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lunes, 1 de junio de 2009

LAS MIL Y UNA NOCHE -- TOMO 3 -- 2ªparte

LAS MIL Y UNA NOCHE -- TOMO 3 -- 2ªparte



...

Y CUANDO LLEGO LA 340ª NOCHE
Ella dijo:
"...Y cuando esté preparado todo, haz tu testamento, emir Muza, y partamos!"
Al oír tales palabras, el emir Muza, gobernador de Moghreb, invocando el nombre de Alah, no
quiso tener un momento de vacilación; congregó a los jefes de sus soldados y a los notables del
reino, testó ante ellos y nombró como sustituto a su hijo Harún. Tras de lo cual, mandó hacer los
preparativos consabidos, no se llevó consigo más que algunos hombres seleccionados de
antemano, y en compañía del jeique Abdossamad y de Taleb el enviado del califa, tomó el camino
del desierto, seguido por mil camellos cargados con agua y por otros mil cargados con víveres y
provisiones.
Durante días y meses marchó la caravana por las llanuras solitarias, sin encontrar por su
camino un ser viviente en aquellas inmensidades monótonas cual el mar encalmado. Y de esta
suerte continuó el viaje en medio del silencio infinito, hasta que un día advirtieron en lontananza
como una nube brillante a ras del horizonte, hacia la que se dirigieron. Y observaron que era un
edificio con altas murallas de acero chino, sostenido por cuatro filas de columnas de oro que tenían
cuatro mil pasos de circunferencia. La cúpula de aquel palacio era de oro y servía de albergue a
millares y millares de cuervos, únicos habitantes que bajo el cielo se veían allá. En la gran muralla
donde abríase la puerta principal, de ébano macizo incrustado de oro, aparecía una placa inmensa
de metal rojo, la cual dejaba leer estas palabras trazadas en caracteres jónicos, que descifró el
jeique Abdossamad y se las tradujo al emir Muza y a sus acompañantes:
¡Entra aquí para saber la historia de los dominadores!
¡Todos pasaron ya! ¡Y apenas tuvieron tiempo para descansar a la sombra de mis
torres!
¡Los dispersó la muerte como si fueran sombras! ¡Los disipó la muerte como a la paja el
viento!
Con exceso se emocionó el emir Muza al oír las palabras que traducía el venerable
Abdossamad, y murmuró: "¡No hay más Dios que Alah!" Luego dijo: "¡Entremos!" Y seguido por
sus acompañantes, franqueó los umbrales de la puerta principal y penetró en el palacio.
Entre el vuelo mundo de los pajarracos negros, surgió ante ellos la alta desnudez granítica de
una torre cuyo final perdíase de vista, y al pie de la cual se alineaban en redondo cuatro filas de
cien sepulcros cada una, rodeando un monumental sarcófago de cristal pulimentado, en torno del
cual se leía esta inscripción, grabada en caracteres jónicos realzados por pedrerías:
¡Pasó cual el delirio de las fiebres la embriaguez del triunfo!
¿De cuántos acontecimientos no hube de ser testigo?
¿De qué brillante fama no gocé en mis días de gloria?
¿Cuántas capitales no retemblaron bajo el casco sonoro de mi caballo?
¿Cuántas ciudades no saqueé, entrando en ellas como el simún destructor? ¿Cuántos
imperios no destruí, impetuoso como el trueno?
¿Qué de potentados no arrastré a la zaga de mi carro?
¿Qué de leyes no dicté en el universo? ¡Y ya lo veis!
¡La embriaguez de mi triunfo pasó cual el delirio de la fiebre, sin dejar más huella que la
que en la arena pueda dejar la espuma!
¡Me sorprendió la muerte, sin que mi poderío la rechazase, ni lograran mis cortesanos
defenderme de ella!
Por tanto, viajero, escucha las palabras que jamás mis labios pronunciaron mientras
estuve vivo:
¡Conserva tu alma! ¡Goza en paz la calma de la vida, la belleza, que es calma de la vida!
¡Mañana se apoderará de ti la muerte!
Mañana responderá la tierra a quien te llame: "¡Ha muerto!"! ¡Y nunca mi celoso seno
devolvió a los que guarda para la eternidad!
Al oír estas palabras que traducía el jeique Abdossamad, el emir Muza y sus acompañantes no
pudieron por menos de llorar. Y permanecieron largo rato en pie ante el sarcófago y los sepulcros,
repitiéndose las palabras fúnebres. Luego se encaminaron a la torre, que se cerraba con una
puerta de dos hojas de ébano, sobre la cual se leía esta inscripción, también grabada en
caracteres jónicos realzados por pedrerías:
¡En el nombre del Eterno, del Inmutable!
¡En el nombre del Dueño de la furia v del poder!
¡Aprende, viajero que pasas por aquí, a no enorgullecerte de las apariencias, porque su
resplandor es engañoso!
¡Aprende con mi ejemplo a no dejarte deslumbrar por ilusiones que te precipitarían en el
abismo!
¡ Voy a hablarte de mi poderío!
¡En mis cuadras, cuidadas por los reyes que mis armas cautivaron, tenía yo diez mil
caballos generosos!
¡En mis estancias reservadas tenía yo como concubinas mil vírgenes escogidas entre
aquellas cuyos senos son gloriosos y cuya belleza hace palidecer el brillo de la luna!
¡Diéronme mis esposas una posteridad de mil príncipes reales, valientes cual leones!
¡Poseía inmensos tesoros: y bajo mi dominio se abatían los pueblos y los reyes, desde
el Oriente hasta los límites extremos de Occidente, sojuzgados por mis ejércitos
invencibles!
¡Y creí eterno mi poderío y afirmada por los siglos de los siglos la duración de mi vida,
cuando de pronto se hizo oír la voz que me anunciaba los irrevocables decretos del que no
muere!
¡Entonces reflexioné acerca de mi destino!
¡Congregué a mis jinetes y a mis hombres de a pie, que eran millares, armados con sus
lanzas y con sus espadas!
Y a presencia de todos ellos hice llevar mis arquillas y los cofres de mis tesoros, y les dije a
todos:
"¡Os doy estas riquezas, estos quintales de oro y plata si prolongáis por un día mi vida
sobre la tierra!"
¡Pero se mantuvieron con los ojos bajos, y guardaron silencio!
¡Hube de morir a la sazón! ¡Y mi palacio se tornó en asilo de la muerte!
¡Si deseas conocer mi nombre, sabe que me llamé Kusch ben-scheddad ben-Aad el
Grande!
Al oír tan sublimes verdades, el emir Muza y sus acompañantes prorrumpieron en sollozos y
lloraron largamente. Tras de lo cual penetraron en la torre, y hubieron de recorrer inmensas salas
habitadas por el vacío y el silencio. Y acabaron por llegar a una estancia mayor que las otras, con
bóveda redondeada en forma de cúpula, y que era única de la torre que tenía algún mueble. El
mueble consistía en una colosal mesa de madera de sándalo, tallada maravillosamente, y sobre l
cual se destacaba, en hermosos caracteres análogos a los anteriores, esta inscripción:
¡Otrora se sentaron a esta mesa mil reyes tuertos y mil reyes que conservaron bien sus
ojos! ¡Ahora son ciegos todos en la tumba!
El asombro del emir Muza hubo de aumentar frente a aquel misterio, y como no pudo dar con
la solución, transcribió tales palabras en sus pergaminos; luego, conmovido en extremo, abandonó
el palacio y emprendió de nuevo con sus acompañantes el camino de la Ciudad de Bronce . . .
En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 341ª NOCHE
Ella dijo:
.. .y emprendió de nuevo con sus acompañantes el camino de la Ciudad de Bronce.
Anduvieron uno, dos y tres días, hasta la tarde del tercero. Entonces vieron destacarse a los
rayos del rojo sol poniente, erguida sobre un alto pedestal, la silueta de un jinete inmóvil que
blandía una lanza de larga punta, semejante a una llama incandescente del mismo color que el
astro que ardía en el horizonte.
Cuando estuvieron muy cerca de aquella aparición, advirtieron que el jinete, y su caballo, y el
pedestal eran de bronce, y que en el palo de la lanza, por el sitio que iluminaban aún los postreros
rayos del astro, aparecían grabadas en caracteres de fuego estas palabras:
¡Audaces viajeros que pudisteis llegar, hasta las tierras vedadas, ya no sabréis volver
sobre vuestros pasos !
¡Si os es desconocido el camino de la ciudad, movedme sobre mi pedestal con la fuerza
de vuestros brazos, y dirigíos hacia donde yo vuelva el rostro cuando quede otra vez quieto!
Entonces el emir Muza se acercó al jinete y le empujó con la mano. Y súbito, con la rapidez del
relámpago, el jinete giró sobre sí mismo y se paró volviendo el rostro en dirección completamente
opuesta a la que habían seguido los viajeros. Y el jeique Abdossamad hubo de reconocer que,
efectivamente, habíase equivocado y que la nueva ruta era la verdadera.
Al punto volvió sobre sus pasos la caravana, emprendiendo el nuevo camino, y de esta suerte
prosiguió el viaje durante días y días, hasta que una noche llegó ante una columna de piedra
negra, a la cual estaba encadenado un ser extraño del que no se veía más que medio cuerpo,
pues el otro medio aparecía enterrado en el suelo. Aquel busto que surgía de la tierra, diríase un
engendro monstruoso arrojado allí por la fuerza de las potencias infernales. Era negro y corpulento
como el tronco de una palmera vieja, seca y desprovista de sus palmas. Tenía dos enormes alas
negras, y cuatro manos, dos de las cuales semejaban garras de leones. En su cráneo espantoso
se agitaba de un modo salvaje una cabellera erizada de crines ásperas, como la cola de un asno
silvestre. En las cuencas de sus ojos llameaban dos pupilas rojas, y en la frente, que tenía dobles
cuernos de buey, aparecía el agujero de un solo ojo que abríase inmóvil y fijo, lanzando iguales
resplandores verdes que la mirada de tigres y panteras.
Al ver a los viajeros, el busto agitó los brazos dando gritos espantosos y haciendo movimientos
desesperados como para romper las cadenas que le sujetaban a la columna negra. Y asaltada por
un terror extremado, la caravana se detuvo allí sin alientos para avanzar ni retroceder.
Entonces se encaró el emir Muza con el jeique Abdossamad y le preguntó: "¿Puedes ¡oh
venerable! decirnos qué significa esto?" El jeique contestó: "¡Por Alah, ¡oh emir! que esto supera a mi entendimiento!" Y dijo el emir Muza: "¡Aproxímate, pues, más a él, e interrógale! ¡Acaso él
mismo nos lo aclare!"
Y el jeique Abdossamad no quiso mostrar la menor vacilación, y se acercó al monstruo,
gritándole: "¡En nombre del Dueño que tiene en su mano los imperios de lo Visible y de lo Invisible,
te conjuro a que me respondas! ¡Dime quién eres, desde cuándo estás ahí y por qué sufres un
castigo tan extraño!"
Entonces ladró el busto. Y he aquí las palabras que entendieron luego el emir Muza, el jeique
Abdossamad y sus acompañantes. "Soy un efrit de la posteridad de Eblis, padre de los genios. Me
llamo Daesch ben-Alaemasch, y estoy encadenado aquí por la Fuerza Invisible hasta la
consumación de los siglos.
"Antaño, en este país, gobernado por el rey del mar, existía en calidad de protector de la
Ciudad de Bronce un ídolo de ágata roja, del cual yo era guardián y habitante al propio tiempo,
porque me aposenté dentro de él; y de todos los píses venían muchedumbres a consultar por
conducto mío la suerte y a escuchar los oráculos y las predicciones augurales que hacía yo.
"El rey del Mar, de quien yo mismo era vasallo, tenía bajo su mando supremo al ejército de los
genios que se habían rebelado contra Soleimán ben-Daúd; y me había nombrado jefe de ese
ejército para el caso de que estallara una guerra entre aquél y el señor formidable de los genios. Y, en efecto, no tardó en estallar tal guerra.
"Tenía el rey del Mar una hija tan hermosa, que la fama de su belleza llegó a oídos de
Soleimán, quien deseoso de contarla entre sus esposas, envió un emisario al rey del Mar para
pedírsela en matrimonio, a la vez que le instaba a romper la estatua de ágata y a reconocer que no
hay más Dios que Alah, y que Soleimán es el profeta de Alah. Y le amenazaba con su enojo y su
venganza si no se sometía inmediatamente a sus deseos.
"Entonces congregó el rey del Mar a sus visires y a los jefes de los genios, y les dijo: "Sabed
que Soleimán me amenaza con todo género de calamidades para obligarme a que le dé mi hija y
rompa la estatua que sirve de vivienda a vuestro jefe Daesch ben-Alaemaseh. ¿Qué opináis acercade tales amenazas? ¿Debo inclinarme o resistir? "
Los visires contestaron: "¿Y qué tienes que temer del poder de Soleimán, ¡oh rey nuestro!?
¡Nuestras fuerzas son tan formidables como las suyas por lo menos, y sabremos aniquilarlas!"
Luego encaráronse conmigo y me pidieron mi opinión. Dije entonces: "¡Nuestra única respuesta
para Soleimán será dar una paliza a su emisario!" Lo cual ejecutose al punto. Y dijimos al emisario:
"¡Vuelve ahora para dar cuenta de la aventura a tu amo!"
"Cuando enterose Soleimán del trato inflinido a su emisario, llegó al límite de la indignación, y
reunió en seguida todas sus fuerzas disponibles, consistentes en genios, hombres, pájaros y
animales. Confió a Assaf ben-Barkhia el mando de los guerreros humanos, y a Domriat, rey de los
efrits, el mando de todo el ejército de genios, que ascendía a sesenta millones, y el de los animales
y aves de rapiña recolectados en todos los puntos del universo y en las islas y mares de la tierra.
Hecho lo cual, yendo a la cabeza de tan formidable ejército, Soleimán se dispuso a invadir el país
de mi soberano el rey del Mar. Y no bien llegó, alineó su ejército en orden de batalla.
"Empezó por formar en dos alas a los animales, colocándolos en líneas de a cuatro, y en los
aires apostó a las grandes aves de rapiña, destinadas a servir de centinelas que descubriesen
nuestros movimientos, y a arrojarse de pronto sobre los guerreros para herirles y sacarles los ojos.
Compuso la vanguardia con el ejército de hombres, y la retaguardia con el ejército de genios; y
mantuvo a su diestra a su visir Assaf ben-Barkhia y a su izquierda a Domriat, rey de los efrits del
aire. El permaneció en medio, sentado en su trono de pórfido y de oro, que arrastraban cuatro
elefantes. Y dió entonces la señal de la batalla.
"De repente hízose oír un clamor que aumentaba con el ruido de carreras al galope y el
estrépito tumultuoso de los genios, hombres, aves de rapiña y fieras guerreras; resonaba la corteza
terrestre bajo el azote formidable de tantas pisadas, en tanto que retemblaba el aire con el batir de
millones de alas, y con las exclamaciones, los gritos y los rugidos.
"Por lo que a mí respecta, se me concedió el mando de la vanguardia del ejército de genios
sometidos al rey del Mar. Hice una seña a mis tropas, y a la cabeza de ellas me precipité sobre el
tropel de genios enemigos que mandaba el rey Domriat ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
Y CUANDO LLEGO LA 342ª NOCHE
Ella dijo:
". . . Hice una seña a mis tropas, y a la cabeza de ellas me precipité sobre el tropel de genios
enemigos que mandaba el rey Domriat. E intentaba atacar yo mismo al jefe de los adversarios,
cuando le vi convertirse de improviso en una montaña inflamada que empezó a vomitar fuego a
torrentes, esforzándose por aniquilarme y ahogarme con los despojos que caían hacia nuestra
parte en olas abrasadoras. Pero me defendí y ataqué con encarnizamiento, animando a los míos, y
sólo cuando me convencí de que el número de mis enemigos me aplastaría a la postre, di la señal
de retirada y me puse en fuga por los aires a fuerza de alas. Pero nos persiguieron por orden de
Soleimán, viéndonos por todas partes rodeados de adversarios, genios, hombres, animales y
pájaros; y de los nuestros quedaron extenuados unos, aplastados otros por las patas de los
cuadrúpedos, y precipitados otros desde lo alto de los aires, después que les sacaron los ojos y les
despedazaron la piel. También a mí alcanzáronme en mi fuga, que duró tres meses. Preso y
amarrado ya, me condenaron a estar sujeto a esta columna negra hasta la extinción de las edades,
mientras que aprisionaron a todos los genios que yo tuve a mis órdenes, los transformaron en
humaredas y los encerraron en vasos de cobre, sellados con el sello de Soleimán, que arrojaron al
fondo del mar que baña las murallas de la Ciudad de Bronce.
"En cuanto a los hombres que habitan este país, no sé exactamente qué fué de ellos, pues me
hallo encadenado desde que se acabó nuestro poderío. ¡Pero si váis a la Ciudad de Bronce, quizás
os tropecéis con huellas suyas y lleguéis a saber su historia!"
Cuando acabó de hablar el busto, comenzó a agitarse de un modo frenético para desligarse de
la columna. Y temerosos de que lograra libertarse y les obligara a secundar sus esfuerzos, el emir
Muza y sus acompañantes no quisieron permanecer más tiempo allí, y se dieron prisa a proseguir
su camino hacia la ciudad, cuyas torres y murallas veían ya destacarse en lontananza.
Cuando sólo estuvieron a una ligera distancia de la ciudad, como caía la noche y las cosas
tomaban a su alrededor un aspecto hostil, prefirieron esperar al amanecer para acercarse a las
puertas; y montaron tiendas donde pasar la noche, porque estaban rendidos de las fatigas del
viaje.
Apenas comenzó el alba por Oriente a aclarar las cimas de las montañas, el emir Muza
despertó a sus acompañantes, y se puso con ellos en camino para alcanzar una de las puertas de
entrada. Entonces vieron erguirse formidables ante ellos, en medio de la claridad matinal, las
murallas de bronce, tan lisas, que diríase acababan de salir del molde en que las fundieron. Era
tanta su altura, que parecían como una primera cadena de los montes gigantescos que las
rodeaban, y en cuyos flancos incrustábanse, cual nacidas allí mismo, con el metal de que se
hicieron.
Cuando pudieron salir de la inmovilidad que les produjo aquel espectáculo sorprendente,
buscaron con la vista alguna puerta por donde entrar bordeando las murallas, siempre en espera
de encontrar la entrada. Pero no vieron entrada ninguna. Y siguieron andando todavía horas y
horas, sin ver puerta ni brecha alguna, ni nadie que se dirigiese a la ciudad o saliese de ella. Y a
pesar de estar ya muy avanzado el día, no oyeron dentro ni fuera de las murallas el menor rumor,
ni tampoco notaron el menor movimiento arriba ni al pie de los muros.
Pero el emir Muza no perdió la esperanza, animando a sus acompañantes para que
anduviesen más aún; y caminaron así hasta la noche, y siempre veían desplegarse ante ellos la
línea inflexible de murallas de bronce que seguían la carrera del sol por valles y costas, y parecían
surgir del propio seno de la tierra.
Entonces el emir Muza ordenó a sus acompañantes que hicieran alto para descansar y comer.
Y se sentó con ellos durante algún tiempo, reflexionando acerca de la situación.
Cuando hubo descansado, dijo a sus compañeros que se quedaran allí vigilando el
campamento hasta su regreso, y seguido del jeique Abdossamad y de Taleb ben-Sehl, trepó con
ellos a una alta montaña con el propósito de inspeccionar los alrededores y reconocer aquella
ciudad que no quería dejarse violar por las tentativas humanas ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, v se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 343ª NOCHE
Ella dijo:
...aquella ciudad que no quería dejarse violar por las tentativas humanas.
Al principio no pudieron distinguir nada en las tinieblas, porque ya la noche había espesado
sus sombras sobre la llanura; pero de pronto hízose un vivo resplandor por Oriente, y en la cima de la montaña apareció la luna, iluminando cielo y tierra con un parpadeo de sus ojos. Y a sus plantas desplegóse un espectáculo que les contuvo la respiración.
Estaban viendo una ciudad de ensueño.
Bajo el blanco cendal que caía de la altura, en toda la extensión que podía abarcar la mirada
fija en los horizontes hundidos en la noche, aparecían dentro del recinto de bronce cúpulas de
palacios, terrazas de casas, apacibles jardines, y a la sombra de los macizos brillaban los canales,
que iban a morir en un mar de metal, cuyo seno frío reflejaban las luces del cielo. Y el bronce de
las murallas, las pedrerías encendidas de las cúpulas, las terrazas cándidas, los canales y el mar
entero, así como las sombras proyectadas por Occidente amalgamábanse baio la brisa nocturna v la luna mágica.
Sin embargo, aquella inmensidad estaba sepultada, como en una tumba, en el universal
silencio. Allá dentro no había ni un vestigio de vida humana. Pero he aquí que con un mismo gesto,
quieto, destacábanse sobre monumentales zócalos altas figuras de bronce, enormes jinetes
tallados en mármol, animales alados que se inmovilizaban en un vuelo estéril; y los únicos seres
dotados de movimiento en aquella quietud eran millares de inmensos vampiros que daban vueltas
a ras de los edificios bajo el cielo, mientras buhos invisibles turbaban el estático silencio con sus
lamentos y sus voces fúnebres en los palacios muertos y las terrazas solitarias.
Cuando saciaron la mirada con aquel espectáculo extraño, el emir Muza y sus compañeros
bajaron de la montaña, asombrándose en extremo por no haber advertido en aquella ciudad
inmensa la huella de un ser humano vivo. Y ya al pie de los muros de bronce, llegaron a un lugar
donde vieron cuatro inscripciones grabadas en caracteres jónicos, y que enseguida descifró y
tradujo al emir Muza el jeique Abdossamad.
Decía la primera inscripción:
¡Oh hijo de los hombres, qué vanos son tus cálculos! ¡La muerte está cercana; no hagas
cuentas para el porvenir; se trata de un Señor del Universo que dispersa las naciones y los
ejércitos, y desde su palacios de vastas magnificencias precipita a los reyes en la estrecha
morada de la tumba; y al despertar su alma en la igualdad de la tierra, han de verse
reducidos a un montón de ceniza y polvo!
Cuando oyó estas palabras, exclamó el emir Muza: "¡oh sublimes verdades! ¡Oh sueños del
alma en la igualdad de la tierra! ¡Qué conmovedor es todo esto!" Y copió al punto en sus
pergaminos aquellas frases. Pero ya traducía el jeique la segunda inscripción, que decía:
¡Oh hijo de los hombres! ¿Por qué te ciegas con tus propia manos? ¡Cómo puedes
confiar en este vano mundo? ¿No sabes que es un albergue pasajero, una morada
transitoria? ¡Di! ¿Dónde están los reyes que cimentaron los imperios? ¿Dónde están los
conquistadores, los dueños del Irak, de Ispahán y del Khorassán? ¡Pasaron cual si nunca
hubieran existido!
Igualmente copió esta inscripción el emir Muza, y escuchó muy emocionado al jeique, que
traducía la tercera:
¡Oh hijo de los hombres! ¡Anegas tu alma en los placeres., y no ves que la muerte se te monta
en los hombros espiando tus movimientos! ¡El mundo es como una tela de araña, detrás de cuya
fragilidad está acechándote la nada! ¿Adónde fueron a parar los hombres llenos de esperanzas y
sus proyectos efímeros? ¡Cambiaron por la tumba los palacios donde habitan búhos ahora!
No pudo el emir Muza contener su emoción y se estuvo largo tiempo llorando con las manos
en las sienes, y decía: "¡Oh el misterio del nacimiento y de la muerte! ¿Por qué nacer, si hay que
morir? ¿Por qué vivir, si la muerte da el olvido de la vida? ¡Pero sólo Alah conoce los destinos, y
nuestro deber es inclinarnos ante El con obediencia muda!"
Hechas estas reflexiones, se encaminó de nuevo al campamento con sus compañeros, y
ordenó a sus hombres que al punto pusieran manos a la obra para construir con madera y ramajes
una escala larga y sólida, que les permitiese subir a lo alto del muro, con objeto de intentar luego
bajar a aquella ciudad sin puertas.
Enseguida dedicáronse a buscar madera y gruesas ramas secas; las mondaron lo mejor que
pudieron con sus sables y sus cuchillos; las ataron unas a otras con sus turbantes, sus cinturones,
las cuerdas de los camellos, las cinchas y las guarniciones, logrando construir una escala lo
suficiente larga para llegar a lo alto de las murallas. Y entonces la tendieron en el sitio más a
propósito, sosteniéndola por todos lados con piedras gruesas; e invocando el nombre de Alah,
comenzaron a trepar por ella lentamente ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
O CUANDO LLEGO LA 344ª NOCHE
Ella dijo:
... Comenzaron a trepar por ella lentamente, con el emir Muza a la cabeza. Pero quedáronse
algunos en la parte baja de los muros para vigilar el campamento y los alrededores.
El emir Muza y sus acompañantes anduvieron durante algún tiempo por lo alto de los muros, y
llegaron al fin ante dos torres unidas entre sí por una puerta de bronce, cuyas dos hojas encajaban
tan perfectamente, que no se hubiera podido introducir por su intersticio la punta de una aguja.
Sobre aquella puerta aparecía grabada en relieve la imagen de un jinete de oro que tenía un brazo
extendido y la mano abierta, y en la palma de esta mano había trazado unos caracteres jónicos,
que descifró enseguida el jeique Abdossamad y los tradujo del siguiente modo: "Frota la puerta
doce veces con el clavo que hay en mi ombligo".
Aunque muy sorprendido de tales palabras, el emir Muza se acercó al jinete y notó que,
efectivamente, tenía metido en medio del ombligo un clavo de oro. Echó mano e introdujo y sacó el
clavo doce veces. Y a las doce veces que lo hizo, se abrieron las dos hojas de la puerta, dejando
ver una escalera de granito rojo que descendía caracoleando. Entonces el emir Muza y sus
acompañantes bajaron por los peldaños de esta escalera, la cual les condujo al centro de una sala
que daba a ras de una calle en la que se estacionaban guardias armados con arcos y espadas. Y
dijo el emir Muza: "¡Vamos a hablarles, antes de que se inquieten con nuestra presencia!"
Acercáronse, pues a estos guardias, unos de los cuales estaban de pie, con el escudo al brazo
y el sable desnudo, mientras otros permanecían sentados o tendidos. Y encarándose con el que
parecía el jefe, el emir Muza le deseó la paz con afabilidad; pero no se movió el hombre ni le
devolvió la zalema; y los demás guardias permanecieron inmóviles igualmente y con los ojos fijos,
sin prestar ninguna atención a los que acababan de llegar y como si no les vieran.
Entonces, por si aquellos guardias no entendían el árabe, el emir Muza dijo al jeique
Abdossamad: "¡Oh jeique, dirígeles la palabra en cuantas lenguas conozcas!" Y el jeique hubo de
hablarles primero en lengua griega; luego, al advertir la inutilidad de su tentativa, les habló en indio,
en hebreo, en persa, en etíope y en sudanés; pero ninguno de ellos comprendió una palabra de
tales idiomas ni hizo el menor gesto de inteligencia. Entonces dijo el emir Muza: "¡Oh jeique!"
Acaso estén ofendidos estos guardias porque no les saludaste al estilo de su país. Conviene, pues,
que les hagas zalemas al uso de cuantos países conozcas. Y el venerable Abdossamad hizo al
instante todos los ademanes acostumbrados en las zalemas conocidas en los pueblos de cuantas
comarcas había recorrido. Pero no se movió ninguno de los guardias, y cada cual permaneció en la
misma actitud que al principio.
Al ver aquello, llegó al límite del asombro el emir Muza, y sin querer insistir más dijo a sus
acompañantes que le siguieran, y continuó su camino, no sabiendo a qué causa atribuir semejante
mutismo. Y se decía el jeique Abdossamad: "¡Por Alah, que nunca vi cosa tan extraordinaria en mis
viajes!"
Prosiguieron andando así hasta llegar a la entrada del zoco.
Como encontráronse con las puertas abiertas, penetraron en el interior. El zoco estaba lleno
de gentes que vendían y compraban; y por delante de las tiendas se amontonaban maravillosas
mercancías. Pero el emir Muza y sus acompañantes notaron que todos los compradores y
vendedores, como también cuantos se hallaban en el zoco, habíanse detenido, cual puestos de
común acuerdo, en la postura en que se les sorprendieron; y se diría que no esperaban para
reanudar sus ocupaciones habituales más que a que se ausentasen los extranjeros. Sin embargo,
no parecían prestar la menor atención a la presencia de éstos, y contentábanse con expresar por
medio del desprecio y la indiferencia el disgusto que semejante intrusión les producía. Y para hacer
aún más significativa tan desdeñosa actitud, reinaba un silencio general al paso de los extraños
hasta el punto de que en el inmenso zoco abovedado se oían resonar sus pisadas de caminantes
solitarios entre la quietud de su alrededor. Y de esta guisa recorrieron el zoco de los joyeros, el
zoco de las sederías, el zoco de los guarnicioneros, el zoco de los pañeros, el de los zapateros
remendones y el zoco de los mercaderes de especias y sahumerios, sin encontrar por parte alguna
el menor gesto benévolo u hostil, ni la menor sonrisa de bienvenida o burla.
Cuando cruzaron el zoco de los sahumerios, desembocaron en una plaza inmensa, donde
deslumbraba la claridad del sol después de acostumbrarse la vista a la dulzura de la luz tamizada
de los zocos. Y al fondo, entre columnas de bronce de una altura prodigiosa, que servían de
pedestales a enormes pájaros de oro con las alas desplegadas, erguíase un palacio de mármol,
flanqueado con torreones de bronce y guardado por una cadena de guardias, cuyas lanzas y
espadas despedían de continuo vivos resplandores. Daba acceso a aquel palacio una puerta de
oro, por la que entró el emir Muza seguido de sus acompañantes.
Primeramente vieron abrirse a lo largo del edificio una galería sostenida por columnas de
pórfido, y que limitaba un patio con pilas de mármoles de colores; y utilizábase como armería esta
galería, pues veíanse allí, por doquier, colgadas de las columnas, de las paredes y del techo,
armas admirables, maravillas enriquecidas con incrustaciones preciosas, y que procedían de todos
los países de la tierra. En torno a la galería se adosaban bancos de ébano de un labrado
maravilloso, repujados de plata y oro, y en los que aparecían, sentados o tendidos, guerreros en
traje de gala, quienes, por cierto, no hicieron movimiento alguno para impedir el paso a los
visitantes, ni para animarles a seguir en su asombrada exploración...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
O CUANDO LLEGO LA 345ª NOCHE
...para impedir el paso a los visitantes ni para animarles a seguir en su asombrada
exploración.
Continuaron, pues, por esta galería, cuya parte superior estaba decorada con una cornisa
bellísima, y vieron, grabada en letras de oro sobre fondo azul, una inscripción en lengua jónica que
contenía preceptos sublimes, y cuya traducción fiel hizo el jeique Abdossamad en esta forma:
¡En el nombre del Inmutable, Soberano de los Destinos! ¡Oh hijo de los hombres, vuelve
la cabeza y verás que la muerte se dispone a caer sobre tu alma! ¿Dónde está Adán, padre
de los humanos? ¿Dónde está Nuh y su descendencia? ;Dónde está Nemrod el formidable?
¿Dónde están los reyes, los conquistadores, los Khosroes, los Césares, los Faraones, los
emperadores de la India y del Irak, los dueños de Persia y de Arabia e Iscandar el Bicornio?
¿Dónde están los soberanos de la tierra Hamán y Karún, y Scheddad, hijo de Aad, y todos
los pertenecientes a la posteridad de Canaán? ¡Por orden del Eterno, abandonaron la tierra
para ir a dar cuenta de sus actos el día de la Retribución!.”
Oh hijo de los hombres, no te entregues al mundo y a sus placeres! ¡Teme al Señor, y
sírvele con corazón devoto! ¡Teme a la muerte! ¡La devoción por el Señor y el temor a la
muerte son el principio de toda sabiduría! ¡Así cosecharás buenas acciones, con las que te
perfumarás el día terrible del Juicio!
Cuando escribieron en sus pergaminos esta inscripción, que les conmovió mucho, franquearon
una gran puerta que se abría en medio de la galería, y entraron en una sala, en el centro de la cual
había una hermosa pila de mármol transparente, de donde se escapaba un surtidor de agua. Sobre
la pila, a manera de techo agradablemente colocado, se alzaba un pabellón cubierto con
colgaduras de seda y oro en matices diferentes, combinados con un arte perfecto. Para llegar a
aquella pila, el agua se encauzaba por cuatro canalillos trazados en el suelo de la sala con
sinuosidades encantadoras, y cada canalillo tenía un lecho de color especial: el primero tenía un
lecho de pórfido rosa; el segundo, de topacios; el tercero, de esmeraldas, y el cuarto, de turquesas;
de tal modo, que el agua de cada uno se teñía del color de su lecho, y herida por la luz atenuada
que filtraban las sedas en la altura, proyectaba sobre los objetos de su alrededor y las paredes de
mármol una dulzura de paisaje marino.
Allí franquearon una segunda puerta, y entraron en la segunda sala. La encontraron llena de
monedas antiguas de oro y plata, de collares, de alhajas, de perlas, de rubíes y de toda clase de
pedrerías. Y tan amontonado estaba todo, que apenas se podía cruzar la sala y circular por ella
para penetrar en la tercera.
Aparecía ésta llena de armaduras de metales preciosos, de escudos de oro enriquecidos con
pedrerías, de cascos antiguos, de sables de la India, de lanzas, de venablos y de corazas del
tiempo de Daúd y de Soleimán; y todas aquellas armas estaban en tan buen estado de
conservación, que creeríase habían salido la víspera de entre las manos que las fabricaron.
Entraron luego en la cuarta sala, enteramente ocupada por armarios y estantes de maderas
preciosas, donde se alineaban ordenadamente ricos trajes, ropones suntuosos, telas de valor y
brocados labrados de un modo admirable. Desde allí se dirigieron a una puerta abierta que les
facilitó el acceso a la quinta sala. La cual no contenía entre el suelo y el techo más que vasos y
enseres para bebidas, para manjares y para abluciones: tazones de oro y plata, jofainas de cristal
de roca, copas de piedras preciosas, bandejas de jade y de ágata de diversos colores.
Cuando hubieron admirado todo aquello, pensaron en volver sobre sus pasos, y he aquí que
sintieron la tentación de llevarse un tapiz inmenso de seda y oro que cubría una de las paredes la sala. Y detrás del tapiz vieron una gran puerta labrada con finas marqueterías de marfil y ébano,
y que estaba cerrada con cerrojos macizos, sin la menor huella de cerradura donde meter una
llave. Pero el jeique Abdossarnad se puso a estudiar el mecanismo de aquellos cerrojos, y acabó
por dar con un resorte oculto, que hubo de ceder a sus esfuerzos. Entonces la puerta giró sobre sí
misma y dio a los viajeros libre acceso a una sala milagrosa, abovedada en forma de cúpula y
construida con un mármol tan pulido, que parecía un espejo de acero. Por las ventanas de aquella
sala, a través de las celosías de esmeraldas y diamantes, filtrábase una claridad que inundaba los
objetos con un resplandor imprevisto. En el centro, sostenido por pilastras de oro, sobre cada una
de las cuales había un pájaro con plumaje de esmeraldas y pico de rubíes, erguíase una especie
de oratorio adornado con colgaduras de seda y oro, y al que unas gradas de marfil unían al suelo,
donde una magnífica alfombra, diestramente fabricada con lana de colores gloriosos, abría sus
flores sin aroma en medio de su césped sin savia, y vivía toda la vida artificial de sus florestas
pobladas de pájaros y animales copiados de manera exacta, con su belleza natural y sus
contornos verdaderos.
El emir Muza y sus acompañantes subieron por las gradas del oratorio, y al llegar a la
plataforma se detuvieron mudos de sorpresa. Bajo un dosel de terciopelo salpicado de gemas y
diamantes, en amplio lecho construido con tapices de seda superpuestos, reposaba una joven de
tez brillante, de párpados entornados por el sueño tras unas largas pestañas combadas, y cuya
belleza realzábase con la calma admirable de sus facciones, con la corona de oro que ceñía su
cabellera, con la diadema de pedrerías que constelaba su frente y con el húmedo collar de perlas
que acariciaban su dorada piel. A derecha y a izquierda del lecho se hallaban dos esclavos, blanco
uno y negro otro, armado cada cual con un alfanje desnudo y una pica de acero. A los pies del
lecho había una mesa de mármol, en la que aparecían grabadas las siguientes frases:
¡Soy la virgen Tadnaar, hija del rey de los amalecitas, y esta ciudad es mi ciudad!
¡Puedes llevarte cuanto te plazca a tu deseo, viajero que lograste penetrar hasta aquí! ¡Pero
ten cuidado con poner sobre mí una mano violadora, atraído por mis encantos y por la
voluptuosidad!
Cuando el emir Muza se repuso de la emoción que hubo de causarle la presencia de la joven
dormida, dijo a sus acompañantes: "Ya es hora de que nos alejemos de estos lugares después de
ver cosas tan asombrosas, y nos encaminemos hacia el mar en busca de los vasos de cobre.
¡Podéis, no obstante, coger de este palacio todo lo que os parezca; pero guardaos de poner la
mano sobre la hija del rey o de tocar sus vestidos!...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 346ª NOCHE
Ella dijo:
"...pero guardaos de poner la mano sobre la hija del rey o de tocar sus vestidos".
Entonces dijo Taleb ben-Sebl: "¡Oh emir nuestro, nada en este palacio puede compararse a la
belleza de una joven! Sería una lástima dejarla ahí en vez de llevárnosla a Damasco para
ofrecérsela al califa. ¡Valdría más semejante regalo que todas las ánforas con efrits del mar!"
Y contestó el emir Muza: "No podemos tocar a la princesa, porque sería ofenderla, y nos
atraeríamos calamidades". Pero exclamó Taleb: "¡Oh emir nuestro! las princesas, vivas o dormidas,
no se ofenden nunca por violencias tales". Y tras de haber dicho estas palabras, se acercó a la
joven y quiso levantarla en brazos. Pero cayó muerto de repente, atravesado por los alfanjes y las
picas de los esclavos, que le acertaron al mismo tiempo en la cabeza y en el corazón.
Al ver aquello, el emir Muza no quiso permanecer ni un momento más en el palacio, y ordenó a
sus acompañantes que salieran de prisa para emprender el camino del mar.
Cuando llegaron a la playa, encontraron allí a unos cuantos hombres negros ocupados en
sacar sus redes de pescar, y que correspondieron a la zalemas en árabe y conforme a la fórmula
musulmana. Y dijo el emir Muza al de más edad entre ellos, y que parecía ser el jefe: "¡Oh
venerable jeique! venimos de parte de nuestro dueño el califa Abdalmalek ben-Merwán, para
buscar en este mar vasos con efrits de tiempos del profeta Soleimán. ¿Puedes ayudarnos en
nuestras investigaciones y explicarnos el misterio de esta ciudad donde están privados de
movimiento todos los seres?"
Y contestó el anciano: "Ante todo, hijo mío, has de saber que cuantos pescadores nos
hallamos en esta playa creemos en la palabra de Alah y en la de su Enviado (¡con él la plegaria y
la paz!) ; pero cuantos se encuentran en esa Ciudad de Bronce están encantados desde la
antigüedad, y permanecerán así hasta el día del Juicio. Respecto a los vasos que contienen efrits,
nada más fácil que procurároslos, puesto que poseemos una porción de ellos, que una vez
destapados, nos sirven para cocer pescado y alimentos. Os daremos todos los que queráis.
¡Solamente es necesario, antes de destaparlos, hacerlos resonar golpeándolos con las manos, y
obtener de quienes los habitan el juramento de que reconocerán la verdad de la misión de nuestro
profeta Mohammed, expiando su primera falta v su rebelión contra la supremacía de Soleimán ben-
Daúd!" Luego añadió: "Además, también deseamos daros, como testimonio de nuestra fidelidad al
Emir de los Creyentes, amo de todos nosotros, dos hijas del mar que hemos pescado hoy mismo, y
que son más bellas que todas las hijas de los hombres".
Y cuando hubo dicho estas palabras, el anciano entregó al emir Muza doce vasos de cobre,
sellados en plomo con el sello de Soleimán, y las dos hijas del mar, que eran dos maravillosas
criaturas de largos cabellos ondulados como las olas, de cara de luna y de senos admirables y
redondos y duros cual guijarros marinos; pero desde el ombligo carecían de las suntuosidades
carnales que generalmente son patrimonio de las hijas de los hombres, y las sustituían con un
cuerpo de pez que se movía a derecha y a izquierda, de la propia manera que las mujeres cuando
advierten que a su paso llaman la atención. Tenían la voz muy dulce, y su sonrisa resultaba
encantadora; pero no comprendían ni hablaban ninguno de los idiomas conocidos, y
contentábanse con responder únicamente con la sonrisa de sus ojos a todas las preguntas que se
les dirigían.
No dejaron de dar las gracias al anciano por su generosa bondad el emir Muza y sus
acompañantes, e invitáronles, a él y a todos los pescadores que estaban con él, a seguirles al país
de los musulmanes, a Damasco, la ciudad de las flores y de las frutas y de las aguas dulces.
Aceptaron la oferta el anciano y los pescadores, y todos juntos volvieron primero a la Ciudad de
Bronce para coger cuanto pudieron llevarse de cosas preciosas, joyas, oro, y todo lo ligero de peso
y pesado de valor. Cargados de este modo, se descolgaron otra vez por las murallas de bronce,
llenaron sus sacos y cajas de provisiones con tan inesperado botín, y emprendieron de nuevo el
camino de Damasco, adonde llegaron felizmente al cabo de un largo viaje sin incidentes.
El califa Abdalmalek quedó encantado y maravillado al mismo tiempo del relato que de la
aventura le hizo el emir Muza, y exclamó: "Siento en extremo no haber ido con vosotros a esa
Ciudad de Bronce. ¡Pero iré, con la venia de Alah, a admirar por mí mismo esas maravillas y a
tratar de aclarar el misterio de ese encantamiento!"
Luego quiso abrir por su propia mano los doce vasos de cobre, y los abrió uno tras de otro. Y
cada vez salía una humareda muy densa que convertíase en un efrit espantable, el cual se
arrojaba a los pies del califa y exclamaba: "¡Pido perdón por mi rebelión a Alah y a ti, oh señor
nuestro Soleimán!" Y desaparecía a través del techo ante la sorpresa de todos los circunstantes.
No se maravilló menos el califa de la belleza de las dos hijas del mar. Su sonrisa, y su voz, y su
idioma desconocido le conmovieron y le emocionaron. E hizo que las pusieran en un gran baño,
donde vivieron algún tiempo, para morir de consunción y de calor por último.
En cuanto al emir Muza, obtuvo del califa permiso para retirarse a Jerusalén la Santa, con el
propósito de pasar el resto de su vida allí, sumido en la meditación de las palabras antiguas que
tuvo cuidado de copiar en sus pergaminos. ¡Y murió en aquella ciudad después de ser objeto de veneración de todos los creyentes que todavía van visitar la kubba donde reposa en la paz y la
bendición del Altísimo!
¡Y esto es, oh rey afortunado! - prosiguió Schehrazada- la historia de la Ciudad de Bronce.
Entonces dijo el rey Schahriar: "¡Verdaderamente, Schehrazada, que el relato es prodigioso!"
Y dijo ella: "Sí, ¡oh rey! Pero no quiere que transcurra esta noche sin contarte una historia de lo
más deliciosa, que le acaeció a Ibn Al-Mansur". Y sorprendido, dijo el rey Schariar: "¿Quién es Ibn
Al-Mansur? No le conozco”.
Entonces dijo Scherazada sonriendo: “!Escucha!”
HISTORIA DE IBN AL-MANSUR Y LOS DOS JOVENES
He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que el califa Harún Al-Raschid sufría con frecuencia
insomnios producidos por las preocupaciones que le causaba su reino. Una noche, en vano daba
vueltas de un lado a otro en su lecho, porque no lograba amodorrarse, y al fin se cansó de la
inutilidad de sus tentativas. Rechazó entonces violentamente con un pie las ropas de su cama, y
dando una palmada llamó a Massrur, su porta alfanje, que vigilaba la puerta siempre, y le dijo:
"¡Massrur, búscame una distracción, porque no logro dormir!"
El otro contestó: "¡No hay nada como los paseos nocturnos, mi señor, para calmar el alma y
adormecer los sentidos! Ahí fuera, en el jardín está hermosa la noche. Bajaremos y nos
pasearemos entre los árboles, entre las flores; y contemplaremos las estrellas y sus incrustaciones
magníficas, y admiraremos la belleza de la luna que avanza lentamente en medio de ellas y
desciende hasta el río para bañarse en el agua". El califa dijo: "¡Massrur, esta noche no desea mi
alma ver semejantes cosas!" El otro añadió: "¡Señor, en tu palacio tienes trescientas mujeres
secretas, y cada una disfruta de un pabellón para ella sola! Iré a prevenirlas para que todas estén
preparadas; y entonces te pondrás tú detrás de los tapices de cada pabellón, y admirarás en su
sencilla desnudez a cada una de ellas, sin hacerte traición con tu presencia".
El califa dijo: "¡Massrur, este palacio es mi palacio, y esas jóvenes me pertenecen; pero no es
nada de eso lo que anhela mi alma esta noche!" El otro contestó: "¡Ordena mi señor, y haré que
entre tus manos se congreguen los sabios, los consejeros y los poetas de Bagdad! Los consejeros
pronunciarán ante ti hermosas sentencias; los sabios te pondrán al corriente de los
descubrimientos que hayan hecho en los anales, y los poetas encantarán tu espíritu con sus
versos rítmicos".
El califa contestó: "¡Massrur, no es nada de eso lo que anhela mi alma esta noche!" El otro
contestó: "En tu palacio, mi señor, hay coperos encantadores y deliciosos jóvenes de aspecto
agradable. ¡Si lo ordenas, les haré venir rara que te hayan compañía!" El califa contestó:
"¡Massrur, no es nada de eso lo que anhela mi alma esta noche!"
Massrur dijo: "¡Córtame, entonces, la cabeza, mi señor! ¡Quizá sea lo único que disipe tu
hastío! ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
Y CUANDO LLEGO LA 347ª NOCHE
Ella dijo:
"¡...Córtame, entonces, la cabeza, mi señor! ¡Quizá sea lo único que disipe tu hastío!"
Al oír estas palabras. Al-Raschid se echó a reír a carcajadas; luego dijo: "¡Mira, Massrur,
puede que lo haga algún día! ¡Pero ahora ve a ver si todavía hay en el vestíbulo alguien que
verdaderamente sea agradable de aspecto y de conversación!" Entonces salió a ejecutar la orden
Massrur, y volvió enseguida para decir al califa: "¡Oh Emir de los Creyentes! no encontré ahí fuera
más que a este viejo de mala índole, que se llama Ibn Al-Mansur!"
Y preguntó Al-Raschid: "¿Qué Ibn Al-Mansur? ¿Es acaso Ibn Al-Mansur el de Damasco?" El
jefe de los eunucos dijo: "¡Ese mismo viejo malicioso!" Al-Raschid dijo: "¡Hazle entrar cuanto
antes!" Y Massrur introdujo a Ibn Al-Mansur, que dijo: "¡Sea contigo la zalema, ¡oh Emir de los
Creyentes!"
El califa le devolvió la zalema y dijo: "¡Ya Ibn Al-Mansur! ¡Ponme al corriente de una de tus
aventuras!" El otro contestó: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¿Debo entretenerte con la narración de
algo que yo haya visto, o solamente con el relato de algo que haya oído?" El califa contestó: "¡Si
viste alguna cosa asombrosa, date prisa a contármela, porque las cosas que se vieron son siempre
preferibles a las que se oyeron contar!"
El otro dijo: "¡Entonces, ¡oh Emir de los Creyentes! presta oído y otórgame una atención
simpática!" El califa contestó: "¡Ya Ibn Al-Mansur! ¡Heme aquí dispuesto a escucharte con mis
oídos, a verte con mis ojos y a otorgarte de todo corazón una atención simpática!"
Entonces dijo Ibn Al-Mansur: "Has de saber, ¡oh Emir de los Creyentes! que todos los años
iba yo a Bassra para pasar algunos días junto al emir Mohammad Al-Haschami, lugarteniente tuyo
en aquella ciudad. Un año en que fui a Bassra como de costumbre, al llegar a palacio vi al emir que
se disponía a montar a caballo para ir de caza. Cuando me vio, no dejó, tras las zalemas de
bienvenida, de invitarme a que le acompañara; pero yo le dije: "Dispénsame, señor, pues la sola
vista de un caballo me para la digestión, y a duras penas puedo tenerme en un burro. ¡No voy a ir
de caza en burro!" El emir Mohammad me excusó, puso a mi disposición todo el palacio, y encargó
a sus oficiales que me sirvieran con todo miramiento y no dejasen que careciera yo de nada
mientras durase mi estancia. Y así lo hicieron.
Cuando se marchó, me dije: "¡Por Alah! Ya ibn Al-Mansur, he aquí que hace años y años que
vienes regularmente desde Bagdad a Bassra, y hasta hoy te contentaste con ir del palacio al jardín
y del jardín al palacio como único paseo por la ciudad. No basta eso para que te instruyas. Ahora
puedes distraerte, trata, pues, de ver por las calles de Bassra alguna cosa interesante. ¡Por cierto
que nada ayuda a la digestión tanto como andar; y tu digestión es muy pesada; v engordas y te
hinchas como una ostra!"
Entonces obedecí a la voz de mi alma ofuscada por mi gordura, y me levanté al punto, me
puse mi traje más hermoso, y salí del palacio con objeto de andar un poco a la ventura, de aquí
para allá.
Por lo demás, ya sabes, ¡oh Emir de los Creyentes! que en Bassra hay setenta calles, y que
cada calle tiene una longitud de setenta parasangas del Irak. Así es que, al cabo de cierto tiempo,
me vi de pronto perdido en medio de tantas calles, y en mi perplejidad hube de andar más de prisa,
sin atreverme a preguntar el camino por miedo de quedar en ridículo. Aquello me hizo sudar
mucho; y también sentí bastante sed; y creí que el sol terrible iba sin duda a liquidar la grasa
sensible de mi piel.
Entonces me apresuré a tomar la primera bocacalle para buscar algo de sombra, y de este
modo llegué a un callejón sin salida, por donde se entraba a una casa grande de muy buena
apariencia. La entrada medio oculta por un tapiz de seda roja, daba a un gran jardín que había
delante de la casa. A ambos lados aparecían bancos de mármol sombreados por una parra,
lo que me incitó a sentarme para tomar aliento.
Mientras me secaba la frente, resoplando de calor, oí que del jardín llegaba una voz de mujer,
que cantaba con aire lastimero estas palabras:
¡Desde el día en que me abandonó mi gamo joven, se ha tornado mi corazón en asilo de
dolor!
¿Acaso, como él cree, es un pecado tan grande dejarse amar por las muchachas?
Era tan hermosa la voz que cantaba y tanto me intrigaron las palabras aquellas, que dije para
mí: "¡Si la poseedora de esta voz es tan bella como este canto hace suponer, es una criatura
maravillosa!" Entonces me levanté y me acerqué a la entrada, cuyo tapiz levanté con cuidado, y
miré poco a poco para no despertar sospechas. Y advertí en medio del jardín a dos jóvenes, de las
cuales parecía ser el ama una y la esclava la otra. Y ambas eran de una belleza extraordinaria.
Pero la más bella era precisamente quien cantaba; y la esclava la acompañaba con un laúd. Y yo
creí ver a la misma luna que hubiese descendido al jardín en su décimocuarto día, y me acordé
entonces de estos versos del poeta:
¡Babilonia la voluptuosa brilla en sus ojos que matan con sus pestañas, más curvadas
seguramente que los alfanjes y que el hierro templado de las lanzas!
¡Cuando caen sus cabellos negros sobre su cuello de jazmín, me pregunto si viene a
saludarla la noche!
¿Son dos breves esferas de marfil lo que hay en su pecho, o son dos granadas, o son
sus senos? ¿Y qué es lo que de tal modo ondula bajo su camisa? ¿Es su talle, o es arena
movible?
Y también me hizo pensar en estos versos del poeta:
¡Sus párpados son dos pétalos de narciso; su sonrisa es como la aurora, su boca está
sellada por los dos rubíes de sus labios deliciosos y bajo su túnica se mecen todos los
jardines del paraíso.'
Entonces, ¡oh Emir de los Creyentes! no pude por menos de ex[amar: "¡Ya Alah! ¡ya Alah!" Y
permanecí allí inmóvil, comiendo bebiendo con los ojos encantos tan milagrosos. Así es que, al
volver cabeza hacia donde yo estaba, me vio la joven, y bajó vivamente el velillo de su rostro;
luego, dando muestras de gran indignación, me mandó a la esclava tañedora de laúd, que se me
acercó, y después de arañarme, me dijo: "¡Oh jeique! ¿no te da vergüenza mirar así en su cara a
las mujeres? ¿Y no te aconsejan tu barba blanca y tu vejez el respeto para las cosas honorables!"
Yo contesté en alta voz para que me oyera la joven sentada: "Tienes razón, ¡oh mi dueña! y mi
vejez es notoria, pero con lo que respecta a mi vergüenza, ya es otra cosa...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló
discretamente.
Y CUANDO LLEGO LA 348ª NOCHE
Ella dijo:
...pero en lo que respecta a mi vergüenza, ya es otra cosa".
Cuando la joven hubo oído estas palabras, se levantó y fue a reunirse con su esclava, para
decirme, irritada en extremo: "¿Es que hay mayor vergüenza para tus cabellos blancos ¡oh jeique!
que la acción de pararte con tal osadía a la puerta de un harem que no es tu harem, y de una
morada que no es tu morada?"
Yo me incliné y contesté: "¡Por Alah, ¡oh mi dueña! que la vergüenza para mi barba no es tan
considerable, y lo juro por tu vida! ¡Mi presencia aquí tiene una excusa!" Ella preguntó: "¿Y cuál es
tu excusa?" Contesté: "¡Soy un extranjero que padece una sed de la que voy a morir!" Ella
contestó: "¡Aceptamos esa excusa, pues, ¡por Alah!, que es atendible!" Y enseguida se volvió hacia
su joven esclava y le dijo: "¡Gentil, corre pronto a darle de beber!"
Desapareció la pequeña para volver al cabo de un momento con un tazón de oro en una
bandeja y una servilleta de seda verde. Y me ofreció el tazón, que estaba lleno de agua fresca,
perfumada agradablemente con almizcle puro. Lo tomé y me puse a beber muy lentamente y a
largos sorbos, dirigiendo de soslayo miradas de admiración a la joven principal y miradas de
notorio agradecimiento a ambas. Cuando me hube servido de este juego durante cierto tiempo,
devolví el tazón a la joven, la cual me ofreció entonces la servilleta de seda invitándome a
limpiarme la boca. Me limpié la boca, le devolví la servilleta, que estaba deliciosamente perfumada
con sándalo, y no me moví de aquel sitio.
Cuando la hermosa joven vio que mi inmovilidad pasaba de los límites correctos, me dijo con
acento adusto: "¡Oh jeique! ¿a qué esperas aún para reanudar tu marcha por el camino de Alah?"
Yo contesté con aire pensativo: "¡Oh mi dueña! me preocupan extremadamente ciertos
pensamientos, y me veo sumido en reflexiones que no puedo llegar a resolver por mí solo!"
Ella me preguntó: "¿Y cuáles son esas reflexiones?" Yo dije: "¡Oh mi dueña! reflexiono acerca
del reverso de las cosas y acerca del curso de los acontecimientos que produce el tiempo!" Ella me
contestó: "¡Cierto que son graves esos pensamientos, y todos tenemos que deplorar alguna
fechoría del tiempo! Pero ¿qué ha podido inspirarte a la puerta de nuestra casa ¡oh jeique!
semejantes reflexiones?" Yo dije: "¡Precisamente ¡oh mi dueña! pensaba yo en el dueño de esta
casa! ¡Le recuerdo muy bien ahora! Antaño me propuso vivir en este callejón compuesto por una
sola casa con jardín. ¡Sí, por Alah! el propietario de esta casa era mi mejor amigo!"
Ella me preguntó: "¿Te acordarás, entonces, del nombre de tu amigo?" Yo dije: "¡Ciertamente,
oh mi dueña! ¡Se llamaba Alí ben-Mohammad, y era el síndico respetado por todos los joyeros de
Bassra! ¡Ya hace años que le perdí de vista, y supongo que estará en la misericordia de Alah
ahora! Permíteme, pues, ¡oh mi dueña! que te pregunte si dejó posteridad".
Al oír estas palabras, los ojos de la joven se humedecieron de lágrimas, y dijo: "¡Sean con el
síndico Alí ben-Mohammad la paz y los dones de Alah! Ya que fuiste su amigo, has de saber ¡oh
jeique! que el difunto síndico dejó por única descendencia una hija llamada Badr. ¡Y ella sola es la
heredera de sus bienes y de sus inmensas riquezas!" Yo exclamé: "¡Por Alah, que no puede ser
más que tú misma ¡oh mi dueña! la hija bendita de mi amigo!" Ella sonrió y contestó: "¡Por Alah,
que lo adivinaste!" Yo dije: "¡Acumule sobre ti Alah sus bendiciones, ¡oh hija de Alí ben-
Mohammad! Pero, a juzgar por lo que puedo ver a través de la seda que cubre tu rostro, ¡ oh luna!
me parece que contrae tus facciones una gran tristeza. ¡No temas revelarme su causa, porque
quizá me envía Alah para que trate de poner remedio a ese dolor que altera tu hermosura!" Ella
contestó: "¿Cómo quieres que te hable de cosas tan íntimas, si ni siquiera me dijiste aún tu nombre
ni tu calidad?" Yo me incliné y contesté: "¡Soy tu esclavo lbn Al-Mansur, oriundo de Damasco, una
de las personas a quienes nuestro dueño el califa Harún Al-Raschid honra con su amistad y ha
escogido para compañeros íntimos!"
Apenas hube pronunciado estas palabras, ¡oh Emir de los Creyentes! me dijo Sett Badr: "¡Bien
venido seas a mi casa, donde puedes encontrar hospitalidad larga y amistosa!, ¡oh jeique Ibn Al-
Mansur!" Y me invitó a que la acompañara y a que entrara a sentarme en la sala de recepción.
Entonces entramos los tres en la sala de recepción, y cuando estuvimos sentados, y después
de los refrescos usuales, que fueron exquisitos, Sett Badr me dijo: "¡Ya que quieres saber la causa
de una pena que adivinaste en mis facciones, ¡oh jeique Ibn Al-Mansur! prométeme el secreto y la fidelidad!"
Yo contesté: "¡Oh mi dueña! en mi corazón está el secreto como en un cofre de acero cuya
llave se hubiese perdido!" Y me dijo ella entonces: "¡Escucha, pues, mi historia, oh jeique!" Y
después de ofrecerme aquella joven esclava tan gentil una cucharada de confitura de rosas, dijo
Sett Badr:
"Has de saber, ¡oh Ibn Al-Mansur! que estoy enamorada, y que el objeto de mi amor se halla
lejos de mí. ¡He aquí toda mi historia!" Y tras esas palabras, Sett Badr dejó escapar un
gran suspiro y se calló.
Y yo le dije: "¡Oh mi dueña! estás dotada de belleza perfecta, y el que amas debe ser
perfectamente bello! ¿Cómo se llama?" Ella me dijo: "Sí, Ibn Al-Mansur, el objeto de mi amor es
perfectamente bello, como has dicho. Es el emir Jobair, jefe de la tribu de los Bani Schaibán. ¡Sin
ningún género de duda es el joven más admirable de Bassra y del Irak!"
Yo dije: "No podía ser de otro modo, ¡oh mi dueña! Pero, ¿consistió en palabras solamente
vuestro mutuo amor, o llegasteis a daros pruebas íntimas de él en diversos encuentros y de
agradables consecuencias?" Ella dijo: "¡Ciertamente, hubieran sido de muy agradables
consecuencias nuestros encuentros, si su larga duración bastara a enlazar los corazones! ¡Pero el
emir Jobair me ha ofendido con una simple suposición!"
Al oír estas palabras, ¡oh Emir de los Creyentes! exclamé: "¿Cómo? ¿Es posible suponer que
el lirio ame al barro porque la brisa le incline hacia el suelo? ¡Y aunque sean fundadas las
suposiciones del emir Jobair, tu belleza es una disculpa viva, ¡oh mi dueña!" Ella sonrió y me dijo:

"¡Si al menos ¡oh jeique! se tratase de un hombre! ¡Pero el emir Jobair me acusa de amar a una
joven, a esta misma que tienes delante de tus ojos, a la gentil, a la dulce que nos está sirviendo!"
Yo exclamé: "Pido a Alah perdón para el emir ¡oh mi dueña! ¡Sea confundido el Maligno! ¿Y cómo
pueden amarse entre sí las mujeres? ¿Quieres decirme, por lo menos, en qué ha fundado sus
suposiciones el emir?"
Ella contestó: "Un día, después de haber tomado mi baño en el hammam de mi casa, me
eché en mi cama y me puse en manos de mi esclava favorita, esta joven que aquí ves, para que
me vistiera y peinara mis cabellos. Era sofocante el calor, y con objeto de que me refrescara algo,
mi esclava me despojó de las toallas que abrigaban mis hombros y cubrían mis senos, y se puso a
arreglar las trenzas de mi cabellera. Cuando hubo concluido, me miró y al encontrarme hermosa de
aquel modo, me rodeó el cuello con sus brazos y me besó en la mejilla, diciéndome: "¡Oh mi
señora, quisiera ser hombre para amarte aún más de lo que te amo!" Y trataba, gentil, de
divertirme con mil retozos amables. Y he aquí que en aquel momento precisamente entró el emir;
nos lanzó una mirada singular a ambas y salió bruscamente, para enviarme algunos instantes
después una esquela, en la que aparecían trazadas estas palabras: "El amor no puede hacernos
dichosos más que cuando nos pertenece en absoluto". ¡Y desde aquel día no volví a verle; y jamás
quiso darme noticias suyas, ya lbn Al-Mansur!"
Entonces le pregunté: "¿Pero os unió algún contrato de matrimonio?" Ella contestó: "¿Y para
qué hacer un contrato? Nos habíamos unido por nuestra voluntad, sin intervención del kadí y de ltestigos".
Yo dije: "Entonces, ¡oh mi dueña! si me lo permites, quiero ser el lazo de unión entre vosotros
dos, simplemente por el gusto de ver reunidos a dos seres selectos". Ella exclamó: "¡Bendito sea
Alah, que nos puso en tu camino, ¡oh jeique de rostro blanco! ¡No creas que vas a dar con una
persona ingrata que ignora el valor de los beneficios! Voy ahora mismo a escribir de mi puño y letra
una carta para el emir Jobair, y tú se la entregarás, procurando hacerle entrar en razón". Y dijo a su
favorita: "Anda, gentil, tráeme un tintero y una hoja de papel". Se los trajo la otra, y Sett Badr
escribió:
"¿Por qué dura tanto la separación, mi bien amado? ¿No sabes que el dolor ahuyenta (le
mis ojos el sueño, y que cuando pienso en tu imagen se me aparece tan cambiada que ya no
la reconozco?
“!Te conjuro a que me digas por qué dejaste la puerta abierta a mis calumniadores!”
¡Levántate, sacude el polvo de los malos pensamientos y vuelve a mí sin tardanza! ¡Qué día
de fiesta va a ser para ambos el que alumbre nuestra reconciliación!"
Cuando acabó de escribir esta carta, la dobló, la selló y me la entregó ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 350ª NOCHE
Ella dijo:
... Cuando acabó de escribir esta carta, la dobló, la selló y me la entregó, y al mismo tiempo
deslizó en mi bolsillo, sin dar lugar a que yo lo impidiese, una bolsa que contenía mil dinares de
oro, y que me decidí a guardar como recuerdo de los buenos servicios que presté antaño a su
difunto padre, el digno síndico, y en previsión del porvenir. Me despedí entonces de Sett Badr y me
dirigí a la morada de Jobair, emir de los Bani-Schaibán, a cuyo padre, muerto hacia muchos año
conocí asimismo.
Cuando llegué al palacio del emir Jobair, me dijeron que también estaba de caza, y esperé su
regreso. No tardó en llegar, y en cuanto supo mi nombre y mis títulos, me rogó aceptase su
hospitalidad y considerase su casa como propia. Y enseguida fue a hacerme honores él en
persona.
Por lo que a mí respecta. ¡oh Emir de los Creyentes! al advertir la cumplida belleza del joven
me quedé sorprendido, y sentí que mi razón me abandonaba definitivamente. Y al ver él que yo no
me movía, creyó que era la timidez lo que me retenía, y fue hacia mí sonriéndose, y me abrazó,
según costumbre, y creí abrazar en aquel momento al sol, a la luna y al universo entero con todo
su contenido. Y como había llegado la hora de reponer fuerzas, el emir Jobair me cogió de un
brazo y me hizo sentarme a su lado en un cojín. Y enseguida pusieron la mesa los esclavos ante
nosotros.
Era una mesa llena de vajilla del Khorassán, de oro y de plata, y que ostentaba cuantos
manjares fritos y asados pudiesen desear el paladar, la nariz y los ojos. Entre otras cosas
admirables, había allí aves rellenas de alfónsigos y de uvas, y pescados servidos en buñuelos de
galleta, y especialmente una ensalada de verdolaga, a cuyo solo aspecto se me hacía agua la
boca. No hablaré de las demás cosas, por ejemplo, de un maravilloso arroz con crema de búfalo,
en el que de buena gana hubiera hundido mi mano hasta el codo, ni de la confitura de zanahorias
con nueces, que tanto me gusta -¡oh! estoy seguro de que algún día me hará morir-, ni de las
frutas, ni de las bebidas.
¡Sin embargo, ¡oh Emir de los Creyentes! te juro por la nobleza de mis antecesores que
reprimí los impulsos de mi alma y no probé bocado! Por el contrario, esperé a que mi huésped me
instase con mucho ahínco a servirme de aquello, y le dije: "¡Por Alah! hice voto de no tocar ninguno
de los manjares de tu hospitalidad, emir Jobair, mientras no accedas a una súplica que es el móvil
de mi visita a tu casa!" El me preguntó: "¿Puedo al menos ¡oh mi huésped! saber, antes de
comprometerme a una cosa tan grave y que me amenaza con que renuncies a mi hospitalidad,
cuál es el objeto de esta visita?" Por toda respuesta, saqué yo de mi pecho la carta y se la di.
La cogió, la abrió y la leyó. Pero al punto la rompió, arrojó a tierra los pedazos, los pisoteó, y
me dijo: "¡Ya lbn Al-Mansur! pide cuanto quieras y te será concedido al instante. ¡Pero no me
hables del contenido de esta carta, a la que no tengo nada que contestar!"
Entonces me levanté y quise marcharme enseguida, pero me retuvo asiéndome de la ropa, y
me suplicó que me quedase, diciéndome: "¡0h mi huésped! ¡si supieras el motivo de mi repulsa, no
insistirías ni por un instante! ¡Tampoco creas que eres el primero a quien se ha confiado semejante
misión! ¡Y si lo deseas, te diré exactamente las palabras que te encargó ella me dijeses!" Y me
repitió al punto las palabras consabidas, con tanta precisión como si hubiese estado en presencia
nuestra en el momento en que se pronunciaron.
Luego añadió: "¡Créeme que no debes ocuparte de ese asunto! ¡Y quédate en mi casa para
descansar todo el tiempo que tu alma anhele!"
Estas palabras me decidieron a quedarme. Y pasé el resto del día y toda la noche comiendo,
bebiendo y disfrutando con el emir Jobair. No obstante, como no oía cantos ni música, me asombré
al advertir tal excepción de las prácticas establecidas en los festines; y por último hube de
decidirme a manifestar al joven emir mi sorpresa. Enseguida vi ensombrecerse su rostro y noté en
él un gran malestar; luego me dijo: "Hace ya mucho tiempo que suprimí los cantos y la música en
mis festines. ¡Sin embargo, en vista de tu deseo, voy a satisfacerlo!"
Y al instante hizo llamar a una de sus esclavas, que se presentó con un laúd indio, guardado
en un estuche de raso, y se sentó delante de nosotros, preludiando inmediatamente en veintiún
tonos distintos. Reanudó después el primer tono y cantó:
;Con los cabellos despeinados, lloran y gimen en el dolor las hijas del Destino, oh alma
mía!
¡La mesa, empero, está cargada con los manjares más exquisitos, son aromáticas las
rosas, nos sonríen los narcisos y ríe en la jofaina el agua!
¡Oh alma mía, alma triste, ármate de valor! ¡De nuevo lucirá en los ojos la esperanza un
día, y beberás en la copa de la dicha!
Pasó después a un tono más triste, y cantó:
¡Quien no saboreó las delicias del amor ni gustó su amargura, no sabe lo que pierde al
perder a un amigo!
¡Quien no llegó a sufrir las heridas del amor, no puede saber los tormentos deleitosos
que proporcionan!
¿Dónde están las noches dichosas pasadas junto a mi amigo, nuestros retozos
amables, nuestros labios unidos, la Miel de su saliva? ¡Oh dulzura! ¡oh dulzura!
¡Nuestras noches hasta el amanecer, nuestros días hasta la puesta del sol! ¿Qué hacer
¡oh corazón roto! contra los decretos de un destino cruel?
Apenas la cantora dejó expirar estas últimas quejas, cuando vi que mi joven huésped caía
desvanecido lanzando un grito doloroso. Y me dijo la esclava: "¡Tú tienes la culpa, ¡oh jeique!
Porque hace largo tiempo que evitamos cantar delante de él, a causa del estado de emoción en
que se pone y de la agitación que le produce todo poema amoroso". Y lamenté mucho haber sido
causante de un accidente de mi huésped, e invitado por la esclava, me retiré a mi estancia para no
importunarle más con mi presencia.
Al día siguiente, en el momento en que me disponía a partir y rogaba a uno de los servidores
que transmitiese a su amo mi agradecimiento por aquella hospitalidad, se presentó un esclavo, que
me entregó una bolsa con mil dinares, rogándome que la aceptara como compensación por el
anterior trastorno, y diciéndome que estaba encargado de recibir mis adioses. Entonces, sin haber
conseguido nada, abandoné la casa de Jobair y regresé a la de aquella que me había enviado.
Al llegar al jardín, encontré a Sett Badr, que me esperaba a la puerta, y sin darme tiempo de
abrir la boca, me dijo: "¡Ya lbn Al-Mansur, sé que no tuviste éxito en tu misión!" Y me relató punto
por punto todo lo acaecido entre el emir Jobair y yo, haciéndolo con tanta exactitud que sospeché
pagaba espías que la tuviesen al corriente de lo que pudiera interesarla.
Y le pregunté: "¿Cómo te hallas tan bien informada, ¡oh mi dueña! ? ¿Acaso estuviste allí sin
ser vista?" Ella me dijo: "¡Ya lbn Al-Mansur! has de saber que los corazones de los amantes tienen
ojos que ven lo que ni suponer podrían los demás! ¡Pero yo sé que tú no tienes la culpa de la
repulsa! ¡Es mi destino!" Luego añadió, levantando los ojos al cielo: "¡Oh Señor, dueño de los
corazones, soberano de las almas, haz que en adelante me amen sin que yo ame nunca! ¡Haz que
lo que resta de amor por Jobair en este corazón se desvíe hacia el corazón de Jobair, para
tormento suyo! ¡Haz que vuelva a suplicarme que le escuche, y dame valor para hacerlo sufrir!"
Tras de lo cual me dio las gracias por lo que me presté a hacer en su favor, y se despidió de,
mí. Y volví al palacio del emir Mohammad, y desde allí regresé a Bagdad.
Pero al año siguiente hube de ir nuevamente a Bassra, según mi costumbre, para ventilar mis
asuntos, porque debo decirte ¡oh Emir de los Creyentes! que el emir Mohammad era deudor mío, y
no disponía yo de otro medio que aquellos viajes regulares para hacerle pagar el dinero que me
adeudaba. Y he aquí que al día siguiente de mi llegada me dije: "¡Por Alah! tengo que saber en qué
paró la aventura de los dos amantes!"
Encontré cerrada la puerta del jardín, conmoviéndome con la tristeza que emanaba el silencio
reinante en torno mío. Miré entonces por la rejilla de la puerta, y vi en medio de la avenida, bajo un sauce de ramas lagrimeantes, una tumba de mármol completamente nueva todavía, y cuya
inscripción funeral no pude leer a causa de la distancia. Y me dije: "¡Ya no está ella aquí! ¡Segaron
su juventud! ¡Qué lástima que una belleza semejante se haya perdido para siempre! ¡La debió
desbordar la pena, anegándola el corazón . . . !
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
Ella dijo:
"¡ ... Qué lástima que una belleza semejante se haya perdido para siempre! ¡La debió
desbordar la pena, anegándola el corazón!" Con el pecho oprimido por la angustia, me decidí
entonces a personarme en el palacio del emir Jobair. Allá me esperaba un espectáculo más
entristecedor aún. Todo estaba desierto; los muros derrumbábanse ruinosos; habíase secado el
jardín, sin la menor huella de que le cuidase nadie. Ningún esclavo guardaba la puerta del palacio,
y no había ningún ser vivo que pudiera darme noticia de quienes habitaron en el interior. Ante
aquel espectáculo, me dije desde lo profundo de mi alma: ¡También ha debido morir él!"
Muy triste, muy apenado, me senté luego a la puerta, e improvisé esta elegía:
¡Oh moradal ¡En tus umbrales me detengo para llorar con tus piedras al recuerdo del
amigo que ya no existe!
¿Dónde está el huésped generoso, cuya hospitalidad se hacía extensiva pródigamente a
los viajeros?
¿Dónde están los amigos pletóricos de alegría que te habitaron en la época de tu
esplendor, palacio?
¡Sigue su ejemplo, tú que pasas; pero no olvides, por lo menos, los beneficios de que
todavía hay señales, a pesar de las ruinas del tiempo!
Mientras yo me dejaba llevar de la tristeza que me poseía, expresándola de aquel modo,
apareció un criado, que avanzó hacia mí, diciéndome con acento violento: "¡Cállate, viejo jeique!
¡Te va en ello la vida! ¿Por qué dices cosas fúnebres a nuestra puerta?" Yo contesté: "¡Me limitaba
a improvisar versos a la memoria de un amigo entre mis amigos, que habitaba esta casa y se
llamaba Jobair, de la tribu de los Bani-Schaibán". El esclavo replicó: "¡El nombre de Alah sea con él
y en torno de él! Ruega por el Profeta, ¡oh jeique! Pero ¿por qué dices que ha muerto el emir
Jobair? ¡Glorificado sea Alah! ¡Nuestro amo está con vida, siempre en el seno de los honores y deoo
las riquezas!" Pero yo exclamé: "¿A qué obedece, entonces, ese ambiente de tristeza esparcido
por la casa y el jardín?" El contestó: "¡Al amor! El emir Jobair está con vida; pero es lo mismo que
si se contara en el número de los muertos. Tendido yace en su lecho sin moverse; y cuando tiene
hambre, nunca dice: "¡Dadme de comer!", y cuando tiene sed, no dice nunca: "tDadme de beber!"
Al oír estas palabras del negro, dije: "¡Por Alah sobre ti, oh rostro blanco! ve en seguida a
participarle mi deseo de verle! Dile: "¡Es Ibn Al-Mansur quien espera a tu puerta!" Se fué el negro, y
al cabo de algunos instantes, volvió para avisarme que su amo podía recibirme. Y me hizo entrar,
diciéndome: "Te advierto que no se enterará de nada de lo que le digas, a no ser que sepas
conmoverle con ciertas palabras".
Efectivamente, encontré al emir Jobair tendido en su lecho, con la mirada perdida en el vacío,
muy pálido y adelgazado el rostro y desconocido en verdad. Le saludé al punto, pero no me
devolvió la zalema. Le hablé; pero no me contestó: Entonces me dijo al oído el esclavo: "No
comprende más lenguaje que el de los versos". ¡Por Alah, que no encontré nada mejor para entrar
en conversación con él!
Me abstraje un instante; luego improvisé estos versos con voz clara:
¿Anida todavía en tu alma el amor de Sett Badr, o hallaste el reposo tras las zozobras de
la pasión?
¿Pasas siempre en vigilia tus noches, o al fin conocen tus párpados el sueño?
¡Si aún corren tus lágrimas, si aún alimentas con la desolación a tu alma, sabe que
llegarás al colmo de la locura!
Cuando oyó él estos versos, abrió los ojos y me dijo: "¡Bien venido seas, Ibn Al-Mansur! ¡Las
cosas tomaron para mí un carácter grave!" Yo contesté enseguida: "¿Puedo, al menos, señor,
serte de alguna utilidad?" El dijo: "¡Eres el único que puede salvarme todavía! ¡Tengo el propósito
de mandar a Sett Badr una carta por mediación tuya, pues tú eres capaz de convencerla para que
me responda!" Yo contesté: "¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos!"
Reanimado entonces, se incorporó, desenrolló una hoja de papel en la palma de la mano,
cogió un cálamo v escribió:
"¡Oh dura bienamada! He perdido la razón y me debato en la desesperanza. Antes de
este día creí que el amor era una cosa fútil, una cosa fácil, una cosa leve. Pero, al naufragar
en sus olas, vi ¡ay! que para quien en él se aventura es un mar terrible y confuso. A ti vuelvo
con el corazón herido, implorando el perdón para lo pasado. ¡Ten piedad de mí y acuérdate
de nuestro amor! Si deseas mi muerte, olvida la generosidad".
Selló entonces la carta y me la entregó. Aunque yo ignoraba la suerte de Sett Badr, no dudé:
cogí la carta y regresé al jardín. Crucé el patio, y sin previa advertencia entré en la sala de
recepción.
Pero cuál no sería mi asombro al advertir sentadas en las alfombras a diez jóvenes esclavas
blancas en medio de las cuales se encontraba llena de vida y de salud, pero en traje de luto, Sett
Badr, que se apareció como un sol puro a mis miradas asombradas.
Me apresuré a inclinarme deseándole la paz; y no bien me vio ella entrar, me sonrió
devolviéndome mi zalema, y me dijo: "¡Bien venido seas, lbn Al-Mansur! ¡Siéntate! ¡Tuya es la
casa!" Entonces le dije: "¡Aléjense de aquí todos los males, oh mi dueña! Pero ¿por qué te veo en
traje de luto?" Ella contestó: "¡Oh, no me interrogues, lbn Al-Mansur! ¡Ha muerto la gentil! En el
jardín pudiste ver la tumba donde duerme". Y vertió un mar de lágrimas, mientras intentaban
consolarla todas sus compañeras.
Ante todo, creí un deber por mi parte guardar silencio; luego dije: "¡Alah la tenga en su
misericordia! ¡Y caigan, en cambio, sobre ti, todas las bienandanzas que la vida reservaba aún a
esa joven y dulce favorita tuya por quien lloras! ¡Parece mentira que haya muerto!" Ella dijo: "¡Pues
murió la pobre!"
Aprovechándome entonces del estado de postración en que se hallaba, la entregué la carta,
que hube de sacar de mi cinturón. Y añadí: "¡De tu respuesta ¡oh mi dueña! depende su vida o su
muerte! Porque, en verdad, la única cosa que le ata a la tierra todavía es la espera de esta
respuesta".
Cogió ella la carta, la abrió, la leyó, sonrió, y dijo: "¿Ha llegado ahora a semejante estado de
pasión él, que no quería leer mis cartas otras veces? ¡Fue preciso que guardara yo silencio desde
entonces y desdeñara verle, para que volviese a mí más inflamado que nunca!"
Yo contesté: "Tienes razón, y hasta te cabe el derecho de hablar aún con más amargura...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana v se calló
discretamente.
Y CUANDO LLEGO LA 352ª NOCHE
Ella dijo:
"...y hasta te cabe el derecho de hablar aún con más amargura. Pero el perdón de las faltas es
patrimonio de las almas generosas. Y además, ¿qué harías en este palacio sola con tu dolor,
después de haber muerto la gentil amiga que te consolaba con su dulzura?" Al oír estas palabras,
se llenaron de lágrimas sus ojos, y permaneció pensativa durante una hora. Tras lo cual me dijo:
"Creo que dijiste verdad, lbn Al-Mansur. ¡Voy a contestarle!"
Entonces ¡oh Emir de los Creyentes! cogió papel y escribió una carta, cuya elocuencia
emocionante no sabrían igualar los mejores escribas de tu palacio. No me acuerdo de los términos
exactos de aquella carta pero en substancia decía así:
"A pesar del deseo, ¡oh mi amante! jamás he comprendido el motivo de nuestra
separación. Reflexionando bien, es posible que en el pasado errara yo. Pero el pasado ya no
existe, y los celos, cualesquiera sean, deben morir con la víctima de la Separadora.
"Déjame que te tenga ahora al alcance de mi vista, para que descansen mis ojos como
no lo harían con el sueño.
"Juntos entonces, beberemos nuevamente los tragos refrigerantes; y si nos
embriagamos, no podrá censurarnos nadie".
Selló luego la carta y me la entregó; y le dije: "¡Por Alah! ¡he aquí lo que apacigua la sed del
sediento y cura las dolencias del enfermo!" Y me disponía a despedirme para llevar la buena nueva
al que la esperaba, cuando me detuvo ella aún para decirme: "¡Ya Ibn Al-Mansur, puedes añadir
también que esta noche será para nosotros dos una noche de bendición!"
Y lleno de alegría corrí a casa del emir Jobair, a quien encontré con la mirada fija en la puerta
por donde debía yo entrar.
Cuando hubo leído la carta y comprendió su alcance, lanzó un gran grito de alegría y cayó
desvanecido. No tardó en volver en sí, y preguntóme, todavía anhelante: "Dime, ¿fue ella misma
quien redactó esta carta? ¿Y la escribió con su mano?" Yo le contesté: "¡Por Alah que no supe
hasta ahora que se pudiese escribir con los pies!"
Por lo demás, ¡oh Emir de los Creyentes! apenas había yo pronunciado estas palabras,
cuando oímos detrás de la puerta un tintinear de brazaletes y un ruido de cascabeles y seda,
viendo aparecer, un instante más tarde, a la joven en persona.
Como no puede describirse con la palabra dignamente la alegría, no trataré de hacerlo en
vano. Sólo he de decirte ¡oh Emir de los Creyentes! que ambos amantes corrieron a echarse en
brazos uno de otro, entusiasmados y con las bocas juntas.
Cuando salieron de su éxtasis, Sett Badr permaneció de pie, rehusando sentarse a pesar de
las instancias de su amigo. Me extrañó aquello mucho, y hube de preguntarle a qué obedecía. Ella
me dijo: "¡No me sentaré hasta que se formalice nuestro pacto!" Dije yo: "¿Qué pacto, ¡oh mi
dueña!?" Ella dijo: "Es un pacto que sólo incumbe a los enamorados".
Y se inclinó al oído de su amigo y le habló en voz baja. El contestó: "¡Escucho y obedezco!" Y
llamó a uno de sus esclavos, dándole una orden; y el esclavo desapareció.
Algunos instantes después, vi entrar al kadí y a los testigos, que extendieron el contrato de
matrimonio de ambos amantes, y se fueron luego, llevando un regalo de mil dinares que les dio
Sett Badr. Quise igualmente retirarme; pero no lo consintió el emir, que hubo de decirme: "¡No se
dirá que tuviste únicamente parte en nuestras tristezas, sin participar de nuestra alegría!" Y me
invitaron a un festín que duró hasta la aurora. Entonces me dejaron retirarme a la estancia que
habíanme reservado.
Al despertarme por la mañana, entró en mi estancia un esclavo que llevaba una jofaina y un
jarro, e hice mis abluciones, y recé mi plegaria matinal. Tras de lo cual fui a sentarme en la sala de
recepción donde vi llegar a poco a los dos esposos, que salían del hammam, frescos aún, después
de dedicarse a sus amores. Les deseé una mañana dichosa y les cumplimenté, felicitándoles e
invocando bienandanzas sobre ellos; luego añadí: "Soy feliz por haber contribuido en algo a
vuestra unión. Pero ¡por Alah! emir Jobair, si quieres darme una prueba de tu estimación para
conmigo, explícame qué fue lo que pudo en otro tiempo irritarte hasta el punto de hacer que, para
tu desgracia, te separaras de tu enamorada Sett Badr. Ella misma me describió la escena de la
pequeña esclava, besándola y mimándola después de haberle peinado y trenzado los cabellos.
¡Pero me parece inadmisible, emir Jobair, que sólo aquello pudiera ocasionar tu resentimiento y no
tuvieras otra causa de enojo u otras pruebas y sospechas!"
A estas palabras, el emir Jobair sonrió y me dijo: "Ibn Al-Mansur, tu sagacidad es
exclusivamente maravillosa. Ahora que la favorita de Sett Badr ha muerto, se extinguió mi rencor.
Puedo, pues, revelarte sin misterio el origen de nuestra desavenencia. Proviene sencillamente de
una broma que me gastó, como si ambas fuesen las culpables de ella, un barquero que las llevó en
su barca cierto día en que fueron a pasear por el agua.
Me dijo: "Señor, ¿cómo miras siquiera a una mujer que se burla de ti con una favorita a la que
ama? Porque has de saber que en mi barca estaban apoyadas con indolencia una contra otra, y
cantaban cosas muy inquietantes acerca del amor de los hombres. Y terminaron sus cánticos con
estos versos:
¡Menos ardiente que mis entrañas es el fuego; pero en cuanto me acerco a mi amo, el
incendio se apaga, y el hielo es menos frío que mi corazón ante sus deseos!
¡Pero no le ocurre así a mi amo! ¡En él, lo que debe estar duro, es blando, y lo que debe
tener tierno es duro; pues duro es su corazón como la roca, y su otra cosa es blanda como
el agua!
Entonces yo, al oír del barquero semejante relato, sentí oscurecerse el mundo ante mis ojos, y
corrí a casa de Sett Badr, donde vi lo que vi. Y bastó aquello para confirmar mis sospechas...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 353ª NOCHE
Ella dijo:
". . . corrí a casa de Sett Badr, donde vi lo que vi. Y bastó aquello para confirmar mis
sospechas. Pero gracias a Alah se ha olvidado todo ahora!"
Me rogó entonces que, como prueba de su gratitud por mis buenos oficios, aceptase la suma
de tres mil dinares; y le reiteré yo mis cumplimientos. . . "
lbn Al-Mansur interrumpió de pronto su relato porque acababa de oír un ronquido que le cortó
la palabra. Era el califa que dormía profundamente, dominado al fin por el sueño que hubo de
producirle esta historia. Así es que, temiendo despertarle, lbn Al-Mansur se evadió dulcemente por la puerta que más dulcemente aún le abrió el jefe de los eunucos.
Y acabando de hablar, Schehrazada se calló un instante, miró al rey Schahriar, y le dijo: "¡En
verdad, oh rey afortunado, que me asombra que con esta historia no te haya también rendido el
sueño!" El rey Schahriar dijo: "¡Nada de eso! ¡Te equivocas, Schehrazada! No siento ganas de
dormir esta noche; ¡y ten cuidado, no vaya a ser que, si no me cuentas enseguida una historia
instructiva, ponga en práctica la amenaza de Al-Raschid a su portaalfanje!
Por ejemplo, ¿no sabrías decirme algunas palabras acerca del remedio que hay contra las
mujeres que atormentan a sus esposos con un deseo de carne nunca satisfecho, y les abren así la
puerta de la tumba?"
Al oír estas palabras, Schehrazada reflexionó un instante, y dijo: "¡Precisamente, oh rey
afortunado, de ninguna historia me acuerdo tan bien como de una referente a ese asunto, y que en seguida voy a contarte!"
Y dijo

Se cuenta, entre diversos cuentos, que había en El Cairo un hombre llamado Wardán, que
tenía el oficio de carnicero, expendedor de carne de carnero. Todos los días veía entrar en su
tienda a una joven espléndida de cuerpo y de rostro, pero con los ojos muy fatigados, y las
facciones muy ajadas, y la tez palidísima. Y siempre llegaba seguida de un mandadero cargado
con su canasta, escogía el trozo más tierno de carne y también las criadillas de un carnero, pagaba
todo con una moneda de oro que pesaba dos dinares o más, metía su compra en una canasta del
mandadero, y continuaba su marcha por el zoco, parándose en todas las tiendas y comprando algo
a cada mercader. Y continuó conduciéndose así durante un largo espacio de tiempo, hasta que un
día el carnicero Wardán, intrigado al límite de la intriga por el aspecto y el silencio y las maneras de
su joven clienta, resolvió aclarar la cosa para librarse de los pensamientos que acerca de ello le
asaltaban.
Por cierto que encontró precisamente la ocasión que buscaba, una mañana en que vio pasar
solo por delante de la tienda al mandadero de la joven. Le detuvo, le puso en la mano una cabeza
de carnero lo más excelente posible, y le dijo: "¡Oh mandadero, recomienda bien al dueño del
horno que no ase demasiado la cabeza, para que no pierda sabor!" Luego añadió: "¡Oh
mandadero, estoy muy perplejo con motivo de esa joven que todos los días te toma a su servicio!
¿Quién es y de dónde viene? ¿Qué hace con esas criadillas de carnero? Y sobre todo, ¿por qué
tiene tan fatigados los ojos y las facciones?" El otro contestó: "¡Por Alah! que estoy tan perplejo
como tú por lo que a ella respecta! Enseguida voy a decirte cuanto sé, ya que tu mano es generosa
con los pobres como yo. ¡Escucha! Una vez terminadas todas sus compras, adquiere aún en casa
del mercader nazareno de la esquina, un dinar o más de cierto precioso vino añejo, y me lleva
cargado así hasta la entrada de los jardines del gran visir. Allí me venda los ojos con su velo, me
coge de la mano y me conduce hasta una escalera, por cuyos escalones baja conmigo, para luego
descargarme mi banasta, darme medio dinar por mi trabajo y una banasta vacía en lugar de la mía,
y conducirme de nuevo, con los ojos vendados siempre, hasta la puerta de los jardines, donde me
despide hasta el día siguiente. ¡Y no pude saber nunca lo que hace con esa carne, con esos frutos,
con esas almendras, con esas velas, y con todas las cosas que me hace llevar hasta esa escalera
subterránea!" El carnicero Wardán contestó: "¡No haces más que aumentar mi perplejidad, oh
mandadero!" Y como llegaban otros clientes, dejó al mandadero y se puso a despacharles.
Al día siguiente, después de pasarse la noche pensando en aquel estado de cosas que le
preocupaba en extremo, vio llegar a la misma hora a la joven seguida del mandadero. Y se dijo:
"¡Por Alah, que esta vez, cueste lo que cueste, he de saber lo que quiero saber!" Y luego que la
joven se alejó con sus diversas compras, el carnicero encargó a su dependiente que tuviese
cuidado de la tienda en lo que afectaba a venta y compra, y se puso a seguirla de lejos,
procurando no ser advertido. De esta suerte caminó detrás de ella hasta la entrada de los jardines
del visir, y se escondió detrás de los árboles para esperar el regreso del mandadero, a quien vio,
en efecto, con los ojos vendados y conducido de la mano por las avenidas. Después de una
ausencia de algunos instantes, la vio volver a la entrada quitarle el velo de los ojos del mandadero,
despedirle, y aguardar a que hubiese desaparecido el tal mandadero para entrar de nuevo al
jardín.
Entonces salió él de su escondite y la siguió con los pies descalzos, ocultándose tras los
árboles. De esta suerte la vio llegar ante un peñasco, tocarlo de cierta manera, haciéndolo girar
sobre sí mismo, y desaparecer bajo tierra. Esperó entonces algunos instantes, y se acercó al
peñasco, con el que manipuló del propio modo, consiguiendo hacerlo girar. Se hundió entonces
bajo tierra, colocando otra vez el peñasco en su sitio, y he aquí contado por él mismo lo que vio.
Dijo:
"Al principio no distinguí nada en la oscuridad subterránea; luego acabé por vislumbrar un
pasillo, en el fondo del cual se filtraba la luz; le recorrí, siempre descalzo y conteniendo la
respiración, y llegué a una puerta tras de la que percibí risas y gruñidos. Apliqué un ojo a una
ranura por la que pasaba un rayo de luz, y vi enlazados sobre un diván a la joven y un mono
enorme, de rostro completamente humano, haciendo contorsiones y movimientos. Al cabo de
algunos instantes se desenlazó de él la joven, se puso en pie y se despojó de toda su ropa para
tenderse de nuevo en el diván, pero enteramente desnuda. Y enseguida saltó sobre ella el mono, y
la cubrió, cogiéndola en sus brazos.
Y cuando acabó su cosa con ella, se levantó, descansó un instante, y luego la poseyó otra
vez, cubriéndola. Se levantó después, y descansó otra vez, pero para caer de nuevo sobre ella y
poseerla, y así lo hizo diez veces seguidas de la misma manera, mientras ella, por su parte, le
otorgaba cuanto de más fino y delicado otorga la mujer al hombre. Tras de lo cual, cayeron ambos
desvanecidos en un aniquilamiento. Y ya no se movieron.
Yo quedé estupefacto...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 354ª NOCHE
Ella dijo:
... Yo quedé estupefacto. Y dije desde el fondo de mi alma: "¡Ahora o nunca es la ocasión!" Y
empujando con un hombro, derribé la puerta y me precipité en la sala blandiendo mi cuchillo de
carnicero, tan afilado, que cortaba el hueso mejor que la carne.
Me abalancé resueltamente sobre el enorme mono, del que no se movió ni un solo músculo de
tanto como sus ejercicios le habían extenuado; le apoyé con brusquedad mi cuchillo en la nuca, y
de un golpe le separé del tronco la cabeza. Entonces la fuerza vital que residía en él salió de su
cuerpo con gran estrépito, estertores y convulsiones, hasta el punto de que la joven abrió de
repente los ojos y me vio con el cuchillo lleno de sangre en la mano. Lanzó entonces tal grito de
terror, que por un momento creí verla expirar sin remedio. No obstante, al ver que yo no la quería
mal, pudo recobrar su ánimo poco a poco y reconocerme. Entonces me dijo: "¿Es así ¡oh Wardán!
como tratas a un cliente fiel?" Yo le dije: "¡Oh enemiga de ti misma! ¿Acaso no hay hombres, para
que recurras a semejante procedimiento?" Ella me contestó: "¡Oh Wardán, escucha primeramente
la causa de todo eso, y tal vez me disculpes!
"Sabrás, en efecto, que soy la hija única del gran visir. Hasta la edad de quince años he vivido
tranquila en el palacio de mi padre; pero un día me enseñó un negro lo que tenía yo que aprender,
y me tomó lo que de mí podía tomarse. Por lo demás, debes saber que no hay nada como un
negro para inflamarnos nuestro interior a las mujeres, sobre todo cuando el terreno ha sentido ese
abono negro la primera vez. Así es que no te extrañe saber que mi terreno se quedó tan excitado
desde entonces, que se hacía necesario lo regase el negro a todas horas sin interrupción.
"Al cabo de cierto tiempo, murió el negro en la tarea, y yo conté mi pena a una vieja del
palacio, que me había conocido desde la infancia. La vieja bajó la cabeza y me dijo: "Lo único que
en adelante puede reemplazar junto a ti a un negro, hija mía, es el mono. Porque nadie más
fecundo en asaltos que un mono".
"Me dejé persuadir por la vieja, y un día, al ver pasar bajo las ventanas del palacio a un
domador de monos que hacía ejecutar cabriolas a sus animales me descubrí el rostro de repente a
la vista del más corpulento de entre ellos, que estaba mirándome. En seguida rompió él su cadena,
y sin que pudiese detenerle su amo, huyó por las calles, dio un gran rodeo, entró en el palacio por
los jardines, y corrió directamente a mi estancia, donde al punto me cogió en sus brazos, e hizo lo
que hizo diez veces seguidas sin interrumpirse.
"Pero he aquí que mi padre acabó por enterarse de mis relaciones con el mono, y creí que
aquel día me mataba. Entonces, como no podía prescindir de mi mono en lo sucesivo, hice que
labraran para mí en secreto este subterráneo, donde le encerré. Y yo misma le traía de comer y de
beber, hasta hoy en que la fatalidad te hizo descubrir mi escondrijo y te impulsó a matarle. ¡Ay!
¿Qué será de mí ahora?"
Entonces traté de consolarla, y le dije para calmarla: "Ten la seguridad ¡oh mi señora! que
puedo reemplazar junto a ti al mono. ¡Ya lo verás cuando probemos, porque estoy reputado como
cabalgador!" Y por cierto que aquel día y los siguientes hube de demostrarla que mi brío superaba
al del difunto mono y al del difunto negro.
Aquello, sin embargo, no pudo prolongarse del mismo modo mucho tiempo; porque, al cabo de
algunas semanas, yo me perdía allí dentro como en un abismo sin fondo. Y la joven, por el
contrario, veía de día en día aumentar sus deseos y progresar su fuego interno.
En tan embarazosa situación, hube de recurrir a la ciencia de una vieja a quien yo conocía
como incomparable en el arte de preparar filtros y confeccionar remedios para las enfermedades
más rebeldes. Le conté la historia desde el principio hasta el fin, y le dije: "Ahora, mi buena tía,
quiero pedirte que me prepares algo capaz de aplacar los deseos de esta mujer y de calmar su
temperamento". Ella me contestó: "¡Nada más fácil!"
Dije: "¡Me confío enteramente a tu ciencia y a tu sabiduría!"
Entonces cogió ella una marmita, en la que echó once granos de altramuz de Egipto, una onza
de vinagre virgen, dos onzas de lúpulo y algunas hojas de digital. Hizo hervir todo durante dos
horas, escurrió cuidadosamente el líquido, y me dijo: "Ya está el remedio". Entonces le rogué que
me acompañara al subterráneo; y allí me dijo: "¡Conviene que la cabalgues hasta que caiga
extenuada!"
Y se retiró al pasillo cara esperar a que se ejecutase su orden.
Hice lo que me pedía, y con tanto acierto, que la joven perdió el conocimiento. Entonces entró
la vieja en la sala, y después de recalentar el líquido consabido, lo echó en una vasija de cobre y lo
colocó entre los muslos de la hija del visir. Le dio fumigaciones que le penetraron muy adentro en
las partes fundamentales, y debieron producir un efecto radical, porque de pronto vi caer entre los
muslos separados dos objetos que empezaron a agitarse. Los examiné de cerca, y vi que eran dos
anguilas, una amarilla y otra negra.
Al ver las dos anguilas...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
Y CUANDO LLEGO LA 355ª NOCHE
Ella dijo:
... Al ver las dos anguilas, la vieja llegó al límite del júbilo, y exclamó: "¡Da las gracias a Alah,
hijo mío! ¡El remedio produjo efecto! Porque has de saber que estas dos anguilas eran la causa del deseo insaciable de que fuiste a quejarte a mí. Una de las anguilas ha nacido de las cópulas con el
negro, y la otra de las cópulas con el mono. ¡Ahora que han sido desalojadas, la joven gozará de
un temperamento moderado y no volverá a mostrarse fatigosa y desordenada en sus deseos!"
Y efectivamente, noté que desde que volvió en sí la joven, no pedía que satisfacieran sus
sentidos.
Y la encontré tan tranquila, que no dudé en pedirla en matrimonio. Consintió porque se había
acostumbrado a mí. Y desde entonces vivimos juntos la vida más dulce entre las delicias más
perfectas, después de recoger en nuestra casa a la vieja que había realizado curación tan
asombrosa, enseñándonos el remedio contra los deseos inmoderados.
¡Glorificado sea el Viviente que no muere nunca y tiene en su mano los imperios y los
reinados!"
Y continuó Schehrazada: "Tal es ¡oh rey afortunado! todo cuanto sé acerca del remedio que ha
de aplicarse a las mujeres de temperamento demasiado molesto". Y dijo el rey Schahriar: "¡Hubiera
querido conocer esa receta el año último, para hacer fumigar a la maldita a quien sorprendí en el
jardín con el esclavo negro! ¡Pero ahora, Schehrazada, vas a dejar las historias científicas, y a
contarme esta noche, si puedes, una historia más asombrosa que todas las ya oídas, porque me
siento el pecho más oprimido que de costumbre!"
Y contestó Schehrazada: "¡Sí, puedo!" y al punto dijo:
HISTORIA DE LA REINA YAMLIKA, PRINCESA SUBTERRÁNEA
Se cuenta que en la antigüedad del tiempo y el pasado de las edades y de los siglos, había un
sabio entre los sabios de Grecia que se llamaba Danial. Tenía muchos discípulos respetuosos, que
escuchaban su enseñanza y se aprovechaban de su ciencia; pero le faltaba el consuelo de un hijo
que pudiese heredarle sus libros y sus manuscritos. Como ya no sabía qué hacer para obtener
este resultado, concibió la idea de rogar al Dueño del cielo que le concediese semejante favor. Y el
Altísimo que no tiene portero en la puerta de su generosidad, escuchó el ruego, y en aquella hora y
aquel instante hizo que quedase encinta la esposa del sabio.
Durante los meses que duró el embarazo de su esposa, se dijo el sabio Danial, que ya se veía
muy viejo: "¡La muerte está cercana, y no sé si el hijo que voy a tener podrá encontrar un día
intactos, mis libros y mis manuscritos!" Y desde entonces consagró todo su tiempo a resumir en
algunas hojas cuanta ciencia contenían sus diversos escritos. Llenó así con una letra muy menuda
cinco hojas, que encerraban la quintaesencia de todo su saber y de los cinco mil manuscritos que
poseía. Luego las releyó, reflexionó, y le pareció que hasta en aquellas cinco hojas había cosas
que podían quintaesenciarse aún más. Entonces consagró todavía un año a la reflexión, y acabó
por resumir las cinco hojas en una sola, cinco veces más pequeña que las primeras. Y cuando
terminó aquel trabajo, sintió que estaba próximo su fin.
Entonces, para que sus libros y sus manuscritos no llegasen a ser propiedad de otro, el viejo
sabio los tiró hasta el último al mar, y no conservó más que la consabida hojita de papel. Llamó a
su esposa encinta, y le dijo: "Acabó mi tiempo, ¡oh mujer! y no me es dable educar por mí mismo al
hijo que nos concede el cielo y a quien no he de ver. Pero le dejo por herencia esta hojita de papel,
que solamente le darás el día en que te pida la parte que le corresponde de los bienes de su
padre. Y si llega a descifrarla y a comprender su sentido, será el hombre más sabio del siglo.
¡Deseo que se llame Hassib!" Y tras de haber dicho estas palabras, el sabio Danial expiró en la paz
de Alah.
Se le hicieron funerales, a los que asistieron todos sus discípulos y todos los habitantes de la
ciudad. Y todos le lloraron mucho v tomaron parte en el duelo por su muerte.
He aquí que algunos días después la esposa de Danial echó al mundo un niño varón, muy
proporcionado, a quien se le llamó Hassib, cumpliendo la recomendación del difunto. Al mismo
tiempo mandó convocar la madre a los astrólogos, quienes, una vez hechos sus cálculos y
terminada su observación de los astros, sacaron el horóscopo del niño, y dijeron: "¡Oh mujer! tu
hijo vivirá largos años si escapa a un peligro que está suspendido sobre su juventud. Si evita este
peligro, alcanzará un grado sumo de ciencia y de riqueza". Y se fueron por su camino.

Cuando tuvo el niño la edad de cinco años, su madre le llevó a la escuela para que aprendiese
algo allí; pero no aprendió nada absolutamente. Le sacó ella entonces de la escuela, y quiso que
abrazara una profesión; pero pasaron muchos años sin que el muchacho hiciese nada, y llegó a la
edad de quince sin aprender nada tampoco, y sin lograr un medio de vida con qué contribuir a los
gastos de su madre. Se echó a llorar entonces ella, y las vecinas le dijeron: "Sólo el matrimonio
podría darle aptitud para el trabajo; porque entonces verá que cuando se tiene una mujer hay que
trabajar para sostenerla".
Estas palabras decidieron a la madre a ponerse en movimiento y a buscar entre sus
conocimientos una joven; y habiendo encontrado una que era de su conveniencia, se la dio en
matrimonio. Y el joven Hassib fue perfecto para con su esposa, y no la desdeñó, sino todo lo
contrario. Pero continuó sin hacer nada y sin aficionarse a trabajo alguno.
Y he aquí que en la vecindad había leñadores, que dijeron a la madre un día: "Compra a tu hijo
un asno, cuerdas y un hacha, y déjale ir a cortar leña a la montaña con nosotros. Luego
venderemos la leña y repartiremos el provecho con él. De esta manera podrá ayudarte en tus
gastos y sostener mejor a su esposa.
Al oír tales palabras, la madre de Hassib, llena de alegría, le compró en seguida un asno,
cuerdas y un hacha, y se lo confió a los leñadores, recomendándoselo mucho; y los leñadores, le
contestaron: "No te preocupes por eso. ¡Es hijo de nuestro amo Danial, y sabremos protegerle y
velar por él". Y le llevaron consigo a la montaña, donde le enseñaron a cortar leña y a cargarla a
lomos del asno para venderla luego en el mercado. Y Hassib se aficionó en extremo a este
oficio, que le permitía pasearse a la vez que ayudar a su madre y a su esposa.
Y un día entre los días, cuando cortaban leña en la montaña, les sorprendió una tempestad,
acompañada de lluvia y de truenos, que hubo de obligarles a correr para refugiarse en una caverna
situada no lejos de allí, y en la cual encendieron lumbre para calentarse. Y al mismo tiempo
encargaron al joven Hassib, hijo de Danial, que hiciese leños para alimentar el fuego.
Mientras Hassib, retirado en el fondo de la caverna, se ocupaba en partir madera, oyó de
pronto resonar su hacha sobre el suelo con un ruido sonoro, como si en aquel sitio hubiese un
espacio hueco bajo tierra. Empezó entonces a escarbar con los pies, y puso a la vista una losa de
mármol antiguo con una anilla de cobre...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló
discretamente.
Y CUANDO LLEGO LA 356ª NOCHE
Ella dijo:
... Una losa de mármol antiguo con una anilla de cobre. Al ver aquello, llamó la atención a sus
compañeros, que acudieron v consiguieron levantar la losa de mármol. Y dejaron entonces al
descubierto una cueva muy ancha y muy profunda, en la que se alineaba una cantidad
innumerable de ollas que parecían viejas, y cuyo cuello estaba sellado cuidadosamente. Bajaron
entonces por medio de cuerdas a Hassib al fondo de la cueva, para que viese el contenido de las
ollas y las atase a las cuerdas con objeto de que las izaran a la caverna.
Cuando bajó a la cueva el joven Hassib, empezó por romper con su hacha el cuello de una de
las ollas de barro, y al punto vio salir de ella una miel amarilla de calidad excelente. Participó su
descubrimiento a los leñadores, quienes, aunque un poco desencantados por encontrar miel donde
esperaban dar con un tesoro de tiempos antiguos, se alegraron bastante al pensar en la ganancia
que había de procurarles la venta de las innumerables ollas con su contenido. Izaron, una tras otra,
todas las ollas, conforme las ataba el joven Hassib, cargándolas en sus asnos en vez de la leña, y
sin querer sacar del subterráneo a su compañero, marcharon a la ciudad todos, diciéndose: "Si le
sacáramos de la cueva, nos veríamos obligados a partir con él el provecho de la venta. ¡Además,
es un bribón, cuya muerte será para nosotros preferible a su vida!"
96
Y se encaminaron, pues, al mercado con sus asnos, y comisionaron a uno de los leñadores
para que fuese a decir a la madre de Hassib: "Estando en la montaña, cuando estalló la tempestad
sobre nosotros, el asno de tu hijo se dio a la fuga y obligó a tu hijo a correr detrás de él mientras
los demás nos refugiábamos en una caverna. Quiso la mala suerte que de repente saliera de la
selva un lobo y matara a tu hijo, devorándole con el asno. ¡Y no hemos encontrado otras huellas
que un poco de sangre y algunos huesos!"
Al saber semejante noticia, la desgraciada madre y la pobre mujer de Hassib se abofetearon el
rostro y cubriéronse con polvo la cabeza, llorando todas las lágrimas de su desesperación. ¡Y esto
por lo que a ellas se refiere!
En cuanto a los leñadores, vendieron las ollas de miel a un precio muy ventajoso, y realizaron
una ganancia tan considerable, que cada uno de ellos pudo abrir una tienda para vender y
comprar. Y no se privaron de ningún placer, comiendo y bebiendo a diario las cosas más
excelentes. ¡Y esto por lo que a ellos se refiere!
¡Pero he aquí lo que al joven Hassib le acaeció! Cuando vio que no le sacaban de la cueva, se
puso a gritar y a suplicar, pero en vano, porque ya se habían marchado los leñadores, y tenían
resuelto dejarle morir sin socorrerle. Trató entonces de abrir en las paredes agujeros donde
enganchar manos y pies; pero comprobó que las paredes eran de granito y resistían al acero del
hacha. Entonces no tuvo límites su desesperación, e iba a lanzarse al fondo de la cueva para
dejarse morir allí, cuando de pronto vio salir de un intersticio de la pared de granito a un escorpión,
que avanzó hacia él para picarle. Aplastóle de un hachazo, y examinó el intersticio consabido, por
el que vio se escapaba un rayo de luz. Se le ocurrió entonces la idea de meter por aquel intersticio
la hoja del hacha, apalancando fuertemente. Y con gran sorpresa por su parte, pudo de tal modo
descubrir una puerta, que se alzó poco a poco, mostrando una abertura lo bastante amplia para
dar paso a un cuerpo de hombre.
Al ver aquello, no dudó un instante Hassib, penetrando por la abertura, y se encontró en una
larga galería subterránea, de cuya extremidad venía la luz. Durante una hora estuvo recorriendo la
tal galería, y llegó ante una puerta considerable de acero negro, con cerradura de plata y llave de
oro. Abrió aquella puerta, y de repente hallóse al aire libre, en la orilla de un lago, al pie de una
colina de esmeralda. En el borde del lago vio un trono de oro resplandeciente de pedrerías, y a su
alrededor, reflejándose en el agua, sillones de oro, de plata, de esmeralda, de cristal, de acero, de
madera de ébano y de sándalo blanco. Contó estos sillones, y supo que su número era de doce
mil, ni más ni menos. Cuando hubo acabado de contarlos, y de admirar su belleza, y el paisaje, y el
agua que los reflejaba, fue a sentarse en el trono de en medio para gozar mejor del espectáculo
maravilloso que ofrecían el lago y la montaña.
Apenas habíase sentado en el trono de oro el joven Hassib, cuando oyó un son de címbalos y
de gongs, y de pronto vio avanzar por la falda de la colina de esmeralda una fila de personas que
se desplegaba hacia el lago, deslizándose más que caminando; y no pudo distinguirlas a causa de
la distancia. Cuando estuvieron más cerca, vio que eran mujeres de belleza admirable, pero cuya
extremidad inferior terminaba como el cuerpo alargado y reptador de las serpientes. Su voz era
muy agradable, y cantaban en griego loas a una reina que él no veía. Pero enseguida apareció
detrás de la colina un cuadro formado por cuatro mujeres serpentinas, que llevaban en sus brazos,
alzados por encima de su cabeza, un gran azafate lleno de oro, en el que se mostraba la reina
sonriente y llena de gracia. Avanzaron las cuatro mujeres hasta el trono de oro, del que Hassib se
apresuró a alejarse, y colocaron allí a su reina, arreglándola los pliegues de sus velos, y se
mantuvieron detrás de ella, en tanto que cada una de las demás mujeres serpentinas habíase
deslizado hacia uno de los sillones preciosos dispuestos alrededor del lago. Entonces con una voz
de timbre encantador, dijo la reina algunas palabras en griego a las que la rodeaban; y al punto
dieron una señal los címbalos, y todas las mujeres serpentinas entonaron un himno griego en
honor de la reina y se sentaron en los sillones.
Cuando acabaron su canto, la reina, que había notado la presencia de Hassib, volvió la
cabeza gentilmente hacia él y le hizo una seña para animarle a que se aproximara. Y aunque muy
emocionado, se aproximó Hassib, y la reina le invitó a sentarse, y le dijo: "¡Bien venido seas a mi
reino subterráneo, ¡oh joven a quien el destino propicio condujo hasta aquí! Ahuyente de ti todo
temor, y dime tu nombre, porque soy la reina Yamlika, princesa subterránea. Y todas estas mujeres
serpentinas son súbditas mías. Habla, pues, y dime quién eres, y cómo pudiste llegar hasta este
lago, que es mi residencia de invierno y el sitio donde vengo a pasar algunos meses cada año, dejando
mi residencia veraniega del monte Cáucaso".
Al oír estas palabras, el joven Hassib, tras de besar la tierra entre las manos de la reina
Yamlika, se sentó a su diestra en un sillón de esmeralda, y dijo: "Me llamo Hassib, y soy hijo del
difunto Danial, el sabio. Mi oficio es el de leñador, aunque hubiese podido llegar a ser mercader
entre los hijos de los hombres, o hasta un gran sabio. ¡Pero preferí respirar el aire de las selvas y
montañas, pensando que habría siempre tiempo para encerrarse, después de la muerte, entre las
cuatro paredes de la tumba!"
Luego contó con detalles lo que le había ocurrido con los leñadores, y cómo, por efecto del
azar, pudo penetrar en aquel reino subterráneo.
El discurso del joven Hassib complació mucho a la reina Yamlika, que le dijo: "¡Dado el tiempo
que estuviste abandonado en la fosa, debes tener bastante hambre y bastante sed, Hassib!" E hizo
cierta seña a una de sus damas, la cual se deslizó hasta el joven llevando en su cabeza una
bandeja de oro llena de uvas, granadas, manzanas, alfónsigos, avellanas, nueces, higos frescos y
plátanos. Luego, cuando hubo él comido y aplacado su hambre, bebió un sorbete delicioso
contenido en una copa tallada en un rubí. Entonces se alejó con la bandeja la que le había servido,
y dirigiéndose a Hassib le dijo la reina Yamlika: "¡Ahora, Hassib, puedes estar seguro de que
mientras dure tu estancia en mi reino no te sucederá nada desagradable. Si tienes, pues, intención
de quedarte con nosotras a orillas de este lago y a la sombra de estas montañas una semana o
dos, para hacerte pasar mejor el tiempo te contaré una historia que servirá para instruirte cuando
estés de regreso en el país de los hombres!"
Y entre la atención de las doce mil mujeres serpentinas sentadas en los sillones de esmeralda
y de oro, la reina Yamlika, princesa subterránea, contó en lengua griega lo siguiente al joven
Hassib, hijo de Danial, el sabio:
HISTORIA DE BELUKIA
"Has de saber ¡oh Hassib! que en el reino de Bani-Israil había un rey muy prudente que en su
lecho de muerte llamó a su hijo, heredero de su trono, y le dijo: "¡Oh hijo Belukia, te recomiendo
que cuando tomes posesión del poder hagas por ti mismo inventario de cuantas cosas hay en este
palacio, sin que dejes de examinar nada con la mayor atención!"
Entonces, el primer cuidado del joven Belukia al convertirse en rey fué pasar revista a los
efectos y tesoros de su padre, y recorrer las diferentes salas que servían de almacén a todas las
cosas preciosas acumuladas en el palacio. De este modo llegó a una sala retirada, en la que halló
una arquilla de madera de ébano colocada encima de una columnata de mármol blanco que se
elevaba en medio de la habitación. Belukia apresuróse a abrir la arquilla de ébano, y encontró
dentro de ella un cofrecillo de oro. Abrió el cofrecillo de oro, y vio un rollo de pergamino, que
desplegó al punto.
Y decía en lengua griega: Quien desee llegar a ser dueño y soberano de los hombres, de
los genios, de las aves y de los animales, no tendrá más que encontrar el anillo que el
profeta Soleimán lleva al dedo en la Isla de los Siete Mares que le sirve de sepultura. Ese
anillo mágico es el que Adán, padre del hombre, llevaba al dedo en el paraíso antes de su
pecado, y que se lo quitó el ángel Gobrail, donándoselo al prudente Soleimán más tarde.
Pero ningún navío podría intentar surcar los piélagos y llegar a esa isla situada allende los
Siete Mares. Sólo llevará a cabo esta empresa quien encuentre el vegetal con cuyo jugo
basta frotar la planta de los pies para poder caminar por la superficie del mar. Ese vegetal se
encuentra en el reino subterráneo de la reina Yamlika. Y únicamente esta princesa sabe el
lugar dónde crece tal planta; porque conoce el lenguaje de las plantas y las flores todas, y
no ignora ninguna de sus virtudes. Quien quiera dar con este anillo, vaya primero al reino
subterráneo de la reina Yamlika.
iY si es tan dichoso que triunfa y se apodera del anillo, no solamente podrá entonces
dominar a todos los seres creados, sino que también penetrará en la Comarca de las
Tinieblas para beber en la Fuente de Vida, que da belleza, juventud, ciencia, prudencia e
inmortalidad!
Cuando hubo leído este pergamino el príncipe Belukia, convocó seguida a los sacerdotes,
magos y sabios de Bani-lsrail...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 358ª NOCHE
Ella dijo:
...convocó enseguida a los sacerdotes, magos y sabios de Bani-israil, y les preguntó si entre
ellos había alguno capaz de enseñarle el camino que conducía al reino subterráneo de la princesa
Yamlika. Todos los circunstantes le indicaron entonces con el dedo al sabio Offán, que se
encontraba en medio de ellos. Y el sabio Offán era un venerable anciano que había profundizado
en todas las ciencias conocidas, y poseía los misterios de la magia, las llaves de la astronomía y
de la geometría, y todos los arcanos de la alquimia y de la hechicería. Avanzó, pues, entre las
manos del joven rey Belukia, que le preguntó: "¿Puedes, verdaderamente, ¡oh sabio Offán!
conducirme al reino de la princesa subterránea?"
Y contestó el otro: "¡Puedo!"
Entonces el joven rey Belukia nombró a su visir para que le sustituyera en la dirección de los
asuntos del reino mientras durase su ausencia, se despojó de sus atributos reales, vistióse con la
capa del peregrino, y se puso un calzado de viaje. Tras de lo cual, seguido por el sabio Offán, salió
de su palacio y de su ciudad y se adentró en el desierto.
Sólo entonces le dijo el sabio Offán: "¡Aquí es el lugar propicio para hacer los conjuros que
deben enseñarnos el camino!" Se detuvieron, pues, y Offán trazó sobre la arena, en torno suyo, el
círculo mágico, hizo los conjuros rituales, y no dejó de descubrir por aquel lado el sitio en que se
hallaba la entrada a mi reino subterráneo. Hizo entonces todavía algunos otros conjuros, y se
entreabrió la tierra, y les dio paso a ambos hasta el lago que tienes delante de los ojos, ¡oh Hassib!
Yo les acogí con todas las consideraciones que guardo para quien viene a visitar mi reino.
Entonces me expusieron ellos el objeto de su visita y al punto me hice llevar en mi azafate de oro
sobre la cabeza de las que me transportan, y les conduje a la cumbre de esa colina de esmeralda,
donde a mi paso plantas y flores rompen a hablar cada cual en su lenguaje, unas por la derecha,
otras por la izquierda, pregonando en voz alta o en voz baja sus virtudes particulares. Y en medio
de aquel concierto que ascendía así hasta nosotros, musical y perfumado por jugos esenciales,
llegamos ante las mazorcas de una planta, que con todas las corolas rojas de sus flores cantaban
bajo la brisa que la inclinaba: "¡Yo soy la maravillosa que otorga a quien se frota los pies con mi
jugo la facultad de caminar sin mojarse por la superficie de todos los mares que creó Alah el
Altísimo!"
Dije a mis dos visitantes entonces: "¡He aquí delante de vosotros la planta que buscáis!" Y al
punto cortó Offán cuantas plantas de esas quiso, maceró los brotes y recogió el jugo en un frasco
grande que le di.
Pensé entonces en interrogar a Offán, y le dije: "¡Oh, sabio Offán!, ¿puedes decirme el motivo
que a ambos os impulsa a surcar los mares?"
Me contestó: "¡Oh reina, es para ir a la Isla de los Siete Mares a buscar el anillo mágico de
Soleimán, señor de los genn, de los hombres, de los animales y de las aves!"
Yo le dije: "¿Cómo no sabes ¡oh sabio! que nadie que no sea Soleimán, haga lo que haga,
podrá apropiarse de ese anillo? ¡Créeme Ofán, y tú también, oh joven rey Belukia! ¡Escúchame!
Abandonad ese proyecto temerario, ese proyecto insensato de recorrer los mares de la creación

para ir en busca de ese anillo que no poseerá nadie. ¡Mejor es que cojáis aquí la planta que otorga
una juventud eterna a quienes comen de ella!" Pero no quisieron escucharme, y despidiéndose de
mí, desaparecieron por donde habían venido".
Aquí dejó de hablar la reina Yamlika, mondó un plátano, que ofreció al joven Hassib, comióse
un higo ella, y dijo: "Antes de continuar ¡oh Hassib! con la historia de Belukia y de contarte su viaje
por los Siete Mares y las demás aventuras que le acontecieron, ¿no querrías saber con exactitud la
situación de mi reino al pie del monte Cáucaso, que rodea la tierra como un cinturón y conocer su
extensión, sus alrededores, sus plantas animadas y parlantes, sus genn y sus mujeres serpentinas,
súbditas nuestras, cuyo número sólo conoce Alah? ¿Quieres que te diga cómo reposa todo el
monte Cáucaso sobre una roca maravillosa de esmeralda. El Sakhart, cuyo reflejo da a los cielos
su color azulado? Podría hablarte también del paraje exacto del Cáucaso en que se halla el
Gennistán, capital de los genn sometidos al rey Jan ben-Jan, y revelarte el sitio donde mora en el
Valle de los Diamantes el pájaro rokh; de paso te enseñaría los campos de batalla que se
estremecen con las hazañas de los héroes famosos".
Pero contestó el joven Hassib: "¡Prefiero mucho más, oh reina Yamlika! conocer la
continuación de las aventuras del rey Belukia!"
Entonces prosiguió así la reina subterránea:
"Cuando el joven Belukia y el sabio Offán me dejaron para ir a la isla situada allende los Siete
Mares, donde se encuentra el cuerpo de Soleimán, llegaron a la orilla del Primer Mar, y se sentaron
allí en tierra, y empezaron por frotarse enérgicamente la planta de los pies y los tobillos con el jugo
que habían recogido en el frasco. Luego se levantaron, y con mucha precaución al principio, se
aventuraron por mar. Pero cuando comprobaron que podían marchar por el agua sin temor a
ahogarse, y aún mejor que en tierra firme, se animaron, y se pusieron en camino muy de prisa
para no perder tiempo.
De ese modo anduvieron por aquel mar durante tres días y tres noches, y a la mañana del
cuarto día arribaron a una isla que les pareció el paraíso de tanto como hubo de maravillarles su
hermosura...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
Y CUANDO LLEGO LA 359ª NOCHE
Ella dijo:
... una isla que les pareció el paraíso, de tanto como hubo de maravillarles su hermosura. La
tierra que hollaban era de azafrán dorado; las piedras eran de jade y de rubíes; extendíanse las
praderas en cuadros de flores exquisitas con corolas ondulantes bajo la brisa que embalsamaban,
casándose las sonrisas de las rosas con las tiernas miradas de los narcisos, conviviendo los lirios
con los claveles, las violetas, la manzanilla y las anémonas, y triscando ligeras entre las líneas
blancas de jazmines las gacelas saltarinas; las frondas de los áloes y de otros árboles de grandes
flores refulgentes susurraban con todas sus ramas, desde las que arrullaban las tórtolas en
respuesta al murmullo de los arroyos, y con voz conmovida cantaban los ruiseñores a las rosas su
martirio amoroso, mientras las rosas escuchábanles atentamente; aquí los manantiales melodiosos
se ocultaban bajo cañaverales de azúcar, únicas cañas que en el paraje había; allá, la tierra natural
mostraba sin esfuerzo sus riquezas jóvenes y respiraba en medio de su primavera.
Así es que el rey Belukia y Offán se pasearon hasta la noche muy satisfechos en la sombra de
los bosquecillos, contemplando aquellas maravillas que les llenaban de delicias el alma. Luego,
cuando cayó la noche, se subieron a un árbol para dormir en él; y ya iban a cerrar los ojos, cuando
de pronto retembló la isla con un formidable bramido que la conmovió hasta sus cimientos, y vieron
salir de las olas del mar a un animal monstruoso que tenía en sus fauces una piedra brillante como
una antorcha, e inmediatamente detrás de él, una multitud de monstruos marinos, cada cual con
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una piedra luminosa en sus fauces. Así es que la isla quedó enseguida tan clara como en pleno día
con todas aquellas piedras.
En el mismo momento, y de todos lados a la vez, llegaron leones, tigres y leopardos en tal
cantidad, que sólo Alah habría podido contarlos. Y los animales de la tierra encontráronse en la
playa con los animales marinos, y se pusieron a charlar y a conversar entre sí hasta la mañana.
Entonces volvieron al mar los monstruos marinos, y las fieras se dispersaron por la selva. Y Belukia
y Offán, que no habían podido cerrar los ojos en toda la noche a causa del miedo, se dieron prisa a
bajar del árbol y correr a la playa, donde se frotaron los pies con el jugo de la planta para proseguir
al punto su viaje marítimo.
De tal suerte viajaron por el Segundo Mar durante días y noches, hasta que arribaron al pie de
una cadena de montañas, en medio de las cuales se abría un valle maravilloso, en el que todos los
guijarros y todos los peñascos eran de piedra imán y no había allá huellas de fieras ni de otros
animales feroces. Así es que se pasearon a la ventura durante todo el día, alimentándose con
pescado seco, y al caer la tarde se sentaron a la orilla del mar para ver la puesta del sol, cuando
de repente oyeron un maullido espantoso, y a algunos pasos detrás de sí vieron a un tigre que se
disponía a saltar sobre ellos. Tuvieron el tiempo preciso para frotarse los pies con el jugo de la
planta y ponerse fuera del alcance de la fiera huyendo por el mar.
Y se encontraron en el Tercer Mar.
Y fue aquella una noche muy negra, y a impulsos de un viento que soplaba con violencia, el
mar se agitó mucho, lo cual hizo la marcha en extremo fatigosa, máxime para viajeros extenuados
ya por la falta de sueño. Felizmente, al rayar el alba llegaron a una isla, donde lo primero que
hicieron fue echarse para descansar. Tras de lo cual se levantaron con propósito de recorrer la isla,
y la hallaron cubierta de árboles frutales. Pero aquellos árboles tenían la facultad maravillosa de
que sus frutos crecían confitados en las ramas. Así es que disfrutaron extraordinariamente en
aquella isla ambos viajeros, en especial Belukia, a quien gustaban muchísimo las frutas confitadas
y todas las cosas almibaradas en general, y se pasó todo el día dedicado a su realo. Incluso obligó
al sabio Offán a detenerse allí diez días enteros, para tener tiempo de saciarse con aquellas frutas
deliciosas.
Pero he aquí que al terminar el décimo día había abusado de su dulzor de tal manera, que se
le puso malo el vientre, y disgustado, se apresuró a frotarse las plantas de los pies y los tobillos
con el jugo del vegetal, haciendo Offán lo propio, y se pusieron en camino por el Cuarto Mar.
Viajaron cuatro días y cuatro noches por este Cuarto Mar, y tomaron tierra en una isla que no
era más que un banco de arena muy fina, de color blanco, donde anidaban reptiles de todas
formas, cuyos huevos se incubaban al sol. Como no advirtieron en aquella isla ningún árbol ni una
sola brizna de hierba, no quisieron pararse allá más que el tiempo preciso para descansar y
frotarse los pies con el jugo que contenía el frasco.
Por el Quinto Mar sólo viajaron un día y una noche, porque al amanecer vieron una islita cuyas
montañas eran de cristal con anchas venas de oro, y estaban cubiertas de árboles asombrosos
que tenían flores de un amarillo brillante. Al caer la noche estas flores refulgían como astros, y su
resplandor, reflejado por las rocas de cristal, iluminó la isla y la dejó más brillante que en pleno día.
Y dijo Offán a Belukia: "Delante de los ojos tienes la Isla de las Flores de Oro. Se trata de unas
flores que, después de caer de los árboles y cuando se secan, se reducen a polvo, y su fusión
acaba por formar las venas de donde se saca el oro. Esta Isla de las Flores de Oro no es más que
una partícula del sol separado del astro, y caída antaño aquí mismo".
Pasaron, pues, en aquella isla una noche magnífica, y al día siguiente se frotaron los pies con
el líquido precioso y penetraron en la sexta región marítima.
Viajaron por el Sexto Mar...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 360ª NOCHE
Ella dijo:
...Viajaron por el Sexto Mar el tiempo suficiente para experimentar un placer grande al llegar a
una isla cubierta de hermosísima vegetación, en la cual pudieron disfrutar de algún reposo
sentados en la playa. Se levantaron luego y comenzaron a pasearse por la isla. ¡Pero cuál no sería
su espanto al ver que los árboles ostentaban, a manera de frutos, cabezas humanas sostenidas
por los cabellos! No tenían la misma expresión todas aquellas frutas en forma de cabeza humana:
sonreían unas, lloraban o reían otras, mientras que las que habían caído de los árboles rodaban
por el polvo y acababan por transformarse en globos de fuego que alumbraban la selva y hacían
palidecer la luz del sol.
Y no pudieron por menos de pensar ambos viajeros: "¡Qué selva más singular!" Pero no se
atrevieron a acercarse a aquellas frutas extrañas, y prefirieron volver a la playa. Y he aquí que a la
caída de la tarde se sentaron detrás de una roca, y vieron de repente salir del mar y avanzar por la
playa doce hijas del mar, de una belleza sin par, y con el cuello ceñido por un collar de perlas,
quienes se pusieron a bailar en corro, saltando y dedicándose a jugar entre ellas con mil juegos
locos durante una hora. Tras de lo cual se pusieron a cantar a la luz de la luna, y se alejaron a
nado por el agua. Y por más que les encantaran mucho la belleza, los bailes y los cánticos de las
hijas del mar, Belukia y Offán no quisieron prolongar más su estancia en la isla a causa de las
espantosas frutas en forma de cabeza humana. Se frotaron, pues, la planta de los pies y los
tobillos con el jugo encerrado en el frasco, y entraron en el Séptimo Mar.
Su viaje por este Séptimo Mar fue de muy larga duración, porque estuvieron andando dos
meses de día y de noche, sin encontrar en su camino tierra alguna. Y para no morirse de hambre
se vieron obligados a coger rápidamente los peces que de cuando en cuando salían a la superficie
del agua, comiéndoselos crudos, tal y como estaban. Y empezaron a comprender a la sazón cuán
prudentes eran los consejos que les di y a lamentarse por no haberlos seguido. Acabaron, empero,
por llegar a una isla que supusieron era la Isla de los Siete Mares, donde debía encontrarse el
cuerpo de Soleimán con el anillo mágico en uno de sus dedos.
Halláronse con que la Isla de los Siete Mares estaba cubierta de hermosísimos árboles frutales
y regada por numerosos caudales de agua. Y como tenían bastante gana y la garganta seca a
causa del tiempo que se vieron reducidos a no tomar por todo alimento más que peces crudos, se
acercaron con extremado gusto a un gran manzano de ramas llenas de racimos de manzanas
maduras. Y Belukia tendió la mano, y quiso coger de aquellos frutos; pero en seguida se hizo oír
dentro del árbol una voz terrible que les gritó a ambos: "¡Como toquéis a estas frutas seréis
partidos en dos!" Y en el mismo instante apareció enfrente de ellos un enorme gigante de una
altura de cuarenta brazos, según medida de aquel tiempo. Y le dijo Belukia en el límite del terror:
"¡Oh jefe de los gigantes! vamos a morir de hambre y no sabemos por qué nos prohibes tocar
estas manzanas!" El gigante contestó: "¿Cómo pretendes ignorar el motivo de esta prohibición?
¿Olvidasteis ¡oh hijo de los hombres! que Adán, padre de vuestra raza, desobedeció las órdenes
de Alah comiendo de estas frutas prohibidas? ¡Y desde aquel mismo tiempo estoy encargado de
custodiar este árbol y de matar a cuantos echen mano a sus frutas! ¡Alejaos, pues, y buscad otras
cosas con qué alimentaros!"
A estas palabras. Belukia y Offán se apresuraron a abandonar aquel paraje, y avanzaron hacia
el interior de la isla. Buscaron otras frutas y se las comieron; luego se pusieron en busca del lugar
donde pudiera encontrarse el cuerpo de Soleimán. 180
Después de caminar sin rumbo por la isla durante un día y una noche, llegaron a una colina
cuyas rocas eran de ámbar amarillo y de almizcle, y en cuyas laderas se abría una gruta magnífica
con bóveda y paredes de diamantes. Como estaba tan bien alumbrada, cual a pleno sol, se
aventuraron bastante en sus profundidades, y a medida que avanzaban, veían aumentar la
claridad y ensancharse la bóveda. Así anduvieron maravillándose de aquello, y empezaban a
preguntarse si tendría fin la gruta, cuando de repente llegaron a una sala inmensa, tallada de
diamante, y que ostentaba en medio un gran lecho de oro macizo, en el cual aparecía tendido
Soleimán ben-Daúd, a quien podía reconocerse por su manto verde adornado de perlas y
pedrerías, y por el anillo mágico que ceñía un dedo de su mano derecha, lanzando resplandores
ante los que palidecía el brillo de la sala de diamantes. La mano que tenía el anillo en el dedo
meñique, descansaba sobre su pecho, y la otra mano, extendida, sostenía el cetro áureo de ojos
de esmeralda.

Al ver aquello, Belukia y Offán se sintieron poseídos por un gran respeto y no osaron avanzar.
Pero enseguida dijo Offán a Belukia: "Ya que afrontamos tantos peligros y experimentamos tantas
fatigas, no vamos a retroceder ahora que hemos alcanzado lo que perseguíamos. Yo me
adelantaré solo hacia ese trono donde duerme el Profeta, y por tu parte pronunciarás tú las
fórmulas conjuratorias que te enseñé, y que son necesarias para hacer escurrir el anillo por el dedo
rígido".
Entonces comenzó Belukia a pronunciar las fórmulas conjuratorias, y Offán se acercó al trono
y tendió la mano para llevarse el anillo. Pero, en su emoción, Belukia había pronunciado al revés
las palabras mágicas, y tal error resultó fatal para Offán, porque enseguida le cayó desde el techo
una gota de diamante líquido, que le inflamó por entero y en unos instantes le dejó reducido a un
montoncillo de cenizas al pie del trono de Soleimán.
Cuando Belukia vió el castigo infligido a Offán por su tentativa sacrílega, se dio prisa a ponerse
en salvo, cruzando la gruta y llegando a la salida para correr directamente al mar. Allí quiso frotarse
los pies y marcharse de la isla; pero vio que ya no podía Hacerlo porque...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 361ª NOCHE
Ella dijo:
... pero vió que ya no podía hacerlo porque se había abrasado Offán, y con él se consumió el
frasco milagroso.
Muy entristecido entonces, comprendió por fin toda la exactitud y realidad de las palabras que
les dije anunciándoles las desgracias que en tal empresa les esperaban, y echó a andar sin rumbo
por la isla, ignorando lo que sería de él entonces, que se hallaba completamente solo, sin que
pudiese servirle nadie de guía.
Mientras andaba de este modo vio una gran polvareda de la que salía un estrépito que se hizo
ensordecedor como el trueno, y oyó chocar lanzas y espadas detrás de ella, y un tumulto
producido por galopes y gritos que nada tenían de humano; y de repente vislumbró que de entre el
polvo disipado salía un ejército entero de efrits, de genn, de mareds, de ghuls, de khotrobs, de
saals, de baharis, en una palabra, de todas las especies de espíritus del aire, del mar, de la tierra,
de los bosques, de las aguas y del desierto.
Tanto terror hubo de producirle este espectáculo, que ni siquiera pretendió moverse, y esperó
allí hasta que el jefe de aquel ejército se adelantó hacia él, y le preguntó: "¿Quién eres? ¿Y cómo
te ingeniaste para poder llegar a esta isla, donde venimos todos los años a fin de vigilar la gruta en
que duerme el dueño de todos nosotros, Soleimán ben-Daúd?"
Belukia contestó: "¡Oh jefe de los bravos! Yo soy Belukia, rey de los Bani-Israil. Me he perdido
en el mar, y tal es la razón de que me encuentre aquí. Pero permíteme que a mi vez te pregunte
quién eres y quiénes son todos esos guerreros". El otro contestó: "Somos los genn, de la
descendencia de Jan ben-Jan. ¡Ahora mismo veníamos del país donde reside nuestro rey, el
poderoso Sakhr, señor de la Tierra-Blanca en que antaño reinó Scheddad, hijo de Aad!"
Belukia preguntó: "¿Pero dónde está enclavada esa Tierra-Blanca en que reina el poderoso
Sakhr?" El otro contestó: "Detrás del monte Cáucaso, que se halla a una distancia de setenta y
cinco meses de aquí, según medida humana. Pero nosotros podemos ir allá en un abrir v cerrar de
ojos. ¡Si quieres, podemos llevarte con nosotros y presentarte a nuestro señor, ya que eres hijo de
rey!"
No dejó de aceptar Belukia, y al punto fue transportado por los genn a la residencia de su rey,
el rey Sakhr.
Vio una llanura magnífica surcada por canales con lecho de oro y plata; esta llanura, cuyo
suelo aparecía cubierto de almizcle y deazafrán, estaba sombreada por árboles artificiales con
ramas de esmeralda y frutos de rubíes, y llena de tiendas soberbias de seda verde sostenidas por
columnas de oro incrustadas de pedrerías. En medio de esta llanura se alzaba un pabellón más
alto que los demás de seda roja y azul, soportado por columnas de esmeraldas y rubíes, y en el
cual se encontraba el rey Sakhr, sentado en un trono de oro macizo, teniendo a su diestra a otros
reyes con sus vasallos, y a su izquierda a sus visires y a sus lugartenientes, a sus notables y a sus
chambelanes.
Cuando estuvo en presencia del rey, Belukia comenzó por besar la tierra entre sus manos, y le
cumplimentó. Entonces, el rey Sakhr, con mucha benevolencia, le invitó a sentarse al lado suyo en
un sillón de oro. Luego le pidió que le dijese su nombre y le contara su historia Y Belukia le dijo
quién era, y le contó toda su historia desde el principio hasta el fin, sin omitir ningún detalle.
Al oír tal relato, el rey Sakhr y cuantos le rodeaban llegaron al límite del asombro. Luego, a una
seña del rey, se extendió el mantel para el festín, y los genn de la servidumbre llevaron las
bandejas y porcelanas. Las bandejas de oro contenían cincuenta camellos tiernos cocidos y otros
cincuenta asados, mientras que las bandejas de plata contenían cincuenta cabezas de carnero, y
las frutas, maravillosas de tamaño y calidad, aparecían dispuestas en fila y bien alineadas en las
porcelanas. Y cuando estuvo todo listo, comieron y bebieron en abundancia; y terminada la
comida, no quedaba en las banjeras ni en las porcelanas la menor señal de los manjares ni de las
cosas exquisitas con que se llenaron.
Sólo entonces dijo el rey Sakhr a Belukia: "Sin duda, ¡oh Belukia! ignoras nuestra historia y
nuestro origen. Pues, voy a decirte sobre ello algunas palabras, para que a tu regreso entre los
hijos de los hombres puedas transmitir a las edades la verdad sobre tales cuestiones, todavía para
ellos muy oscuras.
"Has de saber, pues, ¡oh Belukia! ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 362ª NOCHE
Ella dijo:
". .. Has de saber, pues, ¡oh Belukia! que en el principio de tiempos, Alah el Altísimo creó el
fuego, y lo guardó en el Globo en siete regiones diferentes, situadas una debajo de otra, cada cual
a una distancia de mil años, según medida humana.
"A la primera región del fuego la llamó Gehannam, y su espíritu la destinó a las criaturas
rebeldes que no se arrepienten. A la segunda región la llamó Lazy, porque la construyó en forma
de sima, y la destinó a todos aquellos que después de la venida futura del profeta Mohamed (¡con
él la plegaria y la paz!) persistiesen en sus errores y sus tinieblas y rehusaran hacerse creyentes.
Construyó luego la tercera región, y tras de darle la forma de una caldera hirviente, la llamó El-
Jahim, y encerró en ella a los demonios Goy Y Magoy. Después de lo cual formó la cuarta región,
la llamó Sair, e hizo de ella la vivienda de Eblis, jefe de los ángeles rebeldes, que se había negado
a reconocer a Adán y saludarle, desobedeciendo así órdenes formales del Altísimo. Luego limitó la
quinta región, le dió el nombre de Sakhar, y la reservó, para los impíos, para los embusteros y para
los orgullosos. Hecho Io cual, abrió una caverna inmensa, la llenó de aire abrasado y pestilente,
la llamó Hitmat, y la destinó para las torturas de judíos y cristianos.
En cuanto a la séptima, llamada Hawya, la reservó para meter allí a los judíos y cristianos que
no cupiesen en la anterior, y a los que fueran creyentes más que en apariencia. Estas dos últimas
regiones son las más espantosas, mientras que la primera resulta muy soportable. Su estructura es
bastante parecida. En Gehannam, la primera, por ejemplo, no se cuentan menos de setenta mil
montañas de fuego, cada una de las cuales encierra setenta mil valles; cada valle comprende
setenta mil ciudades; cada ciudad, setenta mil torres, cada torre, setenta mil casas, y cada casa,
setenta mil bancos. Además, cada uno de bancos, cuyo número puede sacarse multiplicando

estas cifras contiene setenta mil torturas y suplicios diversos, de los que sólo Alah conoce la
variedad, la intensidad y la duración. Y como esta región es la menos ardiente de las siete, puedes
formarte una idea ¡oh Belukia! de los tormentos guardados en las otras seis regiones.
"Si te facilito este dato y estas explicaciones acerca del fuego, ¡oh Belukia! se debe a que los
genn somos hijos del fuego.
"Porque los dos primeros seres que del fuego creó Alah eran dos genn, de los cuales hizo El
su guardia particular, y a quienes llamó Khallet y Mallit; y a uno le dio la forma de un león, y a otro
la forma de un lobo. Y al león le dio órganos masculinos y al lobo órganos femeninos.
El miembro del león Khallit tenía una longitud igual a una distancia en cuyo recorrido se
tardasen veinte años, y la vulva de Mallit, la loba, tenía la forma de una tortuga, y su tamaño
guarda proporción con la longitud del miembro de Khallit. Uno era de color jaspeado con blanco y
negro; y la otra era rosada y blanca. Y Alah unió sexualmente a Khallit y a Mallit, y de su cópula
hizo nacer dragones, serpientes, escorpiones y animales inmundos, con los que pobló las Siete
Regiones para suplicio de los condenados. Luego ordenó Alah a Khallit y a Mallit que copularan
por segunda vez, e hizo nacer de este segundo enlazamiento siete machos y siete hembras, que
crecieron en la obediencia. Cuando fueron mayores, uno de elles que hacía concebir las mejores
esperanzas en vista de su conducta ejemplar, fue especialmente distinguido por el Altísimo, quien
hizo de él el jefe de sus cohortes constituidas por la reproducción incesante del león y la loba.
Su nombre era precisamente Eblis Pero emancipado más tarde de su obediencia a las
órdenes de Alah, que le mandaba prosternarse ante Adán, hubo de precipitársele en la cuarta
región con todos los que se unieron a él. Y Eblis y su descendencia poblaron de demonios machos
y hembras el infierno. En cuanto a los otros seis varones y las otras mujeres, siguieron sumisos,
uniéndose entre sí, y tuvieron por hijos a los genn, entre los cuales nos contamos, ¡oh Belukia! Y
tal es, en pocas palabras, nuestra genealogía.
No te asombres, pues, al vernos, comer de esta manera, porque nuestro origen está en un
león, y en una loba. Para darte una idea de la capacidad de nuestro vientre, te diré que cada uno
de nosotros devora en el día diez camellos, veinte carneros, y se bebe cuarenta cucharadas de
caldo, advirtiéndote que cada cucharada contiene tanto como un caldero.
"¡Ahora, oh Belukia! para que sea perfecta tu instrucción a tu regreso entre los hijos de los
hombres, has de saber que a la tierra que habitamos la están refrescando siempre las nieves del
monte Cáucaso, que la rodea cual un cinturón. De no ser así, no podría habitarse nuestra tierra por
causa del fuego subterráneo. También está la tal constituída por siete pisos que gravitan sobre los
hombros de un genni dotado de una fuerza maravillosa. Este genni está de pie encima de una roca
que descansa a lomos de un toro; al toro lo sostiene un pez enorme, y el pez nada en la superficie
del Mar de la Eternidad.
"El Mar de la Eternidad tiene por lecho el piso superior del infierno, el cual, con sus siete
regiones, está cogido entre las fauces de una serpiente monstruosa que permanecerá quieta hasta
el día del Juicio.
"Entonces vomitarán sus fauces el infierno y su contenido en presencia del Altísimo, que
dictará sentencia de un modo definitivo. "He aquí ¡oh Belukia! .. .
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, v se calló
discretamente.
Y CUANDO LLEGO LA 363ª NOCHE
Ella dijo:
". .. He aquí ¡oh Belukia! nuestra historia, nuestro origen y la formación del globo, rápidamente
resumidos.
"También debo decirte, para acabar tu instrucción a este respecto, que nuestra edad siempre
es la misma; mientras sobre la tierra, a nuestro alrededor, la Naturaleza y los hombres, y los seres
creados, todos se encaminan invariablemente hacia la decrepitud, nosotros no envejecemos

nunca. Esta virtud se la debemos a la fuente de vida donde bebemos, y de la que es guardián
Khizr en la región de las tinieblas. Ese venerable Khizr es quien normaliza las estaciones, engalana
con sus coronas verdes a los árboles, hace correr las aguas fugitivas, extiende el tapiz verdeante
de las praderas, y revestido por las tardes con su manto verde, funde los tintes ligeros con que se
coloran los cielos en el crepúsculo.
"Y ahora, ¡oh Belukia! por haberme escuchado con tanta atención, te recompensaré haciendo
que te saquen de aquí y te dejen a la entrada de tu país, siempre que lo desees".
Al oír tales palabras, Belukia dio las gracias con efusión al rey Sakhr, jefe de los genn, por su
hospitalidad, por sus lecciones y por su ofrecimiento, que aceptó en seguida. Se despidió, pues,
del rey, de sus visires y de los demás genn, y se montó en los hombros de un efrit muy robusto,
que en un abrir y cerrar de ojos le hizo atravesar el espacio, y le depositó dulcemente en tierra
conocida, cerca de las fronteras del país del joven.
Cuando Belukia se disponía a emprender el camino de su ciudad, una vez conocida la
dirección que tenía que seguir, vio sentado entre dos tumbas y llorando con amargura a un joven
de belleza perfecta, pero de tez pálida y aspecto muy triste. Se acercó a él, le saludó
amistosamente, y le dijo: "¡Oh hermoso joven! ¿Por qué te veo llorando sentado entre estas dos
tumbas? ¡Dime a qué obedece ese aire afligido, para que trate de consolarte!"
El joven alzó hacia Belukia su mirada triste, y le dijo con lágrimas en los ojos: "¿Para qué te
detienes en tu camino, ¡oh viajero!? ¡Deja correr mis lágrimas en la soledad sobre estas piedras de
mi dolor!"
Pero Belukia le dijo: "¡Oh hermano de infortunio, sabe que poseo un corazón compasivo
dispuesto a escucharte! ¡Puedes, pues, revelarme sin temor la causa de tu tristeza!" Y se sentó
junto a él en el mármol, le cogió las manos con las suyas, y para animarle a hablar le contó su
propia historia desde el principio hasta el fin.
Luego, le dijo: "¿Y cuál es tu historia, ¡oh, hermano mío!? ¡Te ruego que me la cuentes cuanto
antes, porque presiento que debe ser infinitamente atractiva!"
HISTORIA DEL HERMOSO JOVEN TRISTE
El joven de semblante dulce y triste que lloraba entre las dos tumbas dijo entonces al joven rey
Belukia:
"Has de saber ¡oh hermano mío! que también soy yo un hijo de rey, y es mi historia tan extraña
y tan extraordinaria, que si se escribiera con agujas en el ángulo interior del ojo, serviría de lección
saludable a quien la leyera con simpatía. ¡No quiero, pues, dejar pasar más tiempo sin contártela!"
Calló por algunos instantes, secó sus lágrimas, y con la frente apoyada en la mano, comenzó
así esta maravillosa historia:
"Nací, ¡oh hermano mío! en el país de Kabul, donde reina mi padre, el rey Tigmos, jefe de los
Bani-Schalán y del Afghanistán. Mi padre, que es un rey muy grande y muy justiciero, tiene bajo su
soberanía a siete reyes tributarios, de los cuales cada uno es señor de cien ciudades y de cien
fortalezas. Manda, además, mi padre, en cien mil jinetes valerosos y en cien mil bravos guerreros.
En cuanto a mi madre, es la hija del rey Bahrawán, soberano del Khorassán. Mi nombre es
Janschah.
Desde mi infancia hizo mi padre que se me instruyera en las ciencias, en las artes y en los
ejercicios corporales, de modo que a la edad de quince años me contaba yo entre los mejores
jinetes del reino, y dirigía las cacerías y las carreras montado en mi caballo, más veloz que el
antílope.
Un día entre los días, durante una cacería en la que se encontraban mi padre el rey y todos
sus oficiales, después de estar tres días en las selvas y de matar muchas liebres, a la caída de la
tarde vi aparecer, a algunos pasos del lugar en que me hallaba con siete de mis mamalik, una
gacela de elegancia extremada. Al advertirnos, ella se asustó, y huyó saltando con toda su
ligereza. Entonces yo, seguido por mis mamalik, la perseguí durante varias horas; de tal suerte
llegamos a un río muy ancho y muy profundo, donde creímos que podríamos cercarla y
apoderarnos de ella. Pero tras una corta vacilación, se tiró al agua v empezó a nadar para alcanzar
la otra orilla. Y nosotros nos apeamos vivamente de nuestros caballos, los confiamos a uno de los
nuestros, nos abalanzamos a una barca de pesca que estaba amarrada allí, y maniobramos con
rapidez para dar alcance a la gacela. Pero cuando llegamos a la mitad del río, no pudimos dominar
ya nuestra embarcación, que arrastraron a la deriva el viento y la poderosa corriente, en medio de
la oscuridad que aumentaba, sin que nuestros esfuerzos pudiesen llevarnos por buen camino. Y de
aquel modo fuimos arrastrados durante toda la noche con una rapidez asombrosa, creyendo
estrellarnos a cada instante contra alguna roca a flor de agua o cualquier otro obstáculo que se
alzase en nuestra ruta forzosa. Y aquella carrera aún duró todo el día y toda la noche siguientes. Y
sólo al otro día por la mañana pudimos desembarcar al fin en una tierra a la que nos arrojó la
corriente.
Mientras tanto, mi padre, el rey Tigmos, se enteró de nuestra desaparición al preguntar al
mameluco que guardaba nuestros caballos. Y cuando recibió semejante noticia, llegó a tal estado
de desesperación, rompió en sollozos, tiró al suelo su corona, se mordió de dolor las manos, y
envió en seguida por todas partes en busca nuestra emisarios conocedores de aquellas comarcas
inexploradas. En cuanto a mi madre, al saber mi desaparición, se abofeteó el rostro, desgarró sus
vestidos, se mesó los cabellos y se puso trajes de luto.
Volviendo a nosotros, cuando arribamos a aquella tierra dimos con un hermoso manantial que
corría bajo los árboles, y nos encontramos con un hombre que se refrescaba los pies en el agua,
sentado tranquilamente. Le saludamos con cortesía y le preguntamos dónde estábamos. Pero sin
devolvernos el saludo, nos respondió el hombre con una voz de falsete semejante al graznido de
un cuervo o de cualquier otra ave de rapiña...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, v se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 364ª NOCHE
Ella dijo:
...nos respondió el hombre con una voz de falsete semejante al graznido de un cuervo o de
cualquier otra ave de rapiña. Luego se levantó de un salto, se partió en dos partes al hacer un
movimiento, cortándose por la mitad, y corrió a nosotros con el tronco solamente, mientras su parte
inferior corría en dirección distinta. Y en el mismo momento surgieron de todos los puntos de la
selva otros hombres semejantes a aquél, los cuales corrieron a la fuente, se partieron en dos
partes con un movimiento de retroceso y se avalanzaron a nosotros con su tronco solamente.
Arrojáronse entonces sobre los tres de mis mamalik más próximos a ellos, y se pusieron al punto a
devorarlos vivos, mientras que yo y mis otros mamalik nos lanzamos a nuestra barca, y prefiriendo
mil veces ser devorados por el agua que devorados por aquellos monstruos, nos dimos prisa a
alejarnos de la orilla, dejándonos de nuevo llevar por la corriente.
Y entonces, mientras los troncos devoraban a mis tres desgraciados mamalik, vimos correr por
la ribera todas las piernas y nalgas con un galope furioso y desordenado, que nos aterró en
nuestra barca, fuera ya de su alcance. Y también nos asombramos mucho del terrible apetito de
aquellos troncos cortados por el vientre, y nos preguntamos cómo era posible semejante cosa,
deplorando siempre la suerte de nuestros desgraciados compañeros.
Nos impulsó la corriente hasta el siguiente día, y llegamos entonces a una tierra cubierta de
árboles frutales y grandes jardines de flores encantadoras. Pero cuando amarramos nuestra barca,
no quise echar pie a tierra, y encargué a mis tres mamalik que fuesen primero a inspeccionar el
terreno. Así lo hicieron, y después de estar ausentes medio día, volvieron a contarme que habían
recorrido una distancia grande, caminando de un lado a otro, sin encontrar nada sospechoso; más
tarde habían visto un palacio de mármol blanco, cuyos pabellones eran de cristal puro, y en medio
del cual aparecía un jardín magnífico con un lago soberbio; entraron en el palacio y vieron una sala
inmensa, donde se alineaban sillones de marfil alrededor de un trono de oro enriquecido con
diamantes y rubíes; pero no encontraron a nadie ni en los jardines ni en el palacio.
En vista de un relato tan tranquilizador, me decidí a salir de la barca, y emprendí con ellos el
camino del palacio. Empezamos por satisfacer nuestra hambre comiendo las frutas deliciosas de
los árboles del jardín, y luego entramos a descansar en el palacio. Yo me senté en el trono de oro y
mis mamalik en los sillones de marfil; y aquel espectáculo hubo de recordarnos a mi padre el rey, a
mi madre y al trono que perdí, y me eché a llorar; y mis mamalik también lloraron de emoción.
Cuando nos sumíamos en tan tristes recuerdos, oímos un gran ruido semejante al del mar, y
enseguida vimos entrar en la sala donde nos hallábamos un cortejo formado por visires, emires,
chambelanes y notables; pero pertenecientes todos a la especie de los monos. Los había entre
ellos grandes y pequeños. Y creíamos que había llegado nuestro fin. Pero el gran visir de los
monos, que pertenecía a la variedad más corpulenta, fue a inclinarse ante nosotros con las más
evidentes muestras de respeto, y en lenguaje humano me dijo que él y todo el pueblo me
reconocían como a su rey y nombraban jefes de su ejército a mis tres mamalik. Luego, tras de
haber hecho que nos sirvieran de comer gacelas asadas, me invitó a pasar revista al ejército de
mis súbditos, los monos, antes del combate que debíamos librar con sus antiguos enemigos los
ghuls, que habitaban la comarca vecina.
Entonces, yo, como estaba muy fatigado, despedí al gran visir y a los demás, conservando en
mi compañía sólo a mis tres mamalik. Después de discutir durante una hora acerca de nuestra
nueva situación, resolvimos huir de aquel palacio y de aquella tierra cuanto antes, y nos dirigimos a
nuestra embarcación; pero al llegar al río notamos que había desaparecido la barca, y nos vimos
obligados a regresar al palacio, donde estuvimos durmiendo hasta la mañana.
Cuando nos despertamos, fue a saludarnos el gran visir de mis nuevos súbditos, y me dijo que
todo estaba dispuesto para el combate contra los ghuls. Y al mismo tiempo los demás visires
llevaron a la puerta del palacio cuatro perros enormes que debían servirnos de cabalgadura a mí y
a mis mamalik, y estaban embridados con cadenas de acero. Y nos vimos obligados yo y mis
mamalik a montar en aquellos perros y tomar la delantera, en tanto que a nuestras espaldas,
lanzando aullidos y gritos espantosos, nos seguía todo el ejército innumerable de mis súbditos
monos capitaneados por mi gran visir.
Al cabo de un día y una noche de marcha, llegamos frente a una alta montaña negra, en la
que se encontraban las guardias de los ghuls, los cuales no tardaron en mostrarse. Los había de
diferentes formas, a cual más espantables. Unos ostentaban cabeza de buey sobre un cuerpo de
camellos, otros parecían hienas, mientras otros tenían un aspecto indescriptible por lo horroroso, y
no se asemejaban a nada conocido que permitiera establecer una comparación.
Cuando los ghuls nos vislumbraron, bajaron de la montaña, y parándose a cierta distancia nos
abrumaron con una lluvia de piedras. Mis súbditos respondieron del propio modo, y la refriega se
hizo terrible por una y otra parte. Armados con nuestros arcos, yo y mis mamalik disparamos a los
ghuls una cantidad de flechas, que mataron a un gran número, para júbilo de mis súbditos, a
quienes aquel espectáculo llenó de ardor. Así es que acabamos por lograr la victoria, y nos
pusimos a perseguir ghuls.
Entonces, yo y mis mamalik determinamos aprovecharnos del desorden de aquella retirada, y
montados en nuestros perros, escapar de mis súbditos los monos, poniéndonos en fuga por el lado
opuesto, sin que se diesen ellos cuenta; y a galope tendido desaparecimos de su vista.
Después de correr mucho, nos detuvimos para dar un respiro a nuestras cabalgaduras, y
vimos enfrente de nosotros una roca grande, tallada en forma de tabla, y en la que aparecía
grabada en lengua hebraica una inscripción que decía así:
¡Oh tú, cautivo, a quien arrojó el Destino a esta región para hacer de ti el rey de los
monos! Si quieres renunciar a tu realeza por medio de la fuga, dos caminos se abren a tu
liberación: uno de estos caminos se halla a tu derecha, y es el que antes te conducirá a
orillas del Océano que rodea al mundo; pero cruza por desiertos terribles llenos de
monstruos y de genios malhechores. El otro, el de la izquierda, se tarda cuatro meses en
recorrerle, y atraviesa un gran valle, que es el Valle de las Hormigas. Si tomas ese camino,
resguardándote de las hormigas, irás a parar a una montaña de fuego, al pie de la cual se
encuentra la Ciudad de los Judíos. ¡Yo, Soleimán ben-Daúd, escribí esto para tu salvación!
Cuando leímos tal inscripción, llegamos al límite del asombro, y nos apresuramos a emprender
el camino de la izquierda, que debía conducirnos a la Ciudad de los Judíos, pasando por el Valle
de las Hormigas...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 365ª NOCHE
Ella dijo:
... el camino de la izquierda, que debía conducirnos a la Ciudad de los Judíos, pasando por el
Valle de las Hormigas. Pero aún no llevábamos una jornada de marcha, cuando sentimos tembla
el suelo bajo nuestros pies, y al punto vimos aparecer detrás de nosotros a mis súbditos los monos,
que llegaban a toda velocidad con el gran visir a la cabeza. Cuando nos dieron alcance, nos
rodearon por todos lados, lanzando aullidos de alegría por habernos encontrado, y el gran visir se
hizo intérprete de todos pronunciando una arenga para cumplimentarnos por haber salido con bien.
Aquel encuentro nos contrarió mucho, aunque tuvimos cuidado de ocultarlo e íbamos a
emprender de nuevo con mis súbditos el camino de palacio, cuando del valle que en aquel
momento atravesábamos vimos salir un ejército de hormigas, cada una de las cuales tenía la
corpulencia de un perro. Y en un abrir y cerrar de ojos comenzó una pelea espantable entre mis
súbditos y, las hormigas monstruosas, cogiendo con sus patas a los monos y partiéndolos en dos
de un golpe, y abalanzándose de diez en diez los monos contra cada hormiga para poder matarla.
En cuanto a nosotros, quisimos aprovecharnos del combate para huir a lomos de nuestros
perros; pero desgraciadamente fui yo el único que pude escaparme, porque las hormigas
advirtieron a mis tres mamalik y se apoderaron de ellos, partiéndolos en dos con sus garras
formidables. Y me salvé, deplorando la pérdida de mis últimos compañeros, y llegué a un río, que
atravesé a nado, abandonando mi cabalgadura, y llegué sano y salvo a la otra orilla, donde lo
primero que hice fue secar mi ropa; y luego me quedé dormido hasta la mañana, seguro ya de que
no me perseguían, pues el río me separaba de las hormigas y de mis súbditos los monos.
Cuando me desperté, eché a andar durante días y días, comiendo plantas y raíces, hasta
llegar a la montaña consabida, al pie de la cual vi, efectivamente, una gran ciudad, que era la
Ciudad de los Judíos, tal como me lo había indicado la inscripción. Pero me asombró mucho en
esta ciudad un detalle del que no hablaba la inscripción, y que noté más tarde; en efecto, hube de
comprobar que el río que atravesé a pie enjuto aquel día para llegar a la ciudad estaba lleno de
agua todo el resto de la semana; y también supe que aquel río, caudaloso los demás días no
llevaba agua el sábado, que es el día de fiesta de los judíos.
Y he aquí que entré en la ciudad aquel día y no vi por las calles a nadie. Me encaminé
entonces a la primera casa que encontré en mi camino, abrí la puerta y penetré en ella. Me hallé
entonces en una sala donde estaban sentados en corro muchos personajes de aspecto venerable.
Entonces, animado por la bondad de sus rostros, me acerqué a elles respetuosamente, y después
del saludo, les dije: "Soy Janschah, hijo del rey Tigmos, señor de Kabul y jefe de los Bani-Schalán.
Os ruego ¡oh mis señores! que me digáis a qué distancia estoy de mi país y qué camino debo
tomar para llegar a él. ¡Además, tengo hambre!" Entonces me miraron sin contestarme cuantos
estaban sentados allí, y el que parecía ser su jeique me dijo por señas solamente y sin pronunciar
una palabra: "¡Come y bebe, pero no hables!" Y me mostró una bandeja de manjares asombrosos,
que por cierto jamás había yo visto, y que estaban guisados con aceite, a juzgar por el olor.
Entonces comí, bebí y guardé silencio.
Cuando hube acabado, se acercó a mí el jeique de los judíos, y me preguntó igualmente por
señas: "¿Quién? ¿De dónde? ¿Adónde?" Entonces le pregunté por señas si podía contestar, y tras
una señal afirmativa suya seguida de otra que quería decir: ¡No pronuncies más de tres palabras!
pregunté: "¿Caravana Kabul, cuándo?"
Me contestó: "¡No lo sé!", siempre sin pronunciar una palabra, y me hizo seña de que me
marchara, porque ya había terminado mi comida. Entonces le saludé, como también a todos los
circunstantes, y salí, asombrándome en extremo de sus maneras extrañas. Ya en la calle intentaba
orientarme, cuando por fin oí a un pregonero público que decía a voces: "¡Quién quiera ganarse mil monedas de oro y poseer una esclava joven de belleza sin igual, que venga conmigo, para efectuar un trabajo de una hora!"
Como yo estaba en la penuria, me acerqué al pregonero, y le dije: "¡Acepto el trabajo, y al
mismo tiempo los mil dinares y la esclava joven!" Entonces me cogió de la mano y me llevó a una
casa amueblada muy ricamente, en la que estaba sentado en un sillón de ébano un judío viejo,
ante el cual se inclinó el pregonero, presentándome, y dijo: "¡He aquí, al fin, a un joven extranjero,
que ha sido el único que respondió a mi llamamiento en los tres meses que hace que pregono la
cosa!"
Al oír estas palabras, el viejo judío, dueño de la casa. me hizo sentar a su lado, estuvo
conmigo muy amable, ordenando que me sirvieran de comer y de beber sin parsimonia, y
terminada la comida me dio una bolsa con mil monedas de oro que no eran falsas, a la
vez que mandaba a sus esclavas que me pusieran un ropón de seda y me llevaran junto a la
joven esclava que me daba anticipadamente por el trabajo en proyecto que yo aún no conocía...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 366ª NOCHE
Ella dijo:
... la joven esclava que me daba anticipadamente por el trabajo en proyecto que yo aún no
conocía.
Entonces, después de haberme puesto el ropón de seda consabido, los esclavos me llevaron
a la estancia donde me esperaba la joven, que debía ser virgen, según afirmación del viejo judío. Y
me encontré, en efecto, con una joven muy bella, en cuya compañía me dejaron solo para pasar la
noche. Y al punto me acosté con ella y la encontré perfecta en verdad.
Tres días y tres noches pasé con ella, comiendo y bebiendo y haciendo lo que tenía que
hacer, y a la mañana del cuarto día el anciano hizo que me llamaran, y me dijo: "¿Estás ahora
dispuesto a ejecutar el trabajo que te he pagado y que de antemano aceptaste?”
Declaré que estaba dispuesto a prestarme a aquel trabajo, sin saber de qué se trataba.
Entonces el viejo judío ordenó a sus esclavos que enjaezaran y llevaran dos mulas; y los
esclavos llevaron dos mulas enjaezadas. Montó en una él y yo en otra, y me dijo que le siguiera.
Ibamos a buen paso, y de tal suerte caminamos hasta mediodía, hora en la que llegamos al pie de
una alta montaña cortada a pico, y en cuyas laderas no se veía ningún sendero por donde pudiese
aventurarse un hombre o una cabalgadura cualquiera. Echamos pie a tierra, y el viejo judío me
tendió un cuchillo, diciéndome: "¡Clávalo en el vientre de tu mula! ¡Ha llegado el momento de
empezar a trabajar!" Yo obedecí y clavé el cuchillo en el vientre de la mula, que no tardó en
sucumbir; luego, por orden del judío, desollé al animal y limpié la piel. Entonces mi interlocutor me
dijo: "Tienes que echarte ahora encima de esa piel, para que yo la cosa contigo dentro como si
estuvieras en un saco". Y obedecí asimismo, y me eché encima de la piel, la cual cosió el anciano
cuidadosamente conmigo dentro; luego me dijo: "¡Escucha bien mis palabras! De un instante a otro
se arrojará sobre ti un pájaro enorme y te cogerá para llevarte a su nido, que está situado en la
cima de esta montaña escarpada. Ten mucho cuidado de no moverte cuando te sientas
transportado por los aires, porque te soltaría el pájaro y te estrellarías al caer al suelo; pero cuando
te haya dejado en la montaña, corta la piel con el cuchillo que te di y sal del saco. El pájaro se
asustará y no te hará nada. Entonces has de recoger las piedras preciosas de que está cubierta la
cima de esta montaña y me las arrojas. Hecho lo cual, bajarás a reunirte conmigo".
Y he aquí que apenas había acabado de hablar el viejo judío, me sentí transportado por los
aires, y al cabo de algunos instantes me dejaron en el suelo. Entonces corté con mi cuchillo el saco
y asomé por la abertura mi cabeza. Aquello asustó al pájaro monstruoso, que huyó volando a toda
prisa. Yo me puse entonces a recoger rubíes, esmeraldas y demás piedras preciosas que cubrían
el suelo, y se las arrojé al viejo judío. Pero cuando quise bajar advertí que no había ni un sendero
donde poner el pie, y vi que el viejo judío montaba en su mula después de recoger las piedras, y se
alejaba rápidamente hasta desaparecer de mi vista.
Entonces, en el límite de la desesperación, lloré mi destino y pensando hacia qué lado me
convendría más encaminarme, eché a andar todo derecho delante de mí y a la ventura, errando de
tal suerte dos meses hasta llegar al final de la cadena de montañas, a la entrada de un valle
magnífico, en el que los arroyos, los árboles y las flores glorificaban al Creador entre gorjeos de
pájaros.
Allí vi un inmenso palacio que se elevaba a gran altura por los aires y hacia el cual me
encaminé. Llegué a la puerta, donde hallé sentado en el banco del zaguán a un anciano cuyo
rostro brillaba de luz. Tenía en la mano un cetro de rubíes y llevaba en la cabeza una corona de
diamantes. Le saludé y me devolvió el saludo con amabilidad, y me dijo: "¿Siéntate junto a mí, hijo
mío!" Y cuando me senté, me preguntó: "¿De dónde vienes a esta tierra que nunca holló la planta
de un adamita?" ¿Y adónde te propones ir?"
Por toda respuesta estallé en sollozos, y se diría que me iba a ahogar el llanto. Entonces me
dijo el anciano: "Cesa de llorar así, hijo mío, porque me encoges el corazón. Ten valor y empieza
por reanimarte comiendo y bebiendo". Y me introdujo en una vasta sala, dándome de comer y de
beber. Y cuando me vio en mejor estado de ánimo, me rogó que le contase mi historia, y satisfice
su deseo, y a mi vez le rogué que me dijese quién era y a quién pertenecía aquel palacio. Me
contestó: "Sabe, hijo mío, que este palacio fue construido antaño por nuestro señor Soleimán, de
quien soy representante para gobernar a las aves. Cada año vienen aquí a rendirme pleitesía
todas las aves de la tierra. Si deseas regresar a tu país, te recomendaré a ellas la primera vez que
vengan a recibir órdenes mías, y te transportarán a tu país. En tanto, para matar el tiempo hasta
que lleguen, puedes circular por todo este inmenso palacio, y puedes entrar en todas las salas, con
excepción de una sola, la que se abre con la llave de oro que ves entre todas estas llaves que te
doy".
Y el anciano gobernador de las aves me entregó las llaves y me dejó en completa libertad.
Empecé por visitar las salas que daban al patio principal del palacio; luego penetré en las otras
estancias, que estaban todas arregladas para que sirvieran de jaulas a las aves, y de tal suerte
llegué ante la puerta que se abría con la llave de oro...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló
discretamente.
Y CUANDO LLEGO LA 367ª NOCHE
Ella dijo:
... de tal suerte llegué ante la puerta que se abría con la llave de oro, y permanecí largo tiempo
mirándola, sin osar ni siquiera tocarla con la mano en vista de la prohibición que me hizo el
anciano; pero al cabo no pude resistir a la tentación que colmaba mi alma, metí la llave de oro en la
cerradura, abrí la puerta y presa del temor penetré en el lugar prohibido.
Pero, lejos de tener ante los ojos un espectáculo asombroso, vi, primeramente, en medio de
un pabellón con el piso incrustado de pedrerías de todos colores, un estanque de plata rodeado de
pájaros de oro que echaban agua por el pico, con un ruido tan maravilloso, que creí oír los trinos
de cada uno de ellos resonar melodiosamente contra las paredes de plata. Había en torno al
estanque, divididos por clases, cuadros de flores de suaves perfumes que casaban sus colores con
los de las frutas de que estaban cargados los árboles que esparcían sobre el agua su frescura
asombrosa. La arena que yo hallaba era polvo de esmeralda y diamante, y se extendía hasta las
gradas de un trono que se alzaba enfrente del estanque maravilloso. Estaba hecho aquel trono con
un solo rubí, cuyas facetas reflejaban en el jardín el rojo de sus rayos fríos, que iluminaban el agua
con un brillo de pedrerías.
Me detuve extático ante cosas tan sencillas nacidas de la unión pura de los elementos; luego
fui a sentarme en el trono de rubí, que aparecía coronado por un dosel de seda roja, y cerré los
ojos un instante para que penetrara mejor aquella fresca visión en mi alma entusiasmada.
Cuando abrí los ojos vi que se adelantaban hacia el estanque, sacudiendo sus plumas
blancas, tres elegantes palomas que iban a darse un baño. Saltaron con gracia el ancho borde del
estanque de plata, y después de abrazarse y hacerse mil caricias encantadoras, ¡oh mis ojos
maravillados! las vi arrojar lejos de sí su virginal manto de plumas y aparecer en una desnudez de
jazmín, con el aspecto de tres jóvenes bellas como lunas. Y al punto se sumergieron en el
estanque para entregarse a mil juegos y mil locuras, ora desapareciendo, ora reapareciendo entre
remolinos brillantes, para volver a desaparecer riendo a carcajadas, mientras sólo sus cabelleras
flotaban sobre el agua, sueltas en un vuelo de llama.
Ante tal espectáculo, ¡oh hermano Belukia! sentí que mi corazón nadaba en mi cerebro y
trataba de abandonarlo. Y como no podía contener mi emoción, corrí enloquecido hacia el
estanque y grité: "¡Oh, jóvenes; oh, lunas, oh, soberanas!"
Cuando me vislumbraron las jóvenes lanzaron un grito de terror, y saliendo del agua con
ligereza, corrieron a coger sus mantos de plumas, que echaron sobre su desnudez, y volaron al
árbol más alto entre los que daban sombra a la pila, y se echaron a reír mirándome.
Entonces me acerqué al árbol, levanté hacia ellas los ojos, y les dije: "¡Oh, soberanas, os
ruego que me digáis quiénes sois! ¡Yo soy Janschah, hijo del rey Tigmos, soberano de Kabul y jefe
de los Bani-Schalán!" Entonces la más joven de las tres, precisamente aquella cuyos encantos
habíanme impresionado más, me dijo: "Somos las hijas del rey Nassr, que habita en el palacio de
los diamantes. Venimos aquí para dar un paseo y con el sólo fin de distraernos".
Dije: "En ese caso, ¡oh mi señora! ten compasión de mí y baja a completar el juego conmigo".
Ella me dijo: "¿Y desde cuándo pueden las jóvenes jugar con los jóvenes, ¡oh Janschah!? ¡Pero si
deseas absolutamente conocerme mejor, no tienes más que seguirme al palacio de mi padre!" Y
habiendo dicho estas palabras, me lanzó una mirada que me penetró el hígado, y emprendió el
vuelo en compañía de sus dos hermanas hasta que la perdí de vista.
Al ver aquello, en el límite ya de la desesperación, di un grito agudo y caí desmayado bajo el
árbol.
No sé cuánto tiempo permanecí echado de aquel modo; pero cuando volví en mí, el anciano
gobernador de las aves estaba a mi lado y me rociaba el rostro con agua de flores. Cuando me vio
abrir los ojos, me dijo: "¡Ya ves, hijo mío, lo que te ha costado desobedecerme! ¿No te prohibí que
abrieras la puerta de este pabellón?"
Yo, por toda respuesta, me limité a prorrumpir en sollozos, y luego improvisé estos versos:
¡Ha arrebatado mi corazón una esbelta joven de cuerpo armonioso!
¡Arrebatador es su talle entre todos los talles! ¡Cuando sonríe, sus labios excitan los
celos de las rosas y los rubíes!
¡Su cabellera oscila por encima de su hermosa grupa redonda!
¡Las flechas que disparan los arcos de sus pestañas dan en el blanco, aun desde lejos,
y hacen heridas incurables!
¡Oh belleza suya! ¡no tienes rival y borras las bellezas todas de la India!
Cuando acabé de recitar estos versos, me dijo el anciano: "Comprendo lo que te ha sucedido.
Viste a las jóvenes vestidas de palomas, que algunas veces vienen a darse un baño aquí". Yo
exclamé: "Las vi, padre mío, y te ruego que me digas dónde se halla el palacio de los diamantes,
en que habitan con su padre el rey Nassr".
Contestó: "No hay para qué pensar en ir allí, hijo mío, pues el rey Nassr es uno de los jefes
más poderosos de la genn, y dudo mucho que te diera en matrimonio a una de sus hijas. Ocúpate,
pues, de preparar tu regreso a tu país. Yo mismo te facilitaré la tarea recomendándote a las aves
que enseguida van a venir a presentarme sus respetos, y que te servirán de guías". Contesté: "¡Te
doy las gracias, padre mío; pero renuncio a regresar al lado de mis padre, si no debo volver ya a
ver a la joven que me habló!" Y al decir estas palabras me arrojé a los pies del anciano llorando, y
le supliqué que me indicara el medio de volver a ver a las jóvenes vestidas de palomas...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 368ª NOCHE
Ella dijo:
... el medio de volver a ver a las jóvenes vestidas de palomas. Entonces el anciano me tendió
la mano, me levantó y me dijo: "Veo que tu corazón está consumido de pasión por la joven, y voy a
indicarte el medio de volver a verla. Vas a ocultarte detrás de los árboles y a esperar
pacientemente la vuelta de las palomas. Las dejarás desnudarse y meterse en el estanque, y
entonces te precipitarás de repente sobre sus mantas de plumas y te apoderarás de ellas.
Entonces verás cómo dulcifican contigo su lenguaje; se acercarán a ti, te harán mil caricias y te
suplicarán, con palabras extremadamente gentiles, que les devuelvas sus plumas. Pero guárdate
bien de dejarte conmover, porque entonces acabarían por siempre para ti las jóvenes. Por el
contrario, rehusa enérgicamente devolvérselas, y diles: "¡Os daré de buen grado vuestros mantos,
pero no sin que venga el jeique!" Y efectivamente, esperarás mi regreso entreteniéndolas con
galanterías; ¡y yo encontraré el medio de que las cosas se tornen favorables para ti!"
Al oír estas palabras, dí muchas gracias al venerable gobernador de las aves, y enseguida
corrí a ocultarme detrás de los árboles, en tanto que se retiraba él a su pabellón para recibir a sus
súbditos.
Permanecí bastante tiempo esperando la llegada de las tres palomas. Al fin oí un batir de alas
y risas aéreas, y vi que las tres palomas se posaban en el borde del estanque y miraban a derecha
y a izquierda para enterarse de si no las observaba nadie. Luego, la que me había hablado se
encaró con las otras dos, y les dijo: "¿No creéis, hermanas mías, que puede estar escondido
alguien en el jardín? ¿Qué habrá sido del joven a quien vimos?"
Pero le dijeron sus hermanas: "¡ Oh Schamsa, no te preocupes por eso y date prisa a hacer
como nosotras!" Y las tres se despojaron de sus plumas entonces, y se sumergieron en el agua
para entregarse enseguida a mil locos juegos, blancas y desnudas cual la plata virgen. Y creí ver
tres lunas reflejadas en el agua.
Esperé a que hubiesen nadado hasta la mitad del estanque, y me erguí sobre ambos pies para
ponerme de pronto en movimiento con la rapidez del rayo y apoderarme del manto de la joven a
quien amaba. Y respondieron a mi ademán raptor tres gritos de espanto, y vi que las jóvenes,
avergonzadas por haber sido sorprendidas en sus retozos, se sumergían enteramente, sin dejar
fuera del agua más que la cabeza, y corrían hacia mí lanzándome miradas llorosas. Pero seguro
entonces de tenerlas a mi arbitrio, me eché a reír, retrocediendo del borde del estanque y
ostentando el manto de plumas con aire victorioso.
Al ver aquello, la joven que me había hablado la primera vez, y cuyo nombre era Schamsa, me
dijo: "¿Cómo te atreves ¡oh joven! a apoderarte de lo que no te pertenece?" Yo contesté: "¡Oh
paloma mía, sal del baño y ven a conversar conmigo!" Ella dijo: "Bien quisiera conversar contigo,
¡oh hermoso joven! pero estoy completamente desnuda y no puedo salir así del baño.
¡Devuélveme mi manto y te prometo salir del agua para distraerme contigo, y hasta te dejaré que
me acaricies y me beses cuanto quieras!" Yo dije: "¡Oh, luz de mis ojos, eh dueña mía, oh
soberana de belleza,oh fruto de mi hígado! ¡Si te devolviera tu manto, sería como darme la muerte
con mi propia mano! ¡No puedo, pues, hacerlo, por lo menos mientras no llegue mi amigo el jeique,
gobernador de las aves!" Ella me dijo: "Entonces, puesto que no cogiste más que mi manto, aléjate
un poco y vuelve la cabeza a otro lado para dejarme salir del baño y dar tiempo a que se cubran
mis hermanas; ¡y para ocultar lo más esencial, me prestarán ellas entonces algunas de sus
plumas!" Yo dije: "¡Eso sí, puedo hacerlo!" Y me alejé y me puse detrás del trono de rubí.
Entonces salieron primeramente las dos hermanas mayores v se pusieron con presteza sus
mantos; luego arrancaron algunas de las plumas finas e hicieron con ellas una especie de
mandilillo; después ayudaron a salir a su vez del agua a su hermana pequeña, la taparon con
aquel mandil lo más esencial y me dijeron: "¡Ya puedes venir!" Y yo corrí a presentarme ante
aquellas gacelas, y me eché a los pies de la amable Schamsa y le besé los pies, siempre
sujetando con fuerza su manto para que no lo cogiese y emprendiese el vuelo. Entonces me hizo
ella levantarme, y empezó a decirme mil palabras gentiles y a hacerme mil caricias para decidirme
a que le devolviese su manto; pero me guardé mucho de ceder a sus deseos, y logré arrastrarla
hacia el trono de rubí, donde me senté colocándola sobre mis rodillas.
Entonces, al ver ella que no podía escaparse, se decidió por fin a corresponder a mis deseos,
y me rodeó el cuello con sus brazos, y me devolvió beso por beso y caricia por caricia, en tanto que
nos sonreían sus hermanas, mirando a todos lados para ver si llegaba alguien.
Mientras estábamos de aquella manera, mi protector el jeique abrió la puerta y entró.
0Entonces, nos levantamos en honor suyo, nos adelantamos a recibirle, y le besamos las manos
respetuosamente. Nos rogó él entonces que nos sentáramos, y encarándose con la amable
Schamsa, le dijo: "Estoy encantado, hija mía, de la elección que has hecho correspondiendo a este
joven que te ama con locura. ¡Porque has de saber que pertenece a un linaje ilustre! Su padre es
el rey Tigmos, señor del Afghanistán. ¡Harás bien, pues, al aceptar esa alianza y al decidir
igualmente a tu padre el rey Nassr para que otorgue su consentimiento!"
Ella contestó: "¡Escucho y obedezco!"
Entonces le dijo el jeique: "Si verdaderamente aceptas esa alianza, ¡júrame y prométeme ser
fiel a tu esposo y no abandonarle nunca!" Y la bella Schamsa se levantó al punto y prestó el
consabido juramento entre las manos del venerable jeique. Entonces nos dijo él: "Demos gracias al
Altísimo por vuestra unión, hijos míos. ¡Y ya podéis ser dichosos! ¡He aquí que invoco la bendición
para vosotros! Ahora podéis amaros libremente. ¡Y tú, Janschah, devuélvele su manto pues no ha
de dejarte!"
Y dichas estas palabras, el jeique nos introdujo en una sala, donde había colchones cubiertos
con tapices, y también fuentes llenas de hermosas frutas y otras cosas exquisitas. Y tras de rogar a
sus hermanas que la precedieran en su vuelta al palacio de su padre para anunciarle su
matrimonio y prevenirle de su regreso en mi compañía, Schamsa estuvo extremadamente amable,
y quiso mondarme ella misma las frutas y repartirlas conmigo. Tras de lo cual, nos acostamos
juntos, en brazos uno del otro y en el límite del júbilo...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 369ª NOCHE
Ella dijo:
.. Tras de lo cual, nos acostamos juntos, en brazos uno del otro y en el límite del júbilo.
Por la mañana fué Schamsa quien se puso primero en pie. Vistióse con su manto de plumas,
me despertó, me besó entre los dos ojos, y me dijo: "Ya es hora de que vayamos al palacio de los
diamantes a ver a mi padre el rey Nassr. ¡Vístete, pues, cuanto antes!" Obedecí en seguida, y
cuando estuve dispuesto, fuimos a besar las manos del jeique gobernador de las aves y le dimos
muchas gracias. Entonces me dijo Schamsa: "¡Ahora súbete en mis hombros y sostente bien,
porque el viaje será un poco largo, aunque me propongo hacerlo a toda velocidad!" Y me tomó en
sus hombros, y después de tributar a nuestro protector las últimas despedidas, me transportó por
los aires con la rapidez del rayo, y al poco tiempo me dejó en tierra a alguna distancia de la entrada
al palacio de los diamantes. Y desde allí nos encaminamos tranquilamente hacia el palacio,
mientras corrían a anunciar nuestra llegada los genn servidores que había instalado el rey por
aquellos sitios.
El rey Nassr, padre de Schamsa y, señor de los genn, experimentó una inmensa alegría al
verme; me cogió en brazos y me oprimió contra su pecho. Luego ordenó que me vistieran con un
magnífico ropón de honor, me puso en la cabeza una corona tallada en un solo diarnante, me
condujo después a la presencia de la reina, madre de mi esposa, la cual reina me manifestó su
júbilo y felicitó a su hija por la elección que de mi persona hizo. Y regaló más tarde a su hija una
cantidad enorme de pedrerías, pues el palacio estaba lleno de ellas; y ordenó que a ambos nos
llevaran al hammam, en donde nos lavaron y perfumaron con agua de rosas, almizcle, ámbar y
aceites aromáticos, que nos refrescaron maravillosamente. Tras de lo cual se dieron en honor
nuestro festines que duraron treinta días y treinta noches consecutivas.
Entonces manifesté mis deseos de presentar a mi vez mi esposa a mis padres en mi país. Y
aunque muy apenados por tener que separarse de su hija, el rey y la reina aprobaron mi proyecto,
pero me hicieron prometer que todos los años iríamos a pasar con ellos una temporada. Después
hizo el rey construir un trono de tal magnificencia y tal tamaño, que en sus peldaños podía
contener doscientos genios varones y doscientos genios hembras. Subimos al trono los dos, y los
cuatrocientos genios de ambos sexos, que se hallaban allí para servirnos, se pusieron de pie en
las gradas, mientras actuaban de portadores todo un ejército compuesto por otros genios. Cuando
nos despedimos por última vez los portadores se elevaron por los aires con el trono, y empezaron
a recorrer el espacio con tanta rapidez, que en dos días hiceron un trayecto de dos años de
marcha. Y llegamos sin incidentes al palacio de mi padre en Kabul.
Cuando mi padre y mi madre me vieron llegar después de una ausencia que les había hecho
perder toda esperanza de encontrarme, y cuando contemplaron a mi esposa y supieron quién era y
en qué circunstancias me case con ella, llegaron al límite de la alegría y lloraron mucho
besándome y besando a mi muy amada Schamsa. Y tanto se conmovió mi pobre madre, que cayó
desvanecida y no volvió en sí más que gracias al agua de rosas que llevaba en un frasco grande
mi esposa Schamsa.
Después de todos los festines y todos los regocijos que se organizaron con motivo de nuestra
llegada y del nuestros esponsales, mi padre preguntó a Schamsa: "¿Qué quieres que haga para
agradarte, hija mía?”
Y Schamsa, que tenía gustos muy modestos, contestó: "¡Oh rey afortunado! Solamente
anhelo tener para nosotros dos un pabellón en medio de un jardín regado por arroyos". Y al punto
dió mi padre el rey las órdenes necesarias, y al cabo de un corto espacio de tiempo tuvimos
nuestro pabellón y nuestro jardín, donde vivimos en el límite de la felicidad.
Pasado de tal suerte un año en un mar de delicias, mi esposa Schamsa quiso volver al palacio
de los diamantes para ver de nuevo a su padre y a su madre, y me recordó la promesa que les
hice de ir todos los años a pasar con ellos una temporada. No quise contriarla, porque la amaba
mucho; pero ¡ay! la desgracia debía abatirse sobre nosotros por causa de aquel maldito viaje.
Nos colocamos, pues, en el trono llevado por nuestros genios servidores, y viajamos a gran
velocidad, recorriendo cada día una distancia de un mes de camino, y deteniéndonos por las
tardes para descansar cerca de algún manantial o a la sombra de los árboles. Y he aquí que un día
hicimos alto precisamente en este sitio para pasar la noche, y mi esposa Schamsa quiso ir a
bañarse en el agua de ese río que corre ante nosotros. Me esforcé cuanto pude por disuadirla,
hablándole del fresco excesivo de la tarde y de los perjuicios que la podría ocasionar; no quiso
escucharme, y se llevó en su compañía a algunas de sus esclavas para que se bañaran con ella.
Se desnudaron en la ribera y se metieron en el agua, donde Schamsa parecía la luna al salir en
medio de un cortejo de estrellas. Estaban retozando y jugando entre sí, cuando de repente
Schamsa lanzó un grito de dolor y cayó en brazos de sus esclavas, que se apresuraron a sacarla
del agua y llevarla a la orilla. Pero cuando quise hablarle y cuidarla, ya estaba muerta. Y las
esclavas me enseñaron en el talón de mi esposa una mordedura de serpiente acuática.
Ante aquel espectáculo, caí desmayado, y permanecí en tal estado tanto tiempo que me
creyeron muerto también. Pero ¡ay! hube de sobrevivir a Schamsa para llorar por ella y erigirle esta
tumba que ves. En cuanto a la otra tumba, es la mía propia, que hice construir junto a la de mi
pobre bienamada. ¡Y dejo transcurrir mi vida ahora entre lárimas y recuerdos crueles, esperando el
momento de dormir al lado dé mi esposa Schamsa, lejos de mi reino, al que renuncié, lejos del
mundo, que es para mí un desierto horrible, en este asilo solitario de la muerte!"
Cuando el hermoso joven triste acabó de contar su historia a Belukia, escondió el rostro entre
sus manos y se echó a llorar. Entonces le dijo Belukia: "¡Por Alah, oh hermano mío! tu historia es
tan asombrosa y tan extraordinaria, que olvidé mis propias aventuras, aunque las creía prodigiosas
entre todas las aventuras! ¡Alah te sostenga en tu dolor ¡oh hermano mío! y enriquezca con el
olvido tu alma!...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discreta, según su
costumbre, se calló.
PERO CUANDO LLEGO LA 370ª NOCHE
Ella dijo:
"¡ ... Alah te sostenga en tu dolor ¡ oh hermano mío! y enriquezca con el olvido tu alma!"
Estuvo con él una hora todavía, tratando de decidirle a que le acompañara a su reino para
cambiar de aires y horizontes; pero fue en vano. Entonces vióse obligado a abandonarle para no
importunarle, y después que le abrazó y le dijo aún algunas palabras de consuelo, emprendió de
nuevo el camino de su ciudad, a la que llegó sin incidentes tras una ausencia de cinco años.
¡Y desde entonces no he vuelto a tener noticias suyas!
Y como ahora te hallas aquí tú, ¡oh Hassib ! olvidaré cõmpletamente a aquel joven rey
Belulcia, a quien esperaba volver a ver por acá un día u otro. ¡Tú, al menos, no me abandonarás
tan pronto, porque pienso retenerte en mi compañía largos años, sin dejarte carecer de nada para
persuadirte a que accedas! ¡Por cierto que todavía he de contarte tantas historias asombrosas, que
la del rey Belukia y del hermoso joven triste parecerán simples aventuras corrientes! ¡Y para darte
desde ahora una prueba de que te quiero bien por haberme escuchado todo este tiempo con tanta
atención, he aquí que mis mujeres van a servirnos de comer y beber, y van a cantar para
deleitarnos, y nos van a aligerar el espíritu hasta que llegue la mañana!"
Cuando la reina Yamlika, princesa subterránea, hubo acabado de contar al joven Hassib,
hijo del sabio Danial, la historia de Belukia y la del hermoso joven triste, y cuando el festín, y los
cantos, y las danzas de las mujeres serpientes llegaron a su término, se levantó la sesión y se
formó el cortejo para volver a la otra residencia. Pero el joven Hassib, que amaba en extremo a su
madre y a su esposa, dijo: "¡Oh reina Yamlika! ¡no soy más que un pobre leñador, y me ofreces
aquí una vida llena de delicias; pero en mi casa me esperan una madre y una esposa! Y no puedo
¡por Alah! dejar que me esperen más tiempo sumidas en la desesperación que las producirá mi
ausencia. Permíteme, pues, que regrese junto a ellas, porque si no morirían de dolor. ¡Y créeme
que en verdad sentiré toda mi vida no haber podido escuchar las demás historias con que tenías la
intención de deleitarme durante mi estancia en tu reino!"
Al oír estas palabras, la reina Yamlika comprendió que estaba justificado el motivo de la
partida de Hassib, y le dijo: "Consiento ¡oh Hassib! en dejarte regresar junto a tu madre y esposa,
aunque me cuesta mucho trabajo separarme de un auditor tan atento como tú. Solamente exijo de
ti un juramento, sin el cual me será imposible dejarte partir. Esas a prometerme no ir nunca en lo
sucesivo a tomar un baño en el hammam durante toda tu vida. De lo contrario, llegará tu perdición.
¡Por el momento no puedo ser más explícita!"
El joven Hassib, a quien tal petición asombraba en extremo, no quiso contrariar a la reina
Yamlika, y prestó el juramento consabido, en el cual prometía no ir en toda su vida a tomar un
baño en el hammam. Entonces, después de las despedidas, la reina Yamlika hizo que una de sus
mujeres serpientes le acompañara hasta los confines del reino, del que se salía por una abertura
escondida en una casa ruinosa que estaba enclavada en el lado opuesto al paraje donde se
hallaba el agujero por el cual pudo penetrar Hassib en la residencia subterránea.
Amarilleaba el sol cuando Hassib llegó a su calle y llamó a la puerta de su casa, fué a brir su
madre, y al conocerle lanzó un grito agudo y se arrojó en sus brazos llorando de alegría. Y su
esposa, por su parte, al oír el grito y los sollozos de la madre, corrió a la puerta, le reconoció
también y le saludó respetuosamente besándole las manos. Después de lo cual entraron en la
casa y se entregaron con libertad a los más vivos transportes de júbilo. Cuando estuvieron un poco calmados, Hassib les pidió noticias de sus antiguos camaradas los
leñadores que le habían abandonado en la cueva de la miel. Su madre le contó que fueron a darle
la mala nueva de su muerte entre los dientes de un lobo, y que se habían hecho ricos mercaderes
y propietarios de muchos bienes y de hermosas tiendas, viendo a diario dilátarse cada vez más el
mundo ante sus ojos.
Entonces Hassib reflexionó un instante, y dijo a su madre: "¡Mañana irás a buscarles al zoco, y
cuando estén reunidos, les anunciarás mi regreso, diciéndoles que tendré mucho gusto en verles!"
Así es que al. día siguiente la madre de Hassib no dejó de hacer el encargo, y al saber la noticia,
los leñadores cambiaron de color y contestaron escuchando y obedeciendo en lo concerniente a la
visita de bienvenida. Luego se concertaron entre sí y resolvieron arreglar el asunto lo mejor
posible. Empezaron por regalar a la madre de Hassib sedas hermosas y hermosas telas, y la
acompañaron a la casa, aviniéndose a entregar a Hassib cada uno la mitad de las riquezas,
esclavas y propiedades que tenían en su poder.
Al llegar a la presencia de Hassib, le saludaron y le besaron las manos, ofreciéndole todo
aquello y rogándole que lo, aceptara y olvidara sus yerros para con él. Y Hassib no quiso
guardarles rencor, aceptó sus ofrecimientos, y les dijo: "¡Lo pasado, pasado. Y ninguna
preocupación puede impedir que suceda lo que ha de suceder!" Entonces se despidieron de él,
asegurándole su gratitud, y Hassib se convirtió desde aquel día en un hombre rico, y se estableció
como mercader en el zoco, abriendo una tienda que llegó a ser la más bcrrnosa entre todas las
tiendas.
Un día que iba a su tienda, como de costumbre, pasó por delante del hammam, situado a la
entrada del zoco. Y he aquí que el propielario del hammam estaba precisamente tomando el aire a
la puerta, y aI reconocer a Hassib, le saludó y le dijo: "Hazmeel honor de entrar un mi
establecimiento. Nunca te he tenido ni una sola vez como cliente . ¡Pero hoy quiero que vengas
solamente para complacerme, y los maisajistas te frotarán con un guante nuevo de crin y te
enjabonarán con filamentos de lifa, que no ha usado nadie!" Pero contestó Hassib, que se
acordaba de su juramento: "No, ¡por Alah! no puedo aceptar tu ofrecimiento ¡oh jeique! ¡porque
hice voto de no entrar nunca en el hammam! ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 371ª NOCHE
Ella dijo:
".. porque hice voto de no entrar nunca en el hammam". Al oír tales palabras, el dueño del
hammam, que no podía creer en semejante juramento, ya que ningún hombre puede, a trueque de
morir, dejar de tomar baños cuantas veces se acerca sexualmente a su esposa, exclamó: "¿Por
qué rehusas, ¡oh mi señor!?" ¡Pues, ¡por Alah! te juro a mi vez que si persistes en tu resolución iré
inmediatamente a divorciarme de mis tres esposas! ¡Lo juro tres veces por el divorcio!" Pero como
a pesar del juramento tan grave que acababa de oír, Hassib se obstinaba en no aceptar, el
propietario del hammam se echó a sus pies; suplicándole que no le obligara a cumplir su
juramento; y le besó los pies llorando, y le dijo: "¡Pongo sobre mi cabeza la responsabilidad de tu
acto y todas sus consecuencias!"
Y al enterarse de qué se trataba al oír el juramento del divorcio, los transeúntes que habíanse
agrupado en torno suyo se pusieron asimismo a suplicar a Hassib que no ocasionara sin más ni
más la desdicha de un hombre que le ofrecía un baño gratuito. Luego como vieran la inutilidad de
sus palabras, se decidieron todos a emplear la fuerza, apoderándose de Hassib y llevándole, a
pesar de sus gritos terribles, al interior del hammam, donde le despojaron de su ropa, le echaron
todos a la vez sobre el cuerpo el agua de veinte o treinta jofainas, le friccionaron, le dieron masaje,
le enjabonaron, le secaron y le envolvieron el cuerpo en toallas calientes y le pusieron en la cabeza
un pañuelo grande festoneado y bordado. Luego el dueño del hammam, en el límite de la alegría
por verse desligado de su juramento, llevó a Hassib una taza de sorbete perfumado con ámbar, y
le dijo: "¡Séate leve y bendito el baño! ¡Que te refresque esta bebida como me has refrescado tú!"
Pero Hassib, a quien todo aquello aterraba cada vez más, no sabía si rehusar o aceptar esta última
invitación, e iba a responder, cuando de pronto invadieron el hammam los guardias del rey, que se
precipitaron sobre el joven, apoderándose de él tal y como estaba con su atavío de baño, y a pesar
de sus protestas y su resistencia lo llevaron al palacio del rey, y lo pusieron entre las manos del
gran visir, que los esperaba a la puerta con la mayor impaciencia.
Al ver a Hassib, el gran visir tuvo una alegría extremada, le recibió con las señales más
notorias de respeto, y le rogó que le acompañase a la presencia del rey. Y resuelto ya a dejar
correr su destino, Hassib siguió al gran visir, que le introdujo, para presentarle al rey, en una sala
donde se alineaban por orden jerárquico dos mil gobernadores de provincia, dos mil jefes militares
y dos mil portaalfanjes, que no esperaban más que un signo para hacer volar las cabezas. En
cuanto al rey, estaba acostado en amplio lecho de oro y parecía dormir, con la cabeza y el rostro
cubiertos por un pañuelo de seda.
Al ver todo aquello, el aterrado Hassib se sintió morir y cayó al pie del lecho, protestando
públicamente de su inocencia. Pero el gran visir se apresuró a levantarle con toda clase de
respetos, y le dijo: "¡Oh hijo de Danial, esperamos de ti que salves a nuestro rey Karazdan! ¡Una
lepra, que hasta ahora no tuvo remedio, le cubre el rostro y el cuerpo! ¡Y hemos pensado en ti para
que le cures, ya que eres hijo del sabio Danial!" Y todos los circunstantes, gobernadores,
chambelanes y portaalfanjes, gritaron a la vez: "¡Sólo de ti esperamos la curación del rey
Karazdán!"
Al oír estas palabras, se dijo el asustado Hassib: "¡Por Alah! ¡me toman por un sabio!" Luego
dijo al gran visir: "En verdad que soy el hijo de Danial! ¡Pero no soy más que un ignorante! Me
llevaron a la escuela y no aprendí en ella nada; quisieron enseñarme la medicina, pero al cabo de
un mes renunciaron a ello al ver la mala calidad de mi entendimiento. Y como último recurso, mi
madre me compró un asno y cuerdas, e hizo de mí un leñador: ¡Y eso es todo lo que sé!"
Pero el visir le dijo: "Es inútil, ¡oh hijo de Danial! que sigas ocultando tus conocimientos.
¡Demasiado sabemos que aunque recorriéramos el Oriente y el Occidente, no encontraríamos
quien te igualase como médico!" Aterrado, dijo Hassib: "Pero ¡oh visir lleno de sabiduría! ¿cómo
podré curarle si no conozco las enfermedades ni los remedios?" El visir añadió: "Vamos, joven, es
inútil negar más. ¡Todos sabemos que la curación del rey está en tus manos!" Hassib alzó al cielo
las manos y preguntó: "¿Cómo es eso?" El visir dijo: "¡Muy sencillo! ¡Puedes obtener esa curación
porque conoces a la princesa subterránea, la reina Yamlika, cuya leche virginal, tomada en ayunas
o empleada como díctamo, cura las enfermedades más incurables ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
Y CUANDO LLEGO LA 372ª NOCHE
Ella dijo:
"...la reina Yamlika, cuya leche virginal, tomada en ayunas o empleada como díctamo, cura las
enfermedades más incurables!"
Al oír tales palabras, comprendió Hassib que aquellos informes provenían de su entrada en el
hammam, y trató de negar. Exclamó, pues: ¡Jamás he visto esa leche, ¡oh señor! y no se quién es
la princesa Yamlika! ¡Es la primera vez que oigo semejante nombre!" El visir sonrió y dijo: "¡Puesto
que te niegas aún, voy a demostrarte que no te servirá de nada! ¡Te digo que has estado en los
dominios de la reina Yamlika! Además, cuantos fueron allá en los tiempos antiguos, volvieron con
la piel del vientre negra. Así lo dice este libro que tengo a la vista. Pero la piel del vientre no se le
pone negra al visitante de la reina Yamlika más que después de su entrada en el hammam, ¡oh hijo
de Danial! Y he aquí que los espías que yo tenía apostados en el hammam para que examinaran el
vientre a todos los bañistas, han venido hace un rato a decirme que se te había puesto de pronto
negro el vientre mientras te bañaban. ¡Es inútil, pues, que continúes negando!"
Al oír estas palabras; exclamó Hassib: "¡No, por Alah! ¡Nunca estuve en los dominios de la
princesa subterránea!" Entonces se acercó a él el gran visir, le quitó las toallas que le envolvían y
le dejó el vientre al descubierto. Estaba negro como el vientre de un búfalo.
Al ver aquello, Hassib estuvo a punto de caerse desmayado de espanto; luego tuvo una idea, y
dijo al visir: "Debo declararte ¡oh mi señor! que nací con el vientre completamente negro". El visir
sonrió v dijo: "Pues no lo estaba cuando entraste en el hammam. ¡Así me lo dijeron los espías!"
Pero Hassib, que de ninguna manera quería hacer traición a la princesa subterránea revelando su
residencia, siguió negando haber tenido relaciones con ella ni haberla visto nunca. Entonces el
visir hizo una seña a dos verdugos, que se acercaron al joven, le echaron en el suelo, desnudo
como estaba, y empezaron a administrarle en las plantas de los pies palos tan crueles y tan
repetidos, que habría rnuerto si no se decidiera a pedir gracia confesando la verdad.
En seguida hizo el visir que levantaran al joven, y ordenó que le pusiesen un magnífico ropón
de honor en lugar de las toallas con que a su llegada se envolvía. Tras de lo cual lo condujo por sí
mismo al patio del palacio, donde le hizo montar en el caballo más hermoso de las caballerizas
reales, montando él a caballo también, y acompañados ambos por un séquito numeroso, tomaron
el camino de la casa ruinosa por donde salió Hassib de los dominios de la reina Yamlika.
El visir, que había aprendido en los libros la ciencia de los conjuros, se puso a quemar allá
perfumes y a pronunciar las fórmulas mágicas que abren las puertas, mientras Hassib, por su
parte, siguiendo órdenes del visir, emplazaba a la reina para que se mostrase a él. Y de pronto se
produjo un temblor de tierra que tiró al suelo a la mayoría de los circunstantes, y se abrió un
agujero por el que surgió, sentada en un azafate de oro transportado por cuatro serpientes con
cabeza humana que vomitaban llamas, la reina Yamlika, cuyo rostro tenía áureos resplandores. Y
miró a Hassib con ojos preñados de reproches, y le dijo: "¿Es así, ¡oh Hassib! como cumples el
juramento que me hiciste?" Y exclamó Hassib: "¡Por Alah! ¡Oh reina! La culpa es del visir, que por
poco me mata a golpes!" Ella dijo: "¡Ya lo sé! Y por eso no quiero castigarte; te han hecho venir
aquí, y hasta a mí misma me obligan a salir de mi morada para curar al rey. Y vienes a pedirme
leche para realizar esa curación. ¡De buen grado te la concedo como recuerdo de la hospitalidad
que te di y de la atención con que me escuchaste! He aquí dos frascos con leche mía. Para operar
la curación del rey, conviene que te enseñe el modo de emplearla. ¡Acércate más a mí!" Hassib se
acercó a la reina, la cual le dijo en voz baja para que no la oyese nadie más que él: "Uno de los
frascos, el que está marcado con una raya roja, debe servir para curar al rey. Pero el otro lo destino
al visir que mandó que te apalearan. En efecto, cuando el visir vea la curación del rey, querrá
beber de mi leche para preservarse de las enfermedades, y tú le darás a beber del otro frasco.
Luego, la reina Yamlika entregó a Hassib los dos frascos de leche, y desapareció enseguida,
mientras la tierra volvía a cerrarse sobre ella y las que la transportaban.
Cuando llegó Hassib al palacio, hizo exactamente lo que le había indicado la reina. Se acercó,
pues, al rey, y le dió a beber del primer frasco. Y no bien el rey hubo bebido aquella leche, se puso
a sudar por todo su cuerpo, y al cabo de algunos instantes comenzó a caérsele a pedazos la piel
atacada de lepra, a la vez que le nacía otra piel dulce y blanca como la plata. Y quedó curado en el
momento. En cuanto al visir, quiso beber también de aquella leche, cogió el segundo frasco y lo
vació de un trago. Y al punto empezó a hincharse poco a poco, y después de ponerse gordo como
un elefante, estalló de pronto y murió inmediatamente. Y le retiraron de allí enseguida para
enterrarle.
Cuando el rey se vio curado de aquel modo, hizo sentarse a Hassib al lado suyo, le dio
muchas gracias y le nombró gran visir en lugar del que había muerto en su presencia. Y luego hizo
que le pusieran un ropón de honor avalorado con pedrerías, y mandó que proclamaran por todo el
palacio su nombramiento, después de regalarle trescientos mamalik y trescientas jóvenes para
concubinas, además de tres princesas de sangre real que, con la mujer de Hassib, hicieron cuatro
esposas legítimas; y le dió también trescientos mil dinares de oro, trescientas mulas, trescientos
camellos y muchos rebaños de búfalos, bueyes y carneros.
Tras de lo cual, todos los oficiales, chambelanes y notables, por orden del rey, que les dijo:
"¡Quien me honre que le honre!" se acercaron a Hassib y le besaron la mano por orden de
categorías, demostrándole su sumisión y patentizándole su respeto. Luego tomó Hassib posesión
del palacio del antiguo visir, y habitó en él con su madre, sus esposas y sus favoritas. Y vivió así
rodeado de honores y de riquezas durante largos años, en los cuales tuvo tiempo de
aprender a leer y a escribir.
Cuando aprendió Hassib a leer y a escribir, se acordó de que su padre Danial había sido un
gran sabio, y tuvo la curiosidad de preguntar a su madre si no le había dejado como herencia sus
libros y sus manuscritos. Y la madre de Hassib contestó: "Hijo mío, tu padre destruyó antes de
morir todos sus papeles y todos sus manuscritos, y no te dejó como herencia más que una hojita
de papel, que me encargó te entregase cuando me expresaras tal deseo". Y dijo Hassib: "¡Anhelo
mucho poseerla, porque ahora deseo instruirme para dirigir mejor los asuntos del reino!”
Entonces la madre de Hassib ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGÒ LA 373ª NOCHE
Ella dijo:
.. Entonces la madre de Hassib corrió a sacar de la maleta, donde la había guardado con sus
alhajas, la hojita de papel, único legado del sabio Danial, y fu¿ a entregársela a Hassib, que la
cogió y la desenrolló.
Y leyó en ella estas sencillas palabras: "Toda ciencia es vana, porque llegaron los tiempos
en que el Elegido de Alah indicará a los hombres las fuentes de la sabiduría. ¡Se llamará
Mohammed! ¡Con él y con sus compañeros y con sus creyentes sean la paz y la bendición
hasta la extinción de las edades!"
Y tal es ¡oh rey afortunado! -continuó Schehrazada- la historia de Hassib, hijo de Danial, y de
la reina Yamlika, princesa subterránea. ¡Pero Alah es más sabio!
Cuando Schehrazada hubo acabado de contar esta historia extraordinaria, el rey Schahriar
exclamó de repente:
"Siento que me invade el alma un gran fastidio, Schehrazada. ¡Y ten cuidado, porque
como esto continúe, me parece que mañana por la mañana estará por un lado tu cabeza y tu
cuerpo por el otro!"
Al oír estas palabras, la pequeña Doniazada, compungida, se acurrucó más aún en la
alfombra, y Schehrazada contestó sin inmutarse: "En ese caso ¡oh rey afortunado! voy a contarte
una o dos historias cortas, lo preciso para pasar el resto de la noche. ¡Al fin y al cabo, Alah es el
Omnisciente!"
Y preguntó el rey Schahriar: "¿Pero cómo vas a arreglarte para: encontrar una historia que
sea breve y divertida a la vez?" Schehrazada sonrió, y dijo: "Precisamente ¡oh rey afortunado! esas
historias son las que mejor conozco. Voy, pues, a contarte al instante una o dos anécdotas
entresacadas del PARTERRE FLORIDO DEL INGENIO y del JARDÍN DE LA GALANTERÍA. ¡Y
después quiero que me cortes la cabeza!"
Y dijo en seguida:
EL PARTERRE FLORIDO DEL INGENIO Y EL JARDIN DE LA GALANTERIA
AL-RASCHID Y EL CUÉSCO
He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que un día en que el califa Harún Al-Raschid se sentía
presa del fastidio y se hallaba en el mismo estado de espíritu en que se halla en este momento Tu
Serenidad, salió a pasear por el camino que va de Bagdad a Bassra, llevando en su compañía a su
visir Giafar Al-Barmaki, a su copero favorito Abu-Ishak y al poeta Abu-Nowas.
Mientras se paseaban y el califa seguía con la mirada torva y los labios apretados, pasó por el
camino un jeique montado en un burro. Entonces el califa se encaró con su visir Giafar, y le dijo:
"¡Interroga a ese jeique por el lugar adonde se dirige!" Y Giafar, que desde hacía un momento no
sabía qué inventar para distraer al califa, resolvió al punto divertirle a costa del jeique, que iba
tranquilamente por su camino, dejando el ronzal suelto sobre el cuello del asno qqe le conducía.
Se acercó, pues, al jeique, y le preguntó: "¿Adónde se va, ¡oh venerable!?"
El jeique contestó: "¡A Bagdad, de vuelta de Bassra, que es mi país!" Giafar preguntó: "¿Y a
qué obedece un viaje tan largo?" El otro contestó: "¡Por Alah! ; voy en busca de un médico bueno
que me recete un colirio para mi ojo!" Giafar dijo: "¡La suerte y la curación están entre las manos de
Alah, ¡oh jeique! Pero ¿qué me darás si para evitarte pesquisas y gastos te receto yo mismo aquí
un colirio que te cure el ojo en una noche?''
El otro contestó: "¡Sólo Alah podría remunerarte con arreglo a tus méritos!" Entonces Giafar
se volvió hacia el califa y hacia Abu-Novas, y les guiñó el ojo; luego dijo al jeique: "Así es, mi buen
tío, y no olvides la receta que voy a darte, porque es sencillísima.
Hela aquí: toma tres onzas de soplo de viento, tres onzas de rayos de sol y tres onzas de
luz de linterna; lo mezclas todo cuidadosamente en un mortero sin fondo, y durante tres
meses lo dejas expuesto al aire libre. Entonces tendrás que machacarlo durante dos o tres
meses y verterlo en una escudilla agujereada, que expondrás al viento y al sol durante otros
tres meses todavía. Después de hacer esto estará a punto el colirio, no tendrás más que
espolvorearte con él el ojo trescientas veces la primera noche, cogiendo para ello tres
dedadas grandes cada vez, y te dormirás. ¡Al día siguiente te despertarás curado, si Alah
quiere!"
Al oír estas palabras, en prueba de gratitud y de respeto el jeique se puso de bruces encima
de su burro delante de Giafar y de repente soltó un detestable cuesco seguido de dos largos
follones, y dijo a Giafar:
"Corre ¡oh médico! para recogerlos antes de que se desparramen. Por el momento es la
única respuesta que da mi gratitud a tu remedio ventoso; pero ten la seguridad de que
apenas me halle de regreso en mi tierra, si Alah quiere, te enviaré como regalo una esclava
de trasero tan arrugado como un higo seco, la cual ha de proporcionarte tanto placer que
expirará tu alma; y entonces sentirá tu esclava tanto dolor y tanta emoción al llorar sobre tu
cadáver ¡que no podrá menos de mearse en tu rostro frío y regar tu barba seca!"
Y el jeique acarició tranquilamente a su asno y siguió su camino, en tanto que el califa se
dejaba caer de trasero en el límite de la convulsión y reventaba de risa al ver la cara de su visir,
inmóvil y mudo de sorpresa, y Abu-Nowas, que con un gesto paternal fingía felicitarle.
Al oír esta anécdota, se serenó de pronto el rey Schahriar y dijo a Schehrazada: "¡Date prisa,
Schehrazada, a contarme aún esta noche una anécdota que sea tan divertida como la anterior, por lo menos!"
Y exclamó la pequeña Doniazada: "¡Oh Schehrazada; hermana mía, cuán dulces y sabrosas
son tus palabras!" Entonces, tras una pausa corta, Schehrazada dijo:
EL JOVENZUELO Y SU MAESTRO
Cuentan que el visir Badreddin, gobernador del Yamán, tenía un hermano que era un joven
dotado de una belleza tan incomparable, que a su paso volvían la cabeza hombres y mujeres para
admirarle y hartarse los ojos de sus encantos. Así es que temeroso de que le sobreviniera alguna
aventura considerable, el visir Badr le tenía cuidadosamente alejado de las miradas de los
hombres y le impedía que se tratara con los jóvenes de su edad. Como no quería llevarle a la
escuela por no poder vigilarle allí lo suficiente, hizo ir a la casa en calidad de maestro a un jeique
venerable y piadoso, de costumbres notoriamente castas, y le puso entre sus manos. Y el jeique
iba todos los días a ver a su discípulo, con el cual se encerraba algunas horas en una estancia que
les había reservado el visir para dar las lecciones.
Al cabo de cierto tiempo, la belleza y los encantos del joven no dejaron de surtir su efecto
habitual en el jeique, que acabó por quedar locamente prendado de su discípulo, y al verle sentía
cantar a todos los pájaros de su alma que despertaban con sus cánticos cuanto estaba dormido en
él.
Así es que sin saber qué hacer para calmar su emoción, decidióse un día a participar al joven
la turbación de su alma y le declaró que no podía va pasarse sin su presencia. Entonces, muy
conmovido por la emoción de su maestro, le dijo el joven: "¡Ay! bien sabes que tengo las manos
atadas y que mi hermano vigila todos mis movimientos". El jeique suspiró, y dijo: "¡Quisiera pasar
solo contigo una velada!" El joven contestó: "¡Quién piensa en eso!" Si durante el día me vigilan,
¡qué no será por las noches!" El jeique añadió: "Ya lo sé; pero la terraza de mi casa está contigua y
al mismo nivel que la terraza de esta casa en que nos hallamos, y te será fácil, cuando tu hermano
se durmiera esta noche, subir sigilosamente allá, donde yo te esperaré y te llevaré conmigo, sin
más que saltar la tapia divisoria, a mi terraza, en la que no vendrá nadie a vigilarnos".
El joven aceptó la proposición, diciendo: "Escucho y obedezco!"...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló
discretamente:
Y el rey Schahriar se dijo: "¡En verdad que no la mataré antes de saber lo que pasó entre ese
jovenzuelo y su maestro!”
Y CUANDO LLEGO LA 375ª NOCHE
Dijo Schehrazada:
...El joven aceptó la proposición, y llegada la noche, fingió dormir, y cuando el visir se retiró
a su estancia, subió él a la terraza, donde ya le esperaba el jeique, que en seguida le cogió de la
mano y se dio prisa a conducirle a su terraza, en la que ya estaban dispuestas las copas llenas y
las frutas. Se sentaron, pues, a la luz de la luna en la esterilla blanca, y con la inspiración propicia
en la serenidad de la hermosa noche, se pusieron a cantar y a beber, en tanto que los dulces rayos
del astro les iluminaban hasta el éxtasis.
Mientras dejaban transcurrir así el tiempo ellos, el visir Badr pensó, antes de acostarse, ir a ver
a su hermano pequeño, y se sorprendió mucho al no encontrarle. Dedicóse a buscarle por toda la
casa, y acabó por subir a la terraza y acercarse a la tapia divisoria; vió entonces a su hermano y al
jeique con la copa en la mano, cantando sentados uno junto a otro. Pero el jeique también había
tenido tiempo de verle avanzar desde lejos, y con un aplomo admirable interrumpió la canción que
estaba diciendo, para improvisar estos versos que cantó con el mismo motivo y sin cambiar de
tono:
¡Me hace beber un vino mezclado con la saliva de su boca; y el rubí de la copa brilla en
sus mejillas, que se coloran a la vez con la púrpura del pudor!
¿Qué nombre le daré? Su hermano se llama ya la Luna Llena de la Religión, y en verdad
que nos alumbra como la luna en este momento. ¡Le llamaré, pues, la Luna Llena de la
Belleza!
Cuando el visir Badreddin hubo oído estos versos, que contenían la alusión tan delicada con
respecto a él, como era discreto y muy galante, y como tampoco veía que ocurriera nada
inconveniente, se retiró, diciendo: "¡Por Alah! ¡No seré yo quien turbe su coloquio!" Y los otros dos
llegaron a sentir una felicidad perfecta.
Y después de contar esta anécdota, Schehrazada se detuvo un instante, y dijo luego:
EL SACO PRODIGIOSO
Cuentan que el califa Harún Al-Raschid, atormentado una noche por uno de sus frecuentes
insomnios, llamó a Giafar, su visir, y le dijo: "¡Oh Giafar! esta noche tengo extremadamente
oprimido el pecho por el insomnio, y anhelo mucho ver cómo te arreglas para dilatármelo!"
Giafar contestó: "¡Oh Emir de los Creyentes! tengo un amigo llamado Alí el Persa, que posee
en su alforja una porción de historias deliciosas a propósito para borrar las penas más tenaces y
calmar los humores irritados!"
Al-Raschid contestó: "¡Venga, pues, a mi presencia al instante tu amigo!" Y Giafar le puso
enseguida entre las manos del califa, que le hizo sentarse y le dijo: "¡Escucha, Alí! Me han dicho
que sabes historias capaces de disipar la pena y el fastidio, y hasta de procuràr el sueño a quien
sufre insomnio. ¡Deseo de ti una de esas historias!" Alí el Persa contestó: "¡Escucho y obedezco,
oh Emir de los Creyentes! ¡Pero no sé si debo contarte algo que haya oído con mis oídos o algo
que haya visto con mis ojos!" Al-Raschid dijo: "¡Prefiero una historia en que tú mismo intervengas!"
Entonces dijo Alí el Persa:
"Un día estaba yo sentado en mi tienda vendiendo y comprando, cuando llegó un kurdo para
ajustar conmigo algunos objetos; pero de pronto se apoderó de un saquito que había delante de
mí, y sin tomarse el trabajo de ocultarlo quiso llevárselo, como si le perteneciese absolutamente
desde que nació. Entonces me planté en la calle de un salto, le agarré por el faldón de su traje y le
insté a que me devolviera mi saco; pero se encogió de hombros, y me dijo: "¡Pero si este saco me
pertenece con todo lo que tiene!"
Entonces grité en el límite de la sofocación: "¡Oh musulmanes, salvad de las manos de ese
descreído lo que es mío!" Al oír mis gritos, todo el zoco se agrupó a nuestro alrededor, y los
mercaderes me aconsejaron que fuese a quejarme al kadí en el instante. Acepté y me ayudaron a
arrastrar a casa del kadí al kurdo que me robó mi saco.
Cuando estuvimos en presencia del kadí, nos mantuvimos de pie respetuosamente entre sus
manos, y empezó por preguntarnos él: "¿Quién de vosotros es el querellante y de quién se
querella?"
Entonces el kurdo, sin darme tiempo para abrir la boca, se adelantó algunos pasos y contestó:
"¡Dé Alah su apoyo a nuestro amo el kadí! Este saco que tengo es mi saco, y me pertenece todo lo
que contiene. ¡Lo había perdido y acabo de encontrarlo delante de este hombre!"
El kadí le preguntó: "¿Cuándo lo perdiste?" El otro contestó: "¡Durante el día de ayer, y su
pérdida me impidió dormir toda la noche!" El kadí le dijo: "¡En ese caso, enumérame los objetos
que contiene!"
Entonces, sin dudar un instante, contestó el kurdo: "En mi saco ¡oh nuestro amo el kadí!
hay dos frascos de cristal llenos de kohl, dos varillas de plata para extender el kohl, un
pañuelo, dos vasos de limonada con el borde dorado, dos antorchas, ojos cucharas, un
almohadón, dos tapetes para mesa de juego, dos pucheros con agua, dos azafates, una
bandeja, un a marmita, un depósito de agua de barro cocido; un cazo de cocina, una aguja
de hacer calceta, dos sacos con provisiones, una gata preñada, dos perras, una escudilla
con arroz, dos burros, dos literas para mujer, un traje de paño, dos pellizas, una vaca, dos
becerros, una oveja con dos corderos, una camella y dos camellitos, dos dromedarios de
carrera con sus hembras, un búfalo y dos bueyes, una leona y dos leones, una osa, dos
zorros, un diván, dos camas, un palacio con dos salones de recepción, dos tiendas de
campaña de tela verde, dos doseles, una cocina con dos puertas, y una asamblea de kurdos
de mi especie dispuestos a dar fe de que este saco es mi saco".
Entonces se encaró conmigo el kadí y me preguntó...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
Y CUANDO LLEGO LA 376ª NOCHE
Ella dijo:
. . . Entonces se encaró conmigo el kadí y me preguntó: "¿Y qué tienes tú que contestar?"
Yo ¡oh Emir de los Creyentes! estaba estupefacto con todo aquello.
Sin embargo, avancé un poco y contesté: "¡Eleve y honre Alah a nuestro amo el kadí! ¡Yo
bien sé que en mi saco solamente hay un pabellón en ruinas, una casa sin cocina, un
albergue para perros, una escuela de adultos, unos jóvenes que juegan a los dados, una
guarida de salteadores, un ejército con sus jefes, la ciudad de Bassra y la ciudad de Bagdad,
el palacio antiguo del emir Scheddad ben-Aad, un horno de herrero, una caña de pescar, una
cayada de pastor, cinco buenos mozos, doce jóvenes intactas, y mil conductores de
caravanas dispuestos a dar fe de que este saco es mi saco!"
Cuando el kurdo hubo oído mi respuesta, rompió a llorar y a sollozar, y luego exclamó con la
voz entrecortada por las lágrimas: "¡Oh nuestro amo el kadí! este saco que me pertenece es
conocido y reconocido, y todo el inundo sabe que es de mi propiedad. ¡Encierra, además,
dos ciudades fortificadas y diez torres, dos alambiques de alquimista, cuatro jugadores de
ajedrez, una yegua y dos potros, un semental y dos jacas, dos lanzas largas, dos liebres, un
mozo experto y dos mediadores, un ciego y dos clarividentes, un cojo y dos paralíticos, un
capitán marino, un navío con sus marineros, un sacerdote cristiano y dos diáconos, un
patriarca y dos frailes y por último, un kadí y dos testigos dispuestos a dar fe de que este
saco es mi saco!"
Al oír estas palábras se encaró conmigo el kadí y me preguntó: "¿Qué tienes que contestar a
todo eso?"
Yo ¡oh Emir de los Creyentes! me sentía cargado de rabia hasta las narices. Me adelanté, no
obstante, algunos pasos y contesté con toda la calma de que era capaz: "¡Alah esclarezca y
consolide el juicio de nuestro amo el kadí! ¡Debo añadir que en este saco hay, además,
medicamentos contra el dolor de cabeza, filtros v hechizos, cotas de malla y armarios llenos
de armas, mil carneros destinados a luchar a cornadas, un parque con ganados, hombres
dados a las mujeres, aficionados a los muchachos, jardines llenos de árboles y de flores,
viñas cargadas de uvas, manzanas e higos, sombras y fantasmas, frascos y copas, recién
casados con todo el séquito de su boda, gritos y chistes, doce cuescos vergonzosos, y
otros tantos follones sin olor, amigos sentados en una pradera, banderas y pendones, una
casada saliendo del hammam, veinte cantarinas, cinco hermosas esclavas abisinias, tres
indias, cuatro griegas, cincuenta turcas, setenta persas, cuarenta cachemirenses, ochenta
kurdas, otras tantas chinas, noventa georginas, todo el país del Irak, el Paraíso terrenal, dos
establos, una mezquita, varios hammams, cien mercaderes, una tabIa de madera, un clavo,
un negro que toca el clarinete, mil dinares, veinte cajones llenos de tela, veinte danzarinas,
cincuenta almacenes, la ciudad de Kufa, la ciudad de Gasa, Damieta, Assuán, el palacio de
Khoshú -Anuschriván y el de Soleimán; todas las comarcas situadas entre Balkh e Ispahán,
las Indias y el Sudán, Bagdad y el Khorassán; contiene, además -¡ Alah persevere los días
de nuestro amo el kadí!- una mortaja, un ataúd y una navaja de afeitar para
La barba del kadí, si el kadí no quisiera reconocer mis derechos y sentencias que este saco
es mi saco!"
Cuando el kadí hubo oído todo aquello, nos miró y me dijo: "¡Por Alah, o sois dos bribones que
os burláis de la ley y de su representante, o este saco debe ser un abismo sin fondo o el propio
Valle del Día del Juicio!"
Y para comprobar mis palabras hizo al punto el kadí que se abriera el saco ante testigos.
¡Contenía unas cáscaras de naranjas y unos huesos de aceitunas!
Entonces, pasmado hasta el límite del pasmo, declaré al kadí que aquel saco pertenecía
al kurdo, pero que el mío había desaparecido, y me marché”.
Cuando el califa Harún Al-Raschid hubo escuchado esta historia, le tiró de espalda la fuerza
explosiva de su risa, e hizo un magnífico regalo a Alí el Persa. ¡Y aquella noche durmió con un
profundo sueño hasta por la mañana!
Luego añadió Schehrazada: "Pero no creas ¡oh rey afortunado! que es menos deliciosa esta
anécdota que aquella otra en que Al-Raschid se encuentra en un apurado caso de amor". Y
preguntó el rey Schahriar: "¿Qué anécdota es esa que no conozco?"
Entonces Schehrazada dijo:
AL-RASCHID, JUSTICIERO DE AMOR
Cuentan que una noche en que Harún Al-Raschid estaba acostado entre dos hermosas
jóvenes que le gustaban por igual, y de las cuales una era de Medina y otra de Kufa, no quería
expresar con la terminación final su preferencia por una en detrimento de la otra. Debía, pues,
alcanzar tal premio la que hiciera más méritos para ello. Así es que la esclava de Medina empezó
por cogerle de las manos y se puso a acariciarle dulcemente, en tanto que la de Kufa, echada un
poco más abajo, le frotaba los pies, aprovechándose de la ocasión para deslizar su mano hasta la
mercancía de más arriba y sopesarla de cuando en cuando.
Bajo la influencia de este tanteo delicado, la mercancía empezó de pronto a aumentar de
peso considerablemente. Entonces se apresuró a apoderarse de ella la esclava de Kufa, y
trayéndola toda hacia sí, la ocultó entre sus manos; pero la esclava de Medina, le dijo: "¡Ya veo
que guardas el capital para ti sola y no piensas dejarme siquiera los intereses!"
Y con un ademán rápido rechazó a su rival y se apoderó del capital a su vez, oprimiéndole
cuidadosamente con las manos.
Entonces la esclava defraudada, que estaba muy versada en el conocimiento de las
tradiciones del Profeta, dijo a la esclava de Medina: "Yo soy quien debe tener derecho al capital, en
virtud de estas palabras del Profeta (¡con él la plegaria y la paz!): "¡Quien hace revivir una tierra
muerta, se convierte en su único propietario!"
Pero la esclava de Medina, que no cedía la mercancía, no estaba menos versada en la Suma
que su rival de Kufa, y le contestó al punto: "El capital me pertenece en virtud de estas palabras del
Profeta (¡con él la plegaria y la paz!) que nos fueron conservadas y transmitidas por Sofián: "¡La
casa pertenece, no a quien la levanta, sino a quien le da alcance!"
Cuando oyó estas citas el califa, le parecieron tan justas, que satisfizo por igual a ambas
jóvenes aquella noche.
Luego añadió Schehrazada: "Pero ninguna de estas anécdotas ¡oh rey afortunado! vale tanto
como aquella en que dos mujeres discuten para saber si en amor conviene dar la preferencia al
joven o al hombre maduro.
¿PARA QUIEN LA PREFERENCIA?
¿PARA EL JOVEN O PARA EL HOMBRE MADURO?
La anécdota siguiente nos la relata Abul-Afina. Dice.
"Un día había yo subido a mi terraza para tomar el aire, cuando oí una conversación de
mujeres en la terraza contigua. Las que así charlaban eran dos esposas de mi vecino, cada una de
las cuales tenía un amante que la contentaba como no lo hacía el esposo viejo e impotente. Pero
el amante de una era un hermoso joven de lo más tierno aún y con las mejillas sonrosadas e
imberbes, y el amante de la otra era un hombre maduro y peludo; de barba compacta y espesa. Y
he aquí que sin saber que las escuchaban, mis dos vecinas discutían precisamente acerca de los
méritos respectivos de sus enamorados. Decía una...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 377ª NOCHE
Ella dijo:
... Decía una: "¡Oh hermana mía! ¿cómo puedes soportar la rudeza de la barba de tu amante
cuando, al besarte, te frota con ella los senos y las espinas de su bigote rozan las mejillas y los
labios? ¿Qué haces para que no te lastime y desgarre la piel cruelmente cada vez? Créeme,
hermana mía; cambia de enamorado y haz lo que yo; búscate a un joven con un ligero vello en las
mejillas deseables cual una fruta, con una carne delicada que se derrita en tu boca durante el
beso. ¡Por Alah, que ya sabrá él compensar a tu lado su falta de barba con muchas otras cosas
llenas de sabor!"
Al oír estas palabras, le contestó su compañera: "¡Qué tonta eres, hermana mía, y cómo
careces de finura y buen sentido! ¿Acaso no sabes que el árbol sólo resulta hermoso cuando está
lleno de hojas, y el cohombro sólo resulta sabroso con su pelusa y con todas sus asperezas? ;Hay
en el mundo algo más feo que un hombre imberbe v calvo como una cotufa? Has de saber que la
barba y el bigote son para el hombre lo que para las mujeres son las trenzas de pelo. ¡Y tan notorio
es, que Alah el Altísimo (¡glorificado sea!) creó en el cielo especialmente a un ángel que no tiene
otra ocupación que la de cantar alabanzas al Creador por haber dado barba a los hombres y
dotado de cabellos largos a las mujeres! ¿A qué me hablas, pues, de elegir como enamorado a
un joven imberbe? ¿Crees que consentiría yo en tenderme debajo de quien apenas se pone
encima piensa en quitarse, apenas está en tensión piensa en aflojarse, apenas se une
piensa en desatar el nudo, apenas se halla en su sitio piensa en abandonarlo, apenas adquiere
consistencia piensa en derretirse, apenas erigido piensa en derruirse, apenas
enlazado piensa en desligarse, apenas pegado piensa en despegarse, y apenas en
funciones piensa en ceder? ¡Desengáñate, pobre hermana mía! ¡Nunca abandonaré al
hombre que no se separa de la, que enlaza, que cuando entra permanece en su sitio, cuando
se vacía se llena otra vez, cuando acaba recomienza, cuando se mueve es excelente, cuando
funciona es superior, cuando da es generoso y cuando empuja perfora!"
Al oír tal explicación, exclamó la mujer que tenía el amante imberbe: "¡Por el Dueño de la
Kaaba santa, ¡oh hermana mía! que me hiciste entrar en ganas de probar al hombre barbudo!
Luego, tras una corta pausa, dijo seguidamente Schehrazada:
EL PRECIO DE LOS COHOMBROS
Un día en que el emir Moinben-Zaida iba de caza, se encontró con un árabe que volvía del
desierto montado en su borrico. Se puso delante de él, y después de las zalemas consiguientes, le
preguntó: "¿Adónde vas, hermano árabe, y qué llevas envuelto tan cuidadosamente en ese
saquito?" El árabe contestó: "Voy en busca del emir Moinben para llevarle estos cohombros
tempranos que ha dado la primera recolección de mis tierras. Como se trata del hombre más
generoso que se conoce, estoy seguro que me pagará mis cohombros a un precio digno de su
esplendidez". El emir Moinben, a quien el árabe no había visto hasta entonces, le preguntó: "¿Y
cuánto esperas que te dé por esos cohombros el emir Moinben?" El árabe contestó: "¡Mil dinares
de oro, por lo menos!" El emir preguntó: "¿Y si te dice que eso es mucho?" El otro contestó: "¡No le
pediré más que quinientos!" - "¿Y si te dice que es mucho?" - "¡Cincuenta!" - "Y si te dice que es
mucho?" - "¡Treinta! - "Y si te dice todavía que es mucho?" - "¡Oh! ¡Entonces meteré mi borrico en
su harem y me daré a la fuga con las manos vacías!"
Al oír estas palabras, Moinben se echó a reír y espoleó a su caballo para reunirse con su
séquito y entrar enseguida en su palacio, donde dió orden a sus esclavos y a su chambelán para
que dejaran entrar al árabe con sus cohombros.
Así es que cuando una hora más tarde llegó el árabe al palacio, el chambelán se apresuró a
conducirle a la sala de recepción, donde le esperaba el emir Moinben sentado majestuosamente
en medio de la pompa de la corte y rodeado por sus guardias, que ostentaban la espada desnuda
en la mano. Y he aquí que el árabe estuvo muy lejos de reconocer en él al jinete que había
encontrado en el camino y con el saco de cohombros en las manos esperó, después de las
zalemas, a que el emir le interrogara.
El emir le preguntó: "¿Qué me traes en ese saco, hermano árabe?" El otro contestó:
"¡Confiando en la esplendidez de nuestro dueño el emir, le traigo los primeros cohombros
tempranos que nacieron en mi campo!" - "¡Qué inspiración tan buena! ¿Y en cuánto estimas mi
esplendidez?" - "¡En mil dinares!" - "¡Es mucho!" - "¡En trescientos!" "¡Es mucho!" - "¡En ciento!" -
"¡Es mucho!" - "¡En cincuenta!" - "¡Es mucho!" - "¡En treinta, entonces!" - ¡También es mucho!"
Entonces exclamó el árabe: "¡Por Alah, que fué de real augurio el encuentro que tuve antes cuando
vi en el desierto aquel rostro de brea! ¡No, por Alah, ¡oh emir! no puedo dar mis cohombros en
menos de treinta dinares!'"
Al oír estas palabras, sonrió sin contestar el emir Moinben. Entonces le miró el árabe, y al
darse cuenta de que el hombre con quien se encontró en el desierto, no era otro que el propio emir
Moinben dijo:
"¡Por Alah, oh mi amo! haz que traigan los treinta dinares, porque tengo el borrico atado
ahí a la puerta!" A estas palabras, el emir Moinben rompió a reír de tal manera, que se cayó de
trasero; e hizo llamar a su intendente y le dijo: "¡Es preciso contar inmediatamente mil dinares
primero, luego quinientos, luego trescientos, luego ciento, luego cincuenta, y por último, treinta,
para dárselos a este hermano árabe con objeto de que se decida a dejar atado donde está a su
borrico!" Y el árabe llegó al límite de la estupefacción al recibir mil novecientos ochenta dinares por
un saco de cohombros. ¡Tanta era la esplendidez del emir Moinben! ¡Sea por siempre con todos
ellos la misericordia de Alah!
Después dijo Schehrazada:
CABELLOS BLANCOS
Cuenta Aba-Suwaid:
"Un día entré en un huerto para comprar fruta, y he aquí que desde lejos vi sentada a la
sombra de un albaricoquero a una mujer peinándose. Cuando me acerqué a ella, noté que era
vieja y que estaban blancos sus cabellos; pero su rostro resultaba perfectamente gentil y su tez
fresca y deliciosa. Al ver que me acercaba a ella no hizo ningún movimiento para taparse el rostro
ni ningún ademán para cubrirse la cabeza, y continuó, sonriendo, en su tarea de alisarse los
cabellos con su peine, que era de marfil. Me paré enfrente de ella, y después de las zalemas, le
dije: "¡Oh vieja de edad, pero joven de rostro! ¿Por qué no te tiñes los cabellos y parecerías
entonces una joven de verdad? ¿A qué obedece el que no lo hagas? ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 378ª NOCHE
Ella dijo:
"¿ ... A qué obedece el que no lo hagas?"
Levantó entonces ella la cabeza, me miró con los ojos muy abiertos, y me contestó con los
versos siguientes:
¡Teñidos estuvieron antaño, pero desapareció su color y les queda el tiempo!
;Para qué teñirlos ahora, si cuando quiero puedo balancear mi grupa fastuosamente, y
hacérmelo meter a capricho por delante o por detrás?
Y dijo luego Schehrazada:
LA CUESTION ZANJADA
Cuentan que el visir Giafar recibió en su casa una noche al califa Harún Al-Raschid y no
escatimó nada para divertirle agradablemente. De pronto dijo el califa: "Giafar, he sabido que
compraste para ti una esclava muy bella, en la que había puesto los ojos yo y que quise comprar
para mí mismo. ¡Deseo, pues, que me la cedas por el precio que te convenga!" Giafar contestó:
"No tengo la menor intención de venderla, ¡oh Emir de los Creyentes!" El califa dijo: "¡Entonces,
ofrécemela como regalo!" Giafar contestó: "Tampoco tengo esa intención, ¡oh Emir de los
Creyentes!"
Entonces frunció las cejas Al-Raschid y exclamó: "¡Juro por los tres juramentos' que al
instante me divorciaré de mi esposa Sett Zobeida, si no quieres consentir en venderme la esclava
o en cedérmela!" Giafar contestó: "¡Juro por los tres juramentos que al instante me divorciaré de mi
esposa, madre de mis hijos, si consiento en venderte la esclava o en cedértela!" (Ver la historia del
desligador en Grano de Belleza Tomo 2)
Cuando hubieron hecho tal juramento ambos, comprendieron de pronto que habían ido
demasiado lejos, cegados por los vapores del vino, y de común acuerdo se preguntaron qué medio
emplearían para salir del apuro. Después de algunos instantes de perplejidad y reflexión, dijo Al-
Raschid: "¡Para salir de este trance tan apurado, no tenemos más remedio que recurrir a las luces
del kadí Abi-Yussuf, que tan versado está en la jurisprudencia del divorcio!" Enviaron a buscarle en
seguida, y Abi-Yussuf pensó: "Cuando el califa envía a buscarme a media noche, es porque en el
Islam ocurre algún acontecimiento muy grave!" Luego salió de su casa a toda prisa, aparejó su
mula, y dijo a su esclavo, que iba detrás de la mula: "¡Llévate el saco de forraje del animal, que no
ha terminado su ración todavía, y no te olvides de colgárselo de la cabeza a nuestra llegada, para
que siga comiendo!"
Cuando entró en la sala donde le esperaban el califa y Giafar, el califa se levantó en honor
suyo y le hizo sentarse a su lado, privilegio que no concedía nunca más que a Abi-Yussuf. Luego le
dijo: "¡Te he llamado para un asunto de la mayor gravedad!" Y le explicó cl caso. Entonces dijo Abi-
Yussuf: "¡Pero si la solución es la cosa más sencilla del mundo!" Se encaró entonces con Giafar, y
le dijo: "¡No tienes más que vender al califa media esclava y regalarle la otra media!"
Esta solución entusiasmó en extremo al califa, que admiró toda su sutileza, porque a ambos
los desligaba de su juramento, haciéndole beneficiarse con la esclava que anhelaba. Llamaron,
pues, a la esclava, y dijo el califa: "No puedo esperar a que pase el tiempo reglamentario para la
liberación definitiva que me permite tomar la esclava a su primer amo. Es preciso, pues, ¡oh Abi-
Yussuf ! que des también con el medio de lograr inmediatamente esa liberación". Abi-Yussuf
contestó: "¡La cosa es todavía más fácil! ¡Que hagan venir a un mameluco joven!" Al punto hicieron
ir al mameluco en cuestión, y dijo Abi-Yussuf: "Para que sea lícita esta liberación inmediata, es
necesario que la esclava esté casada legítimamente. ¡Voy, pues a dársela en matrimonio a este
mameluco, quien mediante una retribución se divorciará de ella antes de tocarla! Y solamente ¡oh
Emir de los Creyentes! podrá pertenecerte como concubina la esclava". Y se encaró con el
mameluco y le dijo: "¿Aceptas como esposa legítima esta esclava?" El otro contestó:, "¡La acepto!"
Entonces le dijo el kadí: "¡Ya estás casado! ¡He aquí ahora mil dinares para ti! ¡Divórciate de ella!"
El mameluco contestó: "Ya que me casé legítimamente, quiero permanecer casado, porque me
gusta la esclava! "
Al oír esta respuesta del mameluco, el califa frunció las cejas con cólera, y dijo al kadí: "¡Por el
honor de mis antepasados, que la solución que buscaste va a llevarte a la horca!" Pero Abi-Yussuf
dijo sonriendo: "¡No se preocupe nuestro dueño el califa de la respuesta de este mameluco, y
convénzase de que es más fácil que nunca la solución ahora!"
Luego añadió: "Solamente has de permitirme ¡oh Emir de los Creyentes! que me conduzca con
este mameluco como si fuera un esclavo mío". El califa le dijo: "¡Te lo permito! ¡Es tu esclavo y tu
propiedad!" Entonces Abi-Yussuf se encaró con la joven y le dijo: "¡Te regalo este mameluco y te lo
doy como esclavo comprado! ¿Le aceptas así?" Ella contestó: "¡Le acepto!" Abi-Yussuf exclamó:
"En ese caso, queda anulado el matrimonio que acaba de contraer contigo. ¡Y ya estás desligada
de él! ¡Así lo ordena la ley del matrimonio! ¡He sentenciado!"
Al oír esta sentencia, Al-Raschid se irguió sobre ambos pies y exclamó en el límite de la
admiración: "¡Oh Abi-Yussuf, no tienes par en el Islam!" E hizo que le entregaran una gran bandeja
llena de oro y le rogó que la aceptase. El kadí dió las gracias al califa; pero no supo como llevar
consigo todo aquel oro. De pronto se acordó del saco de la mula, en el que cabía un celemín, y
tras de mandar por él vació todo el oro de la bandeja y se marchó.
Esta anécdota nos demuestra que el estudio de la jurisprudencia hace ricos a los hombres.
¡Sea, pues, con todos ellos la misericordia de Alah!"
Luego dijo Schehrazada:
ABÙ- NOWAS Y EL BAÑO DE SETT ZOBEIDA
Cuentan que el califa Harún Al-Kaschid, que amaba con un amor extremado a su esposa y
prima Sett Zobeida, había hecho construir, en un jardín reservado para ella sola, un estanque de
agua rodeado por un bosquecillo de árboles frondosos, donde podía bañarse sin exponerse nunca
a las miradas de los hombres y a los rayos del sol, pues el folaje era impenetrable.
Y he aquí que un día en que hacía mucho calor, Sett Zobeida fue al bosquecillo
completamente sola, se desnudó del todo al borde del cstanque y se metió en el agua. Pero no
sumergió más que sus piernas hasta las rodillas, porque la daba miedo el escalofrío que produce el
agua al sumergirse de una vez y, además, porque no sabía nadar. Pero con un jarro que había
traído se vertía en los hombros agua poco a poco, estremeciéndose con la caricia húmeda de su
frescura.
El califa, que la había visto encaminarse al estanque, la siguió sigilosamente, y amortiguando
sus pisadas, llegó cuando ella estaba ya desnuda. A través de las hojas, se puso él a observar y
admirar la desnudez de su esposa, blanca sobre el agua. Como tenía la mano apoyada en una
rama, la rama rechinó de pronto, y Sett Zobeida...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la
Y CUANDO LLEGO LA 379ª NOCHE
Ella dijo:
... la rama rechinó de pronto y Sett Zobeida se volvió asustada, llevándose las dos manos
a su historia, para sustraerla a las miradas, con un gesto instintivo. Por cierto, que la historia de
Sett Zobeida era cosa tan considerable, que podían ocultarla más que a medias las dos manos;
y era aquélla historia tan gruesa y tan escurridiza, que Sett Zobeida no logró retenerla, y se le
escapó por entre los dedos y apareció en toda su gloria a la vista del califa.
Al-Raschid, que hasta entonces nunca tuvo ocasión de observar al aire libre y al natural la
historia de su prima, quedó maravillado y a la vez estupefacto de su enormidad y de su
fastuosidad, y se apresuró a alejarse furtivamente como había venido. Pero aquel espectáculo
despertó la inspiración en él, que se sintió dispuesto a improvisar. Siguiendo un ritmo ligero,
empezó por componer el verso siguiente:
¡En el baño vi la plata cándida!...
Pero en vano siguió torturándose el espíritu para construir otros ritmos, porque no sólo no
consiguió acabar el poema, sino que ni siquiera hizo otro verso que rimase; y se puso muy triste, y
sudaba repitiendo ¡En el baño vi la plata cándida!... y no salía del apuro. Entonces se decidió a
llamar al poeta Abu-Nowas, y le dijo: "Vamos a ver si compones un poema corto cuyo primer verso
sea: ¡En el baño vi la plata cándida!..." Entonces Abu-Nowas, que también había merodeado por
los alrededores del estanque y observado toda la escena consabida, contestó: "¡Escucho y
obedezco!" Y ante la estupefacción del califa, improvisó enseguida los siguientes versos:
¡En el baño vi la plata cándida, y mis ojos se embriagaron de leche!
¡Una gacela cautivó mi alma a la sombra de sus caderas mientras su historia se escurría
entre sus dedos juntos!
¡Oh! ¿Por qué no pude convertirme en onda para acariciar aquella delicada historia
escurridiza, o convertirme en pez durante una hora o dos?
El califa no intentó averiguar cómo se había arreglado Abu-Nowas para dar a sus versos una
significación tan exacta, y le recompensó espléndidamente para demostrarle su satisfacción.
Luego añadió Schehrazada: "Pero no creas ¡oh rey afortunado! que esta sutileza de ingenio de
Abu-Nowas era menos admirable que su encantadora improvisación en la anécdota que vas a oír:
ABU-NOWAS IMPROVISA
Presa de un insomnio tenaz, el califa Harún Al-Raschid se paseaba una noche por las galerías
de su palacio, cuando se encontró con una de sus esclavas, a la cual amaba en extremo, que se
dirigía al pabellón reservado para ella. La siguió y penetró en el pabellón detrás de la joven. La
cogió entonces en brazos y se puso a acariciarla y a juguetear con ella de tal modo, que cayó el
velo que la envolvía y la túnica también se escurrió de sus hombros.
Al ver aquello, se encendió el deseo en el alma del califa, que al instante quiso poseer a su
bella esclava; pero se excusó ella diciendo: "Por favor, ¡oh Emir de los Creyentes! dejemos la cosa
para mañana, porque no esperaba el honor de tu visita y no estoy preparada. ¡Pero mañana, si
Alah quiere, me encontrarás toda perfumada, y embalsamarán la cama mis jazmines!" Entonces no
insistió Al-Raschid y volvió a pasearse.

Al día siguiente, a la misma hora, envió a Massrur, jefe de sus eunucos, para que previniera a
la joven de su visita proyectada. Pero precisamente la joven había tenido durante el día un
principio de fatiga, y como se sentía floja y peor dispuesta que nunca, se limitó a citar por toda
respuesta a Massrur, que la recordaba su promesa de la víspera, este proverbio: "¡El día borra las
palabras de la noche!"
En el momento en que Massrur transmitía al califa las palabras de la joven, entraron los poetas
Abu-Nowas, El-Rakaschi y Abu-Mossab. Y el califa se encaró con ellos y les dijo: "Improvisadme al
instante cada uno de vosotros algunos ritmos donde se pongan en juego estas frases:
Entonces dijo primeramente El-Rakaschi:
¡Guárdate, corazón mío, de una hermosa niña inflexible que no gusta de hacer ni recibir
visitas, que promete una cita sin acudir a ella, y se excusa diciendo: "¡El día borra las
palabras de la noche!"
Luego se adelantó Abu-Mossab, y dijo:
¡A toda velocidad vuela mi corazón, y ella se burla de su ardor! ¡Mis ojos lloran, y se
abrasan de deseo por ella mis entrañas; pero ella se limita a sonreír! Y si la recuerdo su
promesa, me responde: "¡El día borra las palabras de la noche!"
Abu-Nowas se adelantó el último, y dijo
¡Oh, cuán linda estaba en su turbación aquella noche, y qué encanto tenía su
resistencia!
¡El viento embriagado de la noche balanceaba lentamente la rama de su talle y su
pesada grupa ondulante, y también plegábase su busto, en el que apuntaban las dos leves
granadas de sus senos!
¡Con jugueteos amables, con caricias enardecidas, hice escurrirse el velo que
ostentaba, y de sus hombros ¡oh redondez de perlas! se escurrió la túnica también!
¡Y apareció medio desnuda entonces, surgiendo de la ropa que la rodeaba cual surge de
su cáliz una flor!
¡Como la noche corría ante nosotros su cortina de sombras, quise ser más audaz a la
sazón; y le dije: ¡Coronemos el acto!"
Pero ella contestó: "¡Mañana seguiremos!"
Fuí a ella al día siguiente, y le dije: "¡Cumple tu promesa!" Se echó a reír y me contestó:
"¡El día borra las palabras de la noche!"
Al oír tan diversas improvisaciones, Al-Raschid hizo que dieran una gruesa suma de plata a
cada uno de los poetas, exceptuando a AbuNowas, a quien ordenó que condenaran a muerte al
instante, exclamando: "¡Por Alah, tú estás de acuerdo con esa joven! De no ser así, ¿cómo pudiste
hacer una descripción tan exacta de una escena que presencié yo solo?"
Abu-Nowas se echó a reír y contestó: "¡Nuestro dueño el califa olvida que el verdadero poeta
sabe adivinar en lo que se le dice aquello que se le oculta! Y por cierto que nos pintó
excelentemente el Profeta (¡con él la plegaria y la paz!) cuando dijo hablando de nosotros:
"Los poetas van como insensatos por todos los caminos. ¡Sólo les guían su inspiración y el
demonio! ¡Cuentan y dicen cosas que no hacen!"
Ante tales palabras, no quiso Al-Raschid profundizar más en este misterio y después de
perdonar a Abu-Nowas, le dió una suma doble de la recibida por los otros poetas.
Cuando el rey Schahriar hubo oído esta anécdota, exclamó: "¡No, por Alah! no sería yo quien
perdonase a ese Abu-Nowas, y habría profundizado en aquel misterio y hubiera hecho que
cortaran la cabeza a ese pillo! ¡No quiero, Schehrazada, que me hables más de ese canalla que no
respetaba a califas ni a leyes! ¿Lo oyes bien?"
Y dijo Rchehrazada: "Entonces ¡oh rey afortunado! voy a contarle la anécdota del asno.
EL ASNO
Un día, un buen hombre entre esos hombres que parecen llamados a que se burlen de ellos
los demás, iba por el zoco llevando detrás de él a su asno atado con una sencilla cuerda que
servía de cabestro al animal. Le divisó un ladrón muy experimentado, y resolvió robarle el asno.
Participó su proyecto a uno de sus compañeros, que hubo de preguntarle: "¿Pero cómo te vas a
arreglar para no llamar la atención del hombre?" El otro contestó: "¡Sígueme y ya verás!..."
En ese momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.
Y CUANDO LLEGO LA 380ª NOCHE
Ella dijo:
". ..¡Sígueme y ya verás!" Se acercó entonces por detrás al hombre, y con mucho cuidado
quitó el cabestro al asno, se lo puso él mismo, sin que el hombre notase el cambio, y echó a andar
como una acémila, mientras su compañero se alejaba con el asno que habían libertado.
Cuando estuvo seguro el ladrón de que el burro iba ya lejos, detuvo su marcha bruscamente, y
sin volverse, intentó el hombre obligarle a marchar, tirando de él. Pero al sentir aquella resistencia,
se volvió para regañar al borrico, y vió sujeto con el cabestro al ladrón en lugar del animal y
mirándole con aspecto humilde y ojos implorantes. Se quedó tan estupefacto, que permaneció
inmóvil frente al ladrón; y al cabo de un momento, pudo por fin articular algunas sílabas y
preguntar: "¿Quién eres?" El ladrón exclamó con voz lacrimosa: "¡Soy tu asno, oh amo mío! ¡Pero
mi historia es asombrosa! Porque has de saber que en mi juventud era yo un bribón dado a toda
clase de vicios vergonzosos. Un día entré completamente borracho y repugnante en casa de mi
madre, la cual, al verme, sin poder dominar su ira, me colmó de reproches y quiso echarme de la
casa. Pero yo la rechacé y hasta la pegué, influido por mi borrachera. Entonces, indignada ante mi
conducta para con ella, mi madre me maldijo, y el efecto de su maldión fué variar repentinamente
mi forma y convertirme en borrico. A la sazón ¡oh amo mío! me compraste por cinco dinares en el
zoco de los burros, v me has tenido todo este tiempo, y te he servido como animal carga, y me
pinchabas en la grupa cuando, rendido ya, me negaba a andar, y lanzabas contra mí mil
juramentos que no me atreveré repetir nunca. ¡Eso es todo! ¡Y no podía yo quejarme porque me
faltaba el don de la palabra, y lo más que hacía a veces, aunque raramente, era recurrir al cuesco
para reemplazar así el lenguaje que carecía. Por último, sin duda ha debido recordarme con
agrado hoy mi madre, y debió entrar la piedad en su corazón e incitarla a implorar para mí la
misericordia del Altísimo. ¡Porque indudablemente obedece esta misericordia el que ahora haya yo
vuelto a mi primitiva forma humana, oh amo mío!"
Al oír estas palabras, exclamó el pobre hombre: "¡Oh semejante mío, perdóname mis yerros
para contigo, ¡por Alah sobre ti! y olvida los malos tratos que te hice sufrir sin darme cuenta! ¡No
hay recurso más que en Alah!" Y se apresuró a quitar el ronzal que sujetaba al ladrón, y se fue muy
arrepentido a su casa, donde pasó la noche sin poder pegar los ojos de tantos remordimientos y
pena como sentía.
Algunos días después, fué el pobre hombre al zoco de los burros para comprarse otro asno; ¡y
cuál no sería su sorpresa al encontrar en el mercado a su primer borrico con el aspecto que tenía
antes de transformación! Y pensó: "¡Sin duda debió el bribón cometer ya algún otro delito!" Y se
acercó al asno, que se había puesto a rebuznar al reconocerle, se inclinó a su oreja y le dijo con
todas sus fuerzas: "¡Oh bribón incorregible! has debido ultrajar y pegar otra vez tu madre para
transformarte de nuevo en borrico! ¡Pero ¡por Alah! No seré yo quien vuelva a comprarte!" Y le
escupió furioso en la cara, y se fue a comprar otro asno notoriamente conocido como hijo de padre
y madre pertenecientes a la especie de los asnos.
Y Schehrazada dijo todavía aquella noche:
EL FLAGRANTE DELITO DE SETT ZOBEIDA
Cuentan que el Comendador de los Creyentes, Harún Al-Raschid, entró un día a dormir la
siesta en las habitaciones de su espesa Sett Zobeida, y ya iba a echarse cuando notó
precisamente en mitad del lecho una extensa mancha, fresca todavía, de cuyo origen no podía
dudarse. Al ver aquello, se ennegreció el mundo ante el califa, que llegó al límite de la indignación.
Hizo llamar al punto a S-ett Zobeida, y con los ojos inflamados de cólera y temblándole la barba, le
dijo: "¿De qué es esa mancha que hay en nuestro lecho?" Sett Zobeida acercó la cabeza a la
mancha consabida, la olió y dijo: "Es de licor de hombre, ¡oh Emir de los Creyentes!" Conteniendo
a duras penas el estallido de su cólera, exclamó él: "¿Y puedes explicarme la presencia de ese
líquido aún tibio en un lecho donde no me he acostado contigo desde hace más de una semana?"
Ella exclamó muy conmovida: "¡La fidelidad sobre mí y alrededor de mí ¡oh Emir de los Creyentes!
¿Acaso me acusas de fornicación?"
Al-Raschid dijo: "Tanto te acuso, que ahora mismo voy a hacer venir al kadí Abi-Yussuf para
que examine la cosa y me dé su parecer acerca de ella. ¡Y te juro por el honor de mis antecesores
¡oh hija de mi tío! que no retrocederé ante nada si el kadí te declara culpable!"
Cuando llegó el kadí, Al-Raschid le dijo: "¡Oh Abi-Yussuf, dime qué puede ser esa mancha!"
El kadí se acercó al lecho, puso el dedo en la mancha, se lo llevó luego a la altura de los ojos y
de la nariz, y dijo: "¡Es licor de hombre, ¡oh Emir de los Creyentes!..."
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discreta.
PERO CUANDO LLEGO LA 381ª NOCHE
Ella dijo:
"¡ ... Es licor de hombre, ¡oh Emir de los Creyentes!" El califa preguntó: "¿Y cuál puede ser
su origen inmediato?"
Muy perplejo y sin querer afirmar una cosa que le hubiera atraído la enemistad de Sett
Zobeida, el kadí se puso a mirar al techo como si reflexionase, y divisó en una grieta el ala de un
murciélago que se había metido allí.
Y le iluminó el entendimiento una idea salvadora, y dijo: "¡Dame una lanza, oh Emir de los
Creyentes!" El califa le entregó una lanza, y Abi-Yussuf pinchó con ella al murciélago, que hubo de
caer pesadamente. Entonces dijo el kadí: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡Los libros de medicina nos
enseñan que el murciélago tiene un licor que se parece de un modo asombroso al del hombre. Sin0
duda que el delito lo cometió él mirando a Sett Zobeida dormida! ¡Ya ves que acabo de castigarle
con la muerte!"
Aquella explicación satisfizo completamente al califa, que sin dudar ya de la inocencia de su
esposa, colmó de presentes al kadí en prueba de gratitud. Y por su parte, Sett Zobeida, en el límite
del júbilo, le hizo suntuosos regalos y le invitó a quedarse con ella y el califa para comerse algunos
frutos y primicias que les habían llevado. El kadí se sentó en la alfombra entre el califa y Sett
Zobeida, y Sett Zobeida mondó un plátano y le dijo, ofreciéndoselo: "En mi jardín tengo otras frutas
raras en esta época del año; ¿las prefieres a los plátanos?"
El kadí contestó: "Tengo por norma ¡oh mi señora! no sentenciar nunca acerca de lo que no
conozco. ¡Es preciso, pues, que vea esas primicias para compararlas con estas primicias y dar
luego mi opinión sobre sus respectivas excelencias!" Sett Zobeida hizo que cogieran las primicias
de su jardín y se las trajeran enseguida, y cuando las probó el kadí, le preguntó: "¿Qué frutas
prefieres ahora?" El kadí sonrió con suficiencia, miró al califa, después a Sett Zobeida, y les dijo:
"¡Por Alah, que es muy difícil la respuesta! ¡Porque si prefiero una de estas frutas, condenaré la
otra, y me expongo así a la indigestión que el rencor de esta última me ocasionaría!"
¡Y al oír semejante respuesta, Al-Raschid y Sett Zobeida se echaron a reír de tal modo, que se
cayeron de espaldas!
Y como Schehrazada notó por ciertos indicios que el rey Schahriar parecía condenar sin
misericordia a Sett Zobeida; culpándola a ella sola del delito, se apresuró a contarle, para
distraerle, la siguiente anécdota:
¿MACHO O HEMBRA?
Entre diversas anécdotas del gran Khosrú, rey de Persia, cuentan que este rey era muy
aficionado al pescado. Un día en que estaba sentado en su terraza, con su esposa la bella Schirín,
llegó un pescador que le llevaba como presente un pez de tamaño y hermosura extraordinarios.
Maravillado quedó el rey con aquel presente, y ordenó que dieran al pescador cuatro mil dracmas.
Pero la bella Schirín, que jamás aprobada la generosa prodigalidad del rey, esperó a que el
pescador se fuera, y dijo: "No conviene ser pródigo hasta el punto de dar a un pescador cuatro mil
dracmas por un solo pez. Deberías hacer que te devolviera esa suma, porque si no, en lo sucesivo,
cuantos te traigan un presente regularán sus pretensiones tomando como punto de partida ese
precio; ¡y no podrás entonces complacerles!"
El rey Khosrú contestó: "¡Pero sería indigno de un rey admitir de nuevo lo que dio!
¡Olvidemos, pues, lo pasado!" Pero Schirín contestó: "No, no es posible dejar así la cosa! Hay un
medio de recuperar la suma sin que el pescador ni nadie tenga nada que decir. No tienes más que
hacer venir otra vez al pescador y preguntarle: "¿Es macho o hembra el pez que me has traído?" Si
te contesta es macho, se lo devuelves, diciendo: "¡Lo que yo quiero es una hembra!"; y si te dice
que es hembra, se lo devuelves también, diciendo: "¡Lo que yo quiero es un macho!"
El rey Khosrú, que amaba con un amor extremado a la bella Schirín, no quiso contrariarla, y
aunque a disgusto; se apresuró a hacer lo que le aconsejaba ella. Pero el pescador era un hombre
dotado precisamente de un ingenio muy fino, y cuando Khosrú, después de llamarle, le preguntó:
"¿Es macho o hembra el pez?", besó la tierra y contestó: "¡Ese pez ¡oh rey! es hermafrodita!"
Al oír estas palabras, Khosrú se sintió satisfecho y se echó a reír: luego ordenó a su
intendente que diera al pescador ocho mil dracmas en lugar de cuatro mil. El pescador se fue con
el intendente, que le contó los ocho mil dracmas, y los puso en el saco que le había servido para
llevar el pez, y salió.
Cuando pasaba por el patio del palacio, dejó caer del saco, inadvertidamente, un dracma de
plata. Enseguida se apresuró a poner su saco en el suelo, buscando aquel dracma y recogiéndolo
con verdadera satisfacción.
Y he aquí que Khosrú y Schirín le observaban desde la terraza y vieron lo que acababa de
ocurrir. Entonces, aprovechando la ocasión que se le presentaba, exclamó Schirín...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana v se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 382ª NOCHE
Ella dijo:
...Entonces, aprovechando la ocasión que se le presentaba, exclamó Schirín: "¡Mira el
pescador! ¡Qué ignominia la suya! ¡Se le cae un dracma, y en vez de dejarlo para que se lo lleve
algún pobre, es tan vil que lo recoge a despecho del menesteroso!"
Estas palabras impresionaron mucho a Khosrú, que hizo llamar de nuevo al pescador y le dijo:
"¡Oh ser abyecto! ¡Parece mentira que seas un hombre con alma tan pequeña! ¡Te pierde esa
avaricia que te impulsa a dejar un saco lleno de oro por recoger un solo dracma que ha caído para
suerte del menesteroso!"
Entonces el pescador besó la tierra y contestó: "¡Alah prolongue la vida del rey! Si recogí
ese dracma, no es porque me seduzca su importe, sino porque tiene otro gran valor a mis
ojos! ¿No lleva, en efecto, sobre una de sus caras la imagen del rey y su nombre sobre la
otra? No he querido dejarlo expuesto a que, por inadvertencia, lo pisaran los pies de alguno.
¡Y me apresuré a recogerlo, siguiendo así el ejemplo del rey que me sacó del polvo, aunque
apenas valgo lo que un dracma!"
Tanto gustó esta respuesta al rey Khosrú, que hizo que dieran cuatro mil dracmas más al
pescador, y ordenó a los pregoneros públicos que gritaran por todo el Imperio: "No hay que
dejarse guiar nunca por el consejo de las mujeres. ¡Porque quien las escucha comete dos
faltas cuando quiere evitar la mitad de una!"
Al oír esta anécdota, dijo el rey Schahriar: "Apruebo completamente la conducta de Khosrú y
su desconfianza con respecto a las mujeres. ¡Ellas son la causa de muchas calamidades!"
Pero ya decía Schehrazada. sonriendo:
EL REPARTO
Una noche, el califa Harún Al-Raschid se quejaba de insomnios ante su visir Giafar y su
portaalfanje Massrur, cuando de pronto soltó Massrur una carcajada. El califa le miró fruciendo las
cejas, y le dijo: "¿De qué te ríes así? ¿Es que estás loco, es que te burlas?" Massrur contestó:
"¡No, por Alah ¡oh Emir de los Creyentes! te juro por el parentesco que te une al Profeta que mi risa
no obedece a ninguna de esas causas, sino sencillamente a que me he acordado de las buenas
ocurrencias de un tal Ibn Al-Karabí, alrededor del cual hacían corro ayer en el Tigris para
escucharle".
El califa dijo: "En tal caso, ve enseguida a buscar a ese Ibn Al-Karabí. ¡Acaso consiga
dilatarme un poco el pecho!"
Al punto corrió Massrur en busca del chistoso Ihn Al-Karabí, y habiéndole encontrado, le dijo:
"Le hablé de ti al califa, y me ha enviado a buscarte para que le hagas reír".
El otro contestó: "Escucho y obedezco". Massrur añadió entonces: "¡Sí, te conduzco muy
gustoso a presencia del califa; pero ha de ser con la condición de que desde luego me darás las
tres cuartas partes de lo que el califa te regale como remuneración!" lbn Al-Karabí dijo: "¡Eso es
demasiado! Te daré dos terceras partes por tu corretaje. ¡Creo que es bastante!"
Después de algunas dificultades respecto al pago, Massrur acabó por aceptar el convenio, y
condujo al hombre a presencia del califa.
Al verle entrar, le dijo Al-Raschid: "Parece ser que tienes ocurrencias muy divertidas. ¡A ver
cómo las hilvanas! ¡Pero has de saber que si no consigues hacerme reír te espera una paliza!"
El resultado de esta amenaza fué helar completamente el ingenio de Ibn Al-Karabí, que no
supo encontrar entonces más que banalidades de efecto desastroso; porque, en vez de reír, Al-
Raschid sentía aumentar su irritación, y exclamó por último:
"¡Que le administren cien bastonazos en las plantas de los pies, para desviar la sangre que le
obstruye el cerebro!"
Al punto acostaron al hombre y le fueron administrando por cuenta bastonazos en las plantas
de los pies. De repente, cuando pasaron del número treinta, exclamó el hombre: "¡Que remuneren
ahora a Massrur con las dos terceras partes que quedan de bastonazos, porque así lo
hemos convenido entre nosotros!"
Entonces, a una señal del califa, se apoderaron de Massrur los guardias, le acostaron y
comenzaron a hacerle sentir en las plantas de los pies el compás del bastón. Pero, a los primeros
golpes, exclamó Massrur: "¡Por Alah, que me contento muy gustoso con la tercera parte, y
aun con la cuarta, y le cedo todo lo demás!"
Al oír estas palabras, el califa se echó a reír de tal manera, que se cayó de trasero, e hizo que
a cada uno de los dos pacientes le dieran mil dinares.
Luego no quiso Schehrazada dejar transcurrir la noche sin contar la siguiente anécdota:
EL MAESTRO DE ESCUELA
Una vez, un hombre cuyo oficio consistía en vagabundear y vivir a costa de los demás, tuvo la
idea de hacerse maestro de escuela aunque no sabía leer ni escribir, porque aquel era el único
oficio capaz de permitirle ganar dinero sin tener que hacer nada porque es notorio que se puede
ser maestro de escuela, e ignorar completamente las reglas y rudimentos de la lengua; basta con
ser un taimado que haga creer a los demás que es un gran gramático; y ya se sabe que el
gramático sabio es, por lo general, un pobre hombre de ingenio corto, mezquino, humillante,
incompleto e impotente. Así, pues, nuestro vagabundo se erigió en maestro de escuela sin
necesitar más que aumentar el número de vueltas y el volumen de su turbante, y de esta guisa
abrió al final de una callejuela una sala que decoró con muestras de escritura y otras cosas
semejantes, y esperó allá a que llegasen los clientes.
Y he aquí que al ver un turbante tan imponente, los vecinos del barrio no dudaron por un
instante de la ciencia de su convecino, y se apresuraron a enviarle sus hijos...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discreta.
Y CUANDO LLEGO LA 383ª NOCHE
Ella dijo:
..y se apresuraron a enviarle sus hijos.
Pero como no sabía leer ni escribir, se valió él de un medio muy ingenioso para salir del
compromiso; consistía este medio en hacer que los chicos que sabían leer y escribir un poco
dieran la lección a los que no sabían nada absolutamente, en tanto que él hacía como que vigilaba,
aprobando y desaprobando. De este modo prosperó la escuela, y los negocios del maestro iban
viento en popa.
Un día que estaba con su varita en la mano y lanzaba miradas terribles a los pobres niños,
cohibidos por el espanto, entró en la sala una mujer llevando en la mano una carta, y se dirigió al
maestro para rogarle que se la leyese, lo cual es muy corriente en las mujeres que no saben leer.
Al verla, el maestro de escuela no supo qué hacer para evitar semejante prueba, y de pronto se
levantó muy presuroso para salir. Pero la mujer le detuvo, suplicándole que antes de salir le leyera
la carta.
El contestó: "¡No puedo esperar más, porque el muecín acaba de anunciar la plegaria del
mediodía y tengo que ir a la mezquita!" Pero la mujer no le dejó, y le dijo: "¡Por Alah sobre ti!
¡Acaba de llegarme esta carta de mi esposo, que está ausente hace cinco años, y sólo tú en el
barrio puedes leérmela!" Y le obligó a coger la carta.
El maestro de escuela se vió obligado entonces a coger la carta; pero la había puesto
invertida, y en vista del apuro en que se encontraba, empezó a fruncir las cejas, mirando la
escritura, y a golpearse la frente y a quitarse el turbante, sudando de angustia.
Al ver aquello, pensó la pobre mujer: "¡No cabe duda! ¡cuando el maestro de escuela se pone
tan agitado, debe estar leyendo malas noticias! ¡Qué calamidad! ¡Tal vez haya muerto mi esposo!"
Luego, llena de ansiedad, preguntó al maestro de escuela: "¡Por favor, no me ocultes nada! ¿Ha
muerto?" Por toda respuesta, levantó la cabeza con un gesto vago y guardó silencio. Ella exclamó
entonces: "¡Qué calamidad ha caído sobre mi cabeza! ¿Debo desgarrarme los vestidos?"
El contestó: "¡Desgárratelos!" Ella preguntó, en el límite de la ansiedad: "¿Debo abofetearme
y arañarme las mejillas?" El contestó: "¡Abofetéate y aráñate!"
Al oír estas palabras, la pobre mujer, enloquecida salió de la escuela y corrió a su casa,
llenándola con sus gritos de dolor. Entonces acudieron a ella todos los vecinos, y se pusieron a
consolarla; mas en vano. En aquel momento entró uno de los parientes de la desdichada, vió la
carta, y cuando la leyó, dijo a la mujer: "¿Pero quién ha pocido anunciarte la muerte de tu esposo?
En la carta no se habla de semejante cosa. Mira lo que dice: "Después de las zalemas y los votos,
¡oh hija de mi tío! continúo gozando de una salud excelente, y espero estar de vuelta a tu lado
dentro de quince días. Pero antes, para probarte mi solicitud, te enviaré una tela de lino envuelta
en una manta. iUassalam!"
La mujer cogió entonces la carta y volvió a la escuela para reprochar al maestro que la
hubiese engañado de aquel modo. Le encontró sentado a la puerta, y le dijo: "¿No es para ti una
vergüenza engañar de esta manera a una pobre mujer anunciándola la muerte de su esposo,
cuando en la carta se dice que mi esposo ha de volver muy pronto y que me envía de antemano
una tela y una manta?"
Al oír estas palabras, contestó el maestro de escuela: "Ciertamente ¡oh pobre mujer! Que
tienes razón para reprocharme. Pero perdóname, pues en el momento en que yo tenía tu carta
entre las manos estaba muy preocupado, i y al leer un poco de prisa y de cualquier modo, creí que
la tela y la manta eran un recuerdo que te enviaban por haber pertenecido a tu esposo muerto!"
Luego dijo Schehrazada:
LA INSCRIPCION DE UNA CAMISA
Cuentan que habiendo ido un día El-Amín, hermano del,califa ElMamúm, de visita a casa de
su tío El-Mahdí, vió a una esclava muy bella que tocaba el laúd, y quedó enamorado de ella al
punto. Como El-Mahdí no tardó en notar la impresión que la esclava había producido en su
sobrino, con objeto de darle una sorpresa agradable esperó a que se marchase para enviarle la
esclava con alhajas y ricos trajes. Pero a El-Amín le pareció que ya su tío habría gustado las
primicias de la joven y se la daba desflorada, porque sabía que su tío era excesivamente
aficionado a la fruta verde aún. No quiso, pues, aceptar la esclava, y se la devolvió con una carta
en que le decía que una manzana mordida por el jardinero antes de madurar, no endulzará nunca
la boca del comprador.
Entonces El-Mahdí hizo desnudarse por completo a la joven, la puso en la mano un laúd, y se
la envió de nuevo a El-Amín vestida solamente con una camisa de seda, en la cual aparecía esta
inscripción con letras de oro:
¡El botín oculto en la sombra de mis pliegues está virgen de todo tocamiento!
¡Sólo lo ha examinado la mirada para admirar sus perfecciones!
Al ver los encantos de la esclava vestida con aquella camisa tan gentil, y al leer la inscripción,
El-Amín no tuvo ya motivo para rehusar, y aceptó el regalo, honrándolo particularmente.
Aquella noche todavía dijo Schehrazada:
LA INSCRIPCION DE UNA COPA
El califa El-Motawakkel cayó un día enfermo, y su médico Yahia le recetó remedios tan
excelentes, que se disipó la enfermedad y sobrevino la convalecencia. Entonces afluyeron a él de
todas partes regalos de felicitación. Y he aquí que, entre otros obsequios, el califa recibió de Ibn-
Khatán, como presente, una joven intacta, cuyos senos desafiaban por su hermosa forma a los
senos de todas las mujeres de su época.
Al propio tiempo que su belleza, la joven llevaba para el califa, al presentarse a él, una botella
de cristal llena de un vino selecto. Tenía en una mano la botella y en la otra mano una copa de oro,
sobre la cual aparecía grabada en rubíes esta inscripción...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 384ª NOCHE
Ella dijo:
... Tenía en una mano la botella y en la otra mano una copa de oro, sobre la cual aparecía
grabada en rubíes esta inscripción:
¿Qué filtro o qué tríaca, qué bálsamo o qué díctamo vale lo que este licor purpúreo, de
sabor exquisito, remedio universal para los males del cuerpo y para el fastidio?
Y he aquí que el sabio médico Yahia encontrábase en aquel momento junto al califa, y al leer
esta inscripción se echó a reír, y dijo al califa: "¡Por Alah, ¡oh Emir de los Creyentes! esta joven y la
medicina que te trae te harán recuperar las fuerzas mejor que todos los remedios antiguos y
modernos!"
Luego, sin interrumpirse, comenzó inmediatamente Schehrazada la siguiente anécdota:
EL CALIFA EN EL CESTO
Esta historia nos la transmitió el famoso cantor Ishak de Mossul.
Dice:
"Una noche había yo salido tarde de un festín en el palacio del califa El-Mamúm, y como
estaba muy molesto a causa, de una retención de orina que padecía, me metí por una callejuela en
la que no se veía luz, me acerqué a una tapia, aunque no me puse tan cerca de ella como para
que me salpicaran mis propios orines, me agaché comodamente y sentí un gran alivio meando
cuanto pude. Apenas acabé y me sacudí, noté que en medio de la oscuridad me caía una cosa
encima de la cabeza. Salté sobre mis piernas, muy sorprendido en verdad; atrapé el objeto, y
después de palparlo por todos lados, observé con verdadero asombro que era un cesto grande
atado por sus cuatro asas con una cuerda que pendía de la casa ante la cual me hallaba yo. Lo
palpé más aún, y encontré que por dentro estaba forrado de seda y tenía dos cojines que olían
bien.
Como había yo bebido un poco más que de costumbre, mi espíritu enervado me impulsó a
sentarme en aquel cesto que me invitaba al reposo. No pude resistir a la tentación, y me senté
el cesto, y antes de que tuviera tiempo de echar pie a tierra, me vi elevado rápidamente hasta la
terraza, donde me cogieron sin decir una palabra cuatro jóvenes, que me llevaron a la casa y me
invitaron a seguirlas. Una de ellas echó a andar delante de mí con una antorcha en la mano, y las
otras tres se mantuvieron detrás de mí, e hiciéronme bajar por una escalera de mármol y entrar en
una sala de magnificencia comparable a la del palacio del califa. Y pensé para mi ánima: "¡Me
deben tomar por otro a quien hayan dado cita esta noche! ¡Alah arreglará la situación!"
Estando yo aún en aquella perplejidad, se alzó un cortinaje de seda que ocultaba una parte de
la sala, y vi a diez jóvenes arrebatadoras, y de talle frágil y andares exquisitos, llevando antorchas
unas y las otras pebeteros de oro, donde ardían nardo y áloe de la mejor calidad. En medio de
ellas avanzaba como una luna otra joven que hubiera dado celos a las estrellas todas. Se
balanceaba al andar y miraba graciosamente de soslayo, levantando las almas más pesadas. Y he
aquí que al verla salté sobre ambos pies y me incliné hasta el suelo ante ella. Y me miró sonriendo,
y me dijo: "¡Bien venido sea el visitante!"
Luego se sentó y añadió con una voz encantadora: "¡Descansa, señor!"
Me senté, disipada ya la borrachera de vino, pero presa de otra embriaguez más fuerte.
Entonces me dijo ella: "¿Y cómo se te ha ocurrido venir a nuestra casa y sentarte en el cesto?"
Contesté: "¡Oh mi señora! es la molestia que me ocasionaba mi mal de orina la que solamente me
ha impulsado a venir a esta calle; luego el vino me hizo sentarme en el cesto, y ahora es tu
generosidad quien me introduce en esta sala, donde tus encantos reemplazaron en mi cerebro la
borrachera con otra clase de embriaguez".
Al oír estas palabras, la joven pareció muy satisfecha, y me preguntó: "¿Qué oficio tienes?"
Me guardé bien de decirle que era cantor y músico del califa, y le contesté: "¡Soy tejedor del
zoco de los tejedores de Bagdad!" Ella me dijo: "Pues tus maneras son exquisitas y honran al zoco
de los tejedores. ¡Si a ellas unes el conocimiento de la poesía, no tendremos que arrepentirnos de
haberte recibido entre nosotras! ¿Sabes versos?" Contesté: "¡Uno que otro!" Dijo ella: "¡Recítanos
algunos, entonces!" Contesté: "¡Oh mi señora! siempre está el visitante un poco sobrecogido por el
recibimiento que se le hace. ¡Aliéntame, pues, empezando tú la primera por recitarnos algunas
poesías de tu agrado!"
Ella me contestó: "¡Con mucho gusto!" Y al punto me recitó admirables poemas escogidos de
los poetas más antiguos, como Amri'lkais, Zohair, Antara, Nabigha, Amrú ben-Kalthum, Tharafa y
Chanfara, y de los poetas más modernos, como Abu-Nowas, El-Rakaschí, Abu-Mossab y los
demás. Y estaba yo tan maravillado de su dicción como deslumbrado por su hermosura. Luego me
dijo: "¡Creo que ya se te habrá pasado la emoción!"
Dije: "¡Sí, por Alah!" Y a mi vez escogí entre los versos que conocía los más delicados, y se los
recité con mucho sentimiento. Cuando terminé, me dijo ella: "¡Por Alah, que no sabía que hubiese
individuos tan exquisitos en el zoco de los tejedores...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 385ª NOCHE
Ella dijo:
" ..individuos tan exquisitos en el zoco de los tejedores!"
Tras de lo cual sirvieron un festín, en el que no escatimaron las frutas ni las flores; y ella misma
me ofrecía los mejores bocados.
Luego, cuando levantaron el mantel, trajeron las bebidas y las copas, y ella misma me echó de
beber, y me dijo: "He aquí el momento mejor de la conversación. ¿Sabes historias bonitas?" Me
incliné y enseguida le conté una porción de detalles divertidos acerca de los reyes, de su corte y de
sus maneras, hasta el punto de que me interrumpió de pronto ella para decirme: "¡En verdad que
estoy sorprendida prodigiosamente de ver a un tejedor tan al corriente de las costumbres de los
reyes!" Contesté: "¡Pues no tiene nada de particular, porque un vecino mío, que es un hombre
delicioso, tiene entrada en el palacio del califa, y en sus momentos de ocio se complace en
afinarme el ingenio con sus propios conocimientos!"
Ella me dijo: "¡En ese caso, no admiro menos la firmeza de tu memoria, que con tanta
exactitud retiene detalles tan preciosos!"
¡Eso fué todo! Y aspirando los perfumes de nardo y áloe que aromaban la sala, y
contemplando aquella belleza y escuchando cómo me hablaba con los ojos y los labios, me sentía
yo en el límite del entusiasmo, y pensaba para mi ánima: "¿Qué haría el califa si estuviese aquí en
mi caso? ¡Seguramente que no sería ya dueño de sí y estallaría de amor!"
La joven me dijo después: "En verdad, eres un hombre excesivamente distinguido; adornan tu
espíritu conocimientos muy interesantes y tus maneras son en extremo refinadas. ¡ Ya no me
queda más que una cosa que pedirte!"
Contesté: "¡Sobre mi cabeza y sobre mis ojos!" Ella dijo: "¡Deseo oírte cantar algunos versos
acompañándote con el laúd!" Pero a mí, como músico de profesión, no me agradaba cantar yo
mismo; así es que contesté: "En otro tiempo cultivé el arte del canto, pero, como no llegué a
obtener un resultado apetecible, preferí abandonarlo. Bien quisiera ejecutar algo; pero me sirve de
excusa mi ignorancia. En cuanto a ti, ¡oh señora mía! todo me indica que debes tener una voz
perfectamente hermosa. ¿Por qué no nos cantas algo, para hacernos la noche más deliciosa aún?"
Hizo ella entonces que le llevaran un laúd, y cantó. Y en mi vida hube de oír timbre de voz más
lleno, más grave y más perfecto, unido a una ciencia de los efectos tan consumada. Vió ella mi
delectación, y me preguntó: "¿Sabes de quién son los versos y de quién la música?" Aunque lo
había notado, contesté: "Lo ignoro por completo, ¡oh mi señora!" Ella exclamó: "¿Pero es posible
que pueda ignorar este aire alguien en el mundo? ¡Sabe, pues, que los versos son de Abu-Nowas,
y la música, que es admirable, es del gran músico Ishak de Mossul!"
Yo contesté, sin descubrirme: "¡Por Alah! ¡Ishak no supone ya nada a tu lado!" Ella exclamó:
"¡Bakh! ¡bakh! ¡en que error estás! ¿Hay en el mundo alguien que pueda igualarse a Ishak? ¡Bien
se ve que no le oíste nunca!" Luego siguió cantando más todavía e interrumpíase para ver si no
carecía yo de nada; y continuamos disfrutando de tal suerte hasta la aparición de la aurora.
Entonces, una vieja, que debía ser la nodriza de la joven, fue a prevenirla de que había llegado
la hora de separarnos; y antes de retirarse, me dijo la joven: "¿Tendré que recomendarte
discreción, ¡oh mi huésped!? ¡Las reuniones íntimas son como la prenda que se deja a la puerta
antes de marchar!" Yo contesté, inclinándome: "¡No soy de quienes necesitan semejantes
recomendaciones!" Y una vez que me despedí de ella, me metieron en el cesto y me bajaron a la
calle.
Llegué a mi casa y recé la plegaria de la mañana, metiéndome luego en la cama donde estuve
durmiendo hasta la tarde. Cuando me desperté, me vestí de prisa y me presenté en el palacio,
pero los chambelanes me dijeron que el califa había salido y dejó para mí recado de que esperara
su regreso, porque tenía por la noche un festín y le era necesaria mi presencia para que cantase.
Le esperé un buen rato; pero como el califa tardaba en volver, me dije que sería una locura faltar a
una velada como la de la víspera y corrí a la callejuela, donde encontré el cesto colgante. Me metí
dentro, y ya arriba, me presenté a la dama.
Al verme, me dijo ella riendo: "¡Por Alah! ¡me parece que tienes intención de aposentarte entre
nosotras!"
Me incliné y contesté: "¿Y quién no lo anhelaría? Pero ya sabes ¡oh mi señora! que los
derechos ,de hospitalidad duran tres días, y no estamos más que en el segundo. ¡Si vuelvo
después de pasado el tercero, podrás tomar mi sangre!"
Pasamos aquella noche muy agradablemente, charlando, contándonos historias, recitando
versos y cantando, como la víspera. Pero en el momento de bajar dentro del cesto, pensé en la
cólera del califa, y me dije: "No admitirá excusa ninguna, a no ser que le cuente la aventura. ¡Y no
creerá la aventura, a no ser que la compruebe por sí mismo!" Me encaré entonces con la joven, y
le dije: "¡Oh mi señora! ¡veo que te gustan el canto y las buenas voces! ¡Y he aquí que tengo un
primo mucho más guapo de cara que yo, mucho más distinguido de modales, con mucho más
talento que yo y que conoce mejor que nadie en el mundo los aires de Ishak de Mossul! ¿Quieres,
pues, permitirme que le traiga conmigo mañana, que es el tercero y último día de tu hospitalidad
encantadora? ...
En este momento de su narración. Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGÒ LA 386ª NOCHE
Ella dijo:
"...el tercero y último día de tu hospitalidad encantadora?" Ella me contestó: "Ya empiezas a
ser indiscreto. ¡Pero, puesto que tan agradable es tu primo, puedes traérmele!" Le di las gracias y
me fuí por el mismo camino que la víspera.
Al llegar a mi casa, encontré allí a los guardias del califa, que me abrumaron con injurias, se
apoderaron de mí y me arrastraron a la presencia de El-Mamúm. Le vi sentado en el trono como en
sus peores días de cólera, con los ojos llameantes y terribles. Y apenas me divisó, exclamó: "¡Ah
hijo de perro, osaste desobedecerme!" Yo le dije: "¡No, por Alah! ¡oh Emir de los Creyentes!
¡Puedo justificarme!" Dijo él: "¿Y cómo?" Yo contesté: "¡No te lo puedo decir más que en secreto!"
Ordenó al punto a todos los circunstantes que se retiraran, y me dijo: "¡Habla!" Entonces le conté la
aventura con todos sus detalles y añadí: "¡Y ahora la joven nos espera a los dos para esta noche,
porque así se lo he prometido!"
Cuando oyó El-Mamúm estas palabras, se serenó y me dijo: "¡Cierto que es excelente la razón
que alegas! ¡Y estuviste muy inspirado al pensar en mí para esta noche!" Y desde aquel instante
ya no supo qué hacer para esperar con paciencia la llegada de la noche. Y le recomendé mucho
que tuviese cuidado de no descubrirse y descubrirme llamándome por mi nombre delante de la
joven. Me lo prometió formalmente, y en cuanto llegó el momento oportuno se disfrazó de
mercader y me acompañó a la callejuela.
Encontramos en el sitio de costumbre dos cestos en lugar de uno, y cada cual nos colocamos
en uno de ellos. Subimos así, y ya en la terraza, bajamos a la magnífica sala consabida, donde fue
a reunirse con nosotros la joven, más bella que nunca aquella noche.
Al verla, noté que el califa quedaba locamente prendado de ella. Pero cuando se puso a
cantar, llegó él al delirio, tanto más cuanto que los vinos que nos servía la joven graciosamente nos
habían ya turbado la razón. En su alegría y su entusiasmo, el califa olvidó de pronto la resolución
tomada, y me dijo: "Bueno, Ishak, ¿a qué esperas para responderle con algún cántico basado en
un aire nuevo de tu invención?"
Entonces, muy azorado, me vi en la obligación de contestar: "¡Escucho y obedezco, oh Emir
de los Creyentes!"
No bien hubo oído estas palabras la joven, nos contempló un instante y se levantó a toda prisa
para cubrirse el rostro y desaparecer, como cumple a cualquier mujer que se halle en presencia del
Emir de los Creyentes. Entonces, El-Mamúm, un poco contrariado por la marcha de la joven a
causa del olvido que tuvo él, me dijo: "¡Infórmate al instante quién es el dueño de esta casa!"
Entonces hice llamar a la vieja nodriza y se lo pregunté de parte del califa. Me contestó ella: "¡Qué
calamidad cae sobre nosotros! ¡Qué oprobio se cierne sobre nuestra cabeza! ¡Esa joven es la hija
del visir Hassán ben-Sehl!" Enseguida dijo El-Mamúm: "¡A mí el visir!" La vieja desapareció
temblando, y algunos momentos después hacía su entrada entre las manos del califa el visir
Hassán ben-Sehl en el límite de la estupefacción.
Al verle, se echó a reír El-Mamúm, y le dijo: "¿Tienes una hija?" El otro contestó: "¡Sí! ¡Oh
Emir de los Creyentes!" el califa preguntó: "¿Cómo se llama?" El visir contestó: "¡Khadiga!" El califa
preguntó: "¿Está casada o es virgen?" El visir contestó: "Es virgen, ¡oh Emir de los Creyentes!" El
califa dijo: "¡Quiero que me la des por esposa legítima!"
El visir exclamó: "¡Mi hija y yo somos los esclavos del Emir de los Creyentes!" El califa dijo:
"¡Le asigno cien mil dinares de dote, que tú mismo cobrarás del tesoro en palacio mañana por la
mañana! ¡Y al propio tiempo harás conducir a tu hija a palacio, con toda la magnificencia adecuada
a la ceremonia del matrimonio, y sortearás entre todas las personas del cortejo de la recién casada
mil poblados y mil tierras de mis propiedades particulares, como regalo de mi parte!"
Tras de lo cual se levantó el califa, y le seguí. Salimos por la puerta principal aquella vez, y me
dijo él: "Guárdate bien, Ishak, de hablar de la aventura a nadie. ¡Tu cabeza me responderá de tu
discreción!"
Y guardé el secreto hasta la muerte del califa y de Sett Khadiga, que sin duda era la mujer
más bella que han visto mis ojos entre las hijas de los hombres. ¡Pero Alah es más sabio!"
Cuando Schehrazada acabó de contar esta anécdota, la pequeña Doniazada exclamó desde
el sitio en que permanecía acurrucada: "¡Oh hermana mía, cuán dulces y sabrosas, y gentiles son
tus palabras!"
Y Schehrazada sonrió, y dijo: "¿Pues qué será cuando oigas la anécdota del
MONDONGUERO?"

Y dijo en seguida:
EL PARTERRE FLORIDO DEL INGENIO Y EL JARDIN DE LA GALANTERIA
(Continuación)
EL MONDONGUERO
Cuentan que un día, en la Meca, en la época de la peregrinación anual, cuando la multitud
compacta de los hadjs daba las siete vueltas alrededor de la Kaaba, se destacó del grupo un
hombre, que se acercó a la pared de la Kaaba, y cogiendo con las dos manos el velo sagrado que
cubría todo el edificio, se puso en actitud de orar, y exclamó con acento que le salía del fondo del
corazón: "¡Haga Alah que de nuevo se enfade con su marido esa mujer, para que pueda yo
acostarme con ella!"
Cuando los hadjs oyeron formular tan extraña plegaria en aquel lugar santo, se escandalizaron
de tal manera, que se precipitaron sobre el hombre, lo arrojaron a tierra y lo molieron a golpes.
Tras de lo cual lo arrastraron a presencia del emir el-hadj, que tenía amplios poderes para ejercer
su autoridad sobre todos los peregrinos, y le dijeron: "Hemos oído a este hombre, ¡oh emir! proferir
palabras impías mientras tenía cogido el velo de la Kaaba". Y le repitieron las palabras
pronunciadas.
Entonces dijo el emir el-hadj: "¡Que le cuelguen! ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló
discretamente.
Y CUANDO LLEGÓ LA 387ª NOCHE
Ella dijo:
... Entonces dijo el emir el-hadj: “!Que le cuelguen!” Pero el hombre se hechó a los pies del
emir y le dijo: “!Oh emir! Por los méritos del Enviado de Alah (¡con él la plegaria y la paz) te
conjuro que escuches mi historia, y luego harás de mí lo que juzgues equitativo hacer!" Accedió el
emir con un signo de cabeza, y el condenado la horca dijo:
"Has de saber ¡oh emir nuestro! que tengo por oficio recoger las inmundicias de las calles, y
además limpio tripas de carnero, para venderlas y ganarme la vida. Pero he aquí que un día iba yo
tranquilamente detrás de mi borrico, cargado con tripas sin vaciar aún, que acababa de sacar del
matadero, cuando me encontré con una muhedumbre de personas asustadas que huían por todas
partes o se ocultaban detrás de las puertas; y un poco más lejos vi unos esclavos armados con
largas varas, para dispersar a su paso a todos los transeúntes. Me informé de lo que podría ser
aquello, y me contestaron que iba a pasar el harén de un gran personaje, y era preciso que no
subiese por la calle ningún transeúnte. Entonces, como sabía que me exponía a un verdadero
peligro si me obstinaba en continuar mi canino, paré mi borrico y me metí con él en el rincón de
una muralla procurando que no me advirtieran y volviendo la cara al muro para no sentir la
tentación de mirar a las mujeres de aquel gran personaje. No tardé en oír que pasaba el harén, al
cual no me atrevía a mirar, y ya pensaba en volverme y continuar mi camino, cuando me sentí
cogido bruscamente por dos brazos de negro, y vi mi asno entre las manos de otro negro que se
alejó con él. Y aterrado volví la cabeza, y vi en la calle, mirándome todas, treinta jóvenes, en medio
de las cuales se hallaba otra, comparable por sus miradas lánguidas a una gacela a quien la sed
hiciese menos huraña, y por su talle frágil y elegante a la rama flexible del bambú. Y con las
manos atadas a la espalda por el negro, me arrastraron a la fuerza los otros eunucos, a pesar de
mis protestas y a pesar de los gritos y testimonios de todos os transeúntes que me vieron adosado
al muro y que decían a mis raptores: "¡Pero si no ha hecho nada! ¡Es un pobre hombre que barre
basuras y limpia tripas! ¡Es ilícito ante Alah detener y maniatar a un inocente!" Pero sin querer
escuchar nada, continuaron arrastrándome en pos del harén.
"En tanto, yo pensaba para mí: «¿Qué delito he podido cometer? Sin duda todo se debe al olor
bastante desagradable de las tripas que ha herido el olfato de esa dama, la cual acaso esté encinta
y haya sentido entonces algún trastorno interno. Creo que tal será el motivo, quizá también mi
aspecto un tanto repugnante y mi traje roto, que deja ver las vergüenzas de mi persona. ¡No hay
recurso más que en Alah!
"Siguieron, pues, arrastrándome los eunucos, entre las protestas de los transeúntes apiadados
de mí, hasta que llegamos todos a la puerta de una casa grande, y me hicieron entrar en una
antesala cuya magnificencia no sabría yo describir nunca.
Y pensé en mi ánima «He aquí el sitio que se reserva para mi suplicio. ¡Me matarán, y nadie
de mi familia sabrá la causa de mi desaparición!» Y en aquellos instantes también pensé en mi
pobre borrico, que era tan servicial y que jamás coceaba ni derribaba las tripas o las banastas de
basura.
Pero pronto me sacó de mis aflictivos pensamientos la llegada de un guapo esclavito, que fué
a rogarme dulcemente que le siguiera, y me condujo a un hammam, donde me recibieron tres
hermosas esclavas, que me dijeron: «¡Date prisa a quitarte esos andrajos!» Así lo hice, y al punto
me introdujeron ellas en la sala caldeada, en la cual me bañaron con sus propias manos,
encargándose una de mi cabeza, otra de mis piernas, otra de mi vientre: me dieron masaje, me
friccionaron, me perfumaron y me secaron. Tras de lo cual lleváronme ropas magníficas y me
rogaron que me las pusiese. Pero yo estaba muy perplejo y no sabía por dónde cogerlas ni cómo
ponérmelas, porque nunca en mi vida las había visto iguales; y dije a las jóvenes: «¡Por Alah, oh
mis señoras! ¡creo que voy a seguir desnudo, pues jamás conseguiré yo solo vestirme con estas
ropas tan extraordinarias!»
Entonces se acercaron ellas a mí riendo, y me ayudaron a vestirme, haciéndome al mismo
tiempo cosquillas, y pellizcándome, y tomando a peso mi mercancía, que encontraron enorme y de
buena calidad.. .
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y sé calló
discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 388ª NOCHE
Ella dijo:
". . . haciéndome al mismo tiempo cosquillas, y pellizcándome, y tomando a peso mi
mercancía, que encontraron enorme y de buena calidad. Y en medio de ellas no sabía yo lo que
iba a ser de mí, cuando, después de vestirme y rociarme con agua de rosas, me cogieron del
brazo, e igual que se conduce a un recién casado, me guiaron a una sala amueblada con una
elegancia que nunca sabrá describir mi lengua, y adornada de pinturas con líneas entrelazadas y
coloreadas de un modo muy agradable. Y apenas entré allí, vi tendida perezosamente en un lecho
de bambú y marfil, y vestida con un traje ligero de tela de Mossul, a la propia dama consabida, que
estaba rodeada por algunas de sus esclavas.
Al verme me llamó, haciéndome señas para que me acercara. Me acerqué, y me dijo que me
sentase; me senté. Ordenó a las esclavas entonces que nos sirvieran la comida; y nos sirvieron
manjares asombrosos, cuyo nombre no podré citar nunca, pues nunca en mi vida los vi
semejantes. Comí de algunos para satisfacer mi hambre, y después me lavé las manos para comer
frutas. Entonces trajeron las copas de bebidas y los pebeteros llenos de perfumes; y cuando nos
perfumaron con vapores de incienso y benjuí, la dama me sirvió de beber con sus propias manos,
y bebió conmigo en la misma copa, hasta que nos pusimos ebrios ambos.
Entonces hizo una seña a sus esclavas, que desaparecieron todas y nos dejaron solos en la
sala. Al punto ella me atrajo hacia sí y me cogió en sus brazos. Y la serví la confitura para que se
endulzase, dándola los pedazos de fruta a la vez que el escarchado. Y cuando la oprimía contra
mí, me sentía embriagado por el perfume de almizcle y ámbar de su cuerpo, y creía soñar o tener
en mis brazos alguna hurí del paraíso.
"Así estuvimos enlazados hasta por la mañana; luego me dijo ella que había llegado el
momento de que me retirara, pero no sin preguntarme dónde vivía; y cuando le di las indicaciones
necesarias acerca del particular, me dijo que mandaría que me avisaran en el momento favorable,
y me entregó un pañuelo bordado de oro y plata, en el cual había algo atado con varios nudos,
diciéndome: `¡Para que compres un pienso a tu burro!" Y salí de su casa absolutamente en el
mismo estado que si saliera del paraíso.
"Cuando llegué a la mondonguería donde tenía yo mi vivienda, desaté el pañuelo, diciéndome:
«¡Tendrá cinco monedas de cobre, con las que al fin y al cabo habrá para comprar el almuerzo! »
Pero ¡cuál no sería mi sorpresa al encontrar cincuenta mitkales de oro!
Me apresuré a hacer un agujero, enterrándolos allí, en previsión de días peores, y por dos
monedas de cobre me compré un pan y una cebolla, con lo cual hice mi comida, sentado a la
puerta de mi tripería y soñando con la aventura que me acaeció.
"A la caída de la tarde fué un esclavito a buscarme de parte de la que me amaba; y le seguí.
Cuando llegué a la sala en que me esperaba ella, besé la tierra entre sus manos; pero me levantó
ella enseguida y se echó conmigo en el lecho de bambú y de marfil, y me hizo pasar una noche tan
bendita como la anterior. Y por la mañana me dió otro pañuelo de oro. Y seguí viviendo de tal
suerte durante ocho días enteros, disfrutando cada vez un festín de confitura seca por una parte y
otro de confitura húmeda por otra, y cincuenta mitkales de oro para mí.
"Y he aquí que una noche me había presentado en su casa, y estaba ya en el lecho dispuesto
a desempaquetar mi mercancía, como de costumbre, cuando de pronto entró una esclava, dijo
algunas palabras al oído de su ama, y me arrastró vivamente fuera de la sala para llevarme al piso
de encima, donde me encerró con llave, y se fué. Y al propio tiempo oí en la calle patear de
caballos, y por la ventana que daba al patio vi entrar en la casa a un joven como la luna,
acompañado por un séquito numeroso de guardias y de esclavos.
Entró en la sala donde se hallaba la joven, y pasó con ella toda la noche, entre holgorios,
asaltos y demás cosas parecidas. Y yo oía sus movimientos y podía contar con los dedos el
número de clavos que sepultaban por el ruido asombroso que cada vez hacían.
Y pensaba en mi ánima: `¡Por Alah! ¡han instalado en la cama una herrería, y debe estar muy
caliente la barra de hierro para que suene de esa manera el yunque! ...»
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló
discretamente.
Y CUANDO LLEGO LA 389ª NOCHE
Ella dijo:
«...debe estar muy caliente la barra de hierro para que suene de esa manera el yunque!>
"Por fin cesó el ruido a la mañana, y vi al joven del martillo retumbante salir por la puerta
grande y marcharse seguido de su escolta. Apenas desapareció, cuando fué a buscarme la joven,
y me dijo: «¿Viste al joven que acaba de partir?» Contesté: «¡Sí, por cierto!» Ella me dijo: «¡Es mi
marido! ¡Pero voy a contarte enseguida lo que ha pasado entre nosotros y a explicarte el porqué
hube de escogerte por amante!
Has de saber que un día estaba yo sentada junto a él en el jardín, cuando me dejó de repente
para desaparecer hacia la cocina. Primeramente creí que iba a satisfacer una necesidad
apremiante; pero al cabo de una hora, como no le veía volver, fui en busca suya adonde pensaba
encontrarle, mas no estaba allí. Volví sobre mis pasos entonces, y me dirigí a la cocina, para
preguntar por él a los criados. Y al entrar le vi acostado en la estera con la servidora más ordinaria,
la que fregaba los platos. Al ver aquello, me retiré a toda prisa e hice juramento de no recibirle en
mi lecho mientras no me hubiese vengado de él entregándome a mi vez a un hombre de la
condición más baja y del más repulsivo aspecto. Y al punto empecé a recorrer la ciudad en busca
de aquel hombre.
Y he aquí que hacía ya cuatro días que recorría las calles con tal propósito, cuando te
encontré, y tu aspecto sucio y tu olor infecto me decidieron a escogerte como el hombre más
repugnante entre todos los que había visto. Ahora ha pasado lo que ha pasado, y yo cumplí mi
juramento al no reconciliarme con mi marido más que después de haberme entregado a ti.
¡Ya puedes retirarte, por tanto, y ten la seguridad de que si mi marido volviera a acostarse con
alguna de sus esclavas, no dejaría yo de hacer que te llamasen, para darle su merecido!»
Y me despidió, regalándome cuatrocientos mitkales más como gratificación. ¡Me marché
entonces, y vine aquí a implorar de Alah que incitara al marido a volver al lado de la sirvienta, para
que la mujer me llamase a su lado! Y tal es mi historia, ¡oh señor emir el-hadj !"
Y al oír estas frases, el emir el-hadj se encaró con los circunstantes, y les dijo: "Hay que
perdonar sus palabras condenables a este hombre, porque la excusa su historia!"

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