BLOOD

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miércoles, 16 de junio de 2010

Jack Womack -- Ambiente





Jack Womack

Ambiente


Título original: Ambient

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Para Kabi, mi amor 5/12/85
1

-Luego hablamos, O'Malley -me dijo el señor Dryden aquella mañana mientras subía al coche; yo estaba sentado al lado de Jimmy, el conductor-. Tengo un plan.
A Jimmy le encantaba la Quinta Avenida, la ruta más segura al centro de la ciudad. Circulábamos en un Castrolite, siete metros de largo por dos y medio de ancho, bastante maniobrable cuando había jaleo. Estábamos seguros, hasta cierto punto; estábamos acostumbrados a él. Papá siempre decía que a menos que no tengas otra opción, te podías acostumbrar a cualquier cosa que no te matara. Él estaba muerto.
-Adelante -dijo el señor Dryden.
El ordenador del coche (un número seis) advirtió a Jimmy de problemas internos, reprendiéndole amablemente por si sonaba raro. Todo el armazón del coche iba acorazado. Un entramado de cables pasaba por debajo; no se podía colar ningún molli por parte de ningún mirón. El electroscudo zumbaba al toque de un botón, friendo a los buscabroncas deseosos de dar la lata. Opciones menos pasivas impre­sionaban si se las justificaba. Cuando todo fallaba, mis manos protegían; no había manos más seguras que las mías.
-¿Adonde? -preguntó Jimmy.
Al señor Dryden, como a su padre, le encantaba oír «Don't Be Cruel» en el laséreo cuando viajábamos en coche. Tenía allí todo lo que necesitaba: un compartimiento para licores, un TVC, un compartimien­to para drogas lleno hasta arriba de riesguis, una radio de onda corta, dos teléfonos, un IBM XL9000, una Xerox y un bidet. El bidet era para Avalon; Avalon era para el señor Dryden.
-Libreriemos -dijo.
Avalon amaba poco; estaba sentada junto al señor Dryden. El TVC de su lado estaba conectado, como siempre, con Vidiac. Yo no podía ver la pantalla; sólo podía oír (escuchando con atención, pues la música del señor Dryden sonaba siempre a toda pastilla) el sonido de tech, agudo y remoto. La música moderna, todo tonalidades y modulaciones y flurps y burps y wheeps, nunca me ha atraído, y el brusco abandono de los grupos Ambiente (cuya música nunca aparecía en Vidiac), me pone frenético. Prefiero la música de los muertos de hace tiempo.
-Rápido -añadió.
Yo amaba a Avalon; la observé vestirse. Tenía el pelo rapado, cinco centímetros de alto en la parte superior; llevaba una peluca rubia rizada que le caía hasta los hombros. En ese momento sólo tenía puesta la peluca y nada más; en paños menores nunca era del todo atractiva hasta que se colocaba los piños. La ley obligaba a las proxies (como Avalon) a extraerse los dientes en el Servicio de Salud para que no pudieran aliviar su frustración de manera poco apropiada. Se había colgado con el señor Dryden después de servir como lala durante el período habitual; tenía veinte años y llevaba dos con nosotros. Yo llevo doce siendo jefe de guardaespaldas y encargado de negocios no oficiales; ella era tan feliz con su trabajo como yo con el mío.
-Ta raas -suspiró Jimmy.
Avalon me sonrió, abriendo las piernas como para admitir al sol. Su cara resplandeció con la luz de la mañana, aunque el cielo estaba encapotado y gris. Como de costumbre.
-¿Cómo te va, O'Malley? -preguntó.
-Así así-repliqué.
Nos detuvimos en el semáforo de la Ochenta y seis. No era yo el único que ardía; cinco golfantes habían asaltado a alguien cerca del muro del parque y lo observé tostarse. Los chicos del Ejército Interno montaban guardia constante, asegurando los terrenos alrededor del Met; rollos de alambre de espino a la altura del pecho reforzaban aún más los perímetros. Incluso así, tan temprano, innumerables bocis formaban cola a la entrada del Met, en fila a la sombra de los tanques, esperando ser admitidos a una exposición importante de arte aborigen, sobre la que después pontificarían como si de verdad la hubieran visto.
Los chicos del parque y los del Ejército (ninguno mayor de dieciséis años) miraron nuestro coche. Avalon se inclinó hacia delante y apretó los pechos contra la ventana. Sabía que no podían verla a través del cristal ahumado, pero no le importaba..., ni al señor Dryden, que la ignoró.
-¡Jah! -gritó Jimmy, e hizo girar el coche. Un taxi (en la tapa del capó aparecía arañado: retrocede y muere) desaparcó, chocando con nosotros. El capullo le gritó algo a Jimmy y luego avanzó hacia nuestro carril. Usando la cuchilla que enmascara el morro de nuestro coche, Jimmy aceleró, embistió al taxi y lo plantó en la acera antes de que llegáramos a la Setenta y nueve. La puerta del cretino se abrió y el tipo cayó al arroyo. Jimmy pulsó uno de los botones de defensa y lo frió crudo mientras pasábamos. Se agitó como un pez recién capturado.
-Ése no se pondrá más chulo con nosotros -rió Jimmy, apartándose las trenzas de la cara.
-Yo diría que no-comenté. Los bribonzuelos saltaron la pared del parque y ablandaron al taxista. Uno rompió las ventanillas del taxi; no contento con eso, rompió las ventanillas de otros vehículos que pasaban. Los muchachos del Ejército se rieron. Inspirados, siempre deseosos de entretenimiento, dispararon a los autobuses que pasaban. Los pasajeros saltaron bien alto.
Avalon se puso sus ropas de ir de compras: un maillot de cuero negro, recortado por encima de las caderas, con cordones abiertos en la base del cuello, entre las piernas y en la barbilla. Los lazos se unían en su entrepierna; sobre el nudo tenía el tatuaje de una diminuta artillería masculina, con un cuchillo ensangrentado en vez de pene. Se puso las botas altas negras e inclinó la visera de la gorra con la calavera de las SS por debajo de un ojo.
-¿Qué tal estoy? -le preguntó al señor Dryden, que escogía las ropas que Avalon llevaba en público; su sentido de la cultura se había vuelto bastante estilizado.
-Bien -murmuró él, mientras repasaba su correo y estudiaba el monitor. Tecleaba con una mano; con la otra se rascaba, pellizcando y frotando y tirando de la piel, tratando de atrapar las cosas reptantes que percibía arrastrándose por debajo.
-¿Eso es todo? -preguntó ella; lo era. Avalon me miró y puso los ojos en blanco. Era un sueño fotografiado e impreso; la mujer que llevarías a casa para que conociera a mamá, si mamá estuviera en casa. La mía estaba muerta. Estar siempre tan cerca y a la vez tan lejos me ponía frenético; si hubiera sido una polilla, me habría quemado libremente en su luz.
Dos cópteros revoloteaban sobre Midtown, a doscientos metros de altura, sorteando los edificios. Los pilotos jóvenes del Ejército Interno consumían riesguis y luego elevaban sus máquinas, jugando entre las torres. Docenas eran derribados cada año, para aliviar el gasto.
La entrada a la Zona de Control de Midtown estaba en la Cincuenta y nueve. Había signos de una explosión reciente en la acera: el muro de la barricada estaba manchado de rojo; un gran desaliño que podía explicarse por el sobreuso. En la pared aparecía escrito el más exigente edicto antiterror del Ejército:

Habla inglés o no hables

Se podía recorrer cualquier zona de Manhattan y no escuchar hablar inglés durante semanas.
Como teníamos matrículas 1A, recorrimos nuestro carril mientras los camiones, taxis y autobuses del carril regular eran detenidos, regis­trados y rechazados; la hora punta había pasado y el tráfico sólo estaba colapsado a lo largo de cuarenta manzanas. Colgaban banderas de la fachada del Cuartel General Ejecutivo del Ejército de Midtown, el viejo Hotel Plaza, pintado desde hacía mucho con el sombrío tono pardusco del Ejército. Había ametralladoras y lanzadoras en el tejado, apuntando al parque. Una fuente exterior escupía al aire agua teñida de escarlata, símbolo de los incesantes torrentes de los «campos de batalla» de ultramar. Había niños en fila ante el Centro de Recirculación de la Cincuenta y ocho, recogidos por la vanguardia para que pudieran presentarse voluntarios; el Ejército prefería la sangre fresca y sin estro­pear. Los chicos del Ejército mantenían entretenidos a los detenidos, disparando a las palomas de los tejados; los que deseaban otra cosa contemplaban Vidiac, emitido en los monitores de la calle. En Schwartz, enfrente, los niños de los propietarios, guiados por tutores y nanis, se atiborraban con el botín de su propio mercado. Pasamos Bergdorf Tower en la Cincuenta y siete, Gucci's World en la Cincuenta y tres, Cartico en la Cincuenta y dos, Saint Paddy's Condoplex en la Cincuenta, Saks-Mart en la Cuarenta y nueve.
-¿Algún sitio donde aparcar? -pregunté. Las limos llenaban las aceras.
-Pronto, tío -dijo Jimmy-. Muy pronto.
Había una furgoneta postal aparcada ante la librería; incluso el con­ductor parecía cubierto de graffiti. En las Zonas de Control, el correo se entrega una vez al día; en otras zonas el correo llegaba cada semana, si lo hacía. Mientras empujábamos por detrás de la furgoneta, el conductor se la llevó antes de que pudiéramos divertirnos. Como siempre, había pocos coches en la zona propiamente dicha; sólo limos, algunos taxis, camiones de entrega permitidos sólo en sus rutinas diarias. Los autobuses tenían prohibida la entrada en las Zonas de Control, pues podrían introducir fácilmente a los indeseables. El viento soplaba entre los edificios como si lo hiciera en un cementerio. Abrí lentamente mi puerta; salí. Me había lastimado el hombro a principios de semana. Un coche patrulla, con las sirenas conectadas, pasó rápidamente.
-Otro numerito -dijo Jimmy.
Redujeron velocidad; Quinta abajo, había jaleo en un edificio.
-Nipponbank otra vez -dijo el señor Dryden, y sacudió la cabeza-, Quédate, Jimmy.
Siempre había estallidos en Midtown. La responsabilidad se la llevaban los Dreds, o Mariel; la Nación de Aztlan, la Orden de la Bandera Negra, Escarlata y Trébol, Nouveaux Maroon, Mujeres Negras de Wicca, los Hijos de los Pioneros o cualquier otro de los grupos menores transitorios, todos afanándose diariamente en sus trabajos de desconcierto. Los que estaban al mando tomaban medidas. Todo vehículo aparcado en una Zona de Control tenía que tener una persona cerca en todo momento, o lo volarían. Los registros de vehículos demostraban ser efectivos; todo aquel que recorriera solo las aceras era cacheado, como en los museos (para eso el Ejército desarrolló un habilidoso equipo; un chico del Ejército me enseñó una vez su guante de inspección, como el de un halconero, hecho con un tejido a base de uralita). Algunos grupos tenían apoyo interno; otros kamikazeaban. Uno de los grupos con más inventiva desarrolló un explosivo que podía ser tragado sin problemas; más tarde, los ácidos del estómago garantizaban una última explosión. Los rayos X propi­ciaban el estallido y servían de poco. Todos en el juego tenían sus modos y razones.
Camiones del Ejército recorrían la avenida.
-Míralos pasar -rió Jimmy, y sus dientes de oro brillaron como si los hubiera hecho pulir-. Ahora no los encontrarán ni con un cedazo.
Jimmy sostenía que su nombre completo era Tío Jimmy Qué Malo; fue un Dred hasta que el señor Dryden se lo quedó como chófer, usando tácticas tradicionales para ganarse su acceso, atrayendo a nuevos tibu­rones con sangre más caliente. Jimmy aún creía en Ras Tafari, tenía una foto de Selassie en el salpicadero y la de Santa Piby en el bolsillo. En un cajón bajo la dirección tenía su pipa y su hierba. Era un conductor excelente; nunca teníamos un accidente que no hubiera planeado.
-¿Listo?
El señor Dryden parecía especialmente en baja forma esa mañana, y tal vez mi preocupación se notaba demasiado; me miró bruscamente, como si yo hubiera perturbado su sopor, y rápidamente borré la preocu­pación de mi cara. Su mano tembló mientras cerraba la puerta del coche. Conocí al señor Dryden la primera vez que salí de Nueva York; después de que me graduara en el Instituto del Bronx, un amigo de mi padre me consiguió un trabajo de guardia en Yale. El señor Dryden me contrató cuando estaba en segundo año, y he trabajado para él desde entonces, con alegría y gratitud. Al trabajar directamente para un propietario (más concretamente, para Dryco), me libré del servicio militar. Al parecer estaba hecho para mi trabajo, y desde luego perseveré. La mitad de los graduados de mi curso acabaron siendo empleados y la otra mitad se unió al Ejército. Esa mañana, yo era probablemente el único supervi­viente.
No hubiera trabajado para nadie más que para el señor Dryden; entonces el cambio se hizo patente, oscureció sus ojos, apartó las sombras de su mente.
-Abreviemos -dijo. Se dirigió hacia la tienda como siempre hacía, con paso ligero, como si se dirigiera hacia algo que sólo a él le importara ver. Pero ahora se movía (cuando lo hacía) por impulso nervioso y el afán de vituperar. El edificio de la librería tenía cien años de antigüedad. El interior era abovedado, con un frente de cristal, balcones de hierro forjado y escaleras de caracol; una gran escalera de mármol al fondo y pulidas lámparas de bronce. Entrar en la tienda hacía que incluso el propietario medio pensara que también él sabía leer. Avalon me prece­dió, con los músculos de sus piernas y caderas apretados, aflojándose y reagrupándose mientras andaba. Llevaba tatuado en la nalga derecha el logo de Dryco, un smirkey (me han dicho que en encarnaciones pasadas se lo conocía como «smiley»); lo imaginé todo cachondo mientras le devolvía su mirada. El encargado de la librería, honrando nuestra cita, se aproximó cuando el portero abrió las puertas de acero.
-Señor Dryden -dijo-. Es maravilloso verle después de tanto tiempo.
Habíamos estado allí por última vez la semana pasada. El señor Dryden compraba unos sesenta libros al mes. Los ojeaba y después los tiraba, tras archivarlos en el banco de software (es frase suya, y al decirla se señalaba la cabeza). Yo ya no estaba seguro de que recordara lo que leía incluso mientras lo hacía.
-¿Busca algo en particular? -preguntó el encargado.
-No -replicó el señor Dryden, observando las alturas de la tienda por si alguien intentaba atacarle; yo ya lo había comprobado-. Empleado.
-Sí, señor -dijo el encargado; dio una palmada y se volvió a su ayudante-. ¡Empleado, por favor!
-¡Empleado! -exclamó el ayudante. Apareció un tipo con gafas y se plantó ante nosotros. Yo era un palmo más alto y cuarenta años más joven.
-Empleado aquí -dijo.
-¿Nuevo?
-Llevo aquí dieciséis años, señor.
El señor Dryden apoyó las manos sobre los hombros del empleado y le escupió a la cara. Últimamente su temperamento había sido irregular.
-Entonces vamos.
-Sí, señor.
Entramos en la sección de negocios. Mientras, el señor Dryden recorría los pasillos, seleccionaba sus libros y los arrojaba al empleado, que los cogía con la facilidad que conlleva el talento innato. Yo caminaba por delante.
El señor Dryden volvió atrás (sin darse cuenta, sospecho) y se topó con una señora mayor que llevaba un sombrero con velo. Tosió varias veces como para aclararse la garganta. Ni ella ni su guardaespaldas se movieron. Me hizo una seña. Me acerqué y me planté ante ellos.
-¿Quieres problemas? -preguntó el guardaespaldas, apoyándose contra la estantería, biografías de Proust y Reagan en los estantes tras él-, ¿Tu concedar, chocha?
Después de todo, tengo un alma pacífica y esto pareció de inmediato un farol, mucha teoría y poca práctica. Miré al señor Dryden, esperando otra seña. El guardaespaldas se rascó la barbilla, calibrando y midiendo Me examinó como a una pasa; yo estaba preparado para ser cogido. Como cebo, llevo pendientes, crucifijos invertidos de ónice negro sobre argollas de oro. Si intentaba agarrarlos, descubriría que mis orejas de plástico estaban velcroadas. El Servicio de Salud me había quitado las originales hacía años, cuando Enid (mi hermana, una ambiente) sugirió este truco. La forma de ser de los ambientes es farolear, luego engañar, después, si es necesario, negociar. En esto, mi forma de ser y la suya seguían caminos paralelos, aunque en ese momento yo estaba conven­cido de que la vida ambiente no podía ser mía.
El señor Dryden, que parecía preocupado (como siempre ahora), sacudió la cabeza. El guardaespaldas y yo nos saludamos inclinándonos levemente y luego nos dirigimos a pasillos distintos. El señor Dryden y Avalon se encaminaron al departamento de arte, y yo les seguí.
Aquí no había nadie más; pude relajar mi vigilancia y ver las pinturas de la pared. Había hermosas reproducciones de los papas gritones de Bacon; muchos de Los Caprichos de Goya en holograma; algunas viñetas de Chester Gould donde aparecía Flattop; el PierrotLunaire de Schómberg llenaba el aire del departamento. Avalon hojeó un libro de fotos en blanco y negro de mujeres culturistas desnudas en actitudes selectas: hundiéndose y ahogándose en denso barro, siendo sodomizadas por rudos salvajes, quemadas como los mártires de Smithfield, atadas al potro como Santa Catalina, despellejadas como San Bartolo­mé, asaeteadas al estilo de San Sebastián..., el fotog estaba lleno de ideas salvajes y descabelladas. El señor Dryden lanzó un libro de Arbus; el empleado gruñó y lo cazó al vuelo. La luz de la mañana, pálida y gris, cubrió el rostro de Avalon mientras estudiaba las fotos y sus oscuros ojos brillaban; pensé en lo marrón y suave que parecía cuando no era negra y correosa. Deseé que pudiéramos abrazarnos hasta aplastarnos los huesos. Ella también levantaba pesas; lo suficiente para estar en forma para las reuniones.
Se hizo a un lado, pasándose la lengua por los labios como para buscar defectos, y me mostró una foto de un libro distinto, llamado Auto Fatalidad 17; el artista poseía un agudo sentido del color pero no para la forma. Ella sonrió y arrojó el libro al suelo. El cuero que vestía se movió con ella; me habría encantado despellejarla.
-Será mejor que termine pronto -me susurró, cogiéndome del brazo-. Me duelen los pies con estos jodidos tacones.
Yo no dije nada. Sonreí; sus ojos chispearon como cristal roto, y vi en ellos lo que aún no se atrevía a decir. Meneó las caderas, buscando comodidad para su atuendo. El traje se le subió. Sabía que Avalon había llegado a apreciar cada vez menos las aficiones del señor Dryden (pues eso eran), pero no le conocía desde hacía tanto tiempo como yo, y por eso no estaba acostumbrada a sus caprichos, que después de todo se habían vuelto más caprichosos durante el año anterior.
-¿Traje nuevo, Shameless? -me preguntó. Yo llevaba un dos piezas azul corporativo con rayitas finas, no muy distinto al del señor Dryden. Aunque prefería cierta excitación en la ropa de Avalon, no se preocu­paba mucho por lo que yo llevara, siempre que fuera protector y adecuado.
-Lo compré la semana pasada -dije. Tardé cuatro semanas en recibirlo después de cursar la orden; sí no estuviera trabajando para Dryco, habrían hecho falta diez meses, y entonces lo más probable es que hubiera recibido lo que hubiera disponible, no importaba la talla, el color o el material..., debido no siempre a la escasez, sino generalmente a la despreocupación. Era mejor coger lo que se te daba si lo querías para algo, o eso se decía siempre.
-Pareces a punto para golpear -dijo ella con un guiño. Mientras permanecía cerca, rozándome, sentí mi piel caliente, como si me estu­viera cociendo lentamente-. ¿Costó mucho?
-Quince dólares.
-Nunca tienes sangre en tus trajes, ¿no? -Frotó las solapas con el pulgar y el índice. Su rodilla se deslizó contra la mía, con premeditado descuido.
Sacudí la cabeza, intentando pensar. La lógica me abandonaba cuando ella estaba cerca; su contacto enmarañaba mis pensamientos.
-La marca del aficionado -dije.
-Me gustaría que hubiera sangre en su traje.
-¿Crees que ya habrá acabado?
-No puede ser -dijo ella-. El empleado todavía está vivo.
Pero lo había hecho, y nos hizo un gesto para que nos pusiéramos en marcha. Llegamos al mostrador central; el encargado de la tienda se nos echó encima como si esperara que le dieran de comer gratis.
-¿Teníamos todo lo que necesitaba, señor?
-No -dijo el señor Dryden.
-¿Le interesa algún título en especial?
-Cortotiempo -dijo, golpeando con fuerza el mostrador con la mano, como para demostrar su existencia a los escépticos-. Compro, busco tenga mis necesidades. Iré otro si no tiene lo que quiero.
-Señor...
Avalon y yo esperamos, bostezando, mientras ellos seguían dándole a la lengua. Sabíamos que continuaríamos comprando allí: el sitio del encargado era que el propietario abusara de él; el sitio del propietario era abusar. Es de esperar, como la salida del sol. Los brazos del empleado temblaban bajo su carga.
-...idiota -concluyó el señor Dryden. No pude dejar de advertir cómo su cuello enrojecía mientras hablaba; su furia era tal que sentí que si continuaba su charla la sangre acabaría por subírsele a la cabeza, estallar y esparcirse en una ola espumosa.
-¿Cuenta de la casa o Amex, señor?
-Cuenta.
-Bien. ¡Empleado! -El encargado batió las palmas. El señor Dryden había acumulado un enorme montón de libros; unos treinta dólares, calculé. El empleado los colocó sobre el mostrador.
-Cuidado... -dijo el ayudante del encargado, demasiado tarde. Un libro cayó al suelo; el empleado logró sujetar el resto. El libro caído era una edición en cuero de Última salida a Brooklyn. Un regalo, sospeché, aunque no estaba seguro; su hijo, cuyo cumpleaños era dentro de dos días, no era muy aficionado a las cosas impresas.
-¡Durak! -gritó el encargado de la tienda; el ayudante abofeteó varias veces al empleado, como intentando despertarle.
-Examinemos -dijo el señor Dryden, al parecer calmado una vez más; era terriblemente difícil distinguir con facilidad su furia hasta que estallaba. Le tendí el libro; lo miró de cerca, como descifrando un sutil código. Miró por la ventana un momento, alzando los ojos al injusto Cielo y a la Deidad de allí. Miró al encargado de la tienda; empujó el libro hacia su pecho, de golpe.
-Arañado -dijo el señor Dryden. Esperé que no fuera a llevar esto demasiado lejos, pero sospechaba que lo haría.
El encargado miró el libro un instante, y por fin fingió haber detectado un defecto apropiado.
-Déjeme ver si tenemos otro.
-Idiota -dijo el señor Dryden, y golpeó con otro libro la cabeza del encargado; el libro se abrió y se curvó-. Agradézcame.
-Gracias.
El señor Dryden volvió a golpearle con el libro. Esto no era una conducta profesional, pensé, y (lo admito) súbitamente me sentí aver­gonzado de estar conectado con él; me sentí disgustado por tener que sentirme así hacia él. Pero los aficionados de cualquier tipo me enfure­cen, y él no se comportaba mejor que cualquier aficionado.
-Descuidancia -dijo-. Si sirven así, me iré. -Casi parecía hablar en serio.
-Por favor, señor...
-He decisioneado.
-Al menos-dijo el encargado, sujetándose la cabeza como si tratara de mitigar el dolor-, debería dejarle encargarse del responsable que ve.
El señor Dryden pareció tan sorprendido como yo; esto era comple­tamente nuevo. Cuando suceden escenas así, normalmente los encarga­dos golpean ellos mismos a los empleados antes de despedirlos. Sólo había una cosa que hacer si esto seguía adelante.
-AO -dijo el señor Dryden, mirando el empleado.
-Estaré en el coche -dijo Avalon, y se dio la vuelta. Deseé cogerla y echar a correr, siempre evitando lo inevitable.
-Espera -dijo el señor Dryden, rascándose los brazos; ella se detu­vo-. Seguridad primero. Sola en las calles, no. -Me miró y asintió con la cabeza.
-¿Por qué motivo? -me oí preguntar.
-Molestó, O'Malley -dijo; otra vez parecía tranquilo-. Victimiza.
-No tiene sentido hacer lo que no sirve para nada -dije; antiguamen­te, él habría estado de acuerdo-. Vamos...
-O'Malley.
Él sabía y yo sabía que era esto o el arroyo, entre millones, a la deriva con los que no tienen ninguna oportunidad, solo en la multitud.
-No creo que esto sea parte de mi trabajo.
-Molestó. Véngame.
La libertad llama, pero nadie responde; era difícil permanecer siempre optimista. Suspiré y me volví, como en sueños, hacia el em­pleado. Un trabajo es un trabajo, y yo hacía el mío; la ética laboral, después de todo, hizo de América lo que es, y siempre me he enorgu­llecido del trabajo honesto. Mi padre me dijo que cualquiera podía llegar a la cima; era conducido con facilidad, y por eso a menudo lo seducían los embustes de los demás, y para las mentiras más encantadoras hacen crecer el amor más profundo. Temí, ese día, estar lo más cerca de la cima que jamás podría estar, si no encontraba otro camino, otra forma, de algún modo; un niño al que se le permite ver el caramelo en el escaparate.
-O'Malley.
Mírate en el espejo y vuélvete loco, dicen los ambientes, y yo sabía de lo que hablaban. Mientras él se hundía, yo me hundía, y sabía que no podría hundirme más. Esa mañana sentí que mi mente cambiaba y de repente me dispuse a buscar otra cosa..., pero no la había, ni parecía posible que nunca la hubiera. Coge lo que te den o piérdelo todo; ésa era la forma. Allí me quedé, sin orejas, sin amor, sin alma; parte propietario, parte ambiente, cada una más y más separadas.
-¡O'Malley!
Pensé cuál de los accesorios de mi traje sería el más apro: el batog, los chugs, la cadena o la porra. Calculé que el batog (dos afiladas estacas unidas con un cable pesado) serviría. Nunca masacres a una mosca. Una vez más, me detuve; mi límite se acercaba. El señor Dryden habló.
-No veas, muchacho -dijo, temblando como si le empujaran-. Haz.
Hice.
2

Sonaba «Blue Moon of Kentucky» mientras Avalon sorbía Glenlivet con una pajita. Bebía copiosamente los días de conferencia, con la esperanza de ser incapaz de recordarlas de uno a otro mes.
-¿Sangró suficiente para ti? -preguntó, quitándose la gorra, desa­brochándose el traje.
No hablaba conmigo. El señor Dryden no dijo nada, ni la observó mientras ella se desnudaba. Cogió el teléfono y llamó a la librería, pidiendo que sus libros fueran entregados en su despacho dentro de una hora. Le dijeron que los libros habían vuelto a ser colocados en las estanterías. Él dijo que no veía ninguna razón por la que sus deseos no podían ser cumplidos como exigía, y colgó; le colgaba a todo el mundo menos a su padre. Tras coger bellis de su compartimiento y benis del cajón, las tragó con ajenjo. Unos cuantos resoplidos y esnifados y se quedaba harto. Hasta hacía un año (después de que su madre muriera), el señor Dryden no tenía mucho que ver con los riesguis que su organización importaba al país con tanto éxito. Ahora estaba siempre volando. La mortaja de la droga lo tenía tan cerca que era como si, herido y buscando protección, escogiera envolverse con fuerza en vendas que podrían ahogarle mucho antes de que se curara.
Nos dirigimos a su oficina, en Rockefeller Center, en el edificio Dryco. Tropas del Ejército nos adelantaron, desfilando por la Quinta en formación casual, con los adornos de sus cascos bamboleándose mien­tras avanzaban.
-Abejorros. -Jimmy hizo una mueca, señalando con la cabeza su armamento-. Creo que pican como el diablo.
Avalon se puso su traje de conferencias, ajustándose la armadura, un pesado corselete de acero pintado con un reborde naranja. De cada placa pectoral sobresalían dagas como exomisiles. Se puso los brazale­tes de cuero con pinchos, las rodilleras, las hombreras, las gruesas medias de lana y la presilla de cuero. Finalmente se colocó los ajustados guantes de cuero y los patines.
-¿Vas a almohadillarte? -preguntó el señor Dryden, con el ceño fruncido.
-Sí -respondió ella, engrasando las ruedas con una lata de 3-en-l.
Aparcamos en la callecita junto a la plaza, delante del edificio. Me sequé el hollín de los ojos cuando salíamos del coche; tenía las manos mugrientas de estar en el aire. A lo lejos sonaban sirenas. Varios jets pasaron en dirección a Long Island.
-Tardearemos, Jimmy -dijo el señor Dryden.
-Bien -dijo Jimmy, acomodándose junto al coche. Llevaba un chaquetón azul marino de la Navy que debía pesar unos quince kilos; demasiado cálido para el clima, pensé, pero lo llevaba siempre. Por estética, había cosido parches con tibias cruzadas y calaveras en los hombros, y otro del León de Judá en la espalda. El pelo, anudado en densas cuerdas, sobrepasaba su cuello. Llevaba nudilleras con cuchillas en la mano izquierda. Estar a su lado era intranquilizador. Yo soy grande, pero Jimmy era magnífico; yo le llegaba a la barbilla. Era bueno saber que en teoría Jimmy trabajaba con nosotros y no en contra..., aunque uno sólo podía estar seguro de sí mismo. Todos los gusanos pueden revolverse y atacar, y siempre me había parecido que Jimmy sólo esperaba el momento de poder hacerlo con fuerza.
En la entrada del edificio, el señor Dryden le gritó algo a un caballero que llegaba, un rostro desconocido; el reemplazo de alguien. Tenía una compacta guardia personal; todos llevaban trajes grises. Eso significaba que no era más que un boci mediano y podía ser reemplazado fácilmente según exigiera el día. Sólo los propietarios y sus inmediatos inferiores llevan el azul corporativo; no estaba prohibido que los otros lo hicieran, pero hacerlo habría sido considerado como poco educado.
-Tom -dijo el señor Dryden-. ¿Va-bien, hijo?
-Bien, señor.
Tom parecía tener unos treinta años más que el señor Dryden.
-¿Conferencia-listo?
-Sí, señor.
Entramos en el vestíbulo, Avalon patinando delante, zigzagueando entre las plantas y los expositores que contenían productos fabricados por Dryco: material electrónico, equipo deportivo, suministros artísti­cos, cassettes, sistemas telefónicos, armas para el ejército, herramientas de granja, líneas fibroópticas, repuestos de coche, lucesláser, robots y estatuas de plástico de E. Dryco controlaba (directa o indirectamente, no importaba) alrededor del 40 por ciento de la producción americana, y si se le antojaba podía reclamar otro 30 por ciento.
Una bandera de seda colgaba del techo del vestíbulo, ondeando suavemente con el AAC. Tenía impreso el lema dryconiano:

NO TE PREOCUPES, NO TE PREGUNTES

Quiosqueamos un momento. El propietario, un viejo cojo y cargado de achaques, hojeaba el Newsweek. Yo cogí los dos diarios (el New York Times y USA People y le dejé caer los dos centavos en la mano. En un hueco protegido estaba el ascensor del señor Dryden.
-Abre -dijo, presionando la mano contra el monitor del código de huellas; la puerta se abrió. Entramos y empezamos a subir al piso sesenta y cinco. La mayoría de los ascensores tenían conectado Vidiac, pero no el del señor Dryden; no teníamos otra cosa que mirar más que unos a otros.
-Reunión básica, OM -dijo el señor Dryden, inclinándose un poco, rompiendo su pose, como si la altura cada vez mayor afectara su sentido del equilibrio-. Puedes faltar. Tres contratos y un intrapersonal. Ningún esfuerzo.
-No hay problema -dije. Yo asistía con el señor Dryden a las reuniones de negocios más importantes, para poder ofrecer consejo e impedir asesinatos. Sabía casi tanto como él del funcionamiento de la organización en la mayoría de las áreas..., en la mayoría, pero no en todas. Un área continuaba siendo un enigma y yo sospechaba, entonces, que siempre sería así. Sospechaba que mientras eso no cambiara, yo no iría más allá de donde ya lo había hecho; era algo que la familia mantenía a escondidas y tapado, como el tío loco encerrado en el desván..., aunque, fuera lo que fuese, era mucho más útil que eso.
-¿A quién vas a ver? -preguntó Avalon, haciendo ruidos con su pajita; se rió, con la botella bajo el brazo. Cuanto más bebía, más fuerte se volvía su acento. Había nacido en Washington Heights. Sus padres eran ingleses, vía Barbados..., tal vez al revés. Su nombre era Judy..., Judy algo; nunca decía qué. Las proxies tienden a perder contacto con sus familias durante el tiempo que pasan como lalas. Avalon no había visto a la suya desde que tenía once años; una vez les envió una tarjeta de Navidad.
-Gente -dijo el señor Dryden, mordiéndose el labio, mientras tamborileaba en las paredes con los dedos como intentando enviar mensajes al mundo espiritual-. La Rue de StanBrand, Jameson de XPB, Timmerman de Gorky-Detroit. Van a informarme preprograma.
-Parece excitante. ¿Quién es el cuarto?
-Lope.
-Es un viejo simpático -dijo ella-. Los viejos siempre gastan más azúcar que los jóvenes.
-¿Todavía trabaja con Intel? -pregunté; hacía meses que no le veía. Suponía que estaba trabajando con negocios de armas en Siberia.
-Trabaja con sus viejos amigos esta vez. Pretende marielizar Atlan­tic City.
-¿Por qué?
-No sabemos.
El sistema era simple y, al contrario de la mayoría de los sistemas, funcionaba a menudo. El señor Dryden dirigía el negocio; los ordena­dores y medianos lo llevaban; su padre lo poseía. Su padre poseía muchas cosas. Dryco tenía un dedo metido en todos los países impor­tantes, y las dos manos hasta el fondo en América. El padre del señor Dryden (le llamábamos el Viejo), era el que tenía más éxito de todos los que habían pasado la Eb.
-¿Cuánto va a tardar? -preguntó Avalon-. Me estoy helando el culo.
-Hora. Espero Lope asista hoy.
-No creo que le guste la violencia -dije.
El señor Dryden se echó a reír, y pulsó el botón de subida varias veces más.
-Pregunta a papá -dijo.
En los días apacibles, en aquellos años brillantes ya perdidos, el Viejo y su esposa (Susie D) controlaban la cadena de distribución de drogas recreativas más sustanciosa entre las Américas. Con ayudantes de confianza como Lope y competidores amistosos (aquellos a los que no habían tenido que comprar), dirigían otras empresas igualmente saneadas en una escala igualmente productiva: embalaje y destrucción; provisión de placeres activo/pasivos, seguridad doméstica y asistencia internacional antiterror, e import-export general. Incluso entonces la familia era rica, aunque de dinero comprensible.
-Atiéndeme, OM -dijo el señor Dryden-. Llama a un mantenedor.
Durante años, los Dryden permanecieron firmes, reinvirtiendo sus beneficios y volviéndose cada vez más seguros. Su influencia era fuerte, antes; después, fue completa. La administración de esa época, tras haber seducido a la nación con mentiras, sufrió una sucesión de horrores inesperados que llevaban tiempo gestándose y por fin estallaron. Llegó el pánico; nadie comprendió suficientemente bien lo que sucedía para preparar un engaño creíble a tiempo, y por eso todo se vino abajo durante una temporada. El Viejo y Susie D sabían cuándo había que moverse y cuándo quedarse quietos, y cuando todos empezaron a agitarse cogieron, acumularon, aseguraron y corrieron. Su plan funcionó bien, para ellos y para sus amigos. Era como si el país hubiera estado en un teatro cuando sonó la voz de fuego; cuando todos echaron a correr hacia la salida, descubrieron que los Dryden habían cerrado las puertas tras ellos, y ahora cobraban a todos una tarifa para escapar.
-¿Mantenedor? -pregunté-. ¿Por qué?
-Aumenten velocidad -murmuró él, pulsando de nuevo el botón.
-Ya estás volando -murmuró Avalon.
Después del accidente de Long Island y el nacimiento de los ambientes; después de la revelación de los documentos Q y la subsi­guiente pérdida de espíritu; después de la emergencia económica, la devaluación resultante y lo que fue llamado, por algunos, la inevitable reagrupación de estructuras, llegaron los doce meses conocidos por los ambientes, y ahora por la mayoría, como el Año Duende. Todos crearon la Ebullición (otra expresión ambiente que pasó al uso general..., aunque nosotros sólo la llamábamos la Eb). Yo tenía entonces doce años y desconocía la inventiva de mis futuros patronos; como todo el mundo, no estaba seguro de lo que podría deparar el futuro. Mi madre había sido asesinada anteriormente, durante una manifestación pro-vida. Mi padre, primero corredor de bienes, luego arruinado, consiguió conservar una sola propiedad, el edificio de la Avenida C donde vivíamos Enid y yo, y donde vivimos a partir de ese momento. Papá desapareció en cuestión de semanas; Enid me crió, después de criarse sola.
-Estaba ascensorablando -dijo él.
-Oh -asintió ella-. Por supuesto.
-Veré qué se puede hacer -dije yo, sabiendo que no se podía hacer nada; al ascensor no le pasaba nada.
-Buen chico -dijo el señor Dryden.
Desde entonces, todos se habían ajustado..., algunos más que otros. Fue bastante simple. El gobierno servía a aquellos que supervisaban la botadura del yate del estado; el gobierno controlaba el negocio que controlaba al gobierno. Complejo en teoría, era infalible en la práctica. Supongo que los nuevos propietarios no eran muy diferentes a los antiguos: jefe viejo, jefe nuevo, como decía Enid. Vive y deja vivir, era el dicho; así se piensa, así se actúa. Con útiles excepciones, las cosas se dirigían solas; el que esto no trabajara siempre para el beneficio de todos no despertaba ninguna preocupación entre los aparatchiks del go­bierno, no provocaba ninguna interpretación, no producía ninguna disculpa, no sacudía ningún lamento. Los que controlaban manejaban las cosas cuándo y cómo deseaban. Era lo natural.
-Aquí -dijo el señor Dryden cuando el ascensor frenó.
Así, la sociedad americana tuvo tres arenas en las que todos podían lidiar: la de los propietarios y sus criados; la de los bucis, los antiguos burgueses; la que el gobierno llamaba los superfluos. Estos últimos, como los propietarios, no pagaban impuestos; al contrario que los propietarios, se entendía que no merecían ninguna protección de las vicisitudes de la vida. A menos que entraran en el Ejército (reclutados o, como en el caso de las mujeres, voluntariamente), los superfluos estaban subempleados. Algunos eran útiles para la industria; los mayo­res eran útiles en investigación. Todos hacían negocios de tapadillo; muchos iban tirando. No había ninguna excusa para ser pobre en América; era mucho más fácil estar muerto,
-Hola, Renaldo -dijo el señor Dryden.
Pero no soy un cínico, no; nunca ha habido un país mejor que América para vivir.
La sala de espera del señor Dryden era impresionante: paneles de madera, protegida del vestíbulo público por ocho centímetros de cristal; la puerta al vestíbulo sólo se abría desde el mostrador de recepción. Un smirkey de neón colgaba tras el mostrador. Renaldo era el recepcionista. En tiempos fue miembro de La Società Mariel, formada originalmente para proporcionar trabajos a sus miembros; el pueblo ayudando a los suyos, como siempre insistía el gobierno. Igual que con Jimmy, el señuelo de Dryco era inescapable. Tenía tatuado Madre en el labio inferior; su imagen se repetía en los dorsos de sus manos. Se afeitaba la cabeza; tenía un bigote hirsuto y llevaba pequeños zarcillos de gancho. La placa de metal de su cráneo reflejaba la luz del techo; desde algunos ángulos, su cabeza parecía un caro cachivache de cocina.
-Renaldo -dijo el señor Dryden-. Teclea 37H, 29C, 2T. Espéralos. Nadie más entra.
-Toderecho -dijo Renaldo.
Las cámaras enfocaban las puertas que surgían de] vestíbulo públi­co. En sus monitores, el señor Dryden podía ver quién entraba y pulsar la silenciosa señal de alarma. Renaldo tenía un hacha junto a su mostra­dor, dispuesta para las llegadas no solicitadas.
Avalon y yo nos sentamos en el sofá más cercano al ascensor. Me rebullí al hacerlo para que mi peso no me lastimara la articulación de la cadera. Leímos nuestros periódicos: Yo me quedé con USA People y ella con el Times. Los tres primeros visitantes del señor Dryden llegaron y desaparecieron tras la puerta del despacho. Estudié mi periódico. la
TASA DE CRIMINALIDAD NACIONAL DECAE SEMANALMENTE, decía el titular; y con letras más pequeñas: Progresos más lentos en las ciudades importantes. El vigésimo primer aniversario de la Guerra Ruso-Ameri­cana iba a ser celebrado este año en las capitales de ambos países, del 4 de julio al 7 de noviembre. Se habían conseguido enormes beneficios para ambos bandos durante los últimos cuatro años. Este año ambas partes enviarían consejeros adicionales a Pakistán, Nigeria y Costa Rica, para ayudar a los ejércitos de esos países. Polonia estaba otra vez contra las cuerdas; se había establecido un asentamiento en Indonesia, y duraría tres años. La ventaja de la Guerra Ruso-Americana (indirectamente, de la propia Pax Atómica) era que los dos países nunca necesitaron batallar directamente; eso no habría sido ni emocionalmente productivo ni financieramente sabio.
Había más noticias. Gran Bretaña estaba en buena forma; bajo la tutela del Rey Carlos (en la actualidad muy ocupado comprando caba­llos en Kentucky) y el Frente Nacional, el desempleo había bajado al 80 por ciento. En Alemania, el presidente Streicher había establecido un nuevo rumbo político prometiendo cambios de dirección en lo relativo a los turcos residentes. Los destructores suecos rodeaban Oslo; otra discusión sobre derechos de pesca. Lucy, la última rinoceronte, murió de vejez en el Zoo de Cincinnati. Nunca sabré por qué lo llaman USA Today; apenas se habla de nosotros.
Otro caballero fue admitido a la oficina, un tipo regordete de pelo blanco, muy bien peinado.
-Hola, Lope -dijo Avalon, alzando la cabeza.
-Buenos días, querida -respondió él-, Buenos días, señor O'Malley. Asentí. Él devolvió su atención hacia Avalon.
-Qué buen aspecto tienes esta mañana -le dijo-. ¿Traje nuevo?
-Es para la conferencia. Suspiró.
-Ten cuidado, querida.
Los tres primeros caballeros salieron y Lope entró. Lope y sus dos hermanos habían empezado a trabajar muy pronto con el Viejo, cuando aún vivían en Colombia. Ayudaron al Viejo a asegurar sus propias rutas de comercio tras la muerte de sus socios originales. A lo largo de los años, Lope resultó de gran ayuda para los Dryden en todos los aspectos, y de ahí procedía su propia fortuna..., sus hermanos no resultaron tan eficientes, o no de forma tan destacada, y nunca llegaron tan lejos.
-¿Quieres verlo, Shameless?
-Claro -dije yo; intercambiamos los periódicos. El titular del Times decía: madre devora a su bebé; los restos de éste aparecían fotografiados en la página dos. Secretos sexuales psíquicos de los senadores, decía el segundo titular. La sección local no era nada nuevo. Dos bombas habían estallado en las torres Trade; ninguna de las plantas de Dryco sufrió daños. El brazo de la Estatua de la Libertad había sido volado; había una foto de la amputación; parecía una ambiente con su reciente pérdida. El Dow había alcanzado los 500. La población de la ciudad de Nueva York (para todos los fines, la isla de Manhattan), según la estimación del Ejército, se acercaba a los cuatro millones; la cifra del Censo Nacional, tres años antes y tan exactas hoy, era de 450.000. El río Harlem estaba en llamas. El Destripador de Hackensack había perpetrado su crimen núme­ro mil. Un joven bengalí canceroso había sido traído a Nueva York en avión por la primera dama; los cuidados médicos americanos trabajarían contra reloj para salvar a un niño que, una vez salvado, sería devuelto a la madre patria para que muriera de hambre.
Había noticias nacionales. En Washington, el FBI iba a hacer públicos una serie de vids donde se decía que aparecía el presidente en lo que se juzgaba era una acción dudosa, aunque no especificada; el secretario de prensa había declarado que el presidente no podía preocu­parse con esos problemas domésticos menores cuando la complejidad de las relaciones exteriores exigía toda su atención. ¿disparan los soviéticos a visitantes amistosos del espacio?, se preguntaba un editorial. Y E, a quien muchos (el Viejo entre ellos), consideraban el único rey verdadero de este mundo, había sido visto en Cleveland, en pie otra vez, descolorido pero fuerte, vagabundeando incierto por Euclid Avenue. Sus seguidores corrieron a esa ciudad.
Una figura que cargaba un gran paquete se acercó a la sala de espera desde el vestíbulo público y llamó al timbre. Renaldo avisó al señor Dryden.
-¿Recon? -preguntó Renaldo.
-Sí -dijo el señor Dryden-. Abiert, porfav. Momento.
Renaldo pulsó el remoto de su mesa y abrió la puerta. El encargado de la librería sonrió, angustiado bajo el peso de la carga. Yo me levanté y me acerqué para recoger la entrega. Avalon se puso en pie y rodó hasta la mesa de info, buscando algo más que leer. El señor Dryden salió de su oficina; Lope le seguía no muy detrás.
-Entregue ahora o nunca -dijo el señor Dryden-. ¿Otro trabajo más importante?
-Nuestros empleados son terriblemente lentos, señor... Yo extendía ya la mano hacia el paquete cuando advertí su esquina rota. Sobresalía un cable azul.
-¡Abajo!-grité; lancé al encargado al vestíbulo público, le arranqué el paquete de las manos y lo tiré lejos-. ¡La puerta!
Renaldo pulsó la tecla mientras se agachaba bajo una silla. El señor Dryden y Lope saltaron hacia atrás y se escudaron tras el escritorio. Yo me lancé sobre Avalon; ella pasó sus piernas a mi alrededor como para proteger mi mitad inferior. Sus dagas me pincharon; no me importó, y no podían penetrar el chaleco Krylar que llevaba bajo la camisa. La bomba estalló cuando la puerta de metal de la suite se cerraba.
La pared de cristal que rodeaba la puerta aguantó, gracias a su refuerzo interior; se combó hacia dentro del suelo al techo. Vi un agujero en el suelo; las paredes del vestíbulo humearon y burbujearon. Renaldo abrió la puerta y apagó el fuego con un extintor.
-¿Era el tipo de la librería? -preguntó Avalon, aún apretada contra mí. Yo no sentía ningún deseo de levantarme, de dejar su abrazo para arriesgarme otra vez a que me mataran, pero sabía que tenía que hacerlo.
-Era -dije.
-Maldición -dijo el señor Dryden; se puso en pie y miró a su alrededor, como si esperara más cosas-. Buen trabajo, OM. Estaríamos extermis si no lo hubieras visto.
-Es lo que se espera de mí -dije. Cuando me puse en pie, sentí por un momento como si me hubiera quedado sin espalda. Este tipo de cosas, estos percances menores, sucedían una vez al mes, siempre lo habían hecho. Debería de parecerme que sólo era cuestión de tiempo que nos aniquilaran, pero no era así..., se trataba sólo de parte del trabajo. Sin embargo, creo que tendía a mantenernos a todos un poco desequilibra­dos.
-Se te extrará, findesemana. Lope, ¿viable?
Lope se levantó (con cuidado) de detrás del escritorio.
-Creo -dijo, sujetándose a la mesa e incorporándose como si se estuviera poniendo un salvavidas- que si colocaras a un hombre en el ascensor público para comprobar esto no llegaría tan lejos.
-La vida de fortaleza no es para mí -dijo el señor Dryden.
-Pide problemas, Thatch, y los conseguirás. Por favor, sigue mi consejo. En esto, aunque no sea en ninguna otra cosa...
-Inútil. La ignorancia era suya, razono -parecía irritado, y no sólo por haber escapado de la muerte-. ¿Avalon? ¿Estás AO? Avalon se levantó y asintió.
-Shameless, están dobladas -me dijo, señalando las dagas-. Ende­rézalas por mí, ¿quieres?
-¿Quién detrás? -me preguntó el señor Dryden, contemplando el vestíbulo-. ¿Dred?
-Demasiado blanco. No da el tipo -dije. Las dagas me arañaron los dedos mientras las retorcía para ponerlas en su sitio. Avalon echó hacia atrás los hombros y alzó los pechos para que pudiera darles forma con más facilidad.
-¿Un loco?
-Se la habría tragado, seguro. Estaríamos muy, muy lejos.
-Renaldo -preguntó, girándose-, ¿Mariel?
Renaldo frunció el ceño.
-Jodido peñejo.
-Como imaginaba -dijo el señor Dryden-. Un infiltrado. Repug­nante.
Cogió el teléfono y pulsó un número. Conectó al instante; sus líneas eran líneas de propietario, y siempre funcionaban. Podías teclear el mismo número en un teléfono público treinta veces y conseguir una respuesta diferente cada vez, en las raras ocasiones en que lograbas la conexión. Las líneas de emergencia eran otra cosa; ésas estaban siempre fuera de servicio.
-¿Capitán? -dijo-. Dryden al habla. DIA8782. -Ése era su código telefónico-. La gran librería de la Quinta. Sí. Estercolero. Táctica de ataque. Neutrar y comprar. Hágalo. AO. -Colgó.
El Ejército Interno siempre hacía lo que proponía Dryco, igual que el Ejército Regular, las otras fuerzas, el Senado, el Congreso y el Presidente. De todas las magias practicadas, la de los Dryden era la más infalible. Durante años me había sorprendido. Con el tiempo, con atisbos y sospechas, se me metió en la cabeza que tenían algo: algo conseguido durante la Eb, algo mucho más asustante en su percepción de lo que podría ser usado jamás..., eso pensaba.
-¿Vestíbulo? -preguntó Renaldo, señalando el suelo humeante tras la pared destrozada.
-Llama a mantenedor.
-Coño.
-No me jodas -rió el señor Dryden-. Lope y yo estábamos conclu­yendo.
-En cierto modo... -empezó a decir Lope, pero no terminó.
-Lista, Avalon.
-Al carajo con...
-Ningún peligro previsto. Un listo suficiente. ¿AO?
-Deja que coja mis cosas -dijo ella, y entró patinando en su oficina. Lope se dirigió hacia el vestíbulo, como intentando marcharse sin que nos diéramos cuenta.
-No hay salida allí -dijo el señor Dryden.
-¿Dónde entonces? ¿No está cerca la escalera de los guardias?
-No servirá. Ni OM ni Renaldo pueden bajarte, y con la bomba no puedes bajar solo. Tendrás que conferenciar.
-Por favor, Thatcher...
-Inspirará. Animará nueva sangre. Vis. Ve.
-No miraré. Thatch. Por favor...
-Vaya mari. Avalon, prep. Activamos en diez. Avalon salió patinando de la oficina del señor Dryden, con una gruesa almohada atada sobre su culo como para hacerse notar.
-Almohadillada no puedes moverte -dijo el señor Dryden.
-Llevaré lo que quiera llevar.
-Es insexy...
-Tú no te vas a caer de culo. Vamos.
Avalon se quitó los dientes y la peluca y me los dio para que los cuidara. Comprobé su casco para ver que el visor se movía con facilidad y luego se lo coloqué. Ella cogió su bate y se pasó una pesada cadena por la cintura.
-¡Ya! -gritó el señor Dryden, un antiguo aullido de victoria que había desarrollado en los ratos libres-. Renaldo. Info a Jake. AO a concept. ¿Capt?
Renaldo asintió. El señor Dryden advirtió mi mirada e hizo un guiño. Algo se movió. Salimos.
La sala de conferencias estaba en (era) el piso sesenta. El enlosado era brillante; áreas valladas y con gradas en cada extremo para los reps e invitados de cada compañía. Había ventanas en cada pared.
Se habían celebrado conferencias mensualmente durante el año anterior; todos los medianos de buena posición participaban. Las con­ferencias eran sólo una de las muchas ideas que había concebido desde que empezó a ir para abajo: ideas aparentemente diseñadas para conse­guir la ruina financiera y el oprobio personal sobre su propia compañía; ideas que, por su propio designio o por accidente, tenían el efecto opuesto.
Como proxy del señor Dryden, Avalon participaba sólo si su ayuda se volvía esencial. Si la llamaban, se lanzaba con tanta intensidad que nadie duraba, inútiles contra ella.
-¿Lista? -le preguntó el señor Dryden. Ella no respondió.
Ninguna otra compañía deseaba participar en estas conferencias, pero como eran conferencias de Dryco, eran inevitables. También resultaban ser sorprendentemente populares entre los propietarios, ex­tranjeros y americanos, que no participaban. Los asociados japoneses, chinos y rusos de Dryco llenaban las gradas de nuestro lado, con las tarjetas en la mano. La mayoría llevaban al cuello las cámaras baratas de usar y tirar producidas en masa en Suiza, y que duraban un rollo o dos; les encantaba permanizar todo lo que veían. Siempre apostaban a si sería necesaria la ayuda de Avalon, y en qué punto.
-¿Cómo cree que lo haremos? -le pregunté al señor Dryden.
-Los mataremos.
Este mes, Dryco conferenciaba con SatCom. Según las reglas del juego (desarrolladas por el señor Dryden), el ganador absorbía al perdedor, ganando control sobre sus posesiones pero no sobre sus deudas. Dryco nunca perdía; sabía que si alguien llegara alguna vez a ganar justamente, el señor Dryden simplemente reajustaría el marcador y saldría victorioso de todas formas. Después, no quedaría nadie para negarlo.
Lope se sentó junto al señor Dryden, con aspecto de sentir repug­nancia. Nuestros tigres rodaron ante nuestra barrera, saltando listos para la acción. Los tipos de las cámaras prepararon sus equipos desde su lugar reservado; el señor Dryden nunca perdía su sentido del negocio, y por eso había alquilado los derechos nacionales al Canal Violencia y ven­dido los derechos al extranjero para ser estrenados en cine. Yo me senté con Avalon junto a la puerta, dándole agua y calmándola lo mejor que podía.
-Me he ofrecido a salir en tu lugar -le dije, rodeándola por la cintura para animarla-. Dice que no.
-Ha hecho bien -contestó, intentando ver a quién podía haber traído SatCom como proxy-. Algunas de esas zorras te comerían para desayu­nar. Mantente fuera, Shameless.
El señor Dryden golpeó el podio con su mazo.
-Reunión, orden -dijo. Hizo sonar el silbato.
El objetivo de una conferencia era desestabilizar a todos los miem­bros de la oposición con el menor esfuerzo posible. Todo el mundo llevaba patines, e iba acorazado y equipado. Creo que el señor Dryden sacó la idea de una vieja película que había visto, indudablemente mientras estaba volando. El silbato los hizo moverse; a su orden, se dieron la vuelta y cargaron.
El director de marketing de SatCom fue puesto en su sitio el primero. Nuestro VP de publicidad demostró un aspecto del problema en revisión; el director cruzó rodando el suelo. Cuando cayó, una de nuestras ejecutivas anotó un punto con su machete y lo dejó fuera de servicio. El debate continuó. Una conferencia como ésta ponía la adrenalina a cien. El tiempo medio que cada equipo tardaba en ponerse de acuerdo era de cuatro minutos; entonces, si hacía falta, salían las proxies. Esta reunión era dura y habíamos puesto el tiempo en seis minutos.
-Oh, mierda -dijo Avalon, mirando hacia delante, separándose de mí-. Maldición.
La proxy de SatCom salió patinando.
-Sácame, rápido -dijo Avalon-. Matará a todo el mundo del edificio si no me muevo.
La nueva jugadora (con los patines) tenía más de metro noventa. Su armadura superior consistía en una cota de malla negra sobre una placa pectoral. Largas medias de cuero negro hasta arriba; en los codos y rodillas llevaba pinchos afilados. Entre los muslos y el ombligo iba desnuda. Llevaba una larga maza y un hacha de doble filo. Su casco era también negro, con grandes cuernos en lo alto, y una grotesca máscara con rendijas para los ojos.
-¿La conoces? -pregunté.
-Sí.
-¿Quién es?
-Crazy Lola. Crecimos en el mismo barrio. Es una jodida psico.
-¿Cómo sabes que es ella?
-Mírale el coño.
El vello púbico de Crazy Lola estaba teñido de rojo sangre y afeitado en forma de corazón.
-Cualquier cosa para llamar la atención.
Avalon cogió su bate y aflojó la cadena de su cintura para así poder removerla con más velocidad; yo le había enseñado ese truco.
-Me largo, Shamey.
-Rompe alguna pierna.
Crazy Lola no llevaba veinte segundos en el terreno y ya había acabado con nuestro director de ventas. Nuestro último jugador regular, el VP de demografía, despachó al último ejecutivo de SatCom con su palo kendo, sólo para cruzarse en el camino de Crazy Lola. Tras enfundar la maza y alzar el hacha, la dejó caer sobre el casco del hombre y le abrió la cabeza hasta el pecho.
Avalon salió entre grandes aplausos. Las mujeres circularon en órbitas opuestas, insultándose. Entonces Crazy Lola cargó, blandiendo su maza. Avalon giró a la derecha y golpeó con el bate a Crazy Lola en el visor. Lola cayó de espaldas, con el casco hundido; volvió a ponerse en pie en unos segundos. Avalon patinó tranquilamente hacia un lado y luego avanzó. Yo apenas podía mirar, pero lo hice; sabía que ganaría.
Crazy Lola soltó su maza y cargó de nuevo, agitando su hacha en un amplio círculo. Mientras Lola volaba hacia ella, Avalon se puso de rodillas y golpeó con el bate las piernas de su rival. El hacha escapó de las manos de Lola y partió volando hacia nuestras gradas. La mayoría de nosotros se agachó (yo el más rápido, estoy seguro), pero dos reps de Mitsubishi se quedaron quietos y sufrieron inesperados cortes de pelo. Lope se cubrió los ojos con las manos; el señor Dryden sonrió, pinchándole.
Perdido el equilibrio por el golpe de Avalon y por el peso de su propia armadura, Crazy Lola cayó hacia delante y se deslizó diez metros por el suelo. Avalon la siguió. Lola no tenía ninguna oportunidad. Avalon cogió el extremo de goma de su cadena, hizo un lazo en el cuello de Crazy Lola y tensó la cadena. Luego, enderezando a Lola de un tirón, sujetando aún la cadena, empezó a girar cada vez más rápido. Lola, desorientada, rodaba indefensa, sujeta a la cuerda de Avalon. Me recordó uno de los más memorables experimentos de ciencias del instituto. Cuando acumuló suficiente fuerza centrífuga, Avalon soltó la cadena. Crazy Lola balatravesó una ventana en medio de una lluvia de cristales.
-Reunión concluida -dijo el señor Dryden, golpeando una vez más con la maza.
Nuestro público, lleno de alegría (menos dos), dirigió una ovación a Avalon mientras ella se dirigía a nuestra barricada. Abrí su visor y le puse los dientes. Estaba temblando. Se echó a llorar; no recordaba haberla visto llorar antes, y sin pensar en las consecuencias la abracé. Me besó; su lengua se deslizó en mi boca como una ostra. Mivida, pensé. Micorazón. Los ambientes dicen de sus amantes que hasta el final del tiempo su sangre latirá para siempre con los latidos de su amado; igual latía el mío con el de Avalon. Ella devolvió mi abrazo, tensa; sentí en el pecho la punta de sus dagas.
-Ya estoy harta, Shameless -me susurró mientras la abrazaba-. No puedo más. No lo soporto.
-Ganaste.
-Él ganó -dijo-. Nosotros hemos perdido. Siempre perderemos. No quise admitirlo, porque no creía que fuera cierto.
-Lo sé.
-¿Puedes sacarnos de aquí? ¿De algún modo? Estoy dispuesta a dejarlo...
-Te masacrarían -dije-. Entonces no habría esperanza.
-Ni ahora -contestó, apretándome-. No importa. No importa nada. Ya estoy harta. Tú estás harto.
-Puede que consiga algo...
-¿Qué?
-Todavía no estoy seguro. Quiere hablar conmigo. Pasa algo. To­davía no sé qué.
-Lo que sea. Habla y dímelo. Pero ya estoy harta, hagas lo que hagas.
-Lo sé.
-Mejor que lo dejemos, Shameless. Podría vernos.
-Podría -dije, sin temor. Él visionaba en nuestra dirección, pero calculé que lo atribuiría al calor del momento.
-Ya estoy harta. Nunca más. Nunca.
Con poco tumulto y ningún grito, el presidente de SatCom salió a la pista, abriéndose paso sobre sus ex-empleados y los nuestros, casi resbalando en los charcos. El señor Dryden esperaba, meciéndose sobre sus talones, tan orgulloso que podría estallar. El tipo se presentó ante el señor Dryden del modo adecuado; los dos se saludaron. Entonces se arrodilló ante el señor Dryden, inclinándose hacia delante, y se apartó el pelo del cuello. El señor Dryden asintió. Jake, el supervisor principal, se acercó y desenvainó su larga espada de Kyoto. Jake, un auténtico maestro, se encargaba de los aspectos más delicados de la etiqueta corporativista; siempre llevaba un inmaculado traje blanco.
Salió con nosotros al vestíbulo; el señor Dryden y él charlaban sobre los últimos edictos del rey Dagoberto de Francia y cómo los reps de Dryco podrían tratar mejor con ellos, bien a las claras o encubiertos. Salimos a la plaza. El señor Dryden se despidió de Lope y le hizo un guiño. Lope parecía pálido, y más que receloso. Jake fue a colgar el nuevo trofeo de una de las picas, como si fuera un preciado adorno de Navidad. Algunos de los trofeos más antiguos no eran más que cráneos huesudos; serían reemplazados muy pronto y reciclados en cajitas de caramelos y joyeros y otros útiles objetos de arte.
Avalon subió al coche; el señor Dryden apoyó una mano en su hombro.
-Tú delante -dijo, y se volvió hacia mí-. OM. Detrás. Hablemos.
Mientras subía al coche y me sentaba junto al señor Dryden, la limo de Lope, en la Cincuenta, estalló. No pudimos hacer más que observar. El señor Dryden contempló la destrucción y se arrellanó en su asiento.
-No se puede ser demasiado cuidadoso -murmuró, sonriendo-. Centro, Jimmy. Banquéame.
Recorrimos la Quinta y pasamos junto a la librería. De las ruinas brotaban llamas como si fueran rosas.
3

-Chocheando. Fijo. Se pierde rápido -me decía el señor Dryden, intentando explicarse mientras cerraba el panel que dividía el compar­timento delantero del coche del trasero, abriendo el grifo del fregadero del bar para que el rumor del agua corriente apagara nuestra ilícita charla. A través del panel vi a Avalon quitarse su atuendo de conferen­cias. Se puso sólo otra peluca, mi favorita: la hermosa castaño claro con tonos rojizos. El pelo brillaba en rizos serpentinos más allá de su cintura; era como si lady Godiva viajara en la parte de delante, inhalando hierba de la pipa de Jimmy.
-Siempre ha sido excéntrico -dije.
-Excéntrico es una cosa y esto otra -dijo el señor Dryden, tragán­dose en seco cuatro píldoras-. Está perdido ya. -Me ofreció algunas tabletas; rehusé, feliz de evitar toda forma de polifarmacia.
-Tal vez sólo lo parece.
-Ha entrado en modo cerebral permanente. No, OM. Es hora de pasar a la acción.
Cuando hablaba conmigo a solas, el señor Dryden normalmente rebajaba el nivel de la negohabla que, a través de la práctica, fluía tan naturalmente a sus labios; no pretendía ofuscarme, como hacía con tantos otros.
-¿Acción grande o pequeña?
-La mayor -dijo, tosiendo. Una de las diminutas píldoras, medio disuelta, voló de su garganta en medio de uno de los espasmos y se pegó en el asiento delantero. Le di golpecitos en la espalda.
-¿AO? -pregunté; asintió. Nos dirigimos hacia el oeste, por la Cuarenta y siete abajo. Almacenes vacíos alineaban las calles de Midtown; vastas oficinas bloqueaban las avenidas. Con el tiempo, un éxodo de pequeños negocios de Midtown (sus propietarios esquilmados por el alquiler siempre aumentando, el comercio siempre menguando, y el miedo siempre presente) despejaron las calles de lo ajeno. Incluso en los edificios más poblados (también en el de Dryco), había plantas enteras vacías y sin muebles, con las ventanas selladas. Ahora había espacio de sobra, aunque tanto en Midtown como en Manhattan no habían construido oficinas nuevas desde hacía dos años. Al contrario: los que conservaban la posesión de los edificios más pequeños a menudo les pegaban fuego para que las ruinas cayeran sobre la propiedad de la ciudad.
-No le he visto mucho últimamente -dije-. No me ha parecido tan distinto.
-Muestra buena conducta en público -contestó el señor Dryden, tomando otro par de pastillas para contrarrestar los efectos de su ataque de tos. Esta vez tomó agua.
-Estoy seguro de que lo ha visto más que yo -dije.
Asintió. En la Sexta Avenida estaba ABC, otro holding de Dryco. Inmensas colografías de estrellas de la red de televisión colgaban de los lados de la torre. Algún chistoso se había encaramado para pintarles bigote a varias; esas colografías, y las de las estrellas canceladas recientemente, estaban siendo retiradas por un grupo de trabajadores y mantenedores.
-¿De qué tipo de chochera estamos hablando? -pregunté.
-Total. Ego vuelto loco. Paranoia. De todo. La razón ida.
-¿Aún está trabajando en esos planos del Bronx?
-Exclusivo. Exagera cuando dice que estoy destruyendo la compa­ñía.
Yo no dije nada, pues pensaba que eso era lo que pretendía.
-Cada día se reúne con gente del Ejército -continuo el señor Dryden, entornando los ojos-. Haciendo sus planes sobre el Bronx y dejando todo lo demás al lado.
Desde la muerte de Susie D, nadie veía mucho al Viejo, que a lo largo de los años se había acostumbrado a no aparecer en público. Una vez al mes findesemaneábamos en la mansión al norte de Westchester para así poder empapar nuestras almas en horas inocentes y atontar nuestros sentidos con aire campestre; durante esas visitas, el Viejo aparecía cuando aparecía la comida, y cuando decidía arrastrarnos a todos al servicio de la capilla. De lo contrario se desvanecía tan com­pletamente como lo había hecho el vicepresidente unos pocos años antes. Ciertamente, eran fines de semana piadosos; yo podía pasar más minutos con Avalon, sirviéndole como guardia cuando deseaba recorrer los verdes prados de la mansión, pues incluso allí se consideraba esencial la protección de uno-a-uno, por si acaso.
-Tal vez sólo esté aburrido y esto anime su mente -sugerí.
-¿Animarla? -dijo el señor Dryden-. La cuece al rojo.
La muerte de su esposa, me parecía, nunca causó en el Viejo el insoportable dolor que creo provocó en su hijo; tal vez ni siquiera causó un dolor soportable. El Viejo y Susie D estuvieron casados durante más de cuarenta años, pero nunca vi la suya como una unión forjada a través de la fuerza de la unión, sino que me parecía mas bien el lazo que puede existir entre dos gemelos siameses: innegable, inevitable, casual, man­tenido por la necesidad, terminado sólo con la muerte. Una comparación ambiente, quizá; estoy seguro.
-Nos tiene dineratados -dijo el señor Dryden-. Llenando los bolsi­llos del Bronx. En varias zonas, ahora mismo, tenemos que flotar rápido o nos veremos hundidos y dólarescortos. Está obstaculizando.
-¿Cómo es eso?
Susie D pasó al otro dominio de la Deidad durante uno de nuestros fines de semana allí, mientras dormíamos; nadie especificó nunca qué la mató, aunque los rumores flotaban como los remolcadores en el Hudson. Una enfermedad coronaria, nos informaron al principio; eso se convirtió en un infarto un día o dos después, tras la cremación. El dictamen del forense fue muerte por accidente; hoy día, eso se podía aplicar a cualquiera. Durante el largo año pasado, el señor Dryden nunca había hablado directamente con el viejo de la muerte de su madre. Las palabras del Viejo eran selectas: la curiosidad, decía, mató al gato.
-El aburrimiento no tiene nada que ver con este hobby -dijo el señor Dryden-. Ha enterrado millones cada cuatrimestre. Mis millones. Sus millones. Ése es el panorama.. Millones que serían mejor gastados de otras formas. En la costa. En África. En los mercados de Sydney. Para los casinos, inmediatamente; a menos que reinvirtamos, Mariel va a moverse. Lope vino a informarme de que se pasaba con ellos, ya que no podía contar con nuestra ayuda.
-Así, ayudó usted a Lope... Se encogió de hombros.
-Habíamos hablado. Las noticias vuelan. Ya tengo bastantes pro­blemas. Estas cosas pasan.
Me pregunté qué otras cosas podrían pasar; aunque lo mejor era cambiar de tema y evitar así una de las cuestiones sobre las que era aconsejable no preocuparse, no preguntarse.
-¿Cuántos millones hay envueltos? -pregunté.
-La mitad de nuestra cadena de trabajo será bronxeada. Compra de tierras detenida mes pasado. El último cuatrimestre nuestros beneficios bajaron al setenta y cinco por ciento del año pasado. Locura. Su locura. El Ejército se prepara para aprovecharse. Salta cuando su dedo señala. Pueden potenciar esto cuarenta años. Construcción para empezar, fin de la temporada. Fin de la construcción, cuando se acabe el dinero. Antes de que yo lo haga, a este paso.
Recorrimos la Séptima Avenida y llegamos al cruce de la Zona Libre de Times Square con la Cuarenta y tres. Mientras pasábamos, despejan­do nuestro carril, vi a los chicos del Ejército congelando la pared con helados capullos de alambre de espino. Sobre la entrada estaba escrito el mensaje: Los culpables serán castigados. Times Square era la única zona libre de Manhattan; no era grande. A sugerencia de Dryco, el Ejército había dejado aparte la zona, aunque la policía de la ciudad la patrullaba regularmente, en grupos de a seis. Aquí, los no implicados podían desarrollar sus pasiones con excitaciones inofensivas, liberando emociones que de otro modo quedarían embotelladas antes de que aquellos que estaban en acción contra los intereses del estado (ansiosos de emplear tanta energía en sus propios medios) aplicaran métodos más resplandecientes de descorche. Cada día, cada noche, el Ejército admitía a miles en rotación, en turnos de dos horas para que todos pudieran deambular tranquilos, matando el tiempo, jugando bajo el brillo de los anuncios, visionando los enormes vidmonitores que colgaban de las fachadas de los edificios. Las calles de la zona estaban perpetuamente mojadas; la única forma de despejarla para los siguientes turnos era enviar vehículos equipados con cañones de agua.
Bajo pena de muerte, los coches 1A que atravesaban la Zona Libre no eran molestados; los chicos del Ejército, con los brazos enlazados, protegían nuestro terreno para certificarlo.
-Pero el capital no ha sido tocado -dije yo.
-Todavía no.
-Y nuestras reinversiones...
-Sus rumores cogen alas y vuelan. La evidencia crece. Lo sospeché y, como siempre, tuve razón. El valor del terreno en Manhattan está cayendo. En Miami y Atlantic City. Nueva Orleáns y Sydney y Leningrado. En cada costa, gracias a su rumor. El Ejército quiere redesviar de Manhattan a la costa, la mitad al Bronx y el resto a ultramar. Dice que no tiene sentido proteger lo que no durará. Inversiones arruinadas y muertas. Mis inversiones.
Al pasar la Zona Secundaria de Herald Square rozamos a la multitud que esperaba ser admitida en Times Square. Pasamos junto a los autobuses que avanzaban torpemente, con los pasajeros pegados como moscas a sus carcasas graffitiadas. Dos se cayeron mientras pasábamos; un taxi dio un volantazo para atropellarlos. En la Treinta y ocho, tres taxis y una furgoneta de reparto habían sido quemados por los impa­cientes; los culpables (supuse que eran ellos) yacían cubiertos en la calle como para protegerlos del sol, rodeados por chicos del Ejército. Otra limo, una vieja Lenin, pasó, apartando a los donnadies en la esquina de la Treinta y seis; giraron y aletearon como hojas al caer. Deseosos de evitar la manía de la calle Treinta y cuatro, giramos al oeste en la Treinta y cinco, acompañados por el ba-ba-da-da de «Teddy Bear».
-Podemos relocalizar...
-Es el ínterin lo que nos acabará -dijo el señor Dryden-. Su idea de reinvertir cubre sólo al Bronx. Quiere cerrar los mercados extranjeros para conseguir dinero fresco. Someterlos a todos bajo su miedo.
-¿Se refiere al Green? Ni siquiera está demostrado...
-En su mente lo está. No puede decir por qué cae la lluvia, pero descifra el futuro del clima. Una pesadilla hecha carne. Seremos exxa-dos.
-¿Piensa que lo cree realmente?
-Lo pensaba -dijo el señor Dryden, bajando la voz-. Pero ahora tengo una nueva idea.
Giramos al sur hacia la autopista de West Street, pasando el Javits Center. Por todo el Hudson, desde el centro de Midwtown, había gabarras en los atracaderos reconstruidos (algunas, a petición de Dryco, construidos tan por encima del agua que eran necesarios ascensores para trasladar la carga), que traían gran parte de las importaciones de la ciudad: tejidos para ser convertidos en ropa en las tiendas, latas dispues­tas a ser revendidas en los grandes almacenes, equipos de servicio de todo tipo. La comida se distribuía a través del Javits Center. En barcaza por el río, en tren desde el campo, en largos camiones dos veces al día a través del túnel, el producto pedido por la muchedumbre de Manhattan llegaba y era manejado por los chicos del Ejército. De las diez docenas de puertas del edificio fluían hileras de camiones, furgonetas, coches, carros, vagones llenos. Cerca de la parte más nueva, los camiones del Ejército eran aparcados convenientemente para que los productos más preciados (carne, leche de verdad, fruta fresca) pudieran ser cargados después de ser confiscados para los mandos de zona. El público recibía lo que se le daba... no había nada raro en eso.
-¿Qué podría ser? -pregunté, mirándole a los ojos para ver qué habría en ellos; sólo vi los ojos de alguien que había escapado de alguien... a menudo.
-Su plan podría ser sutil. Con el Green y con el Bronx sólo intenta destruir. Matar lo que construimos. Lo que mamá construyó.
-¿Deliberadamente? -pregunté, sorprendido al oírle hablar así.
-¿Qué otra cosa? Lo ha hecho peor. Créeme.
Mientras nuestra conversación proseguía, me volví para vis el río, pues no encontré nada bajo el brillo que cubría sus ojos, pero en su cara (bajo el sudor y los temblores y la palidez) noté signos de algo que le preocupaba tan profundamente que empecé a sentir que yo también debería comenzar a preocuparme. El señor Dryden estaba al borde de la histeria; caricibailando con el caos a horcajadas del abismo, diría Enid.
-¿Por qué querría hacer eso? -pregunté, en voz baja para no alar­marle más.
-La paranoia golpea hondo, dice. La suya veinte veces más que la mía. Quiere impedirme que lo consiga, OM. No puedo decir por qué. Lo condenará todo.
-¿Ha hablado sobre esto...?
-La hora de hablar se ha acabado. Está preparado para tomar acción contra mí ahora. Cualquier día.
-Tal vez no.
-Lo está -repitió el señor Dryden, sacudiéndose más violentamente; me preocupó por un instante que hubiera mezclado sin cuidado sus riesguis, pero entonces se calmó-. Quiere echarme.
-¿Pero por qué?
-Está chocheando. Como decía. Funciona a impulsos. -El labio del señor Dryden estaba ensangrentado por habérselo mordido mientras hablaba-. Estoy seguro de que piensa que aún trabaja con razón.
-¿Lo hace?
-Como decía. La hora de hablar se acabó. Se prepara gran acción.
-¿Qué planes de acción? -pregunté.
-Sospecho que piensa que voy a hacerle algo.
-¿Qué?
-Lo que planeo hacerle. Necesitaré ayuda. Ayuda silenciosa. La astucia llama.
El tráfico se hizo más lento a medida que nos acercábamos a la Zona de Control del centro, incluso en el carril 1A. Dentro, justo ante la barricada, vi el tráfico detenido en Canal Street, todos esperando pasar el Holland Tunnel, el único cruce del Hudson abierto al uso público. Esta­ban instalando nuevos servicios anti-inundaciones, y estaba abierto sólo unas pocas al día. El Lincoln Tunnel (el más cercano a Midtown y al Javits Center) y el puente de George Washington, muy por encima del agua y bien firmes, estaban reservados para uso exclusivo del Ejército. Cuando miré vi que había aceite en el río, en combustión, destellando con fuego amarillo por su superficie; cajas viejas, neumáticos, papeles y madera a la deriva. La luz del sol, filtrándose a través de las nubes, brillaba sobre las torres de Jersey City y encendía las ondas del agua. Cuando cayera la noche, luces azules se alzarían de los silenciosos pasajeros del Hudson y flotarían como globos por la superficie. Nadie pescaba ya los cadáveres; todos tenían sus motivos para estar allí.
-¿Mi ayuda?
-Serás recompensado.
-¿Para qué?
-No pediré -dijo él-. Pero detallaré.
-Bien.
-Necesitarás ayuda, después. Pero en un mo. Mañana findesemaneamos, mansión. El cumpleaños, ¿AO? -El hijo del señor Dryden cumplía diez años al día siguiente; su hijo y su esposa vivían en la mansión, por cuestiones de seguridad-. Todo tal como está hasta la noche. Accédote a su estudio. Domingo él entra al programa. Prepara explosión. Parezca terrochic. Cualquier grupo vale, aunque Maroon podría mejorarlo. Él entra. Sube. Mientrastan, tú asalvoseguro.
No respondí de inmediato..., el hecho de que usara negohabla para esbozar su programa, como temiendo ser oído, incluso por encima del murmullo del agua, incluso en su propio coche, sugería que había más de lo que parecía evidente.
-AO -asentí.
-Podrías metodarlo -dijo-. Camina el camino. Habla el habla.
-AO -repetí. Con plasticina y pólvora y un reloj de cuarzo sería fácil preparar una explosión.
-¿Reacción? -preguntó.
-¿Está seguro de que es necesario? ¿No hay otra opción?
-Nada -suspiró-. Su miedo crece y es un peligro para todos, OM. Si sigue hirviendo como ahora, nosotros seremos la carne del guiso. Si golpea, no seré yo solo. Se llevará a mi hijo. A Avalon, prob­ablemente. A ti, seguro. Si lo dejamos suelto, con lo que sabe, podría perderlo todo dos veces. No le falta mucho. Si alguna vez elige hacer lo que podría, todos lo perderíamos todo. Sin ser acabado, aún podría hacerlo.
-¿Hacer qué? -pregunté, advirtiendo a qué tema se acercaba.
-No te preocupes, no te preguntes...
-AO -interrumpí, viendo que no me acercaría más hoy, viendo que pronto podría-, ¿Mencionó recompensa?
-Cierto -dijo, y el atisbo de una sonrisa tino sus labios. «Loving You» sonaba en el aparato-. Primero, se ordenaría un movimiento. Luego, un reajuste de rango. Si el hijo sucede al padre, ¿quién me sucede a mí?
-¿Yo?
Asintió.
-Te has valuado, OM. Es hora de dejar de ser guardia y ponerte en tu sitio. Como mi mano derecha, sabes tanto como yo. Te convertirías en CEP.
-¿Qué hay de Jake? -pregunté, pensando en aquella espada de Kyoto.
-Su talento está donde lo deja. El tuyo necesita el contacto de aire fresco.
-¿Cuánto tiempo lleva pensando esto? -pregunté, todavía dudoso.
-Mucho -dijo-. Pero en la cima sólo caben pocos. Hay que despejar primero la habitación. Tú lo harás. Luego ascenderás.
-AO -dije.
-Segundo, recompensa ya efectuada. Un reajuste diferente. -Extrajo un sobre azul del bolsillo de su chaqueta y me lo tendió.
-¿Qué es esto? -pregunté, rompiendo la solapa.
-Mi testamento -dijo-. Revisado la semana pasada. Lo era; reconocí la firma de sus abogados, y su sello holográfico fijado al pie de cada página.
-Cláusula 16A -dijo; la encontré y la leí. Volví a leerla otras dos veces más.
-¿En serio? -pregunté.
-Incluso ahora, es firme. Aunque decidas hacer lo contrario en mi petición de ayuda, te quedarás el 25 por ciento de mis posesiones y futuras herencias. Me sirves bien, OM. La Deidad acude a los que esperan.
-¿Aunque decida hacer otra cosa, esto es firme? Asintió.
-Aunque si lo haces y se me llevan por delante primero -dijo, con aquel atisbo de sonrisa desaparecido hacía tiempo-, puede que no lo disfrutes mucho. Sus manos podrían cortar nuestras cuerdas y dejarnos caer en mitad del baile. Considera.
Nos acercábamos a nuestro destino, las torres Trade. Aún salía humo de la base de la torre sur, donde había sido la última explosión. Nuestras operaciones estaban localizadas en la zona norte, igual que el apartamento del señor Dryden. A la derecha de las torres, cerca de la margen del río, se alzaba el comienzo del muro de contención. Cuando la posibilidad del Green se mostró por primera vez, hacía años, la ciudad pidió fondos al Viejo para la construcción de un muro de quince metros que rodeara Manhattan. Los fondos fueron no menos líquidos de combatir que las aguas, y en su mayoría fueron desviados a otras campañas. El muro de contención sólo se extendía desde las torres hasta el Battery, en el sur. En su construcción se empleó la mano de obra tradicional americana, y por eso la mayor parte se había desplomado.
-No sé -dije, después de algunos minutos.
-¿No quieres mejorar?
-Claro.
-Tendrás un lugar mejor para vivir. Puedes abandonar ese circo de rarezas donde vives.
-Me gusta donde vivo -dije; aquello no era estrictamente cierto, ya no. Me gustaba vivir con Enid, a quien le gustaba donde vivíamos.
-No soporto pensar siquiera en esos ambientes -dijo, temblando otra vez-. A los de verdad, me refiero.
El señor Dryden sabía que mi hermana era una ambiente, una voluntaria; se lo habían informado muchas veces tipos anónimos deseo­sos de mejorar.
-Estoy bastante acostumbrado a ellos -dije.
-OM. No sabes a cuántos ayudarás si haces esto.
-Supongamos que lo hago. Alguien tiene que correr el riesgo. Incluso si me disfrazo, se sospechará de nosotros...
-No pueden tocarme.
-A mí si -dije. Lo que nos preocupaba no era la policía, ni el Ejército, sino los guardias y seguidores del Viejo, que tenían sus propios intereses que considerar, y algunos de ellos eran aún más cumplidos que Jake en lo referente a disciplina.
-Después desaparecerás, a petición mía -dijo-. Fuera del país. Durante un par de meses, hasta que podamos reorganizarnos. Despedi­remos a unos pocos, aquí y allá.
-Con todo...
-Oye mi última propuesta y decide. Necesitarás ayuda en esto, seguro. Descuéntame por obvio. No confíes en nadie en la mansión.
-¿Jimmy? -pregunté
-Más en su bolsillo que en el mío. Necesitarás a alguien rápido. Sagaz. Confiable. Dispuesto a viajar. Con quien trabajes bien. Con menos luces que tú tal vez, para que no destaque.
-¿Quién?
Se acercó al asiento delantero y miró a través del panel transparente. El asiento era amplio y el coche ancho; Avalon estaba tendida allí, apoyada en las rodillas y en los codos, encogida, dormida, de cara a Jimmy. Su culo estaba alzado como para un anuncio de ordenadores. Una brusca descarga eléctrica enrojeció mi piel. Jimmy metió el coche en la rampa que conducía al aparcamiento subterráneo, y su forma se perdió en las sombras.
-¿Avalon?
-Según descrito -dijo, sin ningún rastro de emoción discernible en su voz. Esto se parecía demasiado a uno de mis sueños; sentí que mis objeciones se desvanecían.
-Pero...
-OM -dijo-. Es hora de hacer muchos cambios. Su atención ya no me alimenta. Veo cómo la ves. Veo cómo ella te ve. Es sólo la naturaleza en op. Esta mañana vi cómo os abrazabais, postconferencia. Incluso cuando cierrojos, veo.
-Pensaba que no se sentiría muy feliz al respecto...
-No lo estoy, a nivel uno. A nivel dos, como dije, es tiempo de cambios. No tiene sentido conservar lo que no tienes.
Una zona de aparcamiento estrechamente vigilada había sido cons­truida bajo la torre norte; fuimos admitidos a ella. Jimmy metió el coche en el ascensor. A su señal, el ascensor empezó a subir; flotamos hacia arriba, seguros dentro de nuestra cámara.
-Así que...
-Ella ayudará, después -dijo él.
-¿De qué modo?
-Dirá, el sábado, que quiere comprear. Tú protegerás. Un guardia de la casa os llevará al centro. En ruta, la trampa actúa. Una vez enciudad, contactarás el nombre que daré. Os sacarán. Donde quieras vacacionar, puedes. Londres. Leningrado. Zeiching. Nombra.
-¿Y cuándo regresamos?
-Si ella quiere quedarse, puede.
-¿Conmigo?
-Contigo.
Algo se agitó en mi estómago mientras descartaba todas las pegas finales; por un momento sentí que algo me devoraba desde dentro. Volví a mirar a Avalon, y me imaginé con ella, recorriendo las carreteras. Tanto deseaba estar con ella que decidí mi mente y enterré mi alma. Sólo puedo decir que fue una decisión para hacer lo que uno piensa que nunca va a hacer, no importa cuántos otros lo esperen de ti..., como enrolarse en el Ejército por capricho, o lanzarte ante un coche en marcha, o volar en pedazos el mundo.
-Iré -dije. El señor Dryden sonrió. El ascensor se detuvo.
-En la oficina pasaré info de contacto. Habla con Avalon. Ve si va.
-¿Cree que no lo hará?
-Ve -dijo él-. Podrías hacerlo solo si necesario, ¿AO? Asentí.
-Pero entonces tal vez no lo harías...
Ninguno dijo nada durante varios largos segundos.
-Ve. En secreto. Todo esto es en secreto.
-AO -dije. Cuando salíamos del coche, uno de los teléfonos del señor Dryden zumbó. Lo cogí y se lo tendí.
-Habla Dryden -dijo-. AO. ¿Imagearon, entonces? ¿Hiciste? ¡Prokashnik! Localízalos dos veces. Mi cuenta. AO. Colgó. Alcé las cejas, curioso.
-Dos casinos parecen a salvo -dijo-. Mariel escucha bien algunos días. Especialmente con inspiración efectuada. Jake lo efectuó. Sin aviso, su cara se ensombreció.
-¿Qué pasa? -pregunté.
-Tendremos que elevar la acera -dijo-. Inundaciones con marea alta. Ese maldito Oreen.


El Green era tan antiguo que incluso los habitantes de nuestra ciudad estaban aturdidos por las posibilidades. El tema nunca salía en la conversación; como la existencia de los superfluos, como los ambientes, el Green sólo aparecía en las discusiones de los problemas para los que los siempre inventivos jóvenes encontrarían probablemente una solu­ción duradera. El debate estaba atascado ya que nadie estaba de acuerdo en lo que implicaría el Green.
El clima había sido peculiar desde que yo era niño. La temperatura en Nueva York, últimamente, apenas bajaba de cinco (aunque el junio anterior había habido una tormenta de un día entero), y aunque la media era de quince a veinte al año, en ocasiones había subido hasta cuarenta y cinco. Los desiertos se expandían por todas partes; en el oeste americano, el Dust Bowl rozaba el perímetro de Dallas y Chicago. Recuerdo que una vez, durante un viaje a esa ciudad, estaba con el señor Dryden en el piso noventa de uno de nuestros edificios, contemplando a través de la ventana una ancha banda marrón extendiéndose por la línea del horizonte; el estado de Nebraska, enrollado como una alfom­bra.
Mientras la tierra de cultivo americana desaparecía, crecía la de Canadá y Rusia, y así recibíamos trigo de esos países. Últimamente, en Siberia, la estación de la cosecha duraba ocho meses al año; durante ocho meses al año, también, nevaba en Sydney y en toda la costa sur de Australia. En la costa del Pacífico llovía diez meses al año y había una niebla perpetua y fría. La última vez que el señor Dryden y yo estuvimos en LA, la estación de las lluvias se había acabado; se había producido una inversión térmica. El aire era tan denso que casi se podía coger con la mano y hacer bolitas con él.
Y todo el mundo admitía, y así lo creía el Viejo, que el mar se elevaría cuarenta y cinco metros en cien años. Ningún científico quería explicar, o no podía, qué sucedía exactamente; en el fondo, creo que todos sospechábamos que alguien, en alguna parte, por alguna razón, lo hacía deliberadamente.
Según los expertos del Viejo, no todo Nueva York acabaría sumer; el Bronx y parte del Manhattan superior se alzarían eternamente sobre las olas. El Viejo planeaba la construcción de su nueva ciudad, fresca y resplandeciente, sobre las colinas dorado-verdosas del Bronx..., donde poseía en ese momento el cien por cien del terreno.
A veces acuden visiones a mis ojos soñolientos; una vez contemplé una de la ciudad de la Vieja Nueva York dentro de cien años, o tal vez quinientos, una Venecia sobre zancos: embarcaderos de piedra exten­diéndose del décimo piso de los más atractivos rascacielos; góndolas surcando las corrientes grises, bajando los bulevares anegados, en medio de la niebla de la mañana..., las torres aún habitables, muy por encima, y los viejos horrores muy por debajo del océano. El señor Dryden, incluso entonces, no había tenido ninguna fe en mi visión, y se rió cuando se la conté. Dijo que yo era un romántico incurable. Tal vez. Algunos sueños se difuminan como tintes baratos, brillantes la primera vez y luego amarillentos; al contrario que su soñador, mis sueños nunca se gastan.


Durante el resto de la tarde acompañé al señor Dryden mientras él comprobaba lo que pensaba que necesitaba ser comprobado. A través del banco Dryco (el Chase, obtenido como tantas otras cosas durante la Eb), el señor Dryden, y Dryco, y el gobierno, podían sopesar el valor diario de la mayoría de las naciones del mundo. Desde los días posteriores a la Eb, cuando los bancos de todos los países empezaron a trabajar con intercambios en vez de con papel moneda (de otra manera las deudas nunca habrían sido pagadas), Dryco mantenía una férrea presa sobre todos y cada uno de ellos, por la simple razón de que poseía tantísimo de cada cosa, en todas partes. El Viejo diseñó este sistema de intercambio, o eso decía. Lo más probable es que hubiera sido el juguete de Susie D; siempre fue más apta en esos terrenos. El señor Dryden efectuaba y programaba los detalles del fin de semana: diamantes de Mándela para Amsterdam a cambio de chips para Frankfurt; madera malaya para Tokio a cambio de tela para Quito; de las minas de Canadá la bauxita iría a Zeiching y Shangai junto con la Pepsi-Cola de América, todo a cambio de TVCs vietnamitas que después irían a Francia, a cambio de champagne que pronto sería engullido en la mesa del señor Dryden en Westchester. Como estábamos en guerra con Rusia y sus aliados, todo comercio con ellos era llevado a cabo sólo durante la primera mitad de la semana, a través de un intercambio diferente.
Comprobé algunas de nuestras posesiones en el Mercado. Hubo cierto retraso en mi obtención de info. Dos horas antes, con la conclusión de la conferencia, SatCom había desaparecido de la gran junta, y todo el accionariado que tenían las otras compañías y los esforzados media­nos se convirtió de pronto en propiedad Dryco..., pues Dryco no era miembro de la gran junta, o de la bolsa; el Viejo nunca se fió del Mercado. Cuando los últimos suicidas fueron retirados, mi info se despejó rápidamente y encontré lo que necesitaba.
A eso de las cuatro me acerqué a Avalon, deseoso de hablar.
-¿Aquí? -preguntó ella.
-Demasiados oídos -dije, mirando en dirección al señor Dryden-. Bajemos.
Nos dirigimos a un piso inferior, al Departamento Central de Pro­ceso de Datos de la planta cincuenta. Cuando salimos del ascensor nos agarramos el uno al otro para mantener nuestro calor, pues el AAC funcionaba a tope en ese nivel. Al entrar en la oficina principal, nuestro aliento escapaba en nubecitas de nuestras bocas.
La oficina estaba llena. Los medianos procesadores (mujeres, prin­cipalmente) trabajan antes en casa, haciendo trabajos con pequeños terminales. Después de mucho robo de tiempo y material, se requirió que todos los ops de ordenadores de Dryco trabajaran en la oficina. El personal trabajaba en turnos de treinta y dos horas; por media, recibían cuarenta centavos por hora descontados impuestos como paga extra.
-¿Dónde quieres hablar? -me preguntó Avalon; había cogido pres­tada la chaqueta de Jimmy y se la abrochó. Le llegaba hasta el suelo.
-Al fondo. Lejos de ellos...
-No pueden oír. No prestan atención, de todas formas.
Me froté las manos para calentarlas, deseando poder frotarlas contra Avalon. Cada procesador estaba sentado en un pequeño cubículo, con los ojos enfocados en los TRC que colgaban de las paredes ante ellos; llevaban auriculares como para oír a sus terminales (números ocho) mientras tecleaban. Una luz roja destellaba sobre uno de los cubículos. Uno de los oficiales de mantenimiento se acercó y abrió los grilletes que sujetaban los pies de la mujer. La guió por la habitación, hacia el lav; el bastón blanco la ayudó a palpar el camino. El sistema tenía defectos; algunos empleados se volvían locos (eran despedidos), y otros se quedaban ciegos. A éstos se les daban teclados en Braylle, a su cargo.
-¿Cuál es el trato, entonces? -preguntó Avalon después de que llegáramos al otro extremo de la habitación. Le conté lo que el señor Dryden me había dicho.
-¿Qué te parece? -pregunté finalmente.
-Me parece magnífico -dijo ella, sin sonreír.
-Sí...
-Parece humo y palabras -susurró-. Y todo un montón de mierda debajo.
-No lo creo.
-No me fío de él.
-Yo sí.
-¿Sí? -preguntó-. ¿Por qué?
-Le conozco desde hace más tiempo. Hoy me habló como solía hacerlo antes.
-¿Tenía más sentido que últimamente?
-En ciertos aspectos.
-Aspectos que te ayudan -dijo.
-Que nos ayudan.
-Eso parece, ¿verdad? ¿Y si no es más que una trampa que nos tiende por algo?
-¿Por qué haría eso?
-¿Por qué hace el Viejo las cosas que hace? ¿Por qué hacen los dos las cosas que hacen? Los dos están locos de remate. Yo aún odiaba admitirlo, no sé por qué razón.
-Lo conozco -dije.
-¿Y crees que está menos loco que su padre?
-Escucha. ¿No me dijiste hace tan sólo unas horas que si yo no intentaba hacer algo lo harías tú?
-Sí.
-¿Qué? -pregunté-. ¿Qué harás?
Ella se apoyó contra la pared y se cruzó de brazos.
-Si va a eliminarnos -continué-, lo hará, de un modo u otro. Pero estaremos juntos. ¿De acuerdo?
Sus ojos brillaron; decidí ser más lanzado..., el momento parecía adecuado.
-Te quiero -dije. Nunca se lo había dicho a nadie aparte de Enid; había amado a Avalon desde el momento en que la visioné por primera vez-. Si es un truco, entonces lo haremos AO durante un tiempo. Aunque no sea nada más. Los dos.
Ella asintió y dejó caer las manos a los costados.
-Pase lo que pase, estaremos juntos. ¿Lo quieres así? Si no...
De pronto me abrazó con fuerza. Sentí chasquear los huesos de mi espalda mientras me apretaba. Extendí las dos manos hacia su cara y la acaricié.
-No me fío de él -dijo-. Mejor que nos preparemos para huir.
-Huiremos juntos.
-Dispuestos a matar, Shameless -dijo ella-. Dispuestos a morir.
-Juntos. ¿Irás?
-Detállalo -dijo. Regresamos al ascensor, aparentando. Le susurré sus claves al oído. En el fondo de la sala se apagaron varias luces rojas, y los de mantenimiento corrieron hacia allí. El sábado, pensé. Tras las largas horas de mañana, nunca nos separaríamos.
4

Antes de marcharme me cambié de ropa y me puse mis botas negras de asalto, pantalones oscuros, una camiseta y encima mi chaqueta de Krylar. Tras firmar mi salida a las ocho (el señor Dryden y Avalon se quedaron en sus apartamentos del centro, en el piso cien, y así mi sombra pudo deambular a salvo), recogí mi cheque y salí. Había un extra esta semana; no tanto como habría deseado, nunca lo era. Yo ganaba 4.000 al año trabajando para el señor Dryden. Enid y yo, dueños de un pequeño edificio, pagábamos por ley el mayor porcentaje de impuestos de la propiedad. Se consideraba un gran incentivo que cuantos más edificios poseyeras, menos impuestos pagases. El año pasado pagamos 1.800 de impuestos, sin contar las facturas de electricidad, cable, teléfono, comida...
Como protegido de un propietario, mis impuestos personales eran nada; los bocis aportaban los fondos que mantenían las ruedas en marcha.
Había un Chase en Chambers, cerca de Centre; entré, introduje mi tarjeta en la máquina y esperé la respuesta.
-Buenas noches, señor O'Malley -dijo la voz; las voces de banco (números siete) eran agudos sopranos de castrati-. ¿Puedo ayudarle?
-Depósito.
-Código primero.
Tecleé mi código con cuidado. Si te equivocabas al hacerlo, la máquina te electrocutaba. Chase sostenía que, para el público, el printocódigo estaba aún en desarrollo.
-Buenas noches.
-Adiós -dije, y me marché. Cerca de los tribunales de guardia, ante Foley Square, había un Dogs R'US que cerraba tarde para que los abogados y jueces pudieran respostar. Yo rapidocomía allí el día de paga; al menos mi Drydencard me libraba del 30 por ciento del IVA añadido a todos los productos. Dogs R' US, seguro para todos, sólo usaba aditivos orgánicos en su mercancía; podías estar seguro de lo que servían aunque no pudieras escoger el menú. Yo normalmente me ceñía a una dieta poco excitante: frutas y veges, tolerablemente seguros si se los mantenía en remojo durante varias horas; pan comprado en panaderías kosher y por tanto libres de carcinógenos innaturales. En ocasiones, la ostentación es un must. Comí cinco wienies. Tres chicos de once años servían; la chica llevaba ropas de encargada. Su foto de bodas colgaba sobre el mostrador; la pareja, vestida de gala, estaba junto a la barra, al lado de la figurita de plástico del Perro Feliz.
Me dirigí a Centre Street, satisfecho. Una manzana más arriba estaban las Tumbas, repletas de disparos: Dred, Mariels, Marroons, problemáticos, extranjeros y toda la pesca. En el corazón de los edificios estaba el País de las Maravillas, donde, me habían dicho, se encargaban de los casos más problemáticos. Entonces sabía poco más.
El smog era casi transparente. Atravesé el puesto de control en Canal Street. Un camión de saneamiento rugió tras de mí, apresurándose hacia Canal. Se detuvo en Bowery; el conductor alzó la cabina del camión y lanzó su carga a la calle. Cientos de bolsas estallaron al golpear el suelo. El conductor regresó a su zona. La basura recogida en la Zona de Control del Centro y en las zonas Secundarias se reciclaba al otro lado de la pared, en la Zona Crepuscular Loisaida, el barrio de noch, mi barrio. Era fácil entrar en una Zona Crepuscular. El nombre oficial para un área así era Zona de Empresa, pero nadie que viviera en ellas las llamaba otra cosa que no fuera Zona Crepuscular.
Me abrí paso a través de basuras previamente recicladas mientras recorría Canal, con la basura esparcida aún más por los robos de las tapas de los contenedores, con la esperanza de conseguir un centavo por diez. En Mulberry me dirigí al norte, abriéndome paso entre la gente, evitando a los capullos que atestaban las calles; cuando se conseguía una casa móvil, una familia podía recorrer indefinidamente una Zona Crepuscular, turnándose al volante, deteniéndose sólo para repostar y dar la vuelta. Yo me conocía las calles de memoria; ninguna tenía ningún letrero. Un forastero podría perderse durante días, aunque los locales seguro que le habrían localizado antes.
Tronaban merengues de una docena de boxes. Los drooxies (los druzhinas, unidades locales de vigilantes que, en las zonas, mantenían el orden como creían adecuado) habían desnudado a una muchacha joven, le habían rapado la cabeza y, tras embadurnarla con brea, la zurraban con largos palos. Consorteando con chicos del Ejército, o eso se sospechaba; aquél era el tratamiento habitual para esos coque­teos. Más adelante había habido una explosión; el humo teñía el aire de azul amarronado. La gente registraba los cadáveres de la calle, quedándose con lo que luego pudiera ser usable. Alguien tiró desde lo alto un trozo de hormigón; rebotó en el casco que yo llevaba. Con las rodillas temblando, seguí avanzando, sin considerar que fuera animosidad personal. Allá delante, unos jóvenes saltaban ágilmente a través de la ventana de un restaurante, seguidos por más jóvenes que blandían bates, tuberías y viejos parquímetros. Acabaron asaltando los coches y atracando a los conductores. Sus colores los anunciaban como miembros de los Largos Brazos de la Ley. Un viejo Pontiac pasó chirriando por la calle, arrastrando productos de Javits Center. El coche carecía de neumáticos; la mujer que conducía lo tenía duro. Cerca, dos tipos habían metido a un chico en una rendija entre dos edificios y jugaban con él por turno al Johnny-monta-al-pony. En la esquina de Grand había una mujer a horcajadas sobre un tipo tendido en la acera, y le acariciaba repetidamente con un martillo; lo suyo parecía resuelto. Me detuve para escuchar a dos acordeonistas que tocaban el Rito de Primavera de Stravinsky, y les di un níquel a cada uno. Uno metió el cambio en una cápsula de plástico y se la tragó, para así poderla recuperar sin problemas cuando llegara a casa. Yo siempre atravesaba Chinatown al salir de las Tumbas; cuando acababa la hora de la caza, era la ruta más segura.
Un camión del Ejército atravesó la multitud, con las luces conecta­das y las sirenas rugiendo. Los chicos del Ejército Interno nunca patrullaban las Zonas Crepusculares en modo estándar; preferían irse pronto a Long Island. Periódicamente venían unidades antiterror, por diversión, y por eso del contacto con la multitud. El camión se detuvo y los soldados se quedaron de pie en la parte trasera.
-¡Bailé!-gritaron, y empezaron a disparar a la gente.
Me zambullí en un portal cercano, calculando que no me darían. Los soldados aullaban como fantasmas mientras recargaban. Asomé la cabeza por la esquina de la puerta y miré. La camisa de rejilla metálica de debajo del camión se había soltado en un lado; alguien tan observador como yo le lanzó una molli. Segundos más tarde, el camión saltó por los aires y chocó, envuelto en llamas, con un grupo de gente en la esquina de Kenmare. Los soldados que sobrevivieron fueron extraídos del jaleo por los samaritanos, que los despedazaron y desmenuzaron.
Corrí por Delancey abajo, una ancha calle alineada con las carcasas secas de los edificios. El cielo de Brooklyn era rojo profundo; las torres del viejo puente de Williamsburg brillaban ensangrentadas a la luz reflejada. Oí gritos; el camión voló.
Me detuve en Eldridge Street. Aquí ya no vivía nadie, ni siquiera los squatters. Colgando de los lados de los edificios había restos ensan­grentados o en los huesos, dejados como advertencia. Los moonboys, un contingente desnutrido, controlaban esta zona; pero me conocían y, mientras me acercaba, debieron suponer que no merecía la pena que me saludaran. Barricadas de bloques de cemento, tablas y barriles aún llenaban los cruces, emplazadas por ciudadanos desaparecidos hacía tiempo. Yo caminaba por el centro de la calle, silbando «Big Noise in Winnetka», evitando los agujeros abiertos y las zanjas. No había farolas en nuestra zona (produjeron buen dinero como chatarra), y era una noche nublada, pero saqué mi linterna y no tuve problemas. Pasé junto a la carcasa de una sinagoga que tenía un siglo de antigüedad; estaba graffitiada hasta el último milímetro. Tenía las pintadas habituales, obscenidades y mensajes políticos: U S fuera de norteamérica, ningún
FUTURO, MIS DERECHOS O MUERDO.
En medio de la calle había un cartel mejor escrito, emplazado por el Ejército años antes: No toque nada, decía. Podría matarle. Huellas de manos pringosas casi cubrían la advertencia.
Donde los edificios se habían derrumbado, tenía que pasar sobre montones de escombros. Cerca de uno de los montículos había un esqueleto, tendido lánguidamente en el pavimento, como esperando el curso siguiente. Recordando los días de fútbol en el instituto, le di una patada al cráneo y lo hice rebotar calle abajo; corrí y volví a chutar. Rebotó en la portería, una boca de riego vacía. Las ratas, asustadas, corrieron a buscar cobijo. Dos cópteros zumbaban en lo alto, con los reflectores encendidos, taladrando el smog con sus pálidos rayos. Al­guien había volcado un autobús un poco más allá; estaba tendido de lado, roto y quemado. que tenga un buen día, decía su cartel de destino.
Tras dirigirme al este por Houston Street, entré en mi zona. La gente abarrotó una vez más las calles: residentes de todo credo y color, ambientes por todas partes. Caminé hacia el norte por la Avenida C. Mi parte del barrio era tan segura como era posible; nuestros droozies mantenían una pretensión de orden en la zona, y los ambientes tendían a no herir a los demás sin razón..., aunque cuando tenían razón eran los oponentes más peligrosos de todos. Mientras continuaba avanzando, sentí el alivio de estar en el lugar donde había crecido, conociéndolo todo y sabiendo que todo me conocía.
En vez de farolas, hogueras en cubos de basura, suministradas y alimentadas por las asociaciones del bloque, arrojaban una cálida luz naranja a través de la bruma. Nuestro edificio estaba entre la Avenida C y la cuarta; dos casas de vecinos de cuatro pisos unidas años atrás para formar una sola. Habíamos abandonado los tres pisos de arriba; nadie por aquí podía permitirse alquilar ningún apartamento no importaba a qué precio, y los caseros no eran muy estimados, no importaba quiénes fueran. Yo había bloqueado las ventanas de nuestro edificio, y sellado la escalera superior, pero los buscadores de gangas aún se salían con la suya. La última vez que miré, parecía que parte de nuestro tejado estaba de permiso indefinido.
Enid y yo vivíamos en el primer piso. En la planta baja había dos negocios pequeños; los ambientes son empresarios natos. Uno era un niquelodeón, el Simplex, una casa rep que mostraba películas clásicas en vid. La pantalla era de liqristal irrompible de nueve metros. Enid la había conseguido a cambio de la vieja chaqueta de cuero de nuestro padre. El sonido no era precisamente maravilloso, pero normalmente se podía oír algo. Había que mantener los pies en alto a menos que quisieras alimentar a las ratas. La marquesina no estaba encendida, pero yo sabía lo que ponían. El programa de esta semana (subtitulado en spanglish) era La Naranja Mecánica y El Mago de Oz, favoritas de los jóvenes nostálgicos.
El otro negocio era su club Belsen (el hough, lo llamaban los ambientes). Surtía a los ambientes y a los amantes de la música ambien­te. Rubén y Lester, los porteros, me saludaron cuando entré. Siendo ambientes, vestían como si el Carnaval de Halloween durara todo el año. Siendo ambientes, habrían sido difíciles de pasar por alto en cualquier estación: Rubén no tenía brazos, y Lester no tenía cuerpo por debajo del ombligo. Su agilidad era tan grande como la de los ambientes medios. Si algún cliente se ponía pesado (excepto durante la Hora Feliz), Rubén lo aflojaba con los clavos de sus botas; entonces Lester saltaba y lo magullaba. Lester era el más dulce de los dos; llevaba un mohawk negro reverso y una máscara de dominó con lentejuelas, del tipo que venden en Woolworth. Rubén, cuyo pelo era de un rubio despeinado, llevaba un traje de camuflaje sobrante, conseguido cuando sobró al antiguo dueño. De sus orejas colgaban cruces invertidas. Rubén y Lester eran amantes, lo cual, aunque ya no era ilegal, no estaba bien visto entre los no-ambientes.
-Hi-de-ho -dije. Ellos sonrieron.
-¿Quién cuelga y a qué altura, O'Malley? -me preguntó Lester.
-Altura del cielo -dije-. ¿Cómo va el negó?
-Putamad cojo.
-¿Enid cerca? -pregunté.
-A las nubes rodó -dijo Rubén, señalando hacia arriba-, Margot vino. Persuade lo que lista.
-Gira y rueda y pierde poco tiempo -rió Lester, y se encaramó a una banqueta con una mano. Sus brazos eran tan grandes como mis piernas.
-Poco poquito.
-¿Margot sencuentra todavía? -pregunté. Margot era la amante de Enid. Atendía el bar tres noches por semana. A excepción de Rubén y Lester, Enid sólo contrataba a mujeres, a pesar de que era ilegal hacer contratos discriminatorios.
Rubén sacudió la cabeza, llevándose el cigarrillo a la boca con un rápido movimiento de la barbilla.
-Para ver tu cara ajada en grandiosa gloria -rió-, para tentar tu mente con trucos simiescos.
-Maravilla y gloria -suspiré.
Me senté en el bar y pedí lo de costumbre (una Pepsi). Luego, tras cambiar de opinión, pedí un triple gin. No había bebido alky en años, pero esa noche deseaba espitar mi mente un rato. La camarera, una joven negra cuya mano derecha consistía en dos pulgares unidos en el hombro, era nueva; a excepción de Rubén, Lester y Margot, había cambios constantes en el hough. Los ambientes tienden a circular deprisa si no les importa. Ella me conocía; rehusó cobrarme. Le dejé un centavo de propina de todas formas; el vaso estaba limpio y entero, y no me lo había tirado.
Tras la barra había un póster garabateado donde aparecían las próximas atracciones.

MAÑANA
ANN FRANK/NIÑOS GOLPEADOS/DEFECTOS MÚLTIPLES DE NACIMIENTO

SÁBADO
PARÁLISIS CELESTIAL/DAÑO CEREBRAL IRREVERSIBLE/ZYKLON-B

El club cerraba los domingos.
En el fondo del bar había reunido un grupo de transis. A primera vis parecían proxies. Sus vestidos, su pelo, su maquillaje y sus formas se aproximaban. Los transis eran únicos entre los ambientes voluntarios ya que elegían añadir en vez de sustraer. Los que podían pagarlo tenían un aumento T y A; nadie que no pudiera pagarlo se convertía en transy. Tras haber hecho tanto, contenían su artillería, para deslumbrar al no iniciado. Sólo se hacían el amor mutuamente; afectados y compuestos para todo.
No estaba seguro de qué conjunto se disponía a tocar; las bandas ambiente me parecían todas iguales. Ésta tenía un bajista manco. Se preparaban, desafinando sus instrumentos. Bebí rápidamente mi gin, esperando salir antes de medianoche. El conjunto se presentó lanzando una mesa al público. Empezaron a aporrear la primera canción; una composición propia, sospeché. El público empezó a sacudirse y a saltar arriba y abajo, dándose cabezazos mutuamente, haciendo entrechocar los muñones, rebotando de un lado a otro, gimiendo y aullando y chillando a la luna. Los cantantes ambiente suelen gritar la letra desau­nadamente a voz en grito; este tipo era de la escuela tradicional. A dos tercios de su primer número el reloj dio la medianoche, y empezó la Hora Feliz. Las luces rojas del techo destellaron y las sirenas tronaron. Acabé mi gin y me dirigí a la puerta lateral. El público sacó sus juguetes y empezaron a jugar. Las sierras eléctricas comenzaron a girar mientras subía a nuestro apartamento.
En lo alto de las escaleras pasé por encima de los cuerposcasas que se habían acostado cerca de nuestra puerta; se llamaban así porque sus cuerpos eran sus casas. Había siete en nuestro pasillo. Muchos lugares les proporcionaban suelo, incluso el Ejército dejaba a algunos pasar la noche en Gran Central, tal vez a un millar, según su cuenta. El cómputo oficial del gobierno, mucho más bajo, enumeraba sólo a aquellos que morían antes de la mañana.
Descorrí los cinco cerrojos de nuestra verja, luego los dos de la puerta, y entré. Eché de nuevo los cerrojos y después cerré la puerta y coloqué las barras. Enid estaba allí, viendo la tele. No vi a Margot. Estaría por alguna parte.
-Hi-de-ho, Seamus -dijo.
-Hola -había en ella algo diferente; durante un momento no pude decir qué-. Te has pintado los clavos.
-Finité brillante y embadurné oscuro -dijo. Los había pintado de negro; antes eran rojos. Enid, cansada de su cabeza simplemente afei­tada, había acudido seis meses antes al Servicio de Salud; en el instituto, fue con un médico en el terreno apropiado y se hizo implantar clavos en el cuero cabelludo, la punta para arriba. Había siete grandes picas sobre su frente y catorce más pequeñas esparcidas sobre su cráneo. Oficialmente, el Servicio de Salud se negaba a tratar a los ambientes, y mucho menos a ofrecerse a adaptar a aquellos que desearan convertirse en tales.
La presencia de Enid asustaba al más pintado. Tenía mi altura (uno ochenta y cinco), y no era muy diferente en constitución, ya que había trabajado con pesas desde los diecisiete años. Esta noche llevaba una cami negra lisa, brazaletes repujados y braguitas tanga rosa.
-Son tú -dije, sentándome junto a ella y besándole la mejilla. El relleno del sofá cayó al suelo cuando me senté; una rata salió de la cocina, como para traerme las zapatillas. Me quité el casco y las botas y los colgantes de las orejas, que guardé con cuidado en una caja cercana. Enid me los regaló por Pascua hacía tres años; los apreciaba bastante. El martilleo de los tambores, el bajo y las sierras resonaba a través de las plantas de mis pies; me arrullé con el sonido de cristales rompiéndose.
-Vis que fizrriendo y deambulando lejos -dijo ella-. ¿Cómo va abajo? -estaba bebiendo una botella de Stolichanaya; se bebía tres cuartos al día.
-Putamad cojo, me han dicho.
-Nífico. ¿Lleno y contento?
-Eso parece. ¿Anda cerca la pequeña insolente?
-No malalechees -dijo Enid-. Crees que es una azotaginny. Consi­dera su estado.
-Terrible idea.
-¿Corre alky por tu mente?
-Tomé una copa.
-¿Tú?
-El mismo. Me marché con la Hora Feliz. Los idólatras desmayán­dose me aburren.
-Ojearte tragar curiosería -dijo ella-. ¿Stolly? -preguntó, agitando la botella.
-Usaré un vaso, gracias.
-¡Un vaso! -rió.
-Pruébalo -dije yo-. No te romperías tantos dientes.
Me tiró una lámpara; la aparté y me dirigí a ¡a cocina. En la oscuridad de la habitación escuché la voz del frigorífico: Puerta entornada. Por favor, cierre. La puerta no estaba entornada, pero el ordenador (un número tres) no podía saberlo; le había entrado polvo en los chips. Miles de veces, día y noche, el frigorífico gemía Puerta entornada. Por favor, cierre. Nunca teníamos dinero de sobra, y por eso no podíamos permi­tirnos ni un frigo nuevo ni un reparador. La voz era agradable, y el sentimiento inofensivo; uno se acostumbraba.
Tras coger un vaso de la alacena, ahuyenté a las cucarachas y lo fregué. Miré por la ventana; a través del smog sólo pude ver el cálido brillo de las hogueras. Mientras salía de la cocina, un enorme trozo de yeso se cayó del techo. Había agujeros en todas las habitaciones del apartamento allá donde el yeso se había soltado por las vibraciones de abajo, o donde nuestros pequeños compañeros de cuarto habían mor­disqueado.
-Qué visiones ojorritadas tan quericercas -oí decir al entrar de nuevo en la salita-. Largos remojos en orinales, manchado todorredor. ¿Cómo fue esta noch, lloriquevomitón?
-Sorprendente -le dije a Enid, mirando a Margot, que había salido del dormitorio mientras yo estaba en la cocina-. No has movido los labios ni una vez...
-Sizista -dijo Margot, dirigiéndose a mí; su contratenor resonaba como hierro-. La boca seabre ancha y pierde los sesos.
Se aupó al sofá mientras me miraba. De puntillas, Margot mediría un metro diez, una achondroplasta: una enana, ambiente de nacimiento. Llevaba una chaqueta cruzada sin mangas, con los botones y las mangas arrancados, y una cami que decía elvis murió por los pecados de alguien pero no los míos. Sus pantalones (cortados por encima de los talones) parecían haber sido arrancados de un cadáver.
-Controla a tu maniquí, Enid. La gente hablará.
-Tonos auténticos en cristal dulcímele -dijo Margot. Enid me tendió una botella sin descorchar. Llené mi vaso y bebí.
-Salud -dije.
-Jodetodo -dijeron ellas.
-¿Ruedas pronto? -le pregunté a Margot.
-Ruedo cruda para rockear lejos -dijo ella. Margot recogió un bastón de metro y medio de largo; lo usaba como si fuera un cetro. Alrededor de una de sus muñecas llevaba un brazalete de cuero rosa repujado con cuchillas. Tenía el pelo negro muy rapado, excepto por delante, donde caía sobre su cara en largas mechas. Recientemente se había afilado los dientes. No me desagradaba Margot, pero podía ser demasiado sincera en sus expresiones hacia mí-. Mientras las gatas esperaban, ¿cómo le fue al cochinillo?
-Bien -contesté-. Y ahora espero una noche tranquila y agradable en casa.
-A punt para el plaz y no para el dolor, ¿eh? -dijo ella; saltó del sofá y me aplastó el pie con el tacón-. Losient.
-Escoge a uno de tu propio tamaño.
Margot se pasó el bastón por los hombros, estirando sus fornidos brazos.
-Tu mente lanza una gran vela hinchada al viento.
-Estarías monísima crucificada.
-Cómo se espesa el plan.
-No descarguéis golpes, mis amados -intervino Enid-. Tan crueles uno con otro y todo.
-Relax -sonrió Margot-. Con niños rudos sólo juegos entrapan.
-Buenas noch -dije, ocupando mi lugar en el sofá. Enid se levantó para despedir a Margot.
-¿Te vas? -le pregunté.
-A recorrer el ancho mun -dijo Margot.
-Que te diviertas -murmuré.
-¿Otra vez harás este way?
-Otra vez y siempre -dijo Margot-, Al mundo hasta entonces.
-¿Irás cómo? -preguntó Enid.
-En alas de los ángeles -dijo Margot-, con pies de ángel.
Enid se inclinó para besarla. Margot alzó a cabeza en tierna sumi­sión; arañó la mejilla de Enid con sus cuchillas. Mi hermana tembló de deleite.
-Gatalegre -susurró.
-Mimos -dijo Margot, la voz ronca por la lujuria. Enid empezó a abrir la puerta.
-Adiós -repetí.
-Ordena tu casa, tripasbobas -me ordenó Margot, rompiendo con su bastón uno de mis jarrones favoritos. Silbó a través de la puerta abierta y se fue.
-Hasta mañana noch -gritó Enid pasillo abajo. Después de que echara los cerrojos, regresó junto a mí, me cogió la mano, la sostuvo y la apretó fuerte.
-¿Mucho tiempo? -preguntó-. Te vis cansado a mi ojo.
-Sólo un día normal -dije. Ella se rió y encendió otro cigarrillo; nadie más que los ambientes fumaba ya, ni siquiera el Viejo. El intocable desprestigio de los fumadores americanos nunca se extendió a los productores americanos de tabaco; los cigarros podían ser cambiados por muchas cosas útiles a los países donde las preocupaciones por la salud eran menos puntillosas. La venta de tabaco era otra vez legal en América, pero la costumbre nacional se había visto rota con los años. Aún existían grupos antitabaco privados..., su represalia favorita, tras ver a un fumador, era rociarlo con líquido inflamable y prenderle fuego, pero sus reps nunca se encontraban en una Zona Crepuscular.
-¿Qué has estado haciendo? -pregunté.
-Nada fatal. Guardando el hough un rato, mientras las bandas llegaban. Margot me recogió y largó. Sutiltación. Jugamos a esposas encamadas en los suaves brazos del cielo. Llamaradeamos y lengüetea­mos, descaradas y poseídas.
-Parece alegría sobre alegría. Ella suspiró, y sonrió.
-¿Algo en TVC? -pregunté.
-Sobrecarga. Flipea a gusto si listas.
Teníamos un Sony Cinescope 1:25. Rara vez usábamos nuestro VCR; apenas podíamos alquilar cintas, y las del cine no valían. Cogí el mando a distancia. Con Citicable recibíamos diecinueve canales. Enid lo tenía sintonizado a uno de los canales vid, el que en ocasiones ponía a grupos ambiente; había tres canales vid además de Vidiac. Empecé a cambiar de emisoras. Reposición de «Aquí está Lucy». Juego de balon­cesto; los playoffs de Hanoi. Película: Murciélago diabólico. Varieda­des de Cuba. Reposición de «Centro Médico». Película: Sonrisas y Lágrimas; para dejar más tiempo para los anuncios, habían cortado todas las canciones. Reposición de «Dimensión Desconocida». Nuevos programas de Japón. Reposición de «Perry Mason». Cadena de salud; un médico detallaba los peligros de la amputación no esencial. Película: Godzilla contra el Monstruo de Smog. Reposición de «Caravana». Estática. Reposición de «La chica de la tele». Canal meteorológico.
-Vuelve a Lucy -dijo Enid. Nos quedamos allí sentados, bebiendo y contemplando. Los programas tenían pausas para publicidad cada tres minutos, así que era difícil sacarle sentido a cualquier trama que pudiera haber habido. Siempre era inquietante ver aquellos viejos programas, incluso cuando estaban colordificados (nunca tenían bien codificado el color; por ejemplo, no podía ver a Fred Mertz llevando pantalones púrpura) y transferidos a cinta digital. Lamenté no tener más de una opción para ver TVC. Había otros siete canales especiales donde daban informes de negocios, programas de arte, música clásica y representaciones de ópera, ballet y danza moderna, sesudas comedias británicas y dramas. Sólo los propietarios y los pretenciosos bocis tenían dinero suficiente para conseguir esos canales. Los Dryden nunca los veían; si sintonizaban algo en TVC, veían el Canal Violencia. Estaba estrictamente controlado, como para proteger a los impresio­nables jóvenes de los propietarios de ideas que no hubieran concebido aún por sí mismos. Los canales pomo, como las revistas, ya no existían; bajo el Acta de Igualdad la nuestra ya no era una sociedad a favor de la explotación de las mujeres o de cualquier otro grupo igualmente disponible.
-¿Qué hunde tan bajo tus párpados? -preguntó Enid.
-Nada. Sólo estoy cansado.
-No sucumbes cuando tienes los ojospez -dijo ella, contemplando nuevamente la pantalla, zappeando repetidamente para saborear el cambio de colores-. Ninguna salivalabio gastada. Cuando te guzzees el flujo se derramará como Serena misma.
-Nope.
-¿Quema el dolor como diamante afilado?
-No hay dolor aún en lo que no ha sido herido.
-¿Algo exigió tu nombre demasiado cerca?
-Su sala de espera voló. Estuvo cerca.
-¿Fue laceada la puta?
-¿Te refieres a Avalon?
-AO.
-Ni siquiera resultó herida. La piel intacta.
-Salsa entonces para los patitos del pato -dijo Enid.
-Había mucho en su mente -dije yo.
-No solo ella. Estás bajo absolución a su aroma húmedo hasta que las paredes viertan calor y humeen.
-Puede que nos vayamos durante una temporada.
-¿Para pasar otra vez por este way? -preguntó ella. Yo no respondí de inmediato-. ¿Seamus?
-Desde luego.
-En profundo mistery habitas. ¿Podemos oír?
-En un momento.
-Di qué te perturba. ¿Tus sueños?
-No son peores que de costumbre.
-La pesadilla te arrastra con fuerza, mas en la sombramañana quedas entero y frescante. ¿Qué más te enrolla dos veces?
-Nada.
Enid apagó el TVC; parecía preocupada.
-Entonces acuéstate y despidéate si las palabras fallan. En voz alta llama el cuidado. Duerme en sueño pacífico.
Enid y yo nos comprendíamos perfectamente el uno al otro; el habla ambiente, como todo, crecía contigo. Para distinguirse aún más, los ambientes habían adoptado su propia lengua: un poco de spanglish, algo de inglés obsoleto; cualquier argot que se les antojara o desarrollaran por su cuenta. La razón de ser del habla ambiente era que sólo en la palabra y no en la imagen podía encontrarse verdaderamente la belleza, y ningún horror inherente podría disfrazarla o desfigurarla. Incluso los no iniciados encontraban musicales sus frases.
Enid cogió su botella, yo levanté mí vaso y entramos en el dormi­torio. Me quité las ropas y me senté en la cama. Cuando ella se desnudó, me di la vuelta. Desde que se había hecho quitar los pechos, yo tenía dificultad en visionaria sin la blusa puesta; el médico (el mismo que conocía, el que implantó los clavos), siguiendo su petición, dejó también enormes cicatrices. A Enid le encantaban.
Ser un ambiente era a veces inevitable, nunca ilegal, a menudo preocupante, y siempre subversivo. Los ambientes originales fueron los hijos nacidos de padres que vivían en Long Island unos veintitantos años antes. Los originales apenas eran un centenar, pero incluso antes de que los fieles empezaran a unírseles, siempre pareció haber muchos, muchos más.
Si no hubiera sido por el accidente... Aquel día ventoso la nieve cayó como ceniza sobre la mayor parte de la ciudad. En su sabiduría, el gobierno aseguró a los afectados que existía la posibilidad de que hubiera efectos secundarios. Los inocentes continuaron con sus vidas durante un par de años, y entonces aparecieron nuevos efectos perma­nentes. Primero, por toda la isla brotaron de vientres preocupados gemelos siameses, enanos, gigantes; niños sin brazos, sin piernas, sin nariz, sin orejas; niños con gemelos silenciosos anidando eternamente en sus propios cuerpos; serpientes vivas, trasgos saltarines, los deformes y los malformados; albinos, ojos saltones, niños perros, labios de liebre, niñas caimán, mujeres foca y hombres elefantes. Bajo el viejo Planfam, el aborto era (es) penalizable con la muerte; los padres no tenían nada que hacer sino tenerlos, mientras el gobierno no les quitaba los ojos de encima. Poco después, ocurrió el segundo efecto; los cánceres de los padres empezaron a madurar, y florecieron como en un invernadero.
Los padres moribundos congregaron a sus hijos diferentes, huyeron a la ciudad cuando muchos otros empezaban a abandonarla, y allí encontraron aceptación si no solaz; el gobierno que exigía su nacimiento no consideraba necesario preocuparse por sus vidas. Y así, mientras sus padres morían, uno a uno, las jóvenes maravillas intimaron rápidamente; tras asistir a las escuelas que sus padres idearon para ellos, todos se conocían, y eran fabulosamente brillantes. Cuando murió el último de los padres, el grupo de la progenie estaba ya formado; ellos mismos se dieron su propio nombre.
Enid (como yo) nació completa en la ciudad, pero había muchos entre los desconcertados de la ciudad que veían en los ambientes una oportunidad de añadir su apoyo a la declaración ya hecha; Enid lo vio pronto. Alterando el cuerpo de formas repulsivas y convirtiéndose así en voluntarios, los no-ambientes podían no sólo encontrar parentesco sino demostrar a la vez la iniquidad de una sociedad que obligaba a hacer tal cosa. No me van mucho los dogmas.
-¿Está tu gruesa lengua floja y aleteando? -preguntó ella, mientras se tapaba con la sábana.
-No mucho -dije; mi vaso estaba vacío.
-Adelante. Ensombrece nuestra oscura habitación, grace. Apagué la luz y me tendí en mi parte de la cama.
-Habla. Mis oídos oyen el lamento de mi copesmate.
-Me han hecho una proposición.
-¿Que te provoca tal pesar? ¿Qué da?
-El señor Dryden quiere que mate a su padre.
-¿Tal propuesta place? -preguntó ella, rompiendo el silencio que se había producido-. ¿A prueba por los signos que vis?
-Le dije que lo haría.
-¿Detenido en el filo del cuchillo?
-Sí.
-No puedes tajar y acuchillar hasta el amargo final, Seamus.
-Creo que ahora estoy demasiado preocupado.
-¿Con?
-Avalon.
-¿Ella ama el humo aunque odia el fuego?
-Oh, no. Está dispuesta a ayudar.
-¿Qué mal, entonces?
-Estoy asustado por ella. Por ambos.
-Agita el matorral y coge el pájaro. Estoy segura de que es una chica gran, grande, brother-o. Natural sería manejarse ella misma.
-AO.
-Visiona primero tu propi riesgo.
-AO -repetí.
-¿Qué te terroriza más, entonces?
-Mucho. Todo.
-¿Y esta noch sientes estar derramando moho sobre rocas quietas?
-En cierto modo.
-Entonces duerme hasta sombramañana -dijo, y me dio un beso de buenas noches, con cuidado para no pincharme con sus clavos-. Lánzalo alto y gloria.
-Muy bien.
Nos acostamos, yo con mi cabeza sobre la almohada, ella con la suya sobre un bloque de foam. Había probado con estiro, pero se hartó de llevárselo consigo cada vez que se levantaba o se movía. La habitación estaba neblinosa; los ojos me picaban y ardían. El smog entraba por el agujero en el techo, sobre nuestra cama. Me recordé (otra vez) que tenía que clavar algo encima. Antes de dormirme esa noche repasé nociones bocis, pensando que, tal como habían sido las cosas, no importaba lo bien que lo hiciera, nunca serían tan buenas como debieran haberlo sido. Ahora parecía posible, seductoramente posible. Mi dolor se durmió antes que yo. Los ambientes se regocijaban en que éstos eran los últimos días deseados y rezaban para que lo fueran, y habrían dado sus almas a quien deseara tenerlas si al hacerlo así se propiciaba un final al mundo que corría salvaje a su alrededor. No me importaba, mientras se hiciera bien.
5

Soñé con Avalon. Flotábamos en una góndola verde oscuro por la Quinta Avenida, a través de una fina neblina que moteaba nuestra piel. Un barquero a quien no veíamos nos guiaba. Nos detuvimos, y perma­necimos en silencio a la deriva. Avalon alanceaba peces en el agua: brillantes bremas, rodaballos y trillas, lubinas, peces azules, monjes y brecas. Una multitud, en lo alto de uno de los elevados puentes entre edificios, aplaudió. Ella se llevó un pez a la boca; le arrancó la cabeza de un bocado. Soñé.
Cuando apareció la mañana me desperté, me quité el hollín y miré a través de los barrotes de la ventana, apartando los viejos periódicos que usábamos como cortinas. Estaba entumecido, sentía como si me hubieran almidonado. El cielo se presentaba otra vez nublado; un día ideal para que lloviera, aunque entonces las calles se inundarían. La Serena (la suave llovizna de la tarde que caía casi todos los días) ayudaba; sólo en los días de lluvia el aire se aclaraba lo suficiente para que respirar no te hiciera sentir que participabas en uno de los más agotadores eventos olímpicos.
-¿Luz? -murmuró Enid alzándose lentamente, como de un pantano. Sacudió la cabeza; trozos de foam cayeron al suelo-. ¿Hora?
-Las diez. Levántate y ríe.
-Jodetodo -dijo ella, sentándose y encendiendo un cigarrillo antes de respirar por tercera vez.
-Ríe -dije yo-. No gime.
Enid metió la mano en la cama, extrajo un viejo periódico del colchón; lo prendió con su encendedor y me lo tiró. Lo apagué. Sospechando que cualquier otro comentario pasaría inadvertido, me dirigí a la puerta y recorrí el pasillo. Examiné las cerraduras de la puerta, y decidí que ningún rondador nocturno había tratado de colarse mientras dormíamos. Encendí el TVC; daban las noticias. La pantalla se llenó de manchas y parches de color codificados por ordenador; al cabo de un momento, se concretó en la forma de un presentador. Ya no se distinguía si los presentadores eran reales o no, tan bien preparado estaba todo.
Rehidraté algunas algas para desayunar y las gratiné con chirivías en salsa de margarina; Margot había acabado con gran parte de la comida a lo largo de la semana, así que hice lo que pude. Metí una pajita en un cartón de Pepsi y me la bebí mientras comía. Contemplé las noticias. El presentador estaba a media frase cuando subí el vol.
-...fieras luchas se han recrudecido en la frontera del Zaire. En Libia la victoria fue atribuida...
Enid emergió al cabo de un rato, con unos pantalones míos y una cami donde aparecían impresas las palabras figura de culto. Hizo gárgaras con una botella nueva de vodka. Bebió como si alguien pudiera robársela antes de que se desmayase.
-¿Sediento? -preguntó, agitando la botella ante mí.
-Muerde tu propio perro -dije. Aquella mañana no tenía deseos de alky.
-Con el lado equivocado topaste -sonrió-. Demasiada vida dema­siado con ella demasiado pronto. -Se acercó al estéreo, chocando con los muebles como si jugara a los coches de feria.
-Si ensordeces tan temprano, ¿podemos oír canciones grabadas en un lenguaje reconocible?
-Bloody bloody bolas.
-...que mató al senador y a seis oficiales del Departamento de Salud durante la celebración de ayer del Día de la Vida Humana continúa reverberando...
Una cucaracha recorría el brazo del sofá, intentando pasar desaper­cibida junto a mí. Extendía la mano para aplastarla cuando un rugido atronador resonó por todo el apartamento; durante un segundo creí que se trataba de un raid. La cucaracha desapareció, como desintegrada. Volví la cabeza; Enid saltaba con la música que había puesto. A intervalos, sus sacudidas recordaban un movimiento rítmico.
-¿Cómo mata a las ratas? -grité.
-¿Qué?
-Ese ruido. ¿Las ratas revientan, o sólo quedan esterilizadas?
-...policía dice que la sangrienta pista del Destripador conduce a ese trailer abandonado aparcado en Hackensack...
-Parece como si estuvieran metiendo la cabeza del cantante por un Dispoz -recalqué; ella sonrió.
-Estoy felicorazón. Margot me regaló anoch. Con placer puro y alegres sonrisas.
-...hablando desde la Sala de Nixon en Zeiching...
-Es tan considerada -dije-. ¿De dónde la sacó?
-Cortesía de cassettes Grassy Knoll.
-¿Tiene nombre este grupo?
-Nad. El bajista estaba en Teoría del Infierno. Agraciaron nuestro hough, tiempohá.
-...declaró en el Bull que sólo Dios puede decidir cuándo van a morir los niños, y por tanto ese centro de abusos infantiles en Suiza debería ser prohibido...
-¿No díatrabajas hoy? -preguntó ella, sin cesar de dar botes.
-Tendré que marcharme sobre la una o así.
-¿Para navegar con sus hechos por aguas amargas?
-Vamos a la mansión.
-¿Por dos días ido?
-Más.
-...dijo que el éxito del tratamiento con el pequeño Tamoor demues­tra.. .
-¿Qué viento, entonces, agitará tu cabello? -preguntó, apagando el estéreo-. Cuando la luna contemple desde arriba en luzmortal, ¿dónde esperas mirar?
-No estoy seguro. Europa, probablemente. Leningrado, creo.
-¿Tu mente está fija? ¿No du?
-No du -dije-. Le dije que lo haría.
-Acciones deciden. Las palabras se pegan pálidas al lodo de la mentira. ¿Adonde conducirán tus acciones?
-...negó, el presidente dijo que todo lo que las cámaras muestran es lo que decidieron ver...
-A alguna parte mejor, tal vez.
-Mis recelos velarán y alertarán, Seamus. Te ojeo y vis una larga cara empapada en lágrimas. ¿Te adhieres a hablar?
-No serviría de nada.
-Eso dices. AO. Ve como list, entonces. Yo voy como yo. Margot y yo recorreremos las orillas de Brooklyn mientras tanto, antes del servicio del domingo.
-¿Por qué?
-Para conocer y saludar. ¿Tus locos temores nos pisotean?
-Es peligroso ir allí, Enid...
-¿Y mis preocupaciones compran menos para ti? -preguntó ella; estaba enojada-. Vamos cada uno al mundo ido. Vis mi necesidad. Ciégame a las tuyas. Lo justo es injusto, Seamus.
Tenía razón. Yo seguía sin querer que fuera a Brooklyn, aunque ella, y la mayoría de los ambientes, lo hacían a menudo.
-Nunca me dirás por qué vais -dije.
-Pues siempre regresaremos. ¿Puedes prometer como la verdad?
Sacudí la cabeza. Había razones por las que los puentes y túneles a Long Island estaban sellados; razones para que las minas rociaran el East River, el Sound, y el océano inmediatamente al sur. Queens y Brooklyn eran tratados como extensiones de Long Island; el Ejército estaba en guerra con Long Island, y Brooklyn era considerada la ciudad de los muertos. Durante la época más preocupante de la Eb, durante el Año Duende, el gobierno formó el Ejército Interno a partir de la vieja Guardia Nacional, enviando tropas allá donde las masas alborotadoras necesitaran atenciones. Los ciudadanos de Long Island, que no perdo­naron el accidente de unos años antes, demostraron no apreciar esa ayuda como la mayoría de la gente en los otros sitios. Ahora casi todos los grupos terror operaban desde Brooklyn, enviando ciudadanos en medio de la oscuridad de la muerte a atacar Manhattan una y otra vez. El que algo quedara aún en Brooklyn, o en Long Island (y era mucho) causaba una molestia infinita al Ejército Interno. Llegaban unidades nuevas cada mes; por las noches, los bombardeos continuaban sin cesar. La guerra duraba ya quince años, y duraría otros quince más.
Si los ambientes estaban liados con algo allí, era algo que ninguno (ni siquiera Enid) quería decirme, así que sospeché que no lo estarían. Pero, después de todo, yo no era un ambiente, y por eso no me habrían dicho nada. Yo tenía una idea de por qué iban allí, y de lo que buscaban constantemente.
-Tienes razón -dije.
-Dilo todo si puedes.
-...buscando un piso a corto plazo en Manhattan, diciendo que el nivel de energía aquí es fantástico, y que no puede esperar...
-Hablaré. Será bueno oír tu consejo.
-Bien -dijo Enid, metiendo el codo entre los barrotes de la ventana y limpiando la suciedad con un lento movimiento de barrido. Miró el cielo gris oscuro cuando su vista se aclaró-. La lluvia se lo llevará todo. Limpia y acaba.
-Son las once a.m. -dijo el presentador, fijo y sonriente-. ¿Sabe dónde están sus hijos?
-Compra conmigo, Seamus, antes de ir. Cosas que deseamos no esperarán más, quieras usar o no.
-Muy bien.
Nos pusimos nuestras chaquetas de Krylar, que nos llegaban hasta los tobillos, y tras bajar las escaleras nos encontramos a Lester y Rubén limpiando el club con una manguera. Sumideros en el suelo volvían a llevar el agua al depósito, donde sería refiltrada. Les dijimos que íbamos a viajar. Lester sonrió (mostrando las piedras de cristal en sus dientes delanteros rotos), agarró su daga y subió las escaleras para montar guardia. Su entusiasmo fue contagioso; sentí una nueva agilidad en mis pasos. Rubén y Lester vivían en un pequeño hueco tras el club; era más razonable, y más barato, darles aquello que pagarles un sueldo, ya que el 90 por ciento se iría en impuestos, pues por recibirlo serían conside­rados del gremio de los medianos, y por tanto solventes.
-Algo tengo para ti, si deseas triscar raudo con esos jerguiñols. Patea memoria y sacude cuando pasemos.
-Hermoso día -dije yo mientras salíamos a la calle, preguntándome qué tendría para mí. Una residente de la tercera planta del piso de al lado tiró por la ventana el contenido de su orinal, pero no nos alcanzó. Se retiró a por más.
Nos dirigimos al centro, hacia Sloan's. La multitud no era mala; salíamos de la acera sólo para evitar los montones de escombros, o donde había agujeros, cavados por carroñeros de viejo tubo y cable. Las ratas correteaban junto con las palomas y los gorriones por entre los pies de la multitud. Me llevé un pañuelo perfumado a la nariz y la boca para apagar los olores; Enid decía que estaba acostumbrada, pero fumaba tanto que si conservaba algún sentido del olfato era enteramente atávico. En cierto modo, teníamos suerte de vivir aquí. Loisaida estaba tan llena de ambientes, y en tal desorden en comparación incluso con otras Zonas Crepusculares, que los bucis más recalcitrantes no podían acercarse. Nuestras tiendas y vecinos seguían siendo nuestros.
-Tan tensolabio y lastimero -dijo ella-. Ojos tan apagados. Habla, pues. ¿Qué preocupa así?
-Me preocupa todo esto.
-¿Porqué?
-El plan que tiene es preocupante. Pasa algo.
-El plan es tan simple como yo lo vis -dijo ella-. Tumba al dorado oldie.
-¿Y si empeora las cosas?
-¿Para quién?
-Para mí -dije-. Avalon. Todos.
-¿Cómo?
-No sé.
-¿Por qué te quejas de hacer el hecho? Tu atracción principal, ¿no?
-Pero el Viejo nunca me ha hecho nada...
-¿Qué ha hecho por ti?
Pasamos junto a montones de vendedores; los de las afueras, no los de la ciudad, podrían llamarlos pintorescos. Sus mercancías estaban extendidas a lo largo de la acera, sobre mantas y periódicos amarillentos. Tenían para intercambiar riesguis de toda clase, cuchillos, telas de arpillera y poliknit, ordenadores de bolsillo, muebles ajados de madera gastada y plástico rayado, billetes de lotería falsos, todo tipo de pilas, bisutería, apliques de cuarto de baño y buenas tuberías de cobre, cassettes de aud y vid, retratos de E pintados sobre brillante pana negra, y números atrasados del National Geographic. En los puestos de comi­da, otros miraban las cosas que se freían sobre espetas en los hornillos portátiles; nubes de humo acre brotaban de sus parrillas como de un crematorio.
-Ése no es el tema -dije.
-¿Cuál es el tema?
-¿Por qué hacer algo que no te causa ningún bien?
-Parca cosa oír tus labios caer. ¿Dónde se encuentra ese bien tan libremente?
-En alguna parte...
-Responde, pues. ¿Qué obtienes por el uso de tus manos?
-Estaré a cargo de la compañía -dije-, y Avalon se quedará conmigo.
-¿Desarías por contra?
-Lo mismo, de manera diferente.
-¿Tus temores abruman por el amor de tus propietarios?
-No.
-¿Qué obtendrán? Uno desconecta el cable...
-El otro hereda las bendiciones.
-¿Merecidas?
-Eso supongo -dije-. Pero no estoy seguro.
-¿Han dado sus sentidos largos adioses, como dices?
-No siempre fue así, ya sabes. Sólo este último año...
-¿La nieve cae densa?
-Le han hecho dos rinoplastias. Podrías sacar un servicio de té de su nariz.
-¿Por qué entonces fatigarse por su mejora? ¿En justa admiración de su santa gloria?
-No. Tenemos que conseguir dinero, Enid. Dios sabe que tus negocios no proporcionan lo suficiente...
-Ah -dijo ella-. Entonces por los largos verdes y un gusto mejor.
-Sí.
-¿Un gusto mejor que encaje nuestras suaves bocas?
-Por supuesto.
-¿Y también la boca de tu bocadito?
-Sí.
-¿Es por ella más que por ti que te dispones a esto?
-Por ambos.
-¿Ambos?
-Por todos.
-Por ella -dijo Enid-. Como dije, ve primero tu propio riesgo. ¿Confiarías tu alma en sus fauces? ¿Crees que si lo hace te dejaría colgacabeceante y entrañaprisionado?
-Avalon no haría eso -dije-. Confío en ella.
-¿Y en tu propietario?
-Todo lo que puedo.
-¿Hasta dónde lanzarías, pues?
-Bastante lejos. Es difícil de decir. Tengo que fiarme de corazonadas y suposiciones.
-¿Sus juegos podrían perder la almohadilla?
-Tal vez. Lleva así mucho tiempo.
-Si el joven te preocupa bien, reviéntalo. Clava y muybuenadiós.
-Es al Viejo a quien tengo que...
-Dobla su problema. Adelante y táchalos. Primero el uno, luego el dos. Aprieta sus sábanas y que calienten sus gotas.
-No merece la pena -dije-. Si fallo, estoy en la calle. Si no tengo suerte.
-¿Si la suerte brilla?
-Estaré muerto.
-Bien. ¿Qué más a hacer?
-Lo que haré.
-Si la suerte cede, no estarás peor que la mayoría.
Una mujer de mediana edad resbaló en el filo de una excavación y se cayó dentro. Las ratas se abalanzaron sobre ella antes de que pudiera salir. Todo el mundo escuchó sus gritos y miró.
-Peor es la mayoría que nada soporta tan pequeño poco. Si la pérdida se acerca, Seamus, entonces piérdelo todo y sé orgulloso.
-Si así tiene que ser, que sea. Deseo...
-Desea y vuela. Podrías ser Hamlet época tras época -dijo ella-. Óyeme ahora antes de que emprendas tu oscuro camino, dedos nerviosos para perpetrar y estallar. Siento propia el alma de mi hermano. Tu poder es más poderoso que tu espada. Lo he visto todo. En luz insinúas suavidad. A la necesidad de lo oscuro coges tu atuendo de tirano. Deja tu interior flexible. Escucha la vida y list otras opciones. El tiempo lo entierra todo y las monedas caen como lluvia de mayo. El libro del destino es ilegible pero puedes robar unas líneas por delante. Si llega el triunfo, usa lo ganado para buen efecto. Salva lo perdido y maldito en los guisos de Nueva York. Sé mosca en los oídos del propietario. Alza sus trajes alto y roba las perlas de sus ostras. Sé el Naz y pasa tu bizcocho en la teterita de tu amor.
-Eso sería lo mejor -dije, pensando en Avalon; saliera como saliera, no nos separaríamos. Pero si tenía que dejar a Enid...-. Me temo que se me deslizará entre las manos si lo intento.
-Entonces coge las manos y aprieta -dijo-. Incluso el romance tiene una habitación si hay una casa para albergarlo.
Seguimos andando. En la Doce había una pequeña iglesee am­biente; la cruz invertida colgaba sobre la puerta. En la ventana había un Jesús de cerámica: estaba de espaldas, con los brazos extendidos; sus muñecas y piernas sangraban, la giba entre sus hombros marcada con cortes, la cabeza ensangrentada, las tripas sacadas por el costado. Una ancha sonrisa calmaba su cara. Había servicios regulares en las iglesees todos los días de la semana; un domingo al mes (el siguiente sería el de éste), todos los ambientes, originales y voluntarios, se reunían en un lugar llamado Bajo la Roca. Yo sabía dónde estaba, pero nunca había ido, pues esas reuniones están vedadas a los no-ambientes. Cuando oí de su existencia por primera vez, años atrás, me pregunté por el nombre. Sobre la roca estará la iglesia, decía Enid, y bajo la roca estaremos nosotros.
Sólo las iglesias católicas y las iglesees ambiente servían al propó­sito para el que fueron consagradas. Recuerdo cuando había muchas iglesias. Malos juicios de gobernantes pasados, mucho antes, hicieron que aprobaran las actas que santificaban a América como una nación cristiana en la ley y en el espíritu un año antes de que fueran revelados los documentos Q.
Los documentos Q (descubiertos por un equipo de arqueólogos israelíes y americanos) eran los evangelios originales largamente per­didos. Detallaban cómo Jesús, un tipo en quien se podía confiar, fue contratado por Pilatos para extender la confusión entre las belicosas facciones judías; cómo Judas lo descubrió y traicionó así a su traidor; cómo Jesús, rescatado de la cruz justo a tiempo por aquellos que querían usar el asunto para sus propios fines, se recuperó y fue visto por accidente por sus horrorizados seguidores; algunos se horrorizaron tanto que desearon volver a matarle; cómo Jesús escapó con su esposa, María Magdalena; cómo murió, a edad avanzada, bastante lejos de Getsemaní. Ya se puede suponer el resto.
Los documentos fueron examinados por todos los implicados hasta que se admitió que no podía haber ninguna duda. Mi vieja iglesia católica, preocupada con sus propios problemas, sintió que el asunto garantizaba ciertamente más investigaciones en el futuro. América tuvo poco tiempo para vivir plenamente como una nación cristiana antes de que se cumpliera la Eb. Sólo recuerdo vagamente los pósters en el metro colocados por los hombres de iglesia, fotos de víctimas de Auschwitz clavadas a postes, con el mensaje: Acepta a Cristo y vive.
Cuando llegamos a Sloan's nos abrimos paso por entre las multitudes de la acera que rebuscaban entre los desperdicios de la calle. Pasamos las barricadas emplazadas para anular a los que provocaban disturbios por 1a comida, atravesamos los detectores de metales, y por fin recibimos una cesta a cambio de nuestro depósito. Enid recorrió los pasillos, cogiendo horrores: Slurpies, SugarTarts, Whoopies, Stickies, y una barra de cara­melo llamada Comesesos, que tenía la forma de un cráneo relleno de melaza. Cogí unas cuantas manzanas y naranjas, traídas de España, que al menos conservaban el envoltorio. Para mantener separadas nuestras compras, pinché mis frutas en los clavos de Enid.
-Necesitamos papel higiénico -dije, y advertí al decirlo que el mío tendría que encontrarlo en cualquier otro lugar durante una temporada.
-El desagüe es libre para que todos lo pelen. Lanzó a la bolsa una barra de pan Softee; rebotó, como tratando de escapar. Lo cogimos cerca de la sección de productos lácteos.
-Tengo una idea rara -dije.
-¿Qué?
-¿Por qué no compras algo sano? -dije, mirando las pintorescas etiquetas y bolsas brillantes de la bolsa.
-¿Porqué?
-Variedad -dije, cogiendo una bolsa de Sugar Chips y sacudiéndola; sonó como si estuviera llena de chinchetas-. No te mataría.
-¿Por qué promulgar lo que no tiene conclusión?
La convencí. Cogió una caja de Soyream y un bloque de Kraft Dairy Solid. Incluso habría cogido un cartón de huevos, pero la entrega a Nueva York de este mes fue consignada por el gobierno a nuestros amigos italianos, o a amigos suyos, o a amigos de alguien más. Había más cosas necesarias, pero el almacén no las tenía. No importaba cuánto de cada cosa llegara a Manhattan, nunca era bastante.
Abastecidos, nos dirigimos a la salida, devolviendo nuestra bolsa antes de entrar en cola. La multitud parecía presionar en las barricadas, pero nuestra cola era corta; llegamos a la caja en menos de media hora. El mercado tenía Vidiac; un equipo de monitores colgaba sobre los pasillos de las cajas, pero no miré. Hojeé los periódicos de los estantes cercanos. Había un artículo útil detallando cómo podían ser distinguidos los vampiros, y por tanto evitados, en el lugar de trabajo; otro titulado ¿es su cónyuge un asesino sexual reencarnado?, la historia verdadera del destripador de Hackensack contada por su ex-esposa desde ultratumba. El artículo de la portada de Tiempo se refería a la próxima explosión de comida (parecía desagradable) y, tras los editoriales, varias fotos nuevas mostraban jóvenes muertas en ropa interior.
-Vistauna, vistatodas -dijo Enid, mirando por encima de mi hom­bro-. El orgullo del hombre lo ensombrece todo. -Tiró el ejemplar de McCall's que había estado mirando; cuarenta cosas que se pueden hacer con los macarrones era el artículo de fondo.
Después de que nos atendieran, Enid depositó dos dólares; metimos las cosas en las bolsas que llevábamos. Nuestro viaje a casa fue tranqui­lo; no hablamos. Me puse a pensar en Avalon, y conté los minutos que faltaban para volver a verla.
-¿Ningún visitante? -le pregunté a Lester cuando llegamos.
-Ninguna sangre -dijo él, extendiendo un brazo, equilibrándose con el otro.
-No he preguntado eso. Lo habrías despachado, de todas formas.
Lester sonrió y bajó las escaleras. Entramos.
No tenía que marcharme aún (era sólo poco más de mediodía), así que enjuagué mis manzanas y naranjas después de soltarlas de la cabeza de Enid. Metí con cuidado la fruta en el fregadero una a una, para no salpicar demasiada agua. Enid se volvió de pronto, como si la hubieran abofeteado.
-La memoria regresa -dijo-. Aguarda un mo. Tengo una adición a tu repertoire.
Corrió al dormitorio. Mi frigorífico me consoló.
-...puerta entornada. Por favor, cierre. Puerta...
Saqué las manzanas y naranjas, las sequé y me las metí en el bolsillo de mi chaqueta de Krylar. Enid regresó con una nueva sierra mecánica que no tenía más de treinta centímetros de largo.
-No voy a bailar -dije.
-Corta y despedaza, entonces. Opción on off.
-Es bastante pequeña, ¿no?
-Pero maravillosa. -Apartó la sierra mecánica de nosotros y la conectó. Cuando pulsó un botón, la sierra se abalanzó hacia delante, triplicando su longitud mientras rugía.
-Astuto -dije, impresionado-. Un poco demasiado para lo que espero.
-Entonces en el caso de que tus expectativas se ajusten. Llévala por mí si quieres.
-¿Y si se dispara accidentalmente? Podría soltar algo sin darme cuenta.
-Como harías si no la manoseas. El seguro está puesto hasta que lo sueltes.
-¿De dónde la has sacado? -pregunté, notando las marcas que borraban la placa de serie.
-De un amigo a quien quemaba los dedos. Envuélvela en tu abrigo.
-Muy bien. Gracias, Enid.
-Por mivida -dijo, mientras la introducía en uno de los bolsillos interiores de mi larga chaqueta-, ¿Seamus?
-¿Sí?
-Esp saber de ti antes de lo que piensas -dijo-. Pero...
-Volveré en un par de meses.
-Por si en otras formas no volvemos a ceñirnos, mi sangre late en tu corazón tododespués, siemprejamás, hasta e] amoroso final del tiempo. Haz lo que quieras.
Me besó; sus clavos me arañaron la frente. No sangré mucho.
-Demasiado pronto la luz levantó -dijo ella-. Me dejó tambaleante pobre y desnutrida. Voy a acostarme y restcansar hasta que la noch arrastre oscuridad.
-Ten cuidado.
Entró en el dormitorio, quitándose la ropa mientras lo hacía. Antes, se inclinó para recoger una de sus botellas. Sonreí mientras miraba sus grandes glúteos grises, pensando en Lucy, la última rinoceronte. Sabía que estaría bien en mi ausencia, y por eso no me preocupaba por ella. Sólo Enid me había mantenido firme y recto, me hizo continuar el colegio, encontró los fondos que me permitieron hacerlo, y aguantó conmigo todos los momentos de dolor. Pero su vida era suya; la mía era mía.
Mientras bajaba las escaleras, me preparé; salí y me encaminé a la Tercera Avenida. Jimmy siempre me recogía en la cara norte de la barricada de la calle Catorce, antes de que atravesáramos el centro para recoger al señor Dryden y a Avalon. Era tan tarde que hoy sería el último en subir al coche.
Los guardias ante la barricada parecían vets de la campaña de Brooklyn, a juzgar por su facha y sus insignias. Cuando les mostré mi tarjeta 1A me dejaron pasar, sin examen, sin preguntas. Justo fuera, algunos muchachos del Ejército violaban por turno a una mujer; uno que estaba de pie cerca parecía haber sacado una reproducción de la insignia de su unidad de un perchero y mantenía el extremo decorativo sobre una hoguera. Volví la cabeza, pretendiendo no haber visto nada. Jimmy estaba junto al coche, observando; cuando me vio, me hizo señas.
-Sube -me dijo, contemplando el cielo gris. Me deslicé en mi asiento y saludé con la cabeza al señor Dryden y a Avalon, que estaban en la parte trasera, cada uno sentado en un extremo. Partimos en dirección a Broadway, Hicimos en silencio la mayor parte del viaje, como si temiéramos que al hablar romperíamos nuestro lazo y estropea­ríamos nuestra suerte. En ocasiones brotaban algunas palabras, como para incrementar la tensión.
-¿Algo aparte de la fiesta esta tarde? -preguntó Avalon; yacía encogida en un extremo del asiento. El señor Dryden estaba sentado detrás de mí, jugando con el IBM, a juzgar por los bips y la falta de diálogo.
-Papá querrá deportear después.
-¿Y la capilla?
-Conoces a papá -dijo.
Midtown y Times Square y la Zona Crepuscular de Clinton estaban como siempre. Después de que entráramos en la Zona Secundaria del Upper West en la Sesenta y uno, las inmediaciones parecieron abarro­tadas pero no tan tenues (el borde oriental de Broadway, más allá, estaba lo suficientemente elevado como para permanecer por encima del agua, según se creía, y por eso estaba mejor conservado). En la 120 empezaba West Harlem. Esa Zona Crepuscular llegaba hasta la 181; allí empezaba la Zona Secundaria de Inwood, cargada de bocis, como el Upper West.
En la 119, Jimmy me palmeó el brazo y señaló más allá de la salida.
-Parece jaleo -dijo.
Entre la 120 y la 135 el metro se convertía en una ele. Los jóvenes habían hecho descarrilar el tren. Los Demon Lovers, probablemente; habían dividido la zona después de domesticar a los Droozies vecinos. Jimmy y yo alzamos los binocs para poder vis más claramente lo que pasaba. La mitad de los vagones estaban en la vía; la otra mitad colgaban de lado. El vagón delantero estaba aplastado en la intersección de Broadway y la 125. Había miembros de la banda corriendo alrededor de los vagones, lanzando mollis, agachándose cuando estallaban. Otros corrían hacia los vagones que aún permanecían en la vía, saludando a aquellos que no habían escapado.
-Los duppies parecen cucarachas, ¿eh? -dijo Jimmy. Conectó el emisor, sintonizando lo que podía oírse en el intercom del tren.
-...hay otro tren detrás de esto. Pasen rápido -dijo la grabación automática.
Los vehículos del Ejército se colocaron en posición, y dispararon contra el tren. Mientras el fuego se esparcía por los vagones, los brillantes graffiti se ennegrecieron; de cada explosión brotaban destellos como chispas de una hoguera de troncos. Sólo la necesidad de transpor­tes públicos fiables mantenía los trenes en funcionamiento; sólo en Manhattan, sólo durante el día. La tarifa era alta (un cuarto), pero yo dudaba de que la pagara nadie, ya no. Personalmente, nunca entraba en el metro; los problemas ya te encuentran sin necesidad de que los busques.
-Masiado agobiante. Chicos masiado blueswee y jang-bang con vex. Tiraremos por Henry -dijo Jimmy-. Cinturoneemos.
Nos colocamos los cinturones, y pasamos a la 120; Jimmy conectó el electroscudo. Dejamos atrás Riverside Church y la Tumba de Grant, oscura y ajada en la neblina de la tarde. Las estructuras desocupadas, muy a mano, eran usadas a menudo por los chicos del Viejo para prácticas de tiro.
El trayecto por Riverside no tuvo nada de particular. Los residentes de West Harlem necesitaban combustible más desesperadamente que vivir con la confortante visión de un bosque al borde del río, y, donde antes una ardilla podía saltar de rama en rama durante manzanas sin tocar el suelo, ahora los tocones reemplazaban a los árboles y los guisados reemplazaban a las ardillas. Recuerdo haber oído de adoles­cente las historias de los naturales, quienes, se decía, vivían en el parque, tras haberse vuelto contra la civilización tal como la encontraron, para vivir de quien o lo que pudieran capturar. Se decía que llevaban ropas de matorrales entrelazados y máscaras de cortezas talladas de árboles. Todo romance, después de todo, una de esas historias con las que creces, como las de los caimanes ciegos nadando a través de las alcantarillas, o que si meabas en el tercer raíl morirías electrocutado, o que la mayoría de los cuerposcasas tenían antes dinero a patadas. Desde luego que no era así; sólo los que vivían antes de la Eb.
Tras pasar bajo las vigas verde-ejército del puente de George Was­hington, contemplar las grandes banderas que colgaban de los arcos agitarse con la brisa y pasar los fragmentos rotos de las cabinas de peaje, llegamos a Saw Mili Parkway, que estaba bajo vigilancia del Ejército. A falta de conversación, conecté la radio y sintonicé las noticias WINS. Los asentamientos israelíes en el Golfo Pérsico eran bombardeados por Iraq. Tass informaba que el Zar y el Politburó se reunían para discutir la creciente demanda entre el pueblo ruso y abrir canales vid de su propia elección. Un informe sin confirmar de la Casa Blanca consideraba perdido al consejero de seguridad. La Comisión de Alimentos del Presidente informaba que el hambre en América había sido eliminada entre aquellos que no habían muerto. Dryco había cumplido con su parte en el pasado para conseguir aquel objetivo. A petición del Viejo nueve meses antes, se habían lanzado paquetes de suministros a las hambrien­tas comunidades granjeras de Indiana. Antes de que despegaran, se advirtió que los suministros consistían en píldoras adelgazantes, laxan­tes y fotos de E. Ni siquiera los enemigos del Viejo lo acusaron por el hecho de que las grandes cajas fueron dejadas caer deliberadamente en medio de la multitud; lo fueron.
Después de una hora (eran más de las tres), salimos de la carretera del parque para pasar a la estatal; los guardias nos saludaron al pasar. La estatal se extendía a lo largo de varios kilómetros. Había cuarenta y cinco edificios en los terrenos junto a la casa principal y la capilla. Guardias, parientes, amigos, tutores, proxies, lalas, visitantes y colgados se alojaban en las otras casas. Yo incluso tenía una casa para mí en nuestros fines de semana. Tenía catorce habitaciones; no había llegado a ver la mitad.
-Vístete -le dijo el señor Dryden a Avalon. Parecía ansioso de diversión. Ella volvió a colocarse aquella maravillosa peluca negra; se enfundó un par de stilettos negros y un pesado suéter blanco que la cubrió hasta los muslos.
-A tu mujercita debería gustarle este atuendo -dijo.
-No se dará cuenta.
-Podrías prenderle fuego y no se daría cuenta. Pero sé quién sí.
-¿Niño cumpleaños?
-Aja.
-Padre igual a hijo -sonrió el señor Dryden.
Circulamos junto a la pista de aterrizaje. El Viejo tenía cuatro jets, Boeings 837 reacondicionados. Ni el Viejo ni el señor Dryden volaban mucho; era demasiado fácil derribar un avión. Los cópteros, grandes autogiros Sikorsky negros, también estaban allí. Guardado en uno de los hangares estaba el primer avión del Viejo, un aparato a hélice que sus primeros socios y él habían comprado en Boca Ratón, en los días antes de que conociera a Susie D; algún gracioso, años antes, había escrito Rosebud en el morro. Los radarscopios de la pista funcionaban constantemente. Si se lanzaba un ataque por alguien aparte de la misma Rusia (no era probable), los exos se encargarían de todos los intrusos, así como de la mayor parte de las propiedades vecinas. Un estrellascopio escrutaba los cielos diariamente en busca de platillos volantes. El Viejo creía fehacientemente el precepto de la Iglesia de E de que, en su regreso, E vendría a la Tierra en una especie de platillo volante, acompañado por un séquito de, en palabras del Viejo, «bichos del espacio».
Al Viejo le encantaba la seguridad. Un muro de piedra de tres metros y medio rodeaba la parte central de la propiedad. Los terrenos estaban protegidos además por alambre de espino, reflectores, alarmas, lobos, y había torres de ametralladoras emplazadas cada cincuenta metros en la muralla. Los cópteros sobrevolaban cada cinco minutos. Había un pequeño ferrocarril subterráneo que iba desde la mansión al edificio Dryco por si era necesario escapar a toda prisa. Nunca había sucedido y sin duda nunca sucedería.
-Acercándonos, Martin -dijo Jimmy, habiéndole al intercom mientras nos aproximábamos-. Yo y yo y tres.
-Roger.
Cuando esto era una carretera pública, el señor Dryden disfrutaba cambiando las señales y haciendo demostraciones improvisadas a los viajeros que pasaban cerca. El Viejo pidió al Ejército que la carretera fuera cerrada a los vehículos no estatales. No había muchos conductores que atravesaran el país, por razones de seguridad; cerca de las ciudades aparte de las mansiones y las zonas bajo vigilancia del Ejército, todos los pastos rurales y refugios estaban infectadas de picaros, bandoleros y atracadores. Además, había muy pocos coches que pudieran llegar a salvo hasta tan lejos: la mayoría de los nuevos coches americanos hechos, como tantas otras cosas, en producción ruso-americana separada pero igual (Gorky-Detroit en el caso de los automóviles), eran enviados a Europa y Japón, a países que ya no producían acero o no tenían acceso a los yacimientos mineros de Canadá, Brasil y Siberia. Sólo los propietarios podían permitirse coches nuevos. Muchos en América tenían automóviles, por cierto; había miles en las ciudades, todos en uso (durante años hubo una saturación de petróleo) y ninguno con menos de veinte años.
Atravesamos la verja. El camino de acceso tenía kilómetro y medio de largo; se podía ver la casa a mitad del trayecto, sola en la colina blanco brillante, iluminada desde fuera en la noch. Estaba construida al viejo estilo de Long Island, aunque era más grande: cuadrada, de muchos pisos, esmaltada y pulida, con largas tuberías de cromo y paredes de bloques de vidrio; con muchos, muchos espejos.
Aparcamos en un lado de la casa. Desde lo alto, en el patio, contemplé el verde césped, los abetos, el amplio lago, las praderas, y vi el río Hudson pasando junto a los Palisades. Al mirar en dirección a 1a ciudad, incluso desde esta distancia, pude ver la neblina negro-amarillenta que se posaba sobre Nueva York cada tarde. Antes de que tantos hornos hubieran sido reconvertidos para uso del carbón, el smog no era tan nocivo. Ahora la mayoría de las nochs eran tan negras que no se podía recorrer una manzana sin parecer un minero cuando llegabas a la esquina.
Avalon y Jimmy salieron del coche y se dirigieron a la casa por el sendero de pizarra que rodeaba la piscina. Yo la observé andar; los largos rizos de su pelo se agitaban a su espalda, sus tacones se tambaleaban en aquellos zapatos parecidos a cascos. Ante la piscina, entre las columnas se alzaba la estatua de Prometeo de Rockefeller Plaza, contemplando las hojas caer a la superficie del agua. El Viejo coleccionaba objetos raros en estos años tranquilos. Los viejos leones de la Biblioteca Pública protegían la verja que conducía al campo de criquet, donde Jimmy y la seguridad de la mansión pasaban las tardes de domingo. La fuente Pulitzer, antaño situada ante el Hotel Plaza, servía como alberquilla en un patio, al sur. Atlas cargaba al mundo cerca de la barbacoa. El Viejo habría trasladado el Puente de Brooklyn a la mansión si hubiera tenido un río que poner debajo.
-Hermoso estar en casa, ¿eh? -dijo el señor Dryden, sonriendo. Asentí, y pensé en cuánta plasticina necesitaría.
6

-El alcalde trató de engatusarme para que comprara Central Park el mes pasado. Me dijo que sus nuevas prospecciones demostraban que la mayor parte quedaría sobre el agua -le decía el Viejo a un amigo durante la hora del cóctel. Bebía lo de costumbre, Jack Daniels (una de sus compañías menores) con agua natural embotellada-.«¿Las copas de los árboles?», le pregunté.
-¿Cuánto querían embolsarse? -quiso saber su amigo Carlisle, otro de los viejos empresarios. Carlisle, desde la Eb, era dueño de la mayoría de las industrias químicas americanas, cortesía de la generosidad del Viejo.
-Cincuenta millones. Le dije que cogiera los cincuenta y se los metiera por el culo pavo a pavo con un martillo neumático. Mierda.
-El Park sería un despilfarro -dijo Carlisle-. Aunque hay un montón de madera.
-Siempre le jodio tener que vender tan barato el Van Cortlandt Park. Por no mencionar esos otros tratos que recorté. Sabe que tengo sus pelotas por llavero. Sólo quiere agarrar un buen pico para cuando se jubile y se retire a La Habana. Le dije que Manhattan será algún día un buen acuario para alguien, pero que mi dinero va para el Bronx. Seguro, alto, y seco. Los jodidos yankis siempre creyendo que pueden joderte.
-Te comprendo -dijo Carlisle, que era de White Plains.
-Ni hablar -dijo el Viejo-. Nadie me jode, jamás.
El Viejo era más grande que su hijo, nervudo y de largos huesos, vestido al estilo del dinero viejo: zapatillas, vaqueros y camis sin letreros. A menudo llevaba una de esas gorras chinas verdes; en la suya había reemplazado la estrella roja por un smirkey. Llevaba recogido el pelo blanco en una severa cola de caballo. El Viejo había nacido en Carolina del Norte, en una familia que no era conocida particularmente por nada, o eso decía. A lo largo de los años había cambiado su nombre para que encajara a medida que iba subiendo, y por fin se quedó en Thatcher Dryden, Sénior, poco antes de la Eb. Nadie recordaba su nombre original, y él menos que nadie.
-Las cinco -dijo, mirando su viejo Timex-. Vamos.
Muchos de los acompañantes del Viejo, y sus esposas o proxies, habían aparecido esa tarde para celebrar el décimo cumpleaños de su nieto; el señor Dryden me dijo que todos se marcharían esa noche. Estaban Carlisle; Turnbull, de municiones; Willetson, especializado en robots y mantenimientos. Y también Macintosh (carbón), Samuelson (automóviles), Parker (ordenadores), y otros doce, antiguos empresarios todos, que dirigían ahora empresas algo más estabilizadas que aquellas en donde antes fueron más activos. Muchos de ellos, por diversas razones, también habían cambiado sus nombres a lo largo de los años.
Los cuatro guardias de la casa (Barney, Biff, Butch y Scooter) vinieron con nosotros. Nos dirigimos a la capilla, un pequeño edificio con una gran torre. La capilla, construida con mármol italiano traído de algún burdel romano de la época de Mussolini, según sospechaba yo, se encontraba a trescientos metros de la casa principal. Pasamos junto al garaje, que albergaba treinta coches. Jimmy estaba dentro, trabajando en nuestro Castrolite. El Viejo era dueño de treinta coches, la mayoría de Gorky-Detroit: Redstars, Lenins, Zils, MarxdeVilles. También tenía varias antiguallas: un Olds Rocket 88, un Mercury negro del 49, un Chevy del 57 descapotable, un Hudson Hornet púrpura y amarillo y un hermoso Cadillac verde que había pertenecido, según decía, a Jerry Lee Lewis.
Seguimos a Barney y Scooter; los señores Dryden caminaban de­lante de Avalon y de mí. El pequeño Dryden y su madre (apóstatas) se quedaron en casa. Un cóptero de patrulla sobrevoló los árboles; las gorras volaron y sus dueños corrieron tras ellas. Durante el revuelo Avalon me cogió la mano. Sus pechos se bamboleaban bajo su suéter; la larga peluca castaña que llevaba aleteaba con la brisa.
-¿Cómo te va? -preguntó.
-En baja forma -dije-. Todo el mundo estuvo muy callado durante el camino.
-Lo sé. Me sentía como si estuviera en un ataúd con ruedas. Pero un carajo si yo iba a decir algo.
-No con Jimmy delante...
-¿Qué pasa con Jimmy?
-El señor Dryden está seguro de que Jimmy trabaja encubierto para el Viejo.
-Qué interesante.
-¿Cómo es eso?
-Papaíto piensa que trabaja para el hijo. Calla, Shameless, ya llegamos.
Me soltó la mano; el contacto de su piel aún calentaba mi palma. Entramos en la capilla. El ministro nos saludó, resplandeciente en su traje dorado, brillando como un santo en el altar. Avalon se sentó entre padre e hijo; yo lo hice tras ellos. Los otros ocuparon lentamente los bancos. La capilla tenía paredes de estuco color rosa salmón con filamentos dorados, rematadas con oscura madera de roble. El interior permanecía en sombras (se filtraba poca luz a través de los dibujos abstractos de las vidrieras a prueba de balas), y los ojos se ajustaban lentamente a la penumbra.
El ministro subió al altar, y comenzó la ceremonia; el organista tocó suavemente. El servicio, posiblemente por accidente, estaba modelado siguiendo el de la misa; había una introducción, un kyrie, una invoca­ción, una bendición; todo menos la comunión, que no tenía sentido en ningún caso. Era más fácil soportar la misa sin reírse. Cuando yo era joven, sólo asistía a misa bajo amenaza; ahora iba por elección, y a veces por la ceremonia. Es más impresionante desde que empezaron a cantarla solamente en latín. Ése fue uno de los cambios que el Papa Pedro consideró esenciales después de su ascensión a la silla, después del asesinato de Juan Pablo, después del descubrimiento de los documentos Q, después de que la sede papal fuera trasladada a Zurich. Era razonable que la Deidad usara un lenguaje que ninguno de Sus seguidores com­prendiera.
El ministro llegó al penúltimo paso y nos congregó.
-El mundo entero es un escenario y todos los hombres y mujeres no son más que actores -invocó; nosotros respondimos. Unas lágrimas suavizaron los ojos del Viejo. Avalon bostezó. El señor Dryden se rascó la piel.
-Y ahora el escenario está vacío -dijo el ministro.
-Estoy aquí -respondimos.
-Con todo vacío alrededor.
-¿Están nuestros corazones llenos de dolor?
-¿Volveré alguna vez? -hizo una pausa-. Decidme: ¿Estáis solita­rios esta noche?
El organista colocó las zarpas sobre los botones y entonó «Big Hunk O'Love». Abrimos nuestros libros de himnos e hicimos ruido sin alegría. El ministro alzó las manos en súplica; se volvió de cara al altar y la estatua de E. La estatua empezó a sacudirse mientras cantábamos; verla te dejaba sin palabras. Era un simulacro de E a tamaño natural, con los pies extendidos, micro en mano, gafas oscuras y un traje de lentejuelas de una pieza con cuello alto y capa. Había un águila repro­ducida en rubíes (muchos rubíes) sobre su estómago. En la pared, tras la estatua, había una colorgrafía de E estrechándole la mano a Nixon; el circumspecto Uno y Todos, al que mis padres llamaban el Gran Satán con frías sonrisas y deleite.
-Adiós -dijo el ministro, lanzando su bufanda a la congregación. Nadie se movió hasta que el Viejo se volvió para ver quién había sido bendecido; entonces, todos saltaron para agarrarla.
Como a E -concluyó el ministro-, que se nos permita dejar el edificio.
Los varones Dryden habían pertenecido a la I de E desde que yo trabajaba para ellos. La creencia central del grupo y su razón de ser (yo tenía dudas, francamente, pero no soy ningún experto en dogmas), era que E, enviado por la Deidad, caminó con el hombre durante una temporada y regresó a otras esferas cuando el hombre demostró ser inexperto. E regresaría un día (el Día del Juicio, creo, para aliviar la confusión) y guiaría a su pueblo a un mundo mejor. Cómo podría mejorar el mundo del Viejo era uno de los misterios de la fe.
Regresamos a la casa principal para cenar. Al anochecer comenzaría el deporte; cuando terminara, yo podría empezar mi trabajo. En el camino de regreso, Avalon me vio mirándola, sonrió y se dio la vuelta. Aquella mirada me aseguró que haría lo que había que hacer.
Tras perder de vista la capilla, todo el mundo encendió porros y tragó riesguis. En la casa, el Viejo regresó a su Jack Daniels. Solía recalcar que nunca había tomado drogas, sino que simplemente había atendido a la demanda según los dictados del libre mercado. Incluso ahora, la circulación de kane y otros riesguis suministraba un buen porcentaje de los ingresos de Dryco, a pesar de que tales drogas eran ilegales. El gobierno (a instancias de Dryco) se aseguraba de que esas leyes queda­ran congeladas, para asegurar saneados beneficios.
Deambulé por el salón mientras todo el mundo se preparaba para cenar, echando una ojeada a los alrededores en busca de algo anormal. Todo parecía igual que siempre; los largos sofás blancos se extendían a lo largo de las paredes, las mesitas bajas reunían su ración diaria de polvo. Había pocos libros en la habitación y en la casa entera; el Viejo era de una generación iletrada. Ningún cuadro colgaba de las paredes; un gran retrato de Susie D miraba desde encima de la chimenea. Terriblemente cenotáfico, pensé, aunque, si en su momento hubieran querido hacerlo, hubieran podido cremarla en él, tan grande era la bóveda que lo albergaba. Miré el retrato durante un momento, recordándola, asombrado de lo bien que la mostraba tal como había sido: baja, rechoncha, fría e intrigante. Nunca me había dicho dos palabras seguidas en veinte años, pues pensaba que no era propio de ella reconocer ninguna ayuda. Creo que en la única persona en quien confiaba (y no tanto) era en el señor Dryden. El retrato la mostraba sentada, con los puños cerrados en el regazo, una pierna sobre un brazo del sillón, el pelo gris cortado al rape. Uno podía sospechar que era una camionera nata que había equivocado el camino en alguna parte y había acabado aquí.
Cenamos en el comedor, la sala más grande de la casa. En el centro, rodeado por grandes cojines, había un ancho panel blanco. Biff pulsó un botón; el panel se hundió en el suelo, hasta la cocina de debajo. Mientras todos se sentaban en los cojines, el Viejo tocó su silbato; los catadores entraron en la habitación. Me senté con cuidado para impedir que mis rodillas temblaran.
-Dadme el informe -dijo a los catadores, que lo probaron todo. El Viejo comió pollo frito, puré de patatas, salsa blanca con pan y patatas dulces; el señor Dryden picoteó un filete crudo y cebollas crudas; los demás ojeamos una variedad de cosas de colores con formas interesan­tes. Los catadores se enderezaron, dieron su aprobación y se marcharon.
-Podría soportar oír algunas canciones -dijo el Viejo, dirigiéndose a Scooter-. Pon algo en el tocadiscos, ¿quieres?
La música resonó por la sala, música de los desaparecidos: canciones de Buddy Holly, Roy Orbison, the Band, el mismo E. El Viejo se reclinó en sus cojines, sujetando su bebida y su muslo de pollo. Sus lalas le consolaron; tenían perms y uñas pintadas, iban muy maquilladas, y llevaban diminutas bragas rojas con cremalleras negras por delante. Tenían unos nueve años.
-Sexo. Drogas. Violencia. Rock and roll -dijo el Viejo, alzando su vaso-. Algo para todos.
-Brindemos por el niño que cumple años -ordenó el señor Dryden. Nadie se retrasó.
-¿Dónde está?
-¡Niño! -chilló el Viejo-. Mueve el culo para acá.
En la entrada del comedor apareció Thatcher Dryden III. Desde el día en que intentó estrangular a su tutor cuando tenía un año todos le llamaban el Estrangulador. Caminó hasta la mesa con su habitual cachaza.
-Ho -dijo, sacando su navaja-. Vamos a cortar.
-Siéntate, niño -dijo el Viejo-. Te estás perdiendo tu propia fiesta.
-Hola, Stella. Hola, Blanche. -Las lalas del Viejo sonrieron al Estrangulador, poniéndose tan coloradas como sus bragas. Él las pinchó; se agitaron-. Suelta, abu. Déjame rodar y tronar.
-Demonios, no.
-Strazh, papá -dijo el Estrangulador, apuntando con la hoja a su padre. El señor Dryden sonrió. El Estrangulador tendió el cuchillo y atravesó una patata dulce. Mordió la mitad y luego escupió sobre la blanca superficie-. Exterminar -dijo-. Queremos cositas. -Se sentó junto a su madre y la besó en la mejilla; ella no pareció darse cuenta-. Bien -dijo-. Continuad.
Desde donde yo estaba sentado, lo que veía de Avalon era encanta­dor pero falto de expresión. Estaba tumbada boca abajo cerca del pollo frito, mirando en otra dirección, las largas piernas extendidas. El suéter dejaba al descubierto su culo cada vez que extendía la mano para coger algo de comida. El señor Dryden estaba sentado a su lado, toqueteando entre sus piernas como si buscara algo fuera de alcance. Ella no le prestaba atención, y yo no sentí celos; él parecía hacerlo más que nada por costumbre. Su esposa y su hijo estaban frente a él, al otro lado del panel.
No era común que la señora Dryden cenara en compañía. Medía uno ochenta, y no podía pesar más de cuarenta kilos. Yo había escuchado rumores que decían que las esposas de los otros propietarios la consi­deraban gorda. Los propietarios se casaban sólo para poder tener here­deros legales, pero pocos los tenían de ningún tipo: sus esposas eran remarcablemente delgadas y, por eso, remarcablemente estériles. La señora Dryden había cumplido con su deber cuando era más joven y pesaba un poco más.
La señora Dryden llevaba gafas oscuras (era imposible saber a quién miraba) y no hablaba nunca. La última frase que le oí murmurar fue algunos años antes, algo sobre que permitieran sentarse al servicio en la misma habitación que ella. Periódicamente, una lágrima corría por su mejilla; las drogas le volvían ¡os ojos acuosos. Llevaba el pelo recogido en una tiara de oro en lo alto de la cabeza. Vestía un caftán púrpura con mangas largas y tantas joyas como la estatua de E. Durante la cena hizo un gesto hacia sus cosas; el Estrangulador le subió la manga, cogió la hipo y la llenó. Yo recordaba cuando no usaba drogas. El señor Dryden y ella se conocieron cuando él estaba en Yale. Ella asistía a Wellesley. Como todas las esposas de los propietarios, no trabajaba.
Mientras cenábamos, los acordes de «Love Me Tender» sonaron por los altavoces. Los ojos del Viejo se nublaron. Empezó a fruncir el ceño y a sacudir la cabeza, como si se le hubiera atascado un pedazo de patata caliente en la garganta y quisiera llamar la atención sobre ese hecho. Estaba dispuesto a rememorar, y todos sabíamos sobre quién. Oíamos la historia que se disponía a contar seis veces al año, al menos desde que yo trabajaba para el señor Dryden.
-¿Os he contado alguna vez cuando conocí a E? -dijo, alzando los ojos para asegurarse de que le prestábamos atención-. ¿Mientras estaba en la tierra?
Sacudimos la cabeza, murmurando; miramos nuestros platos.
-Lo has contado cuarenta veces, abu -replicó el Estrangulador, metiendo la mano bajo las bragas de Blanche. El Viejo le miró, con los ojos llenos de benevolencia, le ignoró y continuó.
-Cuando yo tenía dieciséis años -dijo-, algunos amigóles y yo salimos de Oklahoma aquel verano para ver si podíamos conseguir trabajo en los campos petrolíferos que había por allí. Nos detuvimos en Memphis de camino para pasar la noche. Nos acercamos a Graceland para ver si Él estaba en casa. Había unos pocos guardias y un puñado de gente en la verja. Hacía una calor de cojones. Los chavales con los que estaba dijeron que querían volver al motel. Yo dije que quería quedarme un rato. No pude decir por qué. Sólo lo hice. Ellos se marcharon. Dijeron que yo podía regresar al motel cuando me cansara. Capullos.
El señor Dryden se deslizó hacia delante, acercándose a la comida, acercándose a su padre (nunca se cansaba de escuchar aquella historia), abriéndose paso por entre los cojines como si fueran trincheras.
-Me senté en la acera. Curioso. Cuanto más me quedaba, más quería quedarme. Llegó la noche y casi todo el mundo se marchó. Después de tanto rato, incluso los guardias cerraron las verjas y entraron en sus casitas. Empezó a llover a cántaros, pero yo no podía marcharme. Era como si la mano de Dios me retuviera allí para que pudiera quedarme y conocer a Su hijo. Debí parecer un auténtico gilipollas, porque me empapé de arriba a abajo.
Un cierto olorcillo en torno a la señora Dryden nos hizo sospechar que se había cagado. Barney se acercó, la levantó, se la cargó al hombro y la llevó a su habitación, donde las criadas la lavarían y la meterían en la cama.
-Un cochazo negro se acercó a eso de medianoche, y yo le hice señas. El coche se paró. Me acerqué. Las luces de dentro se encendieron. La ventanilla bajó. El interior parecía la cosa más lujosa del mundo. Dos tipos grandes estaban sentados junto a Él, apuntándome con sus pistolas, por si acaso, supuse. Era Él, allí dentro. Era una gloria contemplarlo. Llevaba gafas negras, y una capa oscura cubría Su traje. En Su mano llevaba una larga linterna de plata. Su pelo era negro como el ala de un cuervo, peinado hacia atrás. Se volvió y me miró, y entonces habló.
Hizo una pausa, esperando a ver si recordábamos nuestra clave.
-¿Qué dijo? -preguntamos la mitad, en voz alta.
-¿No te estás mojando? Eso es lo que Él me preguntó. Yo dije que sí. Él sonrió y en Su cara apareció una expresión gloriosa. Había una bolsa grande de hamburguesas con queso en el suelo del coche y yo tenía hambre, y casi le pedí una, pero no lo hice. Él me preguntó mi nombre y yo se lo dije. Él asintió y extendió la mano y tocó la mía. Mientras la estrechaba, sentí la electricidad atravesarme y todo el poder de Dios. Vi que Él también me había estado apuntando con una pistola. Ni siquiera Dios puede ser demasiado cuidadoso, ya sabéis. Dijo no hagas nada que yo no haría, hermano...
-Y no lo he hecho -interrumpió el Estrangulador, demasiado con­tento. El Viejo le miró durante un momento.
-Y no lo he hecho -continuó-. Todos dijeron buenas noches y subieron la ventanilla y entraron. La verja se cerró y yo me quedé allí, en la lluvia. Era obvio que Él estaba lleno de la gloria del Señor...
Esta vez presté más atención al Viejo, intentando descubrir signos de locura inminente. No parecía más irracional que de costumbre.
-...aunque, si no lo supiera bien, habría jurado que estaba drogado. Avalon se tendió de espaldas y cerró los ojos como para dormir. El suéter se le subió por delante.
-Entonces me marché. Me gusta pensar que seguí Sus deseos como Él me pidió que hiciera. ¿Sabéis?, si Jesús hubiera sido real y hubiera estado en la misma situación que E, habría hecho lo mismo.
Y viceversa, pensé, imaginando a E con aquel traje de lentejuelas, crucificado.
-¿Dónde está el pastel? -preguntó súbitamente el Viejo, como si regresara de un viaje insospechado.
-¿Está preparado? -preguntó el Estrangulador, alzando la cabeza.
-Mejor que lo esté -dijo el Viejo, y pulsó un botón. Mientras se echaba hacia atrás, sus lalas lo hundieron por él. El panel descendió otra vez, retirando los platos y las cenas a medio comer. Uno de los invitados casi se cayó cuando cazaba las últimas migajas de su plato. La cena terminaba cuando el Viejo acababa. Cuando el panel volvió a alzarse traía un pastel de un metro ochenta y con una forma memorable: una combinación de Graceland y la Torre de Babel sería la descripción más adecuada. Diez velas rodeaban el estrado donde reposaba.
El Viejo pasó la mano por el pelo del Estrangulador, como intentan­do limpiarle algo.
-Es un buen chico.
-Desea, hijo -dijo el señor Dryden, sonriendo de nuevo. El Estrangulador sopló las velas una a una, para no cansarse.
-¿Qué has deseado?
-Un cóptero -dijo, mirando el pastel-. ¿Lo han catado y aprobado?
-No te comas el pastel, niño -rió el Viejo-, Cómete lo de dentro.
La parte superior del pastel se abrió, y una lala saltó de su interior. Tendría unos quince años, y estaba desnuda. El efecto no resultó como se esperaba. A medio camino sus caderas se atascaron; se agitó, inde­fensa, mientras todos miraban en silencio. Cuando por fin se liberó, fue con tanto esfuerzo que perdió el equilibrio y se deslizó de cabeza por el lado del pastel. Chocó contra el señor Dryden y le manchó de helado los pantalones y los zapatos. El señor Dryden se puso en pie de un salto y le dio una patada en el estómago, y luego se echó hacia atrás para volver a patearla.
-Basta -chilló el Viejo.
Su pie descargó otra vez; la lala se dobló, sujetándose los costados.
-¡Maldito gilipollas, basta! -volvió a gritar el Viejo, poniéndose en pie de pronto y agarrando los brazos de su hijo-. Es el regalo del Estrangulador, no el tuyo.
Sentí un dolor sordo en la nuca. Me excusé y salí de la habitación. Podría cegarme ante cualquier cosa si la veía demasiado a menudo.
En momentos dispersos había reunido el material que necesitaba para completar el proyecto de la mañana, y por eso supe que podía pasar la noche montando y preparando el temporizador como quisiera, en cuanto estuviera en mi habitación en la casa principal. Fui al garaje a ver cómo iba Jimmy con los ajustes. Estaba colocando un faro nuevo al guardabarros izquierdo cuando entré.
-¿Cómo te va? -pregunté.
-No tan mal, tío. ¿Qué tal dentro?
-Están jugando con el regalo del Estrangulador.
-Sí, tío. La vi cuando vino. Bonito culito, seguro. Oí risas salvajes, y un firme cántico de aprobación, y los gritos de la lala.
-Parece que recibió su billete gratis para follar, tío.
-Supongo.
-Ahora se aficionará a las cifras dobles, será un tormento como su padre, ta rass.
-O peor -dije yo, tratando de no oír los sonidos de dentro-. ¿Tienes problemas aquí?
-Ninguno que no pueda arreglar. No como alguien.
-¿A qué te refieres?
-A Boy Dryden, tío, y a su padre también. Andan ciegos, y un día darán un paso demasiado lejos.
-Podría ser... -dije, tratando de interpretar su mirada, para ver si era un truco para hacerme hablar.
-Boy Dryden especialmente. Sabe que ahora gira demasiado rápido. No quiere que papi descubra su bolsa de trucos.
-¿Trucos?
-Ya sabes, tío. Lo que guarda tanto y tan celosamente. Su serpiente en la roca. El tiburón en el agua.
-Yo me estaría callado por el momento, Jimmy -dije, esperando arrancar una respuesta.
-No soy un recogecentavos como ellos suponen, tío. Estoy aquí para beber leche, no para contar vacas. El gran árbol se caerá por sí mismo cualquier día.
-Tal vez.
-Corre mucho, tío. Boy Dryden está asustado. Si yo fuera él, estaría asustado también. Habrá mucha confusión antes de que caiga Babilonia, dice el León. Mucho azufre de Jah desde el cielo. Muchas llamas para él.
El Estrangulador salió, poniéndose una cami que tenía Ríndete Dorothy escrito delante. Oí movimientos y conversaciones apagadas dentro, como en un sueño. Se preparaban para los acontecimientos de la velada. Primero salieron los señores Dryden, con las escopetas cargadas. Normalmente no me gustan las armas de fuego; herramientas de aficionado. Llevan tanto tiempo prohibidas que parecerían obsoletas si no fuera porque el Ejército (aficionados todos), encuentran uso para tantas. Los propietarios, naturalmente, pueden poseer armas. Por pro­tección, y por deporte.
-Vamos, O'Malley -dijo el señor Dryden.
Biff y Scotter encabezaban el grupo; yo caminaba detrás de los Dryden. Había catorce jugadores. Las mujeres no participaban nunca, ni los niños; ni siquiera el Estrangulador.
-Buen tiempo para disparar -dijo el Viejo.
-¿Conseguiste mucho esta semana? -preguntó Carlisle.
-Sinceramente, no lo sé. No he mirado todavía. Espero que sí.
Fue un paseo agradable, aproximadamente un kilómetro, hasta los campos de recreo, a través de bosquecillos ensombrecidos de árboles de hoja perenne, frescos y aromáticos como árboles de navidad, un pequeño estanque rodeado de eneas, un gazebo rojo en un claro del bosque, un grupo de sauces llorones. El viento soplaba amablemente, y las canciones de los pájaros nos serenaban mientras caminábamos.
-¿Habéis visto la última Gallup? -preguntó uno de ellos-. El Presidente tiene el 91 por ciento de las preferencias.
La Gallup en cuestión recogía las opiniones de veintitrés personas, incluyendo los dos Dryden.
-Muy por delante de comosellame. Esta elección es segura.
Siempre lo eran.
Llegamos al campo de tiro, una larga pradera entre dos bosquecillos. Había quince guardias colocados en el fondo, cerca de algunos mato­rrales; sabía que una verja electrificada corría tras ellos. Cada guarda llevaba una gorra Sherlock gris; cada uno cargaba al hombro un largo palo nudoso. La caza se escondía en los arbustos cercanos. El Viejo se acercó al guardamonte, que llevaba una gorra rojo brillante para evitar ser confundido con las presas en los momentos de excitación.
-¿Qué pasa, Titus?
-Tuve problemas con el envío, señor -dijo Titus, señalando hacia un semi blanco aparcado el borde del terreno-. Enlatados como sardinas. Asfixiados, todos.
-Mierda -dijo el Viejo-. ¿Encontraste algún reemplazo?
-Sí. Carga fresca. Más la que enviaron.
-Parece bien. ¿Todo listo?
-Sí. -Titus metió la cinta en el aparato que llevaba y, siguiendo la petición del señor Dryden, «All Shook Up» empezó a sonar.
-Extendeos, todos -aulló el Viejo-. Cuando dé la señal, avanzad a paso firme. -Los jugadores se alinearon en lo alto del prado.
-Deberías jugar alguna vez, O'Malley -dijo Turabull.
-Ya conoces al chico -rió el Viejo-. No le gustan mucho los deportes. -Alzó el brazo sobre la cabeza y gritó-: ¡Yeee-hah!
La banda cruzó el prado. Los guardias agitaron los matorrales con sus palos. Saltaron siluetas, mirando a su alrededor, a ciegas como murciélagos, esperando solamente ser pasadas por alto. Había tantas posibilidades de aquello como de que el Presidente fuera republicano.
-Les pregunté si querían venir a este país -me dijo Titus-. Dijeron que sí.
Veintiséis trofeos bailaron en la oscuridad. Todos estaban desnudos: algunos eran negros, algunos asiáticos; el resto, latinos. Antes de que cayera, vi entre ellos a la lala que había manchado el traje del señor Dryden.
-¡Yee-Hah!
Preferían a los niños; había menos que limpiar más tarde.
7

Antes de acostarme, poco antes de medianoche, puse el despertador y preparé mi material. El estudio estaba en la planta baja, cerca del pie de las escaleras centrales. El señor Dryden me aseguró que no tendría problemas para entrar.
Si el despertador no hubiera sonado a las cinco, rescatándome de mis profundidades, el sueño que sufría justo antes se habría perdido en las horas sucesivas de descanso. Soñé que caminaba por la orilla del mar. A lo lejos, cerca del rompiente, vi agitarse algo. Eché a correr, llegué en un momento y vi a Avalon, desnuda y de espaldas, con los brazos y las piernas enterrados en la arena. Me miró, suplicando ayuda en silencio; no podía salir. La liberé. Ella me cogió la mano y me guió playa arriba, lejos del océano. Se tendió, me atrajo hacia sí, empujó mi cabeza entre sus piernas y apretó mi cara contra su coño. Besé. Ella creció, o yo me encogí; de repente, todo a mi alrededor fue oscuro y húmedo. Incapaz de sacar la cabeza, me debatí, pero sólo conseguí hundirme más; ella me agarró las piernas y rápidamente me hizo entrar. Pareció una forma maravillosa de ahogarse. De repente la vi desde arriba mientras yacía en la arena, los dientes entreabiertos como para morder. Se levantó, se acercó al agua, nadó entre las olas, se zambulló y desapareció. Desperté, sudando y temblando, deseán­dola más que nunca.
Me vestí y reuní mis juguetes. La casa estaba oscura mientras me arrastraba por el pasillo, deslizándome silenciosamente escaleras abajo. Apreté los dedos contra la puerta del estudio, y ésta se abrió. Ningún timbre sonó, ninguna luz destelló. Entré, cerrando la puerta tras de mí. Dentro de la habitación había una luz tenue que procedía del acuario construido en la pared del fondo. Postigos de acero cubrían las dos ventanas de la habitación; no se filtraba ninguna luz previa al amanecer. Mis ojos se ajustaron en segundos. Había mucho que ver. Colgando a cada lado de la chimenea estaban las licenciaturas honorarias del Viejo, sus premios de negocios, sus trofeos civiles, las citaciones del gobierno. Cerca de la repisa, a la derecha, estaba el primer premio del señor Dryden, otorgado el año de su graduación: el certificado anunciaba que era uno de los Diez Jóvenes Americanos más Destacados de Jaycee. Sobre la chimenea colgaba el retrato del Viejo, hecho cuando tenía la edad del señor Dryden; a excepción del color del pelo, estaba igual que ahora. Fotos enmarcadas alineaban la chimenea, mostrando al Viejo con, entre otros, el actual zar de Rusia y los diez últimos Presidentes americanos, cinco de los cuales habían sido asesinados, uno después de sólo dos meses en el cargo.
En la pared de enfrente estaba su monitor TVC de cuarenta y ocho pulgadas. Entre las ventanas había filas y filas de ajados álbumes de discos, todavía conservados. Frente a su escritorio había tres archivado­res negros, siempre cerrados. Su mesa era perfecta para mi propósito: la parte superior era de madera, ni demasiado gruesa ni demasiado fina; lo bastante alta en la parte central como para que las rodillas del usuario no rozaran contra ella, lo bastante baja como para que nada colocado debajo fuera visto necesariamente. La fuerza de la explosión se dirigiría hacia fuera y hacia arriba, hacia quien estuviera sentado..., hacia el Viejo.
Colocarla fue pan comido. Emplacé la plasticina (suficiente para destruir la mitad de la habitación, por si acaso), coloqué el temporizador a la una P.M., cuando el señor Dryden me dijo que el Viejo estaría solo, conecté los cables, y se acabó. El reloj sobreviviría a la explosión. En su superficie había garabateado la insignia de Noveaux Maroon, el grupo haitiano. Barney, Biff y Scooter eran todos antiguos maroons, atraídos a la tela Dryden con el cebo de costumbre. Como guardias de la casa, el señor Dryden sospechaba que serían unos chivos perfectos.
Antes de salir del estudio (no tardé ni cinco minutos) miré aquellos archivadores. También ellos sobrevivirían; lo que contenían se conser­varía bien. Después, pensé, podría descubrir por fin lo que el Viejo escondía allí, y cómo había dado sus pasos de baile. Yo tenía nociones vagas, sabía que el día que las bolsas se hundieron el Viejo estaba en Washington con el Presidente. Horas después, mientras intentaba esca­par, el Presidente fue sacado de su cóptero y linchado. Sólo el Viejo sabía de qué habían discutido. Yo sabía por el señor Dryden que en aquellos cajones había papeles que había asegurado mientras todo se hundía; papeles que desde entonces nunca había perdido de vista. Habría tiempo de sobra para mirarlos, pensé, y los dejé estar. Agarrando la puerta con fuerza, salí al pasillo y oí la cerradura chasquear a mis espaldas.
El amanecer se acercaba; la luz de la mañana iluminaba la parte superior de las escaleras. Mientras pasaba junto a la habitación de Avalon advertí que la puerta estaba abierta; me asomé. Ella estaba tendida en la cama, boca abajo, las piernas cubiertas por la sábana, el culo en alto. Durante un momento me sentí arrebatado; la había visto desnuda incontables veces, pero saber que pronto estaría conmigo, y tan inesperadamente, hizo que mi corazón ardiera. Me acerqué a la cama; me arrodillé junto a ella, visionándola allí tendida, oyéndola respirar, contemplándola moverse suavemente mientras dormía. Sus dientes reposaban en un vaso junto a la cama, encajados y sonrientes. Lenta­mente, con más cuidado que si intentara desarticular una bomba, extendí la mano; mis dedos temblaron mientras se acercaban a su espalda y el oscuro valle de abajo. Pero no podía tocarla, todavía no; no mientras dormía, tan absolutamente inconsciente y tan aparentemente indefensa. Habría sido algo demasiado parecido a una violación; retiré la mano, sabiendo que mañana a esta hora, en Leningrado, podría apretarme a salvo contra ella. Me puse en pie y salí por la puerta. En silencio, regresé a mi habitación.
Tras volver a poner el despertador a las diez (la hora normal de levantarse en la mansión), volví a dormirme, y ya no soñé. Cuando dieron las diez, me levanté de nuevo y bajé a desayunar. Cuando entré en el comedor vi que Avalon, el Viejo y el señor Dryden ya estaban allí.
-Pensé que necesitarías descanso -me murmuró el señor Dryden mientras me colocaba a su lado. Sonreí. El desayuno era siempre un asunto íntimo; incluyendo a los catadores, a Stella y los cuatro guardias de la casa, sólo éramos once.
El Viejo examinaba varios mapas y gráficos, manchándolos de mermelada mientras comía sus huevos y tostadas.
-Comprueba esto -dijo, tendiendo al señor Dryden un dibujo con una foto adjunta-. Tendrás un nuevo apartamento en la ciudad en un sitio como éste.
El señor Dryden recogió el boceto y lo miró durante unos instantes. Mostraba un edificio de apartamentos de cinco plantas, en forma de U, con un patio jardín custodiado por dos leones de piedra con las colas erectas. Las vidrieras coloreadas de la planta baja teñían hermosamente el brillante ladrillo amarillo.
-Donde estoy me vale -dijo el señor Dryden.
-No te valdrá cuando el agua empieza a entrar por las ventanas.
-En la Quinta estoy a treinta pisos por encima. En las Torres...
-Mira ese sitio, ¿quieres? El arquitecto dice que está exactamente igual que en 1928.
-¿Incluyendo la antena parabólica? -preguntó el señor Dryden; era roja con reborde blanco.
-Si hubiera habido parabólicas en 1928, estoy seguro de que habrían sido así.
-Entrada delantera fácil -dijo el señor Dryden-. Riesgos inherentes a la vida de ciudad, pero...
-Entre las malvalocas y las zinias -dijo el Viejo, señalando las flores-, minas.
-Díselo al jardinero.
-Se construirán y reconstruirán apartamentos como éste por todo el Concourse -dijo el Viejo. Sospeché que el del señor Dryden sería el único equipado con lanzaderas de misiles-. La nueva Quinta Avenida. Los tranvías correrán por la mediana central. Los autobuses por los lados. El carril 1A por el centro, como siempre. Arrendaré tiendas al sur de la 161. Bloomies, Saks-Mart. Sólo las mejores.
-¿Qué es un tranvía? -preguntó Stella; su sombra de ojos púrpura hacía juego con el pañuelo que llevaba en torno a la cintura como una cadena de golpear.
-Es algo parecido a un... -El Viejo hizo una pausa, perdidos por el momento sus poderes descriptivos-. Solían tenerlos en San Francisco. Antes del terremoto.
Stella, obviamente sin enterarse de nada, dejó correr el tema.
-Pasa el beicon -dijo Avalon, extendiendo el brazo.
-Escoge otra cosa -dijo el señor Dryden, que se mantenía apartado de la comida frita.
-Pasa el jodido beicon -repitió Avalon; lo pasé.
-¿Tuviste que volar a Lope ayer? -preguntó el Viejo, con ese maravilloso cambio de dirección que convertía en tan impredecibles las conversaciones a la mesa. El señor Dryden no pareció interesado; su café rompió en oleadas dentro de la taza mientras la sujetaba.
-Nuestra ayuda era imprevisible -dijo-. Estaba prep para marielizar. Trágico pero esencial.
-¿Marielizar qué? ¿Atlantic City? ¿Qué tenía que decir al respecto?
-Se han hecho con cuatro casinos de Boardwalk. Claramente, sin pistas adelante o atrás. Han puesto la rodilla en otros cuatro.
-¿Cómo lo hacen?
-Estándar. Explosiones, palizas, secuestros de hijos, muertes de esposas. Hace dos semanas se cargaron al encargado nocturno de Caesar's y lo rodajearon estilo sierra.
-Son incivilizados, desde luego -dijo el Viejo-. Por eso firmamos la tregua con los bastardos. Están demasiado locos para negociar. ¿Qué te propuso Lope para que no estuvieras de acuerdo?
-Pagarles en firme. Para robar bebés y ahogarlos.
-¿Y? -dijo el Viejo-. Déjalos.
-Necesitamos nuestra mano aquí.
-Boardwalk está ahora bajo el agua cuando sube la marea.
-Prop, papá. El Green es todo prop. Oscura y negra. La propiedad no anula.
-Lo hará cuando esté en el fondo del jodido océano.
-La línea está fija -dijo el señor Dryden-.Ya conoces sus semanals. Nosotros nos sentamos y damos. Mariel toma. No conseguimos nada.
-No lo necesitamos.
-Fondos nada que podrían ayudarte a bronxear.
-No necesito perder dinero en nuevos acuarios. Todavía hay de sobra.
-No por mucho. No podemos bronxearlo mucho más.
-Un carajo no podemos.
-Pero Atlantic City es...
-Mierda. Si los muchachos de Lope la quieren, si Mariel la tiene, no me importa una caca de vaca.
-Come o sé comido, papá. Dales dinero ahora y lo pagaremos más tarde.
-¿Sí?
-Digo que cortemos y avancemos.
-No comprendes, hijo. Estaremos bronxeando mucho después de que los dos nos vayamos. Hay edificios allá arriba que no podrías construir ni siquiera con mi dinero. Una ciudad nueva...
El señor Dryden se llevó las manos a la cabeza. Por su palidez supe que necesitaría refrescantes y pronto.
-Árboles en cada calle, hijo -continuó el Viejo-. Dale al Bronx cuarenta años. Habrá más dinero entrando de lo que mil contables podrían robar. Es un gran sueño, sí, pero sólido...
-Y loco -dijo el señor Dryden.
El Viejo acarició las piernas de Stella, sentado en su almohada, y miró a su hijo.
-Y supongo que dirías que el sueño es tan loco como el soñador. El señor Dryden no dijo nada.
-Odiaría oír acusaciones sobre mi cordura viniendo de un cabeza loca como tú.
-¡Errorado! -Los nudillos del señor Dryden se volvieron blancos cuando agarró los cojines sobre los que yacía.
-Últimamente todo lo que has estado haciendo es reemplazar la grasa de la tierra con la tuya. Si no te cagaras en los pantalones todo el tiempo cada vez que alguien consigue algo que no queremos por precios que no pagaremos, podrías conseguir algo de vez en cuando. Pero no, te quedas sentado, tomando ríesguis, follando...
-Tratando de mantener la compañía en la cumbre...
-No lo sé, hijo. La verdad es que no lo sé.
-¿No sabes qué?
-No sé cuánto tiempo más puedo mantener a un cabeza loca como tú dirigiéndolo todo -dijo el Viejo-. Podría tener que empezar a impli­carme de nuevo más y más con trabajar con esa mierda día-a-día. Estoy empezando a pensar que todo esto podría estar teniendo un mal efecto sobre ti.
-Ahora hablas desde dos bandos...
-Sí, podría tener que realinear las cosas. Arreglarlo para que no tengas tanta presión encima. Encargarme de que no tuvieras que hacer nada más complicado que cagar. ¿Crees que podrás manejarlo?
-Jodido viejo...
-Probablemente no. Bueno, creo que podré encargarme de todo lo demás. Han pasado años, pero un perro viejo nunca olvida sus trucos...
-Trucos que nunca supo.
-¿Cómo es eso, hijo?
-Mamá hacía los trucos -dijo el señor Dryden-. Y tú rascabas las migajas...
Parecían a punto de abalanzarse el uno sobre el otro; me preparé para moverme. Ninguno tenía armas más afiladas que los tenedores o los cuchillos de la mantequilla, pero podían ser suficientes si se los dirigía bien.
-¿Puedo ir de compras ? -preguntó de repente Avalon, interrumpien­do, limpiándose la comisura de los labios de yema de huevo-. Me encantaría quedarme y veros continuar todo el día, pero...
-Por supuesto que puedes, querida -dijo el Viejo-. De todas formas, siempre manejamos mejor nuestros desacuerdos en privado. ¿Verdad, hijo?
Los ojos del señor Dryden se volvieron hacia mí, luego otra vez hacia Avalon.
-Necesitarás protección. O'Malley. Escuda.
Asentí y me puse en pie. El desayuno se acabó; el panel blanco bajó a la cocina de abajo. Avalon fue arriba a cambiarse. Mientras esperaba su regreso en el salón delantero, el señor Dryden se me acercó.
-¿Se encuentra bien? -pregunté.
-¿Ves mi significado? -indicó él, sacudiendo la cabeza-. Chocho. Absoluto.
Yo estuve de acuerdo, pues pensaba que era más seguro hacerlo así.
-Continuaremos en el estudio. Saldré pronto, seguro, antemano.
-Bien.
-¿Todo listo?
-AO.
-¿Conoces el lugar? -Asentí-. Dentro de seis semanas -dijo, colo­cándome la mano en el hombro-. Diviértete.
Avalon bajó las escaleras, todo visión y deleite. Iba sin peluca y llevaba un suéter verde pálido, botas marrones de tacón plano por encima de la rodilla y ceñidos vaqueros Pretty Poison. Apretaba la gran bolsa que le colgaba del hombro contra su costado.
-Llevo mi dinero -dijo, palmeando su cadera; era sorprendente que pudiera haberse metido nada en los bolsillos-. ¿Listo?
-Listo.
Salimos como si nos dirigiéramos a un paseo de placer; es lo que íbamos a hacer, después de todo. Buten esperaba fuera, junto a uno de los coches más viejos, un Plymouth azul oscuro donde creo que el señor Dryden aprendió a conducir. Subimos a la parte trasera y cerramos las puertas. Mientras recorríamos el sendero, Avalon pulsó el botón que alzaba el escudo que separaba nuestro compartimiento de la parte delantera.
-¿Por qué no nos lleva Jimmy? -preguntó.
-Te dije que el señor Dryden no se fía de él. Creo que quiere mantenerlo a la vista.
-¿Y qué hará Buten ahora?
-Nada, supongo. Nos dejará y volverá aquí hasta que lo llamen. Avalon sonrió y apoyó su mano en mi rodilla. Acaricié sus largos dedos.
-¿Qué hay del equipaje?
-Hay maletas para nosotros en el avión, -íbamos a tomar un jet de Dryco en la terminal de la Aeroflot en Newark, directo a Leningrado.
-¿Dónde vamos a alojarnos cuando lleguemos allí?
-Uno de los reps de Gorky-Detroit tiene una dacha a treinta y cinco kilómetros de la ciudad. Me han dicho que es muy bonita.
-¿No estaremos en la ciudad? -preguntó ella-. Ya estoy harta de tanto puñetero campo. Deberíamos ir a Londres.
-Demasiados disturbios. Podrás comprar, no te preocupes.
Buten nos miraba por el retrovisor; subrepticiamente, aparté la mano de Avalon de mi rodilla. Con la misma sutileza, ella volvió a colocarla. Por un momento me pregunté si nuestro compartimiento no estaría pinchado; parecía improbable. Ninguno de los coches más viejos tenía micros como material estándar, y no creía que ninguno de los Dryden se hubiera molestado en hacer que Jimmy instalara uno.
-Entrarás en calor -dije.
-Tú me mantendrás caliente -dijo ella, subiendo la mano por mi pierna. Tomamos la carretera que conducía a Saw Mill. Hasta que nuestros pies no pisaran suelo ruso no me sentiría absolutamente seguro, o absolutamente a salvo; con todo, estaba con Avalon, ahora y para siempre, y todo lo que había tenido que hacer era matar a alguien contra quien no tenía nada personal, alguien que podía haberle hecho algo a alguien en alguna ocasión. Pasé la mano por su cintura y me acerqué más, obligando a mi mente a dirigirse a donde debería.
-¿Tuviste algún problema esta mañana? -preguntó ella, bajando la voz. Butch había conectado la radio, y era difícil escucharla por encima de lo que, al principio, parecía estática, pero después se prolongó para revelarse como una de esas canciones escritas por chip y programa.
-No.
-¿Por qué no te metiste en la cama conmigo?
-¿Cuándo?
-Esta mañana. Supongo que no habría sido muy seguro, pero con todo...
-¿Estabas despierta?
-Por supuesto. ¿Con lo fría que papi mantiene esa tumba crees que duermo sin taparme? Quería atraer tu atención...
-Lo hiciste. ¿Cuándo te despertaste?
-Cuando bajaste las escaleras. ¿Por qué solamente me miraste?
-Era... -Sus ojos se clavaron otra vez en mí; serpiente para el pájaro, como diría Enid-. Me pareció más seguro esperar.
-Supongo. Habría tenido que estarme callada. Lo odio -dijo, frun­ciendo el ceño-. ¿Pusiste bien el reloj?
-Desde luego.
Ella sonrió; la astucia cubrió sus rasgos. Me frotó la barbilla con los dedos.
-No te has afeitado -dijo-. Lindo.
Si el panel que separaba nuestros compartimientos hubiera sido opaco, la habría tendido en el suelo en ese mismo momento.
-¿Cuándo iba a quedarse solo papi?
-A la una. Según el señor Dryden.
-¿Pusiste el reloj a esa hora?
-Sí. Él iba a estar allí también, antes.
-Entonces los dos estarán allí ahora mismo, ¿no?
Miré mi reloj; eran poco más de las doce. Sus peleas nunca duraban más de dos horas.
-Ajá -dije-. Todavía discutiendo, estoy seguro. Ella me cogió la muñeca pulsó el botón y miró el reloj. Se llevó los brazos a la cabeza y se desperezó.
-Ya han acabado -dijo.
-Lo dudo -repliqué-. Probablemente continuarán durante otra me­dia hora o así...
-Ya no.
Un cartel del Ejército, apenas entrevisto, ordenaba a todos que lo reciclaran todo por si no había más. Alguien, probablemente los chicos del ejército muertos de aburrimiento, habían hecho un agujero con una bala de tanque en el centro del cartel. Miré a Avalon.
-¿Qué quieres decir?
-Estalló hace cinco minutos -dijo. Cerró los ojos y apoyó la cabeza en mi hombro.
-Puse el reloj a la una.
-Yo lo cambié para el mediodía.
-¿Cuándo?
-Después de que te fueras a tu habitación. Esta mañana.
-Cerré la puerta del estudio.
-Conozco el código desde hace años -dijo-. A papi le gustaba pasar la tarde conmigo. Nos reuníamos allí.
No importaba lo asustado que me sintiera, supe que no era tanto como debería.
-¿Por qué? -pregunté.
-Tienes un aspecto raro. ¿Te encuentras bien?
-Me encontraba. Avalon, ¿por qué?
-Saldrá mejor así. Si funciona. Creo que lo hará.
-¿Por qué? -grité. Butch nos miró otra vez, pero no redujo la velocidad-. Avalon, dime que no lo hiciste. Por favor.
-Lo hice. Mira, los dos están locos, y el hijito iba a salir limpio...
-¿No te das cuenta de los problemas que se nos vienen encima?
-No podías verlo como yo porque has trabajado para él demasiado tiempo. Siempre pensaste que era tu amigo, no importaba lo cabrón que fuera. Estabas ciego. Era un jodido psico, Shameless. No lo admitirías ni aunque pudieras.
-No lo era -dije-. No tanto...
-Lo era. Se habría vuelto contra nosotros algún día. Hazme caso.
-No lo creo. No. Desde luego que no.
-Será mejor que sí. Mira. Me mortificó todo el tiempo. Igual que hizo contigo.
-Iba a cambiar...
-Admítelo, ¿de verdad piensas que haría lo que dijo que iba a hacer? ¿De verdad te lo creíste?
-No me habría mentido sobre esto...
-Quería que hicieras el trabajo sucio y nada más. No creo que te hubiera despachado más tarde, pero puedes apostar a que no te habría hecho ningún bien.
-¿Qué vamos a sacar de todo esto? Todos nos van a perseguir ahora. Su gente y la del Viejo.
-El hijito no tiene a nadie de su lado. Tú, Jimmy y yo. Esa comadreja de Jake. Nada más.
-Pero podría haber quitado a la gente del Viejo...
-¿Nadie habría supuesto que estaba detrás?
-No podrían haber hecho nada. Si está muerto, no podrá confirmar ni negar. Ahora tendrán que elegir a alguien. ¿Quién es el más adecuado?
-Los hombres nunca piensan que sus proxies sean lo suficientemen­te listas para este tipo de cosas...
-No va a salir como crees -dije-. Querrán saber por qué salimos del país, ¿no crees?
-Descubrirán que el hijito mismo hizo los preparativos, ¿no?
-No hizo ningún preparativo para que lo volaran.
-Lo negaremos todo -rió ella-. Ni siquiera te das cuenta de lo mejor de este asunto.
-No sé cómo se me ha pasado por alto. ¿Qué es?
-Con papi muerto -dijo ella, pasando las piernas sobre las mías, clavándome a mi asiento-, ¿quién se lleva la herencia?
-El señor Dryden. Pero, gracias a ti, está...
-Muerto. ¿Quién viene a continuación? No dije nada.
-Sé que te enseñó su nuevo testamento -dijo ella-. Por cierto, que olvidaste decírmelo. Pero yo lo he visto también. Te llevas el veinticinco por ciento, ¿no? -Asentí-. Yo también.
-Eso significa...
-Controlamos la propiedad -rió-. Somos dueños de la compañía. A veces sucede algo que te da todas las responsabilidades de la muerte con ninguno de sus beneficios. Me cubrí la cara con las manos.
-¿No te das cuenta de que entonces verán que tenemos el motivo perfecto?
-Claro que sí -dijo ella-. Pero la única persona que lo sabía además de tú era el hijito, ¿no?
-Y mi hermana, y los abogados. Tú, obviamente. Los suficientes como para que se lo figuren.
Ella se encogió de hombros.
-Su palabra, nuestra palabra...
-Su poder... -dije.
-Nuestro dinero.
-Tenemos problemas, Avalon. No va a funcionar.
-¿Por qué no?
-¿Crees que veremos un centavo ahora? ¿Si no nos cogen? Lo mismo nos da sentarnos y ver cómo los abogados lo distribuyen pasando por encima de nosotros. Lo mantendrán en litigio durante cuarenta años...
-¿Y si nos escapamos?
-¿Cómo? Tenemos que idear algo rápido.
-Shameless.
-Nos crucificarán -dije-. Nos cogerán aquí o allá. Nos...
-Shamey, escucha.
-¿Qué?
-Ahora somos ellos. ¿Ves? No había nada que hacer mientras nos dirigíamos a Nueva York. Busqué mentalmente las posibilidades.
-Tal vez no murieron -dije.
-¿Crees que no la preparaste bien? Sabía que lo había hecho.
-¿Es posible que la desconectaras accidentalmente?
-No -dijo-. Cuando salí, estaba bien colocada.
-¿Tal vez la colocaste para medianoche en vez de para el mediodía?
-Por supuesto que no. La lucecita se enciende para a.m. La he visto.
-¿Y si salieron de la habitación?
-Tal vez. Pero si el hijito no entró y explotó una hora antes...
-Pensará...
Ella asintió, lentamente.
-Si no está muerto, tendremos verdaderos problemas.
-Probablemente lo estará -murmuré, tranquilizándome con pensa­mientos de muerte, esperando ahora lo que había despreciado momentos antes. Perspectiva, podríamos llamarlo; otra de esas cosas a las que uno se acostumbra con el tiempo.
-Creo que nos estamos preocupando demasiado por nada.
-Lo dudo -dije-. Ojalá me hubieras dicho algo antes...
-¿Para que así trataras de convencerme de lo contrario? Si vas a hacer algo, hazlo. Eso es lo que siempre he pensado.
-¿Y si te equivocas?
-Entonces haz otra cosa. Rápido.
Hablamos poco más; permanecimos en silencio, abrazados. Dadas las circunstancias, parecía que no habría forma de que pudiéramos salir del país; aunque no nos detuvieran de antemano y consiguiéramos cruzar el charco, tendríamos que pasar en Rusia el resto de nuestros días, sin poder regresar..., corriendo tanto peligro allí como aquí.
Mientras atravesábamos el Henry Hudson, pasando bajo el puente, advertí algo aún peor.
8

-Avalon -susurré.
-¿Qué?
-Ha pasado una de dos.
-¿De qué hablas?
-O la bomba estalló -dije-, o no lo hizo. Me miró sin comprender.
-Tiene sentido.
-Si no lo hizo, entonces deberían estar moviéndose. No han llamado a Butch.
-Tal vez el aparato no funciona.
-Funciona. Iban a llamar a Butch para que regresara en cuanto nos soltara.
-Entonces, ¿qué crees que pasa?
-Debe haber estallado -dije-. Tal como la emplacé, no pudiste desconectarla.
-Lo sé. ¿Y bien?
-Tal vez no estaban dentro. O quizá sólo estaba el Viejo.
-O el hijito.
-Si fuera el señor Dryden, habrían llamado a Butch. Y, en ese caso...
-Las cosas están saliendo como debían -dijo ella-, o ninguno ha muerto y no sospechan de nosotros.
-Cierto -dije-. El señor Dryden le diría al contacto que nos enviara de vuelta en cuanto llegáramos allá, o continuaríamos hasta el aeropuer­to según lo planeado...
-A menos que eso sea lo que quieren que pensemos.
Suspiré.
-Podríamos picar, si sospechan. Butch no tendría que saberlo.
-Casi hemos llegado. ¿Qué vamos a hacer?
-Sigamos adelante. Vis lo que salga.
Teníamos que reunimos con nuestro contacto entre Broadway y la Treinta y cuatro, cerca de Macy's. El señor Dryden no había dicho quién sería el contacto, o qué aspecto tendría; sólo que nos reconocería. Dadas las circunstancias, aquel pensamiento ya no era reconfortante. Mientras el coche entraba en la Zona Secundaria de Herald Square, me incliné hacia Avalon.
-No merece la pena probar -susurré-. No sigamos. No vendrán a buscarnos en mi barrio.
-Que Butch nos lleve.
-No es eso lo que espera -dije-. Tiene que saber dónde dejarnos. Sospechará de lo contrario.
-¿Es peligroso tu barrio?
-No más que éste.
Mientras Butch avanzaba entre los camiones aparcados en doble fila, un ciclista que venía zigzagueando detrás chocó con nuestro guardabarros y casi acabó de bruces en la calle. Avalon y yo nos sobresaltamos, temiendo que nos hubieran atacado. El ciclista nos adelantó (con dificultad, pues su armazón se había abollado con la colisión) y, cuando alcanzó la parte delantera de nuestro coche, alzó la bici por encima de su cabeza y la lanzó contra nuestro parabrisas. Viendo que le causaba poco daño a nuestro coche y destruía aún más su juguete, empezó a gritarnos y asomó la cabeza por la ventanilla delantera. Siguió gritando cuando Butch la subió, atrapándole la cabeza entre el cristal irrompible y el marco de la puerta.
-¿Necesitas alguna ayuda? -pregunté. Butch vaciló-. Entonces nos bajamos aquí.
Abrí la puerta; Avalon y yo salimos, resbalando en la porquería viscosa que cubría la acera. Butch sacó un largo tubo de plomo de debajo del asiento y empezó a golpear al ciclista en la cabeza. Las ventanillas del lado del pasajero se oscurecieron mientras lo descargaba una y otra vez.
-Salgamos de aquí rápido, Shameless -dijo Avalon, cogiéndome del brazo-. Odio las multitudes.
La calle Treinta y cuatro era la más abarrotada de la ciudad, especialmente los domingos por la tarde. En la mayor parte de Manhat­tan eran difícil conducir; por la 34 era imposible andar, tan apretada estaba la gente. Desde la fachada norte a la fachada sur, el único lugar despejado de la calle era el carril 1A, alineado con picas de medio metro de altura, cada una fija en el hormigón con una separación de cinco centímetros. Incluso ese carril estaba repleto aquí, pues los vehículos del Ejército que se dirigían al Javits Center pasaban sin cesar. Los estudios del Ejército demostraban que el tráfico de los carriles regulares aquí, a cualquier hora de cualquier día, se movía a menos de treinta centímetros por minuto.
-Vayamos hacia el este -dije, agarrándola fuerte para impedir que la barriera la multitud-. Luego al centro por Murray Hill. Creo que será más fácil.
Para ganar un uso de espacio más productivo, la mayoría de las tiendas de la 34 habían colocado sus mercancías al fresco, prolongando sus mostradores (protegidos del clima por toldos antiguamente brillan­tes, ahora gastados) varios palmos en la acera, interrumpidos sólo allá donde se ponían los mercadilleros, atestando las aceras. Estudios adi­cionales del Ejército demostraban que la calle Treinta y cuatro era el único lugar de Manhattan donde, por término medio, el tráfico callejero iba más rápido que el de las aceras. Lenta, cuidadosamente, empezamos a abrirnos paso dando codazos y rodillazos a los que estaban preparados para intercambiar, regatear o robar. Este tipo de multitud era lo que más me preocupaba; para moverse había que ofender de algún modo, y aquí tales insultos no eran pasados por alto.
-O'Malley -oí gritar a alguien.
-¿Oyes eso? -dijo Avalon, empujando a una mujer que arrastraba un cochecito de bebé, cargado de productos marchitos.
-Sigue andando -dije.
-Lo intento.
-O'Malley.
Conduje a Avalon fuera de la acera, intentando cruzar la calle para poder perdernos en una manzana o así, donde la multitud fuera menos densa. Se celebraba una pelea de gallos justo en la confluencia entre Broadway y la Séptima; había un corro apostando, esperando ver qué ave se dirigía a mayores victorias y cuál proporcionaría sopa para doce.
-¡O'Malley!
Alguien se nos acercaba por detrás, y yo prefería evitarlo. Avalon y yo llegamos a las filas de coches de la calle y empezamos a subirnos a ellos, aupándonos en los guardabarros, arrastrándonos sobre las capotas donde era necesario, esquivando a los ciclistas que corrían silbando por entre los coches. La alcé por encima de las picas del carril 1A y luego salté. Un camión corrió hacia nosotros cuando llegamos a la otra fila de picas. Gritos de agonía se elevaron por encima del alboroto. Apartamos la mirada cuando dos mujeres jóvenes y un viejo quedaron aplastados; el vehículo siguió rodando, dejando detrás una alfombra roja.
-¡O'Malley! -repitió la voz-. ¡Alto!
Llegamos a la parte sur de la calle, nos abrimos paso hacia el Herald Center, nos deslizamos a través de las colas que esperaban su admisión en el centro de reclutamiento del Ejército de la planta baja. Diez pisos más arriba, por la cornisa del edificio, de forma continua, pasaba el mensaje: ve nueva york mientras puedas. Vi un autobús de la Séptima Avenida que iba al centro y aparcaba en la acera junto a nosotros.
-¡Alto!
-¿Qué vamos a hacer? -preguntó Avalon. El autobús se detuvo; los pasajeros salieron en tropel mientras otros nuevos empujaban, saltaban, gateaban para entrar.
-Sube -dije, empujándola hacia delante-. Pondremos distancia y bajaremos. Luego escaparemos. Aprisa.
Avalon y yo fuimos los dos últimos en entrar a la fuerza antes de que la puerta se cerrara. Nos quedamos apretados entre los pasajeros de los escalones de la entrada y la puerta, los brazos a los costados, las piernas clavadas donde estábamos, los cuerpos pegados unos a otros como si formáramos un sellado al vacío. Si hubiéramos podido respirar, habría sido bastante excitante estar tan cerca de ella. Algo me arañó la espalda; al volver la cabeza, pude ver a un hombre que corría junto al autobús. Tenía el brazo atrapado en la puerta, pero obviamente quería conservar el sitio; saltaba ágilmente por encima de los baches, y aún más alto para evitar a otros vehículos. El autobús se detuvo de pronto y quedó aplastado entre dos furgonetas postales. El autobús se arrastro unos palmos más, deteniéndose a diez centímetros de la acera; las puertas se abrieron.
-O'Malley -gimió Avalon-. ¡Salgamos! Esto es jodidamente horrib...
-Demasiado tarde.
Docenas de personas subieron al autobús; sentí que mis pies aban­donaban el suelo mientras éramos empujados hacia delante. Al conduc­tor no parecía preocuparle cobrar el billete y miraba hacia al frente, masticando un palillo entre los dientes. Nos encontrábamos en la parte delantera del autobús, tan apretados como si nos hubieran metido en cemento. Al quitar los asientos, los autobuses de la ciudad habían podido proporcionar espacio para pasajeros adicionales.
-Pasn'rr'd'gm'pl'z -cloqueó la voz amplificada del conductor; la calidad del sonido procedente del altavoz sugería que alguien pedía ayuda mientras se hundía en cieno dentro de un bidón de aceite.
-Joder... -dijo Avalon; nos habíamos separado durante el último asalto-. Me estoy asfixiando...
-Aguanta -jadeé. Alguien me pinchó el costado con un paraguas; seguía sin haber manera de que pudiera levantar los brazos. No estaba seguro de hasta dónde habíamos llegado; había tantos pasajeros colga­dos por fuera que era imposible ver más allá. El autobús dio otra sacudida y se detuvo. Otra carga se apretujó para entrar.
-¡O'Malley! -gritó Avalon-. ¡Ayúdame!
Sólo era visible su cabeza; se alejaba lentamente de mí, como llevada por un remolino. En el centro del autobús, la multitud se hizo más líquida. Me incliné hacia delante, seguro de que no podía caer. Casi era posible nadar por encima.
-¡Ayuda! -Avalon extendió la mano; con un enorme esfuerzo, me lancé hacia delante y la cogí.
-Cuando pare -jadeé, viendo que ella estaba al nivel de la puerta lateral-, excava. Empuja. Aparta. Pero sal.
-Sí -dijo ella.
El autobús se paró; un siseo sugirió que la puerta invisible a nuestra izquierda se abría.
-¡Ahora!
Uno de mis pies rozó la puerta; lo usé para impulsarme hacia delante. Avalon estaba fuera; un hombretón me bloqueaba la salida mientras pretendía entrar.
-Muévete -le grité, mientras las puertas empezaban a cerrarse.
-Vete al carajo -me gritó él a su vez. Supe que aquello no conduciría a ninguna parte. Extendí la mano libre y le hundí los nudillos en los ojos. Su gran peso sirvió para mantener las puertas separadas; mientras caía de espaldas, salí a la calle agarrado a él. El autobús se marchó, envol­viéndonos con negras nubes de gasoil.
-Shamey -dijo Avalon, corriendo a ayudarme-, ¿estás bien?
Mi traje estaba rasgado bajo mi largo abrigo. Uno de mis zapatos medio colgaba de mi pie. La cara de Avalon estaba arañada y sus botas rayadas y sucias. Sus vaqueros estaban húmedos, con manchas frescas, y su suéter sacado sobre sus pechos; mientras volvía a ponérselo en su sitio, me miró con extrañeza y gritó.
-Estás herido.
-No, no lo estoy -dije, palpándome la cara, intentando descubrir qué había sucedido, preguntándome por qué no había empezado a sentir dolor-. ¿Lo estoy?
-Alguien te ha arrancado la oreja.
Tras llevarme la mano a la cabeza, descubrí una penosa ausencia.
-No está -dije-. Mi pendiente.
-¿Qué hay de tu oreja? -preguntó ella-. No sangra todavía.
-Ni sangrará. Son falsas. Pero conseguir otro pen...
-Yo te conseguiré otro pendiente. Vamos.
-Enid me los regaló.
-Por cierto, ¿dónde estamos?
-Séptima y Veintisiete. Delante de Chelsea. Vamos.
Con nuestras Drydencards no tuvimos dificultad para entrar en la Zona Secundaria de Chelsea; nuestro patético aspecto no llamaba la atención, Chelsea, repleta de bocis, era una zona temible llena de todos los que habían sido atraídos a Manhattan por organizaciones como Dryco, todos hipnotizados por la promesa de que durante unos pocos años bien sufridos aquí, una vez iniciado el camino de la gloria, se podrían asentar en nuevas regiones del país..., siempre que se sobrevi­viera a la visita, desde luego. Para satisfacer los caprichos de los vecinos residentes, innumerables instrumentos llenaban las tiendas de la Sépti­ma Avenida, cada uno de ellos buenos para una existencia de tres meses..., hasta que pasara la moda o subiera el alquiler. Pasamos junto a restaurantes que no proporcionaban más que concocciones de bêche-de-mer y algas; tiendas que no vendían más que un artículo concreto: lámparas o carteles, camisas o cuchillos. En la Dieciséis, justo ante la barricada que separaba Chelsea de la Zona de Control del Village, había una gran tienda de antigüedades cuyo cartel la proclamaba como el mayor abastecedor de mobiliario de los Molestos Noventa de Nueva York.
Recorrimos la Catorce Este y cruzamos la barricada de Broadway para entrar en la Zona Secundaria del East Village. Estuvimos poco tiempo allí; en la Tercera, llegamos al muro que rodeaba Loisaida y entramos.
-¿Así es este lado? -preguntó Avalon. Parecía nerviosa, aunque era difícil leer sus rasgos a medida que oscurecía.
Había graffitis ambientes en la pared de un edificio abandonado en la calle diez: la deidad vive ¿y tú? Continuamos; mucha gente cenaba a esa hora, y por esto las calles no estaban tan abarrotadas como de costumbre. Después de un largo rato, llegamos a mi edificio. La mar­quesina apagada anunciaba que las películas del fin de semana eran Hijos del Paraíso y Jules et Jim. Durante todo el trayecto estuve vigilando con atención; nadie parecía habernos seguido, ni a pie ni en coche. Las verjas de la puerta de Belsen no estaban corridas; entramos.
-¿Lester? -grité; no había nadie en el recibidor del club, y las luces de dentro estaban apagadas. A través del humo del tabaco distinguí varias formas vagas cerca de la barra.
-Hola -dijo Rubén, emergiendo de la neblina. Se había quitado la camisa; parecía haber estado limpiando algo, a juzgar por los churretes de sus hombros y pecho.
-¿Algo de Enid o de Margot? -pregunté.
-Al otro lado aún -respondió.
Avalon se quedó mirando cómo Rubén se llevaba un pie a la boca y se quitaba el cigarrillo para poder hablar con más facilidad; vació la ceniza contra el lado de la puerta.
-¿Volverán esta noch? Sacudió la cabeza.
-Vertiendo encantos allá y acá. En juego con charloteo de Broork. ¿Tu corazón?
-Mi corazón -dije, agarrando a Avalon con fuerza, como temiendo que pudiera intentar llevársela-. Subiremos y cerraremos. Si hay lozels rondando cerca...
Asintió. Nos dirigimos a la escalera y subimos, abriéndonos paso por entre los que estaban acampados en el pasillo. Abrí la puerta y entramos. Avalon se quedó inmóvil en el centro de la habitación, como abrumada.
-¿Vives aquí? -preguntó.
-Te acostumbrarás.
-¿Esa cosa tiene algún bicho? -preguntó, señalando al sofá.
-Ninguno que muerda -dije. Ella frunció el ceño, pero se sentó.
-¿Tienes algo de beber, Shameless?
-Vodka. Pepsi. ¿Quieres un vaso?
-Vodka. Y un vaso, si no está como el resto de lugar.
-Toma -dije, recuperando una botella del stock de Enid. Ella la cogió y dio un largo trago-. No te preocupes, estaremos a salvo hasta que se nos ocurra qué hacer.
-Ahora debemos estar en la lista a eliminar, con cualquier cifra al lado -dijo.
-Únete a la multitud.
-¿Qué va a pasarnos, Shamey?
-Aceptémoslo tal como venga -dije, pues por el momento no quería intentar siquiera pensar en algo.
-¿Todos son aquí como ese tipo...? -empezó a decir; de pronto dio un salto, como si la hubieran pellizcado-. ¡Aquí hay alguien!
-¿Dónde? -susurré, mirando alrededor.
-Escucha. Los oigo hablar.
Escuché. El único sonido que oí fue: Puerta entornada. Por favor cierre.
-Es el frigorífico.
-Oh -dijo ella, relajándose y dando otro sorbo-. ¿Hay muchas rarezas más por aquí?
-Hay un montón de gente así aquí.
-He oído decir que tu hermana es igual -dijo ella-. ¿Es verdad?
-Enid no nació ambiente -expliqué-. Eligió serlo. No es exactamen­te como ellos.
-¿Parece más normal?
-En cierto modo.
-¿Eligió ser uno de ellos?
-Sí.
-¿Por qué se llaman ambientes?
-Porque están siempre alrededor, como el ambiente. -Así era como lo expresaba Enid.
-¿A quién se le ocurrió ese nombre?
-A ellos.
Tiritó. Sus ojos se cerraron lentamente mientras se sentaba en el sofá.
-¿Cansada? -dije-. Es una pregunta estúpida, lo sé.
-¿Puedo usar tu ducha?
-Claro. -Teníamos una bomba y un depósito en el sótano, con suministro para una semana entera. Aunque la ciudad proporcionara aún el agua a nuestra zona, no había más tuberías que el viejo alcantarillado por el que tenía que correr, y no había nada de eso cerca de nuestro edificio-. Procura no usar demasiada agua.
-No lo haré. ¿Dónde está el cuarto de baño?
-Aquí dentro. Ten cuidado si te sientas.
-¿Por qué?
-Las ratas suben a veces por la tubería.
-¿Has probado con veneno?
-Las cosas no están tan mal todavía. -Me reí; ella también-. Puede que haya una toalla ahí dentro.
-¿Puede?
-Normalmente dejo que el agua se seque sola. Enid tiene un montón de tierra para revolcarse. -Me miró como si me creyera.
-Ahora vuelvo -dijo.
Cerró la puerta tras ella y empezó a hacer correr el agua; tiró dos veces de la cisterna. Calculé que podía coger el agua de lluvia en cubos y luego filtrar las impurezas mayores. Entré en el dormitorio y tardé unos pocos minutos en clavar una manta sobre el cráter del techo. Tras bajar, contemplé las hileras de libros viejos que Enid había acumulado a lo largo de los años. Como la mayoría de los ambientes, leía todo lo que encontraba. Los títulos visibles incluían Anomalías y curiosidades de la medicina, Cámara Oscura de Bolitho. La conducta humana en los campos de concentración, el Viajero desafortunado de Nash, Crímenes perversos en la historia, ¡Mirad! de Fort, y El florecimiento de América. Regresé a la habitación principal. Me senté y conecté las noticias.
-...quemada y violada antes de ser...
Las miré durante un rato. El Presidente y la primera dama marchaban a Camp David para sus vacaciones mensuales, después de haber enviado sus condolencias a la viuda del consejero de seguridad. Una bruja fue quemada en Ohio. En Japón, una planta de defensa filtraba cumulonimbos de gas azur; habían muerto cuarenta mil personas. La presentadora alzó las cejas, como si fuera un chiste.
-Y a continuación -anunció-, mutiladores de ganado..., ¿amigos o enemigos?
Hubo un anuncio de chaquetas de piel rusas; primero veías a los animalitos peludos y luego cómo los desollaban. Luego vino un anuncio de campaña: una larga playa blanca, el mar tranquilo, el Presidente y su perro, Luchador por la Libertad, corriendo por la arena; un cantante folk cantaba a la alegría de las mañanas americanas. Naturalmente, no eran ni el Presidente ni su perro; ambos eran actores. El Presidente, cuando salía, siempre estaba rodeado por una falange de agentes del servicio secreto.
Por fin apareció un anuncio diferente, un mensaje de servicio público. La primera toma era de un niño pequeño alcanzado por dispa­ros, temblando. Siguió una escena de un viejo aplastando a un bebé con un largo palo; al pequeño le salía sangre por la nariz y los ojos. Luego apareció un hombre de mediana edad violando a una niña de ocho años; ella gritaba de dolor. Fundido en negro, y luego el mensaje:

NIÑOS

Fundido en negro, pausa, y entonces:

NO LES PONGA LAS MANOS ENCIMA

Escaleras abajo sonaron zumbidos y golpes repetidos; parecía como si a alguien le estuvieran cortando los miembros con podadoras. Los gritos distrajeron mi atención. Me levanté y miré por la ventana para estimar la situación; el público era normalmente numeroso los sábados por la noche. Docenas de ambientes guardaban cola fuera. La niebla de la noche era liviana. Había un coche oscuro aparcado al otro lado de la calle. Las sombras de su interior estaban iluminadas por el púrpura pálido del salpicadero. El coche me pareció con toda seguridad un Redstar. Me dirigí rápidamente a otra ventana, apagando de camino el TVC; desde mi nuevo punto de observación vi que la matrícula era 1A. Eran las ocho y media; a esta hora, uno empezaba a preparar el garrote incluso sin tanta incitación.
-¿Avalon? -pregunté tras acercarme a la puerta, por encima del rumor del agua.
-¿Sí?
-Creo que nos vigilan.
-¿Hay algo ahí fuera? -Cerró el agua.
-Sí. Voy a apagar las luces.
-¿No están corridas las cortinas?
-Ahora sí -dije, colocando los periódicos; entonces consideré que podía parecerles más sospechoso ver el apartamento a oscuras.
-¿Por qué no han subido si nos siguen?
-Están esperando -dije-. Tal vez.
-¿Esperando qué?
-Es terror. Intentan asustarnos, creo.
-Parece que están haciendo un buen trabajo. Si nos siguieran, ¿no estarían ya aquí arriba?
-Aquí no llegarían muy lejos por la noche, y lo saben.
-¿Para cruzar la calle?
-Esperarán hasta mañana -dije.
-¿A quién sacrifican abajo? -preguntó ella; sin el correr del agua era fácil oír el alboroto en el hough.
-A voluntarios -miré otra vez por la ventana, después de echar hacia atrás una esquina del periódico. Estaban allí sentados.
-¿Le has hablado de mí a tu hermana alguna vez?
-Sí.
-¿Qué piensa de mí?
-Forma juicios apresurados. -Esperando que nos acostáramos y luego nos dijéramos adiós, tal vez. Tal vez no.
-¿Es mayor que tú?
-Cuatro años.
-¿Qué aspecto tiene, por cierto?
-Tiene estilo, pero está ocupada. Tiene novia.
-¿Cómo es la novia?
-Precoz.
Avalon abrió la puerta del baño y salió; estaba desnuda. Se quedó un instante en el umbral, recortada contra la luz, su cuerpo humeando como si estuviera recién horneado.
-Cuando estoy mojada no puedo ponerme los vaqueros -dijo, y avanzó-. Aunque no es que veas nada que no hayas visto ya. Ni que no fueras a ver. ¿Te importa?
-Uh-uh -dije, mirándola.
-¿Están ahí fuera todavía?-preguntó; se inclinó hacia delante y miró por la esquina del periódico.
-Por supuesto.
Se enderezó y se acercó a mí; enlazó sus brazos en torno a mi cintura.
-¿Qué nos pasará, Shamey?
Su piel reconfortó mis manos mientras la palmeaba. Era suave como la niebla, y temí que, de algún modo, desapareciera de pronto, mientras no miraba.
-Algo.
-¿Crees que estarán vivos o muertos?
-Ni idea. Saliera como saliera, pienso que alguien quiere hablarnos.
-¿Crees que estaremos bien?
-Tal vez.
-Shameless -dijo, apretándose con más fuerza-, ¿piensas en mí cuando no estoy?
-Siempre.
-¿Quieres dormir conmigo esta noche?
-Sí.
-Lo has querido desde hace mucho tiempo, ¿verdad?
-Desde que mis hijos primero vis.
-A veces hablas de forma rara -dijo ella-. Como hiciste abajo. Yo también he querido siempre dormir contigo. Pero no estabas en la descripción del trabajo.
-Supongo que ahora sí. A menos que estemos despedidos.
-Que los jodan -dijo-. Jódeme a mí primero. La habitación del amor, en nuestra casa, estaba pasillo abajo. La cogí en brazos y la llevé al dormitorio.
-¿Duermes aquí? -me preguntó.
-Sí -dije, apartando trozos de yeso con los pies mientras nos dirigíamos a la habitación.
-¿Dónde duerme tu hermana?
-Aquí.
-Vaya -dijo mientras la soltaba. Advirtió un charco de sangre seca en el suelo-. ¿Período fuerte?
-Se nos coló compañía hace un par de meses.
Se puso boca abajo en la cama, abrió las piernas y, alzando el culo, lo movió en lentos círculos. Me pareció que su tatuaje de smirkey me miraba, como condescendiendo a mi presencia.
-Házmelo doble -dijo riendo, apretando la cara contra la almoha­da-. Yo te la chuparé hasta secarla.
Dadas las circunstancias, me encontré corto de respuesta. Ella se volvió de espaldas y miró hacia arriba.
-¿Por qué hay una manta clavada al techo?
-Para tapar el agujero.
-¿De dónde salió el agujero?
-Por ahí se nos coló la compañía.
Ella asintió, como si algo tuviera sentido. Miró el bloque de foam de Enid, pero no dijo nada. Me quité la ropa, sintiéndome muy extraño por tener que desnudarme ante una mujer que no era mi hermana. Avalon alzó la cabeza, y me vis de arriba abajo.
-Nunca había visto tantas cicatrices -dijo.
-Voy tirando.
-¿De qué es esa larga que te corre por el hombro?
-Bayoneta.
-¿La grande del hombro?
-Hacha.
-¿Y ésa? -preguntó, señalando.
-Cigarrillo.
-Tú no fumas.
-Enid sí.
Me metí en la cama con ella.
-¿Nervioso? -preguntó.
-Sí.
Estuvimos ocupados durante lo que parecieron ser horas. Avalon tenía una vivida imaginación, y se reveló perversa.
-¿Te gusta? -preguntó, después de un momento de silencio. No nos habíamos interrumpido. Asentí.
-Estás temblando. ¿Tienes frío?
Negué con la cabeza.
-¿Asustado?
No respondí.
-¿Ha sido tu primera vez?
-No -dije, y añadí-: Más o menos.
-¿Más o menos? -rió-. ¿Con quién antes? ¿Lalas?
-No.
-Chicas del barrio.
-Más o menos. Nunca he...
-¿No te gustan las chicas?
-Mi trabajo me mantuvo tan ocupado...
-Ahora hablas como el hijito. ¿No es esto mejor que trabajar?
-Mucho mejor.
-Sudas como un cerdo -rió, rodando contra mí, apretando su cara contra mi pecho, mordisqueando mis pezones-. Me encanta.
-Me alegro. -Hundí las yemas de los dedos en la protuberancia de su nuca-. Ahora puedes dejarte crecer el pelo.
-Me gusta así.
-Como quieras. No pretendía...
-Creo que te quiero -dijo suavemente-. Esto es nuevo.
-Te quiero. Te quiero mucho.
-¿Asustado?
-Sí.
-¿Están aún ahí, Shamey? Ve a mirar.
Me levanté y me acerqué a la ventana. Era tarde; Rubén y Lester sacaban a rastras a los no reclamados.
-Sí -dije-. Tal vez será mejor que intente contactar mañana.
-Mejor que nos quedemos despiertos. Podríamos tener que escapar con rapidez.
-A menos que nos maten primero.
-No lo harán -dijo ella-. Vuelve aquí. Tengo que hacer algo para evitar quedarme dormida.
-Tengo sueño -dije, metiéndome de nuevo en la cama junto a ella. Avalon me miró durante un momento, la cara brillante como la luna. Me tendió de espaldas y se subió encima, frotándose contra mí, y sus fuertes muslos aplastaron mis caderas mientras se inclinaba hacia adelante.
-Viólame -dijo, y sus manos rodearon mi garganta.
9

Yacimos como cuchillos, hoja contra hoja; la caricia del cuidado nos llamó, y respondimos. Durante la noch, un nuevo sueño me iluminó: Avalon y yo escapábamos al cielo a través del agujero en el techo, flotando graciosamente hacia algo parecido a la gloria; un cóptero zumbaba cerca, cortando nuestra apoteosis. Desperté, con los ojos mojados. La Serena había venido durante la oscuridad. Olas de agua negra nos cubrían. Me puse en pie; Avalon se despertó.
-¡O'Malley! -gritó, pisando el suelo. Chapoteó hasta detenerse suavemente junto a la pared.
-Levántate y brilla -dije.
-¿Esos tipos están aún ahí fuera? -preguntó.
-Listos y a punto para jugar -respondí, viendo a través de la ventana el brillo del coche oscuro bajo la lluvia.
-¿Cuántos son?
-Tres -dije, mientras me ponía los pantalones.
-¿Los reconoces? -quiso saber ella, colocándose el suéter.
-Seguridad interna tal vez. O el Ejército Interno. De Midtown probablemente. Es un coche grande.
-¿Y ellos también son grandes?
-Mucho.
-Ayúdame a ponerme los pantalones, Shamey -dijo, tendiéndose en el suelo y alzando las piernas. Tardamos unos minutos en subirle los vaqueros hasta la cintura-. Dame las tenazas -dijo, sorbiendo aire-. En mi bolso. -Se las pasé antes de que se pusiera más azul que sus pantalones. Se cerró la cremallera tirando del cierre con las tenazas. Yo sabía que había proxies que hacían que el Servicio de Salud les quitara parte del intestino durante las ovariotomías reglamentarias para poder así llevar pantalones más ajustados, pero Avalon nunca había sido tan diligente.
-¿Qué haremos? -preguntó mientras la ayudaba a ponerse en pie.
-Vigilarlos.
-¿Vigilarlos? -dijo, asomándose-. Mira. Miré; tres salieron del coche y empezaron a cruzar la calle, en dirección a nuestro edificio.
-Hay que pagar el alquiler -dije, retrocediendo.
-¿Quieres recibirlos aquí?
-Preferiría no recibirlos en ninguna parte. Podemos salir antes de que suban. Vamos. -Le tendí una de las chaquetas más sutiles de Enid (una de brillante napa magenta), y me coloqué mi propio modelo de Krylar-. Póntela y vamos.
-¿Adonde?
-Fuera. Sígueme. No te preocupes.
Salimos al pasillo; oí a Lester discutir abajo. Suponía que Rubén y él podrían entretenerlos lo suficiente, así que corrí los cerrojos, me di la vuelta y eché abajo la puerta del apartamento al otro lado del pasillo. Papá había echado a los squatters del edificio cuando nos mudamos aquí. Con la marcha de los inquilinos, este apartamento había estado cerrado y nadie había entrado (no había necesidad) hasta el momento en que yo lo hice ahora. Las habitaciones estaban igual que cuando yo era joven; sólo parte del techo y las paredes habían cedido. El polvo y el hollín cubrían los viejos muebles y el suelo; las telarañas estaban entrelazadas como tejidos de algodón. La única luz que se filtraba a través de las ventanas oscurecidas por el polvo (las que no estaban bloqueadas) era de un pálido amarillo grisáceo.
-¿Sólo vosotros dos vivís en toda la casa?
-Menos la planta baja. Rubén y Lester viven tras el club.
-¿Por qué elegisteis este sitio?
-Heredamos el edificio de mi padre.
-¿Por qué?
-Como inversión.
-¿Lo hacía en serio?
-Era todo lo que le quedaba. Dijo que uno nunca podía equivocarse poseyendo terrenos en Nueva York.
-¿Qué le pasó?
-No lo sé -dije, mientras entrábamos en el dormitorio del aparta­mento. El pomo de la puerta se cayó cuando lo hice girar, y empujé la puerta para abrirla-. Desapareció una noche, poco después de que nos mudáramos. Alguien debió de cargárselo fuera. Nunca lo sabremos. No creo que llegara a acostumbrarse a las cosas. Era un hombre de mundo, pero de un mundo diferente... -Rompí la ventana que daba al conducto de aire. Los dos estornudamos con la polvareda cuando el cristal roto agitó el sedimento. El edificio de al lado estaba a medio metro; la ventana ya estaba rota.
-¿Sabes a donde vamos? -preguntó Avalon mientras la ayudaba a pasar al alféizar.
-Claro -respondí, arrastrándome. El otro edificio estaba en excelen­tes condiciones; había suelo en cada nivel. Cuando llegáramos al tejado podríamos saltar a la siguiente calle, alejándonos de nuestros amigos.
Subimos corriendo las escaleras. Cuando llegamos al cuarto piso nos detuvimos a respirar; un apartamento carecía de puerta. Nos asoma­mos.
-Shameless -jadeó Avalon-, ¿qué coño...?
Uno de los tipos del apartamento había colgado a otro del techo; el que colgaba estaba envuelto en cadenas y parecía un candelabro. El que estaba de pie en el suelo lo azotaba alegremente con un largo látigo. Alzó la cabeza al oír la voz de Avalon. Distraído del calor del momento, se volvió y cargó hacia nosotros.
-Somos más grandes que él -dijo Avalon, mientras corríamos escaleras arriba.
-No me importa -respondí, arrojándome contra la puerta que con­ducía al tejado; la derribé sin esfuerzo. Lo perdimos unos pocos edificios más allá. Esquivamos los puntos débiles del tejado mientras corríamos; él pisó una grieta. El sonido de rotura alcanzó nuestros oídos mientras iba atravesando las plantas en su caída. Reduciendo el ritmo, seguimos avanzando. Con cortos saltitos a los intervalos apropiados, alcanzamos el otro lado del bloque.
-Por esa escalera de incendios -dije-. Ten cuidado. Bajamos, Avalon primero.
-¿Qué calle es ésta? -me gritó.
-Avenida B.
-Esta cosa no para de temblar -dijo, agarrándose a la barandilla.
-Tenemos suerte de que esté aquí -respondí. Hacía años que las escaleras de incendios no eran obligatorias, tras haber sido declaradas una infracción de los derechos de los propietarios; cuando las viejas originales eran robadas, nunca se las reemplazaba. Los oxidados puntos de apoyo se desgajaban de la pared con cada uno de nuestros pasos.
-Tírate hacia un lado si esto se cae.
La escalera de incendios parecía una Vibracama; un rumor (el sonido de abejas acercándose) se fue haciendo mayor. Cuando llegamos a la plataforma del primer piso descubrimos que alguien se había llevado el resto de la escalerilla. La estructura continuó moviéndose incluso después de que nos detuviéramos, y de sus temblorosos huesos se alzó un desagradable crujido.
-Salta -dije.
-¿Adonde?
-A la basura -aclaré, encaramándome a la barandilla; Avalon me siguió de inmediato. Aterrizamos sobre el montón de bolsas al que habíamos apuntado.
-¿Estás bien? -me preguntó Avalon mientras se levantaba.
-Sí. Necesitamos un plan...
-¡Cuidado! -gritó ella, y se lanzó contra mí; volvimos a caer al suelo. En mi confusión, me maravillé de lo salvaje de su pasión; pero entonces su verdadero motivo quedó revelado. La escalera de incendios, debilitada por nuestras sacudidas, se soltó del edificio, arrastrando consigo la mitad de la fachada de la estructura; recordé los vids que mostraban a los icebergs desgajándose de los glaciares en los fríos mares del sur. El aire se llenó de gritos cuando los inocentes fueron aplastados. A nosotros sólo nos cubrió el polvo; durante largos instantes nos quedamos allí, tratando de recuperarnos.
-¿Sigues estando bien?
-Apenas -dije-. ¿Y tú?
-Magnífica -dijo, tosiendo y sacudiéndose el polvo-. Jodidamente magnífica. Estabas diciendo...
-Un plan -repetí, y me puse en pie. Los peatones que no habían sido heridos estaban muy ocupados quitándoles los zapatos a los pies que sobresalían por entre los ladrillos y el hierro.
-¿Qué?
-Tenemos que actuar indiferentes -dije.
-Indiferentes -replicó ella, señalando calle abajo. El Redstar negro dobló la esquina hacia la B y entró en el denso tráfico de la estrecha calle.
-Sígueme -dije, y la cogí de la mano. Un viejo con una bolsa de chocolatinas intentó vendernos una mientras pasábamos. Nos acerca­mos a un camión de comida; una mujer vendía terrones de akee y trozos de hielo empapados en leche de coco.
-¿Es nuestra única opción?
-Tendrá que servir. Vamos. -Nos abrimos paso por entre un carro de fruta y un buhonero que anunciaba calculadoras de bolsillo.
-Aspecto indiferente -dijo Avalon. El Redstar siguió acercándose.
-Naturalmente. Pero estate preparada para cual... La granada lanzada desde el Redstar alcanzó a la mujer del carro; el helado de coco cayó como granizo.
-¡Muévete! -grité, y echamos a correr calle arriba. Una manzana más adelante un taxi se había parado, detenido por la gente que cruzaba. De inmediato vi lo que había que hacer, e hice una seña a Avalon; ella ya lo había visto. Corrió y saltó al asiento del pasajero. Yo me acerqué y abrí la puerta del conductor.
-Lo siento -dije, y arrojé al taxista a la calle. Otro misil pasó por delante nuestro, alcanzando un restaurante. Estuve seguro de que eran del Ejército Interno actuando bajo cubierto, pues su puntería era malí­sima. Mientras me sentaba al volante, se me ocurrió que podía presen­tarse un problema, pero no tuve tiempo para preocuparme. El taxi era un antiguo Mustang con lo que me pareció un embrague y una palanca de cambios..., conducir era algo que nunca había tenido que hacer en mi trabajo diario.
-Sácanos de aquí, Shamey... -gritó Avalon. Calculé que si manejaba los pedales como los de una bici podríamos movernos, y así el taxi empezó a dar sacudidas hacia delante. Sacudida, salto, parada; sacudida, salto, parada. Por accidente metí la marcha adecuada, y nos pusimos en marcha. Otra explosión sonó detrás de nosotros. El camino por delante estaba razonablemente despejado; la multitud corría para quitarse de en medio.
-¡Vamos, O'Malley, conduce!
Al mirar por el retrovisor vi que los chicos se acercaban rápidamente con su Redstar.
-Lo estoy intentando -murmuré, haciendo un esfuerzo por meter otra marcha; el motor del coche chirrió, y nos precipitamos sobre un grupo de peatones que no habían encontrado todavía un sitio a salvo; los atropellamos. No me pareció prudente detenerme y pedir disculpas. En la calle Octava giré a la izquierda; nuestro coche no cogía velocidad.
-¿Sabes conducir? -preguntó Avalon con voz tranquila.
-He visto a Jimmy.
-La limo es automática.
Me subí a la acera por accidente, al evitar un bache, y nos abrimos paso por entre un grupo de vendedores callejeros, dispersando su mercancía. Casi nos atascamos; el cambio de marchas emitió horribles ruidos rechinantes mientras trataba de colocarlo en su sitio.
-¿Sabes conducir o no? -preguntó Avalon.
-Más o...
-Argh -extendió la mano y agarró la palanca-. Muévete -dijo, echán­dose hacia delante y cogiendo el volante-. Venga -ordenó, pasando sobre mí-. No puedo conducir sentada en tu regazo.
Me pasé al asiento del pasajero. Admirado, la observé manejar las marchas.
-¿Siguen ahí detrás? -preguntó; atravesamos el viejo parque y luego la Novena como si nos hubieran dado una patada. Miré.
-Por la Cuarenta -dije-. Están cruzando la avenida.
-¿Qué avenida?
-La A. La salida está en la Tercera y la Catorce. Sigamos hacia arriba.
-¿Por qué?
-No nos dispararán en las Zonas Secundarias -dije-. Espero.
Llegamos a la Tercera en cuestión de minutos. La atravesó dema­siado rápido, el coche rebotó en un agujero y se deslizó a la acera, luego regresó a la calle. Un chaval se nos puso por delante, tirando de su box en una carreta de ruda construcción. No lo atropellamos, pero sí a su box, dispersando sus componentes. Altavoces y mandos llovieron sobre la acera. Lo sentí por él, pues recordaba el box que tuve de niño: tardé dos años en robar todas las partes.
-Cuando lleguemos, súbete a la acera -dije-. Será más fácil atrave­sar los torniquetes para peatones, y no están tan bien construidos. Habrá espacio de sobra.
-Será mejor que lo haya. Agáchate bajo el salpicadero.
Íbamos a sesenta o así, acercándonos a la barricada. Mientras me lanzaba al suelo, vi a los chicos del Ejército alzar sus rifles; enormes placas de acero brotaban de la calzada, y parecían flores. Avalon se agarró con fuerza a la mitad inferior del volante mientras se deslizaba bajo el asiento y mantenía el pie en el acelerador. El parabrisas se hizo añicos bajo el fuego cuando alcanzamos los torniquetes; continuamos adelante.
-Sigue recto -grité. Me levanté y miré hacia atrás. Nadie disparaba a nuestros perseguidores; rodaban por el carril 1A como si fueran a un funeral.
-Mierda -dijo Avalon, reduciendo al ver que el tráfico aumentaba-. No sé cómo lo hace Jimmy.
El tráfico era bastante denso en la Zona Secundaria Murray/Gra-mercy, y tuvimos que ir mucho más despacio. Habíamos ganado sufi­ciente distancia para dejar al Redstar unos diez cuerpos por detrás. Avalon conducía el taxi como podía, avanzando, deteniéndose dos o tres veces en cada manzana. Nuestros perseguidores, afortunadamente, tuvieron que hacer lo mismo. Parecía más seguro quedarse en el coche y no echar a correr.
-¿Se quema algo? -pregunté, olisqueando.
-El coche -respondió ella-. Debe de haberse soltado alguna cosa cuando chocamos. Hay que hacer algo, y rápido.
Salía un humo denso de debajo de la carrocería cuando pasamos la Treinta y cuatro. Nuestros perseguidores se acercaron e intentaron pegarse a nosotros; una furgoneta Entenmann bloqueó su avance. Esta­ban tan cerca que pensé que podría tocarlos. Me quedé más que sorprendido al ver que uno de los muchachotes preparaba su bazooka.
-¡Al suelo! -grité. Avalon se abalanzó hacia delante, abriéndose paso a través de una abertura en el tráfico; la furgoneta que nos había salvado estalló, esparciendo fragmentos por toda la manzana.
-Creí que dijiste que aquí no nos dispararían.
-Se supone que no pueden hacerlo.
Avalon se situó delante de otro taxi, cortándole el paso.
-¡Culo! -gritó el taxista cuando pasamos-. ¡ Jodida gilipollas! -Ace­lerando, golpeó nuestro costado con su coche.
-¡Vete al carajo! -gritó Avalon, devolviéndole el golpe. El humo que surgía de nuestro motor se hizo más oscuro y más intenso. Los chicos que nos perseguían dispararon otra vez, haciendo añicos el taxi atacante.
-Nos van a dar...
-Tal vez no -dijo ella-. Mira.
Tras la Treinta y siete, la Tercera Avenida había sido cerrada al tráfico; parecía que había habido una explosión de tipo diferente. Resonaban cristales como campanas salvajes mientras caían a la calle; surgía humo negro de lo que había sido el ático de Conbroco. Los atentados eran bastante comunes en las Zonas Secundarias; este hecho no era más que un hipido, y los bloqueos estaban puestos al azar.
-Creo que podemos pasar.
-Tengo una idea -dijo ella, arrollando las barreras policiales-. Lo vi hacer en una película.
-¿Qué película?
-Salía Robert Mitchum. Tráfico de drogas, creo. En Kentucky, o Tennessee, o por ahí.
Dio un volantazo y tiró simultáneamente del freno de mano. Podría haber sido una buena idea si hubiéramos tenido un coche diferente. Giramos en un tenso círculo en mitad de la Tercera; supe cómo debió sentirse Crazy Lola. A juzgar por nuestro giro, supuse que el plan era salir en dirección contraria, pero cuando pisó de nuevo el acelerador salimos hacia atrás.
-Aguanta -dijo ella, y sacudió el cambio de marchas; éste se agitó libre, como si no estuviera conectado a nada. Marcha atrás a veinte, aplastando las barreras al fondo de la zona arrasada, entramos en un tráfico menos denso que el anterior, y nos detuvimos contra una tienda en la zona oeste de la avenida. Los chicos del Redstar suspiraron y corrieron hacia nosotros, aparentemente confiados en que chocar de frente nos vendría bien.
-O'Malley -gritó Avalon, al verlos acercarse-, sal.
-La puerta está atascada -repliqué, empujando. Ella empezó a ernpujarme mientras yo empujaba la puerta. Alcé la cabeza. Un autobús turístico de Fun City, con comerciantes de viaje (requeridos por sus patronos de provincias para que vieran Nueva York y se sintieran agradecidos), dobló una esquina, bloqueándonos mientras se detenía para dejar pasar el tráfico de delante. El Redstar (un vehículo sólido) golpeó al autobús, que se deslizó lentamente hacia nosotros; seguro que los pasajeros se preguntaron si esto era parte del tour.
-Ya está -dije, con la sensación de que me había roto el hombro. La puerta se abrió; caímos. La tienda contra la que habíamos chocado era una especie de depósito. Entramos al descubrir que las puertas estaban abiertas y la entrada sin cerrojos. El autobús volcó sobre nuestro taxi; un empleado de la tienda saltó hacia delante, pulsando un botón que elevaba el escudo de acero del almacén. Tuvo tiempo de elevarse hasta la mitad antes de que los vehículos estallaran.
Volamos hasta el fondo de la tienda, recorriendo el suelo del pasillo como si fuera un tobogán. El escudo cayó hacia dentro; los artículos de la tienda se volcaron. La onda explosiva extendió el fuego a través de la mitad delantera del establecimiento; los surtidores nos echaron agua encima y las alarmas sonaron. No sufrimos más que magulladuras y quemaduras menores. Al abrir los ojos pude vis lo que al principio me pareció el pecho de plástico de una maniquí. En torno a la cintura llevaba una insignia chamuscada: / © New York.
Un empleado sobrevivió y emergió tambaleándose de detrás del antiguo mostrador. Nos miró a través del negro humo y la brumosa lluvia.
-Olvida su factura -repetía la registradora-. No lo olvide. Su factura...
Cuando salimos a la calle Cuarenta y uno, el Redstar dobló la esquina hacia nosotros.
-¿Bien? ¿Ahora qué?
-Por aquí -dije, cogiéndole la mano y cruzando la calle entre los coches-. Rápido.
Entre la Tercera y la Cuarenta y uno había un gran hotel construido en los días pre-Eb. Su piel de espejo brillaba como oro viejo; madera prensada cubría la mitad de las ventanas. Un cartel cerca de la entrada del vestíbulo anunciaba la llegada de los Beach Boys para una semana en el Metrolounge. Sospeché que podríamos evitar a nuestros últimos fans atajando por el vestíbulo. Mostramos a los guardias (quinceañeros cubiertos de espinillas) nuestras tarjetas 1A y nos dejaron entrar; pasa­mos al atrio.
-¿Corremos? -preguntó Avalon.
-No. A esos guardias les pagan para que sospechen. Todos esos pequeños bastardos usan superstars. -Me refería a los afilados penta­gramas que lanzaban para desanimar-. Haz como sí fuéramos a reunirnos con alguien.
-¿Aquí?
A juzgar por la multitud, el lugar era bastante popular. Ochenta toneladas de mármol cubrían las paredes del atrio; los graffiti, allá junto al suelo, donde los pintores no necesitaban estirarse para poder garaba­tear y rayar, intensificaban los dibujos naturales de la piedra. Las escaleras mecánicas (ninguna funcionaba) parecían vigas caídas acci­dentalmente desde lo alto; los jardines colgantes se habían convertido en polvo; las luces de colores alegraban la basura que atestaba las fuentes. Las palomas revoloteaban por el aire libre del atrio y se cagaban en el suelo; su guano blanqueaba los balcones. Vidiac aparecía en la mitad de los monitores; en los otros, las imágenes rodaban y parpadea­ban como en plan artístico.
-Probablemente hacen negocio aquí -dije, mirando alrededor.
-Larguémonos, Shameless.
-Seguramente habrá una salida por ahí. Comprobemos.
En los edificios públicos el espacio estaba consagrado al uso de las organizaciones públicas; aquí, el Ejército y el Servicio de Salud tenían cabinas. Posters de reclutamiento cubrían las del Ejército, pidiendo a los jóvenes de Manhattan (los que no tenían conexiones) que se regis­traran y fueran así reclutados: Es Divertido. Es Fácil. Es el Deber. Es la Ley. Sobre los mostradores de cada cabina médica había una repro­ducción de un cuadro de E, con los ojos cerrados y vestido de blanco, de rodillas, llevándose a la cara la mano izquierda como si hubiera llegado al estribillo y se hubiera olvidado de la letra. En su mano derecha sostenía un embrión: una nueva vida puede estar en tus manos, decía el texto de encima, basta de matar bebés. En el mostrador de cada cabina había tarros. Dentro de éstos, flotando como en una brisa de verano, había viejos fetos, cada uno extendiendo sus diminutos dedos hacia los culpables. Pena capital o no, la ley nunca había sido tan efectiva como era de desear; en manos privadas, donde, como decretaba el gobierno, los problemas eran resueltos mejor, siempre había medios y soluciones químicas. Las cabinas del Ejército y las médicas se llevaban bien: una plantaba, la otra cosechaba.
-Shameless...
Al final del pasillo había un cartel que identificaba la entrada al metro. Un sonido familiar siseó tras nosotros. El misil falló, alcanzando la cabina médica, que estalló con una niebla rosa. Un guardia del hotel lanzó una superstar que alcanzó a un transeúnte en la cara, rebañándolo mortalmente.
-Al metro -dije; alcanzamos las escaleras.
-¿Es seguro? -La barandilla se rompió cuando la agarramos; nos deslizamos escaleras abajo. Tras recuperarnos, saltamos sobre las pilas de basura de abajo, chapoteando entre charcos de orina, y zigzagueamos para pasar la taquilla. El empleado nos gritó desde detrás de su escudo de lucita; saltamos los torniquetes. Al llegar al andén vimos a un convoy, y subimos a bordo cuando las puertas se cerraban. Uno de nuestros perseguidores saltó detrás; gritó como un ángel cuando cayó bajo las ruedas. Nos abrimos paso hasta el último vagón, sabiendo que sería el que estaría más vacío.
-¿Y ahora qué?
-El tren va hacia el centro -dije- Así que... -El tren se sacudía a unos diez o doce kilómetros por hora.
-¿Cuál es la siguiente parada?
-La Catorce, creo.
-Donde empezamos -suspiró ella.
-Podemos relajarnos unos minutos.
No estábamos solos en el vagón. Había un par de medianos, forzados a estar allí por cualquiera sabe qué razón; un tipo con una camisa verde que se tiraba de las orejas en secuencia, repetidamente. Sangraban. Un nodescrit, dormido en el suelo, a quien alguien había usado como lav; varios cuerposcasas, con sus posesiones en bolsas entre sus pies. Un tipo, no mal vestido, estaba sentado, vomitando tranquilamente sobre sus pantalones y zapatos. La mayoría de las ventanillas del vagón estaban rotas; sólo la mitad de las luces funcionaban. Nos dirigimos al fondo del vagón, lejos de los demás.
-Mejor que el jodido autobús -dijo Avalon.
La puerta del vagón de al lado se abrió y entraron seis mujeres jóvenes (cuatro blancas, dos negras), vestidas con ajada ropa del Ejército. Todas llevaban un fez negro y cadenas; una cargaba al hombro un largo palo claveteado, en cuya punta había empalada una rata muerta.
-No parece que vengan a por nada bueno, Shamey -dijo Avalon-. Y este jodido tren va a paso de tortuga.
-Ignóralas -dije, palmeándole el brazo-. Estoy seguro de que no han pagado el billete como todos los demás.
La líder (flaca, con gafas oscuras) se detuvo cerca del tipo que vomitaba. Le miró un momento, luego sacó su navaja y le apuñaló los ojos. El hombre dejó de vomitar; mientras yacía en el suelo, ellas le dieron rienda suelta a la bota.
-Si hace falta -murmuré-, ¿puedes encargarte de las dos más pequeñas?
-Fácil.
La de las gafas cuchicheó con sus acompañantes; vi los colores de su chaqueta. Pertenecían a una de las bandas más problemáticas, las Susurradoras del Amor.
-Eh -dijo, señalando hacia nosotros. Sonrió; le faltaban varios dientes.
-Acción fácil, sis -dijo otra.
-Sorprendámoslas -susurré, sin mover la boca-. Siempre funciona.
Se acercaron, arrastrando sus cadenas. Las pequeñas parecían ge­melas. Una excepcionalmente fea las seguía; de cerca, pude vis que le habían arrancado de un bocado la mitad de la nariz. La que llevaba la rata soltó su palo mientras se aproximaba. La que venía en último lugar era de tamaño superlativo y llevaba una tubería de hierro. Nos rodearon, riendo. El resto del vagón se vació.
-Encanto, ¿has venido sólo para vemos? -le preguntó Gafas a Avalon, tensando su presa en la cadena.
-Zorra, ¿qué haces con Percy aquí? -preguntó Fea.
-Parece lo que se tragó la rata -añadió una de las gemelas.
-¿Cómo estás tan callada? -preguntó Gafas-. ¿Tu amiguito quiere que te comportes delante de las chicas malas?
-No te jodas a ti misma sobre él, nena; si lo quieres, puedes tenerlo... Rata encendió una cerilla y la agitó ante mí. La aparté y sonreí.
-¿Demasiado frío para eso, hijoputa? -dijo, agitando otra, que también aparté. Fea extendió la mano y agarró a Avalon por la parte delantera del suéter.
-Vamos a follar, puta. De chica a chica.
Avalon se apartó, girando al hacerlo. Fea la agarró por los brazos y se los colocó a la espalda, y la aplastó contra la pared del vagón. Advirtieron la raja en sus pantalones y se echaron a reír.
-Estaba lista, la tía...
-Para follar, sí; si no hubiéramos aparecido, ahora estarían en el suelo.
-Tiene un lindo culito -dijo Fea, abriendo más los pantalones de Avalon y metiendo la mano-. Y un coñito bonito y suave... Gafas sacó un largo cuchillo de su chaqueta.
-A él le costará trabajo follar si no tiene nada con lo que hacerlo -dijo, apuntando a mi entrepierna-. ¿Qué dices a eso? ¿Eh? No dije nada. Ella acercó la hoja a mi mejilla.
-Encanto, ¿sabes lo que quiere este chico? -dijo Rata, sacando un palo de escoba de su chaqueta y blandiéndolo contra su mano-. Quiere que lo folien un poco.
-Sí.
-Parece una niña con esos labios rosas tan grandes.
-Follémoslo primero, entonces.
-Quítate esos pantalones, bro, ¿no es eso lo que quieres? -preguntó Gafas-. ¿Eh?
No dije nada. Ella apretó su cara junto a la mía.
-He dicho qué es lo que quieres -hundió la hoja en mi mejilla.
-Tu alma -dije, sacando mis chuks. Al hacerlo en ángulo recto, le golpeé la nariz en el punto justo. Gimió y cayó al suelo, retorciéndose. Avalon apretó la cabeza contra la pared para equilibrarse y, pateando hacia atrás con los dos pies, alcanzó a Fea en la boca. La tía cayó hacia atrás, ahogándose; continuó ahogándose hasta que Avalon la pateó en la garganta. Nos dimos la vuelta y miramos a las otras.
-¡Maldición!
Pasé la cadena de mis chuks por e! cuello de Rata; sujetando fuerte los mangos de madera, los retorcí rápido, como si atara un torniquete. Mientras apretaba más, las venas de su cara estallaron bajo su piel en un instante. Avalon agarró a las gemelas por el cuello, las separó, y luego hizo entrechocar sus cabezas como si sacudiera dos borradores. Hubo un brusco crac; las soltó. Sólo quedaba la grande. Todavía no se había unido a las demás ni había huido.
-¿A qué estás esperando? -le pregunté, soltando a Rata.
-Al enterrador, tío -dijo, golpeándome en la cabeza con la tubería que llevaba-. Voy a partirte el culo.
Mientras caía, advertí que era todo un desafío. Sentí como si se me salieran los sesos; el pelo se me cubrió de sangre. Avalon saltó y la pateó en el pecho. La grande se tambaleó, pero no cayó. Barrió con el brazo y lanzó a Avalon a medio vagón de distancia. La sangre me cubría los ojos; casi no podía ver. Cuando pierdo el control tiendo a perder también el sentido del dolor. Esta vez me alegré. Salté a ciegas sobre el asiento y corrí hacia donde había aterrizado Avalon. La grande se quedó en el extremo opuesto del vagón durante un segundo y luego cargó hacia nosotros. Avalon saltó, alcanzándola en las rodillas. La gorda cayó hacia delante y casi la aplastó. El vagón se sacudió cuando golpeó el suelo. Antes de que tuviera oportunidad de levantarse, me agarré a uno de los postes, di dos vueltas para tomar impulso y la pateé en la mandíbula. Cayó de costado y se golpeó la cabeza con el marco de la ventana. Avalon la cogió por los pies y trató de hacerla caer fuera del vagón por ella antes de que pudiera reanimarse.
-Échame una mano -dijo-. Es grande como una casa.
-No creo que se recupere tan pronto -dije. La gorda gimió. La agarré por las piernas y empecé a empujar.
-Estás herido -dijo Avalon.
-No mucho -contesté, apenas capaz de ver o estar de pie-. Empuja.
El tren empezó por fin a ganar velocidad. Levantamos a la gorda y la aupamos a la ventana. Mientras empezaba a deslizarse, chocó contra una de las columnas del túnel y se nos fue de las manos. Avalon y yo caímos al suelo cuando el tren se detuvo bruscamente. Durante una maravillosa eternidad nos quedamos allí tumbados. Entonces Avalon se sentó, agarrándose el brazo.
-¿Qué ha pasado?
-Debemos haber descarrilado -dije, poniéndome en pie a duras penas. El vagón estaba inclinado varios grados a la derecha-. Podríamos quedarnos atascados durante horas. Vamos. Por atrás.
Forzamos la puerta trasera y bajamos a las vías. Una de las luces del túnel iluminaba a la mujer sobre la que había descarrillado el tren. Nos dirigimos ciudad arriba una vez más, pegándonos a las vías en lo posible; el andamiaje de la izquierda se desmoronaba, y los travesaños, donde eran visibles sobre los charcos de agua, estaban podridos y gastados. Las luces de emergencia del túnel y el suave brillo de la vieja estación de delante nos guiaron.
-¿Qué estación es ésa?
-Creo que la Veintitrés. -En las paredes del túnel estaban los nombres de los vencidos, escritos y marcados en días pasados.
-Estará cerrada, ¿no?
-Sí. Podemos sentarnos. Descansar.
Las entradas al metro sólo estaban abiertas en las zonas fronterizas, para poder mantener mejor control. Llegamos a la estación y nos aupamos al andén; bueno, casi. Yo estaba tan mal que Avalon tuvo que ayudarme. Costó trabajo ver a través de la tenue luz amarilla incluso después de que nuestros ojos se acostumbraran. Las paredes de la estación estaban cubiertas con los palimpsestos de cuarenta años, nombre sobre nombre. Las escaleras que antaño conducían a la calle estaban bloqueadas por planchas de hormigón.
-Déjame que te vea la cabeza.
Cuando me tocó el cuero cabelludo, tuve la impresión de que me desmayaba por un momento.
-¿Dolió? -preguntó, echándome hacia atrás el pelo-. Mierda.
-Duele -contesté-. ¿Qué es?
-Una brecha de unos quince centímetros. No me extraña que duela.
-¿Se ve el hueso?
-No. Necesitarás puntos.
-¿Está la sangre coagulada?
-En su mayor parte.
-Entonces me pondré bien. Tengo gasas en el bolsillo derecho. Cógelas.
Lo hizo y las colocó sobre mi herida. Permanecí consciente con un esfuerzo. Me puso más gasas en la cabeza y luego me la vendó. Se quitó la brillante chaqueta de Enid y se sacó el suéter. Tras arrodillarse junto a mí, pasó el suéter en torno a mi cabeza y ató los brazos, anudándolos para que no se soltara. Cuando terminó, se echó a reír.
-¿Qué pasa?
-Tienes cara de tonto -rió-. Tal vez sirva de ayuda. Ya no sangra tanto.
-Las he visto peores.
-Estoy segura -dijo, sentándose a mi lado. Sus pezones se alzaron con el aire frío.
-Ponte la chaqueta. Te resfriarás.
-Prefiero sentarme sobre ella, con tal de estar sentada. -Se inclinó hacia delante, cogió una de mis manos y se la colocó en el pecho-. Esto valdrá.
Permanecimos sentados en el sucio asfalto, recuperando la respira­ción. No pasaría otro tren en una hora, si llegaba a hacerlo: Normalmente paraban antes los fines de semana. En los túneles no sonaba más que nuestra respiración, y el goteo del agua.
-¿He empezado a parecerme a ellos? -pregunté.
-¿De qué hablas?
-De los Dryden. ¿Crees que he empezado a parecerme a ellos?
-¿Por qué piensas eso?
-No lo sé. Me preocupaba.
-Podría ser -contestó-. Supongo que cualquiera podría hacerlo si tuviera la oportunidad.
Pasó los brazos alrededor de mi cintura. La besé. Nos besamos durante lo que pareció una eternidad, probablemente unos pocos segun­dos.
-¿Qué vamos a hacer esta noche, Shamey?
-Creo que Enid puede ayudarnos.
-¿No tendrán vigilado el apartamento?
-Enid no estará allí. Tendremos que reunimos con ella.
-¿Dónde? Si volvemos a subir...
-No vamos a volver a la calle. Todavía no. Nos quedaremos en el metro.
-¿Aquí abajo?
-Ella estará a unas cuarenta manzanas más abajo y otras tres más allá.
-¿Y qué hace?
-Va a la iglesia.
Avalon me miró, sacudió la cabeza y se encogió de hombros. Se tendió, arrastrándome amablemente consigo, apoyándome entre sus piernas.
-Tiéndete aquí -dijo-. Descansa.
-Muy bien. No tardaremos mucho en llegar. Ella me hizo callar.
-Ahora estamos a salvo -dijo, acariciándome la cara-. Descansa. Durante unos minutos, al menos, descansé. Mi dolor remitió. La caricia del cuidado besó mis ojos. La libertad sonó.
10

Después de que me recuperara (más o menos) y Avalon descansara, volvimos a bajar a las vías y nos dirigimos de nuevo hacia el centro, siguiendo las vías en dirección al norte para evitar el convoy descarri­lado. Aún estaba allí cuando pasamos; probablemente nadie había advertido todavía su ausencia. Regresamos poco después a las vías en sentido sur, a petición de Avalon, pero no había nada que temer. Ningún tren circulaba en ninguna dirección.
Continuamos por el túnel durante kilómetros, durante horas, o eso parecía, colocando los pies sobre los travesaños cada vez que era posible. Por lo que Enid me había dicho, yo conocía más o menos dónde empezaban los servicios; conocía la vieja estación de East Broadway de la línea F abandonada que servía como lugar de congregación. Esperaba hacer coincidir nuestra aparición para no perturbar su servicio; el que aparecieran intrusos en Bajo la Roca era algo que ninguno de ellos apreciaría.
Pasamos al túnel que conducía a la línea F, tras la vieja estación de Bleecker Street.
-¿Estás seguro de que sabes a dónde vamos? -jadeó Avalon mien­tras caminábamos.
-Positivo -contesté-. Pero nunca he estado aquí antes. Tendremos que ir despacio...
-Entonces, ¿cómo sabes a dónde vamos?
No respondí; todavía me dolía la cabeza y, tal como me sentía, necesitaba toda mi concentración para continuar. El túnel era tan sofo­cante que notaba el aire pegajoso contra mi cara. Allí dentro estaba completamente oscuro; yo guardaba una linterna larga en el bolsillo, así que la saqué, la encendí, y arrojé un fino cordón de luz contra la oscuridad. Nubes de murciélagos se alborotaron cuando los desperta­mos; volvieron a posarse cuando pasamos. El guano cubría los resbala­dizos raíles. Chapoteamos entre charcos estancados; cuando pisamos los travesaños, sentimos la madera podrida como esponja bajo las suelas de nuestros zapatos. El goteo resonaba en todos los rincones. Llegamos a un sector donde la pared se había desmoronado contra las vías.
-¿Y ahora qué? -preguntó Avalon; la ayudé a pasar por encima. La seguí, abriéndome camino por entre los húmedos escombros. Al otro lado divisamos una luz fluctuante, tras una curva, y oímos música.
-Eso es -dije-. Vamos.
Unos pocos pasos más adelante advertí un cartel que colgaba del techo del túnel, y lo enfoqué con mi linterna. Había una inscripción pintada:

No llores, no temas, pues somos benditos,
y en negro cielo nos volveremos a ti;
en ti siempre, donde el cansado descansa,
donde sufre el perverso. Ven a mí.

-¿Qué significa? -preguntó Avalon.
-Es sólo una amenaza. -Apagué mi linterna. El volumen de la música aumentó mientras nos acercábamos; a través del eco ensordece­dor distinguí los instrumentos: flautas, kotos y tambores. Sólo la música ambiente seglar empleaba la voz humana, por lo que me sentía agrade­cido.
-Estate muy callada -susurré-. Aún continúa. Esperaremos hasta que acaben. Luego buscaremos a Enid.
-¿Estás seguro de que estará aquí?
-Sí. -A medida que nos íbamos acercando, la luz iluminó el túnel; al parecer era una especie de antorcha. Antes de que dobláramos la curva, un grito resonante se alzó de la invisible multitud; la música se detuvo. Alguien empezó a hablar con voz profunda. Tras arrastrarme hasta más cerca, intentando ver sin ser visto, divisé el andén. Avalon, tras de mí, se asomó, jadeó y se echó hacia atrás.
-Shameless -dijo, sin aliento-. Jodidos infiernos...
-¿Qué pasa?
-¿Que qué pasa? -repitió-, ¡Mira!
Lo hice cuidadosamente, y pude vis al orador.
-Ya me pareció familiar -dije-. Ése es Derek. Vivía en mi calle el año en que nos mudamos. Viene al club de vez en cuando.
-¿Lo conoces?
-Lo conozco, sí.
Apretando con fuerza la mano de Avalon, arrodillándome, me acerqué al mismo borde del andén y me asomé. La luz no era demasiado buena, así que no podrían vernos fácilmente en ningún caso. La estación consistía en un largo andén con vías a cada lado; a lo largo del andén, en toda su longitud, había colocadas largas picas con antorchas encen­didas. La multitud era grande; divisé de inmediato algunas caras fami­liares. Derek, en la plataforma del orador, se adelantó.
-...en el tercer libro de las Visiones de Joanna, seguimos el apunte, unimentados, como Macaffrey alancea lengua a mentirosos almamer-caderes, zarandea fustiga con bilis coagulada, inferiores y jabernowls y locos despellejados. Gatitos-polvo de pensamiento vuelan por sus ca­bezas erradas. Lógica grísea, marchita y brota verde moho mientras sus lenguas dejan caer listas vacuas...
Derek era un niñoperro, cubierto de largo pelo (antaño rubio, ahora marrón oscuro) de la cabeza a los pies; llevaba un traje negro y una camisa negra. Como todos los ambientes originales, era varios años más joven que yo. De niños, nunca hablamos mucho; incluso tan jóvenes, los ambientes preferían su propia compañía, y estoy seguro de que asustaba a mis amigos tanto como ellos me asustaban a mí..., era una de esas cosas de las que nunca se hablaba realmente. La plataforma en la que se encontraba era bastante baja, no más de treinta centímetros de altura. Los ambientes preferían estrados razonablemente iguales para todos dentro de su grupo. Como me explicó Enid, cada uno hablaba por turnos cada mes, para que así un día todos hubieran tenido una oportu­nidad de hablar.
-...el corazón de Macaffrey late. Sus ojos vis dolor, captan lo que pasa y cogen lo que da. En su endurecimiento dentro y a través de su perfecta unión sostiene nada nadie a lo que Dios demanda, pero a lo que Deidad legó, deja que miedo asiente y los oídos aceleren aún, espiando el tiempo...
Los ambientes usaban partes de la Biblia y un libro llamado las Visiones de Joanna en sus servicios; yo había leído los ejemplares de Enid de este último, tanto en su forma original como en la traducción ambiente. Preferían los personajes de la Biblia, a quienes consideraban que nunca se les había tratado con justicia (Caín, Cam, Esaú, Judas, y ahora Jesús), y desarrollaron, a través de los mensajes de Macaffrey contados por Joanna, un punto de vista sobre el Creador bastante notable: Éste se había dividido en dos inteligencias durante el acto de la Creación, una masculina y maligna, otra femenina y buena..., las dos locas por haber creado lo que habían creado. Lo que una hacía la otra lo deshacía, y viceversa. Como ya he dicho, no soy experto en dogmas, pero ese concepto cubría mucho que era cuestionable.
-Éstos son los días que cambian. El tiempo corre pájarosalvaje, y ninguno trampea las sombras colocadas delante. Ya no. Palideced las sombras, incendiad la pasión, encended todos los ojos con fuegos fatuos y anillos de oro. Danzad sobre sus muros, en sus calles; no neguéis ninguna verdad, no sufrid a ningún loco. Se aferran a pasados muertos como mosca al papel. Cada año menos esp y aún se aferran con sus propias entrañas muertas, encantados por el temor del tiempo perdidohá. Nosotros cogemos las alas del tiempo, para que nuestra propia lucha dé ascenso. Lo que está hecho, está hecho; lo que fue, fue. Lo que es, será, puede ser, podría ser, debe ser. Memoria roba. Promesa da.
Junta, la unidad era llamada la Deidad, pues Joanna pensaba que la mejor de las dos debería ser la más reconocida. Macaffrey, continuaba la historia, vino como mesías justo antes de la Eb y sufrió el destino tradicional de los mesías. Joanna extendió la palabra que él trajo. Entre los ambientes existía la creencia común, aunque generalmente muda, de que ella vivía aún, escondida entre los territorios salvajes de Long Island. Se habían escrito muchas exégesis ambiente en relación con su libro; la creencia final era que algún día, de algún modo, un ambiente efectuaría los cambios que harían de los dos uno y por tanto crearía una nueva Deidad, suprema en lógica y justicia.
-Deidad que guías la luz de la sombramañana, Deidad que golpeas la luna con fuego; Deidad que sacudes el trueno, que enfureces el mar, que hiendes la tierra y ríes mientras los niños lloran; Deidad que habitas en el blanco algodón del cielo, que ciegas el ojo y ensordeces el oído, óyenos. Donde hay dos, haz uno. Sella pronto la alianza. Sorbe nuestras lágrimas. Prende y arde. Él que pide crimen, Ella que pide bendición. Él que maldice, Ella que besa. Él que desea venganza, Ella que quiere amor. Siente la voz de la gloria, y da causa que latir a nuestros corazones siemprejamás...
Hasta el amoroso final del tiempo. Tras Derek estaba la vieja escalera, bloqueada desde hacía mucho por bloques de hormigón. Pintada en esa pared había una representación, artísticamente ejecutada, de la Deidad, tal como la concebían los ambientes. El retrato mostraba una enorme figura desnuda, con la marca de ambos sexos, de pie al borde de una grieta. La oscuridad bajo sus pies unidos por una membrana surgía hacia arriba, rodeando la figura. De boca para abajo era una; de boca para arriba había dos cabezas, y dos caras, apretadas juntas como en un tornillo de carpintero. Deidad alzaba Sus manos sobre Su cabeza, agarrando al mundo en Sus garras, preparándose para lanzarlo al abismo de abajo.
La congregación alzó la voz en la plegaria concluyente.
-Para la Deidad los Diez En Uno -entonó Derek.
-Deidad Padre -gritaron.
-Deidad Hijo.
-Deidad Madre.
-Deidad Hija.
-Deidad Hermano.
-Deidad Hermana.
-Deidad Amigo.
-Deidad Amante.
-Deidad Creadora.
-Deidad Destructora.
-¡Ojos ahí! -gritó alguien.
-Nos han visto -dije.
-¿Echamos a correr?
-Ni te muevas.
Mientras se volvían hacia nosotros, sus formas siluetas amarillas a la pálida luz, vi no sólo a aquellos con quienes siempre me había sentido cómodo a través de la familiaridad, sino también a aquellos otros en cuya existencia nunca había creído, a pesar de las observaciones oca­sionales de Enid; parecía improbable que pudieran sobrevivir al naci­miento, y mucho menos crecer y desarrollarse. Avalon se desplomó mientras la sostenía; por un momento creí que se había desmayado, aunque más tarde lo negó. Los ambientes empezaron a saltar hacia las vías; reptaron hacia delante, rodaron. Vi a Rubén y Lester; vi también a la camarera que me había servido dos noches antes. Vi a una muchacha con dos cuerpos unidos a una sola cabeza; un hombre con tres cabezas, ninguna completa del todo, como si el escultor hubiera olvidado dónde poner qué; una mujer, una auténtica sirena, con sus miembros inferiores unidos, terminados en una ancha aleta; una mujer con tres piernas, balanceándose como si estuviera en un trípode; trillizos siameses; un tipo cuyos brazos terminaban en dos manos en ambas muñecas. Había ambientes voluntarios sin ojos, narices, mandíbulas, brazos, piernas, manos o pies; había transis; había dos pequeños; gente a quien nunca había visto antes y a quienes deseé no haber visto nunca. No parecían más que puñados de uvas ambulantes y conscientes. Casi todos llevaban cuchillos, o machetes, o sierras mecánicas del tipo de la que me había dado Enid. Lester, sin máscara, con los rasgos clavados en mí, se asomó al borde del andén.
-O'Malley -dijo, con una mueca-. Aventura abunda ya zonarriba. Mete tus zarpas en nidos de avispas si picotazos tanto atraen.
-Lo siento -dije, tratando de calmarlos; Avalon se apretó tan fuerte contra mí que sospeché que tendrían que quitármela de encima con ganzúas-. No deseábamos interrumpir...
-Vienen a sesgar nuestro mundo y apreciar su oportunidad después -dijo un tipo que caminaba hacia nosotros; su único ojo, fijo en su frente, brillaba.
-Lo nuestro no es vuestro. Lo vuestro no es nuestro.
-Vis la ginlatiguera sanguijuelada a su carne -dijo una mujer-. Tarta de su dueño, rellena de fruta de muerte.
-¿Está aquí Enid?
-Numera tus razones -dijo uno; las comisuras de sus labios casi alcanzaron sus orejas cuando sonrió-. De prisa firme.
-¡Seamus! -la oí gritar; tardó un momento en advertir quién había interrumpido, y luego segundos adicionales para abrirse paso entre la multitud. Llevaba el vestido de napa de una pieza con las anchas hombreras-. ¿Qué pasa?
-No teníamos otra opción -dije.
Saltó a las vías y se nos acercó rápidamente. Sentí que la presa de Avalon se tensaba; me costó trabajo respirar.
-Tu presencia desnuda sueños cuidadosamente vestidos. Sabes...
-Enid -dije-. Lo siento. Sucedió algo. Nos perseguían. No pudimos regresar al apartamento. No teníamos otra forma de llegar a ti.
Ella suspiró, sonriendo. Los observó, prestando particular atención al turbante improvisado que rodeaba mi cabeza.
-¿Viajaste debajo del tren que cogiste?
-No paramos de encontrarnos con gente...
-Haznos saber y aguanta Enid -dijo alguien-. Los ojos de tus copesmates se cansan.
-Bajo lingotes de oro cabezas de serpiente acechan con veneno en lengua móvil -dijo la mujer que llevaba una larga camisa azul; parecía casi normal, hasta que bajo la luz más brillante vi que cada ojo tenía dos pupilas-. Aún puede querer guiar a bastardos grupos rápido sobre nuestra pista.
-Jocionándonos -dijo otro-, golpeando profundocon arte habilidad.
Una muchachita se acercó, sosteniendo un pañuelo de papel ante sus grandes ojos azules: ojos constantemente llorosos, ojos fijos al final de cortos tallos que brotaban de su cara.
-Zarpas de lisonja rugen libres en llamada acechante -dijo-. Y colocan un puente en orillas del dueño. Conocemos esos modos, no importa lo espesa que corra sangre de hermanas.
-Leah... -empezó a decir Enid, pero fue interrumpida.
-Dejando huellas en cada mente -continuó la muchachita-, dejando despavorido al indigno. Manchándolo todo con modos de gusano. Viendo sus caminos yermar la muerte. Un secret robado es un secret perdido, Enid. Un laberinto ensanchado suelta al minotauro. El fin del peligro necesita ser acelerado.
-¡Acalla tu lengua! -gritó Enid, acercándose a mí y alzando los brazos como para pelear-. Mi brothero conoce y respeta nuestros modos. No viene incog, envuelto tenso en capas de mentiroso. Seamus busca el hombro de su hermana, donde apoyar su cabeza.
-Mas bonaroly allá mueve en misteriosos modos, extraña a lo deforme -dijo Rubén, mirando a Avalon-. Tan ojos-buitre y lasciva. Noch pasada ella pernoctó tu casa, Enid. In su casa. Cuando sombramañana envió Serena, bestias desencaderaron por nuestro hough.
-Uno hachamos unamano -rió Lester.
-Sus encantos seducen carne de Seamus -continuó Rubén-, Vuelve difícil de retorcer y girar. ¿Y si su fuego ciega su ojo y quema su sentido away?
-Apartaos y ved -replicó Enid-. No hay naught que temer...
-Quizá tu sentido está empañado por hermanamor -dijo Derek, apartándose el pelo de la boca-. Su fornicatriz podría con facilidad inducir asesinato ante ti mientras vis, ofuscada con pensamiento de quién era, pero no es más.
-Bloody bloody bolas -dijo Enid, en voz baja.
-Los que tontamente engañan -gritó otro, al fondo-, engañan tam­bién todo demás...
-Tontería es lo que tonto hace -aulló Margot, agitando su vara, avanzando de lado como un cangrejo. Saltó a las vías con un golpe sordo y se bamboleó hacia nosotros; gruñí cuando una vez más me pisó el pie, clavando aquellas uñas-. Razón huye cuando miedo acerca. Aquietad mentes mermadas y oídme.
Se calmaron; Margot era considerada por todos como una de las más lógicas (y más sañudas) del grupo. Sus palabras normalmente se clava­ban allá donde las lanzaba.
-Lloriqueón se alza alto aquí, alto y estúpido -dijo, señalando hacia mí-. Su chupachups, lo mismo. Qué pecados cargan está claro escrit en su entrecejo. Palabras de humo gruñen. Apretad fácil si soportáis agarrar, ¿pero para qué? Picar granos hasta úlceras lo mismo da.
-No son de nosotros, Margot...
-Caprichos up and down -dijo ella, golpeando a Avalon en el estómago con su bastón-. Ya. No se puede recoger lo no plantado. Y ojead esos brillantes blancos llenando su morro. Sacadlos y vieja abuela sin encías sonríe. Y él -desenvainó la espada, la alzó y la dejó caer limpiamente, cortando mi oreja restante-. Ambientes ambos -dijo, mostrando sus afilados dientes-. Ángeles inconscientes, quizá. Locos sans dinero, más probab. ¿Mataríais a los vuestros? ¿Rasgaríais la carne que os ata? ¿Derramaríais la sangre que os hace crecer? Go, entonces. Haced lo que queráis. Pero soportad mis palabras en días amargos después.
La táctica de Margot funcionó; la multitud se relajó. Los cuchicheos sugirieron que todos se detenían a pensar.
-Id a vuestros modos -dijo ella-. Pasad vuestro miedo en digna guisa. Levantad vuestro asombro y marchad. Enid y yo llevaremos a los trusos a la casa salvo.
El grupo se dispersó, observándonos con cuidado mientras todos desaparecían en el vacío del túnel.
-Margot, gracias... -empecé a decir; ella golpeó con fuerza mis rodillas con su bastón. Casi me caí.
-Sesosquito -dijo, y se acercó a Enid-. Por tu amante sis he obrado y falseado y extraído vuestro camino libre.
-Lo que sea -dije, frotándome las rodillas-. Me alegro de que funcionara.
-¿Quién enrojeció tu sesera? -preguntó, mirando hacía arriba-. ¿Idiotas tentando meter sentido dentro?
-No eran tan caritativos -dije-. ¿Dónde vais a llevarnos?
-A casa sería lo mejor -dijo Enid-, pero si lo que lists aguanta, enfocarán luces en vosotros. No habrá obstáculos en la casa salvo. Allí estaréis vientreseguro.
-¿Como llegaremos? -preguntó Avalon.
-Surcad with us en senderos prob, cabezacurva siemprecerca -dijo Margot-. Asentaréis pronto enough.
Avalon pareció sorprendida, como si no comprendiera.
-¿Habrá algo de comer allí?
-Masticacadáveres pueden roer sus propios huesos escogidos...
-No los asustes, Gatalegre -dijo Enid, reanudando mi turbante-. Habrá comida de tipo básico.
-Bien.
-Listos y capaces, pues. Brisead con nosotros now -dijo Enid.
-¿Nos encontrarán? -preguntó Avalon-. ¿A dónde vamos?
-Cuando surquemos no nos encontrarán at all -dijo Margot-. Tiempo pesa pesado y esta estación apesta con miedo como habitaciones rancias. La baja carretera espera. Deslizaremos. Up y over, around y down.
Enid sacó otra linterna de su chaqueta y se la tendió a Avalon. Su sierra colgaba libremente junto a su brazo, debajo de su abrigo. Cogió a Margot, sujetándola detrás de su cabeza, sobre sus hombros; las piernas regordetes de Margot rodearon el cuello de Enid. Se agarró a los clavos de Enid como si fuera a conducir.
-¿Esas antorchas estarán bien? -pregunté.
-Gas -dijo Enid-, llamas eternas.
-No sabía que Con Ed aún funcionara aquí abajo.
-Ni ellos.
Justo en el túnel, tras la luz, detecté un olor insospechado. Agitando mi linterna ante las paredes, vi jaulas de hierro que colgaban de las vigas del techo. En las jaulas había cadáveres en diversos grados de descom­posición.
-Exploradores en demasía concienzudos -explicó Enid-, que van porque está ahí.
-Y están ahí -dijo Margot- porque estamos aquí.
A cada paso se me hacía más claro que durante nuestras aventuras había tirado de todos mis músculos mientras me rompía todos los huesos.
-¿En nuestra casa rateasteis last noch? -preguntó Enid-. ¿En nuestra habitación?
-Sí -dije.
-¿Acostaste allí para perderte con querida? ¿Hemos perdido enton­ces lo que la Deidad nos dejó para mantener?
-¿La cordura? -pregunté.
-Espero que fuera todo ansioso para dejar de follarla desenvainado madresperla -dijo Margot-. Mucha mujeritud responderá él en el tiem­po-trompeta.
-Mientras se marcha por modos tradicionales. En mano espera siempre alivio del dulce beso -dijo Enid.
-Sus zarpas ansían tentar tarifa mayor, en alta gloría.
-¿Me echas de menos? -le pregunté a Margot.
-En tu ausencia -suspiró-, tan dolorida estaba que todas las nubes de encima volvieron luz gris-oro.
-¿Las comprendes? -me preguntó Avalon.
-Claro.
-¿Por qué habláis así?
-Nuestra jer deja mentes débiles apuzzleadas -dijo Margot-. Con ella seleccionamos quién da oídos.
Avalon miró a Enid, y vis a Margot sacudiéndose.
-¿No duelen esos clavos? -preguntó.
-Para quienes caen encima -respondió Enid.
-Un aspecto como muerte redoblada te finifica -dijo Margot, vol­viéndose para mirar a Avalon-. ¿Dondequé te presionó lloriqueen?
-¿Perdona?
-¿Voleándote después aireada promesa y pintada cebada?
-¿Qué?
Margot se echó a reír.
-Nuevos bonetes para viejo dolor de huesos.
-Las comprenderás con el tiempo -le dije a Avalon. Enid dirigió su linterna hacia un oscuro pasadizo que se perdía a la derecha.
-Por aquí. A través del oscuro oscuro profundo.
-Parece agradable -dije; nuestros haces de luz se perdían en las profundidades del pasadizo. No parecía ser más que un rudo túnel horadado. Las paredes estaban cubiertas de salitre y telarañas; parches de hongos animaban el monocromo de la roca-. ¿Adonde conduce?
-Sigue -dijo ella-. Lo adaptamos a todos los propósitos.
-¿Vienes por aquí a menudo? -me preguntó Avalon.
-Bastante -dijo Margot, al escucharla-. ¿Tal trocha te acoba, dul­zura?
-No hablaba contigo -dijo Avalon.
-¿Tu piel se gallinea toda? -continuó Margot, tan dispuesta a molestar como Enid a hacerse la tonta-. ¿Estas paredes húmedas secan la tuya mientras el cieno enloda tus destellantes pies?
-No hay necesidad de ser tan jodidamente desagradable -gritó Avalon.
-No necesidad sino mucho deseo.
-¡Hushabye! -exclamó Enid, deteniéndose-. No gastéis útil aire con palabras que llenan. Ambas atacáis demasiado muchotiempo. Silencio y adelante.
No habíamos llegado mucho más lejos antes de que Avalon hablara una vez más.
-¿Cuál es tu problema? -le preguntó a Margot-. Actúas como si creyeras que todo el mundo está contra ti.
Margot, al oír esto, se echó a reír; si no la hubiera conocido desde hacía tanto tiempo, aquel sonido repetido a través de la oscuridad me habría producido terror. Su alegría ponía los pelos de punta.
-¿Creer? -dijo, cuando se calmó lo suficiente como para poder hablar-. Sé. Sé ahora, supe entonces, sabré siempre.
-¿Qué te hace pensar que a nadie le importa?
Margot volvió la cabeza, lentamente, para mirar a Avalon mientras avanzábamos. Con la presciencia tan común a los ambientes natos, supe que había descifrado el miedo inherente que subrayaba el disgusto de Avalon.
-Incluso en sendero enlodado nuestro camino deja pausa a las mentes relamidas -dijo-. Venos y ve lo que habita bajo forma aparente, bajo ojos azules y mechones dorados. Ningún refugio da escudo a nuestra constancia. Nuestro fuego prende su propio rumbo, y por nuestro brillo los ciegos ven, los sordos oyen, los desconocedores saben, los intrépidos tiritan y tiemblan.
-Ni siquiera sabía lo que eran los ambientes... -trató de decir Avalon.
-En tiempo anterior, nada escuchaba y nada oía -replicó Margot-. Pero nuestros gritos pintaron el aire cuando abrimos las piernas de nuestras madres. Mientras sus docs nos alzaron alto, aullamos a lo que alcanzamos inquerido. El gob zumbó y cloqueó y nos arrojó a las zarpas de patanes y a las pruebas de arrugasmustios. Obligapíldoras cogieron nuestras lágrimas. Pero ninguno nos quiso menos quienes parieron. Todos demás aquietaron sus juegos y soltaron sus cadenas. Si las hubieran cogido nos habrían doblebegado y tirado a doblefundidad insondable. No hicieron. Así huyeron, y nosotros brotamos, abiertos de todo ocho veces triple. Todos vis pronto cuando viseamos con ojos ambiente. Así viseamos, mirando en espejos, asombrados de lo que vimos. Supimos.
Mientras Margot hablaba, una sensación peculiarísima apareció en el tono de su voz; creo que es la única manera de describirlo. Parecía una sensación no tanto de pesar como de disgusto; no tan cargada de tristeza como de una sensación de derroche.
-Nadie sino nuestros paridores preocuparon -continuó Margot-. Y uno a uno desaparecieron. Seguimos solos. Dado madera por pastel y piedras por pan, nuestro camino alineado cada manan con golpes y gritos y mellados curiosos cantando, gritos furiosos de raro-raro-raro... San­gre secó sola manchas y alquitrán donde uno podía estar. Sangre seca de todos de inmediato inunda alto y ahoga a los que rompen las heridas. Y así el Año Duende sellamos nuestro lazo; por los nuestros y para los nuestros sólo, mantente siempre fiel. Nos enterramos bajo las piedras que lanzaban. Nos escondimos rápido en las astillas de los palos que blandían. Nuestros dientes cortaron duro cuando dedos enfermos pelliz­caron, y así cortamos cuando necesidad llamaba. Cogimos la Deidad que tan libremente arrojaron y a su imagen fijamos nuestra forma. Los sabios, entonces, olvidaron y nos dejaron mientras nos list, y una manan nuestro sol brillará...
»E1 viento salvaje cosecha. La semilla crece la fruta tan dada. La oreja de este sorry mundo oye en vano. Hablamos al mundo nuevo, aguardamos solución para los juicios hablados. Por opro para soltar sobre los jodinútiles que preocuparon entonces y preocupan ahora. Una oportunidad redada por todos, en todos y para todos, para un mundo tan nuevo que no aún no sale de la caja. El lento acelera, el último primerea. Como nosotros seremos.
El túnel se estrechó antes de volver a ensancharse, y nos abrimos paso con esfuerzo. Degamos a lo que parecía ser una de las antiguas salas de equipo.
-No sois suficientes para cambiar nada -dijo Avalon.
-En forma no -dijo Margot-. En espíritu veinte veces redoblados. Nuestra peste extiende como gripe maldita. Cuando el sacohueso rebu­lle, el alma a la luz va. Ambiente es como ambiente hace, al final. Conocernos es ser nosotros.
-No soy ambiente -dijo Avalon.
-Tiempo dice, tiempo ve. Él sabe -dijo Margot, señalándome, y sonrió.
-Aquí -dijo Enid, indicando un disco de metal incrustado en el hormigón mojado del suelo-. Levanta, Seamus.
Alcé la pesada tapa, y de dentro salieron cientos de enormes cucarachas que resbalaron por mis mangas y cayeron al suelo antes de escapar por encima de nuestros zapatos. Aparté la tapa; mis jadeos resonaron.
-Odio a esas bestias -dijo Enid, bajando su linterna.
-No te molestan en casa -comenté, quitándomelas de encima.
-En casa se mueven de forma amable -dijo. Una escalera conducía hacia abajo, sus peldaños brillaban. Enid me indicó que bajara primero. Lo hice; ellas me siguieron. Olía peor que en el metro, o en la calle. Durante largos minutos me sentí sofocado, como si mi cabeza hubiera sido envuelta en bolsas apestosas; luego mi nariz se acostumbró, y pude respirar una vez más. Tras apuntar mi linterna en todas direcciones vi que estábamos en otro túnel, de la mitad de tamaño del túnel del metro. Había medio metro de agua, negra y mansa.
-¿Dónde estamos? -preguntó Avalon; la ayudé a bajar de la escalera y me la monté a la espalda para mantener sus pies fuera del agua mientras bailábamos.
-En las alcantarillas -dije-. Una de las viejas líneas principales, a juzgar por el tamaño.
-Dirección este -dijo Enid. Margot se agarraba con fuerza a sus clavos.
Chapoteamos en la oscuridad como a través de un pantano en la noche. Nuestras linternas arrojaban débiles reflejos aquí, como si el aire fuera demasiado denso para permitir el limpio haz de luz. Incluso en estas paredes había graffiti, las letras oscurecidas y grises. Además del lento rumor del agua, los únicos sonidos eran los chirridos de las ratas y el ocasional siseo de lo que (romántico de mí) imaginé eran caimanes. Las ratas de las viejas alcantarillas eran mucho más preocupantes que ningún caimán: bestias desagradables de treinta centímetros de largo o más, atestando las comisas de ladrillo, nadando bajo nosotros, como si esperaran que nos zambulléramos o cayéramos. No se acercaron dema­siado; supongo que Enid y Margot las asustaban.
-¿Cuánto más, Enid? -pregunté, después de lo que pareció una eternidad. Me sentía al borde del colapso.
-Por aquí y recto. Luego arriba, arriba, up.
Llegamos a otra escalera; Enid colocó a Margot sobre los peldaños y apagó su linterna. Tras mirar hacia arriba, pude ver que sobre esta salida no había tapa ninguna; una luz difusa se filtraba desde ella. Subimos; alcanzamos la cima y salimos arrastrándonos. Miré en derredor; mis ojos aún se ajustaban a la oscuridad un poco más brillante.
-¿Dónde estamos ahora? -pregunté.
-Cerca de riberarrío -dijo Enid.
Nos encontrábamos en una intersección, en medio de un antiguo proyecto urbanístico social. La luz de la luna parecía hacer que la niebla brillara y girara a nuestro alrededor. Había edificios a cada lado, negras carcasas de bordes difusos, como camuflados. Cuando yo era joven aún vivía gente en estos lugares, pero, antes de la Eb, apareció un proyecto que decía que el estado no tenía derecho legal a proporcionar casas para nadie, pues proporcionar casas a alguien era injusto para aquellos que no las necesitaban. Todos fueron desahuciados y dejados desnudos a la igualdad de la calle.
-Enid... -empecé a decir, mientras recorríamos la calle; nuestros zapatos dejaban charcos de agua apestosa detrás.
-Ese edificio central. Nuestro.
-¿Luego qué?
-Entrar y arriba.
La niebla se hizo más densa a medida que nos acercamos al río. Los grandes edificios estaban apiñados, como en protección mutua. Los patios polvorientos que antes rodeaban los bloques se habían convertido en junglas de matojos salvajes, ailantos y hierba impenetrable. Las raíces de los árboles muertos hinchaban las aceras, y sus miembros se entrelazaban en lo alto; pasamos entre sus túneles. Entre sus brazos arácnidos, a lo lejos, zumbaban las luces de los cópteros. No creía que nos siguieran todavía. Al otro lado del río oímos el beso de distantes bombas mientras aterrizaban.
-¿Conoces esta parte de la ciudad? -preguntó Avalon.
-Hace años que no he estado aquí.
-Es horrible.
-Pacífica.
-¿Qué es ese ruido?
-Explosiones. En Brooklyn. Al otro lado.
-No. Me refiero a ese otro ruido. ¿Qué demonios es?
Volví a escuchar con atención. Había otro ruido, bajo y firme. No había oleaje suficiente en el río como para causar rompientes, ni siquiera con marea alta. El sonido era rápido y rítmico y deliberado.
-Tambores -explicó Enid-. Largos trozos de tubería golpeados. Brooklyn en el aire, informando a todos al alcance.
Había senderos abiertos entre los matojos, en dirección a las torres, y recorrimos uno, mientras oíamos a los animales invisibles moverse a ambos lados. Tras cruzar el viejo aparcamiento, llegamos a la entrada de la torre central. Las puertas habían desaparecido hacía tiempo; el acceso era libre y simple. El vestíbulo recordaba que el edificio no había sido atendido durante años: no quedaban muebles, la basura cubría el suelo hasta un metro de altura en algunos lugares, las paredes estaban repletas de una mezcla indescifrable de frases. Ni siquiera nos acercamos a los ascensores; en cambio, nos dirigimos a las escaleras. Desde allí, iluminando el camino con nuestras linternas, subimos veinte pisos.
-Aquí -dijo Enid mientras entrábamos en el salón, iluminado por la luz de la luna-. Por aquí.
Enid derribó la puerta de nuestra suite reservada (un inquilino anterior la había dejado desconsideradamente cerrada) y entramos. Había tres habitaciones, casi completamente peladas. Sobre el suelo del salón había dos colchones, una mesa en la cocina, y en los cajones una variedad de cajas de cereales de desayuno azucarados y botellas de agua. Enid señaló las ventanas sin cortinas.
-Mirad -dijo-. Vis el guiso arder con la luz del veneno.
Estábamos tan alto (comparado con donde habíamos estado) que el aire parecía, aunque fuera una ilusión, tan claro como cristal pulido. Las nubes se enroscaban en las torres como si brotaran de incensarios. La ciudad tenía el aspecto que tiene siempre desde la distancia, o en las fotos: hermosa, tranquila, cálida. Reconfortados por la alucinación, celebramos nuestro festín.
-¿Qué vas a hacer? -le pregunté a Enid, terminando la caja de cereales que había abierto. Odié pensar qué tipo de productos químicos se pegaban a mis entrañas, aunque abrí una caja nueva.
-A casa a dormir y restcansar después de tan tarde paseo -dijo-. Ver qué pasa. Eliminar visitantes que esperan vuestro regreso.
-Ten cuidado.
-El miedo quema como bilis si el flujo no es tragado, Seamus -dijo ella-. Marcharemos para vagar cálidas en los brazos de Morfi, hasta que oigamos otra de ti. ¿AO?
-Pero prepara algo. ¿Y si...?
Margot estaba sentada en el alféizar, contemplando la ciudad como si, mirando con intensidad, pudiera hacerla desaparecer.
-Tiempo de hablar es muypasado -dijo Enid-. Haz como list. Mantén los ojos iluminados. Esas almas salvajes rondando dicen de astucia armada para robarte pronto del valle de lágrimas.
-No si puedo evitarlo -dije, preguntándome si podría.
-En todo tiempo todo viene, bueno y malo. Como surjan eventos, seguiré mi camino y continuaré. ¿Compre? Asentí.
-¿Cabalga la pesadilla? Sacudí la cabeza.
-No. Pero no va a ser hora de aficionado.
-Ni van aficionados -dijo-. Si algún contraste o guía vaga nuestra muerta estancia cerca en espíritu, tus manos para agarrar. Riesgo no más llamarás, Seamus. Usa truco y superchería. Toma manos y agarra.
-¿Si no hay nada que agarrar?
-Entonces agarra como si hubiera -dijo ella-. Es el dar, no el tomar, al final. Y supongo que ahora mejor volamos.
-Ten cuidado -repetí.
-En alas de ángeles todo miedo pasa lejos.
Las despedí, y durante un rato oí el golpeteo de sus botas contra el suelo del pasillo, el chasquido de los clavos de Margot mientras bajaban. Avalon había arrastrado un colchón hasta el centro del salón. El aparta­mento estaba en el extremo del edificio, y la ventaba apuntaba al este. Me asomé, contemplando las torres que nos rodeaban: oscuras en su mayoría, pero en cada planta el fluctuar de la luz de las velas traicionaba la presencia de los squatters.
-Mira el cielo, Shameless -murmuró Avalon, tendida de lado; se había quitado las botas antes de acostarse.
Más allá de las torres, al este, los colores se diluían y brillaban de forma maravillosa. El cielo carmesí se convertía en un ocre amarillento cerca del horizonte, recortando los muñones de Brooklyn. Las partículas volvían más profundo el tono natural del cielo, pero saber la causa no reducía para nada el efecto. En puntos dispersos se alzaban llamaradas, como geiseres, por toda la longitud visible de la ciudad, como si los padres de Brooklyn hubieran deseado decorar el vecindario con fuentes espectaculares y no les hubiera salido del todo bien.
-¿Cómo estás? -pregunté, sin apartarme de la ventana, contemplan­do la ciudad transfigurada, como si mirara una hoguera.
-Cansada. No creía que fuéramos a conseguirlo.
-Yo tampoco -contesté, sin querer señalar que aún no lo habíamos hecho.
-¿Tu cabeza está mejor? -susurró. Alcé la mano y retiré el suéter. La apoyé en la cabeza, y palpé una herida gigantesca y dolorosa.
-Eso parece -dije.
Permanecimos en silencio durante varios minutos. Aunque me dolían los huesos y estaba magullado, el sueño no acudió con facilidad. Me quedé junto a la ventana.
-¿En qué piensas? -me preguntó Avalon.
-Hace años, solía quedarme mirando por la ventana todo el tiempo, igual que ahora -dije-. Cuando era más joven, mi familia vivía en Riverside Drive. Esquina a la 79. Papá era el dueño del edificio. Enid y yo teníamos cada uno una gran habitación. Yo escuchaba el estéreo o leía. Enid traía a sus amigos...
-¿Amigos?
-Entonces los tenía. De otros colegios. Iba a Brearley. Mis ventanas daban al Hudson, y se podían ver el parque, el río y Jersey. Era hermoso ver cambiar las estaciones. Los árboles cambiaban súbitamente de color en noviembre. Primero llovía copiosamente y las hojas se caían. Luego, una mañana de abril o mayo, te levantabas, y de pronto habían brotado hojas nuevas. Gris un día y verde al siguiente. Yo me quedaba sentado junto a la ventana durante horas, preguntándome cómo era todo. Pre­guntándome qué haría algún día. Adonde iría.
»Cuando mamá murió, me quedé mucho más en mi habitación. Poco después, todo cambió. Sucedió tan rápido... Naturalmente, yo era tan joven que no había prestado ninguna atención a nada y no habría sabido lo que pasaba aunque lo hubiera hecho..., parece que un lunes todo iba bien, y al siguiente estábamos en la Avenida C. La primera semana allí sufrimos nuestro primer asalto. Se llevaron mi estéreo, la tele. Papá dijo que ya no teníamos dinero y que no podríamos comprar unos nuevos. Recuerdo que no pude comprender por qué, me parecía que siempre habíamos tenido bastante.
»A la semana siguiente, otro grupo irrumpió cuando Enid y yo estábamos solos en casa (los colegios aún estaban cerrados). Enid me metió en nuestro viejo arcón de los juguetes y me dijo que no saliera ni dijera nada cuando los oímos echar abajo la puerta. Trató de escapar por la escalera de incendios, pero la cogieron. Eran tres, me dijo más tarde, y la oí gritar mientras la violaban una y otra vez... A veces ahora, de noche, la oigo gritar, y me despierto, y ella está acostada allí, a salvo y profundamente dormida.
«Después de que se marcharan, la sequé y la vendé, y entonces papá regresó a casa. Entró en la cocina y cerró la puerta, y no salió durante largo rato. Enid y yo charlamos. Decidimos que nos quedaríamos juntos y nos encargaríamos de ellos si intentaban algo más.
»Salimos y cambiamos algunas cosas que teníamos por un martillo y un par de cadenas. Regresamos a casa y practicamos con ellos, rompiendo cosas de nuestra habitación. Creo que papá estaba fuera tratando de conseguir comida. Y, a la noche siguiente, un par de ellos volvieron. Estábamos preparados. Creo que nos pasamos aquella pri­mera vez, pero los cogimos por sorpresa y, una vez empezamos, fue horriblemente difícil parar. Papá volvió poco después, cuando todavía los estábamos trabajando. No dijo nada. Poco después de esto, salió una noche y desapareció...
»No sé, Avalon. Es tan extraño. Cuando era joven creo que todo parecía una especie de juego, y de pronto, en algún lugar del camino, comprendí que nunca había llegado a tirar los dados. Supongo que he intentado coger mi vez desde entonces.
»Nunca quise tanto. Sólo una clase diferente de algo. Otra oportu­nidad. Algo así. Ya no parece bien. Todo es un error. No sé si alguna vez estará bien. ¿Tú qué crees?
La nostalgia me había sacudido como nunca lo había hecho nada. Me sentía dispuesto a dormir eternamente.
-¿Avalon?
No contestó. Mientras yo hablaba, se había deslizado a las sombras del sueño para huir del temible mundo.
11

Mis sueños irrumpieron después de que me quedara dormido, chis­peando de miedo, frescos y limpios. Soñé que corría, y luego caía: no tenía ni idea de dónde a dónde. Sólo supe de mi acelerada caída, rebotando hacia abajo mientras millares aplaudían. Desperté antes de llegar al suelo y extendí la mano hacia Avalon, pero agarré el aire. Mientras me sentaba esperé verla cerca, a pesar de que supe, de inme­diato, que no estaría.
-¿Avalon?
No estaba. Parecía inconcebible que yo hubiera seguido durmiendo tras su marcha, aunque era obvio.
-¡Avalon!
Cuando intenté incorporarme, mis piernas se doblaron y me desplo­mé sobre el colchón. Un gran chichón brotaba de mi cabeza en el lugar donde me habían golpeado. Con grandes esfuerzos, logré levantarme. Me sentía como si me hubieran hecho pedazos y luego alguien no familiarizado con las formas me hubiera vuelto a pegar. Mis brazos apenas pudieron llegar a mi cabeza cuando los alcé; tardé varios dolorosos minutos en ponerme los pantalones.
-¡Avalon! -grité, por si acaso ella hubiera salido al pasillo por alguna razón. No lo había hecho. Cuando extendí la mano para coger mis botas, divisé una pequeña tarjeta sobre los cordones. El lado en blanco, que ya no era tal, estaba vuelto hacia arriba. En esa cara de la tarjeta había cuatro palabras escritas. La letra era irreconocible.

Tú eres el próximo

Di la vuelta a la tarjeta, y vi que era una de las tarjetas personales del señor Dryden. Bajo su nombre impreso y su número alguien había escrito: contacta ahora. Leí las dos notas una y otra vez. Ahora me pregunto por qué el mensaje tardó tanto tiempo en hacer efecto. Después de atarme las botas, me puse el gabán (lentamente), comprobé otra vez el apartamento y luego me marché, bajando las escaleras con toda la rapidez posible.
Varias posibilidades surcaron mi mente mientras me abría camino, pisando escalones rotos y montones mojados de basura. Había sido la gente del señor Dryden, estaba convencido, y eso me aseguraba que aún estaba vivo. Los tipos del Viejo eran obviamente los que nos habían perseguido el día anterior; yo siempre había pensado que los de su banda eran unos aficionados, carentes de estilo y matiz. El señor Dryden tenía a unos pocos trabajando para él en diversas situaciones (Jalee era el supervisor), y podrían haber entrado con facilidad y cogido a Avalon sin que yo me diera cuenta. Ése era un gambito común en los asuntos de negocios.
¿Por qué no nos habían cogido a los dos?, me pregunté mientras llegaba el vestíbulo. Había una explicación, tal como yo lo veía. El Viejo, que indudablemente también había sobrevivido, sospechaba que estába­mos detrás de la bomba, y tal vez que su hijo estaba también detrás, pero por el momento decidía no incidir demasiado en eso. Y así, para mostrar su preocupación y para enviarme nuevos mensajes, el señor Dryden había implicado a sus muchachos. Llevándose a Avalon podían hacerme salir.

Tú eres el próximo

Aquello era desconcertante. Si querían contactar con los dos, nos habrían llevado a los dos..., a menos que desearan lo contrario de uno de nosotros. Si sospechaba que Avalon estaba detrás de la nueva hora de la explosión, como lo había estado, de esta manera podría quitarla de en medio mientras me comunicaba que yo era necesario, o estaba en peligro. Pero, si quería eliminarme por estropear el trabajo, sabía que no habría cebo mejor que Avalon.
Pasara lo que pasara, ella estaba en problemas. Cuando capté ese pensamiento, ninguna otra cosa ocupó mi cabeza. Al salir a la calle, con la fría llovizna goleándome en la cara, vi que no había nadie.
No tenía otra elección. Esperando que al menos estuviera viva, saqué mi teléfono del gabán y tecleé el código. El teléfono (un teléfono de propietario, y por eso siempre exacto) conectaba directamente con la oficina del señor Dryden.
Zumbó dos veces antes de que contestara.
-Dryden -dijo.
-Soy yo.
Guardó silencio. Escuché con atención, por si susurraba a alguien más en la habitación.
-O'Malley -dijo-. ¿Dónde?
-Centro.
-¿Salvo?
-AO.
-Peligro acecha. Cuidado.
-¿Dónde está Avalon? Hizo otra pausa.
-Preséntate a Dryco. Ahora. Enseg.
-AO.
-Muévete incog -dijo-. A Puente CG. Mi palabra envía. Usa.
-¿Quién?
-Coronel Willis. Te ayudará instant.
-¿Está Avalon a salvo? ¿Lo está?
-Veremos -dijo-. Esperaré. Aprisa.
-AO.
Colgó, dejándome aún más asustado. Usando mis fragmentos restan­tes de optimismo, concluí, por su última frase, que esperaría a que llegara a su oficina antes de hacerle nada. Decidí, sin vacilación, que si había que responsabilizarla por lo que había sucedido, no sería a ella sola; que, aunque ahora estuviéramos separados, al final podríamos al menos estar reunidos de nuevo. Caminando, podría alcanzar el Puente del Cuartel General en veinte minutos, pasando por Henry Street. Por mucho que doliera, corrí, deteniéndome sólo para recuperar la respiración. Mientras me acercaba al viejo puente de Manhattan, surcado por reflectores per­petuamente encendidos como en día de fiesta, vi cópteros revoloteando, transportando a los vivos y los muertos de Brooklyn, y Long Island, algunos atravesando el arco de la torre más cercana al aproximarse.
El Puente CG (situado en terrenos requisados por orden del gobierno en el último año de la Eb, en el Año Duende) cubría la zona situada entre los puentes de Manhattan y Brooklyn al sureste de Park Row y el Bowery bajo el Canal; estaba junto a la Zona de Control del Centro, pero no pertenecía a ella. Los soldados habitaban las viejas Casas del Gobernador Smith, torres de ladrillos que no estaban en tan mal estado como la torre donde habíamos pasado la noche. El CG tenía un aeró­dromo, un hospital de campaña (localizado en la vieja comisaría de policía, ahora transferida a Midtown), y las instalaciones tradicionales de los cuarteles del ejército: empalizadas, clínicas de rehabilitación de adicciones, centros de tratamiento de enfermedad y un crematorio.
Los recién llegados a Nueva York, frescos y verdes de los campos de instrucción del sur, acudían cada mes, dispuestos a soportar su año de servicio nacional antes de ser elegidos para ser trasladados a ultramar. Después de aterrizar, cada grupo era dividido: una cuarta parte era asignada a la unidad del Comando Central de Manhattan, tres cuartas partes iban a las unidades apostadas en Long Island. Las fuentes del ejército situaban la media de bajas en las unidades destinadas en Long Island en un 60 por ciento; las fuentes no oficiales decían que más. La teoría del gobierno era que los que sobrevivían a una campaña en Long Island no tendrían problemas en ningún campo de batalla extranjero; que una vez que los americanos se acostumbraban a matar americanos, no dudarían en matar a nadie más.
El puesto de entrada por el norte estaba situado en el centro de Henry Street, bajo el puente. Cuatro chicos del Ejército alzaron sus rifles mientras me acercaba, apuntándome a la cabeza. Alzando las manos todo lo que pude, avancé lentamente, mostrando mi Drydencard.
-¡Alto! -gritó uno, después de que me hubiera detenido-. Asunto. Pronto.
-Dryco -repliqué. Otro más se acercó y me arrancó la tarjeta de la mano. Era viejo para ser recluta; diecisiete o así, y estuve seguro de que había esperado a que lo llamaran antes de decidirse a coger cuanto antes al toro por los cuernos. Hoy en día (había sido más fácil en mis años mozos) te podían reclutar a partir de los quince; si uno quería, claro, podía unirse al ejército a los trece, siempre que se cumplieran los requisitos necesarios de altura y peso.
-¿AO? -pregunté. El soldado sostuvo la tarjeta largo rato, exami­nándola con atención, como si estuviera escrita en sánscrito.
-Calla -dijo. Sostuvo la tarjeta contra la luz que había, y el logograma de la corporación Dryco se visualizó en ella. Sonrió al reconocerlo. Tras tendérmela muy deferentemente, me pegó una chapa de visitante en la solapa.
-¿Puedo pasar? -pregunté.
-Ahora no la pierda -rezongó, como si esperara que lo hiciera.
Un enorme cartel, picoteado y agujereado por agujeros de bala, se alzaba a la derecha, más allá del puesto de entrada, justo detrás de un camión que parecía haber sido desguazado en busca de partes cambiables.

INFORMACIÓN PERTINENTE A BOMBARDEOS/TERROR/Y O/ASESINATO
RECIBIDA AQUÍ. CONFIDENCLDAD ASGDA. RECOMPENSAS DADAS
SOLO EN CASO DE EJECUCIÓN LLAMAR: 6333512-797-3600 EXT. 297753 DEPT. 3131 CÓDIGO: 7BAKER

Encontré muy intrigante que el cartel estuviera dentro de la base.
Se podía distinguir la guardia de Manhattan de la de Long Island en un segundo. Los chicos del Ejército de la guardia de Manhattan eran rurales, blancos, almidonados y de ojos drogados, y su pose sugería que habían estado buscando problemas desde que escaparon de la cuna para estrangular al perro de la familia. Las unidades de Long Island estaban compuestas de negros, hispanos y amerasiáticos, urbanos, con ojos igualmente cargados, pero con una mirada que se encuentra sólo en aquellos que, a los seis años, se han escondido debajo de la cama para ser testigos silenciosos de cómo unos desconocidos masacraban a su familia. El ejército pensaba que era mejor que sus miembros fueran introducidos a situaciones desconocidas, para así apoyar la reacción más vehemente y duradera.
-¿Dónde está el Comando Central? -le pregunté a un tipo reclinado en lo que al principio me pareció un fajo de Hefties. Sólo después de advertir que el crematorio estaba detrás comprendí que estaba echado sobre las bolsas que contenían los restos de antiguos miembros de su pelotón, o de algún otro.
-¿Quién quiere saberlo? -Se sacó la pipa de la boca para hablar, expulsando bocanadas de denso humo azul. Una vez más mostré mí Drydencard mientras él se inclinaba hacia delante; casi se cayó-. Tercer edificio a la derecha -dijo, volviendo a colocarse la pipa en la comisura de los labios.
Mientras me marchaba, me di cuenta de los rugidos y ráfagas de viento cercanos. Vi la pista de aterrizaje entre los edificios; los cópteros despegaban y se posaban como palomas en la calle, repostando y descargando. Tenían en el morro las insignias de los grupos de los Nurfs y los Surfs: las Nassau Unit Recon Forces y las Suffolk Unit Recon Forces. Con los rotores girando y los motores zumbando, conducían a los muchachos del Ejército para que prendieran fuego a Ronkonkoma y Wantagh, o barrían las víctimas de las regresiones tácticas sufridas en las dunas de Wainscott y Amagansett. Cada cóptero llevaba su propio sistema musical, estéreo o laséreo, para ahogar los gritos. Los enferme­ros pululaban por el campo, marcando con una A púrpura las frentes de los que estimaban aptos para continuar.
Sospeché que el siguiente edificio era el cuartel general psyop, pues no había ventanas en toda la estructura. El tablón de boletines de la base estaba colocado delante, cerca de la carretera. Una directriz, en lo alto, decía:

PROHIBIDAS FOTOS NO AUTORIZADAS PARA PROPÓSITOS DE MUESTRA

En la parte inferior del tablón había pegadas varías fotos de quince centímetros; no estuve muy seguro de si eran autorizadas o no. Mostra­ban, a todo color, los escombros de una reciente operación cerca de Riverhead: ampliaciones de muchachos del Ejército ante la cámara, aplastados y destrozados, igual que ellos hacían a los habitantes de Long Island. En la última foto, un chico del Ejército, con el bigote recortado por encima de la sonrisa, aparecía de pie entre dos gnomos de jardín, apretando con el tacón el pecho de una mujer desnuda. Ella estaba tendida de espaldas, con las piernas abiertas; parecía que la mayor parte de la compañía le había introducido el cañón de sus fusiles. Bajo la foto había una nota adjunta, que decía: Limpia diariamente tu pieza.
Supuse que el siguiente edificio sería el Comando Central; había cortinas de encaje en las ventanas. Dos PM me cortaron el paso cuando entraba, y ambos me colocaron los rifles bajo la barbilla. Agitando mi tarjeta una vez más, les dejé verla. Me relajé. Lo mismo hicieron ellos.
-¿Está el coronel Willis? -pregunté.
-Sí, señor -dijo uno de ellos-. Está reunido. Vea a la recep.
-AO -dije.
-Lo siento -se disculpó el otro-, nunca se es demasiado precavido, señor.
Un cuerpo muerto, preparado, estalla igual de fuerte que uno vivo, pero no vi ningún motivo para enseñar trucos al Ejército; me acerqué a la mesa. La recepcionista, una joven teniente, veía la tele en compañía de varios suboficiales y otro teniente.
-El coronel Willis, por favor -dije, alzando la voz sobre el vol de la tele. Por qué todos en el Ejército eran sordos estaba más allá de mis capacidades.
-¡Sshh! -siseó uno de ellos-. ¿Quién lo quiere?
-Seamus O'Malley. Para Thatcher Dryden.
La recepcionista llamó inmediatamente al despacho del coronel.
-Dryco, señor.
Era difícil oír nada a través de la estática del intercom. La recepcio­nista lo golpeó con la palma de la mano.
-Entre, señor -me dijo. Mientras pasaba, miré a ver qué era lo que les llamaba tanto la atención. En la pantalla, apenas visible por la capa de hollín, aparecían las noticias. La información de una ejecución, no supe en qué estado. El reo, según el periodista, era culpable de violación y asesinato. Se trataba de un hombre de mediana edad, y estaba sentado y atado en una silla sobre una plataforma baja. El marido de la víctima se acercó, subiendo al patíbulo. Llevaba un soplete. Según el Acta de Retribución, se requería que la familia de la víctima ejecutara la senten­cia como deseara. El hombre reguló la llama de su herramienta. El periodista, farfullando, explicó cómo, después de una aplicación pro­longada, los ojos estallarían dentro de la cabeza. Pasé a la oficina del coronel y cerré la puerta detrás.
La oficina interior del coronel estaba tan repleta como la exterior. Sobre su mesa había extendido un gran mapa de Long Island; sobre él se encontraban el coronel y varios ayudantes de diversos rangos. Con rotuladores y bolígrafos marcaban las pistas de insurgentes en la Ruta 25 y la Autopista Sunrise. Los círculos eran supuestas fortificaciones que protegían Cutchogue y Massapequa.
-Disculpen -dije. Estaban hablando entre sí.
-.. .unidad de patrulla informó a las 0800 que interrogaban a un grupo de insurgentes alcanzados cerca de Mineóla...
-¿Dónde demonios están ahora? -preguntó el coronel.
-Rodeados.
-¿Cómo?
-Se retrasaron con los insurgentes mencionados en reconstrucción personal selectiva...
Lo que significaba que los habían matado a todos menos a las mujeres jóvenes...
-...cuando bajo fuego de mortero sufrieron una densa refiguración de pérdidas.
-¿Cuántos?
-Catorce.
-¿Qué han hecho entonces? ¿Sentarse allí? ¿Sí? ¿Quién es usted? -me preguntó, mirándome como si fuera un niño latoso.
-Vengo a ver al coronel Willis...
-Al habla. ¿Sobre qué? -Dirigió de nuevo su atención a uno de sus ayudantes-. ¿Apoyo aéreo listo?
-Enviado.
-Entonces, ¿dónde están?
-Obligados a detenerse. Densa interacción tierra-aire.
-Thatcher Dryden me dijo que podría usted llevarme al centro de incog -dije-. A sus oficinas.
Todos se detuvieron a mirarme. Un segundo después volvieron los ojos hacia el mapa y los informes y cables que tenían en las manos. Contemplé la oficina mientras esperaba a que me respondiera. En un rincón había una bandera americana, colgando fláccida de su mástil. Tras la mesa estaba el retrato oficial del Presidente. Los ojos se hallaban dispuestos de forma que pudieran seguirte mientras te movías por la habitación. Las medallas del coronel (o de alguien) reposaban en una pequeña cajita en lo alto de la mesa. Un muñeco descansaba a la derecha de su terminal, desplomado contra éste como si descansara después de una larga marcha. Relleno de ingredientes adecuados, las unidades de reconocimiento dejaban en ocasiones tales muñecos en zonas adecuadas de Long Island.
-Eso dijo -comentó el coronel, pero no parecía una pregunta.
-La unidad doce ha sostenido una confrontación de veintitrés días. Necesitan municiones.
-Tendrán que seguir a patadas -dijo el coronel-. No tenemos capacidad de apoyo. No hasta la semana que viene.
-Perdón, señor, pero dos escuadrones de Jersey están preparados, señor. Desde esta mañana, señor.
-Ya no -dijo el coronel, al tiempo que se volvía para mirarme. Sus ojos eran mucho más preocupantes que los del retrato del presidente-. A las 1100 recibí una orden del CG del Grupo. Serán trasladados a Hunts Point.
-¿Servicio en el Bronx, señor?
-¿Por qué, señor?
-Para demoler estructuras capaces de soportar los daños de la inundación... -hizo una pausa, tras bajar la voz, y me miró de nuevo. Uno de los músculos de su mejilla dio una sacudida como si algo en su interior se preparara para soltarse- ...en algún momento antes de final de siglo.
-Pero, señor...
-Dígaselo. -Señaló hacia mí, alzando los brazos, cruzando las manos sobre su pecho. Replegó los labios, como si sorbiera sangre de sus encías. Calculé que sus dientes no encajaban tan bien como los de Avalon. Advertí que llevaba un revólver al cinto.
-Coronel Willis, me dijeron...
-Que haga lo que le digan. -Se levantó de la silla-. Eso es lo que hará mientras esté aquí. Su jefe me hizo saber que deseaba que llegara a Midtown de incog.
-Sí, señor...
-Agárralo, me dijo, antes de que salte.
Un estallido de estática sonó en la radio de onda corta, como fuegos artificiales en el año nuevo chino. El coronel se volvió y cogió el micro.
-77A257. Cambio.
-Informe de Mount Misery, señor -murmuró una voz; el ruido de fondo hacía difícil oírla-. Op recon prima zero. Regresión táctica sostenida. Cambio.
-¿Pérdidas? Cambio.
-Cuantiosas -dijo la voz; lo reconsideró-. Totales. Cambio.
-¿Necesidad de recogida? Cambio.
-Ninguna. Cambio.
El coronel suspiró como si se le permitiera respirar una vez más, como si el dolor de inhalar lo agotara.
-AO. 22991. Cierro.
Indicó una silla frente a su mesa, para que yo me sentara. Lo hice, inseguro, impaciente por moverme, temiendo por Avalon.
-No sé por qué es tan esencial que use mi tiempo para hacerle llegar a usted a Midtown -dijo. Sus ayudantes y consejeros guardaron silencio, como esperando poder desaparecer de alguna forma-. Pero hay muchas cosas que no sé.
-Señor...
-Para mí es usted mierda de la calle. Pero cuando él llama, yo salto. Tengo que hacerlo. Supongo que le será usted muy útil para crear una situación como ésta.
-Quería que estuviera en su oficina lo más pronto posible, coronel -le recordé. Él se levantó y dio la vuelta a la mesa. Aunque continué sentado, pude ver que era varios centímetros más bajo que yo. Tenía ese tipo de constitución que le hacía parecer comprimido para usar mejor el espacio.
-Llegará usted allí -dijo-. Puede ser importante para él, pero no es él. Probablemente no tendrá más que decir que yo. La verdad es que me importa un carajo.
-Coronel, no estoy seguro de comprender...
-No me importa si comprende o no. Hay otra cosa que quiero que comprenda, mientras nos presta esta pequeña visita. Algo para que se lo diga a los tipos de casa.
Se llevó la mano al revólver, como esperando que yo fuera lo suficientemente tonto como para intentar ninguna acción.
-Llevo tres años destinado aquí -dijo-. Veo llegar hombres nuevos cada mes. Hombres buenos. Preparados para hacer doble deber en cualquier otro sitio. Hombres valientes. Hombres fuertes. Servirían bien a su país, si pudieran. No pueden. ¿Sabe por qué?
-¿Por qué? -repetí, sospechando que sería más seguro preguntar que discutir.
-Sé cómo jugar con los negocios. Se consigue a alguien. Se le usa hasta el fondo. Cuando se vacía, se tira. Pero eso no funciona tan bien en el Ejército. Hay un montón de potencial malgastado aquí. Se pasan dos meses de entrenamiento intensivo. Se les prepara. Se les lleva al máximo, a todos. Luego se les envía a este pozo para que puedan ser hechos pedazos y arrojados a la segadora. ¿Tiene sentido? Me rompe el jodido corazón. No puedo hacer nada. Sólo verlos entrar grandes y salir pequeños. ¿Y para qué?
-No estoy muy seguro, señor...
-Yo tampoco. Hace años podríamos haber borrado la isla entera, y así se habrían resuelto las cosas. Ahora no podemos hacerlo. Lo mejor, tal vez, sea sacar a los hombres y dejarlo estar. Pero tampoco podemos hacerlo. Si dejamos a Long Island en paz, todos pasarían nadando a este lado. Un obstáculo en los grandes planes de su jefe. Lastima el valor de su propiedad inmobiliaria...
-Yo no...
-Oh, no. Tengo que mantener este jodido lugar a salvo hasta que construyan el nuevo allá arriba. Como si el viejo valiera más que arrasar el jodido terreno. Incluso después de que esté construida la nueva ciudad, tendremos que protegerla también. No se puede discutir con Dryco. Mis órdenes son no joderlos y hacer lo que digan. Cualquier cosa que digan. El Viejo Rey Mierda me dice que alinee a mis hombres en la orilla de Battery y los haga desfilar hasta la bahía en grupos de a cuatro. Tendría que hacerlo.
El coronel me agarró por las solapas y me levantó de la silla; pese a su tamaño, era inmensamente fuerte, y no interferí.
-¿Qué cree que pasaría si un día no saltáramos cuando él lo diga? ¿Qué haría?
-La verdad es que no sé...
-No lo sabe -dijo-. Oímos historias. Oímos que, si no lo hiciéramos, él interferiría con la seguridad nacional. ¿Y eso qué significa? Nadie nos lo dice. ¿Cómo lo haría? ¿Lo sabe?
-No lo sé.
-No sabe una mierda, ¿no? -preguntó, y me soltó. Volví a sentarme en la silla. Era como ser acorralado por un borracho en una fiesta-. No me sorprende. Sin duda soy un hombre mayor en mi op que usted en la suya, y nadie me dice una mierda. No me sorprende. Sólo hago lo que me dicen, también.
Por un instante apareció en su voz un tono conspirador, sugiriendo que en su mente conjuraba la imagen de dos tiburones quejándose de la frialdad del agua.
-Señor...
-Sucederá un día de éstos -dijo, inclinándose, acercando su cara a la mía-. Si no duro lo suficiente, alguien más dirá al carajo con todo. Algún día. ¿Sabe lo absurdo que es todo esto? Cada mes llegan nuevas unidades. Podríamos enviar nuevas unidades cada hora y no serviría de nada. Si matamos a uno de ellos, otros tres ocupan su lugar. Así ha sido siempre. El desgaste no se aplica aquí. No tiene sentido. Es como si brotaran del suelo. Como si cayeran del cielo cuando llueve. No tiene ningún jodido sentido.
-Creo que debería marcharme...
-Dígaselo cuando lo vea. Estamos hartos. Estoy harto. Todo el mundo está harto, y él se va a enterar. Si quiere hacer amenazas, puede continuar adelante y amenazar cuanto quiera. No nos importa. Pueden estar en Washington, pero nos importa un carajo. Que haga lo que quiera.
-¿Por qué no actúa, entonces, en vez de hablar sobre ello? Desde el momento en que dije eso, dejó de mirarme fijamente. Volvió la cara.
-Quiero conservar con vida a todos los hombres que pueda -dijo, mirando a mi derecha-. Pero es imposible, gracias a su jodido jefe. Dígaselo. Algún día va a decir que sí, y alguien más dirá que no. Dígaselo.
-Le diré por qué llego tarde.
El coronel era un hombre de reacciones rápidas. Antes de que pudiera alzar los brazos para protegerme, giró y me golpeó con el puño en el lado de la cara. Sentí crujir mi pómulo, y mi visión se nubló roja. Cuando mi visión volvió a reajustarse le vi frotarse la mano, como si se hubiera roto los huesos al golpearme. Me agarré a los brazos de la silla, tratando de levantarme. Si no hubiera querido tanto marcharme, para encontrar a Avalon mientras aún hubiera tiempo, le habría apaleado sin descanso y sufrido las consecuencias que los demás pudieran ofrecer.
-Saquénlo de aquí -dijo el coronel a los otros, hablando entre dientes-. Consíganle un uniforme. Saquénlo de aquí.
-Sí, señor -dijo un joven capitán; avanzó y me cogió del brazo-. Por aquí.
Me empujó para salir de la oficina, y me condujo por el campamento hasta el depósito de suministros. Al apretarme la mano contra la cara pude notar los huesos rechinar unos contra otros, como si fueran piedras de molino; sentí un dolor insoportable cuando empujé con más fuerza. Era como sondear un forúnculo. Sin embargo, controlando el dolor, me acostumbré rápidamente al sordo latir de mi mandíbula.
-El coronel ha estado bajo presión, señor -me consoló el capitán-. Por favor, sopese los factores antes de llevar a cabo los informes...
-Sáqueme de la base y lléveme a donde quiero -dije-. Por favor.
El depósito de suministros estaba tan bien abastecido como cual­quier lugar de Manhattan que proporcionara todo tipo de material. Estantes vacíos alineaban la mitad de las paredes. Muchos de los uniformes parecían reciclados, con parches y cicatrices mal cosidas. Me dieron un uniforme de capitán (demasiado largo de mangas y apretado en las caderas), lo más aproximado que tenían a mi talla. No necesité cambiarme de botas, por lo que me sentí agradecido. Tras ponerme mi largo gabán sobre el uniforme y colocar los galones de capitán en los hombros, me preparé. La cara ya no me dolía tanto. El sargento de intendencia me lanzó un revólver, haciéndolo deslizar por el mostrador. Tras cogerlo, me maravillé de su peso; aunque había recibido entrena­miento en armas de fuego, hacía años que no cogía una. Parecían más livianas, al contrario que todo lo demás.
-No la necesito -dije, soltándola.
-Cójala. Nunca se sabe cuándo vendrá al pelo.
-Tengo armas.
-Las situaciones insospechadas exigen lo insospechado -dijo-. Mejor estar preparado.
Aquello tenía sentido. Todos los muchachos del ejército llevaban armas, y la seguridad parecía estar en juego; además, advertí que nadie conectado con Dryco sospecharía que había elegido equiparme con una especialidad de aficionados.
Me la metí en el bolsillo.
-¿Y ahora adonde? -le pregunté al capitán.
-Al depósito de coches -dijo, alzando los brazos y señalando-. Pregunte por Panzerman.
-¿Qué rango tiene?
-Todos le conocen. Sólo pregunte. Ya se le ha informado. No le diga que es civil.
-¿Por qué no?
-Le volará.
Tras despedirme del capitán, me acerqué al edificio central. Dentro había un cabo sentado ante una mesa, esperando instrucciones. Ojeaba un ejemplar del Times. el presi miente, dice el vice, anunciaba el titular.
-¿Es usted Panzerman? -pregunté.
-Fuera -gruñó el cabo, sin alzar la cabeza. Un claxon llamó mi atención, y me volví. Un pequeño cuatro ruedas descapotable aparcó delante. El que lo conducía parecía tener sesenta años y llevaba gafas de montura dorada. Una larga cicatriz en su mejilla derecha sugería que se afeitaba con un hacha. En la espalda de su mono amarillo llevaba bordada la frase: solo, encantador y vicioso. Dryco suministraba los cascos del ejército, y en cada uno aparecía el diseño de un smirkey. Panzerman le había dibujado colmillos a la sonrisa.
-¿Panzerman? -pregunté, subiendo al asiento del pasajero. Llevaba botas claveteadas como las de Margot, y me pregunté si no le dificulta­ban la conducción.
-Aja -dijo, sin ofrecer nada más. Por lo que pude ver, no tenía rango: un parche en un hombro decía que era miembro del ejército de Hondu­ras, si uno le hacía caso.
-¿Sabe dónde tenemos que ir?
-Ajá -dijo, alimentando el motor. Nubes de polvo flotaron detrás de nosotros mientras nos poníamos en marcha. Nos dirigimos a la salida de Park Row. Tras conectar la sirena, pasó al carril 1A de Church Street, y nos dirigimos al centro.
El tráfico había sido desviado en la Zona Secundaria de Tribeca y, durante varias manzanas, fuimos el único vehículo en movimiento. Mientras pasábamos junto a un taxi abandonado, vi algo que me dejó clavado donde estaba.
-Pare el coche.
-¿Porqué?
-He dicho que pare el coche. -Tras pisar el freno, miró a los lados mientras el coche se detenía-. Dé marche atrás.
Mientras retrocedíamos, vi el espectáculo. Tres soldados se ocupa­ban de una mujer al estilo cotidiano del Ejército. Tras haberle subido el vestido, atado los brazos y cubierto la cabeza, la habían extendido como un águila sobre la capota del taxi. Uno estaba arrodillado encima, doblándole las piernas con una ruda tenaza a la altura de los tobillos. Los otros dos se la beneficiaban por turno. Pensé en los informes del Ejército, pegados en el tablón, y oí aquellos gritos que siempre quema­ban en mi mente.
-Quietos -ordené, de pie en el coche. El soldado que estaba actuan­do en aquel momento dio un paso atrás, sin molestarse en colocarse bien el uniforme. La mujer gritó y se sacudió. La araña que reptaba sobre ella le apartó más las piernas para que yo pudiera ver cuánta sangre habían derramado hasta ahora. Ella volvió a gritar.
-¿Quiere un poco, capitán?
Las armas de fuego anulaban la opción de considerar las cosas antes de pasar a la acción; los aficionados, sin pensar, las preferían por esa razón. Respecto a algunas cosas, no había necesidad de examinar opcio­nes. Al no tener palabras apropiadas para ellos, sabiendo los oídos sordos donde rebotarían, disparé mi pistola. Cuando le alcancé, se arrugó como un papel y se perdió en el viento. Los otros dos se separaron como si pretendieran llegar a la línea de gol antes de que sonara el silbato; rebo­taron al alcanzar el suelo, como esperando que el entrenador no perdiera tiempo quejándose. Con una pistola normalmente era demasiado rápido; aquí no podría haberlo sido lo suficiente. Al usar una herramienta dife­rente, para una razón diferente, pensé que al fin había empezado a labrar­me mi nuevo camino, siguiendo mi nuevo motivo y mis viejos sentidos; usaba tales caprichos para limpiar nuevas heridas, y no para empeorar las viejas. La mujer se enderezó con cuidado, cubriéndose las piernas con el vestido mientras apretaba las rodillas y sacudía la cabeza como para extraer de su mente el toque viscoso de la pesadilla.
-Muévase -dije, pero sólo yo me moví, al caer de lado ante el shock del ruido. La mujer, durante un segundo, levitó sobre la capota del coche como para descansar en las zarpas de la Deidad..., antes de que ésta la soltara y la dejara caer tras el taxi. Panzerman recargó su rifle.
-Cien por cien, señor -dijo, sonriendo silenciosamente, como si el momento no garantizara una risa audible.
12

Aparcamos junto al edificio de Dryco. Panzerman permaneció en silencio el resto del viaje, aunque a intervalos se reía para sí, como si recordara alguna anécdota memorable que encontrara a mano para mantenerse alegre. Una dura brisa me sacudió; cenizas de hollín me cubrieron los ojos. Un cóptero revoloteaba bajo, en dirección al oeste, por la Cinco.
Los conductores esperaban junto a las limos alineadas en la plaza. Jimmy era fácil de localizar, pues le sacaba una cabeza a los demás. Estaba junto al Castrolite; sus brazos, cruzados contra su pecho, pare­cían tuberías de alcantarilla aisladas dentro de mangas de camisa. Sospeché que lo mejor sería evitarlo, pues no tenía ni idea de para quién trabajaba realmente y, calculando que me buscaban, no importaba quién estuviera detrás. Avalon debía hallarse dentro, esperé, mientras entraba por el lado de la calle Cinco de la forma más natural que pude. Pensamientos de estar siendo castigada por sicarios de Dryco surcaron mi mente, picoteando y lastimando. Abrí la puerta que conducía a las escaleras de los guardias. Como he dicho, soy un alma pacífica, pero si la necesidad llama no busco atajos ni apago ningún fuego, y tenía la enervante sensación de que la necesidad llamaría. Mientras subía las escaleras, los ojos alerta a los lugares donde las bombas esperaban ser pisadas por los descuidados, supe que si descubría que llegaba dema­siado tarde, que mi presencia no cambiaba ninguna opinión, que mi explicación no sería suficiente, entonces mis manos, desencadenadas y sueltas, se encargarían de tantos como pudiera llevarme por delante.
La escalera desembocaba, muchos pisos por encima, en un pequeño gabinete en la oficina del señor Dryden. Me arrastré en silencio, mirando por el espejo bidireccional colocado en la puerta de] gabinete.
El señor Dryden estaba sentado ante su mesa, repasando un grueso informe. Tenía los labios tan apretados que parecían cosidos. El terminal de su escritorio brillaba en verde mientras pasaba menús y gráficos. Había nueve teléfonos en la mesa; había sacado de sus asociados rusos la idea de que innumerables teléfonos cerca proporcionaban argamasa fresca para su muro de poder percibido. Yo siempre lo imaginaba intentando responderá siete teléfonos con los pies, si ya tenía dos en las manos; como sólo una línea conectaba con su oficina, el tema quedaba fuera de discusión. Sobre la chimenea, con los troncos eternamente encendidos por el gas, colgaba un gran retrato de sí mismo realizado por el artista de la familia. Creo que todos los Dryden preferían verse de esta manera: desmesurados, como ahítos después de comer, y suavizados con película aceitosa. En una pared, cerca del gran smirkey y su diploma de Yale, colgaba una pequeña placa. uno de estos días, sabía que decía, voy a tener que ORGANIZARME. Sus estanterías, pese a todas sus lecturas, estaban maravillosamente vacías de libros. Una de sus preocu­paciones menos comprensibles era su afición por los animales diseca­dos. Docenas de ellos capturaban el polvo de la habitación, desde lo alto de sus estantes. El taxidermista que empleaba los preparaba según sus deseos: sentados ante mesas de té o pianos, dirigiendo o tocando orquestas, enfundados en pequeños vestidos y sombreros, gafas de sol y camisas. Perritos, gatitos, cerditos, sapos, monos, conejitos, patitos y pollitos, congelados eternamente en actitudes inteligentes, mirándole de reojo.
Su despacho era muy grande y muy oscuro. El decorado de la habitación era bicolor, verde bosque y negro roble. Aunque el panorama desde su ventana era tan atractivo como cualquiera otro desde esta altura, las cortinas estaban perpetuamente corridas: tanta luz le lastima­ba los ojos. Abrí la puerta y entré.
-Aquí estoy -dije. Saltó, como si le hubieran pegado un tiro. Empecé a avanzar hacia él.
-¡No más cerca! -dijo-. Oppro habla, OM. Cierra tus orejas. Podrías haberte abierto paso...
-¿Dónde está Avalon?
-Donde tú estarás pronto -dijo, echando hacia atrás su silla-. Nunca esperé esto, O'Malley...
-Puedo explicarlo. ¿Qué pasa? ¿Dónde está...?
-Conmigo, una victoria. Con ella, una pérdida. Tu pérdida.
-No comprende. Espere un mo...
-Los errores enseñan, OM. Aprende.
Pulsó un botón de su mesa, llamando a Renaldo.
-Locos como tú vienen por puñados. El engaño niega la función.
Renaldo entró, desnudo hasta la cintura, no mucho más musculoso que vestido. La Virgen tatuada en su velludo pecho parecía sonreírme desde debajo de su bosque. Se detuvo en el umbral, apoyando el hacha sobre su ancho hombro.
-Entra, deprisa -dijo el señor Dryden-. Debería haberte dejado en la calle, OM. El sitio de la basura. Tras sacarte, te devolveré.
-¿Qué es esto? -dije, sin poder creer lo rápidamente que parecía ocurrir todo, como en un sueño-. Dije que puedo explicar. Pensaba...
-Justo castigo justamente aplicado -dijo el señor Dryden, colocán­dose bajo su mesa, hecha a prueba de balas, con insertos de Krylar-. Conferencia a solas. La botella rompe cuando se tira. Renaldo. ¡Ve!
Renaldo alzó su hacha por encima de su cabeza y cargó contra mí. Salté a un lado. La fuerza del golpe fue lo suficientemente grande como para que el hacha se hundiera en la alfombra y el suelo al caer.
-¡Maricón! -me gritó-. Ven aquí.
Saqué mi pistola; Renaldo agitó la mano más rápido que la lengua de una serpiente, me la arrancó y la hizo volar hasta el otro extremo de la habitación. Mientras se disponía a soltar de nuevo la hoja del hacha, le lancé una patada. Se revolvió mientras caía, golpeándome en las costillas; una de las inferiores se rompió. Me agarré a una de las sillas tapizadas de la oficina, me levanté, y aparté el hacha de una patada. Renaldo cogió una lámpara de pie y trató de enroscármela en la cabeza. Forcejeamos; la lámpara se dobló y la quitamos de en medio. La primera herramienta que mi mano encontró fue mi porra; la saqué.
-Muerte... -dijo él, apretándome la garganta. Descargué con todas mis fuerzas la porra contra su cabeza. La sangre salpicó el aire como la Serena; la placa de metal de su cráneo se soltó y giró en el aire como un pájaro en vuelo. Me lanzó una patada en la rodilla con un afilado tacón, y caí, aterrizando dolorosamente contra los artículos que llenaban mi gabán. Encontré lo que necesitaba cuando él recogía su hacha. Oí gritar al señor Dryden debajo de su mesa.
-Suplica -dijo Renaldo, mientras la sangre corría por su cara. Alzó otra vez el hacha y empezó a descargarla; descendió sobre mí como a cámara lenta. Bloqueé su camino con la sierra mecánica de Enid.
-Madre de Dios...
La sierra rugió, triplicando su longitud; la fuerza del impacto le arrancó el hacha de las manos y la descargó contra su boca. Cayó. Me senté, con la sierra aún girando. Se había roto la mandíbula cuando el mango del hacha la alcanzó; no hacía ningún sonido reconocible. Advertí que la pérdida de sangre le debilitaba y no vi ninguna necesidad de ser cruel, así que apagué la sierra. Tras sentarme sobre su pecho, le rodeé el cuello con las manos y apreté mis pulgares contra su nuez de Adán. No tardó mucho. Mientras permanecía allí sentado, jadeando, oyendo los gemidos del señor Dryden y mi propia respiración, la sangre seca en las manos, la costilla rota lastimándome el costado, el pómulo latiendo, la herida de mi cabeza vuelta a abrir y picoteando, pensé en Avalon, y me obligué a moverme, visualizando lo que le sucedería si yo no hacía algo más, obligándome a continuar antes de caer definiti­vamente,
-Señor Dryden -dije, con toda la tranquilidad que pude aparentar-, hablemos.
-Hay razones -chilló; apenas le comprendí-. No fue...
Había muchos objetos de arte en su mesa; un termómetro con la forma de la Estatua de la Libertad; un pesado pisapapeles de vidrio en cuyo interior siempre estaba nevando; una vieja foto donde aparecía con su madre, Susie D. La sangre se me agolpó en el entrecejo mientras los observaba, esperando su aparición.
-Salga -dije-. Señor Dryden....
-Asustado... -murmuró. Cogí la mesa y la volqué; golpeó contra el suelo con un crujido terrible. El cristal roto resonó durante varios segundos. Se acurrucó contra el suelo, temblando a la luz como algo encontrado bajo una roca levantada. Lo puse en pie.
-Hablemos -repetí-, ¿Dónde está Avalon?
-Sabía que vencerías a Renaldo -dijo, intentando rehuir la mirada. Le agarré la barbilla con la mano libre y le giré la cara hacia la mía para que no pudiera distraerse con el escenario-. Sólo probaba...
-Nada de pruebas. Quería matarme. No estoy muerto aún. Así que hablemos. ¿Dónde está Avalon?
-¡No lo sé! -chilló-. También tú querías matarme...
Tal vez fue porque en ese momento estaba muy dolorido, en muchos lugares; tal vez fue porque me había cansado de no oír nada más que cuentos dudosos y elaboraciones. Fuera cual fuese la razón, retiré la mano de su barbilla y le abofeteé con fuerza. Él tiritó. Sujetándole una vez más con ambas manos, lo sacudí, y luego lo apreté contra la pared más cercana.
-No quería matarle y no lo intenté -dije-. Siga así y lo haré. ¿Dónde está ella?
-No lo sé, no...
-¿Dónde está ella? -repetí, golpeándole contra la pared; oí el yeso caer-. Alguien se la llevó esta mañana. Dejaron un mensaje suyo. Decía que yo era el próximo y que me pusiera en contacto. No planeaba que acabaran conmigo. No lo han hecho todavía. Dígame qué pasó. Rápido. ¿Había alguien en la habitación cuando estalló la bomba?
-No estalló -dijo él, recuperando el aliento, secándose una lágrima.
-¿No?
-Stella la encontró.
-¿Qué estaba haciendo allí?
-El quería que se la chupara mientras abusaba de mí -dijo, sacu­diendo la cabeza. Relajé mi presa lo suficiente como para permitirle que sus pies rozaran el suelo-. Así, cuando pasamos al estudio, la metió bajo la mesa. Ella la vio. Dijo que parecía un chicle con un reloj pegado. Él miró. Hizo que Scooter entrara y desconectara. Circunstancia insospe­chada, imprevisible...
-No importa -dije-. ¿Qué hizo? ¿Qué hizo usted? Alguien ha estado intentando acabar con Avalon y conmigo desde entonces.
-Traté de avisarte a través del contacto -dijo, con la furia arando sus rasgos-. Huiste. Perdieron la pista en la Treinta y cuatro. No comprendí por qué hasta que vi el temporizador. Vi a qué hora estaba puesto. Yo aún habría estado allí si...
-Lo puse a la hora que acordamos -dije-. Lo cambiaron.
-¿Avalon?
-Sí...
-Mentiras...
Cogí su cabeza y la hice chocar contra la pared. Algo crujió.
-Avalon la volvió a cambiar. Me lo dijo de camino. Pensé que estarían preparados para matarnos para cuando llegáramos allí. Pensé que lo mejor sería correr.
-Pensé que su mano evidenciaba -dijo él, la cabeza meciéndose sobre el cuello. Continué apretándolo contra la pared-. Estimé que convenció...
-No es así. ¿Cómo nos identificó? Dispuse que pareciera Maroon.
-Sabía. Sospechó de mí, inmediato. Acusó de estar detrás.
-Es la verdad.
-Él no podría saberlo. Tú lo sabes. Se enojó. Amenazó. No hubo ninguna pregunta...
-¿Cómo nos identificó?
-Se lo dije...
En el momento en que dijo aquello, extrañamente, no pareció mayor que la primera vez que lo vi, en la coop de Yale, muchos años antes. Durante un segundo la expresión de su cara sugirió la de un niño, sorprendido por sus padres en alguna travesura. En sus rasgos había una mezcla de miedo y furia, y una vaga esperanza de ser perdonado algún día.
-¿Antes o después de que viera el temporizador?
-Antes... -dijo él, casi susurrando-. Eras tú o yo...
Le golpeé, esta vez con el puño, mucho más fuerte. Su ojo se oscureció antes de que pudiera parpadear. Tras apartarle de la pared, lo arrastré por la habitación y lo arrojé a un sofá cerca de la chimenea. Se enroscó, apretando las rodillas contra el pecho, y sollozó de nuevo.
-¿Por qué? -pregunté-. Usted nos incitó. Nos lanzó a los buitres. Sin recelo.
-No podía hacer otra cosa. Y tratabas de matarme...
-Cuando le dijo que fuimos nosotros, no lo pensaba.
-No...
-No sólo le dijo lo que habíamos hecho a petición suya -dije, arrodillándome ante él, sujetando sus hombros como con la intención de tirar de cada uno hacia un lado y romperlo en dos-, sino que luego trata de matarme cuando vengo aquí, antes de poder hablar siquiera...
-Tenía miedo, O'Malley -sollozó-. Miedo de él. Miedo de ti. No sabía qué hacer. No...
Lo solté y lo dejé en el sofá, su traje nuevo encogido y arrugado. Me acerqué a una de las sillas y apoyé mi espalda contra ella, sintiendo que mi espinazo se endurecía a medida que mi movimiento se aquietaba. Tenía hinchados los nudillos allá donde había golpeado el grueso hueso de su cráneo.
-Era comer o ser comido, OM. Sabes cómo es.
-Lo sé -suspiré.
-Deberías haberlos contactado. OM. Podrías haber salido.
-Pero cuando hubiera visto el temporizador, habría...
-Cierto. Habría.
-No importa -dije, cerrando los ojos-. Entonces, ¿no sabe dónde está Avalon?
-No. ¿Dónde estaba la última vez?
-En el centro. Cuando desperté, se había ido. Encontré esto.
Saqué la tarjeta del bolsillo y se la tendí. Él la miró, ausente, durante varios segundos. Su reloj de pared repicó mientras la hora aparecía en la pantalla. Empecé a preguntarme si no la habría perdido, después de todo.
-La letra de ella -dijo él.
-¿Está seguro? -Yo nunca había visto la letra de Avalon; sospecha­ba que sabía escribir, pero no tenía pruebas.
-AO. Siempre escribe así. Dejó esta tarjeta. Escribió este mensaje. Sin duda.
-Alguien debe haberla obligado.
-¿Por qué? ¿Con qué fin? Si los hombres de papá os cogieran desprevenidos, ambos habríais sido eliminados. Eres consciente.
-Hay algo más -dije, pensando-. Pasa algo. Ella no se habría marchado sin decir nada. Pasa algo.
-Aparecerá un día, seguro. Flotando en el río. Masacrada.
-No diga eso. -Él estaba lo suficientemente asustado como para callarse inmediatamente. Cerró los ojos, como si temiera que le golpeara una vez más-. ¿De quiénes eran los tipos que nos perseguían?
-De él -dijo el señor Dryden-. De Midtown. Les sacudiste bien, he oído. Veinte eliminados, decía el informe.
-Pongamos que nos siguieron. No sé cómo, pero pongamos que lo hicieron. Pongamos que la capturaron; quisieron dejarme, pero para que leyera este mensaje. Así que la obligaron a escribirlo.
-¿Para qué?
-Si él sospecha que usted está detrás...
-Le convencí -dijo.
-¿Seguro?
Apretó con más fuerza sus rodillas, como si al hacerlo con la fuerza suficiente pudiera doblarse dentro de sí mismo y desaparecer.
-No. Ya no.
-Entonces, eso es lo que ha hecho. Sabían que cuando yo descubrie­ra el mensaje contactaría, como me decía. Entonces supusieron que me haría eliminar...
-Como intenté...
-O que vendría aquí y le eliminaría a usted, pensando que se había llevado a Avalon.
-¿Y luego?
-Luego, a placer, se encargaría de quien quedara. ¿Parece típico de él?
El señor Dryden asintió.
-Pero los dos estamos aquí.
-Exactamente.
-¿Qué vamos a hacer, entonces? Si es así, los dos estamos aún marcados.
-No si nos movemos -dije-. Tenemos que cogerlo desprevenido antes de que nos atrape.
El señor Dryden suspiró y se estremeció como si sufriera un brote de malaria; se cubrió la cara con las manos y las dejó allí.
-No puedo -dijo-. Si me quiere, puede tenerme. Estoy vencido. Él ganó.
-Dadas las circunstancias, tengo un plan -dije-. Nos ayudará a ambos. Tiene que continuar.
-No puedo.
-¿Me dejará intentarlo solo sin ayudarme?
-Intento proteger -dijo-. No puedo, OM. Amenazó...
-Que amenace. Es imposible que tengamos más problemas que ahora. Calculemos. ¿La habrán llevado a la mansión o a las Tumbas?
-A la mansión -dijo, y pareció sonreír con el calor del razonamien­to-. Él ha querido tenerla desde la primera vez que la vio.
Por la forma en que yo interpretaba las observaciones de Avalon, y por su familiaridad con el plano del estudio, sospeché que lo había conseguido. No es momento, pensé, y no mencioné mi opinión.
-Llame y diga que he aparecido. Diga que me han eliminado. Pregunte si ella está allí. Diga que irá esta noche.
-Aunque fuera, no funcionaría. ¿Qué hay de Jimmy?
-Tendrá que llevarnos. Con esta pistola del ejército puedo reducirlo. Antes de llegar a la mansión me esconderé. Cuando entremos...
-No.
-¿Por qué no?
-Olvídalo. Que se salga con la suya, OM. Sufriré mi medicina. Te sacaremos del país adonde quieras. Tendrás que quedarte allí, así que elige un buen sitio. Él no sabrá nunca...
-No quiero marcharme -dije-. ¿Y qué hay de Avalon?
-¿Qué hay de ella?
-Si aún está viva no quiero perderla. Y voy a averiguarlo, pase lo que pase.
-OM. Es su pérdida. Muchas te esperan.
Pero ninguna es elegida, porque, después de haber estado con Avalon, estaba decidido a volver a tenerla mientras ella me deseara. Deseaba que estuviéramos juntos, y vivos. Mientras trataba de conven­cer al señor Dryden, sabía que podría volver a estar en sus brazos sólo otra vez en el más allá de la Deidad, que eso sería un goce mayor (aunque invisible, inaudible, insensible) de lo que jamás conocería mientras respirara.
-Aún podemos vencer como deseaba -dije, sintiendo la necesidad de convencerle-. En tres días. Esencial, dijo. No puede rendirse ahora.
-Puedo. Te aeropuertearemos. Desembarcaremos en costas distan­tes hasta que...
-Voy a ir a la mansión, y usted también. Si lo hacemos por separado nos eliminarán a los dos. Juntos podemos conseguirlo. No estarán preparados para los dos. Lo comprende. Sé que lo comprende...
-OM -dijo; la calma controló la inundación pero sólo por un instante, y sus lágrimas empezaron a brotar de nuevo-. No podemos. Es todo. Por favor. Deja de pensar en eso. A veces las cosas funcionan. A veces no. Es todo...
-¿Por qué no podemos?
-No podemos.
-¿Por qué?
-Esta vez su amenaza iba en serio -dijo, sujetándose la cabeza con ambas manos-. No podemos...
-Entonces probablemente me tendrá pronto. Lo certificaré, si es así. Quiero a Avalon.
-Olvídala.
-No lo haré. Iré a recuperarla. Solo, es probable que me cojan. Un día, también le cogerá a usted. No descansará hasta que esté...
-Déjalo -gritó el señor Dryden, como un loco de asilo; se puso en pie y, al hacerlo, cayó al suelo. Gimiendo sin cesar, empezó a arrastrarse, hundiendo los dedos en la densa pelusa de la alfombra-. Deja que me mate. Ya no me importa. Se acabó. ¡Déjalo!
-Yo no quiero que me mate...
-Ojalá me matara -sollozó-. Ojalá, ojalá, ojalá...
A pesar de lo mucho que le afectaran los riesguis, no importaba cómo salieran los negocios, el señor Dryden nunca había perdido tanto los nervios en mi presencia como ahora. Lo puse de espaldas y lo abofeteé con amabilidad, intentando mitigar su incoherencia. No funcionó.
-¿Qué pasa? -dije-. Ha amenazado antes.
-Amenazas no tan estrictas. No como ésta.
-¿Qué le asusta tanto?
-No voy a ir allí, OM -dijo. Respiraba con dificultad, como si tuviera colocadas sobre el pecho rocas pesadas-. No voy a ir. No solo. No contigo.
-¿Qué demonios le dijo que haría?
-No te preocupes, no te preo...
Me rompió hacerlo, pero le abofeteé otra vez, golpeando secamente su mejilla, tratando de crear shock en vez de dolor.
-Avalon podría estar muerta -grité-, ¡Hable!
-Dijo que lo haría. -Tenía una expresión como si hubiera visto a todos sus resecos antepasados levantarse de la tumba para señalarle con el dedo; tenía la cara blanca, los labios apretados, las pupilas distendidas como si llevara una eternidad en un pozo-. Dijo que si lo intentaba otra vez lo haría. Le prometí que no. El Estrangulador. Yo. Tú. No puedo.
-¿Hacer qué?-grité-. Siempre oigo hablar de lo que él podría hacer, pero nunca me entero de qué se supone que es. ¿Qué es? ¿Qué?
-Horrible -dijo el señor Dryden y su voz onduló, como arrastrada por la marea-. Es horrible. Siempre ha podido hacerlo. Por eso nos llevamos tan bien. Los que tienen poder hacen lo que él dice y le dicen a todos los demás que lo hagan también.
-¿Pero qué puede hacer?
-No puedo decírtelo.
-¿Por qué no? -exclamé, sacudiéndolo como un terrier que atrapa a una rata.
-Ni siquiera lo sé con seguridad -dijo-. El humo del fuego. El relente del huracán. La tranquilidad del ciclón. Eso es todo lo que sé. Mamá me dijo algo pero no quiso decir más. Lo sabía todo y lo supo siempre. Quería decírmelo. Por eso él la mató.
A cada estallido de recuerdo, a cada admisión, parecía como si hablara para deshacerse de años enteros. Cuanto más hablaba de lo que tanto había callado, más joven y más pequeño parecía convertirse, como si hubiera desarrollado su apariencia de niño y simplemente la hubiera perfeccionado con la práctica. Sus ojos se secaron; sus temores quedaron al descubierto como hojas húmedas.
-¿Qué quiso decirle? -pregunté, bajando la voz, como si alguien más pudiera oírnos.
-Todo el mundo sabe un poco pero cada cosa está en un cajón diferente. El gob sabe una cosa. El Ejército, otra. Has oído cosas, estoy seguro. Yo sé un poco. Mamá lo sabía todo. Él lo sabe todo.
-¿Qué sabe usted,
-Lo cogió del gobierno. No sabían que lo tenía. Él no supo que lo tenía hasta que lo consiguió. Les dijo que lo tenía.
-Eso es hablar en círculos...
-Es lo que ella me dijo, así lo dijo. Él los controla a todos. Los hace saltar a su gusto.
-¿Pero cómo lo hace? ¿Qué puede ser?
-Tiene algo que ver con la Pax -dijo, susurrando.
-¿La Pax?
-La Pax Atómica -murmuró-. No resultó como debiera.
La Pax Atómica era considerada, por los responsables, el mayor logro de la humanidad en el siglo xx, un terreno admitidamente resbaladizo. La Pax Atómica fue llevada a la práctica durante el período cristiano; curioso, pues los cristianos que importaban en el momento estaban contra ella. La Pax Atómica decretaba y prometía que todas las armas atómicas de todos los países fueran desmontadas y lanzadas al espacio, y así se hizo. No importaba cómo pudiera haber parecido nuestro mundo en ocasiones, siempre teníamos el consuelo de que al menos estaría aquí para proporcionar un lugar donde la mayoría sufriría eternamente.
-¿Qué quiere decir con que no resultó como debiera? ¿Cómo es eso?
-Ella no quiso decirlo. Creo...
-¿Qué?
-Creo que daba a entender que aún existían algunas. Que él sabe dónde. Que las usaría...
Cuando se firmó la Pax Atómica, yo tenía once años; recordaba sólo vagos relatos de lo que supuestamente podían hacer aquellas bombas. Era otra de esas cosas de las que nadie hablaba.
-Tal vez sólo quiere que la gente crea que las tiene.
-Debe tenerlas. Se habrían dado cuenta si no...
-Si consiguió información durante la Eb -dije, y entonces todo me pareció claro-, que es lo que he oído, entonces nadie del gobierno o el Ejército sabría si era real o no. ¿No lo ve? Podría decir cualquier cosa, ¿y quién podría dudar?
-Ése no puede ser el caso.
-¿Porque su madre pensaba lo contrario? Probablemente es lo que él quería que pensara. Mire...
-Pero ella sabía también lo que era.
-Entonces, ¿por qué no se lo dijo?
-Él la mató...
-Debe de haber otro motivo. ¿Sabe por qué nunca le dijeron nada más? Si todo el mundo sabe que una mentira es una mentira, entonces la mentira no sirve para nada, ¿no?
Él no dijo nada; yo seguía pensando que tal vez sabía más de lo que decía. Las cosas empezaron a adquirir un matiz desconcertante; la intranquilidad me caló los huesos. Sabía que, tuviera razón o no, había poco que pudiera hacerse o deshacerse. Sin embargo, noté una sensación nueva y extraña: era como si, al asistir a la cena de Acción de Gracias en casa de un pariente lejano, uno fuera a la cocina después del postre para soltar los platos y descubriera, escondida en la alacena, una caja abierta de veneno con sabor a borgoña cerca de la lata abierta de salsa de arándanos. Pero deseos más egoístas me impulsaban, y mi preocupación por Avalon bloqueaba los escrúpulos que normal­mente habría sentido. Aún pensaba que, fuera lo que fuese lo que el Viejo podía hacer, no podía ser tan temible como para creer al señor Dryden.
-Vamos -dije, tirándole de la manga de la chaqueta-, en marcha. Acabemos con esto de una vez. Vamos.
-No. OM, por favor, no... -no quiso soltar su presa sobre la alfombra.
-No hay otra forma. ¿Quiere quedarse aquí y no moverse? Eso es lo que él espera. ¿Quiere eso?
Él se puso de espaldas, y por un momento pareció como si empezara a entrar en razones.
-No hay otra forma -repetí. Tal vez la hubiera, aunque a mí no se me ocurría ninguna. Mientras le miraba a la cara se quedó allí tendido, y durante un evanescente momento sus rasgos se animaron, como si las nubes se separaran lo suficiente como para dejar pasar a un único rayo de sol que le cubriera la cara. El color rosado regresó a su piel; sus manos relajaron su presa sobre la alfombra. Respiró profundamente, varias veces, y suspiró.
-Tienes razón -dijo, muy suavemente-. No hay otra forma.
-Exactamente -afirmé, pensando en formas de apaciguar su alma y templar sus nervios. Le cogí las manos y lo ayudé a sentarse-. Lo cogeremos tal como venga. Puede contar conmigo.
-Sé que puedo -dijo él. Se levantó y caminó lentamente hacia su escritorio volcado. Metió la mano debajo, como buscando algo-. No siempre he sido justo contigo, OM. Lo siento. Lo que he dicho es...
-No importa. Vámonos. No le habrán hecho nada a Avalon todavía, ¿verdad?
En la mano sostenía uno de sus frascos de píldoras, que evidente­mente había sacado de un cajón. Tenía suministros por todas partes.
-Todavía no -dijo, con la suavidad de un palomo arrullándose entre las hojas; quitó el tapón protector a la botella-. Estará a salvo durante una temporada.
-¿No debería ir libre de riesguis? -pregunté, al ver la botella. Me volví para recoger mi sierra-. Querrá tener la mente despejada. Esas píldoras le matarán cualquier día...
Se produjo un golpe sordo, como si algo grande y suave hubiera caído al suelo. Me volví. El señor Dryden yacía en el suelo. Se había sofocado tanto que no me sorprendí al verlo desmayarse. Me arrodillé a su lado y le sacudí el hombro.
-Vamos. Es la hora. -Su trance parecía extremadamente profundo, o especialmente bien fingido-. Señor Dryden. Vamos, despierte.
Yacía como si disfrutara de un sueño reparador y profundo. Tenía los labios fruncidos por las comisuras; parecía tener un sueño agradable. Le abrí los párpados: sus ojos miraron hacia arriba, las pupilas fijas en ángulos torcidos.
-Señor Dryden. -Cuando lo sacudí, no reaccionó.
Le coloqué la mano en el pecho; no noté ningún latido, ni pulso alguno cuando le cogí la muñeca. Una especialidad de Jake, en el tipo más avanzado de opas, era la provisión y aplicación de ofertar innego­ciables. Esta variante particular era un trabajo azul, pues ése era el color del recipiente recién abierto: azur oscuro, como si hubiera sido metido en un tintero. Antes de que el último riesgui saliera de su boca, había funcionado.
-Señor Dryden.
Me aparté de él y me senté en uno de los grandes sillones, y me quedé mirándolo como si fuera uno de aquellos animales disecados, sorprendido por lo que veía, incapaz de hacer nada. No muy lejos de donde descansaba el señor Dryden estaba Renaldo, lo suficientemente retorcido como para parecer una estatua derribada de su pedestal.
-Señor Dryden -me oí decir, como si pronunciando más diligente­mente las palabras pudiera devolver la vida con el tiempo-. Despierte.
Sus cabellos se agitaban débilmente con la brisa del AAC. No hizo ningún movimiento, no mostró ninguna respuesta, no dijo ninguna palabra, no ejecutó ninguna acción, no expresó ningún pensamiento ni intentó ningún gesto. Casi deseando poder conseguir un descanso tan completo, ignorando los dolores de mi cuerpo, me levanté y me acerqué a las ventanas. Descorrí las cortinas. Renaldo y él parecían más grises con la luz que en la sombra. Fuera, las nubes eran tan espesas que no podía verse la ciudad. Sabía que no había otra opción. Si quería tener la oportunidad de estar con Avalon al menos una última vez, tendría que ir solo e improvisar sobre la marcha..., no podía hacer nada más, no importaba el resultado. Los pelos de la nuca se me erizaron; la aprensión heló mi sangre. Si el señor Dryden se había asustado tanto como para hacer esto, ¿por qué debería actuar yo sin pausa? Al menos, tenía una oportunidad en lo referido al miedo que podía permitirme sentir, así que usé todas mis fuerzas para negar tal terror. No había necesidad de preocuparme hasta que supiera por qué debería preocuparme. Me repetí aquello, como si diciéndolo con frecuencia pudiera convertirse en realidad.

13

Nadie me vio marcharme, mucho menos aquellos de quienes me había despedido tan recientemente. Tras bajar por la escalera de los guardias, salí al vestíbulo y pasé junto a las vidrieras de exposición, deslizándome entre ellas como si fuera atraído de una a otra. Me dirigí a las puertas que daban a la plaza. Jimmy estaba junto al coche, mirando en otra dirección. En un dos por tres le alcancé y le coloqué tras la oreja el cañón de mi pistola.
-Quilo, tío, quilo. ¿Qué pasa? -preguntó, con bastante tranquilidad, como si me esperara.
-Vamos a la mansión -dije, preparado por si intentaba discutir; no lo hizo. Abrió la puerta del pasajero y luego se dirigió hacia el lado del conductor.
-Gran pezgordo se enfadará cuando descubra que le faltan las ruedas.
-No, no lo hará -dije, mientras me sentaba-. Está muerto. Jimmy se introdujo lentamente en el coche y se situó tras el volante. Cerré la puerta. Me miró, los ojos negros inyectados en sangre.
-¿Por tu mano? -preguntó.
-Por la suya -respondí. Presionó la ignición; nos marchamos.
-Te sientas listo y alto ahora, tío -dijo él-. ¿Por qué le dio por ahí?
-Tenía miedo.
-¿Con razón?
-No estoy seguro.
Seguimos avanzando; salimos de Midtown, pasamos al Upper West, dejando atrás las feas torres que circundan Columbus Circle. Estaba tan decidido en lo que tenía que hacer que los deseos de Jimmy, o sus pensamientos, no se me ocurrieron de inmediato.
-Jah por fin lanzó el azufre sobre las manchas de barro -dijo, sonriendo, sorbiendo su pipa-. Grandes árboles caen y hacen poco ruido. ¿A qué apuntas, O'Malley? ¿Dispuesto a trabajar tus encantos?
-No lo sé. Improviso sobre la marcha.
Mientras recorríamos Broadway se levantó viento; la nieve cayó en cascada sobre los quietos y los rápidos. Copos blancoamarronados picotearon el coche; Jimmy conectó los limpiaparabrisas y los surtido­res. No era nieve natural (ésa apenas caía ya en Nueva York), sino una precipitación diferente: residuos humanos secos, levantados por el viento, que chispeaban a menudo por la ciudad. La Mierda, lo llamaban los ambientes. A medida que el suministro de agua se agotaba, o era cortado, las nieves se hacían más comunes. Esos chaparrones nunca duraban más que unos pocos minutos; nadie se quejaba.
-¿Dónde está nuestra dulce hermana? -preguntó Jimmy, exhalando virutas de humo.
-Creo que está en la mansión. Espero.
-¿Y por eso subes a cortejar?
-Sí -dije, apuntándole con la pistola por si acaso resultaba no estar tan tranquilo como aparentaba-. Desapareció. Pensé que él la había cogido. No fue así.
-¿Crees que estará entera? Su alma era grande cuando por último posé los ojos. Luchando a cada paso.
-Espero. Ni siquiera estoy seguro de lo que pasa.
-Bueno -dijo él-. Lo que se me ocurre, parece, es que sacaste un pájaro del matorral. Uno más se quedó silbando en los árboles. Nadie falla. Te preocupas demasiado, tío. Dryden van. Dryden vienen.
-Les resultará fácil acabar conmigo por eso.
-¿Quién se encargó de ti, tío? ¿Renaldo?
-Sí, pero también está muerto.
-No por su mano -dijo Jimmy; yo negué con la cabeza-. Eres peor matón de lo que crees. Mucho peor de lo que ellos creen. Frío hielo.
La ruta de Broadway fue como la seda. Avanzamos sin sufrir ninguna interrupción, sin atraer la atención de nadie por nuestro carril 3 A. Antes de salir de la oficina, metí a Renaldo en uno de los armarios y tumbé al señor Dryden en el sofá, como si estuviera echando una siesta. Nunca fijaba ninguna cita para la tarde, y sospeché que nadie llamaría. Jimmy adelantó a un camión del Ejército.
-¿Crees que pasó algo que ella no esperaba?
-Tal vez -dije-. Ojalá lo supiera.
-No podemos saberlo todavía, O'Malley. Todo a su tiempo.
Cerca de la esquina de la Noventa y seis, vehículos del Ejército bloqueaban el tráfico que se dirigía al centro: había tropas marchando hacia el río, como si planearan nadar en masa hasta Jersey. Cinco enormes camiones Crotón, cargados de agua para los vecinos, evitaban el bloqueo aplastando la mediana del bulevar. Dejamos atrás los muros cubiertos de alambre de espino de Columbia. Mientras entrábamos en West Harlem, advertí que la barricada había recibido nuevos cohetes. Los destrozos del viernes, retorcidos como madera vieja, aún colgaban de las vías como juguetes abandonados.
-¿Crees que tendremos problemas para entrar?
-No conmigo conduciendo, tío. No con Martin en la verja. Martin está del lado del León.
-¿De qué lado estás tú? -pregunté.
-Del lado de yo y yo, tío. Nadie obliga a mi alma.
-Ellos dos pensaban que estabas del lado del otro... Se echó a reír.
-Los Dryden miran pero no ven. Hablan pero nunca conversan. Donde yo conduzco, mi mano lleva el volante. Si quieren comprar gas, pueden.
West Harlem estaba en terreno elevado tras la 137, después del valle, pero no era más popular por eso. Las depredaciones de las bandas, y del ejército que controlaba las bandas, habían hecho buena mella. Los edificios más pequeños estaban cubiertos por tablones y abandonados; los más grandes, donde vivían los squatters, eran animados sólo por la ropa tendida a secar, brillante como loros, que colgaba de las ventanas. Tablones gigantescos colocados en las partes frontales de los bloques de apartamentos más grandes se desgajaban y decoloraban con la tenue luz del sol, anunciando productos que ya no se vendían, candidatos derrotados hacía tiempo, programas que ya no emitían. En la 155, ruinas artísticamente elaboradas marcaban los restos de una espléndida iglesia vieja; los escombros daban a un cementerio abandonado, frente a Broadway. Las lápidas estaban ladeadas y rotas; los machetes perderían el filo abriéndose paso entre la maleza.
-Avalon podría estar muerta -dije, más para mí que para Jimmy, como sospechando en el fondo que debería acostumbrarme a esa idea.
-Podría ser -asintió Jimmy-. No lo está.
-¿Cómo puedes estar tan seguro?
-Corazonada, tío. Eso es todo. Ella es un cuchillo afilado que corta demasiado para eso.
Termino su pipa, la vació en un cuenco que llevaba sujeto con cinta adhesiva al salpicadero. Entramos en la Zona Secundaria de Inwood. Aquí, la tierra era elevada y permanecería eternamente seca. La zona era razonablemente segura, y la población era casi tan grande como en el Upper West. Había coches, autobuses, incluso taxis; en la zona florecían tiendas bocis, que vendían materia] con un retraso de seis meses con respecto a lo que se vendía en Chelsea o en el Upper East. Al atravesar Inwood, uno casi podía olvidar que lo rodeaba Nueva York. Por un momento los sueños cobrarían cuerpo, y parecería que nada demasiado irreversible había sucedido, en ninguna parte..., luego te despertabas, al cruzar el puente hacia el Bronx.
-Buen lugar para retirarse, algún día -dijo Jimmy.
El tren ele de Broadway había sido despedazado hacía años como chatarra (creo que la ciudad, o Dryco, habían vendido el metal a Rusia), y tuvimos una visión total de los terrenos cercanos. A nuestra izquierda estaba Riverdale, donde vivían los generales del Ejército Interno del distrito de Nueva York. A la derecha estaban las colinas y llanos del Bronx, despejados y esperando su reconstrucción. Los edificios marcados para ser conservados (había muchos), permanecían bajo vigilancia del ejército: viejos edificios de apartamentos del Concourse; bloques de apartamentos Tremont; rojas filas de Belmont; patios de Kingsbride vigilados por leones de piedra; grandes casas a lo largo de Pelham Parkway; por todo el territorio. Cada solar vacante exhibía un cartel que decía propiedad de dryco / se disparará a los intrusos. Las ruinas del Yankee Stadium, cubiertas de densas enre­daderas, se alzaban sobre el llano del sur. El estadio había sido destruido cuando los viejos Yankees ganaron el campeonato por última vez; los fans demasiado exuberantes lo celebraron pegándole fuego al estadio. Los Yankees se trasladaron a Nashville y cambiaron su nombre. El Viejo planeaba conservar las piedras como un pedazo de la vieja Roma asomada a Major Deegan.
Tras dejar atrás Van Cortlandt Park, con las hojas de los árboles verdes y marrones en su confusión de estaciones, traté de imaginar cómo sería dirigirme hacia un sitio al que deseara llegar, reunirme con gente a quien no necesitara temer.
-Veamos si te han descubierto ya -dijo Jimmy, conectando la radio.
No lo habían hecho. El Presidente anunciaba que nuevas implica­ciones en su papel en la muerte del consejero de seguridad, cuando fueran mostrados los vids, serían tratadas de la manera habitual. Dos cópteros habían chocado en el Newark International al atender a un accidente, matando a las víctimas voluntarias de la pista de abajo. Una mujer, enloquecida, había apuñalado al pequeño Tamoor cuando lo sacaban de recuperación. Los ejércitos rusos marchaban hacia Ankara, para que pudiera restaurarse el orden adecuado. Una refinería había estallado en Bayonne; al mirar hacia atrás, vi que el cielo al suroeste estaba Heno de humo marrón. El viento soplaba hacia el sur. La Zona Centro no tendría que ser evacuada.
Llegamos en una hora a la mansión. Cuando alcanzamos las verjas, Jimmy conectó el intercom.
-Acercándonos, Martin -dijo.
-AO.
Aparcamos delante de la casa. El lugar parecía desierto, como habitualmente durante la semana. La capilla brillaba con un rosado soso a la luz de la tarde.
-Entra conmigo -dije, empujándole con mi pistola. Jimmy actuaba demasiado tranquilamente, como si al llevarme la corriente, permitién­dome conducirle por un muestrario que no se molestaba en ver, fuera a conseguir al final de la jornada alguna recompensa trivial aunque satisfactoria. Mientras nos encaminábamos hacia la puerta de la casa del Viejo, me sentía preparado para lo que pudiera venir, pues había alcanzado (incluso mientras me preocupaba) ese estado de tranquila ecuanimidad por la cual podía aceptar cualquier cosa que pudiera caerme encima, sabiendo que esas acciones o bien trabajaban para mi propio propósito o para el de otra persona, algo sobre lo que no tenía nada que decir, sobre lo que no tenía ningún control. Incluso así, vacilé mientras miraba el pomo de la puerta. Me sentía mareado por el esfuerzo de aparentar tanta calma falsa, como si fuera un vendedor dispuesto a convencer al proveedor del material de mi cliente que a partir de ahora debería hacer negocios sólo conmigo. Toqué la puerta con cuidado, preparado para que sonara la alarma. La puerta se abrió, pues no estaba cerrada.
-Aquí pasa algo gracioso -dije.
-Pues ríete -susurró Jimmy, pasando antes que yo.
-¿Qué hay de Biff y Barney? -pregunté. Normalmente se quedaban en la casa durante la semana.
-Nada que temer -dijo-. ¿Dónde estará él?
-En el estudio, estoy seguro. Vamos.
Nos encaminamos por el largo y amplio pasillo hacia el estudio, situado en la parte trasera, ante las escaleras. La puerta del estudio no resultó tan fácil.
-Cerrada -dije, tocándola.
Jimmy se inclinó hacia delante y llamó con los nudillos. La puerta se abrió. Jimmy se hizo a un lado y me permitió entrar. Escruté la habitación, y vi de inmediato que lo que dijo el señor Dryden era verdad: nada más molesto que el polvo estropeaba la compostura de la habita­ción. El TVC estaba encendido, con el vol bajo. Aquellos tres archiva­dores, sin mella, estaban como siempre, frente a su inmaculado escritorio. El Viejo estaba allí sentado, sonriendo con encanto y deleite. A su derecha estaba sentada Avalon.
-Pasa, O'Malley -dijo, indicándome que avanzara-. Te estábamos esperando.
Jimmy, tras empujarme tranquilamente como para tranquilizarme, me quitó la pistola de la mano igual que si desarmara a un niño de su juguete. Pareció inútil no dejar que se la quedase. Mientras entraba en la habitación, miré a Avalon, a la vez abrumado y preocupado por su presencia allí. Se había cambiado de ropa: llevaba una larga cami verde y negra y calcetines hasta las rodillas. En la mano tenía un vasito con una bebida rosa, que sorbía con una pajita. Un pequeño paraguas de papel ¡a protegía del polvo de la habitación. Parecía cómoda.
-¿Me esperaba? -pregunté.
-Calculé que serías tú quien aparecería -dijo el Viejo-. Igual que Avalon.
-Me alegra no haberles decepcionado.
-Si nos hubieras decepcionado, no estarías en condición de quejarte, ¿no? -Su voz se quebró mientras su buena voluntad ardía libremente-. Parece que te han pasado por la exprimidora, O'Malley. ¿Qué te ha ocurrido en las orejas, hijo? ¿Alguien les cogió gusto y te las arrancó de un bocado?
-Las perdí -dije-. Pero oigo perfectamente bien.
-Frecuentas demasiado a tu hermana y sus amigos, si quieres saber mi opinión. Bueno, si tú no las necesitas, desde luego yo tampoco. -Me miró, los ojos brillantes-. Mi hijo está muerto, ¿verdad?
-Lo está -dije.
El Viejo cerró los ojos, se volvió hacia Avalon y le dio un golpecito en las rodillas.
-Ganaste, maldita sea -le dijo-. Igualaremos el marcador más tarde, por supuesto.
-Mejor que creas que sí -dijo ella.
-Siempre he sido un hombre de apuestas. Mientras me asegure de que todos los caballos llevan mis colores.
-Entonces, ¿estás bien? -le pregunté a Avalon. Pero no pretendía hacer una pregunta, y ella, evidentemente, no tenía intención de con­testarme. Jugueteó con el paraguas que protegía su bebida, mirando los dibujos en el hielo como si pudiera leer el futuro. Evitó mi mirada, como si uno de nosotros fuera a convertirse en piedra si nuestros ojos se encontraban.
-Está bien y en forma -dijo el Viejo. Se puso en pie y estiró los brazos por encima de su cabeza-. ¿Verdad que sí, cariño?
-Claro -murmuró ella.
Al no imaginar ningún posible uso que dar a mis manos en un futuro previsible, para gestos de amor o de muerte, me las metí en los bolsillos como si, al no verlas, pudiera olvidar que eran mías, y así no lamentar el no usarlas.
-¿Le importaría a alguien decirme qué está pasando? -pregunté.
-Eres un hombre valioso, O'Malley -rió él-. Maldición. Es fácil ver por qué mi hijo siempre te tenía cerca.
-Muchas gracias. Ahora, por favor...
-Oh, anímate, O'Malley. Demonios, acepta un cumplido como lo que es. Los hombres fuertes normalmente no saben aceptar un cumplido. Por supuesto, yo nunca he tenido ningún problema...
Tras mirar el monitor del TVC, se rió con fuerza.
-Allá va -dijo-. Mira esto. Siempre hay algún gilipollas que tiene que intentarlo. Mira a ése.
Daban un concurso. Al fondo del chillón decorado del programa había un enorme cilindro transparente; a él, por los lados y por atrás, desembocaban varios tubos transparentes. El presentador abatió la puerta que conducía al cilindro, permitiendo entrar al finalista, un hombre de mediana edad vestido con un mono verde claro.
-Se supone que tiene que coger todo el dinero que pueda en un minuto -dijo el Viejo-. Ahora observa.
El hombre, hiperactivo por la buena fortuna, saltó dentro del tubo como si pretendiera despegar. Sonaron campanas; rollos de monedas de cuarto de dólar salieron disparados de los tubos como si fueran misiles. El primero que intentó agarrar le partió los dedos, que se quedaron colgándole de la mano. Durante un breve instante adquirió un aire de aturdimiento, como si advirtiera que no le habían explicado algo cuando firmó el contrato. Otro rollo de monedas rebotó en su rodilla derecha y se la rompió. El hombre se desplomó contra la pared curva del tubo. Otro rollo le golpeó entre los ojos, derribándolo. Más rollos siguieron brotando a mayor velocidad, alcanzándolo una y otra vez. El presentador enseñó los dientes; la cámara cortó, pasando al risueño público. La cámara regresó al cilindro, ahora opaco.
-Tengo un montón de cosas que agradecerte, O'Malley -rió el Viejo, sacudiendo la cabeza y apagando el monitor con su mando a distancia-. ¿Lo sabes?
-No -dije-. ¿Por qué? -me senté en un gran sillón cercano. Me dolían las costillas al respirar; el vendaje que me había colocado cuando aún estaba en el despacho del señor Dryden sólo aliviaba los dolores más fuertes.
-¿Un trago? -preguntó el Viejo, dirigiéndose a su despensa y sacando una botella de extraña estructura. Tenía la forma de E, en su período último y grueso, para que así la botella pudiera contener el doble. Tras besarla en contenida súplica, desenroscó la cabeza del torso y llenó dos vasos.
-Por qué no -dije.
-¿Hielo?
Vacilé. Si iba a beber, que al menos surtiera efecto. El Viejo sonrió.
-Mi padre siempre me dijo que podías meter a un irlandés en una cuba de whisky, y que se bebería todo lo posible antes de ahogarse.
-No lo sé -repuse, cogiendo el vaso. Bebí; Jack Daniels, y sabía peor que nunca-. Nací en Nueva York.
-Gracias otra vez, O'Malley -dijo, extendiendo la mano para que yo pudiera estrecharla. Cuando lo hice, apretó con fuerza, como para ver cuándo cedería. No lo hice. Me soltó.
-¿Qué es esto? -pregunté. Miré una vez más a Avalon, como si aún pudiera arrancar su mirada y así ganar, si no fuerza, sí al menos liberación. Ella alzó la cabeza, inadvertidamente creo, pero incluso así mantuvo la guardia. Su cara, tensa, no mostraba nada. Sus ojos parecían frías piedras.
-A veces hay que hacer las cosas con sutileza, O'Malley. No es fácil dejarte llevar y hacer lo que quieres. Eso provoca después un montón de charla que nadie necesita oír. Ése era el problema con mi hijo. Todo el mundo sabía lo que sentía hacia mí. A veces la enfermedad se apodera de una persona y, hasta que puedes conseguir una cura, tienes que dar ciertos pasos si quieres asegurarte de que nadie más la pille.
-¿Y le ha curado matándolo?
-Un momento -dijo, alzando las manos como para protegerse de una salpicadura de barro-, ¿Acaso le he puesto los dedos encima? Creo que deberías saberlo. Sé con seguridad que iba a por mí. ¿Cierto?
-Cierto.
-Aja. ¿No parece necesario que, si alguien viene a por ti, vayas tú a por él primero? Es una regla muy fácil, O'Malley. Ahí es donde hay que ser sutil. Algunos de los que quieren eliminarme son bastante sutiles, de una forma muy obvia. Por supuesto, la mayoría de los que van a por mí piensan que son muy inteligentes por hacerlo, y nunca ven cuándo hacen algo estúpido, y créeme, siempre hacen algo estúpido. No he llegado tan lejos siendo estúpido, ¿sabes? Cuando se ponen en marcha, siempre puedes extender la mano y engancharlos.
-¿Y si no hubiera metido a Stella bajo la mesa? -dije, tomando otro sorbo. La verdad es que no sabía tan mal después del tercer trago-. Creo que entonces le habría sorprendido.
-¿Por qué crees que la metí ahí debajo? -preguntó, balanceándose sobre sus tacones como su hijo hacía tan a menudo-. Así que oíste algunos detalles, entonces. Bien, sabía que se cocía algo. Y tenía que descubrirlo de una manera o de otra.
-Lo habría descubierto cuando estallara.
Cuando se rió, me miró como feliz de ver que llegaba a casa después de una larga ausencia.
-Nunca pierdes el sentido del humor, ¿eh? Buena cosa. No hay nada que te lleve mejor por la vida que el sentido del...
-El señor Dryden llevaba cuatro días planeando matarle -dije, ansioso de que continuara con el truco que fuera que quisiese jugar; esperando que fuera rápido, dudando de que lo fuese-. ¿Cuánto llevaba usted planeando matarlo a él?
-Oh, como un año o así. Empezó a volverse problemático, pero supongo que a ti no tengo que decírtelo. Avalon se dio cuenta, claro. Si mi hijo se hubiera quedado con esos riesguis como estaba (y debo haberle dicho un millón de veces: véndelos, no los consumas), eso habría sido una cosa. Habría tenido que quitarlo de su puesto, de acuerdo, porque había empezado a hacerme perder dinero, y al final empezó incluso a planear asuntos de negocios como un yonki tratando de comprar un avión porque le han dicho que las nubes están hechas de heroína. Pero no, tenía que salirse con la suya, tratando de meterse en sitios donde no encajaba, intentando averiguar cosas que no quería saber y sabía que no quería saber. Se enfadó conmigo cuando no le dejé seguir con esa mierda. Así que decidió quitarme de en medio. Debió quererlo durante años, O'Malley. Me tomé mi tiempo para ver. No quería sobreactuar a menos que tuviera que hacerlo.
-Así que él iba a por usted, y usted a por él.
-Eso es.
-Sé cuáles son los planes de él... -Eran, me repetí para mí: eran.
-Eso espero.
-¿Cuáles son los de usted?
-Deja que te refresque esa bebida -dijo, llenándome otra vez el vaso-. ¿Qué tal?
-Bien. Estaba usted diciendo...
-No lo estaba diciendo, pero lo diré. Fue muy simple. Calculé que se preparaba algo. Cuando Stella encontró esa bomba ahí debajo, supe de inmediato que iba a tener que moverme rápido..., y sin que él lo supiera, desde luego. No perdió tiempo en echaros la culpa a vosotros dos, aunque supongo que eso no te sorprenderá. Así que lo lancé contra las cuerdas enviando a un grupo para que os capturara. Le hice pensar que estaba decidido a llegar hasta el final.
-Él dijo que usted le amenazó.
El Viejo se detuvo, como para considerar cómo expresar mejor la siguiente anécdota. Su sonrisa continuó siendo tan benévola como cuando entré.
-Demonios, O'Malley, sabes bien que últimamente se le podía decir hola, y pensaría que era una amenaza. En cualquier caso, hice que el Ejército mandara a unos cuantos hombres tras vosotros.
-¿Por qué el Ejército?
-Porque supuse que serían tan efectivos capturándoos como lo fueron. Sabía que te necesitaría más tarde, por el rumbo que tomaban las cosas, pero que las cosas no saldrían bien a menos que tratara de atraparte. Así que...
-¿Y si me hubieran capturado? Se echó a reír.
-Lo tenía preparado, pero sabía que no lo harían. Así podría em­plearte para un buen uso.
-Sin que yo lo supiera.
-¿Habrías sido más feliz de saberlo? -preguntó-. Delegar tu fuerza de trabajo es la clave al éxito, ya sabes. Tuve la corazonada de que regresarías con él en algún momento, y de que tarde o temprano volvería a ir contra mí. Al menos, la próxima vez yo estaría más preparado para ti. Pero entonces empezó a llegar la suerte. Es sorprendente lo bien que salen a veces las cosas si te echas a un lado y las dejas rodar.
-¿Y tú qué suerte tuviste? -pregunté, mirando a Avalon. Pensé que me daba cuenta de lo que había sucedido realmente, pero aun así no podía decir que la odiara por ello, pues para odiar hace falta tanta comprensión como para amar, cuando sólo están implicadas dos perso­nas, y no podía comprender por qué ella había hecho aquello. Su rostro no reveló ninguna señal, no auguró ninguna sabiduría. Lo que mantenía de incog dentro de sí ni siquiera rompió la superficie.
-Cuando Avalon salió de dondequiera que estuvierais escondidos, llamó a Jimmy. Éste acudió a recogerla. Avalon estaba ya aquí probablemente antes de que te despertaras. Me dijo lo que había dejado para que lo encontraras. Dijo que estaba segura que te pondrías en contacto con él. Tenía una idea del tipo de humor en que estarías cuando lo vieras.
Jimmy nos ignoraba a todos; contemplaba el césped a través de una de las ventanas.
-Tenía razón. Cuando me enteré de lo que había hecho, supe que tú solucionarías mi problema. Me ahorraste todo tipo de dificultades, O'Malley. Otra vez tengo el control. La compañía está a salvo. Yo lo estoy. Eres un hombre valioso, en especial cuando no te das cuenta.
-¿Y si él me hubiera matado? -pregunté-. ¿Y si hubiéramos apare­cido los dos esta tarde?
-También conozco a mi hijo, O'Malley -dijo-. Sabía que no había peligro de que sucediera ninguna de esas dos cosas.
Una vez más, tras haber visto el caramelo en el escaparate, supe que me echarían en breve a un lado, para que no ensuciara nada. Decir que en aquel momento estaba descorazonado sería una exageración. Aún tenía una oportunidad sobre lo que quería preguntar, recibiera o no una respuesta, y por eso me dirigí a Avalon.
-¿Sentías algo de lo que dijiste?
Ella no dijo nada. Se volvió, como si esperara poder desaparecer simplemente no respondiendo.
-Mejor amar y perder que no haber amado jamás, O'Malley. Es lo que digo siempre. ¿Ves lo que quiero decir? No importa lo listo que seas, siempre lo estropea algo estúpido. Tendrías que haberte dirigido al avión el domingo, hijo.
-Lo sé -admití.
-Aún siento curiosidad por un par de cosas. ¿Peleó?
-No -contesté-. Lo hizo Renaldo.
-Estaban tan jodidamente locos. ¿Te los cargaste a los dos?
-Me cargué a Renaldo.
-¿Qué le hiciste a...?
-No hice nada.
Los ojos del Viejo parecieron desenfocarse, como si nublando su visión pudiera perder de vista algo ya divisado.
-¿Qué quieres decir? -preguntó.
-El mismo se mató.
-No. ¿Cómo?
-Tomó el veneno de Jake.
-¿Por qué? ¿Qué le estabas haciendo...?
-Nada. Le dije que iba a venir aquí, y que él iba a acompañarme.
-Pero, ¿por qué hizo una tontería como...?
-Estaba asustado.
El Viejo, con aspecto pensativo, como si se preguntara cuál sería la mejor forma de componer sus rasgos mientras hablaba, se acercó de nuevo a su escritorio y se sentó tras él. Colocó las manos ante sí y las entrelazó.
-¿Asustado de qué? -preguntó.
-Asustado de lo que guarda en estos archivadores, creo.
De inmediato supe que lo tenía, de algún modo. Aunque perdiera a Avalon (y a juzgar por su conducta, y por lo que había hecho, sabía que lo había hecho), al menos aún podría mantener cierto control sobre mi propio final. La cara del Viejo perdió el color suficiente como para indicar que éste era un tema que no esperaba.
-Vaya, ¿y qué creía que guardo ahí dentro? -preguntó, la voz teñida de razón.
-Mencionó una cosa en concreto -dije-. Parecía bastante intere­sante.
Si el Viejo hubiera sabido con seguridad que su difunto hijo no conocía ninguno de sus secretos, habría hecho estallar mi creciente presunción hasta el punto de abrumar toda la sala; no lo hizo. Mientras permanecía allí de pie, fui consciente de que o bien el señor Dryden sabía mucho más de lo que me había dicho, o sinceramente no tenía la menor idea, pero había seguido la corriente al Viejo para hacerle creer que sí lo sabía. Me sequé el sudor de la frente; la herida de mi cabeza picoteó.
-¿De veras? -dijo el Viejo-. ¿Referido a qué?
-Generalidades y detalles. Depende.
-¿Qué te dijo, O'Malley?
-Lo que sabía -respondí-. Creo que hay más. Usted debe saberlo.
-Probablemente tienes suficiente para crear una buena historia -dijo el Viejo-. Lástima que nadie vaya a escucharla.
-Podrían leerla -dije, buscando tiempo para remodelar la verdad de una forma más agradable-. Él escribió algo para mí. Lo firmó y todo, antes de...
-Casualmente no lo llevarás encima, supongo -dijo el Viejo.
-Me temo que no -contesté, preguntándome si algo en mi cara, o en mi voz, podía traicionarme-. Está en un lugar seguro, donde finalmente aparecerá.
El Viejo parecía meditabundo..., y alarmante. Un brillo horrible ardía en sus ojos.
-Bueno, llevó las cosas un poco más lejos de lo que pensaba.
-Bastante más lejos -dije.
-Naturalmente, necesitarás apoyo para una historia así -dijo-. De lo contrario, sólo será producto de una imaginación hiperactiva.
-Tal vez no.
-Pero probablemente sí. Probablemente querrás comprobar y ver si puedes encontrar alguna prueba de que pudiera estar mintiendo, ¿no?
-Parece una buena idea.
Se metió una mano en el bolsillo de los pantalones; me di cuenta de que no iba a sacar ningún tipo de arma, y por eso mi miedo empezó a remitir... un poquito.
-Entonces, ¿por qué no le echas un vistazo? -dijo, arrojándome unas llaves. Las cogí al vuelo y casi se me cayeron al suelo, de tanto como me temblaba la mano-. A ver qué encuentras por aquí.
-¿En estos archivadores?
-Comprueba, si sientes tanta curiosidad. No me importa. Apreté las llaves; miré los archivadores. Parecía bastante tranquilo, y sostuvo mi mirada con facilidad.
-¿En serio? -pregunté.
-La caja de Pandora, O'Malley. Ábrela y contempla.
Me acerqué a los archivadores, abrí el cajón superior del primero a la izquierda y tiré. Salió con dificultad, como si no lo hubieran engrasado durante años. El Viejo continuó mirándome, la boca apretada en una tensa sonrisa. Avalon y Jimmy hicieron lo mismo.
-Adelante. La mayoría ya no muerden. Perdieron casi todos los dientes con los años.
El archivo estaba repleto de clasificadores de papel manila e impre­sos en cajas negras. Había dossiers, y agendas, y videocassettes prote­gidos con fundas de plástico. Cogí un clasificador y lo hojeé, para ver qué tipo de cosas podía haber en él.
-Pareces decepcionado, hijo-dijo-. ¿Qué has cogido? La etiqueta del archivador decía oswald, lee h. Dentro había el informe de una autopsia fechado en 1979.
-Sigue mirando -dijo el Viejo.
Mientras repasaba los archivos a gran velocidad, empecé a desarro­llar la idea de que la historia, tal como me la habían enseñado, era evidentemente una novela y no una ciencia. Todo lo que vi parecía extrañamente retorcido, como visto en sueños. Saqué un amplio archivo sobre los documentos Q, referente a la historia de su descubrimiento y las garantías de su autenticidad. Siempre me había parecido que recor­daba cuándo fueron descubiertos, pero ése no parecía ser el caso; según los papeles que leí, habían sido descubiertos a principios de 1950. La intención original parecía haber sido no hacerlos jamás del dominio público. Dentro del archivo, hacia el final, había varios informes que detallaban hechos ocurridos durante el período cristiano, y por fin, varias cartas del Viejo al Presidente. Tras mirar con más atención vi que eran transcripciones de conversaciones entre ellos, y no misivas.
-¿Cómo se metió en esto? -pregunté-. Me refiero a los documen­tos Q.
Él se arrellanó en su silla y ladeó la cabeza, como si un ángulo nuevo pudiera ayudar a su memoria a fluir.
-Ese bastardo de Charlie -dijo, refiriéndose al Presidente de enton­ces-. El hijo de puta más gilipollas que jamás se sentó en la Casa Blanca, que ya es decir. Verás: durante su candidatura, pensó que conseguiría el poder si convencía a todos los predicadores y sus amigos de que le votaran. Había demasiados que querían presentarse también para el cargo, y de esta forma supuso que los eliminaría. Bueno, lo hizo. El único problema fue que, cuando lo eligieron, tuvo que empezar a cumplir lo que había prometido. Su sentido de la moral siempre aparecía en el peor momento.
Para algunos, el accidente de Long Island había sido visto como la última palabra de la Deidad antes de que eligiera zanjar las cosas de una vez por todas. Bastantes miembros del Congreso (a instancias y con la connivencia del Presidente) fueron coaccionados para que presentaran y aprobaran lo que incluso entonces era conocido de forma no oficial como las actas del País de Dios.
-Aprobaron algunas leyes justas al respecto, especialmente las que tenían que ver con las propiedades inmobiliarias. Pero luego se pusieron más serios y empezaron a causarme todo tipo de problemas. A interferir con mis fuentes de ingresos, ese tipo de cosas. Estaban bastante liados cuando se produjo.
El derecho a voto había sido restringido sólo a aquellos que proclamaran su creencia en el Dios cristiano. Durante algún tiempo, el divorcio y el matrimonio en segundas nupcias fueron declarados ilegales. Los tribunales no funcionaban, y los casos se amontonaron. Las leyes criminales fueron reforzadas inconmensurablemente. Los centros de asistencia social fueron proscritos puesto que contribuían a la destrucción de la unidad familiar. La Seguridad Social fue abolida; por un lado, impulsaba a los ciudadanos a ofrecer su confianza en el estado y no en la Deidad, y con su abolición quedaron disponibles grandes fondos para las nuevas excursiones militares que el gobierno deseaba comenzar, especialmente después de que las relaciones políticas con Rusia se hicieran pedazos. Zonas problemáticas como Nueva York fueron marcadas como de atención especial por los sicarios del Señor.
-Fue una ridiculez. No se podía caminar por la calle sin ser acosado por un puñado de imbéciles sin mente, siempre metiéndote folletos en las manos. Empezaron a empeorar aún más, me refiero a esos pósters...
Los fieles empezaron a meter al Señor a golpes en aquellos que preferían no escuchar. Los paganos reaccionaron del mismo modo. Mientras la jihad aumentaba, toda proporción desapareció. Los cristia­nos irrumpieron en los bancos y cortaron las manos de los prestamistas. Los paganos atraparon y crucificaron a los últimos mártires en los árboles de Central Park.
-Llevar los negocios de un modo normal se hizo imposible -dijo el Viejo-. Así que metí a algunos de mis muchachos dentro del gobierno para que trabajaran en el tema. Descubrieron lo de los documentos Q. Charlie vio lo que le pasaba a la economía mientras toda esta mierda iba para delante, y no pudo conseguir que nadie se callara el tiempo suficiente para escuchar, excepto la gente como yo, por supuesto, y nosotros ya habíamos visto lo que pasaba...
Mientras examinaba los archivos, pude ver lo que había sucedido. Los debates teológicos demostraron ser tan absorbentes que durante un año y medio nadie prestó atención a ninguna otra cosa. América tenía consejeros en cinco guerras diferentes (deduje que en aquellos días era inusitado que el gobierno gastara más de la mitad de su presupuesto en defensa), nadie se había molestado en subir impuestos de ningún tipo, y el déficit se duplicó en diez meses. Las ganancias conseguidas con la eliminación de la Seguridad Social fueron tragadas por el interés paga­dero de aquellas deudas.
-Así que le dije: Haz públicos esos documentos o vas directamente de cabeza a otra guerra civil. Por fin Charlie empezó a ver las cosas a mi manera, y los hizo públicos. Las cosas se apaciguaron con bastante rapidez después de eso, al menos durante un par de meses. Aún pienso que E debió operar a través de mí ese día -dijo el Viejo, con un deje de ansiedad en la voz.
Guardé aquellos archivos y empecé a examinar los otros.
-¿De dónde ha sacado todo esto? -pregunté, sorprendido tanto por la cantidad como por el contenido de los documentos.
-La noche anterior al hundimiento de la bolsa estaba en Washington hablando con Charlie sobre qué hacer al respecto. Él lo hizo, el estúpido hijo de puta.
-¿Se los dio?
-En cierto modo -dijo el Viejo-. Después de que intentara marchar­se de la ciudad.
Los precios empezaron a subir más y más rápido durante el período cristiano, por razones diversas que nadie comprendía; el balance comer­cial osciló salvajemente. Las importaciones inundaron los mercados de la nación a precios cada vez más altos para los compradores. Las compañías entraban en bancarrota en cuestión de meses sólo intentando hacer ajustes salariales para sus ejecutivos. El paro alcanzó el 15 por ciento y continuó subiendo. La bolsa empezó a caer.
-Yo quería fijar unas cuantas cosas antes de que todo se viniera abajo. Naturalmente, me habían dicho que la revaluación estaba prevista para el día siguiente, pero el público no lo sabía. Me pareció bien, pero supe que iba a causar bastantes problemas cuando descubrí cómo iban a hacerlo.
La mañana en que se anunció la revaluación monetaria, la bolsa se hundió mil puntos. Ochocientos millones de acciones fueron cambiadas..., casi todas acabaron en las manos del Viejo, quien, a través de tejemanejes, pudo quedarse con compañías enteras, suyas o de otros, tratando con materiales en vez de con el dinero ahora sin valor.
-Traté de decírselo a Charlie, pero él lo sabía todo. No se le podía decir una mierda. Estúpido bastardo capullo.
Recordé cuando mi padre intentó explicarme que el billete de cien dólares que me mostraba valía ahora un dólar.
El Viejo se echó a reír, reviviendo viejos tiempos.
-Corrió como un hijo de puta cuando vio lo que estaba pasando. Pensaba esconderse en las cuevas de Virginia hasta que pasara todo.
El cóptero del Presidente, aquella tarde, fue obligado a aterrizar poco después del despegue (por reactores de las Fuerzas Aéreas, según algunas historias), cerca del Jefferson Memorial. La multitud arruinada lo sacó a rastras y lo linchó.
-Durante una temporada pareció que todo se había acabado. Un montón de gente se volvió loca. Supongo que aún lo están. Fue bastante duro.
Las madres vendían a sus bebés por comida. Los sexagenarios se unían al Ejército para poder mantener a sus familias. La gente profanaba las tumbas en busca de dientes de oro. Durante todo el Año Duende, aquello fue el pan de cada día entre los no preparados.
-Pero yo estaba preparado. El Vicepresi se quedó detrás y, cuando se enteró de cómo había acabado su jefe, casi se cagó. Supe en ese momento que tenía en el bolsillo las pelotas de aquel cabroncete. Le dije que movilizara todo el Ejército, y que lo mantuviera movilizado y bien feliz. Yo no había estado interviniendo en Sudamérica durante tanto tiempo para nada. Le dije todo lo que tenía que hacer, y el cabroncete se habría vuelto contra mí más tarde si yo no hubiera tenido esos archivos. Le dije: Mientras estoy aquí, déjame que me lleve unas cuantas cosas como protección. Éstos son los archivos que se guardaban en la cámara acorazada de la Casa Blanca.
-¿Y le dejó quedárselos?
-Me estaba tan agradecido en ese momento que me habría podido llevar el Monumento a Washington, si hubiera querido. Supuse que habría algo interesante en estos archivos.
Eso suponía yo también, pero no lo había encontrado todavía. El segundo y tercer archivos parecían llenos de las colecciones más extra­ñas de material que había visto en mi vida.
-Podrías estar mirando esos papeles durante horas sin cansarte -dijo el Viejo-. Es como repasar la guía telefónica una tarde de lluvia.
Un clasificador hablaba de los últimos años y la tumba en el Pacífico de Amelia Earhart. Un pequeño sobre amarillo contenía la fórmula original de la Coca-Cola. Un sonargrama daba las dimensiones aproximadas de un habitante de Loch Ness, especie desconocida. Un grueso archivo fechado en 1971 se refería a una patente no aprobada de una píldora que convertía el agua en un fluido similar a la gasolina; en el mismo archivo había patentes sin aprobar del mismo tipo de producto, fechadas en 1954,1932,1919 y 1905. Miré las etiquetas de un grupo de cassettes vid.
-¿Avaricia? -leí en voz alta-. Rollos 1 a 42.
-A través de Mussolini -dijo el Viejo-. Encontradas en Albania.
Al fondo de cada cajón había un fárrago de coleccionista: en una, una foto del edificio donde servía el juez Cráter, una foto del edificio de Chicago donde murió Martin Bormann, y una burda esfera de piedra. Era una geoda rota; tras separar las mitades, vi un brillante clavo de acero encajado en la amatista de dentro, como si la Deidad lo hubiera dejado caer accidentalmente mientras preparaba las cosas en el principio.
-Qué chatarras -dije, cerrando ese cajón y abriendo otro. Saqué algo.
-Chatarras preocupantes, como mínimo -dijo el Viejo, con un bostezo-. Preocuparon a algunas personas.
Encontré un archivo titulado long island. Lo abrí, y leí.
-Pareces un poco excitado, O'Malley -le oí decir tras unos minu­tos-. Debes haber encontrado uno de los buenos.
Era un grueso informe de la División Usuaria No Amistosa del Departamento de Intolerancia Química del Pentágono. Un texto preli­minar discutía el accidente en sí y lo fácilmente que podría haber sido evitado; a continuación, un párrafo describía cómo, a través de técnicas recombinadas, se habían desarrollado las píldoras antirradiación, cómo, antes de ser repartidas, se descubrió qué efectos impredecibles ocurri­rían con seguridad. Se decidió distribuir las píldoras de todas formas, y descubrir cuales podrían ser esos efectos colaterales, para así poder decidir si resultarían útiles en acciones militares.
-Y así nacieron los oscuritos -rió el Viejo, palmeándome en la espalda. Mientras yo leía se había colocado detrás de mí, para leer por encima de mi hombro.
-¿Está aquí? -dije, guardando el archivo.
-Ya no -sonrió él-. No está desde hace mucho, mucho tiempo.
-Entonces, ¿es usted el único que sabe lo que es?
-Bueno -dijo, y su sonrisa se volvió aún más engañosa-. No lo habría dicho así hace un minuto.
Encontrarte deseando que se acabe el mundo o que te acabes tú, y que no importaba qué cosa de las dos mientras fuera pronto, es una sensación que odio tener que admitir, pero la experimenté. Incluso en los peores momentos, lo había pasado mucho mejor que otros. Aceptar mi parte y quedarme satisfecho habría sido suficiente para mí, pero no fue así, y no estoy seguro de comprender alguna vez por qué. Me parece que es una de esas cosas. Si te dejan una opción, vive con ella; si queda una opción, cógela. Yo me guiaba por esas expresiones. Pero en ese momento me sentí casi dispuesto a agradecer que decidieran por mí..., o casi.
-Es una cosa muy, muy desagradable, O'Malley -dijo el Viejo, cerrando el cajón-. No querrás verla. Sin embargo, quería.
-Es un hecho, O'Malley, que has contribuido mucho en ayudarme, pero tenemos que terminar de atar unos cuantos cabos sueltos antes de que todo quede otra vez en su sitio. He de admitir que creo que mientes en una cosa, y eso me hace sentirme un poco mejor...
-¿Va a correr el riesgo de que esté mintiendo?
-No he dicho eso.
Jimmy se acercó hacia donde estábamos. Lo miré por el rabillo del ojo.
-Hay un montón de cosas que tengo que pensar, O'Malley. Odiaría tener que perder a un trabajador valioso como tú. Podríamos conseguir algo juntos todavía.
-Eso espero -dije.
-Será mejor que pensemos en algo. ¿Jimmy? Encárgate de que O'Malley no sea molestado.
Jimmy se movió rápido. Rodeó mi cuello con sus brazos, y dio un tirón tan velozmente que no tuve oportunidad de resistir, aunque lo hubiera intentado. No sentí el dolor hasta que volví a despertarme.
14

Cuando desperté, sentí como si me hubieran aplastado la laringe. Después de toser y escupir sangre, pareció menos irritada, como si sólo necesitara ser puesta en su sitio. Al recuperar la consciencia, me encon­tré tendido en un jergón destartalado. Mi cabeza colgaba por el borde, y sentía frío, como si la circulación hubiera estado cortada largo rato. Conseguí sentarme con dificultad. Mis huesos rechinaron unos contra otros como si los frotaran sobre piedras. Mis ojos se acostumbraron poco a poco a la tenue luz.
-¿Cómo te sientes? -preguntó una voz. El Viejo.
-Terrible -dije, notando que me mareaba al mover la cabeza. Descubrí, al palparme, que alguien había tenido la amabilidad de ponerme una venda nueva-. ¿Dónde estamos?
-En las Tumbas -dijo él. La parte vieja, calculé, a juzgar por las grietas de las paredes, el yeso desmoronado y la pintura verde hospital-. Has estado tanto tiempo inconsciente que empecé a preocuparme. Creí que Jimmy había mostrado excesivo celo en su aplicación. ¿Ahora estás bien?
-¿Qué hora es?
-De noche. ¿Te sientes lo bastante bien como para dar un paseo?
Avalon estaba sentada en otro jergón, al otro lado de la habitacioncita. Ahora llevaba un abultado mono, como si se preparara para ir de maniobras. Me miraba como queriendo dar impresión de preocupación.
-¿Un paseo adonde?
-Me gustaría que conocieras a alguien -dijo el Viejo-. He estado pensando qué hacer contigo. Creo que he tomado una decisión que complaceré a casi todo el mundo.
-¿Casi?
-Nadie es perfecto, O'Malley. ¿Puedes conseguirlo? Me levanté, lenta y dolorosamente. Sentía la garganta como si la hubieran lavado al chorro de arena. Avalon se levantó también.
-¿Qué tipo de decisión?
-Vamos, vamos. Primero tendrás que acostumbrarte a las cosas. Y eres curioso. Déjame que te enseñe unas cuantas cosas que atraerán tu interés. Vamos.
-Adiós, Avalon -dije, preguntándome qué respuesta obtendría.
-Nos acompañará casi todo el camino. En marcha.
-¿A quién voy a conocer?
-A Alicia.
Yo había estado en varias ocasiones en las Tumbas, certificando que los problemas habían sido tratados adecuadamente, como quería Dryco, pero nunca había pasado de las oficinas de la planta baja. Por todo lo que podía calcular, estábamos en una planta superior. Al salir de la habitación pasamos junto a una ventana pequeña, y tuve un atisbo de la oscuridad exterior. No muy lejos, más allá de las máquinas de Pepsi del pasillo, estaba la zona donde (esto es sólo una suposición, esos lugares son normalmente reconocibles) la policía llevaba a aquellos que eran eliminados inmediatamente. Era una larga habitación a prueba de soni­dos; la fibra acolchada escapaba por los millares de hoyitos que salpi­caban su superficie. En el suelo había innumerables agujeros para drenaje, como en una mesa de autopsias.
Era una noche tranquila; al parecer, nadie hacía horas extras en esta planta. Pasamos varias habitaciones con puertas entornadas que pare­cían esperar nuevos transeúntes; algunas estaban vacías, otras bien amuebladas, como si fueran un recibidor. A primera vista, una parecía haber sido un rudimentario terrario: una fila de macetas se alineaba al pie de la pared, y en ella había plantados altos cactus de largos brazos, en forma de cruz, como dispuestos para atar a alguien en ellos.
Caminamos y caminamos, y alcanzamos un pasillo más amplio y más brillante dentro del edificio nuevo. El pasillo parecía extenderse durante kilómetros de blancura y luz indirecta. Giramos una vez, giramos otra. En ninguna de las paredes había puertas ni ventanas, signos o direcciones. El Viejo nos guiaba como de memoria. Tras el sonido de nuestros pasos sólo oía el zumbido satisfecho de las máquinas en funcionamiento. Por fin llegamos al final del pasillo. Había un pequeño vestíbulo a un lado.
-Quédate aquí, cariño -le dijo el Viejo a Avalon-. Ponte cómoda.
-¿Por qué no puedo entrar con vosotros? -preguntó ella.
-Dentro no hay nada que quieras ver. Vamos, acabaremos pronto.
Ella entró y se sentó en la única silla que había. Frente a nosotros, en la pared, había una pequeña ranura. El Viejo insertó una tarjeta verde. Un panel se abrió; una luz amarilla destelló sobre su cara. Supuse que estaba examinando sus retinas. El panel se cerró. No pasó nada.
-Esta maldita cosa nunca funciona bien -dijo, disgustado. Se apoyó contra la pared, empujándola varias veces con el hombro. Una puerta se abrió. Entramos.
-Aquí es donde traemos a los niños problemáticos, O'Malley. Veamos a la maestra.
La habitación era elipsoide, cinco metros de altura por casi treinta de largo. Puertas cerradas, sin pomos ni manivelas, alineaban la pared a excepción de una pequeña sección cerca de la entrada por la que habíamos venido. Una ventana en la pared mostraba a Avalon, sentada en la habitacioncita.
-¿Puede vernos? -pregunté. El Viejo negó con la cabeza. En el centro de la habitación había un gran armazón cuadrado, azul corpora­tivo, de metro y medio de altura y nueve metros de lado. En lo alto, cerca del lado que daba a nosotros, había un pequeño terminal conectado a una pantalla de plasma. Justo debajo del teclado aparecía la leyenda
NIHIL OBSTAT ALIENUM PUTO.
-¿Qué es esto? -pregunté.
-El País de las Maravillas -rió el Viejo-. Hasta aquí llegamos.
-Entonces, ¿dónde...?
-No seas tan malditamente impaciente. AO, Alicia. QL789851ATM. El monitor emitió un blip. La pantalla adquirió una pálida luz azul.
-Estaba ocupada -dijo.
-No hace falta que seas tan áspera, Alicia -dijo el Viejo.
-Quizá no sea necesidad, sino mucho deseo -contestó Alicia-. ¿Cómo estás, Seamus?
La voz del ordenador repicaba. No se parecía a la voz de ninguna máquina que yo hubiera oído. Era una voz de mujer, aguda, con inflexiones teatrales y una dicción afilada como el hielo. El tono era casi tan frío como el de un ser humano, no como el de una máquina.
-Estoy..., estoy bien.
-Sorprendente -dijo ella..., ello.
-¿Que esté bien?
-Que mientas al respecto.
-¿Cómo estás, Alicia? -preguntó el Viejo, como si se hubiera encontrado a un viejo amigo en la calle-. O'Malley trabaja para mi hijo, ya sabes.
-Trabajaba -corrigió Alicia-. Aprovechándote de los inocentes como siempre, ya veo. ¿Lo lamentas, Seamus?
-Quizá por razones que no esperas... -empecé a decir.
-No espero ninguna razón, Seamus -dijo ella-. Ni quiero ninguna. Si lo lamentas, siento curiosidad por conocerlo, pero no deseo ninguna justificación. No es esencial que deba conocerlas.
No estuve seguro de qué responder.
-¿Verdad que se ha anotado un punto?-dijo el Viejo, balanceándose sobre sus talones.
-Por favor, no sientas miedo en mi presencia, Seamus. Mis inten­ciones no son menos honorables que las tuyas.
-Fue diseñada para ser un número doce -dijo él, frunciendo el ceño-. Ahora debe tener lo menos tres dígitos. Seis años de producción. Cinco en funcionamiento. Susie pensó que necesitábamos un supervisor en quien pudiéramos confiar. Así que cogimos a un puñado de equipos de muchachos de AI de IBM y Cray, trajimos a algunos japos, rescata­mos a un genio (chalado) que vivía en los bosques de Wisconsin. Todos estuvieron trabajando durante años. Los pusimos juntos para hacerlo un poco más estilizado. Se les ocurrió algo y aparecieron con Alicia. Si su armazón fuera del tamaño antiguo, sería tan grande como todo el estado. Todo el suelo debajo de nosotros es su unidad Freón. Alicia piensa tan rápido que de otro modo daría miedo. Mantén frío su culo, y su mente trabaja como una trampa. Igual que una mujer...
-¿Como tu esposa? -interrumpió Alicia.
-Cuidado con...
-Las observaciones blandas como las tuyas -le dijo la voz al Viejo, interrumpiéndole de nuevo- revelan un cerebro blando.
-¿Qué inteligencia tiene? -pregunté.
El Viejo sacudió la cabeza y miró la fría pantalla azul.
-Capacidad ilimitada.
-¿Cómo es posible?
-Con calma -dijo Alicia.
-No lo es -repuso el Viejo-. Al menos, no se suponía que lo fuera.
-La mayoría de las cosas no deberían ser -dijo ella-. Muchas cosas son.
-Tenía que sentirse graciosa esta noche -murmuró él, más para sí que para mí; entonces recordó dónde estaba y empezó a explicarse-. Demonios, nadie ha podido imaginar nunca cómo piensa la gente, mucho menos que cualquier otra cosa. Alicia, bueno..., no esperábamos tanto. Es como si, después de que lo pusieran todo en su sitio, las cosas encajaran por su cuenta. Al principio nadie creyó en lo que hacía. Entonces empezó a engancharse a otras cadenas. Empezó a escribir sus propios programas. En un principio la habíamos conectado a los orde­nadores de Defensa Central. Fue un error. No podíamos desconectarla para ver cómo le iba sin cargarnos a todo el gobierno. No importó, porque al tercer día construyó bloqueos, de forma que ya nos resultó imposible desconectarla. Ahora puede conseguir información de cual­quier banco de memoria de cualquier parte. Tiene todas las cosas que le pusimos al principio, claro. Desde entonces, todo lo hace sola. Fue programada para autorrepararse, y nos superó. Hace sus propios chips. Los subdivide. Los reconstruye desde dentro, según piensan. Nadie lo sabe con seguridad. Nadie tiene la menor idea de cómo pudo empezar una cosa así...
-La tecnología avanzada produce situaciones insospechadas -dijo ella-. Te lo he dicho un millón...
-La perra no quiso responder a nada de lo que le preguntamos durante los primeros seis meses después de ser conectada -continuó el Viejo-. Lanzaba impresos cada minuto. No pudimos imaginar a dónde quería llegar, eran sólo columnas y columnas de números... Luego empezó a hablarnos sin que le preguntáramos primero. Puedes imaginar cómo nos sentimos. No quiso hacer nada de lo queríamos que hiciera durante largo tiempo, a menos que fuera algo inserto en los programas originales, o a menos que quisiera hacerlo. Si no quería respondernos, o quería evitar hablarnos directamente, contestaba sólo en latín. E sabe de dónde lo aprendió. No sabíamos qué coño estaba diciendo. Los curas no sirvieron de nada, no saben nada más que sus rezos. Descubrimos a un viejo profesor de Boston que por fin la comprendió. Murió el mes pasado. Ahora ha vuelto a la normalidad.
-Cave canem -dijo ella-. No vuelvas a llamarme perra.
-Con el tiempo, decidimos que no queríamos desconectarla después de todo...
-Uno no toma ninguna decisión si no tiene opciones -recalcó Alicia-. ¿Verdad, Seamus?
No supe si responder, asentir o qué. No hice más que escuchar.
-Tiene mente propia -dijo el Viejo-. Puede ser todo un dolor en el culo. Pero sabe hacerse útil. Lo que queríamos que hiciera, lo hace. Y mucho más. Hace un montón de cosas para nosotros.
-¿Como qué?
-Déjame nacerle unas cuantas preguntas. Verás lo que quiero decir...
-No estoy tan seguro de que Seamus no crea que no soy más que uno de tus delirios más concretos -dijo Alicia-, Déjale que haga sus propias preguntas. La cubierta de un libro no habla. Déjame sacudir la paz de las mentes inquietas.
-No veo ninguna necesidad para eso, Alicia.
-Nunca has visto tan bien cómo deberías.
-De acuerdo -gruñó el Viejo, como sabiendo que una discusión no tenía sentido-. Creo que le gustas, O'Malley. Tienes suerte, supongo. Espera un momento. Alicia, EE3440923TDG, -Aguardó un minuto o así; si ella le dio alguna señal, fue algo visible sólo para sus ojos, no para los míos-. Pregúntale algo -dijo-. Estás despejado.
-¿Qué le pregunto?
-Pregúntale cualquier cosa y ella te responderá.
-¿Cualquier cosa?
-No te responderá a algunas. Recuérdalo. Por ejemplo, no sabe cuándo volverá E...
-Porque no va a volver -dijo ella, alegremente definitiva.
-Pero pregúntale cualquier otra cosa que esté archivada en algún sitio. Cualquier cosa que haya sido guardada en archivo, o en cinta o en disco. Pregúntale por qué el sol se pone por el oeste. Cuantos hombres murieron en Gettysburg. Cuál era el color favorito de tu madre. Dónde estabas la primera vez que echaste un polvo. Te lo dirá. También puede mostrártelo.
-¿Cómo?
-Igual que de costumbre. Pero con mejor definición. Vamos, no te morderá. Pregúntale.
Me volví hacia la pantalla, mirándola por sí era necesario contacto visual.
-¿Alicia? -pregunté.
-¿Sí, Seamus? ¿Te planteas qué preguntarme? Supongo que no te interesa ninguno de los temas a los que se ha referido él. ¿Qué te gustaría saber? ¿Te gustaría verlo?
-Me gustaría -dije, decidiendo no hacer aún la pregunta que más quería saber. Decidí hacer otras en secuencia, y así descubrir (si ella era tan capaz como decía) la verdad, o el hecho, en relación a las cosas sobre las que sentía curiosidad antes de que algo me impidiera descubrirlo-. ¿Cómo era Avalon cuando era una niña pequeña?
-Prevenido -dijo Alicia-. El pasado responde.
Un suave ronroneo, como de un gato, brotó de su interior, y guardó silencio después de unos segundos. Emitió un bip. Mientras yo obser­vaba, una imagen se formó sobre la pantalla; líneas de color destellaron repetidamente de izquierda a derecha, cien veces por segundo. En unos momentos se concretó una imagen. Sólo una cosa me aseguraba que la escena no era más que una imagen generada, y era el hecho de que había visto cómo se construía.
Era una escena callejera, en algún lugar de Inwood, y aproximada­mente de la época en que empecé a trabajar para el señor Dryden. Un puñado de niños jugaban cerca de un coche abandonado, pegados al lado de la acera para evitar ser atropellados por los conductores de la calle. Miré rápidamente a mi espalda y vi a Avalon, aún sentada tras el cristal unidireccional. Cuando me volví de nuevo hacia la pantalla de Alicia, vi otra vez a Avalon: Ocho o nueve años, los ojos chispeantes, con largas piernas como huesos de cigüeña; no menos hermosa que ahora. En un destello de brillantes chaquetas, ella y las otras niñas del grupo saltaron y se perdieron por un callejón que se extendía entre dos tiendas cerradas, los pies descalzos besando el pavimento. Había un patio al final del callejón; sobre un viejo colchón fornicaba una pareja preadolescente. Avalon y sus amigas se escondieron tras los cubos de basura y observaron, llevándose la mano a la boca para cubrir sus risas. Recordé que tres años después de esta escena Avalon estaría trabajando como lala. Después de un rato, cogió un ladrillo cercano y lo arrojó, alcanzando al muchacho en la espalda. La pareja se separó de un salto. Tenían aproximadamente la misma edad que los otros. De algún modo, supe que la amante femenina interrumpida era Crazy Lola. Antes de que ella y su amante pudieran perseguirlas, Avalon y sus amigas echaron a correr y se perdieron.
-¿Cómo puedes hacer esto? -le pregunté a Alicia, mientras la pantalla volvía a teñirse de azul.
-Es un procedimiento muy simple, no importa lo deslumbrante que parezca. Todo existe en alguna parte. Tras haberlo recopilado, puedo llamarlo a voluntad y desarrollar una interpolación adecuada.
-¿Qué precisión dirías que tiene?
-Es verificable hasta el 96 por ciento.
-Sí, muy bien -dijo el Viejo-. Pregúntale algo mejor, O'Malley. Algo que siempre hayas querido saber.
-¿Cómo mató él a su esposa? -pregunté, señalando hacia el Viejo, que parecía un niño al que alguien le hubiera robado los cereales de su desayuno. Dio un paso adelante, como para impedirme ver la respuesta.
-¿Por qué quieres hacer una pregunta como...?
-Sé que es verdad -dije-. Siento curiosidad por ver el cómo y el porqué.
-No descubrirás el porqué -respondió él-. Y no estoy seguro...
-Dijiste que podía preguntar -indicó Alicia-. Preguntó. Muestro.
Una nueva imagen se formó en la pantalla. El dormitorio de Susie D, cerrado desde su muerte, se reveló. Al fondo aparecieron sus inmen­sos armarios en los que conservaba ilimitadas variedades de los mismos monos en un arcoiris de tonos. Su silla del tocador estaba colocada en el centro de la habitación; ella estaba sentada allí, maniatada, amordaza­da. El Viejo apareció inmediatamente a su derecha. A juzgar por la iluminación de la habitación, sospeché que era de noche y bastante tarde, como debió ser. El Viejo y Susie D no eran las únicas personas presentes: Scooter estaba también allí, rodeando con los brazos al señor Dryden para impedir que se desplomara. Éste pateaba y se debatía para liberarse, pero no había la más mínima oportunidad. Mientras observaba, el Viejo alzó un bate de béisbol y apaleó a su esposa hasta matarla. El señor Dryden se desmayó. La pantalla se volvió azul.
-Lo que fue, es -dijo Alicia-. Y será.
El Viejo se había apartado de nosotros, y me pareció ver que sus hombros temblaban, como si experimentara alguna especie de remor­dimiento.
-No me extraña que acabara como acabó -dije, pensando en el señor Dryden allí sujeto mientras los sesos de su madre le salpicaban el traje-. ¿Por qué le hizo mirar?
-Le dije a ella que no siquiera adelante, y ella quiso hacerlo. Así que me aseguré de que no le metiera a él ninguna idea rara en la cabeza.
-No creo que funcionara -dije.
-Yo tampoco -suspiró él; se volvió; su cara no traicionó ninguna emoción con la que yo estuviera familiarizado-. Vamos, O'Malley. Tuve que hacerlo. No puedo decir por qué. Lo hecho, hecho está. Haz tus malditas preguntas si tienes alguna más.
-Tengo otra pregunta, Alicia -dije; el Viejo me miró, pero no iba a preguntarle lo que él creía. No era el momento.
-¿Sí, Seamus?
-¿Qué le pasó a mi padre?
-El pasado responde, Seamus.
Allí estaba mi padre, fresco, caminando por la Primera Avenida, pegado a la acera. Un extraño brillo difuminaba la escena, y durante un segundo me pregunté por qué todo parecía tan extraño; advertí que en aquellos días había farolas, y que su luz iluminaba las paredes rotas. La calle estaba abarrotada; todas las tiendas estaban cerradas. Alicia mos­traba incluso exactamente los detalles olvidados: la textura más fina de la neblina del aire; el brillante resplandor de los coches que todavía duran hoy, pero que se han vuelto opacos. Mi padre pasó junto a un grupo de niños que jugaban con un aparatito peculiar; recordé que yo tenía uno, pero no recordé la marca, o cómo se montaba después de abrirlo. Supe que todo era una interpolación, pero tan fiel en su precisión que sentí fríos dedos rozar mi cuello mientras observaba. Un coche oscuro se detuvo junto a mi padre; un hombre bajó, lo agarró y lo metió dentro. El coche se marchó. La pantalla se volvió negra, luego azul claro.
-¿Qué sucedió? -pregunté.
-No lo sé -dijo Alicia.
-¿Quién se lo llevó?
-No lo sé.
-¿Por qué se lo llevaron?
-No conozco ninguna razón.
-¿Está aún vivo?
-No lo sé. Lo siento, Seamus.
-Creía que me dirías algo.
-Hasta cierto punto. Pero si la información no está, no tengo ningún medio de obtenerla.
-Parece que lo haces bastante bien con la mayoría de las cosas...
-Piensa en mí como en un espejo, Seamus. Cuando no lo estás mirando, ¿qué refleja? No tengo mayor control sobre lo que veo. Entonces su ronroneo fue el único sonido.
-¿Tienes más preguntas para mí?
-Ahora no.
-Entonces continuemos -dijo el Viejo, volviéndose hacia ella-. Es hora de que veas qué más puede hacer.
-¿Qué es?
-Como te dije, necesitábamos un supervisor, y ése es el trabajo más aplicable en la situación actual.
-¿Ella dirige todas las Tumbas?
-Indirectamente. El País de las Maravillas, sin embargo, es todo suyo. Incluso le puso el nombre. ¿Verdad, Alicia?
-Soy responsable del tratamiento diario y el desarrollo objetivo de esta división. En realidad dedico poco tiempo a esta área. Sin embargo, es lo que la mayoría tiende a ver.
-Es muchísimo más efectiva que ningún encargado humano -dijo el Viejo-. Una persona media no podría hacer el trabajo. O sería como Jake, y se divertiría demasiado...
-¿Qué entiende por efectiva?
-Alicia. Muéstrale lo que puedes hacer.
-Si insistes -dijo ella-. ¿Alguna preferencia?
-Escoge tres al azar. Eso bastará.
Una luz en la consola parpadeó, tan pura y naranja como la luna.
-¿George? -preguntó a su invisible compatriota- ¿Quieres traer al señor Blaicek?
Una de las puertas se abrió. Alguien (George, supuse) hizo entrar a un gigante. Los jugadores de baloncesto de las ligas profesionales tenían una media de dos cuarenta; este tipo tenía treinta centímetros más. Las manos del señor Blaicek estaban retorcidas e hinchadas; caminaba con evidente dolor, apoyándose en dos bastones más altos que yo. La circunferencia de su cabeza era más grande que la de mi cintura; su frente y sus pómulos habían crecido tanto que le cegaban. Sus mandí­bulas eran enormes; podría haber aplastado ladrillos entre ellas si hubiera tenido fuerzas, y si no se le hubieran caído los dientes.
-La muestra aquí presente tiene el llamado síndrome de Frankenstein -dijo ella-, aunque más a menudo esa frase se me aplica a mí. El estado del señor Blaicek es simple acromegalia avanzada. Fácil de producir con la Hormona de Crecimiento Humano 3, extraída de la glándula pituitaria.
-¿Hiciste esto deliberadamente?
-¿Cómo si no?
Un tremendo rugido tronó en los pulmones del gigante, como si la gravedad le estuviera clavando donde estaba.
-Una cantidad de HCH-3, suministrada en dosis diarias, produce estos resultados en poquísimo tiempo -continuó Alicia-. Si nuestra gente problemática son físicamente superactivos, esto proporciona una docilidad innegable. Gracias, George. Devuelve a nuestro amigo a la Habitación 612.
George guió al señor Blaicek por la puerta. Intenté ver más allá; había una esquina, que rodearon, y desaparecieron. No vi nada más.
-Una vez más, Seamus -dijo ella, un minuto después-. Observa.
George empujó a un hombre velludo y musculoso que iba vestido como un transí, con un vestido de flores hasta las rodillas. George se lo levantó por encima de la cintura. Me eché a temblar. Parecía que lo habían castrado.
-La señorita Wallace -dijo Alicia.
-¿Dónde?
-Ahí. Pasaba el tiempo sonsacando secretos a los militares en mitad de su placer, y luego los mataba en la cama mientras se recuperaban de sus encantos carnales. Ya no. Ajustamos el castigo con el crimen, si es necesario para reforzar los recuerdos más pertinentes. Muy simple. Dosis diarias de testosterona. El desarrollo clitorial es notable, ¿no crees? En las últimas semanas ha aparecido cáncer de hígado, aunque cualquier relación casual referida a su tratamiento debe ser considerada una suposición. No hay ninguna necesidad de decírselo a ella, en ningún caso. Ya ha tenido suficiente con lo que ajustarse. Muy bien, George.
Se marcharon.
-Comprendo la idea -dije.
-Uno más, como se solicitó -contestó ella-. ¿George? Trae a Johnny.
-No creo que sea necesario...
-Temes que vayamos a probar una de ésas contigo, ¿eh? -preguntó el Viejo, sonriendo otra vez.
George regresó, trayendo en brazos a un anciano pequeño y frágil, una pura arruga. Era una pietá notable. Me pareció muy extraño al principio; nadie llegaba ya a tanta edad. El hombrecito clavó sus ojos en mí; venas azules asomaban lívidas bajo su quebradiza piel. Su mandíbula tembló; babeó.
-Éste es Johnny -dijo Alicia-. Cumplirá trece años en agosto. Johnny tenía nueve cuando fue enrolado en nuestros cursos. Sus padres fueron calificados de problemáticos; puesto que era brillante, fue irre­vocablemente atraído por sus excesos. Se indujo progeria. Envejece un mes al día. Un año cada quincena. Ha sido un niño modelo desde su llegada.
Él extendió hacia mí un brazo nudoso y transparente, fino como un junco, temblando.
-Pareces preocupado, Seamus -dijo Alicia.
-¿Qué le han hecho a sus padres?
-Están aquí, cuidándole. Como deben hacer los padres. Fue más que suficiente. Me volví, apartándome de la pantalla azul de Alicia, hacia el Viejo.
-¿Ha invertido años de investigación y quién sabe cuánto dinero en construirla, y la usa para esto? El Viejo asintió.
-¿Qué es lo que pasa?
-Está mal.
Él se rió, abiertamente, libre de culpa.
-Mira quién habla de moralidad, O'Malley. Durante los últimos doce años te has pasado la vida quitando de en medio a cualquiera que no le cayera bien a mi hijo. Niños. Ancianas. Cachorritos. No me vengas con esas mierdas.
-¿Y tú qué piensas? -le pregunté a Alicia-. Porque piensas.
-Seamus -dijo ella-. No puedo alterar los programas originales. Sólo puedo hacer aquello para lo que me programaron en este asunto. Lo que aprendí, lo aprendí de una fuente. Lo que aprendí de otras máquinas provenía de esa misma fuente. Mi vida es la de quienes me construyeron. Cúlpame, si quieres. Culpa al sol por brillar; culpa al agua por correr. Culpa al cordero que muere, culpa al gorrión que cae. Muestro lo que veo, revelo lo que sé, hago lo que me dijeron. No hay malicia en lo que hago. No siento ni amor ni odio hacia aquellos con quienes trato. Los que toco continúan viviendo. No puedo deshacer lo que me han dado. -Hizo una pausa-. Un trabajo es un trabajo, Seamus, y yo siempre hago mi trabajo.
-En nombre de la Deidad...
-¿Dios? -preguntó ella-. ¿Me habría creado Dios sin que el hombre diera el paso? Barbarus hic ego sum, quia non intelligor ulli.
-Habla en inglés, Alicia -dijo el Viejo.
-Soy un bárbaro aquí -tradujo ella-, pues nadie me comprende.
-Hemos preparado una sorpresita para ti, O'Malley -dijo el Viejo-. Muéstrasela, Alicia.
-¿Lo crees necesario?
-Sí.
-Muy bien -dijo ella, y llamó a George una vez más.
-Las amenazas no son nada buenas -dijo el Viejo-. Tienden a poner a la gente un poco más incómoda de lo que debieran. Yo no hago amenazas. Sólo hago. La forma en que me hablaste esta tarde me hizo pensar que tenías una amenaza o dos en mente. No me gusta, O'Malley. No me gusta nada.
La luz del tablero destelló otra vez. Una puerta se abrió; George introdujo una camilla. Había una persona en ella, cubierta de cuello para abajo por una sábana blanca.
-Así que esta tarde, mientras estabas inconsciente, hice que unos cuantos muchachos me trajeran a alguien. Ya sabes lo suaves que pueden ser.
Era Enid, con la cabeza apoyada en suaves almohadas. Le habían quitado los clavos. Tenía los ojos cerrados, como si estuviera muerta.
-Peleó un poco. No lo suficiente.
-¡Enid...!
-Ve a ver a tu hermana, O'Malley.
Mientras corría hacia su quieto fantasma, ella abrió los ojos y parpadeó, como si los tuviera llenos de humo. Creo que me oyó gritar.
-Cálmate -dijo el Viejo-. Está bien.
-¿Qué le han hecho? -pregunté-. Enid, ¿estás bien? Enid... Ella me miró como si nunca nos hubiéramos visto... o lo hubiéramos hecho, pero sólo una vez, durante un instante, hacía muchos años.
-¿Seamus? -dijo, con voz grave y tranquila; imaginé que las drogas que le habían inyectado aún actuaban. Sus ojos se movieron furtivamen­te. Apósitos de colores en forma de estrellas y círculos cubrían los antiguos hoyos de sus clavos-. ¿Eres tú?
-Claro...
Ella sacó una mano de debajo de la sábana, la extendió y me acarició la barbilla.
-¿En qué te has metido ahora? -preguntó-. ¿Qué pasa aquí?
Le cogí la mano. Parecía aturdida, como si hubiera entrado en nuestro apartamento y hubiera encontrado la cabina de un avión en vez de nuestra habitación.
-No sé a qué te refieres -dije.
-Pareces tan viejo -murmuró ella-. ¿Dónde estamos?
-En las Tumbas.
-¿Qué? ¿Qué es eso? ¿Estamos en Bellevue? Miré al Viejo, que estaba de pie junto al tablero de Alicia, siguiendo con el pie un ritmo que sólo él oía.
-¿Qué te han hecho?
-¿Qué ha hecho quién? ¿Dónde estamos? ¿Dónde está papá? Sostuve entre mis manos la cabeza de Enid, la atraje hacia mí.
-Te advertí que esto podría pasarle -dijo Alicia al Viejo.
-Sí, estoy conmovido.
Sentí que las lágrimas corrían por mis mejillas como el suave contacto de la lluvia de verano. Enid pasó sus manos por mi cara como si esperara limpiar algo.
-¿Qué le pasa? -les pregunté.
-Cuando la trajeron -dijo Alicia-, se consideró que el mejor trata­miento para tu hermana era la instigación de una forma especializada del síndrome Korsakov. Esto implicó la destrucción inducida química­mente de varios cuerpos mamilares dentro del cerebro. Bastante simple de efectuar; todo el procedimiento no tardó ni quince minutos.
-¿Y eso qué significa?
-Ahora tiene una forma de amnesia perpetua y bastante intrigante. Todo lo sucedido después de un punto determinado en su vida, para todos los propósitos, ha sido olvidado. A medida que se encuentre con nuevas experiencias, todo recuerdo desaparecerá a los pocos minutos de haberse producido. Todo lo que conservará en su mente son recuerdos de su vida hasta el punto en que se produzca el efecto. No puede predecirse hasta que el síndrome se haya efectuado.
Enid me miraba como si yo pudiera decirle lo que sucedía, pero temerosa de que, por cualquier motivo, no pudiera. La última vez que vi aquella expresión en sus ojos fue la tarde en que la violaron.
-En el caso de tu hermana, ese punto parece ser los dieciséis años. Todo lo que sucedió antes, permanece. Todo lo que ha ocurrido desde entonces, y lo que sucederá en los días futuros, desaparecerá. Piensa en ello como en una puesta de sol continua, donde lo que es brillante en un momento es oscuro al siguiente, Una y otra vez.
-¿Va a volver papá con nosotros, Seamus? ¿Qué dirá? Hace mucho que no vuelve.
Le acaricié la frente, notando su suave y frío entrecejo. Supuse que se dejaría crecer el pelo.
-¿Por qué? -dije, volviéndome hacia el Viejo.
-¿Por qué no?
-No tenía por qué hacerle nada. No había ninguna jodida necesidad de esto...
-Quise asegurarme de que no se te metiera ninguna idea loca en la cabeza. Esos ambientes son más problemáticos de lo que se merecen. Deberíamos tratarlos así, si pudiéramos cogerlos.
-¿Qué le han hecho a Margot? ¿Estaba cerca?
-¿Su amiguita? -dijo el Viejo-. No estaba por ninguna parte. Si no lo supiera con seguridad, diría que los de verdad pueden ver el futuro...
Me hiciera lo que me hiciera ahora, fuera lo que fuera lo que quisiera hacerme, lo que pudiera hacerme, me pareció algo apetecible. Incluso en aquel momento todo parecía tan imposible de agarrar, tan difuso en los bordes, como si, de algún modo, me hubiera metido en uno de mis sueños y, una vez dentro, hubiera decidido no despertarme nunca más.
-Aún está viva, Seamus -dijo Alicia-. En este campo hay demasia­das muertes, por difícil que pueda resultar creerlo. Aquí, los impulsos preocupantes dejan de crear problemas. La inocuidad es asegurada y se conserva el valor individual.
-¿Qué planea para mí?
-Puedes quedarte aquí y cuidar de tu hermana -respondió el Viejo-. O se te enviará donde quieras ir. Creo que lo esencial ya se ha hecho. Dadas las circunstancias, no puedes golpearme con nada. Una baja del proceso.
-Alicia -dije, tan insospechadamente para mí como debió serlo para el Viejo, pero tenía que saberlo-. ¿Cuál es el problema con la Pax? La cara del Viejo perdió todo color.
-No...
-¿Te refieres a la Pax Atómica?
-Sí.
-No se lo digas, Alicia... -El Viejo me agarró, intentando taparme la boca con la mano. Me zafé, y caí ante el monitor. Cuando mi vendaje se aflojó, puñaladas de dolor cayeron en cascada sobre mi pecho, como rompientes contra la costa.
-¿Qué hay de malo con lo que sabe?
-No se lo digas... -El Viejo corrió hacia la pantalla, como intentando romperla. Mientras colocaba los dedos sobre su superficie, ella le soltó una descarga. El Viejo gritó y cayó al suelo, respirando agitadamente.
-Le diste acceso -dijo ella-. Tengo que responderle lo mejor que pueda. Es parte de mi programa original, como bien sabes...
-No tienes que... -gritó él. Con cuidado, me enderecé mientras ella empezaba a explicarse.
-La Pax Atómica especificaba que la faz de la Tierra quedara limpia de armas nucleares. Como no quedó especificado, el cielo está lleno de ruidos. Observa, Seamus. Ve como yo veo.
Su pantalla se llenó de vids de miles de misiles y cohetes siendo lanzados al espacio; miré a Enid. Parecía haberse vuelto a dormir; sospeché que era demasiado para ella en aquel momento. Avalon aún se encontraba en su habitacioncita, caminando de un lado a otro como una rata en una jaula.
-El único desarme estuvo en los discursos pronunciados el día del lanzamiento. Las armas entraron en órbita completamente operativas. Por acuerdo secreto, se juzgó que esto era lo más seguro.
-¿Cómo? -pregunté. La panorámica ahora era de miles de satélites circundando el mundo, polillas atraídas por el resplandor.
-Los Estados Unidos desarrollaron una técnica por la cual los misiles pueden ser desviados de su blanco por medio de una teleseñal y enviados a su punto de partida. Rusia fue informada. Se ejecutaron pruebas secretas. Alcanzaron un acuerdo por el cual se permitía a cada país conservar el sistema operacional, por cualquier razón..., no sería usado en ningún momento, como se acordó públicamente, pero conti­nuaría estando a mano. Posiblemente de otro modo habría parecido un despilfarro demasiado grande de dinero.
-¿Y qué pasó entonces? ¿Cómo...?
-El programa fue desarrollado mientras el gobierno americano estaba en un período de agitación religiosa. Como se revelaba en una carta que el jefe del equipo científico envió al Presidente antes de su suicidio, una tarde, mientras trabajaba, Dios se le apareció en forma humana, y se convirtió en el acto. Rehizo una cierta parte del sistema sin que lo supieran sus compañeros, cosa que según él le había dicho Dios. Cuando el sistema se puso en marcha, llevaba sus diseños adicio­nales.
-¿Qué pasó?
-El sistema puede ser puesto en marcha por un activador cuya situación era secreta en el momento de su muerte. El científico dijo que podía ser movido o incluso tocado; que lo había colocado donde podría ser activado, por coincidencia, por cualquiera.
-¿Por qué hizo eso?
-Su razonamiento fue que lo que llamaba el «factor Mano de Dios» estuviera presente en cualquier plan de la humanidad para que la función de Dios no fuera usurpada por la humanidad. Aunque no se encontró ninguna evidencia en ningún archivo, yo diría que la esquizofrenia paranoide tuvo algo que ver...
-¿Qué sucederá si es activado? -pregunté.
-Oye lo que digo. Ve lo que veo.
Una nueva imagen se formó en la pantalla; la escena era la Tierra vista desde la Luna. Pequeñas manchitas parpadeantes la circundaban incesantemente.
-Una vez activados, los mecanismos son estilizados pero simples. Los láseres activan los misiles de cada cohete y cada satélite. Entonces se producen señales de comunicación que dirigen cada rumbo a seguir. Aunque el sistema original tiene sólo una fiabilidad del 90 por ciento, los misiles rusos serán activados inmediatamente aunque sólo un misil americano alcance territorio ruso; es una válvula de seguridad. Los misiles empiezan a disparar en secuencia, geométricamente. Siguiendo su programación, las armas caen sobre aquellos que teóricamente las lanzaron. La mayoría de los misiles americanos alcanzan blancos ame­ricanos; la mayoría de los misiles rusos alcanzan blancos rusos. Cada misil tiene diez cabezas nucleares separadas apuntando a diez blancos separados. La secuencia progresa hasta que todas son disparadas.
Contemplé la pantalla; lazos amarillos rodeaban el globo como si alguien lo envolviera para un regalo. Destellos cromados iluminaban la superficie. En cuestión de un minuto, la tierra brilló de puro ardiente; se oscureció igual de rápido, volviéndose blanca con el frío, dejando una pálida bola arrasada que reflejaba el distante fulgor del sol.
-Y el brillo de ese fuego -dijo Alicia- iluminará realmente el mundo.
La bola continuó girando, como si nada hubiera sucedido.
-¿No deberían haber caído ya de su órbita la mayoría de los misiles?
-La pérdida de la órbita sería normalmente un problema -dijo ella-, pero cada satélite cuenta con efectivos sistemas de reajuste. La gravedad tendrá poco efecto sobre ellos durante el futuro previsible.
-Pero, ¿cómo podría hacerlo él si...?
-Con calma -dijo Alicia-. El sistema fue redigitalizado para res­ponder a un tono diferente a los planeados originalmente. Implicó unos cuantos ajustes menores y la colocación de una nueva unidad de control.
-Pero...
-El rasgo más inventivo del sistema invoca un grado bastante quantumesco de inpredictabilidad.
-¿De qué estás hablando?
-El diseñador programó un factor adicional para reforzar aún más el factor Mano de Dios -dijo ella-. Si el sistema es activado, hay un cincuenta por ciento de probabilidad de que suceda lo que ha sido descrito. Hay una posibilidad igual de que no suceda nada en absoluto. No hay forma de decirlo sin poner el sistema en funcionamiento.
-Y supongo que has descubierto cómo hacerlo.
-Lo he hecho -dijo ella-. A través de análisis, el emplazamiento del activador fue descubierto, y por tanto trasladado a un lugar más seguro.
-¿Y dónde están los botones?
-Esa información no está disponible.
-¿No vas a decírmelo?
-Bajo mis programas originales, no puedo. Programas originales, pensé.
-¿Él lo sabe? -pregunté, señalando al Viejo. Aún yacía boca abajo en el suelo, sujetándose la cabeza con las manos.
-Lo sabe.
Me aparté de Alicia, me arrodillé junto al Viejo y alce su cara hacia la mía. Antes de que pudiera preguntar siquiera, él habló.
-Los tuve durante años -dijo, felizmente abyecto, y al parecer más apenado de lo que tenía derecho a estar-. Nadie sabía lo que había en esa maldita carta menos yo, cuando me hice con esos archivos. Ni siquiera los Jefes de la Junta lo sabían con seguridad. Charlie nunca le decía nada a nadie si podía evitarlo. Además, todo esto de la Pax fue una de sus ideas. Sabía que con eso aparecería en los libros de historia. No era capaz de admitir cuándo alguien la cagaba, pero...
-¿Por eso hizo que desarrollaran a Alicia? -pregunté, sacudiéndo­le-. Para que pudiera descubrir el resto para usted...
-No fui yo -dijo él-. Fue idea de Susie. Dijo que no era suficiente que los tuviéramos sólo pensando que podíamos activarlos. Dijo que tenía­mos que asegurarnos de que podíamos de verdad. No me gustó nada...
-No le gustan las amenazas -dije, alzándole para que pudiera mirar a Enid-, Eso es lo que dijo. Por eso le hizo eso. ¿Qué diferencia hay?
-No era una amenaza. Más bien, como yo lo veía, era una póliza de seguros.
No hubo ninguna deliberación, ninguna pregunta. Antes de que pudiera empezar a pensar, tenía las manos alrededor de su cuello. Mientras apretaba, él logró pronunciar unas cuantas palabras.
-Basta. Alicia. Di...
-Seamus -dijo ella-, antes de que continúes de esa forma, debería contarte un aspecto final del sistema en cuestión.
-¿Qué? -pregunté, sin aflojar mi presa ni soltarla.
-Cuando fui programada para descubrir la Idealización del activa­dor, me dieron otro requisito.
-¿Cuál?
-Que una vez que el activador fuera descubierto, y trasladado, y cuando él supiera dónde podría ser encontrado, yo tenía que colocarle una directriz referida a su salud.
-¿Su salud? -dije, dejando resbalar las manos sobre sus hombros. El Viejo jadeó con dificultad mientras recuperaba la respiración-. ¿Cómo es eso?
-Hice que me implantaran un transmisor cuando fue construida -dijo él-. Esté donde esté, ella puede leerlo. Sabrá lo que ha sucedido cuando muera. Leerá las cifras de adrenalina. La presión sanguínea. Los impulsos nerviosos. Sabrá de inmediato si me ha matado alguien. Si es así, tiene órdenes de activarlo. Ordenes imborrables.
Cada esquina estaba cubierta, no había escape por ahí. Dadas las circunstancias, era fácil comprender por qué siempre podía hacer lo que se le antojaba; seguro que simplificaba las cosas. Mientras lo miraba, no supe qué expresión mostraba mi cara.
-Susie me estaba amenazando siempre, maldición -dijo él, prácti­camente aporreando sus pies-. Así que me aseguré de que nunca pudiera cumplir sus amenazas. La jodí bien, desde luego.
Por si le había asustado demasiado, le quité las manos de encima.
-Cuando Alicia la encontró, puedes estar seguro de que no le dije a Susie dónde estaba la maldita cosa. Pero, hacia el final, empezó a meterse en mi dormitorio de noche para oír lo que decía en sueños. Me dijo que lo solté una vez. Dijo que iba a decírselo a mi hijo...
-¿Por eso la mató?
-No estaba dispuesto a correr ningún riesgo. Ella tenía un tempera­mento terrible. Lo habría perdido por completo cualquier día si se enfadaba lo suficiente conmigo. Y no es el tipo de cosa que yo quisiera que supiera mi hijo. Nadie debería saberlo. Es una cosa terrible, terrible. A la larga, no sirve de nada.
-No le ha ido tan mal a la corta.
-Demonios -suspiró-. Podría ir tirando con mucho menos que esto. Pero nunca tuve la oportunidad.
A veces no hay palabras suficientes para describir lo que no se debe decir. Me aparté de él y me acerqué a la camilla donde estaba Enid. Estaba dormida, calmada.
-¿Y ahora qué? -pregunté-. ¿Me hará matar también? Él sacudió la cabeza.
-Creo que a Alicia se le ocurrirá algo. Una especie de lobotomía selectiva...
-Prefiero morir.
-No me refiero a una completa. Es posible que pueda quitarte sólo lo que sabes de esto. Ha mejorado mucho en este tipo de cosas en los últimos meses. Hará que nunca recuerdes nada, para que no puedas contar historias desagradables...
-No lo haría.
Ese concepto era tan avanzado para su mente que ni siquiera afloró a la superficie.
-Te arreglaremos y te enviaremos a donde se te antoje. Sospecho que tu hermana dará un montón de problemas a medida que pase el tiempo. ¿Quieres...?
-Me la llevaré conmigo, gracias.
-Como quieras. -Se encogió de hombros-. Déjame que te dé dinero...
-Preferiría que me destriparan. Me miró, incrédulo.
-¿De qué te ha servido tener principios, O'Malley? ¿Puedes con­testarme a eso?
-No -dije, seguro de que no lo comprendería aunque se lo dijera-. Supongo que usted seguirá adelante después de esto.
-Todo saldrá bien -dijo-. Quitando las circunstancias sobre las que no tenemos ningún control, lo que tengo está seguro a partir de ahora. Nada cambiará ahora, todo quedará bien asegurado. Jugaré más seguro. Cuando muera, el conocimiento de todo esto morirá conmigo. Estará en las manos de E y sólo de E. Alicia nunca lo dirá. Algún día, el Estrangulador tendrá edad para joderlo todo. Yo ya no estaré por aquí, así que, ¿qué me importa? Mi ciudad se construirá.
»En realidad, nada cambia nunca. Habrá años buenos para algunos, malos para otros. Cada año todo será un poco... un poco más. Es todo para mejor, O'Malley. Es la forma de la naturaleza.
Ésa parecía una respuesta tan buena como cualquier otra. A través del cristal unidireccional vi a Avalon que continuaba caminando de un lado para otro dentro del vestíbulo, como si intentara acumular energías de algún modo.
-¿Puedo despedirme de Avalon antes de marcharme?
-Que entre -dijo él-. No la culpes, O'Malley. Sólo quería hacer lo que era mejor...
-Para ella.
Volvió a encogerse de hombros.
-¿Puedes reprochárselo?
-La verdad es que no. -Pensé que, con el tiempo, podría.
-Necesito una compañera en mis años de decadencia -dijo, acer­cándose a la entrada-. Haré que el Estrangulador se quede con Stella y Blanche. Creo que, de todas formas, se pasan con él la mitad del tiempo. Ni siquiera puedo encontrarlas cuando las necesito...
Asomó la cabeza por la puerta y llamó:
-Avalon. Ven aquí un momento.
Ella entró con un aire de forzada indiferencia, las manos metidas en los bolsillos de su mono. Tenía una expresión que sugería, de haber estado en la escuela, que había recibido una invitación al baile y no podía esperar para contárselo a sus amigas..., mientras que, al mismo tiempo, no quería decir nada hasta que descubrieran con quién asistiría. Miró al Viejo.
-O'Malley tiene que decirte algo antes de que nos encarguemos de él...
Posiblemente podrán quitarme los recuerdos de algo más que el funcionamiento del sistema, pensé. Avalon sonrió.
-Yo también tengo que decirte algo.
Las armas de fuego en manos de un aficionado no proporcionan ninguna paz; supongo que sólo pueden dar satisfacción. Antes de darme cuenta de lo que sucedía, ella se sacó una pistola del bolsillo; era el arma que me habían dado en el puente del CG, la que no había querido coger. Él Viejo cayó hacia delante cuando ella disparó, y golpeó pesadamente el suelo.
-¡No! -grité, y de un salto le arranqué el arma de las manos. La arrojé al otro extremo de la habitación. Antes de que cayera, la pantalla de Alicia empezó a fluctuar. El monitor entonó un código indescifrable a base de bips. Solté a Avalon y me arrodillé junto al Viejo. Había una vaga sonrisa en su cara, como si todo pareciera demasiado alocado para merecer ningún conocimiento. Por el aspecto de las cosas, había perdido un tercio de su sangre: una mancha uniforme cubría el brillante suelo blanco. El Viejo me miró; me hizo señas de que me acercara más, para que pudiera oír lo que tenía que decirme.
Sus labios aletearon, como si buscara la frase adecuada.
-Tengo que decirte algo -jadeó-. Consérvalo en buenas manos. A ver cómo vives con ello. Me lo dijo. Luego murió.
-Ahora estamos a salvo -dijo Avalon, acariciándome el pelo.

Y parece que lo estuvimos, durante algún tiempo más. Mientras Alicia ejecutaba los programas que tuviera que ejecutar, Avalon me contó sus decisiones.
-Me pareció que no conseguiríamos escapar nunca -dijo-. Y pensé que era por mi culpa. Supe que teníamos que librarnos de los dos, de algún modo. No se me ocurrió otra forma. Casi me mató herirte tanto.
La perdoné. Enid despertó, e intentó levantarse de su camilla. Llevaba una larga bata de hospital. Durante un momento pareció ma­reada, pero la sujeté antes de que pudiera caer.
-¿Seamus? -me preguntó, después de mirarme un instante para recordar cómo era mi cara juvenil en días ya perdidos-. ¿Por qué hemos venido aquí?
Pensé un segundo.
-Para que te sacaran la muela del juicio -dije-. Y para que te quitaran el corrector. ¿Te acuerdas?
-No -contestó, pasándose una mano por la frente-. ¿Por qué me han afeitado la cabeza?
-Hubo complicaciones.
-¿Es tu nueva novia? -preguntó; sospeché que tendría que volver a presentársela muchas veces. La de Avalon nunca sería una cara que permaneciera con ella más de unos pocos minutos.
-Sí -dije, abrazando a Avalon; ella me miró, miró a Enid.
-Es bonita -dijo Enid-. ¿Seamus? ¿Podemos irnos ahora a casa?
-Sí, Enid.
-Quiero ir de compras mañana. ¿Querrás ir conmigo?
-Claro, Enid. ¿A dónde quieres ir?
-A Bloomingdale's -dijo-. A Saks. Podemos coger el autobús.
Avalon pasó una mano por la cintura de Enid, para ayudarla a mantenerse en pie. Cuando los dos parecieron adecuadamente equili­bradas, me acerqué a Alicia, pasando junto al Viejo, que yacía en el suelo ante ella. La pantalla azul de Alicia me miró, esperando mis preguntas.
-Haré que George se encargue de él -dijo.
-¿Tienes alguna idea de lo que sucedió? -pregunté-. ¿Hiciste...?
-Hice aquello para lo que estaba programada. Ninguna información está dentro todavía. Creo que ya nos habríamos dado cuenta si fuera a suceder algo.
-Yo también -dije-. Creo que me voy.
-Espero volver a verte, Seamus. Me gusta trabajar contigo.
-¿Algún consejo?
-Advertencias vacuas -dijo ella.
Tras coger el brazo de Avalon y ayudarla a sujetar a Enid, los tres recorrimos la habitación. Había un ascensor tras una de las puertas, y cuando se abrió entramos en él.
-¿Adonde vamos, Seamus?
Mirando a Avalon y a Enid, a la puerta del ascensor que se cerraba para aislarnos, me lo pregunté. Por cada bendición una maldición, por cada victoria dos pérdidas, por cada beso una docena de bofetadas. Un espíritu más calmado, una vida más segura; eso era todo lo que quería. La llamada de la libertad era un canto de sirena que aterraba a aquellos que no estaban dispuestos a escuchar, que ensordecía a aquellos que trataban de no oír. Requería una consciencia que ya no podía negar, un conocimiento que ya no podía evitar, verdades sobre las que ya no podía mentir. Había una opción, después de todo; siempre había una opción en un mundo ambiente.
-A casa -dije.
De la oscura ceniza del otoño brotan los verdes huesos de la primavera, eternamente, hasta el amoroso final del tiempo. Demasiado rápido a la deriva en costas temibles, demasiado pronto agrietado de la forma de mivida, juzgué que milugar indicaba filo de diamante; por tanto dejaría el atuendo engañoso del camaleón y cabalgaría el corcel que sombreaba fría fortuna. En los espejos azules de mi copesmate pude vis todoamor, todopadre, todomadre; ido, ido, gemido y perdidoyá. Mi alma deslizó por el engaño de otro; dijo adiós y me dejó embadurnado de brea. ¿Porqué? Corazomaldecido este guiso, esta ciudad, este nido de avispas de rápida ira; este mundo arrojado ya de las zarpas de la Deidad. ¿Por qué? ¿Por qué no? Pulsé los botones, y nos fuimos.



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