BLOOD

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domingo, 16 de mayo de 2010

CREPUSCULO -- 1ªparte



STEPHANIE MEYER
CREPUSCULO



ÍNDICE


PREFACIO
PRIMER ENCUENTRO
LIBRO ABIERTO
EL PRODIGIO
LAS INVITACIONES
GRUPO SANGUINEO
CUENTOS DE MIEDO
PESADILLA
PORT ANGELES
TEORIA
INTERROGATORIOS
COMPLICACIONES
JUEGOS MALABARES
CONFESIONES
MENTE VERSUS CUERPO
LOS CULLEN
CARLISLE
EL PARTIDO
LA CAZA
DESPEDIDAS
IMPACIENCIA
LA LLAMADA
EL JUEGO DEL ESCONDITE
EL ANGEL
PUNTO MUERTO
EPILOGO


Para mi hermana mayor Emily,
sin cuyo entusiasmo esta historia
aún seguiría inconclusa.
El revela honduras y secretos,
conoce lo que ocultan las tinieblas,
y la luz mora junto a Él.
Daniel 2:22




PREFACIO
Nunca me había detenido a pensar en cómo iba a morir, aunque me habían sobrado los
motivos en los últimos meses, pero no hubiera imaginado algo parecido a esta situación
incluso de haberlo intentado.
Con la respiración contenida, contemplé fijamente los ojos oscuros del cazador al otro
lado de la gran habitación. Éste me devolvió la mirada complacido.
Seguramente, morir en lugar de otra persona, alguien a quien se ama, era una buena
forma de acabar. Incluso noble. Eso debería contar algo.
Sabía que no afrontaría la muerte ahora de no haber ido a Forks, pero, aterrada como
estaba, no me arrepentía de esta decisión. Cuando la vida te ofrece un sueño que supera con
creces cualquiera de tus expectativas, no es razonable lamentarse de su conclusión.
El cazador sonrió de forma amistosa cuando avanzó con aire despreocupado para
matarme.


PRIMER ENCUENTRO
Mi madre me llevó al aeropuerto con las ventanillas del coche bajadas. En Phoenix, la
temperatura era de veinticuatro grados y el cielo de un azul perfecto y despejado. Me había
puesto mi blusa favorita, sin mangas y con cierres a presión blancos; la llevaba como gesto de
despedida. Mi equipaje de mano era un anorak.
En la península de Olympic, al noroeste del Estado de Washington, existe un pueblecito
llamado Forks cuyo cielo casi siempre permanece encapotado. En esta insignificante localidad
llueve más que en cualquier otro sitio de los Estados Unidos. Mi madre se escapó conmigo de
aquel lugar y de sus tenebrosas y sempiternas sombras cuando yo apenas tenía unos meses.
Me había visto obligada a pasar allí un mes cada verano hasta que por fin me impuse al
cumplir los catorce años; así que, en vez de eso, los tres últimos años, Charlie, mi padre, había
pasado sus dos semanas de vacaciones conmigo en California.
Y ahora me exiliaba a Forks, un acto que me aterraba, ya que detestaba el lugar.
Adoraba Phoenix. Me encantaba el sol, el calor abrasador, y la vitalidad de una ciudad
que se extendía en todas las direcciones.
—Bella —me dijo mamá por enésima vez antes de subir al avión—, no tienes por qué
hacerlo.
Mi madre y yo nos parecemos mucho, salvo por el pelo corto y las arrugas de la risa.
Tuve un ataque de pánico cuando contemplé sus ojos grandes e ingenuos. ¿Cómo podía
permitir que se las arreglara sola, ella que era tan cariñosa, caprichosa y atolondrada? Ahora
tenía a Phil, por supuesto, por lo que probablemente se pagarían las facturas, habría comida en
el frigorífico y gasolina en el depósito del coche, y podría apelar a él cuando se encontrara
perdida, pero aun así...
—Es que quiero ir —le mentí. Siempre se me ha dado muy mal eso de mentir, pero
había dicho esa mentira con tanta frecuencia en los últimos meses que ahora casi sonaba
convincente.
—Saluda a Charlie de mi parte —dijo con resignación.
—Sí, lo haré.
—Te veré pronto —insistió—. Puedes regresar a casa cuando quieras. Volveré tan
pronto como me necesites.
Pero en sus ojos vi el sacrificio que le suponía esa promesa.
—No te preocupes por mí —le pedí—. Todo irá estupendamente. Te quiero, mamá.
Me abrazó con fuerza durante un minuto; luego, subí al avión y ella se marchó.
Para llegar a Forks tenía por delante un vuelo de cuatro horas de Phoenix a Seattle, y
desde allí a Port Angeles una hora más en avioneta y otra más en coche. No me desagrada
volar, pero me preocupaba un poco pasar una hora en el coche con Charlie.
Lo cierto es que Charlie había llevado bastante bien todo aquello. Parecía realmente
complacido de que por primera vez fuera a vivir con él de forma más o menos permanente.
Ya me había matriculado en el instituto y me iba a ayudar a comprar un coche.
Pero estaba convencida de que iba a sentirme incómoda en su compañía. Ninguno de los
dos éramos muy habladores que se diga, y, de todos modos, tampoco tenía nada que contarle.
Sabía que mi decisión lo hacía sentirse un poco confuso, ya que, al igual que mi madre, yo
nunca había ocultado mi aversión hacia Forks.
Estaba lloviendo cuando el avión aterrizó en Port Angeles. No lo consideré un presagio,
simplemente era inevitable. Ya me había despedido del sol.
Charlie me esperaba en el coche patrulla, lo cual no me extrañó. Para las buenas gentes
de Forks, Charlie es el jefe de policía Swan. La principal razón de querer comprarme un
coche, a pesar de lo escaso de mis ahorros, era que me negaba en redondo a que me llevara
por todo el pueblo en un coche con luces rojas y azules en el techo. No hay nada que ralentice
más la velocidad del tráfico que un poli.
Charlie me abrazó torpemente con un solo brazo cuando bajaba a trompicones la
escalerilla del avión.
—Me alegro de verte, Bella —dijo con una sonrisa al mismo tiempo que me sostenía
firmemente—. Apenas has cambiado. ¿Cómo está Renée?
—Mamá está bien. Yo también me alegro de verte, papá —no le podía llamar Charlie a
la cara. Traía pocas maletas. La mayoría de mi ropa de Arizona era demasiado ligera para
llevarla en Washington. Mi madre y yo habíamos hecho un fondo común con nuestros
recursos para complementar mi vestuario de invierno, pero, a pesar de todo, era escaso. Todas
cupieron fácilmente en el maletero del coche patrulla.
—He localizado un coche perfecto para ti, y muy barato —anunció una vez que nos
abrochamos los cinturones de seguridad. ¿Qué tipo de coche?
Desconfié de la manera en que había dicho «un coche perfecto para ti» en lugar de
simplemente «un coche perfecto».
—Bueno, es un monovolumen, un Chevy para ser exactos.
— ¿Dónde lo encontraste?
— ¿Te acuerdas de Billy Black, el que vivía en La Push?
La Push es una pequeña reserva india situada en la costa.
—No.
—Solía venir de pesca con nosotros durante el verano —me explicó.
Por eso no me acordaba de él. Se me da bien olvidar las cosas dolorosas e innecesarias.
—Ahora está en una silla de ruedas —continuó Charlie cuando no respondí—, por lo
que no puede conducir y me propuso venderme su camión por una ganga.
— ¿De qué año es?
Por la forma en que le cambió la cara, supe que era la pregunta que no deseaba oír.
—Bueno, Billy ha realizado muchos arreglos en el motor. En realidad, tampoco tiene
tantos años.
Esperaba que no me tuviera en tan poca estima como para creer que iba a dejar pasar el
tema así como así.
— ¿Cuándo lo compró?
—En 1984... Creo.
— ¿Y era nuevo entonces?
—En realidad, no. Creo que era nuevo a principios de los sesenta, o a lo mejor a finales
de los cincuenta —confesó con timidez.
— ¡Papá, por favor! ¡No sé nada de coches! No podría arreglarlo si se estropeara y no
me puedo permitir pagar un taller.
—Nada de eso, Bella, el trasto funciona a las mil maravillas. Hoy en día no los fabrican
tan buenos.
El trasto, repetí en mi fuero interno. Al menos tenía posibilidades como apodo.
— ¿Y qué entiendes por barato?
Después de todo, ése era el punto en el que yo no iba a ceder.
—Bueno, cariño, ya te lo he comprado como regalo de bienvenida.
Charlie me miró de reojo con rostro expectante.
Vaya. Gratis.
—No tenías que hacerlo, papá. Iba a comprarme un coche.
—No me importa. Quiero que te encuentres a gusto aquí.
Charlie mantenía la vista fija en la carretera mientras hablaba. Se sentía incómodo al
expresar sus emociones en voz alta. Yo lo había heredado de él, de ahí que también mirara
hacia la carretera cuando le respondí:
—Es estupendo, papá. Gracias. Te lo agradezco de veras.
Resultaba innecesario añadir que era imposible estar a gusto en Forks, pero él no tenía
por qué sufrir conmigo. Y a caballo regalado no le mires el diente, ni el motor.
—Bueno, de nada. Eres bienvenida —masculló, avergonzado por mis palabras de
agradecimiento.
Intercambiamos unos pocos comentarios más sobre el tiempo, que era húmedo, y
básicamente ésa fue toda la conversación. Miramos a través de las ventanillas en silencio.
El paisaje era hermoso, por supuesto, no podía negarlo. Todo era de color verde: los
árboles, los troncos cubiertos de musgo, el dosel de ramas que colgaba de los mismos, el
suelo cubierto de helechos. Incluso el aire que se filtraba entre las hojas tenía un matiz de
verdor.
Era demasiado verde, un planeta alienígena.
Finalmente llegamos al hogar de Charlie. Vivía en una casa pequeña de dos dormitorios
que compró con mi madre durante los primeros días de su matrimonio. Ésos fueron los únicos
días de su matrimonio, los primeros. Allí, aparcado en la calle delante de una casa que nunca
cambiaba, estaba mi nuevo monovolumen, bueno, nuevo para mí. El vehículo era de un rojo
desvaído, con guardabarros grandes y redondos y una cabina de aspecto bulboso. Para mi
enorme sorpresa, me encantó. No sabía si funcionaría, pero podía imaginarme al volante.
Además, era uno de esos modelos de hierro sólido que jamás sufren daños, la clase de coches
que ves en un accidente de tráfico con la pintura intacta y rodeado de los trozos del coche
extranjero que acaba de destrozar.
— ¡Caramba, papá! ¡Me encanta! ¡Gracias!
Ahora, el día de mañana parecía bastante menos terrorífico. No me vería en la tesitura
de elegir entre andar tres kilómetros bajo la lluvia hasta el instituto o dejar que el jefe de
policía me llevara en el coche patrulla.
—Me alegra que te guste —dijo Charlie con voz áspera, nuevamente avergonzado.
Subir todas mis cosas hasta el primer piso requirió un solo viaje escaleras arriba. Tenía
el dormitorio de la cara oeste, el que daba al patio delantero. Conocía bien la habitación; había
sido la mía desde que nací. El suelo de madera, las paredes pintadas de azul claro, el techo a
dos aguas, las cortinas de encaje ya amarillentas flanqueando las ventanas... Todo aquello
formaba parte de mi infancia. Los únicos cambios que había introducido Charlie se limitaron
a sustituir la cuna por una cama y añadir un escritorio cuando crecí. Encima de éste había
ahora un ordenador de segunda mano con el cable del módem grapado al suelo hasta la toma
de teléfono más próxima. Mi madre lo había estipulado de ese modo para que estuviéramos en
contacto con facilidad. La mecedora que tenía desde niña aún seguía en el rincón.
Sólo había un pequeño cuarto de baño en lo alto de las escaleras que debería compartir
con Charlie. Intenté no darle muchas vueltas al asunto.
Una de las cosas buenas que tiene Charlie es que no se queda revoloteando a tu
alrededor. Me dejó sola para que deshiciera mis maletas y me instalara, una hazaña que
hubiera sido del todo imposible para mi madre. Resultaba estupendo estar sola, no tener que
sonreír ni poner buena cara; fue un respiro que me permitió contemplar a través del cristal la
cortina de lluvia con desaliento y derramar algunas lágrimas. No estaba de humor para una
gran llantina. Eso podía esperar hasta que me acostara y me pusiera a reflexionar sobre lo que
me aguardaba al día siguiente.
El aterrador cómputo de estudiantes del instituto de Forks era de tan sólo trescientos
cincuenta y siete, ahora trescientos cincuenta y ocho. Solamente en mi clase de tercer año en
Phoenix había más de setecientos alumnos. Todos los jóvenes de por aquí se habían criado
juntos y sus abuelos habían aprendido a andar juntos. Yo sería la chica nueva de la gran
ciudad, una curiosidad, un bicho raro.
Tal vez podría utilizar eso a mi favor si tuviera el aspecto que se espera de una chica de
Phoenix, pero físicamente no encajaba en modo alguno. Debería ser alta, rubia, de tez
bronceada, una jugadora de voleibol o quizá una animadora, todas esas cosas propias de
quienes viven en el Valle del Sol.
Por el contrario, mi piel era blanca como el marfil a pesar de las muchas horas de sol de
Arizona, sin tener siquiera la excusa de unos ojos azules o un pelo rojo. Siempre he sido
delgada, pero más bien flojucha y, desde luego, no una atleta. Me faltaba la coordinación
suficiente para practicar deportes sin hacer el ridículo o dañar a alguien, a mí misma o a
cualquiera que estuviera demasiado cerca.
Después de colocar mi ropa en el viejo tocador de madera de pino, me llevé el neceser
al cuarto de baño para asearme tras un día de viaje. Contemplé mi rostro en el espejo mientras
me cepillaba el pelo enredado y húmedo. Tal vez se debiera a la luz, pero ya tenía un aspecto
más cetrino y menos saludable. Puede que tenga una piel bonita, pero es muy clara, casi
traslúcida, por lo que su apariencia depende del color del lugar y en Forks no había color
alguno.
Mientras me enfrentaba a mi pálida imagen en el espejo, tuve que admitir que me
engañaba a mí misma. Jamás encajaría, y no sólo por mis carencias físicas. Si no me había
hecho un huequecito en una escuela de tres mil alumnos, ¿qué posibilidades iba a tener aquí?
No sintonizaba bien con la gente de mi edad. Bueno, lo cierto es que no sintonizaba
bien con la gente. Punto. Ni siquiera mi madre, la persona con quien mantenía mayor
proximidad, estaba en armonía conmigo; no íbamos por el mismo carril. A veces me
preguntaba si veía las cosas igual que el resto del mundo. Tal vez la cabeza no me funcionara
como es debido.
Pero la causa no importaba, sólo contaba el efecto. Y mañana no sería más que el
comienzo.
Aquella noche no dormí bien, ni siquiera cuando dejé de llorar. El siseo constante de la
lluvia y el viento sobre el techo no aminoraba jamás, hasta convertirse en un ruido de fondo.
Me tapé la cabeza con la vieja y descolorida colcha y luego añadí la almohada, pero no
conseguí conciliar el sueño antes de medianoche, cuando al fin la lluvia se convirtió en un
fino sirimiri.
A la mañana siguiente, lo único que veía a través de la ventana era una densa niebla y
sentí que la claustrofobia se apoderaba de mí. Aquí nunca se podía ver el cielo, parecía una
jaula.
El desayuno con Charlie se desarrolló en silencio. Me deseó suerte en la escuela y le di
las gracias, aun sabiendo que sus esperanzas eran vanas. La buena suerte solía esquivarme.
Charlie se marchó primero, directo a la comisaría, que era su esposa y su familia. Examiné la
cocina después de que se fuera, todavía sentada en una de las tres sillas, ninguna de ellas a
juego, junto a la vieja mesa cuadrada de roble. La cocina era pequeña, con paneles oscuros en
las paredes, armarios amarillo chillón y un suelo de linóleo blanco. Nada había cambiado.
Hacía dieciocho años, mi madre había pintado los armarios con la esperanza de introducir un
poco de luz solar en la casa. Había una hilera de fotos encima del pequeño hogar del cuarto de
estar, que colindaba con la cocina y era del tamaño de una caja de zapatos. La primera foto
era de la boda de Charlie con mi madre en Las Vegas, y luego la que nos tomó a los tres una
amable enfermera del hospital donde nací, seguida por una sucesión de mis fotografías
escolares hasta el año pasado. Verlas me resultaba muy embarazoso. Tenía que convencer a
Charlie de que las pusiera en otro sitio, al menos mientras yo viviera aquí.
Era imposible permanecer en aquella casa y no darse cuenta de que Charlie no se había
repuesto de la marcha de mi madre. Eso me hizo sentir incómoda.
No quería llegar demasiado pronto al instituto, pero no podía permanecer en la casa más
tiempo, por lo que me puse el anorak, tan grueso que recordaba a uno de esos trajes
empleados en caso de peligro biológico, y me encaminé hacia la llovizna.
Aún chispeaba, pero no lo bastante para que me calara mientras buscaba la llave de la
casa, que siempre estaba escondida debajo del alero que había junto a la puerta, y cerrara. El
ruido de mis botas de agua nuevas resultaba enervante. Añoraba el crujido habitual de la
grava al andar. No pude detenerme a admirar de nuevo el vehículo, como deseaba, y me
apresuré a escapar de la húmeda neblina que se arremolinaba sobre mi cabeza y se agarraba al
pelo por debajo de la capucha.
Dentro del monovolumen estaba cómoda y a cubierto. Era obvio que Charlie o Billy
debían de haberlo limpiado, pero la tapicería marrón de los asientos aún olía tenuemente a
tabaco, gasolina y menta. El coche arrancó a la primera, con gran alivio por mi parte, aunque
en medio de un gran estruendo, y luego hizo mucho ruido mientras avanzaba al ralentí.
Bueno, un monovolumen tan antiguo debía de tener algún defecto. La anticuada radio
funcionaba, un añadido que no me esperaba.
Fue fácil localizar el instituto pese a no haber estado antes. El edificio se hallaba, como
casi todo lo demás en el pueblo, junto a la carretera. No resultaba obvio que fuera una escuela,
sólo me detuve gracias al cartel que indicaba que se trataba del instituto de Forks. Se parecía a
un conjunto de esas casas de intercambio en época de vacaciones construidas con ladrillos de
color granate. Había tantos árboles y arbustos que a primera vista no podía verlo en su
totalidad. ¿Dónde estaba el ambiente de un instituto?, me pregunté con nostalgia. ¿Dónde
estaban las alambradas y los detectores de metales?
Aparqué frente al primer edificio, encima de cuya entrada había un cartelito que rezaba
«Oficina principal». No vi otros coches aparcados allí, por lo que estuve segura de que estaba
en zona prohibida, pero decidí que iba a pedir indicaciones en lugar de dar vueltas bajo la
lluvia como una tonta. De mala gana salí de la cabina calentita del monovolumen y recorrí un
sendero de piedra flanqueado por setos oscuros. Respiré hondo antes de abrir la puerta.
En el interior había más luz y se estaba más caliente de lo que esperaba. La oficina era
pequeña: una salita de espera con sillas plegables acolchadas, una basta alfombra con motas
anaranjadas, noticias y premios pegados sin orden ni concierto en las paredes y un gran reloj
que hacía tictac de forma ostensible. Las plantas crecían por doquier en sus macetas de
plástico, por si no hubiera suficiente vegetación fuera.
Un mostrador alargado dividía la habitación en dos, con cestas metálicas llenas de
papeles sobre la encimera y anuncios de colores chillones pegados en el frontal. Detrás del
mostrador había tres escritorios. Una pelirroja regordeta con gafas se sentaba en uno de ellos.
Llevaba una camiseta de color púrpura que, de inmediato, me hizo sentir que yo iba
demasiado elegante.
La mujer pelirroja alzó la vista.
— ¿Te puedo ayudar en algo?
—Soy Isabella Swan —le informé, y de inmediato advertí en su mirada un atisbo de
reconocimiento. Me esperaban. Sin duda, había sido el centro de los cotilleos. La hija de la
caprichosa ex mujer del jefe de policía al fin regresaba a casa.
—Por supuesto —dijo.
Rebuscó entre los documentos precariamente apilados hasta encontrar los que buscaba.
—Precisamente aquí tengo el horario de tus clases y un plano de la escuela.
Trajo varias cuartillas al mostrador para enseñármelas. Repasó todas mis clases y marcó
el camino más idóneo para cada una en el plano; luego, me entregó el comprobante de
asistencia para que lo firmara cada profesor y se lo devolviera al finalizar las clases. Me
dedicó una sonrisa y, al igual que Charlie, me dijo que esperaba que me gustara Forks. Le
devolví la sonrisa más convincente posible.
Los demás estudiantes comenzaban a llegar cuando regresé al monovolumen. Los seguí,
me uní a la cola de coches y conduje hasta el otro lado de la escuela. Supuso un alivio
comprobar que casi todos los vehículos tenían aún más años que el mío, ninguno era
ostentoso. En Phoenix, vivía en uno de los pocos barrios pobres del distrito Paradise Valley.
Era habitual ver un Mercedes nuevo o un Porsche en el aparcamiento de los estudiantes. El
mejor coche de los que allí había era un flamante Volvo, y destacaba. Aun así, apagué el
motor en cuanto aparqué en una plaza libre para que el estruendo no atrajera la atención de los
demás sobre mí.
Examiné el plano en el monovolumen, intentando memorizarlo con la esperanza de no
tener que andar consultándolo todo el día. Lo guardé en la mochila, me la eché al hombro y
respiré hondo. Puedo hacerlo, me mentí sin mucha convicción. Nadie me va a morder. Al
final, suspiré y salí del coche.
Mantuve la cara escondida bajo la capucha y anduve hasta la acera abarrotada de
jóvenes. Observé con alivio que mi sencilla chaqueta negra no llamaba la atención.
Una vez pasada la cafetería, el edificio número tres resultaba fácil de localizar, ya que
había un gran «3» pintado en negro sobre un fondo blanco con forma de cuadrado en la
esquina del lado este. Noté que mi respiración se acercaba a hiperventilación al aproximarme
a la puerta. Para paliarla, contuve el aliento y entré detrás de dos personas que llevaban
impermeables de estilo unisex.
El aula era pequeña. Los alumnos que tenía delante se detenían en la entrada para colgar
sus abrigos en unas perchas; había varias. Los imité. Se trataba de dos chicas, una rubia de tez
clara como la porcelana y otra, también pálida, de pelo castaño claro. Al menos, mi piel no
sería nada excepcional aquí.
Entregué el comprobante al profesor, un hombre alto y calvo al que la placa que
descansaba sobre su escritorio lo identificaba como Sr. Masón. Se quedó mirándome
embobado al ver mi nombre, pero no me dedicó ninguna palabra de aliento, y yo, por
supuesto, me puse colorada como un tomate. Pero al menos me envió a un pupitre vacío al
fondo de la clase sin presentarme al resto de los compañeros. A éstos les resultaba difícil
mirarme al estar sentada en la última fila, pero se las arreglaron para conseguirlo. Mantuve la
vista clavada en la lista de lecturas que me había entregado el profesor. Era bastante básica:
Bronté, Shakespeare, Chaucer, Faulkner. Los había leído a todos, lo cual era cómodo... y
aburrido. Me pregunté si mi madre me enviaría la carpeta con los antiguos trabajos de clase o
si creería que la estaba engañando. Recreé nuestra discusión mientras el profesor continuaba
con su perorata.
Cuando sonó el zumbido casi nasal del timbre, un chico flacucho, con acné y pelo
grasiento, se ladeó desde un pupitre al otro lado del pasillo para hablar conmigo.
—Tú eres Isabella Swan, ¿verdad?
Parecía demasiado amable, el típico miembro de un club de ajedrez.
—Bella —le corregí. En un radio de tres sillas, todos se volvieron para mirarme.
— ¿Dónde tienes la siguiente clase? —preguntó. Tuve que comprobarlo con el
programa que tenía en la mochila.
—Eh... Historia, con Jefferson, en el edificio seis.
Mirase donde mirase, había ojos curiosos por doquier.
—Voy al edificio cuatro, podría mostrarte el camino —demasiado amable, sin duda—.
Me llamo Eric —añadió.
Sonreí con timidez.
—Gracias.
Recogimos nuestros abrigos y nos adentramos en la lluvia, que caía con más fuerza.
Hubiera jurado que varias personas nos seguían lo bastante cerca para escuchar a hurtadillas.
Esperaba no estar volviéndome paranoica.
—Bueno, es muy distinto de Phoenix, ¿eh? —preguntó.
—Mucho.
—Allí no llueve a menudo, ¿verdad?
—Tres o cuatro veces al año.
—Vaya, no me lo puedo ni imaginar.
—Hace mucho sol —le expliqué.
—No se te ve muy bronceada.
—Es la sangre albina de mi madre.
Me miró con aprensión. Suspiré. No parecía que las nubes y el sentido del humor
encajaran demasiado bien. Después de estar varios meses aquí, habría olvidado cómo emplear
el sarcasmo.
Pasamos junto a la cafetería de camino hacia los edificios de la zona sur, cerca del
gimnasio. Eric me acompañó hasta la puerta, aunque la podía identificar perfectamente.
—En fin, suerte —dijo cuando rocé el picaporte—. Tal vez coincidamos en alguna otra
clase.
Parecía esperanzado. Le dediqué una sonrisa que no comprometía a nada y entré.
El resto de la mañana transcurrió de forma similar. Mi profesor de Trigonometría, el
señor Varner, a quien habría odiado de todos modos por la asignatura que enseñaba, fue el
único que me obligó a permanecer delante de toda la clase para presentarme a mis
compañeros. Balbuceé, me sonrojé y tropecé con mis propias botas al volver a mi pupitre.
Después de dos clases, empecé a reconocer varias caras en cada asignatura. Siempre
había alguien con más coraje que los demás que se presentaba y me preguntaba si me gustaba
Forks. Procuré actuar con diplomacia, pero por lo general mentí mucho. Al menos, no
necesité el plano.
Una chica se sentó a mi lado tanto en clase de Trigonometría como de español, y me
acompañó a la cafetería para almorzar. Era muy pequeña, varios centímetros por debajo de mi
uno sesenta, pero casi alcanzaba mi estatura gracias a su oscura melena de rizos alborotados.
No me acordaba de su nombre, por lo que me limité a sonreír mientras parloteaba sobre los
profesores y las clases. Tampoco intenté comprenderlo todo.
Nos sentamos al final de una larga mesa con varias de sus amigas a quienes me
presentó. Se me olvidaron los nombres de todas en cuanto los pronunció. Parecían orgullosas
por tener el coraje de hablar conmigo. El chico de la clase de Lengua y Literatura, Eric, me
saludó desde el otro lado de la sala.
Y allí estaba, sentada en el comedor, intentando entablar conversación con siete
desconocidas llenas de curiosidad, cuando los vi por primera vez.
Se sentaban en un rincón de la cafetería, en la otra punta de donde yo me encontraba.
Eran cinco. No conversaban ni comían pese a que todos tenían delante una bandeja de
comida. No me miraban de forma estúpida como casi todos los demás, por lo que no había
peligro: podía estudiarlos sin temor a encontrarme con un par de ojos excesivamente
interesados. Pero no fue eso lo que atrajo mi atención.
No se parecían lo más mínimo a ningún otro estudiante. De los tres chicos, uno era
fuerte, tan musculoso que parecía un verdadero levantador de pesas, y de pelo oscuro y
rizado. Otro, más alto y delgado, era igualmente musculoso y tenía el cabello del color de la
miel. El último era desgarbado, menos corpulento, y llevaba despeinado el pelo castaño
dorado. Tenía un aspecto más juvenil que los otros dos, que podrían estar en la universidad o
incluso ser profesores aquí en vez de estudiantes.
Las chicas eran dos polos opuestos. La más alta era escultural. Tenía una figura
preciosa, del tipo que se ve en la portada del número dedicado a trajes de baño de la revista
Sports Illustrated, y con el que todas las chicas pierden buena parte de su autoestima sólo por
estar cerca. Su pelo rubio caía en cascada hasta la mitad de la espalda. La chica baja tenía
aspecto de duendecillo de facciones finas, un fideo. Su pelo corto era rebelde, con cada punta
señalando en una dirección, y de un negro intenso.
Aun así, todos se parecían muchísimo. Eran blancos como la cal, los estudiantes más
pálidos de cuantos vivían en aquel pueblo sin sol. Más pálidos que yo, que soy albina. Todos
tenían ojos muy oscuros, a pesar de la diferente gama de colores de los cabellos, y ojeras
malvas, similares al morado de los hematomas. Era como si todos padecieran de insomnio o
se estuvieran recuperando de una rotura de nariz, aunque sus narices, al igual que el resto de
sus facciones, eran rectas, perfectas, simétricas.
Pero nada de eso era el motivo por el que no conseguía apartar la mirada.
Continué mirándolos porque sus rostros, tan diferentes y tan similares al mismo tiempo,
eran de una belleza inhumana y devastadora. Eran rostros como nunca esperas ver, excepto tal
vez en las páginas retocadas de una revista de moda. O pintadas por un artista antiguo, como
el semblante de un ángel. Resultaba difícil decidir quién era más bello, tal vez la chica rubia
perfecta o el joven de pelo castaño dorado.
Los cinco desviaban la mirada los unos de los otros, también del resto de los estudiantes
y de cualquier cosa hasta donde pude colegir. La chica más pequeña se levantó con la bandeja
—el refresco sin abrir, la manzana sin morder— y se alejó con un trote grácil, veloz, propio
de un corcel desbocado. Asombrada por sus pasos de ágil bailarina, la contemplé vaciar su
bandeja y deslizarse por la puerta trasera a una velocidad superior a lo que habría considerado
posible. Miré rápidamente a los otros, que permanecían sentados, inmóviles.
— ¿Quiénes son ésos?—pregunté a la chica de la clase de Español, cuyo nombre se me
había olvidado.
Y de repente, mientras ella alzaba los ojos para ver a quiénes me refería, aunque
probablemente ya lo supiera por la entonación de mi voz, el más delgado y de aspecto más
juvenil, la miró. Durante una fracción de segundo se fijó en mi vecina, y después sus ojos
oscuros se posaron sobre los míos.
Él desvió la mirada rápidamente, aún más deprisa que yo, ruborizada de vergüenza. Su
rostro no denotaba interés alguno en esa mirada furtiva, era como si mi compañera hubiera
pronunciado su nombre y él, pese a haber decidido no reaccionar previamente, hubiera
levantado los ojos en una involuntaria respuesta.
Avergonzada, la chica que estaba a mi lado se rió tontamente y fijó la vista en la mesa,
igual que yo.
—Son Edward y Emmett Cullen, y Rosalie y Jasper Hale. La que se acaba de marchar
se llama Alice Cullen; todos viven con el doctor Cullen y su esposa —me respondió con un
hilo de voz.
Miré de soslayo al chico guapo, que ahora contemplaba su bandeja mientras
desmigajaba una rosquilla con sus largos y níveos dedos. Movía la boca muy deprisa, sin abrir
apenas sus labios perfectos. Los otros tres continuaron con la mirada perdida, y, aun así, creí
que hablaba en voz baja con ellos.
¡Qué nombres tan raros y anticuados!, pensé. Era la clase de nombres que tenían
nuestros abuelos, pero tal vez estuvieran de moda aquí, quizá fueran los nombres propios de
un pueblo pequeño. Entonces recordé que mi vecina se llamaba Jessica, un nombre
perfectamente normal. Había dos chicas con ese nombre en mi clase de Historia en Phoenix.
—Son... guapos.
Me costó encontrar un término mesurado.
— ¡Ya te digo! —Jessica asintió mientras soltaba otra risita tonta—. Pero están juntos.
Me refiero a Emmett y Rosalie, y a Jasper y Alice, y viven juntos.
Su voz resonó con toda la conmoción y reprobación de un pueblo pequeño, pero, para
ser sincera, he de confesar que aquello daría pie a grandes cotilleos incluso en Phoenix.
— ¿Quiénes son los Cullen? —pregunté—. No parecen parientes...
—Claro que no. El doctor Cullen es muy joven, tendrá entre veinte y muchos y treinta y
pocos. Todos son adoptados. Los Hale, los rubios, son hermanos gemelos, y los Cullen son su
familia de acogida.
—Parecen un poco mayores para estar con una familia de acogida.
—Ahora sí, Jasper y Rosalie tienen dieciocho años, pero han vivido con la señora
Cullen desde los ocho. Es su tía o algo parecido.
—Es muy generoso por parte de los Cullen cuidar de todos esos niños siendo tan
jóvenes.
—Supongo que sí —admitió Jessica muy a su pesar. Me dio la impresión de que, por
algún motivo, el médico y su mujer no le caían bien. Por las miradas que lanzaba en dirección
a sus hijos adoptivos, supuse que eran celos; luego, como si con eso disminuyera la bondad
del matrimonio, agregó—: Aunque tengo entendido que la señora Cullen no puede tener hijos.
Mientras manteníamos esta conversación, dirigía miradas furtivas una y otra vez hacia
donde se sentaba aquella extraña familia. Continuaban mirando las paredes y no habían
probado bocado.
— ¿Siempre han vivido en Forks? —pregunté. De ser así, seguro que los habría visto en
alguna de mis visitas durante las vacaciones de verano.
—No —dijo con una voz que daba a entender que tenía que ser obvio, incluso para una
recién llegada como yo—. Se mudaron aquí hace dos años, vinieron desde algún lugar de
Alaska.
Experimenté una punzada de compasión y alivio. Compasión porque, a pesar de su
belleza, eran extranjeros y resultaba evidente que no se les admitía. Alivio por no ser la única
recién llegada y, desde luego, no la más interesante.
Uno de los Cullen, el más joven, levantó la vista mientras yo los estudiaba y nuestras
miradas se encontraron, en esta ocasión con una manifiesta curiosidad. Cuando desvié los
ojos, me pareció que en los suyos brillaba una expectación insatisfecha.
— ¿Quién es el chico de pelo cobrizo? —pregunté.
Lo miré de refilón. Seguía observándome, pero no con la boca abierta, a diferencia del
resto de los estudiantes. Su rostro reflejó una ligera contrariedad. Volví a desviar la vista.
—Se llama Edward. Es guapísimo, por supuesto, pero no pierdas el tiempo con él. No
sale con nadie. Quizá ninguna de las chicas del instituto le parece lo bastante guapa —dijo
con desdén, en una muestra clara de despecho. Me pregunté cuándo la habría rechazado.
Me mordí el labio para ocultar una sonrisa. Entonces lo miré de nuevo. Había vuelto el
rostro, pero me pareció ver estirada la piel de sus mejillas, como si también estuviera
sonriendo.
Los cuatro abandonaron la mesa al mismo tiempo, escasos minutos después. Todos se
movían con mucha elegancia, incluso el forzudo. Me desconcertó verlos. El que respondía al
nombre de Edward no me miró de nuevo.
Permanecí en la mesa con Jessica y sus amigas más tiempo del que me hubiera quedado
de haber estado sola. No quería llegar tarde a mis clases el primer día. Una de mis nuevas
amigas, que tuvo la consideración de recordarme que se llamaba Angela, tenía, como yo,
clase de segundo de Biología a la hora siguiente. Nos dirigimos juntas al aula en silencio.
También era tímida.
Nada más entrar en clase, Angela fue a sentarse a una mesa con dos sillas y un tablero
de laboratorio con la parte superior de color negro, exactamente igual a las de Phoenix. Ya
compartía la mesa con otro estudiante. De hecho, todas las mesas estaban ocupadas, salvo
una. Reconocí a Edward Cullen, que estaba sentado cerca del pasillo central junto a la única
silla vacante, por lo poco común de su cabello.
Lo miré de forma furtiva mientras avanzaba por el pasillo para presentarme al profesor
y que éste me firmara el comprobante de asistencia. Entonces, justo cuando yo pasaba, se
puso rígido en la silla. Volvió a mirarme fijamente y nuestras miradas se encontraron. La
expresión de su rostro era de lo más extraña, hostil, airada. Pasmada, aparté la vista y me
sonrojé otra vez. Tropecé con un libro que había en el suelo y me tuve que aferrar al borde de
una mesa. La chica que se sentaba allí soltó una risita.
Me había dado cuenta de que tenía los ojos negros, negros como carbón.
El señor Banner me firmó el comprobante y me entregó un libro, ahorrándose toda esa
tontería de la presentación. Supe que íbamos a caernos bien. Por supuesto, no le quedaba otro
remedio que mandarme a la única silla vacante en el centro del aula. Mantuve la mirada fija
en el suelo mientras iba a sentarme junto a él, ya que la hostilidad de su mirada aún me tenía
aturdida.
No alcé la vista cuando deposité el libro sobre la mesa y me senté, pero lo vi cambiar de
postura al mirar de reojo. Se inclinó en la dirección opuesta, sentándose al borde de la silla.
Apartó el rostro como si algo apestara. Olí mi pelo con disimulo. Olía a fresas, el aroma de mi
champú favorito. Me pareció un aroma bastante inocente. Dejé caer mi pelo sobre el hombro
derecho para crear una pantalla oscura entre nosotros e intenté prestar atención al profesor.
Por desgracia, la clase versó sobre la anatomía celular, un tema que ya había estudiado.
De todos modos, tomé apuntes con cuidado, sin apartar la vista del cuaderno.
No me podía controlar y de vez en cuando echaba un vistazo través del pelo al extraño
chico que tenía a mi lado. Éste no relajó aquella postura envarada —sentado al borde de la
silla, lo más lejos posible de mí— durante toda la clase. La mano izquierda, crispada en un
puño, descansaba sobre el muslo. Se había arremangado la camisa hasta los codos. Debajo de
su piel clara podía verle el antebrazo, sorprendentemente duro y musculoso. No era de
complexión tan liviana como parecía al lado del más fornido de sus hermanos.
La lección parecía prolongarse mucho más que las otras. ¿Se debía a que las clases
estaban a punto de acabar o porque estaba esperando a que abriera el puño que cerraba con
tanta fuerza? No lo abrió. Continuó sentado, tan inmóvil que parecía no respirar.
¿Qué le pasaba? ¿Se comportaba de esa forma habitualmente? Cuestioné mi opinión
sobre la acritud de Jessica durante el almuerzo. Quizá no era tan resentida como había
pensado.
No podía tener nada que ver conmigo. No me conocía de nada.
Me atreví a mirarle a hurtadillas una vez más y lo lamenté. Me estaba mirando otra vez
con esos ojos negros suyos llenos de repugnancia. Mientras me apartaba de él, cruzó por mi
mente una frase: «Si las miradas matasen...».
El timbre sonó en ese momento. Yo di un salto al oírlo y Edward Cullen abandonó su
asiento. Se levantó con garbo de espaldas a mí —era mucho más alto de lo que pensaba— y
cruzó la puerta del aula antes de que nadie se hubiera levantado de su silla.
Me quedé petrificada en la silla, contemplando con la mirada perdida cómo se iba. Era
realmente mezquino. No había derecho. Empecé a recoger los bártulos muy despacio mientras
intentaba reprimir la ira que me embargaba, con miedo a que se me llenaran los ojos de
lágrimas. Solía llorar cuando me enfadaba, una costumbre humillante.
—Eres Isabella Swan, ¿no? —me preguntó una voz masculina.
Al alzar la vista me encontré con un chico guapo, de rostro aniñado y el pelo rubio en
punta cuidadosamente arreglado con gel. Me dirigió una sonrisa amable. Obviamente, no
parecía creer que yo oliera mal.
—Bella —le corregí, con una sonrisa.
—Me llamo Mike.
—Hola, Mike.
— ¿Necesitas que te ayude a encontrar la siguiente clase?
—Voy al gimnasio, y creo que lo puedo encontrar.
—Es también mi siguiente clase.
Parecía emocionado, aunque no era una gran coincidencia en una escuela tan pequeña.
Fuimos juntos. Hablaba por los codos e hizo el gasto de casi toda la conversación, lo
cual fue un alivio. Había vivido en California hasta los diez años, por eso entendía cómo me
sentía ante la ausencia del sol. Resultó ser la persona más agradable que había conocido aquel
día.
Pero cuando íbamos a entrar al gimnasio me preguntó:
—Oye, ¿le clavaste un lápiz a Edward Cullen, o qué? Jamás lo había visto comportarse
de ese modo.
Tierra, trágame, pensé. Al menos no era la única persona que lo había notado y, al
parecer, aquél no era el comportamiento habitual de Edward Cullen. Decidí hacerme la tonta.
— ¿Te refieres al chico que se sentaba a mi lado en Biología? pregunté sin malicia.
—Sí —respondió—. Tenía cara de dolor o algo parecido. —No lo sé —le respondí—.
No he hablado con él. —Es un tipo raro —Mike se demoró a mi lado en lugar de dirigirse al
vestuario—. Si hubiera tenido la suerte de sentarme a tu lado, yo sí hubiera hablado contigo.
Le sonreí antes de cruzar la puerta del vestuario de las chicas. Era amable y estaba
claramente interesado, pero eso no bastó para disminuir mi enfado.
El entrenador Clapp, el profesor de Educación física, me consiguió un uniforme, pero
no me obligó a vestirlo para la clase de aquel día. En Phoenix, sólo teníamos que asistir dos
años a Educación física. Aquí era una asignatura obligatoria los cuatro años. Forks era mi
infierno personal en la tierra en el más literal de los sentidos.
Contemplé los cuatro partidillos de voleibol que se jugaban de forma simultánea. Me
dieron náuseas al verlos y recordar los muchos golpes que había dado, y recibido, cuando
jugaba al voleibol.
Al fin sonó la campana que indicaba el final de las clases. Me dirigí lentamente a la
oficina para entregar el comprobante con las firmas. Había dejado de llover, pero el viento era
más frío y soplaba con fuerza. Me envolví con mis propios brazos para protegerme.
Estuve a punto de dar media vuelta e irme cuando entré en la cálida oficina. Edward
Cullen se encontraba de pie, enfrente del escritorio. Lo reconocí de nuevo por el desgreñado
pelo castaño dorado. Al parecer, no me había oído entrar. Me apoyé contra la pared del fondo,
a la espera de que la recepcionista pudiera atenderme.
Estaba discutiendo con ella con voz profunda y agradable. Intentaba cambiar la clase de
Biología de la sexta hora a otra hora, a cualquier otra.
No me podía creer que eso fuera por mi culpa. Debía de ser otra cosa, algo que había
sucedido antes de que yo entrara en el laboratorio de Biología. La causa de su aspecto
contrariado debía de ser otro lío totalmente diferente. Era imposible que aquel desconocido
sintiera una aversión tan intensa y repentina hacia mí.
La puerta se abrió de nuevo y una súbita corriente de viento helado hizo susurrar los
papeles que había sobre la mesa y me alborotó los cabellos sobre la cara. La recién llegada se
limitó a andar hasta el escritorio, depositó una nota sobre el cesto de papeles y salió, pero
Edward Cullen se envaró y se giró ——su agraciado rostro parecía ridículo— para
traspasarme con sus penetrantes ojos llenos de odio. Durante un instante sentí un
estremecimiento de verdadero pánico, hasta se me erizó el vello de los brazos. La mirada no
duró más de un segundo, pero me heló la sangre en las venas más que el gélido viento. Se giró
hacia la recepcionista y rápidamente dijo con voz aterciopelada:
—Bueno, no importa. Ya veo que es imposible. Muchas gracias por su ayuda.
Giró sobre sí mismo sin mirarme y desapareció por la puerta.
Me dirigí con timidez hacia el escritorio —por una vez con el rostro lívido en lugar de
colorado— y le entregué el comprobante de asistencia con todas las firmas.
— ¿Cómo te ha ido el primer día, cielo? —me preguntó de de forma maternal.
—Bien —mentí con voz débil.
No pareció muy convencida.


LIBRO ABIERTO
El día siguiente fue mejor... y peor.
Fue mejor porque no llovió, aunque persistió la nubosidad densa y oscura; y más fácil,
porque sabía qué podía esperar del día. Mike se acercó para sentarse a mi lado durante la clase
de Lengua y me acompañó hasta la clase siguiente mientras Eric, el que parecía miembro de
un club de ajedrez, lo fulminaba con la mirada. Me sentí halagada. Nadie me observaba tanto
como el día anterior. Durante el almuerzo me senté con un gran grupo que incluía a Mike,
Eric, Jessica y otros cuantos cuyos nombres y caras ya recordaba. Empecé a sentirme como si
flotara en el agua en vez de ahogarme.
Fue peor porque estaba agotada. El ulular del viento alrededor de la casa no me había
dejado dormir. También fue peor porque el Sr. Varner me llamó en la clase de Trigonometría,
aun cuando no había levantado la mano, y di una respuesta equivocada. Rayó en lo espantoso
porque tuve que jugar al voleibol y la única vez que no me aparté de la trayectoria de la pelota
y la golpeé, ésta impactó en la cabeza de un compañero de equipo. Y fue peor porque Edward
Cullen no apareció por la escuela, ni por la mañana ni por la tarde.
Que llegara la hora del almuerzo —y con ella las coléricas miradas de Cullen— me
estuvo aterrorizando durante toda la mañana. Por un lado, deseaba plantarle cara y exigirle
una explicación. Mientras permanecía insomne en la cama llegué a imaginar incluso lo que le
diría, pero me conocía demasiado bien para creer que de verdad tendría el coraje de hacerlo.
En comparación conmigo, el león cobardica de El mago de Oz era Terminator.
Sin embargo, cuando entré en la cafetería junto a Jessica —intenté contenerme y no
recorrer la sala con la mirada para buscarle, aunque fracasé estrepitosamente— vi a sus cuatro
hermanos, por llamarlos de alguna manera, sentados en la misma mesa, pero él no los
acompañaba.
Mike nos interceptó en el camino y nos desvió hacia su mesa. Jessica parecía eufórica
por la atención, y sus amigas pronto se reunieron con nosotros. Pero estaba incomodísima
mientras escuchaba su despreocupada conversación, a la espera de que él acudiese. Deseaba
que se limitara a ignorarme cuando llegara, y demostrar de ese modo que mis suposiciones
eran infundadas.
Pero no llegó, y me fui poniendo más y más tensa conforme pasaba el tiempo.
Cuando al final del almuerzo no se presentó, me dirigí hacia la clase de Biología con
más confianza. Mike, que empezaba a asumir todas las características de los perros golden
retriever, me siguió fielmente de camino a clase. Contuve el aliento en la puerta, pero Edward
Cullen tampoco estaba en el aula. Suspiré y me dirigí a mi asiento. Mike me siguió sin dejar
de hablarme de un próximo viaje a la playa y se quedó junto a mi mesa hasta que sonó el
timbre. Entonces me sonrió apesadumbrado y se fue a sentar al lado de una chica con un
aparato ortopédico en los dientes y una horrenda permanente. Al parecer, iba a tener que hacer
algo con Mike, y no iba a ser fácil. La diplomacia resultaba vital en un pueblecito como éste,
donde todos vivían pegados los unos a los otros. Tener tacto no era lo mío, y carecía de
experiencia a la hora de tratar con chicos que fueran más amables de la cuenta.
El tener la mesa para mí sola y la ausencia de Edward supuso un gran alivio. Me lo
repetí hasta la saciedad, pero no lograba quitarme de la cabeza la sospecha de que yo era el
motivo de su ausencia. Resultaba ridículo y egotista creer que yo fuera capaz de afectar tanto
a alguien. Era imposible. Y aun así la posibilidad de que fuera cierto no dejaba de
inquietarme.
Cuando al fin concluyeron las clases y hubo desaparecido mi sonrojo por el incidente
del partido de voleibol, me enfundé los vaqueros y un jersey azul marino y me apresuré a salir
del vestuario, feliz de esquivar por el momento a mi amigo, el golden retriever. Me dirigí a
toda prisa al aparcamiento, ahora atestado de estudiantes que salían a la carrera. Me subí al
coche y busqué en mi bolsa para cerciorarme de que tenía todo lo necesario.
La noche pasada había descubierto que Charlie era incapaz de cocinar otra cosa que
huevos fritos y beicon, por lo que le pedí que me dejara encargarme de las comidas mientras
durara mi estancia. El se mostró dispuesto a cederme las llaves de la sala de banquetes.
También me percaté de que no había comida en casa, por lo que preparé la lista de la compra,
tomé el dinero de un jarrón del aparador que llevaba la etiqueta «dinero para la comida» y
ahora iba de camino hacia el supermercado Thriftway.
Puse en marcha aquel motor ensordecedor, hice caso omiso a los rostros que se
volvieron en mi dirección y di marcha atrás con mucho cuidado al ponerme en la cola de
coches que aguardaban para salir del aparcamiento. Mientras esperaba, intenté fingir que era
otro coche el que producía tan ensordecedor estruendo. Vi que los dos Cullen y los gemelos
Hale se subían a su coche. El flamante Volvo, por supuesto. Me habían fascinado tanto sus
rostros que no había reparado antes en el atuendo; pero ahora que me fijaba, era obvio que
todos iban magníficamente vestidos, de forma sencilla, pero con una ropa que parecía hecha
por modistos. Con aquella hermosura y gracia de movimientos, podrían llevar harapos y
parecer guapos. El tener tanto belleza como dinero era pasarse de la raya, pero hasta donde
alcanzaba a comprender, la vida, por lo general, solía ser así. No parecía que la posesión de
ambas cosas les hubiera dado cierta aceptación en el pueblo.
No, no creía que fuera de ese modo. En absoluto. Ese aislamiento debía de ser
voluntario, no lograba imaginar ninguna puerta cerrada ante tanta belleza.
Contemplaron mi ruidoso monovolumen cuando les pasé, como el resto, pero continué
mirando al frente y experimenté un gran alivio cuando estuve fuera del campus.
El Thriftway no estaba muy lejos de la escuela, unas pocas calles más al sur, junto a la
carretera. Me sentí muy a gusto dentro del supermercado, me pareció normal. En Phoenix era
yo quien hacía la compra, por lo que asumí con gusto el hábito de ocuparme de las tareas
familiares. El mercado era lo bastante grande como para que no oyera el tamborileo de la
lluvia sobre el tejado y me recordara dónde me encontraba.
Al llegar a casa, saqué los comestibles y los metí allí donde encontré un hueco libre.
Esperaba que a Charlie no le importara. Envolví las patatas en papel de aluminio y las puse en
el horno para hacer patatas asadas, dejé en adobo un filete y lo coloqué sobre una caja de
huevos en el frigorífico.
Subí a mi habitación con la mochila después de hacer todo eso. Antes de ponerme con
los deberes, me puse un chándal seco, me recogí la melena en una coleta y abrí el mail por vez
primera. Tenía tres mensajes. Mi madre me había escrito.
Bella:
Escríbeme en cuanto llegues y cuéntame cómo te ha ido el vuelo. ¿Llueve? Ya te echo
de menos. Casi he terminado de hacer las maletas para ir a Florida, pero no encuentro mi
blusa rosa. ¿Sabes dónde la puse? Phil te manda saludos.
Mamá
Suspiré y leí el siguiente mensaje. Lo había enviado ocho horas después del primero.
Decía:
¿Por qué no me has contestado? ¿A qué esperas? Mamá.
El último era de esa mañana.
Isabella:
Si no me has contestado a las 17:30, voy a llamar a Charlie.
Miré el reloj. Aún quedaba una hora, pero mi madre solía adelantarse a los
acontecimientos.
Mamá:
Tranquila. Ahora te escribo. No cometas ninguna imprudencia.
Bella
Envié el mail empecé a escribir otra vez.
Mamá:
Todo va fenomenal. Llueve, por supuesto. He esperado a escribirte cuando tuviera
algo que contarte. La escuela no es mala, sólo un poco repetitiva. He conocido a unos cuantos
compañeros muy amables que se sientan conmigo durante el almuerzo.
Tu blusa está en la tintorería. Se supone que la ibas a recoger el viernes.
Charlie me ha comprado un monovolumen. ¿Te lo puedes creer? Me encanta. Es un
poco antiguo, pero muy sólido, y eso me conviene, ya me conoces.
Yo también te echo de menos. Pronto volveré a escribir, pero no voy a estar revisando
el correo electrónico cada cinco minutos. Respira hondo y relájate. Te quiero.
Bella
Había decidido volver a leer Cumbres borrascosas por placer —era la novela que
estábamos estudiando en clase de Literatura—, y en ello estaba cuando Charlie llegó a casa.
Había perdido la noción del tiempo, por lo que me apresuré a bajar las escaleras, sacar del
horno las patatas y meter el filete para asarlo.
— ¿Bella? —gritó mi padre al oírme en la escalera.
¿Quién iba a ser si no?, me pregunté.
—Hola, papá, bienvenido a casa.
—Gracias.
Colgó el cinturón con la pistola y se quitó las botas mientras yo trajinaba en la cocina.
Que yo supiera, jamás había disparado en acto de servicio. Pero siempre la mantenía
preparada. De niña, cuando yo venía, le quitaba las balas al llegar a casa. Imagino que ahora
me consideraba lo bastante madura como para no matarme por accidente, y no lo bastante
deprimida como para suicidarme.
— ¿Qué vamos a comer? —preguntó con recelo.
Mi madre solía practicar la cocina creativa, y sus experimentos culinarios no siempre
resultaban comestibles. Me sorprendió, y entristeció, que todavía se acordara.
—Filete con patatas —contesté para tranquilizarlo.
Parecía encontrarse fuera de lugar en la cocina, de pie y sin hacer nada, por lo que se
marchó con pasos torpes al cuarto de estar para ver la tele mientras yo cocinaba. Preparé una
ensalada al mismo tiempo que se hacía el filete y puse la mesa.
Lo llamé cuando estuvo lista la cena y olfateó en señal de apreciación al entrar en la
cocina.
—Huele bien, Bella.
—Gracias.
Comimos en silencio durante varios minutos, lo cual no resultaba nada incómodo. A
ninguno de los dos nos disgustaba el silencio. En cierto modo, teníamos caracteres
compatibles para vivir juntos.
—Y bien, ¿qué tal el instituto? ¿Has hecho alguna amiga? —me preguntó mientras se
echaba más.
—Tengo unas cuantas clases con una chica que se llama Jessica y me siento con sus
amigas durante el almuerzo. Y hay un chico, Mike, que es muy amable. Todos parecen buena
gente.
Con una notable excepción.
—Debe de ser Mike Newton. Un buen chico y una buena familia. Su padre es el dueño
de una tienda de artículos deportivos a las afueras del pueblo. Se gana bien la vida gracias a
los excursionistas que pasan por aquí.
— ¿Conoces a la familia Cullen? —pregunté vacilante.
— ¿La familia del doctor Cullen? Claro. El doctor Cullen es un gran hombre.
—Los hijos... son un poco diferentes. No parece que en el instituto caigan demasiado
bien.
El aspecto enojado de Charlie me sorprendió.
— ¡Cómo es la gente de este pueblo! —murmuró—. El doctor Cullen es un eminente
cirujano que podría trabajar en cualquier hospital del mundo y ganaría diez veces más que
aquí —continuó en voz más alta—. Tenemos suerte de que vivan acá, de que su mujer quiera
quedarse en un pueblecito. Es muy valioso para la comunidad, y esos chicos se comportan
bien y son muy educados. Albergué ciertas dudas cuando llegaron con tantos hijos adoptivos.
Pensé que habría problemas, pero son muy maduros y no me han dado el más mínimo
problema. Y no puedo decir lo mismo de los hijos de algunas familias que han vivido en este
pueblo desde hace generaciones. Se mantienen unidos, como debe hacer una familia, se van
de camping cada tres fines de semana... La gente tiene que hablar sólo porque son recién
llegados. Era el discurso más largo que había oído pronunciar a Charlie. Debía de molestarle
mucho lo que decía la gente.
Di marcha atrás.
—Me parecen bastante agradables, aunque he notado que son muy reservados. Y
todos son muy guapos —añadí para hacerles un cumplido.
—Tendrías que ver al doctor —dijo Charlie, y se rió—. Por fortuna, está felizmente
casado. A muchas de las enfermeras del hospital les cuesta concentrarse en su tarea cuando él
anda cerca.
Nos quedamos callados y terminamos de cenar. Recogió la mesa mientras me ponía a
fregar los platos. Regresó al cuarto de estar para ver la tele. Cuando terminé de fregar —no
había lavavajillas—, subí con desgana a hacer los deberes de Matemáticas. Sentí que lo hacía
por hábito. Esa noche fue silenciosa, por fin. Agotada, me dormí enseguida.
El resto de la semana transcurrió sin incidentes. Me acostumbré a la rutina de las
clases. Aunque no recordaba todos los nombres, el viernes era capaz de reconocer los rostros
de la práctica totalidad de los estudiantes del instituto. En clase de gimnasia los miembros de
mi equipo aprendieron a no pasarme el balón y a interponerse delante de mí si el equipo
contrario intentaba aprovecharse de mis carencias. Los dejé con sumo gusto.
Edward Cullen no volvió a la escuela.
Todos los días vigilaba la puerta con ansiedad hasta que los Cullen entraban en la
cafetería sin él. Entonces podía relajarme y participar en la conversación que, por lo general,
versaba sobre una excursión a La Push Ocean Park para dentro de dos semanas, un viaje que
organizaba Mike. Me invitaron y accedí a ir, más por ser cortés que por placer. Las playas
deben ser calientes y secas.
Cuando llegó el viernes, yo ya entraba con total tranquilidad en clase de Biología sin
preocuparme de si Edward estaría allí. Hasta donde sabía, había abandonado la escuela.
Intentaba no pensar en ello, pero no conseguía reprimir del todo la preocupación de que fuera
la culpable de su ausencia, por muy ridículo que pudiera parecer.
Mi primer fin de semana en Forks pasó sin acontecimientos dignos de mención.
Charlie no estaba acostumbrado a quedarse en una casa habitualmente vacía, y lo pasaba en el
trabajo. Limpié la casa, avancé en mis deberes y escribí a mi madre varios correos
electrónicos de fingida jovialidad. El sábado fui a la biblioteca, pero tenía pocos libros, por lo
que no me molesté en hacerme la tarjeta de socio. Pronto tendría que visitar Olympia o Seattle
y buscar una buena librería. Me puse a calcular con despreocupación cuánta gasolina
consumiría el monovolumen y el resultado me produjo escalofríos.
Durante todo el fin de semana cayó una lluvia fina, silenciosa, por lo que pude dormir
bien.
Mucha gente me saludó en el aparcamiento el lunes por la mañana, no recordaba los
nombres de todos, pero agité la mano y sonreí a todo el mundo. En clase de Literatura, fiel a
su costumbre, Mike se sentó a mi lado. El profesor nos puso un examen sorpresa sobre
Cumbres borrascosas. Era fácil, sin complicaciones.
En general, a aquellas alturas me sentía mucho más cómoda de lo que había creído.
Más satisfecha de lo que hubiera esperado jamás.
Al salir de la clase, el aire estaba lleno de remolinos blancos. Oí a los compañeros dar
gritos de júbilo. El viento me cortó la nariz y las mejillas.
— ¡Vaya! —Exclamó Mike—. Nieva.
Estudié las pelusas de algodón que se amontaban al lado de la acera y,
arremolinándose erráticamente, pasaban junto a mi cara.
— ¡Uf!
Nieve. Mi gozo en un pozo. Mike se sorprendió.
— ¿No te gusta la nieve?
—No. Significa que hace demasiado frío incluso para que llueva —obviamente—.
Además, pensaba que caía en forma de copos, ya sabes, que cada uno era único y todo eso.
Éstos se parecen a los extremos de los bastoncillos de algodón.
— ¿Es que nunca has visto nevar? —me preguntó con incredulidad.
— ¡Sí, por supuesto! —Hice una pausa y añadí—: En la tele.
Mike se rió. Entonces una gran bola húmeda y blanda impactó en su nuca. Nos
volvimos para ver de dónde provenía. Sospeché de Eric, que andaba en dirección contraria, en
la dirección equivocada para ir a la siguiente clase. Era evidente que Mike pensó lo mismo, ya
que se acuclilló y empezó a amontonar aquella papilla blancuzca.
—Te veo en el almuerzo, ¿vale? —continué andando sin dejar de hablar—. Me
refugio dentro cuando la gente se empieza a lanzar bolas de nieve.
Mike asintió con la cabeza sin apartar los ojos de la figura de Eric, que emprendía la
retirada.Se pasaron toda la mañana charlando alegremente sobre la nieve. Al parecer era la
primera nevada del nuevo año. Mantuve el pico cerrado. Sí, era más seca que la lluvia... hasta
que se descongelaba en los calcetines.
Jessica y yo nos dirigimos a la cafetería con mucho cuidado después de la clase de
español. Las bolas de nieve volaban por doquier. Por si acaso, llevaba la carpeta en las manos,
lista para emplearla como escudo si era menester. Jessica se rió de mí, pero había algo en la
expresión de mi rostro que le desaconsejó lanzarme una bola de nieve.
Mike nos alcanzó cuando entramos en la sala; se reía mientras la nieve que tenía en las
puntas del su pelo se fundía. Él y Jessica conversaban animadamente sobre la pelea de bolas
de nieve; hicimos cola para comprar la comida. Por puro hábito, eché una ojeada hacia la
mesa del rincón. Entonces, me quedé petrificada. La ocupaban cinco personas.
Jessica me tomó por el brazo.
— ¡Eh! ¿Bella? ¿Qué quieres?
Bajé la vista, me ardían las orejas. Me recordé a mí misma que no había motivo
alguno para sentirme cohibida. No había hecho nada malo.
— ¿Qué le pasa a Bella? —le preguntó Mike a Jessica.
—Nada —contesté—. Hoy sólo quiero un refresco.
Me puse al final de la cola.
— ¿Es que no tienes hambre? —preguntó Jessica.
—La verdad es que estoy un poco mareada —dije, con la vista aún clavada en el
suelo.
Aguardé a que tomaran la comida y los seguí a una mesa sin apartar los ojos de mis
pies.
Bebí el refresco a pequeños sorbos. Tenía un nudo en el estómago. Mike me preguntó
dos veces, con una preocupación innecesaria, cómo me encontraba. Le respondí que no era
nada, pero especulé con la posibilidad de fingir un poco y escaparme a la enfermería durante
la próxima clase.
Ridículo. No tenía por qué huir.
Decidí permitirme una única miradita a la mesa de la familia Cullen. Si me observaba
con furia, pasaría de la clase de Biología, ya que era una cobarde.
Mantuve el rostro inclinado hacia el suelo y miré de reojo a través de las pestañas.
Alcé levemente la cabeza.
Se reían. Edward, Jasper y Emmett tenían el pelo totalmente empapado por la nieve.
Alice y Rosalie retrocedieron cuando Emmett se sacudió el pelo chorreante para salpicarlas.
Disfrutaban del día nevado como los demás, aunque ellos parecían salidos de la escena de una
película, y los demás no.
Pero, aparte de la alegría y los juegos, algo era diferente, y no lograba identificar qué.
Estudié a Edward con cuidado. Decidí que su tez estaba menos pálida, tal vez un poco
colorada por la pelea con bolas de nieve, y que las ojeras eran menos acusadas, pero había
algo más. Lo examinaba, intentando aislar ese cambio, sin apartar la vista de él.
—Bella, ¿a quién miras? —interrumpió Jessica, siguiendo la trayectoria de mi mirada.
En ese preciso momento, los ojos de Edward centellearon al encontrarse con los míos.
Ladeé la cabeza para que el pelo me ocultara el rostro, aunque estuve segura de que,
cuando nuestras miradas se cruzaron, sus ojos no parecían tan duros ni hostiles como la última
vez que le vi. Simplemente tenían un punto de curiosidad y, de nuevo, cierta insatisfacción.
—Edward Cullen te está mirando —me murmuró Jessica al oído, y se rió.
—No parece enojado, ¿verdad? —tuve que preguntar.
—No —dijo, confusa por la pregunta—. ¿Debería estarlo?
—Creo que no soy de su agrado —le confesé. Aún me sentía mareada, por lo que
apoyé la cabeza sobre el brazo.
—A los Cullen no les gusta nadie... Bueno, tampoco se fijan en nadie lo bastante para
les guste, pero te sigue mirando.
—No le mires —susurré.
Jessica se rió con disimulo, pero desvió la vista. Alcé la cabeza lo suficiente para
cerciorarme de que lo había hecho. Estaba dispuesta a emplear la fuerza si era necesario.
Mike nos interrumpió en ese momento; estaba planificando una épica batalla de nieve
en el aparcamiento y nos preguntó si deseábamos participar. Jessica asintió con entusiasmo.
La forma en que miraba a Mike dejaba pocas dudas, asentiría a cualquier cosa que él
sugiriera. Me callé. Iba a tener que esconderme en el gimnasio hasta que el aparcamiento
estuviera vacío.
Me cuidé de no apartar la vista de mi propia mesa durante lo que restaba de la hora del
almuerzo. Decidí respetar el pacto que había alcanzado conmigo misma. Asistiría a clase de
Biología, ya que no parecía enfadado. Tanto me aterraba volver a sentarme a su lado que tuve
unos leves retortijones de estómago.
No me apetecía nada que Mike me acompañara a clase como de costumbre, ya que
parecía ser el blanco predilecto de los francotiradores de bolas de nieve, pero, al llegar a la
puerta, todos, salvo yo, gimieron al unísono. Estaba lloviendo, y el aguacero arrastraba
cualquier rastro de nieve, dejando jirones de hielo en los bordes de las aceras. Me cubrí la
cabeza con la capucha y escondí mi júbilo. Podría ir directamente a casa después de la clase
de gimnasia.
Mike no cesó de quejarse mientras íbamos hacia el edificio cuatro.
Ya en clase, comprobé aliviada que mi mesa seguía vacía. El profesor Banner estaba
repartiendo un microscopio y una cajita de diapositivas por mesa. Aún quedaban unos
minutos antes de que empezara la clase y el aula era un hervidero de conversaciones. Dibujé
unos garabatos de forma distraída en la tapa de mi cuaderno y mantuve los ojos lejos de la
puerta. Oí con claridad cómo se movía la silla contigua, pero continué mirando mi dibujo.
—Hola —dijo una voz tranquila y musical.
Levanté la vista, sorprendida de que me hablara. Se sentaba lo más lejos de mi lado
que le permitía la mesa, pero con la silla vuelta hacia mí. Llevaba el pelo húmedo y
despeinado, pero, aun así, parecía que acababa de rodar un anuncio para una marca de
champú. El deslumbrante rostro era amable y franco. Una leve sonrisa curvaba sus labios
perfectos, pero los ojos aún mostraban recelo.
—Me llamo Edward Cullen —continuó—. No tuve la oportunidad de presentarme la
semana pasada. Tú debes de ser Bella Swan.
Estaba confusa y la cabeza me daba vueltas. ¿Me lo había imaginado todo? Ahora se
comportaba con gran amabilidad. Tenía que hablar, esperaba mi respuesta, pero no se me
ocurría nada convencional que contestar.
— ¿Cómo sabes mi nombre? —tartamudeé.
Se rió de forma suave y encantadora.
—Creo que todo el mundo sabe tu nombre. El pueblo entero te esperaba.
Hice una mueca. Sabía que debía de ser algo así, pero insistí como una tonta.
—No, no, me refería a que me llamaste Bella.
Pareció confuso.
— ¿Prefieres Isabella?
—No, me gusta Bella —dije—, pero creo que Charlie, quiero decir, mi padre, debe de
llamarme Isabella a mis espaldas, porque todos me llaman Isabella —intenté explicar, y me
sentí como una completa idiota.
—Oh.
No añadió nada. Violenta, desvié la mirada.
Gracias a Dios, el señor Banner empezó la clase en ese momento. Intenté prestar
atención cuando explicó que íbamos a realizar una práctica. Las diapositivas estaban
desordenadas. Teníamos que trabajar en parejas para identificar las fases de la mitosis de las
células de la punta de la raíz de una cebolla en cada diapositiva y clasificarlas correctamente.
No podíamos consultar los libros. En veinte minutos, el profesor iba a visitar cada mesa para
verificar quiénes habían aprobado.
—Empezad —ordenó.
— ¿Las damas primero, compañera? —preguntó Edward.
Alcé la vista y le vi esbozar una sonrisa burlona tan arrebatadora que sólo pude
contemplarle como una tonta.
—Puedo empezar yo si lo deseas.
La sonrisa de Edward se desvaneció. Sin duda, se estaba preguntando si yo era
mentalmente capaz.
—No —dije, sonrojada——, yo lo hago.
Me lucí un poquito. Ya había hecho esta práctica y sabía qué tenía que buscar. Debería
resultarme sencillo. Coloqué la primera diapositiva bajo el microscopio y ajusté rápidamente
el campo de visión del objetivo a 40X. Examiné la capa durante unos segundos.
—Profase —afirmé con aplomo.
— ¿Te importa si lo miro? —me preguntó cuando empezaba a quitar la diapositiva.
Me tomó la mano para detenerme mientras formulaba la pregunta.
Tenía los dedos fríos como témpanos, como si los hubiera metido en un ventisquero
antes de la clase, pero no retiré la mano con brusquedad por ese motivo. Cuando me tocó, la
mano me ardió igual que si entre nosotros pasara una corriente eléctrica.
—Lo siento —musitó y retiró la mano de inmediato, pero alcanzó el microscopio. Lo
miré atolondrada mientras examinaba la diapositiva en menos tiempo aún del que yo había
necesitado.
—Profase —asintió, y lo escribió con esmero en el primer espacio de nuestra hoja de
trabajo. Sustituyó con velocidad la primera diapositiva por la segunda y le echó un vistazo por
encima.
—Anafase —murmuró, y lo anotó mientras hablaba.
Procuré que mi voz sonara indiferente.
— ¿Puedo?
Esbozó una sonrisa burlona y empujó el microscopio hacia mí.
Miré por la lente con avidez, pero me llevé un chasco. ¡Maldición! Había acertado.
— ¿Me pasas la diapositiva número tres? —extendí la mano sin mirarle.
Me la entregó, esta vez con cuidado para no rozarme la piel. Le dirigí la mirada más
fugaz posible al decir:
—Interfase.
Le pasé el microscopio antes de que me lo pudiera pedir. Echó un vistazo y luego lo
apuntó. Lo hubiera escrito mientras él miraba por el microscopio, pero me acobardó su
caligrafía clara y elegante. No quise estropear la hoja con mis torpes garabatos.
Acabamos antes que todos los demás. Vi cómo Mike y su compañera comparaban dos
diapositivas una y otra vez y cómo otra pareja abría un libro debajo de la mesa.
Pero eso me dejaba sin otra cosa que hacer, excepto intentar no mirar a Edward... sin
éxito. Lo hice de reojo. De nuevo me estaba observando con ese punto de frustración en la
mirada. De repente identifiqué cuál era la sutil diferencia de su rostro.
— ¿Acabas de ponerte lentillas? —le solté sin pensarlo.
Mi inesperada pregunta lo dejó perplejo.
—No.
—Vaya —musité—. Te veo los ojos distintos.
Se encogió de hombros y desvió la mirada.
De hecho, estaba segura de que habían cambiado. Recordaba vividamente el intenso
color negro de sus ojos la última vez que me miró colérico. Un negro que destacaba sobre la
tez pálida y el pelo cobrizo. Hoy tenían un color totalmente distinto, eran de ocre extraño, más
oscuro que un caramelo, pero con un matiz dorado. No entendía cómo podían haber cambiado
tanto a no ser que, por algún motivo, me mintiera respecto a las lentillas. O tal vez Forks me
estaba volviendo loca en el sentido literal de la palabra.
Observé que volvía a apretar los puños al bajar la vista. En aquel momento el profesor
Banner llegó a nuestra mesa para ver por qué no estábamos trabajando y echó un vistazo a
nuestra hoja, ya rellena. Entonces miró con más detenimiento las respuestas.
—En fin, Edward, ¿no crees que deberías dejar que Isabella también mirase por el
microscopio?
—Bella —le corrigió él automáticamente—. En realidad, ella identificó tres de las
cinco diapositivas.
El señor Banner me miró ahora con una expresión escéptica.
— ¿Has hecho antes esta práctica de laboratorio? —preguntó.
Sonreí con timidez.
—Con la raíz de una cebolla, no.
— ¿Con una blástula de pescado blanco?
—Sí.
El señor Banner asintió con la cabeza.
— ¿Estabas en un curso avanzado en Phoenix?
—Sí.
—Bueno —dijo después de una pausa—. Supongo que es bueno que ambos seáis
compañeros de laboratorio.
Murmuró algo más mientras se alejaba. Una vez que se fue, comencé a garabatear de
nuevo en mi cuaderno.
—Es una lástima, lo de la nieve, ¿no? —preguntó Edward.
Me pareció que se esforzaba por conversar un poco conmigo. La paranoia volvió a
apoderarse de mí. Era como si hubiera escuchado mi conversación con Jessica durante el
almuerzo e intentara demostrar que me equivocaba.
—En realidad, no —le contesté con sinceridad en lugar de fingir que era tan normal
como el resto. Seguía intentando desembarazarme de aquella estúpida sensación de sospecha,
y no lograba concentrarme.
—A ti no te gusta el frío.
No era una pregunta.
—Tampoco la humedad —le respondí.
—Para ti, debe de ser difícil vivir en Forks —concluyó.
—Ni te lo imaginas —murmuré con desaliento.
Por algún motivo que no pude alcanzar, parecía fascinado con lo que acababa de decir.
Su rostro me turbaba de tal modo que intenté no mirarle más de lo que exigía la buena
educación.
—En tal caso, ¿por qué viniste aquí?
Nadie me había preguntado eso, no de forma tan directa e imperiosa como él.
—Es... complicado.
—Creo que voy a poder seguirte —me instó.
Hice una larga pausa y entonces cometí el error de mirar esos relucientes ojos oscuros
que me confundían y le respondí sin pensar.
—Mi madre se ha casado.
—No me parece tan complicado —discrepó, pero de repente se mostraba simpático—.
¿Cuándo ha sucedido eso?
—El pasado mes de septiembre —mi voz transmitía tristeza, hasta yo me daba cuenta.
—Pero él no te gusta —conjeturó Edward, todavía con tono atento.
—No, Phil es un buen tipo. Demasiado joven, quizá, pero amable.
— ¿Por qué no te quedaste con ellos?
No entendía su interés, pero me seguía mirando con ojos penetrantes, como si la
insulsa historia de mi vida fuera de capital importancia.
—Phil viaja mucho. Es jugador de béisbol profesional —casi sonreí.
— ¿Debería sonarme su nombre? —preguntó, y me devolvió la sonrisa.
—Probablemente no. No juega bien. Sólo compite en la liga menor. Pasa mucho
tiempo fuera.
—Y tu madre te envió aquí para poder viajar con él —fue de nuevo una afirmación,
no una pregunta. Alcé ligeramente la barbilla.
—No, no me envió aquí. Fue cosa mía.
Frunció el ceño.
—No lo entiendo —confesó, y pareció frustrado.
Suspiré. ¿Por qué le explicaba todo aquello? Continuaba contemplándome con una
manifiesta curiosidad.
—Al principio, mamá se quedaba conmigo, pero le echaba mucho de menos. La
separación la hacía desdichada, por lo que decidí que había llegado el momento de venir a
vivir con Charlie —concluí con voz apagada.
—Pero ahora tú eres desgraciada —señaló.
— ¿Y? —repliqué con voz desafiante.
—No parece demasiado justo.
Se encogió de hombros, aunque su mirada todavía era intensa. Me reí sin alegría.
— ¿Es que no te lo ha dicho nadie? La vida no es justa.
—Creo haberlo oído antes —admitió secamente.
—Bueno, eso es todo —insistí, preguntándome por qué todavía me miraba con tanto
interés.
Me evaluó con la mirada.
—Das el pego —dijo arrastrando las palabras—, pero apostaría a que sufres más de lo
que aparentas.
Le hice una mueca, resistí el impulso de sacarle la lengua como una niña de cinco
años, y desvié la vista.
— ¿Me equivoco?
Traté de ignorarlo.
—Creo que no —murmuró con suficiencia.
— ¿Y a ti qué te importa? —pregunté irritada. Desvié la mirada y contemplé al
profesor deteniéndose en otras mesas.
—Muy buena pregunta —musitó en voz tan baja que me pregunté si hablaba consigo
mismo; pero, después de unos segundos de silencio, comprendí que era la única respuesta que
iba a obtener.
Suspiré, mirando enfurruñada la pizarra.
— ¿Te molesto? —preguntó. Parecía divertido.
Le miré sin pensar y otra vez le dije la verdad.
—No exactamente. Estoy más molesta conmigo. Es fácil ver lo que pienso. Mi madre
me dice que soy un libro abierto.
Fruncí el ceño.
—Nada de eso, me cuesta leerte el pensamiento.
A pesar de todo lo que yo había dicho y él había intuido, parecía sincero.
—Ah, será que eres un buen lector de mentes —contesté.
—Por lo general, sí —exhibió unos dientes perfectos y blancos al sonreír.
El señor Banner llamó al orden a la clase en ese momento, le miré y escuché con
alivio. No me podía creer que acabara de contarle mi deprimente vida a aquel chico guapo y
estrafalario que tal vez me despreciara. Durante nuestra conversación había parecido absorto,
pero ahora, al mirarlo de soslayo, le vi inclinarse de nuevo para poner la máxima distancia
entre nosotros y agarrar el borde de la mesa, con las manos tensas.
Traté de fingir atención mientras el señor Banner mostraba con transparencias del
retroproyector lo que yo había visto sin dificultad en el microscopio, pero era incapaz de
controlar mis pensamientos.
Cuando al fin el timbre sonó, Edward se apresuró a salir del aula con la misma rapidez
y elegancia del pasado lunes. Y, como el lunes pasado, le miré fijamente.
Mike acudió brincando a mi lado y me recogió los libros. Le imaginé meneando el
rabo.
— ¡Qué rollo! —gimió—. Todas las diapositivas eran exactamente iguales. ¡Qué
suerte tener a Cullen como compañero!
—No tuve ninguna dificultad —dije, picada por su suposición, pero me arrepentí
inmediatamente y antes de que se molestara añadí—: Es que ya he hecho esta práctica.
—Hoy Cullen estuvo bastante amable —comentó mientras nos poníamos los
impermeables. No parecía demasiado complacido.
Intenté mostrar indiferencia y dije:
—Me pregunto qué mosca le picaría el lunes.
No presté ninguna atención a la cháchara de Mike mientras nos encaminábamos hacia
el gimnasio y tampoco estuve atenta en clase de Educación física. Mike formaba parte de mi
equipo ese día y muy caballerosamente cubrió tanto mi posición como la suya, por lo que
pude pasar el tiempo pensando en las musarañas salvo cuando me tocaba sacar a mí. Mis
compañeros de equipo se agachaban rápidamente cada vez que me tocaba servir.
La lluvia se había convertido en niebla cuando anduve hacia el aparcamiento, pero me
sentí mejor al entrar en la seca cabina del monovolumen. Encendí la calefacción sin que, por
una vez, me importase el ruido del motor, que tanto me atontaba. Abrí la cremallera del
impermeable, bajé la capucha y ahuequé mi pelo mojado para que se secara mientras volvía a
casa.
Miré alrededor antes de dar marcha atrás. Fue entonces cuando me percaté de una
figura blanca e inmóvil, la de Edward Cullen, que se apoyaba en la puerta delantera del Volvo
a unos tres coches de distancia y me miraba fijamente. Aparté la vista y metí la marcha atrás
tan deprisa que estuve a punto de chocar contra un Toyota Corola oxidado. Fue una suerte
para el Toyota que pisara el freno con fuerza. Era la clase de coche que mi monovolumen
podía reducir a chatarra. Respiré hondo, aún con la vista al otro lado de mi coche, y volví a
meter la marcha con más cuidado y éxito. Seguía con la mirada hacia delante cuando pasé
junto al Volvo, pero juraría que lo vi reírse cuando le miré de soslayo.


EL PRODIGIO
Algo había cambiado cuando abrí los ojos por la mañana.
Era la luz, algo más clara aunque siguiera teniendo el matiz gris verdoso propio de un
día nublado en el bosque. Comprendí que faltaba la niebla que solía envolver mi ventana.
Me levanté de la cama de un salto para mirar fuera y gemí de pavor.
Una fina capa de nieve cubría el césped y el techo de mi coche, y blanqueaba el
camino, pero eso no era lo peor. Toda la lluvia del día anterior se había congelado,
recubriendo las agujas de los pinos con diseños fantásticos y hermosísimos, pero convirtiendo
la calzada en una superficie resbaladiza y mortífera. Ya me costaba mucho no caerme cuando
el suelo estaba seco; tal vez fuera más seguro que volviera a la cama.
Charlie se había marchado al trabajo antes de que yo bajara las escaleras. En muchos
sentidos, vivir con él era como tener mi propia casa y me encontraba disfrutando de la soledad
en lugar de sentirme sola.
Engullí un cuenco de cereales y bebí un poco de zumo de naranja a morro. La
perspectiva de ir al instituto me emocionaba, y me asustaba saber que la causa no era el
estimulante entorno educativo que me aguardaba ni la perspectiva de ver a mis nuevos
amigos. Si no quería engañarme, debía admitir que deseaba acudir al instituto para ver a
Edward Cullen, lo cual era una soberana tontería.
Después de que el día anterior balbuceara como una idiota y me pusiera en ridículo,
debería evitarlo a toda costa. Además, desconfiaba de él por haberme mentido sobre sus ojos.
Aún me atemorizaba la hostilidad que emanaba de su persona, todavía se me trababa la lengua
cada vez que imaginaba su rostro perfecto. Era plenamente consciente de que jugábamos en
ligas diferentes, distantes. Por todo eso, no debería estar tan ansiosa por verle.
Necesité de toda mi concentración para caminar sin matarme por la acera cubierta de
hielo en dirección a la carretera; aun así, estuve a punto de perder el equilibro cuando al fin
llegué al coche, pero conseguí agarrarme al espejo y me salvé. Estaba claro, el día iba a ser
una pesadilla.
Mientras conducía hacia la escuela, para distraerme de mi temor a sucumbir, a
entregarme a especulaciones no deseadas sobre Edward Cullen, pensé en Mike y en Eric, y en
la evidente diferencia entre cómo me trataban los adolescentes del pueblo y los de Phoenix.
Tenía el mismo aspecto que en Phoenix, estaba segura. Tal vez sólo fuera que esos chicos me
habían visto pasar lentamente por las etapas menos agraciadas de la adolescencia y aún
pensaban en mí de esa forma. O tal vez se debía a que era nueva en un lugar donde
escaseaban las novedades. Posiblemente, el hecho de que fuera terriblemente patosa aquí se
consideraba como algo encantador en lugar de patético, y me encasillaban en el papel de
damisela en apuros. Fuera cual fuera la razón, me desconcertaba que Mike se comportara
como un perrito faldero y que Eric se hubiera convertido en su rival. Hubiera preferido pasar
desapercibida.
El monovolumen no parecía tener ningún problema en avanzar por la carretera
cubierta de hielo ennegrecido, pero aun así conducía muy despacio para no causar una escena
de caos en Main Street.
Cuando llegué al instituto y salí del coche, vi el motivo por el que no había tenido
percances. Un objeto plateado me llamó la atención y me dirigí a la parte trasera del
monovolumen, apoyándome en él todo el tiempo, para examinar las llantas, recubiertas por
finas cadenas entrecruzadas. Charlie había madrugado para poner cadenas a los neumáticos
del coche. Se me hizo un nudo en la garganta, ya que no estaba acostumbrada a que alguien
cuidara de mí, y la silenciosa preocupación de Charlie me pilló desprevenida.
Estaba de pie junto a la parte trasera del vehículo, intentando controlar aquella
repentina oleada de sentimientos que me embargó al ver las cadenas, cuando oí un sonido
extraño.
Era un chirrido fuerte que se convertía rápidamente en un estruendo. Sobresaltada,
alcé la vista.
Vi varias cosas a la vez. Nada se movía a cámara lenta, como sucede en las películas,
sino que el flujo de adrenalina hizo que mí mente obrara con mayor rapidez, y pudiera
asimilar al mismo tiempo varias escenas con todo lujo de detalles.
Edward Cullen se encontraba a cuatro coches de distancia, y me miraba con rostro de
espanto. Su semblante destacaba entre un mar de caras, todas con la misma expresión
horrorizada. Pero en aquel momento tenía más importancia una furgoneta azul oscuro que
patinaba con las llantas bloqueadas chirriando contra los frenos, y que dio un brutal trompo
sobre el hielo del aparcamiento. Iba a chocar contra la parte posterior del monovolumen, y yo
estaba en medio de los dos vehículos. Ni siquiera tendría tiempo para cerrar los ojos.
Algo me golpeó con fuerza, aunque no desde la dirección que esperaba,
inmediatamente antes de que escuchara el terrible crujido que se produjo cuando la furgoneta
golpeó contra la base de mi coche y se plegó como un acordeón. Me golpeé la cabeza contra
el asfalto helado y sentí que algo frío y compacto me sujetaba contra el suelo. Estaba tendida
en la calzada, detrás del coche color café que estaba junto al mío, pero no tuve ocasión de
advertir nada más porque la camioneta seguía acercándose. Después de raspar la parte trasera
del monovolumen, había dado la vuelta y estaba a punto de aplastarme de nuevo.
Me percaté de que había alguien a mi lado al oír una maldición en voz baja, y era
imposible no reconocerla. Dos grandes manos blancas se extendieron delante de mí para
protegerme y la furgoneta se detuvo vacilante a treinta centímetros de mi cabeza. De forma
providencial, ambas manos cabían en la profunda abolladura del lateral de la carrocería de la
furgoneta.
Entonces, aquellas manos se movieron con tal rapidez que se volvieron borrosas. De
repente, una sostuvo la carrocería de la furgoneta por debajo mientras algo me arrastraba.
Empujó mis piernas hasta que toparon con los neumáticos del coche marrón. Con un seco
crujido metálico que estuvo a punto de perforarme los tímpanos, la furgoneta cayó
pesadamente en el asfalto entre el estrépito de las ventanas al hacerse añicos. Cayó
exactamente donde hacía un segundo estaban mis piernas.
Reinó un silencio absoluto durante un prolongado segundo antes de que todo el mundo
se pusiera a chillar. Oí a más de un persona que me llamaba en la repentina locura que se
desató a continuación, pero en medio de todo aquel griterío escuché con mayor claridad la voz
suave y desesperada de Edward Cullen que me hablaba al oído.
— ¿Bella? ¿Cómo estás?
—Estoy bien.
Mi propia voz me resultaba extraña. Intenté incorporarme y entonces me percaté de
que me apretaba contra su costado con mano de acero.
—Ve con cuidado —dijo mientras intentaba soltarme—. Creo que te has dado un buen
porrazo en la cabeza.
Sentí un dolor palpitante encima del oído izquierdo.
— ¡Ay! —exclamé, sorprendida.
—Tal y como pensaba...
Por increíble que pudiera parecer, daba la impresión de que intentaba contener la risa.
— ¿Cómo demo...? —me paré para aclarar las ideas y orientarme—. ¿Cómo llegaste
aquí tan rápido?
—Estaba a tu lado, Bella —dijo; el tono de su voz volvía a ser serio.
Quise incorporarme, y esta vez me lo permitió, quitó la mano de mi cintura y se alejó
cuanto le fue posible en aquel estrecho lugar. Contemplé la expresión inocente de su rostro,
lleno de preocupación. Sus ojos dorados me desorientaron de nuevo. ¿Qué era lo que acababa
de preguntarle?
Nos localizaron enseguida. Había un gentío con lágrimas en las mejillas gritándose
entre sí, y gritándonos a nosotros.
—No te muevas —ordenó alguien.
— ¡Sacad a Tyler de la furgoneta! —chilló otra persona.
El bullicio nos rodeó. Intenté ponerme en pie, pero la mano fría de Edward me detuvo.
—Quédate ahí por ahora.
—Pero hace frío —me quejé. Me sorprendió cuando se rió quedamente, pero con un
tono irónico—. Estabas allí, lejos —me acordé de repente, y dejó de reírse—. Te encontrabas
al lado de tu coche.
Su rostro se endureció.
—No, no es cierto.
—Te vi.
A nuestro alrededor reinaba el caos. Oí las voces más rudas de los adultos, que
acababan de llegar, pero sólo prestaba atención a nuestra discusión. Yo tenía razón y él iba a
reconocerlo.
—Bella, estaba contigo, a tu lado, y te quité de en medio.
Dio rienda suelta al devastador poder de su mirada, como si intentara decirme algo
crucial.
—No —dije con firmeza.
El dorado de sus ojos centelleó.
—Por favor, Bella.
— ¿Por qué? —inquirí.
—Confía en mí —me rogó. Su voz baja me abrumó. Entonces oí las sirenas.
— ¿Prometes explicármelo todo después?
—Muy bien —dijo con brusquedad, repentinamente exasperado.
—Muy bien —repetí encolerizada.
Se necesitaron seis EMT1 y dos profesores, el señor Varner y el entrenador Clapp, para
desplazar la furgoneta de forma que pudieran pasar las camillas. Edward la rechazó con
vehemencia. Intenté imitarle, pero me traicionó al chivarles que había sufrido un golpe en la
cabeza y que tenía una contusión. Casi me morí de vergüenza cuando me pusieron un collarín.
Parecía que todo el instituto estaba allí, mirando con gesto adusto, mientras me introducían en
la parte posterior de la ambulancia. Dejaron que Edward fuera delante. Eso me enfureció.
Para empeorar las cosas, el jefe de policía Swan llegó antes de que me pusieran a
salvo.
— ¡Bella! —gritó con pánico al reconocerme en la camilla.
—Estoy perfectamente, Char... papá —dije con un suspiro—. No me pasa nada.
Se giró hacia el EMT más cercano en busca de una segunda opinión. Lo ignoré y me
detuve a analizar el revoltijo de imágenes inexplicables que se agolpaban en mi mente.
Cuando me alejaron del coche en camilla, había visto una abolladura profunda en el
1 1 [N. del T.] Siglas de Emergency Medical Technician (Técnicos Médicos de
Emergencia).
parachoques del coche marrón. Encajaba a la perfección con el contorno de los hombros de
Edward, como si se hubiera apoyado contra el vehículo con fuerza suficiente para dañar el
bastidor metálico.
Y luego estaba la familia de Edward, que nos miraba a lo lejos con una gama de
expresiones que iban desde la reprobación hasta la ira, pero no había el menor atisbo de
preocupación por la integridad de su hermano.
Intenté hallar una solución lógica que explicara lo que acababa de ver, una explicación
que excluyera la posibilidad de que hubiera enloquecido.
La policía escoltó a la ambulancia hasta el hospital del condado, por descontado. Me
sentí ridícula todo el tiempo que tardaron en bajarme, y ver a Edward cruzar majestuosamente
las puertas del hospital por su propio pie empeoraba las cosas. Me rechinaron los dientes.
Me condujeron hasta la sala de urgencias, una gran habitación con una hilera de camas
separadas por cortinas de colores claros. Una enfermera me tomó la tensión y puso un
termómetro debajo de mi lengua. Dado que nadie se molestó en correr las cortinas para
concederme un poco de intimidad, decidí que no estaba obligada a llevar aquel feo collarín
por más tiempo. En cuanto se fue la enfermera, desabroché el velero rápidamente y lo tiré
debajo de la cama.
Se produjo una nueva conmoción entre el personal del hospital. Trajeron otra camilla
hacia la cama contigua a la mía. Reconocí a Tyler Crowley, de mi clase de Historia, debajo de
los vendajes ensangrentados que le envolvían la cabeza. Tenía un aspecto cien veces peor que
el mío, pero me miró con ansiedad.
— ¡Bella, lo siento mucho!
—Estoy bien, Tyler, pero tú tienes un aspecto horrible. ¿Cómo te encuentras?
Las enfermeras empezaron a desenrollarle los vendajes manchados mientras
hablábamos, y quedó al descubierto una miríada de cortes por toda la frente y la mejilla
izquierda.
Tyler no prestó atención a mis palabras.
— ¡Pensé que te iba a matar! Iba a demasiada velocidad y entré mal en el hielo...
Hizo una mueca cuando una enfermera empezó a limpiarle la cara.
—No te preocupes; no me alcanzaste.
— ¿Cómo te apartaste tan rápido? Estabas allí y luego desapareciste.
—Pues... Edward me empujó para apartarme de la trayectoria de la camioneta.
Parecía confuso.
— ¿Quién?
—Edward Cullen. Estaba a mi lado.
Siempre se me había dado muy mal mentir. No sonaba nada convincente.
— ¿Cullen? No lo vi... ¡Vaya, todo ocurrió muy deprisa! ¿Está bien?
—Supongo que sí. Anda por aquí cerca, pero a él no le obligaron a utilizar una
camilla.
Sabía no que no estaba loca. En ese caso, ¿qué había ocurrido? No había forma de
encontrar una explicación convincente para lo que había visto.
Luego me llevaron en silla de ruedas para sacar una placa de mi cabeza. Les dije que
no tenía heridas, y estaba en lo cierto. Ni una contusión. Pregunté si podía marcharme, pero la
enfermera me dijo que primero debía hablar con el doctor, por lo que quedé atrapada en la
sala de urgencias mientras Tyler me acosaba con sus continuas disculpas. Siguió torturándose
por mucho que intenté convencerle de que me encontraba perfectamente. Al final, cerré los
ojos y le ignoré, aunque continuó murmurando palabras de remordimiento.
— ¿Estará durmiendo? —preguntó una voz musical. Abrí los ojos de inmediato.
Edward se hallaba al pie de mi cama sonriendo con suficiencia. Le fulminé con la
mirada. No resultaba fácil... Hubiera resultado más natural comérselo con los ojos.
—Oye, Edward, lo siento mucho... —empezó Tyler.
El interpelado alzó la mano para hacerle callar.
—No hay culpa sin sangre —le dijo con una sonrisa que dejó entrever sus dientes
deslumbrantes. Se sentó en el borde de la cama de Tyler, me miró y volvió a sonreír con
suficiencia.
— ¿Bueno, cuál es el diagnóstico?
—No me pasa nada, pero no me dejan marcharme —me quejé—. ¿Por qué no te han
atado a una camilla como a nosotros?
—Tengo enchufe —respondió—, pero no te preocupes, voy a liberarte.
Entonces entró un doctor y me quedé boquiabierta. Era joven, rubio y más guapo que
cualquier estrella de cine, aunque estaba pálido y ojeroso; se le notaba cansado. A tenor de lo
que me había dicho Charlie, ése debía de ser el padre de Edward.
—Bueno, señorita Swan —dijo el doctor Cullen con una voz marcadamente seductora
—, ¿cómo se encuentra?
—Estoy bien —repetí, ojala fuera por última vez.
Se dirigió hacia la mesa de luz vertical de la pared y la encendió.
—Las radiografías son buenas —dijo—. ¿Le duele la cabeza? Edward me ha dicho
que se dio un golpe bastante fuerte.
—Estoy perfectamente —repetí con un suspiro mientras lanzaba una rápida mirada de
enojo a Edward.
El médico me examinó la cabeza con sus fríos dedos. Se percató cuando esbocé un
gesto de dolor.
— ¿Le duele? —preguntó.
—No mucho.
Había tenido jaquecas peores.
Oí una risita, busqué a Edward con la mirada y vi su sonrisa condescendiente.
Entrecerré los ojos con rabia.
—De acuerdo, su padre se encuentra en la sala de espera. Se puede ir a casa con él,
pero debe regresar rápidamente si siente mareos o algún trastorno de visión.
— ¿No puedo ir a la escuela? —inquirí al imaginarme los intentos de Charlie por ser
atento.
—Hoy debería tomarse las cosas con calma.
Fulminé a Edward con la mirada.
— ¿Puede él ir a la escuela?
—Alguien ha de darles la buena nueva de que hemos sobrevivido —dijo con
suficiencia.
—En realidad —le corrigió el doctor Cullen— parece que la mayoría de los
estudiantes están en la sala de espera.
— ¡Oh, no! —gemí, cubriéndome el rostro con las manos.
El doctor Cullen enarcó las cejas.
— ¿Quiere quedarse aquí?
— ¡No, no! —insistí al tiempo que sacaba las piernas por el borde de la camilla y me
levantaba con prisa, con demasiada prisa, porque me tambaleé y el doctor Cullen me sostuvo.
Parecía preocupado.
—Me encuentro bien —volví a asegurarle. No merecía la pena explicarle que mi falta
de equilibrio no tenía nada que ver con el golpe en la cabeza.
—Tome unas pastillas de Tylenol contra el dolor —sugirió mientras me sujetaba.
—No me duele mucho —insistí.
—Parece que ha tenido muchísima suerte —dijo con una sonrisa mientras firmaba mi
informe con una fioritur
—La suerte fue que Edward estuviera a mi lado —le corregí mirando con dureza al
objeto de mi declaración.
—Ah, sí, bueno —musitó el doctor Cullen, súbitamente ocupado con los papeles que
tenía delante. Después, miró a Tyler y se marchó a la cama contigua. Tuve la intuición de que
el doctor estaba al tanto de todo.
—Lamento decirle que usted se va a tener que quedar con nosotros un poquito más —
le dijo a Tyler, y empezó a examinar sus heridas.
Me acerqué a Edward en cuanto el doctor me dio la espalda.
— ¿Puedo hablar contigo un momento? —murmuré muy bajo. Se apartó un paso de
mí, con la mandíbula tensa.
—Tu padre te espera —dijo entre dientes.
Miré al doctor Cullen y a Tyler, e insistí:
—Quiero hablar contigo a solas, si no te importa.
Me miró con ira, me dio la espalda y anduvo a trancos por la gran sala. Casi tuve que
correr para seguirlo, pero se volvió para hacerme frente tan pronto como nos metimos en un
pequeño corredor.
— ¿Qué quieres? —preguntó molesto.
Su mirada era glacial y su hostilidad me intimidó, hablé con más severidad de la que
pretendía. —Me debes una explicación —le recordé.
——Te salvé la vida. No te debo nada.
Retrocedí ante el resentimiento de su tono.
—Me lo prometiste.
—Bella, te diste un fuerte golpe en la cabeza, no sabes de qué hablas.
Lo dijo de forma cortante. Me enfadé y le miré con gesto desafiante.
—No me pasaba nada en la cabeza.
Me devolvió la mirada de desafío.
— ¿Qué quieres de mí, Bella?
—Quiero saber la verdad —dije—. Quiero saber por qué miento por ti.
— ¿Qué crees que pasó? —preguntó bruscamente.
—Todo lo que sé —le contesté de forma atropellada— es que no estabas cerca de mí,
en absoluto, y Tyler tampoco te vio, de modo que no me vengas con eso de que me he dado
un golpe muy fuerte en la cabeza. La furgoneta iba a matarnos, pero no lo hizo. Tus manos
dejaron abolladuras tanto en la carrocería de la furgoneta como en el coche marrón, pero has
salido ileso. Y luego la sujetaste cuando me iba a aplastar las piernas...
Me di cuenta de que parecía una locura y fui incapaz de continuar. Sentí que los ojos
se me llenaban de lágrimas de pura rabia. Rechiné los dientes para intentar contenerlas.
Edward me miró con incredulidad, pero su rostro estaba tenso y permanecía a la
defensiva.
— ¿Crees que aparté a pulso una furgoneta?
Su voz cuestionaba mi cordura, pero sólo sirvió para alimentar más mis sospechas, ya
que parecía la típica frase perfecta que pronuncia un actor consumado. Apreté la mandíbula y
me limité a asentir con la cabeza.
—Nadie te va a creer, ya lo sabes.
Su voz contenía una nota de burla y desdén.
—No se lo voy a decir a nadie.
Hablé despacio, pronunciando lentamente cada palabra, controlando mi enfado con
cuidado. La sorpresa recorrió su rostro.
—Entonces, ¿qué importa?
—Me importa a mí —insistí—. No me gusta mentir, por eso quiero tener un buen
motivo para hacerlo.
— ¿Es que no me lo puedes agradecer y punto?
—Gracias.
Esperé, furiosa, echando chispas.
—No vas a dejarlo correr, ¿verdad?
—No.
—En tal caso... espero que disfrutes de la decepción.
Enfadados, .nos miramos el uno al otro, hasta que al final rompí el silencio intentando
concentrarme. Corría el peligro de que su rostro, hermoso y lívido, me distrajera. Era como
intentar apartar la vista de un ángel destructor.
— ¿Por qué te molestaste en salvarme? —pregunté con toda la frialdad que pude.
Se hizo una pausa y durante un breve momento su rostro bellísimo fue
inesperadamente vulnerable.
—No lo sé —susurró.
Entonces me dio la espalda y se marchó.
Estaba tan enfadada que necesité unos minutos antes de poder moverme. Cuando pude
andar, me dirigí lentamente hacia la salida que había al fondo del corredor.
La sala de espera superaba mis peores temores. Todos aquellos a quienes conocía en
Forks parecían hallarse presentes, y todos me miraban fijamente. Charlie se acercó a toda
prisa. Levanté las manos.
—Estoy perfectamente —le aseguré, hosca. Seguía exasperada y no estaba de humor
para charlar.
— ¿Qué dijo el médico?
—El doctor Cullen me ha reconocido, asegura que estoy bien y puedo irme a casa.
Suspiré. Mike y Jessica y Eric me esperaban y ahora se estaban acercando.
—Vamonos —le urgí.
Sin llegar a tocarme, Charlie me rodeó la espalda con un brazo y me condujo a las
puertas de cristal de la salida. Saludé tímidamente con la mano a mis amigos con la esperanza
de que comprendieran que no había de qué preocuparse. Fue un gran alivio subirme al coche
patrulla, era la primera vez que experimentaba esa sensación.
Viajábamos en silencio. Estaba tan ensimismada en mis cosas que apenas era
consciente de la presencia de Charlie. Estaba segura de que esa actitud a la defensiva de
Edward en el pasillo no era sino la confirmación de unos sucesos tan extraños que
difícilmente me hubiera creído de no haberlos visto con mis propios ojos.
Cuando llegamos a casa, Charlie habló al fin:
—Eh... Esto... Tienes que llamar a Renée.
Embargado por la culpa, agachó la cabeza. Me espanté.
— ¡Se lo has dicho a mamá!
—Lo siento.
Al bajarme, cerré la puerta del coche patrulla con un portazo más fuerte de lo
necesario.
Mi madre se había puesto histérica, por supuesto. Tuve que asegurarle que estaba bien
por lo menos treinta veces antes de que se calmara. Me rogó que volviera a casa, olvidando
que en aquel momento estaba vacía, pero resistir a sus súplicas me resultó mucho más fácil de
lo que pensaba. El misterio que Edward representaba me consumía; aún más, él me
obsesionaba. Tonta. Tonta. Tonta. No tenía tantas ganas de huir de Forks como debiera, como
hubiera tenido cualquier persona normal y cuerda.
Decidí que sería mejor acostarme temprano esa noche. Charlie no dejaba de mirarme
con preocupación y eso me sacaba de quicio. Me detuve en el cuarto de baño al subir y me
tomé tres pastillas de Tylenol. Calmaron el dolor y me fui a dormir cuando éste remitió.
Esa fue la primera noche que soñé con Edward Cullen.


LAS INVITACIONES.
En mi sueño reinaba una oscuridad muy densa, y aquella luz mortecina parecía proceder
de la piel de Edward. No podía verle el rostro, sólo la espalda, mientras se alejaba de mi lado,
dejándome sumida en la negrura. No lograba alcanzarlo por más que corriera; no se volvía por
muy fuertemente que le llamara. Apenada, me desperté en medio de la noche y no pude
volver a conciliar el sueño durante un tiempo que se me hizo eterno. Después de aquello,
estuvo en mis sueños casi todas las noches, pero siempre en la distancia, nunca a mi alcance.
El mes siguiente al accidente fue violento, tenso y, al menos al principio, embarazoso.
Para mi desgracia, me convertí en el centro de atención durante el resto de la semana.
Tyler Crowley se puso insoportable, me seguía a todas partes, obsesionado con compensarme
de algún modo. Intenté convencerle de que lo único que quería era que olvidara lo ocurrido,
sobre todo porque no me había sucedido nada, pero continuó insistiendo. Me seguía entre
clase y clase y en el almuerzo se sentaba a nuestra mesa, ahora muy concurrida. Mike y Eric
se comportaban con él de forma bastante más hostil que entre ellos mismos, lo cual me llevó a
considerar la posibilidad de que hubiera conseguido otro admirador no deseado.
Nadie pareció preocuparse de Edward, aunque expliqué una y otra vez que el héroe era
él, que me había apartado de la trayectoria de la furgoneta y que había estado a punto de
resultar aplastado. Intenté ser convincente. Jessica, Mike, Eric y todos los demás comentaban
siempre que no le habían visto hasta que apartaron la furgoneta.
Me preguntaba por qué nadie más había visto lo lejos que estaba antes de que me
salvara la vida de un modo tan repentino como imposible. Con disgusto, comprendí que la
causa más probable era que nadie estaba tan pendiente de Edward como yo. Nadie más le
miraba de la forma en que yo lo hacía. ¡Lamentable!
Edward jamás se vio rodeado de espectadores curiosos que desearan oír la historia de
primera mano. La gente lo evitaba como de costumbre. Los Cullen y los Hale se sentaban en
la misma mesa, como siempre, sin comer, hablando sólo entre sí. Ninguno de ellos, y él
menos, me miró ni una sola vez.
Cuando se sentaba a mi lado en clase, tan lejos de mí como se lo permitía la mesa, no
parecía ser consciente de mi presencia. Sólo de forma ocasional, cuando cerraba los puños de
repente, con la piel, tensa sobre los nudillos, aún más blanca, me preguntaba si realmente me
ignoraba tanto como aparentaba.
Deseaba no haberme apartado del camino de la furgoneta de Tyler. Esa era la única
conclusión a la que podía llegar.
Tenía mucho interés en hablar con él, y lo intenté al día siguiente del accidente. La
última vez que le vi, fuera de la sala de urgencias, los dos estábamos demasiado furiosos. Yo
seguía enfadada porque no me confiaba la verdad a pesar de que había cumplido al pie de la
letra mi parte del trato. Pero lo cierto es que me había salvado la vida, sin importar cómo lo
hiciera, y de noche, el calor de mi ira se desvaneció para convertirse en una respetuosa
gratitud.
Ya estaba sentado cuando entré en Biología, mirando al frente. Me senté, esperando que
se girara hacia mí. No dio señales de haberse percatado de mi presencia.
—Hola, Edward —dije en tono agradable para demostrarle que iba a comportarme.
Ladeó la cabeza levemente hacia mí sin mirarme, asintió una vez y miró en la dirección
opuesta.
Y ése fue el último contacto que había tenido con él, aunque todos los días estuviera
ahí, a treinta centímetros. A veces, incapaz de contenerme, le miraba a cierta distancia, en la
cafetería o en el aparcamiento. Contemplaba cómo sus ojos dorados se oscurecían de forma
evidente día a día, pero en clase no daba más muestras de saber de su existencia que las que él
me mostraba a mí. Me sentía miserable. Y los sueños continuaron.
A pesar de mis mentiras descaradas, el tono de mis correos electrónicos alertó a Renée
de mi tristeza y telefoneó unas cuantas veces, preocupada. Intenté convencerla de que sólo era
el clima, que me aplanaba.
Al menos, a Mike le complacía la obvia frialdad existente entre mi compañero de
laboratorio y yo. Noté que le preocupaba que me hubiera impresionado el atrevido rescate de
Edward. Quedó muy aliviado cuando se dio cuenta de que parecía haber tenido el efecto
opuesto. Su confianza aumentó hasta sentarse al borde de mi mesa para conversar antes de
que empezara la clase de Biología, ignorando a Edward de forma tan absoluta como él a
nosotros.
Por fortuna, la nieve se fundió después de aquel peligroso día. Mike quedó
desencantado por no haber podido organizar su pelea de bolas de nieve, pero le complacía que
pronto pudiéramos hacer la excursión a la playa. No obstante, continuó lloviendo a cántaros y
pasaron las semanas.
Jessica me hizo tomar conciencia de que se fraguaba otro acontecimiento. El primer
martes de marzo me telefoneó y me pidió permiso para invitar a Mike en la elección de las
chicas para el baile de primavera que tendría lugar en dos semanas.
— ¿Seguro que no te importa? ¿No pensabas pedírselo? —insistió cuando le dije que no
me importaba lo más mínimo.
—No, Jess, no voy a ir —le aseguré.
Bailar se encontraba claramente fuera del abanico de mis habilidades.
—Va a ser realmente divertido.
Su esfuerzo por convencerme fue poco entusiasta. Sospechaba que Jessica disfrutaba
más con mi inexplicable popularidad que con mi compañía.
—Diviértete con Mike —la animé.
Me sorprendió que al día siguiente no mostrara su efusivo ego de costumbre en clase de
Trigonometría y español. Permaneció callada mientras caminaba a mi lado entre una clase y
otra, y me dio miedo preguntarle la razón. Si Mike la había rechazado yo era la última
persona a la que se lo querría contar.
Mis temores se acrecentaron durante el almuerzo, cuando Jessica se sentó lo más lejos
que pudo de Mike y charló animadamente con Eric. Mike estuvo inusualmente callado.
Mike continuó en silencio mientras me acompañaba a clase. El aspecto violento de su
rostro era una mala señal, pero no abordó el tema hasta que estuve sentada en mi pupitre y él
se encaramó sobre la mesa. Como siempre, era consciente de que Edward se sentaba lo
bastante cerca para tocarlo, y tan distante como si fuera una mera invención de mi
imaginación.
—Bueno —dijo Mike, mirando al suelo—, Jessica me ha pedido que la acompañe al
baile de primavera.
—Eso es estupendo —conferí a mi voz un tono de entusiasmo manifiesto—. Te vas a
divertir un montón con ella.
—Eh, bueno... —se quedó sin saber qué decir mientras estudiaba mi sonrisa; era obvio
que mi respuesta no le satisfacía—. Le dije que tenía que pensármelo.
— ¿Por qué lo hiciste?
Dejé que mi voz reflejara cierta desaprobación, aunque me aliviaba saber que no le
había dado a Jessica una negativa definitiva. Se puso colorado como un tomate y bajó la vista.
La lástima hizo vacilar mi resolución.
—Me preguntaba si... Bueno..., si tal vez tenías intención de pedírmelo tú.
Me tomé un momento de respiro, soportando a duras penas la oleada de culpabilidad
que recorría todo mi ser, pero con el rabillo del ojo vi que Edward inclinaba la cabeza hacia
mí con gesto de reflexión.
—Mike, creo que deberías aceptar la propuesta de Jess —le dije.
— ¿Se lo has pedido ya a alguien?
¿Se había percatado Edward de que Mike posaba los ojos en él?
—No —le aseguré—. No tengo intención de acudir al baile.
— ¿Por qué? —quiso saber Mike.
No deseaba ponerle al tanto de los riesgos que bailar suponía para mi integridad, por lo
que improvisé nuevos planes sobre la marcha.
—Ese sábado voy a ir a Seattle —le expliqué. De todos modos, necesitaba salir del
pueblo y era el momento perfecto para hacerlo.
— ¿No puedes ir otro fin de semana?
—Lo siento, pero no —respondí—. No deberías hacer esperar a Jessica más tiempo. Es
de mala educación.
—Sí, tienes razón —masculló y, abatido, se dio la vuelta para volver a su asiento.
Cerré los ojos y me froté las sienes con los dedos en un intento de desterrar de mi mente
los sentimientos de culpa y lástima. El señor Banner comenzó a hablar. Suspiré y abrí los
ojos.
Edward me miraba con curiosidad, aquel habitual punto de frustración de sus ojos
negros era ahora aún más perceptible.
Le devolví la mirada, esperando que él apartara la suya, pero en lugar de eso, continuó
estudiando mis ojos a fondo y con gran intensidad. Me comenzaron a temblar las manos.
— ¿Señor Cullen? —le llamó el profesor, que aguardaba la respuesta a una pregunta
que yo no había escuchado.
—El ciclo de Krebs —respondió Edward; parecía reticente mientras se volvía para
mirar al señor Banner.
Clavé la vista en el libro en cuanto los ojos de Edward me liberaron, intentando
centrarme. Tan cobarde como siempre, dejé caer el pelo sobre el hombro derecho para ocultar
el rostro. No era capaz de creer el torrente de emociones que palpitaba en mi interior, y sólo
porque había tenido a bien mirarme por primera vez en seis semanas. No podía permitirle
tener ese grado de influencia sobre mí. Era patético; más que patético, era enfermizo.
Intenté ignorarle con todas mis fuerzas durante el resto de la hora y, dado que era
imposible, que al menos no supiera que estaba pendiente de él. Me volví de espaldas a él
cuando al fin sonó la campana, esperando que, como de costumbre, se marchara de inmediato.
— ¿Bella?
Su voz no debería resultarme tan familiar, como si la hubiera conocido toda la vida en
vez de tan sólo unas pocas semanas antes.
Sin querer, me volví lentamente. No quería sentir lo que sabía que iba a sentir cuando
contemplase aquel rostro tan perfecto. Tenía una expresión cauta cuando al fin me giré hacia
él. La suya era inescrutable. No dijo nada.
— ¿Qué? ¿Me vuelves a dirigir la palabra? —le pregunté finalmente con una
involuntaria nota de petulancia en la voz. Sus labios se curvaron, escondiendo una sonrisa.
—No, en realidad no —admitió.
Cerré los ojos e inspiré hondo por la nariz, consciente de que me rechinaban los dientes.
El aguardó.
—Entonces, ¿qué quieres, Edward? —le pregunté sin abrir los ojos; era más fácil
hablarle con coherencia de esa manera.
—Lo siento —parecía sincero—. Estoy siendo muy grosero, lo sé, pero de verdad que
es mejor así.
Abrí los ojos. Su rostro estaba muy serio.
—No sé qué quieres decir —le dije con prevención.
—Es mejor que no seamos amigos —me explicó—, confía en mí.
Entrecerré los ojos. Había oído eso antes.
—Es una lástima que no lo descubrieras antes —murmuré entre dientes—. Te podías
haber ahorrado todo ese pesar.
— ¿Pesar? —La palabra y el tono de mi voz le pillaron con la guardia baja, sin duda—.
¿Pesar por qué?
—Por no dejar que esa estúpida furgoneta me hiciera puré.
Estaba atónito. Me miró fijamente sin dar crédito a lo que oía. Casi parecía enfadado
cuando al fin habló:
— ¿Crees que me arrepiento de haberte salvado la vida?
—Sé que es así —repliqué con brusquedad.
—No sabes nada.
Definitivamente, se había enfadado. Alejé bruscamente mi rostro del suyo,
mordiéndome la lengua para callarme todas las fuertes acusaciones que quería decirle a la
cara. Recogí los libros y luego me puse en pie para dirigirme hacia la puerta. Pretendí hacer
una salida dramática de la clase, pero, cómo no, se me enganchó una bota con la jamba de la
puerta y se me cayeron los libros. Me quedé allí un momento, sopesando la posibilidad de
dejarlos en el suelo. Entonces suspiré y me agaché para recogerlos. Pero él ya estaba ahí, los
había apilado. Me los entregó con rostro severo.
—Gracias —dije con frialdad.
Entrecerró los ojos.
— ¡No hay de qué! —replicó.
Me enderecé rápidamente, volví a apartarme de él y me alejé caminando a clase de
Educación física sin volver la vista atrás.
La hora de gimnasia fue brutal. Cambiamos de deporte, jugamos a baloncesto. Mi
equipo jamás me pasaba la pelota, lo cual era estupendo, pero me caí un montón de veces, y
en ocasiones arrastraba a gente conmigo. Ese día me movía peor de lo habitual porque
Edward ocupaba toda mi mente. Intentaba concentrarme en mis pies, pero él seguía
deslizándose en mis pensamientos justo cuando más necesitaba mantener el equilibrio.
Como siempre, salir fue un alivio. Casi corrí hacia el monovolumen, ya que había
demasiada gente a la que quería evitar. El vehículo había sufrido unos daños mínimos a raíz
del accidente. Había tenido que sustituir las luces traseras y hubiera realizado algún retoque
en la chapa de haber dispuesto de un equipo de pintura de verdad. Los padres de Tyler habían
tenido que vender la furgoneta por piezas.
Estuvo a punto de darme un patatús cuando, al doblar la esquina, vi una figura alta y
oscura reclinada contra un lateral del coche. Luego comprendí que sólo se trataba de Eric.
Comencé a andar de nuevo.
—Hola, Eric —le saludé.
—Hola, Bella.
— ¿Qué hay? —pregunté mientras abría la puerta. No presté atención al tono incómodo
de su voz, por lo que sus siguientes palabras me pillaron desprevenida.
—Me preguntaba... si querrías venir al baile conmigo.
La voz se le quebró al pronunciar la última palabra.
—Creí que era la chica quien elegía —respondí, demasiado sorprendida para ser
diplomática.
—Bueno, sí —admitió avergonzado.
Recobré la compostura e intenté ofrecerle mi sonrisa más cálida.
—Te agradezco que me lo pidas, pero ese día voy a estar en Seattle.
—Oh. Bueno, quizás la próxima vez.
—Claro —acepté, y entonces me mordí la lengua. No quería que se lo tomara al pie de
la letra.
Se marchó de vuelta al instituto arrastrando los pies. Oí una débil risita.
Edward pasó andando delante de mi coche, con la vista al frente y los labios fruncidos.
Abrí la puerta con un brusco tirón, entré de un salto y la cerré con un sonoro golpe detrás de
mí. Aceleré el motor en punto muerto de forma ensordecedora y salí marcha atrás hacia el
pasillo. Edward ya estaba en su automóvil, a dos coches de distancia, deslizándose con
suavidad delante de mí, cortándome el paso. Se detuvo ahí para esperar a su familia. Pude ver
a los cuatro tomar aquella dirección, aunque todavía estaban cerca de la cafetería. Consideré
seriamente la posibilidad de embestir por detrás a su flamante Volvo, pero había demasiados
testigos. Miré por el espejo retrovisor. Comenzaba a formarse una cola. Inmediatamente
detrás de mí, Tyler Crowley me saludaba con la mano desde su recién adquirido Sentra de
segunda mano. Estaba demasiado fuera de mis casillas para saludarlo.
Oí a alguien llamar con los nudillos en el cristal de la ventana del copiloto mientras
permanecía allí sentada, mirando a cualquier parte excepto al coche que tenía delante. Al
girarme, vi a Tyler. Confusa, volví a mirar por el retrovisor. Su coche seguía en marcha con la
puerta izquierda abierta. Me incliné dentro de la cabina para bajar la ventanilla. Estaba helado
hasta el tuétano. Abrí el cristal hasta la mitad y me detuve.
—Lo siento, Tyler —seguía sorprendida, ya que resultaba evidente que no era culpa mía
——. El coche de los Cullen me tiene atrapada.
—Oh, lo sé. Sólo quería preguntarte algo mientras estábamos aquí bloqueados.
Esbozó una amplia sonrisa. No podía ser cierto.
— ¿Me vas a pedir que te acompañe al baile de primavera? —continuó.
—No voy a estar en el pueblo, Tyler.
Mi voz sonó un poquito cortante. Intenté recordar que no era culpa suya que Mike y
Eric ya hubieran colmado el vaso de mi paciencia por aquel día.
—Ya, eso me dijo Mike —admitió.
—Entonces, ¿por qué...?
Se encogió de hombros.
—Tenía la esperanza de que fuera una forma de suavizarle las calabazas.
Vale, eso era totalmente culpa suya.
—Lo siento, Tyler —repliqué mientras intentaba esconder mi irritación—, pero me voy
de verdad.
—Está bien. Aún nos queda el baile de fin de curso.
Caminó de vuelta a su coche antes de que pudiera responderle. Supe que mi rostro
reflejaba la sorpresa. Miré hacia delante y observé a Alice, Rosalie, Emmett y Jasper
dirigiéndose al Volvo. Edward no me quitaba el ojo de encima por el espejo retrovisor.
Resultaba evidente que se estaba partiendo de risa, como si lo hubiera escuchado todo. Estiré
el pie hacia el acelerador, un golpecito no heriría a nadie, sólo rayaría el reluciente esmalte de
la carrocería. Aceleré el motor en punto muerto.
Pero ya habían entrado los cuatro y Edward se alejaba a toda velocidad. Regresé a casa
conduciendo despacio y con precaución, sin dejar de hablar para mí misma todo el camino.
Al llegar, decidí hacer enchiladas de pollo para cenar. Era un plato laborioso que me
mantendría ocupada. El teléfono sonó mientras cocía a fuego lento las cebollas y los chiles.
Casi no me atrevía a contestar, pero podían ser mamá o Charlie.
Era Jessica, que estaba exultante. Mike la había alcanzado después de clase para aceptar
la invitación. Lo celebré con ella durante unos instantes mientras removía la comida. Jessica
debía colgar, ya que quería telefonear a Angela y a Lauren para decírselo. Le sugerí por
«casualidad» que quizás Angela, la chica tímida que iba a Biología conmigo, se lo podía pedir
a Eric. Y Lauren, una estirada que me ignoraba durante el almuerzo, se lo podía pedir a Tyler;
tenía entendido que estaba disponible. Jess pensó que era una gran idea. De hecho, ahora que
tenía seguro a Mike, sonó sincera cuando dijo que deseaba que fuera al baile. Le mencioné el
pretexto del viaje a Seattle.
Después de colgar, intenté concentrarme en la cocina, sobre todo al cortar el pollo. No
me apetecía hacer otro viaje a urgencias. Pero la cabeza me daba vueltas de tanto analizar
cada palabra que hoy había pronunciado Edward. ¿A qué se refería con que era mejor que no
fuéramos amigos?
Sentí un retortijón en el estómago cuando comprendí el significado. Debía de haber
visto cuánto me obsesionaba y no quería darme esperanzas, por lo que no podíamos siquiera
ser amigos. ..., porque él no estaba nada interesado en mí.
Naturalmente que no le interesaba, pensé con enfado mientras me lloraban los ojos —
reacción provocada por las cebollas—. Yo no era interesante y él sí. Interesante... y brillante,
misterioso, perfecto..., y guapo, y posiblemente capaz de levantar una furgoneta con una sola
mano.
Vale, de acuerdo. Podía dejarle tranquilo. Le dejaría solo. Soportaría la sentencia que
me había impuesto a mí misma aquí, en el purgatorio; luego, si Dios quería, alguna
universidad del sudeste, o tal vez Hawai, me ofrecería una beca. Concentré la mente en playas
soleadas y palmeras mientras terminaba las enchiladas y las metía en el horno.
Charlie parecía receloso cuando percibió el aroma a pimientos verdes al llegar a casa.
No le podía culpar, la comida mexicana comestible más cercana se encontraba probablemente
al sur de California. Pero era un poli, aunque fuera en aquel pequeño pueblecito, de modo que
tuvo suficientes redaños para tomar el primer bocado. Pareció gustarle. Resultaba divertido
comprobar lo despacio que empezaba a confiar en mí en los asuntos culinarios. Cuando estaba
a punto de acabar, le pregunté:
— ¿Papá?
— ¿Sí?
—Esto... Quería que supieras que voy a ir a Seattle el sábado de la semana que viene...,
si te parece bien.
No le pedí permiso, era sentar un mal precedente, pero me sentí maleducada. Intenté
arreglarlo con ese fin de frase.
— ¿Por qué?
Parecía sorprendido, como si fuera incapaz de imaginar algo que Forks no pudiera
ofrecer.
—Bueno, quiero conseguir algunos libros porque la librería local es bastante pequeña, y
tal vez mire algo de ropa.
Tenía más dinero del habitual, ya que no había tenido que pagar el coche gracias a
Charlie, aunque me dejaba un buen pellizco en las gasolineras.
—Lo más probable es que el monovolumen consuma mucha gasolina —apuntó,
haciéndose eco de mis pensamientos.
—Lo sé. Pararé en Montessano y Olympia, y en Tacorna si fuera necesario.
— ¿Vas a ir tú sola? —preguntó. No sabía si sospechaba que tenía un novio secreto o si
se preocupaba por el tema del coche.
—Sí.
—Seattle es una ciudad muy grande, te podrías perder —señaló preocupado.
—Papá, Phoenix es cinco veces más grande que Seattle y sé leer un mapa, no te
preocupes.
— ¿No quieres que te acompañe?
Intenté ser astuta al tiempo que ocultaba mi pánico.
—No te preocupes, papá. Voy a ir de tiendas y me pasaré el día en los probadores...
Será aburrido.
—Oh, vale.
La sola de idea de sentarse en tiendas de ropa femenina por un periodo de tiempo
indeterminado le hizo desistir de inmediato.
—Gracias —le sonreí.
— ¿Estarás de vuelta a tiempo para el baile?
Maldición. Sólo en un pueblo tan pequeño, un padre sabe cuándo tienen lugar los bailes
del instituto.
—No, yo no bailo, papá.
Él por encima de todos los demás debería entenderlo. No había heredado de mi madre
mis problemas de equilibrio. Lo comprendió.
—Ah, vale —había caído en la cuenta.
A la mañana siguiente, cuando me detuve en el aparcamiento, dejé mi coche lo más
lejos posible del Volvo plateado. Quise apartarme del camino de la tentación para no acabar
debiéndole a Edward un coche nuevo. Al salir del coche jugueteé con las llaves, que cayeron
en un charco cercano. Mientras me agachaba para recogerlas, surgió de repente una mano
nivea y las tomó antes que yo. Me erguí bruscamente. Edward Cullen estaba a mi lado,
recostado como por casualidad contra mi automóvil.
— ¿Cómo lo haces? —pregunté, asombrada e irritada.
— ¿Hacer qué?
Me tendió las llaves mientras hablaba y las dejó caer en la palma de mi mano cuando las
fui a coger.
—Aparecer del aire.
—Bella, no es culpa mía que seas excepcionalmente despistada.
Como de costumbre, hablaba en calma, con voz pausada y aterciopelada. Fruncí el ceño
ante aquel rostro perfecto. Hoy sus ojos volvían a relucir con un tono profundo y dorado
como la miel. Entonces tuve que bajar los míos para reordenar mis ideas, ahora confusas.
— ¿A qué vino taponarme el paso ayer noche? —Quise saber, aún rehuyendo su mirada
—. Se suponía que fingías que yo no existía ni te dabas cuenta de que echaba chispas.
—Eso fue culpa de Tyler, no mía —se rió con disimulo—. Tenía que darle su
oportunidad.
—Tú... —dije entrecortadamente.
No se me ocurría ningún insulto lo bastante malo. Pensé que la fuerza de mi rabia lo
achantaría, pero sólo parecía divertirse aún más.
—No finjo que no existas —continuó.
— ¿Quieres matarme a rabietas dado que la furgoneta de Tyler no lo consiguió?
La ira destelló en sus ojos castaños. Frunció los labios y desaparecieron todas las
señales de alegría.
—Bella, eres totalmente absurda —murmuró con frialdad.
Sentí un hormigueo en las palmas de las manos y me entró un ansia de pegar a alguien.
Estaba sorprendida. Por lo general, no era una persona violenta. Le di la espalda y comencé a
alejarme.
—Espera —gritó. Seguí andando, chapoteando enojada bajo la lluvia, pero se puso a mi
altura y mantuvo mi paso con facilidad.
—Lo siento. He sido descortés —dijo mientras caminaba. Le ignoré—. No estoy
diciendo que no sea cierto —prosiguió—, pero, de todos modos, no ha sido de buena
educación.
— ¿Por qué no me dejas sola? —refunfuñé.
—Quería pedirte algo, pero me desviaste del tema —volvió a reír entre dientes. Parecía
haber recuperado el buen humor.
— ¿Tienes un trastorno de personalidad múltiple? —le pregunté con acritud.
—Y lo vuelves a hacer.
Suspiré.
—Vale, entonces, ¿qué me querías pedir?
—Me preguntaba si el sábado de la próxima semana, ya sabes, el día del baile de
primavera...
— ¿Intentas ser gracioso? —lo interrumpí, girándome hacia él.
Mi rostro se empapó cuando alcé la cabeza para mirarle. En sus ojos había una perversa
diversión.
—Por favor, ¿vas a dejarme terminar?
Me mordí el labio y junté las manos, entrelazando los dedos, para no cometer ninguna
imprudencia.
—Te he escuchado decir que vas a ir a Seattle ese día y me preguntaba si querrías dar
un paseo.
Aquello fue totalmente inesperado.
— ¿Qué? —no estaba segura de adonde quería llegar.
— ¿Quieres dar un paseo hasta Seattle?
— ¿Con quién? —pregunté, desconcertada.
—Conmigo, obviamente —articuló cada sílaba como si se estuviera dirigiendo a un
discapacitado.
Seguía sin salir de mi asombro.
— ¿Por qué?
—Planeaba ir a Seattle en las próximas semanas y, para ser honesto, no estoy seguro de
que tu monovolumen lo pueda conseguir.
—Mi coche va perfectamente, muchísimas gracias por tu preocupación.
Hice ademán de seguir andando, pero estaba demasiado sorprendida para mantener el
mismo nivel de ira.
— ¿Puede llegar gastando un solo depósito de gasolina?
Volvió a mantener el ritmo de mis pasos.
—No veo que sea de tu incumbencia.
Estúpido propietario de un flamante Volvo.
—El despilfarro de recursos limitados es asunto de todos.
—De verdad, Edward, no te sigo —me recorrió un escalofrío al pronunciar su nombre;
odié la sensación—. Creía que no querías ser amigo mío.
—Dije que sería mejor que no lo fuéramos, no que no lo deseara.
—Vaya, gracias, eso lo aclara todo —le repliqué con feroz sarcasmo.
Me di cuenta de que había dejado de andar otra vez. Ahora estábamos al abrigo del
tejado de la cafetería, por lo que podía contemplarle el rostro con mayor comodidad, lo cual,
desde luego, no me ayudaba a aclarar las ideas.
—Sería más... prudente para ti que no fueras mi amiga —explicó—, pero me he
cansado de alejarme de ti, Bella.
Sus ojos eran de una intensidad deliciosa cuando pronunció con voz seductora aquella
última frase. Me olvidé hasta de respirar.
— ¿Me acompañarás a Seattle? —preguntó con voz todavía vehemente.
Aún era incapaz de hablar, por lo que sólo asentí con la cabeza. Sonrió levemente y
luego su rostro se volvió serio.
—Deberías alejarte de mí, de veras —me previno—. Te veré en clase.
Se dio la vuelta de forma brusca y desanduvo el camino que habíamos recorrido.


GRUPO SANGUINEO
Me dirigí a clase de Lengua aún en las nubes, tal era así que al entrar ni siquiera me di
cuenta de que la clase había comenzado.
—Gracias por venir, señorita Swan —saludó despectivamente el señor Masón.
Me sonrojé de vergüenza y me dirigí rápidamente a mi asiento.
No me di cuenta de que en el pupitre contiguo de siempre se sentaba Mike hasta el final
de la clase. Sentí una punzada de culpabilidad, pero tanto él como Eric se reunieron conmigo
en la puerta como de costumbre, por lo que supuse que me habían perdonado del todo. Mike
parecía volver a ser el mismo mientras caminábamos, hablaba entusiasmado sobre el informe
del tiempo para el fin de semana. La lluvia exigía hacer una acampada más corta, pero aquel
viaje a la playa parecía posible. Simulé interés para maquillar el rechazo de ayer. Resultaría
difícil; fuera como fuera, con suerte, sólo se suavizaría a los cuarenta y muchos años. . Pasé el
resto de la mañana pensando en las musarañas. Resultaba difícil creer que las palabras de
Edward y la forma en que me miraba no fueran fruto de mi imaginación. Tal vez sólo fuese
un sueño muy convincente que confundía con la realidad. Eso parecía más probable que el
que yo le atrajera de veras a cualquier nivel.
Por eso estaba tan impaciente y asustada al entrar en la cafetería con Jessica. Le quería
ver el rostro para verificar si volvía a ser la persona indiferente y fría que había conocido
durante las últimas semanas o, si por algún milagro, de verdad había oído lo que creía haber
oído esa mañana. Jessica cotorreaba sin cesar sobre sus planes para el baile —Lauren y
Angela ya se lo habían pedido a los otros chicos e iban a acudir todos juntos—,
completamente indiferente a mi desinterés.
Un flujo de desencanto recorrió mi ser cuando de forma infalible miré a la mesa de los
Cullen. Los otros cuatro hermanos estaban ahí, pero él se hallaba ausente. ¿Se había ido a
casa? Abatida, me puse a la cola detrás de la parlanchina Jessica. Había perdido el apetito y
sólo compré un botellín de limonada. Únicamente quería sentarme y enfurruñarme.
—Edward Cullen te vuelve a mirar —dijo Jessica; interrumpió mi distracción al
pronunciar su nombre—. Me pregunto por qué se sienta solo hoy.
Volví bruscamente la cabeza y seguí la dirección de su mirada para ver a Edward, con
su sonrisa picara, que me observaba desde una mesa vacía en el extremo opuesto de la
cafetería al que solía sentarse. Una vez atraída mi atención, alzó la mano y movió el dedo
índice para indicarme que lo acompañara. Me guiñó el ojo cuando lo miré incrédula.
— ¿Se refiere a ti? —preguntó Jessica con un tono de insultante incredulidad en la voz.
—Puede que necesite ayuda con los deberes de Biología —musité para contentarla—.
Eh, será mejor que vaya a ver qué quiere.
Pude sentir cómo me miraba al alejarme.
Insegura, me quedé de pie detrás de la silla que había enfrente de Edward al llegar a su
mesa.
— ¿Por qué no te sientas hoy conmigo? —me preguntó con una sonrisa.
Lo hice de inmediato, contemplándolo con precaución. Seguía sonriendo. Resultaba
difícil concebir que existiera alguien tan guapo. Temía que desapareciera en medio de una
repentina nube de humo y que yo me despertara. Él debía de esperar que yo comentara algo y
por fin conseguí decir:
—Esto es diferente.
—Bueno —hizo una pausa y el resto de las palabras salieron de forma precipitada—.
Decidí que, ya puesto a ir al infierno, lo podía hacer del todo.
Esperé a que dijera algo coherente. Transcurrieron los segundos y después le indiqué:
—Sabes que no tengo ni idea de a qué te refieres.
—Cierto —volvió a sonreír y cambió de tema—. Creo que tus amigos se han enojado
conmigo por haberte raptado.
—Sobrevivirán.
Sentía los ojos de todos ellos clavados en mi espalda.
—Aunque es posible que no quiera liberarte —dijo con un brillo pícaro en sus ojos.
Tragué saliva y se rió. —Pareces preocupada.
—No —respondí, pero mi voz se quebró de forma ridícula—. Más bien sorprendida. ¿A
qué se debe este cambio?
—Ya te lo dije. Me he hartado de permanecer lejos de ti, por lo que me he rendido.
Seguía sonriendo, pero sus ojos de color ocre estaban serios.
— ¿Rendido? —repetí confusa.
—Sí, he dejado de intentar ser bueno. Ahora voy a hacer lo que quiero, y que sea lo que
tenga que ser.
Su sonrisa se desvaneció mientras se explicaba y el tono de su voz se endureció.
—Me he vuelto a perder.
La arrebatadora sonrisa reapareció.
—Siempre digo demasiado cuando hablo contigo, ése es uno de los problemas.
—No te preocupes... No me entero de nada —le repliqué secamente.
—Cuento con ello.
—Ya. En cristiano, ¿somos amigos ahora?
—Amigos... —meditó dubitativo.
—O no —musité.
Esbozó una amplia sonrisa.
—Bueno, supongo que podemos intentarlo, pero ahora te prevengo que no voy a ser un
buen amigo para ti.
El aviso oculto detrás de su sonrisa era real.
—Lo repites un montón —recalqué al tiempo que intentaba ignorar el repentino temblor
de mi vientre y mantenía serena la voz.
—Sí, porque no me escuchas. Sigo a la espera de que me creas. Si eres lista, me
evitarás.
—Me parece que tú también te has formado tu propia opinión sobre mi mente preclara.
Entrecerré los ojos y él sonrió disculpándose.
—En ese caso —me esforcé por resumir aquel confuso intercambio de frases—, hasta
que yo sea lista... ¿Vamos a intentar ser amigos?
—Eso parece casi exacto.
Busqué con la mirada mis manos, en torno a la botella de limonada, sin saber qué hacer.
— ¿Qué piensas? —preguntó con curiosidad.
Alcé la vista hasta esos profundos ojos dorados que me turbaban los sentidos y, como
de costumbre, respondí la verdad:
—Intentaba averiguar qué eres.
Su rostro se crispó, pero consiguió mantener la sonrisa, no sin cierto esfuerzo.
— ¿Y has tenido fortuna en tus pesquisas? —inquirió con desenvoltura.
—No demasiada —admití.
Se rió entre dientes.
— ¿Qué teorías barajas?
Me sonrojé. Durante el último mes había estado vacilando entre Barman y Spiderman.
No había forma de admitir aquello.
— ¿No me lo quieres decir? —preguntó, ladeando la cabeza con una sonrisa
terriblemente tentadora.
Negué con la cabeza.
—Resulta demasiado embarazoso.
—Eso es realmente frustrante, ya lo sabes —se quejó.
—No —disentí rápidamente con una dura mirada—. No concibo por qué ha de resultar
frustrante, en absoluto, sólo porque alguien rehusé revelar sus pensamientos, sobre todo
después de haber efectuado unos cuantos comentarios crípticos, especialmente ideados para
mantenerme en vela toda la noche, pensando en su posible significado... Bueno, ¿por qué iba
a resultar frustrante?
Hizo una mueca.
—O mejor —continué, ahora el enfado acumulado fluía libremente—, digamos que una
persona realiza un montón de cosas raras, como salvarte la vida bajo circunstancias
imposibles un día y al siguiente tratarte como si fueras un paria, y jamás te explica ninguna de
las dos, incluso después de haberlo prometido. Eso tampoco debería resultar demasiado
frustrante.
—Tienes un poquito de genio, ¿verdad?
—No me gusta aplicar un doble rasero.
Nos contemplamos el uno al otro sin sonreír.
Miró por encima de mi hombro y luego, de forma inesperada, rió por lo bajo.
— ¿Qué?
—Tu novio parece creer que estoy siendo desagradable contigo. Se debate entre venir o
no a interrumpir nuestra discusión.
Volvió a reírse.
——No sé de quién me hablas —dije con frialdad— pero, de todos modos, estoy segura
de que te equivocas.
—Yo, no. Te lo dije, me resulta fácil saber qué piensan la mayoría de las personas.
—Excepto yo, por supuesto.
—Sí, excepto tú —su humor cambió de repente. Sus ojos se hicieron más inquietantes
—. Me pregunto por qué será.
La intensidad de su mirada era tal que tuve que apartar la vista. Me concentré en abrir el
tapón de mi botellín de limonada. Lo desenrosqué sin mirar, con los ojos fijos en la mesa.
— ¿No tienes hambre? —preguntó distraído.
—No —no me apetecía mencionar que mi estómago ya estaba lleno de... mariposas.
Miré el espacio vacío de la mesa delante de él—. ¿Y tú?
—No. No estoy hambriento.
No comprendí su expresión, parecía disfrutar de algún chiste privado.
— ¿Me puedes hacer un favor? —le pedí después de un segundo de vacilación.
De repente, se puso en guardia.
—Eso depende de lo que quieras.
—No es mucho —le aseguré. El esperó con cautela y curiosidad.
—Sólo me preguntaba si podrías ponerme sobre aviso la próxima vez que decidas
ignorarme por mi propio bien. Únicamente para estar preparada.
Mantuve la vista fija en el botellín de limonada mientras hablaba, recorriendo el círculo
de la boca con mi sonrosado dedo.
—Me parece justo.
Apretaba los labios para no reírse cuando alcé los ojos.
—Gracias.
—En ese caso, ¿puedo pedir una respuesta a cambio? —pidió.
—Una.
—Cuéntame una teoría.
¡Ahí va!
—Esa, no.
—No hiciste distinción alguna, sólo prometiste una respuesta —me recordó.
—Claro, y tú no has roto ninguna promesa —le recordé a mi vez.
—Sólo una teoría... No me reiré.
—Sí lo harás.
Estaba segura de ello. Bajó la vista y luego me miró con aquellos ardientes ojos ocres a
través de sus largas pestañas negras.
—Por favor —respiró al tiempo que se inclinaba hacia mí.
Parpadeé con la mente en blanco. ¡Cielo santo! ¿Cómo lo conseguía?
—Eh... ¿Qué?—pregunté, deslumbrada.
—Cuéntame sólo una de tus pequeñas teorías, por favor.
Su mirada aún me abrasaba. ¿También era un hipnotizador? ¿O era yo una incauta
irremediable?
—Pues... Eh... ¿Te mordió una araña radiactiva?
—Eso no es muy imaginativo.
—Lo siento, es todo lo que tengo —contesté, ofendida.
—Ni siquiera te has acercado —dijo con fastidio.
— ¿Nada de arañas?
—No.
— ¿Ni un poquito de radiactividad?
—Nada.
—Maldición —suspiré.
—Tampoco me afecta la kriptonita —se rió entre dientes.
—Se suponía que no te ibas a reír, ¿te acuerdas?
Hizo un esfuerzo por recobrar la compostura.
—Con el tiempo, lo voy a averiguar —le advertí.
—Desearía que no lo intentaras —dijo, de nuevo con gesto serio.
— ¿Por...?
— ¿Qué pasaría si no fuera un superhéroe? ¿Y si fuera el chico malo? —sonrió
jovialmente, pero sus ojos eran impenetrables.
—Oh, ya veo —dije. Algunas de las cosas que había dicho encajaron de repente.
— ¿Sí?
De pronto, su rostro se había vuelto adusto, como si temiera haber revelado demasiado
sin querer.
— ¿Eres peligroso?
Era una suposición, pero el pulso se me aceleró cuando, de forma instintiva, comprendí
la verdad de mis propias palabras. Lo era. Me lo había intentado decir todo el tiempo. Se
limitó a mirarme, con los ojos rebosantes de alguna emoción que no lograba comprender.
—Pero no malo —susurré al tiempo que movía la cabeza—. No, no creo que seas malo.
—Te equivocas.
Su voz apenas era audible. Bajó la vista al tiempo que me arrebataba el tapón de la
botella y lo hacía girar entre los dedos. Lo contemplé fijamente mientras me preguntaba por
qué no me asustaba. Hablaba en serio, eso era evidente, pero sólo me sentía ansiosa, con los
nervios a flor de piel... y, por encima de todo lo demás, fascinada, como de costumbre
siempre que me encontraba cerca de él.
El silencio se prolongó hasta que me percaté de que la cafetería estaba casi vacía. Me
puse en pie de un salto.
—Vamos a llegar tarde.
—Hoy no voy a ir a clase —dijo mientras daba vueltas al tapón tan deprisa que apenas
podía verse.
— ¿Por qué no?
—Es saludable hacer novillos de vez en cuando —dijo mientras me sonreía, pero en sus
ojos relucía la preocupación.
—Bueno, yo sí voy.
Era demasiado cobarde para arriesgarme a que me pillaran. Concentró su atención en el
tapón.
—En ese caso, te veré luego.
Indecisa, vacilé, pero me apresuré a salir en cuanto sonó el primer toque del timbre
después de confirmar con una última mirada que él no se había movido ni un centímetro.
Mientras me dirigía a clase, casi a la carrera, la cabeza me daba vueltas a mayor
velocidad que el tapón del botellín. Me había respondido a pocas preguntas en comparación
con las muchas que había suscitado. Al menos, había dejado de llover.
Tuve suerte. El señor Banner no había entrado aún en clase cuando llegué. Me instalé
rápidamente en mi asiento, consciente de que tanto Mike como Angela no dejaban de
mirarme. Mike parecía resentido y Angela sorprendida, y un poco intimidada.
Entonces entró en clase el señor Banner y llamó al orden a los alumnos. Hacía
equilibrios para sostener en brazos unas cajitas de cartón. Las soltó encima de la mesa de
Mike y le dijo que comenzara a distribuirlas por la clase.
—De acuerdo, chicos, quiero que todos toméis un objeto de las cajas.
El sonido estridente de los guantes de goma contra sus muñecas se me antojó de mal
augurio.
—El primero contiene una tarjeta de identificación del grupo sanguíneo —continuó
mientras tomaba una tarjeta blanca con las cuatro esquinas marcadas y la exhibía—. En
segundo lugar, tenemos un aplacador de cuatro puntas —sostuvo en alto algo similar a un
peine sin dientes—. El tercer objeto es una micro—lanceta esterilizada —alzó una minúscula
pieza de plástico azul y la abrió. La aguja de la lanceta era invisible a esa distancia, pero se
me revolvió estómago.
—Voy a pasar con un cuentagotas con suero para preparar vuestras tarjetas, de modo
que, por favor, no empecéis hasta que pase yo... —comenzó de nuevo por la mesa de Mike,
depositando con esmero una gota de agua en cada una de las cuatro esquinas—. Luego, con
cuidado, quiero que os pinchéis un dedo con la lanceta.
Tomó la mano de Mike y le punzó la yema del dedo corazón con la punta de la lanceta.
Oh, no. Un sudor viscoso me cubrió la frente.
—Depositad una gotita de sangre en cada una de las puntas —hizo una demostración.
Apretó el dedo de Mike hasta que fluyó la sangre. Tragué de forma convulsiva, el estómago
se revolvió aún más—. Entonces las aplicáis a la tarjeta del test —concluyó.
Sostuvo en alto la goteante tarjeta roja delante de nosotros para que la viéramos. Cerré
los ojos, intenté oír por encima del pitido de mis oídos.
—El próximo fin de semana, la Cruz Roja se detiene en Port Angeles para recoger
donaciones de sangre, por lo que he pensado que todos vosotros deberíais conocer vuestro
grupo sanguíneo —parecía orgulloso de sí mismo—. Los menores de dieciocho años vais a
necesitar un permiso de vuestros padres... Hay hojas de autorización encima de mi mesa.
Siguió cruzando la clase con el cuentagotas. Descansé la mejilla contra la fría y oscura
superficie de la mesa, intentando mantenerme consciente. Todo lo que oía a mí alrededor eran
chillidos, quejas y risitas cuando se ensartaban los dedos con la lanceta. Inspiré y expiré de
forma acompasada por la boca.
—Bella, ¿te encuentras bien? —preguntó el señor Banner. Su voz sonaba muy cerca de
mi cabeza. Parecía alarmado.
—Ya sé cuál es mi grupo sanguíneo, señor Banner —dije con voz débil. No me atrevía
a levantar la cabeza.
— ¿Te sientes débil?
—Sí, señor —murmuré mientras en mi fuero interno me daba de bofetadas por no haber
hecho novillos cuando tuve la ocasión.
—Por favor, ¿alguien puede llevar a Bella a la enfermería? —pidió en voz alta.
No tuve que alzar la vista para saber que Mike se ofrecería voluntario.
— ¿Puedes caminar? —preguntó el señor Banner.
—Sí —susurré. Limítate a dejarme salir de aquí, pensé. Me arrastraré.
Mike parecía ansioso cuando me rodeó la cintura con el brazo y puso mi brazo sobre su
hombro. Me apoyé pesadamente sobre él mientras salía de clase.
Muy despacio, crucé el campus a remolque de Mike. Cuando doblamos la esquina de la
cafetería y estuvimos fuera del campo de visión del edificio cuatro —en el caso de que el
profesor Banner estuviera mirando—, me detuve.
— ¿Me dejas sentarme un minuto, por favor? —supliqué.
Me ayudó a sentarme al borde del paseo.
—Y, hagas lo que hagas, ocúpate de tus asuntos —le avisé.
Aún seguía muy confusa. Me tumbé sobre un costado, puse la mejilla sobre el cemento
húmedo y gélido de la acera y cerré los ojos. Eso pareció ayudar un poco.
—Vaya, te has puesto verde —comentó Mike, bastante nervioso.
— ¿Bella? —me llamó otra voz a lo lejos.
¡No! Por favor, que esa voz tan terriblemente familiar sea sólo una imaginación.
— ¿Qué le sucede? ¿Está herida?
Ahora la voz sonó más cerca, y parecía preocupada. No me lo estaba imaginando.
Apreté los párpados con fuerza, me quería morir o, como mínimo, no vomitar.
Mike parecía tenso.
—Creo que se ha desmayado. No sé qué ha pasado, no ha movido ni un dedo.
—Bella —la voz de Edward sonó a mi lado. Ahora parecía aliviado—. ¿Me oyes?
—No —gemí—. Vete.
Se rió por lo bajo.
—La llevaba a la enfermería —explicó Mike a la defensiva—, pero no quiso avanzar
más.
—Yo me encargo de ella —dijo Edward. Intuí su sonrisa en el tono de su voz—. Puedes
volver a clase.
—No —protestó Mike—. Se supone que he de hacerlo yo.
De repente, la acera se desvaneció debajo de mi cuerpo. Abrí los ojos, sorprendida.
Estaba en brazos de Edward, que me había levantado en vilo, y me llevaba con la misma
facilidad que si pesara cinco kilos en lugar de cincuenta.
— ¡Bájame!
Por favor, por favor, que no le vomite encima. Empezó a caminar antes de que
terminara de hablar.
— ¡Eh! —gritó Mike, que ya se hallaba a diez pasos detrás de nosotros.
Edward lo ignoró.
—Tienes un aspecto espantoso —me dijo al tiempo que esbozaba una amplia sonrisa.
— ¡Déjame otra vez en la acera! —protesté.
El bamboleo de su caminar no ayudaba. Me sostenía con cuidado lejos de su cuerpo,
soportando todo mi peso sólo con los brazos, sin que eso pareciera afectarle.
— ¿De modo que te desmayas al ver sangre? —preguntó. Aquello parecía divertirle.
No le contesté. Cerré los ojos, apreté los labios y luché contra las náuseas con todas mis
fuerzas.
—Y ni siquiera era la visión de tu propia sangre —continuó regodeándose.
No sé cómo abrió la puerta mientras me llevaba en brazos, pero de repente hacía calor,
por lo que supe que habíamos entrado.
—Oh, Dios mío —dijo de forma entrecortada una voz de mujer.
—Se desmayó en Biología —le explicó Edward.
Abrí los ojos. Estaba en la oficina. Edward me llevaba dando zancadas delante del
mostrador frontal en dirección a la puerta de la enfermería. La señora Cope, la recepcionista
de rostro rubicundo, corrió delante de él para mantener la puerta abierta. La atónita enfermera,
una dulce abuelita, levantó los ojos de la novela que leía mientras Edward me llevaba en
volandas dentro de la habitación y me depositaba con suavidad encima del crujiente papel que
cubría el colchón de vinilo marrón del único catre. Luego se colocó contra la pared, tan lejos
como lo permitía la angosta habitación, con los ojos brillantes, excitados.
—Ha sufrido un leve desmayo —tranquilizó a la sobresaltada enfermera—. En Biología
están haciendo la prueba del Rh.
La enfermera asintió sabiamente.
—Siempre le ocurre a alguien.
Edward se rió con disimulo.
—Quédate tendida un minutito, cielo. Se pasará.
—Lo sé —dije con un suspiro. Las náuseas ya empezaban a remitir.
— ¿Te sucede muy a menudo? —preguntó ella.
—A veces —admití. Edward tosió para ocultar otra carcajada.
—Puedes regresar a clase —le dijo la enfermera.
—Se supone que me tengo que quedar con ella —le contestó con aquel tono suyo tan
autoritario que la enfermera, aunque frunció los labios, no discutió más.
—Voy a traerte un poco de hielo para la frente, cariño —me dijo, y luego salió
bulliciosamente de la habitación.
—Tenías razón —me quejé, dejando que mis ojos se cerraran.
—Suelo tenerla, ¿sobre qué tema en particular en esta ocasión?
—Hacer novillos es saludable.
Respiré de forma acompasada.
—Ahí fuera hubo un momento en que me asustaste —admitió después de hacer una
pausa. La voz sonaba como si confesara una humillante debilidad—. Creí que Newton
arrastraba tu cadáver para enterrarlo en los bosques.
—Ja, ja.
Continué con los ojos cerrados, pero cada vez me encontraba más entonada.
—Lo cierto es que he visto cadáveres con mejor aspecto. Me preocupaba que tuviera
que vengar tu asesinato.
—Pobre Mike. Apuesto a que se ha enfadado.
—Me aborrece por completo —dijo Edward jovialmente.
—No lo puedes saber —disentí, pero de repente me pregunté si a lo mejor sí que podía.
—Vi su rostro... Te lo aseguro.
— ¿Cómo es que me viste? Creí que te habías ido.
Ya me encontraba prácticamente recuperada. Las náuseas se hubieran pasado con
mayor rapidez de haber comido algo durante el almuerzo, aunque, por otra parte, tal vez era
afortunada por haber tenido el estómago vacío.
—Estaba en mi coche escuchando un CD.
Aquella respuesta tan sencilla me sorprendió. Oí la puerta y abrí los ojos para ver a la
enfermera con una compresa fría en la mano.
—Aquí tienes, cariño —la colocó sobre mi frente y añadió—: Tienes mejor aspecto.
—Creo que ya estoy bien —dije mientras me incorporaba lentamente.
Me pitaban un poco los oídos, pero no tenía mareos. Las paredes de color menta no
daban vueltas.
Pude ver que me iba a obligar a acostarme de nuevo, pero en ese preciso momento la
puerta se abrió y la señora Cope se golpeó la cabeza contra la misma.
—Ahí viene otro —avisó.
Me bajé de un salto para dejar libre el camastro para el siguiente inválido. Devolví la
compresa a la enfermera.
—Tome, ya no la necesito.
Entonces, Mike cruzó la puerta tambaleándose. Ahora sostenía a Lee Stephens, otro
chico de nuestra clase de Biología, que tenía el rostro amarillento. Edward y yo retrocedimos
hacia la pared para hacerles sitio.
—Oh, no —murmuró Edward—. Vamonos fuera de aquí, Bella.
Aturdida, le busqué con la mirada.
—Confía en mí... Vamos.
Di media vuelta y me aferré a la puerta antes de que se cerrara para salir disparada de la
enfermería. Sentí que Edward me seguía.
—Por una vez me has hecho caso.
Estaba sorprendido.
—Olí la sangre —le dije, arrugando la nariz. Lee no se ha puesto malo por ver la sangre
de otros, como yo.
—La gente no puede oler la sangre —me contradijo.
—Bueno, yo sí. Eso es lo que me pone mala. Huele a óxido... y a sal.
Se me quedó mirando con una expresión insondable.
— ¿Qué? —le pregunté.
—No es nada.
Entonces, Mike cruzó la puerta, sus ojos iban de Edward a mí. La mirada que le dedicó
a Edward me confirmó lo que éste me había dicho, que Mike lo aborrecía. Volvió a mirarme
con gesto malhumorado.
—Tienes mejor aspecto —me acusó.
—Ocúpate de tus asuntos —volví a avisarle.
—Ya no sangra nadie más —murmuró—. ¿Vas a volver a clase?
— ¿Bromeas? Tendría que dar media vuelta y volver aquí.
—Sí, supongo que sí. ¿Vas a venir este fin de semana a la playa?
Mientras hablaba, lanzó otra mirada fugaz hacia Edward, que se apoyaba con gesto
ausente contra el desordenado mostrador, inmóvil como una estatua. Intenté que pareciera lo
más amigable posible:
—Claro. Te dije que iría.
—Nos reuniremos en la tienda de mi padre a las diez.
Su mirada se posó en Edward otra vez, preguntándose si no estaría dando demasiada
información. Su lenguaje corporal evidenciaba que no era una invitación abierta.
—Allí estaré —prometí.
—Entonces, te veré en clase de gimnasia —dijo, dirigiéndose con inseguridad hacia la
puerta.
—Hasta la vista —repliqué.
Me miró una vez más con la contrariedad escrita en su rostro redondeado y se encorvó
mientras cruzaba lentamente la puerta. Me invadió una oleada de compasión. Sopesé el hecho
de ver su rostro desencantado otra vez en clase de Educación física.
—Gimnasia —gemí.
—Puedo hacerme cargo de eso —no me había percatado de que Edward se había
acercado, pero me habló al oído—. Ve a sentarte e intenta parecer paliducha —murmuró.
Esto no suponía un gran cambio. Siempre estaba pálida, y mi reciente desmayo había
dejado una ligera capa de sudor sobre mi rostro. Me senté en una de las crujientes sillas
plegables acolchadas y descansé la cabeza contra la pared con los ojos cerrados. Los
desmayos siempre me dejaban agotada.
Oí a Edward hablar con voz suave en el mostrador.
— ¿Señora Cope?
— ¿Sí?
No la había oído regresar a su mesa.
—Bella tiene gimnasia la próxima hora y creo que no se encuentra del todo bien. ¿Cree
que podría dispensarla de asistir a esa clase? —su voz era aterciopelada. Pude imaginar lo
convincentes que estaban resultando sus ojos.
—Edward —dijo la señora Cope sin dejar de ir y venir. ¿Por qué no era yo capaz de
hacer lo mismo?—, ¿necesitas también que te dispense a ti?
—No. Tengo clase con la señora Goff. A ella no le importará.
—De acuerdo, no te preocupes de nada. Que te mejores, Bella —me deseó en voz alta.
Asentí débilmente con la cabeza, sobreactuando un poquito.
— ¿Puedes caminar o quieres que te lleve en brazos otra vez?
De espaldas a la recepcionista, su expresión se tornó sarcástica.
—Caminaré.
Me levanté con cuidado, seguía sintiéndome bien. Mantuvo la puerta abierta para mí,
con la amabilidad en los labios y la burla en los ojos. Salí hacia la fría llovizna que empezaba
a caer. Agradecí que se llevara el sudor pegajoso de mi rostro. Era la primera vez que
disfrutaba de la perenne humedad que emanaba del cielo.
—Gracias —le dije cuando me siguió—. Merecía la pena seguir enferma para perderse
la clase de gimnasia.
—Sin duda.
Me miró directamente, con los ojos entornados bajo la lluvia.
—De modo que vas a ir... Este sábado, quiero decir.
Esperaba que él viniera, aunque parecía improbable. No me lo imaginaba poniéndose de
acuerdo con el resto de los chicos del instituto para ir en coche a algún sitio. No pertenecía al
mismo mundo, pero la sola esperanza de que pudiera suceder me dio la primera punzada de
entusiasmo que había sentido por ir a la excursión.
— ¿Adonde vais a ir exactamente? —seguía mirando al frente, inexpresivo.
—A La Push, al puerto.
Estudié su rostro, intentando leer en el mismo. Sus ojos parecieron entrecerrarse un
poco más. Me lanzó una mirada con el rabillo del ojo y sonrió secamente.
—En verdad, no creo que me hayan invitado.
Suspiré.
—Acabo de invitarte.
—No avasallemos más entre los dos al pobre Mike esta semana, no sea que se vaya a
romper.
Sus ojos centellearon. Disfrutaba de la idea más de lo normal.
—El blandengue de Mike... —murmuré, preocupada por la forma en que había dicho
«entre los dos». Me gustaba más de lo conveniente.
Ahora estábamos cerca del aparcamiento. Me desvié a la izquierda, hacia el
monovolumen. Algo me agarró de la cazadora y me hizo retroceder.
— ¿Adonde te crees que vas? —preguntó ofendido.
Edward me aferraba de la misma con una sola mano. Estaba perpleja.
—Me voy a casa.
— ¿Acaso no me has oído decir que te iba a dejar a salvo en casa? ¿Crees que te voy a
permitir que conduzcas en tu estado?
— ¿En qué estado? ¿Y qué va a pasar con mi coche? ——me quejé.
—Se lo tendré que dejar a Alice después de la escuela.
Me arrastró de la ropa hacia su coche. Todo lo que podía hacer era intentar no caerme,
aunque, de todos modos, lo más probable es que me sujetara si perdía el equilibrio.
— ¡Déjame! —insistí.
Me ignoró. Anduve haciendo eses sobre las aceras empapadas hasta llegar a su Volvo.
Entonces, me soltó al fin. Me tropecé contra la puerta del copiloto.
— ¡Eres tan insistente!—refunfuñé.
—Está abierto —se limitó a responder. Entró en el coche por el lado del conductor.
—Soy perfectamente capaz de conducir hasta casa.
Permanecí junto al Volvo echando chispas. Ahora llovía con más fuerza y el pelo
goteaba sobre mi espalda al no haberme puesto la capucha. Bajó el cristal de la ventanilla
automática y se inclinó sobre el asiento del copiloto:
—Entra, Bella.
No le respondí. Estaba calculando las oportunidades que tenía de alcanzar el
monovolumen antes de que él me atrapara, y tenía que admitir que no eran demasiadas.
—Te arrastraría de vuelta aquí —me amenazó, adivinando mi plan.
Intenté mantener toda la dignidad que me fue posible al entrar en el Volvo. No tuve
mucho éxito. Parecía un gato empapado y las botas crujían continuamente.
—Esto es totalmente innecesario —dije secamente.
No me respondió. Manipuló los mandos, subió la calefacción y bajó la música. Cuando
salió del aparcamiento, me preparaba para castigarle con mi silencio —poniendo un mohín de
total enfado—, pero entonces reconocí la música que sonaba y la curiosidad prevaleció sobre
la intención.
— ¿Claro de luna?—pregunté sorprendida.
— ¿Conoces a Debussy? —él también parecía estar sorprendido.
—No mucho —admití—. Mi madre pone mucha música clásica en casa, pero sólo
conozco a mis favoritos.
—También es uno de mis favoritos.
Siguió mirando al frente, a través de la lluvia, sumido en sus pensamientos.
Escuché la música mientras me relajaba contra la suave tapicería de cuero gris. Era
imposible no reaccionar ante la conocida y relajante melodía. La lluvia emborronaba todo el
paisaje más allá de la ventanilla hasta convertirlo en una mancha de tonalidades grises y
verdes. Comencé a darme cuenta de lo rápido que íbamos, pero, no obstante, el coche se
movía con tal firmeza y estabilidad que no notaba la velocidad, salvo por lo deprisa que
dejábamos atrás el pueblo.
— ¿Cómo es tu madre? —me preguntó de repente.
Lo miré de refilón, con curiosidad.
—Se parece mucho a mí, pero es más guapa —respondí. Alzó las cejas—; he heredado
muchos rasgos de Charlie. Es más sociable y atrevida que yo. También es irresponsable y un
poco excéntrica, y una cocinera impredecible. Es mi mejor amiga —me callé. Hablar de ella
me había deprimido.
—Bella, ¿cuántos años tienes?
Por alguna razón que no conseguía comprender, la voz de Edward contenía un tono de
frustración. Detuvo el coche y entonces comprendí que habíamos llegado ya a la casa de
Charlie. Llovía con tanta fuerza que apenas conseguía ver la vivienda. Parecía que el coche
estuviera en el lecho de un río.
—Diecisiete —respondí un poco confusa.
—No los aparentas —dijo con un tono de reproche que me hizo reír.
— ¿Qué pasa? —inquirió, curioso de nuevo.
—Mi madre siempre dice que nací con treinta y cinco años y que cada año me vuelvo
más madura —me reí y luego suspiré—. En fin, una de las dos debía ser adulta —me callé
durante un segundo—. Tampoco tú te pareces mucho a un adolescente de instituto.
Torció el gesto y cambió de tema.
—En ese caso, ¿por qué se casó tu madre con Phil?
Me sorprendió que recordara el nombre. Sólo lo había mencionado una vez hacía dos
meses. Necesité unos momentos para responder.
—Mi madre tiene... un espíritu muy joven para su edad. Creo que Phil hace que se
sienta aún más joven. En cualquier caso, ella está loca por él —sacudí la cabeza. Aquella
atracción suponía un misterio para mí.
— ¿Lo apruebas?
— ¿Importa? —le repliqué—. Quiero que sea feliz, y Phil es lo que ella quiere.
—Eso es muy generoso por tu parte... Me pregunto... —murmuró, reflexivo.
— ¿El qué?
— ¿Tendría ella esa misma cortesía contigo, sin importarle tu elección?
De repente, prestaba una gran atención. Nuestras miradas se encontraron.
—E—eso c—creo —tartamudeé—, pero, después de todo, ella es la madre. Es un
poquito diferente.
—Entonces, nadie que asuste demasiado —se burló.
Le respondí con una gran sonrisa.
— ¿A qué te refieres con que asuste demasiado? ¿Múltiples piercings en el rostro y
grandes tatuajes?
—Supongo que ésa es una posible definición.
— ¿Cuál es la tuya?
Pero ignoró mi pregunta y respondió con otra.
— ¿Crees que puedo asustar?
Enarcó una ceja. El tenue rastro de una sonrisa iluminó su rostro.
—Eh... Creo que puedes hacerlo si te lo propones.
— ¿Te doy miedo ahora?
La sonrisa desapareció del rostro de Edward y su rostro divino se puso repentinamente
serio, pero yo respondí rápidamente—
—No.
La sonrisa reapareció.
—Bueno, ¿vas a contarme algo de tu familia? —pregunté para distraerle—. Debe de ser
una historia mucho más interesante que la mía.
Se puso en guardia de inmediato.
— ¿Qué es lo que quieres saber?
— ¿Te adoptaron los Cullen? —pregunté para comprobar el hecho.
—Sí.
Vacilé unos momentos. — ¿Qué les ocurrió a tu padres?
—Murieron hace muchos años —contestó con toda naturalidad.
—Lo siento —murmuré.
—En realidad, los recuerdo de forma confusa. Carlisle y Esme llevan siendo mis padres
desde hace mucho tiempo.
—Y tú los quieres —no era una pregunta. Resultaba obvio por el modo en que hablaba
de ellos.—
Sí —sonrió—. No puedo concebir a dos personas mejores que ellos.
—Eres muy afortunado.
—Sé que lo soy.
— ¿Y tu hermano y tu hermana? Lanzó una mirada al reloj del salpicadero.
—A propósito, mi hermano, mi hermana, así como Jasper y Rosalie se van a disgustar
bastante si tienen que esperarme bajo la lluvia.
—Oh, lo siento. Supongo que debes irte.
Yo no quería salir del coche.
—Y tú probablemente quieres recuperar el coche antes de que el jefe de policía Swan
vuelva a casa para no tener que contarle el incidente de Biología.
Me sonrió.
—Estoy segura de que ya se ha enterado. En Forks no existen los secretos —suspiré.
Rompió a reír.
—Diviértete en la playa... Que tengáis buen tiempo para tomar el sol —me deseó
mientras miraba las cortinas de lluvia.
— ¿No te voy a ver mañana?
—No. Emmett y yo vamos a adelantar el fin de semana.
— ¿Qué es lo que vais a hacer?
Una amiga puede preguntar ese tipo de cosas, ¿no? Esperaba que mi voz no dejara
traslucir el desencanto.
—Nos vamos de excursión al bosque de Goat Rocks, al sur del monte Rainier.
—Ah, vaya, diviértete —intenté simular entusiasmo, aunque dudo que lo lograse. Una
sonrisa curvó las comisuras de sus labios. Se giró para mirarme de frente, empleando todo el
poder de sus ardientes ojos dorados.
— ¿Querrías hacer algo por mí este fin de semana?
Asentí desvalida.
—No te ofendas, pero pareces ser una de esas personas que atraen los accidentes como
un imán. Así que..., intenta no caerte al océano, dejar que te atropellen, ni nada por el estilo...
¿De acuerdo?
Esbozó una sonrisa malévola. Mi desvalimiento desapareció mientras hablaba. Le miré
fijamente.
—Veré qué puedo hacer —contesté bruscamente, mientras salía del volvo bajo la lluvia
de un salto. Cerré la puerta de un portazo. Edward aún seguía sonriendo cuando se alejó al
volante de su coche.


CUENTOS DE MIEDO
En realidad, cuando me senté en mi habitación e intenté concentrarme en la lectura del
tercer acto de Macbeth, estaba atenta a ver si oía el motor de mi coche. Pensaba que podría
escuchar el rugido del motor por encima del tamborileo de la lluvia, pero, cuando aparté la
cortina para mirar de nuevo, apareció allí de repente.
No esperaba el viernes con especial interés, sólo consistía en reasumir mi vida sin
expectativas. Hubo unos pocos comentarios, por supuesto. Jessica parecía tener un interés
especial por comentar el tema, pero, por fortuna, Mike había mantenido el pico cerrado y
nadie parecía saber nada de la participación de Edward. No obstante, Jessica me formuló un
montón de preguntas acerca de mi almuerzo y en clase de Trigonometría me dijo:
— ¿Qué quería ayer Edward Cullen?
—No lo sé —respondí con sinceridad—. En realidad, no fue al grano.
—Parecías como enfadada —comentó a ver si me sonsacaba algo.
— ¿Sí? — mantuve el rostro inexpresivo.
—Ya sabes, nunca antes le había visto sentarse con nadie que no fuera su familia. Era
extraño.
—Extraño en verdad —coincidí.
Parecía asombrada. Se alisó sus rizos oscuros con impaciencia. Supuse que esperaba
escuchar cualquier cosa que le pareciera una buena historia que contar.
Lo peor del viernes fue que, a pesar de saber que él no iba a estar presente, aún
albergaba esperanzas. Cuando entré en la cafetería en compañía de Jessica y Mike, no pude
evitar mirar la mesa en la que Rosalie, Alice y Jasper se sentaban a hablar con las cabezas
juntas. No pude contener la melancolía que me abrumó al comprender que no sabía cuánto
tiempo tendría que esperar antes de volverlo a ver.
En mi mesa de siempre no hacían más que hablar de los planes para el día siguiente.
Mike volvía a estar animado, depositaba mucha fe en el hombre del tiempo, que vaticinaba
sol para el sábado. Tenía que verlo para creerlo, pero hoy hacía más calor, casi doce grados.
Puede que la excursión no fuera del todo espantosa.
Intercepté unas cuantas miradas poco amistosas por parte de Lauren durante el
almuerzo, hecho que no comprendí hasta que salimos juntas del comedor. Estaba justo detrás
de ella, a un solo pie de su pelo rubio, lacio y brillante, y no se dio cuenta, desde luego,
cuando oí que le murmuraba a Mike:
—No sé por qué Bella —sonrió con desprecio al pronunciar mi nombre— no se sienta
con los Cullen de ahora en adelante.
Hasta ese momento no me había percatado de la voz tan nasal y estridente que tenía, y
me sorprendió la malicia que destilaba. En realidad, no la conocía muy bien; sin duda, no lo
suficiente para que me detestara..., o eso había pensado.
—Es mi amiga, se sienta con nosotros —le replicó en susurros Mike, con mucha lealtad,
pero también de forma un poquito posesiva. Me detuve para permitir que Jessica y Angela me
adelantaran. No quería oír nada más.
Durante la cena de aquella noche, Charlie parecía entusiasmado por mi viaje a La Push
del día siguiente. Sospecho que se sentía culpable por dejarme sola en casa los fines de
semana, pero había pasado demasiados años forjando unos hábitos para romperlos ahora.
Conocía los nombres de todos los chicos que iban, por supuesto, y los de sus padres y,
probablemente, también los de sus tatarabuelos. Parecía aprobar la excursión. Me pregunté si
aprobaría mi plan de ir en coche a Seattle con Edward Cullen. Tampoco se lo iba a decir.
—Papá —pregunté como por casualidad—, ¿conoces un lugar llamado Goat Rocks, o
algo parecido? Creo que está al sur del monte Rainier.
—Sí... ¿Por qué?
Me encogí de hombros.
—Algunos chicos comentaron la posibilidad de acampar allí.
—No es buen lugar para acampar —parecía sorprendido—. Hay demasiados osos. La
mayoría de la gente acude allí durante la temporada de caza.
—Oh —murmuré—, tal vez haya entendido mal el nombre.
Pretendía dormir hasta tarde, pero un insólito brillo me despertó. Abrí los ojos y vi
entrar a chorros por la ventana una límpida luz amarilla. No me lo podía creer. Me apresuré a
ir a la ventana para comprobarlo, y efectivamente, allí estaba el sol. Ocupaba un lugar
equivocado en el cielo, demasiado bajo, y no parecía tan cercano como de costumbre, pero era
el sol, sin duda. Las nubes se congregaban en el horizonte, pero en el medio del cielo se veía
una gran área azul. Me demoré en la ventana todo lo que pude, temerosa de que el azul del
cielo volviera a desaparecer en cuanto me fuera.
La tienda de artículos deportivos olímpicos de Newton se situaba al extremo norte del
pueblo. La había visto con anterioridad, pero nunca me había detenido allí al no necesitar
ningún artículo para estar al aire libre durante mucho tiempo. En el aparcamiento reconocí el
Suburban de Mike y el Sentra de Tyler. Vi al grupo alrededor de la parte delantera del
Suburban mientras aparcaba junto a ambos vehículos. Eric estaba allí en compañía de otros
dos chicos con los que compartía clases; estaba casi segura de que se llamaban Ben y Conner.
Jess también estaba, flanqueada por Angela y Lauren. Las acompañaban otras tres chicas,
incluyendo una a la que recordaba haberle caído encima durante la clase de gimnasia del
viernes. Esta me dirigió una mirada asesina cuando bajé del coche, y le susurró algo a Lauren,
que se sacudió la dorada melena y me miró con desdén.
De modo que aquél iba a ser uno de esos días.
Al menos Mike se alegraba de verme.
— ¡Has venido! —gritó encantado—. ¿No te dije que hoy iba a ser un día soleado?
—Y yo te dije que iba a venir —le recordé.
—Sólo nos queda esperar a Lee y a Samantha, a menos que tú hayas invitado a alguien
—agregó.
—No —mentí con desenvoltura mientras esperaba que no me descubriera y deseando al
mismo tiempo que ocurriese un milagro y apareciera Edward.
Mike pareció satisfecho.
— ¿Montarás en mi coche? Es eso o la minifurgoneta de la madre de Lee.
—Claro.
Sonrió gozoso. ¡Qué fácil era hacer feliz a Mike!
—Podrás sentarte junto a la ventanilla —me prometió. Oculté mi mortificación. No
resultaba tan sencillo hacer felices a Mike y a Jessica al mismo tiempo. Ya la veía mirándonos
ceñuda.No obstante, el número jugaba a mi favor. Lee trajo a otras dos personas más y de
repente se necesitaron todos los asientos. Me las arreglé para situar a Jessica en el asiento
delantero del Suburban, entre Mike y yo. Mike podía haberse comportado con más elegancia,
pero al menos Jess parecía aplacada.
Entre La Push y Forks había menos de veinticinco kilómetros de densos y vistosos
bosques verdes que bordeaban la carretera. Debajo de los mismos serpenteaba el caudaloso
río Quillayute. Me alegré de tener el asiento de la ventanilla. Giré la manivela para bajar el
cristal —el Suburban resultaba un poco claustrofóbico con nueve personas dentro— e intenté
absorber tanta luz solar como me fue posible.
Había visto las playas que rodeaban La Push muchas veces durante mis vacaciones en
Forks con Charlie, por lo que ya me había familiarizado con la playa en forma de media luna
de más de kilómetro y medio de First Beach. Seguía siendo impresionante. El agua de un
color gris oscuro, incluso cuando la bañaba la luz del sol, aparecería coronada de espuma
blanca mientras se mecía pesadamente hacia la rocosa orilla gris. Las paredes de los
escarpados acantilados de las islas se alzaban sobre las aguas del malecón metálico. Estos
alcanzaban alturas desiguales y estaban coronados por austeros abetos que se elevaban hacia
el cielo. La playa sólo tenía una estrecha franja de auténtica arena al borde del agua, detrás de
la cual se acumulaban miles y miles de rocas grandes y lisas que, a lo lejos, parecían de un
gris uniforme, pero de cerca tenían todos los matices posibles de una piedra: terracota,
verdemar, lavanda, celeste grisáceo, dorado mate. La marca que dejaba la marea en la playa
estaba sembrada de árboles de color ahuesado —a causa de la salinidad marina— arrojados a
la costa por las olas.
Una fuerte brisa soplaba desde el mar, frío y salado. Los pelícanos flotaban sobre las
ondulaciones de la marea mientras las gaviotas y un águila solitaria las sobrevolaban en
círculos. Las nubes seguían trazando un círculo en el firmamento, amenazando con invadirlo
de un momento a otro, pero, por ahora, el sol seguía brillando espléndido con su halo
luminoso en el azul del cielo.
Elegimos un camino para bajar a la playa. Mike nos condujo hacia un círculo de lefios
arrojados a la playa por la marea. Era obvio que los habían utilizado antes para acampadas
como la nuestra. En el lugar ya se veía el redondel de una fogata cubierto con cenizas negras.
Eric y el chico que, según creía, se llamaba Ben recogieron ramas rotas de los montones más
secos que se apilaban al borde del bosque, y pronto tuvimos una fogata con forma de tipi
encima de los viejos rescoldos.
— ¿Has visto alguna vez una fogata de madera varada en la playa? —me preguntó
Mike.
Me sentaba en un banco de color blanquecino. En el otro extremo se congregaban las
demás chicas, que chismorreaban animadamente. Mike se arrodilló junto a la hoguera y
encendió una rama pequeña con un mechero.
—No —reconocí mientras él lanzaba con precaución la rama en llamas contra el tipi.
—Entonces, te va a gustar... Observa los colores.
Prendió otra ramita y la depositó junto a la primera. Las llamas comenzaron a lamer con
rapidez la lefia seca.
— ¡Es azul! —exclamé sorprendida.
—Es a causa de la sal. ¿Precioso, verdad?
Encendió otra más y la colocó allí donde el fuego no había prendido y luego vino a
sentarse a mi lado. Por fortuna, Jessica estaba junto a él, al otro lado. Se volvió hacia Mike y
reclamó su atención. Contemplé las fascinantes llamas verdes y azules que chisporroteaban
hacia el cielo.
Después de media hora de cháchara, algunos chicos quisieron dar una caminata hasta
las marismas cercanas. Era un dilema. Por una parte, me encantan las pozas que se forman
durante la bajamar. Me han fascinado desde niña; era una de las pocas cosas que me hacían
ilusión cuando debía venir a Forks, pero, por otra, también me caía dentro un montón de
veces. No es un buen trago cuando se tiene siete años y estás con tu padre. Eso me recordó la
petición de Edward, de que no me cayera al mar.
Lauren fue quien decidió por mí. No quería caminar, ya que calzaba unos zapatos nada
adecuados para hacerlo. La mayoría de las otras chicas, incluidas Jessica y Angela, decidieron
quedarse también en la playa. Esperé a que Tyler y Eric se hubieran comprometido a
acompañarlas antes de levantarme con sigilo para unirme al grupo de caminantes. Mike me
dedicó una enorme sonrisa cuando vio que también iba.
La caminata no fue demasiado larga, aunque me fastidiaba perder de vista el cielo al
entrar en el bosque. La luz verde de éste difícilmente podía encajar con las risas juveniles, era
demasiado oscuro y aterrador para estar en armonía con las pequeñas bromas que se gastaban
a mí alrededor. Debía vigilar cada paso que daba con sumo cuidado para evitar las raíces del
suelo y las ramas que había sobre mi cabeza, por lo que no tardé en rezagarme. Al final me
adentré en los confines esmeraldas de la foresta y encontré de nuevo la rocosa orilla. Había
bajado la marea y un río fluía a nuestro lado de camino hacia el mar. A lo largo de sus orillas
sembradas de guijarros había pozas poco profundas que jamás se secaban del todo. Eran un
hervidero de vida.
Tuve buen cuidado de no inclinarme demasiado sobre aquellas lagunas naturales. Los
otros fueron más intrépidos, brincaron sobre las rocas y se encaramaron a los bordes de forma
precaria. Localicé una piedra de apariencia bastante estable en los aledaños de una de las
lagunas más grandes y me senté con cautela, fascinada por el acuario natural que había a mis
pies. Ramilletes de brillantes anémonas se ondulaban sin cesar al compás de la corriente
invisible. Conchas en espiral rodaban sobre los repliegues en cuyo interior se ocultaban los
cangrejos. Una estrella de mar inmóvil se aferraba a las rocas, mientras una rezagada anguila
pequeña de estrías blancas zigzagueaba entre los relucientes juncos verdes a la espera de la
pleamar. Me quedé completamente absorta, a excepción de una pequeña parte de mi mente,
que se preguntaba qué estaría haciendo ahora Edward e intentaba imaginar lo que diría de
estar aquí conmigo.
Finalmente, los muchachos sintieron apetito y me levanté con rigidez para seguirlos de
vuelta a la playa. En esta ocasión intenté seguirles el ritmo a través del bosque, por lo que me
caí unas cuantas veces, cómo no. Me hice algunos rasguños poco profundos en las palmas de
las manos, y las rodillas de mis vaqueros se riñeron de verdín, pero podía haber sido peor.
Cuando regresamos a First Beach, el grupo que habíamos dejado se había multiplicado.
Al acercarnos pude ver el lacio y reluciente pelo negro y la piel cobriza de los recién llegados,
unos adolescentes de la reserva que habían acudido para hacer un poco de vida social.
La comida ya había empezado a repartirse, y los chicos se apresuraron para pedir que la
compartieran mientras Eric nos presentaba al entrar en el círculo de la fogata. Angela y yo
fuimos las últimas en llegar y me di cuenta de que el más joven de los recién llegados,
sentado sobre las piedras cerca del fuego, alzó la vista para mirarme con interés cuando Eric
pronunció nuestros nombres. Me senté junto a Angela, y Mike nos trajo unos sandwiches y
una selección de refrescos para que eligiéramos mientras el chico que tenía aspecto de ser el
mayor de los visitantes pronunciaba los nombres de los otros siete jóvenes que lo
acompañaban. Todo lo que pude comprender es que una de las chicas también se llamaba
Jessica y que el muchacho cuya atención había despertado respondía al nombre de Jacob.
Resultaba relajante sentarse con Angela, era una de esas personas sosegadas que no
sentían la necesidad de llenar todos los silencios con cotorreos. Me dejó cavilar
tranquilamente sin molestarme mientras comíamos. Pensaba de qué forma tan deshilvanada
transcurría el tiempo en Forks; a veces pasaba como en una nebulosa, con unas imágenes
únicas que sobresalían con mayor claridad que el resto, mientras que en otras ocasiones cada
segundo era relevante y se grababa en mi mente. Sabía con exactitud qué causaba la
diferencia y eso me perturbaba.
Las nubes comenzaron a avanzar durante el almuerzo. Se deslizaban por el cielo azul y
ocultaban de forma fugaz y momentánea el sol, proyectando sombras alargadas sobre la playa
y oscureciendo las olas. Los chicos comenzaron a alejarse en duetos y tríos cuando
terminaron de comer. Algunos descendieron hasta el borde del mar para jugar a la cabrilla
lanzando piedras sobre la superficie agitada del mismo. Otros se congregaron para efectuar
una segunda expedición a las pozas. Mike, con Jessica convertida en su sombra, encabezó
otra a la tienda de la aldea. Algunos de los nativos los acompañaron y otros se fueron a
pasear. Para cuando se hubieron dispersado todos, me había quedado sentada sola sobre un
leño, con Lauren y Tyler muy ocupados con un reproductor de CD que alguien había tenido la
ocurrencia de traer, y tres adolescentes de la reserva situados alrededor del fuego, incluyendo
al jovencito llamado Jacob y al más adulto, el que había actuado de portavoz.
A los pocos minutos, Angela se fue con los paseantes y Jacob acudió andando despacio
para sentarse en el sitio libre que aquélla había dejado a mi lado. A juzgar por su aspecto
debería tener catorce, tal vez quince años. Llevaba el brillante pelo largo recogido con una
goma elástica en la nuca. Tenía una preciosa piel sedosa de color rojizo y ojos oscuros sobre
los pómulos pronunciados. Aún quedaba un ápice de la redondez de la infancia alrededor de
su mentón. En suma, tenía un rostro muy bonito. Sin embargo, sus primeras palabras
estropearon aquella impresión positiva.
—Tú eres Isabella Swan, ¿verdad?
Aquello era como empezar otra vez el primer día del instituto.
—Bella —dije con un suspiro.
—Me llamo Jacob Black —me tendió la mano con gesto amistoso—. Tú compraste el
coche de mi papá.
—Oh—dije aliviada mientras le estrechaba la suave mano—. Eres el hijo de Billy.
Probablemente debería acordarme de ti.
—No, soy el benjamín... Deberías acordarte de mis hermanas mayores.
—Rachel y Rebecca —recordé de pronto.
Charlie y Billy nos habían abandonado juntas muchas veces para mantenernos ocupadas
mientras pescaban. Todas éramos demasiado tímidas para hacer muchos progresos como
amigas. Por supuesto, había montado las suficientes rabietas para terminar con las excursiones
de pesca cuando tuve once años.
— ¿Han venido? —inquirí mientras examinaba a las chicas que estaban al borde del
mar preguntándome si sería capaz; de reconocerlas ahora.
—No —Jacob negó con la cabeza—. Rachel tiene una beca del Estado de Washington y
Rebecca se casó con un surfista samoano. Ahora vive en Hawai.
— ¿Está casada? Vaya —estaba atónita. Las gemelas apenas tenían un año más que yo.
— ¿Qué tal te funciona el monovolumen? —preguntó.
—Me encanta, y va muy bien.
—Sí, pero es muy lento —se rió—. Respiré aliviado cuando Charlie lo compró. Papá no
me hubiera dejado ponerme a trabajar en la construcción de otro coche mientras tuviéramos
uno en perfectas condiciones.
—No es tan lento —objeté.
— ¿Has intentado pasar de sesenta?
—No.
—Bien. No lo hagas.
Esbozó una amplia sonrisa y no pude evitar devolvérsela.
—Eso lo mejora en caso de accidente —alegué en defensa de mi automóvil.
—Dudo que un tanque pudiera con ese viejo dinosaurio —admitió entre risas.
—Así que fabricas coches... —comenté, impresionada.
—Cuando dispongo de tiempo libre y de piezas. ¿No sabrás por un casual dónde puedo
adquirir un cilindro maestro para un Volkswagen Rabbit del ochenta y seis? —añadió
jocosamente. Tenía una voz amable y ronca.
—Lo siento —me eché a reír—. No he visto ninguno últimamente, pero estaré ojo
avizor para avisarte.
Como si yo supiera qué era eso. Era muy fácil conversar con él. Exhibió una sonrisa
radiante y me contempló en señal de apreciación, de una forma que había aprendido a
reconocer. No fui la única que se dio cuenta.
— ¿Conoces a Bella, Jacob? —preguntó Lauren desde el otro lado del fuego con un
tono que yo imaginé como insolente.
—En cierto modo, hemos sabido el uno del otro desde que nací —contestó entre risas, y
volvió a sonreírme.
— ¡Qué bien!
No parecía que fuera eso lo que pensara, y entrecerró sus pálidos ojos de besugo.
—Bella —me llamó de nuevo mientras estudiaba con atención mi rostro—, le estaba
diciendo a Tyler que es una pena que ninguno de los Cullen haya venido hoy. ¿Nadie se ha
acordado de invitarlos?
Su expresión preocupada no era demasiado convincente.
— ¿Te refieres a la familia del doctor Carlisle Cullen? —preguntó el mayor de los
chicos de la reserva antes de que yo pudiera responder, para gran irritación de Lauren. En
realidad, tenía más de hombre que de niño y su voz era muy grave.
—Sí, ¿los conoces? —preguntó con gesto condescendiente, volviéndose en parte hacia
él.
—Los Cullen no vienen aquí —respondió en un tono que daba el tema por zanjado e
ignorando la pregunta de Lauren.
Tyler le preguntó a Lauren qué le parecía el CD que sostenía en un intento de recuperar
su atención. Ella se distrajo.
Contemplé al desconcertante joven de voz profunda, pero él miraba a lo lejos, hacia el
bosque umbrío que teníamos detrás de nosotros. Había dicho que los Cullen no venían aquí,
pero el tono empleado dejaba entrever algo más, que no se les permitía, que lo tenían
prohibido. Su actitud me causó una extraña impresión que intenté ignorar sin éxito. Jacob
interrumpió el hilo de mis cavilaciones.
— ¿Aún te sigue volviendo loca Forks?
—Bueno, yo diría que eso es un eufemismo —hice una mueca y él sonrió con
comprensión.
Le seguía dando vueltas al breve comentario sobre los Cullen y de repente tuve una
inspiración. Era un plan estúpido, pero no se me ocurría nada mejor. Albergaba la esperanza
de que el joven Jacob aún fuera inexperto con las chicas, por lo que no vería lo penoso de mis
intentos de flirteo.
— ¿Quieres bajar a dar un paseo por la playa conmigo? —le pregunté mientras
intentaba imitar la forma en que Edward me miraba a través de los párpados. No iba a causar
el mismo efecto, estaba segura, pero Jacob se incorporó de un salto con bastante
predisposición.
Las nubes terminaron por cerrar filas en el cielo, oscureciendo las aguas del océano y
haciendo descender la temperatura, mientras nos dirigíamos hacia el norte entre rocas de
múltiples tonalidades, en dirección al espigón de madera. Metí las manos en los bolsillos de
mi chaquetón.
—De modo que tienes... ¿dieciséis años? —le pregunté al tiempo que intentaba no
parecer una idiota cuando parpadeé como había visto hacer a las chicas en la televisión.
—Acabo de cumplir quince —confesó adulado.
— ¿De verdad? —mi rostro se llenó de una falsa expresión de sorpresa—. Hubiera
jurado que eras mayor.
—Soy alto para mi edad —explicó.
— ¿Subes mucho a Forks? —pregunté con malicia, simulando esperar un sí por
respuesta. Me vi como una tonta y temí que, disgustado, se diera la vuelta tras acusarme de
ser una farsante, pero aún parecía adulado.
—No demasiado —admitió con gesto de disgusto—, pero podré ir las veces que quiera
en cuanto haya terminado el coche. .. y tenga el carné —añadió.
— ¿Quién era ese otro chico con el que hablaba Lauren? Parecía un poco viejo para
andar con nosotros —me incluí a propósito entre los más jóvenes en un intento de dejarle
claro que le prefería a él.
—Es Sam y tiene diecinueve años —me informó Jacob.
— ¿Qué era lo que decía sobre la familia del doctor? —pregunté con toda inocencia.
— ¿Los Cullen? Se supone que no se acercan a la reserva.
Desvió la mirada hacia la Isla de James mientras confirmaba lo que creía haber oído de
labios de Sam.
— ¿Por qué no?
Me devolvió la mirada y se mordió el labio.
—Vaya. Se supone que no debo decir nada.
—Oh, no se lo voy a contar a nadie. Sólo siento curiosidad.
Probé a esbozar una sonrisa tentadora al tiempo que me preguntaba si no me estaba
pasando un poco, aunque él me devolvió la sonrisa y pareció tentado. Luego enarcó una ceja y
su voz fue más ronca cuando me preguntó con tono agorero:
¿—Te gustan las historias de miedo?
—Me encantan —repliqué con entusiasmo, esforzándome para engatusarlo.
Jacob paseó hasta un árbol cercano varado en la playa cuyas raíces sobresalían como las
patas de una gran araña blancuzca. Se apoyó levemente sobre una de las raíces retorcidas
mientras me sentaba a sus pies, apoyándome sobre el tronco. Contempló las rocas. Una
sonrisa pendía de las comisuras de sus labios carnosos y supe que iba a intentar hacerlo lo
mejor que pudiera. Me esforcé para que se notara en mis ojos el vivo interés que yo sentía.
¿—Conoces alguna de nuestras leyendas ancestrales? —comenzó—. Me refiero a
nuestro origen, el de los quileutes.
—En realidad, no —admití.
—Bueno, existen muchas leyendas. Se afirma que algunas se remontan al Diluvio.
Supuestamente, los antiguos quileutes amarraron sus canoas a lo alto de los árboles más
grandes de las montañas para sobrevivir, igual que Noé y el arca —me sonrió para
demostrarme el poco crédito que daba a esas historias—. Otra leyenda afirma que
descendemos de los lobos, y que éstos siguen siendo nuestros hermanos. La ley de la tribu
prohíbe matarlos.
»Y luego están las historias sobre los fríos.
— ¿Los fríos? —pregunté sin esconder mi curiosidad.
—Sí. Las historias de los fríos son tan antiguas como las de los lobos, y algunas son
mucho más recientes. De acuerdo con la leyenda, mi propio tatarabuelo conoció a algunos de
ellos. Fue él quien selló el trato que los mantiene alejados de nuestras tierras.
Entornó los ojos.
— ¿Tu tatarabuelo? —le animé.
—Era el jefe de la tribu, como mi padre. Ya sabes, los fríos son los enemigos naturales
de los lobos, bueno, no de los lobos en realidad, sino de los lobos que se convierten en
hombres, como nuestros ancestros. Tú los llamarías licántropos.
— ¿Tienen enemigos los hombres lobo?
—Sólo uno.
Lo miré con avidez, confiando en hacer pasar mi impaciencia por admiración. Jacob
prosiguió:
—Ya sabes, los fríos han sido tradicionalmente enemigos nuestros, pero el grupo que
llegó a nuestro territorio en la época de mi tatarabuelo era diferente. No cazaban como lo
hacían los demás y no debían de ser un peligro para la tribu, por lo que mi antepasado llegó a
un acuerdo con ellos. No los delataríamos a los rostros pálidos si prometían mantenerse lejos
de nuestras tierras.
Me guiñó un ojo.
—Si no eran peligrosos, ¿por qué...? —intenté comprender al tiempo que me esforzaba
por ocultarle lo seriamente que me estaba tomando esta historia de fantasmas.
—Siempre existe un riesgo para los humanos que están cerca de los fríos, incluso si son
civilizados como ocurría con este clan —instiló un evidente tono de amenaza en su voz de
forma deliberada—. Nunca se sabe cuándo van a tener demasiada sed como para soportarla.
— ¿A qué te refieres con eso de «civilizados»?
—Sostienen que no cazan hombres. Supuestamente son capaces de sustituir a los
animales como presas en lugar de hombres.
Intenté conferir a mi voz un tono lo más casual posible.
— ¿Y cómo encajan los Cullen en todo esto? ¿Se parecen a los fríos que conoció tu
tatarabuelo?
—No —hizo una pausa dramática—. Son los mismos.
Debió de creer que la expresión de mi rostro estaba provocada por el pánico causado
por su historia. Sonrió complacido y continuó:
—Ahora son más, otro macho y una hembra nueva, pero el resto son los mismos. La
tribu ya conocía a su líder, Carlisle, en tiempos de mi antepasado. Iba y venía por estas tierras
incluso antes de que llegara tu gente.
Reprimió una sonrisa.
— ¿Y qué son? ¿Qué son los fríos?
Sonrió sombríamente.
—Bebedores de sangre —replicó con voz estremecedora—. Tu gente los llama
vampiros.
Permanecí contemplando el mar encrespado, no muy segura de lo que reflejaba mi
rostro.
—Se te ha puesto la carne de gallina —rió encantado.
—Eres un estupendo narrador de historias —le felicité sin apartar la vista del oleaje.
—El tema es un poco fantasioso, ¿no? Me pregunto por qué papá no quiere que
hablemos con nadie del asunto.
Aún no lograba controlar la expresión del rostro lo suficiente como para mirarle.
—No te preocupes. No te voy a delatar.
—Supongo que acabo de violar el tratado —se rió.
—Me llevaré el secreto a la tumba —le prometí, y entonces me estremecí.
—En serio, no le digas nada a Charlie. Se puso hecho una furia con mi padre cuando
descubrió que algunos de nosotros no íbamos al hospital desde que el doctor Cullen comenzó
a trabajar allí.
—No lo haré, por supuesto que no.
— ¿Qué? ¿Crees que somos un puñado de nativos supersticiosos? —preguntó con voz
juguetona, pero con un deje de precaución. Yo aún no había apartado los ojos del mar, por lo
que me giré y le sonreí con la mayor normalidad posible.
—No. Creo que eres muy bueno contando historias de miedo. Aún tengo los pelos de
punta.
—Genial.
Sonrió. Entonces el entrechocar de los guijarros nos alertó de que alguien se acercaba.
Giramos las cabezas al mismo tiempo para ver a Mike y a Jessica caminando en nuestra
dirección a unos cuarenta y cinco metros.
—Ah, estás ahí, Bella —gritó Mike aliviado mientras movía el brazo por encima de su
cabeza.—
¿Es ése tu novio? —preguntó Jacob, alertado por los celos de la voz de Mike. Me
sorprendió que resultase tan obvio.
—No, definitivamente no —susurré.
Le estaba tremendamente agradecida a Jacob y deseosa de hacerle lo más feliz posible.
Le guiñé el ojo, girándome de espaldas con cuidado antes de hacerlo. El sonrió, alborozado
por mi torpe flirteo.
—Cuando tenga el carné... —comenzó.
—Tienes que venir a verme a Forks. Podríamos salir alguna vez —me sentí culpable al
decir esto, sabiendo que lo había utilizado, pero Jacob me gustaba de verdad. Era alguien de
quien podía ser amiga con facilidad.
Mike llegó a nuestra altura, con Jessica aún a pocos pasos detrás. Vi cómo evaluaba a
Jacob con la mirada y pareció satisfecho ante su evidente juventud.
— ¿Dónde has estado? —me preguntó pese a tener la respuesta delante de él.
—Jacob me acaba de contar algunas historias locales —le dije voluntariamente—. Ha
sido muy interesante.
Sonreí a Jacob con afecto y él me devolvió la sonrisa.
—Bueno —Mike hizo una pausa, reevaluando la situación al comprobar nuestra
complicidad——. Estamos recogiendo. Parece que pronto va a empezar a llover.
Todos alzamos la mirada al cielo encapotado. Sin duda, estaba a punto de llover.
—De acuerdo —me levanté de un salto—, voy.
—Ha sido un placer volver a verte —dijo Jacob, mofándose un poco de Mike.
—La verdad es que sí. La próxima vez que Charlie baje a ver a Billy, yo también vendré
—prometí.
Su sonrisa se ensanchó.
—Eso sería estupendo.
—Y gracias —añadí de corazón.
Me calé la capucha en cuanto empezamos a andar con paso firme entre las rocas hacia el
aparcamiento. Habían comenzado a caer unas cuantas gotas, formando marcas oscuras sobre
las rocas en las que impactaban. Cuando llegamos al coche de Mike, los otros ya regresaban
de vuelta, cargando con todo. Me deslicé al asiento trasero junto a Angela y Tyler,
anunciando que ya había gozado de mi turno junto a la ventanilla. Angela se limitó a mirar
por la ventana a la creciente tormenta y Lauren se removió en el asiento del centro para copar
la atención de Tyler, por lo que sólo pude reclinar la cabeza sobre el asiento, cerrar los ojos e
intentar no pensar con todas mis fuerzas.



PESADILLA
Le dije a Charlie que tenía un montón de deberes pendientes y ningún apetito. Había un
partido de baloncesto que lo tenía entusiasmado, aunque, por supuesto, yo no tenía ni idea de
por qué era especial, así que no se percató de nada inusual en mi rostro o en mi voz.
Una vez en mi habitación, cerré la puerta. Registré el escritorio hasta encontrar mis
viejos cascos y los conecté a mi pequeño reproductor de CD. Elegí un disco que Phil me había
regalado por Navidad. Era uno de sus grupos predilectos, aunque, para mi gusto, gritaban
demasiado y abusaba un poco del bajo. Lo introduje en el reproductor y me tendí en la cama.
Me puse los auriculares, pulsé el botón play y subí el volumen hasta que me dolieron los
oídos. Cerré los ojos, pero la luz aún me molestaba, por lo que me puse una almohada encima
del rostro. Me concentré con mucha atención en la música, intentando comprender las letras,
desenredarlas entre el complicado golpeteo de la batería. La tercera vez que escuché el CD
entero, me sabía al menos la letra entera de los estribillos. Me sorprendió descubrir que,
después de todo, una vez que conseguí superar el ruido atronador, el grupo me gustaba. Tenía
que volver a darle las gracias a Phil.
Y funcionó. Los demoledores golpes me impedían pensar, que era el objetivo final del
asunto. Escuché el CD una y otra vez hasta que canté de cabo a rabo todas las canciones y al
fin me dormí.
Abrí los ojos en un lugar conocido. En un rincón de mi conciencia sabía que estaba
soñando. Reconocí el verde fulgor del bosque y oí las olas batiendo las rocas en algún lugar
cercano. Sabía que podría ver el sol si encontraba el océano. Intenté seguir el sonido del mar,
pero entonces Jacob Black estaba allí, tiraba de mi mano, haciéndome retroceder hacia la
parte más sombría del bosque.
— ¿Jacob? ¿Qué pasa? —pregunté. Había pánico en su rostro mientras tiraba de mí con
todas sus fuerzas para vencer mi resistencia, pero yo no quería entrar en la negrura.
— ¡Corre, Bella, tienes que correr! —susurró aterrado.
— ¡Por aquí, Bella! ——reconocí la voz que me llamaba desde el lúgubre corazón del
bosque; era la de Mike, aunque no podía verlo.
— ¿Por qué? —pregunté mientras seguía resistiéndome a la sujeción de Jacob,
desesperada por encontrar el sol.
Pero Jacob, que de repente se convulsionó, soltó mi mano y profirió un grito para luego
caer sobre el suelo del bosque oscuro. Se retorció bruscamente sobre la tierra mientras yo lo
contemplaba aterrada.
— ¡Jacob! —chillé.
Pero él había desaparecido y lo había sustituido un gran lobo de ojos negros y pelaje de
color marrón rojizo. El lobo me dio la espalda y se alejó, encaminándose hacia la costa con el
pelo del dorso erizado, gruñendo por lo bajo y enseñando los colmillos.
— ¡Corre, Bella! —volvió a gritar Mike a mis espaldas, pero no me di la vuelta. Estaba
contemplando una luz que venía hacia mí desde la playa.
Y en ese momento Edward apareció caminando muy deprisa de entre los árboles, con la
piel brillando tenuemente y los ojos negros, peligrosos. Alzó una mano y me hizo señas para
que me acercara a él. El lobo gruñó a mis pies.
Di un paso adelante, hacia Edward. Entonces, él sonrió. Tenía dientes afilados y
puntiagudos.
—Confía en mí —ronroneó.
Avancé un paso más.
El lobo recorrió de un salto el espacio que mediaba entre el vampiro y yo, buscando la
yugular con los colmillos.
— ¡No! —grité, levantando de un empujón la ropa de la cama.
El repentino movimiento hizo que los cascos tiraran el reproductor de CD de encima de
la mesilla. Resonó sobre el suelo de madera.
La luz seguía encendida. Totalmente vestida y con los zapatos puestos, me senté sobre
la cama. Desorientada, eché un vistazo al reloj de la cómoda. Eran las cinco y media de la
madrugada.
Gemí, me dejé caer de espaldas y rodé de frente. Me quité las botas a puntapiés, aunque
me sentía demasiado incómoda para conseguir dormirme. Volví a dar otra vuelta y
desabotoné los vaqueros, sacándomelos a tirones mientras intentaba permanecer en posición
horizontal. Sentía la trenza del pelo en la parte posterior de la cabeza, por lo que me ladeé,
solté la goma y la deshice rápidamente con los dedos. Me puse la almohada encima de los
ojos.
No sirvió de nada, por supuesto. Mi subconsciente había sacado a relucir exactamente
las imágenes que había intentado evitar con tanta desesperación. Ahora iba a tener que
enfrentarme a ellas.
Me incorporé, la cabeza me dio vueltas durante un minuto mientras la circulación fluía
hacia abajo. Lo primero es lo primero, me dije a mí misma, feliz de retrasar el asunto lo
máximo posible. Tomé mi neceser.
Sin embargo, la ducha no duró tanto como yo esperaba. Pronto no tuve nada que hacer
en el cuarto de baño, incluso a pesar de haberme tomado mi tiempo para secarme el pelo con
el secador. Crucé las escaleras de vuelta a mi habitación envuelta en una toalla. No sabía si
Charlie aún dormía o si se había marchado ya. Fui a la ventana a echar un vistazo y vi que el
coche patrulla no estaba. Se había ido a pescar otra vez.
Me puse lentamente el chándal más cómodo que tenía y luego arreglé la cama, algo que
no hacía jamás. Ya no podía aplazarlo más, por lo que me dirigí al escritorio y encendí el
viejo ordenador.
Odiaba utilizar Internet en Forks. El módem estaba muy anticuado, tenía un servicio
gratuito muy inferior al de Phoenix, de modo que, viendo que tardaba tanto en conectarse,
decidí servirme un cuenco de cereales entretanto.
Comí despacio, masticando cada bocado con lentitud. Al terminar, lavé el cuenco y la
cuchara, los sequé y los guardé. Arrastré los pies escaleras arriba y lo primero de todo recogí
del suelo el reproductor de CD y lo situé en el mismo centro de la mesa. Desconecté los
cascos y los guardé en un cajón del escritorio. Luego volví a poner el mismo disco a un
volumen lo bastante bajo para que sólo fuera música de fondo.
Me volví hacia el ordenador con otro suspiro. La pantalla estaba llena de popups de
anuncios y comencé a cerrar todas las ventanitas. Al final me fui a mi buscador favorito, cerré
unos cuantos popups más, y tecleé una única palabra.
Vampiro.
Fue de una lentitud que me sacó de quicio, por supuesto. Había mucho que cribar
cuando aparecieron los resultados. Todo cuanto concernía a películas, series televisivas,
juegos de rol, música undergroundy compañías de productos cosméticos góticos. Entonces
encontré un sitio prometedor: «Vampiros, de la A a la Z». Esperé con impaciencia a que el
navegador cargara la página, haciendo clic rápidamente en cada anuncio que surgía en la
pantalla para cerrarlo. Finalmente, la pantalla estuvo completa: era una página simple con
fondo blanco y texto negro, de aspecto académico. La página de inicio me recibió con dos
citas.
No hay en todo el vasto y oscuro mundo de espectros y demonios ninguna criatura tan
terrible, ninguna tan temida y aborrecida, y aun así aureolada por una aterradora fascinación,
como el vampiro, que en sí mismo no es espectro ni demonio, pero comparte con ellos su
naturaleza oscura y posee las misteriosas y terribles cualidades de ambos.
Reverendo Montague Summers
Si hay en este mundo un hecho bien autenticado, ése es el de los vampiros. No le falta
de nada: informes oficiales, declaraciones juradas de personajes famosos, cirujanos,
sacerdotes y magistrados. Las pruebas judiciales son de lo más completas, y aun así, ¿hay
alguien que crea en vampiros?
Rousseau
El resto del sitio consistía en un listado alfabético de los diferentes mitos de los
vampiros por todo el mundo. El primero en el que hice clic fue el danag, un vampiro filipino a
quien se suponía responsable de la plantación de taro en las islas mucho tiempo atrás. El mito
aseguraba que los danag trabajaron con los hombres durante muchos años, pero la
colaboración finalizó el día en que una mujer se cortó el dedo y un danag lamió la herida, ya
que disfrutó tanto del sabor de la sangre que la desangró por completo.
Leí con atención las descripciones en busca de algo que me resultara familiar, dejando
sólo lo verosímil. Parecía que la mayoría de los mitos sobre los vampiros se concentraban en
reflejar a hermosas mujeres como demonios y a los niños como víctimas. También parecían
estructuras creadas para explicar la alta tasa de mortalidad infantil y proporcionar a los
hombres una coartada para la infidelidad. En muchas de las historias se mezclaban espíritus
incorpóreos y admoniciones contra los entierros realizados incorrectamente. No había mucho
que guardara parecido con las películas que había visto, y sólo a unos pocos, como el estrie
hebreo y el upier polaco, les preocupaba el beber sangre.
Sólo tres entradas atrajeron de verdad mi atención: el rumano varacolaci, un poderoso
no muerto que podía aparecerse como un hermoso humano de piel pálida, el eslovaco nelapsi,
una criatura de tal fuerza y rapidez que era capaz de masacrar toda una aldea en una sola hora
después de la medianoche, y otro más, el stregoni benefici.
Sobre este último había una única afirmación.
Stregoni benefici: vampiro italiano que afirmaba estar del lado del bien; era enemigo
mortal de todos los vampiros diabólicos.
Aquella pequeña entrada constituía un alivio, era el único entre cientos de mitos que
aseguraba la existencia de vampiros buenos.
Sin embargo, en conjunto, había pocos que coincidieran con la historia de Jacob o mis
propias observaciones. Había realizado mentalmente un pequeño catálogo y lo comparaba
cuidadosamente con cada mito mientras iba leyendo. Velocidad, fuerza, belleza, tez pálida,
ojos que cambiaban de color, y luego los criterios de Jacob: bebedores de sangre, enemigos de
los hombres lobo, piel fría, inmortalidad. Había muy pocos mitos en los que encajara al
menos un factor.
Y había otro problema adicional a raíz de lo que recordaba de las pocas películas de
terror que había visto y que se reforzaba con aquellas lecturas: los vampiros no podían salir
durante el día porque el sol los quemaría hasta reducirlos a cenizas. Dormían en ataúdes todo
el día y sólo salían de noche.
Exasperada, apagué el botón de encendido del ordenador sin esperar a cerrar el sistema
operativo correctamente. Sentí una turbación aplastante a pesar de toda mi irritación. ¡Todo
aquello era tan estúpido! Estaba sentada en mi cuarto rastreando información sobre vampiros.
¿Qué era lo que me sucedía? Decidí que la mayor parte de la culpa estaba fuera del umbral de
mi puerta, en el pueblo de Forks y, por extensión, en la húmeda península de Olympic.
Tenía que salir de la casa, pero no había ningún lugar al que quisiera ir que no implicara
conducir durante tres días. Volví a calzarme las botas, sin tener muy claro adonde dirigirme, y
bajé las escaleras. Me envolví en mi impermeable sin comprobar qué tiempo hacía y salí por
la puerta pisando fuerte.
Estaba nublado, pero aún no llovía. Ignoré el coche y empecé a caminar hacia el este,
cruzando el patio de la casa de Charlie en dirección al bosque.
No transcurrió mucho tiempo antes de que me hubiera adentrado en él lo suficiente para
que la casa y la carretera desaparecieran de la vista y el único sonido audible fuera el de la
tierra húmeda al succionar mis botas y los súbitos silbos de los arrendajos.
La estrecha franja de un sendero discurría a lo largo del bosque; de lo contrario no me
hubiera arriesgado a vagabundear de aquella manera por mis propios medios, ya que carecía
de sentido de la orientación y era perfectamente capaz de perderme en parajes mucho menos
alambicados. El sendero se adentraba más y más en el corazón del bosque, incluso puedo
aventurar que casi siempre rumbo Este. Serpenteaba entre los abetos y las cicutas, entre los
tejos y los arces. Tenía leves nociones de los árboles que había a mi alrededor, y todo cuanto
sabía se lo debía a Charlie, que me había ido enseñando sus nombres desde la ventana del
coche patrulla cuando yo era pequeña. A muchos no los identificaba y de otros no estaba del
todo segura porque estaban casi cubiertos por parásitos verdes.
Seguí el sendero impulsada por mi enfado conmigo misma. Una vez que éste empezó a
desaparecer, aflojé el paso. Unas gotas de agua cayeron desde el dosel de ramas de las alturas,
pero no estaba segura de si empezaba a llover o si se trataba de los restos de la lluvia del día
anterior, acumulada sobre el haz de las hojas, y que ahora goteaba lentamente en el suelo. Un
árbol caído recientemente —sabía que esto era así porque no estaba totalmente cubierto de
musgo— descansaba sobre el tronco de uno de sus hermanos, cuyo resultado era la formación
de una especie de banco no muy alto a pocos —y seguros— pasos del sendero. Llegué hasta
él saltando con precaución por encima de los heléchos y me senté colocando la chaqueta de
modo que estuviera entre el húmedo asiento y mi ropa. Apoyé la cabeza, cubierta por la
capucha, contra el árbol vivo.
Aquél era el peor lugar al que podía haber acudido, debería de haberlo sabido, pero ¿a
qué otro sitio podía ir? El bosque, de un verde intenso, se parecía demasiado al escenario del
sueño de la última noche para alcanzar la paz de espíritu. Ahora que ya no oía el sonido de
mis pasos sobre el barro, el silencio era penetrante. Los pájaros también permanecían callados
y aumentó la frecuencia de las gotas, lo que parecía confirmar que allí arriba, en el cielo,
estaba lloviendo. Ahora que me había sentado, la altura de los heléchos sobrepasaba la de mi
cabeza, por lo que cualquiera hubiera podido caminar por la senda a tres pies de distancia sin
verme.Allí, entre los árboles, resultaba mucho más fácil creer en los disparates de los que me
avergonzaba dentro de la casa. Nada había cambiado en aquel bosque durante miles de años, y
todos los mitos y leyendas de mil países diferentes me parecían mucho más verosímiles en
medio de aquella calima verde que en mi despejado dormitorio.
Me obligué a concentrarme en las dos preguntas vitales que debía contestar, pero lo hice
a regañadientes.
Primero tenía que decidir si podía ser cierto lo que Jacob me había dicho sobre los
Cullen.
Mi mente respondió de inmediato con una rotunda negativa. Resultaba estúpido y
mórbido entretenerse con unas ideas tan ridículas. Pero, en ese caso, ¿qué pasaba?, me
pregunté. No había una explicación racional a por qué seguía viva en aquel momento. Hice
recuento mental de lo que había observado con mis propios ojos: lo inverosímil de su
fortaleza y velocidad, el color cambiante de los ojos, del negro al dorado y viceversa, la
belleza sobrehumana, la piel fría y pálida, y otros pequeños detalles de los que había tomado
nota poco a poco: no parecía comer jamás y se movía con una gracia turbadora. Y luego
estaba la forma en que hablaba a veces, con cadencias poco habituales y frases que encajaban
mejor con el estilo de una novela de finales del siglo XIX que de una clase del siglo XXI.
Había hecho novillos el día que hicimos la prueba del grupo sanguíneo, tampoco se negó a ir
de camping a la playa hasta que supo adonde íbamos a ir, y parecía saber lo que pensaban
cuantos le rodeaban, salvo yo. Me había dicho que era el malo de la película, peligroso...
¿Podían ser vampiros los Cullen?
Bueno, eran algo. Y lo que empezaba a tomar forma delante de mis ojos incrédulos
excedía la posibilidad de una explicación racional. Ya fuera uno de los fríos o se cumpliera mi
teoría del superhéroe, Edward Cullen no era... humano. Era algo más.
Así pues... tal vez. Ésa iba a ser mi respuesta por el momento.
Y luego estaba la pregunta más importante. ¿Qué iba a hacer si resultaba ser cierto?
¿Qué haría si Edward fuera... un vampiro? Apenas podía obligarme a pensar esas
palabras. Involucrar a nadie más estaba fuera de lugar. Ni siquiera yo misma me lo creía,
quedaría en ridículo ante cualquiera a quien se lo dijera.
Sólo dos alternativas parecían prácticas. La primera era aceptar su aviso: ser lista y
evitarle todo lo posible, cancelar nuestros planes y volver a ignorarlo tanto como fuera capaz,
fingir que entre nosotros existía un grueso e impenetrable muro de cristal en la única clase que
estábamos obligados a compartir, decirle que se alejara de mí... y esta vez en serio.
Me invadió de repente una desesperación tan agónica cuando consideré esa opción que
el mecanismo de mi mente de rechazar el dolor provocó que pasara rápidamente a la siguiente
alternativa.
No hacer nada diferente. Después de todo, hasta la fecha, no me había causado daño
alguno aunque fuera algo... siniestro. De hecho, sería poco más que una abolladura en el
guardabarros de Tyler si él no hubiera actuado con tanta rapidez. Tanta, me dije a mí misma,
que podría haber sido puro reflejo: ¿Cómo puede ser malo si tiene reflejos para salvar vidas?,
pensé. No hacía más que darle vueltas sin obtener respuestas.
Había una cosa de la que estaba segura, si es que estaba segura de algo: el oscuro
Edward del sueño de la pasada noche sólo era una reacción de mi miedo ante el mundo del
que había hablado Jacob, no del propio Edward. Aun así, cuando chillé de pánico ante el
ataque del hombre lobo, no fue el miedo al licántropo lo que arrancó de mis labios ese grito
de « ¡no!», sino a que él resultara herido. A pesar de que me había llamado con los colmillos
afilados, temía por él.
Y supe que tenía mi respuesta. Ignoraba si en realidad había tenido elección alguna vez.
Ya me había involucrado demasiado en el asunto. Ahora que lo sabía, si es que lo sabía, no
podía hacer nada con mi aterrador secreto, ya que cuando pensaba en él, en su voz, sus ojos
hipnóticos y la magnética fuerza de su personalidad, no quería otra cosa que estar con él de
inmediato, incluso si... Pero no podía pensar en ello, no aquí, sola en la penumbra del bosque,
no mientras la lluvia lo hiciera tan sombrío como el crepúsculo debajo del dosel de ramas y
disperso como huellas en un suelo enmarañado de tierra. Me estremecí y me levanté deprisa
de mi escondite, preocupada porque la lluvia hubiera borrado la senda.
Pero ésta permanecía allí, nítida y sinuosa, para que saliera del goteante laberinto verde.
La seguí de forma apresurada, con la capucha bien calada sobre la cabeza, sin dejar de
sorprenderme, mientras pasaba entre los árboles casi a la carrera, de lo lejos que había
llegado. Empecé a preguntarme si me dirigía a alguna salida o si la senda llevaría hasta más
allá de los confines del bosque. Atisbé algunos claros a través de la maraña de ramas antes de
que me entrara demasiado pánico, y luego oí un coche pasar por la carretera, y allí estaba el
jardín de Charlie que se extendía delante de mí, y la casa, que me llamaba y me prometía
calor y calcetines secos.
Apenas era mediodía cuando entré. Subí las escaleras y me puse ropa de estar por casa,
unos vaqueros y una camiseta, ya que no iba a salir. No me costó mucho esfuerzo
concentrarme en la tarea para ese día, un trabajo sobre Macbeth que debía entregar el
miércoles. Pergeñé un primer borrador del trabajo con una satisfacción y serenidad que no
sentía desde... Bueno, para ser sincera, desde el jueves.
Esa había sido siempre mi forma de ser. Adoptar decisiones era la parte que más me
dolía, la que me llevaba por la calle de la amargura. Pero una vez que tomaba la decisión, me
limitaba a seguirla... Por lo general, con el alivio que daba el haberla tomado. A veces, el
alivio se teñía de desesperación, como cuando resolví venir a Forks, pero seguía siendo mejor
que pelear con las alternativas.
Era ridículamente fácil vivir con esta decisión. Peligrosamente fácil.
De ese modo, el día fue tranquilo y productivo. Terminé mi trabajo antes de las ocho.
Charlie volvió a casa con abundante pesca, lo que me llevó a pensar en adquirir un libro de
recetas para pescado cuando estuviera en Seattle la semana siguiente. Los escalofríos que
corrían por mi espalda cada vez que pensaba en ese viaje no diferían de los que sentía antes de
mi paseo con Jacob Black. Creía que serían distintos. Deberían serlo, ¡deberían serlo! Sabía
que debería estar asustada, pero lo que sentía no era miedo exactamente.
Dormí sin sueños aquella noche, rendida como estaba por haberme levantado el
domingo tan temprano y haber descansando tan poco la noche anterior. Por segunda vez
desde mi llegada a Forks, me despertó la brillante luz de un día soleado.
Me levanté de un salto y corrí hacia la ventana; comprobé con asombro que apenas
había nubes en el cielo, y las pocas que había sólo eran pequeños jirones algodonosos de color
blanco que posiblemente no trajeran lluvia alguna. Abrí la ventana y me sorprendió que se
abriera sin ruido ni esfuerzo alguno a pesar de que no se había abierto en quién sabe cuántos
años, y aspiré el aire, relativamente seco. Casi hacía calor y apenas soplaba viento. Por mis
venas corría la adrenalina.
Charlie estaba terminando de desayunar cuando bajé las escaleras y de inmediato se
apercibió de mi estado de ánimo.
—Ahí fuera hace un día estupendo —comentó.
—Sí —coincidí con una gran sonrisa.
Me devolvió la sonrisa. La piel se arrugó alrededor de sus ojos castaños. Resultaba fácil
ver por qué mi madre y él se habían lanzado alegremente a un matrimonio tan prematuro
cuando Charlie sonreía. Gran parte del joven romántico que fue en aquellos días se había
desvanecido antes de que yo le conociera, cuando su rizado pelo castaño —del mismo color
que el mío, aunque de diferente textura— comenzaba a escasear y revelaba lentamente cada
vez más y más la piel brillante de la frente. Pero cuando sonreía, podía atisbar un poco del
hombre que se había fugado con Renée cuando ésta sólo tenía dos años más que yo ahora.
Desayuné animadamente mientras contemplaba revolotear las motas de polvo en los
chorros de luz que se filtraban por la ventana trasera. Charlie me deseó un buen día en voz
alta y luego oí que el coche patrulla se alejaba. Vacilé al salir de casa, impermeable en mano.
No llevarlo equivaldría a tentar al destino. Lo doblé sobre el brazo con un suspiro y salí
caminando bajo la luz más brillante que había visto en meses.
A fuerza de emplear a fondo los codos, fui capaz de bajar del todo los dos cristales de
las ventanillas del monovolumen. Fui una de las primeras en llegar al instituto. No había
comprobado la hora con las prisas de salir al aire libre. Aparqué y me dirigí hacia los bancos
del lado sur de la cafetería, que de vez en cuando se usaban para algún picnic. Los bancos
estaban todavía un poco húmedos, por lo que me senté sobre el impermeable, contenta de
poder darle un uso. Había terminado los deberes, fruto de una escasa vida social, pero había
unos cuantos problemas de Trigonometría que no estaba segura de haber resuelto bien. Abrí el
libro aplicadamente, pero me puse a soñar despierta a la mitad de la revisión del primer
problema. Garabateé distraídamente unos bocetos en los márgenes de los deberes. Después de
algunos minutos, de repente me percaté de que había dibujado cinco pares de ojos negros que
me miraban fijamente desde el folio. Los borré con la goma.
— ¡Bella! —oí gritar a alguien, y parecía la voz de Mike.
Al mirar a mi alrededor comprendí que la escuela se había ido llenando de gente
mientras estaba allí sentada, distraída. Todo el mundo llevaba camisetas, algunos incluso
vestían shorts a pesar de que la temperatura no debería sobrepasar los doce grados. Mike se
acercaba saludando con el brazo, lucía unos shorts de color caqui y una camiseta a rayas de
rugby.
Se sentó a mi lado con una sonrisa de oreja a oreja y las cuidadas puntas del pelo
reluciendo a la luz del sol. Estaba tan encantado de verme que no pude evitar sentirme
satisfecha.
—No me había dado cuenta antes de que tu pelo tiene reflejos rojos —comentó
mientras atrapaba entre los dedos un mechón que flotaba con la ligera brisa.
—Sólo al sol.
Me sentí incómoda cuando colocó el mechón detrás de mi oreja.
—Hace un día estupendo, ¿eh?
—La clase de días que me gustan —dije mostrando mi acuerdo.
— ¿Qué hiciste ayer?
El tono de su voz era demasiado posesivo.
—Me dediqué sobre todo al trabajo de Literatura.
No añadí que lo había terminado, no era necesario parecer pagada de mí misma. Se
golpeó la frente con la base de la mano.
—Ah, sí... Hay que entregarlo el jueves, ¿verdad?
—Esto... Creo que el miércoles.
— ¿El miércoles? —Frunció el ceño—. Mal asunto. ¿Sobre qué has escrito el tuyo?
—Acerca de la posible misoginia de Shakespeare en el tratamiento de los personajes
femeninos.
Me contempló como si le hubiera hablado en chino.
—Supongo que voy a tener que ponerme a trabajar en eso esta noche —dijo
desanimado—. Te iba a preguntar si querías salir.
—Ah.
Me había pillado con la guardia bajada. ¿Por qué ya no podía mantener una
conversación agradable con Mike sin que acabara volviéndose incómoda?
—Bueno, podíamos ir a cenar o algo así... Puedo trabajar más tarde.
Me sonrió lleno de esperanza.
—Mike... —odiaba que me pusieran en un aprieto—. Creo que no es una buena idea.
Se le descompuso el rostro.
— ¿Por qué? —preguntó con mirada cautelosa. Mis pensamientos volaron hacia
Edward, preguntándome si también Mike pensaba lo mismo.
—Creo, y te voy dar una buena tunda sin remordimiento alguno como repitas una sola
palabra de lo que voy a decir —le amenacé—, que eso heriría los sentimientos de Jessica.
Se quedó aturdido. Era obvio que no pensaba en esa dirección de ningún modo.
—Jessica?
—De verdad, Mike, ¿estás ciego?
—Vaya —exhaló claramente confuso.
Aproveché la ventaja para escabullirme.
—Es hora de entrar en clase, y no puedo llegar tarde.
Recogí los libros y los introduje en mi mochila.
Caminamos en silencio hacia el edificio tres. Mike iba con expresión distraída.
Esperaba que, cualesquiera que fueran los pensamientos en los que estuviera inmerso, éstos le
condujeran en la dirección correcta.
Cuando vi a Jessica en Trigonometría, desbordaba entusiasmo. Ella, Angela y Lauren
iban a ir de compras a Port Angeles esa tarde para buscar vestidos para el baile y quería que
yo también fuera, a pesar de que no necesitaba ninguno. Estaba indecisa. Sería agradable salir
del pueblo con algunas amigas, pero Lauren estaría allí y quién sabía qué podía hacer esa
tarde... Pero ése era definitivamente el camino erróneo para dejar correr mi imaginación...
De modo que le respondí que tal vez, explicándole que primero tenía que hablar con
Charlie.
No habló de otra cosa que del baile durante todo el trayecto hasta clase de Español y
continuó, como si no hubiera habido interrupción alguna, cuando la clase terminó al fin, cinco
minutos más tarde de la hora, y mientras nos dirigíamos a almorzar. Estaba demasiado
perdida en el propio frenesí de mis expectativas como para comprender casi nada de lo que
decía. Estaba dolorosamente ávida de ver no sólo a Edward sino a todos los Cullen, con el fin
de poder contrastar en ellos las nuevas sospechas que llenaban mi mente. Al cruzar el umbral
de la cafetería, sentí deslizarse por la espalda y anidar en mi estómago el primer ramalazo de
pánico. ¿Serían capaces de saber lo que pensaba? Luego me sobresaltó un sentimiento
distinto. ¿Estaría esperándome Edward para sentarse conmigo otra vez?
Fiel a mi costumbre, miré primero hacia la mesa de los Cullen. Un estremecimiento de
pánico sacudió mi vientre al percatarme de que estaba vacía. Con menor esperanza, recorrí la
cafetería con la mirada, esperando encontrarle solo, esperándome. El lugar estaba casi lleno
—la clase de Español nos había retrasado—, pero no había rastro de Edward ni de su familia.
El desconsuelo hizo mella en mí con una fuerza agobiante.
Anduve vacilante detrás de Jessica, sin molestarme en fingir por más tiempo que la
escuchaba.
Habíamos llegado lo bastante tarde para que todo el mundo se hubiera sentado ya en
nuestra mesa. Esquivé la silla vacía junto a Mike a favor de otra al lado de Angela. Fui
vagamente consciente de que Mike ofrecía amablemente la silla a Jessica, y de que el rostro
de ésta se iluminaba como respuesta.
Angela me hizo unas cuantas preguntas en voz baja sobre el trabajo de Macbeth, a las
que respondí con la mayor naturalidad posible mientras me hundía en las espirales de la
miseria. También ella me invitó a acompañarlas por la tarde, y ahora acepté, agarrándome a
cualquier cosa que me distrajera.
Comprendí que me había aferrado al último jirón de esperanza cuando vi el asiento
contiguo vacío al entrar en Biología, y sentí una nueva oleada de desencanto.
El resto del día transcurrió lentamente, con desconsuelo. En Educación física tuvimos
una clase teórica sobre las reglas del bádminton, la siguiente tortura que ponían en mi camino,
pero al menos eso significó que pude estar sentada escuchando en lugar de ir dando tumbos
por la pista. Lo mejor de todo es que el entrenador no terminó, por lo que tendría otra jornada
sin ejercicio al día siguiente. No importaba que me entregaran una raqueta antes de dejarme
libre el resto de la clase.
Me alegré de abandonar el campus. De esa forma podría poner mala cara y deprimirme
antes de salir con Jessica y compañía, pero apenas había traspasado el umbral de la casa de
Charlie, Jessica me telefoneó para cancelar nuestros planes. Intenté mostrarme encantada de
que Mike la hubiera invitado a cenar, aunque lo que en realidad me aliviaba era que al fin él
parecía que iba a tener éxito, pero ese entusiasmo me sonó falso hasta a mí. Ella reprogramó
nuestro viaje de compras a la tarde noche del día siguiente.
Aquello me dejaba con poco que hacer para distraerme. Había pescado en adobo, con
una ensalada y pan que había sobrado la noche anterior, por lo que no quedaba nada que
preparar. Me mantuve concentrada en los deberes, pero los terminé a la media hora. Revisé el
correo electrónico y leí los mails atrasados de mi madre, que eran cada vez más apremiantes
conforme se acercaban a la actualidad. Suspiré y tecleé una rápida respuesta.
Mamá:
Lo siento. He estado fuera. Me fui a la playa con algunos amigos y luego tuve que
escribir un trabajo para el instituto.
Mis excusas eran patéticas, por lo que renuncié a intentar justificarme.
Hoy hace un día soleado. Lo sé, yo también estoy muy sorprendida, por lo que me voy a
ir al aire libre para empaparme de toda la vitamina D que pueda. Te quiero.
Bella
Decidí matar una hora con alguna lectura que no estuviera relacionada con las clases.
Tenía una pequeña colección de libros que me había traído a Forks. El más gastado por el uso
era una recopilación de obras de Jane Austen. Lo seleccioné y me dirigí al patio trasero. Al
bajar las escaleras tomé un viejo edredón roto del armario de la ropa blanca.
Ya fuera, en. el pequeño patio cuadrado de Charlie, doblé el edredón por la mitad, lejos
del alcance de la sombra de los árboles, sobre el césped, que iba a permanecer húmedo sin
importar durante cuánto tiempo brillara el sol. Me tumbé bocabajo, con los tobillos
entrecruzados al aire, hojeando las diferentes novelas del libro mientras intentaba decidir cuál
ocuparía mi mente a fondo. Mis favoritas eran Orgullo y prejuicio y Sentido y sensibilidad.
Había leído la primera recientemente, por lo que comencé Sentido y sensibilidad, sólo para
recordar al comienzo del capítulo tres que el protagonista de la historia se llamaba Edward.
Enfadada, me puse a leer Mansfield Park, pero el héroe del texto se llamaba Edmund, y se
parecía demasiado. ¿No había a finales del siglo XVIII más nombres? Aturdida, cerré el libro
de golpe y me di la vuelta para tumbarme de espaldas. Me arremangué la blusa lo máximo
posible y cerré los ojos. No quería pensar en otra cosa que no fuera el calor del sol sobre mi
piel, me dije a mí misma. La brisa seguía siendo suave, pero su soplo lanzaba mechones de
pelo sobre mi rostro, haciéndome cosquillas. Me recogí el pelo detrás de la cabeza, dejándolo
extendido en forma de abanico sobre el edredón, y me concentré de nuevo en el calor que me
acariciaba los párpados, los pómulos, la nariz, los labios, los antebrazos, el cuello y calentaba
mi blusa ligera.
Lo próximo de lo que fui consciente fue el sonido del coche patrulla de Charlie al girar
sobre las losas de la acera. Me incorporé sorprendida al comprender que la luz ya se había
ocultado detrás de los árboles y que me había dormido. Miré a mi alrededor, hecha un lío, con
la repentina sensación de no estar sola.
— ¿Charlie? —pregunté, pero sólo oí cerrarse de un portazo la puerta de su coche frente
a la casa.
Me incorporé de un salto, con los nervios a flor de piel sin ningún motivo, para recoger
el edredón, ahora empapado, y el libro. Corrí dentro para echar algo de gasóleo a la estufa al
tiempo que me daba cuenta de que la cena se iba a retrasar. Charlie estaba colgando el cinto
con la pistola y quitándose las botas cuando entré.
—Lo siento, papá, la cena aún no está preparada. Me quedé dormida ahí fuera —dije
reprimiendo un bostezo.
—No te preocupes ——contestó—. De todos modos, quería enterarme del resultado del
partido.
Vi la televisión con Charlie después de la cena, por hacer algo. No había ningún
programa que quisiera ver, pero él sabía que no me gustaba el baloncesto, por lo que puso una
estúpida comedia de situación que no disfrutamos ninguno de los dos. No obstante, parecía
feliz de que hiciéramos algo juntos. A pesar de mi tristeza, me sentí bien por complacerle.
—Papá —dije durante los anuncios—, Jessica y Angela van a ir a mirar vestidos para el
baile mañana por la tarde a Port Angeles y quieren que las ayude a elegir. ¿Te importa que las
acompañe?
—Jessica Stanley? —preguntó.
—Y Angela Weber.
Suspiré mientras le daba todos los detalles.
—Pero tú no vas a asistir al baile, ¿no? —comentó. No lo entendía.
—No, papá, pero las voy a ayudar a elegir los vestidos —no tendría que explicarle esto
a una mujer—. Ya sabes, aportar una crítica constructiva.
—Bueno, de acuerdo —pareció comprender que aquellos temas de chicas se le
escapaban—. Aunque, ¿no hay colegio por la tarde?
—Saldremos en cuanto acabe el instituto, por lo que podremos regresar temprano. Te
dejaré lista la cena, ¿vale?
—Bella, me he alimentado durante diecisiete años antes de que tú vinieras —me
recordó.
—Y no sé cómo has sobrevivido —dije entre dientes para luego añadir con mayor
claridad—: Te voy a dejar algo de comida fría en el frigorífico para que te prepares un par de
sandwiches, ¿de acuerdo? En la parte de arriba.
Me dedicó una divertida mirada de tolerancia.
Al día siguiente, la mañana amaneció soleada. Me desperté con esperanzas renovadas
que intenté suprimir con denuedo. Como el día era más templado, me puse una blusa escotada
de color azul oscuro, una prenda que hubiera llevado en Phoenix durante lo más crudo del
invierno.
Había planeado llegar al colegio justo para no tener que esperar a entrar en clase.
Desmoralizada, di una vuelta completa al aparcamiento en busca de un espacio al tiempo que
buscaba también el Volvo plateado, que, claramente, no estaba allí. Aparqué en la última fila
y me apresuré a clase de Lengua, llegando sin aliento ni brío, pero antes de que sonara el
timbre.Ocurrió lo mismo que el día anterior. No pude evitar tener ciertas esperanzas que se
disiparon dolorosamente cuando en vano recorrí con la mirada el comedor y comprobé que
seguía vacío el asiento contiguo al mío de la mesa de Biología.
El plan de ir a Port Angeles por la tarde regresó con mayor atractivo al tener Lauren
otros compromisos. Estaba ansiosa por salir del pueblo, para poder dejar de mirar por encima
del hombro, con la esperanza de verlo aparecer de la nada como siempre hacía. Me prometí a
mí misma que iba a estar de buen humor para no arruinar a Angela ni a Jessica el placer de la
caza de vestidos. Puede que también yo hiciera algunas pequeñas compras. Me negaba a creer
que esta semana podría ir de compras sola en Seattle porque Edward ya no estuviera
interesado en nuestro plan. Seguramente no lo cancelaría sin decírmelo al menos.
Jessica me siguió hasta casa en su viejo Mercury blanco después de clase para que
pudiera dejar los libros y mi coche. Me cepillé el pelo a toda prisa mientras estaba dentro,
sintiendo resurgir una leve excitación ante la expectativa de salir de Forks. Sobre la mesa,
dejé una nota para Charlie en la que le volvía a explicar dónde encontrar la cena, cambié mi
desaliñada mochila escolar por un bolso que utilizaba muy de tarde en tarde y corrí a reunirme
con Jessica. A continuación fuimos a casa de Angela, que nos estaba esperando. Mi
excitación crecía exponencialmente conforme el coche se alejaba de los límites del pueblo.


PORT ANGELES
Jessica conducía aún más deprisa que Charlie, por lo que estuvimos en Port Angeles a
eso de las cuatro. Hacía bastante tiempo que no había tenido una salida nocturna sólo de
chicas; el subidón del estrógeno resultó vigorizante. Escuchamos canciones de rock mientras
Jessica hablaba sobre los chicos con los que solíamos estar. Su cena con Mike había ido muy
bien y esperaba que el sábado por la noche hubieran progresado hasta llegar a la etapa del
primer beso. Sonreí para mis adentros, complacida. Angela estaba feliz de asistir al baile
aunque en realidad no le interesaba Eric. Jess intentó hacerle confesar cuál era su tipo de
chico, pero la interrumpí con una pregunta sobre vestidos poco después, para distraerla.
Angela me dedicó una mirada de agradecimiento.
Port Angeles era una hermosa trampa para turistas, mucho más elegante y encantadora
que Forks, pero Jessica y Angela la conocían bien, por lo que no planeaban desperdiciar el
tiempo en el pintoresco paseo marítimo cerca de la bahía. Jessica condujo directamente hasta
una de las grandes tiendas de la ciudad, situada a unas pocas calles del área turística de la
bahía.
Se había anunciado que el baile sería de media etiqueta y ninguna de nosotras sabía con
exactitud qué significaba aquello. Jessica y Angela parecieron sorprendidas y casi no se lo
creyeron cuando les dije que nunca había ido a ningún baile en Phoenix.
— ¿Ni siquiera has tenido un novio ni nada por el estilo? —me preguntó Jess dubitativa
mientras cruzábamos las puertas frontales de la tienda.
—De verdad —intentaba convencerla sin querer confesar mis problemas con el baile—.
Nunca he tenido un novio ni nada que se le parezca. No salía mucho en Phoenix.
— ¿Por qué no? —quiso saber Jessica.
—Nadie me lo pidió —respondí con franqueza.
Parecía escéptica.
—Aquí te lo han pedido —me recordó—, y te has negado.
En ese momento estábamos en la sección de ropa juvenil, examinando las perchas con
vestidos de gala.
—Bueno, excepto con Tyler —me corrigió Angela con voz suave.
— ¿Perdón? —me quedé boquiabierta—. ¿Qué dices?
—Tyler le ha dicho a todo el mundo que te va a llevar al baile de la promoción —me
informó Jessica con suspicacia.
— ¿Que dice el qué?
Parecía que me estaba ahogando.
—Te dije que no era cierto —susurró Angela a Jessica.
Permanecí callada, aún en estado de shock, que rápidamente se convirtió en irritación.
Pero ya habíamos encontrado la sección de vestidos y ahora teníamos trabajo por delante.
—Por eso no le caes bien a Lauren —comentó entre risitas Jessica mientras
toqueteábamos la ropa.
Me rechinaron los dientes.
— ¿Crees que Tyler dejaría de sentirse culpable si lo atropellara con el monovolumen,
que eso le haría perder el interés en disculparse y quedaríamos en paz?
—Puede —Jess se rió con disimulo—, si es que lo está haciendo por ese motivo.
La elección de los vestidos no fue larga, pero ambas encontraron unos cuantos que
probarse. Me senté en una silla baja dentro del probador, junto a los tres paneles del espejo,
intentando controlar mi rabia.
Jess se mostraba indecisa entre dos. Uno era un modelo sencillo, largo y sin tirantes; el
otro, un vestido de color azul, con tirantes finos, que le llegaba hasta la rodilla. Angela eligió
un vestido color rosa claro cuyos pliegues realzaban su alta figura y resaltaban los tonos
dorados de su pelo castaño claro. Las felicité a ambas con profusión y las ayudé a colocar en
las perchas los modelos descartados.
Nos dirigimos a por los zapatos y otros complementos. Me limité a observar y criticar
mientras ellas se probaban varios pares, porque, aunque necesitaba unos zapatos nuevos, no
estaba de humor para comprarme nada. La tarde noche de chicas siguió a la estela de mi
enfado con Tyler, que poco a poco fue dejando espacio a la melancolía.
— ¿Angela? —comencé titubeante mientras ella intentaba calzarse un par de zapatos
rosas con tacones y tiras. Estaba alborozada de tener una cita con un chico lo bastante alto
como para poder llevar tacones. Jessica se había dirigido hacia el mostrador de la joyería y
estábamos las dos solas.
Extendió la pierna y torció el tobillo para conseguir la mejor vista posible del zapato.
Me acobardé y dije:
—Me gustan.
—Creo que me los voy a llevar, aunque sólo van a hacer juego con este vestido —
musitó.
—Venga, adelante. Están en venta —la animé.
Ella sonrió mientras volvía a colocar la tapa de una caja que contenía unos zapatos de
color blanco y aspecto más práctico. Lo intenté otra vez.
—Esto... Angela... —la aludida alzó los ojos con curiosidad.
— ¿Es normal que los Cullen falten mucho a clase?
Mantuvo los ojos fijos en los zapatos. Fracasé miserablemente en mi intento de parecer
indiferente.
—Sí, cuando el tiempo es bueno agarran las mochilas y se van de excursión varios días,
incluso el doctor —me contestó en voz baja y sin dejar de mirar a los zapatos—. Les encanta
vivir al aire libre.
No me formuló ni una pregunta en lugar de las miles que hubiera provocado la mía en
los labios de Jessica. Angela estaba empezando a caerme realmente bien.
—Vaya.
Zanjé el tema cuando Jessica regresó para mostrarnos un diamante de imitación que
había encontrado en la joyería a juego con sus zapatos plateados.
Habíamos planeado ir a cenar a un pequeño restaurante italiano junto al paseo marítimo,
pero la compra de la ropa nos había llevado menos tiempo del esperado. Jess y Angela fueron
a dejar las compras en el coche y entonces bajamos dando un paseo hacia la bahía. Les dije
que me reuniría con ellas en el restaurante en una hora, ya que quería buscar una librería.
Ambas se mostraron deseosas de acompañarme, pero las animé a que se divirtieran.
Ignoraban lo mucho que me podía abstraer cuando estaba rodeada de libros, era algo que
prefería hacer sola. Se alejaron del coche charlando animadamente y yo me encaminé en la
dirección indicada por Jess.
No hubo problema en encontrar la librería, pero no tenían lo que buscaba. Los
escaparates estaban llenos de vasos de cristal, dreamcatchers2 y libros sobre sanación
2 [N. del T.] Objeto consistente en un círculo del que penden plumas en cuyo
centro hay una red; se cuelga en la pared de los dormitorios, ya que, según la
tradición de los indios ojibwa, atrapa las pesadillas de los niños dormidos.
espiritual. Ni siquiera entré. Desde fuera vi a una mujer de cincuenta años con una melena
gris que le caía sobre la espalda. Lucía un vestido de los años sesenta y sonreía cordialmente
detrás de un mostrador. Decidí que era una conversación que me podía evitar. Tenía que
haber una librería normal en la ciudad.
Anduve entre las calles, llenas por el tráfico propio del final de la jornada laboral, con la
esperanza de dirigirme hacia el centro. Caminaba sin saber adonde iba porque luchaba contra
la desesperación, intentaba no pensar en él con todas mis fuerzas y, por encima de todo,
pretendía acabar con mis esperanzas para el viaje del sábado, temiendo una decepción aún
más dolorosa que el resto. Cuando alcé los ojos y vi un Volvo plateado aparcado en la calle
todo se me vino encima. Vampiro estúpido y voluble, pensé.
Avancé pisando fuerte en dirección sur, hacia algunas tiendas de escaparates de
apariencia prometedora, pero cuando llegué al lugar, sólo se trataba de un establecimiento de
reparaciones y otro que estaba desocupado. Aún me quedaba mucho tiempo para ir en busca
de Jess y Angela, y necesitaba recuperar el ánimo antes de reunirme con ellas. Después de
mesarme los cabellos un par de veces al tiempo que suspiraba profundamente, continué para
doblar la esquina.
Al cruzar otra calle comencé a darme cuenta de que iba en la dirección equivocada. Los
pocos viandantes que había visto se dirigían hacia el norte y la mayoría de los edificios de la
zona parecían almacenes. Decidí dirigirme al este en la siguiente esquina y luego dar la vuelta
detrás de unos bloques de edificios para probar suerte en otra calle y regresar al paseo
marítimo.
Un grupo de cuatro hombres doblaron la esquina a la que me dirigía. Yo vestía de
manera demasiado informal para ser alguien que volvía a casa después de la oficina, pero
ellos iban demasiado sucios para ser turistas. Me percaté de que no debían de tener muchos
más años que yo conforme se fueron aproximando. Iban bromeando entre ellos en voz alta,
riéndose escandalosamente y dándose codazos unos a otros. Salí pitando lo más lejos posible
de la parte interior de la acera para dejarles vía libre, caminé rápidamente mirando hacia la
esquina, detrás de ellos.
— ¡Eh, ahí! —dijo uno al pasar.
Debía de estar refiriéndose a mí, ya que no había nadie más por los alrededores. Alcé la
vista de inmediato. Dos de ellos se habían detenido y los otros habían disminuido el paso. El
más próximo, un tipo corpulento, de cabello oscuro y poco más de veinte años, era el que
parecía haber hablado. Llevaba una camisa de franela abierta sobre una camiseta sucia, unos
vaqueros con desgarrones y sandalias. Avanzó medio paso hacia mí.
— ¡Pero bueno! —murmuré de forma instintiva.
Entonces desvié la vista y caminé más rápido hacia la esquina. Les podía oír reírse
estrepitosamente detrás de mí.
— ¡Eh, espera! —gritó uno de ellos a mis espaldas, pero mantuve la cabeza gacha y
doblé la esquina con un suspiro de alivio. Aún les oía reírse ahogadamente a mis espaldas.
Me encontré andando sobre una acera que pasaba junto a la parte posterior de varios
almacenes de colores sombríos, cada uno con grandes puertas en saliente para descargar
camiones, cerradas con candados durante la noche. La parte sur de la calle carecía de acera,
consistía en una cerca de malla metálica rematada en alambre de púas por la parte superior
con el fin de proteger algún tipo de piezas mecánicas en un patio de almacenaje. En mi
vagabundeo había pasado de largo por la parte de Port Angeles que tenía intención de ver
como turista. Descubrí que anochecía cuando las nubes regresaron, arracimándose en el
horizonte de poniente, creando un ocaso prematuro. Al oeste, el cielo seguía siendo claro,
pero, rasgado por rayas naranjas y rosáceas, comenzaba a agrisarse. Me había dejado la
cazadora en el coche y un repentino escalofrío hizo que me abrazara con fuerza el torso. Una
única furgoneta pasó a mi lado y luego la carretera se quedó vacía.
De repente, el cielo se oscureció más y al mirar por encima del hombro para localizar a
la nube causante de esa penumbra, me asusté al darme cuenta de que dos hombres me seguían
sigilosamente a seis metros.
Formaban parte del mismo grupo que había dejado atrás en la esquina, aunque ninguno
de los dos era el moreno que se había dirigido a mí. De inmediato, miré hacia delante y
aceleré el paso. Un escalofrío que nada tenía que ver con el tiempo me recorrió la espalda.
Llevaba el bolso en el hombro, colgando de la correa cruzada alrededor del pecho, como se
suponía que tenía que llevarlo para evitar que me lo quitaran de un tirón. Sabía exactamente
dónde estaba mi aerosol de autodefensa, en el talego de debajo de la cama que nunca había
llegado a desempaquetar. No llevaba mucho dinero encima, sólo veintitantos dólares, pero
pensé en arrojar «accidentalmente» el bolso y alejarme andando. Mas una vocecita asustada
en el fondo de mi mente me previno que podrían ser algo peor que ladrones.
Escuché con atención los silenciosos pasos, mucho más si se los comparaba con el
bullicio que estaban armando antes. No parecía que estuvieran apretando el paso ni que se
encontraran más cerca. Respira, tuve que recordarme. No sabes si te están siguiendo.
Continué andando lo más deprisa posible sin llegar a correr, concentrándome en el giro que
había a mano derecha, a pocos metros. Podía oírlos a la misma distancia a la que se
encontraban antes. Procedente de la parte sur de la ciudad, un coche azul giró en la calle y
pasó velozmente a mi lado. Pensé en plantarme de un salto delante de él, pero dudé, inhibida
al no saber si realmente me seguían, y entonces fue demasiado tarde.
Llegué a la esquina, pero una rápida ojeada me mostró un callejón sin salida que daba a
la parte posterior de otro edificio. En previsión, ya me había dado media vuelta. Debía
rectificar a toda prisa, cruzar como un bólido el estrecho paseo y volver a la acera. La calle
finalizaba en la próxima esquina, donde había una señal de stop. Me concentré en los débiles
pasos que me seguían mientras decidía si echar a correr o no. Sonaban un poco más lejanos,
aunque sabía que, en cualquier caso, me podían alcanzar si corrían. Estaba segura de que
tropezaría y me caería de ir más deprisa. Las pisadas sonaban más lejos, sin duda, y por eso
me arriesgué a echar una ojeada rápida por encima del hombro. Vi con alivio que ahora
estaban a doce metros de mí, pero ambos me miraban fijamente.
El tiempo que me costó llegar a la esquina se me antojó una eternidad. Mantuve un
ritmo vivo, hasta el punto de rezagarlos un poco más con cada paso que daba. Quizás
hubieran comprendido que me habían asustado y lo lamentaban. Vi cruzar la intersección a
dos automóviles que se dirigieron hacia el norte. Estaba a punto de llegar, y suspiré aliviada.
En cuanto hubiera dejado aquella calle desierta habría más personas a mí alrededor. En un
momento doblé la esquina con un suspiro de agradecimiento.
Y me deslicé hasta el stop.
A ambos lados de la calle se alineaban unos muros blancos sin ventanas. A lo lejos
podía ver dos intersecciones, farolas, automóviles y más peatones, pero todos ellos estaban
demasiado lejos, ya que los otros dos hombres del grupo estaban en mitad de la calle,
apoyados contra un edificio situado al oeste, mirándome con unas sonrisas de excitación que
me dejaron petrificada en la acera. Súbitamente comprendí que no me habían estado
siguiendo.
Me habían estado conduciendo como al ganado.
Me detuve por unos breves instantes, aunque me pareció mucho tiempo. Di media
vuelta y me lancé como una flecha hacia el otro lado dé la acera. Tuve la funesta premonición
de que era un intento estéril. Las pisadas que me seguían se oían más fuertes.
— ¡Ahí está!
La voz atronadora del tipo rechoncho de pelo negro rompió la intensa quietud y me hizo
saltar. En la creciente oscuridad parecía que iba a pasar de largo.
— ¡Sí! —Gritó una voz a mis espaldas, haciéndome dar otro salto mientras intentaba
correr calle abajo—. Apenas nos hemos desviado.
Ahora debía andar despacio. Estaba acortando con demasiada rapidez la distancia
respecto a los dos que esperaban apoyados en la pared. Era capaz de chillar con mucha
potencia e inspiré aire, preparándome para proferir un grito, pero tenía la garganta demasiado
seca para estar segura del volumen que podría generar. Con un rápido movimiento deslicé el
bolso por encima de la cabeza y aferré la correa con una mano, lista para dárselo o usarlo
como arma, según lo dictasen las circunstancias.
El gordo, ya lejos del muro, se encogió de hombros cuando me detuve con cautela y
caminó lentamente por la calle.
—Apártese de mí —le previne con voz que se suponía debía sonar fuerte y sin miedo,
pero tenía razón en lo de la garganta seca, y salió... sin volumen.
—No seas así, ricura —gritó, y una risa ronca estalló detrás de mí.
Separé los pies, me aseguré en el suelo e intenté recordar, a pesar del pánico, lo poco de
autodefensa que sabía. La base de la mano hacia arriba para romperle la nariz, con suerte, o
incrustándosela en el cerebro. Introducir los dedos en la cuenca del ojo, intentando
engancharlos alrededor del hueso para sacarle el ojo. Y el habitual rodillazo a la ingle, por
supuesto. Esa misma vocecita pesimista habló de nuevo para recordarme que probablemente
no tendría ninguna oportunidad contra uno, y eran cuatro. « ¡Cállate!», le ordené a la voz
antes de que el pánico me incapacitara. No iba a caer sin llevarme a alguno conmigo. Intenté
tragar saliva para ser capaz de proferir un grito aceptable.
Súbitamente, unos faros aparecieron a la vuelta de la esquina. El coche casi atropello al
gordo, obligándole a retroceder hacia la acera de un salto. Me lancé al medio de la carretera.
Ese auto iba a pararse o tendría que atropellarme, pero, de forma totalmente inesperada, el
coche plateado derrapó hasta detenerse con la puerta del copiloto abierta a menos de un
metro.
—Entra —ordenó una voz furiosa.
Fue sorprendente cómo ese miedo asfixiante se desvaneció al momento, y sorprendente
también la repentina sensación de seguridad que me invadió, incluso antes de abandonar la
calle, en cuanto oí su voz. Salté al asiento y cerré la puerta de un portazo.
El interior del coche estaba a oscuras, la puerta abierta no había proyectado ninguna luz,
por lo que a duras penas conseguí verle el rostro gracias a las luces del salpicadero. Los
neumáticos chirriaron cuando rápidamente aceleró y dio un volantazo que hizo girar el
vehículo hacia los atónitos hombres de la calle antes de dirigirse al norte de la ciudad. Los vi
de refilón cuando se arrojaron al suelo mientras salíamos a toda velocidad en dirección al
puerto.
—Ponte el cinturón de seguridad —me ordenó; entonces comprendí que me estaba
aferrando al asiento con las dos manos.
Le obedecí rápidamente. El chasquido al enganchar el cinturón sonó con fuerza en la
penumbra. Se desvió a la izquierda para avanzar a toda velocidad, saltándose varias señales de
stop sin detenerse.
Pero me sentía totalmente segura y, por el momento, daba igual adonde fuéramos. Le
miré con profundo alivio, un alivio que iba más allá de mi repentina liberación. Estudié las
facciones perfectas del rostro de Edward a la escasa luz del salpicadero, esperando a recuperar
el aliento, hasta que me pareció que su expresión reflejaba una ira homicida.
— ¿Estás enfadado conmigo? —le pregunté, sorprendida de lo ronca que sonó mi voz.
—No —respondió tajante, pero su tono era de furia.
Me quedé en silencio, contemplando su cara mientras él miraba al frente con unos ojos
rojos como brasas, hasta que el coche se detuvo de repente. Miré alrededor, pero estaba
demasiado oscuro para ver otra cosa que no fuera la vaga silueta de los árboles en la cuneta de
la carretera. Ya no estábamos en la ciudad.
— ¿Bella? —preguntó con voz tensa y mesurada.
— ¿Sí?
Mi voz aún sonaba ronca. Intenté aclararme la garganta en silencio.
— ¿Estás bien?
Aún no me había mirado, pero la rabia de su cara era evidente.
—Sí —contesté con voz ronca.
—Distráeme, por favor —ordenó.
—Perdona, ¿qué?
Suspiró con acritud.
—Limítate a charlar de cualquier cosa insustancial hasta que me calme —aclaró
mientras cerraba los ojos y se pellizcaba el puente de la nariz con los dedos pulgar e índice.
—Eh... —me estrujé los sesos en busca de alguna trivialidad—. Mañana antes de clase
voy a atropellar a Tyler Crowley.
Edward siguió con los ojos cerrados, pero curvó la comisura de los labios.
— ¿Por qué?
—Va diciendo por ahí que me va a llevar al baile de promoción... O está loco o intenta
hacer olvidar que casi me mata cuando... Bueno, tú lo recuerdas, y cree que la promoción es la
forma adecuada de hacerlo. Estaremos en paz si pongo en peligro su vida y ya no podrá seguir
intentando enmendarlo. No necesito enemigos, y puede que Lauren se apacigüe si Tyler me
deja tranquila. Aunque también podría destrozarle el Sentra. No podrá llevar a nadie al baile
de fin de curso si no tiene coche... —proseguí.
—Estaba enterado —sonó algo más sosegado.
— ¿Sí? —pregunté incrédula; mi irritación previa se enardeció—. Si está paralítico del
cuello para abajo, tampoco podrá ir al baile de fin de curso —musité, refinando mi plan.
Edward suspiró y al fin abrió los ojos.
— ¿Estás bien?
—En realidad, no.
Esperé, pero no volvió a hablar. Reclinó la cabeza contra el asiento y miró el techo del
Volvo. Tenía el rostro rígido.
— ¿Qué es lo que pasa? —inquirí con un hilo de voz.
—A veces tengo problemas con mi genio, Bella.
También él susurraba, y no dejaba de mirar por la ventana mientras lo hacía, con los
ojos entrecerrados.
—Pero no me conviene dar media vuelta y dar caza a esos... —no terminó la frase,
desvió la mirada y volvió a luchar por controlar la rabia. Luego, continuó—: Al menos, eso es
de lo que me intento convencer.
—Ah.
La palabra parecía inadecuada, pero no se me ocurría una respuesta mejor. De nuevo
permanecimos sentados en silencio. Miré el reloj del salpicadero, que marcaba las seis y
media pasadas.
—Jessica y Angela se van a preocupar —murmuré—. Iba a reunirme con ellas.
Arrancó el motor sin decir nada más, girando con suavidad y regresando rápidamente
hacia la ciudad. Siguió conduciendo a gran velocidad cuando estuvimos bajo las lámparas,
sorteando con facilidad los vehículos más lentos que cruzaban el paseo marítimo. Aparcó en
paralelo al bordillo en un espacio que yo habría considerado demasiado pequeño para el
Volvo, pero él lo encajó sin esfuerzo al primer intento. Miré por la ventana en busca de las
luces de La Bella Italia. Jess y Angela acababan de salir y se alejaban caminando con rapidez.
— ¿Cómo sabías dónde...? —comencé, pero luego me limité a sacudir la cabeza. Oí
abrirse la puerta y me giré para verle salir.
— ¿Qué haces?
—Llevarte a cenar.
Sonrió levemente, pero la mirada continuaba siendo severa. Se alejó del coche y cerró
de un portazo. Me peleé con el cinturón de seguridad y me apresuré a salir también del coche.
Me esperaba en la acera y habló antes de que pudiera despegar los labios.
—Detén a Jessica y Angela antes de que también deba buscarlas a ellas. Dudo que
pudiera volver a contenerme si me tropiezo otra vez con tus amigos.
Me estremecí ante el tono amenazador de su voz.
— ¡Jess, Angela! —les grité, saludando con el brazo cuando se volvieron. Se
apresuraron a regresar. El manifiesto alivio de sus rostros se convirtió en sorpresa cuando
vieron quién estaba a mi lado. A unos metros de nosotros, vacilaron.
— ¿Dónde has estado? —preguntó Jessica con suspicacia.
—Me perdí —admití con timidez—, y luego me encontré con Edward.
Le señalé con un gesto.
— ¿Os importaría que me uniera a vosotras? —preguntó con voz sedosa e irresistible.
Por sus rostros estupefactos supe que él nunca antes había empleado a fondo sus talentos con
ellas.
—Eh, sí, claro —musitó Jessica.
—De hecho —confesó Angela—, Bella, lo cierto es que ya hemos cenado mientras te
esperábamos... Perdona.
—No pasa nada —me encogí de hombros—. No tengo hambre.
—Creo que deberías comer algo —intervino Edward en voz baja, pero autoritaria.
Buscó a Jessica con la mirada y le habló un poco más alto—: ¿Os importa que lleve a Bella a
casa esta noche? Así, no tendréis que esperar mientras cena.
—Eh, supongo que no... hay problema...
Jess se mordió el labio en un intento de deducir por mi expresión si era eso lo que yo
quería. Le guiñé un ojo. Nada deseaba más que estar a solas con mi perpetuo salvador. Había
tantas preguntas con las que no le podía bombardear mientras no estuviéramos solos...
—De acuerdo —Angela fue más rápida que Jessica—. Os vemos mañana, Bella,
Edward...
Tomó la mano de Jessica y la arrastró hacia el coche, que pude ver un poco más lejos,
aparcado en First Street. Cuando entraron, Jess se volvió y me saludó con la mano. Por su
rostro supe que se moría de curiosidad. Le devolví el saludo y esperé a que se alejaran antes
de volverme hacia Edward.
—De verdad, no tengo hambre —insistí mientras alzaba la mirada para estudiar su
rostro. Su expresión era inescrutable.
—Compláceme.
Se dirigió hasta la puerta del restaurante y la mantuvo abierta con gesto obstinado.
Evidentemente, no había discusión posible. Pasé a su lado y entré con un suspiro de
resignación.
Era temporada baja para el turismo en Port Angeles, por lo que el restaurante no estaba
lleno. Comprendí el brillo de los ojos de nuestra anfitriona mientras evaluaba a Edward. Le
dio la bienvenida con un poco más de entusiasmo del necesario. Me sorprendió lo mucho que
me molestó. Me sacaba varios centímetros y era rubia de bote.
— ¿Tienen una mesa para dos? —preguntó Edward con voz tentadora, lo pretendiese o
no.
Vi cómo los ojos de la rubia se posaban en mí y luego se desviaban, satisfecha por mi
evidente normalidad y la falta de contacto entre Edward y yo. Nos condujo a una gran mesa
para cuatro en el centro de la zona más concurrida del comedor.
Estaba a punto de sentarme cuando Edward me indicó lo contrario con la cabeza.
— ¿Tiene, tal vez, algo más privado? —insistió con voz suave a la anfitriona. No estaba
segura, pero me pareció que le entregaba discretamente una propina. No había visto a nadie
rechazar una mesa salvo en las viejas películas.
—Naturalmente —parecía tan sorprendida como yo. Se giró y nos condujo alrededor de
una mampara hasta llegar a una sala de reservados—. ¿Algo como esto?
—Perfecto.
Le dedicó una centelleante sonrisa a la dueña, dejándola momentáneamente
deslumbrada.
—Esto... —sacudió la cabeza, bizqueando—. Ahora mismo les atiendo.
Se alejó caminando con paso vacilante.
—De veras, no deberías hacerle eso a la gente —le critiqué—. Es muy poco cortés.
— ¿Hacer qué?
—Deslumbrarla... Probablemente, ahora está en la cocina hiperventilando.
Pareció confuso.
—Oh, venga —le dije un poco dubitativa—. Tienes que saber el efecto que produces en
los demás.
Ladeó la cabeza con los ojos llenos de curiosidad.
— ¿Los deslumbro?
— ¿No te has dado cuenta? ¿Crees que todos ceden con tanta facilidad?
Ignoró mis preguntas.
— ¿Te deslumbro a ti?
—Con frecuencia —admití.
Entonces llegó la camarera, con rostro expectante. La anfitriona había hecho mutis por
el foro definitivamente, y la nueva chica no parecía decepcionada. Se echó un mechón de su
cabello negro detrás de la oreja, y sonrió con innecesaria calidez.
—Hola. Me llamo Amber y voy a atenderles esta noche. ¿Qué les pongo de beber?
No pasé por alto que sólo se dirigía a él. Edward me miró.
—Voy a tomar una CocaCola.
Pareció una pregunta.
—Dos —dijo él.
—Enseguida las traigo —le aseguró con otra sonrisa innecesaria, pero él no lo vio,
porque me miraba a mí.
— ¿Qué pasa? —le pregunté cuando se fue la camarera. Tenía la mirada fija en mi
rostro.
— ¿Cómo te sientes?
—Estoy bien —contesté, sorprendida por la intensidad.
— ¿No tienes mareos, ni frío, ni malestar...? y
— ¿Debería?
Se rió entre dientes ante la perplejidad de mi respuesta.
—Bueno, de hecho esperaba que entraras en estado de shock.
Su rostro se contrajo al esbozar aquella perfecta sonrisa de picardía.
—Dudo que eso vaya a suceder —respondí después de tomar aliento—. Siempre se me
ha dado muy bien reprimir las cosas desagradables.
—Da igual, me sentiré mejor cuando hayas tomado algo de glucosa y comida.
La camarera apareció con nuestras bebidas y una cesta de colines en ese preciso
momento. Permaneció de espaldas a mí mientras las colocaba sobre la mesa.
— ¿Han decidido qué van a pedir? —preguntó a Edward.
— ¿Bella? —inquirió él.
Ella se volvió hacia mí a regañadientes. Elegí lo primero que vi en el menú.
—Eh... Tomaré el ravioli de setas.
— ¿Y usted?
Se volvió hacia Edward con una sonrisa.
—Nada para mí —contestó.
No, por supuesto que no.
—Si cambia de opinión, hágamelo saber.
La sonrisa coqueta seguía ahí, pero él no la miraba y la camarera se marchó
descontenta.
—Bebe —me ordenó.
Al principio, di unos sorbitos a mi refresco obedientemente; luego, bebí a tragos más
largos, sorprendida de la sed que tenía. Comprendí que me la había terminado toda cuando
Edward empujó su vaso hacia mí.
—Gracias —murmuré, aún sedienta.
El frío del refresco se extendió por mi pecho y me estremecí.
— ¿Tienes frío?
—Es sólo la Coca—Cola —le expliqué mientras volvía a estremecerme.
— ¿No tienes una cazadora? —me reprochó.
—Sí —miré a la vacía silla contigua y caí en la cuenta—. Vaya, me la he dejado en el
coche de Jessica.
Edward se quitó la suya. No podía apartar los ojos de su rostro, simplemente. Me
concentré para obligarme a hacerlo en ese momento. Se estaba quitando su cazadora de cueto
beis debajo de la cual llevaba un suéter de cuello vuelto que se ajustaba muy bien, resaltando
lo musculoso que era su pecho.
Me entregó su cazadora y me interrumpió mientras me lo comía con los ojos.
—Gracias —dije nuevamente mientas deslizaba los brazos en su cazadora.
La prenda estaba helada, igual que cuando me ponía mi ropa a primera hora de la
mañana, colgada en el vestíbulo, en el que hay mucha corriente de aire. Tirité otra vez. Tenía
un olor asombroso. Lo olisqueé en un intento de identificar aquel delicioso aroma, que no se
parecía a ninguna colonia. Las mangas eran demasiado largas y las eché hacia atrás para tener
libres las manos.
—Tu piel tiene un aspecto encantador con ese color azul —observó mientras me
miraba. Me sorprendió y bajé la vista, sonrojada, por supuesto.
Empujó la cesta con los colines hacia mí.
—No voy a entrar en estado de shock, de verdad —protesté.
—Pues deberías, una persona normal lo haría, y tú ni siquiera pareces alterada.
Daba la impresión de estar desconcertado. Me miró a los ojos y vi que los suyos eran
claros, más claros de lo que anteriormente los había visto, de ese tono dorado que tiene el
sirope de caramelo.
—Me siento segura contigo —confesé, impelida a decir de nuevo la verdad. ,
Aquello le desagradó y frunció su frente de alabastro. Ceñudo, sacudió la cabeza y
murmuró para sí:
—Esto es más complicado de lo que pensaba.
Tomé un colín y comencé a mordisquearlo por un extremo, evaluando su expresión. Me
pregunté cuándo sería el momento oportuno para empezar a interrogarle.
—Normalmente estás de mejor humor cuando tus ojos brillan —comenté, intentando
distraerle de cualquiera que fuera el pensamiento que le había dejado triste y sombrío.
Atónito, me miró.
— ¿Qué?
—Estás de mal humor cuando tienes los ojos negros. Entonces, me lo veo venir —
continué—. Tengo una teoría al respecto.
Entrecerró los ojos y dijo:
— ¿Más teorías?
—Aja.
Mastiqué un colín al tiempo que intentaba parecer indiferente.
—Espero que esta vez seas más creativa, ¿o sigues tomando ideas de los tebeos?
La imperceptible sonrisa era burlona, pero la mirada se mantuvo severa.
—Bueno, no. No la he sacado de un tebeo, pero tampoco me la he inventado—confesé.
— ¿Y? —me incitó a seguir, pero en ese momento la camarera apareció detrás de la
mampara con mi comida.
Me di cuenta de que, inconscientemente, nos habíamos ido inclinando cada vez más
cerca uno del otro, ya que ambos nos erguimos cuando se aproximó. Dejó el plato delante de
mí —tenía buena pinta— y rápidamente se volvió hacia Edward para preguntarle:
— ¿Ha cambiado de idea? ¿No hay nada que le pueda ofrecer?
Capté el doble significado de sus palabras.
—No, gracias, pero estaría bien que nos trajera algo más de beber.
Él señaló los vasos vacíos que yo tenía delante con su larga mano blanca.
—Claro.
Quitó los vasos vacíos y se marchó.
— ¿Qué decías?
—Te lo diré en el coche. Si... —hice una pausa.
— ¿Hay condiciones?
Su voz sonó ominosa. Enarcó una ceja.
—Tengo unas cuantas preguntas, por supuesto.
—Por supuesto.
La camarera regresó con dos vasos de CocaCola. Los dejó sobre la mesa sin decir nada
y se marchó de nuevo. Tomé un sorbito.
—Bueno, adelante —me instó, aún con voz dura.
Comencé por la pregunta menos exigente. O eso creía.
— ¿Por qué estás en Port Angeles?
Bajó la vista y cruzó las manos alargadas sobre la mesa muy despacio para luego
mirarme a través de las pestañas mientras aparecía en su rostro el indicio de una sonrisa
afectada.
—Siguiente pregunta.
—Pero ésa es la más fácil —objeté.
—La siguiente —repitió.
Frustrada, bajé los ojos. Moví los platos, tomé el tenedor, pinché con cuidado un ravioli
y me lo llevé a la boca con deliberada lentitud, pensando al tiempo que masticaba. Las setas
estaban muy ricas. Tragué y bebí otro sorbo de mi refresco antes de levantar la vista.
—En tal caso, de acuerdo —le miré y proseguí lentamente—. Supongamos que,
hipotéticamente, alguien es capaz de... saber qué piensa la gente, de leer sus mentes, ya sabes,
salvo unas cuantas excepciones.
—Sólo una excepción —me corrigió—, hipotéticamente.
—De acuerdo entonces, una sola excepción.
Me estremecí cuando me siguió el juego, pero intenté parecer despreocupada.
— ¿Cómo funciona? ¿Qué limitaciones tiene? ¿Cómo podría ese alguien... encontrar a
otra persona en el momento adecuado? ¿Cómo sabría que ella está en un apuro?
— ¿Hipotéticamente?
—Bueno, si... ese alguien...
—Supongamos que se llama Joe —sugerí.
Esbozó una sonrisa seca.
—En ese caso, Joe. Si Joe hubiera estado atento, la sincronización no tendría por qué
haber sido tan exacta —negó con la cabeza y puso los ojos en blanco——. Sólo tú podrías
meterte en líos en un sitio tan pequeño. Destrozarías las estadísticas de delincuencia para una
década, ya sabes.
—Estamos hablando de un caso hipotético —le recordé con frialdad.
Se rió de mí con ojos tiernos.
—Sí, cierto —aceptó—. ¿Qué tal si la llamamos Jane?
¿—Cómo lo supiste? —pregunté, incapaz de refrenar mi ansiedad. Comprendí que
volvía a inclinarme hacia él.
Pareció titubear, dividido por algún dilema interno. Nuestras miradas se encontraron e
intuí que en ese preciso instante estaba tomando la decisión de si decir o no la verdad.
—Puedes confiar en mí, ya lo sabes —murmuré.
Sin pensarlo, estiré el brazo para tocarle las manos cruzadas, pero Edward las retiró
levemente y yo hice lo propio con las mías.
—No sé si tengo otra alternativa —su voz era un susurro—. Me equivoqué. Eres mucho
más observadora de lo que pensaba.
—Creí que siempre tenías razón.
—Así era —sacudió la cabeza otra vez—. Hay otra cosa en la que también me
equivoqué contigo. No eres un imán para los accidentes... Esa no es una clasificación lo
suficientemente extensa. Eres un imán para los problemas. Si hay algo peligroso en un radio
de quince kilómetros, inexorablemente te encontrará. — ¿Te incluyes en esa categoría? —Sin
ninguna duda.
Su rostro se volvió frío e inexpresivo. Volví a estirar la mano por la mesa, ignorando
cuando él retiró levemente las suyas, para tocar tímidamente el dorso de sus manos con las
yemas de los dedos. Tenía la piel fría y dura como una piedra.
—Gracias —musité con ferviente gratitud—. Es la segunda vez.
Su rostro se suavizó.
—No dejarás que haya una tercera, ¿de acuerdo?
Fruncí el ceño, pero asentí con la cabeza. Apartó su mano de debajo de la mía y puso
ambas sobre la mesa, pero se inclinó hacia mí.
—Te seguí a Port Angeles —admitió, hablando muy deprisa—. Nunca antes había
intentado mantener con vida a alguien en concreto, y es mucho más problemático de lo que
creía, pero eso tal vez se deba a que se trata de ti. La gente normal parece capaz de pasar el
día sin tantas catástrofes.
Hizo una pausa. Me pregunté si debía preocuparme el hecho de que me siguiera, pero en
lugar de eso, sentí un extraño espasmo de satisfacción. Me miró fijamente, preguntándose tal
vez por qué mis labios se curvaban en una involuntaria sonrisa.
— ¿Crees que me había llegado la hora la primera vez, cuando ocurrió lo de la
furgoneta, y que has interferido en el destino? —especulé para distraerme.
—Esa no fue la primera vez —replicó con dureza. Lo miré sorprendida, pero él miraba
al suelo—. La primera fue cuando te conocí.
Sentí un escalofrío al oír sus palabras y recordar bruscamente la furibunda mirada de
sus ojos negros aquel primer día, pero lo ahogó la abrumadora sensación de seguridad que
sentía en presencia de Edward.
— ¿Lo recuerdas? —inquirió con su rostro de ángel muy serio.
—Sí —respondí con serenidad.
—Y aun así estás aquí sentada —comentó con un deje de incredulidad en su voz y
enarcó una ceja.
—Sí, estoy aquí... gracias a ti —me callé y luego le incité—. Porque de alguna manera
has sabido encontrarme hoy.
Frunció los labios y me miró con los ojos entrecerrados mientras volvía a cavilar. Lanzó
una mirada a mi plato, casi intacto, y luego a mí.
—Tú comes y yo hablo —me propuso.
Rápidamente saqué del plato otro ravioli con el tenedor, lo hice estallar en mi boca y
mastiqué de forma apresurada.
—Seguirte el rastro es más difícil de lo habitual. Normalmente puedo hallar a alguien
con suma facilidad siempre que haya «oído» su mente antes —me miró con ansiedad y
comprendí que me había quedado helada. Me obligué a tragar, pinché otro ravioli y me lo
metí en la boca.
—Vigilaba a Jessica sin mucha atención... Como te dije, sólo tú puedes meterte en líos
en Port Angeles. Al principio no me di cuenta de que te habías ido por tu cuenta y luego,
cuando comprendí que ya no estabas con ellas, fui a buscarte a la librería que vislumbré en la
mente de Jessica. Te puedo decir que sé que no llegaste a entrar y que te dirigiste al sur. Sabía
que tendrías que dar la vuelta pronto, por lo que me limité a esperarte, investigando al azar en
los pensamientos de los viandantes para saber si alguno se había fijado en ti, y saber de ese
modo dónde estabas. No tenía razones para preocuparme, pero estaba extrañamente ansioso...
Se sumió en sus pensamientos, mirando fijamente a la nada, viendo cosas que yo no
conseguía imaginar.
—Comencé a conducir en círculos, seguía alerta. El sol se puso al fin y estaba a punto
de salir y seguirte a pie cuando... —enmudeció, rechinando los dientes con súbita ira. Se
esforzó en calmarse.
— ¿Qué pasó entonces? —susurré. Edward seguía mirando al vacío por encima de mi
cabeza.
—Oí lo que pensaban —gruñó; al torcer el gesto, el labio superior se curvó mostrando
sus dientes—, y vi tu rostro en sus mentes.
De repente, se inclinó hacia delante, con el codo apoyado en la mesa y la mano sobre
los ojos. El movimiento fue tan rápido que me sobresaltó.
—Resultó duro, no sabes cuánto, dejarlos... vivos —el brazo amortiguaba la voz—. Te
podía haber dejado ir con Jessica y Angela, pero temía —admitió con un hilo de voz— que, si
me dejabas solo, iría a por ellos.
Permanecí sentada en silencio, confusa, llena de pensamientos incoherentes, con las
manos cruzadas sobre el vientre y recostada lánguidamente contra el respaldo de la silla. El
seguía con la mano en el rostro, tan inmóvil que parecía una estatua tallada.
Finalmente alzó la vista y sus ojos buscaron los míos, rebosando sus propios
interrogantes.
— ¿Estás lista para ir a casa? —preguntó.
—Lo estoy para salir de aquí —precisé, inmensamente agradecida de que nos quedara
una hora larga de coche antes de llegar a casa juntos. No estaba preparada para despedirme de
él.
La camarera apareció como si la hubiera llamado, o estuviera observando.
— ¿Qué tal todo? —preguntó a Edward.
—Dispuestos para pagar la cuenta, gracias.
Su voz era contenida pero más ronca, aún reflejaba la tensión de nuestra conversación.
Aquello pareció acallarla. Edward alzó la vista, aguardando.
—Claro —tartamudeó—. Aquí la tiene.
La camarera extrajo una carpetita de cuero del bolsillo delantero de su delantal negro y
se la entregó.
Edward ya sostenía un billete en la mano. Lo deslizó dentro de la carpetita y se la
devolvió de inmediato.
—Quédese con el cambio.
Sonrió, se puso de pie y le imité con torpeza. Ella volvió a dirigirle una sonrisa
insinuante.
—Que tengan una buena noche.
Edward no apartó los ojos de mí mientras le daba las gracias. Reprimí una sonrisa.
Caminó muy cerca de mí hasta la puerta, pero siguió poniendo mucho cuidado en no
tocarme. Recordé lo que Jessica había dicho de su relación con Mike, y cómo casi habían
avanzado hasta la fase del primer beso. Suspiré. Edward me oyó, y me miró con curiosidad.
Yo clavé la mirada en la acera, muy agradecida de que pareciera incapaz de saber lo que
pensaba.
Abrió la puerta del copiloto y la sostuvo hasta que entré. Luego, la cerró detrás de mí
con suavidad. Le contemplé dar la vuelta por la parte delantera del coche, de nuevo
sorprendida por el garbo con que se movía. Probablemente debería haberme habituado a estas
alturas, pero no era así. Tenía la sensación de que Edward no era la clase de persona a la que
alguien pueda acostumbrarse.
Una vez dentro, arrancó y puso al máximo la calefacción. Había refrescado mucho y
supuse que el buen tiempo se había terminado, aunque estaba bien caliente con su cazadora,
oliendo su aroma cuando creía que no me veía.
Se metió entre el tráfico, aparentemente sin mirar, y fue esquivando coches en dirección
a la autopista.
—Ahora —dijo de forma elocuente—, te toca a ti.


TEORIA
— ¿Puedo hacerte sólo una pregunta más? —imploré mientras aceleraba a toda
velocidad por la calle desierta. No parecía prestar atención alguna a la carretera.
Suspiró.
—Una —aceptó. Frunció los labios, que se convirtieron en una línea llena de recelo.
—Bueno... Dijiste que sabías que no había entrado en la librería y que me había dirigido
hacia el sur. Sólo me preguntaba cómo lo sabías.
Desvió la vista a propósito.
—Pensaba que habíamos pasado la etapa de las evasivas —refunfuñé.
Casi sonrió.
—De acuerdo. Seguí tu olor —miraba a la carretera, lo cual me dio tiempo para
recobrar la compostura. No podía admitir que ésa fuera una respuesta aceptable, pero la
clasifiqué cuidadosamente para estudiarla más adelante. Intenté retomar el hilo de la
conversación. Tampoco estaba dispuesta a dejarle terminar ahí, no ahora que al fin me estaba
explicando cosas.
—Aún no has respondido a la primera de mis preguntas —dije para ganar tiempo.
Me miró con desaprobación.
— ¿Cuál?
— ¿Cómo funciona lo de leer mentes? ¿Puedes leer la mente de cualquiera en cualquier
parte? ¿Cómo lo haces? ¿Puede hacerlo el resto de tu familia...?
Me sentí estúpida al pedir una aclaración sobre una fantasía.
—Has hecho más de una pregunta —puntualizó. Me limité a entrecruzar los dedos y
esperar—. Sólo yo tengo esa facultad, y no puedo oír a cualquiera en cualquier parte. Debo
estar bastante cerca. Cuanto más familiar me resulta esa «voz», más lejos soy capaz de oírla,
pero aun así, no más de unos pocos kilómetros —hizo una pausa con gesto meditabundo—.
Se parece un poco a un enorme hall repleto de personas que hablan todas a la vez. Sólo es un
zumbido, un bisbiseo de voces al fondo, hasta que localizo una voz, y entonces está claro lo
que piensan... La mayor parte del tiempo no los escucho, ya que puede llegar a distraer
demasiado y así es más fácil parecer normal—frunció el ceño al pronunciar la palabra—, y no
responder a los pensamientos de alguien antes de que los haya expresado con palabras
Me miró con ojos enigmáticos.
— ¿Por qué crees que no puedes «oírme»? —pregunté con curiosidad.
—No lo sé —murmuró—. Mi única suposición es que tal vez tu mente funcione de
forma diferente a la de los demás. Es como si tus pensamientos fluyeran en onda media y yo
sólo captase los de frecuencia modulada.
Me sonrió, repentinamente divertido.
— ¿Mi mente no funciona bien? ¿Soy un bicho raro?
Esas palabras me preocuparon más de lo previsto, probablemente porque había dado en
la diana. Siempre lo había sospechado, y me avergonzaba tener la confirmación.
—Yo oigo voces en la cabeza y es a ti a quien le preocupa ser un bicho raro —se rió—.
No te inquietes, es sólo una teoría. .. —su rostro se tensó—. Y eso nos trae de vuelta a ti.
Suspiré. ¿Cómo empezar?
—Pensaba que habíamos pasado la etapa de las evasivas —me recordó con dulzura.
Aparté la vista del rostro de Edward por primera vez en un intento de hallar las palabras
y vi el indicador de velocidad.
— ¡Dios santo! —grité—. ¡Ve más despacio!
— ¿Qué pasa? —se sobresaltó, pero el automóvil no desaceleró.
— ¡Vas a ciento sesenta! —seguí chillando.
Elche una ojeada de pánico por la ventana, pero estaba demasiado oscuro para distinguir
mucho. La carretera sólo era visible hasta donde alcanzaba la luz de los faros delanteros. El
bosque que flanqueaba ambos lados de la carretera parecía un muro negro, tan duro como un
muro de hierro si nos salíamos de la carretera a esa velocidad.
—Tranquilízate, Bella.
Puso los ojos en blanco sin reducir aún la velocidad.
— ¿Pretendes que nos matemos? —quise saber.
—No vamos a chocar.
Intenté modular el volumen de mi voz al preguntar:
— ¿Por qué vamos tan deprisa?
—Siempre conduzco así —se volvió y me sonrió torciendo la boca.
— ¡No apartes la vista de la carretera!
—Nunca he tenido un accidente, Bella, ni siquiera me han puesto una multa —sonrió y
se acarició varias veces la frente—. A prueba de radares detectores de velocidad.
—Muy divertido —estaba que echaba chispas—. Charlie es policía, ¿recuerdas? He
crecido respetando las leyes de tráfico. Además, si nos la pegamos contra el tronco de un
árbol y nos convertimos en una galleta de Volvo, tendrás que regresar a pie.
—Probablemente —admitió con una fuerte aunque breve carcajada—, pero tú no —
suspiró y vi con alivio que la aguja descendía gradualmente hasta los ciento veinte.
— ¿Satisfecha?
—Casi.
—Odio conducir despacio —musitó.
— ¿A esto le llamas despacio?
—Basta de criticar mi conducción —dijo bruscamente—, sigo esperando tu última
teoría.
Me mordí el labio. Me miró con ojos inesperadamente amarillos—No me voy a reír —
prometió.
—Temo más que te enfades conmigo.
— ¿Tan mala es?
—Bastante, sí.
Esperó. Tenía la vista clavada en mis manos, por lo que no le pude ver la expresión.
—Adelante —me animó con voz tranquila.
—No sé cómo empezar —admití.
— ¿Por qué no empiezas por el principio? Dijiste que no era de tu invención.
—No.
— ¿Cómo empezaste? ¿Con un libro? ¿Con una película? —me sondeó.
—No. Fue el sábado, en la playa —me arriesgué a alzar los ojos y contemplar su rostro.
Pareció confundido—. Me encontré con un viejo amigo de la familia... Jacob Black —
proseguí—. Su padre y Charlie han sido amigos desde que yo era niña.
Aún parecía perplejo.
—Su padre es uno de los ancianos de los quileute —lo examiné con atención. Una
expresión helada sustituyó al desconcierto anterior—. Fuimos a dar un paseo... —evité
explicarle todas mis maquinaciones para sonsacar la historia—, y él me estuvo contando
viejas leyendas para asustarme —vacilé—. Me contó una...
—Continúa.
—... sobre vampiros.
En ese instante me di cuenta de que hablaba en susurros. Ahora no le podía ver la cara,
pero sí los nudillos tensos, convulsos, de las manos en el volante.
— ¿E inmediatamente te acordaste de mí?
Seguía tranquilo.
—No. Jacob mencionó a tu familia.
Permaneció en silencio, sin perder de vista la carretera. De repente, me alarmé,
preocupada por proteger a Jacob.
—Sólo creía que era una superstición estúpida —añadí rápidamente—. No esperaba que
yo me creyera ni una palabra —mi comentario no parecía suficiente, por lo que tuve que
confesar—: Fue culpa mía. Le obligué a contármelo.
— ¿Por qué?
—Lauren dijo algo sobre ti... Intentaba provocarme. Un joven mayor de la tribu
mencionó que tu familia no acudía a la reserva, sólo que sonó como si aquello tuviera un
significado especial, por lo que me llevé a Jacob a solas y le engañé para que me lo contara —
admití con la cabeza gacha.
— ¿Cómo le engañaste?
—Intenté flirtear un poco... Funcionó mejor de lo que había pensado —la incredulidad
llenó mi voz cuando lo evoqué.
—Me gustaría haberlo visto —se rió entre dientes de forma sombría—. Y tú me acusas
de confundir a la gente... ¡Pobre Jacob Black!
Me puse colorada como un tomate y contemplé la noche a través de la ventanilla.
— ¿Qué hiciste entonces? —preguntó un minuto después.
—Busqué en Internet.
— ¿Y eso te convenció? —su voz apenas parecía interesada, pero sus manos aferraban
con fuerza el volante.
—No. Nada encajaba. La mayoría eran tonterías, y entonces. .. —me detuve.
— ¿Qué?
—Decidí que no importaba —susurré.
— ¡¿Que no importaba?! —el tono de su voz me hizo alzar los ojos. La máscara tan
cuidadosamente urdida se había roto finalmente. Tenía cara de incredulidad, con un leve
atisbo de la rabia que yo temía.
—No —dije suavemente—. No me importa lo que seas.
— ¿No te importa que sea un monstruo? —su voz reflejó una nota severa y burlona
— ¿Que no sea humano?
—No.
Se calló y volvió a mirar al frente. Su rostro era oscuro y gélido.
—Te has enfadado —suspiré—. No debería haberte dicho nada.
—No —dijo con un tono tan severo como la expresión de su cara—. Prefiero saber qué
piensas, incluso cuando lo que pienses sea una locura.
—Así que, ¿me equivoco otra vez? —le desafié.
—No me refiero a eso. «No importaba» —me citó, apretando los dientes.
— ¿Estoy en lo cierto? —contesté con un respingo.
— ¿Importa?
Respiré hondo.
—En realidad, no —hice una pausa—. Siento curiosidad.
Al menos, mi voz sonaba tranquila. De repente, se resignó.
— ¿Sobre qué sientes curiosidad?
— ¿Cuántos años tienes?
—Diecisiete —respondió de inmediato.
— ¿Y cuánto hace que tienes diecisiete años?
Frunció los labios mientras miraba la carretera.
—Bastante —admitió, al fin.
—De acuerdo.
Sonreí, complacida de que al fin fuera sincero conmigo. Sus vigilantes ojos me miraban
con más frecuencia que antes, cuando le preocupaba que entrara en estado de Shock. Esbocé
una sonrisa más amplia de estímulo y él frunció el ceño.
—No te rías, pero ¿cómo es que puedes salir durante el día?
En cualquier caso, se rió.
—Un mito.
— ¿No te quema el sol?
—Un mito.
— ¿Y lo de dormir en ataúdes?
—Un mito —vaciló durante un momento y un tono peculiar se filtró en su voz—. No
puedo dormir.
Necesité un minuto para comprenderlo.
— ¿Nada?
—Jamás —contestó con voz apenas audible.
Se volvió para mirarme con expresión de nostalgia. Sus ojos dorados sostuvieron mi
mirada y perdí la oportunidad de pensar. Me quedé mirándolo hasta que él apartó la vista.
—Aún no me has formulado la pregunta más importante.
Ahora su voz sonaba severa y cuando me miró otra vez lo hizo con ojos gélidos.
Parpadeé, todavía confusa.
— ¿Cuál?
— ¿No te preocupa mi dieta? —preguntó con sarcasmo.
—Ah —musité—, ésa.
—Sí, ésa —remarcó con voz átona—. ¿No quieres saber si bebo sangre?
Retrocedí.
—Bueno, Jacob me dijo algo al respecto.
— ¿Qué dijo Jacob? —preguntó cansinamente.
—Que no cazabais personas. Dijo que se suponía que vuestra familia no era peligrosa
porque sólo dabais caza a animales.
— ¿Dijo que no éramos peligrosos?
Su voz fue profundamente escéptica.
—No exactamente. Dijo que se suponía que no lo erais, pero los quileutes siguen sin
quereros en sus tierras, sólo por si acaso.
Miró hacia delante, pero no sabía si observaba o no la carretera.
—Entonces, ¿tiene razón en lo de que no cazáis personas? —pregunté, intentando
alterar la voz lo menos posible.
—La memoria de los quileutes llega lejos... —susurró.
Lo acepté como una confirmación.
—Aunque no dejes que eso te satisfaga —me advirtió—. Tienen razón al mantener la
distancia con nosotros.
—No comprendo.
—Intentamos... —explicó lentamente—, solemos ser buenos en todo lo que hacemos,
pero a veces cometemos errores. Yo, por ejemplo, al permitirme estar a solas contigo.
— ¿Esto es un error?
Oí la tristeza de mi voz, pero no supe si él también lo había advertido.
—Uno muy peligroso —murmuró.
A continuación, ambos permanecimos en silencio. Observé cómo giraban las luces del
coche con las curvas de la carretera. Se movían con demasiada rapidez, no parecían reales,
sino un videojuego. Era consciente de que el tiempo se me escapaba rápidamente, se me
acababa como la carretera que recorríamos, y tuve un miedo espantoso a no disponer de otra
oportunidad para estar con él de nuevo como en este momento, abiertamente, sin muros entre
nosotros. Sus palabras apuntaban hacia un fin y retrocedí ante esa idea. No podía perder
ninguno de los minutos que tenía a su lado.
—Cuéntame más —pedí con desesperación, sin preocuparme de lo que dijera, sólo para
oír su voz de nuevo.
Me miró rápidamente, sobresaltado por el cambio que se había operado en mi voz.
— ¿Qué más quieres saber?
—Dime por qué cazáis animales en lugar de personas —sugerí con voz aún alterada por
la desesperación. Tomé conciencia de que tenía los ojos llorosos y luché contra el pesar que
intentaba apoderarse de mí.
—No quiero ser un monstruo —explicó en voz muy baja.
—Pero ¿no bastan los animales?
Hizo una pausa.
—No puedo estar seguro, por supuesto, pero yo lo compararía con vivir a base de queso
y leche de soja. Nos llamamos a nosotros mismos vegetarianos, es nuestro pequeño chiste
privado. No sacia el apetito por completo, bueno, más bien la sed, pero nos mantiene lo
bastante fuertes para resistir... la mayoría de las veces —su voz sonaba a presagio—. Unas
veces es más difícil que otras. — ¿Te resulta muy difícil ahora?
Suspiró.
—Pero ahora no tienes hambre —aseveré con confianza, afirmando, no preguntando.
— ¿Qué te hace pensar eso?
—Tus ojos. Te dije que tenía una teoría. Me he dado cuenta de que la gente, y los
hombres en particular, se enfada cuando tiene hambre.
Se rió entre dientes.
—Eres muy observadora, ¿verdad?
No respondí, sólo escuché el sonido de su risa y lo grabé en la memoria.
—Este fin de semana estuvisteis cazando, ¿verdad? —quise saber cuando todo se hubo
calmado.
—Sí —calló durante un segundo, como si estuviera decidiendo decir algo o no—. No
quería salir, pero era necesario. Es un poco más fácil estar cerca de ti cuando no tengo sed.
— ¿Por qué no querías marcharte?
—El estar lejos de ti me pone... ansioso —su mirada era amable e intensa; y me
estremecí hasta la médula—. No bromeaba cuando te pedí que no te cayeras al mar o te
dejaras atropellar el jueves pasado. Estuve abstraído todo el fin de semana, preocupándome
por ti, y después de lo acaecido esta noche, me sorprende que hayas salido indemne del fin de
semana —movió la cabeza; entonces recordó algo—. Bueno, no del todo.
— ¿Qué?
—Tus manos —me recordó.
Observé las palmas de mis manos y las rasgaduras casi curadas de los pulpejos. A
Edward no se le escapaba nada.
—Me caí —reconocí con un suspiro.
—Eso es lo que pensé —las comisuras de sus labios se curvaron—. Supongo que,
siendo tú, podía haber sido mucho peor, y esa posibilidad me atormentó mientras duró mi
ausencia. Fueron tres días realmente largos y la verdad es que puse a Emmett de los nervios.
Me sonrió compungido.
— ¿Tres días? ¿No acabas de regresar hoy?
—No, volvimos el domingo.
—Entonces, ¿por qué no fuisteis ninguno de vosotros al instituto?
Estaba frustrada, casi enfadada, al pensar el gran chasco que me había llevado a causa
de su ausencia.
—Bueno, me has preguntado si el sol me daña, y no lo hace, pero no puedo salir a la luz
del día... Al menos, no donde me pueda ver alguien.
— ¿Por qué?
—Alguna vez te lo mostraré —me prometió.
Pensé en ello durante un momento.
—Me podías haber llamado —decidí.
Se quedó confuso.
—Pero sabía que estabas a salvo.
—Pero yo no sabía dónde estabas. Yo... —vacilé y entorné los ojos.
— ¿Qué? —me impelió con voz arrulladora.
—Me disgusta no verte. También me pone ansiosa.
Me sonrojé al decirlo en voz alta. Se quedó quieto y alzó la vista con aprensión.
Observé su expresión apenada.
—Ay —gimió en voz baja—, eso no está bien.
No comprendí esa respuesta. ¿Qué he dicho?
— ¿No lo ves, Bella? De todas las cosas en que te has visto involucrada, es una de las
que me hace sentir peor —fijó los ojos en la carretera abruptamente; habló a borbotones, a tal
velocidad que casi no lo comprendí—. No quiero oír que te sientas así —dijo con voz baja,
pero apremiante—. Es un error. No es seguro. Bella, soy peligroso. Grábatelo, por favor.
—No.
Me esforcé por no parecer una niña enfurruñada.
—Hablo en serio —gruñó.
—También yo. Te lo dije, no me importa qué seas. Es demasiado tarde.
—Jamás digas eso —espetó con dureza y en voz baja.
Me mordí el labio, contenta de que no supiera cuánto dolía aquello. Contemplé la
carretera. Ya debíamos de estar cerca. Conducía mucho más deprisa.
— ¿En qué piensas? —inquirió con voz aún ruda.
Me limité á negar con la cabeza, no muy segura de que fuera capaz de hablar.
— ¿Estás llorando?
No me había dado cuenta de que la humedad de mis ojos se había desbordado.
Rápidamente, me froté la mejilla con la mano y, efectivamente, allí estaban las lágrimas
delatoras, traicionándome.
—No —negué, pero mi voz se quebró.
Le vi extender hacia mí la diestra con vacilación, pero luego se contuvo y lentamente la
volvió a poner en el volante.
—Lo siento —se disculpó con voz pesarosa.
Supe que no sólo se estaba disculpando por las palabras que me habían perturbado. La
oscuridad se deslizaba a nuestro lado en silencio.
—Dime una cosa —pidió después de que hubiera transcurrido otro minuto, y le oí
controlarse para que su tono fuera ligero.
— ¿Sí?
—Esta noche, justo antes de que yo doblara la esquina, ¿en qué pensabas? No
comprendí tu expresión... No parecías asustada, sino más bien concentrada al máximo en
algo.
—Intentaba recordar cómo incapacitar a un atacante, ya sabes. .. autodefensa. Le iba a
meter la nariz en el cerebro a ese... —pensé en el tipo moreno con una oleada de odio.
— ¿Ibas a luchar contra ellos? —eso le perturbó—. ¿No pensaste en correr?
—Me caigo mucho cuando corro —admití.
— ¿Y en chillar?
—Estaba a punto de hacerlo.
Sacudió la cabeza.
—Tienes razón. Definitivamente, estoy luchando contra el destino al intentar
mantenerte con vida.
Suspiré. Al traspasar los límites de Forks fuimos más despacio. El viaje le había llevado
menos de veinte minutos.
— ¿Te veré mañana? —quise saber.
—Sí. También he de entregar un trabajo —me sonrió—. Te reservaré un asiento para
almorzar.
Después de todo lo que habíamos pasado aquella noche, era una tontería que esa
pequeña promesa me causara tal excitación y me impidiera articular palabra.
Estábamos enfrente de la casa de Charlie. Las luces estaban encendidas y mi coche en
su sitio. Todo parecía absolutamente normal. Era como despertar de un sueño. Detuvo el
vehículo, pero no me moví.
— ¿Me prometes estar ahí mañana?
—Lo prometo.
Sopesé la respuesta durante unos instantes y luego asentí con la cabeza. Me quité la
cazadora después de olería por última vez.
—Te la puedes quedar... No tienes una para mañana —me recordó.
Se la devolví.
—No quiero tener que explicárselo a Charlie.
—Ah, de acuerdo.
Esbozó una amplia sonrisa. Con la mano en la manivela, vacilé mientras intentaba
prolongar el momento.
— ¿Bella? —dijo en tono diferente, serio y dubitativo.
— ¿Sí? —me volví hacia él con demasiada avidez.
— ¿Vas a prometerme algo?
—Sí —respondí, y al momento me arrepentí de mi incondicional aceptación. ¿Qué
ocurría si me pedía que me alejara de él? No podía mantener esa promesa.
—No vayas sola al bosque.
Le miré fijamente, totalmente confusa.
— ¿Por qué?
Frunció el ceño y miró con severidad por la ventana.
—No soy la criatura más peligrosa que ronda por ahí fuera. Dejémoslo así.
Me estremecí levemente ante su repentino tono sombrío, pero estaba aliviada. Al
menos, ésta era una promesa fácil de cumplir.
—Lo que tú digas.
—Nos vemos mañana —suspiró, y supe que deseaba que saliera del coche.
—Entonces, hasta mañana.
Abrí la puerta a regañadientes.
— ¿Bella?
Me di la vuelta mientras se inclinaba hacía mí, por lo que tuve su espléndido rostro
pálido a unos centímetros del mío. Mi corazón se detuvo.
—Que duermas bien —dijo.
Su aliento rozó mi cara, aturdiéndome. Era el mismo exquisito aroma que emanaba de
la cazadora, pero de una forma más concentrada. Parpadeé, totalmente deslumbrada. Edward
se alejó.
Fui incapaz de moverme hasta que se me despejó un poco la mente. Entonces salí del
coche con torpeza, teniendo que apoyarme en el marco de la puerta. Creí oírle soltar una
risita, pero el sonido fue demasiado bajo para confirmar que fuera cierto.
Aguardó hasta que llegué a trancas y barrancas a la puerta y entonces oí el sonido del
motor del coche. Me volví a tiempo de contemplar el vehículo plateado desapareciendo detrás
de la esquina. Me di cuenta de que hacía mucho frío.
Tomé la llave de forma maquinal, abrí la puerta y entré. Charlie me llamó desde el
cuarto de estar.
— ¿Bella?
—Sí, papá, soy yo.
Fui hasta allí. Estaba viendo un partido de baloncesto.
—Has vuelto pronto.
— ¿Sí? —estaba sorprendida.
—Aún no son ni las ocho —me dijo—. ¿Os habéis divertido?
—Sí, nos lo hemos pasado muy bien —la cabeza me dio vueltas al intentar recordar
todo el asunto de la salida de chicas que había planeado—. Las dos encontraron vestidos.
— ¿Te encuentras bien?
—Sólo cansada. He caminado mucho.
—Bueno, quizás deberías acostarte ya.
Parecía preocupado. Me pregunté qué aspecto tendría mi cara.
—Antes debo llamar a Jessica.
—Pero ¿no acabas de estar con ella? —preguntó sorprendido.
—Sí, pero me dejé la cazadora en su coche. Quiero asegurarme de que mañana me la
trae.
—Bueno, al menos dale tiempo de llegar a casa.
—Cierto —acepté.
Fui a la cocina y caí exhausta en una silla. Entonces empecé a marearme de verdad. Me
pregunté si, después de todo, no iba a entrar en estado de sbock. ¡Contrólate!, me dije.
El teléfono me sobresaltó cuando sonó de repente. Levanté el auricular de un tirón.
— ¿Diga? —pregunté entrecortadamente.
— ¿Bella?
—Hola, Jes. Ahora te iba a llamar.
— ¿Estás eh casa?—su voz reflejaba sorpresa y alivio.
—Sí. Me dejé la cazadora en tu coche. ¿Me la puedes traer mañana?
—Claro, pero ¡dime qué ha pasado! —exigió.
—Eh, mañana, en Trigonometría, ¿vale?
Lo pilló al vuelo.
—Ah, tu padre está ahí, ¿no?
—Sí, exacto.
—De acuerdo. En ese caso, mañana hablamos —percibí la impaciencia en su voz—.
¡Adiós!
—Adiós, Jess.
Subí lentamente las escaleras mientras un profundo sopor me nublaba la mente. Me
preparé para irme a la cama sin prestar atención a lo que hacía. No me percaté de que estaba
helada hasta que estuve en la ducha, con el agua —demasiado caliente— quemándome la piel.
Tirité violentamente durante varios minutos; después, el chorro de agua relajó mis músculos
agarrotados. Luego, sumamente cansada para moverme, permanecí en la ducha hasta que se
acabó el agua caliente.
Salí a trompicones y envolví mi cuerpo con una toalla en un intento de conservar el
calor del agua para que no regresaran las dolorosas tiritonas. Rápidamente me puse el pijama.
Me acurruqué debajo de la colcha, avovillándome como una pelota, abrazándome, para
conservar el calor. Me estremecí varias veces.
La cabeza me seguía dando vueltas, llena de imágenes que no lograba comprender y
algunas otras que intentaba reprimir. Al principio, no tenía nada claro, pero cuando
gradualmente me fui acercando al sueño, se me hicieron evidentes algunas certezas.
Estaba totalmente segura de tres cosas. Primera, Edward era un vampiro. Segunda, una
parte de él, y no sabía lo potente que podía ser esa parte, tenía sed de mi sangre. Y tercera,
estaba incondicional e irrevocablemente enamorada de él.

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