BLOOD

william hill

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miércoles, 24 de marzo de 2010

DRACULA - CARTAS



Drácula.
1

 

 

Permítanme que no empiece por el comienzo de mi exis­tencia. Incluso encerrados aquí dentro, escuchando de un ti­rón las palabras que brotan de mis labios, encontrarían demasiado fuerte la historia de los días en que yo respiraba y comía, y no se la creerían. Más tarde, quizás, hablaremos de aquella época. ¿Han notado ya que no respiro, excepto para coger aire y poder hablar? Mírenme fijamente cuando hablo y lo verán.

Podemos empezar en aquel momento de un buen día de primeros de noviembre de 1891, en el desfiladero del Borgo, allá en Rumania. Van Helsing y los demás creyeron que me habían atrapado y dieron fin a su crónica. También entonces estaba nevando y mis gitanos intentaron defenderme, pero sólo con cuchillos no podían hacer gran cosa contra los rifles de los cazadores montados a caballo que me encontraron a la puesta del sol, me sacaron de mi ataúd y con sus largos cu­chillos fueron a por mi corazón y mi garganta...

No. Tengo la impresión de que si empezara por aquí, me adelantaría excesivamente. ¿Qué tal si lo hiciera por donde los otros iniciaron su crónica, con la cual sin duda estarán familiarizados? Empieza a primeros del mes de mayo ante­rior, con la llegada de Jonathan Harker a mis dominios en Transilvania, un joven agente de la propiedad al que enviaban desde Inglaterra para que me asesorase en la compra de cierta finca próxima a Londres.

Como sabrán, yo emergía de un gran letargo, un período de sosiego y reflexión sin duda bastante prolongado. En el mundo se oían nuevas voces, nuevas formas de pensamiento. Incluso en la remota cima de mi montaña, poco menos que in­alcanzable y cubierta con la alfombra verde que forman los bos­ques centenarios, con mis sentidos internos podía oír los murmullos que atravesaban Europa a través del telégrafo, o los incipientes balbuceos de las máquinas a vapor o de los motores de combustión interna. Podía oler el humo del car­bón y percibir la fiebre de un mundo que estaba cambiando.

Esta fiebre se apoderó de mí y fue creciendo en mi interior. Había estado ya demasiado tiempo recluido con mis antiguos camaradas, si es que se les puede llamar así... Ya había tenido suficientes aullidos de lobos, silbos de mochuelos, aleteos de murciélagos, susurros estúpidos de campesinos de sarmen­tosos dedos, o de cruces enarboladas como una maza, como si yo fuese un ejército turco. Quería reunirme de nuevo con la raza humana, salir de mi tierra natal y sumergirme en la luminosidad del progreso del mundo moderno. Ni Budapest, incluso ni París parecían lo bastante importantes, o al menos lo suficientemente grandes, para albergar lo que iba a ser mi nueva existencia.

Durante algún tiempo incluso consideré la posibilidad de trasladarme a los Estados Unidos. Pero una ciudad mayor que cualquiera de las del Nuevo Mundo estaba más a mi alcance, y resultaba mucho más susceptible a un estudio preliminar. Ese estudio me ocupó varios años, pero finalmente lo concluí. Cuando Harker llegó a mi castillo, en mayo de 1891, registró taquigráficamente en su diario «la gran cantidad de libros, re­vistas y periódicos ingleses» que yo tenía a mano.

Harker. Siento mayor respeto por él que por cualquier otro de la cuadrilla que, más tarde, siguió a Van Helsing en mi persecución. El valor siempre ha merecido mi respeto, y él fue un hombre valeroso, aunque un poco torpe. Además, al ser el primer y auténtico invitado en el castillo de Drácula desde hacía siglos, fue el centro de mis primeros experimentos para intentar encajar aceptablemente en la corriente del gé­nero humano.

En realidad tuve que disfrazarme de cochero para facilitarle el último tramo de su largo viaje desde Inglaterra. La ayuda de mi servidumbre era poco fiable —como a menudo le gusta decir a la gente de alcurnia—, no es que no existiera, como más tarde Harker llegaría a sospechar. Gitanos desclasados, leales a mí por superstición, me habían adoptado como a su amo, pero eran impresentables como sirvientes habituales. Así que comprendí que tendría que cuidar personalmente de mi invitado.

El ferrocarril había llevado a Harker a un lugar tan lejano como la ciudad de Bistrita, desde donde una diligencia, o ca­rruaje público, viajaba diariamente hasta Bukovina, al noroeste de Moldavia. Tal como le había informado por carta a mi visitante, mi carruaje le aguardaba en el desfiladero del Borgo, a unas ocho o nueve horas de viaje de Bistrita, a fin de trasladarle a mi castillo. Con una hora de adelanto, la diligencia llegó al desfiladero a la hora bruja de la mediano­che, cuando, para no correr riesgos, con mi calesa tirada por cuatro caballos negros me aproximaba por detrás al carruaje público, que se había detenido en pleno paisaje nocturno, me­dio yermo y parcialmente cubierto de pinos. Llegué en el momento preciso para oír al conductor que decía:

—Aquí no hay ningún carruaje. Probablemente no espe­raban la llegada del señor. Será mejor que venga con nosotros a Bukovina y vuelva mañana o pasado... Mejor pasado ma­ñana.

En aquel instante, algunos de los campesinos que viajaban en la diligencia se percataron de mi llegada y empezaron una tímida mezcla de rezos, juramentos y conjuros. Me acerqué un poco más, y por un momento mi imagen se vio resaltada por el resplandor de los fanales de la diligencia: vestido con uniforme de cochero, sombrero negro de ala ancha y barba postiza para completar el disfraz, elementos prestados por un gitano que en el pasado había hecho de actor ambulante.

—Amigo, ha llegado usted muy pronto esta noche —le dije al conductor de la diligencia.

—El caballero inglés tenía prisa —balbuceó el hombre, vol­viéndose hacia atrás y evitando mirarme a la cara.

—Sospecho que se debe más bien a que quería usted que siguiese hasta Bukovina. No puede usted engañarme, amigo; yo soy muy listo y mis caballos muy ligeros.

Sonreí a los rostros pálidos y asustados que asomaban por las ventanillas de la diligencia, y alguien en el interior mur­muró una frase de Lenore: «Denn die Todten reiten schnell» (porque los muertos viajan veloces).

—Páseme el equipaje del señor —ordené, y rápidamente me lo entregaron.

Apareció entonces mi invitado, el único de entre todos los pasajeros que se atrevió a mirarme directamente a los ojos: era un joven de estatura media y notable apariencia, perfec­tamente afeitado, con el cabello y los ojos castaños.

Tan pronto como se instaló en el asiento contiguo al mío, hice restallar el látigo y partimos. Mientras sostenía las rien­das con una mano, deslicé una capa en torno a los hombros de Harker y una manta sobre sus rodillas.

—La noche es fría, mein Herr —le dije en alemán—, y mi amo el conde Drácula me ha ordenado que cuide de usted. Por si lo necesita, debajo del asiento hay una botella de slivovitz, un brandy de ciruelas.

Harker asintió y murmuró algo, y aunque no probó el brandy, percibí que se relajaba ligeramente. Pensé que sin duda sus compañeros de viaje en la diligencia le habrían con­tado algunas historias disparatadas y, lo que es peor, proba­blemente habrían dejado caer algunos datos sobre el terrible lugar al que se dirigía. Sin embargo, yo tenía grandes espe­ranzas en poder disipar cualquier idea desagradable que mi huésped se hubiese formado.

Al principio conduje deliberadamente por un camino equi­vocado, para matar un poco el tiempo, y porque daba la ca­sualidad de que esa noche era la víspera de San Jorge cuando todos los tesoros enterrados en aquellas montañas son fáciles de detectar a medianoche, debido a la emanación de unas apa­rentes llamas azuladas. Lo avanzado de mis preparativos para la expedición al extranjero había agotado en cierta medida mis reservas de oro, y quería aprovechar la ocasión para repo­nerlas.

Veo que dudan otra vez. ¿Creen, acaso, que mi antiguo país se parece a cualquier otro? En absoluto. Allí nací y allí no llegué a morir. Y, tal como dijo Van Helsing en una oca­sión, en mi tierra «hay profundas cavernas y fisuras que llegan hasta donde nadie ha podido averiguar. Allí hubo volcanes..., aguas con propiedades extrañas, gases capaces de matar o de dar la vida». Hay que señalar que el inglés no era el idioma original de Van Helsing.

Pero eso ahora carece de importancia. Lo esencial es que aproveché esa noche para marcar unos cuantos tesoros ente­rrados, donde era más que probable que hubiese más de uno, como se verá. Mi pasajero experimentó una lógica curiosidad ante las sucesivas paradas del carruaje, ante el fantasmagórico resplandor de las débiles y oscilantes llamas azules que apa­recían aquí y allá por el campo, y ante las diversas ocasiones en que yo me bajé para apilar unas cuantas piedras y formar un pequeño mojón. Mediante aquellas pilas, con las cuales intentaba guiarme en noches futuras, cuando me encontrase a solas, podría recuperar cómodamente los valiosos hallazgos.

Yo esperaba que la curiosidad natural de Harker ante aque­llos acontecimientos se exteriorizara enseguida con una serie de preguntas, a las que yo respondería —protegido por mi disfraz de cochero— y podría demostrarle sin discusión que algunas maravillas totalmente desconocidas en Inglate­rra se encontraban presentes en Transilvania. Eso le lleva­ría gradualmente a un estado anímico receptivo para conocer la auténtica realidad sobre mí y sobre los vampiros como raza.

Lo que yo no tuve en cuenta, en aquella ocasión, fue la condenada tendencia de los ingleses a ocuparse sólo de sus propios asuntos, que, en mi opinión, Harker llevaba a extremos absurdos, incluso para un discreto y prudente agente de la propiedad inmobiliaria. Se limitó a permanecer sentado, en el asiento delantero de la calesa, contemplando mis extrañas manipulaciones con las piedras y sin decir nada. Al final sólo llamó cuando los lobos, mis hijos adoptivos de la noche, sa­lieron de entre las oscuras sombras del bosque y rodearon el carruaje a la luz de la luna, observándole en silencio, a él y a los nerviosos caballos. Cuando volví de señalar mi último hallazgo de la noche, y con un gesto aparté a los lobos para romper el cerco, Harker siguió sin preguntar nada. Sin em­bargo, al subir al asiento del conductor pude percibir su ri­gidez, y comprendí que estaba bastante asustado. La tensión de Harker no cedió durante lo que quedaba de trayecto, di­sipándose tan sólo cuando yo entré en «el patio de un bello castillo en ruinas, de cuyos altos y negros ventanales no bro­taba luz alguna, y cuyos muros almenados formaban una línea dentada que se recortaba contra el cielo iluminado por la luna», así describiría él mi hogar poco después.

Dejé a Harker y su equipaje frente al gran portón principal, que se hallaba cerrado, y me llevé los caballos a los establos de la parte posterior, donde tuve que despertar de un puntapié a uno de los criados que allí roncaban —al que más crédito me merecía— para que cuidara de las caballerías. Mientras me despojaba de la barba postiza, del sombrero y de la librea, apresuré el paso por los fríos y húmedos pasillos subterráneos del castillo para recuperar mi propia identidad y dar la bien­venida a mi huésped.

Al detenerme en el pasillo donde se encontraban las habi­taciones que había preparado para él, en el aire oscuro surgió un brillo trémulo que habría pasado inadvertido a unos ojos no tan habituados a la oscuridad como los míos; se oyeron unas voces tan armoniosas como la música de un ordenador y en absoluto humanas; en el ambiente se materializaron tres rostros y tres cuerpos, todos de apariencia femenina en cada uno de sus espléndidos detalles, salvo en que lucían sin reparo unos vestidos pasados de moda hacía más de un siglo. Ni Macbeth vio nunca tres figuras portadoras de tanto infortunio para los hombres.

—¿Ha llegado ya? —preguntó Melisse, la más alta de las dos morenas que formaban el trío.

—¿Cuándo podremos catarlo? —inquirió Wanda, la más bajita, de generosos pechos, mientras con la comisura de sus sonrientes labios de rubí mordisqueaba un rizo de su cabello negro y lustroso.

—¿Cuándo nos lo entregarás, Vlad? Nos lo prometiste.

Quien dijo eso fue Anna, radiantemente hermosa, la más antigua en cuanto al tiempo que llevaban a mi servicio. De todos modos, «servicio» no es la palabra exacta; sería mejor referirnos a su participación en un juego de ingenio y perseverancia, que las tres desarrollaban incesantemente contra mí, y al que, por aburrimiento, yo había dejado de jugar hacía muchas décadas.

Entré en las habitaciones que había preparado para Harker, aticé el fuego de la chimenea que había encendido previa­mente, dispuse sobre la mesa los platos que se estaban calen­tando en el hogar, y, por encima del hombro, hablé hacia el oscuro pasillo.

—Únicamente os he prometido una cosa, por lo que se re­fiere al joven inglés, y os lo repito una vez más: si cualquiera de vosotras se atreve a poner los labios sobre su piel, tendrá motivos para lamentarlo.

Melisse y Wanda ahogaron una risa, supongo que por ha­ber logrado irritarme, y por obligarme a repetir una orden. En cuanto a Anna, como siempre, era ella quien debía pro­nunciar la última palabra:

—Pero como mínimo debería haber un poco de diversión. ¿Podremos jugar con él si se atreve a salir de sus dependen­cias?

No contesté: nunca fue mi estilo discutir con los subor­dinados. Comprobé que todo estaba a punto para Harker, al menos según la idea que yo tenía al respecto. Luego, con un antiguo quinqué de plata en la mano, me dirigí a la puerta principal, y la abrí hospitalariamente a fin de darme a conocer a mi dubitativo huésped, que seguía aguardando allí de pie, en plena noche, con las bolsas de viaje a su lado.

—¡Bienvenido a mi casa! —le saludé—. Pase sin reservas y por su propia voluntad.

Aquel extraño me sonrió confiadamente, aceptándome ni más ni menos que como un ser humano. En aquel estado de felicidad en que yo me encontraba, le repetí la bienvenida tan pronto como cruzó el umbral, y le estreché la mano, quizás algo más fuerte de lo que hubiera debido.

—¡Pase sin reservas! —le ordené—. Hágalo sin miedo y deje por ahí algo de la felicidad que trae consigo.

—¿El conde Drácula? —preguntó Harker, como si todavía pudiera haber alguna duda, mientras intentaba disimulada­mente devolver un poco de vida a sus dedos entumecidos a causa del apretón de manos.

—Yo soy Drácula —contesté, saludándole con una incli­nación de cabeza—, y le doy la más sincera bienvenida a mi casa, señor Harker. Pase usted. El aire de la noche es frío, necesita usted comer y descansar. —De una de las paredes colgué el quinqué y me hice cargo del equipaje de Harker, rechazando sus protestas—. No, señor, es usted mi invitado. Deje que yo mismo me encargue de cuidarle.

Harker me siguió mientras yo acarreaba sus bártulos al piso superior y a las dependencias que había preparado para él. Un fuego de leños ardía en la habitación donde la mesa estaba dispuesta para cenar, y otro en el gran dormitorio, donde de­posité sus bolsas.

Con mis propias manos había preparado la cena que le aguardaba —pollo asado, ensalada, queso y vino—, y lo mis­mo haría con las comidas que consumiría durante las semanas de su estancia allí. ¿Ayuda por parte de las muchachas? ¡Bah! A ellas les gustaba comportarse como criaturas a las que con la amenaza de un castigo a veces se les podía impedir que hiciesen alguna travesura, pero no obligarlas a hacer bien las cosas; era parte del juego que pretendían jugar conmigo. Por otro lado, si podía evitarlo, no quería que entrasen en las ha­bitaciones de Harker.

De modo que con mis propias manos, las manos de un príncipe de Valaquia, de un cuñado de rey, recogía sus platos sucios y sus desperdicios, por no mencionar los innumerables bacines de porcelana, y los tiraba. Supongo que habría con­sentido en fregar los platos, como cualquier sirviente, de no haber existido una solución más fácil. Es cierto que los platos, en su mayoría, eran de oro, pero yo estaba decidido a no escatimar nada en las atenciones hacia mi invitado. Además, si alguna vez regresaba al castillo desde mi proyectada estancia en el extranjero, sin duda podría recuperar los utensilios de oro del fondo del precipicio de trescientos metros sobre el cual se alzaba el castillo, y que me proporcionaba un verte­dero plenamente satisfactorio. Los platos permanecerían allí abajo, abollados sin duda por la caída, pero limpios por el paso de las estaciones, y sin que nadie se atreviera a robár­melos. Siempre he experimentado un profundo desprecio por los ladrones; yo creo que la gente de las aldeas cercanas me comprendía en este aspecto, si es que no lo lograba en algunos otros.

Durante el mes y medio que permaneció conmigo, mi cada vez más desagradecido huésped gastó una fortuna en platos de oro, hasta el punto que me vi obligado a servirle en pla­tos de plata. Aunque, por supuesto, al final muy bien podría haberle servido la comida en trozos de corteza de árbol, y él apenas se habría dado cuenta, tan aterrado estaba entonces ante ciertas peculiaridades de mi naturaleza. Harker interpre­tó de forma errónea tales excentricidades, pero nunca me pi­dió abiertamente una explicación, y yo —por falta o por exceso de cautela— tampoco se la facilité.

Pero volvamos a aquella primera noche. Cuando mi hués­ped se refrescó un poco, para recuperarse del viaje, y se reu­nió conmigo en el comedor, me encontró apoyado en la repisa de la chimenea aguardándole ansioso, tan ávido por mantener una charla inteligente y por tener noticias de primera mano, como él por degustar una excelente comida.

—Por favor, siéntese y coma cuanto le apetezca —le dije, señalándole la mesa—. Supongo que me disculpará si no le acompaño, pero yo ya he comido, y nunca ceno.

Mientras Harker se dedicaba a comer el pollo, leí de cabo a rabo la carta que me había entregado. Era de su patrón, el señor Hawkins, quien le describía como un joven ayudante «emprendedor e inteligente a su manera, que ha dado pruebas de una gran lealtad», además de ser muy «discreto y poco hablador».

Todo esto me complacía, y no tardé en entablar en el co­medor una conversación que se prolongó durante horas, mientras Harker daba cuenta de su cena, y siguió cuando luego aceptó un cigarro. Hablamos principalmente de las cir­cunstancias de su viaje, pues yo estaba muy interesado en los trenes, que por aquel entonces no había visto nunca, y dis­fruté inmensamente con nuestra charla.

Al amanecer, un amistoso silencio se hizo entre nosotros, roto brevemente por los aullidos de los lobos, abajo en el valle.

—Escúchelos —dije sin reflexionar—. Las criaturas de la noche. ¡Qué música emiten!

Una momentánea mirada de consternación apareció en el rostro de mi huésped. Había olvidado que tan sólo unas horas antes, mientras disfrazado de cochero viajábamos por el ser­penteante camino de la montaña, había contemplado inquieto cómo los lobos se le acercaban. De modo que me apresuré a añadir:

—Ah, señor. Ustedes, los que habitan en las ciudades, no pueden comprender los sentimientos del cazador.

Poco después, cada uno emprendió caminos separados para irse a descansar.

Al no haberse acostado hasta el alba, y debido al cansancio del viaje, era lógico que Harker durmiera hasta muy avanzado el día, de modo que pensé que no se extrañaría si no me veía, ni sabía nada de mí, hasta después de la puesta del sol. Cuan­do a esa hora fui a buscarle, me asusté un poco al no encon­trarle en sus habitaciones. No había querido romper el encanto de aquella primera noche en compañía de un ser hu­mano, intentando explicarle cuan peligrosas podían ser para él ciertas dependencias del castillo.

Afortunadamente, no había salido de sus límites más allá de la biblioteca, donde «con gran placer», tal como registró en su diario, descubrió «gran cantidad de libros, revistas y periódicos ingleses... Los libros eran de lo más variado: his­toria, geografía, política, economía política, botánica, geo­logía, derecho; todos relacionados con Inglaterra y con la vida, las costumbres y los modales ingleses».

—Me alegro de que haya encontrado el camino hasta aquí —dije sinceramente—. Estoy seguro de que habrá muchas co­sas que le interesen. Estos compañeros —hice un gesto indicando los libros— han sido muy buenos amigos míos, y, durante algunos años, desde que se me ocurrió la idea de tras­ladarme a Londres, me han proporcionado muchas horas de placer. En ellos he llegado a conocer a su amada Inglaterra; y conocerla es amarla. Ansío recorrer las atestadas calles de su gran Londres, encontrarme entre la multitud apresurada y febril, compartir sus vidas, sus cambios, su muerte y todo lo que la convierte en lo que es. Sin embargo, mire por dónde, sólo conozco su lengua a través de los libros. A usted, amigo, ¿le parece que la conozco lo bastante para hablarla?

—¡Pero, conde! —protestó Harker—. ¡Usted la conoce y la habla estupendamente!

—No sabe cuánto le agradezco su apreciación excesiva­mente halagadora, amigo mío —repliqué—, pero me temo que sólo he recorrido una mínima parte del largo trayecto que pretendo recorrer. Es cierto que conozco la gramática y el vocabulario, pero todavía no sé emplearlo.

—Por supuesto que sí, señor. Lo habla a la perfección.

—No es cierto. Si circulara y hablara en su Londres, no habría nadie que no se diese cuenta de que soy un extranjero. Y eso, a mí, no me basta. Aquí soy un noble. Soy un boyardo. El vulgo me conoce y me acepta como su señor. Sin embargo, un extranjero en un país extranjero no es nadie: la gente no le conoce, y lo que no se conoce no se aprecia. Yo me siento feliz siendo como los demás, sin que nadie se de­tenga a mirarme cuando me ve, ni interrumpa su conversación al oírme hablar. «¡Aja, es usted extranjero!» He sido un señor durante tanto tiempo, que me gustaría seguir siéndolo o, al menos, no ser vasallo de nadie. Usted no ha venido única­mente como agente de mi amigo Peter Hawkins, de Exeter, para ponerme al corriente sobre mi nueva propiedad en Lon­dres... Confío en que se quede aquí conmigo durante algún tiempo, a fin de que mediante nuestras charlas yo pueda asimilar su acento inglés, y quiero que me avise cuando cometa algún error, incluso el más insignificante, en la pronuncia­ción. Lamento haber tenido que ausentarme durante tanto tiempo hoy, pero sé que disculpará a alguien que debe atender muchos asuntos importantes.

Harker se brindó gustoso a ayudarme en mi inglés, y luego me preguntó si podía utilizar sin reservas la biblioteca. Me pareció éste un buen momento para hacerle partícipe de mis recomendaciones, así que le dije:

—Por supuesto. Puede usted ir adonde le plazca por el cas­tillo, excepto en las estancias en que la puerta está cerrada con llave, en las que, sin duda, usted no pretenderá entrar. Existen razones para que todo esté tal como está, y si ve usted con mis ojos y aprende con mis conocimientos, sin duda lo en­tenderá todo con mayor facilidad.

—De eso estoy convencido, señor.

Pero yo sabía que él no podía entenderlo; todavía no podía. De modo que insistí en esta cuestión, aunque sin ser dema­siado explícito.

—Nos hallamos en Transilvania, y este país no es Ingla­terra. Nuestras costumbres no son las de ustedes, y habrá mu­chas cosas que le parecerán extrañas; aunque, por lo que me ha explicado usted sobre sus experiencias, ya está algo ente­rado de lo extrañas que pueden llegar a ser algunas cosas.

Esto encauzó nuestra conversación hacia la oscura región de los fenómenos extraños, y al ver que mi huésped asentía serenamente, al parecer de acuerdo conmigo, por un instante dudé y estuve a punto de contárselo todo. Pero luego decidí que no; primero tenía que lograr la amistad de Harker.

Entonces él aprovechó la ocasión para preguntarme qué po­día decirle sobre las misteriosas llamas azules que había visto la noche de su llegada, y sobre el extraño comportamiento del «cochero». Con mi respuesta le facilité parte sustancial de la verdad.

—Transilvania no es Inglaterra —repetí—, y por aquí su­ceden cosas que hombres inteligentes, ya sean negociantes o científicos, no han sido capaces de entender. Hay una noche al año, de hecho la pasada noche, en la que los campesinos suponen que las fuerzas del mal salen libremente, y en la cual puede verse una llamita azul allí donde hay algún tesoro en­terrado. Que en esta región hay enterrados muchos tesoros es algo que no puede ponerse en duda, ya que por estas tierras lucharon durante siglos los valacos, los sajones y los turcos. Por estos alrededores apenas existe un metro de suelo que no se haya enriquecido con la sangre de los patriotas y de los invasores.

Hablar del pasado me transportaba de nuevo a él, como me ocurre en estos instantes. Debajo de mí podía sentir otra vez el movimiento del corcel de guerra, cómo sus orejas se er­guían al escuchar el fragor de la batalla, el chocar de las armas y los gritos de terror. De nuevo olía el hedor de la guerra y veía los estandartes y la sangre. Me acordaba de la traición de los boyardos, de la enternecedora lealtad hacia mí, el voivode, el señor de la guerra, que demostraron los hombres que cul­tivaban la tierra y que conocían mi rectitud. ¡Qué maravilloso era respirar el aire junto a ellos...! Pero no pensemos en eso.

—Aquélla fue una época turbulenta —seguí explicándole a Harker—, en que los austríacos y los húngaros llegaban como enjambres, y los patriotas salían a combatirlos... Hombres y mujeres, viejos y niños. Los esperaban detrás de las rocas en lo alto de los collados, y mediante aludes sembraban la des­trucción entre el enemigo, pero cuando el invasor triunfa­ba, encontraba muy pocos bienes, en oro o en otros metales preciosos, porque el pueblo los había escondido en el suelo acogedor.

Como mínimo, Harker se encontraba a medio camino de creer en el pequeño prodigio de las llamas y los tesoros.

—Pero ¿cómo es posible que estas riquezas hayan perma­necido ocultas durante tanto tiempo —inquirió—, cuando existen claros indicios de su existencia para cualquiera que se moleste en mirar?

Sonreí para mis adentros.

—¡Porque los campesinos son unos cobardes y unos es­túpidos! —De hecho yo estaba pensando en los lugareños del valle, y en 1891—. Esas llamas aparecen únicamente una noche al año, y esa noche ningún hombre de esta región sale fuera de casa, si puede evitarlo.

Pasamos luego a otros asuntos y, finalmente, volvimos a la propiedad inmobiliaria.

—Y ahora, hábleme de Londres y de la casa que me ha conseguido —le pedí a mi huésped.

Mientras Harker se dirigía a su habitación en busca de los papeles y de los documentos, aproveché la oportunidad para retirar la mesa y los restos de su última comida. Con el mantel y el resto formé un fardo que tiré precipicio abajo desde una ventana que daba al oeste; durante los trescientos metros de caída, los platos sucios planearon en el aire, antes de que los restos saltaran de su interior al chocar contra las rocas. Cuan­do Harker volvió a reunirse conmigo, yo había encendido ya los quinqués y me hallaba sentado en el sofá, leyendo la Bradshaws's Guide.

El papeleo relacionado con la compra de la casa era muy complicado, pero Harker demostró gran competencia al orientarme a través de sus misterios. Hubo un momento en que destacó los extraordinarios conocimientos que yo tenía sobre el distrito en que se hallaba la finca —en Purfleet, a unos veinte kilómetros al este de Londres, en la margen norte del Támesis—, a pesar de lo remoto de mi localización, a lo cual repliqué:

—Bueno, amigo mío, ¿no es preciso que la conozca? Cuan­do vaya allí estaré solo, y mi amigo Harker Jonathan... ¡Oh!, perdone, ya he vuelto a caer en la costumbre de mi país de poner el apellido en primer lugar. Mi amigo Jonathan Harker no estará a mi lado para corregirme y ayudarme... Estará en Exeter, a ciento cincuenta kilómetros de distancia, trabajando probablemente en algunos documentos legales junto con mi otro amigo Peter Hawkins. En fin...

Firmé lo que me pareció una interminable cantidad de papeles, que a continuación metimos en un sobre para enviár­selos a Hawkins. Mis gitanos, los szgany, como los llamaba por aquel entonces, aparecían con frecuencia por mi castillo, y, ya fuera por miedo ya por lealtad, mostraban hacia mi per­sona una entrega total. Ellos enviaban mi correo, además de conseguirme caballos y cuidármelos. A veces también me traían comida —más tarde ya comentaré mis hábitos al res­pecto—, y durante mucho tiempo constituyeron un útil puente entre yo y el resto de la humanidad.

Cuando finalizamos con las firmas y el envío, Harker pro­cedió a leer sus notas, en las que describía mi nueva propiedad y cómo estaba situada. Recuerdo perfectamente su descrip­ción, lo mismo que recuerdo los diarios del resto de mis ene­migos durante aquel año. No creo que se me haya olvidado ni una sola palabra.

—En Purfleet, en una carretera secundaria, encontré un lu­gar exacto al que, al parecer, se requería, y donde un anuncio destartalado indicaba que la finca estaba en venta. Se halla rodeada por un alto muro de pesadas piedras y construcción antigua, al que hace muchos años que no se le practica re­paración alguna. Las pesadas puertas que cierran la entrada son de roble viejo y hierro, carcomidas por la herrumbre.

»El nombre de la finca es Carfax, sin duda una adulteración del antiguo Quatre Face, pues la casa tiene cuatro caras, que coinciden con los puntos cardinales. La finca medirá unas ocho hectáreas, y se halla completamente rodeada por el muro antes mencionado. Hay muchos árboles en su interior, lo cual le proporciona algunas zonas bastante umbrías. Además, hay un profundo y oscuro estanque, pequeño lago más bien, sin duda alimentado por algunas fuentes, ya que el agua es clara y se aleja formando un arroyo de tamaño considerable. La casa es muy grande, y me atrevería a decir que pertenece a distintos períodos del pasado medieval, ya que una parte está construida con piedras tremendamente gruesas, con sólo unas cuantas ventanas muy altas protegidas con fuertes rejas. Pa­rece como si formara parte de una fortaleza, y en un lateral hay una vieja capilla. No pude entrar en ella, pues no disponía de la llave que la conecta con el interior de la casa, pero con mi Kodak tomé algunas vistas de ella desde distintos ángulos. Hay muy pocas casas en los alrededores. Una de ellas es un enorme edificio de construcción reciente, en el que han instalado un manicomio. Sin embargo, éste no es visible desde la propiedad.

Esto último no era muy exacto, como luego averiguaría; sin embargo, estaba dispuesto a hacer algunas concesiones a la propaganda del vendedor.

—Me alegro de que sea antigua y vieja —comenté cuando él hubo finalizado su descripción—. Yo mismo pertenezco a una antigua familia, y vivir en una casa nueva sería mi muerte. Una casa no puede hacerse habitable en un día, y la verdad es que se precisan unos cuantos más para formar un siglo. También me alegro de que exista una antigua capilla... Yo ya no soy joven, y mi corazón, fatigado por muchos años de dolor por mis muertos, no se siente atraído por el regocijo... Me gustan la oscuridad y las sombras, y acostumbro a que­darme a solas con mis pensamientos siempre que puedo.

Juntos pasamos una larga velada, parecida a la del día an­terior. Aquella noche, la del siete al ocho de mayo de 1891, fue la última durante algún tiempo —durante varios meses— en que ambos sentimos que todo iba a la perfección, en que no nos estudiamos como enemigos, al menos en potencia.

Por supuesto, yo había tenido la precaución de retirar to­dos los espejos de las habitaciones del castillo que mi huésped podía ocupar o visitar. Sin embargo, a la mañana del tercer día de estancia de Harker, entré en sus habitaciones a plena luz del día —unas horas realmente molestas para mí—, y en­contré que se afeitaba ante su espejo de viaje.

Yo tenía la presunción de que cuando los humanos em­pezaran a aceptarme del todo y sin reservas, la psicología de muchos de ellos no les permitiría dar crédito a que yo no me reflejase en los espejos, o al menos no de manera normal­mente perceptible para el ojo humano. Permítanme aquí el inciso de que una película y el tubo de rayos catódicos son cosas completamente distintas. Pero, al margen de cuáles sean los resultados de las investigaciones en este aspecto, aquella mañana me engañé a mí mismo al pensar que aquel inglés ra­zonable y nada supersticioso no se percataría de la auténtica verdad: que cuando yo entré en su habitación, y me situé tras él en el instante en que se afeitaba, mi imagen no se reflejó en el espejo.

Me equivoqué. En cuanto le dije «Buenos días» pegado a su oído, sufrió tal sobresalto, que reaccionó físicamente y su navaja le produjo un ligero corte en la barbilla. Al instante fui consciente de que sin duda había notado la ausencia de mi imagen en el espejo, pues sus ojos oscilaron de mí al espejo varias veces, al tiempo que hacía esfuerzos para que su rostro no expresara el desconcierto. Aquello fue como una bofetada para mí, el primer indicio de que mis planes eran sin duda imposibles. Pero, aunque me sentí profundamente herido, también hice esfuerzos por mantener la compostura.

Al cabo de unos instantes, Harker renunció a perseguir mi imagen en el espejo, me devolvió, turbado, el saludo, dejó a un lado la navaja, y empezó a buscar el esparadrapo en su neceser. En la barbilla había aparecido una burbuja de sangre.

Aunque todo el mundo sabe que soy un hemófilo (en el sentido estricto de la palabra), no es cierto que la simple vi­sión de la sangre, bajo cualquier circunstancia, baste para que me entre un deseo convulsivo por el espléndido fluido rojo. Según el diario de Harker, inolvidable para mí, y del cual cito literalmente, tan pronto como vi la sangre, mis «ojos resplandecieron con una especie de furia demoníaca», y mi mano «saltó de repente» hacia su garganta.

Y ahora pregunto yo: ¿acaso ustedes no disfrutan de un magnífico filete? Por supuesto que sí. Supongamos ahora que entran en el comedor en donde uno de sus invitados está fi­nalizando su almuerzo y observan que en su plato queda un bocado de carne. ¿Ante una visión como ésa sus ojos res­plandecerían con furia demoníaca? O supongamos que, bajo circunstancias totalmente correctas, uno de sus invitados es una joven muchacha, digamos que atractiva. Supongamos a continuación que, a causa de un error del todo inocente por parte de ella, o por la de usted, al abrir una puerta la encuentra desnuda: ¿se sentiría automáticamente provocado hasta el ex­tremo de saltar literalmente sobre ella, sin pensar en las con­secuencias? No más de lo que me sentiría yo en parecidas circunstancias. ¡Santo cielo, si la hemoglobina de un macho fuera lo único que a mí me interesara, dudo que hubiese pa­sado por todos los avatares y los gastos que implicaba la adquisición de una propiedad en Londres con el solo objeto de que me enviasen a un joven y rubio agente de la propiedad inmobiliaria!

Tengo que admitir que hubo —como ocurre siempre— una punzada de deseo ante la visión de la sangre. Pero fue mi preocupación por el bienestar de Harker, y nada más, lo que me impulsó a tender la mano en dirección a la herida. La amargura que experimenté al comprobar que él se había dado cuenta de que mi imagen no aparecía en el espejo, se vio gra­vemente potenciada en el instante en que mi mano rozó el cuello abierto de su camisa, debajo mismo de la ristra de cuen­tas que una vieja mujer de Bistrita le había obligado a ponerse en cuanto se enteró de cuál era su destino.

¿Una ristra de cuentas? Por supuesto, en cuanto las des­cubrí supe de inmediato que se trataba de un rosario, en cuyo extremo debía de colgar una cruz. Y dado que en una de nuestras charlas había averiguado que Harker era un fiel protes­tante —un miembro de la Iglesia Anglicana, según sus propias palabras—, sólo veía una explicación al hecho de que llevara sobre sí un crucifijo: que lo había adquirido, o le habían obli­gado a ponérselo como protección para su viaje a la guarida del vampiro.

Yo, que ya me imaginaba siendo aceptado por la sociedad, ví cómo mis estúpidas esperanzas se hacían añicos incluso an­tes de que pudiera formularlas. Pero, antes de recomponer los pedazos de mis esperanzas y aconsejarme paciencia, actué de forma precipitada. Mi primer impulso fue arrancar las cuentas de su cuello, pero el respeto me lo impidió. Yo soy católico, ¿saben?, aunque nacido en la fe ortodoxa; y en los tiempos en que yo respiraba, mantenía la dote de cinco mo­nasterios. Con sólo un momento de reflexión, me di cuenta de lo injusto que sería atacar a Harker, un joven ignorante y bienintencionado, que sin duda no se daba cuenta de todas las implicaciones del amuleto que le habían entregado para que lo llevara.

—Vaya con cuidado —le advertí, esforzándome por do­minar la rabia y la frustración—. Procure no cortarse, porque en este país es más peligroso de lo que imagina.

Yo estaba pensando en Anna, en Wanda y en Melisse, cuya reacción ante la vista y el olor de la sangre fresca de un joven macho sin duda sería menos comedida que la mía.

—¡Y esto es lo que ha provocado esa herida! —exclamé, agarrando el objeto causante de mi desgracia, e impelido a adoptar una actitud violenta a causa de la tensión que había ejercido sobre mi espíritu—. No es más que una chuchería al servicio de la vanidad humana. ¡Fuera con él!

Abrí precipitadamente la ventana y tiré por ella el espejo de Harker, que se estrelló al chocar contra el suelo del patio.

Puesto que temía hablar más de lo necesario por entonces, abandoné la habitación. ¿No habrían servido de nada todos aquellos meses —aquellos años— de cuidadosos preparati­vos? ¿Se llevaría Harker la verdad a su país, mezclándola con las horribles mentiras sobre mí, y haría, de algún modo, que se las creyeran? ¿Llegaría yo al muelle de Whitby, o a la es­tación de Charing Cross, en Londres, para encontrarme con sacerdotes exorcistas o con apestosos portadores de ajos dis­puestos en formación para repelerme?

Mientras aquella funesta mañana yo intentaba recuperar la calma y reordenar mis planes, Harker, tal como anotó en su diario, empezó una medrosa exploración de las partes del cas­tillo que no le estaban vedadas por estar las puertas cerradas con llave: al descubrir que de éstas había muchas, no tardó en llegar a la conclusión de que era un prisionero.

Nunca me lo dijo de forma explícita, ni me preguntó si eso era cierto. Pero así lo anotó: «... es inútil informar al conde sobre mis conclusiones. Sabe muy bien que me hallo prisio­nero; y como es él quien así lo ha querido, y sin duda tendrá sus razones, sólo conseguiría decepcionarme si le confiara la totalidad de los hechos... Sé que me sentiría decepcionado como una criatura por mis propios temores, o me vería en serios apuros».

Poco después, Harker regresó a sus habitaciones cuando yo le estaba haciendo la cama, intercambiamos unas corteses pa­labras, pero ninguno de los dos aludió al incidente del espejo. Luego, aquella misma noche volví a sentirme más animado al ver que mi joven visitante se sentaba conmigo para charlar como de costumbre y empezaba a hacerme preguntas sobre mi tierra y mi familia.

Creo que comprendió, o al menos empezó a comprender. No demostró tener prejuicio alguno contra mí; todo lo con­trario, siguió haciéndome caso y hablándome como un ami­go. Pues ¡era cierto! Era cierto lo que había leído u oído decir sobre el noble respeto que los ingleses sienten hacia los asun­tos de los demás. Si bien antes había creído que Harker llevaba demasiado lejos esta tradición sobre el respeto, com­prendí entonces cuan valiosa podía ser para mis propósitos tal actitud.

Mientras paseaba nervioso por la sala y me atusaba el bi­gote, excitado, le hablé de la gloriosa historia de mi familia y de mi raza, de los antepasados vikingos que llegaron desde Islandia para unirse y mezclarse con los hunos, cuyo furor guerrero había arrasado la tierra como una llama viva.

—Hasta que estos pueblos, en decadencia —exclamé, ex­citado—, pensaron que por sus venas corría la sangre de las antiguas brujas que, expulsadas de Escitia, se habían unido con los demonios del desierto. ¡Estúpidos, estúpidos! ¿Qué demonio o qué bruja fue nunca tan grande como Atila, cuya sangre corre por estas venas? —Y levanté mis brazos, así—. ¿Es tan sorprendente que fuéramos una raza de conquista­dores? ¿Que fuéramos orgullosos? ¿Que cuando los magia­res, los lombardos, los avaros, los búlgaros o los turcos entraron a miles por nuestras fronteras los obligásemos a re­troceder?

Con placer y alegría le hablé de los hechos que tuvieron lugar durante las décadas de mi propia existencia como ser que respiraba:

—¿Quién fue, sino uno de mi propia estirpe, el que cruzó el Danubio y venció a los turcos en su propio terreno? En efecto, ¡fue un Drácula! Fue él quien, al ser derribado, se le­vantó una y otra vez, aunque tuviera que regresar él solo del ensangrentado campo de batalla donde sus tropas eran de­rrotadas. ¡Y es que sabía que sólo él podría vencer al final! Luego dijeron que no pensaba más que en sí mismo. ¡Bah! ¿De qué sirven los campesinos sin un líder? ¿Cómo se resol­vería la guerra sin un cerebro y un corazón que la dirigieran? Después de la batalla de Mohacs, nos liberamos una vez más del yugo de los húngaros. Y la sangre de los Drácula estaba entre los líderes, pues nuestro carácter no soportaba el no ser libres. Joven, los Szekelys, cuyo nombre significa «guardia­nes de la frontera», y los Drácula, que para ellos eran como la sangre en su corazón, su cerebro y su espada, pueden jac­tarse de haber impedido que los Habsburgos y los Romanoff llegaran a multiplicarse como setas... Pero ahora los tiempos de guerra se han acabado. La sangre es demasiado preciosa en estos días de paz deshonrosa, y las glorias de las grandes razas son sólo una leyenda.

Yo me enfurecía y me ensalzaba mientras hablaba; mi joven inglés se mostraba tolerante con todo, pero se le veía apagado, muy apagado. Era un pensador, pero no un soñador. No ha­bía imaginación en él que le animara. Aunque, para ser ho­nestos, debo admitir que de haber tenido imaginación lo habría pasado mucho peor de lo que lo pasó en el castillo de Drácula.

A la noche siguiente, es decir, la del once de mayo, man­tuve finalmente una larga charla con Harker sobre cómo lle­var los negocios en Inglaterra, a cuya conclusión le pedí que escribiese algunas cartas a casa.

—Aparte de la primera carta que le envió al señor Peter Hawkins, ¿le ha escrito alguna otra a alguien más?

—No —respondió con cierta amargura—, todavía no he tenido la oportunidad de entregárselas a nadie.

—Entonces, escriba ahora mismo, mi joven amigo —le dije, posando una mano conciliatoria sobre su hombro—. Es­criba a nuestro amigo Hawkins y a quien quiera, y dígales, si no le importa, que se va a quedar un mes más conmigo.

—¿Desea usted que me quede tanto tiempo?

Harker no pudo disimular su falta de entusiasmo por la noticia. Era obvio que albergaba ciertas reticencias, pero yo aún mantenía grandes esperanzas de poder atraerme su sim­patía.

—Me encantaría —repliqué—. Y no pienso admitir una respuesta negativa. Cuando su amo, su jefe o como prefiera llamarle, se comprometió a enviar a alguien en su nombre, dio a entender que era sólo para atender a mis necesidades. Supongo que no habrá contraindicaciones al respecto, ¿ver­dad?

Harker asintió en silencio, pero en su rostro había tal preo­cupación, que comprendí que sería mejor informarle de mi interés por el contenido de las cartas que fuera a enviar. Así que añadí:

—Le ruego, amigo mío, que en sus cartas no mencione más asuntos que los que se relacionen con los negocios. A excep­ción, por supuesto, de que se encuentra usted bien, y de que anhela el momento de regresar a casa con ellos, lo cual sin duda alegrará a sus amigos. ¿No es eso cierto?

Cuando me despedí de él aquella noche, con sus cartas en mi mano —además de alguna correspondencia propia, rela­cionada con el proyecto de mi viaje—, me detuve en el um­bral, con la conciencia en cierto modo turbada.

—Confío en que me disculpe —le dije, y Harker se limitó a mirarme, su rostro muy cerca del mío—, pero esta noche tengo mucho trabajo que debo realizar en privado. —Nuestra despensa se hallaba vacía—. Espero que lo encuentre todo a su gusto.

Harker seguía mostrándose arisco y tuve la fuerte premo­nición de que los planes iban a estropearse y de que me aguar­daban serias dificultades.

—Permita que le dé un consejo, mi querido amigo —añadí antes de salir—. No... Deje que le advierta seriamente. Si sale usted de sus habitaciones, por ningún motivo se quede dormido en alguna otra parte del castillo. Es muy viejo y está lleno de recuerdos, de modo que puede provocar un mal sue­ño a quien imprudentemente se quede dormido por ahí. Está usted avisado. Si de repente sintiera sueño, apresúrese a re­gresar a su dormitorio o a estas habitaciones, donde dormirá a salvo. Pero, si no es usted cuidadoso al respecto, entonces...

Finalicé la advertencia con un gesto significativo de mi mano. Sin embargo, él se limitó a mirarme: un hombre terco y cada vez más asustado.

Por supuesto, ésa fue la noche que me vio cuando yo aban­donaba el castillo. ¿Por qué elegí precisamente esa noche de primavera para arrastrarme cabeza abajo por el muro que descendía hasta el precipicio, en vez de volar más discretamente como un murciélago, o caminar sin tanto aspaviento sobre cuatro patas, o incluso sobre dos, que podía resultar más tranquilizador? La única respuesta en mi defensa es que cada uno de mis sistemas de locomoción tiene sus propios estímulos, sus placeres y sus dificultades. Por otro lado, si debo decir la verdad —¿no es por eso por lo que estoy aquí, hablándole a ese aparato?—, estaba intentando esquivar a Anna, quien no paraba de suplicarme que le permitiese catar la sangre de Har­ker, y pensé que la mejor manera de conseguirlo era saliendo del castillo mediante la escalada.

Por eso el pobre Jonathan —que casualmente se hallaba mi­rando la luna por la ventana— vio que «salía de otra ventana y empezaba a bajar por aquel espantoso abismo, arrastrán­dose sobre los muros del castillo cabeza abajo, con la capa plegada a su cuerpo como si fueran unas grandes alas... No podía ser una ilusión. Vi cómo los dedos de las manos y de los pies se agarraban a los bordes de las piedras (yo me había atado las botas a la cintura con los cordones), igual que un lagarto que se deslizara por la pared. ¿Qué clase de hombre es ése, o qué criatura que se parece a un hombre?»

Tres noches más tarde Harker vio de nuevo cómo yo salía por los mismos medios, y, aprovechando mi ausencia, intentó salir del castillo por la puerta principal. Yo la había cerrado con llave por su propia seguridad, pero él, contrariado, dio media vuelta y fue en busca de otra salida.

Una puerta que yo había olvidado cerrar con aldaba, le per­mitió el paso al ala izquierda del castillo. Harker supuso que aquélla era «la parte del castillo que en el pasado ocupaban las damas». Y llegó a tal conclusión al descubrir «grandes ven­tanales... y por lo tanto luminosidad y comodidades» allí donde «una honda, un arco o una culebrina no podrían lle­gar» a causa de la altitud y lo escarpado de los riscos sobre los cuales se asentaba. Supuso que allí, «en el pasado, las da­mas permanecían sentadas, cantando, viviendo regaladamen­te, mientras sus pechos gentiles se entristecían por los hombres que estaban lejos, comprometidos en crueles bata­llas». Afortunadamente, las damas de antaño eran —como las de su tiempo— más fuertes y valerosas de lo que él podía imaginar. De haber comprendido este punto, todo habría sido muy distinto, no sólo en su vida, sino en la mía. Pero me estoy anticipando en mi historia.

Después de que Harker penetrara en aquellas dependencias clausuradas, durante algún rato estuvo admirando las espa­ciosas ventanas bajo la luz de la luna, y los muebles, que «pa­recían más cómodos» que cualquiera de los que había visto en el castillo. A pesar de que en aquellos aposentos encontró «una espantosa soledad» que le heló el corazón, «sin embargo era preferible a vivir a solas en las habitaciones que había lle­gado a odiar a causa de la presencia del conde Drácula. Y, después de intentar calmar mis nervios, sentí que se apode­raba de mí un suave sosiego».

Lógicamente, aquel estúpido calmó tanto sus nervios que, a pesar de mis más severas advertencias, se quedó dormido, y, aunque regresé a tiempo para salvarle, poco faltó para que no lo lograra; incluso yo me quedé de momento sin habla ante el alcance de su locura.

Sin dejar apenas en el suelo el fardo que yo llevaba al entrar en el castillo, intenté escuchar su respiración en sus habitaciones, pero no lo conseguí. Corrí entonces por el oscuro pa­sillo, cada vez con mayor celeridad, buscando a mi huésped e intentando escuchar sus ruidos, al tiempo que crecía mi preocupación. Al descubrir que la puerta del ala izquierda es­taba sin cerrar, cuando yo había creído lo contrario, no me quedó más remedio que rogar que no fuese demasiado tarde.

Como ya he dicho, le descubrí a tiempo para él. En una alcoba intensamente bañada por la luz de la luna, que esparcía su encanto sobre las prosaicas ruinas labradas por el tiempo, Harker yacía boca abajo sobre un antiguo sofá, donde se ha­bía tumbado sin hacer caso del polvo que lo cubría. Wanda y Melisse se hallaban a poca distancia, disputándose el turno, esperando, mientras sobre él se inclinaba la encantadora Anna, que en aquel mismo instante posaba las afiladas puntas de sus colmillos sobre la garganta del joven. Me acerqué en forma humana por detrás de ella, y pasé mi brazo en torno a su cuello pálido y esbelto. Tiré de su cuerpo etéreo, que al­bergaba en su interior la fuerza de diez hombres, y la arrastré hacia atrás, al centro de la estancia.

Eché un vistazo a Harker y vi que sus venas todavía no habían sido perforadas. En aquel momento estaba medio inconsciente, en una mezcla de sueño y arrobamiento, los labios entreabiertos en una necia sonrisa, y apenas una línea del ojo brillando bajo los párpados caídos. Con la esperanza de que Harker no recordara aquella escena al día siguiente, o de que la considerara un sueño, a pesar de mi enojo dominé la voz hasta conseguir que brotara como un susurro.

—¿Cómo habéis osado tocarle vosotras? ¿Cómo os habéis atrevido a ponerle la vista encima, cuando yo os lo había pro­hibido? ¡Atrás, os lo ordeno! ¡Este hombre me pertenece! No os metáis con él, o de lo contrario tendréis que véroslas con­migo.

La encantadora Anna, sin duda dolorida por la frustración de ver que se le negaba la dicha cuando la creía tan segura, soltó una risa amarga y enloquecida, y se atrevió a replicarme:

—¡Tú nunca has amado a nadie! ¡Nunca has sido capaz de amar!

Y las otras, al ver que yo no mostraba interés en castigarla, se unieron a su risa.

—Te equivocas, yo también puedo amar —repliqué con voz tranquila.

Mis pensamientos entonces regresaron a un mundo lejano, totalmente distinto, un mundo que en el pasado había res­plandecido y palpitado dentro de aquel castillo, dentro de aquella misma alcoba que ahora sólo contenía polvo, moho y ruinas bajo la luz de la luna.

Aquel mundo que persistía en mi recuerdo no era el de ellas, pero yo no tenía intención de darles materia para que se burlaran.

—Sí, yo también puedo amar —repetí—. Vosotras mismas podéis deducirlo por el pasado. ¿O no? Bueno, os prometo que cuando haya acabado con él podréis besarle cuanto os apetezca. ¡Y, ahora, largo! Tengo que despertarle, pues hay trabajo que hacer.

Si les dije todas estas mentiras fue para desembarazarme de las tres sin tener que castigarlas. No estaba dispuesto a cas­tigarlas por culpa de la estupidez de Harker... Me repugna la crueldad y no la aplico a no ser que esté del todo justificada.

—¿Y no vamos a tener nada esta noche? —lloriqueó Melisse, señalando la bolsa que yo había traído, y que se movía ligeramente en el suelo.

En su interior había los pobres resultados de mi incursión: un lechón bastante escuálido que me había ofrecido una cam­pesina con la esperanza de que, a cambio, yo ejerciera algún mal a una de sus rivales en el amor. Asentí, y de un salto las tres mujeres rodearon la bolsa y se la llevaron consigo.

En aquel instante, un gemido ahogado brotó de la silueta recostada de Harker. Me volví precipitadamente hacia él, y puedo asegurar que estaba del todo inconsciente. Lo que no supe entonces era que había tenido tiempo de ver cómo las mujeres saltaban sobre la bolsa, y que pensó que los gruñidos porcinos que brotaban de ella pertenecían, si «mis oídos no me traicionaban», al «suspiro y apagado gimoteo de una cria­tura medio asfixiada».

No hace falta decir que era imposible tratar de ningún asun­to con él aquella noche, por mucho que lo hubiese intentado. Me lo llevé a sus habitaciones, todavía inconsciente, y le acosté; aún creía en la posibilidad de que creyera que su noche con las muchachas había sido una pesadilla, si es que la re­cordaba. También me tomé la libertad de registrarle los bol­sillos; por vez primera eché un vistazo a su diario. Pero él tomaba sus apuntes con taquigrafía —una escritura que yo no entendería hasta mucho más tarde— y, después de examinarlo brevemente, lo volví a dejar en su sitio.

«Si estoy en mi sano juicio —escribiría al día siguiente—, sin duda es una locura pensar que, de las cosas extrañas que acechan en ese odioso lugar, el conde es la que ofrece menos riesgo para mí; que sólo a él puedo acudir para mi seguridad, aunque esto únicamente durará mientras le sirva para sus pro­pósitos.» ¡Y yo que había creído que si recordaba algo de los horrores nocturnos, de los que había escapado por pura ca­sualidad, al despertar me consideraría su amigo y protector! Ahí tienen un ejemplo de hasta dónde llegaba mi inocencia y mi persistente fe en el género humano.

Empecé a darme cuenta de que mi problema no residía tan­to en cómo ganarme la amistad de Harker, sino en qué hacer con él, o respecto a él. Si le devolvía de inmediato a su país, sin duda tendría algunas historias extrañas que contar sobre mí cuando llegara. Mi propia partida estaba fijada para el treinta de junio —es decir, que todavía faltaba más de un mes—, mientras que Harker podía regresar fácilmente a Lon­dres en una semana, y prepararme una recepción de lo más desagradable. Sus conocimientos respecto a mis asuntos en Inglaterra eran tan amplios, que no podría impedir tal desen­lace si permitía que se marchara como mi enemigo, conce­diéndole la ventaja de la partida. Al mismo tiempo, él era aún mi huésped, estaba bajo mi responsabilidad, y el honor y la justicia me impedían por igual causarle daño alguno. Me ha­bría gustado que manifestara acusaciones a las que yo pudiera responder abiertamente, que exigiese su libertad, si le preo­cupaban las puertas cerradas, o que se comportara como mi enemigo, para poder matarle con toda justicia.

Estuvimos a punto de llegar a esta última solución cuando descubrí que intentaba enviar clandestinamente una carta. Iba dirigida a su prometida, la señorita Mina Murray, a quien ha­bía escrito ya, a exigencias mías, el día anterior. Harker echó esta carta por la ventana —con otra dirigida a Hawkins y al­gunas monedas de oro— a mis gitanos, los cuales, lógica­mente, me la trajeron a mí.

La carta secreta a Hawkins era muy breve, simplemente le pedía que se comunicara con Mina Murray. Pero la dirigida a ella estaba escrita en clave, con la misma escritura taquigrá­fica que aparecía en el diario de Harker. Cuando terminé de examinarla, a punto estuve de ir a sus habitaciones y saltar sobre él. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para recordar que todavía era mi invitado, que se había encontrado con unas circunstancias extrañas para un corriente joven inglés, y que no había visto mucho mundo. Aparte de que yo tampoco sa­bía si la misiva cifrada contenía alguna falsedad sobre mí o si pretendía perjudicarme.

Sin embargo, me sentía rabioso. Raramente me había sen­tido tan enojado desde el día en que clavé los turbantes a la cabeza de los mensajeros turcos cuando éstos se negaron a quitárselos en mi presencia. Recuérdenme que les cuente esto más adelante. Sin embargo, durante mis grandes rabietas siempre suelo aparentar una gran calma. De modo que cogí las dos cartas, me encaminé a las habitaciones de Harker y me senté a su lado. Me miró con una expresión culpable, de­sesperada y feroz que se acentuaba a medida que pasaban los días.

—Los szgany me han entregado esto —empecé con voz tranquila—. Aunque ignoro de dónde proceden, me he hecho cargo de ellas... ¡Mire usted! —exclamé, abriendo de nuevo una de las cartas—. Una es suya, y va dirigida a mi amigo Peter Hawkins. En cuanto a la otra... —Saqué del sobre la carta taquigráfica—. ¡Es una vileza, un ultraje a la amistad y a la hospitalidad...! Pero no lleva firma, así que no debe preo­cuparnos.

Y entonces, allí mismo, acerqué la misiva a la llama del quinqué de Harker, y la quemé. ¡Ah!, lo cierto es que no echaba de menos la luz eléctrica.

—Por lo que respecta a la carta de Hawkins —proseguí—, la voy a cursar, puesto que es de usted. Sus cartas son sagradas para mí. Le ruego me disculpe, amigo mío, por abrirla inad­vertidamente.

Entregué a Harker la carta y un nuevo sobre, y comprobé cómo escribía la dirección y cerraba de nuevo la misiva. Había en su rostro tal desespero —un espasmo nervioso en una me­jilla y en el ojo—, y tal temblor en sus dedos al intentar es­cribir, que sentí conmoverse toda mi sensibilidad, y me alegré de no haberme mostrado más severo.

Por aquel entonces yo ya llevaba cuatrocientos años ob­servando con frecuencia a los seres humanos bajo situaciones de presión, y vi claramente que Harker se balanceaba ahora al borde de un ataque de nervios. Eso ya era en sí lamentable, aparte de que como mínimo me sentía indirectamente res­ponsable. Sin embargo, al mismo tiempo sentía como si me hubiese quitado un peso de encima. Con un poco de suerte, cuando Harker abandonara mis dominios tendría que pasar un par de meses en un sanatorio, y nadie creería los cuentos de vampiros que fuera contando alguien cuyo equilibrio men­tal sin duda se había roto.

Cabía la posibilidad de que Hawkins me visitara en Purfleet, y también la prometida de Harker, la querida señorita Mina Murray —incluso en aquel entonces su nombre tenía un significado especial para mí—, para averiguar qué había ocurrido en los Cárpatos para trastornar de tal modo a su pobre muchacho. Y yo me mostraría preocupado y afable, y los recibiría cortésmente, para lo cual necesitaba renovar, al menos en parte, mi propiedad y disponer de las comodidades al uso. Para cuando Harker lograra hacer creíbles sus histo­rias, si es que prudentemente no prefería alterarlas u olvidarse de ellas, yo ya habría conseguido establecer nuevos refugios para mí en Inglaterra, alterar incluso mi apariencia, y hasta puede que también escapar de cualquier investigación que pu­dieran poner en marcha.

Yo guardaba las tres cartas con fechas posteriores que sa­gazmente había obtenido de Harker días antes, después de explicarle cierta historia sobre la poca fiabilidad del servi­cio de correos. Eran simples comentarios sobre su estado de salud, que era bueno, y sobre un viaje que había realizado, dando a entender ostensiblemente que las había escrito el doce, el diecinueve y el veintinueve de junio; la última estaba fechada en Bistrita, y no en el castillo. Si conservaba aquellas tres cartas era como precaución, por si la visita de Harker tenía algún desdichado final, y ahora comprobaba que mi pre­caución había sido acertada. Si por algún motivo no llegaba completamente sano a su casa, aquellas cartas apartarían de mí toda sospecha.

Entregué a los gitanos la carta, ahora ya inofensiva, que Harker había vuelto a enviar a Hawkins, para que la man­daran por correo, e informé al jefe de la banda que mi huésped estaba medio loco y que había que ir con mucho cuidado con él. Por alguna extraña razón, Tatra, un tipo moreno y recio, capaz de confundirse con un centauro cuando montaba a caballo, no pareció sorprenderse excesivamente ante la noticia.

—Tatra —añadí—, te pido que, al día siguiente a mi par­tida, te pongas el uniforme de cochero y le bajes al desfiladero a tiempo de poder tomar la diligencia para Bistrita, donde enlazará con el tren. Obedece sus órdenes o sus peticiones, en todos aquellos pequeños detalles que te parezcan razona­bles, pero no cuando creas que pueden entrañar algún peligro para él. No es culpa suya el haber sufrido durante su estancia aquí; o al menos no toda la culpa es suya.

Tatra asintió y juró que haría todo lo que su amo le había mandado. Yo no dije nada más, y confié en que así lo hiciera.

Mi estado de ánimo era más alegre que en días anteriores cuando regresé a las habitaciones de Harker. Abrí la puerta con la llave —había empezado a temer que actuara temera­riamente—, entré y le encontré dormido en el sofá. Al oírme se incorporó y me miró con ojerosa cautela. Parecía dema­siado cansado para tener miedo.

—¡Así que está usted cansado, amigo mío! —inquirí, fro­tándome las manos vivamente—. Métase en la cama; es la for­ma más segura de descansar. Esta noche no podremos disfrutar del placer de nuestra charla; tengo muchas cosas por hacer. —Mi reserva de provisiones para él se había agotado, después de que se comiera casi todo el lechón cuyos gruñidos tanto le habían alarmado—. Pero acuéstese usted, se lo ruego.

Harker se levantó como un sonámbulo y se encaminó hacia el dormitorio, donde se dejó caer en la cama, boca abajo. Vol­vió a quedarse dormido casi al instante —tal como anotó al día siguiente en su diario: «la desesperación tiene sus propios momentos de tranquilidad»—, y yo aproveché la ocasión para cogerle documentos, dinero, etcétera, a fin de guardárselo. También cogí prestados sus mejores trajes, para que unas gi­tanas los utilizaran como modelo para hacerme ropa siguien­do la moda de los ingleses.

Esta tarea les llevó un par de semanas, pero yo pude po­nerme el traje ya finalizado cuando, la noche del dieciséis de junio, salí en busca de nuevas provisiones. Anhelaba comprobar la comodidad y resistencia de mi nuevo vestuario. Sólo mucho después, cuando se me presentó la oportunidad de leer el diario de Harker pasado a máquina, me enteré de que él había vuelto a espiarme esa noche, y que imaginó que yo llevaba sus ropas mientras me deslizaba cabeza abajo por el muro... Con el propósito —si es que creen en sus apreciaciones— de empañar su reputación; para que se le atribuyera «cualquier maldad» que yo pudiera hacer a la gente del pue­blo. No, señor Harker, se lo aseguro... ¿Puede usted oírme ahora desde su presunto lugar en el cielo? Lo que me recla­maba aquella noche eran otros asuntos mucho más importan­tes para mí que mancillar su buen nombre. «¡Santo cielo! —exclamaría sin duda algún patán aquella noche, al ver mi alta figura de pelo y bigote canos, ojos enrojecidos y vestido al estilo de Savile Row—. Ahí va el vampiro con las ropas del joven inglés. Seguro que se lo habrá comido.»

Nada más completar las tareas de aquella noche y regresar al castillo —arrastrando en mi bolsa extensible un ternero re­cién nacido, con el propósito de proporcionar un poco de sangre a mis muchachas, y a mi huésped algo con sabor a ternera—, una pobre mujer de la aldea más cercana irrumpió en el patio suplicando mi ayuda. Aquella pobre y valiente mu­jer, cuyo rostro yo nunca había visto... Ni uno entre mil de los habitantes del valle se habría atrevido a tanto en plena luz del día, y mucho menos en plena noche. Pero los imperativos de la maternidad a veces otorgan una increíble fuerza.

—¡Señor, encuéntreme a mi hijo! —suplicaba a Harker la pobre infeliz, confundiéndole conmigo al verle en uno de los altos ventanales, iluminado por la luz de la luna.

Sí, ya sé, sé muy bien que en su diario él transcribió las exclamaciones de la mujer de la siguiente manera: «¡Mons­truo, devuélveme a mi hijo!». Pero ¿suponen ustedes que ella hablaba inglés? ¿O que Harker tenía a mano el diccionario multilingüe que había utilizado en la diligencia de Bistrita para hablar con aquella misma gente?

Por lo que a mí respecta, sabía muy bien que aquella mujer estaba allí sin necesidad de sacar la cabeza por la ventana para verla. Yo sí entendía sus palabras. Y tampoco necesité alzar mi voz para convocar a varias de mis preciosas criaturas —los lobos— que se encontraban a un par de kilómetros a la re­donda. Se organizaron bajo mis órdenes y rápidamente pei­naron el bosque, de modo que en el intervalo de una hora hallaron al niño extraviado. A base de mordiscos y tirones, le obligaron a entrar en el patio, donde la estúpida mujer —supongo que era por alguna negligencia suya que la criatura se había perdido— seguía golpeando con sus débiles manos contra mi puerta, hasta que descubrió a su hijito en medio de la jauría que le hacía escolta. Entonces agarró al niño y echó a correr hacia su casa, sin darme siquiera las gracias, ni a nin­guno de mis guardianes de cuatro patas. En cuanto a Harker, en su diario insinuó que yo había secuestrado a la criatura para que me sirviera de cena, y que luego llamé a los lo­bos para que devoraran a la madre.

En sus ojos veo ahora que no creen en absoluto mi versión de lo ocurrido. Y bien, ¿por qué no tenía que ayudarla, como había ayudado a miles de personas cuando yo era príncipe? La mujer acudió a mí en calidad de amo, y me pidió ayuda, así que estaba obligado a prestársela. Estos comportamientos tan elementales y correctos, ya sea por lo que se refiere a ella como por lo que se refiere a mí, deberían verificarse, y su divulgación mostraría hasta qué punto el mundo se ha venido abajo. Pero es probable que parezca un viejo, hablando así.

Sin embargo, ustedes lo dudan. Insisten en creer que pre­fiero beberme la sangre de un niño pequeño, a hacerle saltar sobre mis rodillas. Y estarían en lo cierto si sólo existiesen dos tipos de conducta donde yo pudiera elegir.

Muy bien. Ahora es un momento tan bueno como cual­quier otro para hablar de la sangre. Ustedes comen car­ne. ¿Comen carne de hombre o de mujer? Puede que algún mordisco amoroso jugando, pero no van más allá de eso, ¿verdad? Pues bien, de forma bastante aproximada, eso mis­mo es lo que me ocurre a mí. El único alimento que me sirve de sustento es la sangre caliente y, preferiblemente, de ma­míferos, pero la especie de la cual pueda nutrirme me es in­diferente. Por ahora, dejémoslo así. Más tarde, si disponemos de tiempo, hablaremos de por qué creo que la mayor par­te de la energía que necesito me llega a través de una radiación procedente del sol que aún no se ha logrado medir.

Otra peculiaridad de la existencia vampírica reside en que los órganos reproductores, así como los sistemas de excre­ción, dejan de funcionar; el cuerpo no expele semillas ni desechos, pero eso no significa que carezcamos de pasión; todo lo contrario. De la misma manera que en los hombres y mu­jeres que respiran hay muchos deseos vehementes, además de la mera actividad sexual —permanezcan dos semanas sin co­mer, dos días sin beber, o dos minutos sin respirar, y verán que no me equivoco—, para nosotros la sangre es la vida, lo es todo.

Desde siempre he experimentado el amor a las mujeres, y para mí eso no ha cambiado. Pero la forma de expresarlo ya no es la misma desde que desperté de mis heridas mortales en 1476. A partir de entonces, la sangre lo es todo para mí. ¡Oh!, supongo que podría prescindir de la sangre de las dulces mu­chachas durante dos meses, dos años o dos siglos, si existiese algún motivo para tal abstinencia. Ya les he dicho que nunca forcé a Lucy, ni a Mina, ni a ninguna de las otras.

Pero dejémoslo así. Fue al día siguiente de la visita de la pobre aldeana cuando Harker, enloquecido de terror, se atre­vió a bajar por el muro exterior del castillo desde su ventana, en vez de entrar en mis propios aposentos. Luego prosiguió por un pasillo interior hacia una capilla situada más abajo, y se encontró con las cajas de tierra que yo y mis amigos ha­bíamos preparado para mi viaje. Al curiosear en el interior de aquellas cajas, se encontró con que en una de ellas descansaba su humilde servidor. De haber sido más listo y malvado, y si su ingenio hubiese igualado el valor que demostró al de­safiar aquel muro, podría haber acabado conmigo allí mismo. Por lo que a mí respecta, en aquellos instantes no era cons­ciente de su incursión.

El trance en que solemos caer durante el día —aunque no siempre—, entre la salida y la puesta del sol, creo que marca realmente nuestra dependencia de este astro. De la misma for­ma que los hombres no pueden realizar saludablemente ejer­cicios pesados mientras comen y digieren su comida, nosotros los vampiros entramos, en el mejor de los casos, en una es­pecie de letargo en presencia del sol; ninguno de nosotros puede soportar durante mucho rato la potencia de sus rayos.

En todo caso, Harker me encontró allí dentro, aletargado en aquella caja medio llena de tierra blanda y húmeda. Como veremos, resulta difícil liberarse de las garras de ese letargo diurno, aunque permite permanecer más alerta que el sueño de los humanos. Nosotros no experimentamos la fatiga como los que respiráis, aunque al final debemos descansar, y eso sólo se consigue sobre la tierra pura de nuestro país. ¿Por qué sucede así? Lo ignoro. Puede que más tarde dispongamos de algún tiempo para que les exponga un par de teorías mías.

Sin saber qué pensar de mi estado, porque no respiraba, ni me movía, pero en cierto modo tampoco estaba muerto, Harker regresó a sus aposentos. Por supuesto que luego no me haría ningún comentario sobre su intrusión. Cuatro días des­pués, el veintinueve de junio, mis planes habían concluido, igual que los trabajos de mis ayudantes. A última hora de la tarde fui a ver a Harker y le dije:

—Amigo mío, mañana debemos partir. Usted a su hermosa Inglaterra, y yo a realizar unas tareas que, según como ter­minen, impedirán que volvamos a vernos. Sus últimas cartas ya han salido para casa. Mañana yo ya no estaré aquí, pero todo está a punto para su viaje. Por la mañana vendrán los szgany, que deben realizar varias labores aquí, y algunos es­lovacos. Cuando hayan finalizado, mi carruaje vendrá a re­cogerle para bajarle al desfiladero del Borgo, donde puede tomar la diligencia de Bukovina a Bistrita. Sin embargo, es­pero volver a verle en el castillo de Drácula.

¿Es preciso añadir que en mis charlas con Harker a veces era más diplomático que sincero? Mi deseo más ferviente era no volver a ponerle la vista encima.

Más que sorpresa, la inesperada nueva provocó en él una fuerte conmoción, un efecto tonificante. Se incorporó de un salto, y vi que recuperaba su modesta reserva de equilibrio mental, mientras hacía acopio de valor para enfrentarse a mí; sin duda una proeza mucho más ardua que escalar las lisas piedras de un muro.

Al final, con voz firme, me preguntó sin tapujos:

—¿Y por qué no puedo marcharme esta noche?

—Porque mi cochero y mis caballos han salido con una misión, mi querido amigo.

Para ser exactos, Tatra, el único de los szgany a quien podía confiar una misión tan delicada sin estar yo presente, se ha­llaba en aquellos momentos en una aldea cercana a Bukovina para gestionar la compra de un nuevo caballo. Las tres que­ridas señoras que estaban a mi servicio habían chupado la vida a un semental negro la noche anterior, y yo esperaba que los eslovacos y sus perros consumieran la carne del caballo por la mañana.

Harker sonrió como si creyera haberme atrapado —fue una sonrisa suave, meliflua, diabólica, si se me permite decirlo—, y por la expresión de sus ojos temí que estuviese ya un poco loco. Lo cual no sería de extrañar, después de haber pasado tanto tiempo meditando sobre sus temores y sus dudas, en vez de discutirlos abiertamente conmigo.

—Pero a mí no me importa bajar andando —replicó—. Quiero irme enseguida.

—¿Y su equipaje?

—No me importa. Puedo enviar a por él en otra ocasión.

Sin embargo, cuando escribió sobre ello en su diario, sí pa­reció importarle, ya que me acusó de robarle su mejor traje, su abrigo y su manta, además de poner en peligro su vida y su cordura. Sin embargo, entonces se cuadró firmemente sobre sus pies, y por vez primera en muchas semanas volvió a parecer el joven seguro y competente que había llegado al castillo de Drácula a primeros de mayo.

Suspiré para mis adentros. No confiaba totalmente en mis szgany, ni siquiera en Tatra, para que cumplieran al pie de la letra mis instrucciones respecto a Harker, al menos hasta que yo mismo no estuviese metido en una caja y a bordo de un mercante. De modo que pensé: ¿por qué no tomarle la pa­labra y permitir que baje andando hasta el desfiladero? El úni­co peligro real que yo intuía eran los lobos, y una palabra mía a algunos de ellos, antes de que Harker partiera, le propor­cionaría una escolta que garantizaría su seguridad; al menos hasta que llegara al territorio de los hombres corrientes, des­pués de lo cual tendría que asumir sus propios riesgos, como todos nosotros.

De modo que pensé en dejarle marchar, ya que el desfila­dero se hallaba tan sólo a unos pocos kilómetros, y si bien el camino era malo, no tenía desvíos y casi todo el rato era cues­ta abajo. Supongo que di por descontado que aún disponía de algún dinero en sus bolsillos, junto con el diario, que con­servaba en su poder. Y supongo que tampoco debería que­jarme de las monedas de oro que se llevó al partir, mientras me dejaba —es decir, lo dejaba a mi servidumbre— una carta de crédito, sus mejores trajes —que yo había entregado a una muchacha gitana para que los limpiara, con resultados la­mentables—, el abrigo y la manta de viaje que antes he men­cionado, junto con horarios de trenes, etcétera, etcétera.

Me aparté a un lado de la puerta de su habitación, aliviado por fin de que mi huésped hubiese expresado llanamente su deseo de partir, y de que yo pudiera acceder con la suficiente rapidez y espontaneidad, a fin de que mejorase la opinión que Harker tenía sobre mí. En el último momento quise entre­garle unas cuantas monedas de oro antiguas, como recuerdo de su visita. Pensé que, después de todo, quizá mi plan, tan minuciosamente elaborado, funcionaría. En cuanto Harker regresara a su entorno razonablemente humano, cambiaría de opinión sobre lo que había sucedido bajo mi techo, o, en cual­quier caso, cambiaría su versión de los hechos. El retorno a su país podía hacerle un gran bien, ahorrándole al final una crisis nerviosa.

Tal como Harker anotó en su diario, fue en ese instante cuando —con una «gran amabilidad» que le hizo restregarse los ojos, «porque parecía auténtica»— yo le dije:

—Ustedes los ingleses tienen un refrán que me es muy pró­ximo, ya que su espíritu es el que nos rige a los boyardos: «Bienvenidos sean los que vienen, y buen viaje a los que se van». Venga conmigo, amigo mío. No tiene por qué per­manecer en mi casa en contra de su voluntad, por muy triste que me deje su partida. Venga.

Cogí un quinqué y partí escaleras abajo. Harker me siguió vacilante, tanteando con el pie a cada paso, como si temiera alguna trampa. Mientras tanto, utilizando esas facultades in­ternas que me permiten hablar con los animales, llamé al cas­tillo a tres o cuatro lobos que en aquellos instantes acechaban en los bosques cercanos, para que proporcionaran una se­guridad a mi visitante durante su trayecto. Mi intención era presentarles a mi huésped y permitir que le lamiesen las ma­nos, para que comprendieran que no debían hacerle daño. Cuando los dos llegamos a la puerta principal, los lobos es­taban aullando en el patio, y, en cuanto abrí una rendija, éstos se lanzaron contra el espacio abierto. Me interpuse en su camino mientras intentaba tranquilizarlos y hacerles ver clara­mente cuáles eran mis deseos.

Sin embargo, aquellos aullidos y la visión de los colmillos que se asomaban entre los hocicos de lengua roja y babean­te que pretendían pasar por debajo de mi brazo exten­dido, mientras yo intentaba contener a mis criaturas en el umbral, fue demasiado para Harker. En su diario me atribuye la «diabólica maldad» de querer que los lobos le devorasen vivo, además de conspirar para que las tres mujeres le suc­cionaran la sangre. Dos destinos que, a mi entender, se excluyen mutuamente; más allá incluso de los poderes del conde Drácula, para que pudiera aplicarlos a una misma víctima.

—¡Cierre la puerta! —gritó Harker, y cuando sorprendido me volví hacia él, le vi apoyándose desesperadamente contra la pared, cubriéndose el rostro con ambas manos—. ¡Esperaré hasta mañana!

Era indudable que no se encontraba en condiciones de per­mitirle deambular de noche por la ladera de la montaña. Yo me sentía amargamente decepcionado —con cierta violencia, expulsé hacia la oscuridad a la última de las aullantes criaturas, y con fuerza cerré el portalón—, pero en aquellos instantes no le dije nada más a Harker. En silencio, le acompañé de nuevo a la biblioteca, donde le expresé unas lacónicas buenas noches. Hasta que no leí su diario no supe que aquellas tres condenadas mujeres se le acercaban a la puerta para musitarle seductoras invitaciones, torturándole con sus sonoros chu­petones y sus risas, e imitando incluso mi susurrante voz para fingir una charla con ellas, en la que yo habría dicho: «¡Atrás, atrás! ¡Regresad a vuestro sitio! Todavía no ha llegado vuestra hora. ¡Esperad, tened paciencia! Esta noche es mío. ¡Mañana será para vosotras!»

No, Jonathan Harker —si es que puede oírme—, supongo que difícilmente puedo culparle por lo que más tarde me hizo. Tampoco lamentarme por lo que les pasó a Melisse, a Wanda y a la encantadora Anna cuando finalmente el sádico Van Helsing se presentó en...

 

 

Pero es preciso que siga un orden para narrar mi historia. La última noche, antes de abandonar el castillo de Drácula, cené espléndidamente: la sangre caliente de un toro. No tan sólo por simple apetito, que sí lo tenía, sino por adquirir un aspecto más joven. Claro que no veía mi rostro en un espejo desde hacía cuatrocientos años —el hecho de que yo no pre­cise afeitarme regularmente puede ser una prueba de que exis­te algún bondadoso plan en este mundo—, pero, por los comentarios que de vez en cuando dejaban caer mis ocasio­nales camaradas, sabía que mi apariencia era la de un anciano, con el cabello y el bigote canos, aunque bastante robustos, y ojos enrojecidos como los de un animal atrapado por el haz de una de aquellas nuevas luces eléctricas. Mediante una ali­mentación intensa y regular puedo alterar ese aspecto, y ésa era mi intención, por si Harker decidía finalmente dar la alar­ma cuando yo llegase a Inglaterra.

Como ya he dicho, había cenado espléndidamente, y es­peraba también dormir muy bien, probando otro de los nue­vos lechos que había preparado para mi viaje. Cuando un vampiro se ha acostado en su propia tierra, completamente saciado, hay muy pocas cosas que puedan despertarle en ple­no día. Sin duda un despertador infalible es la punta afilada de una estaca de madera al entrar en su caja torácica con un golpe seco y fuerte en el otro extremo. Eso es algo que sé, aunque no por experiencia propia. ¿Qué tiene la madera que en determinadas condiciones hace que sea tan absurda y de­finitivamente letal para los de mi especie? ¿Será que en el pa­sado fue materia viva y ya no lo es? El metal, que corta con tal finura la carne de los mortales y les extrae ese fluido rojo que les da vida, es totalmente incompatible con nosotros y no puede matarnos. Golpea contra nuestro peculiar cuerpo, se dispersa a través de él y lo atraviesa, pero no puede trans­mitirnos su fuerza mortal. ¿Balas de plata? Por lo que se re­fiere a los vampiros, su eficacia es mera superstición.

Pero el metal me hirió ese día cuando estaba en mi caja: una pala de bordes afilados que osciló desesperadamente en manos de Harker, quien una vez más se había atrevido a des­lizarse por los muros del castillo hasta llegar a mis dominios, quien una vez más registró mis habitaciones y mis criptas con la esperanza de encontrar una llave u otros medios para salir de allí en pleno día. Volvió a encontrarme en el interior de una de las cajas y, esta vez completamente entregado al im­pulso de matar, cogió el utensilio puntiagudo que tenía más a mano.

Imaginen el sueño más profundo que alguna vez se haya apoderado de ustedes, tan intenso que no lo hayan podido resistir, y multipliquen por diez su inercia. En esa especie de olvido insomne permanecía yo tendido, en ese pesado letargo, en ese sopor, como si todos mis miembros estuviesen enca­denados. Harker podía haberme encontrado, escudriñado y secuestrado, y yo no me habría dado cuenta ni me habría preocupado hasta que el sol se hubiese puesto. Pero cuando él levantó la pala, el soplo físico, el impulso desesperadamente asesino llegó a mí por el aire de la cripta para espabilarme, para incitarme a despertar mucho antes de que el metal si­seante alcanzara su objetivo.

—¡Maldito bastardo! —Su voz era tan sólo un débil gemido susurrante, y, aun así, la percibí con claridad—. Maldita san­guijuela monstruosamente hinchada.

Mis ojos estaban abiertos, lo habían estado todo el rato, pero sólo con lentitud, de forma borrosa, conseguí despren­derme de la ceguera del trance. Me di cuenta de que habían abierto la tapa de mi caja, puesto que allí arriba estaban las nervaduras de piedra. Había luz, una débil luminosidad na­tural que bajaba susurrante a través de varias salas y pasadi­zos. Y, en un extremo de mi visión, el rostro de Harker, al principio tan sólo una pálida mancha ovalada, y luego, a me­dida que la imagen se hacía más clara y mis ojos empezaban a enfocar, una máscara de la locura, el rostro del hombre vi­viente que desde siempre ha aparecido en las pesadillas de los vampiros, la máscara del cazador, el perseguidor, el clavador de estacas, dispuesto a purificar su mundo convirtiendo en chivos expiatorios a los que todavía no hemos muerto.

Mientras emergía lenta e irremediablemente del letargo —era consciente de que no llegaría a tiempo para actuar en defensa propia—, descubrí por vez primera y con indiferencia que Harker había perdido peso desde que era mi huésped —sus brazos asomaban muy delgados bajo las sucias mangas de la camisa—, que su cabello aparecía desgreñado en torno a un rostro diabólicamente transformado, y que se afeitaba de forma irregular desde que había perdido el espejo.

—¡Maldito bastardo! —repitió con tono irritado, y su voz se quebró en un sollozo a mitad de la última palabra.

Con un leve chillido quejumbroso al tomar aire, levantó la pala y la sostuvo en el aire con ambas manos, dispuesto a descargar un golpe de canto sobre mi cara.

No pretendo alardear si digo que yo no estaba aterroriza­do. Más tarde ya hablaremos sobre el miedo; ahora sólo diré que observé con tristeza cómo se aproximaba aquel tremendo golpe. Era incapaz de hacer otra cosa que no fuese girar la cabeza y mirar fijamente a mi atacante. La pala me golpeó en plena frente, y en mi cabeza penetraron la conmoción del gol­pe y el dolor que siguió a continuación. Intenté en vano mo­ver las manos y los pies, y pensé que volvería a descargar otro golpe sobre mí.

¿Y Harker, qué es lo que vio? «... una sonrisa burlona en aquel rostro abotargado, que parecía impulsarme a la locura. Aquélla era la criatura a la que yo ayudaba a trasladarse a Londres, donde, entre sus millones de habitantes, probable­mente podría saciar sus ansias de sangre durante los siglos venideros y crear un nuevo círculo de semidemonios en cons­tante crecimiento que se abatieran sobre los desvalidos... Cogí una pala... y, levantándola sobre mi cabeza, con el canto golpeé con fuerza aquel odioso rostro. Sin embargo, en aquel instante giró la cara y sus ojos se posaron en mí con todo el brillo del horror en sus pupilas. Pareció como si aquellos ojos me paralizaran, y la pala giró en mi mano, desviándose de su trayectoria hacia la cabeza, provocando tan sólo un profundo corte en la frente».

Como réplica, tan sólo puedo añadir que para mí fue tam­bién una conmoción ver a Harker dirigiendo la pala contra mi cabeza.

Desconcertado por mi movimiento, y por el fracaso de su primer ataque para destruirme, dejó que la pala cayera de sus manos, y de alguna forma su caída provocó que la tapa de la caja cayera también, dejándome en la oscuridad, a la espera del siguiente ataque. A quienes estén interesados en esta his­toria, quizá sea una suerte que, en aquel preciso instante, nuestro enfrentamiento se viese interrumpido por «una can­ción gitana, que alegres voces entonaban» en el exterior, que iba aproximándose, acompañada por los ruidos de los szgany al entrar en el patio con sus pesadas carretas, para iniciar mi traslado. Harker se apresuró escaleras arriba, donde efectuó unas apresuradas anotaciones en su diario. Tan pronto como se marcharon los gitanos, tomó la osada decisión de bajar en su totalidad los muros del castillo, y luego se marchó por su cuenta y riesgo. Ese día mi carruaje permaneció vacío. Tatra se puso inútilmente el uniforme de cochero.

Si mi huésped se hubiese quedado conmigo un poco más, y hubiese utilizado todo su ingenio, sin duda habría podido perjudicarme seriamente, e incluso fatalmente. Es cierto que un simple ataque con una herramienta metálica estaba desti­nado al fracaso, pero era un dato que Harker podía haber recordado más tarde en su propio provecho, cuando ambos reanudamos nuestro trato social. Actualmente, la marca ha desaparecido por completo de mi frente, ¿no les parece? O al menos mis dedos ya no notan el costurón de la cicatriz, y desde hace décadas nadie ha hecho ningún comentario al res­pecto.

Yo había obtenido una cabeza palpitante y un poco de ma­terial nuevo sobre el cual reflexionar: provisiones para mi via­je. Sin embargo, no estaba en condiciones de comunicarme con mis leales szgany cuando clavaron la tapa de mi caja y empezaron mi traslado por el largo camino que conducía has­ta el mar

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