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lunes, 23 de febrero de 2009

MATURIN -- MELMOTH EL ERRABUNDO -- 3ªparte

MATURIN -- MELMOTH EL ERRABUNDO -- 3ªparte


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If he to thee no answer give,
I'll give to thee a sign;
A secret known to nought that live,
Save but to me and mine.
Gone to be married. SHAKESPFARE
»Todo el día siguiente estuvo ocupada doña Clara -para quien escribir cartas era
empresa excepcional, penosa y grave- leyendo y corrigiendo su respuesta a la carta de
su esposo; revisión en la que encontró muchas cosas que corregir, intercalar, alterar,
modificar, tachar y remodelar, hasta que dicha epístola acabó pareciéndose a la labor en
la que ahora estaba ocupada, a saber: el sobrehilado de una pieza de tapicería bordada
por su abuela, que representaba el encuentro del rey Salomón y la reina de Saba. La
nueva labor, en vez de restaurar, suponía un espantoso descalabro de la antigua; pero
doña Clara seguía, como cierto paisano suyo en el guiñol de maese Pedro, eliminando
(con su aguja), en un completo aluvión de puntadas del derecho, del revés, repasos y
contrarrepasos, hasta que no quedó en la tapicería figura que se reconociese a sí misma.
La borrosa cara de Salomón estaba adornada con florida barba de seda escarlata (fray
José le había aconsejado al principio que se la quitase, ya que ponía a Salomón casi a la
altura de Judas) que le daba el aspecto de una ostra cocida. El guardainfante de la reina
de Saba se extendía en un enorme arco, de cuya encogida y pálida propietaria podía
haberse dicho verdaderamente: "Minima est pars sui” : El perro, que en el tapiz original
se hallaba junto a las botas y espuelas del monarca oriental (ataviado con ropajes
españoles), a fuerza de bodoques de raso negro y amarillo se había convertido en tigre,
transformación que sus salientes colmillos hacían tan auténtica como el corazón pudiera
desear. Y el papagayo encaramado en el hombro de la reina, con la ayuda de una cola
verde y oro que el ignorante tomaría por el manto de su majestad, se había convertido
en un pasable pavo real.
»Como pequeño rasgo de su original epístola, la expresión de doña Clara se hacía de
penosa lectura, como el complicado sobrehilado de las originales y trabajosas labores de
su abuela. En ambas cosas, no obstante, doña Clara (que desdeñaba los titubeos) pasaba
por el mismo terreno con ojo confuso y paciente mano, y con asiduidad incansable e
inexorable. La carta, tal como estaba, era característica de quien la había escrito.
Facilitamos al lector algunos de sus pasajes, y fiamos en su gratitud por no insistir en
ofrecerla entera. El original, del que se nos han facilitado algunos extractos, dice así
[...].
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»"Tu hija toma la religión como la leche materna; y bien puede hacerlo, teniendo en
cuenta que el tronco de nuestra familia está plantado en el auténtico suelo de la Iglesia
católica, y que cada rama suya debe florecer o perecer. Como neófita (por utilizar la
expresión de fray José), es un retoño tan prometedor como sería deseable ver florecer en
el seno de la Santa Iglesia; y como pagana, es tan dócil, sumisa y de tan candorosa
suavidad, que en cuanto a comportamiento de su persona, y discreta y virtuosa
ordenación de su mente, no hay madre cristiana a la que yo pueda envidiar. Es más, a
veces me compadezco de ellas, cuando veo los vanos continentes, ligereza y
atolondrada avidez por casarse de las mejor educadas doncellas de nuestro país. Ésta
nuestra hija no tiene nada de eso en su actitud exterior, ni tampoco en su ánimo interior.
Habla poco, así que no puede pensar mucho, y no sueña con los frívolos artificios del
amor, por lo que está bien capacitada para el matrimonio que se le propone. [...]
»"Una cosa, caro esposo de mi alma, quisiera poner en tu conocimiento, y que guardes
como la niña de tus ojos: nuestra hija tiene trastornado el juicio; pero nunca, por
discreción, debes mencionar esto a don Montilla, aunque fuese descendiente directo del
Campeador o de Gonzalo de Córdoba. Su trastorno no contravendrá por ningún
concepto el precepto del matrimonio, ni será impedimento para él; pues debes saber que
le viene a las veces; y en tales ocasiones, ni el más celoso ojo podría descubrirlo, a
menos que de antemano se le hubiese puesto sobre aviso. Tiene extrañas fantasías que le
dan vueltas en el cerebro, tales como que los herejes y los paganos no serán condenados
eternamente (¡Que Dios y los santos nos protejan!)..., cosas que deben ser claramente
locura, pero que su marido católico, si alguna vez llega a tener conocimiento de ellas,
encontrará la forma de conjurar, con la ayuda de la Iglesia, y de la autoridad conyugal.
Para que conozcas mejor la verdad de lo que dolorosamente certifico, los santos y fray
José (que no permitirá que mienta yo, pues él, en cierto modo, sostiene mi pluma)
pueden confirmar que, cuatro días antes de que saliésemos de Madrid, cuando subía yo
la escalinata para entrar en la iglesia, fui a darle limosna a una mujer envuelta en una
capa que llevaba en brazos a una criatura desnuda para mover a la caridad, y tu hija me
tiró de la manga y me susurró: 'Señora, ella no puede ser madre de esa criatura, pues
va abrigada y su hijo va desnudo. Si fuese su madre, cubriría a su hijo, y no iría ella
tan confortablemente abrigada' .Tan cierto era, que más tarde averigué que la
desdichada mujer había alquilado al niño a una madre más desventurada aún, y mi
limosna había pagado el precio de su alquiler por un día. Aunque eso no quita un ápice
al trastorno de nuestra hija, tanto más cuanto que revela su ignorancia sobre la moda y
usos de los mendigos del país, y en cierto modo manifiesta sus dudas sobre el mérito de
la limosna, cosa que, como tú sabes, nadie sino los herejes o los locos pueden negar. A
diario da pruebas de su falta de juicio; pero dado que no quiero abrumarte con tanta tinta
(fray José pretende que la llame atramentum), añadiré pocos pormenores que inquieten
tus serenas facultades, arropadas quizá en letárgico olvido por lo anodino de mi
somnífera epistolación."
»-Reverendo padre -dijo doña Clara, alzando la vista hacia fray José, quien había
dictado la última línea-: don Francisco se dará cuenta de que esta última línea no es mía;
sin duda habrá oído eso en uno de vuestros sermones. Dejad que añada la extraordinaria
prueba de la demencia de mi hija en el baile.
»-¡Añadid o disminuid, componed o confundid cuanto queráis, en nombre de Dios! -
dijo fray José, disgustado por los frecuentes tachones y raspaduras que desfiguraban las
líneas de su dictado-, pues aunque en estilo reconozco algo mi superioridad, en
tachaduras no hay gallina en el mejor estercolero de España que pueda competir con
vos. ¡Así que seguid, en nombre de todos los santos! Y cuando plazca al cielo enviar un
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intérprete a vuestro esposo, podremos esperar noticias de él con el próximo ángel
anunciador, pues seguramente una carta tal no se ha escrito jamás en la tierra.
»Con este aliento y aplauso, siguió doña Clara contando otros diversos pormenores y
extravíos de su hija que a una mente tan encorsetada, lisiada y atrofiada por las ataduras
que la mano y la costumbre habían apretado en torno a ella desde su primera hora
consciente, podían muy bien parecer aberraciones demenciales. Entre otras pruebas,
refirió que la primera vez que Isidora entró en una iglesia cristiana y católica fue esa
noche de penitencia de la Semana de Pasión en que, apagándose las luces, se canta el
miserere en profunda oscuridad, se maceran los penitentes, y se oyen gemidos por todas
partes en vez de oraciones, como si se hubiere renovado el culto a Moloch, aunque sin
sus fuegos. Sobrecogida de horror ante los gemidos que oía y la oscuridad que la
rodeaba, Isidora preguntó qué era lo que estaban haciendo:
»-Están adorando a Dios -se le respondió.
»Durante la expiación de la cuaresma, fue introducida en una brillante reunión, donde a
un alegre fandango siguieron las suaves notas de la seguidilla, mientras el repiqueteo de
las castañuelas y el rasgueo de guitarras marcaban alternadamente el ligero y extático
paso de la juventud, y la plateada y cálida voz de la belleza. Conmovida de gozo ante lo
que veía y oía -la sonrisa que iluminó y embelleció su semblante reflejó el placer que le
producía lo que presenciaba, como las ondulaciones de un arroyo besado por los rayos
de la luna-, preguntó ansiosamente:
»- Y éstos, ¿ no están adorando a Dios?
»-¡Ni hablar, hija! -contestó doña Clara, que había oído casualmente la pregunta-; eso
no es más que diversión vana y pecaminosa, invención del diablo para embaucar a los
hijos de la locura, odiosa a los ojos del cielo y de los santos, y abominada y rechazada
por los fieles.
»-Entonces hay dos dioses -dijo Isidora suspirando-: el dios de las sonrisas y la
felicidad, y el dios de los gemidos y la sangre. ¡Cómo me gustaría servir al primero!
»-¡Has de saber que tienes que servir al segundo, y no me seas más idólatra y profana! -
contestó doña Clara, al tiempo que la alejaba a toda prisa de la reunión, consternada
ante el escándalo que sus palabras podían haber producido.
»Éste y otros muchos incidentes fueron penosamente redactados en la larga epístola de
doña Clara, la cual, después de ser plegada y sellada por fray José (quien juró por el
hábito que llevaba que prefería estudiar veinte páginas de la Biblia políglota antes que
leer la carta una vez más), fue debidamente expedida a don Francisco.
»Los hábitos y movimientos de don Francisco eran, como los de su nación, tan cautos y
dilatorios, y su aversión a escribir cartas -salvo las que se referían a cuestiones de
negocios -tan conocida, que doña Clara se sintió auténticamente alarmada al recibir, la
noche del mismo día en que ella despachó su epístola, otra carta de su esposo.
»Puede adivinarse que su contenido era de lo más extraordinario, por el hecho de que el
resultado fue que doña Clara y fray José permanecieron en vela casi toda la noche en
consulta, llenos de ansiedad y temor. Tan intensa fue su conferencia que, según consta,
no la interrumpieron ni los rezos de la dama ni el pensamiento del monje en su cena.
Los hábitos artificiosos, las acostumbradas indulgencias, la ficticia existencia de ambos,
todo se fundió en el real y auténtico miedo que les invadió el espíritu y afirmó su poder
sobre ambos en dolorosa y rigurosa proporción al largo y osado rechazo de su influjo.
Sus mentes sucumbieron juntas, mientras una solicitaba y la otra daba vano y débil
consejo e infructuoso consuelo. Leyeron una y otra vez la extraordinaria carta, y en cada
lectura, sus entendimientos se volvían más oscuros, sus consejos más perplejos y sus
expresiones más lúgubres. De vez en cuando, desviaban los ojos hacia el papel,
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extendido sobre el escritorio de ébano de doña Clara; y sobresaltándose luego, se
preguntaban con la mirada, y a veces con las palabras:
»-¿No se ha oído un ruido extraño en la casa?
»La carta, además de otras cosas que ninguna importancia tienen para el lector, contenía
el singular pasaje siguiente: [...]
»..."En mi trayecto desde el lugar donde desembarqué a este otro desde el que ahora
escribo, ha querido la suerte que topase con unos desconocidos, de quienes he oído
cosas referentes a mí (no era ésa su intención, sino que mi temor lo interpretó así), en
torno al punto más sensible en que se puede punzar y herir el alma de un padre cristiano.
Cosas éstas que discutiré contigo más sosegadamente. Están llenas de alusiones
temibles, de tal manera que puede que requieran la ayuda de algún sacerdote que las
entienda rectamente, y las examine a fondo. No obstante, puedo encarecer a tu
discreción que, después de abandonar tan extraña conferencia, cuya información no
puedo comunicarte por carta, me retiré a mi cámara abrumado por pensamientos tristes
y penosos; y sentándome en mi silla, abrí un libro en el que se contienen leyendas de
espíritus de fallecidos, de ningún modo en contradicción con la doctrina de la santa y
católica Iglesia, ya que de lo contrario lo habría aplastado con la suela de mi pie en el
fuego que ante mí ardía en la chimenea, y escupido sobre sus cenizas con la saliva de mi
boca. Ahora bien, ya fuera por la compañía que el azar había querido depararme (cuya
conversación no debe ser conocida jamás sino por ti solamente), o por el libro que había
estado leyendo, el cual contenía extractos de Plinio, Artemidoro y otros, e historias que
ahora no me es posible contar, pero que se referían a la revivificación de los difuntos,
pareciendo en completo acuerdo con las concepciones católicas de nuestros espectros
cristianos del purgatorio, con sus correspondientes pertrechos de cadenas y llamas, tal
como Plinio dice que apparebat eidolon senex, macie et senie confectus, o en fin, por el
cansancio de mi solitario viaje, o por alguna otra causa que yo no sé, pero sintiendo mi
mente mal dispuesta para seguir un diálogo más profundo con los libros o con mis
propios pensamientos, y, aunque acuciado por el sueño, sin ganas de retirarme a
descansar -disposición de ánimo que yo y otros muchos hemos experimentado con
frecuencia-, saqué mis cartas del escritorio, donde las tenía debidamente guardadas, y
leí la descripción que me enviaste de nuestra hija, con la primera noticia de cuando fue
descubierta en esa maldita isla de paganismo... Y te aseguro que la descripción de
nuestra hija ha quedado impresa con tales caracteres en el pecho contra el que no ha
sido abrazada jamás, que desafiaría el arte de todos los pintores de España a que lo
hiciese con más realismo. Así que, pensando en esos ojos de azul intenso, y en esos
rizos naturales que no obedecen a esa nueva dueña que es la habilidad, y en esa silueta
grácil y ondulada, y que pronto la estrecharía entre mis brazos, y en que pediría la
bendición de un padre cristiano con acento cristiano, me quedé dormido en mi silla; y
fundiéndose mis sueños con mis pensamientos vigiles, soñé que esa criatura tan pura,
afectuosa y angelical estaba sentada a mi lado y me pedía mi bendición. Al acceder yo a
ello, di una cabezada en mi silla y me desperté. Me desperté, digo: pues lo que siguió
era tan palpable a la visión humana como los muebles del aposento o cualquier otro
objeto tangible. Había una mujer sentada frente a mí, vestida a la usanza española,
aunque su velo descendía hasta los pies. Estaba sentada, y parecía esperar a que yo
hablase primero. 'Damisela -dije- ¿qué buscas, o por qué estás aquí?' La figura no se
levantó el velo, ni movió mano ni boca. Yo tenía el cerebro lleno de las cosas que había
leído y oído; y después de hacer el signo de la cruz y de pronunciar ciertas oraciones,
me acerqué a la figura y dije: 'Damisela, ¿qué es lo que quieres?' 'Un padre', dijo la
forma alzando su velo y revelando idénticas facciones a las de mi hija Isidora, tal como
tú me las describes en tus numerosas cartas. Fácilmente podrás adivinar mi estupor, que
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casi podría calificar de miedo, ante la visión y las palabras de esta hermosa pero extraña
y solemne figura. y no disminuyó mi turbación y perplejidad, sino que aumentó aún más
cuando la figura, poniéndose de pie y señalando la puerta, la atravesó al punto con
misteriosa gracia e increíble presteza, pronunciando in transitu estas palabras:
'¡Salvadme! ¡Salvadme!, ¡no os demoréis un instante, o estaré perdida!' y te juro,
esposa, que durante el tiempo que esta figura estuvo sentada o desaparecía, no oí el
susurro de sus ropas, ni el roce de sus pies, ni el sonido de su respiración... Sólo hubo,
en el momento de desaparecer, un rumor como de viento que cruzase la cámara; y una
niebla pareció envolver cada objeto que había a mi alrededor, la cual se disipó, y tuve
conciencia de un ahogo, como si acabaran de quitarme un peso del pecho. Después de
eso permanecí sentado una hora, reflexionando sobre lo que había visto, sin saber si
calificarlo de sueño vigilo de vigilia onírica. Soy hombre mortal, sensible al miedo y
expuesto al error; pero también soy cristiano católico, y siempre he rechazado
enérgicamente tus historias de espectros y visiones, salvo las que están sancionadas por
la autoridad de la Santa Iglesia, y consignadas en las vidas de sus santos y sus mártires.
Dado que no encontraba fin ni fruto a estas pesadas reflexiones, me metí en la cama,
donde permanecí inquieto y desvelado hasta poco antes de despuntar el día, en que caí
en profundo sueño, hasta que me despertó un ruido como de la brisa al agitar las
cortinas. Me levanté de un salto, y descorriéndolas, miré a mi alrededor. Entraba un
rayo de luz a través de los postigos de la ventana, aunque no bastaba para permitirme
distinguir los objetos de la habitación, de no ser por la lámpara que ardía sobre la
chimenea, y cuya luz, aunque débil, era suficientemente clara. Por ella descubrí, junto a
la puerta, una visión que mi terror hacía más intensa; comprobé que era idéntica a la que
había visto antes; tras agitar el brazo con gesto melancólico y decir con voz lastimera:
'Demasiado tarde', desapareció. Debo confesarte que, sobrecogido de horror ante esta
segunda visión, caí sobre mi almohada casi privado del uso de mis facultades; recuerdo
que el reloj dio las tres."
»Al llegar doña Clara y el sacerdote (en su décima lectura de la carta) a estas palabras,
el reloj, abajo en el salón, dio las tres.
»-¡Extraña coincidencia! -dijo fray José.
»-¿No os parece que es algo más, padre? -dijo doña Clara, poniéndose intensamente
pálida.
»-No sé -dijo el sacerdote-; muchos han contado historias creíbles sobre avisos
permitidos por nuestros santos guardianes, transmitidos incluso por mediación de cosas
inanimadas. Pero ¿con qué objeto se nos advierte, cuando no sabemos qué mal hay que
evitar?
»-¡Chisst! ¡Chisst! -dijo doña Clara-, ¿no habéis oído ningún ruido?
»-No -dijo fray José, escuchando, no sin cierta turbación-: ninguno -añadió con voz más
tranquila y firme, tras una pausa-; y el ruido que oí hace un par de horas fue muy breve
y no se ha repetido.
»-¡Qué luz más parpadeante dan esas velas! -dijo doña Clara, mirándolas con ojos
vidriosos y fijos de temor.
»-Las ventanas están cerradas -respondió el sacerdote.
»-Así han estado desde que nos sentamos aquí -replicó doña Clara-; ¡pero mirad qué
corriente de aire las sacude ahora! ¡Santo Dios!, ¡agita las llamas como si fuera a
apagarlas!
»El sacerdote, alzando los ojos hacia las velas, observó que era verdad lo que decía, y al
mismo tiempo notó que el tapiz colgado cerca de la puerta se agitaba notablemente.
»-Hay alguna puerta abierta en alguna otra parte -dijo, levantándose.
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»-No iréis a dejarme, ¿verdad, padre? -dijo doña Clara, que estaba paralizada de terror
en su silla y no se sentía capaz de seguirle más que con los ojos.
»El padre José no respondió. Ahora estaba en el pasillo, donde algo que había
observado acaparaba toda su atención: la puerta del aposento de Isidora estaba abierta, y
las luces ardían en su interior. Entró lentamente al principio, miró en torno suyo, pero su
moradora no estaba allí. Echó una mirada a la cama, pero ninguna forma humana la
había deshecho esa noche: estaba intacta y ordenada. A continuación fue la ventana la
que atrajo la atención de sus ojos, que ahora inspeccionaban cada objeto con la rapidez
del temor. Se acercó a ella; estaba abierta de par en par: era la que daba al jardín.
Horrorizado ante este descubrimiento, el buen padre no pudo reprimir un grito que
taladró los oídos de doña Clara, la cual, temblando y casi sin fuerzas para sostenerse,
trató inútilmente de seguirle, cayéndose en el pasillo. El sacerdote la levantó y trató de
ayudarla a volver a su aposento. La desventurada madre, cuando llegó finalmente a su
silla, no se desmayó ni lloró, sino que con labios blancos y mudos, y mano paralizada,
trató de señalar hacia el aposento de su hija, como si desease ser conducida allí.
»-Demasiado tarde -dijo el sacerdote, utilizando inconscientemente las ominosas
palabras de la carta de don Francisco.
_________ _ __ _
Responde meum argumentum -nomen est nomen -ergo,
quod tibi est nomen -responde argumentum.
BEAUMONT Y FLETCHER, .Wit at several Weapons.
»Ésa era la noche concertada para la unión de Isidora y Melmoth. Ella se había retirado
temprano a su cámara, y se había sentado junto a la ventana, a esperarle, con varias
horas de antelación a su probable llegada. Podría suponerse que, en este terrible trance
de su destino, la agitarían mil emociones, que un alma sensible como la suya se sentiría
casi despedazada por esta lucha..., pero no era así. Cuando una mente fuerte por
naturaleza, pero debilitada por las circunstancias que la atan, se ve obligada a hacer un
gran esfuerzo para liberarse, no se entretiene en calcular la resistencia de sus ataduras, o
la anchura de su salto: permanece sentada con las cadenas amontonadas a su alrededor,
pensando sólo en el salto que ha de ser su liberación o...
»Durante las muchas horas que Isidora esperó la llegada de este esposo misterioso, no
sintió otra cosa que la tremenda sensación de esa proximidad, y del acontecimiento que
iba a seguir. Así que se estuvo sentada junto a la ventana, pálida pero decidida, y
confiando en la extraordinaria promesa de Melmoth de que, fuera cual fuese el medio
por el que él la visitara, ese mismo medio le facilitaría a ella su huida, a pesar de su bien
custodiada mansión, y de sus vigilantes moradores.
»Era cerca de la una (hora en que fray José, que deliberaba con su madre sobre esa
melancólica carta, oyó el ruido a que se ha aludido en el capítulo anterior), cuando
apareció Melmoth en el jardín y, sin pronunciar palabra, lanzó una escala de cuerda, que
en pocos y apagados susurros, indicó a ella que atara, y la ayudó a bajar. Echaron a
correr por el jardín... E Isidora, en medio de la novedad de sus sentimientos y situación,
no pudo por menos de mostrar su sorpresa ante la facilidad con que cruzaron la bien
asegurada verja.
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»Estaban ahora en campo abierto: era una región mucho más desconocida y salvaje para
Isidora que los floridos senderos de aquella isla desierta donde no tenía enemigo
ninguno. Ahora, en cada brisa oía una voz amenazadora, y en los ecos de sus leves
pasos escuchaba el rumor de pasos que la perseguían.
»La noche era muy oscura..., distinta de las noches estivales de este clima delicioso.
Una ráfaga, a veces fría, a veces sofocante de calor, indicaba cierto extraordinario
cambio en la atmósfera. Hay algo pavoroso en esa especie de sensación invernal en una
noche de verano. El frío, la oscuridad, seguidos de intenso calor, y un pálido, meteórico
relámpago, parecían conjugar los males conjuntos de las diversas estaciones, y trazar su
triste analogía con la vida..., cuyo tormentoso verano deja a la juventud escaso tiempo
para gozar, y cuyo estremecedor invierno deja a la vejez sin esperanza ninguna.
»A Isidora, cuya sensibilidad era aún tan intensamente física que percibía el estado de
los elementos como si fuesen oráculos de la naturaleza que podía interpretar nada más
verlos, le pareció este aspecto oscuro y turbador un presagio pavoroso. Más de una vez
se detuvo, se estremeció y dirigió a Melmoth una mirada de vacilación y terror, que la
oscuridad de la noche, naturalmente, impidió que él observara. Quizá había otra causa...
pero mientras corrían, las fuerzas y el valor de Isidora empezaban a desfallecer. Notaba
que era llevada a una especie de velocidad sobrenatural... le faltaba el aliento,
tropezaban sus pies, y se sentía como sumida en un sueño.
»-¡Deténte! -exclamó, jadeando sin poder más-, deténte!, ¿adónde voy? ¿Adónde me
llevas?
»-A tus desposorios -contestó Melmoth en un tono bajo y casi inarticulado; pero si se
debía a la emoción, o a la velocidad a la que parecían volar, es cosa que Isidora no pudo
averiguar.
»Poco después, se vio obligada a reconocer que no podía seguir, y se apoyó en el brazo
de él, jadeante y muerta de cansancio.
»-¡Déjame descansar -dijo lúgubremente-, en nombre de Dios!
»Melmoth no contestó. Se detuvo, no obstante, y la sostuvo con aire de ansiedad, si no
de ternura.
»Durante este intervalo, ella miró en torno suyo, y trató de distinguir los objetos más
cercanos; pero la intensa oscuridad de la noche hacía este esfuerzo casi imposible, y lo
que pudo descubrir no contribuyó a disipar su alarma. Parecía que iban por un sendero
estrecho y abrupto cercano a un río poco profundo, según pudo ella colegir por el áspero
y ronco rumor de sus aguas bregando con las piedras para abrirse paso. Dicho sendero
estaba flanqueado al otro lado por algunos árboles cuyo desmedrado desarrollo y
retorcidas ramas, extendidas en la dirección del viento que ahora comenzaba a gemir
lastimoso entre ellos, parecían desterrar toda imagen de verano de los sentidos y casi de
la memoria. Cuanto había alrededor era igualmente lúgubre y extraño para Isidora, que
jamás, desde que llegara a la quinta, se había aventurado a rebasar los límites del jardín,
y que aunque así hubiese sido, no habría encontrado probablemente detalle alguno que
le indicase dónde estaba.
»-Es una noche espantosa -dijo ella medio para sí.
»Luego repitió las mismas palabras más audiblemente, quizá con la esperanza de
obtener en respuesta alguna palabra de consuelo. Melmoth callaba... y el ánimo de ella,
vencido por el cansancio y la emoción, se quebró en llanto.
»-¿Ya te arrepientes del paso que has dado? -dijo él, dándole un extraño énfasis a la
palabra ya.
»-¡No, amor mío, no! -replicó Isidora, enjugándose dulcemente las lágrimas-; es
imposible que me arrepienta jamás. Pero esta soledad, esta oscuridad, esta precipitación,
este silencio, tienen algo que casi me produce terror. Me siento como si recorriera
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alguna región desconocida. ¿Son efectivamente vientos del cielo los que soplan a mi
alrededor? ¿Son producto de la naturaleza esos árboles que asienten con sus copas como
espectros? ¡Qué profundo y lúgubre es el susurro de este viento! ¡Me produce
escalofríos, a pesar de lo sofocante que es la noche!... ¡ Y esos árboles proyectan sus
sombras sobre mi alma! ¡Oh, es ésta una noche de bodas? -exclamó, mientras Melmoth,
turbado al parecer por estas palabras, trataba de hacerla correr-. ¿Es ésta una noche de
bodas? Sin padre y sin hermano que me apoyen, ¡Y sin madre junto a mí! ¡Sin un beso
familiar que me salude! ¡Sin amistades que se congratulen! -y sintiendo aumentar sus
temores, exclamó frenéticamente-: ¿Dónde está el sacerdote que ha de bendecir nuestra
unión? ¿Dónde está la iglesia bajo cuyo techo debemos unimos?
»A! oír esto, Melmoth, sujetando el brazo de ella bajo el suyo, trató de hacerla caminar
suavemente.
»-Hay un monasterio en ruinas -dijo-, aquí cerca... Puede que lo vieras desde tu ventana.
»-¡No! No lo he visto jamás. ¿Por qué está en ruinas?
»-No lo sé, se cuentan historias absurdas. Se dice que el superior, o prior, o... el no-séqué,
leyó ciertos libros cuyo contenido no estaba enteramente sancionado por las reglas
de la orden; libros de magia dijeron que eran. Hubo muchos rumores sobre eso,
recuerdo; y algunos referentes a la Inquisición; pero el final del asunto fue que el prior
desapareció, unos dijeron que en las prisiones de la Inquisición, y otros que bajo una
custodia mucho más segura (aunque no concibo cuál podría ser); y los hermanos fueron
trasladados a otras comunidades, y se abandonó el edificio. Hubo algunas ofertas por
parte de las comunidades de otras órdenes religiosas, pero las malas aunque vagas y
absurdas habladurías que habían corrido sobre él las disuadieron de su pretensión de
habitarlo..., y poco a poco el edificio se fue desmoronando. Aún conserva todo lo que
puede hacerlo santo a los ojos de los fieles. Hay crucifijos y lápidas y alguna que otra
cruz erigida donde ha habido algún homicidio; pues, por una extraña coincidencia de
gusto, un bandido ha fijado allí ahora su guarida, y el comercio de oro por almas, que
antes llevaban a cabo tan provechosamente sus moradores, se ha trocado en el comercio
actual de almas por oro.
»A estas palabras, Melmoth notó que el débil brazo que se apoyaba en el suyo se había
retirado; y se dio cuenta de que su víctima, entre estremecimientos y esfuerzos, se había
apartado de él.
»-Pero ahí -añadió-, en medio incluso de esas ruinas, habita un santo ermitaño, que ha
fijado su residencia cerca del lugar: él nos unirá en su capilla, según los ritos de tu
Iglesia. Él pronunciará su bendición sobre nosotros, y uno de los dos, al menos, quedará
bendecido.
»-¡Espera! -dijo Isidora, deteniéndose y quedándose a la distancia que le fue posible
apartarse de él; su frágil figura irradiaba esa dignidad majestuosa con que la naturaleza
la había investido en otro tiempo como pura y única soberana de su isla paradisíaca-.
¡Espera! -repitió-; no te acerques a mí un solo paso; no me dirijas una palabra más,
hasta que me digas cuándo y cómo voy a unirme contigo; ¡cómo voy a convertirme en
tu esposa! He soportado muchas dudas y terrores, sospechas y persecuciones, pero...
»-¡Escúchame, Isidora! -dijo Melmoth, aterrado ante esta repentina determinación.
»-Escúchame tú a mí -dijo la tímida pero heroica joven, saltando con la elasticidad de
sus antiguos movimientos sobre un risco que se alzaba por encima del sendero, y
encaramándose a un fresno que había brotado de sus grietas-. ¡Escúchame tú a mí!
¡Antes arrancarás este árbol de su lecho de piedra que a mí de su tronco! ¡Antes arrojaré
este cuerpo mío al cauce rocoso del río que gime a mis pies, que descender a tus brazos,
si no me juras que me tendrás con honra y seguridad! ¡Por ti he renunciado a todo lo
que mis recién aprendidos deberes me enseñaron que es sagrado!, ¡a todo lo que desde
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hacía tiempo me susurraba el corazón que debía amar! Juzga, por lo que he sacrificado,
lo que puedo sacrificar... y no dudes que preferiría ser diez mil veces mi propia víctima,
antes que la tuya!
»-¡Por todo lo que consideras sagrado! -exclamó Melmoth, humillándose hasta
arrodillarse ante ella-: ¡mis intenciones son tan puras como tu propia alma!, ¡la ermita
no está a más de cien pasos de aquí! Vamos, y no frustres, por una fanática e infundada
aprensión, toda la magnanimidad y ternura que hasta ahora has mostrado, y el haberte
elevado ante mis ojos no sólo por encima de tu sexo, sino por encima de toda tu especie.
De no haber sido lo que eres, y lo que ninguna otra más que tú podría ser, jamás habrías
sido la prometida esposa de Melmoth. ¿Con quién sino contigo uniría él su tenebroso e
inescrutable destino? Isidora -añadió en tono más potente y enérgico, al notar que
dudaba aún, y se agarraba al árbol-, Isidora, ¡qué mezquino, qué indigno de ti es eso!
Estás en mi poder; absolutamente, irremisiblemente en mi poder. Ningún ser humano
puede verme, ningún ser humano puede ayudarte. Estás tan desamparada en mis garras
como un niño. Este río tenebroso no contará las historias de los hechos que manchen sus
aguas, ¡Y el viento que aúlla a tu alrededor jamás llevará tus gemidos a oídos mortales!
Estás en mi poder; sin embargo, no pretendo valerme de él. Te ofrezco mi mano para
conducirte a un edificio sagrado, donde nos uniremos de acuerdo con la costumbre de tu
país... así que, ¿cómo persistes en esta caprichosa e infructuosa rebeldía?
»Mientras él hablaba, Isidora miró en torno suyo con desamparo: cada objeto era una
confirmación de sus argumentos; se estremeció, y cedió. Pero mientras caminaban en
silencio, no pudo evitar romperlo para dar expresión a las mil tribulaciones que
oprimían su corazón.
»-Pero tú hablas -dijo en un tono contenido y suplicante-, tú hablas de la religión en
unos términos que me hacen temblar; hablas de ella como de una moda de un país,
como de una forma, de un accidente, de un hábito. ¿Qué fe profesas tú? ¿Qué iglesias
frecuentas? ¿Qué ritos sagrados practicas?
»-Yo venero todos los credos por igual, tengo todos los ritos religiosos... sobre todo en
determinado sentido -dijo Melmoth, mientras su primitiva, violenta y burlona ligereza
luchaba inútilmente con un involuntario sentimiento de horror.
»-Entonces, ¿crees efectivamente en las cosas sagradas? -preguntó Isidora-. ¿De
verdad? -repitió ansiosa.
»-Creo en un Dios -contestó Melmoth con una voz que le heló la sangre-; tú has oído
hablar de los que creen y tiemblan; ¡pues de ésos es el que te habla!
»Los conocimientos que Isidora tenía del libro del que él acababa de citar estas palabras
eran demasiado limitados para permitirle comprender la alusión. Dada la educación
religiosa que había recibido, conocía mejor el breviario que la Biblia; y aunque siguió
preguntando con tímido y ansioso tono, no sintió un terror adicional ante unas palabras
que no comprendía.
»-Pero -prosiguió- el cristianismo es algo más que una creencia en Dios. ¿Crees también
en todo lo que la Iglesia católica declara que es esencial para la salvación? ¿Crees que?
y aquí añadió un nombre demasiado sagrado, acompañado de términos demasiado
tremendos, para consignarlo en páginas tan triviales como éstas53.
»-Lo creo todo... lo sé todo -contestó Melmoth con una voz de agria y renuente
confesión-. Por infiel y cínico que pueda parecerte, no hay mártir en la Iglesia cristiana,
entre los que ardieron en otros tiempos en la hoguera por su Dios, que ostente o exhiba
una prueba más resplandeciente de su fe que la que yo ostentaré un día... y para siempre.
Sólo hay una pequeña diferencia entre nuestros testimonios, en lo que respecta a la
53 Aquí Moncada expresó su sorpresa ante este pasaje (que tenía más sabor a cristianismo que a
judaísmo), considerando que estaba en el manuscrito de un judío. (N. del A.)
271
duración. Por la fe que abrazaron, ardieron unos momentos... no muchos por cierto.
Algunos murieron asfixiados antes de que las llamas prendieran en sus cuerpos; pero yo
estoy condenado a sostener el testimonio de la verdad del evangelio en medio de llamas
que arderán por los siglos de los siglos. ¡Así que, mira a qué glorioso destino se une el
tuyo, esposa! Como cristiana, te alegrarás de ver a tu esposo en la hoguera, y probar su
devoción en medio de los haces de leña. ¡Cómo debe de ennoblecer, pensar que durará
por toda la eternidad!
»Melmoth dirigió estas palabras a unos oídos que ya no escuchaban. Isidora se había
desmayado: cogida aún con mano fría al brazo de él, cayó al suelo desamparada y sin
sentido. Melmoth, al verla, mostró más sentimiento del que habría podido suponerse en
él. La liberó de los pliegues de su manto, roció sus frías mejillas con agua del río, y
llevó su cuerpo a donde pudiese recibir un soplo de aire. Isidora se recobró; pues su
desmayo se debía más a la fatiga que al temor; y, con su recuperación, pareció cesar la
breve ternura de su amante. En el momento en que fue capaz de hablar, Melmoth la
instó a que continuara; y mientras ella intentaba obedecerle, él le aseguró que había
recobrado sus fuerzas, y que el lugar adonde iban estaba sólo a unos pasos. Isidora se
esforzó en continuar. El camino ahora ascendía por una empinada cuesta. Dejaron atrás
el murmullo del río y los suspiros de los árboles; el viento, también, había amainado,
pero la noche seguía siendo intensamente oscura, y la ausencia de todo ruido le pareció
a Isidora que aumentaba la desolación del paisaje. Deseó poder oír algo, aparte de su
agitada y penosa respiración, y de los audibles latidos de su corazón. Al bajar la cuesta
por la otra ladera, volvió a oír débilmente el murmullo de las aguas; y ahora, en la
quietud de la noche, tenía una cadencia tan melancólica que habría deseado acallarlo.
»Así, para los desventurados, el mismo cumplimiento de sus morbosos deseos se
convierte siempre en fuente de desengafio, y el cambio que ellos esperaban se hace
deseable sólo en tanto les da motivo para anhelar otro cambio. Por la mañana dicen:
"¡Pluguiera a Dios que fuese de noche!" y llega la noche, y exclaman: "¡Pluguiera a
Dios que fuese de día!" Pero Isidora no tuvo tiempo de analizar sus sentimientos; una
nueva preocupación la asaltó; y como fácilmente podía adivinar por la creciente
velocidad de Melmoth, y su constante volver la cabeza hacia atrás con impaciencia,
también debió de asaltarle a él. Y el ruido que durante algún tiempo habían estado
ambos esperando oír (sin comunicarse el uno al otro sus sentimientos), comenzó a
hacerse más distinto por momentos. Era un rumor de pasos humanos, evidentemente en
pos de ellos, cuya creciente velocidad, y violencia en el modo de pisar, daban la
irresistible idea de una acalorada y ansiosa persecución. Melmoth se detuvo
súbitamente, e Isidora se cogió temblando a su brazo. Ninguno de los dos pronunció una
sola palabra; pero los ojos de Isidora, siguiendo instintivamente el gesto leve y temeroso
del brazo de él, vio que señalaba una figura tan oscura, que al principio le pareció una
rama moviéndose en la bruma de la noche, luego se perdió en la oscuridad al descender
la colina, y reapareció en forma humana; al menos en la medida en que la negrura de la
noche permitía discernir su silueta. Siguió avanzando; sus pisadas eran cada vez más
audibles y su forma más distinta. Entonces se apartó Melmoth súbitamente de Isidora,
quien, temblando de terror, pero incapaz de articular una palabra para rogarle que no la
dejase, se quedó sola, temblándole el cuerpo todo casi hasta la disolución, y sintiendo
los pies como si los tuviese clavados en el suelo. No supo lo que ocutrió. Hubo un breve
y confuso forcejeo entre las dos figuras... Yen ese espantoso intervalo, le pareció oír la
voz de un viejo criado, muy afecto a ella, que la llamaba, al principio con acentos de
reconvención y súplica, después con gritos ahogados y entrecortados de: "¡Auxilio!
¡Auxilio! ¡Auxilio!" Luego oyó un ruido, como si se precipitase un cuerpo pesado en las
aguas que murmuraban abajo. Cayó pesadamente, gimió la ola, y la oscura colina gimió
272
una respuesta, como intercambian los homicidas sus apagados y nocturnos susurros
sobre sus sangrientas fechorías..., y todo volvió a quedar en silencio. Isidora apretó sus
fríos y crispados dedos sobre sus ojos, hasta que una voz susurrante, la voz de Melmoth,
dijo:
»-Vamos deprisa, amor mío.
»-¿Adónde? -dijo Isidora sin tener idea del sentido de las palabras que pronunciaba.
»-Al monasterio en ruinas, amor mío; a la ermita donde el hombre santo, el hombre de
tu fe, debe unimos.
»-¿Dónde están los pasos que nos seguían? -dijo Isidora, recobrando de pronto la
memoria.
»- Ya no nos seguirán más.
»-Pero yo vi una figura.
»- Ya no la volverás a ver.
»-He oído caer algo al agua; algo pesado... como un cadáver.
»-Era una piedra que ha caído desde lo alto del monte; ha dado contra las aguas, las ha
rizado, las ha hecho espejear un instante, pero se la han tragado ya; y les ha gustado
tanto el bocado que no parecen dispuestas a renunciar a él.
»Siguió andando ella, sumida en profundo horror, hasta que Melmoth señaló hacia una
confusa e indefinida masa de lo que, en la negrura de la noche, tenía forma de roca, de
arboleda, o de macizo y oscuro edificio, según el ojo o la imaginación; y susurró:
»-Ahí están las ruinas, y cerca de ellas se encuentra la ermita. Un esfuerzo más, un poco
de ánimo y valor, y estaremos allí.
»Apremiada por estas palabras, y más aún por un indefinible deseo de poner fin a este
sombrío viaje, a estas misteriosas aprensiones, aun a riesgo de descubrir al final algo
peor que lo soportado hasta ahora, Isidora recurrió a todas las fuerzas que le quedaban
y, sostenida por Melmoth, comenzó a subir el empinado terreno, en lo alto del cual se
elevó en otro tiempo el monasterio. Había habido un sendero, pero ahora estaba
obstruido por las piedras y deformado por las raíces intrincadas y retorcidas de los
árboles abandonados que en otro tiempo fueron su protección y su gracia.
»Al acercarse, pese a la oscuridad de la noche, vieron recortarse la silueta de las ruinas,
distinta y característica, y el corazón de Isidora empezó a latir con menos violencia al
comprobar, por los restos de la torre y su aguja, el inmenso ventanal del este y las
cruces visibles aún sobre cada pináculo y tímpano ruinosos- que eran como el triunfo de
la religión en medio de la ruina y la aflicción -, que había sido un edificio destinado a
fines sagrados. Un estrecho sendero, que parecía rodear el edificio, les condujo a una
fachada que dominaba un extenso cementerio, a un extremo del cual Melmoth le señaló
una sombra confusa diciendo que era la ermita, y que se iba a acercar para llamar al
ermitaño, que era también sacerdote, para que les casase.
»-¿No puedo acompañarte? -dijo Isidora, mirando las sepulturas a su alrededor que iban
a ser sus compañeras de soledad.
»-Va contra sus votos -dijo Melmoth-admitir una mujer a su presencia, salvo cuando le
obliga el cumplimiento de sus deberes.
»Dicho esto se alejó corriendo; e Isidora, sentándose a descansar sobre una tumba, se
envolvió con el velo, como si sus pliegues pudieran disipar sus pensamientos. Unos
momentos después, al faltarle la respiración se lo quitó; pero al no descubrir sus ojos
otra cosa que lápidas y cruces y toda esa vegetación sepulcral que tanto gusta de sacar
fuera sus raíces y extender su desagradable verdor entre las grietas de las lápidas, los
cerró otra vez, y se estremeció ante su soledad. De pronto, le llegó un débil ruido, como
el murmullo de una brisa; alzó los ojos, pero el viento había cesado y la noche estaba
completamente tranquila. Se repitió el mismo susurro, como el paso de una brisa leve, y
273
volvió los ojos en la dirección de la que parecía venir; y, a cierta distancia de ella,
distinguió como una figura humana que se movía lentamente junto a la valla del
cementerio. Aunque no parecía acercarse (se movía más bien en un pequeño círculo, en
el límite de lo que ella tenía a la vista), le dio la impresión de que era Melmoth; así que
se levantó, en espera de que viniese a su encuentro. Pero en ese instante, la figura,
volviéndose y medio deteniéndose, pareció extender su brazo hacia ella, y agitarlo una o
dos veces; aunque no supo si el gesto era de advertencia o de rechazo. Seguidamente,
reanudó su vacilante y sigilosa marcha; y un momento después, las ruinas la ocultaron
de su vista. No tuvo Isidora tiempo de distraerse con esta singular aparición, porque
Melmoth se encontraba ahora a su lado, instándola a que le siguiera. Dijo que había una
capilla adosada a las ruinas, aunque no tan deteriorada como éstas, donde aún se podían
celebrar ceremonias religiosas, y donde el sacerdote había prometido reunirse con ellos
unos momentos después.
»-Va ahí, delante de nosotros -dijo Isidora, refiriéndose a la figura que había visto-; creo
que lo he visto.
»-¿A quién? -dijo Melmoth sobresaltado, deteniéndose hasta tanto no le contestase su
pregunta.
»-He visto una figura -dijo Isidora temblando-; me ha parecido ver una figura que se
dirigía hacia las ruinas.
»- Te has equivocado -dijo Melmoth; pero un momento después añadió-: Deberíamos
estar allí antes que él.
» Y echó a correr con Isidora. Aflojando de pronto el paso, preguntó con voz ahogada e
indistinta si había oído una música previa a las visitas que él le había hecho, o algún
sonido en el aire.
»-Nunca -fue la respuesta.
»-¿Estás segura?
»-Completamente.
»En ese momento subieron los peldaños rotos y desiguales que conducían a la entrada
de la capilla, pasaron bajo su pórtico oscuro y cubierto de hiedra, entraron luego en el
recinto que, aun en la oscuridad, parecía a los ojos de Isidora ruinoso y desierto.
»- Todavía no ha llegado -dijo Melmoth con voz alterada-, espera aquí un momento.
»E Isidora, acobardada por un terror superior a su resistencia e incluso a su capacidad de
suplicar, le vio alejarse sin un gesto para detenerle. Le pareció que dicho gesto habría
sido vano. Una vez sola, echó una mirada a su alrededor, y una débil y vaga claridad de
luna asomó en ese momento en el cielo, entre pesadas nubes, iluminando los objetos
que la rodeaban. Había una ventana, pero sus cristales emplomados, rotos y
descoloridos ocupaban un raro y angosto vano entre estriadas columnas de piedra. La
hiedra y el musgo tapaban los fragmentos de vidrio, y se adherían en torno a los pilares
de columnas adosadas. Al pie del ventanal vio los restos de un altar y un crucifijo, pero
parecían la obra tosca de las primeras manos que ejecutaron tales trabajos. Había
también una pila de mármol que parecía destinada a contener agua bendita, pero estaba
vacía; y un banco de piedra, e Isidora se dejó caer en él extenuada, aunque sin
esperanzas de descansar. Una o dos veces miró hacia el ventanal, a través del cual
entraba la luz de la luna, con esa instintiva sensación de su anterior existencia que la
hacía compañera de los elementos, y de la hermosa y gloriosa familia del cielo, bajo
cuya ardiente luz imaginó una vez que la luna era su padre y las estrellas sus hermanas.
Miró hacia el ventanal otra vez, como alguien que ama la luz de la naturaleza, y aspiró
de sus rayos salud y verdad, hasta que una figura, al cruzar lenta aunque visiblemente
ante los pilares, le reveló el rostro de aquel viejo criado cuyo semblante recordaba tan
bien. Éste pareció mirarla con una expresión primero de profunda meditación, y luego
274
de compasión; después, la figura se alejó del ruinoso ventanal, y resonó un grito débil y
quejumbroso en los oídos de Isidora al desaparecer.
»En ese momento, la luna que tan desmayadamente había iluminado la capilla se ocultó
tras una nube, y todo volvió a quedar envuelto en tan profundas tinieblas que Isidora no
se dio cuenta de la presencia de Melmoth hasta que su mano apretó la de ella, y su voz
le susurró:
»-Aquí está, dispuesto a casarnos.
»Los prolongados terrores de estas nupcias no le habían dejado aliento alguno para
articular una sola palabra, y se inclinó sobre el brazo que sintió junto a ella, no en un
gesto de confianza, sino en busca de apoyo. El lugar, la hora, los objetos, todo estaba
sumido en tinieblas. Oyó un susurro apagado como si se acercas e otra persona; trató de
captar unas palabras, pero no supo qué decían; trató de hablar, también, pero no supo
qué decir. Todo eran brumas y tinieblas en su interior; no se enteró de lo que se había
murmurado, no notó que la mano de Melmoth apretaba las suyas... Pero sí notó que la
mano que los unía, y juntaba las manos de ellos cubriéndolas por encima, era fría como
la de la muerte.
__________ __ _
___ ____ __ ____, ___ ___ ___ ___
HOMERO
»Debemos retroceder ahora un corto espacio de tiempo en nuestro relato, hasta la noche
en que quiso la suerte, como él mismo la calificaba, que don Francisco de Aliaga, padre
de Isidora, topara con aquellos cuya conversación había producido tan honda impresión
en él.
»Regresaba a casa pensando en su fortuna: la certeza de haber alcanzado la plena
seguridad frente a los males que asedian la vida, y de poder hacer frente a todas las
causas externas de infelicidad. Se sentía como el hombre que "disfruta de sus
posesiones", y experimentaba también una grave y placentera satisfacción ante la idea
de reunirse con su familia, la cual le miraba con profundo respeto como al autor de sus
fortunas; de recorrer su propia casa entre inclinaciones de cabeza de la servidumbre y de
los parientes obsequiosos, con el mismo paso lento de autoridad con que recorría el
comercio, entre ricos mercaderes, y veía a los más opulentos inclinarse cuando se
acercaba y, una vez había pasado, señalar al hombre de cuyo grave saludo se sentían
orgullosos, y susurrar: 'Ahí va el rico Aliaga'. Así pensaba y sentía, como los hombres
más afortunados: con un honesto orgullo por sus éxitos mundanos, una exagerada
expectativa de homenaje por parte de la sociedad (que a menudo ven frustrada por el
desprecio), y una última confianza en el respeto y la devoción de su familia, a la que
han enriquecido, la cual les compensa ampliamente de los desaires a que pueden estar
expuestos allí donde su riqueza es desconocida, y su recién adquirida importancia
inapreciada... o, si lo es, no en su justo precio. Pensando y sintiendo de este modo,
retornaba don Francisco a su casa.
»En una venta miserable donde se vio obligado a detenerse, encontró tan mal acomodo,
y el calor de la época era tan insoportable en las bajas y estrechas habitaciones sin
ventanas, que prefirió cenar al aire libre, en un banco de piedra junto a la puerta. No
podemos decir que se imaginara allí agasajado con truchas y pan candeal como don
Quijote, y mucho menos que fuese servido por damas; al contrario: estaba don
Francisco ingiriendo una flaca comida acompañada de un vino lamentable, totalmente
275
consciente de la mediocridad de una y otro, cuando vio venir a uno a caballo, el cual se
detuvo y pareció como dispuesto a parar en la venta (el intervalo de esta pausa no fue lo
bastante largo como para permitirle a don Francisco fijarse en la figura ni ver la cara del
caballero, y reconocerle en caso de topar con él más tarde; tampoco había nada especial
en su aspecto que llamase o atrajese la atención). Hizo una seña al ventero, se acercó
éste con lento y desganado paso, y pareció contestar a todas las preguntas con enérgicas
negativas; finalmente, cuando el viajero reemprendió su viaje, regresó a su puesto,
santiguándose con todas las muestras del terror y la deprecación.
»Había algo más, en esta actitud, de lo que habría podido atribuirse al habitual mal
humor del ventero español. Picado por la curiosidad, le preguntó don Francisco si había
pedido el desconocido pasar la noche en la venta, dado que el tiempo amenazaba
tormenta.
»-No sé qué quería -contestó el hombre-; pero una cosa sí sé, y es que no soportaría que
pasase una sola hora bajo mi techo, ni por toda la recaudación de Toledo. Me tiene sin
cuidado si amenaza tormenta; ¡los que pueden provocarlas son los que con más justicia
deben apechar con ellas!
»Don Francisco le preguntó cuál era la causa de tan extraordinarias expresiones de
aversión y terror, pero el ventero movió negativamente la cabeza y guardó silencio con
el cauteloso recelo, por así decir, del que se encuentra dentro del círculo de un hechicero
y teme cruzar la raya, no vaya a convertirse en presa de los espíritus que acechan al otro
lado dispuestos a aprovecharse de tales transgresiones.
»Por último, a repetidas instancias de don Francisco, dijo:
»- Vuestra señoría debe de ser forastero en esta parte de España, ya que no ha oído
hablar de Melmoth el Errabundo.
»-Jamás he oído ese nombre -dijo don Francisco-; así que os ruego, hermano, que me
digáis cuanto sepáis de esa persona, cuyo carácter, si puedo juzgar por el modo con que
habláis de él, debe de ser extraordinario.
»-Señor-respondió el hombre-, si tuviese yo que contar todo lo que se dice de esa
persona, no podría cerrar los ojos esta noche; y si lo hiciese, sería para soñar cosas tan
horribles, que antes preferiría permanecer despierto toda mi vida. Pero, si no me
equivoco, hay en casa alguien que podría satisfacer vuestra curiosidad: se trata de un
caballero que está preparando para la estampa una colección de hechos relativos a tal
personaje, y que ha estado durante algún tiempo solicitando en vano licencia para
imprimirlos, siendo discreta decisión del Gobierno no considerarlos apropiados para ser
leídos por ojos católicos, ni para circular en una cristiana comunidad.
»Mientras el ventero hablaba, y hablaba con una seriedad que hizo al menos que el
oyente sintiese la convicción que él trataba de transmitir, la persona a la que se refería
se había acercado a don Francisco. Al parecer, había oído casualmente la conversación,
y no parecía oponerse a que prosiguiera. Era un hombre de grave y sosegado aspecto, y
tan lejos de toda apariencia de impostura o de ostentación teatral y superchería, que don
Francisco, serio, suspicaz y cauto como buen español, y más aún como mercader
español, no pudo por menos de otorgarle su confianza, aunque se abstuvo de
manifestarlo lo más mínimo.
»-Señor-dijo el desconocido-, lo que mi hospedero os ha dicho no es sino la pura
verdad. La persona que habéis visto pasar a caballo es uno de esos seres tras los cuales
la curiosidad humana husmea en vano, y cuya vida está destinada a quedar registrada en
desorbitadas leyendas que almacenan polvo en los anaqueles de los curiosos, no siendo
creídas y sí menospreciadas aun por quienes gastan sumas cuantiosas en coleccionarlas,
los cuales menosprecian el contenido de los volúmenes del que depende su valor. Éste
no es, sin embargo, creo yo, sino un ejemplo de persona que, aún viva, y aparentemente
276
en ejercicio de todas las funciones de agente humano, se ha convertido ya en asunto de
memorias escritas y tema de historia tradicional. Hay varias circunstancias relativas a
este extraordinario personaje que están ya en manos de curiosos y coleccionistas
entusiastas; yo mismo he tenido conocimiento de una o dos que no se hallan entre las
menos extraordinarias. El maravilloso período de vida que, según se dice, le ha sido
concedido, y la facilidad con que se ha observado que se desplaza de una región a otra
(conociendo a todos y no siendo conocido de nadie), son la principal causa de que sean
tan numerososas y similares las aventuras en las que anda implicado.
»Terminó de hablar el desconocido, y la tarde empezó a oscurecer, al tiempo que caían
unas cuantas gotas gordas y pesadas.
»-Esta noche va a haber tormenta -dijo el desconocido, mirando hacia el campo con
cierta preocupación-; será mejor que entremos; y si vais a estar desocupado, señor,
desearía pasar en vuestra compañía algunas horas de esta desagradable noche, y
referiros algún que otro detalle sobre el Errabundo, de los que he podido tener
conocimiento cierto.
»Don Francisco accedió a esta proposición tanto por curiosidad como por la
impaciencia de la soledad, que nunca es tan insoportable como en una venta, y más
durante tiempo de tormenta. Don Montilla le había dejado también para ir a visitar a su
padre -quien se encontraba en estado de postración-, acordando que se reunirían de
nuevo en las proximidades de Madrid. Así que pidió a sus criados que le condujesen a
su aposento, y hacia allí invitó cortésmente a su recién conocido.
»Imaginadles ahora sentados en el aposento superior de una venta española cuyo
aspecto, aunque lúgubre e incómodo, era sin embargo pintoresco, y nada inapropiado
como escenario donde se iba a relatar y escuchar una historia insensata y prodigiosa. No
había lujo artístico que regalara los sentidos o distrajera la atención, permitiendo que el
oyente rompiese el encanto que le sujetaba al mundo del horror y restableciese todas las
consoladoras realidades y comodidades de la vida ordinaria, como el que sale de un
sueño de tortura y se encuentra despierto y tumbado en la cama. Las paredes estaban
desnudas, el techo cruzado por vigas, y el único mueble que había era una mesa, junto a
la cual se sentaron don Francisco y su compañero, el uno en una silla de alto respaldo, y
el otro en un escabel tan bajo que daba la impresión de estar sentado a los pies de su
oyente. Sobre la mesa había una lámpara, cuya luz hacía parpadear el viento que
suspiraba a través de las muchas grietas de la quejumbrosa puerta, iluminando
alternativamente los labios que se estremecían al leer, y las mejillas cada vez más
pálidas del oyente, el cual se inclinaba para captar las palabras a las que el temor
confería un tono más cavernoso y patético al término de cada página. La creciente voz
de la tormentosa noche parecía armonizar de extraña y lúgubre manera con los
sentimientos del oyente. Llegó la tormenta, no con repentina violencia, sino con hosca y
largamente contenida ira, retrocediendo a veces, por así decir, hacia el borde del
horizonte, y regresando luego, y haciendo retumbar sus truenos pavorosos sobre el
mismísimo tejado. y mientras el desconocido proseguía su relato, cada pausa que la
emoción o el cansancio ocasionaban era ocupada por el estrépito de la copiosa lluvia
que caía torrencial, los gemidos del viento y, de vez en cuando, por algún débil,
distante, pero prolongado retumbar del trueno.
»-Parece -dijo el desconocido -como si protestasen los espíritus de que sean revelados
sus secretos.
__________ ___ _
“[...]
-And the twain were playing dice.
277
[…]
Thegame is done, I've won, I've won,
Quoth she, and whistled thrice.
COLERIDGE, Rhyme of me Ancient' Mariner.
_ ____ _ __ __ ____ _!_ " ____ __ ___ # $ " % _
»Parte de lo que vaya leeros -dijo el desconocido-, lo he presenciado yo. El resto se
asienta sobre una base todo lo firme que la evidencia humana puede establecer:
»En la ciudad de Sevilla, donde viví muchos años, conocí a un rico mercader de muy
avanzada edad que era conocido por el nombre de Guzmán el rico. Era de oscuro
nacimiento, y quienes rendían homenaje a su riqueza lo bastante como para pedirle
prestado con frecuencia, no honraban jamás su nombre haciéndolo preceder del prefijo
don, ni añadiendo su apellido, que, como es natural, ignoraba la mayoría; y entre ellos,
se decía, el propio mercader. Era muy respetado, sin embargo; y cuando veían salir a
Guzmán, con la misma regularidad que el toque de vísperas, de la estrecha puerta de su
casa, cerrarla con cuidado, inspeccionarla dos o tres veces con ojos ansiosos, enterrar la
llave en su pecho, y dirigirse lentamente a la iglesia, tentándose la llave por encima de
la ropa durante todo el trayecto, las más orgullosas cabezas de Sevilla se descubrían a su
paso, y los niños que jugaban en la calle suspendían sus diversiones hasta que hubiese
pasado él.
»Guzmán no tenía esposa ni hijos... ni parientes ni amigos. Toda su servidumbre estaba
constituida por una vieja criada que le atendía, y sus gastos personales se calculaban al
nivel de la más estrecha frugalidad; era, pues, tema de ansiosa conjetura para muchos
cuál sería el destino de su enorme fortuna cuando muriese. Esta ansiedad dio lugar a
indagaciones sobre la posibilidad de que Guzmán tuviera parientes, aunque remotos y
oscuros; y la diligencia en la investigación, cuando se ve estimulada a la vez por la
avaricia y la curiosidad, es insaciable. Así que se descubrió finalmente que Guzmán
había tenido en tiempos una hermana, mucho más joven que él, la cual, a edad muy
temprana, se había casado con un músico alemán protestante, marchándose de España
poco después. Se recordaba, o se rumoreaba, que ella había hecho grandes esfuerzos por
ablandar el corazón y abrir la mano de su hermano, que ya entonces era muy rico, y
convencerle para que se reconciliase con su unión, permitiendo así que ella y su marido
permanecieran en España. Guzmán fue inflexible. Opulento, y orgulloso de su
opulencia, habría sido capaz de digerir el poco sustancioso bocado de su unión con un
pobre, a quien él podía haber hecho rico; pero se negó a tragar siquiera la noticia de que
su hermana se había casado con un protestante. Inés -pues tal era el nombre de la
hermana- y su marido se fueron a Alemania, confiando en parte en las habilidades
musicales de él, que eran altamente apreciadas en ese.país, en parte en las vagas
esperanzas de los emigrantes, de que con el cambio de lugar vendría el cambio de
circunstancias... y en parte, también, pensando que la desventura se sobrelleva en
cualquier lugar menos en presencia de quien la inflige. Tal fue la historia contada por un
viejo que afirmaba recordar los hechos, y creída por un joven cuya imaginación suplía
todos los defectos de la memoria, representándosela, de una belleza subyugan te, con
sus hijos cogidos a su alrededor, embarcando con un marido hereje hacia un país lejano
y despidiéndose con tristeza de la tierra y la religión de sus padres.
»Ahora, mientras se hablaba de estas cosas en Sevilla, Guzmán cayó enfermo y fue
deshauciado por los físicos, a los que consintió en llamar de muy mala gana.
278
»En el proceso de su enfermedad, tanto si la naturaleza visitó de nuevo a un corazón al
cual parecía haber abandonado hacía tanto tiempo, o si concibió él que la mano de un
pariente podía ser más grato apoyo para su cabeza moribunda que la de una criada rapaz
y servil, o si el fuego de sus pasiones se debilitó ante la esperada proximidad de la
muerte como palidece la llama artificial de la vela cuando surge la mañana, así pensó
Guzmán, enfermo, en su hermana y su familia, y expidió -lo que le supuso un gasto
considerable- un mensajero a la región de Alemania donde ella residía para invitarla a
que regresase y se reconciliase con él; y rezó devotamente por que se le permitiese vivir
hasta poder expirar en los brazos de ella y de sus hijos. Además, corría un rumor en ese
tiempo al que los oídos prestaban más interés que a cualquier otra cosa referente a la
vida o la muerte de Guzmán, y era que había anulado su primer testamento y había
mandado llamar a un notario, con el que, pese a su evidente debilidad, estuvo encerrado
varias horas, dictando en un tono que, aunque claro para el notario, no sonaba
distintamente a los oídos que, tensos hasta extremos angustiosos, estaban pegados a la
puerta doblemente cerrada de su cámara.
»Todos los amigos habían intentado disuadir a Guzmán de hacer este esfuerzo, el cual,
aseguraron, sólo contribuiría a precipitar su desenlace. Pero para sorpresa y sin duda
alegría de todos ellos, desde el momento en que hubo hecho su testamento, la salud de
Guzmán comenzó a mejorar, y en menos de una semana empezó a pasear por su
cámara, a calcular cuánto tiempo tardaría en llegar un mensajero a Alemania, y cuánto
tendría que esperar para recibir noticias de su familia.
»Transcurrieron algunos meses, y los sacerdotes aprovecharon este intervalo para
presionar a Guzmán. Pero tras realizar todos los esfuerzos de ingeniosidad, y de
acosarle intensa aunque infructuosamente por el lado de la conciencia, del deber y de la
religión, empezaron a comprender su interés, y cambiaron de táctica. Pero al ver que el
decidido objetivo del alma de Guzmán no cambiaba, y que estaba dispuesto a llamar a
su hermana y a su familia a España, se contentaron con pedirle que no se comunicase
con la herética familia, salvo a través de ellos, y que no viese a su hermana ni a sus
hijos, a menos que estuviesen ellos presentes en la entrevista.
»Guzmán accedió fácilmente a esta condición, ya que no sentía clara inclinación a ver a
su hermana, cuya presencia podía despertarle sentimientos apagados y deberes
olvidados. Además, era hombre de hábitos arraigados; y la presencia del ser más
interesante de la tietra, que amenazase la más leve alteración o suspensión de esos
hábitos, podría haberle resultado insoportable.
»Así nos endurecen a todos la vejez y los hábitos, y nos damos cuenta al final de que los
lazos más queridos de la naturaleza o de la pasión pueden sacrificarse a esas pequeñas
indulgencias que la presencia o influencia de un extraño puede alterar. De este modo,
Guzmán oscilaba entre su conciencia y sus sentimientos. Y decidió, pese a todos los
sacerdotes de Sevilla, invitar a su hermana y su familia a venir a España, y dejarles toda
su inmensa fortuna (y a este efecto escribió y escribió repetida y explícitamente). Pero,
por otra parte, prometió y juró a sus consejeros espirituales que jamás vería a uno solo
de los miembros de la familia, y que, aunque su hermana heredase su fortuna, ella
nunca, nunca vería su rostro. Quedaron satisfechos los sacerdotes, o aparentaron quedar,
con esta declaración. y Guzmán, habiéndoselos propiciado con generosos ofrecimientos
de capillas a diversos santos, a cada uno de los cuales se atribuyó su recuperación en
exclusividad, se sentó a calcular el probable gasto que le supondría el regreso de su
hermana a España, y la necesidad de proveer para su familia, a la que, por así decir,
desarraigaba de su lecho natal, y por lo cual se sentía obligado, con toda honradez, a
hacerles prosperar en el suelo al que los trasplantaba.
279
»Ese mismo año regresaron a España su hermana, su marido y sus cuatro hijos. Ella se
llamaba Inés y su marido Walberg. Éste era un hombre trabajador, y un músico
excelente. Su talento le había facilitado la plaza de maestro de capilla del duque de
Sajonia; y sus hijos se educaban (de acuerdo con sus medios) para ocupar su puesto
cuando él lo dejase vacante por fallecimiento o accidente, o para entrar como maestros
de música en las cortes de los príncipes alemanes. Él y su esposa habían vivido en la
mayor frugalidad, y esperaban aumentar para sus hijos, con el ejercicio de sus aptitudes,
los medios de esa subsistencia que diariamente luchaban por proveer.
»El hijo mayor, que se llamaba Everhard, había heredado el talento musical de su padre.
Las hijas, Julia e Inés, habían estudiado música también, y eran muy hábiles en el
bordado. El más pequeño, Mauricio, era alternativamente la delicia y el tormento de la
familia.
»Durante bastantes años habían luchado con dificultades demasiado insignificantes para
entrar en ellas, aunque demasiado rigurosas para no ser dolorosamente sentidas por
aquellos cuyo destino es enfrentarse con ellas a diario y a todas horas... Hasta que la
súbita noticia, traída por un mensajero de España, de que su acaudalado pariente
Guzmán les invitaba a regresar, y les declaraba herederos de toda su inmensa riqueza,
les llegó como llega la primera claridad de ese verano que dura medio año al escuálido y
encogido habitante de las chozas de Laponia. Olvidaron toda preocupación, aplazaron
toda inquietud, pagaron todas sus pequeñas deudas e hicieron los preparativos para
partir inmediatamente para España.
» Y llegaron a España, y siguieron hasta la ciudad de Sevilla, donde, a su llegada, salió
a recibirles un grave eclesiástico que les puso al corriente de la decisión de Guzmán de
no ver jamás a su hermana ni a su familia, pues le ofendían, aunque confirmándoles al
mismo tiempo su intención de mantenerles y proporcionarles todas las comodidades,
hasta que la muerte les hiciese entrar en posesión de su fortuna. La familia se sintió algo
turbada ante tal notificación, y la madre lloró al saber que le impedían ver a su hermano,
por quien sentía aún el afecto del recuerdo. Entretanto el sacerdote, tratando de suavizar
lo ingrato de su misión, dejó entender que en caso de que cambiasen sus heréticas
convicciones era muy probable que se abriese un canal de comunicación entre ellos y su
pariente. El silencio con que fue recibida esta alusión resultó más elocuente que un
discurso entero, y el sacerdote se marchó.
»Ésta fue la primera nube que empañó su expectativa de felicidad desde que el
mensajero llegara a Alemania, y siguieron lúgubremente a su sombra durante el resto de
la tarde. Walberg, con la confianza de la esperada fortuna, no sólo había persuadido a
sus hijos de que se viniesen a España, sino que había escrito a sus padres, que eran muy
ancianos y míseramente pobres, para que viniesen a Sevilla a reunirse con ellos; y con la
venta de la casa y el mobiliario, había podido mandarles el dinero del elevado coste de
tan largo viaje. Ahora les esperaban de un momento a otro, y los niños, que tenían un
débil pero agradecido recuerdo de la bendición que recibieron en sus pequeñas cabezas
de aquellos labios temblorosos y aquellas manos secas, esperaban con alegría la llegada
de la anciana pareja. Inés había dicho muchas veces a su marido:
»-¿No habría sido mejor dejar a tus padres en Alemania y enviarles el dinero de su
mantenimiento, en vez de someterlos al cansancio de un viaje tan largo a esa edad tan
avanzada?
»A lo que él había contestado siempre:
»-Prefiero que mueran bajo mi techo a que vivan bajo el techo de extraños.
»Esa noche empezó él, quizá, a comprender la prudencia de su mujer; ella le miraba, y
con delicada discreción, precisamente por ese motivo, evitaba recordárselo.
280
»El tiempo era oscuro y desapacible; no parecía una noche de España. Su frío pareció
comunicarse a la familia. Inés, sentada, trabajaba en silencio; los hijos, reunidos delante
de la ventana, intercambiaban en susurros sus esperanzas y conjeturas sobre la llegada
de los ancianos viajeros, y Walberg, que se paseaba inquieto por la habitación, suspiraba
de cuando en cuando al oírles.
»El día siguiente amaneció soleado y sin nubes. El sacerdote vino a visitarles otra vez,
y, tras lamentar que la decisión de Guzmán fuese inflexible, les informó que se le había
ordenado pagarles una asignación anual para su mantenimiento, que él calificó, y así les
pareció a ellos, de enorme, y destinar otra a la educación de los hijos, que parecía estar
calculada a la escala de una generosidad principesca. Puso en manos de ellos los
documentos convenientemente redactados y testificados a este propósito, y luego se
retiró, después de reiterar la seguridad de que serían los indudables herederos de la
fortuna de Guzmán a su muerte, y que, como este período transcurriría en la
abundancia, no tenían por qué inquietarse. Apenas se hubo marchado el sacerdote,
llegaron los ancianos padres de Walberg, débiles de alegría y de cansancio, pero no
agotados, y toda la familia se sentó ante una comida que les pareció un lujo, con esa
placentera expectación de futura felicidad que a menudo es más exquisita que su
efectiva fornición.
»- Yo les vi -dijo el desconocido, interrumpiéndose-; les vi la tarde de ese día en que se
reunieron todos, y un pintor que quisiese plasmar la imagen de la felicidad doméstica en
un grupo de figuras vivas, no habría necesitado ir más allá de la mansión de Walberg. Él
y su esposa estaban sentados a la cabecera de la mesa, sonriendo a los hijos, y viendo
cómo éstos les devolvían la sonrisa, sin ninguna preocupación ni pequeña dificultad que
les atormentase en el momento presente, o turbio presagio de desdicha futura; sin un
temor por el mañana, ni un doloroso recuerdo del pasado. Sus hijos constituían,
efectivamente, un grupo en el que el ojo del pintor o del padre, la mirada del gusto o del
afecto, podían haberse demorado con igual complacencia. Everhard, el mayor, que a la
sazón tenía dieciséis años, poseía una belleza excepcional para su sexo, una constitución
delicada y radiante y una modulación tierna y trémula en la voz que inspiraban ese
interés con el que miramos a la juventud, por encima de la lucha de la debilidad
presente con la promesa de la fuerza futura, e infundía en el corazón de los padres esa
amorosa ansiedad con que observamos el progreso de una agradable pero nublada
mañana de primavera, gozaba en los suaves y perfumados esplendores de su amanecer,
pero temiendo que las nubes los cubran antes del mediodía. Las hijas, Inés y Julia,
tenían todo el encanto de su clima más frío: los exuberantes rizos de sus dorados
cabellos, los grandes, azules y brillantes ojos, la nívea blancura del pecho, los brazos
delgados, la piel sonrosada, y la tersa suavidad de sus mejillas, las hacían parecer,
cuando atendían a sus padres con graciosa y cariñosa solicitud, dos jóvenes Hebes
sirviendo bebida, a cuyo mero contacto se convertía en néctar.
»El espíritu de estos jóvenes se había sentido abatido muy pronto a causa de las
dificultades que sus padres habían atravesado; y ya en la niñez habían adoptado el paso
tímido, el habla baja, la mirada ansiosa e inquisitiva que la constante sensación de
penuria doméstica enseña amargamente a los niños, y que es el más agudo dolor que un
padre puede contemplar. Pero ahora no había nada que cohibiese sus jóvenes corazones:
la sonrisa, esa desconocida, acudía a alegrar el hogar encantador de sus labios, y la
timidez de sus primitivos hábitos se limitaba a prestar una graciosa sombra a la radiante
exuberancia de la juvenil dicha. Frente a este cuadro justamente, cuyos matices eran tan
brillantes, y cuyas sombras tan tiernas, se hallaban sentadas las figuras de los ancianos
abuelos. El contraste era grande; no había relación ni gradación alguna: viéndoles, se
281
pasaba de las primeras y más puras flores de la primavera a la seca y marchita aridez del
invierno.
»Estas viejísimas personas, no obstante, tenían algo en sus semblantes que agradaba a la
vista, y Teniers o Wouverman habrían apreciado sus figuras y su vestimenta mucho más
que las de sus jóvenes y encantadores nietos. Estaban rígida y originalmente vestidos
con sus prendas alemanas: el viejo con su jubón y su gorro, y la vieja con su gorguera,
su peto y su cofia semejante a un casquete, con largas bandas colgantes, de la que se
escapaban algunos cabellos blancos, muy largos, que le caían sobre sus arrugadas
mejillas. Pero el semblante de ambos resplandecía de gozo como la fría sonrisa de una
puesta de sol en un paisaje invernal. No oían con claridad las amables insistencias de
sus hijos para que compartiesen más ampliamente la mesa más abundante que habían
tenido nunca delante en sus frugales vidas, aunque asentían con la cabeza, con ese
agradecimiento que es a la vez hiriente y grato a los corazones de los hijos afectuosos.
Sonreían también ante la belleza de Everhard, ante las travesuras de Mauricio, tan
atolondrado en la hora de la aflicción como en la de la prosperidad; y en fin, sonreían
por cuanto se decía, aunque no oían ni la mitad, y por cuanto veían, aunque podían
gozar de muy poco..., y esa sonrisa de la vejez, esa plácida sumisión a los placeres de
los jóvenes, mezclada a las evidentes expectativas de una felicidad más pura y perfecta,
daba una expresión casi celestial a sus semblantes, que de otro modo habrían reflejado
tan sólo el marchito aspecto de la debilidad y la consunción.
»Ocurrieron ciertos incidentes durante esta fiesta familiar bastante característicos de sus
participantes. Walberg (que era persona muy sobria) insistió repetidamente a su padre
para que bebiese más vino del que estaba acostumbrado; el viejo rehusó suavemente. El
hijo insistió con más calor, y el anciano, deseando complacer a su hijo, no a sí mismo,
accedió.
»Los niños, también, acariciaron a su abuela con ese turbulento afecto de su edad. La
madre los reprendió.
»-No; déjales -dijo la amable anciana.
»- Te están molestando, madre -dijo la mujer de Walberg.
»-No podrán hacerlo por mucho tiempo -dijo la abuela con expresiva sonrisa.
»-Padre -dijo Walberg-, ¿no ves a Everhard muy crecido?
»-La última vez que lo vi -dijo el abuelo-, tuve que agacharme para darle un beso; ahora
creo que tendrá que agacharse él para besarme a mí.
»A estas palabras, Everhard corrió como una flecha a los temblorosos brazos que
estaban abiertos para acogerle, y sus rojos y tersos labios se apretaron contra la nevada
barba de su abuelo.
»-Bésale, hijo mío -dijo el padre complacido-. Quiera Dios que tus besos no sean para
labios menos puros.
»-¡Nunca lo serán, padre mío! -dijo el susceptible joven, ruborizándose ante sus propias
emociones-. Nunca besaré otros labios que aquellos que me bendigan como los de mi
abuelo.
»-¿Y deseas -dijo el anciano en broma- que la bendición salga siempre de labios tan
ásperos y blanquecinos como los míos?
»Everhard, de pie detrás de la silla del anciano, se ruborizó ante esta pregunta; y
Walberg, que había oído dar la hora en que acostumbraba siempre, en la prosperidad
como en la adversidad, convocar a su familia a la oración, hizo una seña, que sus hijos
entendieron muy bien, y que fue comunicada en susurros a los ancianos abuelos.
»-Gracias a Dios -dijo la abuela al niño que la avisó; y al tiempo que hablaba, se puso
de rodillas. Sus nietos la ayudaron.
282
»-Gracias a Dios -repitió el anciano, doblando sus anquilosadas rodillas, y quitándose el
gorro-; gracias a Dios, por "esta sombra de una gran roca en una tierra tan cansada"- y
se arrodilló, mientras Walberg, después de leer un capítulo o dos de una Biblia alemana
que tenía en sus manos, improvisó una plegaria, suplicando a Dios que llenase sus
corazones de gratitud por las bendiciones temporales de que disfrutaban, y permitiese
"que pasasen las cosas temporales, de manera que no pudiesen finalmente perder las
eternas". Al concluir la oración, se levantó la familia, se saludaron unos a otros con ese
afecto que no tiene su raíz en la tierra, y de cuyos brotes, aunque diminutos e incoloros
a los ojos del hombre en este desdichado suelo, surgirá sin embargo el glorioso fruto del
jardín de Dios. Fue una escena encantadora ver a los jóvenes ayudar a los mayores a
levantarse de sus arrodilladas posturas, y más aún oírles el saludo de despedida que
intercambiaron todos al retirarse. La mujer de Walberg atendió diligente las
comodidades de los padres de su esposo, y Walberg se rindió a ella con esa orgullosa
gratitud que siente más alegría en el beneficio que concedemos a quienes amamos, que
en el que se nos otorga. Amaba a sus padres, pero estaba orgulloso del amor que su
esposa sentía por ellos, porque eran los suyos. A los repetidos requerimientos de ella a
los hijos para que ayudasen o atendiesen a los ancianos abuelos, contestó él:
»-No, queridos hijos; vuestra madre lo hará mejor; vuestra madre siempre lo hace
mejor.
»Y mientras él hablaba, los hijos, de acuerdo con la costumbre hoy olvidada, se
arrodillaron para pedirle su bendición. Su mano, trémula de afecto, se posó primero
sobre los ensortijados rizos del adorable Everhard, cuya cabeza sobresalía
orgullosamente por encima de sus hermanas y de Mauricio, quien, con la irreprensible y
perdonable ligereza de su juguetona niñez, reía mientras estaba de rodillas.
»-¡Dios te bendiga! -dijo Walberg-, ¡Dios os bendiga a todos, y os haga tan buenos
como vuestra madre, y tan felices como... como es vuestro padre esta noche! -y mientras
hablaba, el feliz padre se volvió y lloró.
_
_____ ____ ____ _
-Qaeque ipsa miserrima vidi,
Et quorum pars magna fui.
VIRGILIO
»La esposa de Walberg, que era de carácter naturalmente sosegado y tranquilo, y a
quien la adversidad había enseñado una ávida y celosa prévoyance, no se sentía tan
eufórica ante la actual prosperidad de la familia como los miembros jóvenes, o incluso
los mayores. Su espíritu estaba lleno de pensamientos que no quería comunicar a su
esposo, y a veces ni confesárselos a sí misma; en cambio, hablaba más abiertamente con
el sacerdote que les visitaba frecuentemente con renovadas muestras de la generosidad
de Guzmán. Le dijo que, aunque agradecía la amabilidad de su hermano por el apoyo
presente y la esperanza de la futura riqueza, deseaba que se les permitiese a sus hijos
adquirir los medios de vivir por sí mismos con independencia, y que el dinero destinado
por la liberalidad de Guzmán a su educación ornamental se aplicase al objeto de
asegurarles la capacidad de defenderse por sí mismos y ayudar a sus padres. Aludió
levemente a la eventualidad de que se operase un cambio en los sentimientos favorables
de su hermano respecto á ella, e insistió en la circunstancia de que sus hijos eran
283
extraños en el país, ignorantes de su lengua, y contrarios a su religión; suave, pero
firmemente, le expuso las vicisitudes a que una familia hereje de extranjeros podía estar
expuesta en un país católico, y suplicó al sacerdote que emplease su mediación e
influencia cerca de su hermano para que se les permitiese a los niños, merced a su
generosidad, adquirir los medios de lograr una subsistencia independiente, como si... y
aquí se calló. El bueno y amistoso sacerdote (pues en verdad era ambas cosas) la
escuchó con atención; y después de satisfacer su conciencia, amonestándola a que
renunciase a sus heréticas opiniones como medio de obtener la reconciliación con Dios
y con su hermano, y de recibir una serena pero firme negativa, siguió dándole su mejor
consejo SECULAR, que era cumplir con los deseos de su hermano en todo, educar a sus
hijos de la manera indicada, y con los medios que él tan liberalmente proveía. Añadió
en confiance que Guzmán, aunque durante su larga vida no había sido jamás sospechoso
de otra pasión que la de acumular dinero, ahora parecía poseído de un espíritu mucho
más difícil de expulsar, y era que estaba decidido a que los herederos de su fortuna
estuviesen, en lo que se refería a todo lo que contribuía a embellecer una sociedad culta,
al mismo nivel que los descendientes de la primera nobleza de España. Por último, le
aconsejó sumisión a los deseos de su hermano en todos los puntos; y la esposa de
Walberg asintió con lágrimas en los ojos que trató de ocultar al sacerdote, y cuyas
huellas borró por entero antes de volver a ver a su esposo.
»Entretanto, el plan de Guzmán se llevó a cabo rápidamente. Se dispuso para Walberg
una casa elegante; sus hijos fueron espléndidamente vestidos y suntuosamente alojados;
y, aunque la educación era de muy bajo nivel en España, y aún lo es, se les enseñó
cuanto se suponía que les capacitaba como compañeros de los descendientes de
hidalgos. Cualquier intento, o incluso comentario, de que se les preparase para
ocupaciones ordinarias de la vida estaba rigurosamente prohibido por orden de Guzmán.
El padre se alegraba de esto; la madre lo lamentaba, pero se guardaba el pesar para sí
misma, y se consolaba pensando que la educación ornamental que sus hijos recibían
podía en última instancia convertirse en algo de provecho. Pues la esposa de Walberg
era una mujer a la que la experiencia del infortunio había enseñado a mirar el futuro con
ojos ansiosos; y esos ojos, con presagiosa precisión, raramente habían dejado de
descubrir un atisbo de desdicha en el más esplendoroso rayo de sol que jamás temblara
en su azarosa existencia.
»Las órdenes de Guzmán fueron obedecidas: la familia vivía en el lujo. Los jóvenes se
sumergieron en su nueva vida placentera con una avidez proporcional a su juvenil
sensibilidad al placer, y al gusto por el refinamiento y las ocupaciones elegantes que su
anterior oscuridad había reprimido, aunque no había podido extinguir. El orgulloso y
feliz padre se recreaba en la belleza personal y provechoso talento de sus hijos. La
madre, preocupada, suspiraba a veces, pero cuidaba de que su suspiro jamás llegase a
oídos de su esposo. Los ancianos abuelos, cuyos achaques habían aumentado bastante a
causa de su viaje a España, y posiblemente más aún por esa fuerte emoción que es
hábito para la juventud pero convulsión para la vejez, permanecían sentados en sus
amplias butacas, cómodamente ociosos, dormitando y dejando correr la vida en
inefables aunque conscientes momentos de satisfacción, y tranquila aunque venerable
apatía. Dormían mucho; pero cuando despertaban, sonreían a sus nietos, y el uno al
otro.
»La esposa de Walberg, durante este intervalo que a todos salvo a ella parecía de una
felicidad imposible, sugería a veces una benévola precaución, una vacilante y ansiosa
advertencia, una eventualidad de desengaño futuro; pero estos avisos eran
inmediatamente rechazados por los sonrosados, risueños y besucones labios de sus
hijos, hasta que la madre, finalmente, acababa sonriéndose de sus propias aprensiones.
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A veces, sin embargo, salía con ellos en dirección a la casa del tío. Paseaba con los
niños de un extremo a otro de la calle, ante su puerta; y a veces se levantaba el velo,
como si sus ojos pudiesen traspasar unos muros tan duros como el corazón del avaro, o
unas ventanas tan cerradas como sus cofres; luego, miraba de soslayo los costosos
vestidos de los niños, mientras sus ojos volaban hacia el futuro, suspiraba, y regresaba
lentamente a casa. Pero este estado de incertidumbre iba a terminar muy pronto.
»El sacerdote, confesor de Guzmán, les visitaba a menudo; primero, en calidad de
limosnero o instrumento de su generosidad, que era concedida amplia y puntualmente a
través de sus manos; y en segundo lugar, en calidad de consumado jugador de ajedrez,
en cuyo juego no había encontrado, ni siquiera en España, un adversario como Walberg.
También sentía interés por la familia y su suerte, a la que, si bien su ortodoxia
rechazaba, su corazón no podía por menos de aceptar; y así, el buen sacerdote abordaba
el asunto jugando con el padre, y rezando por la conversión de su familia a su regreso a
casa de Guzmán. Y fue en el momento en que estaba absorto en la primera ocupación
cuando le llegó un mensaje ordenándole que regresase al instante: el sacerdote dejó su
reina en prise, y salió apresuradamente al recibimiento para hablar con el mensajero. La
familia de Walberg, con indecible inquietud, medio se levantó para seguirle. Se
detuvieron en la puerta, y luego se retiraron con una mezcla de ansiedad por enterarse, y
vergüenza ante la actitud en que podían haberles descubierto. Al retirarse, no obstante,
no pudieron evitar oír estas palabras:
»-Está en las últimas; me envía por vos; no debéis perder un instante.
»Y tras hablar el mensajero, éste y el sacerdote se marcharon.
»Regresó la familia a su aposento, y durante unas horas permanecieron todos sentados
en profundo silencio, roto sólo por el tictac del reloj, que se oía clara y únicamente, y
que parecía demasiado sonoro para sus sensibilizados oídos, en medio de la absoluta
quietud, o por el eco de los presurosos pasos de Walberg, cuando saltaba de su silla y
cruzaba el aposento. Al verle, se volvían como esperando a un mensajero; luego,
miraban la silenciosa figura de Walberg, y se dejaban caer en sus asientos otra vez. Así,
la familia permaneció en vela toda esa interminable noche de muda e indecible
emoción. Las velas se consumieron totalmente y al final se apagaron, pero nadie lo
notó; la pálida claridad de la madrugada irrumpió débilmente en la estancia, aunque
nadie se dio cuenta de que amanecía.
»-¡Dios mío, cuánto tarda! -exclamó Walberg involuntariamente; y estas palabras,
aunque pronunciadas para sus adentros, hicieron que todos se sobresaltasen; porque eran
los primeros sonidos de voz humana que oían desde hacía muchas horas.
»En este momento se oyó una llamada en la puerta; sonaron unos pasos lentos a lo largo
del pasillo que conducía a la habitación, se abrió la puerta y apareció el sacerdote. Entró
en la estancia sin hablar, y sin que nadie dijese nada tampoco. Y el contraste entre la
intensa emoción y el silencio prolongado, ese conflicto de la palabra que estrangula el
pensamiento al expresarlo y el pensamiento que en vano pide ayuda a la palabra, de la
agonía y el mutismo, formaron una terrible asociación. Pero fue sólo momentánea; el
sacerdote, de pie, pronunció esta sentencia:
»-¡Todo ha terminado!
» Walberg se llevó las manos a la frente, y en extática agonía, exclamó:
»-¡Gracias a Dios!
»Y cogiendo violentamente el primer objeto que encontró más cerca, y como si
imaginase que era uno de sus hijos, lo estrechó y abrazó contra su pecho. Su esposa
lloró un momento ante el pensamiento de la muerte de su hermano, pero se dispuso, por
sus hijos, a escuchar todo lo que el sacerdote tuviera que decir. Éste no pudo añadir sino
que Guzmán había muerto, que había puesto los sellos a cada arca, cajón y cofre de la
285
casa, que no había escapado a la diligencia de los oficiales un sólo gabinete, y que el
testamento se leería al día siguiente.
»Al día siguiente, la familia seguía sumida en esa intensa expectación que impide todo
pensamiento. Los criados prepararon la comida usual, pero ésta quedó intacta. Los
miembros de la familia se insistieron unos a otros para que comiesen; pero como la
insistencia no iba reforzada con el ejemplo del invitador, los platos fueron retirados tal
como habían venido. Hacia mediodía, se les anunció la visita de una grave persona, con
indumentaria de notario, quien notificó a Walberg que debía asistir a la apertura del
testamento de Guzmán. Cuando Walberg se disponía a obedecer la orden, uno de los
hijos le tendió solícitamente el sombrero y otro la capa, cosas ambas que él olvidaba
con las tribulaciones de su preocupación; y estas muestras de atención y de estar en todo
de sus hijos contrastaron con su propio aturdimiento, que le venció totalmente; y se dejó
caer en una silla para serenarse.
»-Será mejor que no vayas, amor mío -dijo su esposa suavemente.
»-Creo que... debo seguir tu consejo -dijo Walberg, dejándose caer de nuevo en el
asiento, del que medio se había levantado.
»EI notario, con una formal inclinación, se dispuso a retirarse.
»-¡lré! -dijo Walberg, soltando un juramento en alemán, cuyo gutural sonido hizo que el
notario diese un respingo-. ¡lré!
» Y diciendo esto, se derrumbó al suelo vencido por el cansancio, la falta de alimento, y
presa de una emoción que sólo un padre podía sentir. Se retiró el notario, y
transcurrieron unas horas más de tonurante conjetura que, por parte de la madre, se
manifestaba tan sólo en sus manos entrelazadas y sus apagados suspiros; por parte del
padre, en su profundo silencio, su semblante desviado y sus manos que parecían buscar
las de sus hijos para luego retraerse; y por parte de los niños, en los fluctuantes augurios
de esperanza y desencanto. La anciana pareja permanecía sentada, inmóvil en medio de
su familia; ignoraba qué ocurría, pero sabían que si era bueno, deberían compartirlo con
ellos. Sus facultades se habían vuelto últimamente muy obtusas para la percepción de la
proximidad de la desgracia.
»La mañana estaba muy avanzada: era mediodía. Los criados, de los que la generosidad
del difunto había dotado a la casa en gran número, anunciaron que la comida estaba
dispuesta; Inés, que conservaba más presencia de ánimo que el resto, sugirió
amablemente a su esposo la necesidad de no mostrar sus emociones ante la
servidumbre. Obedeció él a su insinuación maquinalmente, y se dirigió al comedor,
olvidando por primera vez ofrecer el brazo a su delicado padre. La familia le siguió;
pero, cuando se sentaron a la mesa, no parecieron saber con qué objeto se habían
reunido allí. Walberg, consumido por esa sed de la ansiedad, que parece no aplacarse
con nada, pidió vino repetidamente; y su esposa, cuyos esfuerzos por tomar algo
resultaban vanos en presencia de los inmóviles y mirones sirvientes, les ordenó que se
retirasen con una seña, aunque tampoco pudo comer en ausencia de ellos. La anciana
pareja comió como siempre; y de vez en cuando alzaba la vista con una expresión de
vaga y vacía admiración, una especie de indolente renuencia a admitir el temor o la
creencia en la proximidad de una desdicha. Hacia el final de su triste comida, Walberg
recibió el recado de que saliese un momento. Regresó pocos minutos después, sin
mostrar signos de cambio en su semblante. Se sentó; y sólo su esposa percibió la
sombra de una sonrisa forzada que afloraba entre las temblorosas arrugas de su rostro, al
servirse un gran vaso de vino, y llevárselo a los labios, mientras decía en voz alta:
»-¡A la salud de los herederos de Guzmán! -pero en vez de beber, arrojó el vaso al
suelo; y ocultando el rostro en el mantel que cubría la mesa, sobre la que se había
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derrumbado, exclamó-: ¡Ni un ducado, ni un ducado... se lo ha dejado todo a la Iglesia!
¡Ni un ducado! [...]
»Por la tarde llegó el sacerdote, y encontró a la familia mucho más tranquila. La certeza
del infortunio les había infundido una especie de valor. La incertidumbre es el único
mal contra el que no se puede establecer una defensa..., y, como jóvenes marineros en
un mar inexplorado, casi se sentían dispuestos a acoger bien la tormenta, como alivio
del insoportable malestar de la ansiedad. El sincero pesar, y alentador comportamiento
del sacerdote, fueron un cordial para sus oídos y corazones. Manifestó su convicción de
que nada sino los más ruines medios a que sin duda habían recurrido los interesados y
fanáticos monjes podían haber arrancado semejante testamento al moribundo; que
estaba dispuesto a testificar, ante cualquier tribunal de España, la intención del testador
(hasta pocas horas antes de su muerte) de legar toda su fortuna a su familia, intención
que repetidamente le había manifestado a él y a otros, en cuyo sentido había visto un
testamento anterior, fechado no hacía mucho. Finalmente, aconsejó encarecidamente a
Walberg que presentase el caso al arbitrio legal, para lo que le prometió sus gestiones
personales, su influencia con los abogados más hábiles de Sevilla, y todo lo que fuese...
menos dinero.
»Esa noche se acostó la familia con el ánimo exaltado por la esperanza, y durmió en
paz. Sólo un detalle reveló un cambio en sus sentimientos y sus hábitos. Al ir a retirarse,
el anciano puso su mano trémula en el hombro de Walberg, y le dijo suavemente:
»-Hijo mío, ¿vamos a rezar antes de retirarnos?
»-Esta noche no, padre -dijo Walberg, que quizá temía que la alusión a su herético culto
pudiese enajenarle la amistad del sacerdote, o comprendía que la agitación de su
corazón era demasiado grande para cumplir el solemne ejercicio con ella-. Esta noche
no; soy... ¡demasiado feliz!
»El sacerdote cumplió su palabra: los abogados más hábiles de Sevilla se hicieron cargo
de la causa de Walberg. Se descubrieron ingeniosas pruebas de ilícitas influencias de
impostura y terror ejercidas sobre el testador, gracias a la diligencia y autoridad
espiritual del sacerdote, que fueron hábilmente expuestas y diestramente esgrimidas por
los abogados. Walberg recobraba su ánimo de hora en hora. La familia, en el momento
de la muerte de Guzmán, estaba en posesión de una considerable suma de dinero, pero
no tardó en consumirse, juntamente con otra que la economía de Inés le había permitido
ahorrar, y que ahora había sacado gozosamente a la luz para ayudar a hacer frente a las
necesidades de su esposo, y con la confianza de un éxito final. Cuando lo hubieron
gastado todo, aún les quedaban otros recursos: se deshicieron de la espaciosa casa,
despidieron a los criados, vendieron los muebles más o menos por la cuarta parte de su
valor (como es habitual), y en su nueva y humilde morada de las afueras de Sevilla, Inés
y sus hijas volvieron tranquilamente a esos trabajos domésticos que tenían costumbre de
realizar en su apacible casa de Alemania. En medio de estos trastornos, los abuelos no
sufrieron más que un cambio de lugar, del que apenas parecieron tener conciencia. No
disminuyó la constante atención de Inés por la comodidad de ambos, sino que aumentó
ante la necesidad de ser ella la única administradora; y alegaba sonriente falta de apetito
o una indisposición pasajera para quitarse de su propia comida y de la de sus hijos,
mientras que preparaba la de ellos con todo lo que podía tentar al embotado paladar de
la vejez, o lo que ella recordaba que les gustaba.
»La causa había llegado ahora a la vista, y durante los dos primeros días los abogados
de Walberg llevaron las de ganar. Al tercer día, los abogados eclesiásticos presentaron
una firme y vigorosa oposición. Walberg regresó a casa desalentado; su esposa se dio
cuenta, así que no fingió alegría ninguna, que sólo conseguiría aumentar la irritación de
la desdicha, sino que se mantuvo ecuánime en su presencia, tranquila e invariablemente
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ocupada en las tareas domésticas durante toda la tarde. Al separarse por la noche, por
una extraña casualidad, el anciano recordó una vez más a su hijo el olvido de la oración
familiar.
»-Esta noche, no, padre -dijo Walberg impaciente-; esta noche, no; ¡soy demasiado
desgraciado!
»-¡Así -dijo el anciano alzando sus manos secas y hablando con una energía que no
mostraba desde hacía años-, así, oh Dios mío, la prosperidad y la adversidad nos dan
igual pretexto para olvidamos de ti!
»Al salir vacilante de la habitación, Walberg reclinó la cabeza sobre el pecho de su
esposa, que estaba sentada junto a él, y derramó unas lágrimas amargas. E Inés susurró
para sí: "El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; un corazón contrito y humillado,
¡oh Dios!, no desprecies". [...]
»El pleito se llevó con un espíritu y una diligencia sin precedentes en los tribunales de
España, y el cuarto día se dedicó a una audiencia final y a la resolución del caso.
Amaneció el día, y con el amanecer se levantó Walberg, y se paseó durante unas horas
ante las puertas del palacio de justicia; y cuando abrieron, entró y se sentó
maquinalmente en un asiento de la sala desierta, con la misma expresión de atención
profunda y ansioso interés que habría adoptado de haber estado ya presente el tribunal,
y a punto de dictar sentencia. Tras unos momentos de ensimismamiento, suspiró, se
sobresaltó y pareció despertar de un sueño; abandonó su asiento, y se puso a pasear
arriba y abajo por los pasillos desiertos, hasta que el tribunal se dispuso a ocupar sus
escaños.
»Esa mañana, el tribunal se reunió temprano, y la causa fue enérgicamente defendida.
Walberg permaneció sentado en su sitio, sin cambiar de postura, hasta que concluyó
todo; se había hecho de noche, y no había tomado refrigerio alguno en todo el día ni se
había movido; tampoco se había renovado en ningún momento la atmósfera estancada y
corrompida de la atestada sala. Quid multis morer? La mentalidad más abstrusa puede
calcular las posibilidades de un hereje extraño frente a los intereses de los sacerdotes en
España.
»La familia había permanecido sentada todo ese día en la habitación más íntima de su
humilde casa. Everhard quiso acompañar a su padre al palacio de justicia, pero su madre
se lo había impedido. Las hermanas suspendían involuntariamente sus labores de vez en
cuando, y la madre les recordaba amablemente la necesidad de proseguirlas. Las
reanudaban; pero sus manos, discrepando de sus sentimientos, cometían tales desatinos,
que la madre, ____ __ ______, les quitó la labor y les sugirió que se dedicasen a
alguna de las tarcas activas de la casa. y así ocupadas, pasaron la tarde; de vez en
cuando, la familia dejaba sus quehaceres y se apiñaba en la ventana para ver si
regresaba el padre. La madre renunció a llamarles la atención: cayó en un mutismo, y su
silencio contrastaba vivamente con la inquieta impaciencia de sus hijos.
»-¡Ése es mi padre! -exclamaron las voces de los cuatro a un tiempo, al ver cruzar la
calle una figura-. No era mi padre -repitieron, al verla alejarse lentamente.
»Oyeron una llamada en la puerta; la propia Inés corrió a abrir. Una figura retrocedió,
avanzó y retrocedió otra vez. Luego cruzó por delante de ella como una sombra. Presa
de terror, Inés la siguió; y con un horror indecible, vio a su esposo de rodillas entre sus
hijos, que trataban en vano de levantarlo, mientras él repetía:
»-¡No; dejadme de rodillas..., dejadme de rodillas; os he arruinado a todos! ¡He perdido
el pleito y os he convertido en mendigos a todos!
»-¡Levantad, levantad, queridísimo padre-exclamaron los niños, apiñándose a su
alrededor-; nada se ha perdido, y vos estáis salvado!
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»-Levanta, amor mío, de esa horrible y antinatural humillación -exclamó Inés,
agarrando los brazos de su esposo-. Ayudadme, hijos míos... Padre, madre, ¿no vais a
ayudarme?
»Y mientras hablaba, las figuras tambaleantes, desvalidas y casi sin vida de los ancianos
abuelos se levantaron de sus sillas y, trastabillando, prestaron sus débiles fuerzas, su vis
impotentiae, para sostener o socorrer al peso que tiraba inamovible de los brazos de los
niños y la madre. Ante esta actitud de todos, más que por sus esfuerzos, Walberg se
levantó de la postura que angustiaba a su familia, mientras sus ancianos padres,
regresando torpemente a sus sillas, parecieron perder en pocos momentos la clara
conciencia de desgracia que por un instante les había infundido una fuerza casi
milagrosa. Inés y sus hijos rodearon a Walberg, y le expresaron todo el consuelo que su
desamparado cariño podía inspirarles; pero quizá no hay nada que dispare un dardo más
afilado al corazón que el pensamiento de que las manos que se cogen a las nuestras tan
tiernamente no pueden ganar para nosotros ni para ellas el valor de otra comida, o de
que los labios que besan los nuestros tan cálidamente pueden después pedimos pan... ¡Y
pedirlo en vano!
»Afortunadamente, quizá, para esta desdichada familia, la misma extremidad de su
dolor hacía imposible que se abandonaran mucho tiempo a él: la voz de la necesidad se
hizo oír con claridad en medio del grito y el clamor de esa hora de agonía. Había que
hacer algo con vistas al mañana, y había que hacerlo en seguida.
»-¿Qué dinero tienes? -fue la primera frase articulada que Walberg dirigió a su esposa; y
cuando ella le susurró la escasa suma que los gastos de su perdida causa le había dejado,
se estremeció en un breve espasmo de horror. Luego, desasiéndose de los brazos de
todos y levantándose, cruzó la habitación como si desease estar solo un momento. Al
hacerlo, vio al más pequeño jugando con los largos cordones de la faja del abuelo:
divertida forma de molestar en la que se entretenía el revoltoso y por la que el abuelo le
reprendía y le sonreía a un tiempo. Walberg pegó al pobre niño con vehemencia; luego,
cogiéndolo en brazos, le pidió:
»-¡Sonríe como él! [...]
»Tenían medios suficientes para subsistir al menos una semana; lo cual fue motivo de
consuelo para todos, como lo es para los hombres que abandonan un barco naufragado y
navegan sobre una almadía desnuda con una pequeña provisión, esperando ganar la
costa antes de que se agote. Toda la noche permanecieron reunidos en grave consejo,
luego de cuidar Inés que los padres de su esposo quedaran confortablemente acostados
en su habitación. En el transcurso de esta larga y melancólica conferencia, la esperanza
renació insensiblemente en los corazones de sus miembros, los cuales meditaron poco a
poco un plan para obtener recursos. Walberg debía ofrecer su talento como maestro de
música; Inés y sus hijas tendrían que dediaarse a hacer labores de bordado; Everhard,
que poseía un exquisito gusto por la música y el dibujo, debía hacer un esfuerzo en
ambas actividades; y pedirían al afectuoso sacerdote que les ayudara a todos con su
indispensable interés y recomendación. Les sorprendió la mañana en medio de sus
largas deliberaciones, hallándoles enfrascados en infatigable discusión del tema.
»-No nos moriremos de hambre -dijeron los niños esperanzados.
»-Estoy seguro de que no -dijo Walberg suspirando.
»Su esposa, que conocía España, no dijo nada.
_
__________ _____ _
289
-This to me
In dreadful secrery they did impart,
And I with them the third night kept the watch.
SHAKESPEARE
»En esto oyeron una llamada suave, como suele llamar la benevolencia a la puerta de la
desgracia, y Everhard se levantó de un salto para ir a abrir.
»-Espera -dijo Walberg distraído-, ¿dónde están los criados? -se recobró en seguida,
sonrió desmayadamente, y movió la mano para indicar a su hijo que fuese.
»Era el buen sacerdote. Entró, y se sentó en silencio: nadie le dirigió la palabra. Podía
haberse dicho con justicia, como de manera sublime se dijo en el original: "No hubo ni
lenguaje ni palabra, pero se oían voces entre ellos..., y se sentían también". El digno
sacerdote se jactaba de su ortodoxia en todas las cuestiones de fe y forma prescritas por
la Iglesia católica; además, había adquirido una especie de apatía monástica, de
santificado estoicismo, que los sacerdotes consideran a veces como el triunfo de la
gracia sobre la naturaleza rebelde, cuando en realidad es el mero resultado de una
profesión que niega la naturaleza, sus objetos y sus lazos. Y así, se sentó entre la
afligida familia, después de lamentarse del frío del aire matinal, y de tratar inútilmente
de secarse la humedad que dijo que se le había metido en los ojos, hasta que por último
sucumbió a sus sentimientos; y "alzó su voz y lloró". Pero no eran lágrimas todo cuanto
tenía que ofrecer. Al oír los planes de Walberg y su familia, prometió, con voz
balbuceante, su total apoyo para llevarlos a la práctica; y al levantarse para marcharse,
comentando que los fieles le habían encomendado una pequeña suma para socorrer a los
infortunados, y que no sabía dónde podía emplearla mejor, dejó caer de la manga de su
hábito una bolsa repleta de dinero, y se marchó apresuradamente.
»La familia se retiró a descansar cuando ya apuntaba el día, pero se levantó pocas horas
después sin haber dormido. Y el resto de ese día, y los tres siguientes, los dedicaron a
pedir en cada puerta donde podían esperar aliento o conseguir empleo, asistiendo el
sacerdote personalmente en cada solicitud. Pero concurrían muchas circunstancias
desfavorables en la mala estrella de la familia Walberg. Eran extranjeros y, a excepción
de la madre, que actuaba de intérprete, desconocían la lengua del país. Era éste "un
sensible mal" que casi anulaba totalmente sus esfuerzos como profesores. Eran también
herejes, y esto solo bastaba para impedirles triunfar en Sevilla. La belleza de las hijas
para unas familias, y la del hijo para otras, suponía una grave objeción. En otras, el
recuerdo de su pasado esplendor daba un bajo y rencoroso motivo a la celosa
inferioridad para ofenderles con un rechazo al que no se podía atribuir ninguna otra
razón. Incansables, y sin desmayar, reemprendían su solicitud de empleo día tras día, en
cada casa donde consideraban que podían obtenerlo, y en muchas donde se les negaría;
y siempre regresaban para pasar revista a lo que les quedaba, repartir la comida cada vez
más escasa, calcular hasta dónde era posible reducir las exigencias de la naturaleza
conforme a sus menguados medios, sonreír cuando se hablaban del mañana unos a
otros, y llorar cuando pensaban en él a solas. Hay una devastadora monotonía en la
miseria diaria: "El día al día transmite el mensaje” . Pero llegó uno al fin en que
gastaron la última moneda, devoraron la última comida, agotaron el último recurso,
borraron la última esperanza, y hasta el servicial sacerdote les dijo con lágrimas en los
ojos que no podía ofrecerles otra cosa que sus oraciones.
»Esa noche, la familia permaneció sentada en profundo y estupefacto silencio durante
algunas horas, hasta que la anciana madre de Walberg, que durante meses no había
pronunciado más que algún confuso monosílabo y no parecía tener conciencia de lo que
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pasaba, de pronto, con esa presagiosa energía que anuncia que es el último esfuerzo, ese
brillante destello de la vida que se va, un momento antes de su extinción total, exclamó
en voz alta, dirigiéndose al parecer a su esposo:
»-Algo anda mal aquí; ¿por qué nos han traído de Alemania? Podían habernos dejado
morir allí; creo que nos han traído para burlarse de nosotros. Ayer (su memoria,
evidentemente, confundía las épocas de próspera y adversa fortuna de su hijo), ayer me
vestían de seda, y hasta me daban de beber vino, y hoy me dan este despreciable
mendrugo (y apartó el trozo de pan que le había tocado en el reparto de la miserable
comida). Algo anda mal aquí. ¡Quiero volver a Alemania... y voy a volver!
» Y se levantó de su silla ante la mirada de la atónita familia que, horrorizada -como lo
habría estado ante la súbita resurrección de un cadáver-, no se atrevió a oponerle una
sola palabra o gesto.
»-Quiero volver a Alemania -repitió; y levantándose, dio efectivamente tres o cuatro
pasos decididos y firmes, sin que nadie intentara acercarse a ella. Luego sus fuerzas, la
física y la mental, parecieron abandonarla; se tambaleó, y su voz se apagó en una serie
de murmullos profundos, en los que repetía-: Sé el camino... sé el camino... Si no
estuviese tan oscuro... no está muy lejos donde tengo que ir; estoy muy cerca de... ¡casa!
-y diciendo esto, cayó a los pies de Walberg.
»La familia corrió junto a ella, y levantó... un cadáver.
»-¡Gracias a Dios! -exclamó su hijo, mirando el cadáver de su madre.
» Y esta inversión del más fuerte sentimiento de la naturaleza, este deseo de que mueran
aquellos por quienes, en otra situación, habríamos dado nuestra vida, hace que los que
lo han experimentado sientan que no hay peor mal en la vida que la pobreza, ni
aspiración más racional que buscar los medios de evitarla. ¡Ay!, si esto es así, ¿con qué
objeto se nos ha concedido un corazón palpitante y una mente ardorosa? ¿Debe
consumirse toda la energía del intelecto, y todo el entusiasmo del sentimiento,
maquinando cómo afrontar o soslayar las menudas pero torturantes zozobras de la
necesidad de cada hora? ¿Se ha robado el fuego del cielo para emplearlo en encender
una leña que quite el frío a los ateridos y desmedrados dedos de la pobreza?
»Perdonad esta digresión, señor-dijo el extranjero-; pero tenía un doloroso sentimiento
que me obligaba a hacerlo.
»Luego prosiguió:
»-La familia se agrupó alrededor del cadáver; y podía haber sido un tema digno del
pincel del primero de los pintores de haber presenciado el enterramiento, que tuvo lugar
a la noche siguiente. Como la fallecida era hereje, no se permitió que su cuerpo
descansase en suelo consagrado; y la familia, deseosa de evitar toda ocasión de ofender
o llamar la atención sobre su religión, fueron los únicos que asistieron al funeral. En un
pequeño vallado de la parte de atrás de su miserable morada, el hijo cavó la fosa de su
madre, e Inés y sus hijas colocaron el cuerpo en ella. Everhard estaba ausente, en busca
de empleo, como ellos esperaban, y el más pequeño sostenía una luz, y sonreía mientras
presenciaba la escena, como si se tratase de un espectáculo organizado para su
diversión. Esa luz, aunque débil, revelaba la fuerte y varia expresión de los rostros que
iluminaba; el de Walberg reflejaba una agria y pavorosa alegría de que aquella a la que
depositaban para que descansase se hubiese "sustraído al mal por venir"; y en el de Inés
había pesar, mezclado con algo de horror, ante esta muda y profana ceremonia. Sus
hijas, pálidas de dolor y de miedo, lloraban en silencio; pero reprimieron sus lágrimas, y
cambió el curso entero de sus sentimientos, cuando la luz cayó sobre otra figura que
apareció súbitamente entre ellos, junto a un ángulo de la fosa: era el padre de Walberg.
Impaciente y cansado de estar solo, ignorante por completo del motivo, se había abierto
291
paso, a tientas y vacilante, hasta el lugar. Y ahora, al ver a su hijo echando paletadas de
tierra en la fosa, exclamó en un breve y débil esfuerzo de memoria, cayendo al suelo:
»-¡A mí también... entiérrame a mí también!; que sirva el mismo hoyo para los dos.
»Lo levantaron sus hijos y le ayudaron a regresar a la casa, donde la visión de Everhard
con una inesperada provisión de alimentos les hizo olvidar los horrores de la reciente
escena, y diferir una vez más, hasta el día siguiente, los temores de la necesidad.
Ninguna pregunta acerca de la procedencia de estas provisiones pudo arrancar a
Everhard otra explicación que la de que era un donativo de caridad. Tenía el aspecto
agotado y espantosamente pálido... y absteniéndose de presionarlo con más preguntas,
compartieron este maná, este alimento que parecía llovido del cielo, y se retiraron a
descansar. [...]
»Durante este período de calamidad, Inés alentó incansable a sus hijas para que se
aplicaran en aquellos conocimientos en los que aún ponía ella las esperanzas de
subsistir. Cualesquiera que fuesen las privaciones y desengaños del día, las dos
cumplían estrictamente sus deberes musicales y demás; y las debilitadas manos
acometían sus labores con la misma asiduidad que cuando la ocupación era sólo una
variedad del lujo. Esta dedicación a los ornamentos de la vida cuando falta lo necesario,
estos sones musicales en una casa donde los murmullos de la ansiedad doméstica se
oyen a cada momento, esta subordinación del talento a la necesidad, perdido todo su
generoso entusiasmo, y teniendo en cuenta únicamente su posible utilidad, es quizá la
más amarga porfía entablada entre los requerimientos opuestos de nuestra existencia
artificial y la natural. Pero ahora habían ocurrido cosas que no sólo hacían flaquear la
resolución de Inés, sino que afectaban incluso a sus sentimientos más allá de su
capacidad de superación. Estaba acostumbrada a oír con placer la vehemente aplicación
de sus hijas a sus estudios musicales; la mañana siguiente al entierro de la abuela, al
oírlas reanudar los ejercicios, sintió como si esos sones le traspasaran el corazón. Entró
en la habitación donde estaban, y las niñas se volvieron hacia ella con su habitual
sonrisa, esperando su aprobación.
»La madre, con la forzada sonrisa de un corazón afligido, dijo que creía que no era
momento de practicar más ese día. Las hijas la comprendieron muy bien, y dejaron de
tocar; y acostumbradas a ver transformarse cualquier mueble en un medio de aportar
provisiones, no pensaron sino que podían vender sus guitarras, con la esperanza de
poder enseñar con la de los discípulos. Se equivocaban. Ese día surgieron otros
síntomas de la pérdida de resolución, de completo y desesperado abandono. Walberg
había mostrado siempre los más vehementes sentimientos de tierno respeto hacia sus
padres, sobre todo hacia su padre, cuya edad sobrepasaba en muchos años a la de su
madre. Al distribuir la comida ese día, mostró una especie de celos sórdidos y
codiciosos que hicieron temblar a Inés. Susurró a ésta:
»-¡Cuánto come mi padre..., qué bien se alimenta, mientras que a los demás apenas nos
llega para un bocado!
»-¡Prefiero que nos quedemos sin ese bocado a que le falte a padre uno solo! -dijo Inés
muy bajo-; yo apenas he probado nada.
»-¡Padre, padre! -exclamó Walberg, gritándole al oído al viejo decrépito-, ¡estáis
comiendo de más, mientras que Inés y los niños no han tomado nada!
»Y le quitó a su padre la comida de la mano, el cual miró con ojos ausentes y renunció
al disputado bocado sin un forcejeo. Un momento después, el viejo se levantó de su silla
y, con horrible y antinatural fuerza, arrebató un trozo de carne de los labios de su nieto,
y se lo tragó, mientras su boca arrugada y sin dientes sonreía con una burla a la vez
infantil y maliciosa.
292
»-¿Peleáis por vuestra cena? -exclamó Everhard, apareciendo entre ellos, soltando una
carcajada violenta y salvaje-; bien, aquí tenéis bastante para mañana, y para pasado
mañana.
»Y, efectivamente, arrojó sobre la mesa suficientes vituallas para dos días, aunque él
tenía el aspecto mds pálido cada vez. La hambrienta familia devoró las provisiones, y
olvidó preguntar la causa de su creciente palidez y evidente languidez de sus fuerzas.
[...]
»Hacía mucho que no tenían criados, y como Everhard desaparecía todos los días
misteriosamente, las hijas tenían que hacer a veces los humildes recados familiares. La
belleza de Julia, la mayor, era tan llamativa, que a menudo era su madre la que hacía los
recados más modestos por ella, antes que mandarla por las calles sin protección. La
tarde siguiente, no obstante, dado que estaba muy ocupada con las tareas domésticas,
permitió que fuese Julia a comprar comida para el otro día, dejándole su velo a este
propósito y enseñándola a ponérselo a la manera española, con la que estaba ella muy
familiarizada, a fin de que se ocultase el rostro.
»Julia, que iba con paso tembloroso a cumplir su breve recado, lo llevaba algo caído; y
un caballero que se cruzó con ella reparó al punto en su belleza. Lo humilde de sus
vestidos y su ocupación le hizo abrigar esperanzas, y se atrevió a insinuarlas. Julia
retrocedió con esa mezcla de terror e indignación de la pureza ofendida; pero sus ojos se
quedaron prendidos con inconsciente avidez en el puñado de oro que relumbraba en su
mano. Pensó en sus padres hambrientos..., en su propia fuerza desfalleciente y en su
abandonado talento. El oro aún centelleaba ante ella; sentía... no sabía qué, y huir de
determinados sentimientos es quizá la mejor victoria que podemos conseguir sobre
ellos. Pero al llegar a casa, arrojó ansiosamente la escasa compra que había hecho en
manos de su madre y, aunque hasta ahora había sido amable, dócil y tratable, anunció en
un tono de decisión, que a su sobresaltada madre (cuyos pensamientos estaban puestos
siempre en las exigencias del momento) le pareció como de una súbita locura, que
prefería morirse de hambre a volver a pisar sola las calles de Sevilla.
»Al irse a dormir, le pareció a Inés oír un débil gemido, procedente de la habitación
donde descansaba Everhard. Éste, dado que los padres se habían visto obligados a
vender la cama de ellos, les había suplicado que dejasen a Mauricio dormir con él,
alegando que el calor de su cuerpo podría sustituir la falta de mantas de su hermano
pequeño. Dos veces oyó Inés esos gemidos, pero no se atrevió a despertar a Walberg,
quien se hallaba sumido en ese profundo sueño que es a menudo refugio tanto de la
miseria insoportable como del goce saturado. Unos momentos después, cuando
hubieron cesado los gemidos, y ya estaba medio convencida de que eran sólo el eco de
esas olas que parecen batir perpetuamente los oídos del infortunado, se descorrieron las
cortinas de su cama, y apareció ante ella la figura de un niño manchado de sangre, el
pecho, los brazos, las piernas; y exclamó:
»-¡Es sangre de Everhard... se está desangrando... Me ha manchado todo! ¡Madre,
madre, levántate y sálvale la vida a Everhard!
»La figura, la voz, las palabras, le parecieron a Inés figuraciones de alguna de las
terribles pesadillas que la visitaban en sueños últimamente, hasta que estas voces de
Mauricio, el más pequeño y (en su corazón) su predilecto, la hicieron saltar de la cama y
correr tras la pequeña figura ensangrentada que avanzaba a tientas y con los pies
desnudos, hasta que llegó a la habitación contigua donde yacía Everhard. Encogida de
angustia y de miedo, caminó tan calladamente como Mauricio, para no despertar a
Walberg.
»La luz de la luna entraba de lleno por la ventana sin postigos del pequeño cuarto que
contenía estrictamente la cama. El mueble era bastante estrecho; y en sus espasmos,
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Everhard se había quitado la sábana. Así que, al acercarse Inés, vio que yacía en una
especie de belleza cadavérica, a la que la luna confería un efecto que habría hecho su
figura digna del pincel de un Murillo, un Rosa o uno de esos pintores que, inspirados
por el numen del sufrimiento, se complacen en representar las más exquisitas formas
humanas en la extremidad de la agonía. Un san Bartolomé desollado, con su piel
colgando en torno suyo en graciosa colgadura; un san Lorenzo asado sobre una parrilla
y exhibiendo velada, medio descubierta, bajo la luz lunar. Los níveos miembros de
Everhard estaban extendidos como esperando el examen de un escultor, e inmóviles
como si efectivamente fuesen lo que aparentaban su color y simetría, a saber: los de una
estatua de mármol. Tenía los brazos caídos sobre su cabeza, y la sangre manaba en
abundancia de las venas abiertas en ambos; su cabello brillante y rizado formaba
grumos con la roja sangre que brotaba de los brazos; sus labios estaban azules, y un
gemido muy débil brotó de ellos al inclinarse su madre. Esta visión barrió
instantáneamente en Inés todos los demás temores y sentimientos, y profirió un grito
pidiendo auxilio a su esposo. Walberg, tambaleándose de sueño, entró en la habitación.
Lo que vio ante sí fue suficiente. Inés sólo tuvo fuerzas para señalar a su hijo. El
desdichado padre salió precipitadamente en busca de ayuda médica, que se vio obligado
a solicitar gratuitamente, y en mal español, mientras sus acentos le traicionaban en cada
puerta que llamaba, y que se cerraba ante él por extranjero y hereje. Por último, un
cirujano-barbero (pues ambas profesiones iban unidas en Sevilla) accedió a atenderle
tras muchos bostezos, y acudió debidamente provisto de hilaza y estípticos. El trayecto
era corto, y no tardó en encontrarse junto a la cama del joven paciente. Los padres
observaron, con indecible consternación, las lánguidas miradas de saludo, la lívida
sonrisa de reconocimiento, con que Everhard le miró al acercarse el cirujano a su lecho;
y cuando consiguió contener la hemorragia y le hubo vendado los brazos,
intercambiaron unos susurros él y el paciente, y éste alzó su desangrada mano hacia los
labios, y dijo:
»-Recordad nuestro trato.
»Al retirarse el hombre, le siguió Walberg y le pidió que le explicase qué significaban
las palabras que había oído. Walberg era alemán y colérico; el cirujano, español y frío.
»-Mañana os lo diré, señor -dijo, guardando sus instrumentos-; entretanto, estad seguro
de mi asistencia gratuita a vuestro hijo, y de que se recuperará. En Sevilla pensamos que
sois hereje; pero ese joven bastaría para canonizar a toda la familia y redimir una
montaña de pecados.
»Y con estas palabras se marchó. Al día siguiente acudió a asistir a Everhard; y lo
mismo hizo varios días más, hasta que se recuperó por completo sin aceptar la más
mínima remuneración, hasta que el padre a quien la miseria había vuelto receloso de
todo y de nada, se apostó junto a la puerta y escuchó el horrible secreto. No lo reveló a
su esposa; pero desde ese momento se observó que su tristeza se hacía más intensa, y las
conversaciones que solía sostener con su familia sobre su infortunio, y los modos de
conjurarlo mediante recursos el momento, cesaron total y definitivamente.
»Everhard, ya restablecido, pero todavía pálido como la viuda de Séneca, ¡tuvo por fin
en condiciones de sumarse a las reuniones de la familia, y de aconsejar y sugerir algún
recurso, con una energía mental que su debilidad física no podía vencer. Un día, al
reunirse para deliberar sobre los medios de proveer sustento para el siguiente, echaron
en falta por primera vez al padre. A cada palabra que se decía, se volvían hacia él para
su aprobación... pero no estaba. Al fin, entró en el aposento, aunque no tomó parte en la
deliberación. Se apoyó sombríamente contra la pared, y aunque Everhard y Julia volvían
sus miradas suplicantes hacia él a cada frase, él desviaba taciturno la cabeza. Inés, que
parecía absorta en su labor, aunque sus temblorosos dedos apenas podían manejar la
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aguja, hizo una seña a sus hijos para que no le importunasen. Sus voces bajaron de tono
inmediatamente, y se juntaron sus cabezas. La mendicidad parecía el único recurso de la
desventurada familia... y convinieron en que la tarde era el mejor período para
intentarlo. El desdichado padre siguió meciéndose contra el enmaderado hasta que llegó
la tarde. Inés remendó las ropas de los niños, tan deterioradas ya que cada intento de
arreglarlas provocaba un nuevo desgarrón, y cada hilo que ponía parecía menos delgado
que la raída trama sobre la que trabajaba.
»El abuelo, sentado aún en su amplia silla gracias al cuidado de Inés (su hijo se había
vuelto muy indiferente respecto a él), la observaba mover los dedos; y exclamó, con la
petulancia de la chochez:
»-¡Sí: cúbrelos de bordados, mientras yo voy lleno de harapos... de harapos! -repitió,
cogiéndose las frágiles ropas que la humilde familia había podido conservarle a duras
penas. Inés trató de apaciguarle, y le enseñó la labor ara que viese que eran restos de
antiguos vestidos de sus hijos que estaba zurziendo. Pero, con un horror indecible, vio
que su esposo, irritado ante estas expresiones seniles, desfogó su frenética y terrible
indignación en un lenguaje que ella trató de sofocar apremiando aún más al anciano y
procurando fijar su atención en ella y en su labor. Lo logró fácilmente, y todo siguió
tranquilo, hasta que llegó el momento de separarse para salir a mendigar. Entonces, un
nuevo e indecible sentimiento tembló en el corazón de uno de los jóvenes vagabundos.
Julia recordó el incidente de la tarde anterior; pensó en el oro tentador, las palabras
halagadoras y el tono del apuesto galán. Vio a su familia pereciendo en la miseria a su
alrededor, sintió cómo iban consumiéndose sus ropias fuerzas, y al lanzar una ojeada
por la escuálida estancia, el oro centelleó más y más vivamente en sus ojos. Una
desmayada esperanza, ayudada quizá por un atisbo más desmayado aún de perdonable
orgullo, brotó en su corazón. "Quizá pueda amarme -murmuró para sí-; y creo que no
soy indigna de su mano -luego, la desesperación volvió a la carga-. Moriré de hambre -
pensó- si vuelvo sin nada... ¡Y por qué no puedo yo beneficiar a mi familia con mi
muerte! ¡Yo no sobreviviría a la vergüenza; pero ellos sí, porque nunca lo sabrán!"
Salió y tomó una dirección distinta a la de su familia.
»Llegó la noche, y regresaron los vagabundos uno a uno lentamente... Julia fue la
última. Sus hermanos habían conseguido una pequeña limosna cada uno, ya que habían
aprendido el suficiente español para mendigar. La cara del viejo mostró una sonrisa
vacía al ver sacar lo recogido; lo cual, no obstante, apenas bastaba para proporcionarle
una comida al más pequeño.
»-¿Y tú, no has traído nada, Julia? -dijeron los padres.
»Julia permanecía apartada, y en silencio. Su padre repitió la pregunta con voz fuerte e
irritada. Se sobresaltó ella al oírle y, avanzando precipitadamente, hundió la cabeza en
el pecho de su madre.
»-Nada, nada -exclamó con voz entrecortada y sofocada-. Lo he inten- tado... mi débil y
malvado corazón se ha sometido a la idea durante un instante pero no, ni siquiera por
salvaros a vosotros de la muerte sería capaz!... ¡He regresado a casa dispuesta a morir la
primera!
»Sus estremecidos padres la comprendieron; y en medio de la agonía, la bendijeron y
lloraron, aunque no de aflicción. Dividieron la comida, de la que Julia se negó
firmemente a participar al principio, porque no había contribuido a ella, hasta que su
renuencia fue vencida por la afectuosa insistencia de los demás, y accedió.
»Fue durante este reparto de lo que todos creían que iba a ser su última comida, cuando
Walberg dio una de esas muestras de súbita y temible violencia de genio, rayano en la
locura, que había manifestado últimamente. Pareció observar, con sombrío disgusto,
que su esposa había reservado (como siempre) la porción más grande para su padre. Al
295
principio la miró de reojo, gruñendo para sí. Luego alzó la voz, aunque no tanto como
para que le oyese el sordo anciano, el cual devoraba indolentemente su sórdida comida.
Después, los sufrimientos de sus hijos parecieron inspirarle una especie de violento
resentimiento; y levantándose de un salto, gritó:
»-¡Mi hijo vende su sangre a un cirujano para salvamos la vida!54 ¡Mi hija tiembla en el
mismo borde de la prostitución por procuramos comida! -luego, dirigiéndose a su padre-
¿Y qué haces tú, viejo chocho? ¡Levántate..., levántate, y pide limosna tú también, o
muérete de hambre! -y diciendo esto, alzó su mano contra el desvalido anciano. Ante
este horrible espectáculo, Inés profirió un alarido, y los niños, abalanzándose, se
interpusieron. El desdichado padre, furioso hasta la locura, empezó a repartir golpes a
todos, que ellos soportaron sin un murmullo; luego, una vez disipada la tormenta, se
sentó y lloró.
»En ese momento, para asombro y terror de todos, salvo de Walberg, el viejo, que desde
la noche del entierro de su esposa no se había movido sino para ir de la silla a la cama, y
eso con ayuda, se levantó de repente y, obedeciendo aparentemente a su hijo, se
encaminó con paso firme hacia la puerta. Al llegar a ella se detuvo, se volvió a mirarles
con un infructuoso esfuerzo de memoria, y salió lentamente; y fue tal el terror que
sintieron todos ante este último gesto suyo, como de un cadáver dirigiéndose al lugar de
su enterramiento, que nadie trató de cerrarle el paso, y aun transcurrieron varios minutos
antes de que a Everhard le viniera la idea de salir tras él.
»Entretanto, Inés había enviado a los niños a la cama; y sentándose todo lo cerca que
pudo atreverse del desventurado padre, trató de dirigirle algunas palabras de consuelo.
Su voz, que era exquisitamente dulce y suave, produjo un efecto maquinal en él. Se
volvió hacia ella al principio, luego apoyó la cabeza sobre su propio brazo, y derramó
en silencio algunas lágrimas; después, ocultando el rostro en el pecho de su esposa,
lloró audiblemente. Inés aprovechó el momento para imprimir en su corazón el horror
que sentía por la ofensa que había cometido, y le rogó que suplicase piedad a Dios por
el crimen que, a sus ojos, era poco menos que un parricidio. Walberg le preguntó a qué
se refería; y cuando, temblando, le dijo ella: "¡A tu padre, a tu pobre y anciano padre!",
él sonrió con una expresión de misteriosa y sobrenatural confianza que le heló la sangre;
y acercándosele al oído, le susurró suavemente:
»-¡Yo no tengo padre! ¡Mi padre ha muerto..., murió hace mucho tiempo! ¡Lo enterré la
noche que cavé la fosa de mi madre! Pobre viejo -añadió con un suspiro-; fue mejor
para él... habría vivido sólo para llorar, y perecer de hambre, quizá. Pero te lo voy a
contar, Inés, y guárdame el secreto: yo me preguntaba qué era lo que hacía que nuestras
provisiones disminuyesen tanto, hasta el punto de que, lo que ayer era suficiente para
cuatro, hoy no bastaba para uno. Vigilé, y finalmente descubrí (pero esto debe quedar en
secreto) que un viejo duende visitaba a diario esta casa. Venía en forma de viejo
harapiento y con una larga barba blanca, y devoraba cuanto había en la mesa, ¡mientras
los niños permanecían a su lado hambrientos! Pero le he pegado, le he maldecido, le he
expulsado en nombre del Todopoderoso, y se ha ido. ¡Oh, era un duende feroz y
devorador! Pero ya no nos molestará más, y habrá bastante comida. Bastante -dijo el
infeliz, volviendo involuntariamente a sus habituales asociaciones-, ¡bastante para
mañana!
»Inés, sobrecogida de horror antes evidente prueba de demencia, no le interrumpió ni le
puso objeción alguna; trató sólo de calmarlo, rezando interiormente por que su propio
entendimiento se salvara de un muy probable deterioro. Walberg captó su mirada de
desconfianza y, con el vivo recelo de la demencia parcial, dijo:
54 Verídico: ocurrió en una familia francesa no hace muchos años. (N. del A.)
296
»-Si no te crees esto, menos te creerás, supongo, la historia de esa espantosa visita que
recientemente se me ha hecho familiar.
»-¡Oh, amor mío! -dijo Inés, que reconoció en estas palabras la fuente de todo el miedo
que últimamente, debido a ciertos detalles singulares que había observado en el
comportamiento de su esposo, se había apoderado de su alma, haciendo que, en
comparación, el miedo al hambre resultase relativamente trivial-; tengo miedo de
comprenderte demasiado bien. He podido soportar la angustia de la necesidad y el
hambre, sí, y te he visto a ti soportarla también; pero las horribles palabras que acabas
de pronunciar, los horribles pensamientos que se te escapan en sueños... cuando pienso
en todas esas cosas, e Imagmo...
»-No hace falta que imagines -dijo Walberg interrumpiéndola-: yo te lo contaré todo.
» Y mientras hablaba, su trastornada expresión se cambió en otra de perfecta cordura y
serena confianza; se relajaron sus facciones, y sus ojos se volvieron firmes.
»- Todas las noches -dijo-, desde nuestra última desgracia, he andado vagando en busca
de limosna, y he suplicado a todo extraño con el que me he cruzado; desde hace poco,
vengo encontrándome con el enemigo del hombre, quien...
»-¡Oh, calla, amor mío; deja esos horribles pensamientos; son consecuencia de tu
trastornado y desventurado estado mortal!
»-Inés, escúchame. Veo a esa figura tan claramente como te veo a ti, y oigo su voz con
la misma nitidez que tú oyes la mía en este momento. La necesidad y la miseria no son
naturalmente fecundas en productos de la imaginación: se aferran demasiado a las
realidades. Ningún hombre que necesite una comida concibe que tiene un banquete
servido ante sí, y que el tentador le invita a sentarse y comer hasta saciarse. No, no,
Inés. El malo, o algún agente suyo en forma humana, me acosa todas las noches, y no sé
cómo seguir resistiendo a sus asechanzas.
»-¿En qué forma se aparece? -dijo Inés, esperando desviar el cauce de sus lúgubres
pensamientos fingiendo seguir su misma dirección.
»-En la de un hombre maduro, serio y grave, y sin nada notable en su aspecto, salvo el
brillo de sus ojos ardientes, cuyo fulgor resulta casi insoportable. A veces los clava en
mí, y siento como una fascinación en su mirada. Todas las noches me sale al encuentro,
y pocos como yo podrían resistirse a sus seducciones. Me ha dicho, y me ha probado,
que está en su poder concederme cuanto puede ansiar la codicia humana, a condición de
que... ¡no lo puedo decir! ¡Es algo tan horroroso e impío, que aun oírlo es un crimen
escasamente menor al de sucumbir a él!
»Inés, incrédula todavía, aunque imaginando que apaciguar su delirio era quizá la mejor
manera de superarlo, le preguntó cuál era esa condición. Aunque estaban solos, Walberg
se la dijo en voz baja; e Inés, si bien fortalecida por su juicio hasta ahora equilibrado, y
su carácter frío y sereno, no pudo por menos de recordar ciertas historias que había oído
de niña antes de marcharse de España, sobre un ser al que se le había concedido errar
por ella, y tentar a los hombres agobiados por la extrema calamidad con tal
ofrecimiento, el cual era rechazado invariablemente, aun en las últimas extremidades de
la desesperación y la muene. Inés no era supersticiosa; pero al sumarse ahora su
recuerdo a la descripción de su esposo de lo que le había ocurrido, se estremeció ante la
posibilidad de que estuviese expuesto a semejante tentación; y se esforzó en infundirle
ánimos con argumentos igualmente apropiados, tanto si tenía trastornada la imaginación
como si era verdaderamente víctima de esta espantosa persecución. Le recordó que si,
aun en España, donde prevalecían las abominaciones del Anticristo y era completo el
triunfo de la madre de la brujería y la seducción espiritual, había sido rechazado con tan
absoluta aversión el espantoso ofrecimiento al que aludía, su rechazo por parte de uno
297
que había abrazado las puras doctrinas del evangelio debía ser expresado con la doble
energía del sentimiento y el santo desafío.
»- Tú -dijo la heroica mujer- me enseñaste que las doctrinas de la salvación deben
buscarse tan sólo en las Sagradas Escrituras; yo te creí, y me casé contigo en esa
creencia. Estamos unidos menos por el cuerpo que por el alma; pues por el cuerpo,
probablemente ninguno de los dos durará mucho. Tú me señalaste, no las leyendas de
santos fabulosos, sino las vidas de los primitivos apóstoles y los mártires de la
verdadera Iglesia. En ellos he leído, no cuentos de "humildad voluntaria" y
automaceración (sufrimientos inútiles), sino que el pueblo de Dios fue "expulsado,
afligido, atormentado". ¿Nos atreveremos a quejarnos ante los que tú me has enseñado
como ejemplos de sufrimiento? Soportaron el expolio de sus bienes, vagaron con sus
pieles de oveja y de cabra, resistieron hasta sangrar, luchando contra el pecado. ¿Y nos
lamentamos de la suerte que nos ha tocado, cuando nuestros corazones se han inflamado
tantas veces leyendo juntos las Sagradas Escrituras? ¡Ay! ¿De qué sirve el sentimiento
hasta que la realidad lo pone a prueba? ¡Cómo nos engañábamos a nosotros mismos
creyendo que participábamos en los sentimientos de estos santos hombres, cuando
estábamos muy lejos de la prueba que ellos soportaron! ¡Leíamos cómo sufrieron
encarcelamientos, torturas y la hoguera! Cerrábamos el libro, y compartíamos una
confortable comida, y nos retirábamos a un lecho apacible, triunfantes en el
pensamiento, y saturados de todo el bien mundano, convencidos de que si las pruebas
hubiesen sido nuestras, podríamos haberlas soportado igual que ellos. Ahora ha llegado
nuestra hora: ¡una hora difícil y terrible!
»-¡Lo es! -murmuró el tembloroso marido.
»-Pero ¿vamos a retroceder por eso? -replicó su esposa-. Tus antepasados, que fueron
los primeros en Alemania que abrazaron la religión reformada, derramaron su sangre y
murieron en la hoguera por ella, como me has contado tantas veces; ¿puede haber
mayor prueba que ésa?
»-Creo que sí -dijo Walberg, cuyos ojos giraron de manera espantosa-: ¡la de morir de
hambre por ella! ¡Oh, Inés! -exclamó, cogiéndole las manos convulsivamente-, me
parece que la muerte en la hoguera sería misericordiosa, comparada con las prolongadas
torturas del hambre, con esta muerte que experimentamos día a día... ¡Y sin acabar de
morir! ¿Qué es lo que tengo en mis manos? -exclamó, apretando inconscientemente la
mano que tenía entre las suyas.
»-Es mi mano, amor mío -contestó la temblorosa esposa.
»-¿Tú mano? No... ¡imposible! Tus dedos eran suaves y frescos, pero éstos están secos;
¿es esto una mano humana?
»-Es la mía -dijo la esposa, llorando.
»-Entonces, debes estar muriéndote de hambre -dijo Walberg, despertando de su sueño.
»-Últimamente, todos nos estamos muriendo de eso -respondió Inés, satisfecha de haber
restituido el juicio de su marido, aun a costa de esta horrible confesión-. Todos... aunque
yo soy la que menos ha sufrido. Cuando una familia pasa hambre, los hijos piensan en
comer; en cambio, la madre piensa sólo en sus hijos. He vivido con lo mínimo que...
que he podido; a decir verdad, no tenía apetito.
»-¡Chisst! -dijo Walberg, interrumpiéndola-, ¿qué ruido es ése? ¿No ha sido como un
gemido agónico?
»-No; son los niños, que gimen en sueños.
»-¿Por qué gimen?
»-Gimen de hambre, supongo -dijo Inés, rindiéndose involuntariamente a la tremenda
convicción de la habitual miseria.
298
»- Y yo aquí sentado, escuchando esto -dijo Walberg, levantándose de un salto-, oyendo
el sueño de los niños turbado por los sueños del hambre, mientras que por pronunciar
una palabra podría acumular sobre este piso montañas de oro, sólo a cambio de...
»-¿De qué? -dijo Inés, pegándose a él-; ¿de qué? ¡Oh, piensa a cambio de qué!; ¿qué
puede recibir un hombre a cambio de su alma? ¡Oh, déjanos morir de hambre, pudrirnos
ante tus ojos, antes que firmar tu perdición con ese horrible!...
»-¡Escúchame, mujer! -dijo Walberg, volviendo hacia ella unos ojos casi tan feroces y
fulgurantes como los de Melmoth, y cuyo fuego, efectivamente, parecía tomado de
ellos-: ¡Escúchame! ¡Mi alma está perdida! Los que mueren en las agonías del hambre
no conocen ningún Dios, ni lo necesitan tampoco; si permanezco aquí, muriéndome de
hambre con mis hijos, tan cierto es que blasfemaré contra el Autor de mi ser como que
renunciaré a Él bajo las espantosas condiciones que me han sido propuestas.
Escúchame, Inés, y no tiembles. ¡Ver a mis hijos morir de hambre será para mí el
suicidio inmediato y la irremediable desesperación! En cambio, si acepto este espantoso
ofrecimiento, puedo arrepentirme después... ¡puedo escapar! Hay esperanza por ese
lado; ¡Por el otro no hay ninguna, ninguna!... ¡Ninguna! Tus manos se ciñen a mi
alrededor, ¡pero su tacto es frío! ¡Las privaciones te han consumido hasta convertirte en
una sombra! ¡Muéstrame el medio de procurar otra comida, y escupiré y rechazaré al
tentador! Pero ¿dónde puedo buscarla? ...¡Así que déjame que vaya a buscarle! Tú
rezarás por mí, Inés... ¿verdad que sí? ¿Y los niños? ...¡No, no les dejes que recen por
mí! En mi desesperación, me he olvidado de rezar, y sus oraciones serían ahora un
reproche para mí. ¡Inés! ¡Inés! ¿Qué es esto, le estoy hablando a un cadáver? -
efectivamente, eso parecía, ya que la desventurada se había desplomado a sus pies sin
sentido-. ¡Gracias a Dios! -exclamó con energía, al verla aparentemente sin vida ante sí-
.Gracias a Dios que ha sido una palabra lo que la ha matado; es una muerte más benigna
que la del hambre. ¡Habría sido misericordioso estrangularla con estas manos! ¡Ahora
les toca a los niños! -exclamó, mientras contendían horribles pensamientos en su
vacilante y desequilibrada mente; e imaginó oír en sus oídos el rugido del mar con toda
su atronadora fuerza, y vio diez mil olas estrellándose a sus pies, y cada una de ellas era
de sangre-. ¡Ahora les toca a los niños! -y se puso a buscar a tientas algún instrumento
de destrucción. Al hacerlo, su mano izquierda se cruzó con la derecha y, cogiéndola,
exclamó como si sintiese una espada en la mano-: Esto servirá; forcejearán, suplicarán,
pero les diré que su madre ha muerto a mis pies; y entonces, ¿qué podrán decir?
Veamos -se dijo el desventurado, sentándose sosegadamente-; si me imploran, ¿qué les
contestaré? A Julia, a la que lleva el nombre de su madre, y al pobre Mauricio que
sonríe a pesar del hambre, y cuyas sonrisas son peor que maldiciones... ¡Les diré que su
madre ha muerto! -exclamó, dirigiéndose con paso vacilante hacia la puerta del
aposento de sus hijos-. ¡Que ha muerto sin un golpe! Ésa será la respuesta que recibirán,
y su destino.
»Mientras hablaba, tropezó con el cuerpo exánime de su esposa; y la excitación de su
mente se elevó otra vez al más alto grado de consciente agonía, y gritó:
»-¡Hombres!, ¡hombres!, ¿qué son vuestros afanes y pasiones?, ¿vuestras esperanzas y
temores?, ¿vuestras luchas y triunfos? ¡Miradme!, ¡aprended de un ser humano como
vosotros que predica su último y pavoroso sermón sobre el cadáver de su esposa, y se
acerca a los cuerpos de sus hijos dormidos que pronto serán cadáveres también!... ¡Y lo
van a ser por intermedio de su propia mano! ¡Escuchadme todo el mundo! ¡Renunciad a
vuestras artificiosas apetencias y deseos, y dad a quienes dependen de vosotros para
sobrevivir un medio de subsistencia! ¡No existe cuidado ni pensamiento alguno,
después de esto! Dejad que nuestros hijos me pidan instrucción, perfeccionamiento,
distinción; me lo pedirán en vano; me considero inocente. Eso pueden procurárselo ellos
299
por sí mismos, o exigirlo si se alistan; ¡pero nunca seré indiferente a que me pidan pan,
como lo han hecho... y aún lo siguen haciendo ahora! ¡Oigo los gemidos de sus sueños
hambrientos! ¡Mundo... mundo, sé prudente y deja que tus hijos te maldigan en la cara
por lo que sea, menos porque les falta el pan! ¡Oh, ésa es la más amarga de las
maldiciones, y la que más se siente cuando menos se profiere! ¡Yo la he sentido muchas
veces, pero no la sentiré ya más! -y el desdichado se dirigió vacilando hacia los lechos
de sus hijos.
»-¡Padre!, ¡padre! -exclamó Julia-; ¿son tus manos? ¡Oh!, déjame vivir, y haré lo que
sea, lo que sea, menos...
»-¡Padre!, ¡padre querido! -exclamó Inés-; ¡perdónanos! ¡Mañana podremos traerte otra
comida!
»Mauricio, el pequeño, saltó de la cama y gritó, agarrándose a su padre:
»-¡Oh, padre, perdóname!... pero he soñado que había un lobo en la habitación, y nos
mordía en la garganta; y yo gritaba tanto, padre, que creí que nunca vendrías. Y ahora...
¡Oh, Dios!, ¡oh, Dios! -exclamó al sentir que las manos del frenético desdichado
atenazaban su garganta-. ¿Eres tú el lobo?
»Afortunadamente, sus manos eran impotentes a causa de la misma convulsión de la
agonía que las impulsaba a este desesperado esfuerzo. Las hijas se habían desvanecido
de horror, y su desvanecimiento se asemejaba a la muerte. El pequeño tuvo la astucia de
hacerse el muerto también, y se quedó tendido y con la respiración contenida, bajo la
feroz aunque perpleja garra que le atenazaba el cuello; luego se aflojó..., a continuación
apretó otra vez, y después soltó su presa como al finalizar un espasmo.
»Cuando el desdichado padre creyó que todo había concluido, se retiró de la cámara. Y
al hacerlo, tropezó con la cadavérica figura de su esposa. Un gemido anunció que la
infeliz no había muerto.
»-¿Qué es esto? -dijo Walberg, tambaleándose en su delirio-; ¿acaso el cadáver me
reprocha que les haya matado? ¿O sobrevive en él un aliento para maldecirme por no
haber completado mi obra?
»Mientras hablaba, puso un pie sobre el cuerpo de su esposa. En ese momento oyó un
sonoro golpe en la puerta.
»-¡Ya vienen! -dijo Walberg, cuyo frenesí le hizo pensar atropelladamente en las
escenas de su imaginario asesinato, y en las consecuencias de un proceso judicial-.
¡Bien!, entrad, llamad otra vez, alzad el picaporte, o pasad como queráis; aquí estoy
sentado en medio de los cuerpos de mi esposa y mis hijos; los he matado, lo confieso;
venís a someterme a tortura, lo sé..., pero no importa; jamás me infligirán vuestros
tormentos más agonía que la de verles perecer de hambre ante mis ojos. Entrad,
entrad..., ¡la acción ya se ha consumado! Tengo el cadáver de mi esposa a mis pies, y la
sangre de mis hijos en las manos..., ¿qué más puedo temer?
»Y mientras el desdichado hablaba de este modo, se derrumbó en la silla, y se dedicó a
limpiarse las manchas de sangre que imaginaba que ensuciaban sus dedos. Por último,
las llamadas a la puerta se hicieron más sonoras; levantaron el picaporte y entraron tres
figuras en el aposento donde se hallaba Walberg. Avanzaron lentamente: dos de ellas,
debido a la edad y al cansancio, y una tercera, presa de una fuerte emoción. Walberg no
les oyó; tenía los ojos fijos, y las manos fuertemente entrelazadas; no movió un solo
músculo cuando se le acercaron.
»-¿No nos conocéis? -dijo el primero, alzando una linterna que llevaba en la mano.
»Su luz se derramó sobre un grupo digno del pincel de Rembrandt. La habitación estaba
en completa oscuridad, salvo las zonas donde se proyectaba la fuerte y viva luz. Ésta
iluminó la rígida y obstinada desesperación de Walberg, que parecía petrificado en su
silla. Reveló también la figura del servicial sacerdote que había sido el director
300
espiritual de Guzmán, y cuyo semblante, pálido y macilento por los años y las
austeridades, parecía luchar con la sonrisa que temblaba entre sus arrugas. Detrás de él
estaba el padre de Walberg, con aspecto de completa apatía, salvo cuando, tras un
momentáneo esfuerzo de memoria, movía negativamente su blanca cabeza, como
preguntándose qué hacía él allí... y por qué no podía hablar. Sosteniéndole, venía la
joven figura de Everhard, sobre cuyas mejillas y ojos irradiaban un brillo y fulgor
demasiado resplandecientes para ser duraderos, a los que inmediatamente se pegó a su
achacoso abuelo como si necesitase el apoyo que parecía prestar. Walberg fue el
primero en romper el silencio:
»- Ya sé quiénes sois -dijo con voz hueca-; habéis venido a detenerme..., habéis oído mi
confesión... ¿A qué esperáis? Sacadme a rastras. Yo mismo me levantaría y os seguiría
si pudiese, pero siento como si hubiera echado raíces en esta silla; tendréis que tirar de
mí.
»Mientras hablaba, su esposa, que había permanecido tendida a sus pies, se levantó
lenta pero firmemente; y, de todo lo que vio y oyó, pareció comprender sólo el
significado de las palabras de su esposo, lo rodeó fuertemente con sus brazos, como
para impedirle que huyese de ella, y miró al grupo con una expresión de impotente y
horrible desafío.
»-¿Otro testigo -exclamó Walberg- se levanta de la muerte contra mí? Así, pues, ha
llegado el momento- y trató de levantarse.
»-Deteneos, padre -dijo Everhard, adelantándose rápidamente y reteniéndole en su silla-
; quedaos donde estáis; hay buenas noticias, y este buen sacerdote ha venido a traerlas:
escuchadle, padre; yo no puedo hablar.
»-¡Tú!, ¡tú! Everhard -contestó el padre con una expresión de lúgubre reproche-. ¡Tú
también vas a declarar contra mí! ¡Yo jamás he levantado la mano contra ti! Aquellos a
quienes he matado, callan, ¿y tú quieres ser mi acusador?
»Se agruparon todos a su alrededor, en parte aterrados y en parte deseosos de
consolarle; pero ansiosos todos por revelarle la nueva que embargaba sus corazones,
aunque temerosos de que dicha nueva resultase una carga demasiado pesada para la
frágil embarcación que oscilaba y cabeceaba ante ellos, como si la siguiente brisa fuese
a ser para ella como un temporal. Por último, habló el sacerdote, quien, por las
necesidades de su profesión, desconocía los sentimientos familiares y las alegrías y
angustias que se hallan inseparablemente unidas a las fibras de los corazones
conyugales y paternos. Ignoraba por completo lo que Walberg podía sentir como esposo
o como padre, ya que jamás había sido ninguna de las dos cosas; pero sabía que las
buenas noticias eran buenas noticias, fueran cuales fuesen los oídos que las recibieran y
los labios que las pronunciaran.
»- Tenemos el testamento -exclamó de pronto-, el verdadero testame to de Guzmán. El
otro no era -y pidió perdón a Dios y a los santos por decirlo- más que una falsificación.
Hemos encontrado el testamento, y vos y vuestra familia sois los herederos de toda su
fortuna. Venía a comunicároslo, pese a lo tarde que es, y tras haber obtenido con mucha
dificultad permiso del superior, cuando me he encontrado por el camino a este anciano,
al que conducía vuestro hijo... ¿Cómo es que sale tan tarde? -a estas palabras, observó
que Walberg se estremecía presa de un breve aunque violento espasmo-. ¡Ha sido
encontrado el testamento! -repitió el sacerdote, viendo el poco efecto que sus palabras
parecían hacer en Walberg, y levantó la voz al máximo.
»-Han encontrado el testamento de mi tío -repitió Everhard.
»-¡Encontrado..., encontrado..., encontrado! -repitió el abuelo como un eco, sin saber lo
que decía, pero repitiendo vagamente las últimas palabras que había oído, y mirando
luego a su alrededor como buscando explicación.
301
»-Han encontrado el testamento, amor mío -exclamó Inés, que parecía haber recobrado
súbita y totalmente la conciencia ante la noticia-. ¿Es que no lo oyes, amor mío? Somos
ricos... ¡somos felices! Dinos algo, amor mío, y no pongas esa mirada de ausencia...
¡dinos algo!
»Siguió un largo silencio. Por último:
»-¿Quiénes son ésos? -dijo Walberg con voz hueca, señalando las figuras que tenía ante
sí, a las que miraba con expresión fija y horrible, como si contemplase una banda de
espectros.
»- Tu hijo, amor mío; y tu padre... y el bondadoso sacerdote. ¿Por qué nos miras con
tanto recelo?
»-¿ Y por qué han venido? -dijo Walberg.
»Una y otra vez le comunicaron la noticia, en unos tonos que, trémulos a causa de
diversas emociones, apenas podían expresar su significado. Finalmente, pareció tener
débil conciencia de lo que le decían y, mirando en torno suyo, exhaló un hondo y
pesado suspiro. Dejaron de hablar y le miraron en silencio.
»-¡Riqueza!, ¡riqueza!; llega demasiado tarde. ¡Mirad eso... mirad eso! -y señaló la
habitación donde estaban los niños.
»Inés, con un horrible presentimiento en el corazón, entró precipitadamente, y vio a sus
hijas tendidas aparentemente sin vida. El grito que profirió, al caer sobre sus cuerpos,
hizo que el sacerdote y su hijo acudieran en su ayuda, y Walberg y el viejo se quedaron
solos, mirándose el uno al otro con expresiones de completa insensibilidad: la apatía de
la vejez y el estupor de la desesperación formaron un singular contraste con la frenética
y loca agonía de los que aún conservaban sus sentimientos. Pasó mucho rato antes de
que las hijas se recobrasen de su mortal desmayo, y mucho más, antes de que el padre se
convenciese de que los brazos que le estrechaban y las lágrimas que caían sobre sus
mejillas eran de sus hijos vivos.
»Toda esa noche, su esposa y familia lucharon con su desesperación. Finalmente,
pareció volverle de pronto la memoria. Derramó algunas lágrimas; luego, con una
minuciosidad de recuerdo a la vez singular y afectuosa, se echó a los pies del anciano,
quien; mudo y agotado, seguía en su silla, y exclamó: "¡Padre, perdóname!", y ocultó
su rostro entre las rodillas de su padre. [...]
»La felicidad es un poderoso reconstituyente: a los pocos días, el ánimo de todos
pareció recobrar el equilibrio. Lloraban a veces, pero sus lágrimas ya no eran de dolor;
parecían esas lluvias matinales de una primavera hermosa que anuncian el aumento del
calor y la belleza del día. Los achaques del padre de Walberg hicieron que éste
decidiese no marcharse de España hasta su fallecimiento, que tuvo lugar pocos meses
después. Murió en paz, bendiciendo y bendecido. Su hijo fue el único que le prestó
auxilio espiritual, y un doloroso y transitorio momento de lucidez le permitió
comprender y expresar su alegría y confianza en los sagrados textos que le fueron
leídos. La riqueza de la familia les había proporcionado cierta importancia, y, por
mediación del bondadoso sacerdote, se les permitió enterrar el cuerpo en suelo
consagrado. La familia partió entonces para Alemania, donde reside en próspera
felicidad; pero aun hoy se estremece Walberg del horror, cada vez que se acuerda de las
espantosas tentaciones del desconocido, a quien encontraba en sus vagabundeos
nocturnos en la hora de la adversidad; y los horrores de esta vista parecen agobiar su
memoria más aún que las imágenes de su familia pereciendo de necesidad.
»-Hay otros relatos relacionados con este misterioso ser -prosiguió el desconocido, que
yo poseo y he recogido con gran dificultad, ya que el desventurado que se expone a sus
tentaciones considera su desgracia como un crimen, y oculta, con el más ansioso sigilo,
toda circunstancia de esta horrible visita. Nos reuniremos otra vez, señor, y os los
302
contaré; y veréis cómo no son menos extraordinarios del que acabo de referiros. Pero
ahora es demasiado tarde, y necesitaréis descansar después de la fatiga de vuestro viaje.
» Y dicho esto, el desconocido se retiró.
»Don Francisco permaneció sentado en su silla, meditando sobre la singular historia que
había escuchado, hasta que lo avanzado de la hora, unido al cansancio y a la atención
sostenida con que había seguido el relato del desconocido, le sumieron insensiblemente
en un profundo sueño. Pocos minutos después le despertó un leve ruido en la
habitación; yal alzar los ojos, vio sentada frente a él a otra persona, a la que no
recordaba haber visto antes, pero que evidentemente era la misma a quien se le había
negado aposento en esta casa la noche anterior. Sin embargo, parecía sentirse totalmente
a gusto; y ante la mirada sorprendida e inquisitiva de don Francisco, replicó que era un
viajero al que, por equivocación, habían introducido en este aposento; y que hallando a
su ocupante dormido, y viendo que su entrada no le había turbado el descanso, se había
tomado la libertad de quedarse, aunque se retiraría si su presencia era considerada una
intrusión.
»Mientras hablaba, don Francisco tuvo tiempo de observarle. Había algo especial en su
expresión, aunque no le resultaba fácil determinar el qué; y su ademán, aunque no era
cortés ni conciliador, tenía una seguridad que parecía más resultado de la independencia
de pensamiento que de los hábitos adquiridos en sociedad.
»Don Francisco le invitó grave y lentamente a quedarse, no sin una sensación de pavor a
la que no lograba encontrar explicación; y el desconocido le devolvió el cumplido de un
modo que no disipó esa impresión. Siguió un largo silencio. El desconocido (que no dio
a conocer su nombre) fue el primero en romperlo, excusándose por haber oído
casualmente, desde un aposento contiguo, la extraordinaria historia o relato que
acababan de contarle a don Francisco, y que le había interesado profundamente; lo que
paliaba (añadió, inclinando la cabeza con un gesto de ceñuda y renuente urbanidad) la
indiscreción al escuchar una conversación no destinada a él.
»A todo lo cual no pudo replicar don Francisco con otra cosa que con inclinaciones de
cabeza igualmente rígidas (su cuerpo casi formaba ángulo agudo con sus piernas, según
estaba sentado), e inquietas y recelosas miradas de curiosidad, dirigidas a su extraño
visitante quien, sin embargo, permanecía inmutablemente sentado, y parecía decidido,
después de todas sus excusas, a seguir allí ante don Francisco.
»Otra larga pausa fue rota por el visitante.
»-Estabais escuchando, creo -dijo-, una historia disparatada y terrible sobre un ser a
quien se le ha encomendado una misión incalificable: tentar a los espíritus
desventurados, en su última extremidad mortal, para que cambien sus esperanzas de
futura felicidad por una breve remisión de sus sufrimientos temporales.
»-No he oído nada de eso -dijo don Francisco, cuya memoria, que era muy poco
brillante, no había retenido gran cosa debido a la longitud del relato que acababa de
escuchar, y al sueño en que había caído a continuación.
»-¿Nada? -dijo el visitante con una brusquedad y aspereza en el tono que hizo que su
interlocutor se sobresaltase-, ¿nada? Me pareció que se mencionaba también a un ser
desventurado, a quien Walberg confesó que debía sus más rigurosas pruebas... y cuyas
visitas hacían que hasta las del hambre, comparadas con ellas, fuesen como polvo en la
balanza.
»-Sí, sí -contestó don Francisco, sobresaltado, al venirle súbitamente a la memoria-;
recuerdo que se mencionaba al diablo, o a su agente, o algo así.
»-Señor -dijo el desconocido interrumpiéndole, con una expresión de fiera y violenta
burla que aturulló a Aliaga-; señor; os ruego que no confundáis a personajes que,
aunque tienen el honor de estar estrechamente relacionados, son sin embargo totalmente
303
distintos, como es el caso del diablo y agente, o sus agentes. Vos mismo, señor, que
naturalmente como ortodoxo inveterado católico detestáis al enemigo de la humanidad,
habéis actuado muchas veces como su agente; sin embargo, os ofenderíais un poco si os
confundiesen con él- don Francisco se santiguó varias veces seguidas, y negó
fervientemente haber actuado jamás como agente del enemigo del hombre ¿Os atrevéis
a negarlo? -dijo su singular visitante sin elevar la voz, tal como insolencia de la
pregunta parecía requerir, sino bajándola hasta hacerla susurro, al tiempo que acercaba
su asiento al de su atónito compañero-; ¿os atrevéis a negar eso? ¿No habéis pecado
jamás? ¿No habéis tenido un solo pensamiento impuro? ¿No os habéis permitido un
fugaz sentimiento de odio, malicia, o de venganza? ¿No os habéis olvidado jamás de
hacer el bien que debíais, ni habéis pensado hacer el mal que no debíais? ¿No os habéis
aprovechado jamás de un mercader, ni os habéis saciado en los despojos de vuestro
famélico deudor? ¿No habéis maldecido jamás de corazón, durante vuestras devociones
diarias, los descarríos de vuestros hermanos heréticos, ni habéis esperado, mientras
sumergíais vuestros dedos en agua bendita, que por cada gota que tocaba vuestros poros
se mojaran los de ellos con gotas de fuego y azufre? ¿No os habéis alegrado nunca, al
contemplar al populacho hambriento, ignorante y degradado de vuestro país, de la
desdichada y temporal superioridad que vuestra opulencia os ha concedido, ni habéis
pensado que las ruedas de vuestro coche rodarían con más suavidad si el camino
estuviese pavimentado con las cabezas de vuestros compatriotas? Os preciáis de ser
católico ortodoxo, cristiano viejo, ¿no es cierto?; ¿y osáis decir que no habéis sido
agente de Satanás? Pues yo os digo que cada vez que cedéis a una pasión brutal, a un
sórdido deseo, a una impura imaginación, cada vez que pronunciáis una palabra que
oprime el corazón o amarga el espíritu de vuestros semejantes, cada vez que habéis
hecho pasar con dolor esa hora a cuyo transcurso podíais haber prestado alas, cada vez
que habéis visto caer, sin impedirlo, una lágrima que vuestra mano podía haber
enjugado, o la habéis forzado a brotar de unos ojos que podían haberos sonreído
luminosos de haberlo permitido vos; cada vez que habéis hecho esto, habéis sido diez
veces más agente del enemigo hombre que todos los desdichados a quienes el terror, los
nervios debilitados o la visionaria credulidad han obligado a la confesión de un pacto
increíble con el hacedor del mal, confesión que les ha conducido a unas llamas mucho
más consistentes que las que la imaginación de sus perseguidores les destinaba una
eternidad de sufrimiento. ¡Enemigo de la humanidad! -prosiguió el desconocido-. ¡Ay,
cuán absurdo es ese título adjudicado al gran caudillo de los ángeles, al astro matutino
de su esfera! ;Qué enemigo más mortal tiene el hombre que él mismo? Si se pregunta a
sí mismo a quién debería otorgar en rigor ese título, que se golpee el pecho; su corazón
le contestará: ¡concédelo aquí!
»La emoción con que había hablado el desconocido despertó por completo, y sacudió
incluso, al indolente y encostrado espíritu del oyente. Su conciencia, como un caballo
de coche estatal, sólo se aparejaba en solemnes y pomposas ocasiones, y en ellas andaba
al paso, por una calzada suave y bien dispuesta, bajo suntuosos jaeces de ceremonia;
ahora parecía el mismo animal, montado súbitamente por un fiero y vigoroso jinete, y
hostigado por la fusta y la espuela, a lo largo de un camino nuevo y desigual. Y dado
que era de por sí lento y desganado, sentía la fuerza del peso que le oprimía, y el bocado
que le irritaba. Contestó con una apresurada y temblorosa negación de todo
compromiso, directo o indirecto, con el poder del mal; pero añadió que reconocía haber
sido demasiadas veces víctima de sus seducciones, y confiaba en alcanzar el perdón de
sus descarríos por parte del poder de la Santa Madre Iglesia y la intercesión de los
santos.
304
»El desconocido (aunque sonrió torvamente ante tal declaración) pareció aceptar la
concesión; se excusó, a su vez, por el calor con que se había expresado, y rogó a don
Francisco que lo interpretase como muestra de su interés en sus preocupaciones
espirituales. Esta explicación, aunque pareció comenzar favorablemente, no fue seguida,
sin embargo, por ningún intento de reanudar la conversación. Las partes parecieron
mantenerse alejadas una de otra, hasta que el desconocido volvió a aludir al hecho de
haber oído casualmente la singular conversación y subsiguiente relato en el aposento de
Aliaga.
»-Señor -añadió con una voz cuya solemnidad impresionó profundamente a su
interlocutor-, estoy al corriente de las circunstancias relativas a la extraordinaria persona
que fue atento vigilante de las miserias de Walberg y tentador nocturno de sus
pensamientos sólo conocidos por él y por mí. A decir verdad, puedo añadir, sin pecar de
vanidad ni presunción, que estoy tan al corriente como él mismo de cada suceso de su
extraordinaria existencia; y que vuestra curiosidad, si se sintiese interesada en ello, no
podría ser más amplia y fielmente satisfecha que por mí.
»-Os lo agradezco, señor-respondió don Francisco, cuya sangre pareció helársele en las
venas ante la voz y expresión del desconocido, no sabía bien por qué-; os lo agradezco,
pero mi curiosidad ha quedado completamente satisfecha con el relato que ya he oído.
La noche casi ha concluido, y tengo que proseguir mi viaje por la mañana; deseo, por
tanto, diferir las circunstancias que me brindáis, hasta que volvamos a vemos.
»Mientras hablaba, se levantó de su silla, esperando que su gesto indicara al intruso que
su presencia no era ya deseada. A pesar de esta insinuación, éste siguió clavado en su
asiento. Por último, saliendo como de un trance, exclamó
»-¿Cuándo volveremos a vemos?
»Don Francisco, que no se sentía especialmente deseoso de renovar est familiaridad,
dijo al azar que se dirigía a las proximidades de Madrid, donde residía su familia, a la
que no había visto desde hacía muchos años; que las eta pas de su viaje eran irregulares,
ya que se veía obligado a esperar noticias de un amigo y futuro pariente (refiriéndose a
Montilla como futuro yerno; y mientras hablaba, el desconocido esbozó una extraña
sonrisa), y también a ciertos corresponsales comerciales, cuyas cartas eran de la mayor
importancia. Finalmente, añadió con voz turbada (pues el temor que le inspiraba la
presencia de desconocido le envolvía como una atmósfera fría y parecía helarle hasta
1as palabras, en cuanto le salían de la boca), no podía -comprensiblemente- decirle
cuándo tendría el honor de verle otra vez.
»-Vos no podéis -dijo el desconocido, levantándose y echándose la capa sobre el
hombro, al tiempo que sus terribles ojos se volvían y miraban de soslayo al pálido
interlocutor-; vos no podéis, pero yo sí. ¡Don Francisco d Aliaga, nos veremos mañana
por la noche!
»Se había detenido, mientras decía esto, junto a la puerta, clavando e Aliaga unos ojos
cuyo fulgor pareció más intenso en medio de la oscuridad de austero aposento. Aliaga
se había levantado también; y miraba a su extraño visitante con confusos y turbados
ojos, cuando éste, regresando súbitamente de la puerta, se acercó y le dijo en un susurro
apagado y misterioso:
»-¿Os gustaría ver el destino de aquellos cuya curiosidad o presunción viola los secretos
de ese misterioso ser, y se atreven a tocar los pliegues del velo en que su destino ha sido
envuelto por toda la eternidad? ¡Si lo deseáis, mira ahí! -y diciendo esto, señaló hacia la
puerta, la cual, como muy bien recorda ba don Francisco, correspondía al aposento de la
persona que había conocido la tarde anterior en la venta y le había relatado la historia de
la familia d Guzmán (o más bien de sus parientes), y al que se había retirado.
305
»Obedeciendo maquinalmente al gesto del brazo, y a la mirada terrible de desconocido,
más que al impulso de su propia voluntad, Aliaga le siguió Entraron en el aposento; era
estrecho, y estaba vacío y oscuro. El desconocido sostuvo en alto una vela, cuya débil
luz se derramó sobre un lecho miserable donde yacía lo que había sido la forma de un
hombre vivo hacía escasas horas.
»-¡Mirad ahí! -dijo el desconocido. Y Aliaga contempló con horror la figura del ser que
había estado conversando con él durante las primeras horas de esa misma noche: ¡era un
cadáver!
»-¡Avanzad... mirad... observad! -dijo el desconocido arrancando la sábana que había
sido única cobertura del durmiente, ahora sumido en su largo sueño definitivo-. No hay
señal ninguna de violencia, ni contorsión de gesto, ni convulsión de miembro: ninguna
mano humana se ha posado sobre él. Pretendía la posesión de un secreto desesperado...
y lo ha conseguido; pero ha pagado por él el terrible precio que los mortales sólo
pueden pagar una vez. ¡Así perecen aquellos cuya presunción excede a su poder!
»Aliaga, mientras contemplaba el cuerpo y oía las palabras del desconocido, sintió
deseos de llamar a los moradores de la casa, y acusar de homicidio al desconocido; pero
la natural cobardía de un espíritu mercantil, unida a otros sentimientos que no podía
analizar ni se atrevía a reconocer, le contuvieron... y siguió mirando alternativamente al
cadáver y al cadavérico desconocido. Éste, tras señalar elocuente mente el cuerpo
muerto, como aludiendo al peligro que entrañaba una imprudente curiosidad o una vana
revelación, repitió la advertencia:
»-¡Nos volveremos a ver mañana por la noche! -y se fue.
»Vencido por el cansancio y las emociones, Aliaga se sentó junto al cadáver, y
permaneció en esa especie de estado de trance hasta que los criados de la venta entraron
en el aposento. Se quedaron horrorizados al descubrir el cadáver en la cama, y poco
menos que espantados ante el estado casi mortal en que hallaron a Aliaga. Su conocida
fortuna y distinción le procuraron atenciones que de otro modo se le habrían negado a
causa del temor y los recelos. Extendieron una sábana sobre el cadáver, y Aliaga fue
trasladado a otro aposento, donde fue atendido diligentemente por los criados.
»Entretanto, llegó el alcaide; y habiéndose enterado de que la persona que había
fallecido repentinamente en la venta era desconocida, y que se trataba sólo de un
escritor y hombre de ninguna importancia pública ni privada, y que la persona
encontrada junto a su lecho en pasivo estupor era un rico mercader, tiró con cierta
premura de la pluma, la sacó del tintero portátil colgado de su ojal, y garabateó el
informe de esta sabia encuesta: "Que un huésped ha muerto en la casa no se puede
negar; pero nadie podría tener a don Francisco de Aliaga por sospechoso de
homicidio".
»Al montar don Francisco sobre su mula, al día siguiente, en razón de este justo
veredicto, una persona, que al parecer no pertenecía a la casa, fue particularmente
solícita en ajustarle los estribos, etc.; y mientras el obsequioso alcaide saludaba con
frecuentes y profundas inclinaciones de cabeza al rico mercader (de cuya liberalidad
había recibido amplia muestra, a juzgar por el color favorable que había dado a la sólida
prueba circunstancial contra él, dicha persona susurró con una voz que sólo llegó a
oídos de don Francisco:
»-¡iNos veremos esta noche!
»Don Francisco, al oír estas palabras, retuvo a su mula. Miró en torno suyo..., pero el
desconocido había desaparecido. Don Francisco cabalgó con una sensación de pocos
conocida, y quienes la han experimentado son quizá los que menos desean hablar de
ella.
306
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ANACREONTE
»Don Francisco cabalgó casi todo ese día. Hacía buen tiempo, y los grandes parasoles
que sus criados sostenían de vez en cuando por encima de él, mientras cabalgaba,
hicieron el viaje soportable. Debido a su larga ausencia de España, le resultaba
desconocido el itinerario, por lo que se vio obligado a fiar en un guía; y siendo la
fidelidad del guía español tan proverbial y digna de confianza como la púnica, hacia el
atardecer se encontró don Francisco exactamente donde la princesa Micomicona, de la
novela de su compatriota, descubrió a don Quijote: "En medio de un laberinto de
rocas". Inmediatamente despachó a sus criados en diversas direcciones para que
averiguasen qué camino debían seguir. El guía galopaba detrás todo lo deprisa que su
cansada mula podía; y don Francisco, mirando en torno suyo, tras larga tardanza de sus
criados, se encontró completamente solo. Ni el tiempo ni el paraje invitaban a levantar
el ánimo. La tarde era bastante brumosa, muy distinta del breve y brillante crepúsculo
que precede a las noches de los favorecidos climas del sur. De vez en cuando caían
espesos chaparrones... no de manera incesante, sino como descargas de nubes pasajeras
que se sucedían unas a otras a cortos intervalos. Dichas nubes se iban haciendo más
negras y profundas por momentos, y colgaban en fantásticos festones sobre las rocosas
montañas formando un tétrico paisaje a los ojos del viajero. Cuando las nubes vagaban
por encima de ellas, parecían elevarse y desaparecer, y cambiar sus formas y posiciones
como los cerros de Úbeda55, tan confusos de forma y color como las atmosféricas
ilusiones que, en esa lúgubre y engafiosa luz, les daban unas veces el aspecto de
montañas primigenias y otras de flotantes nubes algodonosas.
»Don Francisco, al principio, dejó caer las riendas sobre el cuello de su mula, y profirió
varias jaculatorias a la Virgen. Viendo que no servían de nada, que los cerros aún
parecían vagar ante sus ojos desorientados, y que la mula, por otro lado, permanecía
inconmovible, decidió invocar a diversos santos cuyos nombres devolvió el eco de los
montes con la más completa puntualidad, aunque ninguno de ellos parecía estar
disponible para atender sus peticiones. Viendo el caso desesperado, don Francisco hincó
espuelas en su mula, y galopó cuesta arriba por un desfiladero rocoso, donde las
pezufias del animal sacaban chispas a cada paso, y el eco de las graníticas rocas hacía
temblar al jinete, temeroso de que le persiguiesen los bandidos. La mula, hostigada de
este modo, siguió galopando furiosamente, hasta que el caballero, cansado ya, y algo
incómodo por la carrera, tiró más fuertemente de las riendas; entonces oyó el galope de
otro jinete muy cerca de él. La mula se detuvo de repente. Dicen que los animales
poseen una especie de instinto para descubrir y reconocer la proximidad de seres que no
son de este mundo. Sea como fuere, el caso es que la mula de don Francisco se quedó
como si le hubiesen clavado las patas al suelo, hasta que el cada vez más próximo
desconocido la puso al galope, pero el perseguidor, cuya carrera parecía más veloz que
la de cualquier mundano jinete, la alcanzó al poco, y unos momentos después cabalgaba
una extraña figura junto a don Francisco.
55 Véase Cervantes, apud Don Quijote, de Collibus Ubedae. (N. del A.)
307
»No vestía ropas de montar, sino que iba embozado de pies a cabeza con una larga capa,
cuyos pliegues eran tan amplios que casi ocultaban los flancos de su animal. Tan pronto
como estuvo a la altura de Aliaga, se apartó el embozo y, volviéndose hacia él, reveló el
importuno rostro de su misterioso visitante de la víspera.
»-Nos volvemos a encontrar, señor-dijo el desconocido con su singular sonrisa-; y
afortunadamente para vos, creo. Vuestro guía se ha largado con el dinero que le
adelantasteis por sus servicios, y vuestros criados desconocen los caminos que, en esta
parte del país, son especialmente intrincados. Si queréis aceptarme como vuestro guía,
tendréis motivo para alegraros de nuestro encuentro.
»Don Francisco, comprendiendo que no tenía opción, asintió en silencio, y siguió
cabalgando, no sin renuencia, junto a su extraño compafiero. El silencio fue roto por fin,
al señalar el desconocido, a no mucha distancia, el pueblo en el que Aliaga se proponía
pasar la noche, y descubrir al mismo tiempo a los criados, que regresaban junto a su
señor tras haber hecho el mismo descubrimiento. Estas circunstancias contribuyeron a
que Aliaga recobrara su ánimo, y prosiguiera con cierta confianza; y hasta empezó a
escuchar con interés la conversación del desconocido; sobre todo, cuando observó que,
aunque el pueblo estaba cerca, las revueltas del camino retrasarían su llegada varias
horas. El desconocido pareció decidido a sacar el máximo provecho del interés que así
había despertado. Desplegó los recursos de su rica y copiosamente dotada inteligencia;
y, mediante una hábil combinación de exhibición de conocimientos generales y
alusiones concretas a los países orientales donde Aliaga había residido, su comercio, sus
costumbres y usanzas, y un perfecto dominio de los más pequeños detalles de la
actividad mercantil, se atrajo a tal punto a su compañero, que el viaje, empezado con
terror, terminó de manera encantadora; y Aliaga oyó, con una especie de placer (no
exento, empero, de espantosas reminiscencias), expresar al desconocido su intención de
pernoctar en la misma posada que él.
»Durante la cena, el desconocido redobló sus esfuerzos, y confirmó su éxito. Era, en
efecto, un hombre que podía agradar cuando y a quien quería. Su poderoso intelecto,
amplios conocimientos y exacta memoria le capacitaban para hacer deliciosa una hora
de su compañía a todo aquel a quien podía interesar su genio o entretener su
información. Poseía un enorme caudal de anécdotas históricas; y, por la fidelidad de sus
descripciones, parecía siempre haber estado presente en las escenas que describía. Esta
noche en que los atractivos de su conversación no podían carecer de encanto, y nada los
ensombrecía, tuvo buen cuidado en reprimir esos arrebatos de pasión, esas fieras
explosiones de misantropía y maldición, y esa amarga y vehemente ironía con que, en
otros momentos, parecía deleitarse interrumpiéndose a sí mismo y confundiendo a su
oyente.
»La tarde transcurrió, pues, agradablemente; y hasta que no retiraron el servicio de la
cena y colocaron la lámpara sobre la mesa junto a la que se había sentado solo el
desconocido, no se alzó la horrible escena de la noche anterior como una visión ante los
ojos de Aliaga. Le pareció ver el cadáver tendido en un rincón de la habitación, agitando
su mano muerta, como para prevenirle que se alejase de la compañía del desconocido.
Se disipó la visión, alzó los ojos... Estaban solos. Y con el mayor esfuerzo de su mezcla
de cortesía y temor, se dispuso a escuchar la historia a la que el desconocido, en medio
de su multi-varia conversación, había aludido frecuentemente, y que había manifestado
deseos de relatar.
»Dichas alusiones despertaban desagradables reminiscencias en el oyente..., pero vio
que era inevitable y se armó como pudo de valor para escuchar.
»-No me entrometería en vuestra vida, señor -dijo el desconocido con un aire de grave
interés que Aliaga no le había visto adoptar hasta ahora-, ni os importunaría con un
308
relato en el que podéis sentir escaso interés, si no fuese consciente de que puede suponer
la más tremenda, saludable y eficaz advertencia para vos.
»-¡Para mí! -exclamó don Francisco, escandalizándose con todo el horror de un católico
ortodoxo ante estas palabras-. ¡Para mí! -repitió, profiriendo una docena de
invocaciones a los santos y santiguándose el doble número de veces-. ¡Para mí! -
continuó, descargando toda una andanada de fulminaciones contra todos aquellos que,
atrapados en las redes de Satanás, trataban de arrastrar con ellos a los demás, en forma
de herejía, brujería, o lo que fuese. Era de observar, no obstante, que ponía más énfasis
en la herejía, el mal moderno, según el rigor de su mitología, que en otras causas, las
cuales, pese a ser desconocidas en España, no eran menos merecedoras de la curiosidad
filosófica; y profirió estas protestas (sin duda muy sinceras) con tan hostil y acusador
acento, que de haber estado presente Satanás (como medio imaginaba él), casi habría
estado justificado que hubiese tomado represalias. En medio de la afectada importancia
que la pasión, natural o fingida, confiere siempre al hombre mediocre, sintió que se
cohibía ante la salvaje risa del desconocido.
»-¡Para vos, para vos! -exclamó, tras una carcajada que más parecía la convulsión de un
demonio que el júbilo, aunque frenético, de un ser humano-; para vos... ¡oh, hay metales
más atractivos! El propio Satanás, aunque depravado, tiene mejor paladar que el de
ponerse a roer, con sus dientes de hierro, un reseco mendrugo de ortodoxia como vos.
¡No!..., el interés que debe de tener por vos se relaciona con otra persona, por la que
deberíais sentir, si cabe, más afecto que por vos mismo. Ahora, estimable Aliaga, una
vez disipados vuestros temores, sentaos y escuchad mi relato. Estáis lo bastante
familiarizado, merced a los sentimientos comerciales, y a la general información a que
vuestros hábitos os obligan, con la historia y costumbres de los herejes que habitan en
ese país llamado Inglaterra.
»Don Francisco, como mercader, reconoció que eran comerciantes honestos y
especuladores enormemente liberales en materia de negocios; pero (tras santiguarse
varias veces) manifestó su completo desprecio por ellos en cuanto enemigos de la Santa
Madre Iglesia, y suplicó al desconocido que creyese que renunciaría al más ventajoso
contrato que jamás hubiera hecho con ellos en la línea comercial, antes que se le
considerase sospechoso de...
»- Yo no os considero sospechoso de nada -dijo el desconocido, interrumpiéndole, con
esa sonrisa que expresaba cosas más tenebrosas y amargas que el más fiero ceño que
haya fruncido nunca la frente de un hombre-. No me interrumpáis más y escuchad, si
tenéis en estima la seguridad de un ser más valioso que toda vuestra raza junta.
Conocéis bastante bien la historia de Inglaterra, y sus costumbres y hábitos; los últimos
acontecimientos de su historia están en boca de toda Europa.
»Aliaga guardó silencio, y el desconocido prosiguió:
_ ____ _ __ __ ____ ___ " _ ___ _
»-En una región de ese herético país existe una porción de tierra llamada Shropshire
("he hecho transacciones con mercaderes de Shrewsbury -dijo Aliaga para sí-,
proporcionan género, y pagan las facturas con notable puntualidad"); allí se alzaba el
castillo de Mortimer, residencia de una familia que se preciaba de ser descendiente de la
época de Norman el Conquistador, y de no haber hipotecado jamás un acre, ni haber
cortado un árbol, ni haber arriado la bandera de sus torres ante la proximidad del
enemigo, durante quinientos años. El castillo de Mortimer había aguantado las guerras
de Stephen y Matilde, había desafiado incluso a los poderes que, alternativamente (una
vez por semana al menos), ordenaban su capitulación durante las luchas entre las casas
309
de York y Lancaster, y hasta desoyó las órdenes de Ricardo y de Richmond, cuando sus
sucesivas arremetidas sacudieron sus murallas, al avanzar los ejércitos de los
respectivos caudillos hasta el campo de Bosworth. De hecho, la familia Mortimer se
había vuelto, por su poder, su vasta influencia, su inmensa riqueza, y su independencia
de espíritu, formidable para cualquier bando, y superior a todos.
»En los tiempos de la Reforma, sir Roger Mortimer, descendiente de esa poderosa
familia, tomó partido vigorosamente por la causa de los reformistas; y cuando la
nobleza y el pueblo de la vecindad enviaron en Navidad su habitual tributo de carne y
cerveza a sus arrendadores, sir Roger, asistido por su capellán, fue de casa en casa
distribuyendo Biblias en inglés, en la edición impresa por Tyndale en Holanda. Pero su
lealtad al rey prevaleció a tal punto que hizo circular con ellas la rara impresión,
reproducción de su propio ejemplar, de una estampa del rey (Enrique VIII)
distribuyendo ejemplares de la Biblia con ambas manos, que el pueblo, según
representaba el grabado, pugnaba por coger, y parecía devorar como la palabra de vida,
casi antes de tenerlas al alcance.
»Durante el corto reinado de Eduardo, la familia fue protegida y estimada; y el piadoso
sir Edmund, hijo y sucesor de sir Roger, tenía abierta la Biblia en la ventana del
corredor, a fin de que al pasar sus criados en sus quehaceres, como él mismo decía,
"pudiesen leerla si querían". Durante el de María, estuvieron oprimidos, confinados y
amenazados. Dos de sus criados fueron quemados en Shrewsbury; y se dice que nada
sino una considerable suma, adelantada para sufragar los gastos de las fiestas que se
celebraron en la corte a la llegada de Felipe de España, salvó al piadoso sir Edmund del
mismo destino.
»Sir Edmund, fuera cual fuese la causa a la que debió su salvación, no la disfrutó mucho
tiempo. Había visto conducir a la hoguera a sus fieles y ancianos sirvientes por defender
las ideas que él les había enseñado; les había asistido personalmente en ese trance
espantoso, y había visto caer en las llamas las Biblias que él había tratado de poner en
sus manos, y prenderse en torno a ellos... se había retirado con paso vacilante de la
escena; pero la multitud, en el triunfo de la barbarie, se había congregado alrededor y le
había retenido, de modo que no sólo presenció todo el espectáculo sin querer, sino que
sintió el mismísimo calor de las llamas que consumieron los cuerpos de las víctimas. Sir
Edmund regresó al castillo de Mortimer, y murió.
»Su sucesor, durante el reinado de Isabel, defendió enérgicamente los derechos de los
reformistas, y a veces se quejó a éstos de privilegio. Dichas quejas se dijo que le
costaron caras: el tribunal de abastos le impuso 3.000 libras, cifra astronómica para
aquellos tiempos, por la esperada visita de la reina y su corte; visita que nunca se
realizó. No obstante, pagó el dinero; y se dijo que sir Criando de Mortimer allegó parte
de dicha cantidad vendiendo sus halcones, los mejores de Inglaterra, al conde de
Leicester, el entonces favorito de la reina. En cualquier caso, había una tradición en la
familia según la cual cuando, en su último paseo a caballo por sus posesiones, sir
Criando vio echar a volar (al romperse sus pihuelas) a su ave favorita de la mano del
halconero, exclamó: "Dejadlo; él sabe el camino que conduce a la casa de mi señor de
Leicester".
»Durante el reinado de Jacobo, la familia Mortimer participó de forma más decidida. La
influencia de los puritanos (a quienes Jacobo odiaba con un odio que superaba incluso
el de un polemista, y recordaba con perdonable resentimiento filial como los
inveterados enemigos de su desventurada madre) aumentaba a la sazón a cada hora. Sir
Arthur Mortimer se hallaba junto al rey Jacobo durante la primera representación de
310
Bartholomew Fair, escrita por Ben Jonson, cuando el prólogo pronunció estas
palabras56:
"Bienvenida sea vuestra Majestad a Fair;
Tal lugar, tales hombres, tal lenguaje y mercancía
Debéis esperar... y con ello, el celoso alboroto
De la facción de vuestra tierra,
que se escandaliza de naderías. "
»-Milord -dijo el rey (pues sir Arthur era uno de los lores del consejo privado)-, ¿qué
pensáis de eso?
»-Con permiso de vuestra majestad -respondió sir Arthur-, estos puritanos, cuando
cabalgaba yo camino de Londres, le cortaron la cola a mi caballo, diciendo que las
cintas que la ataban recordaban demasiado el orgullo del animal que monta la furcia
escarlata. ¡Quiera Dios que sus tonsuras no pasen jamás de las colas de los caballos a las
cabezas de los reyes!
»Y mientras hablaba, posó casualmente su mano, con afectuosa y presagiosa solicitud,
sobre la cabeza del príncipe Carlos (después Carlos I), que estaba sentado junto a su
hermano Enrique, príncipe de Gales, de quien sir Arthur Mortimer había tenido el alto
honor de ser padrino, como apoderado de un príncipe soberano.
»No tardaron en llegar los espantosos y turbulentos tiempos que sir Arthur había
augurado, aunque no vivió para presenciarlos. Su hijo, sir Roger Mortimer, hombre que
destacaba tanto en orgullo como en principios, e inconmovible en ambos, arminiano de
fe y aristócrata en política, celoso amigo del extraviado Laud, y compañero del alma del
infortunado Strafford, estuvo entre los primeros que instaron al rey Carlos a adoptar
aquellas medidas arbitrarias e imprudentes de tan funesto resultado.
»Cuando estalló la guerra entre el rey y el Parlamento, sir Roger se unió a la causa real
con el corazón y la mano, allegó en vano una enorme suma para evitar la venta de las
joyas de la corona de Holanda, y dirigió quinientos mes- naderos, armados a sus propias
expensas, en las batallas de Edge-hill y Marstonmoor.
»Su esposa había muerto; pero su hermana, Ann Mortimer, mujer de belleza, espíritu y
dignidad excepcionales, y tan adicta como su hermano a la causa de la corte, de la que
fue un día su más brillante ornamento, presidía su casa; y por su talento, valor y
diligencia, prestó un considerable servicio a la causa.
»Llegó el tiempo, no obstante, en que el valor y la dignidad y la lealtad y la belleza
vieron fracasados sus esfuerzos; y de los quinientos bravos que sir Roger había
mandado en el campo, en apoyo de su soberano, regresó con treinta heridos y mutilados
veteranos al castillo de Mortimer, el catastrófico día en que el rey Carlos fue persuadido
para que se pusiese en manos de los desafectos y mercenarios escoceses, quienes le
vendieron por la cantidad que adeudaban al Parlamento.
»Pronto comenzó el reinado de la rebelión, y sir Roger, legitimista destacado, sintió el
más severo rigor de su poder: embargos y desafueros propios de la malevolencia, y
préstamos obligados para el sostenimiento de una causa que despreciaba, agotaron las
bien repletas arcas y abatieron los ánimos del anciano legitimista. Las zozobras
domésticas vinieron a sumarse a sus otras calamidades. Tenía tres hijos: el mayor había
caído luchando por la causa del rey en la batalla de Newbury, dejando una hija pequeña,
entonces presunta heredera de la inmensa riqueza. Su segundo hijo había abrazado la
56 Véase la obra de Jonson, en la que se introduce un predicador puritano, un Banbury man, llamado Zealof-
the-land Busy: (N. del A.)
311
causa puritana y, yendo de error en error, se había casado con la hija de un
independiente, cuyo credo adoptó; y, según la costumbre de aquel tiempo, luchó todos
los días a la cabeza del regimiento, y predicó y exhortó a la tropa todas las noches, en
estricta conformidad con ese versículo de los salmos que le servía alternativamente de
texto y de arenga: "Llevad la alabanza de Dios en vuestra boca, y una espada de dos
filos en vuestra mano". Este doble ejercicio de la espada y la palabra, sin embargo, fue
demasiado para las fuerzas del santo-militante; y después de haber dirigido
vigorosamente, durante la campaña irlandesa de Cromwell, el ataque al castillo de
Cloghan57, antiguo sitio de los O'Moore, príncipes de Leix, donde fue escaldado a través
de su coleto de ante por una descarga de agua hirviendo desde una garita, y de arengar
luego imprudentemente durante una hora y cuarenta minutos a sus soldados en el pelado
páramo que rodeaba el castillo, y bajo una lluvia torrencial, murió de pleuresía a los tres
días, dejando, como su hermano, una hija pequeña que había quedado en Inglaterra, y
que fue educada por su madre. Se dijo en la familia que este hombre había escrito las
primeras líneas del poema de Milton "sobre los nuevos forzadores de la conciencia
durante el Long Parliament". Es cierto, al menos, que cuando los fanáticos que
rodeaban su lecho de muerte elevaron sus voces para entonar un himno, tronó él con su
último aliento:
"Porque habéis derribado a vuestro senor prelado,
y con duros votos renunciáis a su liturgia,
Para atrapar la enviudada... pluralidad;
De aquellos cuyo pecado no envidiasteis,
sino aborrecisteis, etc. "
»Sir Roger experimentó, aunque por diferentes motivos, casi el mismo grado de
emoción en la muerte de sus dos hijos. Se sintió fortalecido en la del mayor, por el
consuelo que le aportaba la causa por la que había caído; en cuanto a aquella por la que
había perecido el apóstata, como su padre le llamaba siempre, fue un preventivo
idéntico que le impidió sentir un dolor amargo o profundo por su fallecimiento.
»Cuando el hijo mayor cayó en defensa de la causa real, y sus amigos se congregaron a
su alrededor en oficiosa condolencia, el viejo legitimista replicó, con un espíritu digno
de los más orgullosos días del heroísmo clásico: "No es por mi hijo muerto por quien
debo llorar, sino por mi hijo vivo". Sin embargo, en ese momento le corrían las lágrimas
por otro motivo.
»Su única hija, durante su ausencia, y pese a la vigilancia de Mrs. Ann, había sido
persuadida por unos criados puritanos de una familia vecina para que oyese a un
predicador independiente llamado Sandal, sargento del regimiento del coronel Pride,
que predicaba en un granero del pueblo, en los intermedios de sus ejercicios militares.
Este hombre era orador nato y entusiasta vehemente; y con la licencia del día, que él se
permitió entre el juego de palabras y el texto sagrado, complaciéndose en la unión de
ambos, este sargento-predicador se había bautizado a sí mismo con el nombre de "Noeres-
dig- no-de-desatar-los-cordones-de-sus-zapatos, Sandal “.
57 He residido en ese castillo durante muchos meses; está habitado aún por el venerable descendiente de
esa antigua familia. Su hijo es ahora oficial mayor de justicia del condado del rey. Medio castillo fue
derruido por las fuerzas de Oliver Cromwell, y reconstruido durante el reinado de Carlos II. Los restos del
castillo son una torre de unos cuarenta pies cuadrados y cinco pisos de altura, con un aposento simple y
espacioso en cada planta, y una estrecha escalera que los comunica entre sí y llega hasta la atalaya. Un
hermoso retoño de fresno, que he admirado muchas veces, exhibe ahora su follaje entre las piedras de la
atalaya, y sólo el cielo sabe cómo ha llegado a crecer allí. El caso es que está; y es mejor verlo allí que
sentir la descarga de agua hirviendo o plomo derretido desde las aberturas. (N. del A.)
312
ȃste era el texto sobre el que predicaba; y su elocuencia hizo tal efecto en la hija de sir
Roger Mortimer que, olvidando la dignidad de su nacimiento y el legitimismo de su
familia, unió su destino al de este hombre de humilde cuna; y, creyéndose súbitamente
inspirada por tan dichosa unión, predicó también a dos mujeres cuáqueras unas dos
semanas después de su matrimonio, y escribió una carta (con muy mala ortografía) a su
padre, en la que le anunciaba su intención de "sufrir aflicción con el pueblo de Dios", y
denunciaba la eterna condenación de él si se negaba a abrazar el credo de su esposo; el
cual credo cambió a la semana siguiente, al oír un sermón del celebrado Hugh Peters; y
un mes después, al escuchar a un predicador itinerante de los ranterso antinomianos, que
se hallaba rodeado de una tropa de licenciosos, borrachos y semidesnudos discípulos,
los cuales, vociferando "somos la verdad desnuda", acallaron a un "hombre de la quinta
monarquía" que predicaba desde un tonel, al otro o del camino. Sandal fue presentado a
este predicador y, hombre de pasiones violentas y de principios variables, abrazó al
punto las ideas del último que había oído (arrastrando a su esposa consigo en cada
abismo de dificultad polémica o política en que se precipitaba), hasta que casualmente
oyó a otro predicador (éste cameroniano), cuyo constante tema, bien de triunfo o bien de
consuelo, era los inútiles esfuerzos realizados, durante el reinado anterior, por el sistema
episcopaliano para hacer doblar la cerviz a los escoceses; y a falta de texto repetía
siempre las palabras de Archibald Armstrong, bufón de Carlos I, quien, a la primera
manifestación de renuencia de los escoceses a admitir la jurisdicción episcopal, dijo al
arzobispo Laud: "Mi señor, ¿quién es el loco ahora? ", impertinencia por la que se le
quitó la caperuza de la cabeza, y se prohibió presencia en la corte. Así vacilaba Sandal,
entre credo y credo, entre predicador y predicador, hasta que murió, dejando un hijo a su
viuda. Sir Roger anunció entonces a su hija viuda su decidido propósito de no verla
nunca más, aunque le prometió proteger a su hijo si lo confiaba a su cuidado. La viuda
era masiado pobre para negarse a aceptar el ofrecimiento de su abandonado padre.
» Y de este modo se reunieron en el castillo de Mortimer, en su infancia, tres nietos
nacidos bajo tan diversos auspicios y destinos. Margaret Mortimer, joven hermosa,
inteligente y alegre, era la heredera de todo el orgullo, los principios aristocráticos y
posiblemente de la fortuna de la familia; Elinor Mortimer, la hija del apóstata, que fue
recibida más que admitida en la casa, había sido educada con toda la rigidez de su
familia independiente; en cuanto John Sandal, el hijo de la familia repudiada, sir Roger
lo admitió en el castillo sólo a condición de que entrara al servicio de la familia real,
desterrada y perseguida en aquel entonces; con tal motivo, renovó su correspondencia
con algunos legitimistas emigrados a Holanda, a fin de situar a su protegé, al que
describía, con un lenguaje tomado de los predicadores puritanos, como "un tizón
salvado del incendio".
»Estando así las cosas en el castillo, llegó la noticia de los inesperados esfuerzos del
Monje58 en favor de la desterrada familia. El resultado fue tan rápido como favorable.
La Restauración tuvo lugar pocos días después, y la familia Mortimer fue tenida en tal
estima y consideración que se expidió desde Londres un mensajero, encintado desde el
talle hasta los hombros, para comunicarle la noticia. Llegó cuando sir Roger, a quien el
partido imperante había obligado a despedir a su capellán acusándolo de malvado, leía
personalmente las oraciones a su familia. Anunciaron el retorno y restauración de
Carlos II. El anciano legitimista se levantó de su arrodillada postura, agitó su gorro (que
se había quitado respetuosamente de su blanca cabeza) y, cambiando repentinamente su
tono de súplica por el de triunfo, exclamó:
58 Apodo por el que se conocía a George, duque de Albemarle (1608-1670) .
313
»-¡Señor, ahora puedes llevarte en paz a tu siervo, según tu palabra, pues mis ojos han
visto la salvación!
»Dicho esto, se dejó caer en el cojín que Mrs. Ann había colocado bajo sus rodillas. Sus
nietos se incorporaron y acudieron en su ayuda... Fue demasiado tarde: su espíritu había
partido con esa última exclamación.
_
__________ _ _ _
-She sat, and thought
Of what a sailor suffers.
COWPER.
»La noticia que ocasionó la muerte a sir Roger, de la que puede decirse que le trasladó
de este mundo al otro como una bendita eutanasia (especie de paso de acceso fácil y
altísimo, de estrecha entrada, a un aposento espacioso y diáfano, sin notar el oscuro y
abrupto umbral que hay en medio), fue señal y promesa, para esta antigua familia, de la
restitución de sus descoloridos honores y menoscabadas posesiones. Concesiones,
devolución de incautaciones, restitución de bienes muebles y ofrecimientos de
pensiones, provisiones y remuneraciones, y todo lo que la gratitud real, en la
efervescencia del entusiasmo, podía otorgar, llovió sobre la familia Mortimer tan
deprisa, o más, de lo que cayeron sobre ella las incautaciones, confiscaciones y
embargos durante el reinado del usurpador. De hecho, las palabras del rey Carlos a los
Mortimer fueron como las de los monarcas orientales a sus favoritos:
»-Pedid lo que queráis y os lo concederé, aunque sea la mitad de mi reino.
»Los Mortimer pidieron sólo lo que era suyo; y siendo más razonables, en sus
esperanzas y peticiones, que la mayoría de los peticionarios de esa época, consiguieron
lo que solicitaban.
»Así, Mrs. Margaret Mortimer (como se llamaba a las mujeres solteras en la época de
este relato), fue reconocida otra vez como la rica y noble heredera del castillo. Le
enviaron numerosas invitaciones para que acudiese a la corte, las cuales, aunque
recomendadas por las cartas de diversas damas de la corte que eran amigas,
tradicionalmente al menos, de su familia, y reforzadas por otra de puño y letra de
Catalina de Braganza, en la que reconocía las obligaciones del rey para con la casa de
los Mortimer, fueron firmemente rechazadas por la digna heredera de sus honores y su
espíritu..
»-De estas torres -le dijo a Mrs. Ann -partió mi abuelo al mando de sus vasallos y
colonos en ayuda de su rey; a estas torres trajo a los que quedaron, cuando la causa real
parecía perdida para siempre. Aquí vivió y murió por su soberano... y aquí viviré y
moriré yo también. Pienso que prestaré un servicio más eficaz a su majestad residiendo
en mis posesiones y protegiendo a mis colonos, incluso remendando con mi aguja -
añadió con una sonrisa -los desgarrones infligidos a las banderas de nuestra casa por las
balas del puritano, que si las hiciese ondear en mi carroza por Hyde Park, o me
disfrazara con ellas toda la noche en el St. James59, aunque estuviera segura de que iba a
tropezarme con la duquesa de Cleveland por un lado, y con Louise de Querouaille por
otro... Es un lugar mucho más apropiado para ellas que para mí.
» Y tras esto, Mrs. Margaret prosiguió su labor de tapicería. Mrs. Ann la miró con ojos
59 Véase la comedia de Wycherley Love in a Wood o St. James' Park, donde se representa a la gente
yendo de noche con máscaras y antorchas. (N. del A.)
314
que equivalían a libros enteros; y la lágrima que tembló en ellos hizo más legibles sus
líneas.
»Tras la decidida negativa de Mrs. Margaret Mortimer a ir a Londres, la familia volvió a
adoptar los antiguos hábitos de sus antecesores, de majestuosa regularidad y decorosa
grandeza, de modo que se convirtió en una magnífica y bien ordenada casa, de la que
era cabeza y presidenta una hermosa doncella. Pero esta regularidad carecía de
severidad; y la monotonía, de apatía: el espíritu de estas mujeres de alto destino estaba
demasiado acostumbrado a elevados cursos de pensamiento y a imágenes de nobles
proezas para sumirse en la vacuidad o deprimirse en la soledad.
»-Aún las veo -dijo el desconocido- tal como las vi una vez, sentadas en un inmenso
aposento irregular, con revestimiento de roble rica y originalmente tallado, y tan negro
como el ébano: Mrs. Ann Mortimer, en un hueco que terminaba en una antigua ventana
cuyos cristales superiores estaban suntuosamente blasonados con las armas de los
Mortimer y algunas legendarias proezas de los primeros héroes de la familia. Sobre sus
rodillas descansaba un libro, que ella estimaba mucho60; en él tenía clavados
atentamente los ojos: la luz que entraba por la ventana cuadriculaba las páginas de
oscuras letras con matices de tan vivos y fantásticos colores que parecían las hojas de
algún misal espléndidamente iluminado, con toda su pompa de oro, azul y bermellón.
»A poca distancia estaban sentadas sus dos sobrinas, atareadas en sus labores, y
descansando de vez en cuando su atención en la conversación, para la que tenían gran
cantidad de temas. Hablaban del pobre al que habían visitado y socorrido, de las
recompensas que habían distribuido entre los laboriosos y disciplinados, y de los libros
que estaban estudiando, de los que se proveían en los bien repletos anaqueles de la
biblioteca, donde había copiosos y nobles volúmenes.
»Sir Roger había sido hombre de letras igual que de armas. Había oído decir a menudo
que, después de una bien provista armería para tiempos de guerra, había que contar con
una bien surtida biblioteca para los tiempos de paz, y aun en medio de las penalidades y
privaciones, se las arreglaba cada año para añadir algún volumen a los que ya tenía.
»Sus nietas, bien instruidas por él en las lenguas francesa y latina, habían leído a
Mezeray, a Thuanus y a Sully. Tenían a Froissart en inglés, en la traducción en letra
gótica de Pynson, impresa en 1525. En poesía, exclusivamente de clásicos, contaban
principalmente con Waller, Donne y esa constelación de escritores que ilustraban el
drama a finales del reinado de Isabel y comienzos del de Jacobo: Marlowe, Massinger,
Shirley, Ford, cum multis aliis. Las traducciones de Fairfax que las habían familiarizado
con los poetas continentales; y sir Roger había consentido en admitir, entre su moderna
colección, los poemas latinos (los únicos entonces publicados) de Milton, por mor de
aquel In Quintum Novembris; porque sir Roger tenía a los católicos, después de los
fanáticos, en la más completa abominación.
»-Entonces se habrá condenado para toda la eternidad -dijo Aliaga-, lo cual es ya una
satisfacción.
»-De manera que su retiro no carecía de elegancia ni dejaba de estar acompañado de
esas delicias a la vez confortantes y enaltecedoras que derivan de una juiciosa mezcla de
útil ocupación y gusto literario.
»Mrs. Ann Mortimer hacía vivos comentarios de cuanto leían o conversaban. Su
conversación, rica en anécdotas y precisa hasta la minuciosidad, se elevaba a veces
hasta los tonos más altos de la elocuencia, cuando relataba las "hazañas de antaño",
alcanzando a menudo la sublimidad de la inspiración, mientras las reminiscencias de la
religión apaciguaban y solemnizaban el espíritu con que hablaba, igual que el tiempo
60 El Libro de los Mártires de Taylor. (N. del A.)
315
consagra los tintes que suaviza de las pinturas delicadas, y hace los colores que ha
oscurecido más preciosos a los ojos del sentimiento y del gusto de lo que fueron en el
esplendor de su temprana belleza... Su conversación era para sus sobrinas nietas a la vez
historia y poesía.
»Los acontecimientos de la historia inglesa entonces no consignados gozaban de una
especie de conservación tradicional, si no tan fidedigna, más vívida que los archivos de
los modernos historiadores, en la memoria de quienes habían sido agentes y víctimas
(términos que probablemente son sinónimos) de esos períodos memorables.
»Había una diversión entonces, desterrada por la moderna disipación actual, pero citada
por el gran poeta de esa nación, a quien vuestra ortodoxia e innegable credo destinan
justamente a la condenación eterna:
Sentados en las tediosas noches de invierno junto al Fuego,
[...] y cuenta historias
De azarosos tiempos ya lejanos;
Y envían a sus llorosos oyentes a la cama,
[...]
Citábamos mil veces!
[...]
»¡Cuán fielmente guarda su carga la memoria cuando se convierte así en depositaria del
dolor!..., ¡Y cuán superiores son los trazos del que pinta copiando de la vida, y del
corazón, y de los sentidos, a los de los que mojan la pluma en el tintero y clavan sus
ojos en un montón de pergaminos, para extraer de ellos sus verdades o sus sentimientos!
Mrs. Ann Mortimer tenía mucho que contar, y lo contaba bien. Si se trataba de historia,
podía relatar los acontecimientos de las guerras civiles..., los cuales, evidentemente, se
asemejaban a los de todas las guerras civiles, aunque recibían una excepcional fuerza de
carácter y un brillante colorido de la mano que los trazaba. Hablaba de la vez que
cabalgaba detrás de su hermano, sir Roger, para reunirse con el rey en Shrewsbury; y
casi repitió como un eco el grito que se profirió en las calles de esa ciudad legitimista,
cuando la universidad de Oxford entregó su placa para que fuese fundida en moneda, en
pro de las exigencias de la causa real. Contaba también, con gran humor, la anécdota de
la reina Enriqueta al escapar con cierta dificultad de un incendio, la cual, cuando ya su
vida corría peligro entre las llamas que la envolvían, retrocedió entre ellas... ¡para salvar
a su perrito faldero!
»Pero de todas estas anécdotas históricas, Mrs. Ann prefería las referentes a su propia
familia. Se demoraba en la virtud y el valor de su hermano sir Roger con una unción
cuyo bálsamo alcanzaba a sus oyentes; y hasta Elinor, pese a sus principios puritanos,
lloraba al escucharlas. y Mrs. Ann hablaba de la vez que el rey se albergó una noche en
el castillo, bajo la sola protección de su madre y ella, a quienes confió el rey su honor y
su desventura (ya que había llegado bajo disfraz) (sir Roger estaba ausente, participando
en las batallas de Yorkshire), y contaba que su anciana madre, lady Mortimer, que
entonces tenía setenta y cuatro años, tras extender su más rico manto de terciopelo
forrado de piel como colcha para el lecho del perseguido soberano, corrió a la armería y,
presentando a los pocos criados que la habían seguido con cuantas armas pudieron
encontrar, les exhortó a defender a sangre y fuego, por amor a la señora, y por sus
esperanzas de salvación eterna, a su real huésped; y contaba que un grupo de fanáticos,
después de robar de una iglesia toda la plata e incendiar la vicaría contigua,
embriagados por su éxito, habían sitiado el castillo, gritando que se les entregase al
hombre, que había que descuartizarle ante el Señor en Gilgal..., y que lady Mortimer
316
llamó a un joven oficial francés del cuerpo del príncipe Ruperto, quien, con sus
hombres, se había alojado en el castillo por unos días; y que este joven, de diecisiete
años tan sólo, había resistido dos desesperados ataques de los asaltantes, y las dos veces
se había retirado cubierto con su propia sangre y la de sus enemigos, a quienes había
tratado inútilmente de rechazar; y que lady Mortimer, viendo que todo estaba perdido,
aconsejó al real fugitivo que escapase, facilitándole para tal efecto el mejor caballo que
quedaba en los establos de sir Roger, mientras ella regresaba a la gran sala, cuyas
ventanas saltaban destrozadas ahora por la balas de cañón que silbaban y pasaban por
encima de su cabeza, y cuyas puertas sucumbían ante las barras de hierro y otros
instrumentos que un herrero puritano, a la vez capellán y coronel de la facción, les había
facilitado y enseñado a utilizar; y contaba cómo lady Mortimer cayó de rodillas ante el
joven francés, y le exhortó a que resistiese hasta que el rey Carlos estuviese a salvo y
libre y lejos de allí; y cómo el joven francés hizo todo cuanto un hombre podía hacer; y,
finalmente, cuando el castillo, tras una hora de tenaz resistencia, cedió al asalto de los
fanáticos, se tambaleó cubierto de sangre a los pies del gran sillón que esta anciana
dama ocupaba inmóvil (paralizada por el terror y el agotamiento), y dejando caer la
espada por primera vez, exclamó: J'ai fait mon devoir!, y expiró a sus pies; y cómo su
madre siguió sentada en la misma actitud rígida, mientras los fanáticos saqueaban el
castillo, se bebían los vinos de la bodega, clavaban sus bayonetas en los cuadros de
familia a los que llamaban los ídolos de los palacios, disparaban contra el enmaderado,
y convertían a la mitad de las criadas según sus propios métodos, y al ver que su
búsqueda del rey había sido infructuosa, y por el mero deseo de destrozar, estaban a
punto de efectuar una descarga de artillería en el salón, cosa que lo habría hecho saltar
en pedazos, mientras lady Mortimer seguía en su inmóvil silla... cuando, dándose cuenta
de que la pieza de artillería apuntaba casualmente hacia la mismísima puerta por la que
el rey Carlos había salido del salón, pareció recobrar de repente la memoria y,
levantándose de un salto y colocándose ante la boca del cañón, exclamó: '¡Hacia ahí
no! ¡iNo dispararéis hacia ahí!'; y dicho esto, cayó muerta al suelo. Cuando Mrs. Ann
contaba estas y otras espeluznantes historias sobre la magnanimidad, lealtad y
sufrimientos de sus ilustres mayores, en una voz que, alternativamente, se henchía de
energía y temblaba de emoción, y señalaba, mientras las contaba, cada lugar donde
habían sucedido..., sus jóvenes oyentes sentían un profundo estremecimiento en el
corazón, un orgulloso aunque suave júbilo hasta ahora no experimentado por el lector de
una historia escrita, aunque sus páginas sean tan auténticas como las más refrendadas
por el cronista real de Madrid.
» Tampoco estaba Mrs. Ann Mortimer menos preparada para compartir con interés sus
estudios más ligeros. Cuando se trataba de la poesía de Waller, podía enumerar los
encantos de su Sacharissa -lady Dorothea Sidney, hija dd conde de Leicester-, a quien
conocía bien, compararlos con los de su Amoret, lady Sophia Murray. Y al comparar las
prendas de estas dos heroínas, hacía una descripción tan fiel de sus opuestos estilos de
belleza, entraba tan minuciosamente en los detalles de sus vestidos y continentes, e
insinuaba tan patéticamente, con un misterioso suspiro, que había una en aquel entonces
en la corte, a la que Lucius, el valeroso, el ilustrado y el culto lord Falkland, había
comentado que era muy superior a ambas, que sus oyentes sospecharon que se trataba
de ella misma, y que había sido una de las más brillantes estrellas de esa galaxia cuyas
apagadas glorias parpadeaban aún en su memoria... y que Mrs. Ann, en medio de su
devoción y patriotismo, guardaba todavía un tierno recuerdo de las galanterías de esa
corte donde había pasado su juventud, y , sobre la que la belleza, el magnífico gusto y la
gaieté nacional de la malograda Enriqueta habían derramado una luz tan deslumbrante
como efímera. Margaret y Elinor la escuchaban con igual interés, pero con muy
317
diferentes sentimientos. Margaret, hermosa, alegre, arrogante y generosa, y parecida a
su abuelo y a la hermana de éste tanto en el carácter como en el físico, podía haber
seguido escuchando eternamente narraciones que, al tiempo que confirmaban sus
principios, conferían una especie de santidad a los sentimientos que regían su corazón, y
hacían de su entusiasmo una especie de virtud a sus ojos. Aristócrata en política, no
concebía que la virtud pública pudiera elevarse más allá de un ferviente afecto por la
casa de los Estuardo; en cuanto a su religión, jamás le había causado tribulación alguna:
rigurosamente unida a la Iglesia anglicana, como lo fueron sus antecesores desde su
instauración, tal adhesión incluía no sólo todas las gracias de la religión, sino todas las
virtudes de la moral; y no concebía que pudiese haber majestuosidad en el soberano,
lealtad en el súbdito, valor en el hombre o virtud en la mujer, a menos que se hallasen
en el seno de la Iglesia anglicana. Estas cualidades, junto con otras que les son
inherentes, las había imaginado siempre en coexistencia con la inquebrantable adhesión
a la monarquía y al episcopado, y válidas sólo en los personajes heroicos de su estirpe
cuyas vidas, e incluso sus muertes, proporcionaban un delicioso placer a la joven
descendiente cuando las escuchaba... mientras que todas las cualidades opuestas, y
cuanto el hombre puede odiar, o la mujer despreciar, se le habían representado como
inscritos instintivamente en los partidarios de los republicanos y del presbiterianismo.
Así, pues, sus sentimientos y sus principios, su poder de razonamiento y los hábitos de
su vida, todo seguía un mismo cauce; y no sólo era incapaz de conceder un posible
desvío de dicho cauce, sino que ni siquiera podía imaginar que hubiese otro para
quienes creían en Dios, o reconocían algún tipo de poder humano. Dudaba tanto que
pudiese venir bien alguno de ese Nazareth que ella execraba, como dudaría un antiguo
geógrafo si alguien le hubiese enseñado América en un mapa clásico. Así era Margaret.
»Elinor, por otra parte, se crió en medio de un clamor de perpetua disputa; porque la
casa de la familia de su madre, donde pasó sus primeros años, era, según palabras del
profano de aquellos tiempos, un almacén de escrúpulos en el que personajes piadosos de
todas las filiaciones pronunciaban sus contradictorias conferencias; con lo que su
espíritu despertó muy pronto a las diferencias de opinión y a la oposición de principios.
Acostumbrada a oír estas diferencias y oposiciones, expresadas frecuentemente con la
más irrefrenable violencia, jamás se había permitido como Margaret la espléndida
aristocracia de la imaginación, que lo sacrificaba todo a ella, y hacía pagar tributo a la
prosperidad y a la adversidad, por igual, al orgullo de su triunfo. Desde que fue
admitida en la casa de su abuelo, el espíritu de Elinor se había vuelto más humilde y
paciente, más dócil y abnegado. Obligada a oír desacreditar las opiniones por las que
ella sentía afecto, y difamar a las personas que ella respetaba, permanecía sentada en
reflexivo silencio; y equilibrando los dos extremos que estaba obligada a presenciar,
llegó a la recta conclusión de que ambas partes debían de ser buenas, aunque estaban
oscurecidas o deterioradas por la pasión y el interés, y de que sin duda había grandes y
nobles cualidades en ambos partidos, donde tanta fuerza intelectual y energía física se
había exhibido por ambos lados. No podía creer que estos claros y poderosos espíritus
fuesen a permanecer eternamente opuestos en sus futuros destinos. Le gustaba
considerarlos como hijos que habían "regañado por el camino", equivocando la
dirección hacia la casa del padre, pero que se alegrarían juntos a la luz de su presencia,
y se reirían de las diferencias que les habían separado durante el trayecto.
»A pesar de la influencia de su temprana educación, Elinor había aprendido a apreciar
las ventajas de su vida en el castillo de su abuelo. Le gustaba la literatura y la poesía.
Poseía imaginación y entusiasmo, cualidades que encontraban la más hermosa
satisfacción en medio del escenario pintoresco e histórico que rodeaba al castillo, las
soberbias historias que se contaban entre sus muros, cuya confirmación parecía gritar
318
cada piedra, y el heroico y caballeresco carácter de sus habitantes, con quienes parecían
conversar los retratos de sus nobles antepasados, abandonando sus marcos suntuosos,
cuando se contaban los relatos en presencia de ellos. Ésta era una atmósfera muy
distinta de aquella en la que había pasado su niñez. Los sombríos y estrechos aposentos,
exentos de todo ornamento, e incapaces de despertar otras asociaciones que las de un
tenebroso futuro, los hábitos toscos, los rostros austeros, el lenguaje conminatorio y la
furia polémica de sus moradores o invitados, imprimieron en ella un sentimiento que se
reprochaba a sí misma, pero no suprimía; y aunque se mantenía rígidamente calvinista
en su credo, y escuchaba siempre que podía los sermones de los pastores no
conformistas, había adoptado en sus ocupaciones los gustos literarios, y en sus modales
la grave cortesía que la convertían en descendiente de los Mortimer.
»La belleza de Elinor, aunque de estilo totalmente distinto de la de su prima, era sin
embargo de la más grande y delicada índole. La de Margaret era exuberante, pródiga y
triunfal: a cada instante exhibía una gracia consciente, cada mirada exigía homenaje, y
lo obtenía tan pronto como lo exigía. La de Elinor era pálida, contemplativa,
conmovedora; tenía el cabello negro como el azabache, y los mil rizos con que, según la
moda de la época, se lo trenzaba, parecían enroscados por la mano de la naturaleza:
colgaban tan suaves y sombreados que parecían un velo ocultando el semblante de una
monja, hasta que se los retiraba, y resplandecían entre ellos unos ojos de oscura y
deslumbrante luz, como estrellas en medio de las sombras profundas del crepúsculo.
Llevaba el rico vestido que prescribía el gusto y los hábitos de Mrs. Ann, la cual jamás
había descuidado, ni siquiera en las horas de extrema adversidad, lo que podría llamarse
el rigor de su aristocrática indumentaria, y habría considerado poco menos que una
profanación de la solemnidad haber acudido a sus oraciones, aunque se hubiesen
celebrado (como le gustaba a ella decir) en el salón del castillo, menos ataviada de rasos
y terciopelos, los cuales, como las antiguas armaduras, podrían haberse tenido en pie sin
la ayuda de su humano habitante. Había una cadencia dócil y suave en las moduladas
armonías de forma y movimientos de Elinor, una graciosa melancolía en su sonrisa, una
trémula dulzura en su voz, una súplica en su mirada, de suerte que el corazón que se
negaba a responder era incapaz de contener un hálito de vida en su interior. Ninguna
cabeza de Rembrandt, en medio de sus contrastados lujos de luces y sombras, ninguna
forma de Guido, revoloteando en exquisita y elocuente ondulación entre la tierra y el
cielo, podrían haber competido con el matiz y naturaleza del semblante y la forma de
Elinor. Sólo había una pincelada que añadir a la pintura de su belleza, y ésa no la daba
la gracia física ni el encanto exterior. La recibía de un sentimiento tan puro como
intenso, tan inconsciente como profundo. El fuego secreto que ardía en sus ojos con ese
esplendor radiante, a la vez que confería palidez a sus jóvenes mejillas, que consumía su
corazón al tiempo que la hacía imaginar que estrechaba en sus brazos a un joven
querubín, como la desventurada reina de Virgilio..., ese fuego era un misterio incluso
para ella misma: sabía que sentía, pero no sabía qué era lo que sentía.
»Al principio de ser admitida en el castillo, y ser tratada con suficiente hauteur por su
abuelo y la hermana de éste, que no podían olvidar la humilde condición y fanáticos
principios de la familia de su padre, recordaba que, en medio de la apabullante grandeza
y austera reserva de su recepción, su primo, John Sandal, fue el único que le habló con
ternura o volvió hacia ella unos ojos que transmirían consuelo. Elinor le recordaba como
el hermoso y dulce joven que había iluminado todas sus empresas, y había compartido
todos sus esparcimientos.
»A temprana edad, John Sandal había abrazado la carrera de la mar, y desde entonces
no había vuelto a visitar el castillo. Con la Restauración, los recordados servicios de la
familia Mortimer, y la nombrada fama del valor y habilidad del joven, habían granjeado
319
a éste un puesto distinguido en la armada. La importancia de John Sandal aumentó
ahora a los ojos de su familia, de la que al principio fue tan sólo un huésped tolerado; y
hasta Mrs. Ann Mortimer comenzó a manifestar cierto deseo de tener noticias de su
valiente sobrino John. Cuando hablaba así, la luz de los ojos de Elinor se posaba en su
tía con un fulgor tan rico como el sol del verano en un paisaje de atardecer; pero sentía,
al mismo tiempo, una opresión, una indefinible suspensión del pensamiento, de la
palabra, casi del aliento, que sólo aliviaban las lágrimas que ella dejaba correr
libremente, una vez que se retiraba de la presencia de su tía. No tardó este sentimiento
en convertirse en otro de más profundo y agitado interés. Estalló la guerra con los
holandeses, y el nombre del capitán John Sandal, a pesar de su juventud, pareció
destacar entre los de los oficiales designados para ese memorable servicio.
»Mrs. Ann, acostumbrada a oír los nombres de su familia unidos a las emocionantes
noticias de las más heroicas proezas, sentía el júbilo de espíritu que experimentara en
otro tiempo, junto con más felices asociaciones, y más venturosos augurios. Aunque de
edad avanzada y muy menguadas fuerzas, se observó que durante las informaciones de
la guetra, y mientras escuchaba relatos sobre el valor de su pariente y su rápido
encumbramiento, su paso se hacía firme y elástico, su alta figura alcanzaba la estatura
de su juventud, y un ligero rubor asomaba a veces a sus mejillas, con un matiz tan rico y
encendido como cuando le murmuraron los primeros suspiros de amor sobre sus
jóvenes rosas. La magnánima Margaret, que compartía el entusiasmo que fundía todo
sentimiento personal en la gloria de su familia y de su país, oía hablar de los peligros a
que se exponía su primo (al que apenas recordaba) con una arrogante confianza de que
los afrontaría tal como ella misma habría hecho, de haber sido, como él, el último
descendiente varón de la familia de los Mortimer. Elinor temblaba y lloraba... y cuando
estaba sola, rezaba fervorosamente.
»Se pudo observar, sin embargo, que el respetuoso interés con que hasta ahora había
escuchado las leyendas de la familia, tan elocuentemente relatadas por Mrs. Ann, se
había convertido ahora en una inquieta e insaciable ansiedad por escuchar las historias
de los héroes marinos que habían enaltecido la historia de la familia. Felizmente,
encontró en Mrs. Ann una narradora que tenía poca necesidad de hurgar en su memoria,
y menos aún de recurrir a su inventiva, para trenzar espléndidas historias de aquellos
cuyo hogar eran las profundidades, y cuyo campo de batalla era la inmensidad del
océano. En medio de la galería tapizada de retratos familiares, señalaba el parecido de
muchos intrépidos aventureros a quienes las noticias sobre las riquezas y aventuras del
recién descubierto mundo habían incitado a forjar especulaciones a veces disparatadas y
desastrosas, a veces prósperas hasta más allá de los dorados sueños de la codicia.
»-¡Qué arriesgado!, jqué peligroso! -murmuraba Elinor, estremeciéndose.
»Pero cuando Mrs. Ann contó la historia de su tío el especulador literario, el culto
erudito, el valiente y esforzado de la familia, que había acompañado a sir Walter
Raleigh en su catastrófica expedición y había muerto años más tarde de aflicción por la
desastrosa muerte de éste, Elinor, con un estremecimiento de horror, se cogió al brazo
de su tía, enfáticamente extendido hacia el retrato, y le suplicó que lo dejase. El decoro
de la familia era tan grande que no pudo tomarse esta libertad sin pretextar una
indisposición; así lo hizo puntual aunque débilmente, y Elinor se retiró a su aposento.
»Desde febrero de 1665, a partir de la primera referencia a las empresas de De Ruyter,
hasta el animado período en que se asignó al duque de York el mando de la flota real,
todo fue ansiosa y expectante excitación, y elocuentes digresiones sobre las antiguas
hazañas y vehementes esperanzas de nuevos honores, por parte de la heredera de los
Mortimer y de Mrs. Ann, y de profunda y muda emoción por la de Elinor.
320
»Llegó la hora, y se despachó un correo de Londres al castillo de Mortimer con noticias,
en las que el rey Carlos, con esa espléndida cortesía que casi le redimía de sus vicios, se
declaraba personalmente interesado, tanto más cuanto que a ello se añadían los honores
de la leal familia, cuyos servicios apreciaba tan altamente. La victoria había sido
completa, y el capitán John Sandal, según la frase que la afición del rey a las costumbres
y lengua francesas comenzaba a hacer popular, "se había cubierto de gloria” . En medio
de lo más intrincado de la lucha, en una embarcación sin cubierta, había llevado un
mensaje de lord Sandwich al duque de York bajo una lluvia de balas, cuando los
oficiales más viejos se habían negado rotundamente a llevar a cabo tan peligrosa
misión; y cuando, a su regreso, el barco de Opdam, el almirante holandés, saltó en
pedazos, John Sandal se lanzó al mar, en medio del cráter de la explosión, para salvar a
los náufragos medio ahogados y medio quemados que se agarraban a los fragmentos
abrasados o se hundían en las hirvientes olas. Más tarde, cuando cumplía otra pavorosa
misión, se había interpuesto entre el duque de York y la bala de cañón que hirió al
conde de Falmouth, lord Muskerry y a Boyle, y cuando cayeron todos allí mismo, quitó
con mano firme los sesos y cuajarones de sangre de que el duque de York estaba
cubierto de pies a cabeza. Al acabar de leer esto Mrs. Ann Mortimer, con muchas
pausas, debido a su vista debilitada por los años y emborronada por las lágrimas... y
terminar, en fin, la larga y laboriosa lectura, exclamó:
»-¡Es un héroe!
»Elinor susurró para sí, temblando: "¡Es un cristiano!"
»Dado que los detalles de tal suceso marcaban una especie de época en una familia tan
retirada, imaginativa y heroica como la de los Mortimer, el contenido de la carta
firmada por la propia mano del rey fue leído una y otra vez. Se convirtió en tema de
conversación durante sus comidas, y motivo de estudio y comentario cuando estaban
solas. Margaret insistía mucho en la valentía de la acción, y medio imaginaba ver la
tremenda explosión del barco de Opdam. Elinor se repetía: "¡Se lanzó en medio de las
olas hirvientes para salvarles la vida a los hombres que había vencido!" Y
transcurrieron meses, antes de que la brillante visión de la gloria, y de la agradecida
realeza, palideciera en la imaginación de ellas; y cuando esto ocurrió, como en el caso
de Micyllus, dejó miel en las pestañas de la soñadora.
»A partir de la llegada de estas nuevas, se operó un cambio en los hábitos y costumbres
de Elinor tan sorprendente que se convirtió en objeto de atención para todos salvo para
ella misma. Su salud, su sueño y su imaginación fueron presa de indefinibles fantasías.
Las queridas escenas del pasado, las encantadoras visiones de su dorada niñez, parecían
contrastar terrible e insensatamente en su imaginación con imágenes de matanzas y de
sangre, de cubiertas de barco sembradas de cadáveres, y de un joven y terrible
conquistador saltando a zancadas por encima, en medio de lluvias de balas y nubes de
fuego. Sus mismos sentimientos vacilaban entre estas impresiones tan opuestas. Su
razón no soportaba la súbita transición del sonriente y amable compañero de su niñez al
héroe del agitado mar, de naciones y navíos incendiados, de ropas ensangrentadas, del
fragor de la batalla y los gritos.
»Permanecía sentada y, hasta donde su vagabunda fantasía se lo permitía, intentaba
conciliar las imágenes de esos recordados ojos, cuyo fulgor se posaba en ella como el
azul oscuro de un cielo de verano nadando en una luz mojada de rocío, con el destello
que despedían los ojos febriles del conquistador, cuyo brillo era tan mortal como su
espada. Le veía, tal como estuvo una vez sentado junto a ella, sonriendo como la
primera mañana de primavera... y ella le sonreía a su vez. El cuerpo delgado, los suaves
y elásticos movimientos, el beso de la niñez que rozaba como el terciopelo y olía como
el bálsamo, se transformaban súbitamente, en sus sueños (porque todos sus
321
pensamientos eran sueños), en la espantosa figura de un ser empapado en sangre y
salpicado de sesos y cuajarones. Y Elinor, medio gritando, exclamaba: "¿Es ése al que
yo amaba?" Así, su mente, vacilando entre tan opuestos contrastes, comenzó a sentir
que se soltaban sus amarras. Iba a la deriva de roca en roca, y cada una de ellas abría
una nueva vía de agua.
»Elinor renunció a sus habituales reuniones con la familia; se quedaba sentada todo el
día y gran parte de la noche en su propio aposento. Se hallaba éste en una torre solitaria
que sobresalía tanto de las murallas del castillo que tenía ventanas en tres lados. Allí se
sentaba Elinor para recibir el viento, soplara de donde soplase, e imaginaba oír en sus
gemidos los gritos de los marineros ahogándose. Ni la música de su laúd, ni la que
Margaret pulsaba con dedo más fuerte y brillante, lograban sacarla de este melancólico
abandono.
»-¡Chisst! -decía a las dueñas que la asistían-. ¡Chisst! ¡Dejadme escuchar el viento!
Hace flamear muchos estandartes de victoria... y suspira sobre muchas cabezas caídas.
»Se asombraba de que alguien pudiese ser a la vez tan amable y tan feroz, temía que los
hábitos de su vida hubiesen convertido al dngel de su pdramo en un bravo pero brutal
hombre de mar, ajeno a los sentimientos que habían vuelto al hermoso muchacho tan
indulgente con los errores de ella, tan propiciatorio entre ella y sus orgullosos parientes,
tan servicial en todas sus distracciones, tan necesario para su misma existencia. Los
acentos de esta vida de ensueño armonizaban pavorosamente, para Elinor, con el sonido
del viento al chocar contra la torre del castillo, o al barrer los bosques, que gemían y se
incli- naban bajo sus terribles visitas. Y esta vida recluida, este intenso sentimiento, este
profundo y arraigado secreto de su callada pasión, guardaban quizá una espantosa e
indescriptible relación con esa aberración de la mente, esa postración a la vez del
corazón y el entendimiento, a la que vemos manifestar, según los agentes que son
pulsados, "el gusto de la vida por la vida, o de la muerte por la muerte". Elinor tenía
toda la intensidad de la pasión, combinada con toda la devoción de la religión; pero no
sabía qué rumbo tomar, ni qué temporal seguir. Temblaba y retrocedía dudosa de su
pilotaje, y dejaba el timón a merced de los vientos y las olas. Poca clemencia encuentran
los que se abandonan a las tempestades del mundo de la mente: más les valdría hundirse
de una vez en el tumulto de las tenebrosas aguas, durante su violento e invernal furor;
así, llegarían pronto al cielo donde estarían a salvo.
»Tal era el estado de Elinor, cuando la llegada de la que durante mucho tiempo había
sido una extraña en la vecindad del castillo, causó honda sensación en sus habitantes.
»La viuda Sandal, madre del joven marino, que hasta ahora había vivido en el
anonimato en interés de la pequeña fortuna que sir Roger le legara (con la estricta
condición de no visitar jamás el castillo), llegó súbitamente a Shrewsbury, que apenas
distaba una milla de allí, y manifestó su intención de fijar allí su residencia.
»El afecto de su hijo había derramado sobre ella, con la profusión del marino y el cariño
del hijo, todas las recompensas por sus servicios... menos su gloria; y en relativa
opulencia, y honrada y señalada como la madre del joven héroe que tanto había subido
en el favor real, la sufrida viuda tomó su morada, otra vez, cerca del hogar de sus
antepasados.
»En esta época, cada paso que daba el miembro de una familia era objeto de ansiosa y
solemne consulta por parte de los que se consideraban cabeza de ellos, y hubo una
especie de capítulo en el castillo de Mortimer con motivo de este singular movimiento
de la viuda de Sandal. El corazón de Elinor latió con violencia durante el debate; se
sometió, no obstante, a la decisión final de que la severa sentencia de sir Roger no debía
extenderse más allá de su muerte, y que una descendiente de la casa de los Mortimer no
debía vivir jamás abandonada casi bajo la sombra de sus murallas.
322
»Así que se le rindió solemne visita, la cual fue gratamente acogida: hubo mucha
cortesía estirada por parte de Mrs. Ann para con su sobrina (a la que llamó prima, según
la antigua moda inglesa), y un debido grado de retrospectiva humildad y decoroso pesar
por parte de la viuda. Se despidieron ablandadas, si no complacidas, la una con la otra, y
la comunicación así abierta fue persistentemente mantenida por Elinor, cuyas semanales
visitas de cumplido se convirtieron muy pronto en diarias visitas de interés y de hábito.
El objeto de los pensamientos de ambas era tema de conversación de una sola; y como
suele suceder, la que no decía nada era la que más sentía. Los detalles de las hazañas de
él, la descripción de su persona, la afectuosa enumeración de las promesas de su niñez,
y las gracias y dones de su juventud, eran aspectos peligrosos para la que escuchaba, a
la que la sola mención de su nombre le producía una embriaguez de corazón de la que
difícilmente se recobraba en horas.
»No se observó que disminuyese la frecuencia de estas visitas cuando corrió el vago
rumor -que la viuda pareció creer, más bien con esperanza que cor probabilidad- de que
el capitán estaba a punto de visitar la vecindad del castillo. Una tarde de otoño, Elinor,
que no había podido ir en todo el día a ver; su tía, se puso en camino acompañada sólo
por su doncella y su criado. Había un sendero retirado a través del parque que daba
acceso a una pequeña puerta en el límite cercano a donde vivía la viuda. Elinor, al
llegar, se encontró cor que su tía había salido, y le informaron que había ido a pasar la
tarde con una amiga de Shrewsbury. Elinor dudó un momento; luego, recordando que
esta amiga era una grave y circunspecta viuda de uno de los caballeros de Cromwell,
muy respetada, sin embargo, y conocida también de ellas, decidió ir allí. Y al entrar en
el salón, que era espacioso, aunque oscuramente iluminado por un anticuado ventanal,
se sorprendió al verlo concurrido por un número poco corriente de personas, algunas de
las cuales estaban sentadas, aunque la mayoría se agrupaba en el amplio rincón del
ventanal; y entre ellas, Elinor vio una figura que destacaba más por su estatura que por
su actitud o pretensión: era la de un joven alto y delgado, de unos dieciocho años, con
un hermoso niño en brazos, al que acariciaba con una ternura que parecía asociada más
con el retrospectivo afecto del hermano que con la anticipada esperanza de 1a
paternidad. La madre del niño, orgullosa de la atención que le dedicaban a su hijo, daba,
sin embargo, las usuales excusas incrédulas de que la criatura molestaba.
»-¡Molestarme! -dijo el joven, en un tono que hizo pensar a Elinor que era la primera
vez que oía música-. ¡Oh, no!; si supierais cuánto me gustar los niños..., cuánto tiempo
hacía que no había apretado uno contra mi pecho y cuánto tiempo pasará hasta que
vuelva a tener otro en brazos...
»Y desviando la cabeza, la inclinó sobre el bebé. La estancia estaba muy oscura debido
a las crecientes sombras del atardecer, aumentadas por el efecto del oscuro enmaderado
de las paredes; pero en ese momento, la última claridad de la tarde otoñal, con todo su
rico y difuso esplendor, entraba por el ventanal, derramando sobre cada objeto una luz
dorada y purpúrea. El rincón de aposento en el que Elinor se había sentado permanecía
en la más oscura sombra. Entonces vio distintamente la figura que su corazón pareció
reconocer antes que sus sentidos. El pelo abundante, del más rico color castaño (su
plumosa cima teñida por la luz parecía el halo de una cabeza gloriosa), colgaba según la
moda de la época, en tirabuzones sobre el pecho, y medio ocultaba la cara del niño, que
parecía anidado en él.
»Su uniforme era de oficial de marina: espléndidamente adornado de encajes, y con la
soberbia insignia de una orden extranjera, galardón de alguna intrépida proeza; y
mientras el niño jugaba con estas cosas, y miraba luego hacia arriba como para
descansar sus deslumbrados ojos en la sonrisa de su joven protector, Elinor pensó que
nunca había contemplado la semejanza y el contraste tan conmovedoramente unidos:
323
era como un cuadro de delicados matices, donde los colores están tan suavizados y
combinados unos con otros, que el ojo no percibe transición alguna al pasar de una
brillante tonalidad a otra, tan exquisita e imperceptible es la gradación; era como una
delicada pieza musical, en la que el arte del modulador impide que nos demos cuenta de
que pasa de una clave a otra, y tan suaves son los tonos intermedios de la armonía
interpretada, que el oído no sabe dónde vaga, pero donde sea, siente que su camino es
placentero. El fresco encanto del niño, casi asimilado a la belleza del joven acariciador,
y contrastado sin embargo con el alto y heroico aire de su figura, y los adornos de su
uniforme (que era deslumbrante), símbolos todos de hechos de peligro y de muerte,
pareció a la imaginación de Elinor el ángel de la paz descansando en el pecho del valor,
y susurrando que sus trabajos estaban hechos ya. La voz de la viuda la despertó de su
arrobamiento.
»-¡Sobrina, aquí está tu primo John Sandal!
»Elinor se sobresaltó, y recibió el saludo de su pariente, tan repentinamente presentado,
con una emoción que, si la privó de las gracias corteses que debían haber embellecido
su acogida al distinguido desconocido, le dio al menos otras más conmovedoras de
timidez.
»Se besaron según las formas que la época admitía, y hasta sancionaba (formas
explotadas desde entonces); y cuando Elinor sintió la presión de unos labios tan rojos
como los suyos, tembló al pensar que esos mismos labios habían dado la orden de
ataque a seres sedientos de sangre, y que el brazo que la rodeaba tan tiernamente había
apuntado armas mortales, con irresistible y terrible puntería, contra pechos que
palpitaban con todas las fibras de los afectos humanos. Amaba a su joven pariente, pero
tembló en los brazos del héroe.
»John Sandal se sentó junto a ella, y a los pocos momentos la melodía de su voz, la
amable facilidad de su actitud, los ojos que sonreían cuando los labios permanecían
cerrados, y los labios cuya sonrisa era más elocuente en silencio que el lenguaje de los
más resplandecientes ojos, le hicieron sentirse gradualmente feliz... Trató de conversar,
pero se detuvo a escuchar; trató de alzar los ojos, pero se sintió desfallecer, como los
adoradores del sol, bajo el resplandor que la miraba... y evitó mirar a los ojos que
podían ver. Había una suave, alada, pero muy seductora luz en aquellos ojos azul
intenso que descendían sobre ella, como la luna que flota sobre un hermoso paisaje. Y
había una fresca y elocuente ternura en los acentos de su voz -que ella había esperado
oír sonar como el trueno- que desarmaban y dulcificaban las palabras casi hasta el
regalo. Elinor, sentada, absorbía el veneno por cada conducto de sus sentidos: por el
oído, y los ojos, y el tacto, pues su pariente, con una perdonable, y para ella
imperceptible libertad, le había tomado la mano mientras le hablaba. Y habló mucho,
pero no de guerra ni de sangre, escenarios donde él había destacado tanto, ni de hechos
cuya simple alusión habría despertado interés y dignidad; sino de su regreso a la familia,
del placer que sentía de volver a ver a su madre y de las esperanzas que abrigaba de no
ser una visita indeseada en el castillo. Preguntó por Margaret con afectuosa seriedad, y
por Mrs. Ann con respetuosa circunspección; y al mencionar los nombres de sus
parientas, hablaba como alguien cuyo corazón llegaba antes que sus pasos y era capaz
de hacer de cualquier lugar donde descansara un hogar para sí y para los demás. Elinor
podía haber seguido escuchándole eternamente. Los nombres de los parientes que ella
amaba y veneraba sonaban en su oído como una música, pero lo avanzado de la noche
le advirtió de la necesidad de regresar al castillo, donde se observaban los horarios
escrupulosamente; y cuando John Sandal se ofreció a acompañarla, no encontró ya
motivo para demorarse más.
324
»Había parecido que estaba oscura la habitación mientras permanecieron sentados, pero
la luz del crepúsculo era aún rica y purpúrea en el cielo cuando salieron camino del
castillo.
»Elinor tomó el sendero del parque y, absorta en sus nuevos sentimientos, fue insensible
por primera vez a la belleza del bosque, a la vez sombría y resplandeciente, suavizada
por los matices de un colorido otoñal, y gloriosa con la luz del atardecer... hasta que
atrajeron su atención las exclamaciones de su compañero, quien parecía extasiado ante
lo que contemplaba. Esta sensibilidad ante la naturaleza, este nuevo y reciente
sentimiento para percibir la belleza, en alguien a quien ella creía endurecido por las
escenas de lucha y terror, a quien su imaginación había pintado como más apto para
cruzar los Alpes, que para complacerse en la Campania... la conmovieron hondamente.
Trató de contestar, pero no pudo...; recordó cómo su viva sensibilidad le permitía
expresar más certeramente la admiración que los demás manifestaban, y se maravilló de
su propio silencio, ya que ignoraba su causa.
»Ya cerca del castillo, el paisaje se hizo sublime hasta más allá de la imaginación del
pintor cuyos ojos hayan soñado en una puesta de sol en climas extraños. El inmenso
edificio se hallaba envuelto en sombras; todos sus variados y fuertemente destacados
perfiles de torres y pináculos, atalayas y almenas, se fundían en una densa y sombría
masa. Aún se veían las distantes colinas, con sus cimas cónicas, claramente recortadas
en el oscuro azul del cielo, y sus picos retenían un matiz purpúreo tan brillante y
hermoso que parecía como si la luz desease demorarse allí, yal marcharse, hubiese
dejado ese tinte como promesa de un glorioso amanecer. Los bosques que rodeaban el
castillo se alzaban negros y con una apariencia tan sólida como la propia mole del
edificio. A veces, temblaba como un resplandor de oro por encima del frondoso follaje
de sus cimas; por último, a través de un claro que se abría entre los negros y corpulentos
troncos de los árboles, penetró una última oleada de rica y esplendorosa luz,
convinió cada hoja de hierba en una fugaz esmeralda, se detuvo un momento ante su
hermosa obra, y desapareció. El efecto fue tan instantáneo, brillante y evanescente, que
Elinor apenas tuvo tiempo de proferir una exclamación, al extender el brazo hacia donde
la luz había caído tan viva y fugazmente. Alzó los ojos hacia su compañero, con esa
conciencia plena de perfecta simpatía que hace que las palabras parezcan torpes,
comparadas con el oro puro de la mirada. Su compañero lo había visto también. No dejó
escapar exclamación alguna, ni señaló con el dedo: sonrió, y su semblante fue como el
de un ángel. Pareció reflejar y responder al último adiós del día, como si dos amigos se
despidiesen sonriéndose mutuamente. No fueron sólo sus labios los que sonrieron: los
ojos, las mejillas, cada rasgo participó de esa esplendorosa luz que irradió de su
semblante, y todo contribuyó a la combinación de esa armonía para la mirada, que con
tanta frecuencia es deliciosamente perceptible, como la combinación de las más
exquisitas voces con la más perfecta modulación lo es para el oído. La sonrisa, y el
escenario donde fue expresa quedaron grabados en el corazón de Elinor hasta la última
hora de su existencia mortal. Anunciaba a la vez un espíritu que, como la antigua
estatua, respondía a cada rayo de luz que incidía en ella con una voz de melodía, y
combinaba el triunfo de las glorias de la naturaleza con las profundas y tiernas dicha del
corazón. No hablaron más durante el resto del trayecto, pero hubo más elocuencia en su
silencio que en muchos discursos. [...]
»Casi se había hecho de noche antes de que llegaran al castillo. Mrs. Ann recibió a su
distinguido pariente con altiva cordialidad, y un afecto mezclad de orgullo. Margaret dio
la bienvenida más bien al héroe que al pariente; John, tras las ceremonias de salutación,
se volvió a descansar en la sonrisa d Elinor. Habían llegado precisamente en el
momento en que el capellán iba leer las oraciones de la tarde: práctica tan estrictamente
325
arraigada en el castillo que ni aun la llegada de un extraño interfirió en su observación.
Elinor estuvo atenta a este momento con especial solicitud; sus convicciones religiosas
eran profundas, y, en medio de toda la vívida exhibición, por pane del joven héroe de
sus más dulces afectos, y las más puras sensibilidades por las que nuestra desdichada
existencia puede encarecerse o embellecerse, temía ella todavía que tuviese que andar
mucho la religión -compañera de pensamientos hondos y hábitos solemnes-, antes de
encontrar cobijo en el corazón de un marino. La última duda se disipó de su mente al
ver la intensa pero muda devoción con que John tomó parte en el rito de la familia. Hay
algo muy noble en la visión de la devoción masculina. Ver esa forma eminente, que
jamás ha inclinado la cabeza ante hombre alguno, humillarse hasta el suelo ante Dios,
contemplar las rodillas, cuyas articulaciones son como el diamante bajo la influencia de
la fuerza mortal o de la amenaza, tan flexibles como las de un niño en presencia del
Todopoderoso, ver las manos entrelazadas y levantadas, escuchar el fervoroso aliento,
sentir el sonido del alma mortal al arrastrarse por el suelo junto al arrodillado
guerrero..., éstas son cosas que conmueven a un tiempo los sentidos y el corazón, y
sugieren la espantosa y patética imagen de toda la energía física postrada ante el poder
de la Divinidad. Elinor lo contempló incluso hasta el punto de olvidarse de sus propias
devociones; y cuando sus blancas manos, que parecían no haber empuñado jamás arma
alguna de destrucción, se entrelazaron con devoción, y una de ellas se alzó
ocasionalmente para apartar los ondulados rizos que ocultaban su rostro, Elinor creyó
que contemplaba a la vez la fuerza angélica y la angélica pureza.
»Al concluir el servicio, Mrs. Ann, tras repetir su solemne bienvenida a su sobrino, no
pudo por menos de expresar su satisfacción por la devoción que había mostrado; pero
mezcló, en esas palabras, una especie de incredulidad acerca de que los hombres
acostumbrados a la lucha y al peligro pudiesen albergar sentimientos religiosos. John
Sandal inclinó la cabeza ante las palabras elogiosas de Mrs. Ann, y descansando una
mano sobre su espadín, y apartando con la otra los espesos rizos de su abundante
cabello, se puso firme ante ella con la actitud del héroe y el cuerpo del adolescente. Un
rubor se extendió por su joven semblante, al decir en un tono a la vez trémulo y
vehemente:
»-Querida tía, acusáis de olvidar la protección del Todopoderoso a los que más la
necesitan. "Los que descienden a la mar en naves, los que navegan por las inmensas
aguas", son los que más derecho tienen a sentir, en su hora de peligro, que "el viento y
la tormenta llenan su palabra” . Un hombre de mar sin creencia ni esperanza en Dios es
peor que un hombre de mar sin cartas ni piloto.
»Mientras hablaba, con esa trémula elocuencia que hace sentir la convicción casi antes
de oírla, Mrs. Ann le tendió su seca pero todavía nívea mano para que la besase.
Margaret le presentó la suya también, como una heroína a un caballero feudal; y Elinor
se volvió y lloró embargada por una deliciosa congoja.. [...]
»Cuando estamos decididos a descubrir la perfección en una persona, tenemos siempre
el convencimiento de que lo vamos a conseguir. Pero Elinor necesitaba poca ayuda del
lápiz de la imaginación para colorear el objeto que se había impreso con trazo
imborrable en su corazón. El carácter y la naturaleza de su pariente se revelaban poco a
poco, o más bien iban aflorando merced a causas externas y accidentales; pues una
timidez casi femenina le impedía siempre hablar mucho, y cuando lo hacía, el último
tema que tocaba era el de sí mismo. Se abría como una flor: los suaves y sedosos
pétalos se desplegaban imperceptiblemente ante los ojos, y los colores se iban haciendo
más intensos cada día, y más rico su perfume, hasta que Elinor se sintió deslumbrada
por su esplendor y embriagada por su fragancia.
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»Este deseo de descubrir excelencias en la persona que amamos, y de identificar la
estima y la pasión en la unión de la belleza moral y la gracia física, es una prueba de que
el amor es de muy ennoblecedora índole; de que, si bien la corriente se puede enturbiar
por múltiples causas, el manantial al menos es puro; y de que el corazón capaz de
sentirlo intensamente posee una energía que puede un día ser recompensada por un
objeto más brillante y un fuego más sagrado que los que la tierra haya podido producir
(y la naturaleza encender) jamás. [...]
»Desde la llegada de su hijo, la viuda Sandal revelaba un notable grado de ansiedad, y
una especie de inquieta precaución frente a algún invisible mal. Ahora frecuentaba
asiduamente el castillo. No podía ser ciega al creciente afecto de John y Elinor, y su
único pensamiento era cómo evitar su unión, la cual podía afectar al interés del primero,
y a la propia importancia de sí misma.
»Había logrado enterarse por medios indirectos del testamento de Sil Roger; y empeñó
toda la fuerza de una mente que poseía más habilidad que fuerza, y de un temperamento
que tenía más pasión que energía, en realizar las esperanzas que el documento sugería.
El testamento de sir Roger era extraño por demás. Privado de su hija Sandal, y del hijo
más joven, padre de Elinor, por los lazos que ambos habían contraído, parecía que su
deseo más vehemente era unir a sus descendientes, e invertir la fortuna y la posición de
la casa de los Mortimer en la última de sus representantes. Por tanto, había legado sus
inmensas posesiones a su nieta Margaret, en caso de que se casara con su pariente John
Sandal; pero si John se casaba con Elinor, éste sólo percibiría la fortuna que le
correspondía a ella, de 5.000 libras. Pero si se daba el caso de que Sandal no llegara a
casarse con ninguna de sus primas, la parte más grande de las propiedades iría a parar a
un pariente lejano que llevaba el apellido de Mortimer.
»Mrs. Ann Mortimer, previendo el efecto que esta oposición entre el interés y el afecto
podía producir en la familia, había guardado en secreto el contenido del testamento...,
aunque Mrs. Sandall había descubierto por medio de los criados del castillo, y su mente
lucubraba febrilmente en torno a este descubrimiento. Era una mujer demasiado
familiarizada con la necesidad y las privaciones para temer otros males que la
continuación de éstas, y demasiado ambiciosa de las recordadas distinciones de su
temprana vida, para no recurrir a lo que fuese con tal de recobrarlas. Sentía unos celos
personales y femeninos de la altiva Mrs. Ann y de la noble y hermosa Margaret que
eran irreconciliables; y rondaba por las murallas del castillo como el espectro que gime
pidiendo que se le admita de nuevo en el lugar del que ha sido arrojado, y pena y no ceja
hasta ver cumplida su reincorporación.
»Si unimos a todos estos sentimientos la inquietud de la ambición material por su hijo,
que podía encumbrarse a una noble herencia o hundirse en una relativa mediocridad
según su elección, podemos inferir fácilmente el resultado; y la viuda Sandal, una vez
decidida a seguir hasta el fin, sintió pocos escrúpulos en cuanto a los medios. La
necesidad y la envidia le habían despertado un insaciable apetito por recobrar los
esplendores de su antigua posición; y la falsa religión le había enseñado cada sombra y
penumbra de la hipocresía, cada bajeza del artificio, cada sesgo de la insinuación. En su
variada vida había conocido el bien, y había elegido el mal; y ahora estaba decidida a
interponer un obstáculo insalvable en esa unión. [...]
»Mrs. Ann se preciaba aún de tener bien guardado el testamento secreto de sir Roger.
Veía el intenso y expuesto sentimiento que John y Elinor parecían sentir el uno por el
otro; y, con un ánimo debido en parte a su magnanimidad, y en parte a la novelería
(porque Mrs. Ann había sido muy aficionada a los romances caballerescos de su época),
había esperado con satisfacción que la felicidad de esta unión se viese muy poco turbada
327
por la pérdida del señorío, las tierras, los inmensos beneficios y los antiguos títulos de la
familia de los Mortimer.
»Aunque estimaba muchísimo tales distinciones, caras a toda noble mentalidad, más
aún estimaba la unión de dos corazones fervientes y espíritus gemelos que, pasando por
encima de las doradas manzanas que hallaban sembradas a su paso, avanzaban con
inquebrantable ardor hacia el premio de la felicidad.
»Se fijó el día de la boda de John y Elinor: se confeccionaron los trajes nupciales,
fueron invitados los numerosos y nobles amigos, se decoró el salón del castillo, sonaron
las campanas de la iglesia parroquial con alegres y musicales repiques, y los criados,
vestidos con casaca azul, aderezaron solícitos y adornaron los recipientes de bebida
destinados a ser vaciados y llenados frecuentemente por los numerosos invitados
sedientos. La propia Mrs. Ann sacó con sus manos, de un gran cofre de ébano, un
vestido de raso y terciopelo que había llevado en la corte de Jacobo I, durante la boda de
la princesa Isabel con el príncipe palatino, con el que se casó, y al que, para utilizar la
frase de un escritor contemporáneo, "embridó tan bien, y le sentó a ella tan
maravillosamente"; de manera que Mrs. Ann, mientras se vestía, creyó tener ante sí la
espléndida visión de la real esposa flotando otra vez ante sus debilitados ojos en oscuro
aunque esplendoroso fausto. La heredera iba también espléndidamente ataviada, aunque
se observó que sus frescas mejillas estaban más pálidas incluso que las de la novia, y la
sonrisa que lució toda la mañana reflejaba una falta de alegría, y parecía más el esfuerzo
de una determinación que la expresión de la felicidad. La viuda Sandal delataba una
considerable agitación, y abandonó el castillo a hora temprana. El novio aún no había
aparecido, y la concurrencia, tras esperar en vano durante algún tiempo, se dirigió a la
iglesia, donde suponían que les estaría esperando impaciente.
»La cabalgata fue magnífica y numerosa: la dignidad e importancia de la familia de los
Mortimer había atraído a todos los que aspiraban a la distinción de ser presentados; y
era tal el esplendor feudal que asistía a las nupcias de una familia linajuda que los
parientes, aunque lejanos en sangre o en residencia, acudían desde sesenta millas a la
redonda; y así, "esa memorable mañana estaba presente una hueste de amigos
suntuosamente ataviados y asistidos".
»La mayoría de la concurrencia, incluidas las mujeres, iba montada a caballo, cosa que,
al tiempo que hacía parecer mayor el número de los que desfilaban, acrecentaba la
tumultuosa magnificencia de la comitiva. Iban algunos vehículos pesados, mal llamados
coches, de aspecto indeciblemente incómodo, pero suntuosamente dorados y pintados,
cuyos cupidos de las portezuelas habían sido restaurados para esta ocasión. Dos nobles
subieron a la novia a su palafrén; Margaret cabalgaba junto a ella galantemente
acompañada, y Mrs. Ann, que vio otra vez cómo nobles caballeros competían por su
ajada mano y ajustaban las riendas de seda de su caballo, sintió revivir las ya
descoloridas glorias de su familia, y encabezó el pomposo cortejo con tanta dignidad de
porte, y tanto esplendor de belleza marchita, a la vez distinguida e irresistible, como si
aún participase en la brillante marcha nupcial de la princesa palatina. Llegaron a la
iglesia; la novia, los parientes, la espléndida compañía, el ministro..., todos menos el
novio estaban allí. Hubo un largo y penoso silencio. Varios caballeros de la comitiva
partieron rápidamente a caballo en todas las direcciones en que consideraron probable
encontrarle; el pastor se quedó junto al altar, hasta que, cansado de estar de pie, se
retiró. La multitud de los pueblos vecinos, junto con los numerosos asistentes, llenaba el
patio de la iglesia. Sus aclamaciones eran incesantes; el calor y el alboroto se hicieron
insoportables, y Elinor pidió que se le permitiese retirarse unos momentos a la sacristía.
»Había una ventana que daba a la carretera, y Mrs. Ann ayudó a la novia a acercarse a
ella con paso vacilante, tratando de aflojarse la toca y el velo de costoso encaje. Al
328
asomarse Elinor a la ventana, oyó el tronar de pezuñas de un caballo a todo galope por
el camino. Miró maquinalmente: el jinete era lohn Sandal; éste lanzó una mirada de
horror hacia la pálida novia; y clavando profundamente sus espuelas, desapareció en un
instante. [...]
» Un año después de este suceso, se vio pasear, o más bien vagar, dos figuras en la
vecindad de una pequeña aldea de una remota región de Yorkshire. El paraje era
pintoresco y atrayente; pero estas figuras paseaban en medio del escenario como seres
que, si aún tenían ojos para la naturaleza, habían perdido el corazón para ella. La pálida
y delgada forma, joven y, no obstante, marchita, cuyos oscuros ojos emiten luz en un
rostro frío y blanco como el de una estatua, y cuyos encantos juveniles parecen haber
sido arrebatados, como los del lirio que florece demasiado pronto en primavera y es
destruido por la escarcha de la traicionera estación cuyos susurros lo habían invitado
primero a germinar: es Elinor Mortimer; y la figura que camina junto a ella, tan tiesa y
rectangular que parece como si su movimiento fuese regulado por un mecanismo,cuyos
ojos penetrantes, dirigidos tan derechamente hacia delante que no ven -ni los árboles de
la derecha ni el páramo de la izquierda, ni el cielo de arriba ni la tierra de abajo, ni otra
cosa sino una confusa visión de mística teología ante ellos, cabalmente reflejada en su
fría luz contemplativa, es la puritana hermana soltera de su madre, con quien ha ido a
fijar su residencia. Su vestido está ordenado con tanta precisión como si un matemático
hubiera calculado los ángulos de cada pliegue; cada alfiler sabe cuál es su sitio, y
cumple con su deber, las trenzas enroscadas en sus oídos no permiten a un solo cabello
flotar sobre su estrecha frente, y su amplia capucha, ajustada a la manera de las piadosas
hermanas que salieron a caballo al encuentro de Prynne a su regreso de la picota
confiere una sombra aún más impenetrable a su rígido semblante; un lacayo de
desdichado aspecto va detrás de ella cargado con una enorme Biblia, tal como recordaba
ella haber visto a lady Lambert y lady Desborough dirigirse a sus oraciones, asistidas
por sus pajes, mientras ella seguía orgullosamente su marcha, distinguida como la
hermana de ese hombre piadoso y poderoso del evangélio llamado Sandal. Desde el día
de sus frustradas nupcias, Elinor, con ese sentimiento ofendido de orgullo virginal que
ni aun la angustia de su corazón destrozado podía extinguir, había experimentado una
indecible ansiedad por abandonar el escenario de su afrenta y desventura. En vano se
opusieron su tía y Margaret, quienes, horrorizadas ante el suceso de esas desastrosas
nupcias, y completamente ignorantes de la causa, le habían suplicado, con toda la
energía del afecto, que fijase su residencia en el castillo, dentro de cuyas murallas
prometieron no consentir jamás que volviese a poner los pies el que la había
abandonado. Elinor respondió a las apasionadas insistencias tan sólo con anhelantes y
afectuosas presiones de su frías manos, y con lágrimas que temblaban en sus pestañas,
sin fuerza para caer.
»-¡Te quedarás con nosotras! -dijo la amable y noble Margaret-; ¡no irás a dejarnos!
» Y apretó las manos de su prima con ese afecto cordial que es una bienvenida tanto
para el corazón como para el hogar de la anfitriona.
»-Queridísima prima -dijo Elinor, contestando por primera vez a esta afectuosa súplica
con débil y desmayada sonrisa-, tengo tantos enemigos entre estos muros que no puedo
enfrentarme a ellos sin poner en peligro mi vida.
»-¡Enemigos! -repitió Margaret.
»-Sí, querida prima: no hay lugar que él haya visitado, ni paisaje que haya contemplado,
ni eco que haya repetido el sonido de su voz, que no lance sus dardos contra mi corazón;
y quienes desean que yo viva no deberían ver con agrado que siga encerrada aquí.
329
»Ante la vehemente congoja con que pronunció estas palabras, Margaret no pudo
replicar de otra manera que con sus lágrimas; y Elinor emprendió el viaje a casa de la
hermana de su madre, una rígida puritana que residía en Yorkshire.
»Cuando se dio al coche orden de ponerse en marcha, Mrs. Ann, ayudada por sus
criadas, salió al puente levadizo a despedir a su sobrina con solemne y afectuosa
cortesía. Margaret lloró desconsoladamente, Y de manera audible, asomada a una
ventana, y agitó la mano a Elinor. Su tía no derramó una sola lágrima hasta que no
estuvo lejos de la presencia de las criadas; pero cuando todo hubo terminado, "entró en
su cámara, y allí lloró".
»Cuando el coche se hallaba ya a unas millas del castillo, salió detrás un criado
montado en un veloz caballo, a todo galope, para llevarle a Elinor su laúd, que se dejaba
olvidado. Se lo tendió; y tras contemplado unos momentos con una expresión en la que
el recuerdo luchó con el dolor, ordenó que al punto le rompiesen las cuerdas, y
prosiguió el viaje.
»El retiro en el que se recluyó Elinor no le trajo la tranquilidad que ella esperaba. Así es
como el cambio de lugar nos defrauda siempre con la atormentadora esperanza de
consuelo, mientras seguimos agitándonos en el lecho febril de la vida.
"Iba con la débil esperanza de sentir despertar sus sentimientos religiosos... de unirse, en
medio de la soledad y el desierto donde lo había conocido por primera vez, con el
esposo divino, que jamás la dejaría como la había dejado el mortal. Pero no lo encontró
allí; ya no oyó la voz de Dios en el jardín, quizá porque su sensibilidad religiosa había
disminuido, o porque aquellos de quienes había recibido ella la impresión no tenían el
poder de renovarla, o porque el corazón, agotado en su persecución de un objeto mortal,
no ve repuestas sus fuerzas tan pronto para volverse hacia la imagen de celestial
beneficencia, y cambiar en un instante lo visible por lo invisible, lo sentido y presente
por lo futuro y desconocido.
»Elinor regresó a casa de la familia de su madre con la esperanza de renovar sus
antiguas imágenes, pero encontró sólo las palabras que habían transmitido esas ideas, y
en vano buscó a su alrededor las impresiones que una vez habían sugerido. Cuando
llegamos, así, a comprender que todo -incluso los más solemnes asuntos- ha sido ilusión
y que el mundo futuro parece abandonarnos juntamente con el presente, y que nuestro
corazón, con todas sus traiciones, no nos ha engañado más que lo hicieron las falsas
impresiones que hemos recibido de nuestros instructores religiosos, somos como la
deidad del cuadro del gran artista italiano, que tiende una mano hacia el sol y otra hacia
la luna, pero no toca ninguno de los dos astros. Elinor había imaginado o esperado que
las palabras de su tía le harían revivir sus habituales asociaciones; pero se vio
decepcionada. Es cierto que no ahorraba esfuerzo alguno; cuando Elinor deseaba leer
algo, le facilitaba solícitamente la Confesión de Westminster o el Histriomastrix de
Prynne; o, si quería páginas más ligeras -algo de las "Belles lettres" del puritanismo-, le
dejaba la Guerra Santa de John Bunyan o la vida de Badman. Si cerraba el libro
desesperada ante la insensibilidad de su corazón, se la invitaba a alguna piadosa
conferencia, donde los ministros no-conformistas, que habían sido extinguidos, según la
expresión de moda, el día de san Bartolomé61, se reunían para dar el precioso mensaje
en sazón a la dispersa grey del Señor. Elinor se arrodillaba y lloraba también en esas
reuniones; pero, mientras que su cuerpo estaba prosternado ante la deidad, sus lágrimas
fluían por aquel al que no se atrevía a nombrar. Cuando, embargada por una
incontrolable agonía, buscaba, como José, dónde llorar libremente sin que la viesen,
corría al angosto jardín que rodeaba la casa de su tía y allí se desahogaba, era seguida
61 Anacronismo [1682]; n'importe. (N. del A.)
330
por la callada y apacible figura, a razón de una pulgada por minuto, que iba a ofrecerle
la recién publicada y difícilmente conseguida obra de Marshal sobre la santificación.
»Elinor, demasiado acostumbrada a esa fatal excitación del corazón que convierte las
demás emociones en algo tan borroso y tenue como el aire del cielo para quien ha
inhalado la poderosa embriaguez de los más fuertes perfumes, se preguntaba cómo este
ser tan ensimismado, frío y extramundano podía soportar la inmóvil existencia de ella.
Elinor se levantaba a la misma hora, rezaba a la misma hora, recibía a la misma hora las
piadosas amistades que la visitaban, cuya existencia era tan monótona y apática como la
suya propia; ya la misma hora cenaba, y a la misma hora volvía a rezar y se retiraba...,
aunque rezaba sin unción, comía sin apetito y se retiraba a descansar sin el menor deseo
de dormir. Su vida era puro mecanismo; pero la máquina estaba tan bien montada que
parecía tener cierta callada conciencia y sombría satisfacción en sus movimientos.
»Elinor luchaba en vano por renovar esta vida de fría mediocridad; lo deseaba como el
que, en el desierto de Mrica, moribundo de sed, desearía por un momento ser habitante
de Laponia y beber en las nieves eternas, aunque en ese instante se preguntase cómo
podían vivir tales hombres en la NIEVE. Veía a un ser de inteligencia muy inferior a
ella, de sentimientos que apenas merecían ese nombre, tranquilo, y se sorprendía de ser
desdichada. ¡Ay!, no sabía que los que carecen de corazón y de imaginación son los
únicos que tienen derecho a las satisfacciones de la vida, y los que las disfrutan. Una
fría e indolente mediocridad en sus ocupaciones o en sus distracciones es cuanto
necesitan; el placer para ellos no tiene otro significado que la supresión del sufrimiento
actual, y el dolor no implica otra idea que la de la inmediata imposición del sufrimiento
corporal, o de la calamidad externa: la fuente de dolor o de placer no se encuentra jamás
en el corazón, mientras que quienes poseen sentimientos más profundos apenas los
buscan en otra parte. Tanto peor para ellos; limitarse a cubrir las necesidades, ya
quedarse satisfecho cuando tal provisión se ha cumplido, es quizá condición de la vida
humana; más allá de eso, todo es sueño de locura, o agonía de desengaño. Mucho mejor
es el día lóbrego y tenebroso del invierno, cuya oscuridad, si bien no mengua nunca,
tampoco aumenta (y en el que alzamos unos ojos indiferentes en los que no hay temor
de futuros y aumentados terrores), que la gloriosa fiereza del día de verano, cuyo sol se
pone entre púrpura y oro mientras, jadeando bajo sus últimos rayos, vemos congregarse
las nubes en las crecientes sombras de oriente, y observamos la marcha de los ejércitos
del cielo, cuyos truenos van a turbar nuestro descanso, y cuyos relámpagos pueden
reducimos a cenizas. [...]
»Elinor luchaba denodadamente con su destino: la fuerza de su intelecto se había
desarrollado considerablemente durante su estancia en el castillo de Mortimer, y
también allí se habían desplegado las energías de su corazón. ¡Qué terrible es el
conflicto de un entendimiento superior y un corazón ardiente con la total mediocridad
de las personas y las circunstancias con los que generalmente se ve obligado a convivir!
Los arietes embisten contra sacos de lana, los rayos se precipitan sobre el hielo donde
chisporrotean y se extinguen. Cuanta más fuerza desarrollamos, más nos paraliza la
debilidad de nuestros enemigos... ¡Y nuestra misma energía se convierte en nuestro peor
enemigo, al luchar en vano contra la fortaleza inexpugnable de la total vacuidad! En
vano asaltamos a un adversario que ni conoce nuestro lenguaje ni emplea nuestras
armas. Elinor abandonó; sin embargo, siguió luchando con sus propios sentimientos; y
quizá el conflicto que ahora mantenía era el más difícil de todos. Había recibido sus
primeras impresiones bajo el techo de su tía puritana, y, verdaderas o no, habían sido
tan vívidas que estaba deseosa de revivirlas. Cuando se priva al corazón de su
primogénito, no hay nada que no intente adoptar. Elinor recordaba una escena muy
conmovedora ocurrida en su niñez, bajo el techo donde ahora vivía.
331
»Un viejo pastor no-conformista, una especie de san Juan por la santidad de su vida y la
sencillez de sus costumbres, fue detenido por las autoridades mientras dirigía unas
palabras de consuelo a unos cuantos miembros de la grey que se había reunido en casa
de su tía.
»El anciano había suplicado al poder civil que le dejase un momento; y los oficiales, en
un inusitado esfuerzo de tolerancia o de humanidad, accedieron. Volviéndose hacia su
asamblea, que, en el tumulto de la detención, había seguido de rodillas y sólo había
dejado la súplica de sus rezos con su pastor para suplicar por él, les citó ese hermoso
pasaje del profeta Malaquías en que parece dar tan delicioso aliento a la comunidad
espiritual de los cristianos: "Entonces quienes temen al Señor habláronse unos a otros,
y el Señor puso atención y oyó", etc. Mientras hablaba, unas manos rudas se lo llevaron,
y murió poco después en prisión.
»En la joven imaginación de Elinor, dicha escena se hallaba impresa de modo indeleble.
En medio de la magnificencia del castillo de Mortimer, jamás se le había borrado ni
oscurecido, y ahora trataba de encariñarse con las palabras y la escena que tan
hondamente conmovió su corazón infantil.
»Decidida en su propósito, no ahorró esfuerzo para excitar esta reminiscencia de
religión: era su último recurso. Como la mujer de Phineas, luchaba por conservar la
herencia del alma, aunque le llamaba Ichabod..., y comprendía que la gloria se había
perdido. Elinor fue a su estrecho aposento, se sentó en la misma silla que ocupara el
venerable anciano cuando le sacaron de allí, y su partida le pareció como la ascensión
de un profeta. Entonces, se habría cogido ella a los pliegues de su manto, y se habría
elevado con él, aunque su vuelo le hubiese llevado a la cárcel y a la muerte. Repitiendo
sus últimas palabras, trató de producir el mismo efecto que una vez produjeron en su
corazón, y lloró con indecible agonía al ver que esas palabras no tenían ya ningún
significado para ella. Cuando la vida y la pasión nos han rechazado de ese modo, los
pasos que estamos obligados a desandar del camino ya hecho son diez mil veces más
torturantes y penosos que los que hemos dado para recorrerlo. La esperanza sostenía
entonces nuestras manos a cada paso que avanzábamos. El remordimiento y el
desencanto nos azotan después la espalda, y cada paso está teñido de lágrimas o de
sangre; y bueno será para el peregrino que esa sangre provenga del corazón, porque
entonces... su peregrinar acabará antes. [...]
»A veces Elinor, que no había olvidado ni el lenguaje ni los hábitos de su primera
existencia, hablaba de un modo que alentaba las esperanzas de su puritana tía de que,
según expresión de la época, "la raíz de la materia estuviese en ella"; y cuando la vieja
dama confiando en su retorno a la ortodoxia, discutía larga y documentalmente sobre la
elección y perseverancia de los santos, la oyente la sobresaltaba con la irrupción de unos
sentimientos que a su tía le parecían más bien desvaríos de endemoniado que lenguaje
de un ser humano; especialmente en alguien que desde su juventud conocía las
Escrituras. Decía:
»-Querida tía, no soy insensible a lo que decís; desde niña (y gracias os doy por vuestros
desvelos) he conocido las Sagradas Escrituras. Y he sentido el poder de la religión.
Después, he experimentado todos los goces de una existencia intelectual. Rodeada de
esplendor, he conversado con espíritus abiertos... he visto todo cuanto la vida puede
enseñarme, he vivido con el humilde y con el rico, con los piadosos en su pobreza y con
los mundanos en su grandeza, he bebido hondamente de la copa que ambos modos de
existencia han acercado a mis labios, y os juro ahora que un instante de corazón, un
sueño como el que una vez soñé (y del que creí que no volvería a despertar jamás), vale
por toda la vida que el mundano desperdicia en este mundo y el embaucador reserva
para el venidero.
332
»-¡Infeliz desventurada! ¡Te has descarriado para siempre! -exclamó la aterrada
calvinista alzando las manos.
»-¡Callad, callad! -dijo Elinor con esa dignidad que sólo confiere el dolor-; si es verdad
que he dedicado a un amor terrenal lo que sólo a Dios se debe, ¿no es cierto mi castigo
en un estado futuro? ¿No ha comenzado ya aquí? ¿No pueden ahorrarse todos los
reproches, cuando sufrimos más de lo que la enemistad humana puede deseamos,
cuando nuestra misma existencia es para nosotros un reproche más amargo que lo que la
maldad puede expresar -mientras hablaba, se enjugó una fría lágrima de su consumida
mejilla y añadió-: ¡Mi desventura es más honda que mi gemido!
»Otras veces parecía escuchar los discursos de los predicadores puritanos (pues todos
los que frecuentaban la casa eran predicadores) con aparente atención; luego, alejándose
de ellos sin otra convicción que la de la desesperación, exclamaba con impaciencia:
»-¡Todos los hombres son embusteros!
»Así ocurre con quienes quieren efectuar una transición repentina de un mundo al otro:
es imposible; entre el desierto y la tierra de promisión se interponen eternamente las
frías aguas, y podemos esperar tanto pisar sin dolor el umbral que media entre la vida y
la muerte, como cruzar el intervalo que separa dos modos de existencia tan distintos
como los de la pasión y la religión sin las indecibles luchas del alma, sin gemidos que
no pueden expresarse.
»No tardó en venir a sumarse a estas luchas algo más. Las cartas en esa época
circulaban muy despacio, y se escribían tan sólo en ocasiones importantes. En un corto
período de tiempo, Elinor recibió dos, por intermedio de un correo del castillo de
Mortimer, escritas por su prima Margaret. La primera anunciaba la llegada de John
Sandal al castillo; la segunda, el fallecimiento de Mrs. Ann; las postdatas de las dos
contenían ciertas misteriosas alusiones a la interrupción de la boda, en las que se
insinuaba que la causa la conocían sólo la que escribía, Sandal y la madre de éste, y
súplicas de que regresase al castillo y participase del amor fraternal con que Margaret y
John Sandal la acogerían. Se le cayeron las cartas de las manos al leerlas...; no había
dejado nunca de pensar en John Sandal, pero tampoco había dejado de desear no
pensar..., y su nombre, ahora, le causó un dolor que no era capaz de expresar ni
reprimir, y profirió un grito involuntario que pareció como si se rompiese la última
cuerda del exquisito y demasiado templado instrumento del corazón humano.
»Se quedó pensando sobre la noticia de la muerte de Mrs. Ann, con ese sentimiento que
experimenta el joven aventurero cuando ve zarpar una noble nave en viaje de
descubierta, y desea, mientras permanece en el puerto, hallarse ya en la costa de su
destino, y haber saboreado el descanso y participado de sus tesoros.
»La muerte de Mrs. Ann no había desmerecido respecto de la magnanimidad y heroicos
sentimientos que habían marcado cada hora de su existencia mortal: había tomado
partido por la rechazada Elinor, y había jurado en la capilla del castillo de Mortimer,
mientras Margaret permanecía de rodillas junto a ella, no admitir jamás entre sus muros
al que abandonó a la prometida.
»Una oscura tarde otoñal, se hallaba Mrs. Ann absorta leyendo, con su vista gastada
pero sus sentimientos íntegros, algunas cartas manuscritas de lady Russell, descansando
los ojos de vez en cuando en el texto de los Hechos y fiestas de la Iglesia anglicana, de
Nelson, cuando le anunciaron que un caballero (los criados sabían muy bien el encanto
que ese calificativo producía en los oídos de la vieja legitimista) había cruzado el puente
levadizo, había entrado en el salón, y venía al aposento donde ella se encontraba.
»-Dejadle pasar -fue la respuesta; y levantándose de su silla (tan alta y amplia que al
hacerlo para recibir al desconocido con cortesana acogida, su cuerpo pareció un
333
espectro surgiendo de su antiguo túmulo), se quedó de pie frente a la entrada... y por esa
puerta apareció John Sandal.
»Mrs. Ann dio un paso; pero sus ojos, brillantes y agudos, le reconocieron
inmediatamente.
»-¡Fuera!, ¡fuera! -exclamó la solemne anciana, haciendo con su seca mano gesto de
que se fuese-. ¡Fuera!, ¡no profanéis este suelo con un paso más!
»-Escuchadme un momento, señiora; permitidme que os hable, aunque sea de rodillas.
Rindo homenaje a vuestro rango y parentesco; ¡pero no lo interpretéis como un
reconocimiento de culpa por mi parte!
»Ante este gesto, el rostro de Mrs. Ann sufrió una ligera contracción, un breve espasmo
de benevolencia.
»-Levantaos, sefior -dijo-, y decid lo que tengáis que decir; pero decidlo desde la puerta,
cuyo umbral sois indigno de cruzar.
»John Sandal se levantó, y sefialó instintivamente, al hacerlo, el retrato de sir Roger
Mortimer, a quien se parecía de manera sorprendente. Mrs. Anrl comprendió la
apelación; avanzó unos pasos por el piso de roble, se detuvo de pronto, y señalando el
retrato con una dignidad que ningún pincel sería capaz de plasmar, pareció considerar su
gesto una respuesta igualmente válida y elocuente. Decía: ¡Aquel cuya semejanza
señalas, y de quien pides protección, no ha deshonrado jamás estos muros con un acto
de bajeza y de cruel traición! ¡ Traidor! ¡Mira su retrato! Su expresión tenía algo de
sublime; un instante después, un violento espasmo contrajo su rostro. Intentó hablar,
pero sus labios no la obedecieron ya; parecieron decir algo, pero ni ella misma lo pudo
oír. Permaneció de pie frente a John Sandal con esa rígida e inmóvil actitud que dice:
"¡No arriesgues otro paso... no ofendas los retratos de tus antepasados... no injuries a
su representante viva con tu intrusión!" Y dicho esto (pues su actitud hablaba), un
espasmo más violento aún contrajo su semblante. Trató de moverse; la misma rígida
contracción se extendió a sus miembros; y alzando su brazo conminatorio, como
desafiando a la vez la proximidad de la muerte y la del rechazado pariente, se desplomó
a sus pies. [...]
»No sobrevivió mucho a la entrevista, ni recobró el uso de la palabra. Su poderoso
intelecto, sin embargo, siguió incólume; y hasta el final expresó, gesticulando de
manera inteligible, su decisión de no querer oír explicación alguna de la conducta de
Sandal. Así que dicha explicación fue dirigida a Margaret, quien, aunque se sintió
consternada y afectada ante la primera revelación, después pareció aceptarla totalmente.
[...]
»Poco después de recibir estas cartas, Elinor tomó una repentina pero quizá no extraña
resolución: decidió ir inmediatamente al castillo de Mortimer. No era la monotonía de
su vida marchita, el ___ __en __ que vivía en casa de su puritana tía; no era el deseo
de gozar del majestuoso y espléndido ceremonial del castillo de Mortimer, que tanto
contrastaba con la economía y el monástico rigor de la casa de Yorkshire; ni siquiera era
el deseo de ese cambio de lugar que siempre nos halaga con el cambio de
circunstancias, como si no llevásemos nuestro propio corazón a donde vamos, y no
estuviésemos seguros de que la úlcera innata y corrosiva ha de ser nuestra compañera
desde el Polo al Ecuador. No era esto; sino el susurro apenas oído, aunque sí creído
(exactamente en la medida en que era inaudible e increíble), que le murmuraba desde el
fondo de su crédulo corazón: "Ve... y quizá..."
»Emprendió Elinor su viaje, y tras llevarlo a término con menos dificultades de lo que
se puede imaginar, considerando el estado de los caminos y los medios de viajar en el
año 1667 más o menos, llegó a las proximidades del castillo de Mortimer. Era un
escenario de recuerdos para ella; su corazón latió audiblemente al detenerse el coche
334
ante una puerta gótica, desde la que arrancaba un camino entre dos filas de altos olmos.
Descendió, y a la petición del criado que la seguía de que le permitiese mostrarle el
camino, ya que el sendero estaba invadido de raíces y oscuro por el crepúsculo,
respondió sólo con lágrimas. Le indicó con la mano que se fuese, y emprendió la
marcha a pie y sola. Recordó, desde el fondo de su alma, cómo cruzó una vez, a solas
con John Sandal, esta misma arboleda; cómo su sonrisa había derramado sobre el
paisaje una luz más rica que la sonrisa purpúrea del día agonizante. Pensó en aquella
sonrisa, y se demoró para captar los ricos y ardientes tonos que la pálida luz arrojaba
sobre los troncos multicolores de los viejos árboles. Los árboles estaban allí... y la luz
también; pero la sonrisa de él, la sonrisa que entonces eclipsó al sol, ¡ya no estaba!
»Avanzó sola; la avenida de corpulentos árboles conservaba todavía su magnífica
profundidad de sombras, y el suntuoso colorido de los troncos y las hojas. Buscó en
ellos el que percibió una vez; sólo Dios y la naturaleza tienen idea de la agonía con que
les pedimos el objeto que sabemos que una vez estuvo consagrado a nuestros corazones,
y que ahora les pedimos en vano. ¡Dios nos lo retiene... y la naturaleza nos lo niega!
»Cuando Elinor, con paso tembloroso, se acercó al castillo, vio el escudo de armas que
Margaret había ordenado colocar sobre la torre principal, en honor a su tía abuela, desde
su fallecimiento, con el mismo heráldico decoro que si se hubiese extinguido el último
varón de la familia de los Mortimer. Elinor alzó los ojos, y fueron muchos los
pensamientos que se agolparon en su corazón. "Era una persona -se dijo- cuyo
pensamiento estaba siempre puesto en recuerdos gloriosos, en las más exaltadas
acciones de la humanidad o en sublimes meditaciones sobre lo eterno. Su noble
corazón cobijó siempre a dos ilustres huéspedes: el amor a Dios y el amor a su patria.
Permanecieron en ella hasta el final, pues su morada era digna de ambos; y cuando la
abandonaron, el alma encontró que la mansión ya no era habitable: ¡huyó con sus
gloriosos huéspedes al cielo! Mi corazón traidor ha abierto sus puertas a otro huésped;
y ¿cómo ha correspondido a su hospitalidad? ¡Dejando la mansión en ruinas!" Y
hablando consigo misma de este modo, llegó a la entrada del castillo.
»En el vasto salón, fue recibida por Margaret Mortimer con un abrazo de arraigado
afecto, y por John Sandal, que avanzó, después de concluido el primer entusiasmo del
encuentro, con esa serena y fraternal benevolencia de la que... nada cabía esperar. La
misma celestial sonrisa, el mismo apretón de manos, la misma tierna y casi femenina
expresión de ansiedad por su seguridad. La propia Margaret, que debía de haber sentido,
y sabía, los peligros del largo viaje, no se interesó con tantos detalles, ni pareció
simpatizar tan vívidamente con ellos, ni, cuando hubo terminado de contar ella la
historia de la fatiga y el viaje, pareció apremiar la necesidad de que se retirara pronto a
descansar, con la solicitud con que lo hizo John Sandal. Elinor, débil y con la
respiración anhelante, cogió las manos de los dos, y con un movimiento involuntario,
las juntó apretándolas fuertemente. La viuda Sandal estaba presente: se mostró
sumamente desasosegada ante la aparición de Elinor; pero cuando presenció este
espontáneo y sorprendente gesto, se la vio sonreír.
»Poco después, Elinor se retiró al aposento que antiguamente ocupara. Por afectuosa y
delicada previsión de Margaret, habían cambiado todo el mobiliario: no quedaba nada
que le recordase sus tiempos antiguos, salvo su corazón. Estuvo sentada un rato
reflexionando sobre la acogida que le habían dispensado, y se apagó la esperanza en su
corazón al pensarlo. La más fuerte expresión de aversión o de desdén no habría sido tan
desesperanzadora.
»Es cierto que las más violentas pasiones pueden convertirse en sus extremos opuestos
en un tiempo increíblemente breve, y por los medios más imprevisibles. En el reducido
espacio de un día, pueden abrazarse los enemigos, y odiarse los amantes; pero en el
335
transcurso de siglos, la pura complacencia y la cordial benevolencia no pueden exaltarse
jamás hasta la pasión. La desventurada Elinor percibió esto mismo; y al percibirlo,
comprendió que todo estaba perdido.
»Desde ese momento, y durante muchos días, tendría que soportar la tortura del
complaciente y fraternal afecto del hombre que amaba..., y quizá no se haya soportado
jamás suplicio más penetrante. Sentir que las manos por las que suspiramos aprietan
nuestros corazones, y que tocan las nuestras con fría y pétrea tranquilidad; ver que los
ojos, por cuya luz vivimos, nos dirigen un frío pero sonriente destello que ilumina pero
no fertiliza el abrasado y sediento terreno del corazón; oír que nos dirigen palabras
corrientes de afectuosa cortesía en los tonos de la más deliciosa suavidad; buscar en
estas expresiones un significado ulterior, y no encontrarlo. ¡Esto... esto es una agonía
que sólo los que la han sentido pueden concebir!
»Elinor, con un esfuerzo que costó a su corazón muchos dolores, se sumó a los hábitos
de la casa, considerablemente modificados desde la muerte de Mrs. Ann. Los
numerosos pretendientes de la rica y noble heredera frecuentaban ahora el castillo; y,
según la costumbre de la época, eran suntuosamente hospedados e invitados a prolongar
su estancia con infinidad de banquetes.
»En estas ocasiones, John Sandal era el primero en prestar distinguida atención a Elinor.
Bailaba con ella; y aunque la educación puritana había inculcado a Elinor una aversión
hacia "esos compases del diablo", como su familia solía calificarlos, trató de adaptarse a
los alegres pasos de las danzas canarias62, y los majestuosos movimientos de las
Medidas (los bailes más nuevos no habían llegado al castillo de Mortimer, ni aun por
referencias); y su frágil y graciosa figura no necesitó de otra inspiración que el apoyo de
los brazos de John Sandal (que era un exquisito bailarín) para asumir todas las gracias
de ese delicioso ejercicio. Hasta los hábiles cortesanos la aplaudían. Pero cuando todo
terminaba, Elinor se daba cuenta de que si John Sandal hubiese estado danzando con el
ser más indiferente para él de la tierra, su actitud habría sido la misma. Nadie podía
indicarle con más sonriente gracia sus ligeros errores de movimiento, nadie podía
acompañarla a su asiento con más tierna y solícita cortesía, ni agitar sobre ella el
enorme abanico de aquella época con más galante y asidua atención. Pero Elinor sabía
que estas atenciones, aunque halagadoras, no eran ofrecidas por un enamorado. [...]
»Una tarde Sandal se ausentó para visitar a cierto noble de la vecindad, y Margaret y
Elinor se quedaron solas. Cada una se sentía igualmente deseosa de tener una
explicación, aunque a ninguna parecía apetecerle iniciarla. Elinor había permanecido
hasta el crepúsculo junto a la ventana, desde la que había visto salir a caballo a John
Sandal. Se demoró hasta que le perdió de vista, esforzando los ojos para divisarle entre
las nubes cada vez más abundantes, mientras su imaginación luchaba aún por captar un
destello de esa luz del corazón que ahora se debatía oscuramente entre brumas de
tenebroso e impe- netrable misterio.
»-¡Elinor -dijo Margaret con energía-, no le busques más... nunca podrá ser tuyo!
»La súbita interpelación y el imperativo tono de convicción hicieron en Elinor el efecto
de que provenía de un admonitor sobrenatural. Fue incapaz de preguntar siquiera cómo
había conseguido averiguar la terrible conclusión a la que había llegado ella tan
decisivamente.
»Hay un estado mental en el que escuchamos a la voz humana como si fuese un oráculo,
y en vez de pedir una explicación del destino que anuncia, aguardamos sumisamente lo
62 En Cutter of Cokman Street, de Cowley, Tabitha, rígida puritana, confiesa a su esposo que ella había
bailado canarias en su juventud. Y en las Rushworths Collections, si no recuerdo mal, Prynne se defiende
de una acusación general contra el baile, y hasta habla de las “Medidas", danza majestuosa y solemne,
con cierta aprobación. (N. del A.)
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que falta por decir. En esta disposición de ánimo se apartó Elinor de la ventana, y
preguntó con una voz de temerosa calma:
»-¿Se ha explicado él completamente ante ti?
»-Completamente.
»- ¿ Y no cabe esperar nada más?
»-Nada más.
»-¿Se lo has oído decir a él... a él en persona?
»-Sí, y, querida Elinor, no quisiera que hablásemos nunca más de este asunto.
»-¡Nunca! -repitió Elinor-. ¡Nunca!
»La sinceridad y dignidad del carácter de Margaret eran garantía inviolable de que decía
la verdad; y quizá fue ésa la verdadera razón por la que Elinor trató de eludir su
convencimiento. En un morboso estado del corazón, no podemos soportar la verdad; la
falsedad que nos embriaga por un instante vale más que la verdad que nos desencantaría
para siempre. Le odio porque me dice la verdad; es la expresión natural del espíritu
humano, desde el del esclavo del poder al del esclavo de la pasión. [...]
» Y descubría, también, a cada momento, otros síntomas que no podían escapar ni a la
observación de los más superficiales. Esa devoción inequívoca de los ojos y el corazón,
del lenguaje y las miradas, iba dirigida claramente a Margaret. Elinor, no obstante,
siguió en el castillo; y se decía a sí misma, mientras veía y sentía pasar los días.
"Quizá." Ésa es la última palabra en abandonar los labios de los que aman. [...]
»Elinor veía con sus ojos, y sentía hasta el fondo de su alma, el afecto creciente entre
John Sandal y Margaret; sin embargo, aún pensaba en interponer obstáculos... en una
explicación. Cuando la pasión se ve privada de su alimento apropiado, no se sabe de qué
se alimentará, en qué imposibilidades -como una guarnición hambrienta- buscará su
miserable sustento.
»Elinor había cesado de pedir el corazón del ser al que se había consagrado. Ahora vivía
de sus miradas. Se decía: "Que sonría, aunque no sea a mí, y aún seré feliz; allí donde
caiga el sol, la tierra será venturosa” . Luego rebajó aún más sus pretensiones. Se dijo:
"Dejadme sólo estar en su presencia: eso me bastará; que dedique sus sonrisas y su
alma a otra; algún destello perdido me llegará, ¡Y será suficiente para mí!"
»El amor es un sentimiento muy noble y exaltado en su primer germen y principio.
Nunca amamos sin adornar al objeto con todas las glorias de la perfección tanto moral
como física, y sin obtener una especie de dignidad por nuestra capacidad de admirar a
una criatura tan excelente y digna; pero esta, profusa y espléndida prodigalidad de la
imaginación supone a menudo una ruina para el corazón. El amor, en su edad de hierro
del desencanto, se convierte en algo muy degradado; se conforma con satisfacciones
meramente exteriores: una mirada, un roce de la mano, aunque sean accidentales, una
palabra amable, aunque sea pronunciada casi inconscientemente, bastan para su humilde
existencia. En su primer estadio, es como el hombre antes de la caída, aspirando los
perfumes del paraíso y gozando de la comunión con Dios; en el segundo, es como el
mismo ser luchando entre las zarzas y los cardos, apenas suficientes para mantener una
escuálida existencia sin alegría, sin utilidad, sin encanto. [...]
»En ese tiempo, su tía puritana hiw un esfuerzo por recobrar a Elinor y sacarla de las
redes del enemigo. Escribió una larga carta (enorme esfuerzo para una mujer de tan
avanzada edad, que nunca había tenido el hábito de la composición epistolar)
suplicando a su apóstata sobrina que regresase a la que había sido guía de su juventud, y
a la alianza de su Dios; que buscase protección en sus tiernos brazos mientras estaban
extendidos para ella, y que corriese a la ciudad de refugio mientras sus puertas
permanecían abiertas para recibirla. La seguía apremiando con la verdad, el poder y la
bendición de la doctrina de Calvino, que ella calificaba de evangelio. Y lo sostenía y
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defendía con todo el saber bíblico que poseía, que no era escaso. Y le recordaba
afectuosamente que la mano que trazaba estas líneas no sería capaz de repetir tal
admonición, y que probablemente se estaría convirtiendo en polvo mientras ella leía
dichas líneas.
»Elinor lloró al leer la carta; pero eso fue todo. Lloró por emoción física, no por
convicción mental; no hay mayor dureza de corazón que la causada por la pasión que
parece suavizarlo. Sin embargo, contestó a la carta, y el esfuerzo le costó poco menos
que a su decrépita y moribunda parienta. Reconoció que había abandonado todo
sentimiento religioso, y lo deploraba, tanto más (añadía con doliente sinceridad) cuanto
que siento que mi pesar no es sincero. "¡Oh, Dios mío! -proseguía-, Tú que has dotado a
mi corazón de tan ardientes energías, Tú que le has concedido capacidad para un amor
tan intenso, tan firme, tan concentrado... no se lo has concedido en vano. No; en algún
mundo más feliz, o quizá incluso en éste, cuando 'esta tiranía haya pasado', llenarás mi
corazón con una imagen más digna que la del que un día creí que era tu imagen en la
tierra. No ha encendido en vano el Todopoderoso las estrellas, aunque su luz nos
parezca tan confusa y distante. Su glorioso centelleo arde para iluminar otros mundos
remotos y más felices; y quizá se reavive en mí la luz de la religión, que tan débilmente
alumbra los ojos casi ciegos por las lágrimas terrenas, cuando mi corazón quebrantado
sea mi pasaporte para el descanso eterno. [...]
»"No me creáis, querida tía, despojada de toda esperanza de religión, aunque haya
perdido todo sentimiento de ella. ¿No dijeron labios infalibles a una pecadora que sus
pecados le eran perdonados porque había amado mucho? ¿Y no prueba esa capacidad de
amor que un día se llenará más dignamente, y se empleará de modo más venturoso? [...]
»"¡Qué desdichada soy! En este momento me pregunta una voz desde el fondo de mi
corazón: ¿A quién has amado tanto? ¿A un hombre, o a Dios, para atreverte a
compararte a la que se postró y lloró, no ante un ídolo mortal, sino a los pies de una
divinidad encarnada? [...]
»"Puede, no obstante, que el arca que vaga flotante en la inmensidad de las aguas
encuentre un lugar donde descansar, y el tembloroso ocupante desembarque en las
playas de un mundo ignorado, pero más puro." [...]
_
__________ _ _ _ _
_
There is an oak beside the froth-clad pool
Where in old time, as I have often heard
A woman desperate, a wretch like me,
Ended her woes! -Her woes were not like mine!
[...] Ronan will know;
When he beholds me floating on the stream,
His heart will tell him why Rivine died!
HOME, Fatal Discovery
» Toda la familia advirtió la creciente pérdida de salud de Elinor; el mismo criado que la
asistía de pie, detrás de su silla, parecía cada día más triste; y hasta Margaret comenzó a
arrepentirse de haberla invitado al castillo.
338
»Elinor se daba cuenta, y habría querido ahorrarle todo el dolor posible; pero no era
capaz de mantenerse impasible ante el rápido ocaso de su juventud y su marchita
belleza. El lugar, el lugar mismo, era la principal causa de esa mortal enfermedad que la
estaba consumiendo; no obstante, cada día se sentía menos decidida a abandonarlo. Así
vivía, como esos prisioneros de las cárceles orientales a los que no se les permite probar
el alimento, a menos que lleve mezclado algún veneno, y perecen tanto si lo comen
como si no.
»Un día, movida por el dolor insoportable del corazón (torturada por tener que vivir a la
plácida luz de la sonrisa radiante de John Sandal), se lo confesó a Margaret. Le dijo:
»-Me es imposible soportar esta existencia... ¡imposible! Pisar el suelo que pisan sus
pasos, oír que se acerca, y cuando llega, descubrir que no viene el que buscamos; ver
que todos los objetos que me rodean reflejan su imagen, y no encontrar nunca, nunca, la
realidad; ver abrirse la puerta que una vez dejó paso a su figura, y no verle a él, y si
aparece, comprender que no es el que era; sentir que es el mismo y no lo es; que es el
mismo para los ojos, pero distinto para el corazón; luchar así entre el sueño de la
imaginación y el cruel despertar de la realidad... ¡Oh, Margaret! ¡Este desengaño clava
una daga en el corazón, cuya punta no puede extraer ninguna mano, y cuyo tósigo nadie
puede sanar!
»Margaret lloró al oír hablar así a Elinor; y lenta, muy lentamente, manifestó su acuerdo
en que Elinor debía abandonar el castillo si le era imprescindible para encontrar la paz.
»Fue la misma tarde de esa conversación cuando Elinor, que solía deambular entre los
árboles y pasear por los alrededores del castillo sin compañía, se encontró con John
Sandal. Era una espléndida tarde otoñal, exactamente como aquella en la que pasearon
juntos por primera vez: las asociaciones de la naturaleza eran las mismas; sólo las del
corazón habían sufrido un cambio. Estaba la luz del cielo otoñal, esa sombra de los
bosques, esa confusa y consagrada gloria del crepúsculo del año que se combinaba
indefiniblemente con los recuerdos. Sandal, al reunirse con ella, le habló con la misma
melodía en la voz, y la misma vibrante ternura en el gesto que nunca había dejado de
visitar su oído, desde el día en que se conocieron, como una música de ensueño. Elinor
imaginó que había un sentimiento más que habitual en su actitud; y el lugar donde
estaban, y el recuerdo, que se poblaba y se hacía elocuente con las imágenes y las
palabras de otros tiempos, fomentaron esta ilusión. Una vaga esperanza tembló en el
fondo de su corazón; pensó lo que no se atrevía a expresar y, no obstante, se atrevía a
creer. Siguieron caminando juntos; juntos contemplaron la última luz sobre las
purpúreas colinas, el profundo descanso de los bosques cuyas copas eran aún como
"hojas de oro", juntos saborearon, una vez más, la confianza de la naturaleza y, en
medio del más completo silencio, hubo una mutua e inefable elocuencia en sus
corazones. Los pensamientos de otros tiempos se agolparon en Elinor: se aventuró a
alzar los ojos hacia el semblante que una vez había visto "como si fuese el de un ángel".
El rubor y la sonrisa, que parecían reflejo del cielo, estaban aún allí..., pero ese rubor lo
prestaba el cielo encendido y sublime de poniente, y esa sonrisa era para la naturaleza,
no para ella. Elinor se demoró hasta que observó que la luz se estaba yendo... e,
inundándole el corazón un último sentimiento, prorrumpió en una agonía de lágrimas. A
las palabras de afectuosa sorpresa de él y a su amable consuelo, contestó ella sólo
clavando sus ojos suplicantes e invocando agónicamente su nombre. Elinor había
esperado que la naturaleza, y este escenario de su primer encuentro, hiciesen de
intérpretes entre los dos... y, desesperada, aún confiaba en ello.
»Puede que no haya momento más angustioso que aquel en el que sentimos que el
aspecto de la naturaleza confiere una completa vitalidad a las asociaciones de nuestros
339
corazones, mientras que, por otra parte, permanecen enterradas en aquellos en quienes
tratamos de revivirlas en vano.
»No tardó en desengañarse. Con esa afabilidad que, a la vez que habla de consuelo,
niega la esperanza con esa sonrisa que se supone que ofrecen los ángeles en el último
conflicto a un ser sufriente que abandona la envoltura mortal con dolor y esperanza; con
esa misma expresión miró a la que un, día había amado. Desde otro mundo podía
haberla contemplado con esa mirada... y con ella, selló su destino para siempre. [...]
»Cuando, incapaz de presenciar la agonía de la herida que había infligido y no podía
curar, la dejó, desapareció de las colinas la última luz del día -el sol de ambos mundos
se ocultó para Elinor a sus ojos y a su alma-, y Elinor se dejó caer al suelo, mientras
unas notas de débil música parecían repetir como un eco las palabras "¡No-no-nonunca-
nunca-más!", temblando en sus oídos. Eran simples y monótonas como las
palabras mismas, y parecían entonadas accidentalmente por un joven campesino que
vagaba entre los árboles. Pero para el desgraciado, todo parece profético; y en medio de
las sombras del crepúsculo, y acompañada por el sonido de los pasos de él al alejarse, el
quebrantado corazón de Elinor aceptó el augurio de estas melancólicas notas. [...]
»Unos días después de este encuentro final, Elinor escribió a su tía de York para
anunciarle que, si aún vivía y deseaba admitirla, regresaría para vivir con ella para
siempre. Y no pudo evitar insinuar que su vida no duraría más que la de su anfitriona.
No le contó lo que la viuda Sandal le había susurrado al llegar al castillo, y que ahora se
atrevía a repetir en un tono entre autoritario y persuasivo, conciliador e intimidante.
Elinor se rindió, y la falta de delicadeza de estas declaraciones produjo sólo el efecto de
hacerla rehuir repetirlas .
»En su despedida, Margaret lloró, y Sandal mostró una solicitud tan tierna respecto al
viaje como si fuese a concluir en sus renovados desposorios. Para evitar todo esto,
Elinor apresuró su marcha.
»Al llegar a cierta distancia del castillo, despidió el coche de la familia y dijo que
seguiría a pie con su criada hasta la granja donde la esperaban los caballos. Fue allí;
pero permaneció oculta, ya que el anuncio de la inminente boda resonaba aún en sus
oídos.
»Llegó el día; Elinor se levantó muy temprano: las campanas repicaban alegres (como
las había oído una vez, en otra ocasión); los grupos de amigos llegaban en gran número,
con la misma animación con que acudieron un día a darle escolta a ella; vio desfilar los
brillantes carruajes, oyó los alegres gritos de medio condado, imaginó la tímida sonrisa
de Margaret y el rostro radiante del que había sido su prometido.
»De repente se produjo un silencio. Comprendió que se iniciaba la ceremonia; que
terminaba..., las irrevocables palabras habían sido pronunciadas... ¡se había anudado el
lazo indisoluble! El griterío y el júbilo incontenible prorrumpieron otra vez al regresar
la suntuosa cabalgata al castillo. El centelleo de los carruajes, los espléndidos vestidos
de los jinetes... el alegre grupo de los eufóricos colonos... ¡Todo lo vio! [...]
»Cuando todo hubo terminado, Elinor se miró casualmente el vestido: era blanco, como
un traje de novia. Temblando, se lo cambió por uno de luto, y emprendió el que, según
esperaba, sería su último viaje.
_
__________ _ _ __ _
Fuimus, non sumus.
340
»Cuando Elinor llegó a Yorkshire, se encontró con que su tía había muerto. Elinor fue a
visitar su sepultura. De acuerdo con su última voluntad, estaba situada cerca del
ventanal de la capilla de la congregación independiente, y tenía por inscripción su texto
favorito: "Aquellos a los que Él consideraba de antemano, y también predestinaba",
etc., etc. Elinor permaneció un rato junto a la tumba, pero no pudo derramar una sola
lágrima. Este contraste de una vida tan rígida y una muerte tan esperanzadora, este
silencio de la humanidad y elocuencia de la tumba, traspasaron su corazón como
habrían traspasado cualquier corazón abandonado a la embriaguez de la pasión humana,
y que haya sentido que el agua ha desaparecido de las rotas cisternas.
»La muerte de su tía volvió más retirada la vida de Elinor si cabe, y sus hábitos más
monótonos de lo que habrían sido de seguir aquélla con vida. Se mostró muy caritativa
con las gentes humildes de las casas de la vecindad; pero aparte de visitarlas en sus
viviendas, jamás abandonaba ella la suya. [...]
»A menudo se quedaba contemplando un pequeño arroyo que discurría al final del
jardín. Dado que había perdido toda sensibilidad para la naturaleza, se le atribuyó otro
motivo a esta muda y sombría contemplación; y su criada, que la quería mucho, la
vigilaba atentamente. [...]
»La sacó de este terrible estado de estupefacción y desesperación -el cual, quienes lo
han sufrido se estremecen ante cualquier intento de describirlo- una carta de Margaret.
Había recibido varias, que había dejado sin contestar (cosa nada insólita en aquellos
tiempos); pero abrió ésta, la leyó con inusitado interés, y se dispuso al punto a
contestarla con hechos.
»El ánimo de Margaret se había desmoronado en su hora de peligro. Decía que esa hora
se aproximaba con rapidez, y suplicaba fervientemente la afectuosa presencia de su
prima para que la consolara y confortase en ese momento de zozobra. Añadía que la
valerosa y entrañable ternura de John Sandal, en este período, le había llegado al
corazón más hondamente, si cabe, que todos los anteriores testimonios de afecto; pero
que no podía soportar la renuncia de él a todos sus hábitos de diversión rural, y a su
trato social con la vecindad; que en vano le había regañado desde el lecho donde
permanecía postrada con dolor y esperanza, y confiaba en que la presencia de Elinor
consiguiese persuadirle para que accediera a su súplica, dado que, viniendo ella, sentiría
él la presencia de la más querida compañera de su juventud, y que en este trance, era
más conveniente tener al lado a una compañera que al más amable y afectuoso de los
amigos. [...]
»Elinor se puso en camino inmediatamente. La pureza de sus sentimientos había
levantado una barrera infranqueable entre su corazón y su objeto; y no recelaba más
peligro de la presencia del que estaba ya casado, y casado con una parienta, que de un
hermano.
»Llegó al castillo; la hora de peligro de Margaret había empezado: se había sentido muy
mal poco antes. Las consecuencias naturales de su estado se habían agravado por un
sentimiento de gran responsabilidad ante el nacimiento de un heredero de la casa de los
Mortimer..., sentimiento que no había contribuido a hacer la situación más soportable.
»Elinor se inclinó sobre el lecho del dolor, posó sus fríos labios sobre la ardorosa boca
de la paciente... y rezó por ella.
»Se consiguieron los primeros auxilios médicos del país (entonces utilizados en raras
ocasiones) a un precio cuantioso. La viuda Sandal, renunciando a prestar toda asistencia
a la paciente, deambulaba por los aposentos adyacentes con indecible e inconfesada
agonía.
»Transcurrieron dos días y dos noches entre la esperanza y el temor: los campaneros
permanecían en vela en todas las iglesias que había en diez millas a la redonda; los
341
colonos se apiñaban alrededor del castillo con honrada y sincera solicitud; la nobleza de
la vecindad enviaba mensajeros cada hora para preguntar. Un alumbramiento en una
familia noble era en aquel entonces un acontecimiento de gran trascendencia.
»Llegó el momento: nacieron dos mellizos muertos, ¡Y la joven madre les siguió
fatalmente unas horas después! Mientras conservó la vida, no obstante, Margaret dio
muestras del elevado espíritu de los Mortimer. Buscó con su fría mano la del
desdichado esposo y la de la llorosa Elinor. Las unió en un abrazo que uno de ellos al
menos comprendió, y rezó por que la unión fuese eterna. A continuación pidió ver los
cuerpos de sus hijos; se los mostraron; y dicen que balbuceó unas palabras, en el sentido
de que, de no haber sido los herederos de la familia de los Mortimer, probablemente no
habrían sido fulminados con tanto rigor; y que, sostenidos por todas las esperanzas con
que la vida y la juventud podían agraciarla, ella y sus hijos podrían haber sobrevivido.
»Mientras hablaba, su voz se fue debilitando, apagándose; y su última luz se volvió
hacia aquel a quien amaba; y cuando perdió la visión, aún sintió los brazos de él en
torno suyo. Un instante después, ya no abrazaban... ¡nada!
»En los terribles espasmos de la agonía masculina -mas intensamente sentidos cuanto
más raramente se abandona uno a ellos-, el joven viudo se arrojó sobre el lecho, y lo
hizo estremecer con su convulsivo dolor; y Elinor, perdiendo todo sentido que no fuese
el de la súbita y terrible calamidad, se hizo eco de sus hondos y sofocados sollozos,
como si no hubiese sido aquella a la que lloraban el único obstáculo de su felicidad. [...]
»Entre las voces de aflicción que resonaron por todo el castillo, desde el sótano a la
torre, ese día de desconsuelo, ninguna fue más sonora que la de la viuda Sandal: sus
gemidos eran gritos, su pena era desesperación. Recorriendo los aposentos como una
demente, se mesaba los cabellos e imprecaba las más espantosas maldiciones sobre su
cabeza. Por último, se aproximó al aposento donde se hallaba el cadáver. Los criados,
asombrados ante su trastorno, hubieran querido impedirle que entrara, pero no pudieron.
Irrumpió en la habitación, lanzó una mirada feroz a todos los que allí estaban, al cadáver
inmóvil y a las mudas personas que lo velaban; luego, poniéndose de rodillas ante su
hijo, confesó el secreto de su culpa, y desveló hasta el fondo el motivo de ese cúmulo de
iniquidad y aflicción que ahora había llegado a su culminación.
»Su hijo escuchó esta horrible confesión con ojos fijos y gesto impasible; y al concluir,
cuando la desventurada penitente imploró la asistencia de su hijo para incorporarse, él
rechazó sus brazos extendidos; y con una violenta carcajada, se arrojó nuevamente
sobre la cama. No pudieron hacer que la abandonase, hasta que se llevaron el cadáver al
que se abrazaba; y entonces las plañideras no supieron a quién llorar, si a la que había
sido privada de la luz de la vida, ¡O a aquel cuya luz de la razón acababa de extinguirse
para siempre! [...]
»La desventurada y culpable madre (aunque nadie puede apiadarse de su destino) contó
unos meses después, en su lecho de muerte, el secreto de su crimen a un ministro de la
congregación independiente que se sintió movido a visitada al saber su desesperación.
Confesó que, impulsada por la avaricia, y más aún por el deseo de recobrar su perdida
importancia en la familia, y conociendo la riqueza y dignidad que su hijo ganaría con su
matrimonio con Margaret, de las que ella participaría, había llegado (tras recurrir a
todos los medios de persuasión y súplica), en la desesperación de su decepción, a
fabricar una historia tan falsa como horrible, contándosela a su hijo la noche antes de
sus proyectadas nupcias con Elinor. Le había asegurado que no era hijo suyo, sino fruto
de las ilícitas relaciones de su esposo el predicador con la madre puritana de Elinor, la
cual había pertenecido a su congregación, y cuya conocida y vehemente admiración por
sus sermones se supone que se extendió también a su persona. Esto le había provocado
a ella muchos y ansiosos celos durante los primeros años de su matrimonio; y ahora le
342
sirvió de base para esta horrible falsedad. Añadió que el evidente afecto de Margaret por
su primo había paliado en cierto modo su culpa ante sí misma; pero que, cuando le vio
desesperado en casa, el día de la fracasada boda, y huir después sin saber a dónde, se
había sentido casi tentada de llamarle y confesarle la verdad. Su espíritu se endureció
nuevamente, y pensó que su secreto estaba a salvo, dado que le había hecho jurar a él,
por respeto a la memoria de su padre, y por compasión a la culpable madre de Elinor,
que no revelaría jamás la verdad a su hija.
»Todo había salido según sus culpables deseos. Sandal miró a Elinor con ojos de
hermano, y la imagen de Margaret encontró fácilmente lugar en sus desocupados
afectos. Pero, como suele suceder a los que andan con falsedades y dobleces, el aparente
cumplimiento de sus esperanzas se convirtió en su ruina. En el caso de que la boda de
John y Margaret no tuviese fruto, las posesiones y el título irían a parar a un lejano
pariente citado en el testamento; y su hijo, privado del juicio por las calamidades en que
sus maquinaciones le habían hundido, se vio igualmente privado del rango y riqueza a
que estaba destinado, quedándole sólo una pequeña pensión, debida a sus anteriores
servicios, dado que la pobreza del rey, entonces pensionado también de Luis XIV,
impedía toda posibilidad de aumentar su remuneración. Cuando el pastor oyó la última
y terrible confesión de la penitente moribunda, como dijo el obispo Burnet cuando fue
consultado por otro criminal, declaró su caso "casi desesperado" y se marchó. [...]
»Elinor se retiró, con el desvalido objeto de su inquebrantable amor e incansable
cuidado, a su casa de Yorkshire. Allí, con la frase de ese divino y ciego anciano, la fama
de cuya poesía no ha llegado aún a este país, es
“su deleite verle sentado en la casa"
y vigilar, como el padre del campeón judío, el desenvolvimiento de esa "potencia
concedida por Dios", esa fuerza intelectual que, a diferencia de la de Sansón, no retorna
jamás.
»Tras un intervalo de dos años, durante el que se gastó gran parte del capital de su
fortuna en conseguir los primeros consejos médicos para el paciente, y "sufrió muchas
cosas de muchos físicos", Elinor perdió toda esperanza; y, considerando que el interés
de su fortuna así disminuida bastaría para procurar las comodidades de la vida, para sí y
para aquel a quien había decidido no aba donar, se sentó con resignada tristeza junto a
su melancólico compañero, añadiendo una más a las muchas pruebas de su corazón
femenino, "infatigable e hacer el bien", sin la embriaguez de la pasión, la emoción del
aplauso, ni la gra titud del objeto inconsciente.
»Si fuese ésta una vida de serena privación y fría apatía, sus esfuerzos apenas tendrían
mérito, y sus sufrimientos difícilmente demandarían compasión pero es de dolor
incesante e inmitigable. El primogénito de su corazón permanece muerto en él; pero ese
corazón vive aún con todas las agudas sensibilidades, las más vívidas esperanzas, y más
intenso sentimiento de dolor. [...]
»Permanece todo el día sentada junto a él: observa esos ojos cuya luz era vida, y los ve
fijos en ella con vidriosa y estúpida complacencia; piensa e aquella sonrisa que irrumpía
en su alma como el sol matinal en un paisaje de primavera, y ve la sonrisa vacía que
trata de manifestar satisfacción, pero no puede darle el lenguaje de la expresión.
Desviando la cabeza, Elinor piensa e los días pasados. Ante ella desfila una visión:
cosas agradables y dichosas, cuyas tonalidades no son de este mundo, y cuya trama es
demasiado fina para ser tejida en el telar de la vida, se alzan ante sus ojos como las
ilusiones del encantamiento. Una melodía de rica música recordada flota en sus oídos:
sueña con el héroe, el amante, el bienamado, con aquel en quien se combinaba cuanto
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podía deslumbrar los ojos, embriagar la imaginación y derretir el alma. Le ve tal como
se le apareció por primera vez, y el espejismo del desierto no ofrece visión más
deliciosa y falaz: se inclina a beber de ese fingido manantial y el agua desaparece;
despierta de su ensueño, y oye la débil risa del enfermo, que agita un poco de agua en
una concha, ¡e imagina ver una tormenta en el océano! [...]
» Un consuelo le cabe a Elinor. Cuando tiene él un breve intervalo d memoria, cuando
su habla se vuelve articulada, pronuncia el nombre de ella no el de Margaret; y un
destello de su antigua esperanza renace en su corazón al oírlo, pero se desvanece en
seguida como el raro y errante rayo del entendimiento en la mente extraviada del
doliente. [...]
»Incansablemente atenta a su salud y su bienestar, salía todas las tardes con él, pero le
llevaba por los senderos más apartados a fin de evitar a aquellos cuya burlona
persecución, o cuya vacía compasión, pudiera torturar igualmente sus sentimientos o
acosar a su manso y sonriente compañero.
»Fue en esta época -dijo el desconocido a Aliaga- cuando conocí..., es decir, fue
entonces, cuando vieron que un desconocido, que había fijado su residencia cerca de la
aldea donde vivía Elinor, vigilaba las dos figuras cuando éstas regresaban de su paseo.
Tarde tras tarde les estuvo espiando. Conocía la historia de estos dos desventurados, y
se dispuso a sacar partido de ello. Era imposible, dada la vida retirada que llevaban,
lograr que se los presentasen. Trató entonces de entablar relación con ocasionales
atenciones al inválido; a veces cogía las flores que una mano inconsciente echaba al
riachuelo, y escuchaba, con sonrisa benévola, los confusos balbuceos con que el
doliente, que aún conservaba toda la gracia de su extraviado juicio, trataba de darle las
gracias.
»Elinor se sentía agradecida por estas ocasionales atenciones; pero le alarmaba la
asiduidad con que el desconocido acudía al melancólico paseo cada tarde... y, ya fuese
alentado, desdeñado o incluso rechazado, encontraba aún el medio de sumarse al paseo.
La grave dignidad de la actitud de Elinor, su honda melancolía, sus inclinaciones de
cabeza o sus breves respuestas, resultaron inútiles ante la afable pero incansable porfía
del intruso.
»Poco a poco, se fue atreviendo a hablarle de sus propias desventuras, y el tema fue
clave segura para ganarse la confianza de la infortunada. Elinor empezó a escucharle; y,
aunque algo asombrada por los conocimientos que mostraba de cada circunstancia de su
vida, no pudo por menos de sentirse consolada ante el tono de simpatía con que hablaba,
y animada ante las misteriosas alusiones de esperanza que a veces dejaba escapar como
sin querer. No tardaron los habitantes de la aldea en reparar en ello (porque el ocio y la
falta de intereses les hacía curiosos), y en que Elinor y el desconocido eran compañeros
inseparables en esos paseos de la tarde. [...]
»Hacía un par de semanas que se les observaba pasear juntos cuando Elinor, sin
compañía alguna, calada de lluvia, y con la cabeza descubierta, llamó con voz fuerte y
ansiosa, a hora tardía, a la puerta de un clérigo de la vecindad. Le abrieron... y la
sorpresa de su reverendo anfitrión ante su visita, a la vez intempestiva e inesperada, se
mudó en un sentimiento más profundo de asombro y terror, al contarle ella el motivo.
Al principio, imaginó el reverendo (quien conocía su desventurada situación) que la
constante presencia de un demente había podido tener un contagioso efecto en el
intelecto de la que se exponía permanentemente a esta presencia.
»Sin embargo, al revelarle Elinor la espantosa proposición, y el casi igualmente
espantoso nombre del impío intruso, el clérigo dio muestras de una considerable
emoción; y, tras una larga pausa, rogó que le permitiese acompañarla en su próximo
344
encuentro. Este tuvo lugar al día siguiente, ya que el desconocido era incansable, cada
vez que la veía pasear a solas.
»Hay que decir que este clérigo había viajado durante varios años, período durante el
cual le habían acaecido cosas en países extranjeros, de las que corrieron después
extraños rumores, pero sobre cuyos motivos había guardado él siempre profundo
silencio; y dado que había fijado su residencia en la vecinidad hacía poco, no conocía a
Elinor, ni los detalles de su vida pasada y de la actual situación. [...]
»Era ahora otoño; las tardes acortaban, y al breve crepúsculo le seguía rápidamente la
noche. En el dudoso límite entre uno y otra, el clérigo salió de casa y se dirigió a donde
Elinor le había dicho que solía encontrarse con el desconocido.
»Allí les descubrió; y en la temblorosa y apartada forma de Elinor, y la rígida pero
serena importunidad de su :ompañero: leyó el terrible secreto de su conferencia. De
repente, fue hacia allí y se planto ante el desconocido. Se reconocieron en seguida el
uno al otro. ¡Una expresión que jamás se había visto él -expresión de miedo-, cruzó el
semblante del desconocido! Se detuvo momento, se marchó a continuación sin
pronunciar una sola palabra, y no volvió a molestar nunca más a Elinor con su
presencia. [...]
»Pasaron unos días, antes de que el clérigo se recobrase de la emoción de este singular
encuentro, y pudiera hablar con Elinor para explicarle la causa de su profunda y
angustiosa agitación.
»Cuando se sintió en condiciones de recibirla, le envió recado, diciéndole que viniese
por la noche, ya que sabía que durante el día nunca dejaba al desvalido objeto de su
ferviente corazón. Llegó la noche: imaginadles sentados el antiguo despacho del clérigo,
cuyos estantes se hallaban repletos de pesados volúmenes de antigua sabiduría, mientras
las ascuas de un fuego de turba difundían un resplandor confuso e incierto por la
habitación, y la solitaria vela que ardía en una alejada mesita de roble parecía derramar
su luz sobre ella sola; ni un solo rayo daba en las figuras de Elinor y de su compañero,
sentados en dos macizos sillones de talladas imágenes como las ricamente labradas
capillas de algún templo católico.
»-Ésa es una comparacIón de lo más abominable y profana –dijo Aliaga, saliendo de su
sopor, en el que había caído varias veces durante el largo relato.
»-Pero escuchad el final-dijo el obstinado narrador-: El clérigo confesó a Elinor que
había conocido al irlandés, llamado Melmoth, cuya multivaria erudición, profundo
intelecto e intensa apetencia de información, le habían llegado a interesar tan
hondamente que nació entre ambos una gran amistad. Al comenzar las turbulencias
políticas en Inglaterra, el clérigo se había visto obligado a buscar refugio en Holanda,
con la familia de su padre. Allí volvió a encontrarse con Melmoth, quien le propuso un
viaje a Polonia; aceptó el ofrecimiento y se fueron a Polonia. El clérigo contó entonces
muchas historias extraordinarias del doctor Dee y de Albert Alasco, el polaco
aventurero, los cuales les acompañaron por Inglaterra y Polonia... Y añadió que sabía
que su compañero Melmoth era irremisiblemente aficionado al estudio de ese arte que
abominan justamente todos "los que pronuncian el nombre del Señor". El poder del
navío intelectual era demasiado grande para los estrechos mares por los que costeaba...,
anhelaba zarpar en un viaje de descubrimiento..., en otras palabras, Melmoth se unió a
esos impostores, o cosa peor, que le prometieron el conocimiento del futuro, y poderes
para influir en él, imponiéndole una condición inconfesable -una extraña expresión
ensombreció su rostro mientras hablaba. Se recobró el clérigo, y afiadió-: Desde ese
momento, cesó nuestra relación. Desde entonces, le tuve por una persona entregada a
desvaríos diabólicos, al poder del enemigo.
345
»"Yo no había visto a Melmoth desde hacía años. Me disponía a abandonar Alemania
cuando, el día antes de mi partida, recibí un mensaje de una persona que se anunció
como amiga mía, y que, sintiéndose a punto de morir, deseaba la asistencia de un pastor
protestante. Estábamos entonces en la diócesis de un obispo electo católico. Corrí sin
pérdida de tiempo a auxiliar a dicha persona enferma. Cuando entré en su habitación,
me quedé asombrado al descubrirla atestada de aparatos astrológicos, libros e
instrumentos de una ciencia que yo no entendía; en un rincón había una cama, cerca de
la cual no vi sacerdote ni médico, pariente ni amigo: en ella yacía la figura de Melmoth.
Me acerqué, y traté de dirigirle unas palabras de consuelo. Agitó la mano, indicándome
que guardara silencio... y eso hice. El recuerdo de sus antiguas costumbres e
investigaciones, y la visión de su presente estado, me produjeron un efecto de terror,
más que de extrañeza. 'Ven -dijo Melmoth, hablando muy débilmente-, acércate más.
Me estoy muriendo; tú sabes demasiado bien cómo ha transcurrido mi vida. El mío ha
sido el gran pecado angélico: ¡el del orgullo y la presunción intelectual! Es el primer
pecado mortal; ¡una ilimitada aspiración a dominar el saber prohibido! Ahora voy a
morir. No pido ningún género de religión; no quiero oír palabras que no tienen ningún
significado para mí, ¡ni deseo que lo tengan! Ahórrate tu expresión de horror. Te he
mandado llamar para exigirte tu solemne promesa de que ocultarás a todo ser humano el
hecho de mi muerte; no permitirás que nadie sepa que he muerto, ni cuándo, ni dónde.
»"Hablaba tan claro, y con gesto tan enérgico, que tuve el convencimiento de que no
podía hallarse en el estado en que afirmaba estar; y dije: 'Pero yo no creo que estés
muriendo: tu entendimiento es claro, tu voz es fuerte, tus palabras coherentes, y si no
fuera por la palidez de tu rostro, y el hecho de estar acostado en ese lecho, no podría
imaginar siquiera que estuvieses enfermo'. Él contestó: '¿Tienes paciencia y valor para
esperar la prueba de que lo que digo es cierto?' Le contesté que por supuesto tenía
paciencia; en cuanto a valor, esperaba que me lo diese el Ser por cuyo nombre sentía yo
demasiado respeto para pronunciarlo en su presencia. Agradeció él mi aquiescencia con
una pálida sonrisa que comprendí demasiado bien, y señaló el reloj que había al pie de
su lecho. 'Mira -dijo-: la manecilla señala las once, y me ves aparentemente sano;
¡espera una hora tan sólo, y me verás muerto!'
»"Me quedé junto a su cama; nuestros ojos estaban intensamente fijos en la lenta
marcha del reloj. De vez en cuando decía algo, pero su fuerza parecía ahora menguar
visiblemente. Insistió repetidamente en la necesidad de que guardase un profundo
secreto, en la importancia que tenía para mí, y no obstante, insinuó la posibilidad de que
tuviéramos un futuro encuentro. Le pregunté por qué creía conveniente confiarme un
secreto cuya divulgación era tan peligrosa, y que era tan fácil de guardar. Ignorando yo
si vivía, y dónde, podía haber ignorado igualmente el modo y el lugar de su muerte. No
contestó a esto. Cuando la manecilla del reloj se acercó a las doce, se le demudó el
semblante, sus ojos se volvieron opacos, su voz inarticulada, la mandíbula se le quedó
colgando... y cesó su respiración. Le acerqué un espejo a los labios, pero no lo empañó
aliento ninguno. Toqué su muñeca, pero no encontré su pulso. Le puse la mano sobre el
corazón, y no sentí la menor vibración. Pocos minutos después, su cuerpo estaba
totalmente frío. No abandoné la habitación hasta casi una hora después. Su cuerpo no
dio signos de recobrar animación.
»"Desgraciadas circunstancias me retuvieron en el extranjero en contra de mi voluntad.
Estuve en diversos países del continente, y en todas partes me llegaron referencias de
que Melmoth estaba aún con vida. No di crédito alguno a estos rumores, y regresé a
Inglaterra con la completa convicción de que había muerto. Sin embargo, era Melmoth
quien paseaba y hablaba con vos la noche de nuestro encuentro. Jamás me han
atestiguado más fielmente mis ojos la presencia de un ser vivo. Era el mismísimo
346
Melmoth, tal como le conocí hace muchos años, cuando mis cabellos eran negros y mis
pasos firmes. Yo he cambiado, pero él está igual; el tiempo parece haberse abstenido de
tocarle por terror. Por qué medios o poderes ha logrado perpetuar su póstuma y
preternatural existencia, es cosa que no puedo imaginar, a menos que sea efectivamente
cierto el rumor que le seguía por todo el continente."
»Elinor, impulsada por el miedo, y por una irreprimible curiosidad, inquirió acerca de
ese rumor cuyo significado había anticipado su terrible experiencia. "No tratéis de
averiguar más -dijo el pastor-; ya sabéis más de lo que nunca ha llegado a averiguar
oído humano alguno, ni a concebir la mente de ningún hombre. Basta con que el Poder
Divino os haya permitido rechazar los asaltos del malo; la prueba ha sido terrible, pero
el éxito será glorioso. Si persistiese el enemigo en sus intentos, recordad que ha sido
rechazado ya en medio del horror de las mazmorras y el patíbulo, de los gritos del
manicomio y las llamas de la Inquisición; hasta ahora, ha sido derrotado por un
adversario a quien él considera el menos invencible de todos: las exhaustas energías de
un corazón quebrantado. Ha recorrido la tierra en busca de víctimas, 'en busca de
alguien a quien poder devorar', y no ha encontrado ninguna presa, ni aun donde podía
buscarla con toda la codicia de su infernal expectación. Deponed vuestra gloria y corona
de gozo, que aun el más débil de sus adversarios le ha rechazado con una fuerza que
siempre anulará a la suya." [...]
»¿Quién es esa figura borrosa que sostiene con dificultad a un inválido extenuado, y
parece necesitar a cada paso el apoyo que ella misma presta? Es Elinor, que aún
conduce a John. Su sendero es el mismo, pero la época ha cambiado..., y ese cambio le
parece a ella que ha afectado igualmente al mundo mental y al físico. Es una lúgubre
tarde otoñal: el riachuelo discurre oscuro y turbio junto al sendero; el viento gime entre
los árboles, y las hojas secas y descoloridas crujen bajo sus pies; su paseo carece del
calor de la conversación humana, pues uno de ellos no piensa ya, ¡Y raramente habla!
»Súbitamente, da muestras de que desea sentarse; se le consiente, y Elinor se acomoda
junto a él en el tronco derribado de un árbol. Él inclina la cabeza sobre el pecho de ella,
y Elinor siente con complacida sorpresa que unas lágrimas lo mojan por primera vez,
desde hace muchos años; una suave pero consciente presión de su mano le parece
indicio del despertar de su inteligencia; con contenida esperanza, le mira mientras él
alza lentamente la cabeza, y clava en ella sus ojos... ¡Dios de todo consuelo, hay
inteligencia en su mirada! ¡John le da las gracias con esa inefable mirada, por todos sus
cuidados, por su largo y doloroso trabajo de amor! Sus labios están abiertos, pero
largamente desacostumbrados a expresar sonidos humanos, realizan el esfuerzo con
dificultad... Otra vez repite el esfuerzo, y fracasa; su intento le agota, sus ojos se cierran,
su último suspiro apacible escapa sobre el pecho de la fidelidad y el amor..., y Elinor,
poco después, a quienes rodeaban su lecho, decía que moría feliz, ¡ya que él la había
reconocido nuevamente! Luego hizo al pastor una espantosa señal de despedida, que fue
comprendida y contestada.
__________ _ _ ___ _
Cum mihi non tantum furesque feraegue suetae,
Hune vexare locum, curae sunt atque labori,.
Quantum carminibus quae versant atque venenis,
Humanos animos.
347
HORACIO
»"No consigo explicarme", se dijo don Aliaga, mientras proseguía su viaje, al día
siguiente, "no consigo explicarme, por qué esta persona se empeña en acompañarme, en
importunarme con historias que tienen que ver conmigo tanto como la leyenda del Cid,
y puede que sean tan falsas como la balada de Roncesvalles, y ahora en cambio viene
cabalgando a mi lado todo el día sin despegar los labios ni una sola vez, como para
enmendar su anterior palabrería gratuita".
»-Señor -dijo el desconocido, hablando por primera vez, como si hubiese leído los
pensamientos de Aliaga-, reconozco mi error al relataras una historia que sin duda
habréis pensado que tiene muy poco interés para vos. Permitidme repararlo contándoos
otra muy breve, pues presumo que os va a interesar de manera muy especial.
»-¿Me aseguráis que será breve? -dijo Aliaga.
»-No sólo eso, sino que será la última con la que importunaré vuestra paciencia -replicó
el desconocido.
»-En ese caso -dijo Aliaga-, hermano, proseguid, en el nombre de Dios. Y usad el
negocio discretamente como habéis dicho.
»-Había -dijo el desconocido- cierto mercader español, cuyos negocios marchaban
prósperamente; pero, al cabo de unos años, viendo que las cosas tomaban mal cariz, y
tentado por una oferta de asociación con un pariente que se había establecido en las
Indias Orientales, embarcó hacia esos países con su esposa y su hijo, dejando en España
a una hija pequeña.
»-Ése fue precisamente mi caso -dijo Aliaga, sin la menor sospecha de cuál iba a ser el
sesgo de dicho relato.
»-Dos años de fructífera ocupación le restituyeron la opulencia y la esperanza de una
inmensa y futura fortuna. Animado de este modo, nuestro mercader español concibió la
idea de establecerse en las Indias Orientales, y envió por su hijita y su ama, las cuales
embarcaron para allá en la primera oportunidad, que entonces se presentaban muy raras
veces.
»-Eso me recuerda exactamente lo que me ocurrió a mí -dijo Aliaga, cuya inteligencia
era algo obtusa.
»-Se pensó que el ama y la niñita perecieron en una tormenta que hizo zombrar la nave,
frente a una isla cercana a la desembocadura de un río, en la que murieron todos los
tripulantes y los pasajeros. Se decía que el ama y la criatura fueron las únicas que se
habrían salvado; que por alguna extraordinaria casualidad, habían llegado a la isla,
donde el ama murió de cansancio y de inanición, y que la niña sobrevivió, y creció
como una salvaje y hermosa hija de la naturaleza, alimentándose de frutas y durmiendo
entre las rocas, y bebiendo el puro elemento, y aspirando las armonías del cielo, y
repitiéndose a sí misma las pocas palabras cristianas que su ama le había enseñado, en
respuesta a las melodías que los pájaros cantaban para ella, y al riachuelo cuyas aguas
murmuraban según la pura y santa música de su sobrenatural corazón.
»-En mi vida había oído una palabra sobre esto -murmuró Aliaga para sí.
»El desconocido prosiguió:
»-Se dice que, hallándose cierto barco en peligro, llegó de arribada a la isla; que el
capitán rescató a esta hermosa criatura solitaria de la brutalidad de los marineros, y que
al descubrir los vestigios de lengua española que todavía hablaba, y que se supone debió
de practicar durante las visitas de algún otro errabundo a la isla, se propuso, como
hombre de honor, llevada a sus padres, cuyos nombres pudo decirle ella, aunque no su
lugar de residencia; tan aguda y tenaz es la memoria de la infancia. Cumplió su
348
promesa, y la pura e inocente criatura fue restituida a su familia, que entonces residía en
Benarés.
»A estas palabras, Aliaga se sobresaltó con una expresión horrorizada. No fue capaz de
interrumpir al desconocido; contuvo el aliento, y apretó los dientes.
»-Desde entonces -dijo el desconocido-, he oído decir que la familia ha regresado a
España, que la hermosa habitante de la exótica isla se ha convertido en el ídolo de
vuestros caballeros de Madrid, de vuestros haraganes del Prado, de vuestros
sacravienses, de vuestros... ¿con qué otro nombre despreciable podría calificados? Pero
escuchadme; hay unos ojos que se han fijado en ella, ¡Y su fascinación es más mortal
que los ojos fabulosos de la serpiente! ¡Hay un brazo extendido que quiere atraparla, en
cuya garra se marchita la humanidad! Ese brazo se afloja ahora por un momento, sus
fibras vibran de misericordia y horror, suelta a la víctima un instante, ¡incluso llama a su
padre en su ayuda! Don Francisco, ¿me comprendéis ahora? ¿Tiene esa historia interés
o aplicación para vos?
»Guardó silencio; pero Aliaga, estremecido de horror, no pudo contestarle sino con una
débil exclamación.
»-Si la tiene -prosiguió el desconocido-, ¡no perdáis un instante en salvar a vuestra hija!
»Y dando espuelas a su mula, desapareció por el estrecho paso entre las rocas que
evidentemente no estaba hecho para ser hollado por ningún viajero de este mundo.
Aliaga no era hombre a quien le afectasen las fuertes impresiones de la naturaleza; pero,
de haberlo sido, el escenario en que tuvo lugar esta misteriosa advertencia le habría
producido un efecto tremendo. Era tarde ya: un crepúsculo brumoso y gris empezaba a
envolver cada objeto; el camino discurría por un terreno rocoso y serpeaba entre
montañas, o más bien montes pelados yyermos, como los que el agotado viajero de la
isla occidental63 ve alzarse entre páramos, con los que contrasta grandemente, sin que
tal contraste produzca alivio. Las lluvias habían formado profundas torrenteras entre los
montes y, aquí y allá, algún curso alto de agua bramaba en su cauce accidentado,
orgulloso y sonoro, mientras las inmensas cárcavas que fueron lecho de los torrentes
que un día corrieron atronadores por ellas se abrían ahora vacías y horribles como
moradas desiertas de una nobleza atruinada. Ni un ruido rompía la quietud, salvo el eco
monótono de las pezuñas de las mulas, que respondía desde las oquedades de los
montes, y los chillidos de los pájaros que, tras breves círculos en el aire húmedo y
nuboso, se retiraban a sus refugios en las quebradas. [...]
»Es casi increíble que después de esta advertencia, reforzada como estaba por el
perfecto conocimiento que el desconocido había demostrado tener de la vida anterior de
Aliaga y de sus circunstancias familiares, no se apresurase éste a regresar a su casa, y
más habiéndole concedido la suficiente importancia como para hacerlo tema de
correspondencia con su esposa. Sin embargo, así era.
»En el momento en que se marchó el desconocido, decidió no perder un instante y
regresar a toda prisa a su casa; pero al llegar a la siguiente etapa había varias cartas de
negocios esperándole. Una correspondencia comercial le informaba de la probable
quiebra de una casa en una región distante de España, donde su rápida presencia podía
ser vital. Tenía también una carta de Montilla, su futuro yerno, en la que le informaba
que el estado de salud de su padre era bastante precario, por lo que le era imposible
dejarlo hasta que el destino decidiese. Como las decisiones del destino implicaban
igualmente la riqueza del hijo y la vida del padre, Aliaga no pudo por menos de pensar
que en esta decisión mostraba tanta prudencia como afecto.
63 Irlanda, quizá. (N. del A.)
349
» Tras leer estas cartas, el pensamiento de Aliaga comenzó a discurrir por su cauce
habitual. No hay manera de zafarse de los hábitos inveterados para un espíritu
completamente comercial, "aunque uno se levantase de entre los muertos". Además,
para entonces, la huella de la presencia y palabras del desconocido se iba borrando
rápidamente de una mente nada acostumbrada a impresiones visionarias. Desechó los
terrores de esta visita con ayuda del tiempo, y su valor dio el debido crédito a esta
ayuda. Lo mismo hacemos todos con las ilusiones de la imaginación, con la única
diferencia de que el apasionado las evoca con lágrimas de pesar, y el falto de
imaginación con el rubor de la vergüenza. Aliaga partió en dirección a la distante región
de España donde su presencia debía salvar aquella tambaleante casa en la que tenía
amplios intereses, y escribió a doña Clara que quizá tardaría unos meses en volver a las
proximidades de Madrid.
_
__________ _ _ __ _
Husband, husband; I've the ring
Thou gavest to-day to me;
And thou to me art ever wed
As I am wed to thee!
LITTLE. Poems
»El resto de la espantosa noche en que desapareció Isidora lo pasó doña Clara casi
sumida en la desesperación, quien pese a todo su rigor y fría mediocridad, aún tenía
sentimientos de madre..., y fray José, que, con todo su sibaritismo egoísta y su sed de
dominio, tenía un corazón en el que jamás había llamado la desgracia sin que la
compasión abriese las puertas rápidamente.
»La aflicción de doña Clara se agravó ante el recelo de su esposo (quien le inspiraba un
gran temor), el cual, temía, podía reprocharle la imperdonable negligencia de su
autoridad maternal.
»A lo largo de esa noche de zozobra, se sintió frecuentemente tentada de pedir consejo y
ayuda a su hijo; pero el recuerdo de sus violentas pasiones la disuadió, y permaneció
sentada en pasiva desesperación hasta que amaneció. Entonces, movida por un impulso
inexplicable, se levantó y corrió al aposento de su hija, como si imaginara que los
acontecimientos de la noche anterior no habían sido sino una espantosa y falsa ilusión
que se disiparía con las primeras claridades del día.
»Y, en efecto, así parecía, porque sobre la cama se hallaba Isidora, profundamente
dormida, con la misma pura y plácida sonrisa que cuando la arrullaban las melodías de
la naturaleza, y el sonido se prolongaba en su sueño con los susurrados cánticos de los
espíritus del océano indico. Doña Clara profirió un grito de sorpresa, que tuvo el
singular efecto de despertar a fray José del pesado sopor en que había caído cuando
empezaba a amanecer. Sobresaltado por tal grito, el afable y regalado sacerdote corrió
tambaleante hacia la habitación, y vio, con una incredulidad que poco a poco se rindió
al frecuente ejercicio de sus obstinados y pegajosos párpados, la figura de Isidora
sumida en profundo sueño.
»-¡Oh, qué dicha más inmensa! -dijo el bostezante sacerdote, mirando a la dormida
belleza, sin otra emoción que la del placer de un ininterrumpido descanso-; por favor, no
la despertéis -dijo reprimiendo otro bostezo y saliendo de la habitación-. Después de
350
una noche como la que hemos pasado, el sueño debe ser un reparador y loable ejercicio;
¡así que os encomiendo a la protección de los santos!
»-¡Oh, reverendo padre! ¡Oh, santísimo padre! -exclamó doña Clara, pegándose a él-, no
me abandonéis en esta extremidad. Esto ha sido obra de magia..., obra de los espíritus
infernales. Mirad cuán profundamente duerme, aunque estamos hablando, y ya es de
día.
»-Hija, estáis muy equivocada -contestó el soñoliento sacerdote-; la gente puede dormir
incluso de día; y como prueba, aquí me tenéis, pues voy a retirarme a descansar, así que
podéis enviarme una botella de Fuencarral o de Valdepeñas; no es que desestime los
más ricos vinos de España, desde el chacolí de Vizcaya al mataró de Cataluña64, pero no
quiero que digan que duermo de día si no media una razón suficiente.
»-¡Santo padre! -contestó doña Clara-, ¿no creéis que la desaparición de mi hija y el
intenso sueño se deben a causas preternaturales?
»-Hija -respondió el sacerdote arrugando el ceño-, mandadme un poco de vino con que
mitigar la insoportable sed que me ha producido la ansiedad por el bienestar de vuestra
familia, y dejadme meditar después unas horas sobre qué medidas son las que mejor
pueden tomarse; luego..., cuando me despierte, os daré mi opinión.
»-Santo padre, vos decidiréis por mí en todo.
»-No vendrían mal, hija -dijo el sacerdote retirándose-, algunas lonchas de jamón, o
unas cuantas salchichas picantes para acompañar el vino; podrían mitigar, por así decir,
los efectos nocivos de ese abominable licor, que nunca bebo más que en excepciones
como ésta.
»-Se os enviarán, santo padre -dijo la atribulada madre-; pero ¿no creéis que el sueño de
mi hija es sobrenatural?
»- Venid a mi aposento, hija -respondió el sacerdote cambiando la cogulla por el gorro
de dormir que uno de los numerosos criados le presentó solícitamente, y veréis luego
cómo ese sueño es efecto natural de una causa igualmente natural. Vuestra hija ha
pasado evidentemente una noche muy fatigosa,lo mismo que vos, aunque quizá por
causas muy distintas; pero todas esas causas nos predisponen para un profundo
descanso. Por lo que a mí respecta, no dudo del mío; enviadme el vino y las salchichas...
Estoy muy cansado; ¡oh!, me siento débil y fatigado de tantos ayunos y vigilias y tareas
de exhortación. La lengua se me pega en el paladar, y se me quedan rígidas las quijadas;
puede que un trago o dos disuelva esta pegajosidad. Pero detesto el vino... ¿por qué
diablos no mandáis traer ya la botella?
»El criado, aterrado ante el tono iracundo con que fueron pronunciadas las últimas
palabras, echó a correr con sumisa diligencia, y fray José se sentó finalmente en su
aposento, a rumiar las calamidades y dudas de la familia, hasta que, realmente
abrumado por el tema, exclamó con tono de desesperación:
»-¡Ya están las dos botellas vacías! Entonces es inútil meditar más sohre esta cuestión.
[...]
»Le despertó, una hora antes de lo que habría deseado, un recado de doña Clara, quien,
con las tribulaciones de su débil espíritu, y acostumbrada siempre a su apoyo eficaz y
externo, sentía ahora como si cada paso que daba sin él le condujera a una verdadera e
instantánea perdición. El temor que le inspiraba su esposo, junto con sus supersticiosos
miedos, ejercía el más vigoroso poder sobre su mente, y esa mañana llamó a fray José
para una temprana consulta de terror e inquietud. Su gran objetivo era ocultar, si era
posible, la ausencia de su hija durante esa azarosa noche, y viendo que ninguno de los
criados parecía haberse enterado, que de toda la numerosa servidumbre, sólo estaba
64 Véanse los viajes de Dillon por Epaña. (N: del A.)
351
ausente un viejo criado y que nadie había notado dicha ausencia entre la superflua
muchedumbre de criados de una casa española, comenzó a renacerle el valor. Aún se lo
acrecentó más una carta de Aliaga, en la que le comunicaba la necesidad de visitar una
lejana región de España, y de diferir unos meses el casamiento de su hija con Montilla;
esto sonó como un alivio en los oídos de doña Clara; consultó con el sacerdote, y éste
contestó con palabras de consuelo que si llegaba a saberse la breve ausencia de doña
Isidora, la cosa tendría poca importancia, y si no llegaba a saberse, no la tendría en
absoluto; y aquí le recomendó que se asegurase el silencio de los criados por medios
que por su hábito juraba que eran infalibles, ya que los había visto dar eficaz resultado
entre los criados de una casa infinitamente más poderosa.
»-Reverendo padre -dijo doña Clara-, no conozco ninguna casa de grandes de España
que sea más espléndida que la nuestra.
»-Pero yo sí, hija mía -dijo el sacerdote- ¡Y la cabeza visible de esa casa es... el Papa;
pero id ahora y despertad a vuestra hija, porque si no, estará durmiendo hasta el día del
juicio, ya que parece haber olvidado totalmente la hora del desayuno. No lo digo por mí,
hija, sino que sufro de ver interrumpida la regularidad de las costumbres de una casa tan
magnífica; por mi parte, con un tazón de chocolate y un racimo de uvas tengo bastante;
y para aliviar la crudeza de las uvas, una copa de Málaga; a propósito, vuestras copas
son las menos hondas que he visto... ¿No habría forma de conseguir copas de San
Ildefonso65, de pie corto y amplia campana? Las vuestras parecen de don Quijote, toda
base y nada de cavidad. A mí me gusta que se parezcan a su dueño: un cuerpo bien
ancho, y una base que pueda medirse con el dedo meñique.
»-Os traeré una San Ildefonso hoy mismo -respondió doña Clara.
»-Id y despertad a vuestra hija primero -dijo el sacerdote.
»Mientras hablaba, entró Isidora en la habitación; la madre y el sacerdote se levantaron
sorprendidos. Su semblante era tan sereno, su paso tan regular y su continente tan
sosegado, como si fuese enteramente inconsciente del terror y la angustia que había
ocasionado su desaparición la noche anterior. Al primer intervalo breve de silencio
sucedió un torrente de preguntas por parte de doña Clara y fray José, a dúo: por qué,
dónde, qué motivo, y con quién y cómo..., todo cuanto era preguntable. Sin embargo,
podían haberse ahorrado la molestia; porque ni ese día, ni durante muchos otros,
pudieron los reproches, las súplicas, y las amenazas de su madre, ayudados por la
autoridad espiritual y más poderosa ansiedad del sacerdote, arrancarle una sola palabra
explicativa del motivo de su ausencia durante esa noche espantosa. Cuando se vio
estrecha y severamente apremiada la mente de Isidora, pareció renacer en ella algo del
salvaje pero vigoroso espíritu de independencia que sus antiguos hábitos y sentimientos
le habían comunicado. Durante diecisiete años había sido su propia dueña y señora, y
aunque dócil y afable por naturaleza, cuando la despótica mediocridad trataba de
tiranizarla, sentía un desdén que expresaba tan sólo con un profundo silencio.
»Fray José, exasperado por su terquedad, temeroso de perder su poder sobre la familia,
amenazó con negarle la confesión, a menos que le revelase el secreto de esa noche.
»-Entonces, ¡me confesaré a Dios! -dijo Isidora.
»En cambio, encontraba más difícil resistir la porfía de su madre, ya que su corazón
femenino amaba cuanto era femenino, aun en su forma menos atractiva, y el acoso
desde ese ángulo era a la vez monótono y constante.
»Había una débil pero incansable tenacidad en doña Clara, que es atributo consustancial
al carácter femenino cuando se combinan la mediocridad intelectual y la rigidez de
principios. Cuando ella ponía cerco a un secreto, era mejor que la guarnición capitulase
65 La famosa fábrica de vidrios de Espafia. (N. del A.)
352
en seguida. Lo que le faltaba de vigor y habilidad, lo suplía con su minuciosa e
incesante asiduidad. Jamás se aventuraba a asaltar la fortaleza con ímpetu, sino que su
terquedad la asediaba hasta que la obligaba a rendirse. No obstante, también su
insistencia fracasó aquí. Isidora se mostró respetuosa, pero absolutamente hermética;
viendo la cuestión desesperada, doña Clara, que tenía un sentido especial, tanto para
guardar como para descubrir un secreto, convino con fray José en no decir una palabra
del asunto al padre m al hermano.
»-Demostremos -dijo doña Clara, con un sagaz y autosuficiente asentimiento con la
cabeza- que podemos guardar un secreto tanto como ella.
»-De acuerdo, hija -dijo fray José- ¡imitémosla en el único punto en el que podéis
presumir de pareceros. [...]
»Poco después, no obstante, se descubrió el secreto. Habían transcurrido unos meses, y
las visitas de su esposo comenzaron a devolver la habitual y serena confianza a la mente
de Isidora. Imperceptiblemente, él fue cambiando su , feroz misantropía por una especie
de tristeza meditabunda. Era como la noche oscura, fría pero tranquila y relativamente
consoladora, que sucede a un día de tormenta y cataclismo. Los que lo han sufrido
recuerdan los terrores del día, y la serena oscuridad de la noche es para ellos como un
refugio. Isidora miraba a su esposo con complacencia, viendo que ya no tenía el ceño
duro, ni la sonrisa aterradora; y sintió la esperanza (que la serena pureza del corazón
femenino siempre sugiere) de que su influencia flotaría un día sobre lo informe y el
vacío, como se mueve el espíritu que camina sobre la faz de las aguas; y de que la
devoción de la esposa podría salvar al incrédulo esposo.
»Estos pensamientos eran su consuelo; y estaba bien que la consolaran los
pensamientos, dado que la realidad es una aliada miserable cuando la imaginación lucha
contra la desesperación. Una de las noches en que esperaba a Melmoth, la encontró éste
cantando su habitual himno a la Virgen, para lo que se acompañaba con el laúd.
»-¿No es algo tarde para cantar tu himno de vísperas a la Virgen, cuando pasa de la
medianoche? -dijo Melmoth con pálida sonrisa.
»-Su oído está abierto a todas horas, según me han dicho -contestó Isidora.
»-Si es así, amor mío -dijo Melmoth saltando como de costumbre por el antepecho de la
ventana-, añade una estrofa a tu himno, en mi favor.
»-¡Ay! -dijo Isidora, dejando el laúd-, tú no crees, amor, en lo que la Santa Madre
Iglesia proclama.
»-Sí; sí creo, cuando te escucho a ti.
»-¿Sólo entonces?
»-Canta otra vez tu himno a la Virgen.
»Isidora accedió, y observó el efecto que hacía en su oyente. Parecía afectado; le hizo
seña de que volviese a repetirlo.
»-Amor mío -dijo Isidora-, esto no es como la repetición de una canción teatral
solicitada por un auditorio, sino un himno por el que quien lo escucha ama más a su
esposa, porque ella ama a Dios.
»-Muy sagaz pensamiento -dijo Melmoth-. Pero ¿por qué estoy excluido en tu
imaginación del amor de Dios?
»-¿Visitas alguna vez la iglesia? -dijo Isidora con ansiedad; hubo un profundo silencio-.
¿Has recibido alguna vez el Santo Sacramento? -Melmoth siguió callado-. ¿Me has
permitido alguna vez, después de pedírtelo fervientemete, que anunciase a mi atribulada
familia el lazo que nos une? -tampoco hubo respuesta-. ¡Y ahora, creo, no me atrevo a
decir lo que siento! ¡Oh, cómo puedo presentarme ante los ojos que me vigilan tan
atentamente? ¿Qué podré decir? ¿Que soy una esposa sin marido, una madre sin padre
para su hijo, o alguien a quien un terrible juramento la obliga a no revelar su secreto
353
jamás? ¡Oh, Melmoth, ten piedad de mí, libérame de esta vida de constreñimiento, de
falsedad y de disimulo! ¡Proclama que soy tu legítima esposa ante mi familia, y tu
legítima esposa te seguirá hasta la perdición, se unirá a ti... y perecerá contigo!
»Sus brazos se ciñeron alrededor de él, y las frías lágrimas de su corazón rodaron
abundantes por sus mejillas... Rara vez nos rodean en vano los brazos implorantes de
una mujer que suplica la liberación en una hora de vergüenza y terror. Melmoth se sintió
conmovido ante la súplica... pero fue un instante. Cogió los blancos brazos extendidos
hacia él, clavó una fija, ansiosa y terrible mirada inquisitiva en su víctima-consorte, y
preguntó:
»-¿Es verdad eso?
»La pálida y estremecida esposa se retrajo de sus brazos ante la pregunta; su silencio
contestó. Las agonías de la naturaleza latían de manera audible en su corazón. Melmoth
se dijo: "Es mío el fruto del amor, el primogénito del corazón y la naturaleza; mío, mío.
Y me ocurra lo que me ocurra, habrá un ser humano en la tierra cuya forma externa me
reflejará a mí, y al cual le enseñará a rezar su madre, aunque su oración caiga abrasada y
chisporroteando en el fuego eterno como una gota de errante rocío en las ardientes
arenas del desierto». [...]
»Desde el día de esta conversación, las tiernas atenciones de Melmoth con su esposa
aumentaron notablemente.
»Sólo el cielo conoce la fuente de ese rudo afecto con que la contemplaba, y en el cual
había aún cierta ferocidad. Su cálida mirada parecía el ardor de un día bochornoso de
verano, cuyo rigor anuncia la tormenta, y nos induce con su sofocante opresión a
desearla casi como un alivio.
»No es imposible que tuviese la mirada puesta en algún futuro objeto de su terrible
experimento; y quizá un ser tan absolutamente en su poder como su propio hijo le
parecía fatalmente apropiado para sus designios: también estaba en su mano el infligir la
medida de desdicha necesaria para capacitar al neófito. Fuera cual fuese su motivo,
mostraba cuanta ternura le era posible, y hablaba del próximo acontecimiento con el
ansioso interés de un padre humano.
»Consolada por esta nueva actitud, lsidora soportó con mudo sufrimiento el peso de su
situación, con todo el doloroso acompañamiento de indisposiciones y desfallecimientos,
agravados por el constante temor y el misterioso secreto. Esperaba que al fin la
recompensaría él con una abierta y honrosa declaración; pero esta esperanza sólo la
expresaba con pacientes sonrisas. La hora se acercaba rápidamente, y temerosas y vagas
aprensiones comenzaron a ensombrecerle el ánimo sobre el destino del niño, a punto de
nacer en circunstancias misteriosas.
»En su siguiente visita nocturna, Melmoth la encontró hecha un mar de lágrimas.
»-¡Ay! -dijo Isidora, contestando a su brusca pregunta y breve intento de consolarla-,
¡cuántos motivos tengo para llorar, y qué pocas lágrimas he derramado! Si tú quisieras,
podrías enjugármelas, pues ten por seguro que sólo tu mano lo puede hacer. Presiento -
añadió- que este acontecimiento va a ser fatal para mí; sé que no viviré para ver a mi
hijo. Sólo te pido la única promesa que puede sostenerme aún en esta convicción.
»Melmoth la interrumpió, asegurándole que tales temores eran propios e inevitables de
su situación, y que muchas madres, rodeadas de numerosa prole, sonreían al recordar su
miedo de que el nacimiento de cada uno fuese fatal para los dos.
»Isidora negó con la cabeza.
»-Los presagios que me visitan -dijo- son de los que jamás asaltan en vano a los
mortales. Siempre he creído que cuando nos acercamos al mundo invisible, su voz se
vuelve más audible para nosotros, y la aflicción y el dolor son elocuentes intérpretes
entre nosotros y la eternidad; muy distinta de todos los sufrimientos corporales, y hasta
354
de los terrores mentales, es esa honda e inefable impresión, a la vez incomunicable e
imborrable; es como si el cielo nos hablase a solas, y nos pidiese que guardemos su
secreto, o que lo divulguemos con la condición de que no sea creído jamás. ¡Oh!,
Melmoth, no sonrías de esa manera tan horrible cuando hablo del cielo... Puede que no
tarde en ser allí tu única intercesora.
»-Mi querida santa -dijo Melmoth, riendo y arrodillándose ante ella en broma-, clame
los primeros intereses de tu mediación; ¿cuántos ducados me costará canonizarte? Me
facilitarás, espero, una relación verdadera de tus milagros legítimos; da vergüenza, la de
tonterías que se envían mensualmente al Vaticano.
»- Que sea tu conversión el primer milagro de la lista -dijo Isidora con una energía que
hizo temblar a Melmoth; era de noche, pero ella le sintió temblar, y mantuvo su
imaginado triunfo-. Melmoth -exclamó-, tengo derecho a pedirte una promesa; por ti lo
he sacrificado todo: jamás ha habido mujer más fiel, jamás ha dado pruebas ninguna
mujer de una entrega como la mía. Podía haber sido la noble y honorable esposa de
quien hubiera puesto sus riquezas y títulos a mis pies. En esta hora de peligro y
sufrimiento, las primeras familias de España habrían estado esperando alrededor de mi
habitación. Sola, sin ayuda, sin consuelo, debo soportar la lucha terrible de la
naturaleza..., terrible incluso para aquellas cuyo lecho ha sido mullido por las manos del
afecto, cuya agonía consuela la presencia de una madre... y oyen el primer vagido del
hijo coreado por las gozosas exclamaciones de los nobles parientes. ¡Oh, Melmoth!
¿Qué me tocará a mí? ¡Tendré que sufrir en secreto y en silencio! ¡Tendré que ver a mi
hijo arrancado de mis brazos antes de haberlo besado... y el mantón del bautizo será una
de esas misteriosas tinieblas que tus dedos han tejido! Pero concédeme una cosa... ¡una
sola! -prosiguió implorante, poniéndose en su súplica grave hasta la agonía-: júrame que
mi hijo será bautizado según los preceptos de la Iglesia católica, que será todo lo
cristiano que lo puedan hacer esas formas, y pensaré, si todos mis horribles presagios se
cumplen, que dejo detrás de mí a alguien que rezará por su padre, y cuya oración podrá
ser aceptada. ¡Prométeme, júrame -añadió con creciente agonía- que mi hijo será
cristiano! ¡Ay!; ¡si mi voz no merece ser oída en el cielo, puede que la de este ángel sí!
El propio Cristo quiso tener cerca a los niños mientras estuvo en la tierra, así que, cómo
los va a rechazar en el cielo. ¡Oh, no, no! ¡No rechazará al tuyo!
»Melmoth la escuchó con sentimientos que es preferible ocultar a explicar o analizar.
Así impetrado, prometió que el niño sería bautizado; y añadió, con una expresión que
Isidora no tuvo tiempo de comprender, a causa del gozo que la embargaba ante esta
concesión, que sería todo lo cristiano que los ritos y ceremonias de la Iglesia católica le
pudieran hacer. Y mientras añadía diversos comentarios acerbos sobre la ineficacia de
los ritos externos, y la impotencia de cualquier jerarquía, y las mortales y desesperadas
imposiciones de los sacerdotes bajo todas las providencias... y desarrollaba todo esto
con un espíritu que mezclaba el sarcasmo con el horror, y parecía un arlequín de las
regiones infernales coqueteando con las furias, Isidora volvió a repetir su solemne
petición de que su hijo, si la sobrevivía, fuera bautizado. Melmoth asintió; y añadió con
cruel y espantosa frivolidad:
»- Y mahometano, si cambias de opinión; o de la mitología que quieras adoptar; sólo
tienes que decírmelo; los sacerdotes se consiguen fácilmente... ¡Y las ceremonias se
compran a bajo precio! No tienes más que hacerme saber tus futuras intenciones,
cuando tú misma las sepas.
»-Yo no estaré aquí para decírtelas -dijo Isidora, replicando con profunda convicción a
esa corrosiva ligereza como un frío día invernal al calor de un caprichoso día de verano,
que mezcla el sol con el relámpago-; ¡Melmoth, yo no estaré aquí entonces!
355
» Y esta energía de la desesperación en un ser tan joven, tan inexperto, salvo en las
vicisitudes del corazón, produjo un violento contraste con la pétrea impasibilidad del
que había cruzado por la vida "desde Dan a Beer Seba", y lo había hallado todo estéril,
o lo había vuelto él así.
»En este momento, mientras Isidora lloraba con frías lágrimas de desesperación, sin
atreverse a pedir a la mano que amaba que se las enjugase, comenzaron a tocar
súbitamente las campanas de un vecino convento, donde celebraban una misa por el
alma de un hermano fallecido. Isidora aprovechó el instante en que el mismo aire estaba
impregnado con la voz de la religión, para imprimir su fuerza sobre el misterioso ser
cuya presencia le inspiraba igualmente terror y amor.
»-¡Escucha, escucha! -exclamó Isidora.
»Los tañidos llegaban lentos, apagados, como si fuesen expresión involuntaria de ese
profundo sentimiento que siempre inspira la noche: la repetida consigna de centinela a
centinela, cuando las mentes vigiles y meditabundas se han convertido en "guardianes
de la noche"66, El efecto de los tañidos aumentó al sumarse, de vez en cuando, el
profundo, impresionante coro de las voces; de esas voces que, más que armonizar,
coincidían con los sones de la campana y, como ellos, parecían brotar
involuntariamente... como una música pulsada por manos invisibles.
»-Escucha -repitió Isidora-, ¿no hay verdad en la voz que te habla con esos tonos? ¡Ay,
si no hubiese verdad en la religión, no la habría en la tierra! La misma pasión se
disuelve en pura ilusión, a menos que esté consagrada por la conciencia de un Dios y un
más allá. Esa esterilidad del corazón que impide que prospere el divino sentimiento,
debe de ser hostil también a todo sentimiento tierno y generoso. ¡Quien carece de Dios,
carece de corazón! ¡Oh, amor mío!, ¿no quieres, al inclinarte sobre mi tumba, que mi
último descanso encuentre consuelo en palabras como éstas... no quieres que ellas
apacigüen el tuyo? Prométeme al menos que llevarás a tu hijo a visitar mi lápida, que le
leerás la inscripción que diga que he muerto en la fe de Cristo y la esperanza en la
inmortalidad. Sus lágrimas serán poderosas intercesoras tuyas que no le negarán el
consuelo que la fe me ha dado en las horas de sufrimiento, y las esperanzas que
iluminarán el instante de mi partida. ¡Oh!, prométeme eso al menos, que harás que tu
hijo visite mi sepultura, sólo eso. No interrumpas ni turbes la impresión con sofisterías y
banalidades, o con esa violenta y demoledora elocuencia que brota de tus labios, no para
ilustrar, sino para secar. No llorarás; pero al menos, quiero que guardes silencio: deja
que el cielo y la naturaleza obren libremente. La voz de Dios hablará a su corazón; y mi
espíritu, al presenciar su conflicto, temblará aunque esté en el paraíso; y hasta en el
cielo, sentiré doblado mi gozo cuando contemple cómo alcanza la victoria.
Prométemelo... ¡júramelo! -añadió, con agónica energía en el tono y en el gesto.
»-Tu hijo será cristiano! -dijo Melmoth.
__________ _ __ _
[...] Oh, spare me, Grimbald!
I will tempt hermits for thee in their cells,
And virgins in their dreams.
DRYDEN, King Arthur
66 Centinela, ¿qué hora es de la noche? Centinela, ¿qué hora es de la noche? Isaías, XXI. 11. (N. del A.)
356
»Es un hecho extraño, pero bien probado, que las mujeres que se ven obligadas a
arrostrar todas las incomodidades y tribulaciones de un embarazo secreto, lo sobrellevan
a menudo mejor que aquellas cuyo estado vigilan tiernos y ansiosos parientes; y esos
alumbramientos ocultos o ilegítimos se resuelven efectivamente con menos peligro y
sufrimiento que los que cuentan con el auxilio que la habilidad y el afecto pueden
aportar. Así parecía suceder con Isidora. El retiro en que su familia vivía, el genio de
doña Clara, tan lento en sospechar (por falta de perspicacia) como ansioso en perseguir
un objetivo una vez descubierto (por la natural codicia de su mente vacía), estas
circunstancias, combinadas con el vestido de la época, el enorme y envolvente
guardainfante, contribuían a guardar el secreto, al menos hasta que llegase el momento
crítico. Cuando se acercó ese momento, podemos imaginar fácilmente los callados y
temblorosos preparativos: la importante ama, orgullosa de que se depositara la
confianza en ella, la doncella confidencial, la fiel y discreta asistencia médica; para
conseguir todo esto, Melmoth la proveyó ampliamente de dinero..., circunstancia que
habría sorprendido a Isidora (dado su aspecto siempre notablemente sencillo y
reservado) si, en ese momento de ansiedad, hubiese podido albergar su mente cualquier
otro pensamiento que no fuese el de la hora. [...]
»La noche en que calcularon que tendría lugar ese trascendental y temido
acontecimiento, Melmoth mostró en su actitud una inusitada ternura: la miraba de vez
en cuando con ansioso y mudo cariño; parecía como si tuviesc algo que comunicar y no
se sintiese con valor para revelarlo. Isidora, muy versada en el lenguaje del semblante,
que es a menudo, más que el de las palabras el lenguaje del corazón, le suplicó que le
dijese qué pensaba.
»- Tu padre va a regresar -dijo Melmoth con desgana-. Estará aquí dentro de muy pocos
días; quizá dentro de unas horas.
»Isidora le escuchó muda de horror.
»-¡Mi padre! -exclamó-; jamás he visto a mi padre. ¡Oh, cómo voy a presentarme a él,
ahora! ¿Y mi madre, ignora que va a venir? Porque no me ha dicho nada.
»-Lo ignora de momento; pero no tardará en saberlo.
»- ¿ Y por quién has podido tú averiguar que ella lo ignora?
»Melmoth guardó silencio un instante; su rostro adoptó una expresión más ceñuda y
sombría que la que había mostrado últimamente; y contestó con lenta y áspera
renuencia:
»-No me hagas nunca esa pregunta; la noticia que puedo facilitarte debe ser para ti más
importante que la fuente de la que la obtengo; basta con que sepas que es cierta.
»-Perdóname, amor mío -dijo Isidora-, es probable que no vuelva a ofenderte nunca
más. ¿No me vas a perdonar mi última ofensa?
»Melmoth parecía demasiado inmerso en sus propios pensamientos para responder
siquiera a sus lágrimas. Añadió, tras una breve y sombría pausa:
»- Tu prometido viene con tu padre; el padre de Montilla ha muerto; han ultimado todas
las disposiciones para tus desposorios. Tu prometido viene a desposarse con la mujer de
otro; con él viene tu fogoso y estúpido hermano, que ha salido al encuentro de su padre
y de su futuro pariente. Se va a celebrar una fiesta en la casa con ocasión de tus
próximas nupcias... Quizá oigas hablar de un extraño invitado, que aparecerá en esa
fiesta... ¡Porque yo estaré allí!
»Isidora se quedó estupefacta de horror.
»-¡Una fiesta! -repitió-; ¡una fiesta nupcial!..., ¡pero si ya estoy casada contigo, y a
punto de ser madre!
357
»En este momento oyeron ruido de cascos de numerosos caballos que se aproximaban a
la casa; el tumulto de los criados, corriendo a abrir y recibir a los caballeros, resonó en
todos los aposentos. Y Melmoth, con un gesto que a Isidora le pareció más de amenaza
que de despedida, desapareció al instante. Una hora después, Isidora se arrodilló ante el
padre al que jamás había visto; soportó el saludo de Montilla, y aceptó el abrazo de su
hermano, quien, movido por la impaciencia de su espíritu, medio rechazó a la
temblorosa y alterada figura que se acercó a saludarle.
»Todo calló en una breve y traicionera calma. Isidora, que temblaba ante la proximidad
del peligro, vio de pronto suspendidos sus terrores. No era tan inminente como ella
recelaba; y soportó con relativa paciencia la diaria alusión a sus futuras nupcias,
mientras se sentía acosada de vez en cuando por sus confidenciales criadas que aludían
a la imposibilidad de que el acontecimiento que todos esperaban se retrasase mucho
más. Isidora lo escuchaba, lo sentía, lo soportaba todo con valor: los graves parabienes
de su padre y de su madre, las engreídas atenciones de Montilla, seguro de la esposa y
de su dote; el hosco acatamiento de su hermano que, incapaz de negar su conformidad,
andaba siempre diciendo que su hermana podía haber hecho una boda más ventajosa.
Todas estas cosas desfilaban por la mente de Isidora como un sueño: la realidad de su
existencia parecía interior; y se decía a sí misma: "Si me presentara ante el altar, y mi
mano estuviese unida a la de Montilla, Melmoth me arrancaría de él". Una irrazonada
pero honda convicción, una errabunda imagen de preternatural poder, ensombrecía su
mente cuando pensaba en Melmoth; y esta imagen, que tanto terror e inquietud le
causara en sus primeras horas de amor, constituía ahora su único recurso contra la hora
de indecible sufrimiento; como esas mujeres desventuradas de los cuentos orientales,
cuya belleza se ha atraído la temible pasión de algún genio maligno, y confían, en la
hora nupcial, en la presencia del espíritu seductor que arrancará de los brazos del
desesperado padre y del desconcertado novio a la víctima que ha escogido para sí, y
cuya loca entrega a él conferirá dignidad a esta unión tan impía y antinatural67. [...]
»El corazón de Aliaga se ensanchaba ante el próximo cumplimiento de los felices
proyectos que había forjado; y con su corazón se ensanchaba también su bolsa, que era
su depositaria; y así, decidió dar una espléndida fiesta para celebrar los esponsales de su
hija. Isidora recordó la predicción de Melmoth de un banquete fatal; y sus palabras,
"estaré allí", le infundieron una especie de temblorosa confianza. Pero mientras se
llevaban a cabo los preparativos bajo su propia supervisión -ya que era consultada a
cada instante sobre la disposición de los adornos y la decoración de los aposentos-, su
resolución flaqueaba; y mientras sus labios pronunciaban palabras incoherentes, los ojos
se le vidriaban de horror.
»La fiesta iba a consistir en un baile de máscaras; e Isidora, que imaginaba que esto
podía brindar a Melmoth una ocasión favorable para su huida, aguardaba en vano algún
asomo de esperanza, alguna alusión a la probabilidad de que este acontecimiento
facilitase una forma de desembarazarse de las trampas mortales que parecían cercarla.
Pero él no decía una sola palabra; y el apoyo en él que Isidora creía ver confirmado en
determinado momento, al siguiente se tambaleaba hasta los cimientos con ese terrible
silencio. En uno de estos momentos, cuya angustia llegaba ya a extremos insoportables
por la convicción de que su hora de peligro estaba cerca, miró a Melmoth y exclamó:
»-¡Llévame; llévame lejos de este lugar! ¡Mi existencia no es nada; no es más que un
vapor que pronto escapará; pero mi razón se siente amenazada a cada instante! ¡No
puedo soportar los horrores a los que me veo expuesta! ¡ Todo este día me he arrastrado
por las habitaciones engalanadas para mis nupcias imposibles! ¡Oh, Melmoth, si no me
67 Véase la hermosa historia de Auheta, princesa de Egipto, y Maugraby el Hechicero en los Arabian
Tales. (N. del A.)
358
amas ya, al menos apiádate de mí! ¡Sálvame de una situación de horror indecible! ¡Ten
misericordia de tu hijo, si no la tienes de mí! He estado pendiente de la expresión de tu
rostro, he esperado una palabra de aliento... ¡Pero no has dicho nada, ni me has dirigido
una mirada de esperanza! ¡Estoy desesperada!...; me es indiferente todo, aparte de los
inminentes y presentes horrores de mañana; tú has hablado de tu poder para venir y
traspasar estos muros sin que recelen ni te descubran; te has jactado de esa nube de
misterio de que puedes rodearte. ¡Oh!, ¡en este instante último de mi extremidad,
envuélveme en sus pliegues prodigiosos y deja que escape entre ellos, aunque luego me
sirvan de mortaja! ¡Piensa en la terrible noche de nuestro casamiento! Yo te seguí
entonces con temor y confianza, tu tacto disolvía toda barrera terrenal, tus pasos pisaban
un sendero desconocido, ¡Y no obstante te seguí! ¡Oh! Si verdaderamente posees ese
misterioso e inescrutable poder, que yo no me atrevo a dudar ni a creer, ejércelo sobre
mí en esta terrible necesidad; ayúdame a huir; y aunque siento que no viviré para
agradecértelo, el mudo suplicante te recordará, con sus sonrisas las lágrimas que yo
ahora derramo; ¡Y si las derramo en vano, su sonrisa tendrá una amarga elocuencia
cuando juegue con las flores de la tumba de su madre!
»Mientras ella hablaba, Melmoth guardó profundo silencio y permaneció intensamente
atento. Por último, dijo:
»-Entonces, ¿te sometes a mí?
»-¡Ay! ¿Acaso no me he sometido ya?
»-Una pregunta no es una respuesta. ¿Estás dispuesta a renunciar a todo otro vínculo, a
toda otra esperanza, y depender de mí únicamente para salir de este trance terrible?
»-¡Sí, por supuesto!
»-¿Me prometes que, si te presto el servicio que me pides, si utilizo el poder al que dices
que he recurrido, serás mía?
»-¿Tuya? ¡Ay!, ¿acaso no lo soy ya?
»-¿Abrazas entonces mi protección? ¿Buscas voluntariamente el amparo de ese poder
que yo puedo prometerte? ¿Quieres por ti misma que utilice ese poder para llevar a
efecto tu huida? Habla, ¿he interpretado correctamente tus sentimientos? No me es
posible ejercer esos poderes que me atribuyes, a menos que tú misma me pidas que lo
haga. He aguardado..., he esperado a que me lo pidieras; lo has hecho, pero ¡ojalá no
hubiese sido así! -una mueca de la más fiera agonía arrugó su rostro severo al hablar-.
Sin embargo, puedes retirar tu petición... ¡reflexiona!
»-Entonces, ¿no me salvarás de la ignominia y del peligro? ¿Es ésa la prueba de tu
amor, es ésa la presunción de tu poder? -dijo Isidora, medio frenética ante tal
morosidad.
»-Si te pido que reflexiones, si yo mismo dudo y tiemblo, es para dar tiempo al
saludable susurro de tu ángel de la guarda.
»-¡Oh!, isálvame, y serás mi ángel! -dijo Isidora, cayendo a sus pies.
»Melmoth se estremeció en todo su ser al oír estas palabras. Se levantó y la consoló, no
obstante, con promesas de seguridad, aunque con una voz que parecía anunciar la
desesperación. Luego, apartándose de ella, prorrumpió en apasionado soliloquio:
»-¡Cielos inmortales!, ¿qué es el hombre? ¡Un ser con la ignorancia, pero no con el
instinto, de los más débiles animales! Es como los pájaros; cuando tu mano, ¡oh, Tú a
quien no me atrevo a llamar Padre!, se posa sobre ellos, gritan y tiemblan, aunque su
suave presión pretende sólo conducir al errabundo otra vez a su jaula; sin embargo, para
ocultar el temor que amedrenta sus sentidos, se precipitan en la trampa que les han
tendido delante, donde será irremisible su cautividad.
»Mientras hablaba, no paraba de pasear nervioso por la habitación, hasta que sus pies
tropezaron con una silla en la que había extendido un suntuoso vestido.
359
»-¿Qué es esto? -exclamó-. ¿Qué estúpido ropón, qué ridiculez es ésta?
»-Es el vestido que vaya llevar en la fiesta de esta noche -dijo Isidora-.
Las criadas están a punto de venir, las oigo en la puerta. ¡Oh, con qué agitado corazón
vaya ponerme ese brillante disfraz! ¿Pero no me abandonarás? -añadió con violenta y
entrecortada ansiedad.
»-No temas -dijo Melmoth solemnemente-. Me has pedido ayuda, y la tendrás. ¡Que no
te tiemble más el corazón, cuando te quites ese vestido que vas a ponerte!
»Se acercaba la hora, e iban llegando los invitados. Isidora, espléndida y
fantásticamente vestida, y aliviada por la protección que la máscara proporcionaba a la
expresión de su pálido rostro, se mezcló entre los invitados. Danzó unos compases con
Mantilla, y luego rehusó seguir bailando con el pretexto de ayudar a su madre a recibir y
obsequiar a los invitados.
»Tras un suntuoso banquete, se reanudó el baile en el espacioso salón; e Isidora siguió a
la concurrencia con el corazón palpitante. Melmoth había prometido reunirse con ella a
las doce, y por el reloj, situado sobre la puerta del salón, vio que faltaba un cuarto de
hora. La manecilla seguía avanzando; marcó la hora... ¡y el reloj dio las doce
campanadas! Los ojos de Isidora, que habían estado fijos en su movimiento, se
apartaron ahora de él con desesperación. En ese momento, sintió que le tocaban
suavemente el brazo, y una de las máscaras, inclinándose hacia ella, le susurró:
»-¡Estoyaquí!
»Y añadió la señal que Melmoth y ella habían convenido para reconocerse. Isidora,
incapaz de contestar, sólo pudo hacer la señal a su vez.
»- Ven, deprisa -añadió él-. Todo está preparado para tu huida; no hay tiempo que
perder; voy a dejarte ahora, pero debes reunirte conmigo dentro de unos instantes en el
pórtico oeste; las lámparas están apagadas allí, y los criados han olvidado volverlas a
encender. ¡Ve con rapidez y sigilo!
»Desapareció a continuación, e Isidora le siguió pasados unos instantes. Aunque el
pórtico estaba a oscuras, el débil resplandor que provenía de las habitaciones
espléndidamente iluminadas le reveló la figura de Melmoth. Éste le cogió el brazo, lo
pasó bajo el suyo en silencio, y se dispuso a sacarla rápidamente del lugar.
»-¡Deténte, villano, deténte! -exclamó la voz del hermano, quien, seguido de Montilla,
saltó de la galería-. ¿Adónde te llevas a mi hermana? y tú, deshonrada, ¿adónde huyes, y
con quién?
»Melmoth trató de pasar, sosteniendo a Isidora con un brazo, mientras, con el otro
extendido, trató de evitar que se le acercasen; pero Fernán, sacando la espada, se
interpuso frontalmente en su camino, al tiempo que ordenaba a Montilla que llamase a
la casa, y arrancase a Isidora de su brazo.
»-¡Aparta, estúpido..., aparta -exclamó Melmoth-, no busques tu destrucción! No deseo
tu vida... Con una víctima de tu casa tengo suficiente. ¡Déjanos pasar si no quieres
morir!
»-¡Fanfarrón, demuestra tus palabras! -dijo Fernán lanzándole una furiosa estocada, que
Melmoth desvió fríamente con la mano-. ¡Saca tu arma, cobarde! -exclamó, exasperado
por esta acción-; ¡la próxima dará más resultado!
»Melmoth sacó lentamente su espada.
»-¡Muchacho! -dijo con voz atronadora-, si vuelvo esta punta contra ti, tu vida no valdrá
un ardite; sé prudente y déjanos pasar.
»Fernán no respondió sino con un feroz ataque, al que instantáneamente hizo frente su
adversario.
»Los alaridos de Isidora habían llegado, a la sazón, a oídos de los invitados, quienes
acudieron en multitud al jardín; los criados les siguieron con antorchas cogidas de los
360
muros adornados para tan malhadada fiesta, y la escena de lucha quedó al punto tan
iluminada como si fuese de día, y rodeada por un centenar de espectadores.
»-¡Separadles... separadles... salvadles! -gritaba Isidora, retorciéndose a los pies de su
padre y su madre, los cuales, como los demás, miraban la escena con estúpido horror-.
¡Salvad a mi hermano, salvad a mi esposo!
»Toda la espantosa verdad se agolpó en la mente de doña Clara ante estas palabras; y
lanzando una mirada de inteligencia al aterrado sacerdote, cayó desmayada al suelo. El
combate fue breve, dada la desigualdad; en dos segundos, Melmoth atravesó un par de
veces con la espada el cuerpo de Fernán, que cayó junto a Isidora, ¡Y expiró! Hubo un
silencio general de horror durante unos momentos; finalmente, el grito de "¡coged al
asesino!" brotó de todos los labios, y la multitud comenzó a estrechar el cerco en torno
a Melmoth. Éste no intentó defenderse. Retrocedió unos pasos y, envainando la espada,
les hizo atrás sólo con el brazo. Y ese movimiento, que parecía anunciar un poder
interior por encima de la fuerza física, produjo el efecto de dejar clavados a todos los
presentes en sus respectivos sitios.
»La luz de las antorchas, que los temblorosos criados sostenían para mirarle, iluminó de
lleno su rostro; y las voces de unos cuantos exclamaron con horror:
»-¡MELMOTH EL ERRABUNDO!
»-¡El mismo..., el mismo! -dijo el infortunado ser-; ¿quién se opone ahora a mi paso...,
quién quiere convertirse en mi compañero? No deseo hacer daño a nadie ahora, pero
nadie me detendrá. Ojalá hubiese cedido ese estúpido atolondrado a mi ruego, no a mi
espada; sólo había una fibra humana que vibraba en mi corazón, y se ha roto esta
noche... ¡para siempre! ¡No volveré a tentar jamás a otra mujer! ¿Por qué este torbellino,
que puede sacudir montañas y abatir ciudades con su aliento, ha tenido que bajar a
esparcir las hojas de un capullo de rosa? -mientras hablaba, sus ojos se posaron en la
figura de Isidora, que yacía a sus pies, tendida junto a la de Fernán. Se inclinó sobre ella
un momento; una pulsación, como de retorno a la vida, agitó su cuerpo. Se acercó más a
ella, y susurró de modo que no le oyeran los demás-: Isidora, ¿quieres huir conmigo?
¡Éste es el momento; todos los brazos están paralizados, todas las mentes están
congeladas hasta su centro! Isidora, levanta y ven conmigo: ¡es tu hora de salvación!
»Isidora, que reconoció la voz aunque no al que hablaba, se levantó, miró a Melmoth,
lanzó una mirada al pecho ensangrentado de Fernán, y se desplomó sobre esa sangre.
Melmoth se incorporó; hubo un ligero movimiento de hostilidad entre algunos de los
invitados; les lanzó una mirada breve y paralizadora; y los hombres se quedaron con la
mano en la espada, incapaces de desenvainarla, y los criados siguieron con sus
temblorosas antorchas en alto, como si estuviesen alumbrándole a él con involuntario
pavor. Cruzó, pues, entre el grupo sin ser molestado, hasta que llegó a donde se hallaba
Aliaga, estupefacto de horror, ante los cuerpos de sus hijos.
»-¡Desdichado viejo! -exclamó, mirándole, mientras el desgraciado padre forzaba y
dilataba sus pupilas para ver al que le hablaba; y por último, con dificultad, reconoció la
figura del desconocido, al compañero del terrible viaje de unos meses atrás-.
¡Desdichado viejo; se te advirtió, pero desoíste la advertencia; te exhorté a que salvaras
a tu hija. Yo sabía mejor que nadie su peligro; pero corriste a salvar tu oro; ¡considera
ahora el valor de la escoria que cogiste, y el precioso oro que dejaste caer! Yo me
interpuse entre mí mismo y ella; y advertí, amenacé; no tenía por qué suplicar.
¡Desdichado viejo... mira el resultado! -y se volvió lentamente para marcharse.
»Y una involuntaria exclamación de execración y horror, mitad aullido y mitad estertor,
siguió sus pasos; y el sacerdote, con una dignidad debida más a su profesión que a su
carácter, exclamó en voz alta:
»-¡Vete, maldito, y no nos turbes; vete, maldiciendo, a maldecir!
361
»-Me voy, conquistando, a conquistar -contestó Melmoth con un violento y feroz gesto
de triunfo-. ¡desdichados!, vuestros vicios, vuestras pasiones y vuestras debilidades os
convierten en mis víctimas. Echaos la culpa los unos a los otros, pero no a mí. Héroes
en vuestra culpa, pero cobardes en vuestra desesperación, os arrodillaríais a mis pies a
cambio de la terrible inmunidad con que cruzo entre vosotros en este momento. ¡Voy,
maldecido de todo corazón, pero sin llegar a ser tocado por una sola mano humana!
»Mientras se retiraba lentamente, el murmullo de un sofocado pero instintivo e
irreprimible horror y odio brotó del grupo. Pasó mirándoles con ceño, igual que un león
entre una jauría de sabuesos, y se fue sin que le molestasen ni le rozasen siquiera: no se
sacó ningún arma, no se alzó ningún brazo; llevaba la marca en la frente, y los que
pudieron leerla supieron que todo poder humano sería a la vez inútil e innecesario, y los
que no pudieron, fueron dominados por el pasivo horror. Cada espada permaneció en su
vaina mientras Melmoth abandonaba el jardín.
»-¡Dejadle en manos de Dios! -fue la exclamación general.
»-No podéis dejarle en otras peores -dijo fray José-; ciertamente, será condenado, y...
eso consolará a esta afligida familia.
__________ _ __ _
Nunc animum pietas, et materna nomina frangunt.
OVIDlO, Metamorfosis
»Menos de media hora después, dejó de resonar un solo paso en los magnificos
aposentos e iluminados jardines de Aliaga: todos se habían ido, salvo un reducido
número que se quedó, por curiosidad unos, por humanidad otros, presenciar o a
condolerse del dolor de los desventurados padres. El suntuosamente decorado jardín
presentaba ahora un aspecto horroroso a causa del contraste entre las figuras y el
escenario. Los criados parecían estatuas, con la antorchas todavía en alto; Isidora siguió
tendida junto al ensangrentado cadáver de su hermano, hasta que trataron de retirarlo;
entonces se agarró a él con una fuerza que requirió esfuerzo para separarla. Aliaga, que
no había proferido una sola palabra, y apenas podía respirar, cayó de rodillas para
maldecir a su medio exánime hija; doña Clara, que aún conservaba el corazón de mujer,
perdió todo terror hacia su marido en esta espantosa urgencia y, arrodillándos junto a él,
cogió sus manos levantadas y pugnó por impedir su maldición. Fray José, el único del
grupo que parecía poseer alguna capacidad de memoria o de juicio, dirigió
repetidamente a Isidora la pregunta:
»-¿Estáis casada, y con ese terrible ser?
»-¡Sí, estoy casada! -contestó la víctima, levantándose de junto al cadáver de su
hermano-. ¡Estoy casada! -añadió, lanzando una mirada a su espléndido vestido, y
ciñéndoselo con una frenética carcajada-. ¡Estoy casa da! -gritó Isidora-, ¡Y ahí viene el
testigo de mis nupcias!
»Mientras hablaba, algunos campesinos de la vecindad, escoltados por los criados de
don Aliaga, trajeron un cadáver, tan alterado por el horrible efectc que el tiempo
produce en todo cuerpo natural que ni el pariente más cercano lo habría podido
reconocer. Isidora se había dado cuenta al punto de que era el cuerpo del viejo criado
que tan misteriosamente desapareció la noche de su espantosas nupcias. Había sido
descubierto esa misma noche por los campesinos; estaba lacerado como si hubiese caído
362
entre las rocas, y tan desfigurado y descompuesto que no conservaba semejanza alguna
con un ser humano. Sólo se le reconoció por la librea de Aliaga, la cual, aunque muy
destrozada, aún mostraba detalles de confección que revelaban pertenecer a la
indumentaria del viejo criado.
»-¡Ahí tenéis! -exclamó Isidora con delirante energía-; ¡ahí tenéis al testigo de mi
matrimonio fatal!
»Fray José se inclinó sobre los ilegibles restos de esa naturaleza en la que un día
estuviera escrito: "Esto es un ser humano"; y, volviendo los ojos hacia Isidora, exclamó
con involuntario horror:
»-¡ Vuestro testigo es mudo!
»Cuando la desdichada Isidora era retirada de allí por los que la rodeaban, sintió los
primeros dolores del alumbramiento, y exclamó:
»-¡Oh, tendré un testigo vivo, si es que le permitís que viva!
»No tardaron en cumplirse sus palabras; fue conducida a su aposento, y unas horas
después, apenas asistida, y sin la menor compasión por parte de quienes la rodeaban, dio
a luz una niña.
»Este acontecimiento suscitó un sentimiento en la familia a la vez horrible y grotesco.
Aliaga, que había permanecido en estado de estupefacción desde la muerte de su hijo,
sólo profirió una exclamación:
»-Que la esposa del brujo y su maldita descendencia sean entregadas a las manos del
piadoso y santo Tribunal de la Inquisición.
»Después murmuró algo sobre que su propiedad sería confiscada; aunque nadie prestó
atención. Doña Clara estaba casi enajenada, dividida entre la compasión por su
desventurada hija y el hecho de ser la abuela de un demonio infante, pues como tal
consideraba a la hija de "Melmoth el Errabundo"; y fray José, mientras bautizaba a la
niña con manos temblorosas, casi esperaba que apareciese un padrino terrible y
maldijese el rito con su horrible negativa a la súplica hecha en nombre de cuanto es
sagrado para los cristianos. Se llevó a cabo, no obstante, la ceremonia bautismal, con
una omisión que el bondadoso sacerdote pasó por alto: no hubo padrino; el más humilde
criado de la casa se negó horrorizado ante la proposición de ser padrino de la hija de esa
terrible unión. La desdichada madre les oyó con dolor desde su lecho, y amó a su hija
más aún por su absoluta indigencia. [...]
»Pocas horas después había terminado la consternación de la familia, al menos en lo que
atañía a la religión. Llegaron los oficiales de la Inquisición provistos de todos los
poderes de su tribunal, y enormemente excitados por la información de que el
Errabundo, a quien buscaban desde hacía mucho tiempo, había perpetrado
recientemente un acto que podía conducirle al ámbito de su jurisdicción,
comprometiendo la vida del único ser con quien su solitaria existencia se había aliado.
»-Le ataremos con los lazos del hombre -dijo el Inquisidor General, hablando más por
lo que leía que por lo que sentía-: si rompe esos lazos, es más que hombre. Tiene esposa
e hija; y si hay en él elementos humanos, si hay algo mortal en su corazón, retorceremos
sus raíces hasta arrancárselo. [...]
»Hasta unas semanas después, no recobró Isidora totalmente su memoria. y cuando
sucedió esto, se encontró con que estaba en una prisión, con un jergón de paja por lecho,
y un crucifijo y un cráneo por todo mobiliario de su celda; la luz que penetraba por la
espesa reja pugnaba en vano por iluminar el aposento que visitaba y del que retrocedía.
Isidora miró a su alrededor; tenía suficiente claridad para ver a su hija: la apretó contra
su pecho, del que inconscientemente había sacado su febril alimento, y lloró extasiada.
»-¡Es mía! -sollozó-; ¡sólo mía! No tiene padre, ya que está en los confines del mundo,
y me ha dejado sola... ¡pero yo no estaré sola mientras te dejen a mi lado!
363
»Permaneció muchos días en aislado cautiverio sin que nadie la molestara ni la visitase.
Las personas en cuyas manos estaba tenían sólidos motivos para tratarla de este modo.
Deseaban ansiosamente que recobrase enteramente sus facultades intelectuales antes del
interrogatorio, y querían asimismo darle tiempo para que cobrase un profundo afecto a
su inocente compañera de soledad, para que así fuese poderoso instrumento en sus
manos con el que descubrir las circunstancias relativas a Melmoth que hasta ahora había
burlado el poder y penetración de la Inquisición misma. Según todas las referencias no
se sabía que el Errabundo hubiese hecho objeto de tentación a mujer alguna hasta ahora,
ni que le hubiese confiado el terrible secreto de su destino68. y se dijeron los
inquisidores: "Ahora que tenemos a Dalila en nuestras manos, no tardaremos en tener a
Sansón".
»La víspera de su interrogatorio (aunque ella no lo sabía), Isidora vio abrirse la puerta
de su celda, y aparecer una figura que, en medio de la lóbrega oscuridad que la rodeaba,
reconoció al instante: era fray José. Tras una larga pausa de mutuo horror, se arrodilló
ella en silencio para recibir su bendición, y él se la concedió con sentida solemnidad;
seguidamente, el buen sacerdote, cuyas inclinaciones, aunque algo "terrenas y
sensuales", no eran nunca "diabólicas", después de echarse la cogulla sobre el rostro
para ocultar sus sollozos, alzó la voz y "lloró amargamente".
»Isidora guardaba silencio; aunque su silencio no era de hosca apatía ni de obstinada
sequedad de conciencia. Por último, fray José se sentó a los pies del camastro, a cierta
distancia de la prisionera, que también estaba sentada, con su mejilla, por la que
resbalaba lentamente una fría lágrima, inclinada sobre su hijita.
»-Hija -dijo el sacerdote reponiéndose-, es a la indulgencia del Santo Oficio a la que
debo este permiso para visitaros.
»-Les doy las gracias -dijo Isidora, y sus lágrimas fluyeron abundantes y consoladoras.
»- También se me ha concedido permiso para deciros que vuestro interrogatorio tendrá
lugar mañana; os suplico que os preparéis para él, y si hay algo que...
»-¡Mi interrogatorio! -repitió Isidora con sorpresa, pero evidentemente sin terror-;
¿sobre qué debo ser interrogada?
»-Sobre vuestra inconcebible unión con un ser condenado y maldito –se le ahogaba la
voz de horror; y añadió-: Hija, ¿sois verdaderamente la esposa de... de... ese ser, cuyo
nombre pone la carne de gallina y los pelos de punta?
»-Lo soy.
»-¿Quiénes fueron los testigos de vuestro matrimonio, y qué mano osó uniros con ese
lazo impío y antinatural?
»-No hay testigos: nos casamos en la oscuridad. No vi forma alguna, aunque me pareció
oír una voz. Sé que sentí que una mano ponía la mía sobre la de Melmoth; su tacto era
frío como el de un muerto.
»-¡Oh, horror complicado y misterioso! -dijo el sacerdote, palideciendo y
santiguándose, con muestras de auténtico terror; apoyó la cabeza sobre su propio brazo
durante un rato, y permaneció mudo, presa de indecible emoción.
»-Padre -dijo Isidora por fin-, vos conocéis al ermitaño que vive en las ruinas del
monasterio próximo a nuestra casa; es sacerdote también; es un hombre santo: ¡él es
quien nos unió!
»Su voz había sonado temblorosa.
»-Desdichada víctima -gimió el sacerdote, sin alzar la cabeza-, no sabéis lo que decís;
ese santo hombre murió justamente la noche antes de vuestra unión.
»Siguió otra pausa de mudo horror, que el sacerdote rompió al fin.
68 A juzgar por esto, parece que desconocían la historia de Elinor Mortimer. (N. del A.)
364
»-Desventurada hija -dijo con voz lenta y solemne-, he obtenido permiso para facilitaros
el beneficio del sacramento de la confesión, antes de vuestro interrogatorio. Os exhorto
a que descarguéis vuestra alma en mí. ¿Accedéis?
»-Sí, padre. .
» -¿Me responderéis como lo haríais ante el tribunal de Dios?
»-Sí, como ante el tribunal de Dios -y mientras decía esto, se postró ante el sacerdote en
actitud de confesión. [...]
»-¿Consideráis descargado ahora el peso entero de vuestro espíritu?
»-Sí, padre.
»EI sacerdote siguió sentado, pensativo, durante largo rato. A continuación le formuló
varias preguntas extrañas acerca de Melmoth, a las que Isidora fue totalmente incapaz
de responder. Parecían resultado de esas impresiones de terror y poder sobrenatural que
en todas partes iban asociadas a su imagen. .
»-Padre -dijo Isidora, cuando hubo terminado, con voz indecisa- padre, ¿puedo
preguntar por mis desventurados padres?
»EI sacerdote movió negativamente la cabeza, en silencio. Por último, afectado por la
angustia con que ella había hecho la pregunta, dijo con renuencia que podía adivinar el
efecto que la muerte del hijo y el encarcelamiento de la hija en la Inquisición podían
producir en unos padres que se distinguían tanto por su celo por la fe católica como por
el paternal afecto.
»-¿Están con vida? -dijo Isidora.
»-Ahorraos el dolor de más preguntas, hija -dijo el sacerdote-, y estad segura de que si
la respuesta fuese tal que pudiese aliviaros, no os sería negada.
»En este momento se oyó una campana en alguna lejana parte del edificio.
»-Esa campana -dijo el sacerdote-, anuncia que se acerca la hora de vuestro
interrogatorio; adiós, y que los santos estén con vos.
»-Esperad, padre; quedaos un momento; uno solo -exclamó Isidora, interponiéndose
frenéticamente entre él y la puerta. Fray José se detuvo. Isidora se arrodilló ante él y,
ocultando el rostro entre las manos, dijo con la voz estrangulada por la agonía-: Padre,
¿creéis que... que me he perdido para siempre... para siempre?
»-Hija -dijo el sacerdote con el acento compungido, y el espíritu turbado y dubitativo-,
hija, os he dado todo el consuelo que he podido; no me exijáis más, no vaya a ser que lo
que os he dado (con muchos remordimientos de conciencia) os lo tenga que negar
ahora. Quizá os encontráis en un estado sobre el que no puedo formular ningún juicio,
ni pronunciar ninguna sentencia. Puede que Dios sea misericordioso con vos, y puede
que el Santo Tribunal os juzgue con clemencia también.
»-Esperad; esperad un instante, un instante tan sólo: quiero haceros una pregunta más -
mientras hablaba, cogió a su pálida e inocente compañera del jergón donde dormía, y la
levantó hacia el sacerdote-. Padre, decidme, ¿puede esta criatura ser hija de un
demonio? ¿Puede serlo la niñita que sonríe, que os sonríe a vos, mientras murmuráis
maldiciones contra ella? ¡Oh, le habéis asperjado agua bendita con vuestra propia
mano...! Padre, vos habéis pronunciado palabras sagradas sobre ella. Padre, que me
despedacen con sus tenazas, que me asen en sus llamas; pero ¿no escapará mi hijita, mi
hijita inocente, que os sonríe a vos? Santo padre, querido padre, volved una mirada
hacia vuestra hija -y se arrastró tras él de rodillas, sosteniendo en alto a la infeliz
criatura, cuyo débil lloriqueo y consumido cuerpo clamaban contra el encarcelamiento
al que habían condenado su infancia.
»Fray José se ablandó ante la súplica; y a punto estaba de darle muchos besos y
bendiciones a la pequeñuela, cuando sonó otra vez la campana; y apresurándose a salir,
sólo tuvo tiempo de exclamar:
365
»-¡Hija mía, que Dios os proteja!
»-Que Dios me proteja -dijo Isidora, apretando a su hijita contra su pecho.
»Sonó de nuevo la campana, e Isidora comprendió que había llegado la hora de su
juicio.
__________ _ ____ _
Fear not now the fever’s fire,
Fear not now the death-bed groan;
Pangs that torture, pains that tire
Bed-rid age with feeble moan.
MASON
»El primer interrogatorio de Isidora se desarrolló con la circunspecta formalidad que ha
distinguido siempre a los procedimientos de este tribunal. El segundo y el tercero fueron
igualmente estrictos, penetrantes e ineficaces, y el Santo Oficio empezó a comprender
que sus más altos funcionarios no estaban a la altura de la extraordinaria prisionera que
tenían ante ellos, la cual, combinando los extremos de la sencillez y la magnanimidad,
confesó todo aquello que podía incriminarla, pero soslayó, con una habilidad que dejó
frustradas todas las artes del interrogatorio inquisitorial, cualquier pregunta que se
refiriese a Melmoth.
»En el curso del primer interrogatorio aludieron a la tortura. Isidora, con cierta inocente
dignidad, adquirida de modo natural durante la primera etapa de su existencia, sonrió
ante dichas alusiones. Un oficial susurró algo a uno de los inquisidores, al observar la
singular expresión de su semblante, y no volvió a mencionarse la palabra tortura.
»Siguieron un segundo y un tercer interrogatorios, con largos intervalos entre uno y
otro, pero se observó que, cada vez, el procedimiento era menos severo, y el trato a la
prisionera más indulgente: su juventud, su belleza, su profunda sencillez de carácter y
lenguaje, fuertemente desarrollados en esta excepcional situación, y la conmovedora
circunstancia de aparecer siempre con la criatura en brazos, cuyos débiles gritos trataba
ella de acallar, mientras se inclinaba hacia delante para oír y responder a las preguntas
que le dirigían..., todos estos detalles parecieron conmover poderosamente el espíritu de
hombres que no estaban acostumbrados a dejarse impresionar por circunstancias
externas. Había también una docilidad, una sumisión, en este ser hermoso y
desventurado, un espíritu contrito y agobiado, un sentimiento de desventura por las
desgracias de su familia, una conciencia de las suyas propias, que conmovieron incluso
el corazón de los inquisidores.
»Tras repetidas sesiones, y después de no haberle podido sacar nada a la pri- sionera, un
hábil y profundo artista de la escuela de anatomía mental susurró algo al inquisidor
sobre la niña que ella tenía en brazos.
»-Ha resistido el potro -fue la respuesta.
»-Sometedla a ese otro potro -replicó; y fue aceptada la sugerencia.
»Cumplidas las usuales formalidades, se le leyó a Isidora su sentencia.
Como sospechosa de herejía, se la condenaba a encarcelamiento perpetuo en la cárcel de
la Inquisición; se le quitaría a la hija, que sería llevada a un convento, con el fin de
que...
»Aquí la prisionera interrumpió la lectura de la sentencia, y profiriendo un terrible
alarido de maternal agonía, más sonoro que ninguno de cuantos le habían arrancado
366
todos los anteriores modos de tortura, cayó postrada al suelo. Cuando recobró el
sentido, ninguna autoridad, ni terror hacia el lugar o hacia los jueces, pudieron evitar
que prorrumpiera en desgarradoras y taladrantes súplicas (que, por su energía, le
parecieron órdenes al lector de la sentencia) de que se la eximiese de la última parte de
su condena; la primera no parecía haberla impresionado lo más mínimo: no le producía
miedo ni dolor la eterna soledad, pasada en eterna tiniebla; pero lloró, y suplicó, y gritó
que no podían separarla de su hijita.
»Los jueces la oyeron con el corazón reconfortado, y en absoluto silencio. Cuando
Isidora comprendió que todo estaba perdido, se levantó de su postura de humillación y
agonía; y su persona irradió una cierta dignidad, cuando pidió con voz serena y
cambiada que no se la separase de su hija hasta el día siguiente. Tuvo también la
suficiente presencia de ánimo como para reforzar su petición con la observación de que
podía perder la vida si se la privaba demasiado repentinamente del alimento que estaba
acostumbrada a recibir de ella. Accedieron los jueces a esta súplica, y la devolvieron a
su celda. [...]
» Transcurrieron las horas. La persona que le trajo la comida se marchó sin decir
palabra; Isidora no le dijo nada tampoco. A punto de dar las doce de la noche, se abrió
la puerta de su celda, y aparecieron dos personas con indumentaria de oficiales. Se
quedaron un momento indecisos, como los heraldos ante la tienda de Aquiles; luego, al
igual que ellos, entraron. Tenían estos hombres el rostro lívido y macilento, y sus
actitudes eran totalmente pétreas y como de autómatas; sus movimientos parecían
obedecer a un puro mecanismo; sin embargo, estaban afectados. La miserable luz que
reinaba apenas hacía visible el jergón sobre el que se hallaba sentada la prisionera; pero
la intensa luz roja de la antorcha que el asistente sostenía iluminaba el arco de la puerta
bajo el que se habían detenido ambas figuras. Se acercaron con un movimiento que
pareció simultáneo e involuntario, y dijeron a la vez, en un tono que pareció brotar de
una sola boca:
»-Entregadnos a vuestra hija.
» Y con voz áspera, seca, antinatural, contestó Isidora:
»-¡Tomadla!
»Los hombres miraron por la celda; parecía como si no supiesen dónde encontrar el
fruto de la humanidad en las celdas de la Inquisición. La prisionera permaneció callada
e inmóvil durante su búsqueda. No duró mucho; el estrecho aposento, el escaso
mobiliario, apenas hacían necesaria la inspección. Cuando terminaron, empero, la
prisionera, prorrumpiendo en una violenta carcajada, exclamó:
»-¿Dónde hay que buscar a una criatura sino en el pecho de su madre? ¡Aquí, aquí está;
tomadla..., tomadla! -y la puso en brazos de ellos-. ¡Ah, qué estúpidos, buscar a mi hijita
en otro sitio que en mis brazos! ¡Ahora está en los vuestros! -gritó con una voz que
aterró a los oficiales-. ¡Lleváosla, apartadla de mí!
»Los agentes del Santo Oficio avanzaron; y la maquinalidad de sus movimientos quedó
en suspenso un instante, cuando Isidora depositó en sus manos el cadáver de la niñita.
Alrededor del cuello de la desdichada criatura, nacida en la agonía y alimentada en el
calabozo, había una señal negra que los oficiales se encargaron de hacer notar al
presentar tan extraordinaria circunstancia al Santo Oficio. Algunos la consideraron un
signo impreso por el malo en el momento de su nacimiento; otros, un horrible efecto de
la desesperación materna.
»Se decidió que la prisionera compareciese ante ellos antes de las veinticuatro horas, a
fin de que respondiese sobre las causas de la muerte de su hija. [...]
»En menos de la mitad del plazo dado, un brazo mucho más fuerte que el de la
Inquisición se hizo cargo de la prisionera; un brazo que parecía amenazar pero que se
367
extendía evidentemente para salvar, y ante cuya fuerza las barreras de la temible
Inquisición resultaban tan frágiles como el reducto de la araña que cuelga de los muros.
Isidora se estaba muriendo de una enfermedad no menos mortal que las que aparecen en
un obituario; de una herida interior incurable: tenía destrozado el corazón.
»Cuando los inquisidores se convencieron finalmente de que no podían sacarle nada
mediante tortura, tanto corporal como mental, consintieron en dejarla morir tranquila,
concediéndole su último deseo: que se permitiese visitarla a fray José. [...]
»Era medianoche, aunque no había forma de saberlo en este lugar, donde día y noche
son iguales. La vacilante lámpara fue sustituida por ese débil y desmayado resplandor
que simulaba la luz del día. La penitente se hallaba tendida en su camastro, y el
compasivo sacerdote estaba sentado junto a ella; y si su presencia no daba dignidad a la
escena, al menos la suavizaba con unas pinceladas de humanitarismo.
»-Padre -dijo la moribunda Isidora-, habéis dicho que me perdonáis.
»-Sí, hija mía -dijo el sacerdote-; me habéis asegurado que sois inocente de la muerte de
la niña.
»-No habréis llegado a pensar que pudiera ser culpable -dijo Isidora, incorporándose del
jergón ante el comentario-; sólo la conciencia de su existencia me habría mantenido con
vida, aun en el calabozo. ¡Oh!, padre, ¿cómo era posible que viviese, enterrada conmigo
en este horrible lugar casi desde el momento en que empezó a respirar? Hasta el
morboso alimento que recibía de mí se secó cuando me leyeron la sentencia. Estuvo
llorando toda la noche... Hacia el amanecer sus gemidos se hicieron más débiles, y yo
me alegré, finalmente, cesaron, y me sentí... ¡muy feliz!- pero mientras hablaba de esta
espantosa felicidad, lloró.
»-Hija mía, ¿está tu corazón libre de ese terrible y funesto lazo que lo ataba a la
desventura, y a la perdición en el más allá?
»Pasó mucho rato, antes de poder contestar; finalmente, dijo con voz entrecortada:
»-Padre, no tengo ahora fuerzas para ahondar en mi corazón ni para luchar con él. La
muerte romperá muy pronto todos los lazos que lo ataban, y es inútil predecir mi
liberación; el esfuerzo sería una agonía, una inútil agonía, pues mientras viva, tengo que
amar a mi destructor. ¡Ay! Siendo enemigo de la humanidad, ¿no era su hostilidad
inevitable y fatal para mí? Al rechazar su última y terrible tentación, al condenarle a su
destino, y preferir la sumisión a mí misma, siento que mi triunfo es completo, y mi
salvación segura.
»-Hija, no os comprendo.
»-Melmoth -dijo Isidora con un inmenso esfuerzo-, Melmoth estuvo aquí anoche; entre
estos muros de la Inquisición... ¡En esta misma celda!
»El sacerdote se santiguó con muestras del más profundo horror, y, mientras el viento
soplaba lastimero a lo largo del corredor, casi esperó que la estremecida puerta se
abriera de golpe, y se presentara el Errabundo. [...]
»-Padre, he tenido muchos sueños -contestó la penitente, sacudiendo la cabeza ante la
sugerencia del sacerdote-; muchos..., muchos delirios; pero esto no fue un sueño. He
soñado con aquel país paradisíaco donde le vi por vez primera; he soñado con las
noches en que él estaba junto a mi ventana; he temblado en sueños al oír el ruido de los
pasos de mi madre... y he tenido santas y esperanzadoras visiones, en las que se me
aparecían formas celestiales y me prometían su conversión... Pero esto que os digo no
fue un sueño: le vi anoche. Padre, estuvo aquí la noche entera; me prometió, me
aseguró, me exhortó a que aceptase la libertad y la seguridad, la felicidad y la vida. Me
dijo, y no tengo la menor duda, que, por el mismo medio por el que había entrado él,
podía llevar a efecto mi huida. Me ofreció vivir conmigo en aquella isla de la India, ese
paraíso del océano, lejos de la multitud y la persecución humana. Ofreció amarme sólo a
368
mí, y para siempre... y le escuché. ¡Oh, padre, soy muy joven, y la vida y el amor
sonaron dulcemente en mis oídos al contemplar el calabozo y verme a mí misma
muriendo en este suelo de losas! Pero cuando me susurró la terrible condición de la que
depende el cumplimiento de su promesa..., cuando me dijo que...
»Su voz se quebró por falta de fuerzas, y no pudo decir más.
»-¡Hija -dijo el sacerdote, inclinándose sobre el lecho-, hija, te conjuro, por la imagen
representada en esta cruz que sostengo en tus labios moribundos, por tus esperanzas de
salvación, la cual depende de la verdad que tú me reveles en mi calidad de sacerdote y
amigo, a que me digas la condición que ponía tu tentador!
»-Prometedme la absolución por repetir esas palabras, pues no desearía exhalar mi
último aliento al decir... lo que debo.
»-Ego te absolvo, etc. -dijo el sacerdote, e inclinó el oído para captar las palabras.
»En el instante en que fueron pronunciadas, dio un salto como si se hubiese sentado
sobre una serpiente; y, alejándose a un rincón de la celda, se tambaleó mudo de horror.
»-Padre, me habéis prometido la absolución -dijo la penitente.
»- Jam tibi dedi, moribunda -respondió el sacerdote, empleando, en la confusión de sus
pensamientos, el lenguaje de los oficios religiosos.
»-¡Moribunda, efectivamente! -dijo la doliente, dejándose caer en el lecho-; ¡padre,
dejad que sienta una mano humana en la mía mientras muero!
»-Invocad a Dios, hija -dijo el sacerdote, aplicando el crucifijo en sus fríos labios.
»- Yo amé su religión -dijo la penitente, besándolo devotamente-, la amé antes de
conocerla, y Dios debió de ser mi maestro, ¡pues no he tenido otro! ¡Oh! -exclamó, con
esa profunda convicción que sin duda conmueve a todo corazón moribundo, y cuyo eco
podría traspasar el de cualquier criatura viviente-; ¡oh, si no hubiese amado a nadie más
que a Dios, cuán profunda habría sido mi paz, cuán gloriosa mi extinción!; ahora... ¡su
imagen me persigue incluso en el borde de la tumba, en la que me hundo para huir de
ella!
»-¡Hija! -dijo el sacerdote, mientras le resbalaban lágrimas por las mejillas-, hija, tú vas
a ir a la gloria..., la lucha ha sido breve y cruel, pero la victoria es segura: las arpas
entonan un nuevo cántico, un cántico de bienvenida, ¡Y las palmas se agitan por ti en el
paraíso!
»-¡EI paraíso! -exclamó Isidora con su último aliento-; ¡allí estará él!»
__________ _ _____ _
Loud tolled the bell, the priest prayed well,
The tapers they all burned bright,
The monk her son, and her daughter the nun,
They told their beads all night!
The second night […]
The monk and th¡ nun they told their beads
As fast as they could tell,
And aye the louder grew the noise,
The faster went the bell!
The third night carne […]
The monk and the nun forgot their beads,
They fell to the ground dismayed
369
There was not a single saint in heaven
Whom they did not call to their aid!
SOUTHEY
Aquí concluyó Moncada el relato de la joven india: la víctima de la pasión de Melmoth,
así como de su destino, tan impíos e inefables la una como el otro. Y expresó su
intención de revelarle lo acontecido a otras víctimas, cuyos esqueletos se conservaban
en la cripta del judío Adonijah, en Madrid. Añadió que las circunstancias relacionadas
con ellos eran de naturaleza aún más tenebrosa y horrible que las que había contado, ya
que eran resultado de las impresiones recibidas por mentes masculinas, a las que no
había movido otra cosa que el deseo de asomarse al futuro. Comentó también que las
circunstancias de su estancia en casa del judío, su huida de ella, y la razón de su
subsiguiente llegada a Irlanda, eran casi tan extraordinarias como todo lo que hasta aquí
había referido. El joven Melmoth (cuyo nombre habrá olvidado quizá el lector), se
sintió «seriamente tentado» de pedirle que siguiese satisfaciendo su peligrosa
curiosidad, quizá con la loca esperanza de ver salir de los muros al original del retrato
que él había destruido, y proseguir personalmente la espantosa historia.
El relato del español había durado muchos días; pero al concluir, el joven Melmoth
manifestó a su invitado que estaba dispuesto a escuchar su continuación.
Acordaron reanudar la historia una noche, y el joven Melmoth y su invitado se
reunieron en el aposento acostumbrado; la noche era tormentosa y lúgubre, y la lluvia
que había caído durante todo el día parecía haber cedido ahora su puesto al viento, que
soplaba a ráfagas súbitas e impetuosas, y se calmaba de pronto como para hacer acopio
de fuerzas para la tempestad de la noche. Moncada y Melmoth acercaron sus sillas al
fuego, mirándose el uno al otro con el gesto de los hombres que desean inspirarse
mutuamente ánimo para escuchar, y contar, y están tanto más deseosos de inspirarlo
cuanto que ningu- no de los dos lo siente en su interior.
Finalmente, Moncada hizo acopio de voz y de resolución para seguir; pero al ponerse a
hablar, se dio cuenta de que no conseguía hacer que su oyente atendiese, y se detuvo.
-Me ha parecido -dijo Melmoth, contestando a su silencio-, me ha parecido oír un
ruido..., como de una persona andando por el pasillo.
-¡Chisst!, callad y escuchad -dijo Moncada-; no me gustaría que nos estuviesen
escuchando.
Callaron y contuvieron el aliento; volvió a oírse el ruido. Evidentemente, era de unos
pasos que se acercaban a la puerta. A continuación se detuvieron ante ella.
-Nos vigilan -dijo Melmoth, medio levantándose de su silla.
Pero en ese momento se abrió la puerta, y apareció una figura en la que Moncada
reconoció al protagonista de su relato y al misterioso visitante de la prisión de la
Inquisición, y Melmoth al original del retrato y al ser cuya extraña aparición le había
llenado de estupor, cuando estaba sentado junto al lecho de su tío moribundo.
La figura permaneció un instante ante la puerta; luego, avanzando lentamente, llegó al
centro de la habitación, donde se detuvo otro rato, aunque sin mirarles. Luego se acercó
con paso lento y claramente audible a la mesa junto a la que estaban sentados, y se
detuvo como un ser vivo. El profundo horror que sintieron ambos se manifestó de
diferente manera en uno y otro. Moncada se santiguó repetidamente, y trató de expresar
muchas jaculatorias. Melmoth, inmóvil en su silla, clavó sus pasmados ojos en la forma
que tenía ante sí: era, evidentemente, Melmoth el Errabundo, el mismo de hacía cien
años, el mismo que sin duda sería durante los siglos venideros, si llegaba a renovarse la
370
espantosa condición de su existencia. Su «fuerza natural no había decaído», aunque
«sus ojos estaban apagados»: aquel brillo aterrador y sobrenatural de sus órganos
visuales, aquellos faros encendidos por un fuego infernal para tentar o advertir a los
aventureros de la desesperación del peligro de esa costa en la que muchos se esuellaban
y algunos se hundían, aquella luz portentosa, no era visible ya; su forma y figura eran de
hombre normal, con la edad que reflejaba el retrato que el joven Melmoth había
destruido; pero los ojos eran como los de un muerto. [...]
Al acercarse más el Errabundo, hasta tocar la mesa su figura, Moncada y Melmoth se
levantaron de un salto, con irresistible horror, y adoptaron actitudes de defensa,
conscientes, sin embargo, de que sería vana toda defensa frente a un ser que anulaba el
poder humano y se burlaba de él. El Errabundo movió el brazo en un gesto que
expresaba desafío sin hostilidad, y el extraño y solemne acento de esa voz única que
había respirado el aire más allá del período de vida mortal, y que no había hablado
jamás sino a oídos culpables o dolientes, ni comunicado otra cosa que desesperación,
llegó lentamente hasta ellos como el uueno lejano de una tormenta.
-Mortales que estáis aquí narrando mi destino, y los sucesos que lo forman: ese destino
toca a su fin, creo, y con él acaban los sucesos que tanto excitan vuestra loca y
desdichada curiosidad. ¡Estoy aquí para hablaros yo a vosotros! ¡Yo, el ser del que
habláis, estoy aquí! ¿Quién puede hablar mejor de Melmoth el Errabundo que él mismo,
ahora que está a punto de rendir esa existencia que ha sido motivo de terror y pasmo
para el mundo? Melmoth, contempla a tu antepasado; el ser en cuyo retrato figura la
fecha de hace siglo y medio está ante ti. Moncada, aquí tenéis a un conocido de fecha
más tardía -una torva sonrisa de saludo cruzó su semblante mienuas hablaba-. No temáis
-añadió, al observar la angustia y terror de sus involuntarios oyentes-. ¿De qué tenéis
miedo? -prosiguió, al tiempo que un destello de burlona malignidad iluminaba una vez
más las cuencas de sus ojos muertos-. Vos, señor, estáis armado de vuestro rosario... y
tú, Melmoth, estás fortalecido por esa vana y desesperada curiosidad que, en otra época,
te habría convertido en mi víctima -y su rostro experimentó una fugaz pero horrible
convulsión-; ahora, en cambio, te convierte en objeto de burla para mí.
-¿Tenéis algo que apague mi sed? -añadió, sentándose.
Moncada y su compañero, dominados por un horror delirante, sintieron que se les iba la
cabeza; y el primero, con una especie de insensata confianza, llenó un vaso de agua y lo
ofreció al Errabundo con mano tan firme, aunque más fría, como si lo sirviese a alguien
sentado junto a él en humana compañía. El Errabundo se lo llevó a los labios, probó un
pequeño sorbo y, dejándolo en la mesa, habló con una risa violenta, aunque ya no feroz:
-¿Habéis visto -dijo a Moncada y a Melmoth, que miraban con ojos nublados y
confundidos esta visión, y no sabían qué pensar-, habéis visto el destino de don Juan, no
como lo remedan en vuestros mezquinos escenarios, sino tal como lo representa en los
horrores reales de su destino el escritor español?69 En él, el espectro corresponde a la
hospitalidad de su anfitrión invitándole a su vez a un banquete. El lugar es una iglesia:
llega, está iluminada por una luz misteriosa; unas manos invisibles sostienen lámparas
alimentadas por sustancias ultraterrenas para alumbrar al apóstata en su condenación.
Entra éste, yes acogido por una numerosa concurrencia: ¡los espíritus de aquellos a
quienes ha descarriado y asesinado, que se levantan de sus tumbas y, envueltos en sus
sudarios, acuden a darle la bienvenida! Al cruzar ante ellos, le exhortan con cavernosa
voz a que brinde en las copas de sangre que le ofrecen; ¡Y al pie del altar, junto al cual
se halla el espíritu de aquel a quien el parricida ha asesinado, se abre el abismo de
perdición para recibirle! Yo voy a tener que prepararme para cruzar muy pronto entre
69 Véase el drama original. (N. del A)
371
una multitud así... ¡Isidora! ¡Tu forma será la última con la que me tendré que
encontrar...! y... ¡la más terrible! Ésta es, ahora, la última gota que debo probar de la
tierra; ¡ila última que mojará mis labios mortales!
Lentamente, acabó de beberse el agua. Sus compañeros no tenían fuerzas para hablar. Él
siguió sentado, en actitud de honda meditación, y ninguno de los otros dos se atrevió a
interrumpirle.
Siguieron en silencio hasta que empezó a despuntar el día y una vaga claridad pareció
filtrarse a través de los cerrados postigos. Entonces el Errabundo alzó sus pesados ojos y
los fijó en Melmoth.
-Tu antepasado ha vuelto a casa -dijo-; sus vagabundeos han terminado. Poco importa
ahora lo que se haya dicho o creído de mí. El secreto de mi destino descansa en mí
mismo. ¿Qué más da lo que el miedo ha inventado, y la credulidad ha tenido por cierto?
Si mis crímenes han excedido a los de la mortalidad, lo mismo ocurrirá a mi castigo. He
sido un terror en la tierra, pero no un mal para sus habitantes. Nadie puede compartir mi
destino sino mediante su consentimiento... y nadie ha consentido; nadie puede sufrir mis
tremendos castigos sino por participación. Yo solo debo soportar el castigo. Si he
alargado la mano, y he comido del fruto del árbol prohibido, ¿no he sido desterrado de
la presencia de Dios, y de la región del paraíso, y enviado a vagar por los mundos de
esterilidad y de maldición por los siglos de los siglos?
»Se ha dicho de mí que el enemigo de las almas me ha concedido un grado de existencia
que rebasa el período asignado a los mortales; poder para cruzar el espacio sin obstáculo
ni demora, visitar regiones remotas con la velocidad del pensamiento, afrontar
tempestades sin la esperanza de caer fulminado, y traspasar las mazmorras, cuyos
cerrojos se vuelven grasa y estopa bajo mi mano. Se ha dicho que me ha sido concedido
este poder a fin de que pueda tentar a los desdichados en el trance espantoso de su
extremidad con la promesa de concederles la liberación y la inmunidad, a condición de
cambiar su situación conmigo. Si eso es cierto, da testimonio de una verdad
pronunciada por los labios de alguien a quien no puedo nombrar, y cuyo eco resuena en
todos los corazones humanos del mundo habitado.
»Nadie ha cambiado jamás su destino con Melmoth el Errabundo. ¡He recorrido el
mundo con ese objeto, y nadie, para ganar ese mundo, querría perder su alma! Ni
Stanton en su celda; ni vos, Moncada, en la cárcel de la Inquisición; ni Walberg, que vio
cómo perecían sus hijos a causa de las privaciones; ni... otra... Guardó silencio, y
aunque se encontraba casi al final de su oscuro y dudoso viaje, pareció lanzar una
mirada de intensa y retrospectiva angustia a la cada vez más lejana orilla de la vida, y
ver, a través de las brumas del recuerdo, una forma que se hallaba allí para despedirle.
Se levantó:
-Dejadme, si es posible, una hora de descanso. Sí, de descanso... ¡de sueño! -repitió,
contestando al mudo asombro de la mirada de sus oyentes-; ¡todavía es humana mi
existencia!...
Y una horrible y burlesca sonrisa cruzó su rostro por última vez al hablar. ¡Cuántas
veces había helado la sangre de sus víctimas esa sonrisa helada! Melmoth y Moncada
abandonaron el aposento. Y el Errabundo, recostándose en su silla, se durmió
profundamente. Se durmió; pero ¿cuáles fueron las visiones de este último sueño
terrenal?
_
____# __ _ __ _____ _ _ &# _ _ _
372
Soñó que se hallaba en la cima de un precipicio, cuyas profundidades no sería capaz de
calcular el ojo humano, de no ser por las olas espantosas de un océano de fuego que
embestía, y abrasaba, y rugía en el fondo, lanzando sus ardientes rociadas muy arriba,
mojando al soñador con su líquido sulfúreo. Todo el resplandeciente océano de abajo
estaba vivo: cada onda arrastraba un alma agonizante, y la alzaba, como alzan las olas
de los océanos terrestres un resto de naufragio o un cadáver putrefacto; profería ésta un
grito al estrellarse contra el diamantino acantilado, se hundía, y volvía a subir para
repetir el tremendo experimento. Cada ola de fuego era así impulsada con inmortal y
agonizante existencia, cada una estaba tripulada por un alma que cabalgaba sobre la
abrasadora ola con torturante esperanza, se estrellaba contra la roca con desesperación,
añadía un eterno alarido al rugido de ese océano de fuego, y se hundía para elevarse otra
vez... en vano, ¡y eternamente!
De repente, el Errabundo se encontró suspendido en mitad del precipicio. Descendía
tambaleándose, en sueños, por el despeñadero, hacia la sima; miró hacia arriba: el aire
de lo alto (pues no había cielo) sólo mostraba una negrura intensa e impenetrable...,
pero, más negro que las tinieblas, pudo distinguir un brazo gigantesco, extendido, que le
sostenía, como en broma, en la cresta de ese infernal precipicio, mientras otro brazo que
por sus movimientos parecía guardar una espantosa e invisible conjunción con el que le
sujetaba, como si perteneciesen a un ser demasiado inmenso y horrible aun para ser
concebido por la fantasía de un sueño -señalaba hacia arriba, hacia una esfera de reloj
que había en lo alto, y que los resplandores del fuego hacían terriblemente visible. Y vio
cómo giraba la misteriosa y única saeta: la vio llegar al período fijado en ciento
cincuenta años -porque en esa mística esfera estaban consignados los años, no las horas-
, y gritó; y con ese vigoroso impulso que a menudo se siente en sueños, saltó del brazo
que le sostenía para detener el movimiento de la saeta.
El impulso le precipitó al vacío, y quiso agarrarse a algo que pudiese salvarle. Su caída
parecía perpendicular; no tenía salvación: la roca era lisa como el hielo, ¡el océano de
fuego rompía a sus pies! Súbitamente, surgió un grupo de figuras que ascendía al
tiempo que caía él. Se fue cogiendo a ellas sucesivamente: primero a Stanton, luego a
Walberg, a Elinor Mortimer, a Isidora, a Moncada..., pero todos quedaron atrás.
Aunque, en su sueño, parecía cogerse a ellos para evitar la caída, todos se elevaron por
el precipicio. A todos se agarró, pero todos le abandonaron y ascendieron.
Su última mirada desesperada hacia atrás se fijó en el reloj de la eternidad; el negro
brazo levantado parecía hacer avanzar la saeta. Llegó ésta al punto designado... y cayó
él... se hundió... se abrasó... ¡gritó! Las ardientes olas se cerraron sobre su cabeza
sumergida, y el reloj de la eternidad dio su espantoso tañido. «¡Haced sitio al alma del
Errabundo!»; y las olas del océano en llamas respondieron al estrellarse contra la
diamantina roca: «¡Hay sitio para más!...»
El Errabundo se despertó.
__________ _ _ __ _
And in he came with eyes of flame,
The fiend to fetch the dead.
SOUTHEY, Old Woman of Berkeley
Hasta mediodía, no se atrevieron Melmoth y Moncada a acercarse a la puerta. Entonces
llamaron suavemente; y al ver que sus llamadas no obtenían respuesta, entraron
373
sigilosos e indecisos. El aposento se hallaba en el mismo estado en que lo habían dejado
la noche anterior, o más bien de madrugada: oscuro y silencioso; no habían sido abiertas
las contraventanas, y el Errabundo parecía dormir aún en su silla.
Al ruido de sus pasos, medio se incorporó, y preguntó qué hora era. Se la dijeron.
-Ha llegado mi hora -dijo el Errabundo-; es un trance que no debéis compartir ni
presenciar... ¡el reloj de la eternidad está a punto de sonar, pero su tañido no debe ser
escuchado por oídos mortales!
Mientras hablaba, se acercaron ellos, y vieron con horror el cambio que durante las
últimas horas se había operado en él. El espantoso fulgor de sus ojos se había apagado
ya antes de su última entrevista, pero ahora le habían aparecido arrugas de una extrema
edad en cada rasgo. Sus cabellos eran blancos como la nieve, la boca se le había
hundido, los músculos de la cara estaban flácidos y secos... era la mismísima imagen de
la vetusta y decrépita debilidad. El Errabundo se estremeció, también, ante la impresión
que su aspecto produjo visiblemente en los intrusos.
-Ya veis mi estado -exclamó-; así que ha llegado la hora. Me llaman, y debo acudir a
esa llamada: ¡mi señor tiene otra misión para mí! Cuando un meteoro se inflame en
vuestra atmósfera, cuando un cometa cruce en su ardiente trayectoria hacia el sol...
mirad hacia arriba, y quizá penséis en el espíritu condenado a guiar la llameante y
ertabunda esfera.
Su viveza, que se había elevado a una especie de júbilo salvaje, se apagó
inmediatamente, y añadió:
-Dejadme; debo estar solo las pocas horas que me quedan de existencia mortal... si es
que efectivamente son las últimas -lo dijo con un secreto estremecimiento que sus
oyentes no dejaron de notar-. En este aposento -prosiguió- abrí los ojos por primera vez;
y en él, quizá, los deba cerrar... ¡Ojalá... ojalá no hubiese nacido! [...]
»Hombres: retiraos... dejadme solo. Y cualesquiera que sean las voces y ruidos que
oigáis en el curso de la espantosa noche que se avecina, no os acerquéis a este aposento,
porque peligrarían vuestras vidas. Recordad -dijo, elevando la voz, que aún conservaba
toda su fuerza-, recordad que vuestras vidas serán el precio de vuestra insensata
curiosidad. En ese mismo lance aposté yo algo más que mi vida... ¡Y lo perdí! Os lo
advierto... ¡retiraos!
Se retiraron, y pasaron el resto de ese día sin pensar en comer siquiera, dado el intenso y
ardiente desasosiego que parecía devorar sus propias entrañas. Por la noche se
recogieron; y aunque se acostaron, no pensaron ni mucho menos en dormir.
Efectivamente, les habría sido imposible descansar. Los ruidos que a partir de la
medianoche comenzaron a oírse en el aposento del Errabundo no eran de naturaleza
alarmante al principio; pero no tardaron en cambiarse en otros de tan indescriptible
horror que Melmoth, aunque había tenido la precaución de ordenar a los criados que
fuesen a dormir a las dependencias adyacentes, empezó a temer que tales ruidos
llegasen a sus oídos; y presa él mismo de insoportable inquietud, se levantó y se puso a
pasear arriba y abajo por el pasillo que conducía a la habitación del horror. Y estando
entregado así a sus paseos, le pareció ver una figura al otro extremo del pasillo. Tan
turbados tenía los sentidos que al principio no había reconocido a Moncada. Ninguno de
los dos preguntó al otro la razón por la que estaba allí: sencillamente, se pusieron a
pasear juntos en silencio de un extremo al otro.
Poco después, los ruidos se hicieron tan terribles que a duras penas les contuvo la
espantosa advertencia del Errabundo de irrumpir en la habitación. Dichos ruidos eran de
la más diversa e indescriptible naturaleza. No podían discernir si eran alaridos de
súplica o gritos de blasfemia... aunque, secretamente, esperaban que fuesen de los
primeros.
374
Hacia el amanecer, los gritos cesaron súbitamente: callaron como inesperadamente. El
silencio que sucedió les pareció por unos segundos más terrible que todo cuanto le había
precedido. Tras consultarse el uno al otro con la mirada, echaron a correr hacia el
aposento. Entraron... estaba vacío: en su interior no había el menor vestigio de su último
ocupante.
Después de mirar por todas partes con infructuoso asombro, descubrieron una pequeña
puerta enfrente de aquella por la que habían entrado. Comunicaba con una escalera
trasera, y estaba abierta. Al acercarse, descubrieron huellas de unos pasos que parecían
como de una persona que hubiese caminado por arena mojada o barro. Eran sumamente
claras: las siguieron hasta una puerta que daba al jardín; ésta estaba abierta también.
Observaron que las huellas de pies seguían por un estrecho sendero de grava, el cual
terminaba en una cerca rota, y salía a un brezal que se extendía hasta un peñasco cuya
cima dominaba el mar. El tiempo había sido lluvioso, y pudieron seguir el rastro sin
dificultad a través del brezal. Subieron juntos a la roca.
Aunque era muy temprano, todas las gentes de allí, humildes pescadores que vivían
junto a la costa, estaban levantadas; y aseguraron a Melmoth y a su compañero que esa
noche les habían alarmado y asustado unas voces que no podían describir. Era extraño
que esos hombres, acostumbrados por naturaleza y hábitos a la exageración y a la
superstición, no utilizasen tal lenguaje en esta ocasión.
Hay una abrumadora acumulación de pruebas que anonadan la mente, anulan la lengua
y las particularidades, y extraen la verdad exprimiendo el corazón. Melmoth rechazó
con un gesto los ofrecimientos de los pescadores para acompañarle al precipicio que
dominaba el mar. Sólo le siguió Moncada.
Entre las matas de aulaga que tapizaban esta roca hasta la cima descubrieron una
especie de rastro, como si una persona se hubiese arrastrado, o la hubiesen llevado a
rastras, cuesta arriba..., un sendero por el que no había más huellas que las del ser que
era llevado a la fuerza. Melmoth y Moncada llegaron finalmente a la cima del peñasco.
Abajo estaba el mar: ¡el ancho, inmenso y profundo océano! En un risco, debajo de
ellos, vieron algo que flotaba como agitado por el viento. Melmoth se descolgó hasta
ese lugar y lo cogió. Era el pañuelo que el Errabundo llevaba alrededor del cuello la
noche anterior: ¡ése fue el último vestigio del Errabundo!
Melmoth y Moncada intercambiaron una mirada de mudo e indecible horror, y
regresaron lentamente a casa.

FIN




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