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miércoles, 21 de octubre de 2009

El demonio en la tierra


El demonio en la tierra
Robert Bloch

Un Fausto moderno derrama el infierno entre los rascacielos neoyorquinos y conjura el demonio en el corazón de la ciudad más
poblada del mundo.

1 - EL INSTITUTO
—Permita que le haga una pregunta —me espetó mi visitante—. ¿Quisiera ir usted al
infierno por diez mil dólares?
—Amigo mío, enséñeme el dinero y dígame cuándo sale el primer tren —repliqué.
—Hablo en serio —repuso con gravedad el profesor Keith.
Al cabo de un instante cerré la boca, que había abierto de par en par.
—Un momento —pedí—. Usted no posee pezuñas ni se aparece entre nubes de azufre, ni
está loco ni toma drogas. Usted es el profesor Phillips Keith, director asociado del Instituto
Rocklynn. Y me ofrece diez mil dólares por ir al infierno.
El hombrecillo que estaba ante mí se ajustó los lentes y sonrió. Su aspecto era de obispo
apacible.
—Si alguien ha de ir al infierno en mi lugar, deseo que sea usted —declaró muy solemne.
—Muy amable, profesor y le agradezco la deferencia. Pero quisiera que se explicara mejor y
entonces tai vez me decidiese. Un hombre no recibe este ofrecimiento todos los días.
Por toda respuesta me tendió un recorte de periódico.
—Lea esto.
INSTITUTO CIENTÍFICO A PUNTO DE CONVERTIRSE EN
UN ANTRO DE BRUJERÍA
El mundialmente famoso Instituto Rocklynn se transformará en un lugar de reunión de
demonios y duendes, según los proyectos de Thomas M. Considine, el famoso filántropo.
Considine ha donado cincuenta mil dólares para que se utilicen en lo que él califica de
"estudio científico de la hechicería y la magia negra".
El profesor Phillips Keith ha anunciado hoy que el Instituto Rocklynn se propone estudiar
seriamente las posibilidades del proyecto. Las bases científicas de los miagas antiguos son
muy notables y el profesor Keith declara que tal estudio puede ofrecer resultados muy
maravillosos.
Los vendedores de gatos negros, sapos disecados y filtros de amor, hallarán muy ventajoso
entablar relaciones con el Instituto Rocklynn.
—¡Es repugnante que hablen así del Instituto! —exclamé, devolviendo el recorte a Keith—.
Ahora, cuénteme la verdad.
Keith se puso de pie.
—¿Por qué no me acompaña y lo averigua por sí mismo?
—Encantado.
Salimos de mi casa y, subiendo al coche del profesor, nos internamos entre el tráfico
callejero.
—Por lo visto, no se trata de ninguna exageración periodística —comenté—. ¿De veras
proyecta semejante experimento?
—Nunca he pensado nada con mayor seriedad —replicó el profesor—. Yo fui quien
convenció a Considine para que donase ese dinero. Durante muchos años ha sido mi
ambición llevar a cabo un experimento de esa clase. Lamento que los periódicos se hayan
enterado del asunto; pero, de ahora en adelante, ya no habrá más publicidad. Nadie debe
saber que el Instituto Rocklynn intenta resucitar lo muerto y conjurar a los demonios en la
ciudad más moderna de la tierra.
—Bien —quise saber—, ¿cuál es mi papel en este asunto?
—Muy sencillo. Me citaron su nombre como el de un escritor de novelas terroríficas o
fantásticas. Por tanto, pensé que usted se hallaría más capacitado que otros para
comprender esas verdades.
—Pero yo no creo en esas patrañas —objeté.
—Naturalmente. A eso voy. Usted se halla capacitado para comprender lo que intentamos;
pero es escéptico; no cree en lo que escribe; por ello se le ha elegido como testigo oficial e
historiador de nuestros experimentos. O sea que le contratamos como testigo.
—¿ Quiere decir que me pagarán diez mil dólares por verles hacer brujerías? ¿Por
acompañarles montado en una escoba?
Keith se echó a reír.
—Es usted demasiado incrédulo. Venga, necesita un ejemplo inmediatamente.
Entramos en el rascacielos, subimos en el ascensor particular, cruzamos el vestíbulo del
Instituto Rocklynn, situado en el ático, y atravesamos una puerta señalada como "Privado".
Si alguna vez esta palabra ha estado bien empleada era en esta ocasión, pues era la simple
barrera que separaba la cordura de la demencia. .
Una demencia negra en una habitación tapizada enteramente de negro. Iluminada por las
rojas llamas de un brasero, cuyas ascuas eran como parpadeantes ojos infernales y llena de
perfumes de especias, humedad y tumba.
Era una estancia que pertenecía al siglo XV, arrancada a los sueños de los hechiceros y
alquimistas.
Cierto que las mesas y estantes eran modernos, pero gemían bajo el peso de viejos
horrores.
Una hilera de tubos de ensayo, de moderno cristal Pyrex, pero con etiquetas tan infernales
como éstas: "Sangre de murciélago", "Raíz de mandrágora", "Polvo de momio", "Grasa de
cadáver", y aún otras peores.
En un rincón se veían unas neveras modernísimas, que contenían innumerables cuerpos.
Junto a un fuego de leña, sobre unos trébedes, veíanse extraños calderos. Un estante
contenía instrumentos de alquimia. Frascos con hierbas se hallaban junto a otros que
contenían huesos pulverizados. El suelo estaba cruzado por dibujos pentagonales y signos
del zodíaco, hechos con pintura azul fosforescente, y alguna otra materia que emitía
radiaciones rojizas.
Una pared estaba cubierta de libros. La luz se reflejaba en polvorientos y resecos
volúmenes, que en un tiempo estuvieron en contacto con las manos de las brujas y los
nigromantes.
Por un momento, permanecí junto al profesor Keith, en tanto la férrea puerta que
acabábamos de cruzar se cerraba detrás de nosotros. Unos ojos, de pronto, se fijaron en los
dibujos y horrores de aquella habitación.
De repente algo se movió en un extremo de la estancia y avanzó hacia mí. De momento,
sólo era una sombra blanca, pero luego... Di un salto que por poco me obliga a chocar mi
cabeza con el techo.
—Le presento al doctor Ross —le presentó el profesor.
—¡Ejem! —carraspeé.
El ovalado rostro del doctor Ross se inclinó hacia delante. Una fina mano estrechó la mía y,
con deliciosa voz, el doctor declaró:
—Tengo un gran placer en conocerle.
—¡Ejem! —repetí.
—¿Sólo sabe decir "ejem"? —preguntó muy curioso el doctor Ross.
—Creo que también usted perdería la voz si le metiesen en un cuarto lleno de horrores, y
cuando esperase encontrarse delante de un fantasma viese avanzar hacia usted a la
muchacha más hermosa...
Me interrumpí. Sin embargo, no me arrepentía de mi desliz, pues el doctor Ross era en
realidad la doctora Ross, una joven bellísima. Su cabello rubio no estaba oculto por ninguna
gorrita médica y sus atractivas facciones estaban debidamente maquilladas, y su cuerpo
esbelto quedaba bien modelado por la bata blanca.
—Muchas gracias —dijo la doctora Ross sin ningún embarazo—. Bien venido al Instituto
Rocklynn. Supongo qué se interesa por la magia negra ¿verdad?
—Si todas las brujas son como usted...
—Lily Ross no es ninguna Circe —me interrumpió el profesor Keith—, y a usted no se le
contrata para que la piropee. Hay mucho trabajo que hacer. Esta tarde invocaremos a un
demonio.
—¡Demonio! —exclamé en broma—. ¿Habla en serio?
Keith sacó del bolsillo unos papeles y los colocó sobre la mesa, junto a un crucifijo invertido
en el que estaba clavado un murciélago, cabeza abajo. Sacando una pluma estilográfica me
lo tendió.
—Firme.
—¿Qué he de firmar?
—El contrato que compromete sus servicios por tres meses. Diez mil dólares. Cinco mil
ahora y otros cinco mil al término de nuestro ¡experimento. ¿Conforme?
—Desde luego —asentí.
Con mano temblorosa firmé el contrato, recibiendo del profesor Keith el cheque extendido
por él mismo.
—Bien —sonrió Keith, guardando los documentos—. ¿Podemos empezar ya, Lily?
—Todo está dispuesto, profesor —replicó la joven.
—Entonces, trace el pentagrama —murmuró Keith—. En la nevera encontrará la sangre
perfectamente conservada. Recite la invocación y encienda los fuegos. Yo la protegeré con
los revólveres. Si ocurriese algo dispararía a matar.
Con una amable sonrisa, Keith sacó dos revólveres que llevaba en sus fundas sobaqueras y
los empuñó fuertemente.
2 - LA APARICIÓN
—Están cargados con balas de plata —me explicó el profesor—. Son excelentes contra los
vampiros, los hombres-lobo y los vrykolas. No sé lo eficaces que puedan ser contra los
dracónibus...
—¿Qué?
—Un dracónibu es un cacodemonio de la noche. Una especie de íncubo. Si el abate
Richalmus no se engaña. Empleamos su invocación del libro Líber revelatonium de insidia et
versutiis daemonum adversus homines. Dice que esos seres son negros, escamosos, de
aspecto casi humano, aparte de las alas y los colmillos, pero de un orden inferior de
inteligencia. Son algo semejantes a los elementales. Si las balas nada pueden contra ellos,
siempre queda el pentagrama. Ya sabe qué es: una estrella de cinco puntas, que representa
a Satanás, el macho cabrío del sábado.
—Oiga ¿está loco? —le pregunté a mi pesar.
—Un momento —se enojó Keith—. Desde el principio aclaremos una cosa: nada me importa
su escepticismo. Y le ruego que no dude de mi buen juicio ni de la sinceridad de mis actos.
—¡Pero todo esto es demasiado pueril y absurdo! —me quejé—. ¡Mezclar la ciencia con la
brujería!
—¿Por qué no? —inquirió Keith—. La magia de ayer es la ciencia de hoy. Los brujos de los
siglos precedentes al nuestro trataban de alejar los demonios del cuerpo humano de que se
habían apoderado. Actualmente, los psiquiatras curan la locura mediante el hipnotismo, casi
de igual forma. Hubo un tiempo en que los alquimistas trataban de convertir en oro otros
metales más bajos. Actualmente, ese mismo esfuerzo se continúa sobre la base de las
mismas investigaciones. ¿No intentan en la actualidad los médicos obtener el elixir de larga
vida empleando sangre humana y animal, como antes hacían los magos? ¿No se quiebran
los cascos nuestros sabios con los vitales problemas de la Vida y la Muerte? ¿No
conservan, vivas, cabezas de perros y gallinas a pesar de haber sido ya cercenadas? En
otras épocas, esos trabajos costaban la hoguera. Aquellos sabios morían por enfrentarse
con los problemas que hoy atacan abiertamente nuestros hombres de ciencia. Pero estoy
convencido de que los sabios de antaño obtuvieron en algunos casos un éxito mayor que los
de ahora.
—Entonces ¿cree que los hechiceros consiguieron resucitar a los muertos e invocar los
espíritus elementales?
—Quiero decir que lo intentaron y que tal vez tuvieron éxito. Que sus teorías no eran
erróneas, pero que quizás lo fueron sus sistemas y métodos de trabajo. Y opino que la
ciencia moderna puede hacerse con las mismas teorías, aplicar los 'debidos métodos y
obtener un éxito mayor. Y eso es lo que me dispongo a hacer.
—Pero...
—Observe.
Obedecí. Observé. La grácil figura de Lily Ross iba de un lado a otro de la estancia. Sus
dedos, al acercarse al brasero, parecían poblarse de llamitas. De una bolsa que llevaba a la
cintura sacó unos polvos que derramó sobre las ascuas, de las cuales se elevaron unas
llamas verdes, azules y purpúreas. Un calidoscopio de diabólica luminosidad inundó la
amplia estancia.
Rojas llamas brotaban de las velas y saltaban de los pabilos a la oscuridad.
Lily inclinóse al suelo y trazó un dibujo plateado. Una estrella de cinco puntas. El espacio
interior de la estrella se llenó con un líquido rojo.
—Sangre —susurró Keith—. Sangre tipo B.
—¿Cómo?
—Sí, tipo B. ¿No le he contado que utilizábamos métodos científicos modernos? El
hechicero de la Edad Media era casi un charlatán. Algunos rondaban por las cortes de los
nobles o príncipes, pasando por astrólogos, por lectores quirománticos y halagando en todo
a sus amos. Otros no hacían más que solicitar dinero para conseguir la transmutación del
plomo en oro, lograr el elixir de la juventud o encontrar la piedra filosofal. Charlatanes y sólo
charlatanes. Otra clase de vividores eran los que vendían filtros de amor, prometían echar
mal de ojo a los enemigos de sus clientes y pretendían curar los males, desde la epilepsia al
cólera. Mezclados entre esos impostores se hallaban los psicópatas. Los demonomaníacos
que danzaban desnudos en los cerros y colinas durante el Walpurgis, afirmando cabalgar
sobre escobas voladoras, conversar con los muertos y tener amantes infernales. Pero
siempre existieron hombres que tomaron en serio los estudios de esa ciencia. De sus
escritos, de sus hechizos e invocaciones, nos valemos ahora.
Keith hizo una pausa para indicar las estancias.
—Me costó largo tiempo reunir esta colección. Manuscritos, pergaminos, fragmentos de
tratados, documentos secretos de todos los países y edades. Valiosos incunables que
cuestan una fortuna. Pero la valen.
—¿Y no están llenos de las mismas necedades que los demás? —quise saber—. He leído
algunos de tales libros y más parecen obra de algunos locos.
—Entre las solemnes necedades puede haber verdades enormes. Se descubren fácilmente.
Algunas invocadas están equivocadas, otras son auténticas.
—¿O sea que si lee un conjuro aparecerá un demonio, un vampiro o un fantasma?
—Sí, si se lee correctamente —asintió Keith—. Ésa es la base. Ahí es donde interviene la
ciencia. En muchos casos, por temor, no se ha escrito la invocación completa. En otros el
conjuro tiene palabras cambiadas debido a una traducción incorrecta. La Iglesia quemó tolos
los manuscritos y libros de esa clase que pudo hallar. Lo hizo durante varios siglos. Y
tuvimos que emplear varios meses en los preparativos, seleccionando lo bueno entre lo
malo, uniendo fragmentos sueltos, estudiando las fuentes de origen. Ha sido un trabajo muy
arduo para la doctora Ross y para mí. No obstante, podemos hoy asegurar que poseemos
en nuestras manos casi un centenar de conjuros legítimos para la invocación de las fuerzas
sobrenaturales. Si se recitan como es debido, se obtiene, como con las oraciones
corrientes, un resultado inmediato. Además, algunas de las invocaciones exigen ceremonias
como ésta. Hemos gastado una enorme cantidad de dinero para reunir el instrumental y los
materiales necesarios para estos experimentos. Cuesta mucho encontrar sangre de mandril
y obtener los cadáveres necesarios. Es repulsivo, bien lo sé, pero imprescindible.
—Pero sangre del tipo B... —repetí, encogiéndome de hombres.
—Es una simple demostración de lo cuidado de nuestro método de trabajo. Atacaremos lo
natural con métodos modernos. Tenga en cuenta los fracasos de nuestros antecesores. Ya
he dicho que la mayoría de los hechiceros eran unos farsantes. Los que trabajaban
seriamente utilizaban, a veces, traducciones equivocadas, como ya he demostrado. Como
es natural, no triunfaban. Otras veces, carecían de los materiales debidos. Si el conjuro
exigía el empleo de sangre de mandril, ellos utilizaban otra clase de sangre y, por simple
reacción química, el conjuro quedaba destruido. Al utilizar sangre humana hay que tener en
cuenta la cantidad tan variada de tipos existentes y, por consiguiente, un hechizo que
surtiría efecto empleando la sangre debida, puede fracasar con el uso de otra sangre. Si
ahora nos hallamos con una receta que exige el empleo de polvos de cuerno de unicornio, la
echamos al cesto de los papeles pues sabemos que es un fraude. En fin, tal vez a usted
todo eso le parezcan detalles sin valor, pero en ellos puede residir el triunfo, como resultado
de un razonamiento científico. Hemos repasado bien nuestros hechizos e in- ' vocaciones,
hemos comprobado las fórmulas, reuniendo los ingredientes más auténticos. En tales
condiciones no podemos fracasar, si existe alguna verdad en las historias sobrenaturales
que han privado en el mundo durante las edades anteriores a la nuestra. Hoy, empleando la
sangre de tipo B, vamos a poner en práctica la invocación de Richalmus para evocar un
dracónibus. La doctora Ross ha trazado el pentagrama y ha alimentado los fuegos con los
tres colores. Ahora leerá la invocación en su original latino. Si las condiciones se producen
exactamente como está mandado, pronto veremos al alado demonio de la noche que el
buen abad describió tan gráficamente. Quizás lo podamos capturar y lo ofrezcamos como
prueba viviente al mundo.
—¿Quiere capturarlo? —murmuré. Keith sonrió.
—¿Por qué no? Esa es la prueba que necesitamos para confundir a los escépticos. El
mismo Tom Considine, cuando me dio el dinero, se rió de mí. Me gustaría ver su expresión
cuando le enviase el dracónibus.
Keith soltó una carcajada y señaló al techo.
—Si la cosa aparece y es peligrosa, tengo siempre a mano las balas de plata para
dominarlo, pero preferiría mucho más capturarla viva. Hay que tener en cuenta la
importancia científica.
Miré hacia donde señalaba con el dedo. Suspendida por cadenas, en el techo, se veía como
una cabina de cristal. Pendía directamente encima del espacio en que se veía el
pentagrama.
—Fíjese en la palanca que se ve junto a la puerta —indicó Keith—. Sólo hay que moverla
para que la jaula caiga sobre el ser que aparezca en este lugar.
—Pero el demonio romperá el cristal —objeté.
—En absoluto —sonrió el profesor—. Dentro del cristal hay una cantidad muy grande de
cruces nada agradables para el demonio. Las junturas del cristal están protegidas por tubos
de agua bendita y otro tubo penetra al interior para dar paso al aire y, en caso de necesidad,
para descargar el suficiente monóxido de carbono que convierta la jaula en una cámara
letal. Por tanto, si ocurre algo mueva la palanca.
Las palabras de Keith me impresionaron fuertemente. Parecían las palabras de un loco,
pero el loco era nada menos que el profesor Keith del Instituto Rocklynn. El aire estaba lleno
del hedor de las velas hechas con grasa de cadáver. La sangre manchaba el viejo símbolo
trazado en el suelo. El silencio y la oscuridad se poblaban de rumores. Lily Ross, con un
viejo pergamino en la mano, dio un paso hacia el azulado brasero.
Permaneció allí, como una estatua, como una bruja blanca, pronunciando las primeras
palabras de la invocación. Su boca era como una flor escarlata de la que emanase
corrupción. Sus labios parecían el cielo; pero su voz era el infierno. Veíase una hermosa
joven y escuchaba a una vieja repulsiva y bruja.
Pronunciaba las palabras en latín, pero más que palabras eran sonidos, una invocación. La
voz de la joven era el instrumento. Entonces comprendí el inmenso poder de la palabra
como plegaria y corno invocación del diablo.
El rumor de la voz se mezclaba con la oscuridad que, a su vez, se confundía con las luces y
los fuegos.
El pentagrama comenzó a vibrar. Las llamas corrían por el suelo. Las sombras se poblaban
de zumbidos.
De pronto, se oyó un fuerte latido, las paredes se estremecían; adquirieron luego el compás
de las palabras de la joven, el estruendo se confundió con ellas y como tomando energías,
resonó más fuerte. El humo brotó de los braseros a la vez que un viento impetuoso soplaba
en la habitación.
Me estremecí bajo la helada ráfaga que no era de aire. Una blanca figura inclinóse hacia el
suelo. De pronto, sentí que me sacudían violentamente y una voz gritó:
—¡Despierte! Se ha dormido de pie. No soplaba ya viento. No se oía rumor alguno. Lily Ross
estaba delante de mí, inmóvil, abatida.
—¡Hemos fracasado! —refunfuñó Keith.
—Sin embargo, yo noté...
—Autosugestión. No dio resultado. Déjeme ver esa copia de la invocación —le pidió a Lily.
Tomó el papel y lo leyó atentamente.
—¡Maldición!
Lily abrió mucho los ojos.
—¿Qué ocurre?
—Aquí tenemos un ejemplo perfecto de lo que intentaba explicarle. Se ha cometido un error.
No es la invocación que necesitábamos. No es la invocación de Richalmus sino otra muy
parecida. Es la invocación del demonio, recopilada por Georgioso.
—¿Cómo puede haber ocurrido? —se apuró la joven—. Yo juraría que...
—Por error ha recitado la invocación al demonio —respondió Keith—. No me extraña que no
ocurriese nada.
Volvióse de nuevo hacia mí, mas no pude decir nada, porque los ruidos y los zumbidos se
habían reanudado. Y esta vez no cabía pensar en la autosugestión.
La habitación se estremeció como si todo el edificio fuese conmovido por un terremoto. Lily y
el profesor Keith vacilaban junto a mí. Los braseros ardían con potentes llamas. Un rugido
de tormenta llenaba nuestros cerebros.
A nuestros pies el pentagrama dibujado ardía materialmente. Dentro de él una negra sombra
iba tomando consistencia: la figura del Macho Cabrío del Sábado.
Por el rabillo del ojo vi a Lily Ross avanzar con manos temblorosas y dejar caer el
pergamino en el que había leído la invocación equivocada. ¡La que llamaba al demonio a
este mundo!
¡Y ahora, dentro de los límites del trazado ¡pentagonal, envuelto en llamas rugientes, que
danzaban, proyectando sus sombras contra los muros, donde parecían bailar una danza
macabra, se veía ya una sombra más densa que las demás!
3 - EL DIABLO
Ninguno de los tres que allí nos encontrábamos tenía fuerzas para mover un solo dedo.
Mientras tanto, la presencia permanecía acurrucada en el centro del dibujo cabalístico, con
su negra cara de macho cabrío iluminada por los fuegos. La peluda cabeza, los retorcidos
cuernos, el diabólico y familiar rostro, todo fue cobrando forma y vida. Era, un cuadro, fruto
de un sueño infernal.
De pronto, la figura entró en acción. Movió los brazos y los pies y comenzó a avanzar.
De un salto, obedeciendo más al instinto que a la voluntad, llegué a la puerta y accioné la
palanca. Oyóse el chirriar de cadenas y, con fuerte estrépito, la jaula de cristal inastillable
cayó sobre la figura, aprisionando en su interior a Satanás, Príncipe de las Tinieblas.
Aquel monstruo saltó contra los muros de cristal y retrocedió rápidamente.
—¡Dios mío! —exclamó en aquel momento Keith, que había recuperado el habla.
Me eché a reír. No pude evitarlo.
—¿Qué le ocurre? —susurró Lily.
—He luchado contra el propio Satanás y le he vencido —me envanecí.
—Es para volverse loco —musitó la joven—. Tenemos a Satanás encerrado en la habitación
de un rascacielos.
—¿Sigue incrédulo? —preguntó Keith.
—Los incrédulos no sudan —repliqué, secándome la frente—, pero si no soy incrédulo, al
menos soy práctico. ¿Qué hacemos ahora?
—Ante todo, encender la luz.
Keith fue hacia el interruptor y la estancia se llenó de prosaicas luces, convirtiendo la
habitación en una estancia completamente vulgar... a no ser por la figura que había dentro
de la jaula de cristal.
A oscuras, aquella visión era desagradable, pero a plena luz resultaba infinitamente peor. El
satánico prisionero nos contemplaba orgullosamente erguido. La luz ponía de manifiesto
todos los detalles. Demasiados detalles. Su piel negra relucía de manera opaca.
—Es tal como lo había imaginado —murmuró el profesor—. La perilla, el monóculo, la roja
epidermis...
—¡Cómo! —exclamó—. ¿Dice que su piel es roja? ¡Es negra!
—Es escamosa —declaró Lily.
—¡Nada de escamas! —protesté—. ¿Qué dicen? ¿Y el monóculo donde está? ¡Si parece un
macho cabrío negro!
—¿Está loco? —se irritó Keith—. Se ve claramente que es un hombre vestido de etiqueta,
de cara roja, con un monóculo.
—¿Y su cola ahorquillada? —exclamó Lily—. ¡Eso es lo peor!
—¡No tiene cola! —grité—. Ninguno de ustedes lo ve bien.
Keith dio un paso atrás.
—Un momento —pidió—. Estudiemos eso. Usted cree ver un macho cabrío, negro, con
facciones humanas ¿verdad? —me preguntó.
Asentí con el gesto.
—¿Y usted, Lily?
—Yo veo un ser escamoso, de cola ahorquillada. Parecido a un lagarto gris.
—Bien, yo veo a un hombre vestido de etiqueta, de cara roja —terminó el profesor—. Y
todos tenemos razón.
—No entiendo.
—En realidad, nadie sabe cuál es el verdadero aspecto del diablo. Cada uno de nosotros se
ha formado su imagen mental extraída de las ilustraciones de los libros consultados. Los
adoradores y los enemigos de Satanás lo han pintado de distintas maneras. Para unos era
el macho cabrío de las bacanales sabáticas; para otros era la encarnación de la tentadora
serpiente. Para los modernos es un caballero rojo. Cada cual lo ve a su manera por lo que
nosotros vemos una misma figura de tres formas distintas. Y no podemos dilucidar cuál es
su aspecto verdadero. Puede ser gas, luz, o simplemente llama; pero nuestro cerebro le da
forma material.
—Quizá tenga razón —se avino Lily.
—Todo esto es muy interesante —intervine—, pero ¿qué hacemos ahora? ¿Avisar a la
prensa?
—¿Se burla? ¿Sabe qué ocurriría si el mundo se enterase de que lo tenemos prisionero en
esta habitación? ¿No comprende la locura y el pánico que se desencadenaría sobre la
tierra? Además, tenemos que realizar experimentos. Sí, ésta es nuestra oportunidad. La
Providencia debió de guiarnos al cometer aquel error.
—¿Está seguro de que fue la Previdencia? —gimió Lily—. Tengo la impresión de que este
regalo no nos viene del cielo.
—No se excite —le rogó el profesor—. Piense en lo que tenemos entre manos. ¡Es lo más
grande que se ha legrado jamás!
—Keith, esto es peligroso —aduje—. No me gusta. Aparentemente, nuestro visitante está
embotellado bajo esa campana de cristal, pero ¿y si fuerza la salida?
—No puede huir —declaró el profesor—. ¿Tiene usted miedo? ¿No se da cuenta de que en
esta habitación tenemos la prueba de la existencia del demonio y de todo lo sobrenatural?
—Al demonio prefiero tenerlo lo más lejos posible —mascullé.
—Habla usted como un hombre miedoso.
—Es posible que los miedosos estén más en lo cierto que los científicos. Llevamos muchos
siglos luchando contra ese ser y es posible que su inteligencia sea superior a la de ustedes.
Sobre todo, en este caso.
—Examinaremos al demonio con todos los medios de investigación a nuestro alcance —
declaró el profesor—. Lo someteremos a análisis de sangre, a rayos X... Volví la cabeza,
disgustado ante tanta locura.
—Quizás ese ser pueda hablar —dijo Lily, a quien me había yo vuelto en busca de un poco
de normalidad—. Impresionaremos fotografías...
— ¡Es el éxito... el verdadero triunfo de la ciencia! —blasonó el profesor—. Haremos un
estudio científico de todo lo diabólico. La potencia que el hombre temió desde los primeros
días de la creación está ahora en nuestras manos. ¡El gran dios Pan! ¡La serpiente! ¡El
Ángel Caído! ¡Satanás! ¡Lucifer! ¡Luzbel! ¡Belcebú! ¡Azriel! ¡Asmodeo! ¡Sammael! ¡Zamiel!
¡El Príncipe de las Tinieblas! ¡El Macho Cabrío negro del Sábado! Ariman, Malik,
Mefistófeles, el arquetipo del mal conocido por los hombres con infinidad de nombres.
Sentí deseos de soltar una nerviosa carcajada. ¡Era demasiado! Lily me salvó.
—Salgamos de aquí —propuso—. En seguida. Mañana podremos discutir sobre esto y
convencernos de que no estamos locos.
—Sí, es mejor —asintió Keith—. Aquí está seguro. No puede escapar. La puerta se cierra
automáticamente y nadie podrá entrar sin nuestro consentimiento.
El profesor fue hacia la puerta y yo le seguí, pero antes de salir me volví, tropezando con la
mirada de unos ojos terribles que brillaban al otro lado del cristal. ¡Los mismos ojos que
viera Fausto!
4 - EL INFIERNO SUELTO
—Esta es mi historia —concluí—. Ahora cuénteme la suya.
Lily Ross levantó su vaso, en el que tintineaba el hielo.
—Sólo un poco de bioquímica —sonrió—. Un empleo en el Instituto Rocklynn, como
ayudante del profesor Keith.
—'No se burle de mí. Ahora es usted- una mujer bellísima ataviada con un traje de baile,
color verde, que le sienta a maravilla. No sabe nada de química y sólo desea bailar.
Deseaba bailar, pero cuando volvimos a nuestra mesa observé que estaba muy
preocupada.
—Estoy inquieta por el profesor Keith —susurró—. Tiene los nervios destrozados. No sé si
mañana estará bien para los experimentos. Marchóse a casa para acostarse al momento.
—No se apure por él —reí—. Lo peor que puede ocurrirle es un fuerte dolor de cabeza, a
consecuencia de una buena borrachera.
—¿Por qué dice esto? —se extrañó la joven.
—Eche una mirada hacia la mesa próxima a la orquestina. Si Keith pensaba acostarse es
indudable que ha cambiado de opinión.
Lily miró hacia donde yo le indicaba y sus ojos se desorbitaron.
—¡Está ahí! —exclamó—. ¡Con una mujer!
—¡Y vaya mujer! —comenté—. Es Eva Vernon, la cantante. No lo hubiera creído un hombre
tan de mundo.
—¡No lo es! —protestó Lily—. Jamás va a ninguna parte. No he sabido de él que
acompañase nunca a una mujer. Y bebe champán...
—Vivir para ver —sonreí—. Está tranquilizando sus nervios. ¿Quiere que nos sentemos a su
mesa?
—No, se disgustaría. Además, esto lo encuentro muy raro.
Me encogí de hombros, pero al cabo de un rato empecé a inquietarme. Keith se había
bebido él solo una botella de champán, cantaba como un borracho y estaba colorado como
un tomate.
—¡Es... es repugnante! —proclamó Lily, al salir del local.
—Olvídelo —le aconsejé.
Nos separamos a la puerta de su domicilio y a la mañana siguiente, cuando llegué al
Instituto la encontré esperando.
—¿Dónde está el profesor? —pregunté viendo que estaba sola.
—No ha venido.
—Estará durmiendo el champán ingerido anoche. ¿Le .ha telefoneado?
—Sí, y su ama de llaves afirma que no ha vuelto a casa.
—Es raro, ¿Qué hacemos?
—Vayamos al laboratorio y aguardemos. Podemos echar una mirada a nuestro prisionero.
Lily fue hacia la puerta. Sacó una llave y al insertarla en la cerradura, exclamó:
—¡Está abierto!
Entramos.
La estancia se hallaba a oscuras. Sólo ardía un brasero. Un solo brasero y los ojos dentro
de la jaula de cristal.
Delante de la jaula había un cuerpo tendido.
—¡Keith!
Lo sacudí. Trabajosamente se puso de pie.
—Oh, debí quedarme dormido. He pasado aquí toda la noche. Observando lo que hacía...
El profesor tenía el rostro demacrado. Y farfullaba, como si estuviese medio dormido.
—Vale más que se vaya a casa y duerma un poco —le recomendó Lily—. Nosotros nos
quedaremos aquí. Si más tarde se encuentra bien trazaremos nuestros planes.
—Nada de eso —replicó el profesor, haciendo un esfuerzo como sacudiendo la fatiga de su
cuerpo—. Estoy perfectamente bien. Lo que tengo que hacer es buscar a Considine.
Necesito más dinero. Ustedes quédense aquí y vigilen. Nos veremos esta noche en el baile
del Tubo de Ensayo. Dispondré allí un encuentro con Considine y otros amigos.
Salió precipitadamente de la habitación, dejándome a Lily y a mí mudos de asombro.
—¿El baile del Tubo de Ensayo? —repetí.
—Sí, es un baile que celebramos anualmente los protectores del Instituto Rocklynn. Sirve
para allegar fondos. Mas no entiendo qué hará allí el profesor. Nunca le ha gustado asistir a
esta clase de fiestas.
—Olvida lo de anoche.
—Pues no, no puedo olvidarlo. Estoy segura de que el profesor no se encuentra bien. Algo
le ha ocurrido.
—No es él único que no se encuentra bien —repliqué—. Mire hacia la jaula.
Satanás se hallaba acurrucado en el suelo. Y sus ojos rojos brillaban cada vez con menos
intensidad.
—¿Está enfermo? —inquirió Lily.
—No tiene aire ni comida —contesté—. ¿Qué debe comer Su Majestad Infernal?
Iba a seguir hablando, pero algo en el aspecto" del cautivo me detuvo.
—¡Ojalá Keith estuviera aquí! —exclamó Lily—. Deberíamos de hacer algo.
De pronto, Satanás se incorporó, avanzó lentamente hacia la barrera de cristal y nos miró.
En sus ojos no brillaba el odio sino la comprensión. Su gesto era de súplica.
—Quiere hablarnos —murmuró Lily. Los labios del monstruo se movían, dejando ver sus
colmillos.
—Si pudiésemos entender su mensaje —dije, observando los gestos del cautivo.
Todo inútil.
De repente, aquel extraño ser se inclinó hacia el suelo y cogió algo que allí había.
Era un fragmento de yeso fosforescente, del que se habían servido para trazar el
pentagrama. ¡Y el demonio empezó a escribir! ¡Con letras de fuego!
Pronto, deténganle antes de que sea demasiado tarde. Se ha
introducido dentro de mí esta mañana y sé lo que piensa hacer.
Al pie de este horrible escrito había una firma en letras de fosforescencia plateada:
Phillips Keith.
Junto a mí, Lily temblaba convulsivamente.
—Vamos —dije.
—¿Adonde?
—En busca del profesor. Al baile del Tubo de Ensayo.
5 - EL DIABLO BAILA
Hacía diez minutos que aguardábamos en el baile cuando por fin llegó el profesor Keith. Iba
disfrazado de Mefistófeles. Barba postiza, capa roja, rostro teñido de escarlata. Era su
concepto de Satanás.
Jamás me había parecido tan alto. Alto, y delgado. Su disfraz era perfecto.
No fuimos los únicos en fijarnos en él. La orquesta acaba de interpretar una pieza y la
concurrida sala constituía un excelente marco para su entrada en escena. Recordé a Lon
Chaney en su caracterización de la Muerte Roja, en El Fantasma de la Ópera.
—¡Qué disfraz!
—Perfecto.
—Hasta renquea.
En efecto, Keith al andar cojeaba marcadamente. Keith avanzó orgullosamente por entre las
circunstantes. Le vi saludar a un hombre disfrazado de pirata.
—Es Considine —susurró Lily.
Considine parecía reírse del disfraz del profesor. Otro de los invitados reunióse con ellos. La
orquesta inició la interpretación de otra pieza. Los tres hombres desaparecieron.
—Démonos prisa —apremié a Lily—. Va a ocurrir algo.
Llegamos a la calle en el instante en que el coche negro en que iban los dos hombres y el
demonio se ponía en marcha.
La suerte nos deparó en seguida otro taxi.
Hice subir a Lily y le ordené al chofer:
—Siga a ese auto... —me interrumpí—. ¡No! Sé adonde van. Llévenos al Instituto Rocklynn.
Parecíamos vivir en otro mundo, mientras cruzábamos las calles persiguiendo al demonio, y
mientras ascendíamos en el ascensor por el rascacielos.
Cuando nos detuvimos frente a la puerta del laboratorio oímos una voz. Se parecía a la del
profesor. Era una voz que utilizaba la boca y la laringe de Keith, pero en la que había unas
notas que nada tenían de humanas.
—Ya ven lo que he conseguido, caballeros —decía—. Ni usted, señor Considine, ni usted,
señor Wintergreen, pueden dudar ya de la evidencia de sus sentidos...
—¡Es espantoso! —se horrorizó Considine—. ¡El diablo en una cárcel de cristal!
—¿Espantoso? ¡Glorioso! ¿No ve las posibilidades que eso ofrece?
—Sí, desde el punto de vista científico el interés debe ser muy grande, pero prácticamente
¿qué ventaja nos ofrece? ¿Lo exhibirá por las ferias?
—Habla usted como un necio, Considine —replicó la voz ronca que era la de Keith—. ¿No
comprende que ahí tenemos algo que puede convertirse en la fuerza más grande de la
tierra?
—¿Fuerza? —preguntó Wintergreen.
—Sí, una fuerza todopoderosa. Piensen, por un, momento, lo que para nosotros puede
significar este cautivo. Durante siglos, los hombres han rendido pleitesía al demonio.
Convencidos de que el Reino de los Cielos está regido por Dios, afirman que la tierra está
gobernada por Satanás. Por eso le han adorado. Si les concede la felicidad en la tierra,
están dispuestos a ceder su dicha celestial.
—¡Qué locura!
—Sí —prosiguió burlona la voz ¡del profesor—, se reunían en lugares ocultos, en bodegas
de casas viejas, en criptas de iglesias ruinosas, en la noche de Walpurgis. Velas fabricadas
con grasa de niños no bautizados iluminaban las ceremonias, que se celebraban sobre el
altar formado por el cuerpo de una doncella. Todos los fieles proclamaban en alta voz sus
pecados y confesaban, arrepentidos, las buenas acciones.
—No hable así —intervino Wintergreen—. No somos niños para asustarnos con esas
tonterías.
—Tampoco lo son los miles de satanistas que llevan a cabo esos ritos. Sin embargo, la
mayoría de ellos son engañados por unos farsantes. Yo, en cambio, les ofrezco la
representación física de Lucifer. Con su dinero 'pude disponer lo necesario para atraerlo a la
tierra. Ahora pueden aprovechar su inversión. Tenemos el poder y la riqueza al alcance de
la mano. Somos los dueños de Satanás, de lo que hasta ahora se consideraba un cuento
infantil o una conseja de viejas, y con ello construiremos un imperio. Podremos dominar a
las naciones, al mundo entero.
—¿ Se ha vuelto loco, Keith? —balbució tembloroso Considine—. Primero se presenta con
ese, disfraz y luego nos habla de locuras, nos enseña ese monstruo y nos está
convenciendo de su locura.
—Sí —añadió Wintergreen, débilmente—, yo me marcho.
— ¡No! ¡No saldrán de aquí! Conocen mi secreto y no permitiré que lo divulguen. Ninguno
de ustedes saldrá de aquí hasta que hayan aceptado mis condiciones.
Yo no sabía exactamente qué hacer, pero aquel era el mejor momento para irrumpir en la
habitación. Abrí, pues, la puerta y penetré en la negra estancia, acompañado de Lily.
Considine y Wintergreen nos contemplaron boquiabiertos. En la cárcel de cristal, la figura
apresada agitaba frenéticamente los brazos.
Keith se abalanzó contra mí, pero antes de que me alcanzase saqué del bolsillo un frasco, lo
destapé y eché su contenido al rostro del profesor.
Un hedor insoportable llenó la estancia. Densas nubes de humo brotaron de la carne rojiza.
Cuando aquel ser cayó al suelo, me precipité sobre él y le obligué a tragarse el resto del
líquido. La lucha concluyó al instante.
—Creí que iba a matarle —exclamó Lily—. Cuando usted le arrojó el ácido...
—No era ningún ácido —le informé—. Era agua bendita.
6 - LA AMENAZA DE SATANÁS
En la figura tendida en el suelo se había verificado un cambio absoluto. Desapareció el tinte
rojo y el. rostro de Keith recobró su aspecto normal. Un momento después se incorporó.
—¿Qué ocurrió? —preguntó con voz débil. Le conté todo lo sucedido.
—El agua bendita me ha salvado. Oh —añadió—, estuvo usted muy inspirado.
—Muy desesperado —le corregí.
—¿De qué están hablando? —se interesó Considine.
—Que el demonio se apoderó de mí.
—¿Cree eso?
—Usted mismo lo vio. No se trata de una novedad. La Biblia nos habla de ello. No sé cómo
pudo ocurrir. Sin duda, la emoción debilitó mis defensas, y el mal halló fácil acceso dentro
de mí. Por la noche regresé, ese ser que tenemos ahí dentro me hipnotizó y aunque no
perdí totalmente la noción de las cosas, roe sentí empujado por una euforia y una ansias
desconocidas.
Volvimos la vista hacia la jaula de cristal. Satanás estaba de nuevo dentro de ella, pero
resultaba evidente que su poder transpasaba las frágiles barreras.
—Puede apoderarse de un cuerpo humano —advirtió el profesor—, y caminar por el mundo.
—Es necesario deshacernos de él —observé—. Que vuelva a su infierno.
—¡Hacerle volver! —repitió el profesor.
—No hay manera —objetó Lily—. No se conoce ningún medio para alejar al demonio.
Volví la cabeza hacia la cárcel. ¿Por qué no enviarle de nuevo al infierno?
Examiné la figura que se encontraba allí prisionera. La examiné y sonreí. Luego, mi sonrisa
se trocó en una carcajada.
¿Aquello era el fabuloso Lucifer? ¡Era demasiado cómico para ser verdad! Me sentía más
fuerte que él. Al fin y al cabo, le había vencido. Le dominé en la lucha cuerpo a cuerpo. ¡Yo
era su amo! ¡El amo de Lucifer!
Sentía que unas inmensas energías penetraban en mi interior. ¡Yo era el amo!
—Ya sé —exclamé de repente.
—¿Sabe cómo hacerle volver al infierno? —preguntaron Lily y Keith.
—No, no es preciso. Soy más fuerte que Satanás. Lo he dominado. Lo seguiré dominando y
emplearé ese poder.
Vi el espanto reflejado en todos los rostros.
—¿Por qué desprendernos de esa fuerza? —continué seguro de mí mismo—. ¿Por qué no
ha de dominar Satanás en el mundo? ¿Por qué no he ser yo el amo de todo? Luché contra
Dios y me venció, pero ahora...
De pronto, lo comprendí todo. Había dicho "luché contra Dios". Pero fue Luzbel el que se
rebeló contra el Todopoderoso. Y yo creía haber sido yo mismo.
¡Yo! ¡El demonio!
Keith y los demás me miraban aterrados. Contemplaban mi rostro. Y yo advertía el cambio
que se verificaba en él.
. Lily me tendió un espejo.
Comprendí la horrible verdad. Lo que le había sucedido al profesor me estaba ocurriendo a
mí. Satanás se apoderaba de mi cuerpo.
¡Yo era Satanás!
El espejo cayó al suelo y se hizo añicos. Sentía horror \ y alegría. . j
Examiné mis manos. Eran ya unas garras negras...
Cuando sus manos buscaron las culatas de sus dos revólveres cargados con balas de plata,
adiviné la intención del profesor.
Estaban ambas armas sobre una mesa y yo llegué allí antes que él.
—¡Quieto! —ordené ferozmente, apuntándole yo a él y haciendo frente a todos los
presentes—. Si alguien ha de disparar, ese alguien seré yo. ¡Soy el amo! ¡El dueño,
dispensador de todos los males, de todos los pecados! ¡El señor absoluto de la tierra!
— ¡Dios mío! —gimió Lily.
Sentí como un trallazo en pleno rostro. El nombre del Señor abrasaba mis oídos.
Luego, Lily empezó a avanzar hacia mí, con las manos tendidas en actitud suplicante.
—¡Quieta o disparo! —le grité.
Ella continuó avanzando. En su mirada no había odio alguno, y sus labios murmuraban unas
plegarias que me abrasaban el cuerpo y, sobre todo, el rostro, aquel rostro rojo, los cuernos
que ya apuntaban, mi pelo leonado, crespo, hirsuto. Mis manos, convertidas en garras
negras...
¡Tenía que terminar con aquel fuego que me abrasaba! ¡Debía matar a Lily! Pero cuando por
fin me decidí a disparar, lo hice con el cañón del arma que empuñaba con la mano derecha,
aplicado a mi propia sien.
7 - LA CAÍDA DE LUCIFER
—¡Cuidado! —exclamé—. ¡Cuidado!
—Lo siento —se excusó Keith—. Aunque sea una bala de plata existe el peligro de la
infección.
—¿Se ha marchado? —pregunte, sin citar al ser cuya huida deseaba.
—Sí —contestó Lily—. En, cuanto usted disparó el revólver, la campana de cristal quedó
vacía. No se vio ni humo ni fuego. Desapareció como una luz que se apaga.
—Fue un tiro muy afortunado —declaró Keith—. Rozó la carne y se perdió en el techo. Pero
pudo haber
sido fatal.
—No entiendo por qué me pegue el tiro ni por qué desapareció Satanás.
—Es la eterna verdad —replicó -el profesor—. La virtud triunfando sobre el mal. Aunque
usted no se dio cuenta, su conciencia luchó contra el diablo... y le venció.
—Es difícil no creer que todo ha sido un sueño. Lily apoyó una mano sobre mi hombro.
—Olvidémoslo.
Los demás se mostraron de acuerdo.
—¿Y cómo? —quise saber.
—Si no está demasiado enfermo —sonrió Lily.
—¿Enfermo? Me encuentro perfectamente.
—Entonces, vayamos a celebrar nuestra victoria —propuso Considine.
—¡Oh, no! —protesté—. La celebración la haremos nosotros dos solos ¿verdad, doctora
Ross?
Lily tardó unos instantes en contestar con su más encantadora sonrisa:
—Verdad... pero no está bien abandonar a nuestros buenos amigos...
—¿No? ¿Por qué no? —protesté. Y dejándome llevar de mi indignación, exclamé—: ¡Que
se vayan al diablo!

martes, 20 de octubre de 2009

Eres tan bella como una flor, pero las nubes nos separan


Gracias “Nemo”


La vida es un largo sueño.
¿para que abrumarla con fatigas?
Por eso todo el día estoy ebrio


Li Po



BEBIENDO SOLO BAJO LA LUNA

Rodeado de flores, libo solo,
ante un jarro de vino.
Alzando la copa, convido a la luna.
Con mi sombra, somos tres.

Aunque la luna no puede beber,
y mi sombra en vano me sigue,
las tomo por compañeras transitorias. ¡Divirtámonos antes de que pase la primavera!

Canto, mientras la luna pasea.
Bailo, mientras mi sombra vacila.
Antes de mi embriaguez nos solazamos juntos.
Cuando estoy ebrio, se deshace nuestra compañia.
¡Oh luna! ¡Oh sombra! Seréis mis inmortales amigas.
Ya nos reuniremos algún día
en el cristalino mundo de las estrellas.



DESPIDIENDO A UN AMIGO EN JINMEN

He dejado ya atrás Jinmen,
y se extiende ante mis ojos
la tierra de Chu.
Los montes terminan
cuando empieza la vasta llanura.
El río fluye hacia el confín del mundo.
Un espejo ha bajado del cielo:
es la luna que riela.
Encima, una alta terraza
y casas coloreadas:
las nubes.
¡Oh aguas de mi país natal!
¡Qué cariño me tenéis!
¿Hasta dónde me vais a acompañar?





A MI AMIGO YUAN DANQIU,
QUE MORA EN LA MONTAÑA

Moras en la montaña de Levante,
deleitándote con la belleza del paisaje.
Desde tu lozana primavera,
te acuestas en la solitaria selva.
Y duermes todavía cuando el sol ya calcina. Las mangas de tu túnica se limpian con la brisa de los pinos.
Tu corazón y tus oídos se purifican con el arroyo que serpentea entre peñas.
¡Cuánto te envidio!
Alejado de rumores y contiendas,
reposas con una nube diáfana bajo tu cabeza.





NOSTALGIA EN UNA NOCHE SILENCIOSA

Brillantes luces inundan mi lecho.
¿Será la escarcha sobre la tierra?
Alzo los ojos y veo la luna.
Al bajar la cabeza, añoro mi hogar.


CONTEMPLANDO LA CASCADA
DE LA MONTAÑA LU SHAN

El sol enciende el Incensario,
que exhala un vapor violáceo.
Lejos una cascada
cuelga de la montaña.
En un vertiginoso vuelo
rueda mil pies hacia abajo.
¿Estará la Vía Láctea cayendo
de lo más alto del cielo?




ESTANDO EN HUÉSPED

En las copas de jade brilla el ámbar;
es el licor de Lan Ling,
fragante como un tulipán.
Mi anfitrión insiste en embriagarme
para ahuyentar mis añoranzas del hogar.


VISITA A MI MAESTRO YONG EN SU ERMITA

Rodeado de picos que tocan el cielo,
vives en plena libertad, olvidando los años. Aparto las nubes y busco el antiguo sendero.
Y recostado en un árbol,
escucho el susurro del arroyo.
Entre flores primaverales,
los búfalos negros se acuestan,
y entre pinos erguidos,
las grullas blancas reposan.
Con nuestras voces, el crepúsculo cae sobre el agua.
Solo, desciendo en medio de las brumas y el frío.


LAS RUINAS DEL PALACIO DE YUE

Después de conquistar el reino de Wu,
regresó triunfante Gou Jian, rey de Yue.
Sus guerreros vestían de seda,
y las doncellas de la corte,
bellas flores de primavera,
inundaban su palacio.
Hoy no quedan sino ruinas
y una que otra perdiz.

DESPEDIDA EN UNA TABERNA DE JINLING

Las flores de los sauces
se mecen con la brisa
e inundan la taberna de fragancia.
Mis jóvenes amigos de Jinling
vienen a despedirme.
Una hermosa doncella nos escancia el licor. Entre "adiós" y "adiós",
apuramos una copa tras otra.
Preguntad, ¡oh amigos! al gran río que corre hacia el este:
¿qué acabará primero, su curso o mi añoranza?



GRAZNIDOS NOCTURNOS DE LOS CUERVOS

Amarillas nubes flotan
encima de las murallas.
Los negros cuervos que tornan
graznan sobre las ramas.
Tras la nebulosa cortina,
murmura la joven esposa,
sumida en la melancolía.
Abandona la lanzadera,
y añora al amado que corre tierras remotas. De noche, sus lágrimas caen cual lluvia
en la soledad de su alcoba.


BALADAS DE LAS CUATRO ESTACIONES
DEL AÑO



PRIMAVERA

A la orilla azul del agua,
la doncella Lo Fu, del país Qin,
recoge moras.
Sus manos blancas brillan
entre las verdes hojas.
Bajo el fulgor del sol,
luce aún más radiante su ropa de grana. «Tengo que irme -dice-,
mis gusanos de seda tienen hambre.
Y usted, con sus cinco caballos, no demore en volver a casa. »


VERANO

En el extenso lago del Espejo,
los lotos florecen alegremente.
Es mayo. La bella Xi Shi los recoge.
En ambas orillas, se aglomera
una multitud para contemplarla.
Su barca regresa
sin esperar el claro de luna
y se desliza
hasta el palacio del rey de Yue.


OTOÑO


La ciudad de Changan se baña en luces de luna.
Se golpea la ropa en miles de casas.
La brisa otoñal no puede barrer
Las añoranzas del Paso de Jade.
¡Ay! ¿Cuándo derrotarán a los invasores tártaros?
Cuándo tornará el amado del campo de batalla?


INVIERNO

Mañana partirá el correo a la frontera.
Ella cose toda la noche un abrigo de soldado. Trabajando con la frígida aguja,
sus finos dedos están helados,
y apenas pueden manejar las tijeras.
¡Ay! ¿Cuándo llegará el envío a manos del amado?


NOSTALGIA EN PRIMAVERA

Las hierbas de Yen
son hilos de seda esmeralda.
El peso de las hojas
inclina las verdes ramas
de las moreras de Qin.
Mi corazón anhelante ya está destrozado.
Y sólo ahora piensas tú, mi amor,
tornar a casa.

¡Oh viento de primavera!
Tú, que eres un extraño,
¿por qué levantas
mi cortina de raso?



A LA SEÑORA YANG
(Según la melodía «Ching Ping»)

Su traje es una nube, su cara una flor, radiante con el rocío de la primavera.
¿Estoy en la cumbre de la Montaña de jade,
o en la Terraza del paraíso bajo la luna?


PLACERES DEL PALACIO

De niña, viví en una casa de oro.
Adulta, habito el Palacio del Púrpura.
Flores de la montaña adornan mi moño. Claveles bordados decoran mi túnica.
Cuando salgo del insondable palacio,
siempre voy en la carroza del soberano.
Sólo temo que los cantos y las danzas concluyan,
como nubes rosáceas que se esfuman.


GOZO DEL VIAJERO

El viajero cabalga el viento,
que lo lleva a tierras lejanas,
como un ave que emprende el vuelo,
sin dejar su rastro en el cielo.


LA LUNA EN EL PASO MONTAÑOSO

Entre un mar de nubes y neblinas,
la luna surge del Monte Celeste.
El viento recorre miles de leguas
y azota el Paso de jade.
Guerreros chinos marchan por el Blanco Camino.
Tropas tártaras merodean el Lago Azul.
De esos campos de batalla nunca ha regresado nadie.
Los recién llegados, triste el rostro, contemplan la frontera,
pensando en el hogar,
en las que suspiran y lloran esta noche,
en la soledad de sus aposentos.


DIFÍCIL EL CAMINO

El vino de mi copa dorada
vale diez mil monedas de cobre,
y los manjares de mis platos de jade,
otro tanto.
Pero no los puedo tomar:
abandono la copa y los palillos.
Desenfundo mi espada
y miro a mi alrededor
con el corazón perturbado.
Quiero cruzar el río Amarillo,
pero está congelado.
Quiero escalar el monte Taishan,
pero las nieves nublan el cielo.
Ocioso, me siento a pescar
en un arroyo diáfano.
De pronto, sueño que llego,
en una barca, a la capital.

¡Qué difícil es el camino!
¡Qué arduo es el sendero!
¡Qué numerosas son las encrucijadas!
¿Cómo voy a encontrar la salida?
Mas, algún día, navegaré viento en popa,
y atravesaré el inmenso océano.

A MI AMOR LEJANO

II

¿Dónde está mi pabellón verde?
Está entre las nubes azules.
Un río de otoño cuelga
de su mágico espejo.
La brisa de primavera
agita mi traje de seda.
Bien ataviada, me siento
frente al sol poniente.
Melancólica, contemplo
mi alcoba solitaria.
Te envío mis añoranzas en una carta;
si pudiéramos ser una pareja de aves
que vuelen siempre juntas.


VI

El río Chu me separa de ti.
Las hierbas de la primavera
reverdecen las riberas del río Amarillo.
Mis nostalgias no cesan de día ni de noche. Impetuosas, se convierten en olas que se precipitan hacia la mar.
Anhelo verte,
pero no puedo.
Tengo que conformarme con enviarte, a ti,
mi lejana belleza, una lágrima.



XI

Cuando estabas, las flores llenaban la casa.
Al irte, dejaste el lecho vacío.
La manta bordada, doblada,
permanece intacta.
Tres años ya han transcurrido,
pero tu fragancia no se disipa.
Te añoro, y de los árboles caen hojas amarillas.
Lloro, y sobre el verde musgo brilla el rocío.
NOSTALGIA ANHELANTE

Dirijo mis añoranzas
a la distante capital.
En torno al brocal de jade,
los grillos lloran tristemente el otoño.
La escarcha cae, y el frío invade mi lecho.

¡Oh amor mío!
Pienso en ti, desesperado,
a la luz de mi moribundo candil.
Corro la cortina,
contemplo la luna y gimo largo tiempo:
eres tan bella como una flor,
pero las nubes nos separan.

El firmamento se extiende infinitamente.
Las olas de los ríos azules
una a otra se suceden.
El cielo es tan inmenso, y la tierra, tan ancha,
que me costará atravesarlos.
No podré llegar ni en sueños
a la montaña de Guangshan.
Se me parte el corazón por la nostalgia.



EXHORTACIÓN

¿No ves, amigo mío,
que las aguas del río Amarillo,
fluyendo del firmamento,
se precipitan hacia el mar para no volver?
¿No ves, en la grandiosa sala,
que el espejo plateado refleja
los cabellos canos,
que las sedas, negras por la mañana,
se han tornado blanca nieve con el crepúsculo?
¡Entreguémonos a libar mientras podamos,
y no dejemos vacía la copa dorada frente a la luna!
Los dones que me concedió el cielo
no se han de desperdician
Al gastar mil onzas de oro,
volveré a tener otro tanto.
¡Guisemos carneros, matemos reses y divirtámonos!
¡Apuremos trescientas copas en un solo encuentro!
¡Vamos, maestro Qin y querido amigo Dan Qiu!
No dejéis vuestras copas ni un momento.
Os voy a cantar una balada, y escuchadme todos atentos:
nada representan para mí gongs,
tambores ni manjares exquisitos,
y no desearía más que una ebriedad perpetua. Todos los santos y sabios del pasado se quedan en soledad.
Sólo los grandes bebedores
conservan su fama.
El príncipe Chen aprovechó bien su tiempo: en el Palacio de Paz y Delicias
se entregaba a las orgías con los suyos.
No los satisfacían sino los licores más preciosos.

Ahora te pido vino, tabernero,
¿por qué nos dices que no alcanza el dinero? ¡Ven, mozo, y trae al momento mi corcel tordo y mi abrigo
exornado con cien pedazos de oro.
Los trueco por vinos deliciosos,
que vierto en vuestros vasos
para disipar juntos las tristezas de mil años.


DESPEDIDA AL ERMITAÑO YANG
QUE VUELVE A LA MONTAÑA

Tengo una cabaña muy antigua
en la cumbre Doncella de jade.
Atrae tanto a la luna,
que siempre la ronda encima
de un pino junto al arroyo.
Oh amigo, ya te marchas.
Vas a recoger la hierba
de la inmortalidad en la montaña,
donde se abrirán flores seductoras.
Iré a visitarte a fines del año
y viajaré en el azul infinito
montando un blanco dragón.


PU SA MAN

Los infinitos bosques
tejen un velo gris oscuro.
Las montañas frías derraman un verdor triste. El crepúsculo envuelve el alto pabellón
donde mora una joven melancólica.
En pie, sobre las gradas de color jade,
ella espera en vano.
Los pájaros vuelan presurosos a sus nidos. ¿Por dónde retornará el amado?
Por allá, por detrás de los kioskos distantes que suceden a los más cercanos.




A UNA BELLA DEL CAMINO

El gallardo jinete pasa
cabalgando sobre la alfombra de flores.
La punta de su látigo roza
un carruaje de nubes multicolores.
Sentada allí, sonriente, entreabre
la cortina de perlas una joven hermosa. «Aquella es mi casa», murmura,
señalando un lejano pabellón color rosa.


MARCHA MILITAR

Montado en su caballo alazán,
sobre una nueva silla
tachonada de jade blanco,
el jinete trota en el campo de batalla, inundado de frías luces de luna.
Finaliza el combate.
Los ecos de los tambores
siguen resonando desde la muralla.
En el sable de oro, ya envainado,
aún no se seca la sangre.


CACERÍA

Los jóvenes de la frontera
pasan su vida sin leer una letra.
No saben sino cazar,
orgullosos de su agilidad y presteza.
En otoño sus caballos tártaros,
fuertes, necesitan pastos.
Entonces montan sobre ellos,
soberbios y raudos relámpagos.
Sus látigos dorados
acarician la nieve silbando.
Medio ebrios, llevando sus halcones,
se van a las afueras.
Tensan sus arcos,
y nunca yerran el blanco.
Al lanzar una flecha,
caen dos grullas juntas.
Al borde de la laguna,
los espectadores quedan boquiabiertos.
Su bravura y valentía
estremecen el desierto.
Encerrado entre cortinas
hasta que blanqueen sus cabellos,
¿cómo podrá el inútil letrado
igualarse a los caballeros?

CANCÓN DE LA FRONTERA

En mayo, vuelan copos de nieve
sobre la Montaña Celeste.
Faltan flores y nos traspasa el frío.
En las notas de una flauta
reconocemos «Sauces Llorones»
y nunca vemos aquí un asomo de lozanía.
De día, luchamos guiados
por los gongs y tambores.
De noche, dormimos con la silla
de color de jade como almohada.
¡Cuánto deseamos liquidar al tirano Lou Lan con nuestros sables desenvainados!


BEBIENDO CON EL ERMITAÑO
EN LA MONTAÑA

Rodeados de espléndidas flores,
hemos bebido, frente a frente,
una copa tras otra.
Retírate ahora,
ya estoy embriagado
y tengo que dormir.
Si quieres, vuelve mañana
y trae tu cítara.


RESPONDIENDO DESDE LA MONTAÑA

¿Por qué vivo en la montaña esmeralda? Callado sonrío, el corazón sereno.
Las flores de durazno que se lleva el arroyo me abren un mundo nuevo,
totalmente distinto del de los hombres.

AUTOABANDONO

Ensimismado por el vino,
no advierto el crepúsculo,
hasta que los pétalos caídos
cubren mi túnica arrugada.
Embriagado, me levanto y retorno,
guiado por la luna del arroyo,
sin pájaros ni gente que me acompañe.


DELANTE DEL VINO

Vino de uva... Copa de oro...
Una doncella de Wu de quince años
llega sobre un airoso caballo.
Sus cejas están pintadas de negro,
y sus zapatos son de satén rojo.
Habla con una pronunciación extraña,
pero canta con una voz que acaricia.
En el espléndido festín,
se embriaga en los brazos de mi amigo.
Y, bajo el toldo color rosa,
éste no sabe qué hacer.


EL GRANADO DE LA VENTANA ESTE
DE LA VECINA

Bajo la ventana este de la dama Lu,
hay un granado sin par en toda la tierra.
El coral reflejado por el agua esmeralda
dista de poder igualar su belleza.
Con la brisa, su fragancia se esparce,
y de noche reposan en él preciosas aves.

Desearía convertirme en una de sus ramas, que se mecen y rozan el vestido de la dama. Y, si ella no me prestara atención,
alcanzaría la cabeza hacia su puerta dorada.


DESPIERTO DE LA EMBRIAGUEZ
EN UN DÍA PRIMAVERAL

La vida es un largo sueño.
¿Para qué abrumarla con fatigas?
Por eso, todo el día estoy ebrio.
Abatido, me acuesto
junto a una columna de la puerta.
Al despertar, miro más allá del patio,
y veo un ave que canta entre las flores.
La interpelo:
«¿ En qué estación del año estamos? ».
« ¡Vaya pregunta!
¿No ves que es la primavera
quien hace hablar, con su brisa,
a la oropéndola vagabunda? »
Conmovido, quiero arrancarme un suspiro. Mas prefiero volver a servirme vino.
Canto en voz alta, esperando la luna.
Al terminar, todo queda en el olvido.


QUEJAS EN LAS GRADAS DE JADE

Las gradas de jade blanco
están cubiertas de un rocío diáfano.
A media noche, el frío traspasa
las pantuflas de seda.
Dejando caer la persiana cristalina,
la doncella contempla
una redonda luna de otoño.


MELANCOLÍA RENCOROSA


La beldad levanta su cortina de perlas. Sentada, pensativa, fruncidas las cejas,
con huellas de lágrimas en las mejillas.
¡Ay! ¿A quién le deberá
esa rencorosa melancolía?

SENTADO, SOLO, EN LA MONTAÑA
DE JINGTING

Los pájaros han tornado a sus nidos en bandadas.
Perezosa, la última nube se aleja.
La montaña es mi única compañera.
Ni al uno ni al otro nos cansa mirarnos.


MELANCOLÍA

La nueva amada
es fascinante como una flor.
Mas la antigua es tan preciosa como el jade. Liviana,
la flor vacila con el viento;
mientras el jade
nunca se altera en su pureza.
La anciana de hoy
ha sido novia en otra época.
La novia de hoy
algún día será anciana.

¡Mirad el Pabellón de Oro
de la emperatriz Chen!:
en sus cortinas ornadas de perlas,
ya aparecen,
silenciosamente,
telas de araña.

DESPEDIDA A UN AMIGO

Montañas verdes tras las murallas del norte. Un río cristalino al este de la ciudad.
Aquí nos separamos,
y una hoja mustia, solitaria
flotará mil leguas sobre el agua.

Nubes vaporosas, corazón de viajero.
Puesta del sol, separación de viejos amigos. Te alejas. Nos decimos adiós con la mano. Tristes relinchan nuestros caballos.


INTERNÁNDONOS EN EL ARROYO LÍMPIDO
Y VIAJANDO ENTRE MONTAÑAS


¡Qué ligera y rauda nuestra barca!
En un abrir y cerrar de ojos,
nos lleva a un mundo
poblado de bosques lozanos.
Sosegadas nubes blancas flotan
por encima de nuestras cabezas.
Sentados entre peces y aves,
contemplamos las aguas
y las montañas vacilantes
reflejadas en ellas.
Los ecos resuenan entre los peñascos,
y un profundo silencio
reina en todo el arroyo.
Entregados a un ocio placentero,
dejamos los remos y admiramos
los últimos rayos del ocaso.


A WANG LUN


Ya estoy a bordo. Voy a partir.
De pronto se aproximan por la orilla
el compás de tus zuecos y canciones.
El lago Flor de Durazno es muy hondo.
Mucho más hondo es, Wang Lun,
tu cariño por mí.


BALADA DE CHANCAN
Mis cabellos comenzaban a cubrir mi frente. Delante de la puerta, cogiendo flores,
me divertía,
cuando tú venías,
montado en un caballo de bambú.
Dabas vueltas al brocal,
tirando verdes ciruelas.
Ambos vivíamos en la misma aldea
y crecíamos en plena confianza mutua.
A los catorce años vine a ser tu esposa.
Con rubor, bajaba la cabeza
hacia un rincón oscuro,
y nunca te mostré una sonrisa.
Cien veces me llamabas,
mas ni una vez me volví.
Cuando tenía quince años
desfruncí las cejas
y deseaba que nos uniéramos
como polvo y ceniza.
Siempre estaba dispuesta a seguir
el ejemplo del «hombre del pilar».
Mas no esperaba subir
a la Colina de la Espera.
Un año más tarde
partiste a esa zona lejana,
donde los escollos Qutang y Yenyu,
enhiestos, impiden el paso
en el mes de mayo,
cuando los monos
lanzan sus lamentos al cielo.
Las huellas que dejaron tus pasos,
una tras otra se cubrieron de un musgo verde, tan tupido, que no lo puedo barrer.
Hojas desprendidas de los árboles
indican la temprana llegada del otoño.
Es septiembre ya.
Las mariposas, en parejas,
vuelan por el jardín
revoloteando entre las hierbas.
El espectáculo me conmueve
y llena de aflicción mi alma.
La amargura me quita
la rosa de mis mejillas.
¡Ay! Cuando desciendas de Sanba,
no dejes de avisarme con tiempo.
Para ir a tu encuentro,
no me importará la distancia.
Saldré a recibirte
hasta la Arena del Gran Viento.


COLINA DE LA ESPERA DEL ESPOSO

Apenada, contempla el horizonte,
fundida en la inmensidad celeste;
añora al amado ausente.
Las hierbas de la ribera
no conocen la tristeza.
Las flores montañosas
disputan su belleza.
Miles de cerros y nubes
separan a los esposos,
y una gran distancia los incomunica.
Los años se suceden sin cesar,
y sus añoranzas nunca terminan.


MELANCOLÍA PRIMAVERAL

Montando un caballo blanco con silla dorada mi esposo se fue a la guerra.
Bajo cortinas de seda,
cubierta con una manta bordada,
duermo mecida por la brisa de primavera.
A través de la ventana
la baja luna lanza una mirada furtiva
a mi agonizante candelabro.
Las flores indiscretas
se asoman a mi morada
y se burlan de mi soledad.


NO INSPIRACIÓN

La brisa otoñal refresca.
La luna brilla.
Las hojas caídas,
amontonadas, se mueven.
El cuervo, ya recogido,
sale asustado de su nido.
¿Dónde estarás, mi amor?
¿Cuándo volveré a verte?
¡Ay! Esta noche me duele el corazón.

NOSTALGIAS OTOÑALES

Las montañas de Yanzhi
se visten de hojas amarillas.
Una mujer joven,
desde la terraza Baidian,
contempla el cielo
cuajado de un mar de nubes oscuras:
el otoño ha llegado a la verde estepa.

¡Mirad, tropas tártaras se agrupan
en la arenosa llanura!
Nuestro mensajero torna presuroso
para anunciar la noticia.
«Ay, cuando regrese mi esposo de la guerra, hallará, triste, marchita mi belleza.»


EN EL TEMPLO DE LA CÚMBRE

Paso la noche en el templo de la Cumbre. Levanto la mano y palpo las estrellas.
Mas no me atrevo a hablar en voz alta:
temo molestar a los moradores del Cielo.


UNA NOCHE ENTRE AMIGOS

Para ahuyentar
las eternas tristezas del mundo,
nos entregamos a beber,
centenares de jarros.
La hermosa noche nos invita
a íntimos coloquios,
y la brillante luna nos quita el sueño.
Ya ebrios,
nos acostamos en la yerma montaña.
El cielo es nuestra manta,
y la tierra, nuestro lecho.


PARTIDA MATINAL DE LA CIUDAD DE BAIDI

Digo adiós a Baidi
entre nubes multicolores del alba,
y hoy mismo llegaré a mi hogar
recorriendo cien leguas.
Con el incesante aullar de los monos
en ambas riberas,
se desliza, entre un bosque de montañas,
mi barca.


RECOLECCIÓN DE LOTOS

A la orilla del arroyo
las doncellas recogen lotos,
charlando y riendo entre las flores.
El sol ilumina sus ropas nuevas,
que se reflejan en el agua diáfana.
Con la brisa,
ondulan sus mangas perfumadas
¿Quiénes son los gallardos jinetes que,
en grupos de tres o cinco,
aparecen montando los pardos caballos
a través de los sauces llorones?
Entre relinchos pasan de largo,
pisando los pétalos caídos.
Decepcionadas, las doncellas
se entristecen en vano.


Al PIE DE LA MONTAÑA DE LOS CINCO PINOS,
EN CASA DE LA ABUELA SUN

Me alojo al pie de los Cinco Pinos,
solo, e incómodo.
La gente del campo
trabaja duro en otoño.
Azotada por el frío de la noche,
una doncella vecina
desgrana las semillas.
La abuela, arrodillada,
me ofrece una sopa de chouhu.
La luna alumbra el plato blanco, recordándome a la lavandera.
Le doy las gracias
una y otra vez,
mas no puedo quitarle su comida.


PASEO POR EL RÍO BLANCO DE NANYAN ESCALANDO LA ROCA SHIJI

Al despuntar la aurora,
vadeo el río Blanco
en el angosto cauce de su nacimiento.
Me alejo así por el momento
del mundo de los hombres.
Innumerables islas se visten
con los maravillosos colores
de la naturaleza.
El cielo y el río, ligados,
se ofrecen en un Inmenso espejo azul.
Mis ojos siguen las nubes, que,
una a una, se pierden en el mar.
Mis pensamientos, sosegados,
divagan como peces
que se deleitan en el agua.
Canto todo el día,
hasta la caída del sol.
Luego, en compañía de la luna,
retorno a mi cabaña.


CANTO DEL AGUA VERDE

En las aguas transparentes
riela la luna de otoño.
En la Laguna del Sur
se recogen blancas flores de boda.
Los lotos zalameros
parecen murmurar sus quejas,
y los barqueros, conmovidos,
los contemplan maravillados.


NUECES BLANCAS

Dentro de las mangas de gasa roja,
se ven claramente.
Mas en un plato de jade,
son como inexistentes.
Parece que un monje anciano,
al dejar de rezar,
puso delante de sus dedos
perlas cristalinas de su rosario.


LLORANDO LA DESAPARICIÓN DE JI,
EL BUEN DESTILADOR DE VINO

En el otro mundo,
el anciano Ji seguirá destilando su vino.
¿Pero a quién se lo venderá,
si Li Po no está allá?


EL PABELLÓN LAO LAO

Será el lugar más triste de la tierra
el pabellón donde nos despedimos.
¡Oh viento primaveral!
Qué bien conoces
las penas de la separación:
dejas sin reverdecer
los sauces llorones de aquí.

LOS AMADOS MUERTOS


LOS AMADOS MUERTOS
H. P. LOVECRAFT & C. M. EDDY

Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.
Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo, perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero chapitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud - terrorífica quietud -, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso.
De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y forzando a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante... ¡Porque la presencia de la muerte es vida para mí ! Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona apatía. Sumamente ascético, descolorido, pálido, enclenque y sujeto a prolongados raptos de mórbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y "vieja" porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o porque no poseía el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo deseado.
Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus imaginaciones maledicentes achacaban mi temperamento letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los más supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño cambiado por otro, mientras que otros, que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la atención sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tataratío que había sido quemado en la hoguera por nigromante.
De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades para encontrar amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento.
Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrío, morboso y apático. Mi vida carecía de alicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecía mis actividades y me sumía en una inexplicable insatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí a mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando, además, el funeral era el de un personaje tan conocido como el de mi abuelo, podía asegurarse que el pueblo entero acudiría en masa para rendir el debido homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con interés ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual sólo representaba para mí una promesa de inquietudes físicas y mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a sus cáusticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles. No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colección de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación en los solemnes ritos de tales ocasiones.
Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrías colgaduras, los apiñados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatía captando mi atención. Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre, la seguí por la estancia hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi abuelo. Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y surcado por infinidad de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me pareció que el abuelo estaba inmensamente contento, plácidamente satisfecho. Me sentí sacudido por algún extraño y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvió que apenas puedo determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia que parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación. Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y sentí mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los párpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi corazón dio un repentino salto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con fuerza demoníaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja torácica.
Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una vez más, el vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. Había llegado con pies de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con vitalidad recién descubierta.
Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi ser físico inundado de místicas influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún exótico elixir... alguna abominable poción preparada con las blasfemas fórmulas de los archivos de Belial. La población estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del estímulo comenzó a perder efectividad. En uno o dos días había vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque no era total y devoradora insipidez del pasado. Antes, había una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, había vuelto a ser el de siempre, y los maledicentes buscaron algún otro sujeto más propicio. Ellos, de haber siquiera soñado la verdadera causa de mi reanimación, me hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno.
Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de alegría, me habría aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis restantes años en penitente soledad.
Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahí que, a pesar de la proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco años me trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza mas inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sentí sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi corazón brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopante enviando la sangre caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudí de mis hombros el fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara mortuoria donde yacía el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diabólico néctar que parecía saturar el aire de la estancia oscurecida.
Cada inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica satisfacción. Ahora sabía que era como el delirio provocado por las drogas y que pronto pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no podía controlar mis anhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos que ya enmarañaban la madeja de mi destino. Demasiado bien sabía que, a través de alguna extraña maldición satánica, la muerte era la fuerza motora de mi vida, que había una singularidad en mi constitución que sólo respondía a la espantosa presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos días más tarde, frenético por la bestial intoxicación de la que la totalidad de mi existencia dependía, me entrevisté con el único enterrador de Fenham y le pedí que me admitiera como aprendiz.
El golpe causado por la muerte de mi madre había afectado visiblemente a mi padre. Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio, agitó la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexión. ¡ Qué lejos estaba de imaginar que sería el objeto de mi primera lección práctica!.
También el murió bruscamente, por culpa de alguna afección cardiaca insospechada hasta el momento. Mi octogenario patrón trató por todos los medios de disuadirme de realizar la inconcebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasión mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida.
Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande - con mucho - que el que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo.
Mi padre no era un hombre rico, pero había poseído bastantes bienes mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su único heredero, me encontré en una especie de paradójica situación. Mi temprana juventud había sido un fracaso total en cuento a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su cómodo aislamiento, había perdido sabor para mí. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el único motivo que me había hecho buscar empleo.
La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y me trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una buena colocación como asistente de la Gresham Corporation, una empresa que mantenía las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me permitieran dormir en los establecimientos... porque ya la proximidad de la muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.
Me aplique a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi impía sensibilidad, y pronto me convertí en un maestro en mi oficio electo.
Cada cadáver nuevo traído al establecimiento significaba una promesa cumplida de impío regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en devota dedicación... aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a odiar los días que no traían muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran rápida y segura muerte a los residentes de la ciudad.
Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada en alguna misión maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los periódicos matutinos pudieron vocear a su clientela ávida de sensación los detalles de un crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables atrocidades; párrafo tras párrafo de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes.
Con todo, yo sentía una suprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un momento, recelaría que un empleado de pompas fúnebres - donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos - abandonaría sus indescriptibles deberes para arrancar a sangre fría la vida de sus semejantes? Planeaba cada crimen con astucia demoníaca, variando el método de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extática hora de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble t postrer placer tenía lugar...¡Oh, recuerdo escaso y delicioso!
Durante las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis afectos a los muertos que amaba...¡los muertos que me daban vida!
Una mañana, Mr. Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual... llegó para encontrarme tendido sobre una fría losa, hundido en un sueño monstruoso, ¡con los brazos alrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un fétido cadáver! Con los ojos llenos de entremezcla de repugnancia y compasión, me arrancó de mis salaces sueños.
Educada pero firmemente, me indicó que debía irme, que mis nervios estaban alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente afectada por la funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoníacos deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso como para ver que el responder sólo le reafirmaría en su creencia de mi potencial locura...resultaba mucho mejor marcharse que invitarle a descubrir los motivos ocultos tras mis actos.
Tras eso, no me atreví a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que algún acto abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé cementerios, hasta un crematorio... cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto anhelaba.
Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno de los últimos en volver, cuatro años de infernal osario ensangrentado... nauseabundo légamo de trincheras anegadas de lluvia...mortales explosiones de histéricas granadas...el monótono silbido de balas sardónicas...humeantes frenesíes de las fuentes del Flegeton (1)... letales humaredas de gases venenosos... grotescos restos de cuerpos aplastados y destrozados... cuatro años de trascendente satisfacción.
En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares y apartados caminos de Fenhman. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban junto a las cunetas, mientras que los años habían deparado un retroceso igual en la propia ciudad. Apenas había un puñado de casas ocupadas, aunque entre ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de detrás, todo era una muda confirmación de las historias que había obtenido con ciertas indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una mísera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por simpatía hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que compartían su suerte. Con todo esto, el encanto que envolvía los ambientes de mi juventud había desaparecido totalmente; así, acuciado por algún temerario impulso errante, volví mis pasos a Bayboro.
Aquí, también los años habían traído cambios, aunque en sentido inverso. La pequeña ciudad de mis recuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de su despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqué mi primitivo lugar de trabajo, descubriendo que aún existía, pero con nombre desconocido y un "Sucesor de" sobre la puerta, puesto que la epidemia de gripe había hecho presa de Mr. Gresham, mientras que los muchachos estaban en ultramar.
Alguna fatídica disposición me hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo Mr. Gresham con cierto recelo, pero se había llevado a al tumba el secreto de mi poco ética conducta. Una oportuna vacante me aseguró la inmediata recolocación.
Entonces volvieron erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos peregrinajes y un incontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres. Hice a un lado la precaución, lanzándome a otra serie de condenables desmanes. Una vez más, la prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crímenes, comparándolos con las rojas semanas de horror que habían pasmado ala ciudad años atrás. Una vez más la policía lanzó sus redes, sacando entre sus enmarañados pliegues...¡nada!
Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un fuego devastador, y comencé a acortar los períodos entre mis odiosas explosiones. Comprendí que pisaba suelo resbaladizo, pero el demoníaco deseo me aferraba con torturantes tentáculos y me obligaba a proseguir.
Durante todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente insensible a cualquier otra influencia que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas, pequeños detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en algún lugar, dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás... no lo bastante como para ordenar mi arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea de sospechas en mi dirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de contener la imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado espíritu.
Enseguida llegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de mi demoníaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una ensangrentada navaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré la hoja y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía abrieron grandes brechas en la puerta. Rompí la ventana con una silla, agradeciendo al destino haber elegido uno de los distritos más pobres como morada. Me descolgué hasta un callejón mientras las figuras vestidas de azul irrumpían por la destrozada puerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de mugrientos patios traseros, cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas. Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se alzaban más allá de la ciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar loa arrabales de Fenham. Si pudiera llegar a esta meta, estaría temporalmente a salvo. Antes del alba me había lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con los podridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se extendían como brazos grotescos tratando de estorbarme con su burlón abrazo.
Los diablos de las funestas deidades a quienes había ofrecido mis idólatras plegarias debían haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga.
Una semana más tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los bosques a kilómetro y medio de Fenham. Había eludido por fin a mis perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma debía haber sido radiada. Tenía remota la esperanza de haberlos hecho perder el rastro. Tras la primera y frenética noche, no había oído sonido de voces extrañas ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quizás habían decidido que mi cuerpo yacía oculto en alguna charca o se había desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales.
El hambre ría mis tripas con agudas punzadas, y la sed había dejado mi garganta agotada y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi famélico espíritu, hambre del estímulo que sólo encontraba en la proximidad de los muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No podía engañarme demasiado con el pensamiento de que tal deseo era un simple capricho de la imaginación. Sabía que era parte integral de la vida misma, que sin ella me apagaría como una lámpara vacía. Reuní todas mis restantes energías para aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito. A pesar del peligro que implicaban mis movimientos, me adelanté a explorar contorneando las protectoras sombras como un fantasma obsceno. Una vez más sentí la extraña sensación de ser guiado por algún invisible acólito de Satanás.
Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó durante un instante al encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.
Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar llegó el ávido y abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi presa. Un momento más tarde había alzado una de las destrozadas ventanas y me había deslizado por el alféizar. Escuché durante un instante, con los sentidos alerta y los músculos listos para la acción. El silencio me recibió. Con pasos felinos recorrí las familiares estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos indicaron el lugar donde encontraría remedio a mis sufrimientos. Me permití un vistazo de éxtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba. Como una pantera, me acerqué a la tendida forma sumida en el estupor de la embriaguez. La mujer y el niño - ¿dónde estarían? -, bueno, podían esperar. Mis engarfiados dedos se deslizaron hacia su garganta...
Horas más tarde volvía a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era mía. Tres silenciosos cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la brillante luz del día invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables consecuencias de la temeraria obtención alivio. En ese tiempo los cuerpos debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales seguramente relacionaría la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además, por primera vez había sido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba tangible de identidad...
las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes víctimas. Durante todo el día temblé preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido de una ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes mentales. Esa noche, al amparo de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en los bosques de más allá. Antes del alba tuve el primer indicio definido de la renovada persecución... el distante ladrido de los sabuesos.
Me apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude sentir cómo mi artificial fortaleza menguaba. El mediodía trajo, una vez más, la persistente llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbaría de no volver a experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la proximidad de mis adorados muertos. Había viajado en un amplio semicírculo. Si me esforzaba en línea recta, la medianoche me encontraría en el cementerio donde había enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabía, residía en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a los demonios que dominaban mi destino, me volví encaminando mis pasos en la dirección de mi último baluarte.
¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partí hacia mi espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado paraje es como incienso para mi doliente alma!
Los primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oídos captan el todavía lejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos que me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder mis días en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los muertos que amo!
¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de cobarde, quizás, pero mejor - mucho mejor - que los interminables meses de indescriptible miseria. Dejaré esta relación tras de mí para que algún alma pueda quizás entender por qué hice lo que hice.
¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la angosta luna. Un rápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está asegurada... cálida, la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas y decrépitas lápidas... hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en descomposición... dedos espectrales me llaman por señas... etéreos fragmentos de melodías no escritas en celestial crescendo... distantes estrellas danzan embriagadoramente en demoníaco acompañamiento... un millar de diminutos martillos baten espantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi caótico cerebro... fantasmas grises de asesinados espíritus desfilan ante mí en silenciosa burla... abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del Infierno en mi alma enferma... no puedo... escribir... más...
(1) un río de fuego, uno de los cinco que existen en el Hades

EL EXTRAÑO

H. P. Lovecraft
El extraño



Infeliz es aquél a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquél que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron... a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado y sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenaza con ir más allá, hacia el otro. No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar. Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades, y sin embargo no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, murciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo que, quienquiera me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas..., ni siquiera la mía; ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba. Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio. Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día. A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo. Antojóseme que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba. De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance. Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario. Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, invadióme el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos. Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor de precipitarme desde la increíble altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna. De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente, extendíase a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna. Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese frenético anhelo de luz, ni siquiera el pasmoso descubrimiento de momentos antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, por praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado un rápido río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás desaparecido. Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de la más alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una de ellas, miré el interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído la voz humana, apenas sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas. Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los muebles y dándose contra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numerosas puertas. Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos espeluznantes gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirigí a una de las alcobas creí detectar una presencia... un amago de movimiento del otro lado del arco dorado que conducía a otra habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití -un aullido horrendo que me repugnó casi tanto como su morbosa causa-, contemplé en toda su horrible intensidad el inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que, por obra de su mera aparición, había convertido una alegre reunión en una horda de delirantes fugitivos. No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había dejado de serlo-, y sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminiscencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más aún. Estaba casi paralizado, pero no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraba fijamente, se negaba a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y, bamboleándome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto, mis dedos tocaron la extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos. Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados. Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y sin embargo en mi nueva y salvaje libertad, agradezco casi la amargura de la alienación. Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué una fría e inexorable superficie de pulido espejo.

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