BLOOD

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domingo, 16 de mayo de 2010

CREPUSCULO -- 2ªparte




STEPHANIE MEYER
CREPUSCULO


INTERROGATORIOS
A la mañana siguiente resultó muy difícil discutir con esa parte de mí que estaba
convencida de que la noche pasada había sido un sueño. Ni la lógica ni el sentido común
estaban de mi lado. Me aferraba a las partes que no podían ser de mi invención, como el olor
de Edward. Estaba segura de que algo así jamás hubiera sido producto de mis propios sueños.
En el exterior, el día era brumoso y oscuro. Perfecto. Edward no tenía razón alguna para
no asistir a clase hoy. Me vestí con ropa de mucho abrigo al recordar que no tenía la cazadora,
otra prueba de que mis recuerdos eran reales.
Al bajar las escaleras, descubrí que Charlie ya se había ido. Era más tarde de lo que
creía. Devoré en tres bocados una barra de muesli acompañada de leche, que bebí a morro del
cartón, y salí a toda prisa por la puerta. Con un poco de suerte, no empezaría a llover hasta
que hubiera encontrado a Jessica.
Había más niebla de lo acostumbrado, el aire parecía impregnado de humo. Su contacto
era gélido cuando se enroscaba a la piel expuesta del cuello y el rostro. No veía el momento
de llegar al calor de mi vehículo. La neblina era tan densa que hasta que no estuve a pocos
metros de la carretera no me percaté de que en ella había un coche, un coche plateado. Mi
corazón latió despacio, vaciló y luego reanudó su ritmo a toda velocidad.
No vi de dónde había llegado, pero de repente estaba ahí, con la puerta abierta para mí.
— ¿Quieres dar una vuelta conmigo hoy? —preguntó, divertido por mi expresión,
sorprendiéndome aún desprevenida.
Percibí incertidumbre en su voz. Me daba a elegir de verdad, era libre de rehusar y una
parte de él lo esperaba. Era una esperanza vana.
—Sí, gracias —acepté e intenté hablar con voz tranquila.
Al entrar en el caluroso interior del coche me di cuenta de que su cazadora color canela
colgaba del reposacabezas del asiento del pasajero. Cerró la puerta detrás de mí y, antes de lo
que era posible imaginar, se sentó a mi lado y arrancó el motor.
—He traído la cazadora para ti. No quiero que vayas a enfermar ni nada por el estilo.
Hablaba con cautela. Me di cuenta de que él mismo no llevaba cazadora, sólo una
camiseta gris de manga larga con cuello de pico. De nuevo, el tejido se adhería a su pecho
musculoso. El que apartara la mirada de aquel cuerpo fue un colosal tributo a su rostro.
—No soy tan delicada —dije, pero me puse la cazadora sobre el vientre e introduje los
brazos en las mangas, demasiado largas, con la curiosidad de comprobar si el aroma podía ser
tan bueno como lo recordaba. Era mejor.
— ¿Ah, no? —me contradijo en voz tan baja que no estuve segura de si quería que lo
oyera.
El vehículo avanzó a toda velocidad entre las calles cubiertas por los jirones de niebla.
Me sentía cohibida. De hecho, lo estaba. La noche pasada todas las defensas estaban bajas...
casi todas. No sabía si seguíamos siendo tan candidos hoy. Me mordí la lengua y esperé a que
hablara él.
Se volvió y me sonrió burlón.
— ¿Qué? ¿No tienes veinte preguntas para hoy?
— ¿Te molestan mis preguntas? —pregunté, aliviada.
—No tanto como tus reacciones.
Parecía bromear, pero no estaba segura. Fruncí el ceño.
— ¿Reaccioné mal?
—No. Ese es el problema. Te lo tomaste todo demasiado bien, no es natural. Eso me
hace preguntarme qué piensas en realidad.
—Siempre te digo lo que pienso de verdad.
—Lo censuras —me acusó.
—No demasiado.
—Lo suficiente para volverme loco.
—No quieres oírlo —mascullé casi en un susurro.
En cuanto pronuncié esas palabras, me arrepentí de haberlo hecho. El dolor de mi voz
era muy débil. Sólo podía esperar que él no lo hubiera notado.
No me respondió, por lo que me pregunté si le había hecho enfadar. Su rostro era
inescrutable mientras entrábamos en el aparcamiento del instituto. Ya tarde, se me ocurrió
algo.
— ¿Dónde están tus hermanos? —pregunté, muy contenta de estar a solas con él, pero
recordando que habitualmente ese coche iba lleno.
—Han ido en el coche de Rosalie —se encogió de hombros mientras aparcaba junto a
un reluciente descapotable rojo con la capota levantada—. Ostentoso, ¿verdad?
—Eh... ¡Caramba! —musité—. Si ella tiene esto, ¿por qué viene contigo?
—Como te he dicho, es ostentoso. Intentamos no desentonar.
—No tenéis éxito. —Me reí y sacudí la cabeza mientras salíamos del coche. Ya no
llegábamos tarde; su alocada conducción me había traído a la escuela con tiempo de sobra—.
Entonces, ¿por qué ha conducido Rosalie hoy si es más ostentoso?
— ¿No lo has notado? Ahora, estoy rompiendo todas las reglas.
Se reunió conmigo delante del coche y permaneció muy cerca de mí mientras
caminábamos hacia el campus. Quería acortar esa pequeña distancia, extender la mano y
tocarle, pero temía que no fuera de su agrado.
— ¿Por qué todos vosotros tenéis coches como ésos si queréis pasar desapercibidos? —
me pregunté en voz alta.
—Un lujo —admitió con una sonrisa traviesa—. A todos nos gusta conducir deprisa.
—Me cuadra —musité.
Con los ojos a punto de salirse de sus órbitas, Jessica estaba esperando debajo del
saliente del tejado de la cafetería. Sobre su brazo, bendita sea, estaba mi cazadora.
—Eh, Jessica —dije cuando estuvimos a pocos pasos—. Gracias por acordarte.
Me la entregó sin decir nada.
—Buenos días, Jessica —la saludó amablemente Edward. No tenía la culpa de que su
voz fuera tan irresistible ni de lo que sus ojos eran capaces de obrar.
—Eh... Hola —posó sus ojos sobre mí, intentando reunir sus pensamientos dispersos—.
Supongo que te veré en Trigonometría.
Me dirigió una mirada elocuente y reprimí un suspiro. ¿Qué demonios iba a decirle?
—Sí, allí nos vemos.
Se alejó, deteniéndose dos veces para mirarnos por encima del hombro.
— ¿Qué le vas a contar? —murmuró Edward.
— ¡Eh! ¡Creía que no podías leerme la mente! —susurré.
—No puedo —dijo, sobresaltado. La comprensión relució en los ojos de Edward—,
pero puedo leer la suya. Te va a tender una emboscada en clase.
Gemí mientras me quitaba su cazadora y se la entregaba para reemplazarla por la mía.
La dobló sobre su brazo.
—Bueno, ¿qué le vas a decir?
—Una ayudita —supliqué—, ¿qué quiere saber?
Edward negó con la cabeza y esbozó una sonrisa malévola.
—Eso no es elegante.
—No, lo que no es elegante es que no compartas lo que sabes.
Lo estuvo reflexionando mientras andábamos. Nos detuvimos en la puerta de la primera
clase.
—Quiere saber si nos estamos viendo a escondidas, y también qué sientes por mí —dijo
al final.
— ¡Oh, no! ¿Qué debo decirle?
Intenté mantener la expresión más inocente. La gente pasaba a nuestro lado de camino a
clase, probablemente mirando, pero apenas era consciente de su presencia.
—Humm —hizo una pausa para atrapar un mechón suelto que se había escapado del
nudo de mi coleta y lo colocó en su lugar. Mi corazón resopló de hiperactividad—. Supongo
que, si no te importa, le puedes decir que sí a lo primero... Es más fácil que cualquier otra
explicación.
—No me importa —dije con un hilo de voz.
—En cuanto a la pregunta restante... Bueno, estaré a la escucha para conocer la
respuesta.
Curvó una de las comisuras de la boca al esbozar mi sonrisa picara predilecta. Se dio la
vuelta y se alejó.
—Te veré en el almuerzo —gritó por encima del hombro. Las tres personas que
traspasaban la puerta se detuvieron para mirarme.
Colorada e irritada, me apresuré a entrar en clase. ¡Menudo tramposo! Ahora estaba
incluso más preocupada sobre lo que le iba a decir a Jessica. Me senté en mi sitio de siempre
al tiempo que lanzaba la cartera contra el suelo con fastidio.
—Buenos días, Bella —me saludó Mike desde el asiento contiguo. Alcé la vista para
ver el aspecto extraño y resignado de su rostro. ¿Cómo te fue en Port Angeles?
—Fue... —no había una forma sincera de resumirlo—. Estuvo genial —concluí sin
convicción——. Jessica consiguió un vestido estupendo.
— ¿Dijo algo de la noche del lunes? —preguntó con los ojos relucientes. Sonreí ante el
giro que había tomado la conversación.
—Dijo que se lo había pasado realmente bien —le confirmé.
— ¿Seguro? —dijo con avidez.
—Segurísimo.
Entonces, el señor Masón llamó al orden a la clase y nos pidió que entregásemos
nuestros trabajos. Lengua e Historia se pasaron de forma borrosa, mientras yo seguía
preocupada sobre la forma en que iba a explicarle las cosas a Jessica. Me iba costar
muchísimo si Edward estaba escuchando lo que decía a través de los pensamientos de Jessica.
¡Qué inoportuno podía llegar a ser su pequeño don cuando no servía para salvarme la vida!
La niebla se había disuelto hacia el final de la segunda hora, pero el día seguía oscuro,
con nubes bajas y opresivas. Le sonreí al cielo.
Edward estaba en lo cierto, por supuesto. Jessica se sentaba en la fila de atrás cuando
entré en clase de Trigonometría, casi botando fuera del asiento de pura agitación. Me senté a
su lado con renuencia mientras me intentaba convencer a mí misma de que sería mejor zanjar
el asunto lo antes posible.
— ¡Cuéntamelo todo! —me ordenó antes de que me sentara.
— ¿Qué quieres saber? —intenté salirme por la tangente.
— ¿Qué ocurrió anoche?
—Me llevó a cenar y luego me trajo a casa.
Me miró con una forzada expresión de escepticismo.
— ¿—Cómo llegaste a casa tan pronto?
—Conduce como un loco —esperaba que oyera eso—. Fue aterrador.
— ¿Fue como una cita? ¿—Le habías dicho que os reunierais allí?
No había pensado en eso.
—No... Me sorprendió mucho verle en Forks.
Contrajo los labios contrariada ante la manifiesta sinceridad de mi voz.
—Pero él te ha recogido hoy para traerte a clase... —me sondeó.
—Sí, eso también ha sido una sorpresa. Se dio cuenta de que la noche pasada no tenía la
cazadora —le expliqué.
—Así que... ¿vais a salir otra vez?
—Se ofreció a llevarme a Seattle el sábado, ya que cree que mi coche no es demasiado
fiable. ¿Eso cuenta?
—Sí —asintió.
—Bueno, entonces, sí.
—V—a—y—a —magnificó la palabra hasta hacerla de cuatro sílabas—. Edward
Cullen.
—Lo sé —admití. «Vaya» ni siquiera se acercaba.
— ¡Aguarda! —alzó las manos con las palmas hacia mí como si estuviera deteniendo el
tráfico—. ¿Te ha besado?
—No —farfullé—. No es de ésos.
Pareció decepcionada, y estoy segura de que yo también.
— ¿Crees que el sábado...? —alzó las cejas.
—Lo dudo, de verdad.
Oculté muy mal el descontento de mi voz.
— ¿Sobre qué hablasteis? —me susurró, presionándome en busca de más información.
La clase había comenzado, pero el señor Varner no prestaba demasiada atención y no éramos
las únicas que seguíamos hablando.
—No sé, Jess, de un montón de cosas —le respondí en susurros—. Hablamos un poco
del trabajo de Literatura.
Muy, muy poco, creo que él lo mencionó de pasada.
—Por favor, Bella —imploró—. Dame algunos detalles.
—Bueno... De acuerdo. Tengo uno. Deberías haber visto a la camarera flirteando con él.
Fue una pasada, pero él no le prestó ninguna atención.
A ver qué puede hacer Edward con eso.
—Eso es buena señal —asintió—. ¿Era guapa?
—Mucho, y probablemente tendría diecinueve o veinte años.
—Mejor aún. Debes de gustarle.
—Eso creo, pero resulta difícil de saber —suspirando, añadí en beneficio de Edward—.
Es siempre tan críptico...
—No sé cómo has tenido suficiente valor para estar a solas con él —musitó.
— ¿Por qué?
Me sorprendí, pero ella no comprendió mi reacción.
—Intimida tanto... Yo no sabría qué decirle.
Hizo una mueca, probablemente al recordar esta mañana o la pasada noche, cuando él
empleó la aplastante fuerza de sus ojos sobre ella.
—Cometo algunas incoherencias cuando estoy cerca de él —admití.
—Oh, bueno. Es increíblemente guapo.
Jessica se encogió de hombros, como si eso excusara cualquier fallo, lo cual, en su
opinión, probablemente fuera así.
—El es mucho más que eso.
— ¿De verdad? ¿Como qué?
Quise haberlo dejado correr casi tanto como esperaba que se lo tomara a broma cuando
se enterara.
—No te lo puedo explicar ahora, pero es incluso más increíble detrás del rostro.
El vampiro que quería ser bueno, que corría a salvar vidas, ya que así no sería un
monstruo... Miré hacia la parte delantera de la clase.
— ¿Es eso posible?—dijo entre risitas.
La ignoré, intentando aparentar que prestaba atención al señor Varner.
—Entonces, ¿te gusta?
No se iba a dar por vencida.
—Sí —respondí de forma cortante.
—Me refiero a que si te gusta de verdad —me apremió.
—Sí ——dije de nuevo, sonrojándome.
Esperaba que ese detalle no se registrara en los pensamientos de Jessica. Las respuestas
monosilábicas le iban a tener que bastar.
— ¿Cuánto te gusta?
—Demasiado —le repliqué en un susurro—, más de lo que yo le gusto a él, pero no veo
la forma de evitarlo.
Solté un suspiro. Un sonrojo enmascaró el siguiente. Entonces, por fortuna, el señor
Varner le hizo a Jessica una pregunta.
No tuvo oportunidad de continuar con el tema durante la clase y en cuanto sonó el
timbre inicié una maniobra de evasión.
—En Lengua, Mike me ha preguntado si me habías dicho algo sobre la noche del lunes
—le dije.
— ¡Estás de guasa! ¡¿Qué le dijiste?! —exclamó con voz entrecortada, desviada por
completo su atención del asunto.
— ¡Dime exactamente qué dijo y cuál fue tu respuesta palabra por palabra!
Nos pasamos el resto del camino diseccionando la estructura de las frases y la mayor
parte de la clase de español con una minuciosa descripción de las expresiones faciales de
Mike. No hubiera estirado tanto el tema de no ser porque me preocupaba convertirme de
nuevo en el tema de la conversación.
Entonces sonó el timbre del almuerzo. El hecho de que me levantara de un salto de la
silla y guardase precipitadamente los libros en la mochila con expresión animada, debió de
suponer un indicio claro para Jessica, que comentó:
—Hoy no te vas a sentar con nosotros, ¿verdad?
—Creo que no.
No estaba segura de que no fuera a desaparecer inoportunamente otra vez. Pero Edward
me esperaba a la salida de nuestra clase de Español, apoyado contra la pared; se parecía a un
dios heleno más de lo que nadie debería tener derecho. Jessica nos dirigió una mirada, puso
los ojos en blanco y se marchó.
—Te veo luego, Bella —se despidió, con una voz llena de implicaciones. Tal vez
debería desconectar el timbre del teléfono.
—Hola —dijo Edward con voz divertida e irritada al mismo tiempo. Era obvio que
había estado escuchando.
—Hola.
No se me ocurrió nada más que decir y él no habló —a la espera del momento
adecuado, presumí—, por lo que el trayecto a la cafetería fue un paseo en silencio. El entrar
con Edward en el abigarrado flujo de gente a la hora del almuerzo se pareció mucho a mi
primer día: todos me miraban.
Encabezó el camino hacia la cola, aún sin despegar los labios, a pesar de que sus ojos
me miraban cada pocos segundos con expresión especulativa. Me parecía que la irritación iba
venciendo a la diversión como emoción predominante en su rostro. Inquieta, jugueteé con la
cremallera de la cazadora.
Se dirigió al mostrador y llenó de comida una bandeja.
— ¿Qué haces? —objeté—. ¿No irás a llevarte todo eso para mí?
Negó con la cabeza y se adelantó para pagar la comida.
—La mitad es para mí, por supuesto.
Enarqué una ceja.
Me condujo al mismo lugar en el que nos habíamos sentado la vez anterior. En el
extremo opuesto de la larga mesa, un grupo de chicos del último curso nos miraron
anonadados cuando nos sentamos uno frente a otro. Edward parecía ajeno a este hecho.
—Toma lo que quieras —dijo, empujando la bandeja hacia mí.
—Siento curiosidad —comenté mientras elegía una manzana y la hacía girar entre las
manos—, ¿qué harías si alguien te desafiara a comer?
—Tú siempre sientes curiosidad.
Hizo una mueca y sacudió la cabeza. Me observó fijamente, atrapando mi mirada,
mientras alzaba un pedazo de pizza de la bandeja, se la metía en la boca de una sola vez, la
masticaba rápidamente y se la tragaba. Lo miré con los ojos abiertos como platos.
—Si alguien te desafía a tragar tierra, puedes, ¿verdad? —preguntó con
condescendencia.
Arrugué la nariz.
—Una vez lo hice... en una apuesta —admití—. No fue tan malo.
Se echó a reír.
—Supongo que no me sorprende.
Algo por encima de mi hombro pareció atraer su atención.
—Jessica está analizando todo lo que hago. Luego, lo montará y desmontará para ti.
Empujó hacia mí el resto de la pizza. La mención de Jessica devolvió a su semblante
una parte de su antigua irritación. Dejé la manzana y mordí la pizza, apartando la vista, ya que
sabía que Edward estaba a punto de comenzar.
— ¿De modo que la camarera era guapa? —preguntó de forma casual.
— ¿De verdad que no te diste cuenta?
—No. No prestaba atención. Tenía muchas cosas en la cabeza.
—Pobre chica.
Ahora podía permitirme ser generosa.
—Algo de lo que le has dicho a Jessica..., bueno..., me molesta.
Se negó a que le distrajera y habló con voz ronca mientras me miraba con ojos de
preocupación a través de sus largas pestañas.
—No me sorprende que oyeras algo que te disgustara. Ya sabes lo que se dice de los
cotillas —le recordé.
—Te previne de que estaría a la escucha.
—Y yo de que tú no querrías saber todo lo que pienso.
—Lo hiciste —concedió, todavía con voz ronca—, aunque no tienes razón exactamente.
Quiero saber todo lo que piensas... Todo. Sólo que desearía que no pensaras algunas cosas.
Fruncí el ceño.
—Esa es una distinción importante.
—Pero, en realidad, ése no es el tema por ahora.
—Entonces, ¿cuál es?
En ese momento, nos inclinábamos el uno hacia el otro sobre la mesa. Su barbilla
descansaba sobre las alargadas manos blancas; me incliné hacia delante apoyada en el hueco
de mi mano. Tuve que recordarme a mí misma que estábamos en un comedor abarrotado,
probablemente con muchos ojos curiosos fijos en nosotros. Resultaba demasiado fácil dejarse
envolver por nuestra propia burbuja privada, pequeña y tensa.
— ¿De verdad crees que te interesas por mí más que yo por ti? —murmuró,
inclinándose más cerca mientras hablaba traspasándome con sus relucientes ojos negros.
Intenté acordarme de respirar. Tuve que desviar la mirada para recuperarme.
—Lo has vuelto a hacer —murmuré.
Abrió los ojos sorprendido.
— ¿El qué?
—Aturdirme —confesé. Intenté concentrarme cuando volví a mirarlo.
—Ah —frunció el ceño.
—No es culpa tuya —suspiré—. No lo puedes evitar.
— ¿Vas a responderme a la pregunta?
—Si.
— ¿Sí me vas a responder o sí lo piensas de verdad?
Se irritó de nuevo.
—Sí, lo pienso de verdad.
Fijé los ojos en la mesa, recorriendo la superficie de falso veteado. El silencio se
prolongó.
Con obstinación, me negué a ser la primera en romperlo, luchando con todas mis
fuerzas contra la tentación de atisbar su expresión.
—Te equivocas —dijo al fin con suave voz aterciopelada. Alcé la mirada y vi que sus
ojos eran amables.
—Eso no lo puedes saber —discrepé en un cuchicheo. Negué con la cabeza en señal de
duda; aunque mi corazón se agitó al oír esas palabras, pero no las quise creer con tanta
facilidad.
— ¿Qué te hace pensarlo?
Sus ojos de topacio líquido eran penetrantes, se suponía que intentaban, sin éxito,
obtener directamente la verdad de mi mente.
Le devolví la mirada al tiempo que me esforzaba por pensar con claridad, a pesar de su
rostro, para hallar alguna forma de explicarme. Mientras buscaba las palabras, le vi
impacientarse. Empezó a fruncir el ceño, frustrado por mi silencio. Quité la mano de mi
cuello y alcé un dedo.
—Déjame pensar —insistí.
Su expresión se suavizó, ahora satisfecho de que estuviera pensando una respuesta. Dejé
caer la mano en la mesa y moví la mano izquierda para juntar ambas. Las contemplé mientras
entrelazaba y liberaba los dedos hasta que al final hablé:
—Bueno, dejando a un lado lo obvio, en algunas ocasiones... —vacilé—. No estoy
segura, yo no puedo leer mentes, pero algunas veces parece que intentas despedirte cuando
estás diciendo otra cosa.
No supe resumir mejor la sensación de angustia que a veces me provocaban sus
palabras.
—Muy perceptiva —susurró. Y mi angustia surgió de nuevo cuando confirmó mis
temores—, aunque por eso es por lo que te equivocas —comenzó a explicar, pero entonces
entrecerró los ojos—. ¿A qué te refieres con «lo obvio»?
—Bueno, mírame —dije, algo innecesario puesto que ya lo estaba haciendo—. Soy
absolutamente normal; bueno, salvo por todas las situaciones en que la muerte me ha pasado
rozando y por ser una inútil de puro torpe. Y mírate a ti.
Lo señalé con un gesto de la mano, a él y su asombrosa perfección. La frente de Edward
se crispó de rabia durante un momento para suavizarse luego, cuando su mirada adoptó un
brillo de comprensión.
—Nadie se ve a sí mismo con claridad, ya sabes. Voy a admitir que has dado en el clavo
con los defectos —se rió entre dientes de forma sombría—, pero no has oído lo que pensaban
todos los chicos de esta escuela el día de tu llegada.
—No me lo creo... —murmuré para mí y parpadeé, atónita.
—Confía en mí por esta vez, eres lo opuesto a lo normal.
Mi vergüenza fue mucho más intensa que el placer ante la mirada procedente de sus
ojos mientras pronunciaba esas palabras. Le recordé mi argumento original rápidamente:
—Pero yo no estoy diciendo adiós —puntualicé.
— ¿No lo ves? Eso demuestra que tengo razón. Soy quien más se preocupa, porque si
he de hacerlo, si dejarlo es lo correcto —enfatizó mientras sacudía la cabeza, como si luchara
contra esa idea—, sufriré para evitar que resultes herida, para mantenerte a salvo.
Le miré fijamente.
— ¿Acaso piensas que yo no haría lo mismo?
—Nunca vas a tener que efectuar la elección.
Su impredecible estado de ánimo volvió a cambiar bruscamente y una sonrisa traviesa e
irresistible le cambió las facciones.
—Por supuesto, mantenerte a salvo se empieza a parecer a un trabajo a tiempo completo
que requiere de mi constante presencia.
—Nadie me ha intentado matar hoy —le recordé, agradecida por abordar un tema más
liviano.
No quería que hablara más de despedidas. Si tenía que hacerlo, me suponía capaz de
ponerme en peligro a propósito para retenerlo cerca de mí. Desterré ese pensamiento antes de
que sus rápidos ojos lo leyeran en mi cara. Esa idea me metería en un buen lío.
—Aún —agregó.
—Aún —admití. Se lo hubiera discutido, pero ahora quería que estuviera a la espera de
desastres.
—Tengo otra pregunta para ti ——dijo con rostro todavía despreocupado.
—Dispara.
— ¿Tienes que ir a Seattle este sábado de verdad o es sólo una excusa para no tener que
dar una negativa a tus admiradores?
Hice una mueca ante ese recuerdo.
—Todavía no te he perdonado por el asunto de Tyler, ya sabes —le previne—. Es culpa
tuya que se haya engañado hasta creer que le voy a acompañar al baile de gala.
—Oh, hubiera encontrado la ocasión para pedírtelo sin mi ayuda. En realidad, sólo
quería ver tu cara —se rió entre dientes. Me hubiera enfadado si su risa no hubiera sido tan
fascinante. Sin dejar de hacerlo, me preguntó—: Si te lo hubiera pedido, ¿me hubieras
rechazado?
—Probablemente, no —admití—, pero lo hubiera cancelado después, alegando una
enfermedad o un tobillo torcido.
Se quedó extrañado.
— ¿Por qué?
Moví la cabeza con tristeza.
—Supongo que nunca me has visto en gimnasia, pero creía que tú lo entenderías.
— ¿Te refieres al hecho de que eres incapaz de caminar por una superficie plana y
estable sin encontrar algo con lo que tropezar?
—Obviamente.
—Eso no sería un problema —estaba muy seguro—. Todo depende de quién te lleve al
bailar —vio que estaba a punto de protestar y me cortó—. Pero aún no me has contestado...
¿Estás decidida a ir a Seattle o te importaría que fuéramos a un lugar diferente?
En cuanto utilizó el plural, no me preocupé de nada más.
—Estoy abierta a sugerencias —concedí—, pero he de pedirte un favor.
Me miró con precaución, como hacía siempre que formulaba una pregunta abierta.
— ¿Cuál?
— ¿Puedo conducir?
Frunció el ceño.
— ¿Por qué?
—Bueno, sobre todo porque cuando le dije a Charlie que me iba a Seattle, me preguntó
concretamente si viajaba sola, como así era en ese momento. Probablemente, no le mentiría si
me lo volviera a preguntar, pero dudo que lo haga de nuevo, y dejar el coche enfrente de la
casa sólo sacaría el tema a colación de forma innecesaria. Y además, porque tu manera de
conducir me asusta.
Puso los ojos en blanco.
—De todas las cosas por las que te tendría que asustar, a ti te preocupa mi conducción
—movió la cabeza con desagrado, pero luego volvió a ponerse serio—. ¿No le quieres decir a
tu padre que vas a pasar el día conmigo?
En su pregunta había un trasfondo que no comprendí.
—Con Charlie, menos es siempre más —en eso me mostré firme—. De todos modos,
¿adonde vamos a ir?
—Va a hacer buen tiempo, por lo que estaré fuera de la atención pública y podrás estar
conmigo si así lo quieres.
Otra vez me dejaba la alternativa de elegir.
— ¿Y me enseñarás a qué te referías con lo del sol? —pregunté, entusiasmada por la
idea de desentrañar otra de las incógnitas.
—Sí —sonrió y se tomó un tiempo—. Pero si no quieres estar a solas conmigo, seguiría
prefiriendo que no fueras a Seattle tú sola. Me estremezco al pensar con qué problemas te
podrías encontrar en una ciudad de ese tamaño.
Me ofendí.
—Sólo en población, Phoenix es tres veces mayor que Seattle. En tamaño físico...
—Pero al parecer —me interrumpió— en Phoenix no te había llegado la hora, por lo
que preferiría que permanecieras cerca de mí.
Sus ojos adquirieron de nuevo ese toque de desleal seducción. No conseguí debatir ni
con la vista ni con los argumentos lo que, de todos modos, era un punto discutible.
—No me importa estar a solas contigo cuando suceda.
—Lo sé —suspiró con gesto inquietante—. Pero se lo deberías contar a Charlie.
— ¿Por qué diablos iba a hacer eso?
Sus ojos relampaguearon con súbita fiereza.
—Para darme algún pequeño incentivo para que te traiga de vuelta.
Tragué saliva, pero, después de pensármelo un momento, estuve segura:
—Creo que me arriesgaré.
Resopló con enojo y desvió la mirada.
—Hablemos de cualquier otra cosa —sugerí.
— ¿De qué quieres hablar? —preguntó, todavía sorprendido.
Miré a nuestro alrededor para asegurarme de que nadie nos podía oír. Mientras paseaba
la mirada por el comedor, observé los ojos de la hermana de Edward, Alice, que me miraba
fijamente, mientras que el resto le miraba a él. Desvié la mirada rápidamente, miré a Edward,
y le pregunté lo primero que se me pasó por la cabeza.
— ¿Por qué te fuiste a ese lugar, Gota Rocas, el último fin de semana? ¿Para cazar?
Charlie dijo que no era un buen lugar para ir de acampada a causa de los osos.
Me miró fijamente, como si estuviera pasando por alto lo evidente.
— ¿Osos? —pregunté entonces de forma entrecortada; él esbozó una sonrisa burlona—.
Ya sabes, no estamos en temporada de osos —añadí con severidad para ocultar mi sorpresa.
—Si lees con cuidado, verás que las leyes recogen sólo la caza con armas—me informó.
Me contempló con regocijo mientras lo asimilaba lentamente.
— ¿Osos? —repetí con dificultad.
—El favorito de Emmett es el oso pardo —dijo a la ligera, pero sus ojos escrutaban mi
reacción. Intenté recobrar la compostura.
— ¡Humm! —musité mientras tomaba otra porción de pizza como pretexto para bajar
los ojos. La mastiqué muy despacio, y luego bebí un largo trago de refresco sin alzar la
mirada.
—Bueno —dije después de un rato, mis ojos se encontraron con los suyos, ansiosos.
— ¿Cuál es tu favorito?
Enarcó una ceja y sus labios se curvaron con desaprobación.
—El puma.
—Ah —comenté con un tono de amable desinterés mientras volvía a tomar CocaCola.
—Por supuesto —dijo imitando mi tono—, debemos tener cuidado para no causar un
impacto medioambiental desfavorable con una caza imprudente. Intentamos concentrarnos en
zonas con superpoblación de depredadores... Y nos alejamos tanto como sea necesario. Aquí
siempre hay ciervos y alces —sonrió con socarronería—. Nos servirían, pero ¿qué diversión
puede haber en eso?
—Claro, qué diversión —murmuré mientras daba otro mordisco a la pizza.
—El comienzo de la primavera es la estación favorita de Emmett para cazar al oso —
sonrió como si recordara alguna broma—. Acaban de salir de la hibernación y se muestran
mucho más irritables.
—No hay nada más divertido que un oso pardo irritado —admití, asintiendo.
Se rió con disimulo y movió la cabeza.
—Dime lo que realmente estás pensando, por favor.
—Me lo intento imaginar, pero no puedo —admití—. ¿Cómo cazáis un oso sin armas?
—Oh, las tenemos —exhibió sus relucientes dientes con una sonrisa breve y
amenazadora. Luché para reprimir un escalofrío que me delatara—, sólo que no de la clase
que se contempló al legislar las leyes de caza. Si has visto atacar a un oso en la televisión,
tendrías que poder visualizar cómo caza Emmett.
No pude evitar el siguiente escalofrío que bajó por mi espalda. Miré a hurtadillas a
Emmett, al otro extremo de la cafetería, agradecida de que no estuviera mirando en mi
dirección. De alguna manera, los prominentes músculos que envolvían sus brazos y su torso
ahora resultaban más amenazantes.
Edward siguió la dirección de mi mirada y soltó una suave risa.
Le miré, enervada.
— ¿También tú te pareces a un oso? —pregunté con un hilo de voz.
—Más al puma, o eso me han dicho —respondió a la ligera—. Tal vez nuestras
preferencias sean significativas.
Intenté sonreír.
—Tal vez —repetí, pero tenía la mente rebosante de imágenes contrapuestas que no
conseguía unir—, ¿es algo que podría llegar a ver?
— ¡Absolutamente no!
Su cara se tornó aún más lívida de lo habitual y de repente su mirada era furiosa. Me
eché hacia atrás, sorprendida —y asustada, aunque jamás lo admitiría— por su reacción. El
hizo lo mismo y cruzó los brazos a la altura del pecho.
— ¿Demasiado aterrador para mí? —le pregunté cuando recuperé el control de mi voz.
—Si fuera eso, te sacaría fuera esta noche —dijo con voz tajante—. Necesitas una
saludable dosis de miedo. Nada te podría sentar mejor.
—Entonces, ¿por qué? —le insté, ignorando su expresión enojada.
Me miró fijamente durante más de un minuto y al final dijo:
—Más tarde —se incorporó ágilmente—. Vamos a llegar con retraso.
Miré a mí alrededor, sorprendida de ver que tenía razón: la cafetería estaba casi vacía.
Cuando estaba a su lado, el tiempo y el espacio se desdibujaban de tal manera que
perdía la noción de ambos. Me incorporé de un salto mientras recogía la mochila, colgada del
respaldo de la silla.
—En tal caso, más tarde —admití.
No lo iba a olvidar.

COMPLICACIONES
Todo el mundo nos miró cuando nos dirigimos juntos a nuestra mesa del laboratorio.
Me di cuenta de que ya no orientaba la silla para sentarse todo lo lejos que le permitía la
mesa. En lugar de eso, se sentaba bastante cerca de mí, nuestros brazos casi se tocaban.
El señor Banner — ¡qué hombre tan puntual!— entró a clase de espaldas llevando una
gran mesa metálica de ruedas con un vídeo y un televisor tosco y anticuado. Una clase con
película. El relajamiento de la atmósfera fue casi tangible.
El profesor introdujo la cinta en el terco vídeo y se dirigió hacia la pared para apagar las
luces.
Entonces, cuando el aula quedó a oscuras, adquirí conciencia plena de que Edward se
sentaba a menos de tres centímetros de mí. La inesperada electricidad que fluyó por mi cuerpo
me dejó aturdida, sorprendida de que fuera posible estar más pendiente de él de lo que ya lo
estaba. Estuve a punto de no poder controlar el loco impulso de extender la mano y tocarle,
acariciar aquel rostro perfecto en medio de la oscuridad. Crucé los brazos sobre mi pecho con
fuerza, con los puños crispados. Estaba perdiendo el juicio.
Comenzaron los créditos de inicio, que iluminaron la sala de forma simbólica. Por
iniciativa propia, mis ojos se precipitaron sobre él. Sonreí tímidamente al comprender que su
postura era idéntica a la mía, con los puños cerrados debajo de los brazos. Correspondió a mi
sonrisa. De algún modo, sus ojos conseguían brillar incluso en la oscuridad. Desvié la mirada
antes de que empezara a hiperventilar. Era absolutamente ridículo que me sintiera aturdida.
La hora se me hizo eterna. No pude concentrarme en la película, ni siquiera supe de qué
tema trataba. Intenté relajarme en vano, ya que la corriente eléctrica que parecía emanar de
algún lugar de su cuerpo no cesaba nunca. De forma esporádica, me permitía alguna breve
ojeada en su dirección, pero él tampoco parecía relajarse en ningún momento. El abrumador
anhelo de tocarle también se negaba a desaparecer. Apreté los dedos contra las costillas hasta
que me dolieron del esfuerzo.
Exhalé un suspiro de alivio cuando el señor Banner encendió las luces al final de la
clase y estiré los brazos, flexionando los dedos agarrotados. A mi lado, Edward se rió entre
dientes.
—Vaya, ha sido interesante —murmuró. Su voz tenía un toque siniestro y en sus ojos
brillaba la cautela.
—Humm —fue todo lo que fui capaz de responder.
— ¿Nos vamos? —preguntó mientras se levantaba ágilmente.
Casi gemí. Llegaba la hora de Educación física. Me alcé con cuidado, preocupada por la
posibilidad de que esa nueva y extraña intensidad establecida entre nosotros hubiera afectado
a mi sentido del equilibrio.
Caminó silencioso a mi lado hasta la siguiente clase y se detuvo en la puerta. Me volví
para despedirme. Me sorprendió la expresión desgarrada, casi dolorida, y terriblemente
hermosa de su rostro, y el anhelo de tocarle se inflamó con la misma intensidad que antes.
Enmudecí, mi despedida se quedó en la garganta.
Vacilante y con el debate interior reflejado en los ojos, alzó la mano y recorrió
rápidamente mi pómulo con las yemas de los dedos. Su piel estaba tan fría como de
costumbre, pero su roce quemaba.
Se volvió sin decir nada y se alejó rápidamente a grandes pasos.
Entré en el gimnasio, mareada y tambaleándome un poco. Me dejé ir hasta el vestuario,
donde me cambié como en estado de trance, vagamente consciente de que había otras
personas en torno a mí. No fui consciente del todo hasta que empuñé una raqueta. No pesaba
mucho, pero la sentí insegura en mi mano. Vi a algunos chicos de clase mirarme a hurtadillas.
El entrenador Clapp nos ordenó jugar por parejas.
Gracias a Dios, aún quedaban algunos rescoldos de caballerosidad en Mike, que acudió
a mi lado.
— ¿Quieres formar pareja conmigo?
—Gracias, Mike... —hice un gesto de disculpa—. No tienes por qué hacerlo, ya lo
sabes.
—No—te preocupes, me mantendré lejos de tu camino —dijo con una amplia sonrisa.
Algunas veces, era muy fácil que Mike me gustara.
La clase no transcurrió sin incidentes. No sé cómo, con el mismo golpe me las arreglé
para dar a Mike en el hombro y golpearme la cabeza con la raqueta. Pasé el resto de la hora en
el rincón de atrás de la pista, con la raqueta sujeta bien segura detrás de la espalda. A pesar de
estar en desventaja por mi causa, Mike era muy bueno, y ganó él solo tres de los cuatro
partidos. Gracias a él, conseguí un buen resultado inmerecido cuando el entrenador silbó
dando por finalizada la clase.
—Así... —dijo cuando nos alejábamos de la pista.
—Así... ¿qué?
—Tú y Cullen, ¿en? —preguntó con tono de rebeldía. Mi anterior sentimiento de afecto
se disipó.
—No es de tu incumbencia, Mike —le avisé mientras en mi fuero interno maldecía a
Jessica, enviándola al infierno.
—No me gusta —musitó en cualquier caso.
—No tiene por qué —le repliqué bruscamente.
—Te mira como si... —me ignoró y prosiguió—: Te mira como si fueras algo
comestible.
Contuve la histeria que amenazaba con estallar, pero a pesar de mis esfuerzos se me
escapó una risita tonta. Me miró ceñudo. Me despedí con la mano y huí al vestuario.
Me vestí a toda prisa. Un revoloteo más fuerte que el de las mariposas golpeteaba
incansablemente las paredes de mi estómago al tiempo que mi discusión con Mike se
convertía en un recuerdo lejano. Me preguntaba si Edward me estaría esperando o si me
reuniría con él en su coche. ¿Qué iba a ocurrir si su familia estaba ahí? Me invadió una oleada
de pánico. ¿Sabían que lo sabía? ¿Se suponía que sabían que lo sabía, o no?
Salí del gimnasio en ese momento. Había decidido ir a pie hasta casa sin mirar siquiera
al aparcamiento, pero todas mis preocupaciones fueron innecesarias. Edward me esperaba,
apoyado con indolencia contra la pared del gimnasio. Su arrebatador rostro estaba calmado.
Sentí peculiar sensación de alivio mientras caminaba a su lado.
—Hola —musité mientras esbozaba una gran sonrisa.
—Hola —me correspondió con otra deslumbrante—. ¿Cómo te ha ido en gimnasia?
Mi rostro se enfrió un poco.
—Bien —mentí.
— ¿De verdad?
No estaba muy convencido. Desvió levemente la vista y miró por encima del hombro.
Entrecerró los ojos. Miré hacia atrás para ver la espalda de Mike al alejarse.
— ¿Qué pasa? —exigí saber.
Aún tenso, volvió a mirarme.
—Newton me saca de mis casillas.
— ¿No habrás estado escuchando otra vez?
Me aterré. Todo atisbo de mi repentino buen humor se desvaneció.
— ¿Cómo va esa cabeza? —preguntó con inocencia.
— ¡Eres increíble!
Me di la vuelta y me alejé caminando con paso firme hacia el aparcamiento a pesar de
que había descartado dirigirme hacia ese lugar.
Me dio alcance con facilidad.
—Fuiste tú quien mencionaste que nunca te había visto en clase de gimnasia. Eso
despertó mi curiosidad.
No parecía arrepentido, de modo que le ignoré.
Caminamos en silencio —un silencio lleno de vergüenza y furia por mi parte— hacia su
coche, pero tuve que detenerme unos cuantos pasos después, ya que un gentío, todos chicos,
lo rodeaban. Luego, me di cuenta de que no rodeaban al Volvo, sino al descapotable rojo de
Rosalie con un inconfundible deseo en los ojos. Ninguno alzó la vista hacia Edward cuando se
deslizó entre ellos para abrir la puerta. Me encaramé rápidamente al asiento del copiloto,
pasando también inadvertida.
—Ostentoso —murmuró.
— ¿Qué tipo de coche es?
—Un M3.
—No hablo jerga de Car and Driver.
—Es un BMW
Entornó los ojos sin mirarme mientras intentaba salir hacia atrás y no atropellar a
ninguno de los fanáticos del automóvil.
Asentí. Había oído hablar del modelo.
— ¿Sigues enfadada? —preguntó mientras maniobraba con cuidado para salir.
—Muchísimo.
Suspiró.
— ¿Me perdonarás si te pido disculpas?
—Puede... si te disculpas de corazón —insistí—, y prometes no hacerlo otra vez.
Sus ojos brillaron con una repentina astucia.
— ¿Qué te parece si me disculpo sinceramente y accedo a dejarte conducir el sábado?
—me propuso como contraoferta.
Lo sopesé y decidí que probablemente era la mejor oferta que podría conseguir, por lo
que la acepté:
—Hecho.
—Entonces, lamento haberte molestado —durante un prolongado periodo de tiempo,
sus ojos relucieron con sinceridad, causando estragos en mi ritmo cardiaco. Luego, se
volvieron picaros—. A primera hora de la mañana del sábado estaré en el umbral de tu puerta.
—Humm... Que, sin explicación alguna, un Volvo se quede en la carretera no me va a
ser de mucha ayuda con Charlie.
Esbozó una sonrisa condescendiente.
—No tengo intención de llevar el coche.
— ¿Cómo...?
—No te preocupes —me cortó—. Estaré ahí sin coche.
Lo dejé correr. Tenía una pregunta más acuciante.
— ¿Ya es «más tarde»? —pregunté de forma elocuente. El frunció el ceño.
—Supongo que sí.
Mantuve la expresión amable mientras esperaba.
Paró el motor del coche después de aparcarlo detrás del mío. Alcé la vista sorprendida:
habíamos llegado a casa de Charlie, por supuesto. Resultaba más fácil montar con Edward si
sólo le miraba a él hasta concluir el viaje. Cuando volví a levantar la vista, él me
contemplaba, evaluándome con la mirada.
—Y aún quieres saber por qué no puedes verme cazar, ¿no? —parecía solemne, pero
creí atisbar un rescoldo de humor en el fondo de sus ojos.
—Bueno —aclaré—, sobre todo me preguntaba el motivo de tu reacción.
— ¿Te asusté?
Sí. Sin duda, estaba de buen humor.
—No —le mentí, pero no picó.
—Lamento haberte asustado —persistió con una leve sonrisa, pero entonces
desapareció la evidencia de toda broma—. Fue sólo la simple idea de que estuvieras allí
mientras cazábamos.
Se le tensó la mandíbula.
— ¿Estaría mal?
—En grado sumo —respondió apretando los dientes.
— ¿Por...?
Respiró hondo y contempló a través del parabrisas las espesas nubes en movimiento que
descendían hasta quedarse casi al alcance de la mano.
—Nos entregamos por completo a nuestros sentidos cuando cazamos —habló despacio,
a regañadientes—, nos regimos menos por nuestras mentes. Domina sobre todo el sentido del
olfato. Si estuvieras en cualquier lugar cercano cuando pierdo el control de esa manera... —
sacudió la cabeza mientras se demoraba contemplando malhumorado las densas nubes.
Mantuve mi expresión firmemente controlada mientras esperaba que sus ojos me
mirasen para evaluar la reacción subsiguiente. Mi rostro no reveló nada.
Pero nuestros ojos se encontraron y el silencio se hizo más profundo... y todo cambió.
Descargas de la electricidad que había sentido aquella tarde comenzaron a cargar el ambiente
mientras Edward contemplaba mis ojos de forma implacable. No me di cuenta de que no
respiraba hasta que empezó a darme vueltas la cabeza. Cuando rompí a respirar agitadamente,
quebrando la quietud, cerró los ojos.
—Bella, creo que ahora deberías entrar en casa —dijo con voz ronca sin apartar la vista
de las nubes.
Abrí la puerta y la ráfaga de frío polar que irrumpió en el coche me ayudó a despejar la
cabeza. Como estaba medio ida, tuve miedo de tropezar, por lo que salí del coche con sumo
cuidado y cerré la puerta detrás de mí sin mirar atrás. El zumbido de la ventanilla automática
al bajar me hizo darme la vuelta.
— ¿Bella? —me llamó con voz más sosegada.
Se inclinó hacia la ventana abierta con una leve sonrisa en los labios.
— ¿Sí?
—Mañana me toca a mí —afirmó.
— ¿El qué te toca?
Ensanchó la sonrisa, dejando entrever sus dientes relucientes.
—Hacer las preguntas.
Luego se marchó. El coche bajó la calle a toda velocidad y desapareció al doblar la
esquina antes de que ni siquiera hubiera podido poner en orden mis ideas. Sonreí mientras
caminaba hacia la casa. Cuando menos, resultaba obvio que planeaba verme mañana.
Edward protagonizó mis sueños aquella noche, como de costumbre. Pero el clima de mi
inconsciencia había cambiado. Me estremecía con la misma electricidad que había presidido
la tarde, me agitaba y daba vueltas sin cesar, despertándome a menudo. Hasta bien entrada la
noche no me sumí en un sueño agotado y sin sueños.
Al despertar no sólo estaba cansada, sino con los nervios a flor de piel. Me enfundé el
suéter de cuello vuelto y los inevitables jeans mientras soñaba despierta con camisetas de
tirantes y shorts. El desayuno fue el tranquilo y esperado suceso de siempre. Charlie se
preparó unos huevos fritos y yo mi cuenco de cereales. Me preguntaba si se había olvidado de
lo de este sábado, pero respondió a mi pregunta no formulada cuando se levantó para dejar su
plato en el fregadero.
—Respecto a este sábado... —comenzó mientras cruzaba la cocina y abría el grifo.
Me encogí.
— ¿Sí, papá?
— ¿Sigues empeñada en ir a Seattle?
—Ese era el plan.
Hice una mueca mientras deseaba que no lo hubiera mencionado para no tener que
componer cuidadosas medias verdades.
Esparció un poco de jabón sobre el plato y lo extendió con el cepillo.
— ¿Estás segura de que no puedes estar de vuelta a tiempo para el baile?
—No voy a ir al baile, papá.
Le fulminé con la mirada.
— ¿No te lo ha pedido nadie? —preguntó al tiempo que ocultaba su consternación
concentrándose en enjuagar el plato.
Esquivé el campo de minas.
—Es la chica quien elige.
—Ah.
Frunció el ceño mientras secaba el plato.
Sentía simpatía hacia él. Debe de ser duro ser padre y vivir con el miedo a que tu hija
encuentre al chico que le gusta, pero aún más duro el estar preocupado de que no sea así. Qué
horrible sería, pensé con estremecimiento, si Charlie tuviera la más remota idea de qué era
exactamente lo que me gustaba.
Entonces, Charlie se marchó, se despidió con un movimiento de la mano y yo subí las
escaleras para cepillarme los dientes y recoger mis libros. Cuando oí alejarse el coche
patrulla, sólo fui capaz de esperar unos segundos antes de echar un vistazo por la ventana. El
coche plateado ya estaba ahí, en la entrada de coches de la casa.
Bajé las escaleras y salí por la puerta delantera, preguntándome cuánto tiempo duraría
aquella extraña rutina. No quería que acabara jamás.
Me aguardaba en el coche sin aparentar mirarme cuando cerré la puerta de la casa sin
molestarme en echar el pestillo. Me encaminé hacia el coche, me detuve con timidez antes de
abrir la puerta y entré. Estaba sonriente, relajado y, como siempre, perfecto e
insoportablemente guapo.
—Buenos días —me saludó con voz aterciopelada—. ¿Cómo estás hoy?
Me recorrió el rostro con la vista, como si su pregunta fuera algo más que una mera
cortesía.
—Bien, gracias.
Siempre estaba bien, mucho mejor que bien, cuando me hallaba cerca de él. Su mirada
se detuvo en mis ojeras.
—Pareces cansada.
—No pude dormir —confesé, y de inmediato me removí la melena sobre el hombro
preparando alguna medida para ganar tiempo.
—Yo tampoco —bromeó mientras encendía el motor.
Me estaba acostumbrando a ese silencioso ronroneo. Estaba convencida de que me
asustaría el rugido del monovolumen, siempre que llegara a conducirlo de nuevo.
—Eso es cierto —me reí—. Supongo que he dormido un poquito más que tú.
—Apostaría a que sí.
— ¿Qué hiciste la noche pasada?
—No te escapes —rió entre dientes—. Hoy me toca hacer las preguntas a mí.
—Ah, es cierto. ¿Qué quieres saber?
Torcí el gesto. No lograba imaginar que hubiera nada en mi vida que le pudiera resultar
interesante.
— ¿Cuál es tu color favorito? —preguntó con rostro grave.
Puse los ojos en blanco.
—Depende del día.
— ¿Cuál es tu color favorito hoy? —seguía muy solemne.
—El marrón, probablemente.
Solía vestirme en función de mi estado de ánimo. Edward resopló y abandonó su
expresión seria.
— ¿El marrón? —inquirió con escepticismo.
—Seguro. El marrón significa calor. Echo de menos el marrón. Aquí —me quejé—, una
sustancia verde, blanda y mullida cubre todo lo que se suponía que debía ser marrón, los
troncos de los árboles, las rocas, la tierra.
Mi pequeño delirio pareció fascinarle. Lo estuvo pensando un momento sin dejar de
mirarme a los ojos.
—Tienes razón —decidió, serio de nuevo—. El marrón significa calor.
Rápidamente, aunque con cierta vacilación, extendió la mano y me apartó el pelo del
hombro.
Para ese momento ya estábamos en el instituto. Se volvió de espaldas a mí mientras
aparcaba.
— ¿Qué CD has puesto en tu equipo de música? —tenía el rostro tan sombrío como si
me exigiera una confesión de asesinato.
Me di cuenta de que no había quitado el CD que me había regalado Phil. Esbozó una
sonrisa traviesa y un brillo peculiar iluminó sus ojos cuando le dije el nombre del grupo. Tiró
de un saliente hasta abrir el compartimiento de debajo del reproductor de CD del coche,
extrajo uno de los treinta discos que guardaba apretujados en aquel pequeño espacio y me lo
entregó.
— ¿De Debussy a esto? —enarcó una ceja. Era el mismo CD. Examiné la familiar
carátula con la mirada gacha.
El resto del día siguió de forma similar. Me estuvo preguntando cada insignificante
detalle de mi existencia mientras me acompañaba a Lengua, cuando nos reunimos después de
Español, toda la hora del almuerzo. Las películas que me gustaban y las que aborrecía; los
pocos lugares que había visitado; los muchos sitios que deseaba visitar; y libros, libros sin
descanso.
No recordaba la última vez que había hablado tanto. La mayoría de las veces me sentía
cohibida, con la certeza de resultarle aburrida, pero el completo ensimismamiento de su rostro
y el interminable diluvio de preguntas me compelían a continuar. La mayoría eran fáciles,
sólo unas pocas provocaron queme sonrojara, pero cuando esto ocurría, se iniciaba toda una
nueva ronda de preguntas. Me había estado lanzando las preguntas con tanta rapidez que me
sentía como si estuviera completando uno de esos test de Psiquiatría en los que tienes que
contestar con la primera palabra que acude a tu mente. Estoy segura de que habría seguido
con esa lista, cualquiera que fuera, que tenía en la cabeza de no ser porque se percató de mi
repentino rubor.
Cuando me preguntó cuál era mi gema predilecta, sin pensar, me precipité a contestarle
que el topacio. Enrojecí porque, hasta hacía poco, mi favorita era el granate. Era imposible
olvidar la razón del cambio mientras sus ojos me devolvían la mirada y, naturalmente, no
descansaría hasta que admitiera la razón de mi sonrojo.
—Dímelo —ordenó al final, una vez que la persuasión había fracasado, porque yo había
hurtado los ojos a su mirada.
—Es el color de tus ojos hoy —musité, rindiéndome y mirándome las manos mientras
jugueteaba con un mechón de mi cabello—. Supongo que te diría el ónice si me lo
preguntaras dentro de dos semanas.
Le había dado más información de la necesaria en mi involuntaria honestidad, y me
preocupaba haber provocado esa extraña ira que estallaba cada vez que cedía y revelaba con
demasiada claridad lo obsesionada que estaba.
Pero su pausa fue muy corta y lanzó la siguiente pregunta:
— ¿Cuáles son tus flores favoritas?
Suspiré aliviada y proseguí con el psicoanálisis.
Biología volvió a ser un engorro. Edward había continuado con su cuestionario hasta
que el señor Banner entró en el aula arrastrando otra vez el equipo audiovisual. Cuando el
profesor se aproximó al interruptor, me percaté de que Edward alejaba levemente su silla de la
mía. No sirvió de nada. Saltó la misma chispa eléctrica y el mismo e incesante anhelo de
tocarlo, como el día anterior, en cuanto la habitación se quedó a oscuras.
Me recliné en la mesa y apoyé el mentón sobre los brazos doblados. Los dedos ocultos
aferraban el borde de la mesa mientras luchaba por ignorar el estúpido deseo que me
desquiciaba.
No le miraba, temerosa de que fuera mucho más difícil mantener el autocontrol si él me
miraba. Intenté seguir la película con todas mis fuerzas, pero al final de la hora no tenía ni
idea de lo que acababa de ver. Suspiré aliviada cuando el señor Banner encendió las luces y
por fin miré a Edward, que me estaba contemplando con unos ojos que no supe interpretar.
Se levantó en silencio y se detuvo, esperándome. Caminamos hacia el gimnasio sin
decir palabra, como el día anterior, y también me acarició, esta vez con la palma de su gélida
mano, desde la sien a la mandíbula sin despegar los labios... antes de darse la vuelta y
alejarse.
La clase de Educación física pasó rápidamente mientras contemplaba el espectáculo del
equipo unipersonal de bádminton de Mike, que hoy no me dirigía la palabra, ya fuera como
reacción a mi expresión ausente o porque aún seguía enfadado por nuestra disputa del día
anterior. Me sentí mal por ello en algún rincón de la mente, pero no me podía ocupar de él en
ese momento.
Después, me apresuré a cambiarme, incómoda, sabiendo que cuanto más rápido me
moviera, más pronto estaría con Edward. La precipitación me volvió más torpe de lo habitual,
pero al fin salí por la puerta; sentí el mismo alivio al verle esperándome ahí y una amplia
sonrisa se extendió por mi rostro. Respondió con otra antes de lanzarse a nuevas preguntas.
Ahora eran diferentes, aunque no tan fáciles de responder. Quería saber qué echaba de
menos de Phoenix, insistiendo en las descripciones de cualquier cosa que desconociera. Nos
sentamos frente a la casa de Charlie durante horas mientras el cielo oscurecía y nos cayó a
plomo un repentino aguacero.
Intenté describir cosas imposibles como el aroma de la creosota —amargo, ligeramente
resinoso, pero aun así agradable—, el canto fuerte y lastimero de las cigarras en julio, la
liviana desnudez de los árboles, las propias dimensiones del cielo, cuyo azul se extendía de
uno a otro confín en el horizonte sin otras interrupciones que las montañas bajas cubiertas de
purpúreas rocas volcánicas.
Lo más arduo de explicar fue por qué me resultaba tan hermoso aquel lugar y también
justificar una belleza que no dependía de la vegetación espinosa y dispersa, que a menudo
parecía muerta, sino que tenía más que ver con la silueta de la tierra, las cuencas poco
profundas de los valles entre colinas escarpadas y la forma en que conservaban la luz del sol.
Me encontré gesticulando con las manos mientras se lo intentaba describir.
Sus preguntas discretas y perspicaces me dejaron explayarme a gusto y olvidar a la
lúgubre luz de la tormenta la vergüenza por monopolizar la conversación. Al final, cuando
hube acabado dé detallar mi desordenada habitación en Phoenix, hizo una pausa en lugar de
responder con otra cuestión.
— ¿Has terminado? —pregunté con alivio.
—Ni por asomo, pero tu padre estará pronto en casa.
— ¡Charlie! —de repente, recordé su existencia y suspiré. Estudié el cielo oscurecido
por la lluvia, pero no me reveló nada—. ¿Es muy tarde? —me pregunté en voz alta al tiempo
que miraba el reloj. La hora me había pillado por sorpresa. Charlie ya debería de estar
conduciendo de vuelta a casa.
—Es la hora del crepúsculo —murmuró Edward al mirar el horizonte de poniente,
oscurecido como estaba por las nubes.
Habló de forma pensativa, como si su mente estuviera en otro lugar lejano. Le
contemplé mientras miraba fijamente a través del parabrisas. Seguía observándole cuando de
repente sus ojos se volvieron hacia los míos.
—Es la hora más segura para nosotros —me explicó en respuesta a la pregunta no
formulada de mi mirada—. El momento más fácil, pero también el más triste, en cierto
modo... el fin de otro día, el regreso de la noche —sonrió con añoranza—. La oscuridad es
demasiado predecible, ¿no crees?
—Me gusta la noche. Jamás veríamos las estrellas sin la oscuridad —fruncí el entrecejo
—. No es que aquí se vean mucho.
Se rió, y repentinamente su estado de ánimo mejoró.
—Charlie estará aquí en cuestión de minutos, por lo que a menos que quieras decirle
que vas a pasar conmigo el sábado...
Enarcó una ceja.
—Gracias, pero no —reuní mis libros mientras me daba cuenta de que me había
quedado entumecida al permanecer sentada y quieta durante tanto tiempo—. Entonces,
¿mañana me toca a mí?
— ¡Desde luego que no! —Exclamó con fingida indignación—. No te he dicho que
haya terminado, ¿verdad?
— ¿Qué más queda?
—Lo averiguarás mañana.
Extendió una mano para abrirme la puerta y su súbita cercanía hizo palpitar
alocadamente mi corazón.
Pero su mano se paralizó en la manija.
—Mal asunto —murmuró.
— ¿Qué ocurre?
Me sorprendió verle con la mandíbula apretada y los ojos turbados. Me miró por un
instante y me dijo con desánimo:
—Otra complicación.
Abrió la puerta de golpe con un rápido movimiento y, casi encogido, se apartó de mí
con igual velocidad.
El destello de los faros a través de la lluvia atrajo mi atención mientras a escasos metros
un coche negro subía el bordillo, dirigiéndose hacia nosotros.
—Charlie ha doblado la esquina —me avisó mientras vigilaba atentamente al otro
vehículo a través del aguacero.
A pesar de la confusión y la curiosidad, bajé de un salto. El estrépito de la lluvia era
mayor al rebotarme sobre la cazadora.
Quise identificar las figuras del asiento delantero del otro vehículo, pero estaba
demasiado oscuro. Pude ver a Edward a la luz de los faros del otro coche. Aún miraba al
frente, con la vista fija en algo o en alguien a quien yo no podía ver. Su expresión era una
extraña mezcla de frustración y desafío.
Aceleró el motor en punto muerto y los neumáticos chirriaron sobre el húmedo
pavimento. El Volvo desapareció de la vista en cuestión de segundos.
—Hola, Bella —llamó una ronca voz familiar desde el asiento del conductor del
pequeño coche negro.
— ¿Jacob? —pregunté, parpadeando bajo la lluvia.
Sólo entonces dobló la esquina el coche patrulla de Charlie y las luces del mismo
alumbraron a los ocupantes del coche que tenía enfrente de mí.
Jacob ya había bajado. Su amplia sonrisa era visible incluso en la oscuridad. En el
asiento del copiloto se sentaba un hombre mucho mayor, corpulento y de rostro memorable...,
un rostro que se desbordaba, las mejillas llegaban casi hasta los hombros, las arrugas surcaban
la piel rojiza como las de una vieja chaqueta de cuero. Los ojos, sorprendentemente
familiares, parecían al mismo tiempo demasiado jóvenes y demasiado viejos para aquel ancho
rostro. Era el padre de Jacob, Billy Black. Lo supe inmediatamente a pesar de que en los cinco
años transcurridos desde que lo había visto por última vez me las había arreglado para olvidar
su nombre hasta que Charlie lo mencionó el día de mi llegada. Me miraba fijamente,
escrutando mi cara, por lo que le sonreí con timidez. Tenía los ojos desorbitados por la
sorpresa o el pánico y resoplaba por la ancha nariz. Mi sonrisa se desvaneció.
«Otra complicación», había dicho Edward.
Billy seguía mirándome con intensa ansiedad. Gemí en mi fuero interno. ¿Había
reconocido Billy a Edward con tanta facilidad? ¿Creía en las leyendas inverosímiles de las
que se había mofado su hijo?
La respuesta estaba clara en los ojos de Billy. Sí, así era.

JUEGOS MALABARES
— ¡Billy! —le llamó Charlie tan pronto como se bajó del coche.
Me volví hacia la casa y, una vez me hube guarecido debajo del porche, hice señales a
Jacob para que entrase. Oí a Charlie saludarlos efusivamente a mis espaldas.
—Jake, voy a hacer como que no te he visto al volante —dijo con desaprobación.
—En la reserva conseguimos muy pronto los permisos de conducir —replicó Jacob
mientras yo abría la puerta y encendía la luz del porche.
—Seguro que sí —se rió Charlie.
—De alguna manera he de dar una vuelta.
A pesar de los años transcurridos, reconocí con facilidad la voz retumbante de Billy. Su
sonido me hizo sentir repentinamente más joven, una niña.
Entré en la casa, dejando abierta la puerta detrás de mí, y fui encendiendo las luces
antes de colgar mi cazadora. Luego, permanecí en la puerta, contemplando con ansiedad
cómo Charlie y Jacob ayudaban a Billy a salir del coche y a sentarse en la silla de ruedas.
Me aparté del camino mientras entraban a toda prisa sacudiéndose la lluvia.
—Menuda sorpresa —estaba diciendo Charlie.
—Hace ya mucho tiempo que no nos vemos. Confío en que no sea un mal momento —
respondió Billy, cuyos inescrutables ojos oscuros volvieron a fijarse en mí.
—No, es magnífico. Espero que os podáis quedar para el partido.
Jacob mostró una gran sonrisa.
—Creo que ése es el plan... Nuestra televisión se estropeó la semana pasada.
Billy le dirigió una mueca a su hijo y añadió:
—Y, por supuesto, Jacob deseaba volver a ver a Bella.
Jacob frunció el ceño y agachó la cabeza mientras yo reprimía una oleada de
remordimiento. Tal vez había sido demasiado convincente en la playa.
— ¿Tenéis hambre? —pregunté mientras me dirigía hacia la cocina, deseosa de
escaparme de la inquisitiva mirada de Billy.
—No, cenamos antes de venir —respondió Jacob.
— ¿Y tú, Charlie? —le pregunté de refilón al tiempo que doblaba la esquina a toda prisa
para escabullirme.
—Claro —replicó. Su voz se desplazó hacia la habitación de en frente, hacia el
televisor. Oí cómo le seguía la silla de Billy.
Los sandwiches de queso se estaban tostando en la sartén mientras cortaba en rodajas un
tomate cuando sentí que había alguien a mis espaldas.
—Bueno, ¿cómo te va todo? —inquirió Jacob.
—Bastante bien —sonreí. Era difícil resistirse a su entusiasmo—. ¿Y a ti? ¿Terminaste
el coche?
—No —arrugó la frente—. Aún necesito piezas. Hemos pedido prestado ése —comentó
mientras señalaba con el pulgar en dirección al patio delantero.
—Lo siento, pero no he visto ninguna pieza. ¿Qué es lo que estáis buscando?
—Un cilindro maestro —sonrió de oreja a oreja y de repente añadió—: ¿Hay algo que
no funcione en el monovolumen?
—Ah. Me lo preguntaba al ver que no lo conducías.
Mantuve la vista fija en la sartén mientras levantaba el extremo de un sándwich para
comprobar la parte inferior.
—Di un paseo con un amigo.
—Un buen coche —comentó con admiración—, aunque no reconocí al conductor. Creía
conocer a la mayoría de los chicos de por aquí.
Asentí sin comprometerme ni alzar los ojos mientras daba la vuelta a los sandwiches.
—Papá parecía conocerle de alguna parte.
—Jacob, ¿me puedes pasar algunos platos? Están en el armario de encima del fregadero.
—Claro.
Tomó los platos en silencio. Esperaba que dejara el asunto.
— ¿Quién es? —preguntó mientras situaba dos platos sobre la encimera, cerca de mí.
Suspiré derrotada.
—Edward Cullen.
Para mi sorpresa, rompió a reír. Alcé la vista hacia él, que parecía un poco avergonzado.
—Entonces, supongo que eso lo explica todo —comentó—. Me preguntaba por qué
papá se comportaba de un modo tan extraño.
—Es cierto —simulé una expresión inocente—. No le gustan los Cullen.
—Viejo supersticioso —murmuró en un susurro.
—No crees que se lo vaya a decir a Charlie, ¿verdad? —no pude evitar el preguntárselo.
Las palabras, pronunciadas en voz baja, salieron precipitadamente de mis labios.
—Lo dudo —respondió finalmente—. Creo que Charlie le soltó una buena reprimenda
la última vez, y desde entonces no han hablado mucho. Me parece que esta noche es una
especie de reencuentro, por lo que no creo que papá lo vuelva a mencionar.
—Ah —dije, intentando parecer indiferente.
Me quedé en el cuarto de estar después de llevarle a Charlie la cena, fingiendo ver el
partido mientras Jacob charlaba conmigo; pero, en realidad, estaba escuchando la
conversación de los dos hombres, atenta a cualquier indicio de algo sospechoso y buscando la
forma de detener a Billy llegado el momento.
Fue una larga noche. Tenía muchos deberes sin hacer, pero temía dejar a Billy a solas
con Charlie. Finalmente, el partido terminó.
— ¿Vais a regresar pronto tus amigos y tú a la playa? —preguntó Jacob mientras
empujaba la silla de su padre fuera del umbral.
—No estoy segura —contesté con evasivas.
—Ha sido divertido, Charlie ——dijo Billy.
—Acércate a ver el próximo partido —le animó Charlie.
—Seguro, seguro —dijo Billy—. Aquí estaremos. Que paséis una buena noche —sus
ojos me enfocaron y su sonrisa desapareció al agregar con gesto serio—: Cuídate, Bella.
—Gracias —musité desviando la mirada.
Me dirigí hacia las escaleras mientras Charlie se despedía con la mano desde la entrada.
—Aguarda, Bella —me pidió.
Me encogí. ¿Le había dicho Billy algo antes de que me reuniera con ellos en el cuarto
de estar?
Pero Charlie aún seguía relajado y sonriente a causa de la inesperada visita.
—No he tenido ocasión de hablar contigo esta noche. ¿Qué tal te ha ido el día?
—Bien —vacilé, con un pie en el primer escalón, en busca de detalles que pudiera
compartir con él sin comprometerme—. Mi equipo de bádminton ganó los cuatro partidos.
— ¡Vaya! No sabía que supieras jugar al bádminton.
—Bueno, lo cierto es que no, pero mi compañero es realmente bueno —admití.
— ¿Quién es? —inquirió en señal de interés.
—Eh... Mike Newton —le revelé a regañadientes.
—Ah, sí. Me comentaste que eras amiga del chico de los Newton —se animó—. Una
buena familia —musitó para sí durante un minuto—. ¿Por qué no le pides que te lleve al baile
este fin de semana?
— ¡Papá! —gemí—. Está saliendo con mi amiga Jessica. Además, sabes que no sé
bailar.
—Ah, sí—murmuró. Entonces me sonrió con un gesto de disculpa—. Bueno, supongo
que es mejor que te vayas el sábado. .. Había planeado ir de pesca con los chicos de la
comisaría. Parece que va a hacer calor de verdad, pero me puedo quedar en casa si quieres
posponer tu viaje hasta que alguien te pueda acompañar. Sé que te dejo aquí sola mucho
tiempo.
—Papá, lo estás haciendo fenomenal —le sonreí con la esperanza de ocultar mi alivio
—. Nunca me ha preocupado estar sola, en eso me parezco mucho a ti.
Le guiñé un ojo, y al sonreírme le salieron arrugas alrededor de los ojos.
Esa noche dormí mejor porque me encontraba demasiado cansada para soñar de nuevo.
Estaba de buen humor cuando el gris perla de la mañana me despertó. La tensa velada con
Billy y Jacob ahora me parecía inofensiva y decidí olvidarla por completo. Me descubrí
silbando mientras me recogía el pelo con un pasador. Luego, bajé las escaleras dando saltos.
Charlie, que desayunaba sentado a la mesa, se dio cuenta y comentó:
—Estás muy alegre esta mañana.
Me encogí de hombros.
—Es viernes.
Me di mucha prisa para salir en cuanto se fuera Charlie. Había preparado la mochila, me
había calzado los zapatos y cepillado los dientes, pero Edward fue más rápido a pesar de que
salí disparada por la puerta en cuanto me aseguré de que Charlie se había perdido de vista. Me
esperaba en su flamante coche con las ventanillas bajadas y el motor apagado.
Esta vez no vacilé en subirme al asiento del copiloto lo más rápidamente posible para
verle el rostro. Me dedicó esa sonrisa traviesa y abierta que me hacía contener el aliento y me
paralizaba el corazón. No podía concebir que un ángel fuera más espléndido. No había nada
en Edward que se pudiera mejorar.
— ¿Cómo has dormido? —me preguntó. ¿Sabía lo atrayente que resultaba su voz?
—Bien. ¿Qué tal tu noche?
—Placentera.
Una sonrisa divertida curvó sus labios. Me pareció que me estaba perdiendo una broma
privada.
— ¿Puedo preguntarte qué hiciste?
—No —volvió a sonreír—, el día de hoy sigue siendo mío.
Quería saber cosas sobre la gente, sobre Renée, sus aficiones, qué hacíamos juntas en
nuestro tiempo libre, y luego sobre la única abuela a la que había conocido, mis pocos amigos
del colegio y... me puse colorada cuando me preguntó por los chicos con los que había tenido
citas. Me aliviaba que en realidad nunca hubiera salido con ninguno, por lo que la
conversación sobre ese tema en particular no fue demasiado larga. Pareció tan sorprendido
como Jessica y Angela por mi escasa vida romántica.
— ¿Nunca has conocido a nadie que te haya gustado? —me preguntó con un tono tan
serio que me hizo preguntarme qué estaría pensando al respecto.
De mala gana, fui sincera:
—En Phoenix, no.
Frunció los labios con fuerza.
Para entonces, nos hallábamos ya en la cafetería. El día había transcurrido rápidamente
en medio de ese borrón que se estaba convirtiendo en rutina. Aproveché la breve pausa para
dar un mordisco a mi rosquilla.
—Hoy debería haberte dejado que condujeras —anunció sin venir a cuento mientras
masticaba.
— ¿Por qué? —quise saber.
—Me voy a ir con Alice después del almuerzo.
—Vaya —parpadeé, confusa y desencantada—. Está bien, no está demasiado lejos para
un paseo.
Me miró con impaciencia.
—No te voy a hacer ir a casa andando. Tomaremos tu coche y lo dejaremos aquí para ti.
—No llevo la llave encima —musité—. No me importa caminar, de verdad.
Lo que me importaba era disponer de menos tiempo en su compañía.
Negó con la cabeza.
—Tu monovolumen estará aquí y la llave en el contacto, a menos que temas que alguien
te lo pueda robar.
Se rió sólo de pensarlo.
—De acuerdo —acepté con los labios apretados.
Estaba casi segura de que tenía la llave en el bolsillo de los vaqueros que había llevado
el miércoles, debajo de una pila de ropa en el lavadero.
Jamás la encontraría, aunque irrumpiera en mi casa o cualquier otra cosa que estuviera
planeando. Pareció percatarse del desafío implícito en mi aceptación, pero sonrió burlón,
demasiado seguro de sí mismo.
— ¿Adonde vas a ir? —pregunté de la forma más natural que fui capaz.
—De caza —replicó secamente—. Si voy a estar a solas contigo mañana, voy a tomar
todas las precauciones posibles —su rostro se hizo más taciturno y suplicante—. Siempre lo
puedes cancelar, ya sabes.
Bajé la vista, temerosa del persuasivo poder de sus ojos. Me negué a dejarme convencer
de que le temiera, sin importar lo real que pudiera ser el peligro. No importa, me repetí en la
mente.
—No —susurré mientras le miraba a la cara—. No puedo.
—Tal vez tengas razón —murmuró sombríamente.
El color de sus ojos parecía oscurecerse conforme lo miraba.
Cambié de tema.
— ¿A qué hora te veré mañana? —quise saber, ya deprimida por la idea de tener que
dejarle ahora.
—Eso depende... Es sábado. ¿No quieres dormir hasta tarde? —me ofreció.
—No —respondí a toda prisa. Contuvo una sonrisa.
—Entonces, a la misma hora de siempre —decidió—. ¿Estará Charlie ahí?
—No, mañana se va a pescar.
Sonreí abiertamente ante el recuerdo de la forma tan conveniente con que se habían
solucionado las cosas.
— ¿Y qué pensará si no vuelves? —inquirió con la voz cortante.
—No tengo ni idea —repliqué con frialdad—. Sabe que tengo intención de hacer la
colada. Tal vez crea que me he caído dentro de la lavadora.
Me miró con el ceño enfurruñado y yo hice lo mismo. Su rabia fue mucho más
impresionante que la mía.
— ¿Qué vas a cazar esta noche? —le pregunté cuando estuve segura de haber perdido el
concurso de ceños.
—Cualquier cosa que encontremos en el parque —parecía divertido por mi informal
referencia a sus actividades secretas—. No vamos a ir lejos.
— ¿Por qué vas con Alice? —me extrañé.
—Alice es la más... compasiva.
Frunció el ceño al hablar.
— ¿Y los otros? —Pregunté con timidez—. ¿Cómo se lo toman?
Arrugó la frente durante unos momentos.
—La mayoría con incredulidad.
Miré a hurtadillas y con rapidez a su familia. Permanecían sentados con la mirada
perdida en diferentes direcciones, del mismo modo que la primera vez que los vi. Sólo que
ahora eran cuatro, su hermoso hermano con pelo de bronce se sentaba frente a mí con los
dorados ojos turbados.
—No les gusto —supuse.
—No es eso —disintió, pero sus ojos eran demasiado inocentes para mentir—. No
comprenden por qué no te puedo dejar sola.
Sonreí de oreja a oreja.
—Yo tampoco, si vamos al caso.
Edward movió la cabeza lentamente y luego miró al techo antes de que nuestras miradas
volvieran a encontrarse.
—Te lo dije, no te ves a ti misma con ninguna claridad. No te pareces a nadie que haya
conocido. Me fascinas.
Le dirigí una mirada de furia, segura de que hablaba en broma. Edward sonrió al
descifrar mi expresión.
—Al tener las ventajas que tengo —murmuró mientras se tocaba la frente con
discreción—, disfruto de una superior comprensión de la naturaleza humana. Las personas
son predecibles, pero tú nunca haces lo que espero. Siempre me pillas desprevenido.
Desvié la mirada y mis ojos volvieron a vagar de vuelta a su familia, avergonzada y
decepcionada. Sus palabras me hacían sentir como una cobaya. Quise reírme de mí misma por
haber esperado otra cosa.
—Esa parte resulta bastante fácil de explicar —continuó. Aunque todavía no era capaz
de mirarle, sentí sus ojos fijos en mi rostro—, pero hay más, y no es tan sencillo expresarlo
con palabras...
Seguía mirando fijamente a los Cullen mientras él hablaba. De repente, Rosalie, su
rubia e impresionante hermana, se volvió para echarme un vistazo. No, no para echarme un
vistazo. Para atraparme en una mirada feroz con sus ojos fríos y oscuros. Hasta que Edward se
interrumpió a mitad de frase y emitió un bufido muy bajo. Fue casi un siseo.
Rosalie giró la cabeza y me liberé. Volví a mirar a Edward, y supe que podía ver la
confusión y el miedo que me había hecho abrir tanto los ojos. Su rostro se tensó mientras se
explicaba:
—Lo lamento. Ella sólo está preocupada. Ya ves... Después de haber pasado tanto
tiempo en público contigo no es sólo peligroso para mí si... —bajó la vista.
— ¿Si...?
—Si las cosas van mal.
Dejó caer la cabeza entre las manos, como aquella noche en Port Angeles. Su angustia
era evidente. Anhelaba confortarle, pero estaba muy perdida para saber cómo hacerlo. Extendí
la mano hacia él involuntariamente, aunque rápidamente la dejé caer sobre la mesa, ante el
temor de que mi caricia empeorase las cosas. Lentamente comprendía que sus palabras
deberían asustarme. Esperé a que el miedo llegara, pero todo lo que sentía era dolor por su
pesar.
Y frustración... Frustración porque Rosalie hubiera interrumpido fuera lo que fuera lo
que estuviese a punto de decir. No sabía cómo sacarlo a colación de nuevo. Seguía con la
cabeza entre las manos. Intenté hablar con un tono de voz normal:
— ¿Tienes que irte ahora?
—Sí —alzó el rostro, por un momento estuvo serio, pero luego cambió de estado de
ánimo y sonrió—. Probablemente sea lo mejor. En Biología aún nos quedan por soportar
quince minutos de esa espantosa película. No creo que lo aguante más.
Me llevé un susto. De repente, Alice se encontraba en pie detrás del hombro de Edward.
Su pelo corto y de punta, negro como la tinta, rodeaba su exquisita, delicada y pequeña faz
como un halo impreciso. Su delgada figura era esbelta y grácil incluso en aquella absoluta
inmovilidad. Edward la saludó sin desviar la mirada de mí.
—Alice.
—Edward —respondió ella. Su aguda voz de soprano era casi tan atrayente como la de
su hermano.
—Alice, te presento a Bella... Bella, ésta es Alice —nos presentó haciendo un gesto
informal con la mano y una seca sonrisa en el rostro.
—Hola, Bella —sus brillantes ojos de color obsidiana eran inescrutables, pero la sonrisa
era cordial—. Es un placer conocerte al fin.
Edward le dirigió una mirada sombría.
—Hola, Alice —musité con timidez.
— ¿Estás preparado? —le preguntó.
—Casi —replicó Edward con voz distante—. Me reuniré contigo en el coche.
Alice se alejó sin decir nada más. Su andar era tan flexible y sinuoso que sentí una
aguda punzada de celos.
—Debería decir «que te diviertas», ¿o es el sentimiento equivocado? —le pregunté
volviéndome hacia él.
—No, «que te diviertas» es tan bueno como cualquier otro.
Esbozó una amplia sonrisa.
—En tal caso, que te diviertas.
Me esforcé en parecer sincera, pero, por supuesto, no le engañé.
—Lo intentaré —seguía sonriendo—. Y tú, intenta mantenerte a salvo, por favor.
—A salvo en Forks... ¡Menudo reto!
—Para ti lo es —el rostro se endureció—. Prométemelo.
—Prometo que intentaré mantenerme ilesa —declamé—. Esta noche haré la colada...
Una tarea que no debería entrañar demasiado peligro.
—No te caigas dentro de la lavadora —se mofó.
—Haré lo que pueda.
Se puso en pie y yo también me levanté.
—Te veré mañana —musité.
—Te parece mucho tiempo, ¿verdad? —murmuró.
Asentí con desánimo.
—Por la mañana, allí estaré —me prometió esbozando su sonrisa picara.
Extendió la mano a través de la mesa para acariciarme la cara, me rozó levemente los
pómulos y luego se dio la vuelta y se alejó. Clavé mis ojos en él hasta que se marchó.
Sentí la enorme tentación de hacer novillos el resto del día, faltar al menos a clase de
Educación física, pero mi instinto me detuvo. Sabía que Mike y los demás darían por supuesto
que estaba con Edward si desaparecía ahora, y a él le preocupaba el tiempo que pasábamos
juntos en público por si las cosas no salían bien. Me negué a entretenerme con ese último
pensamiento y en vez de eso, concentré mi atención en hacer que las cosas fueran más seguras
para él.
Intuitivamente, sabía —y me daba cuenta de que él también lo creía así— que mañana
iba a ser un momento crucial. Nuestra relación no podía continuar en el filo de la navaja.
Caeríamos a uno u otro lado, dependiendo por completo de su elección o de sus instintos.
Había tomado mi decisión, lo había hecho incluso antes de haber sido consciente de la misma
y me comprometí a llevarla a cabo hasta el final, porque para mí no había nada más terrible e
insoportable que la idea de separarme de él. Me resultaba imposible.
Resignada, me dirigí a clase. Para ser sincera, no sé qué sucedió en Biología, estaba
demasiado preocupada con los pensamientos de lo que sucedería al día siguiente. En la clase
de gimnasia, Mike volvía a dirigirme la palabra otra vez. Me deseó que tuviera buen tiempo
en Seattle. Le expliqué con detalle que, preocupada por el coche, había cancelado mi viaje.
— ¿Vas a ir al baile con Cullen? —preguntó, repentinamente mohíno.
—No, no voy a ir con nadie.
—Entonces, ¿qué vas a hacer? —inquirió con demasiado interés.
Mi reacción instintiva fue decirle que dejara de entrometerse, pero en lugar de eso le
mentí alegremente.
—La colada, y he de estudiar para el examen de Trigonometría o voy a suspender.
— ¿Te está ayudando Cullen con los estudios?
—Edward —enfaticé— no me va ayudar con los estudios. Se va a no sé dónde durante
el fin de semana.
Noté con sorpresa que las mentiras me salían con mayor naturalidad que de costumbre.
—Ah —se animó—. Ya sabes, de todos modos, puedes venir al baile con nuestro grupo.
Estaría bien. Todos bailaríamos contigo —prometió.
La imagen mental del rostro de Jessica hizo que el tono de mi voz fuera más cortante de
lo necesario.
—Mike, no voy a ir al baile, ¿de acuerdo?
—Vale —se enfurruñó otra vez—. Sólo era una oferta.
Cuando al fin terminaron las clases, me dirigí al aparcamiento sin entusiasmo. No me
apetecía especialmente ir a casa a pie, pero no veía la forma de recuperar el monovolumen.
Entonces, comencé a creer una vez más que no había nada imposible para él. Este último
instinto demostró ser correcto: mi coche estaba en la misma plaza en la que él había aparcado
el Volvo por la mañana. Incrédula, sacudí la cabeza mientras abría la puerta —no estaba
echado el pestillo— y vi las llaves en el bombín de la puesta en marcha.
Había un pedazo de papel blanco doblado sobre mi asiento. Lo tomé y cerré la puerta
antes de desdoblarlo. Había escrito dos palabras con su elegante letra: «Sé prudente».
El sonido del motor al arrancar me asustó. Me reí de mí misma.
El pomo de la puerta estaba cerrado y el pestillo sin echar, tal y como se había quedado
por la mañana. Una vez dentro, me fui directa al lavadero. Parecía que todo seguía igual.
Hurgué entre la ropa en busca de mis vaqueros y revisé los bolsillos una vez que los hube
encontrado. Vacíos. Quizás las hubiera dejado colgando dentro del coche, pensé sacudiendo
la cabeza.
Siguiendo el mismo instinto que me había movido a mentir a Mike, telefoneé a Jessica
so pretexto de desearle suerte en el baile. Cuando ella me deseó lo mismo para mi día con
Edward, le hablé de la cancelación. Parecía más desencantada de lo realmente necesario para
ser una observadora imparcial. Después de eso, me despedí rápidamente.
Charlie estuvo distraído durante la cena, supuse que le preocupaba algo relacionado con
el trabajo, o tal vez con el partido de baloncesto, o puede que le hubiera gustado de verdad la
lasaña. Con Charlie, era difícil saberlo.
— ¿Sabes, papá? —comencé, interrumpiendo su meditación.
— ¿Qué pasa, Bella?
—Creo que tienes razón en lo del viaje a Seattle. Me parece que voy a esperar hasta que
Jessica o algún otro me puedan acompañar.
—Ah —dijo sorprendido—. De acuerdo. Bueno, ¿quieres que me quede en casa?
—No, papá, no cambies de planes. Tengo un millón de cosas que hacer: los deberes, la
colada, necesito ir a la biblioteca y al supermercado. Estaré entrando y saliendo todo el día.
Ve y diviértete.
— ¿Estás segura?
—Totalmente, papá. Además, el nivel de pescado del congelador está bajando
peligrosamente... Hemos descendido hasta tener reservas sólo para dos o tres años.
Me sonrió.
—Resulta muy fácil vivir contigo, Bella.
—Podría decir lo mismo de ti —contesté entre risas demasiado apagadas, pero no
pareció notarlo. Me sentí culpable por hacerle creer aquello, y estuve a punto de seguir el
consejo de Edward y decirle dónde iba a estar. A punto.
Después de la cena, doblé la ropa y puse otra colada en la secadora. Por desgracia, era la
clase de trabajo que sólo mantiene ocupadas las manos y mi mente tuvo demasiado tiempo
libre, sin duda, y debido a eso perdí el control. Fluctuaba entre una ilusión tan intensa que se
acercaba al dolor y un miedo insidioso que minaba mi resolución. Tuve que seguir
recordándome que ya había elegido y que no había vuelta atrás. Saqué del bolsillo la nota de
Edward dedicando mucho más esfuerzo del necesario para embeberme con las dos simples
palabras que había escrito. El quería que estuviera a salvo, me dije una y otra vez. Sólo podía
aferrarme a la confianza de que al fin ese deseo prevaleciera sobre los demás. ¿Qué otra
alternativa tenía? ¿Apartarle de mi vida? Intolerable. Además, en realidad, parecía que toda
mi vida girase en torno a él desde que vine a Forks.
Una vocecita preocupada en el fondo de mi mente se preguntaba cuánto dolería en el
caso de que las cosas terminaran mal.
Me sentí aliviada cuando se hizo lo bastante tarde para acostarme. Sabía de sobra que
estaba demasiado estresada para dormir, por lo que hice algo que nunca había hecho antes:
tomar sin necesidad y de forma consciente una medicina para el resfriado, de esas que me
dejaban grogui durante unas ocho horas. Normalmente no hubiera justificado esa clase de
comportamiento en mí misma, pero el día siguiente ya iba a ser bastante complicado como
para añadirle que estuviera atolondrada por no haber pegado ojo. Me sequé el pelo hasta que
estuvo totalmente liso y me ocupé de la ropa que llevaría al día siguiente mientras aguardaba
a que hiciera efecto el fármaco.
Una vez que lo tuve todo listo para el día siguiente, me tendí al fin en la cama. Estaba
agitada, sin poder parar de dar vueltas. Me levanté y revolví la caja de zapatos con los CD
hasta encontrar una recopilación de los nocturnos de Chopin. Lo puse a un volumen muy bajo
y volví a tumbarme, concentrándome en ir relajando cada parte de mi cuerpo. En algún
momento de ese ejercicio, hicieron efecto las pastillas contra el resfriado y, por suerte, me
quedé dormida.
Me desperté a primera hora después de haber dormido a pierna suelta y sin pesadillas
gracias al innecesario uso de los fármacos. Aun así, salté de la cama con el mismo frenesí de
la noche anterior. Me vestí rápidamente, me ajusté el cuello alrededor de la garganta y seguí
forcejeando con el suéter de color canela hasta colocarlo por encima de los vaqueros. Con
disimulo, eché un rápido vistazo por la ventana para verificar que Charlie se había marchado
ya. Una fina y algodonosa capa de nubes cubría el cielo, pero no parecía que fuera a durar
mucho. Desayuné sin saborear lo que comía y me apresuré a fregar los platos en cuanto hube
terminado. Volví a echar un vistazo por la ventana, pero no se había producido cambio
alguno. Apenas había terminado de cepillarme los dientes y me disponía a bajar las escaleras
cuando una sigilosa llamada de nudillos provocó un sordo golpeteo de mi corazón contra las
costillas.
Fui corriendo hacia la entrada. Tuve un pequeño problema con el pestillo, pero al fin
conseguí abrir la puerta de un tirón y allí estaba él. Se desvaneció toda la agitación y recuperé
la calma en cuanto vi su rostro.
Al principio no estaba sonriente, sino sombrío, pero su expresión se alegró en cuanto se
fijó en mí, y se rió entre dientes.
—Buenos días.
— ¿Qué ocurre?
Eché un vistazo hacia abajo para asegurarme de que no me había olvidado de ponerme
nada importante, como los zapatos o los pantalones.
—Vamos a juego.
Se volvió a reír. Me di cuenta de que él llevaba un gran suéter ligero del mismo color
que el mío, cuyo cuello a la caja dejaba al descubierto el de la camisa blanca que llevaba
debajo, y unos vaqueros azules. Me uní a sus risas al tiempo que ocultaba una secreta punzada
de arrepentimiento... ¿Por qué tenía él que parecer un modelo de pasarela y yo no?
Cerré la puerta al salir mientras él se dirigía al monovolumen. Aguardó junto a la puerta
del copiloto con una expresión resignada y perfectamente comprensible.
—Hicimos un trato —le recordé con aire de suficiencia mientras me encaramaba al
asiento del conductor y me estiraba para abrirle la puerta.
— ¿Adonde? —le pregunté.
—Ponte el cinturón... Ya estoy nervioso.
Le dirigí una mirada envenenada mientras le obedecía.
— ¿Adonde? —repetí suspirando.
—Toma la 101 hacia el norte —ordenó.
Era sorprendentemente difícil concentrarse en la carretera al mismo tiempo que sentía
sus ojos clavados en mi rostro. Lo compensé conduciendo con más cuidado del habitual
mientras cruzaba las calles del pueblo, aún dormido.
— ¿Tienes intención de salir de Forks antes del anochecer?
—Un poco de respeto —le recriminé—, este trasto tiene los suficientes años para ser el
abuelo de tu coche.
A pesar de su comentario recriminatorio, pronto atisbamos los límites del pueblo. Una
maleza espesa y una ringlera de troncos verdes reemplazaron las casas y el césped.
—Gira a la derecha para tomar la 101 —me indicó cuando estaba a punto de
preguntárselo. Obedecía en silencio.
—Ahora, avanzaremos hasta que se acabe el asfalto.
Detecté cierta sorna en su voz, pero tenía demasiado miedo a salirme de la carretera
como para mirarle y asegurarme de que estaba en lo cierto.
— ¿Qué hay allí, donde se acaba el asfalto?
—Una senda.
— ¿Vamos de caminata? —pregunté preocupada. Gracias a Dios, me había puesto las
zapatillas de tenis.
— ¿Supone algún problema?
Lo dijo como si esperara que fuera así.
—No.
Intenté que la mentira pareciera convincente, pero si pensaba que el monovolumen era
lento, tenía que esperar a verme a mí...
—No te preocupes, sólo son unos ocho kilómetros y no iremos deprisa.
¡Ocho kilómetros! No le respondí para que no notara cómo el pánico quebraba mi voz.
Ocho kilómetros de raíces traicioneras y piedras sueltas que intentarían torcerme el tobillo o
incapacitarme de alguna otra manera. Aquello iba a resultar humillante.
Avanzamos en silencio durante un buen rato mientras yo sentía pavor ante la
perspectiva de nuestra llegada.
— ¿En qué piensas? —preguntó con impaciencia.
—Sólo me preguntaba adonde nos dirigimos —volví a mentirle.
—Es un lugar al que me gusta mucho ir cuando hace buen tiempo.
Luego, ambos nos pusimos a mirar por las ventanillas a las nubes, que comenzaban a
diluirse en el firmamento.
—Charlie dijo que hoy haría buen tiempo.
— ¿Le dijiste lo que te proponías?
—No.
—Pero Jessica cree que vamos a Seattle juntos... —la idea parecía de su agrado—. —
¿No?
—No, le dije que habías suspendido el viaje... cosa que es cierta.
— ¿Nadie sabe que estás conmigo? —inquirió, ahora con enfado.
—Eso depende... ¿He de suponer que se lo has contado a Alice?
—Eso es de mucha ayuda, Bella —dijo bruscamente.
Fingí no haberle oído, pero volvió a la carga y preguntó:
— ¿Te deprime tanto Forks que estás preparando tu suicidio?
—Dijiste que un exceso de publicidad sobre nosotros podría ocasionarte problemas —le
recordé.—
¿Y a ti te preocupan mis posibles problemas? —El tono de su voz era de enfado y
amargo sarcasmo—. ¿Y si no regresas?
Negué con la cabeza sin apartar la vista de la carretera. Murmuró algo en voz baja, pero
habló tan deprisa que no le comprendí.
Nos mantuvimos en silencio el resto del trayecto en el coche. Noté que en su interior se
alzaban oleadas de rabiosa desaprobación, pero no se me ocurría nada que decir.
Entonces se terminó la carretera, que se redujo hasta convertirse en una senda de menos
de medio metro de ancho jalonada de pequeños indicadores de madera. Aparqué sobre el
estrecho arcén y salí sin atreverme a fijar mi vista en él puesto que se había enfadado
conmigo, y tampoco tenía ninguna excusa para mirarle. Hacía calor, mucho más del que había
hecho en Forks desde el día de mi llegada, y a causa de las nubes hacía casi bochorno. Me
quité el suéter y lo anudé en torno a mi cintura, contenta de haberme puesto una camiseta
liviana y sin mangas, sobre todo si me esperaban ocho kilómetros a pie.
Le oí dar un portazo y pude comprobar que también él se había desprendido del suéter.
Permanecía cerca del coche, de espaldas a mí, encarándose con el bosque primigenio.
—Por aquí —indicó, girando la cabeza y con expresión aún molesta. Comenzó a
adentrarse en el sombrío bosque.
— ¿Y la senda?
El pánico se manifestó en mi voz mientras rodeaba el vehículo para darle alcance.
—Dije que al final de la carretera había un sendero, no que lo fuéramos a seguir.
— ¡¿No iremos por la senda?! —pregunté con desesperación.
—No voy a dejar que te pierdas.
Se dio la vuelta al hablar, sonriendo con mofa, y contuve un gemido. Llevaba
desabotonada la camiseta blanca sin mangas, por lo que la suave superficie de su piel se veía
desde el cuello hasta los marmóreos contornos de su pecho, sin que su perfecta musculatura
quedara oculta debajo de la ropa. La desesperación me hirió en lo más hondo al comprender
que era demasiado perfecto. No había manera de que aquella criatura celestial estuviera hecha
para mí.
Desconcertado por mi expresión torturada, Edward me miró fijamente.
— ¿Quieres volver a casa? —dijo con un hilo de voz. Un dolor de diferente naturaleza
al mío impregnaba su voz.
Me adelanté hasta llegar a su altura, ansiosa por no desperdiciar ni un segundo del
tiempo que pudiera estar en su compañía.
— ¿Qué va mal? —preguntó con amabilidad.
—No soy una buena senderista —le expliqué con desánimo—. Tendrás que tener
paciencia conmigo.
—Puedo ser paciente si hago un gran esfuerzo.
Me sonrió y sostuvo mi mirada en un intento de levantarme el ánimo, súbita e
inexplicablemente alicaído. Intenté devolverle la sonrisa, pero no fue convincente. Estudió mi
rostro.
—Te llevaré de vuelta a casa —prometió.
No supe determinar si la promesa se refería al final de la jornada o a una marcha
inmediata. Sabía que él creía que era el miedo lo que me turbaba, y de nuevo agradecí ser yo
la única persona a la que no le pudiera leer el pensamiento.
—Si quieres que recorra ocho kilómetros a través de la selva antes del atardecer, será
mejor que empieces a indicarme el camino —le repliqué con acritud.
Torció el gesto mientras se esforzaba por comprender mi tono y la expresión de mis
facciones. Después de unos momentos, se rindió y encabezó la marcha hacia el bosque.
No resultó tan duro como me había temido. El camino era plano la mayor parte del
tiempo y estuvo a mi lado para sostenerme al pasar por los húmedos heléchos y los mosaicos
de musgo. Cuando teníamos que sortear árboles caídos o pedruscos, me ayudaba,
levantándome por el codo y soltándome en cuanto la senda se despejaba. El toque gélido de
su piel sobre la mía hacía palpitar mi corazón invariablemente. Las dos veces en que esto
sucedió miré de reojo su rostro, estaba segura de que, no sabía cómo, él oía mis latidos.
Intenté mantener los ojos lejos de su cuerpo perfecto tanto como me fue posible, pero a
menudo no podía resistir la tentación de mirarle, y su hermosura me sumía en la tristeza.
Recorrimos en silencio la mayor parte del trayecto. De vez en cuando, Edward
formulaba una pregunta al azar, una de las que no me había hecho en los dos días anteriores
de interrogatorio. Me interrogó sobre mis cumpleaños, los profesores en la escuela primaria y
las mascotas de mi infancia... Tuve que admitir que había renunciado a ellas después de que
se murieran tres peces de forma seguida. Rompió a reír al oírlo con más fuerza de lo que me
tenía acostumbrada... De los bosques desiertos se levantó un eco similar al tañido de las
campanas.
La caminata me llevó la mayor parte de la mañana, pero él no mostró signo alguno de
impaciencia. El bosque se extendía a nuestro alrededor en un interminable laberinto de viejos
árboles, y la idea de que no encontráramos la salida comenzó a ponerme nerviosa. Edward se
encontraba muy a gusto y cómodo en aquel dédalo de color verde, y nunca pareció dudar
sobre qué dirección tomar.
Después de varias horas, la luz pasó de un tenebroso tono oliváceo a otro jade más
brillante al filtrarse a través del dosel de ramas. El día se había vuelto soleado, tal y como él
había predicho. Comencé a sentir un estremecimiento de entusiasmo por primera vez desde
que entré en el bosque, sensación que rápidamente se convirtió en impaciencia.
— ¿Aún no hemos llegado? —le pinché, fingiendo fruncir el ceño.
—Casi —sonrió ante el cambio de mi estado de ánimo—. ¿Ves ese fulgor de ahí
delante?
—Humm —miré atentamente a través del denso follaje del bosque—. ¿Debería verlo?
Esbozó una sonrisa burlona.
—Puede que sea un poco pronto para tus ojos.
—Tendré que pedir hora para visitar al oculista —murmuré.
Su sonrisa de mofa se hizo más pronunciada.
Pero entonces, después de recorrer otros cien metros, pude ver sin ningún género de
duda una luminosidad en los árboles que se hallaban delante de mí, un brillo que era amarillo
en lugar de verde. Apreté el paso, mi avidez crecía conforme avanzaba. Edward me dejó que
yo fuera delante y me siguió en silencio.
Alcancé el borde de aquel remanso de luz y atravesé la última franja de helecho para
entrar en el lugar más maravilloso que había visto en mi vida. La pradera era un pequeño
círculo perfecto lleno de flores silvestres: violetas, amarillas y de tenue blanco. Podía oír el
burbujeo musical de un arroyo que fluía en algún lugar cercano. El sol estaba directamente en
lo alto, colmando el redondel de una blanquecina calima luminosa. Pasmada, caminé sobre la
mullida hierba en medio de las flores, balanceándose al cálido aire dorado. Me di media
vuelta para compartir con él todo aquello, pero Edward no estaba detrás de mí, como creía.
Repentinamente alarmada, giré a mí alrededor en su busca. Finalmente, lo localicé, inmóvil
debajo de la densa sombra del dosel de ramas, en el mismo borde del claro, mientras me
contemplaba con ojos cautelosos. Sólo entonces recordé lo que la belleza del prado me había
hecho olvidar: el enigma de Edward y el sol, lo que me había prometido mostrarme hoy.
Di un paso hacia él, con los ojos relucientes de curiosidad. Los suyos en cambio se
mostraban recelosos. Le sonreí para infundirle valor y le hice señas para que se reuniera
conmigo, acercándome un poco más. Alzó una mano en señal de aviso y yo vacilé, y retrocedí
un paso.
Edward pareció inspirar hondo y entonces salió al brillante resplandor del mediodía.

CONFESIONES
A la luz del sol, Edward resultaba chocante. No me hubiera acostumbrado ni aunque le
hubiera estado mirando toda la tarde. A pesar de un tenue rubor, producido a raíz de su salida
de caza durante la tarde del día anterior, su piel centelleaba literalmente como si tuviera miles
de nimios diamantes incrustados en ella. Yacía completamente inmóvil en la hierba, con la
camiseta abierta sobre su escultural pecho incandescente y los brazos desnudos centelleando
al sol. Mantenía cerrados los deslumbrantes párpados de suave azul lavanda, aunque no
dormía, por supuesto. Parecía una estatua perfecta, tallada en algún tipo de piedra ignota, lisa
como el mármol, reluciente como el cristal.
Movía los labios de vez en cuando con tal rapidez que parecían temblar, pero me dijo
que estaba cantando para sí mismo cuando le pregunté al respecto. Lo hacía en voz demasiado
baja para que le oyera.
También yo disfruté del sol, aunque el aire no era lo bastante seco para mi gusto. Me
hubiera gustado recostarme como él y dejar que el sol bañara mi cara, pero permanecí
avovillada, con el mentón descansando sobre las rodillas, poco dispuesta a apartar la vista de
él. Soplaba una brisa suave que enredaba mis cabellos y alborotaba la hierba que se mecía
alrededor de su figura inmóvil.
La pradera, que en un principio me había parecido espectacular, palidecía al lado de la
magnificencia de Edward.
Siempre con miedo, incluso ahora, a que desapareciera como un espejismo demasiado
hermoso para ser real, extendí un dedo con indecisión y acaricié el dorso de su mano
reluciente, que descansaba sobre el césped al alcance de la mía. Otra vez me maravillé de la
textura perfecta de suave satén, fría como la piedra. Cuando alcé la vista, había abierto los
ojos y me miraba. Una rápida sonrisa curvó las comisuras de sus labios sin mácula.
— ¿No te asusto? —preguntó con despreocupación, aunque identifiqué una curiosidad
real en el tono de su suave voz.
—No más que de costumbre.
Su sonrisa se hizo más amplia y sus dientes refulgieron al sol.
Poco a poco, me acerqué más y extendí toda la mano para trazar los contornos de su
antebrazo con las yemas de los dedos. Contemplé el temblor de mis dedos y supe que el
detalle no le pasaría desapercibido.
— ¿Te molesta? —pregunté, ya que había vuelto a cerrar los ojos.
—No—respondió sin abrirlos—, no te puedes ni imaginar cómo se siente eso.
Suspiró.
Siguiendo el suave trazado de las venas azules del pliegue de su codo, mi mano
avanzó con suavidad sobre los perfectos músculos de su brazo. Estiré la otra mano para darle
la vuelta a la de Edward. Al comprender mi pretensión, dio la vuelta a su mano con uno de
esos desconcertantes y fulgurantes movimientos suyos. Esto me sobresaltó; mis dedos se
paralizaron en su brazo por un breve segundo.
—Lo siento —murmuró. Le busqué con la vista a tiempo de verle cerrar los ojos de
nuevo—. Contigo, resulta demasiado fácil ser yo mismo.
Alcé su mano y la volví a un lado y al otro mientras contemplaba el brillo del sol sobre
la palma. La sostuve cerca de mi rostro en un intento de descubrir las facetas ocultas de su
piel.
—Dime qué piensas —susurró. Al mirarle descubrí que me estaba observando con
repentina atención—. Me sigue resultando extraño no saberlo.
—Bueno, ya sabes, el resto nos sentimos así todo el tiempo.
—Es una vida dura — ¿me imaginé el matiz de pesar en su voz?—. Aún no me has
contestado.
—Deseaba poder saber qué pensabas tú —vacilé— y...
— ¿Y?
—Quería poder creer que eres real. Y deseaba no tener miedo.
—No quiero que estés asustada.
La voz de Edward era apenas un murmullo suave. Escuché lo que en realidad no podía
decir sinceramente, que no debía tener miedo, que no había nada de qué asustarse.
—Bueno, no me refería exactamente a esa clase de miedo, aunque, sin duda, es algo
sobre lo que debo pensar.
Se movió tan deprisa que ni lo vi. Se sentó en el suelo, apoyado sobre el brazo
derecho, y con la mano izquierda aún en las mías. Su rostro angelical estaba a escasos
centímetros del mío. Podría haber retrocedido, debería haberlo hecho, ante esa inesperada
proximidad, pero era incapaz de moverme. Sus ojos dorados me habían hipnotizado.
—Entonces, ¿de qué tienes miedo? —murmuró mirándome con atención.
Pero no pude contestarle. Olí su gélida respiración en mi cara como sólo lo había
hecho una vez. Me derretía ante ese aroma dulce y delicioso. De forma instintiva y sin pensar,
me incliné más cerca para aspirarlo.
Entonces, Edward desapareció. Su mano se desasió de la mía y se colocó a seis metros
de distancia en el tiempo que me llevó enfocar la vista. Permanecía en el borde de la pequeña
pradera, a la oscura sombra de un abeto enorme. Me miraba fijamente con expresión
inescrutable y los ojos oscuros ocultos por las sombras.
Sentí la herida y la conmoción en mi rostro. Me picaban las manos vacías.
—Lo... lo siento, Edward —susurré. Sabía que podía escucharme.
—Concédeme un momento —replicó al volumen justo para que mis pocos sensitivos
oídos lo oyeran. Me senté totalmente inmóvil.
Después de diez segundos, increíblemente largos, regresó, lentamente tratándose de él.
Se detuvo a pocos metros y se dejó caer ágilmente al suelo para luego entrecruzar las piernas,
sin apartar sus ojos de los míos ni un segundo. Suspiró profundamente dos veces y luego me
sonrió disculpándose.
—Lo siento mucho —vaciló—. ¿Comprenderías a qué me refiero si te dijera que sólo
soy un hombre?
Asentí una sola vez, incapaz de reírle la gracia. La adrenalina corrió por mis venas
conforme fui comprendiendo poco a poco el peligro. Desde su posición, él lo olió y su sonrisa
se hizo burlona.
—Soy el mejor depredador del mundo, ¿no es cierto? Todo cuanto me rodea te invita a
venir a mí: la voz, el rostro, incluso mi olor. ¡Como si los necesitase!
Se incorporó de forma inesperada, alejándose hasta perderse de vista para reaparecer
detrás del mismo abeto de antes después de haber circunvalado la pradera en medio segundo.
— ¡Como si pudieras huir de mí!
Rió con amargura, extendió una mano y arrancó del tronco del abeto una rama de un
poco más de medio metro de grosor sin esfuerzo alguno en medio de un chasquido
estremecedor. Con la misma mano, la hizo girar en el aire durante unos instantes y la arrojó a
una velocidad de vértigo para estrellarla contra otro árbol enorme, que se agitó y tembló ante
el golpe. Y estuvo otra vez en frente de mí, a medio metro, inmóvil como una estatua.
— ¡Como si pudieras derrotarme! —dijo en voz baja.
Permanecí sentada sin moverme, temiéndolo como no lo había temido nunca. Nunca
lo había visto tan completamente libre de esa fachada edificada con tanto cuidado. Nunca
había sido menos humano ni más hermoso. Con el rostro ceniciento y los ojos abiertos como
platos, estaba sentada como un pájaro atrapado por los ojos de la serpiente.
Un arrebato frenético parecía relucir en los adorables ojos de Edward. Luego,
conforme pasaron los segundos, se apagaron y lentamente su expresión volvió a su antigua
máscara de dolor.
—No temas —murmuró con voz aterciopelada e involuntariamente seductora—. Te
prometo... —vaciló—, te. juro que no te haré daño.
Parecía más preocupado de convencerse a sí mismo que a mí.
—No temas —repitió en un susurro mientras se acercaba con exagerada lentitud.
Serpenteó con movimientos deliberadamente lentos para sentarse hasta que nuestros rostros se
encontraron a la misma altura, a treinta centímetros.
—Perdóname, por favor —pidió ceremoniosamente—. Puedo controlarme. Me has
pillado desprevenido, pero ahora me comportaré mejor.
Esperó, pero yo todavía era incapaz de hablar.
—Hoy no tengo sed —me guiñó el ojo—. De verdad.
Ante eso, no me quedó otro remedio que reírme, aunque el sonido fue tembloroso y
jadeante.—
¿Estás bien? —preguntó tiernamente, extendiendo el brazo lenta y cuidadosamente
para volver a poner su mano de mármol en la mía.
Miré primero su fría y lisa mano, luego, sus ojos, laxos, arrepentidos; y después, otra
vez la mano. Entonces, pausadamente volví a seguir las líneas de su mano con las yemas de
los dedos. Alcé la vista y sonreí con timidez.
—Bueno, ¿por dónde íbamos antes de que me comportara con tanta rudeza? —
preguntó con las amables cadencias de principios del siglo pasado.
—La verdad es que no lo recuerdo.
Sonrió, pero estaba avergonzado.
—Creo que estábamos hablando de por qué estabas asustada, además del motivo
obvio.
—Ah, sí.
— ¿Y bien?
Miré su mano y recorrí sin rumbo fijo la lisa e iridiscente palma. Los segundos
pasaban.
— ¡Con qué facilidad me frustro! —musitó.
Estudié sus ojos y de repente comprendí que todo aquello era casi tan nuevo para él
como para mí. A él también le resultaba difícil a pesar de los muchos años de
inconmensurable experiencia. Ese pensamiento me infundió coraje.
—Tengo miedo, además de por los motivos evidentes, porque no puedo estar contigo,
y porque me gustaría estarlo más de lo que debería.
Mantuve los ojos fijos en sus manos mientras decía aquello en voz baja porque me
resultaba difícil confesarlo.
—Sí —admitió lentamente—, es un motivo para estar asustado, desde luego. ¡Querer
estar conmigo! En verdad, no te conviene nada.
—Lo sé. Supongo que podría intentar no desearlo, pero dudo que funcionara.
—Deseo ayudarte, de verdad que sí —no había el menor rastro de falsedad en sus ojos
límpidos—. Debería haberme alejado hace mucho, debería hacerlo ahora, pero no sé si soy
capaz.
—No quiero que te vayas —farfullé patéticamente, mirándolo fijamente hasta lograr
que apartara la vista.
—Irme, eso es exactamente lo que debería hacer, pero no temas, soy una criatura
esencialmente egoísta. Ansió demasiado tu compañía para hacer lo correcto.
—Me alegro.
— ¡No lo hagas! —retiró su mano, esta vez con mayor delicadeza. La voz de Edward
era más áspera de lo habitual. Áspera para él, aunque más hermosa que cualquier voz humana.
Resultaba difícil tratar con él, ya que sus continuos y repentinos cambios de humor siempre
me producían desconcierto.
— ¡No es sólo tu compañía lo que anhelo! Nunca lo olvides. Nunca olvides que soy
más peligroso para ti de lo que soy para cualquier otra persona.
Enmudeció y le vi contemplar con ojos ausentes el bosque.
Medité sus palabras durante unos instantes.
—Creo que no comprendo exactamente a qué te refieres... Al menos la última parte.
Edward me miró de nuevo y sonrió con picardía. Su humor volvía a cambiar.
— ¿Cómo te explicaría? —musitó—. Y sin aterrorizarte de nuevo...
Volvió a poner su mano sobre la mía, al parecer de forma inconsciente, y la sujeté con
fuerza entre las mías. Miró nuestras manos y suspiró.
—Esto es asombrosamente placentero... el calor.
Transcurrió un momento hasta que puso en orden sus ideas y continuó:
—Sabes que todos disfrutamos de diferentes sabores. Algunos prefieren el helado de
chocolate y otros el de fresa.
Asentí.
—Lamento emplear la analogía de la comida, pero no se me ocurre otra forma de
explicártelo.
Le dediqué una sonrisa y él me la devolvió con pesar.
—Verás, cada persona huele diferente, tiene una esencia distinta. Si encierras a un
alcohólico en una habitación repleta de cerveza rancia, se la beberá alegremente, pero si ha
superado el alcoholismo y lo desea, podría resistirse.
«Supongamos ahora que ponemos en esa habitación una botella de brandy añejo, de
cien años, el coñac más raro y exquisito y llenamos la habitación de su cálido aroma... En tal
caso, ¿cómo crees que le iría?
Permanecimos sentados en silencio, mirándonos a los ojos el uno al otro en un intento
de descifrarnos mutuamente el pensamiento.
Edward fue el primero en romper el silencio.
—Tal vez no sea la comparación adecuada. Puede que sea muy fácil rehusar el brandy.
Quizás debería haber empleado un heroinómano en vez de un alcohólico para el ejemplo.
—Bueno, ¿estás diciendo que soy tu marca de heroína? —le pregunté para tomarle el
pelo y animarle.
Sonrió de inmediato, pareciendo apreciar mi esfuerzo.
—Sí, tú eres exactamente mi marca de heroína.
— ¿Sucede eso con frecuencia?
Miró hacia las copas de los árboles mientras pensaba la respuesta.
—He hablado con mis hermanos al respecto —prosiguió con la vista fija en la lejanía
—. Para Jasper, todos los humanos sois más de lo mismo. El es el miembro más reciente de
nuestra familia y ha de esforzarse mucho para conseguir una abstinencia completa. No ha
dispuesto de tiempo para hacerse más sensible a las diferencias de olor, de sabor —
súbitamente me miró con gesto de disculpa—. Lo siento.
—No me molesta. Por favor, no te preocupes por ofenderme o asustarme o lo que
sea... Es así como piensas. Te entiendo, o al menos puedo intentarlo. Explícate como mejor
puedas.
—De modo que Jasper no está seguro de si alguna vez se ha cruzado con alguien tan...
—Edward titubeó, en busca de la palabra adecuada—, tan apetecible como tú me resultas a
mí. Eso me hizo reflexionar mucho. Emmett es el que hace más tiempo que ha dejado de
beber, por decirlo de alguna manera, y comprende lo que quiero decir. Dice que le sucedió
dos veces, una con más intensidad que otra.
— ¿Y a ti?
—Jamás.
La palabra quedó flotando en la cálida brisa durante unos momentos.
— ¿Qué hizo Emmett? —le pregunté para romper el silencio.
Era la pregunta equivocada. Su rostro se ensombreció y sus manos se crisparon entre
las mías. Aguardé, pero no me iba a contestar.
—Creo saberlo —dije al fin.
Alzó la vista. Tenía una expresión melancólica, suplicante.
—Hasta el más fuerte de nosotros recae en la bebida, ¿verdad?
— ¿Qué me pides? ¿Mi permiso? —mi voz sonó más mordaz de lo que pretendía.
Intenté modular un tono más amable. Suponía que aquella sinceridad le estaba costando
mucho esfuerzo—. Quiero decir, entonces, ¿no hay esperanza?
¡Con cuánta calma podía discutir sobre mi propia muerte!
— ¡No, no! —Se compungió casi al momento—. ¡Por supuesto que hay esperanza!
Me refiero a que..., por supuesto que no voy a... —dejó la frase en el aire. Mis ojos
inflamaban las llamaradas de los suyos—. Es diferente para nosotros. En cuanto a Emmett y
esos dos desconocidos con los que se cruzó... Eso sucedió hace mucho tiempo y él no era tan
experto y cuidadoso como lo es ahora.
Se sumió en el silencio y me miró intensamente.
—De modo que si nos hubiéramos encontrado... en... un callejón oscuro o algo
parecido... —mi voz se fue apagando.
—Necesité todo mi autocontrol para no abalanzarme sobre ti en medio de esa clase
llena de niños y... —enmudeció bruscamente y desvió la mirada—. Cuando pasaste a mi lado,
podía haber arruinado en el acto todo lo que Carlisle ha construido para nosotros. No hubiera
sido capaz de refrenarme si no hubiera estado controlando mi sed durante los últimos... bueno,
demasiados años.
Se detuvo a contemplar los árboles. Me lanzó una mirada sombría mientras los dos lo
recordábamos.
—Debiste de pensar que estaba loco.
—No comprendí el motivo. ¿Cómo podías odiarme con tanta rapidez...?
—Para mí, parecías una especie de demonio convocado directamente desde mi
infierno particular para arruinarme. La fragancia procedente de tu piel... El primer día creí que
me iba a trastornar. En esa única hora, ideé cien formas diferentes de engatusarte para que
salieras de clase conmigo y tenerte a solas. Las rechacé todas al pensar en mi familia, en lo
que podía hacerles. Tenía que huir, alejarme antes de pronunciar las palabras que te harían
seguirme...
Entonces, buscó con la mirada mi rostro asombrado mientras yo intentaba asimilar sus
amargos recuerdos. Debajo de sus pestañas, sus ojos dorados ardían, hipnóticos, letales.
—Y tú hubieras acudido —me aseguró.
Intenté hablar con serenidad.
—Sin duda.
Torció el gesto y me miró las manos, liberándome así de la fuerza de su mirada.
—Luego intenté cambiar la hora de mi programa en un estéril intento de evitarte y de
repente ahí estabas tú, en esa oficina pequeña y caliente, y el aroma resultaba enloquecedor.
Estuve a punto de tomarte en ese momento. Sólo había otra frágil humana... cuya muerte era
fácil de arreglar.
Temblé a pesar de estar al sol cuando de nuevo reaparecieron mis recuerdos desde su
punto de vista, sólo ahora me percataba del peligro. ¡Pobre señora Cope! Me estremecí al
pensar lo cerca que había estado de ser la responsable de su muerte sin saberlo.
—No sé cómo, pero resistí. Me obligué a no esperarte ni a seguirte desde el instituto.
Fuera, donde ya no te podía oler, resultó más fácil pensar con claridad y adoptar la decisión
correcta. Dejé a mis hermanos cerca de casa. Estaba demasiado avergonzado para confesarles
mi debilidad, sólo sabían que algo iba mal... Entonces me fui directo al hospital para ver a
Carlisle y decirle que me marchaba.
Lo miré fijamente, sorprendida.
—Intercambiamos nuestros coches, ya que el suyo tenía el depósito lleno y yo no
quería detenerme. No me atrevía a ir a casa y enfrentarme a Esme. Ella no me hubiera dejado
ir sin montarme una escenita, hubiera intentado convencerme de que no era necesario... A la
mañana siguiente estaba en Alaska —parecía avergonzado, como si estuviera admitiendo una
gran cobardía—. Pasé allí dos días con unos viejos conocidos, pero sentí nostalgia de mi
hogar. Detestaba saber que había defraudado a Esme y a los demás, mi familia adoptiva.
Resultaba difícil creer que eras tan irresistible respirando el aire puro de las montañas. Me
convencí de que había sido débil al escapar. Me había enfrentado antes a la tentación, pero no
de aquella magnitud, no se acercaba ni por asomo, pero yo era fuerte, ¿y quién eras tú? ¡Una
chiquilla insignificante! —de repente sonrió de oreja a oreja—. ¿Quién eras tú para echarme
del lugar donde quería estar? De modo que regresé...
Miró al infinito. Yo no podía hablar.
—Tomé precauciones, cacé y me alimenté más de lo acostumbrado antes de volver a
verte. Estaba decidido a ser lo bastante fuerte para tratarte como a cualquier otro humano. Fui
muy arrogante en ese punto. Existía la incuestionable complicación de que no podía leerte los
pensamientos para saber cuál era tu reacción hacia mí. No estaba acostumbrado a tener que
dar tantos rodeos. Tuve que escuchar tus palabras en la mente de Jessica, que, por cierto, no
es muy original, y resultaba un fastidio tener que detenerme ahí, sin saber si realmente querías
decir lo que decías. Todo era extremadamente irritante.
Torció el gesto al recordarlo.
—Quise que, de ser posible, olvidaras mi conducta del primer día, por lo que intenté
hablar contigo como con cualquier otra persona. De hecho, estaba ilusionado con la esperanza
de descifrar algunos de tus pensamientos. Pero tú resultaste demasiado interesante, y me vi
atrapado por tus expresiones... Y de vez en cuando alargabas la mano o movías el pelo..., y el
aroma me aturdía otra vez.
»Entonces estuviste a punto de morir aplastada ante mis propios ojos. Más tarde pensé
en una excusa excelente para justificar por qué había actuado así en ese momento, ya que tu
sangre se hubiera derramado delante de mí de no haberte salvado y no hubiera sido capaz de
contenerme y revelar a todos lo que éramos. Pero me inventé esa excusa más tarde. En ese
momento, todo lo que pensé fue: «Ella, no».
Cerró los ojos, ensimismado en su agónica confesión. Yo le escuchaba con más deseo
de lo racional. El sentido común me decía que debería estar aterrada. En lugar de eso, me
sentía aliviada al comprenderlo todo por fin. Y me sentía llena de compasión por lo que
Edward había sufrido, incluso ahora, cuando había confesado el ansia de tomar mi vida.
Finalmente, fui capaz de hablar, aunque mi voz era débil:
— ¿Y en el hospital?
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Estaba horrorizado. Después de todo, no podía creer que hubiera puesto a toda la
familia en peligro y yo mismo hubiera quedado a tu merced... De entre todos, tenías que ser
tú. Como si necesitara otro motivo para matarte —ambos nos acobardamos cuando se le
escapó esa frase—. Pero tuvo el efecto contrario —continuó apresuradamente—, y me
enfrenté con Rosalie, Emmett y Jasper cuando sugirieron que te había llegado la hora... Fue la
peor discusión que hemos tenido nunca. Carlisle se puso de mi lado, y Alice —hizo una
mueca cuando pronunció su nombre, no imaginé la razón—. Esme dijo que hiciera lo que
tuviera que hacer para quedarme.
Edward sacudió la cabeza con indulgencia.
—Me pasé todo el día siguiente fisgando en las mentes de todos con quienes habías
hablado, sorprendido de que hubieras cumplido tu palabra. No te comprendí en absoluto, pero
sabía que no me podía implicar más contigo. Hice todo lo que estuvo en mi mano para
permanecer lo más lejos de ti. Y todos los días el aroma de tu piel, tu respiración, tu pelo... me
golpeaba con la misma fuerza del primer día.
Nuestras miradas se encontraron otra vez. Los ojos de Edward eran sorprendentemente
tiernos.
—Y por todo eso —prosiguió—, hubiera preferido delatarnos en aquel primer
momento que herirte aquí, ahora, sin testigos ni nada que me detenga.
Era lo bastante humana como para tener preguntar:
— ¿Por qué?
—Isabella —pronunció mi nombre completo con cuidado al tiempo que me
despeinaba el pelo con la mano libre; un estremecimiento recorrió mi cuerpo ante ese roce
fortuito—. No podría vivir en paz conmigo mismo si te causara daño alguno —fijó su mirada
en el suelo, nuevamente avergonzado—. La idea de verte inmóvil, pálida, helada... No volver
a ver cómo te ruborizas, no ver jamás esa chispa de intuición en los ojos cuando sospechas
mis intenciones... Sería insoportable —clavó sus hermosos y torturados ojos en los míos—.
Ahora eres lo más importante para mí, lo más importante que he tenido nunca.
La cabeza empezó a darme vueltas ante el rápido giro que había dado nuestra
conversación. Desde el alegre tema de mi inminente muerte de repente nos estábamos
declarando. Aguardó, y supe que sus ojos no se apartaban de mí a pesar de fijar los míos en
nuestras manos. Al final, dije:
—Ya conoces mis sentimientos, por supuesto. Estoy aquí, lo que, burdamente
traducido, significa que preferiría morir antes que alejarme de ti —hice una mueca—. Soy
idiota.
—Eres idiota —aceptó con una risa.
Nuestras miradas se encontraron y también me reí. Nos reímos juntos de lo absurdo y
estúpido de la situación.
—Y de ese modo el león se enamoró de la oveja... —murmuró. Desvié la vista para
ocultar mis ojos mientras me estremecía al oírle pronunciar la palabra.
— ¡Qué oveja tan estúpida! —musité.
— ¡Qué león tan morboso y masoquista!
Su mirada se perdió en el bosque y me pregunté dónde estarían ahora sus
pensamientos.
— ¿Por qué...? —comencé, pero luego me detuve al no estar segura de cómo
proseguir.
Edward me miró y sonrió. El sol arrancó un destello a su cara, a sus dientes.
— ¿Sí?
—Dime por qué huiste antes.
Su sonrisa se desvaneció.
—Sabes el porqué.
—No, lo que quería decir exactamente es ¿qué hice mal? Ya sabes, voy a tener que
estar en guardia, por lo que será mejor aprender qué es lo que no debería hacer. Esto, por
ejemplo —le acaricié la base de la mano—, parece que no te hace mal.
Volvió a sonreír.
—Bella, no hiciste nada mal. Fue culpa mía.
—Pero quiero ayudar si está en mi mano, hacértelo más llevadero.
—Bueno... —meditó durante unos instantes—. Sólo fue lo cerca que estuviste. Por
instinto, la mayoría de los hombres nos rehuyen repelidos por nuestra diferenciación... No
esperaba que te acercaras tanto, y el olor de tu garganta...
Se calló ipso facto mirándome para ver si me había asustado.
—De acuerdo, entonces —respondí con displicencia en un intento de aliviar la
atmósfera, repentinamente tensa, y me tapé el cuello—, nada de exponer la garganta.
Funcionó. Rompió a reír.
—No, en realidad, fue más la sorpresa que cualquier otra cosa.
Alzó la mano libre y la depositó con suavidad en un lado de mi garganta. Me quedé
inmóvil. El frío de su tacto era un aviso natural, un indicio de que debería estar aterrada, pero
no era miedo lo que sentía, aunque, sin embargo, había otros sentimientos...
—Ya lo ves. Todo está en orden.
Se me aceleró el pulso, y deseé poder refrenarlo al presentir que eso, los latidos en mis
venas, lo iba a dificultar todo un poco más. Lo más seguro es que él pudiera oírlo.
—El rubor de tus mejillas es adorable —murmuró.
Liberó con suavidad la otra mano. Mis manos cayeron flácidas sobre mi vientre. Me
acarició la mejilla con suavidad para luego sostener mi rostro entre sus manos de mármol.
—Quédate muy quieta —susurró. ¡Como si no estuviera ya petrificada!
Lentamente, sin apartar sus ojos de los míos, se inclinó hacia mí. Luego, de forma
sorprendente pero suave, apoyó su mejilla contra la base de mi garganta. Apenas era capaz de
moverme, incluso aunque hubiera querido. Oí el sonido de su acompasada respiración
mientras contemplaba cómo el sol y la brisa jugaban con su pelo de color bronce, la parte más
humana de Edward.
Me estremecí cuando sus manos se deslizaron cuello abajo con deliberada lentitud. Le
oí contener el aliento, pero las manos no se detuvieron y suavemente siguieron su descenso
hasta llegar a mis hombros, y entonces se detuvieron.
Dejó resbalar el rostro por un lado de mi cuello, con la nariz rozando mi clavícula. A
continuación, reclinó la cara y apretó la cabeza tiernamente contra mi pecho...... escuchando
los latidos de mi corazón.
—Ah.
Suspiró.
No sé cuánto tiempo estuvimos sentados sin movernos. Pudieron ser horas. Al final,
mi pulso se sosegó, pero Edward no se movió ni me dirigió la palabra mientras me sostuvo.
Sabía que en cualquier momento él podría no contenerse y mi vida terminaría tan deprisa que
ni siquiera me daría cuenta, aunque eso no me asustó. No podía pensar en nada, excepto en
que él me tocaba.
Luego, demasiado pronto, me liberó.
Sus ojos estaban llenos de paz cuando dijo con satisfacción:
—No volverá a ser tan arduo.
— ¿Te ha resultado difícil?
—No ha sido tan difícil como había supuesto. ¿Y a ti?
—No, para mí no lo ha sido en absoluto.
Sonrió ante mi entonación.
—Sabes a qué me refiero.
Le sonreí.
—Toca —tomó mi mano y la situó sobre su mejilla—. ¿Notas qué caliente está?
Su piel habitualmente gélida estaba casi caliente, pero apenas lo noté, ya que estaba
tocando su rostro, algo con lo que llevaba soñando desde el primer día que le vi.
—No te muevas —susurré.
Nadie podía permanecer tan inmóvil como Edward. Cerró los ojos y se quedó tan
quieto como una piedra, una estatua debajo de mi mano.
Me moví incluso más lentamente que él, teniendo cuidado de no hacer ningún
movimiento inesperado. Rocé su mejilla, acaricié con delicadeza sus párpados y la sombra
púrpura de las ojeras. Tuve sus labios entreabiertos debajo de mi mano y sentí su fría
respiración en las yemas de los dedos. Quise inclinarme para inhalar su aroma, pero dejé caer
la mano y me alejé, sin querer llevarle demasiado lejos.
Abrió los ojos, y había hambre en ellos. No la suficiente para atemorizarme, pero lo
bastante para que se me hiciera un nudo en el estómago y el pulso se me acelerara mientras la
sangre de mis venas no cesaba de martillar.
—Querría —susurró—, querría que pudieras sentir la complejidad... la confusión que
yo siento, que pudieras entenderlo.
Llevó la mano a mi pelo y luego recorrió mi rostro.
—Dímelo —musité.
—Dudo que sea capaz. Por una parte, ya te he hablado del hambre..., la sed, y te he
dicho la criatura deplorable que soy y lo que siento por ti. Creo que, por extensión, lo puedes
comprender, aunque —prosiguió con una media sonrisa— probablemente no puedas
identificarte por completo al no ser adicta a ninguna droga. Pero hay otros apetitos... —me
hizo estremecer de nuevo al tocarme los labios con sus dedos—, apetitos que ni siquiera
entiendo, que me son ajenos.
—Puede que lo entienda mejor de lo que crees.
—No estoy acostumbrado a tener apetitos tan humanos. ¿Siempre es así?
—No lo sé —me detuve—. Para mí también es la primera vez.
Sostuvo mis manos entre las suyas, tan débiles en su hercúlea fortaleza.
—No sé lo cerca que puedo estar de ti —admitió—. No sé si podré...
Me incliné hacia delante muy despacio, avisándole con la mirada. Apoyé la mejilla
contra su pecho de piedra. Sólo podía oír su respiración, nada más.
—Esto basta.
Cerré los ojos y suspiré. En un gesto muy humano, me rodeó con los brazos y hundió
el rostro en mi pelo.
—Se te da mejor de lo que tú mismo crees —apunté.
—Tengo instintos humanos. Puede que estén enterrados muy hondo, pero están ahí.
Permanecimos sentados durante otro periodo de tiempo inmensurable. Me preguntaba
si le apetecería moverse tan poco como a mí, pero podía ver declinar la luz y la sombra del
bosque comenzaba a alcanzarnos. Suspiré.
—Tienes que irte.
—Creía que no podías leer mi mente —le acusé.
—Cada vez resulta más fácil.
Noté un atisbo de humor en el tono de su voz. Me tomó por los hombros y le miré a la
cara. En un arranque de repentino entusiasmo, me preguntó:
— ¿Te puedo enseñar algo?
— ¿El qué?
—Te voy a enseñar cómo viajo por el bosque —vio mi expresión aterrada—. No te
preocupes, vas a estar a salvo, y llegaremos al coche mucho antes.
Sus labios se curvaron en una de esas sonrisas traviesas tan hermosas que casi
detenían el latir de mi corazón.
— ¿Te vas a convertir en murciélago? —pregunté con recelo.
Rompió a reír con más fuerza de la que le había oído jamás.
— ¡Como si no hubiera oído eso antes!
—Vale, ya veo que no voy a conseguir quedarme contigo.
—Vamos, pequeña cobarde, súbete a mi espalda.
Aguardé a ver si bromeaba, pero al parecer lo decía en serio. Me dirigió una sonrisa al
leer mi vacilación y extendió los brazos hacia mí. Mi corazón reaccionó. Aunque Edward no
pudiera leer mi mente, el pulso siempre me delataba. Procedió a ponerme sobre su espalda,
con poco esfuerzo por mi parte, aunque, cuando ya estuve acomodada, lo rodeé con brazos y
piernas con tal fuerza que hubiera estrangulado a una persona normal. Era como agarrarse a
una roca.
—Peso un poco más de la media de las mochilas que sueles llevar —le avisé.
— ¡Bahh.! —resopló. Casi pude imaginarle poniendo los ojos en blanco. Nunca antes
le había visto tan animado.
Me sobrecogió cuando de forma inesperada me aferró la mano y presionó la palma
sobre el rostro para inhalar profundamente.
—Cada vez más fácil —musitó.
Y entonces echó a correr.
Si en alguna ocasión había tenido miedo en su presencia, aquello no era nada en
comparación con cómo me sentí en ese momento.
Cruzó como una bala, como un espectro, la oscura y densa masa de maleza del bosque
sin hacer ruido, sin evidencia alguna de que sus pies rozaran el suelo. Su respiración no se
alteró en ningún momento, jamás dio muestras de esforzarse, pero los árboles pasaban
volando a mi lado a una velocidad vertiginosa, no golpeándonos por centímetros.
Estaba demasiado aterrada para cerrar los ojos, aunque el frío aire del bosque me
azotaba el rostro hasta escocerme. Me sentí como si en un acto de estupidez hubiera sacado la
cabeza por la ventanilla de un avión en pleno vuelo, y experimenté el acelerado
desfallecimiento del mareo.
Entonces, terminó. Aquella mañana habíamos caminado durante horas para alcanzar el
prado de Edward, y ahora, en cuestión de minutos, estábamos de regreso junto al
monovolumen.
—Estimulante, ¿verdad? —dijo entusiasmado y con voz aguda.
Se quedó inmóvil, a la espera de que me bajara. Lo intenté, pero no me respondían los
músculos. Me mantuve aferrada a él con brazos y piernas mientras la cabeza no dejaba de
darme vueltas.
— ¿Bella? —preguntó, ahora inquieto.
—Creo que necesito tumbarme —respondí jadeante.
—Ah, perdona —me esperó, pero aun así no me pude mover.
—Creo que necesito ayuda —admití.
Se rió quedamente y deshizo suavemente mi presa alrededor de su cuello. No había
forma de resistir la fuerza de hierro de sus manos. Luego, me dio la vuelta y quedé frente a él,
y me acunó en sus brazos como si fuera una niña pequeña. Me sostuvo en vilo un momento
para luego depositarme sobre los mullidos helechos.
— ¿Qué tal te encuentras?
No estaba muy segura de cómo me sentía, ya que la cabeza me daba vueltas de forma
enloquecida.
—Mareada, creo.
—Pon la cabeza entre las rodillas.
Intenté lo que me indicaba, y ayudó un poco. Inspiré y espiré lentamente sin mover la
cabeza. Me percaté de que se sentaba a mi lado. Pasado el mal trago, pude alzar la cabeza. Me
pitaban los oídos.
—Supongo que no fue una buena idea —musitó.
Intenté mostrarme positiva, pero mi voz sonó débil cuando respondí:
—No, ha sido muy interesante.
— ¡Vaya! Estás blanca como un fantasma, tan blanca como yo mismo.
—Creo que debería haber cerrado los ojos.
—Recuérdalo la próxima vez.
— ¡¿La próxima vez?! —gemí.
Edward se rió, seguía de un humor excelente.
—Fanfarrón —musité.
—Bella, abre los ojos —rogó con voz suave.
Y ahí estaba él, con el rostro demasiado cerca del mío. Su belleza aturdió mi mente...
Era demasiada, un exceso al que no conseguía acostumbrarme.
—Mientras corría, he estado pensando...
— En no estrellarnos contra los árboles, espero.
—Tonta Bella —rió entre dientes—. Correr es mi segunda naturaleza, no es algo en lo
que tenga que pensar.
—Fanfarrón —repetí. Edward sonrió.
—No. He pensado que había algo que quería intentar.
Y volvió a tomar mi cabeza entre sus manos. No pude respirar.
Vaciló... No de la forma habitual, no de una forma humana, no de la manera en que un
hombre podría vacilar antes de besar a una mujer para calibrar su reacción e intuir cómo le
recibiría. Tal vez vacilaría para prolongar el momento, ese momento ideal previo, muchas
veces mejor que el beso mismo.
Edward se detuvo vacilante para probarse a sí mismo y ver si era seguro, para
cerciorarse de que aún mantenía bajo control su necesidad.
Entonces sus fríos labios de mármol presionaron muy suavemente los míos.
Para lo que ninguno de los dos estaba preparado era para mi respuesta.
La sangre me hervía bajo la piel quemándome los labios. Mi respiración se convirtió
en un violento jadeo. Aferré su pelo con los dedos, atrayéndolo hacia mí, con los labios
entreabiertos para respirar su aliento embriagador. Inmediatamente, sentí que sus labios se
convertían en piedra. Sus manos gentilmente pero con fuerza, apartaron mi cara. Abrí los ojos
y vi su expresión vigilante.
— ¡Huy! —musité.
—Eso es quedarse corto.
Sus ojos eran feroces y apretaba la mandíbula para controlarse, sin que todavía se
descompusiera su perfecta expresión. Sostuvo mi rostro a escasos centímetros del suyo,
aturdiéndome.
— ¿Debería...?
Intenté desasirme para concederle cierto espacio, pero sus manos no me permitieron
alejarme más de un centímetro.
—No. Es soportable. Aguarda un momento, por favor —pidió con voz amable,
controlada.
Mantuve la vista fija en sus ojos, contemplé como la excitación que lucía en ellos se
sosegaba. Entonces, me dedicó una sonrisa sorprendentemente traviesa.
— ¡Listo! —exclamó, complacido consigo mismo.
— ¿Soportable? —pregunté.
—Soy más fuerte de lo que pensaba —rió con fuerza—. Bueno es saberlo.
—Desearía poder decir lo mismo. Lo siento. —Después de todo, sólo eres humana.
—Muchas gracias —repliqué mordazmente.
Se puso de pie con uno de sus movimientos ágiles, rápidos, casi invisibles. Me tendió
su mano, un gesto inesperado, ya que estaba demasiado acostumbrada a nuestro habitual
comportamiento de nulo contacto. Tomé su mano helada, ya que necesitaba ese apoyo más de
lo que creía. Aún no había recuperado el equilibrio.
— ¿Sigues estando débil a causa de la carrera? ¿O ha sido mi pericia al besar?
¡Qué desenfadado y humano parecía su angelical y apacible rostro cuando se reía! Era
un Edward diferente al que yo conocía, y estaba loca por él. Ahora, separarme me iba a causar
un dolor físico.
—No puedo estar segura, aún sigo grogui —conseguí responderle—. Creo que es un
poco de ambas cosas.
—Tal vez deberías dejarme conducir.
— ¿Estás loco? —protesté.
—Conduzco mejor que tú en tu mejor día —se burló—. Tus reflejos son mucho más
lentos.
—Estoy segura de eso, pero creo que ni mis nervios ni mi coche seríamos capaces de
soportarlo.
—Un poco de confianza, Bella, por favor.
Tenía la mano en el bolsillo, crispada sobre las llaves. Fruncí los labios con gesto
pensativo y sacudí la cabeza firmemente.
—No. Ni en broma.
Arqueó las cejas con incredulidad.
Comencé a dar un rodeo a su lado para dirigirme al asiento del conductor. Puede que
me hubiera dejado pasar si no me hubiese tambaleado ligeramente. Puede que no.
—Bella, llegados a este punto, ya he invertido un enorme esfuerzo personal en
mantenerte viva. No voy a dejar que te pongas detrás del volante de un coche cuando ni
siquiera puedes caminar en línea recta. Además, no hay que dejar que los amigos conduzcan
borrachos —citó con una risita mientras su brazo creaba una trampa ineludible alrededor de
mi cintura.
—No puedo rebatirlo —dije con un suspiro. No había forma de sortearlo ni podía
resistirme a él. Alcé las llaves y las dejé caer, observando que su mano, veloz como el rayo,
las atrapaba sin hacer ruido—. Con calma... Mi monovolumen es un señor mayor.
—Muy sensata —aprobó.
— ¿Y tú no estás afectado por mi presencia? ——pregunté con enojo.
Sus facciones sufrieron otra transformación, su expresión se hizo suave y cálida. Al
principio, no me respondió; se limitó a inclinar su rostro sobre el mío y deslizar sus labios
lentamente a lo largo de mi mandíbula, desde la oreja al mentón, de un lado a otro. Me
estremecí.
—Pase lo que pase —murmuró finalmente—, tengo mejores reflejos.

MENTE VERSUS CUERPO
Tuve que admitir que Edward conducía bien cuando iba a una velocidad razonable.
Como tantas otras cosas, la conducción no parecía requerirle ningún esfuerzo. Aunque apenas
miraba a la carretera, los neumáticos nunca se desviaban más de un centímetro del centro de
la senda. Conducía con una mano, sosteniendo la mía con la otra. A veces fijaba la vista en el
sol poniente, otras en mí, en mi rostro, en mi pelo expuesto al viento que entraba por la
ventana abierta, en nuestras manos unidas.
Había cambiado el dial de la radio para sintonizar una emisora de viejos éxitos y
cantaba una canción que no había oído en mi vida. Se sabía la letra entera.
— ¿Te gusta la música de los cincuenta?
—En los cincuenta, la música era buena, mucho mejor que la de los sesenta, y los
setenta... ¡Buaj! —se estremeció—. Los ochenta fueron soportables.
— ¿Vas a decirme alguna vez cuántos años tienes? —pregunté, indecisa, sin querer
arruinar su optimismo.
— ¿Importa mucho?
Para mi gran alivio, su sonrisa se mantuvo clara.
—No, pero me lo sigo preguntando... —hice una mueca—. No hay nada como un
misterio sin resolver para mantenerte en vela toda la noche.
—Me pregunto si te perturbaría... —comentó para sí.
Fijó la mirada en el sol, pasaron los minutos y al final dije:
—Ponme a prueba.
Suspiró. Luego me miró a los ojos, olvidándose al parecer, y por completo, del camino
durante un buen rato. Fuera lo que fuese lo que viera en ellos, debió de animarle. Clavó la
vista en el sol —la luz del astro rey al ponerse arrancaba de su piel un centelleo similar al de
los rubíes— y comenzó a hablar.
—Nací en Chicago en 1901 —hizo una pausa y me miró por el rabillo del ojo. Puse
mucho cuidado en que mi rostro no mostrara sorpresa alguna, esperando el resto de la historia
con paciencia. Esbozó una leve sonrisa y prosiguió—: Carlisle me encontró en un hospital en
el verano de 1918. Tenía diecisiete años y me estaba muriendo de gripe española.
Me oyó inhalar bruscamente, aunque apenas era audible para mí misma. Volvió a
mirar mis ojos.
—No me acuerdo muy bien. Sucedió hace mucho tiempo y los recuerdos humanos se
desvanecen —se sumió en sus propios pensamientos durante un breve lapso de tiempo antes
de continuar—. Recuerdo cómo me sentía cuando Carlisle me salvó. No es nada fácil ni algo
que se pueda olvidar.
— ¿Y tus padres?
—Ya habían muerto a causa de la gripe. Estaba solo. Me eligió por ese motivo. Con
todo el caos de la epidemia, nadie iba a darse cuenta de que yo había desaparecido.
— ¿Cómo...? ¿Cómo te salvó?
Transcurrieron varios segundos antes de que respondiera. Parecía estar eligiendo las
palabras con sumo cuidado.
—Fue difícil. No muchos de nosotros tenemos el necesario autocontrol para
conseguirlo, pero Carlisle siempre ha sido el más humano y compasivo de todos. Dudo que se
pueda hallar uno igual a él en toda la historia —hizo una pausa—. Para mí, sólo fue muy, muy
doloroso.
Supe que no iba a revelar más de ese tema por la forma en que fruncía los labios.
Reprimí mi curiosidad, aunque estaba lejos de estar satisfecha. Había muchas cosas sobre las
que necesitaba pensar respecto a ese tema en particular, cosas que surgían sobre la marcha.
Sin duda alguna, su mente rápida ya había previsto todos los aspectos en los que me iba a
eludir.
Su voz suave interrumpió el hilo de mis pensamientos:
—Actuó desde la soledad. Ésa es, por lo general, la razón que hay detrás de cada
elección. Fui el primer miembro de la familia de Carlisle, aunque poco después encontró a
Esme. Se cayó de un risco. La llevaron directamente a la morgue del hospital, aunque, nadie
sabe cómo, su corazón seguía latiendo.
—Así pues, tienes que estar a punto de morir para convertirte en...
Nunca pronunciábamos esa palabra, y no lo iba a hacer ahora.
—No, eso es sólo en el caso de Carlisle. El jamás hubiera convertido a alguien que
hubiera tenido otra alternativa —siempre que hablaba de su padre lo hacía con un profundo
respeto—. Aunque, según él —continuó—, es más fácil si la sangre es débil.
Contempló la carretera, ahora a oscuras, y sentí que estaba a punto de zanjar el tema.
— ¿Y Emmett y Rosalie?
—La siguiente a quien Carlisle trajo a la familia fue Rosalie. Hasta mucho después no
comprendí que albergaba la esperanza de que ella fuera para mí lo mismo que Esme para él.
Se mostró muy cuidadoso en sus pensamientos sobre mí —puso los ojos en blanco—. Pero
ella nunca fue más que una hermana y sólo dos años después encontró a Emmett. Rosalie iba
de caza, en aquel tiempo íbamos a los Apalaches, y se topó con un oso que estaba a punto de
acabar con él. Lo llevó hasta Carlisle durante ciento cincuenta kilómetros al temer que no
fuera capaz de hacerlo por sí sola. Sólo ahora comienzo a intuir qué difícil fue ese viaje para
ella.
Me dirigió una mirada elocuente y alzó nuestras manos, todavía entrelazadas, para
acariciarme la mejilla con la base de la mano.
—Pero lo consiguió —le animé mientras desviaba la vista de la irresistible belleza de
sus ojos.
—Sí —murmuró—. Rosalie vio algo en sus facciones que le dio la suficiente entereza,
y llevan juntos desde entonces. A veces, viven separados de nosotros, como una pareja
casada: cuanto más joven fingimos ser, más tiempo podemos permanecer en un lugar
determinado. Forks parecía perfecto, de ahí que nos inscribiéramos en el instituto —se echó a
reír—. Supongo que dentro de unos años vamos a tener que ir a su boda otra vez.
— ¿Y Alice y Jasper?
—Son dos criaturas muy extrañas. Ambos desarrollaron una conciencia, como
nosotros la llamamos, sin ninguna guía o influencia externa. Jasper perteneció a otra familia...
Una familia bien diferente. Se había deprimido y vagaba por su cuenta. Alice lo encontró. Al
igual que yo, está dotada de ciertos dones superiores que están más allá de los propios de
nuestra especie.
— ¿De verdad? —le interrumpí fascinada—. Pero tú dijiste que eras el único que
podía oír el pensamiento de la gente.
—Eso es verdad. Alice sabe otras cosas, las ve... Ve cosas que podrían suceder,
hechos venideros, pero todo es muy subjetivo. El futuro no está grabado en piedra. Las cosas
cambian.
La mandíbula de Edward se tensó y me lanzó una mirada, pero la apartó tan deprisa
que no quedé muy segura de si no lo habría imaginado.
— ¿Qué tipo de cosas ve?
—Vio a Jasper y supo que la estaba buscando antes de que él la conociera. Vio a
Carlisle y a nuestra familia, y ellos acudieron a nuestro encuentro. Es más sensible hacia
quienes no son humanos. Por ejemplo, siempre ve cuando se acerca otro clan de nuestra
especie y la posible amenaza que pudiera suponer.
— ¿Hay muchos... de los tuyos?
Estaba sorprendida. ¿Cuántos podían estar entre nosotros sin ser detectados?
—No, no demasiados, pero la mayoría no se asienta en ningún lugar. Sólo pueden
vivir entre los humanos por mucho tiempo los que, como nosotros, renuncian a dar caza a tu
gente —me dirigió una tímida mirada—. Sólo hemos encontrado otra familia como la nuestra
en un pueblecito de Alaska. Vivimos juntos durante un tiempo, pero éramos tantos que
empezamos a hacernos notar. Los que vivimos de forma diferente tendemos a agruparnos.
— ¿Y el resto?
—Son nómadas en su mayoría. Todos hemos llevado esa vida alguna vez. Se vuelve
tediosa, como casi todo, pero de vez en cuando nos cruzamos con los otros, ya que la mayoría
preferimos el norte.
— ¿Por qué razón?
En aquel momento ya nos habíamos detenido en frente de mi casa y él había apagado
el motor. Todo estaba oscuro y en calma. No había luna. Las luces del porche estaban
apagadas, de ahí que supiera que mi padre aún no estaba en casa.
— ¿Has abierto los ojos esta tarde? —bromeó—. ¿Crees que podríamos caminar por
las calles sin provocar accidentes de tráfico? Hay una razón por la que escogimos la Península
de Olympic: es uno de los lugares menos soleados del mundo. Resultaba agradable poder salir
durante el día. Ni te imaginas lo fatigoso que puede ser vivir de noche durante ochenta y
tantos años.
—Entonces, ¿de ahí viene la leyenda?
—Probablemente.
— ¿Procedía Alice de otra familia, como Jasper?
—No, y es un misterio, ya que no recuerda nada de su vida humana ni sabe quién la
convirtió. Despertó sola. Quienquiera que lo hiciese, se marchó, y ninguno de nosotros
comprende por qué o cómo pudo hacerlo. Si Alice no hubiera tenido ese otro sentido, si no
hubiera visto a Jasper y Carlisle y no hubiera sabido que un día se convertiría en una de
nosotros, probablemente se hubiera vuelto una criatura totalmente salvaje.
Había tanto en qué pensar y quedaba tanto por preguntar... Pero, para gran vergüenza
mía, me sonaron las tripas. Estaba tan intrigada que ni siquiera había notado el apetito que
tenía. Ahora me daba cuenta de que tenía un hambre feroz.
—Lo siento, te estoy impidiendo cenar.
—Me encuentro bien, de veras.
—Jamás había pasado tanto tiempo en compañía de alguien que se alimentara de
comida. Lo olvidé.
—Quiero estar contigo.
Era más fácil decirlo en la oscuridad al saber que la voz delataba mi irremediable
atracción por él cada vez que hablaba.
— ¿No puedo entrar?
— ¿Te gustaría?
No me imaginaba a esa criatura divina sentándose en la zarrapastrosa silla de mi padre
en la cocina.
—Sí, si no es un problema.
Le oí cerrar la puerta con cuidado y casi al instante ya estaba frente a la mía para
abrirla.
—Muy humano —le felicité.
—Esa parte está emergiendo a la superficie, no cabe duda.
Caminó detrás de mí en la noche cerrada con tal sigilo que debía mirarlo a hurtadillas
para asegurarme de que continuaba ahí. Desentonaba menos en la oscuridad. Seguía pálido y
tan hermoso como un sueño, pero ya no era la fantástica criatura centelleante de nuestra tarde
al sol.
Se me adelantó y me abrió la puerta. Me detuve en medio del umbral.
— ¿Estaba abierta?
—No, he usado la llave de debajo del alero.
Entré, encendí las luces del porche y lo miré enarcando las cejas. Estaba segura de no
haber usado nunca esa llave delante de él.
—Sentía curiosidad por ti.
— ¿Me has espiado?
Sin saber por qué, no pude infundir a mi voz el adecuado tono de ultraje. Me sentía
halagada y él no parecía arrepentido.
— ¿Qué otra cosa iba a hacer de noche?
Lo dejé correr por el momento y pasé del vestíbulo a la cocina. Ahí seguía, a mis
espaldas, sin necesitar que lo guiara. Se sentó en la misma silla en la que había intentado
imaginármelo. Su belleza iluminó la cocina. Transcurrieron unos instantes antes de que
pudiera apartar los ojos de él.
Me concentré en prepararme la cena, tomando del frigorífico la lasaña de la noche
anterior, poniendo una parte sobre un plato y calentándola en el microondas. Este empezó a
girar, llenando la cocina de olor a tomate y orégano. No aparté los ojos de la comida mientras
decía con indiferencia:
— ¿Con cuánta frecuencia?
— ¿Eh?
Parecía haberle cortado algún otro hilo de su pensamiento. Seguí sin girarme.
— ¿Con qué frecuencia has venido aquí?
—Casi todas las noches.
Aturdida, me di la vuelta.
— ¿Por qué?
—Eres interesante cuando duermes —explicó con total naturalidad—. Hablas en
sueños.
— ¡No! —exclamé sofocada mientras una oleada de calor recorría todo mi rostro
hasta llegar al cabello. Me agarré a la encimera de la cocina para sostenerme. Sabía que
hablaba en sueños, por supuesto, mi madre siempre bromeaba al respecto, pero no había
creído que fuera algo de lo que tuviera que preocuparme.
Su expresión pasó a ser de disgusto inmediatamente.
— ¿Estás muy enfadada conmigo?
— ¡Eso depende! —me senté, parecía como si me hubiera quedado sin aire.
Esperó y luego me urgió:
— ¿De qué?
— ¡De lo que hayas escuchado! —gemí.
Un momento después, sin hacer ruido, estaba a mi lado para tomarme las manos
delicadamente entre las suyas.
— ¡No te disgustes! —suplicó.
Agachó el rostro hasta el nivel de mis ojos y sostuvo mi mirada. Estaba avergonzada,
por lo que intenté apartarla.
—Echas de menos a tu madre —susurró—. Te preocupas por ella, y cuando llueve, el
sonido hace que te revuelvas inquieta. Solías hablar mucho de Phoenix, pero ahora lo haces
con menos frecuencia. En una ocasión dijiste: «Todo es demasiado verde».
Se rió con suavidad, a la espera, y pude ver que era para no ofenderme aún más.
— ¿Alguna otra cosa? ——exigí saber.
Supuso lo que yo quería descubrir y admitió:
—Pronunciaste mi nombre.
Frustrada, suspiré.
— ¿Mucho?
—Exactamente, ¿cuántas veces entiendes por «mucho»?
—Oh, no.
Bajé la cabeza, pero él la atrajo contra su pecho con suave naturalidad.
—No te acomplejes —me susurró al oído——. Si pudiera soñar, sería contigo. Y no
me avergonzaría de ello.
En ese momento, ambos oímos el sonido de unas llantas sobre los ladrillos del camino
de entrada a la casa y vimos las luces—delanteras que nos llegaban desde el vestíbulo a través
de las ventanas frontales. Me envaré en sus brazos.
— ¿Debería saber tu padre que estoy aquí? —preguntó.
—Yo... —intenté pensar con rapidez—. No estoy segura...
—En otra ocasión, entonces.
Y me quedé sola.
— ¡Edward! —le llamé, intentando no gritar.
Escuché una risita espectral y luego, nada más.
Mi padre hizo girar la llave de la puerta.
— ¿Bella? —me llamó. Eso me hubiera molestado antes. ¿Quién más podía haber? De
repente, Charlie me parecía totalmente fuera de lugar.
—Estoy aquí.
Esperaba que no apreciara la nota histérica de mi voz. Tomé mi cena del microondas y
me senté a la mesa mientras él entraba. Después de pasar el día con Edward, sus pasos
parecían estrepitosos.
— ¿Me puedes preparar un poco de eso? Estoy hecho polvo.
Charlie se detuvo para quitarse las botas, apoyándose sobre el respaldo de la silla para
ayudarse.
Puse mi cena en mi sitio para zampármela en cuanto le hubiera preparado la suya. Me
escocía la lengua. Mientras se calentaba la lasaña de Charlie, llené dos vasos de leche y bebí
un trago del mío para mitigar la quemazón. Advertí que me temblaba el pulso cuando vi que
la leche se agitaba al dejar el vaso. Mi padre se sentó en la silla. El contraste entre él y su
antiguo ocupante resultaba cómico.
—Gracias —dijo mientras le servía la comida en la mesa.
— ¿Qué tal te ha ido el día? —pregunté con precipitación. Me moría de ganas de
escaparme a mi habitación.
—Bien. Los peces picaron... ¿Qué tal tú? ¿Hiciste todo lo que querías hacer?
—En realidad, no —mordí otro gran pedazo de lasaña—. Se estaba demasiado bien
fuera como para quedarse en casa.
—Ha sido un gran día —coincidió.
Eso es quedarse corto, pensé en mi fuero interno.
Di buena cuenta del último trozo de lasaña, alcé el vaso y me bebí de un trago lo que
quedaba de leche. Charlie me sorprendió al ser tan observador cuando preguntó:
— ¿Tienes prisa?
—Sí, estoy cansada. Me voy a acostar pronto.
—Pareces nerviosa —comentó.
¡Ay! ¿Por qué? ¿Por qué ha tenido que ser justamente esta noche la que ha elegido
para fijarse en mí?
— ¿De verdad? —fue todo lo que conseguí contestar.
Fregué rápidamente los platos en la pila y para que se secaran los puse bocabajo sobre
un trapo de cocina.
—Es sábado —musitó.
No le respondí, pero de repente preguntó:
— ¿No tienes planes para esta noche?
—No, papá, sólo quiero dormir un poco.
—Ninguno de los chicos del pueblo es tu tipo, ¿verdad?
Charlie recelaba, pero intentaba actuar con frialdad.
—No. Ningún chico me ha llamado aún la atención.
Me cuidé mucho de enfatizar la palabra chico, sin dejarme llevar por mi deseo de ser
sincera con Charlie.
—Pensé que tal vez el tal Mike Newton... Dijiste que era simpático.
—Sólo es un amigo, papá.
—Bueno, de todos modos, eres demasiado buena para todos ellos. Aguarda a que estés
en la universidad para empezar a mirar.
El sueño de cada padre es que su hija esté ya fuera de casa antes de que se le disparen
las hormonas.
—Me parece una buena idea —admití mientras me dirigía escaleras arriba.
—Buenas noches, cielo —se despidió. Sin duda, iba a estar con el oído atento toda la
noche, a la espera de atraparme intentando salir a hurtadillas.
—Te veo mañana, papá.
Te veo esta noche cuando te deslices a medianoche para comprobar si sigo ahí.
Me esforcé en que el ruido de mis pasos pareciera lento y cansado cuando subí las
escaleras hacia mi dormitorio. Cerré la puerta con la suficiente fuerza para que mi padre lo
oyera y luego me precipité hacia la ventana andando de puntillas. La abrí de un tirón y me
asomé, escrutando las oscuras e impenetrables sombras de los árboles.
— ¿Edward? —susurré, sintiéndome completamente idiota.
La tranquila risa de respuesta procedía de detrás de mí.
— ¿Sí?
Me giré bruscamente al tiempo que, como reacción a la sorpresa, me llevaba una mano
a la garganta.
Sonriendo de oreja a oreja, yacía tendido en mi cama con las manos detrás de la nuca
y los pies colgando por el otro extremo. Era la viva imagen de la despreocupación.
— ¡Oh! —musité insegura, sintiendo que me desplomaba sobre el suelo.
—Lo siento.
Frunció los labios en un intento de ocultar su regocijo.
—Dame un minuto para que me vuelva a latir el corazón.
Se incorporó despacio para no asustarme de nuevo. Luego, ya sentado, se inclinó hacia
delante y extendió sus largos brazos para recogerme, sujetándome por los brazos como a un
niño pequeño que empieza a andar. Me sentó en la cama junto a él.
— ¿Por qué no te sientas conmigo? —sugirió, poniendo su fría mano sobre la mía—.
¿Cómo va el corazón?
—Dímelo tú... Estoy segura de que lo escuchas mejor que yo.
Noté que su risa sofocada sacudía la cama.
Nos sentamos ahí durante un momento, escuchando ambos los lentos latidos de mi
corazón. Se me ocurrió pensar en el hecho de tener a Edward en mi habitación estando mi
padre en casa.
— ¿Me concedes un minuto para ser humana?
—Desde luego.
Me indicó con un gesto de la mano que procediera.
—No te muevas —le dije, intentando parecer severa.
—Sí, señorita.
Y me hizo una demostración de cómo convertirse en una estatua sobre el borde de mi
cama.
Me incorporé de un salto, recogí mi pijama del suelo y mi neceser de aseo del
escritorio. Dejé la luz apagada y me deslicé fuera, cerrando la puerta al salir.
Oí subir por las escaleras el sonido del televisor. Cerré con fuerza la puerta del baño
para que Charlie no subiera a molestarme.
Tenía la intención de apresurarme. Me cepillé los dientes casi con violencia en un
intento de ser minuciosa y rápida a la hora de eliminar todos los restos de lasaña. Pero no
podía urgir al agua caliente de la ducha, que me relajó los músculos de la espalda y me calmó
el pulso. El olor familiar de mi champú me hizo sentirme la misma persona de esta mañana.
Intenté no pensar en Edward, que me esperaba sentado en mi habitación, porque entonces
tendría que empezar otra vez con todo el proceso de relajamiento. Al final, no pude dilatarlo
más. Cerré el grifo del agua y me sequé con la toalla apresuradamente, acelerándome otra vez.
Me puse el pijama: una camiseta llena de agujeros y un pantalón gris de chándal. Era
demasiado tarde para arrepentirse de no haber traído conmigo el pijama de seda Victorias
Secret que, dos años atrás, me regaló mi madre para mi cumpleaños, y que aún se encontraría
en algún cajón en la casa de Phoenix con la etiqueta del precio puesta.
Volví a frotarme el pelo con la toalla y luego me pasé el cepillo a toda prisa. Arrojé la
toalla a la cesta de la ropa sucia y lancé el cepillo y la pasta de dientes al neceser. Bajé
escopetada las escaleras para que Charlie pudiera verme en pijama y con el pelo mojado.
—Buenas noches, papá.
—Buenas noches, Bella.
Pareció sorprendido de verme. Tal vez hubiera desechado la idea de asegurarse de que
estaba en casa esta noche.
Subí las escaleras de dos en dos, intentando no hacer ruido, entré zumbando en mi
habitación, y me aseguré de cerrar bien la puerta detrás de mí.
Edward no se había movido ni un milímetro, parecía la estatua de Adonis encaramada
a mi descolorido edredón. Sus labios se curvaron cuando sonreí, y la estatua cobró vida.
Me evaluó con la mirada, tomando nota del pelo húmedo y la zarrapastrosa camiseta.
Enarcó una ceja.
—Bonita ropa.
Le dediqué una mueca.
—No, te sienta bien.
—Gracias —susurré.
Regresé a su lado y me senté con las piernas cruzadas. Miré las líneas del suelo de
madera.
— ¿A qué venía todo eso?
—Charlie cree que me voy a escapar a hurtadillas.
—Ah —lo consideró—. ¿Por qué? —preguntó como si fuera incapaz de comprender
la mente de Charlie con la claridad que yo le suponía.
—Al parecer, me ve un poco acalorada.
Me levantó el mentón para examinar mi rostro.
—De hecho, pareces bastante sofocada.
—Huram... —musité.
Resultaba muy difícil formular una pregunta coherente mientras me acariciaba.
Comenzar me llevó un minuto de concentración.
—Parece que te resulta mucho más fácil estar cerca de mí.
— ¿Eso te parece? —murmuró Edward mientras deslizaba la nariz hacia la curva de
mi mandíbula. Sentí su mano, más ligera que el ala de una polilla, apartar mi pelo húmedo
para que sus labios pudieran tocar la hondonada de debajo de mi oreja.
—Sí. Mucho, mucho más fácil —contesté mientras intentaba espirar.
—Humm.
—Por eso me preguntaba... —comencé de nuevo, pero sus dedos seguían la línea de
mi clavícula y me hicieron perder el hilo de lo que estaba diciendo.
— ¿Sí? —musitó.
— ¿Por qué será? —inquirí con voz temblorosa, lo cual me avergonzó—. ¿Qué crees?
Noté el temblor de su respiración sobre mi cuello cuando se rió.
—El triunfo de la mente sobre la materia.
Retrocedí. Se quedó inmóvil cuando me moví, por lo que ya no pude oírle respirar.
Durante un instante nos miramos el uno al otro con prevención; luego, la tensión de su
mandíbula se relajó gradualmente y su expresión se llenó de confusión.
— ¿Hice algo mal?
—No, lo opuesto. Me estás volviendo loca —le expliqué.
Lo pensó brevemente y pareció complacido cuando preguntó:
— ¿De veras?
Una sonrisa triunfal iluminó lentamente su rostro.
— ¿Querrías una salva de aplausos? —le pregunté con sarcasmo.
Sonrió de oreja a oreja.
—Sólo estoy gratamente sorprendido —me aclaró—. En los últimos cien años, o casi
—comentó con tono bromista— nunca me imaginé algo parecido. No creía encontrar a nadie
con quien quisiera estar de forma distinta a la que estoy con mis hermanos y hermanas. Y
entonces descubro que estar contigo se me da bien, aunque todo sea nuevo para mí.
—Tú eres bueno en todo —observé.
Se encogió de hombros, dejándolo correr, y los dos nos reímos en voz baja.
—Pero ¿cómo puede ser tan fácil ahora? —le presioné—. Esta tarde...
—No es fácil—suspiró—. Pero esta tarde estaba todavía... indeciso. Lo lamento, es
imperdonable que me haya comportado de esa forma.
—No es imperdonable —discrepé.
—Gracias —sonrió—. Ya ves —prosiguió, ahora mirando al suelo—, no estaba
convencido de ser lo bastante fuerte... —me tomó una mano y la presionó suavemente contra
su rostro—. Estuve susceptible mientras existía la posibilidad de que me viera sobrepasado...
—exhaló su aroma sobre mi muñeca—. Hasta que me convencí de que mi mente era lo
bastante fuerte, que no existía peligro de ningún tipo de que yo... de que pudiera...
Jamás le había visto trabarse de esa forma con las palabras. Resultaba tan... humano.
— ¿Ahora ya no existe esa posibilidad?
—La mente domina la materia —repitió con una sonrisa que dejó entrever unos
dientes que relucían incluso en la oscuridad.
—Vaya, pues sí que era fácil.
Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada, imperceptible como un suspiro, pero
exuberante de todos modos.
— ¡Fácil para ti! —me corrigió al tiempo que me acariciaba la nariz con la yema de
los dedos.
En ese momento se puso serio.
—Lo estoy intentando —susurró con voz dolida—. Si resultara..... insoportable, estoy
bastante seguro de ser capaz de irme.
Torcí el gesto. No me gustaba hablar de despedidas.
—Mañana va a ser más duro —prosiguió—. He tenido tu aroma en la cabeza todo el
día y me he insensibilizado de forma increíble. Si me alejo de ti por cualquier lapso de
tiempo, tendré que comenzar de nuevo. Aunque no desde cero, creo.
—Entonces, no te vayas —le respondí, incapaz de esconder mí anhelo.
—Eso me satisface —replicó mientras su rostro se relajaba al esbozar una sonrisa
amable—. Saca los grilletes... Soy tu prisionero.
Pero mientras hablaba, eran sus manos las que se convertían en esposas alrededor de
mis muñecas. Volvió a reír con esa risa suya, sosegada, musical. Le había oído reírse más esta
noche que en todo el tiempo que había pasado con él.
—Pareces más optimista que de costumbre —observé—. No te había visto así antes.
— ¿No se supone que debe ser así? El esplendor del primer amor, y todo eso. ¿No es
increíble la diferencia existente entre leer sobre una materia o verla en las películas y
experimentarla?
—Muy diferente —admití—. Y más fuerte de lo que había imaginado.
—Por ejemplo —comenzó a hablar más deprisa, por lo que tuve que concentrarme
para no perderme nada—, la emoción de los celos. He leído sobre los celos un millón de
veces, he visto actores representarlos en mil películas y obras teatrales diferentes. Creía
haberlos comprendido con bastante claridad, pero me asustaron... —hizo una mueca—.
¿Recuerdas el día en que Mike te pidió que fueras con él al baile?
Asentí, aunque recordaba ese día por un motivo diferente.
—Fue el día en que empezaste a dirigirme la palabra otra vez.
—Me sorprendió la llamarada de resentimiento, casi de furia, que experimenté... Al
principio no supe qué era. No poder saber qué pensabas, por qué le rechazabas, me
exasperaba más que de costumbre. ¿Lo hacías en beneficio de tu amiga? ¿O había algún otro?
En cualquier caso, sabía que no tenía derecho alguno a que me importara, e intenté que fuera
así.
«Entonces, todo empezó a estar claro —rió entre dientes y yo torcí el gesto en las
sombras—. Esperé, irracionalmente ansioso de oír qué les decías, de vigilar vuestras
expresiones. No niego el alivio que sentí al ver el fastidio en tu rostro, pero no podía estar
seguro.
»Ésa fue la primera noche que vine aquí. Me debatí toda la noche, mientras vigilaba tu
sueño, por el abismo que mediaba entre lo que sabía que era correcto, moral, ético, y lo que
realmente quería. Supe que si continuaba ignorándote como hasta ese momento, o si dejaba
transcurrir unos pocos años, hasta que te fueras, llegaría un día en que le dirías sí a Mike o a
alguien como él. Eso me enfurecía.
»Y en ese momento —susurró—, pronunciaste mi nombre en sueños. Lo dijiste con
tal claridad que por un momento creí que te habías despertado, pero te diste la vuelta,
inquieta, musitaste mi nombre otra vez y suspiraste. Un sentimiento desconcertante y
asombroso recorrió mi cuerpo. Y supe que no te podía ignorar por más tiempo.
Enmudeció durante un momento, probablemente al escuchar el repentinamente
irregular latido de mi corazón.
—Pero los celos son algo extraño y mucho más poderoso de lo que hubiera pensado.
¡E irracional! Justo ahora, cuando Charlie te ha preguntado por ese vil de Mike Newton...
Movió la cabeza con enojo.
—Debería haber sabido que estarías escuchando —gemí.
—Por supuesto.
— ¿De veras que eso te hace sentir celoso?
—Soy nuevo en esto. Has resucitado al hombre que hay en mí, y lo siento todo con
más fuerza porque es reciente.
—Pero sinceramente —bromeé—, que eso te moleste después de lo que he oído de esa
Rosalie... Rosalie, la encarnación de la pura belleza... Eso es lo que Rosalie significa para ti,
con o sin Emmett, ¿cómo voy a competir con eso?
—No hay competencia.
Sus dientes centellearon. Arrastró mis manos atrapadas alrededor de su espalda,
apretándome contra su pecho. Me mantuve tan quieta como pude, incluso respiré con
precaución.
—Sé que no hay competencia —murmuré sobre su fría piel—. Ese es el problema.
—Rosalie es hermosa a su manera, por supuesto, pero incluso si no fuera como una
hermana para mí, incluso si Emmett no le perteneciera, jamás podría ejercer la décima, no,
qué digo, la centésima parte de la atracción que tú tienes sobre mí —estaba serio,
meditabundo—. He caminado entre los míos y los hombres durante casi noventa años... Todo
ese tiempo me he considerado completo sin comprender que estaba buscando, sin encontrar
nada porque tú aún no existías.
—No parece demasiado justo —susurré con el rostro todavía recostado sobre su
pecho, escuchando la cadencia de su respiración—. En cambio, yo no he tenido que esperar
para nada. ¿Por qué debería dejarte escapar tan fácilmente?
—Tienes razón —admitió divertido—. Debería ponértelo más difícil, sin duda —al
liberar una de sus manos, me soltó la muñeca sólo para atraparla cuidadosamente con la otra
mano. Me acarició suavemente la melena mojada de la coronilla hasta la cintura—. Sólo te
juegas la vida cada segundo que pasas conmigo, lo cual, seguramente, no es mucho. Sólo
tienes que regresar a la naturaleza, a la humanidad... ¿Merece la pena?
—Arriesgo muy poco... No me siento privada de nada.
—Aún no.
Al hablar su voz se llenó abruptamente de la antigua tristeza. Intenté echarme hacia
atrás para verle la cara, pero su mano me sujetaba las muñecas con una presión de la que no
me podía zafar.
— ¿Qué...? —empecé a preguntar cuando su cuerpo se tensó, alerta. Me quedé
inmóvil, pero inopinadamente me soltó las manos y desapareció. Estuve a punto de caer de
bruces.
— ¡Túmbate! —murmuró. No sabría decir desde qué lugar de la negrura me hablaba.
Me di la vuelta para meterme debajo de la colcha y me acurruqué sobre un costado, de
la forma en que solía dormir. Oí el crujido de la puerta cuando Charlie entró para echar un
vistazo a hurtadillas y asegurarse de que estaba donde se suponía que debía estar. Respiré
acompasadamente, exagerando el movimiento.
Transcurrió un largo minuto. Estuve atenta, sin estar segura de haber escuchado
cerrarse la puerta. En ese momento, el frío brazo de Edward me rodeó debajo de las mantas y
me besó en la oreja.
—Eres una actriz pésima... Diría que ése no es tu camino.
— ¡Caray!
Mi corazón estaba a punto de salirse del pecho. Tarareó una melodía que no
identifiqué. Parecía una nana. Hizo una pausa.
— ¿Debería cantarte para que te durmieras?
—Cierto —me reí—. ¡Cómo me podría dormir estando tú aquí!
—Lo has hecho todo el tiempo —me recordó.
—Pero no sabía que estabas aquí —repliqué con frialdad.
—Bueno, si no quieres dormir... —sugirió, ignorando mi tono. Se me cortó la
respiración.
—Si no quiero dormir..., ¿qué?
Rió entre dientes.
—En ese caso, ¿qué quieres hacer?
Al principio no supe qué responder, y finalmente admití:
—No estoy segura.
—Dímelo cuando lo hayas decidido.
Sentí su frío aliento sobre mi cuello y el deslizarse de su nariz a lo largo de mi
mandíbula, inhalando.
—Pensé que te habías insensibilizado.
—Que haya renunciado a beber el vino no significa que no pueda apreciar el buqué —
susurró—. Hueles a flores, como a lavanda y a fresa —señaló—. Se me hace la boca agua.
—Sí, tengo un mal día siempre que no encuentro a alguien que me diga qué apetitoso
es mi aroma.
Rió entre dientes, y luego suspiró.
—He decidido qué quiero hacer —le dije—. Quiero saber más de ti.
—Pregunta lo que quieras.
Cribé todas mis preguntas para elegir la más importante y entonces dije:
— ¿Por qué lo haces? Sigo sin comprender cómo te esfuerzas tanto para resistirte a lo
que... eres. Por favor, no me malinterpretes, me alegra que lo hagas. Sólo que no veo la razón
por la que te preocupó al principio.
Vaciló antes de responderme:
—Es una buena pregunta, y no eres la primera en hacerla. El resto, la mayoría de
nuestra especie, está bastante satisfecho con nuestro sino... Ellos también se preguntan cómo
vivimos. Pero, ya ves, sólo porque nos hayan repartido ciertas cartas no significa que no
podamos elegir el sobreponernos, dominar las ataduras de un destino que ninguno de nosotros
deseaba e intentar retener toda la esencia de humanidad que nos resulte posible.
Yací inmóvil, atrapada por un silencio sobrecogedor.
— ¿Te has dormido? —cuchicheó después de unos minutos.
—No.
— ¿Eso es todo lo que te inspira curiosidad?
—En realidad, no.
— ¿Qué más deseas saber?
— ¿Por qué puedes leer mentes? ¿Por qué sólo tú? ¿Y por qué Alice lee el porvenir?
¿Por qué sucede?
En la penumbra, sentí cómo se encogía de hombros.
—En realidad, lo ignoramos. Carlisle tiene una teoría. Cree que todos traemos algunos
de nuestros rasgos humanos más fuertes a la siguiente vida, donde se ven intensificados, como
nuestras mentes o nuestros sentidos. Piensa que yo debía de tener ya una enorme sensibilidad
para intuir los pensamientos de quienes me rodeaban y que Alice tuvo el don de la
precognición, donde quiera que estuviese.
— ¿Qué es lo que se trajo él a la siguiente vida? ¿Y el resto?
—Carlisle trajo su compasión y Esme, la capacidad para amar con pasión. Emmett
trajo su fuerza, y Rosalie la... tenacidad, o la obstinación, si así lo prefieres —se rió—. Jasper
es muy interesante. Fue bastante carismático en su primera vida, capaz de influir en todos
cuantos tenía alrededor para que vieran las cosas a su manera. Ahora es capaz de manipular
las emociones de cuantos le rodean para apaciguar una habitación de gente airada, por
ejemplo, o a la inversa, exaltar a una multitud aletargada. Es un don muy sutil.
Estuve considerando lo inverosímil de cuanto me describía en un intento de aceptarlo.
Aguardó pacientemente mientras yo pensaba.
— ¿Dónde comenzó todo? Quiero decir, Carlisle te cambió a ti, luego alguien antes
tuvo que convertirlo a él, y así sucesivamente...
— ¿De dónde procedemos? ¿Evolución? ¿Creación? ¿No podríamos haber
evolucionado igual que el resto de las especies, presas y depredadores? O, si no crees que el
universo surgió por su cuenta, lo cual me resulta difícil de aceptar, ¿tan difícil es admitir que
la misma fuerza que creó al delicado chiribico y al tiburón, a la cría de foca y a la ballena
asesina, hizo a nuestras respectivas especies?
—A ver si lo he entendido... Yo soy la cría de foca, ¿verdad?
—Exacto.
Edward se echó a reír. Algo me tocó el pelo... ¿Sus labios?
Quise volverme hacia él para comprobar si de verdad eran sus labios los que rozaban
mi pelo, pero tenía que portarme bien. No quería hacérselo más difícil de lo que ya era.
— ¿Estás preparada para dormir o tienes alguna pregunta más? —inquirió, rompiendo
el breve silencio.
—Sólo uno o dos millones.
—Tenemos mañana, y pasado, y pasado mañana... —me recordó. Sonreí eufórica ante
la perspectiva.
— ¿Estás seguro de que no te vas a desvanecer por la mañana? —quise asegurarme—.
Después de todo, eres un mito.
—No te voy a dejar —su voz llevaba la impronta de una promesa.
—Entonces, una más por esta noche...
Pero me puse colorada y me callé. La oscuridad no iba a servir de mucho. Estaba
segura de que él había notado el repentino calor debajo de mi piel.
— ¿Cuál?
—No, olvídalo. He cambiado de idea.
—Bella, puedes preguntarme lo quieras.
No le respondí y él gimió.
—Intento pensar que no leerte la mente será menos frustrante cada vez, pero no deja
de empeorar y empeorar.
—Me alegra que no puedas leerme la mente, ya es bastante malo que espíes lo que
digo en sueños.
—Por favor.
Su voz era extremadamente persuasiva, casi imposible de resistir. Negué con la
cabeza.
—Si no me lo dices, voy a asumir que es algo mucho peor que lo que es —me
amenazó sombríamente—. Por favor —repitió con voz suplicante.
—Bueno... —empecé, contenta de que no pudiera verme el rostro.
— ¿Sí?
—Dijiste que Rosalie y Emmett van a casarse pronto... ¿Es ese matrimonio igual que
para los humanos?
Ahora, al comprenderlo, se rió con ganas.
— ¿Era eso lo que querías preguntar?
Me inquieté, incapaz de responder.
—Sí, supongo que es prácticamente lo mismo. Ya te dije que la mayoría de esos
deseos humanos están ahí, sólo que ocultos por instintos más poderosos.
—Ah —fue todo lo que pude decir.
— ¿Había alguna intención detrás de esa curiosidad?
—Bueno, me preguntaba... si algún día tú y yo...
Se puso serio de inmediato. Sentí la repentina inmovilidad de su cuerpo. Yo también
me quedé quieta, reaccionando automáticamente.
—No creo que eso... sea... posible para nosotros...
— ¿Porque sería demasiado arduo para ti si yo estuviera demasiado cerca?
—Es un problema, sin duda, pero no me refería a eso. Es sólo que eres demasiado
suave, tan frágil. Tengo que controlar mis actos cada instante que estamos juntos para no
dañarte. Podría matarte con bastante facilidad, Bella, y simplemente por accidente —su voz se
había convertido en un suave murmullo. Movió su palma helada hasta apoyarla sobre mi
mejilla—. Si me apresurase, si no prestara la suficiente atención por un segundo, podría
extender la mano para acariciar tu cara y aplastarte el cráneo por error. No comprendes lo
increíblemente frágil que eres. No puedo perder el control mientras estoy a tu lado.
Aguardó mi respuesta. Su ansiedad fue creciendo cuando no lo hice.
— ¿Estás asustada? —preguntó.
Esperé otro minuto antes de responder para que mis palabras fueran verdad.
—No. Estoy bien.
Pareció pensativo durante un momento.
—Aunque ahora soy yo quien tiene una curiosidad —dijo con voz más suelta—.
¿Nunca has...? —dejó la frase sin concluir de modo insinuante.
—Naturalmente que no —me sonrojé—. Ya te he dicho que nunca antes he sentido
esto por nadie, ni siquiera de cerca.
—Lo sé. Es sólo que conozco los pensamientos de otras personas, y sé que el amor y
el deseo no siempre recorren el mismo camino.
—Para mí, sí. Al menos ahora que ambos existen para mí —musité.
—Eso está bien. Al menos tenemos una cosa en común —dijo complacido.
—Tus instintos humanos... —comencé. Él esperó—. Bueno, ¿me encuentras atractiva
en ese sentido?
Se echó a reír y me despeinó ligeramente la melena casi seca.
—Tal vez no sea humano, pero soy un hombre —me aseguró.
Bostecé involuntariamente.
—He respondido a tus preguntas, ahora deberías dormir —insistió.
—No estoy segura de poder.
— ¿Quieres que me marche?
— ¡No! —dije con voz demasiado fuerte.
Rió, y entonces comenzó a tararear otra vez aquella nana desconocida con su suave
voz de arcángel al oído.
Más cansada de lo que creía, y más exhausta de lo que me había sentido nunca
después de un largo día de tensión emocional y mental, me abandoné en sus fríos brazos hasta
dormirme.

LOS CULLEN
Finalmente, me despertó la tenue luz de otro día nublado. Yacía con el brazo sobre los
ojos, grogui y confusa. Algo, el atisbo de un sueño digno de recordar, pugnaba por abrirse
paso en mi mente. Gemí y rodé sobre un costado esperando volver a dormirme. Y entonces lo
acaecido el día anterior irrumpió en mi conciencia.
— ¡Oh!
Me senté tan deprisa que la cabeza me empezó a dar vueltas.
—Tu pelo parece un almiar, pero me gusta.
La voz serena procedía de la mecedora de la esquina.
—¡Edward, te has quedado! —me regocijé y crucé el dormitorio para arrojarme
irreflexivamente a su regazo. Me quedé helada, sorprendida por mi desenfrenado entusiasmo,
en el instante en el que comprendí lo que había hecho. Alcé la vista, temerosa de haberme
pasado de la raya, pero él se reía.
—Por supuesto —contestó, sorprendido, pero complacido de mi reacción. Me frotó la
espalda con las manos.
Recosté con cuidado la cabeza sobre su hombro, inspirando el olor de su piel.
—Estaba convencida de que era un sueño.
—No eres tan creativa —se mofó.
—¡Charlie! —exclamé.
Volví a saltar de forma irreflexiva en cuanto me acordé de él y me dirigí hacia la puerta.
—Se marchó hace una hora... Después de volver a conectar los cables de la batería de tu
coche, debería añadir. He de admitir cierta decepción. ¿Es todo lo que se le ocurre para
detenerte si estuvieras decidida a irte?
Estuve reflexionando mientras me quedaba de pie, me moría de ganas de regresar junto
a él, pero temí tener mal aliento.
—No sueles estar tan confundida por la mañana —advirtió.
Me tendió los brazos para que volviera. Una invitación casi irresistible.
—Necesito otro minuto humano —admití.
—Esperaré.
Me precipité hacia el baño sin reconocer mis emociones. No me conocía a mí misma, ni
por dentro ni por fuera. El rostro del espejo, con los ojos demasiado brillantes y unas manchas
rojizas de fiebre en los pómulos, era prácticamente el de una desconocida. Después de
cepillarme los dientes, me esforcé por alisar la caótica maraña que era mi pelo. Me eché agua
fría sobre el rostro e intenté respirar con normalidad sin éxito evidente. Regresé a mi cuarto
casi a la carrera.
Parecía un milagro que siguiera ahí, esperándome con los brazos tendidos para mí.
Extendió la mano y mi corazón palpitó con inseguridad.
—Bienvenida otra vez —musitó, tomándome en brazos.
Me meció en silencio durante unos momentos, hasta que me percaté de que se había
cambiado de ropa y llevaba el pelo liso.
—¡Te has ido! —le acusé mientras tocaba el cuello de su camiseta nueva.
—Difícilmente podía salir con las ropas que entré. ¿Qué pensarían los vecinos?
Hice un mohín.
—Has dormido profundamente, no me he perdido nada —sus ojos centellearon—.
Empezaste a hablar en sueños muy pronto.
Gemí.
—¿Qué oíste?
Los ojos dorados se suavizaron.
—Dijiste que me querías.
—Eso ya lo sabías —le recordé, hundí mi cabeza en su hombro.
—Da lo mismo, es agradable oírlo.
Oculté la cara contra su hombro.
—Te quiero —susurré.
—Ahora tú eres mi vida —se limitó a contestar.
No había nada más que decir por el momento. Nos mecimos de un lado a otro mientras
se iba iluminando el dormitorio.
—Hora de desayunar —dijo al fin de manera informal para demostrar, estaba segura,
que se acordaba de todas mis debilidades humanas.
Me protegí la garganta con ambas manos y lo miré fijamente con ojos abiertos de
miedo. El pánico cruzó por su rostro.
—¡Era una broma! —me reí con disimulo—. ¡Y tú dijiste que no sabía actuar!
Frunció el ceño de disgusto.
—Eso no ha sido divertido.
—Lo ha sido, y lo sabes.
No obstante, estudié sus ojos dorados con cuidado para asegurarme de que me había
perdonado. Al parecer, así era.
—¿Puedo reformular la frase? —preguntó—. Hora de desayunar para los humanos.
—Ah, de acuerdo.
Me echó sobre sus hombros de piedra, con suavidad, pero con tal rapidez que me dejó
sin aliento. Protesté mientras me llevaba con facilidad escaleras abajo, pero me ignoró. Me
sentó con delicadeza, derecha sobre la silla.
La cocina estaba brillante, alegre, parecía absorber mi estado de ánimo.
—¿Qué hay para desayunar? —pregunté con tono agradable.
Aquello le descolocó durante un minuto.
—Eh... No estoy seguro. ¿Qué te gustaría?
Arrugó su frente de mármol. Esbocé una amplia sonrisa y me levanté de un salto.
—Vale, sola me defiendo bastante bien. Obsérvame cazar.
Encontré un cuenco y una caja de cereales. Pude sentir sus ojos fijos en mí mientras
echaba la leche y tomaba una cuchara. Puse el desayuno sobre la mesa, y luego me detuve
para, sin querer ser irónica, preguntarle:
—¿Quieres algo?
Puso los ojos en blanco.
—Limítate a comer, Bella.
Me senté y le observé mientras comía. Edward me contemplaba fijamente, estudiando
cada uno de mis movimientos, por lo que me sentí cohibida. Me aclaré la garganta para hablar
y distraerle.
—¿Qué planes tenemos para hoy?
—Eh... —le observé elegir con cuidado la respuesta—. ¿Qué te parecería conocer a mi
familia?
Tragué saliva.
—¿Ahora tienes miedo?
Parecía esperanzado.
—Sí —admití, pero cómo negarlo si lo podía advertir en mis ojos.
—No te preocupes —esbozó una sonrisa de suficiencia—. Té protegeré.
—No los temo a ellos —me expliqué—, sino a que no les guste. ¿No les va a sorprender
que lleves a casa para conocerlos a alguien, bueno, a alguien como yo?
—Oh, están al corriente de todo. Ayer cruzaron apuestas, ya sabes —sonrió, pero su voz
era severa—, sobre si te traería de vuelta, aunque no consigo imaginar la razón por la que
alguien apostaría contra Alice. De todos modos, no tenemos secretos en la familia. No es
viable con mi don para leer las mentes, la precognición de Alice y todo eso.
—Y Jasper haciéndote sentir todo el cariño con que te arrancaría las tripas.
—Prestaste atención —comentó con una sonrisa de aprobación.
—Sé hacerlo de vez en cuando —hice una mueca——. ¿Así que Alice me vio regresar?
Su reacción fue extraña.
—Algo por el estilo —comentó con incomodidad mientras se daba la vuelta para que no
le pudiera ver los ojos. Le miré con curiosidad.
—¿Tiene buen sabor? —preguntó al volverse de repente y contemplar mi desayuno con
un gesto burlón—. La verdad es que no parece muy apetitoso.
—Bueno, no es un oso gris irritado... —murmuré, ignorándole cuando frunció el ceño.
Aún me seguía preguntando por qué me había respondido de esa manera cuando
mencioné a Alice. Mientras especulaba, me apresuré a terminar los cereales.
Permaneció plantado en medio de la cocina, de nuevo convertido en la estatua de un
Adonis, mirando con expresión ausente por las ventanas traseras. Luego, volvió a posar los
ojos en mí y esbozó esa arrebatadora sonrisa suya.
—Creo que también tú deberías presentarme a tu padre.
—Ya te conoce —le recordé.
—Como tu novio, quiero decir.
Le miré con gesto de sospecha.
—¿Por qué?
—¿No es ésa la costumbre? —preguntó inocentemente.
—Lo ignoro —admití. Mi historial de novios me ofrecía pocas referencias con las que
trabajar, y ninguna de las reglas normales sobre salir con chicos venía al caso—. No es
necesario, ya sabes. No espero que tú... Quiero decir, no tienes que fingir por mí.
Su sonrisa fue paciente.
—No estoy fingiendo.
Empujé el resto de los cereales a una esquina del cuenco mientras me mordía el labio.
—¿Vas a decirle a Charlie que soy tu novio o no? —quiso saber.
—¿Es eso lo que eres?
En mi fuero interno, me encogí ante la perspectiva de unir a Edward, Charlie y la
palabra novio en la misma habitación y al mismo tiempo.
—Admito que es una interpretación libre, dada la connotación humana de la palabra.
—De hecho, tengo la impresión de que eres algo más —confesé clavando los ojos en la
mesa.
—Bueno, no creo necesario darle todos los detalles morbosos —se estiró sobre la mesa
y me levantó el mentón con un dedo frío y suave—. Pero vamos a necesitar una explicación
de por qué merodeo tanto por aquí. No quiero que el jefe de policía Swan me imponga una
orden de alejamiento.
—¿Estarás? —pregunté, repentinamente ansiosa—. ¿De veras vas a estar aquí?
—Tanto tiempo como tú me quieras —me aseguró.
—Te querré siempre —le avisé—. Para siempre.
Caminó alrededor de la mesa muy despacio y se detuvo muy cerca, extendió la mano
para acariciarme la mejilla con las yemas de los dedos. Su expresión era inescrutable.
—¿Eso te entristece?
No contestó y me miró fijamente a los ojos por un periodo de tiempo inmensurable.
—¿Has terminado? ——preguntó finalmente.
Me incorporé de un salto.
—Sí.
—Vístete... Te esperaré aquí.
Resultó difícil decidir qué ponerme. Dudaba que hubiera libros de etiqueta en los que se
detallara cómo vestirte cuando tu novio vampiro te lleva a su casa para que conozcas a su
familia vampiro. Era un alivio emplear la palabra en mi fuero interno. Sabía que yo misma la
eludía de forma intencionada.
Terminé poniéndome mi única falda, larga y de color caqui, pero aun así informal. Me
vestí con la blusa de color azul oscuro de la que Edward había hablado favorablemente en una
ocasión. Un rápido vistazo en el espejo me convenció de que mi pelo era una causa perdida,
por lo que me lo recogí en una coleta.
—De acuerdo —bajé a saltos las escaleras—. Estoy presentable.
Me esperaba al pie de las mismas, más cerca de lo que pensaba, por lo que salté encima
de él. Edward me sostuvo, durante unos segundos me retuvo con cautela a cierta distancia
antes de atraerme súbitamente.
—Te has vuelto a equivocar —me murmuró al oído—. Vas totalmente indecente. No
está bien que alguien tenga un aspecto tan apetecible.
—¿Cómo de apetecible? Puedo cambiar...
Suspiró al tiempo que sacudía la cabeza.
—Eres tan ridícula...
Presionó con suavidad sus labios helados en mi frente y la habitación empezó a dar
vueltas. El olor de su respiración me impedía pensar.
—¿Debo explicarte por qué me resultas apetecible?
Era claramente una pregunta retórica. Sus dedos descendieron lentamente por mi
espalda y su aliento rozó con más fuerza mi piel. Mis manos descansaban flácidas sobre su
pecho y otra vez me sentí aturdida. Inclinó la cabeza lentamente y por segunda vez sus fríos
labios tocaron los míos con mucho cuidado, separándolos levemente.
Entonces sufrí un colapso.
—¿Bella? —dijo alarmado mientras me recogía y me alzaba en vilo.
—Has hecho que me desmaye... —le acusé en mi aturdimiento.
—¿Qué voy a hacer contigo? —Gimió con desesperación—. Ayer te beso, ¡y me atacas!
¡Y hoy te desmayas!
Me reí débilmente, dejando que sus brazos me sostuvieran mientras la cabeza seguía
dándome vueltas.
—Eso te pasa por ser bueno en todo.
Suspiró.
—Ése es el problema —yo aún seguía grogui—. Eres demasiado bueno. Muy, muy
bueno.
—¿Estás mareada? —preguntó. Me había visto así con anterioridad.
—No... No fue la misma clase de desfallecimiento de siempre. No sé qué ha sucedido
—agité la cabeza con gesto de disculpa—. Creo que me olvidé de respirar.
—No te puedo llevar de esta guisa a ningún sitio.
—Estoy bien —insistí—. Tu familia va a pensar que estoy loca de todos modos, así
que... ¿Cuál es la diferencia?
Evaluó mi expresión durante unos instantes.
—No soy imparcial con el color de esa blusa —comentó inesperadamente. Enrojecí de
placer y desvié la mirada.
—Mira, intento con todas mis fuerzas no pensar en lo que estoy a punto de hacer, así
que ¿podemos irnos ya?
—A ti no te preocupa dirigirte al encuentro de una casa llena de vampiros, lo que te
preocupa es conseguir su aprobación, ¿me equivoco?
—No —contesté de inmediato, ocultando mi sorpresa ante el tono informal con el que
utilizaba la palabra.
Sacudió la cabeza.
—Eres increíble.
Cuando condujo fuera del centro del pueblo comprendí que no tenía ni idea de dónde
vivía. Cruzamos el puente sobre el río Calwah, donde la carretera se desviaba hacia el Norte.
Las casas que aparecían de forma intermitente al pasar se encontraban cada vez más alejadas
de la carretera, y eran de mayor tamaño. Luego sobrepasamos otro núcleo de edificios antes
de dirigirnos al bosque neblinoso. Intentaba decidir entre preguntar o tener paciencia y
mantenerme callada cuando giró bruscamente para tomar un camino sin pavimentar. No
estaba señalizado y apenas era visible entre los helechos. El bosque, serpenteante entre los
centenarios árboles, invadía a ambos lados el sendero hasta tal punto que sólo era distinguible
a pocos metros de distancia.
Luego, a escasos kilómetros, los árboles ralearon y de repente nos encontramos en una
pequeña pradera, ¿o era un jardín? Sin embargo, se mantenía la penumbra del bosque; no
remitió debido a que las inmensas ramas de seis cedros primigenios daban sombra a todo un
acre de tierra. La sombra de los árboles protegía los muros de la casa que se erguía entre ellos,
dejando sin justificación alguna el profundo porche que rodeaba el primer piso.
No sé lo que en realidad pensaba encontrarme, pero definitivamente no era aquello. La
casa, de unos cien años de antigüedad, era atemporal y elegante. Estaba pintada de un blanco
suave y desvaído. Tenía tres pisos de altura y era rectangular y bien proporcionada. El
monovolumen era el único coche a la vista. Podía escuchar fluir el río cerca de allí, oculto en
la penumbra del bosque.
—¡Guau!
—¿Te gusta? —preguntó con una sonrisa.
—Tiene... cierto encanto.
Me tiró de la coleta y rió entre dientes. Luego, cuando me abrió la puerta, me preguntó.
—¿Lista?
—Ni un poquito... ¡Vamos!
Intenté reírme, pero la risa se me quedó pegada a la garganta. Me alisé el peso con gesto
nervioso.
—Tienes un aspecto adorable.
Me tomó de la mano de forma casual, sin pensarlo.
Caminamos hacia el porche a la densa sombra de los árboles. Sabía que notaba mi
tensión. Me frotaba el dorso de la mano, describiendo círculos con el dedo pulgar.
Me abrió la puerta.
El interior era aún más sorprendente y menos predecible que el exterior. Era muy
luminoso, muy espacioso y muy grande. Lo más posible es que originariamente hubiera
estado dividido en varias habitaciones, pero habían hecho desaparecer los tabiques para
conseguir un espacio más amplio. El muro trasero, orientado hacia el sur, había sido
totalmente reemplazado por una vidriera y más allá de los cedros, el jardín, desprovisto de
árboles, se estiraba hasta alcanzar el ancho río. Una maciza escalera de caracol dominaba la
parte oriental de la estancia. Las paredes, el alto techo de vigas, los suelos de madera y las
gruesas alfombras eran todos de diferentes tonalidades de blanco.
Los padres de Edward nos aguardaban para recibirnos a la izquierda de la entrada, sobre
un altillo del suelo, en el que descansaba un espectacular piano de cola.
Había visto antes al doctor Cullen, por supuesto, pero eso no evitó que su joven y
ultrajante perfección me sorprendieran de nuevo. Presumí que quien estaba a su lado era
Esme, la única a la que no había visto con anterioridad. Tenía los mismos rasgos pálidos y
hermosos que el resto. Había algo en su rostro en forma de corazón y en las ondas de su suave
pelo de color caramelo que recordaba a la ingenuidad de la época de las películas de cine
mudo. Era pequeña y delgada, pero, aun así, de facciones menos pronunciadas, más
redondeadas que las de los otros. Ambos vestían de manera informal, con colores claros que
encajaban con el interior de la casa. Me sonrieron en señal de bienvenida, pero ninguno hizo
ademán de acercarse a nosotros en lo que supuse era un intento de no asustarme. La voz de
Edward rompió el breve lapso de silencio.
—Carlisle, Esme, os presento a Bella.
—Sé bienvenida, Bella.
El paso de Carlisle fue comedido y cuidadoso cuando se acercó a mí. Alzó una mano
con timidez y me adelanté un paso para estrechársela.
—Me alegro de volver a verle, doctor Cullen.
—Llámame Carlisle, por favor.
Le sonreí de oreja a oreja con una repentina confianza que me sorprendió. Noté el alivio
de Edward, que seguía a mi lado.
Esme sonrió y avanzó un paso para alcanzar mi mano. El apretón de su fría mano, dura
como la piedra, era tal y como yo esperaba.
—Me alegro mucho de conocerte —dijo con sinceridad.
—Gracias. Yo también me alegro.
Y ahí estaba yo. Era como encontrarse formando parte de un cuento de hadas...
Blancanieves en carne y hueso.
—¿Dónde están Alice y Jasper? —preguntó Edward, pero nadie tuvo ocasión de
responder, ya que ambos aparecieron en ese momento en lo alto de las amplias escaleras.
—¡Hola, Edward! —le saludó Alice con entusiasmo.
Echó a correr escaleras abajo, una centella de pelo oscuro y tez nívea, que llegó para
detenerse delante de mí repentinamente y con elegancia. Esme y Carlisle le lanzaron sendas
miradas de aviso, pero a mí me agradó. Después de todo, eso era natural para ella.
—Hola, Bella —dijo Alice y se adelantó para darme un beso en la mejilla.
Si Carlisle y Esme habían parecido antes muy cautos, ahora se mostraron estupefactos.
Mis ojos también reflejaban esa sorpresa, pero al mismo tiempo me complacía mucho que ella
pareciera aceptarme por completo. Me sorprendió percatarme de que Edward, a mi lado, se
ponía rígido. Le miré, pero su expresión era inescrutable.
—Hueles bien —me alabó, para mi enorme vergüenza—, hasta ahora no me había dado
cuenta.Nadie más parecía saber qué decir cuando Jasper se presentó allí, alto, leonino. Sentí
una sensación de alivio y de repente me encontré muy a gusto a pesar del sitio en que me
hallaba. Edward miró fijamente a Jasper y enarcó una ceja. Entonces recordé lo que éste era
capaz de hacer.
—Hola, Bella —me saludó Jasper.
Mantuvo la distancia y no me ofreció la mano para que la estrechara, pero era imposible
sentirse incómodo cerca de él.
—Hola, Jasper —le sonreí con timidez, y luego a los demás, antes de añadir como
fórmula de cortesía—Me alegro de conoceros a todos... Tenéis una casa preciosa.
—Gracias —contestó Esme—. Estarnos encantados de que hayas venido.
Me habló con sentimiento, y me di cuenta de que pensaba que yo era valiente.
También caí en la cuenta de que no se veía por ninguna parte a Rosalie y a Emmett.
Recordé entonces la negativa demasiado inocente de Edward cuando le pregunté si no les
agradaba a todos.
La expresión de Carlisle me distrajo del hilo de mis pensamientos. Miraba a Edward de
forma significativa con gran intensidad. Vi a Edward asentir una vez con el rabillo del ojo.
Miré hacia otro lado, intentando ser amable, y mis ojos vagaron de nuevo hacia el
hermoso instrumento que había sobre la tarima al lado de la puerta. Súbitamente recordé una
fantasía de mi niñez, según la cual, compraría un gran piano de cola a mi madre si alguna vez
me tocaba la lotería. No era una buena pianista, sólo tocaba para sí misma en nuestro piano de
segunda mano, pero a mí me encantaba verla tocar. Se la veía feliz, absorta, entonces me
parecía un ser nuevo y misterioso, alguien diferente a la persona a quien daba por hecho que
conocía. Me hizo tomar clases, por supuesto, pero, como la mayoría de los niños, lloriqueé
hasta conseguir que dejara de llevarme.
Esme se percató de mi atención y, señalando el piano con un movimiento de cabeza, me
preguntó:
—¿Tocas?
Negué con la cabeza.
—No, en absoluto. Pero es tan hermoso... ¿Es tuyo?
—No —se rió—. ¿No te ha dicho Edward que es músico?
—No —entrecerré los ojos antes de mirarle—. Supongo que debería de haberlo sabido.
Esme arqueó las cejas como muestra de su confusión.
—Edward puede hacerlo todo, ¿no? —le expliqué.
Jasper se rió con disimulo y Esme le dirigió una mirada de reprobación.
—Espero que no hayas estado alardeando... Es de mala educación —le riñó.
—Sólo un poco —Edward rió de buen grado, el rostro de Esme se suavizó al oírlo y
ambos intercambiaron una rápida mirada cuyo significado no comprendí, aunque la faz de ella
parecía casi petulante.
—De hecho —rectifiqué—, se ha mostrado demasiado modesto.
—Bueno, toca para ella —le animó Esme.
—Acabas de decir que alardear es de mala educación —objetó Edward.
—Cada regla tiene su excepción —le replicó.
—Me gustaría oírte tocar —dije, sin que nadie me hubiera pedido mi opinión.
—Entonces, decidido.
Esme empujó hacia el piano a Edward, que tiró de mí y me hizo sentarme a su lado en
el banco. Me dedicó una prolongada y exasperada mirada antes de volverse hacia las teclas.
Luego sus dedos revolotearon rápidamente sobre las teclas de marfil y una composición,
tan compleja y exuberante que resultaba imposible creer que la interpretara un único par de
manos, llenó la habitación. Me quedé boquiabierta del asombro y a mis espaldas oí risas en
voz baja ante mi reacción.
Edward me miró con indiferencia mientras la música seguía surgiendo a nuestro
alrededor sin descanso. Me guiñó un ojo:
—¿Te gusta?
—¿Tú has escrito esto? —dije entrecortadamente al comprenderlo.
Asintió.
—Es la favorita de Esme.
Cerré los ojos al tiempo que sacudía la cabeza.
—¿Qué ocurre?
—Me siento extremadamente insignificante.
El ritmo de la música se hizo más pausado hasta transformarse en algo más suave y,
para mi sorpresa, entre la profusa maraña de notas, distinguí la melodía de la nana que me
tarareaba.
—Tú inspiraste ésta —dijo en voz baja. La música se convirtió en algo de desbordante
dulzura.
No me salieron las palabras.
—Les gustas, ya lo sabes —dijo con tono coloquial—. Sobre todo a Esme.
Eché un fugaz vistazo a mis espaldas, pero la enorme estancia se había quedado vacía.
— ¿Adonde han ido?
—Supongo que, muy sutilmente, nos han concedido un poco de intimidad.
Suspiré.
—Les gusto, pero Rosalie y Emmett... —dejé la frase sin concluir porque no estaba muy
segura de cómo expresar mis dudas.
Edward torció el gesto.
—No te preocupes por Rosalie —insistió con su persuasiva mirada—. Cambiará de
opinión.
Fruncí los labios con escepticismo.
—¿Y Emmett?
—Bueno, opina que soy un lunático, lo cual es cierto, pero no tienen ningún problema
contigo. Está intentando razonar con Rosalie.
—¿Qué le perturba? —inquirí, no muy segura de querer conocer la respuesta.
Suspiró profundamente.
—Rosalie es la que más se debate contra... contra lo que somos. Le resulta duro que
alguien de fuera de la familia sepa la verdad, y está un poco celosa.
—¿Rosalie tiene celos de mí? —pregunté con incredulidad.
Intenté imaginarme un universo en el que alguien tan impresionante como Rosalie
tuviera alguna posible razón para sentir celos de alguien como yo.
—Eres humana —Edward se encogió de hombros—. Es lo que ella también desearía
ser.
—Vaya —musité, aún aturdida—. En cuanto a Jasper...
—En realidad, eso es culpa mía —me explicó—. Ya te dije que era el que hace menos
tiempo que está probando nuestra forma de vida. Le previne para que se mantuviera a
distancia.
Pensé en la razón de esa instrucción y me estremecí.
—¿Y Esme y Carlisle...? —continué rápidamente para evitar que se diera cuenta.
—Son felices de verme feliz. De hecho, a Esme no le preocuparía que tuvieras un tercer
ojo y dedos palmeados. Durante todo este tiempo se ha preocupado por mí, temiendo que se
hubiera perdido alguna parte esencial de mi carácter, ya que era muy joven cuando Carlisle
me convirtió... Está entusiasmada. Se ahoga de satisfacción cada vez que te toco.
—Alice parece muy... entusiasta.
—Alice tiene su propia forma de ver las cosas —murmuró con los labios
repentinamente contraídos.
—Y no me la vas a explicar, ¿verdad?
Se produjo un momento de comunicación sin palabras entre nosotros. Edward
comprendió que yo sabía que me ocultaba algo y yo que no me lo iba a revelar. Ahora, no.
—¿Qué te estaba diciendo antes Carlisle?
Sus cejas se juntaron hasta casi tocarse.
—Te has dado cuenta, ¿verdad?
Me encogí de hombros.
—Naturalmente.
Me miró con gesto pensativo durante unos segundos antes de responder.
—Quería informarme de ciertas noticias... No sabía si era algo que yo debería compartir
contigo.
—¿Lo harás?
—Tengo que hacerlo, porque durante los próximos días, tal vez semanas, voy a ser un
protector muy autoritario y me disgustaría que pensaras que soy un tirano por naturaleza.
—¿Qué sucede?
—En sí mismo, nada malo. Alice acaba de «ver» que pronto vamos a tener visita. Saben
que estamos aquí y sienten curiosidad.
—¿Visita?
—Sí, bueno... Los visitantes se parecen a nosotros en sus hábitos de caza, por supuesto.
Lo más probable es que no vayan a entrar al pueblo para nada, pero, desde luego, no voy a
dejar que estés fuera de mi vista hasta que se hayan marchado.
Me estremecí.
—¡Por fin, una reacción racional! —murmuró—. Empezaba a creer que no tenías
instinto de supervivencia alguno.
Dejé pasar el comentario y aparté la vista para que mis ojos recorrieran de nuevo la
espaciosa estancia. Él siguió la dirección de mi mirada.
—No es lo que esperabas, ¿verdad? —inquirió muy ufano.
—No —admití.
—No hay ataúdes ni cráneos apilados en los rincones. Ni siquiera creo que tengamos
telarañas... ¡Qué decepción debe de ser para ti! —prosiguió con malicia.
Ignoré su broma.
—Es tan luminoso, tan despejado.
Se puso más serio al responder:
—Es el único lugar que tenemos para escondernos.
Edward seguía tocando la canción, mi canción, que siguió fluyendo libremente hasta su
conclusión, las notas finales habían cambiado, eran más melancólicas y la última revoloteó en
el silencio de forma conmovedora.
—Gracias —susurré.
Entonces me di cuenta de que tenía los ojos anegados en lágrimas. Me las enjugué,
avergonzada.
Rozó la comisura de mis ojos para atrapar una lágrima que se me había escapado. Alzó
el dedo y examinó la gota con ademán inquietante. Entonces, a una velocidad tal que no pude
estar segura de que realmente lo hiciera, se llevó el dedo a la boca para saborearla.
Le miré de manera intuitiva, y Edward sostuvo mí mirada un prolongado momento
antes de esbozar una sonrisa finalmente.
—¿Quieres ver el resto de la casa?
—¿Nada de ataúdes? —me quise asegurar.
El sarcasmo de mi voz no logró ocultar del todo la leve pero genuina ansiedad que me
embargaba. Se echó a reír, me tomó de la mano y me alejó del piano.
—Nada de ataúdes —me prometió.
Acaricié la suave y lisa barandilla con la mano mientras subíamos por la imponente
escalera. En lo alto de la misma había un gran vestíbulo de paredes revestidas con paneles de
madera color miel, el mismo que las tablas del suelo.
—La habitación de Rosalie y Emmett... El despacho de Carlisie. .. —Hacía gestos con
la mano conforme íbamos pasando delante de las puertas—. La habitación de Alice...
Edward hubiera continuado, pero me detuve en seco al final del vestíbulo,
contemplando con incredulidad el ornamento que pendía del muro por encima de mi cabeza.
Se rió entre dientes de mi expresión de asombro.
—Puedes reírte, es una especie de ironía.
No lo hice. De forma automática, alcé la mano con un dedo extendido como si fuera a
tocar la gran cruz de madera. Su oscura pátina contrastaba con el color suave de la pared. Pero
no la toqué, aun cuando sentí curiosidad por saber si su madera antigua era tan suave al tacto
como aparentaba.
—Debe de ser muy antigua —aventuré.
Se encogió de hombros.
—Es del siglo XVI, a principios de la década de los treinta, más o menos.
Aparté los ojos de la cruz para mirarle.
—¿Por qué conserváis esto aquí?
—Por nostalgia. Perteneció al padre de Carlisle.
—¿Coleccionaba antigüedades? —sugerí dubitativamente.
—No. La talló él mismo para colgarla en la pared, encima del pulpito de la vicaría en la
que predicaba.
No estaba segura de si la cara delataba mi sorpresa, pero, sólo por si acaso, continué
mirando la sencilla y antigua cruz. Efectué el cálculo de memoria. La reliquia tendría unos
trescientos setenta años. El silencio se prolongó mientras me esforzaba por asimilar la noción
de tantísimos años.
—¿Te encuentras bien? —preguntó preocupado.
—¿Cuántos años tiene Carlisle? —inquirí en voz baja, sin apartar los ojos de la cruz e
ignorando su pregunta.
—Acaba de celebrar su cumpleaños tricentésimo sexagésimo segundo —contestó
Edward. Le miré de nuevo, con un millón de preguntas en los ojos.
Me estudió atentamente mientras hablaba:
—Carlisle nació en Londres, él cree que hacia 1640. Aunque las fechas no se señalaban
con demasiada precisión en aquella época, al menos, no para la gente común, sí se sabe que
sucedió durante el gobierno de Cromwell.
No descompuse el gesto, consciente del escrutinio al que Edward me sometía al
informarme:
—Fue el hijo único de un pastor anglicano. Su madre murió al alumbrarle a él. Su padre
era un fanático. Cuando los protestantes subieron al poder, se unió con entusiasmo a la
persecución desatada contra los católicos y personas de otros credos. También creía a pies
juntillas en la realidad del mal. Encabezó partidas de caza contra brujos, licántropos... y
vampiros.
Me quedé aún más quieta ante la mención de esa palabra. Estaba segura de que lo había
notado, pero continuó hablando sin pausa.
—Quemaron a muchos inocentes, por supuesto, ya que las criaturas a las que realmente
ellos perseguían no eran tan fáciles de atrapar.
»E1 pastor colocó a su obediente hijo al frente de las razias cuando se hizo mayor. Al
principio, Carlisle fue una decepción. No se precipitaba en lanzar acusaciones ni veía
demonios donde no los había, pero era persistente y mucho más inteligente que su padre. De
hecho, localizó un aquelarre de auténticos vampiros que vivían ocultos en las cloacas de la
ciudad y sólo salían de caza durante las noches. En aquellos días, cuando los monstruos no
eran meros mitos y leyendas, ésa era la forma en que debían vivir.
—La gente reunió horcas y teas, por supuesto, y se apostó allí donde Carlisle había visto
a los monstruos salir a la calle —ahora la risa de Edward fue más breve y sombría—. Al final,
apareció uno.
»Debía de ser muy viejo y estar debilitado por el hambre. Carlisle le oyó cómo avisaba
a los otros en latín cuando detectó el efluvio del gentío —Edward hablaba con un hilo de voz
y tuve que aguzar el oído para comprender las palabras—. Luego, corrió por las calles y
Carlisle, que tenía veintitrés años y era muy rápido, encabezó la persecución. La criatura
podía haberlos dejado atrás con facilidad, pero se revolvió y, dándose la vuelta, los atacó.
Carlisle piensa que debía estar sediento. Primero se abalanzó sobre él, pero le plantó cara para
defenderse y había otros muy cerca a quienes atacar. El vampiro mató a dos hombres y se
escabulló llevándose a un tercero y dejando a Carlisle sangrando en la calle.
Hizo una pausa. Intuí que estaba censurando una parte de la historia, que me ocultaba
algo.
—Carlisle sabía lo que haría su padre: quemar los cuerpos y matar a cualquiera que
hubiera resultado infectado por el monstruo. Carlisle actuó por instinto para salvar su piel. Se
alejó a rastras del callejón mientras la turba perseguía al monstruo y a su presa. Se ocultó en
un sótano y se enterró entre patatas podridas durante tres días. Es un milagro que consiguiera
mantenerse en silencio y pasar desapercibido.
»Se dio cuenta de que se había «convertido» cuando todo terminó.
No estaba muy segura de lo que reflejaba mi rostro, pero de repente enmudeció.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó.
—Estoy bien —le aseguré, y, aunque me mordí el labio dubitativa, debió de ver la
curiosidad reluciendo en mis ojos.
—Espero —dijo con una sonrisa— que tengas algunas preguntas que hacerme.
—Unas cuantas.
Al sonreír, Edward dejó entrever su brillante dentadura. Se dirigió de vuelta al
vestíbulo, me tomó de la mano y me arrastró.
—En ese caso, vamos —me animó—. Te lo voy a mostrar.

CARLISLE
Me condujo de vuelta a la habitación que había identificado como el despacho de
Carlisle. Se detuvo delante de la puerta durante unos instantes.
—Adelante —nos invitó la voz de Carlisle.
Edward abrió la puerta de acceso a una sala de techos altos con vigas de madera y de
grandes ventanales orientados hacia el oeste. Las paredes también estaban revestidas con
paneles de madera más oscura que la del vestíbulo, allí donde ésta se podía ver, ya que unas
estanterías, que llegaban por encima de mi cabeza, ocupaban la mayor parte de la superficie.
Contenían más libros de los que jamás había visto fuera de una biblioteca.
Carlisle se sentaba en un sillón de cuero detrás del enorme escritorio de caoba. Acababa
de poner un marcador entre las páginas del libro que sostenía en las manos. El despacho era
idéntico a como yo imaginaba que sería el de un decano de la facultad, sólo que Carlisle
parecía demasiado joven para encajar en el papel.
— ¿Qué puedo hacer por vosotros? —nos preguntó con tono agradable mientras se
levantaba del sillón.
—Quería enseñar a Bella un poco de nuestra historia —contestó Edward—. Bueno, en
realidad, de tu historia.
—No pretendíamos molestarte —me disculpé.
—En absoluto. ¿Por dónde vais a comenzar?
—Por los cuadros —contestó Edward mientras me ponía con suavidad la mano sobre el
hombro y me hacía girar para mirar hacia la puerta por la que acabábamos de entrar.
Cada vez que me tocaba, incluso aunque fuera por casualidad, mi corazón reaccionaba
de forma audible. Resultaba de lo más embarazoso en presencia de Carlisle.
La pared hacia la que nos habíamos vuelto era diferente de las demás, ya que estaba
repleta de cuadros enmarcados de todos los tamaños y colores —unos muy vivos y otros de
apagados monocromos— en lugar de estanterías. Busqué un motivo oculto común que diera
coherencia a la colección, pero no encontré nada después de mi apresurado examen.
Edward me arrastró hacia el otro lado, a la izquierda, y me dejó delante de un pequeño
óleo con un sencillo marco de madera. No figuraba entre los más grandes ni los más
destacados. Pintado con diferentes tonos de sepia, representaba la miniatura de una ciudad de
tejados muy inclinados con finas agujas en lo alto de algunas torres diseminadas. Un río muy
caudaloso —lo cruzaba un puente cubierto por estructuras similares a minúsculas catedrales
— dominaba el primer plano.
—Londres hacia 1650 —comentó.
—El Londres de mi juventud —añadió Carlisle a medio metro detrás de nosotros. Me
estremecí. No le había oído aproximarse. Edward me apretó la mano.
— ¿Le vas a contar la historia? —inquirió Edward.
Me retorcí un poco para ver la reacción de Carlisle. Sus ojos se encontraron con los
míos y me sonrió.
—Lo haría —replicó—, pero de hecho llego tarde. Han telefoneado del hospital esta
mañana. El doctor Snow se ha tomado un día de permiso. Además, te conoces la historia tan
bien como yo —añadió, dirigiendo a Edward una gran sonrisa.
Resultaba difícil asimilar una combinación tan extraña: las preocupaciones del día a día
de un médico de pueblo en mitad de una conversación sobre sus primeros días en el Londres
del siglo XVII.
También desconcertaba saber que hablaba en voz alta sólo en deferencia hacia mí.
Carlisle abandonó la estancia después de destinarme otra cálida sonrisa. Me quedé
mirando el pequeño cuadro de la ciudad natal de Carlisle durante un buen rato. Finalmente,
volví los ojos hacia Edward, que estaba observándome, y le pregunté:
— ¿Qué sucedió luego? ¿Qué ocurrió cuando comprendió lo que le había pasado?
Volvió a estudiar las pinturas y miré para saber qué imagen atraía su interés ahora. Se
trataba de un paisaje de mayor tamaño y colores apagados, una pradera despejada a la sombra
de un bosque con un pico escarpado a lo lejos.
—Cuando supo que se había convertido —prosiguió en voz baja—, se rebeló contra su
condición, intentó destruirse, pero eso no es fácil de conseguir.
— ¿Cómo?
No quería decirlo en voz alta, pero las palabras se abrieron paso a través de mi estupor.
—Se arrojó desde grandes alturas —me explicó Edward con voz impasible—, e intentó
ahogarse en el océano, pero en esa nueva vida era joven y muy fuerte. Resulta sorprendente
que fuera capaz de resistir el deseo... de alimentarse... cuando era aún tan inexperto. El
instinto es más fuerte en ese momento y lo arrastra todo, pero sentía tal repulsión hacia lo que
era que tuvo la fuerza para intentar matarse de hambre.
— ¿Es eso posible? —inquirí con voz débil.
—No, hay muy pocas formas de matarnos.
Abrí la boca para formular otra pregunta, pero Edward comenzó a hablar antes de que lo
pudiera hacer.
—De modo que su hambre crecía y al final se debilitó. Se alejó cuanto pudo de toda
población humana al detectar que su fuerza de voluntad también se estaba debilitando.
Durante meses, estuvo vagabundeando de noche en busca de los lugares más solitarios,
maldiciéndose.
»Una noche, una manada de ciervos cruzó junto a su escondrijo. La sed le había vuelto
tan salvaje que los atacó sin pensarlo. Recuperó las fuerzas y comprendió que había una
alternativa a ser el vil monstruo que temía ser. ¿Acaso no había comido venado en su anterior
vida? Podía vivir sin ser un demonio y de nuevo se halló a sí mismo.
«Comenzó a aprovechar mejor su tiempo. Siempre había sido inteligente y ávido de
aprender. Ahora tenía un tiempo ilimitado por delante. Estudiaba de noche y trazaba planes
durante el día. Se marchó a Francia a nado y...
— ¿Nadó hasta Francia?
—Bella, la gente siempre ha cruzado a nado el Canal —me recordó con paciencia.
—Supongo que es cierto. Sólo que parecía divertido en ese contexto. Continúa.
—Nadar es fácil para nosotros...
—Todo es fácil para ti —me quejé.
Me aguardó con expresión divertida.
—No volveré a interrumpirte otra vez, lo prometo.
Rió entre dientes con aire misterioso y terminó la frase:
—Es fácil porque, técnicamente, no necesitamos respirar.
—Tú...
—No, no, lo has prometido —se rió y me puso con suavidad el helado dedo en los
labios—. ¿Quieres oír la historia o no?
—No me puedes soltar algo así y esperar que no diga nada —mascullé contra su dedo.
Levantó la mano hasta ponerla sobre mi cuello. Mi corazón se desbocó, pero perseveré.
— ¿No necesitas respirar? —exigí saber.
—No, no es una necesidad —se encogió de hombros—. Sólo un hábito.
— ¿Cuánto puedes aguantar sin respirar?
—Supongo que indefinidamente, no lo sé. La privación del sentido del olfato resulta un
poco incómoda.
—Un poco incómoda —repetí.
No prestaba atención a mis expresiones, pero hubo algo en ellas que le ensombreció el
ánimo. La mano le colgó a un costado y se quedó inmóvil, mirándome con gran intensidad. El
silencio se prolongó y sus facciones siguieron tan inmóviles como una piedra.
— ¿Qué ocurre? —susurré mientras le acariciaba el rostro helado.
Sus facciones se suavizaron ante mi roce y suspiró.
—Sigo a la espera de que pase.
— ¿A que pase el qué?
—Sé que en algún momento, habrá algo que te diga o que te haga ver que va a ser
demasiado. Y entonces te alejarás de mí entre alaridos —esbozó una media sonrisa, pero sus
ojos eran serios—. No voy a detenerte. Quiero que suceda, porque quiero que estés a salvo. Y
aun así, quiero estar a tu lado. Ambos deseos son imposibles de conciliar...
Dejó la frase en el aire mientras contemplaba mi rostro, a la espera.
—No voy a irme a ningún lado —le prometí.
—Ya lo veremos —contestó, sonriendo de nuevo.
Le fruncí el ceño.
—Bueno, continuemos... Carlisle se marchó a Francia a nado.
Hizo una pausa mientras intentaba recuperar el hilo de la historia. Con gesto pensativo,
fijó la mirada en otra pintura, la de mayor colorido y de marco más lujoso, y también la más
grande. Personajes llenos de vida, envueltos en túnicas onduladas y enroscadas en torno a
grandes columnas en el exterior de balconadas marmóreas, llenaban el lienzo. No sabía si
representaban figuras de la mitología helena o si los personajes que flotaban en las nubes de la
parte superior tenían algún significado bíblico.
—Carlisle nadó hacia Francia y continuó por Europa y sus universidades. De noche
estudió música, ciencias, medicina y encontró su vocación y su penitencia en salvar vidas —
su expresión se tornó sobrecogida, casi reverente—. No sé describir su lucha de forma
adecuada. Carlisle necesitó dos siglos de atormentadores esfuerzos para perfeccionar su
autocontrol. Ahora es prácticamente inmune al olor de la sangre humana y es capaz de hacer
el trabajo que adora sin sufrimiento. Obtiene una gran paz de espíritu allí, en el hospital...
Edward se quedó con la mirada ausente durante bastante tiempo. De repente, pareció
recordar su intención. Dio unos golpecitos en la enorme pintura que teníamos delante con el
dedo.
—Estudió en Italia cuando descubrió que allí había otros. Eran mucho más civilizados y
cultos que los espectros de las alcantarillas londinenses.
Rozó a un cuarteto relativamente sereno de figuras pintadas en lo alto de un balcón que
miraban con calma el caos reinante a sus pies. Estudié al grupo con cuidado y, con una risa de
sorpresa, reconocí al hombre de cabellos dorados.
—Los amigos de Carlisle fueron una gran fuente de inspiración para Francesco
Solimena. A menudo los representaba como dioses —rió entre dientes—. Aro, Marco, Cayo
—dijo conforme iba señalando a los otros tres, dos de cabellos negros y uno de cabellos canos
——, los patrones nocturnos de las artes.
— ¿Qué fue de ellos? —pregunté en voz alta, con la yema de los dedos inmóvil en el
aire a un centímetro de las figuras de la tela.
—Siguen ahí, como llevan haciendo desde hace quién sabe cuántos milenios —se
encogió de hombros—. Carlisle sólo estuvo entre ellos por un breve lapso de tiempo, apenas
unas décadas. Admiraba profundamente su amabilidad y su refinamiento, pero persistieron en
su intento de curarle de aquella aversión a su «fuente natural de alimentación». Ellos
intentaron persuadirle y él a ellos, en vano. Llegados a ese punto, Carlisle decidió probar
suerte en el Nuevo Mundo. Soñaba con hallar a otros como él. Ya sabes, estaba muy solo.
«Transcurrió mucho tiempo sin que encontrara a nadie, pero podía interactuar entre los
confiados humanos como si fuera uno de ellos porque los monstruos se habían convertido en
tema para los cuentos de hadas. Comenzó a practicar la medicina. Pero rehuía el ansiado
compañerismo al no poderse arriesgar a un exceso de confianza.
«Trabajaba por las noches en un hospital de Chicago cuando golpeó la pandemia de
gripe. Le había estado dando vueltas durante varios años y casi había decidido actuar. Ya que
no encontraba un compañero, lo crearía; pero dudaba si hacerlo o no, ya que él mismo no
estaba totalmente seguro de cómo se había convertido. Además, se había jurado no arrebatar
la vida de nadie de la misma manera que se la habían robado a él. Estaba en ese estado de
ánimo cuando me encontró. No había esperanza para mí. Me habían dejado en la sala de los
moribundos. Había asistido a mis padres, por lo que sabía que estaba solo en el mundo, .y
decidió intentarlo....
Ahora, cuando dejó la frase inacabada, su voz era apenas un susurro. Me pregunté qué
imágenes ocuparían su mente en ese instante, ¿los recuerdos de Carlisle o los suyos? Esperé
sin hacer ruido.
Una angelical sonrisa iluminaba su rostro cuando se volvió hacia mí.
—Y así es como se cerró el círculo —concluyó.
—Entonces, ¿siempre has estado con Carlisle?
—Casi siempre.
Me puso la mano en la cintura con suavidad y me arrastró con él mientras cruzaba la
puerta. Me volví a mirar los cuadros de la pared, preguntándome si alguna vez llegaría a oír el
resto de las historias.
Edward no dijo nada mientras caminábamos hacia el vestíbulo, de modo que pregunté:
— ¿Casi?
Suspiró. Parecía renuente a responder.
—Bueno, tuve el típico brote de rebeldía adolescente unos diez años después de...
nacer... o convertirme, como prefieras llamarlo. No me resignaba a llevar su vida de
abstinencia y estaba resentido con él por refrenar mi sed, por lo que me marché a seguir mi
camino durante un tiempo.
— ¿De verdad?
Estaba mucho más intrigada que asustada, que es como debería estar.
Y él lo sabía. Vagamente me di cuenta de que nos dirigíamos al siguiente tramo de
escaleras, pero no estaba prestando demasiada atención a cuanto me rodeaba.
— ¿No te causa repulsa?
—No.
— ¿Por qué no?
—Supongo que... suena razonable.
Soltó una carcajada más fuerte que las anteriores. Ahora nos encontrábamos en lo más
alto de las escaleras, en otro vestíbulo de paredes revestidas con paneles de madera.
—Gocé de la ventaja de saber qué pensaban todos cuantos me rodeaban, fueran
humanos o no, desde el momento de mi renacimiento —susurró—. Ésa fue la razón por la que
tardé diez años en desafiar a Carlisle... Podía leer su absoluta sinceridad y comprender la
razón de su forma de vida.
Apenas tardé unos pocos años en volver a su lado y comprometerme de nuevo con su
visión. Creí poderme librar de los remordimientos de conciencia, ya que podía dejar a los
inocentes y perseguir sólo a los malvados al conocer los pensamientos de mis presas. Si
seguía a un asesino hasta un callejón oscuro donde acosaba a una chica, si la salvaba, en ese
caso no sería tan terrible.
Me estremecí al imaginar con claridad lo que describía: el callejón de noche, la chica
atemorizada, el hombre siniestro detrás de ella y Edward de caza, terrible y glorioso como un
joven dios, imparable. ¿Le estaría agradecida la chica o se asustaría más que antes?
—Pero con el paso del tiempo comencé a verme como un monstruo. No podía rehuir la
deuda de haber tomado demasiadas vidas, sin importar cuánto se lo merecieran, y regresé con
Carlisle y Esme. Me acogieron como al hijo pródigo. Era más de lo que merecía.
Nos habíamos detenido frente a la última puerta del vestíbulo.
—Mi habitación —me informó al tiempo que abría la puerta y me hacía pasar.
Su habitación tenía vistas al sur y una ventana del tamaño de la pared, igual que en el
gran recibidor del primer piso. Toda la parte posterior de la casa debía de ser de vidrio. La
vista daba al meandro que describía el río Sol Duc antes de cruzar el bosque intacto que
llegaba hasta la cordillera de Olympic Mountain. La pared de la cara oeste estaba totalmente
cubierta por una sucesión de estantes repletos de CD. El cuarto de Edward estaba mejor
surtido que una tienda de música. En el rincón había un sofisticado aparato de música, de un
tipo que no me atrevía a tocar por miedo a romperlo. No había ninguna cama, sólo un
espacioso y acogedor sofá de cuero negro. Una gruesa alfombra de tonos dorados cubría el
suelo y las paredes estaban tapizadas de tela de un tono ligeramente más oscuro.
— ¿Para conseguir una buena acústica? —aventuré.
Edward rió entre dientes y asintió con la cabeza.
Tomó un mando a distancia y encendió el equipo, la suave música de jazz, pese a estar a
un volumen bajo, sonaba como si el grupo estuviera con nosotros en la habitación. Me fui a
mirar su alucinante colección de música.
— ¿Cómo los clasificas? —pregunté al sentirme incapaz de encontrar un criterio para el
orden de los títulos.
No me estaba prestando atención.
—Esto... Por año, y luego por preferencia personal dentro de ese año —contestó con
aire distraído.
Al darme la vuelta, le vi mirarme con un brillo muy peculiar en los ojos.
— ¿Qué ocurre?
—Contaba con sentirme aliviado después de habértelo explicado todo, de no tener
secretos para ti, pero no esperaba sentir más que eso. Me gusta —se encogió de hombros al
tiempo que sonreía imperceptiblemente—. Me hace feliz.
—Me alegro.
Le devolví la sonrisa. Me preocuparía que se arrepintiera de haberme contado todo
aquello. Era bueno saber que no era el caso.
Pero entonces, mientras sus ojos estudiaban mi expresión, su sonrisa se apagó y su
frente se pobló de arrugas.
—Aún sigues esperando que salga huyendo —supuse—, gritando espantada, ¿verdad?
Una ligera sonrisa curvó sus labios y asintió.
—Lamento estropearte la ilusión, pero no inspiras tanto miedo, de veras —con toda
naturalidad, le mentí—: De hecho, no me asustas nada en absoluto.
Se detuvo y arqueó las cejas con manifiesta incredulidad. Una sonrisa ancha y traviesa
recorrió su rostro.
—No deberías haber dicho eso, de veras.
Edward emitió un sordo gruñido gutural y los labios mostraron unos dientes perfectos al
curvarse hacia atrás. De repente, su cuerpo cambió, se había agachado, tenso como un león a
punto de acometer.
Sin dejar de mirarlo, me aparté de él.
—No deberías haberlo dicho.
No le vi saltar hacia mí, fue demasiado rápido. De repente me encontré en el aire y
luego caímos sobre el sofá, que golpeó contra la pared por el impacto. Sus brazos formaron
una protectora jaula durante todo el tiempo, por lo que apenas sentí el zarandeo, pero seguía
respirando agitadamente cuando intenté ponerme en pie.
— ¿Qué era lo que decías? —preguntó juguetón.
—Que eres un monstruo realmente aterrador —repliqué. El jadeo de mi voz estropeó
algo el sarcasmo de mi respuesta.
—Mucho mejor —aprobó.
—Esto... —forcejeé——. ¿Me puedes bajar ya?
Se limitó a reírse.
— ¿Se puede? —preguntó una voz que parecía proceder del vestíbulo.
Me debatí para liberarme, pero Edward se limitó a dejar que pudiera sentarme de forma
más convencional sobre su regazo. Entonces vi en el vestíbulo a Alice y a Jasper detrás de
ella. Me puse colorada, pero Edward parecía a gusto.
—Adelante —contestó Edward, que aún seguía riéndose discretamente.
Alice no pareció hallar nada inusual en nuestro abrazo. Caminó —casi bailó, tal era la
gracia de sus movimientos— hacia el centro del cuarto y se dobló de forma sinuosa para
sentarse sobre el suelo. Jasper, sin embargo, se detuvo en el umbral un poco sorprendido.
Clavó los ojos en el rostro de Edward y me pregunté si estaba tanteando el clima reinante con
su inusual sensibilidad.
—Parecía que te ibas a almorzar a Bella —anunció Alice—, y veníamos a ver si la
podíamos compartir.
Me puse rígida durante un instante, hasta que me percaté de la gran sonrisa de Edward.
No sabría decir si se debía al comentario de Alice o a mi reacción.
—Lo siento. No creo que haya bastante para compartir —replicó sin dejar de rodearme
con los brazos.
—De hecho —dijo Jasper, sonriendo a su pesar cuando entró en la habitación—, Alice
anuncia una gran tormenta para esta noche y Emmett quiere jugar a la pelota. ¿Te apuntas?
Las palabras eran bastante comunes, pero me desconcertaba el contexto; aunque Alice
era más fiable que el hombre del tiempo.
Los ojos de Edward se iluminaron, pero aun así vaciló.
—Traerías a Bella, por supuesto —añadió Alice jovialmente. Había creído atisbar la
rápida mirada que Jasper le lanzaba.
— ¿Quieres ir? —me preguntó Edward, animado y con expresión de entusiasmo.
—Claro —no podía decepcionar a un rostro como ése—. Eh, ¿adonde vamos?
—Hemos de esperar a que truene para jugar, ya verás la razón —me prometió.
— ¿Necesitaré un paraguas?
Las tres rompieron a reír estrepitosamente.
— ¿Lo va a necesitar? —preguntó Jasper a Alice.
—No; —estaba segura—. La tormenta va a descargar sobre el pueblo. El claro del
bosque debería de estar bastante seco.
—En ese caso, perfecto.
El entusiasmo de la voz de Jasper fue contagioso, por descontado. Yo misma me
descubrí más curiosa que aterrada.
—Vamos a ver si Carlisle quiere venir.
Alice se levantó y cruzó la puerta de un modo que hubiera roto de envidia el corazón de
una bailarina.
—Como si no lo supieras —la pinchó Jasper.
Ambos siguieron su camino con rapidez, pero Jasper se las arregló para dejar la puerta
discretamente cerrada al salir.
— ¿A qué vamos a jugar? —quise saber.
—Tú vas a mirar —aclaró Edward—. Nosotros jugaremos al béisbol.
Levanté los ojos hacia el cielo
— ¿A los vampiros les gusta el béisbol?
—Es el pasatiempo americano —me replicó con burlona solemnidad.

EL PARTIDO
Apenas había comenzado a lloviznar cuando Edward dobló la esquina para entrar en mi
calle. Hasta ese momento, no había albergado duda alguna de que me acompañaría las pocas
horas de interludio hasta el partido que iba a pasar en el mundo real.
Entonces vi el coche negro, un Ford desvencijado, aparcado en el camino de entrada a la
casa de Charlie, y oí a Edward mascullar algo ininteligible con voz sorda y áspera.
Jacob Black estaba de pie detrás de la silla de ruedas de su padre, al abrigo de la lluvia,
debajo del estrecho saliente del porche. El rostro de Billy se mostraba tan impasible como la
piedra mientras Edward aparcaba el monovolumen en el bordillo. Jacob clavaba la mirada en
el suelo, con expresión mortificada.
—Esto... —la voz baja de Edward sonaba furiosa—. Esto es pasarse de la raya.
— ¿Han venido a avisar a Charlie? —aventuré, más horrorizada que enfadada.
Edward asintió con sequedad, respondiendo con los ojos entrecerrados a la mirada de
Billy a través de la lluvia.
Se me aflojaron las piernas de alivio al saber que Charlie no había llegado aún.
—Déjame arreglarlo a mí —sugerí, ansiosa al ver la oscura mirada llena de odio de
Edward.
Para mi sorpresa, estuvo de acuerdo.
—Quizás sea lo mejor, pero, de todos modos, ten cuidado. El chico no sabe nada.
Me molestó un poco la palabra «chico».
—Jacob no es mucho más joven que yo —le recordé.
Entonces, me miró, y su ira desapareció repentinamente.
—Sí, ya lo sé ——me aseguró con una amplia sonrisa.
Suspiré y puse la mano en la manija de la puerta.
—Haz que entren a la casa para que me pueda ir —ordenó—. Volveré hacia el
atardecer.
— ¿Quieres llevarte el coche? —pregunté mientras me cuestionaba cómo le iba a
explicar su falta a Charlie.
Edward puso los ojos en blanco.
—Puedo llegar a casa mucho más rápido de lo que puede llevarme este coche.
—No tienes por qué irte —dije con pena.
Sonrió al ver mi expresión abatida.
—He de hacerlo —lanzó a los Black una mirada sombría—. Una vez que te libres de
ellos, debes preparar a Charlie para presentarle a tu nuevo novio.
Esbozó una de sus amplias sonrisas que dejó entrever todos los dientes.
—Muchas gracias —refunfuñé.
Sonrió otra vez, pero con esa sonrisa traviesa que yo amaba tanto.
—Volveré pronto —me prometió.
Sus ojos volaron de nuevo al porche y entonces se inclinó para besarme rápidamente
justo debajo del borde de la mandíbula. El corazón se me desbocó alocado y yo también eché
una mirada al porche. El rostro de Billy ya no estaba tan impasible, y sus manos se aferraban
a los brazos de la silla.
—Pronto —remarqué, al abrir la puerta y saltar hacia la lluvia.
Podía sentir sus ojos en mi espalda conforme me apresuraba hacia la tenue luz del
porche.
—Hola, Billy. Hola, Jacob —los saludé con todo el entusiasmo del que fui capaz—.
Charlie se ha marchado para todo el día, espero que no llevéis esperándole mucho tiempo.
—No mucho —contestó Billy con tono apagado; sus ojos negros me traspasaron—.
Solo queríamos traerle esto —señaló la bolsa de papel marrón que llevaba en el regazo.
—Gracias —le dije, aunque no tenía idea de qué podía ser—. ¿Por qué no entráis un
momento y os secáis?
Intenté mostrarme indiferente al intenso escrutinio de Billy mientras abría la puerta y les
hacía señas para que me siguieran.
—Venga, dámelo —le ofrecí mientras me giraba para cerrar la puerta y echar una
última mirada a Edward, que seguía a la espera, completamente inmóvil y con aspecto
solemne.
—Deberías ponerlo en el frigorífico —comentó Billy mientras me tendía la bolsa—. Es
pescado frito casero de Harry Clearwater, el favorito de Charlie. En el frigorífico estará más
seco.
Billy se encogió de hombros.
Gracias —repetí, aunque ahora lo agradecía de corazón—. Ando en busca de nuevas
recetas para el pescado y seguro que traerá más esta noche a casa.
— ¿Se ha ido de pesca otra vez? —Preguntó Billy con un sutil destello en la mirada—.
¿Allí abajo, donde siempre? Quizá me acerque a saludarlo.
—No —mentí rápidamente, endureciendo la expresión—. Se ha ido a un sitio nuevo...,
y no tengo ni idea de dónde está.
Se percató del cambio operado en mi expresión y se quedó pensativo.
—Jake —dijo sin dejar de observarme—. ¿Por qué no vas al coche y traes el nuevo
cuadro de Rebecca? Se lo dejaré a Charlie también.
— ¿Dónde está? —preguntó Jacob, con voz malhumorada.
Le miré, pero tenía la vista fija en el suelo, con gesto contrariado.
—Creo haberlo visto en el maletero, a lo mejor tienes que rebuscar un poco.
Jacob se encaminó hacia la lluvia arrastrando los pies.
Billy y yo nos encaramos en silencio. Después de unos segundos, el silencio se hizo
embarazoso, por lo que me dirigí hacia la cocina. Oí el chirrido de las ruedas mojadas de su
silla mientras me seguía.
Empujé la bolsa dentro del estante más alto del frigorífico, ya atestado, y me di la vuelta
para hacerle frente. Su rostro de rasgos marcados era inescrutable.
—Charlie no va a volver hasta dentro de un buen rato —espeté con tono casi grosero.
Billy asintió con la cabeza, pero no dijo nada.
—Gracias otra vez por el pescado frito —repetí.
Continuó asintiendo, yo suspiré y crucé los brazos sobre el pecho. Pareció darse cuenta
de que yo había dado por finalizada nuestra pequeña charla.
—Bella —comenzó, y luego dudó.
Esperé.
—Bella —volvió a decir—, Charlie es uno de mis mejores amigos.
—Sí.
—Me he dado cuenta de que estás con uno de los Cullen.
Pronunció cada palabra cuidadosamente, con su voz resonante.
—Sí —repetí de manera cortante.
Sus ojos se achicaron.
—Quizás no sea asunto mío, pero no creo que sea una buena idea.
—Llevas razón, no es asunto tuyo.
Arqueó las cejas, que ya empezaban a encanecer.
—Tal vez lo ignores, pero la familia Cullen goza de mala reputación en la reserva.
—La verdad es que estaba al tanto —le expliqué con voz seca; aquello le sorprendió—.
Sin embargo, esa reputación podría ser inmerecida, ¿no? Que yo sepa, los Cullen nunca han
puesto el pie en la reserva, ¿o sí?
Me percaté de que se detenía en seco ante la escasa sutileza de mi alusión al acuerdo
que vinculaba y protegía a su tribu.
—Es cierto ——admitió, mirándome con prevención—. Pareces, bien informada sobre
los Cullen, más de lo que esperaba.
—Quizás incluso más que tú ——dije, mirándole desde mi altura.
Frunció los gruesos labios mientras lo encajaba.
—Podría ser —concedió, aunque un brillo de astucia iluminaba sus ojos—. ¿Está
Charlie tan bien informado?
Había encontrado el punto débil de mi defensa.
—A Charlie le gustan mucho los Cullen —me salí por la tangente, y él percibió con
claridad mi movimiento evasivo. No parecía muy satisfecho, pero tampoco sorprendido.
—O sea, que no es asunto mío, pero quizás sí de Charlie.
—Si creo que incumbe o no a mi padre, también es sólo asunto mío. ¿De acuerdo?
Me pregunté si habría captado la idea a pesar de mis esfuerzos por embarullarlo todo y
no decir nada comprometedor. Parecía que sí. La lluvia repiqueteaba sobre el tejado, era el
único sonido que rompía el silencio mientras Billy reflexionaba sobre el tema.
—Sí —se rindió finalmente—. Imagino que es asunto tuyo.
—Gracias, Billy —suspiré aliviada.
—Piensa bien lo que haces, Bella —me urgió.
—Vale —respondí con rapidez.
Volvió a fruncir el ceño.
—Lo que quería decir es que dejaras de hacer lo que haces.
Le miré a los ojos, llenos de sincera preocupación por mí, y no se me ocurrió ninguna
contestación. En ese preciso momento, la puerta se abrió de un fuerte golpe y me sobresalté
con el ruido.
A Jacob le precedió su voz quejumbrosa:
—No había ninguna pintura en el coche.
Apareció por la esquina de la cocina con los hombros mojados por la lluvia y el cabello
chorreante.
—Humm —gruñó Billy, separándose de mí súbitamente y girando la silla para encarar a
su hijo—. Supongo que me lo dejé en casa.
—Estupendo.
Jacob levantó los ojos al cielo de forma teatral.
—Bueno, Bella, dile a Charlie... —Billy se detuvo antes de continuar—, que hemos
pasado por aquí, ¿sí?
—Lo haré —murmuré.
Jacob estaba sorprendido.
— ¿Pero nos vamos ya?
—Charlie va a llegar tarde —explicó Billy al tiempo que hacía rodar las ruedas de la
silla y sobrepasaba a Jacob.
—Vaya —Jacob parecía molesto—. Bueno, entonces supongo que ya te veré otro día,
Bella.
—Claro —afirmé.
—Ten cuidado —me advirtió Billy; no le contesté.
Jacob ayudó a su padre a salir por la puerta. Les despedí con un ligero movimiento del
brazo mientras contemplaba mi coche, ahora vacío, con atención. Cerré la puerta antes de que
desaparecieran de mi vista.
Permanecí de pie en la entrada durante un minuto, escuchando el sonido del coche
mientras daba marcha atrás y se alejaba. Me quedé allí, a la espera de que se me pasaran la
irritación y la angustia. Cuando al fin conseguí relajarme un poco, subí las escaleras para
cambiarme la elegante ropa que me había puesto para salir.
Me probé un par de tops, no muy segura de qué debía esperar de esta noche. Estaba tan
concentrada en lo que ocurriría que lo que acababa de suceder perdió todo interés para mí.
Ahora que me encontraba lejos de la influencia de Jasper y Edward intenté convencerme de
que lo que había pasado no me debía asustar. Deseché rápidamente la idea de ponerme otro
conjunto y elegí una vieja camisa de franela y unos vaqueros, ya que, de todos modos, llevaría
puesto el impermeable toda la noche.
Sonó el teléfono y eché a correr escaleras abajo para responder. Sólo había una voz que
quería oír; cualquier otra me molestaría. Pero imaginé que si él hubiera querido hablar
conmigo, probablemente sólo habría tenido que materializarse en mi habitación.
— ¿Diga? —pregunté sin aliento.
— ¿Bella? Soy yo —dijo Jessica.
—Ah, hola, Jess —luché durante unos momentos para descender de nuevo a la realidad.
Me parecía que habían pasado meses en vez de días desde la última vez que hablé con ella—.
¿Qué tal te fue en el baile?
— ¡Me lo pasé genial! —parloteó Jessica, que, sin necesidad de más invitación, se
embarcó en una descripción pormenorizada de la noche pasada. Murmuré unos cuantos
«humm» y «ah» en los momentos adecuados, pero me costaba concentrarme. Jessica, Mike, el
baile y el instituto se me antojaban extrañamente irrelevantes en esos momentos. Mis ojos
volvían una y otra vez hacia la ventana, intentando juzgar el grado de luz real a través de las
nubes espesas.
— ¿Has oído lo que te he dicho, Bella? —me preguntó Jess, irritada.
—Lo siento, ¿qué?
— ¡Te he dicho que Mike me besó! ¿Te lo puedes creer?
—Eso es estupendo, Jessica.
— ¿Y qué hiciste tú ayer? —me desafió Jessica, todavía molesta por mi falta de
atención. O quizás estaba enfadada porque no le había preguntado por los detalles.
—No mucho, la verdad. Sólo di un garbeo por ahí para disfrutar del sol.
Oí entrar el coche de Charlie en el garaje.
—Oye, ¿y has sabido algo de Edward Cullen?
La puerta principal se cerró de un portazo y escuché a Charlie avanzar dando tropezones
cerca de las escaleras, mientras guardaba el aparejo de pesca.
—Humm —dudé, sin saber qué más contarle.
— ¡Hola, cielo!, ¿estás ahí? —me saludó Charlie al entrar en la cocina. Le devolví el
saludo por señas.
Jess oyó su voz.
—Ah, vaya, ha llegado tu padre. No importa, hablamos mañana. Nos vemos en
Trigonometría.
—Nos vemos, jess —le respondí y luego colgué.
—Hola, papá —dije mientras él se lavaba las manos en el fregadero—. ¿Qué tal te ha
ido la pesca?
—Bien, he metido el pescado en el congelador.
—Voy a sacar un poco antes de que se congele. Billy trajo pescado frito del de Harry
Clearwater esta tarde —hice un esfuerzo por sonar alegre.
—Ah, ¿eso hizo? —los ojos de Charlie se iluminaron—. Es mi favorito.
Se lavó mientras yo preparaba la cena. No tardamos mucho en sentarnos a la mesa y
cenar en silencio. Charlie disfrutaba de su comida, y entretanto yo me preguntaba
desesperadamente cómo cumplir mi misión, esforzándome por hallar la manera de abordar el
tema.
— ¿Qué has hecho hoy? —me preguntó, sacándome bruscamente de mi ensoñación.
—Bueno, esta tarde anduve de aquí para allá por la casa —en realidad, sólo había sido
la última parte de la tarde. Intenté mantener mi voz animada, pero sentía un vacío en el
estómago—. Y esta mañana me pasé por casa de los Cullen.
Charlie dejó caer el tenedor.
— ¿La casa del doctor Cullen? —inquirió atónito.
Hice como que no me había dado cuenta de su reacción.
— ¿A qué fuiste allí? Aún no había levantado su tenedor.
—Bueno, tenía una especie de cita con Edward Cullen esta noche, y él quería
presentarme a sus padres... ¿Papá? Parecía como si Charlie estuviera sufriendo un aneurisma.
—Papá, ¿estás bien? —Estás saliendo con Edward Cullen —tronó.
—Pensaba que te gustaban los Cullen.
—Es demasiado mayor para ti —empezó a despotricar.
—Los dos vamos al instituto —le corregí, aunque desde luego llevaba más razón de la
que hubiera podido soñar.
—Espera... —hizo una pausa—. ¿Cuál de ellos es Edwin?
—Edward es el más joven, el de pelo cobrizo.
El más hermoso, el más divino..., pensé en mi fuero interno.
—Ah, ya, eso está... —se debatía— mejor. No me gusta la pinta del grandote. Seguro
que será un buen chico y todo eso, pero parece demasiado... maduro para ti. ¿Y este Edwin es
tu novio?
—Se llama Edward, papá.
— ¿Y lo es?
—Algo así, supongo.
—Pues la otra noche me dijiste que no te interesaba ningún chico del pueblo —al verle
tomar de nuevo el tenedor empecé a pensar que había pasado lo peor.
—Bueno, Edward no vive en el pueblo, papá.
Me miró con displicencia mientras masticaba.
—Y de todos modos —continué—, estamos empezando todavía, ya sabes. No me hagas
pasar un mal rato con todo ese sermón sobre novios y tal, ¿vale?
— ¿Cuándo vendrá a recogerte?
—Llegará dentro de unos minutos.
— ¿Adonde te va a llevar?
—Espero que te vayas olvidando ya de comportarte como un inquisidor, ¿vale? —Gruñí
en voz alta—. Vamos a jugar al béisbol con su familia.
Arrugó la cara y luego, finalmente, rompió a reír entre dientes.
— ¿Que tú vas a jugar al béisbol?
—Bueno, más bien creo que voy a mirar la mayor parte del tiempo.
—Pues sí que tiene que gustarte ese chico —comentó mientras me miraba con gesto de
sospecha.
Suspiré y puse los ojos en blanco para que me dejara en paz.
Escuché el rugido de un motor, y luego lo sentí detenerse justo en frente de la casa.
Pegué un salto en la silla y empecé a fregar los platos.
—Deja los platos, ya los lavaré yo luego. Me tienes demasiado mimado.
Sonó el timbre y Charlie se dirigió a abrir la puerta; le seguí a un paso.
No me había dado cuenta de que fuera caían chuzos de punta. Edward estaba de pie,
aureolado por la luz del porche, con el mismo aspecto de un modelo en un anuncio de
impermeables.
—Entra, Edward.
Respiré aliviada al ver que Charlie no se había equivocado con el nombre.
—Gracias, jefe Swan —dijo él con voz respetuosa.
—Entra y llámame Charlie. Ven, dame la cazadora.
—Gracias, señor.
—Siéntate aquí, Edward.
Hice una mueca.
Edward se sentó con un ágil movimiento en la única silla que había, obligándome a
sentarme al lado del jefe Swan en el sofá. Le lancé una mirada envenenada y él me guiñó un
ojo a espaldas de Charlie.
—Tengo entendido que vas a llevar a mi niña a ver un partido de béisbol.
El que llueva a cántaros y esto no sea ningún impedimento para hacer deporte al aire
libre sólo ocurre aquí, en Washington.
—Sí, señor, ésa es la idea —no pareció sorprendido de que le hubiera contado a mi
padre la verdad. Aunque también podría haber estado escuchando, claro.
—Bueno, eso es llevarla a tu terreno, supongo ¿no?
Charlie rió y Edward se unió a él.
—Estupendo —me levanté—. Ya basta de bromitas a mi costa. Vamonos.
Volví al recibidor y me puse la cazadora. Ellos me siguieron.
—No vuelvas demasiado tarde, Bella.
—No se preocupe Charlie, la traeré temprano —prometió Edward.
—Cuidarás de mi niña, ¿verdad?
Refunfuñé, pero me ignoraron.
—Le prometo que estará a salvo conmigo, señor.
Charlie no pudo cuestionar la sinceridad de Edward, ya que cada palabra quedaba
impregnada de ella.
Salí enfadada. Ambos rieron y Edward me siguió.
Me paré en seco en el porche. Allí, detrás de mi coche, había un Jeep gigantesco. Las
llantas me llegaban por encima de la cintura, protectores metálicos recubrían las luces traseras
y delanteras, además de llevar cuatro enormes faros antiniebla sujetos al guardabarros. El
techo era de color rojo brillante.
Charlie dejó escapar un silbido por lo bajo.
—Poneos los cinturones —advirtió.
Edward me siguió hasta la puerta del copiloto y la abrió. Calculé la distancia hasta el
asiento y me preparé para saltar. Edward suspiró y me alzó con una sola mano. Esperaba que
Charlie no se hubiera dado cuenta.
Mientras regresaba al lado del conductor, a un paso normal, humano, intenté ponerme el
cinturón, pero había demasiadas hebillas.
— ¿Qué es todo esto? —le pregunté cuando abrió la puerta.
—Un arnés para conducir campo a traviesa.
—Oh, oh.
Intenté encontrar los sitios donde se tenían que enganchar todas aquellas hebillas, pero
iba demasiado despacio. Edward volvió a suspirar y se puso a ayudarme. Me alegraba de que
la lluvia fuera tan espesa como para que Charlie no pudiera ver nada con claridad desde el
porche. Eso quería decir que no estaba dándose cuenta de cómo las manos de Edward se
deslizaban por mi cuello, acariciando mi nuca. Dejé de intentar ayudarle y me concentré en no
hiperventilar.
Edward giró la llave y el motor arrancó; al fin nos alejamos de la casa.
—Esto es... humm... ¡Vaya pedazo de Jeep que tienes!
—Es de Emmett. Supuse que no te apetecería correr todo el camino.
— ¿Dónde guardáis este tanque?
—Hemos remodelado uno de los edificios exteriores para convertirlo en garaje.
— ¿No te vas a poner el cinturón?
Me lanzó una mirada incrédula.
Entonces caí en la cuenta del significado de sus palabras.
— ¿Correr todo el camino? O sea, ¿que una parte sí la vamos a hacer corriendo?
Mi voz se elevó varias octavas y él sonrió ampliamente.
—No serás tú quien corra.
—Me voy a marear.
—Si cierras los ojos, seguro que estarás bien.
Me mordí el labio, intentando luchar contra el pánico.
Se inclinó para besarme la coronilla y entonces gimió. Le miré sorprendida.
—Hueles deliciosamente a lluvia —comentó.
—Pero, ¿bien o mal? —pregunté con precaución.
—De las dos maneras —suspiró—. Siempre de las dos maneras.
Entre la penumbra y el diluvio, no sé cómo encontró el camino, pero de algún modo
llegamos a una carretera secundaria, con más aspecto de un camino forestal que de carretera.
La conversación resultó imposible durante un buen rato, dado que yo iba rebotando arriba y
abajo en el asiento como un martillo pilón. Sin embargo, Edward parecía disfrutar del paseo,
ya que no dejó de sonreír en ningún momento.
Y entonces fue cuando llegamos al final de la carretera; los árboles formaban grandes
muros verdes en tres de los cuatro costados del Jeep. La lluvia se había convertido en llovizna
poco a poco y el cielo brillante asomaba entre las nubes.
—Lo siento, Bella, pero desde aquí tenemos que ir a pie.
— ¿Sabes qué? Que casi mejor te espero aquí.
—Pero ¿qué le ha pasado a tu coraje? Estuviste estupenda esta mañana.
—Todavía no se me ha olvidado la última vez.
Parecía increíble que aquello sólo hubiera sucedido ayer. Se acercó tan rápidamente a
mi lado del coche que apenas pude apreciar una imagen borrosa. Empezó a desatarme el
arnés.
—Ya los suelto yo; tú, vete —protesté en vano.
—Humm... —parecía meditar mientras terminaba rápidamente—. Me parece que voy a
tener que forzar un poco la memoria.
Antes de que pudiera reaccionar, me sacó del Jeep y me puso de pie en el suelo. Había
ahora apenas un poco de niebla; parecía que Alice iba a tener razón.
— ¿Forzar mi memoria? ¿Cómo? —pregunté nerviosamente.
—Algo como esto —me miró intensamente, pero con cautela, aunque había una chispa
de humor en el fondo de sus ojos.
Apoyó las manos sobre el Jeep, una a cada lado de mi cabeza, y se inclinó, obligándome
a permanecer aplastada contra la puerta. Se inclinó más aún, con el rostro a escasos
centímetros del mío, sin espacio para escaparme.
—Ahora, dime —respiró y fue entonces cuando su efluvio desorganizó todos mis
procesos mentales—, ¿qué es exactamente lo que te preocupa?
—Esto, bueno... estamparme contra un árbol y morir —tragué saliva—. Ah, y
marearme.
Reprimió una sonrisa. Luego, inclinó la cabeza y rozó suavemente con sus fríos labios
el hueco en la base de mi garganta.
— ¿Sigues preocupada? —murmuró contra mi piel.
— ¿Sí? —luché para concentrarme—. Me preocupa terminar estampada en los árboles y
el mareo.
Su nariz trazó una línea sobre la piel de mi garganta hasta el borde de la barbilla. Su
aliento frío me cosquilleaba la piel.
— ¿Y ahora? —susurraron sus labios contra mi mandíbula.
—Árboles —aspiré aire—. Movimiento, mareo.
Levantó la cabeza para besarme los párpados.
—Bella, en realidad, no crees que te vayas a estampar contra un árbol, ¿a que no?
—No, aunque podría —repuse sin mucha confianza. Él ya olía una victoria fácil.
Me besó, descendiendo despacio por la mejilla hasta detenerse en la comisura de mis
labios.
— ¿Crees que dejaría que te hiriera un árbol?
Sus labios rozaron levemente mi tembloroso labio inferior.
—No —respiré. Tenía que haber en mi defensa algo eficaz, pero no conseguía
recordarlo.
—Ya ves —sus labios entreabiertos se movían contra los míos—. No hay nada de lo
que tengas que asustarte, ¿a que no?
—No —suspiré, rindiéndome.
Entonces tomó mi cara entre sus manos, casi con rudeza y me besó en serio, moviendo
sus labios insistentes contra los míos.
Realmente no había excusa para mi comportamiento. Ahora lo veo más claro, como es
lógico. De cualquier modo, parecía que no podía dejar de comportarme exactamente como lo
hice la primera vez. En vez de quedarme quieta, a salvo, mis brazos se alzaron para enroscarse
apretadamente alrededor de su cuello y me quedé de pronto soldada a su cuerpo, duro como la
piedra. Suspiré y mis labios se entreabrieron.
Se tambaleó hacia atrás, deshaciendo mi abrazo sin esfuerzo.
— ¡Maldita sea, Bella! —se desasió jadeando—. ¡Eres mi perdición, te juro que lo eres!
Me acuclillé, rodeándome las rodillas con los brazos, buscando apoyo.
—Eres indestructible —mascullé, intentando recuperar el aliento.
—Eso creía antes de conocerte. Ahora será mejor que salgamos de aquí rápido antes de
que cometa alguna estupidez de verdad —gruñó.
Me arrojó sobre su espalda como hizo la otra vez y vi el tremendo esfuerzo que hacía
para comportarse dulcemente. Enrosqué mis piernas en su cintura y busqué seguridad al
sujetarme a su cuello con un abrazo casi estrangulador.
—No te olvides de cerrar los ojos —me advirtió severamente.
Hundí la cabeza entre sus omóplatos, por debajo de mi brazo, y cerré con fuerza los
ojos.
No podía decir realmente si nos movíamos o no. Sentía la sensación del vuelo a lo largo
de mi cuerpo, pero el movimiento era tan suave que igual hubiéramos podido estar dando un
paseo por la acera. Estuve tentada de echar un vistazo, sólo para comprobar si estábamos
volando de verdad a través del bosque igual que antes, pero me resistí. No merecía la pena
ganarme un mareo tremendo. Me contenté con sentir su respiración acompasada.
No estuve segura de que habíamos parado de verdad hasta que no alzó el brazo hacia
atrás y me tocó el pelo.
—Ya pasó, Bella.
Me atreví a abrir los ojos y era cierto, ya nos habíamos detenido. Medio entumecida,
deshice la presa estranguladora sobre su cuerpo y me deslicé al suelo, cayéndome de espaldas.
— ¡Ay! —grité enfadada cuando me golpeé contra el suelo mojado.
Me miró sorprendido; era obvio que no estaba totalmente seguro de si podía reírse a mi
costa en esa situación, pero mi expresión desconcertada venció sus reticencias y rompió a reír
a mandíbula batiente.
Me levanté, ignorándole, y me puse a limpiar de barro y ramitas la parte posterior de mi
chaqueta. Eso sólo sirvió para que se riera aún más. Enfadada, empecé a andar a zancadas
hacia el bosque.
Sentí su brazo alrededor de mi cintura.
— ¿Adonde vas, Bella?
—A ver un partido de béisbol. Ya que tú no pareces interesado en jugar, voy a
asegurarme de que los demás se divierten sin ti.
—Pero si no es por ahí... ;
Me di la vuelta sin mirarle, y seguí andando a zancadas en la dirección opuesta. Me
atrapó de nuevo.
—No te enfades, no he podido evitarlo. Deberías haberte visto la cara —se reía entre
dientes, otra vez sin poder contenerse.
—Ah claro, aquí tú eres el único que se puede enfadar, ¿no? —le pregunté, arqueando
las cejas.
—No estaba enfadado contigo.
— ¿«Bella, eres mi perdición»? —cité amargamente.
—Eso fue simplemente la constatación de un hecho.
Intenté revolverme y alejarme de él una vez más, pero me sujetó rápido.
—Te habías enfadado —insistí.
—Sí.
—Pero si acabas de decir...
—No estaba enfadado contigo, Bella, ¿es que no te das cuenta? —Se había puesto serio
de pronto, desaparecido del todo cualquier amago de broma en su expresión—. ¿Es que no lo
entiendes?
— ¿Entender el qué? —le exigí, confundida por su rápido cambio de humor, tanto como
por sus palabras.
—Nunca podría enfadarme contigo, ¿cómo podría? Eres tan valiente, tan leal, tan...
cálida.
—Entonces, ¿por qué? —susurré, recordando los duros modales con los que me había
rechazado, que no había podido interpretar salvo como una frustración muy clara, frustración
por mi debilidad, mi lentitud, mis desordenadas reacciones humanas...
Me puso las manos cuidadosamente a ambos lados de la cara.
—Estaba furioso conmigo mismo —dijo dulcemente—. Por la manera en que no dejo
de ponerte en peligro. Mi propia existencia ya supone un peligro para ti. Algunas veces, de
verdad que me odio a mí mismo. Debería ser más fuerte, debería ser capaz de...
Le tapé la boca con la mano.
—No lo digas.
Me tomó de la mano, alejándola de los labios, pero manteniéndola contra su cara.
—Te quiero —dijo—. Es una excusa muy pobre para todo lo que te hago pasar, pero es
la pura verdad.
Era la primera vez que me decía que me quería, al menos con tantas palabras. Tal vez
no se hubiera dado cuenta, pero yo ya lo creo que sí.
—Ahora, intenta cuidarte, ¿vale? —continuó y se inclinó para rozar suavemente sus
labios contra los míos.
Me quedé quieta, mostrando dignidad. Entonces, suspiré.
—Le prometiste al jefe Swan que me llevarías a casa temprano, ¿recuerdas? Así que
será mejor que nos pongamos en marcha.
—Sí, señorita.
Sonrió melancólicamente y me soltó, aunque se quedó con una de mis manos. Me llevó
unos cuantos metros más adelante, a través de altos helechos mojados y musgos que cubrían
un enorme abeto, y de pronto nos encontramos allí, al borde de un inmenso campo abierto en
la ladera de los montes Olympic. Tenía dos veces el tamaño de un estadio de béisbol.
Allí vi a todos los demás; Esme, Emmett y Rosalie, sentados en una lisa roca salediza,
eran los que se hallaban más cerca de nosotros, a unos cien metros. Aún más lejos, a unos
cuatrocientos metros, se veía a Jasper y Alice, que parecían lanzarse algo el uno al otro,
aunque no vi la bola en ningún momento. Parecía que Carlisle estuviera marcando las bases,
pero ¿realmente podía estar poniéndolas tan separadas unas de otras?
Los tres que se encontraban sobre la roca se levantaron cuando estuvimos a la vista.
Esme se acercó hacia nosotros y Emmett la siguió después de echar una larga ojeada a la
espalda de Rosalie, que se había levantado con gracia y avanzaba a grandes pasos hacia el
campo sin mirar en nuestra dirección. En respuesta, mi estómago se agitó incómodo.
— ¿Es a ti a quien hemos oído, Edward? —preguntó Esme conforme se acercaba.
—Sonaba como si se estuviera ahogando un oso —aclaró Emmett.
Sonreí tímidamente a Esme.
—Era él.
—Sin querer, Bella resultaba muy cómica en ese momento —explicó rápido Edward,
intentando apuntarse el tanto.
Alice había abandonado su posición y corría, o más bien se podría decir que danzaba,
hacia nosotros. Avanzó a toda velocidad para detenerse con gran desenvoltura a nuestro lado.
—Es la hora —anunció.
El hondo estruendo de un trueno sacudió el bosque de en frente apenas hubo terminado
de hablar. A continuación retumbó hacia el oeste, en dirección a la ciudad.
—Raro, ¿a que sí? —dijo Emmett con un guiño, como si nos conociéramos de toda la
vida.
—Venga, vamos...
Alice tomó a Emmett de la mano y desaparecieron como flechas en dirección al
gigantesco campo.
Ella corría como una gacela; él, lejos de ser tan grácil, sin embargo le igualaba en
velocidad, aunque nunca se le podría comparar con una gacela.
— ¿Te apetece jugar una bola? —me preguntó Edward con los ojos brillantes, deseoso
de participar.
Yo intenté sonar apropiadamente entusiasta.
— ¡Ve con los demás!
Rió por lo bajo, y después de revolverme el pelo, dio un gran salto para reunirse con los
otros dos. Su forma de correr era más agresiva, más parecida a la de un guepardo que a la de
una gacela, por lo que pronto les dio alcance. Su exhibición de gracia y poder me cortó el
aliento.
— ¿Bajamos? —inquirió Esme con voz suave y melodiosa.
En ese instante, me di cuenta de que lo estaba mirando boquiabierta. Rápidamente
controlé mi expresión y asentí. Esme estaba a un metro escaso de mí y me pregunté si seguía
actuando con cuidado para no asustarme. Acompasó su paso al mío, sin impacientarse por mi
ritmo lento.
— ¿No vas a jugar con ellos? —le pregunté con timidez.
—No, prefiero arbitrar; alguien debe evitar que hagan trampas y a mí me gusta —me
explicó.
—Entonces, ¿les gusta hacer trampas?
—Oh, ya lo creo que sí, ¡tendrías que oír sus explicaciones! Bueno, espero que no sea
así, de lo contrario pensarías que se han criado en una manada de lobos.
—Te pareces a mi madre —reí, sorprendida, y ella se unió a mis risas.
—Bueno, me gusta pensar en ellos como si fueran hijos míos, en más de un sentido. Me
cuesta mucho controlar mis instintos maternales. ¿No te contó Edward que había perdido un
bebé?
—No —murmuré aturdida, esforzándome por comprender a qué periodo de su vida se
estaría refiriendo.
—Sí, mi primer y único hijo murió a los pocos días de haber nacido, mi pobre cosita —
suspiró—. Me rompió el corazón y por eso me arrojé por el acantilado, como ya sabrás —
añadió con toda naturalidad.
—Edward sólo me dijo que te caíste —tartamudeé.
—Ah. Edward, siempre tan caballeroso —esbozó una sonrisa—. Edward fue el primero
de mis nuevos hijos. Siempre pienso en él de ese modo, incluso aunque, en cierto modo, sea
mayor que yo —me sonrió cálidamente—. Por eso me alegra tanto que te haya encontrado,
corazón —aquellas cariñosas palabras sonaron muy naturales en sus labios—. Ha sido un
bicho raro durante demasiado tiempo; me dolía verle tan solo.
—Entonces, ¿no te importa? —Pregunté, dubitativa otra vez—. ¿Que yo no sea... buena
para él?
—No —se quedó pensativa—. Tú eres lo que él quiere. No sé cómo, pero esto va a salir
bien —me aseguró, aunque su frente estaba fruncida por la preocupación. Se oyó el estruendo
de otro trueno.
En ese momento, Esme se detuvo. Por lo visto, habíamos llegado a los límites del
campo. Al parecer, ya se habían formado los equipos. Edward estaba en la parte izquierda del
campo, bastante lejos; Carlisle se encontraba entre la primera y la segunda base, y Alice tenía
la bola en su poder, en lo que debía ser la base de lanzamiento.
Emmett hacía girar un bate de aluminio, sólo perceptible por su sonido silbante, ya que
era casi imposible seguir su trayectoria en el aire con la vista. Esperaba que se acercara a la
base de meta, pero ya estaba allí, a una distancia inconcebible de la base de lanzamiento,
adoptando la postura de bateo para cuando me quise dar cuenta. Jasper se situó detrás, a un
metro escaso, para atrapar la bola para el otro equipo. Como era de esperar, ninguno llevaba
guantes.
—De acuerdo —Esme habló con voz clara, y supe que Edward la había oído a pesar de
estar muy alejado—, batea.
Alice permanecía erguida, aparentemente inmóvil. Su estilo parecía que estaba más
cerca de la astucia, de lo furtivo, que de una técnica de lanzamiento intimidatorio. Sujetó la
bola con ambas manos cerca de su cintura; luego, su brazo derecho se movió como el ataque
de una cobra y la bola impactó en la mano de Jasper.
— ¿Ha sido un strike? —le pregunté a Esme.
—Si no la golpean, es un strike —me contestó.
Jasper lanzó de nuevo la bola a la mano de Alice, que se permitió una gran sonrisa antes
de estirar el brazo para efectuar otro nuevo lanzamiento.
Esta vez el bate consiguió, sin saber muy bien cómo, golpear la bola invisible. El
chasquido del impacto fue tremendo, atronador. Entendí con claridad la razón por la que
necesitaban una tormenta para jugar cuando las montañas devolvieron el eco del golpe.
La bola sobrevoló el campo como un meteorito para irse a perder en lo profundo del
bosque circundante.
—Carrera completa —murmuré.
—Espera —dijo Esme con cautela, escuchando atenta y con la mano alzada.
Emmett era una figura borrosa que corría de una base a otra y Carlisle, la sombra que lo
seguía. Me di cuenta de que Edward no estaba.
— ¡Out!—cantó Esme con su voz clara.
Contemplé con incredulidad cómo Edward saltaba desde la linde del bosque con la bola
en la mano alzada. Incluso yo pude ver su brillante sonrisa.
—Emmett será el que batea más fuerte —me explicó Esme—, pero Edward corre al
menos igual de rápido.
Las entradas se sucedieron ante mis ojos incrédulos. Era imposible mantener contacto
visual con la bola teniendo en cuenta la velocidad a la que volaba y el ritmo al que se movían
alrededor del campo los corredores de base.
Comprendí el otro motivo por el cual esperaban a que hubiera una tormenta para jugar
cuando Jasper bateó una roleta, una de esas pelotas que van rodando por el suelo, hacia la
posición de Carlisle en un intento de evitar la infalible defensa de Edward.
Carlisle corrió a por la bola y luego se lanzó en pos de Jasper, que iba disparado hacia la
primera base. Cuando chocaron, el sonido fue como el de la colisión de dos enormes masas de
roca. Preocupada, me incorporé de un salto para ver lo sucedido, pero habían resultado ilesos.
—Están bien —anunció Esme con voz tranquila.
El equipo de Emmett iba una carrera por delante. Rosalie se las apañó para revolotear
sobre las bases después de aprovechar uno de los larguísimos lanzamientos de Emmett,
cuando Edward consiguió el tercer out. Se acercó de un salto hasta donde estaba yo,
chispeante de entusiasmo.
— ¿Qué te parece? —inquirió.
—Una cosa es segura: no volveré a sentarme otra vez a ver esa vieja y aburrida Liga
Nacional de Béisbol.
—Ya, suena como si lo hubieras hecho antes muchas veces —replicó Edward entre
risas.
—Pero estoy un poco decepcionada —bromeé.
— ¿Por qué? —me preguntó, intrigado.
—Bueno, sería estupendo encontrar una sola cosa que no hagas mejor que cualquier
otra persona en este planeta.
Esa sonrisa torcida suya relampagueó en su rostro durante un momento, dejándome sin
aliento.
—Ya voy —dijo al tiempo que se encaminaba hacia la base del bateador.
Jugó con mucha astucia al optar por una bola baja, fuera del alcance de la
excepcionalmente rápida mano de Rosalie, que defendía en la parte exterior del campo, y,
veloz como el rayo, ganó dos bases antes de que Emmett pudiera volver a poner la bola en
juego. Carlisle golpeó una tan lejos fuera del campo —con un estruendo que me hirió los
oídos—, que Edward y él completaron la carrera. Alice chocó delicadamente las palmas con
ellos.
El tanteo cambiaba continuamente conforme avanzaba el partido y se gastaban bromas
unos a otros como otros jugadores callejeros al ir pasando todos por la primera posición. De
vez en cuando, Esme tenía que llamarles la atención. Otro trueno retumbó, pero seguíamos sin
mojarnos, tal y como había predicho Alice.
Carlisle estaba a punto de batear con Edward como receptor cuando Alice, de pronto,
profirió un grito sofocado que sonó muy fuerte. Yo miraba a Edward, como siempre, y
entonces le vi darse la vuelta para mirarla. Las miradas de ambos se encontraron y en un
instante circuló entre ellos un flujo misterioso. Edward ya estaba a mi lado antes de que los
demás pudieran preguntar a Alice qué iba mal.
— ¿Alice? —preguntó Esme con voz tensa.
—No lo he visto con claridad, no podría deciros... —susurró ella.
Para entonces ya se habían reunido todos.
— ¿Qué pasa, Alice? —le preguntó Carlisle a su vez con voz tranquila, cargada de
autoridad.
—Viajan mucho más rápido de lo que pensaba. Creo que me he equivocado en eso —
murmuró.
Jasper se inclinó sobre ella con ademán protector.
— ¿Qué es lo que ha cambiado? —le preguntó.
—Nos han oído jugar y han cambiado de dirección —señaló, contrita, como si se
sintiera responsable de lo que fuera que la había asustado.
Siete pares de rápidos ojos se posaron en mi cara de forma fugaz y se apartaron.
— ¿Cuánto tardarán en llegar? —inquirió Carlisle, volviéndose hacia Edward.
Una mirada de intensa concentración cruzó por su rostro y respondió con gesto
contrariado:
—Menos de cinco minutos. Vienen corriendo, quieren jugar.
— ¿Puedes hacerlo? —le preguntó Carlisle, mientras sus ojos se posaban sobre mí
brevemente.
—No, con carga, no —resumió él—. Además, lo que menos necesitamos es que capten
el olor y comiencen la caza.
— ¿Cuántos son? —preguntó Emmett a Alice.
—Tres —contestó con laconismo.
— ¡Tres! —exclamó Emmett con tono de mofa. Flexionó los músculos de acero de sus
imponentes brazos—. Dejadlos que vengan.
Carlisle lo consideró durante una fracción de segundo que pareció más larga de lo que
fue en realidad. Sólo Emmett parecía impasible; el resto miraba fijamente el rostro de Carlisle
con los ojos llenos de ansiedad.
—Nos limitaremos a seguir jugando —anunció finalmente Carlisle con tono frío y
desapasionado—. Alice dijo que sólo sentían curiosidad.
Pronunció las dos frases en un torrente de palabras que duró unos segundos escasos.
Escuché con atención y conseguí captar la mayor parte, aunque no conseguí oír lo que Esme
le estaba preguntando en este momento a Edward con una vibración silenciosa de sus labios.
Sólo atisbé la imperceptible negativa de cabeza por parte de Edward y el alivio en las
facciones de Esme.
—Intenta atrapar tú la bola, Esme. Yo me encargo de prepararla —y se plantó delante
de mí.
Los otros volvieron al campo, barriendo recelosos el bosque oscuro con su mirada
aguda. Alice y Esme parecían intentar orientarse alrededor de donde yo me encontraba.
—Suéltate el pelo —ordenó Edward con voz tranquila y baja.
Obedientemente, me quité la goma del pelo y lo sacudí hasta extenderlo todo a mí
alrededor.
Comenté lo que me parecía evidente.
—Los otros vienen ya para acá.
—Sí, quédate inmóvil, permanece callada —intentó ocultar bastante bien el nerviosismo
de su voz, pero pude captarlo—, y no te apartes de mi lado, por favor.
Tiró de mi melena hacia delante, y la enrolló alrededor de mi cara. Alice apuntó en voz
baja:
—Eso no servirá de nada. Yo la podría oler incluso desde el otro lado del campo.
—Lo sé —contestó Edward con una nota de frustración en la voz.
Carlisle se quedó de pie en el prado mientras el resto retomaba el juego con desgana.
—Edward, ¿qué te preguntó Esme? —susurré.
Vaciló un momento antes de contestarme.
—Que si estaban sedientos —murmuró reticente.
Pasaron unos segundos y el juego progresaba, ahora con apatía, ya que nadie tenía
ganas de golpear fuerte. Emmett, Rosalie y Jasper merodeaban por el área interior del campo.
A pesar de que el miedo me nublaba el entendimiento, fui consciente más de una vez de la
mirada fija de Rosalie en mí. Era inexpresiva, pero de algún modo, por la forma en que
plegaba los labios, me hizo pensar que estaba enfadada.
Edward no prestaba ninguna atención al juego, sus ojos y su mente se encontraban
recorriendo el bosque.
—Lo siento, Bella —murmuró ferozmente—. Exponerte de este modo ha sido estúpido
e irresponsable por mi parte. ¡Cuánto lo siento!
Noté cómo contenía la respiración y fijaba los ojos abiertos como platos en la esquina
oeste del campo. Avanzó medio paso, interponiéndose entre lo que se acercaba y yo.
Carlisle, Emmett y los demás se volvieron en la misma dirección en cuanto oyeron el
ruido de su avance, que a mí me llegaba mucho más apagado.

LA CAZA
Aparecieron de uno en uno en la linde del bosque a doce metros de nuestra posición.
El primer hombre entró en el claro y se apartó inmediatamente para dejar paso a otro
más alto, de pelo negro, que se colocó al frente, de un modo que evidenciaba con claridad
quién lideraba el grupo.
El tercer integrante era una mujer; desde aquella distancia, sólo alcanzaba a verle el
pelo, de un asombroso matiz rojo.
Cerraron filas conforme avanzaban con cautela hacia donde se hallaba la familia de
Edward, mostrando el natural recelo de una manada de depredadores ante un grupo
desconocido y más numeroso de su propia especie.
Comprobé cuánto diferían de los Cullen cuando se acercaron. Su paso era gatuno,
andaban de forma muy similar a la de un felino al acecho. Se vestían con el típico equipo de
un excursionista: vaqueros y una sencilla camisa de cuello abotonado y gruesa tela
impermeable. Las ropas se veían deshilachadas por el uso e iban descalzos. Los hombres
llevaban el pelo muy corto y la rutilante melena pelirroja de la chica estaba llena de hojas y
otros restos del bosque.
Sus ojos agudos se apercibieron del aspecto más urbano y pulido de Carlisle, que, alerta,
flanqueado por Emmett y Jasper, salió a su encuentro. Sin que aparentemente se hubieran
puesto de acuerdo, todos habían adoptado una postura erguida y de despreocupación.
El líder de los recién llegados era sin duda el más agraciado, con su piel de tono
oliváceo debajo de la característica palidez y los cabellos de un brillantísimo negro. Era de
constitución mediana, musculoso, por supuesto, pero sin acercarse ni de lejos a la fuerza física
de Emmett. Esbozó una sonrisa agradable que permitió entrever unos deslumbrantes dientes
blancos.
La mujer tenía un aspecto más salvaje, en parte por la melena revuelta y alborotada por
la brisa. Su mirada iba y venía incesantemente de los hombres que tenía en frente al grupo
desorganizado que me rodeaba. Su postura era marcadamente felina. El segundo hombre, de
complexión más liviana que la del líder —tanto las facciones como el pelo castaño claro eran
anodinos—, revoloteaba con desenvoltura entre ambos. Sin embargo, su mirada era de una
calma absoluta, y sus ojos, en cierto modo, los más atentos.
Los ojos de los recién llegados también eran diferentes. No eran dorados o negros,
como cabía esperar, sino de un intenso color borgoña con una tonalidad perturbadora y
siniestra.
El moreno dio un paso hacia Carlisle sin dejar de sonreír.
—Creíamos haber oído jugar a alguien —hablaba con voz reposada y tenía un leve
acento francés—. Me llamo Laurent, y éstos son Victoria y James —añadió señalando a los
vampiros que le acompañaban.
—Yo soy Carlisle y ésta es mi familia: Emmett y Jasper; Rosalie, Esme y Alice;
Edward y Bella —nos identificaba en grupos, intentando deliberadamente no llamar la
atención hacia ningún individuo. Me sobresalté cuando me nombró.
— ¿Hay sitio para unos pocos jugadores más? —inquirió Laurent con afabilidad.
Carlisle acomodó la inflexión de la voz al mismo tono amistoso de Laurent.
—Bueno, lo cierto es que acabamos de terminar el partido. Pero estaríamos
verdaderamente encantados en otra ocasión. ¿Pensáis quedaros mucho tiempo en la zona?
—En realidad, vamos hacia el norte, aunque hemos sentido curiosidad por lo que había
por aquí. No hemos tenido compañía durante mucho tiempo.
—No, esta región suele estar vacía si exceptuamos a mi grupo y algún visitante
ocasional, como vosotros.
La tensa atmósfera había evolucionado hacia una conversación distendida; supuse que
Jasper estaba usando su peculiar don para controlar la situación.
— ¿Cuál es vuestro territorio de caza? —preguntó Laurent como quien no quiere la
cosa.
Carlisle ignoró la presunción que implicaba la pregunta.
—Esta, los montes Olympic, y algunas veces la Coast Ranges de una punta a la otra.
Tenemos una residencia aquí. También hay otro asentamiento permanente como el nuestro
cerca de Denali.
Laurent se balanceó, descansando el peso del cuerpo sobre los talones, y preguntó con
viva curiosidad:
— ¿Permanente? ¿Y como habéis conseguido algo así?
— ¿Por qué no nos acompañáis a nuestra casa y charlamos más cómodos? —Los invitó
Carlisle—. Es una larga historia.
James y Victoria intercambiaron una mirada de sorpresa cuando Carlisle mencionó la
palabra «casa», pero Laurent controló mejor su expresión.
—Es muy interesante y hospitalario por vuestra parte —su sonrisa era encantadora—.
Hemos estado de caza todo el camino desde Ontario —estudió a Carlisle con la mirada,
percatándose de su aspecto refinado—. No hemos tenido ocasión de asearnos un poco.
—Por favor, no os ofendáis, pero he de rogaros que os abstengáis de cazar en los
alrededores de esa zona. Debemos pasar desapercibidos, ya me entiendes —explicó Carlisle.
—Claro ——asintió Laurent—. No pretendemos disputaros el territorio. De todos
modos, acabamos de alimentarnos a las afueras de Seattle.
Un escalofrío recorrió mi espalda cuando Laurent rompió a reír.
—Os mostraremos el camino si queréis venir con nosotros. Emmett, Alice, id con
Edward y Bella a recoger el Jeep —añadió sin darle importancia.
Mientras Carlisle hablaba, ocurrieron tres cosas a la vez. La suave brisa despeinó mi
cabello, Edward se envaró y el segundo varón, James, movió su cabeza repentinamente de un
lado a otro, buscando, para luego centrar en mí su escrutinio, agitando las aletas de la nariz.
Una rigidez repentina afectó a todos cuando James se adelantó un paso y se agazapó.
Edward exhibió los dientes y adoptó la misma postura defensiva al tiempo que emitía un
rugido bestial que parecía desgarrarle la garganta. No tenía nada que ver con los sonidos
juguetones que le había escuchado esta mañana. Era lo más amenazante que había oído en mi
vida y me estremecí de los pies a la cabeza.
— ¿Qué ocurre? exclamó Laurent, sorprendido. Ni James ni Edward relajaron sus
agresivas poses. El primero fintó ligeramente hacia un lado y Edward respondió al
movimiento.
—Ella está con nosotros.
El firme desafío de Carlisle se dirigía James. Laurent parecía percibir mi olor con
menos fuerza que James, pero pronto se dio cuenta y el descubrimiento se reflejó también en
su rostro.
— ¿Nos habéis traído un aperitivo? —inquirió con voz incrédula, mientras, sin darse
cuenta, daba un paso adelante.
Edward rugió con mayor ferocidad y dureza, curvando el labio superior sobre sus
deslumbrantes dientes desnudos. Laurent retrocedió el paso que había dado.
—He dicho que ella está con nosotros —replicó Carlisle con sequedad.
—Pero es humana —protestó Laurent. No había agresividad en sus palabras,
simplemente estaba atónito.
—Sí... —Emmett se hizo notar al lado de Carlisle, con los ojos fijos en James, que se
irguió muy despacio y volvió a su posición normal, aunque las aletas de su nariz seguían
dilatadas y no me perdía de vista. Edward continuaba agazapado como un león delante de mí.
—Parece que tenemos mucho que aprender unos de otros.
Laurent hablaba con un tono tranquilizador en un intento de suavizar la repentina
hostilidad.
—Sin duda —la voz de Carlisle todavía era fría.
—Aún nos gustaría aceptar vuestra invitación —sus ojos se movieron rápidamente
hacia mí y retornaron a Carlisle—. Y claro, no le haremos daño a la chica humana. No
cazaremos en vuestro territorio, como os he dicho.
James miró a Laurent con incredulidad e irritación, e intercambió otra larga mirada con
Victoria, cuyos ojos seguían errando nerviosos de rostro en rostro.
Carlisle evaluó la franca expresión de Laurent durante un momento antes de hablar.
—Os mostraremos el camino. Jasper, Rosalie, Esme —llamó y se reunieron todos
delante de mí, ocultándome de la vista de los recién llegados. Alice estuvo a mi lado en un
momento y Emmett se situó lentamente a mi espalda, con sus ojos trabados en los de James
mientras éste retrocedía unos pasos.
—Vamonos, Bella —ordenó Edward con voz baja y sombría.
Parecía como si durante todo ese tiempo hubiera echado raíces en el suelo, porque me
quedé totalmente inmóvil y aterrorizada. Edward tuvo que agarrarme del codo y tirar
bruscamente de mí para sacarme del trance. Alice y Emmett estaban muy cerca de mi espalda,
ocultándome. Tropecé con Edward, todavía aturdida por el miedo, y no pude oír si el otro
grupo se había marchado ya. La impaciencia de Edward casi se podía palpar mientras
andábamos a paso humano hacia el borde del bosque.
Sin dejar de caminar, Edward me subió encima de su espalda en cuanto llegamos a los
árboles. Me sujeté con la mayor fuerza posible cuando se lanzó a tumba abierta con los otros
pegados a los talones. Mantuve la cabeza baja, pero no podía cerrar los ojos, los tenía
dilatados por el pánico. Los Cullen se zambulleron como espectros en el bosque, ahora en una
absoluta penumbra. La sensación de júbilo que habitualmente embargaba a Edward al correr
había desaparecido por completo, sustituida por una furia que lo consumía y le hacía ir aún
más rápido. Incluso conmigo a las espaldas, los otros casi le perdieron de vista.
Llegamos al Jeep en un tiempo inverosímil. Edward apenas se paró antes de echarme al
asiento trasero.
—Sujétala —ordenó a Emmett, que se deslizó a mi lado.
Alice se había sentado ya en el asiento delantero y Edward puso en marcha el coche. El
motor rugió al encenderse y el vehículo giró en redondo para encarar el tortuoso camino.
Edward gruñía algo demasiado rápido para que pudiera entenderle, pero sonaba bastante
parecido a una sarta de blasfemias.
El traqueteo fue mucho peor esta vez y la oscuridad lo hacía aún más aterrador. Emmett
y Alice miraban por las ventanillas laterales.
Llegamos a la carretera principal y entonces pude ver mejor por donde íbamos, aunque
había aumentado la velocidad. Se dirigía al sur, en dirección contraria a Forks.
— ¿Adonde vamos? —pregunté.
Nadie contestó. Ni siquiera me miraron.
— ¡Maldita sea, Edward! ¿Adonde me llevas?
—Debemos sacarte de aquí, lo más lejos posible y ahora mismo.
No miró hacia atrás mientras hablaba, pendiente de la carretera. El velocímetro marcaba
más de ciento noventa kilómetros por hora.
— ¡Da media vuelta! ¡Tienes que llevarme a casa! —grité. Luché contra aquel estúpido
arnés, tirando de las correas.
—Emmett —advirtió Edward con tono severo.
Y Emmett me sujetó las manos con un férreo apretón.
— ¡No! ¡Edward, no puedes hacer esto!
—He de hacerlo, Bella, ahora por favor, quédate quieta.
— ¡No puedo! ¡Tienes que devolverme a casa, Charlie llamará al FBI y éste se echará
encima de toda tu familia, de Carlisie y Esme! ¡Tendrán que marcharse, y a partir de ese
momento deberán esconderse siempre!
—Tranquilízate, Bella —su voz era fría—. Ya lo hemos hecho otras veces.
— ¡Pero no por mí, no lo hagas! ¡No lo arruines todo por mí!
Luché violentamente para soltarme, sin ninguna posibilidad.
—Edward, dirígete al arcén —Alice habló por primera vez.
El la miró con cara de pocos amigos, y luego aceleró.
—Edward, vamos a hablar de esto.
—No lo entiendes —rugió frustrado. Nunca había oído su voz tan alta y resultaba
ensordecedora dentro del Jeep. El velocímetro rebasaba los doscientos por hora—. ¡Es un
rastreador, Alice! ¿Es que no te has dado cuenta? ¡Es un rastreador!
Sentí cómo Emmett se tensaba a mi lado y me pregunté la razón por la que reaccionaba
de ese modo ante esa palabra. Significaba algo para ellos, pero no para mí; quería entenderlo,
pero no podía preguntar.
—Para en el arcén, Edward.
El tono de Alice era razonable, pero había en él un matiz de autoridad que yo no había
oído antes. El velocímetro rebasó los doscientos veinte.
—Hazlo, Edward.
—Escúchame, Alice. Le he leído la mente. El rastreo es su pasión, su obsesión, y la
quiere a ella, Alice, a ella en concreto. La cacería empieza esta noche.
—No sabe dónde...
Edward la interrumpió.
— ¿Cuánto tiempo crees que va a necesitar para captar su olor en el pueblo? Laurent ya
había trazado el plan en su mente antes de decir lo que dijo.
Ahogué un grito al comprender adonde le conduciría mi olor.
— ¡Charlie! ¡No podéis dejarle allí! ¡No podéis dejarle! —me debatí contra el arnés.
—Bella tiene razón ——observó Alice.
El coche redujo la velocidad ligeramente.
—No tardaremos demasiado en considerar todas las opciones —intentó persuadirle
Alice.
El coche redujo nuevamente la velocidad, en esta ocasión de forma más patente, y
entonces frenó con un chirrido en el arcén de la autopista. Salí disparada hacia delante,
precipitándome contra el arnés, para luego caer hacia atrás y chocar contra el asiento.
—No hay ninguna opción —susurró Edward.
— ¡No voy a abandonar a Charlie! —chillé.
—Cállate, Bella.
—Tienes que llevarla a casa ——intervino Emmett, finalmente.
—No —rechazó de plano.
—James no puede compararse con nosotros, Edward. No podrá tocarla.
—Esperará.
Emmett sonrió.
—Ya también puedo esperar.
— ¿No lo veis? ¿Es que no lo entendéis? No va a cambiar de idea una vez que se haya
entregado a la caza. Tendremos que matarlo.
A Emmett no pareció disgustarle la idea.
—Es una opción.
—Y también tendremos que matar a la mujer. Está con él. Si luchamos, el líder del
grupo también los acompañará.
—Somos suficientes para ellos.
—Hay otra opción —dijo Alice con serenidad.
Edward se revolvió contra ella furioso, su voz fue un rugido devastador cuando dijo:
— ¡No—hay—otra—opción!
Emmett y yo le miramos aturdidos, pero Alice no parecía sorprendida. El silenció se
prolongó durante más de un minuto, mientras Edward y Alice se miraban fijamente el uno al
otro.
Yo lo rompí.
— ¿Querría alguien escuchar mi plan?
—No —gruñó Edward. Alice le clavó la mirada, definitivamente enfadada.
—Escucha —supliqué—. Llévame de vuelta.
—No —me interrumpió él.
Le miré fijamente y continué.
—Me llevas de vuelta y le digo a mi padre que quiero irme a casa, a Phoenix. Hago las
maletas, esperamos a que el rastreador esté observando y entonces huimos. Nos seguirá y
dejará a Charlie tranquilo. Charlie no lanzará al FBI sobre tu familia y entonces me podrás
llevar a cualquier maldito lugar que se te ocurra.
Me miraron sorprendidos.
—Pues realmente no es una mala idea, en absoluto.
La sorpresa de Emmett suponía un auténtico insulto.
—Podría funcionar, y desde luego no podemos dejar desprotegido al padre de Bella. Tú
lo sabes —dijo Alice.
Todos mirábamos a Edward.
—Es demasiado peligroso... Y no le quiero cerca de ella ni a cien kilómetros a la
redonda.
Emmett rebosaba auto confianza.
—Edward, él no va a acabar con nosotros.
Alice se concentró durante un minuto.
—No le veo atacando. Va a esperar a que la dejemos sola.
—No le llevará mucho darse cuenta de que eso no va a suceder.
—Exijo que me lleves a casa —intenté sonar decidida.
Edward presionó los dedos contra las sienes y cerró los ojos con fuerza.
—Por favor —supliqué en voz mucho más baja.
No levantó la vista. Cuando habló, su voz sonaba como si las palabras salieran contra su
voluntad.
—Te marchas esta noche, tanto si el rastreador te ve como si no. Le dirás a Charlie que
no puedes estar un minuto más en Forks, cuéntale cualquier historia con tal de que funcione.
Guarda en una maleta lo primero que tengas a mano y métete después en tu coche. Me da
exactamente igual lo que él te diga. Dispones de quince minutos. ¿Me has escuchado? Quince
minutos a contar desde el momento en que pongas el pie en el umbral de la puerta.
El Jeep volvió a la vida con un rugido y las ruedas chirriaron cuando describió un
brusco giro. La aguja del velocímetro comenzó a subir de nuevo.
— ¿Emmett? —pregunté con intención, mirándome las manos.
—Ah, perdón —dijo, y me soltó.
Transcurrieron varios minutos en silencio, sin que se oyera otro sonido que el del motor.
Entonces, Edward habló de nuevo.
—Vamos a hacerlo de esta manera. Cuando lleguemos a la casa, si el rastreador no está
allí, la acompañaré a la puerta —me miró a través del retrovisor—. Dispones de quince
minutos a partir de ese momento. Emmett, tú controlarás el exterior de la casa. Alice, tú
llevarás el coche, yo estaré dentro con ella todo el tiempo. En cuanto salga, lleváis el Jeep a
casa y se lo contáis a Carlisle.
—De ninguna manera —le contradijo Emmett—. Iré contigo.
—Piénsalo bien, Emmett. No sé cuánto tiempo estaré fuera.
—Hasta que no sepamos en qué puede terminar este asunto, estaré contigo.
Edward suspiró.
—Si el rastreador está allí —continuó inexorablemente—, seguiré conduciendo.
—Vamos a llegar antes que él —dijo Alice con confianza.
Edward pareció aceptarlo. Fuera cual fuera el roce que hubiera tenido con Alice, no
dudaba de ella ahora.
— ¿Qué vamos a hacer con el Jeep? —preguntó ella.
Su voz sonaba dura y afilada.
—Tú lo llevarás a casa.
—No, no lo haré —replicó ella con calma.
La retahila ininteligible de blasfemias volvió a comenzar.
—No cabemos todos en mi coche —susurré.
Edward no pareció escucharme.
—Creo que deberías dejarme marchar sola —dije en voz baja, mucho más tranquila.
Él lo oyó.
—Bella, por favor, hagamos esto a mi manera, sólo por esta vez —dijo con los dientes
apretados.
—Escucha, Charlie no es ningún imbécil —protesté—. Si mañana no estás en el pueblo,
va a sospechar.
—Eso es irrelevante. Nos aseguraremos de que se encuentre a salvo y eso es lo único
que importa.
—Bueno, ¿y qué pasa con el rastreador? Vio la forma en que actuaste esta noche.
Pensará que estás conmigo, estés donde estés.
Emmett me miró, insultantemente sorprendido otra vez.
—Edward, escúchala —le urgió—. Creo que tiene razón.
—Sí, estoy de acuerdo —comentó Alice.
—No puedo hacer eso —la voz de Edward era helada.
—Emmett podría quedarse también —continué—. Le ha tomado bastante ojeriza.
— ¿Qué? —Emmett se volvió hacia mí.
—Si te quedas, tendrás más posibilidades de ponerle la mano encima —acordó Alice.
Edward la miró con incredulidad.
— ¿Y tú te crees que la voy a dejar irse sola?
—Claro que no —dijo Alice—. La acompañaremos Jasper y yo.
—No puedo hacer eso —repitió Edward, pero esta vez su voz mostraba signos
evidentes de derrota. La lógica estaba haciendo de las suyas con él.
Intenté ser persuasiva.
—Déjate ver por aquí durante una semana —vi su expresión en el retrovisor y rectifiqué
—. Bueno, unos cuantos días. Deja que Charlie vea que no me has secuestrado y que James se
vaya de caza inútilmente. Cerciórate por completo de que no tenga ninguna pista; luego, te
vas y me buscas, tomando una ruta que lo despiste, claro. Entonces, Jasper y Alice podrán
volver a casa.
Vi que empezaba a considerarlo.
— ¿Dónde te iría a buscar?
—A Phoenix —respondí sin dudar.
—No. El oirá que es allí donde vas —replicó con impaciencia.
—Y tú le harás creer que es un truco, claro. Es consciente de que sabemos que nos está
escuchando. Jamás creerá que me dirija de verdad a donde anuncie que voy.
—Esta chica es diabólica —rió Emmett entre dientes.
— ¿Y si no funciona?
—Hay varios millones de personas en Phoenix —le informé.
—No es tan difícil usar una guía telefónica.
—No iré a casa.
— ¿Ah, no? —preguntó con una nota peligrosa en la voz.
—Ya soy bastante mayorcita para buscarme un sitio por mi cuenta.
—Edward, estaremos con ella —le recordó Alice.
— ¿Y qué vas a hacer tú en Phoenix? —le preguntó él mordazmente.
—Quedarme bajo techo.
—Ya lo creo que voy a disfrutar —Emmett pensaba seguramente en arrinconar a James.
—Cállate, Emmett.
—Mira, si intentamos detenerle mientras ella anda por aquí, hay muchas más
posibilidades de que alguien termine herido..., tanto ella como tú al intentar protegerla. Ahora,
si lo pillamos solo... —Emmett dejó la frase inconclusa y lentamente empezó a sonreír. Yo
había acertado.
El Jeep avanzaba más lentamente conforme entrábamos en el pueblo. A pesar de mis
palabras valientes, sentí cómo se me ponía el vello de punta. Pensé en Charlie, solo en la casa,
e intenté hacer acopio de valor.
—Bella —dijo Edward en voz baja. Alice y Emmett miraban por las ventanillas—, si te
pones en peligro y te pasa cualquier cosa, cualquier cosa, te haré personalmente responsable.
¿Lo has comprendido?
—Sí —tragué saliva.
Se volvió a Alice.
— ¿Va a poder Jasper manejar este asunto?
—Confía un poco en él, Edward. Lo está haciendo bien, muy bien, teniendo todo en
cuenta.
— ¿Podrás manejarlo tú?—preguntó él.
La pequeña y grácil Alice echó hacia atrás sus labios en una mueca horrorosa y dejó
salir un gruñido gutural que me hizo encogerme en el asiento del terror.
Edward le sonrió, mas de repente musitó:
—Pero guárdate tus opiniones.

DESPEDIDAS
Charlie me esperaba levantado y con todas las luces de la casa encendidas. Me quedé
con la mente en blanco mientras pensaba en algo para que me dejara marcharme. No iba a
resultar agradable.
Edward aparcó despacio junto al bordillo, a bastante distancia detrás de mi automóvil.
Los tres estaban sumamente alertas, sentados muy erguidos en sus asientos; escuchaban cada
sonido del bosque, escrutaban cada sombra, captaban cada olor, todo en busca de cualquier
cosa que estuviera fuera de lugar. El motor se paró y me quedé sentada, inmóvil, mientras
continuaban a la escucha.
—No está aquí —anunció Edward muy tenso—. Vamos.
Emmett se inclinó para ayudarme a salir del arnés.
—No te preocupes, Bella —susurró con jovialidad—. Solucionaremos las cosas lo antes
posible.
Sentí que se me humedecían los ojos mientras miraba a Emmett. Apenas le conocía y,
sin embargo, me angustiaba el hecho de no saber si lo volvería a ver después de esta noche.
Esto, sin duda, era un aperitivo de las despedidas a las que debería sobrevivir durante la
próxima hora, y ese pensamiento hizo que se desbordaran las lágrimas de mis ojos.
—Alice, Emmett —espetó Edward con autoridad. Ambos se deslizaron en la oscuridad
en el más completo silencio y desaparecieron de inmediato. Edward me abrió la puerta y me
tomó de la mano, amparándome en su abrazo protector. Me acompañó rápidamente hacia la
casa sin dejar de escrutar la noche.
—Quince minutos —me advirtió en voz baja.
—Puedo hacerlo —inhalé. Las lágrimas me habían inspirado.
Me detuve delante del porche y tomé su rostro entre las manos, mirándole con ferocidad
a los ojos.
—Te quiero —le dije con voz baja e intensa—, siempre te amaré, no importa lo que
pase ahora.
—No te va a pasar nada, Bella —me respondió con igual ferocidad.
—Sólo te pido que sigas el plan, ¿vale? Mantén a Charlie a salvo por mí. No le voy a
caer muy bien después de esto, y quiero tener la oportunidad de disculparme en otro
momento.
—Entra, Bella, tenemos prisa —me urgió.
—Una cosa más —susurré apasionadamente—. No hagas caso a nada de lo que me
oigas decir ahora.
Edward estaba inclinado, por lo que sólo tuve que ponerme de puntillas para besar sus
labios fríos, desprevenidos, con toda la fuerza de la que fui capaz. Entonces, rápidamente me
di la vuelta y abrí la puerta de una patada.
— ¡Vete, Edward! —le grité.
Eché a correr hacia el interior de la casa después de cerrarle la puerta de golpe en la
cara, aún atónita.
— ¿Bella?
Charlie deambulaba de aquí para allá en el cuarto de estar, por lo que ya estaba de pie
cuando entré.
— ¡Déjame en paz! —le chillé entre lágrimas, que caían ahora implacablemente.
Corrí escaleras arriba hasta mi habitación, cerré la puerta de golpe y eché el cestillo. Me
abalancé hacia la cama y me arrojé al suelo para sacar mi petate. Busqué precipitadamente
entre el colchón y el somier para recoger el viejo calcetín anudado en el que escondía mi
reserva secreta de dinero.
Charlie aporreó la puerta.
—Bella, ¿te encuentras bien? —su voz sonaba asustada—. ¿Qué está pasando?
—Me voy a casa —grité; la voz se me quebró en el punto exacto.
— ¿Te ha hecho daño?
Su tono derivaba hacia la ira.
— ¡No! —chillé unas cuantas octavas más alto. Me volví hacia el armario, pero Edward
ya estaba allí, recogiendo en silencio y sin mirar verdaderas brazadas de vestidos para luego
lanzármelos.
— ¿Ha roto contigo?
Charlie estaba perplejo.
— ¡No! —grité de nuevo, apenas sin aliento mientras empujaba todo dentro del petate.
Edward me arrojó el contenido de otro cajón, aunque a estas alturas apenas cabía nada más.
— ¿Qué ha ocurrido, Bella? —vociferó Charlie a través de la puerta, aporreándola de
nuevo.
—He sido yo la que ha cortado con él —le respondí, dando tirones a la cremallera del
petate. Las capacitadas manos de Edward me apartaron, la cerró con suavidad y me pasó la
correa por el hombro con cuidado.
—Estaré en tu coche, ¡venga! —me susurró.
Me empujó hacia la puerta y se desvaneció por la ventana. Abrí la puerta y empujé a
Charlie con rudeza al pasar, luchan do con la pesada carga que llevaba y corrí hacia las
escaleras.
— ¿Qué ha pasado? —Gritó Charlie detrás de mí—. ¡Creí que te gustaba!
Me sujetó por el codo al llegar a la cocina, y, aunque estaba desconcertado, su presión
era firme.
Me obligó a darme la vuelta para que le mirara y leí en su rostro que no tenía intención
de dejarme marchar. Únicamente había una forma de lograrlo y eso implicaba hacerle tanto
daño que me odiaba a mí misma sólo de pensarlo, pero no disponía de más tiempo y tenía que
mantenerle con vida.
Miré a mi padre, con nuevas lágrimas en los ojos por lo que iba a hacer.
—Claro que me gusta, ése es el problema. ¡No aguanto más! ¡No puedo echar más
raíces aquí! ¡No quiero terminar atrapada en este pueblo estúpido y aburrido como mamá! No
voy a cometer el mismo error que ella, odio Forks, y ¡no quiero permanecer aquí ni un minuto
más!
Su mano soltó mi brazo como si lo hubiera electrocutado. Me volví para no ver su rostro
herido y consternado, y me dirigí hacia la puerta.
—Bella, no puedes irte ahora, es de noche —susurró a mi espalda. No me volví.
—Dormiré en el coche si me siento cansada.
—Espera otra semana —me suplicó, todavía en estado de shock—. Renée habrá vuelto
a Phoenix para entonces.
Esto me desquició por completo.
— ¿Qué?
Charlie continuó con ansiedad, casi balbuceando de alivio al verme dudar.
—Ha telefoneado mientras estabas fuera. Las cosas no han ido muy bien en Florida y
volverán a Arizona si Phil no ha firmado a finales de esta semana. El asistente de entrenador
de los Sidewinders dijo que tal vez hubiera lugar para otro medio en el equipo.
Sacudí la cabeza, intentando reordenar mis pensamientos, ahora confusos. Cada
segundo que pasaba, ponía a Charlie en más peligro.
—Tengo una llave de casa —murmuré, dando otra vuelta de tuerca a la situación.
Charlie estaba muy cerca de mí, con una mano extendida y el rostro aturdido. No podía perder
más tiempo discutiendo con él, así que pensé que tendría que herirlo aún más profundamente.
—Déjame ir, Charlie —iba repitiendo las últimas palabras de mi madre mientras salía
por la misma puerta hacía ahora tantos años. Las pronuncié con el mayor enfado posible y
abrí la puerta de un tirón—. No ha funcionado, ¿vale? De veras, ¡odio Forks con toda mi
alma!
Mis crueles palabras cumplieron su cometido a la perfección, porque Charlie se quedó
helado en la entrada, atónito, mientras yo corría hacia la noche. Me aterrorizó horriblemente
el patio vacío y corrí enloquecida hacia el coche al visualizar una sombra oscura detrás de mí.
Arrojé el petate a la plataforma del monovolumen y abrí la puerta de un tirón. La llave estaba
en el bombín de la puesta en marcha.
— ¡Te llamaré mañana! —grité.
No había nada en el mundo que deseara más que explicarle todo en ese momento, aun
sabiéndome incapaz de hacerlo. Encendí el motor y arranqué. Edward me tocó la mano.
—Detente en el bordillo —me ordenó en cuanto Charlie y la casa desaparecieron a
nuestras espaldas.
—Puedo conducir —aseguré mientras las lágrimas inundaban mis mejillas.
De forma inesperada, las grandes manos de Edward me sujetaron por la cintura, su pie
empujó al mío fuera del acelerador, me puso sobre su regazo y me soltó las manos del
volante.
De pronto me encontré en el asiento del copiloto sin que el automóvil hubiera dado el
más leve bandazo.
—No vas a encontrar nuestra casa —me explicó.
Unas luces destellaron repentinamente detrás de nosotros. Miré aterrada por la
ventanilla trasera.
—Es Alice —me tranquilizó, tomándome la mano de nuevo.
La imagen de Charlie en el quicio de la puerta seguía ocupando mi mente.
— ¿Y el rastreador?
—Escuchó el final de tu puesta en escena —contestó Edward con desaliento.
— ¿Y Charlie? —pregunté con pena.
—El rastreador nos ha seguido. Ahora está corriendo detrás de nosotros.
Me quedé helada.
— ¿Podemos dejarle atrás?
—No —replicó, pero aceleró mientras hablaba. El motor del monovolumen se quejó
con un estrepitoso chirrido.
De repente, el plan había dejado de parecerme tan brillante.
Estaba mirando hacia atrás, a las luces delanteras de Alice, cuando el coche sufrió una
sacudida y una sombra oscura surgió en mi ventana.
El grito espeluznante que lancé duró sólo la fracción de segundo que Edward tardó en
taparme la boca con la mano.
— ¡Es Emmett!
Apartó la mano de mi boca y me pasó su brazo por la cintura.
—Toda va bien, Bella —me prometió—. Vas a estar a salvo.
Corrimos a través del pueblo tranquilo hacia la autopista del norte.
—No me había dado cuenta de que la vida de una pequeña ciudad de provincias te
aburría tanto —comentó Edward tratando de entablar conversación; supe que intentaba
distraerme—. Me pareció que te estabas integrando bastante bien, sobre todo en los últimos
tiempos. Incluso me sentía bastante halagado al pensar que había conseguido que la vida te
resultara un poco más interesante.
—No pretendía ser agradable —confesé, haciendo caso omiso de su intento de
distraerme, mirando hacia mis rodillas—. Mi madre pronunció esas mismas palabras cuando
dejó a Charlie. Se podría decir que fue un golpe bajo.
—No te preocupes, te perdonará —sonrió levemente, aunque esa «alegría» no le llegó a
los ojos.
Le miré con desesperación y él vio un pánico manifiesto en mis ojos.
—Bella, todo va a salir bien.
—No irá bien si no estamos juntos —susurré.
—Nos reuniremos dentro de unos días —me aseguró mientras me rodeaba con el brazo
—. Y no olvides que fue idea tuya.
—Era la mejor idea, y claro que fue mía.
Me respondió con una sonrisa triste que desapareció de inmediato.
— ¿Por qué ha ocurrido todo esto? —Pregunté con voz temblorosa— ¿Por qué a mí?
Contempló fijamente la carretera que se extendía delante de nosotros.
—Es por mi culpa —dirigía contra sí mismo la rabia que le alteraba la voz—. He sido
un imbécil al exponerte a algo así.
—No me refería a eso —insistí—. Yo estaba allí, vale, mira qué bien, pero eso no
perturbó a los otros dos. ¿Por qué el tal James decidió matarme a mí? Si había allí un montón
de gente, ¿por qué a mí?
Edward vaciló, pensándoselo antes de contestar.
—Inspeccioné a fondo su mente en ese momento —comenzó en voz baja—. Una vez
que te vio, dudo que yo hubiera podido hacer algo para evitar esto. Esa es tu parte de culpa —
su voz adquirió un punto irónico—. No se habría alterado si no olieras de esa forma tan
fatídicamente deliciosa. Pero cuando te defendí... bueno, eso lo empeoró bastante. No está
acostumbrado a no salirse con la suya, sin importar lo insignificante que pueda ser el asunto.
James se concibe a sí mismo como un cazador, sólo eso. Su existencia se reduce al rastreo y
todo lo que le pide a la vida es un buen reto. Y de pronto nos presentamos nosotros, un gran
clan de fuertes luchadores con un precioso trofeo, todos volcados en proteger al único
elemento vulnerable. No te puedes hacer idea de su euforia. Es su juego favorito y lo hemos
convertido para él en algo mucho más excitante.
El tono de su voz estaba lleno de disgusto. Hizo una pausa y agregó con desesperanza y
frustración:
—Sin embargo, te habría matado allí mismo, en ese momento, de no haber estado yo.
—Creía que no olía igual para los otros... que como huelo para ti —comenté dubitativa.
—No, lo cual no quiere decir que no seas una tentación para todos. Se habría producido
un enfrentamiento allí mismo si hubieras atraído al rastreador, o a cualquiera de ellos, como a
mí.
Me estremecí.
—No creo que tenga otra alternativa que matarle —murmuró—, aunque a Carlisle no le
va gustar.
Oí el sonido de las ruedas cruzando el puente aunque no se veía el río en la oscuridad.
Sabía que nos estábamos acercando, de modo que se lo tenía que preguntar en ese momento.
— ¿Cómo se mata a un vampiro?
Me miró con ojos inescrutables y su voz se volvió repentinamente áspera.
—La única manera segura es cortarlo en pedazos, y luego quemarlos.
— ¿Van a luchar a su lado los otros dos?
—La mujer, sí, aunque no estoy seguro respecto a Laurent. El vínculo entre ellos no es
muy fuerte y Laurent sólo los acompaña por conveniencia. Además, James lo avergonzó en el
prado.
—Pero James y la mujer... ¿intentarán matarte? —mi voz también se había vuelto
áspera al preguntar.
—Bella, no te permito que malgastes tu tiempo preocupándote por mí. Tu único interés
debe ser mantenerte a salvo y por favor te lo pido, intenta no ser imprudente.
— ¿Todavía nos sigue?
—Sí, aunque no va a asaltar la casa. No esta noche.
Dobló por un camino invisible, con Alice siguiéndonos.
Condujo directamente hacia la casa. Las luces del interior estaban encendidas, pero
servían de poco frente a la oscuridad del bosque circundante. Emmett abrió mi puerta antes de
que el vehículo se hubiera detenido del todo; me sacó del asiento, me empotró como un balón
de fútbol contra su enorme pecho, y cruzó la puerta a la carrera llevándome con él.
Irrumpimos en la gran habitación blanca del primer piso, con Edward y Alice
flanqueándonos a ambos lados. Todos se hallaban allí y se levantaron al oírnos llegar; Laurent
estaba en el centro. Escuché los gruñidos sordos retumbar en lo profundo de la garganta de
Emmett cuando me soltó al lado de Edward.
—Nos está rastreando —anunció Edward, mirando ceñudo a Laurent.
El rostro de éste no parecía satisfecho.
—Me temo que sí.
Alice se deslizó junto a Jasper y le susurró al oído; los labios le temblaron levemente
por la velocidad de su silencioso monólogo. Subieron juntos las escaleras. Rosalie los observó
y se acercó rápidamente al lado de Emmett. Sus bellos ojos brillaban con intensidad, pero se
llenaron de furia cuando, sin querer, recorrieron mi rostro.
— ¿Qué crees que va a hacer? —le preguntó Carlisle a Laurent en un tono escalofriante.
—Lo siento —contestó—. Ya me temí, cuando su chico la defendió, que se
desencadenaría esta situación.
— ¿Puedes detenerle?
Laurent sacudió la cabeza.
—Una vez que ha comenzado, nada puede detener a James.
—Nosotros lo haremos —prometió Emmett, y no cabía duda de a qué se refería.
—No podrán con él. No he visto nada semejante en los últimos trescientos años. Es
absolutamente letal, por eso me uní a su aquelarre.
Su aquelarre, pensé; entonces, estaba claro. La exhibición de liderazgo en el prado había
sido solamente una pantomima.
Laurent seguía sacudiendo la cabeza. Me miró, perplejo, y luego nuevamente a Carlisle.
— ¿Estás convencido de que merece la pena?
El rugido airado de Edward llenó la habitación y Laurent se encogió. Carlisle miró a
Laurent con gesto grave.
—Me temo que tendrás que escoger.
Laurent lo entendió y meditó durante unos instantes. Sus ojos se detuvieron en cada
rostro y finalmente recorrieron la rutilante habitación.
—Me intriga la forma de vida que habéis construido, pero no quiero quedarme atrapado
aquí dentro. No siento enemistad hacia ninguno de vosotros, pero no actuaré contra James.
Creo que me marcharé al norte, donde está el clan de Denali —dudó un momento—. No
subestiméis a James. Tiene una mente brillante y unos sentidos inigualables. Se siente tan
cómodo como vosotros en el mundo de los hombres y no os atacará de frente... Lamento lo
que se ha desencadenado aquí. Lo siento de veras —inclinó la cabeza, pero me lanzó otra
mirada incrédula.
—Ve en paz —fue la respuesta formal de Carlisle.
Laurent echó otra larga mirada alrededor y entonces se apresuró hacia la puerta.
El silencio duró menos de un minuto.
— ¿A qué distancia se encuentra? —Carlisle miró a Edward.
Esme ya estaba en movimiento, tocó con la mano un control invisible que había en la
pared y con un chirrido, unos grandes postigos metálicos comenzaron a sellar la pared de
cristal. Me quedé boquiabierta.
—Está a unos cinco kilómetros pasando el río, dando vueltas por los alrededores para
reunirse con la mujer.
— ¿Cuál es el plan?
—Lo alejaremos de aquí para que Jasper y Alice se la puedan llevar al sur,
— ¿Y luego?
El tono de Edward era mortífero.
—Le daremos caza en cuanto Bella esté fuera de aquí.
—Supongo que no hay otra opción —admitió Carlisle con el rostro sombrío.
Edward se volvió hacia Rosalie.
—Súbela arriba e intercambiad vuestras ropas —le ordenó, y ella le devolvió la mirada,
furibunda e incrédula.
— ¿Por qué debo hacerlo? —Dijo en voz baja—. ¿Qué es ella para mí? Nada, salvo una
amenaza, un peligro que tú has buscado y que tenemos que sufrir todos.
Me acobardó el veneno que destilaban sus palabras.
—Rosa... —murmuró Emmett, poniéndole una mano en el hombro. Ella se la sacó de
encima con una sacudida.
Sin embargo, yo fijaba en Edward toda mi atención; conociendo su temperamento, me
preocupaba su reacción. Pero me sorprendió.
Apartó la mirada de Rosalie como si no hubiera dicho nada, como si no existiera.
— ¿Esme? —preguntó con calma.
—Por supuesto —murmuró ella.
Esme estuvo a mi lado en menos de lo que dura un latido, y me alzó en brazos sin
esfuerzo. Se lanzó escaleras arriba antes de que yo empezara a jadear del susto.
— ¿Qué vamos a hacer? —pregunté sin aliento cuando me soltó en una habitación
oscura en algún lugar del segundo piso.
—Intentaremos confundir el olor —pude oír como caían sus ropas al suelo—. No durará
mucho, pero ayudará a que puedas huir.
—No creo que me las pueda poner... —dudé, pero ella empezó a quitarme la camiseta
con brusquedad. Rápidamente, me quité yo sola los vaqueros. Me tendió lo que parecía ser
una camiseta y luché por meter los brazos en los huecos correctos. Tan pronto como lo
conseguí, ella me entregó sus mallas de deporte.
Tiré de ellas pero no conseguí ponérmelas bien, eran demasiado largas, por lo que Esme
dobló diestramente los dobladillos unas cuantas veces de manera que pude ponerme en pie.
Ella ya se había puesto mis ropas y me llevó hacia las escaleras donde aguardaba Alice con un
pequeño bolso de piel en la mano. Me tomaron cada una de un codo y me llevaron en
volandas hasta el tramo de las escaleras.
Parecía como si todo se hubiera resuelto en el salón en nuestra ausencia. Edward y
Emmett estaban preparados para irse, este último llevaba una mochila de aspecto pesado
sobre el hombro. Carlisle le tendió un objeto pequeño a Esme, luego se volvió y le dio otro
igual a Alice; era un pequeño móvil plateado.
—Esme y Rosalie se llevarán tu coche, Bella —me dijo al pasar a mi lado. Asentí,
mirando con recelo a Rosalie, que contemplaba a Carlisle con expresión resentida.
—Alice, Jasper, llevaos el Mercedes. En el sur vais a necesitar ventanillas con cristales
tintados.
Ellos asintieron también.
—Nosotros nos llevaremos el Jeep.
Me sorprendió verificar que Carlisle pretendía acompañar a Edward. Me di cuenta de
pronto, con una punzada de miedo, que estaban reuniendo la partida de caza.
—Alice —preguntó Carlisle—, ¿morderán el cebo?
Todos miramos a Alice, que cerró los ojos y permaneció increíblemente inmóvil.
Finalmente, los abrió y dijo con voz segura:
—El te perseguirá y la mujer seguirá al monovolumen. Debemos salir justo detrás.
—Vamonos —ordenó Carlisle, y empezó a andar hacia la cocina.
Edward se acercó a mí enseguida. Me envolvió en su abrazo férreo, apretándome contra
él. No parecía consciente de que su familia le observaba cuando acercó mi rostro al suyo,
despegándome los pies del suelo. Durante un breve segundo posó sus labios helados y duros
sobre los míos y me dejó en el suelo sin dejar de sujetarme el rostro; sus espléndidos ojos
ardían en los míos, pero, curiosamente, se volvieron inexpresivos y apagados conforme se
daba la vuelta.
Entonces, se marcharon.
Las demás nos quedamos allí de pie, los cuatro desviaron la mirada mientras las
lágrimas corrían en silencio por mi cara.
El silencio parecía no acabarse nunca hasta que el teléfono de Esme vibró en su mano;
lo puso sobre su oreja con la velocidad de un rayo.
—Ahora —dijo. Rosalie acechaba la puerta frontal sin dirigir ni una sola mirada en mi
dirección, pero Esme me acarició la mejilla al pasar a mi lado.
—Cuídate.
El susurro de Esme quedó flotando en la habitación mientras ellas se deslizaban al
exterior. Oí el ensordecedor arranque del monovolumen y luego cómo el ruido del motor se
desvanecía en la noche.
Jasper y Alice esperaron. Alice pareció llevarse el móvil al oído antes de que sonara.
—Edward dice que la mujer está siguiendo a Esme. Voy a por el coche.
Se desvaneció en las sombras por el mismo lugar que se había ido Edward. Jasper y yo
nos miramos el uno al otro. Anduvo a mi lado a lo largo de todo vestíbulo... vigilante.
—Te equivocas, ya lo sabes —dijo con calma.
— ¿Qué? —tragué saliva.
—Sé lo que sientes en estos momentos, y tú sí lo mereces.
—No —murmuré entre dientes—. Si les pasa algo, será por nada.
—Te equivocas —repitió él, sonriéndome con amabilidad.
No oí nada, pero en ese momento Alice apareció por la puerta frontal y me tendió los
brazos.
— ¿Puedo? —me preguntó.
—Eres la primera que me pide permiso —sonreí irónicamente.
Me tomó en sus esbeltos brazos con la misma facilidad que Emmett, protegiéndome con
su cuerpo y entonces salimos precipitadamente de la casa, cuyas luces siguieron brillando a
nuestras espaldas.

IMPACIENCIA
Me desperté confusa. Mis pensamientos eran inconexos y se perdían en sueños y
pesadillas. Me llevó más tiempo de lo habitual darme cuenta de dónde me hallaba.
La habitación era demasiado impersonal para pertenecer a ningún otro sitio que no fuera
un hotel. Las lamparitas, atornilladas a las mesillas de noche, eran baratas, de saldo, lo mismo
que las acuarelas de las paredes y las cortinas, hechas del mismo material que la colcha, que
colgaban hasta el suelo.
Intenté recordar cómo había llegado allí, sin conseguirlo al principio.
Luego, me acordé del elegante coche negro con los cristales de las ventanillas aún más
oscuros que los de las limusinas. Apenas si se oyó el motor, a pesar de que durante la noche
habíamos corrido al doble del límite de la velocidad permitida por la autovía.
También recordaba a Alice, sentada junto a mí en el asiento trasero de cuero negro. En
algún momento de la larga noche reposé la cabeza sobre su cuello de granito. Mi cercanía no
pareció alterarla en absoluto y su piel dura y fría me resultó extrañamente cómoda. La parte
delantera de su fina camiseta de algodón estaba fría y húmeda a causa de las lágrimas vertidas
hasta que mis ojos, rojos e hinchados, se quedaron secos.
Me había desvelado y permanecí con los doloridos ojos abiertos, incluso cuando la
noche terminó al fin y amaneció detrás de un pico de escasa altura en algún lugar de
California. Haces de luz gris poblaron el cielo despejado, hiriéndome en los ojos, pero no
podía cerrarlos, ya que en cuanto lo hacía, se me aparecían las imágenes demasiado vividas,
como diapositivas proyectadas desde detrás de los párpados; y eso me resultaba insoportable.
La expresión desolada de Charlie, el brutal rugido de Edward al exhibir los dientes, la mirada
resentida de Rosalie, el experto escrutinio del rastreador, la mirada apagada de los ojos de
Edward después de besarme por última vez... No soportaba esos recuerdos, por lo que luché
contra la fatiga mientras el sol se alzaba en el horizonte.
Me mantenía despierta cuando atravesamos un ancho paso montañoso y el astro rey,
ahora a nuestras espaldas, se reflejó en los techos de teja del Valle del Sol. Ya no me quedaba
la suficiente sensibilidad para sorprenderme de que hubiéramos efectuado un viaje de tres días
en uno solo. Miré inexpresivamente la llanura amplia y plana que se extendía ante mí.
Phoenix, las palmeras, los arbustos de creosota, las líneas caprichosas de las autopistas que se
entrecruzaban, las franjas verdes de los campos de golf y los manchones turquesas de las
piscinas, todo cubierto por una fina capa de polución que envolvía las sierras chatas y rocosas,
sin la altura suficiente para llamarlas montañas.
Las sombras de las palmeras se inclinaban sobre la autopista interestatal, definidas y
claramente delineadas, aunque menos intensas de lo habitual. Nada podía esconderse en esas
sombras. La calzada, brillante y sin tráfico, incluso parecía agradable. Pero no sentí ningún
alivio, ninguna sensación de bienvenida.
— ¿Cuál es el camino al aeropuerto, Bella? —preguntó Jasper y se sobresaltó, aunque
su voz era bastante suave y tranquilizadora. Fue el primer sonido, aparte del ronroneo del
coche, que rompió el largo silencio de la noche.
—No te salgas de la I—10 —contesté automáticamente—. Pasaremos justo al lado.
El no haber podido dormir me nublaba la mente y me costaba pensar.
— ¿Vamos a volar a algún sitio? —le pregunté a Alice.
—No, pero es mejor estar cerca, sólo por si acaso.
Después vino a mi memoria el comienzo de la curva alrededor del Sky Harbor
International..., pero en mi recuerdo no llegué a terminarla. Supongo que debió de ser
entonces cuando me dormí.
Aunque ahora que recuperaba los recuerdos tenía la vaga impresión de haber salido del
coche cuando el sol acababa de ocultarse en el horizonte, con un brazo sobre los hombros de
Alice y el suyo firme alrededor de mi cintura, sujetándome mientras yo tropezaba en mí
caminar bajo las sombras cálidas y secas.
No recordaba esta habitación.
Miré el reloj digital en la mesilla de noche. Los números en rojo indicaban las tres, pero
no si eran de la tarde o de la madrugada. A través de las espesas cortinas no pasaba ni un hilo
de luz exterior, aunque las lámparas iluminaban la habitación.
Me levanté entumecida y me tambaleé hasta la ventana para apartar las cortinas.
Era de noche, así que debían de ser las tres de la madrugada. Mi habitación daba a una
zona despejada de la autovía y al nuevo aparcamiento de estacionamiento prolongado del
aeropuerto. Me sentí algo mejor al saber dónde me encontraba.
Me miré. Seguía llevando las ropas de Esme, que no me quedaban nada bien. Recorrí la
habitación con la mirada y me alborocé al descubrir mi petate en lo alto de un pequeño
armario.
Iba en busca de ropa nueva cuando me sobresaltó un ligero golpecito en la puerta.
— ¿Puedo entrar? —preguntó Alice.
Respiré hondo.
—Sí, claro.
Entró y me miró con cautela.
—Tienes aspecto de necesitar dormir un poco más.
Me limité a negar con la cabeza.
En silencio, se acercó despacio a las cortinas y las cerró con firmeza antes de volverse
hacia mí.
—Debemos quedarnos dentro —me dijo.
—De acuerdo —mi voz sonaba ronca y se me quebró.
— ¿Tienes sed?
—Me encuentro bien —me encogí de hombros—. ¿Y tú qué tal?
—Nada que no pueda sobrellevarse —sonrió—. Te he pedido algo de comida, la tienes
en el saloncito. Edward me recordó que comes con más frecuencia que nosotros.
Presté más atención en el acto.
— ¿Ha telefoneado?
—No —contestó, y vio cómo aparecía la desilusión en mi rostro—. Fue antes de que
saliéramos.
Me tomó de la mano con delicadeza y me llevó al saloncito de la suite. Se oía un
zumbido bajo de voces procedente de la televisión. Jasper estaba sentado inmóvil en la mesa
que había en una esquina, con los ojos puestos en las noticias, pero sin prestarles atención
alguna.Me senté en el suelo al lado de la mesita de café donde me esperaba una bandeja de
comida y empecé a picotear sin darme cuenta de lo que ingería.
Alice se sentó en el brazo del sofá y miró a la televisión con gesto ausente, igual que
Jasper.
Comí lentamente, observándola, mirando también de hito en hito a Jasper. Me percaté
de que estaban demasiado quietos. No apartaban la vista de la pantalla, aunque acababan de
aparecer los anuncios.
Empujé la bandeja a un lado, con el estómago repentinamente revuelto. Alice me miró.
— ¿Qué es lo que va mal, Alice?
—Todo va bien —abrió los ojos con sorpresa, con expresión sincera... y no me creí
nada.
— ¿Qué hacemos aquí?
—Esperar a que nos llamen Carlisle y Edward.
— ¿Y no deberían haber telefoneado ya?
Me pareció que me iba acercando al meollo del asunto. Los ojos de Alice revolotearon
desde los míos hacia el teléfono que estaba encima de su bolso; luego volvió a mirarme.
— ¿Qué significa eso? —me temblaba la voz y luché para controlarla—. ¿Qué quieres
decir con que no han llamado?
—Simplemente que no tienen nada que decir.
Pero su voz sonaba demasiado monótona y el aire se me hizo más difícil de respirar.
De repente, Jasper se situó junto a Alice, más cerca de mí de lo habitual.
—Bella —dijo con una voz sospechosamente tranquilizadora—, no hay de qué
preocuparse. Aquí estás completamente a salvo.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿de qué tienes miedo? —me preguntó confundido. Aunque podía sentir el
tono de mis emociones, no comprendía el motivo.
—Ya oíste a Laurent —mi voz era sólo un susurro, pero estaba segura de que podía
oírme—. Dijo que James era mortífero. ¿Qué pasa si algo va mal y se separan? Si cualquiera
de ellos sufriera algún daño, Carlisle, Emmett, Edward... —Tragué saliva—. Si esa mujer
brutal le hace daño a Esme... —hablaba cada vez más alto, y en mi voz apareció una nota de
histeria—. ¿Cómo podré vivir después sabiendo que fue por mi culpa? Ninguno de vosotros
debería arriesgarse por mí...
—Bella, Bella, para... —me interrumpió Jasper, pronunciando con tal rapidez que me
resultaba difícil entenderle—. Te preocupas por lo que no debes, Bella. Confía en mí en esto:
ninguno de nosotros está en peligro. Ya soportas demasiada presión tal como están las cosas,
no hace falta que le añadas todas esas innecesarias preocupaciones. ¡Escúchame! —Me
ordenó, porque yo había vuelto la mirada a otro lado—. Nuestra familia es fuerte y nuestro
único temor es perderte.
—Pero ¿por qué...?
Alice le interrumpió esta vez, tocándome la mejilla con sus dedos fríos.
—Edward lleva solo casi un siglo y ahora te ha encontrado. No sabes cuánto ha
cambiado, pero nosotros sí lo vemos, después de llevar juntos tanto tiempo. ¿Crees que
podríamos mirarle a la cara los próximos cien años si te pierde?
La culpa remitió lentamente cuando me sumergí en sus ojos oscuros. Pero, incluso
mientras la calma se extendía sobre mí, no podía confiar en mis sentimientos en presencia de
Jasper.
Había sido un día muy largo.
Permanecimos en la habitación. Alice llamó a recepción y les pidió que no enviaran a
las mujeres de la limpieza para arreglar el cuarto. Las ventanas permanecieron cerradas, con
la televisión encendida, aunque nadie la miraba. Me traían la comida a intervalos regulares. El
móvil plateado parecía aumentar de tamaño conforme pasaban las horas.
Mis niñeros soportaban mejor que yo la incertidumbre. Yo me movía nerviosamente,
andaba de un lado para otro y ellos sencillamente cada vez parecían más inmóviles, dos
estatuas cuyos ojos me seguían imperceptiblemente mientras me movía. Intenté mantenerme
ocupada memorizando la habitación: el diseño de la tela del sofá dispuesto en bandas de color
canela, melocotón, crema, dorado mate y canela otra vez. Algunas veces me quedaba mirando
fijamente las láminas abstractas, intentando encontrar figuras reconocibles en las formas, del
mismo modo que las imaginaba en las nubes cuando era niña. Descubrí una mano azul, una
mujer que se peinaba y un gato estirándose, pero dejé de hacerlo cuando un pálido círculo
rojo se convirtió en un ojo al acecho.
Me fui a la cama, sólo por hacer algo, al morir la tarde. Albergaba la esperanza de que
los miedos que merodeaban en el umbral de la consciencia, incapaces de burlar la escrupulosa
vigilancia de Jasper, reaparecieran si permanecía sola en la penumbra.
Pero como por casualidad, Alice me siguió, como si por pura coincidencia se hubiera
cansado del saloncito al mismo tiempo que yo. Empezaba a preguntarme qué clase de
instrucciones le había dado exactamente Edward. Me tumbé en la cama y ella se sentó a mi
lado con las piernas entrecruzadas. La ignoré al principio, pero de repente me sentí demasiado
cansada para dormir. Al cabo de varios minutos hizo acto de presencia el pánico que se había
mantenido a raya en presencia de Jasper. Entonces, deseché rápidamente la idea de dormir, y
me avovillé, sujetándome las rodillas contra el cuerpo con los brazos.
— ¿Alice?
— ¿Sí?
Hice un esfuerzo por aparentar calma y pregunté:
— ¿Qué crees que están haciendo?
—Carlisle quería conducir al rastreador al norte tanto como fuera posible, esperar que
se les acercara para dar la vuelta y emboscarlo. Esme y Rosalie se dirigirían al oeste con la
mujer a la zaga el máximo tiempo posible. Si ésta se volvía, entonces tenían que regresar a
Forks y vigilar a tu padre. Imagino que todo debe de ir bien, ya que no han llamado. Eso
significa que el rastreador debe de estar lo bastante cerca de ellos como para que no quieran
arriesgarse a que se entere de algo por casualidad.
— ¿Y Esme?
—Seguramente habrá regresado a Forks. No puede llamar por si hay alguna posibilidad
de que la mujer escuche algo. Confío en que todos tengan mucho cuidado con eso.
— ¿Crees de verdad que están bien?
—Bella, ¿cuántas veces hemos de decirte que no corremos peligro?
—De todos modos, ¿me dirías la verdad?
—Sí. Siempre te la diré.
Parecía hablar en serio. Me lo pensé un rato y al final me convencí de que realmente
estaba siendo sincera.
Entonces dime, ¿cómo se convierte uno en vampiro?
Mi pregunta la sorprendió con la guardia bajada. Se quedó quieta. Me volví para mirarle
la cara y vi que su expresión era vacilante.
—Edward no quiere que te lo cuente —respondió con firmeza, aunque me di cuenta de
que ella estaba en desacuerdo con esa postura.
—Eso no es jugar limpio. Creo que tengo derecho a saberlo.
—Ya lo sé.
La miré, expectante.
Alice suspiró.
—Se va a enfadar muchísimo.
—No es de su incumbencia. Esto es entre tú y yo. Alice, te lo estoy pidiendo como
amiga.Y en cierto modo nosotras lo éramos ahora, tal como ella seguramente habría sabido
desde mucho antes por sus visiones.
Me miró con sus ojos sabios, espléndidos... mientras tomaba la decisión.
—Te contaré cómo se desarrolla el proceso —dijo finalmente—, pero no recuerdo cómo
me sucedió, no lo he hecho ni he visto hacerlo a nadie, así que ten claro que sólo te puedo
explicar la teoría.
Esperé: —
—Nuestros cuerpos de depredador disponen de un verdadero arsenal de armas. Fuerza,
velocidad, sentidos muy agudos, y eso sin tener en cuenta a aquellos de nosotros que como
Edward, Jasper o yo misma también poseemos poderes extrasensoriales. Además, resultamos
físicamente atractivos a nuestras presas, como una flor carnívora.
Permanecí inmóvil mientras recordaba de qué forma tan deliberada me había
demostrado Edward eso mismo en el prado.
Esbozó una sonrisa amplia y ominosa.
—Tenemos también otra arma de escasa utilidad. Somos ponzoñosos —añadió con los
dientes brillantes—. Esa ponzoña no mata, simplemente incapacita. Actúa despacio y se
extiende por todo el sistema circulatorio, de modo que ninguna presa se encuentra en
condiciones físicas de resistirse y huir de nosotros una vez que la hemos mordido. Es poco
útil, como te he dicho, porque no hay víctima que se nos escape en distancias cortas, aunque,
claro, siempre hay excepciones. Carlisle, por ejemplo.
—Así que si se deja que la ponzoña se extienda... —murmuré.
—Completar la transformación requiere varios días, depende de cuánta ponzoña haya
en la sangre y cuándo llegue al corazón. Mientras el corazón siga latiendo se sigue
extendiendo, curando y transformando el cuerpo conforme llega a todos los sitios. La
conversión finaliza cuando se para el corazón, pero durante todo ese lapso de tiempo, la
víctima desea la muerte a cada minuto.
Temblé.
—No es agradable, ya te lo dije.
—Edward me dijo que era muy difícil de hacer... Y no le entendí bien —confesé.
—En cierto modo nos asemejamos a los tiburones. Una vez que hemos probado la
sangre o al menos la hemos olido, da igual, se hace muy difícil no alimentarse. Algunas veces
resulta imposible. Así que ya ves, morder realmente a alguien y probar la sangre puede iniciar
la vorágine. Es difícil para todos: el deseo de sangre por un lado para nosotros, y por otro el
dolor horrible para la víctima.
— ¿Por qué crees que no lo recuerdas?
—No lo sé. El dolor de la transformación es el recuerdo más nítido que suelen tener casi
todos de su vida humana —su voz era melancólica—. Sin embargo, yo no recuerdo nada de
mi existencia anterior.
Estuvimos allí tumbadas, ensimismadas cada una en nuestras meditaciones.
Transcurrieron los segundos, y estaba tan perdida en mis pensamientos que casi había
olvidado su presencia.
Entonces, Alice saltó de la cama sin mediar aviso alguno y cayó de pie con un ágil
movimiento. Sorprendida, volví rápidamente la cabeza para mirarla.
—Algo ha cambiado.
Su voz era acuciante, pero no me reveló nada más.
Alcanzó la puerta al mismo tiempo que Jasper. Con toda seguridad, éste había oído
nuestra conversación y la repentina exclamación. Le puso las manos en los hombros y guió a
Alice otra vez de vuelta a la cama, sentándola en el borde.
— ¿Qué ves? —preguntó Jasper, mirándola fijamente a los ojos, todavía concentrados
en algo muy lejano. Me senté junto a ella y me incliné para poder oír su voz baja y rápida.
—Veo una gran habitación con espejos por todas partes. El piso es de madera. James se
encuentra allí, esperando. Hay algo dorado... una banda dorada que cruza los espejos.
— ¿Dónde está la habitación?
—No lo sé. Aún falta algo, una decisión que no se ha tomado todavía.
— ¿Cuánto tiempo queda para que eso ocurra?
—Es pronto, estará en la habitación del espejo hoy o quizás mañana. Se encuentra a la
espera y ahora permanece en la penumbra.
La voz de Jasper era metódica, actuaba con la tranquilidad de quien tiene experiencia en
ese tipo de interrogatorios.
— ¿Qué hace ahora?
—Ver la televisión a oscuras en algún sitio... no, es un vídeo.
— ¿Puedes ver dónde se encuentra?
—No, hay demasiada oscuridad.
— ¿Hay algún otro objeto en la habitación del espejo?
—Sólo veo espejos y una especie de banda dorada que rodea la habitación. También
hay un gran equipo de música y un televisor encima de una mesa negra. Ha colocado allí un
vídeo, pero no lo mira de la misma forma que lo hacía en la habitación a oscuras —sus ojos
erraron sin rumbo fijo, y luego se centraron en el rostro de Jasper—. Esa es la habitación
donde espera.
— ¿No hay nada más?
Ella negó con la cabeza; luego, se miraron el uno al otro, inmóviles.
— ¿Qué significa? —pregunté.
Nadie me contestó durante unos instantes; luego, Jasper me miró.
—Significa que el rastreador ha cambiado de planes y ha tomado la decisión que lo
llevará a la habitación del espejo y a la sala oscura.
—Pero no sabemos dónde están.
—Bueno, pero sí sabemos que no le están persiguiendo en las montañas al norte de
Washington. Se les escapará —concluyó Alice lúgubremente.
— ¿No deberíamos llamarlos? —pregunté. Ellos intercambiaron una mirada seria,
indecisos.
El teléfono sonó.
Alice cruzó la habitación antes de que pudiera alzar el rostro para mirarla.
Pulsó un botón y se lo acercó al oído, aunque no fue la primera en hablar.
—Carlisle —susurró. A mí no me pareció sorprendida ni aliviada—. Sí —dijo sin dejar
de mirarme; permaneció a la escucha un buen rato—. Acabo de verlo —afirmó, y le describió
la reciente visión—. Fuera lo que fuera lo que le hizo tomar ese avión, seguramente le va
conducir a esas habitaciones —hizo una pausa—. Sí —contestó al teléfono, y luego me llamó
—. ¿Bella?
Me alargó el teléfono y corrí hacia el mismo.
— ¿Diga? —murmuré.
—Bella —dijo Edward.
— ¡Oh, Edward! Estaba muy preocupada.
—Bella —suspiró, frustrado—. Te dije que no te preocuparas de nadie que no fueras tú
misma. Era tan increíblemente maravilloso oír su voz que mientras él hablaba sentí cómo la
nube de desesperación que planeaba sobre mí ascendía y se disolvía.
— ¿Dónde estás?
—En los alrededores de Vancouver. Lo siento, Bella, pero lo hemos perdido. Parecía
sospechar de nosotros y ha tenido la precaución de permanecer lo bastante lejos para que no
pudiera leerle el pensamiento. Se ha ido, parece que ha tomado un avión. Creemos que ha
vuelto a Forks para empezar de nuevo la búsqueda.
Oía detrás de mí cómo Alice ponía al día a Jasper. Hablaba con rapidez, las palabras se
atropellaban unas a otras, formando un zumbido constante.
—Lo sé. Alice vio que se había marchado.
—Pero no tienes de qué preocuparte, no podrá encontrar nada que le lleve hasta ti. Sólo
tienes que permanecer ahí y esperar hasta que le encontremos otra vez.
—Me encuentro bien. ¿Está Esme con Charlie?
—Sí, la mujer ha estado en la ciudad. Entró en la casa mientras Charlie estaba en el
trabajo. No temas, no se le ha acercado. Está a salvo, vigilado por Esme y Rosalie.
— ¿Qué hace ella ahora?
—Probablemente, intenta conseguir pistas. Ha merodeado por la ciudad toda la noche.
Rosalie la ha seguido hasta las cercanías del aeropuerto, por todas las carreteras alrededor de
la ciudad, en la escuela... Está rebuscando por todos lados, Bella, pero no va a encontrar nada.
— ¿Estás seguro de que Charlie está a salvo?
—Sí, Esme no le pierde de vista; y nosotros volveremos pronto. Si el rastreador se
acerca a Forks, le atraparemos.
—Te echo de menos —murmuré.
—Ya lo sé, Bella. Créeme que lo sé. Es como si te hubieras llevado una mitad de mí
contigo.
—Ven y recupérala, entonces —le reté.
—Pronto, en cuanto pueda, pero antes me aseguraré de que estás a salvo —su voz se
había endurecido.
—Te quiero —le recordé.
— ¿Me crees si te digo que, a pesar del trago que te estoy haciendo pasar, también te
quiero?
—Desde luego que sí, claro que te creo.
—Me reuniré contigo enseguida.
—Te esperaré.
La nube de abatimiento se volvió a cernir sobre mí sigilosamente en cuanto se cortó la
comunicación.
Me giré para devolver el móvil a Alice y los encontré a ella y a Jasper inclinados sobre
la mesa. Ella dibujaba un boceto en un trozo del papel con el membrete del hotel. Me incliné
sobre el respaldo del sofá para mirar por encima de su hombro.
Había pintado una habitación grande y rectangular, con una pequeña sección cuadrada
al fondo. Las tablas de madera del suelo se extendían a lo largo de toda la estancia. En la parte
inferior de las paredes había unas líneas que atravesaban horizontalmente los espejos, y
también una banda larga, a la altura de la cintura, que recorría las cuatro paredes. Alice había
dicho que era una banda dorada.
—Es un estudio de ballet—dije al reconocer de pronto el aspecto familiar del cuarto.
Me miraron sorprendidos.
— ¿Conoces esta habitación?
La voz de Jasper sonaba calmada, pero debajo de esa tranquila apariencia fluía una
corriente subterránea de algo que no pude identificar.
Alice inclinó la cabeza hacia su dibujo, moviendo rápidamente ahora su mano por la
página; en la pared del fondo fue tomando forma una salida de emergencia y en la esquina
derecha de la pared frontal, una televisión y un equipo de música encima de una mesa baja.
—Se parece a una academia a la que solía ir para dar clases de ballet cuando tenía ocho
o nueve años. Tenía el mismo aspecto —toqué la página donde destacaba la sección cuadrada,
que luego se estrechaba en la parte trasera de la habitación—. Aquí se encontraba el baño, y
esa puerta daba a otra clase, pero el aparato de música estaba aquí —señalé la esquina
izquierda—. Era más viejo, y no había televisor. También había una ventana en la sala de
espera, que se podía ver desde este sitio si te colocabas aquí.
Alice y Jasper me miraban fijamente.
— ¿Estás segura de que es la misma habitación? —me preguntó Jasper, todavía
tranquilo.
—No, no del todo. Supongo que todos los estudios de danza son muy parecidos, todos
tienen espejos y barras —deslicé un dedo a lo largo de la barra de ballet situada junto a los
espejos—. Sólo digo que su aspecto me resulta familiar.
Toqué la puerta del boceto, colocada exactamente en el mismo sitio donde se
encontraba la que yo recordaba.
— ¿Tendría algún sentido que quisieras ir allí ahora? —me preguntó Alice,
interrumpiendo mis recuerdos.
—No, no he puesto un pie allí desde hace por lo menos diez años. Era una bailarina
espantosa, hasta el punto de que me ponían en la última fila en todas las actuaciones —
reconocí.
— ¿Y no puede guardar algún tipo de relación contigo ahora? —inquirió Alice con
suma atención.
—No, ni siquiera creo que siga perteneciendo a la misma persona. Estoy segura de que
debe de ser otro estudio de danza en cualquier otro sitio.
— ¿Dónde está el estudio en el que dabas clase? —me preguntó Jasper con fingida
indiferencia.
—Estaba justo en la esquina de la calle donde vivía mi madre, solía pasar por allí
después de la escuela... —dejé la frase inconclusa, pero me percaté del intercambio de
miradas entre Alice y Jasper.
—Entonces, ¿está aquí?, ¿en Phoenix? —el tono de la voz de éste seguía pareciendo
imperturbable.
—Sí —murmuré—. En la 58 esquina con Cactus.
Nos quedamos todos sentados contemplando fijamente el dibujo.
—Alice, ¿es seguro este teléfono?
—Sí —me garantizó—. Si rastrean el número, la pista los llevará a Washington.
—Entonces puedo usarlo para llamar a mi madre.
—Creía que estaba en Florida.
—Así es, pero va a volver pronto y no puede ir a esa casa mientras. .. —me tembló la
voz.
No dejaba de darle vueltas a un detalle que había comentado Edward. La mujer pelirroja
había estado en casa de Charlie y en la escuela, donde figuraban mis datos.
— ¿Cómo la puedes localizar?
—No tienen número fijo, salvo en casa, aunque se supone que mamá comprueba si tiene
mensajes en el contestador de vez en cuando.
— ¿Jasper? —preguntó Alice.
El aludido se lo pensó.
—No creo que esto ocasione daño alguno, aunque asegúrate de no revelar tu paradero,
claro.
Tomé el móvil con impaciencia y marqué el número que me era tan familiar. Sonó
cuatro veces; luego, oí la voz despreocupada de mi madre pidiendo que dejara un mensaje.
—Mamá —dije después del pitido—, soy yo, Bella. Escucha, necesito que hagas algo.
Es importante. Llámame a este número en cuanto oigas el mensaje —Alice ya estaba a mi
lado, escribiéndomelo en la parte inferior del dibujo, y lo leí cuidadosamente dos veces—. Por
favor, no vayas a ninguna parte hasta que no hablemos. No te preocupes, estoy bien, pero
llámame enseguida, no importa lo tarde que oigas el mensaje, ¿vale? Te quiero, mamá, chao.
Cerré los ojos y recé con todas mis fuerzas para que no llegara a casa por algún cambio
imprevisto de planes antes de oír mi mensaje.
Me acomodé en el sofá y picoteé las sobras de fruta de un plato al tiempo que me iba
haciendo a la idea de que la tarde sería larga. Pensé en llamar a Charlie, pero no estaba segura
de si ya habría llegado a casa o no. Me concentré en las noticias, buscando historias sobre
Florida o sobre el entrenamiento de primavera, además de huelgas, huracanes o ataques
terroristas, cualquier cosa que provocase un regreso anticipado.
La inmortalidad debe de ayudar mucho a ejercitar la paciencia. Ni Jasper ni Alice
parecían sentir la necesidad de hacer nada en especial. Durante un rato, Alice dibujó un diseño
vago de la habitación oscura que había visto en su visión, a la luz débil de la televisión. Pero
cuando terminó, simplemente se quedó sentada, mirando las blancas paredes con sus ojos
eternos. Tampoco Jasper parecía tener la necesidad de pasear, inspeccionar el exterior por un
lado de las cortinas, o salir corriendo de la habitación como me ocurría a mí.
Debí de quedarme dormida en el sofá mientras esperaba que volviera a sonar el móvil.
El frío tacto de las manos de Alice me despertó bruscamente cuando me llevó a la cama, pero
volví a caer inconsciente otra vez antes de que mi cabeza descansara sobre la almohada.

LA LLAMADA
Me percaté de que otra vez era demasiado temprano en cuanto me desperté. Sabía que
estaba invirtiendo progresivamente el horario habitual del día y de la noche. Me quedé
tumbada en la cama y escuché las voces tranquilas de Jasper y Alice en la otra habitación.
Resultaba muy extraño que hablaran lo bastante alto como para que los escuchara. Rodé
rápidamente sobre la cama y me incorporé. Luego, me dirigí trastabillando hacia el saloncito.
El reloj que había sobre la televisión marcaba las dos de la madrugada. Alice y Jasper se
sentaban juntos en el sofá. Alice estaba dibujando otra vez, Jasper miraba el boceto por
encima del hombro de ésta. Estaban tan absortos en el trabajo de Alice que no miraron cuando
entré.
Me arrastré hasta el lado de Jasper para echar un vistazo.
— ¿Ha visto algo más? —pregunté en voz baja.
—Sí. Algo le ha hecho regresar a la habitación donde estaba el vídeo, y ahora está
iluminada.
Observé a Alice dibujar una habitación cuadrada con vigas oscuras en el techo bajo. Las
paredes estaban cubiertas con paneles de madera, un poco más oscuros de la cuenta, pasados
de moda. Una oscura alfombra estampada cubría el suelo. Había una ventana grande en la
pared sur y en la pared oeste un vano que daba a una sala de estar. Uno de los lados de esta
entrada era de piedra y en él se abría una gran chimenea de color canela que daba a ambas
habitaciones. Desde este punto de vista, el centro de la imagen lo ocupaban una televisión y
un vídeo —en equilibrio un tanto inestable sobre un soporte de madera demasiado pequeño
para los dos—, que se encontraban en la esquina sudoeste de la habitación. Un viejo sofá de
módulos se curvaba en frente de la televisión con una mesita de café redonda delante.
—El teléfono está allí —susurré e indiqué el lugar.
Dos pares de ojos eternos se fijaron en mí.
—Es la casa de mi madre.
Alice ya se había levantado del sofá de un salto con el móvil en la mano; empezó a
marcar. Contemplé ensimismada la precisa interpretación de la habitación donde se reunía la
familia de mi madre. Jasper se acercó aún más a mí, cosa rara en él, y me puso la mano
suavemente en el hombro. El contacto físico acentuó su influjo tranquilizador. La sensación
de pánico se difuminó y no llegó a tomar forma.
Los labios de Alice temblaban debido a la velocidad con la que hablaba, por lo que no
pude descifrar ese sordo zumbido. No podía concentrarme.
—Bella —me llamó Alice. La miré atontada—. Bella, Edward viene a buscarte.
Emmett, Carlisle y él te van a recoger para esconderte durante un tiempo.
— ¿Viene Edward?
Aquellas palabras se me antojaron como un chaleco salvavidas al que sujetarme para
mantener la cabeza fuera de una riada.
—Sí. Va a tomar el primer vuelo que salga de Seattle. Lo recogeremos en el aeropuerto
y te irás con él.
—Pero, mi madre... —a pesar de Jasper, la histeria burbujeaba en mi voz—. ¡El
rastreador ha venido a por mi madre, Alice!
—Jasper y yo nos aseguraremos de que esté a salvo.
—No puedo ganar a la larga, Alice. No podéis proteger a toda la gente que conozco
durante toda la vida. ¿No ves lo que está haciendo? No me persigue directamente a mí, pero
encontrará y hará daño a cualquier persona que yo ame... Alice, no puedo...
—Le atraparemos, Bella —me aseguró ella.
— ¿Y si te hiere, Alice? ¿Crees que eso me va a parecer bien? ¿Crees que sólo puede
hacerme daño a través de mi familia humana?
Alice miró a Jasper de forma significativa. Una espesa niebla y un profundo letargo se
apoderaron de mí y los ojos se me cerraron sin que pudiera evitarlo. Mi mente luchó contra la
niebla cuando me di cuenta de lo que estaba pasando. Forcé a mis ojos para que se abrieran y
me levanté, alejándome de la mano de Jasper.
—No quiero volverme a dormir —protesté enfadada.
Caminé hacia mi habitación y cerré la puerta, en realidad, casi di un portazo para
dejarme caer en la cama, hecha pedazos, con cierta privacidad. Alice no me siguió en esta
ocasión. Estuve contemplando la pared durante tres horas y media, hecha un ovillo,
meciéndome. Mi mente vagabundeaba en círculos, intentando salir de alguna manera de esta
pesadilla. Pero no había forma de huir, ni indulto posible. Sólo veía un único y sombrío final
que se avecinaba en mi futuro. La única cuestión era cuánta gente iba a resultar herida antes
de que eso ocurriera.
El único consuelo, la única esperanza que me quedaba era saber que vería pronto a
Edward. Quizás, sería capaz de hallar la solución que ahora me rehuía sólo con volverle a ver.
Regresé al salón, sintiéndome un poco culpable por mi comportamiento, cuando sonó el
móvil. Esperaba que ninguno de los dos se hubiera enfadado, que supieran cuánto les
agradecía los sacrificios que hacían por mí.
Alice hablaba tan rápido como de costumbre, pero lo que me llamó la atención fue que,
por primera vez, Jasper no se hallaba en la habitación. Miré el reloj; eran las cinco y media de
la mañana.
—Acaban de subir al avión. Aterrizarán a las nueve cuarenta y cinco —dijo Alice; sólo
tenía que seguir respirando unas cuantas horas más hasta que él llegara.
— ¿Dónde está Jasper?
—Ha ido a reconocer el terreno.
— ¿No os vais a quedar aquí?
—No, nos vamos a instalar más cerca de la casa de tu madre.
Sentí un retortijón de inquietud en el estómago al escuchar sus palabras, pero el móvil
sonó de nuevo, lo que hizo que abandonara mi preocupación por el momento. Alice parecía
sorprendida, pero yo ya había avanzado hacia él esperanzada.
— ¿Diga? —Contestó Alice—. No, está aquí —me pasó el teléfono y anunció «Tu
madre», articulando para que le leyera los labios.
— ¿Diga?
— ¿Bella? ¿Estás ahí?
Era la voz de mi madre, con ese timbre familiar que le había oído miles de veces en mi
infancia cada vez que me acercaba demasiado al borde de la acera o me alejaba demasiado de
su vista en un lugar atestado de gente. Era el timbre del pánico.
Suspiré. Me lo esperaba, aunque, a pesar del tono urgente de mi llamada, había
intentado que mi mensaje fuera lo menos alarmante posible.
—Tranquilízate, mamá —contesté con la más sosegada de las voces mientras me
separaba lentamente de Alice. No estaba segura de poder mentir de forma convincente con
sus ojos fijos en mí—. Todo va bien, ¿de acuerdo? Dame un minuto nada más y te lo
explicaré todo, te lo prometo.
Hice una pausa, sorprendida de que no me hubiera interrumpido ya.
— ¿Mamá?
—Ten mucho cuidado de no soltar prenda hasta que haya dicho todo lo que tengo que
decir —la voz que acababa de escuchar me fue tan poco familiar como inesperada. Era una
voz de hombre, afinada, muy agradable e impersonal, la clase de voz que se oye de fondo en
los anuncios de deportivos de lujo. Hablaba muy deprisa—. Bien, no tengo por qué hacer
daño a tu madre, así que, por favor, haz exactamente lo que te diga y no le pasará nada —hizo
una pausa de un minuto mientras yo escuchaba muda de horror—. Muy bien —me felicitó—.
Ahora repite mis palabras, y procura que parezca natural. Por favor, di: «No, mamá, quédate
donde estás».
—No, mamá, quédate donde estás —mi voz apenas sobrepasaba el volumen de un
susurro.
—Empiezo a darme cuenta de que esto no va a ser fácil —la voz parecía divertida,
todavía agradable y amistosa—. ¿Por qué no entras en otra habitación para que la expresión
de tu rostro no lo eche todo a perder? No hay motivo para que tu madre sufra. Mientras
caminas, por favor, di: «Mamá, por favor, escúchame». ¡Venga, dilo ya!
—Mamá, por favor, escúchame —supliqué.
Me encaminé muy despacio hacia el dormitorio sin dejar de sentir la mirada preocupada
de Alice clavada en mi espalda.
Cerré la puerta al entrar mientras intentaba pensar con claridad a pesar del pavor que
nublaba mi mente.
— ¿Hay alguien donde te encuentras ahora? Contesta sólo sí o no.
—No.
—Pero todavía pueden oírte, estoy seguro.
—Sí.
—Está bien, entonces —continuó la voz amigable—, repite: «Mamá, confía en mí».
—Mamá, confía en mí.
—Esto ha salido bastante mejor de lo que yo creía. Estaba dispuesto a esperar, pero tu
madre ha llegado antes de lo previsto. Es más fácil de este modo, ¿no crees? Menos suspense
y menos ansiedad para ti.
Esperé.
—Ahora, quiero que me escuches con mucho cuidado. Necesito que te alejes de tus
amigos, ¿crees que podrás hacerlo? Contesta sí o no.
—No.
—Lamento mucho oír eso. Esperaba que fueras un poco más imaginativa. ¿Crees que te
sería más fácil separarte de ellos si la vida de tu madre dependiera de ello? Contesta sí o no.
No sabía cómo, pero debía encontrar la forma. Recordé que nos íbamos a dirigir al
aeropuerto. El Sky Harbor International siempre estaba atestado, y tal y como lo habían
diseñado era fácil perderse...
—Eso está mejor. Estoy seguro de que no va a ser fácil, pero si tengo la más mínima
sospecha de que estás acompañada, bueno... Eso sería muy malo para tu madre —prometió la
voz amable—. A estas alturas ya debes saber lo suficiente sobre nosotros para comprender la
rapidez con la que voy a saber si acudes acompañada o no, y qué poco tiempo necesito para
cargarme a tu madre si fuera necesario. ¿Entiendes? Responde sí o no.
—Sí —mi voz se quebró.
—Muy bien, Bella. Esto es lo que has de hacer. Quiero que vayas a casa de tu madre.
Hay un número junto al teléfono. Llama, y te diré adonde tienes que ir desde allí —me hacía
idea de adonde iría y dónde terminaría aquel asunto, pero, a pesar de todo, pensaba seguir las
instrucciones con exactitud—. ¿Puedes hacerlo? Contesta sí o no.
—Y que sea antes de mediodía, por favor, Bella. No tengo todo el día —pidió con
extrema educación.
— ¿Dónde está Phil? —pregunté secamente.
—Ah, y ten cuidado, Bella. Espera hasta que yo te diga cuándo puedes hablar, por
favor.
Esperé.
—Es muy importante ahora que no hagas sospechar a tus amigos cuando vuelvas con
ellos. Diles que ha llamado tu madre, pero que la has convencido de que no puedes ir a casa
por lo tarde que es. Ahora, responde después de mí: «Gracias, mamá». Repítelo ahora.
—Gracias, mamá.
Rompí a llorar, a pesar de que intenté controlarme.
—Di: «Te quiero, mamá. Te veré pronto». Dilo ya.
—Te quiero, mamá —repetí con voz espesa—. Te veré pronto.
—Adiós, Bella. Estoy deseando verte de nuevo.
Y colgó.
Mantuve el móvil pegado al oído. El miedo me había agarrotado los dedos y no
conseguía estirar la mano para soltarlo.
Sabía que debía ponerme a pensar, pero el sonido de la voz aterrada de mi madre
ocupaba toda mi mente. Transcurrieron varios segundos antes de que recobrara el control.
Despacio, muy despacio, mis pensamientos consiguieron romper el espeso muro del
dolor. Planes, tenía que hacer planes, aunque ahora no me quedaba más opción que ir a la
habitación llena de espejos y morir. No había ninguna otra garantía, nada con lo que pudiera
salvar la vida de mi madre. Mi única esperanza era que James se diera por satisfecho con
ganar la partida, que derrotar a Edward fuera suficiente. Me agobiaba la desesperación,
porque no había nada con lo que pudiera negociar, nada que le importara para ofrecer o
retener. Pero por muchas vueltas que le diera no había ninguna otra opción. Tenía que
intentarlo.
Situé el pánico en un segundo plano lo mejor que pude. Había tomado la decisión. No
servía para nada perder tiempo angustiándome sobre el resultado. Debía pensar con claridad,
porque Alice y Jasper me estaban esperando y era esencial, aunque parecía imposible, que
consiguiera escaparme de ellos.
Me sentí repentinamente agradecida de que Jasper no estuviera. Hubiera sentido la
angustia de los últimos cinco minutos de haber estado en la habitación del hotel, y en tal caso,
¿cómo iba a evitar sus sospechas? Contuve el miedo, la ansiedad, intentando sofocarlos. No
podía permitírmelos ahora, ya que no sabía cuándo regresaría Jasper.
Me concentré en la fuga. Confiaba en que mi conocimiento del aeropuerto supusiera
una baza a mi favor. Era prioritario alejar a Alice como fuera...
Era consciente de que me esperaba en la otra habitación, curiosa. Pero tenía que
resolver otra cosa más en privado antes de que Jasper volviera.
Debía aceptar que no volvería a ver a Edward nunca más, ni siquiera una última mirada
que llevarme a la habitación de los espejos. Iba a herirle y no le podía decir adiós. Dejé que
las oleadas de angustia me torturaran y me inundaran un rato. Entonces, también las controlé
y fui a enfrentarme con Alice.
La única expresión que podía adoptar sin meter la pata era la de una muerta, con gesto
ausente. La vi alarmarse, y no quise darle ocasión de que me preguntara. Sólo tenía un guión
preparado y no me sentía capaz de improvisar ahora.
—Mi madre estaba preocupada, quería venir a Phoenix —mi voz sonaba sin vida—.
Pero todo va bien, la he convencido de que se mantenga alejada.
—Nos aseguraremos de que esté bien, Bella, no te preocupes.
Le di la espalda para evitar que me viera el rostro.
Mis ojos se detuvieron en un folio en blanco con membrete del hotel encima del
escritorio. Me acerqué a él lentamente, con un plan ya formándose en mi cabeza. También
había un sobre. Buena idea.
—Alice —pregunté despacio, sin volverme, manteniendo inexpresivo el tono de voz—,
si escribo una carta para mi madre, ¿se la darás? Quiero decir si se la puedes dejar en casa.
—Sin duda, Bella —respondió con voz cautelosa, porque veía que estaba totalmente
destrozada. Tenía que controlar mejor mis emociones.
Me dirigí de nuevo al dormitorio y me arrodillé junto a la mesita de noche para
apoyarme al escribir.
—Edward... —garabateé.
Me temblaba la mano, tanto que las letras apenas eran legibles.
Te quiero. Lo siento muchísimo—. Tiene a mi madre en su poder y he de intentarlo a
pesar de saber que no funcionará. Lo siento mucho, muchísimo.
No te enfades con Alice y Jasper, si consigo escaparme de ellos será un milagro, dales
las gracias de mi parte en especial a Alice por favor.
Y te lo suplico por favor no le sigas, creo que eso es precisamente lo que quiere. No
podría soportar que alguien saliera herido por mi culpa, especialmente tú, por favor es lo
único que te pido. Hazlo por mí.
Te quiero,perdóname
Bella
Doblé la carta con cuidado y sellé el sobre. Ojala que lo encontrara. Sólo podía esperar
que lo entendiera y me hiciera caso, aunque fuera sólo esta vez.
Y también sellé cuidadosamente mi corazón.

EL JUEGO DEL ESCONDITE
Todo el pavor, la desesperación y la devastación de mi corazón habían requerido menos
tiempo del que había pensado. Los minutos transcurrían con mayor lentitud de lo habitual.
Jasper aún no había regresado cuando me reuní con Alice. Me atemorizaba permanecer con
ella en la misma habitación —por miedo a lo que pudiera adivinar— tanto como rehuirla, por
el mismo motivo.
Creía que mis pensamientos torturados y volubles harían que fuera incapaz de
sorprenderme por nada, pero me sorprendí de verdad cuando la vi doblarse sobre el escritorio,
aferrándose al borde con ambas manos.
— ¿Alice?
No reaccionó cuando mencioné su nombre, pero movía la cabeza de un lado a otro. Vi
su rostro y la expresión vacía y aturdida de su mirada. De inmediato pensé en mi madre. ¿Era
ya demasiado tarde?
Me apresuré a acudir junto a ella y sin pensarlo, extendí la mano para tocar la suya.
— ¡Alice! —exclamó Jasper con voz temblorosa.
Este ya se hallaba a su lado, justo detrás, cubriéndole las manos con las suyas y soltando
la presa que la aferraba a la mesa. Al otro lado de la sala de estar, la puerta de la habitación se
cerró sola con suave chasquido.
— ¿Qué ves? —exigió saber.
Ella apartó el rostro de mí y lo hundió en el pecho de Jasper.
—Bella —dijo Alice.
—Estoy aquí —repliqué.
Aunque con una expresión ausente, Alice giró la cabeza hasta que nuestras miradas se
engarzaron. Comprendí inmediatamente que no me hablaba a mí, sino que había respondido a
la pregunta de Jasper.
— ¿Qué has visto? —inquirí. Pero en mi voz átona e indiferente no había ninguna
pregunta de verdad.
Jasper me estudió con atención. Mantuve la expresión ausente y esperé. Estaba confuso
y su mirada iba del rostro de Alice al mío mientras sentía el caos... Yo había adivinado lo que
acababa de ver Alice.
Sentí que un remanso de tranquilidad se instalaba en mi interior, y celebré la
intervención de Jasper, ya que me ayudaba a disciplinar mis emociones y mantenerlas bajo
control.Alice también se recobró y al final, con voz sosegada y convincente, contestó:
—En realidad, nada. Sólo la misma habitación de antes.
Por último, me miró con expresión dulce y retraída antes de preguntar:
— ¿Quieres desayunar?
—No, tomaré algo en el aeropuerto.
También yo me sentía muy tranquila. Me fui al baño a darme una ducha. Por un
momento creí que Jasper había compartido conmigo su extraño poder extrasensorial, ya que
percibí la virulenta desesperación de Alice, a pesar de que la ocultaba muy bien,
desesperación porque yo saliera de la habitación y ella se pudiera quedar a solas con Jasper.
De ese modo, le podría contar que se estaban equivocando, que iban a fracasar...
Me preparé metódicamente, concentrándome en cada una de las pequeñas tareas. Me
solté el pelo, extendiéndolo a mí alrededor, para que me cubriera el rostro. El pacífico estado
de ánimo en que Jasper me había sumido cumplió su cometido y me ayudó a pensar con
claridad y a planear. Rebusqué en mi petate hasta encontrar el calcetín lleno de dinero y lo
vacié en mi monedero.
Ardía en ganas de llegar al aeropuerto y estaba de buen humor cuando nos marchamos a
eso de las siete de la mañana. En esta ocasión, me senté sola en el asiento trasero mientras que
Alice reclinaba la espalda contra la puerta, con el rostro frente a Jasper, aunque cada pocos
segundos me lanzaba miradas desde detrás de sus gafas de sol.
— ¿Alice? —pregunté con indiferencia.
— ¿Sí? —contestó con prevención.
— ¿Cómo funcionan tus visiones? —miré por la ventanilla lateral y mi voz sonó
aburrida—. Edward me dijo que no eran definitivas, que las cosas podían cambiar.
El pronunciar el nombre de Edward me resultó más difícil de lo esperado, y esa
sensación debió alertar a Jasper, ya que poco después una fresca ola de serenidad inundó el
vehículo.
—Sí, las cosas pueden cambiar... —murmuró, supongo que de forma esperanzada—.
Algunas visiones se aproximan a la verdad más que otras, como la predicción metereológica.
Resulta más difícil con los hombres. Sólo veo el curso que van a tomar las cosas cuando están
sucediendo. El futuro cambia por completo una vez que cambian la decisión tomada o
efectúan otra nueva, por pequeña que sea.
Asentí con gesto pensativo.
—Por eso no pudiste ver a James en Phoenix hasta que no decidió venir aquí.
—Sí —admitió, mostrándose todavía cautelosa.
Y tampoco me había visto en la habitación de los espejos con James hasta que no accedí
a reunirme con él. Intenté no pensar en qué otras cosas podría haber visto, ya que no quería
que el pánico hiciera recelar aún más a Jasper. De todos modos, los dos iban a redoblar la
atención con la que me vigilaban a raíz de la visión de Alice. La situación se estaba volviendo
imposible.
La suerte se puso de mi parte cuando llegamos al aeropuerto, o tal vez sólo era que
habían mejorado mis probabilidades. El avión de Edward iba a aterrizar en la terminal cuatro,
la más grande de todas, pero tampoco era extraño que fuera así, ya que allí aterrizaban la
mayor parte de los vuelos. Sin duda, era la terminal que más me convenía —la más grande y
la que ofrecía mayor confusión—, y en el nivel tres había una puerta que posiblemente sería
mi única oportunidad.
Aparcamos en el cuarto piso del enorme garaje. Fui yo quien los guié, ya que, por una
vez, conocía el entorno mejor que ellos. Tomamos el ascensor para descender al nivel tres,
donde bajaban los pasajeros. Alice y Jasper se entretuvieron mucho rato estudiando el panel
de salida de los vuelos. Los escuchaba discutiendo las ventajas e inconvenientes de Nueva
York, Chicago, Atlanta, lugares que nunca había visto, y que, probablemente, nunca vería.
Esperaba mi oportunidad con impaciencia, incapaz de evitar que mi pie zapateara en el
suelo. Nos sentamos en una de las largas filas de sillas cerca de los detectores de metales.
Jasper y Alice fingían observar a la gente, pero en realidad, sólo me observaban a mí. Ambos
seguían de reojo todos y cada uno de mis movimientos en la silla. Me sentía desesperanzada.
¿Podría arriesgarme a correr? ¿Se atreverían a impedir que me escapara en un lugar público
como éste? ¿O simplemente me seguirían?
Saqué del bolso el sobre sin destinatario y lo coloqué encima del bolso negro de piel
que llevaba Alice; ésta me miró sorprendida.
—Mi carta —le expliqué.
Asintió con la cabeza e introdujo el sobre en el bolso debajo de la solapa, de modo que
Edward lo encontraría relativamente pronto.
Los minutos transcurrían e iba acercándose el aterrizaje del avión en el que viajaba
Edward. Me sorprendía cómo cada una de mis células parecía ser consciente de su llegada y la
anhelarla. Esa sensación me complicaba las cosas, y pronto me descubrí buscando excusas
para quedarme a verle antes de escapar, pero sabía que eso me limitaba la posibilidad de huir.
Alice se ofreció varias veces para acompañarme a desayunar. —Más tarde —le dije—,
todavía no.
Estudié el panel de llegadas de los vuelos, comprobando cómo uno tras otro llegaban
con puntualidad. El vuelo procedente de Seattle cada vez ocupaba una posición más alta en el
panel. —
Los dígitos volvieron a cambiar cuando sólo me quedaban treinta minutos para intentar
la fuga. Su vuelo llegaba con diez minutos de adelanto, por lo que se me acababa el tiempo.
—Creo que me apetece comer ahora —dije rápidamente.
Alice se puso de pie.
—Iré contigo.
— ¿Te importa que venga Jasper en tu lugar? —pregunté—. Me siento un poco... —no
terminé la frase. Mis ojos estaban lo bastante enloquecidos como para transmitir lo que no
decían las palabras.
Jasper se levantó. La mirada de Alice era confusa, pero, comprobé para alivio mío, que
no sospechaba nada. Ella debía de atribuir la alteración en su visión a alguna maniobra del
rastreador, más que a una posible traición por mi parte.
Jasper caminó junto a mí en silencio, con la mano en mis ríñones, como si me estuviera
guiando. Simulé falta de interés por las primeras cafeterías del aeropuerto con que nos
encontramos, y movía la cabeza a izquierda y derecha en busca de lo que realmente quería
encontrar: los servicios para señoras del nivel tres, que estaban a la vuelta de la esquina, lejos
del campo de visión de Alice.
— ¿Te importa? —pregunté a Jasper al pasar por delante—. Sólo será un momento.
—Aquí estaré —dijo él.
Eché a correr en cuanto la puerta se cerró detrás de mí. Recordé aquella ocasión en que
me extravié por culpa de este baño, que tenía dos salidas.
Sólo tenía que dar un pequeño salto para ganar los ascensores cuando saliera por la otra
puerta. No entraría en el campo de visión de Jasper si éste permanecía donde me había dicho.
Era mi única oportunidad, por lo que tendría que seguir corriendo si él me veía. La gente se
quedaba mirándome, pero los ignoré. Los ascensores estaban abiertos, esperando, cuando
doblé la esquina. Me precipité hacia uno de ellos ——estaba casi lleno, pero era el que bajaba
— y metí la mano entre las dos hojas de la puerta que se cerraba. Me acomodé entre los
irritados pasajeros y me cercioré con un rápido vistazo de que el botón de la planta que daba a
la calle estuviera pulsado. Estaba encendido cuando las puertas se cerraron.
Salí disparada de nuevo en cuanto se abrieron, a pesar de los murmullos de enojo que se
levantaron a mi espalda. Anduve con lentitud mientras pasaba al lado de los guardias de
seguridad, apostados junto a la cinta transportadora, preparada para correr tan pronto como
viera las puertas de salida. No tenía forma de saber si Jasper ya me estaba buscando. Sólo
dispondría de unos segundos si seguía mi olor. Estuve a punto de estrellarme contra los
cristales mientras cruzaba de un salto las puertas automáticas, que se abrieron con excesiva
lentitud.
No había ni un solo taxi a la vista a lo largo del atestado bordillo de la acera.
No me quedaba tiempo. Alice y Jasper estarían a punto de descubrir mi fuga, si no lo
habían hecho ya, y me localizarían en un abrir y cerrar de ojos.
El servicio de autobús del hotel Hyatt acababa de cerrar las puertas a pocos pasos de
donde me encontraba.
— ¡Espere! ——grité al tiempo que corría y le hacía señas al conductor.
—Éste es el autobús del Hyatt —dijo el conductor confundido al abrir la puerta.
—Sí. Allí es adonde voy —contesté con la respiración entrecortada, y subí
apresuradamente los escalones.
Al no llevar equipaje, me miró con desconfianza, pero luego se encogió de hombros y
no se molestó en hacerme más preguntas.
La mayoría de los asientos estaban vacíos. Me senté lo más alejada posible de los
restantes viajeros y miré por la ventana, primero a la acera y después al aeropuerto, que se iba
quedando atrás. No pude evitar imaginarme a Edward de pie al borde de la calzada, en el
lugar exacto donde se perdía mi pista. No puedes llorar aún, me dije a mí misma. Todavía me
quedaba un largo camino por recorrer.
La suerte siguió sonriéndome. En frente del Hyatt, una pareja de aspecto fatigado estaba
sacando la última maleta del maletero de un taxi. Me bajé del autobús de un salto e
inmediatamente me lancé hacia el taxi y me introduje en el asiento de atrás. La cansada pareja
y el conductor del autobús me miraron fijamente.
Le indiqué al sorprendido taxista las señas de mi madre.
—Necesito llegar aquí lo más pronto posible.
—Pero esto está en Scottsdale —se quejó.
Arrojé cuatro billetes de veinte sobre el asiento.
— ¿Es esto suficiente?
—Sí, claro, chica, sin problema.
Me recliné sobre el asiento y crucé los brazos sobre el regazo. Las calles de la ciudad,
que me resultaba tan familiar, pasaban rápidamente a nuestro lado, pero no me molesté ni en
mirar por la ventanilla. Hice un gran esfuerzo por mantener el control y estaba resuelta a no
perderlo llegada a aquel punto, ahora que había completado con éxito mi plan. No merecía la
pena permitirme más miedo ni más ansiedad. El camino estaba claro, y sólo tenía que
seguirlo.
Así pues, en lugar de eso cerré los ojos y pasé los veinte minutos de camino
creyéndome con Edward en vez de dejarme llevar por el pánico.
Imaginé que me había quedado en el aeropuerto a la espera de su llegada. Visualicé
cómo me pondría de puntillas para verle el rostro lo antes posible, y la rapidez y el garbo con
que él se deslizaría entre el gentío. Entonces, tan impaciente como siempre, yo recorrería a
toda prisa los pocos metros que me separaban de él para cobijarme entre sus brazos de
mármol, al fin a salvo.
Me pregunté adonde habríamos ido. A algún lugar del norte, para que él pudiera estar al
aire libre durante el día, o quizás a algún paraje remoto en el que nos hubiéramos tumbado al
sol, juntos otra vez. Me lo imaginé en la playa, con su piel destellando como el mar. No me
importaba cuánto tiempo tuviéramos que ocultarnos. Quedarme atrapada en una habitación de
hotel con él sería una especie de paraíso, con la cantidad de preguntas que todavía tenía que
hacerle. Podría estar hablando con él para siempre, sin dormir nunca, sin separarme de él
jamás.
Vislumbré con tal claridad su rostro que casi podía oír su voz, y en ese momento, a
pesar del horror y la desesperanza, me sentí feliz. Estaba tan inmersa en mi ensueño escapista
que perdí la noción del tiempo transcurrido.
—Eh, ¿qué número me dijo?
La pregunta del taxista pinchó la burbuja de mi fantasía, privando de color mis
maravillosas ilusiones vanas. El miedo, sombrío y duro, estaba esperando para ocupar el vacío
que aquéllas habían dejado.
—Cincuenta y ocho —contesté con voz ahogada.
Me miró nervioso, pensando que quizás me iba a dar un ataque o algo parecido.
—Entonces, hemos llegado.
El taxista estaba deseando que yo saliera del coche; probablemente, albergaba la
esperanza de que no le pidiera las vueltas.
—Gracias —susurré.
No hacía falta que me asustara, me recordé. La casa estaba vacía. Debía apresurarme.
Mamá me esperaba aterrada, y dependía de mí.
Subí corriendo hasta la puerta y me estiré con un gesto maquinal para tomar la llave de
debajo del alero. Abrí la puerta. El interior permanecía a oscuras y deshabitado, todo en
orden. Volé hacia el teléfono y encendí la luz de la cocina en el trayecto. En la pizarra blanca
había un número de diez dígitos escrito a rotulador con caligrafía pequeña y esmerada. Pulsé
los botones del teclado con precipitación y me equivoqué. Tuve que colgar y empezar de
nuevo. En esta ocasión me concentré sólo en las teclas, pulsándolas con cuidado, una por una.
Lo hice correctamente. Sostuve el auricular en la oreja con mano temblorosa. Sólo sonó una
vez.
—Hola, Bella ——contestó James con voz tranquila—. Lo has hecho muy deprisa.
Estoy impresionado.
— ¿Se encuentra bien mi madre?
—Está estupendamente. No te preocupes, Bella, no tengo nada contra ella. A menos que
no vengas sola, claro —dijo esto con despreocupación, casi divertido.
—Estoy sola.
Nunca había estado más sola en toda mi vida.
—Muy bien. Ahora, dime, ¿conoces el estudio de ballet que se encuentra justo a la
vuelta de la esquina de tu casa?
—Sí, sé cómo llegar hasta allí.
—Bien, entonces te veré muy pronto.
Colgué.
Salí corriendo de la habitación y crucé la puerta hacia el calor achicharrante de la calle.
No había tiempo para volver la vista atrás y contemplar mi casa. Tampoco deseaba
hacerlo tal y como se encontraba ahora, vacía, como un símbolo del miedo en vez de un
santuario. La última persona en caminar por aquellas habitaciones familiares había sido mi
enemigo.
Casi podía ver a mi madre con el rabillo del ojo, de pie a la sombra del gran eucalipto
donde solía jugar de niña; o arrodillada en un pequeño espacio no asfaltado junto al buzón de
correos, un cementerio para todas las flores que había plantado. Los recuerdos eran mejores
que cualquier realidad que hoy pudiera ver, pero aun así, los aparté de mi mente rápidamente
y me encaminé hacia la esquina, dejándolo todo atrás.
Me sentía torpe, como si corriera sobre arena mojada. Parecía incapaz de mantener el
equilibrio sobre el cemento. Tropecé varias veces, y en una ocasión me caí. Me hice varios
rasguños en las manos cuando las apoyé en la acera para amortiguar la caída. Luego me
tambaleé, para volver a caerme, pero finalmente conseguí llegar a la esquina. Ya sólo me
quedaba otra calle más. Corrí de nuevo, jadeando, con el rostro empapado de sudor. El sol me
quemaba la piel; brillaba tanto que su intenso reflejo sobre el cemento blanco me cegaba. Me
sentía peligrosamente vulnerable. Añoré la protección de los verdes bosques de Forks, de mi
casa, con una intensidad que jamás hubiera imaginado.
Al doblar la última esquina y llegar a Cactus, pude ver el estudio de ballet, que
conservaba el mismo aspecto exterior que recordaba. La plaza de aparcamiento de la parte
delantera estaba vacía y las persianas de todas las ventanas, echadas. No podía correr—más,
me asfixiaba. El esfuerzo y el pánico me habían dejado extenuada. El recuerdo de mi madre
era lo único que, un paso tras otro, me mantenía en movimiento.
Al acercarme vi el letrero colocado por la parte interior de la puerta. Estaba escrito a
mano en papel rosa oscuro: decía que el estudio de danza estaba cerrado por las vacaciones de
primavera. Aferré el pomo y lo giré con cuidado. Estaba abierto. Me esforcé por contener el
aliento y abrí la puerta.
El oscuro vestíbulo estaba vacío y su temperatura era fresca. Se podía oír el zumbido
del aire acondicionado. Las sillas de plástico estaban apiladas contra la pared y la alfombra
olía a champú. El aula de danza orientada al oeste estaba a oscuras y podía verla a través de
una ventana abierta con vistas a esa sala. El aula que daba al este, la habitación más grande,
estaba iluminada a pesar de tener las persianas echadas.
Se apoderó de mí un miedo tan fuerte que me quedé literalmente paralizada. Era incapaz
de dar un solo paso.
Entonces, la voz de mi madre me llamó con el mismo tono de pánico e histeria.
— ¿Bella? ¿Bella? —Me precipité hacia la puerta, hacia el sonido de su voz—. ¡Bella,
me has asustado! —Continuó hablando mientras yo entraba corriendo en el aula de techos
altos—. ¡No lo vuelvas a hacer nunca más!
Miré a mí alrededor, intentando descubrir de dónde venía su voz. Entonces la oí reír y
me giré hacia el lugar de procedencia del sonido.
Y allí estaba ella, en la pantalla de la televisión, alborotándome el pelo con alivio. Era el
Día de Acción de Gracias y yo tenía doce años. Habíamos ido a ver a mi abuela el año
anterior a su muerte. Fuimos a la playa un día y me incliné demasiado desde el borde del
embarcadero. Me había visto perder pie y luego mis intentos de recuperar el equilibrio. «
¿Bella? ¿Bella?», me había llamado ella asustada.
La pantalla del televisor se puso azul.
Me volví lentamente. Inmóvil, James estaba de pie junto a la salida de emergencia, por
eso no le había visto al principio. Sostenía en la mano el mando a distancia. Nos miramos el
uno al otro durante un buen rato y entonces sonrió.
Caminó hacia mí y pasó muy cerca. Depositó el mando al lado del vídeo. Me di la
vuelta con cuidado para seguir sus movimientos.
—Lamento esto, Bella, pero ¿acaso no es mejor que tu madre no se haya visto
implicada en este asunto? —dijo con voz cortés, amable.
De repente caí en la cuenta. Mi madre seguía a salvo en Florida. Nunca había oído mi
mensaje. Los ojos rojo oscuro de aquel rostro inusualmente pálido que ahora tenía delante de
mí jamás la habían aterrorizado. Estaba a salvo.
—Sí —contesté llena de alivio.
—No pareces enfadada porque te haya engañado.
—No lo estoy.
La euforia repentina me había insuflado coraje. ¿Qué importaba ya todo? Pronto habría
terminado y nadie haría daño a Charlie ni a mamá, nunca tendrían que pasar miedo. Me sentía
casi mareada. La parte más racional de mi mente me avisó de que estaba a punto de
derrumbarme a causa del estrés.
— ¡Qué extraño! Lo piensas de verdad —sus ojos oscuros me examinaron con interés.
El iris de sus pupilas era casi negro, pero había una chispa de color rubí justo en el borde.
Estaba sediento—. He de conceder a vuestro extraño aquelarre que vosotros, los humanos,
podéis resultar bastante interesantes. Supongo que observaros debe de ser toda una atracción.
Y lo extraño es que muchos de vosotros no parecéis tener conciencia alguna de lo interesantes
que sois.
Se encontraba cerca de mí, con los brazos cruzados, mirándome con curiosidad. Ni el
rostro ni la postura de James mostraban el menor indicio de amenaza. Tenía un aspecto muy
corriente, no había nada destacable en sus facciones ni en su cuerpo, salvo la piel pálida y los
ojos ojerosos a los que ya me había acostumbrado. Vestía una camiseta azul claro de manga
larga y unos vaqueros desgastados.
—Supongo que ahora vas a decirme que tu novio te vengará —aventuró casi
esperanzado, o eso me pareció.
—No, no lo creo. De hecho, le he pedido que no lo haga.
— ¿Y qué te ha contestado?
—No lo sé —resultaba extrañamente sencillo conversar con un cazador tan gentil—. Le
dejé una carta.
— ¿Una carta? ¡Qué romántico! —la voz se endureció un poco cuando añadió un punto
de sarcasmo al tono educado—. ¿Y crees que te hará caso?
—Eso espero.
—Humm. Bueno, en tal caso, tenemos expectativas distintas. Como ves, esto ha sido
demasiado fácil, demasiado rápido. Para serte sincero, me siento decepcionado. Esperaba un
desafío mucho mayor. Y después de todo, sólo he necesitado un poco de suerte.
Esperé en silencio.
—Hice que Victoria averiguara más cosas sobre ti cuando no consiguió atrapar a tu
padre. Carecía de sentido darte caza por todo el planeta cuando podía esperar cómodamente
en un lugar de mi elección. Por eso, después de hablar con Victoria, decidí venir a Phoenix
para hacer una visita a tu madre. Te había oído decir que regresabas a casa. Al principio, ni se
me ocurrió que lo dijeras en serio, pero luego lo estuve pensando. ¡Qué predecibles sois los
humanos! Os gusta estar en un entorno conocido, en algún lugar que os infunda seguridad.
¿Acaso no sería una estratagema perfecta que si te persiguiéramos acudieras al último lugar
en el que deberías estar, es decir, a donde habías dicho que ibas a ir?
»Pero claro, no estaba seguro, sólo era una corazonada. Habitualmente las suelo tener
sobre las presas que cazo, un sexto sentido, por llamarlo así. Escuché tu mensaje cuando entré
a casa de tu madre, pero claro, no podía estar seguro del lugar desde el que llamabas. Era útil
tener tu número, pero por lo que yo sabía, lo mismo podías estar en la Antártida; y el truco no
funcionaría a menos que estuvieras cerca.
«Entonces, tu novio toma un avión a Phoenix. Victoria lo estaba vigilando,
naturalmente; no podía actuar solo en un juego con tantos jugadores. Y así fue como me
confirmaron lo que yo barruntaba, que te encontrabas aquí. Ya estaba preparado; había visto
tus enternecedores vídeos familiares, por lo que sólo era cuestión de marcarse el farol.
«Demasiado fácil, como ves. En realidad, nada que esté a mi altura. En fin, espero que
te equivoques con tu novio. Se llama Edward, ¿verdad?
No contesté. La sensación de valentía me abandonaba por momentos. Me di cuenta de
que estaba a punto de terminar de regodearse en su victoria. Aunque, de todos modos, ya me
daba igual. No había ninguna gloria para él en abatirme a mí, una débil humana.
— ¿Te molestaría mucho que también yo le dejara una cartita a tu Edward?
Dio un paso atrás y pulsó algo en una videocámara del tamaño de la palma de la mano,
equilibrada cuidadosamente en lo alto del aparato de música. Una diminuta luz roja indicó
que ya estaba grabando. La ajustó un par de veces, ampliando el encuadre. Lo miré
horrorizada.
—Lo siento, pero dudo de que se vaya a resistir a darme caza después de que vea esto.
Y no quiero que se pierda nada. Todo esto es por él, claro. Tú simplemente eres una humana,
que, desafortunadamente, estaba en el sitio equivocado y en el momento equivocado, y podría
añadir también, que en compañía de la gente equivocada.
Dio un paso hacia mí, sonriendo.
—Antes de que empecemos...
Sentí náuseas en la boca del estómago mientras hablaba. Esto era algo que yo no había
previsto.
—Hay algo que me gustaría restregarle un poco por las narices a tu novio. La solución
fue obvia desde el principio, y siempre temí que tu Edward se percatara y echara a perder la
diversión. Me pasó una vez, oh, sí, hace siglos. La primera y única vez que se me ha escapado
una presa.
»E1 vampiro que tan estúpidamente se había encariñado con aquella insignificante presa
hizo la elección que tu Edward ha sido demasiado débil para llevar a cabo, ya ves. Cuando
aquel viejo supo que iba detrás de su amiguita, la raptó del sanatorio mental donde él
trabajaba —nunca entenderé la obsesión que algunos vampiros tienen por vosotros, los
humanos—, y la liberó de la única forma que tenía para ponerla a salvo. La pobre criaturita ni
siquiera pareció notar el dolor. Había permanecido encerrada demasiado tiempo en aquel
agujero negro de su celda. Cien años antes la habrían quemado en la hoguera por sus visiones,
pero en el siglo XIX te llevaban al psiquiátrico y te administraban tratamientos de electro—
choque. Cuando abrió los ojos fortalecida con su nueva juventud, fue como si nunca antes
hubiera visto el sol. El viejo la convirtió en un nuevo y poderoso vampiro, pero entonces yo
ya no tenía ningún aliciente para tocarla —suspiró—. En venganza, maté al viejo.
—Alice —dije en voz baja, atónita.
—Sí, tu amiguita. Me sorprendió verla en el claro. Supuse que su aquelarre obtendría
alguna ventaja de esta experiencia. Yo te tengo a ti, y ellos la tienen a ella. La única víctima
que se me ha escapado, todo un honor, la verdad.
»Y tenía un olor realmente delicioso. Aún lamento no haber podido probarla... Olía
incluso mejor que tú. Perdóname, no quiero ofenderte, tú hueles francamente bien. Un poco
floral, creo...
Dio otro paso en mi dirección hasta situarse a poca distancia. Levantó un mechón de mi
pelo y lo olió con delicadeza. Entonces, lo puso otra vez en su sitio con dulzura y sentí sus
dedos fríos en mi garganta. Alzó luego la mano para acariciarme rápidamente una sola vez la
mejilla con el pulgar, con expresión de curiosidad. Deseaba echar a correr con todas mis
fuerzas, pero estaba paralizada. No era capaz siquiera de estremecerme.
—No —murmuró para sí mientras dejaba caer la mano—. No lo entiendo —suspiró—.
En fin, supongo que deberíamos continuar. Luego, podré telefonear a tus amigos y decirles
dónde te pueden encontrar, a ti y a mi mensajito.
Ahora me sentía realmente mal. Supe que iba a ser doloroso, lo leía en sus ojos. No se
conformaría con ganar, alimentarse y desaparecer. El final rápido con que yo contaba no se
produciría. Empezaron a temblarme las rodillas y temí caerme de un momento a otro.
El cazador retrocedió un paso y empezó a dar vueltas en torno a mí con gesto
indiferente, como si quisiera obtener la mejor vista posible de una estatua en un museo. Su
rostro seguía siendo franco y amable mientras decidía por dónde empezar.
Entonces, se echó hacia atrás y se agazapó en una postura que reconocí de inmediato.
Su amable sonrisa se ensanchó, y creció hasta dejar de ser una sonrisa y convertirse en un
amasijo de dientes visibles y relucientes.
No pude evitarlo, intenté correr aun sabiendo que sería inútil y que mis rodillas estaban
muy débiles. Me invadió el pánico y salté hacia la salida de emergencia.
Lo tuve delante de mí en un abrir y cerrar de ojos. Actuó tan rápido que no vi si había
usado los pies o las manos. Un golpe demoledor impactó en mi pecho y me sentí volar hacia
atrás, hasta sentir el crujido del cristal al romperse cuando mi cabeza se estrelló contra los
espejos. El cristal se agrietó y los trozos se hicieron añicos al caer al suelo, a mi lado.
Estaba demasiado aturdida para sentir el dolor. Ni siquiera podía respirar.
Se acercó muy despacio.
—Esto hará un efecto muy bonito —dijo con voz amable otra vez mientras examinaba
el caos de cristales—. Pensé que esta habitación crearía un efecto visualmente dramático para
mi película. Por eso escogí este lugar para encontrarnos. Es perfecto, ¿a que sí?
Le ignoré mientras gateaba de pies y manos en un intento de arrastrarme hasta la otra
puerta.Se abalanzó sobre mí de inmediato y me pateó con fuerza la pierna. Oí el espantoso
chasquido antes de sentirlo, pero luego lo sentí y no pude reprimir el grito de agonía. Me
retorcí para agarrarme la pierna, él permaneció junto a mí, sonriente.
— ¿Te gustaría reconsiderar tu última petición? —me preguntó con amabilidad.
Me golpeó la pierna rota con el pie. Oí un alarido taladrador. En estado de shock, lo
reconocí como mío.
— ¿Sigues sin querer que Edward intente encontrarme? —me acució.
—No —dije con voz ronca—. No, Edward, no lo hagas...
Entonces, algo me impactó en la cara y me arrojó de nuevo contra los espejos.
Por encima del dolor de la pierna, sentí el filo cortante del cristal rasgarme el cuero
cabelludo. En ese momento, un líquido caliente y húmedo empezó a extenderse por mi pelo a
una velocidad alarmante. Noté cómo empapaba el hombro de mi camiseta y oí el goteo en la
madera sobre la que me hallaba. Se me hizo un nudo en el estómago a causa del olor.
A través de la náusea y el vértigo, atisbé algo que me dio un último hilo de esperanza.
Los ojos de James, que poco antes sólo mostraban interés, ahora ardían con una incontrolable
necesidad. La sangre, que extendía su color carmesí por la camiseta blanca y empezaba a
formar un charco rápidamente en el piso, lo estaba enloqueciendo a causa de su sed. No
importaban ya cuáles fueran sus intenciones originales, no se podría refrenar mucho tiempo.
Ojala que fuera rápido a partir de ahora, todo lo que podía esperar es que la pérdida de
sangre se llevara mi conciencia con ella. Se me cerraban los ojos.
Oí el gruñido final del cazador como si proviniera de debajo del agua. Pude ver, a través
del túnel en el que se había convertido mi visión, cómo su sombra oscura caía sobre mí. Con
un último esfuerzo, alcé la mano instintivamente para protegerme la cara. Entonces se me
cerraron los ojos y me dejé ir.

EL ANGEL
Mientras iba a la deriva, soñé.
En el lugar donde flotaba, debajo de las aguas negras, oí el sonido más feliz que mi
mente podía conjurar, el más hermoso, el único que podía elevarme el espíritu y a la vez, el
más espantoso. Era otro gruñido, un rugido salvaje y profundo, impregnado de la más terrible
ira.
El dolor agudo que traspasaba mi mano alzada me trajo de vuelta, casi hasta la
superficie, pero no era un camino de regreso lo bastante amplio para que me permitiera abrir
los ojos.
Entonces, supe que estaba muerta...
... porque oí la voz de un ángel pronunciando mi nombre a través del agua densa,
llamándome al único cielo que yo anhelaba.
— ¡Oh no, Bella, no! —gritó la voz horrorizada del ángel.
Se produjo un ruido, un terrible tumulto que me asustó detrás de aquel sonido anhelado.
Un gruñido grave y despiadado, un sonido seco, espantoso y un lamento lleno de agonía, que
repentinamente se quebró...
Yo en cambio decidí concentrarme en la voz del ángel.
— ¡Bella, por favor! ¡Bella, escúchame; por favor, por favor, Bella, por favor! —
suplicaba.
Sí, quise responderle. Quería decirle algo, cualquier cosa, pero no encontraba los labios.
— ¡Carlisle! —Llamó el ángel con su voz perfecta cargada de angustia—. ¡Bella, Bella,
no, oh, no, por favor, no, no!
El ángel empezó a sollozar sin lágrimas, roto de dolor.
Un ángel no debería llorar, eso no está bien. Intenté ponerme en contacto con él, decirle
que todo iba a salir bien, pero las aguas eran tan profundas que me aprisionaban y no podía
respirar.
Sentí un punto de dolor taladrarme la cabeza. Dolía mucho, pero entonces, mientras ese
dolor irrumpía a través de la oscuridad para llegar hasta mí, acudieron otros mucho más
fuertes. Grité mientras intentaba aspirar aire y emerger de golpe del estanque oscuro.
— ¡Bella! —gritó el ángel.
—Ha perdido algo de sangre, pero la herida no es muy profunda —explicaba una voz
tranquila—. Echa una ojeada a su pierna, está rota.
El ángel reprimió en los labios un aullido de ira.
Sentí una punzada aguda en el costado. Aquel lugar no era el cielo, más bien no. Había
demasiado dolor aquí para que lo fuera.
—Y me temo que también lo estén algunas costillas —continuó la voz serena de forma
metódica.
Aquellos dolores agudos iban remitiendo. Sin embargo, apareció uno nuevo, una
quemazón en la mano que anulaba a todos los demás.
Alguien me estaba quemando.
—Edward —intenté decirle, pero mi voz sonaba pastosa y débil. Ni yo era capaz de
entenderme.
—Bella, te vas a poner bien. ¿Puedes oírme, Bella? Te amo.
—Edward —lo intenté de nuevo, parecía que se me iba aclarando la voz.
—Sí, estoy aquí.
—Me duele —me quejé.
—Lo sé, Bella, lo sé —entonces, a lo lejos, le escuché preguntar angustiado—. ¿No
puedes hacer nada?
—Mi maletín, por favor... No respires, Alice, eso te ayudará —aseguró Carlisle.
— ¿Alice? —gemí.
—Está aquí, fue ella la que supo dónde podíamos encontrarte.
—Me duele la mano —intenté decirle.
—Lo sé, Bella, Carlisle te administrará algo que te calme el dolor.
— ¡Me arde la mano! —conseguí gritar, saliendo al fin de la oscuridad y pestañeando
sin cesar.
No podía verle la cara porque una cálida oscuridad me empañaba los ojos. ¿Por qué no
veían el fuego y lo apagaban?
La voz de Edward sonó asustada.
— ¿Bella?
— ¡Fuego! ¡Que alguien apague el fuego! —grité mientras sentía cómo me quemaba.
— ¡Carlisle! ¡La mano!
—La ha mordido.
La voz de Carlisle había perdido la calma, estaba horrorizado. Oí cómo Edward se
quedaba sin respiración, del espanto.
—Edward, tienes que hacerlo —dijo Alice, cerca de mi cabeza; sus dedos fríos me
limpiaron las lágrimas.
— ¡No! —rugió él.
—Alice —gemí.
—Hay otra posibilidad —intervino Carlisle.
— ¿Cuál? —suplicó Edward.
—Intenta succionar la ponzoña, la herida es bastante limpia.
Mientras Carlisle hablaba podía sentir cómo aumentaba la presión en mi cabeza, y algo
pinchaba y tiraba de la piel. El dolor que esto me provocaba desaparecía ante la quemazón de
la mano.
— ¿Funcionará? —Alice parecía tensa.
—No lo sé —reconoció Carlisle—, pero hay que darse prisa.
—Carlisle, yo... —Edward vaciló—. No sé si voy a ser capaz de hacerlo.
La angustia había aparecido de nuevo en la voz del ángel.
—Sea lo que sea, es tu decisión, Edward. No puedo ayudarte. Debemos cortar la
hemorragia si vas a sacarle sangre de la mano.
Me retorcí prisionera de esta ardiente tortura, y el movimiento hizo que el dolor de la
pierna llameara de forma escalofriante.
— ¡Edward! —grité y me di cuenta de que había cerrado los ojos de nuevo. Los abrí,
desesperada por volver a ver su rostro y allí estaba. Por fin pude ver su cara perfecta,
mirándome fijamente, crispada en una máscara de indecisión y pena.
—Alice, encuentra algo para que le entablille la pierna —Carlisle seguía inclinado sobre
mí, haciendo algo en mi cabeza—. Edward, has de hacerlo ya o será demasiado tarde.
El rostro de Edward se veía demacrado. Le miré a los ojos y al fin la duda se vio
sustituida por una determinación inquebrantable. Apretó las mandíbulas y sentí sus dedos
fuertes y frescos en mi mano ardiente, colocándola con cuidado. Entonces inclinó la cabeza
sobre ella y sus labios fríos presionaron contra mi piel.
El dolor empeoró. Aullé y me debatí entre las manos heladas que me sujetaban. Oí
hablar a Alice, que intentaba calmarme. Algo pesado me inmovilizó la pierna contra el suelo
y Carlisle me sujetó la cabeza en el torno de sus brazos de piedra.
Entonces, despacio, dejé de retorcerme conforme la mano se me entumecía más y más.
El fuego se había convertido en un rescoldo mortecino que se concentraba en un punto más
pequeño.
Y mientras el dolor desaparecía, sentí cómo perdía la conciencia, deslizándome hacia
alguna parte. Me aterraba volver a aquellas aguas negras y perderme de nuevo en la
oscuridad.
—Edward —intenté decir, pero no conseguí escuchar mi propia voz, aunque ellos sí
parecieron oírme.
—Está aquí a tu lado, Bella.
—Quédate, Edward, quédate conmigo...
—Aquí estoy.
Parecía agotado, pero triunfante. Suspiré satisfecha. El fuego se había apagado y los
otros dolores se habían mitigado mientras el sopor se extendía por todo mi cuerpo.
— ¿Has extraído toda la ponzoña? —preguntó Carlisle desde un lugar muy, muy lejano.
—La sangre está limpia —dijo Edward con serenidad—. Puedo sentir el sabor de la
morfina.
— ¿Bella? —me llamó Carlisle.
Hice un esfuerzo por contestarle.
— ¿Mmm?
— ¿Ya no notas la quemazón?
—No —suspiré—. Gracias, Edward.
—Te quiero —contestó él.
—Lo sé —inspiré aire, me sentía tan cansada...
Y entonces escuché mi sonido favorito sobre cualquier otro en el mundo: la risa
tranquila de Edward, temblando de alivio.
— ¿Bella? —me preguntó Carlisle de nuevo. Fruncí el entrecejo, quería dormir.
— ¿Qué?
— ¿Dónde está tu madre?
—En Florida —suspiré de nuevo—. Me engañó, Edward. Vio nuestros vídeos.
La indignación de mi voz sonaba lastimosamente débil...
Pero eso me lo recordó.
—Alice —intenté abrir los ojos—. Alice, el vídeo... Él te conocía, conocía tu
procedencia —quería decírselo todo de una vez, pero mi voz se iba debilitando. Me sobrepuse
a la bruma de mi mente para añadir—: Huelo gasolina.
—Es hora de llevársela —dijo Carlisle.
—No, quiero dormir —protesté.
—Duérmete, mi vida, yo te llevaré —me tranquilizó Edward.
Y entonces me tomó en sus brazos, acunada contra su pecho, y floté, sin dolor ya.
Las últimas palabras que oí fueron:
—Duérmete ya, Bella.

PUNTO MUERTO
Vi una deslumbrante luz nívea al abrir los ojos. Estaba en una habitación desconocida
de paredes blancas. Unas persianas bajadas cubrían la pared que tenía al lado. Las luces
brillantes que tenía encima de la cabeza me deslumbraban. Estaba recostada en una cama dura
y desnivelada, una cama con barras. Las almohadas eran estrechas y llenas de bultos. Un
molesto pitido sonaba desde algún lugar cercano. Esperaba que eso significara que seguía
viva. La muerte no podía ser tan incómoda.
Unos tubos traslúcidos se enroscaban alrededor de mis manos y debajo de la nariz tenía
un objeto pegado al rostro. Alcé la mano para quitármelo.
—No lo hagas.
Unos dedos helados me atraparon la mano.
— ¿Edward?
Ladeé levemente la cabeza y me encontré con su rostro exquisito a escasos centímetros
del mío. Reposaba el mentón sobre el extremo de mi almohada. Comprendí que seguía con
vida, pero esta vez con gratitud y júbilo.
— ¡Ay, Edward! ¡Cuánto lo siento!
—Shhh... —me acalló—. Ahora todo está en orden.
— ¿Qué sucedió?
No conseguía recordarlo con claridad, y mi mente parecía resistirse cada vez que
intentaba rememorarlo.
—Estuve a punto de llegar tarde. Pude no haber llegado a tiempo —susurró con voz
atormentada.
— ¡Qué tonta fui! Creí que tenía a mi madre en su poder.
—Nos engañó a todos.
—Necesito telefonear a Charlie y a mamá —me percaté a pesar de la nube de
confusión.
—Alice los ha llamado. Renée está aquí, bueno, en el hospital. Se acaba de marchar
para comer algo.
— ¿Está aquí?
Intenté incorporarme, pero se agravó el mareo de mi cabeza. Las manos de Edward me
empujaron suavemente hacia las almohadas.
—Va a volver enseguida —me prometió—, y tú necesitas permanecer en reposo.
—Pero ¿qué le has dicho? —me aterré. No quería que me calmaran. Mamá estaba allí y
yo me estaba recobrando del ataque de un vampiro—. ¿Por qué le has dicho que me habían
hospitalizado?
—Rodaste por dos tramos de escaleras antes de caer por una ventana —hizo una pausa
—. Has de admitir que pudo suceder.
Suspiré, y me dolió. Eché una ojeada por debajo de la sábana a la parte inferior de mi
cuerpo, al enorme bulto que era mi pierna.
— ¿Cómo estoy?
—Tienes rotas una pierna y cuatro costillas, algunas contusiones en la cabeza y
moraduras por todo el cuerpo y has perdido mucha sangre. Te han efectuado varias
transfusiones. No me gusta, hizo que olieras bastante mal durante un tiempo.
—Eso debió de suponer un cambio agradable para ti.
—No, me gusta cómo hueles.
— ¿Cómo lo conseguiste? —pregunté en voz baja.
De inmediato, supo a qué me refería.
—No estoy seguro.
Rehuyó la mirada de mis ojos de asombro al tiempo que alzaba mi mano vendada y la
sostenía gentilmente con la suya, teniendo mucho cuidado de no romper un cable que me
conectaba a uno de los monitores.
Esperé pacientemente a que me contara lo demás.
Suspiró sin devolverme la mirada.
—Era imposible contenerse —susurró—, imposible. Pero lo hice —al fin, alzó la
mirada y esbozó una media sonrisa—. Debe de ser que te quiero.
— ¿No tengo un sabor tan bueno como mi olor?
Le devolví la sonrisa y me dolió toda la cara.
—Mejor aún, mejor de lo que imaginaba.
—Lo siento —me disculpé.
Miró al techo.
—Tienes mucho por lo que disculparte.
— ¿Por qué debería disculparme?
—Por estar a punto de apartarte de mí para siempre.
—Lo siento —pedí perdón otra vez.
—Sé por qué lo hiciste —su voz resultaba reconfortante—. Sigue siendo una locura, por
supuesto. Deberías haberme esperado, deberías habérmelo dicho.
—No me hubieras dejado ir.
—No —se mostró de acuerdo—. No te hubiera dejado.
Estaba empezando a rememorar algunos de los recuerdos más desagradables. Me
estremecí e hice una mueca de dolor.
Edward se preocupó de inmediato.
—Bella, ¿qué te pasa?
— ¿Qué le ocurrió a James?
—Emmett y Jasper se encargaron de él después de que te lo quitase de encima —
concluyó Edward, que hablaba con un hondo pesar.
Aquello me confundió.
—No vi a ninguno de los dos allí.
—Tuvieron que salir de la habitación... Había demasiada sangre.
—Pero Alice y Carlísle... —apunté maravillada.
—Ya sabes, ambos te quieren.
De repente, el recuerdo de las dolorosas imágenes de la última vez que la había visto me
recordó algo.
— ¿Ha visto Alice la cinta de vídeo? —pregunté con inquietud.
—Sí —una nueva nota endureció la voz de Edward, una nota de puro odio.
—Alice siempre vivió en la oscuridad, por eso no recordaba nada.
—Lo sé, y ahora, ella por fin lo entiende todo —su voz sonaba tranquila, pero su rostro
estaba oscurecido por la furia.
Intenté tocarle la cara con la mano libre, pero algo me lo impidió. Al bajar la mirada
descubrí la vía intravenosa sujeta al dorso de la mano.
— ¡Ay! —exclamé con un gesto de dolor.
— ¿Qué sucede? —preguntó preocupado.
Se distrajo algo, pero no lo suficiente. Su mirada continuó teniendo un aspecto siniestro.
— ¡Agujas! —le expliqué mientras apartaba la vista de la vía intravenosa.
Fijé la vista en un azulejo combado del techo e intenté respirar hondo a pesar del dolor
en las costillas.
— ¡Te asustan las agujas! —murmuró Edward para sí en voz baja y moviendo la cabeza
—. ¿Un vampiro sádico que pretende torturarla hasta la muerte? Claro, sin problemas, ella se
escapa para reunirse con él. Pero una vía intravenosa es otra cosa...
Puse los ojos en blanco. Me alegraba saber que al menos su reacción estaba libre de
dolor. Decidí cambiar de tema.
— ¿Por qué estás aquí?
Me miró fijamente; confundido al principio y herido después. Frunció el entrecejo hasta
el punto de que las cejas casi se tocaron.
— ¿Quieres que me vaya?
— ¡No! —Protesté de inmediato, aterrada sólo de pensarlo—. No, lo que quería decir es
¿por qué cree mi madre que estás aquí? Necesito tener preparada mi historia antes de que ella
vuelva.
—Ah —las arrugas desaparecieron de su frente—. He venido a Phoenix para hacerte
entrar en razón y convencerte de que vuelvas a Forks ——abrió los ojos con tal seriedad y
sinceridad que hasta yo misma estuve a punto de creérmelo—. Aceptaste verme y acudiste en
coche hasta el hotel en el que me alojaba con Carlisle y Alice. Yo estaba bajo la supervisión
paterna, por supuesto —agregó en un despliegue de virtuosismo—, pero te tropezaste cuando
ibas de camino a mi habitación y bueno, ya sabes el resto. No necesitas acordarte de ningún
detalle, aunque dispones de una magnífica excusa para poder liar un poco los aspectos más
concretos.
Lo pensé durante unos instantes.
—Esa historia tiene algunos flecos, como la rotura de los cristales...
—En realidad, no. Alice se ha divertido un poco preparando pruebas. Se ha puesto
mucho cuidado en que todo parezca convincente. Probablemente, podrías demandar al hotel si
así lo quisieras. No tienes de qué preocuparte —me prometió mientras me acariciaba la
mejilla con el más leve de los roces—. Tu único trabajo es curarte.
No estaba tan atontada por el dolor ni la medicación como para no reaccionar a su
caricia. El indicador del holter al que estaba conectada comenzó a moverse
incontroladamente. Ahora, él no era el único en oír el errático latido de mi corazón.
—Esto va a resultar embarazoso —musité para mí.
Rió entre dientes y me estudió con la mirada antes de decir:
—Humm... Me pregunto si...
Se inclinó lentamente. El pitido se aceleró de forma salvaje antes de que sus labios me
rozaran, pero cuando lo hicieron con una dulce presión, se detuvo del todo.
Torció el gesto.
—Parece que debo tener contigo aún más cuidado que de costumbre...
—Todavía no había terminado de besarte —me quejé—. No me obligues a ir a por ti.
Esbozó una amplia sonrisa y se inclinó para besarme suavemente en los labios. El
monitor enloqueció.
Pero en ese momento, los labios se tensaron y se apartó.
—Me ha parecido oír a tu madre ——comentó, sonriendo de nuevo.
—No te vayas —chillé.
Sentí una oleada irracional de pánico. No podía dejarle marchar... Podría volver a
desaparecer. Edward leyó el terror de mis ojos en un instante y me prometió solemnemente:
—No lo haré —entonces, sonrió—. Me voy a echar una siesta.
Se desplazó desde la dura silla de plástico situada cerca de mí hasta el sillón reclinable
de cuero de imitación color turquesa que había al pie de mi cama. Se tumbó de espaldas y
cerró los ojos. Se quedó totalmente quieto.
—Que no se te olvide respirar —susurré con sarcasmo.
Suspiró profundamente, pero no abrió los ojos.
Entonces oí a mi madre, que caminaba en compañía de otra persona, tal vez una
enfermera. Su voz reflejaba cansancio y preocupación. Quise levantarme de un salto y correr
hacia ella para calmarla y prometerle que todo iba bien. Pero no estaba en condiciones de
hacerlo, por lo que aguardé con impaciencia.
La puerta se abrió una fracción y ella asomó la cabeza con cuidado.
— ¡Mamá! —susurré, henchida de amor y alivio.
Se percató de la figura inmóvil de Edward sobre el sillón reclinable y se dirigió de
puntillas al lado de mi cama.
—Nunca se aleja de ti, ¿verdad? —musitó para sí.
—Mamá, ¡cuánto me alegro de verte!
Las cálidas lágrimas me cayeron sobre las mejillas al inclinarse para abrazarme con
cuidado.
—Bella, me sentía tan mal...
—Lo siento, mamá, pero ahora todo va bien —la reconforté—, no pasa nada.
—Estoy muy contenta de que al final hayas abierto los ojos.
Se sentó al borde de mi cama.
De pronto me di cuenta de que no tenía ni idea de qué día era.
— ¿Qué día es?
—Es viernes, cielo, has permanecido desmayada bastante tiempo.
— ¿Viernes? —me sorprendí. Intenté recordar qué día fue cuando... No, no quería
pensar en eso.
—Te han mantenido sedada bastantes horas, cielo. Tenías muchas heridas.
—Lo sé —me dolían todas.
—Has tenido suerte de que estuviera allí el doctor Cullen. Es un hombre encantador,
aunque muy joven. Se parece más a un modelo que a un médico...
— ¿Has conocido a Carlisle?
—Y a Alice, la hermana de Edward. Es una joven adorable.
—Lo es —me mostré totalmente de acuerdo.
Se giró para mirar a Edward, que yacía en el sillón con los ojos cerrados.
—No me habías dicho que tenías tan buenos amigos en Forks.
Me encogí, y luego me quejé.
— ¿Qué te duele? —preguntó preocupada, girándose de nuevo hacia mí.
Los ojos de Edward se centraron en mi rostro.
—Estoy bien —les aseguré—, pero debo acordarme de no moverme.
Edward volvió a reclinarse y sumirse en su falso sueño.
Aproveché la momentánea distracción para mantener la conversación lejos de mi más
que candido comportamiento.
— ¿Cómo está Phil? —pregunté rápidamente.
—En Florida. ¡Ay, Bella, nunca te lo hubieras imaginado! Llegaron las mejores noticias
justo cuando estábamos a punto de irnos.
— ¿Ha firmado? —aventuré.
—Sí. ¿Cómo lo has adivinado? Ha firmado con los Suns, ¿te lo puedes creer?
—Eso es estupendo, mamá —contesté con todo el entusiasmo que fui capaz de simular,
aunque no tenía mucha idea de a qué se estaba refiriendo.
—Jacksonville te va a gustar mucho —dijo efusivamente—. Me preocupé un poco
cuando Phil empezó a hablar de ir a Akron, con toda esa nieve y el mal tiempo, ya sabes
cómo odio el frío. Pero ¡Jacksonville! Allí siempre luce el sol, y en realidad la humedad no es
tan mala. Hemos encontrado una casa de primera, de color amarillo con molduras blancas, un
porche idéntico al de las antiguas películas y un roble enorme. Está a sólo unos minutos del
océano y tendrás tu propio cuarto de baño...
—Aguarda un momento, mamá —la interrumpí. Edward mantuvo los ojos cerrados,
pero parecía demasiado crispado para poder dar la impresión de que estaba dormido——. ¿De
qué hablas? No voy a ir a Florida. Vivo en Forks.
—Pero ya no tienes que seguir haciéndolo, tonta —se echó a reír—. Phil ahora va a
poder estar más cerca... Hemos hablado mucho al respecto y lo que voy a hacer es perderme
los partidos de fuera para estar la mitad del tiempo contigo y la otra mitad con él...
—Mamá —vacilé mientras buscaba la mejor forma de mostrarme diplomática—, quiero
vivir en Forks. Ya me he habituado al instituto y tengo un par de amigas... —ella miró a
Edward mientras le hablaba de mis amigas, por lo que busqué otro tipo de justificación—.
Además, Charlie me necesita. Está muy solo y no sabe cocinar.
— ¿Quieres quedarte en Forks? —me preguntó aturdida. La idea le resultaba
inconcebible. Entonces volvió a posar sus ojos en Edward—. ¿Por qué?
—Te lo digo... El instituto, Charlie... —me encogí de hombros. No fue una buena idea
—. ¡Ay!
Sus manos revolotearon de forma indecisa encima de mí mientras encontraba un lugar
adecuado para darme unas palmaditas. Y lo hizo en la frente, que no estaba vendada.
—Bella, cariño, tú odias Forks —me recordó.
—No es tan malo.
Renée frunció el gesto. Miraba de un lado a otro, ora a Edward, ora a mí, en esta
ocasión con detenimiento.
— ¿Se trata de este chico? —susurró.
Abrí la boca para mentir, pero estaba estudiando mi rostro y supe que lo descubriría.
—En parte, sí —admití. No era necesario confesar la enorme importancia de esa parte
—. Bueno ——pregunté—, ¿no has tenido ocasión de hablar con Edward?
—Sí —vaciló mientras contemplaba su figura perfectamente inmóvil—, y quería hablar
contigo de eso.
Oh, oh.
— ¿De qué?
—Creo que ese chico está enamorado de ti —me acusó sin alzar el volumen de la voz.
—Eso creo yo también —le confié.
— ¿Y qué sientes por él? —mamá apenas podía controlar la intensa curiosidad en la
voz.
Suspiré y miré hacia otro lado. Por mucho que quisiera a mi madre, ésa no era una
conversación que quisiera sostener con ella.
—Estoy loca por él.
¡Ya estaba dicho! Eso se parecía demasiado a lo que diría una adolescente sobre su
primer novio.
—Bueno, parece muy buena persona, y, ¡válgame Dios!, es increíblemente bien
parecido, pero, Bella, eres tan joven...
Hablaba con voz insegura. Hasta donde podía recordar, ésta era la primera vez que
había intentado parecer investida de autoridad materna desde que yo tenía ocho años.
Reconocí el razonable pero firme tono de voz de las conversaciones que había tenido con ella
sobre los hombres.
—Lo sé, mamá. No te preocupes. Sólo es un enamoramiento de adolescente —la
tranquilicé.
—Está bien —admitió. Era fácil de contentar.
Entonces, suspiró y giró la cabeza para contemplar el gran reloj redondo de la pared.
— ¿Tienes que marcharte?
Se mordió el labio.
—Se supone que Phil llamará dentro de poco... No sabía que ibas a despertar...
—No pasa nada, mamá —intenté disimular el alivio que sentía para no herir sus
sentimientos—. No me quedo sola.
—Pronto estaré de vuelta. He estado durmiendo aquí, ya lo sabes —anunció, orgullosa
de sí misma.
—Mamá, ¡no tenías por qué hacerlo! Podías dormir en casa. Ni siquiera me di cuenta.
El efecto de los calmantes en mi mente dificultaba mi concentración incluso en ese
momento, aunque al parecer había estado durmiendo durante varios días.
—Estaba demasiado nerviosa —admitió con vergüenza—. Se ha cometido un delito en
el vecindario y no me gustaba quedarme ahí sola.
— ¿Un delito? —pregunté alarmada.
—Alguien irrumpió en esa academia de baile que había a la vuelta de la esquina y la
quemó hasta los cimientos... ¡No ha quedado nada! Dejaron un coche robado justo en frente.
¿Te acuerdas de cuando ibas a bailar allí, cariño?
—Me acuerdo —me estremecí y acto seguido hice una mueca de dolor.
—Me puedo quedar, niña, si me necesitas.
—No, mamá, voy a estar bien. Edward estará conmigo.
Renée me miró como si ése fuera el motivo por el que quería quedarse.
—Estaré de vuelta a la noche.
Parecía mucho más una advertencia que una promesa, y miraba a Edward mientras
pronunciaba esas palabras.
—Te quiero, mamá.
—Y yo también, Bella. Procura tener más cuidado al caminar, cielo. No quiero perderte.
Edward continuó con los ojos cerrados, pero una enorme sonrisa se extendió por su
rostro.
En ese momento entró animadamente una enfermera para revisar todos los tubos y
goteros. Mi madre me besó en la frente, me palmeó la mano envuelta en gasas y se marchó.
La enfermera estaba revisando la lectura del gráfico impreso por mi holter.
— ¿Te has sentido alterada, corazón? Hay un momento en que tu ritmo cardiaco ha
estado un poco alto.
—Estoy bien —le aseguré.
—Le diré a la enfermera titulada que se encarga de ti que te has despertado. Vendrá a
verte enseguida.
Edward estuvo a mi lado en cuanto ella cerró la puerta.
— ¿Robasteis un coche?
Arqueé las cejas y él sonrió sin el menor indicio de arrepentimiento.
—Era un coche estupendo, muy rápido.
— ¿Qué tal tu siesta?
—Interesante —contestó mientras entrecerraba los ojos.
— ¿Qué ocurre?
—Estoy sorprendido —bajó la mirada mientras respondía—. Creí que Florida y tu
madre... Creí que era eso lo que querías.
Le miré con estupor.
—Pero en Florida tendrías que permanecer dentro de una habitación todo el día. Sólo
podrías salir de noche, como un auténtico vampiro.
Casi sonrió, sólo casi. Entonces, su rostro se tornó grave.
—Me quedaría en Forks, Bella, allí o en otro lugar similar —explicó—. En un sitio
donde no te pueda causar más daño.
Al principio, no entendí lo que pretendía decirme. Continué observándole con la mirada
perdida mientras las palabras iban encajando una a una en mi mente como en un horrendo
puzzle. Apenas era consciente del sonido de mi corazón al acelerarse, aunque sí lo fui del
dolor agudo que me producían mis maltrechas costillas cuando comencé a hiperventilar.
Edward no dijo nada. Contempló mi rostro con recelo cuando un dolor que no tenía
nada que ver con mis huesos rotos, uno infinitamente peor, amenazaba con aplastarme.
Otra enfermera entró muy decidida en ese momento. Edward se sentó, inmóvil como
una estatua, mientras ella evaluaba mi expresión con ojo clínico antes de volverse hacia las
pantallas de los indicadores.
— ¿No necesitas más calmantes, cariño? —preguntó con amabilidad mientras daba
pequeños golpecitos para comprobar el gotero del suero.
—No, no —mascullé, intentando ahogar la agonía de mi voz—. No necesito nada.
No me podía permitir cerrar los ojos en ese momento.
—No hace falta que te hagas la valiente, cielo. Es mejor que no te estreses. Necesitas
descansar —ella esperó, pero me limité a negar con la cabeza—. De acuerdo. Pulsa el botón
de llamada cuando estés lista.
Dirigió a Edward una severa mirada y echó otra ojeada ansiosa a los aparatos médicos
antes de salir.
Edward puso sus frías manos sobre mi rostro. Le miré con ojos encendidos.
—Shhh... Bella, cálmate.
—No me dejes —imploré con la voz quebrada.
—No lo haré —me prometió—. Ahora, relájate antes de que llame a la enfermera para
que te sede.
Pero mi corazón no se serenó.
—Bella —me acarició el rostro con ansiedad—. No pienso irme a ningún sitio. Estaré
aquí tanto tiempo como me necesites.
— ¿Juras que no me vas a dejar? —susurré.
Intenté controlar al menos el jadeo. Tenía un dolor punzante en las costillas. Edward
puso sus manos sobre el lado opuesto de mi cara y acercó su rostro al mío. Me contempló con
ojos serios.
—Lo juro.
El olor de su aliento me alivió. Parecía atenuar el dolor de mi respiración. Continuó
sosteniendo mi mirada mientras mi cuerpo se relajaba lentamente y el pitido recuperó su
cadencia normal. Hoy, sus ojos eran oscuros, más cercanos al negro que al dorado.
— ¿Mejor? —me preguntó.
—Sí —dije cautelosa.
Sacudió la cabeza y murmuró algo ininteligible. Creí entender las palabras «reacción
exagerada».
— ¿Por qué has dicho eso? —Susurré mientras intentaba evitar que me temblara la voz
—. ¿Te has cansado de tener que salvarme todo el tiempo? ¿Quieres que me aleje de ti?
—No, no quiero estar sin ti, Bella, por supuesto que no. Sé racional. Y tampoco tengo
problema alguno en salvarte de no ser por el hecho de que soy yo quien te pone en peligro...,
soy yo la razón por la que estás aquí.
—Sí, tú eres la razón —torcí el gesto—. La razón por la que estoy aquí... viva.
—Apenas —dijo con un hilo de voz—. Cubierta de vendas y escayola, y casi incapaz de
moverte.
—No me refería a la última vez en que he estado a punto de morir —repuse con
creciente irritación—. Estaba pensando en las otras, puedes elegir cuál. Estaría criando
malvas en el cementerio de Forks de no ser por ti.
Su rostro se crispó de dolor al oír mis palabras y la angustia no abandonó su mirada.
—Sin embargo, ésa no es la peor parte —continuó susurrando. Se comportó como si yo
no hubiera hablado—. Ni verte ahí, en el suelo, desmadejada y rota —dijo con voz ahogada
—, ni pensar que era demasiado tarde, ni oírte gritar de dolor... Podría haber llevado el peso
de todos esos insufribles recuerdos durante el resto de la eternidad. No, lo peor de todo era
sentir, saber que no podría detenerme, creer que iba a ser yo mismo quien acabara contigo.
—Pero no lo hiciste.
—Pudo ocurrir con suma facilidad.
Sabía que necesitaba calmarme, pero estaba hablando para sí mismo de dejarme, y el
pánico revoloteó en mis pulmones, pugnando por salir.
—Promételo —susurré.
— ¿Qué?
—Ya sabes el qué.
Había decidido mantener obstinado una negativa y yo me estaba empezando a enfadar.
Apreció el cambio operado en mi tono de voz y su mirada se hizo más severa.
—Al parecer, no tengo la suficiente voluntad para alejarme de ti, por lo que supongo
que tendrás que seguir tu camino... Con independencia de que eso te mate o no —añadió con
rudeza.No me lo había prometido. Un hecho que yo no había pasado por alto. Contuve el
pánico a duras penas. No me quedaban fuerzas para controlar el enojo.
—Me has contado cómo lo evitaste... Ahora quiero saber por qué —exigí.
— ¿Por qué? —repitió a la defensiva.
— ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué no te limitaste a dejar que se extendiera la ponzoña? A
estas alturas, sería como tú.
Los ojos de Edward parecieron volverse de un negro apagado. Entonces comprendí que
jamás había tenido intención de permitir que me enterase de aquello. Alice debía de haber
estado demasiado preocupada por las cosas que acababa de saber sobre su pasado o se había
mostrado muy precavida con sus pensamientos mientras estuvo cerca de Edward, ya que
estaba muy claro que éste no sabía que ella me había iniciado en el conocimiento del proceso
de la conversión en vampiro. Estaba sorprendido y furioso. Bufó, y sus labios parecían
cincelados en piedra.
No me iba a responder, eso estaba más que claro.
—Soy— la primera en admitir que carezco de experiencia en las relaciones —dije—,
pero parece lógico que entre un hombre y una mujer ha de haber una cierta igualdad, uno de
ellos no puede estar siempre lanzándose en picado para salvar al otro. Tienen que poder
salvarse el uno al otro por igual.
Se cruzó de brazos junto a mi cama y apoyó en los míos su mentón con el rostro
sosegado y la ira contenida. Evidentemente, había decidido no enfadarse conmigo. Esperaba
tener la oportunidad de avisar a Alice antes de que los dos se pusieran al día en ese tema.
—Tú me has salvado —dijo con voz suave.
—No puedo ser siempre Lois Lane —insistí—. Yo también quiero ser Superman.
—No sabes lo que me estás pidiendo.
Su voz era dulce, pero sus ojos miraban fijamente la funda de la almohada.
—Yo creo que sí.
—Bella, no lo sabes. Llevo casi noventa años dándole vueltas al asunto, y sigo sin estar
seguro
— ¿Desearías que Carlisle no te hubiera salvado?
—No, eso no —hizo una pausa antes de continuar—. Pero mi vida terminó y no he
empezado nada.
—Tú eres mi vida. Eres lo único que me dolería perder.
Así, iba a tener más éxito. Resultaba fácil admitir lo mucho que le necesitaba.
Pero se mostraba muy calmado. Resuelto.
—No puedo, Bella. No voy a hacerte eso.
— ¿Por qué no? —tenía la voz ronca y las palabras no salían con el volumen que yo
pretendía—. ¡No me digas que es demasiado duro! Después de hoy, supongo que en unos
días... Da igual, después, eso no sería nada.
Me miró fijamente y preguntó con sarcasmo:
— ¿Y el dolor?
Palidecí. No lo pude evitar. Pero procuré evitar que la expresión de mi rostro mostrara
con qué nitidez recordaba la sensación el fuego en mis venas.
—Ése es mi problema —dije—, podré soportarlo.
—Es posible llevar la valentía hasta el punto de que se convierta en locura.
—Eso no es ningún problema. Tres días. ¡Qué horror!
Edward hizo una mueca cuando mis palabras le recordaron que estaba más informada
de lo que era su deseo. Le miré conteniendo el enfado, contemplando cómo sus ojos adquirían
un brillo más calculador.
— ¿Y qué pasa con Charlie y Renée? —inquirió lacónicamente.
Los minutos transcurrieron en silencio mientras me devanaba los sesos para responder a
su pregunta. Abrí la boca sin que saliera sonido alguno. La cerré de nuevo. Esperó con
expresión triunfante, ya que sabía que yo no tenía ninguna respuesta sincera.
—Mira, eso tampoco importa —musité al fin; siempre que mentía mi voz era tan poco
convincente como en este momento—. Renée ha efectuado las elecciones que le convenían...
Querría que yo hiciera lo mismo. Charlie es de goma, se recuperará, está acostumbrado a ir a
su aire. No puedo cuidar de ellos para siempre, tengo que vivir mi propia vida.
—Exactamente —me atajó con brusquedad—, y no seré yo quien le ponga fin.
—Si esperas a que esté en mi lecho de muerte, ¡tengo noticias para ti! ¡Ya estoy en él!
—Te vas a recuperar —me recordó.
Respiré hondo para calmarme, ignorando el espasmo de dolor que se desató. Nos
miramos de hito en hito. En su rostro no había el menor atisbo de compromiso.
—No —dije lentamente—. No es así.
Su frente se pobló de arrugas.
—Por supuesto que sí. Tal vez te queden un par de cicatrices, pero...
—Te equivocas —insistí—. Voy a morir.
—De verdad, Bella. Vas a salir de aquí en cuestión de días —ahora estaba preocupado
—. Dos semanas a lo sumo.
Le miré.
—Puede que no muera ahora, pero algún día moriré. Estoy más cerca de ello a cada
minuto que pasa. Y voy a envejecer.
Frunció el ceño cuando comprendió mis palabras al tiempo que cerraba los ojos y
presionaba sus sienes con los dedos.
—Se supone que la vida es así, que así es como debería ser, como hubiera sido de no
existir yo, y yo no debería existir.
Resoplé y él abrió los ojos sorprendido.
—Eso es una estupidez. Es como si alguien a quien le ha tocado la lotería dice antes de
recoger el dinero: «Mira, dejemos las cosas como están. Es mejor así», y no lo cobra.
—Difícilmente se me puede considerar un premio de lotería.
—Cierto. Eres mucho mejor.
Puso los ojos en blanco y esbozó una sonrisa forzada.
—Bella, no vamos a discutir más este tema. Me niego a condenarte a una noche eterna.
Fin del asunto.
—Me conoces muy poco si te crees que esto se ha acabado —le avise—. No eres el
único vampiro al que conozco.
El color de sus ojos se oscureció de nuevo.
—Alice no se atrevería.
Parecía tan aterrador que durante un momento no pude evitar creerlo. No concebía que
alguien fuera tan valiente como para cruzarse en su camino.
—Alice ya lo ha visto, ¿verdad? —aventuré—. Por eso te perturban las cosas que te
dice. Sabe que algún día voy a ser como tú...
—Ella también se equivoca. Te vio muerta, pero eso tampoco ha sucedido.
—Jamás me verás apostar contra Alice.
Estuvimos mirándonos largo tiempo, sin más ruido que el zumbido de las máquinas, el
pitido, el goteo, el tictac del gran reloj de la pared... Al final, la expresión de su rostro se
suavizó.
—Bueno —le pregunté—, ¿dónde nos deja eso?
Edward se rió forzadamente entre dientes.
—Creo que se llama punto muerto.
Suspiré.
— ¡Ay! —musité.
— ¿Cómo te encuentras? —preguntó con un ojo puesto en el botón de llamada.
—Estoy bien —mentí.
—No te creo —repuso amablemente.
—No me voy a dormir de nuevo.
—Necesitas descansar. Tanto debate no es bueno para ti.
—Así que te rindes —insinué.
—Buen intento.
Alargó la mano hacia el botón.
— ¡No!
Me ignoró.
— ¿Sí? —graznó el altavoz de la pared.
—Creo que es el momento adecuado para más sedantes —dijo con calma, haciendo
caso omiso de mi expresión furibunda.
—Enviaré a la enfermera —fue la inexpresiva contestación.
—No me los voy a tomar —prometí.
Buscó con la mirada las bolsas de los goteros que colgaban junto a mi cama.
—No creo que te vayan a pedir que te tragues nada.
Comenzó a subir mi ritmo cardiaco. Edward leyó el pánico en mis ojos y suspiró
frustrado.
—Bella, tienes dolores y necesitas relajarte para curarte. ¿Por qué lo pones tan difícil?
Ya no te van a poner más agujas.
—No temo a las agujas —mascullé—, tengo miedo a cerrar los ojos.
Entonces, él esbozó esa sonrisa picara suya y tomó mi rostro entre sus manos.
—Te dije que no iba a irme a ninguna parte. No temas, estaré aquí mientras eso te haga
feliz.
Le devolví la sonrisa e ignoré el dolor de mis mejillas.
—Entonces, es para siempre, ya lo sabes.
—Vamos, déjalo ya. Sólo es un enamoramiento de adolescente.
Sacudí la cabeza con incredulidad y me mareé al hacerlo.
—Me sorprendió que Renée se lo tragara. Sé que tú me conoces mejor.
—Eso es lo hermoso de ser humano —me dijo—. Las cosas cambian.
Se me cerraron los ojos.
—No te olvides de respirar —le recordé.
Seguía riéndose cuando la enfermera entró blandiendo una jeringuilla.
—Perdón —dijo bruscamente a Edward, que se levantó y cruzó la habitación hasta
llegar al extremo opuesto, donde se apoyó contra la pared.
Se cruzó de brazos y esperó. Mantuve los ojos fijos en él, aún con aprensión. Sostuvo
mi mirada con calma.
—Ya está, cielo —dijo la enfermera con una sonrisa mientras inyectaba las medicinas
en la bolsa del gotero—. Ahora te vas a sentir mejor.
—Gracias —murmuré sin entusiasmo.
Las medicinas actuaron enseguida. Noté cómo la somnolencia corría por mis venas casi
de inmediato.
—Esto debería conseguirlo —contestó ella mientras se me cerraban los párpados.
Luego, debió de marcharse de la habitación, ya que algo frío y liso me acarició el rostro.
—Quédate —dije con dificultad.
—Lo haré —prometió. Su voz sonaba tan hermosa como una canción de cuna— Como
te dije, me quedaré mientras eso te haga feliz, todo el tiempo que eso sea lo mejor para ti.
Intenté negar con la cabeza, pero me pesaba demasiado.
—No es lo mismo —mascullé.
Se echó a reír.
—No te preocupes de eso ahora, Bella. Podremos discutir cuando despiertes.
Creo que sonreí.
—Vale.
Sentí sus labios en mi oído cuando susurró:
—Te quiero.
—Yo, también.
—Lo sé —se rió en voz baja.
Ladeé levemente la cabeza en busca de... adivinó lo que perseguía y sus labios rozaron
los míos con suavidad.
—Gracias —suspiré.
—Siempre que quieras.
En realidad, estaba perdiendo la consciencia por mucho que luchara, cada vez más
débilmente, contra el sopor. Sólo había una cosa que deseaba decirle.
— ¿Edward? —tuve que esforzarme para pronunciar su nombre con claridad.
— ¿Sí?
—Voy a apostar a favor de Alice.
Y entonces, la noche se me echó encima.

EPILOGO
Una ocasión especial
Edward me ayudó a entrar en su coche. Prestó especial atención a las tiras de seda que
adornaban mí vestido de gasa, las flores que él me acababa de poner en los rizos,
cuidadosamente peinados, y la escayola, de tan difícil manejo. Ignoró la mueca de enfado de
mis labios.
Se sentó en el asiento del conductor después de que me hubo instalado y recorrió el
largo y estrecho camino de salida.
— ¿Cuándo tienes pensado decirme de qué va todo esto? —refunfuñé quejosa; odio las
sorpresas de todo corazón, y él lo sabía.
—Me sorprende que aún no lo hayas adivinado —me lanzó una sonrisa burlona, y el
aliento se me atascó en la garganta. ¿Es que nunca me iba a acostumbrar a un ser tan perfecto?
—Ya te he dicho lo guapo que estás, ¿no? —me aseguré.
—Sí.
Volvió a sonreír. Hasta ese instante, jamás le había visto vestido de negro, y el contraste
con la piel pálida convertía su belleza en algo totalmente irreal. No había mucho que pudiera
ocultar, me ponía nerviosa incluso el hecho de que llevara un traje de etiqueta...
... Aunque no tanto como mi propio vestido, o los zapatos. En realidad, un solo zapato,
porque aún tenía escayolado y protegido el otro pie. Sin duda, el tacón fino, sujeto al pie sólo
por unos lazos de satén, no iba a ayudarme mucho cuando intentara cojear por ahí.
—No voy a volver más a tu casa si Alice y Esme siguen tratándome como a una Barbie,
como a una cobaya cada vez que venga —rezongué.
Estaba segura de que no podía salir nada bueno de nuestras indumentarias formales. A
menos que..., pero me asustaba expresar en palabras mis suposiciones, incluso pensarlas.
Me distrajo entonces el timbre de un teléfono. Edward sacó el móvil del bolsillo interior
de la chaqueta y rápidamente miró el número de la llamada entrante antes de contestar.
—Hola, Charlie —contestó con prevención.
— ¿Charlie? —pregunté con pánico.
La experiencia vivida hacía ahora ya más de dos meses había tenido sus consecuencias.
Una de ellas era que me había vuelto hipersensible en mi relación con la gente que amaba.
Había intercambiado los roles naturales de madre e hija con Renée, al menos en lo que se
refería a mantener contacto con ella. Si no podía hacerlo a diario a través del correo
electrónico y, aunque sabía que era innecesario pues ahora era muy feliz en Jacksonville, no
descansaba hasta llamarla y hablar con ella.
Y todos los días, cuando Charlie se iba a trabajar, le decía adiós con más ansiedad de la
necesaria.
Sin embargo, la cautela de la voz de Edward era harina de otro costal. Charlie se había
puesto algo difícil desde que regresé a Forks. Mi padre había adoptado dos posturas muy
definidas respecto a mi mala experiencia. En lo que se refería a Carlisle, sentía un
agradecimiento que rayaba en la adoración. Por otro lado, se obstinaba en responsabilizar a
Edward como principal culpable porque yo no me hubiera ido de casa de no ser por él. Y
Edward estaba lejos de contradecirle. Durante los siguientes días fueran apareciendo reglas
antes inexistentes, como toques de queda... y horarios de visita.
Edward se ladeó para mirarme al notar la preocupación en mi voz. Su rostro estaba
tranquilo, lo cual suavizó mi súbita e irracional ansiedad. A pesar de eso, sus ojos parecían
tocados por alguna pena especial. Entendió el motivo de mi reacción, y siguió sintiéndose
responsable de cuanto me sucedía.
Algo que le estaba diciendo Charlie le distrajo de sus taciturnos pensamientos. Sus ojos
dilatados por la incredulidad me hicieron estremecer de miedo hasta que una amplia sonrisa le
iluminó el rostro.
— ¡Me estás tomando el pelo! —rió.
— ¿Qué pasa? —inquirí, ahora curiosa.
Me ignoró.
— ¿Por qué no me dejas que hable con él? —sugirió con evidente placer. Esperó
durante unos segundos.
—Hola, Tyler; soy Edward Cullen —saludó muy educado, al menos en apariencia, pero
yo ya le conocía lo bastante para detectar el leve rastro de amenaza en su tono.
¿Qué hacía Tyler en mi casa? Caí en la cuenta de la terrible verdad poco a poco. Bajé la
vista para contemplar el elegante traje azul oscuro en el que Alice me había metido.
—Lamento que se haya producido algún tipo de malentendido, pero Bella no está
disponible esta noche —el tono de su voz cambió, y la amenaza de repente se hizo más
evidente mientras seguía hablando—. Para serte totalmente sincero, ella no va a estar
disponible ninguna noche para cualquier otra persona que no sea yo. No te ofendas. Y
lamento estropearte la velada —dijo, pero lo cierto es que no sonaba como si no lo sintiera en
absoluto.
Cerró el teléfono con un golpe mientras se extendía por su rostro una ancha y estúpida
sonrisa.Mi rostro y mi cuello enrojecieron de ira. Notaba cómo las lágrimas producidas por la
rabia empezaban a llenarme los ojos.
Me miró sorprendido.
— ¿Me he extralimitado algo al final? No quería ofenderte.
Pasé eso por alto.
— ¡Me llevas al baile de fin de curso! —grité furiosa.
Para vergüenza mía, era bastante obvio. Estaba segura de que me hubiera dado cuenta
de la fecha de los carteles que decoraban los edificios del instituto de haber prestado un poco
de atención, pero ni en sueños se me pasó por la imaginación que Edward pensara hacerme
pasar por esto, ¿es que no me conocía de nada?
No esperaba una reacción tan fuerte, eso estaba claro. Apretó los labios y estrechó los
ojos.
—No te pongas difícil, Bella.
Eché un vistazo por la ventanilla. Estábamos ya a mitad de camino del instituto.
— ¿Por qué me haces esto? —pregunté horrorizada.
—Francamente, Bella, ¿qué otra cosa creías que íbamos a hacer? señaló su traje de
etiqueta con un gesto de la mano.
Estaba avergonzada. Primero, por no darme cuenta de lo evidente, y luego por haberme
pasado de la raya con las vagas sospechas —expectativas, más bien— que habían ido
tomando forma en mi mente a lo largo del día conforme Alice y Esme intentaban
transformarme en una reina de la belleza. Mis esperanzas, a medias temidas, parecían ahora
estupideces.
Había adivinado que se estaba cociendo algún acontecimiento, pero ¡el baile de fin de
curso! Era lo último que se me hubiera ocurrido.
Recordé consternada que, contra mi costumbre, hoy llevaba puesto rimel, por lo que me
restregué rápidamente debajo de los ojos para evitar los manchurrones. Sin embargo, tenía los
dedos limpios cuando retiré la mano; Alice debía haber usado una máscara resistente al agua
al maquillarme, seguramente porque intuía que algo así iba a suceder.
—Esto es completamente ridículo. ¿Por qué lloras? —preguntó frustrado.
— ¡Porque estoy loca!
—Bella...
Dirigió contra mí toda la fuerza de sus ojos dorados, llenos de reproche.
— ¿Qué? —murmuré, súbitamente distraída.
—Hazlo por mí —insistió.
Sus ojos derritieron toda mi furia. Era imposible luchar con él cuando hacía ese tipo de
trampas. Me rendí a regañadientes.
—Bien —contesté con un mohín, incapaz de echar fuego por los ojos con la eficacia
deseada—. Me lo tomaré con calma. Pero ya verás —advertí—. En mi caso, la mala suerte se
está convirtiendo en un hábito. Seguramente me romperé la otra pierna. ¡Mira este zapato! ¡Es
una trampa mortal! —levanté la pierna para reforzar la idea.
—Humm —miró atentamente mi pierna más tiempo del necesario—. Recuérdame que
le dé las gracias a Alice esta noche.
— ¿Alice va a estar allí? —eso me consoló un poco.
—Con Jasper, Emmett... y Rosalie —admitió él.
Desapareció la sensación de alivio, ya que mi relación con Rosalie no avanzaba. Me
llevaba bastante bien con su marido de quita y pon. Emmett me tenía por una persona
divertidísima, pero ella actuaba como si yo no existiera. Mientras sacudía la cabeza para
modificar el curso de mis pensamientos, me acordé de otra cosa.
— ¿Estaba Charlie al tanto de esto? —pregunté, repentinamente recelosa.
—Claro —esbozó una amplia sonrisa; luego empezó a reírse entre dientes—. Aunque
Tyler, al parecer, no.
Me rechinaron los dientes. No entendía cómo Tyler se había creado esas falsas
expectativas. Excepto en los pocos días soleados, Edward y yo éramos inseparables en el
instituto, donde Charlie no podía interferir.
Para entonces ya habíamos llegado al instituto. Un coche destacaba entre todos los
demás del aparcamiento, el descapotable rojo de Rosalie. Hoy, las nubes eran finas y algunos
rayos de sol se filtraban lejos, al oeste.
Se bajó del coche y lo rodeó para abrirme la puerta. Luego, me tendió la mano.
Me quedé sentada en mi asiento, obstinada, con los brazos cruzados. Sentía una secreta
punzada de satisfacción, ya que el aparcamiento estaba atestado de gente vestida de etiqueta:
posibles testigos. No podría sacarme a la fuerza del coche como habría hecho de estar solos.
Suspiró.
—Hay que ver, eres valiente como un león cuando alguien quiere matarte, pero cuando
se menciona el baile... —sacudió la cabeza.
Tragué saliva. Baile.
—Bella, no voy a dejar que nada te haga daño, ni siquiera tú misma. Te prometo que
voy a estar contigo todo el tiempo.
Lo pensé un poco, y de repente me sentí mucho mejor. Edward lo notó en mi semblante.
—Así que ahora... —dijo con dulzura—. No puede ser tan malo.
Se inclinó y me pasó un brazo por la cintura, me apoyé en su otra mano y dejé que me
sacara del coche.
En Phoenix celebran los bailes de fin de curso en el salón de recepciones de los hoteles;
sin embargo, aquí, el baile se hace en el gimnasio, por supuesto. Seguro que debía de ser la
única sala lo bastante amplia en la ciudad para poder organizar un baile. Cuando entramos,
me dio la risa tonta. Había por todos lados arcos con globos y las paredes estaban festoneadas
con guirnaldas de papel de seda.
—Parece un escenario listo para rodar una película de terror —me reí por lo bajo.
—Bueno —murmuró él mientras nos acercábamos lentamente hacia la mesa de las
entradas. Edward soportaba la mayor parte de mi peso, pero aun así yo debía caminar
arrastrando los pies y cojeando—, desde luego hay vampiros presentes más que de sobra.
Contemplé la pista de baile; se había abierto un espacio vacío en el centro, donde dos
parejas daban vueltas con gracia. Los otros bailarines se habían apartado hacia los lados de la
habitación para concederles espacio, ya que nadie se sentía capaz de competir ante tal
exhibición. Nadie podía igualar la elegancia de Emmett y Jasper, que vestían trajes de etiqueta
clásicos. Alice lucía un llamativo vestido de satén negro con cortes geométricos que dejaba al
aire grandes triángulos de nívea piel pálida. Y Rosalie era... bueno, era Rosalie. Estaba
increíble. Su ceñido vestido de vivido color púrpura mostraba un gran escote que llegaba
hasta la cintura y dejaba la espalda totalmente al descubierto, y a la altura de las rodillas se
ensanchaba en una amplia cola rizada. Me dieron pena todas las chicas de la habitación,
incluyéndome yo.
— ¿Quieres que eche el cerrojo a las puertas mientras masacras a todos estos incautos
pueblerinos? —susurré como si urdiéramos alguna conspiración.
Edward me miró.
— ¿Y de parte de quién te pondrías tú?
—Oh, me pondría de parte de los vampiros, por supuesto.
Sonrió con renuencia.
—Cualquier cosa con tal de no bailar.
—Lo que sea.
Compró las entradas y nos dirigimos hacia la pista de baile. Me apreté asustada contra
su brazo y empecé a arrastrar los pies.
—Tengo toda la noche —me advirtió.
Al final, me llevó hasta el lugar donde su familia bailaba con elegancia, por cierto, en
un estilo totalmente inapropiado para esta música y esta época. Los miré espantada.
—Edward —tenía la garganta tan seca que sólo conseguía hablar en susurros—. De
verdad, no puedo bailar.
Sentí que el pánico rebullía en mi interior.
—No te preocupes, tonta —me contestó con un hilo de voz—. Yo sí puedo —colocó
mis brazos alrededor de su cuello, me levantó en vilo y deslizó sus pies debajo de los míos.
Y de repente, nosotros también estuvimos dando vueltas en la pista de baile.
—Me siento como si tuviera cinco años —me reí después de bailar el vals sin esfuerzo
alguno durante varios minutos.
—No los aparentas —murmuró Edward al tiempo que me acercaba a él hasta tener la
sensación de que mis pies habían despegado del suelo y flotaban a más de medio metro.
Alice atrajo mi atención en una de las vueltas y me sonrió para infundirme valor. Le
devolví la sonrisa. Me sorprendió darme cuenta de que realmente estaba disfrutando, aunque
fuera sólo un poco.
—De acuerdo, esto no es ni la mitad de malo de lo que pensaba —admití.
Pero Edward miraba hacia las puertas con rostro enojado.
— ¿Qué pasa? —pregunté en voz alta.
Aunque estaba desorientada después de dar tantas vueltas, seguí la dirección de su
mirada hasta ver lo que le perturbaba. Jacob Black, sin traje de etiqueta, pero con una camisa
blanca de manga larga y corbata, y el pelo recogido en su sempiterna coleta, cruzaba la pista
de baile hacia nosotros.
Después de que pasara la primera sorpresa al reconocerlo, no pude evitar sentirme mal
por el pobre Jacob. Parecía realmente incómodo, casi de una forma insoportable. Tenía una
expresión de culpabilidad cuando se encontraron nuestras miradas.
Edward gruñó muy bajito.
— ¡Compórtate! —susurré.
La voz de Edward sonó cáustica.
—Quiere hablar contigo.
En ese momento, Jacob llegó a nuestra posición. La vergüenza y la disculpa se
evidenciaron más en su rostro.
—Hola, Bella, esperaba encontrarte aquí —parecía como si realmente hubiera esperado
justo lo contrario, aunque su sonrisa era tan cálida como siempre.
—Hola, Jacob —sonreí a mi vez—. ¿Qué quieres?
— ¿Puedo interrumpir? —preguntó indeciso mientras observaba a Edward por primera
vez.
Me sorprendió descubrir que Jacob no necesitaba alzar los ojos para mirar a Edward.
Debía de haber crecido más de diez centímetros desde que le vi por vez primera.
El rostro de Edward, de expresión ausente, aparentaba serenidad. En respuesta se limitó
a depositarme con cuidado en el suelo y retroceder un paso.
—Gracias —dijo Jacob amablemente.
Edward se limitó a asentir mientras me miraba atentamente antes de darme la espalda y
marcharse.
Jacob me rodeó la cintura con las manos y yo apoyé mis brazos en sus hombros.
— ¡Hala, Jacob! ¿Cuánto mides ahora?
—Metro ochenta y ocho —contestó pagado de sí mismo.
No bailábamos de verdad, ya que mi pierna lo impedía. Nos balanceamos
desmañadamente de un lado a otro sin mover los pies. Menos mal, porque el reciente estirón
le había dejado un aspecto desgarbado y de miembros descoordinados, y probablemente era
un bailarín tan malo como yo.
—Bueno, ¿y cómo es que has terminado viniendo por aquí esta noche? —pregunté sin
verdadera curiosidad.
Me hacía una idea aproximada si tenía en cuenta cuál había sido la reacción de Edward.
— ¿Puedes creerte que mi padre me ha pagado veinte pavos por venir a tu baile de fin
de curso? —admitió un poco avergonzado.
—Claro que sí —musité—. Bueno, espero que al menos lo estés pasando bien. ¿Has
visto algo que te haya gustado? —bromeé mientras dirigía una mirada cargada de intención a
un grupo de chicas alineadas contra la pared como tartas en una pastelería.
—Sí —admitió—, pero está comprometida.
Miró hacia bajo para encontrarse con mis ojos llenos de curiosidad durante un segundo.
Luego, avergonzados, los dos miramos hacia otro lado.
—A propósito, estás realmente guapa —añadió con timidez.
—Vaya, gracias. ¿Y por qué te pagó Billy para que vinieras? —pregunté rápidamente,
aunque conocía la respuesta.
A Jacob no pareció hacerle mucha gracia el cambio de tema. Siguió mirando a otro
lado, incómodo otra vez.
—Dijo que era un lugar «seguro» para hablar contigo. Te prometo que al viejo se le está
yendo la cabeza.
Me uní a su risa con desgana.
—De todos modos, me prometió conseguirme el cilindro maestro que necesito si te
daba un mensaje —confesó con una sonrisa avergonzada.
—En ese caso, dámelo. Me gustaría que lograras terminar tu coche —le devolví la
sonrisa.Al menos, Jacob no creía ni una palabra de las viejas leyendas, lo que facilitaba la
situación. Apoyado contra la pared, Edward vigilaba mi rostro, pero mantenía el suyo
inexpresivo. Vi cómo una chica de segundo con un traje rosa le miraba con interés y timidez,
pero él no pareció percatarse.
—No te enfades, ¿vale? —Jacob miró a otro lado, con aspecto culpable.
—No es posible que me enfade contigo, Jacob —le aseguré—. Ni siquiera voy a
enfadarme con Billy. Di lo que tengas que decir.
—Bueno, es un tanto estúpido... Lo siento, Bella, pero quiere que dejes a tu novio. Me
dijo que te lo pidiera «por favor».
Sacudió la cabeza con ademán disgustado.
—Sigue con sus supersticiones, ¿verdad?
—Sí. Se vio abrumado cuando te hiciste daño en Phoenix. No se creyó que... —Jacob
no terminó la frase, sin ser consciente de ello.
—Me caí —le atajé mientras entrecerraba los ojos.
—Lo sé —contestó Jacob con rapidez.
—Billy cree que Edward tuvo algo que ver con el hecho de que me hiriera —no era una
pregunta, y me enfadé a pesar de mi promesa.
Jacob rehuyó mi mirada. Ni siquiera nos molestábamos ya en seguir el compás de la
música, aunque sus manos seguían en mi cintura y yo tenía las mías en sus hombros.
—Mira, Jacob, sé que probablemente Billy no se lo va a creer, pero quiero que al menos
tú lo sepas —me miró ahora, notando la nueva seriedad que destilaba mi voz—. En realidad,
Edward me salvó la vida. Hubiera muerto de no ser por él y por su padre.
—Lo sé —aseguró.
Parecía que la sinceridad de mis palabras le había convencido en parte y, después de
todo, tal vez Jacob consiguiera convencer a su padre, al menos en ese punto.
—Jake, escucha, lamento que hayas tenido que hacer esto —me disculpé—. En
cualquier caso, ya has cumplido con tu tarea, ¿de acuerdo?
—Sí —musitó. Seguía teniendo un aspecto incómodo y enfadado.
— ¿Hay más? —pregunté con incredulidad.
—Olvídalo —masculló—. Conseguiré un trabajo y ahorraré el dinero por mis propios
medios.
Clavé los ojos en él hasta que nuestras miradas se encontraron. —Suéltalo y ya está,
Jacob.
—Es bastante desagradable.
—No te preocupes. Dímelo —insistí.
—Vale... Pero, ostras, es que suena tan mal... —movió la cabeza—. Me pidió que te
dijera, pero no que te advirtiera... —levantó una mano de mi cintura y dibujó en el aire unas
comillas—: «Estaremos vigilando». El plural es suyo, no mío.
Aguardó mi reacción con aspecto circunspecto.
Se parecía tanto a la frase de una película de mafiosos que me eché a reír.
—Siento que hayas tenido que hacer esto, Jake.
Me reí con disimulo.
—No me ha importado demasiado —sonrió aliviado mientras evaluaba con la mirada
mi vestido—. Entonces, ¿le puedo decir que me has contestado que deje de meterse en tus
asuntos de una vez? —preguntó esperanzado.
—No —suspiré—. Agradéceselo de mi parte. Sé que lo hace por mi bien.
La canción terminó y bajé los brazos.
Sus manos dudaron un momento en mi cintura y luego miró a mi pierna inútil.
— ¿Quieres bailar otra vez, o te llevo a algún lado?
—No es necesario, Jacob —respondió Edward por mí—. Yo me hago cargo.
Jacob se sobresaltó y miró con los ojos como platos a Edward, que estaba justo a
nuestro lado.
—Eh, no te he oído llegar —masculló—. Espero verte por ahí, Bella —dio un paso atrás
y saludó con la mano de mala gana.
Sonreí.
—Claro, nos vemos luego.
—Lo siento —añadió antes de darse la vuelta y encaminarse hacia la puerta.
Los brazos de Edward me tomaron por la cintura en cuanto empezó la siguiente
canción. Parecía de un ritmo algo rápido para bailar lento, pero a él no pareció importarle.
Descansé la cabeza sobre su pecho, satisfecha.
— ¿Te sientes mejor? —le tomé el pelo.
—No del todo —comentó con parquedad.
—No te enfades con Billy —suspiré—. Se preocupa por mí sólo por el bien de Charlie.
No es nada personal.
—No estoy enfadado con Billy —me corrigió con voz cortante—, pero su hijo me irrita.
Eché la cabeza hacia atrás para mirarle. Estaba muy serio.
— ¿Por qué?
—En primer lugar, me ha hecho romper mi promesa.
Le miré confundida, y él esbozó una media sonrisa cuando me explicó:
—Te prometí que esta noche estaría contigo en todo momento.
—Ah. Bueno, quedas perdonado.
—Gracias —Edward frunció el ceño—. Pero hay algo más.
Esperé pacientemente.
—Te llamó guapa —prosiguió al fin, acentuando más el ceño fruncido—. Y eso es
prácticamente un insulto con el aspecto que tienes hoy. Eres mucho más que hermosa.
Me reí.
—Tu punto de vista es un poco parcial.
—No lo creo. Además, tengo una vista excelente.
Continuamos dando vueltas en la pista. Llevaba mis pies con los suyos y me estrechaba
cerca de él.
— ¿Vas a explicarme ya el motivo de todo esto? —le pregunté.
Me buscó con la mirada y me contempló confundido. Yo lancé una significativa mirada
hacia las guirnaldas de papel.
Se detuvo a considerarlo durante un instante y luego cambió de dirección. Me condujo a
través del gentío hacia la puerta trasera del gimnasio. De soslayo, vi bailar a Mike y Jessica,
que me miraban con curiosidad. Jessica me saludó con la mano y de inmediato le respondí
con una sonrisa. Ángela también se encontraba allí, en los brazos del pequeño Ben Cheney;
parecía dichosa y feliz sin levantar la vista de los ojos de él, era una cabeza más bajo que ella.
Lee y Samantha, Lauren, acompañada por Conner, también nos miraron. Era capaz de
recordar los nombres de todos aquellos que pasaban delante de mí a una velocidad de vértigo.
De pronto, nos encontramos fuera del gimnasio, a la suave y fresca luz de un crepúsculo
mortecino.
Me tomó en brazos en cuanto estuvimos a solas. Atravesamos el umbrío jardín sin
detenernos hasta llegar a un banco debajo de los madroños. Se sentó allí, acunándome contra
su pecho. Visible a través de las vaporosas nubes, la luna lucía ya en lo alto e iluminaba con
su nívea luz el rostro de Edward. Sus facciones eran severas y tenía los ojos turbados.
— ¿Qué te preocupa? —le interrumpí con suavidad.
Me ignoró sin apartar los ojos de la luna.
—El crepúsculo, otra vez —murmuró—. Otro final. No importa lo perfecto que sea el
día, siempre ha de acabar.
—Algunas cosas no tienen por qué terminar —musité entre dientes, de repente tensa.
Suspiró.
—Te he traído al baile —dijo arrastrando las palabras y contestando finalmente a mi
pregunta—, porque no deseo que te pierdas nada, ni que mi presencia te prive de nada si está
en mi mano. Quiero que seas humana, que tu vida continúe como lo habría hecho si yo
hubiera muerto en 1918, tal y como debería haber sucedido.
Me estremecí al oír sus palabras y luego sacudí la cabeza con enojo.
— ¿Y en qué extraña dimensión paralela habría asistido al baile alguna vez por mi
propia voluntad? Si no fueras cien veces más fuerte que yo, nunca habrías conseguido
traerme.
Esbozó una amplia sonrisa, pero la alegría de esa sonrisa no llegó a los ojos.
—Tú misma has reconocido que no ha sido tan malo.
—Porque estaba contigo.
Permanecimos inmóviles durante un minuto. Edward contemplaba la luna, y yo a él.
Deseaba encontrar la forma de explicarle qué poco interés tenía yo en llevar un vida humana
normal.
— ¿Me contestarás si te pregunto algo? —inquirió, mirándome con una sonrisa suave.
— ¿No lo hago siempre?
—Prométeme que lo harás —insistió, sonriente.
—De acuerdo —supe que iba a arrepentirme muy pronto.
—Parecías realmente sorprendida cuando te diste cuenta de que te traía aquí —
comenzó.
—Lo estaba —le interrumpí.
—Exacto —admitió—, pero algo tendrías que suponer. Siento curiosidad... ¿Para qué
pensaste que nos vestíamos de esta forma?
Sí, me arrepentí de inmediato. Fruncí los labios, dubitativa.
—No quiero decírtelo.
—Lo has prometido —objetó.
—Lo sé.
— ¿Cuál es el problema?
Me di cuenta de que él creía que lo que me impedía hablar era simplemente la
vergüenza.
—Creo que te vas a enfadar o entristecer.
Enarcó las cejas mientras lo consideraba.
—De todos modos, quiero saberlo. Por favor.
Suspiré. Él aguardaba mi contestación.
—Bueno, supuse que iba a ser una especie de... ocasión especial. Ni se me pasó por la
cabeza que fuera algo tan humano y común como... ¡un baile de fin de curso! —me burlé.
— ¿Humano? —preguntó cansinamente.
Había captado la palabra clave a la primera. Observé mi vestido mientras jugueteaba
nerviosamente con un hilo suelto de gasa. Edward esperó en silencio mi respuesta.
—De acuerdo —confesé atropelladamente—, albergaba la esperanza de que tal vez
hubieras cambiado de idea y que, después de todo, me transformaras.
Una decena de sentimientos encontrados recorrieron su rostro. Reconocí algunos, como
la ira y el dolor, y, después de que se hubo serenado, la expresión de sus facciones pareció
divertida.
—Pensaste que sería una ocasión para vestirse de tiros largos, ¿a que sí? —se burló,
tocando la solapa de la chaqueta de su traje de etiqueta.
Torcí el gesto para ocultar mi vergüenza.
—No sé cómo van esas cosas; al menos, a mí me parecía más racional que un baile de
fin de curso —Edward seguía sonriendo—. No es divertido —le aseguré.
—No, tienes razón, no lo es —admitió mientras se desvanecía su sonrisa—. De todos
modos, prefiero tomármelo como una broma antes que pensar que lo dices en serio.
—Lo digo en serio.
Suspiró profundamente.
—Lo sé. ¿Y eso es lo que deseas de verdad?
La pena había vuelto a sus ojos. Me mordí el labio y asentí.
—De modo que estás preparada para que esto sea el final, el crepúsculo de tu existencia
aunque apenas si has comenzado a vivir —musitó, hablando casi para sí mismo—. Estás
dispuesta a abandonarlo todo.
—No es el final, sino el comienzo —le contradije casi sin aliento.
—No lo merezco —dijo con tristeza.
— ¿Recuerdas cuando me dijiste que no me percibía a mí misma de forma realista? —le
pregunté, arqueando las cejas—. Obviamente, tú padeces de la misma ceguera.
—Lo sé.
Suspiré.
De repente, su voluble estado de ánimo cambió. Frunció los labios y me estudió con la
mirada. Examinó mi rostro durante mucho tiempo.
— ¿Estás preparada, entonces? —me preguntó.
—Esto... —tragué saliva—. ¿Ya?
Sonrió e inclinó despacio la cabeza hasta rozar mi piel debajo de la mandíbula con sus
fríos labios.
— ¿Ahora, ya? —susurró al tiempo que exhalaba su aliento frío sobre mi cuello. Me
estremecí de forma involuntaria.
—Sí —contesté en un susurro para que no se me quebrara la voz.
Edward se iba a llevar un chasco si pensaba que me estaba tirando un farol. Ya había
tomado mi decisión, estaba segura. No me importaba que mi cuerpo fuera tan rígido como
una tabla, que mis manos se transformaran en puños y mi respiración se volviera irregular...
Se rió de forma enigmática y se irguió con gesto de verdadera desaprobación.
—No te puedes haber creído de verdad que me iba a rendir tan fácilmente —dijo con un
punto de amargura en su tono burlón.
—Una chica tiene derecho a soñar.
Enarcó las cejas.
— ¿Sueñas con convertirte en un monstruo?
—No exactamente —repliqué. Fruncí el ceño ante la palabra que había escogido. En
verdad, era eso, un monstruo—. Más bien sueño con poder estar contigo para siempre.
Su expresión se alteró, más suave y triste a causa del sutil dolor que impregnaba mi voz.
—Bella —sus dedos recorrieron con ligereza el contorno de mis labios—. Yo voy a
estar contigo..., ¿no basta con eso?
Edward puso las yemas de los dedos sobre mis labios, que esbozaron una sonrisa.
—Basta por ahora.
Torció el gesto ante mi tenacidad. Esta noche ninguno de los dos parecía darse por
vencido. Espiró con tal fuerza que casi pareció un gruñido.
Le acaricié el rostro y le dije:
—Mira, te quiero más que a nada en el mundo. ¿No te basta eso?
—Sí, es suficiente —contestó, sonriendo—. Suficiente para siempre.
Y se inclinó para presionar una vez más sus labios fríos contra mi garganta.

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