a la Luna? 
     -dijo.

     -No -repliqué yo.

     -Muchas de las cosas que él escribió se han verificado después 
     convirtiéndose en lugares comunes -dijo Jorkens-. Zepelines, submarinos y 
     otras muchas cosas; y él las describió con tanto detalle, tan 
     gráficamente. No sé lo que usted pensará al respecto, pero yo sostengo la 
     teoría de que en realidad esas cosas las conocía por experiencia, 
     especialmente el viaje a la Luna, y luego las convirtió en ficción.

     -Jamás había escuchado semejante teoría -dije.

     -¿Y por qué no? -dijo Jorkens-. Existen innumerables formas de registrar 
     los acontecimientos. Existe la historia, el periodismo, las baladas y 
     muchas más. La gente no se cree ninguna de ellas muy sinceramente. Es 
     posible que tampoco se crea la ficción, de cuando en cuando. Pero 
     considere cuán a menudo se oye decir: "Esta es la casa de la pequeña 
     Dorrit", "Aquí vivió Sam Weller", "Esta es la Casa Desolada", y así 
     sucesivamente. Eso demuestra que se creen la ficción más que la mayoría de 
     las demás cosas. De manera que ¿por qué no podría haber dejado él 
     constancia de esa forma? Pero le he interrumpido. Discúlpeme.

     -No importa -dijo Terner-. Otra cosa que me dejó bastante perplejo y me 
     ocasionó una inmensa preocupación fue la pérdida de presión de la 
     atmósfera, a la cual estamos acostumbrados. Siempre la consideraré el 
     mayor de todos los obstáculos al que debe enfrentarse cualquiera que viaje 
     desde la Tierra. En efecto, si no vendáramos minuciosamente nuestro cuerpo 
     con el mayor de los cuidados, seríamos aplastados por la presión que hay 
     en el exterior cuando el peso del aire ha desaparecido. Habría divulgado 
     detalladamente todas estas cosas de no haber sido por los brotes de 
     incredulidad; los cuales no se habrían producido si hubiera dispuesto de 
     agente publicitario.

     -¡Qué fastidio! -dijo Jorkens.

     Terner se levantó y paseó por la habitación, fumando como siempre.

     Desde luego se habían producido algunos brotes de incredulidad. Ocurrió 
     como con esas cosas que la gente simplemente no acepta, como la Rima de 
     Epstein , sólo que mucho más. Algunas personas tienen mala suerte. En gran 
     parte la culpa es suya. Ocurrió como él había dicho; si hubiera tenido un 
     buen agente publicitario, no se habría producido ningún brote de 
     incredulidad. Le habrían creído sin que les preocupara en absoluto que 
     hubiera realizado o no el viaje.

     Se paseó en silencio de un lado a otro, a grandes zancadas. 

     -Gasté todo el dinero que tenía -prosiguió- en el aeroplano y el equipo. 
     No tenía a nadie a mi cargo, y, si mis cálculos estaban equivocados y no 
     daba con el planeta rojo, no necesitaría dinero en efectivo. Por el 
     contrario, si lo encontraba y regresaba sano y salvo a la Tierra, 
     imaginaba que no me sería difícil ganar lo necesario. En eso me equivoqué. 
     Bueno, nunca se sabe. El éxito en sí mismo no basta. La gente necesita que 
     su éxito sea reconocido. No había pensado en eso. Y cuanto mayor es el 
     éxito, menos dispuesta está la gente a admitirlo. Lear fue reconocido más 
     rápidamente que Keats.

     Encendió otro cigarrillo, como hizo a lo largo de toda su historia cada 
     vez que terminaba uno.

     -Bueno, el planeta cada vez se aproximaba más. Cada noche parecía más 
     grande e inequívocamente de color. Más bien naranja que rojo. Solía salir 
     a mirarlo de noche. Más de una vez se me ocurrió la espantosa idea de que 
     aquel resplandor anaranjado podía proceder de restos de desiertos de arena 
     amarilla sin una gota de agua; pero me consolaba pensar en los vastos 
     canales que había visto con nuestros telescopios, pues creía como 
     cualquier otro que se trataba de canales.

     "En el invierno de 1923 había terminado mis cálculos y Marte, como ya 
     dije, se aproximaba cada vez más. Según se acercaba la fecha, mi 
     tranquilidad iba en aumento. Todos mis cálculos habían concluido y me 
     parecía que cualquier riesgo que pudiera amenazarme estaba ya decidido 
     meses antes, de una manera u otra. Los peligros parecían quedar atrás; los 
     había tenido en cuenta en mis cálculos. Si éstos eran correctos, me 
     llevarían directo; si me había equivocado, estaba condenado de antemano 
     desde hacía dos o tres años. Lo mismo ocurría con los desiertos rojizos 
     que creía haber visto. Dejé también de preocuparme por ellos. Había 
     decidido que el telescopio podía ver mejor que yo, de manera que ahí acabó 
     todo. No podía decirle a nadie que me iba; odio hablar de las cosas que 
     voy a hacer. Aparentemente se debe hacer cuando se trata de una proeza 
     semejante. De todos modos no lo hice. Había una chica a la que solía ver 
     bastante en aquellos días. Se llamaba Amely. Ni siquiera se lo conté a 
     ella. Si lo hubiera hecho, se habría sabido en seguida. Y me habría 
     convertido en el ridículo héroe de una aventura de la que hasta entonces 
     únicamente me había limitado a hablar. Le dije que iba a emprender un 
     largo viaje en avión. Ella pensó que me refería a América. Le dije que 
     estaría fuera dos meses y eso la desconcertó; pero no le dije nada más.

     "Todas las noches echaba una ojeada a Marte. Cada vez parecía más grande y 
     más rojizo, de manera que todos reparaban en él. Pienso en el diferente 
     interés con que era observado Marte: unos sentían admiración por su 
     belleza brillante con aquel vivo color; otros, desenfadada curiosidad e 
     indiferencia; los científicos esperaban una oportunidad que no volvería a 
     repetirse en años; los hechiceros realizaban sortilegios; los astrólogos 
     vaticinaban portentos; los periodistas escribían artículos; y yo 
     únicamente observaba a solas a aquel lejano vecino, imbuido de unas ideas 
     que nadie más compartía en nuestro planeta. Pues, como ya dije, ni 
     siquiera Amely tenía la menor idea acerca de mis planes.

     "La noche que partí, Marte no se encontraba en su posición más próxima a 
     la Tierra; todavía estaba a más de cuarenta millones de millas. Ya le dije 
     la razón: tenía que despegar cuando Marte estuviera frente a nosotros. En 
     1924 llegó a estar a treinta y cinco millones de millas. Pero yo me puse 
     en camino antes.

     "Naturalmente partí cuando era de noche en la Tierra, y ésta se interponía 
     entre el Sol y Marte, lo que me permitió alcanzar certeramente mi 
     objetivo. Regresar fue mucho más complicado. Cuando digo que alcancé mi 
     objetivo, por supuesto me refiero a que no me aparté demasiado de él. Eso 
     lo entenderá cualquiera que haya volado alguna vez. Bueno, la noche en 
     cuestión fui al aeródromo de Ketling, donde se encontraba mi avión. Había 
     allí uno o dos tipos a los que conocía, y desde luego mi indumentaria les 
     asombró.

     -Va usted muy abrigado -recuerdo que me dijo uno de ellos.

     "En efecto, lo iba. Pues además de mi sistema de vendas para protegerme de 
     la pérdida de presión de nuestra atmósfera, debía abrigarme contra el 
     rotundo frío del espacio. Tendría aquel inconfundible frío de cara, 
     mientras que a la vuelta necesitaría toda la ropa que pudiera llevar a fin 
     de protegerme del Sol, pues esa ropa sería la única protección que tendría 
     cuando dejara atrás nuestras cincuenta millas de aire. La insolación y la 
     congelación podían superarme a la vez muy fácilmente. Bueno, en Ketling 
     eran muy aficionados a que nadie partiera sin tomar por lo menos algo. Ya 
     sabe usted: es mejor comer algo. De manera que empezaron haciéndome 
     preguntas acerca de mi indumentaria. Yo no podía decirles adónde iba. En 
     realidad, hasta que no saqué el avión, no informé a los mecánicos para que 
     quedara constancia de mi partida. Uno de ellos pensó sencillamente que yo 
     estaba de broma y se rió, no exactamente de mí, sino para mostrar su 
     aprecio porque yo bromeaba con él. Simplemente pensó que era gracioso, 
     aunque no pudiera saber exactamente por qué. El otro también se rió, pero 
     al menos sabía de qué le estaba hablando.

     "-¿Cuanta gasolina lleva, señor? -dijo.

     "-Quince galones -respondí, hecho que él ya conocía-. Es suficiente para 
     trescientas millas, con lo que me sobrará una cantidad suficiente por si 
     quiero darme un paseo por Marte.

     "-¿Ida y vuelta en tres horas, señor? -preguntó.

     "Estaba en lo cierto. Eso es lo que se puede volar con quince galones.

     "-Me voy -dije.

     "-Bien, buenas noches, señor -contestó él.

     "Se lo conté también a un tercero.

     "-A Marte, ¿eh, señor? -dijo. Le fastidiaba que estuviera tomándole el 
     pelo, como él creía.

     "Entonces nos fuimos. Yo tenía un sistema de visión que me permitía 
     enfocar perfectamente mi objetivo todo el tiempo que pasé en la oscuridad 
     de la Tierra y dentro de su atmósfera, y en ningún momento perdí de vista 
     a Marte ni abandoné los mandos. Antes de abandonar nuestra atmósfera, 
     aceleré con mi sistema de cohetes y, tras una docena de explosiones, 
     escapé a la atracción de nuestro planeta. Desconecté los motores y dejé de 
     disparar cohetes; el más atroz silencio nos envolvió. El Sol brilló y 
     Marte y las estrellas desaparecieron de nuestra vista; nos quedamos 
     completamente en silencio, en medio de aquella quietud absoluta. No 
     obstante me desplazaba, como usted ahora mismo, a mil millas por minuto. 
     El mutismo era asombroso, las molestias indescriptibles; las dificultades 
     de comer solo, sin congelarse ni sentirse abrumado por el espantoso vacío 
     del espacio, que no hemos hecho habitable, bastaban para hacer retroceder 
     al hombre más resuelto, sólo que no es posible dar la vuelta ni seguir el 
     rumbo sin aire.

     "Estaba seguro de lograr mi propósito: según mis cálculos, la última vez 
     que vi Marte, la trayectoria era bastante certera. Tenía mucha confianza 
     en llegar; pero pronto empecé a dudar de mi capacidad para resistir un mes 
     en aquellas condiciones. Los días y las noches pueden pasar a veces 
     demasiado despacio, incluso en la Tierra; pero aquel día fue interminable. 


     "El aire comprimido funcionó bien: por supuesto, había practicado con él 
     en la Tierra. Pero el mecanismo que permitía dosificar continuamente la 
     cantidad exacta de aire mediante una especie de casco metálico era tan 
     complicado, que nunca logré dormir más de dos horas seguidas sin tener que 
     despertarme y atenderlo. Por esa razón tuve que poner un despertador muy 
     cerca de mi oído. Mis preocupaciones, supongo, no serían más interesantes 
     que el historial de una larga y penosa enfermedad. Pero, para abreviar, 
     poco después de haber recorrido la mitad del camino, me superaron, y 
     cuando me disponía ya a abandonar y morir, de pronto avisté Marte. En el 
     claro resplandor del amanecer vi un pálido círculo, parecido a la más 
     pequeña de las lunas, casi enfrente de mí, un poco a la derecha. 
     Eso fue lo que me salvó. Lo miré fijamente y olvidé mis grandes 
     preocupaciones.

     "No era más visible que la pluma de un pajarillo, en lo alto del cielo, a 
     la luz del Sol. Pero era Marte, sin lugar a dudas, y precisamente en la 
     posición correcta para posarme en él. Sin otra cosa que mirar en todo 
     aquel interminable día, no dejé de contemplar a Marte. Pero no por eso se 
     aproximó más; y descubrí que si quería hallar consuelo a mi hastío en la 
     contemplación del planeta, debía apartar la mirada de él por un rato. No 
     era empresa fácil al no haber nada más que mirar; pero, cuando aparté la 
     mirada durante una hora o algo así y volví a mirar, pude ver un cambio. Me 
     di cuenta entonces de que no estaba enteramente iluminado, que el costado 
     derecho estaba a oscuras, y que su luminosidad era como la de la Luna en 
     su undécimo día, tres antes del plenilunio. Aparté de nuevo la mirada y 
     luego volví a contemplarlo; así me pasé unas doscientas horas de aquel 
     agotador día. Poco a poco aparecieron los canales, como nosotros los 
     llamamos, y los mares. Aumentó de tamaño hasta alcanzar el de nuestra 
     Luna, y luego siguió creciendo hasta ofrecer un espectáculo como nunca 
     había visto anteriormente ningún ojo humano. A partir de entonces olvidé 
     mis preocupaciones. Ahora distinguía claramente las montañas y poco 
     después los ríos: un brillante panorama se extendía ante mí, revelando 
     secretos que nuestros astrónomos habían imaginado hace más de un siglo. 
     Llegó la hora en que, tras dormir un rato, miré de nuevo a Marte, 
     descubriendo que ya no tenía el aspecto de un planeta, o de un cuerpo 
     celeste, sino que parecía un paisaje. Poco después tuve la sensación de 
     que, aunque mi rumbo no había cambiado, Marte ya no se encontraba frente a 
     mí, sino debajo. Y entonces empecé a notar la atracción del planeta. Todo 
     se balanceaba en mi avión: los barriles, las latas y cosas parecidas; y 
     comenzaban a desplazarse, hasta donde lo permitían sus ligaduras. También 
     sentía la atracción en mi asiento. Entonces me preparé para entrar en la 
     atmósfera.

     -¿Y qué tuvo que hacer? -dijo Jorkens.

     -Tuve que estar atento -dijo Terner-. Si no, me habría abrasado como un 
     meteorito. Desde luego estaba rebasando Marte, en lugar de confluir con 
     él, de manera que en gran medida nuestras velocidades respectivas se 
     neutralizaban mutuamente. Por fortuna, la atmósfera está enrarecida sólo 
     al principio, como la nuestra, de manera que no te golpea ninguna 
     detonación. Pero para eso necesitaba pilotar un poco el avión. Una vez 
     estabilizado el aparato, volar es muy parecido a como es aquí. Por 
     supuesto puse en marcha los motores tan pronto como penetré en la 
     atmósfera de Marte. Descendí en línea recta, pretendiendo no dejarme ver 
     en una zona demasiado extensa a fin de no excitar demasiado la curiosidad 
     de cualquiera que pudiese haber allí. Puedo decir que esperaba encontrar 
     habitantes, no porque lo supiera o lo hubiera investigado, sino porque la 
     mayoría de la gente así lo cree. No quiero decir con esto que estuviera 
     persuadido de ello, sino que lo que vagamente les había persuadido a 
     ellos, igualmente me había persuadido a mí. Aterricé en una región 
     cubierta casi por completo de bosques, aunque con abundantes claros. El 
     lugar elegido era un claro en un valle, que ofrecía un excelente abrigo a 
     mi avión, pues no quería que se notara demasiado. Esperaba encontrar seres 
     humanos, pero pensaba también no dejarme ver, si podía; no siempre son tan 
     amistosos como los de aquí. En poco más de diez minutos a partir de que 
     encendiera mis motores, aterricé en ese valle. Según mis cálculos, había 
     estado fuera de la Tierra un mes. Cuando salí del aparato, el paisaje no 
     era tan diferente del de la Tierra. Los árboles eran distintos y por 
     supuesto sus ramas fueron lo primero que quise traerme. En realidad cogí 
     un manojo de cinco diferentes especies y lo deposité en el piso de mi 
     aeroplano. Pero lo primero que hice fue reponer mi provisión de agua y 
     beber un trago de un riachuelo que había divisado antes de descender, y 
     que, atravesando el bosque, bajaba por el valle. El agua estaba buena. 
     Había temido que fuera salada, o que contuviera alguna sustancia química 
     completamente desconocida; pero estaba buena. Y lo siguiente que hice fue 
     quitarme aquel vendaje infernal y el casco para respirar, y tomar un baño 
     en el riachuelo, el primero que tomaba en un mes. No me los volví a poner, 
     sino que los dejé en el avión y me vestí decorosamente, como si quisiera 
     mostrar a los habitantes de Marte algo humano. Después de todo, sería el 
     primero de los nuestros que ellos verían, y no quería que pensaran que 
     éramos como orugas en su capullo. Cogí también un revólver del calibre 45. 
     Bueno, a veces hay que hacer eso. Luego comencé a buscar a esos primos 
     lejanos nuestros. Me crucé con flores maravillosas, pero no me detuve a 
     coger ninguna: únicamente buscaba hombres. Mientras descendía, no había 
     visto ningún rastro de edificios. Sin embargo, cuando no había recorrido 
     todavía ni una milla a través del bosque, llegué a campo abierto, y allí, 
     al borde mismo de los árboles, muy cerca de mí, vi lo que evidentemente 
     era un edificio construido por algún ser inteligente; y bien extraño que 
     era el edificio.

     "Era un largo rectángulo de apenas quince pies de altura y unas diez 
     yardas de anchura. En uno de sus extremos cuatro paredes sin ventanas y un 
     techo plano tapaban toda la luz en unas veinte yardas, pero el resto se 
     extendía unas cincuenta yardas, protegido por techo y paredes de tela 
     metálica poco tupida, formando una robusta malla del mismo material en que 
     estaba construido todo el edificio.

     "Y en seguida descubrí que los sueños de nuestros científicos eran reales, 
     pues vislumbré un numeroso grupo de personas pertenecientes a la raza 
     humana, paseando por aquel recinto tan cuidadosamente protegido. 

     -¡Humanos! -exclamé yo.

     -Sí -respondió Terner-, humanos. Gente como nosotros. Y no sólo eso, sino 
     bastante más refinados que los mejores de nosotros, debido probablemente a 
     que el planeta, como yo había deducido a menudo de los libros, se enfriaba 
     más pronto que el nuestro y, de esa manera, en él comenzó la vida antes. 
     Jamás había visto nada más elegante; la edad les había conferido un 
     refinamiento que nosotros todavía no hemos alcanzado. Nunca vi nada más 
     delicado que la belleza de sus mujeres. Había una impresionante 
     simplicidad en sus paseos solitarios, que eran más deliciosos de 
     contemplar que nuestros bailes.

     Dicho esto, se puso a recorrer la habitación, arriba y abajo, a grandes 
     zancadas, manteniéndose en silencio durante un rato y fumando 
     frenéticamente.

     -¡Oh!, es un planeta odioso -dijo de pronto, y siguió fumando ávidamente. 
     Iba a decirle algo para que siguiera contando su historia, pero Jorkens se 
     dio cuenta y levantó la mano. Evidentemente él conocía ese aspecto de la 
     historia, así como el poderoso efecto que había ejercido en Terner. De 
     manera que le dejamos un momento con sus paseos y sus cigarrillos. 

     Y después de un rato prosiguió tranquilamente, como si no hubiera habido 
     ninguna pausa.

     -Cuando vi aquella malla preparé mi revólver, pues lo consideraba una 
     protección obvia contra cualquier animal poderoso. Por lo demás, pensé, 
     ¿por qué no pasearse al aire libre en lugar de en aquel angosto recinto?

     "Había unas treinta personas, vestidas con sencillez y elegancia, aunque 
     con un toque un poco oriental desde nuestro punto de vista. Todo era 
     atractivo a su alrededor a excepción de aquella casa uniforme de aspecto 
     sórdido. Me acerqué a la malla y les saludé. Sabía que quitarme el 
     sombrero no significaría probablemente nada para ellos, pero lo hice 
     mediante un movimiento amplio del brazo y una inclinación. Era lo mejor 
     que podía hacer, y esperaba con ello poder transmitir mis sentimientos. Y 
     así ocurrió. Fueron amables y comprensivos, y cada señal que les hacía la 
     entendían inmediatamente, salvo que fuera demasiado torpe. Y cuando no 
     comprendían algo parecían reírse de sí mismos, no de mí. Así eran ellos. 
     Comparado con ellos yo era completamente basto y grosero, medio salvaje; 
     pese a ello, me trataron con toda la cortesía que mi pobre juicio era 
     capaz de entender. ¡Cómo me gustaría regresar allí con un millar de los 
     nuestros!... Pero es inútil, no me creerán. Bien, permanecí allí con las 
     manos en la malla, y comprobé que era de un metal resistente aunque de 
     bastante menos de media pulgada de espesor: podía meter el pulgar 
     fácilmente por sus aberturas, de manera que nos era posible vernos 
     mutuamente con total nitidez. Permanecí allí cuanto pude hablando con 
     ellos, o como usted quiera llamarlo, recordando todo el tiempo que debía 
     haber algo bastante detestable en aquellos bosques para que fuera 
     necesario aquella espesa tela metálica. Jamás logré adivinar de qué se 
     trataba.

     "Señalé al cielo, en la dirección que probablemente habrían visto brillar 
     la Tierra de noche; en seguida me entendieron. Imagínese entender una cosa 
     así a partir únicamente de mis torpes gestos; obviamente lo lograron. Pero 
     no me creyeron. Y, a continuación, trataron de contarme todo lo referente 
     a su mundo, aunque, desde luego, yo no entendí nada. Me pareció que el 
     mayor obstáculo no era mi desconocimiento de su idioma, sino mi espantosa 
     carencia de cualquier tipo de refinamiento, en comparación con aquellas 
     afables y gentiles criaturas, que tanto pesó sobre mí todo el tiempo que 
     permanecí allí. Una cosa fui capaz de entender. ¿Les gustaría oír hablar 
     de los canales?

     -Sí, mucho -repliqué.

     -Bueno, en realidad no son canales -respondió él.

     "-Desde nos encontrábamos podía ver uno de ellos, una inmensa extensión de 
     agua debidamente encauzada. Señalándolo con el dedo, les pregunté por él. 
     Ellos a su vez me señalaron algo: una pequeña luna de Marte, iluminada y 
     brillante como la nuestra, bien que no me sugería nada. Sabía que Marte 
     tiene dos lunas, pero no veía su relación con los canales. De manera que 
     señalé de nuevo la extensión de agua, y ellos volvieron a señalarme la 
     luna. Como seguía sin entender absolutamente nada, me señalaron el extremo 
     más alejado del canal, perdido en la llanura; y por fin, al cabo de un 
     rato, pude ver que el agua se movía, que era lo que trataban de explicarme 
     con señas. Luego volvieron a hacer hincapié en su luna. Y al final pude 
     entenderlos. Aquella luna pasa tan cerca de la marisma que su atracción 
     arrastra el barro tras ella u el agua entra a raudales en su lugar. Cuando 
     se ha visto una vez parece bastante simple. Nadie excavaría un canal de 
     cincuenta millas de ancho, y esas extensiones de agua tienen por lo menos 
     esa anchura. Mientras que arrastrar agua es precisamente el cometido de 
     una luna. 

     -¿De veras son tan anchos esos canales? -dije.

     -No podrían verse desde la Tierra si no lo fueran -contestó Terner.

     Jamás había pensado en ellos. 

     -Había allí una chica extraordinariamente hermosa -prosiguió Terner-. Pero 
     para describir a cualquiera de ellos se necesitaría el lenguaje de un 
     amante, y además convertirlo en poesía. Nadie me creerá. Hablé con ella, 
     aunque por supuesto mis palabras no le decían nada. Confiaba tanto en su 
     brillante inteligencia que casi esperaba que entendiera cada una de mis 
     palabras, y así lo hizo a menudo. Extrañas aves volaban sobre nosotros, 
     yendo y viniendo del bosque, y ella me reveló sus nombres en la extraña 
     lengua marciana. Mpah y Nto son dos de los que puedo recordar y deletrear; 
     y además estaba Ingu, ave de color naranja vivo y negro, con una larga 
     cola como nuestras urracas. Cuando trataba de contarme algo referente a 
     Ingu, quien en ese preciso momento volaba sobre nosotros, graznando lejos 
     de los árboles, súbitamente me hizo una señal. Yo miré y efectivamente 
     algo salía del bosque.

     Durante algún tiempo, Terner resopló en silencio. 

     -No puedo describírselo. Aquí no tenemos nada parecido. Por lo menos sobre 
     la tierra. Un pulpo tiene una ligera semejanza con eso en cuanto a su 
     cuerpo obeso y sus largas y delgadas patas, aunque éste sólo tenía dos, y 
     dos brazos igualmente largos y delgados. Pero la cabeza y la inmensa boca 
     no se parecían a nada de lo que conocemos. Nunca he visto nada tan 
     horrible. Venía derecho a la alambrada. Inmediatamente me escabullí antes 
     de que me viera, como me había advertido que hiciera aquella encantadora 
     chica. No tenía ni idea de que el grueso alambre había sido entrelazado 
     para protegerse precisamente de aquella bestia. Me escondí en una especie 
     de matorral florido. Todavía puedo recordar su perfume: un aroma dulzón 
     que no se parece a ningún otro de nuestro planeta. No tenía ni idea de si 
     ellos estarían completamente a salvo de la bestia. Y entonces vino 
     directamente hacia nosotros, acercándose a la alambrada. La vi de cerca, 
     completamente desnuda y flácida, a excepción de aquellos miembros 
     cimbreantes. Antes de que me diera cuenta de lo que estaba haciendo, la 
     bestia levantó una tapadera en el techo y metió uno de sus horribles y 
     largos tentáculos. Anduvo a tientas con extraordinaria rapidez y, cogiendo 
     a una chica, la sacó por la tapadera. Yo me encontraba lejos de la 
     alambrada y no podía disparar. La bestia le retorció el pescuezo a la 
     chica en un momento y la arrojó al suelo, volviendo a meter su brazo. Salí 
     corriendo de mi refugio, pero antes de que llegara a su lado había 
     atrapado a otra joven y la había sacado por la tapadera; y cuando doblé la 
     esquina, le estaba retorciendo el pescuezo. Aquellos hombres habían hecho 
     pocos esfuerzos para huir de la espantosa mano, esquivándola únicamente 
     cuando pasaba a su lado; aunque, cuando escogía a alguno, había poca 
     posibilidad de esquivarla, como ellos parecían reconocer. Y ahora, cuando 
     llegué junto a ellos, estaban todos de pie en un rincón con una solemne 
     resignación en sus rostros.

     -¿No podían hacer nada? -pregunté yo. Pues la idea de que una parte de la 
     raza humana estuviera completamente desamparada ante semejante horror era 
     tan nueva para mí que no podía aceptarla. Pero él lo había notado, y lo 
     comprendía. 

     -No era más que un gallinero -dijo él-. ¿Qué otra cosa podían hacer? 
     Pertenecían a esa bestia.

     -¡Que pertenecían a eso! -exclamé yo.

     -¿No lo entiende? -dijo Jorkens-. El hombre allí no es el gallito.

     -¿Qué? -dije con voz entrecortada.

     -No -dijo Terner-, así es.

     -Es otra raza, ¿lo entiende? -añadió Jorkens.

     -Sí -admitió Terner-. Es un planeta más viejo, ¿sabe? Y, por alguna razón, 
     en todo este tiempo se ha adelantado a ellos.

     -Y ¿qué hizo usted? -pregunté yo.

     -Corrí hacia la bestia -contestó él-. No sé por qué pensé que, por la 
     forma en que los trataba, un hombre no la asustaría fácilmente; de manera 
     que no me molesté en seguirle los pasos, sino que simplemente corrí tras 
     ella según se alejaba llevando colgados por los tobillos a aquellas dos 
     jóvenes. Entonces la bestia se volvió hacia mí y alargó un brazo, y yo le 
     disparé un tiro con mi revólver del calibre 45. La bestia giró en redondo 
     y dejó caer los cuerpos, dando un traspiés mientras agitaba los brazos y 
     gimoteaba por su gran boca. Evidentemente no estaba acostumbrada a ser 
     lastimada. Se alejó gimoteando y yo la seguí; y le disparé dos o tres 
     veces más, y la dejé muerta o moribunda, me daba igual.
     "El ruido de mis disparos había despertado a todo el bosque. Los pájaros 
     volaron chillando y piando, y animales que hasta entonces no había visto 
     comenzaron a ulular en las sombras. Entre el clamor general creí detectar 
     unos sonidos que podían proceder de bocas como la de la bestia que acababa 
     de matar. Evidentemente era hora de irse.
     "Regresé a la jaula, donde todos contemplaban en silencio y con curiosidad 
     a la criatura muerta. Ninguno de ellos me dirigió la palabra. Entonces 
     comprendí que había cometido un error. Al parecer no se debe matar a esas 
     bestias. Únicamente se volvió hacia mí la chica con la que había hablado 
     de los pájaros, la cual me señaló rápidamente al cielo, en dirección a la 
     Tierra. El clamor en el bosque iba en aumento. La chica llevaba razón: era 
     hora de irse. Me despedí de ella. Me pregunto qué le diría con los ojos. 
     Me despedí con mayor tristeza que antes. Estuve a punto de quedarme. De no 
     haber sido por lo mucho que tenía que contar a nuestra propia gente, me 
     habría quedado allí y habría repartido mis dos docenas de cartuchos entre 
     aquellas repugnantes bestias. Pero pensé que debía volver a la Tierra para 
     llevar noticias. ¡Y al final no me creyeron!

     "Según pasaba al lado de aquel horrible cuerpo le arrojé una piedra, 
     prefiriendo no utilizar otro cartucho, a causa del clamor del bosque. Pero 
     aquella pobre gente metida en el gallinero no lo aprobó. En seguida podía 
     uno darse cuenta. Su destino era ser devorados por aquella bestia, y 
     ninguna interferencia les parecía buena.

     "Regresé a mi avión lo más rápido que pude. Nadie lo había descubierto. 
     Todavía estaba en el valle, intacto. Es posible que momentáneamente 
     lamentara un poco el no haber encontrado ningún obstáculo en mi retirada a 
     la Tierra. Eso hubiera facilitado las cosas. Y sin embargo nunca debí 
     haberlo hecho. En cualquier caso, allí estaba mi avión; me subí a él y 
     empecé a envolverme en aquellos vendajes, sin los cuales es imposible 
     sobrevivir en aquel desolado vacío que existe entre nuestra atmósfera y la 
     suya. Alguien asomó por el bosque al oírme entrar en el avión. Me miró 
     como si fuera un zorro, pero yo seguí adelante con mis vendajes. Los 
     ruidos del bosque parecían estar muy próximos. Entonces pensé de pronto: 
     ¿y si fuera un perro y no un zorro? ¿De qué lado estaría un perro en 
     Marte? Difícilmente podía imaginarme que un perro no estuviera del lado 
     del hombre. Pero había visto tantas cosas horribles que dudé. iría a 
     avisarles de que estaba allí. Me di prisas con los vendajes. Pero sentía 
     que estaban pisando la maleza muy cerca de mí. Entonces vi agitarse unas 
     ramas. Y un grupo de ellos salió en tropel del bosque, apresurándose hacia 
     su gallinero. Se encontraban a menos de cien yardas y me vieron. Entonces, 
     aquellas asquerosas criaturas se dieron la vuelta y vinieron hacia mí. Les 
     disparé y puse en marcha los motores del avión. Al parecer alcancé a una 
     de ellas, pero no podía oír nada a causa del estruendo de los motores. Por 
     un momento el disparo pareció desconcertarlas; luego se dirigieron hacia 
     mí, con una extraña mirada en sus asquerosos rostros y las manos 
     extendidas. Únicamente las dispersé. Con su elevada estatura casi podrían 
     haber agarrado mi avión cuando pasé por encima de ellas. Y me fui con 
     todos los vendajes ondeando. Por supuesto así no podía enfrentarme al 
     espacio. Pero tampoco podía vestirme y al mismo tiempo pilotar 
     correctamente el avión. Si me equivocaba en un solo grado, nunca daría con 
     la Tierra. Tampoco tenía más gasolina. Obviamente la había economizado. 
     Pues no me servía más que para una millonésima parte de mi viaje, durante 
     los aterrizajes. No se puede remover el espacio.

     "Bueno, recorrí unas veinte millas y descendí en la amplia llanura en la 
     que aquella luna estaba dragando su canal de barro para que nosotros 
     pudiéramos verlo a través de nuestros telescopios. Y tuve que ascender y 
     descender varias veces hasta asegurarme de que aterrizaba en un lugar 
     donde no me quedara atascado, como me sucedió más tarde. El caso es que 
     descendí y seguí vistiéndome. Y mientras tanto se me ocurrió pensar que 
     Marte estaba más consciente de mi presencia allí que lo que yo hubiera 
     esperado. Las aves parecían inquietas, demasiado escurridizas. En todo 
     caso, me encontraba al aire libre y podía ver a quien se acercara. No 
     obstante, me habría gustado haber ido unas cien millas más lejos, si no 
     fuera por la preocupación que sentía de quedarme sin reserva de gasolina 
     más allá de donde sabía que la necesitaría. De manera que me quedé allí y 
     ahorré gasolina, y menos mal que lo hice. Bueno, acabé de vendarme y, 
     mientras observaba el Sol a fin de encontrar el camino de regreso a casa, 
     vi a lo lejos a algunas de aquellas espantosas criaturas. Nunca supe de 
     verdad si me estaban persiguiendo, pero el caso es que apresuraron mis 
     cálculos y me impidieron recoger muestras de rocas y de la flora de Marte, 
     lo cual evidentemente habría impedido la vehemente incredulidad con que 
     fui acogido a mi regreso. Además, las muestras de cinco árboles 
     diferentes, que había recogido en el bosque, desaparecieron cuando me fui 
     precipitadamente la primera vez. 

     -¿Y no se trajo nada de Marte? -pregunté yo. Pues la historia me parecía 
     cierta y confiaba en que se pudiera probar.

     -Nada, excepto una caja de cerillas, rota de una forma muy peculiar. Y sin 
     haber visto al ser que la rompió, tampoco ella le probará nada. Más tarde 
     se la mostraré.

     -¿Quién la rompió? -pregunté yo.

     -Ya me lo dirá usted cuando llegue a eso -dijo él-. Se la mostraré y usted 
     mismo lo descubrirá.

     Jorkens asintió con la cabeza.

     -Bueno, lo cierto es que no recogí flores ni ninguna otra cosa, excepto 
     esas ramas que perdí. Sé que debería haberlo hecho. Y tal vez me apresuré 
     demasiado en irme cuando vi ese segundo grupo en la lejanía. Pero había 
     contemplado los rostros de las bestias y únicamente pensaba en ellas. 
     Tenía una cámara fotográfica y saqué unas cuantas instantáneas del 
     paisaje, que deberían haber sido concluyentes. Pero no me la traje a mi 
     regreso. Después le contaré lo que sucedió.

     "Lo último que hubiera pensado era toda esa incredulidad a mi regreso. 
     Además, las bocas de aquellas bestias repugnantes ocupaban toda mi 
     imaginación. Me apresuré en mis cálculos y regresé en dirección al Sol. Vi 
     varios de esos gallineros, pero poco más aparte del bosque y las llanuras 
     de barro. Muy pronto Marte adquirió un hermoso color azul cobalto, cuya 
     belleza me puso todavía más triste. 

     "Entonces comenzó de nuevo otro día largo y agotador, en que tanto el Sol 
     como el avión parecían estar inmóviles. Con los motores apagados, sin 
     ningún ruido, inmóvil, sin viento, las semanas transcurrieron lentamente 
     sin señal alguna del paso del tiempo. Era un lugar espantoso; el tiempo 
     parecía haberse detenido.

     "Había empezado otra vez a desesperarme mortalmente cuando, de pronto, 
     descubrí frente a mí, como una pluma de cisne solitaria en el espacio, la 
     conocida forma curva de un mundo iluminado en su cuarta parte por el Sol. 
     Inconfundiblemente era un planeta. Y sin embargo, y pese a estar contento 
     por aproximarme a casa, una cosa me dejó extraordinariamente perplejo: me 
     pareció que me había anticipado diez días a lo previsto. "Qué asombrosa 
     suerte", pensé, "parte de mis cálculos deben estar equivocados, y sin 
     embargo no he perdido el rastro de la Tierra".

     "No lo había descubierto tan pronto como descubrí Marte, a causa de su 
     situación tan próxima al Sol. En consecuencia, cuando lo vi era ya 
     bastante grande. Según aumentaba más y más de tamaño, traté de calcular a 
     qué continente me estaba acercando, aunque no importaba demasiado pues 
     disponía de suficiente gasolina para realizar un buen aterrizaje, a menos 
     que tuviera mala suerte. Sin embargo, no podía tratarse del mismo lugar en 
     donde yo esperaba aterrizar, ya que me había anticipado tanto a mis 
     previsiones. El caso es que no pude vislumbrar nada, pues la mayor parte 
     del orbe estaba a oscuras. Y cuando me metí en aquellas tinieblas fue como 
     una bendición después del deslumbramiento del Sol en aquel interminable 
     día. Pues en realidad no hay allí luz, sólo deslumbramiento. En aquella 
     espantosa soledad por ninguna parte entra la luz; únicamente pasa a tu 
     lado como un resplandor. Por fin me metí en la oscuridad y encendí los 
     motores; y volé hasta llegar al primer limbo del crepúsculo, que me 
     suministraba suficiente luz para aterrizar, ya que estaba cansado de mirar 
     el Sol. Y así fue como llegué a hacer un mal aterrizaje y mis ruedas se 
     hundieron en un pantano. No fue eso lo que encaneció mi cabello. Sentí que 
     se me helaba el cuero cabelludo y mi pelo se encaneció, pero no fue por 
     haberme atascado en un pantano. Fue al comprobar, en el mismo momento del 
     aterrizaje, que me había equivocado de planeta. A pesar de la oscuridad, 
     debería haberme dado cuenta antes, cuando descendía: era demasiado 
     pequeño. Mas ahora lo descubría: me había equivocado de planeta y ni 
     siquiera sabía en cuál estaba. La espantosa soledad provocada por el 
     accidente paralizó al principio mis pensamientos. Y cuando empecé a 
     pensar, todo era desconcierto. ¿Qué planetas había entre Marte y el Sol? 
     Solamente la Tierra, Venus y Mercurio. El tamaño apuntaba a Mercurio. Pero 
     había que tener en cuenta que me había anticipado a mis previsiones, no 
     atrasado. O ¿acaso funcionaba mal mi cronómetro? Sin embargo, el Sol, que 
     había surgido hacía unos cinco minutos, no parecía mayor que desde la 
     Tierra. De hecho parecía bastante menor. Tal vez, pensé, era Venus a pesar 
     de todo; aunque era demasiado pequeño incluso para Venus. Y los asteroides 
     los tenía todos detrás de mí, más allá de Marte.

     "Lo que no sabía entonces era que Eros (y tal vez también otros), a causa 
     de la inclinación de algunos de los asteroides, llegaba a estar a veces a 
     menos de catorce millones de millas de nosotros. De manera que, aunque 
     gira alrededor del Sol más allá de Marte, al que llega a aproximarse hasta 
     una distancia de unos treinta y cinco millones de millas, Eros a veces 
     está más cerca de la Tierra que ningún otro asteroide. De esto nada sabía 
     yo; y, sin embargo, cuando empecé a pensar con sensatez, los hechos 
     acabaron por hablar por sí mismos: me encontraba en un asteroide perdido o 
     desconocido. Debería ser más fácil examinar un cuerpo celeste cuando 
     realmente está uno posado en él, rodeado por sus continentes, que cuando 
     aparece en un telescopio no mayor que una cabeza de alfiler. Mas la 
     tranquilidad, la seguridad, sobre todo ese sentimiento hogareño que tiene 
     cualquier astrónomo, constituyen inestimables ayudas al pensamiento 
     preciso.

     "Comprendí que había cometido un error al partir de Marte, equivocándome 
     en los cálculos por las prisas, y que tenía la suerte de haber llegado a 
     cualquier otra parte. ¿Quién puede decir, al pensar en lo que podía 
     haberme convertido, quién puede decir mejor que yo que casi me convertí en 
     un cometa?

     -Muy cierto -dijo Jorkens.

     Terner dijo todo aquello con la mayor gravedad. Evidentemente el peligro 
     le había rondado. 

     -Cuando me di cuenta de dónde debía encontrarme -continuó Terner-, me puse 
     a trabajar para sacar el avión del pantano, metiéndome en el barro hasta 
     las rodillas. Fue más fácil de lo que pensé. Y cuando lo saqué, lo elevé 
     por encima de mi cabeza y cargué con él unas nueve millas por tierra firme.

     -¿Cargó usted solo con un aeroplano? -pregunté yo-. ¿Cuánto pesaba?

     -Alrededor de una tonelada -dijo Terner.

     -¿Y fue usted capaz de cargar con él? 

     -Con una sola mano -respondió-. La atracción de esos asteroides es 
     insignificante para cualquiera que está acostumbrado a la de la Tierra. En 
     Marte me sentía muy fuerte, pero eso no era nada comparado con lo que 
     podía hacer allí, en Eros, o dondequiera que me encontrara.

     "Llegué a la linde de un bosque de diminutos robles achaparrados, del 
     tamaño de los ejemplares enanos de los japoneses. Estuve atento a la 
     presencia de cualquier bestia repugnante como las de Marte, pero no vi 
     nada de ninguna especie. Unas pocas mariposas nocturnas, o al menos eso 
     creí yo, salieron volando de los árboles; aunque, al recordarlo ahora, 
     creo que fueron pájaros. Entonces me dediqué a realizar nuevos cálculos. 
     Me encontraba ahora tan cerca de la Tierra, que podría alcanzarla si era 
     capaz de despegar del asteroide; eso, suponiendo que fuera acertada mi 
     conjetura (y no lo podía ser más) acerca de la rotación del asteroide. No 
     podía considerar más que una conjetura, pues ni siquiera sabía en qué 
     pequeño planeta me encontraba, y las conjeturas son mala cosa para los 
     cálculos. Pero deben utilizarse cuando no se tiene otra cosa a mano. 
     Conocía al menos cuáles eran las órbitas que seguían los asteroides, de 
     manera que sabía la distancia que tenían que recorrer; pero el tiempo que 
     tardarían en recorrerlas sólo podía conjeturarlo a partir del que 
     empleaban sus vecinos, que yo sabía. Si hubiera estado más lejos de la 
     Tierra, esas conjeturas habrían echado a perder mis cálculos y nunca 
     habría encontrado la forma de volver a casa.

     "Bien, me senté sin que me perturbara nada salvo mi propia respiración, y 
     realicé esos cálculos con la mayor precisión de que fui capaz. Debía 
     respirar tres o cuatro veces más rápido que en la Tierra, pues no parecía 
     haber allí tanto aire como aquí. Desde luego no debería haberlo en un 
     planetoide como Eros. Más que la respiración, lo que me preocupó fue el 
     pensar que sólo disponía de mis motores para despegar, ya que había usado 
     el último de mis cohetes al abandonar Marte, y nunca supuse que los 
     volvería a necesitar. Imagínense que un pasajero de Southampton a Nueva 
     York desembarcara súbitamente en una isla del Atlántico. Estaría mucho 
     menos sorprendido que yo al aterrizar aquí; no estaba preparado. La 
     atracción de Eros, o quienquiera que fuera el planetoide, no era demasiado 
     como para no poder superarla; pero la cantidad de atmósfera en la que 
     tendría que despegar seguramente sería también escasa, como el planeta que 
     envolvía. Sabía que podría alcanzar bastante velocidad para despegar de 
     Eros únicamente si disponía de tiempo suficiente para hacerlo y la 
     atmósfera llegaba lo suficientemente lejos. Sabía aproximadamente hasta 
     dónde llegaba la atmósfera, pues la había notado en las alas de mi avión 
     durante el descenso. Pero ¿llegaría lo suficientemente lejos? Ese fue el 
     pensamiento que me inquietó mientras elaboré mis números, respirando como 
     si tuviera mucha fiebre. Mientras afuera hubiera algún tipo de atmósfera 
     que respirar, no necesitaba usar el aire comprimido. Pues las horas de 
     vida que me quedaban antes de llegar a la Tierra dependían de mi 
     suministro de aire comprimido. Bueno, mientras el planetoide giraba hacia 
     el Sol y amanecía en donde yo había aterrizado al atardecer, hice 
     proyectos y fijé mi objetivo en la Tierra, sin prisas, cosa que no había 
     hecho en Marte. Tuve tiempo entonces de inspeccionar el bosque de robles, 
     cuyas ondulantes copas se bamboleaban debajo de mí. Dirigí una última 
     mirada a esa caja de cerillas. Trátela con cuidado. ¿Cuál diría usted que 
     fue la causa de ese agujero que presenta?

     Cogí de su mano una caja de cerillas Bryant & May, considerablemente 
     destrozada; rota por dentro; con un agujero lo bastante grande como para 
     que pasara un ratón.

     -Parece como si algo la hubiese traspasado con mucha fuerza -dije yo.

     -No la traspasa -contestó él-. El agujero solamente existe por un lado.

     -Se mete dentro -dije yo.

     -No del todo. Mire de nuevo -dijo Terner.

     Efectivamente se abría hacia fuera. Pero no podía imaginarme cómo se había 
     hecho. Y así se lo hice saber a Terner.

     Entonces él llevó la caja de cerillas hasta la repisa de la chimenea, en 
     donde había dos diminutas cabañas de porcelana, y la puso entre las dos, y 
     le colocó un techo de paja que le había hecho a medida. Las pequeñas 
     cabañas tenían aproximadamente el mismo tamaño.

     -¿Qué piensa usted de esto? -preguntó Terner.

     No sabía nada y así se lo dije, pero tenía algo más que añadir.

     -Parece como si un elefante se hubiera escapado de una de las cabañas 
     -dije yo.

     Terner se volvió hacia Jorkens, que asentía con la cabeza, con bastante 
     benevolencia aunque con cierto disimulo.

     No comprendí aquel intercambio vehemente de miradas. 

     -¿Qué? -pregunté.

     -Eso mismo -dijo Terner.

     -¿Un elefante? -pregunté yo.

     -Había rebaños enteros en el bosque de robles -dijo Terner-. Cuando al 
     amanecer me incliné a coger una rama de uno de los árboles para traérmela 
     a la Tierra, los vi de repente. Se precipitaron hacia mí y atrapé uno de 
     ellos, un magnífico ejemplar adulto; pero ninguno de ellos era mayor que 
     un ratón. Comprendí que eso debía ser una prueba irrevocable. Tiré la 
     rama; después de todo no era más que un puñado de hojas de roble enano; y 
     metí el elefante en esa caja de cerillas, poniéndole alrededor una goma 
     para que no se abriera. La caja de cerillas la arrojé al interior de una 
     mochila que llevaba encima de los vendajes. 

     "Bueno, podía haber recogido muchas más cosas; pero, como dije, tenía una 
     prueba rotunda y la había llevado colgada a mis espaldas todo el tiempo, 
     oprimiéndome con su peso y haciéndome sentir que me había equivocado de 
     planeta. Es éste un sentimiento del que nadie que lo haya experimentado 
     puede librarse ni por un solo momento. Usted, Jorkens, ha viajado también 
     bastante; ha estado en desiertos y en lugares extraños.

     -Sí, las marismas de papiro, por ejemplo -susurró Jorkens.

     -Pero -prosiguió Terner- ni siquiera allí, ni más lejos en el corazón del 
     Sahara, puede usted haber experimentado tan irresistible, tan 
     incesantemente, ese sentimiento del que le hablo. No se trata de simple 
     nostalgia, es una abrumadora y omnipresente sensación de estar en un lugar 
     inadecuado; tan fuerte que sirve de aviso amenazador que te repites en tu 
     fuero interno con cada latido del pulso. Es algo que no puedo explicar a 
     aquellos que no se hayan perdido alguna vez en Oriente, una emoción que no 
     puedo compartir con nadie.

     -Muy natural -dijo Jorkens.

     -Bueno, así que lo tenía todo preparado -prosiguió Terner-, no sólo para 
     mí, sino también para el pequeño elefante. Disponía de un bote de hojalata 
     en el que tenía la intención de meterlo antes de abandonar la atmósfera de 
     Eros, y hallé una forma de renovar el aire en su interior mediante mi 
     propia respiración, que era suficiente para mantener con vida a la bestia. 
     Tenía un trozo de tela verde, ramas de roble, como se hace con las orugas; 
     y agua, y todo era para él. Luego abandoné todo aquello de lo que podía 
     prescindir, a fin de aligerar el avión para el despegue de Eros. Arrojé al 
     pantano mi revólver y los cartuchos, y también fue allí a parar mi cámara 
     fotográfica. Luego me puse en camino y volví a volar por la noche hacia 
     una región de Eros desde donde podía verse la Tierra, colgando por encima 
     del horizonte de su pequeño vecino. En la noche de Eros brillaba una 
     especie de pequeña luna, como una bola de cricket de color turquesa pálido 
     engastada en plata. Apunté con precisión, con todas las tolerancias que 
     había calculado, y me lancé de vuelta a casa volando bajo donde la 
     atmósfera de Eros era más densa. A aquella altura tan escasa, el aparato 
     simplemente adquirió velocidad. Luego llegó el momento crucial en que viré 
     hacia arriba en dirección a mi objetivo. ¿Sería la atmósfera lo 
     suficientemente pesada para que las alas de mi avión siguieran 
     funcionando? Lo era: me dirigía exactamente en la dirección correcta, 
     mientras me alejaba de la noche y la Tierra palidecía a lo lejos. ¿Podría 
     mantener la velocidad? No podía hacer mucho más en aquella tenue 
     atmósfera. Me preguntaba si alguien de la Tierra encontraría mis huesos, o 
     si Eros me atraería de nuevo junto a mi avión. Mas no me olvidaba de mi 
     elefante, y traté de alcanzar la caja de cerillas para arrojarla en el 
     bote; entonces descubrí lo que le he mostrado. 

     -¿Se había ido el elefante? -pregunté.

     -Había embestido, como haría cualquiera de su especie -dijo Terner-. Debió 
     de irse antes de que yo abandonara Eros. Vea por usted mismo, ahora que 
     conoce las proporciones adecuadas, que esta caja de cerillas no sería para 
     él más que una chabola para un elefante de los nuestros. Y contaba con 
     poderosos colmillos. A nadie se le ocurriría encerrar a un elefante en una 
     choza de tablas tan delgadas. Mas nunca pensé en ello. Usted lo comprendió 
     en seguida. Pero yo puse esas cabañas a su lado para proporcionarle a 
     usted la escala exacta. Bueno, por el momento envidié su libertad. No 
     tenía ni idea de la amarga incredulidad contra la que tendría que 
     enfrentarme. Pensaba más en la lucha decisiva de la que dependía mi vida: 
     la velocidad de mi avión contra la atracción de Eros.

     "Y de pronto lo conseguimos. Hubo una ligera sacudida de todos mis 
     barriles y botes cuando despegué de Eros. Luego comenzó una vez más un 
     largo día. En su mayor parte lo pasé pensando en todo lo que iba a contar 
     a nuestras doctas sociedades acerca de Marte y de ese asteroide que yo 
     creo que era Eros. Pero estaban demasiado ocupados con su erudición como 
     para considerar una nueva verdad. Sus oídos estaban vueltos al pasado; 
     eran sordos al presente. Bien, bien...

     Y fumó en silencio.

     -¿Alcanzó usted su objetivo? -preguntó Jorkens.

     -Desde luego -dijo Terner-. Por supuesto me ayudó la atracción de la 
     Tierra. De repente la vi brillar a la luz del día, y no parecía estar muy 
     alejada. ¡Oh, qué emoción la de estar volviendo a casa! Al principio la 
     Tierra palideció, luego lentamente se tornó plateada; y creció más y más. 
     Después adquirió un ligero tono dorado, un enorme creciente dorado en el 
     cielo; a simple vista una visión de lo más hermosa, pero que sugiere algo 
     a todo el ser que el entendimiento no logra asir. Tal vez uno se dé cuenta 
     después de todo, mas aun así nunca puede transmitirlo, nunca puede hablar 
     a nadie de aquella dorada belleza. Las palabras no bastan. La música tal 
     vez podría, pero yo no sé tocar ningún instrumento. Me gustaría componer 
     una melodía, ya me entienden, acerca de la Tierra llamándole a uno a casa, 
     con toda esa luz cambiante; sólo que sería condenadamente impopular, ya 
     que no se parecería en nada a lo que la gente suele escuchar a diario.

     "Bien, logré mi objetivo. Con la ayuda de la gran atracción que la Tierra 
     ejerce, volví de nuevo a casa. El Atlántico era lo único que temía, y lo 
     evité con creces. Tomé tierra en el Sahara, que podía haber sido sólo algo 
     mejor que el Atlántico. Pero descendí del avión y caminé un poco, y cuando 
     llevaba unos cinco minutos de inspección encontré una moneda de cobre del 
     tamaño de una pieza de seis peniques, que llevaba grabada la efigie de 
     Constantino. Había reconocido inmediatamente el Sahara, pero después supe 
     que me encontraba en la parte norte, donde había estado el antiguo Imperio 
     romano, y comprobé que tenía suficiente gasolina para llegar a las 
     ciudades. Me puse de nuevo en camino en dirección norte y volé hasta 
     divisar un grupo de árabes con un rebaño de ovejas o cabras: no es posible 
     especificarlo hasta que uno se aproxima mucho más. Aterricé cerca de ellos 
     y les dije que había venido de Inglaterra. No era mi deseo asombrarles, 
     cosa que habría conseguido contándoles la pura verdad, de manera que les 
     dije que había volado desde Inglaterra. Y me di cuenta de que no me 
     creyeron. Fue como un anticipo de la futura incredulidad del mundo.

     "Bien, volví a casa y conté mi historia. La prensa no fue hostil al 
     principio. Me hicieron varias entrevistas. Pero pretendieron que fueran 
     frívolas. Exigían alguna foto mía despidiéndome con el pañuelo de los 
     amigos que dejaba en Marte. Pero ¿cómo podía yo ser frívolo después de ver 
     lo que había visto? Incluso ahora se me hiela la sangre en las venas cada 
     vez que pienso en ello. Y pienso en ello siempre. ¿Cómo hubiera podido 
     agitar mi pañuelo a esa pobre gente, sabiendo que uno a uno iban a ser 
     devorados por una bestia más horrible de lo que nuestra imaginación puede 
     describir? Ni siquiera sonreí cuando me fotografiaron. Insistí en suprimir 
     los pequeños chistes de las entrevistas. Me convertí en un ser irritable. 
     Taciturno, dijeron ellos. Bueno, era cierto. Y después se volvieron en 
     contra mía. Lo peor de todo fue que Amely no me creyera. ¡Cuándo pienso lo 
     que éramos el uno para el otro! Debería haberme creído.

     -Aunque sólo fuera por simple cortesía -dijo Jorkens.

     -¡Oh!, fue bastante cortés -apostilló Terner-. Le pregunté sinceramente si 
     me creía, y ella me contestó: "Te creo rotundamente".

     -Bien, ahí lo tiene -dijo Jorkens con alegría-. Por supuesto que le cree.

     -No, no -precisó Terner, fumando más que nunca-. No, no me creyó. Cuando 
     le conté lo de aquella encantadora chica de Marte no me hizo ni una sola 
     pregunta. Eso no era propio de 
     Amely. Ni una sola palabra acerca de ella. 

     Durante un buen rato recorrió la habitación de arriba a abajo, fumando con 
     rápidas bocanadas. Estuvo tanto tiempo callado y ajeno a nuestra presencia 
     que Jorkens me hizo una seña y, dejándole solo, nos marchamos de la casa.

EL VAMPIRO ESTELAR -- ROBERT BLOCH




EL VAMPIRO ESTELAR
ROBERT BLOCH

Confieso que sólo soy un simple escritor de relatos fantásticos. Desde mi más temprana infancia me he sentido subyugado por la secreta fascinación de lo desconocido y lo insólito. Los temores innominables, los sueños grotescos, las fantasías más extrañas que obsesionan nuestra mente, han tenido siempre un poderoso e inexplicable
atractivo para mí. En literatura, he caminado con Poe por senderos ocultos; me he arrastrado entre las sombras con Machen; he cruzado con Baudelaire las regiones de las hórridas estrellas, o me he sumergido en las profundidades de la tierra, guiado por los relatos de la antigua ciencia. Mi escaso talento para el dibujo me obligó a intentar describir con torpes palabras los seres fantásticos que moran en mis sueños tenebrosos. Esta misma inclinación por lo sinientro se manifestaba también en mis preferencias musicales. Mis composiciones favoritas eran la Suite de los Planetas y otras del mismo género. Mi vida interior se convirtió muy pronto en un perpetuo festín de horrores fantásticos, refinadamente crueles. En cambio, mi vida exterior era insulsa. Con el transcurso del tiempo, me fuí haciendo cada vez más insociable, hasta que acabé por llevar una vida tranquila y filosófica en un mundo de libros y sueños.
El hombre debe trabajar para vivir. Incapaz, por naturaleza, de todo trabajo manual, me sentí desconcertado en mi adolescencia ante la necesidad de elegir una profesión. Mi tendencia a la depresión vino a complicar las cosas, y durante algún tiempo estuve bordeando el desastre económico más completo. Entonces fue cuando me decidí a escribir.
Adquirí una vieja máquina de escribir, un montón de papel barato y unas hojas de carbón. Nunca me preocupó la búsqueda de un tema. ¿Qué mejor venero que las ilimitadas regiones de mi viva imaginación? Escribiría sobre temas de horror y oscuridad y sobre el enigma de la Muerte. Al menos, en mi inexperiencia y candidez, éste era mi propósito.
Mis primeros intentos fueron un fracaso rotundo. Mis resultados quedaron lastimosamente lejos de mis soñados proyectos. En el papel, mis fantasías más brillantes se convirtieron en un revoltijo insensato de pesados adjetivos, y no encontré palabras de uso corriente con que expresar el terror portentoso de lo desconocido. Mis primeros manuscritos resultaron mediocres, vulgares; las pocas revistas especializadas de este género los rechazaron con significativa unanimidad. Tenía que vivir. Lentamente, pero de manera segura, comencé a ajustar mi estilo a mis ideas. Trabajé laboriosamente las palabras, las frases y las estructuras de las oraciones. Trabajé, trabajé duramente en ello. Pronto aprendí lo que era sudar. Y por fin, uno de mis relatos fue aceptado; después un segundo, y un tercero, y un cuarto. En seguida comencéa dominar los trucos más elementales del oficio, y comencé finalmente a vislumbrar mi porvenir con cierta claridad.Retorné con el ánimo más ligero a mi vida de ensueños y a mis queridos libros. Mis relatos me proporcionaban medios un tanto escasos para subsistir, y durante cierto tiempo no pedí más a la vida. Pero esto duró poco. La ambición, siempre engañosa, fue la causa de mi ruina.
Quería escribir un relato real; no uno de esos cuentos efímeros y estereotipados que producía para las revistas, sino una verdadera obra de arte. La creación de semejante obra maestra llegó a convertirse en mi ideal. Yo no era un buen escritor, pero ello no se debía enteramente a mis errores de estilo. Presentía que mi defecto fundamental radicaba en el asunto escogido Los vampiros, hombres-lobos, los profanadores de cadáveres, los monstruos mitológicos, constituían un material de escaso mérito. Los temas e imagenes vulgares, el empleo rutinario de adjetivos, y un punto de vista prosaicamente antropocéntrico, eran los principales obstáculos para producir un cuento fantástico realmente bueno. Debía elegir un tema nuevo, una intriga verdaderamente extraordinaria. ¡Si pudiera concebir algo realmente teratológico, algo monstruosamente increíble!
Estaba ansioso por aprender las canciones que cantaban los demonios al precipitarse más allá de las regiones estelares, por oír las voces de los dioses antiguos susurrando sus secretos al vacío preñado de resonancias. Deseaba vivamente conocer los terrores de la tumba, el roce de las larvas en mi lengua, la dulce caricia de una podrida mortaja sobre mi cuerpo. Anhelaba hacer mías las vivencias que yacen latentes en el fondo de los ojos vacíos de las momias, y ardía en deseos de aprender la sabiduría que sólo el gusano conoce. Entonces podría escribir la verdad, y mis esperanzas se realizarían cabalmente. Busqué el modo de conseguirlo. Serenamente, comencé a escribirme con pensadores y soñadores solitarios de todo el país. Mantuve correspondencia con un eremita de los montes occidentales, con un sabio de la región desolada del norte, y con un místico de Nueva Inglaterra. Por medio de éste, tuve conocimiento de algunos libros antiguos que eran tesoro y reliquia de una ciencia extraña. Primero me citó con mucha reserva, algunos pasajes del legendario Necronomicón, luego se refirió a cierto Libro de Eibon, que tenía fama de superar a los demás por su carácter demencial y blasfemo. Él mismo había estudiado aquellos volúmenes que recogían el terror de los Tiempos Originales, pero me prohibió que ahondara demasiado en mis indagaciones. Me dijo que, como hijo de la embrujada ciudad de Arkham, donde aún palpitan y acechan sombras de otros tiempos, había oído cosas muy extrañas, por lo que decidió apartarse prudentemente de las ciencias negras y prohibidas. Finalmente, después de mucho insistirle, consintió de mala gana en proporcionarme los nombres de ciertas personas que a su juicio podrían ayudarme en mis investigaciones. Mi corresponsal era un escritor de notable brillantez; gozaba de una sólida reputación en los círculos intelectuales más exquisitos, y yo sabía que estaba tremendamente interesado en conocer el resultado de mi iniciativa. Tan pronto como su preciosa lista estuvo en mis manos, comencé una masiva campaña postal con el fin de conseguir libros deseados. Dirigí mis cartas a varias universidades, a bibliotecas privadas, a astrólogos afamados y a dirigentes de ciertos cultos secretos de nombres oscuros y sonoros. Pero aquella labor estaba destinada al fracaso. Sus respuestas fueron manifiestamente hostíles. Estaba claro que quienes poseían semejante ciencia se enfurecían ante la idea de que sus secretos fuesen develados por un intruso. Posteriormente, recibí varias cartas anónimas llenasde amenazas, e incluso una llamda telefónica verdadramente alarmante. Pero lo que más me molestó, fue el darme cuenta de que mis esfuerzos habían resultado fallidos. Negativas, evasivas, desaires, amenazas.... ¡aquello no me servía de nada! Debía buscar por otra parte. ¡Las librerías! Quizá descubriese lo que buscaba en algún estante olvidado y polvoriento. Entonces comencé una cruzada interminable. Aprendí a soportar mis numerosos desengaños con impasible tranquilidad. En ninguna de las librerías que visité habían oído hablar del espantoso Necronomicón, del maligno Libro de Eibon, ni del inquietante Cultes des Goules. La perseverancia acaba por triunfar. En una vieja tienda de South Dearborn Street, en unas estanterías arrinconadas, acabé por encontrar lo que estaba buscando. Allí, encajado entre dos ediciones centenarias de Shakespeare, descubrí un gran libro negro con tapas de hierro. En ellas, grabado a mano, se leía el título, De Vermis Mysteriis , "Misterios del Gusano". El propietario no supo decirme de dónde procedía el libro aquél. Quizá lo había adquirido hace un par de años en algún lote de libros de segunda mano. Era evidente que desconocía su naturaleza, ya que me lo vendió por un dólar. Encantado por su inesperada venta, me envolvió el pesado mamotreto, y me despidió con amable satisfacción.
Yo me marché apresudaramente con mi precioso botín debajo del brazo. ¡Lo que había encontrado! Ya tenía referencias del libro. Su autor era Ludvig Prinn, y había perecido en la hoguera inquisitorial, en Bruselas, cuando los juicios por brujería estaban en su apogeo. Había sido un personaje extraño, alquimista, nigromante y mago de gran reputación; alardeaba de haber alcanzado una edad milagrosa, cuando finalmente fue inmolado por el fiero poder secular. De él se decía que se proclamaba el único superviviente de la novena cruzada, y exhibía como prueba ciertos documentos mohosos que parecían atestiguarlo. Lo cierto es que, en los viejos cronicones, el nombre de Ludvig Prinn figuraba entre los caballeros servidores de Monserrat, pero los incrédulos lo seguían coniderando como un chiflado y un impostor, a lo sumo descendiente de aquel famoso caballero. Ludvig atribuía sus conocimientos de hechicería a los años en que había estado cautivo entre los brujos y encantadores de Siria, y hablaba a menudo de sus encuentros con los djinns y los efreets de los antiguos mitos orientales. Se sabe que pasó algún tiempo en Egipto, y entre los santones libios circulan ciertas leyendas que aluden a las hazañas del viejo adivino en Alejandría. En todo caso, pasó sus postreros días en las llanuras de Flandes, su tierra natal, habitando -lugar muy adecuado- las ruinas de un sepulcro prerromano que se alzaba en un bosque cercano a Bruselas. Se decía que allí moraba en las sombras, rodeado de demonios familiares y terribles sortilegios. Aún se conservan manuscritos que dicen , en forma un tanto evasiva, que era asistido por "compañeros invisibles" y "servidores enviados de las estrellas". Los campesinos evitaban pasar la noche por el bosque donde habitaba, no le gustaban cierton ruidos que resonaban cuando había luna llena, y preferían ignorar qué clase de seres se prosternaban ante los viejos altares paganos que se alzaban, medio desmoronados, en lo más oscuro del bosque. Sea como fuere, después de ser apresado Prinn por los esbirros de la Inquisición , nadie vio las criaturas que había tenido a su servicio. Antes de destruir el sepulcro donde había morado, los soldados lo registraron a fondo, y no encontraron nada. Seres sobrenaturales, instrumentos extraños, pócimas.... todo había desaparecido de la manera más misteriosa. Hicieron un minuciosos reconocimiento del bosque prohibido, pero sin resultado. Sin embargo, antes de que terminara el proceso de Prinn, saltó sangre fresca en los altares, y también en el potro de tormento. Pero ni con las más atroces torturas lograron romper su silencio. Por último, cansados de interrogar, arrojaron al viejo hechicero a una mazmorra. Y fue durante su prisión, mientras aguardaba la sentencia, cuando escribió ese texto morboso y horrible, De Vermis Mysteriis, conocido hoy por los Misterios del Gusano. Nadie se explica como pudo lograrlo sin que los guardianes lo sorprendieran; pero un año después de su muerte, el texto fue impreso en Colonia. Inmediatamente después de su aparición, el libro fue prohibido. Pero ya se habían distribuido algunos ejemplares, de los que se sacaron copias en secreto. Más adelante, se hizo una nueva edición, censurada y expurgada, de suerte que únicamente se considera auténtico el texto original latino. A lo largo de los siglos, han sido muy pocos los que han tenido acceso a la sabiduría que encierra este libro. Los secretos del viejo mago sólo son conocidos hoy por algunos iniciados, quienes, por razones muy concretas, se oponen a todo intento de propagarlos.
Esto era, en resumen, lo que sabía del libro que había venido a parar a mis manos. Aun como mero coleccionista, el libro representaba un hallazgo fenomenal; pero, desgraciadamente, no podía juzgar su contenido, porque estaba en latín. Como sólo conozco unas cuantas palabras sueltas de esa lengua, al abrir sus páginas mohosas me tropecé con un obstáculo insuperable. Era exasperante poseer aquel tesoro de saber oculto, y no tener la clave para desentrañarlo.
Por un momento, me sentí desesperado. No me seducía la idea de poner un texto de semejante naturaleza en manos de un latinista de la localidad. Más tarde tuve una inspiración. ¿Por qué no coger el libro y visitar a mi amigo para solicitar ayuda? Él era un erudito, leía en su idioma a los clásicos, y probablemente las espantosas revelaciones de Prinn le impresionarían menos que a otros. Sin pensarlo más le escribí apresudaramente y muy poco después recibí su contestación. Estaba encantado en ayudarme. Por encima de todo, debía ir inmediatamente.
Providence es un pueblo agradable. La casa de mi amigo era antigua, de un estilo georgiano bastante caro. La plantabaja era una maravilla de ambiente colonial. El piso alto, sombreado por las dos vertientes del tejado e iluminado por una amplia ventana, servía de estudio a mi anfitrión. Allí reflexionamos durante la espantosa y memorable noche del pasado abril, junto a la gran ventana abierta a la mar azulada. Era una noche sin luna, una noche lívida en que la niebla llenaba la vacía oscuridad de sombras aladas. Todavía puedo imaginar con nitidez la escena: la pequeña habitación iluminada por la luz de la lámpara, la mesa grande, las sillas de alto respaldo... Los libros tapizaban las paredes, los manuscritos se apilaban aparte, en archivadores especiales. Mi amigo y yo estábamos sentados junto a la mesa, ante el misterioso volumen. El delgado perfil de mi amigo proyectaba una sombra inquieta en la pared, y su semblante de cera adoptaba, a la luz mortecina una apariencia furtiva. En el ambiente flotaba como el presagio de una portentosa revelación. Yo sentía la presencia de unos secretos que acaso no tardarían en revelarse. Mi compañero era sensible también a esta atmósfera expectante. Los largos años de soledad habían agudizado su intuición hasta un extremo inconcebible. No era el frío lo que le hacía temblar en su butaca, ni era la fiebre la que hacía llamear sus ojos con un fulgor de piedras preciosas. Aun antes de abrir aquel libro maldito, sabía que encerraba una maldición. El olor a moho que desprendían sus páginas antiguas traía consigo un vaho que parecía brotar de la tumba. Sus hojas descoloridas estaban carcomidas por los bordes. Su encuadernación de cuero estaba roída por las ratas, acaso por unas ratas cuyo alimento habitual fuera singularmente horrible. Aquella noche había contado a mi amigo la historia del libro, y lo había desempaquetado en su presencia. Al principio parecía deseoso, ansioso diría yo, por empezar enseguida su traducción. Ahora, en cambio, vacilaba. Insistía en que no era prudente leerlo. Era un libro de ciencia maligna. ¿Quién sabe qué conocimientos demoníacos se ocultaban en sus páginas, o qué males podían sobrevenir al intruso que se atreviese a profanar sus secretos? No era conveniente saber demasiado. Muchos hombres habían muerto por practicar la ciencia corrompida que contenían esas páginas. Me rogó que abandonara mi investigación, ahora que no lo había leído aún, y que tratara de inspirarme en fuentes más saludables. Fui un necio. Rechacé precipitadamente sus objeciones con palabras vanas y sin sentido. Yo no tenía miedo. Podríamos echar al menos una mirada al contenido de nuestro tesoro. Comencé a pasar hojas. El resultado fue decepcionante. Su aspecto era el de un libro antiguo y corriente de hojas amarillentas y medio deshechas, impreso en gruesos caracteres latinos... y nada más, ninguna ilustración, ningún grabado alarmante. Mi amigo no pudo resistir la tentación de saborear semejante rareza bibliográfica. Al cabo de un momento, se levantó para echar una ojeada al texto por encima de mi hombro; luego, con creciente interés, enpezó a leer en voz baja algunas frases en latín. Por último, vencido ya por el entusiasmo, me arrebató el precioso volumen, se sentó junto a la ventana y se puso a leer pasajes al azar. De cuando en cuando, los traducía al inglés.
Sus ojos relampagueaban con un brillo salvaje. Su perfil cadavérico expresaba una concentración total en los viejos caracteres que cubrían las páginas del libro. Cuando traducía en voz alta, las frases retumbaban como una letanía del diablo; luego, su voz se debilitaba hasta convertirse en un siseo de víbora. Yo tan sólo comprendía algunas frases sueltas porque, en su ensimismamiento, parecía haberse olvidado de mí. Estaba leyendo algo referente a hechizos y encantamientos. Recuerdo que el texto aludía a ciertos dioses de la adivinación, tales como el Padre Yig, Han el Oscuro y Byatis, cuya barba estaba formada de serpientes. Yo temblaba, ya conocía esos nombres terribles. Pero más habría temblado, si hubiera llegado a saber lo que estaba a punto de ocurrir. Y no tardó en suceder. De repente, mi amigo se volvió hacia mí, preso de una gran agitación. Con voz chillona y exitada me preguntó si recordaba las leyendas sobre las hechicerías de Prinn, y los relatos sobre servidores invisibles que había hecho venir desde las estrellas. Dije que sí, pero sin comprender la causa de su repentino frenesí. Entonces me explicó el motivo de su agitación. En el libro, en un capítulo que trataba de los demonios familiares,había encontrado una especie de plegaria o conjuro que tal vez fuera el que Prinn había empleado para traer a sus invisibles servidores desde los espacios ultraterrestres. Ahora iba a escuchar, él me lo leería. Yo permanecí sentado como un tonto, ignorante de lo que iba a pasar. ¿Por qué no gritaría entonces, por qué no trataría de escapar o de arrancarle de las manos aquel códice monstruoso? Pero yo no sabía nada, y me quedé sentado adonde estaba, mientras mi amigo, con voz quebrada por la violenta excitación, leía una larga y sonora invocación:
"Tibi, Magnum Innominandum, signa stellarum nigrarum et bufaniformis Sadoquae sigillum"...
El ritual siguió adelante; las palabras se alzaron como aves nocturnas de terror y muerte; temblaron como llamas en el aire tenebroso y contagiaron su fuego letal a mi cerebro. Los acentos atronadores de mi amigo producían un eco infinito, más allá de las estrellas más remotas. Era como si su voz, a través de enormes puertas primordiales, alcanzara regiones exteriores a toda dimensión en busca de su oyente, y lo llamara a la tierra. ¿Era todo una ilusión? No me paré a reflexionar. Y aquella llamada, proferida de manera casual, obtuvo respuesta. Apenas se había apagado la voz de mi amigo en nuestra habitación, cuando sobrevino el terror. El cuarto se tornó frío. Por la ventana entró aullando un viento repentino que no era de este mundo. En él cabalgaba como un plañido, como una nota perversa y lejana; al oírla, el semblante de mi amigo se convirtió en una pálida máscara de terror. Luego, las paredes crujieron y las hojas de la ventana se combaron ante mis ojos atónitos. Desde la nada que se abría más allá de la ventana, llegó un súbito estallido de lúbrica brisa, unas carcajadas histéricas, que parecían producto de la más completa locura. Aquellas carcajadas que no profería boca alguna alcanzaron la última quintaescencia del horror.
Lo demás ocurrió a una velocidad pasmosa. Mi amigo se lanzó hacia la ventana y comenzó a gritar, manoteando como si quisiera zafarse del vacío. A la luz de la lámpara vi sus rasgos contraídos en una mueca de loca agonía. Un momento después, su cuerpo se levantó del suelo y comenzó a doblarse hacia atrás, en el aire, hasta un grado imposible. Inmediatamente, sus huesos se rompieron con un chasquido horrible y su figura quedó colgando en el vacío. Tenía los ojos vidriosos, y sus manos se crispaban compulsivamente como si quisiera agarrar algo que yo no veía. Una vez más, se oyó aquella risa vesánica, ¡pero ahora provenía de dentro de la habitación!
Las estrellas oscilaban en roja angustia, el viento frío silbaba estridente en mis oídos. Me encogí en mi silla, con los ojos clavados en aquella escena aterradora que se desarrollaba ante mí. Mi amigo empezó a gritar. Sus alaridos se mezclaban con aquella risa perversa que surgía del aire. Su cuerpo combado, suspendido en el espacio, se dobló nuevamente hacia atrás, mientras la sangre brotaba de su cuello desgarrado como agua roja de un surtidor.
Aquella sangre no llegó a tocar el suelo. Se detuvo en el aire, y cesó la risa, que se convirtió en un gorgoteo nauseabundo. Dominado por en vértigo del horror, lo comprendí todo. ¡La sangre estaba alimentando a un ser invisible del más allá! ¿Qué entidad del espacio había sido invocada tan repentina e inconscientemente? ¿Qué era aquél monstruoso vampiro que yo no podía ver?
Después, aún tuvo lugar una espantosa metamorfosis. El cuerpo de mi compañero se encogió, marchito ya y sin vida. Por último, cayó en el suelo y quedó horriblemente inmóvil. Pero en el aire de la estancia sucedió algo pavoroso. Junto a la ventana, en el rincón, se hizo visible un resplandor rojizo.... sangriento. Muy despacio, pero en forma contínua, la silueta de la Presencia fue perfilándose cada vez más, a medida que la sangre iba llenando la trama de la invisible entidad de las estrellas. Era una inmensidad de gelatina palpitante, húmeda y roja, una burbuja escarlata con miles de apéndices, unas bocas que se abrían y cerraban con horrible codicia... Era una cosa hinchada y obscena, un bulto sin cabeza, sin rostro, sin ojos, una especie de buche ávido, dotado de garras, que había brotado del cielo estelar. La sangre humana con la que se había nutrido revelaba ahora los contornos del comensal. No era espectáculo para presenciarlo un humano.
Afortunadamente para mi equilibrio mental, aquella criatura no se demoró ante mis ojos. Con un desprecio total por el cadáver fláccido que yacía en el suelo, asió el espantoso libro con un tentáculo viscoso y retorcido, y se dirigió a la ventana con rapidez. Allí, comprimió su tembloroso cuerpo de gelatina a través de la abertura. Desapareció, y oí su risa burlesca y lejana, arrastrada por las ráfagas del viento, mientras regresaba a los abismos de donde había venido.
Eso fue todo. Me quedé solo en la habitación, ante el cuerpo roto y sin vida de mi amigo. El libro había desaparecido. En la pared había huellas de sangre y abundantes salpicaduras en el suelo. El rostro de mi amigo era una calavera ensagrentada vuelta hacia las estrellas.
Permanecí largo rato sentado en silencio, antes de prenderle fuego a la habitación. Después, me marché. Me reí, porque sabía que las llamas destruirían toda huella de lo ocurrido. Yo había llegado aquella misma tarde. Nadie me conocía ni me había visto llegar. Tampoco me vio nadie partir, ya que huí antes de que las llamas empezaran a propagarse. Anduve horas y horas, sin rumbo, por las torcillas calles, sacudido por una risa idiota, cada vez que divisaba las estrellas inflamadas, cruelmente jubilosas, que me miraban furtivamente a través de los desgarrones de la niebla fantasmal.
Al cabo de varias horas, me sentí lo bastante calmado para tomar el tren. Durante el largo viaje de regreso, estuve tranquilo, y lo he estado igualmente ahora, mientras escribía esta relación de los hechos. Tampoco me alteré cuando leí en la prensa la noticia de que mi amigo había fallecido en un incendio que destruyó su vivienda.
Solamente a veces, por la noche, cuando brillan las estrellas, los sueños vuelven a conducirme hacia un gigantesco laberinto de horror y locura. Entonces tomo drogas, en un vano intento por disipar los recuerdos que me asaltan mientras duermo. Pero esto tampoco me preocupa demasiado, porque sé que no permaneceré mucho tiempo aquí.
Tengo la certeza de que veré, una vez más, aquella temblorosa entidad de las estrellas. Estoy convencido de que pronto volverá para llevarme a esa negrura que es hoy morada de mi amigo. A veces deseo vivamente que llegue ese día, porque entonces aprenderé yo también, de una vez para siempre, los Misterios del Gusano.


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