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domingo, 8 de marzo de 2009

LA FERIA DE LAS TINIEBLAS -- Ray Bradbury

LA FERIA DE LAS
TINIEBLAS
Ray Bradbury


*
Con gratitud a
Jennet Johnson que me enseñó
a escribir cuentos,
y a Snow Longley Housh
que me enseñó poesía
en Los Angeles High School
hace mucho tiempo,
y a Jack Guss
que me ayudó a escribir esta novela
no hace tanto tiempo.
El hombre ama, y ama lo que desaparece.
W. B. Yeats

*
Porque no duermen, si no hicieron mal;
y pierden el sueño si no han hecho caer a alguien.
Porque comen el pan de la maldad
y beben el vino de la violencia.
Libro de los Proverbios, 4:16-17

*
No sé todo lo que puede venir,
pero de cualquier modo, iré hacia eso riendo.
Stubb, en Moby Dick



*
PROLOGO
En primer lugar, era octubre, un mes raro para los niños. En verdad, todos los meses
son raros, de un modo o de otro. Pero los hay buenos y malos, como dicen los piratas.
Setiembre, por ejemplo, un mes malo: empiezan las clases. Pero agosto es bueno: las clases
todavía no han empezado. Julio, bueno, julio es realmente estupendo: no hay ni rastros de
clases. Junio, no hay ninguna duda, junio es el mejor de todos porque las puertas de la
escuela se abren de par en par, y para setiembre falta un millón de años.
Pero consideremos octubre. Las clases han empezado hace un mes, y uno anda al
trote corto, sin tirar de las riendas. Hay tiempo para pensar en los desperdicios que
echaremos en el porche de la Casa del viejo Prickett, en el disfraz peludo que llevaremos a
la YMCA la última noche de octubre. Y si se acerca el 20 de octubre y todo huele a humo y
el cielo del crepúsculo es anaranjado y gris, parece que la fiesta de Todos los Santos no
llegará nunca en lluvias de palos de escoba y aleteos de sábanas a la vuelta de la esquina.
Pero hubo un año raro, oscuro, largo, en el que la fiesta de Todos los Santos llegó
antes de tiempo.
Un año esa fiesta llegó el 24 de octubre, tres horas después de medianoche.
En ese entonces, Jim Nightshade, que vivía en Oak Street 97, tenía trece años, once
meses y veintitrés días; y William Halloway, que vivía en la casa de al lado, tenía trece
años, once meses y veinticuatro días. Los dos rozaban ya los catorce años, casi les
temblaban en las puntas de los dedos.
Y en esa misma semana de octubre crecieron durante la noche, y ya nunca más
fueron tan jóvenes...

*
I
LLEGADAS


*
El vendedor de pararrayos llegó poco antes de la tormenta. Vino por una calle de
Green Town, Illinois, en ese nublado día de fines de octubre, echando miradas furtivas por
encima del hombro. En alguna parte, no muy lejos, unos vastos relámpagos golpeaban la
tierra. En alguna parte la tormenta era ya evidente: una bestia enorme de dientes horribles.
El vendedor caminó arrastrando la pesada valija de cuero, donde resonaban y se
sacudían unos complicados rompecabezas de quincalla que la lengua conjuraba de puerta
en puerta, hasta que al fin llegó a un rectángulo de césped que parecía mal cortado.
No, no el césped. El vendedor alzó los ojos: dos muchachitos allá en la cima del
terraplén, tirados sobre el césped. Iguales en tamaño y en figura, los niños tallaban unos
silbatos de caña y hablaban de los tiempos pasados y de los tiempos futuros, contentos de
haber dejado huellas digitales en todos los objetos móviles de Green Town durante el
verano pasado, y huellas de pies en todos los caminos que corrían de allí al lago y del lago
al río, desde el comienzo de las clases.
—Hola, muchachos —llamó el hombre, vestido con ropas de color de tormenta—.
¿Está la familia en casa?
Los niños sacudieron la cabeza.
—Y ustedes, ¿tienen dinero?
Los niños sacudieron la cabeza.
—Bueno...
El vendedor caminó un metro, se detuvo y encorvó los hombros. De pronto creyó
sentir que las ventanas de las casas o el cielo frío le clavaban los ojos en el cuello. Se volvió
lentamente, husmeando el aire. El viento sacudía los árboles desnudos. La luz del sol
pasaba a través de una pequeña hendedura en las nubes y acuñaba en oro las últimas
hojas de los robles. Pero el sol se desvaneció, las monedas de oro se gastaron, sopló un
viento gris. El vendedor ambulante se sacudió, estremeciéndose, y subió lentamente por el
césped.
—Muchacho —dijo—, ¿cómo te llamas?
Y el primer niño, de pelo rubio-blanco como un cardo de leche, cerró un ojo, torció la
cabeza y miró al vendedor ambulante con el otro ojo, tan transparente, brillante y claro
como una gota de lluvia en el estío.
—Will —dijo el niño—, William Halloway.
El hombre de la tormenta se volvió: —¿Y tu?
El segundo niño no se movió, se quedó boca abajo sobre la hierba del otoño, como
preguntándose si inventaría o no un nombre. Tenía el pelo alborotado, espeso, y de color
lustroso, como de castaña encerada. Los ojos, clavados en algún distante lugar de sí
mismo, eran de color verde menta y cristal de roca. Al fin se llevó a la boca indiferente una
brizna seca.
—Jim Nightshade —dijo.
El vendedor de tormentas asintió como si ya lo supiera.
—Nightshade. Es todo un nombre.
—Y le va bien de veras —dijo Will Halloway—. Yo nací un minuto antes de
medianoche, el treinta de octubre. Jim nació un minuto después de medianoche; treinta y
uno de octubre.
—Víspera de Todos los Santos —dijo Jim.
Las voces se encadenaban, como si los niños hubiesen contado muchas veces esa
historia de las madres que vivían en casas vecinas, habían corrido juntas al hospital, y
habían traído dos hijos al mundo separados por unos pocos instantes; uno claro, uno
oscuro. Había una verdadera tradición de celebraciones mutuas detrás. Todos los años
Will encendía las velas de una única torta, un minuto antes de medianoche, y Jim las
apagaba soplando un minuto después, cuando empezaba el último día de octubre.
Todo esto dijo Will, excitado. Todo esto mereció la aprobación de Jim en silencio.
Todo lo escuchó el vendedor, que venía corriendo delante de la tormenta, y se había
detenido allí, titubeando, escuchando, mirándoles las caras.
—Halloway. Nightshade. ¿Así que no hay dinero?
El hombre, como deplorando tener tan buena conciencia, rebuscó en la valija y sacó
un artefacto de hierro.
—Tomad, ¡gratis! ¿Por qué? Una de estas casas será golpeada por el rayo. Sin esta
vara, ¡bum! Fuego y cenizas, carne chamuscada y brasas. ¡Ahí va!
El hombre soltó la vara. Jim no se movió. Pero Will alcanzó el hierro, y ahogó un
grito.
—Caramba, ¡qué pesado! Y raro. Nunca vi un pararrayos parecido. ¡Mira, Jim!
Y Jim, al fin, se estiró como un gato, y volvió la cabeza. Abrió los ojos verdes, y los
entornó.
El pararrayos parecía a la vez una media luna y una media cruz. En la vara principal
había pequeñas espirales, ondas y charnelas, y palabras en idiomas extraños, nombres que
trababan la lengua y rompían las mandíbulas, numerales que daban sumas
incomprensibles, pictogramas de insectos de púas y garras erizadas.
—Esto es egipcio. —Jim apuntó con la nariz a un bicho soldado al hierro—. Un
escarabajo.
—¡Así es, muchachos!
Jim bizqueó:
—Y eso de ahí: patas de moscas fenicias.
—¡Exacto!
—¿Por qué? —preguntó Jim.
—¿Por qué? —dijo el hombre—. ¿Por qué egipcio, árabe, abisinio, choctaw? Bueno,
¿qué idioma habla el viento? ¿Qué nacionalidad tiene la tormenta? ¿De qué país vienen las
lluvias? ¿De qué color es el rayo? ¿A dónde va el trueno cuando muere? Muchachos, hay
que estar listos en todos los dialectos de cualquier forma y sustancia, listos para conjurar
los fuegos de San Telmo, las bolas de luz azul que rondan la tierra y acechan como gatos,
siseando, entre dientes. Yo tengo los únicos pararrayos del mundo que oyen, sienten,
conocen y detienen cualquier tormenta, no importa el idioma, la voz, el signo. ¡No hay
trueno forastero por más estentóreo que sea que no enmudezca en contacto con esta vara!
Pero Will miraba ahora más allá del hombre.
—¿En qué casa? —dijo—. ¿En qué casa va a caer?
—¿En qué casa? Un momento, un momento. —El vendedor ambulante miró
atentamente las caras de los niños—. Hay gentes que atraen el rayo. Lo aspiran, como esos
gatos que aspiran el aliento de los bebés. Algunos tienen polaridades negativas, y otros
polaridades positivas. Algunos brillan en la oscuridad. Otros apagan todo alrededor. En
fin... los dos... yo...
—¿Cómo sabe que el rayo caerá por aquí? —dijo Jim de pronto, con los ojos
brillantes.
El vendedor titubeó apenas:
—Bueno, tengo nariz, ojos, oídos. Las dos casas, las maderas... ¡Escuchad!
Los niños escucharon. ¿Las casas se inclinaban de algún modo al viento frío de la
tarde? Quizá sí. Quizá no.
—El trueno necesita cauces, como los ríos. Uno de estos altillos es un cauce seco, que
languidece y espera al rayo. ¡Esta noche!
Jim se incorporó de un salto, feliz.
—¿Esta noche?
—¡No una tormenta cualquiera! —dijo el vendedor—. Lo asegura Tom Fury. Fury,
¿no es un buen nombre para un vendedor de pararrayos? ¿Y acaso lo elegí yo? ¡No! ¿El
nombre me arrojó a este oficio? ¡Sí! Ya mayor, vi oscuros fuegos, que saltaban por el
mundo, y perseguían a hombres aterrorizados, y pensé: trazaré mapas de tormentas y
huracanes, y luego iré corriendo delante de ellos, llevando en los puños mis bastones de
hierro, ¡mis armas milagrosas! He defendido, he protegido un millar de casas, sí, un millar
de casas temerosas de Dios. De modo que cuando os digo, muchachos, estáis en grave
peligro, oídme bien. ¡Trepad a ese techo, atornillad la vara, alta y firme, y bajad un cable a
la buena tierra antes que sea de noche!
—¡Pero en qué casa! —preguntó Will.
El vendedor de pararrayos retrocedió, se sonó la nariz en una pañoleta, y caminó
lentamente por el césped como si se acercara a una silenciosa y enorme bomba de tiempo
que estaba encendida allí cerca.
Tocó la baranda del porche en la casa de Will, pasó la mano por una viga y una tabla
del piso, y cerró los ojos y se apoyó en una pared oyendo cómo le hablaban los huesos de
la casa.
Luego, inquieto, vacilando, fue hasta la casa de al lado.
Jim se enderezó para ver mejor.
El vendedor estiró una mano tocando, acariciando, dejando que los dedos le
temblaran sobre la vieja pintura.
—Esta es la casa —dijo al fin.
Jim pareció muy orgulloso.
—Jim Nightshade, ¿es ésta tu casa? —preguntó el hombre sin volver la cabeza.
—Sí, es mi casa —dijo Jim.
—Tenía que haberlo sabido —dijo el hombre.
—Eh, ¿y yo? —dijo Will.
El vendedor de pararrayos husmeó de nuevo la casa de Will.
—No, no. Oh, algunas chispas en los desagües. La verdadera función será al lado, en
casa de los Nightshade.
El hombre cruzó rápidamente el prado y tomó la valija de cuero.
—Bueno, me voy. Llega la tormenta. No te demores, Jim, porque si no... ¡buuummm!
Te encontrarán con todas tus monedas, todos los cobres y los níqueles fundidos y
galvanizados. Abe Lincoln pegado a Miss Columbia, águilas desplumadas sobre plata,
todo azogue en tus pantalones. ¡Más todavía! Le alzas el párpado a un chico tocado por el
rayo, ¡y ahí está la última escena, en el globo del ojo, hermosa y perfecta, como un
padrenuestro escrito en una cabeza de alfiler! Una foto de cámara de cajón:¡el fuego del
cielo que cae y te golpea, y te saca el alma succionándola escaleras arriba! ¡Rápido,
muchacho! ¡Clávalo bien alto o morirás antes del alba!
Y haciendo sonar la valija repleta de varas de hierro, el vendedor dio media vuelta y
se fue, a paso redoblado, entornando los ojos para mirar el cielo, los techos, los árboles y
cerrando al fin los ojos, y apresurándose, husmeando, murmurando: —Sí, sí, cuidado, ahí
viene, la siento, lejos por ahora, pero de prisa...
Y el hombre de traje de color de tormenta se perdió en la calle, el sombrero color de
nube echado sobre los ojos; y los árboles susurraron y el cielo envejeció de pronto, y Jim y
Will se quedaron allí probando el aire, tratando de oler la electricidad, el pararrayos caído
entre ellos.
—Jim —dijo Will—. No te quedes ahí. Tu casa, dijo. ¿Pondrás o no el pararrayos?
—No —sonrió Jim—. ¿Por qué arruinarlo todo?
—¡Arruinarlo! ¿Estás loco? ¡Traigo la escalera! ¡Tú el martillo, clavos y alambre!
Pero Jim no se movió. Will echó a correr. Volvió con la escalera.
—Jim. Piensa en tu mamá. ¿Quieres que se queme?
Will trepó solo por un costado de la casa, y miró hacia abajo. Lentamente, Jim se
acercó a la escalera y empezó a subir.
El trueno sonó allá lejos, en las lomas nubosas.
El aire tenía un olor fresco y acre, sobre el techo de la casa de Jim Nightshade.
Hasta Jim tuvo que admitirlo.
2
No hay nada bajo el cielo como esos libros que tratan de curas de aguas, cuerpos
cortados en mil pedazos, o plomo fundido que cae desde lo alto de una muralla, sobre
bufones y saltimbanquis.
Así decía Jim Nightshade, y no leía otra cosa. Cuando no estudiaba el arte de asaltar
el First National Bank, era la construcción de catapultas o cómo cambiar un paraguas
negro en traje de murciélago para el baile de la media cuaresma.
Jim rebosaba de ideas.
Y Will las absorbía.
Cuando el pararrayos estuvo clavado al techo de la casa de Jim, ya había caído la
tarde; Will se sentía muy orgulloso, y Jim muy avergonzado de lo que llamaba cobardía
mutua. Terminaron de cenar, y llegó la hora de la carrera semanal hasta la biblioteca.
Como todos los niños, nunca iban caminando a ninguna parte; proponían una meta y
salían disparados. Nadie ganaba. Nadie quería ganar. Sólo querían correr para siempre, en
la amistad de las sombras juntas. Las manos de los dos tomaban al mismo tiempo los
pestillos de la biblioteca, los pechos rompían al mismo tiempo la cinta de llegada, las
zapatillas de tenis dejaban huellas paralelas de cuadrúpedo sobre los campos de arbustos,
no perdiendo ninguno, ganando los dos, salvando así la amistad para poder perderla
luego en otras ocasiones.
Y así fue en esa noche, en la que soplaba un viento tibio, luego frío, que los
transportaba al centro de la ciudad a las ocho de la noche. Iban sintiendo el aire en las alas
de los dedos y de los codos, cuando de pronto se hundieron en corrientes nuevas, un claro
río de otoño que los arrojó de cabeza en el sitio indicado.
Arriba por los escalones, ¡tres, seis, nueve, doce! ¡Toe! Las manos golpearon la puerta
de la biblioteca.
Jim y Will se sonrieron. Todo estaba tan bien: estas noches tranquilas de octubre, el
viento, y el interior de la biblioteca que los esperaba, con lámparas de pantalla verde y
polvo de papiros.
Jim escuchó.
—¿Qué es eso?
—¿Qué? ¿El viento?
Jim miró el horizonte.
—Como una música...
—No oigo ninguna música.
Jim meneó la cabeza.
—Se fue. O quizá ni siquiera estaba ahí. ¡Adelante!
Abrieron la puerta, dieron un paso, y se detuvieron.
Los abismos de la biblioteca se abrían ante ellos, esperándolos.
Allá afuera en el mundo, no era mucho lo que ocurría. Pero aquí, en esta noche
especial, en ese mundo cerrado de ladrillos de papel y cuero, podía pasar cualquier cosa,
siempre pasaba cualquier cosa. Uno escuchaba y oía los gritos de diez mil personas, gritos
tan agudos que sólo los perros alzaban las orejas. Un millón de hombres corría instalando
cañones, afilando guillotinas. Los chinos, de a cuatro en fondo, marchaban y marchaban
para siempre. Invisibles, silenciosos, sí, pero Jim y Will tenían el don de los oídos y las
narices, tanto como el de las lenguas. Esta era una fábrica de especias de países lejanos.
Aquí dormitaban los desiertos extranjeros. En el frente estaba el escritorio donde la
hermosa y anciana señorita Watriss ponía sellos purpúreos en los libros, pero allá lejos
estaban el Tibet y la Antártida, el Congo. Allá iba la señorita Wills, la otra bibliotecaria,
cruzando la Mongolia Exterior, coleccionando fragmentos de Peiping y Yokohama y las
Célebes. En el tercer corredor de libros un hombre viejo murmuraba barriendo en la
sombra, amontonando las especias caídas.
Will lo miró.
Siempre lo sorprendían, ese hombre viejo, el trabajo, el nombre.
Ese es Charles William Halloway, pensó Will, no mi abuelo, no un tío lejano y viejo,
como alguien podría pensar, sino... mi padre.
También mirándolo desde el corredor estaba papá, ¿asombrado de tener un hijo que
visitaba ese mundo solitario de veinte mil brazas de profundidad? Papá siempre parecía
aturdido cuando Will se alzaba ante él, como si se hubiesen conocido muchos años atrás, y
uno hubiera envejecido mientras el otro se conservaba joven, y esto era como un muro
entre ellos...
Lejos, el viejo sonrió.
Padre e hijo se acercaron, cuidadosamente.
—¿Eres tú, Will? Has crecido una pulgada desde esta mañana. —La mirada de
Charles Halloway cambió—. ¿Jim? Los ojos más oscuros, las mejillas más pálidas. ¿Te
quemas por las dos puntas Jim?
—Hum —dijo Jim
—No hay un lugar llamado Hum. Pero el infierno está aquí mismo, bajo la A de
Alighieri.
—Las alegorías, no las entiendo —dijo Jim.
—Qué idiota soy. —Papá se rió— Quise decir Dante. Mirad. Ilustraciones del señor
Doré, mostrándolo todo. El infierno nunca tuvo mejor aspecto. Aquí las almas se hunden
en el barro, hasta las orejas. Aquí hay alguien con el lado bueno abajo, y el lado malo
arriba.
—¡Formidable! —Jim miraba las páginas a lo largo y a lo ancho, pasándolas con el
pulgar—. ¿No hay ilustraciones de dinosaurios?
Papá meneó la cabeza.
—Eso está en el pasillo de al lado. Venid... aquí El Pterodáctilo: La cometa de la
destrucción. O si no: Tambores del Destinó: La saga de los Lagartos del Trueno. ¿Te entusiasma
eso, Jim?
—¡Estoy entusiasmado!
Papá le guiñó un ojo a Will. Will le guiñó un ojo a papá. El niño de pelo de maíz
miraba al hombre de pelo claro de luna; el niño de cara de manzana de verano delante del
hombre de cara de manzana de invierno. Papá, papá, pensó Will, bueno, bueno, se
parece... ¡se parece a mí en un espejo roto!
Y de pronto Will recordó las noches en que se levantaba a las dos de la mañana para
ir al cuarto de baño y veía en el otro extremo de la ciudad aquella luz única en las
ventanas altas de la biblioteca, y sabía que papá se había quedado allí hasta tarde,
murmurando y leyendo, solo bajo las verdes lámparas selváticas. Will se sentía divertido y
triste cuando veía esa luz, sabiendo que el viejo (se detuvo a cambiar la palabra), papá
estaba allí, en medio de tanta sombra.
—Will —dijo el viejo que también era conserje y que también era el padre de Will—.
¿Y tú?
Will se sacudió.
—¿Eh?
—¿Quieres un libro con sombrero blanco o un libro con sombrero negro?
—¿Sombrero? —dijo Will.
Papá caminaba pasando los dedos por los lomos de los libros.
—Bueno, Jim lleva sombreros negros de diez galones, y lee los libros adecuados. El
segundo apellido de Jim es Moriarty, no, Jim? Uno de estos días se mudará de Fu Manchú
a Maquiavelo, que usa sombrero de fieltro oscuro. O al doctor Fausto, un Stetson negro.
Eso deja para ti los sombreros blancos, Will. Aquí está Gandhi. El vecino es Santo Tomás.
Y en el otro estante, bueno... Buda.
—Si no te importa demasiado —dijo Will—, prefiero La Isla Misteriosa.
—¿Qué es eso de los sombreros blancos y los sombreros negros? —gruñó Jim.
—Bueno. —Papá le alcanzó a Will el libro de Julio Verne— Ocurre que hace mucho
tiempo, yo mismo tuve que elegir un color.
—¿Y qué color eligió? —dijo Jim.
Papá pareció sorprendido. Luego se rió, incómodo.
—Si necesitas preguntármelo, Jim, no sé qué ^contestarte. Will, dile a mamá que iré a
casa en seguida. Fuera de aquí los dos. ¡Señorita Watriss! ¡Ahí van los dinosaurios y las
islas, misteriosas!
La puerta de calle se cerró estrepitosamente.
Afuera un clima de estrellas corría por el océano del cielo.
—Diablos. —Jim husmeó el norte, y el sur—. ¿Dónde está la tormenta? Ese maldito
vendedor nos la prometió. Tengo que ver cómo baja ese rayo, ¡chillando por los desagües
de los techos!
Will dejó que el viento le arrugara y le volviera a planchar las ropas, la piel, el pelo, y
luego dijo débilmente:
—Llegará. A la mañana.
—¿Quién lo dijo?
—Las manchas rosadas que me aparecen en los brazos. Ellas lo dicen.
—¡Bien!
El viento se llevó a Jim.
Cometa gemela, Will levantó vuelo, siguiendo a Jim.
3
Mirando irse a los chicos, Charles Halloway luchó contra el deseo de seguirlos,
completar el grupo. Sabia lo que les estaba haciendo el viento, adonde los llevaba, hacia
qué lugares secretos que ya nunca serian tan secretos. En alguna parte, dentro de él, una
sombra se volvió como en una tumba, quejándose. Había que correr en una noche así, para
escapar a la tristeza. .
¡Miren!, pensó. Will corre porque le gusta correr. Jim corre porque algo va delante.
Y sin embargo, increíblemente, corren juntos.
Cuál será la respuesta, se preguntó caminando por la biblioteca, apagando luces,
apagando luces, y apagando luces. ¿La respuesta será esos remolinos dibujados en los
pulgares y en los dedos? ¿Por qué hay gente que es toda sacudidas de saltamontes,
antenas temblonas, ganglios que se anudan eternamente en nudos corredizos y nudos
apretados? Alimentan un horno toda la vida, un fuego en los labios, un brillo en los ojos,
desde la cuna. Los amigos de César, flacos y hambrientos. Se devoran a los oscuros, que
respiran y esperan.
Así es Jim, todo maleza y ortigas.
¿Y Will? Pero si Will es el último durazno, allá arriba en el árbol del verano. Los
chicos pasan, y uno llora, viéndolos. Se sienten bien, parecen estar bien, son buenos. Oh,
no, no son incapaces de orinar desde un puente, o de robar ocasionalmente un sacapuntas
de diez centavos, no. Pero basta verlos pasar para entender qué serán sus vidas; los
golpearán, los lastimarán, se harán daño, y siempre se preguntarán por qué, cómo puede
pasarles eso a ellos.
Pero Jim, Jim sabe lo que pasa, mira pasar las cosas, ve que comienzan y terminan, se
lame las heridas esperadas y nunca pregunta por qué: sabe. Siempre ha sabido. Alguien
supo antes que él, hace mucho tiempo, alguien que tenía lobos en la casa, y de noche
invitaba a los leones a conversar. Diablos, Jim no sabe con la mente. Pero su cuerpo sabe. Y
mientras Will se venda la última herida, Jim se hace a un lado, da media vuelta, un salto,
eludiendo el golpe inevitable.
Y allá van, Jim corriendo despacio para quedar a la par de Will, Will apresurándose
para ir a la par de Jim. Jim rompiendo dos vidrios de una casa embrujada porque Will está
ahí. Will rompiendo un vidrio en vez de ninguno porque Jim lo está mirando. Dios, cómo
ponemos nuestros dedos en la arcilla del otro. Eso es la amistad, jugar al alfarero y ver qué
formas se pueden sacar del otro.
Jim, Will, pensó, extraños. Continuad. Alguna vez me pondré al día...
La puerta de la biblioteca, que se había abierto apenas, golpeó al cerrarse.
Cinco minutos más tarde Charles Halloway entró en el bar de la esquina para su
única copa nocturna, a tiempo de oír decir a un hombre:
—...Leí que cuando se inventó el alcohol, los italianos pensaron que habían
encontrado al fin lo que buscaban desde hacía siglos. ¡El elixir de la vida! ¿Lo sabías?
—No —dijo el barman, de espaldas.
—Seguro —siguió el hombre—. Vino destilado. Siglo nueve, diez. Parecía agua. Pero
quemaba. Quiero decir, no quemaba sólo la boca y el estómago. Ardía también, y
pensaron que habían mezclado el agua y el fuego. Agua de fuego, elixir de la vida, por
Dios. No se equivocaban, quizá, pensando que era el remedio soberano, la cura milagrosa.
¿Un trago?
—Yo no lo necesito —dijo Charles Halloway—. Pero si alguien que está dentro de mí.
—¿Quién?
El niño que fui, pensó Halloway, que corre como hojas secas por las veredas en las
noches de otoño.
Pero no podía decir eso.
De modo que bebió, con los ojos cerrados, tratando de oír si aquella cosa interior se
movía otra vez, entre los huesos, puestos allí para quemarse, y que nunca se quemaban.
4
Will se detuvo. Will miró la ciudad del viernes a la noche.
Cuando en el reloj de los Tribunales sonó la primera campanada de las nueve pareció
que todas las luces estaban encendidas y las tiendas bullendo de actividad. Pero cuando la
última campanada de las nueve sacudía aún las emploma-duras en las muelas, los
peluqueros ya habían dado un tirón a las toallas, ya habían entalcado y despachado a los
clientes; ya la fuente de agua fresca de la drug-store había dejado de sisear como un nido de
víboras, el zumbido de los insectos de neón había callado en todas partes, y los espacios
centelleantes del bazar, con diez billones de adornos de metal, vidrio y papel que
esperaban al aficionado, quedaron de pronto a oscuras. Las cortinas se corrieron, las
puertas golpearon, las llaves se volvieron con un ruido de huesos en las cerraduras, la
gente huyó, y una horda de ratas de papel de diario corrió detrás, mordiéndoles los
talones.
¡Bum! ¡Y se habían ido!
—¡Eh! —gritó Will—. ¡La gente corre como si ya hubiese llegado la tormenta!
—¡Llegó! —gritó Jim—. ¡Somos nosotros!
Jim y Will fueron un trueno que golpeaba rejas de hierro, trampas metálicas, y
pasaron así delante de una docena de tiendas a oscuras, una docena iluminada a medias,
una docena que agonizaba en las sombras. La ciudad estaba muerta, y cuando llegaron a
la esquina de la United Cigar Store vieron a un indio cherokee de madera que se deslizaba
en la oscuridad.
—¡Eh!
El señor Tetley, el propietario, los miró por sobre el hombro del cherokee.
—¿Los asusté, chicos?
—¡No!
Pero Will temblaba de la cabeza a los pies, como bajo las olas de una lluvia extraña y
helada que se movía en la llanura como en una playa desierta. Cuando los relámpagos
claveteaban la ciudad, lo único que quería era estar acostado bajo dieciséis mantas y una
almohada.
—¿Señor Tetley? —dijo Will en voz baja.
Porque ahora había dos indios de madera, de pie en aquella oscuridad de tabaco
fresco. El señor Tetley se había quedado paralizado en medio de la broma y ahora
escuchaba abriendo la boca.
—¿Señor Tetley?
El señor Tetley oía algo, muy lejos, en el viento, pero no podía decir qué.
Los chicos retrocedieron.
El señor Tetley no los vio. No se movió. Se quedó allí escuchando.
Los chicos se fueron, corriendo.
En la cuarta manzana desierta, más allá de la biblioteca pública, se encontraron con el
tercer indio de madera.
El señor Crosetti, delante de la peluquería, con la llave de la puerta en los dedos
temblorosos, no vio que los niños se detenían allí.
¿Qué los había detenido?
Una lágrima.
La lágrima brillaba bajándole por la mejilla izquierda al señor Crosetti, que respiraba
penosamente.
—¡Crosetti, eres un tonto! Pasa algo, no pasa nada, ¡y tú siempre llorando como un
bebé!
El señor Crosetti olfateó el aire, aspirando una temblorosa bocanada.
—¿No huelen?
Jim y Will olieron.
—¡Regaliz!
—¡Diablos, no! ¡Barbas de algodón!
—¡Hace años que no lo huelo! —dijo el señor Crosetti.
Jim bufó:
—Está cerca.
—Sí, ¿pero quién lo nota? ¿Cuándo? Ahora mi nariz me dice:¡respira! Y yo lloro. ¿Por
qué? Porque recuerdo hace años, cuando los niños comían barbas de algodón. ¿Por qué no
me he detenido a pensar y oler en los últimos treinta años? Usted es un hombre ocupado,
señor Crosetti... —dijo Will—. No tiene tiempo.
—Tiempo, tiempo. —El señor Crosetti se secó los ojos—. ¿De dónde viene ese olor?
Nadie vende barbas de algodón en la ciudad. Sólo los circos.
—¡Eh! —dijo Will—, ¡es cierto!
—Bueno, Crosetti, sigue llorando.
El peluquero se sonó la nariz y se volvió a cerrar la puerta de la peluquería y Will
miró el poste blanco y la serpentina roja que daba vueltas saliendo de la nada, llevándose
los ojos alrededor, subiendo para desaparecer otra vez en más nada. Will se había pasado
allí innumerables mediodías, tratando de desenredar esa cinta, mirando cómo iba, venía,
terminaba y no terminaba.
El señor Crosetti extendió la mano hacia el interruptor.
—No —dijo Will, y luego, en un susurro—: No la apague.
El señor Crosetti miró el poste como si acabara de descubrir sus milagrosas
propiedades. Asintió con una leve inclinación de cabeza, los ojos mansos.
—¿De dónde viene y a dónde va, eh? ¿Quién sabe? Ni tú, ni ella, ni yo. Oh, cuántos
misterios, Dios mío. Bueno, dejémoslo así.
Es bueno saber, pensó Will, que seguirá dando vueltas hasta el amanecer, saliendo de
la nada, corriendo a la nada, mientras dormimos.
—¡Buenas noches!
—Buenas noches.
Y dejaron al peluquero en un viento que olía levemente a regaliz y barbas de
algodón.
5
Vacilando, Charles Halloway puso la mano sobre la doble puerta vaivén del bar,
como si los pelos grises del dorso de esa mano, parecidos a antenas, hubiesen sentido que
algo se deslizaba allá lejos, en la noche de octubre. Quizá algo se incendiaba en alguna
parte, y las explosiones del fuego le advertían que no se acercara más. O quizá se
avecinaba otra Edad del Hielo, y los glaciares habían matado ya a un billón de personas en
una hora. Quizá el Tiempo mismo desbordaba en un inmenso vaso, mientras una
oscuridad polvorienta caía detrás sepultándolo todo.
O quizá era sólo ese hombre vestido de oscuro, que había visto a través de las
vidrieras del bar, del otro lado de la calle. Llevaba unos rollos de papel bajo el brazo, un
cepillo y un balde en la mano libre, y ahora silbaba una canción, muy lejos de allí.
Era una canción de otras estaciones, una canción que nunca dejaba de entristecer a
Charles Halloway. Una canción incongruente para octubre, pero de veras conmovedora,
abrumadora, y no importaba en qué día o en qué mes se cantara:
Oí las campanas de Navidad
tocando las canciones familiares;
solitarias y dulces
las palabras hablaban
de paz sobre la Tierra
para los hombres de buena voluntad.
Charles Halloway se estremeció. De pronto había tenido aquella vieja impresión de
aterrorizado regocijo, unas ganas de reír y llorar al mismo tiempo viendo cómo los
inocentes de esta tierra vagaban por las calles cubiertas de nieve la víspera de Navidad,
entre hombres cansados y mujeres cansadas de caras sucias y grises de culpa, que no se
habían lavado los pecados, caras destrozadas como ventanitas de cristal por una vida que
golpea sin aviso, corre, se esconde, vuelve, y golpea otra vez.
Y entonces repicaron las campanas,
más fuertes y profundas.
Dios no ha muerto, ni duerme;
el mal cede, el bien prevalece,
y hay paz sobre la tierra
para los hombres de buena voluntad.
El silbido murió.
Charles Malloway salió a la calle. Lejos, el hombre que había silbado la canción
movía ahora los brazos junto a un poste de telégrafo, trabajando en silencio. Luego
desapareció en la puerta abierta de una tienda.
Sin saber por qué, Charles Halloway cruzó la calle mirando cómo el hombre pegaba
uno de los anuncios en el interior de la tienda desalquilada y vacía.
El hombre pasó por la puerta llevando el cepillo, el balde de engrudo, los rollos de
papeles, clavando en Charles Halloway unos ojos de un brillo lúbrico y feroz. Sonriendo,
esbozó un saludo con la mano abierta.
Halloway miró.
En la palma de la mano del hombre crecía un vello negro, fino y sedoso. Parecía
como si... La mano se cerró firmemente, se movió en el aire, y el hombre desapareció
doblando la esquina. Charles Halloway, estupefacto, sintiéndose alcanzado de pronto por
una ola de verano, se tambaleó un instante, y luego se volvió a mirar la tienda vacía.
Alguien había puesto allí dos caballetes paralelos, bajo una lámpara.
Sobre esos dos caballetes, como un túmulo de nieve y cristal, había un bloque de
hielo de dos metros de lado que brillaba con una débil luz propia, de color verde azulado,
muy pálido. Era una piedra preciosa enorme y helada que descansaba allí en la oscuridad.
En un pequeño cartón, a un lado, cerca del escaparate, podía leerse a la luz de la
lámpara este mensaje caligráfico:
El Pandemónium de las Sombras, de Cooger y Dark:
Fantoches, Circo de Marionetas.
Feria al aire libre.
Vean aquí muy pronto
una de nuestras muchas atracciones:
¡LA MUJER MAS HERMOSA DEL MUNDO!
Los ojos de Halloway saltaron del anuncio al bloque de hielo dentro de la tienda, y
luego otra vez al anuncio.
¡LA MUJER MAS HERMOSA DEL MUNDO!
Y de nuevo al largo y frío bloque de hielo.
Era un bloque de hielo como aquellos de los magos ambulantes que había visto en la
infancia, cuando la fábrica local de hielo contribuía con un trozo de invierno, y allí dentro,
durante doce horas, yacían congeladas las doncellas mientras la gente miraba y en la cruda
pantalla blanca desfilaban las comedias, y las atracciones iban y venían, y al fin las pálidas
mujeres salían deslizándose, escarchadas, liberadas por transpirados hechiceros, y
desaparecían sonriendo en la oscuridad detrás de las cortinas.
¡LA MUJER MAS HERMOSA DEL MUNDO!
Pero en este trozo de cristal de invierno solo había agua de río, congelada.
No. No estaba vacío del todo.
Halloway sintió que el corazón se le volcaba con un latido especial.
¿No había dentro de esa joya de invierno una oquedad particular, un hueco
voluptuoso, un vacío prolongado que ondulaba de arriba abajo en el hielo? ¿Y este vacío,
esta oquedad, no esperaba que lo llenaran con carne de verano, no tenía forma de... mujer?
Sí.
El hielo. Y los huecos adorables, la corriente horizontal de vacío dentro del hielo. La
adorable nada. La exquisita corriente de una sirena invisible, que desafiaba al hielo.
El hielo estaba frío.
El vacío dentro del hielo era tibio.
Charles Halloway quería irse, pero se quedó allí mucho tiempo, inmóvil, en la noche
rara, mirando una tienda vacía y los dos caballetes paralelos y el frío ataúd ártico que
esperaba ahí en la oscuridad como una Estrella de la India.
6
Jim Nightshade se detuvo en la esquina, respirando el aire fácil, con los ojos clavados
en la frondosa oscuridad de la calle Hickory.
—¿Will...?
—¡No!
Will se contuvo, sorprendido ante su propia violencia.
—Es ahí nomás. La quinta casa. Sólo un minuto, Will —rogó Jim.
—¿Un minuto...?
Will echó una ojeada a la calle.
Era la calle del Teatro.
Hasta ese verano había sido una calle cualquiera, con árboles de los que robaban
duraznos, ciruelas y damascos, de acuerdo con la estación. Pero a fines de agosto, mientras
trepaban como monos para tomar unas manzanas acidas, ocurrió "algo" que cambió las
casas, el gusto de la fruta, y el aire mismo dentro de los árboles cuchicheantes.
—¡Will! Nos espera. ¡A lo mejor está pasando algo! —siseó Jim.
A lo mejor pasa algo. Will tragó saliva, y sintió que Jim le pellizcaba el brazo.
Porque ya no era la calle de las manzanas, los duraznos o las ciruelas. Era la casa con
una ventana, y esa ventana, decía Jim, era un escenario con un telón (la cortina) levantado.
Y en esa habitación, en el extraño escenario, estaban los actores, que hablaban de asuntos
misteriosos, decían cosas indecibles, reían, suspiraban, y susurraban; había muchos
murmullos, que Will no alcanzaba a entender.
—¡La última vez, Will!
—¡Sabes que no será la última!
Jim tenía la cara encendida, las mejillas rojas, los ojos de cristal verde echando fuego.
Recordó la noche de las manzanas cuando de pronto había gritado entre dientes: —¡Oh,
ahí!
Y Will se apretó a las ramas del árbol, tieso, terriblemente excitado, y miró el Teatro,
esa escena peculiar donde las gentes,, que no se imaginaban actores, hacían volar las
camisas por encima de las cabezas, dejaban caer ropas sobre la alfombra, y se quedaban
así, de pie, torpes animales desnudos, caballos temblorosos que estiraban las manos,
tocándose.
¡Qué hacen!, pensó Will. ¿Por qué se ríen? ¿Qué les pasa? ¿Qué les pasa?
Deseó que la luz se apagara.
Pero se quedó colgado del árbol, de pronto resbaladizo, mirando la ventana brillante
del Teatro, oyendo las risas, y entumecido al fin se dejó caer, deslizándose por el tronco,
golpeó el suelo, y se puso de pie en la sombra, aturdido, mirando a Jim que seguía pegado
a una rama. Jim tenía la cara arrebatada, de color carmesí, y los labios entreabiertos. —
¡Jim, Jim! ¡Baja! —Pero Jim no oyó—. ¡Jim! —Y cuando Jim miró al fin al pie del árbol, Will
se le apareció como un ser extraño que le proponía tontamente renunciar a la vida y bajar
a tierra. De modo que Will se había ido solo, corriendo, pensando demasiado, no
pensando nada, sin saber qué pensar.
—Will, por favor...
Will miró ahora a Jim, que llevaba los libros de la biblioteca.
—Estuvimos en la biblioteca. ¿No basta?
Jim meneó la cabeza.
—Llévame los libros. —Le alcanzó a Will los libros y trotó suavemente bajo los
árboles siseantes. Tres casas más allá se volvió y llamó—: ¿Will? ¿Sabes lo que eres? ¡Un
tonto bautista episcopal!
Jim desapareció.
Will sostuvo los libros apretándolos contra el pecho, humedeciéndolos con la
transpiración de las manos.
¡No mires atrás!, pensó.
¡No miraré! ¡No miraré!
Y mirando sólo adelante, echó a caminar hacia su casa, rápido.
7
A mitad de camino, Will sintió detrás una sombra que trataba de recuperar el aliento.
—¿El teatro estaba cerrado? —dijo Will sin mirar atrás.
Jim caminó en silencio un largo rato y al fin dijo:
—Habían salido.
—¡Magnífico!
Jim escupió.
—¡Maldito predicador bautista!
Doblando la esquina, el viento empujó una pelota de hojas secas, una bola de
algodón de papel pálido que saltó y se pegó estremeciéndose a las piernas de Jim.
Will tiró del papel, riéndose, se lo sacó a Jim de las piernas, lo echó a volar. Dejó de
reír.
Los dos sintieron un escalofrío mientras miraban el susurro fugaz y el revoloteo entre
los árboles.
—Un minuto —dijo Jim lentamente.
De pronto, los dos se pusieron a gritar, corriendo, saltando.
—¡No lo rompas! ¡Cuidado!
El papel se estremecía como un parche de tambor.
—¡LLEGA EL 24 DE OCTUBRE!
Los labios se movieron siguiendo la caligrafía rococó.
—Cooger y Dark.
—¡La feria!
—¡24 de octubre! ¡Mañana!
—No puede ser —dijo Will—. No hay ferias en esta época del año. —¡A quién le
importa! ¡Mil y una maravillas! ¡Oye! ¡mefistofeles, el bebedor de lava! ¡el hombre
eléctrico! ¿el monstruo montgolfier?
—Un globo —dijo Will—. Un Montgolfier es un globo.
—¡mademoiselle tarot! —leyó Jim—. ¡el hombre colgante! ¡el demonio guillotina! ¡el
hombre ilustrado! ¡Eh!
—Un pobre viejo tatuado.
—No. Jim echó el aliento cálido sobre el papel—. Está ilustrado. Es algo especial.
¡Mira! ¡Cubierto de monstruos! Un zoológico. ¡Mira, el esqueleto! ¿No es estupendo, Will?
No el Hombre Flaco, no, ¡el esqueletos! ¡Oye! ¡la bruja del polvo! ¿Qué es una bruja del
polvo, Will?
—Una vieja gitana sucia.
—No. —Jim entornó los ojos, viendo cosas—. Una gitana que nació del polvo, creció
en el polvo y volverá al polvo.
Aquí hay más: ¡el laberinto egipcio de los espejos! ¡véase diez mil veces! ¡el templo de
las tentaciones de san antonio!
—la mujer mas— leyó Will.
—hermosa del mundo —terminó Jim.
Se miraron.
—¿Una feria puede tener la mujer más hermosa del mundo, Will?
—¿Alguna vez viste a las mujeres de las ferias, Jim?
—Parecen osos pardos. Pero como este volante dice...
—¡Oh, cállate!
—¿Te enojaste conmigo, Will?
—No, es que... ¡sujétalo!
El viento les había quitado el papel de las manos.
El volante giró por encima de los árboles, hizo una tonta cabriola, y desapareció.
—De todos modos no es cierto —gritó Will—. Las ferias no vienen tan tarde en el
año. ¡Qué estupidez! ¿Quién iría?
—Yo. —Jim estaba muy quieto, en la oscuridad.
Yo, pensó Will, viendo el relámpago de la guillotina, los espejos egipcios que
desplegaban acordeones de luz, el hombre-demonio de piel sulfurosa que bebía lava como
si fuese té verde de la China.
—Esa música —murmuró Jim—. Un órgano. ¡Tiene que llegar esta noche!
—Las ferias llegan al amanecer.
—Sí, pero ¿cómo explicas ese olor a regaliz y barbas de algodón que venía de cerca?
Y Will pensó en los olores y los sonidos que flotaban en el río del viento, desde más
allá de las casas oscuras, en el señor Tetley escuchando junto al amigo indio de madera, en
el señor Crosetti y la lágrima solitaria que le brillaba en la mejilla, el poste de la peluquería
que deslizaba la lengua roja hacia arriba y alrededor, para siempre, saliendo de ninguna
par-te y perdiéndose en la eternidad.
Los dientes le castañetearon a Will.
—Vámonos a casa.
—¡Estamos en casa! —gritó Jim, sorprendido.
Habían llegado a las dos casas sin darse cuenta, y ahora caminaban por los dos
senderos.
Desde el porche, Jim se inclinó y llamó suavemente:
—Will, ¿no estás enojado?
—Diablos, no.
—No iremos a esa calle, esa casa, al Teatro, en todo un
mes. ¡En todo un año! Te lo juro.
—Claro, Jim, claro.
Se quedaron allí un rato con las manos en los picaportes de las puertas, y Will miró el
techo de Jim donde brillaba el pararrayos bajo las estrellas frías.
La tormenta llegaba. La tormenta no llegaba.
No importaba que llegase o no. Estaba contento de que Jim tuviera ese enorme
artefacto allá arriba.
—¡Buenas noches!
—¡Buenas noches!
Las dos puertas golpearon juntas.
8
Will abrió la puerta y la cerró de nuevo. Despacio esta vez.
—Así es mejor —dijo la voz de la madre. Desde la puerta del vestíbulo Will vio el
único teatro que importaba ahora, la escena familiar en la que el padre estaba sentado (¡ya
en casa; él y Jim habían dado entonces un largo rodeo!), sosteniendo un libro, pero
leyendo los espacios en blanco. En una silla, cerca de la chimenea encendida, la madre tejía
y canturreaba como una tetera.
Will quería y no quería acercarse a ellos. Los veía cerca y los veía lejos. De pronto le
parecieron terriblemente pequeños en una habitación demasiado amplia en una ciudad
demasiado grande y en un mundo demasiado inmenso. En este lugar abierto parecían
estar a merced de cualquier cosa que pudiera irrumpir desde la noche. Y yo también,
pensó Will, y yo también. De pronto los quiso más porque eran pequeños, mucho más que
cuando los veía altos.
Los dedos se le crisparon a la madre, y ella contó con los labios; Will no había visto
nunca una mujer tan feliz. Recordó un invernáculo en un día de frío: él había apartado
unas gruesas hojas selváticas, y allí detrás, solitaria, suspendida en la fronda, había
encontrado de pronto una rosa té de invernadero.
Era la madre, que olía como leche fresca, secretamente feliz, en este cuarto.
¿Feliz? ¿Pero cómo y por qué? Allí, a unos pocos pasos, estaba el conserje, el hombre
de la biblioteca, el extraño, sin uniforme. Pero la cara de ese hombre era todavía la cara de
alguien que es más feliz de noche, solo, en las profundas bóvedas de mármol, moviendo la
escoba susurrante en los ventosos corredores.
Will los miró, preguntándose por qué esta mujer era tan feliz y por qué ese hombre
era tan triste.
El padre clavaba los ojos en el fuego y una mano le colgaba fuera del sillón. Medio
escondida en esa mano, había una arrugada pelota de papel.
Will pestañeó.
Recordó el viento y el volante blanco que saltaba volando entre los árboles. Ahora un
papel del mismo color, y que ocultaba sin duda la misma escritura rococó, estaba arrugado
en la mano del padre.
—¡Eh!
Will entró en la sala.
Inmediatamente mamá abrió una sonrisa, y fue como si hubieran encendido otro
fuego.
Papá, agobiado, parecía afligido, como si lo hubieran sorprendido en un acto
reprobable.
Will quería decir:
—¡Eh! ¿Qué piensas de ese volante.. .?
Pero papá estaba escondiéndolo en el tapizado del sillón.
Y mamá hojeaba los libros de la biblioteca pública.
—¡Oh, éstos son magníficos, Willy!
Así que Will se quedó con Cooger y Dark en la punta de la lengua y dijo:
—¡Qué viento! Nos trajo de veras a casa. En todas las calles hay papeles que vuelan.
Papá no se inmutó.
—¿Alguna novedad, papá?
La mano de papá estaba todavía a un lado del sillón. Alzó hacia Will una mirada
gris, levemente preocupada, muy cansada:
—Un león de piedra escapó de la escalera de la biblioteca. Ahora anda rondando por
la ciudad en busca de cristianos. No encontrará ninguno. Tenemos aquí en cautiverio al
único que hay, y es tan buena cocinera.
—Tonto —dijo mamá.
Mientras subía la escalera, Will oyó lo que casi estaba esperando oír.
Un suspiro suave, húmedo, como si hubieran tirado algo fresco al fuego. Se imaginó
a papá de pie frente al hogar, mirando cómo el papel se retorcía en ceniza.
cooger.. . dark... feria... bruja... maravillas...
Quería volver abajo y quedarse junto a papá, calentándose las manos al fuego. Subió
lentamente y cerró la puerta del dormitorio.
Algunas noches, cuando ya estaba en la cama, Will arrimaba la oreja a la pared para
escuchar, y si los padres hablaban de cosas que estaban bien, se quedaba así, pero si
hablaban de cosas que no estaban bien, se daba vuelta. Si se hablaba del tiempo y de los
años que pasaban, o de él mismo o de la ciudad, o sólo de ese modo en general tan poco
concluyente con que Dios maneja el mundo, Will escuchaba cálida, cómoda, secretamente,
porque esta era la charla común de papá. Will no podía hablar a menudo con papá en
ninguna parte del mundo, adentro o afuera, pero esto era distinto. Había algo en la voz de
papá, arriba, encima, abajo: una mano blanda que vuela suavemente como un pájaro
blanco, dibujando figuras aéreas, de modo que los oídos querían seguirlo, y los ojos de la
mente querían verlo.
Y esa cosa rara en la voz de papá era el sonido que tiene la verdad, cuando alguien
dice la verdad. El sonido de la verdad, en un país de mentiras ciudadanas o campesinas, es
de un encanto irresistible para cualquier muchacho. Muchas noches Will se adormecía así,
con los sentidos detenidos como relojes, mucho antes que esa voz —casi un canto—
hubiera callado. La voz de papá era la escuela de la medianoche, la lección de las horas
insondables, y el tema de la lección era la vida.
Así fue esta noche. Will cerró los ojos y apoyó la cabeza en el yeso frío. Al principio la
voz de papá, un tambor del Congo, resonaba débilmente en lejanos horizontes. La voz de
mamá (soprano del coro bautista) no cantaba, pero sus respuestas eran como un canto.
Will se imaginaba a papá, estirado en la cama, hablándole al cielo raso.
—... Will... me hace sentir viejo... un padre tendría que jugar al béisbol con su hijo...
—No necesariamente —dijo la voz bondadosa de la mujer—. Tú eres un buen padre.
—... en una mala estación. Diablos, yo tenía cuarenta años cuando nació Will. Y tú.
Lo vi con la hija de usted, me decía la gente. Mi Dios, cuando uno se acuesta todo se
confunde.
Will oyó el movimiento de un cuerpo pesado. Papá se enderezaba en la oscuridad. El
rasguido de una cerilla. Papá fumaba una pipa. El viento sacudía las ventanas.
—... Un hombre con carteles bajo el brazo...
—... Feria... —dijo la voz de la madre—... a esta altura del año...
Will quiso retirarse pero no pudo.
—... Mujer... más hermosa... del mundo —murmuró la voz de papá.
Mamá rió suavemente: —Sabes que no lo soy.
No, pensó Will, ¡eso es del volante! ¿Por qué papá no se lo dice?
Porque sí, se respondió a sí mismo. Algo ocurre. ¡Oh, algo está ocurriendo!
Will vio el papel retozando en los árboles, las palabras la mujer mas hermosa del
MUNDO, y una fiebre le encendió las mejillas. Pensó: Jim, la calle del Teatro, la gente
desnuda en el escenario de las ventanas, extraños como en una ópera china, de veras
extraños como en una vieja ópera china, judo, jiu-jitsu, rompecabezas orientales, y ahora la
voz del padre soñando, triste, más triste, tristísima, demasiado incomprensible. Y de
pronto sintió miedo porque papá no hablaba del volante que había quemado en secreto.
Will miró afuera por la ventana. ¡Allá, como una pluma de cardo! El papel blanco bailaba
en el aire.
—No —murmuró—. Ninguna feria viene tan tarde en el año. Imposible.
Se metió bajo las cobijas, encendió la luz, abrió un libro. La primera figura que vio
fue la de un reptil prehistórico que golpeaba un cielo de estrellas de un millón de años
atrás.
Caramba, pensó, con la prisa me traje un libro de Jim, y él tendrá uno mío.
Pero este era un hermoso reptil.
Y volando hacia el sueño, Will pensó que había oído al padre, inquieto, allá abajo. La
puerta de calle se abrió y se cerró. El padre volvía tarde al trabajo, sin ninguna razón, con
escobas, o libros, en el centro de la ciudad, lejos, lejos...
Y la madre dormía, contenta, sin saber que él se había ido.
9
No había nadie en el mundo que tuviera un nombre que saliera más fácilmente de la
boca: —Jim Nightshade. Soy yo.
Jim era alto, y ahora estaba tendido en cama, todo a lo largo, los huesos cómodos en
la carne, la carne cómoda sobre los huesos. Los libros de la biblioteca estaban allí cerca,
cerrados, al alcance de la mano.
Jim esperaba, los ojos oscuros como el crepúsculo, y unas ojeras que estaban allí
(decía la madre) desde los tres años, cuando habían pensado que se moría. El pelo de Jim
era oscuro como los castaños en otoño, y las venas de las sienes, la frente, el cuello, las
muñecas y el dorso de las manos flacas eran de color azul nocturno. Estaba jaspeado de
oscuridad, este Jim Nightshade, un chico que hablaba cada vez menos y sonreía cada vez
menos, a medida que pasaban los años.
Lo malo de Jim era que miraba el mundo y no podía apartar los ojos. Y cuando uno
se pasa la vida sin apartar los ojos, al llegar a los trece ya tiene veinte años de visiones del
mundo.
Will Halloway en cambio miraba siempre más allá, o por encima, o al costado. A los
trece años se había ahorrado seis de vigilancia.
Jim conocía cada centímetro de su propia sombra, hubiera podido recortarla en papel
engomado, y enrollarla y desplegarla en un mástil.. . como un estandarte.
Will se sorprendía de vez en cuando viendo que la sombra lo seguía de algún modo.
—¿Jim? ¿Estás despierto?
—Hola, mamá.
Se había abierto una puerta, que ahora se cerraba. Jim sintió en la cama el peso de la
madre.
—Pero Jim, tienes manos de hielo. No subas tanto la ventana. Cuídate un poco.
—Seguro.
—No digas seguro de ese modo. No sabes lo que es haber
tenido tres hijos y que te quede uno solo.
—Yo nunca tendré hijos.
—Eso es lo que dices.
—Lo sé. Lo sé todo.
La madre esperó un momento:
—¿Qué es lo que sabes?
—¿Para qué más gente? La gente se muere.
La voz de Jim era muy calma, muy tranquila, casi triste.
—Eso es todo —concluyó.
—Casi todo. Tú estás aquí, Jim. Si no estuvieras, yo me hubiera dado por vencida
hace mucho tiempo.
—Mamá. —Un largo silencio—. ¿Puedes recordar la cara de papá? ¿Me parezco yo a
él?
—El día que te vayas, él también se irá para siempre.
—¿Quién se va?
—Pero si acostado ahí ya te vas tan lejos, Jim. Nunca he visto a nadie que se mueva
tanto mientras duerme. Prométeme una cosa, Jim. Vayas a donde vayas, cuando vuelvas,
trae muchos chicos. Déjalos que vivan sin ataduras. Deja que yo los malcríe, algún día.
—Nunca tendré algo que pueda lastimarme.
—¿Vas a coleccionar piedras, Jim? No, un día sentirás que te lastiman.
—No.
Jim la miró. Alguien había golpeado esa cara hacía ya mucho tiempo. Las cicatrices
alrededor de los ojos no se le habían borrado nunca.
—Vivirás y te lastimarán —dijo la madre en la oscuridad—. Pero cuando ese día
llegue, dímelo. Dime adiós. ¿No sería terrible que tratara de retenerte?
La madre se levantó y fue a cerrar la ventana.
—¿Por qué les gusta a todos los chicos tener la ventana tan abierta?
—El calor de la sangre.
—El calor de la sangre. —La madre estaba sola ahora, en medio del cuarto—. Esa es
la historia de todas nuestras penas. Y no me preguntes por qué. La puerta se cerró.
Jim, solo, abrió la ventana, y se asomó a la noche clarísima. Tormenta, pensó, ¿estás
ahí?
Sí.
Sentía... allá lejos, al oeste... ¡un verdadero estruendo que crecía con violencia!
La sombra del pararrayos cruzaba la acera, allá abajo.
Jim aspiró el aire frío y lo devolvió en una larga exhalación de calor.
Pero, pensó, ¿por qué no trepo, aflojo el pararrayos y lo tiro?
¿Y entonces veremos qué pasa?
Sí.
¡Y entonces veremos qué pasa!
10
Poco después de medianoche.
Unos pasos que se arrastran.
Por la calle solitaria venía el vendedor de pararrayos. La valija de cuero se le
balanceaba casi vacía en la mano protegida por un guante de béisbol. El hombre parecía
tranquilo. Dobló en una esquina y se detuvo.
Unas blancas mariposas de papel golpeaban los escaparates de una tienda
desalquilada, y miraban dentro.
Y detrás de los vidrios, como un barco-ataúd de cristal, de color de estrella, apoyada
en dos caballetes, había una barra de hielo de la Alaska Snow Company, de considerables
dimensiones, y que hubiese podido adornar muy bien el anillo de un gigante.
Y dentro del hielo, la mujer más hermosa del mundo. El vendedor de pararrayos dejó
de sonreír.
En la soñadora frialdad del hielo, como alguien que ha caído y se ha adormecido en
una avalancha de nieve mil años atrás, joven para siempre, estaba la mujer.
Una mujer serena como la mañana, fresca como las flores del día siguiente, y tan
encantadora como cualquier doncella cuando un hombre la mira y cierra luego los ojos,
guardándola perfecta como un camafeo en las valvas de los párpados.
El vendedor de pararrayos se acordó de respirar.
Una vez, hacía tiempo, viajando entre los mármoles de Roma y Florencia, había visto
mujeres como ésta, conservadas en piedra en vez de hielo. Una vez, visitando el Louvre,
había encontrado mujeres como ésta, bañadas en el color del verano, conservadas en
pintura. Una vez, cuando era chico, espiando unas cavernas frías detrás de una pantalla de
cine, buscando un asiento vacío, había alzado los ojos, y allá, muy arriba, inundando la
oscuridad mágica, había visto la cara de una mujer como nunca había visto otra, de huesos
de leche y carne de luna, de un tamaño y una belleza tales que se había quedado allí
petrificado, solo detrás del escenario, ensombrecido por el movimiento de los labios, el
parpadeo de alas de pájaro de los ojos, el color de pálida nieve mortuoria que resplandecía
en las mejillas de la mujer.
Y así venían desde el pasado imágenes que fluían y encontraban nueva sustancia
aquí, dentro del hielo.
¿De qué color era el pelo de la mujer? Rubio, casi blanco, y quizá de cualquier color,
cuando la sacaran del hielo.
¿Era alta?
El prisma del hielo multiplicaba o disminuía la altura de la mujer según uno se
moviera a un lado o a otro ante la tienda vacía, el escaparate, las suaves mariposas de la
noche que golpeaban continuamente como dedos.
Porque por encima de todo (el vendedor de pararrayos se estremeció) él sabía algo
de veras extraordinario.
Si por algún milagro los ojos de la mujer se abrieran dentro del zafiro, y ella lo
mirara, él sabía de qué color serían esos ojos.
El sabía de qué color serían esos ojos.
Si uno entrara en esta nocturna tienda vacía...
Si uno alargara allí la mano, el calor de la mano... ¿qué?
Fundiría el hielo.
El vendedor de pararrayos se quedó allí un largo momento, con los ojos
apresuradamente apretados.
Suspiró, y el suspiro era cálido como el verano que le tocaba los dientes.
Apoyó la mano en la puerta de la tienda. La puerta se abrió, y el hombre entró
envuelto en un aire polar.
La puerta se cerró.
Las mariposas blancas como copos de nieve golpeteaban el cristal del escaparate.
11
Era medianoche y los relojes corrían hacia la una y las dos y las tres de la
madrugada, y las campanas de los carillones sacudían el polvo de los viejos juguetes en los
desvanes altos, y desprendían la plata de los espejos en desvanes todavía más altos, y
encendían sueños de relojes en todas las casas donde había niños dormidos.
Will oyó el sonido.
Lejos en la llanura el ruido sordo de una locomotora, y el paso de dragón de un tren
que la seguía deslizándose.
Will se sentó en la cama.
Como una imagen en un espejo, Jim también se sentó, del otro lado de la calle.
Se oyó el canto de un órgano, oh tan suave, que se quejaba entre dientes a un millón
de kilómetros.
En un solo movimiento, Will se asomó a la ventana, y lo mismo Jim. Sin una palabra
miraron por encima de la temblorosa marejada de árboles.
Los dormitorios estaban en los pisos altos, como tienen que estar los dormitorios de
los niños. Desde esas ventanas podían disparar las miradas a distancia de artillería, más
allá de la biblioteca, la municipalidad, la estación, las granjas, ¡hasta la pradera desierta!
Allá, a orillas del mundo, corría el hermoso destello de las vías del tren, como el
rastro de una babosa, y los semáforos movían bajo las estrellas unos brazos de color limón
o de color cereza.
Allá, en el precipicio que bordeaba la tierra, se alzó una pequeña pluma de vapor
como el primer anuncio de una tormenta próxima.
Apareció el tren, eslabón tras eslabón, máquina, carbonera, y vagones numerosos y
numerados, dormidos y cargados de sueños, que seguían el remolino de luciérnagas,
cantos y rugidos de una hoguera soñolienta en el otoño. El fuego enrojeció las colinas
asombradas. Aun desde este remoto lugar, uno podía imaginar a los hombres de brazos de
búfalo que echaban meteoros negros de carbón en las calderas abiertas. ¡La locomotora!
Los dos muchachos desaparecieron, y volvieron con los prismáticos.
—¡La locomotora!
—¡La guerra civil! ¡Ninguna chimenea como ésa desde mil novecientos!
—¡El resto del tren es todo viejo!
—¡Las banderas! ¡Las jaulas! ¡Es la feria!
Escucharon. Al principio Will creyó oír el silbido del aire que le entraba por la nariz.
Pero no... era el tren, y el gemido del órgano que lloraba dentro del tren.
—¡Parece música de iglesia!
—Demonios, ¿por qué tocarán música de iglesia en una feria?
—No digas demonios —siseó Will.
—¡Demonios! —Jim se asomó fieramente—. Me cuidé el día entero. Todos duermen
ahora, así que... ¡demonios!
La música entraba por las ventanas. Una carne de gallina levantó protuberancias en
los brazos de Will.
—Es música de iglesia, pero cambiada.
—Dios, estoy helado, ¿vamos a ver cómo se instalan?
—¿A las tres de la mañana?
—¡A las tres de la mañana!
Jim desapareció.
Durante un momento Will vio cómo Jim andaba de aquí para allá, con la camisa
levantada, los pantalones a medio poner, mientras lejos, en el campo nocturno, jadeando,
agitándose, iba este tren funerario de vagones negros, jaulas color regaliz, y un órgano
cubierto de hollín que clamaba tocando a la vez tres himnos perdidos y distintos, en un
tren que quizá no existía.
—¡La nada que pasa!
Jim bajó deslizándose por el caño de desagüe hacia el prado dormido.
—¡Jim! ¡Espera!
Will se precipitó dentro de sus ropas.
—¡Jim! ¡No vayas solo!
Y Will corrió detrás de Jim.
12
A veces se ve una cometa, volando tan alto y tan sabiamente, que parece que casi
conoce el viento. Viaja, puede posarse en un lugar determinado y no en otro, y no importa
a qué lado tires, o que corras de aquí para allá, la cometa cortará el hilo, buscará ella
misma su sitio de descanso, y tú te precipitarás a buscarla con el corazón en la boca.
—¡Jim! ¡Espérame...!
Jim era la cometa, de hilo cortado; y la sabiduría lo llevaba lejos de Will que sólo
podía correr, atado a las cosas de la tierra, detrás de alguien tan alto, oscuro y silencioso, y
extraño de pronto.
—¡Jim, allá voy!
Y mientras corría, Will pensó: es siempre lo mismo, yo hablo, Jim corre. Yo levanto
piedras, Jim recoge el tesoro helado debajo de las piedras y... ¡ya está! Yo subo a las lomas,
Jim grita desde lo alto de los campanarios. Yo tengo una libreta de ahorros, Jim tiene el
pelo en la cabeza, el grito en la boca, la camisa sobre el cuerpo y zapatillas de tenis en los
pies. ¿Por qué pienso que él tiene más cosas? Porque, decidió Will, yo me siento al sol en
una piedra y el viejo Jim baila junto con los sapos a la luz de la luna, el vello erizado en los
brazos. Yo apaciento vacas. Jim doma monstruos de Gila. ¡Idiota! le grito a Jim. ¡Cobarde!
me grita él. ¡Y allá vamos!
Dejaron atrás la ciudad, corriendo a través de los campos, y al fin se pararon en seco
bajo el puente del ferrocarril. La luna asomaba detrás de las lomas y las praderas
temblaban bajo el abrigo de rocío.
¡Buuummm!
El tren de la feria tronó sobre el puente. El órgano gimió. Jim alzó los ojos.
—¡Nadie lo toca!
—¡Jim, déjate de bromas!
—¡Por mi madre, mira!
Unos estallidos tremolaban en los tubos del órgano, que se alejaba más y más, pero
no había nadie ante el teclado. El viento echaba un aire húmedo y helado en los tubos, y
hacía la música.
Los chicos corrieron. El tren tomó la curva, tocando aquella funeraria campana
submarina, sumergida, oxidada, de color verde musgo, que doblaba y doblaba. El pito de
la locomotora lanzó una bocanada de vapor y unas perlas de hielo asomaron en la frente
de Will.
Tarde en las noches, Will había oído (¿cuántas veces?) los pitos de los trenes que
echaban vapor a lo largo de las orillas del sueño, solitarios, lejanos, no importaba qué cerca
estuvieran. A veces despertaba con lágrimas en las mejillas, se preguntaba por qué, y
tendido de espaldas escuchaba y pensaba. Sí, son ellos los que me hacen llorar, los trenes
que van hacia el este, hacia el oeste, esos trenes que se hunden en los campos, ahogados en
esas mareas de sueño que desbordan de las ciudades.
Esos trenes y sus sonidos gemebundos se perdían para siempre entre estaciones, no
recordaban dónde habían estado, no adivinaban hacia dónde podían ir, y exhalaban un
último y pálido suspiro más allá del horizonte. Así ocurría siempre, con todos los trenes.
¡Pero el silbato de este tren!
El llamado resumía los lamentos de toda una vida, de otras noches y otros años
ociosos; un aullido de perros que soñaban a la luz de la luna, vientos helados como ríos
que se escurrían por las telas de alambre en los porches de enero y paraban allí la sangre,
un llanto de mil sirenas de incendio, o algo peor, jirones deshilachados de aliento,
protestas de un billón de muertos y moribundos que no querían estar muertos, y gemían y
suspiraban entristeciendo la tierra.
Las lágrimas asomaron a los ojos de Will. Titubeó. Puso una rodilla en tierra e hizo
como que se anudaba el cordón del zapato.
En ese momento vio cómo Jim se tapaba las orejas, y que también tenía los ojos
húmedos. El silbato aulló, y Jim aulló contra el aullido. El silbato chilló, y Will chilló contra
el chillido.
El billón de voces calló, de pronto, como si el tren se hubiera precipitado a una
tormenta de fuego, fuera de la tierra.
El tren se deslizaba ahora, culebreando, agitando los gallardetes negros, arrastrando
en un viento dulce el confetti negro loma abajo. Los niños corrieron detrás, y el aire era tan
frío que cada vez que respiraban era como si comieran un helado de crema.
Subieron una última loma y miraron hacia abajo.
—Caramba —murmuró Jim.
El tren cruzaba los campos de luna de Rolfe, así llamados porque las parejas de la
ciudad iban a ver levantarse la luna en esos campos tan anchos, tan largos que eran como
un mar interior, cubiertos de hierba en primavera o de heno en el final del verano o de
nieve en invierno, y donde era bueno caminar, a lo largo de la costa ondulada, mientras la
luna subía temblando sobre la marea.
Bueno, el tren de la feria estaba ahora echado allá en la hierba del otoño, en el viejo
desvío cerca de los bosques, y los niños se arrastraron bajo un matorral, y allí se quedaron,
esperando.
—Está tan quieto —susurró Will.
El tren se había detenido en medio del seco campo de otoño. No había nadie en la
locomotora, nadie en el ténder, nadie en ninguno de los vagones, negros bajo la luna, y no
se oía otra cosa que los sonidos del metal enfriándose, latiendo sobre los rieles.
—Chist —dijo Jim—. Los siento moverse allí.
Will sintió que mil escalofríos le subían por la espalda.
—¿Te parece que les importará que miremos?
—Quizá —dijo Jim, animado.
—Y entonces, ¿por qué ese órgano ruidoso?
—Cuando lo sepa —Jim sonrió—, te lo diré. ¡Mira!
Un susurro.
Como si hubiese salido del cielo mismo, un globo enorme color verde musgo tocó la
luna.
Subió doscientos metros, tranquilamente, cabalgando en el viento.
—¡La barquilla bajo el globo! ¡Hay alguien allí!
En ese momento un hombre alto se bajó de la plataforma del furgón de cola, como un
capitán que observa las mareas de un mar interior. Vestido enteramente de negro, la cara
en la sombra, chapoteó hasta el centro del prado. La camisa era tan negra como las manos
enguantadas que estiraba hacia el cielo.
Hizo un ademán, uno solo.
Y el tren cobró vida.
Al principio, una cabeza asomó por una ventana, después un brazo, después otra
cabeza, como marionetas en un teatro de títeres. De pronto hubo dos hombres vestidos de
negro que llevaban el mástil de una tienda oscura entre las hierbas susurrantes.
Fue el silencio lo que echó a Will hacia atrás y a Jim hacia adelante, con los ojos
brillantes de luna.
Una feria ha de ser toda gruñidos, rugidos, ruidos ensordecedores de maderas
hacinadas, sacudidas y golpeadas, explosiones de polvo de león, hombres animados por la
furia del trabajo, botellas descorchadas, caballos desbocados, una estampida de máquinas
y elefantes a través de lluvias de sudor, mientras las cebras relinchan y tiemblan como
jaulas encerradas en jaulas.
Aquí era como en una película muda: un teatro silencioso habitado por fantasmas
blancos y negros, bocas de plata que se abrían para echar bocanadas de luz de luna, gestos
silenciosos, tan callados que era posible oír el viento que le siseaba a uno en el vello de las
mejillas.
Otras sombras se afanaban desde el tren, más allá de las jaulas de los animales donde
rondaba la oscuridad de ojos apagados. El órgano había enmudecido, salvo una tonada
débil e insensata que la brisa arrancaba a los tubos.
El maestro de ceremonias estaba en medio del prado. El globo parecía un queso
verde y rancio, inmóvil en el cielo. Y entonces... llegó la oscuridad.
Lo último que Will vio fue el globo que descendía, mientras las nubes enmascaraban
la luna.
En medio de la noche, Will sintió cómo los hombres corrían a cumplir menesteres
invisibles. Podía sentir el globo como una enorme araña que silbaba entre los cordajes y
los postes levantando un tapiz en el cielo.
Las nubes se apartaron. El globo subió en el aire. En el prado se alzaban los postes y
alambres del esqueleto de la tienda, esperando la piel de lona.
Las nubes se derramaron sobre la luna blanca. Envuelto en sombras, Will se
estremeció. Oyó cómo Jim gateaba hacia adelante, lo tomó por el tobillo, sintió que se
endurecía.
—iEspera! —dijo—. ¡Están trayendo la lona!
—No —dijo Jim— Oh, no...
Porque de algún modo, y los dos lo sabían, los alambres tensos en lo alto de los
postes capturaban nubes rápidas, se las arrebataban al viento en jirones que una sombra
monstruosa hilvanaba y cosía en lonas y lonas, que formaban la tienda. Al fin se oyó un
sonido de manantial: banderas que flameaban al viento. La oscuridad que estaba dentro
de la oscuridad dejó de moverse.
Will, tendido en la hierba, con los ojos cerrados, oía el golpeteo de las grandes alas,
del color del petróleo, como si un pájaro antiguo y enorme aleteara en tierra tratando de
vivir, respirar, sobrevivir en el prado nocturno.
Las nubes se dispersaron.
El globo había desaparecido.
Los hombres habían desaparecido.
Las lonas ondulaban sobre los postes como una lluvia negra.
De pronto pareció que la ciudad estaba muy lejos.
Instintivamente, Will miró hacia atrás.
Nada más que hierba y murmullos.
Lentamente, volvió a mirar las tiendas silenciosas, oscuras, en apariencia vacías.
—No me gusta esto —dijo.
Jim no podía apartar los ojos.
—Sí —dijo en voz baja—. Sí.
Will se incorporó. Jim se quedó acostado.
—¡Jim! —dijo Will.
La cabeza de Jim se sacudió como si lo hubieran abofeteado. Se puso de rodillas y se
levantó, volviéndose, pero con los ojos todavía clavados en los estandartes negros, los
letreros que anunciaban las atracciones, adornados de alas misteriosas, cuernos y sonrisas
de demonios.
Un pájaro chilló.
Jim se sobresaltó. Will sofocó un grito.
Las sombras de las nubes los persiguieron por las lomas hasta las afueras de la
ciudad.
Desde allí, siguieron corriendo solos.
13
El aire frío entraba por las ventanas abiertas de la biblioteca.
Hacia rato que Charles Halloway estaba allí de pie, inmóvil. De pronto, echó a
caminar.
Por la calle venían dos sombras, y sobre ellas dos niños, que acordaban el paso al
paso de las sombras.
—¡Jim! —llamó el anciano—. ¡Will!
Pero en una voz no muy alta.
Los dos niños se perdieron en el extremo de la calle.
Charles Halloway miró hacia el campo.
Yendo de un lado a otro por la biblioteca, sólo permitiendo que la escoba le contara
cosas que ningún otro podía oír, Charles Halloway había escuchado el silbato y los himnos
desarticulados del órgano.
—Las tres —dijo ahora, casi en voz alta—. Las tres de la mañana...
En el prado, la tienda, la feria esperaba. Esperaba a alguien, a cualquiera que vadeara
la marejada de hierba. Las grandes tiendas estaban hinchadas como fuelles. Dulcemente
exhalaban el aire, que olía a antiguas bestias amarillas.
Pero sólo la luna miraba esos huecos de oscuridad, las profundas cavernas. Afuera,
unas bestias nocturnas colgaban a medio galope sobre un carrusel.
Más allá se extendían los espacios insondables del Laberinto de Espejos, que
albergaban una multiplicación de vacías vanidades, silenciosas, serenas, plateadas por los
años, blanqueadas por el tiempo. Cualquier sombra, a la entrada del Laberinto, podría
provocar reverberaciones del color del miedo, y descubrir lunas profundamente
sepultadas.
Si un hombre se detuviese allí, ¿se vería a sí mismo repetido un billón de veces hasta
la eternidad? ¿Miraría detrás ese billón de imágenes, una cara y la siguiente y la otra, cada
una más vieja que la anterior? ¿Se encontraría ese hombre perdido en medio de un fino
polvo, muy lejos y muy profundamente un hombre no de cincuenta años sino de sesenta,
no de sesenta sino de setenta, no de setenta sino de ochenta, noventa, noventa y cinco
años?
El Laberinto no preguntó.
El Laberinto no respondió.
El Laberinto estaba allí, simplemente, esperando como un témpano ártico.
—Las tres de la mañana.
Charles Halloway sintió frío. La piel se le cambió de pronto en piel de lagarto, y una
sangre herrumbrada se le movió en el estómago. Halloway sintió en la boca un gusto a
humedad nocturna.
Sin embargo, no podía apartarse de la ventana.
Muy lejos, algo brilló en el prado.
Era el claro de luna, en un inmenso espejo.
Tal vez la luz decía algo, tal vez hablaba en clave.
Iré allá, pensó Charles Halloway. No iré.
Me gusta, pensó. No me gusta.
Un momento después, la puerta de la biblioteca se cerraba de golpe.
Yendo de vuelta a su casa, Halloway pasó frente al escaparate vacío.
Adentro había dos caballetes abandonados.
Entre los caballetes, un charco de agua. En el agua flotaban unos pocos trozos de
hielo. En el hielo había unos pocos mechones de pelo largo.
Charles Halloway miró, pero decidió no ver. Se volvió alejándose. La calle quedó tan
sola como el escaparate de la ferretería.
Lejos, en el prado, unas sombras reverberaban en el Laberinto de Espejos, como
fragmentos de la vida de alguien todavía no nacido, atrapados allí, esperando que alguien
los viviera.
Así el Laberinto esperaba, con una mirada helada y en acecho, que al menos viniera
un pájaro, mirara, viera, y echara a volar, chillando.
Pero no vino ningún pájaro.
14
—Las tres —dijo una voz.
Will escuchó, helado pero ya calentándose, feliz de sentirse entre paredes, techo,
piso, puerta, que lo apartaran de un peligro excesivo, una libertad excesiva, una noche
excesiva. —Las tres...
Era la voz de papá, en casa ahora, que caminaba allá abajo en el vestíbulo, hablando
entre dientes.
—Las tres...
Pero, pensó Will, a esa hora había llegado el tren. ¿Papá lo había visto, lo había oído,
lo había seguido?
¡No, él no! Will se dio un codazo a sí mismo. ¿Por qué no? Se estremeció. ¿De qué
tenía miedo?
¿Tenía miedo de la feria, que había llegado como una negra estampida de marejadas,
allá lejos en la costa? ¿De él mismo, Jim y papá que sabían, de la ciudad dormida que no
sabía? Sí, se dijo Will mirándose, sondeándose. Si...
—Las tres...
Las tres de la mañana, pensó Charles Halloway sentado al borde de la cama. ¿Por
qué el tren llegó a esa hora?
Porque, pensó, es una hora especial. Las mujeres nunca despiertan a esa hora. Ellas
duermen con el sueño de los bebés y los niños. ¿Pero y los hombres de mediana edad?
Conocen bien esa hora. Oh, Dios, la medianoche no es grave: uno se despierta y duerme
de nuevo. La una o las dos no son graves: uno se revuelve en la cama pero al fin se duerme
otra vez. A las cinco o a las seis de la mañana hay esperanzas, pues el amanecer está justo
debajo del horizonte. ¡Pero las tres, Cristo, las tres de la mañana! Los médicos dicen que el
cuerpo está en bajante a esa hora. El alma está afuera. La sangre se mueve lentamente. Sólo
en el momento de la muerte está uno más cerca de la muerte. El sueño es imitación de la
muerte, ¡pero estar con los ojos abiertos a las tres de la mañana es estar muerto en vida!
Uno sueña entonces con los ojos abiertos Dios, si uno tuviera fuerzas para despertar del
todo, ¡acabaría con esa duermevela a balazos! Pero no, uno se queda allí en el fondo de un
pozo insondable y seco. La luna pasa y te echa una mirada, con cara de idiota. La puesta
de sol ha quedado muy atrás, el amanecer está lejos aún, de modo que uno pasa revista a
todas las imbecilidades en que cayó alguna vez las encantadoras tonterías cometidas con
amigos tan queridos y que ahora están tan muertos... ¿Y acaso no era cierto, no había leído
él en alguna parte que los enfermos de los hospitales mueren a las tres de la mañana más
que a cualquier otra hora?
¡Basta! gritó Charles Halloway en silencio.
—¿Charlie? —dijo su mujer entredormida.
Lentamente, Charles Halloway se sacó el otro zapato.
La mujer sonrió dormida.
¿Por qué?
Ella es inmortal: tiene un hijo.
¡También tu hijo!
¿Pero qué padre lo cree realmente? No ha llevado ninguna carga, no ha sentido
ningún dolor. ¿Qué hombre hará lo que hace una mujer: acostarse en la oscuridad y
levantarse con un hijo? Ellas, las dulces, las sonrientes, conocen el buen secreto. Oh, qué
relojes extraños y maravillosos son las mujeres. Anidan en el Tiempo. Hacen la carne que
sujeta y ata la eternidad. Viven en los dones, conocen el poder, aceptan, y no necesitan
mencionarlo. ¿Para qué hablar del Tiempo cuando uno es el Tiempo y da forma a los
momentos universales, a medida que pasan, convirtiéndolos en calidez y acción? Cuántos
hombres envidian y a veces odian a estos cálidos relojes, a estas esposas que saben que
vivirán para siempre. ¿Qué hacemos entonces? Nosotros, los hombres, nos volvemos
terriblemente malignos, porque no podemos afirmarnos en el mundo ni en nosotros
mismos ni en nada. Somos ciegos a la continuidad, todo fracasa, cae, se funde, se detiene,
se pudre o huye. Y como no podemos dar forma al Tiempo, qué nos queda a los hombres.
El insomnio, los ojos abiertos y fijos.
Las tres de la mañana. Esta es nuestra recompensa. Las 3 A.M. La medianoche del
alma. La marea se retira, el alma mengua. Y un tren llega en esa hora de angustia. ¿Por
qué?
—¿Charlie...?
La mujer extendió una mano.
—¿Te sientes... bien... Charlie?
La mujer se durmió de nuevo.
Charles Halloway no contestó.
No podía decirle a ella cómo se sentía.
15
El sol se levanto amarillo como un limón.
El cielo era redondo y azul.
Los pájaros rizaban canciones de agua clara en el aire.
Will y Jim se asomaron a las ventanas.
Nada había cambiado.
Excepto la expresión de los ojos de Jim.
—Anoche... —dijo Will—. ¿Llegó o no llegó?
Se volvieron a mirar los campos lejanos.
El aire era dulce como el almíbar. No se veía ninguna sombra, ni siquiera bajo los
árboles.
—¡Seis minutos! —gritó Jim.
—¡Cinco!
Cuatro minutos más tarde, los copos de maíz a los bandazos en los estómagos, Jim y
Will salían de la ciudad aplastando hojas y cambiándolas en un fino polvo rojizo.
Respirando apenas, sofocados, alzaron los ojos del suelo que venían pisando.
Y la feria estaba allí.
—Eh...
Las tiendas eran alimonadas como el sol, cobrizas como los campos de trigo pocas
semanas atrás. Banderas y estandartes, brillantes como pájaros azules, chasqueaban contra
las lonas de color de león. De los kioscos de color caramelo el aire traía los estupendos
olores del sábado: huevos al jamón, salchichas y panqueques. En todas partes había niños
que corrían. En todas partes padres soñolientos iban detrás.
—Una feria como cualquier otra —dijo Will.
—Demonios —dijo Jim—. No estábamos ciegos anoche. ¡Vamos!
Fueron en línea recta unos cien metros hacia la entrada Principal. Y cuanto más se
acercaban, más evidente era que no encontrarían a los hombres de la noche aparejando la
sombra de un globo mientras unas tiendas extrañas se empenachaban como nubes de
tormenta. La feria era cuerdas mohosas, lonas apolilladas, oropeles desteñidos por el sol y
la lluvia. Los anuncios de las atracciones colgaban de las pértigas como albatros
melancólicos; los estandartes claqueaban y la pintura se descascaraba, estremeciéndose, y
revelando a la vez la común maravilla del hombre flaco, el hombre gordo, el hombre
tatuado, la bailarina de hula-hula...
Los niños siguieron explorando, pero no había allí ninguna esfera de medianoche
cargada de gas demoníaco y que unos misteriosos nudos orientales sujetaban a cuchillos
clavados en la tierra negra, ni ningún portero maniático que preparara terribles
venganzas. El órgano junto a la taquilla no clamaba muertes ni canturreaba unas letanías
incomprensibles. ¿El tren? Estaba en un desvío entre las hierbas cálidas y era viejo, sí, y
herrumbrado, pero parecía un titánico imán que hubiese atraído sobre sí mismo, desde los
cementerios de locomotoras de tres continentes, árboles de leva, volantes, chimeneas y
otros materiales para pesadillas de segunda mano. La locomotora no tenía un aire
mortuorio y negro. Descansaba esperando que le permitieran morir en el polvo otoñal,
exhalando un vapor de fatiga y escamas de óxido.
—¡Jim! ¡Will!
La señorita Foley, la maestra de séptimo grado, se acercaba toda sonrisas.
—Niños —dijo—, ¿qué pasa? Parece que hubieran perdido algo.
—Bueno —dijo Will—, ¿no oyó anoche el órgano?
—¿Órgano? No.
—¿Entonces cómo vino tan temprano, señorita Foley? —preguntó Jim.
—Me encantan las ferias —dijo la señorita Foley, una mujercita perdida en alguna
parte de su cincuentena gris, sonriendo alrededor—. Les compraré unas salchichas
calientes y se las comerán mientras busco al tonto de mi sobrino. ¿No lo vieron?
—¿Qué sobrino?
—Robert. Está pasando un tiempo conmigo. No tiene padre, y la madre está enferma
en Wisconsin, de modo que lo traje a casa. Se me escapó esta mañana temprano. Dijo que
nos encontraríamos aquí. ¡Pero ya se sabe lo que son los chicos! Caramba, cómo están de
sombríos. —La señorita Foley les alcanzó los sandwiches—. ¡Vamos! Un poco de
animación Las funciones empezarán dentro de diez minutos. Mientras tanto me parece
que echaré un vistazo al Laberinto de Espejos y...
—No —dijo Will.
—¿No qué? —preguntó la señorita Foley.
—No el Laberinto de Espejos. —Will calló, tragó saliva, y se quedó mirando aquellos
reflejos insondables. Allí uno nunca podría llegar al fondo. Era como si el invierno se
hubiera alzado de pronto, dispuesto a matarlo de una mirada—. Señorita Foley —dijo al
fin, y esperó a que la boca se le moviera, hablando—, no vaya.
—¿Por qué no?
Jim miraba fascinado la cara de Will.
—Sí, ¿por qué no?
—La gente se pierde —dijo Will débilmente.
—Con más razón. Robert andará por ahí, desorientado, y no encontrará la salida si
no lo saco de una oreja...
—No se sabe... —Will no podía apartar los ojos de aquellos miles de kilómetros de
vidrio ciego—.... qué puede andar flotando por ahí...
—¡Flotando! —la señorita Foley se rió. — Qué imaginación, Willy. Bueno, sí, pero soy
una vieja. Así que...
—¡Señorita Foley!
La señorita Foley saludó, se volvió, dio un paso y se desvaneció en el océano de
espejos. Jim y Will la vieron entrar, perder pie y hundirse, y hundirse todavía más, y
disolverse al fin, una mancha gris en un gris de plata.
Jim tomó a Will por el brazo.
—Will, ¿de qué hablabas?
—¡Jim, son los espejos! Lo único aquí que no me gusta. Quiero decir, lo único que es
como anoche.
—Bueno, bueno, has estado demasiado al sol —se burló Jim—. Ese laberinto...
La voz de Jim se arrastró apagándose. Aspiró el aire frío que parecía salir de una
fábrica de hielo entre reflejos altos.
—Jim, ¿estabas diciendo?
Pero Jim no decía nada. Al cabo de un rato se dio una palmada en la nuca.
—¡Es cierto! —gritó asombrado.
—¿Qué es cierto?
—¡El pelo! Lo leí toda la vida. En los cuentos de miedo, se te ponen los pelos de
punta. ¡Como los míos ahora!
—Dios, Jim, ¡los míos también!
Los dos niños se sentían clavados al suelo, sintiendo en el cuello unos deliciosos
escalofríos, y los pelos de pronto erizados como plumas sobre la cabeza.
Hubo un revoloteo de luz y sombras.
Dos, cuatro, una docena de señoritas Foley salieron a los tropezones del Laberinto de
Espejos.
Jim y Will no sabían cuál era la verdadera, de modo que saludaron a todas.
Pero ninguna de las señoritas Foley los vio o los saludó. Caminaban a ciegas, y a
ciegas clavaban las uñas en los espejos fríos.
—¡Señorita Foley!
Los ojos de la señorita Foley, abiertos como ante un estallido de polvo de magnesio,
estaban nublados de blanco, como los ojos de una estatua. La señorita Foley les habló,
hundida allá lejos, bajo los vidrios. Murmuró. Lloriqueó. Lloró. Gritó. Aulló. Golpeó los
espejos con los puños, los codos, vaciló como una polilla enceguecida por la luz, alzó las
manos contraídas como garras.
—¡Oh, Dios! ¡Socorro! —gimió— ¡Socorro! ¡Oh, Dios!
Jim y Will se adelantaron corriendo y se vieron las caras pálidas y los ojos abiertos en
los espejos.
—¡Señorita Foley, aquí! —dijo Jim golpeándose la frente contra un vidrio.
—¡Por aquí! —pero Will no encontró más que un espejo helado.
Una mano asomó saliendo de la nada. La mano de una vieja que se ahogaba
hundiéndose por última vez. Buscó algo que la salvara, cualquier cosa, Will. La señorita
Foley arrastró a Will a los abismos.
—¡Will!
—¡Jim! ¡Jim!
Y Jim sostuvo a Will y Will la sostuvo a la señorita Foley, y juntos tiraron hasta que
ella se libró de los espejos que se adelantaban precipitándose en silencio, en olas que
venían desde el mar desolado.
Salieron todos a la luz del sol.
La señorita Foley, tocándose con una mano la mejilla lastimada, gimió, murmuró, y
luego se echó a reír, y se enjugó los ojos, jadeando.
—Gracias, Will, Jim, oh gracias, ¡me hubiera ahogado! Quiero decir... ¡Oh Will, tenías
razón! Dios mío, ¿la vieron?
Está perdida, ahogada allí, pobre muchacha, oh pobre querida... Sálvenla, ¡oh,
tenemos que salvarla!
—Señorita Foley, ¡me hace usted daño! ¡No hay nadie ahí! —Will apartó el brazo
librándose del puño apretado de la señorita Foley.
—¡Pero yo la vi! ¡Por favor! ¡Hay que salvarla!
Will saltó hasta el umbral del laberinto y se detuvo. El hombre de la entrada le echó
una mirada de menosprecio, y Will retrocedió hasta donde estaba la señorita Foley.
—Le juro, nadie entró, ni antes ni después de usted, señorita. Yo tengo la culpa, yo
hice bromas con el agua, y usted debe de haberse confundido. Se perdió y le dio miedo...
Pero la señorita Foley se mordía ahora el dorso de la mano, y tenía la voz de alguien
que sale del mar sin aliento, después de haber estado mucho tiempo debajo del agua, y
que de pronto se encuentra a salvo.
—¿Desapareció? ¡Está en el fondo! Pobre chica. Yo la conocía. Yo a usted la conozco,
le dije cuando la vi, hace un minuto. La saludé y ella me saludó. Hola. Corrí... ¡bum! Me
caí. Ella también se cayó. Una docena de ellas cayeron. ¡Espere!, dije. Oh, era tan hermosa,
tan encantadora, tan joven. Pero me asusté. ¿Qué está haciendo aquí?, le pregunté. Pero,
creo que me dijo, riendo bajo el agua:¡yo soy real, y usted no! Luego se perdió en el
laberinto. Tenemos que encontrarla antes que...
La señorita Foley, apoyada en el brazo de Will, aspiró estremeciéndose una última
bocanada de aire y se quedó extrañamente quieta. Jim miraba el fondo de los espejos
helados, buscando tiburones que no veía.
—Señorita Foley —dijo—, ¿cómo era ella?
La señorita Foley habló con una voz incolora, y tranquila:
—Bueno... era como yo, hace muchos, muchos años. —En seguida dijo: — Ahora me
vuelvo a casa.
—Señorita Foley, nosotros...
—No, por favor, no es necesario. Diviértanse, niños. Que lo pasen bien.
Y la señorita Foley se fue despacio, sola, por el sendero principal.
Una bestia enorme orinaba en alguna parte. El amoníaco flotó en el viento, que ahora
parecía soplar de la prehistoria.
—¡Me voy! —dijo Will.
—Will —dijo Jim—. Nos quedaremos hasta la tarde, ¿eh?, hasta que sea oscuro, y
sepamos qué pasa. ¿Tienes miedo?
—No —murmuró Will—. Pero... ¿no habrá nadie que quiera zambullirse en el
laberinto?
Jim echó una mirada de desafío a aquel mar sin fondo, donde ahora sólo la luz pura
se miraba a sí misma, sosteniendo ante ellos el vacío sobre el vacío más allá del vacío.
Dejó que el corazón le latiera dos veces.
—No —dijo—. Creo que no.
16
Durante el atardecer ocurrió algo malo.
Jim desapareció.
Al mediodía y después del mediodía, habían recorrido a gritos la mitad de la feria,
derribando botellas de leche sucias, haciendo trizas muñecos de yeso, oliendo,
escuchando, abriéndose paso entre la multitud del otoño, que pisoteaba el aserrín cubierto
de hojas.
Y de pronto Jim no estaba más.
Y Will, sin preguntarle nada a nadie, absoluta y silenciosamente seguro, caminó sin
vacilar por entre la muchedumbre, mientras el cielo se ponía de color ciruela, hasta que
llegó al laberinto, le dio diez centavos al hombre, entró, y llamó suavemente una sola vez:
—Jim...
Jim estaba allí, mitad dentro mitad fuera de la fría marea de cristales, como alguien
que se queda solo en la costa cuando el mejor amigo se ha ido y no se sabe si volverá
alguna vez. Jim estaba allí como si ni siquiera hubiera movido un párpado en los últimos
cinco minutos, los ojos fijos, la boca entreabierta, esperando a que llegara la próxima ola y
le mostrara algo más.
—¡Jim! ¡Sal de ahí!
Jim suspiró apenas:
—Will... déjame.
—¡Te dejo un cuerno!
De un salto, Will cayó sobre Jim, lo tomó del cinturón y se puso a tirar. Resistiéndose
como un ahogado a quien sacan del agua, Jim no parecía darse cuenta de que lo
arrastraban fuera del laberinto, y balbuceaba como paralizado ante alguna maravilla
invisible.
—Oh Will, oh Willy, Will, oh Willy...
—Jim, estás loco, ¡te llevo a tu casa!
—¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?
Estaban afuera, al aire frío. El cielo era ahora más oscuro que una ciruela, y había
unas pocas nubes allá arriba en las que se quemaban los últimos fuegos del sol. El fuego
llameó en las mejillas febriles de Jim, los labios abiertos, los ojos verdes, fijos, brillantes y
terribles.
—Jim, ¿qué viste allí? ¿Lo mismo que la señorita Foley?
—¿Qué? ¿Qué?
—¡Jim! ¡Te aplasto la nariz de un puñetazo! ¡Vamos! Will sacudió, tironeó, empujó,
casi cargó aquella fiebre, aquella exaltación, aquel amigo que ya no se debatía.
—No puedo decírtelo, Will, no lo creerías, no puedo decírtelo, allí, oh, allí... allí...
—¡Basta! —Will golpeó a Jim en un brazo—. Quieres darme un susto de todos los
diablos, como el que nos dio la señorita Foley. Además, ya es la hora de la cena. En casa
van a creer que estamos muertos y enterrados.
Los dos iban a grandes pasos ahora, azotando con los zapatos la hierba de otoño, más
allá de los pabellones, en el prado que olía a heno y hojas muertas. Will miraba la ciudad.
Jim miraba hacia atrás los altos estandartes cada vez más oscuros a medida que el sol se
escondía en la tierra.
—Will, tenemos que volver. Esta noche...
—Bueno. Vuelve tú solo.
Jim se detuvo.
—No dejarás que venga solo. Estarás siempre cerca, ¿no es cierto, Will? ¿Para
protegerme?
—Miren quien necesita protección —dijo Will, riéndose y en seguida calló pues Jim
estaba mirándolo y una última luz le moría sobre la boca, deslizándosele en la nariz, y en
los ojos, de pronto muy hundidos.
—Siempre estarás conmigo, ¿eh Will?
Jim le sopló encima sólo un poco de aire tibio, y la sangre se le animó de nuevo a Will
con las viejas, familiares respuestas; sí, sí, sabes que sí, sí, sí.
Se dieron vuelta juntos, y tropezaron con un bulto de cuero y se oyó un ruido de
metales.
17
Durante un largo rato Will y Jim estuvieron allí de pie, inmóviles, junto a la enorme
valija.
Casi furtivamente, Will le dio un puntapié, y se oyó un ruido de indigestión de
hierro.
—Pero —dijo Will—, ¡esto es del vendedor de pararrayos!
Jim metió la mano en la bocaza de cuero, y sacó un mástil de hierro envuelto en
quimeras, dragones chinos que mostraban los dientes, ojos y corazas de color verde
musgo, cruces y medias lunas: todos los símbolos que protegen a los hombres, o que
parecen protegerlos, estaban allí juntos, con un peso y un significado raros en las manos
de los niños.
—La tormenta no llegó nunca. Pero el hombre se fue.
—¿A dónde? ¿Y por qué dejó la valija?
Los dos miraron hacia la feria donde el crepúsculo coloreaba las lonas onduladas.
Unas sombras frescas corrían envolviendo las tiendas. Las gentes de los autos regresaban,
en fatigadas sacudidas. Muchachos en bicicletas esqueléticas silbaban llamando a los
perros. La noche se apoderaría pronto de la carretera, mientras en la oscuridad subía la
Rueda de la feria enmascarando el cielo estrellado.
—La gente no deja tirada la vida por ahí —dijo Jim—. Esto es todo lo que tenía el
viejo. Algo importante... —Jim respiró un fuego tibio—.... hizo que se olvidara. De modo
que se fue y dejó esto aquí.
—¿Qué puede ser tan importante como para que uno lo olvide todo?
Jim miró a su amigo, el crepúsculo sobre la cara..
—Bueno... nadie te lo puede decir. Tienes que descubrirlo tú mismo. Misterios y
misterios. El mercader de tormentas. La valija del mercader de tormentas. Si no miramos
ahora, tal vez nunca lo sepamos.
—Jim, dentro de diez minutos...
—¡Si! La carretera estará oscura. Todo el mundo habrá regresado a su casa, a cenar,
excepto nosotros. Y allá iremos, ¡de vuelta!
Al pasar por el Laberinto de Espejos vieron dos ejércitos, un billón de Jims, un billón
de Wills, que se entrechocaban, fundían, desvanecían. Y casi como esos ejércitos, así se
había desvanecido el verdadero ejército de la gente.
Los chicos estaban solos entre los campamentos de sombra, pensando en todos los
niños de la ciudad que ahora se sentaban a la mesa, ante una comida caliente, en cuartos
bien iluminados.
18
En letras rojas, el anuncio decía: fuera de servicio. prohibido subir.
—Ese letrero ha estado ahí todo el día —dijo Jim—. No creo en letreros.
Se asomaron al carrusel bajo los robles que susurraban y crujían en el viento. Los
caballos, las cabras, los antílopes, las cebras, traspasados por jabalinas de bronce, colgaban
retorcidos como en las contorsiones de la muerte, pidiendo misericordia con ojos
coloreados por el miedo, clamando venganza con dientes coloreados por el pánico.
—No parece que hubiera algo roto.
Jim pasó una pierna por encima de la cadena chirriante, saltó al disco de madera,
vasto como la luna, entre las bestias frenéticas pero inmovilizadas para siempre.
—¡Jim!
—Will, es el único juego que no hemos mirado, así que...
Jim se tambaleó. El mundo de animales lunáticos se inclinó de costado bajo el peso
del niño. Jim se internó en el bosque de tallos de bronce, entre los animales alborotados.
Montó a horcajadas un padrillo de color malva nocturno.
—¡Eh, tú! ¡Abajo!
Un hombre asomó en la oscuridad de la máquina.
—¡Jim!
Extendiendo los brazos desde las sombras entre tubos de órgano y tambores de piel
de luna, el hombre levantó a Jim que gritaba en el aire.
—¡Socorro, Will, socorro!
Will saltó entre las bestias. El hombre sonrió, lo recibió diestramente, y lo alzó hasta
ponerlo junto a Jim. Los chicos miraron allí abajo el brillante pelo rojo, los luminosos ojos
azules y los bíceps protuberantes.
—Fuera de servicio —dijo el hombre—. ¿No saben leer?
—Bájalos —dijo una voz suave.
Desde lo alto, Will y Jim miraron al otro hombre, de pie entre las cadenas.
—Bájalos —dijo él de nuevo.
Los dos niños fueron llevados al bosque de bronce, entre animales salvajes y mudos,
hasta el suelo polvoriento.
—Estábamos... —dijo Will.
—¿Curioseando?
El segundo hombre era alto como un poste de alumbrado. La cara pálida, mellada
por cacarañas lunares, arrojaba luz a los que estaban debajo. El chaleco era rojo como
sangre fresca. Las cejas, el pelo, el traje tenían un color negro-regaliz, y la piedra amarillosolar
del alfiler de corbata se parecía a los ojos, claros como el cristal,,y que no
parpadeaban. Pero en ese instante, breve y de una total claridad, fue el traje lo que fascinó
a Will. El traje parecía tejido con zarzas de jabalí, pelo como resortes de reloj, cerdas, y una
especie de cáñamo siempre tembloroso y siempre centelleante. El traje captaba la luz y se
movía como un matorral espinoso y negro, que hormigueaba interminablemente,
cubriendo y apretando el largo cuerpo del hombre de modo que uno pensaba que él no iba
a poder soportarlo, que iba a gritar arrancándose la ropa. Sin embargo, allí estaba,
tranquilo como la luna, habitante del traje de ortigas, mirando la boca de Jim con ojos
amarillos. No miró a Will ni una sola vez.
—Me llamo Dark.
Un floreo de la mano, que mostró una blanca tarjeta de visita. La tarjeta se volvió
azul.
Un susurro. Roja.
Un revoloteo. Un hombre verde colgaba del árbol estampado en la tarjeta.
Un escamoteo. Sss.
—Dark. Y mi amigo el del pelo rojo es el señor Cooger, de Cooger y Dark...
Un chasquido, un reverbero. Las palabras aparecían y desaparecían en el rectángulo
blanco.
—El Teatro de Sombras...
Tic. Tac. Sss.
Una bruja efímera revolvía y machacaba hierbas en una marmita.
—... y la Compañía Intercontinental del Teatro del Pandemonio...
El hombre le alcanzó la tarjeta a Jim. Ahora decía:
Nuestra especialidad: examinar, aceitar, lustrar y reparar Escarabajos-Relojes-de-Muerte.
Tranquilamente, Jim leyó. Tranquilamente, buscó en los bolsillos colmados de
tesoros, revolvió y sacó la mano.
En la palma había un insecto de color ocre, muerto.
—Tome —dijo Jim—, arréglelo.
El señor Dark estalló de risa:
—¡Estupendo! ¡Lo arreglaré!
Extendió la mano. La manga de la camisa subió, recogiéndose.
En la muñeca aparecieron anguilas, gusanos rojos, negros, verdes, y de un azul
eléctrico.
—¡Oh! —gritó Will—. ¡Usted tiene que ser el Hombre Tatuado!
—No —dijo Jim estudiando al forastero—. El Hombre Ilustrado, que no es lo mismo.
El señor Dark asintió, encantado.
—¿Cómo te llamas, muchacho?
¡No se lo digas! pensó Will y calló. ¿Porqué no? se preguntó, ¿por qué no?
Los labios de Jim se abrieron apenas.
—Simón —dijo, y sonrió para mostrar que era una mentira.
El señor Dark también se sonrió para mostrar que se había dado cuenta.
—¿Quieres ver más, "Simón"?
Jim no le dio la satisfacción de un asentimiento.
Despacio, con una larga sonrisa, el señor Dark se recogió la manga hasta el codo.
Jim miró. El brazo era como una cobra que ondulaba, se sacudía, antes de atacar. El
señor Dark apretó el puño y meneó los dedos. Los músculos bailaron.
Will quería correrse a un lado para ver, pero sólo podía observar a Jim,
pensando:¡Jim, oh Jim!
Porque allí estaba Jim y allí estaba el hombre alto, cada uno de ellos examinando al
otro como si miraran un reflejo en un escaparate, tarde en la noche. El traje de zarzas del
hombre alto sombreaba ahora las mejillas de Jim, y le nublaba los ojos con un color de
tormenta dándoles una mirada de lluvia en vez del intenso verde gatuno que tenían
siempre. Jim era como un corredor que ha hecho un largo camino; la boca febril, las manos
abiertas esperando el premio. Y hubo un premio de ilustraciones que bailaron una
pantomima, las figuras se sacudieron como una piel fría sobre el pulso cálido de la
muñeca, mientras arriba aparecían las estrellas y Jim miraba y Will no podía ver, y allá
lejos las últimas gentes de la ciudad se alejaban en los autos abrigados, y Jim dijo,
levemente: —Caramba—, y el señor Dark se bajó la manga.
—Terminó la función. Hora de cenar. La feria cierra hasta las siete. Todo el mundo
afuera. Vuelve, "Simón", y da unas vueltas en el tiovivo cuando esté arreglado. Toma esta
tarjeta. Una vuelta gratis.
Jim se puso la tarjeta en el bolsillo, los ojos clavados en la muñeca, ahora oculta.
—¡Hasta luego!
Jim corrió. Will corrió.
Jim dio media vuelta, miró hacia atrás, saltó y desapareció por segunda vez en una
hora.
Will alzó los ojos al árbol donde Jim se encogía, encaramado a una rama. Miró hacia
atrás. Los hombres estaban de espaldas, ocupados en el tiovivo.
—¡Rápido, Will!
—Jim...
—¡Te van a ver! ¡Salta!
Will saltó. Jim lo sostuvo. El árbol se sacudió. Un viento rugió en el cielo. Jim lo
ayudó a trepar, jadeando, por entre las ramas.
—Jim, ¡no tendríamos que estar aquí!
—¡Cállate! ¡Mira! —susurró Jim.
De alguna parte de la máquina llegaban unos golpes sordos, unos ecos metálicos, un
débil chillido, y el murmullo del aire en los tubos del órgano.
—¿Qué tenía en el brazo, Jim?
—Una pintura.
—Sí, ¿pero qué clase de pintura?
—Era... —Jim cerró los ojos—. Era... la pintura de... una víbora... eso es... una víbora.
Pero cuando alzó los ojos no miró a Will.
—Está bien, si no quieres decírmelo.
—Te lo dije, Will, una víbora. Le pediré que te la muestre, más tarde, ¿quieres?
No, pensó Will. No quiero.
Miró hacia abajo, hacia el billón de huellas de pisadas en el aserrín del sendero, y de
pronto estaban más cerca de la medianoche que del mediodía.
—Me voy a casa...
—Seguro, Will, vete a casa. Laberintos de espejos, viejas
maestras, la valija perdida de un vendedor de pararrayos, un vendedor de
pararrayos que desaparece, pinturas de víboras que bailan, un carrusel que no está
descompuesto, y tú quieres irte a tu casa. Seguro, Will, viejo amigo, hasta luego.
—Yo... —Will empezó a bajar del árbol, pero se detuvo.
—¿Todo listo? —preguntó una voz allá abajo.
—¡Listo! —gritó alguien del otro lado del sendero.
El señor Dark se movió, a no más de quince metros, hasta una caja roja, junto a la
taquilla del tiovivo. Miró en todas direcciones. Miró hacia el árbol.
Will se encogió, Jim se abrazó a la rama.
—¡En marcha!
Un clac, un bum, un chasquido de riendas, un ruido de cobres que subían y bajaban,
y la máquina empezó a moverse.
Pero está rota, no funciona, se repetía Will.
Le echó una mirada a Jim, que señalaba algo allá abajo.
El carrusel marchaba, sí, pero...
Marchaba al revés.
En el pequeño órgano dentro de la maquinaria resonaban crótalos y tambores,
nerviosos como sementales, se entrechocaban címbalos de luna llena, cloqueaban las
castañuelas, las flautas de caña se ahogaban y sollozaban entre silbatos y flautas barrocas.
La música, pensó Will, ¡también va para atrás!
El señor Dark se movió por los alrededores, y alzó los ojos como si hubiera oído el
pensamiento de Will. El viento sacudió los árboles en remolinos negros. El señor Dark se
encogió de hombros y se fue.
El tiovivo giraba, cada vez más rápido, chillando, corcoveando, hacia atrás.
El señor Cooger, el pelo rojo llameante y los ojos de fuego azul, se paseaba por el
sendero haciendo las últimas verificaciones. Se detuvo bajo el árbol de los muchachos. Will
hubiese podido escupirle encima. En ese momento el órgano dio un grito particularmente
violento, un atroz grito de muerte que hizo aullar a los perros en los campos lejanos. El
señor Cooger corrió y saltó al universo de animales que cabalgaban hacia atrás, primero la
cola y al fin la cabeza, persiguiendo una noche circular e interminable hacia destinos
ignorados y que no se conocerían nunca. Soltando manotazos a las pértigas de bronce se
adelantó y se dejó caer en un asiento y allí se quedó en silencio, el pelo rojo erizado, la cara
rosada, los ojos azules y Penetrantes, girando hacia atrás, hacia atrás, acompañado por una
música que iba jadeando hacia atrás, como un aire que vuelve a la garganta.
La música, pensó Will, ¿qué pasa? Y en primer lugar, ¿cómo sé que suena al revés?
Abrazado a la rama trató de reconocer la melodía y canturrearla mentalmente en la
dirección correcta. Pero las campanas de bronce, los tambores, le martillaban el pecho, le
trastornaban el corazón, y ahora sentía que el pulso le batía al revés, la sangre le corría
hacia atrás en perversas acometidas, por todo el cuerpo. En cualquier momento podía
caerse del árbol, y se apretó a la rama, pálido, mirando la máquina que andaba hacia atrás
y al señor Dark que vigilaba el tablero rojo, desde el suelo.
Fue Jim el primero en notar lo que ocurría. Le dio un puntapié a Will, Will miró y Jim
señaló frenéticamente al hombre que pasaba ante ellos dando otra vuelta.
La cara se le derretía al señor Cooger, como cera rosada.
Las manos se le cambiaban en manos de muñeca.
Los huesos se le hundían bajo la ropa, y las ropas se le encogían ajustándosele a la
figura disminuida.
La cara le temblaba como en una niebla y a cada vuelta se derretía un poco más.
Will vio que la cabeza de Jim se movía en círculos.
El carrusel giraba, un sueño lunar que flotaba retrocediendo; los caballos bajaban y
subían, la música jadeaba detrás, mientras el señor Cooger, tan sencillamente como la
sombra, como la luz, como el tiempo, era cada vez más joven, y más joven, y más joven.
Cada vez que una vuelta lo ponía delante del árbol, allí estaba el señor Cooger,
sentado, solo, y los huesos del señor Cooger eran como cálidas velas que se consumían en
años más tiernos. El señor Cooger, sereno, miraba las ardientes constelaciones, los árboles
poblados de niños que se alejaban a medida que él retrocedía, y la nariz le disminuía de
tamaño, y las orejas de cera rosada se le transformaban en pequeñas rosas rosas.
En un principio, al iniciar ese viaje en espiral hacia atrás, el señor Cooger era un
hombre de cuarenta años. Ahora tenía diecinueve.
Los caballos, las pértigas, la música, continuaron desfilando al revés, y el hombre se
transformó en joven, el joven en muchacho.
El señor Cooger tenía diecisiete años, dieciséis...
Una y otra vez la figura pasó girando bajo el cielo y bajo los árboles. Will
cuchicheaba, Jim contaba las vueltas, mientras la fricción del bronce solar y la estampida
de las bestias que se precipitaban hacia atrás calentaba el aire de la noche a la temperatura
del verano, y el verano iba reduciendo el muñeco de cera, limpiándolo en un baño de
músicas cada vez más extrañas, hasta que al fin todo terminó, todo murió y se tranquilizó;
el órgano enmudeció, los cobres, la ferralla traquetearon una última vez, y gimiendo como
si un viento de arena subiera en un reloj de arena, el carrusel se detuvo vacilando en un
mar de sargazos.
La figura sentada en el trineo blanco era muy pequeña.
El señor Cooger tenía doce años.
No. La boca de Will, y la boca de Jim se abrieron para decir no.
La pequeña figura bajó del mundo silencioso; tenía la cara en la sombra, pero las
manos, de un rosa arrugado como manos de recién nacido, eran claramente visibles a la
luz de las lámparas de la feria.
El extraño hombre-muchacho miró hacia arriba, hacia abajo, como oliendo miedo en
alguna parte, oliendo un terror próximo. Will se acurrucó y cerró los ojos, y sintió que la
terrible mirada atravesaba las hojas como dardos, junto a ellos. En seguida, corriendo
como un conejo, la pequeña figura se alejó por el camino.
Jim fue el primero en apartar las hojas.
El señor Dark también había desaparecido en la noche.
Pareció que Jim tardaba una eternidad en llegar al suelo. Will se deslizó detrás, y los
dos se quedaron allí, asustados, con ganas de echarse a gritar, sacudiéndose en una
silenciosa pantomima, golpeados por acontecimientos que los abrumaban, nocturnos y
misteriosos. Fue Jim quien consiguió articular los temblores y la confusión de los dos,
mientras se apretaban uno a otro los brazos, viendo la pequeña sombra que corría, como
llamándolos al campo abierto.
—Oh Will, quisiera que pudiéramos irnos a casa, quisiera que pudiéramos ir a
comer. Pero es demasiado tarde:¡hemos visto! Tenemos que ver más, ¿no es cierto?
—Señor —dijo Will, en un tono lastimero—. Creo que sí.
Y juntos echaron a correr, siguiendo no sabían qué, y nadie podía saber a dónde.
19
Los últimos colores pálidos del sol se escondían allá en la carretera detrás de las
lomas, y aquello que los niños perseguían estaba tan lejos como para parecer ahora un
punto rápido a la luz de una lámpara, que se perdía en seguida en la oscuridad.
—¡Veintiocho! —jadeó Jim—. ¡Veintiocho veces!
—¡El carrusel, seguro! —Will sacudió la cabeza—. ¡Veintiocho veces, las conté, dio
vuelta hacia atrás!
Adelante, la pequeña figura se detuvo y volvió la cabeza.
Jim y Will se tiraron detrás de un árbol, y esperaron a que aquello continuara
corriendo.
¿Por qué aquello?, pensó Will. ¿Por qué? Es un hombre, es un muchacho. No... es
algo que ha cambiado, eso es.
Alcanzaron y cruzaron los límites de la ciudad, y Will dijo, trotando:
—Jim, tenían que ser dos personas en ese carrusel, el señor Cooger y el chico y.. .
—No. ¡No le saqué los ojos de encima!
Pasaron frente a la peluquería. Will vio pero no vio un letrero en el escaparate. Leyó
pero no leyó. Recordó, olvidó. Siguió corriendo.
—¡Eh! ¡Dio vuelta en Culpepper Street! ¡Rápido!
Dieron vuelta en la esquina.
—Desapareció.
La calle se extendía larga y desierta a la luz de los faroles.
Las hojas muertas rodaban sobre las rayuelas pintadas con tiza blanca en las aceras.
—Will, esta es la calle donde vive la señorita Foley:
—Seguro, en la cuarta casa, pero...
Jim se adelantó, silbando, como distraídamente, con las manos en los bolsillos, y Will
lo imitó. Frente a la casa de la señorita Foley, alzaron los ojos.
En una de las ventanas de adelante, débilmente iluminada, alguien miraba hacia
afuera.
Un chico, de no más y no menos de doce años.
—Will —llamó Jim suavemente—. Ese chico...
—¿El sobrino?
—¡Sobrino un cuerno! Mira a otra parte, a lo mejor es capaz de leer el movimiento de
los labios. Camina despacio. Hasta la esquina y de vuelta. ¿Le ves la cara? ¡Los ojos, Will!
Esa es la parte de las personas que no cambia, joven, viejo, de seis o de sesenta años! ¡La
cara de un chico, seguro! ¡Pero los ojos son los ojos del señor Cooger!
—¡No!
—¡Sí!
Los chicos se detuvieron a disfrutar los golpeteos acelerados del corazón del otro.
—Sigue caminando. —Los chicos caminaron. Jim tomaba firmemente el brazo de
Will, guiándolo— ¿Le viste los ojos al señor Cooger, eh? Cuando nos alzó y pareció que
iba a entrechocarnos las cabezas. Viste al chico, que salió del carrusel. Miró directamente al
árbol, ¡y fue como si se abriera la puerta de un horno! No olvidaré nunca esos ojos. Y ahí
están ahora, en la ventana. Demos vuelta. Ahora caminemos despacio, tranquilos...
Tenemos que avisarle a la señorita Foley de eso que se esconde en su casa, ¿no es cierto?
—Jim, mira, ¡a ti te importa un pito la señorita Foley y lo que hay en su casa!
Jim no replicó. Caminando del brazo de Will lo miró y pestañeó una vez, dejando
que los párpados le bajaran sobre los brillantes ojos verdes, y le volvieran a subir.
Y mirando a Jim, Will recordó otra vez un viejo perro en el que ya casi no pensaba.
Todos los años el perro, luego de varios meses de tranquilidad, se iba al mundo y no
volvía durante días, hasta que al fin aparecía de vuelta rengueando, flaco, el pelo revuelto,
oliendo a pantanos y basurales. Se había metido en todos los lugares mojados y sucios del
mundo, y volvía a la casa con una curiosa sonrisita a un lado del hocico. Papá lo había
bautizado Platón, el filósofo de la soledad, pues uno veía en aquellos ojos que no había
nada que el perro no supiera. Ya de vuelta en la casa, Platón vivía otra vez en la inocencia,
en los trillados caminos de la gracia, durante meses. Luego desaparecía, y todo empezaba
de nuevo. Ahora, mientras caminaban, Will creía oír que Jim gruñía entre dientes, y hasta
creía sentir que se le erizaban las cerdas, y que agachaba las orejas oliendo la recién
llegada oscuridad. Jim olía olores que nadie conocía, oía tictacs de relojes que daban otras
horas. Hasta la lengua de Jim era extraña ahora, y se la pasaba por el labio inferior y luego
por el labio superior. Al fin se detuvieron frente a la casa de la señorita Foley.
No había nadie en la ventana de enfrente.
—Subiré y tocaré el timbre —dijo Jim.
—¿Qué? ¿Lo verás cara a cara?
—Will, tenemos que verificar, ¿no? Darle la mano, mirarlo a los ojos, y si es él...
—¿No se lo decimos a la señorita delante de él, no?
—La llamamos por teléfono después, idiota. ¡Vamos!
Will suspiró y se dejó llevar escaleras arriba deseando y no deseando saber si dentro
del niño que estaba en la casa se escondía el señor Cooger, asomando como una luciérnaga
entre las pestañas.
Jim apretó el timbre.
—¿Y si viene él a abrir? —preguntó Will—. Diablos, estoy tan asustado que podría
echar a correr, Jim, ¿por qué no estás asustado, por qué?
Jim se miró las manos, que no le temblaban.
—Maldita sea —jadeó—. ¡Tienes razón! ¡No estoy asustado!
La puerta se abrió.
La señorita Foley sonrió de oreja a oreja.
—¡Jim! ¡Will! Qué sorpresa.
—Señorita Foley —soltó Will—, ¿está usted bien?
Jim miró a Will, furioso. La señorita Foley se echó a reír.
—Claro, ¿por qué no?
Will se sonrojó.
—Esos malditos espejos de la feria.
—Tonterías, ya me he olvidado. Bueno, chicos, ¿no van a pasar?
La señorita Foley sostenía la puerta abierta.
Will avanzó un pie y se detuvo.
Detrás de la señorita Foley colgaba una cortina de cuentas, como un oscuro
chaparrón azul a la entrada del vestíbulo.
Donde la lluvia de color tocaba el suelo, asomaba un par de zapatitos polvorientos.
Detrás de la lluvia de cuentas esperaba el muchacho diabólico.
¿Diabólico? Will parpadeó. ¿Por qué diabólico? Porque sí. Porque sí, era suficiente.
Un muchacho, sí, y diabólico.
—Robert? —La señorita Foley se dio vuelta, llamando a través de las oscuras cuentas
de lluvia azul que no dejaban He caer—. Ven a conocer a dos de mis alumnos.
La lluvia se entreabrió. Una fresca mano rosada, sola, apareció entre las cuentas,
como si quisiera averiguar qué tiempo hacía afuera.
Dios, pensó Will, ¡me mirará a los ojos! Verá el carrusel y se verá allí él mismo
moviéndose hacia atrás, hacia atrás. Sé que lo tengo todo grabado en los ojos, como si me
hubiese golpeado un rayo.
—Señorita Foley —dijo Will.
Una cara rosada asomó entre los collares mortecinos y helados de la lluvia.
—Señorita Foley, tenemos que decirle algo terrible.
Jim le dio un codazo a Will, haciéndolo callar.
El cuerpo atravesó la fina cascada de cuentas. La lluvia se cerró siseando detrás del
niño.
La señorita Foley se había inclinado hacia Will, esperando. Jim apretó el brazo de
Will, que se ruborizó, y tartamudeó:
— El señor Crosetti...
De pronto, claramente, vio el letrero en el escaparate de la peluquería. El letrero visto
pero no visto mientras pasaban corriendo:
CERRADO POR ENFERMEDAD
—El señor Crosetti —repitió, y dijo en seguida—: ¡Ha... muerto!
—Qué... ¿el peluquero?
—¿El peluquero? —dijo Jim como un eco.
—¿Ve este corte de pelo? —Will se dio vuelta, temblando, con la mano en la cabeza—
. El lo hizo. Y nosotros pasamos por ahí, y había un letrero y la gente nos dijo...
—Pero qué pena. —La señorita Foley le tendía la mano al extraño niño, para que
entrara—. Lo siento tanto. Niños, este es Robert, mi sobrino de Wisconsin.
Jim estiró la mano. Robert el sobrino la examinó un rato.
—¿Qué miras? —preguntó.
—Me pareces conocido —dijo Jim.
¡Jim! gritó Will en silencio.
—Te pareces a un tío mío—dijo Jim con una voz melosa.
El sobrino le echó una mirada a Will, que clavaba los ojos en el piso, temiendo que el
otro viera cómo le giraban las órbitas con el recuerdo del tiovivo. Insensatamente, tenia
ganas de canturrear aquella música que había sonado al revés.
Ahora, pensó, ha llegado el momento de mirarlo a la cara.
Miró directamente al chico.
Y fue el delirio y la locura y el piso se le hundió bajo los pies, pues vio allí la rosada
máscara de carnaval, la máscara de una carita de niño, pero con dos hendiduras para los
ojos, y allí en esas hendiduras brillaban los ojos del señor Cooger, viejos, viejos, viejos
como ardientes estrellas azules, con una luz que tardaba un millón de años en llegar hasta
ellos. Y a través de las pequeñas fosas nasales recortadas en la máscara, la respiración del
señor Cooger entraba en vapor y salía en hielo. Y la lengua de caramelo se le movía detrás
de los dientes de almendra, blancos y regulares.
En alguna parte, detrás de la máscara, los ojos de insecto-Kodak del señor Cooger
parpadearon y chasquearon. Clic, clac. Las lentes estallaron como soles y se quemaron
enfriándose, serenándose otra vez.
Los ojos fotográficos se volvieron a Jim. Parpadeo, chasquido, y Jim fue enfocado,
registrado, revelado, secado, clasificado. Parpadeo, chasquido. Clic, clac.
Y sin embargo, no era más que un niño en un vestíbulo, con otros dos niños y una
mujer...
Y durante todo ese tiempo Jim le devolvió la mirada, tranquilo, tomando sus propias
fotos de Robert.
—¿Han cenado, niños? —preguntó la señorita Foley—. Estábamos por sentarnos a la
mesa...
—¡Tenemos que irnos!
Todos miraron a Will, como sorprendidos de que no quisiera quedarse allí para
siempre.
—Jim... —balbuceó Will—. Tu mamá está sola, esperándote...
—Oh, cierto... —dijo Jim de mala gana.
—Ya sé. —El sobrino hizo una pausa esperando a que le prestaran atención. Cuando
se volvieron hacia él, el señor Cooger, desde adentro del niño, parpadeó, chasqueó, clic,
clac, clic, clac, escuchando con orejas de juguete, mirando con ojos de juguete, pasándose
por los labios de muñeco una lengua de pekinés—. Ya sé, los esperamos para el postre,
¿eh?
—¿Postre?
—Voy a llevar a tía Willa a la feria. —El niño le acarició el brazo a la señorita Foley
hasta que ella rió nerviosamente.
—¿Feria? —gritó Will, y bajó la voz—. Señorita Foley, usted dijo...
—Dije que era una tonta y que me asuste a mi misma —explicó la señorita Foley—.
Es sábado a la noche, la mejor de las noches para una feria y mostrarle la ciudad a mi
sobrino.
—¿Nos acompañan? —preguntó Robert sosteniendo la mano de la señorita Foley—.
¿Luego?
—¡Perfecto! —dijo Jim.
—Jim —dijo Will—. Estuvimos fuera todo el día. Tu mamá está enferma.
Jim le disparó una mirada cargada del más puro veneno de víbora.
—Me había olvidado.
Clic El sobrino les tomó una radiografía donde aparecían sin duda como unos
esqueletos helados, que temblaban bajo la carne tibia. Extendió la mano.
—Mañana entonces. Nos encontramos en los juegos.
—¡Perfecto!—Jim estrechó la manita.
—¡Hasta luego! —Will saltó hacia la puerta, y se volvió con un último llamado
agonizante—. ¿Señorita Foley...?
—¿Sí, Will?
No vaya a la feria con ese chico, pensó Will. No vaya a las funciones. Por favor,
¡quédese en su casa! Pero dijo: —El señor Crosetti se murió.
La señorita Foley inclinó la cabeza emocionada, esperando el llanto de Will. Y
mientras ella esperaba, Will arrastró a Jim afuera y la puerta se cerró ocultando a la
señorita Foley y la carita rosada de ojos de Kodak, clic, clac, que fotografiaba a dos
muchachos incoherentes, que ahora bajaban trastabillando los escalones hacia la oscuridad
de octubre, mientras el tiovivo se movía de nuevo en la cabeza de Will, y allá arriba las
hojas de los árboles crujían y susurraban al viento.
—Jim —estalló Will—, ¡le diste la mano! ¡Al señor Cooger! ¡No irás a encontrarte con
él!
—¡Sí, es el señor Cooger! Muchacho, esos ojos. Si me lo encuentro esta noche,
resolveremos algún problema. ¿Qué te preocupa, Will?
—¿Qué me preocupa? —Estaban al pie de la escalera y cuchicheaban frenéticamente,
mirando las ventanas, por donde a veces pasaba una sombra. La música volvió a la cabeza
de Will. Atontado, entornó los ojos—. Jim, la música que tocaba el órgano, cuando el señor
Cooger se hacía más joven...
—¿Sí?
—¡Era la Marcha Fúnebre! ¡Tocada al revés!
—¿Cuál Marcha Fúnebre!
—¿Cuál? Jim Chopin no escribió más que esa música:¡la Marcha Fúnebre!
—¿Pero por qué tocada al revés?
—El señor Cooger se alejaba de la tumba, no iba hacia la tumba, ¿entiendes? Era cada
vez más joven, más pequeño, en vez de envejecer y envejecer hasta morir.
—Willy, ¡eres un genio!
—Seguro, pero... —Will se endureció—. Ahí está. La ventana, otra vez. Salúdalo.
¡Hasta luego! Ahora camina y silba algo. No Chopin, por favor...
Jim saludó. Will saludó. Los dos silbaron Oh Susanna.
La sombra movió apenas la mano en la ventana alta.
Los niños corrieron calle abajo.
20
Dos cenas esperaban en dos casas.
Una madre le gritó a Jim, una madre y un padre le gritaron a Will.
A los dos los mandaron arriba sin comer.
Todo comenzó a las siete en punto. A las siete y tres minutos todo había terminado.
Las puertas se cerraron. Las llaves giraron en las cerraduras.
Los relojes desgranaron minutos.
Will se quedó junto a la puerta. El teléfono estaba lejos, abajo. Y aunque llamara, la
señorita Foley no contestaría. En ese momento ya estaba fuera de la ciudad... Y de todos
modos, ¿qué hubiera podido decirle? ¿Señorita Foley, su sobrino no es su sobrino? Ese
niño no es un niño. ¿No se reiría ella? Sí, claro que se reiría. Pues el sobrino era el sobrino,
el niño era el niño, o así parecía al menos.
Fue hasta la ventana. Del otro lado, Jim se enfrentaba al mismo dilema, en su
habitación. Los dos niños luchaban. Era demasiado temprano para alzar las ventanas y
hablarse en voz baja. Los padres andaban todavía despiertos, afinando los cristales
receptores de los oídos, alertas.
Los dos niños se echaron en las camas separadas en las casas separadas, buscando
pedazos de chocolate conservados para los años flacos, y los comieron tristemente.
Se oyó el tictac de los relojes.
Las nueve. Las nueve y media. Las diez.
Un leve crujido en la cerradura. Papá abría la puerta.
¡Papá! pensó Will. ¡Entra! ¡Tenemos que hablar!
Una respiración en el pasillo. Will alcanzaba a sentir la confusión del padre, la cara
medio perpleja, siempre desorientada, del otro lado de la puerta.
No va a entrar, pensó Will. Dar vueltas a las cosas, hablar con indirectas, eso sí. ¿Pero
entrar, sentarse, escuchar? ¿Cuándo lo había hecho? ¿Lo haría alguna vez?
—¿Will...?
Will sintió que se le apresuraba el corazón.
—Will... —dijo el padre—... ten cuidado.
—¿Cuidado? —gritó mamá que venía por el pasillo—. ¿Eso es todo lo que vas a
decirle?
—¿Qué más? —Papá bajaba ahora por la escalera—. El salta, yo me arrastro. ¿Cómo
puedes juntar a dos personas así? El es demasiado joven. Yo soy demasiado viejo. Dios, a
veces quisiera que nunca hubiéramos...
La puerta se cerró. Papá se alejó por la acera.
Will quería asomarse a la ventana y llamar. De pronto, papá estaba tan perdido en la
noche. Por mí, no te preocupes por mí, papá, pensó, pero tú, papá, ¡quédate en casa! ¡Es
peligroso! ¡No vayas!
Pero no gritó. Y cuando al fin lentamente alzó la ventana no había nadie en la calle, y
él sabía que sería sólo cuestión de tiempo hasta que se encendiera una luz en la biblioteca,
del otro lado de la ciudad. Cuando los ríos se salen de madre, cuando llueve fuego del
cielo qué hermoso lugar es la biblioteca, los muchos cuartos, los libros. Con un poco de
suerte, nadie podría encontrarte allí. ¿Cómo podrían encontrarte si estás en Tanganyika en
1898, en El Cairo en 1812, en Florencia en 1492?
—... cuidado...
¿Qué había querido decirle? ¿Papá había olido el pánico, había escuchado la música,
había rondado cerca de las tiendas? No. Papá no, nunca.
Will tiró una piedrecita a la ventana de Jim.
Toe. Silencio.
Se imaginó a Jim sentado, solo, en la oscuridad, el aliento como fósforo en el aire,
consumiéndose fuera.
Toe. Silencio.
Esto no era propio de Jim. Antes la ventana se deslizaba siempre hacia arriba y Jim
asomaba la cabeza, animada de gritos, siseos, secretos, risas ocultas, conspiraciones y
rebeldías.
—Jim, ¡sé que estás ahí!
Toe. Silencio.
Papá se fue. La señorita Foley está con ya sabes quién, pensó. Dios, Jim, ¡tenemos que
hacer algo! ¡Esta noche!
Tiró una última piedra.
Toc... La piedra cayó en la hierba silenciosa, allá abajo. Jim no se asomó a la ventana.
Esta noche, pensó Will. Se mordió los nudillos. Se tendió en la cama de espaldas,
rígido y frío.
21
En el callejón detrás de la casa de Will había un largo entarimado antiguo, de tablas
de pino. Había estado allí desde que Will tenía memoria, desde que una precipitada
civilización había echado en las calles un cemento duro e inflexible. El abuelo de Will, un
hombre de fuertes convicciones y audaces iniciativas, que hacía todo con un rugido, había
defendido el sendero de tablas, y con una docena de hombres bien dispuestos había
trasladado doce metros de entarimado al callejón, y allí había quedado durante años,
como el esqueleto de un monstruo indefinido, bañado por el sol, lentamente desgastado
por las lluvias.
El reloj de la ciudad dio las diez.
Tendido en la cama, Will comprendió que había estado pensando en ese viejo legado
del abuelo. Estaba esperando oír la voz del entarimado. ¿En qué idioma? Bueno...
Nunca los niños van directamente a las casas y tocan el timbre, para llamar a los
amigos. Prefieren tirar una bola de barro a las paredes, o una piedra a los techos, o dejar
notas misteriosas ondeando en cometas sujetas a la ventana de un altillo.
Así ocurría con Jim y Will.
En las noches, si había losas funerarias para saltar por encima o gatos muertos para
echar por las chimeneas de las gentes, alguno de los niños se escurría bajo la luna y bailaba
como en un xilofón sobre el viejo entarimado de planchas sonadoras.
A lo largo de los años habían llegado a afinar el entarimado, bajando y clavando una
plancha hasta que diese un do, levantando otra hasta el la, y el resultado llegaba a ser
bastante melodioso, dependiendo esto de las condiciones atmosféricas y la habilidad de
los intérpretes.
De acuerdo con la música que tocaban, uno podía adivinar lo que sería la noche. Si
Will oía que Jim golpeaba siete u ocho notas de Way down upon the Swanee River, sabía que
era hora de ir al arroyo de las cuevas, a la luz de la luna. Si Jim oía que Will saltaba sobre
las maderas como un perro escaldado, y el sonido recordaba algo así como Marching
through Georgia, esto significaba ciruelas, manzanas o duraznos bastante maduros como
para darse un atracón, allá en el campo.
Y esta noche Will contenía la respiración esperando la melodía que lo llamaría
afuera.
¿Qué música tocaría Jim para referirse a la feria, la señorita Foley, el señor Cooger y/o
el demoníaco sobrino?
Las diez. Las diez y cuarto. Las diez y media.
Ningún llamado musical.
A Will no le gustaba imaginarse a Jim en su cuarto, sentado, ¿pensando en qué? ¿En
el Laberinto de Espejos? ¿Qué había visto Jim allí? Y luego de ver, ¿qué había planeado?
Will se agitó, intranquilo.
No le gustaba sobre todo pensar que Jim no tenía ningún padre entre él y las
funciones de la feria, y todo eso que había en la oscuridad del prado. Y que en cambio
tenía una madre que no quería que se alejara, de modo que Jim estaba casi obligado a irse,
a salir, a respirar el aire libre de la noche, a conocer las aguas nocturnas que corren
libremente hacia los vastos océanos más libres aún.
Jim, pensó, empieza con la música.
Y a las diez y treinta y cinco la música llegó.
Will oyó a Jim afuera, o creyó oírlo a la luz de las estrellas, saltando y cayendo, como
un gato en primavera, sobre el largo xilofón. ¡Y la música! ¿Era o no era ese aire fúnebre
que el órgano de la feria tocaba al revés?
Will saltó a abrir la ventana, para estar seguro, y vio entonces que la ventana de Jim
se deslizaba en silencio hacia arriba.
¡Jim no había bajado a las tablas! La música no había sonado sino en los deseos de
Will. Will abrió la boca para susurrar un llamado, y se detuvo.
Pues Jim, sin decir una palabra, bajaba por la cañería de desagüe.
Jim, pensó Will.
Jim, ya en el suelo, se enderezó como si hubiese oído que lo llamaban.
¡No te irás sin mí, Jim!
Jim alzó rápidamente los ojos.
Si vio a Will, no lo mostró.
Jim, pensó Will, todavía somos amigos, perseguimos olores que nadie siente, oímos
cosas que nadie oye, tenemos la misma sangre, recorremos el mismo camino. Ahora, por
primera vez, ¡estás escapándote! ¡Me dejas solo!
Pero no había nadie bajo las ventanas.
Como una salamandra que se escurría sobre el muro, allá iba Jim.
Will dejó la ventana, bajó por el enrejado y pasó sobre el cerco, antes de tener tiempo
de decirse: estoy solo; si pierdo a Jim será la primera vez que esté solo en la noche, también.
¿Y a dónde iré? A cualquier parte, donde vaya Jim.
¡Señor, dame fuerzas!
Jim se deslizaba como un búho negro detrás de una rata. Will corría a pasos largos
como un cazador desarmado detrás de un búho. Las sombras de los dos se desplegaron
sobre los campos de octubre...
Y cuando se detuvieron...
Estaban frente a la casa de la señorita Foley.
22
Jim miro hacia atrás.
Will se hizo un arbusto detrás de un arbusto, una sombra entre las sombras, con dos
bolitas de cristal brillantes como estrellas, los ojos en los que se reflejaba la imagen de Jim
que susurraba mirando las ventanas del segundo piso.
—Eh, ahí... Eh...
Por Dios, pensó Will, ¿quiere que lo corten en pedazos y le rellenen el cuerpo con
vidrios rotos del Laberinto de Espejos.
—Eh —llamó Jim suavemente—. Tú...
Una sombra se alzó en la luz velada, arriba. Una sombra pequeña. El sobrino había
traído a la señorita Foley de vuelta a la casa, y estaban cada uno en su habitación, o... Dios
mío, pensó Will, espero que ella esté en la casa, sana y salva. Quizá como el vendedor de
pararrayos, ella...
—Eh...
Jim miraba hacia arriba con esa cara de atención, febril y expectante que tenía junto a
la ventana del Teatro de Sombras, en aquella casa de tres cuadras más allá, en las noches
de verano. Mirando hacia arriba con amor, con devoción, como un gato, Jim esperó a que
saliera una cierta rata negra. El cuerpo encogido parecía crecerle lentamente, como si la
cosa en la ventana de arriba le tirara de los huesos, desapareciendo en seguida.
Will apretó los dientes.
Sintió que las sombras se cernían sobre la casa como un hálito frío. No pudo esperar
más y saltó hacia adelante.
—¡Jim!
Will tomó a Jim por un brazo.
—¡Will! ¿Qué haces aquí?
—Jim, ¡no le hables! Vete. Diablos, no te das cuenta, ¡te masticarán los huesos!
Jim se sacudió el brazo, soltándose.
—¡Will, vete a tu casa! ¡Lo arruinarás todo!
—Me da miedo, Jim. ¿Qué quieres de él? Esta tarde... en el Laberinto, ¿viste algo?
—Sí...
—¡Por favor, qué!
Will tomó a Jim por la pechera de la camisa y sintió cómo le golpeaba el corazón, bajo
los huesos del pecho.
—Jim...
—Déjame. —Jim tenía una calma terrible—. No vendrá si sabe que estás aquí. Si no
me dejas, recordaré cuando...
—¿Cuando qué?
—¡Cuando sea más viejo, maldito sea, más viejo! Jim escupió.
Como alcanzado por un rayo, Will saltó hacia atrás.
Se miró las manos vacías y alzó una para quitarse la saliva de la cara.
—Oh, Jim —dijo en un lamento.
Y Will oyó que el carrusel giraba, se deslizaba en las aguas negras de la noche,
girando, girando, y Jim cabalgaba en un caballo negro, describiendo círculos bajo la
sombra de los árboles, y Will quiso gritar. ¡Cuidado, el carrusel! ¿Tú quieres que vaya
hacia adelante, no Jim? ¡Hacia adelante y no hacia atrás! ¡Y tú arriba, y una vuelta y tienes
quince años! ¡Un círculo y tienes dieciséis, tres vueltas más y diecinueve! ¡Música! ¡Y ahora
tienes veinte, y más, y eres alto! No eres más el Jim de todavía trece años y casi catorce que
espera en el sendero, ¡y yo pequeño, yo un niño, yo asustado!
Will levantó el puño y le pegó a Jim con fuerza en la nariz.
En seguida saltó sobre Jim, lo apretó y lo derribó y rodó con él, gritando, entre los
arbustos. Lo golpeó en la boca, cerrándosela, metiéndole dentro unos dedos que Jim
mordía y lastimaba, pero que le sofocaban los gritos y gruñidos rabiosos.
La puerta de calle se abrió.
Will aplastó a Jim contra el suelo, dejándolo sin aliento, y se le subió encima
apretándole la boca.
Alguien estaba allí, de pie en el porche. Una sombra pequeña escudriñaba la ciudad
y buscaba a Jim sin encontrarlo.
Pero era sólo Robert, el amable sobrino, que se adelantaba distraídamente, con las
manos en los bolsillos, silbando bajito, respirando el aire de la noche como hacen todos los
niños, buscando esas aventuras que todos los niños sueñan e inventan, y que rara vez
ocurren. Molido a golpes, trabado con Jim en una lucha sin cuartel, mirando hacia arriba,
Will no podía haberse sorprendido más que cuando vio un chico normal de mirada
impertinente, de una serenidad sin pretensiones ; un cuerpo menudo y ágil en el que la luz
de los faroles de la calle no mostraba a ningún prisionero adulto.
En cualquier instante Robert podía dar un alarido y saltar a jugar con ellos, todos
enredando piernas, trabando brazos, ladrando como cachorros en primavera, y al fin
terminarían riéndose hasta que se les saltaran las lágrimas, en medio del césped,
desvanecido todo terror, derretido el miedo bajo el rocío, un sueño de nadas borrado de
pronto como se borran esos sueños desde que uno abre los ojos. Porque en verdad quien
allí estaba era el sobrino, de fresca cara redonda y piel de durazno.
Y estaba allí sonriéndoles a los dos, a quienes acababa de ver enlazados sobre la
hierba.
En seguida, bruscamente, volvió corriendo a la casa. Tuvo que haber corrido
escaleras arriba, moverse de aquí para allá precipitadamente, y rodar escaleras abajo, pues
cuando los dos niños estaban aún separándose, desasiéndose, calmándose, hubo una
lluvia de retintines, de centelleos cristalinos sobre el jardín.
El sobrino saltó la baranda del porche y cayó en el césped, leve como una pantera,
confundida con su sombra. Tenía las manos colmadas de estrellas, y las derramó
generosamente. Las estrellas golpearon, rodaron, parpadearon junto a Jim. Los dos niños
se quedaron muy quietos, estupefactos ante aquella lluvia de fuego, oro y brillantes, que
caía sobre ellos.
—¡Socorro! ¡Policía! —gritó Robert. Will se sorprendió tanto que soltó a Jim. Jim se
sorprendió tanto que soltó a Will.
Los dos tendieron las manos al mismo tiempo hacia los trocitos de hielo.
—¡Diablos, una pulsera!
—¡Un anillo! ¡Un collar!
Robert lanzó un puntapié. Dos tachos de basura que estaban en el cordón de la acera,
cayeron como truenos. Arriba, se encendió la luz de un dormitorio.
—¡Policía! —Robert echó un último puñado de pedrería a los pies de Jim y Will,
escondió la fresca sonrisa de durazno como si hubiese encerrado una explosión en una
caja, y salió corriendo por la calle.
—¡Espera! —Jim saltó—. ¡No te haremos rada!
Will le hizo una zancadilla. Jim cayó.
La ventana se abrió, allá arriba. La señorita Foley se asomó. Jim, arrodillado, tenía en
la mano un reloj pulsera de mujer. Will parpadeaba examinando un collar.
—¿Quién está ahí? —gritó la señorita Foley—. ¿Jim? ¿Will? ¿Qué es eso que tienen?
Pero Jim se iba corriendo. Will se quedó sólo lo suficiente como para ver que la
señorita Foley desaparecía de la ventana y buscaba algo en el dormitorio. Cuando Will la
oyó gritar, supo que ella acababa de descubrir el robo.
Corriendo, Will se dio cuenta de que estaba haciendo justamente lo que el sobrino
quería. Tenía que volver, juntar las joyas, decirle a la señorita Foley lo que había pasado.
¡Pero ante todo tenía que salvar a Jim!
Allá atrás, los gritos de la señorita Foley hacían que se encendiesen otras luces. ¡Will
Halloway! ¡Jim Nightshade! ¡Rateros nocturnos! ¡Ladrones! Eso somos nosotros, pensó
Will. Oh mi Dios. Nosotros. ¡De ahora en adelante nadie creerá nada de lo que digamos!
Nada que tenga relación con las ferias, o carruseles, espejos o sobrinos malignos. ¡Nada de
nada!
Y siguieron corriendo, tres animalitos a la luz de las estrellas. Una nutria negra. Un
gato. Un conejo.
Yo, pensó Will, soy el conejo.
Estaba muy pálido, y muy asustado.
23
Llegaron al terreno de la feria a unos buenos treinta kilómetros por hora, kilómetro
más o menos, el sobrino adelante, Jim siguiéndolo de cerca, y Will bastante más atrás,
jadeando, con estallidos de fatiga en los pies, la cabeza y el corazón.
El sobrino corría asustado, mirando por encima del hombro. No sonreía.
Lo he fastidiado, se dijo Will, no pensó que iba a seguirlo; pensó que llamaría a la
policía, y me metería en un lío, pues nadie me creería; o que correría a esconderme en
alguna parte. Ahora tiene miedo de que lo muela a puñetazos y quiere subir al carrusel y
dar vueltas y vueltas para ser más viejo y más grande que yo. Oh, Jim, Jim, tenemos que
detenerlo, obligarlo a que se quede chico, arrancarle el pellejo!
Pero Will sabía, por el modo de correr de Jim, que Jim no lo ayudaría. Jim no corría
detrás del sobrino. Corría detrás de unas vueltas gratis en el carrusel.
El sobrino desapareció allá lejos detrás de una tienda. Jim lo siguió. Cuando Will
llegó al sendero principal, el tiovivo despertaba a la vida. Moviéndose junto con los
chirridos y latidos acompasados de la música, el sobrino, de carita fresca, iba en la vasta
plataforma, envuelto en una nube de polvo de medianoche.
Jim, tres metros más acá, observaba el salto de los caballos y echaba fuego por los
ojos, reflejando los ojos del caballo negro, que saltaba.
¡El carrusel iba hacia adelante!
Jim se inclinaba hacia la máquina.
—¡Jim! —gritó Will.
El sobrino desapareció, junto con otra vuelta. Cuando apareció de nuevo, estiró la
mano llamando suavemente:
—¿Jim?
Jim adelantó un pie.
Will se arrojó hacia adelante.
—¡No!
Golpeó a Jim, lo sujetó, lo sostuvo. Rodaron, cayeron confundidos. El sobrino,
sorprendido, dio otra vuelta en la oscuridad, un año mayor. Un año mayor, pensó Will en
el suelo, ¡un año más alto, más grande, más despiadado!
—Oh, Dios, Jim, ¡rápido!
Saltó poniéndose de pie, corrió al tablero, un misterioso complejo de palancas de
bronce y porcelana que cubría unos cables siseantes. Bajó una palanca. Pero Jim, allí
detrás, le pegó en la mano, gritando.
—¡Will! ¡Lo arruinarás todo! ¡No!
Jim alzó otra vez la palanca.
Will se volvió y lo abofeteó. Se tomaron juntos de los brazos tironeando y golpeando,
y al fin cayeron contra los interruptores.
Will vio al niño diabólico, ya un año mayor, que se deslizaba girando en la noche.
¡Cinco o seis vueltas más y sería más grande que los dos juntos!
—¡Jim, nos matará!
—¡No a mí, no!
De pronto una descarga eléctrica alcanzó a Will. Gritó, retrocedió y golpeó el
conmutador. El tablero escupió. Los relámpagos saltaron hacia el cielo. Jim y Will,
lanzados lejos por la explosión, se quedaron mirando el tiovivo que se había vuelto loco.
El muchacho silbaba entre dientes, aferrado a una pértiga de bronce. Maldecía,
escupía. Luchaba con el viento, con la fuerza centrífuga. Trataba de abrirse paso entre los
caballos y las pértigas hasta el borde exterior de la plataforma, y la cara iba y venía, iba y
venía. El chico buscaba, alrededor, arañando. Aullaba. En el tablero de interruptores ardió
un chaparrón azul. La máquina saltó y corcoveó. El sobrino resbaló, cayó. El casco de
acero de un caballo negro lo alcanzó en la cabeza. La sangre le tiñó la frente.
Jim siseó, rodó, golpeó a Will que no lo soltaba y lo apretaba contra la hierba,
devolviendo grito por grito, los dos pálidos de miedo, los corazones batiendo uno contra
el otro. En el tablero estallaban relámpagos, que subían como estrellas blancas de fuegos
artificiales. El carrusel giraba, treinta vueltas, cuarenta vueltas. —¡Will, deja que me
levante!— Cincuenta vueltas. El órgano chilló como un vapor de agua, sobrecalentado; se
le secó la voz; las llaves golpetearon, y unos estertores se ahogaron en los tubos. Los
relámpagos chasquearon sobre los niños, agotados y empapados en sudor, iluminando la
silenciosa ronda de caballos, y la figura caída en la plataforma, ya no un niño, ya no un
hombre, sino más que un hombre y todavía más y todavía más, mucho más, otra vuelta y
otra vuelta.
—Está, está, oh está, oh mira, Will, está... —jadeó Jim, y se echó a llorar porque era lo
único que podía hacer, sujeto allí sin poder moverse—. Oh Dios, Will, levántate. ¡Tenemos
que hacerla andar para atrás!
En las tiendas se encendieron las luces.
Pero nadie salió.
¿Por qué no?, se preguntó aturdido Will. ¿Las explosiones? ¿La tormenta eléctrica?
¿Habrían pensado los monstruos que el mundo entero había estallado? ¿Dónde estaba el
señor Dark? ¿En la ciudad? ¿En alguna fechoría? ¿Qué, dónde, por qué?
Le pareció que oía latir el corazón de aquella figura moribunda, caída en la
plataforma, muy rápido al principio, despacio luego, rápido, despacio, muy rápido, muy
despacio, increíblemente rápido, y luego despacio, tan despacio como la luna que se pone
en una noche blanca de invierno.
Alguien, algo, gimió débilmente.
Gracias a Dios que está oscuro, pensó Will. Gracias a Dios que no veo. Ahí va algo.
Ahí viene algo. Ahí, sea lo que sea, se va de nuevo. Ahí... ahí...
Una sombra débil intentó enderezarse en la maquinaria, que aún se sacudió, pero era
tarde, tarde, más tarde todavía, muy tarde, tardísimo, oh demasiado tarde. La sombra se
desmoronó. El carrusel, girando como gira la tierra, azotó y espantó el aire, la luz del sol,
la razón y la sensibilidad, dejando sólo sombras, frío y vejez.
En un vómito final, el tablero voló en pedazos.
Todas las luces de la feria se apagaron.
El carrusel comenzó a detenerse en el aire frío de la noche.
Will soltó a Jim.
¿Cuántas veces, pensó Will, cuántas vueltas? ¿Sesenta.. . ochenta... noventa?
Cuántas vueltas, decía la cara de Jim, toda una pesadilla, mirando cómo la máquina
muerta se estremecía deteniéndose en la hierba muerta, un mundo inmóvil ahora, al que
nada, ni los corazones, ni las manos ni las cabezas podían dar nuevo impulso.
Se acercaron los dos a la máquina, lentamente; los zapatos susurraron entre las
hierbas.
La sombría figura estaba allí tendida sobre el piso de tablas, con la cara vuelta al otro
lado.
Una mano le colgaba fuera de la plataforma. No era la mano de un niño.
Parecía una manaza de cera, marchitada por el fuego. El pelo del hombre era largo,
aracnoide, blanco, y flotaba como algas blancas en el aliento de la noche. Will y Jim se
inclinaron para mirarle la cara. Los ojos estaban cerrados, como en una momia. La nariz se
le había consumido hasta el cartílago. La boca era una flor blanca y marchita, de pétalos de
cera, como una delgada película sobre los dientes apretados, que filtraban un débil
gorgoteo. El hombre parecía muy pequeño dentro de sus ropas, pequeño como un bebé,
pero alto, y como estirado, y viejo, tan viejo, muy viejo; no de noventa años, no de cien
años, no, no de ciento diez años, sino de ciento veinte o ciento treinta imposibles años. Will
lo tocó.
El hombre estaba frío como un sapo albino. Tenía un olor de pantanos a la luz de la
luna, de viejos vendajes egipcios. Era como esas cosas que uno encuentra en los museos,
empaquetadas entre lienzos teñidos de nicotina, en ataúdes de vidrio.
Pero el hombre estaba vivo; lloriqueaba como un bebé y se moría marchitándose,
rápido, muy rápido, ante los ojos de los niños.
Will vomitó junto a la plataforma.
Y en seguida, apoyándose el uno en el otro, Jim y Will echaron a correr, golpeando
con pies entumecidos aquellas hojas de demencia, la hierba increíble, la tierra insustancial.
24
Las mariposas nocturnas rebotaban en la pantalla de latón de la lámpara de arco, que
se balanceaba en el cruce de caminos. Abajo, en un puesto de gasolina abandonado,
perdido en la campiña, se oían otros golpeteos. En una cabina del tamaño de un ataúd,
telefoneando a gentes perdidas en alguna parte más allá de las colinas nocturnas, se
apretaban dos niños de cara pálida, que se abrazaban cada vez que se oía un aleteo, o una
nube se deslizaba bajo las estrellas.
Will colgó el teléfono. La policía y la ambulancia estaban en camino.
Al principio, él y Jim habían gritado, murmurado, discutido a la carrera, tropezando.
Tenían que volver a sus casas, dormir, olvidar... ¡No! Tenían que subirse a un tren de carga
que los llevaría al Oeste... ¡No! ¡Pues el señor Cooger, si sobrevivía, aquel hombre viejo,
aquel hombre viejo, viejo, viejo, los seguiría por el mundo, y al fin los encontraría y los
haría pedazos! Discutiendo, estremeciéndose, llegaron al fin a la cabina telefónica, y ahora
veían el coche de la policía que se acercaba a los saltos por la carretera, haciendo sonar una
sirena gemebunda; detrás venía la ambulancia.
Tres minutos más tarde iban todos por la avenida oscura, Jim adelante explicando,
farfullando:
—Está vivo, tiene que estar vivo. ¡No fue a propósito! ¡Pedimos disculpas! —Miró las
tiendas negras—. ¿Oyeron? ¡Pedimos disculpas!
—Calma, muchacho —dijo un policía—. Vamos.
Los dos policías vestidos de azul medianoche, los dos médicos internos vestidos
como fantasmas y los dos muchachos doblaron la última curva, pasaron junto a la Rueda,
y llegaron al carrusel.
Jim gimió.
Los caballos pateaban el aire de la noche, inmóviles en medio de un salto. La luz de
las estrellas brillaba en las pértigas de bronce. Eso era todo.
—No está...
—¡Estaba aquí, se lo juramos! —dijo Jim—. ¡Ciento cincuenta, doscientos años y
muñéndose de viejo!
—Jim —dijo Will.
Los cuatro hombres se movieron incómodos.
—Tienen que haberlo llevado a una tienda —empezó Will; uno de los policías lo
tomó por el codo.
—¿Dijiste ciento cincuenta años? —le preguntó el policía a Jim—. ¿Por qué no
trescientos?
—¡Tal vez trescientos! Oh, Dios. —Jim se dio vuelta y gritó—: ¡Señor Cooger!
¡Traemos ayuda!
Las luces parpadearon en la tienda de los Monstruos. Los grandes estandartes
restallaron y se sacudieron a la luz blanca de las linternas. Los policías se miraron, el señor
esqueleto, la bruja del polvo, el destructor, vesubio, el bebedor de lava, se movieron
lentamente, bailando, enormes, pintados cada uno en un estandarte.
Jim se detuvo frente a la temblorosa puerta de lona, en la Tienda de los Monstruos.
—Señor Cooger —suplicó—, ¿está usted... ahí?
Los bordes de la tienda aletearon exhalando un aire tibio de leones.
—¿Qué? —preguntó un policía.
Jim leyó los movimientos de la lona.
—Dicen "sí". Dicen "entren".
Jim cruzó la puerta. Los otros lo siguieron.
Se abrieron paso entre las sombras cruzadas de los postes que sostenían la tienda y
llegaron a la alta plataforma de monstruos, de extrañas criaturas errantes, los estropeados
de cara, huesos, y cerebro, que esperaban allí.
Sentados a una raquítica mesa de juego, cerca, cuatro hombres jugaban con naipes
anaranjados, verde-menta, amarillo-oro, y que tenían pintados bestias lunares, y hombres
alados, símbolos del sol. Allí con los brazos en jarras, el Esqueleto, donde uno podía tocar
una música como en un píccolo; aquí el Globo que uno podía pinchar todas las noches e
inflar luego a la hora del alba; aquí el enano llamado La Verruga, que uno podía
empaquetar y mandar por correo con la tarifa mínima; al lado otro accidente de las células
y el tiempo, más pequeño todavía, un Enano tan minúsculo y encaramado a la silla de tal
manera que no se le podía ver la cara detrás de los naipes que sostenía ante él con unos
dedos trémulos y artríticos, retorcidos como sarmientos. ¡El Enano! Will se sobresaltó.
Había algo en esas manos, algo que él conocía. ¿Dónde? ¿Quién? ¿Qué? Pero otra cosa le
llamó la atención.
Allí estaba Monsieur Guillotine, de malla negra, medias largas y negras, capucha
negra, los brazos cruzados sobre el pecho, rígido junto a la máquina. La hoja allá arriba en
el cielo de la tienda, un hambriento cuchillo todo resplandores y luz de meteoros, y que
esperaba el momento de dividir en dos el espacio. Abajo, en la canasta para la cabeza, un
maniquí despatarrado aguardaba una muerte rápida.
Allí estaba el Destructor, todo cuerdas y tendones, todo acero y hierro, destrozahuesos,
mastica-mandíbulas, quiebra-herraduras.
Y allí estaba el Bebedor de Lava, Vesubio de lengua ampollada y dientes escaldados,
que echaba al aire decenas de bolas de fuego en una rueda de llamas siseantes, rayando de
sombras el techo de la tienda.
Cerca, en unos nichos del tinglado, otros treinta monstruos observaban el vuelo de
los fuegos hasta que el Bebedor de Lava miró a un lado, vio a los intrusos, y dejó caer su
universo. Los soles se ahogaron en una tina de agua.
El vapor se alzó, en oleadas. Todo se inmovilizó, como en un cuadro.
Un insecto dejó de zumbar.
Will echó una rápida ojeada.
Allí, en el tablado más grande, sosteniendo en la mano rosada una aguja de tatuar,
como apuntando con un dardo, estaba el señor Dark, el Hombre Ilustrado.
Unas multitudes coloreadas se le apretaban en la carne. Desnudo hasta la cintura, el
Hombre Ilustrado había estado añadiendo un dibujo a la palma de la mano izquierda,
picándose con aquel aguijón de libélula. Ahora que el zumbido había cesado del todo, el
hombre se dio vuelta. Pero Will, que miraba más allá, gritó de pronto.
—¡Allí está! ¡Allí está el señor Cooger!
Los policías y los médicos se agitaron.
Detrás del señor Dark estaba la Silla Eléctrica.
En la Silla estaba sentado un hombre que era una ruina, un hombre a quien habían
visto por última vez sofocado y despatarrado en un colapso de huesos y cera albina, en el
carrusel descompuesto. En ese momento estaba erguido, sostenido atado al aparato que
tenía el poder del rayo.
—¡Es él! Se estaba... muriendo.
El Globo se elevó, poniéndose de pie.
El Esqueleto volvió la cabeza, altísimo.
La Verruga cruzó el aserrín, saltando como una pulga.
El Enano dejó caer los naipes y movió los ojos, que ahora eran ojos de idiota, ojos de
extraviado, hacia adelante, alrededor, arriba.
Lo conozco, pensó Will. Oh, Dios, ¡qué le han hecho!
¡El vendedor de pararrayos!
Era él. Apretado, estrujado, reducido por un terrible poder a una criatura del tamaño
de un puño.
El vendedor de pararrayos.
Pero entonces sucedieron dos cosas, con admirable rapidez.
Monsieur Guillotine se aclaró la garganta.
Y allá arriba, en el techo de la tienda, la cuchilla bajó como un halcón amaestrado. Un
susurro, un escamoteo, un deslizamiento, un trueno... ¡zum!
La cabeza del maniquí cayó en la canasta.
Y al caer pareció que era la cabeza de Will, la cara de Will, separada del cuerpo.
Will quería acercarse corriendo y no quería; ir y levantar la cabeza y darla vuelta y
mirarle el perfil. ¿Pero quién se atreve a hacer algo parecido? Nunca, ni en un billón de
años, hubiese podido vaciar aquella cesta de mimbre.
Y sucedió la segunda cosa.
Un mecanismo que operaba detrás de un tinglado-ataúd con tapa de vidrio soltó un
resorte. Un engranaje rechinó en la máquina, debajo del letrero que decía: mlle. tarot la
bruja del polvo. Dentro del ataúd de cristal, una mujer de cera meneó la cabeza y apuntó
con una nariz puntiaguda a los niños que pasaban siguiendo a los hombres. La fría mano
de cera sacudió el Polvo del Destino en un estante, dentro del ataúd. Los ojos no veían,
estaban cosidos con hilos de tela de viuda negra, la araña mortal. La mujer era un
espantajo de cera, perfecto y a punto, y los policías la saludaron al pasar con una sonrisa y
siguieron caminando, y también le sonrieron a Monsieur Guillotine por su buena
actuación. Parecían ahora más tranquilos, como si no les importara que los hubieran
metido a esa hora en una entretenida aventura, en un mundo de acróbatas y magos que
estaban ensayando.
—¡Caballeros! —El señor Dark y su multitud de ilustraciones se adelantaron en la
plataforma de pino, una selva debajo He cada brazo, dos víboras egipcias alrededor de los
bíceps—. ¡Bienvenidos! ¡Llegan a tiempo! ¡Estamos ensayando nuestros nuevos números!
El señor Dark hizo una seña y unos extraños monstruos le asomaron en el pecho y
mostraron los dientes, y un cíclope que tenía un ombligo como único ojo malévolo y
bizqueante se le crispó en el estómago mientras caminaba.
Dios, pensó Will, ¿lleva esa multitud con él, o es la multitud la que lo empuja
tirándole de la piel?
Desde todas las chirriantes plataformas, desde el aserrín que apagaba los ruidos, Will
sintió que los monstruos se daban vuelta y miraban, encantados, así como los policías y los
médicos, ese ilustrado tropel humano que en un solo movimiento dominaba y colmaba el
ámbito inmediato y el techo de la tienda con silenciosos llamados de atención.
Y entonces, parte de la tatuada población habló por boca del señor Dark, que dominó
la explosión caligráfica, el accidente ferroviario de un tumulto de monstruos sobre la piel
sudorosa. El señor Dark habló con una voz profunda, como tonos de órgano. Las eléctricas
poblaciones verde-azuladas temblaron de pies a cabeza, así como los monstruos reales de
pie en el aserrín, y así como Jim y Will, que se sintieron más monstruosos que los mismos
monstruos.
—¡Caballeros! ¡Niños! ¡Acabamos de perfeccionar un nuevo número! ¡Serán ustedes
los primeros en verlo! —gritó el señor Dark.
El primer policía, con la mano puesta sobre el arma, pasó los ojos por aquel vasto
corral de bestias y hombres:
—Este chico dijo...
—¿Dijo? —El Hombre Ilustrado rió con un ladrido. Los monstruos se sacudieron
alborotados, y se calmaron al fin cuando el dueño de la feria continuó con fluidez, dando
golpecitos y acariciándose las ilustraciones, y dándoles palmaditas, como si estuviese
tranquilizando así a los mismos monstruos—. ¿Dijo? ¿Pero qué vio? Los niños siempre se
asustan en las ferias, ¿no es cierto? Escapan como conejos cuando aparecen los monstruos.
Pero esta noche, ¡sobre todo esta noche!
Los policías miraron la momia sujeta a la Silla Eléctrica.
—¿Quién es ése?
—¿Ese? —Will vio unas lenguas de fuego en los ojos nublados del señor Dark, que se
apagaban en seguida—. El nuevo número. El señor Eléctrico.
—¡No! ¡Miren al viejo! ¡Miren! —aulló Will. Los policías se dieron vuelta—. ¿No ven?
—dijo Will—. ¡Está muerto! ¡Lo único que lo sostiene son las correas!
Los médicos miraron ese copo de invierno echado y apoyado en la silla negra.
Oh, por favor, pensó Will, pensamos que seria tan simple. El viejo, el señor Cooger,
se moría, de modo que trajimos médicos para que lo salvaran, y así quizá nos perdonaba,
quizá, quizá la feria no nos hacía daño, nos dejaba ir. Pero ahora esto, ¿y después? ¡Ha
muerto! ¡Es demasiado tarde! ¡Todos nos odian!
Y Will se quedó entre los otros, sintiendo la ráfaga de aire frío que venía de la momia
desenterrada, desde la boca fría y los ojos fríos bajo los párpados helados. Dentro de la
nariz congelada no se movía ningún pelo blanco. Bajo la camisa rota, las costillas del señor
Cooger tenían la rigidez de la piedra, y los dientes, detrás de los labios de arcilla, eran fríos
como hielo seco. Si lo llevaran afuera a pleno sol, el señor Cooger se evaporaría en nieblas.
Los médicos se miraron y asintieron. Los policías dieron un paso adelante.
—¡Caballeros!
El señor Dark escurrió una mano de tarántula hasta un tablero de interruptores de
bronce.
—¡Cien mil voltios quemarán ahora el cuerpo del Señor Eléctrico!
—¡No lo dejen! —gritó Will.
Los policías dieron otro paso. Los médicos abrieron la boca para hablar. El señor
Dark echó a Jim una rápida mirada inquisitiva. Jim gritó:
—¡No! ¡Todo está bien!
—¡Jim!
—¡Sí, Will, está bien!
—¡Atrás! —La araña se aferró al interruptor—. ¡El hombre está en trance! ¡Lo he
hipnotizado para este nuevo número! ¡No me hago responsable de lo que pueda pasar si
lo sacan de la hipnosis!
Los médicos cerraron la boca. Los policías se quedaron quietos.
—¡Cien mil voltios! Y sin embargo saldrá vivo, el cuerpo y el alma intactos.
—¡No!
Un policía sostuvo a Will.
El Hombre Ilustrado, y todos los hombres y las bestias que ahora lo rodeaban,
frenéticos, se disputaron a los manotones el interruptor.
Las luces de la tienda se apagaron.
Los policías, los médicos, los niños sintieron que se les ponía la piel de gallina.
Pero ahora, en aquella rápida encerrona de medianoche, la Silla Eléctrica era de
pronto una hoguera y el viejo llameaba como un árbol otoñal y azul.
Los policías retrocedieron, los médicos se inclinaron hacia adelante, como los
monstruos, con fuegos azules en los ojos.
La mano pegada al interruptor, el Hombre Ilustrado miró al viejo viejo viejo.
El viejo estaba más muerto que un pedernal, sí, pero una electricidad viviente le
corría alrededor. Le hormigueaba en las frías volutas de las orejas, le brillaba en los
agujeros de la nariz, hondos como pozos de piedra abandonados, se le arrastraba como
eléctricas anguilas azules por los dedos de mantis religiosa y las rodillas de langosta.
El Hombre Ilustrado abrió la boca. Tal vez gritó, pero no lo oyó nadie, en aquel siseo
inmenso de fritura, explosiones, golpes y chirridos de electricidad, alrededor, abajo, arriba
del hombre y la silla. ¡Resucita! decía el zumbido. ¡Resucita! gritaban la luz y los colores
tempestuosos. ¡Resucita! aullaba la boca del señor Dark a quien nadie oía excepto Jim, que
le leía los labios, y los truenos de la mente. Y Will gritaba también deseando que el viejo
viviera, se levantara, latiera, juntara saliva, desengomara el espíritu, fundiese el alma de
cera.
—¡Está muerto! —Pero nadie oyó tampoco a Will que gritaba contra aquel clamor de
relámpagos.
¡Vivo! El señor Dark se relamió los labios. ¡Que viva, que resucite! Llevó el
interruptor al máximo. Que viva. En alguna parte las dínamos rezongaron, chillaron,
gimieron como bestias. La luz fue de un color verde botella. Muerto, muerto, pensaba
Will. ¡Vivo, vivo! gritaban las máquinas, las llamas y el fuego, las bocas de la multitud de
bestias lívidas que se apretaban en la carne ilustrada.
Los pelos se le pusieron de punta al viejo, en humos crepitantes. Las uñas sangraron
chispas, golpeando e impregnando las tablas de pino. Sobre los párpados muertos iban y
venían "nos reflejos verdes.
El Hombre Ilustrado se inclinó bruscamente por sobre esa cosa vieja vieja y muerta
muerta, las manadas de bestias ahogadas en sudor, la mano derecha intimando al aire:
vive, vive.
Y el viejo volvió a la vida. Will gritó roncamente.
Y nadie lo oyó.
Porque en ese momento, muy lentamente, como obedeciendo al llamado del trueno,
como si el fuego eléctrico fuera un nuevo amanecer, un párpado muerto se alzó apenas.
Los monstruos miraron, boquiabiertos.
Lejos, en la tormenta, Jim gritaba también. Will, que lo tenía por el codo, sintió el
grito a través de los huesos; el viejo entreabrió los labios y unas chispas terribles le
zigzaguearon entre los dientes apretados.
El Hombre Ilustrado bajó la corriente hasta que fue apenas un gemido sordo. Luego
se dio vuelta, cayó de rodillas, y extendió la mano.
Allá en la plataforma hubo un leve estremecimiento, levísimo como una hoja de
otoño, bajo la camisa del viejo.
Los monstruos resoplaron.
El hombre viejo viejo suspiró.
Sí, pensó Will, respiran por él, lo ayudan, lo hacen vivir.
Inspiración, expiración, inspiración, expiración... y sin embargo aquello tenía el aire
de un número de circo. ¿Qué podía hacer o decir él?
—... pulmones tan... tan... tan... —murmuró alguien.
¿La Bruja del Polvo en el ataúd de vidrio?
Inspiración. Los monstruos respiraron. Expiración. Los monstruos encogieron los
hombros.
Los labios del viejo viejo temblaron apenas.
—... latidos del corazón... uno... dos... así... así...
¿La Bruja otra vez? Will no se atrevía a mirar.
Una vena golpeó como un relojito en la garganta del viejo.
Muy despacio ahora, el ojo derecho del viejo se abrió del todo, fijo; una cámara
fotográfica rota. Era como mirar a través de un agujero en el espacio. Un agujero sin
fondo. El cuerpo del viejo comenzó a calentarse. Abajo los niños tenían cada vez más frío.
Ahora, el viejo ojo, terriblemente sabio en pesadillas, estaba tan abierto y era tan
hondo y tan vivo, en aquella cara de porcelana agrietada, que desde alguna parte del
fondo del ojo el sobrino demoníaco espió a los monstruos, a los médicos, a los policías, y...
a Will.
Will se vio a sí mismo, vio a Jim: dos pequeñas fotografías reflejadas en el ojo único.
Si el viejo guiñaba el ojo, ¡el párpado aplastaría las dos imágenes!
De rodillas aún, el señor Dark se volvió y sonrió: —Caballeros, niños, ¡he aquí el
hombre que vive del rayo!
El segundo policía se rió, y al moverse sacó la mano del revólver.
Will se volvió hacia la derecha. El ojo de sapo lo siguió, atrayéndolo como un agujero
vacío.
Will se torció hacia la izquierda.
La flema viscosa que era la mirada del viejo se movió también, mientras los labios
helados se separaban para emitir el eco de un jadeo, un suspiro. Una voz subió desde las
profundidades insondables, subió y reverberó en las húmedas paredes de piedra del
cuerpo del hombre, hasta que la palabra se le cayó de la boca:
—... bienvenidos... ssssss...
La palabra volvió a la boca.
—... bien... veni... dos... sss...
Los policías se dieron codazos, sonriéndose con sonrisas idénticas.
—¡No! —gritó de pronto Will— ¡No es un número! ¡Se morirá de nuevo si cortan la
corriente!
Will se golpeó la boca con la mano. Oh, Dios, pensó, ¿qué estoy haciendo? ¡Quiero
que viva para que nos perdone! Pero oh Dios, más quiero que se muera, quiero que todos
se mueran, estoy tan asustado.
—Disculpen... —dijo en voz baja.
—¡Nada de disculpas! —gritó el señor Dark.
Los monstruos se sacudieron, parpadeando, echando miradas de furia. ¿Qué haría
ahora aquella estatua de la fría silla siseante? El ojo del viejo se cerró lentamente. La boca
se le hundió: una burbuja de barro amarillo en un baño sulfuroso.
El Hombre Ilustrado movió el interruptor un punto, echó una mueca a nadie en
particular, y puso una espada de acero en la mano antigua, que parecía un guante vacío.
Un rocío eléctrico estalló en las púas de caja de música de las viejas mejillas hirsutas.
El ojo profundo se abrió rápidamente como el agujero de una bala. Buscó a Will, lo
encontró, y lo devoró. Un vapor le apareció en los labios.
—Vvvi... a... losssss... chicossss... essspiar... la... tieeenda.
Los fuelles disecados se hincharon otra vez y luego dejaron escapar un aire
pantanoso, en quejidos débiles.
—Estábamossss... ensssayandooo.. . y ssse mmme... ocurrrrrrió.. . unaaa... bromaaa...
haciéndommme el mmmuertooo...
Nuevamente una pausa para beber aire como quien bebe cerveza y electricidad,
como quien bebe vino.
—... me dejé caer... commmooo... si me essstuvieraaa... muriendooo... Losss chicosss...
corrieronnn... gritandooo...
El viejo descascaraba sílaba por sílaba.
—Ja. —Una pausa—. Ja. —Una pausa—. Ja.
La electricidad le recorrió los labios sibilantes.
El Hombre Ilustrado tosió cortésmente.
—Este número cansa mucho al señor Eléctrico…
Uno de los policías se sobresaltó, y miró al Hombre Ilustrado.
—Oh, claro. Lo sentimos tanto. —Se colocó la gorra—. Un número espléndido.
—Espléndido —dijo uno de los médicos.
Will se volvió con rapidez para mirar la boca del médico mientras lo decía, pero Jim
estaba delante y le impedía ver.
—¡Niños! —dijo el señor Dark—. ¡Una docena de entradas gratis!
Jim y Will no se movieron.
—¿Y bien? —dijo un policía.
Tímidamente, Will tendió una mano hacia los billetes del color del fuego, pero se
detuvo cuando el señor Dark le preguntó:
—¿Cómo se llaman?
Los oficiales se guiñaron los ojos.
—Tienen que dar los nombres, muchachos.
Silencio. Los monstruos vigilaban.
—Simón —dijo Jim—. Simón Smith.
La mano del señor Dark se crispó sobre las tarjetas.
—Oliver —dijo Will—. Oliver Brown.
El Hombre Ilustrado aspiró una larga bocanada. Los monstruos respiraron. Pareció
que el vasto suspiro estremecía de algún modo al señor Eléctrico. La espada se estremeció.
La punta se adelantó a aguijonear el hombro de Will, y luego siseó en explosiones de color
azul y verde, volviéndose a Jim. El rayo tocó a Jim en el hombro. Los policías se rieron.
El ojo abierto del hombre viejo viejo ardió un instante.
—Los bautizo... burrrosss y tontossss... Los bautizo... señor Enfermo y señor Pálido.
La espada tocó los hombros de Jim y Will.
—Que los dos... tengáis una vida... ¡cooorta... y triiiste!
La boca se cerró en una hendidura, el párpado bajó. Conteniendo el aliento de
sótano, el hombre viejo viejo dejó que las chispas le subieran por la sangre como un
champaña oscuro.
—Las entradas —murmuró el señor Dark—. Entradas gratis. Gratis. Vengan cuando
quieran. Vuelvan. Vuelvan.
Jim y Will tomaron las entradas, y de un salto se precipitaron fuera de la tienda.
Los policías salieron sonriendo y saludando alrededor, sin prisa.
Los médicos fueron detrás, serios, como fantasmas de traje blanco.
Encontraron a los niños acurrucados en la parte de atrás del coche de la policía.
Parecía que tenían muchas ganas de irse a sus casas.
II
PERSECUCIONES
25
Sentía los espejos que la esperaban en todas las habitaciones, así como se siente, antes
de abrir los ojos, que del otro lado de la ventana ha caído la primera nieve del invierno.
Algunos años atrás, la señorita Foley había notado por primera vez que unas
brillantes sombras de sí misma habitaban la casa. Era mejor por lo tanto ignorar las
blancas sábanas del hielo de diciembre en el vestíbulo, arriba de los muebles, en el baño.
Mejor era patinar levemente sobre el hielo delgado. Si se detenía un instante, el peso de la
atención podía romper la corteza, y ella se hundiría quizá en profundidades tan frías, tan
remotas, que eran el Pasado mismo, grabado en lápidas mortuorias. Un agua helada se le
infiltraría en las venas. Petrificada en el umbral del espejo, ella se quedaría siempre allí,
incapaz de apartar la mirada de las pruebas del Tiempo.
Y sin embargo esa noche, mientras el eco de los pasos de los tres niños que corrían se
apagaba a lo lejos, la señorita Foley sentía que la nieve continuaba cayendo en los espejos
de la casa. Tenía ganas a veces de pasar del otro lado de los cristales y ver qué tiempo
hacía allí. Pero temía que de algún modo se juntaran entonces todos los espejos
multiplicándola millones de veces, en un ejército de mujeres que se alejaban hasta
convertirse en muchachas, y de muchachas que se alejaban hasta convertirse en niñas
pequeñas. Tanta gente, apretada en una sola casa, podía llegar a ser sofocante.
¿Qué hacer entonces con los espejos, con Will Halloway, con Jim Nightshade y con...
el sobrino?
Qué raro. ¿Por qué no decía "mi" sobrino?
Porque, pensó, desde el momento en que él había atravesado la puerta, no le había
parecido un personaje real, verdadero, y había seguido esperando... no sabía qué.
Esta noche. La feria. Música, dijo el sobrino, que tenía que ser oída, unas vueltas en el
carrusel que tenían que ser dadas. Nada de laberintos donde duerme el invierno. Había
que girar en esa máquina donde el verano no deja de florecer, dulce como el trébol, la
hierba y la menta.
Miró el jardín nocturno, donde no había recogido aún las joyas desparramadas. Sabía
de algún modo que había sido un recurso del sobrino para deshacerse de los dos niños,
que hubiese podido impedir que ella usara las entradas. Las había encontrado en la
chimenea.
carrusel. entrada para uno.
La señorita Foley había esperado a que el sobrino volviese. Pasaba el tiempo, y era
necesario tomar una decisión. Algo había que hacer, no para lastimar a Jim y Will, no, pero
para impedirles que intervinieran demasiado. Nadie tenía por qué interponerse entre ella
y el sobrino, ella y el carrusel, ella y esa maravillosa impresión de pasearse flotando
alrededor del verano.
El sobrino había dicho tanto sin decir nada, solo tomándole las manos y echándole a
la cara el aliento de una boquita de color rosa, que olía a pastel de manzanas recién salido
del horno.
La señorita Foley alzó el tubo del teléfono.
Había luz en el otro extremo de la ciudad, en el edificio de piedra de la biblioteca, esa
luz que todos veían de noche, desde hacía años. Marcó el número. Le contestó una voz
tranquila.
—¿La biblioteca? —dijo ella—. ¿El señor Halloway? Habla la señorita Foley. La
maestra de Will. Por favor, encuéntrese conmigo dentro de diez minutos en la comisaría...
¿Señor Halloway?
Una pausa.
—¿Está todavía ahí, señor Halloway?
26
—Hubiese jurado —dijo uno de los médicos— que cuando llegamos allí... el viejo
estaba muerto.
La ambulancia y el auto de la policía se habían detenido al mismo tiempo en el cruce
de caminos. Uno de los médicos había aprovechado la ocasión para hablarles a los
policías. Un policía replicó:
—¡Es una broma!
Los médicos se miraron y se encogieron de hombros.
—Sí. Seguro. Una broma.
Se pusieron de nuevo en camino, las caras inexpresivas y blancas como las chaquetas
de hospital. Jim y Will iban acurrucados atrás, en el otro coche, tratando de dar alguna
explicación, pero los policías conversaban y se reían recordando todo lo que habían visto,
de manera que Jim y Will se resignaron a seguir mintiendo, dieron de nuevo aquellos
nombres falsos, y dijeron que vivían a la vuelta del puesto de policía.
Los policías los dejaron en dos casas oscuras cerca del puesto; Jim y Will subieron a
los porches, tomaron los picaportes de las puertas y esperaron a que el auto diera vuelta la
esquina. Luego bajaron, caminaron unos pasos, y se quedaron mirando las luces amarillas
del puesto, del color del sol en plena medianoche; y Will miró a Jim, y vio cómo la noche
entera iba y venía por la cara de Jim, que miraba las ventanas del puesto como si en
cualquier momento la oscuridad fuera a ocupar todos los cuartos y a apagar las luces para
siempre.
Cuando volvíamos a la ciudad, pensó Will, yo tiré las entradas. Pero…
Jim tenía todavía las suyas en la mano.
Will se estremeció.
¿Qué era lo que Jim pensaba, quería, planeaba ahora que los muertos vivían, y sólo
allí vivían, en el fuego al rojo blanco de las sillas eléctricas? ¿Le gustaban todavía las
ferias? Will miró. Había ecos apagados, sí, que aparecían y desaparecían en los ojos de Jim,
pues Jim, al fin y al cabo, era Jim, aun allí, en ese momento, con la serena luz de la justicia
cayéndole sobre los pómulos.
—El jefe de policía —dijo Will—. Nos escucharía.
—Sí —dijo Jim—. Nos dejaría hablar el tiempo suficiente para que le trajeran la red
de cazar mariposas. Diablos, Will, diablos, ni siquiera yo creo en las cosas que pasaron en
las últimas veinticuatro horas.
—Pero tenemos que encontrar a alguien importante que investigue, ahora que
sabemos de qué se trata.
—Muy bien, ¿y de qué se trata? ¿Es tan malo lo que ocurrió en la feria? ¿Una mujer se
asustó en el Laberinto de Espejos? Bueno, se asustó sin motivo, va a decir la policía. ¿Hubo
un robo en una casa? Bueno, ¿dónde está el ladrón? ¿Escondido en la piel de un viejo?
¿Quién lo creería? ¿Quién creería que un viejo viejo fue hace muy poco un chico de doce
años? ¿Algo más? ¿Desapareció un vendedor de pararrayos? Sí, y ahí está la valija. Pero es
posible que haya dejado la ciudad...
—El enano de la feria.
—Yo lo vi, tú lo viste, se parece al vendedor de pararrayos, claro, pero siempre lo
mismo: ¿puedes probar que alguna vez fue grande? No, como tampoco que Cooger fue
pequeño. Y así estamos siempre en el punto de partida, Will, sin ninguna prueba excepto
lo que hemos visto, nosotros, que somos sólo unos chicos. Es el mundo de la feria contra
nosotros, y de todos modos la policía se divirtió bastante ahí. Caramba, es difícil, pero si...
si hubiera todavía algún modo de pedirle disculpas al señor Cooger…
—¿Pedirle disculpas? —aulló Will—. ¿A un cocodrilo que se alimenta de hombres?
¡Por Josafat! ¿No entendiste aún que no podemos tener tratos con esos ulmeros y gofos? —
¿Ulmeros? ¿Gofos?
Jim miró a Will pensativo, porque así llamaban ellos a las criaturas que los visitaban
en sueños, arrastrándose y sacudiéndose. En las pesadillas de William, los "ulmeros"
farfullaban y gemían y no tenían cara. En las pesadillas de Jim, los "gofos", el nombre que
él les daba, crecían como monstruosos hongos de merengue, que se alimentaban de ratas,
que a su vez se alimentaban de arañas enormes, que a su vez se alimentaban de gatos. —
¡Ulmeros! ¡Gofos! —dijo Will—. ¿Necesitas que se te caiga encima una caja fuerte de diez
toneladas? Mira lo que les pasó ya a esos dos hombres, el señor Eléctrico y ese enano
terrible. Muchas cosas malas les pueden pasar a las gentes en esa máquina maldita.
Nosotros sabemos, lo vimos. Tal vez achicaron así a propósito al vendedor de pararrayos;
tal vez algo salió mal. El hecho es que lo metieron en una prensa, lo aplastó un carrusel
que es también una aplanadora de vapor, y ahora está tan loco que ni siquiera nos conoce.
¿No basta para que se te hielen los huesos, Jim? Pero si quizá hasta el señor Crosetti...
—El señor Crosetti está de vacaciones.
—A lo mejor sí, a lo mejor no. Mira la peluquería. Hay un letrero: cerrado por
enfermedad. ¿Qué clase de enfermedad, Jim? ¿Comió muchos caramelos en la feria? ¿Se
mareó en el juego preferido de todos?
—Basta, Will.
—No señor, no basta. Sí, claro que sí, el carrusel es tentador, de veras. ¿Crees que me
gusta tener siempre trece años? ¡No, no a mí! Pero Jim, dime la verdad, ¡tú no quieres de
veras tener veinte años!
—¿De qué otra cosa hablamos todo el verano?
—Hablamos, seguro que hablamos. Pero si te tiras de cabeza en esa música mentirosa
y dejas que se te estiren los huesos, Jim, ¡luego no sabrás qué hacer con esos huesos!
—Yo sabría —dijo Jim, en la noche—. Yo sabría.
—Claro que sí. Te irías y me dejarías, Jim.
—¿Por qué? —protestó el otro—. No te dejaría, Will. Seguiríamos juntos.
—¿Juntos? ¿Tú medio metro más de altura que yo, sintiendo los huesos nuevos en las
piernas y los brazos? Tendrías que mirar hacia abajo para verme, Jim, y de qué
hablaríamos. Yo llevaría en los bolsillos hilo de cometas y bolitas, y tú no llevarías nada y
te divertirías. ¿De eso hablaríamos? Y tú comerías más que yo y me dejarías plantado.. .
—Nunca te dejaré plantado, Will...
—Me dejarás plantado en medio minuto. Bueno, sigue, Jim, sigue y déjame, porque
yo tengo mi navaja y no hay nada malo si me siento bajo un árbol a jugar como un nene
mientras tú te vuelves loco con el calor de todos esos caballos que corren en círculos,
aunque gracias a Dios ya no corren más...
—¡Por tu culpa! —gritó Jim, y calló.
Will se endureció y apretó los puños.
—¿Quieres decir que tendría que haber dejado que ese chico maligno y terrible se
hiciese hombre maligno y terrible y nos machacara las cabezas? ¿Que diera vueltas y
vueltas y nos escupiera la cara? Y quizá tú con él, diciéndome adiós con la mano, dando
vueltas también, saludándome, y no me quedaría otra cosa que devolverte el saludo. ¿Es
eso lo que quieres decir, Jim?
—Calla —dijo Jim—. Como tú dices, es demasiado tarde. El carrusel está roto...
—Y cuando lo arreglen pasearán al revés a ese viejo horrible de Cooger, lo harán
bastante joven como para que hable y recuerde nuestros nombres, y luego vendrán como
caníbales detrás de nosotros, o sólo detrás de mí si tú quieres quedar bien con ellos, ir y
darles mi nombre y dirección...
Jim lo tocó.
—Yo no haría eso.
—Oh, Jim, Jim, ¿te das cuenta, no? Todo a su tiempo, como dijo el predicador el mes
pasado, todo paso a paso, no a saltos, ¿te acuerdas?
—Todo —dijo Jim— a su tiempo.
Y entonces oyeron voces que venían del puesto de policía. En uno de los cuartos a la
derecha de la entrada, hablaba una mujer y algunos hombres.
Will hizo una seña a Jim y los dos corrieron en silencio por entre los arbustos y
espiaron la oficina.
Allí estaba la señorita Foley. Allí estaba el padre de Will.
—No entiendo —decía la señorita Foley—. Nunca hubiese imaginado que Jim y Will
entrarían en mi casa a robar, y escaparían luego...
—¿Les vio las caras? —preguntó el señor Halloway.
—Cuando grité alzaron la cabeza, y estaban a la luz.
No menciona al sobrino, pensó Will. Y no lo va a mencionar, claro.
Entiendes Jim, tenía ganas de gritar, ¡era una trampa! El sobrino esperaba que
nosotros nos acercáramos a la casa. Quería meternos en algo tan complicado que aunque
le contáramos a todo el mundo de la feria a la madrugada, o el carrusel, nadie nos creería,
ni la policía ni en casa, y nuestras palabras no tendrían ningún valor.
—No quiero hacer la denuncia —dijo la señorita Foley—. Pero si son inocentes,
¿dónde están?
—¡Aquí! —gritó alguien.
—¡Will! —dijo Jim.
Era demasiado tarde.
WilI había saltado ya y se había encaramado a la ventana.
—Aquí —dijo simplemente, cuando llegó al suelo.
27
Caminaron tranquilamente por las veredas coloreadas de luna, el señor Halloway
entre los dos niños. Cuando llegaron a las casas, el padre de Will suspiró:
—Jim, no creo que sea necesario entristecer a tu madre ahora. Si me prometes que se
lo dirás todo a la mañana, te dejo ir. ¿Puedes entrar sin despertarla?
—Claro. Mire lo que tenemos.
—¿Tenemos?
Jim asintió y los llevó a un lado de la casa y revolvió los montones de musgo y hojas
hasta descubrir los travesaños de hierro que habían clavado a escondidas a la pared. La
escalera secreta llevaba al cuarto de Jim. Halloway contuvo una risa casi dolorosa y
sacudió la cabeza con una tristeza rara.
—¿Desde cuándo están en esto? No, no digáis nada. Yo también lo hice, a vuestra
edad. —Alzó la cabeza y miró la hiedra contra la ventana de Jim—. Es gracioso eso de
estar afuera tan tarde, libres como el viento. —Se interrumpió—. ¿No se quedan afuera
mucho tiempo?
—Esta semana fue la primera vez después de medianoche.
Papá meditó un momento.
—Supongo que si les diéramos permiso perdería toda la gracia, ¿eh? Lo que cuenta
es escaparse al lago, al cementerio, las vías del tren, las huertas en las noches de verano...
—Eh, señor Halloway, alguna vez usted...
—Sí. Pero que las mujeres no lo sepan. Arriba —indicó—. Y no volváis a salir
ninguna noche durante un mes.
—¡Sí, señor!
Jim trepó como un mono hacia las estrellas, se metió por la ventana, la cerró, corrió la
cortina.
Papá echó una última mirada a los escalones disimulados en la hiedra, que bajaban
desde los astros hasta el mundo libre de las calles, y que invitaban a una carrera de mil
metros, una carrera de obstáculos sobre las matas oscuras, y saltos con garrocha sobre los
muros del cementerio.
—Sabes lo que más me pesa, Will? No poder correr ya más, como vosotros.
—Sí, señor —dijo el hijo.
—Aclarémoslo ahora —dijo papá—. Mañana le pedirás otra vez disculpas a la
señorita Foley. Mira en el jardín. Quizá se nos escapó algo de la... propiedad robada...
cuando buscamos con cerillas y linternas. Luego te presentarás al jefe de policía. Suerte
que fuiste. Suerte que la señorita Foley no haga la denuncia.
—Sí, señor.
Caminaron hasta el costado de la otra casa. Papá metió la mano en la hiedra.
—¿También en casa?
La mano había encontrado un travesaño clavado entre las hojas.
—También en casa.
Papá sacó la tabaquera, llenó la pipa junto a la hiedra y los travesaños ocultos que
llevaban a camas abrigadas, dormitorios seguros. Encendió la pipa.
—Te conozco —dijo al fin. No pareces culpable. No robaste nada.
—No.
Y entonces, ¿por qué le dijiste que sí a la policía?
—Porque así son las cosas. La señorita Foley, quién sabe por qué, quiere que seamos
culpables. Si ella dice que somos culpables, somos culpables. ¿Viste cómo se sorprendió
cuando nos vio entrar por la ventana? Nunca pensó que confesaríamos. Bueno,
confesamos. Tenemos ya bastantes enemigos, además de la ley. Pensé que si reconocíamos
todo con franqueza, nos soltarían en seguida. Nos soltaron. Y al mismo tiempo, caramba,
la señorita Foley ganó también porque ahora somos criminales. Nadie creerá lo que vimos.
—Yo lo creeré.
—A las tres de la mañana...
Will vio como papá vacilaba, como golpeado por un viento frío, como si lo supiera y
entendiera todo, pero no pudiera moverse, acercarse, tocar y palmear a Will.
Y Will supo entonces que no podría contarlo. Mañana sí, algún día sí, porque quizá
cuando saliera el sol las tiendas ya no estarían, los monstruos se habrían ido por el mundo
dejándolos solos, sabiendo que tenían tanto miedo que no dirían nada, que no abrirían la
boca. Tal vez todo desapareciera, tal vez... tal vez...
—¿Sí, Will? —dijo el padre, con dificultad, la pipa casi apagada en la mano—. Sigue.
No, pensó Will, deja que nos devoren a Jim y a mí, pero a nadie más. Todos los que
saben sufren. De modo que nadie más tiene que saberlo.
—Dentro de unos días, papá —dijo en voz alta—, te lo contaré todo. Te lo juro. Por el
honor de mamá.
—El honor de mamá —dijo papá al fin— es suficiente para mí.
28
La noche era dulce con el polvo de las hojas de otoño, y el aire olía como las arenas
finas del antiguo Egipto, que se acumulaban en dunas más allá de la ciudad. Cómo es
posible, pensó Will, que en un momento como este me ponga a pensar en cuatro milenios
de polvo antiguo, que van flotando alrededor del mundo, y mientras me siento triste, pues
nadie se da cuenta, excepto quizá papá y yo, aunque no nos decimos nada.
Era en verdad un tiempo raro; durante un segundo, los pensamientos se le cruzaban
como el pelo de un airedale, y al segundo siguiente parecían gatos somnolientos y
sedosos. Era tiempo de irse a la cama, pero él y papá se demoraban como muchachitos que
retardan la decisión de dejar la vida, y dan vueltas y vueltas antes de meterse en los
pensamientos de la almohada y la noche. Era tiempo de decir mucho, pero no todo. Era el
tiempo que sigue a los primeros descubrimientos, que no son los últimos. Era tiempo de
querer saberlo todo y de no querer saber nada. Era la nueva dulzura de los hombres que
empiezan a hablar como tienen que hablar. Era la posible amargura de la revelación.
De modo que aunque tenían que irse arriba, no abandonaban ese momento que
anunciaba otros momentos en noches no tan distantes, cuando un hombre y un muchacho
que se hacía hombre casi podrían llegar a cantar juntos. De modo que Will dijo al fin,
cuidadosamente:
—Papá, ¿soy una buena persona?
—Creo que sí. Sé que sí.
—¿Me... me ayudará eso cuando las cosas se pongan realmente feas?
—Te ayudará.
—¿Me salvará, si necesito que me salven? Quiero decir, si estoy rodeado de gentes
malas y no hay nadie bueno en muchos kilómetros alrededor, ¿qué pasará entonces?
—Te ayudará.
—¡No es bastante, papá!
—La bondad no te protege el cuerpo, te da paz interior...
—Pero a veces, papá, estás tan asustado que...
El padre asintió con una expresión incómoda.
—... no hay paz interior.
—Papá —dijo Will en voz muy baja—, ¿tú eres una buena persona?
—Para ti y para tu madre si, trato de serlo. Pero ningún hombre es un héroe para sí
mismo. He vivido conmigo mismo toda una vida, Will. Conozco de mí todo lo que vale la
pena conocer...
—¿Y el resultado?
—¿El resultado? Según van las cosas y estando como estoy muy quieto y tranquilo,
sí, me siento bastante bien.
—Y entonces, papá —preguntó Will—, ¿por qué no eres feliz?
—El jardín de casa a las... veamos... una y media de la mañana.. . no es sitio para
discusiones filosóficas...
—Sólo quería saber.
Hubo un largo momento de silencio. Papá suspiró. Tomó a Will del brazo, caminó
con él, y se sentaron los dos en los escalones del porche. Papá encendió otra vez la pipa y
dijo resoplando:
—Bueno. Tu madre duerme. No sabe que estamos aquí afuera charlando disparates.
Podemos seguir. Ahora, mira, ¿desde cuándo crees que ser bueno significa ser feliz?
—Desde siempre.
—Desde ahora aprende otra cosa. A veces el hombre que parece más feliz, el de la
sonrisa más ancha, es quien lleva la mayor carga de pecado. Hay sonrisas y sonrisas.
Aprende a distinguir la variedad oscura de la variedad clara. El hombre que ríe como una
foca, que revienta de risa, muy a menudo-esconde algo. Se ha divertido y se siente
culpable. Y los hombres aman el pecado, Will, oh cómo lo aman, no lo dudes, en todas sus
formas, tamaños, colores y olores. Hay momentos en que una bazofia para cerdos nos
satisface más que una buena mesa. Cuando oigas que alguien alaba a otro en voz alta,
pregúntale si no viene directamente del establo. Además, esos hombres que pasan con aire
de derrota, como muertos, que parecen llevar a sus espaldas todos los pecados del mundo,
es a menudo lo que tú llamarías el hombre Bueno con B mayúscula, Will. Porque ser
bueno es una terrible tarea; los hombres luchan por eso, y a veces caen. Conozco algunos.
Cuidar la huerta lleva mucho más trabajo que ser cerdo. La gente se esfuerza y trata de ser
buena y al fin una noche se le agrietan las paredes. Un hombre demasiado estricto se viene
abajo si lo cargas con un pelo de más. No puede descuidarse, pues no se levantará de
nuevo, si se aparta un instante de la gracia.
"Oh, sería estupendo si uno pudiera ser bueno, actuar como hombre bueno, sin tener
que pensarlo una y otra vez. Pero es difícil, ¿no? El último pedazo de torta de limón espera
en la congeladora, en medio de la noche. No es tuyo, pero estás despierto, sudando de
ganas de ir a comértelo, ¿eh? ¿Necesito decírtelo? Es mediodía, un día tibio de primavera y
estás atado al pupitre de la escuela, y allá corre el río fresco, helado sobre las rocas. Los
niños alcanzan a oír el agua clara a kilómetros y kilómetros. Y así minuto a minuto, hora a
hora, toda la vida, nunca termina, nunca se detiene, hay que elegir en este mismo
segundo, y en el segundo siguiente, y en el otro, sé bueno, sé malo, eso dice el reloj, eso
dice el tictac del reloj. Vete a nadar o sufre el calor, ve a comértelo o quédate con hambre.
Así que renuncias, pero una vez que renuncias, Will, ¿sabes cuál es el secreto, no? No
pienses más en el río, o en la torta. Porque si te quedas pensando te vuelves loco. Suma
todos los ríos en los que nunca nadaste, todas las tortas que nunca comiste, y cuando
llegas a mi edad, Will, te has perdido muchas cosas. Quizá te consueles pensando que
cuantas más veces vas, más posibilidades tienes de ahogarte en el río, o de atragantarte
con escarcha de limón, y de ese modo por simple y torpe cobardía, quizá renuncies a
muchas cosas, y esperes a que no haya riesgos.
"Mírame, Will, me casé a los treinta y nueve años, ¡a los treinta y nueve! Pero estaba
tan ocupado en mí mismo, tratando de no caer dos veces de cada tres, que pensé que no
podría casarme hasta que no llegara a ser un hombre de veras bueno. Demasiado tarde
comprendí que no es posible esperar a ser perfecto, que hay que salir a la vida y caerse y
levantarse como todo el mundo. De modo que al fin abandoné mi partida de salvamento
de mí mismo una noche en que tu madre fue a la biblioteca a buscar un libro y me
encontró a mí. Y vi entonces y allí que si tomas un hombre medio malo y una mujer medio
mala y pones juntas las dos mitades buenas, obtienes una criatura del todo buena que
puedes compartir. Esa criatura eres tú, Will, no me equivoco. Y es raro, hijo mío, y triste
también, que aunque tú estás siempre corriendo por ahí afuera al borde del jardín, y yo
estoy en el techo poniendo libros en vez de tejas, comparando la vida con los libros, vi
muy pronto que eras más inteligente que yo, más rápido y mejor de lo que seré nunca.. .
La pipa se le había apagado a papá. Se detuvo a golpearla y cargarla de nuevo.
—No, señor —dijo Will.
—Sí —dijo el padre—. Sería un tonto si no supiera que soy un tonto. No tengo otra
inteligencia que la de saber que eres inteligente.
—Es gracioso —dijo Will luego de una larga pausa—. Esta noche me has dicho más
de lo que yo te he dicho. Lo pensaré. Tal vez te lo diga todo a la mañana, ¿de acuerdo?
—Estaré listo cuando tú estés listo.
—Porque... quiero que seas feliz, papá —dijo Will, y se sintió furioso; las lágrimas le
rodaban por la cara.
—Todo irá bien, Will.
—Haré lo que pueda para que seas feliz.
—Willy, William. —Papá encendió de nuevo la pipa y miró el humo que subía y se
desvanecía lentamente—. Dime sólo que viviré toda la eternidad. Eso me hará bien.
La voz, pensó Will, nunca me había dado cuenta, pero tiene la voz del mismo color
que el pelo.
—Papá —dijo—, no estés tan triste.
—¿Yo? Soy el verdadero hombre triste. Leo un libro y me pongo triste. Veo una
película: triste. ¿Teatro? Me destroza.
—¿Hay algo —dijo Will— que no te ponga triste?
—Una sola cosa. La muerte.
—¡Caramba! —Will se sobresaltó—. ¡Me parece que eso tendría que ponerte triste!
—No —dijo el hombre que tenía la voz del mismo color que el pelo—. La muerte
pone tristes a todos los demás. Pero en verdad, la muerte sólo asusta. Si no hubiese
muerte, nada se corrompería.
Y he aquí, pensó Will, que viene la feria, La Muerte en una mano, como una matraca,
la Vida en la otra, como un caramelo. Sacudes una mano para dar miedo, ofreces la otra
para que se hagan agua las bocas. Aquí viene la feria, ¡las dos manos llenas!
Saltó, poniéndose de pie.
—¡Papá! ¡Oh, escúchame! ¡Vivirás siempre! ¡Créeme o estás perdido! Si, estuviste
enfermo hace un tiempo, pero eso terminó. Sí, tienes cincuenta y cuatro, ¡pero eso es ser
joven! Y otra cosa...
—¿Si, Willy?
El padre esperaba. Will se balanceó a un lado y a otro, se mordió los labios y al fin
escupió:
—No te acerques a la feria.
—Qué raro —dijo el padre—, es lo que yo iba a decirte.
—¡No volvería ni por un billón de dólares!
Pero, pensó Will, eso no impedirá que la gente de la feria me busque por toda la
ciudad.
—¿Me lo prometes, papá?
—¿Por qué no quieres que vaya, Will?
—Esa es una de las cosas que te diré mañana, o la semana que viene o el año que
viene. Tienes que confiar en mi, papá.
—Confío en ti, hijo. Te lo prometo.
Papá le tomó la mano a Will y como si hubiera sido esto una señal, los dos se
volvieron hacia la casa. El tiempo había pasado, era tarde, las cosas habían sido dichas, y
ahora tenían que irse.
—Entra por donde saliste —dijo papá.
Will fue en silencio hasta los travesaños de hierro, escondidos bajo la hiedra
susurrante.
—Papá, ¿no los sacarás...? Papá tocó un hierro con los dedos.
—Un día, cuando te canses, los sacarás tú mismo.
—Nunca me cansaré.
—¿Te parece? Sí, a tu edad uno cree que nunca se cansará de nada. Bueno hijo,
arriba. '
Will vio que el padre miraba la hiedra y el camino oculto.
—¿No quieres venir tú también por aquí?
—No, no —dijo el padre rápidamente.
—Porque si quieres —dijo Will—, serás bienvenido.
—Está bien, vete.
El padre siguió mirando la hiedra que se movía en la oscura luz de la madrugada.
Will saltó al primer travesaño, al segundo, al tercero, y miró hacia abajo.
Desde allí parecía que papá estaba encogiéndose, allá en el suelo. Will no quería
dejarlo solo allá abajo, en la noche, como alguien a quien otro abandona, una mano en el
aire lista Para moverse, pero quieta todavía.
—Papá —dijo en voz baja—, no te animas.
Quién dijo eso, gritó en silencio la boca de papá.
Y saltó.
Y riendo calladamente, el chico y el hombre escalaron el muro de la casa, sin pausas,
una mano después de la otra, un pie después del otro.
Will oyó que papá se escurría entre las hojas, arañaba, aferraba.
Aguántate, pensó.
—¡Ah...!
El hombre respiraba pesadamente.
Con los ojos apretados, Will suplicaba: Aguántate... bien... ¡ahora!
El viejo soplaba, resoplaba, maldecía entre dientes, y seguía subiendo.
Will abrió los ojos y trepó, y el resto fue fácil, arriba, más arriba, maravilloso. Un
último esfuerzo y se sentaron en el alféizar, los dos del mismo tamaño, del mismo peso, el
mismo color a la luz de las estrellas, abrazándose una vez más, exhaustos, boqueando,
sofocando una misma risa que los sacudía hasta los huesos. Y con miedo de despertar a
Dios, a la ciudad, a la esposa, a mamá, y al infierno, se taparon las bocas uno al otro,
sintieron la cálida hilaridad que gorgoteaba, y se quedaron sentados un instante más, los
ojos brillantes mirándose, húmedos de amor.
Luego, con un fuerte apretón de manos final, papá se fue cerrando la puerta del
dormitorio.
Embriagado por los acontecimientos de la larga noche, alejado de todo terror por las
cosas mejores que había encontrado en papá, Will se sacó la ropa con brazos débiles,
saboreando el dolor que le agarrotaba las piernas y desplomándose en la cama como un
tronco que cae...
29
Will durmió exactamente una hora.
Y entonces, como si hubiese recordado algo que había visto a medias, despertó, se
sentó, y miró el techo de Jim.
—¡El pararrayos! —gimió—. ¡Desapareció!
Era cierto.
¿Robado? No. ¿Lo habría sacado Jim? ¡Sí! ¿Por qué? Por el gusto, por la aventura.
Sonriendo, había subido a sacar el hierro, ¡y a ver qué tormenta se atrevía a golpearle la
casa! ¿Miedo? No. El miedo era el nuevo traje eléctrico que Jim todavía no se había
probado.
¡Jim! Will tenía ganas de hacer trizas la maldita ventana. ¡Atornilla de nuevo el
pararrayos! Antes de la mañana, Jim, la feria enviará a alguien a averiguar dónde vivimos.
No sé cómo vendrán ni qué parecerán, pero Dios, ¡tu techo está tan vacío! Las nubes corren
a toda velocidad, la tormenta se viene, y...
¿Qué clase de ruido hace un globo a la deriva?
Ninguno.
No, no exactamente. Tiene un sonido peculiar, susurra como el viento que mueve las
cortinas, blancas como soplos de espuma, o sueña como las estrellas que dan vueltas
mientras duermes, o se anuncia como la salida y la puesta de la luna. Eso último está
mejor: como la luna que navega por los abismos del universo, así viaja un globo.
¿Cómo se lo oye, cómo lo advierte uno? El oído, ¿oye? No. Pero los pelos de la nuca y
la pelusa de las orejas son sensibles a ese soplo, y el vello de los brazos se pone a cantar
como las patas de un saltamontes, con una música estremecida y rara. De modo que uno
siente, uno sabe, tendido en la, cama, que un globo está hundiéndose en el océano del
cielo.
Will sintió un estremecimiento en la casa de Jim. También
Jim, de finas antenas oscuras, notó sin duda las aguas que se apartaban allá arriba,
dejando pasar un leviatán.
Los dos niños sintieron que una sombra se abría paso entre las casas; los dos
levantaron las ventanas, los dos asomaron las cabezas, y esta amistosa y siempre exquisita
sincronización, esta deliciosa pantomima de intenciones y aprensiones, el trabajo en
equipo a través de los años, los dejó otra vez boquiabiertos. Luego, las caras plateadas a la
luz de la luna, los dos alzaron los ojos.
Un globo flotó allá arriba, pasó y desapareció. —Diablos, ¿qué hace ahí ese globo? —
preguntó Jim deseando que no le contestaran.
Pues miraban todavía cuando los dos supieron que el globo era lo mejor para una
pesquisa: ningún ruido de motor, ningún gemido de neumático en el asfalto, ninguna
pisada en la calle; bastaba el viento para que la gran amazona cruzara las nubes: el
solemne viaje de una canastilla de mimbre montada en la borrasca.
Ni Jim ni Will cerraron de golpe las ventanas, ni corrieron las cortinas. Simplemente
tenían que quedarse allí inmóviles, esperando, pues habían oído de nuevo el sonido, como
un murmullo en el sueño de algún otro.. .
La temperatura bajó diez grados.
En ese momento, el globo blanqueado por la tormenta, cuchicheó y murmuró,
descendiendo como una pluma suave, y la sombra de elefante enfrió los jardines
enjoyados y los relojes de sol, mientras Will y Jim trataban de ver dentro de la sombra.
Y lo que vieron fue una figura con los brazos en jarras que se sostenía de pie en la
canastilla de mimbre. ¿Era aquello una cabeza y unos hombros? Sí, y la luna como una
capa plateada detrás. ¡El señor Dark! pensó Will. ¡El Triturador! pensó Jim. ¡La Verruga!
pensó Will. ¡El Esqueleto! ¡El Bebedor de Lava! ¡El Ahorcado! ¡Monsíeur Guillotine! No.
La Bruja del Polvo.
La Bruja que dibujaba cráneos y huesos en el polvo para borrarlos después. Jim miró
a Will y Will miró a Jim; cada uno leyó en los labios del otro:¡La Bruja!
¿Pero por qué una acartonada vieja de cera como exploradora en un globo nocturno?,
se preguntó Will. ¿Por qué ninguno de los otros, que tenían ojos de veneno de dragón,
fuego de lobo, y escupida de serpiente? ¿Por qué mandar a esa estatua desmigajada, de
ciegos ojos de salamandra cosidos con tela de viuda negra?
Y entonces, mirando hacia arriba, comprendieron por qué.
Porque la Bruja, aunque de una cera especial, estaba especialmente viva. Ciega, sí,
pero adelantaba unos dedos herrumbrosos que acariciaban, golpeaban los bloques del
aire, cortaban y separaban los vientos, pelaban capas de espacio, enceguecían las estrellas,
revoloteaban y bailaban, y al fin se quedaban quietos, apuntando, como la nariz de la
Bruja.
Y los niños sabían todavía más.
Sabían que la Bruja era ciega, pero de una ceguera peculiar. Le bastaba extender las
manos para sentir las asperezas del mundo, tocar los techos de las casas, sondear en los
arcones de las bohardillas, recoger polvo, examinar las corrientes de aire que soplan en los
pasillos, y las almas que soplan en la gente, el aliento que viene de los pulmones y late en
las muñecas, martillea en las sienes, golpea la garganta, y vuelve otra vez a los pulmones.
Así como los niños sentían el globo que se cernía sobre ellos como una lluvia de otoño, así
sentía ella el soplo de las almas de Will y Jim, que deshabitaban y volvían a habitar las
narices trémulas. Las dos almas, enormes y cálidas huellas dactiloscópicas, eran diferentes
al tacto, y la Bruja las acariciaba como si fueran de arcilla. Las dos almas tenían un olor
diferente: la Bruja las saboreaba en una boca de encías duras y de lengua de víbora. Las
almas tenían un sonido diferente:¡la Bruja se las metía en un oído y se las sacaba por el
otro!
Las manos de la Bruja tocaron el aire, una buscando a Will, la otra buscando a Jim.
La sombra del globo los bañó en pánico, los roció de terror.
La Bruja resopló.
El globo subió, libre de este lastre pequeño y agrio. La sombra se alejó.
—¡Oh, Dios! —dijo Jim—. ¡Ahora saben dónde vivimos!
Los dos niños se quedaron sin aliento. Algo monstruoso y desconocido barrió las
tejas de la casa de Jim.
—¡Will! ¡Me alcanzó!
—¡No! Creo...
El monstruo se arrastró, escabullándose y trepando por el techo de Jim. Y entonces
Will vio el globo, que giraba y volaba hacia las lomas.
—¡Se fue! ¡Allá va! Jim, le hizo algo a tu techo. ¡Empuja aquí el poste de la ropa!
Jim inclinó el poste de la ropa. Will lo sujetó al alféizar, se colgó de la cuerda y fue
balanceándose en el aire, primero una mano y luego la otra, hasta que Jim lo ayudó a
entrar en el cuarto, y, descalzos, se metieron en el armario de Jim y se ayudaron a subir,
uno tirando y el otro empujando hasta el desván que olía a aserradero, viejo, oscuro, y
demasiado silencioso. Temblando, encaramado en el techo, Will gritó: —¡Jim, ahí está! Y
allí estaba, a la luz de la luna.
Era como una huella de babosa dibujada en la acera. Brillaba, lustrosa como la plata.
Pero era la huella de una babosa gigante, de cien kilos de peso. La cinta de plata tenía un
metro de ancho. Empezaba allá abajo, en el barril de agua de lluvia, subía al techo, y
volvía a bajar.
—¿Por qué? —preguntó Jim—. ¿Por qué?
—Es más fácil que buscar los números de las casas o los nombres de las calles. Marcó
el techo para que se vea desde kilómetros, ¡de día o de noche!
—¡Oh, cielos! —Jim se agachó a tocar la huella. Una goma que olía débilmente a
maldad, se le pegó al dedo—. Will, ¿qué vamos a hacer?
—Tengo la idea de que no volverán hasta la mañana —dijo Will en voz baja—. No
pueden armar un escándalo así nomás. Seguro que tienen algún plan. Bien... esto es lo que
vamos a hacer ahora.
Arrollada allá abajo en el jardín, como una larga boa constrictor, esperaba la
manguera.
Will bajó rápidamente, sin golpear contra nada y sin despertar a nadie. Jim, en el
techo, se asombró viendo que Will volvía casi en seguida, jadeando entre dientes,
arrastrando una manguera que silbaba echando agua. —¡Will, eres un genio! —¡Claro!
¡Rápido!
Tiraron de la manguera para regar las tejas, para lavar la plata, para quitar del todo
la maligna pintura de mercurio. Mientras trabajaban, Will miró el color puro de la noche,
que se movía hacia la madrugada, y vio el globo que trataba de aprovechar la dirección
del viento. ¿Volvería? ¿Marcaría la Bruja de nuevo el techo y ellos tendrían que volver a
lavarlo, y ella lo marcaría y ellos lo lavarían, y así hasta la salida del sol? Sí, tal vez.
Si pudiéramos, pensó Will, parar para siempre a la Bruja. Ellos no saben quiénes
somos ni dónde vivimos. El señor Cooger está demasiado cerca de la muerte y no puede
recordar ni contar. El Enano (si es el vendedor de pararrayos) está loco, y con la ayuda de
Dios no recordará nada. Y no se atreverán a molestar a la señorita Foley hasta la mañana.
Así que allá en el campo han apretado los dientes y han mandado a la Bruja del Polvo a
investigar.
—Soy un idiota —dijo Jim afligido, lavando el sitio donde había estado el pararrayos
—. ¿Por qué no lo dejé aquí?
—El rayo no cayó todavía —dijo Will—. Y si nos damos prisa, no caerá. ¡Ahora... allí!
Regaron el techo.
Abajo, alguien cerró una ventana.
Jim rió tristemente.
—Mamá cree que está lloviendo.
30
La lluvia cesó. El techo estaba limpio.
Dejaron que la manguera-serpiente cayera y golpeara en el césped nocturno, abajo, a
mil kilómetros.
Más allá de la ciudad, el globo se demoraba todavía entre la medianoche siniestra y
la esperanza del sol.
—¿Por qué espera?
—A lo mejor huele lo que pasa.
Bajaron por el desván, y al poco rato estaba cada uno en su habitación, cada uno en
su cama, luego de tantas fiebres y escalofríos. Sé quedaron quietos, acostados,
escuchándose los corazones, escuchando los relojes que latían demasiado rápidos hacia la
aurora.
Hagan lo que hagan, pensaba Will, nosotros tenemos que hacerlo antes. Deseó que el
globo volviera volando, que la Bruja adivinara que ellos habían borrado la marca,
lavándola, y que se precipitara de nuevo a dejar el rastro en el techo. ¿Por qué?
Porque sí.
Se descubrió mirando la panoplia de arcos y flechas que colgaba de la pared este del
dormitorio.
Lo siento, papá, pensó. Y se sentó sonriendo. Esta vez me voy afuera yo solo. No
quiero que ella vaya a informar sobre nosotros hasta dentro de muchas horas, quizá
muchos días. Descolgó de la pared el arco y el carcaj, titubeó, pensativo, alzó furtivamente
la ventana, y se asomó. No había necesidad de andar gritando en voz alta, no. Bastaba
pensar con fuerza. No podían leerle los pensamientos. Sabía que no podían, esto era
seguro, pues si no, no la hubieran mandado. Y ella no podía leer los pensamientos pero sí
sentir el calor de los cuerpos y las temperaturas especiales y los olores y las excitaciones
especiales, y si él saltaba y bajaba y dejaba que ella supiera que él se sentía muy bien pues
la habían engañado, tal vez entonces, tal vez...
Las cuatro de la madrugada, dijo el soñoliento carillón de un reloj en algún otro país.
Bruja, pensó Will, vuelve.
Bruja, pensó más fuerte y dejó que la sangre le golpeara, limpiamos el techo, ¿oíste?
¡Hicimos llover! Tienes que venir y marcarlo de nuevo. ¿Bruja...?
Y la Bruja se movió.
Will sintió que la tierra giraba bajo el globo.
Bueno, Bruja, ven, soy yo, nada más que yo, el chico sin nombre, no me lees la mente,
¡pero yo te escupo a la cara! Y te grito que te hemos engañado y todo el asunto fracasó, así
que ven, ¡ven! ¡Atrévete! ¡Dos veces atrévete!
A kilómetros de allí, se alzó un grito sofocado de asentimiento, que fue acercándose.
¡Diablos!, pensó de pronto Will. ¡No quiero que vuelva a esta casa! ¡Vamos! Se metió
en la ropa.
Sosteniendo las armas, se escurrió hacia abajo por los hierros ocultos en la hiedra,
hasta el césped mojado.
¡Bruja! ¡Aquí! Corrió dejando huellas, corrió sintiéndose maravillosamente feliz, loco
como una liebre que ha comido una hierba secreta, deliciosa, dulcemente venenosa, y que
ahora galopa como poseída. Las rodillas le golpeaban el mentón, los zapatos aplastaban
las hojas húmedas. Saltó sobre un cerco, las manos llenas de erizadas armas de
puercoespín, el miedo y el placer como bolitas que se le movían en la boca.
Miró hacia atrás. ¡El globo se balanceaba más cerca! Aspiraba y expiraba, de árbol en
árbol, de nube en nube.
¿Dónde voy?, pensó Will. ¡Un momento! ¡La casa de Redman! ¡Deshabitada desde
hace años! ¡Dos cuadras más!
Se oyó el rápido susurro de los pies de Will sobre las hojas, y el grave susurro de la
criatura en el cielo; las estrellas brillaban y la luz de la luna cubría el mundo de nieve.
Will se detuvo frente a la casa de Redman, con una antorcha en los pulmones, gusto a
sangre en la boca, gritando en silencio. ¡Aquí! ¡Esta es mi casa! Sintió que un rió de aguas
profundas cambiaba de curso allá en el cielo.
¡Bien! pensó Will.
Dio vuelta el picaporte de la vieja casa. Oh, Dios, pensó, ¿y si están adentro
esperándome?
Abrió la puerta a la oscuridad.
El polvo iba y venía en la sombra, y también las cuerdas de arpa de las telarañas.
Nada más.
Will subió los escalones de dos en dos, salió al techo, escondió las armas detrás de la
chimenea, y se puso de pie, muy erguido.
El globo, verde como el légamo, adornado con imágenes ti-tánicas de escorpiones
alados, aves fénix prehistóricas, humo, fuego, nubes, balanceó la canastilla de mimbre,
gimiendo mientras bajaba.
¡Bruja! pensó Will. ¡Aquí!
La sombra húmeda lo golpeó, como el ala de un murciélago,
Will se dejó caer. Alzó las manos. La sombra era como una carne negra, que lo
golpeaba.
Will cayó y se aferró a la chimenea. La sombra lo envolvió, susurrando, fría como
una caverna a orillas del mar, en aquella oscuridad brumosa. De pronto el viento cambió.
La bruja siseó enfurecida. El globo subió describiendo círculos.
El viento, pensó desesperadamente Will, ¡está de mi lado! ¡No, no te vayas!, pensó.
¡Vuelve! Temía que la Bruja se hubiera dado cuenta. Así era. La Bruja estaba inquieta
ahora, y olfateaba, jadeaba, arañaba y rasguñaba el aire, como si buscara algún dibujo en
una superficie de cera. Volvió las manos, acercándolas como si Will fuera una pequeña
estufa que ardía suavemente en algún sitio de ese mundo de los infiernos, y ella hubiera
venido a calentarse las manos. Mientras la canastilla oscilaba como un alto péndulo, Will
alcanzó a ver los ojos cosidos, las orejas musgosas, la boca de pasa de uva, pálida y
arrugada que momificaba el aire. La Bruja trataba de averiguar qué escondía Will. Will era
un niño demasiado bueno, demasiado agradable, demasiado raro, demasiado conveniente
para ser verdad, y ella se daba cuenta.
Y la Bruja contuvo el aliento.
Y el globo se mantuvo suspendido a medio camino entre la inhalación y la
expiración.
Luego, temblorosamente, la Bruja se atrevió a hacer una prueba; a ver qué pasaba,
inhaló, y el globo, así cargado, bajó un poco; la Bruja exhaló, y la nave subió de nuevo.
Ahora, ahora, la espera, la retención del aliento agrio y húmedo en los arrugados
tejidos de un cuerpo aniñado.
Will se llevó el pulgar a la punta de la nariz y movió los otros dedos.
La Bruja sorbió aire, los dientes apretados. El peso del aire hizo que el globo bajara.
¡Más cerca! pensó Will.
Pero, cautelosa, la Bruja navegaba ahora en círculos, sintiendo el olor de la
adrenalina en los poros de Will. Will volvía la cabeza siguiendo los movimientos del
globo. ¡Tú! pensó¿Quieres enloquecerme? ¿Hacerme dar vueltas, eso quieres? ¿Marearme?
Había todavía una probabilidad.
Se quedó muy quieto, de espaldas al globo.
Bruja, pensó, no te resistirás.
Will oyó el sonido de la viscosa nube verde, la bocanada retenida, agria, el soplo y el
movimiento del mimbre mientras la sombra le enfriaba las piernas, la espalda, el cuello.
¡Cerca!
La Bruja tomó aire, un lastre de frío nocturno y ventoso.
¡Más cerca!
La sombra monstruosa le golpeó las orejas.
Will alzó las armas.
La sombra lo envolvió.
Una araña le rozó el pelo... ¿las manos de la Bruja?
Se dio vuelta con un grito ahogado.
La Bruja asomada al borde de la barquilla estaba a no más de treinta centímetros.
Will se inclinó manoteando.
La Bruja trató de gritar cuando olió, sintió, supo lo que Will sostenía con fuerza en la
mano.
Horrorizada, sin darse cuenta, tomó aliento, sorbió la carga, y el globo se arrastró por
el techo.
Will tendió el arco para destruirla.
El arco se partió en dos. Will se quedó con la flecha en la mano.
La Bruja dejó escapar el aire en un largo suspiro de alivio y. triunfo. El globo subió.
La barquilla pesada y traqueteante golpeó a Will de costado.
La Bruja dio un grito de loca felicidad.
Aferrado del borde de la canastilla, Will alzó la mano libre, y arrojó la flecha contra la
carne del globo.
La Bruja boqueó y le manoteó la cara.
Y la flecha, que pareció viajar durante largas horas, al fin alcanzó el globo y lo
golpeó, abriendo un pequeño agujero.
Luego rápidamente, el proyectil se hundió como en un enorme queso verde. Una
amplia sonrisa se extendió sobre la piel de la pera gigante, mientras la bruja ciega
tartamudeaba, gemía, se mordía los labios, se encogía, y Will colgaba del mimbre
golpeándose las piernas. El globo gruñía, soplaba, resoplaba, lloraba una rápida muerte
gaseosa, mientras el aire bramaba escapando, a borbotones, como el aliento de un dragón,
y la bolsa se encogía, se retiraba sacudiéndose. Will se dejó caer. El aire le silbó en los
oídos. Giró sobre sí mismo, golpeó las tejas, cayó resbalando por el viejo techo inclinado
hasta la canaleta de desagüe, y de allí continuó cayendo, gritando, manoteando el caño
que gemía y cedía. Alzando los ojos, vio el globo que silbaba arrugándose, volando como
una bestia herida, echando entre las nubes sus últimos suspiros; un mamut herido de bala
que no quiere morir y agoniza dejando escapar un aire fétido.
Todo en un segundo. Luego Will cayó al vacío, y no tuvo tiempo ni de alegrarse de
que un árbol lo recibiera en un colchón de ramas. Como una cometa, Will quedó de cara a
la luna, y desde allí alcanzó a oír los últimos lamentos fúnebres de la Bruja mientras el
globo la alejaba en espirales sobre la casa, la calle, la ciudad, con gemidos inhumanos.
La sonrisa, la desgarradura del globo, daba ahora toda una vuelta, y el globo deliraba
y se iba a morir a los prados de donde había venido, hundiéndose más allá de las casas
dormidas, que no se habían enterado de nada.
Durante un largo rato, Will no pudo moverse. Mecido por las ramas de los árboles,
temiendo resbalar y romperse la cabeza en la tierra negra de allá abajo, esperó a que aquel
martillo dejara de golpearle el cráneo.
Los golpes que sentía en el corazón podían hacerlo caer, precipitarlo al suelo, pero le
gustaba oír esos golpes, comprobar que estaba vivo.
Al fin, más tranquilo, movió las piernas y los brazos, recordó una plegaria, y se
arrastró por el árbol hacia el suelo.
31
No ocurrió mucho más todo el resto de aquella noche.
32
Al amanecer, un cataclismo de truenos rodó por los cielos pétreos, en un tumulto de
chispas. La lluvia cayó dulcemente sobre los techos de la ciudad, gorgoteando en los
desagües, hablando en extrañas lenguas subterráneas al pie de los cuartos donde Jim y
Will tenían sueños sobresaltados, saliendo de uno, entrando en otro, descubriendo que
todos estaban tejidos con la misma tela oscura y mohosa. Algo más ocurrió bajo aquel
susurro de tambores. En los empapados terrenos de la feria, el tiovivo se animó con un
espasmo. Unos metálicos vapores de música subieron a borbotones por los tubos del
órgano.
Una sola persona de toda la ciudad oyó quizá esta música, y supo en seguida que el
carrusel funcionaba de nuevo.
La puerta de la casa de la señorita Foley se abrió y se cerró; unos pasos apresurados
se perdieron calle arriba.
La lluvia arreció y los relámpagos bailaron un baile de tullidos, en un país que de
pronto se hacía visible, de pronto desaparecía en la oscuridad.
En la casa de Jim, en la casa de Will, la lluvia hociqueó en las ventanas a la hora del
desayuno, mientras adentro había conversaciones tranquilas, de pronto gritos, luego
conversaciones tranquilas otra vez.
A las nueve y cuarto, Jim salió a la tormenta del domingo, llevando impermeable,
gorra y zapatos de goma.
Se quedó mirando el techo donde habían lavado la huella de la babosa gigante.
Luego miró a la puerta de Will, para que se abriera. La puerta se abrió. Will salió, seguido
por la voz del padre:
—¿Quieres que te acompañe? Will meneó la cabeza.
Los dos niños partieron, con aire solemne, bañados por el cielo, hacia el puesto
donde tenían que declarar, hacia la casa de la señorita Foley a quien tenían que pedir
disculpas de nuevo. Pero ahora sólo caminaban, con las manos en los bolsillos, pensando
en los tremendos misterios de la noche anterior Fue Jim quien rompió el silencio.
—Anoche, después que lavamos el techo, cuando me pude dormir, soñé con un
entierro. Venía por la calle Mayor, como si estuviesen visitando la ciudad.
—¿O como en un desfile?
—¡Eso es! Miles de personas todas vestidas de negro, chaquetas negras, sombreros
negros, zapatos negros, y un ataúd de doce metros de largo.
—¡Increíble!
—¡De veras! ¿Qué puede ser eso que llevan a enterrar y tiene doce metros de largo?
pensé. Y en el sueño, corría a mirar. No te rías.
—No tengo ganas de reírme, Jim.
—En el ataúd había una cosa grande y larga, arrugada como una pasa o como una
uva al sol. Como una piel inmensa o la cabeza de un gigante puesta a secar.
—¡El globo!
—¡Eh! —Jim se detuvo—. ¡Tú has tenido el mismo sueño que yo! Pero... los globos no
se mueren, ¿no es cierto?
Will no contestó.
—Y no los entierran, ¿no es cierto?
—Jim... yo...
—El maldito globo estaba ahí como un hipopótamo desinflado...
—Jim, anoche...
—Unas plumas negras se balanceaban, la banda tocaba unos tambores forrados en
terciopelo negro con palillos de marfil negro, si lo hubieras visto. Y encima esta mañana
tuve que decírselo a mamá, no todo, pero alcanzó para que llorara y gritara y llorara un
poco más. A las mujeres les gusta llorar, ¿no? Y me llamó criminal. Pero... nosotros no
hicimos nada malo, ¿no, Will?
—Uno que yo sé casi dio unas vueltas en el carrusel.
Jim caminó bajo la lluvia.
—Me parece que todo eso no me interesa más.
¿Te parece? ¿Después de lo que pasó? ¡Dios mío, deja que te cuente! ¡La Bruja, Jim, en
el globo! Anoche, yo...
Pero no hubo tiempo de contar nada.
No hubo tiempo de contar cómo el globo herido había ido a morir en los campos
solitarios, llevándose a la vieja ciega.
No hubo tiempo, pues mientras caminaban en la lluvia fría, oyeron un sonido triste.
Estaban pasando frente a un terreno baldío, donde se alzaba un roble enorme. Bajo el
roble había sombras lluviosas, y el sonido venía de esas sombras.
—Jim —dijo Will—, alguien... llora.
—No. —Jim siguió caminando.
—Hay una niña allí.
—No. —Jim no quería mirar. ¿Qué podía hacer una niña bajo un árbol, en la lluvia?
—. ¡Vamos!
—¡Jim! ¡Tú la oyes!
—¡No! ¡No la oigo, no la oigo!
Pero el llanto era ahora más claro; venía sobre la hierba mojada y al fin se alzó en la
lluvia como un pájaro triste. Jim tuvo que volverse, pues Will se había metido entre las
piedras del terreno.
—Jim... esa voz... ¡la conozco!
—¡Will, no vayas!
Y Jim no se movió. Pero Will anduvo a los tropezones hasta que llegó a la sombra del
árbol empapado en donde el cielo caía perdiéndose entre las hojas de otoño y corría en
hilos brillantes a lo largo del tronco y las ramas. Allí estaba la niñita, encogida, con la
cabeza entre los brazos, llorando como si toda la ciudad y todos los habitantes hubieran
desaparecido, dejándola sola y perdida en una selva terrible.
Al fin, Jim echó a caminar, y se detuvo al borde de la sombra.
—¿Quién es?
—No sé —pero Will sentía que las lágrimas le venían a los ojos, como si una parte de
él mismo hubiera adivinado la verdad.
—No es Jenny Holdridge, ¿no?
—No.
—¿Jane Franklin?
—No.
Will tenía la impresión de que la boca se le había llenado de novocaína; la lengua se
le movía apenas entre los labios insensibles.
La niñita lloraba; sabía que los chicos estaban cerca, pero no alzaba los ojos.. .
—... ayúdenme... nadie me ayuda... no me gusta...
Y cuando se sintió con más fuerzas, y más tranquila, alzó la cara, con los ojos
hinchados y casi cerrados por el llanto. Se alarmó al verlos tan cerca y en seguida dijo,
sorprendida:
—¡Jim! ¡Will! ¡Oh, Dios, sois vosotros!
La niña tomó la mano de Jim. Jim se revolvió y retrocedió gritando:
—¡No! ¡No te conozco! ¡Suéltame!
—¡Will, ayúdame! ¡Jim, no te vayas, no me dejes! —jadeó la niña, con más lágrimas
en los ojos.
—¡No, no, no! —gritó Jim. Se sacudió, se soltó, cayó, se levantó de un salto alzando
un puño, listo para pegar. Se detuvo, temblando, y dejó caer el brazo—. Oh, Will, Will,
vayámonos, lo siento, oh Dios, Dios.
En la sombra del árbol, la niñita retrocedió, abrió mucho los ojos y miró a los dos
muchachos empapados. Gimió, se apretó las manos y se movió hacia atrás y adelante,
como acunándose a ella misma, sosteniéndose los brazos... Casi parecía que iba a ponerse
a cantar, a cantarse a sí misma, sola a la sombra del árbol, para siempre, sin que nadie
pudiera unirse a ella ni detener la canción.
—... alguien tiene que ayudarme... alguien tiene que ayudarla... nadie lo hará... nadie
la ayudará... a ella, ya que no a mí... terrible... terrible...
—¡Nos conoce! —dijo Will, medio inclinado hacia ella, medio doblado hacia Jim—.
¡No podemos dejarla!
—¡Mentiras! —dijo Jim, furioso—. ¡Mentiras! ¡No nos conoce! ¡Nunca la vimos antes!
—Se fue, tráiganla de vuelta, se fue, háganla volver —lloriqueaba la niña con los ojos
cerrados.
—¿Quién?
Will dobló una rodilla y se atrevió a tocar a la niñita. Ella le tomó la mano, y casi
inmediatamente comprendió que se había equivocado, pues Will se movió tratando de
apartarse. La niña lo soltó y lloró, mientras Will esperaba cerca, y Jim lejos, sobre la hierba
muerta, llamaba a Will y le decía que se fuesen, que estas cosas no le gustaban, tenían que
irse, estaban retrasados.
—Oh, se perdió —sollozó la niñita—. Entró en ese sitio y no salió más. Por favor, por
favor, tenéis que buscarla.
Estremeciéndose, Will le tocó la mejilla.
—Eh, vamos —murmuró—. Ya se te pasará. Buscaré ayuda. —La niñita abrió los ojos
—. Yo soy Will Halloway. ¿sabes? Te juro que vamos a volver. Diez minutos. No te vayas.
La niña meneó la cabeza—.¿Nos esperarás aquí bajo el árbol?
La niña asintió en silencio. Will se puso de pie. Este simple movimiento asustó a la
niña, y Will esperó, mirándola.
—Yo sé quién eres —dijo, y vio que los ojos grises y familiares se abrían en la carita
triste; vio el pelo negro mojado por la lluvia, y las mejillas pálidas—. Yo sé quién eres, pero
me esperan.
—¿Quién me creerá? —gimió ella.
—Yo te creo —dijo Will.
La niña se recostó contra el árbol, las manos en el regazo, temblando, muy delgada,
muy blanca, muy perdida, muy pequeña.
—¿Me puedo ir ahora? —preguntó WiÍI.
La niña asintió.
Y Will se fue.
En el límite del terreno, Jim arrastraba los pies, incrédulo, casi histérico, indignado.
—¡No puede ser!
—Sí —dijo Will—. Los ojos. Así es cómo se sabe. Lo mismo que con el señor Cooger y
el niño malvado... ¡Hay un modo de estar seguro! ¡Vamos!
Y Will llevó a Jim a través de la ciudad, y al fin se detuvieron frente a la casa de la
señorita Foley y miraron las ventanas oscuras en la penumbra de la mañana y subieron la
escalera y tocaron el timbre, una, dos, tres veces.
Silencio.
Muy lentamente, la puerta de calle se abrió rechinando.
—¿Señorita Foley? —llamó Jim.
En algún sitio, fuera de la casa, unas sombras de lluvia se movieron sobre los vidrios.
—¿Señorita Foley...?
Los niños se detuvieron en el vestíbulo junto a la cortina de lluvia de la puerta de
entrada, escuchando las grandes vigas que crujían en la bohardilla, bajo el aguacero.
—¡Señorita Foley!
Pero sólo las ratas, en los tibios nidos de las paredes, contestaron con unos chillidos
de grafito.
—Salió a hacer compras —dijo Jim.
—No —dijo Will—. Nosotros sabemos dónde está.
—¡Señorita Foley, ya sé que está ahí! —gritó Jim de pronto, corriendo escaleras arriba
—. ¡Salga!
Will esperó a que Jim revisara todos los cuartos y bajara lentamente. Cuando Jim
llegó al pie de la escalera, los dos oyeron la música que se colaba por la puerta de calle
junto con el olor de la lluvia fresca y los viejos pastos.
El órgano del tiovivo, entre las lomas, tocaba hacia atrás la Marcha Fúnebre.
Jim abrió más la puerta y salió a la música como quien sale a la lluvia. —¡El carrusel!
¡Lo arreglaron!
Will asintió.
—Ella tiene que haber oído la música, y salió al amanecer.
Algo anduvo mal. Quizá el carrusel no estaba bien arreglado Quizá han estado
ocurriendo accidentes todo el tiempo. Como el vendedor de pararrayos que ha perdido la
cabeza. Quizá a la feria le gustan los accidentes, le parecen excitantes O quizá le hicieron
algo a ella, a propósito. Quizá querían saber algo más de nosotros, nuestros nombres,
dónde vivimos' o querían que ella los ayudara a hacernos daño, quién sabe qué. Quizá ella
sospechó o tuvo miedo, y ellos le dieron más de lo que ella quería...
Pero ahora, en el portal, en la lluvia fría, había tiempo para pensar en la señorita
Foley, asustada en el Laberinto de Espejos; la señorita Foley sola unas pocas horas antes en
la feria, y aullando quizá cuando al fin le hicieron lo que le hicieron, una vuelta y una
vuelta, una vuelta y una vuelta, muchos más años de los que ella había pensado en
quitarse. Habían ido despojándola, haciéndola más y más pequeña, hasta dejarla sola y
aturdida, pues ya no se conocía a sí misma, una vuelta y una vuelta, hasta que todos los
años desaparecieron y el tiovivo se detuvo como la rueda de una ruleta, nadie había
ganado, todo era pérdidas, y ella no tenía dónde ir ni cómo explicar aquella extrañeza, y
nada que hacer más que... llorar a solas bajo un árbol, en la lluvia del otoño.
Will pensó todo eso. Jim lo pensó y dijo:
—Oh, la pobre... la pobre...
—Tenemos que ayudarla, Jim. ¿Quién le va a creer? Si le dice a alguien "Yo soy la
señorita Foley", "Vamos" le dirán, "la señorita Foley se fue de la ciudad, desapareció. Vete,
niña, vete". Oh Jim, te apuesto a que esta mañana ella ha golpeado una docena de puertas,
asustando a la gente con sus gritos, y que después ha escapado, ha renunciado y se ha
escondido bajo ese árbol. Probablemente la policía ya la estará buscando, pero¿qué?, no es
más que una nena extraña llorando, de manera que la encerrarán y ella se volverá loca. Esa
feria, muchacho, saben cómo pegar, para que no puedas devolver el golpe. Te zamarrean y
te cambian para que nadie te conozca, y después te sueltan. Está bien, vete, habla; la gente
se asustará y no te hará caso. Pero nosotros sí, Jim, tú y yo, y en este momento me siento
como si acabara de comerme una babosa cruda.
Miraron por última vez las sombras de la lluvia que lloraba en las ventanas de esa
salita donde una maestra les había servido a menudo chocolate caliente con pastelitos, y
los había saludado desde la ventana; una figura alta que había andado por la ciudad.
Luego salieron, cerraron la puerta, y corrieron al terreno baldío.
—Hay que esconderla, hasta que podamos ayudarla...
—¿Ayudarla? —jadeó Jim—. ¡No nosotros solos!
—Tiene que haber armas, ante nuestras propias narices, y no las vemos...
Los niños se detuvieron.
Más allá del latido de sus propios corazones, latía un corazón más grande. Las
trompetas de bronce gimieron. Sonaron los trombones. Las tubas cargaron como una
manada de elefantes, asustados no se sabía por qué.
—La feria —boqueó Jim—. ¡Nunca lo pensamos! ¡Pueden venir a la ciudad! ¡Un
desfile! ¿O ese entierro del globo que yo soñé?
—No es un entierro. Es algo que parece un desfile, pero están buscándonos, Jim, a
nosotros o a la señorita Foley, si quieren llevársela de vuelta. Pueden ir por cualquier calle,
hermosos, magníficos, y espiar mientras marchan, tocando el tambor y la corneta. Jim,
tenemos que ir donde ella está antes que...
Y tomando impulso los dos niños se metieron en un callejón. En seguida se
detuvieron bruscamente, y de un salto se escondieron entre unos arbustos.
Por el extremo del callejón pasaba La banda de la feria y detrás venían las jaulas de
los animales, los payasos, los monstruos, atronando y restallando, desfilando delante del
terreno baldío y el roble.
El desfile tardó quizá cinco minutos en pasar. La lluvia parecía alejarse con ellos,
llevándose las nubes. La lluvia cesó. El ritmo de los tambores calló a lo lejos. Los niños
corrieron por el callejón, cruzaron la calle y llegaron al terreno baldío.
No había ninguna niñita bajo el roble.
Dieron vueltas, mirando, sin atreverse a llamar.
Luego, muy asustados, corrieron a esconderse en algún sitio de la ciudad.
33
Sonó el teléfono.
El señor Halloway levantó el tubo.
—Papá, habla Will. No podemos ir al puesto de policía, y tal vez no volvamos a casa.
Díselo a mamá y a la mamá de Jim.
—Willy, ¿de dónde hablas?
—Tenemos que escondernos. Nos están buscando.
—¿Quiénes, por el amor de Dios?
—No quiero verte mezclado en esto papá. Tienes que creerme. Nos vamos a esconder
un día o dos, hasta que se vayan. Si vamos a casa nos seguirán y son capaces de hacerles
algo a ti o a mamá o a la mamá de Jim. Tengo que irme.
—¡No, Willy!
—Oh, papá —dijo Will—, deséame suerte.
Clic.
El señor Halloway miró hacia afuera, hacia los árboles, las casas, las calles, y oyó una
música lejana.
—Willy —le dijo al teléfono mudo—, buena suerte.
Se puso la chaqueta y el sombrero y salió a la lluviosa luz del sol, extraña y brillante
en el aire frío.
34
En ese casi mediodía de domingo, frente a la United Cigar Store, bajo el sonido de
todas las campanas de todas las iglesias que se encontraban allí, entrechocándose, se
alzaba el indio cherokee de madera, de plumas de madera cincelada, perladas por la
lluvia, indiferente a las campanas católicas o bautistas, indiferente a los címbalos dorados
como el sol que ya se acercaban, batiendo como el corazón pagano de la banda de la feria.
Los floreos de los tambores, los falsetes de vieja desdentada del órgano, las sombras de
unas criaturas mucho más extrañas que él mismo, no llegaron a conmover la amarilla
mirada de halcón del indio cherokee. Los tambores borraron al fin las campanadas de las
iglesias, arrastrando entusiastas multitudes de niños hambrientos de novedades,
minúsculas o mayúsculas, de modo que cuando la lluvia de hierro y plata de las campanas
dejó de caer, las gentes piadosas y tiesas se transformaron en gentes ociosas que miraban
un desfile de bronces sonoros, terciopelos lucientes, leones que pisaban en silencio,
elefantes que arrastraban los pies, banderas que restallaban al viento.
La sombra del tomahawk de madera del indio cherokee caía sobre una reja de hierro
empotrada en la acera, frente a la cigarrería. Sobre esa reja de suaves reverberaciones
metálicas, la gente hábil pasado año tras año, dejando caer toneladas de envoltorios de
goma de mascar mentolada, doradas bandas de cigarros, cerillas quemadas o monedas de
cobre, que se perdían para siempre.
Ahora, centenares de pies hacían sonar los hierros de la reja, mientras la feria pasaba
con un rugido de tigres, y sonido y colores de volcán.
Bajo la reja, dos sombras temblaban.
Arriba, como en una cola de pavo real, enorme y barroco, que caminaba a trancos
sobre el empedrado y el asfalto, los ojos de los monstruos miraban a todas partes,
examinando los techos de las casas, los campanarios de las iglesias, los letreros de los
dentistas y los ópticos, los almacenes y las tiendas, mientras los tambores sacudían los
vidrios de los escaparates y los muñecos de cera se estremecían como si tuvieran miedo.
Multitud de ojos ardientes y brillantes, de increíble ferocidad, el desfile continuaba,
observando, buscando, insaciable.
Lo que más buscaba estaba oculto en la sombra.
Jim y Will, bajo la reja, en la acera de la cigarrería.
En cuclillas, apretados, las cabezas levantadas, los ojos atentos, respiraban
trabajosamente, sorbiendo el aire como si fuese caramelo de hierro. Arriba, los vestidos de
las mujeres florecían en el aire frío. Arriba, los hombres se estiraban hacia el cielo. En un
estruendo de címbalos, la banda empujó a los niños contra las rodillas de las madres.
—¡Ahí va! —exclamó Jim—. ¡El desfile! ¡Justo frente a la cigarrería! ¿Qué estamos
haciendo aquí, Will? ¡Vámonos!
—¡No! —dijo Will ahogando la voz, y apretando la rodilla de Jim—. Es el lugar más
evidente, ¡a los ojos de todo el mundo! Nadie pensará nunca en buscar aquí. ¡Cállate!
Drrruuummm...
Arriba, la reja resonó bajo el zapato de un hombre, y los clavos gastados de ese
zapato.
¡Papá! casi gritó Will.
Se incorporó y volvió a encogerse mordiéndose los labios.
Jim vio que el hombre de allá arriba daba unos pasos para aquí y otros para allá,
como buscando algo, tan cerca y sin embargo tan lejos, a no más de un metro.
Si yo me levantara... pensó Will.
Pero el padre se alejó, pálido y nervioso.
Y Will sintió que el alma se le enfriaba y le temblaba dentro como una jalea.
¡Bum! Los niños se sobresaltaron.
Una bolita de goma de mascar acababa de golpear en un montón de papeles, cerca de
Jim.
Un niño de cinco años se agachó arriba sobre la reja y miró con pena la golosina
desaparecida.
¡Fuera! pensó Will.
El niñito se arrodilló, con las manos en la reja.
¡Vete! pensó Will.
Tenía ganas de hacer un disparate: recoger la bola de goma y meterla de vuelta en la
boca del niñito.
Un largo redoble de tambor y luego... silencio.
Jim y Will se miraron.
El desfile, pensaron los dos, ¡se detuvo!
El niñito metió una mano entre los barrotes.
Arriba, en la calle, el señor Dark, el Hombre Ilustrado, echó una mirada a las tubas y
trompetas de bronce, por encima de la corriente de monstruos y jaulas. Asintió con un
movimiento de cabeza.
El desfile se disolvió.
Los monstruos se dividieron, la mitad hacia una acera, la mitad hacia la otra,
mezclándose con la multitud, repartiendo volantes, con ojos de cristal de fuego, rápidos,
golpeando como serpientes.
La sombra del niñito cayó sobre la mejilla de Will.
El desfile terminó, pensó Will, ahora empieza la búsqueda.
—¡Mira, mamá! —El niñito señalaba bajo la reja—. ¡Mira, ahí!
35
A media cuadra de la cigarrería, en el bar de Ned, Charles Halloway, agotado por la
falta de sueño, por pensar demasiado y caminar demasiado, terminaba un segundo café, y
estaba a punto de pagar cuando sintió de pronto el raro silencio que venía de la calle y la
perturbación en las aceras, donde la gente del desfile se estaba mezclando con el público.
Sin saber muy bien por qué, Charles Halloway se guardó otra vez el dinero en el bolsillo.
—¿Otro café caliente, Ned?
Ned iba a servirle el café cuando la puerta se abrió de par en par y alguien entró y
puso la mano derecha sobre el mostrador.
Charles Halloway miró.
La mano le devolvió la mirada.
En el dorso de cada uno de los dedos había un ojo tatuado.
—¡Mamá! ¡Ahí abajo! ¡Mira!
El niñito gritaba, señalando a través de la reja.
Más sombras pasaron, y otras se detuvieron.
Entre esas sombras... el Esqueleto.
Alto como un árbol muerto en invierno, todo cráneo y huesos de espantajo, el
hombre delgado, el Esqueleto, el señor Cráneo, paseaba su sombra de xilofón sobre las
cosas escondidas allá abajo, papeles fríos y arrugados, y niños tibios que se acurrucaban en
la sombra.
¡Vete! pensó Will. ¡Vete!
Los dedos rechonchos del niñito se movían entre dos barrotes.
Vete.
El señor Cráneo se fue.
Gracias a Dios, pensó Will.
Y en seguida, asombrado: ¡Oh, no!
Pues el Enano había aparecido de pronto, anadeando, con una ristra de campanitas
que le tintineaban sobre la camisa sucia, y una sombra de sapo que se arrastraba debajo,
los ojos como esquirlas de mármol oscuro, a veces con una locura de superficie-brillante, a
veces con una locura de tristeza lóbrega, de algo perdido-y-enterrado para siempre, en
busca de algo que no era posible encontrar, una entidad perdida en alguna parte, niños
perdidos en un momento, luego la entidad perdida otra vez, dos partes de un hombrecito
aplastado que luchaban para que los ojos zigzagueantes miraran ahora aquí, allá,
alrededor, arriba, abajo, uno buscando en el pasado, y el otro en el presente inmediato.
—¡Mamá! —dijo el niñito.
El Enano se detuvo y miró al niño, no más grande que él mismo.
Los ojos de los dos se encontraron.
Will retrocedió, tratando de pegarse al muro de cemento. Sintió que Jim hacía lo
mismo, sin mover el cuerpo, pero moviendo la mente, el alma, llevándolas a la oscuridad
para alejarlas del pequeño drama de arriba.
—¡Vamos, hijo! —La voz de una mujer.
Alzaron al niño y se lo llevaron.
Demasiado tarde.
El Enano miraba hacía abajo.
Y tenía en los ojos los pedazos intermitentes y perdidos de un hombre llamado Fury,
que había vendido pararrayos durante cuántos días, cuántos años en los tiempos fáciles,
seguros y maravillosos, antes que naciera este miedo.
Oh, señor Fury, pensó Will, qué le han hecho. Lo pusieron bajo una maza, lo
apretaron en una prensa de acero, lo encerraron en una caja de sorpresas y aplastaron la
caja hasta que no quedó nada de usted, señor Fury... nada más que este...
Enano. Y la cara del Enano era cada vez más mecánica, menos humana; en verdad,
era una cámara de fotos.
Los ojos de diafragma automático se volvieron ciegos a la oscuridad. Tic. Dos lentes
se abrieron y cerraron con una rapidez líquida: una instantánea de la reja.
¿Una instantánea también de lo que había debajo?
¿Está mirando los barrotes, pensó Will, o a los espacios entre los barrotes?
El muñeco de arcilla aplastado y arruinado que era el Enano estuvo así un rato
agazapado allá arriba mirando con ojos bulbosos de lámpara de magnesio, ¿quizá sacando
fotos aún?
En verdad, de Jim y de Will no se veían más que las formas, los colores y los
tamaños, que fueron registrados por los ojos fotográficos del Enano, y guardados en el
cráneo de cámara de cajón. Más tarde (¿cuánto más tarde?) la mente de pararrayos,
perdida, errabunda, olvidadiza, minúscula y perturbada revelaría las fotografías. Entonces
se vería realmente lo que había bajo la reja. ¿Y luego? ¡El descubrimiento! ¡La venganza!
¡La destrucción!
Clic-clac-tic.
Unos niños pasaron corriendo, riéndose.
El Enano niño sintió que la alegría de correr lo arrastraba y se fue con ellos. De
pronto se detuvo, recordó quién era y se puso a buscar algo, no sabía qué.
El sol nublado derramó luz por todo el cielo.
Los dos niños encerrados en un pozo iluminado a rayas, dejaron escapar el aliento
entre los dientes apretados.
Jim apretó con fuerza la mano de Will.
Los dos esperaron a que otros ojos pasaran y escudriñaran entre las rejas.
Los cinco ojos azules-rojos-verdes se retiraron del mostrador.
Mientras bebía un tercer café, Charles Halloway se volvió lentamente en el taburete
giratorio.
El Hombre Ilustrado lo miraba.
Charles Halloway saludó con un movimiento de cabeza.
El Hombre Ilustrado no movió la cabeza ni pestañeó: lo miró hasta que Charles
Halloway tuvo ganas de volverse, pero no lo hizo, y se quedó mirando a aquel intruso
impertinente con la mayor tranquilidad posible.
—¿Qué se va a servir? —preguntó el dueño del café.
—Nada. —El señor Dark miraba al padre de Will—. Estoy buscando a dos niños.
—¿Quién no? —Charles Halloway se levantó, pagó y fue hacia la puerta—. Gracias,
Ned —dijo y vio que el hombre de los tatuajes alargaba las manos con las palmas vueltas
hacia Ned.
—¿Niños? —dijo Ned—. ¿De qué edad?
La puerta se cerró.
El señor Dark miró a Charles Halloway que se alejaba, del lado del ventanal del bar.
Ned hablaba.
Pero el Hombre Ilustrado no oía.
El padre de Will tomó el camino de la biblioteca; al cabo de un rato se detuvo, echó a
caminar hacia los tribunales, se detuvo, esperó a que algo lo orientara, se tocó el bolsillo,
echó de menos el tabaco, y fue hacia la United Cigar Store. Jim miró hacia arriba y vio unos
pies conocidos, una cara pálida, un pelo de sal y pimienta.
—¡Will! ¡Tu papá! Llámalo. ¡Nos ayudará!
Will no podía hablar.
—¡Yo lo llamaré!
Will le golpeó el brazo, sacudió con fuerza la cabeza: ¡No!
—¿Por qué no? —preguntó Jim en voz baja.
Porque no, dijeron los labios de Will.
Porque... miró hacia arriba... papá parecía ahí todavía más pequeño que la noche
anterior, junto a la pared de la casa. Hubiese sido como llamar a otro chico. No necesitaban
otro chico, necesitaban un general; no, ¡un teniente general! Trató de verle la cara a papá
en el mostrador de la vidriera, y descubrir si no parecía realmente más viejo, más firme,
más fuerte que la noche anterior, bañado por los colores lechosos de la luna. Pero todo lo
que vio de él fueron los dedos, que le temblaban, nerviosamente, la boca que se le movía,
como si no se atreviera a decirle al señor Tetley lo que quería comprar...
—Un... esteee... un cigarro de veinticinco centavos.
—Dios —dijo arriba el señor Tetley—, ¡estamos millonarios!
Charles Halloway se demoró sacando el celofán, esperando alguna corazonada,
algún movimiento de parte del universo que le hiciera ver a dónde iba, por qué había
vuelto a comprar un cigarrillo que no necesitaba. Creyó oír que lo llamaban, dos veces,
miró a la gente, vio payasos que pasaban repartiendo volantes, encendió el cigarro que no
deseaba en la llama eterna de gas azul que ardía en un pequeño pico de plata sobre el
mostrador, echó una bocanada de humo, dejó caer la banda del cigarro, vio que la banda
pegaba en la reja metálica y desaparecía, y la siguió con los ojos, hasta allí abajo donde...
La banda cayó a los pies de Will Halloway, su hijo.
Charles Halloway se ahogó con el humo del cigarro.
¡Dos sombras allí abajo, sí! Y los ojos, aterrorizados, que miraban desde la fosa negra
bajo la calle. Casi se echó sobre el enrejado gritando.
En cambio, estupefacto, dijo en voz baja, rodeado por la multitud, bajo el cielo más
claro ahora:
—¿Jim? ¿Will? ¿Qué diablos pasa?
En ese momento, a treinta metros de allí, el Hombre Ilustrado apareció en la puerta
del bar de Ned.
—Señor Halloway... —dijo Jim.
—Salgan de ahí —dijo Charles Halloway.
El Hombre Ilustrado, multitud entre multitudes, dio una lenta media vuelta, y se
encaminó a la cigarrería.
—¡Papá! ¡No podemos! ¡No mires hacia abajo!
El Hombre Ilustrado estaba ahora a unos veinte metros.
—Chicos —dijo Charles Halloway—, la policía...
—Señor Halloway —dijo Jim roncamente—, estamos muertos si no mira usted para
arriba. El Hombre Ilustrado...
—¡El hombre de los tatuajes!
Desde el mostrador del café, cinco ojos eléctricos, de tinta azul, vinieron a la memoria
de Charles Halloway.
—Papá, mira el reloj de los Tribunales mientras te contamos lo que pasa...
El señor Halloway se enderezó.
Y el Hombre Ilustrado llegó junto a él.
Se detuvo, estudiando a Charles Halloway.
—Señor —dijo el Hombre Ilustrado.
—Las once y cuarto —dijo Charles Halloway con el cigarro en la boca, observando el
reloj de los Tribunales y poniendo en hora el reloj pulsera—. Atrasa un minuto.
Will se apretó a Jim, Jim se apretó a Will en el pozo de papeles de gomas de mascar y
paquetes vacíos de cigarrillos, mientras los cuatro zapatos se arrastraban, se movían de
izquierda a derecha, allá arriba.
—Señor —dijo el hombre llamado Dark, buscando los huesos en la cara de Charles
Halloway para compararlos con otros huesos de otras caras parecidas—, la Empresa de
Atracciones Cooger-Dark ha elegido a dos niños del lugar, ¡dos!, como invitados
especiales durante la visita de la feria.
—Bueno, yo...
El padre de Will trataba de no echar una ojeada a la acera.
—Estos dos niños...
Will miró las suelas del Hombre Ilustrado: los clavos afilaos, como dientes, sacaban
chispas a los barrotes de la reja—. ...estos niños podrán subir a todos los juegos, ver todos
los números, darles la mano a todos los artistas, y llevarse a su casa cometas mágicas,
palos de béisbol...
—¿Quiénes —preguntó el señor Halloway— son esos dos afortunados?
—Han sido elegidos de unas fotos tomadas ayer. Identifíquelos, señor y compartirá
la suerte de estos niños. ¡Aquí están!
¡Nos vio aquí! pensó Will. ¡Oh, Dios! El Hombre Ilustrado estiró las manos. El padre
de Will se estremeció.
Tatuada en brillante tinta azul, la cara de Will lo miraba desde la palma de la mano
derecha.
Dibujada con tinta en la palma izquierda, la cara de Jim parecía tan indeleble y viva
como el original.
—¿Los conoce? —El Hombre Ilustrado había visto cómo se le apretaba la garganta al
señor Halloway, cómo se le cerraban los párpados, cómo se le sacudían los huesos bajo un
golpe de maza—. ¿Los nombres?
¡Cuidado, papá!, pensó Will.
—Yo no... —dijo el padre de Will.
—Usted los conoce.
Las manos del Hombre Ilustrado se sacudieron, se adelantaron, exigiendo el regalo
de unos nombres, y la cara de Jim grabada en una palma y la cara de Will grabada en una
palma temblaron, se retorcieron y apretaron junto con la cara de Jim debajo de la acera y la
cara de Will debajo de la acera.
—Señor, usted no querrá que estos niños pierdan...
—No, pero...
—¿Pero, pero, pero? —El señor Dark se acercó, resplandeciendo con aquella piel de
galería de cuadros, con aquellos ojos, los ojos de todas las bestias y de todas las
desdichadas criaturas que le asomaban por la camisa, la chaqueta, los pantalones, y
traspasaban al viejo mordiéndolo con fuego y una multiplicada atención—. ¿Pero?
El señor Halloway mordió el cigarro.
—Un momento pensé... El señor Dark mostró una inmensa alegría.
—¿Pensó qué?
—Uno de ellos se parece a...
—¿A quién?
No sabe dominarse, pensó Will. ¿Te das cuenta papá, no?
—Señor —dijo el padre de Will—, ¿por qué se pone tan nervioso con ese asunto de
los niños?
La sonrisa se le derritió al señor Dark como espuma de caramelo.
—¿Nervioso?
Jim se encogió hasta que fue un enanito, Will se acurrucó y fue un muñeco, y los dos
miraron arriba, esperando.
—Señor —dijo el señor Dark—, ¿eso es para usted mi entusiasmo? ¿Nervios?
El padre de Will le observó los músculos a lo largo de los brazos: se le anudaban y
desanudaban como víboras, indudablemente pintadas allí, y muy venenosas.
—Una de esas fotos —dijo lentamente el señor Halloway— parece de Milton
Blumquist.
El señor Dark cerró un puño.
Un dolor enceguecedor estalló en la cabeza de Jim.
—La otra —dijo casi dulcemente el padre de Will— parece Avery Johnson.
Oh papá, pensó Will, estuviste formidable. El Hombre Ilustrado cerró el otro puño.
Un clavo atravesó la cabeza de Will, que estuvo a punto de gritar.
—Los dos —terminó el señor Halloway— se mudaron a Milwaukee hace algunas
semanas.
—Miente usted —dijo el Hombre Ilustrado con una voz helada.
El padre de Will se estremeció.
—¿Yo? ¿Y arruinarle el premio a los ganadores?
—Hace diez minutos —dijo el señor Dark— averiguamos los nombres. Sólo
queríamos una confirmación.
—¿Y? —preguntó el padre de Will, incrédulo.
—Jim —dijo el señor Dark—. Will.
Jim se retorció en la oscuridad. Will hundió la cabeza entre los hombros y cerró los
ojos.
La cara del padre de Will era un estanque donde dos nombres de piedra oscura se
hundieron sin dejar ningún círculo en el agua.
—¿Los nombres son Jim y Will? Hay muchos Jims y Wills en una ciudad como ésta.
Tal vez doscientos.
Encogido y retorciéndose, Will se preguntó quién les habría dado los nombres. ¿La
señorita Foley? Pero la señorita Foley se había ido, la casa estaba sola, habitada por
sombras de lluvia.
¿La niñita que lloraba bajo un árbol y se parecía a la señorita Foley? ¿La niñita que
los había asustado tanto? En la última media hora el desfile la había encontrado al pasar, y
ella había llorado allí durante horas, aterrorizada, y estaba dispuesta a hacer cualquier
cosa, a decir cualquier cosa, siempre que con la música, los caballos que bajaban y subían,
el mundo que corría alrededor, la envejecieran de nuevo, la hiciesen crecer de nuevo, le
pararan el llanto, detuvieran aquel horror y la volvieran como antes. ¿Le había prometido
eso la feria, le había mentido cuando la encontró bajo el árbol y se la llevó? La niñita
lloraba, pero no lo diría todo porque...
—Jim, Will —dijo el padre de Will—. Los nombres. Pero, ¿y los apellidos?
El señor Dark no sabía los apellidos. El universo de monstruos sudaba fósforo en la
piel del señor Dark, le empapaba las axilas, hedía, lo golpeaba a lo largo de las piernas y
los tendones de acero.
—Bien —dijo el padre de Will con una calma extraña y para él casi deliciosa, pues era
tan nueva—, yo creo que es usted quien miente. No sabe los apellidos. ¿Pero por qué usted,
un forastero de la feria, me mentiría a mí, acá, en una calle de una ciudad que es el patio
de atrás de ninguna parte?
El Hombre Ilustrado apretó con fuerza los puños caligrafiados.
El padre de Will, pálido, miró los dedos malignos y apretados, los nudillos, las uñas
afiladas, los puños como estuches oscuros que encerraban y comprimían las caras de los
niños.
Abajo, las sombras se retorcían, agónicas.
El Hombre Ilustrado borró todas las expresiones que tenía en la cara, dándole una
apariencia de sinceridad.
Pero una gota brillante le cayó del puño derecho.
Una gota brillante le cayó del puño izquierdo.
Las gotas cayeron perdiéndose entre los barrotes de acero.
Will ahogó un grito. Una gota le había caído en la cara. La tocó y se miró la palma de
la mano.
La gota que le había golpeado la mejilla era de un brillante color rojo.
Miró luego a Jim que también estaba muy quieto, pues el martirio, real o imaginario,
parecía haber llegado a su fin, y los dos alzaron los ojos hacia los zapatos del Hombre
Ilustrado, que sacaban chispas a los barrotes, acero contra acero.
El padre de Will vio la sangre que corría en los puños crispados, pero se obligó a
mirar al Hombre Ilustrado a la cara.
—Lamento no poder ayudarlo —le dijo.
Más allá del Hombre Ilustrado, a la vuelta de la esquina, la
vieja que decía la buenaventura, la Bruja del Polvo, llegaba mascullando, moviendo
las manos en el aire, vestida con colores gitanos de arlequín, cara de cera y ojos escondidos
detrás de anteojos oscuros. Un minuto después, alzando los ojos, Will la vio. ¡No está
muerta! se dijo. Rechazada, herida, vencida, sí, pero ahora de vuelta, ¡y loca! ¡Dios, loca, sí,
y buscándome a mí!
El padre de Will la vio. La sangre le corrió más lentamente, sólo por instinto, y le
pesó en el pecho.
Las gentes se apartaron, felices, riendo y comentando el andrajoso traje brillante,
tratando de recordar la canción que la vieja cantaba, para repetirla después. La vieja
caminaba, tanteando la ciudad con las puntas de los dedos, como si tocara un inmenso
tapiz, lujoso y complicado, y cantando:
—Adivino maridos. Adivino mujeres. Adivino la suerte. Adivino la vida. Adivino el
color de los ojos, y el de las mentiras. Adivino el color de la esperanza y el de las almas.
Venid, venid a verme. Venid a verme en la feria.
Unos niños tenían miedo, otros miraban admirados y había padres de muy buen
humor, y padres boquiabiertos, y la Bruja cantaba, desde el polvo de los vivos. El Tiempo
avanzaba paso a paso en ese murmullo. La Bruja fabricaba y destruía microscópicas telas
de araña entre los dedos, para sentir el vuelo del hollín, y el vuelo del aliento. Tocaba las
alas de las moscas, las almas de bacterias invisibles, los polvos, las motas, y la nieve de
mica del sol que se filtraba en el movimiento de tantas emociones escondidas.
Will y Jim hundieron aún más la cabeza entre los hombros, con un crujido de huesos.
—Ciega, sí, ciega —decía la Bruja—. Pero veo lo que veo, veo donde estoy. Hay un
hombre con sombrero de paja en otoño. Hola. Y... pero si ahí está el señor Dark y... un
hombre viejo... viejo.
¡No tan viejo! se dijo Will mirando a los hombres allá arriba y a la Bruja que se
detenía y echaba una sombra húmeda y fría como una garra.
—…viejo...
El señor Halloway se estremeció como si unos cuchillos fríos le atravesaran el
estómago.
—...viejo... viejo... —dijo la Bruja, y calló moviendo los Pelos que le tapaban las
aberturas de la nariz, abriendo la boca para saborear el aire—. Ah... Ah...
El Hombre Ilustrado esperó, alerta.
—¡Un momento! —suspiró la gitana.
Las uñas arañaron un invisible pizarrón de aire.
Will se oyó gemir, ladrar, lloriquear, como un perro herido.
Lentamente, los dedos de la Bruja bajaron, tanteando espectros, pesando la luz. Un
instante más y un índice apuntaría entre los barrotes de la acera: ¡Aquí, aquí!
¡Papá! pensó Will. ¡Haz algo!
El Hombre Ilustrado, de una paciencia angélica ahora que la dama del polvo estaba
ahí, ciega pero infinitamente lúcida, la miró con amor.
—Ahora...
—¡Ahora! —dijo en voz alta el padre de Will.
La Bruja vaciló.
—Ahora, ¡he aquí un buen cigarro! —gritó el padre de Will volviéndose
pomposamente hacia el mostrador.
—Silencio... —dijo el Hombre Ilustrado.
Los chicos miraron.
—Ahora... —la Bruja olió el viento.
—¡Tengo que encenderlo de nuevo! —El señor Halloway metió el cigarro en la eterna
llama azul.
—Silencio... —pidió el señor Dark.
—¿Usted no fuma? —preguntó papá.
Sorprendida por esas palabras abruptas y demasiado joviales, la Bruja dejó caer una
mano, le secó el sudor como uno seca una antena para mejorar la recepción, y la alzó de
nuevo. Las narices le palpitaban al viento.
—¡Ah!
El padre de Will echó una espesa nube de humo de cigarro, que rodeó a la mujer con
un espléndido cúmulo.
—¡Gaaa! —se ahogó la Bruja.
—¡Idiota! —ladró el Hombre Ilustrado, pero allá abajo los niños no supieron si lo
decía por el hombre o por la mujer.
—¡Tome, señor, le regalaré uno! —El señor Halloway echó otra bocanada de humo,
alcanzándole un cigarro al señor Dark.
La Bruja estalló en un estornudo, retrocedió, se tambaleó. El Hombre Ilustrado tomó
a papá de un brazo, se dio cuenta de que iba demasiado lejos, lo soltó, y marchó detrás de
la gitana en una retirada torpe y de veras inesperada. Pero mientras se iban, oyó que el
padre de Will decía: —¡Que pasen un hermoso día, señor!
¡No, papá! pensó Will.
El Hombre Ilustrado se volvió:
—Su nombre, señor? —preguntó directamente.
¡No se lo digas! pensó Will.
El padre de Will titubeó un momento, se sacó el cigarro de boca, le sacudió la ceniza,
y dijo tranquilamente:
—Halloway. Trabajo en la biblioteca. Venga a visitarme alguna vez.
—Puede estar seguro de que iré, señor Halloway.
La Bruja esperaba cerca de la esquina.
El señor Halloway se humedeció el índice, probó el viento, y echó una nube de humo
hacia la mujer.
La Bruja se tambaleó y desapareció.
El Hombre Ilustrado se puso muy tieso, dio media vuelta y desapareció, los retratos a
tinta de Jim y Will muy apretados en los puños de hierro.
Silencio.
Había tanto silencio bajo la reja, que el señor Halloway pensó que los dos chicos
habían muerto de miedo.
Y abajo, Will miraba hacia arriba, boquiabierto y con ojos húmedos, y pensaba: Oh,
Dios mío, ¿cómo no me di cuenta antes? Papá es alto; en realidad, ¡papá es muy alto!
Pero Charles Halloway no miraba la reja, sino los cometas pequeños y rojos que
habían quedado en la acera y que llegaban hasta la esquina, como huellas del
desaparecido señor Dark, que se había ido, apretando los puños. También se miraba a sí
mismo con asombro, aceptando la sorpresa, el nuevo propósito, que era en parte
desesperación, y en parte serenidad ahora que la increíble hazaña estaba cumplida. Que
nadie le preguntara por qué había dado su verdadero nombre; él mismo no hubiese
podido explicarlo. En ese momento sólo podía leer los números en el reloj de los
Tribunales, y hablar mientras desde abajo los niños escuchaban.
—Oh, Jim, Will, algo pasa de veras. Tenéis que buscar un escondite, desaparecer el
resto del día. Necesitamos tiempo, y tal como están las cosas, ¿por dónde empezar? No se
ha trasgredido ninguna ley, ninguna ley escrita por lo menos. Pero me siento como si
estuviera muerto y enterrado desde hace un mes. Tengo la piel de gallina. Ocultaos, Jim,
Will. Ocultaos. Yo les diré a vuestras madres que estáis haciendo unos trabajitos en la
feria, una buena excusa para no volver a casa. Quedaos escondidos hasta que se haga de
noche, y venid a la biblioteca a las siete. Mientras tanto buscaré en los archivos de la
policía algo que se refiera a las ferias. Miraré los Periódicos de la biblioteca, los libros, los
viejos folios, todo lo que pueda servir. Dios mediante, al anochecer, ya tendré un plan.
Tened cuidado hasta entonces. Dios te bendiga, Jim. Dios te bendiga, Will.
El padre pequeño, que ahora era muy grande, se alejó lentamente.
El cigarro olvidado le cayó de la mano y bajó como una lluvia de chispas a través de
la reja.
Y allá quedó, en el fondo del pozo, un único ojo brillante, de ardiente color rosa. Jim
y Will, lo miraron un rato, y al fin se decidieron a enceguecerlo, apagándolo.
36
El Enano siguió caminando por la calle principal, los ojos enloquecidos y brillantes.
Deteniéndose de pronto, reveló un rollo de fotografías que llevaba en la cabeza, lo estudió
con atención, bajó, y se precipitó entre el bosque de piernas hasta que alcanzó al Hombre
Ilustrado, y le tironeó los pantalones, y el Hombre Ilustrado se inclinó hasta la altura en
que un susurro se oía como un grito. El señor Dark escuchó y echó a correr dejando atrás
al Enano.
Al llegar a la cigarrería del Indio, el Hombre Ilustrado cayó de rodillas. Tomándose
de los barrotes de la reja, espió el fondo del foso.
Había allí periódicos amarillentos, envoltorios arrugados de caramelos, cigarros
quemados, gomas de mascar.
El grito del señor Dark fue de contenido furor.
—¿Perdió algo? —preguntó el señor Tetley asomándose por encima del mostrador.
El Hombre Ilustrado asintió una vez, aferrado a los barrotes.
—Limpio una vez al mes ahí abajo, por las monedas —dijo el señor Tetley—.
¿Cuánto perdió? ¿Diez centavos? ¿Veinticinco? ¿Medio dólar?
El señor Dark lanzó hacia arriba una mirada feroz.
¡Pim!
En la ventanita de la caja registradora acababa de aparecer una señal rojo fuego:
00.00.
37
El reloj de la municipalidad dio las siete.
Los ecos del carillón fueron de un lado a otro por los oscuros recovecos de la
biblioteca.
Una hoja de otoño, quebradiza, cayó en alguna parte, en la oscuridad.
Pero era sólo la página de un libro, que alguien volvía.
En una de las catacumbas, inclinado sobre una mesa, a la luz de una lámpara verde
hierba, los labios apretados, y los ojos entornados, Charles Halloway movía las manos
temblorosas sobre las páginas, alzaba los libros y los ponía otra vez en su sitio. De cuando
en cuando se asomaba rápidamente a espiar la noche de otoño, a mirar la calle. Luego
volvía a marcar las páginas, a garrapatear citas y a sujetarlas con broches a los libros,
murmurando entre dientes. La voz de Charles Halloway despertaba ecos rápidos en las
bóvedas de la biblioteca.
—¡Mira esto!
—¡Esto...! —decían los pasillos en sombra.
—¡Esta ilustración!
—¡Ilustración...! —decían los vestíbulos.
—¡Y aquí!
—¡Aquí...! —El polvo se posaba.
Había sido el más largo de todos los días de su vida. Se había mezclado a multitudes
extrañas y a multitudes no tan extrañas, había perseguido a los perseguidores, siguiendo
los pasos del desfile desparramado por la ciudad, se había resistido a decirles a la madre
de Jim y a la madre de Will más de lo que necesitaban saber para tener un domingo feliz, y
mientras tanto había cruzado sombras con el Enano, había intercambiado saludos con el
Bebedor de Lava, y el señor Cabeza de Alfiler, evitando callejones oscuros, y se había
impuesto a su propio pánico cuando ya de vuelta vio el pozo vacío bajo la reja de la
cigarrería, y supo que los niños estarían jugando a la escondida en alguna parte por allí
cerca, o Dios mediante en alguna parte por allá lejos.
Luego, junto con la multitud había ido hasta la feria, manteniéndose apartado de las
tiendas y de los juegos, observando el sol que se ponía, y a la hora del crepúsculo se fue a
examinar las aguas de vidrio del Laberinto de Espejos y desde la costa vio lo suficiente
como para retroceder antes de ahogar-se. Empapado de arriba abajo, helado hasta los
huesos, temiendo que lo atrapara la noche, se dejó llevar por la gente que lo protegió, lo
abrigó, y lo dejó en la ciudad, en la biblioteca entre unos libros muy importantes. Los
había dispuesto como un enorme reloj literario sobre la mesa, como alguien que aprende a
leer una nueva hora. Luego caminó y volvió a caminar alrededor del enorme reloj,
bizqueando sobre las páginas amarillentas como si fueran mariposas muertas clavadas en
un tablero.
Aquí, un retrato del Príncipe de las Tinieblas. Al lado, una serie de imágenes
fantásticas que mostraban las Tentaciones de San Antonio. Al lado, algunos grabados de
Bizarie de Giovan-Batista Bracelli: juguetes extraños, robots humanoides ocupados en
distintos ritos alquímicos. A las doce menos cinco había un ejemplar de Doktor Faustus, a
las dos una Iconografía Oculta; a las seis, ahora bajo los dedos inquisidores del señor
Halloway, una historia de circos, ferias, teatros de sombras, carros de titiriteros habitados
por saltimbanquis y juglares, hechiceros en zancos y fantoches. Más: un Manual de los
Reinos del Aire (Cosas que descienden volando de la historia). A las nueve en punto,
Poseído por los Demonios, encima de Filtros Egipcios, encima de Tormentos de los Condenados,
que a su vez aplastaba un delgado Magia de los Espejos. Muy tarde en el reloj de libros se
amontonaban Locomotoras y Trenes, El Misterio del Sueño, Entre la Medianoche y el Alba, El
Sabbat de las Brujas, y Pactos con el Demonio. Todo estaba allí, y el señor Halloway podía ver
la cara del reloj.
Pero el reloj no tenía manecillas.
No podía saber en qué momento de la noche de la vida estaba él ahora, ni los niños
ni la ciudad que todo lo ignoraba.
En suma, ¿qué signos podían guiarlo? Una llegada a las tres de la mañana, un
grotesco laberinto de espejos, un desfile dominical, un hombre alto con un enjambre de
imágenes de color azul eléctrico en la piel sudorosa, unas pocas gotas de sangre que caen a
través de una reja, dos niños asustados que miran desde bajo tierra, y él mismo, solo en un
silencioso mausoleo, estudiando un rompecabezas.
¿Qué había en los niños para que él creyera hasta la última palabra de lo que habían
susurrado en el pozo? El miedo mismo era una prueba, y él había visto bastante miedo en
su vida y lo reconocía con facilidad, como el olor de una carnicería en una noche de
verano.
¿Qué había en los alientos del ilustrado dueño de la feria, hombre de palabras
violentas, corruptas y dañinas?
¿Qué había en el viejo que había alcanzado a ver a través de las cortinas de una
tienda esa tarde, sentado bajo un estandarte que decía señor eléctrico, mientras la corriente
le corría y reptaba por la carne como lagartos verdes?
Todo, todo, todo eso. Y además, esos libros. Esto. Todo. Fisiognomía. Los Secretos del
Carácter Revelados en el Rostro.
¿Eran entonces Jim y Will lo que mostraban las caras: angélicos, puros, casi inocentes,
cuando miraban entre los barrotes el terror que desfilaba allá arriba? Representaban los
niños el ideal de la Mujer, el Hombre o el Niño de Excelente Disposición, Buen Color,
Equilibrio, y Tendencias Solares?
AI contrario (Charles Halloway volvió la hoja) los monstruos errantes, la Maravilla
Ilustrada, ¿no tenían la cabeza del Irascible, el Cruel, el Codicioso, la boca del Lascivo y el
Mentiroso, los dientes del Insidioso, el Inestable, el Vanidoso? ¿No eran todos parecidos a
la Bestia del Crimen?
No. El libro le resbaló de la mano, cerrándose. Si hubiera que juzgar por las caras, los
monstruos no eran peores que muchos lectores que él había visto salir de la biblioteca muy
tarde en la noche, a lo largo de los años.
Sólo una cosa era segura.
Dos líneas de Shakespeare lo decían. Tenía que escribirlas en el centro del reloj de
libros, y establecer así el centro de sus temores:
Por las cosquillas de mis pulgares,
Algo maligno viene hacia aquí1.
Tan vago, y sin embargo tan inmenso.
El no quería vivir con ese terror.
Y sabía sin embargo que si no vivía muy bien con él esa noche, tendría que
soportarlo el resto de su vida.
Junto a la ventana, miró hacia afuera y pensó: Jim, Will, ¿vendrán? ¿Llegarán?
Esperando, la piel le tomó la palidez a los huesos.
38
A las siete y cuarto, a las siete y media, a las siete y cuarenta y cinco de un anochecer
de domingo, la biblioteca era un claustro de mareas de silencio y avalanchas petrificadas
de libros, como piedras cuneiformes de la eternidad puestas en estantes tan altos que las
nieves invisibles del tiempo caían allí todo el año.
Afuera el ritmo respiratorio llevaba a la ciudad a la feria, la traía de regreso; cientos
1 By the pricking of my thumbs, Something wicked this way comes.
de personas pasaban junto a los arbustos de la biblioteca donde se escondían Jim y Will,
alzando la cabeza y agachándose rápidamente, hasta hundir la nariz en la tierra.
—¡Cuidado!
Jim y Will se aplastaron contra el pasto. Por la calle pasó lo que podía ser un niño o
un enano, un niño con cerebro de enano, o algo que era arrastrado por el viento como las
hojas que se escurrían sobre el rocío de mica de la acera. Fuese lo que fuese, pasó de largo.
Jim se sentó. Will se quedó con la cara hundida en la buena, la segura tierra. —Vamos,
¿qué pasa?
—La biblioteca —dijo Will—. Ahora hasta tengo miedo de la biblioteca.
Todos los libros, pensaba, encaramados ahí, los libros que tienen cientos de años; se
les cae la piel, se apoyan unos en otros como diez millones de buitres. Uno camina a lo
largo de las estanterías oscuras, y los títulos dorados lo miran a uno con ojos brillantes.
Entre la vieja feria, la vieja biblioteca y el padre, todo viejo... bueno...
—Ya sé que papá está ahí, ¿pero es papá? Quiero decir, quizá vinieron y lo
cambiaron y lo hicieron malo, y le prometieron algo que no le pueden dar pero él cree que
sí, y nosotros entramos y algún día de aquí a cincuenta años alguien abre uno de esos
libros y tú y yo caemos al suelo como dos mariposas de alas secas, Jim, pues alguien nos
aplastó y nos escondió entre las páginas, y nadie supo nunca que nosotros...
Eso era demasiado para Jim, que tenia ganas de actuar y salirse un poco. Lo próximo
que supo Will, fue que Jim estaba golpeando la puerta de la biblioteca. Los dos golpearon
frenéticamente desde la noche de afuera a esa cálida noche de adentro donde respiraban
los libros. Puestos a elegir oscuridades, ésta era mejor; el olor de horno de los libros se les
vino encima cuando se abrió la puerta y apareció papá con el pelo color fantasma.
Anduvieron en puntas de pie por los corredores solitarios. Will tenía ganas de silbar como
cada vez que pasaba de noche junto al cementerio. Papá les preguntaba qué los había
demorado y ellos trataban de acordarse de todos los lugares donde se habían escondido a
lo largo del día.
Se habían ocultado en viejos garajes, en antiguos graneros; se habían escondido en
los árboles más grandes a los que habían podido trepar, y se habían aburrido, y el
aburrimiento había sido peor que el miedo, así que habían bajado presentándose al jefe de
policía, y habían tenido con él una amistosa charla, lo que les dio veinte minutos de
seguridad en la oficina del jefe. A Will se le había ocurrido una recorrida por las iglesias, y
habían trepado a todos los campanarios de la ciudad asustando a las palomas, y si estaban
o no más seguros en las iglesias, y sobre todo tan arriba, junto a las campanas, no podían
saberlo, pero se sintieron seguros. Sin embargo, el aburrimiento los endureció otra vez, la
monotonía los fatigó de nuevo, y habían estado a punto de entregarse a las gentes de la
feria para tener algo que hacer cuando por suerte el sol se puso al fin. Desde entonces lo
habían pasado muy bien, arrastrándose hacia la biblioteca, imaginando que era un fortín
que había sido de los aliados, pero que ahora podía estar ocupado por los árabes.
—Así que aquí estamos —susurró Jim y se detuvo—. ¿Por qué hablo en voz baja?
Han pasado horas. ¡Demonios!
Se rió y en seguida dejó de reírse.
Creía haber oído unos pasos suaves en las bóvedas subterráneas.
Pero no era más que su propia risa que volvía a lo largo de las estanterías del sótano,
con pasos de pantera.
Así que cuando retomaron la conversación, fue otra vez en voz baja. Bosques
profundos, cuevas oscuras, iglesias en sombra, bibliotecas en penumbras, todo era lo
mismo, lo apagaban a uno, le enfriaban el entusiasmo, incitaban a hablar en susurros y
gritos ahogados, para no despertar el fantasma gemelo de la propia voz, que vagaría por
los corredores mucho después que uno se hubiera ido.
Llegaron al cuarto pequeño y rodearon la mesa en la que Charles Halloway había
puesto los libros, donde había leído durante horas. Y allí por primera vez se miraron las
caras y vieron una palidez de muerte, de modo que no hicieron comentarios.
—Desde el principio. —El padre de Will sacó unas sillas—. Por favor.
Turnándose y tomándose su tiempo, los dos niños hablaron del errante vendedor de
pararrayos, las predicciones de las tormentas que vendrían, el tren que había llegado
mucho después de medianoche, los prados de pronto habitados, las tiendas hinchadas por
el claro de luna, el órgano que lloraba sin nadie y luego la luz del mediodía que se
derramaba sobre un camino ordinario, recorrido por cientos de cristianos, pero sin leones
esperando en la arena. Sólo el laberinto donde el tiempo se perdía hacia atrás y hacia
adelante en cataratas de espejos, sólo el carrusel fuera de servicio, la hora muerta de la
cena, el señor Cooger y el chico con ojos que había visto todas las tripas lucientes del
mundo como pecados goteantes que colgaban de una cuerda, y todos los pecados
empalados y sacudiéndose como gusanos rojos, ese chico con ojos de hombre que ha
vivido siempre, que ha visto demasiado, que quizá quisiera morirse pero no sabe cómo.. .
Los niños se detuvieron a tomar aliento.
La señorita Foley, otra vez la feria, el tiovivo que enloquecía, la viejísima momia de
Cooger que respiraba a la luz de la luna, exhalando polvo de plata, muerto, resucitado
después en una silla donde un rayo verde le golpeaba el esqueleto, todo como una
tormenta sin lluvia y sin truenos, el desfile, el pozo de la cigarrería, los escondites, y al fin
ellos allí, en la biblioteca, agotados.
Durante un largo rato el padre de Will se quedó sentado, mirando ciegamente el
centro de la mesa, y luego movió los labios:
—Jim, Will —dijo—. Sé que es cierto.
Los chicos se hundieron todavía más en las sillas.
—¿Todo?
—Todo.
Will se frotó los ojos.
—Caramba —dijo ásperamente—. Tengo ganas de llorar.
—¡No hay tiempo para eso! —dijo Jim. —No hay tiempo.
Y el padre de Will se puso de pie, cargó la pipa, buscó las cerillas en los bolsillos, y
extrajo una armónica estropeada, un cortaplumas, un encendedor que no funcionaba, y
una libreta en la que siempre había querido escribir grandes pensamientos, y que todavía
estaba en blanco. Fue alineando todo obre la mesa, como armas para una guerra de
pigmeos que podía perderse antes de haber empezado, y probó aquí y allá meneando la
cabeza. Finalmente encontró una ruinosa caja de cerillas, encendió la pipa y rumió
pensativo, caminando por la habitación.
—Me parece que hablaremos bastante de una determinada feria. ¿De dónde viene?
¿A dónde va? ¿Qué pretende? Creímos que no había estado nunca aquí. Pero mirad por
Dios. Dio unos golpecitos sobre un amarillento anuncio en un diario fechado el 12 de
octubre de 1888, y señaló con la uña:
J. C. COOGER Y G. M. DARK PRESENTAN EL PANDEMÓNIUM
THEATER COMPANY. ATRACCIONES Y MUSEO NO NATURAL.
ESPECTÁCULO INTERNACIONAL
—J. C, G. M. —dijo Jim—. Las mismas iniciales que en los prospectos repartidos en la
semana. Pero... no pueden ser los mismos hombres...
—¿No? —El padre de Will se frotó los brazos—. Mi carne de gallina se opone a esa
imposibilidad.
Extendió otros viejos diarios.
—1860. 1846. El mismo anuncio. Los mismos nombres. Las mismas iniciales. Dark y
Cooger. Cooger y Dark. Iban y venían, pero sólo una vez cada veinte, treinta, cuarenta
años, así la gente se olvidaba. ¿Dónde estuvieron todos los otros años? viajando. Y más
que viajando. Siempre en octubre. Octubre de 1846, octubre de 1860, octubre de 1888,
octubre de 1910, y octubre de este año, esta noche. — Se le apagó la voz—. Cuídate de las
gentes del otoño...
—¿Qué?
—Un viejo folleto religioso. Del Pastor Newgate Phillips, creo. Lo leí en la infancia.
¿Cómo seguía?
Charles Halloway trató de recordar. Se pasó la lengua por los labios. Recordó.
—"Para algunos el otoño llega temprano y se queda mucho tiempo en la vida;
octubre entonces sigue a setiembre y noviembre sigue a octubre, y luego, en vez de
diciembre y el nacimiento de Cristo, no hay Estrella de Belén, no hay regocijo, y setiembre
vuelve otra vez y el viejo octubre, y así durante años, sin invierno ni primavera, ni verano
vivificante. Para estas gentes el otoño es la estación normal, el clima único sin alternativa.
¿De dónde vienen? Del polvo. ¿A dónde van? A la tumba. ¿Es sangre lo que les corre por
las venas? No, el viento de la noche. ¿Qué se les mueve en las cabezas? El gusano. ¿Quién
habla por las bocas de estas gentes? El sapo. ¿Quién ve por esos ojos? La serpiente. ¿Quién
oye por esos oídos? El abismo entre dos astros. Pasan la tormenta humana por el cedazo
en busca de almas, devoran la carne de la razón, llenan las tumbas de pecadores. Los
impulsa un frenesí. Invaden todo como escarabajos en ráfagas; reptan, se arrastran, se
filtran, oscurecen las lunas y enturbian las aguas claras. La tela de araña los oye, tiembla...
y se rompe. Son las gentes de otoño. Cuídate de ellos."
Luego de una pausa, los dos niños resoplaron al mismo tiempo.
—Las gentes del otoño —dijo Jim—. ¡Son ellos, seguro!
—Entonces... —Will tragó saliva—, ¿nosotros somos... las gentes del verano?
—No del todo. —Charles Halloway meneó la cabeza—. Oh, vosotros estáis más cerca
del verano que yo. Si fui alguna vez, una de esas raras y espléndidas criaturas del verano,
ocurrió hace mucho tiempo: La mayoría somos mitad y mitad. El mediodía de agosto
trabaja en nosotros impidiendo los escalofríos de noviembre. Sobrevivimos gracias al poco
juicio que nos queda del cuatro de julio. Pero hay momentos en que todos somos gente del
otoño.
—¡Tú no, papá!
—¡Usted no, señor Halloway!
Charles Halloway se volvió rápidamente y los vio mirándolo, una palidez al lado de
otra palidez, las manos en las rodillas, como preparados para saltar.
—Es una manera de decir. Calma, muchachos. Los hechos, eso es lo que me interesa.
Will, ¿conoces realmente a tu padre? ¿No tendrías que conocerme y no tendría yo que
conocerte a ti, si vamos a unirnos contra ellos?
—Eh, sí —dijo Jim en voz baja—. ¿Quién es usted?
—¡Sabemos bien quién es! —protestó Will.
—¿Sabemos? —preguntó el padre—. Veamos. Charles William Halloway. Nada
extraordinario en mí, excepto que tengo cincuenta y cuatro años, lo que es siempre algo
extraordinario para el hombre que los tiene. Nacido en Sweet Water, vivió en Chicago,
sobrevivió en New York, se escondió en Detroit tropezó en montones de sitios, y ancló
tarde aquí, luego de vivir en bibliotecas de todo el país, durante años Es que me gustaba
estar solo, me gustaba verificar en los libros lo que iba viendo en los caminos. Y al fin, en
la mitad de esa huida que yo llamaba viaje, a los treinta y nueve años tu madre me detuvo
con una sola mirada, y desde ese momento he estado aquí. Me siento mejor en las noches
de la biblioteca que afuera a la lluvia entre la gente. ¿Será esta mi última parada? Es muy
posible. Y al fin y al cabo, ¿para qué estoy aquí? Ahora, para ayudaros, parece.
Hizo una pausa y miró las caras hermosas y jóvenes de los niños. —Sí —dijo—. He
entrado tarde en el juego. Para ayudaros.
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Todas las ventanas de la biblioteca, cerradas a la noche oscura, castañeteaban de frío.
El hombre y los dos niños esperaban a que el viento se calmara.
—Papá, tú siempre nos ayudaste —dijo Will.
—Gracias, pero no es cierto. —Charles Halloway se miró la mano muy desnuda—.
Soy un tonto. Siempre mirando por encima de tu hombro para ver qué viene, en vez de
mirarte a ti para ver qué hay. Claro que en este sentido, aunque no me justifico, todos los
hombres son tontos. Es decir, tienes que trabajar duro toda tu vida, saltar, abordar, atar
cuerdas, tapar agujeros, palmear mejillas, besar frentes, reír, llorar, prevenir, hasta que un
día demuestras ser más tonto que todos los tontos y gritas:¡Socorro! Y todo lo que
necesitas entonces es que alguien te conteste. Lo veo tan claro. Esta noche, en todo el país,
hay ciudades, pueblos y meras paradas donde abrevan los tontos. De modo que la feria
sigue su camino y sacude un árbol, cualquiera, y cae una lluvia de burros. Burros
solitarios, gentes que no tienen a nadie, suponen, y responden siempre a un llamado de
auxilio. Tontos que no se conocen entre ellos, esa es la cosecha que la feria viene a buscar
con una sonrisa, para la máquina trilladora.
—¡Oh, caramba! —dijo Will—. ¡No tenemos esperanzas!
—No. El solo hecho de que estemos aquí tratando de diferenciar el verano del otoño,
me da la seguridad de que hay una salida. Uno no tiene por qué ser siempre tonto, y
tampoco está condenado a ser siempre injusto, malvado, pecador, como queráis llamarlo.
Hay más de tres o cuatro caminos. Ellos, ese Dark y los amigos de Dark, no tienen todos
los naipes en la mano, así lo vi hoy frente a la cigarrería. Le tengo miedo pero me pareció
que él también me tiene miedo. Así que hay miedo de los dos lados. Ahora bien, ¿cómo
podemos aprovechar el miedo de ellos en nuestro beneficio?
—¿Cómo?
—Vayamos por orden. Estudiemos la historia. Si los hombres hubieran querido ser
siempre malos, hubieran podido, ¿de acuerdo? De acuerdo. ¿Nos quedamos en los campos
con tas bestias? No. ¿En el agua con la barracuda? No. En algún momento dejamos caer la
garra del gorila. En algún momento dejamos de lado los dientes de carnívoro y nos
pusimos a mascar hierba. Metimos tierra junto con sangre en nuestra filosofía, durante
muchas generaciones. Desde entonces nos hemos situado a nosotros mismos bastante por
encima del mono, pero muy por debajo del ángel. Fue una hermosa nueva idea, y tuvimos
tanto miedo de olvidarla que la escribimos en un papel y levantamos alrededor edificios
como este. Y hemos visitado muy a menudo las bibliotecas, siempre mascando esa brizna
nueva de hierba dulce, tratando de adivinar cómo empezó todo, cuándo dimos el primer
paso, cuándo decidimos ser distintos. Supongo que una noche, hace cientos de miles de
años, en una caverna cerca del fuego encendido para la noche, uno de esos hombres
velludos despertó y miró a su mujer y a su hijo por encima de los carbones, fríos, muertos,
desaparecidos para siempre. Tal vez haya llorado. Y esa noche alargó la mano y tocó a la
mujer que moriría algún día y a los niños que se irían también. Y a la mañana siguiente los
trató un poco mejor porque había visto que ellos, como él, llevaban consigo la semilla de la
noche. Sentía esa semilla como un barro en la sangre que golpeaba y lo llevaba hacia el día
en que esa semilla se le multiplicaría en la oscuridad. Y ese hombre, el primero, supo lo
que nosotros sabemos ahora: que nuestro tiempo es breve y la eternidad es larga. Así
nacieron la piedad y la misericordia, y aprendimos así a cuidar del otro, para que pudiese
recibir el último, el más intrincado y misterioso beneficio del amor.
"Y en suma, ¿qué somos? Criaturas que saben, y que saben demasiado. Esto nos deja
con una carga que nos obliga de nuevo a una alternativa: reír o llorar. Ningún otro animal
ríe o Hora. Nosotros hacemos las dos cosas, de acuerdo con la estación y la circunstancia.
Siento de algún modo que la feria vigila, para saber qué hemos elegido, cómo y por qué, y
luego viene a buscarnos cuando cree que estamos maduros.
Charles Halloway se detuvo; los niños lo miraban con tanta intensidad que tuvo que
volver la cabeza, ruborizado.
—Oh señor Halloway —dijo suavemente Jim—, qué formidable. ¡Siga, por favor!
—Papá —dijo Will sorprendido—, ¡nunca imaginé que sabías hablar!
—Tendrías que oírme aquí a la noche, bien tarde. ¡No hago otra cosa que hablar! —
Charles Halloway meneó la cabeza—. Sí, tendrías que oírme. Te hubiera dicho muchas
cosas, cualquiera de estos días pasados. Diablos, ¿dónde andábamos? Llegando al amor,
creo. Sí...
Will puso cara de aburrido. Jim parecía desconfiar de la palabra.
Y estas miradas hicieron que Charles Halloway callara un rato.
¿Qué podría decirles para que ellos entendieran? ¿Podía decirles que el amor era por
encima de todo una causa común, una experiencia compartida? El cemento vital, ¿no?
¿Podía decirles lo que sentía ahora que estaban allí los tres juntos, en un mundo salvaje
que rodaba alrededor de un sol enorme que caía a través del espacio inmenso, dentro de
una inmensidad todavía más vasta, quizá hacia y quizá desde algo? ¿Podría decirles:
compartimos este paseo a un billón de kilómetros por hora? ¿Hemos hecho causa común
contra la noche? Las causas son siempre pequeñas y en común al principio. ¿Por qué
amamos al niño que en un campo de marzo desafía al cielo con una cometa? Porque los
dedos se nos queman en el cordel. ¿Por qué amamos a la muchacha que vemos desde la
ventanilla del tren, inclinada sobre un aljibe? La lengua recuerda agua ferruginosa y fresca
en un mediodía de hace mucho tiempo. ¿Por qué lloramos por un extraño muerto a la
orilla del camino? Nos recuerda a un amigo que no vemos desde hace cuarenta años. ¿Por
qué nos reímos cuando los payasos se tiran pasteles a la cara? Sentimos el sabor de la
crema, el sabor de la vida. ¿Por qué se ama a la mujer con quién uno se ha casado? La
nariz de ella respira el aire de un mundo conocido, y por lo tanto uno ama esa nariz. Los
oídos de ella oyen música que uno podría cantar toda la noche, y por lo tanto, uno ama
esos oídos. Los ojos de ella se deleitan con las estaciones de la tierra, y por eso ama uno
esos ojos. La lengua de ella conoce el membrillo, el durazno, la frambuesa, la menta, la
lima; uno ama oírla hablar. La carne de ella conoce el calor, el frío, la aflicción, y así uno
conoce el fuego, la nieve y el dolor. Experiencia compartida, una y otra vez. Billones de
ásperas texturas. Si uno se quita un sentido, se quita la vida Si uno se quita dos sentidos,
en ese mismo instante la vida se parte en dos. Amamos lo que conocemos, amamos lo que
somos, una causa común, la causa común de la boca, el ojo el oído, la lengua, la mano, la
nariz, el corazón y el alma. Pero ¿cómo decirlo?
—Bueno —empezó—, imaginemos dos hombres en un coche de ferrocarril. Uno es
soldado y el otro es granjero. Uno habla de la guerra, el otro habla del trigo, y los dos se
aburren a muerte. Pero dejad que uno de ellos hable de carreras de larga distancia, y si el
otro corrió alguna vez el kilómetro, bueno, los dos correrán toda la noche, como dos
amigos de siempre. Y todos los hombres tienen una cosa en común, las mujeres, y pueden
hablar de eso hasta la madrugada y aún más. Diablos.
Charles Halloway se interrumpió, ruborizándose, sabiendo que de algún modo allá
adelante había un blanco, y no alcanzaba a verlo. Se mordió los labios.
Papá, no te detengas, pensó Will. Cuando hablas se está bien aquí. Tú nos salvarás.
Sigue.
El hombre leyó en los ojos de su hijo, vio la misma mirada en Jim, y caminó
lentamente alrededor de la mesa, tocando aquí una bestia de la noche, allá una garra de
bruja, una estrella, una luna en cuarto creciente, un sol antiguo, un reloj de arena que
marcaba el tiempo con polvo de huesos en lugar de arena.
—¿He dicho algo hasta ahora acerca de ser bueno? Dios, no sé. Si a un extraño le
disparan un tiro en la calle, es difícil que quieras impedirlo. Pero si media hora antes
estuviste diez minutos con el hombre, y sabes algo de él y de su familia, saltas sobre el
asesino tratando de detenerlo. Realmente, saber es bueno. No saber, o negarse a saber, es
malo, o por lo menos inmoral. Uno no puede actuar si no sabe. Actuar sin saber termina
por desbarrancarlo a uno. Dios, Dios, pensáis quizá que estoy loco, con toda esta charla, y
que tendríamos que estar fuera disparando contra los globos, como hiciste tú, Will, pero
necesitamos saber todo lo que hay que saber acerca de estos monstruos y el hombre que
los maneja. No seremos buenos a menos que conozcamos el mal, y es una pena que
estemos obligados a trabajar contra el tiempo. La función terminará pronto, y la gente se
irá temprano a sus casas pues es noche de domingo. Creo que entonces tendremos una
visita de las gentes de otoño. Eso nos da tal vez dos horas.
Jim miraba ahora por la ventana, más allá de la ciudad, hacia las lejanas tiendas
negras y el órgano que tocaba las rondas del mundo en la noche.
—¿Es muy malo eso? —preguntó.
—¿Malo? —gritó Will furioso—. ¡Malo! ¡Y lo preguntas!
—Calma —dijo el padre de Will—. Es una buena pregunta. Parte de esa feria parece
magnífica. Pero aquí se aplica el viejo dicho: no se obtiene algo por nada. Y de estas gentes
se obtiene nada por algo. Te hacen promesas vacías, te metes hasta el cuello, y... ¡clac!
—¿De dónde vienen? —preguntó Jim—. ¿Quiénes son?
Will fue con su padre hasta la ventana y los dos miraron afuera. Charles Halloway
dijo, a las tiendas lejanas:
—Tal vez un día, antes de Colón, un hombre solitario recorría Europa, haciendo
sonar unas campanillas que llevaba en los tobillos, con un laúd terciado al hombro,
echando una sombra de jorobado. Tal vez hace un millón de años un hombre vestido con
una piel de mono iba de un lado a otro, alimentándose de las desdichas ajenas, masticando
todo el día el dolor de los otros como goma de mascar, saboreando el perfume de la
menta, y descubriendo que así caminaba más rápido como reanimado por la infelicidad de
los demás. Es posible también que el hijo de este hombre haya perfeccionado el arte
paterno: máquinas de triturar huesos, dar dolor de cabeza, crispar la carne, desollar las
almas. Todo esto llevó a que se formara una espuma sobre estanques solitarios, y de allí
salieran esas moscas del vinagre que tapan las narices, los mosquitos que pican en las
noches de verano y levantan esas protuberancias que tanto gustan a los frenólogos de
feria, y que ellos acarician para hacer predicciones. Y así, un hombre aquí, un hombre allá,
viajando con la rapidez con que deslizaban unas miradas oleosas, pronto hubo
escuadrones de hombres perros que suplicaban la limosna de la infelicidad, dando alas a
la miseria, buscando las huellas del ciempiés bajo las alfombras, vigilando los sudores de
las noches, escuchando junto a las puertas de los dormitorios para oír a la gente que se
retuerce allí presa de remordimientos y sueños.
"La materia de las pesadillas es el pan cotidiano de estos hombres. Lo untan con la
manteca del dolor. Ponen en hora los relojes de acuerdo con los escarabajos de la muerte, y
cosechan a través de los siglos. Ellos fueron los que manejaron el látigo cuando se
construían las pirámides con el sudor y los corazones destrozados de otros hombres. Ellos
cruzaron Europa montando los caballos blancos de la peste. Ellos le susurraron a César en
el oído que él también era mortal, y luego fueron al mercado de los Idus de Marzo a
vender dagas a mitad de precio. Algunos, sin duda, fueron bufones, palafreneros de
emperadores, príncipes y papas epilépticos. Y luego fueron gente trashumante, gitanos
cuando llegó la hora, y su número aumentó junto con el mundo, y cada vez había una más
deliciosa variedad de dolor e infelicidad. El tren les puso ruedas bajo los pies, y así
recorrieron el largo camino que va del gótico al barroco. Mirad los coches y los vagones,
los adornos que recuerdan las iglesias medievales, todo lo que en un tiempo fue arrastrado
por caballos, muías, o quizá hombres.
—Y durante todos esos años —la voz se le estranguló a Jim—, ¿fue la misma gente?
Usted cree que el señor Cooger y el señor Dark tienen doscientos años?
—Montando en ese carrusel pueden sacarse un año o dos cuando quieren, ¿no?
Un abismo se abrió a los pies de Will.
—Pero entonces... ¡pueden vivir para siempre!
—Y hacer daño a la gente. —Jim le dio vueltas al asunto una y otra vez—. ¿Pero por
qué, por qué todo ese mal?
—Porque —dijo el señor Halloway— uno necesita fuel oil, kerosene, o alguna otra
cosa para que la feria funcione, ¿no? Las mujeres viven de chismes, ¿y qué son los chismes
sino un trueque de dolores de cabeza, saliva amarga, huesos artríticos, carne rota y
remendada, indiscreciones, tormentas de locura, y calma después del vendaval? Si ciertas
gentes no tuvieran algo jugoso que morder, se les estropearía la dentadura, y también el
alma. Multiplicad el placer que ellos sienten en los funerales, las risitas ahogadas con que
leen las notas necrológicas a la hora del desayuno; sumad los matrimonios que se llevan
como perro y gato, donde cada uno vive dedicado a despellejar al otro; sumad los médicos
charlatanes que abren a los enfermos para leerles las tripas, como quien lee en las hojas del
té, y que luego los cosen con un hilo sucio de marcas de dedos, multiplicad toda esa
fábrica de dinamita por diez cuatrillones, y ahí tenéis la vela negra que alumbra la feria.
Todas nuestras mezquindades, ellos las toman para redobladas. Llevan una carga de
dolor, angustia y enfermedad, un billón de veces más pesada que la del hombre medio.
Nos adobamos la vida con los pecados de los otros. Nuestra carne nos parece de un gusto
delicioso. Pero a la feria no le importa que esta carne hieda a la luz de la luna y no a la luz
del sol, mientras pueda atiborrarse de dolor y miedo. Ese es el fuel oil, el vapor que
alimenta el carrusel, la materia prima del terror, la agonía de la culpa, el grito provocado
por una herida real o imaginaria. La feria absorbe ese combustible, lo enciende, y pone en
marcha el motor.
Charles Halloway tomó aliento, cerró los ojos y dijo:
—¿Cómo lo sé? No lo sé, lo siento. Lo husmeo. Hace dos noches era como hojas secas
que se queman en el viento. Un olor de flores mortuorias. Oí esa música. Oí lo que
vosotros contáis y la mitad de lo que no contáis. Quizá he soñado siempre con esas ferias y
he estado esperando que viniera una para reconocerla. Ahora la siento en los huesos, como
una marimba.
"Mi esqueleto lo sabe.
"Me lo dice.
"Y yo os lo digo a vosotros.
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—¿Ellos pueden... —preguntó Jim— quiero decir... ellos compran almas?
—¿Comprar almas, cuando pueden obtenerlas gratis? —dijo el señor Halloway—. La
mayoría de los hombres está siempre dispuesta a darlo todo, por nada. No hay cosa que
respetemos menos que nuestra propia alma inmortal. Suponéis, además, que el mismísimo
diablo está metido en el asunto. Yo sólo digo que estas criaturas han aprendido a vivir de
las almas, y que no necesitan a las almas mismas. Siempre vi ese problema en los viejos
mitos. Me he preguntado una y otra vez para qué quiere Mefistófeles un alma. Qué hace
con ella cuando la consigue, qué utilidad le encuentra. Lo explicaré en seguida. Esas
criaturas necesitan e.1 gas ardiente que escapa de las almas insomnes, esa fiebre diurna
que viene de viejos crímenes. Un alma muerta no alimenta ningún fuego. Pero un alma
viva y que sufre, torturada por su propia condenación, oh, es un magnífico bocado. ¿Cómo
lo sé? Observo. La gente de la feria es como los demás, pero de un modo concentrado. Un
hombre, una mujer, antes de separarse o matarse prefieren hostigarse toda una vida,
tirándose de los pelos, sacándose las uñas. El sufrimiento ajeno es como una droga que
ayuda a vivir. La feria huele de lejos los egos ulcerados, y corre a calentarse las manos en
el dolor. Huele unos niños que sufren porque no son todavía hombres, como si padecieran
el dolor de unas enormes muelas de no-juicio, y los sienten a treinta mil kilómetros de
distancia, un verano ahogado en la noche de invierno. Siente la tristeza de los hombres
maduros como yo, que lloran las tardes de agosto perdidas por nada, nace tanto. La
necesidad, la voluntad, el deseo, quemamos todo eso en nuestros fluidos, lo oxidamos en
nuestras almas, y nos sale en chorros de vapor por los labios, la nariz, los ojos, las orejas,
las antenas de los dedos, y los transmitimos en ondas inalámbricas, cortas o largas, sólo
Dios lo sabe. Los amos de los monstruos sienten el cosquilleo, y vienen a rascarnos,
arrastrándose como cangrejos. El viaje es largo, y el camino fácil, pues hay gente que los
espera en todas las encrucijadas para proporcionarles litros de angustia, el combustible
que necesitan para continuar la marcha. De modo que quizá la feria sobreviva
alimentándose del veneno de nuestras faltas y del fermento de nuestros arrepentimientos.
Charles Halloway bufó.
—Dios, ¿cuánto he dicho en voz alta, y cuánto para mí mismo en los últimos diez
minutos?
—Usted habla mucho —dijo Jim.
—¡En qué lengua, maldita sea! —gritó Charles Halloway.
Le pareció de pronto que esta noche había sido como otras, cuando se paseaba
maravillosamente solo, complaciéndose en proponer ideas a los pasillos, que las devolvían
en ecos, y luego las devoraban para siempre. Se había pasado la vida escribiendo libros, en
el aire de vastos salones de vastos edificios, y los ventiladores se habían llevado todo.
Ahora mismo había estado disparando unos juegos de artificio, escribiendo una
arquitectura de sonido y color, capaz de deslumbrar a Will y Jim, y darles confianza, pero
que no dejaba ninguna huella en la retina o en la mente. Un mero ejercicio retórico.
Tímidamente se encaró consigo mismo.
—¿Cuánto de esto vale la pena? ¿Una frase de cada cinco, dos de cada ocho?
—Tres de cada mil —dijo Will.
Charles Halloway no pudo hacer otra cosa que reír y suspirar al mismo tiempo.
En ese momento Jim interrumpió:
—¿Es... es eso... la muerte?
—¿La feria? —El viejo encendió la pipa, echó una bocanada de humo, estudiando las
volutas que subían en el aire—. No. Pero me parece que utiliza la muerte como amenaza.
La muerte no existe. Nunca existió, nunca existirá. Pero la hemos dibujado tantas veces,
tantos años, tratando de apresarla, de entenderla, que vemos en ella algo así como una
entidad, extrañamente viva y ávida. Y sin embargo, no es más que un reloj detenido, una
pérdida, un final, una sombra. Nada. Y la feria sabe que la Nada nos parecerá siempre más
terrible que Algo. Uno puede luchar contra Algo. Pero contra Nada… ¿En dónde le pega
uno a la Nada? ¿Tiene corazón, alma, trasero cerebro? No. Y la feria nos sacude en las
manos el cubilete de dados colmado de Nada, y nos cosecha a medida que el terror nos va
tirando al suelo. Oh, nos muestra Algo que eventualmente llegará a Nada, por supuesto.
Ese floreo de espejos allá en el prado, eso es Algo, seguro. Es bastante como para que el
alma pierda los estribos. Un golpe bajo que te muestra cómo serás a los noventa años,
deshaciéndote en vapores de eternidad, como hielo seco. En seguida, cuando ya te ves
duro y helado, te tocan una música dulce y sutil; huele a vestidos frescos de mujeres que
bailan en las cuerdas de los patios de mayo, y suena como hierbas mojadas en vino, una
música de cielo azul y noches de verano en el lago, hasta que al fin la cabeza se te sacude
con los golpes de los tambores, como lunas llenas, que acompañan al órgano. Qué sencillo,
Dios. Admiro esos ataques directos. Golpear a un viejo con espejos, ver cómo se cae a
pedazos, en trocitos de hielo, un rompecabezas que sólo la feria puede reconstruir.
¿Cómo? Una vuelta de vals hacia atrás en el carrusel con Hermoso Ohio o La Viuda Alegre.
Pero se cuidan bien de no decirles algo a las gentes que se dejan llevar por esa música.
—¿Qué? —preguntó Jim.
—Bueno, si uno es un miserable pecador en cierto sentido, seguirá siendo un
miserable pecador en otro sentido. Cambiar de medida no es cambiar de cerebro. Si te
hago mañana de veinticinco años, Jim, tus pensamientos serán todavía de chico, ¡y se va a
notar! Y si ellos me transformaran de pronto en un niño de diez años, mi mente seguiría
siendo una mente de cincuenta años, y ese niño parecería más viejo, más ridículo y más
extraño que cualquier otro niño. Y el tiempo estaría bastante desbarajustado también.
—¿Cómo es eso? —preguntó Will.
—Si vuelvo a ser joven, todos mis amigos tendrán todavía cincuenta, sesenta años,
¿no? Me apartaría para siempre de ellos, pues no podría decirles lo que me ha pasado, ¿no
es cierto? Se sentirían resentidos. Me odiarían. Nuestros intereses ya no serían los mismos.
Especialmente sus preocupaciones. La enfermedad y la muerte para ellos; una vida nueva
para mí. ¿Qué lugar habría en este mundo para un hombre que parece tener veinte años
pero es más viejo que Matusalén? ¿Qué hombre podría soportar un cambio semejante? La
feria no te advierte que será como un shock postoperatorio, pero por Dios, lo será, y de
veras. "¿Qué ocurre entonces? Obtienes tu recompensa; la locura. Cambio de cuerpo,
cambio de ambiente, por un lado... Culpa por otro, culpa porque abandonas a tu mujer, a
tu marido, a tus amigos, y dejas que mueran como mueren todos los hombres... Dios, eso
solo es un golpe terrible. Más miedo, pues, más agonía, para alimentar a la feria. Al fin,
cuando en tu conciencia enferma aparecen los vapores verdes, ¡quieres ser otra vez como
antes! La feria escucha y está de acuerdo. Sí, prometen, si haces lo que ellos quieren te
devolverán tus cuarenta o cincuenta años, y con la promesa de que un día recuperarás tu
verdadera edad, el tren sigue viajando junto con el mundo, llevando locos que esperan el
día de la liberación y sirven mientras tanto a la feria, proporcionando el carbón que las
calderas necesitan.
Will dijo algo en voz baja.
—¿Qué?
—La señorita Foley —se lamentó Will—. Oh, pobre señorita Foley. Se han apoderado
de ella, como tú dices. Se asustó cuando tuvo lo que quería, no le gustaba. Oh, lloraba
tanto, papá, tanto. Apuesto que le prometieron que un día volverá a tener cincuenta años,
si quiere. ¿Qué estarán haciendo con ella ahora, en este momento? ¡Oh, papá, oh, Jim!
—Que Dios la ayude. —El padre de Will pasó una mano pesada por los antiguos
grabados de las ferias—. Probablemente la tienen entre los monstruos. ¿Y qué son esos
monstruos? ¿Pecadores que han viajado tanto, esperando ser liberados y que han tomado
la forma de los. pecados originales? El Hombre Gordo, ¿qué fue una vez? Si he
comprendido bien qué sentido de la ironía tiene la feria, la vara con que miden a los
hombres, el Gordo fue una vez un insaciable que perseguía todos los placeres. En fin, ahí
vive ahora, metido dentro de una piel a punto de reventar. El Hombre Flaco, el Esqueleto,
o lo que sea, ¿hizo morir de hambre espiritual y física a su mujer y a sus hijos? ¿El Enano?
Tal vez sea nuestro amigo, el vendedor de pararrayos, siempre en viaje, sin detenerse
nunca en un sitio, siempre andando, evitando los encuentros, corriendo delante del
relámpago y vendiendo pararrayos, sí, pero dejando que los demás enfrenten la tormenta.
Así, quizá por accidente o de modo intencional, cuando cedió a la tentación de dar unas
vueltas gratis en el tiovivo, se encogió más y más pero no fue un niño sino una pequeña
bola grotesca de materia mezquina. ¿La adivina, la Gitana, la Bruja del Polvo? Quizá
alguien que vivió siempre en el día de mañana y dejó que el hoy se le deslizara entre los
dedos, como yo, y así anda penando, condenada a adivinar las auroras y los ocasos de los
demás. Decídmelo vosotros, que la habéis visto de cerca. ¿Cabeza de Alfiler? ¿El Niño
Oveja? ¿El Devorador de Fuego? Los Hermanos Siameses. Dios mío, ¿qué habrán sido?
¿Mellizos prisioneros en un mutuo narcisismo? Nunca lo sabremos. Ellos no lo dirán
nunca. Hemos tratado de adivinar, y tal vez nos hemos equivocado, diez docenas de veces
en la última media hora. Bien... tenemos que preparar un plan. ¿Qué hacemos? ¿A dónde
vamos?
Charles Halloway desplegó un plano de la ciudad, y señaló el sitio de la feria con un
lápiz sin punta.
—¿Seguimos escondiéndonos? No. Hay tantas vidas en juego, la señorita Foley y los
demás. En estas condiciones, ¿cómo atacamos, cómo evitamos que terminen con nosotros
en el primer asalto? ¿Con qué armas?
—¡Balas de plata! —gritó de pronto Will.
—¡Diablos, no! —bufó Jim—. ¡No son vampiros!
—Si fuésemos católicos, podríamos pedir prestada agua bendita en la iglesia y...
—Tonterías —dijo Jim—. Eso pasa en el cine, no en la vida real. ¿Estoy equivocado,
señor Halloway?
—Ojalá lo estuvieras, muchacho.
Los ojos de Will brillaron con fiereza.
—Bueno. Lo único que podemos hacer: ir al prado con un par de galones de kerosene
y que el fuego...
—¡Eso es contra la ley! —exclamó Jim.
—¡Vean quién habla!
—¡Silencio!
Todos callaron.
Un susurro.
Una leve corriente de aire flotó en los corredores de la biblioteca y llegó hasta ellos.
—La puerta de calle —murmuró Jim—. Alguien la abrió.
Lejos, se oyó un leve clic. La brisa que había movido un momento los pantalones de
los niños y el pelo del hombre se interrumpió de pronto.
—Alguien la cerró.
Silencio. Sólo la biblioteca a oscuras, los laberintos y las Paredes de libros dormidos.
—Alguien entró.
Los niños se incorporaron, conteniendo un balido, Charles Halloway esperó, y luego
dijo en voz baja una sola palabra.
—Escondeos.
—No podemos dejarlo...
—Escondeos.
Los chicos corrieron y desaparecieron en el laberinto oscuro.
Rígida, lentamente, respirando con cuidado, Charles Halloway se obligó a sentarse, a
clavar los ojos en los periódicos amarillentos, a esperar, esperar, y seguir esperando.
41
Una sombra se movió entre las sombras.
Charles Halloway sintió que se le hundía el alma.
Les tomó mucho tiempo, a la sombra y al hombre que venía detrás, llegar a la puerta
de la sala. La sombra parecía demorarse a propósito, para ponerle la carne de gallina a
Charles Halloway y quitarle aquella calma difícil. Y cuando al fin llegó a la puerta traía
consigo no uno, no cien, sino mil pares de ojos que miraron dentro.
—Mi nombre es Dark —dijo la voz.
Charles Halloway dejó escapar un suspiro en dos tiempos.
—Más conocido como el Hombre Ilustrado —dijo la voz—. ¿Dónde están los niños?
—¿Niños? —El padre de Will se volvió a mirar al hombre alto que estaba en la
puerta.
El Hombre Ilustrado olió el polen amarillo que venía de los viejos libros, y el padre
de Will pareció darse cuenta de que estaban abiertos, expuestos a todas las miradas. Se
levantó de un salto, se contuvo, y comenzó a cerrar los libros, uno a uno, con aire
indiferente.
El Hombre Ilustrado pretendía no notar nada.
—Los niños no están en sus casas. No hay nadie allí. Qué lástima, se perderán todas
esas vueltas gratis.
—Me gustaría saber dónde están. —Charles Halloway llevó los libros a sus sitios en
los estantes—. Diablos, si supieran que usted está aquí con las entradas, gritarían
entusiasmados.
—¿Sí? —La sonrisa del señor Dark se fue derritiendo como un caramelo de parafina
blanca y rosa que ya no le interesaba—. Podría matarlo a usted —dijo con una voz dulce.
Charles Halloway asintió, mientras iba y venía muy lentamente.
—¿Oyó lo que dije? —ladró el Hombre Ilustrado.
—Sí. —Charles Halloway sopesó los libros, como si fuesen las pruebas que podían
decidir un juicio—. Pero no me matará ahora. Es usted demasiado astuto. Gracias a esa
astucia ha conservado tanto tiempo esa feria.
—¿Así que ha leído algunos periódicos y cree que lo sabe todo?
—No, no todo. Lo suficiente como para sentirme asustado. —Asústese más, entonces
—dijo la multitud de pinturas que se arrastraba en la noche, encerrada bajo el traje negro,
hablando por aquellos labios delgados—. Alguien espera fuera, y podría hacer que usted
apareciese muerto como consecuencia de una crisis cardíaca muy natural.
La sangre golpeó en el corazón de Charles Halloway, le rebotó en las sienes, y luego
dos veces en las muñecas. La Bruja, pensó.
Quizá movió los labios formando la palabra.
—La Bruja —asintió el señor Dark. El otro guardó los libros, y se quedó con uno en
las manos. —Bueno, veamos ¿qué tiene ahí? —dijo el señor Dark mirando de soslayo—.
¿Una Biblia? Qué encantador, qué infantil, qué refrescante y pasado de moda.
—¿La leyó alguna vez, señor Dark?
—¡Leerla! ¡Cada página, cada párrafo, cada palabra me ha leído a mí, señor! —El
señor Dark encendió un cigarrillo y echó una bocanada de humo sobre el letrero que decía
prohibido fumar, y luego otra a la cara del padre de Will. —¿Cree usted de veras que ese
libro puede hacerme daño? ¿El arma de usted es el candor entonces? ¡Vea!
Y antes que Charles Halloway pudiera moverse, el señor Dark le sacó la Biblia de las
manos. La sostuvo firmemente.
—¿No le sorprende? Mire, la toco, la sostengo y aún la leo. El señor Dark echó unas
vaharadas de humo sobre las páginas que iba pasando.
—¿Espera usted verme caer en pedazos, como rollos del Mar Muerto?
Lamentablemente, no son más que mitos. La vida, y por vida entiendo tantas cosas
fascinantes, continúa, prosigue, sobrevive frenéticamente, y no soy el menos frenético de
los vivos. El rey James y su literaria versión de un material poético bastante aburrido no
vale ni esto.
El señor Dark arrojó la Biblia al cesto de los papeles, y no la miró más.
—Oigo que el corazón le late muy rápido —dijo el señor Dark—. Mis oídos no son
tan sensibles como los de la Gitana, pero oyen. Está usted mirando por encima de mí. ¿Los
niños están escondidos en estos recovecos? Bien, no quisiera que se escaparan. No es que
piense que alguien pueda prestar oídos a los balbuceos de dos criaturas. Al contrario,
serían una buena propaganda para nuestro espectáculo. Las gentes se inquietan, tienen
pesadillas, vienen a vernos, se pasan la lengua por los labios y piensan en cuál de nuestros
números podrían gastar un poco de dinero. Usted vino a rondar, y no fue sólo por
curiosidad. ¿Cuántos años tiene?
Charles Halloway apretó los labios.
—¿Cincuenta? —ronroneó el señor Dark—. ¿Cincuenta y uno? ¿Cincuenta y dos? ¿Le
gustaría ser más joven?
—¡No!
—No hay necesidad de gritar. Cortesía, por favor. —El señor Dark tarareó
paseándose por la habitación, tocando los libros como si estuviera contando años—. Oh,
realmente es hermoso ser joven. ¿No sería maravilloso tener cuarenta años otra vez?
Cuarenta es diez años mejor que cincuenta, y treinta es veinte años muchísimo mejor.
Charles Halloway cerró los ojos.
—¡No quiero oírlo!
El señor Dark ladeó la cabeza, le dio una chupada al cigarrillo y observó:
—Extraño. Cierra los ojos para no oír. Mejor sería que se tapara los oídos con las
manos...
El padre de Will se llevó las manos a las orejas, pero la voz le llegaba aún claramente.
—Le voy a decir una cosa —dijo el señor Dark con indiferencia, moviendo la mano
que sostenía el cigarrillo—. Si usted me ayuda antes de quince segundos, yo le devuelvo
su cuadragésimo cumpleaños. Diez segundos, y podrá festejar los treinta y cinco. Una
maravillosa juventud. Casi la adolescencia para un quincuagenario. Empezaré a contar los
segundos en mi reloj, ¡y por Dios que si me da una mano hasta podría sacarle treinta años!
Una ocasión que conviene aprovechar, como dicen los prospectos. Piénselo. Recomenzarlo
todo, todo hermoso otra vez, nuevo y resplandeciente. ¡Y usted sintiéndolo y
saboreándolo! ¡Una última oportunidad! Ahí ya. Uno. Dos. Tres. Cuatro...
Charles Halloway retrocedió, encogiéndose y se pegó contra las estanterías; le
rechinaban los dientes y trataba de no oír la cuenta.
—Esta usted a punto de perder, mi viejo, mi querido y viejo amigo —dijo el señor
Dark—. Cinco. Pierde usted. Seis. Pierde muchísimo. Siete. Pierde de veras. Ocho. Qué
desperdicio. Nueve. Diez. Mi Dios, ¡qué tonto! Once. ¡Halloway! Doce. Casi demasiado
tarde. ¡Trece! El fin. Catorce. ¡Perdió! ¡Quince! Perdió para siempre.
El señor Dark dejó caer el brazo con el reloj.
Charles Halloway, jadeando, había dado media vuelta para enterrar la cara en el olor
de los viejos libros, buscando el contacto con los cueros dulces, el gusto a polvo mortuorio
y flores prensadas.
El señor Dark estaba ahora en la puerta, a punto de dejar la sala.
—Quédese ahí —ordenó—. Escúchese el corazón. Le mandaré a alguien para que se
lo arregle. Pero primero los niños...
La multitud de criaturas insomnes, montada a lo largo de aquel cuerpo, se precipitó
en silencio a la oscuridad, llevada por el señor Dark. Las exclamaciones, los gemidos, los
grititos de excitación de la multitud, vagos, pero terribles, resonaban de algún modo en el
ronco llamado del señor Dark.
—¿Niños? ¿Están ahí? Estén donde estén... contesten...
Charles Halloway saltó hacia adelante, pero sintió que el cuarto le daba vueltas
alrededor mientras la voz suave y placentera del señor Dark iba llamando en las sombras.
Cayó sobre una silla pensando: Escucha, ¡el corazón! Se desplomó de rodillas. ¡Escúchate
el corazón! ¡Va a estallar! Oh, Dios, se romperá en pedazos... Y no pudo seguir.
El Hombre Ilustrado andaba con pasos de gato por los laberintos de libros que
esperaban en la sombra.
—¿Niños? ¿Me oyen? Silencio.
—¿Niños...?
42
En alguna parte entre las soledades secretas, entre los millones de libros inmóviles y
sin embargo hormigueantes de vida, perdidos más allá de dos docenas de vueltas a la
derecha/tres docenas de vueltas a la izquierda, pasillos, corredores, vestíbulos sin salida,
puertas cerradas, estanterías medio vacías, en alguna parte entre el hollín literario del
Londres de Dickens o el Moscú de Dostoiewsky o las lejanas estepas, en alguna parte en el
polvo de los atlas o la Geographic, apretados, con ganas de estornudar, Will y Jim se
acurrucaban sudando frío.
Escondido en alguna parte, Jim pensó: ¡Viene!
Escondido en alguna parte, Will pensó: ¡Está cerca!
—¿Niños...?
El señor Dark se acercaba trayendo la panoplia de amigos, la colección de enjoyados
reptiles caligráficos que se calentaban al sol en la medianoche de la carne. Junto con el
señor Dark venía el Tyrannosaurus Rex de suturas de tinta, que daba a las caderas del
hombre un movimiento mecánico y deslizante, lubricado por el aceite mineral de un pozo
antiguo. Como el lagarto del trueno, como una pompa de cuentas de vidrio, así se
adelantaba el señor Dark: armadura de infames animales carnívoros, garrapateados con
luz de relámpago, y ovejas alcanzadas por el trueno y la tormenta en ese jaggernaut de
carne. Era la cometa-guadaña del pterodáctilo, que alzaba los brazos y parecía revolotear
bajo las bóvedas marmóreas. Y junto con las formas entintadas y quemadas en a carne de
destinos grabados a pistón o a cuchillo, venía la acostumbrada multitud de espectadores,
aferrados a brazos y piernas, sentados en los omóplatos, espiando desde la jungla del
pecho, colgando cabeza abajo en microscópicos millones en las axilas, gritando gritos de
murciélago, listos para la caza, y, si fuese necesario, listos para matar. Como una ola negra
en una costa solitaria y sombría, un oscuro tumulto de bellezas fosforescentes y sueños
malogrados, así se movían y siseaban los pies, las piernas, el cuerpo, la cara delgada del
señor Dark.
—¿Niños...?
Inmensamente paciente, esa voz suave, siempre cálida y amistosa, buscaba su nido
entre los libros secos donde las criaturas se ocultaban, estremeciéndose. El señor Dark se
arrastraba, se escabullía, acechaba, andaba en puntas de pie, flotaba, se detenía entre los
primates, los monumentos egipcios a bestias que eran dioses, rozaba las historias negras
de un África muerta, se quedaba un instante suspendido sobre Asia, y pasaba a tierras
más recientes.
—Niños, sé que me oyen. El cartel dice silencio. Así que hablaré en voz baja. Uno de
ustedes quiere todavía lo que ofrecemos. ¿Eh? ¿Eh?
Jim, pensó Will.
Yo, pensó Jim. ¡No! ¡Oh, no! ¡Ya no! ¡Yo no!
—Salgan. —El aire ronroneaba entre los dientes del señor Dark—. ¡Prometo un
premio! ¡El que salga gana todo!
Pum, pum, pum. Mi corazón, pensó Jim.
¿Ese soy yo?, pensó Will. ¿O Jim?
—Los oigo. —Los labios le temblaron al señor Dark—. Más cerca ahora. ¿Will? ¿Jim?
¿Acaso no es Jim el más inteligente? Bien, ahora...
¡No! pensó Will.
¡No sé nada de nada!, se repetía Jim.
—Jim, sí... —El señor Dark se volvió, cambió de dirección—. Jim, dime dónde está tu
amigo. Lo haremos callar, te daremos la vuelta que le habría tocado si hubiera usado la
cabeza. ¿Eh, Jim? —Una voz de paloma arrulladora—. Más cerca. ¡Oigo cómo te salta el
corazón!
¡Párate! le dijo Will a su corazón.
¡Párate! Jim contuvo el aliento. ¡Párate!
—Me pregunto... ¿estarán en este cuarto?
El señor Dark se dejó llevar por la fuerza de gravedad peculiar de un rimero de
libros.
—¿Estás aquí, Jim...? ¿O... más allá...?
Empujó con indiferencia un carrito de ruedas de caucho cargado de libros que se
alejó perdiéndose en la noche. Muy lejos, el carrito chocó con un obstáculo y los libros se
desparramaron por el suelo, como cuervos muertos.
—Buenos para jugar al escondite, los dos —dijo el señor Dark—. Pero hay alguien
que sabe más que ustedes. ¿Oyeron el órgano esta noche? ¿Sabían que alguien a quien
quieren mucho estaba en el tiovivo? ¿Will? ¿Willy? William. ¿William Halloway? ¿Dónde
estaba esta noche tu mamá?
Silencio.
—Estaba cabalgando el viento de la noche, Willy-William.
Dando vueltas. La pusimos en el tiovivo y dio vueltas. Una vuelta un año, y luego
otro año, y otro año, ¡vueltas y vueltas!
¡Papá! pensó Will. ¡Dónde estás!
En la habitación distante, Charles Halloway estaba sentado oyendo y pensando, y el
corazón le golpeaba el pecho. No los encontrará. No me moveré a menos que los
encuentre. ¡No querrán oírlo! No le creerán.
—Tu mamá, Will —llamó suavemente el señor Dark—. Dando vueltas y vueltas,
¿adivinas en qué dirección, Willy?
La delgada mano de fantasma del señor Dark describía círculos en el aire oscuro,
entre las estanterías.
—Vueltas y vueltas, y cuando la soltamos, muchacho, e hicimos que se mirara en el
Laberinto de Espejos, tendrías que haber oído el grito único que ella dio. Era como un gato
con una pelota de pelos en la boca, tan grande y pegajosa que no había modo de escupirla,
no había modo de gritar con esos pelos que se le metían por las narices y las orejas y los
ojos, muchacho, y ella tan vieja vieja vieja. La última vez que la vimos, Willy, escapaba
corriendo de lo que había visto en los espejos. Irá a golpear la puerta de la casa de Jim,
pero cuando la madre de Jim vea una cosa de doscientos años que babea en la puerta de
calle y pide por piedad que le peguen un tiro, muchacho, la madre de Jim gageará del
mismo modo, como un gato que se ha tragado una bola de pelos y no la puede vomitar, y
la va a echar a tu madre, la echará a mendigar por las calles, donde nadie le creerá, Will,
nadie creerá que esa bolsa de huesos era una rosa de belleza, ¡tu bondadosa madre! Así
que Will, tenemos que correr a buscarla, correr a salvarla, porque nosotros sí sabemos
quién es... ¿no es cierto, Will, no es cierto, Will, no es cierto, no es cierto, no es cierto?
La voz del hombre oscuro se extinguió en el silencio.
Muy quedamente entre los libros, alguien sollozaba ahora.
Ah...
El Hombre Ilustrado resopló complacido un aire fétido.
Sssííí…
—Aquí... —murmuró—. ¿Qué? ¿Archivados en la N de niños? ¿A de aventura? ¿E de
escondidos? ¿S de secreto? ¿T de terror? ¿O archivados simplemente bajo la J de Jim, la N
de Nightshade, la W de William, la H de Halloway? ¿Dónde están mis dos preciosos libros
humanos para que yo pueda darles vuelta las páginas, eh?
De un puntapié apartó unos libros del primer estante. Apoyó allí el pie derecho, y
alzó el pie izquierdo libre.
—Así.
El pie izquierdo se abrió paso entre los libros del segundo estante. El señor Dark se
apoyó y subió. El pie derecho buscó un sitio en el tercer estante, empujando libros, y el
señor Dark siguió trepando, ahora al cuarto, al quinto, al sexto estante, buscando a tientas
los cielos de la biblioteca, tomándose de los estantes, subiendo en busca de unos niños, si
allí había niños, como marcas de libros perdidas entre libros.
La mano derecha del señor Dark, una tarántula principesca adornada con una
guirnalda de rosas, tiró un libro de tapices de Bayeux, que cayó dando vueltas en el
abismo silencioso. Pareció que transcurrían siglos antes que los tapices golpearan el suelo,
haciéndose pedazos; una belleza en ruinas, una avalancha de hilos de oro, plata y cielo
azul.
La mano izquierda llegó al noveno estante mientras el señor Dark jadeaba y gruñía, y
allí encontró un espacio vacío... ningún libro.
—¿Niños, están aquí, en el Everest?
Silencio, excepto aquel leve sollozo, más próximo ahora.
—¿Hace frío aquí? ¿Más frío? ¿Me hielo?
Los ojos del Hombre Ilustrado llegaron al décimo estante.
Rígido como un cadáver, la cara a no más de diez centímetros, yacía Jim Nightshade.
Un estante más arriba, en la catacumba, con los ojos llenos de lágrimas, estaba Will
Halloway.
—Bueno —dijo el señor Dark.
Con una mano dio un golpecito en la cabeza de Will.
—Hola —dijo.
43
Para will, la palma de esa mano que se alzaba flotando fue como una luna que asoma
en el horizonte.
La palma mostraba el retrato de Will, grabado en tinta azul.
También Jim vio una mano delante.
El retrato de Jim miró a Jim desde la palma.
La mano con el retrato de Will empuñó a Will.
La mano con el retrato de Jim empuñó a Jim.
Chillidos y aullidos.
El Hombre Ilustrado los levantó. Torció el cuerpo y cayó, saltando al piso.
Los niños, pataleando, gritando, cayeron con él, de pie, y rodaron por el suelo, y el
señor Dark los alcanzó y los alzó sosteniéndolos por las pecheras de las camisas.
—¡Jim! —dijo—. ¡Will! ¿Qué hacían ahí arriba? ¿No estarían leyendo?
—¡Papá!
—¡Señor Halloway!
El padre de Will salió de la oscuridad.
El Hombre Ilustrado acomodó tiernamente a los niños bajo un solo brazo, y se volvió
con curiosidad a Charles Halloway. El padre de Will lanzó un golpe, pero el otro le sujetó
la mano izquierda, se la apretó y se la torció. Los chicos miraban, dando gritos, y vieron
que Charles Halloway caía sobre una rodilla, jadeando.
El Hombre Ilustrado le torció la mano todavía más, lentamente, sin aflojar la presión
y apretando a los niños bajo el otro brazo, aplastándoles las costillas de modo que los
pulmones se les quedaron sin aire.
La noche giraba en espirales ardientes, como impresiones de Pulgares enormes, en el
interior de los ojos de Will.
Gimiendo, el padre de Will dobló la otra rodilla, intentando golpear con el brazo
derecho.
—¡Maldito sea!
—Pero —dijo tranquilamente el dueño de la feria—, si ya lo estoy.
—¡Maldito, maldito sea!
—No con palabras, viejo —dijo el señor Dark—, no con palabras de libros o palabras
que se dicen, sino con pensamientos reales, actos reales, pensamientos rápidos, actos
rápidos, así se gana, ¡así!
Un último y poderoso apretón.
Los niños oyeron el crujido de los huesos. Charles Halloway dio un último grito y
cayó desmayado.
Moviéndose como en una solemne pavana, el Hombre Ilustrado se alejó entre los
estantes llevando bajo los brazos a los niños que pataleaban tirando libros al suelo.
Will viendo desfilar las paredes, los libros, los pisos, pensó tontamente, bajo el brazo
de acero: Pero, pero si el señor Dark tiene el mismo olor que... ¡el humo del órgano!
De pronto el hombre los soltó. Antes que pudieran moverse o recobrar el aliento,
sintieron que los tomaban del pelo, los levantaban como a dos títeres, y los ponían de cara
a una ventana que daba a la calle.
—¿Muchachos, han leído a Dickens? —murmuró el señor Dark—. Los críticos odian
esas innumerables coincidencias, pero nosotros sabemos, ¿no es cierto?, que la vida está
hecha de coincidencias. Las coincidencias caen como copos de nieve, como moscas sobre
una vaca muerta. ¡Miren!
Los niños se retorcieron en las garras de acero de los saurios hambrientos y los
monos velludos.
Will no supo si tenía que llorar de alegría o de nueva desesperación.
Abajo, a lo largo de la avenida, viniendo de la iglesia y yendo hacia casa, iban su
madre y la madre de Jim.
No había dado vueltas en el carrusel, no era vieja, no estaba loca ni muerta, ni en la
cárcel. Estaba viva, ahí fuera en el fresco aire de octubre. ¡Había estado a no más de cien
metros de allí, en la iglesia, los últimos cinco minutos!
—¡Mamá! —gritó Will contra la mano que le cerró la boca anticipándose al grito.
—¡Mamá! —salmodió el señor Dark mofándose—. ¡Ven a salvarme!
¡No! pensó Will. ¡Sálvate tú, mamá! ¡Corre!
Pero su madre y la madre de Jim sólo caminaban, contentas saliendo de la iglesia,
por una calle de la ciudad.
¡Mamá! aulló Will de nuevo, y un balido ahogado alcanzó a pasar a través de la
zarpa sudorosa.
La madre de Will, en aquella acera a miles de kilómetros, se detuvo de pronto.
¡No puede haberme oído! pensó Will. Pero...
Ella miró hacia la biblioteca.
—Bien —suspiró el señor Dark—. Excelente, muy bien.
Aquí! pensó Will. ¡Míranos, mamá! ¡Corre a llamar a la policía!
—Tendría que mirar hacia aquí —dijo el señor Dark, tranquilo— Nos vería a los tres
como posando para una fotografía Mira para arriba. Luego ven corriendo. La dejaremos
entrar.
Will ahogó un sollozo. No, no.
La mirada de la madre se deslizó desde la entrada hasta las ventanas del primer piso.
—Aquí —dijo el señor Dark—. El segundo piso. Una buena coincidencia. Que sea
una buena coincidencia.
La madre de Jim hablaba ahora. Las dos mujeres se habían detenido al borde de la
acera.
No, pensó Will. Oh, no.
Y ellas se dieron vuelta y se perdieron en la noche de domingo.
Will notó una muy pequeña decepción en el Hombre Ilustrado.
—Una coincidencia que no llevó a nada. Ninguna crisis, nadie se perdió, nadie se
salvó. Una lástima. Bueno.
Arrastrando a los niños bajó a la puerta de calle y la abrió.
Alguien esperaba en las sombras.
Una mano fría de lagarto se escurrió por la mejilla de Will.
—Halloway —desgranó la voz de la Bruja.
Un camaleón se posó en la nariz de Jim.
—Nightshade —susurró la voz seca como una escoba.
Detrás de la Bruja estaban el Enano y el Esqueleto, silenciosos, apoyándose ya en un
pie ya en otro, inquietantes.
De acuerdo con la ocasión, los niños tendrían que haber emitido entonces sus
mejores aullidos, pero el Hombre Ilustrado fue otra vez más rápido y atrapó el sonido
antes que pudiera salir, y luego le hizo una seña a la vieja del polvo.
La Bruja se acercó entornando los párpados cerosos y negros de iguana, adelantando
un hocico de agujeros quemados como cazoletas de pipa ennegrecidas por el tabaco,
moviendo los dedos y tejiendo sobre las mentes un silencioso bajorrelieve de símbolos.
Los niños la miraron.
Los dedos de largas uñas se estremecieron, se extendieron, revolvieron un aire
acuoso e invernal. El avinagrado aliento de sapo les puso a Will y Jim la carne de gallina
mientras ella canturreaba maullando, susurrando, acunando a los niños, los queridos
chicos, los amigos del techo donde unas babosas dejaban su huella y de la flecha que iba
directamente al blanco y del globo herido y ahogado en el cielo.
—Aguja de coser de la libélula, ¡cóseles las bocas y que no puedan hablar!
Clavando, tirando, clavando, tirando, el pulgar de la Bruja traspasaba, golpeaba, del
labio inferior al labio superior, hasta unirlos con un hilo invisible.
—Aguja de coser de la libélula, ¡cóseles los oídos, y que no puedan oír!
Una arena helada se le metió en los oídos a Will, enterrando la voz de la Bruja.
Amortiguada, lejana, fantasmal, la voz canturreaba, golpeteaba, acompañando el golpeteo
de los dedos calibradores.
Un musgo le creció en las orejas a Jim, sellando los sonidos.
—Aguja de coser de la libélula, ¡cóseles los ojos, y que no puedan ver!
Los dedos al rojo blanco echaron atrás las órbitas, y los párpados cayeron con un
sonido de puertas de lata.
Will vio la explosión de un billón de lámparas de magnesio y se hundió en la
oscuridad mientras la aguja-insecto invisible revoloteaba como atraída por un tazón de
miel calentado al sol, y en alguna parte, una voz ensordecida les cerraba los sentidos por
toda la eternidad, y un día más.
—Aguja de coser de la libélula, ahora que terminaste con los ojos, los oídos, los labios
y los dientes, da la última puntada, cose con hilo oscuro, junta el polvo, acumula un sueño
pesado, ata todos los nudos, bombea silencio en la sangre como arena en el lecho del río.
Así. Así.
Fuera de los niños, en alguna parte la Bruja bajó las manos.
Los niños estaban de pie, en silencio. El Hombre Ilustrado los soltó y retrocedió.
La mujer de la ceniza olió el doble triunfo, y acarició las estatuas una última vez.
El Enano se tambaleaba locamente a las sombras de los niños, mordisqueándose las
uñas, llamándolos por los nombres de pila.
El Hombre Ilustrado movió la cabeza señalando la biblioteca.
—El reloj del conserje. Páralo.
La Bruja fue hacia la entrada de mármol, boquiabierta, saboreando el destino.
—Izquierda, derecha. Uno, dos —dijo el señor Dark.
Los niños bajaron los escalones. El Enano iba al lado de Jim; el Esqueleto al lado de
Will.
El Hombre Ilustrado los siguió, sereno como la muerte.
44
En alguna parte, cerca, la mano de Charles Halloway se derretía dentro de un horno
al rojo blanco, hasta no ser más que nervios y dolor. Charles Halloway abrió los ojos. En
ese mismo momento sintió un soplo que venía de la puerta de calle, y oyó una voz de
mujer que cantaba en el vestíbulo.
—Viejo, viejo, viejo, viejo...
En lugar de la mano izquierda Charles Halloway tenía un magma hinchado y
sanguinolento, latiéndole en exacerbaciones tales de dolor que le alimentaban la vida, la
voluntad, y le concentraban la atención. Trató de sentarse, pero el dolor lo derribó de
nuevo como un golpe de maza.
—¿Viejo...?
¡No era viejo! A los cincuenta y cuatro años uno no es viejo, pensó con furia.
Y allí venía ella sobre el piso de losas, con dedos que revoloteaban como mariposas
nocturnas, rozando los títulos de los libros en braille, sorbiendo sombras por la nariz.
Charles Halloway se encogió y se arrastró, se encogió y se arrastró hacia la estantería
más próxima, conteniendo el dolor con la lengua. Tenía que escapar a un sitio seguro
donde no pudieran alcanzarlo, trepar hasta donde pudiera disparar libros como armas
contra cualquier perseguidor que se escurriera en la noche...
—Viejo, oigo como respiras...
La Bruja flotaba en la marea, dejándose llevar por los siseos sibilantes de dolor. —
Viejo, siento como sufres...
¡Si sólo pudiera tirar la mano, el dolor, por la ventana, a la calle, donde yacería
latiendo como un corazón, engañando a la Bruja, llevándola afuera en busca de aquel
fuego atroz! Se la imaginó en la calle, doblado el cuerpo en dos, adelantando las manos
hacia ese latido, ese resto de dolor caído y abandonado.
Pero no, la mano estaba ahí, resplandeciendo, envenenando el aire, apresurando las
pisadas de la monstruosa monja-gitana, de boca jadeante, avariciosa.
—¡Maldita seas! —gritó—. ¡Termina de una vez! ¡Aquí estoy!
La Bruja dio media vuelta, rápida como un fúnebre muñeco vestido con ropas de
maniquí, de ruedas de goma, y se balanceó sobre Charles Halloway.
Charles Halloway ni siquiera la miró. El peso de la desesperación y el agotamiento lo
abrumaban de tal modo que sólo podía volver los ojos hacia dentro, al interior de los
párpados donde unas siluetas de terror se multiplicaban y metamorfoseaban.
—Muy simple —dijo el susurro—. Hay que parar el corazón.
¿Por qué no? pensó él vagamente.
—Despacio —murmuró ella.
Sí, pensó él.
—Despacio, muy despacio.
El corazón de Charles Halloway, que estaba marchando a los saltos, fue invadido de
pronto por una extraña enfermedad, inquieto, moroso, y tranquilo al fin.
—Mucho más despacio, despacio —aconsejó ella.
Cansado, sí, ¿oyes eso, corazón? se dijo Charles Halloway.
El corazón oía. Como un puño apretado, comenzó a aflojarse, dedo a dedo.
—Párate para siempre, olvida para siempre —murmuró la mujer.
Bueno, ¿por qué no?
El corazón tropezó.
Y entonces, sin ninguna razón, salvo quizá para echar una última mirada alrededor,
pues quería librarse del dolor, y el sueño era el único remedio... Charles Halloway abrió
los ojos.
Vio a la Bruja.
Vio los dedos que se movían en el aire, trabajándole la cara, el cuerpo, el corazón
dentro del cuerpo, y el alma dentro del corazón. Ahogándose en aquel aliento de
marismas, con una inmensa curiosidad, Charles Halloway observó la llovizna venenosa
que salía de los labios de la Bruja, contó los pliegues de los ojos arrugados y cosidos, le
miró el cuello de monstruo prehistórico, las orejas de momia envueltas en lino, la frente de
arena de río seco. Nunca en la vida había mirado a alguien tan de cerca, y miraba ahora
como si aquella cara fuese un rompecabezas que podía revelarle el mayor de los secretos.
La solución estaba en ella, todo se aclararía en seguida, no, en el próximo instante, no, en
el próximo, mientras miraba aquellos dedos de escorpión. Tenía que prestar atención a la
salmodia de la Bruja, que engañaba el aire, sí, lo engañaba, murmurando:
—¡Despacio! ¡Despacio! —Y el corazón obediente tiraba más y más de las riendas.
Charles Halloway resopló, y soltó una risita.
Se sobresaltó. ¿Por qué? ¿Por qué me río... en un momento semejante?
La Bruja retrocedió unos pocos milímetros como si hubiera recibido una descarga de
electricidad trasmitida desde algún lugar invisible por una vaharada húmeda.
Charles Halloway miraba a la Bruja pero no vio que vacilaba, sintió que ella
retrocedía pero no entendió por qué, y casi inmediatamente, retomando la iniciativa, ella
se echó hacia adelante, sin tocarlo pero gesticulando ante el pecho del hombre, como si
tratara de exorcizar un péndulo antiguo.
—¡Despacio! —gritó.
Sin ninguna razón, Halloway permitió que una sonrisita idiota le subiera desde
algún lugar y se le pegara con desenvoltura bajo la nariz.
—¡Más despacio!
La nueva fiebre de la mujer, la ansiedad que ahora se convertía en furia, lo
divirtieron todavía más, como un juguete. Una parte de la atención de Halloway, secreta
hasta entonces, se adelantó a escudriñar el rostro enmascarado de la mujer. De algún
modo, irresistiblemente, lo primero que se le ocurrió fue: nada importa nada. Al fin y al
cabo la vida era una broma tan descomunal que todo lo que uno podía hacer era pararse
en el extremo del pasillo y observar que la longitud era insensata y el peso absolutamente
innecesario, una montaña de una inmensidad tan ridícula que uno se sentía un enano y
tenía ganas de reírse de toda esa pompa. Así, con la muerte tan cerca, pasó revista a un
billón de vanidades, llegadas, partidas, tontas excursiones de muchacho, de joven, de
hombre y de viejo. Había recogido y acumulado a lo largo de la vida toda clase de
flaquezas, ardides, juguetes que servían a su egoísmo; y ahora entre esas estúpidas hileras
de libros, todos esos juguetes vacilaban, y ninguno tan grotesco como esta llamada Bruja
Gitana que leía en el polvo, y hacía cosquillas, sí, eso era, ¡que le hacía cosquillas al aire!
¡Estúpida! ¡No sabía lo que estaba haciendo!
Charles Halloway abrió la boca.
Y de esa boca, como un niño que nace sin que la madre se dé cuenta, brotó una única
áspera carcajada.
La Bruja retrocedió cayendo hacia atrás.
Charles Halloway no vio nada. Estaba demasiado ocupado en dejar que la broma se
le escapara entre los dedos, que la hilaridad le subiera a la garganta; apretaba los ojos y la
risa le volaba como metralla en todas direcciones.
—¡Tú! —gritó, a nadie, a cualquiera, a él mismo, a ella, a ellos, a eso, a todo—. ¡Qué
cómico! ¡Tú!
—¡No! —protestó la Bruja.
—¡No me hagas cosquillas! —jadeó Halloway.
—¡No! —La Bruja se echó hacia atrás, frenética—. ¡No! ¡Duerme! ¡Despacio! ¡Muy
despacio!
—¡No, cosquillas, eso es todo, seguro! —rugió él—. Oh, ¡ja, ja! ¡Ja, ja! ¡Basta!
—Sí, basta, ¡párate, corazón! —aulló ella—. ¡Párate, sangre!
Las manos le temblaron a la Bruja, como si estuvieran sacudiéndole el corazón de
pandereta. De pronto se detuvo y se miró los dedos tontos.
—¡Oh, Dios! —Halloway derramaba maravillosas lágrimas de alegría—.¡No me
toques las costillas! ¡Oh, ja, ja, ja! ¡Adelante, corazón!
—Tu corazón, ¡sssííí!
—¡Dios! —Charles Halloway abrió los ojos, aspiró una bocanada de aire, soltó más
agua jabonosa, que lo lavó todo, dejándolo increíblemente limpio—. ¡Un juguete! ¡Se te ve
la llave en la espalda! ¿Quién te fabricó?
Y una carcajada enorme llegó hasta la mujer, le quemó las manos, le arrebató la cara,
o así pareció, pues ella retrocedió como delante de un horno encendido, escondió las
manos chamuscadas en los andrajos egipcios, se tomó los pechos secos, saltó hacia atrás, se
detuvo, y continuó retirándose, tironeando de sí misma, centímetro a centímetro, metro a
metro, tropezando con los carritos de libros, los anaqueles, tratando de apoyarse en libros
que caían a su paso. La frente de la Bruja golpeó historias confusas, vanas teorías, épocas
sepultadas por la arena, años críticos. Perseguida, quemada, golpeada por la risa que
resonaba, tintineaba e inundaba las bóvedas de mármol, se volvió al fin desgarrando con
uñas afiladas el aire violento, y cayó escaleras abajo.
Poco después se las arreglaba para atravesar la puerta de calle, ¡que resonó como si la
hubiesen cerrado de golpe!
La caída, el ruido de la puerta hicieron que Charles Halloway casi reventara de risa.
—¡Oh, Dios, Dios! Por favor, ¡basta, basta! —le rogó a su propia hilaridad.
La risa oyó el ruego y se fue apagando. En medio de una carcajada, todo se resolvió
al fin en una risa normal, un cloqueo amable, y poco a poco, con una serena alegría,
Halloway pudo respirar otra vez sin esfuerzo. Sacudió la cabeza fatigada y feliz, sintió en
la garganta y las costillas el agradable dolor del movimiento, y olvidó la mano aplastada.
Se quedó contra las estanterías, la cabeza apoyada en un querido libro amigo, con lágrimas
de alivio y bienaventuranza que le dejaban huellas de sal en las mejillas, y comprendió de
pronto que la Bruja se había ido.
¿Por qué? se preguntó. ¿Qué hice?
Tuvo un último espasmo de risa, y se puso de pie lentamente.
¿Qué ha pasado? Oh, Dios, pongamos un poco de orden. Primero, a la farmacia, una
docena de aspirinas para aliviar esta mano por una hora, y luego a pensar. En los últimos
cinco minutos algo había ganado, ¿no era cierto? ¿Qué gusto tenía el triunfo? ¡Piensa!
¡Trata de recordar!
Y sonriéndole con una sonrisa nueva al ridículo animal muerto que era aquella mano
izquierda anidada en el codo derecho, se alejó rápidamente por los corredores nocturnos,
y salió a la ciudad...
III
PARTIDAS
45
El pequeño desfile se movió, en silencio, pasó frente a la serpentina de caramelo que
daba vueltas y vueltas, desapareciendo sin desaparecer en la peluquería del señor Crosetti,
dejó atrás las tiendas ya a oscuras o que se oscurecían ahora, las calles desiertas, pues la
gente estaba en sus casas de vuelta de la iglesia, y se había demorado en la feria para ver
una última función o el último hombre volante que flotaba descendiendo en la noche
como una aparición lechosa.
Los pies de Will, muy lejos y muy abajo, golpeaban la acera. Uno, dos, pensaba;
alguien me dijo izquierda, derecha. La libélula me dice: uno, dos.
¿Jim está en el desfile? Los ojos de Will se movieron apenas a un lado. ¡Sí! ¿Pero
quién era ese otro pequeñito? El Enano que se volvió loco, el que por todo se interesa y
todo lo toca, y como todo quema saca la mano. Y el Esqueleto. Y luego, ¿quiénes eran esos
cientos, no, esos miles que venían detrás, echándole el aliento en la nuca?
El Hombre Ilustrado.
Will asintió y gimió en un tono tan alto que sólo los perros lo oyeron, los perros que
no podían ayudarlo, los perros que no podían hablar.
Y sí, mirando de reojo, vio no uno, no dos, sino tres perros que oliendo la ocasión de
tener su propio desfile corrían hacia adelante o atrás, con las colas erguidas como bastones
de mando.
¡Ladra como en el cine! pensó Will. ¡Ladra! ¡Trae a la policía! Pero los perros se
contentaron con sonreír y siguieron trotando.
Una coincidencia, por favor, pensó Will. ¡Una pequeña coincidencia!
¡El señor Tetley! ¡Sí! Will vio al señor Tetley sin verlo. En ese momento metía el indio
de madera en la cigarrería, cerraba el negocio.
—Vuelvan la cabeza —murmuró el Hombre Ilustrado.
Jim volvió la cabeza. Will volvió la cabeza.
El señor Tetley sonrió.
—Sonrían —murmuró el señor Dark.
Los dos chicos sonrieron.
—¡Hola! —dijo el señor Tetley.
—Digan hola —murmuró alguien.
—Hola —dijo Jim.
—Hola —dijo Will.
Los perros ladraron.
—Entradas gratis para la feria —murmuró el señor Dark.
—Entradas gratis —dijo Will.
—Para la feria —dijo Jim.
Y en seguida como máquinas que funcionan bien, los niños apagaron las sonrisas.
—¡Que se diviertan! —dijo el señor Tetley.
Los perros ladraron, contentos.
El desfile siguió.
—¡Que se diviertan! —dijo el señor Dark—. Entradas gratis. Dentro de media hora,
cuando la gente se haya ido, haremos que Jim dé unas vueltas. ¿Todavía quieres dar unas
vueltas, Jim?
Oyendo sin oír, encerrado en sí mismo, Will pensó, ¡no escuches!
Los ojos de Jim se movieron; mojados o aceitosos, era difícil saberlo.
—Vas a viajar con nosotros, Jim, y si el señor Cooger no sobrevive (puede ser que no
sobreviva, todavía no hemos conseguido salvarlo, esta noche probaremos de nuevo), Jim,
¿te gustaría que fuéramos socios? Te haré crecer hasta una linda edad, ¿eh? ¿Veintidós?
¡Veinticinco! Dark y Nightshade, Nightshade y Dark, ¡hermosos y dulces nombres para
que nosotros y la feria recorramos el mundo! ¿Qué dices, Jim? Jim no dijo nada, cosido en
el sueño de la Bruja. ¡No escuches! gimió su mejor amigo, que no oía nada pero lo oía todo.
—¿Y Will? —dijo el señor Dark—. A él le haremos dar vueltas y vueltas para atrás,
¿eh? Lo convertiremos en un bebé, un bebé para que el Enano lo lleve como a un niñopayaso,
en los desfiles, todos los días en los próximos cincuenta años. ¿Te gustaría, Will?
¿Ser un bebé para siempre? ¿No poder hablar ni decir todas las cosas hermosas que sabes?
Sí, creo que eso es lo mejor para Will. Un juguete, un amiguito que está siempre mojado,
para acompañar al Enano.
Will gritó, quizá.
Pero no en voz alta.
Porque sólo los perros ladraron, aterrorizados; huyeron aullando como bajo una
lluvia de piedras.
Un hombre dobló la esquina.
Un policía.
—¿Quién es? —preguntó el señor Dark en voz baja.
—El señor Kolb —dijo Jim.
—El señor Kolb —dijo Will.
—Aguja de coser —dijo el señor Dark— ¡de la libélula!
El dolor le traspasó los oídos a Will. Un musgo le cubrió los ojos. Un engrudo le pegó
los dientes. Will sintió que le tejían una red sobre la cara, con innumerables golpecitos.
—Díganle hola al señor Kolb.
—Hola —dijo Jim.
—... Kolb... —dijo Will como en sueños.
—Hola chicos, buenas noches señores.
—Media vuelta —dijo el señor Dark.
Los niños dieron media vuelta.
Y el desfile que no llevaba tambores prosiguió hacia los campos, lejos de las luces, la
ciudad amable, las calles seguras.
46
Extendido a lo largo de más de kilómetro y medio, el desfile se desplazaba de esta
manera:
A orillas del sendero principal de la feria, aplastando la hierba con pies muertos, Jim
y Will caminaban como dos amigos que comentan una y otra vez los milagrosos usos de la
aguja de coser de la libélula.
Atrás, a casi un kilómetro, misteriosamente herida, tratando de alcanzarlos,
caminaba la Bruja levantando simbólicas espirales de polvo.
Y todavía más lejos, iba el conserje de la biblioteca, demorándose a veces en las
remembranzas de la edad, y de pronto marchando de prisa como un adolescente, animado
por el breve primer encuentro y la primera victoria, la mano izquierda pegada al pecho, y
masticando aspirinas.
El señor Dark, allá adelante, volvió la cabeza como si una voz interior le hubiese
nombrado a los rezagados de aquella larga caravana. Pero la voz se le apagó, y no estaba
seguro. Señaló con la cabeza, y el Esqueleto, el Enano, Jim, Will se metieron entre la gente.
Jim sintió el río brillante de la multitud, que lo rodeaba sin tocarlo. Will oyó las
cascadas de risa, aquí, allá, y sintió que caminaba bajo el torrente. Una explosión de
luciérnagas floreció en el cielo. La rueda gigante, magnífica como un titánico fuego de
artificio, creció sobre ellos.
Luego estuvieron en el Laberinto de Espejos, tropezando, golpeando, escurriéndose
entre estanques congelados, donde unos niños que habían sido picados por las arañas, y se
parecían muchísimo a ellos, aparecían y desaparecían miles y miles de veces.
¡Ese soy yo! decía Jim. Pero no me puede ayudar, pensaba, ¡aunque soy innumerable!
La multitud de niños y las multitudes de las reflejadas ilustraciones del señor Dark,
que se había sacado la chaqueta y la camisa se atropellaban y se abrían paso a codazos
para llegar al Museo de Cera, a la salida del Laberinto.
—Sentados —dijo el señor Dark—. Quietos aquí.
Entre los maniquíes de cera de hombres y mujeres asesina-dos fusilados,
guillotinados, torturados, los dos chicos se sentaron como gatos egipcios, sin parpadear,
sin moverse, sin tragar saliva.
Unos pocos visitantes tardíos pasaron riéndose, comentando las figuras. No notaron
el delgado hilo de saliva que bajaba de la comisura de la boca en uno de los niños de cera.
No vieron qué brillante era la mirada del otro niño de cera, una mirada que de
pronto desbordó y le corrió como agua clara por la mejilla.
Afuera, la Bruja renqueaba entre las tiendas, por laberintos de cuerdas y estacas.
—¡Señoras y señores!
Los últimos visitantes de la noche, unos trescientos o cuatrocientos, se volvieron a la
vez.
El Hombre Ilustrado, desnudo hasta la cintura, cubierto de víboras de pesadilla, de
tigres de diente de sable, de monos libidinosos, de buitres sangrientos, todo cielo de color
azufre-salmón, se alzó anunciando:
—¡La última función gratis de la noche! ¡Acérquense! ¡Acérquense todos!
El público se movió hacia la plataforma principal, frente a la tienda de los monstruos,
donde estaban el Enano, el Esqueleto y el señor Dark.
—La extraordinariamente peligrosa, muchas veces fatal, mundialmente famosa
¡prueba de la bala!
La multitud jadeó de placer.
—Los rifles, por favor.
El Hombre Flaco desplegó una panoplia de brillante artillería.
La Bruja se acercó de prisa y se quedó muy quieta cuando el señor Dark gritó:
—Y he aquí a la burladora de la muerte, la mujer que para las balas arriesgando la
vida.... ¡Mademoiselle Tarot! La Bruja meneó la cabeza y bajó tristemente, pero la mano del
señor Dark bajó a buscarla y la alzó al estrado como un niño. La Bruja seguía protestando
y el señor Dark la miró un momento, y luego prosiguió de cara al público:
—¡Un voluntario para disparar el rifle, por favor!
Hubo un estremecimiento en la multitud y nadie se atrevió a levantar la mano.
La boca del señor Dark se movió apenas y le preguntó a la Bruja entre dientes:
—¿El reloj se ha parado?
—No —gimoteó la Bruja—, no.
—¿No? —estalló casi el señor Dark.
Le echó a la Bruja una mirada de fuego, y luego se volvió al público y dejó que su
boca terminara la arenga, mientras los dedos se le movían sobre los rifles.
—¡Voluntarios, por favor!
—Tienes que suspender el número —lloriqueó suavemente la Bruja retorciéndose las
manos.
—No lo suspenderé, maldita seas, maldita dos veces —siseó, feroz, el señor Dark.
Discretamente, Dark, se tomó un pedacito de carne de la muñeca, allí donde se veía
la ilustración de una mujer vieja vestida de negro, como una monja, y la pellizcó con las
uñas. La Bruja se sacudió en un espasmo, se llevó las manos al pecho, gimió, apretando los
dientes.
—¡Piedad! —silbó a media voz.
Silencio en el público.
El señor Dark asintió rápidamente.
—Como no hay voluntarios... —Hizo una pausa y se rascó la muñeca ilustrada. La
Bruja se estremeció—.... suspenderemos el acto y...
—¡Aquí! ¡Un voluntario!
El público se volvió.
El señor Dark retrocedió.
—¿Dónde?
—Aquí. En la última fila del público se alzó una mano. La gente se apartó.
El señor Dark pudo ver claramente al hombre que esperaba, solo.
Charles Halloway, ciudadano, padre, marido introspectivo, vagabundo de la noche,
y guardián de la biblioteca.
47
El clamor del público se desvaneció.
Charles Halloway no se movió.
Dejó que el claro abierto entre la gente se extendiera hasta el estrado.
No podía ver las expresiones en las caras de los monstruos que estaban allá arriba.
Miró alrededor y descubrió el Laberinto de Espejos, el olvido vacío que lo llamaba con
diez veces mil millones de años luz de reflejos, invertidos y contrainvertidos, que se
hundían en la nada, caían de cara en la nada, y se precipitaban con un nudo en el
estómago a abismos más agónicos de nada.
Y sin embargo, ¿no había allí un eco de dos niños detrás de los espejos, en la plata
pulverizada? ¿Advertía él o no, en las puntas trémulas de las pestañas, ya que no con los
ojos, que habían pasado por allí, que estaban aguardándolo allí atrás, cera tibia en cera
fría, esperando ser encerrados en terrores, ser liberados entre pánicos.
No, se dijo Charles Halloway. No pienses. Adelante.
—¡Ahí voy! —gritó.
—¡Dale, abuelo! —dijo un hombre.
—Sí —dijo Charles Halloway—, es lo que haré.
Y avanzó entre el público.
La Bruja se dio vuelta lentamente, magnetizada por la cercanía del vagabundo de la
noche que se había declarado voluntario. Los párpados cosidos tironearon de los pelos de
cera negra, detrás de los anteojos oscuros.
El señor Dark, empapado en ilustraciones, en una sobresaturación de almas, se
inclinó hacia adelante, humedeciéndose gozosamente los labios. Los pensamientos le
brillaban como puñales en los ojos, rápido, rápido, rápido, qué, qué, qué.
Y el guardián de la biblioteca, un viejo que se había pegado una sonrisa a la cara,
como si se hubiera puesto la dentadura de celuloide de un polichinela, fue hacia la
plataforma, y la multitud se abrió como el mar ante Moisés, y se cerró detrás, y él se
preguntó qué iba a hacer, por qué estaba allí, pero adelantándose siempre, con paso firme.
Puso el pie en el primer escalón del estrado.
La Bruja tembló en secreto.
El señor Dark advirtió el escondido estremecimiento, la miró con furia y tendió la
mano para tomar la mano derecha del hombre de cincuenta y cuatro años.
Pero el hombre de cincuenta y cuatro años meneó la cabeza; no quería darle la mano,
ni que el otro lo sostuviera, lo tocara, o lo ayudara.
—Gracias, no.
Desde la plataforma, Charles Halloway saludó al público.
Hubo entre las gentes unas pocas descargas de aplausos.
—Pero... —el señor Dark estaba sorprendido—... la mano izquierda, señor. ¡No podrá
sostener ni disparar un rifle con una sola mano!
Charles Halloway palideció.
—Sí, podré —dijo—, con una sola mano.
—¡Hurraaa! —gritó desde abajo un niño.
—¡Adelante, Charlie! —dijo un hombre, más atrás.
El señor Dark se ruborizó mientras la multitud se reía y aplaudía con fuerza. Levantó
las manos para parar ese sonido refrescante que era como una lluvia purificadora.
—Bueno, bueno, ¡veamos si puede hacerlo! Brutalmente el Hombre Ilustrado
empuñó un rifle y lo tiró al aire.
La multitud ahogó un grito.
Charles Halloway se agachó. Levantó la mano derecha. El rifle le pegó en la palma.
Halloway cerró el puño rápidamente, sosteniendo bien el rifle.
El público aulló y protestó en voz alta contra los malos modales del señor Dark, que
tuvo que volverse un segundo, maldiciéndose en silencio.
El padre de Will alzó el rifle, sonriendo.
La multitud rugió.
Y en tanto la marea de los aplausos se alzaba, rompía y retrocedía, Charles Halloway
echó otra mirada al laberinto, donde las formas sombrías de Will y Jim, invisibles pero de
algún modo presentes, estaban guardadas entre las titánicas navajas de la revelación y las
ilusiones. Se volvió hacia los ojos de medusa del señor Dark, aclarando cuentas, y luego a
la monja de medianoche, ciega, trastabillante, toda cosida, que retrocedía todavía más.
Ahora estaba lo más lejos posible, en el extremo de la plataforma, apretada casi contra el
blanco rojo y negro.
—¡Un niño! —gritó Charles Halloway. El señor Dark se endureció.
—¡Necesito un voluntario, un niño que me ayude a sostener el rifle! —gritó Charles
Halloway— ¡Un niño! ¡Cualquiera! —llamó.
En la multitud se movieron algunos niños, y se pusieron de pie.
—¡Un niño! —gritó Halloway—. ¡A ver, esperen! ¡Mi hijo anda por ahí! Hará de
voluntario, ¿no es cierto, Will?
La Bruja alargó una mano tanteando la forma de esta audacia que brotaba de un
hombre de cincuenta y cuatro años, como una fiebre.
El señor Dark dio media vuelta como si le hubieran pegado un balazo.
—¡Will! —llamó el padre.
Will estaba sentado en el Museo de Cera y no se movía.
—¡Will! —llamó el padre—. ¡Vamos, muchacho!
El público miró a la izquierda, miró a la derecha, miró hacia atrás.
Ninguna respuesta.
Will estaba sentado en el Museo de Cera.
El señor Dark observaba todo esto con cierto respeto, cierta admiración, y cierta
preocupación; parecía estar esperando algo, como el padre de Will.
—¡Will, ven, ayuda a tu papá! —gritó el señor Halloway jovialmente.
Will estaba sentado en el Museo de Cera.
El señor Dark sonrió.
—¡Will! ¡Willy! ¡Ven!
Ninguna respuesta.
El señor Dark sonrió un poco más.
—¡Will! ¿No oyes a tu padre?
El señor Dark dejó de sonreír.
Porque esta última había sido la voz firme de un caballero del Público.
El Público rió.
—¡Will! —llamó una mujer.
—¡Willy! —llamo otra.
—¡Iuuujuuu! —Un señor de barba.
—¡Ven, William! —Un niño.
La multitud reía más, dándose codazos.
Charles Halloway llamó a Will. La gente lo llamó. Charles Halloway les gritó a las
colinas. La gente gritó a las colinas
—¡Will! ¡Willy! ¡William! Una sombra se movió a intervalos dibujando figuras en los
espejos.
La Bruja derramaba caireles de sudor.
—¡Ahí!
La multitud dejó de llamar.
Charles Halloway calló también; el nombre del hijo se le quedó en la garganta.
Will estaba allí a la entrada del laberinto, casi como el maniquí que era.
—Will —lo llamó el padre suavemente.
El tono de esta voz ahogó en sudor a la Bruja.
Will se movió sin ver entre las gentes.
Tendiéndole el rifle a Will como un bastón, para ayudarlo a subir, Charles Halloway
lo alzó al estrado.
—¡Mi mano izquierda sana, aquí está! —anunció el padre.
Will no vio ni oyó a la multitud que rompía en un aplauso cerrado.
El señor Dark no se había movido, aunque Charles Halloway había podido ver,
durante todo ese tiempo, que el hombre había estado encendiéndose unos fuegos de
artificio en la cabeza; pero todos, uno a uno, habían muerto en seguida, siseando. El señor
Dark no alcanzaba a entender qué pasaba, y Charles Halloway tampoco lo sabía o lo
entendía. Era como si hubiese estado escribiendo esta pieza de teatro para sí mismo,
durante años, en las noches de la biblioteca, y como si hubiera destruido el manuscrito
luego de aprendérselo de memoria, y ahora no lo recordara. No podía hacer otra cosa pues
que tratar de ver en sí mismo, secretamente, minuto a minuto, tocando de oído, no, ¡de
corazón, y de alma! ¿Y ahora?
Cuando él, Halloway, mostraba los dientes, ¡parecía que la Bruja era todavía más
ciega! ¡Imposible! ¡La Bruja se llevaba una mano a los lentes, a los párpados cosidos!
—¡Acérquense todos! —llamó Halloway.
La multitud se apretó. La plataforma era una isla. El mar era la gente.
—¡Miren bien al eximio tirador!
La Bruja se hizo polvo dentro de los harapos.
El Hombre Ilustrado miró a la izquierda. No le dio ninguna alegría ver al Esqueleto,
que simplemente parecía más flaco; no le dio ninguna alegría mirar a la derecha y ver al
Enano, metido blandamente en una locura idiota y aplastada.
—¡La bala, por favor! —dijo amablemente el padre de Will.
Las mil ilustraciones pintadas en la nerviosa carne de caballo no lo oyeron, ¿por qué
había de oírlo entonces el señor Dark?
—Por favor —dijo Charles Halloway—, la bala. Le acertaré a esa pulga que está en la
verruga de la Bruja.
Will no se movía.
El señor Dark vaciló.
Allá en el mar agitado, florecieron las sonrisas, aquí, más allá, doscientas, trescientas
sonrisas blancas como si la fuerza de atracción de la luna hubiese provocado una vasta
reverberación de agua. Luego la marea bajó.
El Hombre Ilustrado, moviéndose lentamente, extendiendo un brazo que era una
larga ondulación de melaza, sostuvo la bala delante de los ojos de Will. Will no notó nada.
El padre tomó el proyectil.
—Márquela con sus iniciales —dijo ritualmente el señor Dark.
—No, algo más que mis iniciales.
Charles Halloway alzó la mano de su hijo y puso allí la bala, mientras sacaba un
cortaplumas con la mano derecha, y grababa un símbolo extraño en el plomo.
¿Qué pasa?, se decía Will. Sé lo que pasa y no sé lo que pasa... ¿Qué es todo esto?
El señor Dark vio una media luna en la bala; no, no, nada malo en esa luna; cargó el
rifle, y se lo tiró al padre de Will, que una vez más lo alcanzó en el aire.
—¿Listo, Will?
La cara de durazno de Will se ablandó en una sonrisa de asentimiento.
Charles Halloway le echó una última mirada al laberinto, y Pensó: Jim, ¿estas ahí
todavía? ¡Prepárate!
El señor Dark se volvió a palmotear, conjurar, tranquilizar a su amiga, la vieja del
polvo, pero se detuvo en seco cuando oyó el ruido de la culata del rifle que se abría de
nuevo; el padre de Will sacó la bala y la mostró para asegurar al público que estaba allí.
Parecía bastante real, y sin embargo, había leído hacía tiempo que esta era una bala de
repuesto, modela-da en cera color acero muy resistente. La pólvora del cartucho la
fundiría en humo y vapor. En ese mismo momento luego de haber cambiado de algún
modo las balas, Halloway vio que el Hombre Ilustrado estaba a punto de deslizar la bala
marcada en los dedos temblorosos de la vieja. La vieja se la escondería en la boca, y una
vez disparado el tiro fingiría tras-tabular bajo el impacto imaginario, y mostraría luego la
bala entre los dientes amarillos. ¡Fanfarrias! ¡Aplausos!
El Hombre Ilustrado vio a Charles Halloway con el rifle abierto y la bala de cera en la
mano. Pero en vez de revelar lo que sabía, Charles Halloway dijo simplemente:
—Vamos a hacer más clara la marca, ¿eh, muchacho?
Y tomando de nuevo el cortaplumas, mientras el chico sostenía la bala en la mano
insensible, Charles Halloway grabó en esta bala de cera la misma misteriosa media luna.
Luego metió la bala en el rifle.
—¿Listos?
El señor Dark miró a la Bruja.
La Bruja vaciló y asintió desmayadamente, una sola vez.
—¡Listos! —anunció Charles Halloway.
A su alrededor se extendían las tiendas, la multitud palpitante, los monstruos
inquietos, una Bruja congelada de histeria, Jim escondido en alguna parte, y a quien había
que encontrar, y una vieja momia sentada en una silla eléctrica, ardiendo en fuegos azules,
y un carrusel que esperaba a que acabase la función, a que la gente se fuese y la feria
pudiera ocuparse de los niños y del hombre de la biblioteca.
—Will —dijo Charles Halloway, tranquilamente, alzando el rifle que parecía ahora
muy pesado—. Aquí, para que me apoye en tu hombro. Toma el rifle por el medio, con
una mano, no aprietes. Tómalo, Will—. El niño alzó una mano.-Eso es, hijo. Cuando yo
diga no respires, no respires. ¿Me oyes?
La cabeza de Will tembló en una levísima afirmación. El chico dormía, soñaba. El
sueño era una pesadilla. Y la pesadilla era lo que estaba pasando.
Y en seguida la voz del padre, sonora:
—¡Señoras y señores!
El Hombre Ilustrado cerró un puño. La imagen de Will, perdida en la palma, se
aplastó como una flor.
Will se estremeció.
El rifle cayó al suelo.
Charles Halloway hizo como que no se daba cuenta.
—Will y yo —dijo— lo haremos juntos. Will será el brazo izquierdo que me falta, y
verán ustedes el único, peligrosísimo y a veces fatal, ¡Número de la Bala!
Aplausos. Risas.
Rápidamente, el hombre de cincuenta y cuatro años, negándose a sentir el peso de
los años, alzó el rifle y lo puso sobre el hombro tembloroso del niño.
—¿Oyes eso, Will? Es para nosotros.
El chico oyó, y se calmó. El señor Dark apretó el puño.
Will se sintió paralizado.
—Justo en el blanco, ¿eh muchacho? Más risas.
Y Will se calmó de veras, con el rifle sobre el hombro, y el señor Dark apretó la carita
de piel de durazno que tenía en la mano; el niño sin embargo no se movió, entre las risas
de la gente, y el padre los hizo reír de nuevo, diciendo:
—¡Muéstrale los dientes a la señora, Will!
Will le mostró los dientes a la mujer apoyada en el blanco. La sangre se retiró de la
cara de la Bruja. Charles Halloway le mostró también los dientes.
Y el invierno se instaló en la Bruja.
—Formidable —dijo alguien entre el público—. ¡Parece asustada de veras! ¡Miren!
Estoy mirando, pensó el padre de Will, la mano izquierda inútil colgándole a un
costado, la mano derecha en el gatillo del rifle, el ojo en la mira, y el hijo sosteniendo
firmemente el rifle, que apuntaba al blanco, a la cara de la Bruja. Había llegado el
momento, ya había una bala de cera en la recámara, ¿y de qué sirve una bala de cera? Una
bala que se fundía en el arma. ¿Para qué estaban ahí? ¿Qué podían hacer? Tonto, ¡tonto!
¡No! se dijo el padre de Will. ¡Basta! Paró todas las dudas.
Sintió que la boca se le movía en silencio, formando palabras.
Pero la Bruja las oyó.
Por encima de las risas que se iban desvaneciendo, antes que el cálido sonido
desapareciera del todo, Charles Halloway dijo estas palabras en silencio, moviendo los
labios:
La media luna de la bala no es una media luna.
Es mi propia sonrisa.
He puesto mi sonrisa en la bala.
Lo dijo una vez.
Esperó a que ella entendiera.
Lo dijo otra vez sin ningún sonido.
Y un instante antes que el Hombre Ilustrado pudiera leerle también los labios,
Charles Halloway gritó rápidamente: —¡Atención!
Will contuvo el aliento. Allá lejos, escondido entre las estatuas de cera, Jim babeaba,
un hilo de saliva le corría por la barbilla. Atada a una silla eléctrica, la momia viva-muerta
mostraba unos dientes donde canturreaba la electricidad. Las ilustraciones del señor Dark
se retorcieron en un sudor enfermizo; el hombre apretó una vez más el puño, pero...
¡demasiado tarde! Tranquilo, Will contenía el aliento, sostenía el arma. Tranquilo, el padre
dijo:
—Ahora.
Y apretó el gatillo.
48
¡Un disparo!
La Bruja aspiró una bocanada de aire. Jim aspiró una bocanada de aire.
Will, dormido, hizo lo mismo.
Y también el señor Dark.
Y todos los monstruos.
Y también el público. La Bruja gritó.
Entre los muñecos de cera, Jim vació los pulmones.
En la plataforma, Will despertó.
El Hombre Ilustrado resopló, bramando de furia, y alzó la mano para detener lo que
ocurría. Pero la Bruja cayó. Cayó desde la plataforma. Cayó en el polvo.
El rifle humeante en la mano sana, Charles Halloway dejó escapar un largo y lento
suspiro. Todavía miraba por encima de la mira del rifle el blanco donde había estado la
mujer.
Al borde del estrado estaba el señor Dark, mirando a la multitud vociferante y
oyendo lo que gritaban.
—Se desmayó...
—No, ¡resbaló!
—¡La mató la bala!
Charles Halloway se acercó al fin al Hombre Ilustrado y miró abajo. Muchas
expresiones le pasaron por la cara: sorpresa, consternación, satisfacción, y luego un leve y
extraño alivio.
Levantaron a la mujer y la subieron a la plataforma. Tenía la boca abierta, casi en un
gesto de reconocimiento.
Charles Halloway sabía que la mujer estaba muerta. Quizá las gentes también lo
sabían. Vio que el Hombre Ilustrado adelantaba una mano y la tocaba, buscando un signo
de vida. Luego el señor Dark levantó las dos manos de la mujer, como si fuera una
marioneta, tratando de comunicarle algún movimiento. Pero el cuerpo no reaccionó.
El señor Dark puso entonces un brazo de la mujer en las manos del Enano, el otro en
las del Esqueleto, y los dos la sacudieron y la movieron en un terrible simulacro de
reanimación, mientras la multitud retrocedía.
—... muerta...
—Pero... si no está herida.
—¿Te parece que habrá sido un stock?
Un shock, pensó Halloway, mi Dios, ¿es que eso puede haberla matado? ¿O la otra
bala? ¿No se habrá tragado la otra bala cuando disparé? ¿Se habrá... ahogado con mi
sonrisa? ¡Oh, Cristo!
—¡No es nada! ¡La función ha terminado! ¡Está desmayada! —dijo el señor Dark—.
Todo fue parte del número. Parte de la función —dijo sin mirar a la mujer, sin mirar al
público, sólo mirando a Will que pestañeaba despertando de una pesadilla. Papá estaba
allí al lado de él, y el señor Dark gritaba: —¡A casa todo el mundo! ¡ Se acabó la función!
¡Las luces!
Las luces de la feria vacilaron.
La multitud, empujada por la oscilación de las luces, dio vueltas como un enorme
carrusel, y cuando las lámparas empezaron a apagarse se precipitó hacia los pocos puntos
de luz que quedaban, como para abrigarse en ellos antes de lanzarse a desafiar el viento.
Una a una, una a una, las luces se fueron apagando.
—¡Las luces! —dijo el señor Dark.
—¡Salta! —dijo el padre de Will.
Will saltó. Corrió al lado de su padre, que llevaba aún el arma que había disparado la
sonrisa, matando a la gitana y precipitándola al polvo.
—¿Está Jim ahí?
Habían entrado en el laberinto. Detrás de ellos, en la plataforma, el señor Dark
vociferaba.
¿Está Jim ahí?, se preguntaba Will. Sí. Sí, ¡está!
Dentro del Museo de Cera, Jim no se había movido, no había parpadeado.
—¡Jim!
La voz atravesó el laberinto.
Jim se movió. Jim parpadeó. Una puerta de emergencia estaba abierta de par en par.
Jim fue tropezando hacia la puerta.
—¡Voy a buscarte, Jim!
—¡No papá!
Will alcanzó a su padre, que se había detenido en el primer codo de espejos; el dolor
le había vuelto a la mano; le subía por el brazo y le estallaba como una bola de fuego cerca
del corazón.
Will lo tomó por el brazo sano.
—¡Papá, no entres!
Detrás de ellos, la plataforma estaba desierta. El señor Dark corría... ¿hacia dónde?
En alguna parte la noche se cerraba, y las luces se apagaban, apagaban, apagaban, y la
noche ganaba terreno, juntaba fuerzas, silbaba sonriendo tontamente y la multitud fue
arrastrada lejos del sendero como un enorme montón de hojas secas. El padre de Will se
quedó mirando la marea de espejos, las olas, la manopla de horror que estaba allí,
esperando, sí, a que él entrara, a que corriese a luchar contra la disecación, la aniquilación
del ser que aguardaba allí dentro. Había visto bastante; sabía. Cerrando los ojos, uno se
pierde. Abriendo los ojos uno conoce la desesperación absoluta, la angustia abrumadora,
de modo que no te será posible doblar el duodécimo recodo. Pero Charles Halloway
apartó las manos de Will.
—¡Jim está ahí, esperando! ¡Voy a entrar!
Y Charles Halloway dio el próximo paso dentro del laberinto.
Allí adelante la luz plateada corría a borbotones, junto con unas sombras pulidas,
lavadas, rociadas por imágenes de ellas mismas, y de otros muchos que habían dejado en
los espejos una marca de agonía, corroyendo el hielo con imágenes de narcisismo, o
burilando las aristas con imágenes de terror.
—¡Jim!
Halloway corrió. Will corrió. Los dos se detuvieron.
Porque las luces del laberinto habían empezado a apagarse, una a una, debilitándose,
cambiando de color, ahora azules, ahora lilas, como relámpagos de verano que estallan en
aureolas, y al fin hubo un destello mortecino, como de mil velas antiguas sopladas por el
viento.
Y entre Charles Halloway y Jim, a quien había que rescatar, se extendía un ejército de
un millón de hombres de bocas torcidas, pelo escarchado y barbas blancas de estaño.
¡Ellos! ¡Todos ellos, pensó Charles Halloway, son yo!
¡Papá! pensó Will, a sus espaldas. No tengas miedo. Eres tú, nada más que tú. ¡Todos
ellos son sólo mi padre!
La mirada de todos aquellos seres inquietaba a Charles Halloway. Eran todos tan
viejos, tan viejísimos, y eran todavía más viejos cuanto más lejos estuviesen, gesticulando
allá, mientras él alzaba los brazos para luchar contra la revelación, la imagen terrible y
obsesiva.
¡Papá! pensó Will. ¡Eres tú!
Pero había algo más.
Y se apagaron todas las luces.
Y los dos se quedaron, encogidos, inmóviles, en un sofocado silencio, muy asustados.
49
Una mano exploró la oscuridad, como un topo.
La mano de Will.
La mano vació los bolsillos de Will, sondeó, retrocedió, buscó de nuevo, pues él sabía
que mientras no hubiese luz aquel millón de viejos podría avanzar, atropellar, acometer,
saltar, barrer a papá, con lo que ellos eran. En esa noche cerrada, no teniendo más que
cuatro segundos para pensar en ellos, ¡podían hacerle cualquier cosa a papá! Si Will no se
daba prisa, esas legiones que venían del Tiempo Futuro, todos los miedos de la vida por
venir, tan mezquinos, crudos y verdaderos que no era posible negar que papá sería así
mañana, pasado mañana, y al otro día, y al día siguiente, esa estampida de años posibles
¡podrían aplastar a papá!
Así que, ¡rápido!
¿Quién tiene más bolsillos que un mago?
Un niño.
¿Quién tiene más cosas que un mago en los bolsillos?
Un niño.
—¡Oh, Dios, papá! ¡Aquí!
Will encendió una cerilla.
¡La estampida se acercaba!
Habían venido corriendo, y ahora, detenidos por la luz, abrían los ojos, como papá,
mirando sorprendidos unas muecas que eran ellos mismos, los temores y mascaradas de
antes. ¡Alto! había gritado la cerilla, y pelotones a la derecha, escuadrones a la izquierda,
todos obedecieron la orden de descanso, mirando indignados, esperando con impaciencia
a que la cerilla se apagara. Luego, en la próxima oportunidad, ya lo alcanzarían a ese viejo,
tan viejo, terriblemente viejo, y los Destinos lo sofocarían en un instante.
—¡No! —dijo Charles Halloway.
Un millón de labios muertos, repitió: No.
Will tiró la cerilla. En los espejos, una multiplicación envejecida y arrugada de
pequeños monitos tiró al suelo un único capullo de fuego, azul-amarillo.
—¡No!
Todos los espejos lanzaron jabalinas de luz que invisible. mente se hundieron en las
carnes de Will, las traspasaron, y le encontraron el corazón, el alma, los pulmones, y le
helaron las venas, le cortaron los nervios, lo arruinaron, paralizándolo, y al fin jugaron al
fútbol con su corazón. Vencido, el viejo se desplomó de rodillas y lo mismo hicieron las
imágenes suplicantes, la atemorizada congregación que era él mismo, ¡de aquí a una
semana, un mes, dos años, veinte, cincuenta, setenta, noventa años! Todos los segundos,
todos los minutos, todas las horas de posible supervivencia en la sin razón se hicieron más
grises, más amarillos, a medida que los espejos lo hacían rebotar, lo secaban, le quitaban la
vida y amenazaban con reducirlo a polvo de huesos, esparciendo por el piso una ceniza de
mariposas nocturnas.
—¡No!
Charles Halloway apagó la luz de un manotazo.
—¡No, papá!
Porque en la nueva oscuridad, el incansable rebaño de viejos avanzaba otra vez, los
corazones en la boca.
—¡Papá, tenemos que ver!
Will encendió la última cerilla.
Y en la breve luz, vio a papá que se hundía, con los ojos y los puños apretados, y vio
también todos aquellos hombres que tendrían que arrastrarse, marchar de rodillas, cuando
esta última luz se apagara. Will tomó al padre del hombro y lo sacudió.
—Oh, papá, papá, ¡no me importa si eres viejo y nunca me importará! ¡No me
importa nada, nada, nada! ¡Oh, papá! —gritó llorando—. ¡Te quiero!
Y entonces Charles Halloway abrió los ojos y se vio a si mismo y vio a los otros
parecidos a él y al hijo detrás, sosteniéndolo, y vio la llama que temblaba, y las lágrimas
que le temblaban también en la cara, y de pronto, como ante la imagen de la Bruja, el
recuerdo de la biblioteca, la derrota de uno y la victoria de otro, todo flotó ante él, junto
con el disparo del rifle, la trayectoria de una bala marcada, la marea de la multitud que se
iba.
Miró otra vez, sólo un instante, a los otros que eran él mismo, y miró a Will, y un
breve sonido le salió de la boca. Luego vino otro sonido, un poco más largo.
Y en seguida, al fin, les dio al laberinto, a los espejos, a todo el Tiempo de Atrás,
Alrededor, Arriba, Detrás, Abajo y Adentro, la única respuesta posible.
Abrió mucho la boca y dejó en libertad el más poderoso de todos los sonidos.
Si la Bruja hubiese estado viva, habría reconocido ese sonido, muriéndose de nuevo.
50
Mas allá de la puerta de atrás del Laberinto de Espejos, perdido en los terrenos de la
feria, Jim Nightshade dejó de correr.
En alguna parte entre las tiendas negras, el Hombre Ilustrado dejó de correr.
El Enano se quedó quieto.
El Esqueleto se dio vuelta.
Y todos oyeron.
No el sonido que había hecho Charles Halloway, no.
Sino los terribles sonidos que vinieron después.
Un solo espejo, y luego un segundo espejo, una pausa, y un tercer espejo, y un
cuarto, y otro, y otro después, y todavía otro, y otro más, como piezas de dominó,
cubrieron las miradas de todos con unas breves telas de araña, y luego, entre retintines y
secos estallidos, cayeron al suelo.
En un minuto, la increíble escala de vidrio de Jacob, que plegaba y replegaba y volvía
a plegar imágenes apretadas en un libro de luz, se precipitó en el espacio como un polvo
de meteoro.
El Hombre Ilustrado escuchó, muy quieto, y sintió que los ojos de cristal se le cubrían
también de telas de araña, y casi se le hacían trizas.
Fue como si Charles Halloway fuera otra vez un niño del coro en una extraña iglesia
sub-sub-demoníaca, y hubiera cantado allí la más hermosa nota aguda de humor amable
de toda su vida, nota que primero había hecho caer las polillas de plata de detrás de los
espejos y luego las imágenes de las lunas, y al fin los espejos mismos hasta destruirlos.
Una docena, cien, mil espejos, y con ellos todas las antiguas imágenes de Charles
Halloway, se hundieron en la tierra en deliciosas nevadas de lunas y cellisca.
Todo por el sonido que había dejado salir de los pulmones, a través de la garganta y
la boca.
Todo porque por último había aceptado la feria, las lomas, a la gente en las lomas, a
Jim, a Will, y especialmente porque se había aceptado él mismo, y había aceptado la vida.
Aceptando había echado la cabeza atrás por segunda vez en la noche, y había mostrado su
conformidad con un sonido. Y he ahí que como Jericó y las trompetas, los truenos
musicales habían vencido al espejo y los fantasmas. Charles Halloway gritó, aliviado.
Apartó las manos de la cara. La fresca luz de las estrellas y el resplandor moribundo de la
feria se precipitaron a liberarlo. Los hombres muertos de los espejos habían desaparecido
enterrados bajo un ruido de címbalos, en las espumas y la marea de cristal, a sus pies.
Un grito lejano trajo más calor.
—¡Luces... luces!
El Hombre Ilustrado se desheló y desapareció de nuevo entre las tiendas.
La multitud había desaparecido.
—Papá¿qué hiciste?
La cerilla le quemó los dedos a Will; la dejó caer. Pero ahora había una luz mortecina
que le permitía ver a papá que se arrastraba entre los restos, apartando las esquirlas,
retrocediendo en los espacios abiertos donde había estado el laberinto.
—¿Jim?
Una puerta abierta. La cálida claridad de la feria, que seguía desvaneciéndose,
pasaba por la puerta y mostraba las figuras de cera de asesinos y asesinas.
Jim no estaba entre ellos.
—¡Jim!
Se quedaron mirando la puerta por donde había escapado Jim, perdiéndose en los
enjambres de la noche, entre lonas negras.
La última lámpara tembló y se apagó.
—Ahora nunca lo encontraremos —dijo Will.
—Sí —dijo el padre de pie, en la oscuridad—. Lo encontraremos.
¿Donde? pensó Will, y se detuvo.
Lejos, el tiovivo se puso en movimiento; el órgano se torturó con música.
Ahí, pensó Will. Si Jim está en alguna parte, es ahí donde está, junto a la música, viejo
y querido Jim, ¡apuesto que con la última entrada gratis todavía en el bolsillo! Oh, maldito
Jim, maldito, maldito. Y en seguida pensó: ¡No! ¡No lo digas! ¡Ya está maldito, o casi
maldito! ¿Y cómo lo encontraremos en la oscuridad, sin cerillas, sin luces, los dos solos
contra todos, los dos solos en territorio ajeno?
—Cómo... —dijo Will en voz alta.
—Allí —interrumpió el padre con una voz suave, como agradecido.
Y Will se acercó al hueco de la puerta, que ahora era más claro.
—¡La luna! Gracias a Dios.
La luna se alzaba detrás de las colinas.
—La policía...
—No hay tiempo. Tenemos que aprovechar los próximos minutos. Tenemos que
preocuparnos por tres personas...
—¡Los monstruos!
—Tres personas, Will. Número uno: Jim. Número dos: el señor Cooger, que se ríe en
la silla eléctrica. Número tres: el señor Dark, el de la piel poblada de almas. Hay que salvar
al primero y mandar al infierno a los otros dos, y después podemos irnos. Creo que los
monstruos se irán también. ¿Estás listo, Will?
Will miró la puerta, las tiendas, la oscuridad, el cielo que se aclaraba con nuevas
luces.
—Dios bendiga la luna.
Tomados de la mano, atravesaron la-puerta.
Como para saludarlos, el viento sopló sacudiendo las lonas de las tiendas, en un
inmenso despliegue de alas leprosas, de cometas tonantes.
51
Corrieron por la sombra que olía a amoníaco, corrieron bajo el perfume helado de la
luna.
Los tubos del órgano murmuraban, gorjeaban, trinaban.
Will pensó: la música, ¿va para atrás o para adelante?
—¿Por dónde? —preguntó papá en voz baja.
—¡Por ahí! —señaló Will.
Unos cien metros más allá, detrás de una montaña de tiendas, había un destello de
luces azules. Las chispas saltaban y desaparecían, y luego volvía la oscuridad.
¡El señor Eléctrico! pensó Will. Están tratando de moverlo, seguro, y de meterlo en el
carrusel, ¡para que muera o se cure! Y si lo curan, oh, entonces serán dos, él furioso y el
Hombre Ilustrado furioso, contra papá y yo solos. ¿Y Jim? Bueno, ¿dónde estaría Jim? Un
día acá, al día siguiente allá, ¿y... esta noche? ¿De qué lado estaría? ¡Del nuestro! ¡Jim, viejo
amigo! Del nuestro, ¡claro que sí! Pero Will no se sentía tranquilo. Los amigos, ¿duran para
siempre, entonces? ¿Es posible contar con ellos como si fuesen una cifra, cálida, redonda,
hermosa, y por toda la eternidad?
Will miró a la izquierda.
El Enano esperaba, inmóvil, medio envuelto en las lonas de la puerta.
—Papá, mira —llamó Will suavemente—. Y allá... el Esqueleto.
Más lejos, el hombre alto, el hombre todo huesos de mármol y papiro egipcio, se
erguía como un árbol muerto.
—Los monstruos... ¿por qué no nos detienen?
—Tienen miedo.
—¿De nosotros?
El padre de Will se agachó detrás de una jaula vacía, y miró alrededor.
—Son precavidos al menos. Vieron lo que le pasó a la Bruja. No hay otra explicación.
Míralos.
Y allí estaban, de pie, muy derechos, como postes de tiendas a lo largo y a lo ancho
del prado, escondidos en la sombra, esperando. ¿Esperando qué? Will tragó saliva. Quizá
no esperaban, y estaban apostados allí para la pelea próxima. En el momento adecuado el
señor Dark gritaría y... ellos cerrarían el círculo. Pero el momento no había llegado aún. El
señor Dark estaba ocupado ahora. Cuando hiciera lo que tenía que hacer, daría ese grito.
¿Y? Y, pensó Will, nosotros tenemos que impedirlo.
Los pies le resbalaron sobre el pasto.
El padre avanzó.
Los monstruos los miraban pasar con ojos de cristal de luna.
El órgano tocó otra música. Los tubos silbaron un aire triste y dulce que flotó
alrededor de las tiendas, alrededor del río de oscuridad.
¡Va para adelante! se dijo Will. ¡Sí! Hace un momento iba para atrás. Pero ahora se
había detenido y había empezado de nuevo, esta vez para adelante. ¿Qué estaría
tramando el señor Dark?
—¡Jim! —estalló Will.
—Chiss... —advirtió el padre.
Pero el nombre se le había escapado a Will sólo porque había oído que el órgano
sumaba ahora hacia adelante los años dorados, había sentido que Jim estaba solo en algún
sitio, atraído por una cálida fuerza de gravedad, acunado por una música soleada,
preguntándose cómo sería tener dieciséis años, diecisiete, dieciocho años, y oh, después
diecinueve, y lo más increíble... ¡veinte años! El gran viento del tiempo sopló en los tubos
de bronce, una hermosa y animada música de verano, que lo prometía todo, y oyéndola,
hasta Will echó a correr hacia la música, que crecía como un durazno cargado de frutos
maduros al sol.
¡No! pensó.
Y obligó a sus pies a que acompañaran a su propio miedo, a su propia música, un
canto apretado en la garganta, retenido en los pulmones que le sacudió los huesos del
cráneo y ahogo la música del órgano.
—¡Ahí! —dijo el padre dulcemente.
Y allá adelante, entre las tiendas, vieron pasar un desfile grotesco. Como un sultán
oscuro en un palanquín, una figura vagamente familiar iba en una silla que unas sombras
de distintos tamaños y formas llevaban a hombros.
Oyendo la voz del padre, el desfile se detuvo un momento, y echó a correr en
desorden.
—El señor Eléctrico —dijo Will.
¡Lo llevaban al carrusel!
El desfile se perdió detrás de una tienda.
—¡Por este lado! —Will saltó, tirando del padre.
El órgano tocaba una canción muy dulce. Para tironear de Jim, para atraer a Jim.
¿Y cuando llegara el desfile con el señor Eléctrico?
La música comenzaría a tocar hacia atrás, el tiovivo correría hacia atrás,
¡cambiándole la piel, quitándole años!
Will tropezó y cayó. Papá lo ayudó a levantarse.
Y entonces...
Se oyó un crescendo de ladridos humanos, gañidos, aullidos, gimoteos como si todos
hubiesen caído junto con Will. Toda una multitud de gargantas defectuosas entonaron
juntas una larga queja, ahogaron un grito, suspiraron estremeciéndose.
—¡Jim! ¡Lo tienen a Jim!
—No... —murmuró extrañamente Charles Halloway—. Quizá Jim... o nosotros... los
tenemos a ellos.
Dieron vuelta a la última tienda.
El viento cargado de polvo los golpeó en la cara.
Will alzó la mano y se rascó la nariz". En el aire flotaba un polvo de especias
antiguas, de hojas calcinadas de arce, una nube azul que se oscureció y cayó a tierra.
Extendiéndose en sombras, el polvo cubrió las tiendas.
Charles Halloway estornudó. Unas figuras se sobresaltaron y se alejaron corriendo
de un objeto algo inclinado, que se alzaba entre una tienda y el carrusel.
Era la silla eléctrica; las correas colgaban de los brazos y patas de madera, y un
casquete de metal pendía del respaldo.
—¿Pero dónde está el señor Eléctrico? —preguntó Will—. Quiero decir... ¿el señor
Cooger?
—Tiene que haber sido eso.
—¿Y qué es eso?
La respuesta estaba allí, sin duda, en las nubes de polvo que flotaban sobre el
sendero, en los demonios de los torbellinos, las especias quemadas, el incienso de otoño
que les había apretado la garganta a la vuelta de la esquina.
Quieren matarlo, o curarlo, pensó Halloway. Se los imaginó atropellándose en los
últimos segundos, volcando el saco de polvo y de huesos viejos, sobre las hierbas
calcinadas, luego de haberlo traído en la silla eléctrica. Quizá sólo habían intentado, como
otras veces, mantener con vida lo que no era más que un montón de huesos secos, de
herrumbre y brasas extinguidas que ningún viento podría reanimar. Pero tenían que
hacerlo. Cuántas veces en las últimas veinticuatro horas lo habrían sacado para estas
excursiones, suspendiéndolas luego asustados, pues una mínima sacudida, un leve soplo
hubiesen bastado para que el viejo Cooger quedara reducido a un puñado de polvo. Mejor
era dejarlo atado al calor de la silla eléctrica, en exhibición, en un espectáculo continuado
que asombraba al público, y volver a probar en otra oportunidad, especialmente ahora,
cuando las luces se habían apagado y la multitud andaba perdida en las sombras,
aterrorizada por una sonrisa en una bala, y había necesidad de Cooger tal como había sido
antes, alto, de pelo llameante, y animado por una violencia de terremoto. Pero en algún
momento, diez, veinte segundos atrás, el último puntal se había hecho trizas, el último
eslabón de vida se había quebrado, y el muñeco-momia, el mecanismo grotesco que se
sostenía en la silla había caído en nubes de polvo y hojarasca de noviembre, difundiendo
mortalidad en alas del viento. El señor Cooger, trillado en la última cosecha, era ahora un
billón de partículas de pergamino, manuscritos antiguos que volaban por el prado. Una
explosión de polvo en un silo de granos viejos, y así se había ido.
—Oh, no, no, no, no, no —murmuró alguien.
Charles Halloway tocó el brazo de Will.
Will dejó de decir no, no, no. En los últimos instantes, había estado imaginando lo
mismo que el padre: el cadáver llevado de aquí para allá, el polvo de huesos, los minerales
que nutrían la hierba de las lomas...
Todo lo que quedaba ahora era la silla vacía y las últimas partículas de mica, las
motas fosforescentes de polvo, incrustadas en las correas. Y los monstruos, que habían
dejado caer la carroña barroca, y que luego habían desaparecido en la noche.
Conseguimos que huyeran, se dijo Will, ¡pero algo hizo que tiraran todo!
No, no algo. Alguien.
Will miró alrededor.
El carrusel desierto, abandonado, viajaba a su modo a través de un tiempo especial,
hacia adelante.
Pero entre la silla caída y el carrusel, de pie, solo, ¿había un monstruo? No...
—¡Jim!
Papá le dio un codazo, y Will calló.
Jim, se dijo.
Y ahora, ¿dónde estaba el señor Dark?
En alguna parte. Pues él era quien había puesto en marcha el carrusel, ¿no? ¡Sí! Para
atraerlos, para atraer a Jim y ¿qué más? Ahora no había tiempo...
Jim dejó la silla caída y caminó lentamente hacia el carrusel y las vueltas gratis.
Iba hacia donde había sabido siempre que tenía que ir. Como una veleta en días
tempestuosos, se había vuelto hacia aquí, se había vuelto hacia allá, había titubeado entre
horizontes claros, y direcciones cálidas, y ahora al fin sabía a dónde ir y caminaba como en
sueños, vacilando, atraído por los bronces y la música marcial del verano. No podía
apartar los ojos.
Otro paso, y otro. Allá iba Jim.
—Alcánzalo, Will —dijo el padre.
Will se adelantó.
Jim alzó la mano derecha.
Las pértigas de bronce relampagueaban hacia el futuro, estirando la carne como
almíbar, alargando los huesos como caramelo. El metal solar le quemaba las mejillas a Jim
y le estallaba en los ojos.
Jim llegó al carrusel y extendió la mano. Las barras le golpearon las uñas, tocando
una musiquita.
—¡Jim!
Las barras de bronce pasaron como un amanecer dorado en plena noche.
La música saltaba en una fuente clara, muy arriba.
Iiiiiiiiii...
Jim abrió la boca y cantó la misma nota aguda.
—¡Jim! —gritó Will que ahora corría muy rápido.
La palma de la mano de Jim golpeó una de las pértigas. La pértiga se le escapó.
Trató de nuevo, y la mano tomó firmemente la barra.
La muñeca siguió a los dedos, el brazo siguió a la muñeca, el hombro y el cuerpo
siguieron al brazo. Sonámbulo, Jim fue arrancado de las raíces que lo sujetaban a la tierra.
—¡Jim!
Will se estiró y el pie de Jim le resbaló de la mano.
Jim giraba en la noche entre gemidos, en un círculo oscuro de verano. Will corría
detrás.
—¡Jim, baja! Jim, ¡no me dejes aquí!
Empujado por la fuerza centrífuga, Jim se tomó de la pértiga con una mano, y como
obedeciendo a un instinto final y ya perdido, dejó la otra mano libre para rastrear el aire,
esa parte de sí mismo, la pequeña parte blanca que todavía recordaba su amistad con Will.
—¡Jim, salta!
Will trató de alcanzarle la mano, la perdió, tropezó, estuvo a punto de caer. Había
perdido la primera carrera. Jim iba a dar una vuelta, solo. Will se quedó esperando la
próxima carga de caballería, la vuelta del niño ya no tan niño.
—¡Jim! ¡Jim!
Jim despertó. Había dado media vuelta, y tenía una cara que era tanto de julio como
de diciembre. Se aferró a la pértiga y gimoteó, angustiado. Quería, no quería. Deseaba,
rechazaba, deseaba todavía más, iba volando, flotaba en un río de viento y metales
resplandecientes, era arrastrado por caballos de julio y agosto, y los cascos golpeaban el
aire como frutas que caen. La lengua pegada a los dientes, Jim siseó su desesperación.
—¡Jim, salta! ¡Papá, para la máquina!
Charles Halloway se volvió buscando el tablero de comando, que estaba a quince
metros de allí.
—¡Jim! —Will sentía un dolor que le traspasaba el costado—. ¡Te necesito! ¡Vuelve!
Y lejos, en el lado opuesto del tiovivo, viajando, viajando rápido, Jim luchaba con sus
manos, la barra de bronce, el día vacío, azotado por el viento, la noche creciente, las
estrellas que giraban. Soltó la barra. La tomó de nuevo. Y la mano derecha pendía, siempre
fuera de la máquina, pidiéndole a Will una última onza de coraje.
—¡Jim!
Jim completaba la vuelta. Allí, abajo, en la negra estación de la noche, de la que este
tren había partido para siempre bajo la lluvia de confetti de los billetes agujereados, Jim
vio a Will-Willy-William Halloway, joven compañero, joven amigo, que parecería todavía
más joven al final del viaje, y no sólo joven sino también desconocido, recuerdo borroso de
otro tiempo, otros años... pero que ahora todavía el amigo, ese amigo más joven que corría
junto al tren, y tendía una mano, ¿pidiendo un pasaje o rogándole que bajara?
—¿Jim, me recuerdas?
Will hizo un último esfuerzo. Los dedos tocaron los dedos, alma tocó la palma. La
cara blanca y helada de Jim miró hacia abajo. Will trotaba al lado de la máquina.
¿Dónde estaba papá? ¿Por qué no cortaba la corriente?
La mano de Jim era una mano tibia, una mano buena. Se cerró sobre la mano de Will.
Will la apretó.
—¡Jim, por favor!
Pero el viaje continuaba girando. Jim, llevado por la máquina, y Will sacudiéndose
en un alocado galope.
—¡Por favor!
Will tiró. Jim tiró. Apretada en la mano de Jim, la mano de Will sintió un calor de
julio. Allá iba, como un animal doméstico sostenida y mimada por Jim, adelante,
alrededor, hacia tiempos más viejos. De modo que la mano, que viajaba dando vueltas,
seria para Will una mano extraña, pues conocería esa noche muchas cosas que él sólo
podría imaginar, acostado en cama de noche. ¡Un chico de catorce años con una mano de
quince años! Jim la tenía, sí, la apretaba, y no la soltaría; y la cara de Jim, ¿era más vieja
ahora ya completada la primera vuelta? ¿Tenía quince años ahora, iba para los dieciséis?
Will tiró. Jim tiró en sentido contrario.
Will cayó en la plataforma que giraba.
Los dos dieron vueltas en la noche. Will estaba ahora todo entero con su amigo Jim.
—¡Jim! ¡Papá!
Qué fácil hubiese sido quedarse allí, dar vueltas y vueltas con Jim, ya que no podía
hacerlo bajar, dejarlo en la máquina, y viajar juntos como buenos amigos. Los jugos del
cuerpo le hervían nublándole los ojos, tamborileándole en los oídos, disparándole
descargas eléctricas en los lomos.
Jim gritó. Will gritó.
Atravesaron medio año como a la sombra cálida de unos árboles, antes que Will
tomara a Jim del brazo y se atreviera a saltar, renunciando a aquellas increíbles promesas,
a los hermosos años en que todo iría creciendo, y tiró de Jim, pero Jim no podía dejar la
pértiga, no podía abandonar el paseo.
Jim, tironeado entre la máquina y el amigo, una mano en la máquina y otra en el
amigo, dio un grito.
—¡Will!
Fue como una tela o una carne que se desgarrara. Los ojos de Jim dejaron de ver,
como los ojos de una estatua.
El carrusel continuó girando.
Jim chilló, cayó, dio vueltas en el aire.
Will trató de amortiguar la caída, pero Jim golpeó el suelo y rodó. Quedó allí
tendido, en silencio.
Charles Halloway golpeó el interruptor en el tablero.
La máquina, vacía, comenzó a detenerse. Los caballos aminoraron el paso, dejaron de
trotar hacia una lejana noche de verano.
Charles Halloway y su hijo se arrodillaron junto a Jim y le tomaron el pulso y le
pusieron una oreja en el pecho. Los ojos de Jim miraban las estrellas.
—Oh, Dios —gritó Will—, ¿está muerto?
52
—¿Muerto...?
El padre de Will movió la mano sobre la cara fría, el pecho frío.
—No siento...
Lejos, alguien gritó pidiendo ayuda.
Alzaron los ojos.
Un niño venía corriendo por el sendero, tropezando con los kioscos, cayendo entre
las cuerdas. Miraba hacia atrás, por encima del hombro.
—¡Socorro! ¡Me sigue! —gritaba—. ¡Ese hombre terrible! ¡Qué terrible! ¡Quiero irme a
casa!
El niño hizo un último esfuerzo y vino a apretarse contra el padre de Will.
—¡Ayúdeme! ¡Estoy perdido! Llévenme a casa. Ese hombre de los tatuajes.
—¡El señor Dark! —jadeó Will.
—¡Sí! —farfulló el niño—. ¡Viene por ahí! ¡Oh, que no me alcance!
—Will —Halloway se puso de pie—, quédate pon Jim. Respiración artificial. Bueno,
muchacho, voy contigo.
El chico se alejó.
—¡Por aquí!
Charles Halloway trotó detrás del niño, mirándolo, le observó la cabeza, la figura, el
modo en que la pelvis se le ajustaba a la columna.
—Muchacho —dijo cuando estaban aún en la sombra de la máquina, a cinco o seis
metros del sitio donde Will se inclinaba sobre Jim, ¿cómo te llamas?
—¡No perdamos tiempo! —suplicó el niño—. Jed. ¡Pronto, Pronto!
Charles Halloway se detuvo.
—Jed —repitió. El chico se volvió a Halloway frotándose los brazos—. ¿Cuántos años
tienes, Jed? —preguntó Halloway.
—¡Nueve! —dijo el niño—. Por favor, no hay tiempo.
Nosotros...
—Una buena edad, Jed —dijo Charles Halloway—. ¿Nada más que nueve? Qué
pequeño. Yo nunca fui tan pequeño.
—¡Dios santo! —gritó el chico furioso.
—Demonios, quizá —dijo el hombre, adelantándose. El niño retrocedió—. Le tienes
miedo solo a un hombre, Jed.
A mí.
—¿A usted? —El niño retrocedió todavía más—. ¿Qué le pasa? ¿Por qué le tendría
miedo?
—Porque a veces el bien tiene armas y el mal no. A veces los trucos fallan. A veces no
se puede sorprender a la gente y llevarla al matadero. Esta noche no se divide para reinar,
Jed. ¿Dónde me llevabas? ¿A la jaula del león ya preparada? ¿A una tienda parecida al
Laberinto de Espejos? ¿A encontrarnos con alguna otra Bruja? ¿Qué? ¿Qué, Jed? ¡Qué!
¿Qué te parece si te recoges la manga derecha de la camisa, eh, Jed?
Los ojos de piedra lunar relampaguearon mirando a Halloway.
El niño saltó hacia atrás, pero el hombre fue más rápido, le tomó el brazo y en vez de
levantarle la manga como había dicho, le arrancó de un tirón toda la camisa.
—Bien, Jed —dijo Charles Halloway, casi amable—, ¿tal como yo lo pensaba?
—Usted, usted, usted.
—Sí, Jed, yo. Pero especialmente tú. Mírate.
Allí, en el dorso de las manitas del chico, en los dedos y en la muñeca, se apretaban
unas serpientes azules de ojos venenosos de color azul, escorpiones azules que escapaban
a las mandíbulas de tiburones azules, hambrientos siempre, tratando de alimentarse de
todos los monstruos allí amontonados, mejilla a mandíbula, piel a piel, carne a carne, en
todo el pecho y el torso menudo, escondidos, en los sitios secretos de aquel cuerpo
pequeño, muy pequeño, ese cuerpo que ahora tenía frío y miedo, y temblaba.
—Pero Jed, una hermosa obra de arte, sí, señor.
El niño lanzó un puñetazo a la cara de Halloway.
—¡Usted!
—Sí, otra vez yo —dijo Halloway, sujetando al muchachito.
—¡No!
—Oh, sí —dijo Charles Halloway usando la mano sana y dejando colgar el brazo
izquierdo—. Sí, Jed, Salta, escápate, anda Fue una buena idea, apartarme, encargarse de
mí, y luego volver por Will. Y cuando llegara la policía, bueno, eres un chico de nueve o
diez años y la feria no es tuya, oh, no, no es tuya no te pertenece. Quédate conmigo, Jed.
¿Por qué trabas de librarte de mi brazo? La policía viene y mira, y los dueños de la feria
han desaparecido, ¿no es así, Jed? Una buena escapada.
—¡Usted no puede hacerme nada! —chilló el niño.
—Qué gracioso —dijo Charles Halloway—. A mí me parece que sí. —Se acercó al
niño apretándolo, apretándolo casi con amor.
—¡Socorro, asesino! —aulló el chico.
—No voy a matarte, Jed, señor Dark, quienquiera que seas. Te matarás tú mismo
porque no soportarás estar tan cerca de mí, de alguien como yo, tan cerca, ni tanto tiempo.
—¡Malvado! —gruñó el chico, retorciéndose—. ¡Usted es un malvado!
—¿Malvado? —El padre de Will se rió, y el niño, golpeado por la risa se estremeció
como si lo hubiese picado una avispa—. ¿Malvado? —Las manos del hombre se pegaban
como papel matamoscas a los huesos desnudos—. Es raro que tú lo digas, Jed. Así será
para ti, supongo. El bien, para el mal, se parece al mal. No quiero hacerte otra cosa que
bien, Jed. Te apretaré simplemente, y observaré cómo te envenenas a ti mismo, Jed, señor
Dark, señor propietario, muchacho, hasta que me digas qué le pasa a Jim. Despiértalo.
Libéralo. Devuélvele la vida.
—No puedo... —La voz del niño cayó en un pozo, dentro de su propio cuerpo, y fue
apagándose—. No puedo...
—¿Quiere decir que no quieres?
—... no puedo...
—Bueno, muchacho, bueno, entonces toma y toma, y esto y esto...
Parecían un padre y su hijo que hubieran estado largo tiempo separados. Se habían
encontrado, se abrazaban y volvían a abrazarse. El hombre levantó la mano herida y
acarició la cara asustada del niño. La multitud, el enjambre de ilustraciones, se estremeció
y corrió hacia aquí y hacia allá en microscópicas carreras. Los ojos del chico miraron a
todas partes, y se clavaron al fin en la boca del hombre, y vieron allí la extraña y en cierto
modo beatífica sonrisa que una vez había volado, como un exorcismo, hacia la Bruja.
Charles Halloway apretó al niño un poco más, y pensó: el Mal no tiene otro poder
que el que nosotros le damos. Yo no te doy nada. Yo te quito. Muérete.
Dos llamas débiles brillaron en los ojos aterrorizados del niño y se apagaron.
El niño y su cónclave de monstruos heridos, la multitud que estaba allí, pero no se
veía del todo, cayeron al suelo.
Tenía que haber habido un rugido, como una montaña que se derrumba. Pero sólo se
oyó un susurro, como un farolito japonés de papel que cae en el polvo.
53
Charles halloway se quedó allí un largo rato, respirando profundamente, con los
pulmones doloridos, mirando el cuerpo caído. Las sombras se deslizaron y vacilaron, en
todos los muros de lona donde hombres y monstruos de todo tamaño, encarnados en sus
propios pecados y terrores, se sostenían de los postes, gimiendo, sin poder llegar a creer lo
que había ocurrido. En alguna parte el Esqueleto salió a la luz. En alguna otra parte el
Enano casi supo quién era, se arrastró hacia atrás como un cangrejo que sale de una cueva
y parpadeó y parpadeó de nuevo mirando a Will, que trabajaba inclinado sobre Jim, y al
padre de Will, exhausto junto a la forma inmóvil del chico silencioso, mientras el carrusel,
al fin, lenta, lentamente, se detenía balanceándose como un ferry-boat en las agitadas aguas
de hierba.
La feria era un enorme horno oscuro, alimentado por una montaña de carbones, y las
sombras se acercaban a mirar y a encenderse los ojos en el espectáculo junto al carrusel.
Allí, a la luz de la luna, yacía el chico ilustrado que se llamaba Dark.
Allí yacían dragones aniquilados, torres en ruinas, monstruos de oscuras edades,
como un montón de monedas herrumbrosas, pterodáctilos estrellados en tierra como
biplanos de guerras antiguas y siempre insensatas, crustáceos de color esmeralda
abandonados en una playa de arena blanca de la que se retiraba la marea de la vida, y
todas, todas las ilustraciones cambiando ahora, desplazándose, encogiéndose a medida
que el cuerpo menudo se enfriaba. La guiñada del ojo obsceno pintado en el ombligo se
absorbía a sí misma; el pezón-iris que era el ojo de un mastodonte no veía más y deliraba;
todas las ilustraciones del corpulento señor Dark eran ahora, un lienzo en miniatura
clavado a los huesos endebles de un niño.
Más monstruos, con caras del color de camas, donde tantos habían perdido la batalla
de las almas, salieron de las sombras y se deslizaron girando en círculos como otro tiovivo,
en un movimiento cada vez más amplio y más alrededor de Charles Halloway y de la
carga que él había dejado caer.
Will hizo una pausa en sus esfuerzos de aprieta-suelta, aprieta-suelta, con que
trataba de volver a Jim a la vida. No tenía miedo de quienes lo observaban desde las
sombras, ¡no tenía tiempo para tener miedo! Y aún si hubiera tenido tiempo, ¡sentía que
los monstruos respiraban la noche como si no hubieran podido alimentarse durante años
de aquel extraño y maravilloso aire libre!
Y ante los ojos de Charles Halloway, y también ante los ojos de flema, fuego de zorro,
humedad de langosta, que miraban a cierta distancia, el chico que había sido el señor Dark
se enfriaba más y más a medida que la muerte talaba los bosques de las pesadillas; y las
caligrafías, los relámpagos hermosos que habían restallado como terribles estandartes de
una guerra perdida comenzaron a desaparecer uno a uno en el pequeño cuerpo extendido
en el pasto.
El grupo de monstruos miró temerosamente alrededor como si la luna se hubiera
convertido de pronto a sí misma en luna llena, y se pudiera ver. Todos se frotaban las
muñecas como si les hubieran quitado unas cadenas opresoras. Se frotaban los cuellos
como si unos pesos se les hubiesen caído en pedazos de los hombros combados.
Tropezando después de tan largo confinamiento, parpadeaban rápidamente, mirando con
incredulidad aquella suma de miserias caída junto al carrusel. Si se hubieran atrevido, tal
vez se habrían inclinado a rozar con las manos la frente de mármol, y esa boca
repentinamente dulcificada por la muerte. Se contentaban con mirar, aturdidos, mientras
los retratos, la materia vital de morales rapacidades, los rencores, las venenosas culpas, las
esmeraldas abstracciones de unos ojos que se habían enceguecido a sí mismos, las bocas
que se habían lastimado ellas mismas, los cuerpos atrapados de todos ellos, se derretían
uno a uno en el insignificante montículo de nieve. ¡Allí se disolvía el Esqueleto! ¡Allá el
Enano que caminaba para atrás como un cangrejo! El Bebedor de Lava desertaba ahora de
la carne otoñal, seguido por el Verdugo Negro de los Muelles de Londres. Allá, el
Montgolfier Humano, el Hombre que subía y desaparecía en las alturas;¡allá el Hombre
Globo se desinflaba hasta ser solo aire puro! ¡Allá huían las muchedumbres y los tropeles
mientras la muerte pasaba la esponja limpiando la pizarra!
Al fin, sólo quedó allí un niño muerto, que no estaba manchado por ninguna pintura,
y que miraba las estrellas con los ojos vacíos del señor Dark.
—Aaahhh...
Los extraños apostados en las sombras suspiraron juntos en un coro de alivio.
Tal vez el órgano ladró el último grito del maestro de ceremonias. Tal vez el trueno
se volvió en sueños entre las nubes. De pronto, todo giró. Los monstruos huyeron en
estampida. Hacia el norte, hacia el sur, hacia el este, hacia el oeste, libres de las tiendas, los
años, la oscura ley. Libres sobre todo los unos de los otros, corrieron como cerdos albinos,
como jabalíes sin colmillos, como animales que huyen de la tormenta.
Pareció como si cada uno de ellos tirara corriendo de una cuerda y aflojara las estacas
que sostenían las lonas.
Porque ahora una respiración fatal sacudía el cielo, y se oyó un estertor y un gemido
de colapso en la oscuridad, mientras las tiendas caían.
Siseando como víboras, retorciéndose como cobras, las cuerdas restallaron, cortaron
el pasto con golpes de látigo.
La red de la Tienda Mayor de los Monstruos se convulsionó; se le partieron los
huesos, desde el pequeño al mediano, desde el mediano hasta una magnífica osamenta de
brontosaurio, y todos oscilaron en la inminente caída.
La Tienda de los Monstruos se cerró como un oscuro abanico español.
Otras tiendas más pequeñas, figuras encapuchadas en el prado, cayeron ante una
orden del viento.
Luego, al fin, la Tienda de los Monstruos, él enorme y melancólico reptil alado,
aspiró un Niágara de aire de tempestad, y tras un momento de indecisión, arrancó
trescientas víboras, quebró en dos los postes negros que cayeron como los dientes de una
mandíbula ciclópea, golpeó el aire con unas alas gigantescas, como si tratara de remontar
vuelo y atada a la tierra tuviera que sucumbir a la fuerza de gravedad, tuviera que ser
aplastada por su propio peso.
La tienda inmensa exhalaba ahora olores de tierra trabajada, confetti que ya eran
viejos cuando aún no había estacas en los canales de Venecia, y ráfagas de caramelo
rosado como fatigadas boas de plumas. Cayendo, la tienda perdía la piel, la carne se le caía
en pedazos, hasta que al fin los últimos postes de museo, que eran el espinazo del
monstruo vencido, se vinieron abajo con tres andanadas de cañones.
El órgano gimió, atontado por el viento.
El tren era un juguete abandonado en el campo.
Allá en los viejos óleos los monstruos golpearon las manos, colgados de los últimos
mástiles, y se precipitaron a tierra.
El Esqueleto, el único extraño que quedaba en pie, se inclinó para recoger el cuerpo
de porcelana del niño que había sido el señor Dark, y se alejó por el campo.
Will vio un instante al hombre flaco que iba con su carga hacia las lomas, entre las
huellas de los personajes desaparecidos.
La cara de Will se oscureció de este lado y luego de aquel, tironeada por golpes
repetidos, tumultos, muertes, almas en pena. Cooger, Dark, Esqueleto, Enano que fue
vendedor de pararrayos, ¡no se vayan, vuelvan! Señorita Foley, ¿dónde está usted? ¿Y
usted señor Crosetti? ¡Quédense! ¡Cálmense! Todo está bien. ¡Vuelvan, vuelvan!
Pero el viento borraba las pisadas en la hierba y todos corrían quizá eternamente,
tratando de salvarse.
Y Will se inclinó de nuevo sobre Jim, apretando y soltando, apretando y soltando, y
se interrumpió para tocar con un dedo tembloroso la cara de su amigo más querido.
—Jim...
Pero Jim estaba tan frío como la tierra arada.
54
Debajo del frío había un calor fugitivo; en la piel blanca había un resto de color. Pero
cuando Will le tocó la muñeca a Jim, allí no había nada, y cuando le puso el oído en el
pecho, no oyó nada.
—¡Está muerto!
Charles Halloway se acercó a su hijo y al amigo de su hijo, y se arrodilló a tocar la
garganta y el tórax inmóviles.
—No —dijo sorprendido—. No del todo...
—¡Muerto!
Las lágrimas subieron a los ojos dé Will, y de pronto sintió que lo sacudían, lo
abofeteaban, lo zarandeaban.
—¡Basta! —gritó el padre—. ¿Quieres salvarlo?
—Demasiado tarde, ¡oh, papá!
—¡Cállate! ¡Escucha!
Pero Will no dejaba de llorar.
Y el padre lo abofeteó de nuevo. Una vez en la mejilla izquierda. Otra vez en la
mejilla derecha, bien fuerte.
La sacudida le quitó a Will todas las lágrimas, no había más.
—¡Will! —El padre los apuntó furioso con el índice, a él y a Jim—. Escucha, Willy, a
todo esto, a todas esas gentes, al señor Dark, y a sus semejantes, ¡les gusta que llores! Mi
Dios, ¡aman las lágrimas! Cuanto más aúllas, más saborean la sal que tienes en el mentón.
Laméntate, y ellos te sorberán el aliento, como gatos. ¡Levántate! ¡No te quedes de rodillas,
maldición! ¡Salta! ¡Baila! Canta, Will, canta, pero sobre todo ríete, ¡tienes que hacerlo, ríete!
—¡No puedo!
—¡Tienes que poder! Es todo lo que tenemos. ¡Lo sé! En la biblioteca, mi risa hizo
huir a la Bruja, mi Dios, ¡cómo corría! La maté con eso. Una simple sonrisa, Willy, y la
gente de la noche no lo puede soportar. El sol está ahí. Ellos odian el sol. No podemos
tomarlos en serio, Willy.
—Pero...
—¡Pero un cuerno! ¡Ya viste los espejos! Y los espejos me mostraron mitad dentro
mitad fuera de la tumba. ¡Me mostraron las arrugas y la podredumbre! ¡Me estaban
chantajeando! La chantajearon a la señorita Foley que cedió y se unió a la Gran Marcha
hacia Ninguna Parte, se unió a los tontos que lo quisieron todo. Es idiota querer tenerlo
todo. Pobres condenados imbéciles atraídos por la nada como el perro necio que soltó el
hueso para morder el reflejo del hueso en el agua. Will, tú lo viste, todos los espejos
cayeron, se fundieron como témpanos en la estación del deshielo. ¡Yo no tenía piedras, ni
rifles, ni puñales, sólo tenía mis dientes, mi lengua y mis pulmones, y mi desprecio bastó
para destruir esos espejos! Derribé diez millones de tontos asustados y permití que un
hombre verdadero se pusiera de pie. Bien, ahora ponte de pie, Will.
—Pero Jim... —Will vaciló.
—La mitad dentro, la mitad fuera. Jim siempre estuvo así. Siempre cediendo a la
tentación. Ahora ha ido demasiado lejos y quizá ya está perdido, pero luchó por salvarse,
¿no es cierto? Te tendió una mano para librarse de la máquina. El combate que Jim
comenzó, tenemos que terminarlo por él. ¡Muévete!
Will se levantó, demorándose.
—¡Corre!
Will sollozó de nuevo. Papá lo abofeteó, y las lágrimas le saltaron a Will como
meteoros.
—¡Salta! ¡Baila! ¡Canta!
Papá empujó a Will, lo arrastró, se metió las manos en los bolsillos y buscó hasta
sacar una cosa brillante.
La armónica.
Papá tocó un acorde.
Will se detuvo y miró a Jim. Papá le golpeó la oreja.
—¡Corre! No mires.
Will corrió unos pasos.
Papá tocó otro acorde, tomó a Will del codo y le hizo mover los brazos.
—¡Canta!
—¿Qué?
—¡Dios, hijo! ¡Cualquier cosa!
La armónica intentó Swanee River.
—Papá. —Will se arrastró meneando la cabeza, inmensamente cansado—. ¡Es una
idiotez...!
—¡Seguro! ¡Eso es lo que queremos! ¡Pobre imbécil! ¡Armónica estúpida! ¡Musiquita
desafinada!
Papá hizo muecas, se movió en círculos, como una garza bailarina Todavía no estaba
del todo en la estupidez. ¡Quería meterse adentro! ¡Tenía que irrumpir en la tontería!
—Will más alto, más cómico! ¡Oh, infiernos, no dejes que beban las lágrimas y que te
pidan más! ¡No dejes que te ten el llanto, lo den vuelta y se hagan con él una sonrisa! ¡Que
la muerte no levante mi tristeza como bandera! No les donada, Willy, ¡aflójate! ¡Respira,
salta!
Papá tomó a Will del pelo y lo sacudió.
—No hay nada... de gracioso...
—¡Claro que sí! ¡Yo! ¡Tú! ¡Jim! ¡Todos nosotros! ¡El tiro al blanco! ¡Mira!
Charles Halloway hizo muecas, guiño los ojos, se aplasto la nariz cabrioló como un
mono, bailó un vals con el viento, zapateó en el polvo, echó atrás la cabeza y le aulló a la
luna, arrastrando a Will.
—La muerte es cómica, ¡Dios la confunda! Una reverencia, dos, tres, Will, el paso
ligero. Allá lejos en el río Swanee... ¿cómo sigue, Will? lejos, muy lejos, Will, ¡canta con esa voz
terrible que tienes! Voz de niña soprano. Un gorrión en conserva, ¡salta, hijo!
Will saltó, rebotó, las mejillas cada vez más calientes y un escozor ácido en la
garganta. Sentía como si un globo se le inflara en el pecho. Papá se llevó a los labios la
armónica plateada.
—Allí donde los viejos... —dijo.
—¡Sigue! —bramó el padre.
Un paso a la izquierda, un trote, un zapateo.
¿Dónde estaba Jim? Jim estaba olvidado.
Papá le hizo cosquillas a Will.
—Las señoras de Camptown cantaban...
—Du-du-da-da —aulló Will—. Du-du-da-da —cantó ahora, entonando.
El globo creció, y ahora le cosquilleaba en la garganta.
—La pista de carreras de Camptown...
—¡Oh-du-dada!
El hombre y el niño bailaron un minué.
Y sucedió en la mitad de un paso.
Will sintió que el globo crecía y crecía.
Sonrió.
—¿Qué? —dijo el padre mirándole los dientes, sorprendido.
Will resopló. Will ahogó la risa.
—¿Qué dices? —preguntó papá.
El globo estalló separando los dientes de Will y echándole la cabeza hacia atrás.
—¡Papá! ¡Papá!
Will saltó, le tomó la mano a papá. Corrió de un lado a otro, gritando, graznando,
cacareando. Se palmeó las rodillas. El polvo le voló de los zapatos.
—Oh, Susanna.. .
—Oh, no llores más por mí...
—Lejos vengo de Alabama...
Juntos: —... con el banjo en la rodilla…
La armónica le golpeaba los dientes a papá, y papá improvisaba nuevas y alegres
variaciones con los ojos cerrados. Dio vuelta en círculos, saltó, golpeando los talones.
—¡Ja! —El padre y Will chocaron en el aire, se dieron codazos y cabezazos y la
música era cada vez más saltarina—. ¡Ja! ¡Oh, Dios, ja! ¡Oh, Dios, Will, ja! ¡Iuuujuuuuuu!
¡Ja!
En medio de las salvajes carcajadas...
¡Un estornudo!
El padre y el hijo se volvieron a mirar.
¿Quién era ése acostado allí, en la tierra iluminada por la luna?
¿Jim? ¿Jim Nightshade?
¿Jim se había movido? ¿Tenía la boca un poco más abierta? ¿Le temblaban los
párpados? ¿Las mejillas eran más rosadas?
—¡No mires!
Papá arrastró a Will a los remolinos de una danza escocesa. Tararearon, con las
manos extendidas, y la armónica sorbió y bebió las crudas melodías que venían del padre.
Halloway estiró las piernas y movió los brazos como alas. Saltaron alrededor de Jim, a un
lado y a otro, como si Jim no fuera más que una piedrita en la hierba.
—¡Alguien en la cocina con Dinah! ¡Alguien en la cocina...!
—Lo sé, je, je, jé...
Jim sacó la lengua y se la pasó por los labios.
Nadie lo vio. O si alguien lo vio, lo ignoró, temiendo que eso fuera todo.
Jim hizo todo lo demás. Abrió los ojos. Miró a los locos aquellos que bailaban. No
podía creerlo. Venía de un viaje de años. Ahora despertaba y nadie le decía:¡Hola! Seguían
ahí, bailando como osos. Las lágrimas tenían que haberle venido a los ojos, pero antes que
pudieran derramarse, la boca se le curvó a Jim despertando el fantasma de una risa.
Porque al fin y al cabo, eran de veras el tonto de Will y el viejo tonto de la biblioteca,
jugando a los gorilas en el prado, y levantando polvo, con caras difíciles de entender. De
pronto padre e hijo le saltaron por encima, batiendo palmas, meneando las orejas
lavándolo con una centelleante cascada de risas que nada podría detener así se cayera el
cielo o se abriera la tierra, uniéndose a él en todo ese júbilo, ¡encendiendo la mecha y
desencadenando una reacción en cadena de risas explosivas como un deleitoso estruendo
de cañones en el día del juicio!
Bailando a los saltos, con el cuerpo suelto y delicioso, Will miró hacia abajo y pensó:
Jim no se acuerda de que estuvo muerto, así que no se lo diremos... algún día, sí, pero
ahora no...
—¡Du-du-dada! ¡Du-du-dada!
Ni siquiera le dijeron¡Hola, Jim!, o¡Ven a bailar con nosotros! Lo único que hicieron
fue tenderle las manos, como si Jim hubiera trastabillado cayendo fuera del conmocionado
pandemonio, y sólo necesitara que le tendieran una mano para volver a la ronda.
Tironearon de Jim. Jim se levantó de un salto y se puso a bailar.
Y Will sabía, tomados de la mano, palma contra palma, que de veras le habían
reanimado la sangre con aquellos gritos, cantos y rugidos. Habían sacudido a Jim como a
un recién nacido, lo habían golpeado para despertarle los pulmones, habían dado espacio
al gozoso aliento.
Papá se inclinó hacia adelante y Will le saltó por encima y Will se inclinó y papá
saltó, y los dos esperaron, agachados en una línea, sin dejar de cantar, voluptuosamente
agotados, a que Jim llegara corriendo. Jim había empezado a saltar sobre papá, cuando
todos cayeron, rodando en el pasto, gritando como lechuzas, bramando como burros, en
un estruendo de bronces y címbalos, como si estuvieran en el primer año de la Creación,
como si la Alegría no hubiese sido expulsada aún del paraíso.
Al fin, tendidos de espaldas, extendieron las piernas, se golpearon con los codos, se
abrazaron las rodillas, balanceándose, mirándose con una brillante felicidad en una
pacífica embriaguez.
Y cuando se hubieron mirado a las caras sonrientes como quién mira antorchas
encendidas, se volvieron hacia el prado.
Los negros postes de las tiendas yacían como huesos en un cementerio de elefantes, y
las tiendas muertas aleteaban como los pétalos de una inmensa rosa negra.
Eran los únicos seres vivos en un mundo que dormía, un raro trío de gatos a la luz de
la luna.
—¿Qué pasó? —preguntó Jim al fin.
—¡Qué no pasó! —gritó papá.
Y de nuevo empezaron a reírse, hasta que de pronto Will se abrazó de Jim, lo sostuvo
con fuerza y se echó a llorar.
—Eh —dijo Jim una y otra vez, con voz tranquila—. En, eh.
—Oh, Jim, Jim —dijo Will—. Vamos a ser siempre amigos.
—Claro. Eh, claro. —Jim estaba muy quieto ahora.
—No es grave —dijo papá—. Un poco de llanto. Ya hemos salido del bosque. Luego,
mientras vamos para casa, nos reiremos un poco más.
Will soltó a Jim. Los tres se pusieron de pie, mirándose unos a otros. Will observó a
su padre, con un orgullo feroz.
—¡Oh, papá, papá, lo hiciste, lo hiciste!
—No, lo hicimos todos juntos.
—Pero sin ti, todo hubiera terminado. Oh, papá, nunca te conocí. ¡Ahora sí que te
conozco!
—¿Me conoces, Will?
—¡Ya lo creo!
Todos veían a los otros como envueltos en un halo áureo de luz acuosa.
—Bueno, entonces hola. Contesta, hijo, y haz una reverencia.
Papá tendió la mano, y Will se la estrechó ceremoniosamente. Los dos rieron a
carcajadas y se secaron los ojos. Luego miraron las huellas desparramadas en el rocío.
—Papá, ¿volverán alguna vez?
—No, y sí. —Papá guardó la armónica—. No, ellos no. Pero sí otros como ellos. No
en una feria de diversiones. Dios sabe qué forma tendrán la próxima vez. Pero a la
madrugada, al mediodía, o cuando mucho al atardecer, aparecerán de nuevo. Ya están en
camino.
—Oh, no —dijo Will.
—Oh, sí —dijo papá—. Tendremos que cuidarnos, toda la vida. La batalla apenas ha
comenzado.
Caminaron lentamente alrededor del carrusel.
—¿Cómo serán? ¿Cómo los conoceremos?
—Pero —dijo papá suavemente—, si es posible que ya estén aquí.
Los dos niños miraron alrededor rápidamente
Pero allí sólo estaban el prado, la máquina, y ellos mismos.
Will se volvió a Jim, al padre, y luego se miro el cuerpo y las manos. Alzó los ojos.
Papá asintió, una vez, y señaló el tiovivo con un movimiento de cabeza. Trepó a la
máquina y se tomo de una de las pértigas de bronce.
Will subió al lado de él. Jim subió al lado de Will.
Jim le acarició las crines a un caballo. Will golpeo las ancas de otro caballo. La
enorme maquinaria se inclino suavemente en la marea de la noche.
Sólo tres vueltas hacia adelante, pensó Will. Eh.
Sólo cuatro vueltas hacia adelante, pensó Jim. Oh.
Sólo diez vueltas hacia atrás, pensó Charles Halloway. Señor.
Cada uno de ellos leyó los pensamientos en los ojos del otro.
Qué fácil, pensó Will.
Sólo esta vez, pensó Jim.
Peto entonces, pensó Charles Halloway, una vez que uno empieza, ya no se para.
Una sola vuelta más, una sola. Y al cabo de un tiempo, uno ofrece sus vueltas a los amigos,
y a otros amigos, hasta que al fin...
El pensamiento los sacudió a todos en el mismo instante.
...Al fin uno es el propietario del carrusel, el guardián de los monstruos... dueño de
un fragmento de eternidad en una oscura feria ambulante.
Es posible, dijeron los ojos, que ya estén aquí.
Charles Halloway entró en la cabina del motor, encontró una llave inglesa y la dejó
caer sobre los volantes y los engranajes, haciéndolos pedazos. Luego sacó de allí a los
niños y fue hasta el tablero y lo golpeó una o dos veces hasta que los cables sisearon y
chispearon.
—Tal vez no sea necesario —dijo Charles Halloway—. Tal vez no tendría ningún
efecto, ahora que los monstruos se han ido. Pero... —dio otro golpe sobre el tablero y tiró
la llave inglesa.
—Es tarde. Medianoche quizá.
Obedientes, el reloj de la municipalidad, el reloj de la iglesia metodista, la episcopal,
la católica, todos los relojes dieron las doce. El Tiempo sembró de semillas el aire.
—¡El último en llegar al semáforo de Green Crossing es cola de perro!
Los chicos partieron como balas.
El padre vaciló sólo un momento. Sintió un dolor sordo en el pecho. ¿Qué me pasará
si corro?, pensó. ¿Es que la muerte es tan importante? No. Lo que pasa antes de la muerte,
eso es lo que cuenta. Y esta noche nos las hemos arreglado bien. Ni siquiera la muerte
puede borrar lo de esta noche. Allá van los chicos... ¿y por qué no... ir con ellos?
Eso fue justamente lo que hizo.
¡Señor! Era hermoso dejar las marcas de la vida en el rocío de los campos fríos, en esa
noche nueva que de pronto era como una mañana de Navidad. Los chicos corrían juntos
como ponies, sabiendo que algún día uno de ellos llegaría primero a la meta y que el otro
llegaría segundo o no llegaría. Pero ahora este primer minuto de la nueva mañana no era
el momento ni el día, ni la mañana de la última pérdida. No era el momento de estudiar
las caras para ver si uno era mayor y el otro mucho más joven. Hoy era sólo otro día de
octubre en un año repentinamente mejor de lo que uno podía haber esperado que fuera,
hacía sólo una hora. La luna y las estrellas se movían en grandes círculos hacia la aurora
inevitable, y ellos corrían, y ya habían llorado el último llanto de la noche, y Will se reía y
cantaba, y Jim completaba la canción, línea a línea, mientras avanzaban hacia la ciudad
donde podrían vivir unos años más en casas vecinas.
Y detrás de ellos trotaba un hombre de mediana edad con pensamientos que eran a
veces alegres, y a veces solemnes.
Tal vez los chicos aminoraron la carrera. Nunca lo supieron.
Tal vez Halloway apresuró el paso. No podía decirlo.
Pero, corriendo junto con los chicos, el hombre de mediana edad llegó a tiempo.
Will tocó el pilar, Jim tocó el pilar, papá tocó el pilar.
Los tres tocaron juntos el semáforo.
Los tres estallaron en un alegre trío de voces, que se fueron en el viento.
Y luego, mientras la luna miraba, los tres dejaron atrás los campos desiertos y
entraron en la ciudad.
FIN

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