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lunes, 9 de noviembre de 2009

LA MISA DEL ATEO


HONORE DE BALZAC
LA MISA DEL ATEO
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Dedicado a su amigo August Borget
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Un médico al que debe la ciencia una hermosa teoría fisiológica, y
que, joven aun, logró abrirse plaza entre las celebridades de la Escuela de
París, centro de luces; al que rinden homenaje todos los médicos de
Europa, el doctor Bianchon, ejerció la cirugía antes de dedicarse á la
medicina. Sus primeros estudios fueron dirigidos por un gran cirujano
francés, por el ilustre Desplein, que pasó para la ciencia con la rapidez de
un meteoro. Según confesión de sus enemigos, Desplein se llevó á la tumba
su método intransmisible. Como todos los hombres de genio, no tenía
descendientes y se lo llevó todo consigo. La gloria de los cirujanos se parece
á la de los actores, cuyo talento deja de apreciarse tan pronto como
desaparecen, y cuya fama sólo dura lo que su vida. Los actores y los
cirujanos, lo mismo que los grandes cantantes y los artistas que centuplican
con su ejecución el poder de la música, sólo son héroes del momento.
Desplein ofrece un ejemplo de la semejanza que existe entre el destino de
estos genios transitorios. Su nombre, tan célebre ayer y tan olvidado hoy,
permanecerá dentro de la especialidad á que se dedicó, sin franquear nunca
sus límites. Pero ¿no es necesario que concurran circunstancias inauditas
para que el nombre de un sabio pase del dominio de la ciencia, al dominio
de la historia general de la humanidad? ¿Poseía Desplein esa universalidad
de conocimientos que hacen de un hombre el verbo ó la figura de un siglo?
Desplein poseía un golpe de vista divino, penetraba la enfermedad y al
enfermo con una intuición adquirida ó natural que le permitía no engañarse
nunca en los diagnósticos y determinar el momento preciso, la hora el
minuto en que era necesario operar, sacando siempre partido de las
circunstancias atmosféricas y de las particularidades del temperamento.
Para marchar de este modo de acuerdo con la naturaleza ¿habría estudiado
acaso la incesante misión de los seres y de las sustancias elementales,
contenidas en la atmósfera ó que provee la tierra al hombre que las absorbe
y las prepara para sacar de ellas un jugo particular? ¿Procedía, acaso, con
ese poder de deducción y analogía a que es debido el genio de Cuvier? Sea
de ello lo que fuere es lo cierto que este hombre se había hecho el
confidente de la carne y la comprendía lo mismo en su pasado que en su
porvenir, basándose en el presente. Pero ¿ha resumido toda la ciencia en su
persona como lo hicieron Hipócrates, Galeno y Aristóteles? ¿Condujo toda
una escuela hacia nuevos mundos? No. Si es imposible negar á este
perpetuo observador de la química humana la antigua ciencia del magismo,
es decir, el conocimiento de los principios en fusión las causas de la vida, la
vida antes de la vida, lo que ha de ser antes de ser, es preciso confesar,
para ser justo que, desgraciadamente, todo en él fue personal; aislado toda
su vida por el egoísmo, e1 egoísmo mata hoy su gloria. Su tumba no está
provista de la estatua sonora que repite al porvenir los misterios que el
genio establece a expensas suyas. Pero sin duda el talento de Desplein era
solitario de sus creencias y, por consiguiente, mortal. Para él, la atmósfera
terrestre era un saco generador, veía la tierra como un huevo en su
cascarón y no pudiendo saber quién era primero en e1 orden de la
existencia, si el huevo ó la gallina, no admitió ni lo uno ni lo otro. No creía
ni en el animal anterior ni en el espíritu posterior al hombre. Desplein no
estaba en la duda, afirmaba. Su ateísmo puro y franco se pareció al de
muchos sabios, que son la mejor gente de1 mundo, pero que niegan la
existencia de Dios del mismo modo que algunas gentes religiosas niegan la
posibilidad de que pueda haber ateos. Esta opinión no tiene nada de
particular en un hombre acostumbrado desde sus primeros años á disecar el
ser por excelencia, antes, durante y después de la vida, y á escudriñar
todos sus órganos sin encontrar en ellos esa alma única, tan necesaria para
todas las teorías religiosas. Reconociendo en el hombre un centro cerebral,
un centro nervioso y un centro aéreo-sanguíneo, de los cuales, los dos
primeros se suplen tan bien uno al otro, que tuvo en los últimos días de su
vida la firme convicción de que el sentido del oído no era absolutamente
necesario para oír, ni el sentido de la vista absolutamente necesario para
ver y que el plexo solar lo reemplazaba sin duda alguna, Desplein se
confirmó en su ateísmo con este hecho, á pesar de no tener ninguna
relación con Dios. Según se dice, este hombre murió en la impenitencia final
en que mueren, desgraciadamente, muchos hermosos genios á los que
ojalá Dios quiera perdonar. Empleando la misma frase de sus enemigos,
diremos que la vida de este hombre ofrecía muchas pequeñeces, ó mejor
dicho, muchos contrasentidos aparentes. Sin conocer nunca los móviles que
hacen obrar á ciertos espíritus superiores, los envidiosos ó los necios echan
mano inmediatamente de ciertas contradicciones superficiales para hacer un
acto de acusación, por el cual les hacen figurar momentáneamente. Si más
tarde el éxito corona las combinaciones atacadas poniendo de manifiesto la
correlación de los preparativos y de los resultados, siempre subsisten, poco
ó mucho, las calumnias que le precedieron. Igualmente, en nuestros días,
Napoleón fue condenado por nuestros contemporáneos cuando desplegaba
las alas de su águila sobre Inglaterra, y hubiera sido preciso el 1822 para
explicar el 1804 y las bateas de Bolonia.
Siendo la gloria y la ciencia de Desplein inatacables, sus enemigos
criticaban la rareza de su humor y de su carácter, siendo así que lo que
tenía el gran cirujano era sencillamente lo que los ingleses llaman
excentricity. Vestido á veces elegantemente, como Crebillon, el trágico,
demostraba de pronto una singular indiferencia en su manera de vestir y
tan pronto se le veía en coche como á pie. Tan pronto brusco como amable,
áspero y avaro en apariencia, pero capaz de ofrecer su fortuna á sus
maestros desterrados que le hicieron el honor de aceptarla por algún
tiempo, ningún hombre ha inspirado ni ha sido objeto de juicios más
contradictorios. Aunque capaz para lograr una condecoración, que los
médicos no debieran solicitar con intrigas y de dejar caer en la corte un
libro de oraciones de su bolsillo, no dudéis de que en su interior se burlaba
de todo y de que sentía un profundo desprecio por los hombres, después de
haberlos observado de arriba á abajo y después de haberlos comprendido
tal cual son en medio de los actos más solemnes y más mezquinos de la
vida. En los grandes hombres, las cualidades suelen guardar proporción. Si,
entre esos colosos, existe alguno que tiene más talento que gracia, su
gracia es aún mayor que la de aquel de quien se dice únicamente: «Es un
hombre muy gracioso». Todo genio supone, necesariamente, un don de
segunda vista, una vista moral. Esta vista puede aplicarse á alguna
especialidad; pero el que ve la flor puede ver el sol. El que oyó á un
diplomático salvado por él: «¿Como está el Emperador?» y le respondió: «El
cortesano vuelve, el hombre sabrá abrirse paso», éste no es solamente
cirujano ó médico, sino que es también prodigiosamente ocurrente. Así
pues, el observador paciente y asiduo de la humanidad legitimará las
exorbitantes pretensiones de Desplein y le creerá, como se creía él mismo,
apto para ser tan buen ministro como buen médico.
Entre los enigmas que ofrece á los ojos de sus contemporáneos la
vida de Desplein, hemos escogido uno de los más interesantes, porque su
solución se encontrará al final del relato, vengándole de ciertas acusaciones.
De todos los discípulos que Desplein tuvo en el hospital, Horacio Bianchon
fué uno de aquellos con quien más simpatizó. Antes de ser interno en el
hospital, Horacio Bianchon era un estudiante de medicina, que se albergaba
en una miserable casa de huéspedes del barrio latino, conocida con el
nombre de la casa Vauquer. Este pobre joven sufría allí los ataques de esa
ardiente miseria, especie de crisol de donde los grandes talentos deben salir
puros é incorruptibles, como diamantes que pueden ser sometidos á todos
los choques sin romperse. Expuestos al fuego violento de sus pasiones
desencadenadas, estos hombres adquieren la probidad más inalterable y
contraen el hábito de las luchas que esperan al genio con el trabajo
constante con que han procurado cercar sus apetitos engañados. Horacio
era un joven recto, incapaz de tergiversar una palabra en las cuestiones de
honor, que se iba siempre sin rodeos al asunto y que lo mismo estaba
dispuesto por sus amigos á empeñar la capa, que á sacrificarles sus días y
sus noches; Horacio era, en una palabra, uno de esos amigos que no se
preocupan por lo que reciben á cambio de lo que entregan, seguros de
percibir á su vez más de lo que dan. La mayor parte de sus amigos sentían
por él ese respeto que inspira la virtud sin énfasis, y algunos de ellos
temían su censura. Pero Horacio desplegaba estas cualidades sin
ostentación. Ni puritano ni sermoneador, juraba con gracia cuando daba un
consejo y acudía con gusto á una juerga cuando la ocasión se presentaba.
Buen compañero, franco y leal, no como un marino, pues el marino de hoy
es un astuto diplomático, sino como honrado joven que nada tiene que
ocultar de su vida, Bianchor marchaba siempre risueño y con la frente muy
alta. En fin, para expresarlo todo con una palabra y teniendo en cuenta que
los acreedores son considerados hoy como" la representación más real de
las furias antiguas, diremos que Horacio era el Pilades de más de un
Orestes. Soportaba su miseria cor esa alegría que es sin duda una de las
mayores pruebas de valor, y como todos los que no poseen nada, contraía
pocas deudas. Sobrio como un camello, ágil y avispado como un ciervo, era
invariable y permanecía firme en sus ideas y en su conducta. La vida feliz
de Bianchon empezó el día en que el ilustre cirujano Desplein echó de ver
las cualidades y los defectos que hacen doblemente precioso para sus
amigos al doctor Horacio Bianchon. Cuando un jefe de clínica toma en su
regazo á un joven, este joven pone, como suele decirse, el pie en el estribo,
Desplein no dejaba de llevar á Bianchon como practicante á las casas
opulentas, donde casi siempre caía alguna gratificación en la escarcela del
interno, y donde se iban revelando insensiblemente al provenzal los
misterios de la vida parisiense; le dejaba asistir á las consultas en su
despacho, y á veces lo enviaba á acompañar á algún rico enfermo que iba á
tomar aguas, preparándole de este modo una clientela. De todo esto resultó
que, al cabo de cierto tiempo, el tirano tuvo un seide. Estos dos hombres, el
uno en la cima de los honores y de la ciencia y gozando de una inmensa
fortuna y de una inmensa gloria; y el otro modesto omega, llegaron á ser
amigos íntimos. El gran Desplein no tenía secretos para su interno, y éste
sabía si tal mujer se había sentado en una silla al lado de su maestro ó en
el famoso canapé que se encontraba en el despacho y en el que Desplein
acostumbraba á dormir; Bianchon conocía los misterios de aquel
temperamento de león y de toro, que acabó por ensanchar y amplificar más
de lo ordinario el gusto del gran hombre, y causó su muerte por el
desarrollo del corazón. Estudió las extravagancias de aquella vida tan
laboriosa, los proyectos de aquella avaricia tan sórdida, y las esperanzas del
hombre político escondido bajo la capa del sabio, y pudo prever las
decepciones que esperaban al único sentimiento que encerraba aquel
corazón, más bien bronceado, que de bronce.
Un día, Bianchon dijo á Desplein que un pobre aguador del barrio de
San Jacobo sufría una horrible enfermedad causada por las fatigas y la
miseria. Aquel pobre auverniano no había comido más que patatas durante
el crudo invierno del año 1821. Desplein dejó á todos sus enfermos, y
exponiéndose á reventar su caballo, voló acompañado de Bianchon á la
morada de aquel pobre hombre, y lo hizo transportar á la casa de salud
establecida por el célebre Dubois en el arrabal de San Dionisio. Cuidó con el
mayor cariño á este hombre, y cuando estuvo restablecido le dio la suma
necesaria para comprar un caballo y una cuba. Aquel auverniano se
distinguió por un rasgo original; habiendo caído enfermo uno de sus
amigos, lo llevó inmediatamente á casa de Desplein, diciendo á su
bienhechor:
—No hubiese podido soportar que hubiera ido á casa de ningún otro.
Áspero y todo, como era, Desplein estrechó la mano al aguador y le
dijo:
—Tráemelos á todos.
E hizo entrar al hijo de Cantal en el hospital, donde lo cuidó con el
mayor esmero. Bianchon había observado ya varias veces que su jefe sentía
mucha predilección por los auvernianos y sobre todo por los aguadores;
pero como Desplein ostentaba una especie de orgullo en tratar bien á los
enfermos de sus salas, el discípulo no vio en aquello nada de raro.
Un día atravesando la Plaza de San Sulpicio, Bianchon vio que su
maestro entraba en la iglesia á eso de las nueve de la mañana, Desplein,
que en aquella época no daba un paso sin su cabriolé, iba á pie y se colaba
por la calle del Petit-Lion, como si entrase en una casa sospechosa. El
interno que conocía las opiniones de su maestro, picado de curiosidad,
entró en San Sulpicio, y no fue poco su asombro al ver al gran Desplein, á
aquel ateo sin piedad por los ángeles que no ofrecen trabajo á los bisturíes
y que no pueden tener fístulas ni gastritis, en una palabra, á aquel intrépido
incrédulo, humildemente arrodillado, y ¿dónde diréis?... ante la capilla de la
Virgen, ante la cual oyó una misa, dio para los gastos del culto, dio para los
pobres y permaneció serio como si se hubiese tratado de una operación.
—Seguramente que no ha ido á esclarecer cuestiones relativas al
parto de la Virgen—decía Bianchon, cuyo asombro no tuvo límites.—Si le
hubiera visto en la procesión del Corpus llevando uno de los cordones del
palio, el hecho me hubiera causado risa; pero á estas horas, solo y sin
testigos, me da en verdad mucho que pensar.
Bianchon no quiso que pudiera creerse que espiaba al cirujano del
hospital principal, y, por lo tanto, se alejó. Por casualidad, le invitó Desplein
aquel mismo día á comer con él á una fonda, y de una cosa en otra,
Bianchon llegó, mediante hábiles preparaciones, á hablar de la misa,
calificándola de mojiganga y de farsa.
—Una farsa que ha costado más sangre á la cristiandad que todas las
batallas de Napoleón y que todas las sanguijuelas de Brousais. La misa es
una invención papal que no se remonta más allá del siglo VI y que está
basada en el Hoc est corpus. ¡Cuantos torrentes de sangre ha sido preciso
verter para establecer la fiesta del Corpus-Cristy; con cuya institución quiso
la corte de Roma hacer constar su victoria en la cuestión de la presencia
real, cisma que turbó á la Iglesia por espacio de tres siglos! Las guerras del
conde de Tolosa y de los albigenses son la cola de esta cuestión. Los
valdenses y los albigenses se negaban á reconocer esta innovación.
Por fin, Desplein se puso con satisfacción á desplegar toda su
verbosidad de ateo, y su conversación fue un verdadero flujo de burlas
volterianas, ó mejor dicho, una detestable falsificación del citador.
—¡Diablo!—se dijo Bianchon para sus adentros,—¿dónde está el
devoto de esta mañana?
Pero guardó silencio porque llegó á dudar que fuese verdaderamente
su maestro el individuo que había visto en San Sulpicio. Desplein no se
hubiese tomado el trabajo de decir una mentira á Bianchon: ambos se
conocían ya demasiado bien, se habían comunicado su modo de pensar
sobre cuestiones tan graves como ésta, y habían discutido sistemas de
natura rerum, sondándolas ó disecándolas con los bisturíes y el escalpelo de
la incredulidad.
Transcurrieron tres meses. Bianchon no dio importancia á aquel
hecho, sin embargo de que había quedado grabado en su memoria, cuando,
un día de aquel mismo año, uno de los médicos del hospital tomó á
Desplein por el brazo, delante de Bianchon como para interrogarle.
—¿Qué iba V. á hacer ayer á San Sulpicio, mi querido maestro?
—A ver á un sacerdote que tiene una caries en la rodilla y al que la
señora duquesa de Augulema me ha hecho el honor de recomendarme,—
dijo Desplein.
El médico quedó satisfecho con esta respuesta, pero no Bianchon, el
cual se dijo para sus adentros:
—¡Ah! ¿va á ver rodillas enfermas á la iglesia? Ya, ya caigo, iba á oír
misa.
Bianchon se prometió acechar á Desplein, recordó el día y la hora en
que lo había sorprendido entrando en San Sulpicio, y proyectó ir allí al año
siguiente, el mismo día y la misma hora, á fin de ver si le sorprendía de
nuevo. En este caso, la periodicidad de su devoción le autorizaría para llevar
á cabo una investigación científica, pues no era probable que existiera en un
hombre semejante una contradicción entre el pensamiento y la acción. Al
año siguiente, el día y la hora dichas, Bianchon, que no era ya alumno de
Desplein, vio que el cabriolé del cirujano se detenía en la esquina que
forman la calle de Tournon y la del Petit-Lion, y que su maestro tomaba
jesuíticamente á lo largo de los muros de San Sulpicio, donde oyó de nuevo
misa en el altar de la Virgen. ¡No había duda que era Desplein, el cirujano,
su jefe, el ateo in petto, el devoto por casualidad! La intriga se complicaba.
La persistencia de aquel ilustre sabio era para llamar la atención á
cualquiera. Cuando Desplein salió de la iglesia, Bianchon se acercó al
sacristán, que estaba arreglando el altar, y le preguntó si el señor que
acababa de marcharse era asiduo concurrente á la iglesia.
—Hace ya veinte años que estoy aquí—dijo el sacristán, —y en todo
ese tiempo he visto siempre que el señor Desplein viene, cuatro veces al
año, á oír esta misa, de la cual es fundador.
—¡Una fundación hecha por él!—se dijo Bianchon alejándose.—Esto sí
que es cosa tan complicada como el misterio de la Inmaculada Concepción,
misterio que por sí solo basta para hacer á un médico incrédulo.
Pasó algún tiempo sin que el doctor Bianchon, que seguía siendo
amigo de Desplein, hubiese tenido ocasión para hablarle de aquella
particularidad de su vida. Si bien se encontraban en consulta ó en sociedad,
era difícil que hallasen ese momento de confianza y de soledad, durante el
cual se permanece con las piernas tendidas, la cabeza apoyada en el
respaldo de un sillón y en el que dos amigos se cuentan sus secretos. Por
fin, á los siete años de ocurrido este hecho, después de la Revolución de
1830, cuando el pueblo se precipitaba sobre el arzobispado, cuando las
inspiraciones republicanas lo empujaban á destruir las cruces doradas que
despuntaban como rayos en medio de la inmensidad de este océano de
casas; cuando la incredulidad y la sedición llenaban las calles, Bianchon
sorprendió á Desplein entrando una vez más en San Sulpicio. El doctor le
siguió y se colocó á su lado, sin que su amigo le hiciese la menor seña, ni
diese muestras de la menor sorpresa. Ambos oyeron la misa fundada por el
ateo.
—Amigo mío—dijo Bianchon á Desplein una vez que estuvieron fuera
de la iglesia,—¿quiere usted decirme la razón de su modo de proceder? Esta
es la tercera vez que le sorprendo á usted oyendo misa. ¿Quiere usted
explicarme la razón de ese misterio y de ese desacuerdo flagrante entre sus
opiniones y su conducta? Usted no cree en Dios y va á misa, y, por lo tanto,
está usted obligado á responderme, mi querido maestro.
—Amigo mío, me parezco en esto á muchos devotos, á muchos
hombres profundamente devotos en apariencia pero que son tan ateos
como usted y yo podemos serlo.
Y á continuación de esto, soltó un verdadero torrente de epigramas
acerca, de algunos personajes políticos; de los cuales el más conocido
ofrece en este siglo una nueva edición del Tartufo de Moliere.
—Yo no le pregunto á usted todo eso—le dijo Bianchon. —Quiero
saber lo que viene usted á hacer aquí y el porqué ha fundado esta misa.
—A decir verdad, querido amigo—dijo Desplein,—estoy ya muy
próximo á la tumba, y, por consiguiente, no hay inconveniente en que le
hable á usted de los principios de mi vida.
En este momento, Bianchon y el gran hombre se encontraban en la
calle de los Cuatro Vientos, que es una de las calles más horribles de París.
Desplein subió al sexto piso de una de esas casas que parecen un obelisco y
cuya puerta de dos hojas da á un estrecho pasillo, al extremo del cual se ve
una tortuosa escalera, alumbrada por luces que con razón, reciben en
Francia el nombre de luces de sufrimiento. Era la tal vivienda una casa de
color verdoso, en cuyo piso bajo vivía un comerciante de muebles, y que
parecía albergar en cada uno de sus pisos una miseria diferente.
Levantando el brazo con gran energía, Desplein dijo á Bianchon:
—He vivido allá arriba dos años.
—Ya lo sé; de Arthez también ha vivido, y yo he subido ahí casi todos
los días, durante mi primera juventud. Entonces le llamábamos el foco de
los grandes hombres. Bueno, ¿qué más?
—La misa que acabo de oír está enlazada con acontecimientos que
ocurrieron cuando habitaba la buhardilla en que dice usted que vivió
también de Arthez, aquella en cuya ventana se ve una cuerda cargada de
ropa y un tiesto. Mis comienzos fueron tan rudos, mi querido Bianchon, que
puedo disputar á cualquiera la palma de los sufrimientos parisienses, lo he
soportado todo: hambre, sed, falta de dinero, de trajes, de calzado y de
ropa interior, todo lo que la miseria tiene de más rudo. He soplado muchas
veces mis dedos entumecidos, en ese foco de grandes hombres que quisiera
visitar de nuevo en compañía de usted. He trabajado durante un invierno
viendo humear mi cabeza y distinguiendo el aire de mi transpiración, como
distinguimos el aliento de los caballos en un día de helada. Hoy me parece
imposible que yo ni nadie pudiese soportar semejante vida. Estaba solo, sin
recursos, sin un céntimo para comprar los libros y los gastos de mi
educación médica, y sin tener un amigo, pues mi carácter irascible, sombrío
é inquieto, me perjudicaba mucho. Nadie quería ver en mis irritaciones la
miseria y el trabajo del hombre que, desde el fondo del estado social en que
nace, lucha para llegar á la superficie. Pero á usted, ante quien no necesito
fingir, puedo decirle que yo tenía esa suma de buenos sentimientos y de
viva sensibilidad que ha de ser siempre el patrimonio de los hombres
bastante fuertes para llegar á una cima cualquiera, después de haber
frecuentado largo tiempo los pantanos de la miseria. Yo no podía sacar de
mi familia y de mi país nada más que la insuficiente pensión que me
proporcionaba. En fin, en aquella época, comía por la mañana, ensopado en
leche, un panecillo que el panadero de la calle de Petit-Lyon me vendía más
barato, porque era de la víspera ó de la antevíspera, y de esa manera mi
almuerzo no me costaba más que diez céntimos. Un día sí y otro no, iba á
comer á una posada donde la comida costaba ochenta céntimos; así es que
no gastaba en comer más que dos reales diarios. Usted sabe tan bien como
yo el cuidado que hay que tener cuando se está en esa situación, del
calzado y de la ropa. Yo no sé si más tarde llega uno á experimentar tanta
pena al ver la traición de un amigo, como el que hemos experimentado, lo
mismo usted que yo, al ver la burlona mueca de un zapato que se rasga, ó
al oír que se desgarra la costura de una levita. No bebía más que agua, y
los cafés me inspiraban el mayor respeto. Zoppi me parecía una tierra de
promisión, donde sólo tenían derecho á entrar los lúculos de país latino.
¿Podría nunca, me decía yo á veces, tomar ahí una taza de café con crema
y jugar una partida de dominó? Y procuraba emplear en mis trabajos la
rabia que me inspiraba mi miseria, y procuraba acaparar conocimientos
positivos, á fin de tener un inmenso valor personal para merecer la plaza á
que había de llegar el día en que saliera de la nada. Consumía más aceite
que pan. La luz que me alumbraba durante aquellas noches obstinadas me
costaba más cara que el alimento. Aquel duelo fue largo, obstinado y sin
consuelo. Yo no despertaba ninguna simpatía en torno mío. Para tener
amigos, es preciso juntarse con gente joven y poseer algún dinero para
poder presentarse en aquellos lugares adonde van los estudiantes. Yo no
tenía nada, y nadie en París llega á figurarse nunca que nada pueda ser
nada. Cuando se trataba, de descubrir mis miserias, experimentaba en la
garganta esa contracción nerviosa que hace creer á los enfermos que les
sube una bala del esófago á la laringe. Más tarde he encontrado gentes
ricas que, no habiendo carecido nunca de nada, no conocen el problema de
esta regla de tres: Un joven ES al crimen como una moneda de cinco
pesetas ES á x. Esos afortunados imbéciles me dicen á veces: «Pero ¿por
qué contraía usted deudas? ¿Por qué se creaba obligaciones onerosas?»
Cuando les oigo, me hacen el efecto de aquella princesa que, sabiendo que
el pueblo se moría de hambre, decía: «¿Por qué no compran tortas?» Sí,
quisiera ver a uno de esos ricos que se quejan de que les cobro demasiado
caro por operarles, quisiera verlo, repito solo en París, sin dinero, sin casa,
sin amigos y sin crédito, y obligado á trabajar con sus cinco dedos para
vivir. ¿Qué haría? ¿Adonde iría á aplacar su hambre? Bianchon, si alguna
vez me ha visto usted grosero y duro, es porque recordaba mis dolores y la
insensibilidad y el egoísmo de que me han dado prueba mil veces las
esferas elevadas, ó bien porque pensaba en los obstáculos que el odio, la
envidia, los celos y la calumnia levantaron entre mí y el éxito. En París, hay
gentes que cuando le ven á uno con el pie en el estribo, los unos le tiran del
faldón de la levita, los otros sueltan la hebilla de la cincha para que se
rompa uno la cabeza al caer; aquél deshierra el caballo, el otro le roba el
látigo; el menos traidor es el que se aproxima á él de frente para soltarle un
pistoletazo á boca de jarro. Hijo querido, usted tiene bastante talento para
conocer pronto las batallas que las medianías libran al hombre superior. Si
pierde usted veinticinco luises una noche, al día siguiente será usted
acusado de ser un jugador, y sus mejores amigos dirán que ha perdido
usted la víspera veinticinco mil francos. Si tiene usted dolor de cabeza,
pasará por loco; si tiene usted vivacidad, pasará por insociable. Si, para
resistir á ese batallón de pigmeos, se arma usted de fuerzas superiores, sus
mejores amigos exclamaran que quiere usted devorarlo todo y que tiene
usted la pretensión de dominar y de tiranizar á todo el mundo. En una
palabra, sus cualidades se convertirán en defectos, y sus defectos pasarán á
ser vicios, y sus virtudes crímenes. Si no ha salvado usted á alguno, dirán
que lo ha matado; si el enfermo mejora y continúa siendo su cliente, dirán
que ha procurado usted asegurar el presente á expensas del porvenir, y que
si no ha muerto, morirá. Si tropieza usted en algo, dirán que se ha caído.
Invente usted cualquier cosa y reclame sus derechos, y será usted calificado
de hombre tacaño y astuto que no quiere dar salida al elemento joven. De
modo que, querido mío, si no creo en Dios, creo menos en los hombres. ¿No
ve usted en mí un Desplein completamente diferente del Desplein que todo
el mundo critica? Pero no recordemos aquel montón de miserias. Como
decía: habitaba en esta casa, trabajaba noche y día para sufrir mi primer
examen y no tenía un céntimo. Había llegado á uno de esos extremos
últimos en que un hombre se dice: «¡Sentaré plaza de soldado!» Sólo me
quedaba una esperanza: esperaba de mi país un baúl lleno de ropa, regalo
de una de esas tías ancianas que, desconociendo en absoluto lo que es
París, sólo piensan en las camisas, imaginándose que con treinta francos al
mes, su sobrino debe estar como un príncipe. El baúl llegó mientras yo
estaba en el colegio; ¡el porte había costado cuarenta francos! que habían
sido pagados por el portero, zapatero alemán que vivía en la buhardilla y en
cuyo poder se hallaba aquel. Me paseé por la calle de los Possés-SaintGermain-
des-Prés, y por la calle de la Escuela de Medicina, sin poder
inventar una estrategia que me pusiese en posesión del baúl, sin necesidad
de pagar los cuarenta francos, que yo me hubiera apresurado á entregar,
como es natural, después de haber vendido la ropa; pero mi estupidez me
hizo comprender que yo sólo servía para cirujano. Querido mío, las almas
delicadas, cuya fuerza se ejerce en una esfera elevada, carecen de ese
espíritu de intriga fértil en recursos y combinaciones; su genio es la
casualidad; no busca, encuentra. Por fin, llegada la noche, me decidí á
volver á casa en el momento en que entraba mi vecino, aguador llamado
Bourgeat, natural de Saint-Fleur. Este hombre y yo nos conocíamos como
se conocen dos inquilinos que tienen sus habitaciones contiguas, que se
oyen en el dormir, toser y vestirse, y que acaban por acostumbrarse el uno
al otro. Mi vecino me comunicó que el propietario, al que debía yo tres
meses, me había despedido, y que tendría que desalojar al día siguiente. A
él también le había hecho lo mismo, á causa de su profesión. Pasé la noche
más dolorosa de mi vida.
—¿Dónde buscar un hombre para que trasladase mis cuatro trastos y
mis libros? ¿Cómo pagar al mozo de cuerda y al portero? ¿A dónde ir?
Con lágrimas en los ojos me repetía yo estas preguntas insolubles,
como se repiten los locos sus refranes. Por fin, me dormí. La miseria tiene
para sí un reposo divino lleno de hermosos sueños. Al día siguiente por la
mañana, en el momento en que comía mi escudilla de pan ensopado en
leche, Bourgeat entra y me dice bruscamente:
—Señor estudiante, yo soy un pobre hombre hospiciano del hospital
de Saint Fleur, sin padre ni madre, y no soy bastante rico para poder
casarme. Usted no es tampoco fértil en parientes ni cuenta con lo que yo
cuento. Escuche usted, yo tengo abajo un carrito de mano que he alquilado
á diez céntimos la hora, y éste carrito puede llevar todos nuestros
cachivaches; si usted no tiene inconveniente, y puesto que nos arrojan de
aquí, podemos buscar un cuarto para vivir juntos; ¡qué demonio! después
de todo, este cuarto no tiene nada del paraíso terrestre.
—Ya lo sé, mi buen Bourgeat,—le dije,—pero me encuentro muy
apurado porque tengo abajo un baúl que contiene más de cien escudos de
ropa, con cuyo importe podría pagar al propietario y lo que le debo al
portero, y como no tengo un céntimo, no voy á poder sacarlo.
—¡Bah! aun me quedan á mi algunos cuartos,—me respondió
alegremente Bourgeat enseñándome una bolsa vieja de grasiento cuero.—
No tendrá usted necesidad de vender la ropa.
Bourgeat pagó los tres meses que yo debía y el suyo, y abonó al
portero la cuenta. Después, colocó nuestros muebles en el carrito y lo
arrastró por las calles deteniéndose delante de las casas en que había pisos
para alquilar. Yo le acompañaba y subía á los pisos para ver si el local nos
convenía. A las doce aun errábamos por el barrio latino sin haber
encontrado nada. El precio era un gran obstáculo; Bourgeat me propuso
que fuésemos á comer á casa de un vinatero, á cuya puerta dejamos el
carrito. A eso del obscurecer encontramos en el patio de Rohan, en el
pasaje del Comercio, una buhardilla con dos cuartos separados por la
escalera, que sólo costaba ciento veinte francos al año, y con esto henos ya
trasladados á mi humilde amigo y á mí. Comimos juntos. Bourgeat, que
ganaba unos diez reales diarios, poseía ya unos cincuenta duros, y estaba
muy próximo á poder realizar su ambición, que era comprar un tonel y un
caballo. Al saber mi situación, pues me fue sacando los secretos con un tino
y una delicadeza cuyo recuerdo conserva aún hoy mi corazón, renunció por
algún tiempo á la ambición de toda su vida: Bourgeat era aguador hacía
veintidós años, y sacrificó sus cien escudos por mi porvenir.
Esto diciendo, Desplein oprimió violentamente el brazo á Bianchon.
—Me dio el dinero necesario para mis exámenes. Aquel hombre,
amigo mío, comprendió que yo tenía un porvenir y que las necesidades de
mi inteligencia eran más importantes que las suyas. Se ocupó de mí, me
llamaba su hijo, me prestó el dinero necesario para comprar los libros é iba
de vez en cuando de puntillas á verme trabajar; en fin, sus cuidados
verdaderamente paternales llegaron hasta á obligarme á substituir el
alimento insuficiente y malo á que estaba condenado, por un alimento sano
y abundante. Bourgeat, hombre de unos cuarenta años, tenía cara de
aldeano de la edad media, una frente bombeada y una cabeza que un pintor
hubiera podido tomar como modelo para un licurgo. El pobre hombre sentía
en su corazón hambre de afectos, y no había sido amado nunca más que
por un perro, que había muerto hacía poco, y del cual me hablaba siempre,
preguntándome si creía yo que la Iglesia consentiría en decir misa por el
descanso de su alma. Según decía él, su perro era un verdadero cristiano,
que le había acompañado durante doce años á la iglesia, sin que nunca
hubiese ladrado, que escuchaba los órganos sin aullar y que permanecía
acurrucado á su lado en una actitud que le hacía creer que rogaba con él.
Aquel hombre fijó en mí todo su afecto, me aceptó como un ser solo y
desgraciado, y pasó á ser para mí la madre más atenta, un bienhechor
delicado y, en una palabra, el ideal de esa virtud que se complace en su
obra. Cuando lo encontraba en la calle, me dirigía una mirada de
inteligencia llena de inconcebible nobleza, procuraba andar con ligereza,
como si no le molestase la carga de agua que soportaba y se consideraba
feliz al verme robusto y bien vestido. En una palabra, tuvo para mí la
abnegación de un padre y el amor de madre. Bourgeat me hacía los
recados, me despertaba por la noche á las horas convenidas, limpiaba mi
quinqué y fregaba el descansillo de nuestra escalera: limpio como una
inglesa, era tan buen criado como buen padre. El cocinaba, serraba como
Philopémen la leña y comunicaba á todas sus acciones una gran sencillez,
conservando siempre su dignidad, pues parecía comprender que el objeto lo
ennoblecía todo. Cuando me separé de aquel buen hombre para entrar en el
hospital como interno, experimentó no sé qué dolor al pensar que ya no
podría vivir conmigo; pero se consoló con la perspectiva de reunir el dinero
necesario para los gastos de mi licenciatura y me hizo prometer que iría á
verle los días de salida. Bourgeat estaba orgulloso de mí y me amaba por
mi y por él. Si lee usted el discurso de mi licenciatura, verá que se lo
dediqué á él. El último año que estuve interno en el hospital yo había
ganado el dinero suficiente para devolver lo que le debía á aquel digno
auverniano comprándole un caballo y un tonel. Aquel pobre hombre se puso
furioso al saber que me privaba de mi dinero, y sin embargo estaba
encantado al ver sus intentos realizados; se reía y me reñía al mismo
tiempo; miraba el tonel y el caballo y se enjugaba una lágrima diciéndome:
«¡Mal hecho, mal hecho! ¡Ah! ¡qué tonel más hermoso! Ha hecho usted mal,
¡el caballo es más fuerte que un auverniano!» Nunca he visto nada tan
conmovedor como aquella escena. Bourgeat se empeñó en comprarme
aquel estuche, con adornos de plata que habrá usted visto en mi despacho
y que es la cosa más preciada que poseo. Aunque se embriagaba con mis
propios éxitos, nunca se le escapó la menor palabra ni el menor gesto que
quisiesen decir: «¡Gracias á mí se ha distinguido este hombre!» Y sin
embargo, sin él, nada más cierto que la miseria me hubiese matado. El
pobre hombre se había sacrificado por mí y no había comido más que pan
frotado con ajo, á fin de que yo tuviese el café necesario para poder velar.
Una vez cayó enfermo, y como usted puede imaginarse, yo pasé las noches
á su cabecera y logré salvarlo; pero dos años después tuvo una recaída, y,
á pesar de los cuidados más asiduos, á pesar de los esfuerzos más grandes
de la ciencia, murió. Jamás rey alguno estuvo mejor cuidado que él. Sí,
Bianchon, para arrancar aquella vida á la muerte, hice cosas inauditas.
Quería prolongar su vida para que fuese testigo de su obra, para realizar
todos sus deseos, para satisfacer el único afecto que me llenó el corazón,
para dar expansión á un cariño que, aun hoy ocupa por entero mi alma.
Bourgeat,—repuso Desplein, después de una pausa, visiblemente
emocionado,—Bourgeat que fue mi segundo padre, murió en mis brazos
dejándome todo lo que poseía mediante un testamento que había hecho en
casa de un escribano público y que llevaba la fecha del año en que
habíamos ido á vivir juntos al patio de Rohan. Aquel hombre tenía la fe del
carbonero y amaba á la Santa Virgen como hubiera amado á su mujer.
Católico ardiente, no había dicho nunca una palabra acerca de mi
incredulidad. Cuando estuvo en peligro, me rogó que procurase que no le
faltasen nunca los auxilios de la Iglesia. Yo hice decir todos los días una
misa por él. Muchas veces, durante la noche, me comunicaba sus temores
acerca de su porvenir, pues temía no haber vivido bastante santamente.
¡Pobre hombre! ¡Trabajaba de la mañana á la noche como un negro! ¿A
quién sino á él pertenece el cielo si es que hay un cielo? Recibió los
Sacramentos como un santo que era y su muerte fue digna de su vida. Yo
fui el único que le acompañé al cementerio. Cuando vi ya bajo tierra a mi
único bienhechor, empecé á discurrir el medio de mostrarle mi
agradecimiento; aquel hombre no tenía familia, ni amigos, ni mujer, ni
hijos, tenía una convicción religiosa; ¿podía yo de algún modo discutírsela?
El pobre me había hablado tímidamente de las misas que se decían por el
descanso de los muertos, pero no quería imponerme este deber pensando
que aquello equivaldría á querer cobrar los favores que me había hecho.
Tan pronto como pude establecer una fundación, di en San Sulpicio la suma
necesaria para que se dijesen cuatro misas al año. Como que la única cosa
que puedo ofrecer á Bourgeat es la satisfacción de sus piadosos deseos, el
día que se dice esa misa, ó sea, el principio de cada estación, voy á oirla en
su nombre y recito por él las consiguientes oraciones. Yo digo con la
buena fe del escéptico: «¡Dios mío, si existe una esfera donde colocas
después de su muerte á aquellos que han sido perfectos, piensa en el buen
Bourgeat; y si es necesario sufrir por él, dame á mí más sufrimientos, á fin
de hacerle entrar más pronto en ese lugar que se llama cielo.» He aquí,
querido mío, lo único que puede permitirse un hombre de mis creencias.
Dios debe ser un buen diablo y seguramente que no me guarda por ellas
ningún rencor. Se lo juro á usted, daría toda mi fortuna por que las
creencias de Bourgeat pudiesen penetrar en mi cerebro.
Bianchon, que cuidó á Desplein en su última enfermedad, no se
atreve á afirmar hoy que el ilustre cirujano haya muerto ateo. ¿No tendrán
especial complacencia los creyentes en pensar que el humilde auverniano
haya ido á abrirle la puerta del cielo como le abrió antes la puerta del
templo terrestre, en cuyo frontispicio se lee: A los grandes hombres, la
patria agradecida?
París, enero de 1856.

domingo, 8 de noviembre de 2009

LA MUERTE ENAMORADA


LA MUERTE
ENAMORADA
(Clarimonda)
Théophile Gautier

-
Padre, tiene curiosidad por saber si yo nunca he gustado el amor: pues bien, sí. La
mía es una historia singular y terrible y, aunque tenga ahora setenta años, soy siempre
harto reacio a la idea de remover las cenizas de semejante recuerdo. Pero a usted no
quiero rehusarle nada: en todo caso, nunca haría un relato de este género a un alma
menos experta que la suya.
Se trata de sucesos tan extraños, que casi no me arriesgo a creer que me hayan
ocurrido verdaderamente. El hecho es que me he encontrado, por algo más de tres años,
a merced de una ilusión diabólica. Yo, pobre sacerdote de campaña, he llevado todas las
noches en sueño (¡quiera Dios que sólo haya sido un sueño) una vida de Sardanápalo.
Me bastó echar una sola mirada, tal vez un tanto complacido, sobre una criatura de sexo
femenino, para casi llevar mi alma a la pérdida; pero por fortuna, al fin, con la ayuda de
Dios y de mi santo patrono, logré expulsar al espíritu maligno que me poseía. Mi
existencia, en cierto momento, se había complicado con una vida nocturna
suplementaria y en completo contraste con la otra.
Durante el día, era un cura casto, enteramente ocupado en plegarias y cosas santas;
pero de noche, apenas cerraba los ojos, me transformaba en un joven señor, fino
conocedor de mujeres, perros y caballos, jugador de dados, bebedor, blasfemo; y
cuando, al alba, me despertaba, la impresión que experimentaba era antes bien la de
estar entonces durmiendo y soñar que hacía de sacerdote. De esa vida de sonámbulo me
ha quedado el recuerdo desgraciadamente indeleble de palabras y objetos que nunca
debí haber visto; y, aunque jamás haya salido de las paredes de mi presbiterio, se diría,
sintiéndome hablar, que yo fuera en cambio un hombre corrido que, después de haber
aprovechado de todos los placeres que ofrece el mundo, se ha acercado a la religión para
concluir en el seno de Dios su jornada demasiado turbulenta, y no el humilde
seminarista que fui en realidad, envejecido luego en una parroquia ignorada por la
mayoría, perdida en el fondo de un bosque donde nunca tuve ocasión de relacionarme
con las cosas del siglo.
Sí, he amado como quizá nadie en el mundo ha amado jamás, con un amor furioso,
de tal modo violento, hasta maravillarme yo mismo de que mi corazón no haya
reventado nunca, con tensión semejante. ¡Ah! ¡Qué noches! ¡Qué noches!
La vocación de hacerme sacerdote la había sentido desde la más tierna infancia,
por lo que todos mis estudios fueron orientados a ese fin, y mi vida, hasta los
veinticuatro años, no fue sino un largo noviciado.
Concluidos los estudios de teología y pasados todos los grados menores, mis
superiores me consideraron digno, a pesar de mi extrema juventud, de trasponer el
último y más temible umbral. Quedó establecido que yo sería ordenado sacerdote
durante la semana de Pascua.
Hasta entonces nunca había estado fuera del recinto que comprendía colegio y
seminario: sabía vagamente que existía algo que respondía al nombre de "mujer", pero
nunca detuve mi pensamiento en aquello: era de una inocencia perfecta.
No lamentaba nada, y no sentía, por eso, la menor vacilación ante el compromiso
irrevocable que estaba por contraer: me sentía lleno de regocijo e impaciencia. Creo que
nunca novio alguno ha contado las horas que le separan de las bodas con ardor más
febril que el mío: no podía siquiera dormir, excitado por la idea de que podría decir
misa. Ser sacerdote: no concebía nada más bello en el mundo: hubiera rehusado
convertirme en rey o poeta.
Llegado el gran día, me dirigí hacia la iglesia con paso tan ligero, que me parecía
tener alas en las espaldas. Me creía semejante a un ángel, y me extrañaba el rostro
sombrío y preocupado de mis compañeros: porque éramos muchos los que debíamos
recibir las órdenes. Había pasado la noche en plegaria, y me encontraba en un estado de
exaltación lindante con el éxtasis. El obispo, anciano venerable, me parecía Dios, en
actitud de contemplar su propia eternidad. A través de las bóvedas del templo entreveía
el cielo.
Usted, hermano, conoce todos los detalles de la ceremonia: bendición, comunión,
unción de la palma de las manos con el aceite de los catecúmenos, para terminar con el
santo sacrificio, que se ofrece al unísono con el obispo.
¡Oh, cuánta razón tenía Job! ¡Cuán imprudente es no hacer un pacto anticipado con
los propios ojos! Por azar, levanté de pronto la cabeza y, de golpe, vi ante mí, tan
cercana que hubiera podido tocarla (aun cuando, en realidad, estuviera más bien lejos),
una joven mujer de rara belleza, vestida como una reina. Fue como si me cayeran
escamas de los ojos: experimenté la sensación de un ciego, que recobra de improviso la
vista.
El obispo, tan esplendoroso hasta ese momento, se apagó inmediatamente, los
cirios empalidecieron en sus candelabros de oro, como las estrellas al sobrevenir la
mañana, y en toda la iglesia se hizo una tiniebla completa.
La fascinadora criatura se destacaba de aquel escenario de sombra como una
revelación divina: parecía que se iluminara por sí sola, y que ella misma fuera una
fuente de luz.
Bajé los párpados, decidido a no levantarlos nunca más, para sustraerme a toda
sugestión que pudiera provenir del exterior; porque, en realidad, me sentía siempre más
desviado y sabía siempre menos lo que debía hacer.
Un minuto después, reabrí los ojos, porque, aun a través de las pestañas, la veía
brillar en una penumbra enrojecida, como si estuviera mirando el sol.
¡Oh, cuán bella era! Los más grandes pintores, aun cuando tratan de hacer el
retrato de la Virgen, y buscan por eso representar un tipo ideal de belleza, no se acercan
ni siquiera lejanamente a aquella fabulosa realidad. Ninguna paleta de pintor, ningún
verso de poeta podría dar idea de ella. Yo no sé aún si la llama que la iluminaba
procedía del cielo o del infierno, pero, de seguro, llegaba del uno ni del otro.
A medida que la observaba, sentía abrirse en mí puertas de las que hasta entonces
no sospechaba ni siquiera su posibilidad, y la vida se me aparecía bajo una luz asaz
diversa. Era como si naciera a una nueva existencia, a otro orden de ideas. Una
espantosa angustia me oprimía el corazón, y cada minuto que pasaba me parecía al
mismo tiempo un segundo y un siglo. La ceremonia, sea como fuere, proseguía, y me
transportaba siempre más lejos de aquel mundo, cuya entrada asediaban furiosamente
mis deseos recién nacidos. No obstante, en el momento fatal dije "sí". Hubiera querido
decir "no", todo en mí se rebelaba y protestaba contra la violencia que mi lengua le
estaba haciendo a mi alma: una fuerza oculta me arrancaba las palabras de la garganta, a
pesar mío. Algo igual debe acontecerle a las muchas niñas que van al altar con la firme
resolución de rechazar el esposo que les ha sido impuesto de penosamente: llegado el
momento, ninguna realiza su propósito. Algo igual debe acontecerle a todas las pobres
novicias que terminan tomando el velo, aun cuando estuvieran muy decididas a
desgarrarlo en pedazos en el momento de los votos. No se osa hacer estallar escándalo
semejante en presencia de todos, ni decepcionar la expectativa de tantas excelentes
personas. Se adivina, tejida y concentrada en vuestra respuesta, toda la voluntad de
cada uno de los presentes: sus miradas fijas oprimen como una capa de plomo. Y
además cada cosa se halla tan perfectamente preparada, todo se halla tan bien dispuesto
por anticipado, y parece tan evidentemente irrevocable, que cualquier reacción personal
sucumbe bajo aquel peso enorme y no puede sino ceder definitivamente.
La mirada de la bella desconocida mudaba gradualmente de expresión, a medida
que la ceremonia continuaba. Al principio tierna y acariciadora, se teñía más y más de
una suerte de desdén y desaprobación, como expresando descontento por no haber sido
escuchada.
Hice un esfuerzo, que en sí hubiera sido suficiente para mover una montaña,
tratando de expresar en un grito mi voluntad de no hacerme sacerdote. Pero nada logré.
La lengua estaba pegada al paladar, y me fue imposible traducir mi intención con el más
insignificante gesto negativo.
Me encontraba, aunque despierto, en una suerte de pesadilla.
Ella pareció sensible al martirio que yo estaba sufriendo y, como si quisiera
alentarme, me lanzó una mirada llena de divinas promesas. Sus ojos eran un poema, de
los que cada mirada constituía una canción.
Era como si me dijera:
"Si quisieras ser mío, yo te haría ciertamente más feliz que cuanto puede hacerte
Dios en el Paraíso; los ángeles se sentirían envidiosos. Desgarra ese sudario fúnebre, con
el que están por cubrirte: yo soy la belleza, la juventud, la vida. Ven a mí: juntos seremos
el amor. Nuestra existencia transcurrirá como un sueño, y será sólo un largo, eterno
beso. Tira por tierra el vino del cáliz que te ofrecen, y serás libre. Yo te guiaré hacia islas
desconocidas: dormirás sobre mi seno, en un lecho de oro macizo, bajo un baldaquín de
plata, porque te amo, y quiero arrebatarte a Dios, hacia el cual tantos nobles corazones
derraman inútilmente torrentes de amor, que ni siquiera llegan hasta él".
Me parecía sentir estas palabras acompañadas por una música de infinita dulzura,
porque su mirar tenía algo de sonoro, y las frases que sus bellísimos ojos me transmitían
resonaban en lo profundo de mi corazón como si una boca invisible me las soplara en el
alma. Me sentía muy dispuesto a renunciar a Dios, pero entretanto continuaba
maquinalmente cumpliendo todas las formalidades del rito. La hermosa me echó una
mirada tan suplicante como desesperada que fue como si aguzadas hojas traspasaran mi
corazón.
Pero ahora estaba hecho: era sacerdote.
Creo que nunca rostro humano supo expresar angustia más desgarradora: la
muchacha que ve caer a su lado al prometido, fulminado de improviso por un síncope,
la madre que encuentra vacía la cuna de su niño, el avaro que encuentra una piedra en
el sitio de su tesoro, el poeta que ha dejado caer en el fuego la única copia del
manuscrito de su obra más importante, no tienen ciertamente una expresión más
desolada e inconsolable. Púsose blanca como el mármol, los bellísimos brazos se le
cayeron a lo largo del cuerpo. Apoyóse en un pilar, como si las piernas ya no pudieran
sostenerla. En cuanto a mí, estaba lívido, la frente bañada de sudor más ardiente que el
del Calvario. Me dirigí vacilante hacia la puerta de la iglesia, me sofocaba; las bóvedas
me parecían aplastar mis espaldas: me sentía como si debiera sostener yo solo el peso
íntegro de la cúpula.
Estaba por trasponer el umbral cuando una mano aferró bruscamente la mías: ¡una
mano de mujer! No la había tocado nunca: era fría como la piel de una serpiente, y sin
embargo me dejó una sensación ardorosa como la marca de un hierro candente. Era
ciertamente ella. "¡Desdichado! ¡Qué has hecho!", me susurró. Luego, desapareció entre
el gentío.
Pasó ante mí el viejo obispo. Me escrutó con aire severo. En efecto, mi continente
debía parecer harto extraño: palidecía y enrojecía de continuo, y sin razón aparente, la
cabeza me daba vueltas. Uno de mis compañeros tuvo piedad de mi estado, y se tomó la
molestia de acompañarme de nuevo: solo, no hubiera encontrado ciertamente el camino
del seminario. A la vuelta de una callejuela, mientras mi compañero miraba a otro lado,
un pajecito negro, extrañamente vestido, se me acercó y, sin detenerse, me entregó una
pequeña cartera preciosamente historiada, haciéndome seña de que la ocultara. La
deslicé en la manga, y no la saqué sino cuando me volví a encontrar a solas en mi celda.
Hice saltar la manilla: dentro había nada más que dos hojitas de papel con estas
palabras: "Clarimonda, palacio Concini". Estaba tan poco informado, en esa época, de las
cosas del mundo, que nada sabía de Clarimonda, si bien a la redonda se hablase mucho
de ella, y además ignoraba por completo donde estaba el palacio Concini. Hice mil
conjeturas, una más desaforada que la otra, pero, en verdad, lo que contaba para mí era
lograr volver a verla, y le daba muy poca me importancia a lo que ella fuera, gran dama
o cortesana.
Aquel amor recién nacido se había arraigado de manera indestructible, y ni
siquiera pensé en la posibilidad de arrancarlo. Esa mujer me dominaba ahora
completamente, con una solo mirada había hecho de mí otro hombre, besaba mi mano
en el sitio en que ella la había rozado; horas enteras repetía su nombre. No debía hacer
más que cerrar los ojos para verla tan claramente como si en realidad estuviera presente,
y me repetía de continuo las palabras que ella pronunciara en la puerta de la iglesia:
"Desdichado, ¿qué has hecho?". Me daba cuenta del horror de mi situación y todos
los aspectos más tristes de mi estado se me descubrían con nitidez; ¡ser sacerdote quería
decir permanecer casto, no hacer el amor, no cuidarse nunca del sexo ni de la edad,
apartar los ojos de toda belleza, comportarse como un ciego, arrastrarse siempre en la
sombra gélida de un claustro o de una iglesia, no tener contactos sino con moribundos,
velar cadáveres de desconocidos, y llevar siempre luto con esa sotana negra que, sin
ningún cambio, podría servir muy bien además como sudario para envolverse en el
ataúd!
¿Cómo hacer para ver nuevamente a Clarimonda? No hallaba ningún pretexto
para salir del seminario, pues que no tenía amistades en la ciudad.
Además, ni siquiera debía quedarme en esos lugares, antes esperaba que me
destinaran a una parroquia. Intentaba arrancar las barras de mi ventana, pero estaba a
una altura impresionante, y además no tenía una escala de cuerdas, por consiguiente era
inútil pensar en ello. Por otra parte, sólo hubiera podido bajar de noche, ¿y cómo habría
podido salir de apuros en el dédalo de calles, que apenas conocía? Todas estas
dificultades, que para otro tal vez hubieran sido insignificantes, parecían insalvables al
mísero seminarista, recién nacido al amor, sin experiencia, sin dinero y sin ropas.
¡Ah! Si no hubiera sido sacerdote, habría podido verla todos los días; habría sido
su amante, su esposo, me decía, enceguecido como estaba, y, en vez de encontrarme
aquí envuelto en este siniestro sudario, llevaría ropas de seda y velludo, cadena de oro,
espada y plumas, como todos los perfectos caballeros. Mis cabellos, en vez de recibir la
humillación de una ancha tonsura, se ondularían alrededor de mi cuello en un
movimiento de rizos. Tendría hermosos bigotes untados, sería un galán. En cambio, una
sola horita pasada ante un altar, alguna media palabra articulada de mala gana, habían
bastado para sacarme completamente del número de los vivos: ¡yo mismo había
construido mi tumba, yo mismo había echado el cerrojo de mi prisión! Me asomé a la
ventana: el cielo estaba maravillosamente azul, los árboles se habían puesto sus ropajes
primaverales, la naturaleza resplandecía con un gozo que me parecía irónico. La plaza
del lugar estaba llena de gente que iba y venía. Jóvenes parejas se dirigían, abrazadas,
hacia la sombra de los jardines y los emparrados. Pasaban algunas comitivas, entre
cantos y estribillos de bebedores: tal movimiento, el ímpetu y la alegría general, hacían
resaltar aún más lastimosamente mi lucha y mi soledad. No pude soportar ese
espectáculo, cerré la ventana y me arrojé en la cama, lleno el corazón de odio y celos
irrefrenables, mordiendo mis dedos y el cobertor, como haría una tigresa con hambre de
tres días.
No sé cuánto tiempo estuve así; pero mientras me revolvía en la cama con rabioso
espasmo, vi de pronto al abad Serapion inmóvil en medio de la habitación,
estudiándome atentamente. Tuve vergüenza de mí mismo y, dejando caer la cabeza
sobre el pecho, me tapé los ojos con las manos.
"Romualdo, amigo mío, te está ocurriendo algo anormal", me dijo apaciblemente
Serapion, luego de unos minutos de silencio. "Tu conducta es en verdad inexplicable. Un
ser pío, tranquilo y dulce como tú se agita en su celda como una fiera. Cuídate,
hermano, de no escuchar las sugestiones del diablo, porque el espíritu maligno, irritado
por saberte desde ahora consagrado al Señor, te ronda y hace el último esfuerzo por
atraerte hacia él. En vez de dejarte abatir, querido Romualdo, hazte una hermosa coraza
de plegarias y mortificaciones, y combate con fuerza a tu enemigo: sólo así vencerás. La
prueba es necesaria a la virtud. Las almas más aguerridas han padecido momentos
semejantes. Reza, medita, ayuna: el espíritu maligno se batirá en retirada".
El discurso del abad Serapion me ayudó a volver a encontrarme a mí mismo, y a
restituirme un poco de calma.
"Venía a anunciarte tu nominación en la parroquia de C. Ha muerto el sacerdote
que la tenía hasta ahora, y el obispo te ha designado para sucederle. Encuéntrate listo
mañana."
Asentí con un movimiento de cabeza, y el abad me dejó de nuevo solo.
Abrí el misal y comencé a leer una plegaria, pero las palabras se me confundían
ante los ojos, y el libro se me deslizó de la mano sin que yo hiciera nada para retenerlo.
¡Partir mañana, sin haberla visto de nuevo! Agregar una ulterior imposibilidad a
todas las que ya se interponían entre nosotros. Perder para siempre la esperanza de
encontrarla, de no ser por milagro. ¿Y si le escribiera? ¿A quién jamás podía confiarme,
vestido como lo estaba de los sacros paramentos? Experimenté una angustia indecible.
Me volvió a la mente lo que el abad había dicho de los ardides del diablo, lo raro de toda
la aventura, la belleza sobrenatural de Clarimonda, el resplandor fosforescente de sus
ojos, el tacto ardiente de sus manos, la turbación en que me sumiera, la transfiguración
que en mí se había operado, mi devoción que se deshiciera en un instante, todo probaba
con claridad la presencia de Satanás y acaso aquella sedeña mano no fuese sino el
guante que recubría su garra. Estos pensamientos me provocaron un inmenso terror:
recogí el misal, y torné a orar.
Al día siguiente, Serapion vino a buscarme. Dos mulas aguardaban en la puerta,
con nuestros escasos bagajes. Recorriendo las calles de la ciudad, escrutaba
ansiosamente cada ventana, para ver si en ella aparecía Clarimonda, pero todavía era
muy temprano, y la ciudad no había abierto aún los ojos. Mi mirada trataba de penetrar
más allá de los cortinados que cubrían las ventanas de los palacios a lo largo de nuestro
camino.
Serapion debía sin duda atribuir este interés mío a la admiración por la elegante
arquitectura de aquellos lugares, porque demoraba el paso de su cabalgadura para
darme tiempo de ver todas las cosas.
Llegamos, al fin, a las puertas de la ciudad, y comenzamos a ascender la colina.
Desde la cima, me volví una última vez para ver de nuevo los lugares en que vivía
Clarimonda. La sombra de una nube cubría toda la ciudad. Los techos azules y rojos
estaban dispersos en una media tinta general, sobre la que flotaban, con blancos copos
de espuma, los humos de la mañana. Por un singular efecto óptico resaltaba, dorado por
el único rayo de luz un edificio que sobrepasaba en altura a todas las construcciones
cercanas, inmersas en la niebla y, aunque se encontraba en realidad a más de una legua
de nosotros, me parecía muy próximo, y podía distinguir todos sus detalles.
"¿Cuál es aquel palacio iluminado por el sol?", pregunté a Serapion. Se resguardó
de la luz con la mano y me contestó: "Es el antiguo palacio que el príncipe Concini ha
regalado a la cortesana Clarimonda. Parece que es teatro de orgías monstruosas".
Justamente en aquel instante, fuese realidad o ilusión, me pareció advertir en la
terraza una clara pequeña figura que resplandeció un segundo y en seguida se apagó.
¡Era Clarimonda! ¿Sabía acaso que en ese mismo momento, desde lo alto de aquel
áspero sendero que me alejaba aún más de ella, yo cubría con los ojos su casa, que un
burlón juego de luces parecía poner al alcance de mi mano, casi invitándome a entrar en
ella como señor? Ciertamente, ella debía saberlo: su alma era demasiado afín a la mía
para no sentir mis propias turbaciones y era de seguro éste el sentimiento que la había
incitado, aun envuelta en sus velos nocturnos, a salir a la terraza, al comenzar la
mañana.
La sombra engulló también el palacio quedándome delante sólo un océano inmóvil
de techos, además de los cuales no se distinguía sino una ondulación montañosa.
Serapion estimuló a su mula, y la mía la siguió. Una curva del sendero quitó para
siempre de mi vista la ciudad de S. a la que no debía ya volver.
Después de tres días de camino, a través de campos asaz desolados, vimos apuntar
el gallo de la cima del campanario de la iglesia donde debía servir. Tras un sendero
tortuoso, rodeado de cabañas y corrales, nos encontramos ante el edificio, que no era de
magnífico. Un vestíbulo ornado con algunas nervaduras y dos o tres pilares de cerámica
groseramente tallados, un techo de tejas y contrafuertes de arenisca igual al de los
pilares, era todo. A la izquierda, el cementerio lleno de hierbas, con una gran cruz de
hierro en el centro. A la derecha, a la sombra de la iglesia, el presbiterio, harto desnudo
y mísero.
Era una casa de extrema sencillez, de una árida dignidad. Entramos.
Algunas gallinas picoteaban sobre la tierra escasos granos de arena.
Acostumbradas aparentemente al negro hábito de los eclesiásticos, en nada se
extrañaron con nuestra presencia, y apenas se molestaron para dejarnos pasar.
Un ladrido flojo y enmohecido se escuchó, y vimos a un perro acercarse.
El animal perteneció a mi predecesor. Tenía la mirada sin brillo, la pelambre gris y
todos los síntomas de la más alta vejez que puede un perro alcanzar. Con ternura lo
acaricié y él también se puso a caminar a mi lado con un aire de inexpresable
satisfacción.
Una mujer, igualmente añosa, y que había sido la gobernanta del viejo cura, vino
con prontitud a nuestro encuentro, y después de haberme hecho entrar en una sala baja,
me preguntó si mi intención era conservarla.
Le respondí que yo la conservaría conmigo, tanto a ella como al perro y, también, a
las gallinas, y a todo el mobiliario que su amo le había dejado a su muerte, lo que la hizo
entrar en un estado de euforia. Por su parte, el abad Serapion pagó de inmediato el
precio que ella pidió.
Arreglada mi estancia, el abad Serapion regresó al seminario. Por tanto, quedé solo
y sin más apoyo que el mío propio. El recuerdo de Clarimonda volvió a obsesionarme y,
a pesar de los esfuerzos que hice por rechazarlo, no siempre lo logré.
Una tarde paseando entre la alameda bordeada de boj del jardincillo, me pareció
ver a través de la enramada una forma femenina que seguía todos mis movimientos, y el
destello entre el follaje de dos iris verdes de mar; pero no era sino una ilusión; y tras
pasar al otro lado de la alameda, no encontré nada más que la huella de un pies sobre la
arena, tan breve que podía confundirse con la del pie de un niño. El jardín estaba
rodeado por muy altas murallas; registré todas las esquinas y rincones, mas no había
nadie. Jamás pude explicarme tales circunstancias que, por lo demás, no fueron nada
comparadas con los extraños acontecimientos que me debían ocurrir.
Así viví más de un año, cumpliendo con exactitud las obligaciones de mi estado.
Rezaba, ayunaba, consolaba y socorría a los enfermos, daba limosna hasta quedarme
sólo con lo que satisficiera mis necesidades fundamentales.
Pero sentía en el fondo de mí una aridez extrema. Y las fuentes de la gracia se
mantuvieron secas para mí. No gozaba de esa satisfacción que otorga el cumplimiento
de una santa misión; mi ideal estaba más lejos, y las palabras de Clarimonda con
frecuencia regresaban a mis labios como un refrán involuntario. ¡Oh, hermano, medita
bien en esto!. Por haber levantado una sola vez la vista hacia una mujer, por una falta
tan ligera en apariencia, padecí durante muchos años la agitación más miserable: mi
vida se vio afectada para siempre.
No me detendré más en esta serie de desafíos y obre estas victorias interiores,
seguidas siempre de las recaídas más profundas, y pasaré de inmediato a una
circunstancia decisiva. Una noche, tocaron con violencia a la puerta. La vieja ama de
llaves fue abrir, y un hombre de piel morena, ricamente vestido, se recortó en el umbral.
Algo en su aspecto atemorizó al principio a la anciana, pero el hombre la tranquilizó y le
dijo que había venido a buscarme para una tarea que incumbía a mi ministerio. Su
dueña, una gran dama, se estaba muriendo, y deseaba un sacerdote. Tomé lo que era
menester para la extremaunción, y me di prisa en seguirle. Ante la puerta resoplaban
impacientes dos caballos negros como la noche y un cándido humo surgía de sus
narinas. El hombre me ayudó a montar en uno de los dos corceles, y saltó sobre el otro.
Apretó las rodillas y dejó libres las bridas de su caballo, que partió como una flecha. El
mío lo siguió, devorando el camino. Veía la tierra desaparecer bajo nosotros, gris y
surcada: los perfiles oscuros de los árboles huían a los costados como un ejército en
derrota. Atravesamos un bosque tan sombrío y gélido que me corrió por la piel un
escalofrío de terror supersticioso. Las centellas, que las herraduras de nuestros caballos
arrancaban a las piedras, formaban tras de nosotros una estela de fuego, y si alguien
hubiera podido vernos a mí y a mi guía en aquella hora de la noche, nos habría tomado
por dos espectros a caballo de un íncubo.
La crin de los dos caballos se enmarañaba siempre más, arroyos de sudor corrían
sobre sus flancos, pero cuando los veía extenuarse, el escudero, para reanimarlos, daba
un grito gutural, que no tenía nada de humano, y la carrera recobraba aun mayor furia.
El paso de nuestras cabalgaduras resonó más estrepitoso sobre un piso ferrado, y
pasamos bajo una siniestra arcada oscura que se abría entre dos inmensas torres. En el
castillo reinaba gran agitación: bandadas de domésticos, antorcha en mano, atravesaban
el patio en todas direcciones, y luces diversas salían y bajaban lentamente. De modo
confuso pude entrever inmensas arquitecturas, arcadas, columnas, rampas, un conjunto
de construcciones digno de un palacio real.
Un pajecillo negro, el mismo que me diera la esquela de Clarimonda y que
reconocí al instante, me ayudó a bajar de la silla, y un mayordomo, vestido de velludo
negro, vino hacia mí. apoyándose en un bastón de marfil. Gruesas lágrimas le corrían de
los ojos sobre la barba blanca.
"¡Demasiado tarde!" , dijo, meneando la cabeza. "Demasiado tarde. Pero si no hizo
a tiempo para salvar el alma, venga al menos a velar su cuerpo."
Me tomó de un brazo, y me condujo a la cámara mortuoria. Yo lloraba tanto como
él, porque había adivinado que la muerta no era otra que mi Clarimonda, tan
desesperadamente amada.
Me arrodillé, sin atreverme a mirar el catafalco que se encontraba en medio de la
estancia, y me puse a recitar los salmos con fervor, agradeciendo a Dios haber puesto
una tumba entro aquella mujer y yo, lo que me permitía citar en mi plegaria su nombre,
ahora santificado. Pero poco a poco mi santo fervor disminuyó y comencé a fantasear.
Aquella cámara no tenía nada de una cámara mortuoria. En vez del aire fétido y
cadaverino que respiraba siempre en tales lugares, un lánguido perfume de esencias
orientales, un no sé cuál afrodisíaco olor de mujer flotaba dulcemente en el aire tibio. La
pálida luz de la estancia parecía más bien una iluminación sabiamente dispuesta para la
voluptuosidad, que el lívido reflejo que de ordinario palpita cerca de un cadáver.
Pensaba en el singular caso que me había hecho encontrar de nuevo a Clarimonda
justamente en el momento en que la perdía por siempre, y un suspiro de pena escapó de
mi pecho.
Me pareció sentir también un suspiro a mis espaldas, y me volví instintivamente.
Era sólo el eco, pero en ese movimiento mis ojos cayeron sobre el catafalco que antes
había tratado de no mirar.
Las colgaduras de damasco purpúreo dejaban ver a la muerta, extendida, con las
manos juntas sobre el pecho. Estaba cubierta de una sábana de lino, de una blancura
deslumbradora, que resaltaba aun más al lado del color sanguíneo de las colgaduras y
tan sutil que no lograba ocultar nada del seductor relieve de su cuerpo. Antes bien se
dijera una estatua de alabastro, o mejor, una joven durmiente sobre quien hubiera caído
la nieve.
No podía contenerme más: aquel aire de alcoba me exaltaba, y yo caminaba a
largos pasos por toda la estancia, parándome continuamente a contemplar la hermosa
difunta, bajo la transparencia del sudario. Extraños pensamientos pasaban por mi
mente. Me imaginaba que no estuviera realmente muerta, y que todo fuese una maña
suya para atraerme al castillo y hablarme de su amor.
Y luego me dije: "¿Será de verdad Clarimonda? ¿Y qué prueba tengo de ello?
El pajecito negro podría haber cambiado de amo. Soy un loco en desesperarme
así". Me aproximé al lecho mortuorio, y miré con intensidad aún mayor la causa de mi
tortura. ¿Debo confesarlo? La perfección de sus formas me turbaba más de lo que fuera
el caso, y ese reposo era tan semejante a un simple sueño que cualquiera habría podido
engañarse.
Olvidé que estaba en ese lugar para un servicio fúnebre, y me creí un esposo por
vez primera en la cámara de la joven mujer que, púdica, se cubre el rostro. Trastornado
por el dolor, arrebatado del gozo, temblando de temor y placer, me incliné hacia ella y
levanté lentamente la punta del sudario, reteniendo la respiración por temor de
despertarla. Era en efecto Clarimonda, como la viera en la iglesia el día en que había
sido ordenado sacerdote: estaba seductora como entonces, y la muerte le agregaba sólo
una coquetería complementaria. Permanecí largamente absorbido en aquella muda
contemplación, y en tanto más la miraba, menos podía convencerme de que la vida
hubiera podido verdaderamente abandonar ese cuerpo estupendo.
Le toqué ligeramente el brazo, estaba frío, pero no más que su mano cuando rozara
la mía bajo el portal de la iglesia. ¡Ah! Qué amargo sentimiento de desesperación y de
impotencia. Qué agonía aquella vigilia. La noche avanzaba y, sintiendo acercarse el
momento de la separación eterna, no pude evitar la triste y suprema dulzura de poner
un tenue beso sobre los labios de aquella que había tenido todo mi amor. ¡Oh prodigio!
Una leve respiración se unió a la mía y los labios de Clarimonda respondieron a la
presión de mi boca: sus ojos se abrieron, recobraron la luz, y ella, suspirando, separó los
brazos y me los echó alrededor del cuello, con un aire de inefable éxtasis.
"Romualdo", me dijo con voz lánguida y dulce, como las vibraciones últimas de un
arpa. "¿Qué haces? Te he esperado tan largamente que me he muerto.
Pero somos prometidos. Podré verte y llegarme hasta ti. Adiós, Romualdo, adiós.
Te amo y te ofreceré esta vida que tu reclamaste en mí por un instante con un beso.
Hasta pronto."
Reclinó hacia atrás la cabeza, mientras sus brazos aún me ceñían. Un torbellino de
viento abrió vivamente la ventana y entró en la estancia. La lámpara se extinguió y yo
caí desvanecido sobre el pecho de la hermosa difunta.
Cuando volví en mí, me encontré tendido en mi lecho, en el pequeño dormitorio
de mi presbiterio. La anciana ama de llaves se afanaba en la habitación con senil
agitación, abriendo y cerrando gavetas, o mezclando polvillos en los vasos. Viéndome
abrir los ojos, la anciana dio un gritito de alegría, pero yo estaba tan débil que no pude
decir una palabra ni hacer gesto alguno. Supe luego que había permanecido en aquel
estado durante tres días enteros, no dando otro signo de vida que una respiración casi
imperceptible. El ama de llaves me refirió que el mismo hombre de la piel oscura que
me viniera a buscar de noche, me había traído a la mañana siguiente en una litera,
marchándose en seguida. Apenas pude discernir las ideas, repasé mentalmente todas las
circunstancias de aquella noche fatal.
Al principio pensé que quizás había sido víctima de una ilusión, pero la existencia
de circunstancias reales y palpables destruyó bien pronto esta hipótesis. No podía creer
que había soñado desde el momento que el ama de llaves viera cómo el hombre de los
dos caballos negros, del cual recordaba cuanto me lo hizo extraño. Sin embargo, nadie
sabía de la existencia en el dintorno de un castillo, semejante a aquél donde volviera a
ver a Clarimonda.
Una mañana vi entrar al abad Serapion. Mientras me pedía noticias de mi salud,
con tono hipócritamente meloso, fijaba en mí sus amarillas pupilas leoninas, y me
hundía sus miradas como una sonda en el fondo del alma.
Después, me hizo algunas preguntas sobre el modo como yo gobernaba mi
parroquia, si me encontraba bien en ella, cómo empleaba mi tiempo libre, cuáles eran
mis lecturas favoritas, y otras cuestiones insignificantes de este género. La conversación
no tenía, es evidente, ninguna relación con aquello que en realidad él había venido a
decirme. De pronto, sin preámbulo alguno, como si de improviso se hubiera acordado
de algo que temiera olvidar, me dijo con voz clara y vibrante, que resonó en mis oídos
cual las trompetas del Juicio Final: "La cortesana Clarimonda murió días pasados tras
una orgía de ocho días y ocho noches. Ha sido cosa fantástica e infernal. Se han repetido
los hechos horripilantes de los festines de Baltazar y de Cleopatra. Los convidados eran
servidos por esclavos de piel negra que hablaban una lengua desconocida y que, a mi
entender, no son sino demonios. Sobre Clarimonda han corrido muchas extrañas
leyendas, y todos sus amantes han terminado de manera mísera o violenta. Se ha dicho
también que era una vampira. Pero para mí, es Belcebú en persona".
Calló, observándome aun más atentamente, como para ver el efecto que en mí
tenían sus palabras. No había podido evitar un gesto, al sentir nombrar a Clarimonda, y
turbación y terror se manifestaron en mi rostro, aunque yo hiciera de todo para
dominarme. Serapion me lanzó una ojeada preocupada y severa. Luego me dijo: "Hijo
mío, debo ponerte en guardia. Tienes un pie sobre un abismo: cuida de no precipitarte
en él. Satanás usa de pacientes argucias, y las tumbas no siempre son definitivas. Sería
necesario cerrar la piedra tumbal de Clarimonda con triple sello, porque parece que ésta
ni siquiera es la primera vez que ha muerto. Dios vele sobre ti, Romualdo".
Y Serapion, volviéndome las espaldas, se marchó con lentitud.
Estaba completamente restablecido, y ahora había retomado mis funciones
habituales. El recuerdo de Clarimonda y las palabras del viejo abad estaban siempre
presentes en mi espíritu, a pesar de que ningún evento extraordinario hubiera venido a
confirmar las funestas prevenciones de Serapion. Comenzaba a pensar que sus temores
y mis terrores fueran excesivos, cuando una noche tuve un sueño. Apenas me había
dormido, cuando sentí levantarse las cortinas de mi lecho.
Me levanté bruscamente y vi que una sombra femenina estaba ante mí.
Reconocí en seguida a Clarimonda. Tenía en la mano una linternilla del tipo de las
que se ponen en las tumbas, cuyo resplandor tornaba aún más transparentes sus dedos
afilados. Por toda vestimenta tenía el sudario, cuyos pliegues retenía sobre el vientre
como si se avergonzara de estar tan escasamente vestida; pero su pequeña mano no
lograba por completo su intención. Era tan blanca que la albura del lienzo se confundía
con la palidez de su carne bajo el tenue rayo de la lamparilla. Envuelta en aquel fino
tejido que traicionaba todos los contornos de su joven cuerpo, se hubiera dicho más el
marmóreo retrato de una antigua bañista que una mujer viva. Pero muerta o viva,
estatua o mujer, sombra o cuerpo, su belleza era siempre la misma: sólo la luz verdosa
de sus pupilas estaba levemente apagada y pálida su boca. Posó la lamparilla sobre la
mesa y se echó a los pies del lecho, luego me dijo, inclinándose sobre mí, con aquella su
voz al mismo tiempo argentina y aterciopelada que nunca sentí a nadie: "Me hice
esperar mucho, querido Romualdo: quizá pensaste que te había olvidado. Pero he
debido venir de tan lejos, y de un lugar de donde ninguno retorna: no hay sol ni luna en
el país del que vengo, ni espacio, ni sombra, ni sendero para el pie, ni aire para las alas,
y sin embargo heme aquí: mi amor es más poderoso que la muerte y terminará por
vencerla.
Cuántos rostros mortecinos y terribles he visto en mi viaje. Con qué pena mi alma
retornada a la vida por la fuerza de la voluntad, ha debido adaptarse de nuevo a mi
cuerpo. Qué fatiga para levantar la tierra con que me habían cubierto. Mira: la palma de
mis manos está martirizada. Bésala: sólo así la curarás, amor dilecto."
Me aplicó sobre los labios, una después de otra, sus frías palmas. Las bese muchas
veces, mientras ella me miraba con una sonrisa de inefable complacencia.
Confieso para mi vergüenza que había olvidado completamente los consejos del
abad Serapion, y mi propio hábito talar. Había caído sin oponer ninguna resistencia al
primer asalto. Ni siquiera había intentado rechazar la tentación. La frescura que
emanaba de la piel de Clarimonda penetraba en la mía, y sentía correr por mi cuerpo
voluptuosos escalofríos. ¡Pobre niña! A pesar de todo lo que luego vi, me apena aún
creer que fuese un demonio. Por lo menos no tenía ciertamente apariencia de tal, y
Satanás nunca ha encubierto mejor sus astucias. Estaba echada sobre el costado de mi
mala cama, en una actitud llena de espontánea coquetería, cada tanto me pesaba las
manos entre los cabellos y formaba rizos como si quisiera probar el efecto, en torno a mi
rostro, de diversos aderezos. Yo la dejaba hacer con la más culpable complacencia,
mientras ella acompañaba sus gestos con la más seductora charla.
"Te amaba mucho antes ya de verte, querido Romualdo. Y te buscaba por todas
partes. Te vi en la iglesia en aquel fatal momento y me dije en seguida: Qes élf. Cuán
celosa estoy de Dios, a quien amas más que a mí.
Qué infeliz soy. No tendré más tu corazón para mi sola, yo que por ti he forzado
mi tumba y vengo a dedicarte mi vida, que he retomado sólo para hacerte feliz."
Cada frase era interrumpida por caricias delirantes, que me aturdieron al punto de
que, para consolarla, osé proferir una blasfemia terrible y decirle que la amaba al menos
tanto como a Dios. Inmediatamente sus pupilas se reavivaron.
"Es verdad. Me amas tanto como a Dios", exclamó abrazándome. "Desde el
momento que es así, vendrás conmigo y me seguirás adonde yo vaya. Dejarás esos
horrendos ropajes negros. Serás el más bello y el más envidiado de los caballeros, serás
mi amante. ¡Nada malo es ser el amante confeso de Clarimonda, de aquella que rechazó
a un Papa! Qué vida dulce y dorada llevaremos. Mi señor, ¿cuándo partimos?"
"¡Mañana! ¡Mañana!", grité en mi delirio.
"Esta bien, mañana", prosiguió Clarimonda. "Tendré así tiempo para cambiarme: el
vestido que llevo es demasiado escaso, no conviene a un largo viaje. Necesito además
avisar a mis servidores que aún me creen muerta. Dinero, ropajes, carruaje, todo estará
pronto mañana. Vendré a buscarte a esta misma hora."
Me rozó apenas la frente con los labios, la lamparilla se extinguió, las cortinas se
cerraron nuevamente, y no vi nada ya. Un sueño de plomo, un sueño sin pesadillas, me
envolvió dejándome en la inconsciencia hasta la mañana siguiente. Me desperté más
tarde que de costumbre, y el recuerdo de aquella singular aparición me perturbó
durante todo el día. Terminé por persuadirme de que había sido fruto de mi exaltada
imaginación. Sin embargo, las sensaciones habían sido tan vivas que me era difícil creer
que no fueran reales, y no sin aprensión me metí en cama a la noche, después de haber
rogado a Dios que me librara de todo perverso pensamiento, y protegiera la castidad de
mi sueño.
Me dormí en seguida profundamente, y el sueño del día anterior se reanudó.
Las cortinas se levantaron, apareciendo Clarimonda no ya diáfana en su blanco
sudario, sino gaya y esplendorosa, en un soberbio vestido de velludo verde con
recamados de oro. Sus rizos rubios escapaban de un amplio sombrero negro, recargado
de blancas plumas; tenía ella en la mano una pequeña fusta con un chiflo de oro en la
punta. Me tocó suavemente y me dijo: "¿Entonces, bello durmiente? ¿Es así cómo te
preparas? Pensaba encontrarte levantado. Apresúrate, no hay tiempo que perder.
Vístete y partamos."
Salté fuera del lecho. Ella misma me entregaba las ropas, sacándolas de un paquete
que había traído, riendo de mi torpeza, e indicándome su justo uso, cuando, por la prisa,
me equivocaba. Me peinó ella misma, presentándome luego un espejo. "¿Te place?
¿Quieres tomarme como tu camarera personal?"
No era ya el mismo, no me parecía al que era antes más de cuanto una estatua
recuerda al bloque de piedra informe del cual ha sido sacada. Era hermoso, y mi
vanidad se veía sensiblemente requerida por esta metamorfosis. Aquellas vestimentas
elegantes, aquel rico jubón todo bordado, hacían de mí un personaje completamente
distinto. El espíritu de mi ropa penetraba en mi piel. Di algunos pasos de aquí para allá
en el aposento, para adquirir una cierta soltura de movimientos. Clarimonda me
observaba, satisfecha de su obra: "Bien, basta ahora de niñerías, queridísimo Romualdo.
Debemos ir lejos, es tiempo de ponerse en camino si queremos llegar". Me tomó de la
mano, arrastrándome con ella. Todas las puertas se abrían ante ella, a su sola aparición.
En la puerta encontramos a Margaritone, el escudero que me hiciera de guía la
primera vez. Tenía de la brida a tres caballos negros, uno para cada uno de nosotros.
Esos caballos debían ciertamente haber nacido de yeguas fecundadas por el céfiro,
porque corrían más veloces que el viento, y la luna, que se levantara en el momento de
nuestra partida para iluminarnos, rodaba en el cielo como la rueda desprendida de un
carro: la veíamos saltar de árbol en árbol y reforzarse para mantenernos detrás. Desde
aquella noche en adelante mi naturaleza, en cierto sentido, se duplicó: había en mí dos
hombres, uno de los cuales no conocía al otro. A veces me creía un sacerdote que todas
las noches pensaba ser un joven señor, otras veces un joven señor que soñaba ser un
sacerdote. No lograba ya distinguir el sueño de la vigilia y no sabía dónde comenzaba la
realidad y dónde concluía la ilusión. El joven señor fatuo y libertino se burlaba del
sacerdote, el sacerdote detestaba las acciones disolutas del joven señor.
Dos espirales encajadas una en la otra, sin jamás tocarse no obstante,
representarían bien la imagen de aquella vida bicéfala que fue la mía. A pesar de lo
extraño de esta situación, no creo, sin embargo, haber rozado con la locura, ni siquiera
un instante. Siempre conservé bien precisa la percepción de mis dos existencias. Sólo
había un hecho absurdo que no lograba explicarme: o sea, el sentimiento de un mismo
"yo" que podía subsistir en dos hombres tan diferentes. Era una anomalía de la que no
me daba yo cuenta, sea que creyera ser el cura del villorrio de ***, o il signor Romualdo,
amante reconocido de Clarimonda.
Quedaba siempre el hecho de que yo estaba, o creía estar, en Venecia. Aun hoy no
he podido discernir bien cuánto hubo de realidad y cuánto de ilusión en esa extraña
aventura. Vivíamos en un grandioso palacio de mármol sobre el Canal Grande, rico de
estatuas y de frescos, con dos Tiziano de la mejor época en el dormitorio de Clarimonda.
Teníamos a nuestra disposición una góndola y un batelero cada uno, nuestra cámara de
música y nuestro poeta. Clarimonda entendía la vida a lo grande, y había algo de
Cleopatra en su naturaleza. En cuanto a mí, llevaba una vida de príncipe, y levantaba
polvareda como si perteneciera a la familia de uno de los doce apóstoles o de los cuatro
evangelistas de la república serenísima; no hubiera dado marcha atrás en mi camino
para ceder el paso al dogo, y no creo que, después de la caída celestial de Satán, haya
habido persona más orgullosa e insolente que yo. Iba al Ridotto y jugaba lances
infernales. Frecuentaba la mejor sociedad, hijos de papá, también arruinados, actrices,
estafadores, parásitos y espadachines. Sin embargo, pesar de las costumbres disolutas,
permanecí fiel a Clarimonda. La amaba perdidamente. Ella había despertado la saciedad
y detenido la inconstancia. Tener a Clarimonda era como gozar de veinte amantes
distintas; como poseer todas las mujeres, tan movediza, voluble, multiforme, era ella: un
verdadero camaleón. Hacía cometer con ella misma la infidelidad que se habría
realizado con otras, asumiendo completamente el carácter, el talante y el tipo de belleza
de la mujer que pareciera atrayente. Centuplicado, ella me devolvía su amor; y era en
vano que los jóvenes patricios y aun los viejos del Concilio de los Diez le hicieran
magníficas proposiciones. Hasta un Foscari se hizo llegar a ella para proponerle
desposarse; ella rehusó del todo. Ella tenía suficiente oro y no deseaba más que el amor,
un amor joven, puro, despertado por ella y que debía ser el primero y el postrero. Yo, a
mi vez, hubiera sido perfectamente feliz de no ser por una pesadilla maldita y
recurrente cada noche, que me hacía creer un cura de pueblo macerándose y haciendo
penitencia por sus excesos diurnos. Asegurado por la costumbre.
Tranquilizado por la costumbre de estar con Clarimonda, ni siquiera pensaba ya en
el modo extraño en que nos habíamos conocido. Sin embargo, las palabras del abad
Serapion regresaban a veces a mi memoria despertándome cierta inquietud.
Desde hacía cierto tiempo, la salud de Clarimonda era menos perfecta. Su tez
cotidianamente palidecía más y más. Los médicos nada comprendían de su enfermedad,
y no sabían qué hacer. Prescribieron remedios insignificantes, y no volvieron más. Pero
ella continuaba palideciendo a ojos vista, y su piel era siempre más fría. Estaba blanca y
casi amortecida como en aquella noche afamada del castillo desconocido. Me
desesperaba verla languidecer así. Conmovida por mi dolor, ella me sonreía dulcemente
con la expresión melancólica de quienes sabes que pronto deben morir.
Una mañana estaba yo desayunando a un costado de su lecho, por no dejarla sola
ni un minuto. Mientras cortaba una fruta, me hice por casualidad un tajo bastante
profundo en el dedo. La sangre brotó en seguida en rojo arroyuelo y algunas gotas
salpicaron a Clarimonda. De inmediato sus ojos brillaron, su fisonomía asumió una
expresión de salvaje alegría que nunca le viera. Saltó fuera del lecho con agilidad
animal, como un gato o una mona, y se precipitó sobre mi herida, poniéndose a
chuparla con voluptuosidad indecible. Sorbía la sangre a cortos tragos, lenta y
gustosamente como un experto que saborea un Jerez o un vino de Siracusa.
Entrecerraba los ojos: su redonda pupila verde se había vuelto oblonga.
Cada tanto se interrumpía para besarme la mano, luego continuaba apretando sus
labios sobre los labios de la herida, para tratar de hacer salir algunas gotas purpúreas
más. Cuando vio que ya no salía sangre, se levantó, con los ojos húmedos y brillantes,
más rósea que aurora de mayo, el rostro recompuesto, la mano tibia y húmeda, en suma,
más bella que nunca y en perfecto estado de salud.
"No moriré más. ¡No moriré más!", gritó, loca de alegría, colgándose de mi cuello.
"Mi vida está en la tuya, y todo lo que es mío viene de ti. Algunas gotitas de tu rica y
noble sangre, más preciosa que cualquier elixir, me han devuelto a la vida."
Esta escena me dejó largamente meditabundo, suscitándome los más extraños
pensamientos sobre Clarimonda. Esa misma noche, apenas el sueño me trajo de nuevo a
mi presbiterio, volví a ver al abad Serapion, más grave y más preocupado que nunca.
Me observó atentamente y me dijo: "No contento con perder el alma, ahora quieres
perder también tu cuerpo. Joven infeliz, has caído en una trampa". El tono con que
pronunció estas pocas palabras me tocó vivamente, pero aquella impresión no me duró
mucho; numerosos cuidados disiparon mi atención de la escena. Sin embargo, una
noche, en un espejo, cuya posición traidora ella no había calculado, vi que Clarimonda
vertía un polvillo en la taza de vino aromatizado que acostumbraba prepararme al
término de la cena. Tomé la taza, fingí llevarla a los labios, y luego la puse sobre un
mueble, como si tuviera la intención de concluirla más tarde, pero apenas la hermosa me
volvió las espaldas, la derramé rápidamente bajo la mesa. Fui después a mi cámara, y
me tendí sobre el lecho, decidido a no dormir para darme cuenta de lo que sucediera.
No debí esperar mucho. Clarimonda entró en camisa de noche y, desembarazándose de
sus velos, se tendió junto a mí en el lecho. Se aseguró de que yo estuviera
verdaderamente dormido, luego me desnudó un brazo y, quitándose de los cabellos un
alfiler de oro, comenzó a murmurar:
"¡Una gotita, sólo una gotita, un puntito bermejo en mi alfiler! Ya que tu me amas
todavía, no debo morir aún. Pobre amor mío, beberé tu hermosa sangre, tan brillante.
Duerme, mi bien; duerme, mi dios; duerme, mi niño; no te haré ningún mal, no tomaré
de tu vida más que aquello que me basta para que no se extinga la mía. Si no te amara
tanto, podría servirme de las venas de cualquier otro amante, pero, desde que te
conozco, todos el resto me repugna. Qué hermoso brazo, redondo, blanco. No me
decido a punzar esta bella pequeña vena amor mío." Y mientras hablaba lloraba, y yo
sentía sus lágrimas caerme sobre el brazo. Finalmente se decidió, me hizo una pequeña
incisión con el alfiler, y se puso a chupar la sangre que brotaba. Apenas hubo sorbido
algunas gotas, el temor de agotarme la indujo a ponerme un pequeño emplasto, luego
de haber frotado la herida con un ungüento que la cicatrizó inmediatamente.
Ya no podía dudar, el abad Serapion tenía razón. Sin embargo, a pesar de la
certeza, no podía impedirme amar a Clarimonda, y le hubiera dado con gusto toda la
sangre que necesitaba para prolongar su artificial existencia. Por otra parte, ni siquiera
sentía gran temor. La mujer frenaba a la vampiro; y lo que había visto y escuchado, lo
demostraba por completo; tenía, además, venas copiosas que no podían agotarse tan
pronto, y no me sentía dispuesto a regatear mi vida gota a gota. Hasta me hubiera
abierto por mí mismo las venas, diciéndole: "Bebe, y que mi amor se inflitre en tu cuerpo
con mi sangre". Evitaba aludir al narcótico y a la escena del alfiler, y nuestra unión se
mantenía perfecta. Sólo mis escrúpulos de sacerdote continuaban atormentándome
como nunca, y no sabía cuáles nuevas maceraciones inventar para dominar y mortificar
mi carne. Aunque todas estas visiones pudieran ser involuntarias, y yo no fuera
culpable de ellas, no me atrevía a tocar a Cristo con las manos tan impuras y un con un
espíritu impregnado por libertinaje semejante, real o producto del sueño. A fin de
evitarme el caer en poder de aquellas penosas alucinaciones, me obligaba a no dormir,
teniendo mis párpados abiertos con los dedos, y permanecía de pie, apoyado en las
paredes, luchando con todas mis fuerzas contra el sueño. Pero la arenilla del
amodorramiento me irritaba los ojos muy pronto y, viendo inútil toda lucha dejaba caer
los brazos con desánimo y cansancio, y de nuevo me arrastraba la corriente hacia
aquellas pérfidas riberas. Serapion me dirigía las exhortaciones más enérgicas, y me
reprochaba mi flaqueza y escaso fervor. Un día que estaba más inquieto que de
costumbre, me dijo: "Para librarte de esta obsesión no hay más que un remedio, y; aun
cuando sea extremoso convendrá adoptarlo.
Sé dónde ha sido sepultada Clarimonda. Es necesario desenterrara, y que veas en
cuál estado lastimoso se encuentra el objeto de tu insano amor. Ya no te sentirás tentado
de perder el alma por un inmundo ser, devorado por los gusanos, próximo a deshacerse
en polvo. Volverás de seguro en ti, después de esta experiencia". Estaba tan enervado
por aquella doble vida que accedí. Quería saber de una vez por todas quién, entre el
sacerdote y el joven señor, era víctima de una ilusión. Estaba decidido a matar en
provecho del uno o del otro, a uno de los dos hombres que vivían en mí, o también a
aniquilar a ambos, porque semejante vida no podía durar.
El abad Serapion se proveyó de una azada, una leva y una linterna y a medianoche
fuimos al cementerio de *** cuya disposición conocía al dedillo. Después de haber
iluminado varias lápidas con la linterna, llegamos finalmente a una piedra semioculta
por las hierbas, y devorada por el musgo y las plantas parásitas, sobre la cual
desciframos el omienzo de una inscripción:
Aquí yace Clarimonda
que fue, mientras vivió,
la más bella del mundo...
"Es justamente aquí", dijo Serapion, y posando en tierra la linterna, introdujo la
leva en la fisura terminal de la piedra, y comenzó a levantarla. La piedra cedió, y él
comenzó a trabajar con la azada. Le miraba hacer, más sombrío y silencioso que la
noche. En cuanto a él, doblado sobre su macabra tarea, estaba bañado en sudor, jadeaba,
y su afanosa respiración parecía el estertor de un agonizante. Era un extraño
espectáculo, y quien nos hubiera visto, nos tomara por profanadores o ladrones de
sudarios, antes que por dos sacerdotes. El celo de Serapion tenía algo de duro y salvaje
que lo tornaba más semejante a un demonio que a un apóstol, y su rostro de grandes
rasgos austeros, profundamente marcados por el reflejo de la linterna, no tenía nada de
tranquilizador.
Sentía un sudor helado correrme por los miembros; los cabellos se erizaban en mi
cabeza; en lo íntimo de mí mismo veía el acto del austero Serapion como un abominable
sacrilegio, y hubiera querido que de las nubes oscuras que rondaban pesadamente sobre
nosotros surgiera un triángulo de fuego que lo redujese a polvo. Los búhos,
encaramados en los cipreses, inquietados por el resplandor de la linterna, venían a batir
pesadamente contra el vidrio sus alas polvorientas, emitiendo penosos gemidos. Los
lobos aullaban a lo lejos, y mil ruidos siniestros laceraban el silencio.
Finalmente, la azada de Serapion golpeó el ataúd, y se escucharon resonar sus
tablas con un rumor seco y sonoro, ese espantoso rumor sordo que sale de la nada
cuando se la roza. Serapion abrió la tapa, y vi a Clarimonda, blanca como el mármol,
juntas las manos. El albo sudario la envolvía como único ropaje. Una pequeña gota roja
parecía una rosa en la comisura de su pálida boca. Serapion, al verla, se enfureció: "Hete
aquí, demonio, cortesana desvergonzada, bebedora de sangre y de oro". Asperjó con
agua bendita el cuerpo y el ataúd, y con el hisopo trazó una señal de la cruz.
La pobre Clarimonda, apenas salpicada por el santo rocío, se deshizo en polvo. No
quedó más que una mezcla informe de cenizas y huesos medio calcinados. "He aquí tu
amante, señor Romualdo", dijo el inexorable presbítero mostrándome esos tristes
despojos, "¿aún te aún estaríais tentado por dar un paseo por el Lido y Fusina con
vuestra belleza?" Bajé la cabeza. Una gran ruina se hizo en mi interior. Volví a mi
presbiterio, y el señor Romualdo, amante de Clarimonda, se apartó del pobre sacerdote,
con quien durante tanto tiempo había tenido una tan singular compañía.
Sólo la noche siguiente a Clarimonda; me dijo como la primera vez en el portal de
la iglesia: "Desdichado, ¿qué has hecho? ¿Por qué escuchaste a ese sacerdote imbécil?
¿No eras acaso feliz conmigo? ¿Qué daño te había hecho para darte el derecho de violar
mi tumba miseranda y poner al desnudo las miserias de mi nada? toda comunicación
entre nuestras almas y nuestros cuerpos está por siempre rota. Adiós. Me extrañarás".
Se deshizo en el aire como niebla, y no la volví a ver nunca más. Por desgracia, dijo
la verdad. La he llorado más de una vez, y la lloro todavía. He ganado la paz del alma a
bien caro precio. El amor de Dios no fue luego sobrado para remplazar al suyo. "Ésta es,
hermano, la historia de mi juventud. No mire jamás a una mujer, y camine con los ojos
bajos, porque, por casto y tranquilo que usted sea, basta un minuto para perder la
eternidad."

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