BLOOD

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lunes, 15 de noviembre de 2010

La catacumba -- Peter Shilston



La catacumba
Peter Shilston





Estoy relatando esta historia tal como me fue contada. Imaginen si pueden un autocar efectuando la visita de la isla de Sicilia a mediados de agosto, transportando un par de docenas de turistas ingleses de vacaciones, ansiosos de inspeccionar los lugares habituales de interés... Palermo en dos días, Agrigento en otros dos, Siracusa mereciendo sólo uno, un viaje en telesilla hasta la cima del Etna, y luego de vuelta a casa. El tipo de gente que uno encuentra en tales viajes es invariablemente el mismo: cierto número de maestros de escuela, serias parejas de jubilados, padres que han traído equivocadamente a sus hijos y están empezando a preguntarse por qué no se han ahorrado problemas yendo simplemente a la playa, y un puñado de personas solas sin ningún lazo aparente. Además, su comportamiento es siempre el mismo: algunos pasan todo el tiempo gruñendo sobre la calidad de los hoteles y la comida, los jóvenes se preguntan por qué no hay chicas jóvenes y atractivas disponibles en el viaje, los niños se aburren, y los maestros de escuela cargan por todos lados con sus mapas y sus guías y toman muchas fotos. Otros no parecen mostrar el menor interés por los lugares históricos y pasan todo su tiempo sentados en el café más próximo o comprando los recuerdos más horribles y variados.
Ese autocar en particular era uno de los típicos, creo. Entre sus miembros había un tal señor Pearsall, un tranquilo y solitario hombre de mediana edad de apariencia vagamente erudita. Había gozado del viaje turístico y se había mostrado convenientemente impresionado por los templos griegos de Agrigento y los mosaicos de la gran catedral de Monreale, pero no había conseguido hacer amistad con ninguno de los demás pasajeros, y como las vacaciones estaban a un par de días de su término empezaba a considerar el regreso a casa. En consecuencia, se mostró ligeramente irritado cuando la vieja señora Tavistock, en la parte de atrás del autocar, empezó a quejarse de dolores en el estómago. No había dejado de quejarse en todo el viaje, pero ahora parecía realmente enferma, lo que dio como resultado que Giuliano, el guía, pidiera al conductor que se detuviera en el primer pueblo a fin de buscar un doctor.
El primer pueblo resultó ser un conjunto de casas que ni siquiera estaba señalizado en los mapas, apiñadas debajo de un enorme farallón, sin ningún rasgo característico que permitiera distinguirlo de cualquiera de los otros cincuenta pequeños pueblos por los que habían cruzado a lo largo de su camino. Allí Giuliano fue en busca de un médico, dejando a sus turistas medio adormilados, leyendo ociosamente sus libros o charlando de cosas inconcretas. Era la media tarde, y el sol caía con fuerza. Todos los sicilianos sensatos estaban dentro de sus casas durmiendo la siesta. Todos los postigos de las ventanas estaban cerrados, y no se veía ni un alma en la calle.
Al cabo de un rato regresó Giuliano, lamentando informarles que iban a tener que esperar al menos una hora antes de que la señora Tavistock pudiera recibir atención y ellos pudieran continuar. Mientras tanto, podían salir y estirar las piernas, aunque era difícil que hallaran algo abierto. El autocar haría sonar el claxon para llamarles de vuelta cuando llegara el momento. En este punto se enzarzó en una animada conversación en italiano con Umberto, el conductor, que hizo varios gestos enfáticos, resultado de los cuales fue una información no demasiado alentadora. La gente del lugar, dijo Giuliano, no era muy sociable precisamente, de modo que los turistas no iban a encontrar muchas facilidades. Los autocares normalmente no se paraban nunca allí, y no tenía el menor objeto visitar el pueblo; realmente, no tema nada que ofrecer. Expresó de nuevo su consternación y habló unas cuantas palabras más con Umberto. El conocimiento del italiano del señor Pearsall no era demasiado grande, pero creyó captar que «no es probable que surjan complicaciones si van todos juntos».
Sin embargo, el señor Pearsall no tenía la menor intención de permanecer con los demás mientras se quedaban parados sin saber qué hacer. Había vislumbrado una iglesia en la parte de debajo de una calle lateral cuando penetraban en el pueblo, le pareció antigua y sorprendentemente grande para un lugar tan insignificante, y pensó que quizá valdría la pena efectuar una visita de exploración. Las «complicaciones» que Giuliano había mencionado (suponiendo que lo hubiera comprendido bien) podían interpretarse como ladrones. Les había advertido que tuvieran cuidado con los tirones de bolsos en las grandes ciudades, pero era muy poco probable que bandas de asaltantes se molestaran en patrullar un pueblo donde los turistas no se paraban nunca. Las calles aparecían absolutamente desiertas. Además, el señor Pearsall aún estaba en buena forma, e imaginaba que podía defender sus pertenencias contra cualquier tipo de ratero; o, en el peor de los casos, echar a correr lo suficientemente rápido como para librarse de él. Así pues, agarrando su cámara, comunicó su pretendido destino a otro pasajero (que no demostró ni la más pequeña inclinación a acompañarle) y partió decidido.
Las calles laterales del pueblo eran muy estrechas y ascendían en pronunciada pendiente la colina hacia el imponente farallón que lo dominaba desde arriba. Algunas de ellas tenían gradas. El señor Pearsall se preguntó si no sería claustrofóbico vivir bajo aquella gran sombra negra, y también especuló acerca de si el pueblo no habría sufrido nunca daños por la caída de rocas. Tras un par de vueltas por calles sin salida, desembocó en una pequeña placita pavimentada con guijarros, y tan desprovista de gente como el resto del pueblo, que daba paso a la iglesia. Una mirada al sol le indicó que estaba acercándose a ella por su lado oeste: la esquina meridional casi tocaba la base del farallón. Debido a que tenía exactamente el mismo color y textura que aquella imponente masa, la iglesia daba la inquietante impresión de haber sido tallada, por la mano de un gigante, de un solo bloque de la enorme roca.
Su primera sensación, nos dijo el señor Pearsall, fue de gran vejez y ruina general. La iglesia parecía mucho más vieja que los templos dóricos de Agrigento que habían admirado aquella misma semana, aunque su intelecto le decía que aquél no podía ser el caso. Supuso que debía tratarse de un edificio normando, aunque posiblemente erigido sobre unos cimientos aún más viejos: árabes o incluso romanos. El estilo era sin embargo lo suficientemente típico, aunque más bien fuera de proporciones. Dos achaparradas y pesadas torres, con muy pocas ventanas (y además muy pequeñas), flanqueaban un pórtico de tres amplios arcos puntiagudos. La escasa decoración que pudo existir en algún momento allí, apenas era ahora discernible. Parecía como si en su época hubiese habido frescos en el interior del pórtico, pero ahora el enlucido estaba terriblemente cuarteado, y en algunos lugares había caído por completo. Sólo unas pocas e imprecisas siluetas de figuras humanas —presumiblemente santos— podían descubrirse aún. Había una gran puerta de madera, deteriorada y carcomida, con paneles tallados en lo que en su tiempo habían sido recargados esquemas abstractos. Influencia morisca, se dijo a sí mismo el señor Pearsall, y empujó la puerta. Estaba cerrada.
Aquello era predecible bajo cualquier circunstancia, pero aun así irritante. El señor Pearsall retrocedió hasta la plaza para tomar una foto, y luego miró su reloj. Apenas habían pasado quince minutos desde que abandonara el autocar y aún quedaba mucho tiempo que matar. El día era más caluroso que nunca, y si había algunas tiendas en aquella plaza olvidada de Dios, todas estaban resueltamente cerradas. Decidió dar la vuelta a la iglesia, a falta de otra cosa que hacer. Además, durante parte del recorrido estaría en la sombra, donde haría más fresco. Sin gran entusiasmo, inició el camino. Era un hombre de temperamento tranquilo, pero si había algo que le irritaba era encontrarse de pronto sin nada que hacer cuando había confiado en estar ocupado.
A lo largo del lado sur, las cerradas casas estaban situadas tan cerca de la iglesia que la calle más bien parecía un túnel. No había avanzado gran cosa cuando observó una pequeña puerta lateral. No debe sorprendemos que intentara abrirla. Para su gran alegría, descubrió que no estaba cerrada con llave. Sorprendido ante su buena suerte, y felicitándose por su persistencia, penetró en el interior.
Al principio no vio nada, tan oscuro estaba después del fuerte resplandor del sol de la tarde allá afuera. Muy pronto, los ojos del señor Pearsall se acostumbraron a la penumbra y fue capaz de mirar a su alrededor. Inmediatamente supo que su paseo había sido provechoso. Con su metódica costumbre, empezó a clasificar cuanto podía ver. Una larga y alta nave, con pequeñas naves laterales a ambos lados. Claramente, otra iglesia normanda, con los puntiagudos arcos aprendidos de los árabes. Pero, a diferencia de algunas de las otras que había visto en sus visitas, aquella no había sido reformada durante el período barroco. No se veía ninguna pilastra corintia. Los capiteles de las columnas parecían una masa de grotesca talla, aunque estaban tan sucios de un espeso tizne que no podían distinguirse claramente. Por supuesto, todo el interior estaba muy sucio; los bancos llenos de polvo y las velas tan descoloridas que parecía como si no hubieran sido encendidas en años. Sin lugar a dudas, no esperaban visitantes, puesto que no había guía alguno para la visita ni postales visibles por ningún lado.
Entonces el señor Pearsall vio los mosaicos. Había sido iniciado ya en las maravillas que los normandos habían legado a Sicilia al respecto, con muestras tan asombrosas como las de la catedral de Monreale y la Capilla Palatina en Palermo, pero, pese a ello, los ejemplos de aquel arte desplegados en aquel lugar apartado le hicieron perder el aliento. Allí, algún anónimo artesano del siglo XII había tomado el estilo bizantino y lo había interpretado con un vigor y un álito propios. Una verdadera biblia popular de sorprendente fuerza cubría las paredes. El señor Pearsall olvidó por completo el paso del tiempo mientras seguía aquellos tesoros. Allí estaba la creación del mundo en una secuencia de siete cuadros, y allí estaban Adán y Eva tentados por la serpiente y expulsados del Paraíso. Seguían más escenas: Caín asesinando a Abel, la construcción del Arca, la embriaguez de Noé, la Torre de Babel, Abraham y la destrucción de las Ciudades de la Llanura, el sacrificio de Isaac; y así muchas más, cada una más sorprendente que la anterior.
Resultaba extraño, pensó el señor Pearsall mientras avanzaba de escena en escena lleno de maravilla y admiración, que los habitantes de aquel pueblo desanimaran a los turistas. Allí tenían algunos de los mosaicos más excelentes de la isla, si no de toda Italia, y sin embargo dejaban que fueran deteriorándose lejos de la vista, en una sucia iglesia cerrada. Solamente con un poco de iniciativa y energía por parte de las autoridades del pueblo, era seguro que los visitantes acudirían en tromba para ver tales maravillas. ¿Qué tenían en contra de los turistas? Seguro que en el lugar había suficientes propietarios de cafés en perspectiva y vendedores de recuerdos como para insistir en que se hiciera algo. ¿Por qué la iglesia no se mencionaba en ninguna de las guías turísticas que tan asiduamente había leído antes de iniciar el viaje? Tales eran los pensamientos que cruzaron la mente del señor Pearsall, pero al cabo de un rato empezó a sufrir otras dudas.
Se le hizo evidente que, aunque el artista poseía un gran vigor natural, era la plasmación del mal lo que más atraía lo mejor de su arte. La serpiente en el Jardín del Edén, por ejemplo, poseía un rostro humano que exhibía una siniestra y seductora mirada de soslayo. En la historia de Caín y Abel, no había la menor duda de que era Caín quien representaba al héroe: Abel, mientras yacía impotente en el suelo, era un simple y desventurado bobalicón, mientras que su asesino, de pie sobre él con una espada alzada para hendirle el cráneo, estaba lleno de potencia salvaje. En Babel, los soldados del rey Nimrod parecían meros autómatas sin voluntad. Por su parte, el cuadro de Saúl y la bruja de Endor estaba situado en el extremo más oscuro de la iglesia, quizá deliberadamente, cubierto de telarañas. Tras examinarlo de cerca, el señor Pearsall casi se alegró de ello, porque dentro de la cueva de la bruja había algunas desagradables formas no humanas que quizá hubiera sido mejor no exponerlas a la vista.
«Quizás el artista era un maniqueo —se dijo el señor Pearsall—, un cátaro o un albigense. (¿O son todos lo mismo? ¿He tomado bien las fechas?), más convencido de la existencia del mal que de la del bien. Quizá sus mosaicos fueron condenados por heréticos. Pero, en ese caso, ¿por qué no fueron destruidos, en vez de mantener cerrada la iglesia? Me pregunto qué habrá hecho con el Nuevo Testamento...»
Aquellos mosaicos aún le resultaron más turbadores. El señor Pearsall no pudo descubrir una Anunciación, ni siquiera una Natividad, pero había una horriblemente realista Matanza de los Inocentes, en la cual se representaba un amplio número de ingeniosos y repugnantes medios para asesinar niños, mientras el rey Heredes permanecía sentado en su trono, contemplando la carnicería y riendo. El retrato de Judas recibiendo sus treinta monedas de plata por parte de Caifas hubiera sido considerado una obra maestra de todos los tiempos, de no haber sido tan absolutamente desagradable. Y así seguía... a través de varios detestables retratos de gente poseída por los demonios, a través de las historias de Simón Mago y Ananías, los cuales eran de nuevo la más viva caracterización de sus respectivas escenas, hasta el aterrador cuadro de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis.
En ese momento, el señor Pearsall no sólo estaba claramente trastornado por los mosaicos, sino que empezaba a sentirse francamente mal. Al principio la iglesia estaba en completo silencio, pero ahora parecía llena de pequeños ruidos incapaces de localizar. Sus pasos resonaban una y otra vez en un largo decrescendo, pero parecía como si les respondiesen extraños roces y crujidos. Sin duda eran los sonidos normales de la vida roedora, o de una madera envejecida al inicio de su penosa muerte, pero cuando, como el señor Pearsall, uno se encuentra solo en una antigua iglesia en medio de un pueblo extraño, donde ni siquiera un solo habitante ha mostrado aún su rostro y donde además uno está rodeado por las más inquietantes ilustraciones del mal bíblico, tales explicaciones racionales pierden inevitablemente fuerza. Una o dos veces contuvo el aliento y permaneció completamente inmóvil para ver si los ruidos continuaban. No sólo por eso, sino que además tema la creciente sensación de que estaba siendo observado. Probablemente sólo eran los rostros de los mosaicos los que le provocaban aquello, pero en más de una ocasión pensó que había visto un movimiento exactamente en su ángulo de visión. Alarmado, dio media vuelta sólo para descubrir que no había nada.
Finalmente llegó ante una Virgen María que no sólo estaba desprovista de la habitual serenidad, sino que además poseía la voluptuosidad de un vampiro. Tan sorprendente era su expresión, que por un momento pensó que debía tratarse de una representación de la Prostituta Escarlata de Babilonia, pero no, tenía la postura y las ropas habituales de la Virgen. Además, en sus brazos estaba el niño Jesús, un horrible pequeño con una untuosa y mojigata sonrisa que hizo pensar al señor Pearsall en el saciado apetito hacia algo perverso. Se estremeció y sintió una sensación de tan agudo desagrado que por un momento olvidó completamente los ruidos.
Durante todo aquel tiempo había evitado mirar hacia el lado este, procurando reservar para el final la visión de lo que siempre era la gloria de las iglesias sicilianas: la gran figura de Cristo en el ábside encima del altar. Incapaz de contenerse por más tiempo, volvió su mirada en aquella dirección.
Por supuesto, era una obra maestra, pese a la suciedad y a las telarañas que lo envolvían. Como es costumbre, la imagen representaba la cabeza y los hombros de Cristo, vestido de rojo y azul, el brazo derecho levantado para dar la bendición, el izquierdo sosteniendo un libro abierto escrito en griego. El tratamiento dado por el desconocido artista era maravilloso, pero la expresión en el rostro de Cristo únicamente podía calificarse de horrible: una maligna sonrisa de desprecio, la mirada muy penetrante. El señor Pearsall no sabía griego, pero sospechó que las palabras escritas en la página abierta del libro no eran ningún texto normal de las escrituras. Y la mano derecha... ¿Era el gesto habitual de bendición? ¿O el primero y último dedos estaban erguidos con... el conocido gesto de los cuernos del diablo?
«Ésta es una iglesia blasfema —se dijo el señor Pearsall a sí mismo—. Los mosaicos pueden ser excelentes, pero también son terribles. Algún obispo, quizá incluso el Papa, los condenó e hizo que la iglesia fuera cerrada. Ni siquiera la gente del pueblo querrá hablar de ellos porque sigue siendo gente muy religiosa, ni dejará que los turistas entren en ella. En realidad, esos cuadros son capaces de provocar pesadillas a cualquiera. Bien, me alegro de haberlos visto, pero éste no es un lugar agradable para visitar solo.»
Miró a su reloj, y casi se sintió aliviado al descubrir que su hora había prácticamente expirado. Eso le dio una excusa para marcharse sin explorar el resto de la iglesia. Con paso rápido, que cualquier observador imparcial hubiera dicho que estaba peligrosamente cerca de una carrera motivada por el pánico, volvió a la puerta del lado sur por donde había entrado.
Estaba cerrada.
Durante un rato, el señor Pearsall luchó con la puerta de forma más bien fútil, sacudiéndola, girando a un lado y a otro la manija metálica, intentando averiguar si se había quedado trabada con algo, pero enteramente incapaz de conseguir algún resultado. Golpeó la puerta con la palma de las manos y le dio patadas, con lo que un gran estruendo resonó formando múltiples ecos por toda la iglesia, parecidos a una salva de cañonazos, y hasta el día de hoy jura que desde algún lugar le llegó como respuesta una especie de siniestra risita.
Con un considerable esfuerzo, logró tranquilizarse.
«Eso es estúpido —se dijo a sí mismo—. Probablemente se trata de algún vigilante que olvidó cerrar la iglesia antes de la siesta, y sólo se dio cuenta de su error cuando despertó. Debe de ser un hombre muy estúpido o descuidado, de lo contrario hubiese mirado para comprobar si había alguien dentro.»
De todos modos, no deseaba volver a golpear de nuevo la puerta y obtener aquel horrible eco, así que decidió buscar otra puerta que pudiera estar abierta. La lógica le sugería que debía haber una en el lado norte, quizá abriéndose a un claustro o algo parecido. Cruzó la nave con una cierta ansiedad nerviosa (y evitando cuidadosamente mirar la blasfema figura del Cristo, aunque podía sentir la cruel mirada clavada en él con una fuerza casi tangible) y fue en su busca.
Por supuesto, existía una puerta en el ángulo de la nave lateral norte, y no estaba cerrada, aunque daba la sensación de que hacía mucho tiempo que no había sido abierta. Necesitó desarrollar una gran fuerza para hacerla girar. Chirrió horriblemente mientras se abría hacia dentro, dejando escapar una lluvia de polvo, y un peculiar olor a moho se expandió por el aire. El señor Pearsall se encontró ante un tramo de gastados peldaños de piedra que descendían hacia la oscuridad.
Aquello no parecía en absoluto una salida. De hecho, el olor sugería que la cámara inferior, fuera lo que fuese, estaba completamente aislada del aire exterior, y así había estado durante mucho tiempo. Era un camino nada prometedor para alguien que deseaba abandonar el edificio, e incluso hoy el señor Pearsall no ha sido nunca capaz de proporcionar una explicación satisfactoria del porqué decidió descender aquellos peldaños. Ya era tarde, y después del turbador efecto de los mosaicos, la mayor parte de su celo explorador se había evaporado. Sin embargo, no conseguía resistir la atracción de aquel umbral. Más tarde se preguntó si realmente había poseído un completo control de sus movimientos. Todo aquel lugar tenía un aire claramente siniestro; pese a todo, empujó la puerta hasta abrirla por completo y dio sus primeros pasos tentativos hacia la descendente oscuridad.
La escalera era larga y curiosamente húmeda pese a la sequedad del clima. Muy pronto, todo rastro de luz procedente del cuerpo principal de la iglesia (que le había parecido tan tenebrosa cuando entró) desapareció, viéndose obligado a sacar el encendedor de su bolsillo y avanzar a la luz de la oscilante llama. Giró un recodo bajo un amenazante arco de piedra sin desbastar, descendió una rampa, y se quedó con la boca abierta ante la visión.
Era una catacumba. Un largo corredor se abría ante él, con pasadizos laterales a ambos lados. Quizá cubría toda el área bajo la nave. Y estaba habitada. Una larga hilera doble de formas humanas se alineaba en cada pasadizo. Todas las clases y edades tenían sus representantes allí: hombres, mujeres y niños, monjes y guerreros, eruditos y damas encopetadas. Todos vestidos con ropas que en su tiempo debieron de ser las mejores; pieles, sedas y trajes recamados, ahora lamentablemente rotos y deteriorados, pero conservando aún un destello de su pasada gloria. Y todos tenían rostro, puesto que evidentemente se había gastado mucho ingenio para conservar los cuerpos, aunque con distintos grados de éxito. Había una muchachita cuyas ropas parecían tener al menos doscientos años de antigüedad, pero que por su piel y su pelo cualquiera hubiera dicho que estaba dormida. Sin embargo, más allá, un hombre con ropas de clérigo había perdido su nariz y sus mejillas, y sus ojos se habían degradado hasta convertirse en unos glóbulos lechosos. Y algo más apartado, un soldado con coraza de acero repujado, que quizá fuera un mercenario del período del Renacimiento, había perdido enteramente su carne, sonriendo impávido desde su calavera desnuda.
¡Pobre señor Pearsall! El efecto habría sido ya bastante desagradable bajo una potente luz eléctrica y rodeado por sus compañeros de viaje, pero allí, completamente solo, encerrado, y tras la alarma y el trastorno de aquellos horribles mosaicos, y sólo con una tenue llama para protegerle de la oscuridad, la impresión fue abrumadora. Jamás ha conseguido explicar por qué no dio media vuelta y salió huyendo. Se refugia diciendo que «sintió como una llamada» que le atraía hacia allí. Realmente es irrefutable que caminó adentrándose en aquel pasillo, por entre aquellas espeluznantes hileras de muertos, el horror apoderándose de él, entrando en él, pero totalmente incapaz de retroceder.
Todos aquellos cuerpos llevaban allí mucho tiempo. El conocimiento que el señor Pearsall tenía de la historia de la indumentaria no era muy grande, pero estaba completamente seguro de que ninguno de aquellos deteriorados atuendos se había colocado más allá de mediado el siglo XVIII, y sin embargo la mayoría parecían medievales. Lo que le quedaba de su mente racional le dijo que catacumbas similares eran algo común en todas partes, pero tal pieza de información parecía extraordinariamente inútil. A medida que penetraba en la catacumba, le parecía retroceder en el tiempo hasta los inicios de la Edad Media. Muy pocos de los rostros conservaban carne ya en ellos; algunos casi estaban desnudos, con las ropas reducidas a pobres andrajos, y otras simplemente caídas en el suelo. Pero siguió adelante, hasta llegar al final.
Por entonces ya había perdido todo sentido de la orientación, pero sospechaba que estaba avanzando bajo el altar, bajo el Cristo de los cuernos del diablo bendiciendo y su malevolente mirada. Y allí estaba el centro de aquel laberinto de muerte: un gran trono de madera dorada, en buena parte podrida, donde había un cuerpo sentado, con las espléndidas ropas y la mitra de un obispo. Todo esto, el señor Pearsall lo vio a distancia, pero a medida que se iba acercando no miraba directamente a la figura. Intentó forzar la vista para mirar solamente las zapatillas, pues estaba convencido de que perdería la razón si miraba más arriba. Pero fue incapaz de luchar cuando una fuerza más fuerte que su propia mente le hizo levantar gradualmente la cabeza más y más arriba: la capa consistorial bordada en oro, las esqueléticas manos con el anillo episcopal rodeando holgadamente el hueso de un dedo, el báculo sujeto verticalmente en la otra mano, los huesos del rostro desnudos de toda carne, los risueños dientes amarillos, los ojos... ¡Los ojos! ¡No habían desaparecido! ¡Seguían vivos, penetrantes, mirando fijamente! ¡Dios mío! ¡Los mismos ojos del Cristo en el mosaico!
El encendedor cayó de la inerte mano del señor Pearsall, que se vio sumido en la oscuridad. Era un encendedor de forma cilíndrica, y pudo oír cómo rodaba fuera de su alcance. Por unos breves segundos tanteó inútilmente el suelo en su busca, luego se dio cuenta de que la búsqueda era inútil. Tendría que encontrar su camino de salida en una total oscuridad. ¿Cuan lejos estaba? ¿Cuántas vueltas había dado? Agitó sus brazos hacia delante y a ambos lados, caminó unos pocos pasos, tocó piedra, se volvió, anduvo un poco más hasta que encontró otro obstáculo, giró de nuevo... Fue en ese instante cuando empezó de nuevo a oír ruidos, un roce seco, horrible, que hubiese querido pensar que se trataba de una rata. Iba detrás de él. Avanzó más de prisa y chocó con uno de los cuerpos. Su rostro se enterró en la podrida tela y sintió cómo los brazos sin vida rodeaban sus hombros. Perdiendo completamente los nervios, gritó: un sonido ahogado que se extinguió rápidamente. Corrió a la ventura, golpeó contra otro cuerpo, volvió a correr y chocó de nuevo. Los cadáveres se estaban derrumbando a todo su alrededor, y sin embargo aún se oía un roce como si se arrastraran y un seco y sepulcral crujido detrás de él, también moviéndose. No rápidamente, pero pronto le alcanzaría si no conseguía hallar las escaleras. Cayó, se cortó en las manos y gritó de nuevo, pero no de dolor. Perdió la cuenta de cuántas veces tropezó con obstáculos, hasta que, lleno de arañazos y sangrante, no pudo ir más allá y se cubrió las espaldas apoyándolas contra el muro de piedra. El sonido susurrante estaba muy cerca ahora. Luz. ¡Necesitaba luz! Había perdido su encendedor y no tenía cerillas. Frenéticamente, sus manos rebuscaron en sus bolsillos esperando un milagro. ¡Por supuesto! ¡Los cubos de flash para su cámara! Con dedos temblorosos, extrajo uno y tanteó durante lo que le pareció una eternidad hasta conseguir encajarlo en su lugar. Pulsó el disparador y nada. ¡Un fracaso! Le dio un cuarto de vuelta y probó otra vez. Nada tampoco. El sonido susurrante estaba ahora tan sólo a unos pocos centímetros. ¡Piensa hombre, piensa! ¡Claro! Había olvidado correr la película, así que el flash no podía funcionar. Haz pasar la película a inténtalo de nuevo... justo a tiempo...
En el cegador instante pudo verle a no más de un metro de su rostro: las ropas doradas, la mitra, el cráneo, y los ojos, los terribles ojos...
Debió de perder el conocimiento. Cuando despertó, estaba rodeado por la brillante luz del día, tendido en el asiento trasero del autocar, y Giuliano se inclinaba sobre él. El otro turista le había dicho dónde se había dirigido el señor Pearsall, y cuando vieron que no regresaba a tiempo, Giuliano y Umberto se habían dirigido a la iglesia en su busca. Al entrar por la puerta sur (negaron categóricamente que estuviese cerrada) oyeron sus gritos desde la cripta y vieron el flash. Lo encontraron sin dificultad: estaba a pocos metros de las escaleras.
Giuliano se sentía más aliviado que irritado, pero reprendió al señor Pearsall por desordenar los cuerpos de la catacumba. Chocar contra ellos en la oscuridad podía considerarse una falta de cuidado y poco respeto, pero arrastrar deliberadamente un cuerpo desde su lugar de reposo... y además el cuerpo de un obispo...
El señor Pearsall no tuvo fuerzas para discutir.

De guardia -- Dennis Etchison

De guardia
Dennis Etchison










—Léalo ahora —proclamaba el vendedor de periódicos ciego—, ¡Muchos están muriendo y muchos están muertos!
Wintner redujo la marcha y giró en la esquina, intentando hallar un hueco. Pasó junto a una tienda de fotos, una tintorería y lavandería, una papelería, un aparcamiento a varios niveles que ocupaba la mitad de la manzana y, en la siguiente esquina, la parada de la floristería. Sintió una momentánea desilusión al comprobar que desde su carril no podía ver siquiera un atisbo de la joven que trabajaba allí; la mayor parte de los días la veía en su trayecto de vuelta desde la autopista, su rostro evolucionando entre las flores, y la alegría de la visión, su precisión, parecían acortar la distancia de su camino y hacían su carga algo más fácil de soportar. De todos modos, era sábado, recordó. Debía seguir adelante.
Tendría que dar otra vuelta.
Podía, por supuesto, encontrar fácilmente aparcamiento en la estructura municipal, pero a Laurie nunca le había gustado tener que caminar todo aquel trecho desde la entrada de la clínica.
¿Cuánto tiempo tardaría su esposa esta vez? ¿Diez minutos? Más, pensó. Probablemente veinte, si las cosas iban como siempre. O treinta.
Sólo tengo que saber el resultado de los rayos X, le había dicho. No me llevará mucho tiempo.
Dios, esperaba que no. Sabía lo que pasaba con el tiempo cuando la mente de ella se absorbía en algo.
Dio otra vuelta a la manzana, justo en el momento en que un Mustang negro se metía en un sitio libre frente al edificio de la clínica. Gruñó y rechinó los dientes. Había perdido la cuenta de las veces que había dado la vuelta a la manzana. Giró su muñeca para mirar el reloj, pero no podía recordar cuánto tiempo hacía que la había dejado.
Se acercó a la esquina.
Empezaba a atardecer. Observó cómo los edificios habían empezado a parecerse a cajas oblongas, hilera tras hilera, colocados interminablemente, mientras las sombras llenaban los umbrales de las puertas y descendían de los tejados. Redujo a marcha lenta y observó que el coche estaba avanzando realmente al paso de uno de los peatones, un viejo de hombros encorvados que caminaba laboriosamente por la acera de enfrente de la clínica. Wintner sintió un estremecimiento, sin comprender realmente por qué, y redujo aún más la velocidad.
Había un aparcamiento para taxis junto al semáforo. Puso punto muerto y se acercó al bordillo. Cortó el encendido, ajustó el retrovisor de modo que pudiera verla cuando saliera, y se quedó sentado escuchando los crujidos del motor a medida que se iba enfriando.
Una mujer policía pasó junto a su ventanilla abierta. Agitó su casco y le hizo señas de que se fuera. Asintió. Cuando volvió por segunda vez —cuarenta minutos más tarde—, puso el coche en marcha, rebasó el cruce y condujo hasta que encontró un lugar donde aparcar en la siguiente manzana.
—Lo siento —dijo la enfermera—, pero no puedo encontrar ninguna señora Winter.¿Es ése el nombre? No la encuentro aquí en el registro.
—Sólo vino para saber el resultado de unas radiografías. —Le ofreció una sonrisa, dirigió una intensa mirada a la enfermera y desvió los ojos—. Hará como una hora.
—Bien, espere un momento. Preguntaré a la otra chica.
Chica, se repitió para sí mismo maravillado. Sólo las mujeres muy jóvenes —y las de edad madura como aquélla— se llamaban a sí mismas de esa manera. ¿Cuántos años más serían capaces de continuar con aquello? ¿Hasta que sus rostros se cuartearan y se convirtieran en polvo?
Wintner observó la sala de espera. Lisas y monótonas paredes, un desordenado revistero lleno de revistas con fundas de plástico, una jardinera llena de apagadas llores artificiales. Una interminable dosis de música enlatada surgiendo de un altavoz oculto. Reflexionando, identificó la selección como el tema de la película Doctor Zhivago.
Una segunda enfermera apareció por detrás de la división de cristal opaco.
—¿Señor? —dijo con un tono de voz preciso y controlado.
Como una bibliotecaria, pensó.
—Su esposa seguramente está con uno de los doctores. Es probable que él haya querido estudiar los resultados con ella. ¿Por qué no se sienta y aguarda un poco? Estoy segura de que saldrá dentro de un minuto.
Había una fría autoridad en su voz. Seguramente procedía de su sentido de la territorialidad, pensó Wintner. O quizá había sido bibliotecaria alguna vez, hacía mucho tiempo. Podía presionarla, pero, ¿para qué preocuparse? Indudablemente tenía razón. Además, hada calor, estaba cansado, y... Lo dejó correr.
Se volvió hacia la sala de espera. No. Agitó la cabeza. No necesitaba codearse con la serie de pobres enfermos que llenaban la habitación, no ahora. Evitó mirarlos. Una lluvia permanente de consultas, chequeos y cosas por el estilo, pensó. Suspiró y se encaminó hacia afuera, pasando junto a una mujer de mejillas sonrosadas y sus dos niños con cara de mono.


Había una cervecería alemana al otro lado de la calle, apenas identificable por un rótulo en letras góticas. Tomó asiento en la barra, en un lugar desde donde podía observar la fachada de la clínica.
Pidió una jarra de Lowenbrau Negra y miró más allá de la cecina de buey y huevos en salmuera hasta que la jarra estuvo vacía.
Todavía ninguna señal de Laurie.
Siguió con otra Lowenbrau y, sorprendentemente, empezó a sentir los efectos. Entonces recordó que aún no había comido nada. Le parecía haber pasado todo el tiempo yendo de un lado para otro, haciendo llamadas, apurando su agenda a fin de poder recoger a Laurie antes de que la clínica cerrara...
Cuando se acercó de nuevo a la recepción, no pudo evitar el darse cuenta de lo sucia que estaba. La pintura aparecía desconchada apenas cruzar la puerta; el estuco empezaba a desprenderse en los bajos, formando montoncitos de polvo finísimo que parecía producto de insectos roedores. Había un aviso de apariencia oficial clavado a la puerta, algo acerca de la Semana Nacional del Suicidio. No se detuvo a leerlo.
Una nueva enfermera, más joven que la anterior, alzó la vista. El apoyó sus manos abiertas sobre el mostrador.
—¿Cómo se encuentra usted hoy? —preguntó ella.
Sus ojos le miraron aleteantes, leyendo sus rasgos mientras alcanzaba un formulario.
—Me encuentro estupendamente —empezó él—. Se trata de mi esposa. Sé que parece una locura, pero...
Le contó lo que había ocurrido. Cuando terminó, ella dijo:
—Iré a ver.
Observó mientras otra figura de blanco se materializaba detrás del cristal opaco. Oyó a la primera enfermera resumiendo su historia.
Su conclusión fue:
—Pienso que tal vez debiera ver al doctor...
No pudo captar el nombre.
La otra enfermera, la cuarta que había visto, le examinó de arriba abajo. Empezaba a sentirse como un hombre atrapado sin documentos en un campo de nudistas.
La mujer agitó secamente su cabeza de lado a lado. Casi pudo oír un clic mental mientras ella llegaba a una decisión.
—No, no lo creo —dijo, y luego a él—: Quizá haya venido de incógnito.
—¿Qué?
—He dicho que quizá ella haya venido de incógnito. ¿N0 lo cree usted así?
—Es lo que yo dije —murmuró la otra enfermera—. Pruebe a ver.
—¿Incógnito? —repitió él.
Parecía como si hubiera perdido algo. Repitió la palabra mentalmente varias veces, hasta que perdió todo su significado.
—Al menos podría usted comprobarlo —dijo la primera enfermera, regresando a su silla, mientras la enfermera mayor desaparecía tras la partición.
Sintió deseos de echarse a reír. Abrió impotente las manos, volviéndose para compartir la broma con cualquiera que hubiera estado escuchando.
Pero nadie prestaba la menor atención. Realmente, pensó, quizá hubiera debido esperar allí desde el principio. Después de todo, quizá no se había dado cuenta de su salida. ¿Quién sabe?
Meneando la cabeza, regresó hacia la salida. Pasó junto a la misma mujer con los dos niños. ¿Qué clase de lugar era aquél? Aquellos chicos no parecían necesitar cuidado alguno. Sus mejillas estaban llenas de color. ¿Qué demonios estaban haciendo en aquel lugar?
Ella no le aguardaba junto al coche.
El cielo estaba oscureciéndose rápidamente. La calle adoptó una hosca y vagamente amenazadora apariencia a medida que las sombras se alargaban sobre el opaco y liso borde de la acera bajo la inquietante asimetría de la arquitectura. Viejas comisas, remates y canalones se proyectaban como dientes rotos cerca de los paneles de cristal, convirtiendo a los edificios en algo extraño, inestable, a punto de desmoronarse; cada paso que daba parecía amenazar con derrumbarlo todo a su alrededor.
Se detuvo junto a la cervecería alemana, intentando recomponer su actitud. Se sentía como alguien esperando un tren, uno del que no sabía siquiera si iba a parar en su estación.
Vio solamente a algunos peatones dispersos por la calle. Incluso el tráfico había disminuido hasta hacerse casi invisible. Pero era consciente de una pared de sonido casi física, procedente de otra parte de la ciudad. Se volvió hacia el ventanal del restaurante y entró. Los rostros agrupados en la barra eran viejos. Todos ellos. Podía tratarse de una ilusión provocada por el espejo sin limpiar, pero no lo creía así.
Un rostro en particular le resultaba extrañamente familiar.
De pronto estuvo seguro. Sí, había visto a aquel hombre en la sala de espera, sentado calmadamente con los demás, leyendo una revista o... No, estaba mirando al suelo... Wintner recordó. La gente en la sala. Todos mirando al suelo. Esperando.
Sólo que no era exactamente el mismo hombre. Wintner parecía recordarlo más joven, más saludable.
Captó su propio reflejo en el sucio espejo y contuvo la respiración. Se sintió sorprendentemente aliviado.
Su propio rostro, al menos, era aproximadamente tal como lo recordaba.
Mientras cruzaba la calle hacia la clínica comprobó las tiendas de ambos lados. Todas eran destartaladas, ruinosas. La mayoría de ellas estaban ya cerradas para la noche. De todos modos, ninguna pertenecía al tipo de las que Laurie acostumbraba a entrar.
Creyó ver una silueta deslizándose fuera de su ángulo de visión. Fue el único movimiento en toda la acera. No pudo dilucidar de qué se trataba. Quizá fuese uno de los propietarios de las tiendas cerrando su negocio y marchándose a casa, pero por un segundo casi reconoció el modo de andar.


El tirador de la puerta casi se le quedó entre las manos.
Una pareja de viejos se cruzó con él camino de la salida, oliendo a lilas y a aldehido fórmico. Pudo ver a dos nuevas enfermeras, ambas más jóvenes que las otras con las que había hablado. Cuando se acercó al mostrador dejaron de hablar. Casi pudo oír lo que estaban diciendo.
—¿Tiene usted concertada alguna cita? —dijo la primera, mirando preocupada al reloj que zumbaba con fuerza en la blanca pared—. Me temo que la mayor parte de los doctores ya se han ido.
—Escuche —dijo él, y le contó la historia. Se lo contó todo. Luego dijo—: Deseo hablar con alguien responsable. Luego deseo que esa persona, o usted, o quien sea, compruebe las salas de consulta, las oficinas, los laboratorios, los lavabos, todo, por el amor de Dios. Quiero saber si mi esposa se encuentra aún en el edificio, y quiero saberlo ahora.
—Un momento, señor.
Los dedos de Wintner tabalearon en el estéril mostrador.
Mientras aguardaba allí, una puerta que daba a una oficina interior se abrió de golpe y salió la mujer con los dos niños. Una enfermera mantuvo la puerta abierta para ellos. Lo necesitaban. La mujer avanzaba tan lentamente que parecía a las puertas de la muerte; los niños estaban pálidos como fantasmas.
Saludó automáticamente con la cabeza cuando pasaron. La vieja mujer alzó sus cansados ojos, observó su rostro y murmuró algo ininteligible.
—Por aquí, por favor.
Al principio no se dio cuenta de que la enfermera le hablaba a él. Luego vio que la puerta blanca seguía abierta como un ala protectora. Para él.
—La ha encontrado —dijo él, sintiendo que sus músculos se relajaban.
La enfermera carraspeó, pero no dijo nada.
La siguió. El pasillo era tan inmaculado como su almidonado uniforme. Podía oír el roce entre sí de sus medias blancas mientras le guiaba hasta una habitación al final del corredor.
—El doctor de guardia le ayudará —dijo ella.
—Espere un mo...
La puerta se cerró tras él.
La oficina estaba confortablemente decorada, con cuero y madera oscura. Había otra puerta en el otro lado. Probó un sillón demasiado mullido, pero de nuevo se levantó para pasear arriba y abajo sobre la moqueta. Había libros por todas partes, y sepultados entre ellos variados artefactos que parecían los despojos disecados de pequeños animales de especies desconocidas.
Se dirigió al escritorio.
Un fajo de notas asomando por el borde de un pisapapeles. Un bloc de notas escrito con una caligrafía indescifrable. Tras el escritorio, enmarcados, un surtido de certificados de fundaciones de todo el país, incluida una de la Clínica Menninger de Topeka.
Así que se trataba de eso. Un médico de la cabeza... Uno de esos doctores hurgacerebros...
¿Es eso lo que creen que necesito?
Dio un paso atrás. Su hombro tocó una de las estanterías. Se volvió.
Una hilera de frascos de cristal sellados con resina, cada uno más grande que el anterior. Contenían extracciones embalsamadas de algunos organismos extrañamente familiares, en diversos estadios de crecimiento, flotando. Sus ojos siguieron la secuencia. Cerca del final, los frascos se convertían en botellas, luego en bocales.
¿Qué era lo que habían hecho con ella?
Sonó un golpe ahogado en la pared del fondo, detrás de la puerta del otro lado. Sin pensarlo, sus dedos se cerraron en tomo a uno de los frascos de especímenes.
La puerta chasqueó y empezó a abrirse con un leve chirrido.
Su cuerpo se sobresaltó mientras sus pies se movían hacia atrás con excesiva rapidez. Buscó a tientas la puerta que conducía al vestíbulo, encontró la manija, salió tambaleándose.
Hubo un movimiento tras él, pero no miró hacia atrás. Oyó las suelas de crepé de los zapatos de las enfermeras chimando al cruzar el suelo de la recepción. Oyó sus nerviosas, experimentadas, demasiado jóvenes voces, vio confusamente sus manos que intentaban sujetarle mientras pasaba corriendo junto a ellas. Vio el vinilo curvando las portadas de las viejas revistas, captó el flotante aroma de muerte conservada en el aire. Olió los productos químicos sobre su piel, sintió el contacto de la fría y pegajosa puerta, y el repentino azote del aire nocturno en su pecho. Notó el sabor de la oscuridad y el coágulo de miedo en su garganta.
Mientras corría, algunas voces intentaron abrirse camino dentro de él.
Las enfermeras. ¿Qué era lo que decían cuando él había entrado? Sonaba como..., como...
Vivimos de la muerte, creía haber oído.
Y el vendedor de periódicos. ¿No había estado gritando algo más el ciego?
Ninguno de los muertos ha sido identificado, pensó que había dicho.
Y la mujer vieja. ¿Qué intentó decirle?
Nosotros somos los muertos, había dicho. Nosotros somos los muertos.
Cambió su carrera a un paso rápido. Casi podía ver al viejo que antes había divisado en la acera, arrastrando los pies, alejándose de la clínica. Un hombre que antes había sido —no hacía demasiado tiempo, quizá en absoluto demasiado tiempo— mucho más joven de lo que ahora era.
Se descubrió a sí mismo en el cruce, cerca de la floristería. Estaba oscura, vacía excepto por el aroma dulzón de las coronas y los ramos de flores que aguardaban en las sombras.
Se estremeció y cruzó la calle rápidamente, mecánicamente, in- tentando llegar hasta su coche.
Pasó ante la cervecería alemana.
Había rostros en el interior. Estaban agrupados en tomo a la barra de madera oscura. Todos eran viejos, ahora más allá de toda credibilidad, mortalmente enfermos, mirando al espejo, aguardando. Le recordaron los rostros que había visto antes.
Entonces vio a la muchacha de la floristería.
Entró.
Ella permanecía allí de pie. Su voz era casi alegre mientras se movía entre ellos, haciendo preguntas, dando consejos, arreglando las cosas. Por primera vez notó que a ella le faltaba un brazo, y su rosado muñón, redondeado y liso, surgía bajo la abertura de su traje de verano.
¿Cuánto tiempo llevaba así?, se preguntó. ¿O las cosas funcionaban de otro modo también para ella? Alocadamente, pensó: ¿Acaso nació incluso con menos?
Se quedó allí de pie, temblando, observando su animada figura, y el jarrón de marchitas flores en el extremo de la oscura y pulida barra. Al cabo de un minuto, ella se dio cuenta de que la estaban observando.
Lentamente, él tendió su mano hacia ella.
—Le he traído una cosa —se oyó decir a sí mismo, aún inseguro, intentando pensar en las palabras adecuadas mientras le tendía el frasco—. Yo... pensé que debía usted ver esto. Dios la maldiga.
Ella se volvió con un movimiento cuidadosamente estudiado, sus músculos crispándose y relajándose, crispándose y relajándose con cada parte de su movimiento, hasta que finalmente su mirada se detuvo en la de él.
—¿Qué? —dijo.
Hubo una pausa que pareció prolongarse eternamente. Luego, alguien lanzó un sonido que era algo así como una risa y un estertor de muerte, y el negro miedo le invadió.



Los gatos de Père Lachaise -- Neil Olonoff



Los gatos de Père Lachaise
Neil Olonoff





Bateman odiaba llegar tarde. Se sentía irritado después de haber perdido media mañana intentando convencer a su esposa de que acudiera al funeral de Osear. Ahora, subiendo hacia la entrada del crematorio de Pére Lachaise, se sentía más irritado aún por tener que abrirse camino entre un grupo de enormes gatos tomando el sol en los amplios escalones. Al llegar casi arriba, cansado de mirar constantemente a sus pies, pisó descuidadamente una cola. El maullido fue lo suficientemente fuerte como para despertar a los muertos, pensó divertido. Pero los gatos no salieron en estampida, alarmados. En vez de ello, arquearon sus lomos y le miraron con malevolencia. Con una nerviosa mirada por encima del hombro hacia los gatos, Bateman penetró en la fría penumbra del crematorio.
Se entretuvo un momento en la puerta de la estancia del crematorio. Pierre estaba sentado en medio del pequeño grupo de acompañantes que hacían guardia frente a la puerta del homo funerario. A Bateman le recordó aquella vez en que había observado la sala del tribunal durante el divorcio de Pierre y Alicia, hacía doce años. Ahora vaciló, preparando una explicación para la ausencia de Alicia. ¡Maldita fuera su testarudez! Los niños eran una buena excusa, por supuesto, o quizá el hecho de que ella estuviese resfriada. Se decidió por el resfriado. Aunque primero mencionaría los niños. Quizá pudiera evitar las miradas de reproche de Pierre, que siempre hacían que se sintiera culpable.
La puerta del homo crematorio estaba alzándose para revelar el resplandor rojo en su interior. Con un gemido de maquinaria automática, el sencillo ataúd de pino avanzó hacia allí. Bateman se sentó detrás de Pierre y su hermana. La puerta descendió. Eso era todo. Mientras el grupo se levantaba con un suspiro colectivo. Pierre se volvió y vio a Bateman. Éste observó la decepción de Pierre al no ver a Alicia a su lado. Bateman dijo:
—Lo sentimos mucho. Pierre.
Pierre respondió casi rudamente con una mecánica inclinación de cabeza y le dijo a su hermana que se fuera a casa, que quería recibir las cenizas él solo. El grupo se dispersó, y los dos hombres salieron fuera del crematorio y caminaron cruzando la gran plaza pavimentada.
Oscar, el difunto, era el cuñado de Pierre. Podía decirse que había muerto a causa de la bebida, pero de una forma más bien macabra. Osear se había ahogado tras perder el conocimiento a causa del frío bajo el Pont Neuf, durante una tormenta. Sencillamente, el río subió de nivel a su alrededor. La policía lo encontró allí, sin ninguna corte d'identité. Tomaron sus huellas dactilares, pero Osear había nacido en Toulouse. Antes de que la familia se enterara de su muerte, el cuerpo había sido llevado al crematorio público de Pére Lachaise, el famoso cementerio en el 20° arrondissement. Lo más sencillo era seguir adelante con el funeral de los pobres.
—Hemos tenido suerte de que lo incineren solo —dijo Pierre a Bateman—. Normalmente las cremaciones de los indigentes se hacen de cuatro a la vez.
Bateman alzó la vista, sorprendido, pero no dijo nada. Caminaron lentamente a lo largo de uno de los senderos pavimentados del cementerio, parpadeando ante las manchas de luz que salpicaban el suelo. Era un agradable atardecer, y las hojas de los viejos árboles se agitaban sobre sus cabezas.
—¿Cómo está ella? —preguntó Pierre, refiriéndose a Alicia.
—Está bien —dijo Bateman, reflexionando que no estaba más seguro de los sentimientos de ella que de los de Allan Kardek, el médium espiritista muerto hacía mucho, junto a cuya tumba de granito estaban pasando.
—¿Y Janine? —preguntó Pierre.
—También está bien —dijo Bateman.
Janine era la hija de Pierre, tan sólo un bebé cuando Alicia se divorció de él.
Pierre era un hombre adusto y silencioso por naturaleza, pero hoy parecía estar buscando una forma de prolongar la conversación. Bateman sintió pena por él, consciente de que a Pierre le resultaba difícil superar su timidez y cortedad. Pero Bateman tampoco se sentía tan comunicativo como de costumbre.
Su camino se vio entonces cruzado por uno de los grandes gatos que residían en el cementerio. Parecían estar por todas partes, espiándole a uno desde detrás de las tumbas, emboscándose en las húmedas criptas. Eran enormes, y Bateman supuso que se alimentaban de ratones de campo y de otros roedores.
—Mira esos gatos —dijo Pierre—. Son enormes.
Bateman sonrió. Tenía la sensación de que era capaz de predecir cualquier cosa que Pierre fuera a decir. La mente de aquel hombre era la de un ingeniero, pensó, estrictamente orientada a lo concreto y real. Bateman podía mirar al frente y captar los más notables detalles de los caminos del cementerio. Mientras pasaban junto a ellos. Pierre hacía alguna observación sobre cada uno. Bateman se sentía divertido ante esta confirmación, no por vez primera, de la diferencia de sus caracteres. Bateman siempre había sido capaz de ignorar lo obvio, de actuar como si las condiciones reales de la vida y las exigencias de los convencionalismos simplemente no existieran.
Alicia también era así. Cuando se había iniciado su aventura en una pequeña galería de arte de la Rué du Bac, el resto del mundo había parecido fundirse en el entorno. Su matrimonio con Pierre, su hija y la posición de Pierre en la fábrica de ladrillos y tejas de su suegro se convirtieron en algo secundario ante la supremacía del hecho que llenaba ahora sus vidas: su mutuo amor.
Bateman se hallaba en viaje de compras, añadiendo nuevas propiedades a la colección de arte de un hombre que era propietario de varios almacenes en Nueva York. Durante varios meses, él y Alicia estuvieron pegados a las líneas telefónicas que unían París y Nueva York. Él gastó sus ahorros en viajes aéreos. Finalmente, Bateman convenció al rico neoyorquino de que lo enviara permanentemente a París. Pocos años más tarde, Bateman abría su propia galería. Pero el período anterior al divorcio fue doloroso para todos ellos.
Pierre permaneció junto a Alicia durante todo ese tiempo por el bien de Janine, preparando biberones y cuidando de sus diarreas matinales. Alicia prosiguió a la vez su floreciente carrera como artista y su amor con el norteamericano, y de algún modo halló entre ambas dedicaciones algo de tiempo para su bebé.
Bateman imaginó que Pierre hubiese preferido tenerlos a ambos junto a él, aun sin el amor de Alicia, que no tener a ninguno. Luego, Pierre nunca encontró a otra mujer que le conviniera. Era un sacrificio del cual Bateman no hubiera sido capaz. Debido a ello, Janine creció como una niña feliz.
Durante aquel año, Bateman y Alicia escandalizaron a sus amigos y familiares viviendo su aventura a plena luz. Ella traía a menudo a Janine al apartamento de él o a la galería, aunque a veces también la dejaba con Pierre. Cuando Bateman la llamaba desde Nueva York, era inevitable que algunas veces Pierre se pusiera al aparato. Las primeras veces que esto ocurrió, Bateman colgaba, pero a medida que iba acostumbrándose a la situación, empezó a preguntar por ella e incluso a dejarle mensajes. Pierre lo aceptó sin una palabra de protesta.
Bateman miró a Pierre, reflexionando que probablemente esa misma reprimida y poco imaginativa cualidad era la que le había permitido sobrevivir aquel tenso período, por no mencionar los últimos doce solitarios años. Detrás de un árbol vio cómo desaparecía la cola de un gato.
—Me pregunto qué comerán esos gatos —dijo—. ¿Crees que hay alguien que les da de comer?
Pierre se echó a reír de aquella forma ahogada tan característica, una especie de agitación de la cabeza con los labios apretados, de los cuales apenas salía sonido alguno de regocijo. Sus ojos mantenían su eterna expresión de tristeza, pero por una vez hubo como una chispa de animación. Dijo:
—Hablé con uno de los hombres que trabajan en el crematorio antes de que tú llegaras. Le pregunté por los hornos y cosas así.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Bateman.
—DeLaye tiene que reparar constantemente los revestimientos internos de ladrillo —dijo Pierre.
DeLaye era el nombre de soltera de Alicia y el nombre de la compañía de su padre, para la cual seguía trabajando Pierre.
—Oh, entiendo.
—Los ladrillos tienen que ser reemplazados cada cuatro años o así. No es mucho trabajo.
—¡Dios mío! ¿Has visto ese gato? —dijo Bateman—. Debe de pesar sus buenos diez kilos.
Pierre miró al atigrado gato.
—Sí, es uno de los grandes —dijo—. El tipo ése me contó una curiosa historia acerca de los gatos. No sé si creerla.
—¿De qué se trata?
El gato atigrado estaba mirando a Bateman con la expresión maníaca que adoptan cuando están hambrientos.
—Los hornos poseen quemadores a gas que alcanzan los mil doscientos grados —dijo Pierre—. Pero el gas es tan caro estos días que intentan economizarlo reduciendo el tiempo entre cremaciones, de modo que los hornos no tengan oportunidad de enfriarse.
—Eso tiene sentido.
—Sí, excepto que eso supone que tienen que retirar los cadáveres antes. A menudo, cuando se trata de un cuerpo grande, especialmente uno de los que han sido congelados en el depósito de cadáveres, los huesos no se hallan completamente reducidos a cenizas.
—Estás bromeando —dijo Bateman—. ¿Qué hacen entonces?
—Bueno, generalmente rompen los huesos con la raclette.
—Una raclette? ¿Como la que utilizan los panaderos?
—Más o menos. Pero eso no es lo peor. El cráneo y el cerebro constituyen un problema mayor.
—¿El cerebro?
—Oh, sí. Y puedes imaginar. Se halla encerrado, rodeado de líquido, y es muy difícil de quemar. Además, ya sabes, en verano los cuerpos deben mantenerse a una temperatura muy cercana a la congelación. Se necesita mucho más tiempo para incinerar un cadáver congelado.
—Ya entiendo... —dijo Bateman, con un principio de náusea en su pecho.
—Sea como sea, el tipo dijo... —Pierre se interrumpió mientras doblaban una esquina.
Habían llegado a una sección de las tumbas cubierta con pintadas, muchas de ellas obscenas. «Quiero joderte, Jim.» «La Serpiente.» «Patrick, Harley Davidson, 1984.» Y finalmente, pintada con spray en brillantes colores sobre una losa de granito sin labrar, la explicación: «Jim Morrison, The Doors».
Se detuvieron a contemplar los centenares de inscripciones garabateadas con tiza o pintura. Algunas llevaban años allí, pero otras parecían recientes. Para Bateman resultaba consternante. Parecía como si no les importara nada. Se sintió avergonzado por ellos, incluso después de todo aquel tiempo transcurrido.
Había un pequeño grupo de ciclistas descansando en aquella curva del camino. La bicicleta era una estupenda forma de ver el cementerio. Los senderos eran lisos y libres de tráfico, aunque uno no podía vagabundear entre las tumbas; por eso habían dejado sus bicicletas encadenadas juntas y se habían encaminado por entre las tumbas cubiertas de hierba. Bateman y Pierre podían oír sus risas mientras examinaban las anticuadas inscripciones. Los ciclistas avanzaron hacia ellos hablando en inglés, dos muchachos y dos chicas caminando directamente por entre las tumbas sin preocuparse por el sendero que había entre ellas. Bateman apartó la vista. El sol se ocultó tras una nube y entonces miró su reloj. ¿Las cinco y media ya? Se estaba haciendo tarde. Caminó un poco sendero abajo, procurando no ver las profanaciones practicadas allí para conmemorar a una estrella del rock norteamericana. Pierre siguió en su lugar, leyendo los nombres y comentarios. Minutos más tarde, Bateman miró hacia atrás y vio a Pierre arrodillado junto a las bicicletas, hablando con uno de los muchachos, sin duda acerca de sus máquinas.
Bateman podía ver la plaza del Crematorio y al otro lado el Columbario, donde instalaban las urnas conteniendo las cenizas. Sus ojos fueron atraídos por una extraña escena. En medio de la plaza, un enorme perro pastor alemán permanecía de pie, inmóvil. Incluso a aquella distancia podía ver los desnudos colmillos y la cola bajada entre las piernas del perro. Rodeándole había una docena de enormes gatos. Uno de ellos avanzó hacia el perro, y el anillo de gatos se contrajo en tomo al animal. El gato más cercano lanzó un amago hacia el perro, como si estuvieran a punto de atacarlo en masse, cuando, procedente del Crematorio, un hombre apareció blandiendo un largo palo hacia los agazapados gatos. Retrocedieron, observando al hombre mientras tiraba del perro, alejándolo.
Hubo sonido de risas y una especie de forcejeo entre los chicos y chicas en el recodo del sendero. No les estaba prestando mucha atención. Pierre todavía seguía atrás. Bateman sabía que la tumba que contema los restos de Víctor Hugo estaba en algún lugar por aquella zona. Un poco más abajo pudo descubrir los de Rothschild y Gertrude Stein.
Las tumbas eran pintorescas. Algunas estaban amuebladas con una especie de silla baja de respaldo almohadillado, diseñada para poder arrodillarse y rezar, llamada prie-dieu. Algunas tenían ganchos en las paredes, para colgar coronas. Aunque la mayoría de las criptas estaban cerradas con llave, alguna permanecían abiertas. Miró hacia las sombras de una que había sido utilizada como refugio por generaciones de borrachos, a juzgar por la cantidad de botellas de vidrio verde esparcidas por el suelo. Enrollado en el acolchado asiento del antiguo prie-dieu había un enorme gato gris de ojos amarillos.
¿Era su imaginación, o aquel gato le observaba con una mirada particularmente salvaje? Nunca le habían gustado demasiado los gatos. Cuando abrían sus bocas, mostrando la punta de sus lenguas, sus ojos vidriosos fijos en un inimaginable éxtasis felino, los encontraba positivamente repulsivos. Deseaba salir de aquel lugar. Miró de nuevo su reloj. ¡Casi las seis! Realmente tenía que irse. Se volvió en redondo para llamar a Pierre, y se encontró ante su rostro. Disimuló su impresión con una risa nerviosa.
—¡Oh, estás aquí! —dijo Bateman—. Creí que te habías ido en bicicleta con ellos.
—No —dijo Pierre, frunciendo el ceño.
—Realmente debo irme —dijo Bateman—. Le dije a mi mujer que esta noche saldríamos a cenar. —Por un momento había olvidado con quién estaba hablando, pero ya era demasiado tarde para rectificar—. Por supuesto, me refiero a Alicia.
—Por supuesto —dijo Pierre—. Yo también tengo..., tengo algo que hacer.
—De veras, Pierre —dijo Bateman—. Lo siento.
—¿El qué? —preguntó Pierre, sus ojos brillando repentinamente.
Estaba irritado, pensó Bateman, y eso le cogía por sorpresa. Era la primera vez que veía a Pierre mostrar su temperamento. Pierre tenía algo, un trozo de metal, en su mano, y estaba dándole vueltas con sus dedos.
En un tenso silencio, caminaron por un atajo entre las hileras de decrépitas tumbas y denso follaje. Las sombras iban alargándose, y Bateman se sintió incómodo caminando delante de Pierre. Notaba una especie de picor en su cuero cabelludo. ¿Tenía miedo de que Pierre, tras todos aquellos años, pudiera tomarse alguna especie de venganza física? Nunca había dicho una palabra en contra de Bateman, nunca le había colgado el teléfono, nunca había dejado de transmitir uno de sus mensajes. Como cornudo, pensó Bateman, había sido tan cooperativo como era posible imaginar. Bateman lamentó inmediatamente aquel pensamiento. Pierre era diez veces más generoso que él. Se merecía su simpatía, su ayuda, no su desprecio.
—Antes me estabas contando algo —dijo Bateman, dándose la vuelta.
Pierre andaba con la mirada baja, las manos unidas a su espalda, y Bateman se sintió más avergonzado aún de su secreta burla. Pierre alzó lentamente la vista. Parecía como si Bateman hubiera interrumpido algún monólogo interior.
—Sí —dijo—, pero ni yo mismo lo creo. Aunque supongo que sería interesante conocer la verdad.
—No sigo tus... —dijo Bateman.
—Los gatos —dijo Pierre—. Preguntaste cómo consiguen estar tan gordos. Tú piensas que deberían estar muertos de hambre. Y muchos otros también.
—Sí.
—Sea como sea, espero que tengas razón —dijo Pierre—. Probablemente alguien les da de comer. Aunque el hombre del Crematorio parecía hablar seriamente.
—Pierre, estás hablando con rodeos. Preferiría que dijeras con claridad lo que piensas.
—¿De la misma forma que lo haces tú? —preguntó Pierre.
—No sé a qué te refieres —murmuró Bateman.
—No importa. Vamos. Quizá pueda mostrarte lo que comen los gatos.
Habían salido, por la parte de atrás, al Columbario. No era más que una pared de nichos, en los cuales se depositaban las urnas. En cada uno se fijaba una placa grabada con el nombre y las fechas. Algunos estaban vacíos y señalados con un «Réservée». Cruzaron el amplio patio que daba frente al Crematorio, con el imponente edificio silueteado ahora por el rojizo sol.
Abandonaron la plaza y continuaron hacia la salida a través de una sección de viejas tumbas, formando terrazas a varios niveles. Aquel era un sector de «bajo alquiler», con gran cantidad de tumbas abandonadas y muy pocas espléndidas y bien cuidadas.
—Dijo que lo había puesto en algún lugar por aquí —murmuró Pierre, subiendo una pendiente para alcanzar el nivel superior.
Avanzaban entre grandes árboles que bloqueaban el sol. En dos ocasiones, Bateman tropezó con enredaderas mientras intentaba seguir los pasos de Pierre.
—¡Increíble! —oyó exclamar a Pierre—. ¡El tipo decía la verdad!
Bateman salió a una zona de hierbas altas casi oculta de la sección principal. Allí había un pequeño grupo de antiguas tumbas familiares, con verjas de hierro oxidado. Pierre estaba arrodillado en el deteriorado reclinatorio de una de las criptas, examinando el contenido de un pequeño plato. Retrocedió cautelosamente fuera de la pequeña estructura de piedra.
—Echa una ojeada —dijo—. Ve con cuidado, hay mierda de gato por todas partes.
—No me extraña —dijo Bateman—. Mira ahí.
Había no menos de veinticinco grandes gatos congregados en torno a la puerta de otra tumba. Se estremeció y escrutó la penumbra de la cripta, intentando descubrir qué era lo que había en el pequeño plato de cerámica. No sentía ningún deseo de ensuciarse los pantalones en aquel suelo.
—No podrás verlo desde aquí —dijo Pierre—. Está demasiado oscuro ahí dentro.
Bateman dio un paso hacia la angosta oscuridad. Había una corona marchita y una cruz de plástico suspendidas de ganchos a su derecha. Tuvo que arrodillarse en el prie-dieu para echar una ojeada a lo que había en el plato. Lo reconoció inmediatamente. No hay nada tan inconfundible como el tejido cerebral, con sus retorcidas circunvoluciones. Pero nunca antes había visto un cerebro de aquel tamaño, y ya estaba parcialmente consumido. Por los gatos, supuso.
Sufrió un violento sobresalto cuando una araña reptó por su mano. La aplastó contra la pared de piedra con el dorso de la mano. Hubo un suave y sordo ruido y el crujido de hojas sobre él, como si algo aterrizara en el techo; un enorme gato, sin lugar a dudas. Alguien tocó un silbato. Era la hora de cerrar. Empezó a alzarse del prie-dieu cuando oyó un fuerte chirrido y sintió que la puerta de la tumba se cerraba contra la suela de sus zapatos. Aquello no era un accidente. Hubo un fuerte che metálico. Se volvió en redondo, dificultado por el angosto espacio. Bajó la mirada a la cerradura de la puerta y vio el brillo de un robusto candado con cerradura de combinación, de los usados en las cadenas para bicicletas. Tenía que haber sido Pierre, pero no pudo distinguir a nadie.
—¡Abre, Pierre! —gritó.
No hubo respuesta. Estaba seguro de que Pierre aún se hallaba cerca. Lo recordó arrodillado con los muchachos junto a la tumba de Jim Morrison. Después de que se fueran, él llevaba un trozo de brillante metal en su mano.
«Meaouuu», oyó, junto con el ahogado sonido de varios pares de almohadilladas patas. El enorme rostro de un gato apareció en la ventana opuesta a la verja. Sus malignos ojos brillaban dorados bajo la agonizante luz.
Lanzó todo su peso contra la verja de hierro. Parecía como si fuera a desmoronarse al primer golpe, pero no fue así. De nuevo empujó con su hombro. Era inútil. No podía retroceder lo suficiente para tomar impulso. El gato de la ventana saltó al interior, a su lado. Los rostros de otros dos aparecieron en su lugar.
El enorme gato en el suelo dio un zarpazo a su tobillo, inclinando la cabeza como si sintiera curiosidad por ver su reacción. Bateman sintió un agudo dolor y lanzó una patada al gato. Éste arqueó su lomo y bufó, sonando muy fuerte en el reducido espacio. ¿Qué ocurriría si atacaban todos a la vez, como habían estado a punto de hacer en la plaza? No conseguiría defenderse de ellos en aquel claustrofóbico espacio. Apenas podía mover brazos y piernas.
—¡Pierre! —gritó—. ¡Por el amor de Dios!
Hubo varios golpes sordos a su lado. Tres gatos aparecieron repentinamente en el suelo, junto a él. Otro, enorme y negro, estaba en la ventana. Saltó hacia él y sintió cómo le clavaba sus uñas en la nuca y una pata delantera trazaba surcos junto a su ojo derecho. Con toda su fuerza, ignorando las uñas afiladas como cuchillos, arrancó al animal y lo estrelló contra la pared, mientras pateaba a los otros, que habían empezado a atacar sus piernas.
—¡Que alguien me ayude! —gritó.
Entonces vio a Pierre, a unos metros de distancia de la verja, exhibiendo en su rostro la misma expresión afligida de siempre. Bateman casi estaba histérico:
—¿Están atacándome! —gritó—. ¡Por favor, abre eso!
—Sólo son gatos —dijo Pierre—. Además, no sé la combinación.
Había el asomo de una sonrisa aflorando a sus labios, aunque su mirada seguía siendo compasiva.
Uno de los gatos clavó sus uñas en la pantorrilla de Bateman, y éste dio un salto de dolor.
Pierre había dado media vuelta y empezaba a andar sendero abajo, hacia la salida.
—¡Por el amor del cielo! —gritó Bateman—. ¡Piensa en Alicia?
Pierre detuvo sus pasos: parecía estar reconsiderando la situación.
Bateman se aferró a los oxidados barrotes de su jaula mientras Pierre desaparecía de su vista.
—No te preocupes, Bateman —oyó—. Le diré que llegarás tarde para cenar.

El mono -- Stephen King

El mono
Stephen King








Cuando Hal Shelbum lo vio, cuando su hijo Dennis lo sacó de una deteriorada caja de Ralston-Purina que había sido arrinconada bajo un montón de trastos en una buhardilla, brotó en él una sensación tan grande de horror y desánimo que por un momento creyó que iba a lanzar un grito. Apretó un puño contra su boca, como para empujarlo de vuelta y tragárselo... y entonces se limitó a toser tras su puño. Ni Terry ni Dennis se dieron cuenta de aquello, pero Petey miró a su alrededor, momentáneamente curioso.
—¡Eh, qué bonito! —dijo Dennis con deferencia. Era un tono que Hal raramente obtenía ya de su hijo. Dennis tenía doce años.
—¿Qué es? —preguntó Petey, y miró de nuevo a su padre antes de que sus ojos fueran atraídos otra vez hacia aquello que su hermano mayor había encontrado—. ¿De qué se trata, papá?
—Es un mono, chico listo —dijo Dennis—. ¿Nunca habías visto un mono antes?
—No llames a tu hermano chico listo —dijo Terry automáticamente, y se puso a examinar una caja llena de cortinas. Las cortinas estaban apolilladas, y las dejó rápidamente—. Uf.
—¿Puedo quedármelo, papá? —preguntó Petey. Tenía nueve años.
—¿Qué quieres decir? —exclamó Dennis—. ¡Lo encontré yo!
—Chicos, por favor —dijo Terry—. Me estáis dando dolor de cabeza.
Hal apenas les oyó... a ninguno de ellos. El mono resplandecía imprecisamente entre las manos de su hijo mayor, sonriendo con su vieja sonrisa familiar. La misma sonrisa que había atormentado sus pesadillas cuando era niño, atormentado hasta que él...
Afuera sopló una repentina ráfaga de viento, y por un momento unos labios sin carne hicieron sonar una larga nota a través del viejo y oxidado canalón. Petey se acercó a su padre, los ojos fijos de modo intranquilo en las vigas de madera del techo de la buhardilla, llenas de clavos.
—¿Qué ha sido eso, papá? —preguntó cuando el silbido murió en un zumbido gutural.
—Sólo el viento —dijo Hal, sin dejar de mirar al mono.
Sus platillos, más bien medias lunas de latón que círculos completos, estaban inmóviles a la débil luz de una bombilla desnuda, quizás a treinta centímetros de distancia el uno del otro. Añadió automáticamente:
—El viento puede silbar, pero no puede entonar una canción.
Entonces se dio cuenta de que ésta era una de las frases de su tío Will, y un escalofrío recorrió su espina dorsal.
La larga nota llegó de nuevo con el viento procedente del Crystal Lake en un largo y zumbante descenso y luego vibró en el canalón. Media docena de pequeñas ráfagas lanzaron el frío aire de octubre contra el rostro de Hal... Dios, aquel lugar era tan parecido al cuarto trastero de la casa en Hartford que parecía como si todos ellos hubieran sido transportados a treinta años atrás en el tiempo.
No debo pensar en eso.
Pero el pensamiento no podía ser rechazado.
En el cuarto trastero donde encontré ese maldito mono en esa misma maldita caja.
Terry se había apartado un poco para examinar una canasta de madera llena con chucherías, y caminaba agachada debido a la fuerte inclinación del techo.
—No me gusta —dijo Petey, y buscó la mano de Hal—. Dennis puede quedárselo si quiere. ¿Nos vamos, papá?
—¿Tienes miedo a los fantasmas, gallina? —inquirió Dennis.
—Dennis, ya basta —dijo Terry ausentemente, mientras cogía una tacita de hojalata con un dibujo chino—. Esto es bonito. Creo que...
Hal vio que Dennis había encontrado la llave de la cuerda en la espalda del mono. El terror aleteó con negras alas en su interior.
—¡No hagas eso!
Sus palabras brotaron más agudas de lo que hubiera deseado, y había arrancado el mono de entre las manos de Dennis antes de darse cuenta de lo que hacía. Dennis miró a su alrededor y luego a él, sorprendido. Terry miró también hacia atrás por encima de su hombro. Y Petey alzó los ojos. Por un momento todos permanecieron en silencio, y el viento silbó de nuevo, muy suavemente esta vez, como una desagradable invitación.
—Quiero decir que lo más probable es que esté roto —dijo Hal.
Solía estar roto... excepto cuando deseaba estar arreglado.
—Bueno, pero no hacía falta que me lo quitaras —dijo Dennis.
—Dennis, cállate.
Dennis parpadeó, y por un momento pareció casi inquieto. Hal no le había hablado de forma tan cortante desde hada mucho tiempo. Desde que había perdido su trabajo en la National Aerodyne en California hacía dos años y se habían mudado a Texas. Dennis decidió no seguir adelante con aquello... por ahora. Se volvió de espaldas a la caja de Ralston-Purina y de nuevo empezó a revolver trastos, pero todo lo que había era pura basura. Juguetes rotos mostrando sus tripas de relleno y muelles.
El viento era más fuerte ahora, ululando en vez de silbar. La buhardilla empezó a crujir suavemente, haciendo un ruido como de pasos.
—Por favor, papá —pidió Petey, apenas lo suficientemente alto como para que su padre le oyera.
—Sí —dijo éste—. Terry, vámonos.
—No he terminado con este...
—He dicho vámonos.
Ahora le tocó a ella mostrarse asombrada.


Habían tomado dos habitaciones contiguas en un motel. Aquella noche a las diez, los chicos estaban durmiendo en su habitación y Terry estaba dormida en la habitación de los adultos. Había tomado dos Valium en el camino de vuelta desde la vieja casa en Casco, para librarse de la migraña. Últimamente tomaba mucho Valium. Había empezado aproximadamente en la época en que la National Aerodyne había despedido a Hal. Durante los últimos dos años él había estado trabajando para la Texas Instruments... Eran cuatro mil dólares menos al año, pero al menos era un trabajo. Él le había dicho a Terry que tenían suerte. Ella había asentido. Había muchos especialistas en software cobrando el desempleo, había dicho él. Ella había asentido. El empleo en Amette era exactamente igual de bueno que el puesto en Fresno, había dicho él. Ella había asentido, pero él tuvo la impresión de que su asentimiento era una mentira.
Y él estaba perdiendo a Dennis. Podía sentir al chico alejándose, alcanzando una prematura velocidad de escape. Adiós, Dennis. Hasta otra, desconocido. Fue bueno compartir este tren contigo. Terry deda que el chico fumaba marihuana. Podía olerlo a veces. «Tienes que hablar con él, Hal.» Y él había asentido, pero hasta ahora no lo había hecho.
Los chicos estaban durmiendo. Terry estaba durmiendo. Hal se metió en el cuarto de baño, cerró la puerta, se sentó en la tapa del inodoro y miró al mono.
Odiaba su aspecto, su blando y lanudo pelaje marrón, pelado en algunos lados. Odiaba su sonrisa... Ese mono sonríe exactamente igual que un negro, había dicho en una ocasión el tío Will, pero no sonreía como un negro, no sonreía como nada humano. Su sonrisa era todo dientes, y si se le daba cuerda, sus labios se movían, sus dientes parecían hacerse más grandes, convertirse en los dientes de un vampiro, los labios se contorsionaban y los platillos sonaban. Estúpido mono, estúpido mono a cuerda, estúpido, estúpido...
Lo dejó caer. Sus manos estaban temblando y lo dejó caer.
La llave chasqueó contra las baldosas del cuarto de baño cuando golpeó el suelo. El sonido pareció muy fuerte en el silencio y la quietud. Se quedó sonriendo con sus lóbregos ojos ambarinos, ojos de muñeco, llenos con una alegría idiota, sus platillos de latón preparados como para puntuar con sus golpes una marcha interpretada por alguna sombría banda infernal, y en el fondo estampada la frase Made in Hong Kong.
—No puedes estar aquí —susurró—. Te tiré al pozo cuando yo tenía nueve años.
El mono le sonrió desde el suelo.
Hal Shelburn se estremeció.
Afuera, en la noche, un negro soplo de viento sacudió el motel.


Bill, el hermano de Hal, y Collette, la esposa de Bill, se encontraron con ellos en la casa del tío Will y la tía Ida al día siguiente.
—¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez que una muerte en la familia es una forma realmente asquerosa de renovar las relaciones familiares? —le preguntó Bill con el principio de una sonrisa. Había sido bautizado así en honor al tío Will. Will y Bill, campeones del rodayo, acostumbraba a decir el tío Will, y revolvía el pelo de Bill. Era una de sus frases... como que el viento puede silbar pero no puede entonar una canción. El tío Will había muerto hacía seis años, y la tía Ida había vivido desde entonces allí sola, hasta que la semana anterior un ataque al corazón se la había llevado. Todo muy repentino, había dicho Bill cuando llamó desde larga distancia para darle a Hal la noticia. Como si él pudiera saberlo, como si cualquiera pudiera saberlo. Había muerto sola.
—Sí —dijo Hal—. He pensado en ello.
Miraron juntos el lugar, la vieja casa donde habían terminado de crecer los dos. Su padre, un marino mercante, había desaparecido como si hubiera sido borrado de la faz de la Tierra cuando ellos eran pequeños; Bill decía que lo recordaba vagamente, pero Hal no tenía ni el menor recuerdo de él. Su madre había muerto cuando Bill tenía diez años y Hal ocho. Entonces se trasladaron a casa del tío Will y de la tía Ida desde Hartford, y fueron criados allí, y fueron a la universidad allí. Bill se había quedado y ahora era un rico abogado en Portland.
Hal observó que Petey se estaba alejando hacia las zarzamoras que crecían en el lado oriental de la casa, formando una tupida maraña.
—Apártate de ahí, Petey —dijo.
Petey le devolvió una interrogadora mirada. Hal sintió que su sencillo amor hacia el muchacho le inundaba... y entonces, repentinamente, pensó de nuevo en el mono.
—¿Por qué, papá?
—El viejo pozo está en algún lugar por aquí —dijo Bill—. Pero que me condene si recuerdo exactamente dónde. Tu papá tiene razón, Petey... Esa maraña de zarzamoras es un lugar del que es mejor permanecer alejado. Los pinchos harían un buen trabajo contigo. ¿No es así, Hal?
—Exacto —dijo Hal automáticamente.
Petey se apartó del lugar, sin mirar hacia atrás, y luego bajó por el malecón hacia la pequeña playa de guijarros donde Dennis estaba arrojando piedras al agua. Hal sintió que algo en su pecho se aflojaba un poco.


Bill podía haber olvidado dónde estaba el viejo pozo, pero a última hora de aquella tarde, Hal se dirigió directamente hacia allá, abriéndose camino entre las zarzas que desgarraron su vieja chaqueta de franela y buscaron sus ojos. Llegó junto a él y se detuvo allí, respirando pesadamente, mientras contemplaba las podridas y combadas planchas de madera que cubrían su boca. Tras un momento de vacilación, se arrodilló (sus rodillas crujieron como dos secos disparos de pistola) y apartó a un lado dos de las tablas.
Desde el fondo de aquella húmeda garganta rodeada de piedra, un rostro se le quedó mirando: los ojos muy abiertos, la boca distorsionada en una mueca, y un lamento escapando por ella. No era fuerte, excepto en su corazón. Allí había resonado con intensidad.
Era su propio rostro, reflejado en la oscura agua.
No era el rostro del mono. Por un momento había pensado que era el rostro del mono.
Estaba temblando. Temblando de arriba a abajo.
Lo tiré al pozo. Lo tiré al pozo, por favor, Dios mío, no dejes que me vuelva loco. Lo tiré al pozo.
El pozo se había secado el verano que Johnny McCabe murió, el año después de que Bill y Hal llegaron a la vieja casa para quedarse con el tío Will y la tía Ida. El tío Will había pedido prestado dinero al banco para perforar un pozo artesiano, y las zarzamoras habían crecido alrededor del viejo pozo. El pozo seco.
Excepto que el agua había vuelto. Como el mono.
Esta vez no podía negar el recuerdo. Hal permaneció sentado allí, impotente, dejando que acudiera a él, intentando ir con él, cabalgándolo como alguien que hace surf cabalga la monstruosa ola que puede aplastarlo si cae de su tabla, intentando simplemente seguir su paso de modo que desapareciera de nuevo por el otro lado.


Se había deslizado con el mono hasta allí afuera a finales de aquel verano, y las zarzamoras estaban en sazón, con su olor denso y empalagoso. Nadie iba hasta allí a cogerlas, aunque a veces tía Ida se detenía al borde de las zarzas y tomaba un puñado de zarzamoras en su delantal. En el interior del zarzal, las zarzamoras habían madurado en exceso; algunas se estaban pudriendo ya, rezumando un espeso fluido blanco como pus, y los grillos cantaban enloquecedoramente en la alta hierba, bajo sus pies su chirrido interminable: criiiiiiiiii...
Las zarzas se clavaron en él, punteando bolitas de sangre en sus desnudos brazos. No hizo ningún esfuerzo por evitar sus pinchazos. Había estado ciego de terror... Tan ciego que por unos pocos centímetros estuvo a punto de tropezar con las tablas que cubrían el pozo, quizá a unos centímetros de caer diez metros hasta el lodoso fondo del pozo. Había agitado los brazos para mantener el equilibrio, y más espinas habían ensartado sus antebrazos. Era ese recuerdo lo que le había hecho llamar secamente a Petey para que volviera atrás.
Era el día en que Johnny McCabe había muerto;, su mejor amigo... Johnny había estado trepando por los travesaños de madera de la escalera de cuerda que conducía hasta su casa en la copa del árbol, en el patio de atrás. Los dos habían pasado muchas horas ahí arriba aquel verano, jugando a los piratas, viendo imaginarios galeones allá afuera en el lago, disparando sus cañones, preparándose para el abordaje. Johnny había estado trepando a su casa en la copa del árbol como había hecho miles de veces antes, y el travesaño justo debajo de la puerta trampilla en el fondo de la casa en el árbol se había partido bajo sus manos, y Johnny había caído diez metros hasta el suelo y se había roto el cuello, y la culpa era del mono, el mono, el maldito y odioso mono. Cuando sonó el teléfono, cuando tía Ida abrió mucho la boca y luego formó una O de horror, cuando su amiga Milly de más abajo de la calle le dio la noticia, cuando tía Ida dijo «Sal al porche, Hal, tengo que darte una mala noticia...», había pensado con mórbido horror: ¡El mono! ¿Qué ha hecho el mono ahora?
No había habido ningún reflejo de su rostro atrapado en el fondo del pozo aquel día. Únicamente los guijarros cayendo a la oscuridad y el olor del lodo húmedo. Había mirado al mono tirado allá en la resistente hierba que crecía entre las zarzas, sus platillos en suspenso, sus sonrientes y enormes dientes entre sus entreabiertos labios, su pelaje, desgastado aquí y allá hasta formar manchas peladas, sus inmóviles ojos.
—Te odio —le había susurrado.
Rodeó con su mano aquel detestable cuerpo, sintiendo crujir el lanudo pelaje. El mono le sonrió mientras lo mantenía delante de su rostro.
—¡Adelante! —le desafió, echándose a llorar por primera vez aquel día.
Lo sacudió. Los inmóviles platillos se agitaron levemente. Destruía todo lo bueno. Absolutamente todo.
—¡Adelante, hazlos sonar! ¡Hazlos sonar!
El mono simplemente sonreía.
—¡Vamos, hazlos sonar! —Su voz se alzó histéricamente—. ¡Salta, salta y hazlos sonar! ¡Vamos, atrévete! ¡Te desafío a que lo hagas!
Sus ojos amarillo amarronados. Sus enormes y regocijados dientes.
Entonces lo arrojó al pozo, loco de pesar y de terror. Lo vio girar sobre sí mismo una vez mientras caía, un simiesco acróbata haciendo un truco, y el sol se reflejó por última vez en aquellos platillos. Golpeó el fondo con un golpe sordo, y eso debió desencadenar su mecanismo, pues de repente los platillos empezaron a sonar. Su rítmico, deliberado y cantarín sonido ascendió hasta sus oídos, resonando con extraños ecos en la garganta de piedra del pozo muerto: jang-jang-jang-jang...
Hal aplastó sus manos sobre su boca y, por un momento, pudo verle allí abajo, quizá tan sólo con los ojos de la imaginación... Tendido allá en el lodo, los ojos resplandeciendo hacia arriba, mirando al pequeño círculo de su rostro infantil asomado sobre el borde del pozo (como si silueteara su forma para siempre), los labios abriéndose y contrayéndose en torno a aquellos sonrientes dientes, los platillos sonando, el alegre mono de cuerda.
Jang-jang-jang-jang, ¿quién ha muerto? Jang-jang-jang-jang, ¿es Johnny McCabe, cayendo con los ojos desorbitados, trazando su propia pirueta acrobática mientras cae a través del brillante aire veraniego de vacaciones con el roto peldaño aún sujeto en sus manos para golpear contra el suelo con un único y amargo crujido de algo que se rompe? ¿Es Johnny, Hal? ¿O eres tú?
Gimiendo, Hal había colocado las tablas sobre el agujero, clavándose astillas en las manos, sin importarle, sin darse siquiera cuenta hasta más tarde. Y aún podía oírlo, incluso a través de las tablas, ahora ahogado y, en cierto modo, peor aún: estaba ahí abajo en aquella oscuridad de piedra, golpeando sus platillos y contorsionando su repulsivo cuerpo, y el sonido ascendía como el sonido de un hombre enterrado prematuramente, arañando en busca de una salida.
Jang-jang-jang-jang, ¿quién ha muerto esta vez?
Tambaleante, se abrió camino a través de las zarzas, de vuelta a casa. Los espinos trazaron nuevos surcos de sangre en su rostro, los lampazos se aferraron a las vueltas de sus téjanos, y en una ocasión cayó cuan largo era, sus oídos tintineando aún, como si el mono le estuviera siguiendo. El tío Will lo encontró más tarde, sentado en un neumático viejo en el garaje y sollozando, y pensó que Hal estaba llorando por su amigo muerto. Así era, pero también lloraba como secuela de su terror.
Había arrojado al mono al fondo del pozo por la tarde, a primera hora. Aquel anochecer, mientras el ocaso se arrastraba a través de un brillante manto de nieblas bajas, un coche avanzando demasiado rápido para la reducida visibilidad había arrollado en la carretera al gato de la isla de Man de tía Ida y luego prosiguió su camino. Hubo intestinos esparcidos por todas partes y Bill vomitó, pero Hal simplemente había vuelto su rostro, su pálido y crispado rostro, mientras oía a tía Ida sollozar (esto, añadido a las noticias de la muerte del chico McCabe, había ocasionado un ataque de llanto casi histérico, y pasaron dos horas antes de que el tío Will consiguiera calmarla por completo) como si estuviera a kilómetros de distancia. En su corazón había una fría y exultante alegría. No había sido su tumo. Había sido el gato de tía Ida, no él, ni su hermano Bill o su tío Will (dos campeones del rodayo). Y ahora el mono ya. No estaba, permanecía en el fondo del pozo, y un zarrapastroso gato de la isla de Man con sus orejas llenas de garrapatas no era un precio demasiado grande a pagar. Si el mono deseaba tocar sus infernales platillos, que lo hiciera. Podía tocarlos y tocarlos para los insectos y los escarabajos, todas las cosas oscuras que tenían su hogar en la garganta de piedra del pozo. Se pudriría allá abajo en la oscuridad, y sus repulsivos engranajes y ruedas y muelles se oxidarían en las tinieblas. Moriría ahí abajo. En el lodo y la oscuridad. Las arañas tejerían su sudario.
Pero... había vuelto.
Lentamente, Hal tapó de nuevo el pozo, como había hecho aquel otro día, y en sus oídos resonó el eco fantasmal de los platillos del mono: Jang-jang-jang-jang, ¿quién ha muerto, Hal? ¿Es Terry? ¿Dennis? ¿Es Petey, Hal? ¿Es tu favorito, verdad? ¿Es él? Jang-¡ang-jang...


—¡Deja eso!
Petey se echó hacia atrás y soltó el mono, y por un momento de pesadilla Hal pensó que iba a ocurrir, que la sacudida iba a desencadenar la maquinaria y los platillos iban a empezar a sonar y a tintinear.
—Papi, me has asustado.
—Lo siento. Sólo que... no quiero que juegues con eso.
Los demás se habían ido a ver una película, y él había pensado que llegaría de vuelta al motel antes que ellos, pero se había quedado en la vieja casa más tiempo del que había supuesto. Los viejos y odiosos recuerdos parecían moverse en su propia y eterna zona de tiempo...
Terry estaba sentada cerca de Petey, mirando The Beverly Hillbillies. Contemplaba la vieja y granulosa impresión con una concentración fija y absorta que hablaba de una reciente toma de Valium. Dennis estaba leyendo una revista de rock, con el grupo Styx en la portada. Petey había permanecido sentado con las piernas cruzadas en la moqueta, jugueteando con el mono.
—No funciona de ninguna de las maneras —dijo Petey.
Lo cual explica por qué Dennis se lo ha dejado, pensó Hal, y entonces se sintió avergonzado y furioso consigo mismo. Parecía incapaz de controlar la hostilidad que sentía hacia Dennis cada vez más a menudo, pero luego se notaba rebajado y vulgar..., impotente.
—No —dijo—. Es viejo. Voy a tirarlo. Dámelo.
Tendió su mano y Petey, con aspecto afligido, se lo entregó.
—Papi se está volviendo un esquizofrénico asustado —dijo Dennis a su madre.
Hal ya cruzaba la habitación incluso antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, sonriendo como aprobadoramente con el mono en una mano. Sacó a Dennis de su silla tirando de su camisa, y se produjo un sonido susurrante cuando una de las costuras se rasgó en algún lugar. Dennis pareció casi cómicamente impresionado. Su ejemplar de Tiger Beat cayó al suelo.
––¡Eh!
—Ven conmigo —dijo Hal severamente, tirando de su hijo hacia la puerta que comunicaba con la otra habitación.
—¡Hal! —casi gritó Terry. Petey sólo abrió mucho los ojos.
Hal sacó a Dennis fuera. Cerró la puerta de un golpe y luego empujó a Dennis contra la puerta. Dennis empezaba a parecer asustado.
—Estás convirtiéndote en un problema —dijo Hal.
—¡Suéltame! Me has roto la camisa, me has...
Hal aplastó de nuevo al muchacho contra la puerta.
—Sí —dijo—. Un auténtico problema de descaro. ¿Te han enseñado eso en la escuela? ¿O allá en el fumadero?
Dennis enrojeció, el rostro momentáneamente crispado por la culpabilidad.
—¡Yo no estaría en esa mierda de escuela si a tí no te hubieran despedido! —estalló.
Hal aplastó de nuevo al muchacho contra la puerta.
—No fui despedido. Eliminaron mi puesto y tú lo sabes. Y no necesito tu mierda de opinión al respecto. ¿Tienes problemas? Bienvenido al mundo, Dennis. Pero no eches tus problemas sobre mí. Comes cada día. Tus posaderas están cubiertas. Después de once años... no necesito... ni una mierda... de tí.
Puntuó cada frase tirando del muchacho hacia delante, hasta que sus narices estuvieron casi tocándose, y luego lo empujó contra la puerta. No lo hacía con la suficiente violencia como para hacerle daño, pero Dennis estaba asustado... Su padre no había alzado la mano sobre él desde que se habían mudado a Texas, y ahora empezó a llorar con los fuertes, roncos y saludables sollozos de un cuerpo joven.
—¡Adelante, pégame! —le gritó a Hal, su rostro crispado y moteado por el flujo de la sangre—. ¡Pégame si quieres! ¡Sé cuánto me odias!
—No te odio. Te quiero mucho. Dennis. Pero soy tu padre y tienes que mostrarme respeto o voy a tener que zurrarte para conseguirlo.
Dennis intentó soltarse, pero Hal tiró del muchacho hacia sí y lo abrazó. Dennis luchó por un momento, y luego apoyó su rostro contra el pecho de Hal y lloró como si estuviera exhausto. Era la especie de llanto que Hal no había oído a ninguno de sus hijos desde hacía años. Cerró los ojos, dándose cuenta de que él también se sentía exhausto.
Terry empezó a golpear al otro lado de la puerta.
—¡Ya basta, Hal! ¡Sea lo que sea lo que le estás haciendo, ya basta!
—No lo estoy matando —dijo Hal—. Tranquilízate, Terry.
—Pero tú...
—Todo va bien, mamá —dijo Dennis, la voz ahogada contra el pecho de Hal.
Pudo sentir su perplejo silencio por un momento, y luego ella se apartó de la puerta. Hal miró de nuevo a su hijo.
—Siento lo que te dije, papá —dijo Dennis, a disgusto.
—Cuando volvamos a casa, la próxima semana, aguardaré dos o tres días y luego voy a registrar todos tus cajones, Dennis. Si hay en ellos algo que no quieras que yo vea, será mejor que te desembaraces de ello.
De nuevo el ramalazo de culpabilidad. Dermis bajó los ojos y se secó los mocos con el dorso de la mano.
—¿Puedo irme ahora? —dijo nuevamente hosco.
—Por supuesto —dijo Hal, y le dejó marchar.
Tenemos que ir de camping en la primavera, solos los dos. Pescar un poco, como el tío Will acostumbraba a hacer con Bill y conmigo. Acercarme un poco a él. Intentarlo.
Se sentó en la cama, en la vacía habitación, y miró al mono. Nunca te acercarás de nuevo a él, Hal, parecía decir su sonrisa. Nunca más. Nunca más.
El simple hecho de mirar al mono le hizo sentirse agotado. Lo dejó a un lado y se puso una mano sobre los ojos.


Aquella noche, en el cuarto de baño, Hal estaba limpiándose los dientes y pensando: Estaba en la misma caja. ¿Cómo podía estar en la misma caja?
El cepillo de dientes se desvió hacia arriba, lastimando sus encías. Dio un respingo.
El tenía cuatro años, y Bill seis, la primera vez que vio el mono. Su desaparecido padre había comprado una casa en Hartford, había terminado de pagarla y era completamente de ellos antes de que muriera o desapareciera o lo que fuese. Su madre trabajaba como secretaria en la Holmes Aircraft, la fábrica de helicópteros en las afueras de Westville, y una serie de muchachas habían pasado por la casa para cuidar a los chicos, excepto que por aquel entonces tan sólo era a Hal a quien tenían que cuidar durante el día... Bill estaba ya en la escuela, en primer grado. Ninguna duraba mucho tiempo. O se quedaban embarazadas y se casaban con sus amigos, o se iban a trabajar a Holmes, o la señora Shelbum descubría que habían dado cuenta de su jerez para cocinar o de la botella de coñac que guardaba en el aparador para las ocasiones especiales. La mayoría eran chicas estúpidas que lo único que parecían desear era comer o dormir. Ninguna deseaba leerle a Hal del modo que lo hada su madre.
Aquel largo verano, la niñera fue una voluminosa y zalamera chica negra llamada Beulah. Adulaba a Hal cuando la madre de Hal estaba por los alrededores, y a veces le pellizcaba cuando su madre no estaba. Sin embargo, Hal sentía un cierto aprecio hacia Beulah, que de vez en cuando le leía algún espeluznante relato de una de sus revistas románticas o de detectives. («La muerte avanzaba solapadamente hacia la voluptuosa pelirroja», entonaba Beulah amenazadoramente en el soñoliento silencio de la sala de estar, y se metía otro cacahuete salado en la boca, mientras Hal estudiaba solemnemente las mal impresas figuras de los dibujos a página entera y bebía su leche.) Y ese aprecio hizo que las cosas fueran peores.
Descubrió el mono en un frío y nuboso día de marzo. Caía una esporádica aguanieve afuera en las ventanas, y Beulah estaba dormida en el sofá, con un ejemplar de My Story abierto boca abajo sobre su admirable seno.
De modo que Hal se dirigió al cuarto trastero para echar una ojeada a las cosas de su padre.
El cuarto trastero era un lugar para guardar cosas que ocupaba toda la longitud del segundo piso por el lado izquierdo, un espacio extra que nunca había sido terminado. Uno entraba en el cuarto trastero utilizando una pequeña puerta —una especie de puertecilla como de conejera— en el lado de Bill de la habitación de los chicos. A ambos les gustaba meterse allí dentro, pese a que hacía frío en invierno y demasiado calor en verano, tanto como para salir con un cubo lleno del sudor brotado de sus poros. Largo y estrecho, y en cierto modo misterioso, el cuarto trastero estaba lleno de fascinantes cosas viejas. No importaba cuántas cosas mirara uno allí dentro, nunca parecía posible mirar todo lo que había. Él y Bill habían pasado varias tardes de sábado enteras allí arriba, apenas hablándose, sacando cosas de cajas, examinándolas, dándoles vueltas y más vueltas hasta que sus manos pudieran absorber cada única realidad, luego devolviéndolas a su sitio. Ahora Hal se preguntaba si él y Bill no habrían estado intentando, de la mejor manera posible, ponerse en contacto con su desvanecido padre.
Había sido marino mercante y el lugar estaba lleno con fajos de mapas, algunos señalados con precisos círculos (y el orificio de la punta del compás en el centro de cada uno de ellos). Había veinte volúmenes de algo llamado Guía para la Navegación Barron. Unos binoculares torcidos que hacían que los ojos ardieran y que falseaban de forma curiosa las cosas si se miraba por ellos demasiado rato. Había recuerdos turísticos de una docena de puertos de escala —muñecas de hula-hula de caucho, un sombrero hongo de cartón negro con una retorcida banda que decía PICA A UNA CHICA Y TE HAGO PICADILLY, una bola de cristal con una pequeña Torre Eiffel dentro—, y había también sobres, con sellos de muchos lugares dispuestos cuidadosamente en su interior, y monedas de otros países; había muestras de roca de la isla hawaiana de Maui, un cristal negro..., pesado y en cierto modo amenazador, y divertidos discos en idiomas extranjeros.
Aquel día, con el aguanieve cayendo hipnóticamente del techo justo encima de sus cabezas, Hal se abrió camino hasta el extremo más alejado del cuarto trastero, apartó a un lado una caja y debajo vio otra caja: una caja de Ralston-Purina. Mirando desde su interior, un par de vidriosos ojos color avellana. Le dieron un sobresalto y por un momento retrocedió, el corazón latiéndole fuertemente, como si hubiera descubierto a un mortífero pigmeo. Luego vio su silencio, la fija mirada de aquellos ojos, y se dio cuenta de que era algún tipo de juguete. Avanzó de nuevo y lo sacó cuidadosamente de la caja.
Le sonrió con su dentona sonrisa sin edad bajo la amarilla luz, sus platillos muy separados.
Encantado, Hal había dado la vuelta al juguete, sintiendo lo encrespado de su lanoso pelaje. Su alegre sonrisa le agradaba. Sin embargo, ¿no había habido algo más allí? ¿Una casi instintiva sensación de disgusto que había aparecido y desaparecido incluso antes de que fuera consciente de ella? Quizá fuera así, pero con un viejo recuerdo como aquél hay que procurar no creer demasiado. Los viejos recuerdos pueden mentir, pero... ¿no había visto la misma expresión en el rostro de Petey, en la buhardilla de la vieja casa?
Había descubierto la llave inserta en la parte baja de su espalda y le dio cuerda. La llave giró casi demasiado fácilmente y la cuerda no dejó oír el sonido del engranaje. Por tanto, estaba rota. Rota, pero el juguete seguía siendo bonito.
Se lo llevó afuera para jugar con él.
—¿Qué es eso que trae, Hal? —preguntó Beulah, despertando de su siesta.
—Nada —dijo Hal—. Lo encontré.
Lo colocó en la estantería de su lado en el dormitorio. Estaba encima de sus cuadernos Lassie para colorear, sonriente, mirando al espacio, los platillos en equilibrio. Estaba roto, pero pese a todo sonreía. Aquella noche, Hal se despertó de algún sueño intranquilo, la vejiga llena, y salió para utilizar el cuarto de baño del vestíbulo. Bill era un montón de sábanas respirando regularmente al otro lado de la habitación.
Hal volvió del cuarto de baño, casi dormido de nuevo... y repentinamente el mono empezó a golpear sus platillos, uno contra el otro, en la oscuridad.
Jang-jang-jang-jang...
Se despertó por completo, como si le hubiesen golpeado en pleno rostro con una toalla fría y mojada. Su corazón dio un brinco de sorpresa, y un agudo chillido, casi de ratón, escapó de su garganta. Miró al mono, los ojos muy abiertos, los labios temblando.
Jang-jang-jang-jang...
Su cuerpo se agitaba y saltaba en el estante, mientras sus labios se abrían y cerraban, se abrían y cerraban, odiosamente alegres, revelando unos dientes enormes y carnívoros.
—Para —susurró Hal.
Su hermano se dio la vuelta en la cama y emitió un único y fuerte ronquido. Todo lo demás permaneció en silencio... excepto el mono. Los platillos resonaban y tintineaban, y seguramente iban a despertar a su hermano, a su madre, a todo el mundo. Iban a despertar incluso a los muertos.
Jang-jang-jang-jang...
Hal avanzó hacia él, dispuesto a pararlo como fuera, quizá poniendo su mano entre los platillos hasta que se acabara la cuerda (pero estaba rota, ¿no?) y se detuviera por sí mismo. Los platillos entrechocaron una última vez —¡jang!— y luego se separaron lentamente hasta su posición original. El latón relucía en las sombras. Los sucios y amarillentos dientes del mono sonreían en su improbable sonrisa.
La casa estaba de nuevo silenciosa. Su madre se dio la vuelta en su cama e hizo eco al ronquido de Bill. Hal volvió a su cama y se tapó con las sábanas, su corazón latiendo aún apresuradamente, y pensó: Mañana lo devolveré al cuarto trastero. No lo quiero.
Pero a la mañana siguiente olvidó por completo devolver el mono a su lugar original, debido a que su madre no fue a trabajar: Beulah había muerto. Su madre no quiso decirles exactamente lo ocurrido.
—Fue un accidente. Sólo un terrible accidente —fue todo cuanto dijo.
Pero aquella tarde Bill compró un periódico, camino de vuelta a casa desde la escuela, y llevó hasta su habitación, escondida bajo su camisa, la página cuatro. (Dos muertos a tiros en un apartamento, decían los titulares.) Leyó vacilantemente el artículo a Hal, siguiéndolo con el dedo, mientras su madre preparaba la cena en la cocina, Beulah McCaffery, de 19 años, y Sally Tremont, de 20, fueron muertas a tiros por el amigo de la señorita McCaffery, Leonard White, de 25 años, a resultas de una discusión sobre quién iba a salir a recoger el encargo que habían hecho de un menú chino. La señorita Tremont murió en el Hartford, donde había sido trasladada urgentemente; Beulah McCaffery murió en el acto.
Era como si Beulah hubiera desaparecido dentro de una de sus propias revistas de detectives, pensó Hal Shelbum, y sintió que un frío estremecimiento recorría su espina dorsal y luego rodeaba su corazón. Entonces se dio cuenta de que los disparos se habían producido aproximadamente al mismo tiempo que el mono...


—¿Hal? —Era la voz de Terry, soñolienta—. ¿Vienes a la cama?
Escupió la pasta dentífrica al lavabo y se enjuagó la boca.
—Sí —dijo.
Antes había puesto el mono en su maleta y la había cerrado con llave. Iban a volar de vuelta a Texas dentro de dos o tres días, pero antes quería librarse definitivamente de aquella maldita cosa. Fuera como fuese.
—Fuiste muy duro con Dennis esta tarde —dijo Terry, en la oscuridad.
—Dennis necesita que alguien empiece a mostrarse un poco duro con él, creo. Está deslizándose. Simplemente, no quiero que empiece a caer.
—Psicológicamente, pegar al chico no es la forma...
—¡Por el amor de Dios, Terry! ¡No le pegué!
—... más productiva de afirmar la autoridad paterna.
—No empieces de nuevo con la mierda esa de las sesiones de grupo —dijo Hal, furioso.
—No comprendo por qué no deseas discutir eso —su voz era fría.
—También le dije que quería ver todas esas drogas fuera de casa.
—¿Has hecho eso? —Ahora sonaba aprensiva—. ¿Cómo se lo tomó? ¿Qué dijo?
—¡Vamos, Terry! ¿Qué podía decir? ¿«Lárgate y déjame en paz»?
—Hal, ¿qué ocurre contigo? Tú no eres así... ¿Qué es lo que va mal?
—Nada —dijo, mientras pensaba en el mono encerrado en su Samsonite.
¿Lo oiría si empezaba a hacer sonar sus platillos? Sí, seguro que lo oiría. Apagado, pero audible. Haciendo sonar el sino de alguien, como lo había hecho para Beulah, Johnny McCabe, Daisy la perra del tío Will, Jang-jang-jang, ¿eres tú, Hal?
—Lo que ocurre es que he estado un poco tenso últimamente.
—Espero que sólo sea eso, porque no me gustas así.
—¿No? —Y las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas; ni siquiera lo deseó—. Entonces es mejor engullir unos cuantos Valiums y todo vuelve a estar bien, ¿eh?
Oyó que contenía la respiración y luego exhalaba su aliento temblorosamente. Entonces se echó a llorar. Hal hubiera podido consolarla (quizá), pero no parecía haber consuelo en él. Había demasiado terror. Todo iría mejor cuando el mono hubiera desaparecido de nuevo, desaparecido definitivamente. Por Dios, desaparecido definitivamente.
Permaneció tendido en la cama, despierto hasta muy tarde, hasta que el amanecer empezó a teñir el aire de gris allá afuera. Pero pensó que sabía lo que tenía que hacer.


Fue Bill quien encontró el mono la segunda vez.
Aproximadamente un año y medio después de que Beulah McCaffery resultara muerta en el acto. Era verano. Hal acababa de terminar su jardín de infancia.
Volvía de jugar con Stevie Arlingen y su madre le dijo:
—Lávate las manos, Hal. Vas sucio como un cerdo.
Estaba en el porche, tomando un té helado y leyendo un libro. Eran sus vacaciones; tenía dos semanas.
Hal metió sus manos bajo el chorro de agua fría y dejó sus huellas de suciedad en la toalla.
—¿Dónde está Bill?
—Arriba. Dile que ordene su lado de la habitación. Parece una pocilga.
Hal, que gozaba siendo el mensajero de noticias desagradables en tales cuestiones, se apresuró escaleras arriba. Bill estaba sentado en el suelo. La pequeña puerta conejera que conducía al cuarto trastero estaba abierta de par en par. Tenía el mono entre sus manos.
—No funciona —dijo Hal inmediatamente—. Está roto.
Se sentía aprensivo, aunque apenas recordaba su vuelta del cuarto de baño aquella noche, y al mono empezando a tocar repentinamente sus platillos. Aproximadamente una semana después de aquello, había tenido un mal sueño acerca del mono y de Beulah —no podía recordar exactamente cuál había sido— y se había despertado gritando, creyendo por un momento que el suave peso sobre su pecho era el mono, que iba a abrir los ojos y lo vería sonriéndole ante él. Por supuesto, el suave peso era tan sólo su almohada, que él mantenía aferrada en su pánico. Su madre acudió rápidamente con un vaso de agua y dos tranquilizantes infantiles con ligero sabor a naranja. Ella pensaba que era la muerte de Beulah lo que había ocasionado la pesadilla. Así era, pero no en la forma que ella creía.
Apenas recordaba nada de aquello ahora, pero el mono seguía asustándole, particularmente sus platillos. Y sus dientes.
—Lo sé —dijo Bill, y tiró el mono a un lado—. Es estúpido.
El mono aterrizó sobre la cama de Bill y se quedó mirando al techo, los platillos abiertos. A Hal no le gustaba verlo así.
—¿Quieres que vayamos a lo de Teddy y nos compremos unos polos?
—Ya me he gastado mi asignación —dijo Hal—. Además, mamá quiere que arregles tu parte de la habitación.
—Puedo hacerlo luego —dijo Bill—. Y te prestaré cinco centavos, si quieres.
Bil acostumbraba a gastarle malas pasadas a Hal, y ocasionalmente se enfadaba con él y le pegaba unos cuantos puñetazos sin razón aparente, pero normalmente se llevaban bien.
—Estupendo —dijo Hal, agradecido—. Pero primero voy a llevar ese mono roto al cuarto trastero, ¿eh?
—No —dijo Bill, tomándolo—. Déjalo.
Hal cedió. El humor de Bill era cambiable, y si se entretenían para devolver el mono a su lugar, podía perder su polo. Fueron a lo de Teddy y los compraron, y luego bajaron al descampado donde algunos chicos estaban jugando un partido de béisbol. Hal era demasiado pequeño para jugar, pero se sentó fuera del cuadrado, chupando su polo y persiguiendo lo que los chicos mayores llamaban «las pelotas que se van a la China». No volvieron a casa hasta que casi oscurecía, y su madre riñó a Hal por haber ensuciado la toalla del cuarto de baño. Al terminar de cenar vieron la televisión, y después de todo aquello Hal había olvidado por completo el mono. Este encontró en cierto modo su lugar en la estantería de Bill, donde se estableció al lado de la foto autografiada de Bill Boyd. Y allí se quedó durante casi dos años.
Cuando Hal cumplió los siete años, las niñeras se habían convertido en una extravagancia, y la última palabra de la señora Shelbum a los dos antes de irse cada mañana era: «Bill, cuida de tu hermano».
Ese día, sin embargo, Bill tenía que quedarse en la escuela después de las clases para una reunión de la Patrulla de Seguridad Infantil y Hal regresó solo a casa, deteniéndose en cada cruce hasta asegurarse de que no venía absolutamente ningún vehículo en ninguna de las dos direcciones. Entonces cruzaba a la carrera, los hombros hundidos hacia delante, como un soldado de infantería atravesando la tierra de nadie.
Cuando entró en la casa, con la llave que había debajo del felpudo, se dirigió inmediatamente a la nevera para tomar un vaso de leche. Nada más coger la botella, ésta se deslizó entre sus dedos, se estrelló contra el suelo haciéndose añicos, y los trozos de cristal volaron por todas partes, mientras el mono empezaba a batir sus platillos repentinamente, allá arriba en las escaleras.
Jang-jang-jang-jang, una y otra vez.
Hal se quedó inmóvil mirando hacia los trozos de cristal y el charco de leche, lleno de un terror que no podía nombrar ni comprender. Estaba simplemente ahí, fluyendo al parecer de todos sus poros.
Dio media vuelta y echó a correr escaleras arriba, hacia su habitación. El mono permanecía erguido en el estante de Bill, y parecía mirarle fijamente. Había derribado la foto autografiada de Bill Boyd, boca abajo sobre la cama de Bill. El mono saltaba y sonreía y hacía sonar sus platillos a la vez. Hal se le acercó lentamente. No deseaba hacerlo, pero era incapaz de permanecer alejado. Los platillos se apartaban y luego volvían a juntarse con un estruendoso tintineo, para apartarse de nuevo. Cuando se acercó, pudo oír el mecanismo girando en las entrañas del mono.
Bruscamente, soltando un grito de revulsión y terror, lo barrió del estante del mismo modo que uno barrería un enorme y asqueroso bicho. El mono golpeó contra la almohada de Bill y luego cayó al suelo, los platillos golpeando uno contra el otro, jang-jang-jang, los labios abriéndose y cerrándose mientras permanecía allí tendido sobre su espalda, en un cuadrado de luz de un sol de finales de abril.
Entonces, repentinamente, Hal recordó a Beulah. Aquella noche, el mono también había hecho sonar sus platillos.
Le dio un puntapié con su zapato Buster Brown, tan fuerte como pudo, y esta vez el grito que escapó de sus labios era un grito de furia. El mono de cuerda se deslizó por el suelo, golpeó contra la pared, y se quedó allá inmóvil. Hal permaneció de pie, mirándolo, los puños apretados y el corazón saltando en su pecho. El mono le sonreía insolentemente, con el sol reflejándose en un destello en uno de sus ojos de cristal. Patéame cuanto quieras, parecía decirle. No soy más que ruedas dentadas y engranajes y un tomillo sin fin o dos. Patéame cuanto gustes. No soy real, únicamente un divertido mono de cuerda, eso es todo lo que soy. ¿Y quién está muerto? ¡Ha habido una explosión en la fábrica de helicópteros! ¿Qué es lo que ha subido volando hacia el cielo como una enorme y ensangrentada pelota, con los ojos allá donde no deberían en absoluto estar? ¿Es la cabeza de tu madre, Hal? ¡Allá abajo, en la esquina de Brook Street! ¡El coche iba demasiado rápido! ¡El conductor estaba borracho! ¡Y ahora hay un chico de la Patrulla menos! ¿Puedes oír el sonido crujiente cuando las ruedas pasan por encima del cráneo de Bill y sus sesos brotan por sus orejas? ¿Sí? ¿No? ¿Quizá? A mí no me lo preguntes, yo no lo sé. No puedo saberlo. Todo lo que sé es golpear esos platillos entre sí: jang-jang-jang. ¿Y quién está muerto, Hal? ¿Tu madre? ¿Tu hermano? ¿O eres tú, Hal? ¿Eres tú?
Corrió de nuevo hacia él, con la intención de saltar sobre él, de aplastar su asqueroso cuerpo, de patearlo hasta que ruedas y engranajes saltaran por todos lados y sus horribles ojos de cristal rodaran por el suelo. Pero justo cuando lo alcanzaba, sus platillos empezaron a sonar de nuevo, muy suavemente... (jang), cuando, en algún lugar dentro de él, un muelle se expandió una última y minúscula vez... y una astilla de hielo pareció abrirse camino a través de las paredes de su corazón, empalándolo, congelando su furia y dejándole de nuevo enfermo de terror. El mono casi pareció darse cuenta de ello... ¡Cuan jubilosa parecía su sonrisa!
Lo cogió sujetando uno de sus brazos entre el índice y el pulgar de su mano derecha como si fueran unas pinzas, la boca crispada en un gesto de asco, como si estuviera recogiendo un cadáver. Su sarnoso pelaje de imitación parecía caliente, casi febril, contra su piel. Abrió de un golpe la puertecilla que conducía al cuarto trastero y encendió la bombilla. El mono le sonreía mientras Hal se arrastraba hasta el fondo del área de almacenamiento entre cajas apiladas sobre cajas, pasado el montón de libros de navegación, los álbumes de fotografías con sus emanaciones de viejos productos químicos y los recuerdos y los trajes viejos, y Hal pensó: Si empieza a tocar sus platillos ahora y se mueve en mi mano, gritaré, y si grito, hará algo más que sonreír, empezará a reír, a reírse de mí, y entonces me volveré loco y me encontrarán aquí, babeando y riendo, loco, me volveré loco, oh por favor querido Dios, por favor querido Jesús, no dejéis que me vuelva loco...
Llegó al fondo del cuarto trastero y echó dos cajas a un lado, volcando una de ellas. Arrojó el mono de vuelta a su caja de Ralston-Purina en el rincón, y el mono se acurrucó allí, confortablemente, como si estuviera finalmente en casa, los platillos separados, sonriendo con su sonrisa simiesca, como si el chiste estuviera aún en Hal. Hal reptó hacia atrás, sudando, sintiendo a la vez frió y calor, todo él fuego y hielo, esperando que los platillos empezaran a sonar de nuevo y que, cuando sonaran, el mono saltara de su caja y se deslizara como un escarabajo hacia él, su cuerda zumbando, sus platillos resonando alocadamente y...
...y nada de aquello ocurrió. Apagó la luz y cerró de golpe la pequeña puerta conejera y se apoyó contra ella, jadeando. Finalmente empezaba a sentirse un poco mejor. Se dirigió escaleras abajo sobre piernas de caucho, buscó una bolsa vacía, y empezó a recoger cuidadosamente todos los trozos de cristal de la rota botella de leche, preguntándose si iba a cortarse con ellos y desangrarse hasta morir, si era eso lo que los resonantes platillos habían proclamado. Pero tampoco ocurrió aquello. Encontró un trapo y secó toda la leche, luego se sentó a la espera de que su madre y su hermano regresaran a casa.
Su madre llegó primero, preguntando:
—¿Dónde está Bill?
Con una voz pálida y lenta, seguro ahora de que Bill debía estar muerto, Hal empezó a explicar lo de la reunión de la Patrulla, sabiendo que, por muy larga que hubiera sido la reunión, Bill debería haber llegado a casa hada al menos media hora.
Su madre se le quedó mirando con curiosidad y empezó a preguntar qué era lo que iba mal, entonces la puerta se abrió y entró Bill... sólo que no era en absoluto Bill, no realmente. Era el fantasma de Bill, pálido y silencioso.
—¿Qué ocurre? —exclamó la señora Shelburn—. Bill, ¿qué ocurre?
Bill se echó a llorar, y supieron la historia a través de sus lágrimas. Había sido un coche, dijo. Él y su amigo Charlie Silverman volvían juntos a casa después de la reunión, y el coche apareció por la esquina de Brook Street demasiado rápido, y Charlie se había quedado como helado, y Bill había tirado de la mano de Charlie una vez, pero ésta se le había escapado de entre los dedos y el coche...
Bill empezó a gemir muy fuerte, entre histéricos sollozos, y su madre lo apretó contra ella, acunándolo, y Hal miró afuera, al porche, y vio a dos policías de pie allí. El coche patrulla en el que habían traído a Bill a casa estaba junto al bordillo. Entonces empezó a llorar él también... pero sus lágrimas eran lágrimas de alivio.
Ahora le tocó a Bill tener pesadillas..., sueños en los cuales Charlie Silverman moría una y otra vez. y sus botas de cowboy Red Ryder saltaban de sus pies, y él se empotraba contra el capó del viejo Hudson Homet que el borracho conducía. La cabeza de Charlie Silverman y el parabrisas del Hudson se encontraban con un ruido explosivo, y ambos reventaban al unísono. El conductor borracho, que era propietario de una tienda de dulces en Milford, sufría un ataque al corazón poco después de haber sido llevado a la cárcel (quizá fuera la visión de los sesos de Charlie Silverman secándose en sus pantalones), y su abogado obtenía un gran éxito en el juicio con su «este hombre ya ha sido suficientemente castigado». El borracho había recibido una condena de sesenta días (aplazada) y se le había retirado la licencia de conducir en el estado de Connecticut durante cinco años... Casi el mismo período de tiempo que duraron las pesadillas de Bill Shelbum. El mono estaba oculto de nuevo en el cuarto trastero. Bill nunca se dio cuenta de que faltaba de su estante... o, si se dio cuenta, nunca hizo mención de ello.
Hal se sintió seguro por un tiempo. Y de nuevo empezó a olvidar al mono, o a creer que todo aquello no había sido más que un mal sueño. Pero cuando llegó a casa procedente de la escuela, la tarde en que su madre murió, el mono estaba de vuelta en su estante, los platillos separados e inmóviles, sonriéndole.
Se acercó lentamente a él, como si estuviera fuera de su cuerpo..., como si él también se hubiera convertido en un juguete de cuerda a la vista del mono. Vio su propia mano tenderse y cogerlo. Sintió el lanudo pelaje crujir bajo su mano, pero la sensación parecía como embotada; una simple presión, como si alguien le hubiera inyectado una dosis entera de novocaína. Podía oír su respiración, rápida y seca, como el resonar del viento entre la paja.
Le dio la vuelta y sujetó la llave. Años más tarde pensaría que su drogada fascinación era como la de un hombre que toma un seis tiros con una cámara cargada, hace girar el tambor, lo apoya contra su cerrado y tembloroso párpado y aprieta el gatillo.
No lo hagas... Déjalo, tíralo lejos. No lo toques...
Hizo girar la llave, y en el silencio oyó una perfecta sucesión de ligeros clics a medida que la cuerda se remontaba. Cuando soltó la llave, el mono empezó a hacer sonar sus platillos y pudo sentir su cuerpo contorsionarse, distenderse-y-contorsionarse, distenderse-y-contorsionarse, como si estuviera vivo. Estaba vivo, agitándose en su mano como un repugnante pigmeo, y la vibración que sentía a través de su pelaje marrón con grandes manchas peladas no era el de engranajes girando, sino el latido de su negro y ceniciento corazón.
Con un gruñido, Hal dejó caer el mono y retrocedió, sus uñas clavándose en la carne bajo sus ojos, su palma apretada contra su boca. Tropezó con algo y casi perdió el equilibrio (entonces hubiera caído al suelo junto a él, sus desorbitados ojos azules mirando directamente a los ojos de cristal color avellana del mono). Se tambaleó hacia la puerta, la cerró de golpe a sus espaldas y se apoyó contra ella. Repentinamente, echó a correr hacia el cuarto de baño y vomitó.
Fue la señora Stukey de la fábrica de helicópteros quien trajo la noticia y se quedó con ellos aquellas dos primeras e interminables noches, hasta que tía Ida llegó de Maine. Su madre había muerto de una embolia cerebral a media tarde. Estaba de pie junto al distribuidor del agua fría con un vaso de agua en una mano y se había derrumbado de pronto como si hubiera recibido un tiro, sujetando aún el vaso de papel en una mano. Con la otra había intentado agarrarse al depósito de cristal del aparato y lo había derribado junto con ella. Se había hecho añicos... Pero el doctor de la fábrica, que llegó a toda prisa, dijo más tarde que creía que la señora Shelburn estaba muerta antes de que el agua la empapara a través de su traje y su ropa interior. A los chicos no les dijeron nada de esto, pero Hal lo supo de todos modos. Soñó de nuevo, una y otra vez en las largas noches que siguieron a la muerte de su madre. ¿Sigues teniendo problemas para conciliar el sueño, hermanito?, le había preguntado Bill, y Hal supuso que Bill pensaba que todas sus inquietudes y malos sueños tenían que ver con la repentina muerte de su madre. Y tenía razón..., pero sólo en parte. Se trataba de la culpabilidad; la certeza, el absoluto convencimiento de que él había matado a su madre dándole cuerda al mono en aquel soleado atardecer después de la escuela.


Cuando finalmente Hal se quedó dormido, su sueño debió de ser profundo. Cuando despertó, era casi mediodía. Petey estaba sentado en una silla, con las piernas cruzadas, al otro lado de la habitación. Comía metódicamente una naranja gajo a gajo y observaba un concurso en la televisión.
Hal sacó las piernas de la cama, sintiendo como si alguien le hubiera sumido en aquel sueño... y luego le hubiera despertado sacándole de él. La cabeza le palpitaba.
—¿Dónde está mamá, Petey?
Petey miró a su alrededor.
—Ella y Dennis se fueron de compras. Yo dije que me quedaba contigo. ¿Siempre hablas en sueños, papá?
Hal miró cautelosamente a su hijo.
—No, no lo creo. ¿Qué es lo que he dicho?
—No eran más que murmullos. No he podido entender nada. Me asusté un poco.
—Bueno, aquí estoy, dispuesto y cuerdo otra vez —dijo Hal, y consiguió esbozar una sonrisita.
Petey se la devolvió, y Hal sintió de nuevo aquel sencillo amor hacia el chiquillo, una emoción que era clara e intensa, sin complicaciones. Se preguntó por qué siempre había sido capaz de sentir aquello hacia Petey, que le comprendía y que podía ayudarle, y por qué Dennis parecía una ventana demasiado oscura como para mirar a su través, un misterio en su forma de actuar y en sus hábitos, el tipo de chico que él no podía comprender porque nunca había sido ese tipo de chico. Era demasiado fácil decir que el traslado desde California había cambiado a Dennis, o que...
Sus pensamientos se congelaron. El mono. El mono estaba sentado en el antepecho de la ventana, los platillos separados e inmóviles. Hal sintió que su corazón se paraba bruscamente en su pecho y luego, de repente, se lanzaba al galope. Su visión osciló, y su palpitante cabeza empezó a dolerle ferozmente.
Había escapado de la maleta y ahora estaba apoyado en el antepecho de la ventana, sonriéndole. Pensaste que te habías librado de mí, ¿eh? Pero ya habías pensado lo mismo antes, ¿no?
Sí, pensó de modo enfermizo. Sí, lo había pensado.
—Petey, ¿has sacado tú ese mono de mi maleta? —preguntó, conociendo ya la respuesta: había cerrado la maleta con llave y se había metido la llave en el bolsillo de su abrigo.
Petey miró al mono, y algo —Hal pensó que era inquietud— pasó por su rostro.
—No —dijo—. Mamá lo puso ahí.
—¿Mamá lo hizo?
—Sí. Lo sacó de tu lado. Se rió de ello.
—¿Lo sacó de mi lado? ¿De qué estás hablando?
—Lo tenías en la cama contigo. Yo estaba lavándome los dientes, pero Dennis lo vio. Él también se rió. Dijo que parecías un bebé con su osito de felpa.
Hal miró al mono. Su boca estaba demasiado seca como para tragar saliva. ¿Había estado en la cama con él? ¿En la cama? ¿Aquel asqueroso pelaje contra su mejilla, quizá contra su boca, aquellos ojos de cristal mirando su rostro dormido, aquellos sonrientes dientes cerca de su cuello? ¡Dios mío!
Se volvió bruscamente y se dirigió hacia el armario empotrado. La Samsonite estaba allí, aún cerrada con llave. La llave seguía todavía en el bolsillo de su abrigo.
Tras él, la televisión se apagó. Cerró lentamente el armario empotrado. Petey estaba mirándole seriamente.
—Papá, no me gusta ese mono —dijo, con una voz tan baja que casi no se oía.
—A mí tampoco —dijo Hal.
Petey lo miró fijamente para ver si estaba bromeando, y vio que no lo estaba. Avanzó hacia su padre y lo abrazó fuertemente. Hal se dio cuenta de que temblaba.
Petey habló entonces en su oído, muy rápidamente, como si tuviera miedo de no tener el suficiente valor para decirlo de nuevo... o de que el mono pudiera oírle..
—Parece que te mira. Que te mira no importa donde tú estés en la habitación. Y si vas a la otra habitación, parece que sigue mirándote a través de la pared. No puedo evitar sentir como si... como si me deseara para algo.
Petey se estremeció y Hal lo abrazó más fuerte.
—Como si deseara que le dieras cuerda —dijo Hal.
Petey asintió violentamente.
—No está realmente roto, ¿verdad, papá?
—A veces lo está —dijo Hal, mirando al mono por encima del hombro de su hijo—. Pero a veces vuelve a funcionar.
—No dejo de sentir deseos de ir hasta allá y darle cuerda. Estaba todo tan tranquilo, y pensé: «No puedo, despertaré a papá». Pero seguía deseándolo, y me dirigí hacia allá y... lo toqué, y odié aquel contacto... Pero me gustó también... Era como si me estuviera diciendo: «Dame cuerda, Petey; jugaremos. Tu padre no va a despertarse, nunca más volverá a despertarse. Dame cuerda, dame cuerda...»
El chiquillo estalló repentinamente en lágrimas.
—Es malo, sé que lo es. Hay algo malo en él. ¿Podemos tirarlo, papá? ¿Por favor?
El mono sonreía a Hal con su eterna sonrisa. Podía sentir las lágrimas de Petey entre ellos. El sol del mediodía destellaba en los platillos de latón del mono... la luz se reflejaba hacia arriba y ponía franjas de luz solar en el liso estuco blanco del techo de la habitación del motel.
—¿Cuándo dijo tu madre que ella y Dennis iban a estar de vuelta, Petey?
—Hacia la una. —Se secó sus enrojecidos ojos con la manga de su camisa, como si se sintiera embarazado por sus lágrimas; pero se negó a mirar al mono—. Puse la televisión —susurró—. Y la puse muy alta.
—Eso estuvo bien, Petey.
—Tuve una extraña idea —dijo Petey—. Tuve la idea de que si le daba cuerda a ese mono, tú... Tú simplemente morirías, aquí en la cama. Durmiendo. ¿No fue una extraña idea, papá? —Su voz había bajado nuevamente de tono, y temblaba sin poder controlarse.
¿Cómo hubiera ocurrido? ¿Un ataque al corazón? ¿Una embolia, como mi madre? ¿Qué? Realmente no importa, ¿verdad? Y, pisándole los talones a esa idea, otro pensamiento, más estremecedor aún: Librémonos de él, dice. Tirémoslo. Pero, ¿puede alguien librarse realmente de él? ¿Para siempre?
El mono le sonreía-burlonamente, sus platillos bien separados. ¿Había cobrado repentinamente vida la noche en que tía Ida murió?, se preguntó de pronto. ¿Fue ese el último sonido que ella oyó, el ahogado jang-jang-jang del mono golpeando sus platillos allá arriba, en la oscura buhardilla, mientras el viento silbaba por el canalón?
—Quizá no tan extraña —dijo Hal lentamente a su hijo—. Ve a buscar tu bolsa de viaje, Petey.
Petey le miró sin comprender.
—¿Qué es lo que vamos a hacer?
Quizá podamos librarnos de él. Quizá permanentemente, quizá tan sólo por un tiempo... Mucho o poco tiempo. Quizá simplemente vuelva y vuelva y vuelva otra vez y es así como ocurren las cosas... Pero quizá yo —nosotros— podamos decirle adiós por un largo tiempo. Ha necesitado veinte años para volver esta vez. Ha necesitado veinte años para salir del pozo...
—Vamos a dar una vuelta —dijo Hal.
Se sentía completamente tranquilo, pero de algún modo había como un peso demasiado grande debajo de su piel. Incluso los globos de sus ojos parecían haber aumentado de peso.
Pero antes quiero que vayas a buscar tu bolsa de viaje y la lleves ahí, al final del aparcamiento, y encuentres tres o cuatro piedras de buen tamaño. Ponías dentro de la bolsa y tráemelo todo. ¿De acuerdo?
La comprensión parpadeó en los ojos de Petey.
—De acuerdo, papi.
Hal miró su reloj. Eran las 12.15.
—Apresúrate. Quiero haberme ido antes de que vuelva tu madre.
—¿Adonde vamos?
—A la casa de tío Will y tía Ida —dijo Hal—. A la vieja casa.
Hal se dirigió al cuarto de baño, miró tras la taza del inodoro y cogió la escobilla que había apoyada contra la pared. Regresó junto a la ventana y se detuvo allí con la escobilla en la mano, como si fuera una varita mágica de ocasión. Miró afuera, a Petey con su chaqueta de meltón, cruzando el aparcamiento con su bolsa de viaje, con la palabra DELTA escrita en grandes letras blancas en su costado sobre fondo azul. Una mosca golpeó contra la esquina superior de la ventana, lenta y estúpida en el final de la estación cálida. Hal sabía cómo se sentía.
Observó cómo Petey recogía tres piedras de buen tamaño y luego regresaba cruzando el aparcamiento. De pronto, un coche apareció girando la esquina del motel, un coche que avanzaba demasiado rápido, indudablemente demasiado rápido. Y, sin pensarlo, reaccionando con el tipo de reflejo de un buen boxeador parando un golpe de su oponente, su mano se lanzó hacia adelante, como si fuera a dar un golpe de karate..., y se detuvo.
Los platillos se cerraron silenciosamente sobre su mano interpuesta y Hal sintió algo en el aire: algo parecido a la cólera.
Los frenos del coche chirriaron. Petey retrocedió rápidamente. El conductor le hizo impacientemente un gesto, como si lo que había estado a punto de ocurrir fuera culpa de Petey, y Petey corrió, cruzando el aparcamiento con el cuello de su chaqueta aleteando, y penetró en la entrada trasera del motel.
El sudor resbalaba por el pecho de Hal; lo sintió en su frente como un goteo de oleosa lluvia. Los platillos se apretaban fríamente contra su mano, entumeciéndola.
Sigue adelante, pensó obstinadamente. Sigue adelante, puedo esperar todo el día. Hasta que el infierno se congele, si se necesita tanto tiempo.
Los platillos se separaron y volvieron a su posición de reposo. Hal oyó un débil ¡clic! en el interior del mono. Retiró su mano y la miró. Tanto en el dorso como en la palma había unos semicírculos grisáceos marcados en la piel, como si ésta se hubiera helado allí.
La mosca zumbó incierta, intentando encontrar el frío sol de octubre que parecía tan cercano.
Petey entró en tromba, respirando rápidamente, las mejillas encendidas.
—He encontrado tres buenas piedras, papá, yo... —se interrumpió—. ¿Te encuentras bien, papá?
—Estupendamente —dijo Hal—. Trae la bolsa.
Con el pie, Hal arrastró la mesa cercana al sofá hacia la ventana, de modo que quedara debajo del antepecho, y colocó la bolsa de viaje en ella. La abrió como uno abre una boca. Podía ver las piedras que Petey había recogido en el fondo. Utilizó la escobilla del water para echar el mono dentro. Vaciló por un momento en el antepecho y luego cayó dentro de la bolsa. Hubo un débil ¡jing! cuando uno de los platillos golpeó contra una de las piedras.
—¡Papá! ¡Papá!
La voz de Petey sonaba asustada. Hal lo miró. Algo era diferente; algo había cambiado. ¿Qué era?
Entonces vio la dirección de la mirada de Petey y lo supo. El zumbido de la mosca se había detenido: yacía muerta en el antepecho de la ventana.
—¿Ha hecho eso el mono? —susurró Petey.
—Vamonos —dijo Hal, cerrando la cremallera de la bolsa—. Te lo diré mientras conducimos hacia la vieja casa.
—¿Y cómo vamos a hacerlo? Mamá y Dennis se llevaron el coche.
—Iremos allá, no te preocupes —dijo Hal, y revolvió el pelo de Petey.


Mostró al empleado de la recepción su permiso de conducir y un billete de veinte dólares. Tras recibir el reloj digital de Texas Instruments como garantía adicional, el empleado del motel le tendió a Hal las llaves de su propio coche: un deteriorado AMC Gremlin. Mientras conducían hacia el este por la carretera 302 hacia Casco, Hal empezó a hablar, vacilantemente al principio, luego un poco más rápido. Empezó contándole a Petey que su padre probablemente había comprado el mono en ultramar, como un regalo para sus hijos. No era un juguete particularmente único, no había nada de extraño o valioso en él. Debían de haber centenares de miles de monos de cuerda como aquél en el mundo, algunos hechos en Hong Kong, algunos en Taiwan, algunos en Corea. Pero en algún lugar a lo largo de su periplo —quizá incluso en el oscuro cuarto trastero de la casa en Connecticut donde los dos muchachos habían crecido al principio—, algo le había ocurrido al mono. Algo terrible, maligno. Podía ser, le dijo Hal a Petey mientras intentaba hacer que el Gremlin del empleado pasara de los sesenta (era muy consciente de la cerrada bolsa de viaje que había en el asiento de atrás, y Petey no dejaba de mirarla), que algo del mal que había en el mundo —quizá incluso la mayor parte del mal que había en el mundo— ni siquiera fuese consciente de que lo era. Podía ser que la mayor parte del mal que había en el mundo fuera algo muy parecido a un mono con un mecanismo al que uno puede darle cuerda; entonces el mecanismo gira, los platillos empiezan a sonar, los dientes sonríen, los estúpidos ojos de cristal ríen... o parecen reír...
Le habló a Petey de cómo había encontrado el mono, pero se descubrió pasando por encima de grandes aspectos de la historia, evitando aterrorizar al ya asustado muchacho más de lo que estaba. Así la historia resultó deslavazada, no demasiado clara, pero Petey no hizo preguntas. Quizá estaba llenando por sí mismo las lagunas, pensó Hal, del mismo modo que él había soñado la muerte de su madre una y otra vez, aunque no estuvo allí.
Tío Will y tía Ida sí habían estado allí para el funeral. Después, el tío Will había regresado a Maine —era la época de la cosecha— y tía Ida se había quedado durante un par de semanas con los niños para arreglar los asuntos de su hermana. Pero más que eso había pasado el tiempo haciéndose querer por los chiquillos, tan desconcertados por la repentina muerte de su madre que casi parecían sonámbulos. Cuando no podían dormir, ella estaba allí con un vaso de leche caliente, cuando Hal se despertaba a las tres de la madrugada con sus pesadillas (pesadillas en las cuales su madre se acercaba al distribuidor del agua sin ver al mono que flotaba y se agitaba en sus frías profundidades color zafiro, sonriendo y haciendo sonar sus platillos, que a cada contacto dejaban escapar una hilera de burbujas) estaba allí, cuando Bill cayó enfermo primero con fiebre y luego con un acceso de dolorosas llagas en la boca y luego con urticaria tres días después del funeral estaba allí. Se hizo conocer y querer por los muchachos, y antes de que tomaran el avión desde Hartford hasta Portland con ella, tanto Bill como Hal habían ido a ella separadamente y habían llorado en su regazo mientras ella los abrazaba y los acunaba, y los lazos se establecieron.
El día antes de que abandonaran Connecticut definitivamente para ir «allá abajo en Maine» (como se decía en aquellos días), el trapero llegó con su enorme y viejo camión traqueteante y cargó la enorme pila de trastos inútiles que Bill y Hal habían transportado hasta la acera desde el cuarto trastero. Cuando todos los trastos habían sido apilados junto al bordillo para ser recogidos, tía Ida les había dicho que fueran al cuarto trastero y cogieran todos los recuerdos que desearan conservar especialmente. «No tenemos espacio para todo lo que hay ahí, muchachos», les dijo, y Hal supuso que Bill había tomado sus palabras al pie de la letra y había hecho caso omiso de todas aquellas fascinantes cajas que su padre había dejado atrás la última vez. Hal no siguió a su hermano mayor. Hal había perdido su afición hacia el cuarto trastero. Una terrible idea se le había ocurrido durante aquellas dos primeras semanas de luto: quizá su padre no hubiera simplemente desaparecido, ni se hubiese ido porque tenía la pasión por la aventura y había descubierto que no estaba hecho para el matrimonio.
Quizá el mono se había encargado de él.
Cuando oyó el camión del trapero rugir, traquetear y petardear acercándose calle abajo, Hal se decidió. Agarró el deteriorado mono de cuerda de su estante, donde había permanecido desde el día en que murió su madre (no se había atrevido a tocarlo desde entonces, ni siquiera a arrastrarlo de vuelta al cuarto trastero), y corrió escaleras abajo con él. Ni Bill ni tía Ida lo vieron. Aposentada sobre un barril lleno de recuerdos rotos y libros enmohecidos estaba la caja de Ralston-Purina, llena con trastos similares. Hal lanzó al mono de vuelta a la caja de donde había salido originalmente, desafiándole histéricamente a que empezara a tocar sus platillos (adelante, adelante, te desafío, te desafío, TE DESAFÍO), pero el mono se quedó allí, recostado tranquilamente de espaldas, como si estuviera esperando el autobús, sonriendo con su horrible sonrisa de complicidad.
Hal, un chiquillo con unos viejos pantalones de pana y unas deterioradas Buster Browns, se quedó parado allí mientras el trapero, un tipo italiano que llevaba un crucifijo y silbaba entre los dientes, empezaba a cargar cajas y barriles en su viejo camión de altos costados de madera. Hal lo observó mientras alzaba el barril y la caja de Ralston-Purina en equilibrio sobre él; observó cómo el mono desaparecía en las fauces del camión; observó mientras el hombre trepaba de nuevo a su cabina, se sonaba ruidosamente en la palma de su mano, secaba ésta con un enorme pañuelo rojo, y poma en marcha el motor del camión con un ensordecedor rugido y un apestoso petardeo de aceitoso humo azul; observó cómo el camión se alejaba. Y un gran peso desapareció de su corazón... Realmente lo sintió marcharse. Dio un par de saltos, tan altos como le fue posible, los brazos abiertos, las palmas hacia arriba, y si alguno de los vecinos le vio, debió de pensar que aquella actitud era extraña hasta el punto de la blasfemia, quizá... ¿Por qué estará ese chiquillo saltando de alegría (porque eso era indudablemente; un salto de alegría difícilmente puede ser disimulado) cuando su madre ni siquiera lleva un mes en la tumba?
Estaba saltando de alegría porque el mono había desaparecido, para siempre. Desaparecido para siempre, pero no tres meses más tarde, cuando tía Ida le envió a la buhardilla a buscar las cajas de adornos de Navidad, y mientras iba de un lado para otro buscándolas, llenando de polvo las rodillas de sus pantalones, se había encontrado de pronto cara a cara con él, y su sorpresa y su terror habían sido tan grandes que había tenido que morderse fuertemente el canto de su mano para no gritar... o perder completamente el sentido. Allí estaba, sonriendo con su dentona sonrisa, los platillos separados e inmóviles pero dispuestos a golpear, echado tranquilamente sobre su espalda contra un rincón de una caja de Ralston-Purina, como si estuviera aguardando el autobús, como si dijera: Creíste haberte librado de mí, ¿eh? Pero no es tan fácil librarse de mí, Hal. Me gustas, Hal. Estamos hechos el uno para el otro, como un chico y su monito preferido, un par de buenos amigos. Y en algún lugar al sur hay un estúpido viejo trapero italiano tendido en su bañera, con los ojos desorbitados y la dentadura postiza medio salida de su boca, su gritante boca, un trapero que huele como una vieja batería quemada. Me había apartado para su nieto, Hal, y me puso en el estante con su jabón y su navaja y su crema de afeitar y la radio que estaba escuchando mientras se bañaba, y yo empecé a tocar los platillos, y uno de mis platillos golpeó esa vieja radio y cayó dentro de la bañera. Y entonces vine de nuevo a tí, Hal. Hice todo el camino por carreteras comarcales, de noche, y la luz de la luna se reflejaba en mis dientes a las tres de la madrugada, y dejé muerte en mi despertar, Hal. Vine hasta tí. Soy tu regalo de Navidad, Hal, dame cuerda. ¿Quién está muerto? ¿Es Bill? ¿Es el tío Will? ¿Eres tú, Hal? ¿Eres tú?
Hal había retrocedido, su boca locamente crispada, los ojos desorbitados, y estuvo a punto de caer escaleras abajo. Le dijo a tía Ida que no había podido encontrar los adornos de Navidad —era la primera mentira que le decía, y ella vio la mentira en su rostro, pero no le preguntó por qué se la decía, gracias a Dios—, y más tarde cuando vino Bill, le pidió que los buscara él, y Bill regresó con los adornos de Navidad. Más tarde, cuando estuvieron solos, Bill le susurró que era un tonto incapaz de encontrar su propio culo con las dos manos y una linterna. Hal no dijo nada. Hal estaba pálido y silencioso, tomando ausentemente su cena. Y aquella noche soñó de nuevo con el mono, uno de sus platillos golpeando la vieja radio mientras desgranaba las notas de una canción de Deán Martín, y la radio caía dentro de la bañera mientras el mono sonreía y golpeaba sus platillos con un JANG y un JANG y un JANG. Sólo que no era el trapero italiano quien estaba en la bañera cuando el agua se volvía eléctrica.
Era él.


Hal y su hijo bajaron al embarcadero que había detrás de la vieja casa y se dirigieron hacia la caseta de botes que se proyectaba sobre el agua encaramada a sus viejos pilotes. Hal llevaba la bolsa de viaje en su mano derecha. Su garganta estaba seca, sus oídos eran anormalmente sensibles a todos los sonidos agudos. La bolsa parecía terriblemente pesada.
—¿Qué hay ahí abajo, papá? —preguntó Petey.
Hal no respondió. Depositó en el suelo la bolsa de viaje.
—No toques eso —dijo, y Petey retrocedió unos pasos.
Hal rebuscó en sus bolsillos el manojo de llaves que Bill le había dado y encontró una claramente etiquetada C-BOTES con una tira de cinta adhesiva.
El día era claro y frío, ventoso, el cielo de un azul brillante. Las hojas de los árboles que llenaban la orilla del lago habían cambiado sus deslumbrantes tonalidades del rojo sangre al burlón amarillo. Susurraban y hablaban en el viento. Las hojas revoloteaban en torno a los zapatos de lona de Petey mientras éste permanecía ansiosamente de pie junto a él, y Hal podía oler el noviembre en el viento, con el invierno empujando detrás.
La llave giró en el candado, y Hal empujó las puertas batientes, abriéndolas por completo. La memoria era buena; Ni siquiera tuvo que mirar para colocar con el pie el bloque de madera que mantenía abierta la puerta. El olor allí dentro era todo verano: lonas y madera barnizada, un persistente olor a humedad.
El bote de remos del tío Will estaba aún allí, los remos cuidadosamente preparados, como si hubiera sido cargado con el equipo de pesca y las dos cajas de seis latas de cerveza heladas la tarde anterior. Bill y Hal habían ido a pescar con el tío Will muchas veces, pero nunca juntos; el tío Will sostenía que el bote era demasiado pequeño para tres. El asiento rojo, que el tío Will repintaba cada primavera, estaba ahora con la pintura rayada y desgastada, y las arañas habían tejido sus telas en la proa del bote.
Hal soltó las sujeciones y tiró del bote rampa abajo hacia la pequeña imitación de playa. Las excursiones de pesca habían sido uno de los mejores momentos de su infancia con el tío Will y la tía Ida. Tenía la sensación de que para Bill había significado lo mismo. El tío Will era normalmente el más taciturno de los hombres, pero una vez tenía el bote en la posición que él quería, unos sesenta o setenta metros lejos de la orilla, los sedales echados y los flotadores meciéndose en el agua, abría una cerveza para él y otra para Hal (que raramente bebía más de la mitad de la única que el tío Will le permitía, siempre con la advertencia ritual de que tía Ida nunca debía enterarse porque «me pegaría un tiro si supiera que os doy cerveza a vosotros los chicos, ¿sabéis?»), y se convertía en el más expansivo de los hombres. Contaba historias, respondía a preguntas, volvía a cebar el anzuelo de Hal si era necesario; y el bote podía ir derivando allá donde el viento y la débil corriente lo quisieran llevar.
—¿Por qué nunca vas directamente al centro del lago, tío Will? —había preguntado Hal en una ocasión.
—Mira por este lado de aquí, Hal —le había respondido el tío Will.
Hal lo había hecho. Vio agua azul y su sedal hundiéndose en la oscuridad.
—Estás mirando a la parte más profunda del Crystal Lake —dijo tío Will, aplastando una lata de cerveza vacía con una mano y seleccionando una fresca con la otra—. Unos treinta metros, centímetro más, centímetro menos. El viejo Studebaker de Amos Culligan está ahí abajo en algún lugar. El maldito estúpido lo metió en el lago a principios de un diciembre, antes de que se formara del todo la capa de hielo. Tuvo suerte pudiendo salir con vida. Nunca lo podrán sacar, ni verlo hasta que suenen las trompetas del día del Juicio Final. Las cosas más grandes están precisamente ahí, Hal. No es necesario ir más lejos. Déjame ver cómo está tu gusano. Enrolla ese cabrón de sedal.
Hal lo hizo, y mientras el tío Will colocaba en su anzuelo un gusano fresco de la vieja lata de Crisco que le servía de caja para los cebos, miró al agua, fascinado, intentando ver el viejo Studebaker de Amos Culligan. Todo oxidado y con algas surgiendo flotantes por la abierta ventanilla del lado de conductor a través de la cual había escapado Amos en el último momento, algas festoneando el volante como una corona mortuoria, algas colgando del espejo retrovisor y agitándose hacia delante y hacia atrás como una extraña rosaleda. Pero sólo podía ver el agua azul oscureciéndose hasta el negro, y allí estaba la silueta de la lombriz del tío Will, el anzuelo oculto en sus nudos, colgando allí arriba, en medio de muchas cosas, su propia versión de la realidad inundada de sol. Hal tuvo una breve y mareante visión de hallarse suspendido sobre un inmenso abismo, y tuvo que cerrar los ojos por un momento hasta que el vértigo pasó. Ese día, creía recordar, se había bebido toda la lata de cerveza.
...La parte más profunda del Crystal Lake... Unos treinta metros, centímetro más, centímetro menos.


Hizo una momentánea pausa, jadeando, y alzó la vista hacia Petey, que aún le observaba ansiosamente.
—¿Quieres que te ayude, papá?
—Dentro de un momento.
Recuperó de nuevo el aliento, y ahora tiró de la barca de remos cruzando la estrecha franja de pedregosa arena hasta el agua, dejando un profundo surco. La pintura se había desconchado, pero la barca había sido mantenida bajo cubierto y parecía segura.
Cuando él y el tío Will salían, era el tío Will quien tiraba de la barca rampa abajo, y cuando la proa estaba a flote, trepaba en ella, agarraba un remo para empujar con él, y decía: «Empújame fuerte, Hal... ¡Así fortalecerás tus piernas!»
—Trae la bolsa hasta aquí, Petey, y luego dame un empujón —dijo Hal a su hijo. Y, sonriendo un poco, añadió—: Así fortalecerás tus piernas.
Petey no le devolvió la sonrisa.
—¿Voy a venir contigo, papá?
—Esta vez, no. En otra ocasión te llevaré conmigo a pescar, pero... no esta vez.
Petey vaciló. El viento agitaba su cabello marrón, y unas cuantas hojas amarillentas, crujientes y secas, remolinearon en torno a sus hombros y aterrizaron en el borde del agua, balanceándose como otros tantos botes.
—Deberías haberlos amortiguado —dijo Petey en voz muy baja.
—¿Qué? —preguntó, aunque creyó comprender lo que quería decir Petey.
—Haber puesto algodón en los platillos. Haberlos almohadillado. Así no podrían... hacer ese ruido.
Hal recordó repentinamente a Daisy acercándosele —no andando, sino bamboleándose— y cómo, de pronto, la sangre empezaba a manar de ambos ojos de Daisy en un flujo que empapaba el pelaje de su cuello y goteaba hasta el suelo del granero, cómo se derrumbaba sobre sus patas delanteras... y cómo, en el quieto y lluvioso aire de primavera de aquel día, escuchó el sonido, no amortiguado, sino curiosamente claro, procedente de la buhardilla de la casa, a veinte metros de distancia: ¡Jang-jang-jang-jang!
Se había puesto a gritar histéricamente, dejando caer la brazada de madera que llevaba para el fuego. Echó a correr hacia la cocina en busca del tío Will, que estaba comiendo huevos revueltos y tostadas, antes incluso de haberse puesto los tirantes sobre los hombros.
Era una perra vieja, Hal, había dicho el tío Will, su rostro ojeroso y triste... Él también parecía viejo. Tenía doce años, y eso son muchos años para un perro. No deberías tomártelo así, muchacho... A la vieja Daisy no le hubiera gustado.
Vieja, había hecho eco el veterinario, pero, pese a todo, pareció desconcertado, porque los perros no mueren de una hemorragia ce- rebral explosiva, ni siquiera a los doce años («como si alguien hubiera hecho estallar un petardo en su cabeza», había oído Hal que el veterinario le decía al tío Will, mientras el tío Will cavaba un hoyo detrás del granero, no lejos del lugar donde había enterrado a la madre de Daisy en 1950: «Nunca he visto nada así, Will»).
Y más tarde, aterrado hasta casi perder el control, pero incapaz de resistirse, Hal había subido hasta la buhardilla.
Hola, Hal, ¿cómo te encuentras?, había sonreído el mono desde su oscuro rincón. Sus platillos estaban inmóviles, separados entre sí unos treinta centímetros. El cojín del sofá que Hal había colocado entre ellos estaba ahora al otro lado de la buhardilla. Algo —alguna fuerza— lo había arrojado hasta allí, con tanto impulso como para rasgar su cubierta, y el relleno brotaba del desgarrón. No te preocupes por Daisy, susurró el mono dentro de su cabeza, sus cristalinos ojos color avellana fijos en los azules y muy abiertos de Hal Shelburn. No te preocupes por Daisy, era vieja. Vieja, Hal. Incluso el veterinario lo ha dicho. Además, ¿viste la sangre brotar por sus ojos, Hal? Dame cuerda, Hal. Dame cuerda y juguemos. ¿Y quien está muerto, Hal? ¿Eres tú?
Cuando recuperó la cordura se dio cuenta de que había estado arrastrándose hacia el mono como si estuviera hipnotizado, y que tenía una mano tendida para coger la llave. Entonces retrocedió bruscamente y casi estuvo a punto de caerse por las escaleras de la buhardilla en su apresuramiento... Probablemente se hubiera caído si la caja de la escalera no hubiera sido tan estrecha. Un leve gemido escapó de su garganta.
Ahora se sentó en el bote, mirando a Petey.
—Amortiguar los platillos no sirve de nada —dijo—. Ya lo intenté una vez.
Petey lanzo una nerviosa mirada a la bolsa de viaje.
—¿Qué ocurrió, papá?
—Nada de lo que desee hablar ahora —dijo Hal—, y nada que tú desees oír. Ven y dame un empujón.
Petey se inclinó hacia la barca, y la popa de la embarcación rascó contra la arena. Hal empujó con un remo, y de pronto aquella sensación de estar ligado a la tierra desapareció. El bote estaba avanzando ligeramente, de nuevo en su elemento tras varios años en la oscuridad del cobertizo para los botes, balanceándose en el ligero oleaje. Hal colocó los remos en sus toletes, primero uno, luego el otro, y luego cerró las chumaceras.
—Ven con cuidado, papá —dijo Petey. Su rostro estaba pálido.
—No voy a estar mucho rato —prometió Hal, pero miró hacia la bolsa de viaje y se interrogó a sí mismo.
Empezó a remar, inclinándose ligeramente para hacerlo. El viejo y familiar dolor en la parte baja de su espalda y entre sus omoplatos empezó. La orilla fue alejándose. Petey tenía mágicamente ocho años de nuevo, seis, un niño de cuatro años de pie en el borde del agua. Se protegió los ojos con una mano infantil.
Hal miró casualmente a la orilla, pero no se permitió estudiarla realmente. Habían pasado cerca de quince años, y si estudiaba atentamente la línea de la costa vería los cambios más que las similitudes y se encontraría perdido. El sol golpeaba contra su cuello, y empezó a sudar. Miró la bolsa de viaje, y por un momento perdió el ritmo de empuja-y-tira. La bolsa de viaje parecía... parecía estar agitándose. Empezó a remar más aprisa.
El viento soplaba ahora, secando el sudor y enfriando su piel. El bote se alzó y la proa hendió el agua hacia uno y otro lado cuando volvió a caer. ¿Había refrescado el viento, justo en el último minuto o así? ¿No estaba Petey gritando algo? Sí. Hal no podía entender lo que decía por encima del viento. No importaba. Librarse del mono por otros veinte años —o quizá para siempre (por favor. Dios, para siempre)—, eso era lo que importaba.
El bote se alzó y volvió a caer. Miró hacia la izquierda y vio pequeñas cabrillas. Miró hacia la orilla de nuevo y vio la Punta del Cazador y un edificio en ruinas que debía haber sido el cobertizo para botes de Burdon cuando él y Bill eran niños. Ya casi había llegado, pues. Casi estaba encima del lugar donde el Studebaker de Amos Culligan se había hundido entre el hielo un diciembre de hacía muchos años. Casi encima de la parte más profunda del lago.
Petey estaba gritando algo; gritando y señalando. Hal seguía sin poder oír. El bote de remos se alzaba y caía, lanzando nubecillas de espuma a ambos lados de su desconchada proa. Un pequeño arcoiris brilló en uno de los lados, se deshizo en una miríada de puntos. La luz del sol y las sombras se perseguían cruzando el lago, y las olas no eran suaves ahora; las cabrillas habían crecido. Su sudor se había secado poniendo carne de gallina en su piel, y la espuma había empapado la parte de atrás de su chaqueta. Remó tercamente, los ojos yendo alternativamente de la orilla a la bolsa de viaje. El bote se alzó de nuevo, esta vez tanto que por un momento el remo izquierdo palmeó el aire en vez del agua.
Petey estaba señalando hacia el cielo, sus gritos ahora reducidos a un débil asomo de sonido.
Hal miró por encima de su hombro.
El lago era un frenesí de olas. Se había convertido en una masa de azul oscuro lleno de costurones blancos. Una sombra cruzaba la superficie del agua hacia el bote y algo en su forma era familiar, tan terriblemente familiar, que Hal alzó la vista, y entonces el grito estuvo allí, debatiéndose en su congestionada garganta.
El sol estaba detrás de la nube, convirtiéndola en una forma claramente identificable, con dos crecientes dorados mantenidos aparte. Había dos agujeros en un extremo de la nube, y el sol brotaba a través de ellos formando como dos pozos de luz.
Cuando la nube cruzó por encima del bote, los platillos del mono, apenas ahogados por la bolsa de viaje, empezaron a sonar. Jang-jang-jang-jang, eres tú, Hal. Finalmente eres tú. Estás encima de la parte más profunda del lago ahora y es tu turno, tu turno, tu turno...
Todos los elementos necesarios de la línea de la costa habían encajado en su lugar. Los carcomidos huesos del Studebaker de Amos Culligan estaban en algún lugar allá abajo, allí era donde estaban las cosas grandes, aquél era el lugar.
Hal metió los remos en un rápido movimiento, se inclinó hacia delante sin darse cuenta de los alocados bandazos del bote, y aferró la bolsa de viaje. Los platillos seguían lanzando su loca música pagana; los costados de la bolsa se hincharon como impelidos por una tenebrosa respiración.
—¡Exactamente aquí, hijo de puta! —gritó Hal—. ¡EXACTAMENTE AQUÍ!
Arrojó la bolsa por encima de la borda.
Se hundió rápidamente. Por un momento pudo verla descender, sus costados agitándose, y durante aquel interminable momento pudo oír aún los platillos sonando. Y por un momento las negras aguas parecieron aclararse y pudo ver hacia abajo hasta aquel terrible abismo de agua lleno de cosas enormes; allí estaba el Studebaker de Amos Culligan, y la madre de Hal estaba detrás de su legamoso volante, un sonriente esqueleto con una perca asomándose y escrutando fríamente desde la cavidad nasal de su calavera. El tío Will y la tía Ida estaban recostados a su lado, y el pelo gris de la tía Ida flotaba hacia arriba mientras la bolsa iba cayendo, girando y girando sobre sí misma, con unas cuantas burbujas plateadas ascendiendo hacia la superficie: Jang-jang-jang-jang...
Hal volvió a meter bruscamente los remos en el agua, rascándose los nudillos hasta hacerse sangre (¡Oh Dios! ¡El asiento de atrás del Studebaker de Amos Culligan estaba lleno de niños muertos! Charlie Silverman... Johnny McCabe...), y empezó a impulsar el bote.
Hubo un crujido como el seco disparo de una pistola entre sus pies, y de repente un chorro de limpia agua empezó a brotar entre dos tablas. El bote era viejo: la madera se había contraído ligeramente, sin la menor duda. Se trataba tan sólo de una pequeña fisura. Pero no había ninguna cuando remaba hacia el centro del lago. Podía jurarlo.
La orilla y el lago cambiaron de orientación con respecto a él. Petey estaba a sus espaldas ahora. Por encima de su cabeza, aquella horrible nube simiesca estaba desgarrándose. Hal siguió remando. Veinte segundos fueron suficientes para convencerle de que estaba remando para salvar su vida. Era tan sólo un nadador mediocre, y ni siquiera uno excelente se pondría a prueba en aquellas repentinamente agitadas aguas.
Otras dos tablas se agrietaron bruscamente con aquel sonido parecido a un disparo. Más agua penetró en el bote, empapando sus zapatos. Hubo pequeños sonidos metálicos restallantes, que supuso eran clavos partiéndose. Una de las chumaceras de los remos crujió, se rompió y cayó al agua... ¿Iba a seguirle el tolete?
El viento soplaba ahora desde su espalda, como si intentara frenarle o incluso empujarle hasta el centro del lago. Se sentía aterrorizado, pero al mismo tiempo sentía una especie de loca alegría a través del terror. El mono había desaparecido definitivamente esta vez. Lo sabía de algún modo. Ocurriera lo que le ocurriese a él, el mono no volvería a arrojar sombras sobre la vida de Dennis o de Petey. El mono había desaparecido, y ahora yacía quizá sobre el techo, quizá sobre el capó del Studebaker de Amos Culligan, en el fondo del Crystal Lake. Había desaparecido para siempre.
Remó, inclinándose hacia delante y tirando hacia atrás. Aquel sonido crujiente de la madera llegó de nuevo, y ahora la vieja lata de cebos oxidada que había estado en el fondo del bote flotaba en un palmo de agua. La espuma azotaba el rostro de Hal. Hubo un fuerte sonido restallante, y el asiento de proa se partió en dos trozos y quedó flotando cerca de la caja de cebos. Una tabla se partió en el lado izquierdo del bote, y luego otra, ésta en la línea de flotación, en el lado derecho. Hal siguió remando. La respiración raspaba en su boca, caliente y seca, y su garganta le dolía con el sabor metálico del agotamiento. Sus empapados cabellos se agitaban.
Ahora el crujido llegó directamente del fondo del bote, zigzagueó entre sus pies y avanzó hacia proa. El agua penetró en tromba; se encontró con agua hasta los tobillos, luego hasta las pantorrillas. Siguió remando, pero el avance del bote hacia la orilla era ahora fangoso. No se atrevía a mirar hacia atrás para ver a qué distancia se hallaba.
Otra tabla se soltó. El crujido que recoma el centro del bote se ramificó, como un árbol, y el agua lo inundó.
Hal empezó a manejar los remos a toda la velocidad que le fue posible, respirando entrecortadamente, jadeando. Empujó una vez..., dos veces..., y al tercer empujón ambos toletes se partieron. Perdió un remo, aferró desesperadamente el otro, se puso en pie y empezó a sacudir el agua con él. El bote se inclinó de costado hasta casi volcar y le arrojó hacia atrás, contra su asiento, con un fuerte golpe.
Segundos más tarde otras tablas se soltaron, el asiento se hundió, y se encontró tendido en el agua que llenaba el fondo del bote, sorprendido ante su frialdad. Intentó ponerse de rodillas, pensando desesperadamente: Petey no debe ver esto, no debe ver a su padre ahogándose delante de sus ojos. Vas a nadar, chapotearás como un perro si es necesario, pero lo harás. Tienes que hacer algo...
Hubo otro chasquido desgarrante —casi un crujido—, y se encontró en el agua, nadando hacia la orilla como nunca había nadado en su vida... y la orilla estaba sorprendentemente cerca. Un minuto más tarde estaba de pie en el agua, que le cubría hasta el pecho, a menos de cinco metros de la playa.
Petey chapoteó hacia él, los brazos extendidos, gritando, llorando y riendo. Hal avanzó hacia él, forcejeando. Petey, con el agua hasta el pecho, forcejeó también.
Se abrazaron fuertemente.
Hal inspiró profundamente, jadeando, apretando con fuerza al muchacho entre sus brazos y llevándolo hasta la playa, donde ambos se dejaron caer sobre la arena, agotados.
—Papá, ¿se ha ido realmente ese mono?
—Sí. Creo que se ha ido realmente.
—El bote se hizo pedazos. Así, sencillamente, se hizo pedazos a tu alrededor...
Desintegrado, pensó Hal, y miró las tablas que flotaban a la deriva en el agua, a quince metros de distancia. No tenían el menor parecido con el resistente bote de remos hecho a mano que había sacado del cobertizo de botes.
—Todo está bien ahora —dijo Hal, echándose hacia atrás y apoyándose sobre sus codos.
Cerró los ojos y dejó que el sol calentara su rostro.
—¿Viste la nube? —susurró Petey.
—Sí. Pero ahora no la veo... ¿Y tú?
Miraron al cielo. Había algunos jirones de nubes aquí y allá, pero ninguna nube grande y oscura. No se la veía... como acababa de decir.
Hal ayudó a Petey a ponerse en pie.
—Debe de haber toallas ahí arriba en la casa. Vamos. —Pero hizo una pausa, mirando a su hijo—. ¿Estás loco, correr como lo has hecho?
Petey le miró solemnemente.
—Has sido un valiente, papá.
—¿Lo he sido?
El pensamiento del valor jamás había cruzado por su mente. Sólo el del miedo. El miedo había sido demasiado grande como para ver ninguna otra cosa. Si es que realmente había habido alguna otra cosa.
—Vamos, Petey.
—¿Qué vamos a decirle a mamá?
Hal sonrió.
—No vamos a contarle nada de esto, gran muchacho. Ya se nos ocurrirá algo.
Hizo una pausa, mirando las tablas que flotaban en el agua. El lago estaba nuevamente en calma, con pequeñas olitas chispeantes. Hal pensó en los veraneantes que nunca llegaría a conocer... quizá un hombre y su hijo, pescando en busca de peces grandes. ¡He cogido algo, papi!, grita el niño. ¡Sácalo y veamos lo que es!, dice el padre. Y surgiendo de las profundidades, con algas colgando de sus platillos, sonriendo son su terrible sonrisa de bienvenida... el mono.
Se estremeció... pero aquellas eran tan sólo cosas que podían ocurrir.
—Vamos —le dijo de nuevo a Petey, y caminaron hacia el sendero que subía por entre los resplandecientes árboles otoñales hacia la vieja casa.


Del Bridgton News
24 de octubre de 1980:
EL MISTERIO DE LOS PECES MUERTOS
por Betsy Moriarty

Centenares de peces muertos fueron hallados flotando panza arriba en el Crystal Lake, en las inmediaciones del municipio de Casco, a finales de la semana pasada. La mayoría de ellos parecían haber muerto en las inmediaciones de la Punta del Cazador, aunque las corrientes del lago hacen que eso sea un poco difícil de determinar. Los peces muertos incluyen todos los tipos que comúnmente se encuentran en esas aguas: lucios, carpas, truchas marrones y arcoiris, incluso un salmón de agua dulce. Las autoridades del departamento de Caza y Pesca afirman estar desconcertadas, y recomiendan a los pescadores y a las mujeres que no coman ningún tipo de pescado procedente del Crystal Lake hasta que se hayan efectuado los correspondientes análisis...


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