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lunes, 23 de febrero de 2009

MATURIN -- MELMOTH EL ERRABUNDO -- 2ªparte

_MATURIN -- MELMOTH EL ERRABUNDO -- 2ªparte
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Pandere res alta terra et caligine mersas.
VIRGILlO
I’ll shew your Grace the strangest sight,
Body òme, what is it, Butts?
SHAKESPEARE Enrique VIII
-No me es posible describir el estado de desolación mental en que me sumió la noticia
de que había sido desestimada mi causa, ya que no conservo una idea muy clara. Todos
los colores desaparecen de noche, y la desesperación carece de diario: la monotonía es
su esencia y su maldición. Así, pasé horas enteras en el jardín sin percibir otra cosa que
el ruido de mis propios pasos: el pensamiento, los sentidos, la pasión y todo cuanto
ocupa esas actividades, la vida y el porvenir, se habían borrado y extinguido. Yo era ya
como un habitante del país en el que "todo está prohibido". Flotaba por regiones
crepusculares de la mente donde la "luz es como la tiniebla". Se estaban concentrando
nubes que anunciaban la proximidad de la oscuridad más completa... Sin embargo, vino
a disiparlas una luz repentina y extraordinaria.
»El jardín era mi constante refugio. Una especie de instinto, ya que yo no tenía la
suficiente energía para elegir, me guiaba a él para evitar la presencia de los monjes. Una
tarde noté un cambio. La fuente estaba estropeada. El manantial que la alimentaba se
hallaba fuera de los muros del convento, y los obreros, para efectuar sus reparaciones,
consideraron necesario excavar un paso por debajo de la tapia del jardín que comunicara
con un descampado de la ciudad. Este acceso, no obstante, estaba estrechamente
vigilado durante el día, mientras trabajaban los obreros, y se cerraba firmemente por la
noche, en cuanto se iban los obreros, mediante una puerta colocada para este fin, con
cadena, tranca y candado. Sin embargo, estaba abierta durante el día; y una tentadora
idea de huida y de libertad, en medio de la tremenda certeza de este encarcelamiento de
por vida, proporcionaba una especie excitante de comezón a los ya embotados dolores.
»Me introduje en dicho acceso y me acerqué lo que pude a la puerta que me separaba de
la vida. Me senté en una piedra que habían quitado, apoyé la cabeza en mi mano y fijé
los ojos tristemente en el árbol yel pozo, escenario del falso milagro. No sé cuánto
tiempo permanecí así. Me sacó de mi abstracción un roce ligero que sonó cerca de
donde yo estaba, y vi un papel que alguien trataba de introducir por debajo de la puerta,
donde cierta irregularidad del suelo dejaba una ranura. Me agaché y traté de cogerlo. Lo
retiraron; pero un instante después, una voz cuyo agitado tono no permitió que la
identificara, susurró:
»-Alonso...
»-Sí, sí -contesté anhelante.
»Entonces fue introducido el papel, pasó a mis manos y oí el ruido de unos pasos que
se alejaban rápidamente. Leí las pocas palabras que contenía sin perder un instante:
"Estáte aquí mañana al anochecer, a la misma hora. He sufrido mucho por ti... destruye
este papel". Era letra de mi hermano Juan, aquella letra que yo recordaba tan bien por
nuestra memorable correspondencia, aquella letra cuyos rasgos jamás había
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contemplado sin sentir que los correspondientes caracteres de esperanza y confianza se
transmitían a mi alma como los trazos invisibles que surgen al ser expuestos al calor,
que parece darles vida. Me sorprende que esa tarde, y la siguiente, no me traicionara mi
agitación ante la comunidad. Pero quizá es que sólo se exterioriza la agitación que surge
de causas triviales; yo estaba abismado en la mía. Lo cierto es que mi cerebro estuvo
todo el día oscilando como un reloj que marca cada minuto con latidos alternos: "Hay
esperanza, no la hay". El día, el eterno día, concluyó al fin. Llegó el crepúsculo; ¡cómo
vigilé yo las sombras crecientes! En vísperas, ¡con qué placer seguí el cambio gradual
de los matices oro y púrpura a través del gran ventanal de poniente, y calculé su
declinar, el cual, aunque lento, debía llegar al fin!... y llegó. Jamás hubo noche más
propicia. Todo estaba tranquilo y a oscuras: en el jardín, desierto, no se veía a nadie ni
se oía rumor de pasos en los senderos. Me dirigí apresuradamente al lugar convenido.
De pronto, me pareció oír el ruido de alguien que me seguía. Me detuve: no eran sino
los latidos de mi propio corazón, audibles en la profunda quietud de ese momento
trascendental. Me apreté la mano contra el pecho, como haría una madre con un niño al
que tratara de apaciguar; sin embargo, no dejó de latir con fuerza. Entré en el pasadizo.
Me acerqué a la puerta, de la que parecían ser guardianas eternas la esperanza y la
desesperación. Las palabras sonaban aún dentro de mí: "Estáte aquí mañana al
anochecer, a la misma hora". Me incliné, y vi aparecer, con ojos voraces, un trozo de
papel por debajo de la puerta. Lo cogí y lo oculté en mi hábito. En mi éxtasis, temblé al
pensar que no lograría llevarlo inadvertidamente a mi celda. Pero sí lo logré; y su
contenido, cuando lo hube leído, justificó mi emoción. Con indecible desasosiego,
descubrí que gran parte del escrito era ilegible, debido a que se había arrugado al pasar
entre las piedras, y por la humedad de la tierra de debajo de la puerta, por lo que, de la
primera página, apenas pude sacar en claro que mi hermano había estado retenido en el
campo casi como un prisionero por consejo del director; que un día, mientras andaba de
caza con sólo un asistente, le renació de súbito la esperanza de liberación, al ocurrírsele
la idea de someter a este hombre atemorizándole. Apuntó con la escopeta cargada al
pobre diablo aterrado, y le amenazó con matarle al instante si ofrecía la menor
resistencia. El hombre se dejó atar a un árbol. En la página siguiente, aunque bastante
borrosa, pude leer que había llegado a Madrid sin percance, y entonces fue cuando se
enteró del fracaso de mi apelación. El efecto de la noticia en el impetuoso, ardiente y
entrañable Juan podía inferirse fácilmente de las líneas separadas e irregulares con que
intentaba en vano describirlo. La carta proseguía después: “Ahora estoy en Madrid,
empeñado en cuerpo y alma en no cejar hasta que seas liberado. Si eres decidido, no
será imposible: ni siquiera las puertas de los conventos son inaccesibles para una llave
de plata. Mi primer objetivo, conseguir comunicarme contigo, parecía tan irrealizable
como tu fuga; sin embargo, lo he logrado. Me enteré de que se estaban haciendo
reparaciones en el jardín y me aposté en la puerta noche tras noche, susurrando tu
nombre; pero hasta la sexta no has pasado por aquí".
»En otra parte me explicaba sus planes más detalladamente: “Ahora los objetivos
fundamentales son dinero y reserva; esto último me resulta fácil por el disfraz que llevo,
pero lo primero no sé cómo conseguirlo. Mi huida fue tan repentina que salí sin nada, y
me he visto obligado a vender mi reloj y mis anillos al llegar a Madrid para comprar
disfraces y comer. Podría pedir prestada la cantidad que quisiera dándome a conocer,
pero eso sería fatal. La noticia de que estoy en Madrid llegaría en seguida a oídos de mi
padre. El único recurso que me queda es acudir a un judío; y cuando haya conseguido
dinero, no me cabe duda ninguna de que podré llevar a cabo tu liberación. Ya me han
dicho que hay en el convento una persona que, mediante condiciones muy especiales,
estaría probablemente dispuesta a [...].
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»Aquí tenía la carta un gran espacio escrito en distintos momentos. Las siguientes líneas
que pude descifrar expresaban toda la alegría de este ser, el más ardoroso, voluble y
abnegado de todos los creados. [...]
»"No te inquietes lo más mínimo por mí; es imposible que me descubran. En el colegio
destaqué siempre por mi talento dramático, y una capacidad de caracterización casi
increíbles, cosas que ahora me son útiles. A veces me contoneo como un majo19 de
enormes patillas. Otras, adopto acento vizcaíno y, como el marido de doña Rodríguez,
'soy tan caballero como el rey, porque vengo de las montañas'. Aunque mis disfraces
favoritos son los de mendigo y de adivino: el primero me facilita el acceso a los
conventos, y el segundo me proporciona dinero e información. De este modo, me pagan,
aunque soy yo quien parece el comprador. Cuando termino los vagabundeas y las
estratagemas del día, te reirías si vieses el desván y el jergón donde descansa el heredero
de los Moncada. Esta mascarada me divierte más que a los espectadores. La consciencia
de nuestra propia superioridad es más deliciosa, normalmente, cuando permanece
encerrada en nuestro pecho, que cuando nos la expresan otros. Además, siento como si
el lecho mugriento, la silla desvencijada, las vigas cubiertas de telarañas, el aceite rancio
de la lámpara y todas las demás comodidades de mi morada, fuesen una especie de
expiación por el daño que te he causado, Alonso. Mi ánimo me abandona a veces ante
privaciones tan nuevas para mí, pero una especie de energía audaz e indomable, propia
de mi carácter, me sostiene. Me estremece mi situación cuando me retiro por la noche y
pongo la lámpara por primera vez con mis propias manos, en el miserable hogar; pero
me río cuando, por la mañana, me atavío con los fantásticos harapos, me doy tinte
pálido en el rostro, y modulo mi acento, de suerte que la gente de la casa (donde he
alquilado una buhardilla), al cruzarse conmigo en la escalera, no sabe a quién vio la
noche anterior. Cambio de residencia y de indumentaria todos los días. No te preocupes
por mí, ven todas las noches a la puerta del pasadizo, pues cada noche te daré nuevas
noticias. Mi actividad es incansable, mi corazón y mi espíritu arden por defender la
causa. y una vez más me comprometo en cuerpo y alma a no abandonar este lugar hasta
que estés libre. Confia en mi, Alonso”.
»Os ahorraré, señor, el detalle de los sentimientos... ¡Los sentimientos! ¡Oh, Dios mío,
perdóname que besara aquellas líneas con una unción que podía haber consagrado a la
mano que las trazó, y que sólo debe rendirse a la imagen del gran Sacrificio. Pensar que
era una persona joven, generosa, ferviente, con un corazón a la vez fiero y cálido, que
sacrificaba su posición, su juventud, y el placer de que podía gozar, y se sometía a los
disfraces más plebeyos, y aceptaba las más lamentables privaciones, luchando con lo
que debía de ser intolerable para un muchacho orgulloso y voluptuoso (yo sabía que lo
era), ocultando su repugnancia bajo una alegría simulada y una magnanimidad real... ¡Y
todo eso por mí! ¡Oh, qué sentimientos me embargaban! [...]
»A la tarde siguiente acudí a la puerta; no apareció ningún papel, a pesar de que estuve
esperando hasta que la luz se hizo tan confusa que habría sido imposible verlo aunque
hubiera estado allí. El día siguiente fue más afortunado para mí: sí recibí mensaje. La
misma voz disimulada susurró: "Alonso", en un tono que era la música más dulce que
jamás oyeron mis oídos. Esta vez el billete sólo contenía unas líneas (por lo que no tuve
dificultad en tragármelo tan pronto como acabé de leerlo). Decía: "Al fin he encontrado
un judío que me adelantará una gran suma. Finge no conocerme, aunque estoy
convencido de que sí me conoce. Pero su interés usurario y sus prácticas ilegales son
para mí una garantía. Dentro de unos días contaré, pues, con los medios para liberarte; y
19 Entre matón y calavera (N. del A.)
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he sido bastante afortunado como para descubrir cómo pueden utilizarse esos medios.
Hay un desdichado..."
»Aquí terminaba el billete. y durante las cuatro tardes siguientes las reparaciones
despertaron tanta curiosidad en el convento (donde siempre es muy fácil despertar
curiosidad), que no me atreví a permanecer en el pasadizo por temor a levantar
sospechas. Durante ese tiempo sufrí no sólo la angustia de que mi esperanza se
frustrase, sino el temor de que esta comunicación fortuita quedara suprimida
definitivamente, ya que sabía que a los obreros les quedaban sólo unos días para
terminar su trabajo. Se lo comuniqué a mi hermano en la primera ocasión que tuve.
Luego me reproché haberle apremiado. Pensé en sus dificultades para ocultarse, en sus
tratos con los judíos, en sus sobornos a los criados del convento. Pensé en lo que había
emprendido, y en lo que había arrostrado. Luego temí que todo fuera inútil. No quisiera
volver a vivir esos cuatro días, ni aun a cambio de ser el soberano de la tierra. Os daré
una ligera idea de lo que sentí cuando oí decir a los obreros que iban a terminar muy
pronto: me levantaba una hora antes de maitines, quitaba las piedras, pisoteaba el
mortero y lo mezclaba con arcilla para dejarlo totalmente inservible; y de este modo,
deshacía el tejido de Penélope, con tal éxito que los obreros creyeron que era el diablo
quien entorpecía la tarea, hasta que optaron por no acudir al trabajo si no era provistos
de un recipiente de agua bendita que asperjaban con mucha beatería y profusión. Al
quinto día recogí unas líneas de debajo de la puerta. "Todo está arreglado: me he puesto
de acuerdo con el judío, con condiciones judías. Aparenta ignorar mi verdadero rango y
cierta (futura) riqueza, pero lo sabe todo, y no se atreverá, por su propio bien, a
traicionamos. La Inquisición, a la que puedo delatarle en cualquier momento, es mi
mejor garantía... debo añadir, la única. Hay un miserable en tu convento que se acogió a
sagrado por parricida, y optó por hacerse monje a fin de escapar a la venganza del cielo,
en esta vida al menos. He oído decir que este monstruo degolló a su propio padre,
cuando estaba cenando, para robarle una pequeña cantidad de dinero con que saldar una
deuda de juego. Parece que su compañero, que perdió también, le había hecho promesa
a una imagen de la Virgen que había cerca de la desdichada casa donde jugaban, de
ponerle dos cirios en caso de ganar. Perdió; y con la furia propia del jugador, al pasar
por delante de la imagen la golpeó y la escupió. Fue una acción horrible; pero ¿qué
representa al lado del crimen del que ahora es compañero tuyo de convento? El uno
mutiló una imagen, el otro asesinó a su padre; sin embargo, el primero murió bajo las
torturas más horribles, y el otro, tras vanos esfuerzos por eludir la justicia, se acogió a
sagrado, y ahora es hermano lego de tu convento. En los crímenes de ese miserable cifro
todas mis esperanzas. Su alma debe de estar saturada de avaricia, sensualidad y
desesperación. No hay nada ante lo que vacile si le sobornan; por dinero es capaz de
facilitarte la liberación, y por dinero es capaz de estrangularte en tu propia celda. Le
envidia a Judas las treinta monedas de plata por las que vendió al Redentor del mundo.
Podría comprarse a mitad de precio su alma. Tal es el instrumento con el que debemos
trabajar: repugnante, pero necesario. He leído que de los reptiles y las plantas más
venenosos se han extraído las medicinas más curativas. Exprimiré el jugo y arrojaré el
yerbajo.
»" Alonso, no tiembles ante estas palabras. No permitas que tus hábitos prevalezcan
sobre tu carácter. Confíame tu liberación, pese a los instrumentos que me veo obligado a
manejar; y no dudes que la mano que escribe estas líneas estrechará muy pronto la de su
hermano en completa libertad."
»Cuando me hube calmado del nerviosismo de vigilar, subir secretamente y leer estas
líneas por primera vez, las releí una y otra vez en la soledad de mi celda, y entonces
empezaron a acumularse sobre mí las dudas y los temores como si fuesen nubes
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tenebrosas. A medida que aumentaba la confianza de Juan, parecía disminuir la mía.
Había un terrible contraste entre la intrepidez, independencia y decisión de su situación,
y la soledad, la timidez y el peligro de la mía. Aunque la esperanza de escapar gracias a
su valentía y destreza brillaba aún como una luz inextinguible en lo más profundo de mi
corazón, sin embargo, me asustaba confiar mi destino a un joven tan impulsivo, aunque
afectuoso, que había huido de casa de sus padres, vivía en el disimulo y la impostura en
Madrid, y acababa de contratar como ayudante a un miserable a quien la naturaleza
debía execrar. ¿En quién y en qué cifraba yo mis esperanzas de liberación? En las
afectuosas energías de un ser violento, atrevido y solitario, y en la cooperación de un
demonio, que podía abalanzarse sobre el dinero del soborno y luego agitarlo
triunfalmente en sus oídos, como el sello de nuestra mutua y eterna desesperación,
mientras arrojaba la llave de la libertad a un abismo donde ninguna luz pudiera penetrar,
y del que no lograra rescatarla poder alguno.
»Con estas impresiones deliberaba, rezaba y lloraba ahogado por la duda. Finalmente
escribí unas líneas a Juan, en las que exponía modestamente mis aprensiones y recelos.
Primero le hablé de mis reservas sobre la posibilidad de escapar. Le decía: "¿Acaso
imaginas que un ser a quien todo Madrid, toda España, anda buscando, sea capaz de
eludir su detención? Piensa, querido Juan, que me enfrento a una comunidad, a un clero,
a una nación. La huida de un monje es casi imposible; su ocultación, imposible del todo.
Cada campana de cada convento de España tocaría por sí misma en persecución del
fugitivo. Los poderes militares, civiles y eclesiásticos estarían alerta. Acosado, jadeante,
desesperado, andaría huyendo de pueblo en pueblo sin encontrar protección. Piensa que
hay que hacer frente a los irritados poderes de la Iglesia, a la fiera y vigorosa garra de la
ley, a la execración y el odio de la sociedad, a las sospechas de las clases inferiores
entre las que me debo mover, a las que debo evitar, y cuya perspicacia tengo también
que maldecir... mientras la llameante cruz de la Inquisición arde en la vanguardia,
seguida de toda la jauría que, gritando y riendo, acosa a su presa. ¡Oh, Juan, si supieras
los terrores en que vivo... y en que moriré, seguramente, antes de que nos volvamos a
ver libres los dos! ¡Libres! ¡Dios mío! ¿Qué posibilidades de liberación tiene un monje
en España? No hay cabaña donde pueda descansar una noche... no hay caverna cuyos
ecos no resuenen al grito de mi apostasía. Si me ocultara en el seno de la tierra, me
descubrirían y me arrancarían de sus entrañas. Mi querido Juan, cuando pienso en la
omnipotencia del poder eclesiástico en España, me digo si no podría dirigírsele las
palabras que reservamos a la Omnipotencia misma: 'Si subo al cielo, allí estás tú; si
bajo al infierno; allí estás también...; si tomo las alas de la mañana y vuelo hasta el
punto más lejano de los mares, también allí... ' y suponiendo que el convento se halla
sumido en el más profundo embotamiento, y que el ojo siempre en vela de la
Inquisición hace la vista gorda ante mi apostasía: ¿adónde iré a vivir?, ¿cómo voy a
ganarme el sustento? La lujosa indolencia de mis primeros años me ha incapacitado
para cualquier trabajo activo. El horrible conflicto de la apatía más profunda con la más
mortal hostilidad, en la vida monástica, me inhabilita para vivir en sociedad. Derriba las
puertas de cada uno de los conventos de España: ¿para qué les servirá a los que se
alojan en ellos? Para nada que los embellezca o mejore. ¿Qué podría hacer yo por mí
mismo?, ¿qué podría hacer para no traicionarme? Sería un Cain perseguido, jadeante,
fugitivo... y marcado. ¡Ay!, quizá al expirar en las llamas, viese a Abel, no como mi
víctima, sino como la de la Inquisición".
»Al concluir estas líneas, con un impulso que todos pueden explicar menos el escritor,
hice pedazos el papel, los quemé con ayuda de la lámpara de mi celda, y fui otra vez a
vigilar la puerta del pasadizo: la puerta de la esperanza. Al pasar por la galería me crucé
con un individuo de aspecto de lo más desagradable. Me hice a un lado, pues había
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adoptado el principio de evitar el más ligero contacto con la comunidad, fuera del que la
disciplina de la casa me obligaba a observar. Al pasar, sin embargo, me rozó el hábito y
me lanzó una mirada significativa. Inmediatamente comprendí que se trataba de la
persona a la que Juan hacía referencia en su carta. Y unos instantes después, al bajar al
jardín, encontré una nota que confirmaba mis conjeturas. Contenía estas palabras: "He
conseguido dinero y me he puesto de acuerdo con nuestro agente. Es un demonio
encarnado, pero su resolución e intrepidez son incuestionables. Date una vuelta por el
claustro mañana por la tarde; alguien te rozará el hábito, cógele por la muñeca
izquierda; ésa será la señal. Si le ves que vacila, susúrrale: 'Juan'; él te contestará:
‘Alonso'. Ése será tu hombre: consulta con él. Cada paso que yo dé te lo comunicaré a
través de él".
»Después de leer estas líneas me sentí como la pieza de un mecanismo que realiza
determinadas funciones para las que su cooperación es imprescindible. El precipitado
vigor de los movimientos de Juan impulsaba a los míos sin que yo hiciese nada por mi
parte; y como la falta de tiempo no me daba ocasión para reflexionar, tampoco la tenía
para elegir. Me sentía como un reloj cuyas manecillas son empujadas adelante, y daba
las horas que me obligaban a dar. Cuando ejercen una fuerza poderosa sobre nosotros,
cuando se encarga otro de pensar, sentir y actuar por nosotros, nos alegramos de relegar
en él la responsabilidad no sólo física, sino también moral. Decimos con cobarde
egoísmo: "De acuerdo; tú decides por mí", sin paramos a pensar que en el tribunal de
Dios no hay fiador que valga. Así que a la tarde siguiente bajé a pasear por el claustro.
Ordené mi hábito, mi aspecto; cualquiera habría imaginado que me hallaba sumido en
profunda meditación... y lo estaba, pero no sobre las cuestiones en que ellos creían que
me ocupaba. Mientras paseaba, alguien me rozó el hábito. Me sobresalté y, para
consternación mía, uno de los monjes me pidió perdón por haberme rozado con la
manga de su túnica. Dos minutos después vino otro a tocarme. Noté la diferencia: había
una fuerza secreta y comunicativa en su modo de cogerme. Era como el que no teme
que le descubran, ni necesita excusarse. Así es como el crimen nos atrapa con mano
decidida, mientras que el roce de la conciencia tiembla en la orla de nuestro vestido.
Uno casi podría remedar las conocidas palabras del proverbio italiano, y decir que el
delito es masculino y la inocencia femenina. Le agarré la muñeca con mano temblorosa,
y susurré: "Juan", con el mismo aliento. Él contestó: "Alonso", y siguió andando un
instante después. Entonces tuve unos momentos para reflexionar sobre mi destino, tan
singularmente confiado a un ser cuyos afectos honraban a la humanidad, y a otro cuyos
crímenes la infamaban. Me hallaba suspendido, como la tumba de Mahoma, entre el
cielo y la tierra. Sentía una aversión indescriptible a comunicarme con un monstruo que
había tratado de ocultar las manchas del parricidio arrojando sobre sus sangrientas e
imborrables huellas la vestidura del monacato. Sentía también un terror indecible a las
pasiones y el atropello de Juan; finalmente, sentía que me hallaba en poder de lo que
más temía, y que debía someterme a la acción de ese poder para liberarme.
»A la tarde siguiente anduve por el claustro. No puedo decir que deambulé con paso
firme, pero estoy seguro de que era artificialmente regular. Por segunda vez tocó mi
hábito la misma persona, y susurró el nombre de Juan. Después de esto, no me cupo la
menor duda. Dije al pasar:
»-Estoy en tus manos.
»Una voz ronca desagradable contestó:
»-No, soy yo quien está en las tuyas.
»-Bien -murmuré-, comprendo: dependemos el uno del otro.
»-Sí. No podemos hablar aquí, pero se nos brinda una ocasión providencial para nuestra
comunicación. Mañana es víspera de Pentecostés; será vigilia para toda la comunidad;
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cada hora deberemos ir de dos en dos al altar, pasar la hora en oración, y luego ser
relevados por otros dos; así durante toda la noche. Es tal la aversión que inspiras en el
convento que todos se niegan a acompañarte durante tu hora, que es de dos a tres. Así
que estarás solo; entonces bajaré yo contigo... Estaremos a solas y no despertaremos
sospechas.
»Dichas estas palabras, se alejó. La noche siguiente fue víspera de Pentecostés; los
monjes estuvieron yendo de dos en dos al altar durante toda la noche. y a las dos en
punto me tocó a mí. Llamaron a la puerta de mi celda, y bajé a la iglesia solo.
_____________ _
Ye monks, and nuns throughout the land,
Who go to church at night in pairs,
Never take bell-ropes in your hands,
Toraise you up again from prayers.
COLMAN »No soy supersticioso, pero al entrar en la iglesia sentí un frío indecible en el cuerpo y
en el alma. Me acerqué al altar y traté de arrodillarme: una mano invisible me lo
impidió. Una voz pareció dirigirse a mí desde lo más recóndito del altar, y preguntarme
qué me traía allí. Pensé que los que acababan de dejar el lugar habían estado absortos en
oración, y que los que me iban a relevar se entregarían al mismo profundo homenajes,
mientras que yo acudía a la iglesia con propósitos de impostura y engaño, y
aprovechaba la hora destinada a la adoración divina para maquinar la forma de huir de
ella. Me sentí como un impostor al encubrir mi engaño con los mismos velos del
templo. Temblé por mi propósito y por mí mismo. Me arrodillé, no obstante, pero no me
atreví a rezar. Los peldaños del altar estaban terriblemente fríos...; me estremecí ante el
silencio que me vi obligado a guardar. ¡Ay!, ¿cómo podemos esperar que triunfe un
proyecto que no nos atrevemos a confiar a Dios? La oración, señor, cuando nos
recogemos profundamente en ella, no sólo nos hace elocuentes, sino que comunica
también una especie de elocuencia a los objetos de nuestro alrededor. Al principio,
mientras desahogaba mi corazón ante Dios, me pareció que las lágrimas eran más
luminosas, que las imágenes sonreían, que el aire quieto de la noche estaba lleno de
formas y de voces, y que cada soplo de brisa que entraba por la puerta traía a mi oído
músicas de arpa de mil ángeles. Ahora todo estaba inmóvil: las lámparas, las imágenes,
el altar, el techo parecían contemplarme en silencio. Me rodeaban como testigos, cuya
sola presencia basta para condenar sin articular una sola palabra. No me atrevía a mirar
hacia arriba, no me atrevía a hablar, no me atrevía a rezar, por miedo a descubrir un
pensamiento para el que no pudiera suplicar una bendición; y esta especie de reserva
mental, que Dios debía de conocer de todos modos, era a la vez inútil e impía.
»No hacía mucho que me hallaba en este estado de agitación cuando oí acercarse unos
pasos: era el sujeto que yo esperaba.
»-Levántate -dijo, dado que yo estaba de rodillas-; levántate, no tenemos tiempo que
perder. Vas a estar sólo una hora en la iglesia, y tengo muchas cosas que decirte en ese
tiempo -me levanté-. Mañana por la noche será la ocasión de escapar.
»-¡Mañana por la noche..., Dios misericordioso!
»-Sí; en las decisiones desesperadas es siempre más peligroso el retraso que la
precipitación. Hay ya mil ojos y oídos que están alerta. Un simple movimiento siniestro
o ambiguo haría imposible que escaparas a la vigilancia de todos ellos. Quizá corras
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algún peligro al apresurar las cosas de este modo, pero es inevitable. Mañana por la
noche, después de las doce, baja a la iglesia; probablemente no habrá nadie aquí. Si
hubiese alguien (que hubiera venido a recogerse o a cumplir alguna penitencia), retírate
para evitar sospechas. Vuelve a la iglesia tan pronto como esté vacía: yo estaré aquí.
¿Ves esa puerta? -y señaló una puerta baja que yo había observado muchas veces,
aunque no recordaba haberla visto abierta jamás-; he conseguido la llave de esa puerta...
no importa cómo. Antiguamente conducía a la cripta del convento; pero por razones que
no tengo tiempo de contarte, se ha abierto otro pasadizo, y el primero ha dejado de
utilizarse o frecuentarse desde hace muchos años. De ahí parte otro pasadizo que, según
he oído decir, comunica con una trampa del jardín.
»-¡Que has oído decir! ¡Válgame Dios! ¿Te basas en el rumor, entonces, para un asunto
tan vital? Si no estás seguro de que existe ese pasadizo, y de que conoces sus vueltas y
revueltas, ¿no corremos peligro de andar vagando por él toda la noche? O quizá...
»-No me interrumpas con objeciones vanas; no tengo tiempo para escuchar temores que
no puedo compadecer ni disipar. Cuando salgamos al jardín a través de la trampa (si es
que salimos), nos aguardará otro peligro.
»Calló, me pareció a mí, como el hombre que estudia el efecto de los temores que
suscita, no por maldad, sino por vanidad; para aumentar únicamente su propio mérito al
afrontarlos. Yo guardé silencio; y al ver que ni le elogiaba ni me echaba a temblar,
prosiguió:
»-Por la noche sueltan en el jardín dos fieros perros; hay que tener cuidado con ellos. La
tapia tiene dieciséis pies de altura, pero tu hermano posee una escala de cuerda, que
lanzará, y podrás bajar por ella al otro lado sin peligro.
»-¡Sin peligro!; pero mi hermano Juan sí que lo correrá.
»-No me interrumpas más; el peligro que vas a correr de muros adentro es mínimo; de
muros afuera, ¿en dónde buscarás refugio o escondite? El dinero de tu hermano te
facilitará probablemente la salida de Madrid. Puede sobornar por todo lo alto, y cada
pulgada de tu camino puede ser pavimentada con su oro. Pero después se presentarán
tantos riesgos que la empresa y el peligro no parecerá sino que acaban de empezar.
¿Cómo cruzarás los Pirineos? ¿Cómo?..
» Y se pasó la mano por la frente con el gesto del hombre empeñado en un esfuerzo
superior a su propia naturaleza, y que se siente indeciso sobre qué medios utilizar. Esta
expresión, tan llena de sinceridad, me sorprendió sobremanera. Hizo de contrapeso
frente a todos mis anteriores prejuicios. Pero cuanta más confianza tenía en él, más me
impresionaban sus temores. Repetí:
»-¿Cómo podré escapar finalmente? Con tu ayuda puedo recorrer esos pasadizos
intrincados cuyas frías humedades siento ya destilar sobre mí. Puedo salir a la luz, subir
y bajar por el muro; pero después, ¿cómo escapar? ¿Cómo voy incluso a vivir? España
entera no es más que un gigantesco monasterio... Caeré prisionero haga lo que haga.
»- Tu hermano se ocupará de eso -dijo con brusquedad-; yo habré cumplido la parte que
me toca.
»Entonces le apremié con varias preguntas sobre los detalles de mi huida. Su respuesta
fue monótona, insuficiente y evasiva hasta el punto de llenarme nuevamente de recelo
primero, y de terror después. Le pregunté:
»-¿Pero cómo has conseguido esas llaves?
»-Eso no te importa.
»Era extraño que contestara lo mismo a cada pregunta que le hacía acerca de cómo
había llegado a conseguir el medio de facilitarme la huida, de modo que no tuve más
remedio que desistir, insatisfecho, y volver a lo que me había contado.
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»-Pero entonces, ese terrible pasadizo que pasa cerca de las criptas... ¡la posibilidad, el
temor de no salir nunca a la luz! Piensa en lo que es andar vagando entre ruinas
sepulcrales, tropezando con los huesos de los muertos, chocando con cosas que no
puedo describir; el horror de estar entre los que no son ni vivos ni muertos: esos seres
sin sombra que se divierten con los restos de los muertos y aman y celebran sus festines
en medio de la corrupción, lívidos, burlescos, y terribles. ¿Debemos pasar cerca de esas
criptas?
»-¿Qué ocurre?, puede que tenga yo más razones que tú para temerlas. ¿Esperas que el
espíritu de tu padre surja de la tierra para maldecirte?
»Ante estas palabras, que pronunció en un tono que pretendía inspirar confianza, me
estremecí de horror. Las decía un parricida, jactándose de su crimen, en una iglesia, a
medianoche, entre los santos cuyas silenciosas imágenes parecían temblar. Para disipar
la creciente tensión volví a la insalvable tapia y a la dificultad de manejar una escala de
cuerda sin que me descubriesen. La misma respuesta brotó de sus labios:
»-Eso déjalo de mi cuenta; ya está arreglado.
»Siempre que contestaba así, desviaba el rostro y sus palabras se fragmentaban en
monosílabos. Por último, comprendí que el caso era desesperado, que debía confiar
plenamente en él. ¡En él! ¡Dios mío! ¡Lo que sentí cuando tuve que decirme eso a mí
mismo! El convencimiento que hizo estremecer mi alma fue éste: estoy en su poder. Y,
sin embargo, aun bajo esta impresión, no pude por menos de insistir en las insalvables
dificultades que parecían impedir mi huida. Entonces perdió la paciencia..., me acusó de
timidez y de ingratitud; y al adoptar de nuevo su tono naturalmente feroz y amenazador,
sentí renacer en mí la confianza en él, más que si hubiera tratado de disimularlo.
Aunque sus palabras eran mitad reproche, mitad insulto, lo que decía revelaba tanta
habilidad, intrepidez y destreza, que empecé a sentir una especie de dudosa seguridad.
Me pareció, al menos, que si había alguien en la tierra capaz de llevar a cabo mi
liberación, ese alguien era este hombre. No sabía lo que era el miedo, no sabía lo que
era la conciencia. Había hecho alusión al asesinato de su padre para impresionarme con
su osadía. Lo vi en su expresión al levantar involuntariamente la mirada hacia él. No
había en sus ojos ni el vacío del remordimiento ni el delirio del miedo: me miró
descarado, desafiante, decidido. Para él sólo había una emoción vinculada a la palabra
peligro: la de una fuerte excitación. Se lanzaba a una peligrosa empresa como el jugador
que se sienta para enfrentarse a un adversario digno de él; y el que estuviese en juego la
vida y la muerte era para él como jugar con apuestas más elevadas, y las crecientes
exigencias de valor y talento le proporcionaban realmente el modo de afrontarlas.
Íbamos a dar por terminada nuestra entrevista, cuando se me ocurrió que este hombre se
estaba exponiendo por mí a un grado de peligro casi increíble; y yo estaba dispuesto a
desentrañar al menos este misterio. Dije:
»-¿Pero cómo te las arreglarás para quedar a salvo? ¿Qué será de ti cuando se descubra
mi huida? ¿No te aguardarán los más espantosos castigos ante la mera sospecha de que
has sido el agente, y no digamos ya cuando la sospecha se convierta en la certeza más
irrefutable?
»No me es posible describir el cambio de expresión que se operó en él mientras
pronunciaba yo estas palabras. Me miró un momento sin hablar, con una mezcla
indefinible de sarcasmo, desprecio, duda y curiosidad en su semblante; luego trató de
reír, pero los músculos de su rostro eran demasiado duros y rígidos para admitir tal
modulación. En rostros como el suyo, el ceño es hábito, y la sonrisa convulsión. No
pudo esbozar otra cosa que un rictus sardonicus, cuyos terrores no hay por qué
describir; es espantoso ver el crimen en su júbilo: su sonrisa puede compararse a
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muchos gemidos. Se me heló la sangre al verle. Esperé el sonido de su voz como una
especie de alivio. Por último, dijo:
»-¿Me crees tan idiota como para organizar tu huida arriesgándome a que me encarcelen
de por vida, o que me empareden, o que me entreguen a la Inquisición? -se echó a reír
otra vez-. No; escaparemos juntos. ¿Pensabas que me iba a tomar tantos cuidados en una
aventura en la que no iba a participar sino como ayudante? Era en mi propio peligro en
lo que pensaba; es mi propia seguridad lo que me preocupa. Nuestra situación ha venido
a unir a dos personas opuestas en una misma aventura, pero es una unión inevitable e
inseparable. Tu destino ahora está unido al mío por unos lazos que ninguna fuerza
humana puede romper: ya no nos separaremos nunca más. El secreto que cada uno de
nosotros posee debe ser vigilado por el otro. Nuestras vidas están cada una en manos del
otro, y un momento de ausencia podría significar traición. Tendremos que pasamos la
vida vigilando cada suspiro que el otro deje escapar, cada mirada que el otro lance...,
temiendo el sueño como a un traidor involuntario, y escuchando atentos los murmullos
inconexos de las inquietas pesadillas del otro. Podemos odiamos, atormentamos... o
peor aún, podemos cansarnos el uno del otro (pues el odio mismo sería un alivio
comparado con el tedio de nuestra inseparabilidad); pero no podremos separamos jamás.
»Ante este cuadro de libertad por el que había arriesgado yo tanto, mi alma retrocedió.
Miré al formidable ser con el que de este modo se había asociado mi existencia. Se iba
ya, y se detuvo a unos pasos para repetir sus últimas palabras, o quizá para observar su
efecto. Yo me senté en los peldaños del altar. Era tarde; las lámparas de la iglesia ardían
débilmente y, al detenerse él en la nave, lo hizo en tal posición con respecto a la luz que
provenía del techo que quedó iluminado solamente su rostro y su mano extendida hacia
mí. El resto de su figura, envuelta en la oscuridad, dio a esta cabeza espectral y sin
cuerpo un efecto verdaderamente aterrador. La ferocidad de sus facciones quedó
suavizada por una sombra densa y mortal, mientras repetía:
»-Jamás nos separaremos; tendré que estar junto a ti eternamente.
» Y el tono profundo de su voz resonó como un trueno en la iglesia. Siguió un largo
silencio. Él seguía en la misma postura, y yo no tenía fuerzas para cambiar la mía. El
reloj dio las tres; su sonido me recordó que mi hora había expirado. Nos separamos,
cada uno en distinta dirección; y por fortuna los dos monjes que debían relevarme
llegaron con unos minutos de retraso (bostezando los dos espantosamente), de modo
que nuestra salida de la iglesia pasó inadvertida.
»No me es posible describir el día que siguió, como no podría analizar tampoco un
sueño en sus elementos componentes de cordura, delirio, recuerdos frustrados y
triunfante imaginación. Jamás soportó el sultán del cuento oriental que sumergía la
cabeza en una jofaina de agua y, antes de incorporarse, vivía en cinco minutos las
aventuras más accidentadas e inconcebibles -era monarca, esclavo, marido, viudo,
padre, hombre sin hijos-, los cambios emocionales que yo experimenté ese día
memorable. Me sentí prisionero, libre, persona feliz rodeada de niños sonrientes,
víctima de la Inquisición consumiéndome en medio de las llamas y las execraciones.
Era un loco, oscilando entre la esperanza y la desesperación. Todo el día me pareció
estar tirando de la cuerda de la campana, cuyo alternado tañido era cielo-infierno, y
resonaba en mis oídos con toda la lúgubre e incesante monotonía de la campana del
convento. Por fin, llegó la noche. Casi podría decir llegó el día, pues ese día había sido
noche para mí. Todo me era propicio: el convento estaba totalmente en silencio. Asomé
la cabeza varias veces al pasillo para cerciorarme bien: todo estaba en silencio. No se
oía ningún rumor de pasos, ni una voz, ni un susurro, bajo este techo que albergaba
tantas almas. Salí furtivamente de mi celda y bajé a la iglesia. No era raro que lo
hicieran aquellos a quienes inquietaba la conciencia o el desasosiego, durante la
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insomne tenebrosidad de una noche conventual. Al dirigirme hacia la puerta de la
iglesia, donde se mantenían perpetuamente encendidas varias lámparas, oí una voz
humana. Retrocedí aterrado; a continuación me aventuré a echar una mirada. Un
anciano monje rezaba ante la imagen de un santo; y el objeto de sus plegarias era pedir
alivio, no para la angustia de la conciencia o la supresión del monacato, sino para los
tormentos de un dolor de muelas, para el que le habían aconsejado que aplicase las
encías a la imagen de un santo famoso por su eficacia en tales casos20. El pobre, anciano
y torturado monje, rezaba con todo el fervor de la angustia, y luego restregaba
repetidamente las encías sobre el frío mármol, lo que acrecentaba su sufrimiento y su
devoción. Vigilé, escuché... había algo a la vez ridículo y espantoso en mi situación. Me
daban ganas de reírme de mi propia desdicha, al tiempo que llegaba a la angustia a cada
momento. Temía, también, que apareciera otro intruso, y cuando oí que mis temores se
iban a convertir en realidad, porque se acercaba alguien, me volví: para mi inmenso
alivio, vi a mi compañero. Le hice comprender con una seña que no debía entrar en la
iglesia; él me respondió del mismo modo, y se retiró unos pasos; aunque no sin
mostrarme un manojo de llaves que se sacó de debajo del hábito. Esto me levantó el
ánimo, y esperé otra media hora en un estado de tortura mental que, de habérsela
infligido a mi mayor enemigo sobre la tierra, creo que yo mismo habría gritado:
"Basta... basta; perdonadle". El reloj dio las dos. Me retorcí y di una patada, sin
atreverme a hacer mucho ruido, en el suelo del pasadizo. No me sentía tranquilo, ni
mucho menos, ante la visible impaciencia de mi compañero, que, de cuando en cuando,
asomaba de su escondite -una columna del claustro-, me dirigía una mirada de salvaje e
inquieta interrogación (a la que yo contestaba con otra de desaliento), y se retiraba
profiriendo maldiciones entre dientes, cuyo horrible rechinar podía oír yo claramente
durante los intervalos en que contenía el aliento. Finalmente, me decidí a dar un paso
desesperado. Entré en la iglesia y, dirigiéndome directamente al altar, me postré en los
peldaños. El anciano me observó. Creyó que había ido con el mismo propósito que él, si
no con los mismos sentimientos; y se me acercó para comunicarme su intención de
unirse a mis rogativas y a pedirme que me interesase en las suyas, ya que el dolor le
había pasado de la mandíbula de abajo a la de arriba. Hay algo imposible de describir en
esta conjunción de los intereses más bajos y los más elevados de la vida. Yo era un
prisionero que anhelaba la libertad, y me jugaba la vida en el paso que me veía obligado
a dar. Mi único interés temporal y quizá eterno, dependía de un momento; y junto a mí
había arrodillado un ser cuyo destino estaba ya decidido, que no podía ser otra cosa que
monje durante los pocos años que le quedaban de inútil existencia, y que suplicaba la
breve remisión de un dolor temporal que yo habría querido soportar durante toda mi
vida a cambio de una hora de libertad. Al acercarse a mí, y suplicarme que le permitiera
unirse a mis oraciones, di un paso atrás. Me parecía que había una diferencia en el
objeto de nuestras peticiones a Dios, cuyo motivo no osaba indagar en mi corazón. De
momento, no sabía cuál de los dos iba mejor encaminado: si él, cuya oración no
deshonraba el lugar, o yo, que luchaba contra una condición de vida desorganizada y
antinatural, cuyos votos estaba a punto de violar. Me arrodillé con él, no obstante, y recé
por que se le pasara el dolor con una sinceridad fuera de duda, ya que el éxito de mis
plegarias podía ser un modo de facilitar que se marchara. Entretanto, temblaba ante mi
propia hipocresía. Estaba profanando el altar de Dios; estaba burlándome de los
sufrimientos del ser por el cual suplicaba; me sentía el peor de los hipócritas, un
hipócrita de rodillas, y ante el altar. Pero ¿acaso no me obligaban a ello? Si yo era
hipócrita, ¿de quién era la culpa? Si profanaba el altar, ¿quién me había arrastrado hasta
20 Véase View of France and ltaiy de Moore. (N. del A.)
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él para ofenderlo con votos que mi alma desmintió y rechazó más deprisa de lo que mis
labios tardaron en pronunciarlos? Pero no había tiempo para exámenes de conciencia.
Seguí de rodillas, recé y temblé hasta que el pobre doliente, cansado de la ineficacia de
sus plegarias, y de la falta de respuesta a ellas, se levantó y emprendió 1a retirada.
Durante unos minutos, tirité, presa de horrible ansiedad, ante la posibilidad de que se
presentara otro intruso; pero los pasos rápidos y decididos que sonaron en la nave me
devolvieron en seguida la confianza: era mi compañero. Se detuvo junto a mí. Soltó
unas cuantas maldiciones, que sonaron horriblemente a mis oídos, más por el hábito que
llevaba y por la influencia del lugar que por el significado que tenían, y echamos a
correr hacia la puerta. Llevaba un puñado de llaves en la mano, y seguí instintivamente
a esta promesa de liberación.
»La puerta era muy baja: bajamos cuatro escalones hasta ella. Metió la llave,
cubriéndola con la manga para amortiguar el ruido. A cada esfuerzo, retrocedía, hacía
rechinar sus dientes, pateaba... y luego aplicaba las dos manos. La cerradura no quería
ceder. Yo juntaba las manos angustiado, me las retorcía con fuerza por encima de la
cabeza.
»- Trae una luz -dijo él en voz baja-, coge una lámpara de una de esas estatuas.
»Me sobrecogió la ligereza con que habló de las sagradas imágenes: y el acto que me
ordenaba no me pareció sino un sacrilegio. Sin embargo, fui y cogí la lámpara, y la
sostuve con mano temblorosa, mientras el intentaba otra vez hacer girar la llave.
Durante este segundo intento, nos comunicamos en susurros esos temores que cortan el
aliento hasta para murmurar.
»-¿No ha sido eso un ruido?
»-No; ha sido el eco de esta ruidosa y obstinada cerradura. ¿Viene alguien?
»-No. Nadie.
»-Asómate al pasadizo. –
»-No te podré sostener la luz.
»-No importa... con tal que no nos descubran.
»-Con tal que escapemos -repliqué con una energía que le hizo estremecer, mientras
dejaba la lámpara en el suelo y unía mi fuerza a la suya para hacer girar la llave.
»Chirrió, resistió: la cerradura parecía invencible. Lo intentamos otra vez, con los
dientes apretados, la respiración contenida y los dedos despellejados casi hasta los
huesos. En vano. Luego, otra vez... En vano. No sé si fue que la natural ferocidad de su
carácter sentía la contrariedad más que el mío, o que, como muchos hombres de
indudable valor, se impacientaba ante un ligero dolor físico en una lucha en la que era
capaz de poner en juego la vida y perderla sin una queja, o a qué se debió, pero se sentó
en los peldaños que bajaban a la puerta, se secó las gruesas gotas de cansancio y terror
de su frente con la manga de su hábito, y me lanzó una mirada que era a la vez promesa
de sinceridad y de desesperación. El reloj dio las tres. El sonido vibró en mis oídos
como la trompeta del día del juicio... la trompeta que ha de sonar. Juntó las manos con
fiera y convulsa agonía, como los últimos forcejeos de un malhechor impenitente: esa
agonía sin remordimiento, ese sufrimiento sin compensación ni consuelo que el crimen
viste, por así decir, con el ropaje deslumbrante de la magnanimidad, y nos hace admirar
al espíritu caído, al que no nos atrevemos a compadecer.
»-Estamos perdidos -exclamó-; tú estás perdido. A las tres le toca venir a velar a otro
monje -y añadió en un tono bajo de infinito horror-: Oigo sus pasos en el corredor.
»En el momento en que pronunciaba estas palabras, la llave, en la que casi había dejado
yo de forcejear, giró en la cerradura. Se abrió la puerta, y el pasadizo quedó libre ante
nosotros. Mi compañero se reanimó al verlo, y nos metimos al instante en el pasadizo.
Nuestra primera precaución fue quitar la llave y cerrar la puerta por dentro; entretanto,
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tuvimos la satisfacción de comprobar que no había nadie más en la iglesia, ni se
acercaba nadie tampoco. Nuestros temores nos habían engañado; nos retiramos de la
puerta, nos miramos con una especie de renovada y jadeante confianza, e iniciamos
nuestra marcha por la cripta en silencio y a salvo.
»¡A salvo! ¡Dios mío! Aún tiemblo al pensar en esa expedición subterránea entre las
criptas de un convento, con un parricida por compañero. ¿Pero hay algo con lo que el
peligro no sea capaz de familiarizarnos? Si me hubieran contado este mismo episodio de
otro, le habría tenido por la persona más temeraria y desesperada de la tierra; sin
embargo, ése era yo. Me había quedado con la lámpara (cuya luz parecía acusarme de
sacrilegio con cada destello que arrojaba ante el camino por el que avanzábamos), y
seguía a mi compañero en silencio. Las novelas, señor, han familiarizado a vuestro país
con relatos sobre pasadizos subterráneos y horrores naturales. Todos ellos, descritos por
la pluma más elocuente, se quedarían pequeños ante el paralizador espanto que
experimenta un ser empeñado en una empresa que está más allá de su capacidad,
experiencia y cálculo, y se ve obligado a confiar su vida y su liberación a unas manos
manchadas con la sangre de un padre. En vano intenté tomar una resolución, y decirme
a mí mismo: "Esto es cuestión de poco tiempo", y luchar para convencerme de que era
necesario tener esta clase de sociedades en empresas desesperadas. Todo fue inútil.
Temblaba al pensar en mi situación, en mí mismo; y ése es un terror que jamás podemos
superar. Chocaba con las lápidas y me estremecía a cada paso. Una niebla azulenca se
formó ante mis ojos, y cubrió los bordes de la lámpara con una empafiada y brumosa
luz. Mi imaginación comenzó a trabajar; y al oír las maldiciones con que mi compañero
reprochaba mi involuntario retraso, casi empecé a temer que seguía los pasos de un
demonio que me había seducido con fines que mi imaginación no era capaz de
representarse. Me venían a la memoria historias de superstición, de la misma manera
que acuden imágenes de horror a quienes se hallan en la oscuridad. Había oído decir que
seres infernales seducían a los monjes con esperanzas de liberación atrayéndolos hacia
las criptas del convento, y allí les proponían condiciones casi tan horribles de describir
como de soportar. Pensé que iban a obligarme a presenciar las algazaras monstruosas de
un festín diabólico, que iba a presenciar cómo distribuían carne podrida y cómo bebían
sangre corrompida de los muertos, y que oiría aullar los anatemas de los demonios a
manera de insultos, en este límite espantoso donde se entremezclan la vida y la
eternidad, que oiría las aleluyas del coro, repetidas incluso por las criptas, donde los
demonios celebraban la misa negra de su aquelarre infernal. Pensé todo lo que los
interminables pasadizos, la lívida luz y el diabólico compañero podían sugerir.
»Nuestros vagabundeos por el pasadizo parecían no tener fin. Mi compañero torció a la
derecha, a la izquierda, avanzó, retrocedió y se detuvo (esto último fue espantoso).
Luego reanudó la marcha otra vez, se adentró en otra dirección, donde el pasadizo era
tan bajo que me vi obligado a andar a gatas para seguirle, e incluso en esta postura me
golpeaba la cabeza contra el techo desigual. Cuando ya llevábamos avanzando así un
buen rato (eso al menos me parecía a mí, ya que los minutos se vuelven horas en las
tinieblas del terror -el terror carece de diurnidad-), el pasadizo se volvió tan estrecho y
tan bajo que me fue imposible continuar, y me pregunté cómo podía seguir adelante mi
compañero. Le llamé, pero no recibí respuesta; en la oscuridad del pasadizo, o más bien
agujero, era imposible ver más allá de diez pulgadas. Yo llevaba la lámpara todavía, y la
sostenía con mano precavida y temblorosa; pero la llama empezaba a menguar en
aquella atmósfera angosta y condensada. Una ola de terror me subió hasta la garganta.
Rodeado de humedades y goterones, mi cuerpo empezaba a ser presa de la fiebre. Llamé
otra vez, pero no me contestó ninguna voz. En las situaciones de peligro, la imaginación
es desgraciadamente fértil, y no pude evitar recordar y aplicar a mi caso una historia que
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había leído sobre unos viajeros que intentaron explorar las criptas de las pirámides
egipcias. Uno de ellos, avanzando a gatas como yo, quedó encajado en el pasadizo y, ya
fuera por terror o por las consecuencias naturales de su situación, se hinchó de tal modo
que le era imposible retroceder, avanzar, ni permitir el paso a sus compañeros. El grupo
volvía de regreso; y al ver que el pasadizo estaba obstruido por este obstáculo
inamovible, con las luces a punto de apagarse y el guía aterrado hasta el punto de no
poder dirigir ni dar consejo alguno, decidieron con el egoísmo a que reduce la
conciencia de un peligro vital, cortarle las piernas al desventurado que taponaba el
pasadizo. Oyó éste la proposición, y contrayéndose al máximo con angustia, merced a
un fuerte espasmo muscular, se redujo a sus dimensiones usuales, le sacaron a rastras, y
dejó sitio libre para que pasaran los demás. No obstante, le asfixió el esfuerzo, y dejaron
un cadáver tras ellos. Este incidente, aunque requiere bastantes palabras contarlo, me
cruzó por el espíritu como un relámpago; ¿por el espíritu? No, no; fue por mi cuerpo.
Fue un sentimiento físico, una intensa angustia corporal: sólo Dios puede saber, y el
hombre sentir, cómo esa agonía puede absorber y aniquilar en nosotros cualquier otro
sentimiento... cómo podemos, en un momento así, alimentamos de un pariente, o
abrimos un acceso con los dientes hacia la libertad y la vida, como se sabe que hacen los
náufragos, royendo su propia carne para sustentar esa existencia que el antinatural
mordisco va haciendo menguar a cada agónico pedazo.
»Intenté retroceder a rastras, y lo conseguí. Creo que la historia que recordé hizo efecto
en mí; notaba una contracción de músculos que concordaba con lo que había leído. Me
sentí casi liberado por dicha sensación, y un momento después lo estaba realmente:
había salido del pasadizo sin saber cómo. Debí de hacer uno de esos esfuerzos
extraordinarios, cuya energía no sólo aumenta nuestro inconsciente, sino que depende
de él. Sin embargo, me había desembarazado de esa estrechez y me detuve, agotado y
sin aliento, con la agonizante lámpara en la mano, mirando a mi alrededor y sin ver otra
cosa que los negros y goteantes muros y los bajos arcos de la bóveda que parecían bajar
sobre mí como el ceño de una hostilidad eterna, un ceño que prohíbe toda esperanza o
huida. La lámpara se apagaba deprisa en mi mano; la miré fijamente. Sabía que mi vida
y, lo que me era aún más querido que la vida, mi liberación, dependía de este último
reconocimiento; sin embargo, seguí observando la llama con mirada idiota, estupefacta.
La lámpara vaciló débilmente; su agónico resplandor me hizo volver en mí. Me levanté
y miré a mi alrededor. Una fugaz llamarada me reveló un bulto a mi lado. Me estremecí,
y debí de gritar, aunque no me di cuenta, porque me dijo una voz:
»-Chisst, calla; te he dejado un momento para reconocer otros pasadizos. He descubierto
el que conduce a la trampa... guarda silencio; todo va bien.
»Avancé temblando; mi compañero parecía temblar también. Susurró:
»-¿Se está apagando la lámpara?
»- Ya lo ves.
»- Trata de hacerla durar unos momentos más.
»-Lo intentaré; pero si se apaga, ¿qué?
»-Pereceremos -añadió, con una maldición que creí que venía de la bóveda de encima
de nosotros.
»Es cierto, señor, que los sentimientos desesperados son los más acordes con las
situaciones desesperadas, y las blasfemias de este desdichado me dieron una especie de
horrible confianza en su valor. Emprendió la marcha soltando maldiciones delante de
mí; yo le seguí, al tiempo que vigilaba los últimos parpadeos de la lámpara con una
angustia que aumentaba mi temor a exasperar otra vez a mi horrible guía. Ya he referido
antes cómo nuestros sentimientos, aun en las exigencias más espantosas, se adhieren a
los detalles pequeños y despreciables. Pese a todos mis cuidados disminuyó la llama,
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parpadeó, produjo un súbito y pálido destello, como sonriéndome de desesperación, y se
apagó. Nunca olvidaré la mirada que me dirigió mi guía al extinguirse la luz. La había
vigilado como los últimos latidos de un corazón moribundo, como los estremecimientos
de un espíritu a punto de partir hacia la eternidad. La vi apagarse, y me consideré ya
entre aquellos a quienes "la negrura de las tinieblas les está reservada para siempre".
»Fue en ese momento cuando nos llegó un rumor débil al oído: era el cántico de
maitines, ejecutado a la luz de las velas en esta época del año, que había empezado en la
capilla situada ahora muy por encima de nosotros. Esta voz del cielo nos emocionó:
parecíamos exploradores de las tinieblas, en las mismas fronteras del infierno. Este
soberbio alarde del triunfo celestial, que en medio de los acordes de la esperanza nos
hablaba de desesperación, que anunciaba a Dios a quienes se tapaban los oídos al sonido
de su nombre, produjo un efecto indeciblemente espantoso. Caí al suelo, no sé si porque
tropecé en la oscuridad, o vencido por la emoción. Me levantó un rudo brazo, y la voz
aún más ruda de mi compañero. Entre una sarta de maldiciones que me helaron la
sangre, me dijo que no había tiempo para desfallecimientos ni temores. Le pregunté,
temblando, que qué podía hacer yo. Me contestó:
»-Sígueme, y te abrirás paso en la oscuridad.
»¡Terribles palabras! Quienes sólo nos dicen toda nuestra desventura parecen siempre
malvados; nos halaga más el que nos dice que no es tan grande como la realidad nos
demuestra que es. La verdad nos llega siempre por una boca distinta de la nuestra.
»En la oscuridad, en una oscuridad total, y a gatas, pues ya no podía andar de pie, seguí
tras él. Este movimiento me afectó pronto a la cabeza; primero me produjo vértigo, y
luego atontamiento. El otro gruñó una maldición, y yo, instintivamente, aligeré mis
movimientos, como el perro que oye la voz regañona del amo. Mi hábito estaba hecho
un guiñapo debido a mis forcejeos, y tenía las rodillas y las manos desolladas. Me había
dado varios golpes en la cabeza, con las melladas y toscas piedras que formaban las
irregulares paredes y los techos de este pasadizo eterno. Y sobre todo, el aire estancado,
unido a la intensidad de mi emoción, me había provocado una sed cuya angustia era
comparable a la de un carbón ardiendo en la garganta, que yo parecía chupar buscando
humedad, aunque sólo me dejaba gotas de fuego en la lengua. Tal era mi estado cuando
grité a mi compañero que no podía seguir adelante.
»-Quédate y púdrete entonces -fue su respuesta; y quizá las más confortantes palabras
de aliento no habrían producido en mí un efecto tan vivo.
»Esa confianza de la desesperación, ese desafío del peligro, que amenazaba al poder en
su misma ciudadela, me infundió temporalmente valor; pero ¿qué es el valor en medio
de la oscuridad y de la duda? Por los pasos vacilantes, la respiración sofocada, las
maldiciones masculladas en voz baja, deduje lo que ocurría. Estaba en lo cierto. Era el
fin... A continuación sobrevino la detención sin esperanza, anunciada con el último
sollozo feroz, el desesperado castañetear de dientes, el retorcer o más bien golpear de
manos crispadas, en la terrible enajenación de la agonía total. Yo estaba de rodillas
detrás de él, en ese momento, y repetí cada grito y gesto suyo con una violencia que
sobresaltó a mi guía. Me impuso silencio profiriendo maldiciones. Luego intentó rezar;
pero sus plegarias sonaban a maldiciones, y sus maldiciones parecían tanto plegarias al
malo que, sobrecogido de horror, le supliqué que se callase. Guardó silencio, y durante
casi media hora ninguno de los dos pronunciamos una sola palabra. Nos tumbamos el
uno junto al otro como aquellos dos perros jadeantes que, según he leído, murieron
junto al animal que perseguían, exhalando sus últimos alientos sobre su piel, sin poder
llegar a morderle.
»Así nos parecía a nosotros la liberación: cercana, y no obstante, inalcanzable. Así
yacíamos en el suelo: sin atrevemos a hablar; porque ¿de qué podíamos hablar sino de la
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desesperación, y cual de nosotros se atrevía a agravar la desesperación del otro? Esa
clase de miedo que sabemos que sienten otros, y que tememos agravar si hablamos aun
con quienes ya lo saben, es quizá la más horrible sensación jamás experimentada. La
misma sed de mi cuerpo parecía desvanecerse ante la ardiente sed de comunicarse del
alma, cuando toda la comunicación era inexpresable, imposible, desesperanzada. Quizá
se sientan así los espíritus condenados al llegarles su sentencia final, cuando saben todo
lo que tienen que sufrir, y no se atreven a revelarse uno a otro la horrible verdad, que ya
no es un secreto, aunque el profundo silencio de su desesperación así lo hace parecer. El
secreto del silencio es el único secreto. Las palabras son una blasfemia contra ese Dios
taciturno e invisible cuya presencia nos envuelve en nuestra última extremidad. Estos
momentos, que me parecieron interminables, no tardaron en cesar. Mi compañero se
levantó de un salto y profirió un grito de alegría. Pensé que había perdido el juicio, pero
no. Exclamó:
»-¡Luz, luz... la luz del cielo; estamos cerca de la trampa, veo luz a través de ella!
»En medio de todos los horrores de nuestra situación, él había marchado
constantemente con la mirada hacia arriba; porque sabía que, si nos acercábamos a la
trampa, el más mínimo indicio de luz resultaría visible en la intensa oscuridad que nos
envolvía. y había estado en lo cierto. Me levanté de un salto... y la vi también. Con los
puños cerrados, los labios apretados, los ojos dilatados y sedientos, miramos hacia
arriba. Una delgada raya de luz grisácea aparecía sobre nuestras cabezas. Y se ensanchó,
y se hizo más brillante: era la luz del cielo; y nos llegó también el soplo de sus brisas a
través de las grietas de la trampa que daba acceso al jardín.
___________ _
»Aunque la vida y la libertad parecían estar tan cerca, nuestra situación era todavía muy
crítica. La luz de la madrugada que colaboraba en nuestra huida podría ayudar a muchos
ojos a que nos descubrieran. No había un momento que perder. Mi compañero me
propuso subir primero, y no me atreví a oponerme. Me hallaba demasiado en sus manos
para contradecirle; ya la temprana juventud, la arrogancia de la depravación siempre le
parece superioridad de poder. Veneramos con prostituida idolatría a quienes han
recorrido los grados del vicio antes que nosotros. Este hombre era un criminal, y el
crimen le concedía una especie de inmunidad heroica ante mis ojos. El conocimiento
prematuro de la vida se compra siempre con la culpa. Sabía más que yo: era mi único
asidero en este desesperado intento. Le temía como a un demonio pero le invocaba
como a un dios.
»Al final, me sometí a su propuesta. Yo soy alto, pero él era mucho más fuerte que yo.
Se subió sobre mis hombros; me tambaleé bajo su peso, pero consiguió levantar la
trampa... y la luz del día irrumpió de lleno sobre nosotros. Acto seguido bajó la trampa
y se dejó caer al suelo con una brusquedad que me derribó.
»-Los obreros están ahí; han venido a continuar las reparaciones; si nos descubren
estamos perdidos. Andan por todo el jardín, y seguirán ahí todo el día. ¡Esa maldita
lámpara nos ha hecho una buena faena! De haber durado unos momentos más,
podríamos haber salido al jardín, haber saltado la tapia, y ahora estaríamos libres; pero
así...
»Mientras hablaba, se dejó caer al suelo crispado de rabia y de frustración. Para mí, no
podía haber noticia peor. Era evidente que habíamos fracasado por cuestión de
momentos, pero nos habíamos salvado del más horrible de los terrores: el de vagar
hambrientos en la oscuridad hasta perecer; habíamos encontrado el camino hasta la
trampa. Yo tenía una fe inquebrantable en la paciencia y el celo de Juan. Estaba seguro
138
de que, si nos había esperado esa noche, nos esperaría muchas noches más. Finalmente,
pensé que sólo era cuestión de esperar veinticuatro horas o menos, lo cual no suponía
nada, comparado con la eternidad de horas que de otro modo consumiríamos en el
convento. Le susurré todo esto a mi compañero mientras cerraba la trampa; pero en sus
lamentos, sus imprecaciones y sus inquietos gestos de impaciencia y desesperación
percibí la diferencia entre hombre y hombre, a la hora de la verdad. Él poseía una
fortaleza activa, yo pasiva. Dadle algo que hacer, y lo hará sin una queja, aun a riesgo
de perder un miembro, la vida y hasta el alma. Dadme a mí algo que sufrir, que
soportar, o a lo que resignarme, y al punto me convertiré en el héroe de la resignación.
Mientras este hombre, con toda su reciedumbre física y su audacia mental, se retorcía en
el suelo con la imbecilidad de un niño en un paroxismo de implacable pasión, yo hacía
de consolador, de consejero y de báculo. Por último, accedió a escuchar a la razón;
convino en que debíamos permanecer veinticuatro horas más en el pasadizo, al que
dedicó toda una letanía de maldiciones. Así, decidimos esperar en el silencio y la
oscuridad hasta la noche; pero es tal la inquietud del corazón humano que este acuerdo,
que unas horas antes habríamos recibido como el ofrecimiento de un ángel benévolo
para nuestra liberación, comenzaba a revelar, examinado más de cerca, ciertos rasgos
repulsivos que casi rayaban en el espanto. Estábamos mortalmente agotados. Nuestros
esfuerzos físicos, durante las últimas horas, habían sido casi increíbles; en realidad
estoy convencido de que solamente la conciencia de estar empeñados en una lucha a
vida o muerte pudo permitimos soportarlo; y ahora que la lucha había terminado,
empezábamos a sentir nuestra debilidad. Nuestros sufrimientos mentales no habían sido
menos importantes: el tormento lo habíamos sufrido en el cuerpo y en el alma por igual.
De haber actuado nuestros esfuerzos espirituales como los corporales, se nos habría
visto llorar lágrimas de sangre, tal como nos parecía a nosotros que las derramábamos a
cada paso. Recuerdo también, señor, el aire horrendo que llevábamos respirando tanto
tiempo, en medio de la oscuridad y el peligro, y que ahora empezaba a manifestar su
insalubre y pestilente efecto provocando en nuestros cuerpos diluvios de sudor,
seguidos de un frío que parecía calamos hasta el tuétano. En este estado de fiebre
psíquica y agotamiento corporal, teníamos que esperar ahora muchas horas, a oscuras,
sin alimento, hasta que el cielo quisiese enviarnos la noche. Pero ¿cómo transcurrirían
esas horas? El día anterior había sido de una estricta abstinencia, y empezábamos a
sentir la comezón del hambre, de un hambre que no sería aplacada. Debíamos ayunar
hasta el momento de nuestra liberación, y hacerlo entre muros de piedra, y sentados en
un suelo húmedo, lo cual nos iba mermando la fuerza necesaria para enfrentamos a su
impenetrable dureza y su frío aniquilador.
»El último pensamiento que me vino fue: ¿con qué compañero tengo que pasar estas
horas? Con un ser que detestaba con toda el alma, aunque comprendía que su presencia
era a la vez una maldición insoslayable y una invencible necesidad. Así, pues, nos
quedamos temblando bajo la trampa, sin atrevemos a expresar nuestros mutuos
pensamientos, aunque experimentando esa desesperación de la incomunicación que es,
quizá, la más cruel maldición que puede infligirse a quienes se ven obligados a
permanecer juntos; y obligados, por la misma necesidad que impone su incompatible
unión, a no comunicarnos ni siquiera nuestros mutuos temores. Cada uno ola los latidos
del corazón del otro, y sin embargo no se atrevía a decir: "Mi corazón late al unísono
con el tuyo".
»Mientras estábamos así, se eclipsó de pronto la claridad. No supe a qué atribuirlo,
hasta que sentí una lluvia; la más violenta, quizá, que se había precipitado sobre la
tierra. Se coló incluso por la trampa, y en cinco minutos me empapó hasta los huesos.
Me retiré de ese lugar, aunque no antes de haberla recibido en cada poro de mi cuerpo.
139
Vos, señor; vivís en la feliz Irlanda, que Dios ha bendecido con la exención de esas
vicisitudes de la atmósfera, y no podéis haceros una idea de su violencia en los países
continentales. Esta lluvia fue seguida de un estrépito de truenos que me hizo temer que
Dios me perseguía hasta los abismos en los que me había escondido para escapar de su
venganza, y arrancaron a mi compañero blasfemias más sonoras aún que los mismos
truenos, al sentirse calado también por el agua que ahora, inundando la cripta, nos
llegaba casi al tobillo. Por último, sugirió que nos retirásemos a un lugar que decía
conocer, donde estaríamos protegidos. Añadió que era a unos pasos de donde
estábamos, y que de allí encontraríamos fácilmente el camino de regreso. No me atreví a
oponerme, y le seguí hacia una oscura cavidad que sólo se distinguía del resto de la
cripta por los vestigios de lo que una vez había sido puerta. Había ahora algo de
claridad, y pude distinguir los objetos sin esfuerzo. Por los profundos agujeros para
pasar la barra del cerrojo, y el tamaño de los goznes de hierro que aún seguían allí,
aunque cubiertos de herrumbre, deduje que debió de ser de una solidez nada común, y
que probablemente cerraría la entrada de un calabozo; ya no había puerta, pero me
estremecí al entrar. Una vez dentro, agotados en cuerpo y alma, nos tendimos los dos en
el duro suelo. No intercambiamos una sola palabra, y un sueño irresistible nos venció; y
si iba a ser este sueño el último de mi vida o no, me era totalmente indiferente. Sin
embargo, me encontraba ahora a dos dedos de la libertad; y aunque empapado,
hambriento e incómodo, estaba, desde cualquier punto de vista racional, en una
situación mucho más envidiable que la de la estéril seguridad de mi celda. ¡Ay!
Demasiado cierto es que nuestras almas se encogen siempre ante la proximidad de una
bendición, y parece como si sus potencias, exhaustas ante el esfuerzo por alcanzarla, no
tuvieran ya energía para tomar posesión de ella. Así nos vemos siempre forzados a
sustituir el placer de la posesión por el de la persecución, a invertir los medios y los
fines, o a confundirlos para extraer algún goce de ellos, hasta que, por último, la
fruición se convierte en un nombre más del cansancio. Evidentemente, estas reflexiones
no se me ocurrieron cuando, agotado de cansancio, de terror y de hambre, caí al suelo
vencido por un sopor que no era sueño, sino que parecía la suspensión de mi naturaleza
mortal e inmortal. Mi vida animal y racional cesaron al mismo tiempo. Hay casos,
señor; en que la capacidad de pensar parece acompañarnos hasta el mismo límite del
sueño, y nos dormimos llenos de pensamientos agradables, para revivirlos en nuestros
sueños: pero hay también casos en que percibimos que nuestro sueño es un "sueño para
siempre", en que renunciamos a la esperanza de inmortalidad a cambio de la esperanza
de un profundo descanso, en que pedimos, en medio de las tribulaciones del destino,
"descansar, descansar" nada más, en que alma y cuerpo desfallecen juntamente, y todo
lo que rogamos a Dios o al hombre es que nos deje dormir.
»En este estado caí al suelo; y en ese momento, habría trocado todas mis esperanzas de
liberación por doce horas de profundo descanso, del mismo modo que vendió Esaú sus
derechos de primogenitura por un modesto aunque indispensable plato de comida. Pero
no iba a disfrutar de este descanso mucho tiempo. Mi compañero dormía también.
¡Dormía! ¡Dios mío!, ¿qué clase de sueño era el suyo? Uno en cuya vecindad nadie
podía cerrar los ojos ni, lo que es peor, los oídos. Hablaba en voz alta sin cesar, como si
hubiese ejercido todas las ocupaciones activas de la vida. Involuntariamente, oí los
secretos de sus sueños. Sabía que había matado a su padre, pero ignoraba que la escena
del parricidio le perseguía en sus visiones inconexas. Al principio turbó mi sueño
murmurando palabras tan horribles como las que había oído junto a mi lecho en el
convento. Eran unos murmullos que me desasosegaron aunque no me desvelaron del
todo. Luego aumentaron, se redoblaron; y me despertaron los terrores de mis
asociaciones habituales. Imaginé al Superior y la comunidad entera persiguiéndonos con
140
antorchas encendidas. Sentí el calor de las antorchas en contacto incluso con los globos
de mis ojos. Grité:
»-Perdonadme la vista, no me dejéis ciego, no me volváis loco, y lo confesaré todo.
»Una voz profunda, cerca de mí, dijo:
»-Confiesa.
»Me incorporé de un salto, completamente despierto: sólo era la voz de mi compañero
dormido. Me puse en pie y le observé largamente. Resollaba y se removía en su lecho
de piedra como si éste fuese de plumas. Mi compañero parecía tener una constitución de
diamante. Los dentados picos de la piedra, la dureza del suelo, los surcos y asperezas de
su inhospitalario lecho no le molestaban en absoluto. Podíia dormir; pero dentro tenía
sus sueños. Yo había leído, relatos sobre los horrores que aguardaban al culpable en su
lecho de muerte. Nos habían hablado a menudo de esto en el convento. Un monje,
concretamente, que era sacerdote, solía referir una agonía que había prenciado, y
describir con frecuencia sus horrores. Contaba que había pedido a una persona,
serenamente sentada en su silla, aunque moribunda, que se descargara en él mediante
confesión. El moribundo respondió:
»-Lo haré, cuando ésos abandonen la habitación.
»El monje, imaginando que se refería a los parientes y amigos, les hizo seña de que se
retiraran. Así lo hicieron, y otra vez reiteró el monje su ofrecimiento a la conciencia del
penitente. La habitación estaba ahora vacía. E instó el monje al moribundo a que
revelara los secretos de su conciencia. La respuesta fue la misma:
»-Lo haré cuando se marchen ésos.
»-¡Ésos!
»-Sí, ésos a quienes no podéis ver, ni conjurar... haced que se vayan y os revelaré la
verdad.
»-Dímela ahora; aquí no hay nadie más que tú y yo.
»-Sí hay -contestó el moribundo.
»-No hay nadie a quien yo pueda ver -dijo el monje mirando en torno suyo.
»-Pero en cambio, sí están los que yo veo -replicó el desdichado moribundo-; y los que
me ven a mí; porque me vigilan, esperando a que el último aliento salga de mi cuerpo.
Los veo, los siento... están ahí, a mi derecha.
»El monje cambió de sitio.
»-Ahora están a la izquierda.
»El monje se corrió otra vez.
»-Ahora están a la derecha.
»El monje ordenó a los hijos y parientes del moribundo que entraran en la habitación y
rodearan la cama. Obedecieron.
»-Ahora están por todas partes -exclamó el hombre, y expiró21.
»Esta terrible historia me vino a la memoria, junto con otras muchas. Había oído contar
bastantes cosas sobre los terrores que rondan el lecho del culpable en su última hora;
pero, por lo que tuve que escuchar en esta ocasión, asi llegué a pensar que eran muy
inferiores a los del sueño culpable. Ya he dicho que mi compañero empezó con leves
murmullos, aunque podía distinguir algunas palabras que muy pronto me recordaron
cosas que estaba deseando olvidar, al menos mientras estuviéramos juntos. Murmuró:
»-¿Es viejo?.. Sí, bueno; menos sangre tendrá. ¿Cabellos grises?, no importa, mis
crímenes han contribuido a volverlos de ese color... Él mismo debía habérselos
arrancado hace mucho. ¿Decís que son blancos?; pues esta noche se teñirán con sangre;
así ya no volverán a ser blancos. Sí... el día del juicio los llevará como un estandarte de
21 Verídico: me ipso teste
141
condenación contra mí. Marchará a la cabeza de un ejército más fuerte que el de los
mártires: la hueste de aquellos cuyos asesinos fueron sus propios hijos. Qué importa si
apuñalaron el corazón o el cuello de sus padres. Yo le clavé ya el cuchillo una vez, hasta
lo más hondo; ahora, en la próxima, resultará menos doloroso, estoy seguro...
» Y reía, se estremecía y se retorcía en su lecho de piedra. Sobrecogido de horror, traté
de despertarle. Sacudí sus brazos musculosos, le volví boca abajo, boca arriba, pero
nada pudo despertarle. Parecía como si le estuviera meciendo en su cuna de piedra.
Prosiguió:
»-A por la bolsa; sé en qué cajón del armario la tiene... pero despachadle primero a él.
Vaya, así que no podéis... ¡os estremecéis ante sus blancos cabellos y su sueño
tranquilo! ¡Ja, ja!, estos bribones deben de ser idiotas. Bueno, yo lo haré entonces, no
será más que un breve forcejeo entre él y yo; él puede que se condene, pero yo lo haré
irremisiblemente. ¡Chisst!... cómo crujen los escalones, ¿no le dirán que son los pasos
de su hijo que sube? No se atreverán; las piedras del muro los desmentirían. ¿Por qué no
engrasasteis los goznes de la puerta?.. Bueno: adentro. Duerme profundamente... ¡qué
tranquilo está! Cuanto más tranquilo, más apto para ir al cielo. Ahora tengo la rodilla
sobre su pecho; ¿y el cuchillo? ¿Dónde está el cuchillo? ...Si me mira estoy perdido. El
cuchillo... soy un cobarde; el cuchillo... si abre los ojos, se acabó; el cuchillo, malditos
collones, ¿quién se atreve a echarse atrás cuando tengo agarrado a mi padre por el
cuello? ¡Toma, toma, toma!... mirad: sangre hasta el mango... la sangre del viejo.
Buscad el dinero mientras yo limpio la hoja. No puedo limpiarla, sus cabellos grises se
mezclan con la sangre... esos cabellos que rozaron mis labios la última vez que me besó.
Yo era un niño entonces. En aquel entonces no le habría matado ni por todo el oro del
mundo; ahora en cambio... Ahora, ¿qué soy? ¡Ja, ja! Dejad que Judas contrapese su
bolsa de plata con la mía: él traicionó a su Salvador, y yo he asesinado a mi padre. Plata
contra plata, y alma contra alma. Yo he sacado más de la mía... él fue un estúpido al
vender la suya por treinta monedas. Pero, ¿para quién de los dos arderá más el último
fuego? No importa; ya lo comprobaré.
»Mientras mi compañero profería estas horribles expresiones, y las repetía una y otra
vez, le sacudía yo y le gritaba que despertase. Por fin lo hizo, con una carcajada casi tan
salvaje como el parloteo de sus sueños.
»-Bueno, ¿qué has oído? Yo le asesiné... lo sabías hace mucho. ¿Has confiado en mí en
esta maldita aventura en la que corre peligro la vida de los dos, y no puedes soportar el
oírme hablar conmigo mismo, aun sabiendo de antemano todo lo que decía?
»-No, no puedo soportarlo -contesté en una agonía de horror-: ni siquiera para llevar a
cabo mi huida podría soportar otra hora como la que acabo de pasar: la perspectiva de
estar encerrado aquí todo un día, hambriento, en medio de humedades y tinieblas y
oyendo los delirios de un... No me mires con esos ojos de burla; lo sé todo, y tu mirada
me hace estremecer. Nada sino el férreo eslabón de la necesidad podría haberme atado a
ti aun por un instante. Estoy atado a ti, y debo soportarlo mientras esto dure; pero no me
hagas estos momentos más difíciles. Mi vida y mi libertad están en tus manos; y debo
añadir que mi razón también, dadas las circunstancias en las que estamos inmersos... no
puedo resistir la horrible elocuencia de tus sueños. Si me fuerzas a escucharte otra vez,
me sacarás vivo de estos muros, pero demente, trastornado por terrores que mi cerebro
es incapaz de soportar. No duermas, te lo ruego. Deja que vele a tu lado durante este día
malhadado, este día que debemos medir por tinieblas y sufrimientos, en vez de por luz y
alegría. Estoy dispuesto a padecer hambre, a tiritar de frío, a acostarme sobre estas duras
piedras; pero no puedo soportar tus sueños. Si te duermes, tendré que despertarte para
proteger mi razón. Me están abandonando rápidamente mis fuerzas físicas, y me vuelvo
142
más celoso en el cuidado de mi entendimiento. No me lances miradas de desafío; soy
menos fuerte que tú, pero la desesperación nos hace iguales.
»Mi voz sonó como un trueno a mis propios oídos; mis ojos relampaguearon
visiblemente incluso para mí. Sentía la fuerza que nos confiere la pasión, y me di cuenta
de que mi compañero también la sentía. Continué en un tono que a mí mismo me
sobresaltó:
»-Si llegas a dormirte, te despertaré; si te mantienes firme, no te molestaré lo más
mínimo: debes velar conmigo. Este largo día nos toca pasar hambre y frío juntos; y
estoy decidido a que sea así. Puedo soportarlo todo; todo, menos los sueños de un
hombre cuyo descanso delata la visión de su padre asesinado.¡ Despabílate, enfurécete,
blasfema, ipero no te duermas!
»El hombre me miró unos momentos, casi incrédulo de que fuera capaz de semejante
arranque de energía y decisión. Pero cuando, con los ojos dilatados y la boca abierta, se
hubo convencido de la realidad, su expresión cambió súbitamente. Pareció sentir por
voz primera cierta comunión de naturaleza conmigo. Cualquier manifestación de
ferocidad era agradable y balsámica para él; y entre blasfemias que me helaron la
sangre, juró que ahora le agradaba más, por mi resolución.
»-Me mantendré despierto -añadió, con un bostezo que le abrió las mandíbulas como las
del ogro que se prepara para su caníbal festín. Luego, relajándose súbitamente, añadió-:
¿Pero cómo vamos a mantenemos despiertos? No tenemos comida ni bebida; ¿qué
podemos hacer para no dormirnos? -y descargó una andanada de juramentos.
»A continuación se puso a cantar. Pero qué canciones. Estaban tan salpicadas de
obscenidades y expresiones licenciosas que, habiendo pasado yo mis primeros años en
el aislamiento doméstico, y en la rigidez conventual después, me pareció que junto a mí
aullaba la encarnación del demonio. Le rogué que callara, pero pasaba este hombre tan
instantáneamente de los extremos de la atrocidad a los de la ligereza, de los delirios de
la culpa y el horror indecible a canciones que ofenderían a un burdel, que no sabía qué
hacer con él. Jamás se me había ocurrido que pudiera darse esta unión de antípodas, esta
alianza antinatural de los extremos de culpa y frivolidad. Empezaba con visiones de
parricida, y acababa con canciones que habrían hecho enrojecer a una ramera. Cuán
ignorante de la vida debía ser yo, al no saber que a menudo conviven la culpa y la
insensibilidad, y destruyen la misma mansión; y que no hay alianza más fuerte e
indisoluble en la tierra que la que se da entre la mano que se atreve a todo y el corazón
que no es capaz de sentir nada.
»Mi compañero se detuvo de repente a mitad de una de las más licenciosas canciones.
Miró a su alrededor durante un rato; y pese a la débil y lúgubre claridad en que nos
mirábamos el uno al otro, me pareció observar que su semblante se ensombrecía con
una rara expresión. No me atreví a decir nada.
»-¿Sabes dónde estamos? -susurró.
»- Ya lo creo: en la cripta de un convento; fuera del alcance del hombre, sin comida, sin
luz, y casi sin esperanza.
»-Sí; es lo que podrían haber dicho sus últimos moradores.
»-¡Sus últimos moradores! ¿Quiénes fueron?
»- Te lo diré, si eres capaz de soportarlo.
»-No soy capaz de soportarlo -exclamé, tapándome los oídos-; no quiero oírlo. Por el
narrador, adivino que debe de ser algo horrible.
»-En efecto, fue una noche horrible -dijo, aludiendo inconscientemente a una
circunstancia del relato; y su voz se apagó en un murmullo, y se abstuvo de hablar más
sobre el asunto. Me aparté de él todo lo que permitía la cripta; y apoyando mi cabeza
sobre mis propias rodillas, traté de no pensar. ¡Qué estado espiritual debe ser ése que
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nos vemos empujados a desear no sufrirlo más, en el que de buena gana nos
volveríamos "como las bestias que perecen", para olvidar ese privilegio de la
humanidad que sólo parece un indiscutido don para la infelicidad superlativa! Dormir
era imposible. Aunque el sueño parezca sólo una necesidad de la naturaleza, exige
siempre que concurra un acto de la mente. Y si yo hubiese deseado descansar, la
comezón del hambre, que ahora empezaba a trocarse en la más desagradable ansiedad,
lo habría hecho imposible. En medio de esta complicación de sufrimiento físico y
mental, resulta difícil de creer, señor, pero lo cierto es que lo que más me afectaba era la
ociosidad, la falta de ocupación que inevitablemente implicaba mi monótona situación.
Obligar a no hacer nada a un ser consciente de su fuerza para la acción, y que arde en
deseos de emplearla, prohibir todo intercambio o adquisición de ideas a un ser
intelectual, era inventar una tortura capaz de hacer ruborizar a Fálaris por lo inocuo de
su crueldad.
»Yo había soportado sufrimientos casi intolerables, pero éste me parecía imposible de
resistir; y creedme, señor: después de luchar con ese sufrimiento durante una hora
(según contaba yo las horas) de inimaginable desdicha, me levanté y supliqué a mi
compañero que me contara el episodio al que había aludido, en relación con nuestra
espantosa morada. Su feroz naturaleza accedió al punto a mi petición, aunque su fuerte
constitución había sufrido más que la mía, que era relativamente más endeble, en los
esfuerzos de la noche y las privaciones del día, y se dispuso a realizar dicho esfuerzo
con una especie de torva oficiosidad. Ahora estaba en su elemento. Tenía autorización
para amedrentar a un espíritu debilitado relatando horrores, y asombrar a un ignorante
exhibiendo crímenes ante él: y no necesitó más para dar comienzo.
»-Recuerdo -dijo-, un suceso extraordinario relacionado con esta cripta. Al entrar me ha
sorprendido lo familiar que me resultaba esta puerta, este arco. No lo recordaba al
principio; son tantos los extraños pensamientos que me vienen a la cabeza cada día, que
sucesos que en otros dejarían una huella imperecedera cruzan ante mí como sombras; en
cambio, los pensamientos son sólidos como las cosas. Mis acontecimientos son las
emociones. Tú sabes qué es lo que me trajo a este maldito convento; bien, no tiembles
ni te pongas más pálido de lo que estás. Sea como fuere, el caso es que entré en el
convento, y me tuve que someter a su disciplina. Parte de ésta es que los criminales
extraordinarios deben sufrir lo que ellos llaman una penitencia extraordinaria; o sea,
someterse no sólo a toda la ignominia y rigor de la vida conventual (afortunadamente
para sus penitentes, nunca faltan tan entretenidos recursos), sino hacer de verdugos
cuando hay que infligir o aplicar un castigo señalado. Me hicieron el honor de
considerarme especialmente capacitado para esta especie de diversión, aunque quizá no
pretendían halagarme. Mostré toda la humildad del santo puesto a prueba; sin embargo,
tenía confianza en mi habilidad a este respecto, con tal que se presentara un caso
adecuado; y los monjes tuvieron la bondad de asegurarme que en el convento nunca
estaría mucho tiempo sin ocuparme de alguno. Era muy tentador el cuadro de mi
situación, pero descubrí que esta gente respetable no había exagerado lo más mínimo.
La ocasión se presentó pocos días después de haber tenido la dicha de convertirme en
miembro de esta amable comunidad, a cuyos méritos eres sin duda sensible. Se me
pidió que vigilase a un joven monje de familia distinguida, el cual había pronunciado
sus votos hacía poco y realizaba sus deberes con tan inhumana puntualidad que hizo
sospechar a la comunidad que su corazón estaba en otra parte. El caso pasó en seguida a
mis manos; y en cuanto se me ordenó que me ocupara yo, comprendí que estaba
obligado a concebir la más mortal hostilidad contra él. La amistad en los conventos es
siempre una alianza traicionera: nos vigilamos, desconfiamos unos de otros y nos
atormentamos por amor a Dios. El único crimen de este joven era el de ser sospechoso
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de alimentar una pasión terrenal. Como digo, era hijo de una distinguida familia, la cual
(por temor a que contrajera lo que suele llamarse un matrimonio deshonroso, id est, que
se casara con una mujer de nivel inferior, a la que amaba y con quien habría sido feliz,
tal como los necios -o sea, media humanidad- entienden la felicidad) le había obligado a
tomar los votos. Y unas veces parecía angustiado, pero otras había una luz de esperanza
en su mirada que resultaba ominosa a los ojos de la comunidad. Lo cierto es que, no
siendo la esperanza planta natural en el parterre de un convento, despertó sospechas en
cuanto a su origen y su desarrollo.
»"Algún tiempo más tarde, entró un joven novicio en el convento. Desde aquel mismo
instante, se pudo apreciar un cambio de lo más sorprendente en el joven monje. Él y el
novicio se hicieron compañeros inseparables. Había algo sospechoso en esta relación.
Mis ojos se pusieron alerta inmediatamente. Los ojos se vuelven especialmente agudos
en descubrir la miseria cuando se tiene la esperanza de agravarla. El afecto entre el
joven monje y el novicio siguió en aumento. Siempre estaban juntos en el jardín:
aspiraban el perfume de las flores, cultivaban las mismas plantas de claveles, se
entrelazaban la cintura cuando paseaban juntos, y en el coro, sus voces eran como el
incienso. La amistad, en la vida conventual, se lleva a menudo hasta el exceso; pero en
aquel caso se parecía demasiado al amor. Por ejemplo, los salmos que se cantan en el
coro adoptan a veces un lenguaje especial; en esas ocasiones, el joven monje y el
novicio se dirigían las frases el uno al otro con tal sentimiento que no podría haber error
alguno. Si se aplicaba a uno el más leve correctivo, el otro solicitaba sufrirlo por él. Si
se concedía un día de asueto, cualquier regalo que llegaba a la celda del uno aparecía
indefectiblemente en la del otro. Eso fue suficiente para mí. Adiviné el secreto de la
misteriosa felicidad, que es la mayor desdicha para quienes no la pueden compartir.
Redoblé mi vigilancia, y vi recompensados mis esfuerzos al descubrir un detalle
revelador: un detalle que tuve que comunicar, y por el que alcanzaría mérito. No te
puedes figurar la importancia que se da en un convento al descubrimiento de un secreto
(sobre todo cuando la remisión de nuestras faltas depende del descubrimiento de las de
los demás).
»"Una tarde, estando el joven monje y su amado novicio en el jardín, el primero arrancó
un melocotón y lo ofreció a su protegido; éste lo aceptó con un movimiento que a mí se
me antojó bien embarazoso; parecía lo que yo pensaba que podría ser la reverencia de
una mujer. El joven monje partió el melocotón con un cuchillo; al conarlo se hizo un
rasguño en un dedo, y el novicio, presa de inexplicable agitación, desgarró su hábito
para vendarle la herida. Lo vi todo: en seguida comprendí el asunto. Fui a ver al
Superior esa misma noche. Puedes imaginarte el resultado. Fueron vigilados, aunque al
principio con precaución. Probablemente estaban alertados, porque durante algún
tiempo ni siquiera mi acecho consiguió descubrir lo más mínimo. Cuando la sospecha
está satisfecha de sus propias sugerencias como de la verdad del evangelio, se produce
una situación enormemente seductora; sin embargo, hace falta un pequeño hecho para
hacerlas creíbles a los demás.
»"Una noche en que, por consejo del Superior, me había apostado en la galería (donde
me gustaba pasarme hora tras hora, y noche tras noche, en medio de la soledad, la
oscuridad y el frío, por la posibilidad de desquitarme en otros del sufrimiento que se me
infligía a mí), una noche, me pareció oír ruido en la galería (como te he dicho, estaba a
oscuras). Unos pasos tenues cruzaron junto a mí. Pude oír la respiración entrecortada y
palpitante de la persona. Poco después, oí abrirse una puerta, y supe que era la del joven
monje. Lo supe porque, debido a mis largas vigilancias a oscuras, ,ya haberme
familiarizado con el número de celdas, los gemidos de uno, los rezos de otro, los débiles
lamentos de un tercero en sus sueños inquietos, mi oído se había afinado a tal extremo
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que era capaz de distinguir sin vacilación cuándo se abría aquella puerta, de la que (para
mi pesar) no había salido ningún ruido antes. Estaba yo provisto de una pequeña
cadena, y trabé con ella el picaporte de la puerta con el de la puerta contigua, de manera
que era imposible abrir ninguna de las dos desde dentro. A continuación corrí en busca
del Superior, con un orgullo que nadie sino el descubridor de secretos culpables de los
conventos puede experimentar. Creo que el propio Superior se sentía excitado por esos
mismos sentimientos, ya que le encontré despierto y levantado, en su aposento, asistido
por cuatro monjes, a los que quizá recuerdes -me estremecí al recordarlos-. Le di mi
información con locuaz ansiedad, lo que no sólo era impropio del respeto que debía a
sus personas, sino que incluso debió de hacer incomprensibles mis palabras; sin
embargo, fueron lo bastante benévolos, no sólo para pasar por alto esa falta de
corrección (que en cualquier otro caso habría sido severamente castigada), sino incluso
para suplir ciertas pausas de mi relación con una condescendencia y facilidad
verdaderamente milagrosas. Sabía qué era lo que iba a adquirir importancia a los ojos
del Superior, y lo recalqué con toda la exaltada depravación de un confidente. Nos
dirigimos allá sin perder un instante; llegamos a la puerta de la celda, y les mostré
triunfal la cadena en su sitio, aunque una ligera oscilación, perceptible de cerca,
indicaba que los desdichados del interior sabían ya el peligro que corrían. Quité la
cadena: ¡cómo debieron de estremecerse! El Superior y sus acólitos irrumpieron en la
celda, mientras yo sostenía la luz. Veo que tiemblas... ¿por qué? Yo era culpable, y
deseaba presenciar una culpa que paliara la mía, al menos en opinión del convento. Yo
había violado solamente las leyes de la naturaleza; mientras que ellos habían ultrajado el
decoro de un convento; y por supuesto, para el credo de un convento, no había
proporción entre ambas transgresiones. Además, yo ansiaba presenciar esta desdicha
que podía igualar o superar la mía; curiosidad que no era fácil satisfacer. De hecho, uno
puede convertirse en amateur del sufrimiento. He oído contar a hombres que han
visitado países donde se presencian a diario horribles ejecuciones por la emoción que
jamás deja de producir la visión del sufrimiento, desde el espectáculo de una tragedia o
un auto de fe a las contorsiones del reptil más despreciable que se pueda torturar, que
uno siente como si esa tortura fuese consecuencia de su propio poder. Es un sentimiento
del que nunca llegamos a despojamos; un triunfo sobre aquellos a los que el sufrimiento
ha puesto debajo de nosotros (el sufrimiento denota siempre debilidad), y del que nos
jactamos en nuestra insensibilidad. Así lo sentí yo cuando irrumpimos en la celda. Los
desdichados esposos estaban abrazados. Puedes imaginar la escena que siguió. Aquí
debo hacer justicia al Superior, mal de mi grado. Era un hombre (naturalmente, por sus
sentimientos conventuales) cuya noción de las relaciones entre los dos sexos era como
la de dos seres de especies distintas. La escena que contempló no pudo repugnarle más
que si hubiese sorprendido los horribles amores de unos babuinos con las mujeres
hotentotes del cabo de Buena Esperanza, o esos otros, más repugnantes aún, que se dan
entre las serpientes de Sudamérica y sus víctimas humanas22, cuando consiguen
atraparlas y envolverlas con sus anillos, en monstruosa e indescriptible unión.
Verdaderamente, se quedó tan asombrado y aterrado al ver a dos seres humanos de
distinto sexo que osaban amarse a pesar de los vínculos monásticos, como si
presenciase las horribles uniones a las que he aludido. De haber visto dos víboras
copulando en esa espantosa unión que más parece expresión de mortal hostilidad que de
amor, no habría manifestado más horror; y le hago la justicia de creer que era sincero
cuanto manifestaba. Cualquiera que fuese la afectación que adoptaba tocante a la
austeridad conventual, aquí no había ninguna. El amor era algo que él siempre
22 Véase History of Paraguay de Charlevoix (N del A.)
146
consideraba relacionado con el pecado, aunque estuviera consagrado por un sacramento
y se llamase matrimonio, como lo está en nuestra Iglesia. Pero, ¡amor en un convento!
¡Oh!, es imposible imaginar su furor, y más aún concebir la pomposa y desmesurada
magnitud de esa ira, cuando se ve fortalecida por principios y santificada por la religión.
Yo gocé de la escena lo indecible. Vi a aquellos desdichados que habían triunfado sobre
mí reducidos en un instante a mi nivel: su pasión descubiena, y el descubrimiento
aupándome como un héroe por encima de todos. Yo me había refugiado en sus muros
como un proscrito infeliz y degradado; ¿y cuál era mi crimen? Bueno, veo que te
estremeces; dejémoslo ya. Sólo puedo decir que me empujó la necesidad. Y aquí había
dos seres ante los que, unos meses antes, me habría arrodillado como ante las imágenes
de la capilla, y a los que, en mis momentos de desesperada penitencia, me habría
agarrado como a los 'cuernos del altar', y que no obstante habían caído muy bajo,
mucho más bajo que yo. Y aun siendo 'hijos de la mañana' , como yo les había
considerado en la agonía de mi humillación, '¡cómo se habían precipitado!' Me deleité
en la degradación de ambos apóstatas; gocé, hasta el fondo de mi corazón ulcerado, de
la pasión del Superior: me hacía ver que todos eran hombres como yo. Aunque yo les
había tenido por ángeles, demostraban ahora que eran mortales; y vigilando sus
movimientos, y adulando sus pasiones y suscitando sus intereses, o bien exaltando mi
propia hostilidad hacia ellos, mientras les hacía creer que estaba atento a la suya
solamente, podía llevarles a concebir tanta aversión hacia los demás, y conseguir tanta
ocupación para mí, como si realmente viviese en el mundo. Cortarle el cuello a mi padre
fue en cierto modo una acción noble (perdona; no ha sido intención mía arrancarte
lamento alguno); pero aquí había corazones que partir, y hasta el fondo, todos los días, y
de la mañana a la noche. De manera que no me faltaba ocupación".
»Aquí se enjugó su ruda frente, aspiró profundamente, y luego dijo:
»-Prefiero no entrar en los detalles con que esta desventurada pareja concibió la ilusoria
esperanza de llevar a cabo su huida del convento. Baste decir que yo fui el agente
principal, autorizado por el Superior, para guiarles por los mismos pasadizos que has
recorrido tú esta noche, y que iban temblando bendiciéndome a cada paso... y que...
»-¡Calla, desdichado! -exclamé-; estás contando mi camino de esta noche paso a paso.
»-¿Qué -replicó él con una carcajada feroz-; crees que te voy a traicionar?; si fuera
cierto, ¿de qué te valdrían tus sospechas? Estás en mis manos. Mi voz podría atraer a
medio convento, y te cogerían en seguida; mi brazo podría sujetarte a ese muro, hasta
que los perros de la muerte, que sólo esperan a que les dé un silbido, hundan sus
colmillos en tu cuerpo. Imagino que sus dentelladas no serían menos penetrantes por el
hecho de habérselos afilado durante tanto tiempo en una inmersión de agua bendita.
»Otra carcajada, que pareció brotar de los pulmones de un demonio, rubricó esta frase.
»-Sé que estoy en tu poder -contesté-; y si tuviese que confiar en él, o en tu corazón,
mejor sería que estrellara mis sesos contra estas paredes de piedra, que no creo que sean
tan duras. Pero sé que tus intereses están de uno u otro modo relacionados con mi huida,
y por eso confío en ti... o debo confiar. Aunque la sangre, fría como la tengo por el
hambre y la fatiga, se me hiela gota a gota al oírte, debo oírte sin embargo, y confiarte
mi vida y mi libertad. Te hablo con la horrible franqueza que me ha enseñado nuestra
situación: te odio, y te tengo pavor. Si nos encontrásemos en la vida, me apartaría de ti
con infinita aversión, pero nuestra mutua desventura ha mezclado las más repugnantes
sustancias en una coalición antinatural. La fuerza de esa alquimia debe cesar en el
momento en que escape del convento y de ti; sin embargo, durante estas horas de
angustia, mi vida depende de tus esfuerzos y tu asistencia, en la misma medida que mi
capacidad para soportarlas depende de que continúes tu horrible relato; así que prosigue.
Luchemos mientras transcurre este día espantoso. ¡Día! Esa palabra se desconoce aqui,
147
donde el mediodía y la medianoche se dan la mano en un saludo inacabable. Luchemos
"odiosos, y odiándonos el uno al otro"; y cuando esto haya pasado, maldigámonos, y
eche cada uno por su lado.
»Al decir estas palabras, señor; sentí esa terrible confianza de la hostilidad a la que son
empujados los peores seres en las peores situaciones; y me pregunto si hay situación
más horrible que aquella en la que nos aferramos al odio, en vez de al amor, en la que a
cada paso que damos, ponemos una daga en el pecho de nuestro compañero, y decimos:
"Si me fallas un instante, te la clavo en el corazón. Te odio, te temo; pero tengo que
sufrir contigo". Me resultaba extraño, aunque no lo sería para quien investigue la
naturaleza humana, el que mientras mi estado me inspiraba una ferocidad totalmente
inadecuada a nuestras situaciones relativas, y que debía de ser consecuencia de la locura
y la desesperación y el hambre, el respeto de mi compañero hacia mí parecía aumentar.
Tras una larga pausa, me preguntó si podía continuar su historia. Yo no podía hablar;
porque, tras el último esfuerzo, me volvió el malestar del hambre, y sólo fui capaz de
indicarle con un débil movimiento de mano que podía seguir.
»-Fueron conducidos aquí -prosiguió-; yo había sugerido el plan, y el Superior lo había
aprobado. No estaría él presente, pero bastaba su mudo asentimiento. Yo fui el guía de
la (pretendida) huida de ambos; creían que iban a fugarse con el consentimiento del
Superior. Les guié por los mismos pasadizos que hemos recorrido tú y yo. Yo tenía un
plano de esta región subterránea, pero se me heló la sangre al recorrerla; y de ningún
modo me volvía a su pulso normal, porque sabía cuál iba a ser el destino de mis
acompañantes. Una de las veces volví la lámpara, fingiendo avivarla, para echar una
mirada a los infelices enamorados. Se abrazaban el uno al otro, la luz de la alegría
temblaba en sus ojos. Se susurraban mutuas palabras de esperanza, libertad y dicha, y
mezclaban mi nombre en sus oraciones. Esta visión apagó el último vestigio de
remordimiento que mi horrible misión me había inspirado. Se atrevían a ser felices en
presencia de uno que debía ser eternamente desdichado. ¿Podía haber mayor ofensa?
Decidí castigarles en el acto. Estábamos cerca ya de este mismo lugar; yo lo sabía, y el
plano de sus vagabundeos no temblaba ya en mi mano. Les insté a que entraran aquí (la
puerta se hallaba entonces en perfecto estado), mientras yo inspeccionaba el pasadizo.
Entraron, dándome las gracias por mi precaución... no sabían que jamás saldrían vivos
de este lugar. Pero ¿qué significaban sus vidas, al lado de la agonía que su felicidad me
costaba a mí? En el momento en que estuvieron dentro, y se echaron en brazos el uno
del otro (escena que me hizo rechinar los dientes), cerré y pasé el cerrojo. Esta acción
no les produjo una inmediata alarma; la consideraron una precaución amistosa. Tan
pronto como hube cerrado, corrí a ver al Superior, que estaba furioso por la ofensa
infligida a la santidad de su convento, y más aún a la pureza de su perspicacia, de la que
el buen Superior se preciaba, como si hubiese tenido alguna vez la más mínima. Bajó
conmigo al pasadizo; los monjes nos siguieron con ojos llameantes. Agitados por el
furor que les embargaba, les costó descubrir la puerta, aun después de señalarla yo
repetidamente. El Superior, entonces, con sus propias manos, clavó la puerta con varios
clavos, que los monjes le procuraron ansiosamente, asegurando el cerrojo para que no se
descorriera jamás; y cada golpe que daba, era para él como una llamada al ángel
acusador para que le borrara un pecado de la lista de sus acusaciones. Pronto concluyó
el trabajo, un trabajo que no se desharía jamás. Al primer ruido de pasos en el pasadizo
y de golpes en la puerta, las víctimas empezaron a proferir gritos aterrados. Imaginaban
que habían sido descubiertos, y que un grupo de monjes furiosos trataban de echar la
puerta abajo. A estos terrores les sustituyeron muy pronto otros peores, al comprender
que habían clavado la puerta, y oír alejarse nuestros pasos. Siguieron gritando; pero, ¡ué
distinto era el acento de su desesperación! Habían comprendido cuál era su destino [...].
148
»"Y fue mi penitencia (no: mi deleite) vigilar la puerta so pretexto de evitar ue
escaparan (cosa que sabían que no era posible); aunque, en realidad, no sólo para
infligirme la indignidad de ser el carcelero del convento, sino para avezarme en esa
insensibilidad de corazón, dureza de nervios, terquedad de ojo y apatía de oído que eran
lo más conveniente para mi oficio. Pero podían haberse ahorrado la molestia: yo tenía
todo eso ya antes de ingresar en el convento. De haber sido yo el Superior de la
comunidad, habría asumido de todos modos el trabajo de vigilar la puerta. Tú llamarás a
eso crueldad; yo lo llamo curiosidad: esa curiosidad que arrastra a miles de personas a
presenciar una tragedia, y por la que la mujer más delicada se deleita en los gemidos y
las agonías. Yo tenía una ventaja sobre ellas: el gemido y la agonía en los que me
recreaba eran reales. Me instalaba junto a la puerta (esa puerta que, como la del infierno
de Dante, podía haber llevado la inscripción de ‘aquí no hay esperanza') con gesto de
fingida penitencia, y con sincera y cordial delectación. Podía oír cada palabra que
transpiraba. Durante las primeras horas trataron de consolarse el uno al otro: se
infundían esperanzas de liberación ¡Y cuando mi sombra, al cruzar el umbral, oscureció
o restableció la luz, se dijeron: 'Es él'; luego, tras repetirse esto mismo sin que nada
sucediera, dijeron: 'No, no es él', y se tragaron el amargo sollozo de la desesperación,
para ocultárselo el uno al otro. Hacia el anochecer vino un monje a relevarme y a
ofrecerme comida. No habría abandonado mi puesto ni por todo el oro del mundo; así
que hablé con el monje en su propio idioma, y le dije que quería hacer meritorios mis
sacrificios ante Dios, y que estaba dispuesto a quedarme allí toda la noche, con el
permiso del Superior. El monje se alegró de haber encontrado un sustituto de manera
sencilla, y yo también, por la comida que me había traído, porque ya tenía hambre;
aunque reservaba el apetito de mi alma para bocados más exquisitos. Les oí hablar
dentro. Mientras comía, viví realmente el hambre que les devoraba a ellos, aunque no se
atrevían a decirse una sola palabra. Discutieron, deliberaron; y como la desdicha se
vuelve ingeniosa en su propia defensa, se aseguraron finalmente, el uno al otro, que era
imposible que el Superior les hubiese encerrado allí para hacerles perecer de hambre. Al
oír estas palabras, no pude reprimir una carcajada. Mi risa llegó hasta ellos, y callaron al
instante. Durante toda la noche, sin embargo, estuve oyendo sus gemidos: esos gemidos
de sufrimiento físico que se burlan de los suspiros sentimentales que exhalan los
corazones de los amantes más embriagados que hayan existido jamás. Les estuve
oyendo toda esa noche. Yo había leído un montón de tonterías inimaginables en las
novelas francesas. La propia madame de Sevigné afirma que se habría cansado de su
hija en un largo viaje a solas con ella; pero encerradme dos amantes en un calabozo, sin
comida, ni luz, ni esperanza; que me condenen (ya lo estoy, a propósito) si no acaban
hartándose el uno del otro antes de que transcurran doce horas. El hambre y la
oscuridad, al segundo día, ejercieron su acostumbrada influencia. Gritaron pidiendo que
les soltaran, dieron fuertes y prolongados golpes en la puerta del calabozo. Dijeron a
grandes voces que estaban dispuestos a someterse al castigo que fuera; y al oír
aproximarse a unos monjes, a los que tanto habían temido la noche anterior, empezaron
a suplicarles de rodillas. ¡Qué burla son, a fin de cuentas, las vicisitudes más espantosas
de la vida humana! Ahora pedían lo que veinticuatro horas antes habían querido evitar,
incluso sacrificando el alma a cambio. Luego, aumentó la agonía del hambre; se
apartaron de la puerta y, a rastras, se separaron el uno del otro. ¡Se separaron! Cómo
vigilaba yo todas estas cosas. De repente se habían vuelto hostiles... ¡Oh, qué festín para
mí! No podían ocultarse las irritantes circunstancias de sus respectivos sufrimientos.
Una cosa es, para los enamorados, sentarse ante un banquete espléndidamente servido, y
otra muy distinta tumbarse en la lobreguez y el hambre, y cambiar ese apetito que no se
puede soportar sin exquisiteces y halagos, por ese otro que cambiaría a la misma Venus
149
por un bocado de comida. La segunda noche, hablaban y gemían (como suele ocurrir);
y, en medio de sus angustias (debo hacer justicia a las mujeres, a las que odio tanto
como a los hombres), el hombre acusaba a la mujer de ser la causa de sus sufrimientos,
en cambio, ella nunca le reprochó nada a él, nunca. Puede que sus gemidos fueran un
amargo reproche a su compañero; pero no pronunció una sola palabra que pudiera
haberle causado dolor. Un cambio se operó, sin embargo, en sus sentimientos físicos
que yo pude observar muy bien. El primer día estuvieron abrazados, y cada movimiento
que yo notaba me parecía como el de una sola persona. Al día siguiente, el hombre se
revolvía y la mujer lloraba con desamparo. La tercera noche... ¿lo contaré?; bueno, tú
me has pedido que continúe. Habían soportado todas las horribles y espantosas torturas
del hambre; la ruptura de los lazos del corazón, de la pasión, de la naturaleza, había
comenzado. En el suplicio de sus náuseas de hambre, se detestaron el uno al otro, y
podían haberse maldecido, de haber sido capaces de maldecir. Fue al cuarto día cuando
oí el alarido de la desventurada mujer: su enamorado, en la agonía del hambre, le había
hincado los dientes en un hombro; ese cuerpo en el que se había deleitado tan a menudo
se había convertido ahora en manjar para él" [...].
»-¡Monstruo!, ¿y te ríes?
»-Sí, me río de toda la humanidad, y de la impostura que se atreven a representar
cuando hablan de sus corazones. Me río de las pasiones y los cuidados humanos: el
vicio y la virtud, la religión y la impiedad; todo son consecuencia de minúsculos
regionalismos y situaciones artificiales. Una necesidad física, una severa e imprevista
lección de los pálidos y marchitos labios de la necesidad, valen por toda la lógica de
esos vacuos desventurados que se han jactado de dominarla, desde Zenón a
Burgersdyck. ¡Ah!, ella hace enmudecer en un instante toda la absurda sofistería de la
vida convencional y la pasión transitoria. Aquí había una pareja que no habría creído al
mundo entero de rodillas, ni a los ángeles que hubiesen bajado a confirmarlo, que les
fuera posible existir el uno sin el otro. Lo habían arriesgado todo, habían pasado por
encima de lo humano y lo divino, para estar el uno en brazos del otro. Una hora de
hambre había bastado para desengañarles. Una necesidad normal y corriente, cuyas
exigencias habrían considerado en otro momento como una vulgar interrupción de su
comunión espiritual, no sólo escindió para siempre esa comunión con su acción natural,
sino que, antes de cesar, la convirtió en fuente de inconcebible tormento y hostilidad,
salvo entre caníbales. Los más implacables enemigos de la tierra no se habrían mirado
con más aversión que estos amantes. ¡Pobres miserables! Alardeáis de tener corazón; yo
alardeo de no tenerlo, y la vida decidirá quién gana en esta presunción. Mi historia casi
ha concluido, y espero que el día también. La última vez que estuve aquí, había algo que
me excitaba; hablar en cambio de estas cosas ahora es una pobre distracción para quien
las ha presenciado. Al sexto día, todo estaba en calma. Desclavamos la puerta y
entramos: habían perecido. Los encontramos apartados el uno del otro, más que en ese
lecho voluptuoso en que su pasión había convertido la esterilla del convento. Ella yacía
encogida sobre sí misma, con un mechón de su pelo en la boca. Tenía un rasguño en el
hombro: la rabiosa desesperación del hambre no había producido ninguna otra herida.
Él estaba tendido cuan largo era, con la mano entre los labios; al parecer no había tenido
valor para ejecutar el propósito con el que se la había llevado a la boca. Llevamos sus
cuerpos a enterrar. Al sacarlos a la luz, la larga cabellera de la mujer se derramó sobre
su cabeza, que ya no ocultaba su disfraz de novicio, y sus facciones me parecieron
familiares. La miré más de cerca: era mi hermana, mi única hermana... y yo había estado
oyendo cómo su voz se debilitaba cada vez más. Había oído...
» Y su voz se debilitó poco a poco, y cesó.
150
» Temiendo por la vida a la que estaba atada la mía, me acerqué tambaleante a él. Le
incorporé en mis brazos y, acordándome de que debía de entrar alguna pequeña
corriente de aire a través de la trampa, traté de arrastrarle hasta allí. Lo conseguí y,
mientras soplaba la brisa sobre él, descubrí con inmensa alegría que había disminuido la
claridad que entraba por las ranuras. Era el crepúsculo; ya no hacía falta perder más
tiempo. Se recobró, ya que su desvanecimiento no se debía a un agotamiento de su
sensibilidad, sino a la mera inanición. Fuera como fuese, todo mi interés estaba en
vigilar su recuperación; y de haber sido yo lo bastante sagaz en observar las
extraordinarias vicisitudes de la mente humana, me habría chocado el cambio operado
en él al recuperarse. Sin hacer la menor alusión a su reciente relato, ni a sus últimos
sentimientos, saltó de mis brazos al descubrir que la luz había disminuido, y preparó
nuestra huida a través de la trampa con renovada energía y una sensatez que podrían
haberse calificado de milagrosas, de haber ocurrido en el convento; dado que estábamos
a más de treinta pies de la superficie para tenerse por milagro, había que atribuirlas
meramente a su fuerte excitación. En efecto, no me atrevía a creer que un milagro
viniese a favorecer mi profana tentativa, así que me alegré de poderlo atribuir a las
causas segundas. Con destreza increíble, trepó por el muro aprovechando las
irregularidades de las piedras y con la ayuda de mis hombros, abrió la trampa, me
anunció que no había peligro, me ayudó a subir y, con jadeante alegría, respiré una vez
más el hálito del cielo. La noche estaba completamente oscura. No se distinguían los
edificios de los árboles, salvo cuando un débil soplo de brisa imprimía a éstos un ligero
movimiento. A esta oscuridad, estoy convencido, debo el haber conservado mi lucidez
en semejante trance: la claridad de una noche esplendorosa me habría hecho enloquecer
al salir de las tinieblas, el hambre y el frío. Habría llorado, habría reído; habría caído de
rodillas, y me habría convertido en idólatra. Habría ‘adorado a la hueste del cielo, y a la
luminosa y errante luna’. La oscuridad fue mi mejor seguridad en toda la extensión de
la palabra. Cruzamos el jardín sin notar el suelo bajo nuestros pies. Al acercamos al
muro experimenté otra vez un irresistible malestar: sentí vértigo, me tambaleé. Susurré a
mi compañero:
»-¿No hay luces en las ventanas del convento?
»-No; esas luces sólo están en tus ojos; es efecto de la oscuridad, el hambre y el miedo;
vamos.
»-Pero oigo repicar campanas.
»-Esas campanas repican sólo en tu oído; el estómago vacío es tu sacristán; por eso
crees oír campanas. Éste no es momento de vacilaciones. Venga, vamos. No eches esa
carga tan pesada sobre mis hombros; no desfallezcas, si puedes evitarlo. ¡Oh, Dios, se
ha desmayado!
»Ésas fueron las últimas palabras que oí. Me desmayé, creo, en sus brazos. Con ese
instinto que actúa más favorablemente en ausencia del pensamiento y el sentido, me
arrastró hasta el muro, y cerró mis fríos dedos en torno a las cuerdas de la escala. El
tacto me reanimó en seguida; y, casi antes de que mis manos agarraran las cuerdas, mis
pies comenzaron a subirla. Mi compañero me siguió a continuación. Llegamos arriba, y
yo me tambaleé de debilidad y de terror. Tenía un miedo tremendo de que, aunque la
escala estaba allí, no estuviese Juan. Un instante después brilló una linterna ante mis
ojos, y vi una figura abajo. Salté en ese insensato momento, sin preocuparme de si iba al
encuentro de la daga de un asesino o el abrazo de un hermano.
»-Alonso, querido Alonso -murmuró una voz.
»-Juan, mi querido Juan -fue cuanto pude articular al sentir mi estremecido pecho
apretado contra el más generoso y entrañable de los hermanos.
151
»-¡Cuánto debes de haber sufrido! ¡Cuánto he sufrido! -susurró-; durante las últimas
veinticuatro horribles horas, casi te di por perdido. Date prisa, el coche está a menos de
veinte pasos de aquí.
»Y mientras hablaba, el balanceo de la linterna alumbró aquellas facciones arrogantes y
bellas que una vez tuve como prenda de eterna emulación, pero que ahora contemplaba
como la sonrisa del orgulloso pero benevolente dios de mi liberación. Señalé a mi
compañero, y no pude hablar: el hambre me consumía por dentro. Juan me sostuvo, me
consoló, me animó; hizo más, mucho más, de lo que ningún hombre ha hecho nunca por
otro; más, quizá, de lo que ningún hombre ha hecho jamás por el más estremecido y
delicado ser del otro sexo bajo su protección. ¡Oh, con qué angustiado corazón evoco
ahora esta varonil ternura! Esperamos a mi compañero, y éste se descolgó del muro.
»-¡Deprisa, deprisa! -susurró Juan-. Yo estoy hambriento también; hace cuarenta y ocho
horas que no he probado nada, esperándoos.
»Echamos a correr. Era un paraje solitario. Distinguí a duras penas el coche, a la débil
luz de la linterna; pero fue suficiente para mí. Salté ágilmente a su interior.
»- Ya está a salvo -exclamó Juan, siguiéndome.
»-Pero ¿eres tú? -exclamó una voz atronadora. Juan se tambaleó en el estribo del coche,
y cayó hacia atrás. Salté afuera y caí también... sobre su cuerpo. Me manché con su
sangre... había muerto.
__________ _
Men who with mankind were foes.
Or who, in desperate doubt of grace.
SCOTT, Marmion.
»Un instante enloquecedor de alaridos de agonía; un destello de fiera y viva luz que
pareció envolverme y consumirme en cuerpo y alma; un sonido que me traspasó el oído
y el cerebro, como hará estremecer la trompeta del juicio final los sentidos de los que
duermen en la culpa y despiertan en la desesperación; un momento así, que sintetiza y
resume todos los sufrimientos imaginables en un breve e intenso dolor, y parece
agotarse en el golpe que ha asestado ¡ése es el instante que recuerdo, nada más! Muchos
meses de oscura inconsciencia corrieron sobre mí, sin fecha ni noticia. Mil olas pueden
romper sobre el barco naufragado, y sentirlas nosotros como si fuesen una sola.
Conservo un vago recuerdo de haber rechazado el alimento, de haberme resistido a
cambiar de lugar, etc. Pero era como los débiles e inútiles forcejeos que hacemos ante el
agobio de la pesadilla; y aquellos con quienes trataba, probablemente consideraban
cualquier oposición mía como las agitaciones de un durmiente desasosegado.
»Por las referencias que después pude recoger, debí pasar lo menos cuatro meses en ese
estado; y unos perseguidores corrientes habrían renunciado a mí, viéndome
irremisiblemente sumido en nuevos sufrimientos; pero la maldad de los religiosos es
demasiado industriosa, y demasiado ingeniosa, para renunciar a la esperanza de atrapar
a una víctima, a menos que ésta pierda la vida. Si el fuego se extingue, se sientan a
vigilar las ascuas. Si oyen saltar las fibras del corazón, esperan a ver si es la última la
que se ha roto. Es un espíritu que se complace en cabalgar sobre la décima ola, y
observa cómo ésta hunde y sepulta para siempre a la víctima [...].
»Habían ocurrido muchos cambios sin que yo hubiera tenido ningún conocimiento de
ellos. Quizá la profunda tranquilidad de mi última morada
152
contribuyó más que ninguna otra cosa a que recobrase el juicio. Recuerdo claramente
que desperté a la vez al pleno ejercicio de mis sentidos y de mi razón, para descubrir
que me hallaba en un lugar que examiné con asombrada y recelosa curiosidad. Mi
memoria no me inquietaba lo más mínimo. Nunca se me ocurrió preguntar por qué
estaba allí o qué había sufrido antes de que me llevaran a ese lugar. El retorno de las
facultades intelectuales fue lento, como las olas de la marea creciente; y
afortunadamente para mí, la memoria fue la última: la ocupación de mis sentidos, al
principio, era suficiente. No esperéis horrores novelescos, señor, en mi relato. Quizá una
vida como la mía repugne al paladar que se ha regalado hasta la saciedad; pero la verdad
a veces proporciona plena y espantosa compensación, presentándonos hechos en lugar
de imágenes.
»Me encontré con que estaba acostado en un lecho no muy distinto del de mi celda,
aunque el aposento sí era diferente por completo del anterior. Era algo más amplio, y
estaba cubieno de esteras. No había crucifijo, ni cuadros, ni recipiente para el agua
bendita; la cama, una mesa tosca sobre la que había una lámpara encendida, y una vasija
que contenía agua eran todo el mobiliario. No había ventana; y los clavos de la puerta, a
los que la luz de la lámpara daba una especie de lúgubre brillo y prominencia, revelaban
que estaba fuertemente reforzada. Me incorporé, apoyándome en mi brazo, y miré a mi
alrededor con el recelo del que teme que el más leve movimiento pueda romper el
encanto, y le hunda otra vez en las tinieblas. En ese momento, me vino de golpe, como
el estallido de un trueno, el recuerdo de lo que había pasado. Proferí un grito que me
dejó sin aliento, y me derrumbé en la cama, no desvanecido sino exhausto. Recordé
instantáneamente todos los sucesos, con una intensidad que sólo podría equipararse a la
experiencia real y actual de los mismos: mi huida, mi salvación, mi desesperación. Sentí
el abrazo de Juan; y luego, su sangre manando sobre mí. Vi girar sus ojos con
desesperación, antes de cerrarlos para siempre, y proferí otro grito como nunca en la
vida se había oído entre esos muros. Tras este nuevo alarido se abrió la puerta, se acercó
una persona vestida con un hábito que jamás había visto, y me indicó mediante señas
que debía observar el más profundo silencio. En efecto, nada podía expresar mejor lo
que quería decir que su propia renuncia a hacer uso de la voz. Miré en silencio esta
aparición: mi asombro tuvo toda la apariencia de una clara sumisión a sus
requerimientos. Se retiró, y yo empecé a preguntarme dónde estaba. ¿Era entre los
muertos? ¿O en un mundo subterráneo de seres mudos y sin voz, donde no había aire
que transmitiera el sonido ni eco que lo repitiese, y donde el oído hambriento esperaba
en vano su más delectable banquete: la voz humana? Estas divagaciones se me
disiparon al entrar de nuevo la misma persona.
Colocó pan, agua y una pequea porción de carne sobre la mesa, me ayudó acercarme a
ella (lo que hice maquinalmente), y cuando estuve sentado, susurró que, dado que mi
estado de postración me había tenido incapacitado para comprender las normas del lugar
en que me hallaba, se había visto obligado a aplazar el ponerme al corriente de ellas;
pero ahora tenía obligación advertirme que no debía elevar nunca la voz más arriba del
tono con que él dirigía a mí, y que eso bastaba para todo tipo de comunicación; por
último, me aseguró que los gritos, exclamaciones de cualquier género, y hasta toser
demasiado fuerte23 (que podía interpretarse como una señal), se consideraban un
atentado contra las normas inviolables del lugar, y se castigaban con máxima severidad.
A mis repetidas preguntas de dónde estaba, qué lugar e éste, y cuáles eran sus
misteriosas reglas, me contestó en voz baja que su cometido consistía en transmitir
23 Éste es un hecho comprobado. (N. del A.)
153
órdenes, no en contestar preguntas; y dicho esto marchó. Por extraordinarios que
parezcan estos requerimientos, el modo comunicarlos fue tan imperioso, perentorio y
habitual, parecía tan poco un disposición particular o una manifestación transitoria y
tanto el lenguaje establecido de un sistema absoluto y largamente estatuido, que era
inevitable obedecerlos. Me eché en la cama, y murmuré para mis adentros: "¿Dónde
estoy?" hasta que el sueño me venció.
»He oído decir que el primer suefio de un maníaco recuperado es sumamente profundo.
El mío no lo fue; estuvo turbado por muchos sueños inquietos. Uno de ellos, sobre todo,
me devolvió al convento. Soñé que era interno que estudiaba a Virgilio. Leía ese pasaje
del Libro Segundo en el que el espectro de Héctor se aparece a Eneas, y su forma
horrible e infamada suscita la dolida exclamación:
"Heu quantum mutatus ab illo,
Quibus ab oris, Hector expectate venis?"
Luego soñé que Juan era Héctor; que el mismo fantasma, pálido y sangriento, se alzaba
gritándome que huyera: "Heu fuge"; mientras yo intentaba en vano obedecerle. ¡Oh, qué
lúgubre mezcla de veracidad y delirio, de realidad e ilusión, de elementos conscientes e
inconscientes de la existencia, visita los sueños de los desventurados! Él era Pantea, y
murmuraba:
"Venit summa dies, et ineluctabile tempus"
Al parecer, lloraba y me debatía en mi sueño. Me dirigía a la figura que estaba ante mí
unas veces como Juan, y otras como la imagen de la visión troyana. Por último, la figura
exclamó, con una especie de alarido quejumbroso, en esa vox stridufa24 que sólo oímos
en sueños:
"Proximus ardet Ucalegon".
y me levanté completamente despierto, con todos los horrores del que espera ver un
incendio.
»Es increíble, señor, cómo los sentidos y la mente pueden funcionar durante la aparente
suspensión de sus respectivas actividades; cómo el sonido puede impresionar al oído
que parece sordo, un objeto a la vista cuando su órgano parece estar cerrado, ni cómo se
pueden grabar en la conciencia dormida imágenes aún más horriblemente vívidas que
las presentadas por la realidad. Desperté con idea de que las llamas rozaban los globos
de mis ojos, y vi sólo una pálida luz, sostenida por una mano aún más pálida; en efecto,
la tenía cerca de mis ojos, aunque se retiró en el instante en que desperté. La persona
que la sostenía la cubrió un momento; luego avanzó, y todo el resplandor se proyectó
sobre mí y sobre ella. Y de repente me vinieron los recuerdos de nuestro último
encuentro. Me levanté de un salto y dije:
»-Entonces, ¿estamos libres?
»-Chisst; uno de nosotros sí lo está; pero no debes hablar alto.
»-Bueno, ya me lo han dicho antes, pero no comprendo la necesidad de cuchichear. Si
estoy libre, dímelo, y dime si Juan ha sobrevivido a ese horrible momento final: mi
entendimiento empieza ahora a funcionar. Dime cómo está Juan.
24 Éste es un hecho comprobado. (N. del A.)
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»-¡Oh, espléndidamente! Ningún príncipe en toda la tierra descansa bajo un dosel más
suntuoso. Imagínate: columnas de mármol, banderas flameantes y cabeceantes penachos
de plumas. Tuvo música también, pero no creo que la oyera. Yacía sobre terciopelo y
oro; aunque parecía indiferente a todos esos lujos. Había una curva en sus labios
blancos que parecía expresar una inefable burla ante todo lo que sucedía... Pero fue
orgulloso hasta su hora final.
»-¡Su hora final! -exclamé-; entonces, ¿ha muerto?
»-¿Puedes dudarlo, cuando sabes quién le asestó el golpe? Ninguna de mis víctimas ha
necesitado de mí una segunda vez.
»-¿ Tú, tú?
»Durante unos instantes, floté en un mar de llamas y de sangre. Me volvió el furor, y
sólo recuerdo que proferí maldiciones que habrían colmado la venganza divina hasta el
agotamiento, de haberles dado cabal cumplimiento. Podría haber continuado hasta
perder la razón; pero me acalló una carcajada, y me aturdió en medio de mis
maldiciones, anulándolas.
»Esa risa me hizo callar, y alcé los ojos hacia él como esperando ver a persona; pero
seguía siendo el mismo.
»- ¿ Y soñaste, en tu temeridad -exclamó-, soñaste que podrías burlar la vigilancia de un
convento? Dos muchachos, el uno loco de miedo y el otro de temeridad, eran los
antagonistas idóneos para ese estupendo sistema cuyas raíces se hunden en las entrañas
de la tierra, y cuya cabeza se alza hasta las estrellas: ¡escapar tú de un convento!,
¡desafiar tú a un poder que desafía a los soberanos! A un poder cuya influencia es
ilimitada, infinita y desconocida aun para quienes la ejercen, del mismo modo que hay
mansiones tan inmensas que moradores, llegada su última hora, confiesan no haber
visitado todos sus aposentos; un poder cuya actividad es como su divisa: una e
indivisible. El alma del Vaticano alienta hasta en el convento más humilde de España; y
tú, insecto encaramado en una rueda de esta máquina descomunal, imaginaste que serías
capaz de detener su marcha, mientras su rotación se apresuraba a aplastarte,
reduciéndote a átomos.
»Mientras decía estas palabras, con una rapidez y energía inconcebil (rapidez en la que,
literalmente, cada palabra parecía devorar a la siguiente), tuve que hacer, para
comprenderle y seguirle, un esfuerzo mental parecido jadeante respiración de aquel
cuyo aliento ha estado suspendido o contenido mucho tiempo. Lo primero que me vino
al pensamiento, lógicamente en mi situación, fue que no era la persona que parecía ser,
que no era mi compañero de fuga el que ahora me hablaba; hice acopio de todo mi
entendimiento para verificarlo. Unas cuantas preguntas resolverían esta cuestión, si
tenía el valor de formularlas.
»-¿No me ayudaste tú a escapar? ¿No fuiste tú el hombre que...? ¿Qué lo que te tentó a
dar ese paso, cuyo fracaso tanto parece alegrarte?
»-El soborno.
»- Y dices que me has traicionado, y te jactas de tu traición; ¿qué es lo que te ha tentado
para esto?
»-Un soborno mayor. Tu hermano me dio oro, pero el convento me prometido la
salvación: y éste es un negocio que deseaba ardientemente poner en manos de ellos, ya
que me reconozco incompetente para manejarlo yo solo.
»-¿La salvación, con tus traiciones y asesinatos?
»- Traiciones y asesinatos: dos palabras muy duras. Bueno, para hablar con sentido
común, ¿no es la tuya la más vil de las traiciones? Recurriste contra tus votos; declaraste
ante Dios y ante el hombre que las palabras que pronunciaste ante ellos no habían sido
sino balbuceos de niño; al seducir a tu hermano, apartándole de su deber y de tus padres,
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le indujiste a intrigar contra la paz y la santidad de una institución monástica; ¿y te
atreves tú a hablar de traición? ¿Y no aceptaste, o mejor, no te uniste en tu huida, con
una insensibilidad de conciencia sin precedentes en una persona tan joven, a un socio a
quien sabías que estabas seduciendo contra sus votos, contra todo lo que el hombre tiene
por sagrado y todo lo que Dios (si es que lo hay) debe de considerar que ata al hombre?
Sabías mi crimen, sabías mi atrocidad; sin embargo, me alzaste como tu estandarte,
desafiando al Todopoderoso, aunque la divisa, escrita en luminosos caracteres, era:
impiedad, parricidio, irreligión. Aunque desgarrada, todavía colgaba esta bandera junto
al altar, hasta que tú la arrancaste de allí para envolverte en sus pliegues y evitar que te
descubrieran; ¿y tú hablas de traición? No existe sobre la tierra un desdichado más
traidor que tú. ¿Crees que por ser yo más ruin y culpable, el tinte de mis crímenes iba a
borrar el rojo de tu sacrilegio y apostasía? En cuanto al asesinato, sé que soy parricida.
Es cierto que degollé a mi padre; pero no sintió el golpe; ni yo tampoco, ya que me
encontraba ebrio de vino, de pasión, de sangre, de... no importa qué; pero tú, con mano
fría y deliberada, asestaste sendos golpes al corazón de tu padre y de tu madre. Tú
asesinaste pulgada a pulgada; yo, en cambio, de un solo golpe. ¿Quién de los dos es
asesino de verdad? ¿Y tú hablas de traición y de asesinato? A tu lado, soy tan inocente
como el niño que acaba de nacer. Tu padre y tu madre se han separado: ella ha
ingresado en un convento para ocultar su desesperación y su vergüenza por tu conducta
antinatural; y tu padre se sumerge alternativamente en el abismo de la voluptuosidad y
en el de la penitencia, y es igualmente desdichado en ambos; tu hermano, en su
desesperado intento de liberarte, ha perecido. Has sembrado la desolación en toda tu
familia: has apuñalado la paz y el corazón de cada uno de sus miembros con una mano
que ha meditado y deliberado el golpe, y luego lo ha asestado tranquilamente; ¿y te
atreves a hablar de traición y de asesinato? Eres mil veces más condenable que yo, y tan
culpable como me consideras a mí. Yo me mantengo como un árbol seco ¡estoy herido
en el corazón, en la raíz; me marchito solo... tú, en cambio, eres el upas, bajo cuyas
gotas venenosas perecen todos los seres: tu padre, tu madre, tu hermano, y finalmente,
tú mismo. Las erosiones del veneno, cuando ya no queda nada por consumir, se vuelven
hacia dentro, y se apoderan de tu propio corazón. ¡Desdichado, condenado más allá de
la compasión del hombre, más allá de la redención del Salvador!, di, ¿qué puedes añadir
a esto?
»Me limité a contestar:
»-¿Ha muerto Juan, y tú fuiste tú su homicida... fuiste efectivamente tú? Creo todo lo
que dices; debo de ser muy culpable; pero, ¿ha muerto Juan?
»Mientras hablaba, alcé hacia él mis ojos, que no parecían ver, y mi semblante, que no
reflejaba otra expresión que la del estupor o el intenso dolor. No fui capaz de expresar
ni sentir reproche alguno: mi sufrimiento había rebasado mi capacidad de queja. Esperé
su respuesta; él permaneció callado; pero su diabólico silencio era bien elocuente.
»-¿ Y se ha recluido mi madre en un convento? -asintió-. ¿Y mi padre?
»Sonrió, y yo cerré los ojos. Podía soportarlo todo menos su sonrisa. Alcé la cabeza un
momento después, y le vi hacer, en un gesto habitual (no podía ser otra cosa) el signo de
la cruz, al dar la hora un reloj en alguna parte. Este gesto me recordó la obra tan
frecuentemente representada en Madrid, y que yo había visto en los escasos días en que
fui libre, El diablo predicador. Veo que sonreís, señor, ante tal recuerdo en semejante
momento, pero así es; y si hubieseis visto esa obra en las singulares circunstancias en
que la vi yo, no os sorprendería que me chocara la coincidencia. En esta obra, el espíritu
infernal es el héroe, se aparece en un convento disfrazado de monje, y allí atormenta y
acosa a la comunidad con una mezcla de maldad y alegría verdaderamente satánica. La
noche en que vi la representación, un grupo de monjes llevaba el Santísimo Sacramento
156
a una persona moribunda; los muros del teatro eran tan endebles que se pudo oír con
claridad la campana que iban tocando en esa ocasión. Al punto, actores y espectadores,
todos en fin, cayeron de rodillas; y el diablo, que se hallaba casualmente en escena, se
arrodilló con los demás y se santiguó con visibles muestras de una devoción igualmente
excepcional y edificante. Me concederéis que la coincidencia fue irresistiblemente
asombrosa.
»Cuando terminó su monstruosa profanación del sagrado signo, clavé la mirada en él
con expresión inequívoca. Se dio cuenta. No existe reproche más profundo en la tierra
que el silencio, ya que siempre remite al culpable a su propio corazón, cuya elocuencia
rara vez deja de llenar la pausa en detrimento del acusado. Estoy seguro ahora de que mi
mirada le produjo una furia como no habtía podido producírsela el más amargo reproche
que le hubiese arrojado a la cara. La imprecación más tremenda habría llegado a su oído
como una melodía arrulladora; le habría convencido de que su víctima sufría cuanto él
le estaba infligiendo. Todo esto delató la violencia de sus exclamaciones:
»-¡Qué pasa, desdichado! -gritó-; ¿acaso crees que entré en el convento por vuestras
misas y mojigangas, vuestras vigilias y ayunos, y vuestro absurdo desgranar de rosarios,
para echar a perder mi descanso todas las noches levantándome para maitines, y
abandonar mi estera para hincar las rodillas en la piedra hasta echar raíces en ella y
pensar que se me vendría pegada cuando me levantase? ¿Crees que entré para escuchar
sermones en los que no creen ni los predicadores, y rezos pronunciados por labios que
bostezan con la indiferencia de su infidelidad; para cumplir penitencias que pueden
encargarse a un hermano lego a cambio de una libra de café o de rapé, o hacer los más
bajos menesteres que se le antojan al capricho y pasión de un Superior; para escuchar a
hombres que tienen a Dios perpetuamente en la boca y al mundo en el corazón, hombres
que no piensan en otra cosa que en aumentar su distinción temporal, y ocultan bajo la
más repugnante afectación de bienes espirituales su codiciosa rapacidad en cuanto a
encumbramiento terrenal? ¡Desdichado!, ¿crees que ha sido para esto? ¿Que este
ateísmo intolerante, este credo de sacerdotes que han estado siempre en conexión con el
poder (esperando incrementar así sus intereses) podía tener alguna influencia sobre
mí?Yo había sondeado antes que ellos todas las profundidades abismales de la
depravación. Les conocía, y les detestaba. Me inclinaba ante ellos con el cuerpo, y les
despreciaba con el alma. Con toda su beatería, tenían el corazón tan mundano que casi
no merecía la pena acechar su hipocresía: el secreto tardó muy poco en salir a la luz por
sí mismo. No necesité de averiguaciones, ni de lugares donde descubrirles. He visto a
prelados y abades y sacerdotes apareciendo ante los fieles como dioses descendidos,
resplandecientes de oro y joyas, entre el fulgor de los cirios y el esplendor de una
atmósfera que irradiaba una luz viva, entre suaves y delicadas armonías y deliciosos
perfumes; hasta que, al desaparecer en medio de nubes de incienso graciosamente
esparcidas en el aire con dorados incensarios, los embriagados ojos imaginaban verles
subir al paraíso. Ése era el decorado; pero, ¿qué había detrás? Yo lo veía todo. Dos o
tres de ellos salían apresuradamente de la ceremonia y corrían a la sacristía so pretexto
de cambiarse. Uno podría pensar que estos hombres tendrían al menos la decencia de
contenerse durante los intervalos de la santa misa. Pero no; yo les oía a veces. Mientras
se cambiaban, hablaban sin cesar de promociones y nombramientos, de este o aquel
prelado, moribundo o difunto ya, de alguna rica prebenda vacante, de un dignatario que
había regateado lo indecible con el Estado para que ascendieran a un pariente, de otro
que abrigaba fundadas esperanzas de obtener un obispado; ¿por qué?, no por su
sabiduría o su piedad, ni por su talante pastoral, sino por los valiosos beneficios a los
que renunciaría a cambio, y que podrían repartirse los numerosos candidatos. Ésa era su
conversación, y ésos sus únicos pensamientos, hasta que se iniciaban los últimos sones
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del aleluya en la iglesia, y corrían presurosos a ocupar otra vez sus puestos en el altar.
¡Ah!, qué mezcla de bajeza y orgullo, de estupidez y presunción, de mojigatería clara y
torpemente trasnochada, cuyo esquema mental (esquema de una mente "terrenal,
sensual y diabólica” ) resultaba visible a cualquier ojo. ¿Para vivir entre estos
desdichados, quienes, aun siendo yo un malvado, hacían que me alegrase pensar que al
menos no era, como ellos, un reptil insensible, un ser hecho de formas y ropajes, mitad
de raso y harapos, mitad de avemarías y credos, inflado y abyecto, que trepa y
ambiciona, que se enrosca para subir más y más por el pedestal del poder, una pulgada
por día, abriéndose paso hacia la cúspide mediante la flexibilidad de sus culebreos, la
oblicuidad de su trayectoria y la viscosidad de su baba? ...¿Para esto?
»Calló, medio ahogado por la emoción.
»Este hombre podía haber sido buena persona en circunstancias más favorables; al
menos, sentía desprecio por todo lo que significaba vicio, al tiempo que una gran avidez
por lo atroz.
»-¿Para eso me he vendido -prosiguió-, y me he encargado de sus trabajos tenebrosos, y
me he convertido en esta vida en una especie de aprendiz de Satanás, tomando lecciones
anticipadas de tortura, y he firmado un pacto aquí que habrá de cumplirse abajo? No; yo
lo desprecio, lo detesto todo, a los agentes y al sistema, a los hombres y a sus asuntos.
Pero es en el credo de ese sistema (y no importa que sea verdadero o falso: es necesario
que exista algún tipo de credo, y quizá sea preferible el falso; porque la falsedad, al
menos, halaga), donde el mayor criminal puede expiar sus pecados, vigilando
atentamente, y castigando con severidad a los enemigos del cielo. Cada malhechor
puede comprar su inmunidad aceptando convertirse en verdugo del pecador al que
traiciona y denuncia. En términos legales de otro país, pueden "delatar al cómplice" y
comprar su propia vida al precio de la de otro; transacción que todo hombre está
siempre dispuesto a realizar. Pero en la vida religiosa, esta clase de transferencia, este
sufrimiento sustitutivo, se adopta con suma avidez. ¡Cómo nos gusta castigar a los que
la Iglesia denomina enemigos de Dios, conscientes de que, aunque nuestra animosidad
contra Él es infinitamente mayor, nos volvemos aceptables a sus ojos atormentando a
quienes quizá sean menos culpables, pero están en nuestro poder! Te odio, no porque
tenga un motivo natural o social para odiarte, sino porque el agotar mi resentimiento en
ti puede hacer que disminuya el de la deidad hacia mí. Si yo persigo y atormento a los
enemigos de Dios, ¿no puedo llegar a ser amigo de Dios? Cada dolor que yo inflijo a
otro, ¿no se inscribe en el libro del Omnisciente como una expurgación de uno de los
sufrimientos que me esperan en el más allá? Yo no tengo religión, no creo en ningún
Dios, no repito ningún credo; pero tengo esa superstición del miedo al más allá que
aspira a lograr un desesperado alivio en los sufrimientos de otro cuando se ha agotado el
nuestro, o cuando (caso mucho más frecuente) no estamos dispuestos a soportarlos.
Estoy convencido de que mis crímenes serán borrados por los crímenes que yo pueda
fomentar o castigar en los demás, sean cuales fueren. ¿No tengo, pues, sobrados
motivos para incitarte al crimen? ¿No tengo sobrados motivos para vigilar y agravar tu
castigo? Cada tizón que acumulo sobre tu cabeza equivale a uno que quitan de ese fuego
que arde eternamente para la mía. Cada gota de agua que evito que llegue a tu lengua
abrasada, espero que me sirva para apagar el fuego apocalíptico al que un día seré
arrojado. Cada lágrima que exprimo, cada gemido que arranco, estoy convencido,
contribuirá a redimir mis propios pecados; así que imagina el valor que doy a los tuyos,
o a los de cualquier víctima. El hombre de la antigua leyenda tembló y se detuvo ante
los miembros esparcidos de su hijo, y renunció a la persecución; el verdadero penitente
se abalanza sobre los miembros despedazados de la naturaleza y la pasión, los recoge
con una mano sin pulso, y un corazón sin sentimiento alguno, y los levanta ante la
158
Divinidad como una ofrenda de paz. Mi teología es la mejor de todas: la de la absoluta
hostilidad hacia los seres cuyos sufrimientos puedan mitigar los míos. En esta teoría
aduladora, tus crímenes se convierten en virtudes mías; no necesito tener ninguna que
sea mía propia. Aunque soy culpable de un crimen que injuria a la naturaleza, tus
crímenes (los crímenes de quienes ofenden a la Iglesia) son de un orden mucho más
nefando. Pero tu culpa es mi exculpación, y tus sufrimientos son mi triunfo. No necesito
arrepentirme; no necesito creer. Si tú sufres, yo estoy salvado: eso es suficiente para mí.
¡Cuán glorioso y fácil es alzar el trofeo de nuestra salvación sobre las pisoteadas y
sepultadas esperanzas de otro! ¡Cuán sutil y sublime es la alquimia que puede convertir
el hierro de la contumacia y la impenitencia en el oro precioso de la propia redención!
Yo me he ganado literalmente mi salvación con tu miedo y tu temblor. Con esa
esperanza fingí cooperar en el plan trazado por tu hermano, cuyos detalles fui
comunicando paso a paso al Superior. Con esa esperanza pasé esa desventurada noche y
ese día en la mazmorra contigo; pues, de haber llevado a cabo la huida a la luz del día,
habría suscitado la alarma de una credulidad tan estúpida como la tuya. Pero durante
todo ese tiempo, acariciaba la daga que llevaba en mi pecho, y que me habían facilitado
con un propósito ampliamente cumplido. En cuanto a ti, el Superior consintió en tu
intento de fuga sólo para tenerte más en su poder. Él y la comunidad estaban cansados
de ti; comprendieron que nunca serías monje: tu apelación había traído la deshonra
sobre ellos; tu presencia era un reproche y una carga para todos. Tenerte delante era una
espina para los ojos: y pensaron que cumplirías mejor como víctima que como prosélito,
y pensaban bien. Eres un huésped más apropiado para tu actual morada que para la
anterior. Y aquí no hay peligro de que escapes.
»-Entonces, ¿dónde estoy?
»-Estás en las prisiones de la Inquisición.
__________ _ _
Oh! torture me no more, I will confess.
Enrique VI
You have betrayed her to her to own reproof
La comedia de los errores
» Y era verdad: era prisionero de la Inquisición. Las situaciones excepcionales nos
inspiran sentimientos acordes con ellas; son muchos los hombres que han hecho frente a
una tempestad en el océano, y luego se han acobardado al oírla retumbar en la
chimenea. Creo que eso es lo que me pasó a mí: se había desencadenado la tormenta, y
me preparé para afrontarla. Estaba en la Inquisición; pero sabía que mi crimen, por atroz
que fuese, no caía propiamente bajo su jurisdicción. Era una de las más graves faltas
conventuales, pero su sanción competía solamente al poder eclesiástico. El castigo de un
monje que se había atrevido a escapar de su convento podía ser espantoso: merecía la
cárcel, o la muerte quizá; pero no podía ser legalmente prisionero de la Inquisición.
Jamás, a lo largo de todas mis desventuras, había pronunciado una sola palabra
irrespetuosa para con la Santa Madre Iglesia, o que pusiera en duda nuestra sagrada fe;
no había vertido expresión ninguna que fuese herética, ofensiva o ambigua con relación
a algún punto del deber o de los artículos de la fe. Las absurdas acusaciones de brujería
y posesión, esgrimidas contra mí en el convento, habían sido totalmente invalidadas
durante la visita del Obispo. Mi aversión al estado monacal era de sobra conocida y
estaba fatalmente demostrada, pero no era motivo para las investigaciones o castigos de
159
la Inquisición. Nada tenía que temer de la Inquisición; al menos, eso me decía a mí
mismo en la prisión, al tiempo que me sentía convencido de ello. El séptimo día después
de mi recuperación fue el designado para mi interrogatorio, de lo que recibí puntual
notificación; aunque creo que eso va en contra de las normas habituales de la
Inquisición. Y el interrogatorio tuvo lugar en el día y hora señalados.
»Sin duda sabéis, señor, tocante a las historias que se cuentan sobre la disciplina interior
de la Inquisición, que nueve de cada diez son pura fábula, ya que los prisioneros están
obligados bajo juramento a no revelar lo que ocurre entre sus muros; y quienes se
atreven a violar este juramento, no tienen tampoco escrúpulos en deformar la verdad
sobre los detalles que hicieron posible su liberación. Me está prohibido, por un
juramento que nunca quebrantaré, revelar las circunstancias de mi encarcelamiento o
interrogatorio. Soy libre, sin embargo, para referir ciertos aspectos de ambas cosas, ya
que tienen que ver con mi extraordinario relato. Mi primer interrogatorio acabó bastante
favorablemente; se deploró y desaprobó, efectivamente, mi contumacia y aversión al
monacato, pero no se tocó ninguna otra cuestión: nada que alarmase los especiales
temores de un huésped de la Inquisición. De modo que me sentía todo lo feliz que la
soledad, la oscuridad, el jergón de paja, el pan y el agua podían hacerme a mí o a
cualquiera, hasta que, a la cuarta noche de mi interrogatorio, me despertó una luz.
Brillaba con tal fuerza ante mis ojos que me incorporé de un salto. Entonces se retiró la
persona que sostenía dicha luz, y descubrí una figura sentada en el rincón más alejado
de mi celda. Aunque gratamente sorprendido ante la visión de una forma humana, había
adquirido de tal modo los hábitos de la Inquisición que pregunté con voz fría y tajante
quién se había atrevido a irrumpir de esa manera en la celda de un prisionero. La
persona contestó con el acento más suave que jamás haya apaciguado oído humano
alguno, y me dijo que era, como yo, un prisionero de la Inquisición; que, por
indulgencia de ésta, se le había permitido visitarme, y que esperaba...
»-¿Pero es posible nombrar aquí la esperanza? -exclamé sin poderme contener.
»Él contestó en el mismo tono suave y suplicante; y, sin referirse a nuestras
circunstancias particulares, aludió al consuelo que podía derivarse de la compañía de
dos hombres que sufrían, a los que se permitía poder verse y comunicarse.
»Este hombre me visitó varias noches seguidas; yo no pude por menos de notar tres
detalles extraordinarios en sus visitas y su aspecto. El primero era que siempre (cuando
podía) mantenía los ojos apartados de mí; se sentaba de lado o de espaldas, cambiaba de
postura o de sitio, o se ponía la mano delante de los ojos; pero cuando le sorprendía, o
levantaba la luz por encima de mí, comprobaba que jamás había visto ojos tan
llameantes en un rostro mortal: en la oscuridad de mi prisión, me veía obligado a
protegerme con la mano de tan preternatural resplandor. El segundo era que venía y se
iba aparentemente sin ayuda ni obstáculo; que entraba a cualquier hora como si tuviese
la llave maestra de mi calabozo, sin pedir permiso ni tropezar con prohibición alguna,
que recorría las prisiones de la Inquisición como el que tiene una ganzúa capaz de abrir
el más recóndito departamento. Finalmente, hablaba no sólo en un tono claro y audible,
totalmente distinto de las comunicaciones en voz baja de la Inquisición, sino que me
hablaba de su aversión a todo el sistema, su indignación contra la Inquisición, los
inquisidores y todos sus auxiliares y secuaces, desde santo Domingo al más bajo oficial,
con tan irreprimible furor, tan extremado sarcasmo, tan desenvuelta licencia de ridícula
y no obstante inhumana gravedad, que me hacía temblar.
»Sin duda sabéis, señor, o todavía no, quizá, que hay en la Inquisición personas
autorizadas para consolar la soledad de los prisioneros, a condición de obtener, bajo
pretexto de una conversación amistosa, aquellos secretos que ni aun bajo tortura se les
ha logrado arrancar. En seguida descubrí que mi visitante no era una de estas personas:
160
sus injurias al sistema eran demasiado generales; su indignación, demasiado sincera. Sin
embargo, en sus continuas visitas había una circunstancia más que me inspiraba un
sentimiento de terror que me paralizaba, y anulaba todos los terrores de la Inquisición.
»Aludía continuamente a sucesos y personajes que estaban más allá de su posible
recuerdo, después callaba, y proseguía luego con una especie de risa burlona y violenta
ante su propia distracción. Pero esta constante alusión a cosas ocurridas bastante tiempo
atrás y a hombres que hacía mucho que descansaban en sus tumbas, me producían una
impresión imposible de describir. Su conversación era rica, variada e inteligente; pero se
hallaba tan salpicada de alusiones a los muertos que se me podía perdonar que tuviera la
sensación de que mi interlocutor era uno de ellos. Hacía continuas referencias a
anécdotas de la historia; y como yo era un ignorante en ese aspecto, me encantaba
escucharle, ya que lo contaba todo con la fidelidad de un testigo ocular. Habló de la
Restauración en Inglaterra, y repitió, recordando puntualmente, el comentario de la
reina madre Enriqueta de Francia de que, de haber sabido la primera vez que llegó el
inglés lo que sabía en la segunda, jamás la habrían arrancado del trono; luego añadió,
para mi asombro, que se encontraba él junto a su carroza, la única que entonces existía
en Londres25. Más tarde habló de las espléndidas fiestas que daba Luis XIV, Y
describió, con una minuciosidad que me llenó de alarma, la suntuosa carroza en que el
monarca personificó al dios del día, mientras todos los alcahuetes y rameras de la corte
le seguían como la plebe del Olimpo. Después se refirió a la duquesa de Orleans,
hermana de Carlos II; al espantoso sermón del Père Bourdaloue26 pronunciado ante el
lecho mortal de la real belleza, muerta por envenenamiento (según se sospechó); y
añadió que había visto las rosas amontonadas en su tocador, destinadas a engalanarla
para una fiesta esa misma noche, y junto a ellas el píxide y los cirios y el óleo,
amortajadas en el encaje de ese mismo atavío. Luego pasó a Inglaterra; habló del
desventurado y justamente censurado orgullo de la esposa de Jacobo II, la cual
"consideró una vejación" sentarse a la mesa con un oficial irlandés que había
comentado a su esposo (entonces duque de York) que él había estado a la mesa como
oficial al servicio de Austria, cuando el padre de la duquesa (el duque de Módena) había
estado de pie, detrás de una silla, como vasallo del emperador de Alemania.
»Estas anécdotas eran insignificantes y podía contarlas cualquiera; pero había una
minuciosidad en los detalles que obligaba constantemente al pensamiento a aceptar la
idea de que había visto las cosas que describía, y que había conversado con los
personajes de los que hablaba. Yo le escuchaba con una mezcla de curiosidad y terror.
Por último, mientras refería un incidente trivia ocurrido en el reinado de Luis XIII,
empleó las siguientes palabras27: «Una noche en que el Rey estaba en una fiesta, en la
que se hallaba presente también el cardenal Richelieu, tuvo éste la insolencia de salir
precipitadamente de salón antes que su Majestad, justo cuando se anunció el coche del
Rey. El Rey sin manifestar la menor indignación ante la arrogancia del ministro, dijo
con mucha bonhommie: 'Su Eminencia el Cardenal siempre quiere ser el primero' 'El
primero en asistir a su Majestad', contestó el Cardenal con admirable y cortés presencia
de ánimo; y quitándole la antorcha a un paje que había a mi lado alumbró al Rey hasta
su carruaje". No pudieron por menos de sorprenderme las extraordinarias palabras que
se le habían escapado, y le pregunté:
25 He leído esto en alguna parte, aunque no lo creo. Beaumant y Fletcher hablan de carrozas; y Samuel
Bucler, en su Remains. incluso de carrozas acristaladas. (N. del A.)
2
6 Error de Maturin: en realidad el sermón lo pronunció Bossuet y no el jesuita Bourdaloue.
27 Esta circunstancia se recoge, creo, en Jewish Spy. (N. del A.) [En realidad, se trata de Letters Griten by
a Turkish Spy.]
161
»-¿Dónde estabas?
»Él me contestó de manera evasiva y, evitando el tema, siguió distrayéndome con otras
curiosas anécdotas de la historia privada de esa época, de la que hablaba con una
minuciosidad inquietante. Confieso que mi placer en escucharlas disminuía debido a la
extraña sensación que me inspiraban su presencia y su conversación. Cuando se
marchaba, lamentaba su ausencia; aunque no podía explicarme el extraordinario
sentimiento que me invadía durante sus visitas.
»Unos días después, iba a tener lugar mi segundo interrogatorio. La noche antes me
visitó uno de los oficiales. Estos hombres no son como los oficiales corrientes de una
prisión, sino que están respaldados en cierto modo por los altos poderes de la Inquisión;
y escuché con el debido respeto su notificación, sobre todo por transmitirla con más
énfasis y energía de lo que se podía esperar de un habitante de esta silenciosa mansión.
Esta circunstancia me hizo esperar algo extraordinario, y su discurso lo confirmó
cabalmente; mucho más de lo que yo calculaba. Me dijo con toda claridad que desde
hacía poco había cierta perturbación e inquietud en la Inquisición, cosa que jamás había
ocurrido. Su motivo era el rumor de que había una figura humana que se aparecía en las
celdas de algunos prisioneros, profiriendo palabras no sólo hostiles al catolicismo y a la
disciplina de la sagrada Inquisición, sino a la religión en general, a la creencia en un
Dios y en una vida en el más allá. Añadió que la más estrecha vigilancia de los oficiales,
en el potro, no había logrado sorprender a este ser en sus visitas a las celdas de los
prisioneros; que se habla doblado la guardia y se habían adoptado todas las
precauciones que la circunspección de la Inquisición podía emplear, sin resultado hasta
ahora; y que el único indicio que tenían de tan extraño visitante provenía de algunos
prisioneros en cuyas celdas había entrado, a los que había dirigido palabras que parecían
dichas por el enemigo de la humanidad para hundir en la perdición a estos infelices.
Hasta aquí, había evitado que le descubrieran; pero confiaba en que, con las medidas
recientemente adoptadas, le resultase imposible a este agente del mal seguir ofendiendo
y burlando más tiempo al sagrado tribunal. Me advinió que estuviese prevenido sobre
este punto, ya que indudablemente sería abordado en mi próximo interrogatorio, y quizá
con más apremio de lo que yo podía imaginar; y tras encomendarme a la sagrada
custodia de Dios, se marchó.
»No enteramente ignorante de la cuestión a que aludía esta extraordinaria
comunicación, pero inocente de cualquier ulterior significación en lo que a mí se refería,
esperé mi siguiente interrogatorio más con esperanza que temor. Tras las usuales
preguntas sobre por qué estaba allí, quién me había acusado, por qué delito, y si
recordaba alguna frase que hubiese hecho pensar en algún tipo de desconsideración
hacia la Santa Iglesia, etc., etc., con un detalle que el oyente perdonará si paso por alto,
me formularon determinadas cuestiones extraordinarias que parecían relacionadas de
algún modo con la aparición de mi anterior visitante. Les contesté con una sinceridad
que pareció impresionar hondamente a mis jueces. Declaré con toda claridad,
respondiendo a sus preguntas, que había aparecido una persona en mi calabozo.
»-Debes decir celda -dijo el Supremo.
»-Pues en mi celda. Habló con la mayor desenvoltura del Santo Oficio; profirió palabras
que no sería respetuoso por mi parte repetir. Me costaba trabajo creer que semejante
persona tuviera permiso para visitar los calabozos (las celdas, quiero decir) de la Santa
Inquisición.
»Al decir estas palabras, uno de los jueces, temblando en su asiento (mientras su
sombra, aumentada por la imperfecta luz, trazaba en el muro que yo tenía enfrente la
figura de un gigante paralítico), trató de dirigirme unas preguntas. Al hablar, brotó de su
garganta un ruido cavernoso, y sus ojos giraron en sus cuencas: sufrió un ataque de
162
apoplejía, y murió antes de que hubiese tiempo para trasladarle a otro aposento. El
interrogatorio se suspendió de repente, y con cierta confusión; pero al enviarme de
nuevo a mi celda, pude percibir, para consternación mía, que había causado en el ánimo
de los jueces una impresión de lo más desfavorable. Habían interpretado este accidente
fortuito de la manera más extraordinaria e injusta, y comprendí las consecuencias que
todo esto tendría en mi próximo interrogatorio.
»Esa noche recibí en mi celda la visita de uno de los jueces de la Inquisición, quien
conversó conmigo largamente, y de manera seria y desapasionada. Comentó la
impresión atroz y desagradable con que había llegado yo ante la Inquisición: la de un
monje apóstata, acusado del crimen de brujería en el convento y que en su impío intento
de escapar, había ocasionado la muerte de su hermano, al que había seducido para que
colaborara con él, sumiendo finalmente a una de las primeras familias en la
desesperación y la vergüenza. Aquí iba a replicar yo; pero me contuvo, y dijo que no
había venido a escuchar, sino a hablar; y siguió informándome de que, aunque había
sido absuelto del cargo de comunicación con el espíritu maligno en la visita del Obispo,
habían adquirido sorprendente fuerza ciertas sospechas acerca de mí, por el hecho de
que nunca se habían conocido en la prisión de la Inquisición las visitas del
extraordinario ser, de quien había oído lo suficiente como para convencerme de su
realidad, hasta mi entrada en ella. Que la conclusión clara y probable no podía ser sino
que yo era víctima del enemigo de la humanidad, a cuyo poder (merced al renuente
permiso de Dios y de santo Domingo; y se santiguó mientras lo decía) se consentía
vagar incluso a través de los muros del Santo Oficio. Me prevenía, en términos severos
y claros, contra el peligro de la situación en que me encontraba, por las sospechas que
universal y (según temía él) justamente despertaba; por último, me conminaba, si tenía
en algo mi salvación, a que depositara mi entera confianza en la misericordia del Santo
Oficio, y, si la figura me visitaba nuevamente, espiase lo que sus impuros labios
pudieran sugerir, y lo transmitiese fielmente al Santo Oficio.
»Cuando el inquisidor se hubo marchado, ref1exioné sobre lo que había dicho. Me
pareció que era como las conspiraciones que tan a menudo tienen lugar en el convento.
Pensé que quizá fuera un intento de involucrarme en alguna maquinación contra mí
mismo, algo que pudiera hacerme colaborar activamente en mi propia condenación...
Comprendí que necesitaba adoptar una atenta y cuidadosa prudencia. Yo sabía que era
inocente, y ésta es una conciencia que desafía incluso a la propia Inquisición; pero
dentro de los muros de la Inquisición, esa conciencia, y el desafío que inspira, son
inútiles por igual. Finalmente, resolví vigilar cualquier contingencia que ocurriese
dentro de mi propia celda, amenazado como estaba a la vez por los poderes de la
Inquisición y los del demonio infernal; pero no tuve que esperar mucho tiempo. A la
segunda noche de mi interrogatorio, vi entrar a este personaje en mi celda. Mi primer
impulso fue llamar a los oficiales de la Inquisición. Sentí una especie de vacilación,
imposible de describir, entre arrojarme en manos de la Inquisición o en las de este ser
extraordinario, más formidable quizá que todos los inquisidores de la tierra, desde
Madrid a Goa. Temía la impostura por ambas partes. Imaginaba que esgrimían el terror
frente al terror; no sabía qué creer ni qué pensar. Me sentía rodeado de enemigos, y
habría dado mi corazón al primero que hubiese arrojado la máscara y me hubiese
confesado que era mi decidido y declarado enemigo. Tras meditarlo un rato, consideré
que era mejor desconfiar de la Inquisición, y escuchar lo que este extraordinario
visitante tuviera que decir. En mi fuero interno le creía agente secreto de ellos: les hacía
una grave injusticia. Su conversación esta vez fue más entretenida de lo normal, aunque
desde luego tomó unos derroteros que justificaban las sospechas de los inquisidores. A
cada frase que pronunciaba, me daban ganas de levantarme de un salto y llamar a los
163
oficiales. Luego consideré que la acusación se volvería contra mí, y que me señalarían
como víctima de su condenación. Temblé ante la idea de entregarme yo mismo con una
palabra, con lo que los poderes de esta espantosa institución podrían sentenciarme a una
muerte por tortura, o peor aún, a una lenta y prolongada muerte por inanición, con todos
sus horrores: la mente famélica, el cuerpo desnutrido, el anonadamiento por efecto de
una interminable y desesperada soledad, la terrible inversión del sentimiento natural que
hace de la vida objeto de depreciación, y de la muerte, una indulgencia.
»El resultado fue que permanecí escuchando el discurso (si puedo llamarlo así) de este
extraordinario visitante que parecía considerar los muros de la Inquisición como si
fuesen paredes de un aposento doméstico, mientras él hablaba sentado junto a mí con la
misma tranquilidad que si estuviese en el más lujoso sofá que hayan mullido nunca los
dedos de la voluptuosidad. Yo tenía los sentidos tan aturdidos, y la mente tan
confundida, que apenas recuerdo su conversación. Parte de ella discurrió así:
»-Eres prisionero de la Inquisición. Evidentemente, el Santo Oficio se ha instituido con
fines discretos que están fuera de la capacidad de comprensión de pecadores como
nosotros; pero, hasta donde a mí se me alcanza, sus prisioneros no sólo son insensibles a
los beneficios que podrían derivarse de su vigilancia providente, sino vergonzosamente
desagradecidos respecto de esta labor. Como tú, que estás acusado de brujería y
fratricidio, así como de sumir en la desesperación con tu atroz desvarío a una familia
ilustre y afectuosa, y que ahora te encuentras afortunadamente exento de más violencias
contra la naturaleza, la religión y la sociedad debido a tu saludable reclusión en este
lugar; y tienes tan poca conciencia de estas bendiciones que tu mayor deseo es huir, en
vez de seguir disfrutando de ellas. En una palabra, estoy convencido de que el deseo
secreto de tu corazón (todavía no convertido, a pesar de la inmensa caridad que en ti
derrocha el Santo Oficio) no es en absoluto acrecentar el peso de tu agradecimiento a
ellos, sino, al contrario, disminuir lo más posible el agobio que sienten estas
beneméritas personas, dado que tu permanencia aquí contamina sus sagradas paredes,
abreviando tu estancia mucho más de lo que ellos tienen intención de retenerte. Tu
deseo es escapar de la prisión del Santo Oficio si es posible..., y sabes que lo es.
»No contesté una sola palabra. Sentí terror ante esta salvaje y brutal ironía; terror ante la
sola mención de escapar (y tenía razones fatales para ello); un terror indescriptible a
todos y cada uno de los que se acercaban a mí. Me imaginaba a mí mismo oscilando en
lo alto de una estrecha cresta montañosa, como una Al-araf, entre los abismos alternos
del espíritu infernal y la Inquisición (no menos temible) abiertos a cada lado de mi
insegura marcha. Apreté los labios; apenas dejé escapar el aliento.
»Mi interlocutor prosiguió:
»-Respecto a tu huida, aunque puedo prometértela (y eso es algo que ningún poder
humano te puede prometer), debes tener en cuenta la dificultad que entraña. ¿Te aterrará
esa dificultad, vacilarás?
»Continué callado; mi visitante interpretó, quizá este silencio como de duda, y
prosiguió:
»- Tal vez crees que tu permanencia aquí, en esta mazmorra de la Inquisición, te
garantiza infaliblemente la salvación. No existe error más absurdo y, no obstante, más
arraigado en el corazón humano, que el de creer que los sufrimientos favorecen la
salvación espiritual.
»Aquí me sentí seguro al replicar que sabía y confiaba en que mis sufrimientos serían
efectivamente aceptados como una parcial mitigación de mi bien merecido castigo en el
más allá. Reconocía mis muchos errores, me confesaba culpable de mis desventuras
como si hubiesen sido crímenes; y con la energía de mi pesar, unida a la inocencia de mi
corazón, me encomendé al Todopoderoso con una unción verdaderamente sentida;
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invoqué el nombre de Dios del Salvador, y de la Virgen, con la fervorosa súplica de mi
sincera devoción. Cuando abandoné mi postura arrodillada, mi visitante se había ido
[...].
»Se siguieron uno tras otro mis interrogatorios ante los jueces, con, una rapidez sin
precedentes en los anales de la Inquisición. ¡Ay! ¡Ojalá hubiera anales, ojalá hubiera
algo más que simples actas de un dla de abusos, opresión, falsedad y tortura! En mi
siguiente comparecencia ante los jueces, fui interrogado conforme a las normas usuales,
y luego me llevaron a hablar, mediante preguntas astutamente elaboradas (como si
hubiese necesidad de astucia para llevarme a ese terreno), del asunto del que tantas
ganas tenía yo de descargarme. En cuanto se mencionó el tema, comencé mi relato con
unos deseos de sinceridad que habrían dejado satisfecho a cualquiera menos a los
inquisidores. Informé que había tenido otra visita del ser desconocido. Repetí, con
precipitada y temblorosa ansiedad, cada una de las palabras de nuestra última
conversación. No suprimí ni una sílaba de sus insultos al Santo Oficio, de la cruel y
diabólica acritud de su sátira, de su confesado ateísmo, de lo demoníaco de su
conversación. Me extendí en cada pormenor, y esperaba hacer méritos ante la
Inquisición acusando a su enemigo y al de la humanidad. ¡Oh, es imposible describir el
celo angustioso con que nos afanamos entre dos enemigos mortales, esperando ganarnos
la amistad de uno de ellos! La Inquisición me había hecho sufrir mucho, pero en este
momento me habría prostemado ante los inquisidores, les habría pedido la plaza de
oficial más humilde de su prisión, habría suplicado que me concediesen el puesto
repugnante de verdugo, habría soportado lo que la Inquisición hubiese querido
infligirme, con tal que no se me considerase aliado del enemigo de las almas. Para mi
confusión, observé que cada palabra que decía, con toda la angustia de la verdad, con
toda la desesperada elocuencia del alma que lucha con los demonios que la arrastran
más allá de toda piedad, era desoída. Los jueces parecían efectivamente impresionados
por la franqueza con que hablaba. Por un momento, dieron una especie de crédito
instintivo a mis palabras, arrancadas por el terror; pero un momento después pude
darme cuenta de que era yo, no mi declaración, quien les impresionaba de aquella
manera. Parecían mirarme a través de una deformante atmósfera de misterio y de
sospecha. Me instaban una y otra vez a que les diera nuevos detalles, nuevos
pormenores, algo en fin que estaba en sus cerebros y no en el mío. Cuanto más trabajo
se tomaban en formular sus hábiles preguntas, más incomprensibles me resultaban éstas.
Yo les había dicho lo que sabía, estaba deseoso de contarlo todo, pero no podía decirles
más de lo que sabía; y la angustia de mi solicitud por conocer el objeto de los jueces se
agravaba en proporción a mi ignorancia de cuál podía ser. Al enviarme de nuevo a mi
celda, se me advirtió de la manera más solemne que si dejaba de vigilar, recordar y
comunicar cada una de las palabras pronunciadas por el extraordinario ser, cuyas visitas
reconocían tácitamente no poder impedir ni descubrir, podía esperar el mayor rigor del
Santo Oficio. Prometí todo esto y cuanto se me pidió; finalmente, como prueba última
de mi sinceridad, supliqué que se le permitiera a alguien pasar la noche en mi celda; o si
esto era contrario a las reglas de la Inquisición, que se apostara en el pasadizo que
comunicaba con mi celda un guardián con el que yo pudiera ponerme en contacto
mediante una señal convenida, caso de que este ser innominado se apareciese, pudiendo
así ser descubierta y castigada su impía intrusión de una vez por todas. Al hablar así, se
me concedía un privilegio de todo punto excepcional en la Inquisición, donde el
prisionero debe responder a preguntas, pero jamás hablar, a menos que se le exhorte a
ello. Mi propuesta, no obstante, dio lugar a cierta deliberación. Yal terminar, averigué
con horror que ninguno de los oficiales, ni aun bajo la disciplina de la Inquisición, se
encargaría de vigilar la puerta de mi celda.
165
»Regresé a ella, presa de una angustia indecible. Cuanto más me había esforzado en
librarme de sospechas, más me había enredado. Mi único recurso y consuelo estaba en
la determinación de obedecer estrictamente los requerimientos de la Inquisición. Me
mantuve diligentemente despierto, pero él no vino en toda la noche. Hacia el amanecer,
me dormí. ¡Oh, qué sueño tuve!, los genios o demonios del lugar parecieron
introducirse en la pesadilla que me atormentó. Estoy convencido de que ninguna
víctima del (pretendido) auto de fe ha sufrido más, durante su horrible procesión hasta
las llamas temporales y eternas, de lo que sufrí yo durante esa pesadilla. Soñé que había
concluido el juicio, que había sonado la campana, y que salíamos de la Inquisición;
había quedado demostrado mi crimen, y decidida mi sentencia como monje apóstata y
hereje diabólico. y comenzó la procesión: primero iban los dominicos, luego seguían los
penitentes con los brazos y pies desnudos, cada uno de ellos con un cirio, unos con el
sanbenito, otros sin él, pálidos todos, ojerosos, jadeantes, con sus caras espantosamente
parecidas al color terroso de sus brazos y sus piernas. A continuación, iban los que
tenían en sus negras vestiduras el fuego revolto28. Luego... me vi a mí mismo; y esa
horrible visión que tiene uno de sí mismo en sueños, ese acoso que sufres de tu mismo
espectro cuando aún estás con vida, es quizá una maldición casi equivalente a la de tus
crímenes visitándote en los castigos de la eternidad. Me vi vestido con el indumento del
condenado, con las llamas apuntando hacia arriba, mientras los demonios pintados en
mi ropa eran escarnecidos por los demonios que me cercaban los pies y revoloteaban en
torno a mis sienes. Los jesuitas, a uno Y otro lado, me instaban a que considerase la
diferencia entre este fuego pintado, y el que iba a envolver mi alma por toda la
eternidad. Las campanas de Madrid parecían resonar en mis oídos. No había luz, sino un
oscuro crepúsculo, como ocurre siempre en los sueños (ningún hombre ha soñado jamás
con la luz del sol); había un resplandor confuso y humeante de antorchas, cuyas llamas
no tardarían en arder en mis ojos. Vi la escena ante mí: yo encadenado en mi asiento, en
medio de tañidos de campanas, prédicas de jesuitas y gritos de la multitud. Un
espléndido anfiteatro se alzaba delante: el rey y la reina de España, y toda la nobleza y
jerarquía del país, estaban allí para presenciar nuestra quema. Nuestros pensamientos
vagan en los sueños; yo había oído contar un auto de fe en el que una joven judía no
mayor de dieciséis años, condenada a ser quemada viva, se había postrado ante la reina,
exclamando: "Salvadme, salvadme, no dejéis que me quemen; mi único crimen es creer
en el Dios de mis padres"; la reina (creo que era Isabel de Francia, esposa de Felipe Il)
lloró, pero siguió la procesión. Algo así ocurrió en mi sueño. Vi rechazado al suplicante;
a continuación, su figura era la de mi hermano Juan, que se agarraba a mí gritando:
"¡Sálvame, sálvame!" Un momento después, estaba yo encadenado otra vez a mi silla;
habían encendido las hogueras, tocaban las campanas, se oía el canto de las letanías, mis
pies abrasados se habían convertido en ceniza, mis músculos crujían, mi sangre y mis
tuétanos siseaban, mi carne se consumía como el cuero que se encoge; los huesos de
mis piernas eran dos palos negros, secos, inmóviles entre las llamas que ascendían y
prendían en mi pelo... las llamas me coronaban; mi cabeza era una bola de metal
fundido, mis ojos fulguraban y se derretían en sus cuencas; abrí la boca y bebí fuego; la
cerré, y noté el fuego dentro; las campanas seguían tocando y la muchedumbre gritaba,
y el rey y la reina y toda la nobleza y el clero miraban. ¡Y nosotros ardíamos y
ardíamos!... En el sueño, yo era un cuerpo y un alma de ceniza.
»Desperté con las horribles exclamaciones -eternamente proferidas aunque jamás oídas
por nadie de esos desdichados, cuando las llamas se elevan rápidamente, y me caí.
¡Misericordia, por amor de Dios! Me despertaron mis propios gritos: estaba en la
28 El “Fuego revocado” , indica que el criminal no va a ser quemado (N. del A.)
166
prisión, y junto a mí se hallaba el tentador. Con un impulso que no pude contener, un
impulso nacido de los horrores de mi su ño, me puse de pie y le supliqué que "me
salvara” .
»No sé, señor si es problema que pueda resolver el entendimiento humano, el de si tenía
o no este ser inescrutable poder para influir en mis sueños, y dictar a un demonio
tentador las imágenes que me habían arrojado a sus pies implorando la esperanza y
salvación. Fuera como fuese, lo cierto es que aprovechó mis agonías, medio quiméricas
medio reales; y mientras me aseguraba que podía llevar a efecto mi huida de la
Inquisición, me propuso esa incomunicable condición que me está prohibido revelar,
salvo en acto de confesión.»
Aquí Melmoth no pudo por menos de recordar la incomunicable condición que le fue
propuesta a Stanton en el manicomio... Se estremeció, pero no dijo nada. El español
prosiguió:
»-En el siguiente interrogatorio, las preguntas fueron más acuciantes y graves, y yo
estaba mucho más deseoso de que me escucharan que de que me preguntaran; así, pese
a la eterna circunspección y gravedad del interrogatorio inquisitorial, llegamos a
entendemos muy pronto. Yo tenía algo que ganar, y ellos nada que perder con que yo
ganase. Confesé sin vacilación que había recibido otra visita de este ser misteriosísimo,
el cual podía penetrar en lo más recóndito de la Inquisición sin su permiso ni
impedimento (los jueces temblaron en sus asientos al pronunciar yo estas palabras); que
yo estaba totalmente dispuesto a revelar cuanto habíamos abordado en nuestra última
conversación, pero que solicitaba primero confesar con un sacerdote y recibir la
absolución. Aunque esto era contrario a las reglas de la Inquisición, me lo concedieron
gracias a lo extraordinario del caso. Corrieron un negro cortinaje en uno de los rincones;
me arrodillé ante un sacerdote, y le confié el tremendo secreto que, de acuerdo con las
reglas de la Iglesia católica, no puede revelar el confesor más que al Papa. No entiendo
cómo se manejó el asunto, pero el caso es que se me pidió que repitiera la misma
confesión ante los inquisidores. La repetí, palabra por palabra, omitiendo solamente lo
que mi juramento y mi conciencia del sagrado secreto de la confesión me impedían
revelar. La sinceridad de esta confesión, pensé, obraría un milagro en mi favor. Y así
fue; aunque no el milagro que yo esperaba. Me requirieron para que revelase el secreto
incomunicable; les dije que estaba ya en el pecho del sacerdote con quien me había
confesado. Conferenciaron en voz baja, y deliberaron, al parecer, sobre la conveniencia
de aplicar tortura.
»A todo esto, como es de suponer, eché una mirada ansiosa y desamparada en torno al
aposento, donde el enorme crucifijo, de trece pies de alto, se alzaba por encima del
sillón del Supremo. En ese momento vi, sentada ante una mesa cubierta con negros
crespones, a una persona que hacía las veces de secretario o encargado de anotar las
deposiciones del acusado. Cuando me condujeron hasta esa mesa, dicha persona me
lanzó una mirada de reconocimiento: era mi temible compañero; ahora era oficial de la
Inquisición. Comprendí que todo estaba perdido al ver su ceño feroz y escrutador,
semejante al del tigre antes de saltar de su matorral, o el lobo de su madriguera. Este
individuo me lanzaba miradas de cuando en cuando, sobre cuyo significado no podía
equivocarme, aunque no me atrevía a interpretar; y tengo razones para creer que la
tremenda sentencia pronunciada contra mí salió, si no de sus labios, al menos de su
dictado:
»Tú, Alonso de Moncada, monje profeso en la orden de... acusado de los crímenes de
herejía, apostasía, fratricidio ("¡Oh, no, no!", grité, pero nadie me hizo caso) y
conspiración con el enemigo de la humanidad contra la paz de la comunidad en la que
ingresaste como devoto de Dios, y contra la autoridad del Santo Oficio; acusado,
167
además, de tener comunicación en tu celda de la prisión del Santo Oficio con un
mensajero infernal del enemigo de Dios, del hombre y de tu propia alma apostatada;
condenado, según tu propia confsión, por el espíritu infernal que ha tenido acceso a tu
celda, serás por ello relajado a...
»No oí nada más. Grité, pero mi voz fue sofocada por el murmullo de los oficiales. El
crucifijo colgado detrás del sillón del juez giró, vaciló ante mis ojos; la lámpara que
colgaba del techo pareció emitir veinte luces. Alcé las manos en señal de abjuración,
pero otras manos más fuertes me las bajaron. Traté de hablar, pero me taparon la boca.
Caí de rodillas; y estaban a punto de sacarme de allí de ese modo, cuando un inquisidor
de avanzada edad hizo una seña a los oficiales, me soltaron, y se dirigió a mí con estas
palabras, palabras terribles por la misma sinceridad del que hablaba. Por su edad, por su
súbita intervención, esperé misericordia. Era muy anciano, hacía veinte años que se
había quedado ciego, pero se levantó para maldecirme; mis pensamientos volaron de
Apio Claudio, de Roma (bendiciendo su ceguera, que le salvaba de presenciar la
vergüenza de su país), a este ciego, Inquisidor General de España, que afirmaba que
Felipe, al sacrificar a su hijo, imitaba al Todopoderoso, que había sacrificado a su Hijo
por la salvación de la humanidad. ¡Horrenda profanación, y asombrosa comparación, en
el corazón de un católico! Éstas fueron las palabras del Inquisidor:
»-Desdichado, apóstata y excomulgado, bendigo a Dios por haber secado estos ojos que
ya no pueden verte. El demonio te ha rondado desde tu nacimiento; naciste en el
pecado, los demonios mecieron tu cuna y hundieron sus garras en la sagrada pila
bautismal, mientras escarnecían a los padrinos de tu impío bautismo. Ilegítimo y
maldecido, fuiste siempre una carga para la Santa Iglesia. Y ahora, el espíritu infernal
viene a reclamar lo que es suyo, y tú le reconoces como tu dueño y señor. Te ha buscado
y te ha confirmado como su propiedad, incluso en la cárcel de la Inquisición. ¡Vete,
maldito, te relajamos al brazo secular, al que pedimos que no se muestre demasiado
severo contigo!
»A estas palabras, cuyo significado comprendí demasiado bien, dejé escapar un grito de
angustia: único sonido humano que ha sonado siempre entre los muros de la
Inquisición. Pero me sacaron de allí; y ese grito, en el que había puesto yo toda la fuerza
de la naturaleza, no fue escuchado sino como uno de los muchos que resuenan en la
cámara de tortura. Al regresar a mi celda, tuve el convencimiento de que todo era un
plan inquisitorial para implicarme en una autoacusación (su objetivo constante, que
siempre trata de conseguir), y castigarme por un crimen, cuando sólo era culpable de
haberme dejado arrancar una confesión.
»Con un arrepentimiento y una angustia indecibles, maldije mi torpe y crédula
estupidez. ¿Quién podía haber caído en semejante intriga sino un idiota, un necio? ¿Era
razonable creer que las prisiones de la Inquisición podían ser visitadas a voluntad por un
desconocido al que nadie podía ver ni apresar? ¿Que ese ser pudiese traspasar celdas
impenetrables al poder humano, y trabar conversación con los prisioneros a su antojo,
aparecer y desaparecer; insultar, ridiculizar y blasfemar; proponer fugas y sugerir los
medios con una precisión y facilidad que debían de ser resultado de sereno y profundo
cálculo, y todo entre los muros de la Inquisición, casi al alcance del oído de los jueces, y
en presencia de los guardianes que paseaban noche y día por los pasadizos con atenta e
inquisitorial vigilancia? ¡Era ridículo, monstruoso, imposible! No había sido sino un
complot para que yo mismo me condenara. Mi visitante era agente y cómplice de la
Inquisición, y yo era mi propio traidor y verdugo. Ésa fue mi conclusión; y aunque
demoledora, parecía la única probable.
»Ahora no me cabía esperar otra cosa que el más espantoso de los destinos, en medio de
la oscuridad y el silencio de mi celda, donde la total suspensión de las visitas del
168
desconocido confirmaba a todas horas mi convicción acerca de su naturaleza y objeto,
hasta que acaeció algo cuyas consecuencias desbarataron por igual el miedo, la
esperanza y las suposiciones. Me refiero al gran incendio que se declaró dentro de los
muros de la Inquisición, hacia finales del pasado siglo.
»La noche del 29 de noviembre de 17... fue cuando tuvo lugar tan extraordinario suceso;
extraordinario, dadas las conocidas precauciones que adopta la vigilancia del Santo
Oficio para evitar tales accidentes; y también por la escasa cantidad de combustible que
se consume en su interior. A la primera voz de que el fuego se propagaba rápidamente y
amenazaba peligro, se ordenó sacar a los prisioneros de sus celdas y que fueran
custodiados en un patio de la prisión. Debo reconocer que nos trataron con gran
humanidad y consideración. Nos sacaron de nuestras celdas con toda prudencia, cada
uno escoltado por dos guardianes que no nos infligieron violencia alguna ni nos trataron
con áspero lenguaje, sino que nos aseguraban a cada momento que si el peligro llegaba
a hacerse inminente, nos dejarían escapar. Componíamos una escena digna del lápiz de
Salvatore Rosa o de Murillo. Nuestra lamentable indumentaria y lúgubre aspecto
contrastaban con el igualmente sombrío aunque imponente y autoritario semblante de
los guardianes y oficiales, iluminados todos por la luz de las antorchas que ardían, o
parecían arder, cada vez más débilmente a medida que las llamas se elevaban y rugían
triunfales por encima de las torres de la Inquisición. El cielo se veía en llamas, y las
antorchas, sostenidas por manos ya no firmes, difundían una luz pálida y temblona. Se
me antojaba un impresionante cuadro del fin del mundo. Dios parecía descender en
medio de la luz que envolvía los cielos, mientras nosotros permanecíamos pálidos y
estremecidos en la luz de abajo.
»Entre el grupo de prisioneros había padres e hijos que quizá habían estado en celdas
contiguas durante años, ignorantes de su mutua vecindad... y que no se atrevían a
reconocerse el uno al otro. ¿No era, acaso, como el día del juicio, en el que semejantes
parientes mortales pueden encontrarse como distintas clases de ovejas y cabras, sin
atreverse a reconocer a la que han extraviado en el rebaño de un pastor diferente? Había
también padres e hijos que sí se reconocieron, y se tendían sus brazos escuálidos,
aunque comprendían que no se reunirían jamás, por estar condenados unos a la hoguera,
otros al encarcelamiento, y otros a los servicios de la Inquisición, como medio de
mitigar sus sentencias. ¿No era esto como en el día del juicio, en el que padre e hijo
reciben destinos diferentes, y los brazos que atestiguarían la última prueba de mortal
afecto se tienden en vano sobre el abismo de la eternidad? Detrás y alrededor de
nosotros se hallaban distribuidos los oficiales y guardianes de la Inquisición, vigilando y
calculando el avance de las llamas, aunque sin temor a las consecuencias respecto a sí
mismos. Tal debe ser el sentir de los espíritus que presencian la sentencia del
Todopoderoso, y saben cuál es el destino de aquellos a quienes deben vigilar. ¿Y no era
eso como en el día del juicio? Muy altas, muy por encima de nosotros, se elevaron las
llamas en voluminosas y sólidas masas de fuego, ascendiendo en volutas hacia los
cielos incendiados. Las torres de la Inquisición se derrumbaron carbonizadas: aquel
tremendo monumento del poder y el crimen y la tenebrosidad del espíritu humano se
deshizo como un pergamino entre las llamas. ¿No era eso, también, como en el día del
juicio? El auxilio llegó lentamente: los españoles son muy indolentes, los aparatos
funcionaban mal, el peligro crecía, el fuego se elevaba cada vez más; las personas que
manejaban los ingenios, paralizadas de terror, cayeron de rodillas y suplicaron a todos
los santos que fueron capaces de invocar que detuviesen el avance de las llamas. Sus
exclamaciones eran tan fuertes y llenas de convicción que no parecía sino que los santos
estaban sordos o se complacían en el incendio, dado que no les escuchaban. Fuera como
169
fuese, prosiguió el fuego. Todas las campanas de Madrid repicaban. Se impartieron
órdenes a cada alcaide. El propio rey de España (tras una agotadora jornada de caza29),
acudió en persona. Se iluminaron todas las iglesias, y miles de devotos rezaron de
rodillas, junto a sus antorchas o cualquier luz que pudieron procurarse, para que las
almas condenadas que había encerradas en la Inquisición pudieran sentir los fuegos que
consumían sus muros como una mera anticipación de esas otras llamas en las que
arderían por los siglos de los siglos. El fuego seguía su acción devastadora, haciendo el
mismo caso a los reyes y a los sacerdotes que a los bomberos. Estoy convencido de que
veinte hombres expertos, avezados en este trabajo, podían haber extinguido el incendio;
pero cuando nuestros hombres debían manejar sus ingenios, se pusieron todos de
rodillas.
»Por último, las llamas descendieron hacia el patio. Entonces empezó una escena de
indescriptible horror. Los infelices que habían sido condenados a la hoguera creyeron
que les había llegado la hora. Idiotizados por el largo encierro, y sumisos, según los
deseos del Santo Oficio, comenzaron a delirar al ver acercarse las llamas, gritando:
“Ahorradme dolor, hacedme sufrir lo menos posible". Otros, arrodillándose ante las
llamas, las invocaban como si fuesen santos. Creían contemplar las visiones que ellos
habían adorado, los ángeles celestiales y hasta la Santísima Virgen, descendiendo en
llamas para acoger sus almas cuando saliesen de la hoguera; y proferían aullidos de
aleluya mitad de horror, mitad de esperanza. En medio de esta escena de confusión, los
inquisidores conservaban su frialdad. Era admirable ver su actitud firme y solemne.
Mientras las llamas se propagaban, no les falló el pie, ni hicieron signo alguno con la
mano, ni parpadearon tampoco; su deber, su rígido e inhumano deber, parecía ser el
único principio y motivo de su existencia. Se asemejaban a una falange protegida de
impenetrable hierro. Cuando rugió el fuego, se santiguaron serenamente; cuando
gritaron los prisioneros, hicieron una seña imponiendo silencio; cuando se atrevieron a
rezar de rodillas, les levantaron a la fuerza, indicándoles la inutilidad de la oración en
trance semejante, cuando podían estar seguros de que las llamas a las que impetraban
serían aún más abrasadoras en aquella región de la que no había manera de escapar ni
esperanza de salir. Y entonces, estando entre el grupo de prisioneros, mis ojos se
quedaron estupefactos ante una extraordinaria visión. Puede que sea en esos momentos
de desesperación cuando más fuerza cobra la imaginación, y por ello son los que han
sufrido los que mejor pueden describir y sentir. Con el resplandor de las llamas, el
campanario de la iglesia de los dominicos se veía como si fuese mediodía. Estaba al
lado de la prisión de la Inquisición. La noche era intensamente oscura; pero tan fuerte
era la luz del incendio que podía verse brillar el chapitel, con el resplandor, como un
meteoro. Las manecillas del reloj eran tan visibles como si hubiesen colocado una
antorcha delante de ellas; y quizá ese mudo e imperturbable progreso del tiempo, en
medio de la tumultuosa confusión de los horrores de la noche, de esa escena de angustia
del mundo físico y mental en infructuosa e incesante agitación, habría impreso en mí
una honda y singular imagen, de no haber centrado toda mi atención en una figura
humana situada en uno de los pináculos del chapitel, la cual contemplaba la escena con
absoluta tranquilidad. Era una figura inequívoca: la del que me había visitado en las
celdas de la Inquisición. Las esperanzas de mi justificación me hicieron olvidarlo todo.
Llamé a los guardianes, les señalé la figura visible a todo el mundo por la intensa
claridad que reinaba. Nadie tuvo tiempo de verla, sin embargo, porque en ese
mismísimo instante cedió la arcada del patio que teníamos ante nosotros, y se derrumbó
a nuestros pies, derramando hacia nosotros un océano de llamas. Esto arrancó un alarido
29 Es bien conocida la pasión por los deportes campestres del difunto rey de España [se refiere a Carlos N,
muerto en 1819]. (N. del A.)
170
de todas las gargantas. Prisioneros, guardianes e inquisidores, todos retrocedieron en
aterrada confusión.
»Un instante después, al quedar sofocadas las llamas por el derrumbamiento de
semejante masa de piedras, se elevó una nube de humo y polvo tan cegadora que fue
imposible distinguir el rostro ni la figura de quienes estaban a nuestro lado. El tumulto
aumentó debido al contraste de esta súbita oscuridad, frente a la intolerable luz que
había estado quemándonos la vista durante la última hora, ya los gritos de los que
estaban junto a la arcada y ahora yacían mutilados y retorciéndose bajo los fragmentos.
En medio de los gritos y la oscuridad y las llamas, se abría un espacio ante mí. El
pensamiento y el impulso actuaron a la vez: nadie me vio, nadie me persiguió; y horas
antes de que se descubriese mi ausencia o se preguntase por mí, me había escabullido
secretamente entre los escombros, y estaba en las calles de Madrid.
»Para los que se han salvado de un peligro extremo, cualquier otro peligro parece banal.
Al desdichado que se salva nadando de un naufragio no le preocupa a qué costa es
arrojado; y aunque Madrid era para mí, de hecho, sólo una prisión más amplia que la
Inquisición, el saber que ya no estaba en manos de los oficiales me produjo una vaga
sensación de seguridad. De haberme parado a pensar un segundo, me habría dado
cuenta de que mi extraña indumentaria y mis pies descalzos me delatarían allá donde
fuera. La coyuntura, no obstante, fue muy favorable para mí: las calles estaban
totalmente desiertas; todo habitante que no estaba en la cama o enfermo se encontraba
en la iglesia suplicando a la ira del cielo, y pidiendo la extinción de las llamas.
»Seguí corriendo, sin saber hacia dónde, hasta que no pude más. El aire puro, que tanto
tiempo hacía que no respiraba, actuaba, mientras corría, como una mortificante
espiguilla en mi garganta y mis pulmones, y me impedía respirar, pese a que al principio
pareció reanimarme. Vi un edificio cerca cuyas grandes puertas estaban abiertas. Entré
precipitadamente: era una iglesia. Caí jadeante en el pavimento. Había entrado en la
nave lateral, separada del presbiterio por grandes rejas. En el interior, pude distinguir a
los sacerdotes en el altar, junto a las lámparas recién encendidas, y unos cuantos fieles
arrodillados. Había un gran contraste entre el resplandor de las lámparas del interior del
presbiterio, y la desmayada luz que se filtraba por los vitrales de la nave lateral,
alumbrando vagamente los túmulos, en uno de los cuales me había apoyado para
sosegar un instante el pulso de mis sienes. No podía, no me atrevía a descansar; así que
me levanté, eché una involuntaria mirada a la inscripción del túmulo. La luz pareció
aumentar maliciosamente, contribuyendo a que viera mejor. Leí: Orate pro anima. Y
llegué al nombre: "Juan de Moncada". Salí corriendo de aquel lugar como perseguido
por los demonios; la prematura tumba de mi hermano me había servido de lugar de
descanso.»
_
_________ __ _
Juravi lingua, mentem injuriatam, gero.
CICERON
Who brought your first acquaintance with the devil?
JAMES SHIRLEY, St. Patrick for Ireland
171
»Seguí corriendo sin aliento ni fuerzas (sin darme cuenta de que me hallaba en un
callejón oscuro), hasta que me detuvo una puerta. Fui a dar contra ella, la abrí con el
golpe, y me encontré en una habitación baja y oscura. Cuando me levanté, porque había
caído de bruces, miré a mi alrededor, y me pareció todo tan extraño que, por un
momento, quedaron en suspenso mi personal ansiedad y terror.
»Era un aposento muy pequeño; y me di cuenta, por los desgarrones, de que no sólo
había destrozado la puerta, sino también una gran cortina que colgaba delante de ella,
cuyos amplios pliegues aún podían ocultarme en caso de necesidad. No había nadie en
la habitación, y tuve tiempo de observar detenidamente su singular mobiliario.
»Había una mesa cubierta con un paño; encima vi una vasija de extraña forma y un
libro, cuyas páginas hojeé, aunque no logré entender una sola palabra. Deduje
razonablemente que debía de ser un libro de magia, y lo cerré con una sensación de
justificado horror (de hecho, era un ejemplar de la Biblia hebrea con puntuación
samaritana). Había también un cuchillo y un gallo atado a la pata de la mesa, cuyos
sonoros cacareos pregonaban su impaciencia por que le soltaran30.
»Todo este aparato me pareció bastante singular: parecían preparativos para un
sacrificio. Me estremecí, y me escondí tras los pliegues de la cortina de la puerta que
había desgarrado al caer. Una débil lámpara, suspendida del techo, me reveló todos
estos objetos, y me permitió presenciar lo que siguió casi inmediatamente. Un hombre
de mediana edad, pero de fisonomía bastante rara incluso para los ojos de un español,
dada la negrura de sus cejas, su nariz prominente y cierto fulgor en los ojos, entró en la
habitación, se arrodil1ó ante la mesa, besó el libro que había sobre ella y leyó en él unas
cuantas frases que debían preceder, imaginé, a algún horrible sacrificio: comprobó el
filo del cuchillo, se arrodilló otra vez, pronunció unas palabras que no entendí (ya que
eran en la lengua de aquel libro), y luego llamó a alguien con el nombre de Manassehben-
Salomón. Nadie respondió. Suspiró, se pasó la mano por los ojos con el gesto del
hombre que se pide perdón a sí mismo por un ligero olvido, y luego pronunció el
nombre de "Antonio". Entró al punto un joven, y contestó:
»-¿Me llamabais, padre?
»Pero mientras hablaba, lanzó una mirada vaga y ausente al singular mobiliario de la
habitación.
»- Te estaba llamando, hijo mío; ¿por qué no contesta?
»-No os oía, padre; es decir, creía que no era a mí a quien llamabais. Sólo he oído un
nombre por el que nunca me habéis llamado. Al decirme “Atonio", os he obedecido y he
venido.
»-Pues por ese nombre te llamarán y conocerán en el futuro, al menos yo, a no ser que
prefieras otro. Puedes escoger.
»-Padre, adoptaré el nombre que vos elijáis.
»-No; la elección de tu nuevo nombre ha de ser tuya: en adelante, habrás de adoptar el
nombre que has oído, u otro.
»-¿Qué otro, señor?
»- El de parricida.
30 «Quilibet postea paterfarnilias, cum gallo prae rnanibus, in medium primus prodit. [...]
»Deinde expiationem aggreditur et capiti suo ter gallum allidit, singulosque ictus his vocibus
prosequitur. Hic Gallus sit permutio pro me, etc. [...]
»Gallo deinde imponens manus, eum statim mactat, etc.»
Véase Buxtorf, tal como se cita en la obra del doctor Magee (obispo de Raphoe) sobre la redención. En su
Observer, Cumberland, creo, menciona el descubrimiento, que estaba reservado para la fiesta de la
Pascua. Es muy probable que se hiciese el día de la expiación. (N. del A)
172
»El joven se estremeció de horror, menos por las palabras que por la expresión que las
acompañó; y tras mirar a su padre un instante en una actitud de trémula y suplicante
interrogación, se echó a llorar. El padre aprovechó el momento. Cogió a su hijo por los
brazos: .
»-Hijo mío, yo te he dado la vida, y tú puedes corresponder a esta gracia; mi vida está
en tus manos. Crees que soy cató1ico: te he educado como tal para proteger nuestras
vidas, en un país donde la confesión de la verdadera fe significaría perderlas. Pertenezco
a esa raza desventurada, estigmatizada en todas partes, contra la que se habla, y de cuya
industria y talento depende, sin embargo, la mitad de las fuentes de prosperidad
nacional del desagradecido país que nos anatemiza. Soy judío, "israelita” : uno de esos a
quienes corresponde según confesión de un apóstol cristiano "la adopción y la gloria, y
las alianzas, y la entrega de la ley, y el servicio de Dios, y las promesas; de quienes son
los patriarcas y de quienes según la carne procede..." -aquí se detuvo; ya que no quería
continuar una cita que habría estado en contradicción con sus sentimientos; añadió-: El
Mesías vendrá, para sufrir o triunfar31. Soy judío. El día en que naciste te puse
Manasseh-ben-Salomón. Te seguí llamando por ese nombre, que desde entonces sentí
entrañablemente unido a mi corazón, y que, vibrando desde los abismos, casi esperaba
que hubieses reconocido. Era un sueño; pero ¿no quieres, hijo mío amantísimo,
convertir en realidad ese sueño? ¿No quieres? El Dios de tus padres te espera para
abrazarte... y tienes a tu padre a los pies, implorándote que sigas la fe del padre
Abraham, del profeta Moisés y de todos los santos profetas que están con Dios y que
observan en este instante las vacilaciones de tu alma entre las abominables idolatrías de
quienes no sólo adoran al hijo de un carpintero, sino que te obligan incluso a postrarte
impíamente ante la imagen de la mujer que es su madre, y a adorada con el nombre
blasfemo de Madre de Dios; y la voz pura de los que te exhortan a adorar al Dios de tus
padres, el Dios de los siglos, el eterno Dios de los cielos y la tierra, sin hijo ni madre,
sin descendencia (cómo ellos pretenden en su credo blasfemo), sin adoradores siquiera,
salvo aquellos que, como yo, le sacrifican en soledad el corazón, a riesgo de sentirlo
TRASPASADO POR SUS PROPIOS HIJOS.
»A estas palabras, el joven, vencido por lo que veía y oía, y desprevenido ante esta
súbita transición del catolicismo al judaísmo, se echó a llorar. El padre aprovechó el
momento:
»-Hijo mío, ahora tienes que declararte esclavo de estos idólatras, que son malditos para
la ley de Moisés y el mandato de Dios... o unirte a los fieles, que descansarán en el seno
de Abraham, y verán desde allí a los incrédulos arrastrándose entre las brasas del
infierno, suplicando en vano una gota de agua, como dicen las leyendas de su propio
profeta. Y ante tal escena, ¿no te llenará de orgullo negarles una gota?
»- Yo no les negaría una gota -sollozó el joven-, yo les daría estas lágrimas.
»-Resérvalas para la tumba de tu padre -añadió el judío-; porque es a la tumba a lo que
me condenas. He vivido, ahorrando, vigilando, contemporizando con esos malditos
idólatras, sólo por ti. Y ahora..., y ahora rechazas a Dios, que es el único capaz de
salvar, ya un padre que te implora de rodillas que aceptes esa salvación.
»-No, no -dijo el joven abrumado.
»-Entonces, ¿qué decides? Estoy a tus pies para saber tu decisión. Mira: los misteriosos
instrumentos de iniciación están preparados. Ahí está el libro incorrupto de Moisés,
profeta de Dios, como esos mismos idólatras reconocen. Ahí están todos los
preparativos para el año de expiación; decide ahora entre estos ritos que pueden
consagrarte al verdadero Dios, o agarrar a tu padre (que ha puesto su vida en tus
31 Los judíos, para conciliar las profecías con sus esperanzas, creen en dos Mesías, uno sufriente y otro
triunfante. (N. del A)
173
manos), y llevarle por el cuello a las prisiones de la Inquisición. Ahora puedes hacerlo...
si quieres.
»En postrada y trémula agonía, el padre alzaba sus manos entrelazadas hacia su hijo.
Aproveché el momento; la desesperación me había vuelto temerario. No comprendía ni
una sola palabra de lo que había dicho, salvo su alusión a la Inquisición. Me serví de
esta última palabra. Intentaría captarme el corazón del padre y del hijo. Salí de detrás de
la cortina, y exclamé:
»-Si él no os delata a la Inquisición, yo si.
»Caí a sus pies. Esta mezcla de desafío y postración, mi escuálida figura, mi hábito
inquisitorial y mi irrupción en este secreto y solemne encuentro, llenó al judío de tan
súbito horror que en vano boqueó para hablar, hasta que, levantándome de mi postura
arrodillada, en la que había caído por mi flojedad, añadí:
»-Sí, os delataré a la Inquisición, a menos que me prometáis al punto protegerme de
ella.
»El judío miró mi hábito, se dio cuenta de su peligro y el mío, y, con una presencia de
ánimo sin igual, salvo en un hombre sometido a fuertes impresiones de excitación
mental y peligro personal, hizo desaparecer todo vestigio del sacrificio expiatorio, así
como de mi atuendo inquisitorial, en cuestión de un segundo. A renglón seguido llamó a
Rebeca para que quitara las vasijas de la mesa; ordenó a Antonio que abandonara la
estancia, y sacó a toda prisa un vestido de un ropero reunido durante siglos; entretanto,
me arrancó mi indumentaria inquisitorial con una violencia que me dejó prácticamente
desnudo, y el hábito hecho jirones.
»Había algo a la vez pavoroso y grotesco en la escena que siguió. Rebeca, una vieja
judía, acudió a la llamada; pero al ver a una tercera persona, retrocedió aterrada,
mientras que su señor, en su atribulación, la llamaba por su nombre cristiano de María.
Obligado a retirar la mesa solo, la volcó, partiéndole una pata al desdichado animal que
estaba atado a ella, el cual, para no quedarse sin participar en el alboroto, lanzaba los
más agudos e intolerables chillidos; así que el judío, alzando el cuchillo sacrificador,
repitió atropelladamente:
»-Statim mactat gallum.
» Y libró definitivamente a la desventurada ave de todo dolor. Luego, temblando por la
clara confesión de su judaísmo, se sentó entre las ruinas de su volcada mesa, trozos de
vasijas rotas y restos del gallo sacrificado. Me observó con una mirada de petrificada y
grotesca estupefacción, y me preguntó con voz delirante por qué "mis señores los
inquisidores tienen a bien visitar mi humilde pero muy honrada casa". Yo no me
encontraba menos alterado de lo que estaba él; y aunque hablábamos la misma lengua y
nos veíamos obligados por las circunstancias a depositar la misma extraña y
desesperada confianza el uno en el otro, echamos en falta efectivamente, durante la
primera media hora, un intérprete de nuestras exclamaciones, sobresaltos de terror y
repentinas revelaciones. Por último, nuestro mutuo terror influyó favorablemente en
nosotros, y acabamos entendiéndonos. El resultado fue que, menos de una hora después,
me hallaba cómodamente vestido, sentado ante una copiosa mesa, vigilado por mi
involuntario anfitrión, y vigilándole yo a él, a mi vez, yendo mis ojos, rojos como los de
un lobo, de su mesa a su persona, como si, al menor indicio de traición por su parte,
fuera a cambiar yo de comida, y a saciar mi hambre en él. No había peligro; mi anfitrión
tenía más miedo de mí que yo de él, y por muchos motivos. Era un judío nato, un
impostor, un desdichado que, sacando su sustento del seno de nuestra madre Iglesia,
convertía su alimento en veneno, y trataba de inocularlo en los labios de su hijo. Yo no
era más que un fugitivo de la Inquisición: un prisionero que tenía una especie de
instintiva y perdonable aversión a causar a los inquisidores la molestia de encender para
174
mí una hoguera que estaría mucho mejor empleada si se destinase a un adicto a la ley de
Moisés. De hecho, consideradas las cosas objetivamente lo tenía todo a mi favor; y el
judío se comportaba como si lo comprendiese así también..., aunque yo atribuía todo
esto al terror que le inspiraba la Inquisición.
»Esa noche dormí... no sé cómo ni dónde. Tuve unas visiones extrañas antes de
dormirme, si es que me dormí; después, esas visiones, esas cosas, se convirtieron en
tremenda y rigurosa realidad ante mí. He buscado a menudo en mi memoria el recuerdo
de la primera noche que pasé bajo el techo del judío, pero no puedo encontrar nada;
nada, salvo la convicción de mi absoluta locura. Quizá no lo era, no lo sé. Recuerdo que
me alumbraba mientras subíamos por una estrecha escalera, y que le pregunté si
bajábamos a las mazmorras de la Inquisición; que abrió de golpe una puerta, y pregunté
si era la cámara de tortura; que trató de desvestirme, y exclamé: "No me amarréis
demasiado fuerte; sé que debo sufrir, pero tened misericordia"; que me arrojó a la
cama, mientras yo gritaba: "¿Por fin me habéis atado al potro?; pues estirad al
máximo, antes perderé el conocimiento; pero que no se acerque vuestro cirujano a
vigilar mi pulso; dejad que cese de latir, y dejad que cese yo de sufrir". No recuerdo
nada más en espacio de muchos días, por más que me esfuerzo y me vengan de vez en
cuando a la conciencia imágenes que sería mejor olvidar. ¡Ah, señor!, hay criminales de
la imaginación, a los que si pudiésemos encerrar en las oubliettes de su magnífica pero
mal cimentada fábrica, su señor reinaría más feliz. [...]
»Transcurrieron muchos días antes de que el judío empezase a darse cuenta : de que
había comprado algo cara su inmunidad, a lo que se añadía el mantenimiento de un
huésped.molesto y, me temo, perturbado. Aprovechó la primera oportunidad que le
brindó mi recuperación para hablarme de esto, y me preguntó suavemente qué me
proponía hacer y adónde pensaba ir. Esta pregunta me hizo ver por vez primera la
perspectiva de desesperada e interminable desolación que se abría ante mí: la
Inquisición había arrasado todo vestigio de vida como a sangre y fuego. No tenía lugar
adonde dirigirme, comida que poder ganar, mano que estrechar, saludo que devolver, ni
techo donde cobijarme en todo el ámbito de España.
»Sin duda ignoráis, señal; que el poder de la Inquisición, como el de la muerte, os
separa con su simple roce de todo parentesco mortal. En el instante en que te atrapa su
garra, se sueltan todas las manos humanas que sujetaban la tuya: dejas de tener padre,
madre, hermana o hijo. El más leal y afectuoso de los parientes, que en el curso natural
de la vida humana habría puesto las manos bajo tus pies para aliviarte la aspereza del
camino, sería el primero en traer la leña que te reduciría a cenizas si la Inquisición te
sentenciase. Yo sabía todo esto; y era consciente, además, de que aunque no hubiese
sido nunca prisionero de la Inquisición, habría sido un ser solitario, rechazado por mi
padre y mi madre, dado que era involuntario homicida de mi hermano, el único ser de la
tierra que me había querido, a quien yo podía haber amado, y el cual habría podido
ayudarme: ese ser que pareció cruzar fulgurante por mi breve existencia humana, para
iluminarla y abrasarla. El rayo había perecido con la víctima. En España me era
imposible vivir sin que me descubriesen, a menos que me encerrase en una cárcel tan
profunda y desesperada como la de la Inquisición. Y aun de obrarse un milagro que me
trasladase fuera de España, ignorante como era del idioma, costumbres y modos de
obtener el sustento de cualquier otro país, ¿cómo podría mantenerme aunque fuese un
solo día? El hambre más absoluta me miró a la cara; y me invadió un sentimiento de
degradación, acompañado de una conciencia de total y desolado desamparo, que fue el
más agudo dardo de la aljaba, cuyo contenido llevaba clavado en el corazón. A mis
propios ojos, mi importancia había disminuido al dejar de ser víctima de la persecución
que durante tanto tiempo había sufrido. Mientras consideren que vale la pena
175
atormentarnos, no dejamos de estar dotados de cierta dignidad; aunque dolorosa e
imaginaria. Incluso en la Inquisición, yo pertenecía a alguien: era vigilado y custodiado;
ahora era un proscrito en toda la tierra, y lloré con igual amargura y abatimiento, ante la
desesperanzada inmensidad del desierto que debía atravesar.
»El judío, impasible frente a estos sentimientos, salía a diario en busca de noticias; y
una noche regresó con tal euforia que fácilmente pude adivinar que se había asegurado
su propia inmunidad, si no la mía. Me comunicó que corría por Madrid el rumor de que
yo había perecido la noche del incendio en el derrumbamiento. Añadió que esta
hipótesis la reforzaba, además, el hecho de que los cuerpos de los que habían perecido
bajo las ruinas del arco estaban, al ser rescatados, tan desfigurados por el fuego y el
peso de los escombros que eran totalmente irreconocibles; se juntaron todos sus restos,
no obstante, y se suponía que los míos se encontraban entre ellos. Formaron una pira
con ellos; y sus cenizas, que ocuparon un solo ataúd32, fueron enterradas en la cripta de
la iglesia de los dominicos, mientras algunas de las primeras familias de España, con el
más profundo duelo y los rostros velados, testimoniaron su dolor en silencio por
aquellos ante quienes, de haber estado con vida, les habría estremecido reconocer su
parentesco mortal. Ciertamente, un montón de ceniza no era ya ni siquiera objeto de
hostilidad religiosa. Mi madre, añadió, se hallaba entre los dolientes, pero con un velo
tan largo y espeso, y tan poca servidumbre, que habría sido imposible reconocer a la
duquesa de Moncada, de no ser por el rumor de que se había impuesto ese aspecto por
penitencia. Añadió, cosa que me produjo la mayor satisfacción, que el Santo Oficio se
alegraba mucho de confirmar la historia de mi muerte; querían considerarme muerto, y
raramente se niega credibilidad en Madrid a lo que la Inquisición desea que se crea. Esta
certificación de mi muerte era para mí el mejor seguro de vida. El judío, llevado de la
exuberancia de su alegría, que le había henchido el corazón, si no su hospitalidad, me
informó, en cuanto me hube tragado mi pan y mi agua (porque mi estómago se negaba
todavía a digerir ningún alimento animal), que esa misma tarde iba a celebrarse una
procesión, que sería la más solemne y grandiosa de las celebradas en Madrid. El Santo
Oficio saldría con toda la pompa y plenitud de su magnificencia, acompañado por los
estandartes de santo Domingo y la cruz, mientras que las demás órdenes religiosas de
Madrid concurrirían con sus correspondientes insignias, escoltadas por una fuerte
guardia militar (cosa que, por alguna razón, se consideraba necesaria o apropiada); y
con la asistencia de todo el populacho de Madrid, concluiría en la iglesia principal,
como acto de humildad por la reciente catástrofe que había padecido, donde imploraría
a los santos que fuesen más activos personalmente, en caso de producirse otro incendio
en el futuro.
»Llegó la tarde; me dejó el judío. Y, dominado por un impulso a la vez inexplicable e
irresistible, subí al aposento más alto de la casa, y con el corazón palpitante, me dispuse
a esperar el repique de campanas que anunciaría el comienw de la ceremonia. No tuve
que esperar mucho rato. Cerca ya del crepúsculo, cada campanario de la ciudad vibró
con los repiques de sus bien dobladas campanas. Yo estaba en la parte más alta de la
casa. Sólo había una ventana; pero, ocultándome detrás de la persiana, que apartaba de
cuando en cuando, pude presenciar perfectamente el espectáculo. La casa del judío daba
a un espacio abierto por el que debía pasar la procesión; y se encontraba ahora tan
abarrotado que me pregunté cómo podría abrirse paso entre tan apretujada e
impenetrable masa de gente. Por último, percibí un movimiento como de una fuerza
32 Este extraordinario hecho tuvo lugar tras el espantoso fuego que consumió a dieciséis personas en una
casa, en Stephen's Green, Dublín, en 1816. El que lo escribe oyó los alaridos de los desventurados, a los
que le fue imposible salvar, durante hora y media. (N. del A.)
176
distante, la cual imprimía una vaga ondulación al inmenso gentío que oscilaba y se
oscurecía a mis pies como el océano bajo las primeras y lejanas agitaciones de la
tormenta.
»La multitud se movía y se agitaba en vaivenes, pero no parecía abrirse una sola
pulgada. La procesión comenzó. Pude ver cómo se acercaba la cabeza, señalada por el
crucifijo, el estandarte y los ciriales (pues habían retenido la procesión hasta última hora
para darle el imponente efecto de las antorchas). Y observé cómo la multitud, a gran
distancia, abría paso inmediatamente. Luego vino el flujo de la procesión, discurriendo
como un río grandioso entre dos riberas de cuerpos humanos, los cuales guardaban tan
regular y estricta distancia que parecían murallas de piedra, al tiempo que los
estandartes y crucifijos y cirios hacían el efecto de crestas de espuma de las olas,
elevándose unas veces y hundiéndose otras. Avanzaron al fin, y todo el esplendor de la
procesión irrumpió ante mis ojos, y nada me pareció más imponente y grandioso. Los
hábitos de los religiosos, el resplandor de los cirios en lucha con las últimas claridades,
que parecían decirle al cielo: "Nosotros tenemos un sol, aunque el tuyo se haya puesto";
la expresión solemne y decidida de los participantes, que marchaban como si lo hicieran
sobre cuerpos de reyes, y miraban como diciendo: "¿Qué es el cetro frente a la cruz?";
y el negro crucifijo, temblando detrás, escoltado por el estandarte de santo Domingo,
con su terrible inscripción, eran una visión capaz de convertir a todos los corazones, y
me alegré de ser católico. De repente se produjo un tumulto entre la multitud; al
principio, no sabía a qué se debía, puesto que todos parecían embargados de contento.
»Retiré la persiana y vi, a la luz de las antorchas, entre la multitud de oficiales que se
apiñaban alrededor del estandarte de santo Domingo, la figura de mi compañero. Su
historia era bien conocida de todos. Al principio se oyó un débil siseo, y luego un
rugido sofocado y violento. A continuación oí voces entre la muchedumbre, que repetía
de manera audible:
»-¿A qué viene esto? ¿Cómo se preguntan por qué se ha medio quemado la Inquisición,
por qué nos ha retirado la Virgen su protección y por qué los santos nos vuelven la
espalda? ¿Cuándo un parricida desfila con los oficiales de la Inquisición? ¿Son las
manos que degollaron a un padre las más apropiadas para sostener el signo de la cruz?
»Eso decían las voces, aunque al principio provenían de unos pocos; pero pronto se
propagó el rumor entre la muchedumbre, que le dirigió miradas feroces, y cerró y alzó
los puños, y algunos se agacharon a coger piedras. Siguió la procesión, empero, y cada
uno se arrodilló al paso del crucifijo, que llevaban en alto los sacerdotes. Sin embargo,
los murmullos aumentaron también, y las voces de "parricida, profanación y víctima”
se elevaron de todas partes, incluso entre los que se arrodillaban en el barro al paso de la
cruz. Luego el murmullo aumentó: ya no podía confundirse con los rezos y las
jaculatorias. Los sacerdotes de la cabeza se detuvieron con terror mal disimulado, y esto
fue como la señal para la terrible escena que iba a seguir. Un oficial de la guardia, en
ese momento, osó indicar al Inquisidor General el peligro que podía venir, pero fue
despachado con una corta y desabrida respuesta:
»-Seguid; los siervos de Cristo no tienen nada que temer.
»La procesión trató de reanudar la marcha, pero se lo impidió la multitud, que ahora
parecía abrigar algún funesto propósito. Arrojaron algunas piedras; pero en el momento
en que los sacerdotes alzaron sus crucifijos, la gente cayó de rodillas otra vez, con las
piedras en las manos. Los oficiales militares fueron de nuevo al Inquisidor General, y
solicitaron su permiso para dispersar a la multitud. Recibieron la misma severa y tajante
respuesta:
»-La cruz se basta sola para proteger a sus siervos; sean cuales sean vuestros temores,
yo no tengo ninguno.
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»Furioso por esta contestación, saltó un joven oficial sobre su caballo, del que se había
bajado por respeto mientras se dirigía a la Suprema, y allí mismo fue derribado de una
pedrada que le fracturó el cráneo. Volvió sus ensangrentados ojos hacia el Inquisidor, y
murió. La multitud profirió un tremendo rugido y se apretujó alrededor. Sus intenciones
eran ahora bien claras. Se arremolinó en torno al tramo de la procesión donde marchaba
su víctima. Una vez más, y en los términos más perentorios, suplicaron permiso los
oficiales para dispersar a la gente, o al menos para cubrir la retirada del odioso
individuo a alguna iglesia próxima, o incluso hasta los muros de la Inquisición. Y el
propio desdichado se sumó a esta súplica a grandes voces (ya que veía el peligro que se
cernía sobre él). La Suprema, aunque con el semblante pálido, no rebajó un ápice su
orgullo.
»-¡Éstas son mis armas! -exclamó, señalando los crucifijos-, y su inscripción es
___ _______. Prohíbo que se desenvaine una sola espada ni se cargue un solo mosquete.
Proseguid, en el nombre de Dios.
»E intentaron continuar; pero las apreturas lo hicieron imposible. La gente, sin la
contención de los oficiales, se desbordó; las cruces se tambalearon y oscilaron como
estandartes en una batalla; los religiosos, presa de confusión y terror, se apretaron unos
contra otros. En medio de este inmenso gentío, cada cambio de postura daba lugar a un
claro y ostensible movimiento que arrastraba a parte de la multitud, directamente, al
lugar donde se hallaba la víctima, aunque protegida por cuanto hay de formidable en la
tierra y de terrible en el reino espiritual: estaba protegido por la cruz y la espada...,
aunque temblaba en el fondo de su alma. La Suprema comprendió demasiado tarde su
error, y ordenó en voz alta a los militares que avanzaran y dispersasen a las turbas como
fuese. Trataron de obedecerle; pero ahora se encontraban mezclados entre la misma
gente. Había desaparecido todo orden. y además, desde el principio mismo parecía
haber una especie de desgana entre los militares para cumplir este servicio. Con todo,
trataron de cargar; pero sumergidos como estaban en el gentío, que se pegaba a las patas
de sus caballos, ni siquiera pudieron formar, y la primera rociada de piedras provocó en
ellos una total confusión. El peligro aumentaba por momentos, pues un solo espíritu
parecía animar ahora a la multitud entera. Lo que había sido el gruñido apagado de unos
cuantos se convirtió en este instante en un alarido audible de todos:
»-¡Entregádnoslo: tenemos que castigarle!
» Y se agitaban y rugían como miles de olas embistiendo contra un barco naufragado.
Al retirarse los militares, un centenar de sacerdotes rodearon al pobre desdichado y, con
generosa desesperación, se expusieron al furor de la multitud. Entretanto, la Suprema
avanzó decidido hacia el peligroso lugar y se situó al frente de los sacerdotes, con la
cruz en alto: su rostro era como el de un muerto, pero sus ojos no habían perdido una
sola chispa de su fuego, ni su voz una sola piedra de su orgullo. Fue inútil: la multitud
avanzó tranquilamente, incluso respetuosamente (ya que nada se le resistía), apartando
cuanto se interponía a su paso; al hacerlo, tenían todos los cuidados con las personas de
los sacerdotes, a los que se veían obligados a apartar, pidiendo perdón repetidamente
por la violencia de la que eran culpables. y esta tranquilidad de la venganza decidida fue
la señal más horrible de su inquebrantable decisión de no cejar hasta ver cumplido su
propósito. Rompieron el último anillo y vencieron la última resistencia. En medio de un
alarido como de miles de tigres, agarraron a la víctima y la sacaron a rastras, mientras se
aferraba ésta con ambas manos a los jirones de los hábitos de los que le habían rodeado
en vano, y los alzaba en la impotencia de su desesperación.
»Acallaron su rugido un momento, al sentirlo entre sus garras, y le miraron con ojos
ávidos. Luego volvieron a la carga, y comenzó el espectáculo de sangre. Lo arrojaron al
suelo, lo levantaron en vilo, lo lanzaron al aire, lo arrojaron de unas manos a otras como
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cornea un toro a los mastines que le ladran a derecha e izquierda. Ensangrentado,
destrozado, manchado de barro y magullado por las pedradas, se debatía y rugía entre
ellos, hasta que un grito poderoso anunció la esperanza de poner fin a esta escena a la
vez horrible para la humanidad y vergonzosa para la civilización. Los militares,
fuertemente reforzados, llegaron al galope, y los religiosos, con los hábitos desgarrados
y los crucifijos rotos, detrás: todos corrían atribulados a causa de la naturaleza humana,
todos deseosos de evitar esta baja y bárbara ignominia para el nombre de la cristiandad
y de la naturaleza humana.
»-¡Ah!, pero la intervención sólo sirvió para precipitar la horrible catástrofe. Entonces
hubo menos espacio para que la multitud llevara a cabo su furioso propósito. Vi,
comprendí, aunque no me es posible describir, los últimos instantes de esta escena
horrible. Tras arrastrarlo por el barro y las piedras, arrojaron un mutilado amasijo de
carne contra la puerta de la casa donde yo estaba. Con la lengua asomando de su boca
lacerada como de toro acosado; con un ojo fuera de su órbita y colgando de su
ensangrentada mejilla; con los miembros fracturados y una herida en cada poro, seguía
suplicando que le perdonasen "¡la vida... la vida... la vida... por piedad!", hasta que una
piedra lanzada por alguna mano misericordiosa le derribó. Cayó y, acto seguido, fue
pisoteado en el barro sanguinolento y desteñido por miles de pies. Llegó la caballería y
cargó con furia. La multitud, saturada de crueldad y de sangre, le dejó paso en torvo
silencio. Pero a la víctima no le habían dejado una articulación de dedo meñique, ni un
pelo de la cabeza, ni una tira de su piel. De haber hipotecado España todas sus reliquias
de Madrid a Montserrat, de los Pirineos a Gibraltar, no habría podido recobrar ni el
corte de una uña para canonizar. El oficial que mandaba la tropa hincó los cascos de su
caballo sobre una masa sanguinolenta e informe, y preguntó:
»-¿Dónde está la víctima?
»-Bajo las patas de vuestro caballo -le respondieron, y se marcharon33.
»El caso, señor, es que mientras presenciaba esta horrible ejecución, experimenté todos
los síntomas que vulgarmente se atribuyen a la fascinación. Me estremecí al primer
movimiento, al sordo y profundo murmullo de la multitud. Y dejé escapar un grito
involuntario cuando iniciaron el movimiento decisivo; pero cuando finalmente arrojaron
la informe carroña humana contra la puerta, repetí los gritos salvajes de la multitud con
una especie de instinto salvaje. Entrelacé mis manos, las apreté fuertemente durante un
momento... y luego repetí como un eco los alaridos de este ser que parecía no tener vida
ya, pero que aún era capaz de gritar; y grité enloquecido, suplicando que le perdonasen
la vida... la vida... ¡por piedad! Un rostro se volvió hacia mí al oírme dar aquellos
chillidos inconscientes. Clavó su mirada un instante en mí, y la apartó a continuación.
El fulgor familiar de sus ojos no me causó en ese momento ninguna impresión. Mi
existencia era tan puramente maquinal que, sin la menor conciencia de mi propio
peligro (escasamente menor que el de la víctima, de haber sido descubierto), seguí
profiriendo grito tras grito, y alarido tras alarido, ofreciendo mentalmente un mundo a
cambio de poder alejarme de la ventana, y notando sin embargo como si cada grito que
profería fuese un clavo que me afianzara a ella; cerrando los párpados, y sintiendo como
si una mano me forzara a tenerlos abiertos, o me los cortara, obligándome a mirar
cuanto sucedía abajo, como obligaron a Régulo a mirar el sol con los párpados
arrancados hasta que le secó los ojos... Así estuve, hasta que el sentido y la vista y el
alma escaparon de mí, y caí, agarrándome a la reja de la ventana, imitando, en mi
33 Este hecho sucedió en Irlanda en 1797, tras la muerte del infortunado doctor Hamilton. Al preguntar el
oficial qué era aquel montón informe de barro que había a los pies de su caballo, le conestaron: "El
hombre que buscáis”. (N. del A.)
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horrible trance, los gritos de la multitud y los aullidos del desventurado34. Por un
momento, creí de veras que era yo la víctima de su crueldad. El drama de terror tiene un
poder irresistible para convertir a su auditorio en víctima.
»El judío había permanecido alejado del tumulto de la noche. Supongo que debió de
decirse a sí mismo, con palabras de vuestro admirable poeta:
¡Oh, padre Abraham, qué cristianos son éstos!
Pero cuando regresó, a hora tardía, se quedó horrorizado ante el estado en que me
encontró. Deliraba, desvariaba, y todo cuanto dijo o hizo para tranquilizarme fue inútil.
Mi imaginación había quedado tremendamente impresionada, y la consternación del
pobre judío era, según me dijeron, grotesca y patética. Dominado por el terror, olvidó la
formalidad técnica de designar con nombres cristianos a los miembros de su casa desde
que se instalara en Madrid. Llamaba a voces a su hijo por el nombre de Manasseh-ben-
Salomón y a su criada por el de Rebeca, para que le ayudasen a sujetarme.
»-¡Oh, padre Abraham, mi ruina es segura!, este maníaco lo descubrirá todo, y
Manasseh-ben-Salomón, mi hijo, morirá sin haber sido circuncidado.
»Estas palabras disiparon mi delirio; me levanté de un salto y, agarrando al judío por el
cuello, le dije que le acusaría ante la Inquisición. El aterrado infeliz, cayendo de
rodillas, vociferó:
»-¡Dios mío, Dios mío, Dios mío! ¡Oh, estoy perdido! -luego, abrazándose a mis
rodillas, prosiguió-: Yo no soy judío; mi hijo Manasseh-ben- Salomón, es cristiano; no
le traicionaréis, no me traicionaréis a mí, que os he salvado la vida. Manasseh, digo
Antonio, y Rebeca, no, María, me han ayudado a salvaros. ¡Oh, Dios de Abraham, mi
gallo, y mi sacrificio de expiación; y este maníaco que ha irrumpido en la intimidad de
nuestra casa para rasgar el velo del tabernáculo!
»-Cerrad el tabernáculo -dijo Rebeca, la vieja criada que he mencionado antes-: cerrad
el tabernáculo y cubridlo con los velos, porque ahí fuera hay unos hombres que llaman a
la puerta; hombres que más parecen hijos de Belial, y aporrean con bastones y piedras;
y, en verdad, a punto están de echarla abajo, y de destrozar sus molduras con hachas y
martillos.
»-Mientes -dijo el judío presa de gra turbación-, la puerta no tiene molduras, ni se
atreverán a derribarla con hachas y martillos; quizá es sólo un ataque de los hijos de
Belial, en medio d su embriaguez y desenfreno. Ve, Rebeca; vigila la puerta y no dejes
entrar a sos hijos de Belial, ni tampoco a los hijos de los poderosos de esta pecado
ciudad de Madrid, mientras yo me libro de esta blasfema carroña que forcejea conmigo;
que forcejea condenadamente.
»En efecto, forcejeaba con violencia. Pero en tanto nos debatíamos, los golpes de la
puerta se hicieron más sonoros y fuertes; y mientras me rechazaba, el judío siguió
repitiendo:
»-Plántales cara, Rebeca; sé como una roca.
34 En el año 1803, cuando la insurrección de Emmett que estalló en Dublín (hecho del cual está sacado
este relato, que me fue contado por un testigo presencial), lord Kilwarden, al cruzar Thomas Street, fue
sacado de su coche y asesinado de la más horrible manera. Pica tras pica traspasaron su cuerpo, hasta que
por último lo clavaron en una puerta, de modo que él mismo clamaba a sus asesinos «que le matasen para
ahorrarle sufrimientos». En ese momento, un zapatero que vivía en la buhardilla de una casa de enfrente
se asomó a la ventana atraído por los horribles gritos que oía. Estuvo en la ventana, boqueando de horror,
mientras su mujer trataba inútilmente de apartarle de allí. Vio cómo le asestaban el último golpe, oyó el
último gemido, cuando dijo la víctima: «Matadme de una vez», al tiempo que sesenta picas se clavaban
en él. El hombre permaneció en la ventana como si lo hubiesen clavado en ella, y cuando le arrancaron de
allí, había perdido el juicio... para siempre. (N. del A.)
180
»Cuando Rebeca vio que se retiraba, exclamó:
»-Mejor será que les plante espalda, porque de nada sirve ya mi cara. Mi espalda es lo
que voy a oponerles, y les resistiré.
»-¡Por favor, Rebeca! -exclamó el judío-, opónles la CARA; así es como probablemente
les vencerás. No trates de oponerte a ellos de espaldas, sino enfréntate de cara. y mira: si
son hombres, aunque fuesen mil, en cuanto increpes al primero, huirán. Te ruego una
vez más, Rebeca, que te enfrentes a ellos de cara, mientras yo echo al monte a este
chivo expiatorio. Sin duda, tu cara bastaría para alejar a los que llamaron de noche a la
puerta de aquella casa de Gibeah, en el caso de la mujer del benjaminita.
»Entretanto, los golpes iban en aumento.
»-Mirad que tengo la espalda quebrada -exclamó Rebeca, renunciando a su vigilancia-;
pues, verdaderamente, las armas de los poderosos sacuden dinteles y jambas; y no tengo
brazos de acero, ni costillas de hierro, y ved que desfallezco... sí, desfallezco, y caigo de
espaldas, en manos de incircuncisos.
»Y diciendo esto, cayó de espaldas al ceder la puerta, aunque no, como temía, en manos
de incircuncisos, sino en las de dos congéneres, quienes al parecer tenían alguna
extraordinaria razón para hacer tan tardía visita y violenta entrada.
»El judío, al saber quiénes eran, me dejó, tras cerrar la puena con llave, y permaneció en
vela la mayor pane de la noche, en grave conferencia con sus visitantes. Fuera cual
fuese el tema de su conversación, dejó huellas de la más intensa ansiedad en el
semblante del judío a la mañana siguiente. Salió temprano, no regresó hasta muy tarde,
y entró apresuradamente al aposento que yo ocupaba, mostrándose muy complacido al
encontrarme sosegado y en mi sano juicio. Mandó colocar velas en la mesa, ordenó a
Rebeca que se retirara, cerró la puerta y, tras dar varias vueltas inquieto por el estrecho
aposento y aclararse repetidamente la garganta, se sentó al fin, dispuesto a confiarme la
causa de su turbación, en la que, con la fatal conciencia del infeliz, empezaba yo a
comprender que tenía parte. Me dijo que, aunque la noticia de mi muerte, tan
completamente aceptada en todo Madrid, le había tranquilizado el ánimo, corría ahora
un insensato rumor que, pese a lo falso e imposible que era, podía traer, al difundirse,
las más graves consecuencias para nosotros. Me preguntó si había sido yo tan
imprudente como para exponerme a que me vieran el día de la horrible ejecución; y
cuando le confesé que me había asomado a la ventana, y que involuntariamente había
proferido gritos que, temía yo, podían haber llegado a oídos de alguien, se retorció las
manos, y un sudor de consternación bañó su pálido semblante. Cuando se recobró, me
dijo que era creencia general que se había aparecido mi espectro en esa terrible ocasión,
que me habían visto vagar por los aires, acudiendo a presenciar los sufrimientos del
desdichado moribundo, y que habían oído mi voz enviándole a su eterna condenación.
Añadió que esta historia, que poseía toda la credibilidad de la superstición, andaba
repitiéndose de boca en boca; y por desechable que se considerase este absurdo,
irremisiblemente daría lugar a una atenta vigilancia y una constante dedicación por parte
del Santo Oficio, y podía conducir finalmente a mi descubrimiento. Así que iba a
revelarme un secreto, con cuyo conocimiento podía seguir gozando de completa
seguridad, incluso en el centro de Madrid, hasta tanto ideara la forma de llevar a cabo
mi huida y contara con medios de subsistencia en algún país protestante, fuera del
alcance de la Inquisición.
»Cuando estaba a punto de revelarme el secreto, del que dependía la seguridad de
ambos, y permanecía yo atento en muda agonía, se oyó un golpe en la puerta, muy
distinto de las llamadas de la noche anterior. Fue una llamada simple, solemne,
autoritaria, seguida de una orden de abrir la casa, en nombre de la más Sagrada
Inquisición. A estas terribles palabras, el desdichado judío cayó de rodillas, apagó las
181
velas, invocó el nombre de los doce patriarcas, y se echó sobre el brazo un gran rosario
en menos tiempo del que es posible imaginar que la humana estructura ejecute tal
diversidad de movimientos. Repitieron la llamada; yo estaba paralizado. Pero el judío,
poniéndose en pie de un salto, levantó en un segundo una tabla del suelo y, con un
movimiento entre convulsivo e instintivo, me indicó que bajara. Así lo hice, y en un
instante me encontré a oscuras y a salvo.
»Había descendido unos cuantos escalones, y me había detenido temblando en el
último, cuando los oficiales de la Inquisición entraron en el aposento, pisando la misma
tabla bajo la cual me ocultaba. Pude oír cada palabra que intercambiaron.
»-Don Fernán -dijo un oficial al judío, el cual había entrado con ellos tras abrir
respetuosamente la puerta-, ¿por qué habéis tardado en abrir?
»-Santo padre -dijo el tembloroso judío-; mi única criada, María, es vieja y sorda; mi
hijo, un niño, está en la cama, y yo me hallaba entregado a mis devociones.
»-Parece que cumplís con ellas a oscuras -dijo otro, señalando las velas que el judío
estaba encendiendo nuevamente.
»-Cuando los ojos de Dios se vuelven hacia mí, reverendísimos padres, jamás estoy a
oscuras.
»-Los ojos de Dios están siempre puestos en vos -dijo el oficial, sentándose
austeramente-, y otros también, en los cuales ha delegado Él la atenta vigilancia y la
irresistible penetración de los suyos propios: los del Santo Oficio. Don Fernán de Núñez
-nombre por el que atendía el judío-, no ignoráis la indulgencia que la Iglesia concede a
los que renuncian a los errores de esa maldita y herética raza de la que descendéis; pero
debéis saber igualmente la incesante vigilancia que mantiene sobre tales individuos
dada la sospecha que necesariamente despierta su dudosa conversión, y su posible
reincidencia. Sabemos que corría negra sangre en Granada por las venas emponzoñadas
de vuestros mayores, y que sólo han transcurrido cuatro siglos desde que vuestros
antepasados pisotearon esa cruz ante la cual os arrodilláis ahora. Sois anciano, don
Fernán; pero no cristiano viejo, y en esas circunstancias, incumbe al Santo Oficio
ejecutar una atenta vigilancia de vuestra conducta.
»El desventurado judío, invocando a todos los santos, declaró que consideraba la más
estricta vigilancia con que tuviese el Santo Oficio a bien honrarle como un favor y un
motivo de agradecimiento, renunciando al mismo tiempo al credo de su raza con
términos tan exagerados y vehementes que me hizo dudar de la sinceridad de cualquier
creencia suya, y de su fidelidad a mí. Los oficiales de la Inquisición, sin hacer el menor
caso de sus protestas, siguieron informándole del objeto de su visita. Manifestaron que
una historia disparatada e increíble sobre que se había visto vagar por los aires, cerca de
su casa, el espectro de un prisionero muerto de la Inquisición, había sugerido a la
prudencia del Santo Oficio la idea de que tal individuo estuviese con vida y oculto entre
sus muros.
»No podía ver yo el nerviosismo del judío, pero noté que la vibración de las tablas sobre
las que se hallaba se transmitía a los escalones donde me había detenido. Con voz
trémula y estrangulada, suplicó a los oficiales que registrasen cada aposento de la casa,
y la arrasaran y le enterrasen a él bajo sus escombros si encontraban algo en ella que un
devoto hijo de la Iglesia no debiera albergar.
»-Eso es lo que sin duda vamos a hacer -dijo el oficial, tomándole la palabra con la
mayor sang froid-; pero entretanto, permitid que os prevenga, don Fernán, del peligro
en que incurriríais si, en el futuro, por remoto que sea, se descubre que albergasteis o
ayudasteis a ocultarse a un prisionero de la Inquisición y enemigo de la Iglesia: la
primera y más ligera parte de ese castigo será el arrasamiento de vuestra casa -el
inquisidor alzó la voz y, haciendo una pausa con enfática deliberación entre frase y
182
frase, como midiendo el efecto de sus golpes en el creciente terror de su oyente, dijo-:
Seréis conducido a nuestra prisión, bajo sospecha de judío relapso. Vuestro hijo será
confiado a un convento para apartarle de la pestilente influencia de vuestra presencia, y
toda vuestra propiedad será confiscada, hasta la última piedra de vuestros muros, hasta
la última prenda de vuestra persona y el último denario de vuestra bolsa.
»El pobre judío, que había manifestado la gradación de su miedo con gemidos más
audibles y prolongados al final de cada frase acusadora, ante la mención de una
confiscación tan total y desoladora, perdió todo dominio de sí, y profiriendo: «¡Oh,
padre Abraham y todos los santos profetas!», cayó, según deduje por el ruido, de
rodillas en el suelo. Me di por perdido. Vencido por su pusilanimidad, las palabras que
profirió bastaron para traicionarse ante los oficiales de la Inquisición; y sin vacilar un
momento entre el peligro de caer en manos de ellos y sumergirme en la oscuridad del
escondrijo al que había descendido, bajé los pocos escalones que quedaban y traté de
llegar a tientas a un pasadizo en el que parecía terminar.
_
_
__________ ___ _
There sat a spirit in the vault,
In shape, in hue, in lineaments, like life.
SOUTHEY, Thalaba the Desstroyer.
»Estoy convencido de que, aunque el pasadizo hubiese sido tan largo e intrincado como
el mayor recorrido por los arqueólogos al descubrir la tumba de Keops en las pirámides,
me habría precipitado en él cegado por mi desesperación, hasta que el hambre o el
agotamiento me hubiesen obligado a detenerme. Pero no iba a enfrentarme con ese
peligro: el suelo del pasadizo era regular y los muros estaban revocados; y aunque
avanzaba a oscuras, caminaba seguro; y con tal que mis pasos me alejaran de la
persecución o el descubrimiento por parte de la Inquisición, me importaba bien poco
cómo podía terminar.
»En medio de esta transitoria magnanimidad de la desesperación, de este estado de
ánimo que une los extremos del valor y la cobardía, vi una débil luz. Débil pero
discernible: se trataba claramente de una luz. ¡Dios mío! ¡Qué sobresalto provocó en mi
sangre y mi corazón, en todas mis sensaciones físicas y mentales, este sol de mi mundo
de tinieblas! Me atrevería a decir que mi carrera en esa dirección aumentó en proporción
ciento por uno, comparada con el lento avance anterior en la oscuridad. Al acercarme,
descubrí que la luz se filtraba a través de las anchas grietas de una puerta que,
descoyuntada por las humedades subterráneas, me permitió ver el aposento del otro lado
como si me la hubiese abieno su morador. A través de una de estas grietas, ante la que
me había arrodillado con una mezcla de agotamiento y curiosidad, pude inspeccionar
todo el interior.
»Era una habitación amplia en cuyas paredes colgaban oscuros paños hasta unos cuatro
pies del suelo, y esta parte descubierta se hallaba espesamente forrada, sin duda para
evitar la humedad. En el centro de la estancia había una mesa cubierta con un paño
negro; sobre ella se veía una lámpara de hierro de una forma antigua y singular, cuya
luz me había orientado, y ahora me permitía observar los distintos objetos que parecían
de lo más extraordinarios. Entre los mapas y los globos había verios instrumentos cuya
aplicación no me permitió entonces averiguar mi ignorancia: algunos, según supe
183
después, eran anatómicos; había una máquina productora de electricidad, y un curioso
modelo de potro de tormento tallado en marfil; había pocos libros y varios rollos de
pergamino escritos en grandes caracteres con tinta roja y ocre; y alrededor del aposento
había cuatro esqueletos montados cada uno, no en una caja, sino en una especie de ataúd
de pie, lo que daba a los huesos una especie de realce imperioso y horrible, como si
fuesen los auténticos y legítimos moradores de esta habitación singular. Diseminados
entre ellos, había animales disecados cuyos nombres me eran desconocidos, un
cocodrilo, unos huesos gigantescos que me parecieron de Sansón, pero que resultaron
ser restos de un mamut, y unas astas de venado que en mi terror tomé por las del diablo,
aunque más tarde supe que eran de alce. Luego vi unas figuras más pequefias, aunque
no menos horribles: abortos humanos y animales, en todos sus grados de constitución
anómala y deforme, no conservados en alcohol, sino de pie, en la horrible desnudez de
sus huesos minúsculos; se me antojaron duendes auxiliares de alguna ceremonia
infernal que el gran brujo, que ahora apareció en mi campo visual, debía presidir.
»En un extremo de la mesa estaba sentado un anciano, vestido con una túnica larga;
tenía la cabeza cubierta con un bonete de terciopelo negro con ancho borde de piel; sus
lentes eran de tal tamaño que casi le ocultaban el rostro, y se hallaba inclinado sobre
unos rollos de pergamino que pasaba con mano anhelante y temblorosa; luego cogió un
cráneo que había sobre la mesa y, sosteniéndolo con dedos escasamente menos
huesudos y no menos amarillos, pareció apostrofarlo de la más grave manera. Todos
mis temores personales se disiparon ante la idea de que era testigo involuntario de
alguna orgía infernal. Aún me encontraba de rodillas junto a la puerta, cuando mi
aliento, largo rato contenido, brotó en forma de gemido, el cual llegó a la figura sentada
junto a la mesa. Una alerta habitual suplía en el hombre que me oyó todos los defectos
de la edad. En lo que me pareció un instante, se abrió la puerta, un brazo poderoso,
aunque arrugado por los años, agarró el mío, y me sentí como entre las garras de un
demonio.
»Cerró la puerta y echó la llave. La terrible figura se hallaba de pie, encima de mí (ya
que yo había caído al suelo), y tronó:
»-¿Quién eres tú, y por qué estás aquí?
»No supe qué contestar, y miré con fija y muda expresión los esqueletos y demás
objetos de esta cripta terrible.
»-Escucha -dijo la voz-, si de verdad estás agotado y necesitas un refrigerio, bebe de
este tazón y te reconfortará como el vino: te llegará a las entrañas como el agua, y a los
huesos, como el aceite.
» Y mientras hablaba, me ofreció un tazón que contenía un líquido. Con un horror
inenarrable, les rechacé a él y a su bebida, convencido de que se trataba de alguna droga
mágica; y olvidando todos los demás temores, ante el miedo irresistible de convertirme
en esclavo de Satanás y víctima de uno de sus agentes, como ya consideraba a este
extraordinario personaje, invoqué el nombre del Salvador y de los santos; y
santiguándome a cada jaculatoria, exclamé:
»-No, tentador; guarda tus pociones infernales para los labios leprosos dc tus duendes, o
bébetelo tú mismo. Acabo de escapar en este instante de las manos de la Inquisición, y
prefiero un millón de veces volver a ellas y ser su víctima, a consentir en ser la vuestra.
Vuestros favores no son sino crueldades que me espantan. Aun en la prisión del Santo
Oficio, donde me parecía ver encendida la hoguera ante mis ojos, y notar que la cadena
se apretaba ya alrededor de mi cuerpo sujetándome al poste, me sostenía un poder que
me permitía abrazar objetos tan terribles para la naturaleza, antes que escapar de ellos al
precio de mi salvación. Se me ofreció la oportunidad de hacer mi elección; la hice..., la
184
haría mil veces si volvieran a ofrecérmela, aunque la última fuese la hoguera, y con el
fuego ya prendido.»
Aquí, el español se detuvo agitado. Llevado del calor de su historia, había revelado en
cierto modo ese secreto que él había declarado incomunicable, salvo en acto de
confesión a un sacerdote. Melmoth, que, por el relato dc Stanton, se hallaba ya
preparado para sospechar algo de este género, no juzgó prudente presionarle para que
fuese más explícito, y esperó en silencio hasta que su emoción se hubiera calmado sin
hacer observación ni pregunta alguna. Finalmente, Moncada reanudó su relato.
-Mientras hablaba, el anciano me observó con una expresión de serena sorpresa que me
hizo sentir vergüenza de mis propios temores, aun antes de terminar de expresarlos.
»-¡Cómo! -dijo por último, fijándose al parecer en algunas palabras quc le habían
sorprendido-; ¿has escapado del brazo que descarga su golpe enla sombra, del brazo de
la Inquisición? ¿Eres tú ese joven nazareno que busca refugio en la casa de nuestro
hermano Salomón, hijo de Hilkiah, al que los idólatras de esta tierra de cautiverio
llaman Fernán Núñez? A decir verdad sabía ya que esta noche compartirías mi pan y
beberías de mi tazón, y que vendrías a mí como escriba, pues nuestro hermano Salomón
ha testificado sobre ti, diciendo: "Su pluma es recta como la pluma de un escritor
diligente".
»Le miré con asombro. Me vino a la cabeza el vago recuerdo de Salomón a punto de
revelarme un escondrijo seguro y secreto; y aunque temblaba ante el extraño aposento
en que estábamos, y la singular ocupación a la que parecía estar dedicado, sin embargo,
sentí aletear en mi corazón una esperanza que parecía justificar el hecho de que
conociese mi situación.
»-Siéntate -dijo, al observar con compasión que me iba a caer, tanto bajo el peso del
agotamiento como por la turbación del terror-; siéntate, tómate un troro de pan y un
tazón de vino, y conforta tu corazón, pues pareces escapado del cepo del trampero y del
dardo del cazador.
»Le obedecí involuntariamente. Necesitaba el refrigerio que me ofrecía; y estaba a
punto de tomarlo, cuando me dominó un irresistible sentimiento de repugnancia y
horror y, al apartar el alimento que me ofrecía, señalé los objetos que me rodeaban
como la causa de mi inapetencia. Miró él en torno suyo un momento, como dudando
que aquellas cosas tan familiares para él resultasen repulsivas a un extraño, y luego,
moviendo negativamente la cabeza, dijo:
»-Estás loco; pero eres nazareno, y siento lástima de ti; verdaderamente, los que se
encargaron de tu educación en tus primeros años, no sólo cerraron el libro del saber ante
ti, sino que se olvidaron de abrirlo para ellos. ¿No eran tus maestros jesuitas, maestros
también en el arte de curar?; ¿cómo es que no te es familiar la visión de estos objetos
corrientes? Come, te lo ruego; y ten la seguridad de que nadie, aquí, te hará el menor
daño. Estos huesos sin vida no pueden cohibirte ni impedir que te alimentes; ni pueden
sujetar tus articulaciones, ni forzarlas con hierros o desgarrarlas con acero, como harían
los brazos vivos que se extienden para atraparte como su presa. Y tan cierto como que
vive el Señor de los ejércitos, que habrías sido presa suya y te habrían atrapado con
hierro y acero de no ser por la protección que te brinda el techo de Adonijah esta noche.
»Tomé un poco de la comida que me ofrecía, santiguándome a cada bocado, y bebí el
vino que la calenturienta sed del terror y la ansiedad me hicieron tragar como si fuese
agua, aunque no sin una plegaria interior para que no se convirtiera en veneno deletéreo
y diabólico. El judío Adonijah me observaba con creciente compasión y desprecio.
»-¡Qué! -dijo-, ¿te aterra? Si estuviera yo en posesión de los poderes que la superstición
de tu secta me atribuye, ¿no podría convertirte en banquete de demonios, en vez de
ofrecerte alimento? ¿No podría hacer surgir de las cavernas de la tierra las voces de los
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que "miran y susurran", en vez de hablar contigo con la voz del hombre? Estás en mi
poder; sin embargo, no puedo ni quiero hacerte ningún daño. ¿Y tú, que has escapado
de las mazmorras de la Inquisición, te asustas de lo que ves en tu entorno, de los objetos
de la celda de un médico retirado? En este aposento he pasado yo sesenta años; ¿y te
estremeces tú al visitarlo tan sólo un momento? Estos son esqueletos de cuerpos, pero
en el antro del que has escapado hay esqueletos de almas que perecieron. Aquí ves
reliquias de fracasos o caprichos de la naturaleza, pero tú vienes de un lugar donde la
crueldad del hombre, constante y permanente, implacable e inflexible, no ha cesado de
dejar pruebas de su capacidad para abortar intelectos, mutilar organismos, deformar
creencias y osificar corazones. Es más: hay a tu alrededor pergaminos y cartas que
parecen trazados con sangre humana; aunque fuese así, ¿podrían mil volúmenes de este
género causar el mismo terror; ojo humano que una página de la historia de tu prisión,
escrita como está con sangre extraída, no de las frías venas de la muerte, sino de los
corazones reventados de los vivos? Come, nazareno: no hay veneno ninguno en tu
comida; bebe, que no hay ninguna droga en tu tazón. ¿Acaso crees que estás en la
prisión de la Inquisición o en la celda de los jesuitas? Come y bebe sin temor e este
sótano, aunque sea el sótano de Adonijah el judío. Si te hubieses atrevido refugiarte en
casa de nazarenos, no te habría visto nunca aquí. ¿Has comido ya? -añadió, y asentí-.
¿Has bebido del tazón que te he dado? -me volvi mi sed torturadora, y le devolví el
tazón; él sonrió, pero la sonrisa de la vejez, sonrisa de labios sobre los que han pasado
más de cien años, con una expresión más repulsiva y horrible de lo que uno puede
imaginar, no es nunca agradable es un fruncimiento de boca; y me encogí ante sus
pliegues horrendos, al tiempo que el judío Adonijah añadía-: Si has comido y bebido, es
el momento de que descanses. Ven a tu lecho; puede que sea más duro del que te dieron
en tu prisión, pero piensa que será más seguro. Ven y descansa en él; quizá el adversario
y el enemigo no te encuentren en él.
»Le seguí a través de pasadizos tan tortuosos e intrincados que, asustado como estaba
por todos los acontecimientos de la noche, me trajeron a la memoria el hecho bien
conocido de que, en Madrid, los judíos tienen pasadizos subterráneos que van de las
casas de unos a las de otros, de forma que pueden burlar toda la industria de la
Inquisición. Esa noche, o más bien ese día (puesto que ya había salido el sol), dormí
sobre un jergón en el suelo de un pequeña habitación de techo muy alto, y forrada hasta
la mitad de los muros. Una ventana estrecha y enrejada dejaba pasar la luz del sol, tras
esa noche ta azarosa; y en medio de un dulce sonido de campanas, y del rumor más
dulce aún de la vida humana, despierta y bulliciosa a mi alrededor, me sumí en un
descanso que no turbó ensueño ninguno, hasta que el día comenzó a declinar o, según
palabras de Adonijah, "hasta que las sombras de la noche cayeron sobre la faz de la
tierra” .
_________ __ _
Unde iratos deos timen, qui sic propitios merentur?
SÉNECA
»Cuando desperté, le vi de pie junto a mi jergón.
»-Levántate -dijo-; come y bebe, para que la fuerza vuelva a ti.
»Señaló, mientras hablaba, una pequeña mesa colmada de alimentos sencillos,
cocinados con la mayor simplicidad. Sin embargo, consideró necesario excusarse por
ofrecerme esta comida frugal..
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»- Yo -dijo- no como carne de ningún animal, salvo en luna nueva y en días especiales;
no obstante, he cumplido ciento siete años; sesenta de ellos los he pasado en la cámara
donde me viste. Rara vez subo a la cámara superior de esta casa, excepto en ocasiones
como ésta, o quizá para rezar, con la ventana abierta hacia el este, para alejar la ira de
Jacob y pedir el retorno de Sión de su cautividad. Bien dice el físico:
Aer exclusus confert ad longevitatem.
Tal ha sido mi vida, como te digo. La luz del cielo se ha ocultado a mis ojos, y la voz
del hombre es para mis oídos como la voz del extranjero, salvo la que es de mi propia
nación, que llora por los sufrimientos de Israel; sin embargo, no se ha soltado el cordón
de plata ni se ha roto la alcuza de oro; y aunque mis ojos se apagan, mi fuerza natural no
mengua.
»Mientras hablaba, mis ojos estaban respetuosamente pendientes de la venerable
majestuosidad de su patriarcal figura, y me pareció como si contemplara la encarnación
de la vieja ley en toda su severa sencillez: la grandeza inflexible y la antigüedad
primordial.
»-¿Has comido, y estás lleno? Levántate, entonces, y sígueme.
»Bajamos al sótano, donde vi que la lámpara estaba siempre encendida. y señalando los
pergaminos que había sobre la mesa, dijo Adonijah:
»-Éste es el asunto para el que necesito tu ayuda; reunirlos y transcribirlos ha sido labor
de más de media vida, prolongada más allá de los límites asignados a los mortales; pero
-señaló ahora sus ojos cavernosos y enrojecidos- estos que miran desde sus ventanas
empiezan a enturbiarse, y me doy cuenta de que necesito la mano hábil y el ojo claro de
la juventud. Por tanto, habiéndome certificado nuestro hermano que eras un joven capaz
de manejar la pluma del escriba, y que además necesitabas buscar un lugar de refugio y
un fuerte muro de defensa contra las asechanzas que tus hermanos tienden a tu
alrededor, consentí que vinieras a cobijarte bajo mi techo y que comieses de los
alimentos que he dispuesto ante ti, y todo cuanto tu alma desee, salvo las cosas
abominables que la ley del profeta prohíbe; y que debías recibir además un salario como
sirviente contratado.
»Os sonreiréis, señor, pero aun en mi desventurada situación, sentí un ligero aunque
doloroso rubor en mis mejillas, ante la idea de que un cristiano, y par de España, se
convirtiese en amanuense asalariado de un judío. Adonijah prosiguió:
»-Después, cuando haya completado mi labor, iré a reunirme con mis padres, confiando,
con la Esperanza de Israel, en que mis ojos contemplarán al rey en su belleza; y verán
un país de dilatadas extensiones. Y tal vez -añadió con una voz que la aflicción volvía
solemne, dulce y trémula-, tal vez encuentre allí, en bienaventuranza, a aquellos de
quienes me he separado con dolor: contigo, Zacarías, hijo de mi carne, y contigo, Leah,
esposa de mi corazón -dirigiéndose a dos de los mudos esqueletos que estaban de pie,
allí cerca-. Y ante el Dios de nuestros padres, se reunirán los redimidos de Sión... y se
abrazarán para no separarse nunca más.
»Tras estas palabras, cerró los ojos, alzó las manos, y pareció sumirse en una oración
interior. La pena me había disipado, quizá, los prejuicios (desde luego, me había
ablandado el corazón), y en ese momento me sentí medio convencido de que un judío
podía entrar y ser acogido en la familia y grey de los bienaventurados. Este sentimiento
despertó mis simpatías humanas, y le pregunté, con sincera ansiedad, cuál había sido la
suerte de Salomón el judío, a quien, al darme protección, le había acaecido la desgracia
de ser visitado por los inquisidores.
187
»- Tranquilízate -dijo Adonijah, haciendo un gesto con su huesuda y arrugada mano,
como desechando un asunto ante sus actuales sentimientos-; nuestro hermano Salomón
no está en peligro de muerte; ni será despojado de sus bienes. Si nuestros enemigos son
poderosos, nosotros lo somos también, cuando nos enfrentamos a ellos con nuestra
riqueza y nuestra sabiduría. Jamás descubrirán tu evasión, e ignorarán tu existencia
sobre la faz de la tierra, de modo que escúchame con atención y atiende a lo que voy a
contarte.
»No conseguí hablar; pero mi expresión de muda y suplicante ansiedad habló por mí.
»-Anoche dijiste palabras -dijo Adonijah- que, aunque no recuerdo exactamente,
llenaron mis oídos de inquietud; mis oídos, que no vibraban con tales sonidos desde
hace cuatro veces el período de tu juventud. Dijiste que habías sido asediado por un
poder que te tentó a renunciar al Altísimo, al que tanto el judío como el cristiano
confiesan adorar; y que declaraste que aunque hubieran prendido la hoguera a tus pies,
escupirías al tentador y pisotearías su ofrecimiento, aunque tuvieras que hollar el carbón
que los hijos de Domingo encienden bajo tus plantas desnudas.
»-Sí -exclamé-; sí... y lo haría; y que Dios me ayude en ese trance.
»Adonijah guardó silencio un momento, como si deliberase entre considerar esto un
arrebato de apasionamiento o una prueba de energía mental. Finalmente pareció
inclinarse por lo segundo, aunque todo hombre de edad muy avanzada propende a tomar
todo síntoma de emoción más como muestra de debilidad que de sinceridad.
»-Entonces -dijo, tras un silencio solemne y prolongado-, entonces conoces el secreto
que ha sido un peso para el alma de Adonijah, aunque su desesperada soledad es como
una carga para el alma del que atraviesa el desierto, al que nadie acompaña en su
camino ni consuela con su voz. He trabajado desde mi juventud hasta ahora, y veo que
el tiempo de mi liberación está al alcance de la mano; sí, y que muy pronto se cumplirá.
»"En los días de mi niñez, llegó a mis oídos el rumor de que había sido enviado a la
tierra un ser para tentar a judíos y nazarenos, y aun a los discípulos de Mahoma (cuyo
nombre maldice la boca de nuestra nación), ofreciendo la liberación en los trances de
mayor necesidad y angustia, en términos tales que mis labios no se atreven a expresar,
aun cuando no hay aquí otros oídos que los tuyos. Te estremeces... veo que eres sincero,
al menos, en tu fe y tus errores. Oí esa historia, y mis oídos la acogieron como el alma
del sediento bebe en ríos de agua, dado que tenía el cerebro lleno de vanas fantasías
originadas por las fábulas de los gentiles, y soñaba, en la perversidad de mi espíritu, con
ver, sí, y con conocer y entrar en tratos con ese ser malvado y poderoso. Al igual que
nuestros padres en el paraíso, desprecié el alimento del ángel, y codicié manjares
prohibidos, y hasta la comida de los hechiceros egipcios. Y mi presunción fue
reprendida como ves: sin hijo, sin esposa, sin amigos, con la última etapa de mi
existencia prolongada más allá de los límites de la naturaleza: así estoy ahora; y aparte
de ti, sin nadie que consigne sus vicisitudes. No quiero turbarte ahora con la historia de
mi azarosa vida; sólo te diré que los esqueletos cuya presencia te hace temblar
estuvieron un día vestidos de una carne mucho más perfecta que la tuya. Son de mi
esposa y mi hijo, cuya historia no vas a escuchar en este momento; en cambio, sí debes
oír la de esos otros dos -y señaló los dos esqueletos del lado opuesto, de pie en sus
cajas-: Al regresar a mi país, o sea a España, si es que un judío puede decir que tiene
país, me senté en esta silla y, tras encender esta lámpara, tomé en mi mano una pluma
de escriba y prometí solemnemente que no se apagaría jamás esta lámpara, ni dejaría yo
la silla, ni abandonaría este sótano, hasta haberla recogido en un libro y haberlo sellado
con el sello del rey. Pero fui perseguido por quienes tienen fino olfato y son hábiles en
la persecución, o sea los hijos de Domingo. Y me cogieron y me pusieron grillos en los
pies; pero no pudieron leer mis escritos, porque estaban redactados en caracteres
188
desconocidos para estas gentes idólatras. y después de algún tiempo me soltaron, al no
descubrir en mí motivo alguno de ofensa; me soltaron y no me molestaron más.
Entonces juré al Dios de Israel que me había liberado de su esclavitud, que nadie sino el
que pudiera leer estos caracteres los transcribiría jamás. Por otra parte, oré y dije: '¡Oh,
Dios de Israel, que sabes que somos las ovejas de tu grey y que nuestros enemigos son
lobos que merodean en torno nuestro y leones que rugen pensando en su presa
nocturna, haz que un nazareno huido de sus manos y refugiado entre nosotros como
pájaro arrojado del nido, avergüence las armas de los poderosos y se burle de ellos!
Permite también, ¡oh Señor Dios de Jacob!, que se vea expuesto a las asechanzas del
enemigo, como aquellos de quienes he escrito, y que le escupa después con su boca y lo
arroje de sí con su pie, y pisotee al tentador como le pisotearon ellos a él; y después,
deja que mi alma descanse al fin'. Así oré... y mi oración fue escuchada; porque, como
ves, estás tú aquí".
»Al oír estas palabras me vino un horrible presentimiento, como una pesadilla del
corazón. Miré alternativamente a mi interlocutor y a la desesperada tarea. ¿No bastaba
tener que llevar dentro de mí, en la urna de mi corazón, ese horrible secreto? Obligarme
a esparcir sus cenizas, y hurgar en el polvo de otros con el mismo propósito de sacarlo
impíamente a la luz, me sublevaba lo que no es posible decir ni expresar. Al posar mis
ojos descuidadamente en los manuscritos, vi que estaban escritos en español, aunque
con caracteres griegos: modo de escritura que, como es fácil imaginar, debió de ser tan
ininteligible para los oficiales de la Inquisición como los jeroglíficos de los sacerdotes
egipcios. Su ignorancia, encastillada en su orgullo y escudada más fuertemente aún en
la impenetrable reserva con que rodeaban sus más insignificantes procesos, les impidió
confiar a nadie el hecho de que estaban en posesión de un manuscrito que no eran
capaces de descifrar. Así que devolvieron los papeles a Adonijah y, en su propia lengua,
"he aquí que vive seguro". Pero para mí, ésta era una empresa que me causaba un horror
indecible. Me sentía como un eslabón de cadena, cuyo extremo, sujeto por una mano
invisible, me arrastraba hacia la perdición; y ahora iba a convertirme en cronista de mi
propia condenación.
»Mientras pasaba yo las hojas con mano temblorosa, la figura imponente de Adonijah
pareció dilatarse, presa de una emoción preternatural.
»-¿Por qué tiemblas, hijo del polvo? -exclamó-; si has sido tentado, también lo fueron
ellos... y si ellos descansan, también descansarás tú. No hay dolor espiritual ni corporal
que hayas soportado, que no soportaran ellos antes de que nadie soñara con tu
nacimiento. Muchacho, tu mano tiembla sobre páginas que no mereces tocar; sin
embargo, debo emplearte, ya que te necesito. ¡Miserable eslabón, el de la necesidad, que
mantiene juntos espíritus tan incompatibles! Quisiera que el océano fuese tinta para mí,
y la roca mi página; y mi brazo, el mío, la pluma que escribiese en ella letras que
durasen, como las montafias escritas, por los siglos de los siglos... como el monte Sinaí,
y aquellas que aún conservan la inscripción: "Israel ha cruzado las aguas35".
»Mientras hablaba, me puse a hojear otra vez los manuscritos.
»-¿Aún tiembla tu mano? -dijo Adonijah-. ¿Aún vacilas en consignar la historia de
aquellos cuyo destino ha quedado ligado al tuyo por un eslabón portentoso, invisible e
indisoluble? Míralos ahí, junto a ti, pues aunque ya no tienen lengua, te hablan con esa
elocuencia que es más poderosa que todas las elocuencias de las lenguas vivientes.
Míralos ahí, a tu alrededor; sus brazos inmóviles y óseos te suplican como jamás suplicó
35 Las montañas escritas, o sea las rocas escritas con caracteres conmemorativos de algún suceso
memorable, son bien conocidas de todo viajero oriental. Creo que es en las notas del doctor Coke sobre el
libro del Éxodo donde encontré la circunstancia a que aludo arriba. Se dice que una roca próxima al mar
Rojo tenía esta inscripción: .«Israel ha cruzado las aguas». (N ¿¿OlA.)
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ningún brazo de carne viva. Míralos hablándote sin palabras, y aunque muertos, vivos; y
aunque en el abismo de la eternidad, llamándote, a tu lado, con voz mortal. ¡Escúchalos!
Coge la pluma en tu mano, y escribe.
»Cogí la pluma, pero no pude escribir ni una sola línea. Adonijah, en un transporte de
éxtasis, sacó impulsivamente un esqueleto de su receptáculo y lo colocó ante mí.
»-Cuéntale tú tu historia; puede que así te crea y la escriba.
» Y sosteniendo el esqueleto con una mano, señaló con la otra, tan descolorida y
huesuda como la del muerto, el manuscrito que yo tenía delante.
»Era una noche de tormenta en el mundo que teníamos sobre nosotros; y aunque
estábamos muy por debajo de la superficie de la tierra, el murmullo del viento que
suspiraba por los pasadizos me llegó al oído como las voces de los difuntos, como las
súplicas de los muertos. Involuntariamente fijé los ojos en el manuscrito que debía
copiar, y ya no me fue posible apartarlos hasta que no hube concluido su extraordinario
contenido.
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_ ____ _ __ __ ____ ___ _ __ _ _
»Hay una isla en el mar de la India, a no muchas leguas de la desembocadura del
Hoogly, que, por la peculiaridad de su situación y determinadas circunstancias internas,
permaneció mucho tiempo ignorada de los europeos y sin ser visitada por los indígenas
de las islas vecinas, salvo en alguna ocasión excepcional. Está rodeada de bajíos que
hacen imposible la aproximación de embarcaciones de calado, y fortificada por rocas
que son una amenaza para las ligeras canoas de los nativos, aunque la hacían aún más
temible los terrores con que la superstición la había dotado. Existía una tradición según
la cual fue allí donde se erigió el primer templo de la diosa negra Seeva36; y su horrible
efigie, con su collar de cráneos humanos, sus lenguas bífidas saliendo de sus veinte
bocas de serpiente, sentada sobre una mullida maraña de víboras, recibió allí por vez
primera, de sus adoradores, el sangriento homenaje de miembros mutilados y niños
inmolados.
»El templo se había derrumbado, y la isla había quedado medio despoblada a causa de
un terremoto que había sacudido las costas de la India. Fue reconstruido, no obstante,
por el celo de los adoradores, quienes empezaron a visitar de nuevo la isla, hasta que un
tifón de furia sin precedentes incluso en aquellas rigurosas latitudes arrasó el lugar
sagrado. Un rayo redujo a cenizas la pagoda; los habitantes, sus viviendas y sus
plantaciones fueron barridos por la escoba de la destrucción, y no quedó ni rastro de
humanidad, de cultivo o de vida en la isla desolada. Los adoradores consultaron a su
imaginación sobre las causas de estas desgracias; y, sentados a la sombra de los
cocoteros, leyeron las largas sartas de cuentas multicolores, y las atribuyeron a la ira de
la diosa Seeva por la creciente popularidad del culto a Juggernaut. Aseguraron que
habían visto elevarse su imagen en medio de las llamas que consumieron el santuario y
achicharraron a los adoradores que habían permanecido en él para protegerse, y
creyeron firmemente que se había retirado a otra isla más feliz, donde podría gozar de
sus festines de carne y sus ofrendas de sangre, sin ser molestada por el culto de una
deidad rival. Y de este modo, la isla quedó desierta y sin habitantes durante años.
»Las tripulaciones de las naves europeas, informadas por los nativos de que no había
vida animal, ni vegetal, ni agua siquiera en su superficie, renunciaron a visitarla; y los
indios de otras islas, al cruzar por delante de ella en sus canoas, lanzaban una mirada de
36 Véase lndían Antiquítíes de Maurice. (N. del A.)
190
melancólico temor a su desolación, y arrojaban algún objeto al mar, para aplacar la ira
de Seeva.
»La isla, abandonada a sí misma de este modo, se volvió vigorosamente lujuriante,
como algunos hijos desatendidos, que alcanzan más salud y fuerza que los mimados, los
cuales mueren a causa del cuidado excesivo. Brotaron las flores, y espesó la floresta, sin
una mano que la arrancara, unas pisadas que la hollaran o una boca que la probara,
cuando algunos pescadores (que habían sido empujados por una fuerte corriente hacia la
isla, aunque lucharon en vano con los remos y la vela para evitar la temible costa), tras
murmurar mil plegarias para propiciarse a Seeva, se vieron obligados a acercarse a la
distancia de un remo. Y al regresar inesperadamente indemnes, contaron que habían
oído una música tan exquisita que pensaron que alguna diosa, más benévola que Seeva,
había tomado sin duda este lugar por morada. Los pescadores más jóvenes añadieron
que habían visto correr una figura femenina de belleza sobrenatural, la cual había
desaparecido en el follaje que ahora cubría las rocas; y el espíritu devoto de los indios
no dudó en considerar esta visión deliciosa una emanación encarnada de Visnú en una
forma más hermosa que todas aquellas en que este dios se había aparecido
anteriormente..., mucho más, al menos, que aquella cuyo avatar consistió en la figura de
un tigre.
»Los habitantes de las islas, tan supersticiosos como imaginativos, deificaron a su
manera la visión de la isla. Los viejos adoradores, aunque la invocaban, seguían
apegados a los ritos sangrientos de Seeva y de Hari, y murmuraban sobre sus cuentas
muchas promesas horrendas, que procuraban hacer efectivas clavándose cañas afiladas
en los brazos y tióendo de sangre sus cuentas mientras rezaban. Las muchachas
acercaban sus ligeras canoas a la isla encantada hasta donde se atrevían, invocando a
Camdeo37 y enviaban barquitos de papel, encendidos con cera y cargados de flores,
hacia su orilla, donde esperaban que su querida deidad fijara definitivamente su
residencia. Los jóvenes, también, al menos los que estaban enamorados y amaban la
música, se acercaron a la isla para pedir al dios Krisna38 que la santificara con su
presencia, y no sabiendo qué ofrecer a la deidad, le cantaban sus canciones salvajes, de
pie en la proa de sus canoas, y después, arrojaban una figura de cera, con una especie de
lira en la mano, hacia la playa de la desolada isla.
»Durante muchas noches, pudieron verse estas canoas cruzándose unas con otras en el
oscuro mar, como estrellas fugaces de las profundidades, con sus faroles de papel
encendidos y sus ofrendas de flores y fruta que las manos temblorosas dejaban en la
arena, y las más atrevidas subían en cestas de caña hasta las rocas; y con esta "humildad
voluntaria", los sencillos isleños sentían alegría y devoción. Se observó, no obstante,
que los adoradores volvían con impresiones bien distintas respecto al objeto de su
adoración. Las mujeres todas se aferraban a sus remos, embargadas de honda
admiración ante los dulces cánticos que surgían de la isla; y cuando cesaban,
emprendían el regreso; y ya en sus cabañas, comentaban en voz baja aquellas "notas
angelicales", para las que su propia lengua carecía de sonidos apropiados. Los hombres
permanecían largo tiempo apoyados en sus remos, esperando vislumbrar fugazmente la
figura que, según el relato de los pescadores, vagaba por allí; y tras ver frustrado este
deseo, regresaban entristecidos.
»Poco a poco, la isla perdió su terrorífica fama; y a pesar de algunos viejos fieles, que
consultaban sus cuentas teñidas de sangre y hablaban de Seeva y de Hari, y aun
sujetaban astillas encendidas con las manos quemadas y se clavaban en las partes más
carnosas y sensibles del cuerpo afiladas puntas de hierro que compraban o robaban a las
37 El Cupido de la mitología india (N. del A.)
38 El Anolo indio. (N. del A.)
191
tripulaciones de los barcos europeos... y más aún, hablaban de colgarse de los árboles
cabeza abajo hasta ser devorados por los insectos o calcinados por el sol, o llegar al
delirio por la postura; a pesar de todo esto, que debía de ser muy conmovedor, la
juventud siguió con la misma actitud: las muchachas ofreciendo sus guirnaldas a
Camdeo, y los jóvenes invocando a Krisna, hasta que los viejos adoradores,
desesperados, juraron visitar la isla maldita, que había trastornado a todo el mundo, y
averiguar cómo debían reconocer y propiciar a la desconocida deidad, y si las flores, los
frutos y las promesas amorosas y los latidos de los corazones jóvenes, debían sustituir a
las ortodoxas y legítimas ofrendas de clavos hundidos en las manos hasta aparecer sus
puntas en el dorso, y sedales insertos a los lados, sobre los que el penitente danzaba su
agónica danza hasta que fallaban las cuerdas o su paciencia. En una palabra, estaban
decididos a averiguar qué deidad era esa que no exigía sufrimiento ninguno a sus
fieles... y llevaron a cabo su decisión de una manera digna de su propósito.
»Unos ciento cuarenta individuos, tullidos por los rigores de su religión, incapaces de
gobernar una vela ni de manejar un remo, embarcaron en una canoa dispuestos a pisar la
que ellos llamaban isla maldita. Los nativos, embriagados de su santidad, se
desnudaron, empujaron la embarcación por entre las olas, y luego, haciendo sus salams,
les suplicaron que utilizaran al menos los remos. Los viejos adoradores, demasiado
atentos a sus cuentas, y demasiado satisfechos de su importancia a los ojos de sus
deidades predilectas, para admitir la menor duda sobre su seguridad, se pusieron en
marcha, triunfales... con el resultado que es fácil suponer. La embarcación se inundó y
se hundió en seguida, y la tripulación pereció sin un suspiro de lamentación; pero no
fueron devorados por los cocodrilos de las sagradas aguas del Ganges, ni perecieron a la
sombra de las cúpulas de la ciudad santa de Benarés, en cualquiera de cuyos casos su
salvación habría sido indudable.
»Este percance, evidentemente nefasto, obró a favor de la popularidad del nuevo culto.
El viejo sistema perdía terreno día a día. Las manos, en vez de abrasarse en el fuego, se
ocupaban tan sólo en recoger flores. Los clavos (con los que era costumbre que los
devotos se atravesaran el cuerpo) perdieron su valor; y un hombre podía sentarse
cómodamente sobre sus posaderas con la conciencia tan tranquila, y el humor tan
sereno, como si tuviese ochenta debajo. Por otra parte, distribuían fruta a diario por la
orilla de la isla favorita; las flores, también, cubrían las rocas con toda la deslumbrante
exuberancia de colorido con que la flora de Oriente gusta ataviarse. Estaban esos lirios
brillantes y espléndidos que, hasta hoy, ilustra la comparación entre ellos y Salomón,
quien, con toda su pompa, no podía compararse a uno solo. Y estaba la rosa, que
desplegaba su "paraíso de pétalos", y el capullo escarlata de la ceiba, cuya sin par
"masa de esplendor vegetal" ha sido descrita voluptuosamente por un viajero inglés
como un festín para los ojos. y por último, las oferentes empezaron a imitar con
creciente fuerza y melodía algunas de aquellas cadencias y dulces sones que cada brisa
parecía traer a sus oídos mientras navegaban en sus canoas alrededor de la isla
encantada.
»Finalmente, ocurrió una circunstancia que confirmó su carácter sagrado, así como el de
su moradora. Un joven indio que había ofrecido en vano a su amada el ramo místico,
cuyas flores estaban ordenadas de modo que expresaban amor, dirigió su canoa hacia la
isla para consultar su destino a su supuesta habitante; y mientras remaba, compuso una
canción en la que manifestaba que su amada le desdeñaba como a un paria, pero que él
la amaría aunque descendiese de la cabeza de Brahma; que su piel era más tersa que el
mármol de los peldaños por los que se baja al estanque de un rajá, y sus ojos más
brillantes que aquellos cuyas miradas observan a los extranjeros presuntuosos por entre
192
las aberturas del bordado purdah39 de un nabab; que era más excelsa a los ojos de él que
la negra pagoda de Juggernaut, y más brillante que el tridente del templo de Mahadeva,
cuando centelleaba bajo los rayos de la luna. Y como ambas cosas eran visibles en la
orilla a sus ojos, mientras remaba en la suave y esplendorosa serenidad de la noche
india, no es extraño que las incorporara a su canción. Por último, prometió que si
accedía a favorecer sus deseos, le construiría una cabaña a cuatro pies del suelo para
evitar las serpientes; que su morada estaría a la sombra de los tamarindos, y que
mientras durmiese, se encargaría él de ahuyentar los mosquitos con un abanico hecho
con las hojas de las primeras flores que ella le aceptase como testimonio de su pasión.
» Y sucedió que esa misma noche, la joven, cuya reserva se debía a todo menos a su
indiferencia, acudió en su canoa con dos compañeras al mismo lugar para ver si las
promesas de su enamorado eran sinceras. Llegaron casi al mismo tiempo; y aunque el
crepúsculo y la superstición de estas tímidas criaturas conferían un tinte más tenebroso a
las sombras que las rodeaban, decidieron saltar a tierra; y, llevando sus cestas de flores
con mano temblorosa, decidieron colocarlas en las ruinas de la pagoda, donde suponían
que la diosa había establecido su morada. Avanzaron, no sin dificultad, a través de
macizos de flores que crecían espontáneamente en el terreno inculto, no sin miedo de
que saltara un tigre sobre ellas a cada paso, hasta que recordaron que esos animales
suelen escoger las grandes junglas para refugiarse, y que rara vez se escondían entre las
flores. Menos aún debían temer al cocodrilo en estos pequeños riachuelos que podían
cruzar sin que su agua pura les mojase el tobillo. El tamarindo, el cocotero y la palmera
derramaron sus capullos y exhalaron su perfume y mecieron sus hojas sobre la cabeza
de la temblorosa joven oferente al acercarse a las ruinas de la pagoda. Había sido un
edificio imponente y cuadrado, erigido entre las rocas, que por un capricho de la
naturaleza, frecuente entre las islas de la India, ocupaban su centro y parecían debidas a
una erupción volcánica. El terremoto que lo había destruido había mezclado las ruinas y
las rocas en una masa confusa e informe que parecía subrayar la impotencia del arte y
de la naturaleza, doblegados por la fuerza que forma y puede aniquilar al uno y a la otra.
Había pilares, labrados con extraños caracteres, amontonados entre piedras que no
mostraban otra señal que la de la acción terrible y violenta de la naturaleza, y que
parecían decir: "Mortales, vosotros escribís vuestras palabras con cincel, yo escribo
mis jeroglíficos con fuego". Había rimeros de piedras dislocadas, talladas en forma de
serpientes, sobre las que un día se sentara el espantoso ídolo de Seeva; y en ellas
brotaba la rosa, en la tierra que había penetrado en las fisuras de la roca, como si la
naturaleza predicase una más benévola teología, y enviase su preciada flor como
misionera a sus criaturas. El ídolo propiamente dicho había caído y yacía hecho
fragmentos. Aún se veía su boca horrenda, en la que en otro tiempo introducían
corazones humanos. Pero ahora, los bellos pavos reales, con sus colas de arco iris y sus
cuellos arqueados, alimentaban a sus pollos entre las ramas del tamarindo que se
extendían por encima de los fragmentos ennegrecidos. Las jóvenes indias avanzaron con
menos temor, ya que ni veían ni oían nada que inspirase el miedo que sentimos al
aproximarnos a la presencia de un ser espiritual: todo estaba tranquilo, callado, oscuro.
Sus pies pisaban con involuntaria levedad al avanzar hacia las ruinas, que combinaban
la devastación de la naturaleza con la de las pasiones humanas, quizá más sangrienta y
salvaje que la primera. Cerca de las ruinas había habido en otro tiempo un estanque,
como es corriente que lo haya junto a las pagodas, destinado a refrescarse y purificarse;
pero los peldaños estaban ahora rotos, y el agua permanecía estancada. Las jóvenes
indias, no obstante, tomaron unas gotas, invocaron a la "diosa de la isla", y se acercaron
39 Cortina tras la cual se ocultan las mujeres. (N. del A.)
193
al único arco que quedaba en pie. La parte exterior de este edificio había sido construida
en piedra, pero el interior estaba excavado en la roca; y sus oquedades se asemejaban en
cierto modo a las de la isla de Elephanta. Había figuras monstruosas talladas en piedra,
unas adheridas a la roca, otras exentas, todas amenazadoras con su informe y gigantesca
fealdad y ofreciendo a los ojos supersticiosos la terrible imagen de dioses de piedra.
»Se adelantaron las jóvenes oferentes que se distinguían por su valor, ejecutaron una
especie de danza salvaje ante las ruinas de los antiguos dioses, e invocaron (como
pudieron) a la nueva moradora de la isla para que fuese propicia a los votos de su
compañera, la cual se acercó a depositar su guirnalda de flores alrededor de los
destrozados restos de un ídolo semioculto entre las rocas, pero semicubiertos por esa
espesa vegetación que parece proclamar en los países orientales el eterno triunfo de la
naturaleza sobre las ruinas del arte. Cada año se renueva la rosa; pero ¿qué año verá
reconstruida una pirámide? Al depositar la joven india sus guirnaldas de flores sobre la
piedra informe, murmuró una voz:
»-Ahí hay una flor marchita.
»-Sí... sí, hay una -dijo la oferente-; esa flor marchita es símbolo de mi corazón. He
cultivado muchas rosas, pero he dejado que se marchitara la más bonita de toda la
corona. ¿Quieres aceptarla de mi parte, desconocida diosa, y no será ya mi corona una
deshonra para tu altar?
»-¿Quieres resucitarla tú poniéndola al calor de tu pecho? -dijo el joven enamorado
surgiendo de detrás de los fragmentos de roca y ruinas que le ocultaban, y desde donde
había pronunciado su réplica oracular y había escuchado complacido el simbólico pero
inteligible lenguaje de su amada-. ¿Quieres resucitarla tú? -preguntó, en el triunfo del
amor, mientras la estrechaba contra su pecho.
»La joven india, rindiéndose al punto al amor y la superstición, parecía medio derretida
en brazos de él cuando profirió un alarido, le rechazó con todas sus fuerzas, y se
encogió en una extraña actitud de terror, mientras señalaba con mano temblorosa hacia
una figura que en ese momento surgía entre el tumultuoso e indefinido montón de
piedras. El enamorado, sin alarmarse ante el grito de su amada, avanzó para cogerla en
sus brazos, cuando sus ojos repararon en el objeto que la había impresionado, y cayó de
bruces en tierra, en muda adoración.
»Era una figura de mujer, aunque de tal naturaleza, como jamás había visto, ya que su
piel era completamente blanca (al menos a los ojos de los jóvenes, que nunca habían
visto más que el tinte bronceado de los nativos de las islas bengalíes). Su vestidura
(según podían ver) consistía sólo en flores, cuyo rico colorido y fantásticas
combinaciones armonizaban muy bien con las plumas de pavo real trenzadas entre sí, y
componían un abanico de silvestre confección, como ciertamente convenía a una "diosa
de la isla". Su larga cabellera, de un color castaño claro que no habían visto ellos jamás,
descendía hasta sus pies, fantásticamente entrelazada con las flores y plumas que
formaban su vestido. Sobre la cabeza llevaba una corona de conchas, de un brillo y
matiz desconocidos, salvo en los mares de la India: el púrpura y el verde rivalizaban con
la amatista y la esmeralda. Sobre su blanco hombro desnudo llevaba posado un
piquituerto, y alrededor del cuello llevaba una sarta de perlas como huevos, puras y
diáfanas, por la que la primera soberana de Europa habría dado su más precioso collar.
Iba con los brazos y los pies totalmente desnudos, y su paso tenía la rapidez y la levedad
de una diosa, lo que impresionó la imaginación de los indios tanto como el
extraordinario color de su piel y de su cabello. Los jóvenes enamorados se postraron
asustados al pasar esta visión ante sus ojos. Mientras se hallaban de rodillas, una
deliciosa música tembló en sus oídos. La hermosa visión les habló, aunque en una
lengua que ellos no entendieron. Y convencidos así de que se trataba de una lengua de
194
dioses, volvieron a postrarse ante ella. En este momento el piquituerto, saltando de su
hombro, se acercó a ellos con sus trinos.
»- Va en busca de luciérnagas para alumbrar su celda40 -se dijeron los indios. Pero el
pájaro, que, con una inteligencia propia de su especie, comprendía y adoptaba la
predilección de la hermosa criatura a la que pertenecía por las flores frescas, con las que
la veía ataviarse a diario, fue directamente al capullo marchito de la corona de la joven
india; y, clavando su delgado pico en él, lo dejó caer a sus pies. Este presagio fue
interpretado felizmente por los enamorados; e inclinándose una vez más al suelo,
regresaron a su isla, aunque ya no en canoas separadas. El enamorado gobernó el timón
de su amada, mientras ella iba sentada a su lado en silencio; y la joven pareja que les
acompañaba entonó cánticos en loor a la blanca diosa y a la isla sagrada; a ella y a los
amantes.
_
___________ _
But tell me to what saint, I pray,
What martyr; or what angel bright,
Is dedicated this holy day,
Which brings you here so gaily dight?
Dost thou not, simple Palmer; know,
What every child can tell thee here?
Nor saint nor angel claims this show,
But the bright season of the year.
J. STRUTT, Queenhoo Hall.
»La única y hermosa habitante de la isla, aunque turbada ante la aparición de sus
adoradores, recobró pronto su sosiego. No podía saber lo que era el miedo, ya que nada
en el mundo en que vivía le había mostrado un aspecto hostil. El sol y las sombras, las
flores y el follaje, los tamarindos y las higueras que sustentaban su encantada existencia,
el agua que bebía, maravillándose al ver el bellísimo ser que parecía beber cada vez que
ella lo hacía, los pavos reales que extendían sus ricos y espléndidos plumajes cuando la
veían, y el piquituerto que se posaba en su hombro o su mano cuando paseaba, y
respondía a su dulce voz con trinos imitadores..., todas estas cosas eran sus amigos, y no
conocía otros.
»Las figuras humanas que a veces se acercaban a la isla le producían un leve sobresalto;
pero era más de curiosidad que de alarma: sus gestos mostraban tanta veneración y
mansedumbre, y eran tan gratas sus ofrendas de flores en las que ella se complacía, y
tan silenciosas y pacíficas sus visitas, que los miraba sin recelo, preguntándose tan sólo,
cuando se alejaban, cómo podían andar por encima del agua sin hundirse, y cómo
criaturas de piel tan oscura y facciones tan poco atractivas crecían entre las hermosas
flores que le ofrendaban como producto de su tierra. Podría suponerse que estos detalles
impresionaban su imaginación, suscitándole ideas terribles; pero la periódica
regularidad de tales fenómenos, en el clima en que ella habitaba, los privaba de sus
terrores para quien se había acostumbrado a ellos como a la alternancia de la noche y el
día, no podía recordar la terrible impresión de la primera vez y, sobre todo, no había
40 Dada la frecuencia con que se encuentran luciérnagas en los nidos de los piquituertos, los indios creen
que éstos alumbran sus nidos con ellas. Lo más probable es que sirvan de alimento a sus polluelos. (N. del
A.)
195
oído nunca a otro expresar estos mismos terrores, causa original del temor en la mayoría
de los espíritus. Jamás había experimentado dolor, no tenía idea de la muerte: ¿cómo,
pues, podía saber lo que era el miedo?
»Cuando el noroeste, como suele llamársele, visitaba la isla, con todo su terrible
acompañamiento de tenebrosa oscuridad, nubes de polvo sofocante y truenos como
trompetas del Juicio, se resguardaba ella entre las frondosas columnatas de la higuera de
Bengala, ignorante del peligro, contemplaba cómo los pájaros se cubrían con sus alas
ocultando la cabeza, y escuchaba el ridículo terror de los monos mientras saltaban de
rama en rama con sus crías. Cuando el rayo fulminaba algún árbol, ella lo miraba como
un niño miraría los fuegos artificiales disparados por diversión; pero al día siguiente
lloraba al observar que no volvían a crecer hojas en el tronco carbonizado. Cuando
caían las lluvias torrenciales, las ruinas de la pagoda le proporcionaban cobijo; y se
sentaba a escuchar el fragor de las olas poderosas y los murmullos de las turbadas
profundidades, hasta que su alma adquiría el color de la asombrosa y espléndida
imaginería que la rodeaba, y creía que ella misma se precipitaba a la tierra con el
diluvio, arrastrada como una hoja por la catarata, se hundía en los abismos del océano, y
salía nuevamente a la luz a caballo de las enormes olas como si surgiese a lomos de una
ballena, ensordecida por el rugido, aturdida por la avalancha, hasta que el terror y el
placer se fundían en ese temible ejercicio de imaginación. Así vivía, como una flor en
medio del sol y de la tormenta, floreciendo a la luz, plegándose bajo los chaparrones, y
extrayendo de uno y otra los elementos de su dulce y silvestre existencia. Y ambos
parecían fundir benignamente sus influencias en ella como si fuese un ser amado por la
naturaleza, aun en sus momentos irritados, y ordenase a la tormenta que la cuidara, y al
diluvio que no castigara el arca de su inocencia, a fin de que flotase sobre las aguas.
Esta existencia feliz, mitad física, mitad imaginativa, aunque ni intelectual ni
apasionada, había discurrido hasta el decimoséptimo año de esta hermosa y apacible
criatura, cuando ocurrió una circunstancia que cambió su curso para siempre.
»La noche del día en que los indios se marcharon, se hallaba Immalee -pues éste era el
nombre que sus oferentes le dieron- en la playa, cuando se acercó a ella un ser distinto
de los que había visto hasta entonces. El color de su rostro y de sus manos era más
parecido al suyo que el de aquellos a los que acostumbraba ver; pero sus ropas (que eran
europeas), extrañas, irregulares, con su desfigurada protuberancia en las caderas (era la
moda del año 1680), le inspiraron una mezcla de ridículo, desagrado y admiración, que
sus hermosas facciones sólo pudieron expresar mediante una sonrisa: esa sonrisa innata
del rostro, del que ni siquiera podía borrarla la sorpresa.
»Se acercó el desconocido, y la hermosa visión se aproximó también, pero no como una
mujer europea con ligeras y graciosas flexiones, y menos aún como una joven india con
sus profundos salams, sino como una joven gacela, toda vivacidad, timidez, confianza y
recelo, expresados a la vez en un solo gesto. Se incorporó de un salto en la arena, echó a
correr hacia su árbol favorito; regresó de nuevo con su escolta de pavos reales, que
desplegaron sus colas soberbias con una especie de movimiento instintivo -como si
percibieran el peligro que amenazaba a su protectora- y, palmoteando con alborozo,
pareció invitarle a compartir con ella el placer que sentía al ver la nueva flor que había
brotado en la arena.
»Avanzó el desconocido y, para total asombro de Immalee, se dirigió a ella en una
lengua de la que recordaba algunas palabras de su infancia, habiéndose esforzado
inútilmente en enseñar a los pavos reales, loros y piquituertos a contestar con los
sonidos correspondientes. Pero, debido a la falta de práctica, su lengua se había vuelto
tan limitada, que se sintió complacida al oír sus más intrascendentes sonidos
196
pronunciados por labios humanos; y cuando dijo el desconocido, según la costumbre de
la época:
»-¿Cómo estáis, hermosa doncella?
»Immalee contestó:
»-Dios me ha creado -recordando las palabras del catecismo que un día aprendieran a
recitar sus labios infantiles.
»-Jamás ha hecho Dios criatura más hermosa -replicó él tomándole la mano y fijando en
ella sus ojos, que aún ardían en las cuencas del taimado engañador.
»-¡Oh, sí! -respondió Immalee-; ha hecho muchas cosas más hermosas. La rosa es más
roja que yo, la palmera es más alta que yo, y las olas son más azules que yo. Pero todo
cambia, y yo no cambio. Me he hecho más grande y más fuerte, y la rosa se marchita
cada seis lunas; y la roca se agrieta y se cuartea cuando la tierra se estremece; y las olas
se abaten furiosas hasta que se vuelven grises y muy distintas del hermoso color que
tienen cuando la luna danza sobre ellas y envía las jóvenes y quebradas ramas de su luz
a besar mis pies cuando estoy en la blanda arena. He tratado de cogerlas todas las
noches, pero se rompen en mi mano en el momento en que la hundo en el agua.
»-¿ Y has conseguido coger las estrellas? -dijo el desconocido sonriendo.
»-No -contestó la inocente criatura-, las estrellas son flores del cielo, y los rayos de la
luna son las ramas y los troncos. Pero aunque son muy brillantes, sólo florecen de
noche, y yo prefiero las flores que puedo coger y trenzar en mi pelo. Cuando me he
pasado toda la noche solicitando a una estrella, y me escucha y desciende, saltando
como un pavo real de su nido, se oculta casi siempre juguetona entre los mangos y
tamarindos donde cae; y, aunque la busco hasta que la luna palidece y se cansa de
alumbrarme, nunca consigo encontrarla. Pero ¿de dónde vienes? No eres escamoso y
mudo como los que viven en el agua y muestran sus extrañas siluetas cuando me siento
en la orilla, a la puesta del sol; ni eres oscuro y pequeño como los que vienen a mí,
cruzando el agua, desde otros mundos, en casas que pueden estar sobre las
profundidades, y andar veloces con sus patas hundidas en el agua. ¿ De dónde vienes?
No eres tan brillante como las estrellas que viven en el mar azul que hay encima de mí,
ni tan deforme como ésas que se agitan en ese otro mar más oscuro que tengo a mis
pies. ¿Dónde has crecido, y cómo has venido hasta aquí? No hay canoa en la arena; y
aunque las conchas llevan a los peces que viven en ellas con toda ligereza sobre las
aguas, no podrían nunca llevarme a mí. Cuando pongo el pie en su ondulado borde
púrpura y carmesí, se hunden en la arena.
»-Hermosa criatura -dijo el desconocido-: vengo de un mundo donde hay miles como
yo.
»-Eso es imposible -dijo Immalee-, porque yo vivo aquí sola, y los demás mundos
deben ser como este.
»-Sin embargo, es cierto lo que te digo -dijo el desconocido.
»Immalee se quedó callada un momento, como haciendo el primer esfuerzo de reflexión
-empeño bastante doloroso para un ser cuya existencia estaba compuesta de aciertos
afortunados e impulsos irreflexivos -y luego exclamó:
»-Nosotros debemos de haber brotado en el mundo de las voces, pues entiendo lo que tú
dices mejor que los trinos de los piquituertos o el grito del pavo real. Debe de ser un
mundo delicioso donde todos hablan... ¡Cómo me gustaría que mis rosas brotaran en el
mundo de las respuestas!
»En ese momento, el desconocido dio muestras de hambre, que Immalee entendió al
instante, y le dijo que la siguiera a donde el tamarindo y la higuera ostentaban sus
frutos; donde la corriente era tan clara que podían contarse las conchas purpúreas de su
lecho, y donde ella cogía con la cáscara de un coco el agua fresca que manaba bajo la
197
sombra de un mango. De camino, le dio toda la información sobre sí que pudo. Le dijo
que era hija de una palmera, bajo cuya sombra había tenido conciencia de su existencia,
pero que su madre había envejecido y había muerto hacía tiempo; que era muy vieja, ya
que había visto marchitarse en sus tallos muchas rosas; y aunque otras venían a
sustituirlas, no le gustaban tanto como las primeras, que eran mucho más grandes y
brillantes; que, en realidad, todo crecía menos últimamente, porque ahora podía alcanzar
el fruto que antes tenía que esperar a que cayese al suelo; pero que el agua, en cambio,
había subido, porque antes se veía obligada a beber con las manos y rodillas en el suelo,
mientras que ahora podía cogerla con una cáscara de coco. Finalmente, añadió, era
mucho más vieja que la luna, porque la había visto disminuir hasta hacerse más débil
que la luz de una luciérnaga; y la que ahora les alumbraba menguaría también, y su
sucesora sería tan pequeña que no volvería a darle el nombre que le puso a la primera:
Sol de la Noche.
»-Pero -dijo el que la acompañaba-, ¿cómo puedes hablar una lengua que no has
aprendido de tus piquituertos y tus pavos reales?
»- Te lo voy a decir -dijo Immalee, con un aire de solemnidad que su belleza e inocencia
hacían a la vez ridículo e imponente, en el que la traicionaba una ligera tendencia a ese
deseo de maravillar que caracteriza a su exquisito sexo-: mucho, mucho antes de que
naciera, vino un espíritu a mí del mundo de las voces, y me susurró sonidos que nunca
he olvidado.
»-¿De verdad? -dijo el desconocido.
»-¡Oh, sí!, mucho antes de que fuera yo capaz de coger un higo o de recoger agua con la
mano; así que debió de ser antes de que naciera. Cuando naci no era tan alta como un
capullo de rosa que intenté coger; ahora estoy tan cerca de la luna como la palmera... a
veces cojo sus rayos antes que ella. Así que debo de ser muy vieja, y muy alta.
»A estas palabras, el desconocido, con una expresión indescriptible, se recostó contra un
árbol. Observaba a esta criatura encantadora y desamparada, mientras rechazaba la fruta
y el agua que ella le ofrecía, con una mirada que, por primera vez, denotaba compasión.
El sentimiento del desconocido no se demoró mucho tiempo en un terreno al que no
estaba acostumbrado. Su expresión se transformó muy pronto en una mirada medio
irónica, medio diabólica, que Immalee no fue capaz de interpretar.
»-¿Y vives sola aquí -dijo-, y has vivido en este hermoso lugar sin compañía?
»-¡Oh, no! -dijo Immalee-: tengo una compañía que es más hermosa que todas las flores
de la isla. No hay pétalo de rosa que caiga en el río que sea tan resplandeciente como
sus mejillas. Vive bajo el agua, pero sus colores son muy brillantes. Ella me besa
también, pero sus labios son muy fríos; y cuando la beso yo, parece danzar, y su belleza
se deshace en mil rostros que me van sonriendo como estrellitas. Pero aunque ella tenga
mil caras, y yo sólo una, hay una cosa que me confunde. Sólo hay un arroyo donde ella
viene a mí, y es uno que no cubren las sombras de los árboles; y no puedo verla más que
cuando brilla el sol. Entonces, cuando la veo en el agua, la beso de rodillas; pero mi
amiga ha crecido tanto que a veces me gustaría que fuese más pequeña. Sus labios son
tan grandes que le doy mil besos por cada uno que ella me da a mí.
»-¿ Y esa compañía que tienes, es en realidad hombre o mujer? -preguntó el
desconocido.
»-¿Qué es eso? -dijo lmmalee.
»-Quiero decir, de qué sexo es esa compañía.
»Pero a esta pregunta no pudo obtener respuesta satisfactoria; y sólo cuando volvió al
día siguiente, al visitar la isla otra vez, descubrió que la amiga de lmmalee era lo que él
sospechaba. Descubrió a la encantadora e inocente criatura inclinada sobre el arroyo que
reflejaba su imagen, a la que galanteaba con mil espontáneas y graciosas actitudes de
198
alegre ternura. El desconocido la miró un rato, y unos pensamientos que habrían sido
difíciles de comprender para un hombre dieron sus diversas expresiones a su semblante.
Era la primera víctima a la que miraba con cierto escrúpulo. La alegría, también, con
que lmmalee le acogió, casi despertó sentimientos humanos en un corazón que había
renunciado a ellos hacía tiempo; y, por un instante, experimentó la misma sensación que
su señor cuando visitó el paraíso: lástima por las flores que había decidido marchitar
para siempre. La miró mientras correteaba a su alrededor con los brazos extendidos y
los ojos juguetones; y suspiró, al darle ella la bienvenida con palabras de tan dulce
espontaneidad como cabía esperar de un ser que hasta aquí no había conversado sino
con la melodía de los pájaros y el murmullo de las aguas. Con toda su ignorancia, sin
embargo, no pudo por menos de testimoniar su asombro ante la llegada del desconocido
sin un medio visible de transporte. Éste eludió contestarle sobre el particular; pero dijo:
» -lmmalee, vengo de un mundo muy distinto de éste en el que vives tú, entre flores
inanimadas y pájaros sin pensamiento. Vengo de un mundo donde todos, al igual que
yo, piensan y hablan.
»lmmalee se quedó muda de asombro y placer durante un rato. Por fin exclamó:
»-¡Oh, cómo deben quererse!; yo también quiero a mis pobres pájaros y flores, y a los
árboles que dan sombra, ¡y a las aguas que cantan para mí!
»El desconocido sonrió:
»-En todo ese mundo, quizá no haya un ser hermoso e inocente como tú. Es un mundo
de sufrimiento, de pecado y de zozobra.
»Fue muy difícil hacerle comprender el sentido de estas palabras; pero cuando lo
entendió, exclamó:
»-¡Ojalá pudiera yo vivir en ese mundo, porque haría felices a todos!
»-Pero no puedes, lmmalee -dijo el desconocido-; ese mundo es tan extenso que
tardarías toda la vida en recorrerlo; y durante tu marcha, no podrías conversar sino con
un pequeño número de sufrientes cada vez, y los males que soportan son en muchos
casos de tal naturaleza que ni tú ni ningún poder humano podría aliviarlos.
»A estas palabras, Immalee prorrumpió en una agonía de lágrimas.
»-Frágil pero adorable criatura -dijo el desconocido-, ¿podrían tus lágrimas curar las
corrosiones de la enfermedad, refrescar el febril latido del corazón cancerado, o lavar el
limo pálido de los apretados labios del hambre, o más aún, apagar el fuego de la pasión
prohibida?
»Immalee calló horrorizada ante esta enumeración, y sólo pudo balbucear que, allá
donde fuera, llevaría sus flores y sus rayos de sol entre los que tenían salud, y todos se
sentarían bajo la sombra de su tamarindo; en cuanto a la enfermedad y la muerte, hacía
tiempo que estaba acostumbrada a ver marchitarse y morir las flores con la hermosa
muerte de la naturaleza.
»- Y quizá -añadió, tras una breve reflexión-, como he visto a menudo que retienen su
delicioso perfume aun después de haberse marchitado, quizá todo lo que piensa viva
también después que su forma se haya marchitado, y es ése un pensamiento alegre.
»De las pasiones dijo que no sabía nada, y no podía sugerir ningún remedio para un mal
del que no sabía nada. Había visto marchitarse las flores al fin de la estación, pero no
podía imaginar por qué la flor tenía que destruirse.
»-Pero ¿no has visto nunca un gusano en una flor? -dijo el desconocido con la sofistería
de la corrupción.
»-Sí -contestó Immalee-, pero el gusano no era de la flor, sus propios pétalos no habrían
podido perjudicarla.
»Esto les llevó a una discusión, que la inexpugnable inocencia de Immalee, aunque
acompañada de ardiente curiosidad y viva perspicacia, hizo perfectamente inofensiva
199
para ella. Sus alegres e inconexas respuestas, su inquieta excentricidad de imaginación,
sus agudas y penetrantes aunque mal compensadas armas intelectuales y, sobre todo, su
instintivo e infalible tacto en cuanto a lo que estaba bien o mal, componían en conjunto
una estrategia que desbarataba y desconcertaba al tentador más que si se hubiese
enfrentado a la mitad de los polemistas de las academias europeas ge ese tiempo. Estaba
muy versado en la lógica de las escuelas, pero en esta lógica de la naturaleza y el
corazón era "la ignorancia en persona” . Se dice que el "intrépido león" se humilla ante
"una doncella orgullosa de su pureza” . Iba el tentador a retirarse contrariado cuando
vio que las lágrimas asomaban a los ojos brillantes de Immalee, y captó un oscuro e
instintivo presagio en su inocente pesar.
»-¿Lloras, Immalee?
»-Sí -dijo la hermosa criatura-, siempre lloro cuando veo que el sol se oculta detrás de
las nubes; y tú, sol de mi corazón, ¿vas a ocultarte también? , ¿no volverás a salir? -y
con la graciosa confianza de la inocencia pura, posó sus rojos y deliciosos labios sobre
la mano de él mientras decía-: ¿No volverás a salir? Ya no amaré mis rosas ni mis pavos
reales si tú no vuelves; porque no pueden hablarme como tú, ni pueden hacerme pensar;
en cambio tú puedes hacerme pensar mucho. ¡Oh!, me gustaría tener muchos
pensamientos sobre el mundo que sufre, del que has venido; porque creo que vienes de
él; pues hasta que no te he visto, no he sentido dolor alguno, sino placer. Pero ahora
todo se me vuelve dolor, pensando que no volverás.
»- Volveré -dijo el desconocido-, hermosa Immalee; y te mostraré, a mi regreso, una
imagen de ese mundo del que vengo, y del que pronto serás moradora.
»-Pero te veré en él, ¿verdad? -dijo Immalee-; ¿o cómo podré expresar pensamientos?
»-Sí, sí, por supuesto.
»-Pero ¿por qué repites las mismas palabras dos veces?; con una sería suficiente.
»-Sí; es verdad.
»-Entonces toma esta rosa, y aspiremos juntos su perfume, como le digo a mi amiga del
manantial cuando me inclino para besarla; pero mi amiga retira su rosa antes de que yo
la haya olido, y yo le dejo la mía sobre el agua. ¿Quieres llevarte mi rosa? -dijo la
hermosa suplicante, inclinándose hacia él.
»-Sí quiero -dijo el desconocido; y tomó una flor del ramo que Immalee sostenía ante él.
Era una rosa marchita. La arrancó y la ocultó en su pecho.
»-¿ Y vas a marcharte sin canoa, por el mar oscuro? -dijo Immalee.
»-Nos volveremos a encontrar, y será en el mundo del sufrimiento -dijo el desconocido.
»-Gracias... gracias -repitió Immalee, mientras le veía adentrarse audazmente en las
olas. El desconocido se limitó a contestar "nos volveremos a ver" dos veces mientras se
alejaba; lanzó una mirada a la hermosa y solitaria criatura; un atisbo de humanidad
aleteó en torno a su corazón..., pero se sacó violentamente la rosa marchita del pecho, y
contestó al brazo que se agitaba en de pedida y a la angelical sonrisa de Immalee:
»-Nos volveremos a ver.
___________ _
Più non ho la dolce speranza.
METASTASIO, La Didone.
»Siete mañanas y siete tardes deambuló Immalee por la playa de su solitaria isla, sin ver
aparecer al desconocido. Tenía aún el consuelo de su promesa de que se encontrarían en
el mundo del sufrimiento, cosa que se repetía llena de esperanza y de ilusión.
200
Entretanto, trataba de educarse para entrar en ese mundo; y era maravilloso ver sus
intentos, a partir de analogías vegetales y animales, de formarse alguna idea del
incomprensible destino del hombre. En la floresta, observaba la flor marchita. "La
sangre que ayer corría roja por sus venas se ha vuelto púrpura hoy, y ennegrecerá y se
secará mañana -se decía-. Pero no siente dolor ninguno; muere pacientemente, y el
ranúnculo y el tulipán que están junto a ella no sienten ningún pesar por su compafiera;
de lo contrario, no tendrían esos colores esplendorosos. Pero ¿ocurrirá así en el mundo
que piensa? ¿Podría verle a él marchitarse y morir, sin marchitarme y morir yo también?
¡Oh, no! Cuando esa flor se marchite, ¡Yo seré el rocío que la cubra!"
»Trató de ampliar su comprensión observando el mundo animal. Un pollito de
piquituerto había caído muerto de su nido, e Immalee, mirando por la abertura que este
inteligente pájaro construye para protegerse de las aves de presa, vio a los padres con
luciérnagas en sus pequeños picos, mientras su cría yacía sin vida ante ellos. Ante esta
escena, Immalee prorrumpió en lágrimas. "¡Ah!, vosotros no podéis llorar -se dijo-; ¡ésa
es la ventaja que tengo sobre vosotros! Coméis, aunque vuestro pequeñuelo haya
muerto; pero ¿podría yo beber la leche del coco si él no pudiese volver a probarla?
Ahora empiezo a comprender lo que dijo: pensar, entonces, es sufrir; ¡Y un mundo de
pensamiento debe de ser un mundo de dolor! ¡Pero qué deliciosas son estas lágrimas!
Antes lloraba de placer..., ahora en cambio siento un dolor más dulce que el placer,
como jamás había experimentado antes de verle. ¡Oh!, ¿quién no querría pensar, para
tener el gozo de las lágrimas?"
Pero Immalee no empleó este intervalo únicamente en reflexionar; una nueva ansiedad
empezó a inquietarla; y en los momentos de meditación y de lágrimas, buscaba con
avidez las conchas más brillantes y fantásticamente onduladas para adornarse con ellas
los brazos y el pelo. Se cambiaba su vestido de flores todos los días, y transcurrida una
hora, ya no las consideraba lozanas luego llenaba las conchas más grandes con el agua
más limpia, y las cáscaras de coco con los higos más deliciosos, entremezclados con
rosas, y los ordenaba pintorescamente sobre el banco de piedra de la derruida pagoda.
Pasaba e tiempo, no obstante, sin que apareciese el desconocido, e lmmalee, al visitar su
banquete al día siguiente, lloraba sobre los frutos marchitos; pero se secaba los ojos, y
se apresuraba a sustituirlos.
»En esto se hallaba ocupada la mañana del octavo día, cuando vio acercarse al
desconocido; y el espontáneo e inocente placer con que corrió hacia él des pertó en el
desconocido, por un instante, un sentimiento de sombría y renuente compunción, que la
viva sensibilidad de lmmalee percibió en su paso vacilante y su mirada desviada. Se
detuvo lmmalee, temblando, con graciosa y suplicante timidez, como pidiendo perdón
por alguna falta inconsciente, y permiso para acercarse con la misma actitud en que se
mantenía, mientras las lágrimas, contenidas en sus ojos, estaban prestas a derramarse al
menor asomo de otro gesto de rechazo. Esta visión "aguzó su casi embotada
resolución" Debe aprender a sufrir, prepararse para convertirse en discípula mía, pensó
e desconocido.
»-lmmalee, estás llorando -dijo, acercándose a ella.
»-¡Oh, sí! -dijo lmmalee, sonriendo como una mañana de primavera a través de sus
lágrimas-; tienes que enseñarme a sufrir, y pronto estaré preparada para tu mundo...
Pero preferiría llorar por ti a sonreír ante mil rosas.
»lmmalee -dijo el desconocido, luchando contra la ternura que le ablandaba a pesar
suyo-, lmmalee, vengo a mostrarte algo del mundo del pensamiento en el que tan
deseosa estás de vivir, y del que pronto serás moradora. Sube a este monte donde se
apiñan las palmeras, y tendrás una visión de parte de él.
201
»-Pero a mí me gustaría verlo todo, ¡Y ahora! -dijo lmmalee con la avidez natural del
intelecto sediento y ansioso de alimento que cree que puede engullir y digerir todas las
cosas.
»-¡Todo, y a la vez! -dijo su guía, volviéndose para sonreírle mientras ella iba saltando
tras él, sin aliento, y rebosante de un sentimiento reciente. Creo que la parte que vas a
ver esta tarde será más que suficiente para saciar tu curiosidad.
"Mientras hablaba, se sacó un tubo de la casaca, y le dijo que mirara por él. Obedeció la
india; pero tras mirar un momento, profirió una sonora exclamación:
»-¡Estoy allí!... ¿o están ellos aquí? -y se derrumbó al suelo vencida por un delirio de
placer.
»Se levantó seguidamente, y cogiendo con ansiedad el catalejo, miró por él en otra
dirección, lo que le reveló únicamente el mar; y exclamó con tristeza:
»-¡ Ya no están!, ¡ya no están!... todo ese mundo maravilloso ha vivido y ha muerto en
un instante; todo lo que amo muere así; mis rosas queridas no viven ni la mitad de las
que no me gustan; tú has estado ausente siete lunas, desde que te vi por primera vez, y
el mundo maravilloso ha durado sólo un instante.
»El desconocido le dirigió otra vez el catalejo hacia la costa de la India, de la que no
estaban muy lejos, e Immalee exclamó de nuevo con arrobamiento:
»-¡Están vivos, y son más hermosos aún!, ¡todos seres vivos, seres que piensan!... su
misma manera de andar pierna. No son peces mudos, ni árboles insensibles, sino rocas
maravillosas41, a las que miran con orgullo como si fueran obra de sus propias manos.
¡Hermosas rocas!, ¡cómo me gusta la perfecta igualdad de vuestras caras, y los moños
rizados como flores de vuestras partes más altas! ¡Oh, si crecieran flores y cantaran
pájaros a vuestro alrededor, os preferiría a las rocas bajo las cuales contemplo la puesta
de sol! ¡Oh, qué mundo debe de ser ése, en el que nada es natural, y todo es hermoso!...,
el pensamiento debe de haber hecho todo eso. Pero ¡qué pequeño es todo!; el
pensamiento debía haberlo hecho más grande... el pensamiento debe de ser un dios.
Pero -añadió, con aguda inteligencia y tímida autoacusación- quizá esté equivocada. A
veces he creído que podía poner mi mano sobre la copa de una palmera, pero cuando,
después de andar y andar, he llegado junto a ella, no habría podido tocar ni la palma
más baja, aunque hubiese sido yo diez veces más alta de lo que soy. Quizá tu hermoso
mundo se haga más grande cuando me acerque a él.
»-Escucha, Immalee -dijo el desconocido, cogiéndole el catalejo de las manos-, para
gozar de esta visión, debes comprenderla.
»-¡Ah, sí! -dijo Immalee con sumisa ansiedad, mientras el mundo de los sentidos perdía
terreno rápidamente en su imaginación frente al recién descubierto del intelecto-, sí,
déjame pensar.
»-Immalee, ¿tienes alguna religión? -dijo el visitante, al tiempo que una sensación de
dolor volvía aún más pálido su pálido rostro. Immalee, rápida en captar y comprender el
sentimiento físico, echó a correr y regresó un instante después con una hoja de higuera
de Bengala, con la que secó las gotas de la lívida frente del desconocido; luego se sentó
a sus pies, en una actitud de profunda pero ansiosa atención.
»-¡Religión! -repitió-. ¿Qué es eso?; ¿es un nuevo pensamiento?
»-Es la conciencia de un Ser superior a todos los mundos y sus habitantes, porque es el
Creador de todos, y será su juez; de un Ser al que no podemos ver, pero en cuyo poder y
presencia debemos creer, aunque es invisible; de uno que está en todas partes invisible,
actuando siempre, aunque jamás en movimiento; oyéndolo todo, pero sin ser oído.
»Immalee le interrumpió con expresión aturdida.
41 Intelllige “edificios” (N. del A.)
202
»-¡Espera!, demasiados pensamientos me matarán; déjame descansar. Yo he visto la
lluvia, que venía a refrescar el rosal derribado en la tierra -tras un esfuerzo solemne por
recordar, añadió-: La voz de los sueños me dijo algo parecido, antes de nacer; pero hace
ya mucho tiempo... a veces he tenido pensamientos dentro de mí que eran como esa voz.
He pensado que amaba demasiado las cosas de mi alrededor, y que debía amar cosas
que estuvieran mds allá: flores que no se marchitasen, y un sol que no se ocultara jamás.
Podía haberme elevado como un pájaro en el aire, y correr tras ese pensamiento... pero
no había nadie que me enseñase el camino hacia arriba.
»Y la entusiasmada joven alzó hacia el cielo unos ojos en los que temblaban las
lágrimas de extáticas figuraciones, y luego los volvió en muda súplica hacia el
desconocido. :
»-Es cierto -prosiguió él-; no se trata sólo de tener pensamientos sobre ese Ser, sino de
expresarlos con actos externos. Los habitantes del mundo que vas a ver llaman a esto
adoración, y han adoptado (una sonrisa satánica curvó sus labios mientras hablaba)
modos muy distintos; tan distintos que, de hecho, sólo hay un punto en el que coinciden:
hacer de su religión un suplicio; la religión impulsa a unos a torturarse a sí mismos, y a
otros a torturar a los demás. Y aunque, como digo, todos ellos coinciden en ese punto
importante, por desgracia difieren tanto en el modo que ha habido muchos trastornos
por este motivo en el mundo que piensa.
»-¡En el mundo que piensa! -repitió Immalee-; ¡imposible! Sin duda saben que el que es
Uno no puede aceptar una diferencia.
»-Entonces, ¿no has adoptado ninguna forma de expresar tus pensamientos sobre este
Ser, es decir, de adorarle? -dijo el desconocido.
»-Sonrío cuando sale el sol con todo su esplendor, y lloro cuando se eleva el lucero de
la tarde -dijo Immalee.
»-¿Rechazas las contradicciones de las distintas formas de adoración, y empleas, no
obstante, sonrisas y lágrimas para dirigirte a la deidad?
»-Sí, porque estas dos cosas son expresiones de alegría para mí -dijo la pobre india-; el
sol es tan feliz cuando sonríe a través de las nubes de lluvia como cuando arde en lo alto
del cielo con la fiereza de su hermosura; y yo soy feliz cuando sonrío y cuando lloro.
»-Los que vas a ver -dijo el desconocido, ofreciéndole el catalejo-, son tan diferentes en
sus formas de adoración como las sonrisas y las lágrimas; aunque no son felices como
tú ni en lo uno ni en lo otro.
»Immalee aplicó el ojo al catalejo, y profirió una exclamación de placer ante lo que vio.
»-¿Qué ves? -dijo el desconocido.
»Immalee describió lo que veía con muchas expresiones imperfectas que quizá sean más
comprensibles con las aclaraciones del desconocido.
»-Lo que ves -dijo éste-, es la costa de la India, los bordes del mundo cercanos a ti. Allí
está la negra pagoda de Juggernaut; es ese edificio enorme en el que tu ojo se ha fijado
primero. Junto a ella está la mezquita islámica; se distingue porque tiene una figura
como de media luna. Es voluntad del que gobierna el mundo que sus habitantes le
adoren por ese signo42. Un poco más lejos puedes ver un edificio bajo con un tridente en
su cúspide: es el templo de Maha-deva, una de las antiguas diosas del país.
»-Pero las casas no significan nada para mí -dijo Immalee-; enséñame los seres que
viven allá. Las casas no son ni la mitad de bonitas que las rocas de la costa, cubiertas de
algas marinas y musgo, a la sombra de las altas palmeras y os cocoteros.
»-Pero esos edificios -dijo el tentador- representan las diversas formas de pensamiento
de quienes los frecuentan. Si es a sus pensamientos adonde quieres asomarte, debes
42 Tipoo Saib quiso sustituir la mitología mahometana por la india en todos sus dominios. Esta
circunstancia, aunque muy anterior, es, por tanto, imaginable. (N. del A.)
203
verlos expresados en sus acciones. En el trato de unos con otros, los hombres son
generalmente falsos; pero en sus relaciones con sus dioses, son aceptablemente sinceros
en la expresión del carácter que les asignan en su imaginación. Si ese carácter es
terrible, ellos expresan temor; si es cruel, lo manifiestan mediante los sufrimientos que
se infligen a sí mismos; si tenebroso, la imagen del dios se reflejará fielmente en el
rostro de su adorador. Mira y juzga tú misma.
»Immalee miró y vio una gran llanura arenosa, con la oscura pagoda de Juggernaut en
su campo de visión. En esta llanura yacían los huesos de un millar de esqueletos,
blanqueándose, bajo un aire reseco y abrasador. Un millar de cuerpos humanos, apenas
más vivos, y poco menos flacos, arrastraban sus cuerpos requemados y ennegrecidos
por la playa, para ir a perecer a la sombra del templo, sin esperanza de alcanzar jamás la
de sus muros.
»Multitud de ellos caían muertos mientras avanzaban a rastras. Otros, vivos aún,
agitaban débilmente la mano para espantar a los buitres que les sobrevolaban más y más
cerca a cada pasada, arrancaban jirones de mísera carne de los huesos aún vivos de la
enloquecida víctima, y retrocedían con un chillido de desencanto ante el escaso e
insulso bocado que se llevaban.
»Muchos otros, llevados de su falso y fanático celo, trataban de redoblar sus tormentos
arrastrándose por la playa con las manos y las rodillas; pero esas manos, atravesadas
con clavos, y esas rodillas, raspadas literalmente hasta el hueso, luchaban débilmente en
medio de la arena, con los esqueletos, los cuerpos que no tardarían en serlo y los buitres
que se encargarían de ello.
»Immalee contuvo el aliento, como si hubiese inhalado los efluvios abominables de esta
masa de putrefacción que, según se dice, contamina las playas cercanas al templo de
Juggernaut como una pestilencia.
»Junto a esta pavorosa escena, pasó un desfile, cuyo esplendor provocaba un llamativo
y terrible contraste con la nauseabunda, ruinosa, desolación de la vida animal e
intelectual, en medio de la cual avanzaba su airosa, centelleante y oscilante pompa. Una
enorme estructura, más parecida a un palacio moviente que a una carroza triunfal, daba
cobijo a la imagen de Juggernaut, y era arrastrada por la fuerza conjunta de mil seres
humanos, sacerdotes, víctimas, brahmanes, faquires y demás. A pesar de este tiro
impresionante, el impulso era tan desigual que el edificio entero oscilaba y se
bamboleaba de vez en cuando, y esta singular unión de inestabilidad y esplendor, de
temblona decadencia y magnificencia terrible, daba una fiel imagen del ostentoso
exterior y la vaciedad interior de su religión idólatra. Mientras desfilaba el cortejo,
deslumbrante en medio de la desolación, triunfante en medio de la muerte, las
multitudes corrían de vez en cuando a postrarse bajo las ruedas de la enorme maquinaria
que, sin detenerse, las aplastaba y despedazaba; otros "se cortaban con cuchillos y
lancetas según sus costumbres", y no considerándose merecedores de morir bajo las
ruedas de la carroza del ídolo, trataban de propiciárselo tiñendo las rodadas con su
sangre; sus parientes y amigos gritaban de gozo al ver los ríos de sangre que teñían la
carroza y su trayecto, y esperaban obtener beneficio por estos sacrificios voluntarios con
tanta convicción, y quizá con tanta razón, como el creyente católico en la penitencia de
san Bruno o en la enucleación de santa Lucía, o en el martirio de santa Úrsula y sus
once mil vírgenes, que traducido significa el martirio de una sola mujer llamada
Undecimilla, nombre que las leyendas católicas interpretan como Undecim Milla.
»Siguió la procesión en medio de esa mezcolanza de ritos que caracteriza la idolatría de
todos los países -mitad espléndida, mitad horrible-, apelando a la naturaleza y
rebelándose contra ella a la vez, mezclando las flores con la sangre, y arrojando
alternativamente niños enloquecidos y guirnaldas de rosas bajo el carro del ídolo.
204
»¡Ése es el cuadro que apareció ante los ojos tensos e incrédulos de Immalee, mezcla de
grandiosidad y horror, de gozo y sufrimiento, de flores aplastadas y cuerpos mutilados,
de magnificencia que clamaba tortura para su triunfo, y vaho de sangre e incienso de
rosas aspirados a un tiempo por las narices triunfales de un demonio encarnado que
marchaba en medio de las ruinas de la naturaleza y los despojos del corazón! Immalee
siguió mirando con horrorizada curiosidad. Vio, con ayuda del catalejo, a un muchacho
sentado en la parte delantera del templo moviente que "ejecutaba una alabanza" al
nauseabundo ídolo, con todas las atroces lubricidades del culto fálico. Su inimaginable
pureza la protegió como un escudo de la más ligera conciencia del significado de este
fenómeno. En vano la importunó el tentador con preguntas y alusiones y ofrecimientos
de ilustración: la encontró fría, indiferente y hasta sin interés. El tentador rechinó los
dientes y se mordió el labio en parenthèse. Pero cuando Immalee vio a las madres
arrojar a sus hijos bajo las ruedas del carro, y volverse luego a contemplar la danza
salvaje y desenfrenada de las almahs, y verlas, con los labios y con palmadas, llevar el
ritmo del sonido de los cascabeles de plata que tintineaban en torno a sus delgados
tobillos mientras sus hijos se retorcían en mortal agonía, dejó caer el catalejo, presa de
horror, y exclamó:
»-¡El mundo que piensa no siente! Jamás he visto a la rosa matar a su capullo.
»-Pero sigue mirando -dijo el tentador-; observa ese edificio cuadrado de piedra,
alrededor del cual hay reunidos unos cuantos vagabundos, y cuya cúspide está coronada
por el tridente: es el templo de Maha-deva, una diosa que carece del poder y la
popularidad del gran ídolo Juggernaut. Fíjate cómo se acercan a ella sus adoradores. ,
»Immalee miró, y vio a unas mujeres que ofrecían flores, frutos y perfumes; algunas
jóvenes le traían pájaros enjaulados a los que soltaban; otras, después de hacer votos por
la seguridad de algún ausente, dejaban ir un vistoso barquito de papel, iluminado con
cera, por las aguas cercanas de un río, pidiéndole que no se hundiese hasta que llegase a
él.
»Immalee sonrió complacida ante los ritos de esta inocente y graciosa superstición.
»-Esta religión no es de tormento -dijo.
»-Mira otra vez -dijo el desconocido
»Miró Immalee, y vio a esas mismas mujeres, cuyas manos habían librado a los pájaros
de sus jaulas, colgando de las ramas de los árboles que daban sombra al templo de
Maha-deva cestas que contenían a sus niños recién nacidos, donde los dejaban que
pereciesen de hambre o devorados por las aves, mientras ellas danzaban y cantaban en
honor a la diosa.
»Otras llevaban a sus ancianos padres, al parecer con el más celoso y tierno cuidado,
hasta la orilla del río, donde, después de ayudarles a realizar sus abluciones con todo el
cariño filial y piedad divina, los abandonaban medio sumergidos en el agua para que los
devorasen los cocodrilos, los cuales no dejaban que las desdichadas presas esperasen
mucho tiempo su horrible muerte; mientras que otras eran depositadas en la jungla
cercana a la orilla, donde encontraban un destino igualmente cierto y espantoso en las
fauces de los tigres que la infestaban, y cuyos rugidos acallaban al punto los débiles
gemidos de sus víctimas indefensas.
»Immalee se dejó caer al suelo ante este espectáculo, y tapándose los ojos con ambas
manos, permaneció muda de aflicción y de horror.
»-Mira otra vez -dijo el desconocido-; no todos los ritos de las religiones son tan
sangrientos.
»Otra vez miró Immalee, y vio una mezquita islámica erguida con todo el esplendor que
acompañó a la primera introducción de la religión de Mahoma entre los hindúes. Alzaba
205
sus doradas cúpulas, sus cincelados minaretes y sus enhiestos pináculos, con toda la
riqueza y profusión que la decorativa imaginación de la arquitectura oriental, a un
tiempo luminosa y exuberante, grandiosa y etérea, se complace prodigar en sus obras
predilectas.
»Un majestuoso grupo de musulmanes acudía a la mezquita a la llamada del muecín.
Alrededor del edificio no se veía árbol ni arbusto ninguno; no recibía sombra ni
ornamento de la naturaleza; carecía de esas sombras suaves y matizadas que parecen
unir a las criaturas y las obras de Dios para gloria de éste, y exhortan a la inventora
magnificencia del arte y a la espontánea amabilidad de la naturaleza a exaltar al Autor
de ambas cosas; se alzaba aislada, obra y símbolo de manos vigorosas y espíritus
orgullosos, como parecían ser los de los que se acercaban en calidad de adoradores. Sus
rostros elegantes y pensativos, sus atuendos majestuosos, sus airosas figuras,
contrastaban enormemente con la expresión torpe, postura agachada y semidesnuda
escualidez de algunos pobres hindúes que, sentados sobre sus nalgas, se estaban
comiendo su ración de arroz en el momento de pasar los musulmanes camino de sus
devociones. Immalee los miró con cierta mezcla de temor y placer, y empezó a pensar
que debía de haber algo bueno en la religión que estos seres de noble aspecto
profesaban. Pero antes de entrar en la mezquita, maltrataron y escupieron a los
inofensivos y aterrados hindúes; les golpearon con el plano de sus sables y, llamándoles
perros de los idólatras, les maldijeron en nombre de Dios y del profeta. Immalee,
sublevada e indignada ante tal escena, aunque no podía oír las palabras que la
acompañaron, exigió una explicación de dicha actitud.
»-Su religión -dijo el desconocido-les ordena odiar a todo el que no adore lo que ellos
adoran.
»-¡Ay! -exclamó Immalee llorando-, ¿no es ese odio que su religión enseña una prueba
de que la suya es la peor? Pero ¿por qué -añadió, cor semblante iluminado con toda la
espontánea y vivaz inteligencia de su admiración, mientras se ruborizaba ante sus
recientes temores-, por qué no , entre ellos a alguno de los seres amables cuyos vestidos
son diferentes, a los que tú llamas mujeres? ¿ Por qué no van ellas a adorar también?, ¿o
es que ellas tinen una religión más amable?
»-Esa religión -replicó el desconocido- no es muy benévola con esos seres, entre los que
tú eres el más hermoso; enseña que los hombres tendán varias compañeras en el mundo
de las almas; tampoco dice claramente si las mujeres llegarán a él. Allá puedes ver a
algunos de esos seres excluidos, vagando entre aquellas piedras que señalan el lugar de
sus muertos, repitiendo oraciones por los difuntos, sin atreverse a esperar reunirse con
ellos; ya otros, viejos indigentes, sentados a la puerta de la mezquita, leyendo en voz
alta pasajes del libro que tienen sobre sus rodillas (que ellos llaman Corán) con la
esperanza de recibir una limosna, no de inspirar devoción.
»A estas palabras desoladoras, Immalee, que había esperado en vano encontrar en
alguno de estos sistemas la esperanza o consuelo que su puro espíritu vívida
imaginación ansiaban por igual, sintió un indecible encogimiento del alma ante la
religión que así se le describía, y que mostraba tan sólo un cuadro pavoroso de crueldad
y de sangre, de inversión de todo principio de la naturaleza, y de ruptura de todo lazo
del corazón.
»Se dejó caer al suelo, y exclamó:
»-No existe ningún Dios si no hay otro que el de ellos.
»Luego, levantándose como para echar una última ojeada, con la desesperada esperanza
de que fuese todo una ilusión, descubrió un edificio pequeño: Oscuro a la sombra de las
palmeras, y coronado por una cruz; y sorprendida por la discreta sencillez de su aspecto
y el escaso número y pacífica actitud d. los pocos que se acercaban a él, exclamó que
206
ésa debía de ser una nueva religión, y preguntó anhelante su nombre y sus ritos. El
desconocido mostró cierto desasosiego ante el descubrimiento que ella había hecho, y lo
reveló más grande aún al contestar a las preguntas que se le formulaban; pero se las
hacía con tan insistente y persuasiva porfía, y la hermosa criatura que le urgía pasaba
con tanta naturalidad del dolor profundo y reflexivo a la infantil aunque inteligente
curiosidad, que no le habría sido posible a hombre ninguno, ni a criatura más o menos
humana, resistirle.
»Su semblante encendido, cuando se volvió hacia él con una expresión mitad
impaciente, mitad suplicante, era sin duda el "de un niño apaciguado que sonríe a
través de sus lágrimas"43. Puede que actuara también otra causa en este profeta de
maldiciones, y le hiciera pronunciar una bendición donde él quiso proferir un
juramento; pero en eso no nos atrevemos a indagar, ni se sabrá plenamente hasta el día
en que se revelen todos los secretos. Fuera como fuese, se sintió impulsado a confesar
que era una nueva religión, la religión de Cristo, cuyos ritos y adoradores veía ella.
»-Pero, ¿cuáles son los ritos? -preguntó Immalee-. ¿Matan a sus hijos, o a sus padres,
para demostrar su amor a Dios? ¿Los cuelgan en cestos para que mueran allí, o los
abandonan en la orilla de los ríos para que sean devorados por animales horribles y
feroces?
»-La religión que ellos profesan prohíbe todo eso -dijo el desconocido con desganada
sinceridad-; les exige que honren a sus padres y que cuiden a sus hijos.
»-Pero ¿por qué no arrojan de su iglesia a los que no piensan como ellos?
»-Porque su religión les ordena ser mansos, benévolos y tolerantes; y no rechazar ni
despreciar a los que no han alcanzado su luz más pura.
»-Pero ¿por qué no se ve esplendor ni magnificencia alguna en su culto, ni nada
grandioso o atractivo?
»-Porque saben que Dios no puede ser adorado adecuadamente sino por corazones y
manos inocentes; y aunque su religión concede toda esperanza al culpable penitente, no
alienta con falsas promesas a suplantar el homenaje del corazón con devociones
externas, o con una religión artificiosa y pintoresca la simple devoción a Dios, ante cuyo
trono, aunque se derrumbase y se redujese a polvo el más orgulloso de los templos
erigidos en su honor, el corazón seguiría encendido en el altar como víctima
inextinguible y aceptable.
»Mientras él hablaba, Immalee (movida quizá por un poder superior) inclinó su rostro
resplandeciente a la tierra; luego, alzándolo con la expresión de un ángel recién nacido,
exclamó:
»-¡Cristo será mi Dios, y yo seré cristiana!
»Nuevamente se inclinó en esa profunda postración que indica la conjunta sumisión del
alma y el cuerpo, y permaneció en esta actitud de ensimismamiento tanto tiempo que,
cuando se levantó, no notó la ausencia de su compañero: "Había desaparecido
gruñendo; y con él se habían ido las sombras de la noche".
_____________ _
Why, I did say something about getting a licence from the Cadí.
43 Confío en que se me perdone el absurdo de esta cita en razón de su belleza. Está tomada de Joanna
Baillie, primera poetisa dramática de la época. (N. del A.)
207
BarbaAzul
»Las visitas del desconocido se interrumpieron durante un tiempo; y cuando volvió,
parecía como si su propósito no fuese ya el mismo. Ya no trató de corromper sus
principios, ni falsear su intelecto, ni confundir sus opiniones acerca de la religión. Sobre
este último tema se abstuvo de hablar en absoluto; parecía lamentar haberlo abordado
anteriormente, y ni toda la inquieta avidez de saber que ella sentía ni la mimosa
insistencia de su gesto, pudieron sonsacarle una sílaba más al respecto. Sin embargo, la
compensó ampliamente con el rico y variado caudal de conocimientos de una mente
dotada de una reserva que superaba la capacidad de acumulación de la experiencia
humana, confinada como está en los límites de los setenta años. Pero no causó esto
asombro a lmmalee: no reparó en el tiempo, y la historia de ayer y la crónica de siglos
pasados se sincronizaban en su mente, para la que hechos y fechas eran desconocidos
por igual; asimismo, desconocía las sombras graduales del devenir y la encadenada
sucesión de los acontecimientos.
»A menudo se sentaban por la tarde en la playa de la isla, donde lmmalee preparaba
siempre un asiento de musgo a su visitante, y juntos contemplaban el azul profundo en
silencio; porque el intelecto y el corazón de lmmalee, recién despiertos, sentían esa
quiebra del lenguaje que el profundo sentimiento imprime en los espíritus muy
cultivados, y que, en su caso, aumentaban igualmente su inocencia y su ignorancia; su
visitante, quizá, tema razones aun mas poderosas para guardar silencio. Este silencio, no
obstante, se rompía a menudo. No había embarcación que pasara a lo lejos que no
sugiriera una ansiosa pregunta de Immalee, y no arrancara una lenta y desganada
respuesta al desconocido. Sus conocimientos eran inmensos, variados y profundos (pero
eso era más bien motivo de placer que de curiosidad para su bella discípula); y desde la
canoa india tripulada por nativos desnudos, a las espléndidas y pesadas y mal
gobernadas naves de los rajás, que flotaban como enormes dorados peces corveteando
con tosco y primitivo alborozo sobre las olas, hasta los galantes y bien patroneados
navíos de Europa, que cruzaban como dioses del océano llevando fecundidad y saber,
descubrimientos de arte y bendiciones de la civilización dondequiera que recogiesen sus
velas y echasen el ancla, él podía contarle de todo: describirle el destino de cada
embarcación; los sentimientos, carácter y costumbres nacionales de sus variopintos
tripulantes; y ampliar los conocimientos de ella hasta un grado que los libros no habrían
podido alcanzar jamás; porque la comunicación coloquial es siempre el medio más
vívido y eficaz, y los labios tienen el reconocido derecho a ser los primeros mensajeros
del saber y del amor.
»Quizá este ser extraordinario, para quien las leyes de la mortalidad y los sentimientos
de la naturaleza parecían hallarse igualmente en suspenso, sentía junto a lmmalee una
especie de triste y espontáneo descanso respecto al destino que le perseguía
incansablemente. No sabemos, y nunca podremos decirlo, qué sensaciones le inspiraba
la inocente y desamparada belleza de lmmalee; pero el caso es que dejó de mirarla como
a su víctima; y cuando estaba sentado junto a ella escuchando sus preguntas o
contestándolas, parecía disfrutar de los pocos intervalos lúcidos de su loca e insensata
existencia. Lejos de ella, volvía al mundo para torturar y tentar en el manicomio donde
el inglés Stanton se revolvía en su paja...»
-Esperad -dijo Melmoth-; ¿qué nombre habéis dicho?
-Tened paciencia conmigo, señor -dijo Moncada, a quien no le gustaba que le
interrumpiesen-; tened paciencia, y descubriréis que todos somos cuentas ensartadas de
un mismo collar. ¿Por qué tenemos que chocar unos contra otros?, nuestra unión es
indisoluble.
208
Reanudó la historia de la desventurada india, tal como se hallaba consignada en aquellos
pergaminos de Adonijah, que se había visto obligado a copiar, y de los que estaba
deseoso de transmitir cada línea y palabra a su oyente, para corroborar su propia y
extraordinaria historia:
-Cuando se hallaba lejos de ella, su propósito era el que he descrito; pero cuando ella
estaba presente, parecía que este propósito quedaba en suspenso; la miraba a menudo
con ojos cuyo fiero y violento fulgor apagaba un rocío que él se apresuraba a enjugar;
tras lo cual volvía a mirarla otra vez. Mientras estaba sentado junto a ella, sobre las
flores que lmmalee había recogido para él; mientras miraba esos labios tímidos y
sonrosados que esperaban su señal para hablar, como capullos que no se atreviesen a
abrirse hasta que el sollos iluminara; mientras escuchaba las palabras que surgían de
ellos convencido de que serían tan imposibles de pervertir como enseñar a un ruiseñor la
blasfemia, se quedaba ensimismado, se pasaba la mano por su frente lívida y, enjugando
algunas gotas frías, creía por un instante que no era el Caín del mundo moral y que se
había borrado su estigma... al menos de momento. En seguida le volvía su habitual e
impermeable tenebrosidad de alma. Sentía otra vez el roer del gusano que nunca muere,
y los ardores del fuego que no se apaga jamás. Volvía la luz fatal de sus ojos
enigmáticos hacia el único ser que no se estremecía ante su expresión, ya que su
inocencia la volvía audaz. La miraba atentamente, mientras la rabia, la desesperación y
la piedad le laceraban el corazón; y al ver la confiada y conciliadora sonrisa con que
este ser apacible acogía una expresión que podía haber secado el corazón del más
atrevido -una Sémele que miraba suplicando amor al rayo que la iba a fulminar-, una
gota de humanidad empañaba su ominoso fulgor, al posar violentamente sus
atemperados rayos sobre ella. Apartaba al punto los ojos de Immalee, dirigía su mirada
hacia el océano, como buscando en el escenario de la vida humana algún combustible
que arrojar al fuego que consumía sus entrañas. El océano, sereno y brillante ante ellos
como un mar de jaspe, jamás reflejó dos semblantes más distintos, ni envió sentimientos
más opuestos a dos corazones. Para el de Immalee, exhalaba la profunda y deliciosa
ensoñación que esas formas de la naturaleza que reúnen la tranquilidad y la hondura
derraman sobre las almas cuya inocencia les confiere el derecho a un gozo puro y
exclusivo de la naturaleza. Nadie sino los espíritus inocentes y desapasionados han
gozado jamás verdaderamente de la tierra, del océano y del cielo. A nuestra primera
transgresión, la naturaleza nos rechaza, como rechazó a nuestros primeros padres para
siempre del paraíso.
»Para el desconocido, el paisaje estaba poblado de visiones muy distintas. y lo
inspeccionaba como el tigre inspecciona una selva en la que abundan las presas; podía
haber tormenta y algún naufragio; o, si los elementos se hallaban obstinadamente
encalmados, podía ser que la vistosa y dorada barca de placer de un rajá, habiendo
salido con las hermosas mujeres de su harén a aspirar la brisa del mar bajo doseles de
seda y oro, volcase por impericia de los remeros, y sumergiéndose todos, se debatiesen
en la agonía, en medio de la sonrisa y belleza del océano en calma, dando lugar a uno de
esos contrastes en los que se complacía su feroz espíritu. Y si aun esto le era negado,
podía ver las embarcaciones que cruzaban, convencido de que, desde el esquife al
inmenso mercante, llevaban todos su cargamento de dolor y de crimen. Pasaban barcos
europeos cargados de pasiones y crímenes de otro mundo: de codicia insaciable, de
crueldad sin conciencia, de sagacidad atenta y servicial a la causa de sus malvadas
pasiones, actuando su refinamiento como un estimulante para buscar formas más
ingeniosas y vicios más sistematizados. Los veía venir a traficar con "oro y plata, y con
las almas de los hombres"; a apoderarse con ansiosa rapacidad de las piedras preciosas
y valiosos productos de estos climas lujuriantes, negando a sus habitantes el arroz que
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sustentaba sus inofensivas existencias; a descargar el peso de sus crímenes, de su lujuria
y su avaricia y, después de devastar la tierra y expoliar a los nativos, marcharse dejando
tras ellos el hambre, la desesperación y la execración, y trayendo a Europa cuerpos
atropellados, pasiones inflamadas, corazones ulcerados y conciencias incapaces de
sufrir la oscuridad de sus alcobas.
»Tales eran los objetos que él contemplaba; y una tarde, apremiado por las incesantes
preguntas de Immalee sobre los países a los que tan precipitadamente corrían estos
barcos, o de los que regresaban, le hizo una descripción del mundo, a su modo, con una
mezcla de burla, malignidad e impaciente amargura ante la inocencia de su curiosidad.
Y había en su esbozo tal mezcla de acritud diabólica, mordaz ironía y pavorosa
veracidad, que a menudo fue int rrumpido por las exclamaciones de asombro, pesar y
terror de su oyente.
»- Vienen -dijo, señalando las naves europeas- de un mundo en donde el único interés
de los habitantes es cómo aumentar sus propios sufrimientos, y los de los demás, lo más
posible; y considerando que sólo llevan practicando este ejercicio unos cuatro mil años,
hay que reconocer que son aprendices bastante aventajados.
»-Pero ¿es posible?
»-Juzga tú misma. Con ayuda de este deseable objetivo, todos han estado dotados
originalmente de cuerpos imperfectos y malas pasiones; y para no ser desagradecidos,
se pasan la vida pensando cómo aumentar las aflicciones de unos y agravar las
amarguras de otros. No son como tú, Immalee, ser que alientas entre las rosas y sólo te
sustentas con el jugo de los frutos y con la linfa del puro elemento. A fin de hacer más
groseros sus pensamientos, y más ardientes sus espíritus, devoran animales y extraen de
los vegetales maltratados una bebida que, sin apagar la sed, tiene el poder de extinguir
la razón, inflamar las pasiones y acortar la vida..., lo que constituye el mejor de los
resultados, ya que la vida en esas condiciones debe su única felicidad a la brevedad de
su duración.
»Immalee se estremeció ante la mención de un alimento animal, como la mayoría de los
delicados europeos se estremecían ante la mención de un festín caníbal; y mientras le
temblaban las lágrimas en sus bellos ojos, se volvió ansiosamente hacia sus pavos reales
con una expresión que hizo sonreír al desconocido.
»-Algunos -dijo, a modo de consuelo- no tienen el gusto complicado en absoluto:
satisfacen su necesidad de comer con la carne de sus semejantes; y como la vida
humana es siempre miserable, y la animal en cambio no (salvo que intervengan causas
elementales), podría pensarse que ésa es la manera más humana y saludable de saciar el
apetito y reducir al mismo tiempo el número de los seres humanos que sufren. Pero
como estas gentes se jactan de su ingenio en agravar los sufrimientos de su situación,
anualmente dejan perecer de hambre y de aflicción a miles de seres humanos, y se
divierten alimentando animales a los que, privándolos de la existencia, se les privaría
del único placer que su condición les permite. Y cuando, por antinatural dieta y atroz
estímulo, consiguen corromper las debilidades hasta convertirlas en enfermedad, y
exacerbar la pasión hasta convertirla en locura, exhiben las pruebas de su éxito con una
destreza y persistencia admirables. No viven como tú, Immalee, en amable
independencia de la naturaleza, que te acuestas en la tierra y duermes con todos los ojos
del cielo velando por ti, pisas la misma yerba hasta que tus pies livianos se sienten
amigos de cada hoja que rozan, y conversas con las flores hasta que sientes que ellas y
tú sois hijas de la común familia de la naturaleza, cuyo mutuo lenguaje de amor casi
habéis aprendido a comunicaros... No; para llevar a efecto sus propósitos, su alimento,
que es en sí mismo veneno, tiene que volverse más fatal merced al aire que respiran, y
por esta razón la multitud más civilizada se reúne en un espacio que su propia
210
respiración y las exhalaciones de sus cuerpos vuelven pestilente, e imprimen una
inconcebible celeridad a la propagación de las enfermedades y la muerte. Cuatro mil de
ellos viven juntos en un espacio más pequeño que la última y más sencilla columnata de
tu joven higuera de Bengala, con el fin, indudablemente, de aumentar los efectos de la
fétida atmósfera de calor artificial, los hábitos antinaturales y de hacer impracticable el
ejercicio físico. El resultado de estas prudentes precauciones es el que se puede
adivinar. La dolencia más trivial se vuelve inmediatamente infecciosa, y durante los
estragos de pestilencia que este hábito genera, el censo acostumbrado de sacrificios en
una ciudad es de diez mil vidas diarias.
»-Pero mueren en brazos de aquellos a quienes aman -dijo Immalee, cuyas lágrimas
manaban a raudales ante este relato-; ¿y acaso no es eso mejor que una vida en
soledad... como la mía, antes de verte a ti?
»El desconocido estaba demasiado absorto en su descripción para escucharla.
»-En teoría, acuden a estas ciudades en busca de seguridad y protección, pero la realidad
es que van con el único fin que constituye la meta de sus vidas: agravar sus miserias con
toda la ingeniosidad del refinamiento. Por ejemplo, los que viven en la miseria
incontrastada y sin atormentadoras comparaciones, apenas pueden sentirla; el
sufrimiento se convierte en una costumbre, y en su situación no sienten más celos que
los que pueda sentir el murciélago, colgado con ciega y famélica estupefacción en la
grieta de la roca, de la condición de la mariposa, que bebe en el rocío y se baña en el
regazo de las flores. Pero las gentes de los otros mundos han inventado, viviendo en
ciudades, un nuevo y singular modo de agravar las desdichas humanas: el de
contrastarlas con el violento y desenfrenado exceso de superfluo y pródigo esplendor.
»Aquí el desconocido tuvo enormes dificultades para hacer comprender a Immalee
cómo podía haber una desigual distribución de los medios de subsistencia; y tras hacer
todo lo posible por explicárselo, ella siguió repitiendo (con su blanco dedo sobre sus
labios rojos, y su pie menudo golpeando el musgo) con una mezcla de acongojada
inquietud:
»-¿Por qué unos tienen más de lo que pueden comer y otros no tienen nada?
»-Ése -prosiguió el desconocido- es el más exquisito refinamiento del arte de torturar en
el que esos seres son tan expertos: colocar la miseria al lado de la opulencia; permitir
que el desventurado muera por falta de alimento, mientras oye el rumor de los
espléndidos carruajes que hacen estremecer su choza al pasar, sin dejar atrás alivio
alguno; permitir que el laborioso y el imaginativo desfallezcan de hambre, mientras la
orgullosa mediocridad hipa saciada; permitir que el moribundo sepa que su vida podría
prolongarse con una simple gota de ese estimulante licor que, prodigado en exceso, sólo
produce degradación y locura en aquellos cuyas vidas socava; hacer esto es su principal
objetivo, y lo logran plenamente. El infeliz que soporta, a través de las grietas, los
rigores del viento invernal que se clava como flechas en sus poros, con las lágrimas que
se hielan antes de llegar a desprenderse, con el alma tan entenebrecida como la noche
bajo cuya bóveda estará su tumba, y con los labios pegados y viscosos incapaces de
recibir el alimento que implora el hambre alojada como carbones ardientes en sus
entrañas, y que, en medio del horror de un invierno sin cobijo, prefiere su desolación al
antro que usurpa el nombre de hogar, sin alimento y sin luz, donde a los aullidos de la
tormenta responden esos otros más feroces del hambre, donde tropieza, en un rincón
oscuro y sin paja, con los cuerpos de sus hijos tendidos en el suelo, no descansando,
sino desesperados. Ese ser, ¿no es suficientemente desdichado?
»Los estremecimientos de Immalee fueron su única respuesta (aunque sólo pudo
hacerse una idea muy imperfecta de muchas partes de esta descripción).
211
»-Pues no, todavía no lo es suficientemente -prosiguió el desconocido, reanudando su
descripción-: que sus pasos, no sabiendo adónde ir, le lleven a las puertas de la
opulencia y el lujo, que se dé cuenta de que la abundancia y la alegría están separadas
de él sólo por el espesor de un muro, y que no obstante se hallan tan lejos como si
perteneciesen a mundos aparte; que sepa que mientras en su mundo no hay más que
tinieblas y frío, los ojos de los de dentro están deslumbrados por el fuego y la luz, y las
manos, relajadas por el calor artificial, procuran con abanicos el refrigerio de una brisa;
que sepa que cada gemido que exhala es contestado con una canción o una carcajada; y
que muera en la escalinata de la mansión, mientras su último dolor consciente se agrava
al pensar que el precio de la centésima parte de los lujos que se despilfarran ante la
belleza indiferente y el epicureísmo saciado habría prolongado su existencia, mientras
que envenena la de ellos; que muera famélico en el umbral de un salón de banquetes, y
admire luego conmigo la ingeniosidad puesta de relieve en esta nueva combinación de
desventura. La capacidad inventiva de la gente de mundo para multiplicar las
calamidades es inagotablemente fértil en recursos. No satisfecha con las enfermedades y
el hambre, con la esterilidad de la tierra y las tempestades del aire, crea leyes y
matrimonios, reyes y recaudadores de impuestos, y guerras, y fiestas, y toda una
multitud de miserias artificiales, inimaginables para ti.
»Immalee, abrumada por este torrente de palabras, palabras incomprensibles para ella,
pidió en vano una explicación coherente. El demonio de su sobrehumana misantropía se
había posesionado ahora plenamente de él y ni el acento de una voz tan dulce como las
cuerdas del arpa de David tuvo el poder de conjurar al malo. Y así, siguió esparciendo
sus tizones y dardos; y dijo a co tinuación:
»-¿No es divertido? Esa gente44 -dijo- ha nombrado reyes entre ellos, o sea seres a
quienes voluntariamente han investido con el privilegio de empobrecer, por medio de
impuestos, cualquier riqueza que los vicios hayan dejado al rico, y cualquier medio de
subsistencia que la necesidad haya respetado al pobre, al punto que su extorsión es
maldecida desde el castillo hasta la cabaña; extorsión que tiene por objeto tan sólo
mantener a unos cuantos favoritos mimados, los cuales van enganchados con riendas de
seda a la carroza, y que arrastran por encima de los cuerpos postrados de la multitud. A
veces, hastiados por la monotonía de la perpetua fruición, que no tiene paralelo ni aun
con la monotonía del sufrimiento (pues éste tiene al menos el incentivo de la esperanza,
cosa que le está negada para siempre a la primera), se divierten creando guerras, es
decir, reuniendo el mayor número de seres humanos que puedan sobornar dispuestos a
degollar a un número menor, igual o mayor de seres, sobornados del mismo modo y con
el mismo propósito. Tales seres carecen de motivo para enemistarse unos con otros: no
se conocen, jamás se han visto. Quizá habrían podido quererse en otras circunstancias,
pero desde el momento en que están contratados para una matanza legal, su obligación
es odiarse, y su placer el homicidio. El hombre que sentiría repugnancia en aplastar al
reptil que se arrastra a su paso, se pertrecha de metales fabricados expresamente para
destruir, y sonríe al verlos manchados con la sangre de un ser cuya existencia y felicidad
habrían favorecido incluso su propia vida en otras circunstancias. Tan fuerte es este
hábito de agravar la desdicha con medios artificiales que es sabido que, cuando se
hunde un barco -aquí tuvo que darle a Immalee una larga explicación que podemos
ahorrar al lector-, la gente de ese mundo se lanza al agua para salvar, poniendo en
44 Como, a manera de crítica a la vez falsa e injusta, se han considerado los peores sentimientos de mis
personajes (desde los desvaríos de Bertram a las blasfemias de Cardonneau) como míos propios, me veo
en la obligación de abusar aquí de la paciencia del lector para asegurarle que los sentimientos atribuidos
al desconocido son diametralmente opuestos a los míos, y que los he puesto intencionadamente en boca
de un agente del enemigo de la humanidad. (N. del A)
212
peligro sus propias vidas, las de aquellos a quienes un momento antes estaban
abordando en medio del fuego y la sangre, ya quienes si bien sacrificarían a sus
pasiones, su orgullo se niega a sacrificarlos a los elementos.
»-¡Oh, es hermoso!... ¡es glorioso! -dijo Immalee juntando sus blancas manos-; ¡Yo
podría soportar toda esa visión que me describes!
»Su sonrisa de inocente alegría, su espontánea explosión de noble sentimiento, tuvo el
acostumbrado efecto de añadir una sombra más tenebrosa a la frente del desconocido, y
una más severa curva a la repulsiva contracción de su labio superior, que nunca se
elevaba sino para expresar hostilidad y desprecio.
»-Pero ¿en qué se ocupan los reyes? -dijo Immalee-, ¿en hacer que se maten los
hombres por nada?
»-Eres ignorante, Immalee -dijo el desconocido-; muy ignorante. De lo contrario, no
dirías por nada. Unos luchan por diez pulgadas de arena estéril; otros, por el dominio de
la mar salada; otros, por cualquier cosa, y otros, por nada; pero todos lo hacen por
dinero, y por pobreza, y por la ocasional excitación, el deseo de acción, el amor al
cambio y el miedo a la casa, y la conciencia de las malas pasiones, y la esperanza de la
muerte, y la admiración que causan los vistosos uniformes con los que van a perecer. El
mayor sarcasmo consiste en que procuran no sólo reconciliarse con estos crueles y
perversos absurdos, sino dignificarlos con los nombres más imponentes que su
pervertido lenguaje provee: los de fama, gloria, recuerdo memorable y admiración de la
posteridad.
»"De ese modo, un desdichado a quien la necesidad o la intemperancia empuja a tal
negocio temerario y embrutecedor, que abandona a esposa e hijos a merced de extraños
o del hambre (términos casi sinónimos), en el momento en que se apropia de la roja
escarapela que confiere la matanza, se convierte, ante la imaginación de esas gentes
embriagadas, en defensor de su país, y digno de su gratitud y alabanza. El mozalbete
desocupado, que odia el cultivo del intelecto y desprecia la bajeza del trabajo, gusta,
quizá, de ataviar su persona de colores chillones como los del papagayo o el pavo real; y
a esta afeminada propensión se le bautiza con el prostituido nombre de amor a la gloria;
y esa complicación de motivos tomados de la vanidad y el vicio, del miedo y la miseria,
la impudicia de la ociosidad y la apetencia de la injuria, encuentra una conveniente y
protectora denominación en un simple vocablo: patriotismo. Y esos seres que jamás
conocieron un impulso generoso, un sentimiento independiente, ignorantes de los
principios o justicia de la causa por la cual luchan, y totalmente indiferentes al
resultado, salvo en lo que interesa a su propia vanidad, codicia y avaricia, son
aclamados, mientras viven, por el mundo miope de sus benefactores, y cuando mueren,
canonizados como sus mártires. Murieron por la causa de su país: ése es el epitafio
escrito con precipitada mano de indiscriminado elogio sobre la tumba de diez mil
hombres que tuvieron diez mil motivos para elegir otro destino..., y que podían haber
sido en vida enemigos de su país, de no haberse dado el caso de caer en su defensa, y
cuyo amor por la patria, honestamente analizado, es, en sus diversas formas de vanidad,
inestabilidad, gusto por el tumulto o deseo de exhibirse... simplemente amor a sí
mismos. Descansen en paz: nada sino el deseo de desengañar a sus idólatras, que incitan
al sacrificio y luego aplauden a la víctima que han causado, podría haberme tentado a
hablar tanto de unos seres tan perniciosos en sus vidas como insignificantes en sus
muertes.
»"Otra diversión de esta gente, tan ingeniosa en multiplicar los sufrimientos de su
destino, es lo que ellos llaman la ley. Fingen encontrar en ella una seguridad para sus
personas y sus propiedades; con cuánta justicia, es cosa que debe decírselo su
afortunada experiencia. Tú misma puedes juzgar, Immalee, la seguridad que les
213
proporciona esa ley, si te digo que podrías pasarte la vida en los tribunales sin conseguir
probar que las rosas que has cogido y trenzado en tu pelo son tuyas; que podrías morir
de inanición por la comida de hoy, mientras pruebas tu derecho a una propiedad que
debe ser incuestionablemente tuya, a condición de que seas capaz de ayunar unos años y
sobrevivir para disfrutarla; y que, finalmente, con la simpatía de todos los hombres
rectos, la opinión de los jueces del país y la absoluta convicción de tu propia conciencia
a tu favor, no puedes obtener la posesión de lo que tú y todos consideran tuyo, mientras
que tu antagonista puede oponer cualquier objeción, comprar a un impostor o inventar
una mentira. Y de este modo, prosiguen los litigios, se pierden los años, se consume la
propiedad, se destruyen los corazones... y triunfa la ley. Uno de sus triunfos más
admirables consiste en la ingeniosidad con que discurre el modo de convertir la
dificultad en imposibilidad, y en castigar al hombre por no cumplir lo que se le ha hecho
imposible de cumplir.
»"Cuando es incapaz de pagar sus deudas, le priva de libertad y de crédito, para
asegurarse de su ulterior incapacidad; y mientras le despoja a la vez de los medios de
subsistencia y del poder de satisfacer a sus acreedores, le capacita, con esta justá
providencia, para consolarse al menos pensando que perjudica a su acreedor tanto como
éste le ha hecho sufrir a él, que su insaciable crueldad puede verse recompensada con
cierta pérdida, y que, aunque él se muere de hambre en prisión, la página en la que se
inscribe su deuda se pudre más deprisa que su cuerpo; y el ángel de la muene, con un
golpe destructor de su ala, suprime la miseria y la deuda, y presenta, sonriendo con
horrible triunfo, la exención del deudor y de la deuda, firmada por una mano que hace
estremecer a los jueces en sus estrados."
»-Pero tienen religión -dijo la pobre india, temblando ante esta espantosa descripción-;
tienen esa religión que tú me has enseñado: su espíritu manso y pacífico, su paz y
resignación, sin sangre, sin crueldad.
»-Sí; cierto -dijo el desconocido con desgana-, tienen religión; pues en su celo por el
sufrimiento, consideran que los tormentos de un mundo no bastan, a menos que se
hallen agravados por los terrores de otro. Tienen religión, pero ¿qué uso pueden hacer
de ella? Atentos a su decidido propósito de descubrir la desventura allí donde pueda
hallarse, e inventarla donde no, han encontrado, incluso en las páginas puras de ese libro
que, según pretenden, contiene sus títulos de propiedad de la paz en la tierra y la
felicidad en el mundo venidero, el derecho a odiar, saquear y matarse unos a otros. Aquí
se han visto obligados a poner en práctica una extraordinaria cantidad de ingenio
pervertido. El libro no contiene otra cosa que el bien; el mal debe de estar en las mentes,
y esas mentes perversas se afanan en extraer por la fuerza un matiz de perversidad
según el color de sus pretensiones. Pero fíjate cómo, al perseguir su gran objetivo (el
agravamiento de la desgracia general), proceden con sutileza. Adoptan nombres
diversos para excitar las pasiones correspondientes. Así, unos prohíben a sus discípulos
la lectura de ese libro, Y otros afirman que tan sólo del estudio exclusivo de sus páginas
puede aprenderse o establecerse la esperanza de salvación. Es extraño, sin embargo, que
con toda su ingeniosidad, nunca hayan sido capaces de extraer un motivo de disensión
del contenido esencial de ese libro, al que ellos apelan; así que actúan a su manera.
»"No se atreven a discutir que contiene preceptos irresistibles, que los que creen en él
deben vivir en paz, benevolencia y armonía; que deben amarse los unos a los otros en la
prosperidad, y ayudarse en la adversidad. No se atreven a negar que el espíritu que ese
libro inculca e inspira es un espíritu cuyos frutos son el amor, la alegría, la paz, la
paciencia, la mansedumbre y la veracidad. Jamás se atreven a disentir en estas
cuestiones. Son demasiado claras para negarlas, así que se las ingenian para convertir en
materia de discusión los diversos hábitos que visten; y se deguellan unos a otros en
214
nombre de Dios por cuestiones tan imponantes como el que sus chaquetas sean rojas o
blancas45, o el que sus sacerdotes puedan llevar cordones de seda46 o ropa interior
blanca47, o ropa de casa negra48, o si deben sumergir a los niños en agua o rociarles
simplemente unas gotas, o si deben conmemorar de pie o de rodillas la muerte de Aquel
a quien todos declaran amar, o... Pero te aburro con esta exhibición de maldad y
absurdos humanos. Una cosa está clara: todos coinciden en que el mensaje del libro es
'amaos los unos a los otros', aunque ellos lo traducen por 'odiaos los unos a los otros'.
Pero como no encuentran elementos ni pretexto en ese libro, buscan ambas cosas en sus
propias mentes; y ahí no tienen ningún problema; porque la mente humana es inagotable
en lo que se refiere a malevolencia y hostilidad; y cuando apelan al nombre de ese libro
para sancionarlas, la deificación de sus pasiones se convierte en un deber, y sus peores
impulsos son consagrados y practicados como virtudes."
»-¿No hay padres e hijos en esos mundos horribles? -dijo Immalee, volviendo sus ojos
húmedos hacia este detractor de la humanidad-; ¿no hay nadie que se ame como yo
amaba al árbol bajo el cual tuve conciencia por primera vez de mi vida, o a las flores
que nacieron conmigo?
»-¿Padres?, ¿hijos? -dijo el desconocido-, ¡pues claro! Hay padres que cuidan de sus
hijos... -y su voz se perdió, e hizo un esfuerzo por recobrarla.
»Tras una larga pausa, dijo:
»-Hay algún que otro padre cariñoso, entre esas gentes falsas.
»-¿Quiénes son? -dijo Immalee, cuyo corazón latió con violencia a la sola mención del
cariño.
»-Son -dijo el desconocido con una sonrisa amarga- los que matan a sus hijos en el
momento en que nacen; o los que mediante artes médicas se deshacen de ellos antes de
que hayan visto la luz; y dan de este modo la única prueba creíble de afecto paternal.
»Calló, e Immalee permaneció muda, sumida en melancólica reflexión sobre lo que
acababa de oír. La agria y corrosiva ironía del discurso del desco- nocido no había
causado impresión ninguna en un ser para quien "la palabra era verdad", y no tenía idea
de por qué adoptaba un modo tortuoso de trans- mitir pensamientos, cuando ya le era
difícil seguir el hilo de un lenguaje direc- to. Pero comprendía que había hablado mucho
sobre el mal y el sufrimiento, nombres desconocidos para ella antes de que él
apareciese, y le dirigió una mirada que pareció agradecerle y reprocharle a la vez la
dolorosa iniciación en los misterios de una nueva existencia. En verdad, Immalee había
probado el fruto del árbol de la ciencia, y sus ojos se habían abierto; pero ese fruto tenía
para ella un sabor amargo, y sus miradas transmitían una especie de mansa y
melancólica gratitud, capaz de partir el corazón, por haber dado una primera lección de
dolor al alma de un ser tan hermoso, tan amable y tan inocente. El desconocido reparó
en esta doble expresión, y se alegró.
»Había falseado de este modo la vida ante la imaginación de ella, quizá con idea de
alejarla, aterrándola, de una visión más cercana; tal vez con la esperanza de retenerla
para siempre en esta soledad, donde él podría verla de vez en cuando, y aspirar, en la
atmósfera de pureza que la rodeaba, la única brisa que flotaba sobre el ardiente desierto
de su propia existencia. Esta esperanza se vio reforzada por la evidente impresión que
su discurso había causado en ella. La despierta inteligencia, la insaciable curiosidad, la
vívida gratitud de su expresión anterior, se apagaron por igual; y con la mirada baja, sus
ojos pensativos se llenaron de lágrimas.
45 Los católicos y los protestantes se distinguían así en las guerras de la Liga. (N del A.)
46 Católicos (N. del A.)
47 Protestantes. (N. del A.)
48 Disidentes. (N. del A.)
215
»-¿Te aburre mi conversación, Immalee? -dijo él.
»-Me apena; sin embargo, quiero seguir escuchándote -respondió la india-. Me gusta oír
el murmullo de la corriente, aunque el cocodrilo se deslice bajo sus ondas.
»- Tal vez desees conocer a la gente de ese mundo, tan llena de crímenes y desventura.
»-Sí, porque es el mundo del que vienes; y cuando vuelvas a él, todos serán felices
menos yo.
»-¿Está en mi poder, entonces, procurar felicidad? -dijo su compañero-; ¿acaso vago
entre la humanidad con este fin? -una encontrada e indefinible expresión de burla,
malevolencia y desesperación se extendió por su semblante al añadir-: Me haces
demasiado honor al atribuirme una ocupación tan amable y benévola, y apropiada a mi
espíritu.
»Immalee, cuyos ojos miraban a otra parte, no advirtió su expresión; y contestó:
»-No lo sé; pero tú me has enseñado el gozo de la aflicción; antes de verte, yo sonreía
solamente; desde que te conozco, lloro, y mis lágrimas son deliciosas. ¡Oh, son muy
distintas de las que derramaba al ponerse el sol, o cuando se marchitaba la rosa! Y sin
embargo, no lo sé...
»Y la pobre india, abrumada por emociones que no entendía ni podía expresar, apretó
sus manos sobre su pecho, como ocultando el secreto de sus nuevas palpitaciones y, con
una instintiva timidez que emanaba de su pureza, reveló el cambio de sus sentimientos
alejándose unos pasos de su compañero, bajando unos ojos que no podían retener más
tiempo las lágrimas. El desconocido pareció turbarse; por un instante, le invadió una
emoción nueva para él; luego, una sonrisa de autodesprecio curvó su labio, como si se
reprochase ( haberse permitido un sentimiento humano, siquiera fugazmente. Volvió a
relajarse su semblante, al volverse hacia la inclinada y apartada figura de Immalee, y se
sintió como el que es consciente de la agonía de su alma, pero prefiere burlarse de la
agonía del otro. No es rara esa unión de desesperación interior y veleidad exterior. Las
sonrisas son hijas legítimas de la felicidad, pero la risa es a menudo hija bastarda de la
locura, que se burla de su parienta en su propia cara. Con esa expresión se volvió hacia
ella, y le preguntó:
»-Pero ¿qué quieres dar a entender, Immalee?
»Una larga pausa siguió a esta pregunta; finalmente, la india contestó: "No lo sé", con
esa natural y deliciosa facilidad que enseña el sexo a revelar la intención con palabras
que parecen contradecirla. "No lo sé" significa "lo sé dema siado bien". Su compañero
lo había comprendido, y saboreó anticipadamente su triunfo.
»- ¿ Y por qué derramas lágrimas, Immalee?
»-No lo sé -repitió la pobre india; y sus lágrimas fluyeron más abundantes ante esta
pregunta.
»A la vista de estas palabras, o más bien de estas lágrimas, el desconocido se olvidó de
sí mismo por un momento. Experimentó ese triunfo melancólico, que el conquistador es
incapaz de gozar; ese triunfo que anuncia una victoria sobre la debilidad de los demás,
obtenida a expensas de una mayor debilidad nuestra. Un sentimiento humano, a pesar
suyo, invadió toda su alma, al decir con acento de involuntaria dulzura:
»-¿Qué quieres que haga, Immalee?
»La dificultad de hablar un lenguaje que fuese a la vez inteligible y secreto que pudiese
transmitir sus deseos sin traicionar su corazón, y la desconocida naturaleza de sus
nuevas emociones, hicieron vacilar a Immalee, antes de que pudiera contestar:
»-Quédate conmigo; no vuelvas a ese mundo del mal y del dolor. Aquí todo estará
siempre en flor, y el sol brillará como el primer día en que te vi. ¿Para qué quieres
volver al mundo, a pensar y a ser desgraciado?
»La risa salvaje y discordante de su compañero la sobresaltó y enmudeció:
216
»-Pobre muchacha -exclamó, con esa mezcla de amargura y conmiseración que al
mismo tiempo aterra y humilla-; ¿acaso es ése el destino que debo cumplir?, ¿escuchar
los trinos de los pájaros y contemplar la eclosión de lo capullos? ¿Es ése mi destino? -y
con otra salvaje carcajada rechazó la mano que Immalee le había tendido al terminar su
sencilla súplica-. Sí; sin duda estoy bien preparado para semejante destino, y para
semejante pareja. Dime -añadió, con más ferocidad-, dime en qué rasgo de mi
semblante, en qué acento de mi voz, en qué frase de mi discurso, has podido cifrar una
esperanza que me ofende con esa perspectiva de felicidad.
»Immalee, que podía haber replicado "entiendo la furia de tus palabras, pero no
entiendo tus palabras", encontró suficiente ayuda en su orgullo de virgen y en la
perspicacia femenina para descubrir que era rechazada por el desconocido; y una breve
emoción de indignado pesar luchó con la ternura de su expuesto y ferviente corazón.
Calló un instante; luego, reprimiendo las lágrimas, dijo con el tono más firme:
»-Vete, entonces, a tu mundo, ya que quieres ser desgraciado; ¡vete! ¡Ay!, no hace falta
ir allí para ser desgraciada, pues yo lo voy a ser aquí. Vete... ¡pero llévate estas rosas,
porque se marchitarán cuando te hayas ido!; ¡llévate estas conchas, porque no me las
pondré cuando no las veas tú!
»Y mientras hablaba, con sencillo pero enérgico ademán, desprendió de su pecho y de
su pelo las conchas y las flores con las que se adornaba, y las arrojó a los pies del
desconocido; luego, volviéndole a lanzar una mirada de orgulloso y melancólico pesar,
inició la retirada.
»-Espera, Immalee; espera y escúchame un momento -dijo el desconocido; y en ese
momento le habría revelado el inefable y prohibido secreto de su destino; pero Immalee,
con un mutismo que su semblante de profundo pesar hacía elocuente, movió
negativamente la cabeza, y se fue.
_
______________ _
Miseram me omnia terrent, et maris sonitus,
Et scopuli, et solitudo, et sanctitudo Apollinis.
SEXTO TURPITLIO
»Pasaron muchos días antes de que el desconocido volviera a visitar la isla. En qué
anduvo ocupado, o qué sentimientos le agitaron en ese intervalo, es cosa que escapa a
toda humana conjetura. Quizá se recreara en la aflicción que él había causado, o quizá la
compadeciera a veces. Su atormentado espíritu era como un océano que se hubiese
tragado miles de airosos barcos naufragados, y ahora se entretuviera en perder un frágil
esquife que a duras penas podía deslizarse por su superficie en la más profunda calma.
Movido, no obstante, por la malevolencia, o por la ternura, o la curiosidad, o el hastío
de su vida anificial, que tan vívidamente contrastaba con la existencia de Immalee, a
cuyos puros elementos sólo habían trasvasado su esencia las flores y la fragancia y los
centelleos del cielo y el olor de la tierra... y, quizá, por el motivo más poderoso de
todos: su propia voluntad -que, jamás analizada, y raramente confesada como único
principio dominante de nuestras acciones, gobierna nueve décimas partes de ellas-,
volvió a la costa de la isla encantada, como la llamaban los que no sabían cómo
designar a la nueva diosa que suponían que la habitaba, los cuales estaban tan perplejos
ante este nuevo ejemplar teológico como lo habría estado el mismo Linneo ante una
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rareza botánica. ¡Ay!, las variedades de la botánica moral excedían con mucho a las más
extravagantes anomalías de la natural. Fuera como fuese, el desconocido regresó a la
isla. Pero tuvo que recorrer muchos senderos jamás hollados, y apartar ramas que
parecían temblar al contacto humano, y cruzar arroyos en los que ningún otro pie se
había sumergido, antes de descubrir el lugar donde se había ocultado Immalee.
»Sin embargo, no había sido intención suya ocultarse. Cuando la descubrió, estaba
recostada en una roca; el océano derramaba a sus pies su eterno murmullo de aguas;
Immalee había elegido el paraje más desolado que había podido encontrar; no había ni
flores ni arbustos junto a ella. Rocas calcinadas, producto del volcán, rugidos inquietos
del mar, cuyas olas casi rozaban sus piececitos, que con descuidados balanceos parecían
incitar y desdeñar a un tiempo el peligro: estos objetos eran todo lo que la rodeaba. La
primera vez que la vio, estaba rodeada de flores y perfumes, en medio del espléndido
regalo de la naturaleza vegetal y animal: las rosas y los pavos reales parecían rivalizar
abriendo sus pétalos y sus plumas para dar sombra a esa belleza que parecía flotar entre
ellos, tomando alternativamente la fragancia de las unas y los colores de los otros.
Ahora, en cambio, parecía abandonada por la naturaleza, de la que era hija; la roca era
su última morada, y el océano, el lecho donde pensaba descansar; no llevaba conchas en
el pecho ni rosas en el pelo: su expresión parecía haber cambiado con sus sentimientos;
ya no amaba las cosas hermosas de la naturaleza; parecía, por una anticipación de su
destino, que se había aliado con todo cuanto es terrible y ominoso. Había comenzado a
amar las rocas y el océano, el estruendo del oleaje y la esterilidad de la arena, objetos
tremendos cuya incesante repetición parece querer recordamos el dolor y la eternidad.
Su inquieta monotonía se acompasa con los latidos de un corazón que consulta su
destino en los fenómenos naturales, y sabe que la respuesta es: "Infortunio".
»Quienes aman pueden buscar los lujos del jardín, y aspirar la profunda embriaguez de
sus perfumes, que parecen ofrendas de la naturaleza en ese altar ya erigido y encendido
en el corazón del adorador; pero dejad a los que han amado que busquen los bordes del
océano, y encontrarán respuesta también.
»Un aire lúgubre, inquieto, la envolvía allí de pie, sola; un aire que parecía a la vez
expresar el conflicto de sus emociones internas y reflejar la tristeza y agitación de los
objetos físicos que la rodeaban; porque la naturaleza se preparaba para una de esas
espantosas convulsiones, uno de esos horrores preliminares que parecen anunciar la
llegada de un más acabado furor; y a la vez que seca la vegetación y quema la superficie
de la región que visita, parece proclamar con el rumor de sus truenos cada vez más
lejanos que el día en que el universo se consuma como un pergamino, y los elementos
se fundan con irresistible calor, volverá para terminar la terrible promesa que su parcial
e iniciada devastación ha dejado inacabada. ¿Hay descarga de truenos que no murmure
esta amenaza: "La disolución del mundo me está reservada, a mi; me voy, pero
volveré"? ¿Hay relámpago que no diga, visiblemente, si no de manera audible:
"Pecador, ahora no puedo llegar a los rincones de tu alma, pero ya te encontrarás con
mi resplandor, cuando la mano del juez me tome como arma y mi mirada penetrante te
exponga a la vista de los mundos reunidos"?
»La tarde era muy oscura; espesas nubes, avanzando como fuerzas de un ejército hostil,
oscurecían el horizonte de este a oeste. Encima se extendía un azul brillante, aunque
lívido, como el del ojo de un moribundo, donde se reúnen las últimas energías de la
vida, mientras sus fuerzas abandonan a toda prisa el armazón y siente éste que no
tardará en expirar. No soplaba ni una brisa en el cielo del océano; los árboles
permanecían inclinados sin que un susurro arrullara sus ramas o sus brotes; los pájaros
se habían retirado con ese instinto que les enseña a evitar el temible enfrentamiento con
los elementos, y se cobijaban, cubriéndose con las alas y las cabezas escondidas, entre
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sus árboles favoritos. No se oía un sonido humano en la isla; los mismos manantiales
parecían temblar ante sus propios centelleos, y sus rizos menudos corrían como si una
mano soterrada detuviera o impidiese su movimiento. La naturaleza, en estas grandiosas
y tremendas actividades, se parece en cierto modo al padre cuyas temibles acusaciones
vienen precedidas de un espantoso silencio; o mejor, al juez cuya sentencia final se
recibe con menos horror que la pausa que se produce antes de ser pronunciada.
»Immalee contemplaba el imponente escenario que la rodeaba sin una emoción
atribuible a causas físicas. Para ella, la luz y la oscuridad habían sido hasta ahora una
misma cosa; amaba al sol por su esplendor, al relámpago por su efímero brillo, al
océano por su música sonora, y a la tempestad por la fuerza con que agitaba los árboles,
bajo cuya inclinada y acogedora sombra danzaba ella al ritmo del murmullo de las hojas
que colgaban muy bajas, como si quisieran coronar a su adoradora. y amaba la noche
cuando todo estaba tranquilo, pero estaba acostumbrada a invocar la música de mil
arroyos que hacían a las estrellas levantarse de sus lechos para centellear y asentir ante
esta silvestre melodía.
»Así había sido ella. Ahora, sus ojos estaban fijos en la luz declinante y en la creciente
oscuridad: esa negrura preternatural que parece decir a la más brillante y sublime obra
de Dios: "Déjame el sitio; acaba ya de brillar".
»Aumentó la oscuridad, y las nubes se agruparon como un ejército que reúne el máximo
de sus fuerzas, y se mantuvieron en densa y apretada resistencia contra la luz combativa
del cielo. Una ancha, roja y confusa franja de luz se desplegó alrededor del horizonte
como un usurpador que vigila el trono de un soberano depuesto, y extendió su círculo
ominoso, emitiendo intermitentes fucilazos de pálidos y rojos relámpagos; aumentó el
murmullo del mar, y la higuera de Bengala, que había echado su patriarcal raíz a menos
de quinientos pasos de donde estaba Immalee, reprodujo el rumor profundo y casi
sobrenatural de la tormenta que se avecinaba en todas sus columnatas; osciló y gimió el
tronco primitivo, y su fibra eterna pareció retirar su garra de la tierra y estremecerse el
aire ante el rugido. La naturaleza, con todas las voces que podía conferir a la tierra, o al
aire, o al agua, anunciaba peligro a sus criaturas.
»Ése fue el momento que el desconocido escogió para acercarse a Immalee. Era
insensible al peligro, e inconsciente del temor; su miserable destino le dispensaba de
ambas cosas. Pero ¿qué le había dejado? Ninguna esperanza, sino la de hundir a los
demás en su propia condenación. Ningún temor, sino el de que su víctima se le
escapara. Sin embargo, pese a su diabólica crueldad, sintió cierto ablandamiento de su
naturaleza al observar a la joven india: tenía las mejillas pálidas; pero sus ojos estaban
fijos, y su figura, de espaldas a él (como si prefiriese afrontar la tremenda furia de la
tormenta) parecía decirle: "Déjame que caiga en manos de Dios, y no en las del
hombre".
»Esta actitud, tan involuntariamente adoptada por Immalee, y tan poco expresiva de sus
verdaderos sentimientos, devolvió toda la malévola energía a los sentimientos del
desconocido; se le agolparon dentro los antiguos designios perversos de su corazón, y el
carácter habitual de su tenebroso y diabólico objetivo. Ante esta escena contrastada de
la furia convulsa de la naturaleza, y el pasivo abandono de desamparada mansedumbre
de Immalee, sintió una oleada de excitación, como la que le invadió cuando los temibles
poderes de su "vida encantada" le permitieron penetrar en las celdas de un manicomio o
en las mazmorras de la Inquisición.
»Vio a este ser puro rodeado de los terrores naturales, y tuvo la violenta y terrible
convicción de que, aunque el relámpago pudiese fulminarla en un instante, él tenía en su
mano un rayo más ardiente y fatal que, si acertaba al lanzarlo, le traspasaría la misma
alma.
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»Armado de toda su maldad y todo su poder, se acercó a Immalee, armada sólo con su
pureza, e inmóvil como el destello reflejado del último rayo de luz cuya extinción
contemplaba. Había un contraste entre su figura y su situación que habría conmovido
los sentimientos de cualquiera, menos los del errabundo.
»La luz que la iluminaba la hacía destacar en medio de la oscuridad que la rodeaba, y la
roca en la que se apoyaba hacía aún más blanda a la vista su ondulante suavidad; su
dulzura, armonía y flexibilidad revelaban una especie de juguetona hostilidad frente al
aspecto formidable de la naturaleza cargada de ira y de deseo de destrucción.
»El desconocido se acercó sin que ella lo advirtiese; sus pasos se ahogaban en el
estruendo del océano y el profundo y ominoso rumor de los elementos; y al avanzar,
oyó un cántico que quizá actuó sobre sus sentimientos como los susurros de Eva a las
flores en el oído de la serpiente. Uno y otra conocían sus poderes, y sabían cuál era el
momento oportuno. En medio de los terrores de la tormenta que se avecinaba, la más
terrible de cuantas ella había presenciado, la pobre india, inconsciente, o quizá
insensible a sus peligros, cantaba una tosca canción de desesperación y amor a los ecos
de la tormenta que avanzaba. Algunas palabras de este desesperado y apasionado canto
llegaron al desconocido. Decían así:
»"Está cayendo la noche -pero, ¿qué es junto a la oscuridad a la que su ausencia arrojó
mi alma?-. Los relámpagos refulgen a mi alrededor -pero, ¿qué son, junto al brillo de
sus ojos cuando se alejó de mí con enojo?
»"Yo vivía con la luz de su presencia -¿por qué no muero, entonces, si se ha eclipsado
esa luz?-. Ira de las nubes, ¿qué tengo yo que temer de ti? Tú puedes reducirme a polvo,
como te he visto carbonizar las ramas de los árboles eternos -pero el tronco seguirá, y
mi corazón será suyo para siempre.
»"¡Ruge, océano terrible!, que jamás llegarán tus incontables olas a borrar su imagen de
mi alma -tú arrojas miles de olas contra la roca, y ella sigue inconmovible-; así será mi
corazón, en medio de las calamidades del mundo con que él me amenaza -cuyos
peligros jamás habría conocido sin él, y cuyos peligros, por él, afrontaré."
»Hizo una pausa en su canción, y luego prosiguió, ajena siempre a los terrores de los
elementos y a la posible presencia de alguien cuyos sutiles y ponzoñosos poderes eran
más fatales que la ira conjunta de todos los meteoros:
»"Cuando nos conocimos, mi pecho estaba cubierto de rosas -ahora lo cubro con las
negras hojas del ocynum-. Cuando me vio por vez primera, todos los seres me amaban -
ahora no me importa si me aman o no-; me he olvidado de amarlos. Cuando él venía a la
isla cada noche, yo esperaba que brillase la luna -ahora ya no importa que salga o se
oculte, o que la cubra una nube-. Antes de que él viniese, todos me amaban, y amaba yo
más seres que el número de mis cabellos -ahora siento que sólo amo a uno, y que él me
ha abandonado-. Desde que le vi, todas las cosas han cambiado. Las flores ya no tienen
el color que un día tuvieron -no hay música en el curso de las aguas-; las estrellas no me
sonríen desde el cielo como antes, y yo misma empiezo a preferir la tormenta a la
calma."
»Al terminar su melancólica canción, se apartó del lugar donde la creciente furia de la
tempestad hacía imposible la permanencia. Y al volverse, se encontró con la mirada del
desconocido fija en ella. Un vivo y encendido rubor la cubrió desde la frente hasta el
pecho; no profirió su acostumbrada exclamación de gozo al verle, sino que, con ojos
desviados y paso vacilante, le siguió, al señalarle él la protección de las ruinas de la
pagoda. Se dirigieron allí en silencio; y, en medio de las convulsiones y la furia de la
naturaleza, era extraño ver caminar juntos dos seres sin intercambiar una palabra de
temor o experimentar una sensación de peligro; el uno armado de desesperación; el otro,
de inocencia. Immalee habría preferido buscar cobijo en su higuera de Bengala favorita,
220
pero el desconocido trató de hacerle comprender que allí correría mucho más peligro
que donde él le indicaba.
»-¡Peligro! -dijo la india, al tiempo que una radiante y franca sonrisa iluminaba su
semblante-; ¿puede haber peligro cuando tú estás cerca de mí?
»-¿No hay peligro, entonces, en mi presencia?; ¡Pocos son los que me han conocido sin
temor, y sin sentirse en peligro! -y mientras hablaba, su rostro se ensombreció más que
el cielo, al que miró con ceño-. Immalee -añadió, con voz aún más profunda y
conmovida por efecto inesperado de la emoción humana en su acento-; Immalee, ¿es
posible que seas tan débil como para creer que tengo poder para dominar los elementos?
¡Si lo tuviese -prosiguió-, por el cielo que se enoja conmigo, que el primer ejercicio de
mi poder sería juntar los relámpagos más veloces y mortales que estallan en torno
nuestro y traspasarte ahí mismo donde estás!
»-¿A mí? -repitió la india temblorosa, palideciendo sus mejillas, más por esas palabras y
el tono con que fueron pronunciadas que ante la redoblada furia de la tormenta, entre
cuyas pausas apenas había podido oírlas.
»-Sí, a ti; a ti, por lo serena que eres, e inocente, y pura, antes de que un fuego más
mortal consuma tu existencia y sorba la sangre de tu corazón; antes de que sigas
expuesta a un peligro mil veces más fatal que ésos con que te amenazan los elementos:
¡el peligro de mi maldita y desventurada presencia!
»Immalee, ignorante de lo que quería decir, pero temblando con apasionado dolor ante
la agitación con que hablaba, se acercó a él para sosegar la emoción cuyo nombre y
causa desconocía. A través de las grietas de las ruinas, los rayos rasgados y rojos
iluminaban de vez en cuando la figura de ella, con el pelo desordenado, la cara pálida y
suplicante, las manos juntas, y la implorante inclinación de su frágil cuerpo, como si
pidiese perdón por un crimen del que no tenía conciencia, y solicitase participar en un
sufrimiento distinto del suyo. Todo a su alrededor era salvaje, terrible, preternatural: el
suelo sembrado de fragmentos de piedra y montones de arena; las moles enormes de
arruinada arquitectura, cuya construcción no parecía obra de manos humanas, y cuya
destrucción semejaba diversión de demonios; las anchas grietas del abovedado e
imponente techo, a través de las cuales el cielo se oscurecía e iluminaba
alternativamente con una negrura que lo envolvía todo, y un resplandor más pavoroso
que las tinieblas. Todo en torno suyo daba a su silueta, cuando se hacía fugazmente
visible, un relieve tan vigoroso y conmovedor que podía haber inmortalizado la mano
de quien la hubiese plasmado en un cuadro como la encarnada presencia de un ángel
descendido a las regiones del dolor y la ira, de las tinieblas yel fuego, portador de un
mensaje de reconciliación... y hubiese descendido en vano.
»A1 verla inclinarse hacia él, el desconocido le dirigió una de esas miradas a las que,
salvo ella, nadie ha hecho frente jamás sin sobrecogerse de terror. Su expresión sólo
pareció inspirar en la víctima un sentimiento más elevado de afecto. Quizá hubo un
involuntario temor, mezclado con esta expresión, al hincar este hermoso ser las rodillas
ante su rígido y turbado enemigo; y con la muda súplica de su actitud, pareció
implorarle que tuviese piedad de sí mismo. Mientras los relámpagos fulguraban
alrededor de ella, mientras la tierra temblaba bajo sus blancos y delicados pies, mientras
los elementos parecían haberse conjurado para la destrucción de todo ser viviente y
bajar del cielo dispuestos a cumplir sus designios, con el vae victis escrito y legible en
todos los ojos, y precedidos por las inmensas y desplegadas banderas de esa luz
resplandeciente y cegadora que parecía anunciar el día del infierno, los sentimientos de
la ferviente india se concentraron únicamente en el equivocado objeto de su idolatría.
Maravillosa aunque dolorosamente, sus graduales actitudes expresaron la sumisión de
un corazón femenino consagrado a un objeto, a las fragilidades de éste, a sus pasiones,
221
incluso a sus crímenes. Una vez sometido ese impulso por la imagen de poder que la
mente del hombre ejerce sobre la de la mujer, se vuelve irresistiblemente humillante.
Immalee se había inclinado para conciliar a su amado, y su espíritu le había enseñado a
expresar esa primera inclinación. En su siguiente estadio de sufrimiento, se había
arrodillado; y, permaneciendo a cierta distancia de él, había confiado en que su gesto
inspirase en el corazón de él la compasión que los amantes esperan siempre poder
despertar, esa hija ilegítima del amor, a menudo más estimada que su padre. En un
último impulso, Immalee le cogió la mano, posó sus pálidos labios en ella, y quiso
pronunciar unas palabras... le faltó la voz; pero sus abundantes lágrimas hablaron a la
mano que ella retenía; y la presión de ésta, que por un momento correspondió
convulsivamente a la suya, y luego la rechazó, le contestó.
»La india siguió de rodillas, estupefacta.
»-Immalee -dijo el desconocido con forzada voz-, ¿quieres que te diga cuáles son los
sentimientos que mi presencia debería inspirarte?
»-¡No... no... no! -dijo la india, apretándose sus blancas y delicadas manos en los oídos,
y luego llevándoselas al pecho-; los sé demasiado bien.
»-¡Ódiame, maldíceme! -exclamó el desconocido sin hacerle caso, y dando tal patada
que los ecos de su pie sobre las losas hundidas y sueltas casi compitieron con el trueno-,
ódiame, porque yo te odio a ti..., yo odio a todos los seres que viven... ya todos cuantos
están muertos..., ¡Yo mismo soy odioso, y odiado!
»-No por mí -dijo la pobre india buscando a tientas, cegada por las lágrimas, la mano
que se había retirado.
»-Sí, por ti; si supieras quién soy y a quién sirvo.
»Immalee recurrió a la recién despertada energía de su corazón, y a su intelecto, para
contestar a esta súplica.
»-Quién eres, no lo sé; pero yo soy tuya. A quién sirves, no lo sé; pero a él serviré yo...
pues quiero ser tuya para siempre. Tú quieres abandonarme: cuando yo haya muerto,
vuelve a esta isla y dite a ti mismo: las rosas han florecido y se han marchitado, los
arroyos han corrido y se han secado, las rocas se han movido de su sitio y las estrellas
del cielo han alterado su curso... pero hubo alguien que no cambió jamás, ¡Y ya no está
aquí!
»Y tratando de expresar el entusiasmo de su pasión, mientras luchaba con su dolor,
añadió:
»-Me dijiste que poseías el arte maravilloso de escribir el pensamiento. Pues bien, no
escribas un pensamiento sobre mi tumba; porque una palabra trazada por tu mano me
devolvería a la vida. Ni llores, porque una lágrima me haría revivir otra vez, quizá para
arrancarte lágrimas yo a ti.
»-¡Immalee! -dijo el desconocido. La india le miró; y con un sentimiento que era mezcla
de pesar, asombro y compunción, vio que le resbalaban las lágrimas. Pero en seguida las
rechazó con mano desesperada; y rechinando los dientes, prorrumpió en ese alarido
salvaje de amarga y convulsiva risa que delata que el objeto de burla no somos sino
nosotros mismos.
»Immalee, cuyos sentimientos se hallaban casi agotados, tembló en silencio a sus pies.
»-¡Escúchame, desventurada muchacha! -exclamó él en un tono que parecía trémulo a la
vez de malignidad y compasión, de habitual hostilidad e involuntaria dulzura-;
¡escúchame! Yo conozco ese secreto sentimiento con el que luchas mejor de lo que lo
conoce el corazón inocente que lo cobija. ¡Sofócalo, bórralo, destrúyelo. Aplástalo
como aplastarías a una cría de reptil, antes de que, al crecer, se volviera repugnante para
los ojos y ponzoñoso para la existencia!
222
»-No he aplastado un reptil en toda mi vida -contestó Immalee, ignorante de que esta
respuesta literal era igualmente válida en otro sentido.
»-Amas, entonces -dijo el desconocido-; pero -prosiguió, tras una pausa ominosa-,
¿sabes a quién amas?
»-¡A ti! -dijo la india con esa pureza de la verdad que consagra el impulso al que se
rinde, y que se sonrojaría más de las afectaciones del arte que de la confianza de la
naturaleza-; ¡a ti! Tú me has enseñado a pensar, a sentir y a llorar.
»-¿ Y me amas por eso? -dijo su compañero con una expresión mitad de ironía, mitad de
compunción-. Piensa un momento, Immalee, cuán impropio, cuán indigno es este objeto
de los sentimientos que le prodigas. Un ser de cuerpo poco atractivo, de hábitos
repulsivos, separado de la vida y de la humanidad por un abismo insalvable; un hijo
desheredado de la naturaleza, que anda tentando o maldiciendo a sus hermanos más
afortunados; uno que. ¿pero qué me impide revelarlo todo?
»En ese momento, un relámpago de resplandor intenso y terrible como ningún ojo
humano haya podido soportar, traspasó las ruinas y proyectó por cada grieta una luz
fugaz e intolerable. Immalee, dominada por el miedo y emoción, permaneció de
rodillas, con las manos fuertemente apretadas sobre sus ojos doloridos.
»Durante unos instantes siguió en esa actitud; le pareció oír otros ruidos junto a ella, y
que el desconocido contestaba a una voz que hablaba con él. Le oyó decir, cuando el
trueno se perdió a lo lejos:
»-Esta hora es mía, no tuya; vete y no me molestes más.
»Cuando Immalee abrió los ojos otra vez, había desaparecido todo rastro de emoción
humana del rostro del desconocido. Los secos y llameantes ojos de desesperación que
estaban fijos en ella parecían no haber dertamado jamás una sola lágrima, y la mano que
la cogió parecía no haber sentido jamás el ardor de la sangre ni el latido del pulso; en
medio del intenso y creciente calor de una atmósfera que parecía abrasar, su tacto era
frío como el de un muerto.
»-¡Piedad! -exclamó la temblorosa india, mientras se esforzaba inútilmente en descubrir
un sentimiento humano en los ojos de piedra hacia los que había alzado los suyos,
llorosos y suplicantes-, ¡piedad! -y aunque pronuciaba esta palabra, no sabía por qué
imploraba ni qué temía.
»El desconocido no contestó una sola palabra, ni se ablandó en él un solo músculo.
Parecía como si no tuviese sensibilidad en las manos que la tenía cogida; como si no la
viese con los ojos que la miraban fija y fríamente. La llevó, o más bien la arrastró, hasta
el enorme arco que un día había sido pórtico de la pagoda, pero que ahora, destrozado y
ruinoso, más parecía el bostezante abismo de una caverna que cobija a los habitantes del
desierto que una obra producida por la mano del hombre y consagrada al culto de una
deidad.
»-Me has pedido piedad -dijo su compañero con una voz que le heló sangre aun bajo la
atmósfera caliente cuyo aire apenas podía respirar-. Has clamado por piedad, y la
tendrás. La piedad no se ha hecho para mí; pero yo he aceptado mi horrible destino, y
mi recompensa es justa y segura. ¡Mira hacia fuera, temblorosa criatura... mira hacia
fuera; yo te lo ordeno! -y avanzó con un ademán de autoridad e impaciencia que abrumó
de horror a la delicada conmovida criatura que se estremecía en sus manos y se sentía
desfallecer ante su enojo
»Obediente a su mandato, se apartó las largas crenchas de su cabello castaño, que en
vano habían barrido, con profusa e infructuosa insistencia, la piedra en la que habían
estado clavados los pies de aquel al que adoraba. Con una mezcla de docilidad infantil y
dulce sumisión de mujer, trató de cumplir lo que le pedía; pero sus ojos, arrasados en
lágrimas, no pudieron ver los horrores del escenario que tenía ante sí. Se secó sus
223
brillantes ojos con los cabellos que diariamente lavaba en la pura y cristalina linfa, y su
figura pareció, mientras trataba de mirar la desolación, una especie de espíritu
resplandeciente y estremecido que, para purificarse aún más, o quizá para ensanchar el
conocimiento necesario a su destino, se ve obligado a presenciar alguna manifestación
de la ira del Todopoderoso, ininteligible en sus primeras acciones, pero saludable sin
duda en sus resultados finales.
»Mirando, pues, y sintiendo de este modo, se acercó la temblorosa Immalee a la entrada
del edificio que, mezclando las ruinas de la naturaleza con las del arte, parecía anunciar
el poder de la desolación sobre ambos, y sugerir que la roca primordial, intacta y no
modificada por manos humanas, arrojada quizá al exterior por alguna erupción o
depositada allí por alguna descarga meteórica, y las gigantescas columnas de piedra,
cuya erección había sido trabajo de dos siglos, eran igualmente polvo bajo los pies de
ese tremendo conquistador cuyas victorias consigue sin estruendo ni resistencia, y el
progreso de cuyo triunfo queda marcado por las lágrimas y no por la sangre.
»Immalee, al mirar en torno suyo, sintió por primera vez terror de la naturaleza. Antes,
había juzgado todos estos fenómenos igualmente espléndidos y formidables. y su
infantil aunque activa imaginación parecía consagrar la luz del día y de la tormenta a la
devoción de un corazón en cuyo puro altar las flores y los fuegos de la naturaleza
derramaban su común ofrenda.
»Pero desde que había visto al desconocido, nuevas emociones habían invadido su
joven corazón. Aprendió a llorar y a temer; y quizá vio, en el pavoroso aspecto del
cielo, el desarrollo de ese terror misterioso que siempre tiembla en el fondo de los
corazones de quienes osan amar.
»¡Cuántas veces se convierte así la naturaleza en intérprete involuntaria entre nosotros y
nuestros propios sentimientos! ¿Carece de significado el murmullo del océano?, ¿y de
voz el retumbar del trueno? ¿Carece de lección el paraje maldito que la ira de ambos ha
arrasado? ¿No nos cuentan algún misterioso secreto que hemos buscado en vano en
nuestros corazones? ¿No descubrimos en ellos una respuesta a esas preguntas con que
importunamos constantemente al mudo oráculo de nuestro destino? ¡Ay! ¡Cuán
engañoso e insuficiente nos resulta el lenguaje del hombre, una vez que el amor y el
dolor nos han familiarizado con el de la naturaleza!... el único, quizá, capaz de brindar
un signo apropiado a esas emociones bajo las cuales se borra toda humana expresión.
¡Qué diferencia entre palabras sin significado, y ese significado palabras que los
sublimes fenómenos naturales, las rocas y el océano, la luna y el crepúsculo, comunican
a los que tienen "oídos para oír".
»¡Qué elocuente en verdades es la naturaleza en su mismo silencio! ¡Qué fecunda en
reflexiones, en medio de sus más profundas desolaciones! Pero desolación que ahora se
presentaba a los ojos de Immalee era la que está calculada para provocar terror, no
reflexión. La tierra y el cielo, el mar y el suelo me, parecían fundirse y estar a punto de
sumergirse de nuevo en el caos. El océano, abandonando su lecho eterno, arrojaba sus
olas cuya blanca espuma brillaba en la oscuridad, en las lejanas costas de la isla.
Avanzaban como penachos que miles de emplumados guerreros agitasen con orgullo,
pereciendo como ellos, en el momento de la victoria. Había una pavorosa inversión
aspecto natural de la tierra y el mar, como si se hubiesen roto todas las barreras de la
naturaleza, y se hubiesen trastocado todas las leyes.
»Las olas, al retirarse, dejaban de vez en cuando la arena tan seca como la del desierto;
y los árboles y arbustos se estremecían y se sacudían en incesa agitación, como el oleaje
de un temporal en plena noche. No había luz, sino un gris lívido que repugnaba al ojo
que lo contemplaba; salvo cuando el vivo relámpago irrumpía como el ojo de un
demonio para mirar la labor destructora, y cerrarse al verla terminada.
224
»En medio de este escenario había dos seres, la atractiva belleza de uno de los cuales
parecía haber encontrado el favor de los elementos, aun en su furia, mientras que la dura
e inexorable mirada del otro parecía desafiarlos.
»-¡Immalee -exclamó-, no son éstos lugar ni momento para hablar de amor! ¡Toda la
naturaleza está aterrada, el cielo se ha cubierto de tinieblas, animales se han escondido,
y hasta los arbustos, al sacudirse y estremece parecen vivos de terror!
»-Es el momento de implorar protección -dijo la india, pegándose tímidamente.
»-Levanta los ojos -dijo el desconocido, mientras sus ojos, fijos e impasibles, parecían
devolver destello por destello a los desconcertados y enojados elementos-, y mira; y si
no puedes resistir los impulsos de tu corazón, deja al menos que yo los oriente hacia un
objeto más idóneo. ¡Ama -exclamó, extendiendo el brazo hacia el cielo oscuro y
trastornado-, ama el poder destrutor de la tormenta... busca alianza en esos veloces y
peligrosos viajeros del aire quejumbroso, el meteoro que lo desgarra y el trueno que lo
sacude! ¡Pide, suplica protectora ternura a esas masas de espesa y ondulante nube,
montañas sin base del cielo! ¡Requiere los besos del rayo inflamado, para que se
extingan en tu ardiente pecho! ¡Toma cuanto hay de terrible en la naturaleza por
compañero y amante!; ¡pídele que te queme y abrase; perece en sus fieros abrazos, y
serás más feliz, mucho más feliz, que si vivieses en los míos! ¡ Vivir! ¡Ah, cómo ibas a
ser mía y vivir! ¡Escúchame, Immalee! -exclamó, mientras le sujetaba las manos
entrelazadas con las suyas, al tiempo que sus ojos, fijos en ella, despedían una luz de
intolerable fulgor, y un nuevo sentimiento de indefinido entusiasmo pareció sacudir por
un momento su ser entero, y moderar el tono de su naturaleza-; ¡escúchame!, si quieres
ser mía, ha de ser en un perpetuo escenario como éste: en medio del fuego y las
tinieblas, en medio del odio y la desesperación, en medio... -y su voz se prolongó en un
demoníaco alarido de rabia y horror, y extendió el brazo, como para agarrar algún ser
pavoroso en una lucha imaginaria, salió precipitadamente del arco bajo el cual estaban,
y se abismó en el cuadro al que su culpa y su desesperación le habían arrastrado, y
cuyas imágenes estaba condenado a contemplar eternamente.
»La frágil figura que se había pegado a él, a causa de este movimiento repentino, quedó
postrada a sus pies; y, con una voz ahogada por el terror, aunque con esa perfecta
devoción que sólo puede brotar del corazón y los labios de una mujer, contestó a sus
terribles preguntas con una simple demanda:
»- ¿Estarás tú ahí?
»-iSí!, ¡Ahí debo estar, y para siempre!¡Quieres y te atreves tú a acompañarme?
» Y una especie de violenta y terrible energía animó su ser, y fortaleció su voz, al hablar
e inclinarse sobre la pálida y postrada belleza, que parecía solicitar su propia
destrucción con profunda y abandonada humillación, como si una paloma ofreciese su
pecho, sin huir ni luchar, al pico del buitre.
»-De acuerdo -dijo el desconocido, mientras una breve convulsión cruzaba por su pálido
semblante-, te desposaré en medio de los truenos... ¡como novia de perdición! ¡Ven, y
confirmemos nuestras nupcias ante el tambaleante altar de la naturaleza, con los
relámpagos del cielo por luces de alcoba, y la maldición de la naturaleza por bendición
matrimonial!
»La india profirió un grito de terror, no ante estas palabras, que no comprendió, sino
ante la expresión que las acompañaba.
»- Vamos -repitió él-; ahora: mientras la oscuridad pueda ser testigo de nuestra inefable
y eterna unión.
»Immalee, pálida, aterrada, pero decidida, se apartó de él.
»En ese momento, la tormenta que había oscurecido los cielos y devastado la tierra se
disipó con una rapidez corriente en esos climas, donde en una hora realiza su obra de
225
destrucción sin obstáculo, y al instante siguiente le suceden unas luces sonrientes y unos
cielos diáfanos de los que la mortal curiosidad se pregunta en vano si resplandecen con
espíritu de triunfo, o de consuelo ante la destrucción que contemplan.
Mientras hablaba el desconocido, habían pasado las nubes, llevándose, disminuida, su
carga de ira y de terror para infligir sufrimientos y terrores a los vos de otros climas..., y
surgió la luna con un esplendor desconocido en las latitudes europeas. El cielo apareció
tan azul como las aguas del océano que parecían reflejarlo, y las estrellas irrumpieron
con una especie de indignado e intenso fulgor, como ofendidas por la usurpación de la
tormenta, y afirmando eterno predominio de la naturaleza sobre las influencias
ocasionales de las pestades que la oscurecían. Tal debe de ser, quizá, el acontecer del
mundo moral. Se nos dirá por qué hemos sufrido, y para qué; pero un resplandeciente y
bienaventurado resplandor seguirá a la tormenta, y todo será luz.
»La joven india captó en su objeto un presagio favorable a la vez para su imaginación y
para su corazón. Se apartó de él... echó a correr hacia la luz y la naturaleza, ,cuya
claridad parecía una promesa de redención en medio de la oscuridad otoñal. Señaló la
luna, ese sol de las noches orientales, cuya ancha y brillante luz caía como un manto
esplendoroso sobre las ruinas, la roca, el árbol y la flor.
»-¡Despósame bajo la luz -exclamó lmmalee-, y seré tuya para siempre!
»Y su hermoso semblante reflejó la luz del astro glorioso que navegaba luminoso por un
cielo sin nubes... y sus brazos blancos y desnudos, extendidos hacia arriba, parecían dos
prendas puras que confirmaban la unión.
»-Despósame bajo esta luz -repitió, cayendo de rodillas-, ¡y seré tuya para siempre!
»Mientras hablaba, se acercó el desconocido, movido por unos sentimientos que ningún
pensamiento mortal puede descubrir. En ese instante, un fenómeno banal vino a alterar
el destino de ella. Una nube oscura cubrió la luna en ese momento: pareció como si la
lejana tormenta recogiese con enérgico gesto el último pliegue tenebroso de su
tremendo ropaje, a punto de marcharse para siempre.
-Los ojos del desconocido lanzaron sobre Immalee los más vivos destellos afecto y
ferocidad. Señaló la oscuridad:
»- ¡VEN A MÍ BAJO ESTA LUZ! -exclamó-, iY sé mía por los siglos de los siglos!
-Immalee, estremeciéndose bajo las manos que la sujetaban, y tratando en vano de
descifrar la expresión de su rostro, percibió, no obstante, el peligro, y zafó de su garra.
- ¡Adiós para siempre! -exclamó el desconocido, y se alejó corriendo de ella.
»lmmalee, exhausta por la emoción y el terror, había caído desvanecida en la arena que
cubría el sendero de la ruinosa pagoda. Volvió él, la cogió en brazos... su larga cabellera
tremoló sobre los dos como el estandarte inclinado de un ejército vencido; los brazos de
Immalee colgaron como si renunciasen al apoyo que parecían implorar, y sus mejillas
frías y descoloridas descansaron en el hombro del desconocido.
»-¿Ha muerto? -murmuró el desconocido para sí-. Ojalá sea así: ¡es preferible eso a que
sea mia!
»Depositó su carga insensible en la arena, y se fue... y no volvió a visitar la isla.
__________ __ _
_
Que donne le monde aux siem plus souvent?
Echo: Vent.
Que dais-le vaincre ici, sans jamais relâcher?
Echo: la cbair.
226
Qui lit la cause des maux, qui me sont survenus?
Echo: Venus.
Que faut dire auprès d'une telle infidelle?
Echo: Fi d'elle.
P. PIERRE DE ST. LOUIS, Magdaleniade.
»Tres años habían transcurrido desde la separación de Immalee y el desconocido,
cuando una tarde, a unos caballeros españoles que paseaban por un lugar público de
Madrid les atrajo la atención una figura que se cruzó con ellos, vestida a la usanza del
país (aunque sin espada), y que caminaba muy despacio. Se detuvieron en una especie
de gesto instintivo, y parecieron preguntarse unos a otros, con muda mirada, cuál era la
causa de que les hubiese impresionado el aspecto de esta persona. No había nada
notable en su figura, y su ademán era sosegado; era la singular expresión de su rostro lo
que les había producido esa sensación que no acertaban a definir ni explicar.
»Al detenerse ellos, aquella persona dio media vuelta y volvió sobre sus pasos
lentamente... y de nuevo se enfrentaron con la singular expresión de su semblante (de
sus ojos sobre todo) que ninguna mirada humana podía contemplar con indiferencia.
Acostumbrado a observar y tratar con cuanto repugnaba a la naturaleza y al hombre -ya
que andaba siempre explorando el manicomio, la cárcel o la Inquisición, el antro del
hambre, la mazmorra del crimen o el lecho mortal de la desesperación-, sus ojos habían
adquirido la luz y el lenguaje propios de esos lugares: una luz que nadie podía mirar
fijamente, y un lenguaje que pocos se atrevían a descifrar.
»Al pasar junto a ellos, dichos caballeros repararon en otros dos cuya atención se
hallaba claramente puesta en el mismo sujeto singular, puesto que incluso lo estaban
señalando, y hablaban entre sí con gestos de intensa y evidente emoción. La curiosidad
del grupo venció por una vez el freno de la reserva española, y acercándose a los dos
caballeros, les preguntaron si era el extraño personaje que se había cruzado con ellos el
objeto de su conversación, y cuál era la causa de la emoción que parecía acompañarla.
Los otros dijeron que sí, y comentaron que conocían detalles del carácter y la historia de
este extraordinario ser que justificarían muchas más muestras de emoción ante su
presencia. Esta alusión excitó aún más su curiosidad... y el grupo de oyentes comenzó a
aumentar. Algunos de ellos, al parecer, tenían o pretendían tener alguna información
acerca de tan excepcional individuo. Y se inició esa clase de charla inconexa cuyos
ingredientes tienen una abundante dosis de ignorancia, curiosidad y temor, mezclada
con alguna pizca de información y verdad; esa clase de conversación confusa y poco
satisfactoria en la que se acoge a todo interlocutor que aporte cualquier referencia
infundada o cualquier disparatada conjetura: la anécdota, cuanto más increíble, más
tenida por buena, y la conclusión, cuanto más falsamente extraída, tanto más susceptible
de convencer.
»La conversación discurrió en unos términos incoherentes tales como éstos:
»-Pero bueno, si es como se le describe, y es lo que se dice que es, ¿por qué no se le
detiene por orden del Gobierno?, ¿por qué no le encarcela la Inquisición?
»-Ha estado muchas veces en la prisión del Santo Oficio... más, quizá, de lo que los
santos padres hubieran deseado -dijo otro-. Pero es bien sabido que, sea lo que sea lo
que reveló en su interrogatorio, fue liberado casi inmediatamente.
»Otro añadió que "ese desconocido ha estado en casi todas las prisiones de Europa,
pero siempre ha encontrado el medio de burlar o desafiar el poder en cuyas garras
parecía haber caído, y de llevar a efecto sus propósitos de hacer daño en los más
227
remotos lugares de Europa cuando se le suponía expiando sus crímenes en otro". Otro
preguntó si se sabía de qué país era, y le contestaron:
»-Dicen que es de Irlanda (país que nadie conoce, y en el que los naturales se sienten
muy poco inclinados a vivir por diversas causas) y que se llama Melmoth.
»El español tuvo gran dificultad en expresar la theta, impronunciable por labios
continentales.
»Otro, de aspecto más inteligente que el resto, aportó el dato extraordinario de que el
desconocido había sido visto en diversas partes de la tierra, cuya distancia no habría
sido capaz de recorrer ningún poder humano en espacio de tiempo tan corto; que su
conocido y terrible hábito consistía en buscar en todas las regiones a los más
desdichados y a los más libertinos de la comunidad en la que se sumergía..., aunque no
sabían con qué propósito los buscaba.
»-Lo saben muy bien -dijo una voz cavernosa, cayendo en los oídos de los asustados
oyentes como el tañido de una grave pero amortiguada campana-; lo saben muy bien,
tanto ellos como él.
»Era ya el crepúsculo; pero todos pudieron distinguir la figura del desconocido que
pasaba; algunos, incluso, aseguraron ver un fulgor ominoso en aquellos ojos que jamás
se posaban en el humano destino sino como astros de infortunio. El grupo calló un
momento para observar la figura que había producido en ellos el efecto de un torpedo.
Se alejó lentamente... nadie trató de detenerle.
»-He oído decir -dijo uno del grupo que una música deliciosa precede a esta persona
cuando está a punto de aparecer o de acercarse a su víctima predestinada (el ser al que
se le permite tentar o torturar). Una vez me contaron una extraña historia en la que se
oyó esa música, y... ¡Santa María nos valga! ¿Habéis oído esos sonidos?
»-¿Dónde?.. ¿cuáles?
» Y los atónitos oyentes se quitaron el sombrero, se desabrocharon la capa, abrieron los
labios y aspiraron hondamente, en delicioso éxtasis, ante la música que flotaba en
derredor.
»-No temáis -dijo un apuesto joven de la reunión-; no temáis, que estos sones anuncian
la proximidad de un ser celestial. Sólo pueden tener que ver con los buenos espíritus; y
sólo los bienaventurados podrían difundir esa música desde lo alto.
»Mientras hablaba, los ojos de los presentes se volvieron hacia una figura que, aunque
acompañada de un brillante y atractivo grupo de mujeres, parecía la única de todas en
quien podían posar la mirada con pura y total limpieza y amor. No captó ella la
observación: la observación la captó a ella, y se sintió satisfecha de su presa.
»Ante la proximidad del amplio grupo de mujeres, se organizaron ansiosos y lisonjeros
preparativos entre los caballeros... preocupados todos en ordenar sus capas y sombreros
y plumas, costumbre característica de una nación semifeudal, y siempre galante y
caballeresca. A estos movimientos preliminares correspondieron otros por parte de la
hermosa y fatal hueste que se acercaba. El crujir de sus amplios abanicos, el trémulo y
demorado ajustarse de sus flotantes velos, cuya parcial ocultación halagaba la imaginación
mucho más que la más ostentosa exhibición de los encantos de los que parecían tan
celosas, los pliegues de la mantilla, de cuyas graciosas caídas, complicados artificios y
coquetas ondulaciones saben aprovecharse tan bien las españolas; todo, en fin,
anunciaba un ataque que los caballeros, de acuerdo con las modas de la galantería de
esas fechas (1683), estaban preparados para afrontar y rechazar.
»Pero entre la brillante hueste que avanzaba contra ellos, venía una cuyas armas no eran
artificiosas, y el efecto de sus singulares y sencillos atractivos contrastaba enormemente
con los estudiados preparativos de sus compañeras. Si su abanico se agitaba, era para
hacer aire; si se arreglaba el velo, era para ocultar su rostro; si se ajustaba la mantilla, no
228
era sino para esconder esas formas cuya exquisita simetría desafiaba al voluminoso
ropaje de aquel tiempo a que las ocultara. Los hombres de la más mundana galantería
retrocedían al verla acercarse, con involuntario temor: el libertino, al mirarla, quedaba
casi convertido; el enamoradizo la veía como el que comprende que esa visión de la
imaginación no puede existir encarnada en este mundo; y el infortunado, como un ser
cuya sola aparición era ya un consuelo; los viejos, contemplándola, soñaban con su
juventud, y los jóvenes pensaban por primera vez en el amor, el único que merece ese
nombre, el que inspira sólo la pureza, y sólo la pureza más perfecta puede recompensar.
»Al mezclarse entre los alegres corros que llenaban la plaza, se podía observar que un
cierto aire la distinguía del resto de las damas que la rodeaban; no por su pretensión de
superioridad (cosa de la que su belleza sin par estaba exenta, aun para el más vano del
grupo), sino por un carácter inmaculado y sencillo que impregnaba su gesto, su actitud,
incluso su pensamiento... convirtiendo su espontaneidad en gracia, y dando énfasis a
una simple exclamación que hacía que las frases refinadas sonaran banales,
quebrantando constantemente la etiqueta con vivo e intrépido entusiasmo, y
excusándose a continuación con tan tímido y gracioso arrepentimiento que no se sabía
qué era más deliciosa, si la ofensa o la excusa.
»En general, contrastaba de forma singular con el tono mesurado, el continente afectado
y la ordenada uniformidad de vestido y ademán y aspecto y sentimiento de las damas de
su alrededor. Los elementos del arte se hallaban en cada uno de sus miembros desde su
origen, y sus atavíos ocultaban o disimulaban cada movimiento que la naturaleza había
concebido para la gracia. Pero en el movimiento de esta joven dama había una ágil
elasticidad, una dinámica, exuberante y consciente vitalidad que hacía de cada gesto la
expresión de un pensamiento; y luego, al reprimirlo, el más exquisito intérprete del
sentimiento. Flotaba en torno suyo una luz, mezcla de majestuosidad e inocencia, que
sólo se da unida a su sexo. Los hombres pueden conservar mucho tiempo, y aun
confirmar, el poderío que la naturaleza ha impreso en su constitución, pero pierden muy
pronto el derecho a la expresión de la inocencia.
»En medio de las vivas y excéntricas gracias de una forma que parecía de un cometa en
el mundo de la belleza, no sujeto a ley alguna, o a leyes que sólo ella entendía y
obedecía, había una sombra de melancolía que, para el observador superficial, parecía
transitoria y fingida, quizá una estudiada compensación los ardientes colores de tan
esplendoroso cuadro; pero para otros ojos, delataba que, pese a tener todas las energías
del intelecto ocupadas, y todos los instintos del sentido activos, el corazón no había
encontrado compañero, y lo necesitaba.
»El grupo que había estado conversando sobre el desconocido sintió atención
irresistiblemente atraída hacia esta persona; y el bajo murmullo de sus temerosos
comentarios se convirtió en francas exclamaciones de placer y admiración al pasar junto
a ellos la hermosa visión. No había hecho ella más que cruzar cuando vieron que volvía
despacio el extraño individuo, conocido de todos y sin conocer él a nadie. Al dar la
vuelta el grupo de mujeres, se cruzaron con él. Su enérgica mirada seleccionó y se
centró en una. Ella le vio tal también, le reconoció y, profiriendo un grito inarticulado,
se desplomó al suelo sin conocimiento.
»El tumulto que ocasionó este incidente, presenciado por tantas personas, y del que
nadie sabía la causa, apartó la atención de todos del desconocido: todos se afanaron en
asistir o preocuparse por la dama que se había desvanecido. Fue trasladada a su coche
por más ayudantes de los que necesitaba o deseaba... y justo cuando la subían, una voz
exclamó muy cerca:
»-¡Immalee!
229
»Reconoció ella la voz, y se volvió, con una mirada de angustia y un débil grito, hacia
la dirección de donde provenía. Todos los que estaban a su alrededor habían oído la
llamada; pero no entendieron su significado, ni sabíar quién iba dirigida, así que se
apresuraron a subirla al coche. Arrancó éste, pero el desconocido siguió su trayecto con
la mirada, y se dispersó la reunión, y quedó solo... El crepúsculo se disolvía en la
oscuridad, aunque él pareció no notar el cambio... Algunos permanecieron aún en el
extremo del paseo, observándole... Tampoco reparó él en su presencia.
»Uno de los que se quedaron más tiempo dijo que le vio hacer el ademán del que se seca
rápidamente una lágrima. Sin embargo, las lágrimas de penitencia estaban negadas a sus
ojos para siempre. ¿Fue, acaso, una lágrima de pasión? De ser así, ¡cuánta aflicción
anunciaba a su objeto!
_
__________ _ _
Oh what was lave made for; if 'tis not the same
Througb joy and through torment, through glory and shame!
I know not, I ask not, what guilts in thine heart,
I but know I must love thee, whatever thou art.
MOORE
»Al día siguiente, la joven que tanto interés había despertado la tarde anterior se
marchaba de Madrid a pasar unas semanas en una quinta, propiedad de su familia, a
poca distancia de la ciudad. Esta familia, en total, estaba formada por su madre, doña
Clara de Aliaga, esposa de un rico mercader cuyo regreso de las Indias se esperaba mes
tras mes, su hermano don Fernán de Aliaga y varios criados; pues estos acaudalados
ciudadanos, conscientes de su opulencia y su elevada ascendencia, se preciaban de
viajar con no menos ceremonia y pomposa lentitud de la que correspondía a un grande
de España.Y así, el viejo, cuadrado y pesado carruaje avanzaba como una carroza
fúnebre; el cochero iba dormido en el pescante, y los seis caballos negros andaban a un
paso que era como el progreso del tiempo cuando nos visita la aflicción. Junto al coche
cabalgaban Fernán de Aliaga y sus criados, con sombrillas y grandes lentes; dentro iban
acomodadas doña Clara y su hija. El interior de este vehículo era lo contrario de su
aspecto externo: todo denotaba estupidez, formalismo y tremenda monotonía.
»Doña Clara era mujer de frío y serio carácter, con toda la solemnidad de una española,
y toda la austeridad de una fanática. Don Fernán encarnaba esa únión de la pasión
ardiente y los modales saturnianos nada rara entre los españoles. El hecho de que su
familia perteneciese a la clase comerciante hería su orgullo torpe y egoísta; consideraba
la belleza sin par de su hermana un posible medio de conseguir emparentar con una
familia de alcurnia, y la miraba con esa especie de parcialidad egoísta tan poco honrosa
para el que la siente como para la que era su objeto.
» Y en medio de estos seres, la vivaz y sensible Immalee, hija de la naturaleza, "alegre
criatura de los elementos", estaba condenada a marchitar la flor de preciosos colores y
exquisitos perfumes de su existencia tan desconsideradamente trasplantada. Su singular
destino parecía haberla arrancado de un medio físico silvestre para colocarla en otro de
tipo moral. Y, quizá, este último estado era peor que el primero.
»Es cierto que las más sombrías situaciones no ofrecen nada tan escalofriante como el
aspecto de los rostros humanos en los que tratamos en vano de descubrir una expresión
230
análoga; y la esterilidad de la naturaleza misma es copia, comparada con la esterilidad
de los corazones humanos que transmiten toda la desolación que sienten.
»Llevaban viajando un rato, cuando doña Clara, que nunca hablaba hasta después de un
largo prefacio de silencio, quizá para darle lo que ella llamaba peso, que de otro modo
se echaría de menos, dijo con sentenciosa parsimonia:
»-Hija, me he enterado de que ayer por la tarde te desmayaste en el paseo público,
¿Viste a alguien que te sorprendió o te aterró?
»-No, señora.
»-Entonces, ¿cuál pudo ser la causa de la emoción que manifestaste al ver, según me
han dicho, porque yo no lo sé, a un personaje de singular comportamiento?
»-¡Oh, no puedo, no me atrevo a decirlo! -dijo Isidora, dejando caer el velo sobre sus
ardientes mejillas; luego, con la irreprimible ingenuidad de su primitiva naturaleza, que
le invadía el corazón y todo su ser como una marea, se arrodilló en el cojín en el que iba
sentada, a los pies de doña Clara, exclamando-: ¡Oh, madre, os lo diré todo!
»-¡No! -dijo doña Clara, rechazándola con un frío sentimiento de orgullo herido-; ¡no!...
no es éste el momento. No quiero confidencias que son negadas y concedidas en un
mismo aliento; ni me gustan esas emociones violentas: son impropias de una doncella.
Tus deberes como hija son fáciles de comprender, se reducen a una completa
obediencia, una profunda sumisión y un inquebrantable silencio; salvo cuando te hable
yo, o tu hermano o el padre José. Ciertamente, ningún deber podría cumplirse con más
facilidad; así que levántate y deja de llorar. Si tu conciencia te turba, acúsate ante el
padre José, que sin duda te impondrá una penitencia conforme a la enormidad de tu
pecado. Sólo confío en que no yerre por el lado de la indulgencia.
»Y dicho esto, doña Clara, que jamás había pronunciado discurso tan largo, se arrellanó
en su cojín, y comenzó a pasar las cuentas de su rosario con devoción, hasta que la
llegada del coche a su destino la despertó de su profundo y beatífico sueño.
»Era casi mediodía, y la comida, servida en una estancia baja y fresca junto al jardín,
esperaba tan sólo la llegada del padre José, el confesor. Llegó por fin Era un hombre de
figura imponente, y venía montado en una mula majestuosa. Su rostro, a primera vista,
tenía una expresión meditabunda; pero, examinada con atención, ésta parecía más
consecuencia de una conformación física que del ejercicio intelectual. El canal estaba
abierto, pero la corriente no se había orientado en esa dirección. Sin embargo, aunque
carente de instrucción y de mentalidad algo estrecha, el padre José era un hombre bueno
y bienintencionado. Amaba el poder, eso sí, y se había consagrado a los intereses de la
Iglesia católica; pero le asaltaban frecuentes dudas (que se guardaba para sí: sobre la
absoluta necesidad del celibato, y experimentaba (¡extraño efecto!) ur frío por todo el
cuerpo cuando oía hablar del fuego de los autos de fe.
»Concluyó la comida; sobre la mesa estaban la fruta y el vino (éste sin probarlo las
mujeres), y lo más selecto de ambos colocado delante del padre José cuando Isidora,
tras una profunda reverencia a su madre y al sacerdote, se retiró, como solía, a su
aposento. Doña Clara se volvió hacia el confesor con una expresión que demandaba
respuesta.
»-Es la hora de la siesta -dijo el sacerdote, sirviéndose un racimo de uvas.
»-¡No, padre, no! -dijo doña Clara con pesar-; su criada me ha informado que no se
retira a dormir. Estaba, ¡ay!, demasiado acostumbrada a ese clima ardiente, donde se
perdió de niña, para sentir el calor como debe toda cristiana. No; no se retira a rezar ni a
dormir, según la devota costumbre de las mujeres españolas; sino, me temo, a...
»-¿A qué? -dijo el sacerdote con voz horrorizada.
»-A pensar, me temo -dijo doña Clara-; porque observo a menudo que, cuando regresa,
tiene huellas de lágrimas en la cara. Tiemblo, padre, al pensar que derrama esas
231
lágrimas por esas tierras paganas, esa región de Satanás, en donde ha pasado su
juventud.
»-Le impondré una penitencia -dijo el padre José- que la salvará al menos de la
turbación de derramar lágrimas por culpa del recuerdo... Estas uvas son deliciosas.
»-Pero, padre -prosiguió doña Clara con toda la débil pero atribulada ansiedad de una
mente supersticiosa-, aunque me tranquilizáis en este sentido, aún me siento
desgraciada. ¡Oh, padre, cómo habla a veces!... Es como una criatura autodidacta; no
necesita director ni confesor, sino su propio corazón.
»-¡Cómo! -exclamó el padre José-, ¿que no necesita confesor ni director? Dehe de estar
chiflada.
»-¡Oh, padre -prosiguió doña Clara-, dice cosas con su manera suave e irrefutable que,
armada de toda mi autoridad, yo...
»-¿Cómo, cómo es eso? -dijo el sacerdote en un tono de severidad-, ¿acaso niega alguno
de los dogmas de la Santa Iglesia?
»-¡No! ¡no! ¡no! -dijo la aterrada dofia Clara, santiguándose.
»-¿Qué, entonces?
»-Bueno, habla en unos términos que yo nunca os he oído a vos, reverendo padre, ni a
ninguno de los reverendos hermanos a quienes mi devoción a la Santa Madre Iglesia me
ha enseñado a escuchar, antes de hablar. En vano le digo que la verdadera religión
consiste en oír misa, confesarse, cumplir la penitencia, observar los ayunos y vigilias,
sufrir la mortificación y la abstinencia, creer todo lo que la Santa Iglesia nos enseña, y
odiar, detestar, aborrecer y execrar...
»-Basta, hija... basta -dijo el padre José-; ¿acaso se puede dudar de la ortodoxia de
vuestro credo?
»-Confío en que no, reverendo padre -dijo, ansiosa, dofia Clara.
»-Sería yo un infiel si dudara -interrumpió el sacerdote-; la misma razón tendría si
negase que esa fruta es exquisita, o que este vaso de Málaga merece figurar en la mesa
de Su Santidad el Papa, si quisiese agasajar a todos los cardenales. Pero, ¿qué es eso,
hija, de las supuestas o temidas sospechas de desviación en las creencias de doña
Isidora?
»-Reverendo padre, ya os he explicado mis sentimientos religiosos.
»-Sí, sí... hemos hablado bastante; ahora hablemos de los de vuestra hija.
»-Dice a veces -dijo doña Clara, prorrumpiendo en lágrimas-, dice, aunque no mientras
no se le insista lo suficiente para que hable, que la religión debe ser un sistema cuyo
espíritu sea el amor universal. ¿Entendéis algo, padre?
»-¡Bah... bah!
»-Que tiene que ser algo que incline a quienes la profesan a hábitos de benevolencia,
amabilidad y humildad, por encima de toda diferencia de credo y de forma.
»-¡Bah... bah!
»-Padre -dijo doña Clara algo molesta ante la evidente indiferencia con que el padre
José escuchaba sus confidencias, y decidida a hacerle reaccionar con alguna prueba
terrible de la verdad de sus sospechas-. Padre, la he oído atreverse a manifestar la
esperanza de que los herejes del séquito del embajador inglés no sean eternamente...
»-¡Chisst!, yo no debo oír esas cosas; de lo contrario, mi deber me obligaría a tomar
nota más severa de tales yerros. Sin embargo, hija -prosiguió el padre José-, me voy a
arriesgar, con tal de consolaros. Tan cierto como que este precioso melocotón está en mi
mano (dadme otro, por favor), y tan seguro como que me acabaré este otro vaso de
Málaga -aquí, una larga pausa dio fe del cumplimiento de la afirmación-, tan seguro
como esto -y el padre José puso su vaso invertido sobre la mesa-, que mi señora Isidora
lleva... lleva elementos de cristiana en su interior, por improbable que os parezca; os lo
232
juro por el hábito que llevo. Por lo demás, una pequeña penitencia... un... bueno, lo
pensaré. Y ahora, hija, cuando vuestro hijo don Fernán haya terminado su siesta, puesto
que no hay motivo para sospechar que se haya retirado a pensar, informadle que estoy
dispuesto a continuar la partida de ajedrez que empezamos hace cuatro meses. He
colocado mi peón en el penúltimo escaque, y el próximo movimiento será para hacerla
reina.
»-¿Tanto dura la partida? -dijo doña Clara.
»-¡Tanto, sí! -repitió el sacerdote-; y puede durar mucho más... no solemos jugar más de
tres horas al día.
»Se retiró a dormir; y la tarde transcurrió después, para el sacerdote y para don Fernán,
en el profundo silencio de la partida; para doña Clara, en el silencio igualmente
profundo de su tapiz, y para Isidora en el alféizar de la ventana, que el intolerable calor
había obligado a dejar abierta, contemplando el esplendor de la luna, aspirando el
perfume de los nardos, y mirando cómo se abrían los pétalos del cereus. Los lujos
físicos de su antigua existencia parecían renovarse con estos objetos. El azul intenso del
cielo y el astro resplandeciente que se alzaba solitario y magnífico en su centro, podían
haber competido con la exuberante y refulgente opulencia de luz con que la naturaleza
engalana la noche india. Abajo, también, había flores y fragancia; los colores, como la
belleza velada, estaban suavizados, no ocultos, y el rocío que colgaba de cada hoja
temblaba como lágrimas de espíritus que llorasen al abandonar las flores.
»La brisa, aunque impregnada de fragancia del azahar, el jazmín y la rosa, no poseía el
rico y embalsamado perfume que difunde el aire indio por la noche.
E___ __ _ _______ A____ __________.
»Salvo esto, ¿qué faltaba aquí que no podía renovar el delicioso sueño de su anterior
existencia, y hacerle creer que otra vez era la reina de la encantada isla? Una imagen,
una imagen cuya ausencia hacía que el paraíso de las islas, y todo el perfumado y
florido lujo de un jardín español bajo la luna, fuesen como un desierto para ella. Sólo en
su corazón podía esperar ver esa imagen... sólo a sí misma se atrevía a repetir su
nombre, y aquellas rudimentarias y dulces canciones de su país49que él le había
enseñado en los momentos de más alegre ánimo. Y tan extraño era el contraste entre su
vida anterior y la presente, tan sometida estaba por la rigidez y la frialdad, y tantas veces
le habían dicho que lo que hacía, decía o pensaba estaba mal, que empezó a rendirse a la
evidencia de los sentidos, a evitar las constantes persecuciones de la atormentadora y
despótica mediocridad, y a considerar la aparición del desconocido como una de esas
visiones que aportaban turbación y alegría a su soñadora e ilusoria existencia.
»-Me sorprende, hermana -dijo Fernán, a quien el padre José había puesto de habitual
mal humor al matarle la reina-, me sorprende no verte nunca ocupada, como suelen
estarlo las jóvenes, con la aguja o alguno de los delicados primores propios de tu sexo.
»-O leyendo algún libro piadoso -dijo doña Clara, alzando los ojos un instante de su
tapiz, y volviéndolos a bajar-; hay una leyenda de un santo polaco50, nacido, como ella,
en un país de tinieblas, el cual eligió ser depositario de la palabra divina... he olvidado
su nombre, reverendo padre. »
»-¡Jaque al rey! -exclamó el padre José por toda respuesta.
49 Irlanda. (N. del A.)
50 He leído la leyenda de este santo polaco (san Casimiro, muerto en 1484), que ha circulado por Dublín y
se encuentra consignada entre las pruebas irrefutables de su vocación, sobre que se desmayaba cuando se
profería una expresión indecente en su presencia... ¡cuando su nodriza le tenia en brazos! (N. del A.)
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»-No te ocupas más que de cuidar unas pocas flores, o inclinarte sobre tu laúd, o
contemplar la luna -prosiguió Fernán, molesto a la vez por el éxito de su adversario y el
silencio de Isidora.
»-Es generosa en limosnas y obras de caridad -dijo el bondadoso sacerdote-. Me
llamaron para que acudiese a un miserable cuchitril cerca de vuestra quinta, señora doña
Clara, a asistir a un pecador moribundo, ¡un inmundo pordiosero que yacía sobre paja
putrefacta!
»-¡Jesús! -exclamó doña Clara con involuntario horror-; yo lavé, de rodillas, los pies a
trece mendigos en casa de mi padre, la semana antes de mi boda con su honorable
padre, y desde entonces no soporto la visión de un mendigo.
»-Las asociaciones de ideas son a veces imborrables -dijo el sacerdote con sequedad;
luego añadió-: yo he ido porque era mi deber, pero vuestra hija había llegado antes que
yo. Había ido sin que la llamaran, y le estaba diciendo dulces palabras de consuelo de
una homilía que un humilde sacerdote, que debe permanecer en el anonimato, le había
prestado de su modesta cosecha.
»Isidora se ruborizó ante esta anónima vanidad, mientras sonreía o lloraba por los
acosos de don Femán y la cruel austeridad de su madre.
»-La oí al entrar yo en aquella habitación, y por el hábito que llevo, que me detuve en el
umbral complacido. Sus primeras palabras fueron... -¡Jaque mate! -exclamó,
olvidándose de su homilía con el triunfo, y señalando con ojos chispeantes y dedo
elocuente la desesperada situación del rey de su adversario.
»-¡Pues fue una extraordinaria exclamación! -dijo la literal doña Clara, que no había
levantado ni una sola vez los ojos de su labor-; no hacía yo a mi hija tan aficionada al
ajedrez como para meterse en la casa de un pordiosero moribundo con semejante frase
en la boca.
»-Soy yo quien ha dicho eso, mi señora -dijo el sacerdote, volviendo a su juego, en el
que se enfrascó en alma y vida, absorto en su reciente victoria.
»-¡Dios mío! -dijo doña Clara, cada vez más perpleja-, yo creía que la frase usual en
esas ocasiones era pax vobiscum, o...
»Antes de que el padre José pudiera replicar, un grito de Isidora taladró los oídos de los
presentes. Se congregaron todos a su alrededor en un instante, sumándose al grupo
cuatro criadas y dos pajes, a quienes tan inusitado grito hizo acudir de la antecámara.
Isidora no se había desmayado; se hallaba aún de pie, pálida como la muerte, sin habla,
con la mirada vagando por el grupo que la rodeaba, sin que pareciese ver a nadie. Pero
conservó esa presencia de ánimo que jamás abandona a una mujer cuando debe guardar
un secreto; y ni señaló con el dedo, ni dirigió la vista hacia la ventana, donde había
surgido la causa de su alarma. Acuciada por mil preguntas, parecía incapaz de contestar
a ninguna; y declinando todo ofrecimiento de ayuda, se recostó sobre el alféizar para
sostenerse.
»Se acercaba doña Clara con paso mesurado para ofrecerle un frasco de extrañas
esencias que se había sacado de un bolsillo de incalculables profundidades, cuando una
de las mujeres que la asistían, conocedora de sus hábitos, propuso reanimarla con el
perfume de las flores que se arracimaban en tomo al marco de la ventana; y cogiendo un
manojo de rosas, se las ofreció a Isidora. La visión y el perfume de estas hermosas
flores despertó antiguas asociaciones en Isidora; y haciendo un gesto a las criadas para
que se fuesen, exclamó:
»-¡No hay rosas como las que me rodeaban cuando él me vio por primera vez!
»-¡Él!... ¿quién es él, hija? -dijo la alarmada doña Clara.
»-Habla; te lo ordeno, hermana -dijo el irritable Femán-, ¿a quién te refieres?
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»-Desvaría -dijo el sacerdote, cuya habitual perspicacia descubrió que tenía un secreto,
y cuyo celo profesional decidió que nadie, ni su madre ni su hermano, debían
compartirlo con él-; desvaría. Es vuestra la culpa; dejad de asediarla con preguntas. Mi
señora, retiraos a descansar, y que los santos velen alrededor de vuestra cama.
»Isidora, inclinándose agradecida por este permiso, se retiró a su aposento y el padre
José contendió durante una hora con los temores suspicaces de doña Clara y la hosca
irritabilidad de Fernán, con el único fin de que, en el calor de la controversia, revelaran
cuanto sabían o temían, y poder reforzar así sus propias conjeturas y establecer su
influencia con tal descubrimiento.
Scire volunt secreta domus, et inde timeri.
Y este deseo es no sólo natural, sino necesario, en un ser de cuyo corazón su profesión
ha roto todo lazo de naturaleza y de pasión; y si genera malignidad, ambición y deseo de
perjudicar, es al sistema, no al individuo, a quien hay que culpar.
»-Mi señora -dijo el padre-, vos siempre estáis proclamando vuestro celo por la Iglesia
católica; y vos, señor, me recordáis a cada instante el honor de vuestra familia; las dos
cosas me preocupan; pero ¿cómo pueden estar más seguros ambos intereses, que
haciendo que Isidora tome el velo?
»-¡El deseo de mi alma! -exclamó doña Clara, entrelazando las manos y cerrando los
ojos como si presenciase la apoteosis de su hija.
»-No quiero ni oír hablar de eso, padre -dijo Fernán-; la belleza de mi hermana, y su
riqueza, me dan derecho a esperar emparentar con las primeras familias de España: las
formas simiescas y rostros cetrinos de esas gentes podrían redimirse en un siglo con
semejante injerto, y la sangre de la que alardean no se empobrecerá con la transfusión
del aurum potabile de la nuestra.
»-Olvidáis, hijo -dijo el sacerdote-, las extraordinarias circunstancias en que se
desenvolvió la primera etapa de la vida de vuestra hermana. Hay muchos en nuestra
nobleza católica que preferirían ver correr por las venas de sus descendientes la negra
sangre de los moros desterrados o de los proscritos judíos, antes que la de una que...
»Aquí hubo un misterioso susurro que provocó en doña Clara un estremecimiento de
angustia y consternación, y en su hijo un impulso impaciente de irritada incredulidad.
»-No creo ni una palabra de eso -dijo éste-; queréis que mi hermana profese, y por eso
creéis y divulgáis ese monstruoso infundio.
»-Haz caso, hijo; te lo ruego -dijo la temblorosa doña Clara.
»-Hacedme caso a mí, señora, y no sacrifiquéis vuestra hija a una infundada e increíble
ficción.
»-¡Ficción! -repitió el padre José-; señor, os perdono vuestras mezquinas censuras. Pero
dejad que os recuerde que no puede hacerse extensiva la misma inmunidad a vuestras
ofensas a la fe católica.
»-Reverendo padre -dijo el aterrado Fernán-, la Iglesia católica no ha tenido jamás
practicante más devoto y humilde que yo.
»-Eso último lo creo -dijo el sacerdote-. ¿Admitís todo lo que la Santa Iglesia nos dice
que es incuestionablemente cierto?
»-Por supuesto que sí.
»-Entonces, ¿admitís que las islas de los mares indios se hallan especialmente bajo el
influjo del demonio?
»-Sí, si la Iglesia me exige que lo crea.
»-¿ Y que éste ejercía un dominio especial sobre la isla donde vuestra hermana se perdió
durante su infancia?
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»-No veo la relación -dijo Fernán, deteniendo repentinamente las premisas de este
sorites.
»-¡No veis la relación! -repitió el padre José, santiguándose:
Excaecavit oculos corum ne viderent.
Pero ¿por qué malgastaré mi latín y mi lógica en vos, si no tenéis capacidad ni para el
uno ni para la otra? Escuchad, no os expondré más que un razonamiento irrefutable, a
tal extremo, que quienquiera que lo contradiga... caería en contradicción, ni más ni
menos. La Inquisición de Goa conoce la verdad de lo que acabo de decir; de modo que,
¿quién se atreve a negarlo ahora?
»-¡Yo no!, ¡yo no! -exclamó doña Clara-; ni este terco muchacho tampoco, estoy segura.
Hijo, te exhorto a que te apresures a creer lo que el reverendo padre ha dicho.
»-Yo voy creyendo todo lo deprisa que puedo -contestó don Fernán con el tono del que
se traga de mala gana un manjar desagradable-; pero mi fe me ahogará si no se me
concede tiempo para tragar. En cuanto a la digestión -murmuró-, que venga cuando
Dios quiera.
»-Hija -dijo el sacerdote, que sabía bien el mollia tempora fandi, y veía que el hosco y
colérico Fernán apenas podía soportar más, por ahora-; hija, basta. Debemos dirigir con
dulzura a aquellos cuyos pasos tropiezan con obstáculos en el camino de la gracia.
Rezad conmigo, hija, para que los ojos de vuestro hijo se abran a la gloria y felicidad de
la vocación de su hermana por un estado en el que la inagotable abundancia de la
bondad divina sitúa a las felices monjas por encima de todas las bajas y mundanas
tribulaciones, de todas esas mezquinas y locales necesidades que... ¡Ah!... ¡hum!... Yo
mismo siento, en este momento, a decir verdad, algunas de esas necesidades. Estoy
ronco de tanto hablar; y el intenso calor de esta noche me tiene tan agotado que me
parece que no me vendría mal el refrigerio de un ala de perdiz.
»A una seña de doña Clara, apareció una bandeja con vino y una perdiz que podía haber
inclinado al prelado francés a reanudar su menú una vez más, a pesar de su horror al
toujours perdrix.
»- Ved, hija, ved lo cansado que me siento por esta penosa disputa; bien puedo decir
que el celo de vuestra casa me ha consumido.
»-Entonces tardaréis muy poco en dejar el celo de esta casa -murmuró Fernán mientras
se retiraba.
»Y, echándose los pliegues de su capa sobre el hombro, lanzó una mirada de admiración
a la feliz habilidad con que el sacerdote se las había con las alas y la pechuga de su ave
favorita..., susurrando alternativamente palabras de admonición a doña Clara, y algo
acerca de la falta de pimienta y de limón.
»-Padre -dijo don Fernán volviendo de la puerta y encarándose con el sacerdote-, padre,
tengo que pediros un favor.
»-Encantado, si está en mi mano el poder complaceros -dijo el padre José, volviendo
sobre el esqueleto del ave-, pero como veis, sólo queda el muslo, y aun éste un poco
descarnado.
»-No me refiero a eso, reverendo padre -dijo Fernán con una sonrisa-; sólo quiero
pediros que no volváis a sacar el tema de la vocación de mi hermana hasta que regrese
mi padre.
»-Por supuesto que no, hijo, por supuesto que no. ¡Ah!, cómo sabéis el momento
adecuado de pedir favores: jamás podría negároslo en un instante como éste, cuando
tengo el corazón caldeado, ablandado y henchido por... por... por la prueba de vuestra
contrición y humillación, y por todo lo que vuestra piadosa madre y vuestro celoso
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amigo espiritual podían esperar o desear. En verdad, eso me vence: estas lágrimas... no
lloro a menudo, sino en ocasiones como ésta; y entonces lo hago abundantemente, y me
veo forzado a compensar mi falta de humedad de este modo.
»-Servíos más vino -dijo doña Clara. Su orden fue obedecida.
»-Buenas noches, padre -dijo don Fernán.
»-Los santos velen por vos, hijo mío; ¡oh, qué cansado estoy! ¡Me siento desfallecer con
este esfuerzo! La noche es cálida, y hace falta vino para mitigar la sed... y el vino es
provocativo y exige alimento para eliminar sus deletéreas y condenables cualidades... y
el alimento, especialmente la perdiz, que es nutrición cálida y estimulante, requiere
beber de nuevo para absorber o neutralizar sus cualidades excitantes. Atended, doña
Clara: os hablo como entendido. Está la estimulación y está la absorción; son múltiples
sus causas y efectos, tales como..., pero no os los voy a enumerar en este momento.
»-Reverendo padre -dijo la admirada doña Clara, sin sospechar lo más mínimo de qué
fuente emanaba toda esta elocuencia-, os importuno en vuestro discurso solamente para
pediros un favor también.
»-Pedid, ya está concedido -dijo el padre José con un impulso de su pie tan orgulloso
como el del propio Sixto.
»- Tan sólo quiero saber si todos los habitantes de esas malditas islas indias no estarán
condenados irremisiblemente.
»-Irremisiblemente, y sin la menor duda -replicó el sacerdote.
»-Entonces eso me tranquiliza -añadió la dama-, y esta noche dormiré en paz.
»El sueño, sin embargo, no la visitó tan pronto como ella esperaba, porque una hora
después llamaba a la puerta del padre José, repitiendo:
»-¿Dijisteis condenados por toda la eternidad, padre?
»-¡Condenados sean por toda la eternidad! -dijo el sacerdote, removiéndose en su lecho
febril, y soñando, en los intervalos de su inquieto descanso, que don Fernán venía a
confesarse con la espada desenvainada, y doña Clara con una botella de jerez en la
mano, que ella se bebía de un trago, mientras sus propios labios resecos se abrían
esperando inútilmente una gota... y que la Inquisición se establecía en una isla de la
costa de Bengala, y una enorme perdiz se acomodaba, con un gorro, en un extremo de la
mesa cubierta de negro, como un Inquisidor General, y otras diversas y monstruosas
quimeras, engendros del exceso de comida y de la mala digestión.
»Doña Clara, que oyó tan sólo la última palabra, volvió a su aposento con el paso ligero
y el corazón aliviado; y llena de piadosa consolación, renovó sus devociones a la
imagen de la Virgen que tenía allí con dos cirios ardiendo a cada lado de su hornacina,
hasta que la fresca brisa matinal hizo posible que se retirase con alguna esperanza de
descansar.
»Isidora, en su aposento, se hallaba igualmente desvelada; también ella se había
arrodillado ante la sagrada imagen, pero con distintos pensamientos. Su soñadora y
febril existencia, compuesta de violentos e irreconciliables contrastes entre las
formalidades del presente y las visiones del pasado, la diferencia entre lo que sentía en
su interior y lo que veía en torno suyo, entre la apasionada vida de recuerdos y la
monotonía de la realidad, estaba siendo excesiva para su corazón, desgarrado por una
sensibilidad sin control, y una cabeza turbada por vicisitudes que habrían extenuado
hondamente facultades mucho más firmes.
»Durante un rato, estuvo repitiendo el número habitual de avemarías, a las que añadió la
letanía de la Virgen, sin el correspondiente impulso de consuelo o iluminación; hasta
que por último, comprendiendo que sus plegarias no eran expresión de lo que sentía, y
temiendo a esta heterodoxia de su corazón más que a la violencia del ritual, decidió
dirigirse a la imagen de la Virgen con sus propias palabras.
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»-¡Espíritu benévolo y hermoso! -exclamó, postrándose ante la imagen-, ¡tú, cuyos
labios son los únicos que me han sonreído desde que llegué a tu tierra cristiana; tú, cuyo
semblante he imaginado a veces que pertenecía a los que habitan en las estrellas de mi
propio cielo indio, escúchame y no te enojes conmigo! ¡Haz que pierda todo afecto por
mi presente existencia, o todo recuerdo del pasado! ¿Por qué me vuelven mis anteriores
pensamientos? Hubo un tiempo en que me hacían feliz; ahora, ¡son como espinas en mi
corazón! ¿Por qué conservan su poder, siendo así que se ha alterado su naturaleza? Ya
no puedo ser lo que era... ¡Oh, haz entonces que no lo recuerde más! Si es posible, haz
que vea y sienta y piense como los que están a mi alrededor. ¡Ay! Siento que es mucho
más fácil que descienda yo al nivel de ellos, que no que se eleven ellos al mío. El
tiempo, la coacción, y el embotamiento, pueden hacer mucho por mí, pero ¡cuánto
tiempo se necesitaría para cambiarles a ellos! Sería como buscar perlas en el fondo de
las aguas inmóviles de los estanques que el arte ha excavado en sus jardines. ¡No,
Madre de la deidad! ¡Mujer divina y misteriosa, no! Jamás verán otro latido de mi
corazón. ¡Que se consuma en su propio fuego, antes de que lo apague una gota de su
fría compasión! ¡Madre divina! ¿No arden otros corazones más dignos de ti? ¿Y no se
asemeja el amor de la naturaleza al amor de Dios? Es cierto que podemos amar sin
religión; pero ¿podemos ser religiosos sin amor? ¡Aun así, madre divina, seca mi
corazón, ya que no existe cauce para estas aguas que fluyen de él! ¡O vuelve todas estas
aguas hacia el río estrecho y frío que dirige su curso a la eternidad! ¿Por qué he de
pensar o sentir, si la vida sólo exige deberes que ningún sentimiento sugiere, y apatía
que ningún pensamiento turba? ¡Déjame descansar aquí!; es, desde luego, el fin del
gozo; pero es también el fin del sufrimiento; un millar de lágrimas son un precio
demasiado caro para una simple sonrisa, tal como se vende en el mercado de la vida.
¡Ay!, es mejor vagar en perpetua esterilidad que ser torturada por el recuerdo de las
flores que se han marchitado y los perfumes que se han disipado para siempre -luego,
invadida por una incontenible emoción, se inclinó otra vez ante la Virgen-. Sí, ayúdame
a borrar toda imagen de mi alma, menos la suya... ¡menos la suya únicamente! Haz que
mi corazón esté, como este aposento solitario, consagrado a la presencia de una única
imagen, e iluminado sólo por esa luz que el afecto enciende ante el objeto de su
adoración, al que venera eternamente.
»En una agonía de entusiasmo, siguió arrodillada ante la imagen; y cuando se levantó,
el silencio del aposento y la serena sonrisa de la figura celestial parecieron contrastar y
reprochar, una vez más, este exceso de morboso abandono. Dicha sonrisa le pareció
como un ceño. Es cierto que, en medio de la agitación, podemos no encontrar alivio en
semblantes que sólo expresan profunda tranquilidad. Más bien preferiríamos una
agitación, incluso una hostilidad más acorde... cualquier cosa, menos esa calma que nos
neutraliza y nos absorbe. Es la respuesta de la roca a la ola: nos concentramos,
enarbolamos la espuma, nos arrojamos contra la roca, y nos retiramos destrozados,
rotos, murmurando a los ecos de nuestro fracaso.
»Del tranquilo y desesperanzado aspecto de la divinidad, sonriendo ante la aflicción, a
la que ni consuela ni alivia, y que insinúa con esa sonrisa la profunda e inerte apatía de
inaccesible elevación y sugiere fríamente que la humanidad debe dejar de existir, antes
que dejar de sufrir..., de esto se apartó la doliente joven para buscar consuelo en la
naturaleza, cuya incesante agitación parece acompasarse con las vicisitudes del destino
humano y las emociones del corazón, cuya alternancia de tempestades y calmas, nubes
y claros, terrores y deleites, parecen guardar una especie de misteriosa correspondencia
de inefable armonía con ese instrumento cuyas cuerdas están destinadas a vibrar de
agonía y de arrobamiento, hasta que la mano de la muerte las recorre todas y las silencia
para siempre. Con ese sentimiento se acodó Isidora en el alféizar de la ventana, deseosa
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de aspirar aire fresco, lo que no le permitió la ardiente noche, y pensó cómo, en noches
así, en su isla india, podía sumergirse en el río que corría a la sombra de su amado
tamarindo, o incluso se aventuraba a adentrarse entre las plateadas olas del océano,
riendo al ver romperse los reflejos de la luna cuando su grácil figura formaba burbujas
en el agua lanzando con sonriente delicia las brillantes, sinuosas y esmaltadas conchas
que parecían acariciar sus blancos pies, cuando volvía a la orilla. Ahora todo era
distinto. Había cumplido con su deber de bañarse, pero con todo un aparato de jabones,
perfumes y, en especial, de criadas cuya intervención, aunque eran de su mismo sexo,
producía a Isidora un indecible disgusto. Las esponjas y los perfumes incomodaban sus
sentidos sencillos, y la presencia de otro ser humano parecía cerrarle completamente
cada poro.
»No había encontrado alivio alguno en el baño, ni en sus oraciones; lo buscó en el
alféizar, pero también allí fue en vano. La luna era tan brillante como el sol de los
climas más fríos, y el cielo resplandecía con su luz. Parecía un airoso navío surcando
solitario el brillante y terso océano, mientras un millar de estrellas ardía en la estela de
su sereno resplandor, como embarcaciones auxiliares que escoltasen su rumbo hacia
mundos ignorados, y los señalasen al ojo mortal que se demoraba en su curso y amaba
su luz.
»Ése era el cenit que tenía arriba; pero ¡qué contraste con el de abajo! La gloriosa e
ilimitada luz descendía sobre un recinto de rígidos parterres, mirtos recortados y
naranjos plantados en cubas, estanques rectangulares, emparrados sostenidos con rejas y
naturaleza torturada de mil formas, e indignada y repulsiva bajo esas torturas de todo
género.
»Isidora contempló todo esto, y lloró. Las lágrimas se habían convertido ahora en su
lenguaje, cuando estaba sola: era un lenguaje que no se atrevía a expresar ante su
familia. De pronto, vio en uno de los paseos bañados por la luna la silueta de alguien
que se acercaba. Avanzó y pronunció su nombre: el nombre que ella recordaba y
amaba... ¡el nombre de Immalee!
»-¡Ah! -exclamó ella, inclinándose sobre el alféizar-, ¿hay alguien, entonces, que me
conoce por ese nombre?
»-Sólo con ese nombre puedo dirigirme a ti -contestó la voz del desconocido-; todavía
no tengo el honor de conocer el que tus amigos cristianos te han puesto.
»-Me llaman Isidora, pero tienes que seguir llamándome Immalee. Pero ¿cómo es -
añadió con voz temblorosa, sobreponiéndose su temor por la seguridad de él al súbito e
inocente gozo de verle-, cómo es que estás aquí; aquí, donde no se ve un solo ser
humano, salvo a los moradores de la casa? ¿Cómo has cruzado el muro del jardín?
¿Cómo has venido de la India? ¡Oh, márchate, por tu propio bien! Me encuentro entre
gentes en las que no puedo confiar, ni a las que puedo amar. Mi madre es severa, mi
hermano es violento. ¡Oh!, ¿cómo has conseguido entrar en el jardín? ¿Cómo es -añadió
con voz quebrada- que te arriesgas tanto para ver a alguien a quien has olvidado tanto
tiempo?
»-Inmaculada neófita, hermosa cristiana -contestó el desconocido con diabólica sonrisa-
, sabes que, para mí, los cerrojos y las rejas y los muros son como los acantilados y las
rocas de tu isla india: puedo entrar y salir por ellos cuando me plazca, sin licencia de los
mastines de tu hermano, ni de aceros toledanos o mosquetes, y en completo desafío a la
eficaz vigilancia de las dueñas de tu madre, armadas de lentes y flanqueadas con doble
munición de rosarios de cuentas más gruesas que...
»-¡Chisst!, ¡chisst!; no profieras tan irreverentes palabras; me han enseñado a respetar
esos objetos sagrados. Pero ¿eres tú? ¿Te vi, efectivamente, anoche, o fue uno de esos
pensamientos que me visitan en sueños y me envuelven con visiones de esa isla
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hermosa y bienaventurada donde por primera vez...? ¡Oh, ojalá no te hubiera visto
jamás!
»-¡Hermosa cristiana!, concíliate con tu horrible destino. Me viste anoche: me he
cruzado en tu camino dos veces, cuando ibas resplandeciente entre las damas más
brillantes y graciosas de Madrid. Fue a mí a quien viste; capté la atención de tus ojos,
enmudecí tu frágil figura como un relámpago, caíste desvanecida y sin fuerza bajo mi
ardiente mirada. Fue a mí a quien viste: ¡a mí, el turbadpr de tu angelical existencia en
aquella isla paradisíaca, el perseguidor de tu forma y tus pasos, aun en medio de los
complicados y fingidos rostros en los que te han ocultado las artificiosas formas de vida
que has abrazado!
»-¡Que he abrazado! ¡Ah, no!, me cogieron, me trajeron aquí a la fuerza... y me han
hecho cristiana. Me dijeron que todo era por mi salvación, por mi felicidad aquí y en el
más allá; y confío en que así sea, pues he sido tan desgraciada desde entonces, que
debería ser feliz en alguna parte.
»-Feliz -repitió el desconocido con su burlona sonrisa-, ¿y no eres feliz ahora? La
fragilidad de tu cuerpo exquisito no se halla ya expuesta a la furia de los elementos, el
fino y femenino lujo de tu gusto es solicitado y mimado por las mil invenciones del arte,
tu lecho es de plumas, tu cámara está cubierta de tapices. Salga o se oculte la luna, seis
cirios arden en tu aposento toda la noche. Tanto si el cielo está despejado o nuboso,
tanto si la tierra está cubierta de flores o desfigurada por las tempestades, el arte del
pintor te ha rodeado de "un nuevo cielo y de una nueva tierra” ; puedes calentarte junto
a soles que jamás se ponen, mientras el cielo se entenebrece para otros ojos, y recrearte
en medio de paisajes y flores, mientras la mitad de tus semejantes perecen en la nieve y
la tormenta -era tan desbordante la acritud de este ser, que no podía hablar de la bondad
de la naturaleza o de los lujos del arte sin entretejer algo así como una sátira o un
desprecio a ambas-. Tienes, también, seres intelectuales con quienes conversar, en vez
del trino de los piquituertos y el parloteo de los monos.
»-No he encontrado la conversación mucho más inteligente o interesante -murmuró
Isidora; pero el desconocido no pareció oírla.
»-Estás rodeada de cuanto puede halagar los sentidos, embriagar la imaginación o
ensanchar el corazón. Todos estos regalos tienen que hacerte olvidar la voluptuosa pero
inculta libertad de tu vida anterior.
»-¿No preferirían los pájaros enjaulados de mi madre -dijo Isidora-, que picotean
eternamente sus doradas rejas y escarban sin cesar en las claras semillas y el agua
limpia que les ponen, descansar en el tronco musgoso de una encina vieja y beber en
cualquier arroyo, y estar en libertad, a riesgo de tener una comida más flaca y un agua
más turbia, no preferirían cualquier cosa, a romperse el pico contra esos dorados
alambres?
»-Entonces, ¿no te parece tu nueva existencia en esta tierra cristiana tan apta para
saciarte de delicias como pensaste una vez? ¡Qué vergüenza, Immalee... qué vergüenza
de ingratitud y capricho! ¿Recuerdas cuando, desde tu isla india, divisaste el culto
cristiano, y te sentiste extasiada ante esa visión?
»-Recuerdo todo lo que me sucedió en esa isla. Mi vida, antes, era toda expectación;
ahora es retrospección. La vida del que es feliz es toda esperanza, la del desgraciado, es
toda recuerdo. Sí, recuerdo haber visto esa religión tan hermosa y pura; y cuando me
trajeron a tierra cristiana, creí que los encontraría a todos cristianos.
»-¿Qué son entonces, Immalee?
»-Sólo católicos.
»-¿Te das cuenta del peligro que corres al decir esas palabras? ¿Sabes que, en este país,
la más pequeña duda de que catolicismo y cristianismo no sean lo mismo te podría
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entregar a las llamas por hereje incorregible? Tu madre, a la que has conocido hace
poco como madre, te ataría las manos cuando la litera cubierta viniese por su víctima; y
tu padre, aunque no te ha visto aún, compraría con su último ducado la leña que te
reduciría a cenizas; y todas tus amistades, vestidas de gala, entonarían aleluyas cuando
sonaran tus agónicos alaridos de tortura. ¿Sabes que el cristianismo de estos países es
diametralmente opuesto al de ese mundo que viste, y que aún puedes ver consignado en
las páginas de la Biblia, si es que te permiten leerla?
»Isidora lloró, y confesó que no había encontrado el cristianismo como creyó al
principio que sería; pero con su primitiva y excéntrica ingenuidad, se acusó a sí misma
tras esta confesión, y añadió:
»-Soy muy ignorante en este nuevo mundo; tengo mucho que aprender. Mis sentidos me
engañan con frecuencia, y mis hábitos y percepciones son tan distintos de lo que
deberían ser (me refiero respecto a los de quienes me rodean), que no debería hablar ni
pensar sino como me han enseñado. Quizá, después de algunos años de instrucción y
sufrimiento, pueda averiguar que la felicidad no existe en este nuevo mundo, y que el
cristianismo no está tan lejos del catolicismo como ahora me parece.
»-¿ Y no te sientes feliz en este nuevo mundo de inteligencia y de lujo? -dijo Melmoth
en un tono de involuntaria dulzura.
»-A veces.
»-¿Cuándo?
»-Cuando termina el día tedioso, y mis sueños me transportan a esa isla de encanto. El
sueño es para mí como una barca guiada por pilotos visionarios, y me lleva flotando a
las playas de la belleza y a la felicidad; y a lo largo de la noche disfruto de mis sueños
con alegría. De nuevo me encuentro entre flores y perfumes, mil voces cantan para mí
desde los arroyos y las brisas, el aire cobra vida y se puebla de invisibles cantores, y
ando en medio de un aire suspirante, y de viviente y amable inanimación, de capullos
que se derraman a mi paso, y arroyos que se acercan temblando a besarme los pies y
luego se retiran; después, vuelven otra vez, consumiéndose de cariño por mí, cuando
rozan mis labios las sagradas imágenes que ellos me han enseñado a adorar aquí.
»-¿No te ha visitado ninguna otra imagen en sueños, Immalee?
»-No necesito decírtelo -dijo Isidora, con esa extraña mezcla de firmeza natural y
parcial oscurecimiento de intelecto, consecuencia de su carácter original y espontáneo, y
de las extraordinarias circunstancias de su vida anterior-. No necesito decírtelo: ¡sabes
que estás conmigo todas las noches!
»-¿Yo?
»-Sí, tú; siempre estás en esa canoa que me transporta a la isla india; me miras, pero tu
expresión está tan cambiada que no me atrevo a hablarte; cruzamos los mares en un
instante, tú estás eternamente en el timón, aunque nunca saltas a tierra: en el momento
en que surge la isla paradisíaca, tú desapareces; y cuando regresamos, el océano es todo
negro, y nuestra carrera tan oscura y veloz como la tormenta que la barre; y me miras,
pero no hablas nunca... ¡Sí, estás conmigo todas las noches!
»-Pero, Immalee, eso no son más que sueños sueños sin sentido. ¡Que yo te llevo en
barca, por los mares, desde España a la India!; eso no es más que fingimiento de tu
imaginación.
»-¿Es un sueño que te esté viendo ahora? -dijo Isidora-; ¿es un sueño que esté hablando
contigo? Dímelo, porque mis sentidos están perplejos, y no me parece menos extraño el
que estés aquí en España, que el que esté yo en mi isla natal. ¡Ay!, en la vida que ahora
llevo, los sueños se han convertido en realidad, y la realidad no parece sino sueño.
¿Cómo es que estás aquí, si es que efectivamente lo estás?; ¿cómo has corrido tanto
camino para venir a verme? ¡Cuántos océanos has debido cruzar, cuántas islas has
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debido ver, ninguna como aquella en la que te vi por primera vez! Pero ¿es
efectivamente a ti a quien estoy viendo? Anoche creí verte; aunque debería confiar más
en mis sueños que en mis sentidos. Yo creía que eras sólo un visitante de aquella isla de
visiones, y un personaje que las visiones suscitan; ¿pero eres de verdad un ser vivo,
alguien a quien se puede esperar ver en esta tierra de frías realidades y cristianos
horrores?
»-Hermosa Immalee, o Isidora, o cualquiera que sea el nombre que tus adoradores
indios o padrinos cristianos te hayan puesto, te ruego que me escuches mientras te
explico ciertos misterios.
» Y Melmoth, mientras hablaba, se tumbó sobre un macizo de jacintos y tulipanes que
desplegaban sus espléndidas flores y difundían su olorosa fragancia hacia la ventana de
Isidora.
»-¡Oh, vas a destrozar mis flores! -exclamó ella al recordar su anterior existencia
silvestre, cuando las flores eran compañeras de su imaginación y de su corazón puro.
»-Es inclinación mía; ¡te ruego que me perdones! -dijo Melmoth, mientras se recreaba
en las flores aplastadas y lanzaba su burlona risa y su mirada ceñuda hacia Isidora-.
Tengo por comisión pisotear y aplastar todas las flores del mundo natural y moral:
jacintos, corazones y bagatelas por el estilo; lo que se presente. Y ahora, doña Isidora,
con un et cetera tan largo como tus padrinos tengan a bien desear, y sin la menor ofensa
al heraldo, aquí estoy esta noche. Dónde estaré mañana por la noche, es cosa que
depende de tu elección. Lo mismo puedo estar en los mares de la India, donde tus
sueños me envían navegando cada noche, pisando el hielo de los polos, o surcando con
mi cadáver desnudo (si es que sienten los cadáveres) las olas de ese océano que un día
(un día sin sol ni luna, sin principio ni fin) me tocará surcar eternamente, ¡para cosechar
desesperación!
»-¡Chisst!, ¡chisst! ¡Oh, no digas esas cosas horribles! ¿Eres tú, de verdad, el mismo que
vi en la isla? ¿Eres él, el que yo entretejo desde entonces en mis oraciones, en mis
esperanzas, en mi corazón? ¿Eres tú el ser en quien cifro mi esperanza, cuando la vida
misma empieza a flaquear? He sufrido mucho desde mi llegada a este país cristiano. Me
puse tan mala al principio que te habrías compadecido de mí; los vestidos que me
pusieron, el lenguaje que me hicieron hablar, la religión que me hicieron creer, el país al
que me trajeron... ¡Oh, tú... tú solo!, tu imagen, el pensar en ti: ¡eso es lo único que me
sostiene! Yo amaba; y amar es vivir. En medio de la ruptura de todo lazo natural, en
medio de la pérdida de esa existencia deliciosa que parece un sueño y hace del sueño mi
segunda existencia, pensaba en ti, soñaba contigo, ¡te amaba!
»-¿Me amabas? Ningún ser me ha amado hasta ahora; todos me han ofrecido sus
lágrimas.
»-¿ Y no he llorado yo? -dijo Isidora-; cree en estas lágrimas. No son las primeras que
he derramado, y me temo que no serán las últimas, ya que te debo las primeras a ti -y
lloró mientras hablaba.
»-Bien -dijo el errabundo con amarga sonrisa de autorreproche-, me convenceré de que,
al fin, soy "un hombre maravilloso y formal". Bien; si debe ser así, ¡que sea el destino
del hombre ser feliz! ¿Y cuándo amanecerá el venturoso día, hermosa Immalee, y más
hermosa Isidora, pese a tu nombre cristiano (por el que siento una aversión de lo más
anticristiana), cuándo amanecerá el esplendoroso día en tus largas pestañas soñadoras, y
despertará con los besos, y los rayos, y la luz, y el amor, y todo el aparato con que la
estupidez engalana la desventura antes de la unión (ese brillante y envenenado ropaje
que tanto se asemeja al que la vieja Deyanira envió a su esposo), cuándo vendrá ese día
feliz? -y se echó a reír con esa horrible convulsión que mezcla la expresión de la
242
veleidad con la de la desesperación, y deja al oyente dudando si no habrá más
desesperación en la risa, o más risa en la desesperación.
»-No te comprendo -dijo la pura y tímida Isidora-; y no te rías más si no quieres
volverme loca de terror; ¡al menos de ese modo tan espantoso!
»-¡ Yo no puedo llorar! -dijo Melmoth, fijando en ella sus ojos secos y llameantes,
sorprendentemente visibles a la luz de la luna-; hace tiempo que se ha secado la fuente
de mis lágrimas, así como la de toda otra bendición humana.
»- Yo puedo llorar por los dos -dijo Isidora-, si hace falta -y le brotaron las lágrimas en
abundancia, tanto por el recuerdo como por el dolor; cuando esas dos fuentes se unen,
sólo Dios y el que sufre saben cuán amarga y profusamente pueden manar.
»-Resérvalas para nuestra hora nupcial, amada esposa -dijo Melmoth para sí-; ya tendrás
entonces ocasión de llorar.
»Había en aquel entonces la costumbre -por grosera y poco delicada quc pueda sonar a
los oídos modernos-, entre las damas que dudaban de las intenciones de sus
enamorados, de solicitarle como prueba de su pureza y honor, que las pidiesen a sus
familias, formalizando así su unión solemne bajo la sanción de la Iglesia. Quizá había
en esto un espíritu más auténtico de sinceridad y castidad que en todo el ambiguo flirteo
que se llevaba a cabo con esa mal comprendida y misteriosa fe en principios jamás
definidos, y fidelidad jamás quebrantada. Cuando la dama de la tragedia italiana51 pide a
su enamorado, casi en su primera entrevista, que si sus intenciones son honestas, la
despose inmediatamente, ¿no pronuncia una frase más sencilla, más inteligible, más
cálidamente pura, que toda la romántica e increíble confianza que otras mujeres se dice
que depositan en la fugacidad del impulso; ese sentimiento violento y repentino, ese
"castillo en la arena” que nunca tiene sus cimientos en las inconmovibles
profundidades del corazón? Sucumbiendo a este sentimiento, Isidora, con una voz que
flaqueaba ante sus propios acentos, murmuró:
»-Si me amas, no me busques más en secreto. Mi madre es buena, aunque rigurosa; mi
hermano es amable, aunque apasionado; mi padre... ¡nunca lo he visto! No sé qué decir,
pero si es mi padre, te querrá. Ven a verme en presencia de ellos, y ya no sentiré, junto
con la alegría de verte, dolor y vergüenza. Invoca la sanción de la Iglesia, y luego,
quizá...
»-¡Quizá! -replicó Melmoth-; has aprendido el europeo "¡quizá!": el arte de dejar en
suspenso el sentido de una palabra categórica, de fingir descorrer el velo del corazón en
el momento en que dejas caer sus pliegues más y más, ¡de ofrecer la desesperación en el
momento en que crees que debiéramos sentir esperanza!
»-¡Oh, no!, jno! -contestó la inocente criatura-; yo soy sincera. Soy lmmalee cuando
hablo contigo..., aunque para todos los de este país que llaman cristiano sea Isidora.
Cuando te amé por primera vez, sólo podía consultar al corazón; ahora tengo que
consultar a muchos, algunos de los cuales no tienen un corazón como el mío. Pero si me
amas, puedes someterte a ellos como yo; puedes amar a su Dios, su hogar, sus
esperanzas y su país. Ni aun contigo puedo ser feliz, a menos que adores la cruz que tu
mano señaló a mi mirada errabunda, y la religión que de mala gana me confesaste que
es la más hermosa y benévola de la tierra.
»-¿Confesé yo eso? -repitió Melmoth-; de mala gana debo haberlo confesado, desde
luego. ¡Hermosa Immalee!, soy un converso tuyo -y ahogó una satánica carcajada-, a tu
nueva religión, tu belleza, tu nacimiento y nomenclatura españoles, y para todo cuanto
tú desees. Me presentaré al punto a tu piadosa madre, a tu iracundo hermano y a todos
tus parientes por irritables, orgullosos y ridículos que puedan ser. Me enfrentaré a sus
51 Posible alusión a Romeo y Julieta (N. del A.)
243
gorgueras almidonadas, a sus crujientes capas y a los guardainfantes con ballenas de las
mujeres, desde tu bondadosa madre hasta la más vieja dueña que se pasa el día sentada,
con sus lentes y armada con el huso, en su inaccesible y sacrosanto sofá; y a las
curvadas patillas, sombreros emplumados y capas al hombro de todos tus parientes
masculinos. y beberé chocolate, y me inflaré de importancia con ellos; y cuando me
envíen a tu enmostachado hombre de leyes, con su raída capa de terciopelo negro al
hombro, su larga pluma en la mano, y su alma en tres hojas de ancho pergamino, te
dotaré con el más vasto territorio jamás concedido a una desposada.
»-¡Oh, que sea entonces en esa tierra de música y de sol donde nos vimos por primera
vez! ¡El lugar donde yo podía andar entre flores vale más que toda la tierra cultivada de
Europa! -dijo lsidora.
»-¡No!; será un territorio harto familiar a tus barbados hombres de leyes; y hasta tu
piadosa madre y tu orgullosa familia concederán mi petición cuando la vean respaldada
y explicada. Tal vez puedan ser propietarios pro indiviso conmigo allí; pero (¡qué
extraño resulta decir esto!) jamás recurrirán contra mi exclusivo derecho de posesión.
»-No comprendo nada -dijo Isidora-; pero siento que estoy rebasando el decoro de una
mujer española y cristiana al seguir manteniendo esta entrevista contigo más tiempo. Si
piensas como pensabas una vez, si sientes lo que yo sentiré siempre, no hay necesidad
de esta discusión, que sólo me confunde y me aterra. ¿Qué tengo yo que ver con ese
territorio del que hablas? ¡Que tú seas su dueño es lo único que importa a mis ojos!
»-¿Que qué tienes tú que ver con él? -repitió Melmoth-. ¡Ah, no sabes hasta qué punto
puedes tener que ver con él y conmigo! En otros casos, la posesión del territorio
representa la seguridad para el hombre; pero aquí el hombre es la seguridad para la
perpetua posesión del territorio. Mis herederos han de recibirlo por los siglos de los
siglos, si se mantienen fieles a mi posesión. ¡Escúchame, hermosa Immalee, o cristiana,
o cualquiera que sea el nombre por el que quieras que te llame! La naturaleza, tu
primera madrina, te bautizó con el rocío de las rosas indias; tus padrinos cristianos,
como cabía esperar, no han escatimado agua, sal y aceite, para borrar la mancha de la
naturaleza de tu regenerado cuerpo; y tu último padrino, si quieres someterte al rito, te
ungirá con un nuevo crisma. Pero de eso hablaremos después. Déjame que te cuente la
riqueza, la población, la magnificencia de esa región con que te vaya dotar. Allí están
los gobernantes de la tierra... todos. Y están los héroes, y los soberanos, y los tiranos.
Están sus riquezas, su pompa y su poder. ¡Ah, qué gloriosa acumulación! y tienen
tronos, y coronas, y pedestales, y trofeos de un fuego que arde por los siglos de los
siglos, y la luz de su gloria resplandece eternamente. Están todos los que has estudiado
en la historia, tus Alejandros y Césares, tus Ptolomeos y faraones. Están los príncipes de
Oriente, los Nemrods y los Baltasares, y los Holofernes de sus tiempos. Están los
príncipes del norte, los Odines, Atilas (a quien tu Iglesia llama azote de Dios), Alaricos,
y todos esos innumerables y de ningún modo merecedores del nombre de bárbaros,
quienes, en nombre de diversos títulos y pretensiones, destruyeron y arrasaron la tierra
que conquistaron. Hay soberanos del sur, del este y del oeste, mahometanos, califas,
sarracenos y moros, con todos sus suntuosos símbolos y ornamentos: el Corán y la cola
de caballo; la trompeta, el gong y el atabal (o para acomodarlo a tu oído cristianizado,
adorable neófita), "el clamor de los jefes y el tumulto de la batalla". Están también esos
caudillos triplemente coronados de Occidente que ocultan sus cabezas rapadas bajo una
diadema, y que por cada cabello que se afeitan exigen la vida de un rey, que fingiendo
humillarse pisotean el poder, y cuyo título es Siervo de los siervos, pero cuya pretensión
es ser reconocidos como Señor de los señores. ¡No te faltará compañía en esa brillante
región, pues brillante ha de ser!; ¡Y qué importa que su luz provenga del resplandor del
azufre, o de la temblorosa luz de la luna... por la que te veo tan pálida!
244
»-¿Me ves pálida? -preguntó Isidora, abriendo la boca-; ¡me siento así! Ignoro lo que
quieren decir tus palabras, pero sé que debe de ser horrible. ¡No hables más de esa
región de orgullo, maldad y esplendor! Quiero seguirte a los desiertos, a las soledades
donde jamás haya pisado otro pie que el tuyo, y donde los míos, con pura fidelidad,
pisen las huellas de los tuyos. En la soledad nací; en la soledad puedo morir. ¡Deja que,
allí donde viva y en el momento que muera, sea tuya! No importa el lugar; aunque
fuese... -y se estremeció involuntariamente al hablar-. Aunque fuese...
»-Aunque fuese..., ¿dónde?-preguntó Melmoth; y un salvaje sentimiento de triunfo ante
la entrega de esta desventurada, y de horror ante el destino que inconscientemente
estaba impetrando, se mezcló en su pregunta. .
»-Aunque fuese donde vas a estar -contestó la ferviente Isidora- ¡Déjame ir, porque allí
seré feliz!, como en la isla de las flores y de la luz donde te vi por primera vez. ¡Oh!,
¡no hay flores tan perfumadas y rosadas como las que se abrieron allí entonces! No hay
aguas más musicales, ni brisas más fragantes, que las que escuché y aspiré, cuando creía
que me repetían el eco de tus pasos o la melodía de tu voz, esa música humana que oía
por primera vez en mi vida, y que al dejar de oírla...
»-¡Oirás mucho mejor -la interrumpió Melmoth- las voces de millones de espíritus, de
seres cuyos acentos son inmortales, incesantes, sin pausa y sin descanso!
»-¡Oh, será maravilloso! -dijo Isidora juntando las manos-; el único lenguaje que he
aprendido en este nuevo mundo que merece hablarse es el de la música. Yo sabía
algunos trinos imperfectos de los pájaros de mi antiguo mundo, pero en este otro mundo
he aprendido música; y el sufrimiento que me han enseñado apenas contrarresta ese
nuevo y delicioso lenguaje.
»-Pues piensa -replicó Melmoth-, si es tu gusto por la música efectivamente tan
exquisito, ¡cómo se recreará y se ensanchará al oír esas voces acompañadas y coreadas
por el tronar de diez mil olas de fuego estrellándose contra las rocas que la eterna
desesperación ha convertido en diamante! ¡Hablan de la música de las esferas! ¡Piensa
en la música de esos orbes vivientes girando eternamente sobre sus ejes, y cantando
mientras brillan, igual que tus hermanos los cristianos cuando tuvieron el honor de
iluminar el jardín de Nerón, en Roma, durante una noche de orgía!
»-¡Me haces temblar!
»-¡Temblar!; extraño efecto del fuego. ¿Por qué esa afectación? ¡Te he prometido,
cuando llegues a tu nuevo territorio, todo cuanto es poderoso y magnífico, todo cuanto
es espléndido y voluptuoso, al soberano y al sibarita, al monarca borracho y al esclavo
saciado, el lecho de rosas y el dosel de fuego!
»- ¿ Y es ése el hogar al que me invitas?
»-Ése es, ése. ¡Ven, y sé mía!; miríadas de voces te llaman: ¡escúchalas y obedécelas!
Sus voces truenan en los ecos de la mía: sus fuegos resplandecen en mis ojos, y arden
en mi corazón. ¡Escúchame, Isidora, amada mía, escúchame! ¡Yo te requiero
seriamente, y para siempre! ¡Ah, qué triviales son los lazos que unen a los amantes
mortales, compara os con os que nos unirán a ti y a mi para toda la eternidad! No temas
que falte una concurrida y espléndida compañía. Te he enumerado soberanos, pontífices
y héroes; y si te dignas recordar las triviales diversiones de su séjour actual, será
suficiente para hacer revivir sus asociaciones. Tú amas la música; ya no dudar, tendrás a
la mayoría de los autores que han compuesto música, desde los primeros ensayos de
Tubal Caín hasta Lully, que se mató en uno de sus propios oratorios u óperas, no lo sé
exactamente. Tendrán un singular acompañamiento: ¡el eterno rugir de un mar de fuego
constituye un bajo profundo para el coro de millones de cantores sufriendo tortura!
»-¿Qué significado tiene esa horrible descripción? -dijo la temblorosa Isidora-; tus
palabras son como enigmas. ¿Te burlas para atormentarme, o te ríes de mí?
245
»-¡Reírme! -repitió su feroz visitante-; exquisita idea: vive la bagatelle! ¡Ríamos
eternamente! Bastante haremos con conservar la serenidad. Allí estarán todos los que se
han atrevido a reírse en la tierra: los cantores, los bailarines, los joviales, los
voluptuosos, los brillantes, los amados..., todos los que han osado equivocar su destino,
al menos en lo que se refiere a creer que disfrutar no era un crimen, o que una sonrisa no
era una infracción de su deber como sufrientes. Todos estos deben expiar sus errores en
circunstancias que probablemente obligarán al más inveterado discípulo de Demócrito,
el más incamable reidor a admitir que allí al menos "la risa es locura'.
t»-No te comprendo -dijo Isidora, escuchándole con ese desfallecimiento de corazón
que se produce por un doble y doloroso sentimiento de ignorancia y terror.
»-¿No me comprendes? -repitió Melmoth con una sarcástica frialdad de expresión que
contrastaba de manera terrible con la ardiente inteligencia de sus ojos, que parecían los
fuegos de un volcán irrumpiendo entre masas de nieve acumulada hasta el mismo
cráter-; ¡no me comprendes! ¿No dices que eres amante de la música? R
»-Lo soy.
»-¿ Y de la danza, mi bella y graciosa doncella?
»-Lo era.
»-¿Qué significa el distinto énfasis que le das a esas respuestas?
»-Me gusta la música; la amaré siempre: es el lenguaje del recuerdo. Un simple acorde
me transporta a la bendita ensoñación, a la encantada existencia de mi... de mi isla. De
la danza no puedo decir tanto. He aprendido a bailar... pero la música la siento. Jamás
olvidaré el instante en que la oí por primera vez, e imaginé que era el lenguaje con el
que los cristianos se comunicaban. Desde entonces, les he oído hablar un lenguaje muy
distinto.
»-Sin duda, su lenguaje no es siempre melodioso; sobre todo cuando se interpelan desde
puntos de vista opuestos en materia de religión. A decir verdad, no puedo imaginar nada
más lejano de la armonía que la polémica entre un dominico y un franciscano sobre la
eficacia de la respectiva cogulla de la orden, a la hora de asegurar la salvación del que
por ventura muere con ella puesta. Pero ¿no tienes otra razón para amar la música, y
para haber amado la danza? Vamos, deja que sea yo "tu más exquisita razón".
»Parecía como si este ser infeliz se viese empujado por su inefable destino a burlarse de
la aflicción que causaba, en la misma proporción de su amargura. Su sarcástica ligereza
era directa y tremendamente proporcional a su desesperación. Quizá es éste también el
caso en otras circunstancias y personajes menos atroces. Un júbilo que no es alegría es
frecuentemente máscara que oculta el semblante contraído y convulso de la agonía; y la
risa, que jamás ha sido expresión de arrobamiento, es en cambio el único lenguaje
inteligible de la locura y la desdicha. El éxtasis sólo sonríe; la desesperación ríe a
carcajadas. Parecía, también, como si ninguna agudeza de irónico insulto, ninguna
amenaza de siniestra oscuridad, tuviese poder para sublevar los sentimientos, o para
alarmar los temores de la fervorosa criatura a la que iban dirigidas. y dio las "más
exquisitas razones", al serle requeridas en un tono de despiadada ironía, con una voz
cuya delicada y tierna melodía parecía contener aún la modulación en la que se
formaron sus primeros sonidos: la del canto de los pájaros, mezclado con el murmullo
de las aguas.
»-Amo la música porque, cuando la oigo, pienso en ti. He dejado de amar la danza,
aunque al principio me embriagaba, porque al bailar a veces me olvidaba de ti. Cuando
escucho la música, tu imagen flota en cada nota; te oigo en cada sonido. Los más
inarticulados rumores que arranco de mi guitarra (pues soy muy ignorante) son como un
hechizo de melodía que evoca una forma indescriptible: no a ti, sino la idea que yo
tengo de ti. En tu presencia, aunque me parece necesaria para mi vida, no he sentido
246
jamás ese gozo exquisito que he experimentado con tu imagen, cuando la música la saca
de los rincones de mi corazón. La música me parece como la voz de la religión
pidiéndome que recuerde y adore al Dios de mi corazón. La danza me parece una
apostasía momentánea, casi una profanación.
»-Ésa es, efectivamente, una razón dulce y sutil-contestó Melmoth-, y que, por
supuesto, tiene un fallo: el de no ser suficientemente halagadora para el oyente. Y así,
en determinado momento, mi imagen flota en las ricas y trémulas olas de la melodía
como un dios de los desbordantes océanos de la música, triunfal en sus crestas y
gallardo incluso en sus valles; y al instante siguiente, aparece como el demonio
danzante de vuestras óperas, haciéndote muecas entre el brillante movimiento de
vuestros fandangos, y arrojando la seca espuma de sus labios negros y convulsos en la
copa donde brindáis en vuestros banquetes. Bien: danza, música, ¡que se vayan al
cuerno juntas! Parece que mi imagen es igualmente perniciosa en las dos; en la una te
tortura con el recuerdo, en la otra con el remordimiento. Pero supongamos que esa
imagen se aparta de ti para siempre, y que es posible romper el lazo que nos une, y cuya
visión ha penetrado en el alma de los dos.
»- Tú puedes suponerlo -dijo Isidora con orgullo de doncella, y con un tierno pesar en la
voz-; y si tú puedes, ten por seguro que yo trataré de suponerlo también; no me costará
mucho el esfuerzo... ¡sólo la vida!
»Al mirar Melmoth a esta bendita y hermosa criatura -tan refinada antes en medio de la
naturaleza, y tan natural ahora en medio del refinamiento-, en posesión aún de toda la
suave exuberancia de su primera naturaleza angelical, en medio de la artificiosa
atmósfera donde sus fragancias no eran aspiradas, y sus brillantes matices estaban
condenados a marchitarse sin ser justipreciados, donde su pura y sublime devoción de
corazón estaba condenada a estrellarse como la ola contra la roca, agotar sus murmullos,
y expirar; al darse cuenta de esto, y contemplarla, se maldijo a sí mismo; luego, con el
egoísmo de la desgracia desesperada, comprendió que la maldición, compartida, podía
ser más llevadera.
»-¡Isidora! -susurró con el más suave de los tonos que pudo adoptar, acercándose a la
ventana en la que se hallaba su pálida y hermosa víctima-, ¡Isidora!, ¿quieres ser mía
entonces?
»-¿Qué debo decir? -dijo Isidora-; si el amor exige respuesta, ya he dicho bastante; ¡si es
sólo la vanidad, he dicho demasiado!
»-¡Vanidad!, hermosa criatura; no sabes lo que dices; el propio ángel acusador podría
tachar ese artículo del catálogo de mis pecados. Es uno de los agravios imposibles y
prohibidos para mí; ése es un sentimiento mundano y, por tanto, del que no puedo
participar ni gozar. Lo cierto es que comparto en este momento algo de orgullo humano.
»-Orgullo, ¿de qué? Desde que te conozco, yo no he sentido orgullo, sino esa suprema
devoción, esa auto negación que hace a la víctima más orgullosa de su guirnalda que al
sacrifican te de su oficio.
»-Pero yo siento otro orgullo -contestó Melmoth, y en tono altivo dijo-: un orgullo como
el de la tormenta que visitaba las ciudades antiguas, sobre cuya destrucción puede que
hayas leído algo, que mientras arrasa, quema y destroza pinturas, piedras preciosas,
música y júbilo, cogiéndolo todo con sus garras aniquiladoras, exclama: ¡Perece para
todo el mundo, quizá más allá del período de su existencia, pero vive para mí en las
tinieblas y la corrupción! ¡Conserva toda la exquisita modulación de tus formas!, ¡todo
el indestructible esplendor de tus colores!; ¡pero consérvalos para mí solo!, ¡para mí: el
único, sin pulso, sin ojos, sin corazón, que abraza a una esposa infecunda, que incuba en
un tenebroso e improductivo nido de eterna esterilidad!; ¡para mí: monte cuya lava de
247
fuego interno ha sofocado, endurecido y sepultado para siempre todo lo que era alegría
de la tierra, felicidad de la vida y esperanza del futuro!
»Mientras hablaba, su expresión se fue volviendo a la vez tan convulsa y burlesca, tan
reveladora de maldad y ligereza, tan punzante para el corazón, secando cada fibra que
tocaba y retorcía, que Isidora, con toda su inocente y desamparada devoción, no pudo
evitar un estremecimiento ante este terrible ser, al tiempo que con temblorosa solicitud,
preguntó:
»-¿Entonces serás mío? ¿O qué es lo que debo entender de tus terribles palabras? ¡Ay!,
jamás ha estado mi corazón tan envuelto en misterios, jamás ha irrumpido la luz de su
verdad en medio de truenos y llamas, con los que tú has enunciado la ley de mi destino.
»-¿Serás mía entonces, Isidora?
»-Habla con mis padres. Despósame con los ritos, y ante la Iglesia de la que soy
miembro indigno, y seré tuya para siempre.
»-¡Para siempre! -repitió Melmoth-; bien dicho, mía. Entonces, ¿quieres ser mía para
siempre?, ¿tú quieres, Isidora?
»-¡Sí! ¡Sí!... Eso he dicho. Pero el sol está a punto de salir, siento el creciente perfume
del azahar y la frescura de la brisa matinal. Vete; he estado demasiado tiempo aquí; los
criados pueden salir y descubrirte; vete, te lo ruego.
»-Me voy; pero una palabra más; porque para mí, la salida del sol, y la aparición de tus
criados, y todo cuanto hay arriba en el cielo, y abajo en la tierra, carece igualmente de
importancia. Deja que el sol permanezca bajo el horizonte y espere por mí. ¡ Tú eres
mía!
»-Sí, soy tuya; pero debes pedirme a mi familia.
»-¡Ah, claro!; ¡pedir es algo que va muy bien con mis hábitos!
»-Y...
»-Bien, ¿y qué?; ¿vacilas?
»-Vacilo -dijo la ingenua y tímida Isidora-, porque...
»-¿Sí?
»-Porque -añadió, rompiendo a llorar-, porque aquellos con quienes vas a hablar no se
dirigen a Dios con las mismas palabras que yo. Ellos te hablarán de riquezas y de
bienes; te preguntarán sobre la región donde me has dicho que tienes tus ricas e
inmensas posesiones; y si me preguntan a mí por ellas, ¿qué les puedo contestar?
»A estas palabras, Melmoth se acercó cuanto pudo al alféizar y pronunció cierta
palabra, que al principio Isidora no pareció oír, o entender; y temblando, repitió la
pregunta. En un tono aún más bajo, le volvió a contestar. Incrédula, y esperando que la
respuesta la hubiera confundido, repitió la pregunta otra vez. Una palabra seca,
impronunciable, tronó en sus oídos... y profirió un grito y cerró la ventana. Pero, ¡ay!, la
ventana ocultó sólo la figura del desconocido, no su imagen.
__________ _ _ _
He saw the eternal fire that keeps,
In the unfathomable deeps,
Its power for ever; and made a sign
To the morning prince divine,
Who came across the sulphurous flood,
Obedient to the master-call,
And in angel-beauty stood,
High on his star-lit pedestal.
248
»En esta parte del manuscrito que leí en el sótano de Adonijah el Judío-dijo Moncada,
prosiguiendo su relato- había varias páginas destruidas, y se había borrado totalmente el
contenido de otras muchas; y ni siquiera Adonijah pudo suplir esta laguna. Por las
páginas que a continuación eran legibles, parecía que Isidora siguió permitiendo
imprudentemente a su misterioso visitante que frecuentara el jardín por las noches; y
conversaba con él desde la ventana, aunque no logró convencerle para que se presentase
a su familia, consciente, quizá, de que su petición no sería demasiado favorablemente
recibida. Esto al menos parecían sugerir las líneas que a continuación pude descifrar.
»Isidora había renovado, en estas entrevistas nocturnas, su antigua existencia de
ensueño. El día no era sino un largo pensar en la hora en que esperaba verlo. Durante el
día permanecía callada, meditabunda, absorta, viviendo de pensamientos: al oscurecer,
su ánimo despertaba perceptible aunque suavemente, como el que tiene un gozo secreto
e incomunicable; y su mente se transfiguraba como la flor que despliega sus pétalos, y
difunde su perfume sólo al llegar la noche.
»La época del año favorecía esta fatal ilusión. Era en ese rigor del verano en que
solamente respiramos hacia el anochecer, y la embalsamada y brillante noche es nuestro
día. El día propiamente transcurría en un sopor lánguido y febril. Isidora sólo existía de
noche... y sólo junto a la ventana iluminada por la luna respiraba libremente; y jamás la
luna bañó con su luz una forma más hermosa, ni iluminó un rostro más angelical, ni
brilló en unos ojos que reflejaran destellos más puros y en armonía. La luz mutua y
fraterna era como una correspondencia de espíritus que discurría entre destellos alternos
y, al pasar del resplandor del planeta al brillo de unos ojos mortales, sentía que residir
en uno y otros era estar en el cielo [...].
»Se demoraba en la ventana, hasta que imaginaba que el recortado y artificialmente
torcido emparrado del jardín era el frondoso y ondulante follaje de los árboles de su isla
paradisíaca; que las flores tenían el mismo perfume que las rosas silvestres y
espontáneas que un día derramaron sus pétalos a sus pies desnudos, que los pájaros
cantaban para ella como cantaron una vez, cuando el himno de vísperas de su corazón
puro se elevaba con sus notas finales, y formaba la más sagrada y aceptable antífona que
quizá haya halagado la brisa vespertina que la transportaba hacia el cielo.
»Esta ilusión terminaba pronto. La rígida y severa monotonía del parterre, donde
incluso el producto de la naturaleza se mantenía en su sitio como por deber imponía el
convencimiento de su antinatural regularidad a sus ojos y a su alma; y entonces se
volvía hacia el cielo en busca de alivio. ¿Y quién no, aun en la primera y dulce angustia
de la pasión? En esos momentos es cuando contamos al cielo esa historia que no
confiaríamos a unos oídos mortales; y en la hora penosa en que deberíamos acudir a
todo aquello cuyo amor es sólo mortal, invocamos de nuevo a ese cielo al que hemos
confiado nuestro secreto para que nos envíe un resplandeciente mensajero de consuelo
en esos mil rayos que derraman eternamente sobre la tierra, como con burla, sus
brillantes, y fríos e insensibles orbes. Pedimos; pero ¿es escuchada u oída nuestra
súplica? Lloramos; pero ¿no sentimos que esas lágrimas son como lluvia que cae en el
mar? Mare inftuctuosum. No importa. La revelación nos asegura que vendrá un período
en el que se nos concederán todas las peticiones propias de nuestro estado, en el que "se
enjugarán las lágrimas de todos los ojos". Confiemos, pues, en la revelación; en
cualquier cosa, menos en nuestros propios corazones. Pero Isidora no había aprendido
aún esta teología de los cielos, cuyo texto es: "Entremos mejor en la casa de duelo".
Para ella, la noche aún era día, y su sol era la "luna que avanza con su esplendor".
Cuando la contemplaba, los recuerdos de la isla se le agolpaban en el corazón como un
torrente; y no tardaba en aparecer una figura para evocarlos y realizarlos.
249
»Esta figura se le aparecía todas las noches invariable e ininterrumpidamente; y
conociendo ella la rigidez y severas normas de la casa, le causaba cierta sorpresa la
facilidad con que Melmoth parecía sortearlas al visitar el jardín; sin embargo, era talla
influencia de su primera existencia soñadora y romántica, que su repetida presencia en
circunstancias tan extraordinarias no la movía a preguntar sobre los medios de que se
valía para salvar dificultades que eran insuperables para los demás.
»Dos circunstancias extraordinarias concurrían efectivamente en estos encuentros. A
pesar de verse de nuevo en España, tras un intervalo de tres años desde que abandonaran
las costas de una isla del mar de la India, ninguno de los dos había preguntado nunca
qué contingencias habían hecho posible que se encontrasen de forma tan inesperada y
singular. Por parte de Isidora, esta falta de curiosidad era fácilmente explicable. Su vida
anterior había sido de carácter tan fabuloso y fantástico que lo improbable se había
vuelto para ella familiar, y lo familiar improbable. Los prodigios eran su elemento
natural; y se sentía, quizá, menos sorprendida de ver a Melmoth en España que la
primera vez que le vio caminando por la arena de la isla solitaria. En Melmoth, el
motivo era distinto, aunque el efecto era el mismo. Su destino le prohibía la curiosidad o
la sorpresa. El mundo no podía ofrecer una maravilla mayor que su misma existencia; y
la facilidad con que pasaba él de una región a otra, mezclándose con las gentes, aunque
diferente a todas ellas, como un espectador hastiado y sin interés que va de butaca en
butaca de un inmenso teatro, donde no conoce a ninguno de los espectadores, le habría
impedido experimentar ningún asombro, aunque se hubiese encontrado con Isidora en la
cima de los Andes.
»Durante un mes, había permitido ella tácitamente estas visitas nocturnas al pie de su
ventana (distancia que evidentemente habría podido desafiar a los mismísimos celos
españoles a considerarla materia de sospecha, ya que el antepecho se hallaba casi a
catorce pies del suelo del jardín donde estaba Melmoth}; durante ese mes, Isidora había
recorrido rápida aunque imperceptiblemente esos estadios del sentimiento que todos los
que aman han experimentado por igual, ya se vea favorecido u obstaculizado el flujo de
la pasión. Al principio, estaba ansiosa por hablar y escuchar, por oír y ser oída. Tenía
que contar todas las maravillas de su nueva existencia; y quizá sentía esa indefinida y
generosa esperanza de hacerse valer a los ojos de aquel a quien amaba; esperanza que
nos induce en nuestra primera entrevista a exhibir toda la elocuencia, todos los poderes,
todos los atractivos que poseemos, no con el orgullo del competidor, sino con la
humillación de la víctima. La ciudad conquistada exhibe todas sus riquezas con la
esperanza de propiciarse al conquistador. Le adorna con todos sus despojos, y siente
más orgullo al verle ataviado con ellos que cuando los vestía ella misma triunfalmente.
Ésa es la primera hora brillante del entusiasmo, del temblor, aunque llena de esperanza
y de feliz ansiedad. Entonces pensamos que nunca podremos mostrar suficiente talento,
imaginación y todo lo que pueda interesar, todo lo que pueda deslumbrar. Nos
enorgullecemos del homenaje que recibimos de la sociedad, con la esperanza de
sacrificar ese homenaje a nuestro ser amado; sentimos un puro y casi espiritualizado
placer en nuestras propias alabanzas, al imaginar que nos hacen más dignos de merecer
las suyas, de quien hemos recibido la gracia de querer merecerlas; nos preciamos de
estar en condiciones de devolverle la gloria a aquel de quien la recibimos, y para quien
la guardamos en depósito, sólo para restituírsela con ese rico y acumulado interés del
corazón, del que pagaríamos la máxima cotización, si el pago exigiese el último latido
de sus fibras... la última gota de su sangre. Ningún santo que haya presenciado un
milagro realizado por él mismo con santa y autonegadora abstracción de su yoidad ha
sentido quizá sentimiento más puro de perfecta devoción que la mujer que, en sus
primeras horas de amor, ofrece, a los pies de su adorado, la brillante corona de la
250
música, la pintura y la elocuencia... y espera tan sólo, con mudo suspiro, que la rosa del
amor no pase inadvertida en la guirnalda.
»¡Oh, cuán delicioso es para ese ser (y tal era Isidora) tocar el arpa ante las multitudes, y
escuchar, cuando han cesado los estrepitosos y vulgares bravos, el suspiro de él para
quien su alma -no sus dedos- ha tocado, y oír el simple suspiro, sólo esto, en medio de
los aplausos de los miles de oyentes! ¡ Y qué delicioso susurro el de ella, para sí: "He
oído su suspiro, pero él ha oído el aplauso"!
» Y cuando se desliza en la danza; rozando con fácil y acostumbrada gracia las manos
de los muchos participantes, siente que no hay más que una cuyo tacto puede reconocer;
y, esperando esta vibración vital, se mueve como una estatua, fría y grácil, hasta que el
roce de Pigmalión la vuelve mujer, y el mármol se funde convirtiéndose en carne bajo
las manos del irresistible modelador. y sus movimientos delatan, en ese instante, los
inusitados y semiinconscientes impulsos de esa hermosa imagen a la que el amor ha
dado vida, y que disfruta con el vívido y recién experimentado goce de esa animación
que la pasión de su amante ha infundido en su ser. Y cuando se exhibe el espléndido
trabajo, y despliega la ricamente trabajada tapicería, con los brazos extendidos, y la
contemplan los caballeros, y la envidian las damas, y todos los ojos la examinan, y
todas las lenguas la alaban, exactamente en relación inversa al talento del que la
examina con atención y del que la aplaude con gusto..., entonces, lanza en torno suyo
una mirada muda y silenciosa que busca esos ojos cuya luz sola, para la embriagada
mirada de ella, contiene todo juicio, todo gusto, todo sentimiento... ¡O ese labio cuya
misma censura puede ser más cara que el aplauso del mundo entero! ¡Escuchar con
mansa y sumisa tranquilidad la censura y la observación, la alabanza y el comentario,
pero volver al fin la suplicante mirada hacia el único que puede comprender, y cuya
rápida mirada de respuesta es la única que puede recompensarla! Ésta... ésta había sido
la esperanza de Isidora. Incluso en la isla donde él la vio por primera vez en la infancia
de su intelecto, había tenido ella conciencia de poderes superiores, que entonces fueron
motivo de solaz, no de orgullo, para sí misma. Su propia estima aumentó con su afecto
por él. Su pasión se convirtió en su orgullo, y los recursos ampliados de su mente
(porque el cristianismo, aun en su forma más corrupta, desarrolla el entendimiento) le
hicieron creer al principio que el hecho de ser admirada como ella lo era por su
amabilidad, sus aptitudes y su riqueza, obligaría a este ser, el más orgulloso y excéntrico
de todos, a postrarse ante ella, o al menos a reconocerle el poder de esos conocimientos
que tan dolorosamente había llegado a dominar, desde su involuntaria introducción en la
sociedad europea.
»Ésta había sido su esperanza durante el primer período de sus visitas; pero por muy
inocente y halagadora que fuese para su objeto, se vio decepcionada. Para Melmoth, no
había "nada nuevo bajo el sol". El talento para él era una carga. Sabía más de lo que el
hombre o la mujer podían decirle. Las cualidades eran una fruslería: el parloteo
fastidiaba a sus oídos, y lo rechazaba. La belleza era una flor que sólo miraba para
despreciarla, y sólo tocaba para marchitarla. Apreciaba la fortuna y la distinción como
se merecían, pero no con el plácido desdén del filósofo, o el místico desasimiento del
santo, sino con esa "terrible perspectiva de juicio y ardor de fuego" hacia la que creía
que sus poseedores eran irreversiblemente devotos, y cuyo castigo esperaba él con
satisfacción, quizá con un sentimiento muy semejante al de aquellos verdugos que, por
mandato de Mitrídates, vertieron en la garganta del embajador romano el mineral
derretido de sus doradas cadenas.
»Con tales sentimientos, y otros que no son de contar, Melmoth experimentaba un alivio
indecible respecto al fuego eterno que ya ardía en él, con la perfecta e inmaculada
frescura de lo que podría llamarse inexplorada floresta del corazón de Immalee; porque
251
seguía siendo Immalee para él. Ella era el oasis de su desierto: la fuente de la que bebía
y en la que olvidaba su paso por las arenas ardientes... y las arenas abrasadoras a las que
su caminar debía conducirle. Se sentaba a la sombra de una mata de calabaza, y
olvidaba al gusano que roía su raíz; quizá el gusano inmortal que carcomía y horadaba y
ulceraba su propio corazón le hacía olvidar las corrosiones del que él mismo había
inoculado en el de ella.
»Antes de la segunda semana de su entrevista, Isidora había rebajado sus pretensiones.
Había renunciado a la esperanza de interesar o deslumbrar; esa esperanza que es
hermana gemela del amor en el corazón de la mujer más pura. Concentraba ahora todas
sus esperanzas, y todo su corazón, no ya en la ambición de ser amada, sino en el deseo
único de amar. Ya no hablaba de sus facultades desarrolladas, de la adquisición de
nuevas capacidades, ni de la expansión y cultivo de su gusto. Dejó de hablar: ahora sólo
aspiraba a escuchar; su deseo se había reducido a un sereno atender tan sólo, que parecía
transferir el oficio de oír a los ojos, o más bien a identificar ambos sentidos. Le veía
mucho antes de que apareciese, y le oía aunque no hablase. y permanecían el uno en
presencia del otro, durante las escasas horas de la noche veraniega de España, y los ojos
de Isidora estaban alternativamente fijos en la luna radiante y en su misterioso
enamorado mientras él, sin pronunciar palabra, seguía recostado contra los pilares del
balcón o contra el tronco de un mirto gigantesco que proyectaba su sombra, incluso de
noche, sobre su ominosa expresión, sin decirse una sola palabra, hasta que una agitación
de la mano de Isidora, cuando comenzaba a despuntar el día, daba la tácita señal de
despedida.
»Ésta es la clara gradación del sentimiento profundo. Ya no es necesario el lenguaje
para aquellos cuyos corazones palpitantes conversan de manera audible; cuyos ojos, aun
a la luz de la luna, son más inteligibles para las fugaces y entornadas miradas que la
explícita conversación cara a cara a la luz del día; para quienes, en la exquisita inversión
del sentimiento y el hábito mundanos, la oscuridad es luz, yel silencio es elocuencia.
»En sus últimas entrevistas, Isidora hablaba a veces; pero sólo para recordar a su
enamorado, en un tono suave y modesto, una promesa que al parecer le había hecho él
una vez de presentarse a sus padres, y pedirles la mano. Algo murmuraba, también,
sobre su pérdida de salud, su agotamiento de ánimo, su corazón herido, la larga espera,
la esperanza aplazada y lo misterioso de sus entrevistas. Y mientras hablaba, lloraba;
pero ocultaba sus lágrimas ante él.
»¡Así es, oh Dios! ¡Estamos condenados (y justamente condenados, cuando ponemos el
corazón en algo que está por debajo de nosotros) a ver ese corazón rechazado como la
paloma que vuela y vuela sobre un océano sin litorales, y no encuentra un sitio donde
posarse y descansar, ni una hoja verde que traer de regreso en su pico. ¡Ojalá pueda
abrirse el arca de la misericordia a tales almas, y acogerlas en ese tempestuoso mundo
de diluvio y de ira, con el que son incapaces de contender, y donde no pueden encontrar
descanso!
»Isidora había llegado ahora al último estadio de esa dolorosa peregrinación a lo largo
de la cual había sido conducida por un guía severo y renuente.
»Al principio, con inocente y perdonable astucia de mujer, había tratado de interesarle
exhibiendo sus nuevos conocimientos, ignorando que no eran nuevos para él. La
armonía de la sociedad civilizada, de la que se sentía a la vez cansada y orgullosa,
resultaba discordante a los oídos de Melmoth. Había examinado todas las cuerdas que
componían este curioso pero mal construido instrumento, y las había encontrado falsas.
»Luego se conformó con mirarle. Su presencia era la atmósfera de su existencia; sólo
así respiraba. Se decía a sí misma, cuando se acercaba la noche: "¡Le veré!", y la carga
de la vida se volvía más ligera a su corazón al pronunciar interiormente estas palabras.
252
La rigidez, la tristeza, la monotonía de su existencia, se desvanecían como nubes ante el
sol, o más bien como esas nubes que adquieren tan grandiosos y espléndidos colores
que parecen pintadas por el dedo de la misma felicidad. El brillante matiz se transmitía a
cada objeto de su ojo y de su corazón. Su madre no parecía ya tan fría y tenebrosamente
fanática, y hasta su hermano parecía amable. No había árbol en el jardín cuyo follaje no
estuviese iluminado como por la luz del sol poniente; y la brisa le hablaba con una voz
cuya melodía emanaba del corazón de ella misma.
»Cuando finalmente le veía, cuando se decía a sí misma: "Ahí está", era como si toda la
felicidad de la tierra estuviese contenida en esa simple percepción; al menos, le parecía
a ella, estaba toda la suya. Ya no sentía el deseo de atraerle o de someterle; absorbida
por la presencia de él, se olvidaba de sí misma; inmersa en la conciencia de su propia
felicidad, perdía el deseo, o más bien el orgullo de CONCEDÉRSELO. Llevada por la
apasionada embriaguez de su corazón, arrojaba la perla de la existencia en la bebida con
que brindaba por su amado, y la miraba diluirse sin un suspiro. Pero ahora estaba
empezando a darse cuenta de que, por esta intensidad del sentimiento, esta profunda
devoción, tenía derecho al menos a una honesta concesión por parte de su amante; y que
la misteriosa demora en la que consumía su existencia podía ; hacer que esa concesión
llegara quizá demasiado tarde. Así que le manifestó , esto mismo a él; pero a estas
quejas (que no afectaron en absoluto a otro lenguaje que el de las miradas), él contestó
sólo con un profundo aunque desasosegado silencio, o con alguna liviandad cuya
violencia y ocurrencia resultaban aún más lacerantes.
»A veces parecía incluso ofender al corazón sobre el que había triunfado, y fingir que
dudaba de su conquista con el aire del que se recrea en su certidumbre, y se ríe del
cautivo preguntando: "¿De veras estás encadenado?"
»-No me amas, ¿verdad? -decía-. No es posible que me ames. El amor, en tu feliz país
cristiano, debe ser resultado del gusto cultivado, de la armonía de hábitos, de la
coincidencia feliz de anhelos, pensamientos, esperanzas, y sentimientos, que en el
sublime lenguaje del poeta judío (quiero decir, profe-a), "dice y certifica a cada uno; y
aunque no hay voz ni palabras, se oye entre ellos un lenguaje". Tú no puedes amar a un
ser de apariencia repulsiva, hábitos excéntricos, sentimientos rudos e inescrutables, e
inaccesibles en el decidido propósito de su temible y osada existencia. No -añadió con
un melancólico y decidido tono de voz-, no puedes amarme en las circunstancias de tu
nueva existencia. Hubo una vez... pero eso pertenece al pasado. Ahora eres hija
bautizada de la Iglesia católica, miembro de una comunidad civilizada, parte de una
familia que no ha visto nunca al desconocido. ¿Qué hay, entonces, entre tú y yo, Isidora,
o como diría tu fray José (si es que sabe griego), __ __ _ ___ _?
»- Yo te amaba -contestó la joven española, hablando con la misma pura, firme y tierna
voz con que le hablara cuando era la única diosa de su encantada y florida isla-, yo te
amaba antes de que fuese cristiana. Ellos han cambiado mi credo..., pero no han podido
cambiar mi corazón. Te amo todavía... ¡Y seré tuya para siempre! En la playa de la isla
desolada, en la ventana enrejada de mi cristiana prisión, pronuncio siempre las mismas
palabras. ¿Qué más puede hacer una mujer, o un hombre, con toda la jactanciosa
superioridad de su carácter y sentimiento (como he aprendido desde que me he
convertido en cristiana, o europea)? No haces sino ofenderme, cada vez que pareces
dudar de ese sentimiento, que sólo puedes generalizar porque no lo experimentas o no lo
puedes comprender. Dime entonces, ¿qué es el amor? Desafío a toda tu elocuencia, a
toda tu sofistería, a que conteste a esta pregunta con la misma sinceridad que yo. Si
quieres saber qué es el amor, no preguntes a la lengua del hombre, sino al corazón de la
mujer.
»-¡Qué es el amor! -dijo Melmoth-; ¿es ésa la pregunta?
253
»- Ya que dudas que te quiero -dijo Isidora-, dime qué es el amor.
»-Me impones una tarea -dijo Melmoth sonriendo, pero sin burlarse- tan apropiada a
mis sentimientos y hábitos de pensamiento, que llevarla a cabo será sin duda una
empresa inimitable. Amar, hermosa Isidora, es vivir en un mundo que es creación del
propio corazón, cuyas formas y colores son tan brillantes como engañosas e irreal es.
Para los que aman no hay día ni noche, invierno ni verano, sociedad ni soledad. No hay
más que dos etapas en su deliciosa pero quimérica existencia, ambas marcadas en el
calendario del corazón: presencia y ausencia. Éstos son los sustitutos de toda la
distinción entre naturaleza y sociedad. El mundo para ellos contiene tan sólo a un
individuo, y ese individuo es para ellos el mundo tanto como su solo morador. La
atmósfera de su presencia es el único aire en que pueden respirar, y la luz de sus ojos el
único sol de su creación, en cuyos rayos se calientan y viven.
»-Entonces, yo amo -dijo Isidora para sus adentros.
»-Amar -prosiguió Melmoth- es vivir una existencia de perpetuas contradicciones;
sentir que la ausencia es insoportable y, sin embargo, estar condenados a experimentar
la presencia del amado casi de igual manera; tener diez mil pensamientos mientras él
está ausente, cuya confesión creemos que hará deliciosa nuestra próxima entrevista, y,
sin embargo, cuando llega la hora del encuentro, sentimos privados, por una timidez a la
vez opresiva e inexplicable, del poder de expresar uno solo; ser elocuentes en su
ausencia, y mudos en su presencia; esperar la hora de su regreso como el amanecer de
una nueva vida y sentir en suspenso, cuando llega, todas esas fuerzas que según
habíamos imaginado restablecerían su energía; ser la estatua que se enfrenta al sol, pero
sin que éste produzca música en ella; estar pendiente de la luz de sus miradas, como lo
está el viajero del desierto de la salida del sol; y cuando irrumpe en nuestro mundo vigil,
hundimos lánguidamente bajo su abrumadora e intolerable gloria, y casi desear que
fuese de noche otra vez; ¡eso es el amor!
»-Entonces, creo que amo -dijo Isidora casi audiblemente.
»-Sentir -añadió Melmoth con creciente energía- que nuestra existencia se halla tan
absorbida en la suya, que perdemos toda noción menos la de su presencia, toda simpatía
menos la de sus goces, todo sentido del sufrimiento menos cuando sufre él; ser sólo
porque él es, y no tener otra razón para la vida que la de dedicarla a él, mientras
aumenta nuestra humillación en proporción a nuestro afecto; y cuanto más te inclinas
ante tu ídolo, menos parece que vale tu postración como expresión de tu sentimiento,
hasta que eres sólo él no ya tú misma. Sentir que, ante el sacrificio de ti misma, todos
los demás son inferiores, y por tanto, todos los demás sacrificios deben fundirse en él.
Que la que ama no recuerde ya su existencia individual, su existencia natural; que
considere padres, país, naturaleza, sociedad, y hasta la misma religión (tiemblas,
Immalee... Isidora, quiero decir) sólo como granos de incienso arrojados al altar del
corazón, para que ardan y exhalen allí sus perfumes sacrificados...
»-Entonces yo amo -dijo Isidora; y lloró y tembló ante esta terrible confesión-, pues he
olvidado los lazos que me dijeron que eran naturales, y el país del que me informaron
que soy nativa. Renunciaré, si es preciso, a mis padres, al país, a los hábitos que he
adquirido, a los pensamientos que he aprendido, a la religión que he... ¡Oh, no! ¡Dios
mío! ¡Mi Salvador! -exclamó, huyendo de la ventana y abrazándose al crucifijo-. ¡No!,
¡jamás renunciaré a ti!, ¡nunca renunciaré a ti! ¡No me abandones en la hora de la
muerte! ¡No me dejes en el momento del juicio! ¡No me olvides en estos momentos!
»Por los cirios que ardían en el aposento de Isidora, Melmoth pudo verla postrada ante
la sagrada imagen. Pudo ver la devoción del corazón que había hecho palpitar casi
visiblemente en el blanco y agitado pecho, las manos entrelazadas que parecían
implorar ayuda contra ese corazón rebelde cuyos latidos luchaba inútilmente por
254
reprimir; luego, de pie, pedir perdón al cielo por su infructuosa oposición. Pudo ver,
también, la frenética pero honda devoción con que se abrazaba al crucifijo... y sintió un
estremecimiento. Jamás había mirado de frente este símbolo: apartó los ojos
inmediatamente; sin embargo, los volvió hacia ella y la contempló larga, atentamente,
arrodillada ante la cruz. Parecía haber dejado en suspenso el instinto diabólico que
gobernaba su existencia por el puro placer de verla. Su figura postrada, sus ricos
vestidos que flotaban a su alrededor como tapicerías en torno a un santuario inviolado,
sus rizos luminosos derramados sobre sus hombros desnudos, sus manos blancas y
pequeñas apretadas en la agonía de la oración, la pureza de expresión, que parecía
identificar al agente con su autoridad y hacían creer que no se trataba de una suplicante,
sino del espíritu encarnado de la súplica, y sentir que labios como aquéllos jamás habían
tenido comunión alguna con nadie del cielo para abajo. Todo esto contempló Melmoth.
y consciente de que en esto no podía participar él jamás, volvió la cabeza con sombría y
amarga ironía..., y la luna que iluminó sus ojos ardientes no reveló lágrima alguna en
ellos.
»De haber mirado un momento más, habría podido descubrir un cambio en la expresión
de Isidora demasiado halagador para su orgullo, si no para su corazón. Podía haber
observado todo ese profundo y peligroso ensimismamiento del alma, cuando está
decidida a penetrar en los misterios del amor o de la religión, y escoger "a quién
servir"; esa pausa al borde del abismo en el que van a precipitarse todas sus energías,
sus pasiones y sus poderes... esa pausa durante la cual la balanza (y nosotros con ella)
oscila entre Dios y el hombre.
»Un momento después se levantó Isidora de su postración ante la cruz. Había más
serenidad, más elevación en su actitud. Había, también, ese aire de decisión que una
franca llamada al Buscador de corazones jamás deja de comunicar incluso al más débil
de los que Él ha creado.
»Volviendo a su sitio al pie de la ventana, Melmoth la siguió observando un rato con
una mezcla de compasión y asombro; sentimientos que se apresuró a rechazar,
preguntando ansioso:
»-¿Qué pruebas estás dispuesta a dar de ese amor que te he descrito, el único que
merece ese nombre?
»-¡Todas -contestó con firmeza-las que la más devota de las hijas del hombre puede dar:
mi corazón y mi mano, mi decisión de ser tuya en medio del misterio y la aflicción, y de
seguirte en el exilio y la soledad (si ha de ser así), por todo el mundo!
»Mientras hablaba, brilló una luz en sus ojos, un destello en su semblante, una
expansiva y radiante sublimidad en toda su figura, que le confirió el aspecto de una rara
y gloriosa visión, conjunción personificada de la pasión y la pureza, como si estas
eternas rivales hubiesen acordado conciliar sus derechos, unirse en los límites de sus
respectivos dominios, y hubiesen seleccionado la figura de Isidora como templo en el
que poder consagrar su alianza y consumar su unión, y jamás hubiesen convivido tan
deliciosamente estas opuestas divinidades. Olvidaron sus antiguos feudos, y acordaron
convivir allí para siempre.
»Había una grandeza, también, en su forma delicada, que parecía anunciar ese orgullo
de la pureza, esa confianza en la debilidad externa y energía interior que conquista sin
armas, en esa victoria sobre el vencedor que le hace ruborizarse, y le impulsa a
inclinarse ante el estandarte de la fortaleza asediada en el momento de rendirse. Estaba
de pie como una mujer devota, aunque no humillada por su devoción, conjugando la
ternura con la magnanimidad, dispuesta a sacrificarlo todo a su amante, salvo aquello
que menoscabara el mérito del sacrificio a los ojos de él, dispuesta a ser la víctima, pero
sabiendo que era merecedora de ser la sacerdotisa.
255
»Melmoth la observó largamente. Un sentimiento generoso -sentimiento humano- latió
en sus venas y vibró en su corazón. La vio en toda su belleza: con su entrega, su pura y
perfecta inocencia, su afecto por quien, debido al tremendo poder de su existencia
antinatural, no podía albergar ningún sentimiento por ser mortal ninguno. Desvió la
mirada, pero no lloró; o si lo hizo, rechazó las lágrimas como lo haría un demonio, con
sus zarpas ardientes, cuando ve llegar una nueva víctima para la tortura y,
arrepintiéndose de su arrepentimiento, rechaza la mancha de la compunción y se apresta
a su tarea con renovada diligencia.
»- Y bien, Isidora: ¿no vas a darme alguna prueba de tu amor? ¿Es eso lo que debo
entender?
»-Pide -respondió la inocente y magnánima Isidora- cualquier prueba que una mujer
pueda dar: más, no está en el poder humano; ¡menos, haría que la prueba careciese de
valor!
»Fue tal la impresión que estas palabras produjeron en Melmoth, cuyo corazón, no
obstante estar sumergido en crímenes indecibles, jamás se había manchado con la
sensualidad, que saltó del lugar donde estaba, la contempló un instante, y exclamó a
continuación:
»-¡Bien!, jme has dado pruebas indiscutibles de tu amor! Ahora me corresponde a mí
darte una prueba de ese amor que te he descrito, de ese amor que sólo tú podías inspirar,
de ese amor que en circunstancias más felices, podría... Pero no importa; no me
corresponde a mí analizar el sentimiento, sino dar una prueba de él -alargó el brazo
hacia la ventana, donde estaba ella-. Entonces, ¿accederías a unir tu destino al mío?
¿Estarías dispuesta a ser mía en medio del misterio y la desdicha? ¿Estarías dispuesta a
seguirme de la tierra al mar y del mar a la tierra, como un ser inquieto, sin hogar,
desdichado, con el estigma en tu frente y la maldición en tu nombre? ¿Querrías de veras
ser mía, sólo mía, Immalee?
»-Sí querría... ¡sí quiero!
»-Entonces -contestó Melmoth- recibe en este mismo lugar la prueba de mi eterna
gratitud. ¡En este lugar, renuncio a verte más! ¡Anulo tu compromiso! ¡Huyo de ti para
siempre!
» Y dicho esto, desapareció.
__________ _ _
I’ll not wed Paris, -Romeo is my husband.
SHAKESPEARE
»Estaba Isidora tan acostumbrada a las violentas exclamaciones y (para ella)
enigmáticas alusiones de su misterioso amante, que no sintió ninguna alarma especial
ante sus extrañas palabras y repentina marcha. Nada había que fuese más amenazador ni
formidable que lo que había presenciado a menudo; y recordaba que, tras estos
paroxismos, solía reaparecer con un humor relativamente tranquilo. Así que encontró
consuelo en esta reflexión... y quizá en esa misteriosa convicción impresa en el corazón
de los que aman profundamente, de que la pasión debe ir unida siempre al sufrimiento;
y parecía escuchar -con una especie de melancólica sumisión a la fatalidad del amorque
su destino era sufrir, de unos labios que iban a revelarse proféticos. La desaparición,
por tanto, de Melmoth, le sorprendió menos que la orden de su madre, pocas horas
después, que le fue transmitida con estas palabras:
256
»-Señora doña Isidora, vuestra señora madre desea que os presentéis ante ella en la
cámara de tapices, dado que ha recibido cierta información por intermedio de un
mensajero, y considera conveniente que la conozcáis vos también.
»Isidora estaba preparada, en cierto modo, para la extraordinaria información, dada la
agitación que reinaba en esta casa grave y tranquila. Había oído ruidos de pasos y
resonar de voces, pero
"No sabía qué eran”
y no se le ocurrió qué podían significar. Imaginó que su madre podía querer
comunicarle algo sobre alguna complicada cuestión de conciencia que fray José no le
habría aclarado satisfactoriamente, de donde pasaría al punto a comentar la visible
vanidad con que una damisela acompañante se arreglaba el pelo, y los sospechosos
rasgueos de guitarra bajo la ventana de otra, y luego se saldría por la tangente,
preguntando cómo se cebaban los capones y por qué no habían sido debidamente
preparados los huevos y la uva moscatel para la cena de fray José. Luego protestaría
porque el reloj de la familia no marchaba sincrónicamente con las campanas de la
iglesia vecina donde ella cumplía sus devociones, y por último protestaría de todo,
desde el cebado de las aves de corral y la preparación de la olla podrida, hasta las
crecientes controversias entre molinistas y jansenistas, que ya habían entrado en España,
o la mortal disputa entre dominicos y franciscanos sobre cuál era el hábito más eficaz
para la salvación al envolver con él el cuerpo del pecador moribundo. Así que, entre su
cocina y su oratorio, sus rezos a los santos y sus reprimendas a los criados, su devoción
y su enojo, doña Clara se mantenía a sí misma y a la servidumbre en perpetuo estado de
amable excitación y afanoso menester.
»A1go así se esperaba Isidora en esta llamada, de modo que se quedó sorprendida al ver
a doña Clara sentada junto a su pupitre, con un gran manuscrito de clara letra, y una
carta extendida ante ella, y oírle seguidamente decir así:
»-Hija, te he mandado llamar porque creo que podrías compartir conmigo el placer que
estas líneas traen para las dos; y como es ése mi deseo, quiero que te sientes y escuches
mientras te las leen.
»Tras lo cual, se sentó doña Clara en una monstruosa butaca de alto respaldo, de la que
verdaderamente dio la sensación de que pasaba a formar parte, tan de madera parecía su
figura, tan inmóvil se quedó su semblante, y tan apagados sus ojos.
»Isidora hizo una reverencia, y se sentó en uno de los cojines, de los que la estancia
estaba atestada, mientras una dueña, provista de lentes y entronizada en otro cojín a la
derecha de doña Clara, leyó, con diversas pausas y alguna dificultad, la siguiente carta
que doña Clara acababa de recibir de su esposo, el cual había llegado a tierra, no en
Osuna52, sino en un auténtico puerto de mar español, y ahora estaba en camino para
reunirse con su familia.
»"Doña Clara:
»"Hace un año, más o menos, que recibí tu carta informándome de la recuperación de
nuestra hija a la que creíamos perdida juntamente con su nodriza en su viaje a la India,
muy niña aún; te habría contestado, de no habérmelo impedido intereses de negocios.
»"Quiero que sepas que me alegro no tanto de haber recobrado una hija como que haya
ganado el cielo un alma y un vasallo, por así decir, e faucibus Draconis, e profundis
Barathri, expresiones que fray José explicará a tu modesta comprensión.
52 Véase Don Quijote, primera parte, cap. xxx. (N. del A.)
257
»”Confío en que, merced al ministerio de ese devoto siervo de Dios y de la Iglesia, sea
ella ya una católica cabal en todos los puntos necesarios, absolutos, dudosos o
incomprensibles, formales, esenciales, veniales e indispensables, como corresponde a la
hija de un cristiano viejo (aunque indigno de tal honor) como yo me tengo. Es más,
espero encontrarla, como doncella española que es, equipada y dotada de todas las
virtudes concernientes a ese carácter, especialmente las de discreción y reserva. Y del
mismo modo que he observado siempre dichas cualidades en ti, espero te hayas
esforzado en inculcarlas en ella... transferencia por la cual quien recibe queda
enriquecido, y quien da no se empobrece.
»"Finalmente, como las doncellas deben ser recompensadas por su castidad y discreción
casándolas con un marido digno, es deber de todo padre cuidadoso y atento proveer tal
cosa para su hija, para que no pase ella la edad casadera y quede en casa descontenta y
escuálida, y desatendida del otro sexo. Movido por esta preocupación paternal, por
tanto, traeré conmigo una persona que deberá ser su esposo, don Gregorio Montilla, de
cuyas prendas no tengo ahora tiempo de hablarte, pero a quien espero que recibirá ella
como corresponde a una hija respetuosa, y tú como obediente esposa de
Francisco de Aliaga."
»- Ya has oído la carta de tu padre, hija -dijo doña Clara, disponiéndose a hablar-, y sin
duda guardas silencio en espera de oír de mí una relación de los deberes concernientes
al estado en el que pronto entrarás, y que, tenlo presente, son tres, a saber: obediencia,
discreción y economía. El primero de todos, según entiendo, se divide en trece
capítulos...
»-¡Dios bendito! -dijo la dueña en voz baja-, ¡qué pálida se está poniendo mi señora
Isidora!
»-Primero de todo -prosiguió doña Clara, aclarándose la garganta y ajustándose los
lentes con una mano y mostrando tres elocuentes dedos de la otra sobre un voluminoso
libro acerca de la vida de san Francisco Javier, colocado en el anaquel que tenía ante
ella-, de los trece capítulos en que se divide el primero, los once primeros, a mi modo de
ver, son los más provechosos; los otros dos dejaré que te los enseñe tu marido. El
primero, pues... -aquí la interrumpió un ligero ruido que, no obstante, no le llamó la
atención, hasta que la sobresaltó el grito de la dueña que exclamó:
»-¡La Virgen me proteja! ¡Mi señora Isidora se ha desmayado!
»Doña Clara se bajó los lentes y miró la figura de su hija, que se había caído del cojín y
yacía en el suelo exánime; y tras una breve pausa, repitió:
»-Se ha desmayado. Levantadla. Pedid ayuda; y aplicadle agua fría o sacadla al aire
libre. Me temo que he perdido la señal en la vida de este bendito santo -murmuró doña
Clara una vez sola-; es lo que pasa por culpa de la estúpida cuestión del amor y el
matrimonio. ¡Gracias a todos los santos, yo jamás he amado en mi vida!; en cuanto al
matrimonio, depende de la voluntad de Dios y de nuestros padres.
»La desventurada Isidora fue levantada del suelo, transportada al aire libre, cuya brisa
tuvo el mismo efecto sobre su todavía elemental existencia que, según se dice, tiene el
agua sobre el hombre pez, del que tanto hablaban las tradiciones populares de
Barcelona, y aún hablan hoy.
»Se recobró; y enviando una excusa a doña Clara por su repentina indisposición, suplicó
a quienes la atendían que la dejasen, ya que deseaba estar sola. ¡Sola!: ésa es una
palabra que quienes aman relacionan con una única idea: la de estar en sociedad con
quien lo es todo para ellas. Deseaba, en esta (para ella) terrible urgencia, pedir consejo a
258
aquel cuya imagen estaba eternamente presente en su corazón, y cuya voz oía con los
oídos del pensamiento con toda claridad aun en su ausencia.
»La crisis, efectivamente, era apropiada para poner a prueba un corazón de mujer; y el
de Isidora, con su capacidad de sentimiento, se resistía a manifestar falta de juicio y de
experiencia; sus hábitos naturales de resolución y autodominio, y los adquiridos de
timidez y cortedad casi hasta el abatimiento, la convertían en víctima de emociones
cuyos embates parecieron al principio amenazar su razón.
»Su anterior existencia independiente e instintiva revivió en su corazón durante unos
momentos, y le sugirió decisiones radicales y desesperadas, tal como se sabe que las
más tímidas mujeres, sometidas a la presión de una tremenda exigencia, conciben y
hasta ejecutan. Luego, la rigidez de sus nuevos hábitos, la severidad de su vida
artificiosa, y el solemne poder de su recién aprendida aunque hondamente sentida
religión, la hicieron renunciar a todo pensamiento de resistencia u oposición, como si se
tratase de ofensas al cielo.
»Sus antiguos sentimientos, sus nuevos deberes, chocaron en terrible conflicto contra su
corazón; y temblando en el istmo en que se encontraba, sentía cómo éste, expuesto a los
embates de corrientes opuestas, se estrechaba por momentos bajo sus pies.
»Éste fue un día espantoso para ella. Tenía tiempo suficiente para reflexionar; pero
sentía la íntima convicción de que no serviría de nada, de que las circunstancias en que
se encontraba, y no sus pensamientos, eran las que debían decidir por ella... y que en su
situación, el poder mental no podía competir con el físico.
»No hay, quizá, ejercicio más doloroso para la mente que el de recorrer el ámbito entero
del pensamiento con paso impaciente y cansado, y llegar siempre a la misma
conclusión; ponerse en marcha a continuación con doblada velocidad y menguada
fuerza, y regresar otra vez al mismísimo punto; enviar todas nuestras facultades en
descubierta, y vedas volver de vacío, contemplar los restos del naufragio navegando a la
deriva, y hundirse ante la mirada que lo había aclamado con alegría y confianza en el
momento de zarpar.
»Durante todo el día meditó cómo sería posible librarse de su situación, al tiempo que
arraigaba en su corazón el sentimiento de que esa liberación era imposible; y esta
sensación de tener todas las energías del alma inútilmente enfrentadas a la estupidez y la
mediocridad, reforzada por las circunstancias, produce a la vez melancolía e irritación.
Nos sentimos, como prisioneros de las circunstancias, trabados por hilos a los que el
poder de la magia ha dotado de una dureza diamantina.
»Para aquellos cuya mente les inclina más a analizar que a compartir los diversos
sentimientos humanos, habría sido interesante observar la desasosegada angustia de
Isidora, en contraste con la fría y serena satisfacción de su madre, que dedicó todo el día
a componer, con la colaboración de fray José, lo que Juvenal calificaría de verbosa et
grandis epistola, en respuesta a la de su esposo, e imaginar cómo dos seres humanos, de
órganos semejantemente construidos como es evidente, y al parecer destinados a
comprenderse el uno al otro, podían extraer de la misma fuente aguas potables y
amargas.
»Ante el pretexto de su persistente indisposición, se la dispensó de comparecer ante su
madre el resto del día. Llegó la noche... La noche que, ocultando los objetos y modales
artificiosos que la rodeaban, le restituía en cierto modo la conciencia de su anterior
existencia, y le daba una sensación de independencia que nunca experimentaba durante
el día. La ausencia de Melmoth aumentaba su inquietud. Empezó a pensar que su
marcha podía ser efectivamente definitiva, y se sintió desfallecer ante tal posibilidad.
»Puede que al simple lector de novelas le parezca increíble que una mujer de la energía
y entrega de Isidora sintiese ansiedad o terror ante una situación tan corriente para una
259
heroína. No tendría más que mantenerse firme frente a la insistencia y autoridad de su
familia, y anunciar su desesperada decisión de compartir su destino con un amante
misterioso y desconocido. Todo esto suena muy plausible e interesante. Novelas se han
escrito y leído, cuyo interés reside en el noble e imposible desafío de la heroína a todos
los poderes humanos y sobrenaturales. Pero ni los escritores ni los lectores parecen
haber tenido en cuenta las mil causas insignificantes y externas que intervienen en el
hacer humano con una fuerza, si no más poderosa, sí mucho más efectiva que el gran
motivo interior que hace de ella tan gran figura en la novela, y tan rara e insignificante
en la vida corriente.
»Isidora habría dado la vida por aquel al que amaba. Habría confesado su pasión en la
hoguera o en el cadalso, y habría triunfado pereciendo como su víctima. La mente puede
hacer acopio de fuerzas para un gran impulso, pero se extenúa en la constante y
reiterada necesidad de los conflictos domésticos: victorias en las que tiene que perder, y
derrotas en las que ella podría ganar el elogio de la perseverancia, mientras siente que
ese triunfo es una pérdida. El último esfuerzo singular y terrible del campeón judío, en
el que perecieron juntos él y sus enemigos, debió de ser un lujo comparado con su ciego
y penoso trabajo en el molino.
»Isidora tenía ante sí la lucha perpetua y dolorosa entre la fuerza encadenada y la
debilidad acosadora que, si hay que decir la verdad, sería capaz de despojar a la mitad
de las heroínas de ficción del poder o deseo de luchar contra las dificultades que las
asedian. Su mansión era una cárcel; no tenía el poder (y de tenerlo, jamás lo habría
ejercido), ni aun por un instante, de cruzar las puertas de la casa sin que se lo
permitiesen o se diesen cuenta. Así que su huida estaba totalmente descartada; pero de
habérsele abierto todas las puertas de la casa, se habría sentido como un pájaro en su
primer vuelo tras salir de la jaula, y no habría encontrado ramaje donde se hubiese
atrevido a posarse. Tal era su perspectiva, si hubiese podido huir..., pero en casa era
peor.
»El severo y frío tono de autoridad en que estaba escrita la carta de su padre le daba
muy pocas esperanzas de encontrar en él a un amigo. Luego, la débil y no obstante
dominante mediocridad de su madre, el temperamento egoísta y arrogante de Fernán, la
poderosa influencia e incesante asesoramiento de fray José, cuya afabilidad no podía
competir con su amor por la autoridad, la diaria persecución doméstica -ese vinagre que
corroe cualquier roca-, el estar obligada a escuchar día tras día la misma agotadora
repetición de exhortaciones, reproches y amenazas, o buscar refugio en su alcoba, dejar
correr las horas muertas en soledad y llanto, esta contienda mantenida por una mujer
fuerte en sus propósitos pero débil en su fuerza, contra tantos empeñados en hacer sus
voluntades y sacar provecho; esta lucha perpetua con males tan triviales en los detalles,
pero tan pesados en su suma total para los que tienen que pagarlos día a día y hora a
hora... era demasiado para la resolución de Isidora, que lloraba con desesperanzado
abatimiento, sintiendo que su valor flaqueaba ya antes del enfrentamiento, e ignorando
qué concesiones podrían arrancarle de su decreciente capacidad de resistencia.
»-¡Oh! -exclamó en el límite de su angustia-. ¡Ojalá estuviese él aquí para dirigirme,
para aconsejarme! ¡Ojalá estuviese aquí aunque no fuese ya como mi amante, sino como
mi consejero!
»Dicen que hay siempre un cierto poder a mano para satisfacer los deseos que el
individuo formula en su propio perjuicio; y así debió de ser en el presente caso, pues
apenas hubo pronunciado ella estas palabras, cuando la sombra de Melmoth apareció
por el paseo del jardín, y un momento después estaba al pie de la ventana. Al verle ella
acercarse profirió un grito, mezcla de alegría y de temor, que le hizo a él sisear, e
indicarle silencio con la mano; y luego susurró:
260
»-¡Lo sé todo!
»Isidora se quedó callada. No tenía otra cosa que comunicarle que su reciente zozobra,
pero al parecer, él lo sabía ya. Así que esperó que le dijese algunas palabras de consejo
o de consuelo.
»-¡Lo sé todo! -continuó Melmoth-. Tu padre ha desembarcado en España, trae consigo
al que va a ser tu esposo. Será inútil que te resistas al propósito decidido por toda tu
familia, obstinada en la misma medida que es débil; y dentro de catorce días te
convertirás en la esposa de Montilla.
»-Antes seré la esposa del sepulcro -dijo Isidora con total y temible serenidad.
»A estas palabras, Melmoth se acercó y la miró más detenidamente. Cualquier ser
dotado de intensa y terrible resolución, de sentimiento o acción extremos armonizaba
con las poderosas aunque desordenadas cuerdas de su alma. Le pidió que repitiese esas
palabras, y ella lo hizo con labios temblorosos pero con voz firme. Se acercó él un poco
más para verla mientras hablaba. Era una visión hermosa y terrible, allí de pie: con el
rostro marmóreo, las facciones inmóviles, los ojos, en los que ardía la luz fija y lívida de
la desesperación, como lámparas en una cripta sepulcral, los labios entreabiertos como
si la que hablaba no tuviese conciencia de las palabras que salían de ellos, o más bien
como si las pronunciase por un impulso involuntario e incontrolable; así estaba, como
una estatua, junto a la ventana; la luna daba a su blanco vestido la apariencia de piedra,
y su excitada y decidida mente le prestaba la misma rigidez a sus facciones. El propio
Melmoth se sintió impresionado, ya que no podía sentirse aterrado. Se retiró; y
regresando luego, preguntó:
»-¿Es ésa tu voluntad, Isidora?, ¿y te reafirmas en tu decisión de...?
»-¡De morir! -contestó Isidora con el mismo acento inalterable, pareciendo al hablar
muy capaz de lo que decía; y la unión en una misma forma, ligera y tierna, de esas
eternas rivales, la energía y la fragilidad, la belleza y la muerte, hizo que cada latido
humano del cuerpo de Melmoth golpeara co una fuerza desconocida para él.
»-¿Puedes, entonces -dijo con la cabeza desviada y un tono que parecía avergonzarse de
su propia dulzura-, puedes entonces morir por aquel por quien no vivirás?
-He dicho que prefiero morir antes que ser la esposa de Montilla -respondió Isidora-. No
sé nada sobre la muerte, ni tampoco sé mucho sobre la vida; pero prefiero morir, antes
que ser la esposa perjura del hombre al que no puedo amar.
»-¿ Y por qué no le puedes amar? -dijo Melmoth, jugando con el corazón que tenía en
sus manos como juega un niño malicioso con un pájaro cuyas patas tiene atadas de un
hilo.
»-Porque sólo puedo amar a uno. Tú fuiste el primer ser humano que conocí, el que me
enseñó mi lenguaje, y el que me enseñó a sentir. Tu imagen está siempre ante mí,
presente o ausente, dormida o despierta. He visto formas más puras, he oído voces más
dulces, podía haber encontrado corazones más dóciles; pero la primera imagen indeleble
está escrita en el mío, y sus caracteres no se borrarán jamás hasta que este corazón sea
un terrón del valle. Te he amado, no por tu donaire o por tu cálido lenguaje, ni por todo
cuanto se dice que es amable a los ojos de una mujer; te he amado porque eres el
primero y único vínculo entre el mundo humano y mi corazón, el ser que me dio a
conocer ese portentoso instrumento que había en mí, ignorado e intacto, y cuyas
cuerdas, al vibrar, se negaron a obedecer cualquier pulsación que no viniese del primero
que lo movió, porque tu imagen se mezcla en mi imaginación con todas las glorias de la
naturaleza; porque tu voz, cuando la oí por primera vez, fue un sonido que armonizó
con los rumores del océano y la música de las estrellas. Y aún me recuerda su acento la
inimaginable beatitud de esos escenarios donde la escuché por primera vez, y la oigo
como un desterrado oye la música de su país natal en una tierra muy lejana; porque la
261
naturaleza y la pasión, el recuerdo y la esperanza, se unen a tu imagen por igual; y en
medio de la luz de mi anterior existencia, y la oscuridad de la actual, sólo hay una forma
que retiene su realidad y su poder a través de la luz y la sombra. Soy como el que ha
recorrido muchos climas, y considera que no hay más que un sol como luz de todos, ya
sea esplendoroso u oscuro. He amado una vez... ¡Y para siempre! -luego, temblando
ante las palabras que había pronunciado, añadió, con esa dulce mezcla de orgullo y
pureza virginal que redime, al tiempo que suplica, a la prenda del corazón-: Los
sentimientos que te he confiado pueden ser profanados, pero nunca enajenados.
»-¿ Y son esos tus sentimientos reales? -dijo Melmoth, tras una larga pausa, y moviendo
su cuerpo como alguien agitado por profundos e inquietos pensamientos.
»-¡Reales! -repitió Isidora con cierto rubor pasajero en sus mejillas-, ¡reales! ¿Puedo
decir yo algo que no sea real? ¿Puedo olvidar tan pronto mi existencia?
»Melmoth la miró otra vez, mientras hablaba.
»-Si es ésa tu decisión, si son ésos efectivamente tus sentimientos...
»-¡Lo son!, ¡lo son! -exclamó Isidora, saltándole las lágrimas entre sus delgados dedos
que, tras extenderlos hacia él, se había llevado a sus ojos ardorosos.
»-¡Entonces escucha la alternativa que te espera! -dijo Melmoth lentamente,
pronunciando las palabras con dificultad y, al parecer, con cierto sentimiento por su
víctima-: la unión con un hombre que no puede amar; ¡o la perpetua hostilidad, la
agotadora, extenuante y casi aniquiladora persecución de tu familia! ¡Piensa en los días
que!...
»-¡Oh, no quiero pensar! -exclamó Isidora retorciéndose sus blancas y delicadas manos-
; ¡dime... dime qué puedo hacer para escapar de ellos!
»-Bueno, a decir verdad -dijo Melmoth arrugando el ceño con el más pensativo surco,
mientras era imposible descubrir si su expresión predominante era de ironía o de
profundo y sincero sentimiento-, no sé qué recurso puedes utilizar, a no ser que te
desposes conmigo.
»-¡Desposarme contigo! -exclamó Isidora, apartándose de la ventana-. ¡Desposarme
contigo! -y se llevó las manos a su pálida frente. Y en ese momento, cuando la
esperanza de su corazón, de cuyo hilo se hallaba suspendida su vida, estaba a su
alcance, tuvo miedo de tocarla-. ¡Desposarme contigo!, pero ¿cómo es posible?
»- Todo es posible para quienes aman -dijo Melmoth con una sonrisa sardónica que las
sombras de la noche ocultaron.
»- ¿ Y tú, quieres desposarte conmigo, de acuerdo con los ritos de la Iglesia de la que
soy miembro?
»-¡Sí!, ¡O de los que sean!
»-¡Oh, no hables con esa violencia!, ino digas si con esa voz tan horrible! ¿Quieres
casarte como es debido con una doncella cristiana? ¿Quieres amarme como debe amarse
a una esposa cristiana? Mi primera existencia fue como un sueño... pero ahora estoy
despierta. Si uno mi destino al tuyo, si abandono a mi familia, mi país, mi...
»-Si lo haces, ¿cómo vas a salir perdiendo?; tu familia te atormenta y te encierra, tu país
gritaría viéndote en la hoguera, ya que tienes algunos sentimientos que son heréticos,
Isidora. En cuanto a lo demás...
»-¡Dios! -dijo la pobre víctima juntando las manos y mirando hacia el cielo-, ¡Dios,
ayúdame en este trance!
»-Si tengo que esperar aquí sólo como testigo de tus devociones -dijo Melmoth con
agria aspereza-, no estaré mucho tiempo.
»-¡No puedes dejarme luchar sola con el miedo y la perplejidad! ¿Cómo puedo huir, a
pesar de...?
262
»-Por el mismo medio que yo poseo para entrar en este lugar y marcharme sin que me
vean; por ese mismo medio podrás escapar. Si tienes decisión, el esfuerzo te costará
poco; si amas... nada. Habla: ¿vendré aquí mañana por la noche, a esta hora, para
conducirte a la libertad y...
»La salvación, tenía que haber añadido, pero le fallo la voz.
»-Mañana por la noche -dijo Isidora, tras una larga pausa y en un tono casi inarticulado.
»Cerró la ventana mientras hablaba, y Melmoth se marchó lentamente.

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