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martes, 22 de junio de 2010

ITALO CALVINO -- CUENTOS DEL SIGLO XIX





CUENTOS FANTASTICOS DEL XIX

Italo Calvino


***

VOLUMEN SEGUNDO: LO FANTASTICO COTIDIANO

Edgar Allan Poe
EL CORAZóN REVELADOR

(The Tale‑Tell Heart, 1843)

¿Cómo representar en nuestra antología a un autor como Poe (1809‑ 1849) que es, dentro de la narrativa fantástica del siglo XIX, la figura central, la más famosa y representativa? La elección obvia sería La caída de la Casa Usher (1839), que encierra todas las cararterísticas típicas de nuestro autor: la casa desmoronadiza de la que sale un aura de disolución, la mujer exangüe, el hombre absorto en estudios esotéricos, el enterramiento prematuro, la muerta que sale de la tumba. Después, toda la literatura del decadentismo se ha nutrido abundantemente de estos motivos; y el cine, desde sus orígenes, los ha divulgado hasta la saciedad.
He querido, en cambio, que al principio de este segundo volumen figurase otro Poe, el que inaugura un nuevo tipo de relato fantástico, obtenido con medios muy limitados, que dominará la segunda mitad del siglo: el relato fantástico completamente mental y psicológico.
Considero que The Tale‑Tell Heart, monólogo interior de un asesino, es la obra maestra de Poe. El asesino se encuentra en la habitación de su víctima, escondido en la oscuridad; la víctima es un viejo asustado que mantiene abierto un ojo. La existencia del anciano sólo se manifiesta a través de ese ojo («un ojo de buitre») y del latido de su corazón o, al menos, de lo que el asesino cree que es el latido del corazón del viejo, que seguirá obsesionándole incluso después del delito.


EL CORAZON REVELADOR

ES verdad, soy nervioso, exageradamente nervioso, lo he sido siempre y lo seguiré siendo; pero, ¿por qué decís que estoy loco? La enfermedad ha agudizado mis sentidos, mas no los ha destruido ni embotado. Sobre todo era el oído el que tenía más sensible. He oído cuanto pasaba en el cielo y en la tierra. He oído muchas cosas del infierno. ¿Cómo, entonces, puedo estar loco? ¡Prestad atención! y observad con qué serenidad, con qué calma puedo contaros toda la historia.
Es imposible decir cómo entró la idea por primera vez en mi cerebro; pero una vez concebida, me acosó día y noche. Móvil, no lo había. Pasión, no la sentía. Yo quería al viejo. Nunca me hizo daño. Nunca me insultó. Yo no deseaba su dinero. Creo que era su ojo. ¡Sí, eso era! Su ojo era como el de un buitre ‑un ojo azul pálido, cubierto por una nube‑. Cada vez que me miraba se me helaba la sangre; así que, poco a poco ‑muy gradualmente‑, concebí la idea de quitarle la vida al viejo, librándome de su ojo para siempre.
Ahora viene lo más importante. Vosotros pensáis que estoy loco. Los locos no saben nada de nada. Pero me tendríais que haber visto. Tendríais que haber visto con qué sabiduría procedí ‑con cuánta cautela, con cuánta precaución‑, con qué disimulo llevé a cabo mi obra. Nunca me mostré más amable con el viejo que durante toda la semana que precedió a mi crimen y cada noche, hacia las doce, giraba el picaporte de su puerta y la abría ‑¡cuán suavemente!‑. Y entonces, cuando la había abierto lo suficiente como para que cupiera mi cabeza introducía una linterna sorda, totalmente cerrada, cerrada, de manera que no se filtrara ninguna luz, y entonces asomaba la cabeza. ¡Os hubierais reído al ver la habilidad con que lo hacía! La movía lentamente ‑muy, muy lentamente‑, para no perturbar el sueño del viejo. Tardaba hasta una hora en introducir toda mi cabeza por la rendija, de manera que pudiera verle tendido en su cama. ¿Hubiera un loco actuado con mayor sensatez? Y entonces, con mi cabeza ya dentro de la habitación, abría mi linterna con cuidado ‑con sumo cuidado‑, cuidado (porque los goznes chirriaban). La abría sólo lo justo para que un único y delgado rayo de luz se proyectase sobre el ojo de buitre. Eso lo estuve haciendo durante siete largas noches ‑siempre a medianoche‑ pero siempre encontraba cerrado el ojo y me resultaba imposible llevar a cabo mi propósito, porque lo que me molestaba no era el viejo, sino su Maldito Ojo. Y cada mañana, al amanecer, entraba con naturalidad en su cuarto y me ponía a hablarle animosamente llamándole por su nombre, en un tono cordial, y preguntándole cómo había pasado la noche. No me negaréis que tendría que haber sido un viejo extraordinariamente perspicaz para sospechar que todas las noches, justo a las doce, yo me ponía a observarle mientras dormía.
La octava noche fui más cuidadoso que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve más deprisa de lo que se movía mi mano. Nunca hasta aquella noche había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas podía contener mi sensación de triunfo. ¡Pensar que yo estaba allí, abriendo la puerta, poco a poco, y que él era completamente ajeno a mis actos y a mis propósitos! La idea hizo que se me escapara una risita, y puede que se oyera, porque de repente se removió en su cama, sobresaltado. Tal vez penséis que entonces me eché atrás. Nada de eso. Su habitación estaba tan negra como la pez, inmersa en las tinieblas, (pues las contraventanas estaban completamente cerradas por miedo a los ladrones), así que yo sabía que él no podía ver cómo abría la puerta y seguí empujándola cada vez un poco más, un poquito más...
Ya tenía la cabeza dentro y me disponía a abrir la linterna cuando mi dedo pulgar resbaló sobre el cierre y el viejo se incorporó de un salto en su lecho, gritando «¿Quién anda ahí?».
Me quedé completamente inmóvil y callado. Durante una hora no moví un solo músculo ni en todo ese tiempo le oí que volviera a acostarse. Seguía sentado en la cama, al acecho, exactamente como había hecho yo noche tras noche, escuchando los compases de la muerte.
De pronto oí un débil gemido y supe que era un gemido de terror mortal, no un gemido de dolor ni de pesar ‑oh, no‑, sino el sonido sordo y ahogado que se escapa de un alma abrumada por el espanto. Yo conocía muy bien ese sonido. Muchas noches, precisamente a las doce, mientras todo el mundo dormía, irrumpía en mi propio pecho acentuando con su horrísono eco, el terror que me embargaba. Sabía muy bien lo que era aquello, os lo repito. Sabía lo que sentía el viejo y le compadecía, aunque en el fondo de mi corazón me estuviera riendo. Sabía que seguía allí, acostado pero despierto, desde que oyó el primer ruido que le hizo revolverse en la cama. Desde entonces, el miedo le atenazaba por momentos. Había intentado convencerse de que todo eran imaginaciones suyas, pero sin resultado. Se decía a sí mismo: «no es más que el viento que sopla por la chimenea», «es sólo un ratón correreando por el suelo» o «seguramente un grillo que canta". Sí, procuraba calmarse con esas explicaciones, pero era en vano. Completamente en vano, porque la Muerte, cada vez más cercana, acechaba a su víctima envolviéndola con su negra sombra. Y era la siniestra influencia de aquella sombra invisible lo que hacía que sintiera ‑sin verla ni oírla‑ que sintiera, digo, la presencia de mi cabeza en su habitación.
Después de haber esperado largo rato, con toda paciencia, sin que le oyera volver a acostarse, me decidí a abrir una pequeña ‑una pequeñísima‑ ranura en la linterna. Así lo hice. Ya podéis imaginar con cuánto, con cuantísimo cuidado, hasta que al fin un rayo, un único y pálido rayo, semejante a una telaraña, salió por la ranura y fue a caer justo sobre el ojo de buitre.
El ojo estaba abierto ‑completamente abierto‑ y conforme lo miraba, me iba enfureciendo más y más. Podía verlo con entera nitidez, todo él de un azul turbio, cubierto por aquella asquerosa nube que me helaba los huesos hasta la médula; pero no podía ver ni la cara ni el cuerpo del viejo, pues, como por instinto, dirigía el rayo justamente hacia aquel maldito punto.
¿No os he dicho que sin razón alguna juzgáis locura lo que no es sino una mayor agudeza de los sentidos? Entonces, como os digo, llegó hasta mis oídos un rumor grave, sordo, acelerado, como el de un reloj envuelto en algodón. Ese sonido tampoco me era desconocido. Era el latido del corazón del viejo. Eso incrementó mi ira como el redoble del tambor enardece al soldado.
Pero incluso entonces me dominé y permanecí quieto. Apenas respiraba. Sujeté la linterna sin moverla un ápice. Intenté mantener el rayo de luz sobre el ojo. Al mismo tiempo, aumentaba el infernal tamborileo del corazón. Se hacía cada vez más y más rápido, más y más fuerte. El terror del viejo debía ser excepcional. Ese latido se hacía cada vez más fuerte, repito ¡cada vez más fuerte! ¿Os dáis cuenta? Ya os he dicho que soy nervioso; y es la verdad. Pues bien, en aquella hora mortal de la noche, en medio del pavoroso silencio de aquel vetusto caserón, ese ruido tan singular provocó en mí un terror incontrolable. Durante algunos minutos me contuve y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido era cada vez más y más fuerte! Creí que el corazón le iba a estallar. Y entonces, una nueva inquietud se apoderó de mí. ¡Los vecinos iban a oír aquel ruido! ¡La hora del viejo había llegado! Dando un gran alarido, abrí del todo la linterna e irrumpí en la habitación. El viejo lanzó un grito, sólo uno. En un instante, lo tiré al suelo y le eché encima la pesada cama. Sonreí alegremente al ver al fin completada mi obra. Pero durante algunos minutos su corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. No obstante, eso no me inquietó porque el ruido no podía oírse a través de las paredes. Por fin cesó. El viejo estaba muerto. Levanté la cama y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto y bien muerto. Puse mi mano sobre su corazón y la mantuve así por unos minutos. No latía. Estaba bien muerto. Su ojo ya no volvería a atormentarme.
Si seguís creyendo que estoy loco, dejaréis de hacerlo en cuanto os cuente las sabias precauciones que tomé para esconder el cadáver. Avanzaba la noche y trabajé con rapidez, pero en silencio. Para empezar, despedacé el cadáver. Le corté la cabeza, los brazos y las piernas.
Luego, arranqué tres tablas del piso y escondí todo bajo el entarimado. Volví a colocar las tablas con tanta habilidad, con tanta destreza, que ningún ojo humano ‑ni siquiera el suyo‑ hubiera sido capaz de percibir nada anormal. Nada había que lavar, ninguna mancha, ningún rastro de sangre ni de nada. En esto puse el mayor cuidado. Un cubo fue suficiente. ¡Ja, ja, ja!
Cuando hube concluido estos menesteres eran las cuatro y todo seguía tan oscuro como a medianoche. Mientras sonaban las cuatro campanadas llamaron a la puerta de la calle. Bajé a abrir con el ánimo tranquilo. ¿Qué podía temer ahora? Entraron tres hombres que se presentaron cortésmente como agentes de policía. Un vecino había oído un grito durante la noche, lo que le hizo sospechar que se había cometido algún acto de violencia. Se informó a la comisaría y ellos (los agentes) tenían orden de practicar un registro.
Sonreí ‑¿qué podía temer?‑. Recibí amablemente a aquellos caballeros. El grito ‑les dije‑ lo había lanzado yo en sueños. El viejo ‑añadí‑ estaba fuera, de viaje. Acompañé a mis visitantes por toda la casa. Les insté a que buscaran, a que buscaran bien. Por último, les conduje a su alcoba. Les mostré sus pertenencias, seguras, intactas. Llevado por mi entusiasta confianza, coloqué unas sillas en la habitación y les rogué que descansaran allí de sus deberes, mientras yo, con la desbordada audacia de mi triunfo absoluto, colocaba mi propia silla sobre el punto exacto bajo el que yacía el cadáver de la víctima.
Los agentes estaban satisfechos. Mi actitud les había convencido. Yo me encontraba especialmente a gusto. Se sentaron y hablaron de cosas corrientes, a las que yo respondía jovialmente. Pero al poco rato me di cuenta de que me estaba poniendo pálido y empecé a desear que se marcharan. Me dolía la cabeza y tenía la impresión de que me zumbaban los oídos; pero ellos continuaban sentados y hablando. El zumbido se hizo más perceptible. Continuaba y se hacía más perceptible; hablé muy deprisa para librarme de aquella sensación pero el zumbido persistía y se hacía cada vez más nítido, hasta que al fin me di cuenta de que aquel ruido no venía de mis oídos.
Sin duda, me puse entonces muy pálido; pero seguí hablando con mayor fluidez y en un tono más alto. No obstante, el ruido no dejaba de aumentar. ¿Qué podía hacer yo? Era un sonido grave, sordo, acelerado, parecido al de un reloj envuelto en algodón. Yo respiraba con dificultad y, sin embargo, los policías no oyeron nada. Hablé más deprisa, con más vehemencia, pero el ruido aumentaba sin cesar. Me puse en pie y hablé de cosas sin importancia, en voz alta y gesticulando violentamente, pero el ruido aumentaba sin cesar. ¿Por qué no se querían marchar? Deambulé de un lado a otro, pisando fuertemente el suelo, como si sus comentarios me irritaran, pero el ruido aumentaba sin cesar. ¡Oh Dios! ¿Qué podía hacer yo? ¡Rabié, maldije, juré! Movía la silla en la que estaba sentado, raspando con ella el entarimado, pero el ruido lo dominaba todo y aumentaba sin cesar. ¡Cada vez sonaba más fuerte, más fuerte, más fuerte! Y aquellos hombres seguían hablando y sonriendo amablemente. ¿Cómo era posible que no lo oyeran? ¡Oh Dios Todopoderoso! ¡No, no! ¡Lo oían! ¡Sospechaban! ¡Lo sabían! ¡Se estaban divirtiendo con mi terror! Eso es lo que yo creía y sigo creyendo. ¡Pero cualquier cosa era mejor que aquella agonía! ¡Cualquier cosa era más tolerable que aquel escarnio! No podía soportar por más tiempo sus hipócritas sonrisas. Sentí que tenía que gritar o morir y entonces, ¡otra vez! ¡escuchad! ¡más fuerte! ¡más fuerte! ¡más fuerte!
‑¡Miserables! ‑exclamé‑, ¡no disimuléis más! ¡Confieso mi crimen! ¡Aquí, aquí, ¡levantad las tablas!, ¡aquí, aquí! ¿Es el latido de su asqueroso corazón?

***

Hans Christian Andersen

LA SOMBRA

(1847)

H. C. Andersen (1805‑1875), aparte de su fortuna en la literatura infantil, es uno de los grandes autores del cuento maravilloso del XIX, como prueba esta historia construida con extraordinaria inventiva y delicadeza. La idea se le ocurre en Nápoles, en un día de mucho sol; la sombra que se separa del cuerpo es uno de los grandes temas de la imaginación fantástica, y aquí se liga a un aspecto esencial de la psicología de Andersen: la amargura pesimista respecto a sí mismo.
Fue Adalbert von Chamisso con su Peter Schlemihl (1813) el primero en ofrecer una insuperable historia de pérdida de la sombra. Eran los años del Fausto goethiano y la pérdida de la sombra fue interpretada como pérdida del alma; pero el símbolo es más indefinible y complejo: esencia que huye de la persona, «doble» que lleva cada uno de nosotros. E. T. A. Hoffmann, que estuvo siempre obsesionado por la idea del «doble», admiró tanto el cuento de Chamisso, que introdujo a Peter Schlemihl en sus Aventuras de una noche de San Silvestre (1817), haciendo que se encontrase con un hombre que no se reflejaba en el espejo.
El personaje de Hoffmann había abandonado su imagen en el espejo en casa de una mujer, hechicera diabólica, para que su amor con ésta pudiese continuar. La sombra de Andersen también se aleja de la persona como emanación del deseo de estar cerca de la muchacha amada; pero prosigue su vida independiente haciendo fortuna, frecuentando la buena sociedad, y cuando encuentra de nuevo al hombre del que se ha separado le obliga a servirla y a ser su sombra.
Por tanto, la situación se vuelve del revés: la sombra es un amo despiadado y enemigo; encontrar de nuevo la sombra supone una condena.
El símbolo de la sombra perdida sigue estando presente en la literatura de nuestro siglo (Hugo von Hofmannsthal, La mujer sin sombra).

LA SOMBRA

EN los países cálidos, ¡allí sí que calienta cl sol! La gente llega a parecer de caoba; tanto, que en los países tórridos se convierten en negros. Y precisamente a los países cálidos fue adonde marchó un sabio de los países fríos, creyendo que en ellos podía vagabundear, como hacía en su tierra, aunque pronto se acostumbró a lo contrario. ÉI y toda la gente sensata debían quedarse puertas adentro. Celosías y puertas se mantenían cerradas el día entero; parecía como si toda la casa durmiese o que no hubiera nadie en ella. Además, la callejuela con altas casas donde vivía estaba construida de tal forma que el sol no se movía de ella de la mañana a la noche; era, en realidad, algo inaguantable. Al sabio de los países fríos, que era joven e inteligente, le pareció que vivía en un horno candente, y le afectó tanto, que empezó a adelgazar. Incluso su sombra menguó y se hizo más pequeña que en su país; el sol también la debilitaba. Tanto uno como otra no comenzaban a vivir hasta la noche, cuando el sol se había puesto.
Era digno de verse. En cuanto entraba luz en el cuarto, la sombra se estiraba por toda la pared, incluso hasta el techo, tenía que hacerlo para recuperar su fuerza. El sabio salía al balcón, para desperezarse, y así que las estrellas asomaban en el maravilloso aire puro, era para él como volver a vivir. En todos los balcones de la calle ‑y en los países cálidos todos los huecos tienen balcones‑ había gente asomada, porque uno tiene que respirar, por muy acostumbrado que se esté a ser de caoba. Había gran animación, arriba y abajo. Los zapateros, los sastres, todo el mundo estaba en la calle, fuera estaban las mesas y las sillas, y brillaban las luces ‑sí, más de mil había encendidas‑. Uno hablaba y otro cantaba, y la gente paseaba y rodaban los coches, los asnos pasaban ‑¡tilín, tilín, tilín!‑ sonando los cascabeles. Había entierros y cantos fúnebres, los chicos disparaban coheres y las campanas volteaban ‑sí, había una vida tremenda en la calle‑. Sólo la casa frente a la del sabio extranjero estaba en silencio completo. Y, sin embargo, alguien vivía en ella, porque había flores en el balcón que crecían espléndidamente al calor del sol, para lo que necesitaban ser regadas ‑luego alguien debía haber allí‑. La puerta del balcón aparecía también abierta por la tarde, pero el interior estaba en sombra, por lo menos en la habitación delantera. De dentro llegaba sonido de música. Al sabio extranjero le pareció extraordinaria la música, pero bien podía ser pura imaginación suya, porque todo lo encontraba extraordinario en los países cálidos ‑excepto lo referente al sol‑. Su casero dijo que no sabía quién había alquilado la casa, no se veía a nadie y en cuanto a la música se refería, creía que era horriblemente aburrida.
‑Es como si alguien tratase de ensayar una pieza que no puede dominar, siempre la misma. «¡Pues lo tengó que sacar!», dice, pero no lo consigue por mucho que toque.
Una noche el extranjero despertó; dormía con la puerta del balcón abierta. La cortina se levantó con el viento, y le pareció que venía una luz fantástica del balcón de enfrente. Todas las flores resplandecían como llamas de los colores más espléndidos y en medio de las flores se encontraba una esbelta, atractiva doncella, que parecía también resplandecer. De tal forma le deslumbró, que abrió los ojos desmesuradamente y se despertó del todo. De un salto estuvo en el suelo, muy despacio se acercó a la cortina pero la doncella había desaparecido, el resplandor se había apagado; las flores no brillaban, pero seguían siendo tan bonitas como siempre; la puerta estaba entornada y de las profundidades venía una música tan suave y encantadora, que inspiraba los más dulces pensamientos. Era, sin embargo, como cosa de magia ‑y ¿quién vivía allí? ¿Dónde estaba la verdadera entrada? Todo el piso bajo era una tienda tras otra y no era posible que la gente pasara por ellas.
Una noche el extranjero estaba sentado en su balcón, con una luz encendida en el cuarto a espaldas suyas, por lo que, como es natural, su sombra estaba en la pared de enfrente. Sí, allí estaba sentada exactamente enfrente entre las flores del balcón, y cuando el extranjero se movía, también se movía la sombra, porque así es como hacen las sombras.
‑Parece como si mi sombra fuese el único ser vivo que se viera enfrente ‑dijo el sabio‑. Con qué delicadeza se sienta entre las flores. La puerta está entreabierta, ¡si la sombra fuese tan lista como para entrar, mirar en torno suyo y venir después a contarme lo que hubiera visto! Sí, haz algo útil ‑dijo en broma‑ ¡Vamos entra! ¡Vamos, ahora!
Y le hizo gestos con la cabeza a la sombra, y la sombra le correspondió:
‑¡Anda, pero no te pierdas!
Y el extranjero se levantó, y su sombra allá en el balcón de enfrente se levantó también; y el extranjero se volvió y la sombra se volvió también; si por acaso alguien hubiera estado observando, hubiera visto claramente que la sombra se colaba por la puerta entornada en la casa de enfrente, al tiempo que el extranjero entraba en su cuarto y corría la larga cortina tras de sí.
A la mañana siguiente salió el sabio a tomar café y leer los periódicos.
‑¿Qué pasa? ‑dijo, cuando salió al sol‑. ¡Me he quedado sin sombra! Luego se marchó anoche de verdad y no ha vuelto aún. ¡Qué fastidio!
Y eso le enojó, no tanto porque la sombra se hubiera ido, sino porque sabía la existencia de una historia sobre el hombre sin sombra, conocida por todos en su patria allá en los países fríos, y en cuanto el sabio regresara y contase la suya, dirían que la había copiado, y eso no le hacía maldita gracia. Por tanto, no diría una palabra, lo cual estaba muy bien pensado.
Por la noche salió de nuevo al balcón. Había colocado la luz detrás de sí, en la debida posición, porque sabía que la sombra gusta de tener siempre a su dueño por pantalla, pero no pudo atraerla. Se encogió, se estiró, pero no había sombra alguna que volviera. Dijo:
‑¡Ejem! ¡Ejem! ‑pero sin resultado.
Era un fastidio, pero en los países cálidos todo crece tan rápidamente que al cabo de ocho días observó, con gran satisfacción, que le crecía una sombra de las piernas cuando salía el sol ‑quizá la raíz había quedado dentro‑. A las tres semanas, tenía una sombra de considerables dimensiones que, cuando regresó a su patria en los países nórdicos, creció más y más durantr el viaje, hasta que al final eran tan larga y tan grande que la mitad hubiera bastado.
De esta forma regresó el sabio a su casa y escribió libros sobre cuanto había de verdadero en el mundo, lo que había de bueno y de hermoso, y pasaron días y pasaron años; pasaron muchos años.
Una noche estaba sentado en su cuarto cuando llamaron muy quedamente a la puerta.
‑¡Adelante! ‑contestó, pero nadie entró. Así es que fue a abrir y vio ante él a un hombre tan sumamente delgado que quedó atónito. Por lo demás, el hombre iba espléndidamente vestido, debía ser una persona distinguida.
‑¿Con quién tengo el honor de hablar? ‑preguntó el sabio.
‑¡Ah!, ya pensé que no me reconocería ‑dijo el hombre elegante‑. Me he hecho tan corpóreo que hasta tengo carne y ropas. Seguro que nunca había pensado usted en verme en tal prosperidad. ¿No reconoce usted a su vieja sombra? No creía usted que volvería, ¿verdad? Me ha ido espléndidamente desde que estuve con usted. ¡He sido, en todos los sentidos, muy afortunado! Si tuviera que rescatar mi libertad, podría hacerlo ‑y repiqueteó un manojo de preciosos dijes que colgaban del reloj y pasó la mano por la gruesa cadena de oro que llevaba al cuello. ¡Huy!, todos los dedos fulguraron con anillos de diamantes, todos auténticos.
‑No, no puedo hacerme idea de lo que signifca esto ‑dijo el sabio.
‑Ya, no es nada corriente ‑dijo la sombra‑, pero usted tampoco es nada corriente y yo, bien sabe usted, desde que era así de chiquito he seguido sus huellas. En cuanto usted descubrió que yo estaba a punto para ir solo por el mundo, seguí mi camino. Me encuentro en una situación excepcionalmente afortunada, pero me ha acometido cierto deseo de volverle a ver antes de que usted muera ‑porque usted ha de morir‑. También me gustaría visitar este país, porque la patria siempre tira. Veo que tiene usted otra sombra. ¿Le debo algo a ella, o bien a usted? Hágame el favor de decírmelo.
‑¡Bueno! ¿Pero eres tú? ‑dijo el sabio‑ Es extraordinario! ¡Nunca habría creído que la vieja sombra de uno pudiera regresar como persona!
‑Dígame cuánto le debo ‑dijo la sombra‑, porque no me gustaría deberle nada.
‑¿Cómo puedes hablar así? ‑dijo el sabio‑. ¿De qué deuda hablas? No me debes nada. Me alegra extraordinariamente tu suerte. Siéntate, querido amigo, y cuéntame cómo te ha ido y lo que viste en la casa de enfrente, allá en los países cálidos.
‑Sí que le contaré ‑dijo la sombra, y se sentó‑, pero antes me tiene usted que prometer que no ha de decirle a nadie en la ciudad, caso de que nos encontremos, que yo he sido su sombra. Pienso casarme; puedo de sobra mantener a una familia.
‑¡Estate tranquilo! ‑dijo el sabio‑. No le diré a nadie quién eres en realidad. Ésta es mi mano. ¡Palabra de hombre!
‑¡Palabra de sombra! ‑dijo la sombra, que era lo que le correspondía decir.
Era, por otra parte, de veras notable lo humana que se había vuelto la sombra. Vestía del más riguroso negro y el paño más selecto, botas de charol y sombrero que podía cerrarse, hasta quedar reducido a corona y alas ‑sin hablar de lo ya mencionado: dijes, cadenas de oro y anillos de diamantes. Ya lo creo: la sombra iba extraordinariamente bien vestida, y era precisamente esto la que la hacía tan humana.
‑Ahora voy a contarle ‑dijo la sombra, y plantó sus botas de charol lo más fuerte que pudo sobre el brazo de la nueva sombra del sabio, que yacía como un perro faldero a sus pies. Y esto lo hizo bien por orgullo, bien con la intención de que se le quedase pegada. Y la sombra del suelo permaneció quieta y en silencio, resuelta a no perder detalle; deseaba, sobre todo, enterarse de cómo puede uno manumitirse y llegar a convertirse en su propio señor.
‑¿Sabe usted quién vivía en la casa de enfrente? ‑dijo la sombra‑. ¡La más bella de todas, la Poesía! Estuve allí tres semanas y su efecto ha sido como si hubiera vivido tres mil años y hubiera leído cuanto se ha cantado y se ha escrito. Lo digo y es cierto. ¡Lo he visto todo y lo sé todo!
‑¡La Poesía! ‑gritó el sabio‑. Sí, sí, vive con frecuencia en las grandes ciudades, en soledad. ¡La Poesía! ¡Sí la vi tan sólo un instante, pero el sueño pesaba en mis ojos! Estaba en el balcón y brillaba como brilla la aurora boreal. ¡Cuenta, cuenta! Estabas en el balcón, entraste por la puerta, ¿y después?
‑Me encontré en la antesala ‑dijo la sombra‑. Lo que usted siempre veía era la antesala. No había luz alguna, sólo una especie de crepúsculo, pero las puertas daban unas a otras en una larga serie de salas y salones; y estaba tan iluminado, que la luz me hubiera matado de haber ido directamente ante la doncella; pero fui prudente, y tomé tiempo ‑como debe hacerse.
‑¿Y entonces qué viste? ‑preguntó el sabio.
‑Lo vi todo, y se lo contaré, pero... no es orgullo por mi parte; pero... como ser libre que soy y con los conocimientos que tengo, para no hablar de mi buena posición, mis excelentes relaciones... , desearía que me llamase de usted.
‑¡Dispense usted! ‑dijo el sabio‑. Son los viejos hábitos los que más cuesta abandonar. Tiene usted toda la razón y lo tendré presente. Pero cuénteme ahora lo que vio.
‑¡Todo! ‑dijo la sombra‑. Lo vi todo y lo sé todo.
‑¿Qué aspecto tenían los cuartos interiores? ‑preguntó el sabio‑. ¿Eran como el fresco bosque? ¿Eran como un templo? ¿Eran los cuartos como el cielo estrellado, cuando se está en las altas montañas?
‑¡Todo estaba allí! ‑dijo la sombra‑. No entré hasta el final, me quedé en el cuarto delantero, a media luz, pero era un puesto excelente, ¡lo vi todo y lo supe todo! He estado en la corte de la Poesía, en la antesala.
‑¿Pero qué es lo que vio? ¿Estaban en el gran salón todos los dioses de la Antigüedad? ¿Luchaban allí los viejos héroes? ¿Jugaban niños encantadores y contaban sus sueños?
‑Le digo que estuve allí y debe comprender que vi todo lo que había que ver. Si usted hubiera estado allí, no se habría convertido en ser humano, pero yo sí. Y además aprendí a conocer lo íntimo de mi naturaleza, lo congénito, el parentesco que tengo con la Poesía. Sí, cuando estaba con usted no pensaba en ello, pero siempre, sabe usted, al salir y al ponerse el sol, me hacía extrañamente largo; a la luz de la luna me recortaba casi con mayor precisión que usted. Yo no entendía entonces mi naturaleza, en la antesala se me reveló. Me volví ser humano. Al salir había completado mi madurez, pero usted ya no estaba en los países cálidos. Me avergoncé como hombre de ir como iba, necesitaba botas, trajes, todo este barniz humano, que hace reconocible al hombre. Me refugié ‑sí, puedo decírselo, usted no lo contará en ningún libro‑, me refugié en las faldas de una vendedora de pasteles, bajo ellas me escondí; la mujer no tenía idea de lo que ocultaba. No salí hasta que llegó la noche; corrí por la calle a la luz de la luna. Me estiré sobre la pared ‑¡qué deliciosas cosquillas produce en la espalda! Corrí arriba y abajo, curioseé por las ventanas más altas, tanto en el salón como en la buhardilla. Miré donde nadie puede mirar, y vi lo que ningún otro ve, lo que nadie debe ver. Si bien se considera, éste es un cochino mundo. No querría ser hombre, si no fuera porque está bien considerado el serlo. Vi las cosas más inimaginables en las mujeres, los hombres, los padres y los encantadores e incomparables niños; vi ‑dijo la sombra‑ lo que ningún hombre debe conocer, pero lo que todos se perecerían por saber: lo malo del prójimo. Si hubiera publicado un periódico, ¡lo que se hubiera leído! Pero yo escribía directamente a la persona en cuestión y se producía el pánico en todas las ciudades adonde iba. Llegaron a tenerme terror y grandísima consideración. Los profesores me nombraron profesor, los sastres me hacían trajes nuevos ‑no me faltaba de nada. EI tesorero del reino acuñaba monedas para mí y las mujeres decían que yo era muy guapo ‑y así llegué á ser el hombre que soy. Y ahora me despido. Ésta es mi tarjeta. Vivo en la acera del sol y estoy siempre en casa cuando llueve.
Y la sombra se marchó.
‑¡Qué extraordinario! ‑dijo el sabio.
Pasó tiempo y tiempo y la sombra volvió.
‑¿Cómo le va? ‑preguntó.
‑¡Ay! ‑dijo el sabio‑. Escribo acerca de lo verdadero, lo bueno y lo bello, pero nadie se interesa por mi obra. Estoy desesperado, porque son cosas a las que concedo gran importancia.
‑Pues a mí no me ocurre igual ‑dijo la sombra‑. Yo, mientras, engordando, que es lo que hemos de procurar. Usted no entiende el mundo y terminará por caer enfermo. Tiene que viajar. Me iré de viaje este verano. Venga conmigo. Me gustaría llevar un compañero. ¿Quiere usted venir conmigo, como mi sombra? Será para mí un gran placer el llevarle, ¡le pago el viaje!
‑¡Qué disparate! ‑dijo el sabio.
‑¡Según como se mire! ‑dijo la sombra‑. El viajar le sentará de maravilla. Si consiente usted en ser mi sombra, todo correrá de mi cuenta.
‑¡Esto ya es el colmo! ‑protestó el sabio.
‑Pero así va el mundo ‑dijo la sombra‑, y asi seguirá ‑y se marchó.
Las cosas no le iban nada bien al sabio, la pena y la preocupación seguían haciendo presa en él, y sus opiniones sobre lo verdadero, lo bueno y lo bello interesaban tanto al público como las rosas a una vaca ‑hasta que al final cayó enfermo de consideración.
‑¡Parece usted totalmente una sombra! ‑le decía la gente, y esto le produjo un escalofrío, porque le hizo pensar en ella.
‑Lo que debe hacer es tomar las aguas ‑dijo la sombra, que vino de visita‑. No hay nada igual. Le llevaré conmigo, por el aquel de nuestra vieja amistad. Yo pago el viaje y usted se encarga de llevar un diario con lo que me resultará el camino más divertido. Quiero ir a un balneario, mi barba no crece como debiera ‑eso es también una enfermedad‑ y una barba es algo indispensable. Sea razonable y acepte la invitación, viajaremos como amigos, por supuesto.
Y así viajaron; la sombra hacía de señor y el señor hacía de sombra. Fueron juntos en coche, a caballo, a pie ‑al lado uno de otro, delante o detrás, según la posición del sol. La sombra sabía ponerse siempre en el lugar del señor, mientras el sabio no prestaba atención a semejante cosa. Tenía un corazón excelente y era sumamente cortés y afectuoso, así que un día le dijo a la sombra:
‑Puesto que nos hemos convertido en compañeros de viaje y, además, hemos crecido juntos desde la infancia, ¿por qué no nos tuteamos? Sería más íntimo.
‑En eso que dice ‑contestó la sombra, que ahora era el verdadero señor‑ hay mucha franqueza y buena intención, por lo que seré igualmente bienintencionado y franco. Usted, como sabio que es, sabe sin duda lo especial que es la naturaleza. Hay quien no aguanta el roce del papel gris, le pone enfermo. A otros se les pasa todo el cuerpo si se rasca un clavo contra un vidrio. Lo mismo siento yo cuando le oigo tutearme, es como si me empujasen de nuevo a mi primer empleo con usted. No se trata de orgullo, sino, como verá, de una sensación. Pero si no puedo permitirle que me trate de tú, con mucho gusto le tutearé a usted, como fórmula de compromiso.
Y así la sombra tuteó a su antiguo señor.
‑¡Qué absurdo ‑pensó éste‑ que yo le hable de usted y él me tutee! ‑pero no tuvo más remedio que aguantarlo.
Al fin llegaron a un balneario, donde había muchos extranjeros, y entre ellos una encantadora princesa que padecía la enfermedad de tener una vista agudísima, lo que era en extremo alarmante.
Al instante observó que el recién llegado era por completo diferente a los otros.
‑Dicen que ha venido para hacer crecer su barba, pero yo veo la verdadera causa‑ no tiene sombra.
Llena de curiosidad, entabló inmediatamente conversación con el caballero extranjero durante el paseo. Como princesa que era, no se andaba con muchos miramientos, por lo que le dijo:
‑A usted lo que le ocurre es que no tiene sombra.
‑Vuestra Alteza Real debe haber mejorado notablemente ‑dijo la sombra‑. Sé que vuestra dolencia consiste en que veis demasiado bien, pero debe haber desaparecido; estáis curada. Precisamente yo tengo una sombra muy extraña. ¿No habéis visto a la persona que siempre me acompaña? Otros tienen una sombra vulgar, pero yo detesto lo corriente. Igual que se viste al criado con librea de mejor paño que el que uno usa, he ataviado a mi sombra como si fuese una persona. Ved que hasta le he proporcionado una sombra. Es muy costoso, pero me gusta tener algo excepcional.
‑¿Cómo? ¿Será posible que me haya curado de verdad? ‑pensó la Princesa‑. ¡Este balneario es único! El agua tiene en nuestros días propiedades asombrosas. Pero no me marcho, porque ahora comienza a estar esto divertido. El extranjero me gusta extraordinariamente. Con tal que no le crezca la barba y se marche.
Por la noche, en el gran salón, bailaron la princesa y la sombra. Ella era ligera, pero más aún lo era él. Nunca había tenido la Princesa pareja semejante. Ella le dijo qué país era el suyo y él lo conocía. Lo había visitado, en ocasión en que ella estaba ausente. Había curioseado por las ventanas aquí y allá y visto de todo, por lo que pudo contestar a la Princesa y hacer alusiones que la dejaron estupefacta.
‑Debe ser el hombre más sabio del mundo ‑pensó, tal era su admiración por lo que sabía.
Y cuando bailaron de nuevo, la Princesa quedó enamoradísima, de lo que la sombra se dio cuenta, porque ella le atravesaba con su mirada. A esto siguió otro baile y ella estuvo a punto de decírselo, pero mantuvo su serenidad y pensó en su país y en su reino, y en las muchas personas sobre las que reinaría.
‑Es un sabio ‑se dijo‑, lo cual es cosa buena. Y baila espléndidamente, lo cual es también bueno. Pero me pregunto si tendrá conocimientos profundos, y eso es también importante. Intentaré examinarle.
Y entonces comenzó poco a poco a hacerle las más difíciles preguntas, que ni ella misma hubiera podido contestar; y la sombra puso una cara sumamente extraña.
‑¡No sabe usted la respuesta! ‑dijo la Princesa.
‑Lo aprendí de párvulo ‑dijo la sombra‑. Creo que hasta mi sombra, allí junto a la puerta, sabrá contestar.
‑¡Su sombra! ‑dijo la Princesa‑. Sería en verdad extraordinario.
‑Bueno, no digo que lo sepa ‑dijo la sombra‑, pero creo que sí. Me ha seguido y oído durante tantos años, que creo que sí. Pero Vuestra Alteza Real permitirá que le advierta que pone tanto empeño en hacerse pasar por una persona, que para tenerle de buen humor ‑y debe estarlo para contestar bien‑ ha de ser tratado precisamente como una persona.
‑Me complacerá hacerlo ‑dijo la Princesa.
Y se acercó al sabio que estaba junto a la puerta y habló con él del sol y de la luna, de unos y de otros, y él contestó con todo acierto y cordura.
‑¿Cómo será este hombre, cuando tiene una sombra tan sabia? ‑pensó ella‑. Será una auténtica bendición para mi pueblo y mi reino, si lo elijo como esposo.
Y ambos estuvieron de acuerdo, la Princesa y la sombra, pero nadie debía saberlo antes de que ella regresase a su reino.
‑¡Nadie, ni siquiera mi sombra! ‑dijo la sombra, y tenía sus particulares razones para ello.
Tras esto, fueron al país donde reinaba la Princesa, una vez que había ella regresado.
‑Escucha, amigo mío ‑dijo la sombra al sabio‑. He llegado a ser cuan afonunado y poderoso puede ser un hombre. Ahora haré algo extraordinario por ti. Vivirás siempre conmigo en Palacio, irás conmigo en mi carroza real y tendrás cien mil escudos al año. Pero permirirás que todos te llamen sombra; no deberás decir nunca que fuiste hombre, y una vez al año, cuando me siente al sol en el balcón para mostrarme al pueblo, tendrás que tenderte a mis pies, como debe hacerlo una sombra. Has de saber que me caso con la Princesa. Esta noche será la boda.
‑¡No, eso es monstruoso! ‑dijo el sabio‑. ¡No quiero, no lo haré! ¡Sería defraudar al país y a la Princesa! ¡Lo diré todo! Que yo soy el hombre y tú la sombra. ¡Que apenas si eres un disfraz!
‑No lo creerá nadie ‑dijo la sombra‑. ¡Sé razonable o llamo a la guardia!
‑¡Iré a ver a la Princesa! ‑dijo el sabio.
‑Pero yo iré primero ‑dijo la sombra‑, y tú irás al calabozo.
Y así fue, porque los centinelas le obedecieron, al saber que iba a casarse con la Princesa.
‑¡Estás temblando! ‑dijo la Princesa, cuando la sombra fue a visitarla‑. ¿Ha ocurrido algo? No irás a ponerte enfermo esta noche, en que vamos a casarnos.
‑Me ha sucedido la cosa más terrible que pueda ocurrir ‑dijo la sombra‑. ¡Imagínate ‑claro, una pobre cabeza de sombra como ésa es incapaz de resisrir mucho‑; imagínate, mi sombra se ha vuelto loca, cree que ella es el hombre y que yo ‑imagínate, si puedes‑, que yo soy su sombra!
‑¡Qué horror! ‑dijo la Princesa‑. ¿Lo habrán encerrado, supongo?
‑Sí. Me temo que nunca recupere la razón.
‑¡Pobre sombra! ‑dijo la Princesa‑. Qué desdicha para él. Sería una verdadera obra de caridad liberarlo de la mezquina vida que lleva y cuando pienso en ello, creo que se hace preciso el quitársela con toda discreción.
‑Resulta cruel ‑dijo la sombra‑ porque era un buen sirviente ‑y pareció dar un suspiro.
‑¡Qué nobles sentimientos! ‑dijo la Princesa.
Por la noche, toda la ciudad estaba iluminada y los cañones hicieron ¡pum! y los soldados presentaron armas. ¡Qué boda aquélla! La Princesa y la sombra se asomaron al balcón para mostrarse y recibir una vez más las aclamaciones.
El sabio no se enteró de nada, porque le habían quitado la vida. (Skyggen.)

***

Charles Dickens

EL GUARDAVIA

(The Signal‑Man, 1866)

Los cuentos fantásticos de Dickens (1812‑ 1870) se publicaron en las pequeñas revistas de novelas por entregas y cuentos de las que él era editor y autor casi exclusivo. Su mejor obra dentro del género, The Signal‑Man, apareció en 1866 en «All the year Round». Es un cuento muy denso y compacto, cuya acción sucede entre raíles y rumores de trenes, con ocasos sobre el desolado paisaje ferroviario y figuras entrevistas más allá de los taludes. El escenario del mundo industrial ha entrado en la literatura: nos encontramos ya muy lejos de las visiones de la primera mitad del siglo. Lo fantástico se vuelve pesadilla profesional.


EL GUARDAVIA

-¡Eh!, ¡ahí abajo!
Cuando oyó una voz llamándolo de esta manera, se encontraba junto a la puerta de la caseta, con un banderín enrollado sobre un palo corto que tenía en la mano. Se podría pensar, teniendo en cuenta la naturaleza del terreno, que no podía caberle la menor duda sobre de dónde procedía la voz; pero en lugar de mirar hacia arriba, donde yo me encontraba, en lo alto de un precipicio cortado a pico justo encima de su cabeza, se volvió y miró hacia las vías. Hubo algo especial en su manera de hacerlo, aunque no sabría definir exactamente qué. Pero sí sé que fue lo bastante extraño como para atraer mi atención, aun tratándose de una figura de espaldas y en la sombra en el fondo del profundo despeñadero, en tanto que yo estaba mucho más arriba, bañado por una brillante puesta de sol que me había obligado a darme sombra en los ojos con la mano antes de poder verle del todo.
‑¡Eh!, ¡ahí abajo!
Después de haber mirado al fondo de las vías se volvió de nuevo y, al alzar los ojos, vio mi figura en lo alto, sobre él.
‑¿Hay algún sendero por el que pueda bajar y hablar con usted?
Me miró sin responder, y yo le devolví la mirada sin volver a agobiarle demasiado pronto con una repetición de mi vana pregunta. Justo entonces se inició una pequeña vibración en el aire y en la tierra, que rápidamente se transformó en un violento latido, y una embestida repentina me lanzó hacia atrás con la suficiente fuerza como para haberme hecho pedazos. Cuando la nube de humo que me cubrió hubo pasado y el tren rápido se alejaba rumbo a la llanura, miré hacia abajo una vez más, y le vi enrollar nuevamente el banderín que había mostrado mientras pasaba el tren.
Repetí mi pregunta. Tras una pausa, durante la cual pareció mirarme con gran atención, señaló con su banderín enrollado hacia un punto a mi altura, a unas doscientas o trescientas yardas de distancia. Le grité:
‑¡De acuerdo!- y me dirigí a aquel lugar.
Allí, a fuerza de mirar cuidadosamente a mi alrededor descubrí un tosco sendero en zig‑zag tallado en la roca, que seguí.
El corte era muy profundo e inusualmente escarpado. Estaba tallado en una piedra viscosa, más húmeda y enlodada a medida que iba descendiendo. Por esta razón el camino se me hizo lo bastante largo como para tomarme el tiempo de recordar el singular aire de disgusto y repulsión con que me había señalado el sendero.
Cuando hube bajado por el descendente zig‑zag lo suficiente y volví a verle, pude darme cuenta de que estaba de pie entre los rieles por los que el tren acababa de pasar, en ademán de estar esperando mi aparición: su mano izquierda en la barbilla y el codo puesto sobre la mano derecha, cruzada sobre el pecho. Su actitud era de tal expectación y cautela que me detuve un momento, extrañado.
Reanudé el descenso y, al llegar al nivel de las vías y acercarme a él, vi que era un hombre moreno, de barba oscura y cejas más bien espesas. Su puesto estaba en el lugar más solitario y lúgubre que yo haya visto jamás. A cada lado un muro de piedra dentada, rezumante de humedad, impedía cualquier visión que no fuese una estrecha franja de cielo; el horizonte, en una dirección, era tan sólo la prolongación oblicua de esta gran caverna. La corta perspectiva del lado opuesto terminaba con una sombría luz roja y la aún más sombría negra boca de un túnel, deprimente y amenazador. Eran tan pocos los rayos de sol que alguna vez llegaban hasta aquel lugar, que éste había adquirido un mortífero olor terroso, y un viento helado corría por allí con tanta fuerza que sentí un escalofrío, como si hubiera abandonado el mundo natural.
Antes de que se moviera ya me había acercado tanto a él que habría podido tocarlo. Ni siquiera entonces apartó sus ojos de los míos. Dio un paso hacia atrás y alzó la mano.
Le dije que ocupaba un lugar solitario y que había llamado mi atención cuando lo había visto desde allí arriba. Supuse que le parecería raro tener un visitante. Raro, pero esperaba que no mal recibido. En mí debía ver, simplemente, a un hombre que, tras haber pasado toda su vida recluido en estrechos límites y verse por fin libre, tenía un interés renovado por estas grandes obras humanas. Con tal intención le hablé. Estoy lejos de poder asegurar qué términos utilicé, porque, aparte de mi escasa habilidad para iniciar conversaciones, en aquel hombre había algo que me intimidaba.
Dirigió una mirada de lo más curiosa a la luz roja que estaba junto a la boca del túnel, observó todo aquello como si echara algo en falta, y después me miró a mí.
¿Estaba esa luz a su cargo?, ¿no lo estaba? Me contestó con voz profunda:
‑¿No sabe que sí lo está?
Mientras examinaba sus ojos fijos y su rostro melancólico, una monstruosa idea cruzó por mi mente: que era un espíritu y no un hombre. He vuelto a meditar si cabría considerar la posibilidad de alguna enfermedad en su mente.
Retrocedí, y al hacerlo noté en sus ojos un oculto miedo hacia mí. Esto disipó mi monstruoso pensamiento.
‑Me mira ‑le dije formando una sonrisa‑ como si me tuviese miedo.
‑Estaba preguntándome ‑contestó‑ si no le había visto antes.
‑¿Dónde?
Señaló hacia la luz roja que había estado observando.
‑¿Allí? ‑dije.
Mirándome atentamente me respondió, aunque sin palabras, que sí.
‑Mi querido amigo, ¿qué podía hacer yo allí? Sea como sea, nunca he estado ahí, puedo jurarlo.
‑Creo que sí ‑replicó‑ Sí, estoy seguro.
Su rostro se serenó, y también el mío. Contestó a mis observaciones con presteza y palabras bien escogidas. ¿Tenía mucho que hacer allí? Sí, es decir, tenía mucha responsabilidad, pero lo que se requería de él era exactitud y vigilancia. En lo que se refiere a trabajo propiamente dicho ‑trabajo manual‑, no tenía apenas nada que hacer. Cambiar esta señal, ajustar aquellas luces y mover la palanca de hierro de cuando en cuando era toda su tarea en este terreno. Respecto a las largas y solitarias horas que tanto parecían importarme, sólo podía decirme que la rutina de su vida se había ido configurando de esa forma, y que ya estaba acostumbrado a ella. En este lugar había aprendido un lenguaje ‑si el mero hecho de conocer sus simbolismos y tener una idea rudimentaria de su pronunciación se puede llamar aprenderlo‑. También había estudiado fracciones y decimales y había intentado acercarse al álgebra; pero, como le pasaba de niño, el cálculo seguía sin ser su fuerte. ¿Le obligaba el cumplimiento de su deber a permanecer en aquel canal de aire húmedo?, ¿nunca podía remontar los altos muros de piedra hasta la luz del sol? Claro que sí, eso dependía del tiempo y de las circunstancias. Según en qué condiciones, había menos que hacer en esta línea que en las otras, y lo mismo podía aplicarse a determinadas horas del día y de la noche. En días de buen tiempo, durante algún rato, abandonaba las sombras de allí abajo; pero como en cualquier momento podía su campanilla eléctrica reclamar su presencia, prestaba oído con doble ansiedad, y su satisfacción era mucho menor de lo que podía suponer.
Me llevó a su caseta, en la que había un fuego, un escritorio con un libro oficial en el que tenía que hacer algunas anotaciones, un aparato telegráfico, con su dial y sus agujas, y la campanilla de la que ya me había hablado. Cuando le dije que confiaba en que disculpara mi comentario, pero que pensaba que había tenido una buena educación, incluso (confiaba en que me permitiera decirlo sin ofenderle) quizá por encima de aquel puesto, me hizo observar que este tipo de rarezas no eran poco habituales en los colectivos humanos más vastos; tenía idea de que así ocurría en las cárceles, en el Cuerpo de Policía, incluso en lo que se considera el recurso más desesperado, la Armada; y que esto también sucedía, más o menos, en toda compañía ferroviaria de ciertas dimensiones. Cuando era joven había sido estudiante de Filosofía Natural (dudaba que yo le creyese, viéndole en aquella barraca; casi no lo creía él mismo) y había asistido a varios cursos; pero los había abandonado, desperdició sus oportunidades, se hundió y ya no volvió a levantarse nunca. No tenía queja alguna al respecto: había construido su lecho y en él yacía. Era, con mucho, demasiado tarde para pensar en otro.
Todo lo que he condensado aquí, lo contó él de una manera pausada, con su mirada grave y oscura que oscilaba entre el fuego y mi persona. Le dio por llamarme «señor» de cuando en cuando, especialmente si se refería a su juventud, como pidiéndome que comprendiese que no había pretendido ser más de lo que yo veía que era. Varias veces le interrumpió la campanilla, leyó mensajes y envió respuestas. En una ocasión tuvo que cruzar la puerta y desplegó su banderín mientras pasaba un tren, a la vez que le hacía algún comunicado verbal al conductor. Observé que en el cumplimiento de su trabajo era extremadamente exacto y vigilante, que interrumpía lo que estaba diciendo y que permanecía en silencio hasta que había terminado lo que tenía que hacer.
En pocas palabras, habría considerado a este hombre el más fiable de todos para desempeñar aquel puesto, de no haber sido porque, mientras me estaba hablando, en un par de ocasiones perdió el color, se volvió hacia la campanilla cuando ésta no había sonado, abrió la puerta de la casa (que permanecía cerrada para aislarnos de la insalubre humedad) y miró hacia la luz roja que se encontraba junto a la boca del túnel. En ambas ocasiones volvió al fuego con el mismo aire inexplicable que ya había observado en él, y que no sería capaz de definir encontrándonos a tanta distancia.
Le dije, cuando me puse en pie para irme:
‑Casi me ha hecho pensar que he conocido a un hombre satisfecho. (Me temo, he de reconocer, que lo dije para hacerlo seguir hablando.)
‑Creo que lo fui ‑replicó con la misma voz profunda con que había hablado al comienzo‑, pero estoy turbado, señor, estoy turbado. Se habría retractado de sus palabras si hubiera podido. Pero las había dicho, y yo me agarré de ellas rápidamente:
‑¿Por qué?, ¿cuál es su problema?
‑Es muy difícil de explicar, señor. Es muy, muy difícil hablar de ello. Si vuelve a visitarme en otra ocasión, trataré de contárselo.
‑Desde luego que tengo intención de hacerle otra visita. Dígame, ¿cuándo podría ser?
‑Me voy al amanecer y volveré mañana a las diez de la noche, señor.
‑Entonces vendré a las once.
Me dio las gracias y me acompañó hasta la puerta:
‑Le alumbraré con mi linterna ‑dijo con su peculiar voz profunda‑ hasta que haya encontrado el camino de subida. Pero cuando lo encuentre ¡no me avise!, y cuando haya llegado a la cima ¡no me avise!
Su comportamiento hizo que el lugar me pareciera aún más frío, pero dije solamente:
‑Muy bien.
‑Y cuando vuelva mañana ¡no me avise! Déjeme preguntarle algo antes de que se vaya. ¿Qué le impulsó antes a gritar: «¡Eh!, ¡ahí abajo!»?
‑No lo sé ‑dije‑. ¿Es que grité algo así?
‑No algo así, señor. Exactamente esas palabras. Lo sé muy bien.
‑Admitamos que fueron exactamente esas palabras. Las dije, sin duda, porque lo vi a usted ahí abajo.
‑¿Por ninguna otra razón?
-¿Qué otra razón podría tener?
‑¿No tuvo la sensación de que le fuesen transmitidas de alguna manera sobrenatural?
‑No.
Me deseó buenas noches y sostuvo en alto su linterna. Caminé entre las vías (con la desagradable sensación de que un tren venía tras de mí), hasta que encontré el sendero. Era más fácil la subida que el descenso, y llegué a mi posada sin otro contratiempo.
Puntual con mi cita, la noche siguiente puse el pie en la primera hendidura del zigzagueante camino cuando los relojes daban las once. Me esperaba allá en el fondo, con su linterna encendida.
‑No le he avisado ‑dije, cuando estuvimos más cerca‑. ¿Puedo hablar ahora?
‑Por supuesto, señor.
‑En ese caso, buenas noches, y aquí está mi mano.
‑Buenas noches, señor. Aquí está la mía.
Tras esto, caminamos, uno al lado del otro, hasta la caseta; entramos, cerró la puerta y nos sentamos junto al fuego.
‑Ya me he decidido, señor ‑comenzó inclinándose, en cuanto nos hubimos instalado, y habló en un tono que era poco más que un susurro‑. No tendrá que preguntarme por segunda vez qué es lo que me turba. Anoche le tomé por otra persona. Lo que me turba es precisamente eso.
‑¿Esa confusión?
‑No. Esa otra persona.
‑¿Quién es?
‑No lo sé.
‑¿Es como yo?
‑No lo sé. Nunca he visto su cara. El brazo izquierdo le cubre el rostro y agita el derecho. Lo agita violentamente. Así.
Seguí sus indicaciones con la mirada, mientras movía un brazo como queriendo dar a entender con la mayor pasión y vehemencia: «Por el amor de Dios, despejen el camino.»
‑Una noche de luna llena ‑me dijo el hombre‑ estaba sentado aquí, cuando oí una voz que gritaba «¡Eh! ¡ahí abajo!.» Me levanté de un salto, miré desde la puerta y vi a esa otra Persona junto a la luz roja que hay cerca de la boca del túnel, haciendo gestos como le acabo de enseñar. La voz parecía ronca de tanto gritar, y chillaba: «¡Cuidado!, ¡cuidado!», y de nuevo: «¡Eh!, ahí abajo!, ¡cuidado!» Cogí mi linterna, la puse en rojo y corrí hacia la figura, gritándole: «¿Qué va mal?, ¿qué ha pasado?, ¿dónde?» Estaba de pie justo en la boca de la negrura del túnel. Me acerqué tanto a él que me pareció extraño que siguiera cubriéndose los ojos con el brazo. Corrí directamente hacia él, alargando la mano para coger su brazo, pero había desaparecido. ‑Dentro del túnel ‑dije yo.
‑No. Recorrí el interior del túnel, unas quinientas yardas. Me detuve y, con la linterna sobre mi cabeza, vi las señales que miden las distancias, las manchas de humedad que penetran las paredes y gotean desde la bóveda. Salí corriendo, más rápido que cuando entré (es que aborrezo a muerte ese lugar), miré alrededor alumbrándome con mi propia luz roja, y subí por la escalera de hierro que lleva a la galería que hay justo encima, bajé y regresé corriendo aquí. Telegrafié en ambas direcciones: «Se ha recibido una alarma. ¿Algo va mal?» De las dos direcciones llegó la misma respuesta: «Todo bien.»
Resistiéndome a la leve sensación de que un dedo helado rozaba mi espina dorsal, le expliqué que aquella figura había debido ser una mala pasada de su sentido visual, y que se sabía que tales figuras, originadas por desarreglos de los delicados nervios que administran las funciones del ojo, turbaban con frecuencia a enfermos, algunos de los cuales habían llegado a ser conscientes de la naturaleza de sus males e incluso la habían demostrado mediante experimentos con ellos mismos.
‑En cuanto a un grito imaginario ‑añadí‑, ¡escuche por un momento el viento de este extraño valle mientras hablamos tan bajo y los disparatados sonidos de arpa que arranca a los cables telegráficos!
Todo estaba muy bien, replicó, tras haber estado ambos escuchando durante un rato (y él debía saber bastante sobre el viento y los cables, ya que era quien pasaba largas noches de invierno ahí, solo y expectante). Pero me rogó que me diese cuenta de que no había terminado.
Le pedí perdón y, tocándome el brazo, añadió estas palabras:
‑No habían pasado seis horas de la aparición, cuando se produjo el accidente de esta línea, ni habían pasado diez cuando los muertos y heridos fueron sacados a través del túnel por el lugar en el que había estado la figura.
Me recorrió un desagradable escalofrío. No podía negarse, repuse, que había sido una coincidencia notable, lo bastante profunda como para impresionar su mente. Pero no hay duda de que coincidencias tan notables ocurren de continuo y deben tenerse en consideración al tratar estos temas. Aunque, sin duda, debía admitir, añadí (viendo que estaba a punto de refutar mis objeciones), que las personas con sentido común no dejan mucho espacio para coincidencias en los cálculos ordinarios de la vida.
De nuevo me hizo saber que me diese cuenta de que no había terminado.
Y de nuevo le pedí perdón por mis involuntarias interrupciones.
‑Esto ‑dijo, apoyando una vez más su mano en mi brazo y mirando por encima del hombro con ojos hundidos‑ fue exactamente hace un año. Pasaron seis o siete meses, y ya me había recuperado de la sorpresa e impresión, cuando una mañana, al romper el día, me encontraba junto a la puerta, miré hacia la luz roja y volví a ver al espectro.
Se detuvo mirándome fijamente.
‑¿Gritó?
‑No. Guardó silencio.
‑¿Movía el brazo?
‑No. Estaba apoyado contra el poste de la luz roja, con las dos manos cubriéndole el rostro. Así.
Una vez más observé su gesto. Y fue un gesto de dolor. He visto actitudes similares en las estatuas que se encuentran sobre algunas tumbas.
‑¿Se acercó a él?
‑No. Entré en mi caseta y me senté; en parte para ordenar mis pensamientos, en parte porque había quedado desfallecido. Cuando volví a salir a la puerta, la luz del día estaba sobre mí y el fantasma se había ido.
‑Pero, ¿no pasó nada más?, ¿no ocurrió algo después?
Me tocó el brazo con el dedo índice dos o tres veces, asintiendo lúgubremente con la cabeza.
‑Ese mismo día, cuando un tren salía del túnel, advertí en una ventanilla que daba a mi lado algo que me pareció un amasijo de cabezas y manos y una especie de gesto. Vi aquello justo a tiempo para hacerle al conductor la señal de «¡Pare!» Cortó el circuito y puso el freno, pero el tren aún se deslizó ciento cincuenta yardas o más. Corrí tras él y, mientras lo hacía, oí unos llantos y gritos terribles. Una bella joven había muerto repentinamente en uno de los compartimentos y la trajeron aquí; yacía en este mismo suelo, aquí donde estamos nosotros.
Aparté mi silla involuntariamente, miré las tablas que señalaba y luego le miré a él.
‑Cierto, señor, cierto. Se lo cuento tal y como sucedió.
No se me ocurrió nada que decir en ningún sentido, y se me había quedado la boca absolutamente seca. El viento y los cables prolongaban la historia en un largo lamento desolado.
El retomó la palabra:
‑Ahora, señor, fíjese en esto y juzgue hasta qué punto se halla turbado mi espíritu. El espectro volvió hace una semana. Desde entonces ha estado aquí, una y otra vez, a intervalos.
‑¿Junto a la luz?
Junto a la luz de peligro.
‑Y ¿qué diría que hace?
Repitió, aún con mayor pasión y vehemencia, si es que es posible, los anteriores gestos de «¡Por Dios, despejen la vía!»
‑No tengo paz ni descanso. Me llama durante varios minutos seguidos, de una manera agonizante: «Ahí abajo, ¡cuidado!, ¡cuidado!» Se queda de pie, gesticulando, y hace sonar mi campanilla...
Me agarré de esto:
‑¿Hizo sonar su campanilla anoche, mientras yo estaba aquí, y usted salió a la puerta?
‑En dos ocasiones.
‑Bien, observe ‑dije yo‑ cómo le engaña su imaginación. Tuve mis ojos clavados en la campanilla y mis oídos bien despiertos, y tan cierto como que estoy vivo, en aquellos momentos no sonó. No. Y tampoco lo hizo en ninguna otra ocasión, si exceptuamos cuando funcionó debido al curso normal del trabajo, al comunicar la estación con usted.
Movió la cabeza:
‑No he tenido, aún, ninguna confusión a este respecto, señor. Nunca he confundido el sonido espectral de la campanilla con el humano. El sonido del fantasma es una extraña vibración de la campana, que no proviene de fenómeno alguno, y no he afirmado que la campana se mueva visiblemente. No me sorprende que usted no la haya oído. Pero yo sí la oí.
‑¿Y le pareció ver al espectro allí, cuando salió a mirar? ‑Estaba allí.
‑¿En ambas ocasiones?
Dijo firmemente:
‑En ambas ocasiones.
‑¿Quiere acercarse a la puerta conmigo y observar ahora?
Se mordió el labio inferior mostrando cierto desgano, pero se levantó. Abrí la puerta y me quedé en el escalón, mientras él permanecía en el umbral. Allí estaba la luz de peligro. Allí estaba la tenebrosa boca del túnel. Allí estaban los altos muros de piedra del precipicio. Allí estaban, sobre todo, las estrellas.
‑¿Lo ve? ‑le pregunté, prestando especial atención a su rostro.
Tenía los ojos fijos y en tensión, pero quizá no mucho más que los míos cuando los dirigía impacientemente hacia el mismo punto.
‑No ‑respondió‑, no está ahí.
‑De acuerdo ‑le dije.
Entramos de nuevo, cerramos la puerta y volvimos a nuestros asientos. Estaba pensando en la mejor forma de aprovechar esta ventaja, si es que se la podía considerar como tal, cuando él retomó el tema de una forma tan absolutamente natural, dando por supuesto que no podía haber entre nosotros serias divergencias respecto a los hechos, que me sentí en una situación de lo más impotente.
‑A estas alturas, señor, ya habrá comprendido perfectamente ‑dijo‑ que lo que me angustia tan profundamente es lo siguiente: ¿qué quiere decirme el espectro?
Le contesté que no estaba seguro de haber comprendido perfectamente.
‑¿Contra qué me previene? ‑dijo meditabundo, con sus ojos clavados en el fuego y volviéndose hacia mí sólo de vez en cuando‑, ¿cuál es el peligro? Hay un peligro en el aire, flotando sobre algún lugar de la línea. Una horrible calamidad va a suceder. En esta ocasión no cabe la menor duda. Es una obsesión para mí. ¿Qué puedo hacer?
Sacó su pañuelo y se secó las gotas de sudor de su frente acalorada.
‑Si telegrafío «peligro» en una dirección de la línea, o en ambas, no tengo prueba alguna que aportar ‑siguió, secándose las palmas de las manos‑. Probablemente me meta en problemas y no obre bien. Podrían pensar que estoy loco. Tendría que actuar de esta manera: Mensaje: «Peligro. Tomen precauciones.» Respuesta: «¿Qué peligro?, ¿dónde?» Mensaje: «No lo sé, pero por el amor de Dios, tomen precauciones.» Me despedirían. ¿Qué otra cosa podrían hacer?
Era muy triste contemplar el tormento de su espíritu, la tortura mental de un hombre consciente, sometido a la angustia insoportable de una vida intrincada en una responsabilidad que escapaba a su inteligencia.
‑Cuando apareció el espectro por primera vez junto a la luz roja ‑continuó echando hacia atrás su cabello oscuro y frotándose las sienes con las manos una y otra vez, en el extremo de una angustia febril‑, ¿por qué no me dijo dónde sucedería el accidente, si tenía que suceder?, ¿por qué la segunda vez que vino ocultaba su rostro?, ¿por qué, en lugar de eso, no me dijo: «Ella va a morir. Que la dejen en casa.»? Si en estas dos ocasiones vino tan sólo para demostrarme que sus advertencias eran ciertas y prepararme para esta tercera, ¿por qué no mo avisa llanamente ahora? Y yo... ¡que el Señor me ayude! Un pobre guardavía en su solitaria estación, ¿por qué no he acudido a alguien digno de crédito y que pueda hacer algo?
Al verle en semejante estado me di cuenta de que, tanto para el bien del pobre hombre como para la seguridad pública, lo que tenía que hacer, de momento, era apaciguar su mente. Por lo tanto, dejé a un lado todas las cuestiones sobre la realidad o la irrealidad y le hice observar que si un hombre cumplía con su deber estrictamente, hacía bien, y que le quedaba la satisfacción de haber entendido lo que era su obligación, aunque no alcanzase a comprender el significado de esas confusas Apariciones. En este esfuerzo tuve un éxito mayor que en los intentos de hacerle desistir de sus convicciones. Empezó a calmarse, las ocupaciones propias de su puesto, como la noche anterior, comenzaron a requerir su atención por más tiempo, y le dejé a las dos de la madrugada. Le había ofrecido quedarme toda la noche, pero no quiso ni oír hablar de ello.
Me volví a mirar la luz roja según ascendía por el sendero; que no me gustaba la luz roja y que habría dormido francamente mal de encontrarse mi cama bajo ella, no voy a ocultarlo. Y no me gustaron las dos historias del accidente y la muerte de la chica. Tampoco veo razón para ocultarlo.
Pero lo que más ocupaba mi mente era la reflexión sobre cómo debía actuar, al haberme convertido en depositario de esas confidencias. Había comprobado que se trataba de un hombre inteligente, atento, trabajador y serio; pero ¿cuánto tiempo seguiría siéndolo en semejante estado mental? A pesar de ocupar un cargo de subordinado, tenía una importante responsabilidad; ¿confiaría yo (por ejemplo) mi propia vida a la posibilidad de que continuase desempeñándola con precisión?
Fui incapaz de vencer el sentimiento de que sería una especie de traición si comunicaba a sus superiores lo que me había contado, sin antes hablar francamente con él. Debía proponerle una solución intermedia: decidí ofrecerme para acompañarle (pero guardando, de momento, el secreto) al mejor médico que pudiésemos encontrar en la zona y recabar su opinión. Me había comunicado que la noche siguiente habría un cambio en el horario de trabajo: se marcharía una o dos horas antes del amanecer y volvería después de la puesta de sol. Yo había quedado en presentarme un poco más tarde.
Al día siguiente, el atardecer era espléndido y salí temprano para disfrutarlo. El sol aún no se había puesto cuando crucé el camino que bordeaba el precipicio. Alargaría el paseo una hora, me dije, media hora de ida y otra media de vuelta, y entonces habría llegado el momento de ir a la caseta del guardavía.
Antes de continuar mi caminata, me paré en el borde, y, mecánicamente, miré hacia abajo desde el mismo lugar desde el que le había visto por primera vez. No podría describir el estremecimiento que me recorrió cuando, junto a la boca del túnel, vi a una figura que se tapaba los ojos con el brazo izquierdo y hacía violentamente gestos con su mano derecha.
El horror innombrable que me oprimía pasó en un momento, en el instante mismo en que me di cuenta de que esa figura era, de hecho, un hombre y que, a poca distancia, se hallaba un pequeño grupo de personas, a quienes se dirigían los gestos que estaba haciendo. La luz de peligro no estaba todavía encendida. Junto al poste había sido construido, con madera y una lona, un pequeño armazón muy bajo, enteramente nuevo para mí. No parecía mayor que una cama.
Descendí por el sendero tan rápido como pude, con la irresistible sensación de que algo marchaba mal; me reprochaba haber dejado a aquel hombre allí, sin nadie que vigilara o corrigiese lo que hacía, ante el peligro de un desenlace fatal.
‑¿Qué es lo que ocurre? ‑pregunté.
‑El guardavía ha resultado muerto esta mañana, señor.
‑¿El hombre que ocupaba esta caseta?
-Sí, señor.
‑¿El hombre al que yo conocía?
‑Lo reconocerá, señor, si le había visto ‑dijo el hombre que hablaba por los demás, descubriéndose la cabeza con solemnidad y levantando el extremo de la lona‑. Su rostro está intacto.
‑¡Oh! ¿Cómo ocurrió esto?, ¿cómo ocurrió? ‑pregunté, volviéndome de uno a otro, cuando hubieron cubierto de nuevo el cadáver.
‑Lo atropelló una locomotora, señor. Ningún hombre en Inglaterra conocía mejor su trabajo. Pero algo no debía estar bien en la vía. Fue justo al amanecer. Había apagado la luz y llevaba su linterna cuando la máquina salió del túnel; él le daba la espalda, y lo atropelló. Este hombre la conducía y nos estaba explicando cómo sucedió. Explíqueselo al caballero, Tom.
El hombre, que vestía un traje tosco y oscuro, retrocedió hasta el lugar donde habíamos estado antes, junto a la boca del túnel: ‑Después de tomar la curva del túnel, señor ‑dijo‑, le descubrí al otro extremo, como si le viese por el tubo de un catalejo. No había tiempo de reducir la velocidad, y sabía que él era un hombre muy cuidadoso. Como no pareció hacer caso del pitido, quité la marcha cuando ya nos abalanzábamos sobre él y le grité tan fuerte como pude.
‑¿Qué dijo usted?
‑Dije: «¡Ahí abajo!, ¡cuidado!, ¡cuidado!, ¡por el amor de Dios, despejen la vía!»
Me sobresalté.
‑¡Ay! Fue un rato horrible, señor. No paré de gritar. Me puse este brazo delante de los ojos, para no verlo, y agité el otro hasta el último momento, pero no sirvió de nada.
Para no prolongar el relato extendiéndome en alguna de sus circunstancias más que en otra, puedo, para terminar, señalar la coincidencia de que las advertencias del conductor de la locomotora incluían no sólo las palabras que el desafortunado guardavía me había repetido como su obsesión, sino también las palabras que yo mismo ‑y no él‑ había asociado, tan sólo en mi mente, a los gestos que había imitado.

***

Iván Turguéniev

UN SUEÑO

(Son, 1876)

A Turguéniev (1818‑1883) no se le puede llamar escritor fantástico, pues sus cuentos que puedan defnirse como tales se cuentan con los dedos de una mano. El sueño es un cuento de una ambigüedad perfecta, y mantiene la incertidumbre de si el personaje misterioso está vivo o muerto, incertidumbre que continúa en la hermosísima escena final del cuerpo sobre la playa cubierta de algas.
Aparte de constituir un ejemplo de modernidad psicológica, no común en la época y que anuncia temas que el psicoanálisis hará canónicos, este cuento nos presenta uno de los raros casos de sueño escrito que se asemeja a los sueños de verdad.

UN SUEÑO

I

YO vivía entonces con mi madre en una pequeña ciudad del litoral. Había cumplido diecisiete años y mi madre no llegaba a los treinta y cinco: se había casado muy joven. Cuando falleció mi padre yo tenía solamente seis, pero le recordaba muy bien. Mi madre era una mujer más bien bajita, rubia, de rostro encantador aunque eternamente apenado, voz apagada y cansina y movimientos tímidos. De joven había tenido fama por su belleza, y hasta el final de sus días fue atractiva y amable. Yo no he visto ojos más profundos, más dulces y tristes, cabellos más finos y suaves; no he visto manos más elegantes. Yo la adoraba y ella me quería... No obstante, nuestra vida transcurría sin alegría: se hubiera dicho que un dolor oculto, incurable e inmerecido, consumía permanentemente la raíz misma de su existencia. La explicación de aquel dolor no estaba sólo en el duelo por mi padre, aun cuando fuese muy grande, aun cuando mi madre le hubiera amado con pasión, aun cuando honrara piadosamente su memoria... ¡No! Allí se ocultaba algo más que yo no entendía, pero que llegaba a percibir, de modo confuso y hondo, apenas me fijaba fortuitamente en aquellos ojos apacibles y quietos, en aquellos maravillosos labios, también quietos, aunque no contraídos por la amargura, sino como helados de por siempre.
He dicho que mi madre me quería; sin embargo, había momentos en que me rechazaba, en que mi presencia le pesaba, se le hacía insoportable. Experimentaba ella entonces una especie de involuntaria repulsión hacia mí, de la que se espantaba luego, pagándola con lágrimas y estrechándome sobre su corazón. Yo cargaba la culpa de estos intempestivos brotes de hostilidad a la alteración de su salud y a su desgracia... Verdad es que estas sensaciones hostiles podían haber sido provocadas, hasta cierto punto, por unos extraños arrebatos de sentimientos malignos y criminales, incomprensibles para mí mismo, que despertaban de tarde en tarde dentro de mí... Pero estos arrebatos no coincidían con aquellos instantes de repulsión. Mi madre vestía siempre de negro, como si guardase luto. Llevábamos un tren de vida bastante holgado, aunque apenas nos relacionábamos con nadie.

II

Mi madre había concentrado en mí todos sus pensamientos y su solicitud. Su vida se había fundido con mi vida. Este género de relaciones entre padres e hijos no favorecen siempre a los hijos... Suele ser más bien nocivo. Por añadidura, mi madre no tenía más hijo que yo... y los hijos únicos, por lo general, no se desarrollan adecuadamente. Al educarlos, los padres se preocupan tanto de sí mismos como de ellos... Eso es un error. Yo no me volví caprichoso ni duro (una y otra cosa suele aquejar a los hijos únicos), pero mis nervios estuvieron alterados hasta cierta época; además, tenía una salud bastante precaria, saliendo en esto a mi madre, a quien también me parecía mucho de cara. Yo evitaba la compañía de los chicos de mi edad, en general rehuía a la gente e incluso con mi madre hablaba poco. Lo que más me gustaba era leer, pasear a solas y soñar... ¡soñar...! ¿De qué trataban mis sueños? No podría explicarlo. A veces tenía la impresión, es cierto, de hallarme delante de una puerta entornada que ocultaba ignotos misterios, y yo permanecía allí, a la espera de algo, anhelante, y no trasponía el umbral, sino que cavilaba en lo que podría haber al otro lado... Y seguía esperando, y me quedaba transido... o traspuesto. Si hubiera latido en mí la vena poética, probablemente me habría dedicado a escribir versos; de haberme sentido atraído por la religión, quizá me hubiera hecho fraile. Pero, como no experimentaba nada de eso, continuaba soñando y esperando.

III

Acabo de referirme a cómo me quedaba traspuesto, en ocasiones, bajo el influjo de ensoñaciones y pensamientos confusos. En general, yo dormía mucho, y los sueños desempeñaban un papel considerable en mi vida. Soñaba casi todas las noches. Los sueños no se me olvidaban, y yo les daba importancia, los consideraba premoniciones, procuraba desentrañar su sentido oculto. Algunos se repetían de vez en cuando, hecho que siempre me parecía prodigioso y extraño. Un sueño, sobre todo, me hacía cavilar. Me parecía que iba caminando por una calle estrecha y mal empedrada de una vieja ciudad, entre altos edificios de piedra con los tejados en pico. Yo andaba buscando a mi padre, que no había muerto, sino que se escondía de nosotros, ignoro por qué razón, y vivía precisamente en una de aquellas casas. Yo entraba por una puerta cochera, baja y oscura, cruzaba un largo patio abarrotado de troncos y tablones y penetraba por fin en una estancia pequeña que tenía dos ventanas redondas. En medio de la habicación estaba mi padre, con batín y fumando en pipa. No se parecía en absoluto a mi padre verdadero: era un hombre alto, enjuto, con el pelo negro, la nariz ganchuda y ojos sombríos y penetrantes, que aparentaba unos cuarenta años. Le disgustaba que hubiera dado con él; tampoco yo me alegraba en absoluto de nuestro encuentro y permanecía allí parado, indeciso. Él giraba un poco, empezaba a murmurar algo entre dientes y a ir de un lado para otro con paso menudo... Luego se alejaba poco a poco, sin dejar de murmurar y mirando a cada momento hacia atrás por encima del hombro; la estancia se ensanchaba y desaparecía en la niebla... Espantado de pronto ante la idea de que perdía nuevamente a mi padre, yo me lanzaba tras él, pero ya no le veía, y sólo llegaba hasta mí su rezongar, bronco como el de un oso... Angustiado el corazón, me despertaba y ya no podía volver a conciliar el sueño en mucho tiempo... Me pasaba todo el día siguiente cavilando en este sueño sin que mis cavilaciones, como es natural, me llevaran a ninguna conclusión.

IV

Llegó el mes de junio. Por esa época, la ciudad donde vivíamos mi madre y yo se animaba extraordinariamente. En el muelle atracaban multitud de barcos, y en las calles aparecían multitud de rostros nuevos. Entonces me gustaba deambular por la costanera, delante de los cafés y los hoteles, observando las diversas siluetas de marineros y demás gentes sentadas bajo los toldos de lona, en torno a los veladores blancos, con sus jarras de metal llenas de cerveza.
Conque una vez, al pasar delante de un café, vi a un hombre que atrajo inmediatamente toda mi atención. Vestía un largo guardapolvos negro, llevaba el sombrero de paja encasquetado hasta los ojos y permanecía inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho. Unos rizos negros y ralos le caían casi hasta la nariz; los labios finos apretaban la boquilla de una pipa corta. Este hombre me pareció tan conocido, mi recuerdo conservaba tan indudablemente grabado cada rasgo de su rostro moreno y bilioso, así como toda su figura, que no pude por menos de detenerme ante él y preguntarme: ¿quién es este hombre, dónde le he visto? Al notar probablemente mi mirada fja, levantó hacia mí sus ojos negros, penetrantes... No pude reprimir una exclamación ahogada...
¡Aquel hombre era el padre a quien yo había encontrado, a quien yo había visto en sueños!
Imposible equivocarse: el parecido era demasiado rotundo. Incluso el largo guardapolvos que envolvía sus miembros enjutos recordaba, por el color y el corte, el batín con que se me había aparecido mi padre.
‑¿Estaré dormido? ‑me pregunté‑. No... Es de día, hay multitud de gente alrededor, el sol brilla en el cielo azul, y lo que tengo delante de mí no es un fantasma, es un hombre vivo...
Me dirigí hacia un velador desocupado, pedí una jarra de cerveza y un periódico y me senté a escasa distancia de aquel ser misterioso.

V

Con el periódico desplegado a la altura del rostro, seguí devorando con los ojos al desconocido, que apenas hacía un movimiento y sólo de tarde en tarde alzaba un poco la desmayada cabeza. Evidentemente, esperaba a alguien. Yo seguía mirando, mirando... A veces me parecía que todo aquello era invención mía, que en realidad no existía la menor semejanza, que yo había cedido a una fantasía de mi imaginación... Pero «aquél» giraba un poco en su silla de pronto o alzaba ligeramente una mano, y de nuevo veía yo a mi padre «nocturno» delante de mí.
Acabó por advertir mi pertinaz curiosidad y, a poco de mirarme, primero perplejo y luego contrariado, hizo intención de levantarse. Un pequeño bastón que tenía recostado contra el velador cayó entonces al suelo. Yo me precipité a recogerlo y se lo entregué. El corazón me latía con fuerza.
El hombre me dio las gracias con una sonrisa forzada y, aproximando su rostro al mío, enarcó las cejas y entreabrió los labios como si algo le sorprendiera.
‑Es usted muy amable, joven ‑pronunció de pronto con voz gangosa, áspera y dura‑. Por los tiempos que corren, es cosa rara. Permítame que le felicite: le han dado a usted una buena educación.
No recuerdo exactamente lo que repliqué, pero pronto hubimos entablado conversación. Supe que era compatriota mío, que había vuelto recientemente de América, donde había vivido muchos años y
adonde regresaría en breve plazo... Se presentó con el título de barón... , pero no pude captar bien el nombre. Lo mismo que mi padre «nocturno», terminaba cada una de sus oraciones con una especie de confuso murmullo interno. Se interesó por conocer
mi apellido... Al oírlo pareció sorprenderse otra vez; luego me preguntó si llevaba mucho tiempo residiendo en aquella ciudad y con quién. Contesté que vivía con mi madre.
‑Y su señor padre?
‑Mi padre falleció hace mucho.
Preguntó el nombre de pila de mi madre y al oírlo soltó una risa extraña, de la que luego se disculpó diciendo que se debía a sus modales americanos y que, además, él era un tipo bastante raro. Luego tuvo la curiosidad de conocer nuestro domicilio. Yo se lo dije.

VI

La emoción que me había embargado al iniciarse nuestra plática se aplacó gradualmente; nuestro acercamiento me parecía algo extraño, pero nada más. No me agradaba la sonrisita con que el señor barón me interrogaba, ni tampoco me agradaba la expresión de sus ojos cuando me miraba como clavándomelos... Había en ellos algo rapaz y protector... algo que sobrecogía. Aquellos ojos, yo no los había visto en mi sueño. ¡Qué rostro tan extraño tenía el Barón! Marchito, cansado, pero aparentando al mismo tiempo menos años, lo que causaba una impresión desagradable. Mi padre «nocturno» tampoco estaba marcado por el profundo costurón que cruzaba oblicuamente toda la frente de mi nuevo conocido y que yo no advertí hasta hallarme más cerca de él.
Apenas había yo informado al barón del nombre de la calle y el número de la casa donde habitábamos cuando un negro de elevada estatura, embozado en su capa hasta las cejas, se le acercó por detrás y le rozó un hombro. El Barón volvió la cabeza, profirió: «¡Ah! ¡Por fin!» y, haciéndome una leve inclinación de cabeza, se dirigió con el negro hacia el interior del café. Yo seguí bajo el toldo con la idea de esperar a que saliera el barón, no tanto para reanudar la conversación con él pues en realidad no sabía de qué podríamos haber hablado, como para contrastar nuevamente mi primera impresión. Pero transcurrió media hora, luego una hora entera... El Barón no reaparecía. Penetré en el establecimiento, recorrí todas las salas, pero en ninguna parte vi al Barón ni al negro... Se conoce que se habían ausentado los dos por la puerra de atrás.
Se me había levantado un ligero dolor de cabeza y, para refrescarme, me encaminé a lo largo de la orilla del mar hasta un vasto parque plantado en las afueras unos doscientos años atrás. Después de pasear un par de horas a la sombra de los robles y los plátanos gigantescos, volví a casa.

VII

En cuanto aparecí en el recibimiento, nuestra sirvienta corrió a mí toda alarmada. Por su expresión adiviné al instante que algo malo había sucedido en nuestra casa durante mi ausencia. Y así era: supe que, hacía cosa de una hora, se escuchó de pronto un grito terrible en el dormitorio de mi madre. La sirvienta, que acudió corriendo, la encontró tendida en el suelo, sin conocimiento, y su desmayo había durado varios minutos. Mi madre recobró al fin el sentido, pero se vio obligada a acostarse y tenía un aire asustado y extraño. No decía ni una palabra, no contestaba a las preguntas, y todo era mirar a su alrededor y estremecerse. La sirvienta envió al jardinero en busca de un médico. Llegó el doctor, le recetó un calmante, pero tampoco a él quiso decirle nada mi madre. El jardinero afirmaba que a los pocos instantes de escucharse el grito en la habitación de mi madre, él había visto a un desconocido que corría hacia la puerta de la calle pisoteando los macizos de flores. (Vivíamos en una casa de una sola planta cuyas ventanas daban a un jardín bastante grande.) El jardinero no tuvo tiempo de fijarse en el rostro de aquel hombre, pero era alto, enjuto, llevaba un sombrero de paja muy encasquetado y una levita de faldones largos... «¡El atuendo del Barón!», me pasó en seguida por la mente. El jardinero no pudo darle alcance. Además, le llamaron inmediatamente de la casa y le enviaron en busca del médico. Pasé a ver a mi madre. Estaba acostada, más blanca que la almohada sobre la que reposaba la cabeza. Sonrió débilmente al reconocerme y me tendió una mano. Tomé asiento a su lado y me puse a hacerle preguntas. Al principio eludía las respuestas, pero acabó confesando haber visto algo que la asustó mucho.
‑¿Ha entrado aquí alguien? ‑inquirí.
‑No ‑se apresuró a contestar‑. No ha venido nadie, pero a mí me pareció... se me figuró...
Calló y se cubrió los ojos con una mano. Iba yo a decirle lo que había sabido a través del jardinero y a contarle, de paso mi encuentro con el barón... pero, ignoro por qué, las palabras expiraron en mis labios. Sin embargo, hice observar a mi madre que los fantasmas no suelen aparecerse de día.
‑Deja eso, por favor ‑susurró‑. No me atormentes ahora. Algún día lo sabrás...
De nuevo enmudeció. Tenía las manos frías y el pulso acelerado e irregular. Le administré la medicina y me aparté un poco para no molestarla. No se levantó en todo el día. Estaba tendida, quieta y callada, y sólo de vez en cuando exhalaba un profundo suspiro y abría los ojos con sobresalto. Todos en la casa estaban extrañados.

VIII

Al llegar la noche le dio un poco de fiebre a mi madre, y me pidió que me retirase. Sin embargo, no me fui a mi cuarto, sino que me tendí sobre un diván de la habitación contigua. Cada cuarto de hora me levantaba, llegaba de puntillas hasta la puerta y prestaba oído... Todo continuaba en silencio, pero no creo que mi madre conciliara el sueño en toda la noche. Cuando entré a verla a primera hora de la mañana, me pareció que tenía el semblante arrebatado y un extraño brillo en los ojos. Durante el día pareció aliviarse un poco; al atardecer volvió a subir la fiebre. Hasta entonces había guardado un silencio pertinaz, pero de pronto rompió a hablar con voz anhelante y entrecortada. No deliraba: sus palabras tenían sentido, aunque ninguna ilación. Poco antes de la medianoche se incorporó de repente en el lecho con brusco movimiento (yo estaba sentado junto a ella) y con la misma voz precipitada se puso a contar, apurando a sorbos un vaso de agua y moviendo débilmente las manos, sin mirarme ni una sola vez... Se interrumpía, pero reanudaba el relato haciendo un esfuerzo... Todo aquello era tan extraño como si lo hiciera en sueños, como si ella estuviera ausente y fuese otra persona quien hablara por su boca o la hiciera hablar a ella.

IX

‑Oye lo que te voy a contar, ‑comenzó‑. Ya no eres un muchachuelo. Lo debes saber todo. Yo tenía una buena amiga... Se casó con un hombre al que amaba de todo corazón y era muy feliz con su marido. El primer año de matrimonio hicieron un viaje a la capital para pasar allí algunas semanas divirtiéndose. Se hospedaban en un buen hotel y salían mucho, a teatros y a fiestas. Mi amiga era muy agraciada, llamaba la atención y los hombres la cortejaban. Pero entre ellos había uno, un oficial, que la seguía constantemente y adondequiera que ella fuese, allí se encontraba con sus ojos negros y duros. No se hizo presentar ni habló con ella una sola vez: solamente la miraba de manera descarada y extraña. Todos los placeres de la capital los echaba a perder su presencia. Mi amiga empezó a hablarle a su marido de marcharse cuanto antes, y así lo dispusieron, en efecto. Una tarde, el marido se fue a un club: le habían invitado a jugar a las cartas unos oficiales del mismo regimiento al que pertenecía aquel otro... Por primera vez se quedó ella sola. Como su marido tardaba en volver, despidió a la doncella y se acostó... De pronto le entró tanto miedo que se quedó fría y se puso a temblar. Le pareció oír un ruido ligero al otro lado de la pared ‑como si arañara un perro‑, y se puso a mirar fijamente hacia aquel sitio. En el rincón ardía una lamparilla. Toda la habitación estaba tapizada de tela... Súbitamente, algo rebulló allí, se alzó, se abrió... Y de la pared surgió, largo, todo negro, aquel hombre horrible de los ojos duros. Ella quería gritar, pero no podía. Estaba totalmente paralizada del susto. El hombre se acercó a ella rápidamente, como una fiera salvaje, y le cubrió la cabeza con algo asfixiante, pesado, blanco... De lo que sucedió después, no me acuerdo... ¡No me acuerdo! Fue algo parecido a la muerte, a un asesinato... Cuando aquella espantosa niebla se disipó al fin, cuando yo... cuando mi amiga volvió en sí, no había nadie en la habitación. De nuevo se encontró sin fuerzas para gritar, durante mucho tiempo, hasta que por fin llamó... y luego se embrolló todo otra vez...
Después vio junto a ella a su marido, que había sido retenido en el club hasta las dos de la madrugada... Estaba demudado y se puso a hacerle preguntas, pero ella no le dijo nada... Luego cayó enferma... Sin embargo, recuerdo que al quedarse sola en la habitación fue a inspeccionar aquel sitio de la pared. Debajo de la tapicería había una puerta secreta. Y a ella le había desaparecido de la mano el anillo de casada. Era un anillo de forma poco corriente, con siete estrellitas de oro y siete de plata alternando: una antigua joya de familia. El marido le preguntaba qué había sido del anillo, pero ella no podía contestar nada. Pensando que se le habría caído inadvertidamente, el marido lo buscó por todas partes. No lo encontró. Presa de extraña angustia, decidió que volverían a su casa lo antes posible y, en cuanto lo permitió el doctor, el matrimonio abandonó la capital... Pero imagínate que el día mismo de su marcha se cruzaron en la calle con unas parihuelas... En las parihuelas yacía un hombre con la cabeza partida al que acababan de matar. Y ese hombre era el terrible visitante nocturno de los ojos duros. ¡Imagínate!... Le habían matado durante una partida de cartas...
Mi amiga se trasladó luego al campo..., fue madre por primera vez... y vivió varios años en compañía de su marido. Él nunca supo nada. Además, ¿qué podría haberle dicho ella? Ella misma no sabía nada.
Sin embargo, su anterior felicidad desapareció. En sus vidas se hizo la oscuridad, y esa oscuridad no se disipó ya nunca... No tuvieron más descendencia, como tampoco la habían tenido antes... y aquel hijo...
Toda temblorosa, mi madre se cubrió el rostro con las manos.
‑Y ahora, dime ‑prosiguió con redoblada energía‑, ¿tenía alguna culpa mi amiga? ¿Qué podía reprocharse? Fue castigada; pero, ¿no tenía derecho a declarar, incluso ante Dios, que el castigo era injusto? Entontes, ¿por qué se le representa al cabo de tantos años y en forma tan horrible lo ocurrido, como si fuese una criminal atormentada por los remordimientos? Macbeth mató a Banquo, y no es sorprendente que se le apareciera... Pero yo...
Al llegar a este punto, el discurrir de mi madre se hizo tan incoherente, que dejé de comprenderlo. Ya no dudaba de que estuviese delirando.

X

Cualquiera comprenderá fácilmente la estremecedora impresión que me produjo el relato de mi madre. Desde sus primeras palabras adiviné que estaba hablando de sí misma y no de una amiga. La propia estratagema confirmó mis sospechas. De modo que aquel era efectivamente mi padre, al que yo había encontrado en sueños, al que había visto en persona. No le habían matado, como suponía mi madre, sino herido solamente. Y había ido a verla, huyendo luego, asustado por el susto de ella. Todo lo comprendí de repente: comprendí el involuntario sentimiento de repulsión que yo despertaba a veces en mi madre, su constante pesar, nuestra vida de aislamiento... Recuerdo que se me iba la cabeza, y yo la agarré con ambas manos como queriendo mantenerla en su sitio. Pero una decisión se clavó en mi mente: la de encontrar nuevamente a aquel hombre; encontrarle sin falta, costara lo que costara. ¿Para qué? ¿Con qué fin? No me lo planteaba, pero el hecho de encontrarle, de dar con él, se había convertido para mí en cuestión de vida o muerte. A la mañana siguiente se calmó por fin mi madre... cedió la fiebre y se quedó dormida. Después de recomendarla a los cuidados de los dueños de la casa y de la servidumbre, salí para ponerme en campaña.

XI

Ante todo, como es natural, fui al café donde había encontrado al Barón, pero nadie le conocía allí. Ni siquiera habían advertido su presencia. Era un cliente casual. En el negro sí se habían fijado los propietarios del establecimiento, pues llamaba demasiado la atención, si bien nadie sabía tampoco quién era ni dónde vivía. Después de dejar, a todo evento, mi dirección en el café, me lancé a rondar por las calles y las costaneras de la ciudad, alrededor de los muelles, por las avenidas, asomándome a todos los establecimientos públicos. No encontré a nadie que se pareciera al Barón o a su acompañante. Como no había retenido el apellido del Barón, estaba en la imposibilidad de acudir a la policía. Sin embargo, di a entender a dos o tres celadores del orden (que por cierto me contemplaron con sorpresa sin dar del todo crédito a mis palabras) que recompensaría generosamente su celo si encontraban la pista de los dos individuos cuyas señas personales procuré darles con la mayor exactitud posible. Después de corretear así hasta la hora del almuerzo, regresé a mi casa rendido de cansancio. Mi madre se había levantado. Su habitual tristeza tenía un matiz nuevo, cierta absorta perplejidad que se me clavaba en el corazón como un cuchillo. Pasé la tarde con ella. Apenas hablamos: ella hacía solitarios y yo contemplaba en silencio los naipes. No hizo la menor alusión a su relato ni a lo sucedido la víspera. Era como si hubiéramos acordado tácitamente no referirnos a todos aquellos hechos terribles y extraños... Daba la impresión de que estaba contrariada y cohibida por lo que se le había escapado sin querer. O quizá no recordara muy bien lo que había dicho durante aquel conato de delirio febril y tuviese la esperanza de que yo me mostrase compasivo con ella... Así lo hacía, efectivamente, y ella se daba cuenta, pues rehuía mi mirada lo mismo que la víspera. No pude conciliar el sueño en toda la noche. Se había desencadenado de pronto una tormenta espantosa. El viento aullaba y se arremolinaba frenéticamente, los cristales de las ventanas temblaban y tintineaban, silbidos y lamentos desesperados cruzaban el aire como si algo se desgarrase en lo alto y volara con furioso llanto sobre las casas estremecidas. Poco antes del amanecer, me quedé traspuesto... Súbitamente, tuve la impresión de que alguien había entrado en mi cuarto y me llamaba, pronunciando mi nombre a media voz, pero imperiosamente. Levanté un poco la cabeza y no vi nada. Pero, cosa extraña, lejos de asustarme me alegré: llegué de pronto a la convicción de que ahora alcanzaría sin falta mi meta. Me vestí a toda prisa y salí de casa.

XII

La tormenta había amainado, aunque se notaban todavía sus últimos estremecimientos. Era muy temprano, y no andaba nadie por las calles. En muchos sitios había trozos de chimeneas, tejas, tablas arrancadas a las vallas, ramas partidas... «La noche ha debido de ser terrible en el mar, me dije al ver las huellas de la tormenta. Pensé dirigirme al embarcadero, pero los pies me llevaron hacia otra parte como si obedecieran a una irresistible atracción. A los diez minutos escasos me encontraba en una parte de la ciudad que nunca había visitado hasta entonces. Caminaba paso a paso, sin premura pero también sin detenerme, con una extraña sensación interna: esperaba algo extraordinario, imposible, y al mismo tiempo estaba persuadido de que aquello extraordinario se cumpliría.

XIII

Y en efecto, ocurrió lo extraordinario, lo que esperaba. Repentinamente descubrí, a unos veinte pasos delante de mí, al mismo negro que habló con el Barón en el café en presencia mía. Embozado en la misma capa que ya advertí yo entonces, pareció surgir de bajo tierra y, dándome la espalda, echó a andar a buen paso por la estrecha acera de una calleja tortuosa. Me lancé al instante tras él, pero también él aceleró el paso, aunque no volvió la cabeza y, de pronto, dobló la esquina de una casa que formaba saliente. Corrí hasta aquella esquina, la doblé con la misma celeridad que el negro... ¡Qué cosa tan extraña! Ante mí se abría una calle larga, estrecha y totalmente desierta. La niebla matutina la invadía toda con su plomo opaco, pero mi mirada penetraba hasta el extremo opuesto, permitiéndome discernir cada uno de los edificios... ¡Y en ninguna parte rebullía un solo ser viviente! El negro de la capa había desaparecido tan repentinamente como surgió. Me quedé sorprendido, pero sólo un instante. En seguida me embargó otra sensación: ¡había reconocido la calle que se extendía ante mis ojos, toda muda y como muerta! Era la calle de mi sueño. Me estremecí, encogido ‑la mañana era tan fresca‑, y en seguida avancé sin la menor vacilación, impelido por cierta medrosa seguridad.
Empecé a buscar con los ojos... Allí estaba: a la derecha, haciendo saliente sobre la acera con una de sus esquinas, la casa de mi sueño; allí estaba la vieja puerta cochera, con adornos de piedra labrada a ambos lados... Cierto que las ventanas no eran redondas, sino cuadradas, pero eso no tenía importancia... Llamé al portón. Llamé dos veces, tres veces, arreciando en los golpes. Hasta que el portón se abrió, lentamente, rechinando mucho, como si bostezara. Me hallaba ante una criada joven, con el cabello alborotado y ojos de sueño. Al parecer, acababa de despertarse.
‑¿Vive aquí un barón? ‑pregunté a la vez que inspeccionaba con rápida mirada el patio, profundo y estrecho... Todo, todo era igual: allí estaban los tablones y los troncos que había visto en mi sueño.
‑No ‑contestó la criada‑. El Barón no vive aquí.
‑¿Cómo que no? ¡Imposible!
‑Ahora no está... Se marchó ayer.
‑¿A dónde?
‑A América.
‑¡A América! ‑repetí sin querer‑. Pero, volverá, ¿verdad?
La criada me miró con aire suspicaz.
‑Eso no lo sabemos. Quizá no vuelva nunca.
‑¿Ha vivido aquí mucho tiempo?
‑No. Cosa de una semana. Ahora, ya no está.
‑¿Y cuál era el apellido de ese barón?
La criada me observó extrañada.
‑¿No lo sabe usted? Nosotros le llamábamos Barón, sin más. ¡Eh! ¡Piotr! ‑gritó al ver que yo intentaba pasar‑. Ven acá. Hay aquí un extraño que hace muchas preguntas.
Desde la casa se dirigió hacia nosotros la recia figura de un criado.
‑¿Qué pasa? ¿Qué desea? ‑preguntó con voz tomada‑ y, después de escucharme hoscamente, repitió lo dicho por la sirvienta.
‑Bueno, pero, ¿quién vive aquí? ‑murmuré.
‑Nuestro amo.
‑¿Y quién es?
‑Un carpintero. En esta calle todos son carpinteros.
‑¿Podría verle?
‑Ahora no. Está durmiendo.
‑¿Y podría entrar en la casa?
‑Tampoco. Retírese.
‑Bueno; pero, más tarde, ¿estará visible tu amo?
‑¿Por qué no? Claro que se le puede ver siempre... Para eso es un comerciante. Sólo que ahora, retírese. ¿No ve usted que es muy temprano?
‑Oye, ¿y el negro ese? ‑inquirí de pronto.
El criado nos miró perplejo, primero a mí y luego a la sirvienta.
‑¿A qué negro se refiere? ‑profirió finalmente‑. Retírese, caballero. Puede usted volver luego y hablar con el amo.
Salí a la calle. El portón se cerró detrás de mí, pesada y bruscamente, sin rechinar esta vez.
Me fijé bien en la calle y en la casa, y me alejé de allí, pero no hacia la mía. Me sentía como decepcionado. Todo lo que me había ocurrido era tan extraño, tan inusitado... Y, por otra parte, el final resultaba tan absurdo... Yo estaba seguro, estaba persuadido, de que encontraría en aquella casa la estancia que recordaba y, en el centro, a mi padre, el Barón, con su batín y su pipa... En lugar de eso, el amo de la casa era un carpintero, se le podía visitar cuantas veces se deseara e incluso encargarle algún mueble, quizá...
¡Y mi padre se había marchado a América! ¿Qué iba a hacer yo ahora? ¿Contárselo a mi madre o enterrar por los siglos incluso el recuerdo de aquella entrevista?... Era rotundamente incapaz de aceptar la idea de que un principio tan sobrenatural y misterioso pudiera conducir a un final tan descabellado y prosaico.
No quería volver a casa, y eché a andar sin rumbo, dejando atrás la ciudad.

XIV

Caminaba cabizbajo, sin pensar ni apenas sentir nada, totalmente ensimismado. Me sacó de aquella abstracción un ruido acompasado, sordo y amenazador. Levanté la cabeza: era el mar que rumoreaba y zumbaba a unos cincuenta pasos de mí. Me percaté de que caminaba por la arena de una duna. Estremecido por la tormenta nocturna, el mar estaba salpicado de espuma hasta el mismo horizonte, y las altas crestas de las olas alargadas llegaban rodando una tras otra a romperse en la orilla lisa. Me acerqué a ellas y seguí andando justo a lo largo de la raya que su flujo y reflujo dejaba en la arena gruesa, salpicada de retazos de largas plantas marinas, restos de caracolas y cintas serpenteantes de los carrizos. Gaviotas de alas puntiagudas y grito plañidero llegaban con el viento desde la lejana sima del aire, remontaban el vuelo, blancas como la nieve en el cielo gris nublado, se desplomaban verticalmente y, lo mismo que si saltaran de ola en ola, volvían a alejarse y a desaparecer en destellos plateados entre las franjas de espuma arremolinada. Algunas, según observé, giraban tenazmente sobre una roca grande que despuntaba, solitaria, en medio del lienzo uniforme de la orilla de arena. Los ásperos carrizos marinos crecían en matojos desiguales a un lado de la roca y allí donde sus tallos enmarañados emergían del amarillo saladar negreaba algo alargado, redondo, no muy grande... Me fijé más... Un bulto oscuro yacía allí, inmóvil, junto a la roca... Conforme me acercaba, sus contornos aparecían más nítidos y definidos...
Me quedaban sólo treinta pasos para llegar a la roca...
¡Pero, si eran los contornos de un cuerpo humano! ¡Era un cadáver, un ahogado que había arrojado el mar! Llegué hasta la misma roca.
¡Aquel era el cadáver del Barón, de mi padre! Me detuve como petrificado. Sólo entonces comprendí que desde primera hora de la mañana me habían conducido ciertas fuerzas ignotas, que yo me hallaba en su poder; y, durante unos momentos, no hubo en mi alma nada más que el incesante rumor del mar y algo de temor ante el destino que se había adueñado de mí...

XV

Yacía de espaldas, un poco ladeado, con el brazo izquierdo extendido sobre la cabeza... y el derecho doblado bajo el cuerpo encogido. Un lodo viscoso absorbía sus pies, calzados con altas botas de marinero; la chaquetilla azul, toda impregnada de sal marina, no se había desabrochado; una bufanda roja ceñía su cuello con nudo apretado. El rostro acezado, vuelto hacia el cielo, parecía burlarse; bajo el labio superior enarcado asomaban unos dientes pequeños y prietos; las pupilas opacas de los ojos entreabiertos apenas se diferenciaban de los glóbulos oscurecidos; el cabello enmarañado, salpicado de pompas de espuma, se espareía por el suelo, descubriendo la frente lisa con la línea lilácea de la cicatriz; la nariz, fina, trazaba en relieve una neta raya blancuzca entre las mejillas hundidas. La tormenta de la noche anterior había hecho su obra... ¡No había llegado a ver América! El hombre que había agraviado a mi madre, mutilando su vida, mi padre ‑¡sí, mi padre, pues no podía dudarlo ya!‑, yacía en el fango a mis pies. Me embargaba un sentimiento de venganza satisfecha, compasión, asco y horror... incluso de doble horror: por lo que estaba viendo y por lo sucedido. Ese fondo malvado y criminal del que he hablado ya, esos impulsos incomprensibles que nacían dentro de mí... que me ahogaban. «¡Ah! ‑me decía‑. Por eso soy así... De esa manera se manifiesta la sangre.» De pie junto al cadáver, le contemplaba, atento por ver si se estremecían aquellas pupilas muertas o temblaban aquellos labios helados. ¡No! Todo estaba inmóvil. Incluso los carrizos adonde lo había arrojado la marea parecían estáticos; incluso las gaviotas que se habían alejado volando. Y no se veía en ningún sitio ni un fragmento de nada, ni una tabla ni un aparejo roto. Vacío por todas partes... Solamente él ‑y yo‑ y el mar rumoreando a lo lejos. Miré hacia atrás. Idéntico vacío. Una cadena de colinas sin vida recortándose sobre el horizonte... ¡Y nada más! Me angustiaba dejar a aquel desdichado en semejante soledad, sobre el lodo de la orilla, como pasto para los peces y las aves. Una voz interior me decía que yo debía buscar y llamar a alguien, ya que no fuera para prestarle auxilio ‑¿de qué podría servir?‑, al menos para retirarlo de allí y conducirlo bajo techado. Pero un inefable pavor me embargó de pronto. Me pareció como si aquel hombre muerto supiera que yo había llegado allí, como si él mismo hubiese amañado aquel último encuentro, y hasta creí escuchar el sordo murmujeo de otras veces... Precipitadamente, me aparté un poco... de nuevo miré hacia atrás... Un objeto brillante llamó mi atención, me hizo detenerme. Era un cíngulo de oro en la mano extendida del cadáver. Reconocí el anillo de matrimonio de mi madre. Recuerdo el esfuerzo que me impuse para volver sobre mis pasos, acercarme, inclinarme..., recuerdo el contacto viscoso de los dedos; recuerdo cómo jadeaba, cerraba los ojos y rechinaba los dientes al tirar del anillo que se resistía...
Por fin cedió, y yo emprendí una carrera alejándome de allí a toda prisa, perseguido por algo que intentaba darme alcance y apresarme.

XVI

Todo lo sufrido y experimentado se reflejaba probablemente en mi rostro cuando volví a casa. Apenas entré en su habitación, mi madre se incorporó súbitamente y posó en mí una mirada de interrogación tan tenaz, que yo terminé por presentarle el anillo, sin palabras, después de haber intentado en vano explicarme. Ella se puso horriblemente pálida, sus ojos se abrieron mucho, desorbitados y sin vida, como los de aquél. Exhaló un grito débil, me arrebató el anillo, vaciló y cayó sobre mi pecho, donde quedó como paralizada, vencida la cabeza hacia atrás y devorándome con aquellos ojos dementes muy abiertos. Yo rodeé su cintura con mis brazos y allí mismo, sin moverme y sin prisa, le referí todo a media voz: mi sueño, el encuentro, todo... No le oculté el menor detalle. Ella me escuchó hasta el final. No pronunció ni una palabra, pero su respiración se hacía más agitada, hasta que sus ojos se animaron de pronto y bajó los párpados. Luego se puso el anillo en el dedo y, apartándose un poco, buscó un chal y un sombrero. Le pregunté adónde pensaba ir. Levantó hacia mí una mirada sorprendida y quiso contestarme, pero le falló la voz. Se estremeció varias veces, frotó sus manos una contra otra, como intentando calentarlas, y al fin profirió:
‑Vamos allá ahora mismo.
‑¿A dónde, madre?
‑Donde está tendido... quiero ver... quiero saber... lo sabré...
Intenté disuadirla; pero estuvo a punto de sufrir un ataque de nervios. Comprendí que era imposible oponerse a su deseo, y salimos juntos.

XVII

De nuevo caminaba yo por la arena de la duna, pero esta vez no iba solo. El mar se había retirado, alejándose más. Se calmaba; pero, aunque debilitado, todavía era pavoroso y tétrico su rumor. Por fin se divisaron la roca solitaria y los carrizos. Yo miraba con atención, tratando de discernir el bulto redondo tendido en tierra, pero no veía nada. Nos acercamos más. Yo aminoraba instintivamente el paso. Pero ¿dónde estaba aquello negro, inmóvil? Sólo los tallos de los carrizos resaltaban en oscuro sobre la arena ya seca. Llegamos hasta la propia roca... El cadáver no aparecía por ninguna parte, y sólo en el lugar donde estuvo tendido quedaba todavía un hoyo que permitía adivinar el sitio de los brazos, de las piernas... Los carrizos parecían aplastados en torno, y se advertían huellas de pisadas de una persona; cruzaban la duna y desparecían luego al llegar a un rompiente de rocas.
Mi madre y yo nos mirábamos, asustados de lo que leíamos en nuestros rostros...
¿Se habría levantado y se habría marchado él solo?
‑Pero, ¿no le viste tú muerto? ‑preguntó mi madre en un susurro.
Yo sólo pude asentir con la cabeza. No habían transcurrido ni tres horas desde que yo tropecé con el cadáver del Barón... Alguien lo descubriría y lo retiraría de allí. Había que buscar al que lo hubiera hecho y enterarse de lo que había sido de él.

XVIII

Mientras se dirigía hacia el sitio fatal, mi madre estaba febril, pero se dominaba. La desaparición del cadáver la aplanó como una desdicha irreparable. Yo temía por su razón. Me costó gran trabajo llevarla de vuelta a casa. De nuevo hice que se acostara y de nuevo requerí los cuidados del médico para ella. Pero, en cuanto se recobró un poco, mi madre exigió que yo partiera inmediatamente en busca de «esa persona». Obedecí. Sin embargo, nada descubrí a pesar de todas las pesquisas imaginables. Acudí varias veces a la policía, visité todas las aldeas próximas, puse anuncios en los periódicos, fui buscando datos por todas partes, pero en vano. Me llegó la noticia de que habían llevado a un náufrago a uno de los pueblos de la costa. Allá fui corriendo, pero le habían enterrado ya y, por las señas, no se parecía al Baron. Me enteré del barco que había tomado para irse a América. Al principio, todo el mundo estaba persuadido de que se había ido a pique durante la tempestad; sin embargo, al cabo de algunos meses empezaron a cundir rumores de que lo habían visto anclado en el puerto de Nueva York. No sabiendo ya qué emprender, me puse a buscar al negro que había visto, ofreciéndole a través de los periódicos una recompensa bastante fuerte si se presentaba en nuestra casa. Cierto negro, alto y vestido con una capa, vino efectivamente a vernos en ausencia mía... Pero se alejó de pronto después de hacerle algunas preguntas a la sirvienta y no volvió más.
Así se perdió la pista de mi... de mi padre. Así desapareció irremediablemente en la muda tiniebla. Mi madre y yo no hablábamos nunca de él. Sólo una vez, recuerdo, se extrañó de que jamás hubiera aludido yo antes a mi extraño sueño. Enseguida añadió: «Conque, era precisamente...», y no terminó de formular su idea. Mi madre estuvo enferma mucho tiempo, y cuando al fin se repuso no volvieron ya a su cauce nuestras relaciones anteriores. Hasta su muerte, se encontró violenta a mi lado. Violenta, sí; justamente. Y ésa es una desgracia que no se puede remediar. Todo se embota con el tiempo. Incluso los recuerdos de los sucesos familiares más trágicos pierden gradualmente su fuerza y su acuidad. Pero, si entre dos personas entrañables se introduce una sensación de violencia, eso no hay nada que lo extirpe. Jamás volví yo a tener aquel sueño que tanto me angustiaba, ya no «encontraba» a mi padre, pero en ocasiones se me figuraba ‑y aún ahora se me figura‑ escuchar en sueños alaridos lejanos y tristes lamentos inextinguibles. Resuenan en algún lugar, tras un alto muro que no es posible trasponer, me desgarran el corazón y yo lloro con los ojos cerrados, incapaz de comprender si es un ser vivo el que gime o si escucho el prolongado y salvaje rumor del mar encrespado. Y de nuevo se transforma en el murmujeo de una fiera, y yo me despierto con angustia y pavor en el alma.

***

Nikolàj Semënovic Leskov

CHERTOGON

(Chertogón, 1879)

Entre los cuentos de este gran narrador ruso (1831‑1895), hay algunos que merecen más que éste la definición de «fantástico». Pero el ritmo de zarabanda infernal que anima esta narrarión, la transfiguración que a los ojos de un joven asumen los sucesos de una noche por el extraordinario poder de la vitalidad de un rico pecador; la ligereza con que una historia que parecía de condenación se transforma en una historia de arrepentimiento y de salvación, aun empujada siempre por el mismo impulso, ha hecho que la eligiera.
Como siempre en Leskov, es la «voz» del narrador la que hace el cuento; y éste es uno de los casos en que esta «voz» logra alcanzarnos incluso a través de una traducción.

CHERTOGON

I

SE trata de algo que sólo puede presenciarse en Moscú, y eso, teniendo mucha suerte y buenas aldabas.
Yo presencié una vez esta especie de rito, desde el comienzo hasta el final, gracias a una feliz coincidencia y quiero describirlo para los verdaderos entendidos y amantes de todo lo serio y grandioso que tiene sabor popular.
Aunque por una rama pertenezco a la nobleza, por la otra estoy cerca del «pueblo»: mi madre desciende de una familia de comerciantes. Al casarse abandonaba una casa muy rica, pero no hacía una boda de conveniencias, sino que se marchaba por amor a mi padre. Mi difunto padre era famoso por sus galanteos y siempre lograba lo que se proponía. Lo mismo le sucedió con mi madre. Sólo que, debido a esta habilidad, mis abuelos no dotaron a mi madre y sólo le dieron, como es natural, sus vestidos, la ropa de cama y las arras, que recibió a la vez que su perdón y su bendición eterna. Mis padres vivían en Oriol, con estrechez, pero también con dignidad, sin pedirles nada a los acaudalados familiares de mi madre ni mantener tampoco trato con ellos. Sin embargo, cuando llegó para mí el momento de marcharme a estudiar a la Universidad, me dijo mi madre:
‑Haz el favor de visitar a tu tío Ilyá Fedoséievich y saludarle de mi parte. No es una humillación, pues se debe respetar a los parientes de más edad. Ilyá es hermano mío, y un hombre muy piadoso, además, que goza de gran consideración en Moscú. El presenta el pan y la sal siempre que se recibe a algún personaje... siempre está delante de todos con la bandeja o con una imagen... Frecuenta la casa del gobernador general y del metropolita... Puede aconsejarte bien.
Y aunque por entonces yo no creía en Dios después de estudiar el catecismo de Filaret, como le profesaba gran cariño a mi madre me dije un día: «Llevo ya cerca de un año en Moscú, y todavía no he cumplido el encargo de mi madre. Ahora mismo voy a casa del tío Ilyá Fedoséievich. Le haré una visita, le transmitiré los saludos de mi madre y veré si me da efectivamente buenos consejos.»
Desde niño me habían inculcado el hábito de mostrarme deferente con las personas mayores, cuanto más si eran conocidas del metropolita y de los gobernadores.
Conque, me puse en pie, me cepillé la ropa y fui a ver al tío Ilyá Fedoséievich.

II

Serían las seis de la tarde aproximadamente. Hacía un tiempo tibio, suave, algo nublado... Muy buen tiempo, en fin. La casa de mi tío ‑una de las principales de Moscú‑ era conocida de todo el mundo. Sólo que yo nunca había estado en ella ni tampoco había visto a mi tío, ni siquiera de lejos.
Sin embargo, me puse en camino tan campante, pensando: «Si me recibe, bien; si no me recibe, allá él.»
Cuando llegué esperaban delante de la entrada principal unos magníficos caballos moros, con las crines sueltas y el pelo lustroso como el raso, enganchados a una calesa.
Subí al porche y dije que era fulano de tal, sobrino del señor, estudiante, y quería que me anunciaran a Ilyá Fedoséievich. Los criados contestaron:
‑El señor baja ahora mismo. Va a dar un paseo en coche.
Y apareció un personaje de aspecto muy corriente, muy ruso, aunque bastante majestuoso. A pesar de que tenía en los ojos cierto parecido con mi madre, la expresión era distinta: la mirada de lo que se dice un hombre de peso.
Me presenté. Mi tío me escuchó en silencio, me tendió la mano lentamente y dijo:
‑Sube. Daremos un paseo.
Yo quería negarme, pero me quedé algo cohibido y subí al coche.
‑¡Al parque! ‑ordenó mi tío.
Los caballos arrancaron, partieron como flechas haciendo rebotar ligeramente el coche y, ya fuera de la ciudad, aceleraron aún más su carrera.
Así íbamos, sin decir ni una palabra, pero advertí que mi tío se había encajado el sombrero de copa hasta las mismas cejas y tenía en el rostro una mueca de aburrimiento.
Mi tío miraba a un lado, miraba a otro, y una vez me lanzó a mí una ojeada y profirió, sin venir a cuento:
‑¡Fastidio de vida!
No sabiendo qué contestar, callé por toda respuesta.
El coche seguía rodando, yo me preguntaba adónde me llevaría y empezaba a parecerme que me había embarcado en algún lío.
De pronto, como si hubiera encontrado solución a lo que iba cavilando, mi tío se puso a dar órdenes al cochero:
‑A la derecha, a la izquierda. ¡Para en el Yar!.
Vi que desde el restaurante acudían hacia el coche muchos criados, todos haciendo grandes reverencias a mi tío; pero él, sin moverse ni apearse, mandó llamar al dueño. Fueron corriendo en su busca. Se personó el francés, también con mucha deferencia; pero mi tío, como si tal cosa, siguió pegándose en los dientes con el puño de hueso del bastón, y luego dijo:
‑¿Cuántos extraños hay?
‑Unas treinta personas en las salas y tres gabinetes ocupados.
‑¡Todos fuera!
‑Muy bien.
‑Ahora son las siete ‑continuó mi tío, después de consultar su reloj‑. Vendré a las ocho. ¿Estará listo?
‑Para las ocho, será difícil... muchos han hecho ya el pedido... Pero, si tiene a bien venir a las nueve, no habrá en todo el restaurante ni un solo extraño.
‑Bueno.
‑¿Qué se prepara?
‑Etíopes, naturalmente.
‑¿Algo más?
‑Música.
‑¿Una orquesta?
‑Mejor, dos.
‑¿Mandamos recado a Riabika?
‑Naturalmente.
‑¿Señoritas francesas?
‑No hacen falta.
‑¡De la bodega...?
‑Completa.
‑¿Y de la cocina?
‑¡La carta!
Trajeron el menú del día.
Mi tío le echó una ojeada y me parece que sin fijarse siquiera o quizá sin querer fijarse, pegó en la cartulina con el bastón y dijo:
‑De todo esto, para cien personas.
Con estas palabras, dobló el menú y se lo guardó en el bolsillo.
El francés estaba encantado e inquieto al mismo tiempo.
‑No podría servir de todo para cien personas ‑objetó‑. Figuran aquí platos muy caros y en todo el restaurante sólo hay ingredientes para cinco o seis.
‑¿Y cómo voy yo a establecer categorías entre mis invitados?
‑Que haya de todo lo que se le ocurra pedir a cada uno. ¿Entiendes?
‑Entiendo.
‑Mira que, de lo contrario, de nada te servirá si quiera Riabika. ¡Tira!
Dejamos el restaurante con sus criados a la puerta y nos marchamos.
En este punto llegué al total convencimiento de que aquel barco no era para mí y quise despedirme, pero mi tío ni siquiera me oyó. Parecía absorto. Conforme rodábamos por las calles iba parando a distintos caballeros.
‑¡A las nueve, en el Yar! ‑decía lacónicamente.
Y los interpelados, todos hombres de edad y de aspecto respetable, se quitaban el sombrero y contestaban con idéntico laconismo:
‑Encantado, Fedoséich. No recuerdo a cuántos habíamos parado de esta manera, aunque pienso que serían unos veinte, cuando, al filo de las nueve, nos dirigimos de nuevo al Yar. Un tropel de criados acudió a nuestro encuentro. Ayudaron a mi tío a apearse y, en el porche, el propio francés le sacudió el polvo del pantalón con una servilleta.
‑¿No hay nadie? ‑preguntó mi tío.
‑Un general se ha retrasado un poco y ruega encarecidamente que le dejen terminar en su gabinete...
‑¡Fuera ahora mismo!
‑Terminará en seguida.
‑No quiero. Bastante tiempo le he dado. Ahora, que termine de cenar sobre el césped.
Ignoro cómo habría terminado aquello; pero el general salió en ese momento en compañía de dos señoras, subió a su coche y se marchó cuando empezaban a llegar uno tras otro los caballeros invitados por mi tío a cenar en el parque.

III

El restaurante, puesto con elegancia, estaba recogido y libre de visitantes. Sólo en una sala estaba sentado un gigante que se adelantó hacia mi tío en silencio y, sin decirle tampoco una palabra, tomó el bastón de sus manos y fue a dejarlo en alguna parte.
Inmediatamente después de entregarle el bastón al gigante sin la menor protesta, mi tío puso también en sus manos la billetera y el portamonedas.
Aquel corpulento hombretón, de pelo entrecano, era el mismo Riabika a quien, sin que yo comprendiera con qué finalidad, debía mandar recado el dueño del restaurante. Se le designaba como «maestro para niños», pero también allí se encontraba, evidentemente, para el desempeño de algún menester particular. Resultaba allí tan imprescindible como los gitanos, la orquesta y todo el servicio que, instantáneamente, se presentó al completo. Sólo que yo no comprendía cuál podría ser el papel del maestro: todavía era pronto, debido a mi inexperiencia.
El restaurante, brillantemente iluminado, entraba en funcionamiento: sonaba la música, los gitanos iban sentándose después de tomar algún fiambre mientras mi tío inspeccionaba el local, el jardín, la gruta y las galerías. Miraba en todas partes, cerciorándose de que no había «ningún indeseable», acompañado paso a paso por el maestro. Pero cuando volvieron al salón principal, donde se habían congregado todos los comensales, pudo advertirse una gran diferencia entre ellos: el maestro estaba fresco, tal y como había salido, y mi tío totalmente ebrio.
¿Cómo había podido ocurrir en tan poco tiempo? Lo ignoro, pero el caso es que estaba de excelente humor. Ocupó la presidencia de la mesa, y allá empezó la francachela.
Las puertas fueron cerradas, de modo que nada de fuera pudiese llegar hasta nosotros, ni nada nuestro salir al exterior. Nos aislaba un abismo, un abismo de todo: de bebidas, de manjares... Pero, sobre todo, un abismo de desenfreno ‑no quiero decir indecente, pero sí salvaje, frenético‑ tal que no podría describirlo. Ni tampoco hay que pedírmelo porque, al verme encerrado allí y aislado del mundo, me quedé sobrecogido y me apresuré a emborracharme. De manera que no voy a pintar cómo transcurrió aquella noche porque mi pluma no es capaz de describir todo eso. Sólo recuerdo dos episodios épicos y el final; pero precisamente ellos encerraban lo más terrible.

IV

Un criado anunció la presencia de cierto Iván Stepánovich, que resultó ser un fabricante y comerciante moscovita de mucho fuste.
Se produjo una pausa.
‑He dicho que no entre nadie ‑contestó mi tío.
‑Insiste mucho.
‑¿Y dónde estaba antes? Que se marche por donde ha venido.
El criado fue a llevar la respuesta, y volvió diciendo tímidamente:
‑Iván Stepánovich me manda decir que se lo ruega muy encarecidamente.
‑Pues, no. No quiero.
Se oyeron voces de: «Que pague una multa».
‑¡No! ¡Que le echen! Ni multa, ni nada...
Pero, volvió el criado más encogido todavía:
‑Dice que está dispuesto a pagar cualquier multa, pero que, a sus años, le duele mucho verse apartado de los suyos.
Mi tío se levantó con los ojos relampagueantes, pero en ese momento, con toda su corpulencia, se colocó Riabika entre él y el criado: apartó al criado, como si fuera un polluelo, con un ligero movimiento de la mano izquierda, mientras con la derecha volvía a sentar a mi tío en su sitio.
Algunos comensales salieron en defensa de Iván Stepánovich: que entrara, que pagara cien rublos de multa para los músicos y entrara luego.
‑El viejo es uno de los nuestros, un hombre piadoso. ¿Adónde va a ir ahora? Suelto por ahí, es capaz de armar un escándalo delante de gentuza de poca monta. Hay que comprenderlo.
Después de oírles dijo mi tío:
‑Si no ha de ser como yo quiero, que tampoco sea como queréis vosotros, sino como Dios quiera: consiento que entre Iván Stepánovich, pero con la condición de que toque el bombo.
El criado fue con el recado y volvió:
‑Dice que le pongan mejor una multa.
‑¡Al diablo! Si no quiere tocar el bombo, allá él: que se largue adonde le dé la gana.
Al poco rato, Iván Stepánovich no resistió más y mandó a decir que aceptaba tocar el bombo.
‑Que venga.
Entró un caballero de estatura aventajada y de aspecto respetable: tenía un aire grave, los ojos sin brillo, el espinazo doblado y la barba entrecana enmarañada. Intentó bromear y saludar a los presentes, pero en seguida le atajaron.
‑¡Luego luego! Eso, después ‑le gritó mi tío‑. Ahora, ¡dale al bombo!
‑¡Dale al bombo! ‑corearon otros.
‑¡Música! ¡Algo que le vaya al bombo!
La orquesta atacó una pieza estrepitosa, y aquel respetable anciano agarró los palillos y se puso a pegar con ellos, unas veces al compás y otras no.
Los gritos y el alboroto eran infernales. Todos estaban encantados y gritaban:
‑¡Más fuerte!
Iván Stepánovich arreciaba.
‑¡Más fuerte, más fuerte! ¡Más!
El anciano pegaba con todas sus fuerzas como el Rey Negro de Freiligrath, hasta que llegó la culminación: se produjo un horrible crujido en el bombo, reventó la badana, todos estallaron en carcajadas, el estruendo se hizo inverosímil y a Iván Stepánovich le aligeraron de quinientos rublos de multa en favor de los músicos por haber roto el bombo.
Iván Stepánovich pagó, se enjugó el sudor, tomó asiento a la mesa y, cuando todos alzaban las copas a su salud, descubrió con horror a su yerno entre los comensales.
Más risas, más alboroto, y así hasta que yo perdí toda noción. En los raros destellos de lucidez, recuerdo que vi bailar a las gitanas y a mi tío agitando las piernas sin moverse de su asiento, luego le vi levantarse engallándose con alguien, pero inmediatamente se interpuso Riabika, y ese alguien salió despedido hacia un lado mientras mi tío volvía a ocupar su sitio a la mesa, en cuyo tablero había dos tenedores clavados delante de él. Entonces comprendí el papel de Riabika.
Pero en esto, penetró por la ventana el frescor del amanecer moscovita y yo volví a cobrar un poco conciencia de las cosas, aunque me parece que sólo lo necesario para dudar de mi sano juicio. Estaba en medio de una batalla campal y una tala de árboles: se oían crujidos y trastazos, oscilaban los árboles, unos árboles frondosos y exóticos, y tras ellos se apiñaban rostros morenos en un rincón mientras que del lado nuestro, junto a las raíces, relampagueaban unas hachas terribles, manejadas por mi tío, por el anciano Iván Stepánovich... Un cuadro verdaderamente medieval.
Era que estaban «apresando» a las gitanas refugiadas en la gruta, detrás de los árboles. Los gitanos no las defendían, sino que las dejaban valerse por sus propias fuerzas. Resultaba difícil establecer una diferencia entre lo que era broma y lo que iba en serio: por los aires volaban platos, sillas y piedras arrojadas desde la gruta, y los hombres seguían a hachazo limpio con el bosque, siendo los más esforzados Iván Stepánovich y mi tío.
La fortaleza cayó al fin: las gitanas fueron apresadas, besuqueadas, manoseadas, cada uno le deslizó a cada una un billete de cien rublos por el escote, y se acabó el asunto...
Sí. De pronto se hizo el silencio... Todo había terminado. Nadie dio la señal de parar, pero ya era bastante. Se notaba que, si bien la vida era un fastidio antes de aquello, ahora bastaba ya.
A todos les parecía suficiente, y todos estaban satisfechos. Quizá influyera el hecho de haber anunciado el maestro que era su «hora de ir a clase», aunque, lo mismo daba, la verdad: la noche de Walpurgis había pasado y la vida volvía a su cauce.
La gente no se separaba, no se despedía, sino que desaparecía sencillamente. No quedaban ya ni los músicos ni los gitanos. El restaurante ofrecía un aspecto de total arrasamiento, sin una cortina ni un espejo sanos; incluso la araña del techo yacía en el suelo hecha añicos, y sus colgantes de cristal se partían bajo los pies de los criados, extenuados, que apenas si podían tenerse. Mi tío bebía kvas, sentado él solo en medio de un diván. Alguna cosa recordaba de vez en cuando, y entonces agitaba las piernas. De pie a su lado, esperaba Riabika, impaciente por acudir a sus clases.
Trajeron la cuenta, breve, «sin detalles».
Riabika la leyó con atención y exigió una rebaja de mil quinientos rublos. Sin meterse en discusiones con él, quedó ajustado el total, que ascendía a diecisiete mil rublos y que Riabika declaró razonable después de repasarlo. Mi tío pronunció lacónicamente «paga», luego se puso el sombrero y me hizo ademán de que le siguiera.
Advertí con horror que no se le había olvidado nada y que yo no tenía la menor probabilidad de escabullirme de él. Me inspiraba auténtico pavor, y no llegaba a imaginarme, debido al estado de exaltación en que se encontraba, lo que sería de mí cuando nos quedásemos cara a cara los dos solos. Me había hecho que le acompañara, sin una palabra de explicación, y ahora me llevaba de un lado para otro sin dejarme resquicio por donde escapar. ¿Qué podría ocurrime? De mi borrachera, no quedaba ni rastro. Lo único que me pasaba era que le tenía sencillamente pánico a aquella terrible fiera salvaje, con su inverosímil fantasía y su espantoso desenfreno. Entre tanto, íbamos a marcharnos ya. En la antesala nos envolvió una nube de criados. Mi tío dictaminó: «cinco por barba», y Riabika repartió el dinero. La propina fue inferior para los guardas, barrenderos, guardias urbanos y gendarmes, cada uno de los cuales, según resultó, nos había prestado algún servicio. Todos fueron recompensados. Aquello representaba ya una buena cantidad; pero aún quedaban los cocheros de punto, que ocupaban con sus carruajes todo el espacio descubierto del parque, y todos nos esperaban también: esperaban al bátiushka Ilyá Fedoséich «por si su señoría se dignaba mandarles algo».
Se calculó cuántos eran, se les repartieron tres rublos a cada uno y mi tío y yo subimos al coche. Riabika le entregó entonces la billetera a mi tío.
Ilyá Fedoséich sacó un billete de cien rublos y se lo presentó a Riabika.
El hombre le dio unas vueltas entre los dedos y dijo:
‑Es poco.
Mi tío abadió dos billetes de veinticinco.
‑Tampoco es bastante: no ha habido ni una sola bronca.
Mi tío alargó un tercer billete de veinticinco, y entonces el maestro le entregó su bastón y se despidió.

V

Nos quedamos los dos frente a frente en el coche, que partió a toda velocidad hacia Moscú, seguido al galope, entre alaridos y traquetreos, por toda la patulea de cocheros. Yo no acertaba a comprender lo que pretendían, pero mi tío sí lo entendió. Era indignante: querían arrancarle otra propina de despedida y, con el pretexto de darle una prueba de deferencia a Ilyá Fedoséich, exponían su dignísima persona a la mofa general.
Estábamos ya muy cerca de Moscú, que aparecía ante nuestros ojos, todo envuelto en la maravillosa luminosidad matutina, nimbado por la tenues nubecillas de humo de los hogares, despertándose al plácido tañido de las campanas que llamaban a misa.
La calzada estaba flanqueada a ambos lados por almacenes que llegaban hasta la puerta de la ciudad. Mi tío mandó detener el coche delante del primero, se llegó hasta un barrilillo de madera de tilo que había a la entrada y preguntó:
‑¿Es miel?
‑Sí.
‑¿Cuánto vale el barril?
‑Vendemos al por menor, por libras.
‑Pues me lo vendes al por mayor. Calcula lo que vale.
No recuerdo muy bien si fueron setenta u ochenta rublos lo que se calculó.
Mi tío arrojó el dinero.
Los coches que nos seguían se habían detenido también.
‑¿Qué, muchachos? Los cocheros de nuestra ciudad me quieren bien, ¿no es cierto?
‑¡Claro que sí! Nosotros, a vuestra excelencia, siempre...
‑Me tenéis cariño, ¿eh?
‑Muchísimo. ‑¡Fuera las ruedas de los coches!
Los cocheros se quedaron perplejos.
‑¡Vamos, vamos! ¡Pronto! ‑ordenó mi tío.
Los más ágiles, unos veinte, rebuscaron debajo de los asientos, agarraron las llaves y se pusieron a aflojar las tuercas.
‑Bien ‑dijo mi tío‑. Ahora, ¡a engrasar los ejes con miel!
‑¡Bátiushka!...
‑Ya lo habéis oído.
‑¡Una cosa tan rica!... Mejor sería comérsela.
‑¡A engrasar los ejes con ella!
Sin más, mi tío volvió a subir al coche y partimos a toda velocidad dejando a los cocheros, con los vehículos sin ruedas, en torno al barrilillo de miel que, a buen seguro, no emplearon para untar los ejes con ella, sino que se la repartirían o se la revenderían al dueño del almacén. El caso es que nos dejaron en paz y fuimos a parar a una casa de baños. Allí pensé que había llegado para mí el fin del mundo y permanecí medio muerto dentro de una bañera de mármol mientras mi tío se tendía en el suelo; pero no simplemente tendido, ni en una postura normal, sino más bien apocalíptica. Toda la mole de su obeso corpachón sólo tocaba el suelo con las yemas de los dedos de sus pies y sus manos. Sostenido por tan endebles puntos de apoyo, su cuerpo rojo se estremecía bajo los chorros de una lluvia fría dirigida contra él, y él rugía con el rugido sofocado de un oso que estuviera arrancándose una espina. Aquello duró una media hora, y durante todo ese tiempo estuvo él estremecido como un flan sobre una mesa movediza hasta que, finalmente, se levantó de un salto, pidió una jarra de kvas, y entonces nos vestimos y fuimos al bultevar Kuznetski, «donde el francés».
Allí nos recortaron y nos rizaron ligeramente el cabello, nos peinaron, y luego nos encaminamos a pie hacia el centro, a la tienda de mi tío. Por lo que a mí se refiere, ni conversaba conmigo ni me dejaba marchar. Sólo una vez dijo:
‑Espera, que no todo se hace de golpe. Y lo que no comprendes, con los años lo comprenderás.
En la tienda hizo sus oraciones, lo inspeccionó todo con el ojo del amo y se instaló detrás de su pupitre. El exterior del recipiente ya estaba limpio, pero dentro conservaba un gruesa capa de inmundicia que buscaba ser depurada.
Yo me percataba de ello, y no sentía ya temor, pero , sí curiosidad. Deseaba ver qué castigo se imponía: ¿abstinencia o alguna buena obra?
A eso de las diez comenzó a manifestar fastidio, espiando la llegada de un tendero vecino suyo para ir a tomar el té, pues juntándose tres personas salía cinco kopecs más barato. El vecino no apareció: se había muerto de repente.
Mi tío se santiguó y dijo:
‑Todos hemos de morir.
El hecho no le afectó mayormente a pesar de que, durante cuarenta años, habían ido juntos a tomar el té a Novotróitski.
Llamamos al vecino del otro lado, y con él fuimos varias veces a reponer fuerzas con un tentempié, pero todo con sobriedad. Me pasé el día entero al lado de mi tío y acompañándole hasta que, a la caída de la tarde, mandó en busca de su faetón para ir al convento de la Vsepetaia.
También era conocido allí y se le recibió tan reverenciosamente como en el Yar.
‑Quiero prosternarme a los pies de la Virgen y llorar mis pecados. Y aquí les presento a mi sobrino, hijo de mi hermana.
‑Pase, pase, por favor ‑instaban las monjas‑. ¿Con quién podría mostrarse la Virgen más misericordiosa que con su merced? Siempre ha favorecido usted su santa casa. Llega muy a tiempo: se está celebrando el servicio de vísperas.
‑Esperaré a que termine. A mí me gusta que no haya gente y que me acondicionen cierta penumbra, para recogerme.
Se hizo lo que pedía, apagando todas las luces, menos una o dos lamparillas y la que ardía justo delante de la Virgen, en un vaso de cristal verde, grande y profundo.
Mi tío no se hincó, sino que se desplomó de rodillas, luego cayó de bruces golpeando el suelo con la frente, ahogó un sollozo y se quedó inmóvil.
Las dos monjas y yo nos sentamos en un rincón oscuro, cerca de la puerta. Hubo una larga pausa. Mi tío seguía tendido en el suelo, mudo y quieto. Me pareció que se había quedado dormido, y así se lo dije a las monjas. Una de las hermanas, la de más experiencia, se quedó pensando un instante, luego sacudió la cabeza, encendió una vela muy fina y, con ella en la mano, se encaminó sigilosamente hacia el penitente. Dio una vuelta a su alrededor, despacito, de puntillas, y susurró muy agitada:
‑Ya surte efecto.
‑¿Cómo lo sábe?
La monja se inclinó, indicándome que yo hiciera lo mismo, y dijo:
‑Mire, justo a través de la llama, donde tiene los pies.
‑Ya veo.
‑¡Qué lucha! ¿Verdad?
Me fijé y advertí, efectivamente, cierto rebullir: mi tío continuaba devotamente prosternado, sumido en sus oraciones, pero daba la impresión de que a sus pies había dos gatos peleándose, arremetiendo alternativamente el uno contra el otro y pegando saltos.
‑¿De dónde han salido esos gatos? ‑pregunté a la hermana.
‑Eso es lo que le parece a usted ‑contestó‑; pero no son gatos, sino tentaciones del maligno. ¿No ve que su espíritu se eleva ya hacia el cielo, pero permanece todavía con los pies en el infierno?
Entonces vi que, en efecto, mi tío agitaba los pies como si terminara de marcarse el baile de la víspera. Lo que faltaba por precisar era si su espíritu se había elevado ya hacia el cielo.
Como en respuesta, mi tío exhaló de pronto un tremendo suspiro y gritó a voz en cuello:
‑¡No me levantaré mientras no me perdones! ¡Porque sólo tú eres santo y todos nosotros somos malditos pecadores! ‑y prorrumpió en sollozos.
Sollozaba con tanto sentimiento que las monjas y yo rompimos también a llorar, pidiéndole a Dios que atendiera su plegaria.
Y antes de que pudiéramos recobrarnos estaba ya a nuestro lado, diciéndome en voz baja, con unción:
‑Vamos. Tenemos que hacer.
Las monjas preguntaron:
‑¿Ha tenido la ventura de ver el divino resplandor, bátiushka?
‑No. El resplandor no lo he visto ‑contestó‑. Pero esto... sí lo he notado...
Apretó el puño y lo levantó, como se levanta a los chiquillos por el pelo.
‑¿Le ha levantado?
‑Sí.
Las monjas empezaron a santiguarse, y yo las imité, mientras mi tío explicaba:
‑¡Ahora tengo su perdón! Desde lo más alto, desde la misma cúpula, ha descendido su diestra abierta, me ha agarrado de todos los pelos juntos y me ha puesto de pie...
Y no se sentía ya repudiado. Era feliz. Dejó una espléndida limosna para el convento donde sus plegarias habían producido aquel milagro, notó que la vida había dejado de ser un fastidio, envió a mi madre toda la dote que le correspondía y a mí me inició en la buena creencia popular.
Desde entonces conocí el gusto de lo popular en la caída y en la exaltación... Esto es lo que se llama chertogón, lo que hace salir a los demonios del cuerpo. Pero, repito, Moscú es el único sitio donde puede presenciarse, y eso si le acompaña a uno la suerte o goza del favor de algún venerable anciano.

***

Auguste Villiers de l'lsle‑Adam

¡COMO PARA CONFUNDIRSE!

(A s'y meprende!, 1883)

Este breve texto, que forma parte de los Cuentos crueles de Villiers de l'Isle‑Adam, no es otra cosa que una doble descriprión de ambientes parisinos, por la que se establece una ecuación sencillísima entre el mundo de los negocios (un café cercano a la Bolsa) y el mundo de los muertos (una cámara mortuoria). En ambos casos la visión se repite descrita con las mismas palabras: procedimiento que tal vez se usa aquí intencionadamente por primera vez y que volverá a ser empleado por escritores actuales, como Alain Robbe‑Grillet.
Villiers de l'Isle‑Adam (1838‑1889) pone al servicio de la invención fantástica su gusto irónico por la crueldad intelectual y por las soluciones efectistas alcanzadas con medios rápidos y agudos.

¡COMO PARA CONFUNDIRSE!

A Monsieur Henri de Bornier.
Dardant on ne sait où leurs globes ténébreux.
C. Baudelaire

UNA mañana gris de noviembre bajaba por los muelles con paso rápido. Una fría llovizna mojaba la atmósfera. Transeúntes negros, sombríos bajo paraguas deformes, se entrecruzaban. El Sena amarillento arrastraba sus barcos mercantes que semejaban abejorros desmesurados. En los puentes, el viento azotaba bruscamente los sombreros que sus dueños disputaban al espacio con esas actitudes y contorsiones de espectáculo siempre tan penoso para el artista. Mis ideas eran pálidas y brumosas; la preocupación de una cita de negocios, convenida la víspera, me acosaba la imaginación. El tiempo apremiaba; decidí resguardarme bajo el tejadillo de un portal desde donde me sería más cómodo parar algún coche de caballos. En ese mismo instante divisé justo a mi lado la entrada de un edificio cuadrado, de aspecto burgués. Había surgido de la bruma como un fantasma de piedra y, a pesar de la rigidez de su arquitectura, a pesar del vaho triste y fantástico que lo envolvía, reconocí enseguida un cierto aire de hospitalidad cordial que me serenó el espíritu. Seguramente ‑me dije‑ los huéspedes de esta morada son gentes sedentarias. Este umbral invita a detenerse: ¿acaso no está abierta la puerta?
Así pues, con la mayor educación del mundo, con aire sausfecho y el sombrero en la mano ‑meditando incluso un madrigal para la dueña de la casa‑, entré sonriente y me encontré, directamente, ante una especie de sala de techo acristalado, desde donde caía el día, lívido.
En las columnas había ropa colgada, bufandas, sombreros.
Había mesas de mármol dispuestas por todas partes.
Diversos individuos, con las piernas estiradas, la cabeza erguida, los ojos fijos, con un aire positivista, parecían meditar.
Y las miradas carecían de pensamiento, los rostros eran del color del tiempo.
Había portafolios abiertos, papeles desplegados junto a cada uno de ellos.
Y me di cuenta entonces de que la dueña de la casa, con cuya acogedora cortesía había contado, no era otra que la Muerte.
Me fijé en mis anfitriones.
Ciertamente, para escapar de las preocupaciones de la fastidiosa existencia, la mayor parte de los que ocupaban la sala habían asesinado su cuerpo, esperando de este modo un poco más de bienestar.
Al escuchar el ruido de los grifos de cobre sellados contra el muro y destinados al riego cotidiano de aquellos restos mortales, oí el rodar de un coche de caballos. Se detuvo ante el establecimiento. Hice la reflexión que mis gentes de negocios esperaban. Me volví para aprovechar mi buena suerte.
El coche, en efecto, acababa de arrojar en el umbral del edificio a unos colegiales juerguistas que necesitaban ver a la muerte para creer en ella.
Vi el carruaje vacío y grité al cochero:
‑¡Al Pasaje de la Opera!
Poco después, en los bulevares, el tiempo me pareció más cubierto, sin horizonte. Los arbustos, vegetación esquelética, parecían mostrar vagamente, con el borde de sus ramas negras, la presencia de los peatones a los agentes de policía, todavía adormecidos.
El coche aceleraba.
Los transeúntes, a través del cristal, me hacían pensar en el agua que corre.
Llegado a mi destino, salté a la acera y me adentré en el pasaje lleno de rostros preocupados.
En su extremo, justo enfrente de mí, vi la entrada de un café ‑hoy día consumido en un incendio célebre (pues la vida es un sueño)‑, y que estaba relegado al fondo de una especie de hangar, bajo una bóveda cuadrada, de aspecto lúgubre. Las gotas de lluvia que caían en la cristalera superior oscurecían aún más la pálida luz del sol.
«Aquí es» pensé «donde me esperan, con la copa en la mano, los ojos brillantes y provocando al Destino, mis hombres de negocios.»
Giré el picaporte y me encontré, directamente, en una sala donde el día caía desde lo alto, a través de la vidriera, lívido.
En las columnas había ropa colgada, bufandas, sombreros.
Había mesas de mármol dispuestas por todas partes.
Diversos individuos, con las piernas estiradas, la cabeza erguida, los ojos fijos, con un aire positivista, parecían meditar.
Y los rostros eran del color del tiempo, las miradas carecían de pensamiento.
Había portafolios abiertos, papeles desplegados junto a cada uno de ellos.
Observé a estos hombres.
Ciertamente, para escapar de las obsesiones de la insoportable conciencia, la mayoría de los que ocupaban la sala hacía tiempo que habían asesinado sus «almas», esperando así un poco más de bienestar.
Al escuchar el ruido de los grifos de cobre sellados contra el muro y destinados al riego cotidiano de aquellos restos mortales, el recuerdo del rodar del coche de caballos me vino a la memoria.
Desde luego, me dije, es preciso que a este cochero se le haya nublado el entendimiento para haberme traído, después de tantas vueltas, al punto de partida. ‑Sin embargo, lo confieso (por si hubiera error)‑. ¡EL SEGUNDO VISTAZO ES MAS SlNlESTRO QUE EL PRIMERO...!
Cerré, pues, nuevamente en silencio la puerta acristalada y volví a mi casa, con la firme decisión ‑desdeñando el ejemplo y lo que me pudiera suceder‑, de no hacer negocios nunca más.

***

Guy de Maupassant

LA NOCHE

(La nuit, 1887)

Un ejemplo de lo fantástico obtenido con poquísimos medios: esta narración no es más que un paseo por París, una ajustada relación de las sensaciones que el noctámbulo Maupassant experimentaba en cada anochecer. Pero aquí, una sensación opresiva, de pesadilla, ocupa el cuadro de principio a fin, intensificándose cada vez más. La ciudad es siempre la misma, calle a calle y palacio a palacio, pero primero desapareren las personas, después, las luces; el bien conocido escenario parece contener solamente el miedo del absurdo y de la muerte.
Maupassant (1850‑1893) tiene también un puesto en la literatura fantástica por una serie de textos escritos en los años que preceden u su crisis de locura sin retorno: las imágenes cotidianas liberan un sentimiento de terror.

LA NOCHE

(Pesadilla)

AMO la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.
El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si levantara una enorme carga.
Pero cuando el sol desciende, una confusa alegría invade todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que crece la sombra me siento distinto, más joven, más fuerte, más activo, más feliz. La veo espesarse, dulce sombra caída del cielo: ahoga la ciudad como una ola inaprensible e impenetrable, oculta, borra, destruye los colores, las formas; oprime las casas, los seres, los monumentos, con su tacto imperceptible.
Entonces tengo ganas de gritar de placer como las lechuzas, de correr por los tejados como los gatos, y un impetuoso deseo de amar se enciende en mis venas.
Salgo, unas veces camino por los barrios ensombrecidos, y otras por los bosques cercanos a París donde oigo rondar a mis hermanas las fieras y a mis hermanos, los cazadores furtivos. Aquello que se ama con violencia acaba siempre por matarle a uno.
Pero ¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo hacer comprender el hecho de que pueda contarlo? No sé, ya no lo sé. Sólo sé que es. Helo aquí.
El caso es que ayer ‑¿fue ayer?‑ Sí, sin duda, a no ser que haya sido antes, otro día, otro mes, otro año ‑no lo sé‑. Debió ser ayer, pues el día no ha vuelto a amanecer, pues el sol no ha vuelto a salir. Pero, ¿desde cuándo dura la noche? ¿desde cuándo...? ¿Quién lo dirá? Quién lo sabrá nunca? El caso es que ayer salí como todas las noches después de la cena. Hacía bueno, una temperatura agradable, hacía calor. Mientras bajaba hacia los bulevares, miraba sobre mi cabeza el río negro y lleno de estrellas recortado en el cielo por los tejados de la calle, que se curvaba y ondeaba como un auténtico torrente, un caudal rodante de astros. Todo se veía claro en el aire ligero, desde los planetas hasta las farolas de gas. Brillaban tantas luces allá arriba y en la ciudad que las tinieblas parecían iluminarse. Las noches claras son más alegres que los días de sol espléndido.
En el bulevar resplandecían los cafés; la gente reía, pasaba, o bebía. Entré un momento al teatro; ¿a qué teatro? ya no lo sé. Había tanta claridad que me entristecí y salí con el corazón algo ensombrecido por aquel choque brutal de luz en el oro de los balcones, por el destello ficticio de la enorme araña de cristal, por la barrera de fuego de las candilejas, por la melancolía de esta claridad falsa y crusa.
Me dirigí hacia los Campos Elíseos, donde los cafés concierto párecían hogueras entre el follaje. Los castaños radiantes de luz amarilla parecían pintados, parecían arboles fosforescentes. Y las bombillas eléctricas, semejantes a lunas destelleantes y pálidas, a huevos de luna caídos del cielo, a perlas monstruosas, vivas, hacían palidecer bajo su claridad nacarada, misteriosa y real, los hilos del gas, del feo y sucio gas, y las guirnaldas de cristales coloreados.
Me detuve bajo el Arco del Triunfo para mirar la avenida, la larga y admirable avenida estrellada, que iba hacia París entre dos líneas de fuego, y los astros, los astros allá arriba, los astros desconocidos, arrojados al azar en la inmensidad donde dibujan esas extrañas figuras que tanto hacen soñar e imaginar.
Entré en el Bois de Boulogne y permanecí largo tiempo. Un extraño escalofrío se había apoderado de mí, una emoción imprevista y poderosa, un pensamiento exaltado que rozaba la locura.
Anduve durante mucho, mucho tiempo. Luego volví.
¿Qué hora sería cuando volví a pasar bajo el Arco del Triunfo? No lo sé. La ciudad dormía y nubes, grandes nubes negras, se esparcían lentamente en el cielo.
Por primera vez, sentí que iba a suceder algo extraordinario, algo nuevo. Me pareció que hacía frío, que el aire se espesaba, que la noche, que mi amada noche, se volvía pesada en mi corazón. Ahora la avenida estaba desierta. Solos, dos agentes de policía paseaban cerca de la parada de coches de caballos y, por la calzada iluminada apenas por las farolas de gas que parecían moribundas, una hilera de vehículos cargados con legumbres se dirigía hacia el mercado de Les Halles. Iban lentamente, llenos de zanahorias, nabos y coles. Los conductores dormían, invisibles, y los caballos mantenían un paso uniforme, siguiendo al vehículo que los precedía, sin ruido sobre el pavimento de madera. Frente a cada una de las luces de la acera, las zanahorias se iluminaban de rojo, los nabos se iluminaban de blanco, las coles se iluminaban de verde, y pasaban, uno tras otro, estos coches rojos; de un rojo de fuego, blancos, de un blanco de plata, verdes, de un verde esmeralda.
Los seguí, y luego volví por la calle Royale y aparecí de nuevo en los bulevares. Ya no había nadie, ya no había cafés luminosos, sólo algunos rezagados que se apresuraban. Jamás había visto un París tan muerto, tan desierto. Saqué mi reloj. Eran las dos.
Una fuerza me empujaba, una necesidad de caminar. Me dirigí, pues, hacia la Bastilla. Allí me di cuenta de que nunca había visto una noche tan sombría, porque ni siquiera distinguía la columna de Julio, cuyo genio de oro se había perdido en la impenetrable oscuridad. Una bóveda de nubes, densa como la inmensidad, había ahogado las estrellas y parecía descender sobre la tierra para aniquilarla.
Volví sobre mis pasos. No había nadie a mi alrededor. En la Place du Château‑d'Eau, sin embargo, un borracho estuvo a punto de tropezar conmigo, y luego desapareció. Durante algún tiempo seguí oyendo su paso desigual y sonoro. Seguí caminando. A la altura del barrio de Montmartre pasó un coche de caballos que descendía hacia el Sena. Lo llamé. El cochero no respondió. Una mujer rondaba cerca de la calle Drouot: «Escúcheme, señor.» Aceleré el paso para evitar su mano tendida hacia mí. Luego nada. Ante el Vaudeville, un trapero rebuscaba en la cuneta. Su farolillo vacilaba a ras del suelo. Le pregunté: ‑¿Amigo, qué hora es?
‑¡Y yo que sé! ‑gruñó‑. No tengo reloj.
Entonces me di cuenta de repente de que las farolas de gas estaban apagadas. Sabía que en esta época del año las apagaban pronto, antes del amanecer, por economía; pero aún tardaría tanto en amanecer...
«Iré al mercado de Les Halles», pensé, «allí al menos encontré vida».
Me puse en marcha, pero ni siquiera sabía ir. Caminaba lentamente, como se hace en un bosque, reconociendo las calles, contándolas.
Ante el Crédit Lyonnais ladró un perro. Volví por la calle Grammont, perdido; anduve a la deriva, luego reconocí la Bolsa, por la verja que la rodea. Todo París dormía un sueño profundo, espantoso. Sin embargo, a lo lejos rodaba un coche de caballos, uno solo, quizá el mismo que había pasado junto a mí hacía un instante. Intenté alcanzarlo, siguiendo el ruido de sus ruedas a través de las calles solitarias y negras, negras como la muerte.
Una vez más me perdí. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar tan pronto el gas! Ningún transeúnte, ningún rezagado, ningún vagabundo, ni siquiera el maullido de un gato en celo. Nada.
«¿Dónde estaban los agentes de policía?", me dije. «Voy a gritar, y vendrán.» Grité, no respondió nadie.
Llamé más fuerte. Mi voz voló, sin eco, débil, ahogada, aplastada por la noche, por esta noche impenetrable.
Grité más fuerte: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!»
Mi desesperada llamada quedó sin respuesta. ¿Qué hora era? Saqué mi reloj, pero no tenía cerillas. Oí el leve tic‑tac de la pequeña pieza mecánica con una desconocida y extraña alegría. Parecía estar viva. Me encontraba menos solo. ¡Qué misterio! Caminé de nuevo como un ciego, tocando las paredes con mi bastón, levantando los ojos al cielo, esperando que por fin llegara el día; pero el espacio estaba negro, completamente negro, más profundamente negro que la ciudad.
¿Qué hora podía ser? Me parecía caminar desde hacía un tiempo infinito pues mis piernas desfallecían, mi pecho jadeaba y sentía un hambre horrible.
Me decidí a llamar a la primera cochera. Toqué el timbre de cobre, que sonó en toda la casa; sonó de una forma extraña, como si este ruido vibrante fuera el único del edificio. Esperé. No contestó nadie. No abrieron la puerta. Llamé de nuevo; esperé... Nada.
Tuve miedo. Corrí a la casa siguiente, e hice sonar veinte veces el timbre en el oscuro pasillo donde debía dormir el portero. Pero no se despertó, y fui más lejos, tirando con todas mis fuerzas de las anillas o apretando los timbres, golpeando con mis pies, con mi bastón o mis manos todas las puertas obstinadamente cerradas.
Y de pronto, vi que había llegado al mercado de Les Halles. Estaba desierto, no se oía un ruido, ni un movimiento, ni un vehículo, ni un hombre, ni un manojo de verduras o flores. Estaba vacío, inmóvil, abandonado, muerto.
Un espantoso terror se apoderó de mí. ¿Qué sucedía? ¡Oh Dios mío! ¿qué sucedía?
Me marché. Pero, ¿y la hora? ¿y la hora? ¿quién me diría la hora?
Ningún reloj sonaba en los campanarios o en los monumentos. Pensé: «Voy a abrir el cristal de mi reloj y tocaré la aguja con mis dedos.» Saqué el reloj... ya no sonaba... se había parado. Ya no quedaba nada, nada, ni siquiera un estremecimiento en la ciudad, ni un resplandor, ni la vibración de un sonido en el aire. Nada. Nada más. Ni tan siquiera el rodar lejano de un coche, nada.
Me encontraba en los muelles, y un frío glacial subía del río.
¿Corría aún el Sena?
Quise saberlo, encontré la escalera, bajé... No oía la corriente bajo los arcos del puente... Unos escalones más... luego la arena... el fango... y el agua... hundí mi brazo, el agua corría, corría, fría, fría, fría... casi helada... casi detenida... casi muerta.
Y sentí que ya nunca tendría fuerzas para volver a subir... y que iba a morir allí abajo... yo también, de hambre, de cansancio, y de frío.

***

Vernon Lee

AMOUR DURE

(1890)

De Vernon Lee, cuyo verdadero nombre era Violetta Paget (1856‑1935), escritora inglesa establecida en Florencia, estudiosa de historia y de arte, nos ha dejado un buen retrato Mario Praz (Il patto col serpente, Mondadori; 1972, y Voce dietro la scena, Adelphi, 1980). Este cuento, en el que un estudioso polaco se enamora de una terrible dama del «Cinquecento marchigiano», hace germinar la evocación de una época despiadada (a la manera de Stendhal en las Crónicas italianas) en el escenario cotidiano de la insignifcante vida provinciana de una de nuestras «ciudades del silencio» en el siglo XIX. La magia de los objetos antiguos desencadena la alucinación visionaria. Hace un siglo los extranjeros todavía podían ver a Italia como el país donde retorna eternamente el pasado, donde se le custodia inmóvil, como el ídolo de plata dentro de la estatua ecuestre del duque Roberto.

AMOUR DURE

FRAGMENTOS DEL DIARIO DE SPIRIDION TREPKA

Heinemann, 1890; Segunda Edición, John Lane, 1906

I

URBANIA, 20 de agosto de 1885. Había ansiado, durante años y años, estar en Italia, encontrarme cara a cara con el pasado; ¿y eso era Italia? Podría haber llorado, sí, llorado, por la desilusión que sentí cuando por primera vez deambulé por Roma, con una invitación en mi bolsillo para cenar en la embajada alemana, y con tres o cuatro vándalos de Berlín y Munich pisándome los talones y diciéndome dónde podía degustar la mejor cerveza y el mejor sauerkraut, y de qué trataba el último artículo de Grimm o de Mommsem.
Es esto una locura? ¿Una falsedad? ¿No soy yo mismo un producto de la civilización moderna y septentrional? ¿No es debido mi viaje a Italia a ese vandalismo científico tan moderno, que me ha proporcionado una bolsa de viaje porque he escrito un libro como tantos otros atroces libros de erudición y crítica artística? Es más, ¿no estoy yo aquí en Urbania con el expreso convencimiento de que, dentro de algunos meses, podré producir otro libro similar? Os imagináis vos, vos miserable Spiridion, vos, un polaco que al crecer ha adquirido el semblante de un pedante alemán, doctor en filosofía, catedrático incluso, autor de un ensayo ‑premiado‑ sobre los déspotas del siglo XV, ¿os imagináis que con vuestras cartas ministeriales y vuestras galeradas guardadas en el bolsillo de vuestro abrigo negro, tan profesional, podréis alguna vez conducir vuestro espíritu en presencia del Pasado?
Demasiado cierto. ¡Ah! Pero olvidémoslo, por lo menos alguna vez: igual que lo he olvidado esta tarde, cuando los bueyes tiraban lentamente de mi calesa, serpenteando por valles interminables, arrastrándome por laderas interminables, con el susurrante e invisible torrente al fondo, en lontananza, y con sólo los picos grises y rojizos en derredor, escalando hasta esta ciudad de Urbania, olvidada de los hombres, cuyas torres y almenas se alzaban en la cordillera de los Apeninos. Sigillo, Penna, Fossombrone, Mercatello, Montemurlo ‑el nombre de cada uno de estos pueblos, tal y como lo comentó el conductor, me traía a la memoria algún gran acto de traición de días pasados. Y cuando las enormes montañas cerraron la puesta del sol y los valles se llenaron de sombras azuladas y de niebla, sólo un girón de amenazador humo rojizo se rezagaba entre las torres y cúpulas de la ciudad en lo alto de las montañas, y el sonido de las campanas de la iglesia flotaba en el precipicio que descendía de Urbania. Casi estaba seguro de que a cada curva del camino aparecería un grupo de jinetes, con picudos yelmos y calzados claveteados, con sus armaduras y pendones centelleando a la luz del atardecer. Y entonces, y no hace de esto ni dos horas, al entrar en la ciudad con el crepúsculo, al atravesar las calles desiertas, con tan sólo una candileja humeante aquí y allá, al pasar junto a una capilla o frente a un puesto de frutas, o bien ante un fuego que encendía la negrura de una herrería: al pasar bajo las almenas y torretas del palacio... ¡Ah, eso era Italia, eso era el Pasado!
21 de agosto. ¡Y esto es el Presente! Cuatro cartas de recomendación por enviar, y una hora de conversación cortés que debo soportar con el Viceprefecto, el Síndico, el Director de Archivos, y el buen hombre a quien mi amigo Max me ha enviado para buscar alojamiento...
22‑27 de agosto. He pasado la mayor parte del día en los Archivos, y la mayor parte de mi tiempo allí, aburrido hasta la inanición, con el director de los mismos, quien hoy ha disertado sobre los comentarios de Eneas Silvio durante tres cuartos de hora sin detenerse a recuperar el aliento. De este tipo de martirio (¿cuáles no serán los sentimientos de un caballo que antes ha sido de carreras a quien ahora hacen tirar de un cabriolé? Puedes entenderlos, son los de un polaco que se ha convertido en un catedrático prusiano) me escapo dando largos paseos por la ciudad. Esta urbe se compone de un puñado de casas negras apiñadas en lo alto de una elevada montaña, de callejuelas largas y estrechas que descienden por sus laderas ondulantes, como cuando nos deslizábamos por las colinas en nuestra infancia, ‑en la mitad de la imponente estructura de ladrillo con todas sus torres y almenas‑ el palacio del Duque de Otrobuono, desde cuyas ventanas se divisa el mar entre un torbellino de melancólicas montañas grises. Y luego está la gente, hombres cetrinos, de barbas cerradas, que cabalgan como bandoleros, envueltos en capas de rayas verdes sobre sus mulas cargadas a rebosar; o musculosos muchachos que vagan sin rumbo, cabizbajos, como los bravos en multicolor de los frescos de Signorelli; los hermosos donceles, como tantos jóvenes de Rafael, con ojos bovinos, y las inmensas mujeres, Madonnas o Santa Isabeles, según el caso, con las túnicas plegadas a sus tobillos y los cántaros de bronce a la cabeza, mientras suben y bajan por las empinadas cuestas. No hablo mucho con esta gente; temo que mis ilusiones se hagan añicos. En la esquina de una calle, enfrente del precioso pórtico de San Francesco de Giorgio, hay un anuncio en azul y rojo que representa a un ángel descendiendo para coronar a Elías Howe con motivo de sus máquinas segadoras; y los clérigos de la viceprefectura, que cenan en el palacio, donde yo también voy a cenar, vociferan sobre política, Minghetti, Giroli, Túnez, acorazados, etc., y cantan fragmentos de la Fille de Mme. Angot, que imagino que se ha estado representando aquí recientemente.
No; hablar con los nativos es evidentemente un experimento peligroso. Excepto, posiblemente, con mi buen patrón, el Signor Notaro Porri, quien es igual de instruido e inhala considerablemente menos rapé (o mejor dicho, se lo cepilla del abrigo más a menudo) que el Director de los Archivos. Se me ha olvidado anotar (y creo que debo señalar, en la vana creencia de que algún día estos pedazos de papel me ayudarán, como una marchita rama de olivo o una lámpara toscana de tres pabilos sobre mi mesa, a traerme a la mente, en esa odiosa Babilonia que es Berlín, estos felices días italianos), se me ha olvidado precisar que me alojo en la casa de un anticuario. Mi ventana da a la calle principal y a los soportales de la plaza del mercado donde, en medio de las marquesinas, se alza la pequeña columna que sostiene a Mercurio. Apenas si alcanzo a ver, inclinada sobre los desportillados aguamaniles y los barreños de albahaca dulce, clavos y caléndulas, una esquina de la torreta del palacio y el desdibujado azul de las colinas más lejanas. La casa, cuya parte trasera se adentra en el barranco, es un lugar extraño en todos los sentidos, con habitaciones encaladas, de paredes sobre las que lucen Rafaeles, y Francias y Peruginos, que mi patrón lleva sistemáticamente a la posada principal cuando recibe a un extraño; y lleno de viejas sillas labradas, sofás de la época del Imperio, doradas y repujadas cómodas nupciales y armarios que contienen retales antiguos de damasco y frontaleras de misa bordadas que impregnan el lugar de olor a incienso rancio y a cerrado; todo ello presidido por las tres hermanas solteras de Porri ‑Sora Serafina, Sora Lodovica y Sora Aldagisa‑ las tres Parcas personificadas, con ruecas y gatos negros incluidos.
Sor Asdrubale, como llaman a mi patrón, también es notario. Echa de menos el gobierno pontificio porque tuvo un primo que llevaba la cola a un Cardenal, y está convencido de que si, sobre una mesa para dos, se encienden dos velas fabricadas con el sebo de un hombre muerto y se realizan ciertos ritos ‑en torno a los cuales no se muestra demasiado explícito‑ se puede, en Nochebuena y otras fechas similares, convocar a San Pascual Bailón, quien escribirá los números ganadores de la loteria detrás de un plato ahumado, si previamente se le abofetean ambas mejillas y se rezan tres avemarías. La dificultad estriba en encontrar el sebo de hombre muerto para hacer las velas y también en abofetear al Santo antes de que desaparezca.
‑Si no fuera por eso ‑dice Sor Asdrubale‑ el gobierno habría tenido que suprimir la lotería hace siglos, ¡eh!
9 de septiembre. Esta historia de Urbania no carece de encanto, aunque ese encanto (como de costumbre) haya sido ignorado por nuestros Dryasdusts. Incluso antes de venir aquí, me sentía atraído por la extraña figura de una mujer que aparecía en las áridas páginas de las historias de Gualterio y del Padre de Sanctis sobre este lugar. Esta mujer es Medea, hija de Galeazzo IV Malatesta, Señor de Carpi, esposa primero de Pierluigi Orsini, Duque de Stimigliano, y con posterioridad de Guidalfonso II, Duque de Urbania, predecesor del gran Duque Roberto II.
La historia y carácter de esta mujer recuerdan a los de Bianca Cappello, y también a Lucrecia Borgia. Nacida en 1556, la prometieron a la edad de doce años a un primo, un Malatesta de la familia Rímini. Como esta familia había descendido mucho en la escala social, se deshizo el compromiso, y fue prometida un año después a un miembro de la familia Pico, y casada por poderes a la edad de catorce años. Pero como esta unión no satisfacía ni sus ambiciones ni las de su padre, se declaró nulo el matrimonio por poderes ‑aduciendo algún que otro pretexto‑ y se alentaron las pretensiones del Duque de Stimigliano, un gran feudatario umbro de la familia Orsini. Mas el novio, Giovanfrancesco Pico, que estaba locamente enamorado de ella, ya que la dama era encantadora y de naturaleza sumamente afable ‑según reza una vieja crónica anónima‑ se negó a aceptar la nulidad y llevó su caso ante el Papa intentando llevarse a la novia por la fuerza. Pico aguardó emboscado la litera en la que ella se dirigía a una villa de su padre y la llevó a su castillo cerca de Mirandola, donde respetuosamente la cortejó, insistiendo en que tenía derecho a considerarla su esposa. Pero la dama escapó descolgándose hasta el foso por una cuerda hecha con jirones de sábanas, y descubrieron a Giovanfrancesco Pico apuñalado en el pecho a manos de la Madonna Medea da Carpi. Era un apuesto joven de sólo dieciocho años.
Habiéndose deshecho de los Pico, y anulado el matrimonio por el Papa, Medea da Carpi contrajo solemnemente matrimonio con el Duque de Stimigliano, y partió a vivir a sus dominios cerca de Roma.
Dos años más tarde, Pierluigi Orsini fue apuñalado por uno de sus ayudas de cámara en su castillo de Stimigliano, cerca de Orvieto; y las sospechas recayeron sobre su viuda, sobre todo cuando después del suceso, hizo que dos sirvientes mataran al asesino en sus propios aposentos; pero no antes de que hubiera declarado que ella le había inducido a asesinar a su amo prometiéndole su amor. Las cosas se pusieron tan mal para Medea da Carpi que huyó a Urbania y se arrojó a los pies del Duque Guidalfonso II, declarando que había propiciado la muerte del ayuda de cámara sólo para salvar su honor, que éste había mancillado, y que era totalmente inocente de la muerte de su esposo. La extraordinaria belleza de la Duquesa viuda de Stimigliano, que tenía tan sólo diecinueve años, trastornó completamente al Duque de Urbania. Mostró una implícita creencia de su inocencia, se negó a entregarla a los Orsini, parientes de su difunto marido, y le asignó unas magníficas estancias en el ala izquierda del palacio, entre las que se encontraba la habitación que contaba con una magnífica chimenea decorada con cupidos de mármol sobre un fondo azul. Guidalfonso se enamoró perdidamente de su hermosa huésped. El Duque, hasta entonces tímido y de carácter doméstico, empezó a ignorar públicamente a su mujer, Maddalena Varano de Camerino, con quien ‑a pesar de no hater tenido hijos‑ había tenido excelentes relaciones; no solamente rechazó con desdén las admoniciones de sus consejeros y de su señor feudal, el Papa, sino que llegó hasta el punto de tomar medidas para repudiar a su esposa, basándose en un pasado imaginario de mala conducta. La duquesa Maddalena, no pudiendo soportar este trato, se escapó al convento de las hermanas descalzas de Pesaro, donde languidecía mientras Medea da Carpi reinaba en su lugar en Urbania, sembrando la discordia entre el duque Guidalfonso y los poderosos Orsini, quienes continuaban acusándola del asesinato de Stimigliano, así como los Varano, parientes de la injuriada duquesa Maddalena: hasta que al final, en el año 1576, el Duque de Urbania, habiéndose quedado viudo de pronto, y no precisamente en circunstancias poco sospechosas, se casó públicamente con Medea da Carpi dos días después del fallecimiento de su desdichada esposa. No nació hijo alguno de esta unión; pero el duque Guidalfonso estaba tan encaprichado que la nueva Duquesa le persuadió para que nombrase heredero del Ducado (después de haber obrenido ‑tras muchas dificultades‑ el consentimiento del Papa) al niño Bartolommeo, el hijo que tuvo con Stimigliano, pero a quien los Orsini negaban como tal, aduciendo que era hijo de Giovanfrancesco Pico, con quien Medea había estado casada por poderes y a quien en defensa de su honor ‑según decía ella‑ había asesinado; esta investidura del Ducado de Urbania en un extraño y un bastardo se perpetraba a expensas de los derechos evidentes del cardenal Roberto, el hermano menor de Guidalfonso.
En mayo de 1579, el duque Guidalfonso murió repentinamente y de forma misteriosa, ya que Medea había prohibido todo acceso a sus habitaciones, no fuera que, en su lecho de muerte, se arrepintiera y restableciera a su hermano en sus derechos. La Duquesa inmediatamente hizo que su hijo, Bartolommeo Orsini, fuera proclamando Duque de Urbania, y ella misma Regenta; y, con la ayuda de dos o tres jóvenes sin escrúpulos, en especial un tal capitán Oliverotto da Narni, de quien se rumoreaba que era su amante, se hizo con las riendas del gobierno con un rigor extraordinario y terrible, enviando un ejército contra los Varano y los Orsini, quienes fueron derrotados en Sigillo, y exterminando sin piedad a cualquier persona que se atreviese a poner en duda la legalidad de la sucesión. Mientras tanto, el cardenal Roberto, que había colgado los hábitos y olvidado los votos, se dirigió a Roma, a Toscana, a Venecia ‑e incluso al Emperador y Rey de España‑ implorando ayuda contra la usurpadora. En pocos meses había logrado virar la corriente de simpatía contra la Duquesa-Regenta; el Papa declaró solemnemente ilegal la investidura de Bartolommeo Orsini, y publicó la sucesión de Roberto II, Duque de Urbania y Conde de Montemurlo; el Gran Duque de Toscana y los venecianos prometieron secretamente su ayuda, pero sólo si Roberto era capaz de hacer valer sus derechos por la fuerza. Poco a poco, una tras otra, las ciudades del ducado pasaron a manos de Roberto, y Medea da Carpi se encontró rodeada en la ciudadela montañosa de Urbania, como un escorpión se encuentra rodeado de llamas. (Este símil no es mío, sino de Rafaello Gualterio, historiador de Roberto II.) Pero, a diferencia del escorpión, Medea se negó a suicidarse. Es absolutamente maravilloso cómo, sin dinero ni aliados, pudiera, durante tanto tiempo, mantener a sus enemigos acorralados; y Gualterio lo atribuye a esa fascinación fatal que había llevado a la muerte a Pico y a Stimigliano, y que había transformado al otrora honrado Guidalfonso en un villano y que era tal que, de todos sus amantes, no había ninguno que no prefiriese morir por ella, incluso después de haber sido tratado con ingratitud y de haber sido desbancado por un rival; una habilidad que Messer Raffaello Gualterio claramente atribuía a un pacto diabólico.
Por último, el ex‑cardenal Roberto venció, y en noviembre de 1579 entró de forma triunfal en Urbania. Su acceso al poder estuvo presidido por la moderación y la clemencia. Ni un solo hombre fue ajusticiado, si exceptuamos a Oliverotto da Narni, que arrojándose sobre el Duque, intentó apuñalarlo cuando descabalgó en palacio, y que murió a manos de los hombres del Duque gritando «¡Orsini, Orsini! ¡Medea, Medea! ¡Viva el duque Bartolommeo!» mientras agonizaba, aunque se dice que la duquesa le trató con ignominia. El pequeño Bartolommeo fue enviado a Roma con los Orsini; a la Duquesa se la recluyó con respeto en el ala izquierda del palacio.
Se dice que ella, altivamente, solicitó ver al nuevo Duque, pero que él sacudió la cabeza y, con sus modales clericales, citó un verso sobre Ulises y las Sirenas; y es notable que se negara firmemente a verla, llegando incluso a salir bruscamente de su aposento un día en que ella entró furtivamente allí. Al cabo de unos pocos meses, se descubrió una conspiración para asesinar al duque Roberto que, evidentemente, había sido pergeñada por Medea. Pero el joven, un tan Marcantonio Frangipani, de Roma, negó, incluso bajo las más severas torturas, que ella estuviera implicada; así que el Duque Roberto, que no quería emplear la violencia, simplemente transfirió a la Duquesa de su residencia en Sant'Elmo al convento de las Clarisas en la ciudad, donde era estrechamente custodiada y vigilada. Parecía imposible que Medea pudiese intrigar nunca más, ya que ciertamente ni veía ni era vista por nadie. Sin embargo, consiguió enviar una carta y su retrato a un tal Prinzivalle degli Ordelaffi, un joven de tan sólo diecinueve años, de la noble familia de los Romagnole, quien estaba prometido a una de las muchachas más bonitas de Urbania. Inmediatamente rompió su compromiso y, poco después, intentó matar al Duque de un tiro mientras estaba arrodillado en misa el día de Pascua de Resurrección. Esta vez el Duque estaba decidido a obtener pruebas contra Medea. Prinzivalle degli Ordelaffi fue privado de alimentos durante varios días y después sufrió las más atroces torturas, para ser finalmente condenado. Cuando iba a ser desollado con pinzas candentes y descuartizado por los caballos, le dijeron que podría obtener la gracia de una muerte inmediata si confesaba la complicidad de la Duquesa. El confesor y las monjas del convento, que estaban en el lugar de la ejecución, fuera de la Porta San Romano, presionaron a Medea para que salvara al desgraciado, cuyos gritos oía, confesando su propia culpabilidad. Medea pidió permiso para ir a un balcón donde pudiera ver a Prinzivalle y ser vista por él. Contempló la escena fríamente; entonces, arrojó su pañuelo bordado a la pobre criatura mutilada. Él pidió al verdugo que le limpiara la boca con el pañuelo y a continuación lo besó mientras gritaba que Medea era inocente. Después, tras varias horas de tormentos, expiró. Esto fue demasiado para la paciencia del duque Roberto: Dándose cuenta de que mientras Medea viviese, su propia vida estaría en perpetuo peligro, pero renuente a causar un escándalo (todavía conservaba algo de su naturaleza clerical) mandó que estrangularan a Medea en el convento y, cosa notable, insistió en que fueran mujeres ‑dos infanticidas a quienes conmutó la condena‑ las encargadas de la ejecución.
«A este clemente príncipe», escribe Don Arcangelo Zappi en la biografía del Duque publicada en 1725, «sólo se le puede acusar de un único acto de crueldad, tanto más odioso cuanto que él mismo, antes de ser liberado de sus votos por el Papa, profesó las sagradas órdenes. Se dice que cuando provocó la muerte de la infame Medea da Carpi, era tal el temor que sentía a que sus extraordinarios encantos sedujeran a cualquier hombre, que no sólo empleó mujeres como verdugos, sino que además se negó a que la asistiera ningún monje o sacerdote, forzándola a morir sin confesión y rehusándole el beneficio de cualquier penitencia que su inflexible corazón hubiera podido albergar».
Tal es la historia de Medea da Carpi, Duquesa de Stimigliano Orsini y después mujer del Duque Guidalfonso II de Urbania. Fue ajusticiada tan sólo hace doscientos noventa y siete años, en diciembre de 1582, cuando apenas tenía veintisiete. Durante su breve vida condujo a cinco de sus amantes a una muerte violenta, desde Giovanfrancesco Pico a Prinzivalle degli Ordelaffi.
20 de septiembre. Gran iluminación de la ciudad en conmemoración de la toma de Roma hace quince años. Excepto Sor Asdrubale, mi patrón, que sacude la cabeza ante los piamonteses, como les llama, los de aquí son todos Italianissimi. El Papa los mantiene muy subyugados desde que Urbania cayera en manos de la Santa Sede en 1645.
28 de septiembre. Llevo algún tiempo yendo a la caza de retratos de la duquesa Medea. La mayoría de ellos, me imagino, deben haber sido destruidos, tal vez por el temor del duque Roberto II a que, incluso después de muerta, esta terrible belleza le jugara una mala pasada. Sin embargo, he podido encontrar tres o cuatro: uno, una miniatura en los Archivos, que se dice fue la que envió al pobre Prinzivalle degli Ordelaffi para enamorarlo; un busto de mármol en el trastero de palacio; una gran representación pictórica de una escena, posiblemente de Baroccio, que muestra a Cleopatra a los pies de Augusto. Augusto es el retrato idealizado de Roberto II, con su redonda cabeza de pelo muy corto, la nariz un tanto torcida, barba recortada y la cicatriz habitual. Cleopatra, a pesar de su vestimenta oriental y de su peluca morena, me parece que quiere representar a Medea da Carpi; está arrodillada, descubriendo su pecho para recibir el golpe del vencedor, pero en realidad para cautivarlo y él se aleja con un extraño gesto de aborrecimiento. Ninguno de estos retratos parece muy bueno, excepto la miniatura. Es ésta un trabajo exquisito, y con ella y con lo que el busto sugiere, es fácil reconstruir la belleza de ese terrible ser. El tipo es ése tan admirado en el Bajo Renacimiento y, en alguna medida, inmortalizado por Jean Goujon y los franceses. El rostro es un óvalo perfecto, la frente tal vez sea un punto demasiado redonda, coronada de minúsculos rizos ensortijados, como la lana, el pelo castaño brillante; la nariz un poco en demasía aguileña, los pómulos quizá excesivamente bajos; los ojos grises, grandes, prominentes, bajo unas cejas exquisitamente curvadas y los párpados tal vez algo demasiado estirados hacia los lados; también la boca, de brillante carmesí y delicado dibujo, está un tanto comprimida, con los labios apretados sobre los dientes. La boca y los párpados estirados le confieren un extraño refinamiento y, al mismo tiempo, cierto aire de misterio, una seducción un tanto siniestra. Parecen tomar, pero no dar. La boca, con un mohín infantil, parece como si pudiera morder o succionar como una sanguijuela. La tez es deslumbradoramente blanca, con la perfecta transparencia del lirio rosáceo de las pelirrojas; la cabeza, con el cabello peinado en trenzas muy pegadas a ella y elaborados rizos, amén de adornada con perlas, se asienta como la de la antigua Aretusa sobre un largo y flexible cuello de cisne. Una curiosa belleza, a primera vista un tanto convencional, de aspecto artificial, voluptuosa pero fría, que cuanto más se contempla más turba y hechiza la mente. La dama lleva alrededor de su cuello una cadena de oro, en la que hay intercalados unos pequeños rombos, también de oro, con el lema o retruécano (la moda de los lemas franceses es corriente en esta época) «Amour Dure‑Dure Amour». El mismo lema aparece en el hueco del busto y gracias a él he podido identifcar en este último el retrato de Medea. A menudo examino estos trágicos retratos, preguntándome cómo sería ese rostro que condujo a tantos hombres a la muerte, cuando, sonriendo o hablando, fascinaba a las víctimas, haciéndolas pasar del amor a la muerte ‑«Amour Dure‑Dure Amour», como reza su lema‑ amor que dura, qué duro amor; sí, ciertamente, no hay más que pensar en la fidelidad y en la suerte que corrieron sus amantes.
13 de octubre. Literalmente, no he tenido tiempo de escribir una sóla línea de mi diario en todos estos días. He pasado todas mis mañanas en esos archivos y las tardes paseando con este espléndido tiempo otoñal (las cimas más altas están levemente coronadas de nieve). Los atardeceres los paso escribiendo esa confusa crónica del Palacio de Urbania que el gobierno me ha encargado para mantenerme ocupado en algo inútil. De mi historia no he podido escribir todavía una palabra... Por cierto, debo anorar una curiosa circunstancia mencionada en una biografía manuscrita anónima del duque Roberto con la que me he topado hoy. Cuando este príncipe hizo que erigieran una estatua ecuestre de su persona, esculpida por Antonio Tassi, el discípulo de Gianbologna, en la plaza de la Corte, encargó en secreto que le hicieran, según refiere el anónimo manuscrito, una estatua de plata de su genio tutelar o ángel ‑«familiaris ejus angelus seu genius, quod a vulgo dicitur idolino»‑, cuya estatua o ídolo, después de haber sido consagrada por los astrólogos ‑«ab astrologis quibusdam ritibus sacrato»‑, fue colocada en la cavidad del pecho de la efigie esculpida por Tassi para que, tal como dice el manuscrito, su alma pudiera descansar hasta el día de la Resurrección. Este pasaje es curioso y se me antoja que un tanto enigmático; ¿cómo podía el alma del duque Roberto esperar la Resurrección de los muertos cuando, como católico que era, debería haber creído que, tan pronto como se separase ésta del cuerpo, iría al Purgatorio? ¿O se trata de alguna superstición semi‑pagana del Renacimiento (ciertamente de lo más extraña en un hombre que había sido cardenal), que relacionaba el alma con un genio tutelar que podía ser obligado, mediante ciertos ritos mágicos («ab astrologis sacrato», dice el manuscrito al hablar del idolillo) a permanecer en la tierra de manera que el alma durmiera en el cuerpo hasta el día del Juicio Final? Confieso que la historia me desconcierta. Me pregunto si alguna vez existió tal ídolo, o si existe aún hoy, en el cuerpo de bronce de la efigie.
20 de octubre. Ultimamente he estado viendo mucho al hijo del viceprefecto. Es un joven amable con cara de enamorado y que tiene un lánguido interés por la historia y la arqueología de Urbania, de la que no sabe nada en absoluto. Este joven, que ha vivido en Siena y Lucca antes de que ascendieran a su padre y lo trasladaran aquí, usa pantalones extremadamente largos y ajustados, que casi le imposibilitan doblar las rodillas, cuellos altos y monóculo, y unos guantes de piel de cabrito que lleva metidos en el bolsillo superior de la chaqueta. Habla de Urbania como Ovidio podría hablar del Ponto y se queja (cosa que no es de extrañar) de la barbarie de los jóvenes, los oficiales que cenan en mi pensión y aúllan y cantan como locos, y de los nobles que conducen calesas y dejan al descubierto tanta carne de la zona de la garganta como una dama en el baile. Esta persona, a menudo me entretiene con sus amori, pasados, presentes y futuros; de seguro que me cree extraño por no tener historias semejantes con que entretenerle a cambio; me señala las sirvientas y modistillas bonitas (o feas) cuando vamos por la calle, suspira profundamente o canta en falsete detrás de cada mujer joven de belleza medianamente tolerable y, finalmente, me ha llevado a casa de la dueña de su corazón, una condesa grande, de oscuro bigote, con voz de pescadero; ahí, me dice, me encontraré con lo mejor de Urbania y con algunas mujeres bonitas. ¡Ah, cielos, demasiado bonitas! Me encuentro con tres habitaciones enormes, a medio amueblar, de suelos de baldosas desnudos, lámparas de petróleo y cuadros espantosamente malos sobre paredes enteladas de azul, y, en medio de todo ello, todas las noches, una docena de damas y caballeros sentados en círculo vociferándose los unos a los otros las mismas noticias de hace un año; las damas más jóvenes, vestidas de amarillos y verdes chillones, se abanican mientras mis labios conversan, escuchando detrás de sus abanicos las dulzuras de los oficiales, con cabellos peinados como erizos. ¡Y éstas son las mujeres de las que mi amigo espera que me enamore! En vano aguardo una merienda o cena que no llega, y me voy a casa deprisa, decidido a dejar a un lado al beau monde de Urbania.
Es bastante cierto que no tengo amori, aunque mi amigo no lo crea. Cuando vine por primera vez a Italia buscaba los romances; suspiraba, como Goethe en Roma, ansiando que se abriese una ventana y por ella apareciera una criatura maravillosa, «welch mich versengend erquickt». Tal vez era porque Goethe era alemán, acostumbrado a las Fraus alemanas; pero, después de todo yo soy polaco, y estoy acostumbrado a algo muy diferente de las Fraus; en cualquier caso, a pesar de todos mis esfuerzos en Roma, Florencia y Siena, nunca pude encontrar una mujer por la que volverme loco, ni entre las damas que chapurreaban francés, ni entre las clases inferiores, tan agudas y frías como prestamistas; me aparto de la clase femenina italiana, con su voz estridence y sus chillones atavíos. De momento, estoy casado con la historia, con el Pasado, con mujeres como Lucrecia Borgia, Vittoria Accoramboni, o esa tal Medea da Carpi. Tal vez un día encuentre una gran pasión, una mujer con la que representar el papel de Don Quijote, como buen polaco que soy; una mujer de cuya zapatilla poder beber, y por cuyo placer morir; ¡pero no aquí! Pocas cosas me llaman tanto la atención como la degeneración de la mujer italiana. ¿Qué ha sido de tanta raza de Faustinas, Marozias, o Biancas Capello? ¿Dónde encontrar hoy en día (confieso que su recuerdo me atormenta) otra Medea da Carpi? Si me fuera tan sólo posible conocer a una mujer de belleza tan extremadamente distinguida, de una naturaleza tan terrible, aun sólo potencialmente, creo que podría amarla, hasta el día del Juicio Final, como cualquier Oliverotto da Narni, o Frangipani o Prinzivalle.
27 de octubre. ¡Menudos sentimientos los anteriormente expresados para un catedrático, para un humbre instruido! Yo consideraba a los jóvenes artistas romanos pueriles porque se gastaban bromas y gritaban por las calles, al volver del Café Greco o del sótano de la vía Palombella; pero, ¿no soy yo también igualmente pueril, yo, desdichado a quien llaman Hamlet y El Caballero de la Triste Figura?
5 de noviembre. No puedo liberarme del pensamiento de esta Medea da Carpi. En mis paseos, mis mañanas en los Archivos, en mis noches solitarias, me sorprendo a mí mismo pensando en esa mujer. ¿Me estaré volviendo novelista en vez de historiador? Y es que me parece que la comprendo tan bien; mucho más de lo que justifican mis hechos. Primero tenemos que dejar a un lado las modernas ideas pedantes sobre el bien y el mal. El mal y el bien en un siglo de violencia y traición no existen, y menos aún en criaturas como Medea. ¡Vaya usted a predicar sobre el bien y el mal a una tigresa! Sí, ¿acaso hay en el mundo algo más noble que esa enorme criatura, de acero cuando salta, de terciopelo cuando anda y estira su elástico cuerpo, y el pelo se le alisa, o cuando clava sus poderosas garras en su víctima?
Sí; yo puedo entender a Medea. ¡Imagínense a una mujer de belleza superlativa, de coraje y calma elevadísimos, una mujer de muchos recursos, de genio, educada por un padre que era un principillo insignificante, que conocía a Tácito y a Salustio, y las historias del gran Malatesta, de César Borgia y otros! ‑una mujer cuya única pasión fuera conquista y el mando‑ ¡imagináosla, a punto de ser desposada a un hombre del poderío del Duque de Stimigliano!, reclamada y raptada por alguien de tan poca monta como Pico, en su heredado castillo de bandolero, y teniendo que recibir el apasionado amor del tonto joven como un honor y una necesidad! La mera idea de violentar una naturaleza de esa índole es un ultraje abominable; y si Pico elige abrazar a una mujer así, arriesgándose a encontrarse con una afilada hoja de acero en sus brazos, pues bien, se lo merece. ¡Un joven cachorro ‑o si se prefiere, un joven héroe‑ que piensa que puede tratar a una mujer de ese tipo como si se tratase de cualquier mujerzuela de la plebe! Medea se casa con su Orsini. Un matrimonio ‑hay que señalar‑ entre un viejo soldado de cincuenta años y una niña de dieciséis. Reflexionad sobre lo que esto significa: significa que esta imperiosa mujer, pronto recibe el trato de cualquier otra posesión del Duque, que se le hace comprender, de forma ruda, que su obligación es dar al Duque un heredero, no consejos; que nunca debe preguntar «¿por qué esto o aquello?»; que debe hacer reverencias a todos los consejeros del Duque, a sus capitanes, a sus amantes; que, a la más mínima sospecha de rebelión, se ve sometida a sus insultos y sus golpes; a la más leve sospecha de infidelidad puede ser estrangulada o condenada a morir de hambre, o arrojada a una mazmorra. Supongamos que ella sabe que a su marido se le ha metido en la cabeza que ha mirado con demasiada intensidad a tal o cual hombre, que uno de sus lugartenientes o una de sus mujeres ha susurrado que, después de todo, el niño Bartolommeo podría lo mismo ser un Pico que un Orsini. Supongamos que ella sabe que debe atacar o ser atacada. Ella ataca primero, o busca a alguien que lo haga por ella. ¿A qué precio? El de una promesa de amor, de amor a un ayuda de cámara; ¡el hijo de un siervo! Vaya, el muy perro debe estar loco o borracho para creer que una cosa así sea posible; y esta misma creencia en algo tan monstruoso le hace acreedor de la muerte. Y luego, ¡se permite el lujo de chismorrear! Esto es mucho peor que lo de Pico. Y Medea se ve abocada a defender su honor una segunda vez. Si pudo apuñalar a Pico, ciertamente puede apuñalar a este otro individuo, o hacer que alguien lo apuñale.
Perseguida por los parientes de su marido se refugia en Urbania. El Duque, como todos los demás hombres, se enamora perdidamente de Medea y deja de lado a su mujer; incluso se puede llegar a decir que destroza el corazón de la esposa. ¿Es Medea la culpable? ¿Es culpa suya que cada piedra que cae bajo las ruedas de su carroza se haga añicos? Ciertamente que no. ¿Suponéis que una mujer como Medea pueda sentir la más mínima mala voluntad hacia la pobre y timorata duquesa Milena? ¿Cómo, si ignora su misma existencia? Suponer que Medea es una mujer cruel es tan grotesco como suponerla inmoral. Su sino es que tarde o temprano ha de triunfar sobre sus enemigos, en último caso para hacer que su victoria parezca una derrota; su mágica facultad es la de esclavizar a cuantos hombres se crucen en su camino; todos los que la ven, la aman, se convierten en sus esclavos. Y es el destino de todos sus esclavos el perecer. Sus amantes, con la excepción del duque Guidalfonso, encuentran una muerte prematura; y en esto no hay nada injusto. La posesión de una mujer como Medea es una felicidad demasiado grande para un mortal; acabaría volviéndole loco, acabaría incluso olvidando lo que le debe a ella; ningún hombre puede sobrevivir mucho tiempo si cree tener derechos sobre ella; es como una especie de sacrilegio. Y sólo la muerte, la celeridad en pagar con la muerte tal felicidad, pueden hacerle merecedor de ser su amante; tiene que estar dispuesto a amar y a sufrir y a morir. Ése es el significado de su lema «Amour Dure‑Dure Amour». El amor a Medea da Carpi no puede marchitarse, pero su amante puede morir, es un amor constante y cruel.
11 de noviembre. Tenía razón, mucha razón en mi idea. He encontrado ‑¡qué alegría! tal era mi júbilo que he invitado al hijo del viceprefecto a una cena de cinco platos en la Trattoria La Stella d'Italia‑. He encontrado en los Archivos, ignoradas por el Director, un montón de cartas, cartas del duque Roberto sobre Medea da Carpi, ¡cartas de la propia Medea! Sí, la propia caligrafía de Medea, de caracteres redondos y eruditos, llenas de abreviaturas, de aspecto algo griego, como corresponde a una princesa instruida que podía leer lo mismo a Platón que a Petrarca. Las cartas son de poca importancia, tan sólo borradores de cartas de negocios para que las copiara su secretario, de la época en que gobernaba al pobre y débil Guidalfonso. Pero son sus cartas, y puedo imaginarme casi que entre estos papeles que se caen a pedazos permanece la fragancia de los cabellos de una mujer.
Las pocas cartas del duque Roberto lo muestran bajo un nuevo prisma. Un clérigo agudo, frío, pero timorato. Tiembla ante el mero pensamiento de Medea ‑«la pessima Medea»‑ peor que su homónima de Colcos, como la llama. Su prolongada clemencia es fruto tan sólo del miedo que tiene a ponerle violentamente las manos encima. La teme como a algo sobrenatural; le hubiera gustado hacerla quemar en la hoguera. Después de carta tras carta, contándole a su amigote, el Cardenal Sanseverino de Roma, sus diversas precauciones durante toda su vida ‑que lleva una cota de malla debajo de su abrigo; que sólo bebe leche de una vaca ordeñada en su presencia; que sospecha de las velas de cera, por su olor peculiar; que teme salir a caballo por si alguien asusta al animal y le hacen caer para que se rompa el cuello‑ después de todo esto, y cuando Medea llevaba ya dos años en su tumba, le comunica a su corresponsal su temor de encontrarse con el alma de Medea después de su propia muerte y se ríe de la ingeniosa estratagema (preparada por su astrólogo y un tal Fra Gaudenzio, un capuchino), por la cual él tendrá asegurada la paz absoluta de su espíritu hasta que el alma de Medea esté finalmente «encadenada en el inferno entre los lagos de brea humeante y el hielo de Caina descrito por el bardo inmortal» ‑¡viejo pedante!‑ Aquí está la explicación de esa imagen de plata ‑quod vulgo dicitur idolino‑ que mandó soldar dentro de la efigie esculpida por Tassi. Mientras la imagen de su alma estuviera unida a la de su cuerpo, dormiría esperando el Día del Juicio Final, completamente convencido de que el alma de Medea estaría adecuadamente cubierta de pez y emplumada, mientras la suya ‑¡de hombre honrado!‑ volaría directamente al Paraíso. ¡Y pensar que hace dos meses tenía a este hombre por un héroe! ¡Ajá! Mi buen duque Roberto, ¡te desenmascararé en mi historia; y no habrá ningún tipo de idolinos de plata que te libre de que se rían de ti a carcajadas!
15 de noviembre. ¡Qué extraño! Ese idiota del hijo del Prefecto, que me ha oído hablar de Medea da Carpi cientos de veces, se ha acordado de pronto de que, cuando era un niño, en Urbania, su aya solía amenazarle con una visita de la Madonna Medea, quien cabalgaba por el cielo sobre un macho cabrío. ¡Mi duquesa Medea convertida en coco de niños traviesos!
20 de noviembre. He estado saliendo con un catedrático bávaro de historia medieval, enseñándole el país. Entre otros lugares visitamos Rocca Sant'Elmo, para ver la antigua villa de los duques de Urbania, la villa donde Medea fue confinada entre la subida al poder del duque Roberto y la conspiración de Marcantonio Frangipani, que causó su traslado al convento contiguo a la ciudad. Una larga cabalgada por lo alto de los desolados valles de los Apeninos, increíblemente desiertos ahora, con sus robledales rojizos, sus estrechos parches marchitos por la escarcha, con las postreras hojas amarillas de los álamos temblando y ondulándose azotadas por la Tramontana; las cimas de las montañas envueltas en espesas nubes; mañana, si continúa el viento, las veremos dispersarse alrededor de masas de nieve contrastadas contra el gélido cielo azul. Sant'Elmo es un caserío perdido de la cordillera de los Apeninos, donde la vegetación italiana empieza a ser sustituida por la septentrional. Se puede cabalgar millas y millas atravesando bosques de castaños de hoja caduca, con el aroma de las húmedas hojas que llenan el aire, el rugido del torrente, turbio por las lluvias otoñales, que surge entre el precipicio de más abajo; y, de pronto, los bosques de álamos deshojados son reemplazados, como en Vallonbrosa, por un cinto de coníferas densas y negruzcas, que nos llevan a un espacio abierto, a prados devastados por la escarcha, rocas de picos coronados de nieve recién caída, arriba, pero muy cerca de nosotros; y, en medio, un montículo, con un nudoso alerce a cada lado, la villa ducal de Sant'Elmo, como un cubículo de grandes piedras negras, un escudo de armas de piedra, ventanas enrejadas, y una escalinata doble en la parte delantera. Ahora está alquilada al propietario de los bosques circundantes, que la utiliza como almacén de álamos, leña y carbón de los hornos vecinos. Atamos nuestros caballos a las argollas de hierro y entramos: una anciana mujer, de cabellos desaliñados, estaba sola en la casa. La villa no es más que un refugio de caza construido por Ottobuono IV, padre de los duques Guidalfonso y Roberto, alrededor de 1530. Algunas de las estancias habían sido pintadas al fresco y revestidas de tallas de roble, pero todo esto había desaparecido. Tan sólo, en una de las habitaciones más espaciosas, seguía habiendo una gran chimenea de mármol, similar a las del palacio de Urbania, maravillosamente esculpida con cupidos sobre un fondo azul, con un encantador infante desnudo que sostenía unos jarrones a ambos lados, uno con capullos de clavero y el otro con rosas. La estancia estaba llena de gavillas de heno.
Volvimos a casa tarde, mi compañero con un humor excesivamente malo por la infructuosa expedición. Cuando nos internábamos en lo más espeso de los bosques de álamos nos vimos envueltos en una tormenta de nieve. La visión de la nieve cayendo lentamente, de la tierra y los arbustos blanqueados en derredor, me hizo sentir como si volviera a mi infancia en Posen. Cantaba y gritaba para espanto de mi compañero. Esto sería un punto en mi contra si se informara de ello en Berlín. Un historiador de veinticuatro años que grita y canta; ¡y todo esto cuando otro historiador blasfema contra la nieve y el mal estado de las carreteras! Toda la noche permanecí despierto contemplando los rescoldos de mi hogar de leña y pensando en Medea da Carpi enjaulada, en invierno, en la soledad de Sant'Elmo, con el gemido de los abetos y el rugido del torrente, mientras la nieve caía en derredor, a millas y millas de cualquier criatura humana. Se me antojaba que lo veía todo, y que yo, de alguna forma, era Marcantonio Frangipani, venido para liberarla, ¿o era tal vez Prinzivalle degli Ordelaffi? Supongo que era debido a la prolongada cabalgata, al desacostumbrado sentimiento punzante de la nieve que flotaba en el aire; o tal vez al ponche que mi catedrático insistió en que tomáramos después de la cena.
23 de noviembre. ¡Gracias a Dios, por fin se ha ido ese catedrático bávaro! Los días que pasó aquí me volvieron loco. Al hablar sobre mi trabajo, un día le conté mis puntos de vista sobre Medea da Carpi; a lo cual condescendió en responder que se trataba de los cuentos usuales debidos a la tendencia mitopoética (¡viejo idiota!) del Renacimiento; que cualquier investigación desacreditaría la mayor parte de ellas, como había desacreditado las leyendas que circulaban sobre los Borgia, etc.; que además, una mujer como la que yo había inventado era psicológica y fisiológicamente imposible. ¡Lo mismo podría decirse de catedráticos como él y de sus colegas!
24 de noviembre. No puedo sobreponerme al placer de haberme librado de ese imbécil; sentía deseos de estrangularle cada vez que hablaba de la Dama de mis Pensamientos ‑ya que en eso se ha convertido‑ Metea, ¡como el muy burro la llamaba!
30 de noviembre. Me siento muy conmovido por lo que acaba de pasar; estoy empezando a temer que el viejo pedante tenía razón al decir que era malo para mí vivir solo en un país extranjero, que me volvería morboso. Es totalmente ridículo que llegue a tal estado de excitación solamente por el descubrimiento fortuito del retrato de una mujer que lleva muerta trescientos años. Con el caso de mi tío Ladislao y de otros sospechosos de locura en la familia, realmente debería evitar el dejarme llevar por tan necia excitación.
Pero es que el incidente ha sido realmente dramático y ciertamente extraño. Podría haber jurado que conocía todos los cuadros de aquel palacio y especialmente los cuadros de Ella. De todas formas, esta mañana, cuando dejaba los Archivos, atravesé una de las muchas pequeñas estancias ‑gabinetes de forma irregular‑ que completaban los recovecos de este curioso palacio, cuyas torres se asemejan a un château francés. He debido de pasar por este gabinete antes puesto que la vista desde su ventana me resultaba totalmente familiar; especialmente la parte de torre redonda de enfrente, los cipreses del otro lado del barranco, el campanario de más allá y el horizonte del Monte Sant'Agata y el Leonesa, cubiertos de nieve, recortándose contra el cielo. Supongo que debe haber estancias gemelas y que entré en la que no debía; o tal vez habían abierto alguna contraventana o descorrido alguna cortina. Al pasar me llamó la atención el marco de un precioso espejo antiguo, incrustado en la pared marrón y amarilla. Me aproximé y, al mirar el marco, también clavé la vista, de forma mecánica, en el espejo. Me sobresalté y creo que casi dejé escapar un grito ‑(¡es una suerte que el catedrático de Munich no esté ya en Urbania!)‑. Detrás de mi propia imagen había otra, una figura próxima a mi hombro, un rostro cercano al mío; y esa figura, ese rostro ¡eran los suyos!, ¡los de Medea da Carpi! Al punto me volví, tan blanco, creo, como el fantasma que esperaba ver. En la pared opuesta al espejo, un par de pasos detrás de mí, había un retrato. Destacándose sobre un fondo de azul duro y frío, estaba la figura de la Duquesa (pues se trataba de Medea, la Medea real, y mil veces más real, individual y poderosa que en los demás retratos) sentada y erguida en una silla de respaldo alto, sostenida, aparentemente, gracias al tieso brocado de las faldas que parecían más envaradas por los apliques de flores de plata bordadas y las hileras de perlas. El vestido, con su mezcla de plata y perlas, era de un extraño rojo mate, un siniestro color de extracto de adormidera. Por contraste, la carne de las manos alargadas y estrechas, del esbelto y delicado cuello y del rostro de frente despejada, parece nívea y dura como el alabastro. La cara es la misma de otros retratos: la misma frente redondeada, con los rizos exiguos y rojizos, como de lana; las mismas cejas de curvatura perfecta, apenas dibujadas; las mismas pestañas, tal vez demasiado pronunciadas sobre los ojos; los mismos labios, también un poco rígidos al marcar la boca; pero con una pureza de línea, un espléndido resplandor de piel y una intensidad de mirada inconmensurablemmte superiores a todos los demás retratos.
La Duquesa nos está mirando desde el marco, con una mirada fría e inexpresiva; y, sin embargo, sus labios sonríen. Una mano sostiene una rosa de un rojo indefinido; la otra, larga, estrecha, afilada en los extremos, juguetea con un grueso cordón de seda, oro y joyas que pende de la cintura; alrededor del cuello, éste blanco como el marfil y parcialmente oculto por el ajustado corpiño de un carmesí mate, cuelga un collar de oro, con el conocido lema en sus medallones alternos: «AMOUR DURE‑DURE AMOUR».
Pensándolo bien, veo que simplemente no he podido haber estado antes en esta estancia o gabinete; me he debido equivocar de puerta. Pero, aunque la explicación es tan simple, todavía, y después de varias horas, me siento totalmente conmocionado, hasta en lo más profundo de mi ser. Si me sigo poniendo tan nervioso tendré que marcharme a Roma a pasar las Navidades. Siento como si algún peligro me acechase aquí (¿tendré fiebre?) y, sin embargo, no veo el momento de alejarme.
10 de diciembre. He hecho un esfuerzo y he aceptado la invitación del hijo del viceprefecto para ir a ver cómo se fabrica el aceite en una villa suya, junto a la costa. La villa, o granja, es un viejo lugar fortificado y flanqueado de torres, situado en la ladera de una colina entre olivos y mimbreras, que parecía una brillante llamarada naranja. Prensan las olivas en un sótano tremendamente oscuro, como una prisión. A través de la tenue luz blanca del día y del amarillento fulgor de humo de la resina que hierve en los recipientes, se pueden ver grandes bueyes blancos que giran en torno a una enorme rueda de molino, junto a difusas figuras que manipulan poleas y manivelas; se me antoja, en mi imaginación, una escena de la Inquisición. El Cavaliere me obsequió con su mejor vino y galletas. Me di largos paseos por la orilla del mar; había dejado Urbania envuelta en nubes de nieve; más abajo, en la costa, el sol brillaba en todo su esplendor; el sol, el mar, el ajetreo del pequeño puerto del Adriático, parecen haberme sentado bien. He regresado a Urbania convertido en otro hombre. Sor Asdrubale, mi patrón, curioseando en zapatillas entre las doradas cómodas, los sofás estilo Imperio, las tazas y platos viejos y los cuadros que nadie quiere comprar, me ha felicitado por la mejoría de mi aspecto.
‑Trabaja usted demasiado ‑dice‑, la juventud tiene que divertirse, ir al teatro, de paseo, tener amori... ya habrá tiempo suficiente para ser serio cuando se quede uno calvo.
Y se quita su grasiento gorro rojo. ¡Sí que estoy mejor! Y como resultado, nuevamente reasumo mi trabajo con placer. ¡Ya les daré su merecido a esos sabihondos de Berlín!
14 de diciembre. No creo haberme sentido nunca tan feliz con mi trabajo. Lo veo todo tan bien ‑ese artero y cobarde duque Roberto; esa melancólica duquesa Maddalena; ese débil, ostentoso y supuestamente caballeroso duque Guidalfonso; y, sobre todo, esa espléndida figura de Medea. Me siento como si fuera el historiador más grande de la época; y, al mismo tiempo, como si fuera un muchacho de doce años. Ayer nevó en la ciudad por primera vez, durante dos horas largas. Cuando paró, salí a la plaza y enseñé a los golfillos a hacer un muñeco de nieve; no, una muñeca de nieve; y se me ocurrió llamarle Medea. «¡La pessima Medea!» ‑gritó uno de los niños‑ «¿la que iba por el aire montada en una cabra?» «No, no», dije yo, «Era una dama preciosa, la Duquesa de Urbania, la mujer más bella que jamás haya existido.» Le hice una corona de oropel y enseñé a los chicos a gritar: «¡Evviva Medea!" Pero uno de ellos dijo: «¡Es una bruja! ¡Hay que quemarla!» Tras lo cual todos se apresuraron a buscar leña y con ella la derritieron.
15 de diciembre. ¡Qué asno soy! ¡Y pensar que tengo veinticuatro años y soy conocido en el mundo literario! En mis largos paseos he compuesto, para la música de una tonada (no sé lo que es) que todo el mundo canta y silba por la calle, un poemilla en un italiano horrible que comienza: «Medea, mia dea», evocándola en nombre de sus diferentes amantes. Voy por ahí canturreando entre dientes. «¿Por qué no soy yo Marcantonio? ¿O Prinvizalle? ¿O el de Narni? ¿O el buen duque Alfonso? Para poder ser amado por vos, Medea, mia dea», etc., etc. ¡Valiente tontería! Mi patrón, creo, sospecha que Medea debe ser alguna dama que conocí durante mi estancia en la costa. Estoy seguro de que Sora Serafina, Sora Lodovica y Sora Adalgisa ‑las tres Parcas o Norns, como yo las llamo‑ también lo creen. Esta tarde en el crepúsculo, mientras adecentaba mi habitación, Sora Lodovica me dijo: «¡De qué forma tan maravillosa ha empezado a cantar el Signorino!» Casi ni me había dado cuenta de que había estado vociferando: «Vieni Medea, mia dea», mientras la anciana señora se afanaba en encenderme el fuego. Me detuve. ¡Vaya una reputación que iba a adquirir! Eso pensé, y todo esto llegará a Roma y de allí a Berlín. Sora Lodovica estaba asomada a la ventana, metiendo el gancho de hierro del Farolillo que hay en la casa de Sor Asdrubale. Mientras despabilaba la lámpara antes de volverla a colgar fuera, dijo, con su peculiar mojigatería: «Hace mal en dejar de cantar, hijo» (vacila entre llamarme Signor Professore y apelativos afectuosos como «Nino», «Viscere mie», etc.). «Hace mal en dejar de cantar porque hay una joven allá abajo, en la calle, que acaba de detenerse a escucharlo».
Corrí hacia la ventana. Una mujer, envuelta en un chal negro, estaba parada bajo un arco mirando la ventana.
‑¡Eh, eh! El Signor Professore tiene sus admiradoras! ‑dijo Sora Lodovica.
‑¡Medea, mia dea! ‑grité tan alto como pude, sintiendo un placer infantil al desconcertar a la inquisitiva viandante. De pronto, se volvió para alejarse, agitando la mano en mi dirección; en ese momento Sora Lodovica colgó el farolillo en su lugar. Un haz de luz iluminó la calle. Sentí que me invadía un frío helador. ¡El rostro de la mujer de allá fuera era el de Medea da Carpi!
¡No hay duda de que soy un imbécil integral!

II

17 de diciembre. Gracias a mi necia charla y a mis canciones idiotas, siento como si todos conocieran mi locura por Medea da Carpi. El hijo del viceprefecto, o el auxiliar de los Archivos, o tal vez alguno de los amigos de la Contessa, está intentando hacerme una jugarreta. Pero ¡guardaos, damas y caballeros, que os pagaré con la misma moneda! Imaginaos mis sentimientos cuando, esta mañana, me encontré sobre mi escritorio una carta doblada y dirigida a mí con una curiosa caligrafía, que me resultaba extrañamente familiar y que, después de un momento, reconocí como la de las cartas de Medea da Carpi leídas en los archivos. Me conmocionó terriblemente. Mi siguiente idea fue que debía de tratarse del regalo de alguien que conocía mi interés por Medea ‑una carta auténtica de ella sobre la que algún idiota habría escrito mi dirección en vez de meterla en un sobre‑. Pero estaba dirigida a mí, y no era una carta antigua; solamente cuatro líneas que rezaban como sigue:
«A SPIRIDION. ‑Una persona que conoce su interés por ella estará en la Iglesia de San Giovanni Decollato esta noche a las nueve. Buscad, en la nave izquierda, a una dama con un manto negro y una rosa en las manos.»
Para entonces ya había comprendido que era objeto de una conspiración, la víctima de una broma de mal gusto. Le di mil vueltas a la carta. Estaba escrita en un papel similar al que empleaban en el siglo dieciséis e imitaba extraordinariamente bien los rasgos caligráficos de Medea da Carpi. ¿Quién la habría escrito? Pensé en todas las personas posibles. Principalmente debía tratarse del hijo del viceprefecto, tal vez en connivencia con su amada condesa. Seguramente habían roto una página en blanco de una carta vieja; pero el hecho de que cualquiera de ellos pudiera haber tenido el ingenio de pergeñar tamaño engaño o la posibilidad de realizar semejante falsifcación me deja completamente atónito. Esta gente oculta mucho más de lo que podría haber imaginado. ¿Cómo devolverles la jugada? ¿Ignorando la carta? Es muy digno, pero poco ingenioso. No, iré: tal vez haya alguien allí, y podré a mi vez desconcertarles. Y, si no hay nadie, ¿cómo vencerles y desenmascararles por su estratagema tan imperfectamente ideada? Tal vez se trate de alguna locura del Cavaliere Muzio para llevarme en presencia de alguna dama que él haya designado como la indicada para ser la llama de mis futuros amori. Eso es lo más probable. Y sería demasiado idiota y profesoral rehusar una invitación de esa índole. ¡Debe merecer la pena conocer a una dama que sabe falsifcar cartas del siglo dieciséis, pues estoy seguro de que ese lánguido y elegantísimo Muzio no habría sabido. ¡Iré! ¡Por todos los cielos! ¡Les pagaré con su propia moneda! Ahora son las cinco ‑¡qué largos son estos días!
18 de diciembre. ¿Estaré loco? ¿O son realmente fantasmas? Esa aventura de la noche anterior me ha conmocionado hasta lo más profundo de mi alma.
Tal y como la misteriosa carta me instaba, salí a las nueve. Hacía un frío de muerte y el aire estaba lleno de neblina y aguanieve; no había ni una tienda abierta, ni una ventana con las contraventanas sin cerrar, ni una criatura visible; las calles estrechas, tan oscuras, esas costanillas escarpadas entre las elevadas murallas y bajo los arrogantes arcos que parecían aún más sombrías por la exigua luz de unas lámparas de aceite aquí y allí, con sus reflejos amarillentos parpadeando sobre las mojadas banderas. San Giovanni Decollato es una pequeña iglesia, o más bien un oratorio, que hasta ahora siempre había visto cerrada (como tantas otras iglesias que permanecen cerradas y que sólo abren sus puertas para las conmemoraciones solemnes), situada detrás del palacio ducal, sobre una pronunciada cuesta, y formando la bifurcación de dos empinadas callejas pavimentadas. Había pasado por el palacio cientos de veces, y apenas me había fijado en nada, excepto en el altorrelieve de encima de la puerta que representaba la cabeza entrecana del Bautista en la bandeja y la jaula de hierro cercana, en la que antiguamente se exponían las cabezas de los criminales; del decapitado, o, como le llaman aquí, del degollado Juan Bautista, que aparentemente era el patrón del hacha y el tajo.
Tan sólo me llevó unos cuantos pasos llegar desde mis aposentos a San Giovanni Decollato. Confieso que estaba nervioso; no en vano tiene uno veinticuatro años y es polaco. Al llegar a esa especie de pequeña plataforma que hay en la bifurcación de las dos escarpadas calles, me encontré, para mi sorpresa, con que las ventanas de la iglesia u oratorio no estaban iluminadas y que la puerta estaba cerrada. ¡Así que ésta era la bonita broma que me habían gastado!, ¡enviarme en una noche de frío glacial, de aguanieve, a una iglesia que estaba cerrada y que tal vez había permanecido cerrada durante años! No sé de lo que hubiera sido capaz en aquel momento de ira. Me sentí inclinado a forzar la puerta de la iglesia o a ir a sacar al hijo del viceprefecto de la cama (pues estaba seguro de que la broma había partido de él). Me decidí por esto último y ya me dirigía a su casa por el oscuro pasadizo que se encuentra a la izquierda de la iglesia, cuando de pronto me vi detenido por el sonido de un órgano próximo; sí, se trataba evidentemente de un órgano y de las voces de un coro y el murmullo de una letanía. ¡Así que la iglesia no estaba cerrada después de todo! Volví sobre mis pasos hasta lo alto de la colina. Todo estaba oscuro y en completo silencio. De pronto me llegó el débil sonido de un órgano y de voces. Escuché atentamente; venía de la otra callejuela, la que estaba en el ala derecha. ¿Habría tal vez otra puerta allí? Pasé debajo del arco y descendí un trecho en dirección al lugar de donde parecían provenir los sonidos. Pero no había puerta, ni luces, sólo las negras paredes, las negras banderas mojadas, con los tenues destellos de las parpadeantes lámparas de aceite; y lo que es más, había un completo silencio. Me detuve un momento y de nuevo se oyeron los cánticos; esta vez me parecieron llegar con mayor nitidez de la callejuela que acababa de abandonar. Volví: Nada. Y así, de un lado a otro, con los sonidos llevándome siempre de una dirección a otra, para volverme a dejar en el sitio de partida. Todo ello en vano.
Por fin, perdí la paciencia y sentí que me invadía un terror que sólo podía disipar una acción violenta. Si los sonidos misteriosos no procedían ni de la calle de la derecha ni de la de la izquierda, sólo podían venir de la iglesia. Medio enloquecido, me apresuré a subir los dos o tres escalones y me dispuse a forzar la puerta, haciendo un tremendo esfuerzo. Para mi sorpresa, se abrió con toda facilidad. Entré, y al detenerme un momento entre la puerta exterior y la pesada cortina de cuero, los sonidos de la letanía me llegaron con más claridad que antes. Levanté la cortina y me adentré en el templo. El altar estaba brillantemente iluminado con cirios y candelabros. Se trataba evidentemente de algún servicio religioso relacionado con la Natividad. La nave y los pasillos estaban, por contraste, más oscuros y sólo medio llenos. Me abrí paso a codazos por el pasillo derecho, hasta el altar. Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, empecé a mirar a mi alrededor con el corazón acelerado. La idea de que todo aquello era una broma, de que simplemente me iba a encontrar con algún conocido de mi amigo el Cavaliere, me había abandonado. Miré en derredor. Todas las personas estaban cubiertas, los hombres con amplios mantones y las mujeres con velos y mantillas de lana. La nave de la iglesia estaba relativamente oscura y no podía distinguir nada con claridad, pero, de alguna manera, me parecía como si debajo de los ropones y velos, la gente estuviese extrañamente vestida. Me fijé en que el hombre de delante llevaba medias amarillas bajo el abrigo; una mujer cercana al lugar donde yo estaba, lucía un corpiño rojo cerrado por detrás con broches de oro. ¿Serían tal vez campesinos de zonas remotas que hubieran venido para las fiestas de Navidad, o es que los habitantes de Urbania se habían ataviado con trajes antiguos para alguna festividad navideña?
En medio de mi perplejidad, me llamó la atención una mujer que estaba en la nave lateral opuesta a la mía y cerca del altar, iluminada plenamente por las luces. Estaba toda ella vestida de negro, pero sostenía, de forma muy conspicua, una rosa roja, un lujo insospechado para la época de año en la que nos hallábamos y en un lugar como Urbania. Evidentemente, ella también me vio y, volviendose más hacia la luz, desabrochó su capa dejando ver un vestido de color rojo oscuro, con brillantes bordados de oro y plata. Volvió su rostro hacia mí. Todo el resplandor de los candelabros y los cirios cayó de lleno sobre él. ¡Era el rostro de Medea da Carpi! Me precipité hacia lo alto de la nave, empujando a la gente a un lado, de forma poco ceremoniosa o, según me pareció, atravesando formas inmateriales. La dama se volvió y caminó apresuradamente hacia la puerta. La seguí de cerca, pero por alguna razón no podía ponerme a su altura. Hubo un momento, ya junto a la cortina, en que se volvió de nuevo. Estaba a unos pasos de mí. Sí, era Medea. La misma Medea, sin engaño o ilusión, sin impostura. Con su rostro ovalado, los labios fruncidos, los párpados estirados en la comisura de los ojos ¡y su exquisita tez de alabastro! Levantó la cortina y se
deslizó fuera. Yo la seguí; tan sólo la cortina me separaba de ella. ¡A tan sólo un paso de mí! Abrí la puerta bruscamente. ¡Tendría que estar sobre los escalones, al alcance de mi brazo!
Permanecí de pie fuera de la iglesia. Todo estaba vacío, tan sólo el pavimiento mojado y los reflejos amarillentos sobre los charcos; de pronto me sobrevino un frío helador. No podía seguir. Intenté volver a entrar en la iglesia. Estaba cerrada. Me marché a casa, corriendo, con los pelos de punta, y temblando de pies a cabeza, y seguí así durante una hora, como un maníaco. ¿Se trata de una ilusión? ¿Acaso me estoy volviendo loco? Oh, Dios, Dios, ¿me estaré volviendo loco?
19 de diciembre. Un brillante día soleado; todo resto de nieve ha desaparecido de la ciudad, de los arbustos y los árboles. Las montañas coronadas de nieve brillan contra el azul del cielo. Es domingo y el tiempo también es de domingo. Todas las campanas tañen anunciando la proximidad de la Navidad. Están preparando una especie de feria en la plaza de las columnatas, con puestos llenos de telas de algodón de colores y prendas de lana, brillantes chales y pañuelos, espejos, lazos y relucientes lámparas de peltre; todo el aparato que rodea a los buhoneros del «Cuento de Navidad». Las tiendas de porcinos están engalanadas con flores de papel verdes, con los jamones y los quesos adornados con pequeñas banderas y ramitas también verdes. Deambulé por fuera, para ver la feria de ganado, del otro lado de la puerta. Era un bosque de astas entrelazadas, un océano de mugidos y coces. Cientos de inmensos bueyes blancos, con cuernos de una yarda de largo y rojas borlas de adorno, muy juntos, en la pequeña piazza d'armi bajo las murallas de la ciudad. ¡Bah! ¿Por qué escribo estas tonterías? ¿De qué vale todo esto? Mientras me esfuerzo en escribir sobre campanas, festejos de Navidad y ferias de ganado, una idea da vueltas, como una campana, dentro de mí: ¡Medea! ¿La he visto realmente o me estaré volviendo loco?
Dos horas más tarde. Esa iglesia de San Giovanni Decollato ‑según me ha informado mi patrón‑ jamás ha sido usada en todo el tiempo que él pueda recordar. ¿Habrá sido todo una alucinación o un sueño?, ¿tal vez lo habré soñado aquella misma noche? He salido otra vez a ver la iglesia. Ahí está, en la bifurcación de las dos empinadas callejuelas, con sus altorrelieves de la cabeza del Bautista sobre el pórtico. La puerta sí que parece no haber sido abierta durante años. Se pueden ver telarañas en los cristales de las ventanas; efectivamente, parece que ‑como dice Sor Asdrubale‑ sólo las ratas y las arañas se congregan en su interior. Y sin embargo, sin embargo, ¡tengo un recuerdo tan vivo, una conciencia tan clara de todo ello! Había un retrato de la hija de Herodías bailando, sobre el altar. Recuerdo su turbante blanco con un penacho de plumas escarlata y el caftán azul de Herodes. Recuerdo la forma del candelabro central. Se balanceaba despacio y una de las velas de cera casi se había doblado por la mitad por el calor y las corrientes de aire.
Cosas éstas, todas ellas, que puedo haber visto en otra parte, que he almacenado sin darme cuenta en la memoria y que han surgido, de alguna forma, en un sueño. He oído a los psicólogos referirse a cosas semejantes. Iré de nuevo: si la iglesia está cerrada es que se trataba de un sueño, una visión, el resultado de mi hipersensibilidad. Debo partir inmediatamente para Roma y ver a los médicos, porque temo estar volviéndome loco. Si, por otra parte ‑¡pufff! no hay por otra parte en este caso. Pero si la hubiera ‑en ese caso‑ realmente habría visto a Medea; y puedo verla otra vez; hablar con ella. El solo pensamiento de esta posibilidad hace que hierva mi sangre, no de horror, sino de... no sé cómo llamarlo. El sentimiento me aterroriza, pero es delicioso. ¡Idiota! Hay un pequeño recoveco de mi cerebro apenas inferior a un cabello, que no está en su sitio, ¡eso es todo!
20 de diciembre. He regresado a la iglesia. He oído la música. He estado dentro. ¡La he visto! Ya no puedo dudar más de mis sentidos. ¿Por qué habría de hacerlo? Esos pedantes dicen que los muertos están muertos y que el pasado es el pasado. Para ellos, sí, pero ¿por qué para mí? ¿por qué para un hombre que ama, que se consume de amor por una mujer? Una mujer que, en verdad ‑sí, voy a acabar la frase‑. ¿Por qué no ha de haber fantasmas para aquellos que pueden verlos? ¿Por qué no puede ella regresar a la tierra si sabe que ahí hay un hombre que piensa en ella y sólo a ella desea?
¿Una alucinación? ¿Cómo? Si la vi, como veo este papel sobre el que escribo; de pie, allí, iluminada por toda la luz del altar. ¿Cómo, si oí el ruido de sus faldas, olí la fragancia de sus cabellos y levanté la cortina que se agitaba a su paso. De nuevo la perdí. Pero esta vez, mientras me precipitaba hacia la desierta calle iluminada por la luz de la luna, encontré sobre los escalones de la iglesia una rosa ‑la rosa que había visto en sus manos tan sólo un momento antes‑, la palpé, la olí. Una rosa, una rosa de verdad, de color rojo y recién cortada. La coloqué en agua en cuanto regresé, después de haberla besado quién sabe cuántas veces. La puse en lo alto del armario. Y me propuse no mirarla en veinticuatro horas, no fuera que se tratase de una ilusión. Pero debo mirarla otra vez. Tengo que... ¡Dios mío, esto es horrible, horrible! Si hubiera encontrado un esqueleto no hubiera sido peor! La rosa, que anoche parecía recién cortada, llena de color y de fragancia, está marchita, seca ‑como algo guardado durante siglos entre las hojas de un libro‑ se ha deshecho como polvo entre mis dedos. ¡Horrible, horrible! Pero ¿por qué, Dios mío? ¿Acaso no sabía yo que estaba enamorado de una mujer que lleva muerta trescientos años? Si quería rosas frescas, florecidas tan sólo ayer, la condesa Fiammeta o cualquier costurera de Urbania me las podía haber proporcionado. ¿Y qué si la rosa se ha convertido en polvo? Si solamente pudiera estrechar a Medea entre mis brazos como sostuve la rosa entre mis dedos y besarla como besé sus pétalos ¿no estaría también satisfecho aunque ella se convirtiera en polvo al instante siguiente, incluso si yo mismo me convirtiera en polvo?
22 de diciembre, a las once de la noche. ¡La he visto una vez más! Casi he hablado con ella. ¿Me ha sido prometido su amor? ¡Ah, Spiridion! Tenías razón cuando pensabas que no estabas hecho para amori terrenales. Esta noche me he acercado a la hora acostumbrada a San Giovanni Decollato. Una luminosa noche de invierno; las elevadas casas y los campanarios recortados contra un cielo de un brillante azul intenso, tornasolado como el acero por miríadas de estrellas; la luna aún no había salido. No había luz en las ventanas; pero, tras un pequeño esfuerzo, la puerta se abrió y entré en la iglesia, con el altar, como siempre, iluminado en todo su esplendor. De ponto me asaltó la idea de que estos hombres y mujeres que estaban a mi alrededor, todos estos sacerdotes que cantaban y se movían por el altar, estaban muertos, que no existían... sólo yo. Toqué, como si fuera fortuitamente, la mano de mi vecino; estaba fría, como la arcilla mojada. Se volvió, pero no pareció verme; su rostro era ceniciento, con los ojos mirando fijamente, clavados, como los de un ciego o los de un cadáver. Sentí que debía salir fuera. Pero en ese momento, mis ojos se fijaron en Ella, de pie, como de costumbre, junto a los peldaños del altar, envuelta en un manto negro, profusamente iluminada por la luz. Se volvió; la luz caía de pleno sobre su rostro, ese rostro de rasgos delicados, de labios y párpados un tanto rígidos, con la tez de alabastro ligeramente teñida de rosa suave. Nuestras miradas se cruzaron.
Me abrí camino a lo largo de la nave hacia el lugar donde estaba de pie, como de costumbre, junto a los escalones del altar; se dio la vuelta rápidamente y caminó por el pasillo; la seguí.
Una o dos veces se rezagó y creí que iba a alcanzarla; pero de nuevo, cuando no hacía ni un segundo que la puerta se había vuelto a cerrar tras ella, al salir a la calle, ya se había esfumado.
Sobre la escalinata de la iglesia había algo blanco. Esta vez no se trataba de una flor, sino de una carta, y me apresuré a volver hacia la iglesia para leerla; pero ésta estaba cerrada a cal y canto, como si no se hubiera abierto durante años. No podía ver a la luz de las parpadeantes lámparas, me apresuré a volver a casa y, al llegar, saqué la carta de mi pecho. La tengo ante mí. La caligrafía es suya; la misma que vi en los archivos, la misma de la primera carta:
«A SPIRIDION.‑Que vuestro coraje sea igual a vuestro amor y vuestro amor será recompensado. En la noche que precede a la Navidad, tomad un hacha y una sierra; segad sin miedo el cuerpo del jinete de bronce que se encuentra en la Corte, a la izquierda, y a la altura de su grupa. Serrad hasta llegar al interior del cuerpo y dentro de él encontraréis la efigie de plata de un genio alado. Sacadla y hacedla mil pedazos que esparciréis en todas direcciones, para que los vientos los dispersen. Esa noche, aquella a quien amáis vendrá a recompensaros por vuestra fidelidad.»
En el sello pardusco se lee el emblema
«AMOUR DURE‑DURE AMOUR»
23 de diciembre. ¡Así que es verdad! Yo estaba destinado a algo maravilloso en este mundo. Al final he encontrado aquello por lo que mi alma ha estado penando. La ambición, el amor al arte, el amor a Italia, todas esas cosas que han estado ocupando mi espíritu y que, sin embargo, me han dejado totalmente insatisfecho, todas esas cosas no eran en realidad mi verdadero destino. He buscado la vida, ansiándola como un hombre en el desierto ansía un pozo; pero la vida de los sentidos de otros jóvenes, la vida del intelecto de otros hombres, ¡jamás ha saciado esa sed! ¿Será que la vida para mí significa amar a una mujer muerta? Solemos sonreír ante lo que denominamos supersticiones del pasado, a veces, olvidando que la ciencia de la que nos jactamos hoy puede que parezca otra superstición a los hombres del futuro. Pero, ¿por qué ha de estar en lo cierto el presente y no el pasado? Los hombres que pintaron los cuadros y construyeron los palacios de hace trescientos años estaban, sin duda, hechos de una fibra tan delicada y su razonamiento era tan agudo como el nuestro, nosotros que simplemente nos dedicamos a estampar algodón y construir locomotoras. Lo que me hace pensar esto es que he estado calculando mi natalicio con la ayuda de un antiguo libro que pertenece a Sor Asdrubale, y veo que mi horóscopo se corresponde casi exactamente con el de Medea da Carpi, tal y como está registrado por un cronista. ¿Lo explica esto todo? No, no, todo queda explicado por el hecho de que la primera vez que leí algo sobre la vida de esta mujer, la primera vez que vi su retrato, la amé, aunque escondí mi amor en aras del interés de la cultura. ¡Menudo interés cultural!
Tengo el hacha y la sierra. Le compré la sierra a un pobre carpintero de un pueblo a algunas millas de aquí: al principio no entendía lo que yo quería decir, y creo que pensó que estaba loco; tal vez sí que lo estoy. Pero si la locura significa la felicidad en la vida de uno, ¿qué hay de malo en ello? El hacha la vi abandonada en una leñera donde preparan los grandes troncos de los abetos que crecen en los Apeninos de Sant'Elmo. No había nadie en la leñera y no pude resistir la tentación. Tomé el objeto en mis manos, sentí su filo y la robé. Es la primera vez en toda mi vida que he actuado como un ladrón. ¿Por qué no entré en una tienda y compré un hacha? No lo sé; no pude resistir la tentación de su brillante hoja. Supongo que lo que voy a hacer es un acto de vandalismo. Ciertamente, no tengo derecho a destrozar la propiedad de esta ciudad de Urbania. Tampoco deseo ningún mal a la estatua ni a la ciudad. Si pudiese enyesar el bronce, lo haría de buena gana. Pero LA debo obedecer, LA debo vengar. Debo acceder a la imagen de plata que Roberto de Montemurlo hizo para que su cobarde alma pudiera dormir en paz, sin encontrarse con el alma del ser a quien más temía en este mundo. ¡Ajá! Duque Roberto, ¡tú la forzaste a morir sin penitencia e insertaste la imagen de tu espíritu en la estatua, para que mientras ella sufría las torturas del Infierno, tú pudieras descansar en paz hasta que tu bien protegida alma pudiera volar al Paraíso! ¡Tenías miedo de ella cuando ambos estuvierais muertos y te creíste muy listo al haber previsto todas las eventualidades! No es así, Serenísima Alteza, ¡tú también sabrás lo que es vagar después de muerto y encontrarse con aquel a quien has injuriado!
¡Qué día tan interminable! Pero la veré de nuevo esta noche.
Las once de la noche. No, la iglesia estaba cerrada a cal y canto. El encanto se había roto. Hasta mañana no la veré. Pero mañana... ¡Ah, Medea! ¿Os amó alguno de vuestros amantes como yo os amo?
Todavía veinticuatro horas hasta el momento de la felicidad, el momento que al parecer he estado esperando toda mi vida. Y después de eso ¿que ocurrirá? Sí, lo veo cada vez más claro a cada minuto que pasa; después de esto, no habrá nada más. Todos los que amaron a Medea da Carpi, los que la amaron y sirvieron, murieron: Giovanfrancesco Pico, su primer esposo, al que apuñaló en el castillo antes de huir; Stimigliano, que murió envenenado; el ayuda de cámara que administró el veneno y al que mandó asesinar; Oliverotto da Narni, Marcantonio Frangipani y el pobre muchacho de los Ordelaffi que ni tan siquiera había visto su rostro y cuya única recompensa fue aquel pañuelo con el que el verdugo enjugó su rostro cuando no era más que una mata de miembros rotos y carne desgarrada; todos tenían que morir y yo moriría también.
El amor de una mujer como ésa es más que suficiente, y es fatal «Amour Dure», como dice su lema. Yo también moriré. Pero ¿por qué no? ¿Acaso podría seguir viviendo para amar a otra mujer? No. ¿Podría seguir llevando la misma vida después de la felicidad de mañana? Imposible. Los otros murieron y yo también debo morir. Siempre tuve el presentimiento de que no viviría mucho tiempo. Una gitana en Polonia me dijo una vez que en la línea de mi vida había otra que la cruzaba y que eso significaba una muerte violenta. Podía haber perecido en un duelo con algún compañero de estudios, o en un accidente de ferrocarril. No, no, ¡mi muerte no será de esa clase! La muerte ¿acaso no está muerta ella también? ¡Y qué extrañas posibilidades me sugiere este pensamiento! Entonces, los otros, ‑Pico, el ayuda de cámara, Stmigliano, Oliverotto, Frangipani, Prinzivalle degli Ordelaffi‑ ¿estarán todos allí? Pero me amará a mí más que a ellos, ¡a mí, que la he amado después de haber permanecido trescientos años en la tumba!
24 de diciembre. Ya lo he arreglado todo. Hoy a las once salgo de casa. Sor Asdrubale y sus hermanas estarán profundamente dormidos. Les he preguntado. Su miedo al reúma les impide asistir a la Misa del Gallo. Afortunadamente no hay iglesias entre la casa y la Corte. Cualesquiera que sean los movimientos que se produzcan en Nochebuena, supondrán un escape. Las habitaciones del viceprefecto están en el otro ala del palacio. El resto de la plaza está ocupada con dependencias del estado, archivos, los establos vacíos y las cocheras de palacio. Además, haré mi trabajo con rapidez.
He probado mi sierra con un sólido jarrón de bronce que compré a Sor Asdrubale. El bronce de la estatua, hueco y corroído por el óxido (incluso he encontrado algunos agujeros) no puede resistir mucho. Sobre todo, después de darle un golpe con el afilado borde del hacha. He puesto en orden todos mis papeles por deferencia al Gobierno que me ha enviado aquí. Siento haberles defraudado con mi «Historia de Urbania». Acabo de darme un largo paseo para pasar este día interminable y mitigar mi impaciencia. Se trata del día más frío que jamás hemos sufrido. El brillante sol no calienta lo más mínimo, sino que, al hacer brillar la nieve en las cimas de las montañas y al hacer que el cielo resplandezca como el acero, consigue aumentar más bien la impresión de gelidez. Las pocas personas que se aventuran a salir están enfundadas hasta las narices y llevan braseros de cerámica bajo sus abrigos. De la figura de Mercurio penden largos carámbanos. Uno se puede imaginar a los lobos descendiendo por la seca maleza y asediando esta ciudad. De alguna manera este frío me proporciona una inmensa calma y parece transportarme de nuevo a mi niñez.
Al caminar por las calles irregularmente pavimentadas, empinadas y resbaladizas por la escarcha, con la vista de las montañas nevadas contra el cielo, y al pasar por la escalinata de la iglesia, regada de boj y laurel, con ese leve aroma a incienso, me pareció recuperar ‑no sé por qué‑, casi sentir, la sensación de aquellas Navidades de antaño, en Posen y Breslau, cuando, siendo un chiquillo, caminaba por las anchas calles mirando los escaparates donde empezaban a encenderse las velas de los árboles de Navidad, preguntándome si yo también, al volver a casa, entraría en una estancia maravillosa llena de luces luminosas, nueces doradas y cuentas de cristal. Están colgando las últimas hileras de esas cuentas metálicas, rojas y azules, enzarzándolas a las últimas nueces doradas de los árboles de allí, en mi hogar del norte; están encendiendo las velas azules y rojas; la cera empieza a derretirse sobre la preciosa pícea de verdes ramas; los niños esperan con sus corazones palpitantes detrás de la puerta, para que les digan que el Niño Dios ha nacido. Y yo, ¿a qué estoy esperando? No lo sé: todo parece un sueño. Todo a mi alrededor es vago e insustancial, como si el tiempo se hubiera detenido, nada pudiera suceder, mis propios deseos y esperanzas estuvieran todos muertos, y yo mismo absorto en no se sabe qué pasiva tierra de ensueños. ¿Deseo que llegue la noche? ¿Lo temo? ¿Llegará alguna vez? ¿Siento algo? ¿Existe algo en torno a mí? Al sentarme me parece estar viendo aquella calle de Posen, la calle ancha con los escaparates iluminados por las luces de Navidad, con velas en las verdes ramas de los aleros que apenas rozan los escaparates.
Nochebuena, a medianoche. Lo he hecho. Me he deslizado silenciosamente. Sor Asdrubale y sus hermanas estaban profundamente dormidos. Temí haberles despertado porque el hacha se me cayó cuando pasaba por delante de la habitación principal en la que mi patrón guarda sus curiosidades para la venta. Chocó contra una vieja armadura que ha estado restaurando. Le oí lanzar una exclamación, medio en sueños. Apagué mi luz y me escondí en las escaleras. Salió de su estancia en camisón, pero, al no ver a nadie, se volvió a la cama. «Algún gato, sin duda», dijo. Cerré suavemente la puerta de la casa al salir. El cielo tenía un aspecto tormentoso, como la tarde anterior, iluminado a la luz de la luna llena, pero atravesado por vapores de color gris parduzco. A veces la luna desaparecía por completo. No había ni un alma fuera. Las lúgubres casas sólo se enfrentaban a la luz de la luna.
No sé por qué di un rodeo hasta la Corte, pasando por delante de la puerta de una o dos iglesias, por las que salía el débil resplandor de la Misa del Gallo. Por un momento, sentí la tentación de entrar en una de ellas, pero algo parecía detenerme. Me llegaron retazos de Himnos de Navidad. Me di cuenta de que estaba muy tranquilo y me apresuré hacia la Plaza de la Corte. Al pasar delante del Pórtico de San Francesco, oí pasos detrás de mí. Parecía como si me siguieran. Me detuve para dejar pasar a la otra persona. Al acercárseme, aminoró el paso. Cruzó muy cerca de mí y murmuró: «No vayáis: soy Giovanfrancesco Pico". Me di la vuelta pero había desaparecido. Un gran frío se apoderó de mí, pero continué mi camino.
Detrás del ábside de la catedral, en una estrecha calleja, vi a un hombre apoyado en una pared. La luz de la luna le iluminaba plenamente. Me pareció que su rostro, adornado con una barba puntiaguda, estaba bañado en sangre. Aceleré el paso, pero al pasar junto a él, me dijo: «No la obedezcáis; volved a casa: soy Marcantonio Frangipani». Me castañetearon los dientes, pero me adentré en la estrecha callejuela, con la azulada luz de la luna proyectada sobre las blancas murallas.
Por fin vi la Corte delante de mí. La plaza estaba inundada por la luz de la luna, las ventanas de palacio parecían brillantemente iluminadas y la estatua del duque Roberto, con un brillo verduzco, parecía avanzar hacia mí sobre su caballo. Me interné en la sombra. Tenía que pasar debajo de un arco. Había allí una figura que sobresalía de la muralla y me cerraba el paso con su brazo extendido y enfundado en una capa. Intenté pasar. Me cogió por el brazo y su contacto se me antojó glacial. «No pasaréis», gritó, y al salir de nuevo la luna, vi su rostro de una blancura espectral, cubierto con un pañuelo bordado. Parecía un niño. «¡No pasaréis!», gritó, «¡No la poseeréis! ¡Es mía y sólo mía! ¡Soy Prinzivalle degli Ordelaffi!». Sentí su gélido contacto, pero con mi otro brazo di ciegos golpes con el hacha, que llevaba bajo la capa. El hacha se clavó en la pared y sonó contra la piedra. Se había esfumado.
Me di prisa. En efecto. Seccioné el bronce. Lo serré haciendo una gran ranura. Saqué la imagen de plata y la hice mil pedazos. Esparcí los últimos fragmentos en torno mío y, entonces, la luna, se ocultó de repente. Se levantó un gran vendaval que rugía por toda la plaza. Me pareció como si la tierra se agitara. Arrojé el hacha y la sierra y fui corriendo a casa. Me sentí perseguido, como si me acosasen cientos de jinetes invisibles.
Ahora estoy tranquilo. Es medianoche, ¡un minuto más y ella estará aquí! ¡Paciencia, corazón! Lo oigo latir, espero que nadie acuse al pobre Sor Asdrubale. Escribiré una carta a las autoridades proclamando su inocencia por si algo me sucediera... ¡La una! El reloj de palacio acaba de dar... «Por la presente certifico que, si algo me sucediera esta noche, a mí, Spiridion Trepka, nadie, sino yo mismo, ha de ser considerado...» ¡Pasos en la escalera! ¡Es ella! ¡Por fin, Medea, Medea! ¡Ah! ¡AMOUR DURE‑DURE AMOUR!

NOTA.‑ Aquí acaba el diario del difunto Spiridion Trepka. Los principales periódicos de Umbría han informado al público que en la mañana de la Navidad del año 1885, la estatua ecuestre de bronce de Roberto II ha aparecido brutalmente mutilada y que el profesor Spiridion Trepka de Posen, en el Imperio Germánico, ha sido descubierto muerto, de una puñalada en el corazón, a manos de desconocidos.

***

Ambrose Bierce

CHICKAMAUGA

(1891)

Los efectos macabros son la especialidad del americano Ambrose Bierce (1842‑1913) a la hora de representar los horrores de la Guerra de Secesión (Historias de soldados). Éste quizá no es un cuento fantástico: es la descripción documental de un campo de batalla después de un combate sangriento, pero el distanciamiento de la mirada que lo contempla confiere a las imágenes una transfiguración visionaria. La atmósfera fantástica nace del silencio que circunda todo lo que el cuento nos hace ver, aunque también por el silencio haya una explicación de ello.

CHICKAMAUGA

EN una tarde soleada de otoño, un niño perdido en el campo, lejos de su rústica vivienda, entró en un bosque sin ser visto. Sentía la nueva felicidad de escapar a toda vigilancia, de andar y explorar a la ventura, porque su espíritu, en el cuerpo de sus antepasados, y durante miles y miles de años, estaba habituado a cumplir hazañas memorables en descubrimientos y conquistas: victorias en batallas cuyos momentos críticos eran centurias, cuyos campamentos triunfales eran ciudades talladas en peñascos. Desde la cuna de su raza, ese espíritu había logrado abrirse camino a través de dos continentes y después, franqueando el ancho mar, había penetrado en un tercero donde recibió como herencia la guerra y el poder.
Era un niño de seis años, hijo de un pobre plantador. Éste, durante su primera juventud, había sido soldado, había luchado contra salvajes desnudos, había seguido la bandera de su país hasta la capital de una raza civilizada en el extremo sur. Pero en la existencia apacible del plantador, la llama de la guerra había sobrevivido; una vez encendida, nunca se apagó. El hombre amaba los libros y las estampas militares, y el niño las había comprendido lo bastante para hacerse un sable de madera que el padre mismo, sin embargo, no hubiera reconocido como tal. Ahora llevaba este sable con gallardía, como conviene al hijo de una raza heroica, y se paraba de tiempo en tiempo en los claros soleados del bosque para asumir, exagerándolas, las actitudes de agresión y defensa que le fueron enseñadas por aquellas estampas. Enardecido por la facilidad con que echaba por tierra a enemigos invisibles que intentaban detenerlo, cometió el error táctico, bastante frecuente, de proseguir su avance hasta un extremo peligroso, y se encontró por fin al borde de un arroyo, ancho pero poco profundo, cuyas rápidas aguas le impidieron continuar adelante, a la caza de un enemigo derrotado que acaba de cruzarlo con ilógica facilidad. Pero el intrépido guerrero no iba a dejarse amilanar; el espíritu de la raza que había franqueado el ancho mar ardía, invencible, dentro de aquel pecho menudo, y no era sencillo sofocarlo. En el lecho del río descubrió un lugar donde había algunos cantos rodados, espaciados a un paso o a un brinco de distancia; gracias a ellos pudo atravesarlo, cayó de nuevo sobre la retaguardia de sus enemigos imaginarios, y los pasó a todos a cuchillo.
Ahora, una vez ganada la batalla, la prudencia exigía que se replegara sobre la base de sus operaciones. ¡Ay!, como tantos otros conquistadores más grandes que él, como el más grande de todos, no podía

ni refrenar su sed de guerra,
ni comprender que el más afortunado
no puede tentar al Destino.

De pronto, mientras avanzaba desde la orilla, se encontró frente a un nuevo y formidable adversario. A la vuelta de un sendero, con las orejas tiesas y las patas delanteras colgantes, muy erguido, estaba sentado un conejo. El niño lanzó una exclamación de asombro, dio media vuelta y escapó sin saber qué dirección tomaba, llamando a su madre con gritos inarticulados, llorando, tropezando, con su tierna piel cruelmente desgarrada por las zarzas, su corazoncito palpitando de terror, sin aliento, enceguecido por las lágrimas, perdido en el bosque. Después, durante más de una hora, sus pies vagabundos lo llevaron a través de malezas inextricables, y por fin, rendido de cansancio, se acostó en un estrecho espacio entre dos rocas a pocas yardas del río. Allí, sin dejar de apretar su sable de madera, que no era ya para él un arma sino un compañero, se durmió a fuerza de sollozos. Encima de su cabeza, los pájaros del bosque cantaban alegremente; las ardillas, castigando el aire con el esplendor de sus colas, chillaban y corrían de árbol en árbol, ignorando al niño lastimero; y en alguna parte, muy lejos, gruñía un trueno, extraño y sordo, como si las perdices redoblaran para celebrar la victoria de la naturaleza sobre el hijo de aquellos que, desde tiempos inmemoriales, la han reducido a la esclavitud. Y del otro lado, en la pequeña plantación, donde hombres blancos y negros llenos de alarma buscaban febrilmente en los campos y los cercos, una madre tenía el corazón destrozado por la desaparición de su hijo.
Pasaron las horas, y el pequeño durmiente se levantó. La frescura de la tarde transía sus miembros; el temor a las tinieblas, su corazón. Pero había descansado y no lloraba más. Impulsado a obrar por un impulso ciego, se abrió camino a través de las malezas que lo rodeaban hasta llegar a un terreno más abierto: a su derecha, el arroyo; a su izquierda, una suave pendiente con unos pocos árboles; arriba, las sombras cada vez más densas del crepúsculo. Una niebla tenue, espectral, a lo largo del agua, le inspiró miedo y repugnancia; en lugar de atravesar el arroyo por segunda vez en la dirección en que había venido, le dio la espalda y avanzó hacia el bosque sombrío que lo cercaba. Súbitamente, ante sus ojos, vio desplazarse un objeto extraño que tomó al principio por un enorme animal: perro, cerdo, no lo sabía; quizá fuera un oso. Había visto imágenes de osos y, no conociendo nada en su descrédito, había deseado vagamente encontrar uno. Pero algo en la forma o en el movimiento de aquel objeto, algo torpe en su andar, le dijo que no era un oso; el miedo refrenó la curiosidad, y el niño se detuvo. Sin embargo, a medida que la extraña criatura avanzaba con lentitud, aumentó su coraje porque advirtió que no tenía, al menos, las orejas largas, amenazadoras, del conejo. Quizá su espíritu impresionable era consciente a medias de algo familiar en ese andar vacilante, ingrato. Antes de que se hubiera acercado lo suficiente para disipar sus dudas, vio que la criatura era seguida por otra y otra y otra. Y había muchas más a derecha e izquierda: el campo abierto que lo rodeaba hormigueaba de aquellos seres, y todos avanzaban hacia el arroyo.
Eran hombres. Trepaban con las manos y las rodillas. Algunos sólo usaban las manos, arrastrando las piernas; otros sólo las rodillas, y los brazos colgaban, inútiles, de cada lado. Trataban de ponerse en pie, pero se abatían en el curso de su esfuerzo, el rostro contra la tierra. Nada hacían normalmente, nada hacían de igual manera, salvo esa progresión pie por pie en el mismo sentido. De uno en uno, de dos en dos, en pequeños grupos, continuaban avanzando en la penumbra; a veces, algunos hacían un alto, otros se les adelantaban, arrastrándose con lentitud, y aquéllos, entonces, reanudaban el movimiento. Llegaban por docenas y por centenares; se extendían a derecha e izquierda hasta donde podía escrutarse en la oscuridad creciente, y el bosque negro detrás de ellos parecía interminable. El suelo mismo parecía desplazarse hacia el arroyo. De tiempo en tiempo, uno de aquellos que habían hecho un alto no reanudaba su camino y yacía inmóvil: estaba muerto. Algunos se detenían y gesticulaban de manera extraña: levantaban los brazos y los dejaban caer de nuevo, se tomaban la cabeza con ambas manos, extendían sus palmas hacia el cielo como hacen ciertos hombres durante las plegarias que dicen en común.
El niño no reparó en todos estos detalles que sólo hubiera podido advertir un espectador de más edad. Sólo vio una cosa: eran hombres, y sin embargo, se arrastraban como niñitos. Eran hombres; nada tenían pues de terrible, aunque algunos llevaran vestimentas que desconocía. Caminó libremente en medio de ellos, mirándolos de cerca con infantil curiosidad. Los rostros de todos eran singularmente pálidos; muchos estaban cubiertos de rastros y gotas rojas. Esto, unido a sus actitudes grotescas, le recordó al payaso pintarrajeado que había visto en el circo el verano anterior, y se puso a reír al contemplarlos. Pero esos hombres mutilados y sanguinolentos no dejaban de avanzar, sin advertir, al igual que el niño, el dramático contraste entre la risa de éste y su propia y horrible gravedad. Para el niño era un espectáculo cómico. Había visto a los negros de su padre arrastrarse sobre las manos y las rodillas para divertirlo: en esta posición los había montado, «haciendo creer» que los tomaba por caballos. Y entonces, se aproximó por detrás a una de esas formas rampantes, y después, con un ágil movimiento, se le sentó a horcajadas. El hombre se desplomó sobre el pecho, recuperó el equilibrio furiosamente, hizo caer redondo al niño como hubiera podido hacerlo un potrillo salvaje y después volvió hacia él un rostro al que le faltaba la mandíbula inferior; de los dientes superiores a la garganta, se abría un gran hueco rojo franqueado de pedazos de carne colgante y de esquirlas de hueso. El saliente monstruoso de la nariz, la falta de mentón, los ojos montaraces, daban al herido el aspecto de un gran pájaro rapaz con el cuello y el pecho enrojecidos por la sangre de su presa. El hombre se incorporó sobre las rodillas. El niño se puso de pie. El hombre lo amenazó con el puño. El niño, por fin aterrorizado, corrió hasta un árbol próximo, se guareció detrás del tronco, y después encaró la situación con mayor seriedad. Y la siniestra multitud continuaba arrastrándose, lenta, dolorosa, en una lúgubre pantomima, bajando la pendiente como un hormigueo de escarabajos negros, sin hacer jamás el menor ruido, en un silencio profundo, absoluto.
En vez de oscurecerse, el hechizado paisaje comenzó a iluminarse. Más allá del arroyo, a través de la cintura de árboles, brillaba una extraña luz roja sobre la cual se destacaba el negro encaje de las ramas; golpeaba las siluetas rampantes y proyectaba sobre ellas monstruosas sombras que caricaturizaban sus movimientos en la hierba iluminada; caía en sus rostros, teñía su palidez de un color bermellón, acentuando las manchas que distorsionaban y maculaban a tantos de ellos, y centelleaba sobre los botones y las partes metálicas de sus ropas. Por instinto, el niño se volvió hacia aquel resplandor siempre creciente, y bajó la colina con sus horribles compañeros; en pocos instantes, había pasado al primero de la multitud, hazaña fácil dada su manifiesta superioridad sobre todos. Se colocó a la cabeza, el sable de madera siempre en la mano, y dirigió la marcha, adaptando su andar al de ellos, solemne, volviéndose de vez en cuando para verificar si sus fuerzas no quedaban atrás. A buen seguro, nunca un jefe tuvo semejante séquito.
Esparcidos por el terreno que enangostaba lentamente aquella marcha atroz de la multitud hacia el agua, había algunos objetos que no provocaban ninguna asociación de ideas significativas en el espíritu del jefe: en algunos lugares, una manta enrollada a lo largo, con las dos puntas atadas por una cuerda; aquí, una pesada mochila de soldado; allá, un fusil roto; en suma, esos desechos que se encuentran en la retaguardia de las tropas en retirada, jalonando la pista de los vencidos que han huido de sus perseguidores. En todos lados, junto al arroyo, bordeado en aquel sitio por tierras bajas, el suelo había sido hollado y transformado en lodo por los pies de los hombres y los cascos de los caballos. Un observador más experimentado habría advertido que esas huellas iban en ambas direcciones; dos veces habían pasado por el terreno: avanzando, retrocediendo. Algunas horas antes, aquellos heridos sin esperanza habían penetrado en el bosque por millares, en compañía de sus camaradas más felices, muy lejos ahora. Sus batallones sucesivos, dispersándose en enjambres y reformándose en líneas, habían desfilado junto al niño dormido, por poco lo habían pisoteado en su sueño. El ruido y el murmullo de su marcha no lo habían despertado. Casi a la distancia de un hondazo del lugar en que estaba acostado, habían librado batalla; pero el niño no había oído el estruendo de los fusiles, el estampido de los cañones, «la voz tonante de los capitanes y los clamores». Había dormido durante casi todo el combate, apretando contra su pecho el sable de madera, quizá por inconsciente simpatía hacia el conjunto marcial que lo rodeaba, pero tan insensible a la magnificencia de la lucha como los caídos que allí habían muerto para hacerla gloriosa.
Más allá de los árboles, del otro lado del arroyo, ahora el fuego se reflejaba sobre la tierra desde lo alto de su bóveda de humo y bañaba todo el paisaje, transformando en vapor dorado la línea sinuosa de la niebla. Sobre el agua brillaban anchas manchas rojas, y rojas eran igualmente casi todas las piedras que emergían. Pero sobre aquellas piedras había sangre: los heridos menos graves las habían maculado al pasar. Gracias a ellas, también, el niño cruzó el arroyo a paso rápido; iba hacia el fuego. Una vez en la otra orilla, se volvió para mirar a sus compañeros de marcha. La vanguardia llegaba al arroyo. Los más vigorosos se habían arrastrado hasta el borde y habían hundido el rostro en el agua. Tres o cuatro, que yacían inmóviles, parecían no tener ya cabeza. Ante ese espectáculo, los ojos del niño se dilataron de asombro; por hospitalario que fuera su espíritu, no podía aceptar un fenómeno que implicara pareja vitalidad. Después de haber abrevado su sed, aquellos hombres no habían tenido fuerzas para retroceder ni mantener sus cabezas por encima del agua: se habían ahogado. Detrás de ellos, los claros del bosque permitieron ver al jefe, como al principio de su marcha, innumerables e informes siluetas. Pero no todas se movían. El niño agitó su gorra para animarlas y, sonriendo, señaló con el sable de madera en dirección a la claridad que lo guiaba, columna de fuego de aquel extraño éxodo.
Confiando en la fidelidad de sus compañeros, penetró en la cintura de árboles, la franqueó fácilmente a la luz roja, escaló una empalizada, atravesó corriendo un campo, volviéndose de riempo en tiempo para coquetear con su obediente sombra, y de tal modo se aproximó a las ruinas de una casa en llamas. Por doquiera, la desolación. A la luz del inmenso brasero, no se veía un ser viviente. No se preocupó por ello. El espectáculo le gustaba y se puso a bailar de alegría como bailaban las llamas vacilantes. Corrió aquí y allá para recoger combustible, pero todos los objetos que encontraba eran demasiado pesados y no podía arrojarlos al fuego, dada la distancia que le imponía el calor. Desesperado, lanzó su sable a la hoguera: se rendía ante las fuerzas superiores de la naturaleza. Su carrera militar había terminado.
Como cambiara de lugar, detuvo la mirada en algunas dependencias cuyo aspecto era extrañamente familiar: tenía la impresión de haber soñado con ellas. Se puso a reflexionar, sorprendido, y de pronto la plantación entera, con el bosque que la rodeaba, pareció girar sobre su eje. Vaciló su pequeño universo, se trastocó el orden de los puntos cardinales. ¡En los edificios en llamas reconoció su propia casa!
Durante un instante quedó estupefacto por la brutal revelación. Después se puso a correr en torno a las ruinas. Allí, plenamente visible a la luz del incendio, yacía el cadáver de una mujer: el rostro pálido vuelto al cielo, las manos extendidas, agarrotadas y llenas de hierba, las ropas en desorden, el largo pelo negro, enmarañado, cubierto de sangre coagulada; le faltaba la mayor parte de la frente, y del agujero desgarrado salía el cerebro que desbordaba sobre las sienes, masa gris y espumosa coronada de racimos escarlata ‑la obra de un obús.
El niño hizo ademanes salvajes e inciertos. Lanzó gritos inarticulados, indescriptibles, que hacían pensar en los chillidos de un mono y en los cloqueos de un ganso, sonido atroz, sin alma ‑maldito lenguaje del demonio‑. El niño era sordomudo.
Después permaneció inmóvil, los labios temblorosos, los ojos fijos en las ruinas.

***

Jean Lorrain

LOS AGUJEROS DE LA MASCARA

(Les trous du masque)

De Jean Lorrain (1855‑1906), escritor maldito del París fin‑de‑siècle (homosexual y drogadicto ‑consumía éter‑ en una época en la que la ostentación de estas costumbres resultaba bastante más escandalosa que hoy), este cuento sobre las máscaras y la nada tiene una fuerza de pesadilla poco común, sobre todo porque el narrador llega a contemplar su propia desaparición.

LOS AGUJEROS DE LA MASCARA
De Cuentos de un bebedor de éter

El encanto del horror sólo tienta a los fuertes.
A Marcel Schwob.

I

‑QUIERE usted verlo ‑me había dicho mi amigo De Jacquels‑, sea, consiga un dominó y un antifaz, un dominó elegante, de satén negro, cálcese unos escarpines, y, por esta vez, medias de seda negra también, y espéreme en su casa el martes hacia las diez y media; iré a buscarle.
El martes siguiente, envuelto en los susurrantes pliegues de una larga esclavina, con una máscara de terciopelo con barba de satén sujeta detrás de las orejas, esperaba a mi amigo De Jacquels en mi piso de soltero de la calle Taitbout, calentando mis pies a la vez ateridos e irritados bajo el contacto desacostumbrado de la seda, en las brasas del hogar; fuera, las bocinas y los gritos exasperantes de una noche de carnaval llegaban confusos desde el bulevar.
Resultaba extraño, e incluso pensándolo bien, inquietante a la larga, aquella solitaria velada de un enmascarado recostado en un sillón, en el claroscuro de un piso bajo atestado de objetos, aislado por los tapices, con la llama alta de una lámpara de petróleo y el vacilar de dos largas velas blancas, esbeltas, como funerarias, reflejadas en los espejos colgados del muro ¡y De Jacquels no llegaba! Los gritos de las máscaras que estallaban a lo lejos agravaban aún más la hostilidad del silencio; las dos velas ardían tan derechas que, inesperadamente y presa de impaciencia, turbado delante de aquellas tres luces, me levanté para apagar una.
En ese momento se separó una de las cortinas y entró De Jacquels.
¿De Jacquels? No había oído llamar a la puerta, ni tampoco abrir. ¿Cómo había entrado en mi apartamento? He pensado a menudo en ello después; en fin, De Jacquels estaba allí delante de mí; ¿De Jacquels? Es decir un largo dominó, una forma grande, sombría, velada y enmascarada como yo:
‑¿Está usted listo? ‑preguntaba su voz que no reconocí de tan alterada como estaba‑. Mi coche está aquí, nos vamos.
Su coche, no lo había oído ni rodar ni detenerse ante mis ventanas. ¿A qué pesadilla, sombra y misterio había empezado a descender?
‑Es su capucha la que tapona sus oídos; usted no está acostumbrado a la máscara ‑pensaba en voz alta De Jacquels, que había penetrado mi silencio‑: Tenía pues, aquella noche, el poder de adivinar, y levantando mi dominó se aseguraba de la finura de mis medias de seda y de mi ligero calzado.
Aquel gesto me tranquilizó, era De Jacquels y no otro quien hablaba bajo el dominó. Cualquier otro no hubiera tenido en cuenta la recomendación que De Jacquels me había hecho hacía una semana.
‑Bien, nos vamos ‑ordenaba su voz, y, en un susurro de seda y satén que se roza, nos hundimos en la puerta cochera, semejantes, me parece, a dos enormes murciélagos, con el vuelo de nuestras esclavinas, repentinamente levantadas por encima de los dominós.
¿De dónde venía aquel gran viento, aquel soplo desconocido? ¡La temperatura de aquella noche de carnaval era a la vez tan húmeda y blanda!

II

¿Hacia dónde rodábamos ahora, hundidos en la sombra de un coche de caballos extraordinariamente silencioso, cuyas ruedas no despertaban más ruido que los cascos del caballo en el pavimento de madera de las calles y el macadán de las avenidas desiertas?
¿Hacia dónde íbamos a lo largo de muelles y orillas desconocidas, iluminados apenas aquí y allá por la luz borrosa de una vieja farola? Desde hacía ya tiempo, habíamos perdido de vista la fantástica silueta de Nôtre‑Dame, perfilándose al otro lado del río en un cielo de plomo. El Quai de Saint Michel, el Quai de la Tournelle, el Quai de Bercy incluso, estábamos lejos de la Opera, de las calles Drouot, Le Peletier, y del centro. Ni siquiera íbamos a Bullier, donde los vicios vergonzosos se dan cita y, evadiéndose bajo la máscara se arremolinan casi demoníacos y cínicamente confesados la noche de carnaval; y mi compañero callaba.
Al borde de aquel Sena taciturno y pálido, bajo los puentes cada vez más escasos, a lo largo de aquellos muelles planeados de grandes árboles delgados de ramas separadas bajo el cielo lívido como dedos de muerto, me sobrecogía un miedo irracional, un miedo agravado por el implacable silencio de De Jacquels; llegué a dudar de su presencia y a creerme junto a un desconocido. La mano de mi compañero había cogido la mía, y aunque blanda y sin fuerza, la tenía sujeta en un torno que me trituraba los dedos... Aquella mano de poder y de voluntad me clavaba las palabras en la garganta, y sentía bajo su opresión fundirse y deshacerse en mí toda veleidad de rebelión; rodábamos ahora fuera de las fortificaciones y por grandes carreteras bordeadas de hayas y de lúgubres tenderetes de vendedores de vino, merenderos de las afueras cerrados hacía tiempo; desfilábamos bajo la luna, que por fin acababa de perfilar una masa flotante de nubes, y parecía derramar sobre aquel equívoco paisaje de las afueras una capa granizante de sal; en ese instante me pareció que los cascos de los caballos sonaban en el terraplén de la carretera, y que las ruedas del coche, dejando de ser fantasmas, chirriaban en la grava y en los guijarros del camino.
‑Aquí es ‑murmuraba la voz de mi compañero‑, hemos llegado, podemos bajar. Y como yo balbucía un tímido:
‑¿Dónde estamos?
‑En la Barrera de Italia, fuera de las fortificaciones. Hemos cogido el camino más largo, pero el más seguro, volveremos por otro mañana por la mañana.
Los caballos se detuvieron, y De Jacquels me soltaba para abrir la puerta y tenderme la mano.

III

Una gran sala, muy alta, de paredes revocadas con cal, contraventanas interiores herméticamente cerradas, a lo largo de toda la estancia, mesas con cubiletes de hojalata blanca sujetos con cadenas. Al fondo, sobre una elevación de tres escalones, la barra de cinc, atestada de licores y de botellas con etiquetas coloreadas de legendarias marcas de vinos; allí dentro silbaba el gas alto y claro: la sala, en suma, si no más espaciosa y más limpia, de un tabernero de las afueras con una buena clientela, cuyo negocio iba bien.
‑Sobre todo, ni una palabra a quien quiera que sea. No hable a nadie, ni siquiera conteste. Verían que no somos de los suyos, y podríamos pasar un mal rato. A mí, me conocen ‑y De Jacquels me empujaba hacia la sala.
Algunos enmascarados bebían, diseminados. Al entrar, el dueño del establecimiento se levantaba, y, pesadamente, arrastrando los pies, venía hacia nosotros, como para impedirnos el paso; sin una palabra, De Jacquels levantaba el bajo de nuestros dominós y le mostraba nuestros pies calzados con finos escarpines: era sin duda el ¡Sésamo, ábrete! de aquel extraño establecimiento. El patrón se volvía pesadamente a la barra y me di cuenta, cosa extraña, de que él también llevaba una máscara, pero de un tosco cartón, burlescamente pintado, imitando un rostro humano.
Los dos camareros, dos colosos con las mangas de la camisa arremangadas sobre bíceps de luchador, deambulaban en silencio, invisibles, ellos también, bajo la misma espantosa máscara.
Los escasos disfrazados que bebían sentados en las mesas llevaban máscaras de terciopelo y de satén. Salvo un enorme coracero de uniforme, una especie de truco de mandíbula pesada y bigote rojizo, sentado junto a dos elegantes dominós de seda malva y que bebía con la cara descubierta, los ojos azules ya vagos, ninguno de los seres que allí se encontraban tenía rostro humano. En un rincón, dos grandes figuras con blusas y tocadas con gorras de terciopelo, enmascaradas de satén negro, resultaban intrigantes por su sospechosa elegancia, pues su blusa era de seda azul pálido, y del bajo de sus pantalones demasiado nuevos asomaban finos pies de mujer enguantados de seda y calzados con escarpines; y, como hipnotizado, contemplaría aún aquel espectáculo si De Jacquels no me hubiera arrastrado al fondo de la sala hacia una puerta acristalada, cerrada por una roja cortina. Entrada al baile, estaba escrito sobre la puerta con letra historiada de aprendiz de pintura; un guardia municipal hacía guardia junto a ella. Era, al menos, una garantía; pero, al pasar y chocar con su mano me di cuenta de que era de cera, de cera como su cara rosa erizada de bigotes postizos, y tuve la horrible certeza de que el único ser cuya presencia me habría tranquilizado en aquel lugar de misterio era un simple maniquí...

IV

Cuántas horas hacía que erraba solo en medio de máscaras silenciosas en aquel hangar abovedado como una iglesia, y era una iglesia, en efecto; una iglesia abandonada y secularizada era aquella amplia sala de ventanas ojivales, la mayoría medio tapiadas, entre sus columnas adornadas y encaladas con una espesa capa amarillenta donde se hundían las flores esculpidas de los capiteles.
¡Extraño baile en el que no se bailaba y en el que no había orquesta! De Jacquels había desaparecido, y estaba solo, abandonado en medio de aquella muchedumbre desconocida. Una vieja araña de hierro forjado llameaba alta y clara suspendida en la bóveda, iluminando las losas polvorientas, algunas de las cuales, ennegrecidas por las inscripciones, cubrían quizá tumbas; al fondo, en el lugar donde ciertamente debía reinar el altar, se encontraban a media altura en el muro pesebres y comederos, y en los rincones había apilados arreos y ronzales olvidados: el salón de baile era una cuadra. Aquí y allá grandes espejos de peluquería enmarcados con papel dorado se devolvían de uno a otro el silencioso paseo de las máscaras, es decir, ya no se lo devolvían, pues todos se habían sentado ahora alineados, inmóviles, a ambos lados de la vieja iglesia, sepultados hasta los hombros en las viejas sillas del coro.
Permanecían allí, mudos, sin un gesto, como alejados en el misterio bajo largas cogullas de paño plateado, de una plata mate, de reflejo muerto; pues ya no había ni dominós, ni blusas de seda azul, ni Colombinas, ni Pierrots, ni disfraces grotescos; pero todas aquellas máscaras eran semejantes, enfundadas en el mismo traje verde, de un verde descolorido, como sulfatado de oro, con grandes mangas negras, y todas encapuchadas de verde oscuro con los dos agujeros para los ojos de su cogulla de plata en el vacío de la capucha.
Se hubiera dicho rostros calizos de leprosos de los antiguos lazaretos; y sus manos enguantadas de negro erigían un largo tallo de lis negro de pálidas hojas, y sus capuchas, como la de Dante, estaban coronadas de flores de lis negras.
Y todas aquellas cogullas callaban en una inmovilidad de espectros y, sobre sus fúnebres coronas, la ojiva de las ventanas recortándose en claro sobre el cielo blanco de luna, las cubría con una mitra transparente.
Sentía hundirse mi razón en el espanto; ¡lo sobrenatural me envolvía! ¡La rigidez, el silencio de todos aquellos seres con máscaras! ¿Qué eran? ¡Un minuto más de incertidumbre y sería la locura! No aguantaba más y, con la mano crispada de angustia, avanzando hacia una de las máscaras, levanté bruscamente su cogulla.
¡Horror! ¡No había nada, nada! Mis ojos despavoridos sólo encontraban el hueco de la capucha; el traje, la esclavina, estaban vacíos. Aquel ser que vivía sólo era sombra y nada.
Loco de terror, arranqué la cogulla del enmascarado sentado en la silla vecina: la capucha de terciopelo verde estaba vacía, vacía la capucha de las otras máscaras sentadas a lo largo del muro. Todos tenían rostros de sombra, todos eran la nada.
Y el gas llameaba más fuerte, casi silbando en la alta sala; a través de los cristales rotos de las ojivas, el claro de luna deslumbraba, casi cegador; entonces, un horror me sobrecogía en medio de todos aquellos seres huecos, de vana apariencia de espectro, una horrible duda me oprimió el corazón ante todas aquellas máscaras vacías.
¡Si yo también era semejante a ellos, si yo también había dejado de existir y si bajo mi máscara no había nada, sólo la nada! Corrí ante uno de los espejos. Un ser de sueño se erigía ante mí, encapuchado de verde oscuro, coronado de flores de lis negras, enmascarado de plata. Y aquel enmascarado era yo, pues reconocí mi gesto en la mano que levantaba la cogulla y, boquiabierto de espanto, lanzaba un enorme grito, pues no había nada bajo la máscara de tela plateada, nada bajo el óvalo de la capucha, sólo el hueco de tela redondeada sobre el vacío: estaba muerto y yo...
‑Y tú has vuelto a beber éter ‑gruñía en mi oído la voz de De Jacquels‑. ¡Curiosa idea para distraer tu aburrimiento mientras me esperabas!
Me encontraba tumbado en medio de mi habitación, el cuerpo en la alfombra, la cabeza apoyada en el sillón, y De Jacquels, vestido de gala bajo una túnica de monje daba órdenes a mi atolondrado ayuda de cámara, mientras las dos velas encendidas, llegado su fin, hacían estallar sus arandelas y me despertaban... ¡Por fin!

***

Robert Louis Stevenson

EL DIABLO DE LA BOTELLA

(The Bottle Imp, 1893)

La famosa historia de la botella que tiene en su interior un diablo capaz de hacer realidad todo deseo, fue contada por Stevenson a los indígenas de Samoa y como tal figura en el volumen Los entretenimientos de las noches de la isla. Pero Stevenson no había hecho más que ambientar en los Mares del Sur una vieja leyenda escocesa. Esto en lo que se refiere a la fuente temática; en cuanto al resultado literario, The Bottle Imp es una obra maestra del arte narrativo. La trama se desarrolla con una exactitud matemática, abstracta. Aquí lo sobrenatural también se ha reducido al mínimo: la angustia está por completo en la conciencia y se materializa en una simple botella en cuyo interior apenas se percibe una forma blanquecina.
Sobre el valor auténtiro de Robert Louis Stevenson (1850‑1894) no todos los juicios están de acuerdo. Hay quien lo considera un escritor menor y quien reconoce en él a uno de los grandes. Mi parecer coincide con lo segundo: por la nitidez limpia y ligera de su estilo, pero también por el núcleo moral de todas sus narrarriones. En este cuento es la moral del límite humano la que tiene una rica y modulada representación fantástica.

EL DIABLO DE LA BOTELLA

HABIA un hombre en la isla de Hawaii al que llamaré Keawe; porque la verad es que aún vive y que su nombre debe permanecer secreto; pero su lugar de nacimiento no estaba lejos de Honaunau, donde los huesos de Keawe el Grande yacen escondidos en una cueva. Este hombre era pobre, valiente y activo; leía y escribía tan bien como un maestro de escuela; además era un marinero de primera clase que había trabajado durante algún tiempo en los vapores de la isla y pilotado un ballenero en la costa de Hamakua. Finalmente, a Keawe se le ocurrió que le gustaría ver el gran mundo y las ciudades extranjeras y se embarcó con rumbo a San Francisco.
San Francisco es una hermosa ciudad, con un excelente puerto y muchas personas adineradas; y, más en concreto, existe en esa ciudad una colina que está cubierta de palacios. Un día, Keawe se paseaba por esta colina con mucho dinero en el bolsillo, contemplando con evidente placer las elegantes casas que se alzaban a ambos lados de la calle. «¡Qué casas tan buenas!», iba pensando, «y ¡qué felices deben de ser las personas que viven en ellas, que no necesitan preocuparse del mañana!». Seguía aún reflexionando sobre esto cuando llegó a la altura de una casa más pequeña que algunas de las otras, pero muy bien acabada y tan bonita como un juguete; los escalones de la entrada brillaban como plata, los bordes del jardín florecían como guirnaldas y las ventanas resplandecían como diamantes. Keawe se detuvo, maravillándose de la excelencia de todo. Al pararse, se dio cuenta de que un hombre le estaba mirando a través de una ventana tan transparente que Keawe lo veía como se ve a un pez en una cala junto a los arrecifes. Era un hombre maduro, calvo y de barba negra; su rostro tenía una expresión pesarosa y suspiraba amargamente. Lo cierto es que mientras Keawe contemplaba al hombre y el hombre observaba a Keawe, cada uno de ellos envidiaba al otro.
De repente, el hombre sonrió moviendo la cabeza, hizo un gesto a Keawe para que entrara y se reunió con él en la puerta de la casa.
‑Es muy hermosa esta casa mía ‑dijo el hombre, suspirando amargamente‑. ¿No le gustaría ver las habitaciones?
Y así fue como Keawe recorrió con él la casa, desde el sótano hasta el tejado; todo lo que había en ella era perfecto en su estilo y Keawe manifestó su gran admiración.
‑Esta casa ‑dijo Keawe‑ es en verdad muy hermosa; si yo viviera en otra parecida, me pasaría el día riendo. ¿Cómo es posible, entonces, que no haga usted más que suspirar?
‑No hay ninguna razón ‑dijo el hombre‑, para que no tenga una casa en todo semejante a ésta, y aún más hermosa, si así lo desea. Posee usted algún dinero, ¿no es cierto?
‑Tengo cincuenta dólares ‑dijo Keawe‑, pero una casa como ésta costará más de cincuenta dólares.
El hombre hizo un cálculo.
‑Siento que no tenga más ‑dijo‑, porque eso podría causarle problemas en el futuro, pero será suya por cincuenta dólares.
‑¿La casa? ‑preguntó Keawe.
‑No, la casa no ‑replicó el hombre‑; la botella. Porque debo decirle que aunque le parezca una persona muy rica y afortunada, todo lo que poseo, y esta casa misma y el jardín, proceden de una botella en la que no cabe mucho más de una pinta.
Y abriendo un mueble cerrado con llave, sacó una botella de panza redonda con un cuello muy largo; el cristal era de un color blanco como el de la leche, con cambiantes destellos irisados en su textura. En el interior había algo que se movía confusamente, algo así como una sombra y un fuego.
‑Ésta es la botella ‑dijo el hombre; y, cuando Keawe se echó a reír, añadió‑: ¿No me cree? Pruebe usted mismo. Trate de romperla.
De manera que Keawe cogió la botella y la estuvo tirando contra el suelo hasta que se cansó; porque rebotaba como una pelota y nada le sucedía.
‑Es una cosa bien extraña ‑dijo Keawe‑, porque tanto por su aspecto como al tacto se diría que es de cristal.
‑Es de cristal ‑replicó el hombre, suspirando más hondamente que nunca‑, pero de un cristal templado en las llamas del infierno. Un diablo vive en ella y la sombra que vemos moverse es la suya, al menos lo creo yo. Cuando un hombre compra esta botella, el diablo se pone a su servicio; todo lo que esa persona desee, amor, fama, dinero, casas como ésta o una ciudad como San Francisco, será suyo con sólo pedirlo. Napoleón tuvo esta botella, y gracias a su virtud llegó a ser el rey del mundo; pero la vendió al final y fracasó. El capitán Cook también la tuvo, y por ella descubrió tantas islas; pero también él la vendió, y por eso lo asesinaron en Hawaii. Porque al vender la botella desaparecen el poder y la protección; y a no ser que un hombre esté contento con lo que tiene, acaba por sucederle algo.
‑Y sin embargo, ¿habla usted de venderla? ‑dijo Keawe.
‑Tengo todo lo que quiero y me estoy haciendo viejo ‑respondió el hombre‑. Hay una cosa que el diablo de la botella no puede hacer... y es prolongar la vida; y, no sería justo ocultárselo a usted, la botella tiene un inconveniente; porque si un hombre muere antes de venderla, arderá para siempre en el infierno.
‑Sí que es un inconveniente, no cabe duda ‑exclamó Keawe‑. Y no quisiera verme mezclado en ese asunto. No me importa demasiado tener una casa, gracias a Dios; pero hay una cosa que sí me importa muchísimo, y es condenarme.
‑No vaya usted tan de prisa, amigo mío ‑contestó el hombre‑. Todo lo que tiene que hacer es usar el poder de la botella con moderación, venderla después a alguna persona como estoy haciendo yo ahora y terminar su vida cómodamente.
‑Pues yo observo dos cosas ‑dijo Keawe‑. Una es que se pasa usted todo el tiempo suspirando como una doncella enamorada; y la otra que vende usted la botella demasiado barata.
‑Ya le he explicado por qué suspiro ‑dijo el hombre‑. Temo que mi salud esté empeorando; y, como ha dicho usted mismo, morir e irse al infierno es una desgracia para cualquiera. En cuanto a venderla tan barara, tengo que explicarle una peculiaridad que tiene esta botella. Hace mucho tiempo, cuando Satanás la trajo a la tierra, era extraordinariamente cara, y fue el Preste Juan el primero que la compró por muchos millones de dólares; pero sólo puede venderse si se pierde dinero en la transacción. Si se vende por lo mismo que se ha pagado por ella, vuelve al anterior propietario como si se tratara de una paloma mensajera. De ahí se sigue que el precio haya ido disminuyendo con el paso de los siglos y que ahora la botella resulte francamente barata. Yo se la compré a uno de los ricos propietarios que viven en esta colina y sólo pagué noventa dólares. Podría venderla hasta por ochenta y nueve dólares y noventa centavos, pero ni un céntimo más; de lo contrario la botella volvería a mí. Ahora bien, esto trae consigo dos problemas. Primero, que cuando se ofrece una botella tan singular por ochenta dólares y pico, la gente supone que uno está bromeando. Y segundo... , pero como eso no corre prisa que lo sepa, no hace falta que se lo explique ahora. Recuerde tan sólo que tiene que venderla por moneda acuñada.
‑¿Cómo sé que todo eso es verdad? ‑preguntó Keawe.
‑Hay algo que puede usted comprobar inmediatamente ‑replicó el otro‑. Deme sus cincuenta dólares, coja la botella y pida que los cincuenta dólares vuelvan a su bolsillo. Si no sucede así, le doy mi palabra de honor de que consideraré inválido el trato y le devolveré el dinero.
‑¿No me ésta engañando? ‑dijo Keawe.
El hombre confirmó sus palabras con un solemne juramento.
‑Bueno; me arriesgaré a eso ‑dijo Keawe‑, porque no me puede pasar nada malo.
Acto seguido le dio su dinero al hombre y el hombre le pasó la botella.
‑Diablo de la botella ‑dijo Keawe‑, quiero recobrar mis cincuenta dólares.
Y, efectivamente, apenas había terminado la frase, cuando su bolsillo pesaba ya lo mismo que antes.
‑No hay duda de que es una botella maravillosa ‑dijo Keawe.
‑Y ahora muy buenos días, mi querido amigo, ¡y que el diablo le acompañe! ‑dijo el hombre.
‑Un momento ‑dijo Keawe‑, yo ya me he divertido bastante. Tenga su botella.
‑La ha comprado usted por menos de lo que yo pagué ‑replicó el hombre, frotándose las manos‑. La botella es completamente suya; y, por mi parte, lo único que deseo es perderlo de vista cuanto antes.
Con lo que llamó a su criado chino e hizo que acompañara a Keawe hasta la puerta.
Cuando Keawe se encontró en la calle con la botella bajo el brazo, empezó a pensar. «Si es verdad todo lo que me han dicho de esta botella, puede que haya hecho un pésimo negocio», se dijo a sí mismo. «Pero quizá ese hombre me haya engañado». Lo primero que hizo fue contar el dinero; la suma era exacta: cuarenta y nueve dólares en moneda americana y una pieza de Chile. «Parece que eso es verdad», se dijo Keawe. «Veamos otro punto.»
Las calles de aquella parte de la ciudad estaban tan limpias como las cubiertas de un barco, y aunque era mediodía, tampoco se veía ningún pasajero. Keawe puso la botella en una alcantarilla y se alejó. Dos veces miró para atrás, y allí estaba la botella de color lechoso y panza redonda, en el sitio donde la había dejado. Miró por tercera vez y después dobló la esquina; pero apenas lo había hecho cuando algo le golpeó el codo, y ¡no era otra cosa que el largo cuello de la botella! En cuanto a la redonda panza, estaba bien encajada en el bolsillo de su chaqueta de piloto.
‑Parece que también esto es verdad ‑dijo Keawe.
La siguiente cosa que hizo fue comprar un sacacorchos en una tienda y retirarse a un sitio oculto en medio del campo. Una vez allí intentó sacar el corcho, pero cada vez que lo intentaba la espiral salía otra vez y el corcho seguía tan entero como al empezar.
‑Este corcho es distinto de todos los demás ‑dijo Keawe, e inmediabamente empezó a temblar y a sudar, porque la botella le daba miedo.
Camino del puerto, vio una tienda donde un hombre vendía conchas y mazas de islas salvajes, viejas imágenes de dioses paganos, monedas antiguas, pinturas de China y Japón y todas esas cosas que los marineros llevan en sus baúles. En seguida se le ocurrió una idea. Entró y le ofreció la botella al dueño por cien dólares. El otro se rió de él al principio, y le ofreció cinco; pero, en realidad, la botella era muy curiosa: ninguna boca humana había soplado nunca un vidrio como aquél, ni cabía imaginar unos colores más bonitos que los que brillaban bajo su blanco lechoso, ni una sombra más extraña que la que daba vueltas en su centro; de manera que, después de regatear durante un rato a la manera de los de su profesión, el dueño de la tienda le compró la botella a Keawe por sesenta dólares y la colocó en un estante en el centro del escaparate.
‑Ahora ‑dijo Keawe‑ he vendido por sesenta dólares lo que compré por cincuenta o, para ser más exactos, por un poco menos, porque uno de mis dólares venía de Chile. En seguida averiguaré la verdad sobre otro punto.
Así que volvió a su barco y, cuando abrió su baúl, allí estaba la botella, que había llegado antes que él.
En aquel barco Keawe tenía un compañero que se llamaba Lopaka.
‑¿Qué te sucede ‑le preguntó Lopaka‑ que miras el baúl tan fijamente?
Estaban solos en el castillo de proa. Keawe le hizo prometer que guardaría el secreto y se lo contó todo.
‑Es un asunto muy extraño ‑dijo Lopaka‑; y me temo que vas a tener dificultades con esa botella. Pero una cosa está muy clara: puesto que tienes asegurados los problemas, será mejor que obtengas también los beneficios. Decide qué es lo que deseas; da la orden y si resulta tal como quieres, yo mismo te compraré la botella; porque a mí me gustaría tener un velero y dedicarme a comerciar entre las islas.
‑No es eso lo que me interesa ‑dijo Keawe‑. Quiero una hermosa casa y un jardín en la costa de Kona, donde nací; y quiero que brille el sol sobre la puerta, y que haya flores en el jardín, cristales en las ventanas, cuadros en las paredes, y adornos y tapetes de telas muy finas sobre las mesas; exactamente igual que la casa donde estuve hoy; sólo que un piso más alta y con balcones alrededor, como en el palacio del rey; y que pueda vivir allí sin preocupaciones de ninguna clase y divertirme con mis amigos y parientes.
‑Bien ‑dijo Lopaka‑, volvamos con la botella a Hawaii; y si todo resulta verdad como tú supones, te compraré la botella, como ya he dicho, y pediré una goleta.
Quedaron de acuerdo en esto y antes de que pasara mucho tiempo el barco regresó a Honolulú, llevando consigo a Keawe, a Lopaka y a la botella. Apenas habían desembarcado cuando encontraron en la playa a un amigo que inmediatamente empezó a dar el pésame a Keawe.
‑No sé por qué me estás dando el pésame ‑dijo Keawe.
‑¿Es posible que no te hayas enterado ‑dijo el amigo‑ de que tu tío, aquel hombre tan bueno, ha muerto; y de que tu primo, aquel muchacho tan bien parecido, se ha ahogado en el mar?
Keawe lo sintió mucho y al ponerse a llorar y a lamentarse, se olvidó de la botella. Pero Lopaka estuvo reflexionando y cuando su amigo se calmó un poco, le habló así:
‑¿No es cierto que tu tío tenía tierras en Hawaii, en el distrito de Kaü?
‑No ‑dijo Keawe‑; en Kaü, no: están en la zona de las montañas, un poco al sur de Hookena.
‑Esas tierras, ¿pasarán a ser tuyas? ‑preguntó Lopaka.
‑Así es ‑dijo Keawe, y empezó otra vez a llorar la muerte de sus familiares.
‑No ‑dijo Lopaka‑; no te lamentes ahora. Se me ocurre una cosa. ¿Y si todo esto fuera obra de la botella? Porque ya tienes preparado el sitio para hacer la casa.
‑Si es así ‑exclamó Keawe‑, la botella me hace un flaco servicio matando a mis parientes. Pero puede que sea cierto, porque fue en un sitio así donde vi la casa con la imaginación.
‑La casa, sin embargo, todavía no está construida ‑dijo Lopaka.
‑¡Y probablemente no lo estará nunca! ‑dijo Keawe‑, porque si bien mi tío tenía algo de café, ava y plátanos, no será más que lo justo para que yo viva cómodamente; y el resto de esa tierra es de lava negra.
‑Vayamos al abogado ‑dijo Lopaka‑. Porque yo sigo pensando lo mismo.
Al hablar con el abogado, se enteraron de que el tío de Keawe se había hecho enormemente rico en los últimos tiempos y que le dejaba dinero en abundancia.
‑¡Ya tienes el dinero para la casa! ‑exclamó Lopaka.
‑Si está usted pensando en construir una casa ‑dijo el abogado‑, aquí está la tarjeta de un arquitecto nuevo del que me cuentan grandes cosas.
‑¡Cada vez mejor! ‑exclamó Lopaka‑. Está todo muy claro. Sigamos obedeciendo órdenes.
De manera que fueron a ver al arquitecto, que tenía diferentes proyectos de casas sobre la mesa.
‑Usted desea algo fuera de lo corriente ‑dijo el arquitecto‑. ¿Qué le parece esto?
Y le pasó a Keawe uno de los dibujos.
Cuando Keawe lo vio, dejó escapar una exclamación, porque representaba exactamente lo que él había visto con la imaginación.
«Ésta es la casa que quiero», pensó Keawe. «A pesar de lo poco que me gusta cómo viene a parar a mis manos, ésta es la casa, y más vale que acepte lo bueno junto con lo malo.»
De manera que le dijo al arquitecto todo lo que quería, y cómo deseaba amueblar la casa, y los cuadros que había que poner en las paredes y las figuritas para las mesas; y luego le preguntó sin rodeos cuánto le llevaría por hacerlo todo.
El arquitecto le hizo muchas preguntas, cogió una pluma e hizo un cálculo; y al terminar pidió exactamente la suma que Keawe había heredado.
Lopaka y Keawe se miraron el uno al otro y asintieron con la cabeza.
«Está bien claro, ‑pensó Keawe‑, que voy a tener esta casa, tanto si quiero como si no. Viene del diablo y temo que nada bueno salga de ello; y si de algo estoy seguro es de que no voy a formular más deseos mientras siga teniendo esta botella. Pero de la casa ya no me puedo librar y más valdrá que acepte lo bueno junto con lo malo.»
De manera que llegó a un acuerdo con el arquitecto y firmaron un documento. Keawe y Lopaka se embarcaron otra vez camino de Australia; porque habían decidido entre ellos que no intervendrían en absoluto, dejarían que el arquitecto y el diablo de la botella construyeran y decoraran aquella casa como mejor les pareciese.
El viaje fue bueno, aunque Keawe estuvo todo el tiempo conteniendo la respiración, porque había jurado que no formularía más deseos ni recibiría más favores del diablo. Se había cumplido ya el plazo cuando regresaron. El arquitecto les dijo que la casa estaba lista y Keawe y Lopaka tomaron pasaje en el Hall camino de Kona para ver la casa y comprobar si todo se había hecho exactamente de acuerdo con la idea que Keawe tenía en la cabeza.
La casa se alzaba en la falda del monte y era visible desde el mar. Por encima, el bosque seguía subiendo hasta las nubes que traían la lluvia; por debajo, la lava negra descendía en riscos donde estaban enterrados los reyes de antaño. Un jardín florecía alrededor de la casa con flores de todos los colores; había un huerto de papayas a un lado y otro de árboles del pan en el lado opuesto; por delante, mirando al mar, habían plantado el mástil de un barco con una bandera. En cuanto a la casa, era de tres pisos, con amplias habitaciones y balcones muy anchos en los tres. Las ventanas eran de excelente cristal, tan claro como el agua y tan brillante como un día soleado. Muebles de todas clases adornaban las habitaciones. De las paredes colgaban cuadros con marcos dorados: pinturas de barcos, de hombres luchando, de las mujeres más hermosas y de los sitios más singulares; no hay en ningún lugar del mundo pinturas con colores tan brillantes como las que Keawe encontró colgadas de las paredes de su casa. En cuanto a los otros objetos de adorno, eran de extraordinaria calidad; relojes con carillón y cajas de música, hombrecillos que movían la cabeza, libros llenos de ilustraciones, armas muy valiosas de todos los rincones del mundo, y los rompecabezas más elegantes para entretener los ocios de un hombre solitario. Y como nadie querría vivir en semejantes habitaciones, tan sólo pasar por ellas y contemplarlas, los balcones eran tan amplios que un pueblo entero hubiera podido vivir en ellos sin el menor agobio; y Keawe no sabía qué era lo que más le gustaba: si el porche de atrás, a donde llegaba la brisa procedente de la tierra y se podían ver los huertos y las flores, o el balcón delantero, donde se podía beber el viento del mar, contemplar la empinada ladera de la montaña y ver al Hall yendo una vez por semana aproximadamente entre Hookena y las colinas de Pele, o las goletas siguiendo la costa para recoger cargamentos de madera, de ava y de plátanos.
Después de verlo todo, Keawe y Lopaka se sentaron en el porche. ‑Bien ‑preguntó Lopaka‑, ¿está todo tal como lo habías planeado?
‑No hay palabras para expresarlo ‑contestó Keawe‑. Es mejor de lo que había soñado y estoy que reviento de satisfacción.
‑Sólo queda una cosa por considerar ‑dijo Lopaka‑; todo esto puede haber sucedido de manera perfectamente natural, sin que el diablo de la botella haya tenido nada que ver. Si comprara la botella y me quedara sin la goleta, habría puesto la mano en el fuego para nada. Te di mi palabra, lo sé: pero creo que no deberías negarme una prueba más.
‑He jurado que no aceptaré más favores ‑dijo Keawe‑. Creo que ya estoy sufcientemente comprometido.
‑No pensaba en un favor ‑replicó Lopaka‑. Quisiera ver yo mismo al diablo de la botella. No hay ninguna ventaja en ello y por tanto tampoco hay nada de qué avergonzarse; sin embargo, si llego a verlo una vez, quedaré convencido del todo. Así que accede a mi deseo y déjame ver al diablo; el dinero lo tengo aquí mismo y después de esto te compraré la botella.
‑Sólo hay una cosa que me da miedo ‑dijo Keawe‑. EI diablo puede ser una cosa horrible de ver; y si le pones el ojo encima quizá no tengas ya ninguna gana de quedarte con la botella.
‑Soy una persona de palabra ‑dijo Lopaka‑. Y aquí dejo el dinero, entre los dos.
‑Muy bien ‑replicó Keawe‑. Yo también siento curiosidad. De manera que, vamos a ver: déjenos mirarlo, señor Diablo.
Tan pronto como lo dijo, el diablo salió de la botella y volvió a meterse, tan rápidamente como un lagarto; Keawe y Lopaka quedaron petrificados. Se hizo completamente de noche antes de que a cualquiera de los dos se le ocurriera algo que decir o hallaran la voz para decirlo: luego Lopaka empujó el dinero hacia Keawe y recogió la botella.
‑Soy hombre de palabra ‑dijo‑, y bien puedes creerlo, porque de lo contrario no tocaría esta botella ni con el pie. Bien, conseguiré mi goleta y unos dólares para el bolsillo; luego me desharé de este demonio tan pronto como pueda. Porque, si tengo que decirte la verdad, verlo me ha dejado muy abatido.
‑Lopaka ‑dijo Keawe‑, procura no pensar demasiado mal de mí; sé que es de noche, que los caminos están mal y que el desfiladero junto a las tumbas no es un buen sitio para cruzarlo tan tarde, pero confieso que desde que he visto el rostro de ese diablo, no podré comer ni dormir ni rezar hasta que te lo hayas llevado. Voy a darte una linterna, una cesta para poner la botella y cualquier cuadro o adorno de la casa que te guste; después quiero que marches inmediatamente y vayas a dormir a Hookena con Nahinu.
‑Keawe ‑dijo Lopaka‑, muchos hombres se enfadarían por una cosa así; sobre todo después de hacerte un favor tan grande como es mantener la palabra y comprar la botella; y en cuanto a ser de noche, a la oscuridad y al camino junto a las tumbas, todas esas circunstancias tienen que ser diez veces más peligrosas para un hombre con semejante pecado sobre su conciencia y una botella como ésta bajo el brazo. Pero como yo también estoy muy asustado, no me siento capaz de acusarte. Me iré ahora mismo; y le pido a Dios que seas feliz en tu casa y yo afortunado con mi goleta, y que los dos vayamos al cielo al final a pesar del demonio y de su botella.
De manera que Lopaka bajó de la montaña; Keawe, por su parte, salió al balcón delantero; estuvo escuchando el ruido de las herraduras y vio la luz de la linterna cuando Lopaka pasaba junto al risco donde están las tumbas de otras épocas; durante todo el tiempo Keawe temblaba, se retorcía las manos y rezaba por su amigo, dando gracias a Dios por haber escapado él mismo de aquel peligro.
Pero al día siguiente hizo un tiempo muy hermoso, y la casa nueva era tan agradable que Keawe se olvidó de sus terrores. Fueron pasando los días y Keawe vivía allí en perpetua alegría. Le gustaba sentarse en el porche de atrás; allí comía, reposaba y leía las historias que contaban los periódicos de Honolulú; pero cuando llegaba alguien a verle, entraba en la casa para enseñarle las habitaciones y los cuadros. Y la fama de la casa se extendió por todas partes; la llamaban Ka‑Hale Nui ‑la Casa Grande‑ en todo Kona; y a veces la Casa Resplandeciente, porque Keawe tenía a su servicio a un chino que se pasaba todo el día limpiando el polvo y bruñendo los metales; y el cristal, y los dorados, y las telas finas y los cuadros brillaban tanto como una mañana soleada. En cuanto a Keawe mismo, se le ensanchaba tanto el corazón con la casa que no podía pasear por las habitaciones sin ponerse a cantar; y cuando aparecía algún barco en el mar, izaba su estandarte en el mástil.
Así iba pasando el tiempo, hasta que un día Keawe fue a Kailua para visitar a uno de sus amigos. Le hicieron un gran agasajo, pero él se marchó lo antes que pudo a la mañana siguiente y cabalgó muy de prisa, porque estaba impaciente por ver de nuevo su hermosa casa; y, además, la noche de aquel día era la noche en que los muertos de antaño salen por los alrededores de Kona; y el haber tenido ya tratos con el demonio hacía que Keawe tuviera muy pocos deseos de tropezarse con los muertos. Un poco más allá de Honaunau, al mirar a lo lejos, advirtió la presencia de una mujer que se bañaba a la orilla del mar. Parecía una muchacha bien desarrollada, pero Keawe no pensó mucho en ello. Luego vio ondear su camisa blanca mientras se la ponía, y después su holoku rojo; cuando Keawe llegó a su altura, la joven había terminado de arreglarse y, alejándose del mar, se había colocado junto al camino con su holoku rojo; el baño la había tonificado y los ojos le brillaban, llenos de amabilidad. Nada más verla Keawe tiró de las riendas a su caballo.
‑Creía conocer a todo el mundo en esta zona ‑dijo él‑. ¿Cómo es que a ti no te conozco?
‑Soy Kokua, hija de Kiano ‑respondió la muchacha‑, y acabo de regresar de Oahu. ¿Quién es usted?
‑Te lo diré dentro de un poco ‑dijo Keawe, desmontando del caballo‑, pero no ahora mismo. Porque tengo una idea y si te dijera quién soy, como es posible que hayas oído hablar de mí, quizá al preguntarte no me dieras una respuesta sincera. Pero antes de nada dime una cosa: ¿estás casada?
Al oír esto, Kokua se echó a reír.
‑Parece que es usted quien hace todas las preguntas ‑dijo ella‑. Y usted, ¿está casado?
‑No, Kokua, desde luego que no ‑replicó Keawe‑, y nunca he pensado en casarme hasta este momento. Pero voy a decirte la verdad. Te he encontrado aquí junto al camino y, al ver tus ojos que son como estrellas, mi corazón se ha ido tras de ti tan veloz como un pájaro. De manera que, si ahora no quieres saber nada de mí, dilo, y me iré a mi casa; pero si no te parezco peor que cualquier otro joven, dilo también, y me desviaré para pasar la noche en casa de tu padre y mañana hablaré con él.
Kokua no dijo una palabra, pero miró hacia el mar y se echó a reír.
‑Kokua ‑dijo Keawe‑, si no dices nada, consideraré que tu silencio es una respuesta favorable; asi que pongámonos en camino hacia la casa de tu padre.
Ella fue delante de él sin decir nada; sólo de vez en cuando miraba para atrás y luego volvía a apartar la vista; y todo el tiempo llevaba en la boca las cintas del sombrero.
Cuando llegaron a la puerta, Kiano salió a la veranda y dio la bienvenida a Keawe llamándolo por su nombre. Al oírlo la muchacha se le quedó mirando, porque la fama de la gran casa había llegado a sus oídos; y no hace falta decir que era una gran tentación. Pasaron todos juntos la velada muy alegremente; y la muchacha se mostró muy descarada en presencia de sus padres y estuvo burlándose de Keawe porque tenía un ingenio muy vivo. Al día siguiente Keawe habló con Kiano y después tuvo ocasión de quedarse a solas con la muchacha.
‑Kokua ‑dijo él‑, ayer estuviste burlándote de mí durante toda la velada; y todavía estás a tiempo de despedirme. No quise decirte quién era porque tengo una casa muy hermosa y temía que pensaras demasiado en la casa y poco en el hombre que te ama. Ahora ya lo sabes todo, y si no quieres volver a verme, dilo cuanto antes.
‑No ‑dijo Kokua; pero esta vez no se echó a reír ni Keawe le preguntó nada más.
Así fue el noviazgo de Keawe; las cosas sucedieron de prisa; pero aunque una flecha vaya muy veloz y la bala de un rifle todavía más rápida, las dos pueden dar en el blanco. Las cosas habían ido de prisa, pero también habían ido lejos y el recuerdo de Keawe llenaba la imaginación de la muchacha; Kokua escuchaba su voz al romperse las olas contra la lava de la playa, y por aquel joven que sólo había visto dos veces hubiera dejado padre y madre y sus islas nativas. En cuanto a Keawe, su caballo voló por el camino de la montaña bajo el risco donde estaban las tumbas, y el sonido de los cascos y la voz de Keawe cantando, lleno de alegría, despertaban al eco en las cavernas de los muertos. Cuando llegó a la Casa Resplandeciente todavía seguía cantando. Se sentó y comió en el amplio balcón y el chino se admiró de que su amo continuara cantando entre bocado y bocado. El sol se ocultó tras el mar y llegó la noche; Keawe estuvo paseándose por los balcones a la luz de las lámparas en lo alto de la montaña y sus cantos sobresaltaban a las tripulaciones de los barcos que cruzaban por el mar.
«Aquí estoy ahora, en este sitio mío tan elevado», se dijo a sí mismo. «La vida no puede irme mejor; me hallo en lo alto de la montaña; a mi alrededor, todo lo demás desciende. Por primera vez iluminaré todas las habitaciones, usaré mi bañera con agua caliente y fría y dormiré solo en el lecho de la cámara nupcial.»
De manera que el criado chino tuvo que levantarse y encender las calderas; y mientras trabajaba en el sótano oía a su amo cantando alegremente en las habitaciones iluminadas. Cuando el agua empezó a estar caliente el criado chino se lo advirtió a Keawe con un grito; Keawe entró en el cuarto de baño; y el criado chino le oyó cantar mientras la bañera de mármol se llenaba de agua; y le oyó cantar también mientras se desnudaba; hasta que, de repente, el canto cesó. El criado chino estuvo escuchando largo rato; luego alzó la voz para preguntarle a Keawe si todo iba bien, y Keawe le respondió: «Sí», y le mandó que se fuera a la cama; pero ya no se oyó cantar más en la Casa Resplandeciente; y durante toda la noche, el criado chino estuvo oyendo a su amo pasear sin descanso por los balcones.
Lo que había ocurrido era esto: mientras Keawe se desnudaba para bañarse, descubrió en su cuerpo una mancha semejante a la sombra del liquen sobre una roca, y fue entonces cuando dejó de cantar. Porque había visto otras manchas parecidas y supo que estaba atacado del Mal Chino: la lepra.
Es bien triste para cualquiera padecer esa enfermedad. Y también sería muy triste para cualquiera abandonar una casa tan hermosa y tan cómoda y separarse de todos sus amigos para ir a la costa norte de Molokai, entre enormes farallones y rompientes. Pero ¿qué es eso comparado con la situación de Keawe, que había encontrado su amor un día antes y lo había conquistado aquella misma mañana, y que veía ahora quebrarse todas sus esperanzas en un momento, como se quiebra un trozo de cristal?
Estuvo un rato sentado en el borde de la bañera; luego se levantó de un salto dejando escapar un grito y corrió afuera; y empezó a andar por el balcón, de un lado a otro, como alguien que está desesperado.
«No me importaría dejar Hawaii, el hogar de mis antepasados», se decía Keawe. «Sin gran pesar abandonaría mi casa, la de las muchas ventanas, situada en lo alto, aquí en las montañas. No me faltaría valor para ir a Molokai, a Kalaupapa junto a los farallones, para vivir con los leprosos y dormir allí lejos de mis antepasados. Pero ¿qué agravio he cometido, qué pecado pesa sobre mi alma, para que haya tenido que encontrar a Kokua cuando salía del mar a la caída de la tarde? ¡Kokua, la que me ha robado el alma! ¡Kokua, la luz de mi vida! Quizá nunca llegue a casarme con ella, quizá nunca más vuelva ni a acariciarla con mano amorosa; ésa es la razón, Kokua, ¡por ti me lamento!»
Tienen ustedes que fijarse en la clase de hombre que era Keawe, ya que podría haber vivido durante años en la Casa Resplandeciente sin que nadie llegara a sospechar que estaba enfermo; pero a eso no le daba importancia si tenía que perder a Kokua. Hubiera podido incluso casarse con Kokua y muchos lo hubieran hecho, porque tienen alma de cerdo; pero Keawe amaba a la doncella con amor varonil, y no estaba dispuesto a causarle ningún daño ni a exponerla a ningún peligro.
Algo después de la media noche se acordó de la botella. Salió al porche y recordó el día en que el diablo se había mostrado ante sus ojos; y aquel pensamiento hizo que se le helara la sangre en las venas.
«Esa botella es una cosa horrible», pensó Keawe, «el diablo también es una cosa horrible, y aún más horrible es la posibilidad de arder para siempre en las llamas del infierno. Pero ¿qué otra posibilidad tengo de llegar a curarme o de casarme con Kokua? ¡Cómo! ¿Fui capaz de desafiar al demonio para conseguir una casa y no voy a enfrentarme con él para recobrar a Kokua?»
Entonces recordó que al día siguiente el Hall iniciaba su viaje de regreso a Honolulú. «Primero tengo que ir allí», pensó, «y ver a Lopaka. Porque lo mejor que me puede suceder ahora es que encuentre la botella que tantas ganas tenía de perder de vista».
No pudo dormir ni un solo momento; también la comida se le atragantaba; pero mandó una carta a Kiano, y cuando se acercaba la hora de la llegada del vapor, se puso en camino y cruzó por delante del risco donde estaban las tumbas. Llovía; su caballo avanzaba con dificultad; Keawe contempló las negras bocas de las cuevas y envidió a los muertos que dormían en su interior, libres ya de dificultades; y recordó cómo había pasado por allí al galope el día anterior y se sintió lleno de asombro. Finalmente llegó a Hookena y, como de costumbre, todo el mundo se había reunido para esperar la llegada del vapor. En el cobertizo delante del almacén estaban todos sentados, bromeando y contándose las novedades; pero Keawe no sentía el menor deseo de hablar y permaneció en medio de ellos contemplando la lluvia que caía sobre las casas, y las olas que estallaban entre las rocas, mientras los suspiros se acumulaban en su garganta.
‑Keawe, el de la Casa Resplandeciente, está muy abatido ‑se decían unos a otros. Así era, en efecto, y no tenía nada de extraordinario.
Luego llegó el Hall y la gasolinera lo llevó a bordo. La parte posterior del barco estaba llena de haoles (blancos) que habían ido a visitar el volcán como tienen por costumbre; en el centro se amontonaban los kanakas, y en la parte delantera viajaban toros de Hilo y caballos de Kaü, pero Keawe se sentó lejos de todos, hundido en su dolor, con la esperanza de ver desde el barco la casa de Kiano. Finalmente la divisó, junto a la orilla, sobre las rocas negras, a la sombra de las palmeras; cerca de la puerta se veía un holoku rojo no mayor que una mosca y que revoloteaba tan atareado como una mosca. «¡Ah, reina de mi corazón», exclamó Keawe para sí, «arriesgaré mi alma para recobrarte!»
Poco después, al caer la noche, se encendieron las luces de las cabinas y los haoles se reunieron para jugar a las cartas y beber whisky como tienen por costumbre; pero Keawe estuvo paseando por cubierta toda la noche. Y todo el día siguiente, mientras navegaban a sotavento de Maui y de Molokai, Keawe seguía dando vueltas de un lado para otro como un animal salvaje dentro de una jaula.
Al caer la tarde pasaron Diamond Head y llegaron al muelle de Honolulú. Keawe bajó en seguida a tierra y empezó a preguntar por Lopaka. Al parecer se había convertido en propietario de una goleta ‑no había otra mejor en las islas‑, y se había marchado muy lejos en busca de aventuras, quizá hasta Pola‑Pola, de manera que no cabía esperar ayuda por ese lado. Keawe se acordó de un amigo de Lopaka, un abogado que vivía en la ciudad (no debo decir su nombre), y preguntó por él. Le dijeron que se había hecho rico de repente y que tenía una casa nueva y muy hermosa en la orilla de Waikiki; esto dio que pensar a Keawe, e inmediatamente alquiló un coche y se dirigió a casa del abogado.
La casa era muy nueva y los árboles del jardín apenas mayores que bastones; el abogado, cuando salió a recibirle, parecía un hombre satisfecho de la vida.
‑¿Qué puedo hacer por usted? ‑dijo el abogado.
‑Usted es amigo de Lopaka ‑replicó Keawe‑, y Lopaka me compró un objeto que quizá usted pueda ayudarme a localizar.
El rostro del abogado se ensombreció.
‑No voy a fingir que ignoro de qué me habla, señor Keawe ‑dijo‑, aunque se trata de un asunto muy desagradable que no conviene remover. No puedo darle ninguna seguridad, pero me imagino que si va usted a cierto barrio quizá consiga averiguar algo.
A continuación le dio el nombre de una persona que también en este caso será mejor no repetir. Esto sucedió durante varios días, y Keawe fue conociendo a diferentes personas y encontrando en todas partes ropas y coches recién estrenados, y casas nuevas muy hermosas y hombres muy satisfechos, aunque, claro está, cuando les explicaba el motivo de su visita, sus rostros se ensombrecían.
«No hay duda de que estoy en el buen camino», pensaba Keawe. «Esos trajes nuevos y esos coches son otros tantos regalos del demonio de la botella, y esos rostros satisfechos son los rostros de personas que han conseguido lo que deseaban y han podido librarse después de ese maldito recipiente. Cuando vea mejillas sin color y oiga suspiros sabré que estoy cerca de la botella.»
Sucedió que, finalmente, le recomendaron que fuera a ver a un haole en Beritania Street. Cuando llegó a la puerta, alrededor de la hora de la cena, Keawe se encontró con los típicos indicios: nueva casa, jardín recién plantado y luz eléctrica tras las ventanas; y cuando apareció el dueño, un escalofrío de esperanza y de miedo recorrió el cuerpo de Keawe, porque tenía delante de él a un hombre joven tan pálido como un cadáver, con marcadísimas ojeras, prematuramente calvo y con la expresión de un hombre en capilla.
«Tiene que estar aquí, no hay duda», pensó Keawe, y a aquel hombre no le ocultó en absoluto cuál era su verdadero propósito.
‑He venido a comprar la botella ‑dijo.
‑Al oír aquellas palabras el joven haole de Beritania Street tuvo que apoyarse contra la pared.
‑¡La botella! ‑susurró‑. ¡Comprar la botella!
Dio la impresión de que estaba a punto de desmayarse y, cogiendo a Keawe por el brazo, lo llevó a una habitación y escanció dos vasos de vino.
‑A su salud ‑dijo Keawe, que había pasado mucho tiempo con haoles en su época de marinero‑. Sí ‑añadió‑, he venido a comprar la botella. ¿Cuál es el precio que tiene ahora?
Al oír esto al joven se le escapó el vaso de entre los dedos y miró a Keawe como si fuera un fantasma.
‑El precio ‑dijo‑. ¡El precio! ¿No sabe usted cuál es el precio?
‑Por eso se lo pregunto ‑replicó Keawe‑. Pero ¿qué es lo que tanto le preocupa? ¿Qué sucede con el precio?
‑La botella ha disminuido mucho de valor desde que usted la compró, señor Keawe ‑dijo el joven tartamudeando.
‑Bien, bien; así tendré que pagar menos por ella ‑dijo Keawe‑. ¿Cuánto le costó a usted?
El joven estaba tan blanco como el papel.
‑Dos centavos ‑dijo.
‑¿Cómo? ‑exclamó Keawe‑, ¿dos centavos? Entonces, usted sólo puede venderla por uno. Y el que la compre... ‑Keawe no pudo terminar la frase; el que comprara la botella no podría venderla nunca y la botella y el diablo se quedarían con él hasta su muerte, y cuando muriera se encargarían de llevarlo a las llamas del infierno.
El joven de Beritania Street se puso de rodillas.
‑¡Cómprela, por el amor de Dios! ‑exclamó-. Puede quedarse también con toda mi fortuna. Estaba loco cuando la compré a ese precio. Había malversado fondos en el almacén donde trabajaba; si no lo hacía estaba perdido, hubiera acabado en la cárcel.
‑Pobre criarura ‑dijo Keawe‑; fue usted capaz de arriesgar su alma en una aventura tan desesperada, para evitar el castigo por su deshonra, ¿y cree que yo voy a dudar cuando es el amor lo que tengo delante de mí? Tráigame la botella y el cambio que sin duda tiene ya preparado. Es preciso que me dé la vuelta de estos cinco centavos.
Keawe no se había equivocado; el joven tenía las cuatro monedas en un cajón; la botella cambió de manos y tan pronto como los dedos de Keawe rodearon su cuello le susurró que deseaba quedar limpio de la enfermedad. Y, efectivamente, cuando se desnudó delante de un espejo en la habitación del hotel, su piel estaba tan sonrosada como la de un niño. Pero lo más extraño fue que inmediatamente se operó una transformación dentro de él y el Mal Chino le importaba muy poco y tampoco sentía interés por Kokua; no pensaba más que en una cosa: que estaba ligado al diablo de la botella para toda la eternidad y no le quedaba otra esperanza que la de ser para siempre una pavesa en las llamas del infierno. En cualquier caso, las veía ya brillar delante de él con los ojos de la imaginación; su alma se encogió y la luz se convirtió en tinieblas.
Cuando Keawe se recuperó un poco, se dio cuenta de que era la noche en que tocaba una orquesta en el hotel. Bajó a oírla porque temía quedarse solo; y allí, entre caras alegres, paseó de un lado para otro, escuchó las melodías y vio a Berger llevando el compás; pero todo el tiempo oía crepitar las llamas y veía un fuego muy vivo ardiendo en el pozo sin fondo del infierno. De repente la orquesta tocó Hiki‑ao‑ao, una canción que él había cantado con Kokua, y aquellos acordes le devolvieron el valor.
«Ya está hecho», pensó, «y una vez más tendré que aceptar lo bueno junto con lo malo».
Keawe regresó a Hawaii en el primer vapor y, tan pronto como fue posible, se casó con Kokua y la llevó a la Casa Resplandeciente en la ladera de la montaña.
Cuando los dos estaban juntos, el corazón de Keawe se tranquilizaba; pero tan pronto como se quedaba solo empezaba a cavilar sobre su horrible situación, y oía crepitar las llamas y veía el fuego abrasador en el pozo sin fondo. Era cierto que la muchacha se había entregado a él por completo; su corazón latía más de prisa al verlo, y su mano buscaba siempre la de Keawe; y estaba hecha de tal manera de la cabeza a los pies que nadie podía verla sin alegrarse. Kokua era afable por naturaleza. De sus labios salían siempre palabras cariñosas. Le gustaba mucho cantar, y cuando recorría la Casa Resplandeciente gorjeando como los pájaros era ella el objeto más hermoso que había en los tres pisos. Keawe la contemplaba y la oía embelesado y luego iba a esconderse en un rincón y lloraba y gemía pensando en el precio que había pagado por ella; después tenía que secarse los ojos y lavarse la cara e ir a sentarse con ella en uno de los balcones, acompañándola en sus canciones y correspondiendo a sus sonrisas con el alma llena de angustia.
Pero llegó un día en que Kokua empezó a arrastrar los pies y sus canciones se hicieron menos frecuentes; y ya no era sólo Keawe el que lloraba a solas, sino que los dos se retiraban a dos balcones situados en lados opuestos, con toda la anchura de la Casa Resplandeciente entre ellos. Keawe estaban tan hundido en la desesperación que apenas notó el cambio, alegrándose tan sólo de tener más horas de soledad durante las que cavilar sobre su destino y de no verse condenado con tanta frecuencia a ocultar un corazón enfermo bajo una cara sonriente. Pero un día, andando nor la casa sin hacer ruido, escuchó sollozos como de un niño y vio a Kokua moviendo la cabeza y llorando como los que están perdidos.
‑Haces bien lamentándote en esta casa, Kokua ‑dijo Keawe‑. Y, sin embargo, daría media vida para que pudieras ser feliz.
‑¡Feliz! ‑exclamó ella‑. Keawe, cuando vivías solo en la Casa Resplandeciente, toda la gente de la isla se hacía lenguas de tu felicidad; tu boca estaba siempre llena de risas y de canciones y tu rostro resplandecía como la aurora. Después te casaste con la pobre Kokua; y el buen Dios sabrá qué es lo que le falta, pero desde aquel día no has vuelto a sonreír. ¿Qué es lo que me pasa? Creía ser bonita y sabía que amaba a mi marido. ¿Qué es lo que me pasa que arrojo esta nube sobre él?
‑Pobre Kokua ‑dijo Keawe‑. Se sentó a su lado y trató de cogerle la mano; pero ella la apartó. ‑Pobre Kokua ‑dijo de nuevo‑. ¡Pobre niñita mia! ¡Y yo que creía ahorrarte sufrimientos durante todo este tiempo! Pero lo sabrás todo. Así, al menos, te compadecerás del pobre Keawe; comprenderás lo mucho que te amaba cuando sepas que prefirió el infierno a perderte; y lo mucho que aún te ama, puesto que todavía es capaz de sonreír al contemplarte. Y a continuación, le contó toda su historia desde el principio.
‑¿Has hecho eso por mí? ‑exclamó Kokua‑. Entonces, ¡qué me importa nada! ‑y, abrazándole, se echó a llorar.
‑¡Querida mía! ‑dijo Keawe‑; sin embargo, cuando pienso en el fuego del infierno, ¡a mi sí que me importa!
‑No digas eso ‑respondió ella‑; ningún hombre puede condenarse por amar a Kokua si no ha cometido ninguna otra falta. Desde ahora te digo, Keawe, que te salvaré con estas manos o pereceré contigo. ¿Has dado tu alma por mi amor y crees que yo no moriría por salvarte?
‑¡Querida mía! Aunque murieras cien veces, ¿cuál sería la diferencia? ‑exclamó él‑. Serviría únicamente para que tuviera que esperar a solas el día de mi condenación.
‑Tú no sabes nada ‑dijo ella‑. Yo me eduqué en un colegio de Honolulú; no soy una chica corriente. Y desde ahora te digo que salvaré a mi amante. ¿No me has hablado de un centavo? ¿Ignoras que no todos los países tienen dinero americano? En Inglaterra existe una moneda que vale alrededor de medio centavo. ¡Qué lástima! ‑exclamó en seguida‑; eso no lo hace mucho mejor, porque el que comprara la botella se condenaría y ¡no vamos a encontrar a nadie tan valiente como mi Keawe! Pero también está Francia; allí tienen una moneda a la que llaman céntimo y de ésos se necesitan aproximadamente cinco para poder cambiarlos por un centavo. No encontraremos nada mejor. Vámonos a las islas del Viento; salgamos para Tahití en el primer barco que zarpe. Allí tendremos cuatro céntimos, tres céntimos, dos céntimos y un céntimo: cuatro posibles ventas y nosotros dos para convencer a los compradores. ¡Vamos, Keawe mío! Bésame y no te preocupes más. Kokua te defenderá.
‑¡Regalo de Dios! ‑exclamó Keawe‑. ¡No creo que el Señor me castigue por desear algo tan bueno! Sea como tú dices; llévame donde quieras: pongo mi vida y mi salvación en tus manos.
Muy de mañana al día siguiente Kokua estaba ya haciendo sus preparativos. Buscó el baúl de marinero de Keawe; primero puso la botella en una esquina; luego colocó sus mejores ropas y los adornos más bonitos que había en la casa.
‑Porque ‑dijo‑ si no parecemos gente rica, ¿quién va a creer en la botella?
Durante todo el tiempo de los preparativos estuvo tan alegre como un pájaro; sólo cuando miraba en dirección a Keawe los ojos se le llenaban de lágrimas y tenía que ir a besarlo. En cuanto a Keawe, se le había quitado un gran peso de encima; ahora que alguien compartía su secreto y había vislumbrado una esperanza parecía un hombre distinto: caminaba otra vez con paso ligero y respirar ya no era una obligación penosa. El terror, sin embargo, no andaba lejos; y de vez en cuando, de la misma manera que el viento apaga un cirio, la esperanza moría dentro de él y veía otra vez agitarse las llamas y el fuego abrasador del infierno.
Anunciaron que iban a hacer un viaje de placer por los Estados Unidos: a todo el mundo le pareció una cosa extraña, pero más extraña les hubiera parecido la verdad si hubieran podido adivinarla. De manera que se trasladaron a Honolulú en el Hall y de allí a San Francisco en el Umantilla con muchos haoles; y en San Fraacisco se embarcaron en el bergantín correo, el Tropic Bird, camino de Papeete, la ciudad francesa más importante de las islas del sur. Llegaron allí, después de un agradable viaje, cuando los vientos alisios soplaban suavemente, y vieron los arrecifes en los que van a estrellarse las olas, y Motuiti con sus palmeras, y cómo el bergantín se adentraba en el puerto, y las casas blancas de la ciudad a lo largo de la orilla entre árboles verdes, y, por encima, las montañas y las nubes de Tahití, la isla prudente.
Consideraron que lo más conveniente era alquilar una casa, y eligieron una situada frente a la del cónsul británico; se trataba de hacer gran ostentación de dinero y de que se les viera por todas partes bien provistos de coches y caballos. Todo esto resultaba fácil mientras tuvieran la botella en su poder, porque Kouka era más atrevida que Keawe y siempre que se le ocurría, llamaba al diablo para que le proporcionase veinte o cien dólares. De esta forma pronto se hicieron notar en la ciudad; y los extranjeros procedentes de Hawaii, y sus paseos a caballo y en coche, y los elegantes holokus y los delicados encajes de Kokua fueron tema de muchas conversaciones.
Se acostumbraron a la lengua de Tahití, que es en realidad semejante a la de Hawaii, aunque con cambios en ciertas letras; y en cuanto estuvieron en condiciones de comunicarse, trataron de vender la botella. Hay que tener en cuenta que no era un tema fácil de abordar; no era fácil convencer a la gente de que hablaban en serio cuando les ofrecían por cuatro céntimos una fuente de salud y de inagotables riquezas. Era necesario además explicar los peligros de la botella; y, o bien los posibles compradores no creían nada en absoluto y se echaban a reír, o se percataban sobre todo de los aspectos más sombríos y, adoptando un aire muy solemne, se alejaban de Keawe y Kokua, considerándolos personas en trato con el demonio. De manera que en lugar de hacer progresos, los esposos descubrieron al cabo de poco tiempo que todo el mundo les evitaba; los niños se alejaban de ellos corriendo y chillando, cosa que a Kokua le resultaba insoportable; los católicos hacían la señal de la cruz al pasar a su lado y todos los habitantes de la isla parecían estar de acuerdo en rechazar sus proposiciones.
Con el paso de los días se fueron sintiendo cada vez más deprimidos. Por la noche, cuando se sentaban en su nueva casa después del día agotador, no intercambiaban una sola palabra y si se rompía el silencio era porque Kokua no podía reprimir más sus sollozos. Algunas veces rezaban juntos; otras colocaban la botella en el suelo y se pasaban la velada contemplando los movimientos de la sombra en su interior. En tales ocasiones tenían miedo de irse a descansar. Tardaba mucho en llegarles el sueño y si uno de ellos se adormilaba, al despertarse hallaba al otro llorando silenciosamente en la oscuridad o descubría que estaba solo, porque el otro había huido de la casa y de la proximidad de la botella para pasear bajo los bananos en el jardín o para vagar por la playa a la luz de la luna.
Así fue como Kokua se despertó una noche y encontró que Keawe se había marchado. Tocó la cama y el otro lado del lecho estaba frío. Entonces se asustó, incorporándose. Un poco de luz de luna se filtraba entre las persianas. Había suficiente claridad en la habitación para distinguir la botella sobre el suelo. Afuera soplaba el viento y hacía gemir los grandes árboles de la avenida mientras las hojas secas batían en la veranda. En medio de todo esto Kokua tomó conciencia de otro sonido; difícilmente hubiera podido decir si se trababa de un animal o de un hombre, pero sí que era tan triste como la muerte y que le desgarraba el alma. Kokua se levantó sin hacer ruido, entreabrió la puerta y contempló el jardín iluminado por la luna. Allí, bajo los bananos, yacía Keawe con la boca pegada a la tierra y eran sus labios los que dejaban escapar aquellos gemidos.
La primera idea de Kokua fue ir corriendo a consolarlo; pero en seguida comprendió que no debía hacerlo. Keawe se había comportado ante su esposa como un hombre valiente; no estaba bien que ella se inmiscuyera en aquel momento de debilidad. Ante este pensamiento Kokua retrocedió, volviendo otra vez al interior de la casa.
«¡Qué negligente he sido, Dios mío!», pensó. «¡Qué débil! Es él, y no yo, quien se enfrenta con la condena eterna; la maldición recayó sobre su alma y no sobre la mía. Su preocupación por mi bien y su amor por una criatura tan poco digna y tan incapaz de ayudarle son las causas de que ahora vea tan cerca de sí las llamas del infierno y hasta huela el humo mientras yace ahí fuera, iluminado por la luna y azotado por el viento. ¿Soy tan torpe que hasta ahora nunca se me ha ocurrido considerar cuál es mi deber, o quizá viéndolo he preferido ignorarlo? Pero ahora, por fin, alzo mi alma en manos de mi afecto; ahora digo adiós a la blanca escalinata del paraíso y a los rostros de mis amigos que están allí esperando. ¡Amor por amor y que el mío sea capaz de igualar al de Keawe! ¡Alma por alma y que la mía perezca.» Kokua era una mujer con gran destreza manual y en seguida estuvo preparada. Cogió el cambio, los preciosos céntimos que siempre tenía al alcance de la mano, porque es una moneda muy poco usada, y habían ido a aprovisionarse a una oficina del Gobierno. Cuando Kokua avanzaba ya por la avenida, el viento trajo unas nubes que ocultaron la luna. La ciudad dormía y la muchacha no sabía hacia dónde dirigirse hasta que oyó una tos que salía de debajo de un árbol.
‑Buen hombre ‑dijo Kokua‑, ¿qué hace usted aquí solo en una noche tan fría?
El anciano apenas podía expresarse a causa de la tos, pero Kokua logró enterarse de que era viejo y pobre, y un extranjero en la isla.
‑¿Me haría usted un favor? ‑dijo Kokua‑. De extrajero a extranjera y de anciano a muchacha, ¿no querrá usted ayudar a una hija de Hawaii?
‑Ah ‑dijo el anciano‑. Ya veo que eres la bruja de las Ocho Islas y que también quieres perder mi alma. Pero he oído hablar de ti y te aseguro que tu perversidad nada conseguirá contra mí.
‑Siéntese aquí ‑le dijo Kokua‑, y déjeme que le cuente una historia.
Y le contó la historia de Keawe desde el principio hasta el fin.
‑Y yo soy su esposa ‑dijo Kokua al terminar‑; la esposa que Keawe compró a cambio de su alma. ¿Qué debo hacer? Si fuera yo misma a comprar la botella, no aceptaría. Pero si va usted, se la dará gustosísimo; me quedaré aquí esperándole: usted la comprará por cuatro céntimos y yo se la volveré a comprar por tres. ¡Y que el Señor de fortaleza a una pobre muchacha!
‑Si trataras de engañarme ‑dijo el anciano‑, creo que Dios te mataría.
‑¡Sí que lo haría! ‑exclamó Kokua‑. No le quepa duda. No podría ser tan malvada. Dios no lo consentiría.
‑Dame los cuatro céntimos y espérame aquí ‑dijo el anciano.
Ahora bien, cuando Kokua se quedó sola en la calle, todo su valor desapareció. El viento rugía entre los árboles y a ella le parecía que las llamas del infierno estaban ya a punto de acometerla; las sombras se agitaban a la luz del farol, y le parecían las manos engarfiadas de los mensajeros del maligno. Si hubiera tenido fuerzas, habría echado a correr y de no faltarle el aliento habría gritado; pero fue incapaz de hacer nada y se quedó temblando en la avenida como una niñita muy asustada.
Luego vio al anciano que regresaba trayendo la botella.
‑He hecho lo que me pediste ‑dijo al llegar junto a ella. Tu marido se ha quedado llorando como un niño; dormirá en paz el resto de la noche.
Y extendió la mano ofreciéndole la botella a Kokua.
‑Antes de dármela ‑jadeó Kokua‑ aprovéchese también de lo bueno: pida verse libre de su tos.
‑Soy muy viejo ‑replicó el otro‑, y estoy demasiado cerca de la tumba para aceptar favores del demonio. Pero ¿qué sucede? ¿Por qué no coges la botella? ¿Acaso dudas?
‑¡No, no dudo! ‑exclamó Kokua‑. Pero me faltan las fuerzas. Espere un momento. Es mi mano la que se resiste y mi carne la que se encoge en presencia de ese objeto maldito. ¡Un momento tan sólo!
El anciano miró a Kokua afectuosamente.
‑¡Pobre niña ‑dijo‑; tienes miedo; tu alma te hace dudar. Bueno, me quedaré yo con ella. Soy viejo y nunca más conoceré la felicidad en este mundo, y en cuanto al otro...
‑¡Démela! ‑jadeó Kokua‑. Aquí tiene su dinero. ¿Cree que soy tan vil como para eso? Deme la botella.
‑Que Dios te bendiga, hija mía ‑dijo el anciano.
Kokua ocultó la botella bajo su holoku, se despidió del anciano y echó a andar por la avenida sin preocuparse de saber en qué dirección. Porque ahora todos los caminos daban lo mismo; todos la llevaban igualmente al infierno. Unas veces iba andando y otras corría; unas veces gritaba y otras se tumbaba en el polvo junto al camino y lloraba. Todo lo que había oído sobre el infierno le volvía ahora a la imaginación; contemplaba el brillo de las llamas, se asfixiaba con el acre olor del humo y sentía deshacerse su carne sobre los carbones encendidos.
Poco antes del amanecer consiguió serenarse y volver a casa. Keawe dormía igual que un niño, tal como el anciano le había asegurado. Kokua se detuvo a contemplar su rostro.
‑Ahora, esposo mío ‑dijo‑, te toca a ti dormir. Cuando despiertes podrás cantar y reír. Pero la pobre Kokua, que nunca quiso hacer mal a nadie, no volverá a dormir tranquila, ni a cantar, ni a divertirse.
Después Kokua se tumbó en la cama al lado de Keawe y su dolor era tan grande que cayó al instante en un sopor profundísimo.
Su esposo se despertó ya avanzada la mañana y le dio la buena noticia. Era como si la alegría lo hubiera trastornado, porque no se dio cuenta de la aflicción de Kokua, a pesar de lo mal que ella la disimulaba. Aunque las palabras se le atragantaran, no tenía importancia; Keawe se encargaba de decirlo todo. A la hora de comer no probó bocado, pero ¿quién iba a darse cuenta?, porque Keawe no dejó nada en su plato. Kokua lo veía y le oía como si se tratara de un mal sueño; había veces en que se olvidaba o dudaba y se llevaba las manos a la frente; porque saberse condenada y escuchar a su marido hablando sin parar de aquella manera le resultaba demasiado monstruoso.
Mientras tanto, Keawe comía y charlaba, hacía planes para su regreso a Hawaii, le daba las gracias a Kokua por haberlo salvado, la acariciaba y le decía que en realidad el milagro era obra suya. Luego Keawe em pezó a reírse del viejo que había sido lo suficientemente estúpido como para comprar la botella.
‑Parecía un anciano respetable ‑dijo Keawe‑ Pero no se puede juzgar por las apariencias, porque ¿para qué necesitaría la botella ese viejo réprobo?
‑Esposo mío ‑dijo Kokua humildemente‑, su intención puede haber sido buena.
Keawe se echó a reír muy enfadado.
‑¡Tonterías! ‑exclamó acto seguido‑. Un viejo pícaro, te lo digo yo; y estúpido por añadidura. Ya era bien difícil vender la botella por cuatro céntimos, pero por tres será completamente imposible. Apenas queda margen y todo el asunto empieza a oler a chamusquina... ‑dijo Keawe, estremeciéndose‑. Es cierto que yo la compré por un centavo cuando no sabía que hubiera monedas de menos valor. Pero es absurdo hacer una cosa así; nunca aparecerá otro que haga lo mismo, y la persona que tenga ahora esa botella se la llevará consigo a la tumba.
‑¿No es una cosa terrible, esposo mío ‑dijo Kokua‑, que la salvación propia signifique la condenación eterna de otra persona? Creo que yo no podría tomarlo a broma. Creo que me sentiría abatido y lleno de melancolía. Rezaría por el nuevo dueño de la botella.
Keawe se enfadó aún más al darse cuenta de la verdad que encerraban las palabras de Kokua.
‑¡Tonterías! ‑exclamó‑. Puedes sentirte llena de melancolía si así lo deseas. Pero no me parece que sea ésa la actitud lógica de una buena esposa. Si pensaras un poco en mí, tendría que darte vergüenza.
Luego salió y Kokua se quedó sola.
¿Qué posibilidades tenía ella de vender la botella por dos céntimos? Kokua se daba cuenta de que no tenía ninguna. Y en el caso de que tuviera alguna, ahí estaba su marido empeñado en devolverla a toda prisa a un país donde no había ninguna moneda inferior al centavo. Y ahí estaba su marido abandonándola y recriminándola a la mañana siguiente después de su sacrificio.
Ni siquiera trató de aprovechar el tiempo que pudiera quedarle: se limitó a quedarse en casa, y unas veces sacaba la botella y la contemplaba con indecible horror y otras volvía a esconderla llena de aborrecimiento.
A la larga Keawe terminó por volver y la invitó a dar un paseo en coche.
‑Estoy enferma esposo mío ‑dijo ella‑. No tengo ganas de nada. Perdóname, pero no me divertiría.
Esto hizo que Keawe se enfadara todavía más con ella, porque creía que le entristecía el destino del anciano, y consigo mismo, porque pensaba que Kokua tenía razón y se avergonzaba de ser tan feliz.
‑¡Eso es lo que piensas de verdad ‑exclamó‑, y ése es el afecto que me tienes! Tu marido acaba de verse a salvo de la condenación eterna a la que se arriesgó por tu amor y tú no tienes ganas de nada! Kokua, tu corazón es un corazón desleal.
Keawe volvió a marcharse muy furioso y estuvo vagabundeando todo el día por la ciudad. Se encontró con unos amigos y estuvieron bebiendo juntos; luego alquilaron un coche para ir al campo y allí siguieron bebiendo.
Uno de los que bebían con Keawe era un brutal haole ya viejo que había sido contramaestre de un ballenero y también prófugo, buscador de oro y presidiario en varias cárceles. Era un hombre rastrero; le gustaba beber y ver borrachos a los demás; y se empeñaba en que Keawe tomara una copa tras otra. Muy pronto, a ninguno de ellos le quedaba más dinero.
‑¡Eh, tú! ‑dijo el contramaestre‑, siempre estás diciendo que eres rico. Que tienes una botella o alguna tontería parecida.
‑Sí ‑dijo Keawe‑, soy rico; volveré a la ciudad y le pediré algo de dinero a mi mujer, que es la que lo guarda.
‑Ése no es un buen sistema, compañero ‑dijo el contramaestre‑. Nunca confíes tu dinero a una mujer. Son todas tan falsas como Judas; no la pierdas de vista.
Aquellas palabras impresionaron mucho a Keawe porque la bebida le había enturbiado el cerebro.
«No me extrañaría que fuera falsa», pensó. «¿Por qué tendría que entristecerle tanto mi liberación? Pero voy a demostrarle que a mí no se me engaña tan fácilmente.
La pillaré in fraganti.»
De manera que cuando regresaron a la ciudad, Keawe le pidió al contramaestre que le esperara en la esquina, junto a la cárcel vieja, y él siguió solo por la avenida hasta la puerta de su casa. Era otra vez de noche; dentro había una luz, pero no se oía ningún ruido. Keawe dio la vuelta a la casa, abrió con mucho cuidado la puerta de atrás y miró dentro.
Kokua estaba sentada en el suelo con la lámpara a su lado; delante había una botella de color lechoso, con una panza muy redonda y un cuello muy largo; y mientras la contemplaba, Kokua se retorcía las manos.
Keawe se quedó mucho tiempo en la puerta, mirando. Al principio fue incapaz de reaccionar; luego tuvo miedo de que la venta no hubiera sido válida y de que la botella hubiera vuelto a sus manos como le sucediera en San Francisco; y al pensar en esto notó que se le doblaban las rodillas y los vapores del vino se esfumaron de su cabeza como la neblina desaparece de un río con los primeros rayos del sol. Después se le ocurrió otra idea. Era una idea muy extraña e hizo que le ardieran las mejillas. «Tengo que asegurarme de esto», pensó.
De manera que cerró la puerta, dio la vuelta a la casa y entró de nuevo haciendo mucho ruido, como si acabara de llegar. Pero cuando abrió la puerta principal ya no se veía la botella por ninguna parte; y Kokua estaba sentada en una silla y se sobresaltó como alguien que se despierta.
‑He estado bebiendo y divirtiéndome todo el día ‑dijo Keawe‑. He encontrado unos camaradas muy simpáticos y vengo sólo por más dinero para seguir bebiendo y corriéndonos la gran juerga.
Tanto su rostro como su voz eran tan severos como los de un juez, pero Kokua estaba demasiado preocupada para darse cuenta.
‑Haces muy bien en usar de tu dinero, esposo mío ‑dijo ella con voz temblorosa.
‑Ya sé que hago bien en todo ‑dijo Keawe, yendo directamente hacia el baúl y cogiendo el dinero. También miró detrás, en el rincón donde guardaba la botella, pero la botella no estaba allí.
Entonces el baúl empezó a moverse como un alga marina y la casa a dilatarse como una espiral de humo, porque Keawe comprendió que estaba perdido, y que no le quedaba ninguna escapatoria. «Es lo que me temía», pensó. «Es ella la que ha comprado la botella.»
Luego se recobró un poco, alzándose de nuevo; pero el sudor le corría por la cara tan abundante como si se tratara de gotas de lluvia y tan frío como si fuera agua de pozo.
‑Kokua ‑dijo Keawe‑, esta mañana me he enfadado contigo sin razón alguna. Ahora voy otra vez a divertirme con mis compañeros ‑añadió, riendo sin mucho entusiasmo‑. Pero sé que lo pasaré mejor si me perdonas antes de marcharme.
Un momento después Kokua estaba agarrada a sus rodillas y se las besaba mientras ríos de lágrimas corrían por sus mejillas.
‑¡Sólo quería que me dijeras una palabra amable! ‑exclamó ella.
‑Ojalá nunca volvamos a pensar mal el uno del otro ‑dijo Keawe; acto seguido volvió a marcharse.
Keawe no había cogido más dinero que parte de la provisión de monedas de un céntimo que consiguieran nada más llegar. Sabía muy bien que no tenía ningún deseo de seguir bebiendo.
Puesto que su mujer había dado su alma por él, Keawe tenía ahora que dar la suya por Kokua; no era posible pensar en otra cosa.
En la esquina, junto a la cárcel vieja, le esperaba el contramaestre.
‑Mi mujer tiene la botella ‑dijo Keawe‑, y si no me ayudas a recuperarla, se habrán acabado el dinero y la bebida por esta noche.
‑¿No querrás decirme que esa historia de la botella va en serio? ‑exclamó el contramaestre.
‑Pongámonos bajo el farol ‑dijo Keawe‑. ¿Tengo aspecto de estar bromeando?
‑Debe de ser cierto ‑dijo el contramaestre‑, porque estás tan serio como si vinieras de un entierro.
‑Escúchame, entonces ‑dijo Keawe‑; aquí tienes dos céntimos; entra en la casa y ofréceselos a mi mujer por la botella, y (si no estoy equivocado) te la entregará inmediatamente. Traémela aquí y yo te la volveré a comprar por un céntimo; porque tal es la ley con esa botella: es preciso venderla por una suma inferior a la de la compra. Pero en cualquier caso no le digas una palabra de que soy yo quien te envía.
‑Compañero, ¿no te estarás burlando de mí?, ‑quiso saber el contramaestre.
‑Nada malo te sucedería aunque fuera así ‑respondió Keawe.
‑Tienes razón, compañero ‑dijo el contramaestre.
‑Y si dudas de mí ‑añadió Keawe‑ puedes hacer la prueba. Tan pronto como salgas de la casa, no tienes más que desear que se te llene el bolsillo de dinero, o una botella del mejor ron o cualquier otra cosa que se te ocurra y comprobarás en seguida el poder de la botella.
‑Muy bien, kanaka ‑dijo el contramaestre‑. Haré la prueba; pero si te estás divirtiendo a costa mía, te aseguro que yo me divertiré después a la tuya con una barra de hierro.
De manera que el ballenero se alejó por la avenida; y Keawe se quedó esperándolo. Era muy cerca del sitio donde Kokua había esperado la noche anterior; pero Keawe estaba más decidido y no tuvo un solo momento de vacilación; sólo su alma estaba llena del amargor de la desesperación.
Le pareció que llevaba ya mucho rato esperando cuando oyó que alguien se acercaba, cantando por la avenida todavía a oscuras. Reconoció en seguida la voz del contramaestre; pero era extraño que repentinamente diera la impresión de estar mucho más borracho que antes. El contramaestre en persona apareció poco después, tambaleándose, bajo la luz del farol. Llevaba la botella del diablo dentro de la chaqueta y otra botella en la mano; y aún tuvo tiempo de llevársela a la boca y echar un trago mientras cruzaba el círculo iluminado.
‑Ya veo que la has conseguido ‑dijo Keawe.
‑¡Quietas las manos! ‑gritó el contramaestre, dando un salto hacia atrás‑. Si te acercas un paso más te parto la boca. Creías que ibas a poder utilizarme, ¿no es cierto?
‑¿Qué significa esto? ‑exclamó Keawe.
‑¿Qué significa? ‑repitió el contramaestre‑. Que esta botella es una cosa extraordiaria, ya lo creo que sí; eso es lo que significa. Cómo la he conseguido por dos céntimos es algo que no sabría explicar; pero sí estoy seguro de que no te la voy a dar por uno.
‑¿Quieres decir que no la vendes? ‑jadeó Keawe.
‑¡Claro que no! ‑exclamó el contramaestre‑. Pero te dejaré echar un trago de ron, si quieres.
‑Has de saber ‑dijo Keawe‑ que el hombre que tiene esa botella terminará en el infierno.
‑Calculo que voy a ir a parar allí de todas formas ‑replicó el marinero‑; y esta botella es la mejor compañía que he encontrado para ese viaje. ¡No, señor! ‑exclamó de nuevo‑; esta botella es mía ahora y ya puedes ir buscándote otra.
‑¿Es posible que sea verdad todo esto? ‑exdamó Keawe‑. ¡Por tu propio bien, te lo ruego, véndemela!
‑No me impona nada lo que digas ‑replicó el contramaestre‑. Me tomaste por tonto y ya ves que no lo soy; eso es todo. Si no quieres un trago de ron me lo tomaré yo. ¡A tu salud y que pases buena noche!
Y acto seguido continuó andando, camino de la ciudad; y con él también la botella desaparece de esta historia.
Pero Keawe corrió a reunirse con Kokua con la velocidad del viento; y grande fue su alegría aquella noche; y grande, desde entonces, ha sido la paz que colma todos sus días en la Casa Resplandeciente.
Apia, Upolu, Islas de Samoa, 1889.

***

Henry James

LOS AMIGOS DE LOS AMIGOS

(The Friends of the Friends, 1896)

En las ghost stories de Henry James (1843‑ 1916), lo sobrenatural es invisible (presencia del mal más allá de toda imaginación, como en la famosa La vuelta de tuerca), o casi (inaprehensible desdoblamiento de sí mismo en The Jolly Corner). De cualquier modo, no es la imagen visible del fantasma lo que cuenta, sino el nudo de las relaciones humanas por las que el fantasma es evocado o que el fantasma contribuye a establecer. Una historia de relaciones mundanas impalpables, como en Los amigos de los amigos (o, quizá mejor, Amigos de amigos), se carga de vibraciones: todo ser vivo proyecta fantasmas, la frontera entre las personas de carne y hueso y las emanaciones psíquicas es lábil; el punto de partida «parapsicológico» se duplica y multiplica. Como sucede a menudo en James, el personaje en apariencia neutral que se encuentra detrás de la «voz del narrador» tiene un papel decisivo precisamente por lo que no dice: aquí, como en La vuelta de tuerca, es una voz de mujer, que esta vez no esconde su pasión dominante, los celos, y su tendencia a la intriga.

LOS AMIGOS DE LOS AMIGOS

ENCUENTRO, como profetizaste, mucho de interesante, pero poco de utilidad para la cuestión delicada ‑la posibilidad de publicación‑. Los diarios de esta mujer son menos sistemáticos de lo que yo esperaba; no tenía más que la bendita costumbre de anotar y narrar. Resumía, guardaba; parece como si pocas veces dejara pasar una buena historia sin atraparla al vuelo. Me refiero, claro está, más que a las cosas que oía, a las que veía y sentía. Unas veces escribe sobre sí misma, otras sobre otros, otras sobre la combinación. Lo incluido bajo esta última rúbrica es lo que suele ser más gráfico. Pero, como comprenderás, no siempre lo más gráfico es lo más publicable. La verdad es que es tremendamente indiscreta, o por lo menos tiene todos los materiales que harían falta para que yo lo fuera. Observa como ejemplo este fragmento que te mando después de dividirlo, para tu comodidad, en varios capítulos cortos. Es el contenido de un cuaderno de pocas hojas que he hecho copiar, que tiene el valor de ser más o menos una cosa redonda, una suma inteligible. Es evidente que estas páginas datan de hace bastantes años. He leído con la mayor curiosidad lo que tan circunstanciadamente exponen, y he hecho todo lo posible por digerir el prodigio que dejan deducir. Serían cosas llamativas, ¿no es cierto?, para cualquier lector; pero ¿te imaginas siquiera que yo pusiera semejante documento a la vista del mundo, aunque ella misma, como si quisiera hacerle al mundo ese regalo, no diera a sus amigos nombres ni iniciales? ¿Tienes tú alguna pista sobre su identidad? Le cedo la palabra.

I

Sé perfectamente, por supuesto, que yo me lo busqué; pero eso ni quita ni pone. Yo fui la primera persona que le habló de ella: ni tan siquiera la había oído nombrar. Aunque yo no hubiera hablado, alguien lo habría hecho por mí; después traté de consolarme con esa reflexión. Pero el consuelo que dan las reflexiones es poco: el único consuelo que cuenta en la vida es no haber hecho el tonto. Ésa es una bienaventuranza de la que yo, desde luego, nunca gozaré. «Pues deberías conocerla y comentarlo con ella», fue lo que le dije inmediatamente. «Sois almas gemelas.» Le conté quién era, y le expliqué que eran almas gemelas porque, si él había tenido en su juventud una aventura extraña, ella había tenido la suya más o menos por la misma época. Era cosa bien sabida de sus amistades ‑cada dos por tres se le pedía que relatara el incidente‑. Era encantadora, inteligente, guapa, desgraciada; pero, con todo eso, era a aquello a lo que en un principio había debido su celebridad.
Tenía dieciocho años cuando, estando de viaje por no sé dónde con una tía suya, había tenido una visión de su padre en el momento de morir. Su padre estaba en Inglaterra, a una distancia de cientos de millas y, que ella supiera, ni muriéndose ni muerto. Ocurrió de día, en un museo de una gran ciudad extranjera. Ella había pasado sola, adelantándose a sus acompañantes, a una salita que contenía una obra de arte famosa, y que en aquel momento ocupaban otras dos personas. Una era un vigilante anciano; a la otra, antes de fijarse, la tomó por un desconocido, un turista. No fue consciente sino de que tenía la cabeza descubierta y estaba sentado en un banco. Pero en el instante en que puso los ojos en él vio con asombro a su padre, que, como si llevara esperándola mucho tiempo, la miraba con inusitada angustia y con una impaciencia que era casi un reproche. Ella corrió hacia él, gritando descompuesta: «¿Papá, qué te pasa?»; pero a esto siguió una demostración de sentimiento todavía más intenso al ver que ante ese movimiento su padre se desvanecía sin más, dejándola consternada entre el vigilante y sus parientes, que para entonces ya la habían seguido. Esas personas, el empleado, la tía, los primos, fueron pues, en cierto modo, testigos del hecho ‑del hecho, al menos, de la impresión que había recibido‑; y hubo además el testimonio de un médico que atendía a una de las personas del grupo y a quien se comunicó inmediatamente lo sucedido. El médico prescribió un remedio contra la histeria pero le dijo a la tía en privado: «Espere a ver si no ocurre nada en su casa.» Sí había ocurrido algo: el pobre padre, víctima de un mal súbito y violento, había fallecido aquella misma mañana. La tía, hermana de la madre, recibió en el día un telegrama en el que se le anunciaba el suceso y se le pedía que preparase a su sobrina. Su sobrina ya estaba preparada, y ni que decir tiene que aquella aparición dejó en ella una huella indeleble. A todos nosotros, como amigos suyos, nos había sido transmitida, y todos nos la habíamos transmitido unos a otros con cierto estremecimiento. De eso hacía doce años, y ella, como mujer que había hecho una boda desafortunada y vivía separada de su marido, había cobrado interés por otros motivos; pero como el apellido que ahora llevaba era un apellido frecuente, y como además su separación judicial apenas era distinción en los tiempos que corrían, era habitual singularizarla como «ésa, sí, la que vio al fantasma de su padre».
En cuanto a él, él había visto al de su madre..., ¡qué más hacía falta! Yo no lo había sabido hasta esta ocasión en que nuestro trato más íntimo, más agradable, le llevó, por algo que había salido en nuestra conversación a mencionarlo y con ello a inspirarme el impulso de hacerle saber que tenía un rival en ese terreno ‑una persona con quien comparar impresiones‑. Más tarde, esa historia vino a ser para él, quizá porque yo la repitiese indebidamente, también una cómoda etiqueta mundana; pero no era con esa referencia como me lo habían presentado un año antes. Tenía otros méritos, como ella, la pobre, también los tenía. Yo puedo decir sinceramente que fui muy consciente de ellos desde el primer momento ‑que los descubrí antes de que él descubriera los míos‑. Recuerdo haber observado ya en aquel entonces que su percepción de los míos se avivó por esto de que yo pudiera corresponder, aunque desde luego no con nada de mi propia experiencia, a su curiosa anécdota. Databa esa anécdota, como la de ella, de una docena de años atrás: de un año en el que, estando en Oxford, por no sé qué razones se había quedado a hacer el curso «largo». Era una tarde del mes de agosto; había estado en el río. Cuando volvió a su habitación, todavía a la clara luz del día, encontró allí a su madre, de pie y como con los ojos fijos en la puerta. Aquella mañana había recibido una carta de ella desde Gales, donde estaba con su padre. Al verle le sonrió con muchísimo cariño y le tendió los brazos, y al adelantarse él abriendo los suyos, lleno de alegría, se desvaneció. Él le escribió aquella noche, contándole lo sucedido; la carta había sido cuidadosamente conservada. A la mañana siguiente le llegó la noticia de su muerte. Aquel azar de nuestra conversación hizo que se quedara muy impresionado por el pequeño prodigio que yo pude presentarle. Nunca se había tropezado con otro caso. Desde luego que tenían que conocerse, mi amiga y él; seguro que tendrían cosas en común. Yo me encargaría, ¿verdad? ‑si ella no tenía inconveniente‑; él no lo tenía en absoluto. Yo había prometido hablarlo con ella en la primera ocasión, y en la misma semana pude hacerlo. De «inconveniente» tenía tan poco como él; estaba perfectamente dispuesta a verle. A pesar de lo cual no había de haber encuentro ‑como vulgarmente se entienden los encuentros.

II

La mitad de mi cuento está en eso: de qué forma extraordinaria se vio obstaculizado. Fue culpa de una serie de accidentes; pero esos accidentes, persistiendo al cabo de los años, acabaron siendo, para mí y para otras personas, objeto de diversión con cada una de las partes. Al principio tuvieron bastante gracia, luego ya llegaron a aburrir. Lo curioso es que él y ella estaban muy bien dispuestos: no se podía decir que se mostrasen indiferentes, ni muchísimo menos reacios. Fue uno de esos caprichos del azar, ayudado, supongo, por una oposición bastante arraigada de las ocupaciones y costumbres de uno y otra. Las de él tenían por centro su cargo, su sempiterna inspección, que le dejaba escaso tiempo libre, reclamándole constantemente y obligándole a anular compromisos. Le gustaba la vida social, pero en todos lados la encontraba y la cultivaba a la carrera. Yo nunca sabía dónde podía estar en un momento dado, y a veces transcurrían meses sin que le viera. Ella, por su parte, era prácticamente suburbana: vivía en Richmond y no «salía» nunca. Era persona de distinción, pero no de mundo, y muy sensible, como se decía, a su situación. Decididamente altiva y un tanto caprichosa, vivía su vida como se la había trazado. Había cosas que era posible hacer con ella, pero era imposible hacerla ir a las reuniones en casa ajena. De hecho éramos los demás los que íbamos, algo más a menudo de lo que hubiera sido normal, a las suyas, que consistían en su prima, una taza de té y la vista. El té era bueno; pero la vista nos era ya familiar, aunque tal vez su familiaridad no alcanzara, como la de la prima ‑una solterona desagradable que formaba parte del grupo cuando aquello del museo que ahora vivía con ella‑, al grado de lo ofensivo. Aquella vinculación a un pariente inferior, que en parte obedecía a motivos económicos ‑según ella su acompañante era una administradora maravillosa‑, era una de las pequeñas manías que le teníamos que perdonar. Otro era su estimación de lo que le exigía el decoro por haber roto con su marido. Esta era extremada ‑muchos la calificaban hasta de morbosa‑. No tomaba con nadie la iniciativa; cultivaba el escrúpulo; sospechaba desaires, o quizá me esté mejor decir que los recordaba: era una de las pocas mujeres que he conocido a quienes esa particular posición había hecho modestas más que atrevidas. ¡La pobre, cuánta delicadeza! Especialmente marcados eran los límites que había puesto a las posibles atenciones de parte de hombres: siempre estaba pensando que su marido no hacía sino esperar la ocasión para atacar. Desalentaba, si no prohibía las visitas de personas del sexo masculino no seniles: decía que para ella todas las precauciones eran pocas.
Cuando por primera vez le mencioné que tenía un amigo al que los hados habían distinguido de la misma extraña manera que a ella, le dejé todo el margen posible para que me dijera: «¡Ah, pues traéle a verme!» Seguramente habría podido llevarle, y se habría producido una situación del todo inocente, o por lo menos relativamente simple. Pero no dijo nada de eso; no dijo más que: «Tendré que conocerle; ¡a ver si coincidimos!» Eso fue la causa del primer retraso, y entretanto pasaron varias cosas. Una de ellas fue que con el transcurso del tiempo, y como era una persona encantadora, fue haciendo cada vez más amistades, y matemáticamente esos amigos eran también lo suficientemente amigos de él como para sacarle a relucir en la conversación. Era curioso que sin pertencer, por así decirlo, al mismo mundo, o, según una expresión horrenda, al mismo ambiente, mi sorprendida pareja hubiera venido a dar en tantos casos con las mismas personas y a hacerles entrar en el extraño coro. Ella tenía amigos que no se conocían entre sí, pero que inevitable y puntualmente le hablaban bien de él. Tenía también un tipo de originalidad, un interés intrínseco, que hacía que cada uno de nosotros la tuviera como un recurso privado, cultivado celosamente, más o menos en secreto, como una de esas personas a las que no se ve en una reunión social, a las que no todo el mundo ‑no el vulgo‑ puede abordar, y con quien, por tanto, el trato es particularmente difícil y particularmente precioso. La veíamos cada cual por separado, con citas y condiciones, y en general nos resultaba más conducente a la armonía no contárnoslo. Siempre había quien había recibido una nota suya más tarde que otro. Hubo una necia que durante mucho tiempo, entre los no privilegiados, debió a tres simples visitas a Richmond la fama de codearse con «cantidad de personas inteligentísimas y fuera de serie».
Todos hemos tenido amigos que parecía buena idea juntar, y todos recordamos que nuestras mejores ideas no han sido nuestros mayores éxitos; pero dudo que jamás se haya dado otro caso en el que el fracaso estuviera en proporción tan directa con la cantidad de influencia puesta en juego. Realmente puede ser que la cantidad de influencia fuera lo más notable de éste. Los dos, la dama y el caballero, lo calificaron ante mí y ante otros de tema para una comedia muy divertida. Con el tiempo, la primera razón aducida se eclipsó, y sobre ella florecieron otras cincuenta mejores. Eran tan parecidísimos: tenían las mismas ideas, mañas y gustos, los mismos prejuicios, supersticiones y herejías; decían las mismas cosas y, a veces, las hacían; les gustaban y les desagradaban las mismas personas y lugares, los mismos libros, autores y estilos; había toques de semejanza hasta en su aspecto y sus facciones. Como no podía ser menos, los dos eran, según la voz popular, igual de «simpáticos» y casi igual de guapos. Pero la gran identidad que alimentaba asombros y comentarios era su rara manía de no dejarse fotografiar. Eran las únicas personas de quienes se supiera que nunca habían «posado» y que se negaban a ello con pasión. Que no y que no ‑nada, por mucho que se les dijera‑. Yo había protestado vivamente; a él, en particular, había deseado tan en vano poder mostrarle sobre la chimenea del salón, en un marco de Bond Street. Era, en cualquier caso, la más poderosa de las razones por las que debían conocerse ‑de todas las poderosas razones reducidas a la nada por aquella extraña ley que les había hecho cerrarse mutuamente tantas puertas en las narices, que había hecho de ellos los cubos de un pozo, los dos extremos de un balancín, los dos partidos del Estado, de suerte que cuando uno estaba arriba el otro estaba abajo, cuando uno estaba fuera el otro estaba dentro; sin la más mínima posibilidad para ninguno de entrar en una casa hasta que el otro la hubiera abandonado, ni de abandonarla desavisado hasta que el otro estuviera a tiro‑. No llegaban hasta el momento en que ya no se les esperaba, que era precisamente también cuando se marchaban. Eran, en una palabra, alternos e incompatibles; se cruzaban con un empecinamiento que sólo se podía explicar pensando que fuera preconvenido. Tan lejos estaba de serlo, sin embargo, que acabó ‑literalmente al cabo de varios años‑ por decepcionarles y fastidiarles. Yo no creo que su curiosidad fuera intensa hasta que se manifestó absolutamente vana. Mucho, por supuesto, se hizo por ayudarles, pero era como tender alambres para hacerles tropezar. Para poner ejemplos tendría que haber tomado notas; pero sí recuerdo que ninguno de los dos había podido jamás asistir a una cena en la ocasión propicia. La ocasión propicia para uno era la ocasión frustrada para el otro. Para la frustrada eran puntualísimos, y al final todas quedaron frustradas. Hasta los elementos se confabulaban, secundados por la constitución humana. Un catarro, un dolor de cabeza, un luto, una tormenta, una niebla, un terremoto, un cataclismo se interponían infaliblemente. El asunto pasaba ya de broma.
Pero como broma había que seguir tomándolo, aunque no pudiera uno por menos de pensar que con la broma la cosa se había puesto seria, se había producido por ambas partes una conciencia, una incomodidad, un miedo real al último accidente de todos, el único que aún podía tener algo de novedoso, al accidente que sí les reuniese. El efecto último de sus predecesores había sido encender ese instinto. Estaban francamente avergonzados ‑quizá incluso un poco el uno del otro‑. Tanto preparativo, tanta frustración: ¿qué podía haber, después de tanto y tanto, que lo mereciera? Un mero encuentro sería mera vaciedad. ¿Me los imaginaba yo al cabo de los años, preguntaban a menudo, mirándose estúpidamente el uno al otro, y nada más? Si era aburrida la broma, peor podía ser eso. Los dos se hacían exactamente las mismas reflexiones, y era seguro que a cada cual le llegaran por algún conducto las del contrario. Yo tengo el convencimiento de que era esa peculiar desconfianza lo que en el fondo controlaba la situación. Quiero decir que si durante el primer año o dos habían fracasado sin poderlo evitar, mantuvieron la costumbre porque ‑¿cómo decirlo?‑ se habían puesto nerviosos. Realmente había que pensar en una volición soterrada para explicarse una cosa tan repetida y tan ridícula.

III

Cuando para coronar nuestra larga relación acepté su renovada oferta de matrimonio, se dijo humorísticamente, lo sé, que yo había puesto como condición que me regalara una fotografía suya. Lo que era verdad era que yo me había negado a darle la mía sin ella. El caso es que le tenía por fin, todo pimpante, encima de la chimenea; y allí fue donde ella, el día que vino a darme la
enhorabuena, estuvo más cerca que nunca de verle. Con posar para aquel retrato le había dado él un ejemplo que yo la invité a seguir; ya que él había depuesto su terquedad, ¿por qué no deponía ella la suya? También ella me tenía que regalar algo por mi compromiso: ¿por qué no me regalaba la pareja? Se echó a reír y meneó la cabeza; a veces hacía ese gesto con un impulso que parecía venido desde tan lejos como la brisa que mueve una flor. Lo que hacía pareja con el retrato de mi futuro marido era el retrato de su futura mujer. Ella tenía tomada su decisión, y era tan incapaz de apartarse de ella como de explicarla. Era un prejuicio, un entêtement, un voto ‑viviría y se moriría sin dejarse fotografiar‑. Ahora, además, estaba sola en ese estado: eso era lo que a ella le gustaba; le otorgaba una originalidad tanto mayor. Se regocijó de la caída de su ex correligionario, y estuvo largo rato mirando su efigie, sin hacer sobre ella ningún comentario memorable, aunque hasta le dio la vuelta para verla por detrás. En lo tocante a nuestro compromiso se mostró encantadora, toda cordialidad y cariño.
‑Llevas tú más tiempo conociéndole que yo sin conocerle ‑dijo‑. Parece una enormidad.
Sabiendo cuánto habíamos trajinado juntos por montes y valles, era inevitable que ahora descansásemos juntos. Preciso todo esto porque lo que le siguió fue tan extraño que me da como un cierto alivio marcar el punto hasta donde nuestras relaciones fueron tan naturales como habían sido siempre. Yo fui quien con una locura súbita las alteró y destruyó. Ahora veo que ella no me dio el menor pretexto, y que donde únicamente lo encontré fue en su forma de mirar aquel apuesto semblante metido en un marco de Bond Street. ¿Y cómo habría querido yo que lo mirase? Lo que yo había deseado desde el principio era interesarla por él. Y lo mismo seguí deseando ‑hasta un momento después de que me prometiera que esa vez contaría realmente con su ayuda para romper el absurdo hechizo que los había tenido separados‑. Yo había acordado con él que cumpliera con su parte si ella triunfalmente cumplía con la suya. Yo estaba ahora en otras condiciones ‑en condiciones de responder por él‑. Me comprometía rotundamente a tenerle allí mismo a las cinco de la tarde del sábado siguiente. Había salido de la ciudad por un asunto urgente, pero jurando mantener su promesa al pie de la letra: regresaría ex profeso y con tiempo de sobra. «¿Estás totalmente segura?", recuerdo que preguntó, con gesto serio y meditabundo; me pareció que palidecía un poco. Estaba cansada, no estaba bien: era una pena que al final fuera a conocerla en tan mal estado. ¡Si la hubiera conocido cinco años antes! Pero yo le contesté que esta vez era seguro, y que, por tanto, el éxito dependía únicamente de ella. A las cinco en punto del sábado le encontraría en un sillón concreto que le señalé, el mismo en el que solía sentarse y en el que ‑aunque esto no se lo dije‑ estaba sentado hacía una semana, cuando me planteó la cuestión de nuestro futuro de una manera que me convenció. Ella lo miró en silencio, como antes había mirado la fotografía, mientras yo repetía por enésima vez que era el colmo de lo ridículo que no hubiera manera de presentarle mi otro yo a mi amiga más querida.
‑¿Yo soy tu amiga más querida? ‑me preguntó con una sonrisa que por un instante le devolvió la belleza.
Yo respondí estrechándola contra mi pecho; tras de lo cual dijo:
‑De acuerdo, vendré. Me da mucho miedo, pero cuenta conmigo.
Cuando se marchó empecé a preguntarme qué sería lo que le daba miedo, porque lo había dicho como si hablara completamente en serio. Al día siguiente, a media tarde, me llegaron unas líneas suyas: al volver a casa se había encontrado con la noticia del fallecimienco de su marido. Hacía siete años que no se veían, pero quería que yo lo supiera por su conducto antes de que me lo contaran por otro. De todos modos, aunque decirlo resultara extraño y triste, era tan poco lo que con ello cambiaba su vida que mantendría escrupulosamente nuestra cita. Yo me alegré por ella, pensando que por lo menos cambiaría en el sentido de tener más dinero; pero aún con aquella distracción, lejos de olvidar que me había dicho que tenía miedo, me pareció atisbar una razón para que lo tuviera. Su temor, conforme avanzaba la tarde, se hizo contagioso, y el contagio tomó en mi pecho la forma de un pánico repentino. No eran celos ‑no era más que pavor a los celos‑. Me llamé necia por no haberme estado callada hasta que fuéramos marido y mujer. Después de eso me sentiría de algún modo segura. Tan sólo era cuestión de esperar un mes más ‑cosa seguramente sin importancia para quienes llevaban esperando tanto tiempo‑. Se había visto muy claro que ella estaba nerviosa, y ahora que era libre su nerviosismo no sería menor. ¿Qué era aquello, pues, sino un agudo presentimiento? Hasta entonces había sido víctima de interferencias, pero era muy posible que de allí en adelante fuera ella su origen. La víctima, en tal caso, sería sencillamente yo. ¿Qué había sido la interferencia sino el dedo de la Providencia apuntando a un peligro? Peligro, por supuesto, para mi modesta persona. Una serie de accidentes de frecuencia inusitada lo habían tenido a raya; pero bien se veía que el reino del accidente tocaba a su fin. Yo tenía la íntima convicción de que ambas partes mantendrían lo pactado. Se me hacía más patente por momentos que se estaban acercando, convergiendo. Eran como los que van buscando un objeto perdido en el juego de la gallina ciega; lo mismo ella que él habían empezado a «quemarse». Habíamos hablado de romper el hechizo; pues bien, efectivamente se iba a romper ‑salvo que no hiciera sino adoptar otra forma y exagerar sus encuentros como había exagerado sus huidas‑. Fue esta idea la que me robó el sosiego; la que me quitó el sueño ‑a medianoche no cabía en mí de agitación‑. Sentí, al cabo, que no había más que un modo de conjurar la amenaza. Si el reino del accidente había terminado, no me quedaba más remedio que asumir su sucesión. Me senté a escribir unas líneas apresuradas para que él las encontrara a su regreso y, como los criados ya se habían acostado, yo misma salí destocada a la calle vacía y ventosa para echarlas en el buzón más próximo. En ellas le decía que no iba a poder estar en casa por la tarde, como había pensado, y que tendría que posponer su visita hasta la hora de la cena. Con ello le daba a entender que me encontraría sola.

IV

Cuando ella, según lo acordado, se presentó a las cinco me sentí, naturalmente, falsa y ruin. Mi acción había sido una locura momentánea, pero lo menos que podía hacer era tirar para adelante, como se suele decir. Ella permaneció una hora en casa; él, por supuesto, no apareció; y yo no pude sino persistir en mi perfidia. Había creído mejor dejarla venir; aunque ahora me parece chocante, juzgué que aminoraba mi culpa. Y aún así, ante aquella mujer tan visiblemente pálida y cansada, doblegada por la consciencia de todo lo que la muerte de su marido había puesto sobre el tapete, sentí una punzada verdaderamente lacerante de lástima y de remordimiento. Si no le dije en aquel mismo momento lo que había hecho fue porque me daba demasiada vergüenza. Fingí asombro ‑lo fingí hasta el final‑; protesté que si alguna vez había tenido confianza era aquel día. Me sonroja contarlo ‑lo tomo como penitencia‑. No hubo muestra de indignación contra él que no diera; inventé suposiciones, atenuantes; reconocí con estupor, viendo correr las manecillas del reloj, que la suerte de los dos no había cambiado. Ella se sonrió ante esa visión de su «suerte», pero su aspecto era de preocupación ‑su aspecto era desacostumbrado‑: lo único que me sostenía era la circunstancia de que, extrañamente, llevara luto ‑no grandes masas de crespón, sino un sencillo luto riguroso‑. Llevaba tres plumas negras, pequeñas, en el sombrero. Llevaba un manguito pequeño de astracán. Eso, ayudado por un tanto de reflexión aguda, me daba un poco la razón. Me había escrito diciendo que el súbito evento no signifcaba ningún cambio para ella, pero evidentemente hasta ahí sí lo había habido. Si se inclinaba a seguir las formalidades de rigor, ¿por qué no observaba la de no hacer visitas en los primeros días? Había alguien a quien tanto deseaba ver que no podía esperar a tener sepultado a su marido. Semejante revelación de ansia me daba la dureza y la crueldad necesarias para perpetrar mi odioso engaño, aunque al mismo tiempo, según se iba consumiendo aquella hora, sospeché en ella otra cosa todavía más profunda que el desencanto, y un tanto peor disimulada. Me refiero a un extraño alivio subyacente, la blanda y suave emisión del aliento cuando ha pasado un peligro. Lo que ocurrió durante aquella hora estéril que pasó conmigo fue que por fin renunció a él. Le dejó ir para siempre. Hizo de ello la broma más elegante que yo había visto hacer de nada; pero fue, a pesar de todo, una gran fecha de su vida. Habló, con su suave animación, de todas las otras ocasiones vanas, el largo juego de escondite, la rareza sin precedentes de una relación así. Porque era, o había sido, una relación, ¿acaso no? Ahí estaba lo absurdo. Cuando se levantó para marcharse, yo le dije que era una relación más que nunca, pero que yo no tenía valor, después de lo ocurrido, para proponerle por el momento otra oportunidad. Estaba claro que la única oportunidad válida sería la celebración de mi matrimonio. ¡Por supuesto que iría a mi boda! Cabía incluso esperar que él fuera también.
‑¡Si voy yo, no irá él!‑; recuerdo la nota aguda y el ligero quiebro de su risa. Concedí que podía llevar algo de razón. Lo que había que hacer entonces era tenernos antes bien casados.
‑No nos servirá de nada. ¡Nada nos servirá de nada! ‑dijo dándome un beso de despedida‑. ¡No le veré jamás, jamás!
Con esas palabras me dejó.
Yo podía soportar su desencanto, como lo he llamado; pero cuando, un par de horas más tarde, le recibí a él para la cena, descubrí que el suyo no lo podía soportar. No había pensado especialmente en cómo pudiera tomarse mi maniobra; pero el resultado fue la primera palabra de reproche que salía de su boca. Digo «reproche», y esa expresión apenas parece lo bastante fuerte para los términos en que me manifestó su sorpresa de que, en tan extraordinarias circunstancias, no hubiera yo encontrado alguna forma de no privarle de semejante ocasión. Sin duda podría haber arreglado las cosas para no tener que salir, o para que su encuentro hubiera tenido lugar de todos modos. Podían haberse entendido muy bien, en mi salón, sin mí. Ante eso me desmoroné: confesé mi iniquidad y su miserable motivo. Ni había cancelado mi cita con ella ni había salido; ella había venido y, tras una hora de estar esperándole, se había marchado convencida de que sólo él era culpable de su ausencia.
‑¡Bonita opinión se habrá llevado de mí! ‑exclamó‑ ¿Me ha llamado ‑y recuerdo el trago de aire casi perceptible de su pausa‑ lo que tenía derecho a llamarme?
‑Te aseguro que no ha dicho nada que demostrara el menor enfado. Ha mirado tu fotografía, hasta le ha dado la vuelta para mirarla por detrás, donde por cierto está escrita tu dirección. Pero no le ha inspirado ninguna demostración. No le preocupas tanto.
‑¿Entonces por qué te da miedo?
‑No era ella la que me daba miedo. Eras tú.
‑¿Tan seguro veías que me enamorase de ella? No habías aludido nunca a esa posibilidad ‑prosiguió mientras yo guardaba silencio‑. Aunque la describieras como una persona admirable, no era bajo esa luz como me la presentabas.
‑¿O sea, que si sí lo hubiera sido a estas alturas ya habrías conseguido conocerla? Yo entonces no temía nada ‑añadí‑. No tenía los mismos motivos.
A esto me respondió él con un beso y al recordar que ella había hecho lo mismo un par de horas antes sentí por un instante como si él recogiera de mis labios la propia presión de los de ella. A pesar de los besos, el incidente había dejado una cierta frialdad, y la consciencia de que él me hubiera visto culpable de una mentira me hacía sufrir horriblemente. Lo había visto sólo a través de mi declaración sincera, pero yo me sentía tan mal como si tuviera una mancha que borrar. No podía quitarme de la cabeza de qué manera me había mirado cuando hablé de la aparente indiferencia con que ella había acogido el que no viniera. Por primera vez desde que le conocía fue como si pusiera en duda mi palabra. Antes de separanos le dije que la iba a sacar del engaño: que a primera hora de la mañana me iría a Richmond, y le explicaría que él no había tenido ninguna culpa. Iba a expiar mi pecado, dije; me iba a arrastrar por el polvo; iba a confesar y pedir perdón. Ante esto me besó una vez más.

V

En el tren, al día siguiente, me pareció que había sido mucho consentir por su parte; pero mi resolución era firme y seguí adelante. Ascendí el largo repecho hasta donde comienza la vista, y llamé a la puerta. No dejó de extrañarme un poco el que las persianas estuvieran todavía echadas, porque pensé que, aunque la contrición me hubiera hecho ir muy temprano, aun así había dejado a los de la casa tiempo suficiente para levantarse.
‑¿Que si está en casa, señora? Ha dejado esta casa para siempre.
Aquel anuncio de la anciana criada me sobresaltó extraordinariamente.
‑¿Se ha marchado?
‑Ha muerto, señora.
Y mientras yo asimilaba, atónita, la horrible palabra:
‑Anoche murió.
El fuerte grito que se me escapó sonó incluso a mis oídos como una violación brutal del momento. En aquel instante sentí como si yo la hubiera matado; se me nubló la vista, y a través de una borrosidad vi que la mujer me tendía los brazos. De lo que sucediera después no guardo recuerdo, ni de otra cosa que aquella pobre prima estúpida de mi amiga, en una estancia a media luz, tras un intervalo que debió de ser muy corto, mirándome entre sollozos ahogados y acusatorios. No sabría decir cuánto tiempo tardé en comprender, en creer y luego en desasirme, con un esfuerzo inmenso, de aquella cuchillada de responsabilidad que supersticiosamente, irracionalmente, había sido al pronto casi lo único de que tuve consciencia. El médico, después del hecho, se había pronunciado con sabiduría y claridad superlativas: había corroborado la existencia de una debilidad del corazón que durante mucho tiempo había permanecido latente, nacida seguramente años atrás de las agitaciones y los terrores que a mi amiga le había deparado su matrimonio. Por aquel entonces había tenido escenas crueles con su marido, había temido por su vida. Después, ella misma había sabido que debía guardarse resueltamente de toda emoción, de todo lo que significara ansiedad y zozobra, como evidentemente se reflejaba en su marcado empeño de llevar una vida tranquila; pero ¿cómo asegurar que nadie, y menos una «señora de verdad», pudiera protegerse de todo pequeño sobresalto? Un par de días antes lo había tenido con la noticia del fallecimiento de su marido ‑porque había impresiones fuertes de muchas clases, no sólo de dolor y de sorpresa‑. Aparte de que ella jamás había pensado en una liberación tan próxima: todo hacía suponer que él viviría tanto como ella. Después, aquella tarde, en la ciudad, manifiestamente había sufrido algún percance: algo debió ocurrirle allí, que sería imperativo esclarecer. Había vuelto muy tarde ‑eran más de las once‑, y al recibirla en el vestíbulo su prima, que estaba muy preocupada, había confesado que venía fatigada y que tenía que descansar un momento antes de subir las escaleras. Habían entrado juntas en el comedor, sugiriendo su compañera que tomase una copa de vino y dirigiéndose al aparador para servírsela. No fue sino un instante, pero cuando mi informadora volvió la cabeza nuestra pobre amiga no había tenido tiempo de sentarse. Súbitamente, con un débil gemido casi inaudible, se desplomó en el sofá. Estaba muerta. ¿Qué «pequeño sobresalto» ignorado le había asestado el golpe? ¿Qué choque, cielo santo, la estaba esperando en la ciudad? Yo cité inmediatamente la única causa de perturbación concebible ‑el no haber encontrado en mi casa, donde había acudido a las cinco invitada con ese fin, al hombre con el que yo me iba a casar, que accidentalmente no había podido presentarse, y a quien ella no conocía en absoluto‑. Poco era, obviamente; pero no era difícil que le hubiera sucedido alguna otra cosa: nada más posible en las calles de Londres que un accidente, sobre todo un accidente en aquellos infames coches de alquiler. ¿Qué había hecho, a dónde había ido al salir de mi casa? Yo había dado por hecho que volviera directamente a la suya. Las dos nos acordamos entonces de que a veces, en sus salidas a la capital, por comodidad, por darse un respiro, se detenía una hora o dos en el «Gentlewomen», un tranquilo club de señoras, y yo prometí que mi primer cuidado sería hacer una indagación seria en ese establecimiento. Pasamos después a la cámara sombría y terrible en donde yacía en los brazos de la muerte, y donde yo, tras unos instantes, pedí quedarme a solas con ella y permanecí media hora. La muerte la había embellecido, la había dejado hermosa; pero lo que yo sentí, sobre todo, al arrodillarme junto al lecho, fue que la había silenciado, la había dejado muda. Había echado el cerrojo sobre algo que a mí me importaba saber.
A mi regreso de Richmond, y después de cumplir con otra obligación, me dirigí al apartamento de él. Era la primera vez, aunque a menudo había deseado conocerlo. En la escalera, que, dado que la casa albergaba una veintena de viviendas, era lugar de paso público, me encontré con su criado, que volvió conmigo y me hizo pasar. Al oírme entrar apareció él en el umbral de otra habitación más interior, y en cuanto quedamos solos le di la noticia:
‑¡Está muerta!
‑¿Muerta? ‑La impresión fue tremenda, y observé que no necesitaba preguntar a quién me refería con aquella brusquedad.
‑Murió anoche..., al volver de mi casa.
Él me escudriñó con la expresión más extraña, registrándome con la mirada como si recelara una trampa.
‑¿Anoche... al volver de tu casa? ‑repitió mis palabras atónito. Y a continuación me espetó, y yo oí atónita a mi vez ‑¡Imposible! Si yo la vi.
‑¿Cómo que «la viste»?
‑Ahí mismo..., donde tú estás.
Eso me recordó pasado un instante, como si pudiera ayudarme a asimilarlo, el gran prodigio de aquel aviso de su juventud.
‑En la hora de la muerte..., comprendo: lo mismo que viste a tu madre.
‑No, no como vi a mi madre...; no así, no! ‑Estaba hondamente afectado por la noticia, mucho más, estaba claro, de lo que pudiera haber estado la víspera; tuve la impresión cierta de que, como me dije entonces, había efectivamente una relación entre ellos dos, y que realmente la había tenido enfrente. Semejante idea, reafirmando su extraordinario privilegio, le habría presentado de pronto como un ser dolorosamente anormal de no haber sido por la vehemencia con que insistió en la distinción‑. La vi viva. La vi para hablar con ella. La vi como ahora te estoy viendo a ti.
Es curioso que por un momento, aunque por un momento tan sólo, encontrara yo alivio en el más personal, por así decirlo, pero también en el más natural, de los dos hechos extraños. Al momento siguiente, asiendo esa imagen de ella yendo a verle después de salir de mi casa, y de precisamente lo que explicaba lo referente al empleo de su tiempo, demandé, con un ribete de aspereza que no dejé de advertir:
‑¿Y se puede saber a qué venía?
El había tenido ya un minuto para pensar ‑para recobrarse y calibrar efectos‑, de modo que al hablar, aunque siguiera habiendo excitación en su mirada, mostró un sonrojo consciente y quiso, inconsecuentemente, restar gravedad a sus palabras con una sonrisa.
‑Venía sencillamente a verme. Venía, después de lo que había pasado en tu casa, para que al fin, a pesar de todo, nos conociéramos. Me pareció un impulso exquisito, y así lo entendí.
Miré la habitación donde ella había estado ‑donde ella había estado y yo nunca hasta entonces.
‑¿Y así como tú lo entendiste fue como ella lo expresó?
‑Ella no lo expresó de ninguna manera, más que estando aquí y dejándose mirar. ¡Fue suficiente! ‑exclamó con una risa singular.
Yo iba de asombro en asombro.
‑O sea, ¿que no te dijo nada?
‑No dijo nada. No hizo más que mirarme como yo la miraba.
‑¿Y tú tampoco le dirigiste la palabra?
Volvió a dirigirme aquella sonrisa dolorosa.
‑Yo pensé en ti. La situación era sumamente delicada. Yo procedí con el mayor tacto. Pero ella se dio cuenta de que me resultaba agradable.‑ Repitió incluso la risa discordante.
‑¡Ya se ve que «te resultó agradable»!
Entonces reflexioné un instante: ‑¿Cuánto tiempo estuvo aquí?
‑No sabría decir. Pareció como veinte minutos, pero es probable que fuera mucho menos.
‑¡Veinte minutos de silencio! ‑empezaba a tener mi visión concreta, y ya de hecho a aferrarme a ella‑. ¿Sabes que lo que me estás contando es una absoluta monstruosidad?
Él había estado hasta entonces de espaldas al fuego; al oír esto, con una mirada de súplica, se vino a mí.
‑Amor mío te lo ruego, no lo tomes a mal.
Yo podía no tomarlo a mal, y así se lo di a entender; pero lo que no pude, cuando él con cierta torpeza abrió los brazos, fue dejar que me atrajera hacia sí. De modo que entre los dos se hizo, durante un tiempo apreciable, la tensión de un gran silencio.

VI

Él lo rompió al cabo, diciendo:
‑¿No hay absolutamente ninguna duda de su muerte?
‑Desdichadamente ninguna. Yo vengo de estar de rodillas junto a la cama donde la han tendido.
Clavó sus ojos en el suelo; luego los alzó a los míos.
‑¿Qué aspecto tiene?
‑Un aspecto... de paz.
Volvió a apartarse, bajo mi mirada; pero pasado un momento comenzó:
‑¿Entonces a qué hora...?
‑Debió ser cerca de la medianoche. Se derrumbó al llegar a su casa..., de una dolencia cardíaca que sabía que tenía, y que su médico sabía que tenía, pero de la que nunca, a fuerza de paciencia y de valor, me había dicho nada.
Me escuchaba muy atento, y durante un minuto no pudo hablar. Por fin rompió, con un acento de confianza casi infantil, de sencillez realmente sublime, que aún resuena en mis oídos según escribo:
‑¡Era maravillosa!
Incluso en aquel momento tuve la suficiente ecuanimidad para responderle que eso siempre se lo había dicho yo; pero al instante, como si después de hablar hubiera tenido un atisbo del efecto que en mí hubiera podido producir, continuó apresurado:
‑Comprenderás que si no llegó a su casa hasta medianoche...
Le atajé inmediatamente.
‑¿Tuviste mucho tiempo para verla? ¿Y cómo? ‑pregunté‑ ¿si no te fuiste de mi casa hasta muy tarde? Yo no recuerdo a qué hora exactamente..., estaba pensando en otras cosas. Pero tú sabes que, a pesar de haber dicho que tenías mucho que hacer, te quedaste un buen rato después de la cena. Ella, por su parte, pasó toda la velada en el «Gentlewomen», de allí vengo..., he hecho averiguaciones. Allí tomó el té; estuvo muchísimo tiempo.
‑¿Qué estuvo haciendo durante ese muchísimo tiempo?
Le vi ansioso de rebatir punto por punto mi versión de los hechos; y cuanto más lo mostraba mayor era mi empeño en insistir en esa versión, en preferir con aparente empecinamiento una explicación que no hacía sino acrecentar la maravilla y el misterio, pero que, de los dos prodigios entre los que se me daba a elegir, era el más aceptable para mis celos renovados. Él defendía, con un candor que ahora me parece hermoso, el privilegio de haber conocido, a pesar de la derrota suprema, a la persona viva; en tanto que yo, con un apasionamiento que hoy me asombra, aunque todavía en cierto modo sigan encendidas sus cenizas, no podía sino responderle que, en virtud de un extraño don compartido por ella con su madre, y que también por parte de ella era hereditario, se había repetido para él el milagro de su juventud, para ella el milagro de la suya. Había ido a él ‑sí‑, y movida de un impulso todo lo hermoso que quisiera; ¡pero no en carne y hueso! Era mera cuestión de evidencia. Yo había recibido, sostuve, un testimonio inequívoco de lo que ella había estado haciendo ‑durante casi todo este tiempo‑ en el club. Estaba casi vacío, pero los empleados se habían fijado en ella. Había estado sentada, sin moverse, en una butaca, junto a la chimenea del salón; había reclinado la cabeza, había cerrado los ojos, aparentaba un sueño ligero.
‑Ya. Pero ¿hasta qué hora?
‑Sobre eso ‑tuve que responder‑ los criados me fallaron un poco. Y la portera en particular, que desdichadamente es tonta, aunque se supone que también ella es socia del club. Está claro que a esas horas, sin que nadie la sustituyera y en contra de las normas, estuvo un rato ausente de la jaula desde donde tiene por obligación vigilar quién entra y quién sale. Se confunde, miente palpablemente; así que partiendo de sus observaciones no puedo darte una hora con seguridad. Pero a eso de las diez y media se comentó que nuestra pobre amiga ya no estaba en el club.
Le vino de perlas.
‑Vino derecha aquí, y desde aquí se fue derecha al tren.
‑No pudo ir a tomarlo con el tiempo tan justo ‑declaré‑. Precisamente es una cosa que no hacía jamás.
‑Ni fue a tomarlo con el tiempo justo, hija mía..., tuvo tiempo de sobra. Te falla la memoria en eso de que yo me despidiera tarde: precisamente te dejé antes que otros días. Lamento que el tiempo que pasé contigo te pareciera largo, porque estaba aquí de vuelta antes de las diez.
‑Para ponerte en zapatillas ‑fue mi contestación‑ y quedarte dormido en un sillón. No despertaste hasta por la mañana..., ¡la viste en sueños!
Él me miraba en silencio y con mirada sombría, con unos ojos en los que se traslucía que tenía cierta irritación que reprimir. Enseguida proseguí:
‑Recibes la visita, a hora intempestiva, de una señora...; sea: nada más probable. Pero señoras hay muchas. ¿Me quieres explicar, si no había sido anunciada y no dijo nada, y encima no habías visto jamás un retrato suyo, cómo pudiste identificar a la persona de la que estamos hablando?
‑¿No me la habían descrito hasta la saciedad? Te la puedo describir con pelos y señales.
‑¡Ahórratelo! ‑clamé con una aspereza que le hizo reír una vez más. Yo me puse colorada, pero seguí‑: ¿Le abrió tu criado?
‑No estaba..., nunca está cuando se le necesita. Entre las peculiaridades de este caserón está el que se pueda acceder desde la puerta de la calle hasta los diferentes pisos prácticamente sin obstáculos. Mi criado ronda a una señorita que trabaja en el piso de arriba, y anoche se lo tomó sin prisas. Cuando está en esa ocupación deja la puerta de fuera, la de la escalera, sólo entornada, y así puede volver a entrar sin hacer ruido. Para abrirla basta entonces con un ligero empujón. Ella se lo dio..., sólo hacía falta un poco de valor.
‑¿Un poco? ¡Toneladas! Y toda clase de cálculos imposibles.
‑Pues lo tuvo,.. y los hizo. ¡Quede claro que yo no he dicho en ningún momento ‑añadió‑ que no fuera una cosa sumamente extraña!
Algo había en su tono que por un tiempo hizo que no me arriesgase a hablar. Al cabo dije:
‑¿Cómo había llegado a saber dónde vivías?
‑Recordaría la dirección que figuraba en la etiquetita que los de la tienda dejaron tranquilamente pegada al marco que encargué para mi retrato.
‑¿Y cómo iba vestida?
‑De luto, mi amor. No grandes masas de crespón, sino un sencillo luto riguroso. Llevaba tres plumas negras, pequeñas, en el sombrero. Llevaba un manguito pequeño de astracán. Cerca del ojo izquierdo ‑continuó‑ tiene una pequeña cicatriz vertical...
Le corté en seco.
‑La señal de una caricia de su marido ‑luego añadí‑: ¡Muy cerca de ella has tenido que estar!
A eso no me respondió nada, y me pareció que se ruborizaba; al observarlo me despedí.
‑Bueno, adiós.
‑¿No te quedas un rato? ‑volvió a mí con ternura, y esa vez le dejé‑. Su visita tuvo su belleza ‑murmuró teniéndome abrazada‑, pero la tuya tiene más.
Le dejé besarme, pero recordé, como había recordado el día antes, que el último beso que ella diera, suponía yo, en este mundo había sido para los labios que él tocaba.
‑Es que yo soy la vida ‑respondí‑. Lo que viste anoche era la muerte.
‑¡Era la vida..., era la vida!
Hablaba con suave terquedad ‑yo me desasí. Nos miramos fijamente.
‑Describes la escena ‑ si a eso se puede llamar descripción‑ en términos incomprensibles. ¿Entró en la habitación sin que tú te dieras cuenta?
‑Yo estaba escribiendo cartas, enfrascado, en esa mesa de debajo de la lámpara, y al levantar la vista la vi frente a mí.
‑¿Y qué hiciste entonces?
‑Me levanté soltando una exclamación, y ella, sonriéndome, se llevó un dedo a los labios, claramente a modo de advertencia, pero con una especie de dignidad delicada. Yo sabía que ese gesto quería decir silencio, pero lo extraño fue que pareció explicarla y justificarla inmediatamente. El caso es que estuvimos así, frente a frente, durante un tiempo que, como ya te he dicho, no puedo calcular. Como tú y yo estamos ahora.
‑¿Simplemente mirándose de hito en hito?
Protestó impaciente.
‑¡Es que no estamos mirándonos de hito en hito!
‑No, porque estamos hablando.
‑También hablamos ella y yo..., en cierto modo ‑se perdió en el recuerdo‑. Fue tan cordial como esto.
Tuve en la punta de la lengua preguntarle si esto era muy cordial, pero en lugar de eso le señalé que lo que evidentemente habían hecho era contemplarse con mutua admiración. Después le pregunté si el reconocerla había sido inmediato.
‑No del todo ‑repuso‑, porque por supuesto no la esperaba; pero mucho antes de que se fuera comprendí quién era..., quién podía ser únicamente.
Medité un poco.
‑¿Y al final cómo se fue?
‑Lo mismo que había venido. Tenía detrás la puerta abierta y se marchó.
‑¿Deprisa..., despacio?
‑Más bien deprisa. Pero volviendo la vista atrás ‑sonrió para añadir‑. Yo la dejé marchar, porque sabía perfectamente que tenía que acatar su voluntad.
Fui consciente de exhalar un suspiro largo y vago. ‑Bueno, pues ahora te toca acatar la mía..., y dejarme marchar a mí.
Ante eso volvió a mi lado, deteniéndome y persuadiéndome, declarando con la galantería de rigor que lo mío era muy distinto. Yo habría dado cualquier cosa por poder preguntarle si la había tocado pero las palabras se negaban a formarse: sabía hasta el último acento lo horrendas y vulgares que resultarían. Dije otra cosa ‑no recuerdo exactamente qué; algo débilmente tortuoso y dirigido, con harta ruindad, a hacer que me lo dijera sin yo preguntarle. Pero no me lo dijo; no hizo sino repetir, como por un barrunto de que sería decoroso tranquilizarme y consolarme, la sustancia de su declaración de unos momentos antes ‑la aseveración de que ella era en verdad exquisita, como yo había repetido tantas veces, pero que yo era su «verdadera» amiga y la persona a la que querría siempre‑. Esto me llevó a reafirmar, en el espíritu de mi réplica anterior, que por lo menos yo tenía el mérito de estar viva; lo que a su vez volvió a arrancar de él aquel chispazo de contradicción que me daba miedo.
‑¡Pero si estaba viva! ¡Viva, Viva!
‑¡Estaba muerta, muerta! ‑afirmé yo con una energía, con una determinación de que fuera así, que ahora al recordarla me resulta casi grotesca. Pero el sonido de la palabra dicha me llenó súbitamente de horror, y toda la emoción natural que su significado podría haber evocado en otras condiciones se juntó y desbordó torrencial. Sentí como un peso que un gran afecto se había extinguido, y cuánto la había querido yo y cuánto había confiado en ella. Tuve una visión, al mismo tiempo, de la solitaria belleza de su fin.
‑¡Se ha ido..., se nos ha ido para siempre! ‑sollocé.
‑Eso exactamente es lo que yo siento ‑exclamó él, hablando con dulzura extremada y apretándome, consolador, contra sí‑. Se ha ido; se nos ha ido para siempre: así que ¿qué importa ya? ‑se inclinó sobre mí, y cuando su rostro hubo tocado el mío apenas supe si lo que lo humedecían era mis lágrimas o las suyas.

VII

Era mi teoría, mi convicción, vino a ser, pudiéramos decir, mi actitud, que aun así jamás se habían «conocido»; y precisamente sobre esa base me pareció generoso pedirle que asistiera conmigo al entierro. Así lo hizo muy modesta y tiernamente, y yo di por hecho, aunque a él estaba claro que no se le daba nada de ese peligro, que la solemnidad de la ocasión, poblada en gran medida por personas que les habían conocido a los dos y estaban al tanto de la larga broma, despojaría suficientemente a su presencia de toda asociación ligera. Sobre lo que hubiera ocurrido en la noche de su muerte, poco más se dijo entre nosotros; yo le había tomado horror al elemento probatorio. Sobre cualquiera de las dos hipótesis era grosería, era intromisión. A él, por su parte, le faltaba corroboración aducible ‑es decir, todo salvo una declaración del portero de su casa, personaje de lo más descuidado e intermitente‑, según él mismo reconocía, de que entre las diez y las doce de la noche habían entrado y salido del lugar nada menos que tres señoras enlutadas de pies a cabeza. Lo cual era excesivo; ni él ni yo queríamos tres para nada. Él sabía que yo pensaba haber dado razón de cada fracción del tiempo de nuestra amiga, y dimos por cerrado el asunto; nos abstuvimos de ulterior discusión. Lo que yo sabía, sin embargo, era que él se abstenía por darme gusto, más que porque cediera a mis razones. No cedía ‑era sólo indulgencia; él persistía en su interpretación porque le gustaba más. Le gustaba más, sostenía yo, porque tenía más que decirle a su vanidad. Ése, en situación análoga, no habría sido su efecto sobre mí, aunque sin duda tenía yo tanta vanidad como él; pero son cosas del talante de cada uno, en las que nadie puede juzgar por otro. Yo habría dicho que era más halagador ser destinatario de una de esas ocurrencias inexplicables que se relatan en libros fascinantes y se discuten en reuniones eruditas; no podía imaginar, por parte de un ser recién sumido en lo infinito y todavía vibrante de emociones humanas, nada más fino y puro, más elevado y augusto, que un tal impulso de reparación, de admonición, o aunque sólo fuera de curiosidad. Eso sí que era hermoso, y yo en su lugar habría mejorado en mi propia estima al verme distinguida y escogida de ese modo. Era público que él ya venía figurando bajo esa luz desde hacía mucho tiempo, y en sí un hecho semejante ¿qué era sino casi una prueba? Cada una de las extrañas apariciones contribuía a confirmar la otra. Él tenía otro sentir; pero tenía también, me apresuro a añadir, un deseo inequívoco de no significarse o, como se suele decir, de no hacer bandera de ello. Yo podía creer lo que se me antojara ‑tanto más cuanto que todo este asunto era, en cierto modo, un misterio de mi invención‑. Era un hecho de mi historia, un enigma de mi consistencia, no de la suya; por tanto él estaba dispuesto a tomarlo como a mí me resultara más conveniente. Los dos, en todo caso, teníamos otras cosas entre manos; nos apremiaban los preparativos de la boda.
Los míos eran ciertamente acuciantes, pero al correr de los días descubrí que creer lo que a mí «se me antojaba» era creer algo de lo que cada vez estaba más íntimamente convencida. Descubrí también que no me deleitaba hasta ese punto, o que el placer distaba, en cualquier caso, de ser la causa de mi convencimiento. Mi obsesión, como realmente puedo llamarla y como empezaba a percibir, no se dejaba eclipsar, como había sido mi esperanza, por la atención a deberes prioritarios. Si tenía mucho que hacer, aún era más lo que tenía que pensar, y llegó un momento en que mis ocupaciones se vieron seriamente amenazadas por mis pensamientos. Ahora lo veo todo, lo siento, lo vuelvo a vivir. Está terriblemence vacío de alegría, está de hecho lleno a rebosar de amargura; y aun así debo ser justa conmigo misma ‑no habría podido hacer otra cosa‑. Las mismas extrañas impresiones, si hubiera de soportarlas otra vez, me producirían la misma angustia profunda, las mismas dudas lacerantes, las mismas certezas más lacerantes todavía. Ah sí, todo es más fácil de recordar que de poner por escrito, pero aun en el supuesto de que pudiera reconstruirlo todo hora por hora, de que pudiera encontrar palabras para lo inexpresable, en seguida el dolor y la fealdad me paralizarían la mano. Permítaseme anotar, pues, con toda sencillez y brevedad, que una semana antes del día de nuestra boda, tres semanas después de la muerte de ella, supe con todo mi ser que había algo muy serio que era preciso mirar de frente, y que si iba a hacer ese esfuerzo tenía que hacerlo sin dilación y sin dejar pasar una hora más. Mis celos inextinguidos ‑ésa era la máscara de la Medusa‑. No habían muerto con su muerte, habían sobrevivido lívidamente y se alimentaban de sospechas indecibles. Serían indecibles hoy, mejor dicho, si no hubiera sentido la necesidad vivísima de formularlas entonces. Esa necesidad tomó posesión de mí ‑para salvarme‑, según parecía, de mi suerte. A partir de entonces no vi ‑dada la urgencia del caso, que las horas menguaban y el intervalo se acortaba‑ más que una salida, la de la prontitud y la franqueza absolutas. Al menos podía no hacerle el daño de aplazarlo un día más; al menos podía tratar mi dificultad como demasiado delicada para el subterfugio. Por eso en términos muy tranquilos, pero de todos modos bruscos y horribles, le planteé una noche que teníamos que reconsiderar nuestra situación y reconocer que se había alterado completamente.
Él me miró sin parpadear, valiente.
‑¿Cómo que se ha alterado?
‑Otra persona se ha interpuesto entre nosotros.
No se tomó más que un instante para pensar.
‑No voy a fingir que no sé a quién te refieres ‑sonrió compasivo ante mi aberración, pero quería tratarme amablemente‑. ¡Una mujer que está muerta y enterrada!
‑Enterrada sí, pero no muerta. Está muerta para el mundo...; está muerta para mí. Pero para ti no está muerta.
‑¿Vuelves a lo de nuestras distintas versiones de su aparición aquella noche?
‑No ‑respondí‑, no vuelvo a nada. No me hace falta. Me basta y me sobra con lo que tengo delante.
‑¿Y qué es, hija mía?
‑Que estás completamente cambiado.
‑¿Por aquel absurdo? ‑rió.
‑No tanto por aquél como por otros absurdos que le han seguido.
‑¿Que son cuáles?
Estábamos encarados francamente, y a ninguno le temblaba la mirada; pero en la de él había una luz débil y extraña, y mi certidumbre triunfaba en su perceptible palidez.
‑¿De veras pretendes ‑pregunté‑ no saber cuáles son?
‑¡Querida mía ‑me repuso‑, me has hecho un esbozo demasiado vago!
Reflexioné un momento.
‑¡Puede ser un tanto incómodo acabar el cuadro! Pero visto desde esa óptica ‑y desde el primer momento‑, ¿ha habido alguna vez algo más incómodo que tu idiosincrasia?
Él se acogió a la vaguedad ‑cosa que siempre hacía muy bien.
‑¿Mi idiosincrasia?
‑Tu notoria, tu peculiar facultad.
Se encogió de hombros con un gesto poderoso de impaciencia, un gemido de desprecio exagerado.
‑¡Ah, mi peculiar facultad!
‑Tu accesibilidad a formas de vida ‑proseguí fríamente‑, tu señorío de impresiones, apariciones, contactos, que a los demás ‑para nuestro bien o para nuestro mal‑ nos están vedados. Al principio formaba parte del profundo interés que despertaste en mí..., fue una de las razones de que me divirtiera, de que positivamente me enorgulleciera conocerte. Era una distinción extraordinaria; sigue siendo una distinción extraordinaria. Pero ni que decir tiene que en aquel entonces yo no tenía ni la menor idea de cómo aquello iba a actuar ahora; y aun en ese supuesto, no la habría tenido de cómo iba a afectarme su acción.
‑Pero vamos a ver ‑inquirió suplicante‑, ¿de qué estás hablando en esos términos fantásticos? ‑Luego, como yo guardara silencio, buscando el tono para responder a mi acusación‑. ¿Cómo diantres actúa? ‑continuó‑, ¿y cómo te afecta?
‑Cinco años te estuvo echando en falta ‑dije‑, pero ahora ya no tiene que echarte en falta nunca. ¡Estáis recuperando el tiempo!
‑¿Cómo que estamos recuperando el tiempo? ‑había empezado a pasar del blanco al rojo.
‑¡La ves..., la ves; la ves todas las noches! ‑él soltó una carcajada de burla, pero me sonó a falsa‑. Viene a ti como vino aquella noche ‑declaré‑; ¡hizo la prueba y descubrió que le gustaba!
Pude, con la ayuda de Dios, hablar sin pasión ciega ni violencia vulgar; pero ésas fueron las palabras exactas ‑y que entonces no me parecieron nada vagas‑ que pronuncié. Él había mirado hacia otro lado riéndose, acogiendo con palmadas mi insensatez, pero al momento volvió a darme la cara con un cambio de expresión que me impresionó.
‑¿Te atreves a negar ‑pregunté entonces‑ que la ves habitualmente?
Él había optado por la vía de la condescendencia, de entrar en el juego y seguirme la corriente amablemente. Pero el hecho es que, para mi asombro, dijo de pronto:
‑Bueno, querida, ¿y si la veo qué?
‑Que estás en tu derecho natural: concuerda con tu constitución y con tu suerte prodigiosa, aunque quizá no del todo envidiable. Pero, como comprenderás, eso nos separa. Te libero sin condiciones.
‑¿Qué dices?
‑Que tienes que elegir entre ella o yo.
Me miró duramente.
‑Ya ‑y se alejó unos pasos, como dándose cuenta de lo que yo había dicho y pensando qué tratamiento darle. Por fin se volvió nuevamente hacia mí‑. ¿Y tú cómo sabes una cosa así de íntima?
‑¿Cuando tú has puesto tanto empeño en ocultarla, quieres decir? Es muy íntima, sí, y puedes creer que yo nunca te traicionaré. Has hecho todo lo posible, has hecho tu papel, has seguido un comportamiento, ¡pobrecito mío!, leal y admirable. Por eso yo te he observado en silencio, haciendo también mi papel; he tomado nota de cada fallo de tu voz, de cada ausencia de tus ojos, de cada esfuerzo de tu mano indiferente: he esperado hasta estar totalmente segura y absolutamente deshecha. ¿Cómo quieres ocultarlo, si estás desesperadamente enamorado de ella, si estás casi mortalmence enfermo de la felicidad que te da? ‑atajé su rápida protesta con un ademán más rápido‑. ¡La amas como nunca has amado, y pasión por pasión, ella te corresponde! ¡Te gobierna, te domina, te posee entero! Una mujer, en un caso como el mío, adivina y siente y ve; no es un ser obtuso al que haya que ir con «informes fidedignos». Tú vienes a mí mecánicamente, con remordimientos, con los sobrantes de tu ternura y lo que queda de tu vida. Yo puedo renunciar a ti, pero no puedo compartirte: ¡lo mejor de ti es suyo, yo sé que lo es y libremente te cedo a ella para siempre!
Él luchó con bravura, pero no había arreglo posible; reiteró su negación, se retractó de lo que había reconocido, ridiculizó mi acusación, cuya extravagancia indefensible, además, le concedí sin reparo. Ni por un instante sostenía yo que estuviéramos hablando de cosas corrientes; ni por un instante sostenía que él y ella fueran personas corrientes. De haberlo sido, ¿qué interés habrían tenido para mí? Habían gozado de una rara extensión del ser y me habían alzado a mí en su vuelo; sólo que yo no podía respirar aquel aire y enseguida había pedido que me bajaran. Todo en aquellos hechos era monstruoso, y más que nada lo era mi percepción lúcida de los mismos; lo único aliado a la naturaleza y la verdad era el que yo tuviera que actuar sobre la base de esa percepción. Sentí, después de hablar en ese sentido, que mi certeza era completa; no le había faltado más que ver el efecto que mis palabras le producían. Él disimuló, de hecho, ese efecto tras una cortina de burla, maniobra de diversión que le sirvió para ganar tiempo y cubrirse la retirada. Impugnó mi sinceridad, mi salud mental, mi humanidad casi, y con eso, como no podía por menos, ensanchó la brecha que nos separaba y confirmó nuestra ruptura. Lo hizo todo, en fin, menos convencerme de que yo estuviera en un error o de que él fuera desdichado: nos separamos, y yo le dejé a su comunión inconcebible.
No se casó, ni yo tampoco. Cuando seis años más tarde, en soledad y silencio, supe de su muerte, la acogí como una contribución directa a mi teoría. Fue repentina, no llegó a explicarse del todo, estuvo rodeada de unas circunstancias en las que ‑porque las desmenucé, ¡ya lo creo!‑ yo leí claramente una intención, la marca de su propia mano escondida. Fue el resultado de una larga necesidad, de un deseo inapagable. Para decirlo en términos exactos, fue la respuesta a una llamada irresistible.

***

Rudyard Kipling

LOS CONSTRUCTORES DE PUENTES

(The Bridge Builders, 1898)

Lo fantástico, en los cuentos de Rudyard Kipling (1865‑1936), nace del contraste entre dos mundos: las culturas de la India, con toda la riqueza de sus tradiciones religiosas y filosóficas y de su modo de vida, y la moral del inglés, convencido de estar construyendo en la India una nueva civilización y que siente la responsabilidad de tal deber y la angustia por la incomprensión de los hindúes y de muchos compatriotas. Ambos mundos son objeto en Kipling de un profundo conocimiento y de una profunda pasión.
Emblemático entre los demás es este cuento que parte de la crónica de una empresa tecnológica, la construcción de un puente sobre el Ganges (el volumen en el que está incluido se titula The Day's Work, El trabajo diario), que choca con las fuerzas de la naturaleza y con la religión que en esas fuerzas se inspira ‑hay una evocación visionaria de los dioses de la India‑. El diálogo entre los dioses a que asistimos es un debate ideológico sobre una posible integración de ambas civilizaciones, en el sentido de que la hindú, mucho más antigua, podría englobar perfectamente a la inglesa.

LOS CONSTRUCTORES DE PUENTES

LO mínimo que esperaba Findlayson, del Departamento de Obras Públicas, era una C. I. E.; él soñaba con una C. S. I. En realidad, sus amigos le decían que se merecía más. Durante tres años había aguantado calor y frío, decepciones, incomodidades, peligros y enfermedades, con una responsabilidad casi excesiva para un solo par de hombros; y día a día, durante todo ese tiempo, el gran Puente de Kashi sobre el Ganges había ido creciendo bajo su dirección. Ahora, en menos de tres meses, si todo iba bien, Su Excelencia el Virrey inauguraría el puente con gran pompa, un arzobispo lo bendeciría, el primer convoy de soldados pasaría sobre él y habría discursos.
Findlayson, Ingeniero Jefe, sentado en su vagoneta en una vía de construcción que recorría uno de los principales revestimientos ‑los enormes terraplenes recubiertos de piedra se extendían a lo largo de tres millas por el norte y por el sur a ambos lados del río‑, se permitió pensar en el final. Con los accesos, su obra tenía una milla y tres cuartos de largo; un puente de vigas enrejadas, apuntaladas con el entramado Findlayson, erigido sobre veintisiete pilares. Cada pilar medía veinticuatro pies de diámetro, rematado con piedra roja de Agra, y se hundía ochenta pies bajo la cambiante arena del lecho del Ganges. Por encima corría una vía de quince pies de ancho y por encima de ésta, todavía, un camino de carros de dieciocho pies, flanqueado de pasarelas. En cada extremo se erguían torres fortificadas de ladrillo rojo, con troneras para mosquetería y para los grandes cañones; y la rampa del camino avanzaba hasta sus flancos. Centenares de burros que subían desde la cantera abismal, cargados con sacos de materiales, pululaban por los extremos de tierra cruda y el aire caluroso de la tarde estaba lleno del ruido de pezuñas, del golpeteo de los palos de los arrieros y del silbido de la tierra al caer. El río estaba muy bajo y sobre la arena blanca y resplandeciente, entre los tres pilares centrales, había pilastras rechonchas con traviesas entrecruzadas, llenas de barro por dentro y embadurnadas de barro por fuera, para sostener las últimas vigas mientras las iban remachando.
En el poco de agua profunda que quedaba después de la sequía, una grúa iba de un lado a otro colocando barras de hierro bruscamente, bufando y retrocediendo y gruñendo como un elefante en un aserradero. Cientos de remachadores hormigueaban entre los enrejados laterales y el techo de hierro de la vía, se colgaban de andamios invisibles bajo las tripas de las vigas, se apiñaban en torno a las gargantas de los pilares y cabalgaban por el alero de los puntales de las pasarelas; sus crisoles y las llamaradas que respondían a cada martillazo lanzaban pálidos reflejos amarillos bajo la deslumbrante luz del sol.
Al este y al oeste, al norte y al sur, las locomotoras traqueteaban y silbaban a lo largo de los terraplenes, con los vagones cargados de piedra marrón y blanca golpeando detrás de ellas, hasta que se derribaban los laterales y, rugiendo y retumbando, unos cuantos miles de toneladas más de materiales fueron lanzados para domeñar al río.
Findlayson, Ingeniero Jefe, giró en su vagoneta y contempló el aspecto del paisaje que él había cambiado en siete millas a la redonda. Miró hacia atrás a la aldea bulliciosa de sus cinco mil obreros; río arriba y río abajo, hacia las perspectivas de salientes y arena; por encima del río hasta los pilares más alejados, apenas visibles por la calima; hacia arriba, a las torres de guardia ‑y sólo él sabía lo fuertes que eran‑ y con un suspiro de satisfacción vio que su obra era buena. Allí, delante de él, se alzaba su puente a la luz del sol. Le faltaban sólo unas semanas de trabajo en las vigas de los tres pilares centrales. Su puente, crudo y feo como el pecado original, pero lo suficiente pukka ‑permanente‑ como para perdurar cuando todo recuerdo del constructor, incluso el espléndido entramado Findlayson, hubiera perecido. Prácticamente, la cosa estaba hecha.
Hitchcock, su ayudante, trotaba por la vía sobre un pequeño pony de Kabuli que agitaba la cola ‑el cual, gracias a su larga práctica, hubiera podido haber trotado tranquilamente sobre una rejilla‑ e hizo un gesto con la cabeza a su jefe.
‑Casi ‑dijo con una sonrisa.
‑Lo estaba pensando ‑contestó el de más edad‑. No está del todo mal para dos hombres, ¿verdad?
‑Uno y medio. ¡Qué verde estaba yo cuando llegué aquí!
Hitchcock se sintió muy viejo debido a la gran cantidad de experiencias de estos tres últimos años, que le habían enseñado el mando y la responsabilidad.
‑Es verdad que parecía usted un potrillo ‑dijo Findlayson‑. Me pregunto si le gustará volver a su trabajo de oficina cuando esto haya terminado.
‑Lo odiaré ‑dijo el juven, y mientras seguía con sus ojos la mirada de Findlayson, murmuró: ‑¿A que está estupendamente bien?
‑Creo que ascenderemos juntos ‑dijo Findlayson para sí‑. Es usted demasiado buen chico como para desperdiciarlo con otra persona. Verde estabas, ayudante eres. Ayudante personal serás y en Simla, si es que saco algún reconocimiento por todo esto.
Realmente el grueso del trabajo había recaído totalmente sobre Findlayson y su ayudante, ese joven que él mismo había escogido por su inexperiencia, para formarlo de acuerdo con sus propias necesidades. Ahí había medio centenar de contratistas ‑ajustadores y remachadores europeos, sacados de los talleres de los ferrocarriles, con quizá veinte subordinados blancos o mestizos para dirigir, dirigidos a su vez, a los grupos de obreros‑ pero nadie sabía mejor que ellos dos, que gozaban de una confianza mutua, cuán poco eran de fiar los subalternos. Habían pasado muchas veces por crisis imprevistas ‑el deslizamiento de los aguilones, la ruptura de los aparejos, averías en las grúas y la cólera del río‑, pero ninguna presión había puesto de relieve a ningún hombre a quien Findlayson y Hitchcock hubieran podido honrar con un trabajo tan implacable como el que realizaban ellos mismos. Findlayson recordó todo desde el principio: los meses de trabajo de oficina destruidos de golpe cuando el Gobierno de la India, en el último momento, añadió dos pies a la anchura del puente, creyendo sin duda que los puentes se hacían con papel, y arruinando así al menos medio acre de planos ‑y Hitchcock, nuevo en eso de las decepciones, hundió la cabeza en sus brazos y lloró‑; los retrasos descorazonadores en la firma de los contratos en Inglaterra; la fastidiosa correspondencia en la que se insinuaban grandes comisiones si se concedía una, sólo una, más bien dudosa adjudicación; la guerra que siguió al rechazo; la obstrucción cuidadosa y cortés que siguió a la guerra, hasta que el joven Hitchcock, tras acumular dos meses de permiso y pidiendo prestados a Findlayson diez días, gastó sus pobres ahorros de un año en una escapada desesperada a Londres, donde, como él mismo afirmó y como demostraron las adjudicaciones posteriores, infundió el temor de Dios en un hombre tan poderoso que sólo temía al Parlamento, y así se lo dijo, hasta que Hitchcock discutió con él en su propia mesa y empezó a temer al Puente de Kashi y a todos los que hablaban en su nombre. Después, apareció el cólera que llegó de noche a la aldea, junto a la otra del puente; y después del cólera, la viruela. Nunca dejaban de tener fiebre. Hitchcock había sido nombrado magistrado de tercera clase con permiso para azotar, para mejor gobierno de la comunidad, y Findlayson observaba cómo el joven ejercía sus poderes con moderación, aprendiendo qué cosas se pueden pasar por alto y cuáles no. Fue una larga, larga ensoñación que incluía tormentas, desbordamientos repentinos de los riachuelos, la muerte en todas su formas y modos, la rabia violenta y horrible ante la burocracia que casi conseguía enloquecer a una mente consciente de que debería estar ocupada en otras cosas; sequía, higiene, administración, nacimientos, bodas, entierros y riñas en la aldea entre veinte castas enemigas; discusiones, argumentos, persuasión, y la desesperación absoluta del hombre al acostarse, dando gracias porque su rifle está desmontado en su caja. Detrás de todo eso se alzaba el negro perfil del Puente de Kashi ‑plancha a plancha, viga a viga, arcada a arcada‑ y cada pilar le recordó a Hitchcock, el hombre para todo, que se había quedado al lado de su jefe sin fallarle, desde el primer momento hasta el final.
Así pues, el puente era la obra de dos hombres ‑a menos que se contase a Peroo, como ciertamente hubiera hecho el propio Peroo. Era un lascar, un kharva de Bulsar, familiarizado con todos los puertos entre Rockhampton y Londres, que había ascendido a la categoría de serang en los barcos de la British India, pero, cansado de sus rutinarias inspecciones y de tener que llevar la ropa limpia, había abandonado el servicio y se marchó al interior, donde los hombres de su condición estaban seguros de encontrar un empleo. Como conocía el uso de los aparejos y los pesos pesados, Peroo valía lo que quisiera pedir por sus servicios, pero la costumbre regulaba el sueldo de los capataces y a Peroo le faltaban bastantes monedas de plata para alcanzar su precio. Ni las corrientes, ni las alturas extremas le infundían miedo; y, como antiguo serang que era, sabía mantener su autoridad. No había pieza de hierro que fuera tan grande o estuviera tan mal colocada como para que Peroo no pudiera idear algún cordaje para levantarla ‑cualquier invento desharrapado, apuntalado por una cantidad escandalosa de comentarios‑, pero perfectamente adecuado para la faena. Fue Peroo el que salvó el pilar número siete de la destrucción cuando el nuevo alambre se atascó en el ojo de la grúa y la enorme plancha se deslizó de sus correas, inclinándose peligrosamente de lado. Entonces, los obreros nativos perdieron la cabeza y se pusieron a gritar y a Hitchcock le rompió un brazo una plancha que le cayó encima y metió el brazo en la chaqueta, se la abrochó y se desmayó, volvió en sí y dirigió el trabajo durante cuatro horas hasta que Peroo, desde lo alto de la grúa, le informó: «Todo va bien», y la plancha llegó a su sitio. No había nadie como Peroo, serang para amarrar, anudar y sujetar, para controlar los motores auxiliares, para levantar hábilmente una locomotora de la zanja en la que se había caído dando tumbos; para desnudarse y lanzarse al agua, si era necesario, a comprobar cómo resistían los embates de Madre Gunga los bloques de hormigón que rodeaban los pilares, o para aventurarse río arriba en una noche de monzón e informar sobre el estado de los revestimientos de los terraplenes. Solía interrumpir, sin pudor alguno, las reuniones de Findlayson y Hitchcock hasta que su asombroso inglés o su aún más asombrosa «lingua franca» ‑medio portugués y medio malayo‑ se agotaban y se veía obligado a coger un cordón y demostrar los nudos que él recomendaba. Controlaba su propia brigada de encargados de los aparejos ‑una misteriosa parentela de Kutch Mandvi, recogida mes a mes y escrupulosamente probada‑. Ninguna consideración de orden
familiar permitía a Peroo mantener en la nómina unas manos débiles o una cabeza loca. «Mi honor es el honor de este puente» ‑solía decir a aquellos a quienes estaba a punto de despedir‑ «¿qué me importa a mí tu honor? Vete a trabajar a un vapor, es para lo único que sirves». El pequeño grupo de chozas donde vivían él y su brigada rodeaba la morada destartalada de un capellán ‑un sacerdote que jamás había pisado el Agua Negra, pero que había sido elegido como guía espiritual por dos generaciones de marineros, todos impermeables a los misioneros de los puertos o a esos credos religiosos que, mediante las agencias, asaltan a los marineros a lo largo del Támesis. El sacerdote de los lascar no tenía nada que ver con su casta y, de hecho, con nada de nada. Comía lo que ofrendaban a su iglesia, dormía y fumaba y volvía a dormir. «Porque», decía Peroo, que lo había llevado mil millas tierra adentro, «es un hombre muy santo. No le importa nunca lo que uno come con tal de que no sea carne de vaca y eso está bien, porque nosotros los kharvas, en tierra adoramos a Shiva, pero en el mar, a bordo de los barcos de la Kúmpani, obedecemos estrictamente las órdenes del Burra Malum (el primero de a bordo) y en este puente respetamos lo que dice el Findlayson Sahib».
El Findlayson Sahib había ordenado ese día que quitaran el andamiaje de la torre de guardia de la orilla derecha y Peroo, con sus compañeros estaba soltando y bajando los palos de bambú y las baldas tan deprisa como si estuvieran descargando un barco de cabotaje.
Desde su vagoneta podía oír el silbato de plata del serang y el crujido y traqueteo de las poleas. Peroo estaba de pie sobre el remate más elevado de la torre, vestido con el mono azul de su anterior servicio y, cuando Findlayson le hizo un gesto de que tuviera cuidado, porque la suya no era una vida que pudiera desperdiciarse, agarró el último palo y, haciendo sombra a sus ojos con las manos al modo marinero, contestó con el grito prolongado del vigía de proa: ‑Ham dekhta hai (Estoy vigilando).
Findlayson se rió y enconces suspiró. Hacía años que no veía un vapor y sentía nostalgia de su hogar. Mientras su vagoneta pasaba bajo la torre, Peroo descendió por una cuerda, como un mono, y gritó:
‑Tiene buen aspecto ahora, Sahib. Nuesrro puente está casi hecho. ¿Qué cree que dirá Madre Gunga cuando la cruce el tren?
‑Ha dicho poco hasta ahora. Nunca ha sido Madre Gunga la que nos ha retrasado.
‑Ella se toma siempre su tiempo, y aun así ha habido retrasos. ¿Ha olvidado el Sahib la riada del otoño pasado, cuando las chalanas se hundieron sin previo aviso, o apenas con medio día de aviso?
‑Sí, pero ahora sólo una riada grande podría dañarnos. Los espolones aguantan bien por el oeste.
‑Madre Gunga come grandes porciones. Siempre hay sitio para poner más piedra en los revestimientos. Es lo que le digo al Chota Sahib ‑se refería a Hitchcock‑ y se ríe.
‑No importa, Peroo. Otro año podrás construir un puente a tu manera.
El lascar sonrió.
‑Entonces, no será de esta manera, con las piedras hundidas bajo el agua, como se hundiría el Quetta. A mí me gustan los puentes col‑col‑colgantes, que van de orilla a orilla por el aire, con una tarima como una plancha. Entonces ningún agua puede hacer daño. ¿Cuándo viene el Lord Sahib para inaugurar el puente?
‑Dentro de tres meses, cuando haga más fresco.
‑¡Ja, ja, ja! Él es como el Burra Malum. Duerme abajo mientras se hace el trabajo. Entonces sube al alcázar y pasa el dedo y dice: ¡Esto no está limpio! ¡Maldito jiboonwallah!
‑Pero el Lord Sahib no me llama maldito jiboonwallah, Peroo.
‑No, Sahib, pero no sube a cubierta hasta que el trabajo está totalmente terminado. Incluso el Burra Malum del Nerbudda dijo una vez en Tuticorin...
‑¡Bah! ¡Vete! Estoy ocupado.
‑Yo también ‑dijo Peroo, con un semblante impertérrito‑. ¿Puedo bajar la barca ahora y remar por los espolones?
‑¿Para sujetarlos con tus manos? Creo que son lo suficientemente sólidos.
‑No, Sahib. Es así. En el mar, en el Agua Negra, hay sitio para que vaya de arriba abajo sin cuidado. Aquí no hay sitio en absoluto. Mire, hemos metido el río en un muelle y lo hemos hecho correr entre muros de piedra.
Findlayson sonrió al «nosotros».
‑Le hemos puesto el bocado y la brida. No es como el mar, que puede lanzarse sobre una playa blanda. Es Madre Gunga... encadenada.
Peroo bajó un poco la voz.
‑Peroo, has corrido mucho más mundo que yo. Ahora, di la verdad. ¿En el fondo de tu corazón, hasta qué punto crees en Madre Gunga?
‑Todo lo que nuestro sacerdote dice. Londres es Londres, Sahib, Sidney es Sidney, y Port Darwin es Port Darwin. También Madre Gunga es Madre Gunga y cuando vuelvo a sus orillas, lo sé y la adoro. En Londres, hice poojah al gran templo junto al río en honor al Dios que hay dentro... Sí, llevaré la barca sin los cojines.
Findlayson montó en su caballo y cabalgó al trote hasta el cobertizo del bungalow que compartía con su ayudante. El lugar se había convertido en un hogar para él durante los tres últimos años. Se había asado con el calor, había sudado con las lluvias y tiritado de fiebre bajo el rudo techo de paja; la cal junto a la puerta estaba cubierta de dibujos toscos y de fórmulas, y el sendero de centinela que se había formado en la estera de la veranda mostraba los lugares por los que había caminado solo. No hay límite de ocho horas para el trabajo de un ingeniero y cenó con Hitchcock con las botas y las espuelas puestas; fumando puros, escuchaba el murmullo de la aldea mientras las brigadas navegaban por el lecho del río y las luces empezaban a titilar.
‑Peroo ha ido a ver los espolones en su barca. Se ha llevado a un par de sobrinos con él y está repantingado en la popa como un comodoro ‑dijo Hitchcock.
‑Muy bien. Hay algo que le preocupa. Cualquiera hubiera pensado que diez años en los barcos de la British India habrían acabado con casi toda su religión.
‑Y así es ‑dijo Hitchcock, sofocando una risa‑. Le oí el otro día mantener una charla muy atea con ese viejo gurú gordo que tienen. Peroo negó la eficacia de la oración y quería que el gurú fuera con él al mar a pasar por una tempestad, y ver si podría detener un monzón.
‑De todas formas, si le quitaran a su gurú saldría disparado. Me estaba contando una historia sobre cómo rezó en la cúpula de San Pablo cuando estuvo en Londres.
‑Me contó que la primera vez que entró en la sala de máquinas de un vapor, siendo un muchacho, rezó al cilindro de baja presión.
‑De todas maneras, no es mala cosa a la que rezar. Ahora está propiciando a sus propios dioses y quiere saber qué piensa Madre Gunga del puente construido sobre ella. ¿Quién va?
Una sombra oscureció la entrada y pusieron un telegrama en la mano de Hitchcock.
‑Debería estar bastante acostumbrada a estas alturas. No es nada. Es sólo un tar. Será la respuesta de Ralli sobre los nuevos remaches... ¡Santo cielo!
Hitchcock se puso en pie de un salto.
‑¿Qué hay? ‑dijo su superior, y cogió el impreso‑. Eso es lo que piensa Madre Gunga, ¿eh? ‑dijo leyendo‑. Mantenga la calma, joven. Nos espera trabajo. Vamos a ver. Muir dice, hace media hora: «Riada en el Ramgunga. Alerta». Bueno, eso nos da ...una, dos... nueve horas y media hasta que la riada llegue a Malipur Ghaut y siete, son dieciséis y media hasta Latodi, digamos quince horas antes de que se nos venga encima.
‑¡Maldita sea esa alcantarilla alimentada por las colinas del Ramgunga! Findlayson, esto sucede dos meses antes de lo que se podría haber previsto, y la orilla izquierda está todavía llena de materiales. ¡Dos meses enteros antes de tiempo!
‑Por eso sucede. Sólo conozco los ríos indios desde hace veinticinco años y no pretendo comprenderlos. Aquí viene otro tar ‑Findlayson abrió el telegrama‑. Cockran esta vez, desde el canal del Ganges: «Lluvias fuertes aquí. Mal.» Podría haberse ahorrado la última palabra. Bueno, no queremos saber más. Tenemos que poner las brigadas a trabajar toda la noche y limpiar el lecho del río. Irá usted a la orilla oriental y se las arreglará para reunirse conmigo en medio. Recoja todo lo que flote bajo el puente: ya tendremos suficientes barcos flotando a la deriva de todos modos como para que las chalanas cargadas choquen como arietes contra los pilares. ¿Hay algo en la orilla oriental a lo que haya que atender?
‑Un pontón, un gran pontón con una grúa encima. La otra grúa está sobre el pontón reparado, con los remaches del camino de carros de los pilares veinte a veintitrés, dos vías de construcción y un ramal de giro. Las pilastras tendrán que arreglárselas como sea ‑dijo Hitchcock.
‑De acuerdo. Recoja todo lo que pueda. Dejemos quince minutos más a las brigadas para comer.
Cerca de la veranda había un gong grande, que nunca había sido utilizado excepto en caso de riada o incendio en la aldea. Hitchcock pidió un caballo nuevo y se dirigió hacia el lado del puente que le correspondía cuando Findlayson cogió el palo envuelto en telas y golpeó de manera tal que el metal tronó.
Mucho antes de que cesara el último redoble, todos los gongs de la aldea se habían unido a la llamada. A éstos se añadieron el chillido ronco de las conchas en los templos pequeños, el palpitar de los tambores y los tamtanes y, desde el alojamiento de los europeos, donde vivían los remachadores, la corneta de M'Cartney, un arma ofensiva los domingos y festivos, sonó estrepitosa y desesperadamente tocando a botasilla. Las locomotoras que regresaban fatigosamente a casa por los espolones, después de su jornada, respondieron silbando hasta que sus silbidos fueron contestados desde la otra orilla. Entonces el gong grande tronó tres veces para señalar que era una riada y no un incendio; concha, tambor y silbato se hicieron eco de la llamada y la aldea tembló bajo el sonido de los pies descalzos que corrían sobre la tierra blanda. La orden, en cualquier caso, era la de acudir a su puesto de trabajo y esperar instrucciones. Las brigadas se precipitaron en el crepúsculo; los hombres se paraban para anudarse el taparrabos o atarse una sandalia. Los capataces de las brigadas gritaban a sus subordinados mientras corrían, o se detenían momentáneamente en los cobertizos de herramientas para recoger barras y azadones; las lomotoras bajaban por sus raíles, arrastrándose sobre las ruedas entre la multitud, cuyo torrente marrón se precipitaba en el oscuro lecho del río, corría sobre las pilastras, hormigueaba por los enrejados, se apiñaba en las grúas y se quedaba quieto, cada hombre en su sitio.
Entonces, el alarmante latido del gong comunicó la orden de recoger todo y llevarlo por encima del nivel más elevado del agua y centenares de lámparas de keroseno fueron encendidas entre las redes de hierro, mientras los remachadores empezaron el trabajo nocturno en una carrera contra la riada anunciada. Las vigas de los tres pilares centrales ‑las que estaban sobre las traviesas entrecruzadas‑ estaban casi en posición. Necesitaban todos los remaches que se pudieran clavar en ellas, porque la riada seguramente arrastraría los soportes y el hierro caería sobre los capiteles de piedra si no se fijaban sus extremos. Cien palancas se metieron con las traviesas de la vía provisional que ponía en comunicación los estribos inacabados. La levantaron tramo a tramo, la cargaron en los vagones y las sofocadas locomotoras la arrastraron cuesta arriba por encima del nivel de la inundación. Los cobertizos de herramientas sobre la arena se desvanecieron ante el ataque de ejércitos de hombres vociferantes, y con ellos desaparecieron las provisiones del Gobierno, cajas de remaches recubiertas de hierro, alicates, cortadoras, piezas de repuesto para las máquinas de remachar, bombas de repuesto y cadenas. La grúa grande sería lo último en moverse, porque estaba alzando todos los materiales pesados hasta la estructura principal del puente. Se tiraron por la borda los bloques de hormigón que había en las chalanas en donde hubiera agua profunda, para proteger los pilares, y empujaron los barcos vacíos con pértigas bajo el puente, río abajo. Se oía chillar muy fuerte el silbato de Peroo, porque al primer golpe del gong grande regresó en su barca a toda velocidad y él y su gente estaban desnudos hasta la cintura, trabajando por su honor y su estima, más valiosos que la vida.
‑Sabía que hablaría ‑gritó‑, lo sabía, pero el telégrafo nos ha avisado. ¡Oh hijos de impensable procreación, criaturas de vergüenza indecible! ¿estamos aquí por las apariencias?
Tenía dos pies de cuerda de alambre deshilachada en los bordes con los que Peroo hizo maravillas, saltando de barco en barco y gritando el lenguaje del mar.
A Findlayson lo que más le preocupaba eran las chalanas. M'Cartney, con sus brigadas, estaba fijando los extremos de las tres arcadas dudosas, pero unos barcos a la deriva, si la riada resultara crecida, podrían poner en peligro las vigas y en los canales, encogidos por el calor, había una auténtica flota.
‑Mételas detrás de la torre de guardia ‑gritó a Peroo‑. Habrá agua muerta allí; llévalas debajo del puente.
‑¡Accha! (Muy bien) Yo sé. Estamos amarrándolas con cuerda de alambre ‑fue la respuesta‑ ¡eh, escuche al Chota Sahib, está trabajando duro!
Desde el otro lado del río llegó el silbido casi continuo de las locomotoras, acompañado del retumbar de las piedras. Hitchcock, en el último momento, estaba echando unos centenares más de vagones de piedra de Tarakee para reforzar sus espolones y revestimientos.
‑El puente desafía a Madre Gunga ‑dijo Peroo riéndose‑. Pero cuando ella hable yo sé quién gritará más fuerte.
Durante horas, los hombres desnudos trabajaban, chillando y gritando bajo las luces. Era una noche calurosa, sin luna, oscurecida por las nubes y un repentino chubasco que alarmó a Findlayson.
‑¡Se mueve! ‑dijo Peroo justo antes del amanecer‑. ¡Madre Gunga está despierta! ¡Escuche! ‑metió la mano en el agua desde la borda de un barco y la corriente se revolvió contra ella. Una ola pequeña golpeó un pilar con el sonido de una palmada seca.
‑Con seis horas de antelación ‑dijo Findlayson, enjugando su frente con rabia‑. Ahora no podemos contar con nada. Sería mejor que sacáramos a todo el mundo del lecho del río.
De nuevo el gong grande sonó y por segunda vez se produjo el ruido precipitado de pies descalzos sobre la tierra y resonó el hierro; el golpeteo de las herramientas cesó. En el silencio, los hombres oyeron el bostezo seco del agua que se arrastraba sobre la arena sedienta.
Uno tras otro, las capataces fueron gritando a Findlayson, apostado junto a la torre de guardia, que su sección del cauce había sido limpiada, y cuando se apagó la última voz, Findlayson cruzó apresuradamente el puente hasta donde las planchas de hierro de la vía permanente daban paso a la pasarela provisional sobre los tres pilares centrales y allí se encontró con Hitchcock.
‑¿Todo en orden por su lado? ‑dijo Findlayson. El ruido de sus palabras resonó por la caja del enrejado.
‑Sí, y el canal oriental se está llenando ahora. Estamos totalmente equivocados en nuestro cálculo. ¿Cuándo nos llega esta cosa?
‑Es imposible saberlo. Se está llenado muy deprisa. ¡Mire! ‑Findlayson señaló las baldas bajo sus pies, donde la arena, tórrida y manchada por los meses de trabajo, empezaba a crepitar y a bullir.
‑¿Cuáles son las órdenes? ‑dijo Hitchcock.
‑Pasar lista, contar las provisiones, sentarnos a esperar y rezar por el puente. Es todo lo que se me ocurre. Buenas noches. No arriesgue su vida intentando rescatar algo río abajo.
‑¡Oh, seré tan prudente como usted! Buenas noches. ¡Cielos, cómo se llena! ¡Aquí viene la lluvia en serio!
Findlayson, con tiento, buscó el camino de vuelta a su orilla, empujando delante de él a los últimos remachadores de M'Cartney. Las brigadas se habían distribuido a lo largo de los terraplenes, a pesar de la lluvia fría del amanecer, y allí esperaban la riada. Sólo Peroo mantenía juntos a sus hombres detrás de la torre de guardia, donde estaban las chalanas cargadas, atadas proa y popa con cables, cuerdas de alambre y cadenas.
Un estridente gemido recorrió la vía hasta convertirse en un aullido, mitad de miedo, mitad de asombro. La superficie del río se blanqueaba de orilla a orilla, entre los revestimientos de piedra, y los espolones lejanos desaparecían entre chorros de espuma. Madre Gunga había llegado a la altura de la orilla con rapidez, anunciada por un muro de agua de color chocolate. Un chirrido dominó el rugido del agua: era la protesta de las arcadas cayendo sobre sus bloques, al tiempo que las traviesas entrecruzadas eran violentamente arrebatadas de debajo de sus tripas. Las chalanas gimieron y chocaron entre sí en el remolino que se formó entre los contrafuerres, y sus maltratados mástiles se levantaron cada vez más arriba contra el horizonte mate.
‑Antes de que se la encerrara entre estos muros, sabíamos lo que podía hacer. ¡Ahora que está así, encajonada, Dios sabe qué hará! ‑dijo Peroo, mirando el furioso tumulto en torno a la torre de guardia‑ ¡Eh! ¡Lucha, lucha fuerte, porque es así como una mujer se agota!
Pero Madre Gunga no quería luchar como Peroo deseaba. Después de la primera sacudida no se produjeron más murallas de agua, sino que el río levantó todo su cuerpo como una serpiente cuando bebe en pleno verano, raspando y sobando las escolleras, amontonándose detrás de los pilares hasta tal punto que Findlayson empezó a calcular mentalmente la resistencia de su obra.
Cuando llegó el día, la aldea se quedó estupefacta.
‑¡Sólo anoche ‑dijeron los hombres mirándose unos a otros‑ era como un pueblo en el lecho del río! ¡Mirad ahora!
Y miraron y volvieron a asombrarse de la profundidad del agua, el agua que corría y lamía la garganta de los pilares. La orilla opuesta estaba velada por la lluvia, haciendo que desapareciera la perspectiva del puente; sólo los remolinos y las rompientes indicaban, río arriba, dónde estaban los pilares; y río abajo, el río cautivo, ya libre, se había extendido como un mar por el horizonte. Entonces pasaron rápidamente, arrastrados por la corriente, hombres y bueyes muertos, mezclados aquí y allá con un trozo de tejado de paja que se disolvía al tocar un pilar.
‑Una riada grande ‑dijo Peroo, y Findlayson asintió con la cabeza.
Era una riada tan grande como para quitarle a uno las ganas de ver otra. Su puente resistiría lo que tenía encima ahora, pero no mucho más; y si por alguna probabilidad entre mil hubiera algún defecto en los malecones, Madre Gunga se llevaría su honor al mar junto con los demás despojos. Lo peor de todo era que no se podía hacer nada, excepto esperar tranquilamente; y Findlayson esperó tranquilamente con su impermeable, hasta que su salacot se convirtió en pulpa sobre su cabeza y sus botas estuvieron de fango hasta el tobillo. No prestó atención a la hora, porque el río marcaba las horas, pulgada a pulgada y pie a pie, a lo largo del malecón; y escuchaba, entumecido y hambriento, a las chalanas tensando sus cadenas, el tronar sofocado del agua bajo los pilares y los cien ruidos que componen la voz de una riada. En una ocasión, un criado totalmente mojado le trajo comida, pero no pudo comer; y otra vez, creyó oír el silbido casi imperceptible de una locomotora al otro lado del río y entonces sonrió. El fracaso del puente haría no poco daño a su ayudante, pero Hitchcock era joven, con toda una importante labor que realizar. En cuanto a él mismo, el derrumbamiento lo significaba todo ‑todo lo que hacía que mereciera la pena vivir una vida dura‑. Los hombres de su profesión dirían..., recordaba lo que él mismo dijo, casi con lástima, cuando la gran central depuradora de Lockhart se reventó y se deshizo en montones de ladrillos y limo, y el espíritu de Lockhart se quebró dentro de él y murió. Recordaba lo que él mismo dijo cuando un gran maremoto arrasó el Puente de Sumao y, sobre todo, recordó el rostro del pobre Hartopp tres semanas después, marcado por la vergüenza. Su puente era el doble de grande que el de Hartopp y llevaba el entramado Findlayson, además de la nueva zapata reforzada Findlayson. No había excusa alguna en su apoyo. El Gobierno escucharía, tal vez, pero los suyos le juzgarían por su puente, según aguantara o cayera. Lo examinó mentalmente, plancha a plancha, arcada a arcada, pilar a pilar, recordando, comparando, evaluando y calculando de nuevo por si hubiera algún error; y a menudo, durante largas horas y entre el trajín de las fórmulas que bailaban y revoloteaban delante de él, un helado temor le oprimía el corazón. Por su parte, la suma era indiscutible, ¿pero quién podía conocer la aritmética de Madre Gunga? Posiblemente, mientras él estaba equilibrando todo con la tabla de multiplicar, el río podría estar socavando minas en el fondo de cualquiera de esos pilares de ochenta pies que sostenían su reputación. Otra vez se acercó un criado con comida, pero su boca estaba seca y sólo pudo beber y volver a sus decimales. Y el río seguía subiendo. Peroo, con un abrigo de enea, se acurrucaba a sus pies, observando alternativamente su cara y la cara del río, pero sin decir nada.
Por fin, el lascar se levantó y caminó a trompicones por el barro hasta la aldea, no sin dejar precavidamente a un ayudante para que vigilara los barcos.
Regresó pronto, empujando de forma irreverente al sacerdote de su fe ‑un anciano gordo, de barba cana que el viento agitaba al mismo tiempo que la tela mojada que aleteaba sobre su hombro‑. Jamás se había visto un gurú tan lamentable.
‑¿De qué sirven las ofrendas y las lamparitas de keroseno y el grano seco ‑gritó Peroo‑, si lo único que puedes hacer es sentarte en cuclillas sobre el barro? Has tratado mucho a los Dioses cuando estaban contentos y bien dispuestos. Ahora están enfadados. ¡Háblales!
‑¿Qué puede un hombre contra la ira de los Dioses? ‑gimoteó el sacerdote, encogiéndose ante la violencia del viento‑ déjame ir al templo y rezaré allí.
‑¡Hijo de un cerdo! ¡Reza aquí! ¿No hay nada a cambio del pescado salado y el polvo de curry y las cebollas secas? Llama en voz alta! Di a Madre Gunga que hemos tenido bastante. Ruégale que se calme esta noche. Yo no sé rezar, pero he trabajado en los barcos de la Kúmpani y cuando los hombres no obedecían mis órdenes yo...
Con un ademán agitado del látigo de cuerda de alambre, Peroo terminó su frase y el sacerdote, apartándose de su discípulo, huyó a la aldea.
‑¡Cerdo gordo! ‑dijo Peroo‑. ¡Después de todo lo que hemos hecho por él! ¡Cuando baje el caudal yo me encargaré de conseguirnos un nuevo gurú! Finlinson Sahib, ya anochece y no ha comido nada desde ayer. Sea razonable, Sahib. Ningún hombre puede soportar velar y pensar demasiado con el estómago vacío. Túmbese, Sahib, el río hará lo que tenga que hacer.
‑El puente es mío; no puedo dejarlo.
‑¿Lo va a sujetar con las manos, entonces? ‑dijo Peroo riéndose‑ yo estaba preocupado por mis barcos y aparejos antes de que viniera la riada. Ahora estamos en manos de los Dioses. ¿El Sahib no va ni a comer ni a acostarse? Entonces, tome esto. Es carne y buen alcohol a la vez, mata toda fatiga, además de la fiebre que produce la lluvia. Hoy no he comido otra cosa.
Sacó de su cinturón empapado una pequeña caja de tabaco de latón, y la puso en la mano de Findlayson diciendo:
‑No, no tenga miedo. Sólo es opio. ¡Opio puro de Malwa!
Findlayson dejó caer sobre su mano dos o tres bolitas de color marrón oscuro y, casi sin saber lo que hacía, se las tragó. Al menos sería una buena defensa contra la fiebre ‑esa fiebre que subía del barro y que estaba apoderándose de él‑; además, había visto lo que Peroo podía hacer en las nieblas sofocantes de otoño con una dosis de la caja de latón.
Peroo movió la cabeza con los ojos brillantes.
‑Dentro de poco... dentro de poco el Sahib descubrirá que vuelve a pensar bien otra vez. Yo también tomaré...
Se lanzó sobre su preciada caja, se colocó bien el impermeable en la cabeza y se agachó para observar los barcos. Ya estaba demasiado oscuro para ver más allá del primer pilar, y la noche pareció haber dado nuevas fuerzas al río. Findlayson estaba de pie, con la barbilla sobre su pecho, pensando. Había una duda sobre uno de los pilares ‑el séptimo‑ que todavía no había resuelto del todo en su mente. Las cifras no cobraban forma a su vista excepto una a una y durante intervalos de tiempo enormes. En sus oídos había un sonido rico y melodioso, como la nota más profunda de un contrabajo ‑un sonido encantador, en el cual le pareció que su pensamiento se prendió durante varias horas‑. Entonces Peroo apareció junto a él gritándole que un cable se había roto y que las chalanas se habían soltado. Findlayson vio cómo la flota se abría y giraba como un abanico entre el chirriar prolongado del alambre al tensarse.
‑Un árbol ha chocado con ellas. Se irán todas ‑gritó Peroo‑. El cable principal se ha partido. ¿Qué hace el Sahib?
Un plan inmensamente complejo relampagueó en la mente de Findlayson. Vio las cuerdas que pasaban de barco en barco en líneas y ángulos rectos ‑cada cuerda, una línea de pálido fuego‑. Pero había una que era la cuerda maestra. Él podía verla. Si consiguiera tirar de ella, era absoluta y matemáticamente seguro que la desordenada flota volvería a unirse en el remanso detrás de la torre de guardia. ¿Pero por qué, se preguntó, le agarraba Peroo tan desesperadamente por la cintura mientras bajaba a la orilla precipitadamente? Era necesario apartar al lascar, suave y lentamente, porque era necesario salvar los barcos y, además, demostrar lo sumamente fácil que era ese problema que parecía tan difícil. Y entonces ‑pero no tenía ninguna imponancia‑ una cuerda de alambre se deslizó en su mano, quemándola, la elevada orilla desapareció y con ella todos los factores del problema se dispersaron lentamente. Estaba sentado en la oscuridad lluviosa, sentado en un barco que giraba como una peonza y Peroo estaba de pie por encima de él.
‑Había olvidado ‑dijo el lascar despacio‑ que para las personas que están en ayunas y que no están acostumbradas, el opio es peor que cualquier vino. Los que mueren en el seno de Gunga van junto a los Dioses. Aun así, yo no tengo ningún deseo de presentarme a tan altos personajes. ¿Sabe nadar el Sahib?
‑¿Para qué? Sabe volar, volar tan rápido como el viento ‑fue la apagada respuesta.
‑¡Está loco! ‑murmuró Peroo muy bajo‑. Y me echó de lado como un fardo de estiércol. Bueno, no verá su muerte. El barco no puede aguantar aquí aunque no choque contra nada. No es bueno mirar a la muerte con mirada clara.
Volvió a proveerse en la caja de latón, se agachó en la proa de la embarcación tambaleante, mirando a través de la niebla a la nada que allí había. Una cálida somnolencia se apoderó de Findlayson, el Ingeniero Jefe, cuyo deber era estar junto al puente. Las pesadas gotas de lluvia le golpeaban con mil pequeños hormigueos excitantes y todo el peso del tiempo, desde su creación, le cayó pesadamente sobre los párpados. Pensaba y percibía que estaba completamente seguro porque el agua era tan sólida que seguramente un hombre podría pisarla y, quieto, con las piernas separadas para mantener el equilibrio ‑esto era lo más importante‑ se llegaría cómoda y rápidamente a la orilla. Pero se le ocurrió un plan mucho mejor. Sólo era necesario un esfuerzo de voluntad para que el alma lanzara el cuerpo a tierra como el viento empuja un papel; para llevarlo a la ribera por el aire como una cometa. Después de eso ‑el barco giraba vertiginosamente‑ imagínate que el viento soplara por debajo del cuerpo dejado en libertad. ¿Subiría como una cometa e iría a dar de bruces sobre las arenas lejanas, o giraría fuera de control por toda la eternidad? Findlayson se agarró a la borda para sujetarse porque le parecía que iba a alzar el vuelo antes de que pudiera determinar todos sus planes. El opio hace más efecto al hombre blanco que al negro. Peroo estaba cómodamente indiferente a los accidentes.
‑No puede aguantar ‑gruñó‑, sus costuras se están abriendo. Si hubiera sido una barca de remos podríamos haberlo resistido; pero esta caja agujereada no sirve. Finlinson Sahib, nos hundimos.
‑¡Accha! Yo me marcho. Véte tú también.
En su mente, Findlayson ya se había escapado del barco y volaba en círculos en el aire, buscando un punto de descenso donde plantar el pie. Su cuerpo ‑realmente sentía su necia impotencia‑ estaba en la popa, con el agua por las rodillas.
¡Qué ridículo! ‑dijo para sí, desde su alto refugio. Ese... es Findlayson... Jefe del Puente de Kashi. El pobre animal encima se va a ahogar. Ahogarse cuando se está tan cerca de la orilla. Yo... yo ya estoy en tierra. ¿Por qué no viene?
Para su gran disgusto, encontró su alma devuelta a su cuerpo otra vez, a ese cuerpo a punto de ahogarse en la profundidad del agua. El dolor de la reunión fue atroz, pero también era necesario luchar por el cuerpo. Tuvo conciencia de asirse desesperadamente a la arena mojada y de dar unos pasos prodigiosamente largos, como en los sueños, para no perder pie en el agua arremolinada, hasta que por fin se arrastró fuera del abrazo del río y se dejó caer, jadeando, sobre la tierra húmeda.
‑No será esta noche ‑dijo Peroo a su oído‑. Los Dioses nos han protegido.
El lascar movió sus pies cautelosamente y crujieron entre los tocones.
‑Ésta es alguna isla de la cosecha de añil del año pasado ‑prosiguió‑. No encontraremos hombres aquí; pero tenga mucho cuidado, Sahib; la riada ha hecho salir todas las serpientes en cien millas a la redonda. Aquí viene el relámpago, a la zaga del viento. Ahora veremos. Pero ande con cuidado.
Findlayson estaba muy lejos de tener miedo a las serpientes, en realidad, estaba muy lejos de cualquier emoción humana. Después de quitarse el agua de los ojos, veía con una claridad inmensa y caminaba, así se lo parecía, con unos pasos que abarcaban el mundo entero. En alguna parte, en la noche de los tiempos, había construido un puente ‑un puente que cruzaba ilimitadas extensiones de mares resplandecientes‑, pero el Diluvio se lo había llevado, dejando esta única isla bajo el cielo para Findlayson y su compañero, los únicos supervivientes de la estirpe humana.
Un relampagueo incesante, hendido y azul, iluminaba todo lo que había que ver en esa pequeña parcela de tierra rodeada por la inundación ‑una mata de espinas, una mata de bambú que se balanceaba y crujía, un peepul gris y nudoso que daba sombra a un santuario hindú, en cuya cúpula ondeaba una bandera roja hecha jirones. El santón, que lo tenía como residencia de verano, lo había abandonado hacía mucho, y la intemperie había roto la imagen embadurnada de rojo de su Dios. Los dos hombres, con las piernas y los párpados pesados, tropezaron sobre las cenizas de un lar rodeado de ladrillos y se sentaron al abrigo de las ramas, mientras la lluvia y el río rugían al unísono.
Los tocones de añil crepitaban y hubo un olor a ganado cuando un enorme Toro brahmán se abrió camino hacia el árbol. Los rayos revelaron la marca del tridente de Shiva en su ijada, la insolencia de la cabeza y la joroba, los ojos luminosos como los de un ciervo, la frente coronada con una guirnalda de caléndulas mojadas y la sedosa papada que casi tocaba el suelo. Detrás de él se oía subir a otras bestias desde la línea de inundación a través de los matorrales, un ruido de pasos pesados y de respiración honda.
‑Aquí hay alguien más que nosotros ‑dijo Findlayson, con la cabeza apoyada en el tronco, mirando a través de los ojos semicerrados y totalmente tranquilo.
‑Ciertamente ‑dijo Peroo con la voz apagada‑ y no son inferiores.
‑¿Qué son entonces? No los veo claramente.
‑Los Dioses. ¿Quiénes van a ser? ¡Mire!
‑¡Ah, cierto! Los Dioses seguramente, los Dioses.
Findlayson corrió mientras su cabeza caía hacia delante sobre su pecho. Peroo tenía toda la razón. Después del Diluvio, ¿quién podría estar vivo sobre la tierra sino los Dioses que la hicieron; los Dioses a quienes su aldea invocaba por las noches, los Dioses que estaban en boca de todos los hombres e involucrados en todas sus acciones? No podía levantar la cabeza ni mover un dedo debido al trance en el que estaba y Peroo sonreía a los relámpagos con un aspecto ausente.
El Toro se detuvo junto al santuario con la cabeza inclinada hacia la tierra húmeda. En las ramas, un Loro verde se alisaba las mojadas alas con su pico y chillaba a los truenos a medida que el círculo bajo el árbol se iba llenando de las sombras movedizas de las bestias. Había un Antílope negro pegado a los calones del Toro ‑un macho que quizá Findlayson había visto en sueños en su ya lejana vida sobre la tierra‑. Un Antílope de cabeza regia, lomo de ébano, vientre de plata y cuernos rectos y brillantes. Junto a él, con la cabeza inclinada hacia la tierra, los brillantes ojos verdes babo el pesado ceño, azotando la hierba con su cola inquieta, se paseaba una Tigresa, panzuda, de grandes quijadas.
El Toro se agachó junto al santuario y de la oscuridad saltó un Mono gris, monstruoso, que se sentó como un hombre en donde estaba la imagen caída y la lluvia derramaba sus gotas como joyas sobre el pelo de la nuca y sobre sus hombros.
Otras sombras iban y venían detrás del círculo, entre ellas un Hombre borracho que agitaba un bastón largo y una botella. Entonces, un ronco bramido subió del suelo.
‑¡La riada amaina ‑gritó‑; hora tras hora el agua baja y su puente sigue en pie!
‑Mi puente ‑dijo Findlayson para sí‑. Esto tiene que ser de otra época ya. ¿Qué tienen que ver los Dioses con mi puente?
Sus ojos se movían en la oscuridad después del rugido. Un Cocodrilo hembra ‑de morro chato, frecuentador de vados, el Magar del Ganges‑ se arrastró entre las bestias azotando furiosamente de derecha a izquierda su cola.
‑Lo han hecho demasiado sólido para mí. En toda la noche sólo he arrancado un puñado de tablones. ¡Los muros resisten! ¡Las torres resisten! Han encadenado mi caudal y mi río ya no es libre. ¡Celestiales, quitadme ese yugo! ¡Dadme agua que corra de orilla a orilla! Soy yo Madre Gunga, quien os habla. ¡La justicia de los Dioses! ¡Invoco a la justicia de los Dioses!
‑¿Qué dije yo? ‑susurró Peroo‑. En verdad esto es un Punchayet de los Dioses. Ahora sabemos que el mundo entero está muerto excepto usted y yo, Sahib.
El Loro chilló y agitó sus alas otra vez, y la tigresa, con las orejas pegadas a la cabeza, rugió ferozmente.
En alguna parte, en la sombra, una gran trompa y unos colmillos resplandecientes se balanceaban de un lado a otro y un gorjeo sordo rompió el silencio que siguió al rugido.
‑Estamos aquí ‑dijo una voz grave‑ los Grandes. Somos uno solo y muchísimos. Shiva, mi padre, está aquí con Indra. Kali ya ha hablado. Hanuman también escucha.
‑Kashi está sin su Kotwal esta noche ‑gritó el Hombre de la botella tirando su bastón al suelo, mientras en la isla resonaba el ladrido de los perros‑. Que se le conceda la justicia de los Dioses.
‑No os movisteis cuando contaminaron mis aguas ‑bramó el gran Cocodrilo‑. No hicisteis ninguna señal cuando mi río estaba atrapado entre los muros. Yo no tenía más ayuda que mi propia fuerza, y ésta ha fallado ‑la fuerza de Madre Gunga ha fallado‑ ante sus torres de guardia. ¿Qué podía hacer? He hecho de todo. ¡Acabad ahora, Celestiales!
‑Yo traje la muerte; cabalgué con la enfermedad de las manchas en las chozas de sus obreros, y aún no desistían ‑un Asno, con la nariz rajada, el pelo desgastado, cojo, con patas de tijera, y cubierto de llagas, avanzó renqueando‑. Les soplé la muerte con mis narices, pero no desistían.
Peroo hubiera querido moverse, pero el opio lo paralizaba.
‑¡Bah! ‑dijo escupiendo‑. Es Sitala en persona: Mata, la viruela. ¿El Sahib tiene un pañuelo para taparse la cara?
‑¡Vaya ayuda! ‑dijo el Cocodrilo‑. Me entregaron sus cadáveres durante un mes y los eché en mis bancos de arena, pero su trabajo proseguía. ¡Son demonios e hijos de demonios! Y dejasteis sola a Madre Gunga para que sus carros de fuego se burlaran de ella. ¡Caiga la Justicia de los Dioses sobre los constructores de puentes!
El Toro rumiaba y contestó despacio.
‑Si la justicia de los Dioses cayera sobre todos los que se burlan de las cosas santas, habría muchos altares apagados en la tierra, Madre.
‑Pero esto es mucho más que una burla ‑dijo la Tigresa avanzando repentinamente una garra quejosa‑. Tú sabes, Shiva, y vosotros también, Celestiales, sabéis que han profanado a Gunga. Seguramente deben acudir ante el Destructor. Que juzgue Indra.
El Ciervo contestó sin moverse.
‑¿Cuánto tiempo hace que existe este mal?
‑Tres años, según la cuenta de los hombres ‑dijo el Magar, acurrucado en la tierra.
‑¿Va a morirse Madre Gunga en un año como para que esté tan ansiosa de ser vengada ahora? El mar profundo estaba ayer en el mismo sitio donde fluye hoy, y mañana el mar lo cubrirá de nuevo cuando los Dioses midan aquello a lo que los hombres llaman tiempo. ¿Quién puede decir que ese puente estará en pie mañana? ‑dijo el Antílope.
Hubo un largo silencio y al pasar la tormenta, la luna apareció sobre los árboles empapados de agua.
‑Juzgad pues ‑dijo el Magar hoscamente‑. Yo he proclamado mi vergüenza. La inundación decrece. Yo no puedo hacer más.
‑En cuanto a mí ‑era la voz del gran Mono sentado en el santuario‑ me agrada mucho ver trabajar a estos hombres pues me recuerdan que yo también construí un gran puente en la infancia del mundo.
‑También dicen ‑rugió la Tigresa‑ que estos hombres proceden de la destrucción de tus ejércitos, Hanuman, y por eso tú serías cómplice...
‑Ellos trabajaban como trabajaban en Lanka mis ejércitos, y creen que su trabajo es perdurable. Indra está demasiado alto, pero tú, Shiva, tú sabes que han surcado la tierra con sus carros de fuego.
‑Sí, lo sé ‑dijo el Toro‑, sus Dioses les han instruido en la materia.
Una risa recorrió el círculo.
‑¡Sus Dioses! ¿Qué saben sus Dioses? Nacieron ayer y quienes los han hecho apenas están fríos ‑dijo el Magar‑. Mañana sus Dioses morirán.
‑¡Oh! ‑dijo Peroo‑, Madre Gunga habla bien. Yo se lo dije al padre Sahib que predicaba en el Mombasa y él pidió al Burra Malum que me cargara de cadrnas por tan gran insolencia.
‑Seguramente hacen estas cosas para agradar a sus Dioses ‑volvió a decir el Toro.
‑No del todo ‑dijo el Elefante‑. Es para beneficiar a mis majajuns, mis gordos prestamistas que me adoran cada año nuevo, cuando dibujan mi imagen en la cabecera de sus libros de contabilidad. Yo miro sobre sus hombros, a la luz de lámparas, y veo que los nombres de sus libros son los de nombres de lugares lejanos, porque todas las ciudades están unidas por los carros de fuego, y el dinero va y viene rápido, y los libros se ponen tan gordos como yo mismo. Y yo, que soy Ganesh de la buena Suerte, bendigo a mis gentes.
‑Han cambiado la faz de la tierra, que es mi tierra. Han matado y hecho nuevas ciudades en mis riberas ‑dijo el Magar.
‑No es sino mover un poco el polvo. Que el polvo cave en el polvo si le place al polvo ‑contestó el Elefante.
‑¿Pero después? ‑dijo la Tigresa‑. Después verán que Madre Gunga no puede vengar ningún insulto, uno a uno. Al final, Ganesh, nos quedaremos en nuestros altares vacíos.
El hombre borracho se puso en pie tambaleando, e hipó con vehemencia ante la asamblea de los Dioses.
‑Kali miente. Mi hermana miente. Mi bastón, también, es el Kotwal de Kashi, y él lleva la cuenta de mis peregrinos. Cuando llega la hora de reverenciar a Bhairon ‑y siempre es hora‑ los carros de fuego se mueven uno tras otro y cada uno lleva mil peregrinos. No vienen a pie, sino rodando sobre ruedas, y mi honor se acrecienta.
‑Gunga, en Pryag he visto tu lecho negro de peregrinos ‑dijo el Mono, inclinándose hacia adelante‑, y si no fuera por los carros de fuego habrían venido lentamente y en menor cantidad. Recuérdalo.
‑Hasta mí, vienen siempre ‑continuó Bhairon con una voz amorfa‑. Día y noche el pueblo llano me reza en los campos y en las carreteras. ¿Quién se asemeja a Bhairon hoy en día? ¿Quién habla aquí de cambios de religión? ¿Acaso mi bastón es el Kotwal de Kashi en balde? Lleva la cuenta y dice que nunca como hoy ha habido tantos altares y que el carro de fuego los atiende muy bien. Bhairon soy yo, Bhairon del pueblo llano...
‑¡Paz, tú! ‑mugió el Toro‑. La adoración de las escuelas es mía, y en ellas se habla muy sabiamente, y se preguntan si soy uno o muchos, a mi gente le gustan esas cosas, y vosotros sabéis quién soy yo. Kali, esposa mía, tú también sabes.
‑Sí, lo sé ‑dijo la tigresa, con la cabeza baja.
‑Soy más grande que la propia Gunga. Porque sabéis quién hizo que los hombres llamasen santa a Gunga entre todos los ríos. Quien muere en estas aguas ‑sabéis lo que dicen los hombres‑ viene a Nosotros sin castigo, y Gunga sabe que el carro de fuego le ha traído centenares de personas ávidas de acabar así; y Kali sabe que sus fiestas más importantes las ha celebrado entre los peregrinos, traídos por el carro de fuego. ¿Quién consiguió en Poree, bajo la imagen de Dios, miles de víctimas en un día y una noche, y atando la enfermedad a las ruedas de los carros de fuego la hizo correr de un extremo a otro de la tierra? ¿Quién sino Kali? Antes de que llegara el carro de fuego era un trabajo duro. Los carros de fuego te han servido bien, Madre del Exterminio. Pero yo hablo por mis propios altares, yo que no soy Bhairon del pueblo llano, sino Shiva. Los hombres van y vienen fabricando palabras y contando cosas de Dioses extraños, y yo escucho. Las creencias se suceden entre mi gente en las escuelas, y yo no me enfado; porque cuando las palabras se han dicho y se acaba la nueva fábula, al final los hombres vuelven a Shiva.
‑Cierto. Es cierto ‑murmuró Hanuman‑. A Shiva y a los demás, Madre, vuelven. Yo voy sigilosamente de templo en templo en el norte, donde adoran a un Dios y a su Profeta; y dentro de poco sólo mi imagen estará en sus santuarios.
‑¿Eso es todo? ‑dijo el Antílope, volviendo lentamente su cabeza‑. Yo soy ese Dios y también su Profeta.
‑Así es, Padre ‑dijo Hanuman‑. Y cuando voy al sur, yo, el más antiguo de los Dioses, tal como los conocen los hombres, no tengo más que tocar los santuarios de la nueva fe y entonces esculpen con doce brazos a la Mujer que todos conocemos y a la que sin embargo ellos llaman María.
‑¿Eso es todo, hermano? ‑dijo la Tigresa‑. Yo soy esa mujer.
‑Así es, hermana; y cuando voy al oeste con los carros de fuego, me pongo delante de los constructores de puentes de muchas formas, y por mí, ellos cambian su fe y se hacen sabios. ¡Ja, ja, ja! En verdad yo soy el constructor de puentes ‑puentes entre esto y aquello, y cada puente al final conduce con seguridad a Nosotros. Alégrate, Gunga. Ni estos hombres ni los que vengan detrás de ellos se burlan de ti en absoluto.
‑¿Estoy sola, entonces, Celestiales? ¿Tengo que suavizar mi caudal para que, inoportunamente, no arrase sus muros? ¿Indra secará entre sus muelles mis fuentes en las colinas y hará que me arrasrre humildemente? ¿Tengo que enterrarme para no ofenderles?
‑¡Y todo por una pequeña barra de hierro con el carro de fuego encima! ¡De verdad, Madre Gunga sigue siendo muy joven! ‑dijo Ganesh el elefante‑. Un niño no habría hablado más tontamente. Que el polvo cave en el polvo antes de volver al polvo. Yo sólo sé que mi gente se enriquece y me alaba. Shiva ha dicho que los hombres de las escuelas no le olvidan; Bhairon está contento con su pueblo llano; y Hanuman se ríe.
‑Claro que me río ‑dijo el Mono‑. Mis altares son pocos al lado de los de Ganesh o Bhairon, pero los carros de fuego me traen nuevos devotos de allende el Agua Negra, los hombres que creen que su dios es el trabajo. Yo corro delante de ellos haciendo gestos y ellos siguen a Hanuman.
‑Dales el trabajo que desean, entonces ‑dijo el Magar‑. Construye un muelle en mi caudal y echa el agua por encima del puente. Una vez demostraste tu fuerza en Lanka, Hanuman. Agáchate y levanta mi cauce.
‑Quien da la vida puede quitar la vida‑ el Mono rascó en el barro con su alargado índice‑. Y sin embargo, ¿a quién le beneficiaría la matanza? Morirían muchísimos.
Desde el agua subió el fragmento de una canción de amor como las que cantan los muchachos cuando vigilan su ganado bajo el ardiente mediodía de la primavera tardía. El Loro chilló gozosamente, moviéndose por su rama con la cabeza inclinada a medida que la canción crecía y, en medio de un claro de luna, apareció el joven vaquero, el favorito de los Gopis, el ídolo de los sueños de las vírgenes y de las madres antes del nacimiento de sus hijos ‑Krishna, el Bienamado‑. Se agachó para anudar su larga cabellera mojada y, con un aleteo, el loro se posó sobre su hombro.
‑Danzando y cantando, cantando y danzando ‑hipó Bhairon‑. Eso es lo que hace que llegues tarde al consejo, hermano.
‑¿Entonces? ‑dijo Krishna, riendo y echando la cabeza hacia atrás‑ no podéis hacer gran cosa sin mí, ni siquiera Karma aquí presente. ‑Acarició el plumaje del loro y volvió a reír‑ ¿Qué hacéis ahí sentados y hablando todos juntos? Oí rugir a Madre Gunga en la oscuridad. Por eso he venido rápidamente, desde una choza en la que me encontraba tan a gusto. ¿Qué le habéis hecho a Karma para que esté tan mojado y tan callado? ¿Y qué hace Madre Gunga aquí? ¿Están tan llenos los cielos que tenéis que venir a arrastraros por el fango como las bestias? ¿Karma, qué les pasa?
‑Gunga clama venganza contra los constructores de puentes y Kali está con ella. Ahora pide a Hanuman que anegue el puente para que aumente su honor ‑gritó el Loro‑. Yo he esperado aquí sabiendo que vendrías. ¡Oh mi Señor!
‑¿Y los Celestiales no han dicho nada? ¿Acaso Gunga y la Madre de los Suplicios les han ganado hablando? ¿Ninguno habló por mi gente?
‑No ‑dijo Ganesh, moviéndose inquieto sobre sus patas‑. Yo dije que no era sino polvo que jugaba. ¿Para qué aplastarlo?
‑A mí me gustaba verlos trabajar, me gustaba mucho ‑dijo Hanuman.
‑Yo soy Bhairon del pueblo llano y éste, mi bastón, es el Kotwal de todo el Kashi. Yo hablo por el pueblo llano.
‑¿Tú? ‑los ojos del joven Dios brillaban.
‑¿Acaso no soy para ellos el primero de los Dioses hoy día? ‑respondió Bhairon sin inmutarse‑. Por el bien del pueblo llano he dicho... muchísimas cosas sabias que he olvidado ahora... pero éste, mi bastón...
Krishna se dio la vuelta con impaciencia, vio el Magar a sus pies, y arrodillándose, pasó un brazo en torno a su cuello frío.
‑Madre ‑dijo suavemente‑ vuelve a tu cauce otra vez. Este asunto no te concierne. ¿Qué daño puede hacerle a tu honor este polvo viviente? Tú has hecho renacer sus campos año tras año, y por tu caudal se hacen fuertes. Al final, todos vuelven a ti. ¿Qué necesidad hay de matarlos ahora? Ten piedad, Madre, es sólo por poco tiempo.
‑Si sólo es por poco tiempo ‑empezó a decir lentamente la bestia.
‑¿Son ellos Dioses, entonces? ‑replicó Krishna, riendo y mirando los apagados ojos del Magar‑. Estáte segura de que es sólo por poco tiempo. Los Celestiales te han oído y pronto se te hará justicia. Regresa ahora, Madre, a tu cauce. Tus aguas están llenas de hombres y de ganado, las orillas se derrumban, y las aldeas se disuelven por tu causa.
‑Pero el puente, el puente está en pie.
El Magar se volvió y, gruñendo, se adentró en la maleza al levantarse Krishna.
‑Se acabó ‑dijo la Tigresa, sañuda‑. Ya no hay justicia entre los Celestiales. Habéis avergonzado a Gunga y os habéis burlado de ella, que no pedía sino unas veintenas de vidas.
‑De mi gente, que yace allá bajo los techados de paja de la aldea; de las muchachas y de los muchachos que cantan en la oscuridad; del niño que nacerá el mes que viene; del que ha sido concebido esta noche ‑dijo Krishna‑. Y cuando todo acabe, ¿qué provecho sacaréis? Mañana volverán al trabajo. Sí, si arrancárais el puente de punta a punta volverían a empezar. ¡Oídme! Bhairon sigue borracho. Hanuman se burla de sus fieles con nuevos acertijos.
‑No, que son muy viejos ‑dijo el Mono riéndose.
‑Shiva escucha las conversaciones de las escuelas y los sueños de los hombres santos; Ganesh sólo piensa en sus comerciantes barrigudos; pero yo, yo vivo con esa gente sin pedir regalos y, sin embargo, los recibo a todas horas.
‑Eres muy tierno con los tuyos ‑dijo la Tigresa.
‑Me pertenecen. Las viejas sueñan conmigo, removiéndose en sus camas mientras duermen; las vírgenes me miran y me escuchan cuando van a llenar sus cántaros al río. Camino con los muchachos que esperan fuera de las puertas al atardecer, y llamo por encima de mi hombro a los que tienen la barba canosa. Sabéis, Celestiales, que, de todos nosotros, soy el único que pisa la tierra continuamente, y no me complazco en modo alguno en nuestros cielos mientras brote una hoja de hierba verde aquí, o dos voces susurren al anochecer en las plantaciones. Sois sabios, pero vivís lejos, olvidando de dónde venís. Yo no olvido. ¿Decís que el carro de fuego llena vuestros santuarios? ¿Que los carros de fuego traen mil peregrinos cuando sólo venían diez en los viejos tiempos? Cierto. Eso es cierto hoy.
‑Pero mañana estarán muertos, hermano ‑dijo Ganesh.
‑¡Paz! ‑dijo el ?oro, mientras Hanuman se inclinaba nuevamente‑. Y mañana, amado, ¿qué pasará mañana?
‑Sólo esto. Hay un nuevo rumor que va de boca en boca entre el pueblo llano, un rumor que ni hombre ni Dios pueden captar. Un rumor malo, un pequeño rumor que corre perezosamente entre el pueblo y que dice (y nadie sabe quién lo ha iniciado) que están cansados de vosotros, Celestiales.
Los Dioses rieron al unísono, suavemente.
‑¿Y bien, amado? ‑dijeron.
‑Y para cubrir ese cansancio, ellos, mi gente, te traerán a ti Shiva, y a ti, Ganesh, al principio, ofrendas mayores y un mayor estruendo de adoración. Pero el rumor ha corrido por doquier y después pagarán menos contribuciones a vuestros gordos sacerdotes. Luego olvidarán vuestros altares, pero tan paulatinamente que ningún hombre podrá decir cómo empezó este olvido.
‑¡Lo sabía, lo sabía! Yo también dije esto, pero no me escucharon ‑dijo la Tigresa‑. ¡Deberíamos haber matado, deberíamos haber matado!
‑Ya es demasiado tarde. Deberíais haber matado al principio, cuando los hombres del otro lado del agua no habían enseñado nada a nuestro pueblo. Ahora mi gente ve su trabajo y piensa. No piensa en los Celestiales. Piensa en el carro de fuego y en otras cosas que han hecho los consrructores de puentes, y cuando vuestros sacerdotes extienden sus manos pidiendo una limosna, ellos, a regañadientes, dan un poco. Sin duda es el principio, sólo entre uno, dos, cinco o diez hombres, pues yo, que me muevo entre mi gente, sé lo que pasa en sus corazones.
‑¿Y el fin, Bufón de los Dioses? ¿Cuál será el fin? ‑dijo Ganesh.
‑¡El fin será como el principio, oh perezoso hijo de Shiva! Morirá la llama en los altares y la plegaria en los labios, hasta que os convirtáis en Dioses pequeños otra vez, Dioses de la selva, nombres que los cazadores de raras y perros susurran en la espesura y en las cuevas, fetiches, ídolos del tronco del árbol y enseña de aldea como fuísteis al principio. Ese es el fin, Ganesh, para ti y para Bhairon, Bhairon del pueblo llano.
‑Está muy lejos ‑gruñó Bhairon‑. Además es mentira.
‑A Krishna le han besado muchas mujeres. Ellas le han contado esto para consolar sus propios corazones cuando les llegaban las canas y él nos ha repetido la historia ‑dijo el Toro, en voz muy baja.
‑¡Sus Dioses vinieron, y Nosotros los cambiamos! Yo cogí a la Mujer y le di doce brazos. Deformaremos sus Dioses ‑dijo Hanuman.
‑¡Sus Dioses! No se trata de sus Dioses, uno o tres, hombre o mujer. Se trata de la gente. Son Ellos quienes se mueven, y no los Dioses de los constructores de puentes ‑dijo Krishna.
‑Así sea. Yo he hecho que un hombre adorara el carro de fuego mientras estaba quieto echando humo y él no sabía que me adoraba a mí ‑dijo Hanuman el Mono‑. Ellos sólo cambiarán un poco el nombre de sus Dioses. Yo dirigiré a los constructores de puentes como antaño: Shiva será adorado en las escuelas por los que dudan y desprecian a sus semejantes; Ganesh tendrá sus mahajuns, y Bhairon los arrieros, los peregrinos y los vendedores de juguetes. Amado, no harán más que cambiar los nombres, y eso lo hemos visto mil veces.
‑Seguramente no harán más que cambiar los nombres ‑repitió Ganesh; pero hubo un movimiento de inquietud entre los Dioses.
‑Cambiarán más que los nombres. Unicamente a mí no me pueden matar, mientras la virgen y el hombre se reúnan o la primavera siga a las lluvias de invierno. Celestiales, no he recorrido la tierra en balde. Mi gente ahora ignora lo que sabe; pero yo, que vivo con ellos leo en sus corazones. Grandes Reyes, ya ha empezado el principio del fin. Los carros de fuego gritan los nombres de los nuevos Dioses que no son los viejos con nombres nuevos. ¡Bebed ahora y comed mucho! ¡Bañad vuestras caras en el humo de los altares antes de que se enfríen! ¡Tomad los donativos y escuchad los címbalos y los tambores, Celestiales, mientras haya flores y canciones! Según la forma en que los hombres cuentan el tiempo, el fin está lejos; pero tal como lo calculamos nosotros, que sabemos, es hoy. He dicho.
El joven Dios calló y sus hermanos se miraron en silencio durante largo tiempo.
‑Nunca he oído esto antes ‑cuchicheó Peroo al oído de su compañero‑. Y sin embargo, a veces, cuando engrasaba el latón de la sala de máquinas del Goorkha, me he preguntado si nuestros sacerdotes eran tan sabios... tan sabios. Amanece, Sahib. Se habrán ido al alba.
Una luz amarillenta se extendió por el cielo y el tono del río cambiaba a medida que la oscuridad se retiraba.
De repente, el Elefante bramó tan fuerte como si un hombre le hubiera pinchado.
‑Que juzgue Indra. ¡Padre de todos, habla! ¿Qué opinas de las cosas que hemos oído aquí? ¿Krishna realmente ha mentido? ¿O...?
‑Conocéis ‑dijo el Antílope, poniéndose en pie‑, conocéis el enigma de los Dioses. Cuando Brahm deje de soñar, desaparecerán los Cielos, y los Infernos y la Tierra. Estad tranquilos, Brahm sigue soñando. Los sueños van y vienen y la naturaleza de los sueños cambia, pero Brahm sigue soñando. Krishna ha caminado demasiado tiempo sobre la tierra y sin embargo le quiero tanto más por la historia que ha contado. Los Dioses cambian, amado, ¡todos menos Uno!
‑Sí, todos menos Uno, quien pone el amor en los corazones de los hombres ‑dijo Krishna, anudando su cinto‑. No pasará mucho tiempo y sabréis si miento.
‑En verdad, dentro de poco tiempo, como tú dices, sabremos. Regresa a tus chozas, amado, y diviértete con las jóvenes, porque Brahm sigue soñando. ¡Idos, hijos míos! Brahm sueña y hasta que él despierte no morirán los Dioses.
‑¿A dónde fueron? ‑dijo el lascar, pasmado, tiritando un poco de frío.
‑¡Sabe Dios! ‑dijo Findlayson.
El río y la isla estaban ahora a plena luz del día, y no había huellas de pezuñas ni de garras sobre la tierra húmeda, bajo el peepul. Sólo un loro chillaba entre las ramas, provocando chubascos de gotas de agua con el revoloteo de sus alas.
‑¡Arriba! Estamos tiesos de frío! ¿Se ha apagado el efecto del opio? ¿Puedes moverte, Sahib?
Findlayson se puso en pie con dificultad y se sacudió. Estaba mareado y le dolía la cabeza, pero el efecto del opio se le había pasado y, mientras mojaba su cabeza en un estanque, el Ingeniero Jefe del Puente de Kashi se estaba preguntando cómo había logrado tropezar con la isla, qué posibilidades le ofrecería el día de regresar y, sobre todo, cómo estaría su obra.
‑Peroo, he olvidado muchas cosas. Yo estaba bajo la torre de guardia mirando el río y entonces ¿nos arrastró la riada?
‑No. Los barcos se soltaron, Sahib ‑(si el Sahib había olvidado lo del opio, Peroo no se lo iba a recordar)‑; al intentar atarlos de nuevo me pareció, pero estaba oscuro, que una cuerda golpeó al Sahib y lo lanzó sobre un barco. Teniendo en cuenta que nosotros dos, con Hitchcock Sahib, construimos, por así decirlo, ese puente, yo también me subí al barco, que llegó a lomo de caballo, se puede decir, sobre la nariz de esta isla, y de esta manera, al romperse, nos echó a tierra.
Yo di un gran grito cuando el barco salió del muelle, y sin duda Hitchcock Sahib vendrá por nosotros. En cuanto al puente, han muerto tantos en su construcción que no se puede caer.
Un sol fortísimo, que provocó un olor a tierra empapada, siguió a la tormenta, y en esta luz tan clara no había lugar a que un hombre pensara en los sueños de la oscuridad. Findlayson miró río arriba a través del resplandor del agua movediza, hasta que le dolieron los ojos. No había rastro de orillas en el Ganges, ni mucho menos silueta de ningún puente.
‑Hemos bajado mucho ‑dijo‑ me maravilla que no nos ahogásemos cien veces.
‑Eso es lo menos maravilloso, porque ningún hombre muere antes de su hora. He visto Sidney, he visto Londres, veinte puertos grandes, pero ‑Peroo miró el santuario mojado y descolorido bajo el peepul‑ no hay hombre que haya visto lo que hemos visto nosotros aquí.
‑¿El qué?
‑¿El Sahib ha olvidado?, ¿o es que sólo nosotros, los negros, vemos a los Dioses?
‑Tenía fiebre. ‑Findlayson seguía mirando con inquietud el río‑. Me pareció que la isla estaba llena de bestias y de hombres que hablaban, pero no me acuerdo. Un barco podría aguantar ahora en este agua, creo.
‑Ah, entonces, es cierto. «Cuando Brahm deja de soñar los Dioses mueren». Ahora sé, de verdad, lo que quería decir. Una vez el gurú también me dijo lo mismo; pero entonces no comprendí. Ahora soy sabio.
‑¿Qué? ‑dijo Findlayson por encima de su hombro.
Peroo seguía como si hablara para sí.
‑Hace seis... siete monzones, yo estaba de vigía en el castilo de proa del Rewah, el barco más grande de la Kúmpani, y hubo un gran tufan. El agua verde y negra nos golpeaba y yo me sujeté fuertemente a las cuerdas salvavidas, ahogándome bajo las olas. Entonces pensé en los Dioses, en los que hemos visto esta noche ‑miró con curiosidad hacia Findlayson, pero el hombre blanco estaba mirando el caudal del río‑. Sí, digo, en esos que hemos visto esta noche pasada; y les llamé para que me protegieran. Y mientras rezaba, manteniéndome en mi puesto de vigía, una gran ola vino y me tiró hacia delante sobre el anillo del ancla grande y negra de proa, y el Rewah se alzó arriba, arriba, inclinándose hacia la izquierda y yo me quedé boca abajo, sujetando el anillo y mirando hacia esas grandes profundidades. Entonces pensé, cara a cara con la muerte, «Si me suelto, me muero, ya no habrá para mí ni Rewah ni sitio junto al hogar donde cocinan el arroz, ni Bombay, ni Calcuta, ni siquiera Londres». «¿Cómo puedo estar seguro ‑dije‑ de que los Dioses a los que rezo existan siquiera?» Esto pensé y el Rewah bajó su morro como un martillo y todo el mar entró y me arrastró por todo el castillo de proa y mi espinilla chocó contra el motor auxiliar y me hice una herida muy fea, pero no me morí, y he visto a los Dioses. Son buenos con los hombres vivos, pero con los hombres muertos... Ellos mismos lo han dicho. Por tanto, cuando llegue a la aldea pegaré al gurú por hablar con acertijos que no son acertijos. Cuando Brahm deja de soñar, los Dioses se van.
‑Mira río arriba. La luz me ciega. ¿Hay humo allá?
Peroo se hizo sombra con las manos.
‑Es un hombre sabio y rápido. Hitchcock Sahib no se fiaría de una barca de remos. Ha pedido prestada la lancha de vapor del Rao Sahib, y viene a buscarnos. Siempre he dicho que tendríamos que haber tenido una lancha de vapor en las obras del puente.
El territorio del Rao de Baraon estaba a unas diez millas del puente. Findlayson y Hitchcock habían pasado buena parte de su escaso tiempo libre jugando al billar y cazando antílopes negros con el joven. Había sido educado por un tutor inglés de gustos deportivos, durante unos cinco o seis años, y ahora estaba derrochando regiamente los ingresos acumulados durante su minoría por el Gobierno de la India. Su lancha de vapor, con sus barandillas recubiertas de plata, toldos rayados de seda y cubiertas de caoba, era un juguete nuevo que a Findlayson le había parecido un estorbo cuando el Rao venía a echar un vistazo a la construcción del puente.
‑¡Qué suerte! ‑murmuró Findlayson, pero no obstante tenía miedo y se preguntaba qué pasaría con el puente.
La suntuosa chimenea azul y blanca bajaba la corriente con velocidad. Podían ver a Hitchcock en la proa, con unos gemelos y con la cara inusualmente blanca. Entonces, Peroo gritó y la lancha se dirigió hacia la parte baja de la isla. El Rao Sahib, con un traje de caza de tweed y un turbante de siete colores, saludó con su mano real, y Hitchcock gritó. Pero no tenía por qué hacer preguntas, pues la primera que le planteó Findlayson fue sobre el puente.
‑¡Todo bien! Caramba, no esperaba volver a verle, Findlayson, está a siete kos río abajo. Sí, no se ha movido una piedra en ninguna parte. Pero ¿cómo está usted? Pedí prestada la lancha al Sahib y él ha tenido la delicadeza de acompañarme. Suba a bordo.
‑¿Ah, Finlinson, está usted bien, eh? Ha sido una calamidad sin precedentes lo de anoche. ¿Eh? Mi palacio real también gotea como un colador y las cosechas serán escasas en toda la región. Ahora sáquenos marcha atrás, Hitchcock. Yo... no entiendo de motores de vapor. ¿Está usted mojado? ¿Tiene frío, Finlinson? Tengo algunas cosas de comer aquí y beberá un buen trago.
‑Estoy inmensamente agradecido, Rao Sahib. Creo que me ha salvado usted la vida. ¿Cómo Hitchcock...?
‑¡Oh! Tenía el pelo de punta. Vino a caballo en medio de la noche y me sacó de los brazos de Morfeo. Yo, de verdad, estaba muy preocupado, Finlinson, así que también he venido. Mi gran sacerdote está muy enfadado en estos momentos. Vamos de prisa, Mister Hitchcock. Me esperan a las doce cuarenta y cinco en el templo del estado donde consagramos algún nuevo ídolo. Si no, les invitaría a pasar el día conmigo. Son pesadísimas estas ceremonias religiosas, ¿eh Finlinson?
Peroo, a quien la tripulación conocía muy bien, había tomado posesión del timón, y hábilmente llevaba la lancha río arriba. Pero mientras pilotaba, mentalmente manejaba dos pies de cuerda de alambre medio deshilachado y la espalda sobre la que golpeaba era la espalda de su gurú.

***

Herbert George Wells

EL PAIS DE LOS CIEGOS

(The Country of the Blind, 1899)

H. G. Wells (1866‑1946) es el más extraordinario inventor de historias de esa extraordinaria época de la literatura mundial que está a caballo entre dos siglos. La inventiva y la exactitud de su imaginación (que le convierten en uno de los padres de la «ciencia fantástica») se acompañaban de una escritura transparente y fluida y eran alimentadas por una moral aguda, firme y clara. Muchos de sus cuentos ocuparían un lugar destacado en una antología dedicada a lo fantástico invisible, mental, que tiene su raíz en las imágenes de la vida cotidiana. Pero no me ha parecido justo renunciar a un cuento que pertenece a su producción más «espectacular» y que es, sin duda, una de sus obras maestras.
El país de los ciegos es un gran apólogo moral y político, digno de figurar junto a Swift, una meditación sobre la diversidad cultural y sobre la relatividad de toda pretensión de considerarse superior.
En los Andes ecuatoriales, un poblado de indios ha permanecido aislado del resto del mundo durante algunas generaciones. Todos sus habitantes son ciegos. Los niños nacen ciegos; los últimos viejos que habían gozado de la vista han muerto: todos han perdido ya la memoria de lo que significa ver; las casas no tienen ventanas, ni luz, ni colores. Del mundo exterior llega un hombre; creen que es un disminuido incapaz de hacer lo que ellos hacen, y piensan que dice cosas sin sentido. El hombre imagina
llegar a ser su rey, como dice el proverbio del tuerto en el país de los ciegos... Pero el proverbio yerra: en el país de los ciegos quien no ve es más fuerte que quien ve...

EL PAIS DE LOS CIEGOS

A más de trescientas millas del Chimborazo y a cien de las nieves del Cotopaxi, en el territorio más inhóspito de los Andes ecuatoriales, se encuentra un misterioso valle de montaña, el País de los Ciegos, aislado del resto de los hombres. Hace muchos años, ese valle estaba tan abierto al mundo que los hombres podían alcanzar por fin sus uniformes praderas atravesando pavorosos barrancos y un helado desfiladero; y unos hombres lograron alcanzarlo de verdad, una o dos familias de mestizos peruanos que huían de la codicia y de la tiranía de un malvado gobernante español. Luego sobrevino la asombrosa erupción del Mindobamba, que sumió en las tinieblas durante diecisiete días a la ciudad de Quito, y el agua hirvió en Yaguachi y todos los peces muertos llegaron flotando hasta el mismo Guayaquil; por doquier, a lo largo de las pendientes del Pacífico, hubo derrumbamientos y deshielos veloces e inundaciones repentinas, y una ladera completa de la antigua cumbre del Arauca se desprendió, desplomándose con gran estruendo, aislando para siempre el País de los Ciegos de las pisadas exploradoras de los hombres. Pero uno de estos primeros pobladores se hallaba por azar al otro lado de los barrancos cuando el mundo se estremeció de un modo tan terrible, y se vio forzosamente obligado a olvidar a su esposa y a su hijo y a todos los amigos y pertenencias que había dejado allá arriba, y a empezar una nueva vida en el mundo inferior. Volvió a empezarla, pero enfermo; le sobrevino una ceguera y murió en las minas a causa de los malos tratos. Pero la historia que él contó engendró una leyenda que ha perdurado a lo largo de la cordillera de los Andes hasta nuestros días.
Contó la razón que le había impulsado a aventurarse a abandonar aquel guájar adonde había sido transportado por primera vez atado al lomo de una llama, junto con un enorme bulto de enseres, cuando era niño. El valle, decía, poseía todo cuanto pudiera desear el corazón del hombre: agua dulce, pastos y un clima benigno, laderas de tierra fértil y rica con marañas de arbustos que producían un fruto excelente, y de uno de los costados colgaban vastos pinares que frenaban las avalanchas en lo alto. Mucho más arriba, por tres costados, inmensos riscos de rocas de color gris verdoso estaban coronados de casquetes de hielo; pero la corriente del glaciar no caía sobre ellos, sino que se precipitaba por las pendientes más alejadas y sólo de vez en cuando las enormes masas de hielo rodaban por la ladera del valle. En este valle ni llovía ni nevaba, pero los abundantes manantiales proporcionaban ricos pastos verdes que la irrigación esparcía en toda la extensión del valle. Los colonizadores habían hecho realmente una buena labor en aquel lugar. Sus animales se criaron bien y se multiplicaron y no había más que una cosa que ensombreciera su dicha. Y, sin embargo, bastaba para ensombrecerla sobremanera. Una extraña enfermedad se había abatido sobre ellos haciendo que no sólo todos los niños nacidos allí, sino también muchos de los otros niños mayores, fueran atacados por la ceguera. Para buscar algún amuleto o antídoto contra esta plaga fue precisamente por lo que él, enfrentándose con la fatiga, los peligros y las difcultades, había bajado nuevamente por la garganta. En aquellos tiempos, en semejantes casos, los hombres no pensaban en gérmenes e infecciones, sino en pecados, y a él le parecía que la razón de esta calamidad debía estar motivada por la negligencia de estos inmigrantes sin sacerdote de no levantar un altar tan pronto como habían entrado en el valle. Él quería un altar, un altar bonito, barato y eficaz, para levantarlo en el valle; quería reliquias y todos aquellos poderosos símbolos de la fe, como objetos bendecidos, medallas misteriosas y oraciones. En su mochila llevaba una barra de plata, cuyo lugar de procedencia no quiso explicar, insistiendo en que en el valle no había plata, con la reiteración propia de un mentiroso inexperto. Dijo que habían fundido todas sus monedas y adornos en una sola pieza para comprar el sagrado remedio contra su enfermedad, ya que allá arriba para poco o nada necesitaban aquel tesoro. Me imagino a este joven montañés de ojos turbios, requemado por el sol, flaco y ansioso, sujetando febrilmente el ala del sombrero, un hombre totalmente ignorante de las costumbres del mundo inferior, contándole esta historia, antes de la gran convulsión, a algún atento sacerdote de mirada astuta. Parece que lo estoy viendo ahora mismo intentando regresar con remedios piadosos e infalibles contra aquel mal y la infinita congoja con la que debió contemplar la magnitud de la catástrofe que había obstruido la garganta de la que un día había salido. Pero nada sé del resto de la historia de sus infortunios, excepto que murió varios años después en trágicas circunstancias. ¡Pobre oveja descarriada de aquella lejanía! La corriente que antaño había formado la garganta prorrumpe ahora desde la boca de una cueva rocosa, y la leyenda a que había dado paso su desdichada historia mal contada se convirtió en la leyenda de una raza de hombres ciegos que existía en alguna parte «más allá de las montañas», la leyenda que aún hoy se puede escuchar.
Y en medio de la escasa población de aquel valle ahora aislado y olvidado, la enfermedad siguió su curso. Los ancianos se volvieron cegatos y andaban a tientas, los jóvenes veían, pero confusamente, y los niños que les nacieron no vieron jamás. Pero la vida era fácil en aquel remanso, perdido para todo el mundo, donde no había ni zarzas ni espinas, ni insectos dañinos ni bestias, excepto las apacibles llamas que habían arrastrado, empujado y seguido al remontar los cauces de los mermados ríos en las gargantas por las que ascendieron. El ofuscamiento de la vista había sido tan gradual que apenas se dieron cuenta de su pérdida. Guiaban a los niños ciegos de acá para allá hasta que llegaban a conocer el valle maravillosamente bien; y cuando por fin la vista se agotó entre ellos, la raza sobrevivió. Tuvieron incluso tiempo de adaptarse a controlar a ciegas el fuego, que encendían con cuidado en hornillos de piedra. Al principio fueron una raza simple, analfabeta, sólo ligeramente tocada por la civilización española, pero con restos de tradición artística del antiguo Perú y de su perdida filosofía. A una generación le siguió otra. Olvidaron muchas cosas, inventaron otras muchas. Su tradición del mundo mayor del que procedían adquirió un tinte mítico e incierto. En todas las cosas, excepto en la vista, eran recios y capaces, y al poco, por los azares del nacimiento y de la herencia, surgió entre ellos alguien que poseía una mente original, que sabía hablarles y persuadirles de las cosas; y luego surgió otro. Estos dos murieron, dejando sus efectos, y la pequeña comunidad creció en número y en entendimiento, y enfrentó y resolvió los problemas económicos y sociales que se presentaban. A una generación le siguió otra. Y a ésta otra más. Vino un tiempo en que nació un niño, quince generaciones después de aquel antepasado que había salido del valle con una barra de plata en busca de la ayuda de Dios y que jamás volvió. Aproximadamente entonces fue cuando, por azar, apareció en esta comunidad un hombre procedence del mundo exterior. Y ésta es la historia de aquel hombre.
Era un montañero de la región cercana a Quito, un hombre que había bajado hasta el mar y había visto el mundo, un lector de libros de un modo original, un hombre avispado y emprendedor que fue contratado por un grupo de ingleses que había venido a Ecuador para escalar montañas, en sustitución de uno de sus tres guías suizos que había caído enfermo. Él escaló y escaló allá, y después vino el intento de escalar el Parascotopetl, el Matterhorn de los Andes, en el que se perdió para el mundo exterior. La historia del accidente ha sido escrita una docena de veces. La narración de Pointer es la mejor. Cuenta cómo el grupo fue venciendo su difícil y casi vertical camino hasta los mismos pies del último y mayor de los precipios y cómo construyeron un refugio nocturno entre la nieve, sobre el pequeño saliente de una roca, y con un toque de auténtico dramatismo, cómo se dieron cuenta al poco tiempo de que Núñez ya no estaba entre ellos. Gritaron y no hubo respuesta. Gritaron y silbaron y, durante el resto de la noche, ya no pudieron conciliar el sueño.
A la clara luz de la mañana hallaron las huellas de su caída. Parece imposible que él no pudiera articular ni un sonido. Había resbalado hacia el este, en dirección a la ladera desconocida de la montaña; mucho más abajo se había golpeado contra un escarpado helero y había seguido bajando, abriendo un surco en medio de una avalancha de nieve. Su rastro iba a parar directamente al borde de un pavoroso precipicio, y más allá de esto todo quedaba sumido en el misterio. Abajo, mucho más abajo, a una distancia indeterminada a causa de la bruma, pudieron ver unos árboles que se erguían en un valle angosto y confinado..., el perdido País de los Ciegos. Pero ellos no sabían que se trataba del País de los Ciegos, ni tampoco podían distinguirlo en modo alguno de cualquier otro retazo de valle angosto de tierras altas. Desalentados por el desastre, abandonaron su intento aquella misma tarde, y Pointer fue llamado a filas antes de que pudiera llevar a cabo otro ataque. Hasta hoy, el Parascotopetl continúa exhibiendo su cumbre virgen, y el refugio de Pointer se desmorona entre las nieves sin que nadie haya vuelto a visitarlo.
Pero el hombre caído sobrevivió.
Al final del declive se precipitó durante mil pies y se desplomó envuelto en una nube de nieve sobre un helero aún más escarpado que el anterior. Al llegar a éste estaba mareado, aturdido e insensible, pero sin un solo hueso roto en su cuerpo. Y entonces, por fin, fue a parar a unos declives más suaves, y finalmente dejó de rodar y se quedó inmóvil, sepultado en medio de un montón de masas blancas que le habían acompañado salvándole. Volvió en sí con la oscura sensación de que se encontraba enfermo en la cama; luego se dio cuenta de su situación con la inteligencia de un montañero y, tras descansar un poco, se fue liberando de su envoltura hasta que alcanzó a ver las estrellas. Durante un tiempo descansó tumbado boca abajo, preguntándose dónde estaba y qué era lo que le había ocurrido. Exploró sus miembros y descubrió que varios de sus botones habían desaparecido y que la chaqueta se le había subido por encima de la cabeza; que el cuchillo se le había caído del bolsillo y que había perdido su sombrero a pesar de haberlo atado con una cuerda por debajo de la barbilla. Recordó que había estado buscando piedras sueltas para levantar la parte que le correspondía del muro del refugio. También su hacha para el hielo había desaparecido.
Decidió que debía haber caído y levantó la vista para ver, exagerado por la luz espectral de la luna creciente, el tremendo vuelo que había emprendido. Durante un rato se quedó inmóvil, contemplando anonadado el imponente barranco que se erguía en lo alto como una torre pálida que fuese surgiendo por momentos de la apacible marea de las tinieblas. Su belleza fantasmagórica y misteriosa le dejó sin aliento un instante y luego se apoderó de él un paroxismo convulso de risas y sollozos...
Después de un largo rato, tuvo conciencia de que se encontraba cerca del borde inferior de la nieve. Abajo, al fondo de lo que ahora era un declive practicable e iluminado por la luna, vio la forma oscura y áspera de la turba salpicada de peñas. Luchó para ponerse en pie, con todas las articulaciones y miembros doloridos, se liberó trabajosamente del cúmulo de nieve suelta que le rodeaba, y fue bajando hasta llegar a la turba y, una vez allí más que tumbarse se dejó caer junto a una peña, bebió un largo trago de la cantimplora que llevaba en el bolsillo interior y se durmió instantáneamente...
Le despertó el canto de los pájaros sobre los árboles en la lejanía. Se incorporó y advirtió que se hallaba sobre un pequeño montículo a los pies de un inmenso precipicio que estaba surcado por la barranca por la que había caído rodeado de nieve. Ante él, otro muro de rocas se levantaba contra el cielo. La garganta entre estos precipicios iba de este a oeste y estaba bañada por el sol de la mañana, que iluminaba hacia el oeste la masa de la montaña caída que obstruía la garganta descendiente. A sus pies parecía abrirse un precipicio igualmente escarpado, pero detrás de la nieve, en la hondonada, encontró una especie de hendidura en forma de chimenea que chorreaba agua de nieve y por la que un hombre desesperado podía aventurarse a bajar.
Lo encontró más fácil de lo que parecía y llegó por fin a otro montículo desolado, y luego, tras trepar por unas rocas que no revestían una dificultad especial, alcanzó una escarpada pendiente de árboles. Se orientó y volvio la cara hacia lo alto de la garganta, ya que vio que desembocaba sobre unos prados verdes, entre los cuales ahora podía vislumbrar con mucha nitidez un grupo de cabañas de piedra de construcción insólita. A veces su avance resultaba tan lento que era como intentar trepar por la superficie de un muro, pero después de un cierto tiempo, el sol, al elevarse, dejó de batir a lo largo de la garganta, los trinos de los pájaros se apagaron y el aire que le rodeaba se volvió frío y oscuro. Pero debido a esto, el valle distante adquirió mayor luminosidad. Al poco llegó a un talud, y entre las rocas, ya que era un hombre observador, reparó en un insólito helecho que parecía estar intensamente agarrado fuera de las hendiduras con grandes manos verdes. Tomó una o dos de sus frondas y mordió su tallo y lo encontró agradable.
Hacia mediodía salió por fin de la garganta del desfiladero y se encontró en el llano que bañaba la luz del sol. Estaba entorpecido y fatigado: se sentó a la sombra de una roca, rellenó su cantimplora en un manantial, bebiendo hasta vaciarla, y permaneció un tiempo descansando antes de dirigirse hacia las casas.
Le resultaban muy extrañas a sus ojos y, a medida que lo miraba, toda la apariencia de aquel valle le parecía cada vez más misteriosa e insólita. La mayor parte de su superficie estaba formada por un exuberante prado verde de manifiesto cultivo sistemático pieza por pieza. En lo alto del valle y rodeándolo había un muro y lo que parecía ser un acueducto circular, del que partían pequeños hilos de agua que alimentaban el prado, y en las laderas más altas, unos rebaños de llamas pacían en los escasos pastos. Y unos cobertizos, al parecer establos o lugares de forraje para las llamas, se levantaban aquí y allá adosados al muro colindante. Los canalillos de irrigación iban a dar todos a un canal principal situado en el centro del valle, que orillaba a ambos lados un muro que se elevaba hasta el pecho. Esto le daba un singular carácter urbano a este recluido lugar, un carácter fuertemente acrecentado por el hecho de que un gran número de caminos pavimentados con piedras blancas y negras y cada uno de ellos con una curiosa acerita a los lados, partía en todas direcciones de forma metódica y ordenada. Las casas de la parte central de la aldea eran muy diferentes de las aglomeraciones casuales y fortuitas de las aldeas de montaña que él conocía; se erguían en hileras continuas a ambos lados de una calle central de asombrosa limpieza; aquí y allá sus fachadas estaban horadadas por una puerta, y ni siquiera una ventana rompía la uniformidad de su frente. Estaban parcialmente coloreadas con extraordinaria irregularidad, embarradas con una especie de enlucido a veces gris, a veces pardo, a veces de color pizarra o marrón oscuro. Y fue a la vista de este excéntrico enlucido cuando apareció por primera vez la palabra «ciego» en los pensamientos del explorador. «El buen hombre que ha hecho eso», pensó, «debía estar más ciego que un murciélago».
Descendió por un escarpado repecho y llegó al muro y al canal que recorría el valle, y al acercarse, este último expulsó su exceso de contenido en las profundidades de la garganta formando una cascada fina y trémula. Podía ver ahora, en la parte más remota del prado, a un buen número de hombres y mujeres descansando sobre apilados montones de hierba, como si estuvieran durmiendo la siesta, y más cerca de la aldea, a un número de niños recostados, y luego, más cerca todavía, a tres hombres que acarreaban cubos en horquillas por un caminito que partía hacia las casas desde el muro que rodeaba el valle. Estos últimos iban vestidos con ropajes hechos de lana de llama y con botas y cinturones de cuero, llevaban gorras de paño que les cubrían la nuca y las orejas. Marchaban uno tras otro, en fila india, andando despacio y bostezando al andar, como si hubieran estado levantados toda la noche. Había algo tan tranquilizador, próspero y respetable en su porte que, tras un momento de vacilación, Núñez se adelantó visiblemente todo cuando pudo sobre la roca, y lanzó un grito poderoso, cuyo eco resonó en todo el valle.
Los tres hombres se detuvieron y movieron sus cabezas como si estuvieran mirando a su alrededor. Volvieron las caras de un lado a otro, y Núñez gesticuló. Pero no parecieron verle a pesar de todos sus gestos, y al cabo de un rato, dirigiéndose hacia las lejanas montañas de la derecha, gritaron a su vez como respuesta. Núñez voceó otra vez y entonces, una vez más, mientras gesticulaba sin resultado, la palabra, «ciego» se abrió paso entre sus pensamientos. «Estos estúpidos deben estar ciegos», dijo.
Cuando por fin, tras muchos gritos e irritación, Núñez cruzó el riachuelo por un puentecillo, entró por una puerta que había en el muro y se acercó a ellos, tuvo la certeza de que estaban ciegos. Tenía la certeza de que éste era el País de los Ciegos del que hablaban las leyendas. Había surgido ante él la convicción y una sensación de gran aventura decididamente envidiable. Los tres se quedaron el uno junto al otro sin mirarle, pero con los oídos colocados en dirección suya, juzgándole por sus pasos no familiares. Se quedaron muy juntos el uno del otro, como hombres un poco temerosos, y él pudo ver sus párpados cerrados y hundidos, como si el mismo globo ocular se hubiera contraído. Había una expresión casi de pavor en sus rostros.
‑Un hombre ‑dijo uno, en un español casi irreconocible‑, es un hombre... , un hombre o un espíritu... , que baja por las rocas.
Pero Núñez avanzaba con el paso confiado de un joven que avanza por la vida. Todas las viejas historias del valle perdido y del País de los Ciegos se agolpaban de nuevo en su mente y entre sus pensamientos destacó este antiguo refrán, como un estribillo:
«En el País de los Ciegos el Tuerto es el Rey.»
«En el País de los Ciegos el Tuerto es el Rey.»
Y con mucha cortesía procedió a saludarles. Les dirigió la palabra utilizando sus ojos.
‑¿De dónde viene, hermano Pedro? ‑preguntó uno.
‑Ha bajado de las rocas.
‑Vengo del otro lado de las montañas ‑dijo Núñez‑, del país que está más allá..., donde los hombres pueden ver. De un lugar cercano a Bogotá, donde hay centenares de miles de personas y donde la ciudad no puede abarcarse con la vista.
‑¿Vista? ‑refunfuñó Pedro‑. ¿Vista?
‑Viene de las rocas ‑dijo el segundo ciego.
Núñez vio que el paño de sus abrigos estaba confeccionado de un modo curioso, cada uno de ellos con costuras diferentes.
Le sobrecogieron realizando un movimiento simultáneo hacia él, alargando los tres una mano. Retrocedió para alejarse del avance de aquellos dedos extendidos.
‑Ven acá ‑dijo el tercer ciego, siguiendo su ademán y asiéndole diestramente.
Y sujetaron a Núñez y le palparon por todas partes, sin decir ni una palabra hasta que hubieron terminado.
‑¡Cuidado! ‑gritó él con un dedo en el ojo, notando que ellos pensaban que aquel órgano con la agitación de sus tapaderas, resultaba una cosa extraña en él. Y volvieron a tocarlo.
‑Extraña criatura, Correa ‑dijo aquel que se llamaba Pedro‑. ¿Han notado lo áspero que tiene el pelo? Es igual que el pelo de la llama.
‑Es tan áspero como las rocas que lo engendraron ‑dijo Correa, investigando la barbilla no rasurada de Núñez con mano suave y ligeramente húmeda‑. Tal vez se refine.
Núñez luchó un poco para zafarse de aquel examen, pero le sujetaron con firmeza.
‑Cuidado‑ volvió a decir.
‑Habla ‑dijo el tercer hombre‑. No cabe duda de que es un hombre.
‑¡Ugh! ‑dijo Pedro, ante la tosquedad de su chaqueta.
‑¿Y has venido al mundo? ‑preguntó Pedro.
‑He salido de él. Cruzando montañas y glaciares, justo por encima de esas alturas, a medio camino del sol. De un inmenso mundo que baja hasta el mar tras doce días de camino.
Apenas parecían escucharle.
‑Nuestros padres nos contaron que los hombres podían ser criados por las fuerzas de la Naturaleza ‑dijo Correa‑. Por el calor de las cosas, la humedad y la podredumbre..., la podredumbre.
‑Conduzcámosle ante los ancianos ‑dijo Pedro.
‑Grita primero ‑dijo Correa‑ no sea que los niños se asusten. Éste es un acontecimiento extraordinario.
Y así gritaron, y Pedro se encaminó el primero tomando a Núñez de la mano para conducirle hacia las casas.
Él retiró la mano diciendo:
‑Puedo ver.
‑¿Ver? ‑dijo Correa.
‑Sí, ver ‑dijo Núñez, volviéndose hacía él y tropezando en el cubo de Pedro.
‑Sus sentidos aún son imperfectos ‑dijo el tercer ciego‑. Tropieza y habla con palabras sin significado. Llévale de la mano.
‑Como queráis ‑dijo Núñez dejándose llevar mientras reía.
Parecían no tener ni la menor noción de la vista.
Bien, a su debido tiempo, ya les enseñaría él.
Oyó los gritos de la gente y vio a una serie de figuras que se reunían en la calle principal de la aldea.
Comprobó que ese primer encuentro con la población del País de los Ciegos ponía a prueba sus nervios y su paciencia más de lo que había previsto. El lugar le pareció más grande a medida que se iba acercando, y los enlucidos embarrados más extravagantes, y una multitud de niños, de hombres y de mujeres (reparó complacido en que algunas de aquellas mujeres y muchachas poseían rostros muy agradables a pesar de que todas ellas tenían los ojos cerrados y hundidos) comenzó a rodearle, a agarrarle, a tocarle con manos suaves y sensibles, oliéndole y escuchando cada una de las palabras que él decía. No obstante, algunas de las muchachas y de los niños se mantuvieron alejados como si sintieran miedo, y la verdad es que su voz parecía áspera y brusca en comparación con sus delicadas voces. Formaron un tumulto a su alrededor. Sus tres guías permanecieron muy cerca de él con un esfuerzo digno de unos propietarios mientras decían una y otra vez:
‑Un hombre salvaje venido de las rocas.
‑De Bogotá ‑dijo él‑. Bogotá. Al otro lado de las cumbres de las montañas.
‑Un hombre salvaje..., que utiliza palabras salvajes ‑dijo Pedro‑. ¿Habéis oído eso..., Bogotá? Su mente apenas está formada. No posee más que los rudimentos del lenguaje.
Un niño pequeño le pellizcó una mano.
‑¡Bogotá! ‑dijo burlonamente.
‑¡Ay! Una ciudad distinta de vuestra aldea. Vengo de un vasto mundo... , donde los hombres tienen ojos y ven.
‑Su nombre es Bogotá ‑dijeron ellos.
‑Ha tropezado ‑dijo Correa‑, ha tropezado dos veces mientras veníamos aquí. ‑Conducidle ante los ancianos. Y le empujaron de repente a través de una puerta que daba a una habitación tan negra como la brea, excepto en el fondo, donde brillaba débilmente un fuego. La muchedumbre se agolpó tras él y ocultó hasta el último resplandor de la luz del día, y antes de que pudiera detenerse había caído de cabeza al tropezar con los pies de un hombre sentado. Su brazo, incontrolado, golpeó la cara de alguna persona mientras caía; sintió el blando impacto de unas facciones y oyó un grito de ira y, por un momento, luchó contra una multitud de manos que se habían apresurado a agarrarle. Era una lucha desigual. Le sobrevino una vaga noción de la situación y se quedó quieto.
‑Me he caído ‑dijo‑. No veía nada con esta intensa oscuridad.
Hubo una pausa, como si las personas invisibles que le rodeaban intentasen comprender sus palabras. Luego, oyó la voz de Correa que decía:
‑Sólo está recién formado. Tropieza al andar y mezcla en su lenguaje palabras que no tienen ningún sentido.
Otros también dijeron cosas sobre él que él no oyó o no comprendió perfectamente.
‑¿Puedo sentarme? ‑preguntó en una pausa‑. No volveré a luchar contra vosotros.
Deliberaron y le dejaron levantarse.
La voz de un hombre más anciano comenzó a interrogarle, y Núñez se encontró intentando explicar el vasto mundo de donde había caído, y el cielo y las montañas, y la vista y maravillas parecidas, a estos ancianos sentados en la oscuridad en el País de los Ciegos. Y ellos no quisieron ni creer ni comprender nada de todo cuanto pudiera contarles, un hecho que no entraba en absoluto dentro de sus expectativas. Hacía catorce generaciones que estas personas eran ciegas y estaban aisladas de todo el mundo visible. La historia del mundo exterior se había ido borrando convirtiéndose en un cuento de niños, y habían dejado de preocuparse de cualquier cosa que estuviera más allá de las pendientes rocosas, cuyas alturas dominaba su muro de protección. Habían surgido entre ellos hombres ciegos de genio que cuestionaron los retazos de creencias y de tradiciones que habían llevado consigo en sus días de visión, y habían desechado todas estas cosas como vanas fantasías, reemplazándolas con nuevas y más sensatas explicaciones. La mayor parte de su imaginación se había marchitado con sus ojos, y se habían creado por sí solos unas nuevas imaginaciones mediante sus cada vez más sensibles oídos y yemas de los dedos. Lentamente, Núñez empezó a darse cuenta de esto: que sus expectativas de asombro y reverencia ante su origen y sus dotes no iban a confirmarse y, tras este malogrado intento de explicarles la vista, que había sido descartado como la confusa versión de un ser recién formado que describía las maravillas de sus incoherentes sensaciones, accedió, un poco desanimado, a escuchar su instrucción. Y el más anciano de los ciegos le explicó la vida, la filosofía y la religión, y cómo el mundo (refiriéndose a su valle) había sido al principio un hueco vacío en las rocas, y que después había sido poblado primero por cosas inanimadas sin el don del tacto, y por llamas y por unas cuantas criaturas que tenían muy poco sentido, y luego por hombres, y, finalmente, por ángeles, cuyos cantos y revoloteos podían oírse, pero que nadie podía tocar de ningún modo, cosa que dejó muy perplejo a Núñez hasta que se le ocurrió pensar en los pájaros.
Prosiguió contando a Núñez la forma en que este tiempo había sido dividido en frío y calor, que para los ciegos son los equivalentes del día y de la noche, cómo lo juicioso era dormir durante el calor y trabajar durante el frío, de modo que, si no hubiera sido por su llegada, todo el pueblo de los ciegos hubiera estado dormido. Dijo que Núñez debía haber sido creado especialmente para aprender y ponerse al servicio de la sabiduría que ellos habían adquirido y que, debido a toda su incoherencia mental y a sus tropiezos, debía tener valor y procurar hacer todo lo posible para aprender, ante lo cual todas las personas que se encontraban en el umbral prorrumpieron en murmullos de aliento. Dijo que la noche, pues los ciegos llamaban al día noche, ya estaba muy avanzada y que convenía que todo el mundo volviera a dormir. Le preguntó a Núñez si sabía dormir y Núñez dijo que sí, pero que antes de dormir quería comida.
Le trajeron comida, leche de llama en un cuenco y un pan tosco salado, y le condujeron a un lugar solitario para que comiera sin que le oyeran, y después a dormir hasta que el frío vespertino de la montaña les despertara para volver a empezar su día. Pero Núñez no durmió en absoluto.
En vez de eso, se incorporó en el mismo lugar donde le habían dejado, descansando sus miembros y dando vueltas en la cabeza, una y otra vez, a las imprevistas circunstancias que habían rodeado su llegada.
De tanto en tanto se reía, a veces divertido y a veces indignado.
‑«¡Una inteligencia sin formar!» ‑decía‑. «¡Aún no tiene sentidos!
Qué poco saben que han estado insultando a su amo y señor enviado por el cielo. Veo que debo hacerles entrar en razón. Tengo que pensar..., tengo que pensar.
Aún estaba pensando cuando se puso el sol.
Núñez sabía captar la belleza de las cosas y le pareció que el brillo de las pendientes nevadas y de los glaciares que despedía cada lado del valle era la cosa más hermosa que había visto jamás. Su vista se paseó desde aquel inaccesible deleite hasta la aldea y los campos irrigados, hundiéndose velozmente en el atardecer, y súbitamente se apoderó de él una oleada de emoción y dio gracias a Dios desde el fondo de su corazón por haberle regalado el poder de la vista.
Oyó una voz que le llamaba desde fuera de la aldea.
‑¡Eh, Bogotá! ¡Ven aquí!
Al oír esto dejo de sonreír. Ya le enseñaría a esta gente de una vez por todas lo que significaba tener vista para un hombre. Le buscarían pero no le encontrarían.
‑No te muevas, Bogotá ‑dijo la voz.
Rió sin hacer ruido y se apartó del camino con dos pasos furtivos.
‑No pises la hierba, Bogotá, eso no está permitido.
Núñez apenas había oído el ruido que había hecho y se detuvo asombrado.
El dueño de la voz subió corriendo hacia él por el sendero jaspeado.
Volvió a entrar en el camino.
‑Aquí estoy ‑dijo.
‑¿Por qué no acudiste cuando te llamé? ‑dijo el ciego‑. ¿Es que tienen que llevarte igual que a un niño? ¿No oyes el camino al andar?
Núñez rió.
‑Lo puedo ver ‑dijo.
‑No existe ninguna palabra como ver ‑dijo el ciego, tras una pausa‑. Basta de insensateces y sigue el ruido de mis pasos.
Núñez le siguió un poco irritado.
‑Ya llegará mi momento ‑dijo.
‑Aprenderás ‑respondió el ciego‑. En el mundo hay mucho que aprender.
‑¿No te ha dicho nadie que «En el País de los Ciegos el Tuerto es el Rey»?
‑¿Qué es ciego? ‑preguntó el ciego descuidadamente por encima del hombro.
Pasaron cuatro días, y al quinto, el Rey de los Ciegos aún seguía de incógnito, como un extraño torpe e inútil entre sus súbditos.
Comprobó que le resultaba mucho más difícil proclamarse rey de lo que se había imaginado y, entretanto, mientras meditaba su golpe de Estado, hizo lo que le decían y aprendió las formas y las costumbres del País de los Ciegos. Trabajar y vagar de noche le pareció una cosa especialmente fastidiosa y decidió que sería lo primero que modificaría.
Aquella gente llevaba un vida simple y laboriosa, con todos los elementos de virtud y de felicidad tal y como estas cosas pueden ser entendidas por los hombres. Se afanaban pero no de un modo opresivo, tenían ropas y alimentos suficientes para sus necesidades, tenían días y temporadas de descanso, hacían música y cantaban mucho, y había entre ellos amor y niños pequeños.
Era maravilloso ver con qué confianza y precisión se movían por su ordenado mundo. Todo había sido hecho en función de sus necesidades; cada uno de los caminos radiales de la zona del valle formaba un ángulo constante con los demás, y se distinguía por una muesca especial en su acera; todos los obstáculos e irregularidades de los caminos o del prado habían sido suprimidos desde hacía mucho tiempo, y todos sus métodos y procedimientos habían surgido de modo natural de la peculiaridad de sus necesidades. Sus sentidos se habían agudizado maravillosamente, oían y juzgaban el gesto más leve de un hombre a una docena de pasos de distancia, oían incluso el mismo latido de su corazón. La entonación había reemplazado a la expresión desde muy antiguo entre ellos, y el tacto al gesto, y su trabajo con la azada, la pala y la horca se desarrollaba con canta confianza y libertad como el de cualquier jardinero. Su sentido del olfato era extraordinariamente sutil; podían distinguir las diferencias de cada individuo con la misma facilidad que un perro y cuidaban de las llamas, que vivían entre las rocas altas y bajaban hasta el muro en busca de comida y refugio, con comodidad y confianza. Sólo cuando Núñez decidió por fin hacer valer sus derechos se dio cuenta de lo ágiles y seguros que podían ser sus movimientos.
Se rebeló solamente después de haber intentado persuadirlos.
Primero intentó hablarles en numerosas ocasiones de la vista.
‑Escuchadme un momento ‑decía‑. Hay cosas en mí que vosotros no comprendéis.
Una o dos veces, uno o dos de ellos le prestaron atención; se sentaron con los rostros inclinados hacia abajo y los oídos inteligentemente vueltos hacía él, y él se esmeró para contarles lo que significaba ver. Entre sus oyentes se encontraba una muchacha, con párpados menos enrojecidos y hundidos que los de los demás, de manera que casi podía imaginarse que estaba ocultando unos ojos, a quien él esperaba convencer especialmente. Habló de las bellezas de la vista, de la contemplación de las montañas, del cielo y del amanecer, y ellos le escucharon con divertida incredulidad que pronto se trocó en condena. Le dijeron que no existían montañas algunas, sino que el final de las rocas, donde pastaban las llamas, era definitivamente el final del mundo; a partir de ahí se erguía el cavernoso techo del universo, desde donde caían el rocío y las avalanchas; y cuando él sostuvo resueltamente que el mundo no tenía ni final ni techo como ellos suponían, le dijeron que sus pensamientos eran malvados. Mientras les describía el cielo y las nubes y las estrellas, aquello les parecía un espantoso vacío, una nada terrible en el lugar de la bóveda uniforme que protegía las cosas en las que creían, porque para ellos era un artículo de fe que el techo de la caverna fuera exquisitamente suave al tacto. El veía que en cierto modo los estaba sobresaltando y entonces renunció totalmente a abordar este aspecto, tratando de mostrarles las ventajas prácticas de la vista. Una mañana vio a Pedro en el llamado camino Diecisiete que venía hacia las casas centrales, pero aún demasiado lejos como para ser oído u olfateado, y se lo dijo a ellos.
‑Dentro de un poco ‑profetizó‑, estará aquí Pedro.
Un anciano observó que Pedro no tenía nada que hacer en el camino Diecisiete y, como para confirmarlo, aquel individuo, mientras se acercaba, giró transversalmente tomando por el camino Diez, dirigiéndose con pasos ágiles hacia el muro exterior. Al no llegar Pedro se burlaron de él y luego, cuando él interrogó a Pedro para salvaguardar su reputación, éste le desmintió y se enfrentó con él y desde aquel día le fue hostil.
A continuación les indujo a dejarle recorrer un largo camino por los prados en declive hacia el muro acompañado de un individuo complaciente a quien prometió describirle todo cuanto ocurriera entre las casas. Notó ciertas idas y venidas, pero las cosas que parecían significar algo para esta gente sucedieron en el interior o detrás de las casas sin ventanas, las únicas cosas de las que ellos tomaron nota para ponerle a prueba, pero de éstas, nada pudo ver ni contar; y fue después del fracaso de su tentativa y de las mofas que ellos no pudieron reprimir, cuando él recurrió a la fuerza. Pensó en agarrar una pala y derribar súbitamente con ella a uno o dos al suelo para poder así, en un combate leal, demostrar las ventajas de la vista. Impulsado por aquella resolución no llegó más que asir la pala, porque luego descubrió algo nuevo en él: que le resultaba imposible golpear a un ciego a sangre fría.
Vaciló y comprobó que todos ellos eran conscientes de que él había agarrado la pala. Permanecieron alerta, con las cabezas ladeadas y las orejas dobladas hacia él a la espera de lo que se propusiera hacer.
‑Tira esa pala ‑dijo uno, y sintió una especie de terror impotente, que casi le hizo obedecer. Entonces acometió contra uno lanzándolo contra la pared de una casa y salió corriendo hasta encontrarse fuera de la aldea.
Entró de través por uno de sus prados, dejando rastros de hierba pisoteada detrás de sus pies y al poco se sentó junto al borde de uno de sus caminos. Sintió un poco de la excitación que invade a todos los hombres al comienzo de una pelea, pero una perplejidad mayor. Empezó a darse cuenta de que ni siquiera se podía luchar a gusto con criaturas que parten de una base mental diferente. En la lejanía vio a una multitud de hombres con palas y garrotes que salían de la calle de las casas y avanzaban desplegados en línea hacia él por los numerosos caminos. Avanzaban lentamente, hablando con frecuencia entre sí y, de tanto en tanto, todo el cordón se detenía a olisquear el aire y a escuchar. Núñez rió la primera vez que les vio hacer esto.
Pero después, ya no volvió a reír.
Uno de ellos descubrió su rastro en la hierba del prado y se agachó para tantear la dirección que debía seguir.
Durante cinco minutos contempló la lenta maniobra de cordón y, entonces, su remota intención de hacer algo se hizo apremiante. Se levantó, dio uno o dos pasos hacia el muro circular, se volvió y desanduvo un poco el camino. Y allí estaban todos, como una luna creciente, inmóviles y a la escucha.
También se quedó inmóvil, sujetando la pala con fuerza con las dos manos. ¿Debía cargar contra ellos?
Sus oídos le latían al ritmo de «En el País de los Ciegos el Tuerto es el Rey».
¿Debía cargar contra ellos?
‑¡Bogotá! ‑llamó uno de ellos‑ ¡Bogotá! ¿Dónde estás?
Apretó su pala con mucha más fuerza y avanzó por los prados bajando hacia el lugar de las viviendas y, en cuanto se movió, ellos convergieron hacia él.
‑Como me toquen los mato ‑juró‑. Sabe Dios que lo haré. Los golpearé. Voceó con fuerza:
‑Oídme, voy a hacer lo que quiera en este valle. ¿Me habéis oído? ¡Voy a hacer lo que quiera e iré a donde quiera!
Se cernían sobre él con rapidez, a tientas, pero moviéndose con agilidad. Era igual que jugar a la gallinita ciega, con todos, menos uno, con los ojos vendados.
‑¡Apresadle! ‑gritó uno. Y se encontró en el arco de una curva de perseguidores en movimiento. Sintió repentinamente la necesidad de ser activo y resuelto.
‑No lo comprendéis ‑gritó con una voz que pretendía ser estentórea y resuelta, pero que se le quebró en la garganta‑. Vosotros sois ciegos y yo veo. ¡Dejadme en paz!
‑¡Bogotá! ¡Tira esa pala y sal de la hierba!
La última orden, grotesca dentro de una familiaridad civilizada, resonó con un eco de cólera.
‑Os lastimaré ‑dijo entre sollozos de emoción‑. Sabe Dios que os lastimaré. ¡Dejadme en paz!
Empezó a correr, sin saber claramente hacia dónde. Corrió desde el ciego más próximo, porque le horrorizaba golpearle. Se paró y luego tuvo un arranque para escapar de las filas que se cerraban sobre él. Se dirigió hacia donde el hueco era mayor, pero los hombres situados a ambos lados, con rápida percepción de la aproximación de sus pasos, se precipitaron el uno contra el otro. Dio un brinco hacia delante, y entonces vio que estaba atrapado y asestó un golpe con la pala. Notó el ruido sordo de un brazo y de una mano, y el hombre cayó en tierra con un grito de dolor. Estaba libre.
¡Libre! Y a continuación se encontró de nuevo cerca de la calle de las casas, donde los ciegos, enarbolando palas y estacas, corrían de un lado a otro con una presteza que parecía razonada.
Oyó pasos detrás de él justo a tiempo, y se encontró frente a un hombre alto que se precipitaba contra él asestando golpes, guiado por el ruido que emitía. Perdió el control, le asestó un mandoble a su antagonista, giró sobre sí mismo y huyó, casi chillando mientras le hacía un quiebro a otro.
Fue presa del pánico. Corrió furiosamente de un lado a otro, haciendo quiebros cuando no había ninguna necesidad de hacerlos y tropezando, angustiado por querer ver al instante todo cuanto le rodeaba. Por un momento cayó y ellos oyeron su caída. Muy lejos, en el muro de la circunvalación, una puertecita le pareció un refugio celestial, y se dirigió hacia ella en una carrera desenfrenada. Ni siquiera se volvió para mirar a sus perseguidores hasta que la alcanzó, y eso que había tropezado al cruzar el puente, trepado un trecho entre las rocas con sorpresa de una llama joven que de un brinco se perdió de vista, y se había tumbado para recuperar el resuello entre sollozos.
Y así concluyó su golpe de Estado.
Se quedó fuera del muro del valle de los ciegos durante dos noches y dos días, sin comida ni techo, y meditó sobre lo inesperado de los acontecimientos. Durante estas meditaciones repitió con mucha frecuencia y cada vez con un tono de mayor escarnio:
‑«En el País de los Ciegos el Tuerto es el Rey».
Estuvo pensando principalmente en las formas de luchar y de conquistar a este pueblo, pero se fue abriendo paso en él la idea de que no había ninguna posibilidad que fuera viable. No disponía de armas y ahora le resultaría difícil conseguir una.
El cáncer de la civilización había alcanzado incluso a Bogotá y le resultaba inconcebible el hecho de bajar a asesinar a un ciego. Claro que si lo hacía, podría entonces dictar condiciones bajo la amenaza de asesinarlos a todos. Pero ¡antes o después tendría que morir!
También intentó encontrar comida entre los pinos y un abrigo bajo sus ramas para protegerse de las heladas de la noche y, con menos convencimiento, capturar una llama por medio de un ardid para tratar de matarla, tal vez golpeándola con una piedra, para poder así, finalmente, comerse una parte. Pero las llamas recelaban de él y le miraban con sus desconfiados ojos marrones y escupían cuando se acercaba. El miedo y el estremecimiento se apoderaron de él durante el segundo día. Finalmente, bajó gateando hasta el muro del País de los Ciegos e intentó hacer un pacto. Bajó arrastrándose por el torrente, gritando, hasta que dos ciegos salieron por la puerta y hablaron con él.
‑Estaba loco ‑dijo él‑. Pero es porque estaba recién formado.
Le dijeron que aquello estaba mejor.
Les dijo que ahora estaba más cuerdo y arrepentido de todo lo que había hecho.
Luego lloró sin querer, porque ahora se sentía muy débil y enfermo, y ellos lo tomaron como una señal favorable.
Le preguntaron si aún pensaba que podía ver.
‑No ‑dijo él‑. Eso es una insensatez. ¡Esa palabra no significa nada..., menos que nada!
Le preguntaron qué había sobre sus cabezas.
‑A una altura aproximada de cien hombres hay un techo encima del mundo..., de roca..., y muy, muy suave... ‑Volvió a estallar en histéricos sollozos‑. Antes de que me sigáis preguntando, dadme algo de comer o me moriré.
Se esperaba unos castigos horribles, pero estos ciegos poseían la capacidad de ser tolerantes. Consideraron su rebelión como una prueba más de su idiotez e inferioridad general y, tras azotarle, le encomendaron las tareas más simples y más pesadas que podían encomendarle a nadie, y él, al no ver otra forma de vivir, hizo sumisamente lo que le decían.
Enfermó durante algunos días y lo cuidaron afablemente. Eso afinó su sumisión, pero insistieron en que guardara cama en la oscuridad, lo que acrecentó su desdicha. Y vinieron a verle filósofos ciegos y le hablaron de la perversa ligereza de su mente, reprochándole de forma tan solemne sus dudas acerca de la tapadera que cubría su cacerola cósmica, que casi empezó a dudar de si no sería realmente víctima de una alucinación por no verla encima de su cabeza.
De este modo, Núñez se convirtió en ciudadano del País de los Ciegos, y éstos dejaron de ser un pueblo generalizado y se convirtieron en individuos familiares para él, mientras que el mundo más allá de las montañas se volvía cada vez más remoto e irreal. Estaba Yacob, su amo, un hombre afable cuando no estaba irritado; estaba Pedro, el sobrino de Yacob, y estaba Medina‑saroté, que era la hija menor de Yacob. Era poco apreciada en el mundo de los ciegos, porque poseía un rostro bien definido y carecía de esa tersura satisfactoria y satinada que es el ideal de la belleza femenina de un ciego; pero Núñez pensó que era bella al principio, y poco a poco, el ser más bello de toda la creación. Sus párpados cerrados no estaban hundidos y enrojecidos según la norma que imperaba en el valle, sino que por su forma parecía como si pudieran volver a abrirse en cualquier momento; y además tenía largas pestañas, lo que se consideraba como una grave deformidad. Y su voz era fuerte, y no satisfacía los delicados oídos de los cortejadores del valle, de tal modo que no tenía ningún pretendiente.
Entonces llegó un momento en que Núñez pensó que, si lograba conquistarla, se resignaría a vivir en el valle el resto de sus días.
La espiaba. Buscó las ocasiones de prestarle pequeños servicios y al poco reparó en que ella le observaba. Una vez, en la reunión de un día de fiesta, se sentaron el uno junto al otro en la penumbra de una noche estrellada, acompañados por una melodía acariciadora, su mano se posó sobre la de ella y se atrevió a apretarla. Entonces, con mucha ternura, ella le devolvió su presión. Y un día, mientras comían en la oscuridad, él notó que su mano le buscaba suavemente y, como por azar se levantó una llamarada de fuego en aquel momento, pudo ver la ternura reflejada en su rostro.
Trató entonces de hablar con ella.
Fue a verla un día mientras ella hilaba sentada a la luz de la luna de verano. La luz la convertía en un objeto plateado y misterioso. Se sentó a sus pies y le dijo que la amaba y le dijo tambíen cuán hermosa le parecía. Él poseía la voz de un enamorado y le habló con tierna reverencia que casi parecía temor y, ella, que jamás había sido interpelada con adoración, no le dio ninguna respuesta concreta, pero resultaba patente que sus palabras habían sido oídas con agrado.
Después de aquello habló con ella cada vez que se le presentaba la ocasión. El valle se convirtió en el mundo para él, y el mundo más allá de las montañas, donde los hombres vivían a la luz del sol, no le parecía más que un cuento de hadas que algún día derramaría en los oídos de ella. Tras muchos titubeos y muy tímidamente, él le habló de la vista.
La vista le parecía a ella la más poética de las fantasías y escuchaba su descripción de las estrellas y de las montañas y de la palidez y dulzura de su belleza como si se tratara de una indulgente complicidad. Ella no creía, sólo podía comprender a medias, pero se sentía misteriosamente complacida, y a él le parecía que le comprendía totalmente.
Su amor le hizo perder el miedo y adquirir confianza. Y pronto le propuso pedirla en matrimonio a Yacob y a los ancianos, pero ella se mostró temerosa y aplazó su propuesta. Y fue una de sus hermanas mayores quien primero le contó a Yacob que Medina‑saroté y Núñez estaban enamorados.
Desde el primer momento hubo una gran oposición al matrimonio de Núñez con Medina‑saroté, no tanto porque la tuvieran en gran estima, sino porque a él le consideraban como a un ser aparte, un idiota incompetente muy por debajo del nivel permitido a un hombre. Sus hermanas se opusieron agriamente arguyendo que el descrédito caería sobre todos ellos, y el viejo Yacob, si bien había acabado por tomarle cariño a su obediente y torpe siervo, meneó la cabeza diciendo que no podía ser. Los jóvenes se mostraron todos irritados ante la idea de corromper la raza y uno de ellos fue tan lejos que llegó a vilipendiar y a golpear a Núñez. Éste le devolvió el golpe. Entonces, por primera vez, apreció las ventajas de poder ver, incluso a la luz del atardecer, y después de que se acabara aquella pelea nadie se mostró dispuesto a levantarle la mano. Pero su matrimonio les siguió pareciendo imposible.
El viejo Yacob sentía ternura por su hija pequeña y se afligía cuando ella venía a llorar sobre su hombro.
‑Verás, hija mía, es que él es un idiota, padece alucinaciones y no sabe hacer nada a derechas.
‑Lo sé ‑lloraba Medina‑saroté‑. Pero ahora es mejor que antes. Está mejorando. Y es fuerte, padre querido, y gentil..., más fuerte y más gentil que ningún hombre del mundo. Y me ama y..., yo también le amo, padre.
El viejo Yacob se sintió muy angustiado por no poder consolar a su hija y, además, lo que le angustiaba aún más, a él le gustaba Núñez por muchos conceptos. Así que acudió a sentarse a la tétrica cámara de consejos con los otros ancianos y, prestando atención al rumbo de la conversación, dijo en el momento oportuno:
‑Es mejor de lo que era. Y es muy probable que algún día nos parezca tan cuerdo como nosotros.
Al cabo de un rato, a uno de los ancianos, que reflexionó profundamente, se le ocurrió una idea. Era el gran doctor de este pueblo, el que curaba todos los males y poseía una mente muy flosófica y llena de inventivas: su idea consistía en curar a Núñez de sus peculiaridades.
‑He reconocido a Bogotá ‑dijo‑ y su caso a mí me parece muy claro. Mi diagnóstico es que podría curarse con toda probabilidad.
‑En eso es en lo que yo siempre he confiado ‑replicó el viejo Yacob.
‑Tiene una afección en el cerebro ‑dijo el doctor ciego.
Los ancianos murmuraron asintiendo.
‑¿Y cuál es esa afección?
‑¡Ah! ‑dijo el viejo Yacob.
‑Esto ‑dijo el doctor contestando a su pregunta‑. Esas extravagantes cosas que se llaman ojos y que existen sólo para dotar a la cara de una suave y agradable depresión están tan enfermas, en el caso de Bogotá, que han afectado a su cerebro. Están enormemente distendidas, tiene pestañas y sus párpados se mueven y, por consiguiente, su cerebro se encuentra en constante estado de irritación y destrucción.
‑¿Ah, sí? ‑dijo el viejo Yacob‑. ¿Ah, sí?
‑Y creo que puedo decir con un grado de certeza razonable que, a fin de curarle completamente, sólo necesitamos una simple y fácil operación quirúrgica, es decir, extraerle estos cuerpos tan irritantes.
‑¿Y entonces se volverá cuerdo?
‑Adquirirá una cordura absoluta y se convertirá en un ciudadano admirable.
‑¡Doy gracias al cielo por la ciencia! ‑dijo el viejo Yacob y regresó inmediatamente a contarle a Núñez la buena noticia.
Pero la forma en que Núñez recibió la buena noticia le pareció fría y decepcionante. Y entonces le dijo:
‑Por el tono que adoptas, se podría pensar que mi hija no te importa.
Fue Medina‑saroté quien persuadió a Núñez para que aceptara la intervención de los cirujanos ciegos.
‑¿Tú no querrás que pierda el don de mi vista? ‑dijo él.
Ella meneó la cabeza.
‑Mi mundo es la vista.
La cabeza de ella se inclinó un poco más.
‑Existen las cosas bellas, la belleza de las cosas pequeñas..., las flores, los líquenes entre las rocas, la ligereza y la suavidad de unas pieles, el lejano cielo con sus nubes a la deriva, los atardeceres y las estrellas. Y existes tú. Sólo por ti es maravilloso tener ojos, para ver tu cara dulce y serena, tus labios bondadosos, tus amadas y hermosas manos entrecruzadas... Son mis ojos los que tú has conquistado, estos ojos son los que me atan a ti, y lo que estos idiotas buscan. En vez de eso, debería tocarte, oírte y no volver a verte jamás. Debería acomodarme bajo ese techo de rocas, de piedras y de tinieblas, ese horrible techo bajo el cual tu imaginación se aplasta... No. ¿Tú no querrás que yo haga eso, verdad?
Una duda terrible había surgido en él. Se detuvo y dejó la pregunta en el aire.
‑A veces ‑dijo ella‑ me gustaría... ‑Y se detuvo.
‑¿Sí? ‑dijo él un poco aprensivo.
‑A veces me gustaría... que no hablaras de esa manera.
‑¿De qué manera?
‑Sé que es bonito..., es tu imaginación. Y me encanta, pero ahora...
Él sintió un escalofrío.
‑¿Ahora? ‑dijo débilmente.
Ella permaneció inmóvil.
‑Quieres decir..., piensas..., que tal vez estaría mejor si...
Estaba captando las cosas con mucha prontitud. Sintió cólera, una verdadera cólera ante el absurdo rumbo del destino, pero también compasión por su falta de comprensión..., una compasión muy cercana a la piedad.
‑Amada mía ‑dijo y pudo ver por su palidez cuán intensa presión ejercía su espíritu contra las cosas que ella no podía decir. La rodeó con sus brazos, la besó en la oreja y permanecieron un rato sentados en silencio.
‑¿Y si yo consintiera? ‑dijo por fin con una voz muy dulce.
Ella le lanzó los brazos al cuello, llorando desesperadamente.
‑Oh, si consintieras ‑sollozó‑ ¡si consintieras de verdad!
Durante la semana que precedió a la operación que iba a elevarle desde su condición de servidumbre e inferioridad hasta el nivel de un ciudadano ciego, Núñez no supo lo que significaba dormir, y todas las horas, iluminadas por la cálida luz del sol, mientras los demás dormitaban felices, las pasó sentado cavilando o vagando sin rumbo, tratando de resolver en su mente este dilema. Había dado su respuesta, había dado su consentimiento y, sin embargo, no estaba seguro. Y por fin se agotó el tiempo de labor, el sol surgió con esplendor sobre las doradas crestas y comenzó para él su último día de visión. Pasó algunos minutos con Medina‑saroté antes de que ella se fuera a dormir.
‑Mañana ‑dijo él‑ dejaré de ver.
‑¡Corazón mío! ‑respondió ella apretándole las manos con todas sus fuerzas.
‑Te harán daño, pero poco ‑dijo ella‑ y si sufres... y si sufres, amor mío, será por mí... Cariño, si el corazón y la vida de una mujer pueden recompensarte, yo te recompensaré. Mi bien, mi bien querido, el de la dulce voz, yo te recompensaré.
Y él se sintió inundado de piedad por sí mismo y por ella.
La abrazó y apretó sus labios contra los suyos y contempló su dulce rostro por última vez.
‑¡Adiós! ‑susurró a su amada visión‑. ¡Adiós!
Y luego en silencio se apartó de ella.
Ella pudo oírle alejarse con pasos lentos y hubo algo en sus pisadas rítmicas que la sumieron en un llanto apasionado.
Había decidido firmemente ir hasta un lugar solitario donde los prados estaban embellecidos por los narcisos blancos y permanecer allí hasta que llegara la hora de su sacrificio; pero mientras se dirigía hacia allí sus ojos contemplaron la mañana, la mañana que, como un ángel de armadura dorada, se deslizaba por los barrancos...
Y ante este esplendor tuvo la sensación de que él y este mundo ciego del valle, y su amor, no eran, después de todo, más que un pozo de pecado. No se desvió tal y como se había propuesto hacer, sino que prosiguió y atravesó el muro de la circunferencia y empezó a trepar por las rocas mientras sus ojos permanecían siempre fijos sobre el hielo y la nieve bañada por el sol.
Vio su infinita belleza, y su imaginación los sobrevoló hasta llegar más allá de las cosas a las que iba a renunciar para siempre.
Pensó en el gran mundo libre del que se hallaba apartado, su propio mundo, y tuvo la visión de aquellas remotas pendientes más allá de la distancia, con Bogotá, un lugar de belleza multitudinaria y agitada, una gloria de día y un luminoso misterio de noche, un lugar de palacios, fuentes y estatuas y casas blancas, hermosamente emplazadas en la media distancia. Pensó que por un día o dos, uno podía muy bien bajar atravesando pasos, para acercarse más y más a sus calles bulliciosas y a sus costumbres. Pensó en el viaje por río, día tras día, desde el gran Bogotá hasta el mundo más vasto de más allá, atravesando ciudades y aldeas, bosques y desiertos, en la imparable corriente del río, día tras día, hasta que sus riberas se retiraran y los grandes barcos de vapor se acercaran salpicándole de espuma, y así uno alcanzaba el mar..., el mar infinito, con sus miles y miles de islas, y sus barcos avistados en la nebulosa lejanía en sus incesantes periplos alrededor del mundo más grande. Y allí, sin estar acorralado por las montañas, se podía ver el cielo..., sí, el cielo, no el disco que se veía desde aquí, sino un arco de azul inconmesurable, en cuyos abismos más profundos flotaban dando vueltas las estrellas... Sus ojos escrutaron la gran cortina de montañas investigándolas ansiosamente.
Por ejemplo, si subía por esa garganta y hasta esa chimenea, podría salir en lo alto de aquellos pinos achaparrados que se extendían en una especie de saliente y seguían subiendo más y más hasta pasar por encima del desfiladero. ¿Y luego? Ese talud podría sortearlo. Desde allí tal vez pudiera encontrar una ruta para trepar hasta el precipicio que se hallaba debajo de la nieve y si le fallaba esa chimenea, entonces quizá otra más alejada, hacia el este, pudiera servir a sus propósitos. ¿Y luego? Entonces se encontraría sobre la nieve de color ámbar y a medio camino de la cresta de aquellas magníficas desolaciones.
Se volvió para mirar la aldea, y la contempló con resolución.
Pensó en Medina‑saroté que se había convertido en un punto pequeño y remoto.
Se volvió de nuevo hacia la pared montañosa, junto a cuyas pendientes le había sorprendido el día.
Entonces, muy circunspecto, empezó a trepar. Al ponerse el sol había dejado de trepar, pero se encontraba lejos y muy alto. Había estado más arriba, pero aún así seguía estando muy alto. Su ropa estaba desgarrada, sus miembros, manchados de sangre; tenía magulladuras en muchos sitios, pero estaba tumbado como si se encontrara a sus anchas y en su cara lucía una sonrisa.
Desde su lugar de reposo parecía que el valle se encontraba en el fondo de un pozo a casi una milla de distancia. Había oscurecido ya y había bruma y sombras, aunque las cumbres de las montañas que le rodeaban eran objetos de luz y fuego. Las cumbres de las montañas que le rodeaban eran objetos de luz y fuego y los pequeños pormenores de las rocas que tenía a mano estaban impregnados de una sutil belleza..., una veta de mineral verde que traspasaba la masa gris, los destellos de las facies de cristal aquí y allá, un diminuto liquen anaranjado de minuciosa belleza muy cerca de su rostro.
Había sombras profundas y misteriosas en la garganta, de un azul intenso que se tornaba púrpura, y el púrpura en una oscuridad luminosa, y en lo alto se hallaba la ilimitada inmensidad del cielo. Pero dejó de prestarle atención a estas cosas y permaneció allí tumbado, casi inactivo, sonriendo como si estuviera satisfecho por el mero hecho de haber escapado del valle de los ciegos, donde había pensado covertirse en rey. Se apagó el resplandor del atardecer y cuando llegó la noche aún permanecía tumbado y apaciblemente contento bajo la fría luz de las estrellas.

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