BLOOD

william hill

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lunes, 26 de julio de 2010

CHUCK PALAHNIUK EL CLUB DE LUCHA






CHUCK PALAHNIUK








EL CLUB DE LUCHA











































Uno


Tyler me consigue un trabajo de camarero, después me mete una pistola en la boca y me dice que para alcanzar la vida eterna primero tienes que morirte. Sin embargo, durante mucho tiempo Tyler y yo fuimos muy buenos amigos. La gente siempre me pregunta si conocía bien a Tyler Durden.

El cañón de la pistola me oprime el fondo de la gar­ganta, y Tyler dice:

En realidad, no moriremos.

Descubro con la lengua los agujeros del silenciador que taladramos en el cañón de la pistola. La mayor parte del ruido que hace un disparo se debe a la expansión de los gases y al pequeño estallido sónico que provoca la bala al salir tan rápida. Para fabricar un silenciador hay que tala­drar agujeros, un montón de agujeros, en el cañón del arma. De esta forma se logra una descompresión que hace que la velocidad de la bala sea menor que la del sonido.

Si taladras mal los agujeros, la pistola te volará la mano.

En realidad, esto no es la muerte —dice Tyler—. Seremos una leyenda; no envejeceremos.

Desplazo el cañón con la lengua hacia la mejilla y digo:

Tyler, estás pensando en vampiros.

El edificio donde nos encontramos dejará de existir en diez minutos. Coge un concentrado con un noventa y ocho por ciento de ácido nítrico gaseoso y añádele el triple de ácido sulfúrico. Prepáralo en una bañera con agua helada. Luego, échale glicerina con un cuentagotas. Ya tienes nitroglicerina.

Lo sé porque Tyler lo sabe.

Mezcla la nitroglicerina con serrín y obtendrás un bo­nito explosivo plástico. Mucha gente mezcla la nitroglice­rina con algodón y añade sales Epsom como sulfato. Así también funciona. Otros emplean parafina mezclada con nitroglicerina. A mí la parafina jamás me ha funcionado.

Total, que Tyler y yo estamos en lo alto del edificio Parker-Morris con la pistola incrustada en mi boca, y oímos un ruido de cristales rotos. Asómate al borde. El día está nublado incluso a esta altura. Éste es el edificio más alto del mundo y a esta altura el viento es siempre frío. Hay tanta tranquilidad a esta altura que crees ser uno de aquellos monos astronautas. Cumples pequeñas tareas para las cuales has sido preparado.

Tirar de una palanca.

Apretar un botón.

No entiendes nada y, sencillamente, te mueres.

Desde una altura de ciento noventa y un pisos te aso­mas al borde del tejado y la calle allá abajo parece una alfombra moteada de gente que, de pie, mira hacia arriba. Los cristales rotos son de una ventana justo debajo de nosotros. Estalla una ventana en una cara del edificio y aparece un archivador negro tan grande como una neve­ra. Justo debajo de nosotros, un archivador de seis cuer­pos cae por la fachada cortada a pico del edificio, y mien­tras cae va girando despacio, cae haciéndose más pequeño hasta que desaparece entre la multitud congregada abajo.

En algún lugar de los ciento noventa y un pisos, los monos astronautas de la Comisión de Daños del Pro­yecto Estragos se han descontrolado y están destruyen­do todo vestigio de la historia.

Aquel viejo refrán de «siempre se mata lo que más se quiere», bueno, mira, funciona en ambas direcciones.

Con una pistola incrustada en la boca y el cañón en­tre los dientes sólo conseguirás farfullar algunas vocales.

Sólo nos quedan diez minutos.

A continuación, por un lado del edificio, va apare­ciendo, centímetro a centímetro, una mesa de madera oscura, que, empujada por la Comisión de Daños, se tambalea, se inclina y, tras darse la vuelta, se precipita al vacío hasta que se pierde en la multitud como si se tra­tara de un extraño objeto volador.

Dentro de nueve minutos el edificio Parker-Morris ya no estará aquí. Si llevas suficiente gelatina para deto­naciones controladas y la colocas en los cimientos de una construcción, conseguirás echar abajo cualquier edificio del mundo. Tiene que estar bien afirmada y cu­bierta con sacos terreros para que la explosión incida sobre los pilares y no se expanda por el sótano del gara­je que los rodea.

Los libros de historia no ofrecen este tipo de instruc­ciones. Hay tres formas de obtener napalm: la primera mezclando a partes iguales gasolina y concentrado de zumo de naranja congelado; la segunda, mezclando a partes iguales gasolina y Coca-Cola light; y la tercera, di­solviendo en gasolina inmundicias de gato desmenuza­das hasta que la mezcla adquiera una consistencia sólida.

Pregúntame cómo se fabrica gas nervioso. ¡Ah, y no digamos todos esos demenciales coches bomba!

Nueve minutos.

Los ciento noventa y un pisos del edificio Parker-Morris caerán con la lentitud de un árbol que se desplo­ma en el bosque. ¡Tronco va! Puedes echar abajo cual­quier cosa; es fantástico pensar que el lugar donde es­tamos será sólo un punto en el cielo.

Tyler y yo estamos en el borde del tejado. Tengo la pistola metida en la boca y me pregunto si el arma esta­rá limpia.

Mientras contemplamos cómo se precipita edificio abajo otro archivador, aquí nos olvidamos del suicidio-asesinato de Tyler. Los cajones se abren en el aire, soltan­do resmas de papel blanco, que, atrapadas por la corrien­te ascendente, son arrebatadas por el viento.

Ocho minutos.

Después, el humo; por las ventanas rotas empieza a salir el humo. El equipo de demolición activará la carga primaria dentro de, quizás, ocho minutos. La carga pri­maria provocará la explosión de la carga base; los ci­mientos se desmoronarán y la serie fotográfica del edifi­cio Parker-Morris pasará a los libros de historia.

La serie de cinco fotografías sucesivas: en la primera, el edificio está en pie; en la segunda, adopta un ángulo de ochenta grados; en la siguiente, uno de setenta; en la cuar­ta, cuando el armazón comienza a ceder y la torre des­cribe un ligero arco, el edificio presenta un ángulo de cuarenta y cinco grados; en la última instantánea, la torre, con sus ciento noventa y un pisos, se precipita so­bre el museo nacional, que es el verdadero objetivo de Tyler.

Ahora éste es nuestro mundo —dice Tyler—: los antepasados están muertos.

Si supiera cómo va a terminar todo esto, estaría bien contento de estar ya muerto y en el cielo.

Siete minutos.

En la cima del edificio Parker-Morris con la pistola de Tyler en la boca, mientras archivadores, despachos y ordenadores caen como meteoros sobre la multitud que rodea el edificio, y el humo sale formando columnas por las ventanas rotas y en la calle, a tres bloques de distan­cia, el equipo de demolición mira el reloj. Sé que todo esto —la pistola, la anarquía y la explosión— es por Marla Singer.

Seis minutos.

Se trata de una especie de triángulo amoroso: yo quiero a Tyler, Tyler quiere a Marla, Marla me quie­re a mí.

Yo no quiero a Marla, y Tyler no me quiere aquí, ya no. Se trata de una cuestión de cariño más que de amor, de propiedad más que de posesión.

Sin Marla, Tyler no tendría nada.

Cinco minutos.

Tal vez nos convirtamos en leyenda, tal vez no. «No», digo, pero aun así, espera.

¿Qué sería de Jesús si nadie hubiera escrito los Evangelios?

Cuatro minutos.

Desplazo con la lengua la pistola hacia la mejilla y digo:

Tyler, ¿quieres ser una leyenda? Vale, tío, yo te convertiré en leyenda. He estado aquí desde el principio.

Lo recuerdo todo.

Tres minutos.











Dos



Los brazos descomunales de Bob me abrazaban y se­pultaban bajo su mole; me apretujaban y mantenían en total oscuridad entre unas tetas flamantes y sudorosas que pendían tan gigantescas como concebimos la gran­deza de Dios. Todas las noches nos encontrábamos en el sótano de la iglesia, que estaba atestado de hombres: éste es Art, éste es Paul, éste es Bob. Las anchas espal­das de Bob me hacían pensar en el horizonte. Su cabe­llo, rubio y espeso, era como el que consigues cuando el fijador se vende como «espuma de moldear»: un pelo espesísimo, muy rubio y con la raya extremadamente recta.

Sus brazos me envolvían, y con las palmas de las ma­nos me apretaba la cabeza contra sus flamantes tetas, que se erguían sobre el barril de su tórax.

Todo irá bien —dice Bob—; ahora llora.

Desde las rodillas hasta la frente, siento las reaccio­nes químicas de la digestión de Bob y el oxígeno dentro de su cuerpo.

A lo mejor lo detectaron a tiempo —dice Bob—. Tal vez se trate sólo de un seminoma. Con un seminoma casi tienes una tasa de supervivencia del cien por cien.

Los hombros de Bob se yerguen en una honda inspiración, luego se encogen más y más estremeciéndose entre sollozos. Se yerguen. Se encogen, encogen y encogen.

Hace dos años que vengo aquí todas las semanas, y Bob siempre me rodea con sus brazos y lloro.

Llora —me dice Bob mientras inhala aire y sollo­za una y otra vez—. No dejes de llorar.

Su ancho y húmedo rostro descansa sobre mi cabe­za y me siento perdido entre sus brazos. Ahora debería llorar. Es lo más apropiado en esta oscuridad asfixiante, oculto por el cuerpo de otra persona y consciente de que todo cuanto sea capaz de conseguir se convertirá en basura.

Cualquier cosa de la que puedas estar orgulloso aca­bará en el cubo de la basura.

Me siento perdido entre sus brazos.

En casi una semana es lo más cerca que he estado de quedarme dormido.

Así conocí a Marla Singer.

Bob llora porque hace seis meses le extirparon los testículos. Luego, lo sometieron a una terapia hormonal de apoyo. Bob tiene tetas porque su nivel de testosterona es demasiado alto. Si elevas el nivel de testosterona más de la cuenta, el cuerpo aumenta la producción de estrógenos para compensarlo.

Ahora es cuando debería llorar porque, justo en este instante, la vida se reduce a nada, o peor aún, cae en el olvido.

Si tomas demasiados estrógenos, te salen tetas de perra.

Es fácil llorar cuando te das cuenta de que las perso­nas a las que quieres acabarán por rechazarte o morirse. En un plazo suficientemente largo, la tasa de supervi­vencia de cualquier persona se reducirá a cero.

Bob me quiere porque piensa que a mí también me han extirpado los testículos.

A nuestro alrededor, en el sótano de la Trinidad Epis­copal, con sus sofás a cuadros comprados en almacenes baratos, puede que haya unos veinte hombres y sólo una mujer; todos abrazados por parejas y la mayoría llorando. Algunas parejas se inclinan hacia delante con las cabezas juntas, oreja contra oreja, como atletas de lucha libre fun­diéndose en un abrazo. El hombre emparejado con la úni­ca mujer apoya los codos en los hombros de ella, un codo a cada lado de la cabeza que sostiene entre las manos, y llora con el rostro oculto en su cuello. La mujer vuelve la cara a un lado y se lleva un cigarrillo a la boca.

Atisbo por debajo de la axila de Bob el grandullón.

Nunca en mi vida —gime Bob— he sabido por qué hago las cosas.

La única mujer presente en Aún Hombres Unidos, el grupo de apoyo para los enfermos con cáncer de tes­tículos, fuma un cigarrillo a pesar de cargar con un ex­traño, y sus ojos se encuentran con los míos.

Farsante.

Farsante.

Farsante.

Su cabello es de color negro mate; los ojos, grandes como los de los dibujos animados japoneses; lleva pues­to un vestido estampado que parece papel pintado de ro­sas oscuras y está tan delgada como la leche desnatada y macilenta como la mantequilla. Esta mujer también estuvo el viernes por la noche en mi grupo de apoyo a los tuberculosos y el miércoles por la noche participó en la mesa redonda sobre melanomas. El lunes por la noche fue a ver a mi grupo de rap de los Creyentes Firmes con Leucemia. La raya del pelo en mitad de la cabeza parece un rayo blanco y encrespado en el cuero cabelludo.

Cuando buscas este tipo de grupos de apoyo, todos tienen nombres optimistas y poco definidos. Mi grupo de los jueves por la tarde contra los parásitos sanguíneos se llama Limpios y Libres.

El grupo de enfermos con parásitos cerebrales al que voy se llama Arriba y Más Allá.

Esa mujer está, una vez más, aquí, la tarde del sába­do, durante la sesión de Aún Hombres Unidos en el só­tano de la Trinidad Episcopal.

Y lo que es peor, no puedo llorar cuando me mira.

Éste debería ser mi momento preferido, abrazado a Bob y llorando con desesperación. Siempre nos entre­gamos a fondo. Éste es el único lugar donde realmente me relajo y me abandono.

Éstas son mis vacaciones. Acudí por primera vez a un grupo de apoyo hace dos años, después de haber vuelto al médico por culpa del insomnio.

Llevaba tres semanas sin poder dormir. Cuando te pasas tres semanas sin dormir todo se convierte en una experiencia extracorporal. El médico me dijo: «El in­somnio es sólo un síntoma de algo más profundo. Des­cubra cuál es el problema. Escuche a su cuerpo».

Yo sólo quería dormir. Quería pequeñas cápsulas azules de doscientos miligramos de Amital Sodio. Que­ría píldoras azules y rojas de Tuinal, y pastillas de Seconal de color rojo carmín.

El médico me dijo que si mascaba raíces de valeriana y hacía más ejercicio, al final, conseguiría dormir.

Tanto se ha hundido el fruto viejo y magullado de mi rostro, que pensarías que estoy muerto.

El médico me dijo que si quería ver dolor auténtico, pasara por la Primera Eucaristía el martes por la noche. Vea a los pacientes con parásitos cerebrales. Vea las en­fermedades óseas degenerativas. Los trastornos cere­brales orgánicos. Vea cómo sobreviven los enfermos con cáncer.

Así que fui.

En el primer grupo al que acudí hubo presentacio­nes: Alice, Brenda, Dover. Todo el mundo sonríe como si les estuvieran apuntando a la cabeza con una pistola invisible.

Jamás doy mi nombre verdadero en los grupos de apoyo.

He aquí el esqueleto minúsculo de una mujer llama­da Cloe cuyo trasero sin relieve deja los pantalones col­gando, vacíos y tristes. Cloe me cuenta que lo peor de sus parásitos cerebrales era que nadie se quería acostar con ella. Allí estaba, tan próxima a la muerte que le ha­bían liquidado la póliza del seguro de vida con setenta y cinco mil pavos y, en realidad, lo único que Cloe desea­ba era echar un último polvo. Nada de intimidades, só­lo sexo.

¿Qué puede decirle ningún tío? Bueno, ¿qué se le puede decir?

Todo el proceso había comenzado cuando Cloe em­pezó a sentirse un poco cansada. Ahora Cloe estaba de­masiado aburrida para seguir un tratamiento. Películas pornográficas, tenía películas pornográficas en su apar­tamento.

Durante la Revolución francesa, me contó Cloe, las mujeres encarceladas —duquesas, baronesas, mar­quesas o lo que fueran— se tiraban a cualquier hom­bre que quisiera montarlas. Notaba la respiración de Cloe en mi cuello. Follar era una manera de matar el tiempo.

Los franceses lo llamaban la petite mort.

Si estaba interesado, Cloe tenía películas pornográficas. Nitrato de amilo. Lubricantes.

En tiempos normales, ya estaría disfrutando de una erección. Sin embargo, Cloe es un esqueleto hundido en cera amarilla.

Con el aspecto que tiene Cloe, no soy nada. Inclu­so menos que nada. Aun así, los hombros de Cloe se clavan en los míos cuando nos sentamos formando un círculo sobre la alfombra de tripe. Cerramos los ojos. Era el turno de Cloe para dirigir la meditación guiada, y su voz nos introdujo en el jardín de la serenidad. Cloe nos hizo remontar la colina del palacio de las siete puertas. Dentro del palacio estaban las siete puer­tas: la verde, la amarilla, la naranja, y Cloe nos hizo pa­sar y abrió con sus palabras cada una de ellas —la puerta azul, la roja, la blanca— descubriéndonos lo que allí había.

Con los ojos cerrados, imaginábamos que nuestro dolor era como una bola de luz blanca que todo lo cura­ba, que flotaba alrededor de los pies y subía por las ro­dillas, la cintura y el pecho. Nuestros chakras se abrían. El chakra del corazón. El chakra de la cabeza. Con sus palabras Cloe nos introdujo en cuevas donde nos en­contramos con el animal que era nuestro guía. El mío era un pingüino.

El hielo cubría el suelo de la cueva y el pingüino dijo: «Deslizaos». Sin esfuerzo alguno nos deslizamos por túneles y galerías.

Entonces llegó el momento de abrazarnos.

Abrid los ojos.

Cloe explicó que el contacto físico era terapéutico. Todos debíamos escoger a un compañero. Cloe me echó los brazos al cuello y se puso a llorar. En casa llevaba ropa interior sin tirantes y lloraba. Cloe tenía acei­tes y esposas y lloraba mientras yo veía el segundero del reloj dar la vuelta a la esfera once veces.

Así que no lloré durante la primera visita a un grupo de apoyo, hace dos años. Tampoco lloré en mi segunda y tercera visita. No lloré en las sesiones de parásitos san­guíneos, ni en las de cáncer intestinal o demencia ence­fálica orgánica.

Es lo que ocurre en los casos de insomnio. Todo es muy lejano: la copia de una copia de una copia. El in­somnio te distancia de todo; no puedes tocar nada y nada puede tocarte.

Entonces apareció Bob. La primera vez que fui a una sesión de cáncer de testículos, Bob, el gran oso, aquel pedazo de pan, se plantó ante mí durante la se­sión de Aún Hombres Unidos y se echó a llorar. El gran oso cruzó la habitación para refugiarse en mí en el momento de abrazarse, con los brazos colgando a los lados, los hombros caídos. Su gran mentón apoyado en el pecho y los ojos ya inundados de lágrimas. Arras­trando los pies y dando pasos imperceptibles con las rodillas juntas, Bob se deslizó por el suelo del sótano y se arrojó en mis brazos.

Bob aterrizó literalmente sobre mí.

Los brazos de Bob me envolvieron.

Bob el grandullón te exprimía, decía él. Todos aque­llos días tomando ensaladas de Dianabol y luego consu­miendo esteroides Wistrol como para caballos de carre­ras. Tenía un gimnasio propio, Bob el grandullón tenía un gimnasio. Se había casado tres veces. Había promocionado diversos productos y lo había visto alguna vez por televisión. El programa de ensanchamiento pectoral era prácticamente invención suya.

Las personas desconocidas y que muestran tal honradez hacen que me eche a temblar como un flan... ya sabéis lo que quiero decir.

Bob no lo sabía. Quizá sólo uno de sus huevos había sufrido un prolapso, y él sabía que era un factor de riesgo. Bob me contó lo de la terapia hormonal postoperatoria.

A muchos culturistas que se inyectan demasiada testosterona les crecen lo que ellos llaman tetas de perra.

Tuve que preguntarle a Bob qué eran huevos.

Huevos, dijo Bob. Gónadas. Testículos. Cojones. Pelotas. En México, donde se compran los esteroides, los llaman huevos.

Divorcio, divorcio, divorcio, dijo Bob y me mostró una foto que llevaba en la cartera en la que se veía su enorme cuerpo desnudo, posando con un tanga en un concurso de culturismo. Es una forma estúpida de vivir, dijo Bob, pero cuando te encuentras en el escenario, in­menso y depilado, tras haber perdido grasa hasta llegar en torno al dos por ciento, cuando los diuréticos te han dejado frío y duro al tacto como el cemento, te ves ce­gado por las luces y sordo por el ruido del sistema de sonido, y el juez te ordena:

Extienda el cuadríceps derecho, flexiónelo y man­tenga la postura.

«Extienda el brazo izquierdo, flexione el bíceps y mantenga la postura.

Es mejor que la vida real.

También es el camino más rápido para contraer un cáncer, dijo Bob. Más tarde, se arruinó. Tenía dos hijos ya crecidos que nunca le devolvían las llamadas.

La curación de las tetas de perra consistía, según el médico, en hacer un corte bajo los pectorales y drenar el líquido.

Esto es todo lo que recuerdo, porque entonces los brazos de Bob ya me rodeaban y su cabeza se cernía sobre mí, cubriéndome totalmente. Luego me perdí en el olvido, oscuro, silencioso y completo, y cuando por fin me separé unos pasos de su blando pecho, la camiseta de Bob tenía estampado mi rostro lloroso como si se trata­ra de una máscara húmeda.


Eso fue hace dos años, durante mi primera noche en la sesión de Aún Hombres Unidos.

Desde entonces, Bob el grandullón me ha hecho llo­rar en casi todas las reuniones.

Jamás volví al médico. Nunca llegué a mascar raíces de valeriana.

Esto era la libertad. La libertad consistía en perder toda esperanza. Si no decía nada, la gente del grupo se ponía en lo peor. Lloraban con más fuerza. Yo lloraba con más fuerza. Mira las estrellas y desaparecerás.

Al volver a casa después de una reunión de un gru­po de apoyo, me sentía más vivo que nunca. No padecía cáncer ni tenía la sangre infestada de parásitos. Era el centro diminuto y cálido alrededor del cual se congre­gaba la vida del mundo.

Y dormía. Ni los bebés dormían como yo.

Todas las tardes me moría y todas las tardes volvía a nacer.

Resucitado.

Hasta esta noche. Dos años de éxito hasta esta no­che, porque no consigo llorar si esa mujer me mira. No puedo salvarme porque no toco fondo. Tengo la lengua como un estropajo y no hago más que morderme el in­terior de la boca. No he dormido en cuatro días.

Cuando ella me observa, soy un mentiroso. Es una farsante; ella es la mentirosa. Durante la presentación de esta noche, nos saludamos: Soy Bob, soy Paul, soy Terry, soy David.

Nunca doy mi verdadero nombre.

Tienes cáncer, ¿no? —me preguntó.

A continuación me dijo:

Hola, qué tal, soy Marla Singer.

Nadie le explicó nunca a Marla de qué clase de cán­cer se trataba. Después estábamos ocupados acunando al niño que hay dentro de cada uno de nosotros.

El hombre sigue llorando apoyado en el cuello de Marla y ella echa otra calada al cigarrillo.

La miro por entre las tetas sudorosas de Bob.

Para Marla soy un farsante. Desde la segunda noche que la vi no consigo dormir. Aún así, yo soy el primer farsante a menos que toda esta gente esté fingiendo sus dolencias, sus accesos de tos y sus tumores, hasta Bob el grandullón, el gran oso. El gran pedazo de pan.

¿Serías tan amable de fijarte sólo en el moldeado de su pelo?

Marla fuma y entorna los ojos.

En este momento, la mentira de Marla refleja mi men­tira y no veo más que mentiras. Estoy en medio de toda la verdad. Todos pendientes de un hilo arriesgándose a compartir aquello que más temen: que su muerte se apro­xima de frente y que el cañón de una pistola les presiona en el fondo de la garganta. Marla fuma y entorna los ojos, yo permanezco enterrado bajo una montaña temblorosa que no deja de sollozar, y, de repente, hasta la muerte y los que están muriendo bajan desfilando con flores de plástico como en el vídeo de algo que no ocurrió.

Bob —le digo—, me estás aplastando. —Intento hablarle con un susurro, pero no puedo y entonces dejo de hacerlo—. Bob —intento pronunciar las palabras en voz baja, pero, le chillo—: Bob, tengo que ir a mear.

Encima del lavabo del cuarto de baño hay un espejo. Si el programa se mantiene invariable, veré a Marla Singer en la reunión de Arriba y Más Allá, el grupo de apoyo para enfermos con trastornos cerebrales parasitarios. Marla estará allí, por supuesto que estará, y lo que haré será sentarme a su lado. Y después de las presentaciones y de la meditación guiada, después de las siete puertas del palacio y de la bola de luz blanca que todo lo cura, des­pués de que se hayan abierto nuestros chakras, al llegar el momento de abrazarnos, cogeré a esa pequeña zorra.

Con los brazos pegados con fuerza a los costados, pegaré mis labios a su oído y le diré: «Marla, farsante, lárgate».

»Esto es lo único verdadero en mi vida y lo estás arruinando.

«Grandísima mentirosa.

La próxima vez que nos encontremos, le diré: «Marla, no puedo dormir si estás aquí. Necesito esto. Vete».






Tres



Te despiertas en el aeropuerto internacional de Air Harbor.

Cada vez que el avión se ladeaba en exceso al des­pegar o al aterrizar, rezaba para que nos estrelláse­mos. Momentos como éstos me curan el insomnio con narcolepsia, pues tal vez muramos irremediablemente, reducidos a hebras de tabaco humano prensadas contra el fuselaje.

Así conocí a Tyler Durden.

Te despiertas en el aeropuerto de O'Hare.

Te despiertas en el aeropuerto de La Guardia.

Te despiertas en el aeropuerto de Logan.

Tyler trabajaba de operador de cine a media jornada. Por su forma de ser, Tyler sólo podía hacer trabajos nocturnos. Si un operador llamaba diciendo que estaba enfermo, el sindicato recurría a Tyler.

Algunas personas son nocturnas; otras son diurnas. Yo sólo puedo trabajar de día.

Te despiertas en el aeropuerto de Dulles.

El seguro de vida te paga el triple si falleces en un viaje de trabajo. Rezaba para que hubiera turbulencias y viento de cola. Rezaba para que algún pelícano fuera succionado por las turbinas o para que el fuselaje tuviese algún perno suelto o se condensara hielo en las alas. Al despegar, mientras el avión recorría la pista y los alerones se levantaban, nuestros asientos se mantenían en posición vertical y las bandejas sujetas y el equipaje de mano meti­do en el compartimiento superior; cuando ya habíamos apagado los cigarrillos y llegábamos al final de la pista de despegue, rezaba para que nos estrellásemos.

Te despiertas en el aeropuerto de Love Field.

Si el cine era antiguo, Tyler cambiaba las bobinas en la cabina de proyección. Para eso hay que contar con dos proyectores, uno de los cuales está en funcionamiento.

Lo sé porque Tyler lo sabe.

El siguiente rollo de película se coloca en el segundo proyector. La mayoría de las películas constan de seis o siete pequeños rollos dispuestos en un orden determi­nado. En los cines modernos montan todos los rollos juntos y se obtiene otro que mide un metro y medio, con lo cual no hay que emplear dos proyectores ni hacer cambios de bobinas, ni ralentizar o acelerar el primer rollo, ni poner en marcha el segundo rollo en el otro proyector, ni poner en marcha el tercer rollo de nuevo en el primer proyector.

Conecta.

Te despiertas en el aeropuerto de SeaTac.

Estudio a las personas que aparecen en las instruccio­nes de emergencia plastificadas que hay en el asiento. Una mujer flota en el océano; su cabello castaño se esparce ha­cia atrás y mantiene el cojín apretado contra el pecho. Tie­ne los ojos completamente abiertos, pero no sonríe ni frunce el ceño. En otra viñeta, los pasajeros, tranquilos como vacas sagradas, se estiran para coger las máscaras de oxígeno que cuelgan del techo impulsadas por un resorte.

Debe de tratarse de una emergencia.

¡Oh!

Hemos perdido presión en la cabina.

¡Oh!

Te despiertas en el aeropuerto de Willow Run.

Cine antiguo, cine nuevo; para acarrear una pelícu­la hasta el siguiente cine, Tyler tiene que volver a cortar la película en los seis o siete rollos originales. Estos rollos de menor tamaño se guardan en un par de maletas hexago­nales de acero. Cada maleta tiene un asa en la tapa. Le­vanta una y te dislocarás el hombro de lo que pesan.

Tyler trabaja de camarero sirviendo mesas en los ban­quetes que organiza un hotel del centro de la ciudad; también trabaja de operador de cine para el sindicato de operadores. No sé cuánto tiempo trabajó Tyler durante todas aquellas noches en las que no podía dormir.

En los cines antiguos que proyectan películas con dos aparatos, el operador tiene que permanecer de pie para hacer el cambio de proyectores justo en el momen­to exacto, de manera que los espectadores no aprecien el corte cuando un carrete comienza y otro acaba. Hay que estar pendiente de los puntos blancos que aparecen en la parte derecha de la esquina superior de la pantalla. Son el aviso. Estáte atento a la película y verás dos pun­tos blancos cuando se va a acabar uno de los rollos.

En la jerga del oficio se les conoce como «quemadu­ras de cigarrillo».

El primer punto blanco te advierte que quedan dos minutos. Enciendes el segundo proyector para que gane velocidad.

El segundo punto blanco es el aviso de que quedan cinco segundos. ¡Qué emoción! Estás de pie entre los dos proyectores y la temperatura en la cabina te hace su­dar, son las lámparas de xenón, que te dejarían ciego si las miraras directamente. El destello del primer punto blanco aparece en la pantalla. El sonido de las películas

procede de un altavoz enorme situado tras la pantalla. La cabina de proyección está insonorizada porque, de lo contrario, se oiría el chasquido de los dientes del en­granaje que arrastra la película ante las lentes a una velo­cidad de ciento ochenta centímetros por segundo, diez fotogramas por cada treinta centímetros, sesenta foto­gramas apresados por segundo, como el restallido de una ametralladora Gatling. Con los dos proyectores en mar­cha, te sitúas entre ellos y empuñas las palancas de cada uno de los obturadores. Cuando los proyectores son realmente viejos, dispones de una alarma en el eje del carrete de alimentación.

Los puntos blancos de aviso siguen apareciendo in­cluso cuando echan la película por televisión. Lo mismo sucede con las películas que se ven en los aviones.

Dado que la mayor parte de la película se enrolla en la bobina receptora, ésta gira cada vez con mayor lenti­tud, lo cual obliga a la bobina de alimentación a girar más rápido. Cuando se va a acabar un rollo, la bobina de alimentación gira a tal velocidad que comienza a sonar una alarma para avisarte de que has de cambiarlo.

Hace calor en la oscuridad debido a las lámparas de los proyectores y suena la alarma. Mantente de pie en­tre los dos proyectores con una palanca en cada mano y vigila la esquina superior de la pantalla. Aparece el destello del segundo punto blanco. Cuenta hasta cin­co. Cierra uno de los obturadores y al mismo tiempo abre el otro.

El cambio está hecho.

La película continúa.

Ningún espectador tiene la menor idea de lo que ha ocurrido.

La alarma está en la bobina de alimentación para que el operador pueda echar una cabezada. Los operadores de cine hacen muchas cosas que no deberían hacer. No todos los proyectores tienen alarma. A veces te despiertas aterrorizado en la oscuridad de tu habitación creyendo que te has quedado dormido en la cabina y te has olvidado de cambiar los rollos. Los espectadores te in­sultan; has destruido la ilusión creada por la película y el gerente dará buena cuenta al sindicato.

Te despiertas en el aeropuerto de Krissy Field.

El encanto de viajar me acompaña a todas partes, a llevar una vida diminuta. En el hotel me dan una pastillita de jabón; un sobrecito de champú; una ración indivi­dual de mantequilla; una pequeña dosis de enjuague bucal, un cepillo de dientes de usar y tirar. Encógete en el asiento del avión. Eres un gigante. El problema es que tus hombros son demasiado anchos. Tus piernas, como las de Alicia en el País de las Maravillas, se vuelven de repen­te tan largas que tocas con ellas los pies del pasajero que tienes delante. Llega la cena: un kit en miniatura de pollo cordón bleu como los de «hágalo usted mismo», una es­pecie de rompecabezas para mantenerte entretenido.

El piloto ha encendido el aviso de que permanezca­mos con el cinturón de seguridad puesto, y oímos por megafonía «les rogamos se mantengan sentados».

Te despiertas en el aeropuerto de Meigs Field.

A veces, Tyler se despierta en la oscuridad, agitado por el temor a haberse olvidado de cambiar los rollos o pensando que la película se ha roto o que se ha quedado tan adherida al proyector que los dientes del engranaje están taladrando la cinta de la banda sonora.

Cuando los dientes del engranaje perforan una pelí­cula, la luz de la lámpara atraviesa la banda sonora y, en vez de oír hablar a los personajes, te quedas sordo oyen­do el bup, bup, bup de las hélices de un helicóptero cada vez que el haz de luz se filtra por los agujeros de arrastre.

Qué otras cosas no debería hacer un operador de cine: Tyler saca diapositivas con los mejores fotogramas de las películas. Seguro que en la primera película que recuerdas con tomas frontales integrales aparecía des­nuda la actriz Angie Dickinson.

Antes de que se hubiera llevado la copia desde los ci­nes de la Costa Oeste a los de la Costa Este, la escena del desnudo había desaparecido. Un operador cortó un fo­tograma; otro operador cortó otro fotograma. Todos querían tener una diapositiva de Angie Dickinson des­nuda. Cuando el porno se abrió paso en los cines, algu­nos de estos operadores lograron reunir colecciones de proporciones épicas.

Te despiertas en el aeropuerto de Boeing Field.

Te despiertas en el aeropuerto de Los Ángeles.

Esta noche el avión está casi vacío, así que pliega sin reparos el reposabrazos y túmbate. Te estiras en zigzag, con las rodillas dobladas, la cintura doblada y los codos doblados ocupando tres o cuatro asientos. Adelanto el reloj dos horas o lo retraso tres según el huso horario del Pacífico, el de las Montañas Rocosas, el central o el del Este; pierdes una hora, ganas una hora.

Así es tu vida y se consume minuto a minuto.

Te despiertas en el aeropuerto de Cleveland Hopkins.

Te despiertas, otra vez, en el aeropuerto de SeaTac.

Eres operador de cine y estás cansado y enfadado; pero sobre todo, estás aburrido y empiezas quitándole a otro operador un fotograma pornográfico que encon­traste en un escondrijo de la cabina y montas en otra pe­lícula el fotograma de un pene rojo y amenazador o el primer plano de una vagina húmeda y entreabierta.

Es una de esas películas de aventuras con mascotas en las que el perro y el gato se quedan atrás mientras la familia se va de viaje, y tienen que encontrar el camino de vuelta a casa. En el tercer rollo, justo después de que el perro y el gato, que hablan entre sí como personas, hayan comido en un cubo de basura, aparece por un instante un pene en erección.

Tyler hace esto.

Un fotograma de una película equivale en la pantalla a una sexta parte de un segundo. Divide un segundo en seis partes iguales y sabrás lo que dura la imagen de la erección. Un pene rojo, lúbrico y terrible se eleva cuatro pisos por encima de los espectadores, que comen palo­mitas, y nadie lo ve.

Te despiertas de nuevo en el aeropuerto de Logan.

Ésta es una forma espantosa de viajar. Asisto a reu­niones a las que mi jefe no quiere ir. Tomo notas. Vuel­vo otra vez contigo.

Dondequiera que vaya, allí estaré para aplicar la fór­mula. Mantendré el secreto.

Es sólo cuestión de aritmética.

Es un problema con argumento.

Si uno de los coches nuevos fabricados por la com­pañía sale de Chicago en dirección oeste a cien kilóme­tros por hora y se bloquea el diferencial trasero y el co­che se estrella y arde con todos sus ocupantes atrapados en el interior, ¿retirará la compañía los coches?

Toma el número de vehículos en carretera (A) y multiplícalo por el índice de probabilidad de que tenga una avería (B); luego multiplica el resultado por el coste medio de un acuerdo amistoso (C).

A por B por C igual a X. Esto es lo que costará reti­rar los coches.

Si X supera el coste de retirarlos, los retiramos y na­die sufre daño alguno.

Si X es inferior al coste de retirarlos, no los retiramos.

Dondequiera que voy, siempre encuentro la carro­cería de un coche quemada y arrugada como un fajo de billetes. Sé dónde están enterrados todos los cadáveres. Considéralo mi garantía para conservar el trabajo.

Hora de llegar al hotel y comida en el restaurante. Dondequiera que voy, desde el aeropuerto de Logan hasta el de Krissy o el de Willow Run, entablo amista­des fugaces con las personas que se sientan a mi lado.

Le explico al amigo de un día sentado a mi lado que soy coordinador de compañías que retiran coches, pero que estoy intentando labrarme una carrera fregando platos.

Te despiertas de nuevo en el aeropuerto de O'Hare.

Después de aquello, Tyler insertaba en todas las pe­lículas el fotograma de un pene. Por lo general, eran pri­meros planos: una vagina del tamaño del Gran Cañón (con eco incluido) o un pene de cuatro pisos de altura, que se estremecía con el pulso de la tensión arterial mientras la gente veía cómo bailaba Cenicienta con el Príncipe Azul. Nadie se quejaba. El público seguía co­miendo y bebiendo, pero la función ya no era la misma. La gente sentía náuseas o empezaba a llorar sin saber por qué. Sólo un colibrí habría podido pillar a Tyler con las manos en la masa.

Te despiertas en el aeropuerto JFK.

Al aterrizar, soy un neumático que se deforma y se hincha cuando una rueda choca con un golpe sordo contra la pista de aterrizaje y el avión se inclina hacia un lado y se debate por un instante entre enderezarse o vol­car. Durante ese instante nada importa. Mira a las estre­llas y habrás desaparecido. Nada importa. Ni tu equipa­je ni tu mal aliento. Por las ventanillas se ve la oscuridad del exterior y se oye detrás el rugido de las turbinas. Si la cabina se inclina y adopta un ángulo impropio con las turbinas en marcha, nunca más tendrás que presentar otra demanda de indemnización. Necesitas un recibo para reclamar objetos cuyo valor supere los veinticinco dólares. Nunca más tendrás que cortarte el pelo.

Otra sacudida y la segunda rueda choca contra el as­falto. Se oye el ruido que hacen las hebillas de cien cinturones de seguridad al abrirse y el amigo de un día que se sienta a tu lado, y con el que has estado a punto de morir, te dice:

Espero que consiga encauzar esa carrera.

Sí; yo también.

  • éste es el tiempo que ha durado todo. Y la vida continúa.

  • no sé cómo nos conocimos, por casualidad, Ty­ler y yo.

Te despiertas en el aeropuerto de Los Ángeles.

Otra vez.

Mi amistad con Tyler nació porque fui a una playa nudista. Fue a finales de verano, mientras dormía. Tyler estaba desnudo y sudaba, rebozado en arena, con el pelo húmedo y desgreñado cubriéndole la cara.

Tyler llevaba ya mucho tiempo por aquí antes de que nos conociéramos.

Tyler sacaba del agua los troncos que iban a la deri­va y los arrastraba playa adentro. Ya había clavado va­rios troncos en la arena húmeda, con varios centímetros de separación y formando un semicírculo que se levan­taba hasta la altura de los ojos. En total había cuatro troncos, y al despertarme observé cómo Tyler arrastra­ba un quinto tronco playa adentro. Tyler excavó un agujero junto a un extremo del tronco, levantó la parte superior y el tronco se deslizó en el agujero, y quedó de pie adoptando un ligero ángulo.

Te despiertas en la playa.

Éramos las únicas personas que había en la playa.

Con un palo Tyler trazó en la arena una línea recta a varios metros de distancia. Volvió a enderezar el tronco y apelmazó a pisotones la arena alrededor de la base.

Fue el único que presenció la escena.

Tyler me pidió que me acercase y me preguntó:

¿Sabes qué hora es?

Yo siempre llevo reloj.

¿Sabes qué hora es?

Le pregunté: «¿Dónde?».

Aquí y ahora —me dijo Tyler.

Eran las cuatro y seis minutos de la tarde.

Al cabo de un rato Tyler se sentó a la sombra de los troncos enhiestos con las piernas cruzadas. Tyler per­maneció sentado unos minutos, se levantó y se dio un baño, se puso una camiseta y unos pantalones elásticos y se dispuso a marcharse. Tenía que preguntárselo.

Tenía que saber qué había estado haciendo Tyler mientras yo dormía.

Si me despertara en un lugar distinto, en un momen­to diferente, ¿lograría despertarme siendo otra persona?

Le pregunté a Tyler si era artista.

Tyler se encogió de hombros y me indicó que los cinco troncos eran más anchos por la base. Tyler me mostró la línea que había trazado en la arena y la forma en que había calculado con ella la sombra proyectada por cada tronco.

A veces te despiertas y tienes que preguntarte dónde estás.

Lo que Tyler había creado era la sombra de una mano gigantesca. Sólo que ahora sus dedos eran tan lar­gos como los de Nosferatu y el pulgar era demasiado corto, aunque me dijo que a las cuatro y media exacta­mente, la mano sería perfecta. La sombra gigantesca de la mano era perfecta durante un minuto y durante un inmuto perfecto Tyler había estado sentado sobre la palma de esa perfección creada por él.

Te despiertas y no estás en ningún sitio.

Un minuto era suficiente, dijo Tyler; hay que trabajar duro para lograrlo, pero por un minuto de perfec­ción valía la pena el esfuerzo. Lo máximo que podías es­perar de la perfección era un instante.

Te despiertas y basta.

Se llamaba Tyler Durden y trabajaba de operador de cine para el sindicato; también era camarero de banque­tes en un hotel céntrico, y me dio su número de teléfono.

Así nos conocimos.

















































Cuatro



Esta noche están aquí todos los típicos parásitos cere­brales. Las sesiones de Arriba y Más Allá siempre cuen­tan con una nutrida asistencia. Éste es Peter. Este es Aldo. Esta es Marcy.

¿Qué tal?

Presentaciones. Hola a todos; ésta es Marla Singer; es la primera vez que viene.

Hola, Marla.

La sesión de Arriba y Más Allá comienza con el rap de la recuperación. El grupo de apoyo no se llama En­fermos con Parásitos Cerebrales. Jamás oirás a nadie de­cir parásitos. Todos están siempre en franca mejoría. ¡Ah, este nuevo medicamento! Aunque siempre acaban de salir de un bache, no verás más que miradas extravia­das, tras llevar cinco días con dolor de cabeza. Una mu­jer se enjuga unas lágrimas involuntarias. Todos llevan una tarjeta de identificación y la gente a la que has visto todos los martes por la noche a lo largo de un año, acu­de a tu encuentro con la mano tendida y los ojos clava­dos en tu tarjeta de identificación.

No creo que nos conozcamos.

Nadie dirá parásitos. Dirán agentes.

Tampoco dirán curación. Dirán tratamiento.

Durante el rap de la recuperación uno de los enfermos describirá la forma en que el agente se extendió por su columna vertebral hasta que, de repente, perdió el control sobre la mano izquierda. El agente, dirá alguno, le ha secado las meninges y ahora el cerebro se desplaza con libertad dentro del cráneo provocando este tipo de ataques.

La última vez que estuve aquí, la mujer llamada Cloe nos comunicó las únicas noticias buenas que tenía. Cloe se puso de pie con dificultad, apoyándose en los brazos de madera de la silla, y dijo que ya no tenía miedo a morirse.

Esta noche, después de las presentaciones y el rap de la recuperación, una chica a la que no conozco y cuya tarjeta la identifica como Glenda nos dice que es la hermana de Cloe y que, por fin, a las dos de la mañana del martes pasado Cloe se murió.

¡Oh! Este momento debería de ser delicioso. Duran­te dos años Cloe ha llorado en mis brazos y ahora está muerta; muerta y enterrada, enterrada en una urna, mau­soleo o columbario. ¡Oh!, la prueba de que un día estás vivo y arrastrándote por el mundo, y al siguiente te has convertido en un frío fertilizante, en bufé para gusanos. Este es el asombroso milagro de la muerte, y sería un mo­mento delicioso si no fuera por... ¡ah! por esa mujer.

Marla.

¡Vaya! Marla me está mirando otra vez, destacándo­se entre todos los parásitos cerebrales.

Mentirosa.

Farsante.

Farsante.

Marla es la farsante. Tú eres el farsante. En realidad, cada vez que alguien pone cara de dolor, o cae al suelo retorciéndose y gruñendo mientras la entrepierna de sus vaqueros se vuelve azul oscuro, todo es una farsa.

Esta noche, de repente, la meditación guiada no me transportará a ninguna parte. Detrás de cada una de las siete puertas del palacio, la puerta verde, la puerta na­ranja, está Marla. La puerta azul: Marla está allí de pie. Mentirosa. Durante la meditación guiada, mientras atravieso la cueva, el animal que me hace de guía es Marla. Marla, mientras fuma un cigarrillo y entorna los ojos. Mentirosa. Con su pelo negro y labios carnosos, estilo francés. Farsante. Labios de sofá italiano de cuero oscu­ro. No tienes escapatoria.

Cloe sí era auténtica.

Cloe era tal y como sería el esqueleto de la cantante Joni Mitchell si consiguieras hacerle sonreír y pasearse por una fiesta mostrando una amabilidad exquisita con todo el mundo. Imagínate el popular esqueleto de Cloe, del tamaño de un insecto y corriendo a las dos de la ma­ñana por los sótanos y las galerías de sus tripas. Su pulso convertido en una sirena cuyo aullido se oye por encima de todos y que anuncia: preparada para morir dentro de diez segundos, nueve, ocho. La muerte se iniciará dentro de siete segundos, seis...

Por la noche Cloe corrió por el laberinto de sus pro­pias venas colapsadas y por conductos que reventaban para derramar linfa caliente. Los nervios asomaban por el tejido como cables trampa y brotaban abscesos que se hinchaban como perlas blancas y calientes.

Aviso de megafonía: Preparada para evacuar los in­testinos dentro de nueve segundos, ocho, siete.

Preparada para evacuar el alma dentro de diez se­gundos, nueve, ocho.

Cloe avanza chapoteando en el líquido expulsado por sus ríñones enfermos, y que ahora le llega a los to­billos.

La muerte comenzará dentro de cinco segundos.

Cinco, cuatro.

Cuatro.

En torno a ella, el pulverizador antiparásitos tiñe su corazón.

Cuatro, tres.

Tres, dos.

Cloe escala a pulso los conductos helados de su gar­ganta.

La muerte comenzará dentro de tres segundos, dos.

La luz de la luna entra por su boca abierta.

Preparados para el último aliento, ya.

Evacuación.

Ya.

El alma se libera del cuerpo.

Ya.

Se inicia la muerte.

Ya.

¡Oh!, sería tan delicioso recordar el amasijo de hue­sos calientes de Cloe aún en mis brazos mientras Cloe yace muerta en alguna parte.

Pero no, Marla me observa.

Durante la meditación guiada abro los brazos para recibir al niño que hay en mí y el niño es Marla fuman­do un cigarrillo. No aparece ninguna bola de luz curati­va. Mentirosa. Ni los chakras. Imaginaos los chakras abriéndose como flores y, en el centro de cada uno, una deliciosa explosión de luz a cámara lenta.

Mentirosa.

Mis chakras siguen cerrados.

Al terminar la meditación, todos se estiran, giran la cabeza de un lado a otro y se ayudan a ponerse de pie para estar preparados. Contacto físico terapéutico. A la hora del abrazo, doy tres pasos y me planto delante de Marla, que levanta la mirada y fija la vista en mi rostro mientras yo observo al resto, que ya está preparado para la representación.

Vamos, la actuación va a empezar; abrazad a quien tengáis más cerca.

Mis brazos se cierran como cepos en torno a Marla.

Esta noche escoged a alguien especial.

Marla mantiene prendidos a su cintura dedos que parecen cigarrillos.

Decidle a vuestro compañero cómo os sentís.

Marla no tiene cáncer testicular. Marla no tiene tu­berculosis ni se está muriendo. Bueno, está bien; según la sesuda filosofía sobre la nutrición cerebral, todos nos estamos muriendo; sin embargo, Marla no se está mu­riendo de la misma forma que se moría Cloe.

El momento ha llegado, entregaos.

Entonces, Marla, ¿te gustan estas manzanas?

Entregaos a fondo.

Marla, lárgate. Vete. Vete.

¡Adelante! Llorad si queréis.

Marla me mira fijamente. Tiene los ojos castaños. Los lóbulos de las orejas se arrugan en torno a los agu­jeros de los pendientes, aunque no los lleva puestos. Sus labios agrietados están escarchados con piel muerta.

Adelante, llorad.

Tampoco tú te estás muriendo —dice Marla.

A nuestro alrededor, las parejas sollozan, abrazadas.

Si me denuncias —dice Marla—, te denunciaré.

Entonces, podemos repartirnos la semana, —le digo. Marla puede quedarse las enfermedades óseas, los parásitos cerebrales y la tuberculosis. Yo me reservo el cáncer testicular, los parásitos sanguíneos y la demencia encefálica orgánica.

¿Y qué pasa con el cáncer de colon ascendente? —pregunta Marla.

Esta chica ha hecho los deberes.

Nos repartiremos el cáncer de intestino. Ella irá el primer y el tercer domingo de cada mes.

No —dice Marla.

No; lo quiere todo. Los cánceres y los parásitos. Marla entrecierra los ojos. Nunca soñó que pudiera sentirse tan maravillosamente bien. De hecho se sentía viva. Tenía la piel más clara. Nunca había visto a un muerto. No sabía bien qué era la vida porque no tenía con qué contrastarla. ¡Ah!, pero ahora conocía experiencias de agonía, muerte, dolor y pérdida; llanto, temblores, te­rror y remordimientos. Ahora que sabe a dónde vamos todos, Marla disfruta cada instante de la vida.

No, no estaba dispuesta a dejar ningún grupo de apoyo.

No, nada de volver al anterior estilo de vida —dice Marla. Trabajaba en una funeraria para sentirme a gusto conmigo misma, sólo por seguir respirando. ¿Qué pasa­ría si no encontrara trabajo en mi campo?

Pues vuelve a trabajar en la funeraria, —le contesto.

Los funerales no se pueden comparar en nada con esto —me dice Marla—. Los funerales son ceremonias abstractas. Aquí, en cambio, adquieres una experiencia real de la muerte.

A nuestro alrededor, las parejas se secan las lágri­mas, se sorben la nariz, se dan palmaditas en la espalda y se separan.

No podemos venir los dos, —le digo.

Pues no vengas.

Lo necesito.

Entonces vete a los funerales.

Los demás se han separado y se dan la mano para la oración final. Suelto a Marla.

¿Cuánto hace que vienes aquí?

La oración final.

Dos años.

Un hombre del círculo de los que rezan me coge una mano. Otro coge la mano de Marla. Por lo general, cuando comienzan estas oraciones dejo de respirar. ¡Oh!, bendícenos. ¡Oh!, bendice nuestra rabia y nues­tros miedos.

¿Dos años? —Marla inclina la cabeza para hablar en un susurro.

¡Oh! Bendícenos y ampáranos.

A lo largo de estos dos años, si alguien pudo haber­me descubierto, o bien había fallecido o se había recu­perado y dejado de asistir.

Ayúdanos, ayúdanos.

Está bien —accede Marla—, de acuerdo, de acuer­do. Te dejo el grupo de cáncer testicular.

Bob el grandullón, ese bendito pedazo de pan, se­guirá mojándome con sus lágrimas. Gracias.

Condúcenos a nuestro destino. Danos la paz.

De nada.

Así conocí a Marla.











Cinco



El tipo del cuerpo de seguridad me dio toda clase de explicaciones.

Los mozos de equipaje pueden desentenderse de las maletas que hagan tictac. El tipo del cuerpo de seguri­dad llamaba «lanzadores» a los mozos de equipaje. Las bombas modernas no hacen tictac; en cambio, si una maleta vibra, los mozos de equipaje —los «lanzado­res»— tienen la obligación de llamar a la policía.

Por eso acabé viviendo con Tyler, porque la mayo­ría de las líneas aéreas han adoptado esas normas con las maletas que vibran.

De regreso en el vuelo desde Dulles llevaba todo en aquella maleta. Cuando viajas mucho, aprendes a hacer la misma maleta para todos los viajes. Seis camisas blan­cas. Dos pantalones negros. Lo mínimo imprescindible para sobrevivir.

Un despertador de viaje.

Una máquina de afeitar a pilas.

Un cepillo de dientes.

Seis mudas de ropa interior.

Seis pares de calcetines negros.

Según me dijo el tipo del cuerpo de seguridad, la po­licía había retenido en Dulles mi maleta porque vibraba.

Tenía allí todas mis pertenencias: el material para las lentillas, una corbata roja con rayas azules, una corbata azul con rayas rojas. Las rayas eran de uniforme militar; nada de rayas de corbata tipo club. Y una corbata lisa de color rojo.

Solía tener colgada en la cara interior de la puerta del dormitorio una lista con todas estas cosas.

Vivía en un apartamento que estaba en el piso deci­moquinto, una especie de archivador gigantesco para viudas y jóvenes profesionales. El folleto de propagan­da prometía treinta centímetros de hormigón en los sue­los, techos y paredes con el fin de separarte de cualquier estéreo o televisión a todo volumen. Aire acondiciona­do y treinta centímetros de hormigón; sin embargo, por mucho parqué de arce que tengas, o por mucho regula­dor de voltaje, no puedes abrir las ventanas, así que, cada uno de los doscientos metros cuadrados van a oler a la última comida que hayas preparado o a la última vi­sita al cuarto de baño.

Ah, sí, además, la tapa del contador era como la ta­bla de un carnicero y había también un circuito de ilu­minación de bajo voltaje.

Sin embargo, un suelo de treinta centímetros de hor­migón es importante cuando a la vecina se le ha acabado la batería del audífono y ve los concursos de la tele con la voz bien alta. O cuando se produce una erupción volcáni­ca de gas y los escombros de lo que un día fueron el salón y tus efectos personales salen volando por las ventanas y caen envueltos en llamas dejando tu apartamento, sólo tu apartamento, convertido en un agujero de hormigón car­bonizado, abierto en el acantilado del edificio.

Estas cosas pasan.

Todo, hasta la vajilla de vidrio verde soplado a mano con aquellas burbujitas e imperfecciones y granitos de arena, que eran la prueba de que había sido fabricada por aplicados, sencillos y honrados indígenas aboríge­nes de vete a saber dónde; todo, hasta esos platos se han hecho añicos con la explosión. Imagínate las cortinas devoradas por las llamas, hechas jirones y volando en el viento caliente.

Desde una altura de quince pisos sobre la ciudad, todo esto cae ardiendo, abollando y destrozando los co­ches de todo el mundo.

Mientras vuelo dormido en dirección oeste y a una velocidad 0,83 mach, es decir, a setecientos treinta kiló­metros por hora —a una verdadera velocidad aérea—, el IBI dirige mi maleta hasta una pista de aterrizaje deso­cupada del aeropuerto de Dulles con el fin de desactivar­la. Nueve de cada diez veces, confiesa el tipo del cuerpo de seguridad, la vibración está causada por una máqui­na de afeitar; en este caso, por mi máquina de afeitar a pilas. Y la décima vez, la culpa es de un consolador.

El tipo del cuerpo de seguridad me dio estas explica­ciones en el aeropuerto de destino —adonde llegué sin mi maleta— cuando estaba a punto de coger un taxi para ir a casa y encontrarme las sábanas de franela hechas ji­rones por el suelo.

Imagínese —me dice el tipo del cuerpo de seguri­dad— que al llegar aquí le dijese a una pasajera que su equipaje se quedó en tierra, allá en la Costa Este, por culpa de un consolador. A veces, es incluso un hombre completo. Las líneas aéreas tienen como norma no con­siderar de quién es el objeto cuando se trata de un conso­lador. Hay que emplear el artículo indefinido.

Un consolador.

Nunca «su consolador».

Siempre hay que decir que «el consolador» se puso en marcha accidentalmente.

«Un consolador se puso en marcha y provocó una situación de emergencia que obligó a retener su equipaje.»

Llovía cuando me desperté para coger mi conexión a Stapleton.

Llovía cuando me desperté y por fin estaba cerca de casa.

Un aviso por megafonía nos rogó que nos cerciorá­ramos de que no dejábamos ningún objeto olvidado en los asientos. A continuación se oyó mi nombre. ¿Sería tan amable de presentarme a la salida, donde me espera­ba un representante de la compañía aérea?

Aunque retrasé tres horas el reloj, seguía siendo más tarde de medianoche.

En la puerta estaba el representante de la compañía aérea y estaba también el tipo del cuerpo de seguridad para decirme: «¡Vaya!, la máquina de afeitar es la culpa­ble de que su equipaje se quedara en Dulles». El tipo del cuerpo de seguridad llamaba «lanzadores» a los mozos de equipaje. Después los llamó «trepaescalerillas». Para demostrarme que podría haber sido peor, el tipo me dijo que al menos no se trataba de un consolador. Lue­go, quizá porque era la una de la madrugada y porque soy un tío y él era un tío, y quizá para hacerme reír, me dijo que, en el argot del gremio, a las auxiliares de vue­lo las llamaban «camareras espaciales» y «colchones aé­reos». Parecía llevar puesto un uniforme de piloto: ca­misa blanca con charreteras pequeñas y corbata azul. Mi equipaje ya había sido registrado y llegaría al día si­guiente.

El tipo de seguridad me preguntó el nombre, direc­ción y número de teléfono, y luego me preguntó si sabía cuál era la diferencia entre un condón y la cabina de los pilotos.

Pues que en el condón sólo cabe un capullo —me dijo.

Cogí un taxi de vuelta a casa con los últimos diez dólares.

La policía local también había estado haciendo un montón de preguntas.

La máquina de afeitar, que no era ninguna bomba, estaba todavía a tres husos horarios detrás de mí.

Y algo que sí era una bomba, una gran bomba, había
pulverizado mis ingeniosas mesillas de café de Njurun-
da, que formaban un círculo compuesto por un yin, de
color verde lima, y un yang, de color naranja. Habían
quedado reducidas a astillas.

El conjunto de sofás de Haparanda, con fundas de quita y pon naranjas diseñadas por Erika Pekkari, ya no era más que basura.

Y no era yo el único esclavizado por el instinto de
construirse un nido. Personas que conozco y que solían
llevarse pornografía al cuarto de baño, ahora se llevan el
catálogo de muebles de IKEA.

Todos tenemos el mismo sillón de Johanneshov ta­pizado con rayas verdes de Strinne. El mío, envuelto en llamas, cayó en una fuente desde una altura de quince pisos.

Todos tenemos las mismas lámparas de papel de Rislampa/Har, fabricadas con alambre y papel ecológi­co sin colorantes. Las mías ahora son confeti.

Todo ese tiempo pasado en el cuarto de baño.

La cubertería de Alie, de acero inoxidable y apta para lavavajillas.

El reloj de Vild de acero galvanizado que estaba en el recibidor, y que, por supuesto, no podía dejar de tener.

  • ¡cómo no!, las estanterías de Klipsk.

  • también las sombrereras de Hemling.

La calle del rascacielos resplandecía salpicada de to­dos esos objetos.

El juego de edredones de Mommala, diseñado por Tomas Harila y disponible en los siguientes colores:

Orquídea.

Fucsia.

Cobalto.

Ébano.

Azabache.

Cascara de huevo o brezo.

Me había costado toda una vida comprar esos trastos.

La laca de fácil cuidado de las mesitas de Kalix.

La mesas nido de Steg.

Compras muebles. Te dices a ti mismo: «Éste es el último sofá que necesitaré en toda mi vida». Compras el sofá y durante un par de años te sientes satisfecho de que aunque no todo vaya bien, al menos, has sabido so­lucionar el tema del sofá. Luego, la vajilla adecuada. Luego, la cama perfecta. Las cortinas. La alfombra.

Finalmente, te quedas atrapado en tu precioso nido y los objetos que solías poseer ahora te poseen a ti.

Hasta que llegué a casa desde el aeropuerto.

El portero surge de las sombras para decirme que ha habido un accidente y que la policía estuvo por allí ha­ciendo un montón de preguntas.

La policía cree que puede haber sido el gas. Tal vez se apagó la llama piloto del horno o se quedó abierto uno de los quemadores y el gas fue saliendo hasta inun­dar todas las habitaciones desde el techo hasta el suelo. El apartamento tenía doscientos trece metros cuadrados y los techos eran altos, por lo que el escape tuvo que du­rar días y días hasta llenar todas las habitaciones. Cuan­do el nivel del gas llegó a ras del suelo, el compresor si­tuado en la base de la nevera emitió un chasquido...

Detonación.

Las ventanas, que ocupaban desde el suelo hasta el techo, estallaron en sus marcos de aluminio y cayeron a la calle junto con los sofás, las lámparas, los platos y los juegos de cama envueltos en llamas, y las revistas anua­les del instituto, los diplomas y el teléfono. Todo salió volando como una erupción solar desde un decimo­quinto piso.

¡Oh, no, mi nevera no! Tenía los estantes llenos de frascos de clases diferentes de mostaza, algunas molidas, otras al estilo de los pubs ingleses. Había catorce salsas bajas en calorías y de distintos sabores y siete clases de alcaparras.

Lo sé, lo sé, una casa llena de condimentos y sin co­mida de verdad.

El portero se sonó la nariz y algo cayó en el pañue­lo con la solidez de una pelota de béisbol atrapada por el guante de un receptor.

Si quiere puede subir al piso decimoquinto —me dijo el portero—, pero no entre en el apartamento. Ór­denes de la policía. La policía estuvo haciendo pregun­tas: si tenía alguna antigua novia que deseara hacerme esto o si me había ganado algún enemigo que tuviese ac­ceso a dinamita.

No vale la pena subir —dijo el portero—. Lo úni­co que queda es la estructura de hormigón.

La policía no había descartado que fuera un incen­dio provocado. Nadie había olido el gas. El portero ar­quea una ceja. El tío se pasaba el tiempo flirteando con las sirvientas y enfermeras que trabajaban en los grandes apartamentos del último piso, y que esperaban en las si­llas del vestíbulo hasta que las iban a buscar en coche después del trabajo. Yo había vivido aquí durante tres años; el portero se sentaba todas las noches a leer la revista Ellery Queen mientras yo, cargado de paquetes y bolsas, hacía equilibrios para abrir la puerta de la calle y entrar.

El portero arquea una ceja y me cuenta que hay gen­te que se va de viaje y deja una vela, una vela muy, muy larga, encendida en medio de un gran charco de gasoli­na. Hay personas que al pasar dificultades económicas hacen cosas así. Personas que quieren dejar de tocar fondo.

Le pregunté si podía usar el teléfono de recepción.

Muchos jóvenes tratan de impresionar al mundo y compran demasiadas cosas —dijo el portero.

Llamé a Tyler.

El teléfono sonó en la casa que Tyler había alquila­do en Paper Street.

Vamos, Tyler, por favor; sálvame.

El teléfono sonaba.

El portero se apoyó en mi hombro y me dijo:

Muchos jóvenes no saben lo que quieren en rea­lidad.

Oh, Tyler, por favor, sálvame.

El teléfono sonaba.

Los jóvenes creen que se pueden comer el mundo.

Sálvame de los muebles suecos.

Sálvame del arte inteligente.

Y el teléfono sonaba, y Tyler contestó.

Si no sabes lo que quieres —continuó el porte­ro—, terminas teniendo un montón de cosas que no necesitas.

Ojalá nunca llegue a realizarme.

Ojalá nunca me sienta satisfecho.

Ojalá nunca llegue a sentirme perfecto.

Tyler, sálvame de sentirme perfecto y satisfecho.

Tyler y yo convenimos en encontrarnos en un bar.

El portero me pidió un número de teléfono en el que pudiera localizarme la policía. Seguía lloviendo. Mi Audi aún estaba en el aparcamiento, pero un aplique de ésos de luz halógena indirecta —marca Dakapo— había atravesado el parabrisas.

Tyler y yo nos encontramos y bebimos muchísima cerveza. Tyler me dijo que sí, podía mudarme a su casa, pero tendría que hacerle un favor.

Al día siguiente llegaría mi maleta con lo mínimo im­prescindible: seis camisas, seis mudas de ropa interior.

Borrachos en un bar donde nadie se fijaba en noso­tros y a nadie importábamos, le pregunté a Tyler qué quería que hiciera.

Tyler me dijo:

Quiero que me pegues lo más fuerte que puedas.































Seis



Íbamos por la segunda pantalla de la demostración para Microsoft cuando noto en la boca el sabor a sangre y ten­go que tragármela. Mi jefe no conoce el material, pero no me dejará presentar el proyecto con un ojo morado y media cara hinchada por los puntos de sutura que me han cosido en el interior de la mejilla. Los puntos se han sol­tado, lo noto al rozar el carrillo con la lengua. Imaginaos un sedal enmarañado en la playa. Me los imagino como los puntos de sutura negros de un perro después de ha­berle hecho un zurcido, y sigo tragándome la sangre. Mi jefe es quien presenta el proyecto con mis notas y yo ma­nejo el proyector portátil, por lo que me encuentro apar­tado en un extremo de la habitación a oscuras.

Tengo los labios cada vez más pegajosos de sangre por haber intentado limpiármelos con la lengua y cuando se enciendan las luces y me vuelva hacia los consejeros de Microsoft —Ellen, Walter, Norbert y Linda— para de­cirles: «Gracias por venir», tendré la boca brillante de san­gre y la sangre asomará por los intersticios de los dientes.

Puedes tragar casi medio litro de sangre antes de sentir náuseas.

Mañana toca club de lucha. No pienso perderme el club de lucha.

Antes de la demostración, ese tal Walter de Microsoft, que tiene un bronceado color de patata frita con sabor de barbacoa, sonríe abriendo su mandíbula de fría excava­dora como si fuera una herramienta de marketing. Wal­ter, con su anillo de sello, estrecha mi mano, la envuelve con su mano suave y tersa, y dice:

No me gustaría ver cómo quedó el otro tipo.

La primera regla del club de lucha es que no se habla del club de lucha.

Le digo a Walter que me caí.

Me lo hice yo mismo.

Antes de la presentación, tras sentarme frente al jefe para explicar en qué parte del texto van las diapositivas, y cuándo quiero proyectar el fragmento de vídeo, el jefe me dice:

Pero ¿dónde te metes los fines de semana?

No quiero morirme sin unas cuantas cicatrices—, le digo.

De nada sirve ya lucir un cuerpo hermoso y maci­zo. Cuando veo esos coches de color cereza, tan desfa­sados, que desde 1955 esperan comprador a la entrada de la tienda de automóviles, siempre pienso: «¡Vaya basura!».

La segunda regla del club de lucha es que no se ha­bla del club de lucha.

Tal vez durante el almuerzo acuda a tu mesa un ca­marero que desde el fin de semana lleva los ojos mora­dos como si fuera un panda gigante. Sabes que se los pusieron así en el club de lucha, cuando un chico de no­venta kilos le aplastaba con la rodilla la cabeza contra el suelo de hormigón, y le golpeaba una y otra vez el puen­te de la nariz, con un ruido seco y compacto que se oía por encima de los gritos, hasta que el camarero tomó aire y, escupiendo sangre por la boca, se rindió.

No contestas nada porque el club de lucha existe sólo entre las horas en que el club de lucha abre y el club de lucha cierra.

Te encontraste al chico de la copistería. Sabes que hace un mes el muchacho no se acordaba de hacer tres agujeros con la taladradora en un pedido, ni se acordaba de poner los clasificadores de colores entre los paque­tes de copias. Pero este muchacho fue un dios durante diez minutos cuando le viste dejar sin respiración de una patada a un contable que lo doblaba en tamaño, para caer luego sobre él y molerlo a golpes hasta el mo­mento en que tuvo que parar. Ésta es la tercera regla del club de lucha: cuando alguien dice basta o resulta heri­do, aunque esté fingiendo, se da por terminada la pelea. Aun así, cuando ves al chico, no puedes felicitarlo por el gran combate que libró.

Sólo dos tíos por combate. Un combate cada vez. Se lucha sin camisa ni zapatos. El combate dura lo que haga falta. Éstas son las otras reglas del club de lucha.

Estos tíos no son los mismos en el club y en la vida real. Aunque felicitaras al chico de la copistería por su lucha, no estarías hablando con la misma persona.

El que yo soy en el club de lucha no es nadie que mi jefe conozca.

Después de una noche en el club de lucha, se baja el volumen del mundo real. Nadie conseguirá cabrearte. Tu palabra es ley y si alguien rompe esa ley o pone en duda tu palabra, ni siquiera eso te cabrea.

En la vida real, soy un coordinador de campañas de retirada, que viste camisa y corbata, se sienta amparado por las sombras con la boca llena de sangre y pasa las diapositivas mientras el jefe dice a los de Microsoft por qué escogió un tono especial de azul cianita para un ico­no del programa.

El primer club lo inauguramos Tyler y yo a puñe­tazos.

Antes me bastaba con limpiar el apartamento o escri­bir un informe pormenorizado del coche cada vez que llegaba a casa enfadado, sabedor de que mi vida no iba a cumplir las expectativas del plan quinquenal. Llegaría un momento en que moriría, sin una sola cicatriz, sólo que­darían un coche y un apartamento muy agradable. Allí estaría el apartamento hasta que el polvo o el siguiente propietario se adueñara de él. Nada es inalterable. Inclu­so la Mona Lisa se está pudriendo. Desde que comenzó el club de lucha, la mitad de los dientes me bailan en la man­díbula.

Tal vez la autosuperación no sea la respuesta.

Tyler nunca conoció a su padre.

Tal vez la autodestrucción sea la respuesta.

Tyler y yo seguimos yendo juntos al club de lucha. El club de lucha está ahora en el sótano de un bar que cierra los sábados por la noche. Cada vez que vas hay más tíos.

Tyler se sitúa debajo de la única luz, que pende en medio del sótano de hormigón, y ve esa luz parpadean­do en la oscuridad en cien pares de ojos. Lo primero que Tyler grita es:

La primera regla del club de lucha es que no se ha­bla del club de lucha.

»La segunda regla del club de lucha —grita Tyler— es que no se habla del club de lucha.

Yo viví con mi padre unos seis años, pero no recuer­do nada. Cada seis años, más o menos, mi padre funda una nueva familia en otra ciudad. O mejor dicho, esta­blece una franquicia.

Lo que ves en el club de lucha es una generación de hombres criados por mujeres.

Tyler está de pie bajo la luz solitaria de la bombilla en la negrura nocturna de un sótano lleno de hombres y recita las otras reglas: dos hombres por combate; un combate cada vez, nada de camisas ni zapatos; los com­bates duran lo que haga falta.

Y la séptima regla —chilla Tyler— es que si ésta es tu primera noche en el club de lucha, tienes que luchar.

El club de lucha no es como un partido de fútbol americano transmitido por televisión. No ves a una pandilla de tíos desconocidos que recorren el mundo y se acaban de cascar unos a otros vía satélite hace dos mi­nutos mientras te bombardean con anuncios de cerveza cada diez minutos y ahora una pausa para identificar la estación emisora. Después de haber estado en el club de lucha, ver partidos de fútbol americano por televisión es como ver películas porno cuando podrías estar follando a lo grande.

El club de lucha se convierte en la única razón por la cual vas al gimnasio, llevas el pelo corto y las uñas bien recortadas. El gimnasio al que vas está lleno de tíos que intentan parecer hombres, como si ser un hombre signi­ficara rendirse a los deseos de un escultor o un director artístico.

Como dice Tyler, hasta los soufflés parecen inflados.

Mi padre nunca fue a la universidad, así que era real­mente importante que yo fuera. Al acabar la universidad, le llamé por teléfono y le pregunté: «¿Y ahora qué?».

Mi padre no sabía qué responder.

Cuando conseguí un trabajo y cumplí veinticinco tacos, le volví a llamar y le pregunté: «¿Y ahora qué?». Mi padre no sabía qué responder; así que me dijo: «Cá­sate».

Tengo treinta años y me pregunto si lo que realmen­te necesito es otra mujer.

Lo que sucede en el club de lucha no puede ex­plicarse con palabras. Algunos tíos necesitan una pelea semanal. Esta semana, Tyler dice que bastará con los pri­meros cincuenta tíos que crucen la puerta. Ni uno más.

La semana pasada, le hice una señal a un tío y nos apuntamos para luchar. El tío debió haber tenido una se­mana pésima; me dobló los brazos por detrás de la espal­da con una llave perfecta y me machacó la cara contra el suelo de hormigón hasta que los dientes me desgarraron la mejilla por dentro y me hinchó un ojo, que quedó cerrado y sangrando. Y, después de pedirle que parara, miré el suelo y vi la huella de sangre dejada por la mitad de mi cara.

Tyler se puso a mi lado, ambos miramos la huella sanguinolenta en forma de O dejada por mi boca y la mancha de mi ojo, que nos contemplaba desde el suelo. Tyler dijo:

Genial.

Le doy la mano a mi contrincante y le digo:

Buen combate.

Y el tío me responde:

¿Qué tal otro la semana que viene?

Trato de sonreír a pesar de la hinchazón y le digo:

Mírame. ¿Qué tal el mes que viene?

En ningún sitio te sientes tan vivo como en el club de lucha, peleando un tío y tú bajo esa luz solitaria, mientras los demás te observan, formando un círculo. En el club de lucha no se trata de ganar o perder comba­tes. Al club de lucha tampoco se va a hablar. Ves a un tío entrar por vez primera en el club de lucha y su culo pa­rece una hogaza de pan. Ese mismo tío, dentro de seis meses, parece tallado en madera y se cree capaz de cual­quier cosa. Se oyen gruñidos y ruidos igual que en un gimnasio, pero en el club de lucha no se trata de lograr una buena apariencia física. Se oyen también gritos his­téricos, igual que en misa, y cuando te levantas el do­mingo por la tarde te sientes a salvo.

Después del último combate, el tío que había lucha­do contra mí limpiaba el suelo con una fregona mientras yo llamaba al seguro y me daban permiso para ir a ur­gencias. En el hospital, Tyler les dice que me he caído.

En ocasiones Tyler habla por mí.

«Me lo he hecho yo mismo.»

Fuera, estaba saliendo el sol.

No se habla del club de lucha porque, exceptuando esas cinco horas entre las dos y las siete de la mañana del domingo, el club de lucha no existe.

Cuando Tyler y yo inventamos el club de lucha, ninguno de los dos había luchado antes. Si nunca te has visto envuelto en una pelea, te haces preguntas sobre las heridas, sobre lo que eres capaz de hacerle a otra perso­na. Yo fui el primer tipo con el que Tyler tuvo confian­za para pedírselo. Estábamos los dos borrachos en un bar donde no le importábamos a nadie y Tyler me dijo:

Quiero que me hagas un favor. Quiero que me pegues lo más fuerte que puedas.

Yo no quería, pero Tyler me lo contó todo: que no de­seaba morir sin cicatrices, que estaba cansado de ver sólo combates entre profesionales, que quería conocerse mejor.

Y lo de la autodestrucción.

En aquel momento la vida me parecía demasiado completa y tal vez hubiera que romper con todo para sacar lo mejor de nosotros mismos.

Eché un vistazo a mi alrededor y le dije:

Está bien, de acuerdo, pero fuera, en el aparca­miento.

Así que salimos y le pregunté a Tyler si quería que lo golpeara en la cara o en el estómago.

Sorpréndeme —dijo Tyler.

Le dije que jamás le había pegado a nadie. Tyler contestó:

Vamos, ponte loco.

Cierra los ojos.

No —dijo Tyler.

Como cualquier otro tío en su primera noche en el club de lucha, cogí aire y describí una parábola con el puño en dirección a la mandíbula de Tyler, tal y como estaba acostumbrado a ver en las películas de vaqueros, pero mi puño chocó contra un lado del cuello de Tyler.

Mierda —dije yo—; no ha valido. Probaré otra vez.

Claro que ha valido —dijo Tyler. Y me lanzó un directo, ¡paf!, igual que un guante de boxeo impulsado por un muelle, como en los dibujos animados del sábado por la mañana; justo en mitad del pecho. Caí hacia atrás y me di contra un coche. Nos quedamos los dos de pie, Ty­ler frotándose el cuello y yo apoyando una mano en el pecho, y sabíamos que habíamos llegado más lejos que nunca y que, igual que el perro y el gato de los dibujos animados, seguíamos vivos, pero estábamos deseosos de ver hasta dónde podíamos continuar sin dejar de estarlo.

Genial —dijo Tyler.

Le pedí que me golpeara otra vez.

No. Pégame tú —dijo Tyler.

Así que le lancé un gancho de chica justo por deba­jo de la oreja, y Tyler me derrumbó y me hundió el ta­cón del zapato en el estómago. Lo que sucedió después es indescriptible. El bar cerró, la gente salió al aparca­miento y nos rodeó para azuzarnos a gritos.

En vez de Tyler, fui yo quien finalmente acabé por darme cuenta de que podía acostumbrarme a todas aquellas cosas que no iban bien: la ropa limpia que vol­vía de la lavandería con los botones del cuello rotos; el banco que me anuncia que tengo un descubierto de cientos de dólares. El trabajo, donde el jefe se mete en mi ordenador y juguetea con los comandos de ejecución del DOS. Y Marla Singer, que me robó los grupos de apoyo.

No habíamos resuelto nada al terminar el combate, pero no importaba.

La primera vez que luchamos era un domingo por la noche y Tyler no se había afeitado en todo el fin de se­mana, así que me ardían los nudillos en carne viva por culpa de su barba de dos días. Tumbados boca arriba en el aparcamiento, mientras contemplábamos una estrella que apareció entre las farolas, le pregunté a Tyler con­tra qué había luchado.

Tyler contestó que contra su padre.

Tal vez no necesitábamos un padre para sentirnos completos. No es nada personal lo que determina quié­nes son tus contrincantes en el club de lucha. Se lucha por luchar. Se supone que no se debe hablar del club de lucha, pero sí hablamos y durante las dos semanas si­guientes empezaron a venir tíos al aparcamiento des­pués de que cerrara el bar y, antes de que llegara el frío, otro bar nos había ofrecido el sótano en el que ahora nos reunimos.

Cuando los miembros del club de lucha se reúnen, Tyler recita las reglas que establecimos él y yo.

La mayoría de vosotros —grita Tyler bajo el cono de luz, en el centro del sótano lleno de hombres— estáis aquí porque alguien quebrantó las reglas. Alguien os ha hablado del club de lucha.

»Lo mejor será que dejéis de hablar del club o ya po­déis ir fundando otro club de lucha —dice Tyler—, por­que la semana que viene, cuando lleguéis aquí, anotaréis vuestros hombres en una lista y sólo pasarán los cincuenta primeros. Los que entréis prepararéis un combate enseguida, si lo que queréis es luchar. Si no queréis luchar, hay otros tíos que quieren, por lo que tal vez deberíais quedaros en casa.

»Si ésta es vuestra primera noche en el club de lucha —chilla Tyler—, tendréis que luchar.

La mayoría de estos tíos está en el club de lucha por culpa de algo contra lo que tienen miedo de luchar. Después de unos cuantos combates el miedo es mucho menor.

Muchos que ahora son buenos amigos se conocie­ron en el club de lucha. Voy a reuniones y congresos, donde veo rostros de contables, jóvenes ejecutivos o abogados con la nariz rota y abultada como una beren­jena bajo el vendaje, o con un par de puntos de sutura bajo un ojo, o con la mandíbula inferior sujeta por un alambre. Todos son jóvenes apacibles que escuchan has­ta que llega la hora de tomar decisiones.

Nos saludamos con un ademán de cabeza.

Más tarde, mi jefe me preguntará cómo es que co­nozco a tantos de esos tíos.

Según él, cada vez hay menos caballeros en el nego­cio y más macarras.

La demostración sigue adelante.

Me fijo en Walter, el de Microsoft. He aquí a un jo­ven de piel pálida y con la dentadura perfecta, con un empleo de esos por los que te molestas en escribir a la revista de licenciados para informarte. Sabes que es de­masiado joven para haber luchado en ninguna guerra y, aunque sus padres no se habían divorciado, su padre nunca estaba en casa. Me mira a la cara, la mitad afeita­da y limpia, y la otra, magullada y malévola, oculta en la oscuridad. La sangre brilla en mis labios y puede que Walter esté pensando en aquel convite informal y vegetariano al que fue el pasado fin de semana, o en el ozo­no, o en la desesperada necesidad —por el bien de la Tierra— de que se detengan los crueles experimentos de productos con animales, pero también es probable que no esté pensando en todo eso.













Siete



Una mañana aparece flotando en el retrete, como una medusa muerta, un condón usado.

Así conoció Tyler a Marla.

Me levanto a mear y allí, en la taza del váter, apare­ce el condón contra un fondo de pinturas rupestres he­chas con porquería. Te preguntas: «¿En qué piensa el esperma?».

¿Qué es esto?

¿La bóveda de la vagina?

¿Qué pasa aquí?

Toda la noche soñé que estaba follándome a Marla Singer, a Marla Singer mientras fumaba un cigarrillo, a Marla Singer mientras entornaba los ojos. Me despierto solo en la cama y la puerta de la habitación de Tyler está cerrada. La puerta de la habitación de Tyler nunca está ce­rrada. Estuvo lloviendo toda la noche. Las tablas del teja­do se hinchan, se comban, se tuercen, y la lluvia se cuela y acumula en el techo de escayola y cae goteando por la ins­talación de la luz.

Cuando llueve tenemos que quitar los fusibles. Uno ya ni se molesta en encender las luces. La casa que Tyler ha alquilado tiene tres pisos y un sótano. Nos movemos por ella con velas. Cuenta con varias despensas y porches cubiertos donde puedes dormir, y en el rellano de la escalera hay ventanas con vidrieras. En el salón hay galerías con asientos junto a las ventanas. Los zócalos de madera están grabados y barnizados y miden casi medio metro de altura.

La lluvia se filtra en hilillos por toda la casa y la ma­dera se hincha y se contrae, y los suelos, zócalos y mar­cos de las ventanas escupen milímetro a milímetro los clavos, que se van oxidando.

En todas partes tropiezas con los clavos oxidados o te los enganchas en el codo y sólo hay un cuarto de baño para los siete dormitorios y ahora hay en él un condón usado.

La casa está a la espera de algo, un cambio en la zona o un testamento que ordene su derribo. Le pregunté a Tyler cuánto tiempo llevaba aquí y me dijo que unas seis semanas. El propietario original de la casa comenzó a coleccionar en la noche de los tiempos, y continuó du­rante toda su vida, revistas del National Geographic y del Reader's Digest. Grandes pilas de revistas en inesta­ble equilibrio que crecen cada vez que llueve. Tyler dice que el último inquilino doblaba las páginas satinadas de las revistas y hacía papelinas de coca. La puerta de casa no tiene cerradura desde que la policía o quien fuera le dio una patada. Nueve capas de papel pintado se hin­chan en las paredes del comedor: estampados de flores debajo de rayas de colores, debajo de dibujos de pajari­tos, debajo de papel de China.

Nuestros únicos vecinos son un taller de máquinas cerrado y, en la acera de enfrente, un almacén grande como un bloque de pisos. En casa hay un armario con rodillos de dos metros para enrollar los manteles de da­masco; así nunca tenemos que plegarlos. Hay un ropero tapizado de madera de cedro. Los azulejos del cuarto de baño tienen pintadas unas florecillas más bonitas que las de la mayoría de los juegos de té de porcelana de las lis­tas de boda, y en el váter hay un condón usado.

Llevo como un mes viviendo con Tyler.

Tyler viene a desayunar con chupetones por todo el cuello y el pecho, y yo estoy enfrascado en la lectura de un Reader's Digest atrasado. Ésta es la casa perfecta para traficar con drogas. No hay vecinos. En Paper Street no hay más que almacenes y la fábrica de papel. El olor a pedos del humo de la papelera y el olor a jaula de háms-ters de las astillas de madera que se amontonan en pirá­mides anaranjadas en torno a la fábrica. Ésta es la casa perfecta para traficar con drogas porque durante el día pasan por Paper Street camiones de tropecientos dóla­res, pero por la noche Tyler y yo estamos solos en un kilómetro a la redonda.

En el sótano encontré pilas y pilas de revistas del Reader's Digest y ahora hay un montón de Reader's Di­gest en cada habitación.

La vida en Estados Unidos.

La risa es la mejor medicina.

Las pilas de revistas son casi el único mobiliario.

En las revistas más viejas hay una serie de artículos en los que los órganos del cuerpo humano hablan de sí mismos en primera persona: Soy el Útero de Mengana.

Soy la Próstata de Fulano.

No es broma; y Tyler se sienta a la mesa de la cocina con los chupetones y sin camisa y bla, bla, bla: que si co­noció anoche a Marla Singer, que si se acostaron...

Escuchar esto y convertirme en la Vesícula Biliar de Fulano es todo uno. Es culpa mía. A veces haces algo y estás jodido, y otras, estás jodido por lo que no haces.

Anoche llamé a Marla. Hemos inventado un sistema para que cuando yo quiera ir a un grupo de apoyo pueda llamar a Marla y ver si también ella tiene pensado ir. La noche de ayer se dedicaba a melanomas y me sentía un poco deprimido.

Marla vive en el hotel Regent, un amasijo de ladri­llos marrones que se tienen en pie gracias a la mugre, donde todos los colchones están cerrados hermética­mente dentro de resbaladizas fundas de plástico, porque mucha gente va allí a morir. Si no te apoyas bien en la cama, tú y las sábanas y la manta iréis a parar al suelo.

Llamé a Marla al hotel Regent para saber si iba a ir a melanomas.

Marla me contestó a cámara lenta. No se trataba de un suicidio real, dijo Marla, probablemente era sólo una de esas escenas para llamar la atención, pero se había to­mado demasiadas pastillas de Xanax.

Imagínate ir hasta el hotel Regent para ver a Marla pasearse de un lado a otro por esa habitación decrépita mientras repite: Me muero. Muero. Me muero. Muero. Mueeero. Muero.

Así durante horas y horas.

Así que se iba a quedar en casa esta noche, ¿no?

Marla dijo que se estaba muriendo de verdad. Debía darme prisa si no quería perdérmelo.

Le di las gracias, pero le dije que tenía otros planes.

«No importa», dijo Marla. También podía morirse viendo la televisión. Marla sólo esperaba que echaran algo que valiese la pena.

Me fui corriendo a los melanomas. Volví a casa tem­prano y dormí.

Ahora, durante el desayuno, a la mañana siguiente Tyler se sienta aquí cubierto de chupetones y me dice que Marla es una zorra retorcida, pero que eso le gusta mucho.

Anoche, tras la reunión de melanomas, volví a casa y me metí en la cama y me quedé dormido. Y soñé que echaba un polvo y otro polvo y otro polvo con Marla Singer.

Y esta mañana, escuchando a Tyler, pretendo estar leyendo el Reader's Digest. Una zorra retorcida; yo po­dría habértelo dicho. Reader's Digest. Humor de uni­forme.

Soy las Vías Biliares y Rabiosas de Fulano.

¡Las cosas que Marla le dijo anoche!, me cuenta Tyler. Ninguna chica le había hablado así en la vida.

Soy los Dientes Rechinantes de Fulano.

Soy la Nariz Hinchada de Mengano mientras echa llamaradas.

Después de echar unos diez polvos, me cuenta Ty­ler, Marla le dijo que quería quedarse embarazada. Marla le dijo que deseaba tener un aborto de Tyler.

Soy los Nudillos Blancos de Fulano.

Cómo no le iba a gustar eso a Tyler. La noche de an­tes de ayer, Tyler se quedó allá arriba solo y se dedicó a montar en Blancanieves fotogramas de órganos sexuales.

Cómo podría competir yo para llamar la atención de Tyler.

Soy la Sensación de Rechazo Rabiosa e Irritada de Fulano.

Lo peor de todo es que es culpa mía. Anoche, des­pués de irme a dormir, me cuenta Tyler que volvió a casa al finalizar su turno de camarero en el banquete y Marla llamó otra vez desde el hotel Regent. Ya estaba allí, dijo Marla. El túnel, la luz que la atraía hacia el tú­nel. La experiencia de la muerte era tan genial que Marla quería describírmela mientras abandonaba su cuerpo y ascendía flotando.

Marla no sabía si su espíritu podría utilizar el teléfo­no, pero quería que por lo menos alguien oyese su últi­mo aliento.

No, no. Tyler contesta el teléfono y malinterpreta la situación.

No se conocen, así que Tyler piensa que no es bue­no que Marla esté a punto de morir.

No se trata de eso.

No es asunto suyo, pero Tyler llama a la policía y corre al hotel Regent.

Ahora, según la antigua costumbre china que todos he­mos aprendido gracias a la televisión, Tyler será por siem­pre responsable de Marla, porque salvó la vida de Marla.

Si yo hubiera perdido unos minutos en ir a ver a Marla morir, nada de esto habría sucedido.

Tyler me dice que Marla vive en la habitación 8G, en el último piso del hotel Regent, en lo alto de ocho rella­nos de escalera y al final de un ruidoso pasillo con risas enlatadas televisivas que atraviesan las puertas. Cada dos segundos echa un chillido alguna actriz o muere un actor gritando al ser alcanzado por una ráfaga de balas. Tyler llega al final del vestíbulo y antes de que pueda llamar a la puerta surge de la habitación 8G un brazo macilento como mantequilla y muy, muy delgado, le coge por la muñeca y tira de él hacia adentro.

Me enfrasco en la lectura de un Reader's Digest.

Incluso mientras Marla mete a Tyler de un tirón en la habitación, Tyler oye el chirrido de unos frenos y las sirenas que se congregan frente al hotel Regent. Sobre el tocador hay un consolador fabricado con el mismo plástico rosa y suave con el que se fabrican millones de muñecas Barbie y, por un momento, Tyler se imagina millones de muñecas Barbies y consoladores moldeados por inyección, saliendo de la cadena de montaje de una fábrica de Taiwán.

Marla repara en Tyler, que contempla su consola­dor, y pone los ojos en blanco y le dice:

No tengas miedo. No es una amenaza para ti.

Marla saca a Tyler a empujones al pasillo y le dice que lo siente, pero que no debería haber llamado a la po­licía, y que, probablemente, la policía ya está abajo.

Marla cierra la puerta de la habitación 8G y empuja a Tyler hacia las escaleras. En las escaleras Tyler y Marla se aplastan contra la pared mientras la policía y los en­fermeros suben en tromba con el oxígeno preguntando cuál es la habitación 8G.

Marla les dice que es la puerta al final del pasillo.

Marla le dice a gritos a la policía que la chica de la 8G fue en otros tiempos una chica encantadora, pero que ahora es un monstruo, un monstruo horrible. La chica es escoria humana infecciosa; está confundida y teme hacer algo equivocado y, por lo tanto, no hará nada.

La chica de la habitación 8G no tiene fe en sí mis­ma —grita Marla— y le preocupa tener cada vez menos posibilidades al envejecer.

»Buena suerte —grita Marla.

La policía se amontona junto a la puerta cerrada de la habitación 8G, y Marla y Tyler se apresuran a bajar al ves­tíbulo. A sus espaldas, un policía grita junto a la puerta.

¡Déjenos ayudarla! Señorita Singer, ¡hay muchas razones para seguir viviendo! ¡Marla, déjenos entrar y le ayudaremos a solucionar sus problemas!

Marla y Tyler salieron corriendo a la calle. Tyler metió a Marla en un taxi, y en lo alto del octavo piso del hotel, Tyler distinguió que se movían sombras de un lado a otro tras las ventanas de la habitación de Marla.

En la autopista, entre todas las luces y los otros co­ches que avanzan deprisa por los seis carriles hacia un punto que se desvanece, Marla le dice a Tyler que debe mantenerla despierta toda la noche. Si Marla se duer­me, morirá.

Un montón de gente quería ver muerta a Marla, le dijo a Tyler. Esas personas estaban muertas, en el otro mundo, y la llamaban de noche por teléfono. Marla se iba de bares y oía al camarero preguntar por ella, y cuando atendía la llamada, la línea se había cortado.

Tyler y Marla se pasaron casi toda la noche despier­tos en la habitación contigua a la mía. Cuando Tyler se despertó, Marla había desaparecido y vuelto al hotel Regent.

Le digo a Tyler que Marla Singer no necesita un amante sino un asistente social.

Tyler me contesta:

No llames a esto «amor».

En pocas palabras, Marla está ahora dispuesta a arrui­nar otra parte de mi vida. Siempre, desde que fui a la uni­versidad, he hecho amigos. Se casan. Pierdo los amigos.

Estupendo.

Fantástico— le digo yo.

Tyler pregunta:

¿Es esto un problema para ti?

Soy las Tripas en Tensión de Fulano.

No —le contesto—. No pasa nada.

Ponme una pistola en la cabeza y pinta la pared con mi cerebro.

Simplemente, genial —le digo yo—; en serio.

Ocho



Mi jefe me manda a casa porque tengo los pantalones llenos de sangre seca, y eso me llena de alegría.

La herida del pómulo hundido no se cura nunca. Voy a trabajar y las cuencas sumidas de mis ojos son dos donuts turgentes y amoratados que rodean los dos meatos que tengo para ver. Hasta el día de hoy me sa­caba de quicio haberme convertido en un maestro zen totalmente equilibrado, y que nadie se hubiera dado cuenta. Sin embargo, sigo trabajando con el fax. Escri­bo haikus que envío por fax a todo el mundo. En el trabajo, cuando me cruzo con la gente en el vestíbulo, me vuelvo totalmente zen a los ojos de todos esos ros­tros hostiles.

Las abejas obreras libran; hasta los zánganos saben volar, la reina es la esclava.

Renuncias a todas las posesiones terrenales, al co­che, y te vas a vivir a una casa alquilada en la parte tóxi­ca de la ciudad, donde a altas horas de la noche oyes a Marla y Tyler, en su habitación, llamarse mutuamente escoria humana.

Toma esto, escoria humana.

Haz esto, escoria humana.

Tómatelo. Trágatelo, nena.

Aunque sólo sea por contraste, esto me convierte en el centro diminuto y sereno del mundo. Y yo, con los ojos hundidos y la sangre seca formando grandes costras oscuras en los pantalones, le digo ¡Hola! a todo el mun­do en la oficina. «¡Hola! Miradme. ¡Hola! Soy tan zen. Esto es sangre. No es nada. Hola. Todo es nada; es tan alucinante estar iluminado. Como yo.»

Suspira.

Mira. Por la ventana. Un pájaro.

Mi jefe me preguntó si la sangre era mía.

El pájaro vuela a favor del viento. Estoy escribiendo mentalmente un haiku.

Sin tener siquiera un nido

el pájaro llamará hogar al mundo:

la vida es tu tarea.

Cuento con los dedos: cinco sílabas, siete, cinco.

La sangre, ¿es mía?

Sí —digo yo—. Parte de ella.

No es una buena respuesta.

¡Vaya negocio! Tengo dos pares de pantalones ne­gros. Seis camisas blancas. Seis mudas de ropa interior. Lo mínimo imprescindible. Me voy al club de lucha. Es­tas cosas pasan.

Vete a casa y cambíate —me dice el jefe.

Empiezo a preguntarme si Tyler y Marla son la mis­ma persona. Excepto por el polvo de todas las noches en el dormitorio de Marla.

Haciéndolo.

Haciéndolo.

Haciéndolo.

Tyler y Marla nunca están en la misma habitación. Nunca los veo juntos.

Pero tampoco me verás nunca con Zsa Zsa Gabor, y eso no significa que seamos la misma persona. Tyler no se deja ver cuando Marla está en casa.

Para que pueda lavar los pantalones Tyler tiene que enseñarme a fabricar jabón. Tyler está en el piso de arri­ba y la cocina huele a cigarrillos y a pelo quemado. Marla está sentada a la mesa de la cocina quemándose la parte interior del brazo con la colilla de un cigarrillo mientras se llama a sí misma escoria humana.

Abrazo mi propia corrupción supurante —le dice Marla a la punta color cereza de su cigarrillo. Marla hace girar el cigarrillo sobre la carne blanca y suave del brazo—. Arde, zorra, arde.

Tyler está arriba, en mi habitación, se mira los dien­tes en el espejo y me dice que me ha conseguido un tra­bajo de camarero para banquetes, media jornada.

En el hotel Pressman. Siempre y cuando puedas trabajar por las noches —dice Tyler—. Este empleo ali­mentará tu odio clasista.

Sí —le digo—, lo que sea.

Te harán llevar una pajarita negra —me explica Tyler—. Lo único que necesitas es una camisa blanca y unos pantalones negros.

Jabón, Tyler —le digo—, necesitamos jabón. Te­nemos que fabricar jabón. Lo necesito para lavar los pantalones.

Sujeto los pies a Tyler mientras hace doscientos ab­dominales.

Para hacer jabón, primero hay que conseguir gra­sa. —Tyler está lleno de información útil.

Excepto cuando están echando un polvo, Marla y Tyler nunca comparten la misma habitación. Si Tyler está cerca de ella, Marla no le hace caso. La situación me es familiar, pues mis padres se hacían invisibles el uno para el otro de la misma manera. Luego, mi padre se lar­gó para establecer otra franquicia.

Mi padre siempre decía: «Cásate antes de que te abu­rra el sexo o nunca te casarás».

Mi madre decía: «Nunca compres nada que tenga cre­mallera de nailon».

Mis padres jamás dijeron nada que valiera la pena bor­dar en un cojín.

Tyler va por el abdominal ciento noventa y ocho. Ciento noventa y nueve. Doscientos.

Tyler lleva una especie de albornoz de franela un poco pegajosa y pantalones elásticos.

Haz que Marla salga de casa —me dice Tyler—. Mándala a la tienda a comprar un bote de polvo de gas. Lejía en polvo. No de cristal. Deshazte de ella.

Vuelvo a tener seis años y a llevar y traer mensajes entre mis padres cuando están desavenidos. Lo odiaba cuando tenía seis años y lo sigo odiando ahora.

Tyler comienza a hacer elevaciones de piernas, y yo bajo y le digo a Marla que vaya a por los polvos de hipoclorito y le doy un billete de diez dólares y mi tar­jeta del autobús. Marla sigue sentada a la mesa de la cocina y le quito el cigarrillo de entre los dedos. Con suavidad y facilidad. Limpio con un paño las manchas rojizas del brazo de Marla, donde las costras de las quemaduras se han agrietado y empiezan a sangrar. Luego, le calzo los pies con unos zapatos de tacón alto.

Marla me observa mientras represento el papel de Príncipe Azul con sus zapatos y me dice:

Entré sin llamar. No creí que hubiera nadie en casa. La puerta principal no cierra.

No digo nada.

Para nuestra generación, el condón hace las veces del zapato de cristal. Te lo pones cuando conoces a al­guien; bailas toda la noche y luego lo tiras. Me refiero al condón, no a la persona.

No hablo con Marla. Podrá entrometerse en los gru­pos de apoyo y entre Tyler y yo, pero nunca podrá ser mi amiga.

Te he estado esperando aquí toda la mañana.

Los brotes florecen y mueren; trae el viento nieve o mariposas, la piedra no repara en ello.

Marla se levanta de la mesa de la cocina; lleva puesto un vestido azul sin mangas, de una tela brillante. Marla tira del extremo de la falda y se la levanta para mostrar­me las diminutas puntadas del dobladillo. No lleva ropa interior y me guiña un ojo.

Te quería enseñar mi vestido nuevo —dice Marla—. Es un vestido de dama de honor y está todo cosido a mano. ¿Te gusta? En el mercadillo benéfico de la Buena Voluntad lo vendían por un dólar. ¿Puedes creer que al­guien haya estado dando puntadas minúsculas con el úni­co fin de confeccionar un vestido tan horrible? —dice Marla.

La falda es más larga por un lado que por otro y la cin­tura caída órbita alrededor de las caderas de Marla.

Antes de irse a la tienda, Marla se levanta la falda con las puntas de los dedos y baila una especie de danza alre­dedor de mí y de la mesa de la cocina moviendo el trase­ro, que se menea. Lo que le gusta, dice Marla, son todas esas cosas que la gente desea con intensidad y luego tira una hora o un día después; como los árboles de Navi­dad, que son el centro de atención hasta que, pasadas las fiestas, se ven esos árboles de Navidad muertos, todavía decorados con espumillón, tirados a un lado de la auto­pista. Al contemplarlos, piensas en los animales arrolla­dos en la carretera o en las víctimas de crímenes sexuales, que llevan la ropa interior del revés y están maniatadas con cinta aislante negra.

Sólo quiero que se largue de aquí.

El Centro de Control de Animales es el mejor si­tio —me dice Marla—. Todos los animales, los perritos y gatitos que la gente quiso y luego abandonó, hasta los animales viejos, bailan y saltan a tu alrededor para lla­mar la atención, porque pasados tres días les inyectan una sobredosis de fenobarbital y los arrojan a un enor­me horno para mascotas.

El sueño eterno, al estilo de El valle de los perros.

«Donde te castran, aunque alguien te quiera lo sufi­ciente como para salvarte la vida. —Marla me mira como si fuera yo quien se la tira y me dice—: Contigo no hay quien gane, ¿no es cierto?

Marla sale por la puerta de atrás cantando aquella canción espeluznante de El valle de las muñecas.

Me quedo mirándola mientras se aleja.

Me quedo en silencio uno, dos, tres momentos has­ta que Marla desaparece por completo por la puerta.

Me doy la vuelta y aparece Tyler.

Tyler me dice:

¿Te la has quitado de encima?

Sin un ruido ni olor alguno aparece Tyler.

En primer lugar... —Tyler habla mientras salva la distancia entre la puerta de la cocina y la nevera y em­pieza a revolver en el congelador—... necesitamos grasa.

Respecto a mi jefe, dice Tyler, si estoy realmente en­fadado con él debería ir a la oficina de correos y rellenar una tarjeta de cambio de domicilio y desviar toda su correspondencia a Rugby, en Dakota del Norte.

Tyler comienza a sacar bolsas que tienen dentro algo congelado y blanco, y las echa en el fregadero. Me pide que ponga una cacerola grande al fuego y que la lle­ne de agua casi hasta el borde. Si no hay agua suficiente, la grasa se oscurecerá al desprenderse el sebo.

Esta grasa —me explica Tyler— tiene mucha sal, así que, cuanta más agua, mejor.

Pon la grasa en el agua y déjala que hierva.

Tyler estruja las bolsas, la inmundicia blanca cae al agua, y luego esconde las bolsas vacías en el fondo de la basura.

Tyler me dice:

Usa un poco la imaginación. Acuérdate de toda aquella mierda sobre los colonos que aprendiste en los Boy Scouts. Acuérdate de la química del instituto.

Cuesta imaginarse a Tyler en los Boy Scouts.

Otra cosa que podría hacer, dice Tyler, es ir una no­che a casa de mi jefe y enchufar una manguera en la toma de agua del jardín. Enchufa la manguera en una bomba de mano, inyecta en las cañerías de la casa una carga de co­lorante industrial —rojo, azul o verde— y espera a ver el aspecto del jefe al día siguiente. O podía sentarme en­tre los matorrales y bombear hasta llenar las cañerías con 8 kg/cm2. Así, cuando alguien tire de la cadena del váter, la cisterna explotará. Con 10 kg/cm2, si alguien abre el grifo de la ducha, la presión del agua hará que ex­plote la alcachofa, destrozará la rosca y... ¡blam!, la alca­chofa se convierte en el obús de un mortero.

Tyler me dice estas cosas sólo para que me sienta mejor. La verdad es que aprecio a mi jefe. Además, ahora estoy iluminado. Ya sabes, sólo puedo comportarme como Buda. Crisantemos. El Sutra del Diamante y el Bine Cliff Record. Hari Rama, ya sabes, Krisna, Krisna. Ya sabes, iluminado.

No te conviertes en una gallina por muchas plu­mas que te pegues en el trasero, me dice Tyler.

Cuando la grasa se derrita, el sebo subirá a la super­ficie del agua hirviendo.

¡Vaya! —le digo—, ¿así que me pego plumas en el trasero?

¡Como si Tyler, con las quemaduras de cigarrillo en los brazos, tuviese un alma tan desarrollada! Don Esco­ria Humana y su esposa. Relajo la expresión de mi rostro y me transformo en uno de esos tipos impasibles como vacas hindúes y que aparecen camino del matadero en las instrucciones de emergencia de los aviones.

Apaga el fuego.

Remuevo el agua hirviendo.

Más y más sebo subirá a la superficie hasta cubrir toda el agua con una capa de color madreperla. Coge un cucharón para espumar la capa y retírala.

¿Cómo está Marla?—, le pregunto.

Por lo menos Marla está intentando tocar fondo —responde Tyler.

Remuevo el agua hirviendo.

Continúa espumando hasta que no salga más sebo. En efecto, es sebo lo que estamos espumando. Puro sebo de calidad.

Tyler me dice que todavía estoy lejos de tocar fon­do y que si no bajo hasta el fondo no conseguiré salvar­me. Jesús hizo lo mismo con su historia de la cruci­fixión. No debería limitarme a renunciar al dinero, la propiedad y el conocimiento. No es sólo un refugio para el fin de semana. Debería dejar de intentar mejorar y labrarme un desastre. Ya no puedo seguir jugando so­bre seguro.

Esto no es un seminario.

Si pierdes el temple antes de tocar fondo —dice Tyler— nunca lo conseguirás.

Sólo después del desastre podemos resucitar.

Sólo después de haberlo perdido todo —dice Ty­ler— eres libre para hacer cualquier cosa.

Lo que he experimentado es una iluminación pre­matura.

Y sigue removiendo —dice Tyler.

Cuando la grasa haya hervido lo suficiente y ya no salga más sebo, tira el agua hirviendo. Limpia la cacero­la y llénala otra vez de agua.

Le pregunto cuánto me falta para tocar fondo.

Desde donde estás —dice Tyler— jamás conse­guirás ni imaginarte cómo es el fondo.

Repite el proceso con el sebo espumado. Hierve el sebo en el agua. Espuma una y otra vez.

La grasa que estamos utilizando tiene mucha sal —dice Tyler—. Demasiada sal y el jabón no se solidifi­cará. Hierve y espuma.

Hierve y espuma.

Marla ha vuelto.

En cuanto Marla abre la puerta de rejilla metálica, Ty­ler se va, se esfuma, huye fuera de la habitación, desaparece.

Tyler se ha ido arriba, o Tyler se ha ido abajo, al sótano.

Marica.

Marla entra por la puerta trasera con un bote de pol­vo de gas.

En la tienda tienen papel higiénico cien por cien reciclado —dice Marla—. Reciclar papel higiénico debe ser el peor trabajo del mundo.

Cojo el bote de polvo de gas y lo pongo en la mesa. No le hablo.

¿Puedo quedarme a dormir esta noche? —me pre­gunta Marla.

No le hablo. Cuento mentalmente: cinco sílabas, siete, cinco.

El tigre sabe sonreír;

la serpiente dirá que te quiere:

las mentiras nos vuelven malos.

¿Qué estás preparando? —me pregunta Marla.

Soy el Punto de Ebullición de Fulano.

Le digo que se largue:

Vete de aquí, ¿vale? ¿No me has arrebatado ya una parte bastante grande de mi vida?

Marla me coge de la manga y me retiene durante un segundo para besarme en la mejilla.

¿Me llamarás? Hazlo, por favor; tenemos que hablar.

Le digo que sí, sí, sí, sí, sí.

En cuanto Marla sale por la puerta, Tyler aparece de nuevo en la habitación.

Con la rapidez de un truco de magia. Mis padres practicaron ese truco de magia durante cinco años.

Hiervo el agua y la espumo mientras Tyler deja es­pacio libre en la nevera. El vapor llena la habitación y el techo de la cocina gotea agua. La bombilla de cuarenta vatios está oculta en el fondo de la nevera, es un brillan­te que no alcanzo a ver detrás de las botellas de ketchup y los frascos de escabeche, salmuera o mayonesa; una lucecita en el interior del frigorífico ilumina el perfil de Tyler.

Hierve y espuma. Hierve y espuma. Pon el sebo espumado en cartones de leche con la parte superior completamente abierta.

Desde una silla apoyada en el frigorífico abierto, Tyler vigila el enfriamiento del sebo. En la cocina cal­deada, nubes de vapor frío caen en cascada por el fondo de la nevera y forman un charco en torno a los pies de Tyler.

A medida que voy llenando los cartones de leche con sebo, Tyler los mete en la nevera.

Me arrodillo junto a Tyler frente a la nevera, y Tyler me coge las manos y me las enseña. La línea de la vida. La línea del amor. Los montes de Venus y de Marte. El vapor condensado forma un charco a nuestro alrededor, y la luz brilla tenuemente en nuestros rostros.

Necesito que me hagas otro favor —me dice Tyler.

Se trata de Marla, ¿no?

Jamás le hables de mí. No hables de mí a mis es­paldas. ¿Lo prometes? —pregunta Tyler.

Lo prometo.

Tyler dice:

Si alguna vez le mencionas mi nombre, nunca vol­verás a verme.

Lo prometo.

¿Lo prometes?

Lo prometo.

Tyler dice:

Recuerda que lo has prometido tres veces.

Una capa de algo espeso y claro comienza a cubrir la superficie del sebo del frigorífico.

El sebo —le advierto— se está separando.

No importa —dice Tyler—. La capa más clara es glicerina. O la agregas de nuevo cuando hagas el jabón o bien la espumas y la quitas.

Tyler se lame los labios y pone las palmas de mis manos boca abajo sobre sus muslos, sobre la falda de franela pegajosa del albornoz.

Si mezclas glicerina con ácido nítrico obtendrás nitroglicerina —dice Tyler.

Respiro por la boca abierta y repito: «Nitroglicerina».

Tyler se lame los labios, húmedos y brillantes, y me besa el dorso de la mano.

Si mezclas nitroglicerina con nitrato sódico y se­rrín, obtendrás dinamita.

El beso brilla húmedo en el dorso de mi mano blanca.

«Dinamita», repito mientras me acuclillo.

Tyler forcejea con el tapón del bote de polvo de gas y lo destapa.

Puedes volar puentes —dice Tyler.

»Si mezclas la nitroglicerina con más ácido nítrico y parafina, obtendrás explosivos de gelatina —dice Tyler.

»Podrías volar un edificio con facilidad —dice Tyler.

Tyler inclina unos centímetros el bote que contiene el polvo de hipoclorito sobre el beso húmedo y brillan­te del dorso de mi mano.

Es una quemadura química —dice Tyler— y te dolerá más que cualquier otra quemadura. Peor que cien cigarrillos.

El beso brilla en el dorso de mi mano.

Te quedará una cicatriz —dice Tyler.

»Con jabón suficiente —dice Tyler— podrías volar el mundo entero. Ahora recuerda tu promesa.

Y Tyler vierte la lejía.

Nueve



La saliva de Tyler tenía dos funciones. El beso húmedo en la palma de mi mano retuvo el polvo de gas mientras me achicharraba. Ésa fue la primera función. La segunda fue convertir el hipoclorito en cáustico. El polvo de gas sólo es cáustico cuando lo mezclas con agua. O saliva.

Es una quemadura química —dijo Tyler—; te do­lerá más que cualquier otra quemadura.

La lejía sirve para desatascar desagües obstruidos.

Cierra los ojos.

Una mezcla de hipoclorito y agua llega a perforar una cacerola de aluminio.

Una solución de hipoclorito y agua disolverá una cuchara de madera.

Combinado con agua, el polvo de gas supera los cien grados de temperatura y al calentarse me quema el dor­so de la mano. Tyler posa sus dedos sobre los míos; te­nemos las manos extendidas sobre mis pantalones man­chados de sangre, y Tyler me pide que preste atención porque es el momento más importante de mi vida.

Porque todo hasta este momento es una historia —dice Tyler— y todo lo que venga después será otra.

Es el momento más importante de nuestra vida.

La lejía, adherida con la forma exacta del beso de Tyler, es una hoguera o un hierro candente o una pila atómica derretida en mi mano al final de una larguísima carretera que imagino a kilómetros de mí. Tyler me pide que regrese y permanezca con él. Mi mano se aleja, di­minuta en el horizonte al final de la carretera.

Imagínate el fuego todavía ardiendo, excepto que ahora está más allá del horizonte. Una puesta de sol.

Regresa al dolor —dice Tyler.

Es el tipo de meditación guiada que se emplea en los grupos de apoyo.

Nunca pienses en la palabra «dolor».

Si la meditación guiada funciona con el cáncer, tam­bién funcionará con esto.

Mírate la mano —dice Tyler.

No te mires la mano.

No pienses en las palabras «abrasador», «carne», «tejido» y «chamuscado».

No te oigas gritar.

Meditación guiada.

Estás en Irlanda. Cierra los ojos.

Estás en Irlanda el verano en que terminaste la uni­versidad, y estás bebiendo en un pub cercano al castillo donde todos los días acuden autobuses repletos de tu­ristas ingleses y norteamericanos para besar la piedra de Blarney.

No lo niegues —dice Tyler—. El jabón y los sa­crificios humanos se compenetran.

Dejas el pub junto con una riada de hombres que ca­minan entre el silencio de los coches mojados por calles en las que acaba de llover. Es de noche. Hasta que llegas al castillo de la piedra de Blarney.

El suelo de los pisos del castillo está podrido y subes por las escaleras de piedra mientras la oscuridad aumen­ta a tu alrededor en cada nuevo peldaño. Todos están

tranquilos con la ascensión y la tradición de este peque­ño acto de rebeldía.

Escúchame —dice Tyler—. Abre los ojos.

»En la antigüedad —dice Tyler— los sacrificios hu­manos se ejecutaban en una colina que dominara un río. Miles de personas. Escúchame. Se ejecutaban los sacrifi­cios y se ponían a arder los cuerpos en una pira.

»Llora si quieres —dice Tyler—. Ve al fregadero y deja que el agua corra sobre la mano, pero primero de­bes saber que eres un estúpido y que morirás. Mírame.

»Algún día —dice Tyler— morirás y, hasta que no seas consciente de ello, no me eres de ninguna utilidad.

Estás en Irlanda.

Llora si quieres —dice Tyler—, pero cada lágrima que caiga sobre la lejía te dejará en la piel una cicatriz como la producida por un cigarrillo.

Meditación guiada. Estás en Irlanda el verano que acabaste la universidad, y quizá sea aquí donde quisiste por primera vez la anarquía. Años antes de conocer a Tyler Durden, antes de mear en tu primera créme anglaise aprendiste algo sobre los pequeños actos de re­beldía.

En Irlanda.

Estás de pie sobre una plataforma en lo alto de las escaleras de un castillo.

Con vinagre —dice Tyler— se detiene la quema­dura, pero antes tendrás que darte por vencido.

Después de que cientos de personas fueran sacrifica­das y quemadas, me cuenta Tyler, una masa de residuos espesa y blanca se deslizó por el altar colina abajo en di­rección al río.

Primero tienes que tocar fondo.

Estás en la plataforma de un castillo de Irlanda y una oscuridad insondable cubre el borde de la plataforma;

delante de ti, en la oscuridad, a la distancia de un brazo, hay una pared de piedra.

La lluvia —me cuenta Tyler— cayó año tras año sobre la pira, y año tras año se quemó gente, y la lluvia se filtró por entre las cenizas de la madera y se convirtió en una solución de lejía; la lejía se mezcló con la grasa derretida de los sacrificios y una masa de jabón blanca y espesa se deslizó por la base del altar y serpenteó colina abajo hacia el río.

  • los irlandeses que hay a tu alrededor caminan con su pequeño acto de rebeldía en la oscuridad hasta el bor­de de la plataforma, se detienen en el saliente de la oscu­ridad insondable y mean.

  • me dicen: «Vamos, mea un buen chorro de ese pis americano, rico, amarillo y atestado de vitaminas. Rico, caro y desperdiciado».

Este es el momento más importante de tu vida —dice Tyler—, pero estás en otro sitio y te lo estás perdiendo.

Estás en Irlanda.

¡Oh!, y lo estás haciendo. ¡Oh, sí! Sí. Y hueles el amoníaco y la dosis diaria de vitamina B.

Tyler me cuenta que, tras mil años de matanzas y lluvias, los antiguos descubrieron que sus vestiduras se limpiaban mejor si las lavaban en aquel lugar, allí donde el jabón llegaba al río.

Meo sobre la piedra de Blarney.

¡Qué tío! —dice Tyler.

Me meo en los pantalones negros con manchas de sangre secas que mi jefe no soporta.

Estás en una casa alquilada en Paper Street.

Esto quiere decir algo —dice Tyler.

»Es una señal —dice Tyler. Tyler es un pozo de in­formación valiosa—. Las culturas sin jabón —dice Tyler— utilizaban su propia orina y la de sus perros para lavarse el pelo y la ropa con el ácido úrico y el amonía­co que contenían.

Hay olor a vinagre, y el fuego que te abrasa la mano, al final de esa larga carretera, sale fuera de ti.

Hay olor a lejía, que te escalda los sinus nasales y hay ese olor vomitivo a hospital, como de pis y vinagre.

Fue justo matar a toda esa gente —dice Tyler.

El dorso de tu mano está hinchado, rojo y brillante como un par de labios idénticos a los del beso de Tyler. Diseminados en torno al beso están los puntos de las quemaduras del cigarrillo de alguien que ha estado llo­rando.

Abre los ojos —dice Tyler. Su rostro está cuajado de lágrimas—. Felicidades —dice Tyler—. Estás un paso más cerca antes de tocar fondo.

»Tienes que saber que el primer jabón se fabricó con héroes —dice Tyler.

Piensa en los animales que se emplean al experimen­tar productos.

Piensa en los monos que lanzan al espacio.

Sin sus muertes, su dolor, sin su sacrificio —dice Tyler— no tendríamos nada.






Diez



Paro el ascensor entre dos pisos mientras Tyler se desa­ta el cinturón. Al detenerse el ascensor, los cuencos de sopa apilados en el carrito dejan de tintinear y cuando Tyler levanta la tapa de la sopera el vapor se eleva hasta el techo.

Tyler se la saca y dice:

Si me miras no podré hacerlo.

Es una sopa de tomate con cilantro y almejas. Nadie olerá lo que echemos de más en ella.

Le digo que se apresure y al mirar a Tyler por enci­ma del hombro veo cómo mete el último centilitro en la sopa. Tiene gracia: se parece a un elefante vestido con la camisa blanca y la pajarita de un camarero bebiendo sopa con su trompa pequeña.

Tyler me dice:

Te dije que no miraras.

La puerta del ascensor tiene una ventanilla a la altura de la cara, que me permite observar el pasillo del servi­cio de banquetes. Con el ascensor parado entre dos pi­sos, mi visión es como la de una cucaracha que se pasea por el linóleo verde. Desde aquí, a la altura de una cuca­racha, el pasillo verde llega hasta unas puertas que están medio abiertas, y tras las cuales, hay titanes que beben barriles de champán en compañía de sus gigantescas es­posas, mientras se saludan con bramidos y agitan manos en las que portan diamantes de tamaño increíble.

La semana pasada —le cuento a Tyler—, cuando los abogados del Empire State se reunieron aquí para celebrar la fiesta de Navidad, se me puso dura y la metí en todas las mousses de naranja.

La semana pasada, dice Tyler, paró el ascensor y se tiró un pedo en el carrito de los boccone dolce para el té de la Liga Juvenil.

Tyler sabe que el merengue absorbe mucho los olores.

A la altura de una cucaracha, oímos al arpista cauti­vo tocar mientras los titanes se llevan a la boca pedazos de chuletas de cordero, cada trozo del tamaño de un cerdo, cada boca, un afilado Stonehenge de marfil.

Venga, vamos.

No puedo —dice Tyler.

Si la sopa se enfría, la mandarán de vuelta a la cocina.

Los gigantes devolverán algún plato sin razón apa­rente. Sólo quieren ver cómo te afanas por su dinero. En una cena como ésta, con fiesta y banquete, saben que la propina está incluida en la cuenta y te tratan como ba­sura. La verdad es que nada vuelve a la cocina. Cambia de sitio las pommes parisienne y los asperges hollandaise, sírveselos a otro y verás que, como por encanto, ya estarán bien.

Las cataratas del Niágara. El río Nilo, le digo. En la escuela creíamos que si metías la mano de alguien dor­mido en un cuenco con agua caliente, mojaba la cama.

Oigo a Tyler detrás de mí:

¡Oh! ¡Oh, sí! ¡Oh! Lo he conseguido. ¡Oh, sí! Sí.

Más allá de las puertas entreabiertas del pasillo de servicio, dentro de las salas de baile, se ven faldas elegantísimas de color oro y negro y rojo, tan altas como el telón de terciopelo dorado del antiguo teatro Broadway. De vez en cuando aparecen dos Cadillacs de cuero negro con cordones donde deberían estar los parabrisas. Por encima de los coches se mueve una ciudad de blo­ques de oficina con fajas rojas.

No pongas demasiado, le digo.

Tyler y yo nos hemos convertido en terroristas de la industria de la restauración, en guerrilleros. Sabotea­dores de banquetes nocturnos. El hotel organiza ban­quetes, y cuando alguien encarga una cena, obtiene la comida, el vino, la vajilla de porcelana, la cristalería... y los camareros. Se les trata a lo grande, todo va incluido en la cuenta. Y como saben que no pueden amenazarte con negarte la propina, no eres para ellos más que una cucaracha.

Una vez Tyler trabajó en una fiesta nocturna. Fue en­tonces cuando Tyler se convirtió en un camarero renega­do. En esa primera fiesta, Tyler servía el primer plato en una casa de cristal blanca como una nube, que parecía flotar sobre la ciudad y que tenía las patas de acero fija­das sobre una colina. A mitad del primer plato, mientras Tyler enjuaga la vajilla para la pasta, la anfitriona entra en la cocina con un trozo de papel que se agita como una bandera en su mano temblorosa. Hablando entre dientes, la señora pregunta si los camareros han visto a algún in­vitado bajar al recibidor que lleva a los dormitorios; so­bre todo, a alguna de las invitadas o al anfitrión.

En la cocina, Tyler, Albert, Len y Jerry enjuagan y apilan los platos, y Leslie, el cocinero, unta con mante­quilla de ajo los corazones de alcachofa rellenos de gam­bas y caracoles.

Se supone que no debemos ir a esa parte de la casa —dice Tyler.

Entramos por el garaje. Lo único que nos permiten ver es el garaje, la cocina y el comedor.

El anfitrión aparece en el umbral de la puerta de la cocina, tras su mujer, y le quita el trozo de papel de la mano temblorosa.

No pasa nada —dice él.

¿Cómo me presentaré ante los invitados sin saber quién lo hizo? —dice la señora.

El anfitrión apoya su mano en la espalda del vestido de fiesta de seda blanca que hace juego con la casa, y la señora se yergue con la espalda recta y los hombros fir­mes, y se calma al instante.

Son tus invitados —le dice el anfitrión— y es una fiesta muy importante.

Tiene mucha gracia: parece un ventrílocuo dando vida a una marioneta. La señora mira a su marido, y con un ligero empujón, el anfitrión se lleva a su mujer de vuelta al comedor. La nota cae al suelo y las puertas de la co­cina —sss, sss— barren la nota, que alcanza los pies de Tyler.

¿Qué dice? —pregunta Albert.

Len sale a recoger los platos de pescado.

Leslie vuelve a meter en el horno la bandeja con los corazones de alcachofa y pregunta:

¿Y bien?, ¿qué dice?

Tyler mira directamente a Leslie y, sin molestarse si­quiera en recoger la nota, dice:

«He vertido cierta cantidad de orina en al menos una de sus muchas y elegantes fragancias.»

Albert sonríe:

¿Te measte en su perfume?

No, dice Tyler. Se había limitado a dejar la nota en­tre los frascos. Tiene unos cien frascos en la repisa del espejo del cuarto de baño.

Leslie sonríe:

Así que no llegaste a hacerlo, ¿eh?

No —dice Tyler—, pero eso ella no lo sabe.

Durante el resto de aquella noche en una fiesta blan­ca y de cristal en el cielo, Tyler fue retirando de la mesa de la anfitriona, primero el plato de alcachofas frías; lue­go la ternera fría con las pommes duchesse frías; luego el choufleur a la polanaise frío, y Tyler siguió llenando de vino su copa unas doce veces. La señora, sentada a la mesa, observaba a todas y cada una de sus invitadas mientras comían, hasta que, mientras retiraban los sor­betes y se servía el gáteau de albaricoque, el asiento que ocupaba la señora en la cabecera de la mesa quedó re­pentinamente vacío.

Estaban fregando los platos después de marcharse los invitados y cargaban las neveras portátiles y la vajilla de porcelana en la furgoneta del hotel, cuando el anfi­trión entró en la cocina y le preguntó a Albert si podía ir a ayudarle con algo pesado.

Leslie dice que tal vez Tyler llegara demasiado lejos.

Con voz alta y clara Tyler explica cómo se matan ballenas para destilar un perfume que cuesta al peso más que una onza de oro. La mayoría de la gente no ha visto nunca una ballena. Leslie tiene dos crios en un aparta­mento junto a la autopista, y la anfitriona tiene en su cuarto de baño invertidos más dólares en frascos de per­fume de los que conseguiríamos ganar en un año.

Albert vuelve de ayudar al anfitrión y marca el núme­ro 911. Albert cubre el auricular del teléfono con la mano y le dice a Tyler que no debería haber dejado esa nota.

Pues coméntaselo al administrador —dice Tyler—. Haz que me despidan. Me importa un bledo este trabajo de mierda.

Todos se miran los pies.

Lo mejor que nos podría ocurrir —dice Tyler— es que nos despidieran. De esa forma dejaríamos de in­tentar ir tirando y haríamos algo de provecho en nues­tra vida.

Albert pide por teléfono una ambulancia y les da la dirección. Mientras espera al teléfono, Albert nos explica que la anfitriona está hecha un asco. Albert tuvo que re­cogerla junto al retrete. El anfitrión no logró levantarla, porque la señora dice que fue él quien se meó en los fras­cos de perfume y que intenta volverla loca teniendo una aventura con una de las invitadas, justo esa noche, y que está cansada, cansada de toda esa gente a quienes llaman amigos.

El anfitrión no puede levantarla porque la señora se ha caído detrás del retrete con su vestido blanco y agita la mitad de un frasco de perfume roto. La señora dice que le cortará la garganta si intenta tocarla.

Genial —dice Tyler.

Albert apesta a perfume y Leslie le dice:

Albert, querido, apestas a perfume.

No hay forma de salir del cuarto de baño sin esa pes­te, dice Albert. Por el suelo yacen rotos todos los frascos de perfume y el retrete está lleno hasta arriba de fras­cos. Parecen hielo, dice Albert, como en las fiestas más locas del hotel, cuando tenemos que llenar los orinales con hielo picado. El cuarto de baño apesta a perfume y el suelo parece de gravilla, lleno de trozos plateados de un hielo que no se derretirá. Y cuando Albert ayuda a la señora a levantarse, su vestido blanco está húmedo con manchas amarillas y la señora intenta golpear al anfi­trión, resbala sobre el perfume y los cristales rotos, y aterriza sobre las manos.

La señora llora y sangra y se hace un ovillo contra el retrete.

¡Oh, esto apesta! —dice—. ¡Oh, Walter, apesta; apesta! —dice la señora.

El perfume apesta —todas aquellas ballenas muertas metiéndosele en los cortes de las manos—, apesta.

El anfitrión levanta a la señora cogiéndola por la es­palda y la señora mantiene las manos extendidas hacia arriba como si rezara, apenas separadas entre sí unos centímetros; la sangre corre por las palmas y por las mu­ñecas y por la pulsera de diamantes hasta llegar a los co­dos, por donde cae goteando.

Y el anfitrión dice:

No pasa nada, Nina.

Mis manos, Walter —dice la señora.

No pasa nada.

¿Quién querría hacerme esto? ¿Quién podría odiarme hasta este punto? —dice la señora.

El anfitrión se dirige a Albert:

¿Podría llamar a una ambulancia?

Ésa fue la primera misión de Tyler como terrorista de la industria de la restauración. Camarero y guerrille­ro. Desvalijador con salario mínimo. Tyler ha hecho esto durante años, pero dice que es más divertido hacerlo acompañado.

Cuando Albert concluye la historia, Tyler sonríe y dice:

Genial.

De vuelta en el hotel, dentro del ascensor parado en­tre la cocina y las salas de banquete, le cuento a Tyler que estornudé sobre la gelatina de trucha para la con­vención de dermatólogos; y que tres personas me dije­ron que estaba demasiado salada y otra dijo que estaba deliciosa.

Tyler se la sacude un poco sobre la sopera y me dice que se ha quedado seco. Resulta más fácil con sopas frías como la vichissoise o con los gazpachos del jefe de coci­na. Resulta imposible con aquella sopa de cebolla que lle­va por encima una capa de queso derretido. Si alguna vez como aquí, eso será lo que pida.

A Tyler y a mí se nos están acabando las ideas. Hacer­le cosas a la comida termina siendo aburrido, se con­vierte casi en parte de la faena típica del trabajo. Enton­ces oigo a uno de los médicos, abogados o lo que sean, explicando la forma en que el virus de la hepatitis logra vivir durante seis meses sobre el acero inoxidable. Te preguntas cuánto tiempo podrá vivir ese virus en unas natillas charlotte russe al ron.

O en el salmón timbale.

Le pregunté al médico dónde podría echarle mano a uno de esos virus de la hepatitis, y estaba tan borracho que se rió.

Todo termina en el vertedero de material médico contaminante —me dice.

Y se ríe.

Todo.

El vertedero de material médico contaminante sue­na parecido a tocar fondo.

Con una mano sobre el panel de control del ascen­sor, le pregunto a Tyler si está preparado. La cicatriz en el dorso de la mano está roja, hinchada y brillante como un par de labios con la forma exacta del beso de Tyler.

Un segundo —dice Tyler.

La sopa de tomate debe de estar todavía caliente, ya que el ganchudo aparato que Tyler se mete de nuevo en los pantalones tiene ese tono rosa del marisco hervido, como un langostino gigante.




















































Once



Podríamos estar vadeando un río de Suramérica —tierra de prodigios— y unos pececillos se introducirían por la uretra de Tyler. Estos pececillos poseen escamas con púas que al entrar en el cuerpo de Tyler se abren hacia los la­dos y hacia atrás; los pececillos se sienten como en casa y se disponen a poner sus huevos. La verdad es que este sábado por la noche podía ser mucho peor.

Lo que hicimos con la madre de Marla —dice Ty­ler— podría haber sido peor.

Le pido que se calle.

Tyler me dice que el gobierno francés podría haber­nos llevado a un complejo subterráneo a las afueras de París donde, como parte de una prueba de toxicidad de un spray bronceador, nos afeitarían las pestañas téc­nicos semicualificados, en lugar de cirujanos.

Cosas así suceden —dice Tyler—. Lee los perió­dicos.

Lo peor de todo es que sabía lo que Tyler se había traído entre manos con la madre de Marla; sin embargo, por primera vez desde que lo conocía, Tyler tenía un me­dio fiable para ganar dinero. Tyler estaba ganando pasta de verdad. Nordstrom llamó y le pidió a Tyler para an­tes de Navidad doscientas pastillas de su jabón facial con

azúcar moreno. A veinte pavos la pastilla —precio reco­mendado de venta al público—, tendríamos dinero sufi­ciente para salir los sábados por la noche. Dinero para arreglar el escape de gas e ir a bailar. Sin la preocupación del dinero, tal vez podría dejar mi trabajo.

Tyler se ha puesto el nombre de Compañía Jabone­ra de Paper Street. La gente comenta que es el mejor ja­bón del mundo.

Habría sido peor —dice Tyler— si accidental­mente te hubieras comido a la madre de Marla.

Con la boca llena de pollo al estilo Kung Pao, le pido que se calle de una puñetera vez.

Es sábado por la noche y estamos sentados sobre dos neumáticos pinchados en los asientos delanteros de un Impala del 68, en la primera fila de un aparcamiento de coches de ocasión. Tyler y yo charlamos y bebemos latas de cerveza; el asiento delantero de este Impala es más grande que la mayoría de los sofás que tiene la gen­te. Hay otros aparcamientos como éste a lo largo del pa­seo; en el ramo los llaman Lotes de Cafeteras y todos los coches vienen a costar unos doscientos dólares. Duran­te el día, los gitanos a cargo de estos aparcamientos se meten en sus oficinas de madera contrachapada y fuman puntos largos y delgados.

Estas viejas bañeras son los primeros coches en los que los críos iban al instituto: Gremlins y Pacers, Mavericks y Hornets, Pintos, rancheras de la International Harvester, Cámaros, Dusters e Impalas. Coches que la gente apreciaba y luego abandonó. Animales que se venden a peso; vestidos de dama de honor en el mercadillo benéfico de la Buena Voluntad. Tienen abolladu­ras; las aletas y el capó delanteros están pintados de ne­gro, rojo o gris, y hay grumos de masilla que nadie se preocupó de lijar. Interiores de plástico imitando madera, cuero y cromados. Por la noche, los gitanos ni se mo­lestan en cerrar las puertas de los coches.

Las farolas del paseo iluminan el precio pintado en el parabrisas del Impala, un parabrisas enorme y en­volvente como una pantalla de Cinemascope. Vea Es­tados Unidos. Cuesta noventa y ocho dólares. Desde el interior parece que fueran ochenta y nueve centavos: cero, cero, coma, ocho, nueve. Norteamérica te pide que llames.

Aquí la mayoría de los coches valen unos cien dóla­res, y todos llevan un contrato de venta «tal como está» colgado en la ventanilla del conductor.

Escogimos el Impala porque si había que dormir en un coche aquel sábado por la noche, éste era el que tenía los asientos más grandes.

Cenamos comida china porque no podemos ir a casa. O dormíamos aquí o pasábamos toda la noche en vela en una sala de baile. No vamos a salas de baile. Tyler dice que la música está a tal volumen, en especial los bajos, que se le fastidia el biorritmo. La última vez que salimos, Tyler dijo que la música tan alta le producía es­treñimiento. El que la sala sea tan ruidosa para hablar, hace que después de un par de copas, todo el mundo se sienta el centro de atención, si bien todos están comple­tamente aislados del resto.

Eres el cadáver de una de aquellas novelas inglesas de asesinatos.

Esta noche dormimos en un coche porque Marla fue a casa y amenazó con llamar a la policía para que me arres­taran por hervir a su madre; entonces Marla comenzó a dar portazos por la casa chillando que era un carnicero y un caníbal, y a dar patadas a las pilas de revistas del Reader's Digest y del National Geographic, y entonces me fui y la dejé allí. Eso es todo.

Después de su intento de suicidio —intencionado pero accidental— con Xanax en el hotel Regent, no lo­gro imaginarme a Marla llamando a la policía; sin em­bargo, Tyler creyó conveniente dormir fuera esta noche. Por si acaso.

Por si Marla reduce la casa a cenizas.

Por si Marla sale y compra una pistola.

Por si Marla sigue todavía en casa.

Por si acaso.

Intento concentrarme:

Blanca luna de rostro vigilante; las estrellas nunca se enfurecen, bla, bla, bla, fin.

Aquí estoy, con los coches pasando junto al paseo y una cerveza en la mano, en el Impala, con ese volante frío y duro, de baquelita, tal vez de noventa centímetros de diámetro, y con el asiento de vinilo agrietado pelliz­cándome el culo a través de los vaqueros. Tyler me dice:

Otra vez. Cuéntame exactamente lo que ocurrió.

Durante semanas no quise saber lo que Tyler se traía entre manos. En una ocasión, fui con Tyler a la estafeta de la Western Union y vi que le mandaba un telegrama a la madre de Marla.

ARRUGAS ESPANTOSAS (stop) ¡AYÚDAME, POR FA­VOR!, (fin)

Tyler le mostró al empleado el carné de Marla de la bi­blioteca y firmó con el nombre de Marla la hoja de envío y le gritó que sí, que había hombres que se llamaban «Marla» y que no metiera las narices donde no le importaba.

Al dejar la Western Union, Tyler me dijo que si le quería debía confiar en él. Yo no necesitaba saber nada, dijo Tyler, y me llevó a Garbonzo's a comer hummus.

Lo que realmente me asustaba no era tanto el tele­grama sino comer con Tyler fuera de casa. Tyler nunca jamás había pagado algo al contado. Para agenciarse ropa, Tyler va a gimnasios y hoteles y reclama alguna prenda en la sección de objetos perdidos. Es mejor que lo que hace Marla, que va a las lavanderías automáticas a robar téjanos de las secadoras y los vende a doce dó­lares el par en las tiendas que compran vaqueros usa­dos. Tyler nunca comía en restaurantes y Marla no te­nía arrugas.

Sin razón aparente, Tyler envió a la madre de Marla una caja de bombones de medio kilo.

Este sábado por la noche también podía ser mucho peor, me dice Tyler en el Impala, si hubiera una araña reclusa parda. Al picar no sólo te inyecta el veneno, sino también una enzima o un ácido digestivo que disuelve el tejido en torno a la picadura y que literalmente te licua el brazo, la pierna o la cara.

Esta noche Tyler estaba escondido cuando todo em­pezó. Marla se dejó caer por casa. Sin llamar siquiera, Marla se asoma por la puerta de casa y grita: «Toc toc».

Estoy leyendo un Reader's Digest en la cocina. Me quedo desconcertado.

Marla grita:

Tyler, ¿puedo entrar? ¿Estás en casa?

Le contesto a voz en grito que Tyler no está en casa.

Marla grita:

No seas mezquino.

Para entonces ya estoy en la puerta de entrada. Marla está en el vestíbulo con un paquete urgente del Fede­ral Express y me dice:

Necesito meter algo en el congelador.

La sigo hasta la cocina como un perro pisándole los talones y diciendo que no.

No.

No.

No.

No va a empezar a llenarme la casa de porquerías.

Pero, pedazo de animal —dice Marla—, si no ten­go congelador en el hotel y además me dijiste que podía traerlo.

No es cierto. Lo último que quiero es que Marla se instale aquí poco a poco con sus porquerías.

Marla rasga el paquete del Federal Express sobre la mesa de la cocina y saca algo blanco del paquete de pa­pel acolchado y me lo restriega por las narices.

No es basura —dice ella—. Estás hablando de mi madre, así que ¡vete a la mierda!

Lo que Marla ha sacado del paquete es una de esas bolsas con la sustancia blanca que Tyler derretía para obtener sebo y hacer jabón.

Habría sido peor —dice Tyler— si te hubieras comido sin saberlo el contenido de una de esas bolsas. Si te hu­bieras levantado a media noche y hubieses echado esa sustancia viscosa y blanca en una sopa de cebollas de Ca­lifornia y te la hubieras comido como una de esas salsas para patatas fritas o brócoli.

Ni por todo el oro del mundo deseaba que Marla abriese el congelador mientras estábamos los dos en la cocina.

Le pregunté qué iba a hacer con esa masa blanca.

Labios estilo París —dijo Marla—. Cuando te haces mayor, los labios se hunden en la boca. Estoy ahorrando para una inyección de colágeno en los labios. Tengo casi más de un kilo de colágeno en el conge­lador.

Le pregunté que de qué tamaño quería los labios. Marla me dijo que era la operación en sí lo que le preocupaba.

Le cuento a Tyler en el Impala que la sustancia del pa­quete del Federal Express era la misma sustancia con la que fabricábamos el jabón. Desde que se había descu­bierto que la silicona era peligrosa, el colágeno se había convertido en un artículo muy preciado en las inyeccio­nes para eliminar arrugas o rellenar labios finos y meji­llas flácidas. Tal como lo había explicado Marla, la ma­yoría del colágeno barato es grasa de vaca esterilizada y procesada, pero ese colágeno barato no dura mucho tiempo en el cuerpo. Da lo mismo dónde te lo inyecten, por ejemplo en los labios, tu cuerpo lo rechaza y co­mienza a eliminarlo. Al cabo de seis meses, vuelves a te­ner los labios como al principio.

El mejor colágeno, dijo Marla, es tu propia grasa ex­traída de los muslos, procesada, purificada e inyectada de nuevo en los labios. O donde sea. Este tipo de colá­geno sí que dura.

Aquella sustancia del frigorífico eran las reservas de colágeno de Marla. Cuando su madre se echaba algunos kilos de más, se hacía una liposucción y conservaba la grasa. Marla dice que el proceso se denomina «acopio». Cuando la mamá de Marla no necesita el colágeno, envía los paquetes a Marla. Ella nunca tiene grasa de más y su mamá cree que siempre es preferible que Marla use el co­lágeno de la familia a que use grasa barata de vaca.

La luz del paseo se filtra a través del contrato de venta de la ventanilla y refleja las palabras «tal como está» en la mejilla de Tyler.

Las arañas —dice Tyler— pueden poner los huevos bajo la piel y las larvas abrirte túneles en ella. Así de mala puede ser la vida.

Ahora mismo, este pollo con almendras, con su sal­sa caliente y cremosa, me sabe al colágeno extraído de los muslos de la madre de Marla.

Fue en ese momento, de pie en la cocina junto a Marla, cuando me di cuenta de lo que Tyler había hecho.

ARRUGAS ESPANTOSAS.

Y supe por qué le enviaba bombones a la madre de Marla.

AYÚDAME, POR FAVOR.

Marla, ¿seguro que quieres ver el congelador?—, le digo.

¿Ver qué? —dice Marla.

Nunca comemos carne roja —me dice Tyler en el Impala. Él no emplea grasa de pollo porque el jabón no se solidifica en pastillas—. Esa sustancia —dice Tyler— nos está dando una fortuna. Pagamos el alquiler con el colágeno.

Le digo que debería habérselo dicho a Marla. Ahora ella cree que he sido yo.

La saponificación —dice Tyler— es la reacción química necesaria para fabricar un buen jabón. La grasa de pollo no sirve, ni tampoco la grasa con mucha sal.

«Escucha —dice Tyler—. Tenemos que servir un pe­dido importante. Lo que haremos será enviar a la mamá de Marla más bombones y tartas de frutas.

No creo que eso vuelva a funcionar.

En resumen, Marla echó un vistazo al congelador. Vale, sí, primero hubo un forcejeo. Intento detenerla, la bolsa cae al suelo y se rompe sobre el linóleo y ambos resba­lamos en aquella porquería blanca y pegajosa, e intenta­mos levantarnos buscando aire para respirar. Marla me agarra de la cintura por detrás; su cabello negro azotán­dome el rostro, los brazos prendidos de los costados, y le repito una y otra vez que no fui yo. No fui yo.

Yo no lo hice.

¡Mi madre; la has derramado por todas partes!

Necesitábamos hacer jabón, le digo con el rostro jun­to al oído. Necesitábamos lavar mis pantalones, pagar el alquiler, arreglar el escape de gas. No fui yo.

Fue Tyler.

Marla se pone a chillar: «¿De qué estás hablando?» y forcejea para deshacerse de la falda. Lucho por ponerme en pie y no resbalar en el suelo, agarrado a su falda de al­godón indio estampado, y Marla, vestida con las bragas, los topolinos y la blusa campestre, abre la puerta del congelador y la reserva de colágeno ha desaparecido.

Hay dos pilas de linterna gastadas y nada más.

¿Dónde está?

Gateo marcha atrás, resbalando con pies y manos en el linóleo, y voy limpiando el suelo con el trasero mien­tras me alejo de Marla y la nevera. Me llevo la falda a los ojos para no tener que ver la cara de Marla al decírselo.

La verdad.

Hicimos jabón con él... con ella... Con la madre de Marla.

¿Jabón?

Jabón. Hierves grasa, la mezclas con lejía y obtienes jabón.

Cuando Marla empieza a gritar, le tiro la falda a la cara y echo a correr. Resbalo. Corro.

Marla me persigue por toda la planta baja, derrapan­do en las esquinas, apoyándose en los marcos de las ven­tanas para tomar impulso. Resbalando.

En las paredes empapeladas con flores vamos dejando las marcas de nuestras manos, sucias de grasa y mugre del suelo. Caemos, resbalamos; nos golpeamos contra el zócalo de madera de las paredes; nos levantamos de nuevo y seguimos corriendo.

Marla grita.

¡Has hervido a mi madre!

Tyler hirvió a su madre.

Marla grita, sus uñas siempre un centímetro detrás de mí.

Tyler hirvió a su madre.

¡Tú has hervido a mi madre!

La puerta de casa seguía abierta.

Y entonces salí por la puerta de casa mientras Marla me gritaba desde el umbral. Mis pies ya no resbalaban en la acera de asfalto y seguí corriendo. Hasta que en­contré a Tyler o hasta que Tyler me encontró y le contó lo ocurrido.

Con una cerveza cada uno, nos acomodamos, Tyler en el asiento trasero y yo en el delantero. Incluso ahora es probable que Marla siga en casa lanzando revistas con­tra las paredes y gritando que soy un gilipollas y un monstruo capitalista con dos caras, un cabrón lamecu­los. Los kilómetros de noche que median entre Marla y yo me deparan insectos, melanomas y virus carnívoros. No se está tan mal donde estoy.

Cuando a un hombre le cae un rayo —dice Tyler— la cabeza se le derrite y se reduce a una pelota de béisbol en ascuas; y su bragueta se queda soldada en una sola pieza.

Le digo:

¿Hemos tocado fondo esta noche?

Tyler se reclina y me pregunta:

Si Marilyn Monroe estuviese viva, ¿qué estaría haciendo?

Buenas noches—, le digo.

El letrero cuelga del techo hecho trizas y Tyler me dice:

Pues arañando la tapa del ataúd.












































Doce



El jefe está de pie, pegado a mi mesa, con una media sonrisa; los labios esbozando una línea tenue, la entre­pierna junto a mi codo. Levanto la vista de la carátula que estoy escribiendo para un expediente. Estas cartas siempre empiezan igual:

«Le enviamos este aviso en atención a las obligacio­nes impuestas por el Decreto Nacional para la seguridad de vehículos de motor. Hemos descubierto que existe un defecto...»

Esta semana he aplicado la fórmula de responsabili­dades y, por una vez, A multiplicado por B y multipli­cado por C da una cifra superior al coste de retirada de un coche.

Esta semana ha sido la pinza de plástico que sujeta la banda de goma a las varillas del limpiaparabrisas. Un artícu­lo desechable. Sólo doscientos vehículos afectados. Casi nada en comparación con el coste de mano de obra.

La semana pasada fue más normal. La semana pasa­da fue cierto tipo de cuero curtido con una determinada sustancia teratogénica —nirret sintético o algo así—, tan ilegal que aún se emplea en curtidos del Tercer Mundo. Un producto tan potente que causa taras de nacimiento en el feto de cualquier mujer embarazada que entre en contacto con él. Nadie llamó la semana pasada al Departamento de Transporte. Nadie tramitó la retirada de su coche.

La nueva tapicería de cuero multiplicada por el cos­te de mano de obra y por el coste administrativo da una cifra superior a nuestros beneficios del primer trimestre. Si alguien descubre alguna vez el fallo, aún podemos in­demnizar a un montón de familias sumidas en el dolor y mantenernos todavía muy lejos del coste que supondría reponer seis mil quinientas tapicerías de cuero.

Sin embargo, esta semana hemos tramitado una reti­rada de coches. Y esta semana vuelvo a sufrir insomnio. Insomnio, y ahora todas las cifras del mundo parecen detenerse para descargarse sobre mi tumba.

El jefe lleva puesta una corbata gris y eso significa que hoy es martes.

El jefe trae una hoja de papel a mi mesa y me pre­gunta si he perdido algo.

Este papel estaba en la fotocopiadora—, me dice, y comienza a leer—: «La primera regla del club de lucha es que no se habla del club de lucha».

Sus ojos van de un lado a otro del papel y suelta una risita estúpida.

«La segunda regla del club de lucha es que no se habla del club de lucha.»

Oigo las palabras de Tyler saliendo de los labios de mi jefe: el señor Mandamás con la gordura típica de la me­diana edad y con aquella foto de familia sobre la mesa y con el sueño de jubilarse anticipadamente para pasar los inviernos en un camping de caravanas en algún lugar del desierto de Arizona. El jefe, con sus camisas superalmidonadas y sus citas fijas para recortarse el pelo todos los jueves después de comer, me mira y dice:

Espero que esto no sea suyo.

Soy la Furia Hirviendo en la Sangre de Fulano.

Tyler me pidió que le pasara a máquina las reglas del club de lucha y le hiciera diez copias. Ni nueve ni once. Tyler dijo diez. Todavía tengo insomnio y no recuerdo haber dormido desde hace tres días. Debe de ser el ori­ginal que pasé a máquina. Hice diez copias y me olvidé el original. El resplandor de la fotocopiadora —como el flash de los paparazzi— en mi cara. El distanciamiento del insomnio; una copia de una copia de una copia. No puedes tocar nada y nada puede tocarte.

El jefe lee:

«La tercera regla del club de lucha es dos hombres por combate.»

Ninguno de los dos parpadea.

El jefe lee:

«Un combate por vez.»

No he dormido desde hace tres días, a no ser que esté durmiendo ahora. El jefe agita la hoja delante de mis narices. ¿Y esto, qué?, me dice. ¿Es algún jueguecito al que me dedico en horas de trabajo? Me pagan para que preste atención absoluta, no para que pierda el tiem­po con jueguecitos de guerra. Y no me pagan para que me aproveche de las fotocopiadoras.

¿Y esto, qué? Agita el papel delante de mis narices. Qué debería hacer, me pregunta, con un empleado que malgasta el tiempo de trabajo en su pequeño mundo de fantasías. Si estuviera en su pellejo, ¿qué haría?

¿Qué haría?

La mejilla hundida, la hinchazón tumefacta de los ojos y la cicatriz roja e hinchada del beso de Tyler en el dorso de la mano. Una copia de una copia de una copia.

Reflexión.

¿Por qué quiere Tyler diez copias de las reglas del club de lucha?

Una vaca sagrada.

Lo que haría —le digo— es tener mucho cuidado con quien hablo de esto.

»Parece haberlo escrito un asesino psicótico y peli­groso —le digo—; algún esquizofrénico susceptible de sufrir un ataque en cualquier momento de la jornada la­boral y capaz de pasearse de despacho en despacho con una carabina semiautomática Armalite AR-180 de las que se accionan a gas.

El jefe no aparta la mirada de mí.

Ese tío —le digo— probablemente se pasa las no­ches en casa con una lima haciendo cruces en la punta de cada uno de los proyectiles. De esta forma cuando se presente una mañana en la oficina y le meta un tiro a su jefe, a ese lameculos gruñón, incompetente, mezquino, quejica y cobarde, la bala se escindirá por las ranuras abiertas con la lima y se abrirá como una bala dumáum que florece en su interior, volándole las apestosas tripas a través de la columna vertebral. Imagínese el chakra de sus tripas abriéndose a cámara lenta cuando explota la salchicha del intestino delgado.

El jefe me aparta el papel de la cara.

Continúe —le digo—; lea algo más.

»En serio —le digo— es fascinante. La obra de una mente completamente enferma.

Y sonrío. El ojal del agujero en mi mejilla tiene el mismo color amoratado que las encías de un perro. La piel se tensa en torno a la hinchazón de los ojos y pare­ce barnizada.

El jefe no aparta la mirada de mí. —Déjeme ayudarle, le digo.

Y continúo:

La cuarta regla del club de lucha es un combate por vez.

El jefe mira el papel y luego me mira a mí.

La quinta regla —le digo— es nada de zapatos ni camisas durante el combate.

El jefe mira el papel y luego me mira a mí.

Tal vez —le digo—, ese hijoputa de mente enfer­miza utilice una carabina Eagle Apache, porque lleva un peine de treinta cartuchos y sólo pesa cuatrocientos gra­mos. La carabina Armalite lleva un peine de cinco car­tuchos. Con treinta cartuchos, ese cabronazo podría ce­pillarse a todos los vicepresidentes y aún le quedaría un cartucho para cada uno de los directores.

La palabras de Tyler van saliendo de mi boca. Y yo antes era una persona encantadora.

Miro al jefe. Mi jefe. Tiene los ojos de un azul cianita claro.

Las carabinas semiautomáticas J y R 68 también lle­van un peine de treinta cartuchos y sólo pesan trescien­tos gramos.

El jefe no deja de mirarme.

Da miedo —le digo—. Seguramente es alguien a quien conoce desde hace años. Seguramente ese tipo lo sabe todo sobre usted: dónde vive, dónde trabaja su es­posa y a qué escuela van sus hijos.

Es agotador y, de repente, muy aburrido.

¿Y por qué necesita Tyler diez copias de las reglas del club de lucha?

No debo decir lo que sé sobre los interiores de cue­ro que provocan taras de nacimiento. Lo que sé sobre la falsificación de las pastillas de freno que parece suficiente­mente buena para pasar la prueba del agente de com­pras, pero falla a los cuatro mil kilómetros.

Sé lo del reóstato de los aparatos de aire acondicio­nado: se calienta tanto que prende fuego a los mapas de la guantera. Sé cuánta gente ha muerto quemada por culpa del circuito de retorno del inyector de combustible. He visto a personas con las piernas amputadas a la altura de la rodilla cuando los turbocompresores explotan y las aspas atraviesan el compartimiento del motor y entran en la cabina de los pasajeros. He visto sobre el terreno co­ches completamente quemados y he visto informes en los que el origen del fallo constaba como «desconocido».

No —le digo—; este papel no es mío.

Cojo el papel con dos dedos y se lo arrebato de un ti­rón. El borde debe de haberle hecho un corte en el pul­gar porque se lleva al instante la mano a la boca y chupa con fruición, los ojos abiertos como platos. Hago una pelota con el papel y lo tiro a la papelera junto a mi mesa.

Tal vez —le digo— no debería traerme toda la por­quería que recoge por ahí.

El domingo por la noche voy a Aún Hombres Unidos y el sótano de la Trinidad Episcopal está casi vacío. Sólo Bob el grandullón y yo. Entro arrastrándome con todos los músculos magullados por dentro y por fuera, pero con el corazón todavía a cien y un volcán de ideas en la cabeza. Es el insomnio. Toda la noche devanándome los sesos.

Toda la noche cavilando: ¿Estoy dormido? ¿He dor­mido algo?

Para colmo, los brazos de Bob el grandullón se salen de las mangas de la camiseta tan duros e hinchados que brillan. Bob el grandullón sonríe, de lo contento que está de verme.

Pensaba que yo había muerto.

Sí —le digo—; yo también.

Bien —dice Bob el grandullón—; tengo buenas no­ticias.

¿Dónde están todos?

Ésas son las buenas noticias —dice Bob—. El gru­po se ha disuelto. Sólo he venido para decírselo a los que puedan venir.

Cierro los ojos y me derrumbo sobre uno de los sofás de cuadros comprados en unos almacenes baratos.

La buena noticia —dice Bob el grandullón— es que hay un grupo nuevo, aunque la primera regla de este nuevo grupo es que se supone que no puedes hablar de él.

¡Oh!

Y la segunda regla es que se supone que no puedes hablar de él —dice Bob el grandullón.

¡Oh, mierda! Abro los ojos.

Joder.

Se llama club de lucha —dice Bob el grandullón— y se reúne todos los viernes por la noche en un garaje en el otro extremo de la ciudad. Los jueves por la noche hay otro club de lucha que se reúne en un garaje cercano.

No conozco ninguno de los dos sitios.

La primera regla del club de lucha —dice Bob el grandullón— es que no se habla del club de lucha.

Los miércoles, jueves y viernes por la noche Tyler trabaja de operador de cine. La semana pasada vi los che­ques con su paga.

La segunda regla del club de lucha —dice Bob el grandullón— es que no se habla del club de lucha.

El sábado por la noche Tyler va al club de lucha conmigo.

Sólo dos hombres por combate.

El domingo por la mañana a casa magullados y dor­mimos toda la tarde.

Sólo un combate por vez —dice Bob el grandullón.

El domingo y el lunes por la noche, Tyler trabaja sirviendo mesas.

Se lucha sin camisa ni zapatos.

El martes por la noche Tyler fabrica jabón en casa y lo envuelve en papel de seda para venderlo. La Compa­ñía Jabonera de Paper Street.

Los combates —dice Bob el grandullón— duran lo que haga falta. Éstas son las reglas inventadas por el tío que inventó el club de lucha.

Bob el grandullón me pregunta:

¿Lo conoces?

»Yo tampoco lo he visto jamás —dice Bob el gran­dullón—, pero el tío se llama Tyler Durden.

La Compañía Jabonera de Paper Street.

¿Lo conozco?

No sé—, le contesto.

Tal vez.
















































Trece



Al llegar al hotel Regent, Marla está en el vestíbulo ves­tida con un albornoz. Marla me llamó al trabajo y me pidió que pasase del gimnasio, la biblioteca, la lavande­ría o lo que hubiera planeado para después del trabajo y que fuese a verla.

Por eso me llamó Marla, porque me odia.

No dice nada sobre sus reservas de colágeno.

Me pregunta si podría hacerle un favor. Marla se ha quedado esta tarde en la cama. Marla vive de los platos cocinados que el servicio de Comidas sobre Ruedas manda a sus vecinos fallecidos y que ella recoge con la excusa de que están durmiendo. En resumidas cuentas, Marla se ha quedado esta tarde en la cama esperando la llegada, entre las doce y las dos, del envío de Comidas sobre Ruedas. Hace dos años que Marla no tiene un se­guro médico, por lo que dejó de hacerse revisiones; sin embargo, esta mañana se descubrió en un pecho una es­pecie de bulto y los nódulos que tiene bajo el brazo y cerca del bulto estaban a la vez blandos y duros al tacto, y no podía decírselo a ninguna de las personas que quie­re para no asustarlas, y tampoco podía permitirse pagar a un médico si no era nada, pero necesitaba hablar con alguien y que ese alguien la examinase.

El color de los ojos castaños de Marla es como el de un animal al que hubieran metido en un horno y luego sumergido en agua fría. Se llama vulcanización, galvani­zación o temple.

Marla promete olvidar el asunto del colágeno si la ayudo y la examino.

Me figuro que no llama a Tyler porque no quiere asustarlo. A su entender, yo soy neutral; se lo agradezco.

Subimos a su habitación y Marla me cuenta que en la naturaleza no se ven animales viejos porque mueren tan pronto como envejecen. Si enferman o pierden rapidez, los mata un animal más fuerte. Los animales no están hechos para llegar a viejos.

Marla se echa en la cama, se desata el cinturón del al­bornoz y me dice que nuestra civilización ha convertido la muerte en algo negativo. Los animales viejos deberían ser una excepción antinatural.

Monstruos.

Marla está fría y suda mientras le cuento que en la universidad una vez tuve una verruga. En el pene, aun­que digo «polla». Fui a la Facultad de Medicina a que me la quitaran. La verruga. Después se lo conté a mi padre. Eso fue años más tarde, y mi papá se rió y me dijo que era tonto porque verrugas como ésa son un regalo de la naturaleza. Las mujeres las adoran y Dios me había he­cho un favor.

Me arrodillo junto a la cama de Marla con las manos aún frías de la calle; palpo poco a poco la piel fría de Marla; pellizco un poco de la piel de Marla cada varios centímetros. Marla me dice que esas verrugas, ese rega­lo de Dios, provocan a las mujeres cáncer en el cuello del útero.

Así que estaba sentado sobre una toalla de papel en la sala de reconocimiento de la Facultad de Medicina mientras un estudiante me rociaba la polla con un bote de nitrógeno líquido y otros ocho estudiantes observa­ban. Es ahí donde acabas si no tienes seguro médico. Sólo que no la llaman polla, sino pene, y —la llames como la llames— te la rocían con nitrógeno líquido. Si te la quemaran con lejía dolería igual.

Marla se ríe hasta que se da cuenta de que mis dedos se han detenido. Como si hubiera encontrado algo.

Marla deja de respirar; su estómago parece un tam­bor y el corazón es como un puño que golpea por den­tro el cuero tenso del tambor. Pero no, si me detengo es porque estoy hablando y porque, por un instante, nin­guno de los dos estaba en el dormitorio de Marla. Está­bamos en la Facultad de Medicina, años atrás, y yo sen­tado sobre un papel pegajoso y con la polla ardiéndome por el nitrógeno líquido, hasta que uno de los estudian­tes vio mis pies descalzos y abandonó la habitación en dos zancadas. El estudiante volvió precedido por tres médicos de verdad, que de un codazo echaron a un lado al tío del bote de nitrógeno líquido.

Uno de los médicos de verdad me levantó el pie de­recho y lo plantó ante la cara de los otros médicos de verdad. Los tres lo hicieron girar, lo palparon y sacaron fotos con una Polaroid, y fue como si el resto de mi per­sona, a medio vestir y con aquel don de Dios medio congelado, ya no existiese. Sólo el pie. El resto de los es­tudiantes se empujaba para poder mirar.

¿Cuánto hace que tiene esa mancha roja en el pie? —me preguntó uno de los médicos.

El médico se refería a mi marca de nacimiento. Una marca de nacimiento que tengo en el pie derecho y con la que mi padre bromea y que parece un mapa granate de Australia con una Nueva Zelanda diminuta junto a ella. Esto es lo que les dije y las cosas se aclararon. Mi polla se estaba derritiendo. Se marcharon todos menos el estudiante del nitrógeno y creo que también se habría ido; estaba tan decepcionado que no me miró a los ojos mientras cogía el glande y lo estiraba hacia él. Volvió a rociar lo que quedaba de la verruga con el pulverizador. La sensación era de que aunque cerrara los ojos y me imaginara que la polla estaba a cientos de kilómetros, seguiría doliéndome.

Marla me mira la mano y ve la cicatriz del beso de Tyler.

Le dije al estudiante de medicina que no debían de ver muchas marcas de nacimiento.

No era eso. El estudiante me dijo que todos creían que la marca de nacimiento era un cáncer. Había una nueva clase de cáncer que padecían los hombres jóvenes. Se despertaban con un punto rojo en los pies o en los to­billos. Los puntos no desaparecen, se extienden hasta cu­brirte y te matan.

El estudiante me dijo que los médicos y el resto de estudiantes estaban tan emocionados porque pensaban que tenía ese nuevo cáncer. Muy pocas personas lo te­nían, aunque se iba extendiendo.

Esto fue hace muchos, muchos años.

Con el cáncer pasan estas cosas, le digo a Marla. Co­meten errores y tal vez la clave sea no olvidarse del res­to de uno mismo cuando alguna parte enferma.

Es posible —dice Marla.

El estudiante del nitrógeno líquido terminó la faena y me dijo que la verruga se caería en un par de días. So­bre el papel pegajoso, al lado de mi culo desnudo, había una fotografía de mi pie que nadie quería. Le pregunté si podía quedarme la foto.

Aún conservo la fotografía en mi habitación, en una esquina del marco del espejo. Todas las mañanas me peino delante de ese espejo antes de ir a trabajar y pien­so que hubo una vez en que, durante diez minutos, tuve cáncer o algo peor que cáncer.

Le digo a Marla que éste era el primer año en que el Día de Acción de Gracias mi abuelo y yo no íbamos a patinar aunque el hielo tenía un espesor casi de quince centímetros. Mi abuela siempre lleva en la frente o en los brazos esos emplastos redondos sobre unos lunares que tuvo toda la vida y que no tienen buen aspecto. Se extienden por los bordes y su color marrón se vuelve azul o negro.

Cuando mi abuela salió del hospital la última vez, mi abuelo le llevaba la maleta, y era tan pesada que se quejaba de que se sentía desequilibrado. Mi abuela era una mujer francocanadiense tan recatada que nunca se había puesto un traje de baño en público y siempre de­jaba abierto el grifo del lavabo para disimular cualquier ruido que pudiera hacer en el cuarto de baño. Al salir del hospital de Nuestra Señora de Lourdes, después de una mastectomía parcial, ella le dijo: «¿Tú te sientes de­sequilibrado?».

Según mi abuelo, esto resume toda la historia, cómo era mi abuela, el cáncer, su matrimonio, tu vida. Se ríe siempre que cuenta esa historia.

Marla no se ríe. Quiero hacerla reír, animarla, que me perdone lo del colágeno. Quiero decirle a Marla que no he encontrado nada. Si descubrió algo esta mañana, es­taba equivocada. Una marca de nacimiento.

Marla tiene la cicatriz del beso de Tyler en el dorso de la mano.

Quiero que Marla se ría, así que no le cuento lo de la última vez que abracé a Cloe: una Cloe sin pelo, un es­queleto hundido en cera amarilla con una bufanda de seda en torno a su cabeza calva. Abracé a Cloe una última vez antes de que desapareciera para siempre. Le dije que parecía un pirata y se rió. Cuando voy a la playa siempre me siento con el pie derecho —Australia y Nueva Zelanda— oculto bajo la otra pierna o enterra­do en la arena. Tengo miedo de que la gente me vea el pie y empiece a morirme en su imaginación. El cáncer que yo no tengo está ahora en todas partes. Eso no se lo cuento a Marla.

Hay un montón de cosas que deseamos ignorar so­bre la gente que queremos.

Para animarla, para hacerla reír, le cuento lo de la mujer del consultorio de Querida Abby, que se casó con un guapo y brillante empresario de pompas fúnebres. En su noche de bodas la obligó a meterse en una bañera de agua helada hasta que la piel parecía hielo al tacto, y entonces la hizo echarse en la cama y quedarse comple­tamente quieta mientras poseía su cuerpo inerte y frío.

Lo gracioso es que la mujer lo aguantó de recién casada y siguió soportándolo los diez años siguientes de matrimonio y ahora había escrito a Querida Abby para preguntarle a Abby si creía que aquello tenía im­portancia.

Catorce



Por eso yo apreciaba tanto los grupos de apoyo, porque la gente, cuando cree que te estás muriendo, te presta toda su atención.

Si aquella podía ser la última vez que estuvieran contigo, estaban contigo de verdad. Todo lo demás —el saldo del banco, las canciones de la radio o el pelo albo­rotado— carecía de importancia.

Te dedicaban toda su atención.

La gente te escuchaba en vez de estar pendiente de su turno para hablar.

Y cuando hablaban no te contaban ninguna historia. Al conversar iban constituyendo algo que los transfor­maba en seres diferentes.

Marla había empezado a ir a los grupos de apoyo cuando descubrió el primer bulto.

La mañana siguiente del día siguiente al que descu­briéramos su segundo bulto, Marla entró brincando en la cocina con las dos piernas metidas en una media y dijo:

Mira, soy una sirena.

Marla dijo:

No es como cuando los tíos os sentáis al revés en el retrete y hacéis como que vais en moto. Éste es un ac­cidente de verdad.

Justo antes de conocernos en Aún Hombres Unidos apareció el primer bulto; ahora tenía otro más.

Lo que debéis saber es que Marla sigue viva. La filo­sofía de Marla respecto a la vida, me dijo, es que puede morirse en cualquier momento. La tragedia de su vida es que no se muere.

Cuando Marla descubrió el primer bulto, fue a una clínica donde madres consumidas como espantapájaros se sentaban en sillas de plástico a los tres lados de la sala de espera con niños desmadejados como peleles y he­chos un ovillo en su regazo o reclinados a sus pies. Los niños tenían los ojos hundidos y oscuros como cuando se pudre la piel de una naranja o un plátano y se va su­miendo en la carne, y las madres se rascaban levantán­dose capas de caspa en infecciones incontrolables del cuero cabelludo. De la misma forma que en los hospita­les los dientes de los pacientes parecen enormes en los rostros delgados, sus dientes son sólo fragmentos de hueso que sobresalen de la piel para triturar alimentos.

Aquí es donde acabas cuando no tienes seguro de enfermedad.

Antes de que se supiera más sobre el tema, hubo un montón de homosexuales que quisieron tener niños y ahora los niños están enfermos y las madres se están mu­riendo y los padres han muerto; y sentada en el hospital entre el olor vomitivo a pis y a vinagre, mientras una en­fermera le pregunta a cada madre cuánto hace que está enferma y cuánto peso ha perdido y si el niño tiene algún pariente vivo o un tutor, Marla decide que no.

Si se iba a morir, Marla no quería saberlo.

Marla dobló la esquina de la clínica en dirección a la lavandería y robó todos los vaqueros de las secadoras; luego se fue caminando hasta una tienda donde le die­ron quince pavos por cada par. A continuación, Marla se compró unas medias de las buenas, de las que no ha­cen carreras.

Hasta las medias buenas que no hacen carreras —dice Marla— se enganchan.

Nada es estático. Todo se destruye.

Marla comenzó a ir a los grupos de apoyo porque era más fácil estar con escoria humana. Todos padecían algún mal. Y durante un rato, en la pantalla del monitor cardíaco la línea de su corazón aparecía plana.

Marla cogió un trabajo que consistía en preparar fu­nerales por adelantado para una casa de pompas fúnebres donde algunos hombres gordos, pero sobre todo muje­res gordas, salían de la sala de exposición con una urna crematoria del tamaño de una huevera, y Marla, sentada en el despacho del recibidor, con el pelo negro recogido y las medias con enganchones y un bulto en el pecho y un destino funesto, les decía: «Señora, no se engañe. En esa urna diminuta no cabría ni siquiera su cabeza. Vuelva dentro y escoja una urna del tamaño de un balón».

El corazón de Marla tenía el mismo aspecto que mi cara. La inmundicia y la escoria del mundo. Escoria hu­mana postconsumista que nadie se preocuparía jamás de reciclar.

Entre los grupos de apoyo y la clínica, me dijo Marla, había conocido a mucha gente que ahora estaba muerta. Personas que estaban criando malvas y que la llamaban de noche por teléfono. Marla se iba de bares y, cuando el camarero gritaba su nombre y ella atendía la llamada, la línea se había cortado.

En aquellos tiempos, pensaba que estaba tocando fondo.

Cuando tienes veinticuatro años —dice Marla— no tienes idea de cuan bajo puedes caer; pero, aprendí rápido.

La primera vez que Marla rellenó una urna cremato­ria no se puso la mascarilla, y más tarde se sonó la nariz y el pañuelo se tiñó de negro con los restos del señor Zutano.

En la casa de Paper Street, si el teléfono suena una sola vez y lo coges y la línea se ha cortado, sabes que es alguien que intenta contactar con Marla. Ocurre más veces de las que te imaginas.

Un inspector de policía empezó a llamar a la casa de la calle Paper Street por la explosión de mi apartamento; Tyler se ponía a mi lado, apoyaba el pecho contra mi es­palda, y me susurraba al oído mientras yo atendía al te­léfono con el oído libre y el inspector me preguntaba si conocía a alguien que supiera fabricar dinamita casera.

El desastre es una parte natural de mi evolución hacia la tragedia y la disolución —susurraba Tyler.

Le dije al inspector que fue la nevera la que voló el apartamento por los aires.

Estoy rompiendo las ataduras a la fuerza física y las posesiones terrenas —susurraba Tyler—, ya que sólo mediante la autodestrucción llegaré a descubrir el poder superior del espíritu.

La dinamita, dijo el inspector, tenía impurezas; resi­duos de oxalato de amoníaco y percloruro potásico, que hacían suponer que la bomba era casera; y el cerrojo de seguridad de la puerta de entrada estaba destrozado.

Le dije que aquella noche estaba en Washington D.C.

El inspector del teléfono me explicó que alguien ha­bía rociado el cerrojo de seguridad con un bote de freón y que luego lo había golpeado con un cincel frío para romper el cilindro. Así es como roban bicicletas los de­lincuentes.

El redentor que destruya mis propiedades —dice Tyler— está luchando por salvar mi espíritu. El maestro que logre apartar las posesiones de mi camino me li­berará.

El inspector dijo que, quienquiera que hubiese pues­to la dinamita casera, podía haber abierto el gas y apa­gado las llamas piloto del horno días antes de que se produjera la explosión. El gas fue sólo el detonante. Tu­vieron que pasar días antes de que el gas llenara el apar­tamento y alcanzase el compresor situado en la base de la nevera y el motor eléctrico del compresor provocara la explosión.

Dile que sí —susurra Tyler—, que lo hiciste tú. Que tú volaste la casa. Es lo que quiere oír.

Le digo al inspector que no. No dejé el gas abierto y después me fui de la ciudad. Amaba mi vida. Amaba el apartamento. Amaba cada uno de los muebles. Eran mi vida. Todo: las lámparas, las sillas, las alfombras eran parte de mí. Los platos de los armarios eran parte de mí. Las plantas eran parte de mí. La televisión era parte de mí. Fui yo quien voló por los aires. ¿No se daba cuenta?

El inspector me dijo que no abandonara la ciudad.

Quince



Su señoría el presidente de la junta local del sindicato de operarios de cines independientes y del sindicato nacional de operadores de cine, tomó asiento.

En todo cuanto el hombre daba por supuesto ya fuera por dentro, por debajo o por detrás, algo horrible había estado creciendo.

Nada es estático.

Todo se destruye.

Lo sé porque Tyler lo sabe.

Durante tres años Tyler había cortado y montado pe­lículas para una cadena de cines. Las películas viajan en seis o siete carretes pequeños guardados en una maleta metálica. El trabajo de Tyler consistía en montar los carre­tes pequeños en una sola bobina que valiera para los pro­yectores automáticos y los rebobinadores. Al cabo de tres años de trabajo en siete cines —un mínimo de tres funcio­nes por cine y estrenos todas las semanas—, eran cientos las copias que habían pasado por las manos de Tyler.

Mal asunto, pero, al aumentar el número de proyec­tores automáticos y rebobinadores, el sindicato ya no necesitaba a Tyler. El señor presidente de la junta local tuvo que llamar a Tyler y charlar con él.

El trabajo era aburrido y la paga era una mierda, y por eso, el presidente de la junta local del sindicato de opera­rios de cines independientes y del sindicato nacional de operadores de cine le estaba haciendo un favor laboral a Tyler Durden dándole una diplomática patada en el culo.

No consideres esto un despido, sino un reajuste de plantilla.

El señor presidente de la junta local dice en plan jodienda:

Le agradecemos que haya contribuido a nuestro éxito.

Oh, eso no tenía importancia, dijo Tyler, y sonrió. Siempre y cuando el sindicato siguiera enviándole el cheque él mantendría la boca cerrada.

Considere esto una jubilación anticipada con de­recho a pensión —dijo Tyler.

Por sus manos habían pasado cientos de películas.

Películas que habían vuelto al distribuidor. Películas que habían vuelto a circular en reposiciones: comedias, melodramas, musicales, películas románticas y películas de acción y aventuras.

Sazonadas con los fotogramas pornográficos de Tyler.

Sodomía, felaciones, cunnilingus, sadomasoquismo.

Tyler no tenía nada que perder.

Tyler era un cero a la izquierda, la escoria de todos.

Todo esto me lo hizo memorizar Tyler para que se lo espetara seguidamente al gerente del hotel Pressman.

En el otro trabajo de Tyler, en el hotel Pressman, Ty­ler les dijo que era un don nadie. A nadie le importaba si moría o vivía, y ¡qué coño!, el sentimiento era mutuo. Todo esto me hizo memorizar Tyler para que lo repitie­ra en la oficina del gerente del hotel, con los guardias de seguridad sentados fuera, junto a la puerta.

Tyler y yo pasamos la noche contándonos historias cuando todo acabó.

Justo después de que se fuera al sindicato de opera­dores de cine, Tyler me mandó a enfrentarme con el ge­rente del hotel Pressman.

Tyler y yo nos parecíamos cada vez más, como ge­melos. Los dos teníamos el pómulo hundido y la piel había olvidado cómo recomponerse tras los golpes y col­gaba de las mejillas.

Las magulladuras eran del club de lucha; el rostro de Tyler, deformado por los golpes, era obra del presiden­te del sindicato de operadores de cine. Después de que Tyler saliera arrastrándose de las oficinas del sindicato, fui a ver al gerente del hotel Pressman.

Me senté en la oficina del gerente del hotel Pressman.

Soy la Venganza Descarada de Fulano.

Lo primero que dijo el gerente del hotel fue que te­nía tres minutos para hablar. Durante los primeros treinta segundos le conté que me había meado en las so­pas y tirado pedos sobre las crémes brülées, y que había estornudado en las endivias rehogadas y que quería que el hotel me mandase un cheque todas las semanas con el equivalente a mi sueldo habitual más las propinas. A cambio, nunca más volvería a trabajar ni acudiría a la prensa o a Sanidad para hacer una confesión llorosa y confusa de lo sucedido.

Los titulares:

«Camarero compungido confiesa haber contamina­do la comida de un hotel.»

A buen seguro, iré a la cárcel —me digo—. Podrían colgarme y arrancarme las pelotas y arrastrarme por las calles y despellejarme y quemarme con lejía; pero el hotel Pressman siempre se recordaría como el hotel en que los ricos más ricos del mundo comían pis.

Las palabras de Tyler van saliendo por mi boca. Y yo, que antes era una persona encantadora.

En la oficina del sindicato de operadores de cine, Tyler se echó a reír cuando el presidente del sindicato le arreó un puñetazo. El puñetazo le hizo caer al suelo y Tyler se sentó apoyado en la pared y riéndose:

Adelante, no puede matarme. —Tyler se reía.

»Gilipollas. Tal vez me saque la piel a tiras, pero no se atreverá a matarme.

Tiene demasiado que perder.

Yo no tengo nada.

Usted lo tiene todo.

Adelante, pégueme en el estómago. Déme otro pu­ñetazo en la cara. Hágame saltar los dientes, pero no deje de pagarme el sueldo. Rómpame las costillas, pero si se olvida una sola vez de pagarme, haré público lo ocurri­do y usted y su sindicato se hundirán con los pleitos de todos los dueños de cines, distribuidores de películas y mamaítas cuyos hijos tal vez vieran una erección duran­te la proyección de Bambi.

Soy escoria —dijo Tyler—. Para usted y el resto del puto mundo, soy escoria, basura y un loco —le dijo Tyler al presidente del sindicato—. No le importa dón­de vivo ni lo que siento, ni lo que como ni si alimento a mis hijos o si le pago al médico cuando me pongo enfer­mo. Y sí, soy estúpido y pusilánime y estoy aburrido, pero sigo siendo responsabilidad suya.



Sentado en aquella oficina del hotel Pressman, mis la­bios seguían partidos por diez sitios distintos como consecuencia del club de lucha. El ojete de la mejilla miraba al gerente del hotel Pressman de forma muy con­vincente.

En esencia, vine a decirle lo mismo que Tyler.

Después de zurrar a Tyler y tirarlo al suelo; después de ver que Tyler no ofrecía resistencia, su señoría el presi­dente del sindicato —con su corpachón enorme como un Cadillac, excesivo para aquella tarea—, su señoría, coceó a Tyler en las costillas y Tyler se echó a reír. Ty­ler se hizo un ovillo en el suelo y su señoría le pegó una patada en las costillas; pero Tyler seguía riéndose.

Desahóguese —dijo Tyler—. Confíe en mí. Se sen­tirá mucho mejor. Se sentirá estupendamente.

En la oficina del hotel Pressman, le pregunté al gerente del hotel si me dejaba llamar por teléfono. Marqué el número de la redacción del periódico y, mientras el ge­rente del hotel me observaba, dije:

Hola, he cometido un crimen horrible contra la humanidad como parte de una campaña de protesta po­lítica. Protesto contra la explotación de los trabajadores de la industria de la restauración.

Si iba a la cárcel no sería por haberme convertido en un pobre diablo desequilibrado que se meaba en la ropa. El asunto tendría una dimensión épica.

El camarero Robin Hood defiende la causa de los parias.

Habría muchas más implicaciones que las de un ho­tel y un camarero.

El gerente del hotel Pressman me quitó con suavidad el auricular de la mano. El gerente dijo que no quería que siguiera trabajando allí; no con el aspecto que tenía.

Estoy de pie, junto a la cabecera del despacho del gerente cuando grito: «¿Cómo?».

¿No le gustaría hacer esto?

Y sin pensármelo dos veces, mirando todavía al ge­rente, echo el puño hacia atrás y, con toda la fuerza cen­trífuga del brazo, describo una parábola, y me doy un golpe en el rostro que hace brotar sangre de las costras agrietadas de mi nariz.

Sin razón aparente, ahora recuerdo la noche en que Tyler y yo peleamos por primera vez. «Quiero que me pegues lo más fuerte que puedas.»

Este puñetazo no es tan fuerte como aquél. Me pego otro puñetazo. No está mal toda esa sangre, pero me lanzo hacia atrás contra la pared para hacer un ruido terrible y romper el cuadro que cuelga al fondo.

Los cristales rotos y el marco y el dibujo de flores y la sangre caen conmigo al suelo. Siempre haciendo payasa­das. Soy un pobre imbécil. La sangre mancha la alfombra y me arrastro y planto las manos ensangrentadas en el borde de la mesa del gerente del hotel y le digo: «Por fa­vor, ayúdeme», pero empiezo a reírme como un estúpido.

Ayúdeme, por favor.

Por favor, no me vuelva a pegar.

Vuelvo nuevamente al suelo y me arrastro a gatas manchando de sangre la alfombra. Lo primero que voy a decirle es «por favor». Así que mis labios permanecen se­llados. El monstruo se arrastra por entre las encantadoras florecillas y las guirnaldas de la alfombra oriental. La san­gre mana de mi nariz y se desliza garganta abajo y por la boca: está caliente. El monstruo anda a gatas por la al­fombra y recoge por el camino polvo y pelusas que se le quedan pegadas a la sangre de las zarpas. Y se acerca ga­teando lo suficiente para agarrar al gerente del hotel Pressman por la pernera del pantalón de rayas y decir:

Por favor.

Y decir:

Por favor, un «por favor» que sale con una burbuja de sangre.

  • decir: Por favor.

  • la burbuja revienta manchándolo todo de sangre.

Y así queda Tyler libre para inaugurar todas las noches un club de lucha. Tras esto hubo siete clubes de lucha; después hubo quince clubes de lucha y después veintitrés clubes de lucha; sin embargo, Tyler quería más.
El dinero no dejaba de entrar en Paper Street.

Por favor, déme el dinero, —le digo al gerente del hotel Pressman. Y vuelvo a soltar aquella risita estúpida. Por favor.

Y por favor no me vuelta a pegar.

Usted tiene tanto y yo no tengo nada. Me encaramo con las manos ensangrentadas por las perneras de rayas del gerente del hotel Pressman y él se echa con fuerza hacia atrás, apoyando las manos en el alféizar a sus es­paldas, y hasta sus labios se retrotraen tras los dientes.

El monstruo afianza una zarpa sangrienta en el talle de los pantalones del gerente, y se pone de pie para aferrarse a su impecable camisa almidonada; y con las manos ensangrentadas, lo inmovilizo cogiéndolo por sus delicadas muñecas.

Por favor. Sonrío y es suficiente para que se me abran los labios.

Se produce un forcejeo mientras el gerente chilla e intenta apartarse de mí y de la sangre y de la nariz aplastada y de la porquería pegada a la sangre. Y justo en ese momento tan entrañable, los guardias de seguridad se deciden a entrar.

Dieciséis



Hoy viene en el periódico que unos desconocidos alla­naron las oficinas de la Hein Tower entre los pisos déci­mo y decimoquinto; se descolgaron por las ventanas y pintaron en la cara sur del edificio una máscara sonrien­te de cinco pisos de altura, y prendieron fuego a las ven­tanas donde se abrían sus enormes ojos y cada uno de ellos resplandeció en llamas, inmenso, vivo e ineludible, sobre el amanecer de la ciudad.

En la foto de la primera página del periódico, la máscara parece una calabaza enfadada, un demonio ja­ponés o el dragón de la avaricia suspendido en el cielo, y el humo son las cejas de una bruja o los cuernos del de­monio. Y la gente grita mientras mira hacia arriba.

¿Por qué habían hecho eso?

Y, ¿quién lo habría hecho? Incluso después de apa­gar los dos fuegos, la cara seguía allí y era todavía peor. Sus ojos vacíos parecían vigilar a todo el mundo, pero, al mismo tiempo, estaban muertos.

Cada vez aparecen más noticias de este tipo en el pe­riódico.

Por supuesto, en cuanto lees esta crónica, quieres sa­ber de inmediato si forma parte del Proyecto Estragos.

El periódico dice que la policía no tiene pistas seguras. Pandillas de gamberros o extraterrestres, quienquie­ra que fuese, podía haberse matado gateando por las cor­nisas y balanceándose desde los alféizares con pulveriza­dores de pintura negra.

¿Era obra del Comité de Daños o del Comité de In­cendios Provocados? Aquella cara gigantesca era segu­ramente la tarea encomendada la semana pasada.

Tyler lo sabría, pero la primera regla del Proyecto Estragos es que no se hacen preguntas sobre el Proyec­to Estragos.

Tyler me cuenta que, en la sesión de esta semana del Comité de Asalto del Proyecto Estragos, enseñó a to­dos a usar una pistola. Las pistolas se limitan a encauzar la explosión en una sola dirección.

Tyler llevó una pistola y las Páginas amarillas a la úl­tima sesión del Comité de Asalto. Se reunieron en el só­tano en el que el club de lucha se reúne los sábados por la noche. Cada comité se reúne una noche diferente.

Incendios Provocados se reúne los lunes.

Asalto se reúne los martes.

Daños se reúne los miércoles.

Desinformación se reúne los jueves.

Caos organizado. La Burocracia de la Anarquía. Imagínatelo. Grupos de apoyo y similares.

Así, el martes por la noche, el Comité de Asalto pro­puso distintas misiones para la semana siguiente, y Ty­ler leyó las propuestas y asignó las tareas del comité.

Antes de siete días, cada miembro del Comité de Asalto tiene que provocar una pelea de la que no saldrá vencedor. Y no será en el club de lucha. Es más difícil de lo que parece. Un hombre de la calle hará lo que sea para no luchar.

La idea consiste en coger a un tío cualquiera que nunca haya peleado y reclutarlo. Dejad que experimente el sabor de la victoria por primera vez en su vida. Dejad que se desahogue. Dejad que os dé una soberana paliza.

Acéptalo. Si ganas, la habrás jodido.

Lo que debemos hacer —dijo Tyler al comité— es mostrarles a esos tíos la fuerza que todavía tienen.

La clásica arenga de Tyler. A continuación, desdo­bló una a una las esquinas plegadas de los papeles que había dentro de una caja de cartón sobre la mesa. Así propone cada comité los acontecimientos de la próxima semana. Escribes la propuesta en el bloc de notas del comité. Arrancas la hoja, la doblas y la metes en la caja. Tyler comprueba las propuestas y desestima las ideas malas.

Por cada propuesta que desestima Tyler pone una hoja en blanco en la caja.

Luego, cada miembro del comité extrae una hoja de la caja. Tal como me explicó Tyler, si alguien saca una hoja en blanco, sólo tiene que ejecutar la tarea semanal.

Si extraes una propuesta, entonces irás ese fin de se­mana a la fiesta de la cerveza importada y derribarás a un tío sobre un retrete portátil. Te harán un favor extra si te dan una paliza por hacer esto. O tendrás que asistir a un desfile de moda en el atrio de unos grandes almace­nes y arrojarás desde el entresuelo gelatina de fresa so­bre el público.

Si te arrestan, estás fuera del Comité de Asalto. Si te ríes, estás fuera del comité.

Nadie sabe las propuestas que han extraído los de­más y, excepto Tyler, nadie conoce el contenido de las propuestas; ni cuáles se aceptan o cuáles van a la basura. Entrada ya la semana, tal vez leas en el periódico que un hombre sin identificar sacó fuera de un Jaguar descapo­table a su conductor y empotró el coche en una fuente del centro de la ciudad.

Te preguntas si ésa es una de esas propuestas del co­mité que habrías podido extraer.

El siguiente martes por la noche, escrutarás el rostro de los miembros del Comité de Asalto bajo la bombilla solitaria del sótano a oscuras del club de lucha y segui­rás preguntándote quién conducía el Jaguar que acabó en la fuente.

¿Quién subió al tejado del museo de arte e hizo de francotirador disparando tubos de pintura contra las es­culturas de la sala de recepción?

¿Quién pintó la máscara de un demonio en llamas en la fachada de la Hein Tower?

La noche de la misión en la Hein Tower, te imagi­nas una cuadrilla de secretarios, contables o mensajeros entrando furtivamente en las oficinas donde trabajaban todos los días. Tal vez estuvieran un poco bebidos a pe­sar de ir contra las reglas del Proyecto Estragos. Em­plearon llaves maestras donde fue posible y pulveri­zadores de freón para romper en pedazos los cilindros de las cerraduras, y salieron por las ventanas, se balan­cearon en el vacío y rapelaron por la fachada de ladrillo del edificio con cuerdas de escalada, columpiándose y arriesgándose a sufrir una muerte instantánea en ofici­nas donde cada día, hora tras hora, sus vidas se iban con­sumiendo.

A la mañana siguiente, esos mismos oficinistas y con­tables se mezclaron entre la multitud peinados meticu­losamente y mirando hacia arriba, ebrios de sueño pero sobrios, vestidos con corbata, y escucharon cómo la mul­titud se preguntaba quién lo habría hecho y la policía ordenaba a gritos a la gente que por favor se echara atrás mientras el agua caía por el centro humeante de aquellos ojos enormes.

Tyler me confió que nunca había más de cuatro buenas propuestas por reunión, así que las posibilida­des de extraer una propuesta y no un papel en blanco eran de cuatro entre diez. Hay veinticinco tíos en el Comité de Asalto incluyendo a Tyler. A todos se les asigna una tarea: perder una pelea en público; y cada miembro extrae una propuesta.

Esta semana Tyler les ha dicho:

Comprad una pistola.

Tyler le dio a un tío las Páginas amarillas y le orde­nó que arrancara un anuncio. A continuación, le pasó el listín a otro tío. Cada uno debía ir a un lugar diferente a comprar la pistola o a hacer uso de ella.

Aquí tengo una pistola —dijo Tyler sacando una del bolsillo del abrigo—: dentro de dos semanas cada uno de vosotros deberá tener una pistola de un tamaño similar al de ésta y tendrá que traerla a la reunión.

»Lo mejor será que la paguéis al contado —dice Ty­ler—. En la siguiente reunión intercambiaréis las pisto­las y denunciaréis el robo de la que comprasteis.

Nadie preguntó nada. No hacer preguntas es la pri­mera regla del Proyecto Estragos.

Tyler hizo circular la pistola. Era muy pesada para ser tan pequeña, como si algo gigantesco, una montaña o una estrella, se hubiera hundido y derretido para dar forma a aquel objeto. Los miembros del Comité la co­gían con dos dedos. Todos querían preguntar si estaba cargada, pero la segunda regla del Proyecto Estragos es no hacer preguntas.

Tal vez estuviera cargada, tal vez no. Tal vez no nos quedara otro remedio que asumir lo peor.

Las pistolas —dijo Tyler— son sencillas y perfec­tas. Sólo hay que apretar el gatillo.

La tercera regla del Proyecto Estragos es no poner excusas.

El gatillo —dijo Tyler— libera el martillo y el martillo percute encendiendo la pólvora.

La cuarta regla es no mentir.

La explosión libera la bala por la apertura del casquillo y el cañón de la pistola encauza la pólvora y el impulso de la bala en una sola dirección —continuó Ty­ler—, igual que el hombre-cañón, igual que el misil sa­liendo del mortero, igual que tu esperma.

Cuando Tyler inventó el Proyecto Estragos, Tyler decía que al Proyecto Estragos no le concernía lo que le pasara al resto del mundo. A Tyler no le importaba si al­guien resultaba herido o no. El objetivo era enseñar a todos y cada uno de los miembros del proyecto que te­nían poder para controlar la historia. Cada uno de no­sotros puede hacerse con el control del mundo.

Tyler inventó el Proyecto Estragos en el club de lucha.

Una noche, en el club de lucha, localicé a un nova­to. Era el primer sábado que aquel jovencito con cara de ángel acudía al club de lucha y decidí luchar con él. Así son las reglas; si es tu primera noche en el club de lucha, tienes que pelear. Quise luchar con él porque había vuelto el insomnio y me apetecía destruir algo hermoso.

Como mi cara nunca tiene oportunidad de curarse, nada tengo que perder en lo que a mi aspecto se refiere. El jefe me preguntó qué hacía para que nunca sanase el agujero de la mejilla. Cuando bebo café, le digo, me tapo el agujero con dos dedos para que no salga por allí.

Existe una llave de estrangulamiento que sólo te deja aire suficiente para no caer inconsciente y aquella noche en el club de lucha, golpeé al novato, y le machaqué su hermosa cara de ángel, primero con mis huesudos nudi­llos, como un molar triturando comida, y con el costado del puño cuando los nudillos quedaron en carne viva al clavarse sus dientes a través de los labios. El chico cayó al suelo como un fardo.

Tyler me dijo más tarde que nunca me había visto destruir algo hasta ese extremo. Aquella noche Tyler supo que o le daba alguna salida al club o tendría que cerrarlo.

Sentado a la mesa, durante el desayuno, Tyler me dijo:

Parecías un maníaco, un psicópata. ¿Dónde se te fue la cabeza?

Le contesté que estaba hecho una mierda y que no me había relajado en absoluto. Que no había obtenido ningún placer. Tal vez había desarrollado eso: inmuni­dad a los combates y quizá necesitaba meterme en algo más fuerte.

Aquella mañana Tyler inventó el Proyecto Estragos.

Tyler me preguntó que contra qué luchaba en rea­lidad.

Tyler hablaba de ser la escoria del mundo, los escla­vos de la historia, así me sentía. Quería destruir todas las cosas hermosas que nunca tendría. Incendiar las selvas tropicales del Amazonas. Provocar emisiones de cloro-fluorocarbonos que destruyan el ozono. Abre las válvu­las de los contenedores de los superpetroleros y vierte directamente al océano el crudo de los pozos petrolí­feros. Quería matar todos los peces que no podía per­mitirme comer, y empantanar las playas francesas que nunca llegaría a ver.

Deseaba que el mundo entero tocara fondo.

Mientras machacaba a aquel chico, lo que en reali­dad quería era meterle una bala entre ceja y ceja a to­dos los osos panda en peligro de extinción que no se decidían a follar para salvar su especie, y a las ballenas y delfines que se dejaban morir embarrancando en las playas.

No pienses en términos de extinción. Considéralo una reducción de plantilla.

Durante miles de años el hombre había jodido el planeta; lo había llenado de basura y mierda, y ahora la historia esperaba de mí que limpiara lo que habían deja­do los demás. Es mi deber enjuagar las latas de sopa y reciclarlas. Y dar cuenta de todas y cada una de las gotas del aceite del coche.

También tengo que pagar la factura de los residuos nucleares y los tanques de gasolina enterrados y las tierras llenas de residuos tóxicos acumulados por la ge­neración que me precedió.

Retuve el rostro de Cara de Ángel en el pliegue del codo, como un bebé o un balón de rugby, y le golpeé con los nudillos; le golpeé hasta que los dientes se le rom­pieron bajo los labios. Después le golpeé con el codo has­ta que cayó al suelo como un fardo. Hasta que le perforé la piel de los pómulos y se la dejé amoratada.

Deseaba respirar humo.

Los pájaros y los ciervos son un lujo estúpido; todos los peces deberían flotar muertos.

Deseaba incendiar el Louvre; volver a esculpir las esculturas de Fidias del Partenón con una almádena y lim­piarme el culo con la Mona Lisa. Así es mi mundo hoy en día.

Mi mundo, el mío, y todos los antepasados están muertos.

Fue aquella mañana, durante el desayuno, cuando Tyler inventó el Proyecto Estragos.

Queríamos arrasar la historia y liberar al mundo de ella.

Mientras desayunábamos en la casa de Paper Street, Tyler me dijo que me imaginara plantando rábanos y pa­tatas sobre el césped del hoyo decimoquinto de un cam­po de golf abandonado.

Cazarás alces en los bosques húmedos del cañón cercano a las ruinas del Rockefeller Center y encontra­rás almejas enterradas junto a los cuarenta y cinco gra­dos de inclinación de la Aguja Espacial. Pintaremos en los rascacielos gigantescas caras totémicas y amuletos antropomórficos con rostros de duendes, y todas las noches, lo que haya quedado de la humanidad se refu­giará en los zoos vacíos y se encerrará en las jaulas para protegerse de los osos, pumas y lobos que se pasean de noche mientras les vigilan por entre los barrotes.

El reciclado y los límites de velocidad son una chorrada —dijo Tyler—. Es como dejar de fumar en el lecho de muerte.

El Proyecto Estragos salvará al mundo. Una gla­ciación cultural. Una Edad Media provocada. El Proyec­to Estragos obligará a la humanidad a hibernar y a entrar en remisión hasta que la Tierra se haya recuperado.

Justifica la anarquía —dice Tyler—. Imagínatelo.

Igual que el club de lucha hace con oficinistas y le­guleyos, el Proyecto Estragos destruirá la civilización para que podamos hacer de la Tierra un mundo mejor.

Imagínate —dijo Tyler— cazando alces junto a los escaparates de unos grandes almacenes en cuyos pa­sillos malolientes se pudren en las perchas vestidos y fracs. Llevarás vestiduras de cuero que te durarán toda la vida y escalarás la Sears Tower por enredaderas tan gruesas como tu muñeca. Escalarás la bóveda de un bos­que uliginoso donde la atmósfera estará tan limpia que verás figuras diminutas majando maíz y poniendo a se­car tiras de carne de venado bajo el sol de agosto en el área de descanso de una autopista abandonada.

Aquél era el objetivo del Proyecto Estragos, dijo Tyler: la destrucción completa e inmediata de la civili­zación.

El siguiente paso del Proyecto Estragos no lo sabe na­die excepto Tyler. La segunda regla es no hacer preguntas.

No compréis munición —ordenó Tyler al Comité de Asalto—. Así no os preocuparéis. Sí, mataréis a alguien.

Incendios Provocados. Asaltos. Daños y Desinfor­mación.

Nada de preguntas. Nada de preguntas. Nada de ex­cusas ni mentiras.

La quinta regla del Proyecto Estragos es confiar en Tyler.

Diecisiete



El jefe me lleva otro papel a la mesa y lo deja junto a mi codo. Ya no llevo corbata. Como el jefe lleva su corbata azul, tiene que ser jueves. La puerta de su oficina ahora está siempre cerrada; no hemos intercambiado más de dos palabras diarias desde que encontró las reglas del club de lucha en la fotocopiadora. Tal vez le di a entender que lo iba a destripar de un balazo. Siempre haciendo payasadas.

Podría llamar para pedir la conformidad al Departa­mento de Transporte. El soporte del montaje del asien­to delantero no pasó la prueba antichoque antes de ser producido en serie.

Si sabes dónde mirar, hallarás por todas partes cuer­pos enterrados.

Buenas—, le digo.

Buenas —me contesta.

Junto al codo tengo otro documento importante y privado que Tyler quería que le mecanografiara y fotocopiase. Hace una semana, Tyler midió a pasos el só­tano de la casa alquilada en Paper Street. Sesenta y cinco pies de largo y cuarenta de ancho. Tyler pensaba en voz alta. Tyler me preguntó:

¿Cuánto es seis por siete?

Cuarenta y dos.

¿Y cuarenta y dos por tres?

Ciento veintiséis.

Tyler me entregó una lista manuscrita con sus notas y dijo que las pasara a máquina e hiciera setenta y dos fotocopias.

¿Por qué tantas?

Porque es el número de tíos que pueden dormir en el sótano si compramos literas triples en los exceden­tes del ejército —dijo Tyler.

¿Qué hacemos con sus cosas?

No traerán nada más que lo que esté en la lista, y debería caber debajo del colchón —dijo Tyler.

La misma lista que el jefe encuentra en la fotocopiadora. El contador de la fotocopiadora todavía marca se­tenta y dos copias. La lista dice:

«Traer los artículos requeridos no garantiza la admi­sión en el entrenamiento, si bien ningún aspirante será admitido a menos que llegue equipado con los siguien­tes artículos y con la cantidad exacta de quinientos dó­lares en metálico para su entierro.»

Incinerar el cuerpo de un indigente cuesta por lo menos trescientos dólares, dijo Tyler, y ese precio iba en aumento. Todo el que muere sin esta cantidad míni­ma, termina diseccionado en una clase de anatomía.

El alumno debe llevar siempre el dinero en el zapa­to, por si resultara muerto. Así, su fallecimiento no será una carga para el Proyecto Estragos.

Por lo demás, el aspirante tiene que personarse con lo siguiente:

Dos camisas negras.

Dos pares de pantalones negros.

Un par de zapatos negros y fuertes.

Dos pares de calcetines negros y dos mudas de ropa interior lisa.

Un abrigo negro y grueso.

Esto incluye la ropa que el aspirante lleve a la espalda:

Una toalla blanca.

Un colchón de los excedentes del ejército.

Una escudilla de plástico blanco.

El jefe sigue todavía aquí, junto a mi mesa; cojo la lista original y le digo: «Gracias». El jefe vuelve a su ofi­cina y me pongo a jugar un solitario en el ordenador.

Al regresar a casa le doy las copias a Tyler, y los días van pasando. Voy a la oficina.

Vuelvo a casa.

Voy a la oficina.

Vuelvo a casa y hay un tipo de pie en el porche. El tipo está delante de la puerta de casa con su otra camisa y los pantalones negros dentro de una bolsa marrón de papel que ha dejado sobre la cancela del porche don­de lleva los tres últimos artículos: una toalla blanca, un colchón del ejército y una escudilla de plástico. Desde una ventana del piso de arriba Tyler y yo lo observamos hasta que Tyler me pide que lo despache.

Es demasiado joven —dice Tyler.

El tipo del porche es Cara de Ángel, el chico a quien intenté destrozar la noche en que Tyler inventó el Pro­yecto Estragos. Tiene los ojos negros y el pelo rubio cor­tado al rape. Su hermoso ceño no muestra arrugas ni cica­trices. Si le pones un vestido y le pides que sonría, tendrás una mujer. Cara de Ángel está tan cerca de la puerta que la toca con los dedos de los pies. La mirada al frente, cla­vada en la madera astillada, los brazos a los lados y vesti­do con zapatos negros, camisa negra y pantalones negros.

Deshazte de él —dice Tyler—. Es demasiado joven.

Le pregunto:

¿Qué edad es demasiado joven?

No importa —dice Tyler—. Si el aspirante es joven, le diremos que es muy joven. Si está gordo, que es muy gordo. Si es viejo, que es muy viejo. ¿Delgado?, de­masiado delgado. ¿Blanco?, demasiado blanco. ¿Ne­gro?, demasiado negro.

Así es como desde hace tropecientos años se han puesto a prueba los aspirantes en los templos budistas. Tyler quiere que le diga al aspirante que se largue y si sus convicciones son tan firmes que se queda en la en­trada sin comida, amparo, olvidado durante tres días, entonces y sólo entonces, se le permitirá entrar e iniciar la instrucción.

Así que le digo a Cara de Ángel que es demasiado jo­ven, pero sigue allí a la hora de comer. Después de comer, salgo y pego a Cara de Ángel con una escoba y de una patada le mando el saco a la calle. Desde el piso de arriba, Tyler observa cómo pego al chico con la escoba, por en­cima de la oreja, y el chico no se mueve; a continuación, de una patada mando el saco a la cuneta y le grito:

Lárgate —le grito—. ¿No me has oído? Eres de­masiado joven. Nunca lo conseguirás —le grito—. Vuel­ve dentro de un par de años y prueba de nuevo. Ahora vete fuera de mi porche.

Al día siguiente el chico sigue ahí; Tyler sale y le dice:

Lo siento.

Tyler dice que lamenta haberle hablado de la ins­trucción pero que realmente es demasiado joven y que por favor se vaya.

El poli bueno. El poli malo.

Vuelvo a gritarle al pobre chico. Seis horas más tar­de, Tyler sale y le dice que lo siente, pero que no. Tiene que irse. Tyler dice que llamará a la policía si no se va.

El chico no se mueve.

Su ropa sigue tirada en la cuneta. El viento arrastra la bolsa de papel rasgada.

El chico no se mueve.

Al tercer día, hay otro aspirante frente a la puerta de casa. Cara de Ángel sigue allí; Tyler baja y le dice:

Pasa. Recoge tus cosas y entra.

Al nuevo tío, Tyler le dice que lo siente, pero que ha habido un error. Es demasiado mayor para la instruc­ción; que por favor se vaya.

Voy todos los días a la oficina. Vuelvo a casa y siem­pre hay en el porche uno o dos tipos esperando. Ningu­no mira al otro. Cierro la puerta y los dejo en el porche. Durante una temporada esto sucede a diario, y a veces, los aspirantes se marchan, pero en la mayoría de los casos aguantan hasta el tercer día, así que casi están ocupadas las setenta y dos literas que Tyler y yo compramos y montamos en el sótano.

Un día Tyler me da quinientos dólares y me dice que los lleve a todas horas en el zapato. Es el dinero de mi entierro. Es otra costumbre de los antiguos monaste­rios budistas.

Ahora vuelvo del trabajo y la casa está llena de ex­traños a los que Tyler ha admitido. Todos trabajan. La planta baja se ha convertido en cocina y fábrica de ja­bón. El baño siempre está ocupado. Grupos de hombres desaparecen durante días y vuelven cargados con bol­sas de caucho rojo llenas de una grasa ligera y acuosa.

Una noche Tyler sube y me encuentra escondido en el dormitorio y me dice:

No los molestes. Todos conocen su cometido. Forma parte del Proyecto Estragos. Nadie conoce el plan en su totalidad, pero están preparados para desem­peñar su tarea a la perfección.

En el Proyecto Estragos la regla es confiar en Tyler.

Entonces, Tyler desaparece.

Los grupos del Proyecto Estragos se pasan el día derritiendo grasa. No duermo. Toda la noche oigo cómo otros grupos mezclan lejía, cortan barras y cuecen pas­tillas de jabón sobre envoltorios de galletas que luego envuelven en papel de seda y sellan con la etiqueta de la Compañía Jabonera de Paper Street. Todo el mundo, menos yo, parece saber su cometido, y Tyler no está nunca en casa.

Me abrazo a las paredes, soy como un ratón atrapa­do dentro de una maquinaria de hombres silenciosos con la energía de monos adiestrados, y que cocinan, tra­bajan y duermen en grupos. Tira de una palanca. Aprie­ta un botón. Una cuadrilla de monos espaciales prepara comida todo el día; y todo el día grupos de monos espa­ciales comen en las escudillas que ellos mismos trajeron.

Una mañana, al irme a trabajar, Bob el grandullón está en el porche vestido con zapatos negros, y camisa y pantalones negros. Le pregunto si ha visto a Tyler últi­mamente. ¿Lo ha enviado Tyler aquí?

La primera regla del Proyecto Estragos —dice Bob el grandullón con los talones juntos y tieso como un palo— es no hacer preguntas sobre el Proyecto Estragos.

Así pues, ¿qué honrosa y descerebrada tarea le ha asignado Tyler?, le pregunto. Hay tíos cuyo trabajo con­siste únicamente en pasarse el día hirviendo arroz, o la­vando las escudillas o limpiando el cagadero. Todo el día. ¿Le ha prometido Tyler la iluminación divina si se pasa dieciséis horas diarias empaquetando pastillas de jabón?

Bob el grandullón guarda silencio.

Me voy a trabajar. Vuelvo a casa y sigue en el por­che. No duermo en toda la noche y, a la mañana si­guiente, Bob el grandullón está cuidando el jardín.

Antes de irme a trabajar, le pregunto a Bob el gran­dullón quién lo ha dejado entrar. ¿Quién le ha asignado esa tarea? ¿Ha visto a Tyler? ¿Estuvo Tyler aquí anoche?

Bob el grandullón me responde:

La primera regla del Proyecto Estragos es no hablar...

No le dejo acabar y le digo:

Sí, sí, sí, sí.

Y mientras estoy en la oficina, los grupos de monos espaciales cavan en el césped fangoso que rodea la casa y echan sales Epsom para reducir la acidez de la tierra, y echan paladas de estiércol de buey sacadas de establos, y bolsas con mechones de pelo traídas de peluquerías para repeler a los topos y a los ratones e incrementar las proteínas del suelo.

A cualquier hora de la noche los monos espaciales vuelven de algún matadero con bolsas de carne aún san­grante para incrementar el hierro del suelo, y harina de huesos para aumentar el nivel de fósforo.

Los grupos de monos espaciales plantan albahaca, tomillo, lechuga, retoños de olmo escocés, de euca­lipto, de jeringuilla y de menta, que forman un trazado caleidoscópico. Un rosetón dentro de cada parcela ver­de. Otros grupos salen de noche a matar babosas y cara­coles a la luz de las velas. Otro grupo de monos espacia­les recolecta sólo las nebrinas y las hojas más perfectas para hervirlas y obtener un tinte natural. Consuelda, por­que es un desinfectante natural. Pétalos de violeta, porque curan el dolor de cabeza; y aspérula, porque le da al ja­bón olor a hierba recién cortada.

En la cocina hay botellas de vodka de ochenta grados para fabricar jabón de azúcar moreno y también trans­parente con olor a geranio y jabón de pachulí. Robo una botella de vodka y gasto el dinero de mi entierro en ci­garrillos. Marla se presenta en casa y hablamos de las plantas. Marla y yo paseamos bebiendo y fumando por los senderos de grava rastrillados que serpentean por el trazado caleidoscópico del jardín. Hablamos de sus pe­chos y de cualquier tema menos de Tyler Durden.

Un día aparece en el periódico que un grupo de hom­bres vestidos de negro irrumpió en un concesionario de coches de lujo de uno de los mejores barrios y empezó a pegar golpes con bates de béisbol a los parachoques de­lanteros de los coches para que explotaran los airbags y se dispararan las alarmas.

En la Compañía Jabonera de Paper Street, otros grupos recolectan pétalos de rosas, anémonas y lavanda, y guar­dan las flores en cajas con una pastilla de sebo puro para que absorba el aroma y fabricar así jabón con olor a flores.

Marla me hablaba de las plantas.

La rosa, dice Marla, es un astringente natural.

Algunas de las plantas tienen nombres de esquela necrológica: luisa, rosa, ruda, melisa. Algunas, como la reina de los prados y la vellorita, la caléndula o la eufra­sia, parecen nombres de hadas de Shakespeare. La len­gua cerval con su olor a vainilla dulce. El olmo escocés, otro astringente natural.

La raíz de lirio, el lirio azul.

Todas las noches Marla y yo paseamos por el jardín hasta que estoy seguro de que Tyler no va a venir esa no­che a casa. Justo detrás de nosotros siempre hay un mono espacial que nos sigue para recoger la hebra de toronjil, ruda o menta que Marla ha aplastado y puesto bajo mi nariz. Una colilla de cigarro. El mono espacial rastrilla el sendero tras él para borrar nuestras huellas.

Y una noche, en un parque de la parte alta de la ciu­dad, otro grupo echó gasolina alrededor de cada uno de los árboles, y también entre ellos, y provocaron un per­fecto incendio forestal en miniatura. Apareció en el pe­riódico: las ventanas de las casas de esa calle se derritie­ron con el fuego; los neumáticos reventaron y los coches aparcados se desplomaron sobre las ruedas pin­chadas y derretidas.

La casa alquilada por Tyler en Paper Street es un ser vivo y húmedo debido a toda la gente que respira y suda en su interior. Hay tanto ajetreo de gente que la casa se mueve.

Esta noche Tyler tampoco ha venido a casa. Alguien taladró los cajeros automáticos y los teléfonos públicos, acopló unos encajes en los orificios y llenó hasta rebosar de grasa mecánica o pastel de vainilla los cajeros auto­máticos y los teléfonos públicos.

  • Tyler nunca estaba en casa, pero al cabo de un mes, unos cuantos monos espaciales llevaban la quemadura del beso de Tyler en el dorso de la mano. Luego, estos monos espaciales también desaparecían, y había nue­vos aspirantes en el porche para reemplazarlos.

  • todos los días los grupos llegaban y se iban en co­ches diferentes. Nunca veías el mismo coche dos veces. Una noche oí a Marla en el porche de entrada gritándo­le a un mono espacial.

He venido a ver a Tyler... Tyler Durden. Vive aquí y es amigo mío.

El mono espacial dice:

Lo siento, pero eres demasiado... —titubea— ...demasiado joven para la instrucción.

¡Anda y que te follen! —dice Marla.

Además —prosigue el mono espacial— no has traído los artículos exigidos: dos camisas negras, dos pa­res de pantalones negros...

¡Tyler! —chilla Marla.

Un par de zapatos negros fuertes.

¡Tyler!

Dos pares de calcetines negros y dos mudas de ropa interior lisa.

¡Tyler!

Oigo que la puerta se cierra de un portazo. Marla no se queda a esperar los tres días.

Casi todos los días, después del trabajo vuelvo a casa, y me hago un sandwich de mantequilla de cacahuete.

Al volver a casa, uno de los monos espaciales está le­yendo a la asamblea de monos espaciales que están sen­tados ocupando toda la planta baja:

«No sois un hermoso copo de nieve individual. Estáis hechos de la misma materia orgánica corrompible que todos los demás, y todos formamos parte del mis­mo montón de abono.»

El mono espacial continúa:

«Nuestra civilización nos ha hecho a todos igua­les. Ya nadie es totalmente rico, o blanco, o negro. Todos queremos lo mismo. Como individuos no somos nada.»

El conferenciante se detiene cuando entro a prepa­rarme el sandwich, y todos los monos espaciales perma­necen sentados en silencio como si me encontrara a so­las. Les digo:

No os preocupéis, ya lo he leído. Yo lo mecano­grafié.

Hasta es probable que lo haya leído mi jefe.

Todos somos un montón de basura —les digo. Vamos, seguid con vuestro jueguecito. No os preocu­péis por mí.

Los monos espaciales esperan callados mientras me hago el sandwich y cojo otra botella de vodka y subo las escaleras. A mis espaldas oigo:

«No sois un hermoso copo de nieve individual.»

Soy el Corazón Roto de Fulano porque Tyler me abandonó. Porque mi padre me abandonó. ¡Oh! Podría continuar así indefinidamente.

Algunas noches, al salir de la oficina, voy a otro club de lucha en el sótano de un bar o en un garaje y pregun­to a todo el mundo si han visto a Tyler Durden.

En todos los clubes nuevos, siempre hay alguien a quien nunca he visto antes —de pie bajo la luz solita­ria en el centro de aquella oscuridad, rodeado de hom­bres—, que recita las reglas de Tyler.

La primera regla del club de lucha es que no se habla del club de lucha.

Cuando se inician los combates, me llevo aparte al jefe del club y le pregunto si ha visto a Tyler. Vivo con él —le digo— pero hace tiempo que no va por casa.

El tipo abre los ojos como platos y me pregunta si realmente conozco a Tyler Durden.

Esto me sucede en la mayoría de los clubes nuevos. Sí —le digo—. Tyler es mi colega. Entonces, repentina­mente, todos quieren estrecharme la mano.

Esos tipos se quedan mirando el ojal de mi mejilla y la tez amoratada de la cara, amarilla y verdosa en los bordes, y me llaman señor. No, señor. Nunca, señor. No conocen a nadie que haya visto nunca a Tyler Dur­den. Fueron amigos de amigos quienes conocieron a Ty­ler Durden, y ellos fundaron este club, señor.

Entonces me guiñan un ojo.

No conocen a nadie que haya visto nunca a Tyler Durden.

Señor.

¿Es verdad? —me preguntaron todos—, ¿está Tyler Durden reuniendo un ejército? Eso se rumorea. ¿Duer­me Tyler Durden sólo una hora? Se dice que Tyler se ha puesto en marcha y está fundando clubes de lucha por todo el país. Qué ocurrirá ahora, se preguntan todos.

Las reuniones del Proyecto Estragos se han trasla­dado a un sótano más grande porque cada comité —In­cendios Provocados, Asaltos, Daños y Desinformación— va creciendo conforme más y más miembros se van licenciando en los clubes de lucha. Cada comité tie­ne un jefe y ni siquiera los jefes conocen el paradero de Tyler. Tyler los llama por teléfono todas las semanas.

Todos los miembros del Proyecto Estragos quieren saber cuál será el siguiente paso.

¿A dónde nos dirigimos?

¿Qué es lo que estamos esperando?

En Paper Street, Marla y yo paseamos descalzos de noche por el jardín, despertando a cada paso el aroma a salvia, a verbena y a geranios. Sombras con camisas y pantalones negros se agachan a nuestro alrededor bus­cando a la luz de una vela bajo las hojas de las plantas para matar un caracol o una babosa. Marla me pregunta qué es lo que está pasando aquí.

Entre los terrones sobresalen mechones de pelo. Pelo y mierda. Carne y harina de huesos. Las plantas crecen más rápido de lo que tardan los monos espaciales en podarlas.

Marla me pregunta:

¿Qué vas a hacer?

¿Qué piensas?

Entre la porquería brilla un punto dorado; me arro­dillo a mirarlo de cerca. ¿Qué va a pasar ahora? No lo sé, le digo a Marla.

Parece que nos han dejado plantados a los dos.

Por el rabillo del ojo veo a los monos espaciales pu­lulando con sus ropas negras y agachados a la luz de las velas. El punto dorado entre la porquería es una muela con una funda de oro. Sobresalen otras dos muelas con empastes plateados. Es una mandíbula.

No, no puedo decir lo que ocurrirá —le digo. Y hundo las tres muelas, entre el pelo y la mierda y los huesos y la sangre, para que Marla no pueda verlas.

Dieciocho



Este viernes me quedo dormido por la noche sobre el despacho de la oficina.

Cuando me despierto con la cara y los brazos cruza­dos sobre la mesa, el teléfono está sonando y todos se han ido. En mi sueño sonaba un teléfono, y no tengo claro si la realidad se adentró en el sueño o si el sueño está suplantando a la realidad.

Cojo el teléfono; Convenios y Responsabilidades.

Ese es mi departamento: Convenios y Responsabili­dades.

El sol se está poniendo y nubes del tamaño de Wyoming y Japón se amontonan en el horizonte camino de la ciudad. No es que tenga una ventana en la oficina; es que toda la fachada del edificio es de cristal. Todo aquí es de cristal, del techo al suelo. Todo aquí son persianas. Todo aquí son alfombras grises de pelo ralo de las que surgen algunas lápidas diminutas en las que se enchufan los ordenadores a la red. Todo es un laberinto de cu­bículos cuadriculados con mamparas de madera contra-chapada y tapizada.

En alguna parte se oye el zumbido de un aspirador.

El jefe se ha ido de vacaciones. Me envió un mensaje por correo electrónico y desapareció. Me han ordenado que me prepare para una revisión oficial dentro de dos se­manas. Que reserve una sala de conferencias. Que ponga todos los patitos en fila. Que actualice mi curriculum y ese tipo de cosas. Han incoado un expediente contra mí.

Soy la Indiferencia Total de Fulano.

Me he estado portando muy mal.

Cojo el teléfono y es Tyler que dice:

Sal de la oficina, hay unos tíos esperándote en el aparcamiento.

Le pregunto:

¿Quiénes son?

Te están esperando —dice Tyler.

Las manos me huelen a gasolina.

Espabila; tienen un coche fuera, un Cadillac —con­tinúa Tyler.

Estoy todavía dormido.

No sé si Tyler forma parte de mi sueño.

O si soy un sueño de Tyler.

Las manos me huelen a gasolina. No hay nadie más por aquí; me levanto, salgo y voy al aparcamiento.

Un tío del club de lucha trabaja con coches, así que ha aparcado junto al bordillo de la acera el Corniche ne­gro de alguien y me limito a mirarlo, negro y dorado como una pitillera gigante dispuesta a llevarme a alguna parte. Este mecánico sale del coche y me dice que no me preocupe, que cambió la matrícula con la de un coche aparcado en el aeropuerto.

El mecánico del club de lucha afirma que sabe poner en marcha cualquier cosa. Sacas dos cables de la barra de dirección. Pones en contacto los dos cables, completas el circuito con el solenoide del arranque, y ya tienes co­che para dar un paseíto.

O bien, puedes piratear el código de la llave a través del concesionario.

Hay tres monos espaciales sentados en los asientos traseros del coche, vestidos con camisas negras y panta­lones negros. No veas nada malo. No oigas nada malo. No digas nada malo.

¿Dónde está Tyler? —pregunto.

El mecánico del club de lucha aguarda como si fue­ra un chófer, con la puerta del Cadillac abierta. El mecá­nico es alto, huesudo y con una espalda que recuerda a un gran poste de teléfonos.

¿Vamos a ver a Tyler? —pregunto.

En el asiento delantero está esperándome un pastel de cumpleaños con las velitas listas para ser encendidas. Me meto dentro y el coche arranca.

Incluso una semana después del club de lucha, no hay ningún problema si vas dentro de los límites de ve­locidad. Tal vez durante dos días hayas defecado heces negras por culpa de las heridas internas, pero te sientes de puta madre. Hay otros coches circulando y te acercas demasiado a ellos. Los conductores te hacen gestos con el dedo. Los extraños te odian. No es nada personal. Después del club de lucha te sientes tan relajado que no te importa. Ni siquiera enciendes la radio. Tal vez las costillas te den punzadas cada vez que respiras porque tienes alguna fractura en línea. Los coches que van de­trás te dan las luces. El sol se está poniendo, naranja y dorado.

El mecánico sigue conduciendo. El pastel de cum­pleaños está en el asiento del medio.

Es acojonante ver en el club de lucha a tíos como el mecánico. Tipos fibrosos que nunca se relajan. Luchan hasta hacerse picadillo. Tipos de piel blanca como esque­letos hundidos en cera amarilla, con tatuajes; tipos oscu­ros como la cecina. Suelen sentirse muy unidos, igual que los miembros de Alcohólicos Anónimos. Nunca dicen basta. Es como si fueran todo energía; se mueven tan rá­pido que sus siluetas se difuminan; siempre se están recu­perando de algo. Como si la única decisión que les que­dara por tomar fuera la forma de morir y quisieran morir luchando.

Tipos como éstos sólo pueden luchar entre sí.

Nadie los retará a luchar ni tampoco retarán a nadie excepto a alguien tan fibroso, huesudo e impetuoso como ellos, puesto que nadie más se atreverá a luchar contra ellos.

Los que miran el combate ni siquiera gritan cuando tíos como el mecánico se lanzan uno contra otro.

Tan sólo oyes la respiración entrecortada de los lu­chadores; las manos intentando aferrar al contrario; el zumbido y el impacto de unos puños que martillean y martillean las costillas hundidas. Ves los tendones, músculos y venas tensarse bajo la piel de estos tíos. La piel brilla sudorosa, nervuda, húmeda bajo la luz solitaria.

Pasan diez, quince minutos. Su olor, estos tíos su­dan y huelen; te recuerda al pollo frito.

Transcurren veinte minutos en el club de lucha; fi­nalmente, uno de los tíos cae al suelo.

Después de un combate, los dos tipos, como droga­dos, irán a todas partes juntos el resto de la noche, derrengados y sonrientes por haber luchado tan duro.

Desde que se unió al club de lucha, el mecánico siempre está por la casa de Paper Street. Quiere que es­cuche una canción que ha compuesto. Quiere que vea la casa para aves que ha construido. Me mostró la fotogra­fía de una chica y me preguntó si era bastante guapa como para casarse con ella.

Sentado al volante del Corniche, el tío me dice:

¿Has visto el pastel que te he hecho?

No es mi cumpleaños.

El coche perdía aceite —dice el mecánico—, pero se lo cambié y el filtro del aire también. Comprobé las válvulas y la regulación. Se supone que va a llover esta noche, así que también cambié las gomas de los limpia-parabrisas.

¿Qué ha planeado Tyler? —pregunto.

El mecánico abre el cenicero y empuja hacia adentro el encendedor eléctrico. Y me dice:

¿Es una prueba? ¿Nos estás probando?

¿Dónde está Tyler?

La primera regla del club de lucha es que no se ha­bla del club de lucha —dice el mecánico—. Y la última regla del Proyecto Estragos es no hacer preguntas.

Entonces, ¿qué puede contarme este tío?

Has de entender que tu padre fue tu modelo de Dios —me dice.

Detrás de nosotros, el trabajo y la oficina se van ha­ciendo más y más pequeños, hasta que desaparecen.

Las manos me huelen a gasolina.

El mecánico dice:

Si eres varón, y eres cristiano y vives en Estados Unidos, tu padre es tu modelo de Dios. Y si nunca co­nociste a tu padre; o si está en libertad bajo fianza, o se muere o nunca está en casa, ¿qué piensas de Dios?

Es el dogma de Tyler Durden. Garabateado en trozos de papel mientras yo dormía y que me dio para que lo mecanografiara e hiciese fotocopias en la oficina. Lo he leído todo. Incluso es probable que mi jefe lo haya leído.

Al final, terminas pasándote la vida buscando un padre y un Dios —dice el mecánico.

»Debes tener en cuenta la posibilidad de no caerle bien a Dios. Pudiera ser que Dios nos odiara. No es lo peor que podría ocurrir.

Tyler se dio cuenta de que llamar la atención de Dios

por ser malo era mejor que no recibir ninguna atención. Tal vez porque el odio de Dios sea preferible a su indi­ferencia.

Si pudieras ser el peor enemigo de Dios o nada, ¿qué elegirías?

Según Tyler Durden, somos los niños medianos de Dios, sin un lugar especial en la historia y sin ser mere­cedores de especial atención.

A menos que llamemos la atención de Dios, no te­nemos esperanza de condena ni redención.

¿Qué es peor, el infierno o nada?

Sólo si nos cogen y nos castigan podemos salvarnos.

Incendia el Louvre —dice el mecánico— y lim­píate el culo con la Mona Lisa. Al menos de esa forma Dios sabrá nuestros nombres.

Cuanto más bajo caigas, más alto volarás. Cuanto más lejos corras, más querrá Dios que vuelvas.

Si el hijo pródigo nunca se hubiera ido de casa, el ternero cebado seguiría vivo —dice el mecánico.

No es suficiente con ser uno más de los granos de arena de una playa o una más de las estrellas del cielo.

El mecánico conduce el Corniche negro por la vieja autopista de circunvalación sin carril de adelantamiento y dejamos atrás una caravana de camiones que va al lí­mite de la velocidad permitida. El Corniche se llena con la luz de los faros que nos siguen, y allí estamos, ha­blando y reflejados en el cristal del parabrisas. Condu­ciendo dentro del límite de velocidad. Tan rápido como lo permite la ley.

Una ley es una ley, como diría Tyler. Conducir de­masiado rápido era igual a provocar un incendio igual a poner una bomba igual a matar a un hombre de un tiro.

Un criminal es un criminal es un criminal.

La semana pasada podríamos haber llenado otros cuatro clubes de lucha —dice el mecánico—. Tal vez Bob el grandullón se ponga al frente del próximo si en­contramos un bar.

Así que la semana que viene repasará las reglas con Bob el grandullón y le dará su propio club de lucha.

De ahora en adelante, cuando un jefe funde un club, cuando todos formen un círculo en torno a la luz en el centro del sótano, a la espera, el jefe dará vueltas a su alrededor, oculto en la oscuridad.

¿Quién ha inventado las nuevas reglas? ¿Ha sido Tyler? —le pregunto.

El mecánico sonríe y me dice:

Ya sabes quién inventa las reglas.

La nueva regla es que nadie sea el centro del club de lucha, me dice. Nadie será el centro del club de lucha a excepción de los dos hombres que estén peleando. El jefe gritará mientras da vueltas lentamente en torno a la multitud, oculto en la oscuridad. Los hombres del círculo se mirarán a través del centro vacío de la habi­tación.

Así se hará en todos los clubes de lucha.

No es difícil encontrar un bar o un garaje donde fundar un nuevo club de lucha; en el primer bar, el bar donde sigue reuniéndose el primer club de lucha, ganan el equivalente a la renta del mes con un solo sábado por la noche que se reúna el club de lucha.

Según el mecánico, otra nueva regla del club de lu­cha es que el club siempre será gratuito. Nunca costará dinero entrar en él. El mecánico grita por la ventanilla a los coches que se acercan y el viento nocturno corre en dirección contraria a la del coche:

Te queremos a ti, no a tu dinero.

El mecánico grita por la ventanilla:

Mientras estés en el club de lucha, no importa el dinero que tengas en el banco. No eres tu trabajo. No eres tu familia, y no eres quien te dices que eres.

»No eres tu nombre —grita el mecánico contra el viento.

Uno de los monos espaciales del asiento de atrás coge el hilo del discurso:

No eres tus problemas.

No eres tus problemas —chilla el mecánico.

No eres tu edad —grita un mono espacial.

No eres tu edad —chilla el mecánico.

El mecánico da un volantazo y se mete en el carril contrario —el coche se llena de luces a través del para­brisas—, sereno, como si estuviera esquivando puñeta­zos. Un coche y luego otro vienen hacia nosotros to­cando la bocina y el mecánico gira bruscamente, justo a tiempo de esquivarlos.

Los faros se aproximan, más y más grandes; las bo­cinas se desgañitan; el mecánico alarga el cuello hacia delante, entre las luces y los ruidos, y grita:

No eres tus esperanzas.

Nadie contesta a su grito.

Esta vez, el coche que viene directo hacia nosotros nos esquiva justo a tiempo.

Viene otro coche que hace señales con las luces: lar­gas, cortas, largas, cortas; tocando el claxon y el mecáni­co grita:

No te salvarás.

El mecánico no lo esquiva, pero el otro coche sí.

Otro coche, y el mecánico chilla:

Todos moriremos algún día.

Esta vez, el coche nos esquiva, pero el mecánico, con un volantazo, vuelve a cerrarle el paso. El coche nos esquiva y el mecánico vuelve a girar, frente a fren­te de nuevo.

En ese instante te deformas e hinchas. Durante ese instante nada importa. Mira a las estrellas y habrás desa­parecido. Nada importa; ni tu equipaje ni tu mal alien­to. Las ventanillas son oscuras por fuera y las bocinas se desgañitan a tu alrededor. Las luces parpadean cegándo­te: largas y cortas y largas, y nunca tendrás que volver a trabajar.

Nunca tendrás que volver a cortarte el pelo.

Rápido —dice el mecánico.

El coche vuelve a esquivarnos y el mecánico se pone otra vez en su camino.

¿Qué te gustaría haber hecho antes de morir? —me pregunta.

Con el coche derecho hacia nosotros, tocando la bo­cina, el mecánico está tan sereno que incluso aparta la vista de la carretera para mirarme y decir:

Diez segundos para el impacto.

»Nueve.

»Ocho.

»Siete.

»Seis.

El trabajo —le digo—. Me gustaría dejar el trabajo.

La bocina sigue sonando mientras el coche nos es­quiva y el mecánico no se cruza en su camino.

Más luces se aproximan y el mecánico se gira y les dice a los tres monos que van en el asiento trasero:

Mirad, monos espaciales —dice—. Ya veis cómo se practica este juego. Espabilaos ahora o moriremos todos.

Un coche nos pasa por la derecha y en el paracho­ques lleva una pegatina que dice: «Conduzco mejor cuando estoy borracho». El periódico dice que miles de estas pegatinas aparecieron una mañana pegadas en los coches. Otras pegatinas dicen cosas como:

«Hazme puré.»

«Conductores borrachos contra las madres.»

«Reciclad todos los animales.»

Al leer el periódico, supe que el Comité de Desinfor­mación había promovido esto. O el Comité de Daños.

Sentado junto a mí, nuestro sobrio y limpio mecáni­co del club de lucha me dice que sí, que las pegatinas forman parte del Proyecto Estragos.

Los tres monos espaciales permanecen callados en el asiento trasero.

El Comité de Daños está imprimiendo tarjetas de bolsillo de las líneas aéreas en las que aparecen los pasa­jeros luchando entre sí por las mascarillas de oxígeno mientras el avión cae envuelto en llamas hacia las rocas a dos mil kilómetros por hora.

Los Comités de Daños y Desinformación luchan por ver quién desarrolla antes un virus informático que maree los cajeros automáticos hasta que vomiten fajos de billetes de diez y veinte dólares.

El encendedor eléctrico salta al rojo vivo y el mecá­nico me pide que encienda las velas del pastel de cum­pleaños.

Enciendo las velas y el pastel parpadea bajo un halo de fuego.

¿Qué querrías haber hecho antes de morir? —dice el mecánico mientras de un volantazo nos pone en el ca­mino de un camión que avanza hacia nosotros. El camión trompetea; brama una y otra vez y las luces de los faros, como un amanecer, brillan más y más hasta borrar la sonrisa del mecánico—. Pedid un deseo; rápido —le dice al retrovisor donde aparecen los tres monos espaciales sentados en el asiento trasero—. Nos quedan cinco segun­dos para caer en el olvido.

»Uno —dice.

»Dos.

El camión cubre el horizonte, ruge y emite una luz cegadora.

»Tres.

Montar a caballo —dice una voz en el asiento trasero.

Construir una casa —dice otra voz.

Hacerme un tatuaje.

El mecánico dice:

Creed en mí y moriréis para siempre.

Demasiado tarde. El camión intenta evitarnos y el mecánico también, pero la parte trasera del Corniche choca contra el extremo del parachoques del camión.

No es que lo supiera en aquel momento; lo que sé es que las luces, los faros del camión parpadean en la oscu­ridad; y soy lanzado contra la puerta y luego contra el pastel de cumpleaños y el mecánico al volante.

El mecánico está acurrucado contra el volante para mantenerlo recto y las velas de cumpleaños se apagan. Durante un instante perfecto, la luz deja de iluminar el cuerpo negro y cálido del coche y nuestros gritos alcan­zan la misma nota profunda, el mismo tono quejumbro­so que el claxon del camión; y estamos sin control ni sal­vación ni dirección ni escapatoria, y estamos muertos.

Querría morirme en este mismo instante. No soy nada comparado con Tyler.

Estoy desamparado.

Soy un estúpido y todo cuanto hago es desear y ne­cesitar cosas.

Mi vida insignificante. Mi insignificante trabajo de mierda. Mis muebles suecos. Nunca, no, nunca le he di­cho esto a nadie, pero antes de conocer a Tyler, estaba planeando comprarme un perro y llamarlo Séquito.

Así de mala puede volverse la vida.

Mátame.

Me aferro al volante y giro para volver a meternos en el tráfico.

Ya.

Preparados para evacuar el alma.

Ya.

El mecánico lucha por echarse a la cuneta, y yo lu­cho por morir de una jodida vez.

Ya. El asombroso milagro de la muerte. Eres un ser vivo que habla y camina y, al minuto siguiente, eres un ser inerte.

No soy nada; incluso menos que nada.

Frío.

Invisible.

Huele a cuero. Siento el cinturón de seguridad retor­cido a mi alrededor como una camisa de fuerza, y cuan­do trato de incorporarme, me golpeo la cabeza contra el volante. Duele más de lo que debería. Mi cabeza descan­sa sobre el regazo del mecánico y, al mirar hacia arriba, mis ojos enfocan la cara del mecánico allá en lo alto, sonriente; está conduciendo y veo las estrellas más allá de la ventanilla del conductor.

Tengo las manos y la cara pegajosas de algo.

¿Sangre?

Crema de mantequilla escarchada.

El mecánico mira hacia abajo:

Feliz cumpleaños.

Huelo el humo y me acuerdo del pastel de cum­pleaños.

Casi partes el volante con la cabeza —me dice.

Nada más que el aire nocturno y el olor a humo; las estrellas y el mecánico que me sonríe y conduce; mi ca­beza en su regazo. De repente, no quiero incorporarme.

¿Dónde está el pastel?

En el suelo —dice el mecánico.

Nada más que el aire nocturno y el olor a humo cada vez más intenso.

¿Conseguí mi deseo?

Por encima de mí, perfilándose contra las estrellas más allá de la ventana, su cara me sonríe.

Las velas de cumpleaños —me dice— son de esas que no se apagan.

A la luz de las estrellas, mis ojos son capaces de per­cibir el humo que se desprende de los pequeños fuegos que hay esparcidos por la alfombrilla del coche.

Diecinueve



El mecánico del club de lucha tiene el pie sobre el acele­rador, permanece enfadado tras el volante, aunque de un modo sereno, y todavía nos queda algo importante por hacer esta noche.

Antes de que se acabe la civilización tendré que aprender a leer las estrellas y a orientarme por ellas. Todo está tranquilo, como si condujéramos un Cadillac por el espacio. Tenemos que haber salido de la autopista. Los tres tíos del asiento trasero se han desmayado o están durmiendo.

Tuviste una experiencia casi de vida —dice el me­cánico.

Levanta una mano del volante y me toca el cardenal donde la frente chocó con el volante. Está lo suficiente­mente hinchada como para cerrarme los dos ojos y el mecánico recorre la hinchazón con la yema de un dedo frío. El Corniche coge un bache en la carretera y el dolor se cierne sobre mis ojos como la sombra que produce una visera. Los amortiguadores y el parachoques trase­ros crujen y rechinan en la soledad que rodea a nuestra precipitación por la carretera de noche.

El mecánico me explica que el parachoques trasero del Corniche sólo está sujeto con unos cables y que casi fue arrancado al topar con el lateral del parachoques dentro del camión.

Le pregunto si lo de esta noche forma parte de su misión en el Proyecto Estragos.

Es parte de ella —me dice—. He tenido que eje­cutar cuatro sacrificios humanos y ahora debo recoger un cargamento de grasa.

¿Grasa?

Para el jabón.

¿Qué está planeando Tyler?

El mecánico habla, y es como el mismísimo Tyler Durden.

Los hombres más fuertes y listos que jamás hayan existido —su rostro perfilado contra las estrellas que se reflejan en la ventanilla del conductor— y son hombres que trabajan en gasolineras o sirviendo mesas.

La línea de la frente, las cejas, la pendiente de la nariz, las pestañas, la curva de los ojos y el perfil plástico de la boca destacan en negro contra las estrellas mientras habla.

¡Si consiguiéramos llevar a esos hombres a cam­pamentos de instrucción y terminar de formarlos...!

»Las pistolas se limitan a encauzar la explosión en una sola dirección.

»Hay un tipo de mujeres y de hombres jóvenes y fuertes que quieren dar sus vidas por una causa. La publi­cidad hace que compren ropas y coches que no necesi­tan. Generaciones y generaciones han desempeñado tra­bajos que odiaban para poder comprar cosas que en realidad no necesitan.

«Nuestra generación no ha vivido una gran guerra ni una gran crisis, pero nosotros sí que estamos libran­do una gran guerra espiritual. Hemos emprendido una gran revolución contra la cultura. La gran crisis está en nuestras vidas. Sufrimos una crisis espiritual.

«Nuestro deber es enseñar a esos hombres y muje­res la libertad a través de la esclavitud; y el coraje a tra­vés del miedo.

«Napoleón se jactaba de que podía conseguir que sus hombres dieran la vida por los jirones de una bandera.

«Imagínate cuando convoquemos una huelga y to­dos se nieguen a trabajar hasta que redistribuyamos la riqueza del mundo.

«Imagínate cazando alces por los bosques húmedos del cañón cercano a las ruinas del Rockefeller Center.

»Lo que dijiste de tu trabajo, ¿lo decías en serio? —dice el mecánico.

Sí, así era.

Por eso hemos cogido el coche esta noche —dice.

Esto es una partida de caza y vamos a cazar para conseguir grasa.

Nos dirigimos al vertedero de material médico desechable.

Nos dirigimos al incinerador de material médico desechable y allí —entre las gasas quirúrgicas y las vendas ya usadas, y los tumores de diez años de antigüedad y los tubos intravenosos y las agujas desechables y despo­jos pavorosos, realmente pavorosos, entre las muestras de sangre y los trozos amputados— encontraremos más dinero del que podríamos llevarnos en una sola noche aunque tuviéramos un camión de basura.

Conseguiremos dinero suficiente para hundir con su peso el Corniche hasta el tope de los ejes.

Grasa —dice el mecánico—. Grasa de liposucciones extraída de los muslos más ricos de América. Los muslos más ricos y orondos del mundo.

Nuestro objetivo son las grandes bolsas llenas de gra­sas de liposucciones, que acarrearemos hasta Paper Street y derretiremos y mezclaremos con lejía y romero, y se la venderemos a la misma gente que pagó para que se la ex­trajeran. A veinte pavos la pastilla, son los únicos que se lo pueden permitir.

La grasa más rica y cremosa del mundo; la grasa del país —dice—. Lo cual hace de ésta una noche simi­lar a las de Robin Hood.

Las velas de cumpleaños chisporrotean en la alfom­brilla.

Se supone que mientras estemos allí también ha­brá que buscar alguno de esos virus de hepatitis.










































Veinte



Ahora sí que iba a llorar de verdad, y un goterón rodó a lo largo del cañón de la pistola, recorrió la anilla del ga­tillo y se derramó por mi dedo índice. Raymond Hessel cerró los ojos y apreté con tanta fuerza la pistola contra su sien que él ya nunca dejaría de sentir su presión y yo estaba a su lado y era su vida y podía morir en cualquier momento.

No era una pistola barata y me preguntaba si la sal podría joderla.

Todo había ido sobre ruedas, reflexioné. Había hecho todo lo que el mecánico me había dicho. Para esto ne­cesitábamos comprar una pistola. Estaba haciendo mis deberes.

Cada uno de nosotros debía llevarle a Tyler doce carnés de conducir como prueba de que había realizado doce sacrificios humanos.

Esta noche aparqué el coche y esperé en los alrede­dores del bloque a que Raymond Hessel acabara su tur­no en el Korner Mart, que abre toda la noche, y hacia las doce Raymond Hessel estaba esperando el autobús nocturno, cuando me acerqué y le saludé.

Raymond Hessel no contestó. Seguramente pensaba que quería su dinero, su salario mínimo; los catorce dólares de la cartera. Oh, Raymond, con tus veintitrés años te echaste a llorar y las lágrimas rodaron por el ca­ñón de la pistola que te encañonaba la sien. No, no se trata de dinero. No siempre se trata de dinero.

Ni siquiera me dijiste «Hola».

No eres tu triste billetera.

Te dije: «Bonita noche; fría pero despejada».

Ni siquiera me dijiste «Hola».

«No eches a correr o tendré que dispararte por la es­palda», te dije. Había sacado la pistola y llevaba un guan­te de látex para que, en el caso de que la pistola se con­virtiera en la prueba A, no hubiera nada a excepción de las lágrimas secas de Raymond Hessell, caucasiano, veintitrés años de edad, sin marcas familiares.

Entonces, me prestaste atención. Tus ojos abiertos y espantados mostraban a la luz de la farola un color ver­de de anticongelante.

Cada vez que la pistola te tocaba la cara retrocedías un poco más como si el cañón estuviera muy caliente o muy frío. Hasta que te dije: «No retrocedas», y dejas­te que la pistola te tocara, pero aun así apartabas la ca­beza del cañón.

Me entregaste la cartera como te pedí.

Según decía el carné de conducir, te llamabas Ray­mond K. Hessel. Vives en el apartamento A del 1320 SE Benning. Tenía que ser un apartamento en el sótano. A los apartamentos ubicados en sótanos suelen darles letras en vez de números.

Raymond K. K. K. K. K. K. Hessel; a ti te hablaba.

Apartaste la cabeza del cañón y dijiste «Sí». Sí, dijis­te, vivías en un sótano.

También llevabas fotografías en la cartera. Una de tu madre. Aquello era duro para ti; tuviste que abrir los ojos y mirar al mismo tiempo la pistola y la foto de mamá y papá sonriéndote; pero lo hiciste y luego cerraste los ojos y te echaste a llorar.

Te iba a enfriar; el asombroso milagro de la muerte. Eres un ser vivo y, al minuto siguiente, un ser inerte, y tu mamá y papá llamarían al viejo médico de la familia —como quiera que se llame— para recoger tu historial de la clínica dental, pues no iba a quedar mucho de tu cara. Y tu mamá y papá, que siempre habían esperado tantas cosas de ti; y no, la vida no era justa, y encima, ahora esto.

Catorce dólares.

«¿Es ésta tu mamá?», dije.

Sí. Llorabas, gimoteabas, llorabas. Tragaste saliva. Sí.

Llevabas el carné de la biblioteca y un carné de un videoclub. La cartilla de la seguridad social. Catorce dó­lares. Quería llevarme el pase del autobús, pero el mecá­nico dijo que cogiera sólo el carné de conducir. Y un carné universitario caducado. Tú antes estudiabas algo.

Como llorabas cada vez más te encañoné con la pis­tola en la mejilla con más fuerza, y comenzaste a retro­ceder hasta que te dije: «No te muevas o te mato aquí mismo». Ahora dime qué estudiabas.

¿Dónde?

En la universidad, dije. Llevas un carné de estudiante.

Oh, no lo sabías... Sollozos. Hipo. Gimoteos. Bio­logía.

Escucha, vas a morir esta noche, Raymond K. K. K. Hessel. Tal vez mueras dentro de un segundo, tal vez dentro de una hora; tú decides. Así que miénteme. Dime lo primero que se te pase por la cabeza. Invéntalo. Me importa una mierda. Tengo la pistola.

Por fin me escuchaste y olvidaste la mezquina trage­dia que gestabas en tu cabeza.

Rellene el formulario. ¿Qué desea Raymond Hessell ser de mayor?

«Irme a casa —dijiste—, sólo quiero ir a casa, por favor.»

«Déjate de mierdas», dije yo. ¿Cómo deseabas pa­sar el resto de tu vida? Si es que podías hacer algo en el mundo.

Invéntalo.

No sabías.

«Pues vas a morir ahora mismo —te dije—. Gira la cabeza.»

La muerte empezará dentro de diez segundos, nue­ve, ocho.

«Veterinario», dijiste. Querías ser veterinario.

Eso va de animales. Hay que ir a la facultad para ser eso.

«La facultad es demasiado para mí», dijiste.

Podrías estar en la universidad dejándote el culo allí, Raymond Hessel, o podrías estar muerto. Tú eliges. Te metí la cartera en el bolsillo trasero de los téjanos. Así que lo que realmente te gustaba era ser médico de animales. Alivié la presión del cañón salado sobre una mejilla y te la puse en la otra. Doctor Raymond K. K. K. K. Hessel, ¿es eso lo que siempre has querido ser?, ¿veterinario?

Sí.

¿No mientes?

No, no, lo decías en serio. Sí; no mentías. Sí.

Vale, te dije, y te incrusté el cañón húmedo de la pis­tola en el mentón, y luego en la punta de la nariz, y don­dequiera que hiciese presión con el cañón, quedaba la huella redonda y húmeda de tus lágrimas.

«Bueno —te dije—, vuelve a la facultad. Cuando te despiertes mañana por la mañana encontrarás un medio de volver a la facultad.»

Te incrusté el cañón húmedo de la pistola en las me­jillas, luego en el mentón y finalmente en la frente. «Po­drías estar muerto», dije.

Tengo tu carné de conducir.

Sé quién eres. Sé dónde vives. Me quedaré tu carné de conducir y te vigilaré, señor Raymond K. Hessel. Me cercioraré dentro de tres meses, y luego dentro de seis y luego dentro de un año, y si no has vuelto a la fa­cultad a convertirte en veterinario, morirás.

No abriste la boca.

Lárgate y vive tu vida insignificante, pero recuerda que te vigilo, Raymond Hessell, y que preferiría matarte a que siguieras en ese trabajo de mierda ganando única­mente dinero para comprarte queso y ver la televisión.

Ahora me voy a ir, así que no te des la vuelta.

Esto es lo que Tyler quiere que haga.

Son las palabras de Tyler las que salen de mi boca.

Soy la boca de Tyler.

Soy las manos de Tyler.

Todos los miembros del Proyecto Estragos forman parte de Tyler Durden y viceversa.

Raymond K. K. Hessel, la cena te va a saber mejor que nunca y mañana será el día más hermoso de toda tu vida.

Veintiuno



Te despiertas en la terminal internacional del aeropuer­to de Sky Harbor.

Retrasa el reloj dos horas.

El puente aéreo me lleva al centro de Phoenix y en todos los bares que entro hay tíos con puntos de sutura en torno a las cuencas de los ojos, donde un buen puñe­tazo les hizo la cara picadillo. Otros tíos tienen la nariz torcida; pero todos se convierten al instante en mi fami­lia cuando ven mi agujero rugoso en la mejilla.

Tyler no ha pasado por casa desde hace tiempo. Cum­plo mis pequeñas tareas. Voy de aeropuerto en aero­puerto para ver los coches en que otros perdieron la vida. La magia de viajar. Una vida diminuta. Jabones di­minutos. Asientos diminutos en las líneas aéreas.

A dondequiera que voy pregunto por Tyler.

Por si lo encuentro, llevo en el bolsillo los carnés de conducir de mis doce sacrificios humanos.

En todos los bares que entro, en todos esos jodí­dos bares, veo tíos con la cara como un mapa. En todos los bares me echan un brazo sobre los hombros y me quie­ren invitar a una cerveza. Es como si supiera qué bares se convierten en clubes de lucha.

Pregunto si han visto a un tipo llamado Tyler Durden.

Es una estupidez preguntarles por el club de lucha.

La primera regla del club de lucha es que no se habla del club de lucha.

Pero ¿habéis visto a Tyler Durden?

Nunca hemos oído ese nombre, señor —me con­testan.

Pero tal vez lo encuentre en Chicago, señor.

Debe de ser el agujero en la mejilla; todos me llaman señor.

Y hacen un guiño.

Te despiertas en el aeropuerto de O'Hare y tomas el puente aéreo para Chicago.

Adelanta el reloj una hora.

Si te puedes despertar en un lugar distinto.

Si te puedes despertar en un huso horario diferente.

¿Por qué no te puedes despertar siendo otra persona?

En todos los bares a los que vas tíos hechos un Cris­to quieren invitarte a una cerveza.

No, señor. Nunca han visto a ese Tyler Durden.

Y hacen un guiño.

Nunca han oído ese nombre antes, señor.

Pregunto por el club de lucha. ¿Hay esta noche club de lucha?

No, señor.

La segunda regla del club de lucha es que no se ha­bla del club de lucha.

Los tipos hechos un Cristo niegan con la cabeza.

Nunca lo hemos oído, señor. Pero tal vez encuentre ese tal club de lucha en Seattle, señor.

Te despiertas en el aeropuerto de Meigs Field y lla­mas a Marla para ver qué pasa por Paper Street. Marla te cuenta que ahora todos los monos espaciales se ra­pan el pelo. Las máquinas de afeitar eléctricas se recalientan y toda la casa huele a pelo chamuscado. Los monos espaciales emplean lejía para borrarse las huellas dactilares.

Te despiertas en el aeropuerto de SeaTac.

Retrasa el reloj dos horas.

El puente aéreo te lleva al centro de Seattle y en el primer bar donde entras el camarero lleva puesto un collarín que le echa la cabeza tan atrás que cuando te sonríe te tiene que mirar por encima de la berenjena aplastada y cárdena de su nariz.

El bar está vacío y el camarero dice:

Bienvenido de nuevo, señor.

Nunca, nunca había estado antes en ese bar.

Le pregunto si conoce a Tyler Durden.

El camarero me sonríe con el mentón sobresaliendo por encima del collarín blanco y me pregunta:

¿Me está poniendo a prueba?

Sí —le digo—, es una prueba. ¿Conoce a Tyler Durden?

La semana pasada estuvo usted aquí, señor Dur­den —me dice—. ¿No se acuerda?

Tyler estuvo aquí.

Usted estuvo aquí, señor.

Nunca he estado aquí antes.

Si usted lo dice, señor —responde el camarero—, pero el jueves por la noche entró aquí para preguntar cuándo planeaba la policía cerrar el club.

El jueves pasado me pasé toda la noche despierto con insomnio preguntándome si estaba despierto o dormido. El viernes por la mañana me desperté tarde, hecho polvo y con la sensación de no haber pegado ojo.

Sí, señor —dice el camarero—. El jueves por la noche estuvo usted aquí, en ese mismo sitio, y me pre­guntó por la redada de la policía y luego me preguntó cuántos tíos habíamos rechazado en el club de lucha el miércoles por la noche.

El camarero gira los hombros y el collarín para echar un vistazo al bar vacío y dice:

Nadie nos escucha, señor Durden. Anoche recha­zamos a veintisiete. El bar siempre está vacío la noche después del club de lucha.

En todos los bares en los que he entrado esta sema­na la gente me ha llamado señor.

En todos los bares en los que entro, esos tíos con las caras hechas un Cristo comienzan a parecerse unos a otros. ¿Cómo puede saber un desconocido quién soy?

Usted tiene una marca de nacimiento, señor Dur­den —dice el camarero—. En el pie, con la forma de Australia en rojo oscuro, y con Nueva Zelanda al lado.

Sólo Marla sabe esto. Marla y mi padre. Ni siquiera Tyler lo sabe. Cuando voy a la playa, me siento con el pie escondido debajo de la pierna.

El cáncer que no tengo se ha extendido por todas partes.

Todos los miembros del Proyecto Estragos lo sa­bemos, señor Durden.

El camarero levanta la mano con el dorso hacia mí y con la quemadura de un beso.

¿Mi beso?

El beso de Tyler.

Todo el mundo sabe lo de su marca de nacimien­to —dice el camarero—. Forma parte de la leyenda. Se está convirtiendo usted en una verdadera leyenda.

Llamo a Marla desde un motel de Seattle para pregun­tarle si alguna vez lo hemos hecho. Ya sabes.

Al otro lado de la línea Marla pregunta:

¿Qué dices?

Que si nos hemos acostado.

-¿Qué?

Ya sabes, ¿alguna vez nos hemos acostado?

¡Santo Dios!

¿Y bien?

Y bien, ¿qué? —dice ella.

¿Alguna vez nos hemos acostado?

Eres un puto cabrón.

¿Nos hemos acostado?

¡Te mataría!

¿Eso significa sí o no?

Sabía que pasaría —dice Marla—. Estás chiflado. Me amas. Me desprecias. Me salvas la vida y luego con­viertes a mi madre en jabón.

Me doy un pellizco.

Pregunto a Marla cómo nos conocimos.

En el grupo aquel de cáncer testicular —dice Marla—. Luego me salvaste la vida.

¿Que le salvé la vida?

Me salvaste la vida.

Tyler le salvó la vida.

Tú me salvaste la vida.

Meto el dedo a través del agujero de la mejilla y lo muevo. El dolor debería ser suficiente para despertarme.

Marla dice:

Me salvaste la vida en el hotel Regent cuando ac­cidentalmente intenté suicidarme. ¿Te acuerdas?

¡Oh!

Aquella noche —dice Marla— te dije que quería tener un aborto tuyo.

Acabamos de perder presión en la cabina.

Pregunto a Marla cómo me llamo.

Vamos a morir todos.

Marla dice:

Tyler Durden. Te llamas Tyler la escoria humana Durden.

Vives en el número 5123 NE de Paper Street, que en este mismo instante está lleno a rebosar de discípulos tuyos, que se rapan el pelo y se queman la piel con lejía.

Tengo que dormir un rato.

Tendrás que mover el culo y venirte para aquí —chilla Marla al otro lado del teléfono— antes de que esos espantajos hagan jabón conmigo.

Tengo que encontrar a Tyler.

La cicatriz de la mano, le pregunto, cómo se la hizo.

Fuiste tú —me responde Marla—. Me besaste la mano.

Tengo que encontrar a Tyler.

Tengo que dormir un rato.

Tengo que dormir.

Tengo que irme a dormir.

Le doy a Marla las buenas noches y su voz chillona suena lejos, lejos, cada vez más lejos cuando me estiro y cuelgo el teléfono.

Veintidós



Paso toda la noche cavilando.

¿Estoy durmiendo? ¿He dormido algo? Así es el in­somnio.

Intenta relajarte un poco más al expulsar el aire de los pulmones, pero tu corazón sigue al galope y tus ideas se arremolinan en la cabeza.

Nada funciona. Ni la meditación guiada.

Estás en Irlanda.

Ni contar ovejas.

Cuentas los días, las horas, los minutos desde que te dormiste por última vez. Tu médico se rió. Nadie se ha muerto por falta de sueño. Con la cara como fruta madura y magullada, cualquiera pensaría que estás muerto.

A las tres de la mañana en la cama de un motel de Seattle, es demasiado tarde para encontrar algún grupo de apoyo a enfermos de cáncer. Demasiado tarde para encontrar capsulitas azules de Amital Sodio o Seconals del color del carmín: todo el muestrario de El Valle de las muñecas. Más tarde de las tres de la mañana, no pue­des entrar en un club de lucha.

Tienes que encontrar a Tyler.

Tienes que dormir un rato.

Entonces te despiertas y Tyler está de pie, a oscuras junto a la cama.

Te despiertas.

En cuanto te quedaste dormido, Tyler estaba ahí di­ciendo:

Despierta. Despierta, hemos resuelto el problema con la policía de Seattle. Despierta.

El jefe de policía quería iniciar una campaña contra lo que él llamaba actividad mafiosa organizada y clubes de boxeo nocturnos.

Pero no te preocupes —dice Tyler—. El señor jefe de policía ya no es un problema —dice Tyler—. Lo te­nemos cogido por los huevos.

Pregunto si Tyler me ha estado siguiendo.

¡Tiene gracia! —dice Tyler—. Lo mismo te quería preguntar yo. Le has hablado a otras personas de mí, ca­brón. Has roto la promesa.

Tyler se estaba preguntando cuándo le descubriría.

Cada vez que te duermes —dice Tyler— me es­capo y hago alguna salvajada, alguna locura, algún dis­parate.

Tyler se arrodilla junto a la cama y me susurra:

El jueves pasado te dormiste y cogí un avión a Seattle para echar un vistazo a un club de lucha. Para com­probar el número de personas rechazadas y cosas así. A la búsqueda de nuevos talentos. También tenemos el Pro­yecto Estragos en Seattle.

Las yemas de los dedos de Tyler recorren mis cejas hinchadas.

Tenemos el Proyecto Estragos en Los Ángeles y en Detroit; un grupo importante del Proyecto Estragos sigue adelante en Washington D.C., en Nueva York. Tenemos un Proyecto Estragos en Chicago que no te puedes ni imaginar.

»No puedo creer que hayas roto la promesa. La pri­mera regla del club de lucha es que no se habla del club de lucha.

Estuvo en Seattle la semana pasada y un camarero con collarín le dijo que la policía planeaba una redada con­tra el club de lucha. El jefe de policía en persona quería que fuera una redada especial.

Lo cierto es que tenemos miembros de la policía que acuden al club de lucha y les gusta. Tenemos perio­distas, agentes judiciales y abogados, y lo sabemos todo antes de que ocurra.

Nos van a cerrar los clubes.

Por lo menos en Seattle —dice Tyler.

Pregunto qué hizo Tyler al respecto.

Qué hicimos nosotros —dice Tyler.

Convocamos una reunión del Comité de Asalto.

Ya no hay un tú y un yo —dice Tyler pellizcán­dome la punta de la nariz—. Creo que ya te has dado cuenta.

Utilizamos el mismo cuerpo pero en momentos dis­tintos.

Organizamos una misión especial —dice Tyler—. Les dijimos: «Traednos los testículos aún calientes del honorable jefe de policía de Seattle».

No estoy soñando.

Sí —dice Tyler—. Estás soñando.

Esta noche hemos reunido un equipo de catorce mo­nos espaciales, y cinco de estos monos espaciales eran policías, y estábamos solos en el parque donde su seño­ría saca a pasear el perro.

No te preocupes —dice Tyler—: el perro está bien.

El ataque se realizó en tres minutos menos que nues­tra mejor marca anterior. Habíamos calculado doce mi­nutos. Nuestro mejor tiempo era de nueve minutos.

Cinco monos espaciales lo echaron al suelo y lo su­jetaron.

Tyler me cuenta eso, pero, no sé cómo, yo ya lo sé.

Tres monos espaciales montaron guardia.

Uno de los monos espaciales se encargó del éter.

Otro de los monos espaciales le bajó sus queridos pantalones.

Es un perro de aguas y no para de ladrar y ladrar.

Ladrar y ladrar.

Ladrar y ladrar.

Uno de los monos espaciales le dio tres vueltas a la tira de goma hasta que quedó bien tensa en torno a su querido escroto.

Uno de los monos está entre sus piernas con el cu­chillo —musita Tyler con la cara agujereada junto a mi oído— mientras yo le susurro al honorable jefe de poli­cía al oído que será mejor que deje la campaña contra los clubes de lucha o le contaremos al mundo entero que su honorable señoría ya no tiene pelotas.

Tyler susurra:

¿Adonde cree su señoría que llegará?

La tira de goma le ha anulado la sensibilidad allá abajo.

¿Adonde cree su señoría que llegará en la política si los votantes saben que ya no tiene cojones?

Su señoría ha perdido toda sensibilidad.

Colega, sus cojones están fríos como el hielo.

Si cierra uno solo de los clubes de lucha, enviaremos sus testículos al este y al oeste. Uno al New York Times y el otro a Los Angeles Times. Uno para cada uno, al es­tilo de los comunicados de prensa.

El mono espacial le quitó el paño con éter de la boca y el jefe de policía dijo que no lo hicieran.

Y Tyler dijo:

No tenemos nada que perder a excepción del club de lucha.

El jefe de policía lo tenía todo.

Todo lo que nos quedaba era la mierda y la basura del mundo.

Tyler asintió con la cabeza al mono espacial con el cuchillo entre las piernas del jefe de policía.

Tyler dijo:

Imagínese el resto de su vida con el escroto on­deando como una bolsa vacía.

El jefe de policía dijo que no.

Que no.

Basta.

Por favor.

Oh.

Dios.

Ayuda...

... me

Ayuda...

No.

... me.

Dios.

... me.

Deten...

... los.

Y el mono espacial desliza el cuchillo y corta única­mente la tira de goma.

Seis minutos en total y ya acabamos.

Recuerde esto —dijo Tyler—: la gente a la que in­tenta pisar son todas personas de las que depende. So­mos quienes le lavamos la ropa y le hacemos la comida y le servimos la cena. Le hacemos la cama. Cuidamos de usted mientras duerme. Conducimos ambulancias. Le pasamos las llamadas. Somos cocineros y taxistas, y lo sabemos todo de usted. Gestionamos sus pólizas del se­guro y los cargos en su tarjeta de crédito. Controlamos cada momento de su vida.

»Somos los hijos medianos de la historia, educados por la televisión para creer que un día seremos millona­rios y estrellas de cine y estrellas de rock, pero no es así. Y acabamos de darnos cuenta —dice Tyler—. Así que no intente jodernos.

El mono espacial comprime el paño de éter sobre el rostro sollozante del jefe de policía y lo manda a dormir un rato.

Otra cuadrilla lo vistió y se lo llevó a casa con el perro. Tras esto, guardar el secreto era elección suya. Y no, no esperábamos más campañas contra el club de lucha.

Su señoría volvió a casa atemorizado pero entero.

Cada vez que cumplimos estas misiones —dice Tyler— los miembros del club de lucha, que nada tienen que perder, se ven un poco más involucrados en el Pro­yecto Estragos.

Tyler, arrodillado junto a la cama, me dice:

Cierra los ojos y dame la mano.

Cierro los ojos y Tyler me coge la mano. Siento los labios de Tyler sobre la cicatriz de su beso.

Te dije que si hablabas de mí a mis espaldas nun­ca me volverías a ver —dice Tyler—. No somos dos hombres distintos; cuando estás despierto tienes el con­trol y te puedes llamar como quieras, pero en cuanto te duermes, soy yo quien manda y tú te conviertes en Ty­ler Durden.

Pero si luchamos, le digo, la noche en que inventa­mos el club de lucha.

En realidad, no luchabas contra mí —dice Ty­ler—. Te lo dijiste a ti mismo. Luchabas contra todas las cosas que odias en la vida.

Pero si te veo.

Estás dormido.

Pero si has alquilado una casa. Tienes un trabajo. Dos trabajos.

Pídele al banco tus cheques cancelados —dice Ty-ler—. Alquilé la casa a tu nombre. Comprobarás que la caligrafía en tus recibos del alquiler coincide con las de las notas que me has mecanografiado.

Tyler ha estado gastando mi dinero. No me extraña que siempre esté en números rojos.

Y por lo que respecta a los trabajos, bueno, ¿por qué te crees que estás tan cansado? Tío, no es insom­nio. En cuanto te duermes, me adueño de ti y me voy a trabajar o al club de lucha o a cualquier sitio. Tienes suerte de que no cogiera un trabajo de encantador de serpientes.

Le pregunto: ¿Qué pasa con Marla?

Marla te quiere.

Marla te quiere.

Marla no conoce la diferencia entre tú y yo. Le diste un nombre falso la noche en que os conocisteis. Nunca has dado tu nombre verdadero en los grupos de apoyo, embustero de mierda. Desde que le salvé la vida, Marla cree que te llamas Tyler Durden.

Bueno, ahora que he descubierto a Tyler Durden, ¿desaparecerá?

No —dice Tyler mientras me coge la mano—. En primer lugar, no estaría aquí si no me quisieras. Seguiré viviendo mi vida mientras duermes, pero si intentas ju­gármela, si te encadenas a la cama por las noches o to­mas dosis masivas de pastillas para dormir, seré tu ene­migo. Y me las pagarás.

No son más que chorradas. Estoy soñando. Tyler es una proyección. Es un trastorno disociativo de la personalidad. Un estado de fuga psicogénica. Tyler Durden es una alucinación.

¡Y una mierda! —dice Tyler—. Tal vez seas tú mi alucinación esquizofrénica.

Yo estaba aquí primero.

Sí, sí, sí, veremos quién se quedará aquí el último —dice Tyler.

Esto no es real. Es un sueño y me despertaré.

Pues despiértate.

Y entonces el teléfono suena y Tyler ha desaparecido.

El sol se filtra por las cortinas.

Es el servicio de despertador telefónico que pedí para las siete de la mañana, y cuando levanto el auricu­lar, la línea se ha cortado.

Veintitrés



Cojo apresurado un avión para estar de vuelta en casa con Marla y la Compañía Jabonera de Paper Street.

Todo sigue desmoronándose.

En casa me siento demasiado asustado para abrir la nevera. Imagínate docenas de bolas de plástico etiqueta­das con el nombre de ciudades como Las Vegas, Chica­go o Milwaukee, en las que Tyler cumplió su amenaza de proteger las juntas del club de lucha. Cada bolsa con­tiene un par de bocados escogidos, solidificados y conge­lados.

En una esquina de la cocina, un mono espacial en cuclillas sobre el linóleo agrietado se estudia en un espejito:

Soy la mierda más grande que jamás haya pisa­do la Tierra —le dice el mono espacial al espejo—. Soy un desperdicio tóxico, un subproducto de la creación divina.

Otros monos espaciales deambulan por el jardín re­cogiendo algunas cosas y matando otras.

Con una mano en la puerta del congelador, respiro hondo y trato de equilibrar mi entidad espiritual ilu­minada:

Gotas de lluvia sobre rosas, felices animales de Disney; me duelen las partes.

El congelador está unos centímetros abierto cuando Marla echa un vistazo por encima de mi hombro y pre­gunta:

¿Qué hay para cenar?

El mono espacial en cuclillas se mira en el espejito.

Soy una escoria humana, un desperdicio infeccio­so de la creación.

Un círculo completo.

Hace un mes más o menos, tenía miedo de que Marla mirara en la nevera. Ahora soy yo quien tiene miedo a mirar.

¡Oh, dios! Tyler.

Marla me quiere. Marla desconoce la diferencia.

Me alegro de que hayas vuelto —dice Marla—. Tenemos que hablar.

Oh, sí, le digo. Tenemos que hablar.

No tengo valor para abrir el congelador.

Soy la Entrepierna Encogida de Mengano.

Le digo a Marla:

No toques nada del congelador. Ni siquiera lo abras. Si encuentras algo dentro, no te lo comas ni se lo des a un gato ni nada parecido.

El mono espacial del espejito nos mira por el rabillo del ojo, así que le digo a Marla que nos vayamos. Esta conversación habrá que mantenerla en otra parte.

Abajo, al final de las escaleras del sótano, uno de los monos espaciales les está leyendo a otros monos espacia­les «Las tres formas de fabricar napalm»:

Primera, mezclas a partes iguales gasolina y con­centrado de zumo de naranja congelado. Segunda, mezclas a partes iguales gasolina y Coca-Cola light. Tercera, disuelves en gasolina inmundicias de gato desmenuza­das hasta que la mezcla se espese.

Marla y yo emprendemos el tránsito corporal desde la Compañía Jabonera de Paper Street hasta un reservado en Planet Denny's, el planeta naranja.

Era algo de lo que hablaba Tyler, cómo desde lo de Inglaterra inició sus exploraciones y fundó colonias y trazó mapas, la mayoría de los puntos geográficos tie­nen esos nombres ingleses de segunda mano. Los ingle­ses le ponían nombre a todo. O a casi todo.

Como a Irlanda.

New London, Australia.

New London, la India.

New London, Idaho.

New York, New York.

A toda prisa hacia el futuro.

Así, cuando se dé el salto en las exploraciones espa­ciales, serán con toda probabilidad las compañías mega-tónicas las que descubran todos esos nuevos planetas y tracen sus mapas.

La Esfera Estelar IBM.

La Galaxia Philip Morris.

Planet Denny's.

Todos los planetas tomarán el nombre comercial de la corporación que los haya saqueado primero.

El mundo Budweiser.

El camarero tiene en la frente un enorme huevo de oca y se cuadra entrechocando los tacones:

¡Señor! —dice el camarero—. ¿Desea pedir ahora, señor? —dice—. Todo lo que pida es gratis, señor.

Puedes imaginarte que las sopas de todos huelen a orina.

Dos cafés, por favor.

Marla me pregunta:

¿Por qué nos da gratis la comida?

El camarero cree que soy Tyler Durden, le digo.

En ese caso, Marla pide almejas fritas y almejas en salsa, y una cazuelita de pescado y pollo frito, y una patata cocida con todo, y tarta de chocolate.

A través de las puertas transparentes de la cocina, tres cocineros, uno con puntos de sutura en el labio su­perior, nos observan a Marla y a mí y susurran aproxi­mando sus cabezas magulladas. Le digo al camarero:

Dadnos la comida bien limpia, por favor. No ha­gáis porquerías con lo que pidamos.

En ese caso, señor —dice el camarero— le reco­miendo a la señora que no pida las almejas en salsa.

Gracias. Nada de almejas en salsa. Marla me mira y le digo:

Confía en mí.

El camarero gira sobre sus talones y desfila en direc­ción a la cocina con nuestro pedido.

A través de la ventana de la cocina los tres cocineros nos saludan levantando el pulgar.

No están nada mal las ventajas de ser Tyler Dur­den —dice Marla.

A partir de ahora —le digo a Marla—, tienes que seguirme dondequiera que vaya por las noches y anotar los sitios adonde voy. A quién veo. Si castro a alguien importante y ese tipo de detalles.

Saco la cartera y le muestro el carné de conducir con mi nombre verdadero.

No el de Tyler Durden.

Pero si todos saben que eres Tyler Durden —dice Marla.

Todos menos yo.

Nadie me llama Tyler Durden en la oficina. El jefe me llama por mi verdadero nombre.

Mis padres saben quién soy.

Entonces —pregunta Marla—, ¿por qué eres Ty­ler Durden para cierta gente y no para todo el mundo?

La primera vez que vi a Tyler, yo estaba dormido.

Estaba cansado, loco y abrumado, y cada vez que cogía un avión quería que se estrellara. Envidiaba a la gente que moría de cáncer. Odiaba mi vida. Estaba can­sado y aburrido de mi trabajo y de mis muebles, y no veía la forma de cambiar las cosas.

Sólo de acabar con ellas.

Me sentía atrapado.

Era demasiado completo.

Era demasiado perfecto.

Quería una salida a esa vida minúscula. Ración indi­vidual de mantequilla y asientos atestados en las líneas aéreas de todo el mundo.

Muebles suecos.

Arte inteligente.

Me tomé unas vacaciones. Me quedé dormido en la playa y, al despertar, allí estaba Tyler Durden, desnu­do y sudoroso, rebozado en arena y con el pelo húmedo y desgreñado cubriéndole la cara.

Tyler estaba sacando del agua troncos a la deriva y los arrastraba hasta la playa.

Tyler había creado la sombra de una mano gigantes­ca y Tyler estaba sentado sobre la palma de la perfección que él mismo había creado.

Un instante era lo máximo que se podía esperar de la perfección.

Quizá nunca llegué a despertarme en aquella playa.

Tal vez todo esto comenzó cuando meé en la piedra de Blarney.

Cuando me quedo dormido, en realidad, no duermo.

En el resto de las mesas de Planet Denny's cuento uno, dos, tres, cuatro, cinco tíos con los pómulos mora­dos o las narices estropeadas, que me sonríen.

No —dice Marla—, tú no duermes.

Tyler Durden es una personalidad desdoblada que he creado y ahora amenaza con apoderarse de mi vida real.

Igual que la madre de Tony Perkins en Psicosis —dice Marla—. Es alucinante. Todo el mundo tiene alguna rareza. Una vez salí con un tío al que nunca le parecían bastantes los body piercings que tenía.

Lo que quiero decir es que me quedo dormido y Ty­ler se larga con mi cuerpo y mi cara agujereada y comete algún crimen. Al día siguiente, me despierto hecho polvo, apaleado y estoy seguro de no haber dormido nada.

La noche siguiente me voy a la cama más temprano.

Esa noche Tyler está en posesión de mi cuerpo un poco más de tiempo.

Cada noche que me vaya más y más temprano a la cama, Tyler poseerá mi cuerpo más y más tiempo.

Pero si tú eres Tyler —dice Marla.

No.

No, no lo soy.

Me gusta todo lo referente a Tyler Durden: su valor y sus recursos. Su temple. Tyler es divertido, encanta­dor, enérgico e independiente, y los hombres lo admi­ran y esperan que cambie el mundo. Tyler es hábil y ge­neroso, y yo no lo soy.

Yo no soy Tyler Durden.

Sí lo eres —dice Marla.

Tyler y yo compartimos el mismo cuerpo y hasta ahora no lo sabía. Siempre que Tyler hacía el amor con Marla, yo estaba durmiendo. Tyler andaba por ahí y ha­blaba mientras yo creía estar durmiendo.

Todos los miembros del club de lucha y del Proyec­to Estragos me conocen como Tyler Durden.

Y si cada noche me fuera a la cama más temprano y durmiera hasta más tarde al día siguiente, al final desa­parecería por completo.

Me echaría a dormir y nunca volvería a despertar.

Igual que los animales del Centro de Control de Animales —dice Marla.

El valle de los perros. Donde a pesar de que no te matan y de que alguien te quiere lo suficiente como para llevarte a su casa, aun así te castran.

No volvería a despertarme y Tyler se apoderaría de mí.

El camarero trae el café, entrechoca los tacones y se va.

Huelo mi café. Huele a café.

Entonces —dice Marla—, incluso en el caso de que me crea todo esto, ¿qué quieres de mí?

Para que Tyler no me controle totalmente necesito que Marla me mantenga despierto. Todo el tiempo.

Un círculo cerrado.

La noche en que Tyler le salvó la vida, Marla le pidió que la mantuviese despierta toda la noche.

En cuanto me quedo dormido, Tyler se apodera de mí y sucede algo terrible.

Si me llego a quedar dormido, Marla tiene que se­guirle la pista a Tyler. A dónde va. Qué hace. Para que así, quizá, durante el día, pueda correr de un lado para otro a reparar los daños.

Veinticuatro



Se llama Robert Paulson y tiene cuarenta y ocho años. Se llama Robert Paulson y ya siempre tendrá cuarenta y ocho años.

Con un plazo suficientemente largo, las expectati­vas de vida de cualquier persona se reducen a cero.

Bob el grandullón.

Ese pedazo de pan. El gran oso tenía asignada una misión de congelación y fractura. Así es como entró Tyler en mi apartamento y lo voló con dinamita casera. Coges un bote de pulverizador refrigerante R-12 —si todavía encuentras uno, con la historia esa del agujero de ozono y demás— o R-134a, y rocías el cilindro del cerrojo hasta que el mecanismo se haya congelado.

En una misión de congelación y fractura, se rocía la ranura de un teléfono público, o de un parquímetro o de una máquina de venta de periódicos. Luego, con un mar­tillo y un cincel frío se rompe en pedazos el cilindro con­gelado del cerrojo.

En una misión de taladro y relleno, se agujerea un teléfono público o un cajero automático, se atornilla una pistola engrasadora en el agujero y se rellenan los orificios de grasa, pastel de vainilla o cemento plástico.

No es que se necesite robar un puñado de dólares para el Proyecto Estragos; la Compañía Jabonera de Pa­per Street estaba saturada de pedidos. Dios nos asista cuando se acerquen las vacaciones. Estas misiones son para templar tus nervios. Se precisa algo de astucia. In­vierte en el Proyecto Estragos.

En vez de un cincel frío, se puede usar una taladra­dora eléctrica para el cilindro congelado del cerrojo. Funciona igual de bien y hace menos ruido.

Fue una taladradora eléctrica sin cable lo que la po­licía confundió con una pistola cuando acabó con Bob el grandullón.

No había nada que vinculara a Bob el grandullón con el Proyecto Estragos, ni con los clubes de lucha o el jabón.

En un bolsillo llevaba la cartera con una foto en la que aparecía su enorme cuerpo, desnudo, aunque con un tanga, en un concurso de culturismo. Es una forma estúpida de vivir, decía Bob. Te ves cegado por las luces y sordo por el ruido del sistema de sonido hasta que el juez te ordena que extiendas el cuadríceps derecho, lo flexiones y mantengas la postura.

Ponga las manos donde podamos verlas.

Extienda el brazo izquierdo, flexione el bíceps y mantenga la postura.

Quieto.

Tire el arma.

Era mejor que en la vida real.

En su mano llevaba una cicatriz de mi beso. Del beso de Tyler. El pelo esculpido de Bob el grandullón estaba rapado al cero y le habían quemado las huellas dactilares con lejía. Era mejor que te hirieran que ser arrestado, porque si te arrestaban quedabas fuera del Proyecto Estragos y no te asignaban más misiones.

Por un instante Robert Paulson fue el cálido centro a cuyo alrededor se congregaba el mundo y, un segundo después, Robert Paulson era un ser inerte tras los dispa­ros de la policía, el asombroso milagro de la muerte.

Esta noche, en todos los clubes de lucha, el jefe de la junta se pasea en la oscuridad ante un grupo de hombres que se miran unos a otros a través del centro vacío de todos los clubes de lucha, y su voz grita:

Se llama Robert Paulson.

Y la multitud grita:

Se llama Robert Paulson.

El jefe grita:

Tiene cuarenta y ocho años.

El jefe grita:

Tiene cuarenta y ocho años.

Tiene cuarenta y ocho años y formaba parte del club de lucha.

Tiene cuarenta y ocho años y formaba parte del Pro­yecto Estragos.

Sólo muertos tenemos nuestros propios nombres; porque sólo muertos dejamos de formar parte de la lu­cha. Con la muerte nos convertimos en héroes.

  • la multitud grita: —Robert Paulson.

  • la multitud grita: —Robert Paulson.

  • la multitud grita: —Robert Paulson.

Voy esta noche al club de lucha para cerrarlo. Estoy bajo la luz solitaria en el centro de la habitación y el club me vitorea. Para todo el mundo soy Tyler Durden. Inteligente, fuerte, valiente. Levanto las manos para im­poner silencio y sugiero:

¿Por qué no suspendemos la sesión del club por esta noche? Id a casa y olvidaos del club de lucha.

»Creo que el club ya ha cumplido su propósito, ¿no?

»El Proyecto Estragos queda cancelado.

»He oído que hay un buen partido de fútbol ameri­cano en la televisión...

Cien hombres clavan su mirada en mí.

Un hombre ha muerto —les digo—. El juego se ha acabado. Ya no tiene gracia.

Entonces, procedente de la oscuridad, más allá de la multitud, surge la voz anónima del jefe de la junta:

La primera regla del club de lucha es que no se ha­bla del club de lucha.

Grito:

Iros a casa.

La segunda regla del club de lucha es que no se habla del club de lucha.

Se disuelve el club de lucha. Se cancela el Proyec­to Estragos.

La tercera regla es dos hombres por combate.

¡Soy Tyler Durden —grito— y os ordeno que os vayáis!

Nadie me mira. Los hombres se miran unos a otros a través del centro de la habitación.

La voz del jefe de la junta se oye moviéndose con len­titud alrededor de la habitación. Dos hombres por com­bate, nada de camisas. Nada de zapatos.

El combate dura lo que haga falta.

Imaginaos esta escena repetida en cien ciudades y en media docena de idiomas.

Se acaban las reglas y yo sigo en el centro de la luz.

El combate registrado en primer lugar, a la pales­tra —grita la voz en la oscuridad—. Despejad el centro del club.

No me muevo.

¡Despejad el centro del club!

No me muevo.

La luz solitaria se refleja en cien pares de ojos, to­dos clavados en mí, a la espera. Trato de mirarlos como los miraría Tyler. Escoge a los mejores luchadores para entrenarlos en el Proyecto Estragos. ¿A quiénes podría invitar Tyler a trabajar en la Compañía Jabonera de Paper?

¡Despejad el centro del club!

Es un procedimiento establecido en el club de lucha. Después de tres avisos del jefe de la junta, me expulsa­rán del club.

Pero soy Tyler Durden. Yo inventé el club de lucha. El club de lucha es mío. Yo escribí esas reglas. Ninguno es­taría aquí de no ser por mí. Y digo: ¡Se ha acabado!

Preparados para expulsar al miembro del club dentro de tres segundos, dos, uno.

El círculo de hombres se echa sobre mí y doscientas manos atenazan cada centímetro de mis brazos y pier­nas y me alzan abierto en cruz hacia la luz.

Preparado para evacuar el alma dentro de cinco se­gundo, cuatro, tres, dos, uno.

Me llevan en volandas por encima de sus cabezas, de mano en mano. La multitud se abalanza hacia la puerta. Estoy flotando. Vuelo.

Chillo:

El club de lucha es mío. El Proyecto Estragos fue idea mía. No podéis expulsarme. Yo tengo el mando. Volved a casa.

La voz del jefe de la junta grita:

El combate registrado en primer lugar, a la pales­tra. ¡Ya!

No me iré; no voy a tirar la toalla. Ganaré la partida. Tengo el mando.

Expulsad al miembro del club de lucha, ¡ya!

Evacuad el alma, ¡ya!

Y vuelo lentamente por la puerta hacia la noche con las estrellas allá en lo alto y el aire frío, y caigo sobre el hormigón del aparcamiento. Las manos desaparecen, una puerta se cierra detrás de mí y se oye el chirrido de un cerrojo. En cien ciudades distintas los clubes de lu­cha siguen sin mí.

Veinticinco



Durante años he querido dormir. Sentir esa especie de caída, abandono o pérdida que embarga al sueño. En es­tos momentos dormir es lo último que quiero hacer. Es­toy con Marla en la habitación 8G del hotel Regent. Con todos los ancianos y yonquis encerrados en sus ha­bitaciones, mi creciente desesperación parece normal y esperable.

Oye —dice Marla, sentada con las piernas cruza­das en la cama mientras se esfuerza por sacar media do­cena de anfetaminas del envase plastificado—. Salí con un tío que tenía unas pesadillas horribles. Él también odiaba dormir.

¿Qué le pasó al tío con el que salías?

¡Oh! Se murió. Un ataque al corazón. Sobredosis. Demasiadas anfetaminas —dice Marla—. Sólo tenía die­cinueve años.

Gracias por contármelo.

Cuando entramos en el hotel, el tío de recepción lle­vaba la mitad de la cabeza rapada. El cuero cabelludo en carne viva y lleno de costras. Me saludó. Los ancianos que veían la televisión en el vestíbulo se giraron a ver quién era yo para que el tipo de recepción me llamara «señor».

Buenas tardes, señor.

En este momento me lo imagino llamando al cuartel general del Proyecto Estragos para informarles sobre mi paradero. Deben de tener un mapa de la ciudad donde se­ñalan mis movimientos con alfileres de colores. Me siento acechado como un ganso migratorio en el Reino animal.

Todos me espían, me pisan los talones.

Tómate si quieres seis pastillas de éstas; no te ha­rán daño al estómago —dice Marla—, pero tienes que metértelas por el culo.

Qué agradable.

Marla dice:

No lo estoy inventando. Dentro de un rato con­seguiremos algo más potente. Alguna droga de verdad: estrellas, bellezas negras, dragones.

No me voy a meter esas pastillas por el culo.

Entonces tómate sólo dos.

¿A dónde vamos ir?

A la bolera. Abre toda la noche y no dejarán que te duermas allí.

A dondequiera que vaya —le digo—, los tíos se creen que soy Tyler Durden.

¿Por eso el conductor del autobús nos dejó pasar sin pagar?

Sí. Y por eso los dos tíos del autobús nos cedieron sus asientos.

Y bien; ¿qué te propones?

No creo que sea suficiente con escondernos. Tene­mos que hacer algo para desembarazarnos de Tyler.

Una vez salí con un tío al que le gustaba ponerse mi ropa —dice Marla—. Vestidos. Sombreros con velo y todo eso. ¿Y si te disfrazara para pasar inadvertido?

No me voy a travestir ni me voy a meter pastillas por el culo.

Peor —dice Marla—. Una vez salí con un tío que quería que fingiera una escena lésbica con su muñeca hinchable.

Me imagino convertido en una de las historias de Marla.

Una vez salí con un tío con desdoblamiento de per­sonalidad.

También salí con ese otro tío que usaba uno de esos aparatos para alargar el pene.

Le pregunto: ¿Qué hora es?

Las cuatro de la mañana.

Dentro de tres horas tengo que ir a trabajar.

Tómate las pastillas —dice Marla—. Siendo Tyler Durden, seguramente nos dejarán jugar gratis en la bo­lera... ¡Oye! ¿Por qué no vamos de compras antes de deshacernos de Tyler? Podríamos hacernos con un buen coche. Algo de ropa, unos cd. Hay que verle el lado el lado bueno a tanta cosa gratis.

Marla.

Vale, olvídalo.

Veintiséis



Aquel antiguo refrán de que siempre que se mata lo que más se quiere funciona en ambas direcciones.

Y vaya que si funciona en ambas direcciones.

Esta mañana fui a trabajar y había un cordón poli­cial rodeando el edificio y el aparcamiento, y la policía en las puertas de entrada tomando declaración a mis compañeros de trabajo. Todo el mundo se arremolinaba alrededor.

Ni siquiera me bajé del autobús.

Soy el Sudor Frío de Zutano.

Desde el autobús veo que en el edificio de mi despa­cho han estallado las ventanas del tercer piso, que llegan desde el suelo hasta el techo, y dentro un bombero con un impermeable amarillo y sucio golpea un panel que­mado del falso techo. Una mesa humeante sobresale centímetro a centímetro por la ventana rota empujada por dos bomberos, se inclina, resbala y cae salvando con rapidez los tres pisos hasta la acera, donde aterriza más con un temblor que con ruido.

Se parte y sigue humeando.

Soy la Boca del Estómago de Fulano.

Es mi despacho.

Sé que el jefe ha muerto.

Las tres formas de fabricar napalm. Sabía que Tyler iba a matar a mi jefe. En cuanto olí la gasolina en mis manos; en cuanto dije que quería dejar el trabajo. Le es­taba dando permiso. Vía libre.

Mata al jefe.

Oh, Tyler.

Sé que estalló un ordenador.

Lo sé porque Tyler lo sabe.

No quiero saberlo, pero sé que se emplea un berbi­quí de joyero para abrir un agujero en la tapa del mo­nitor del ordenador. Todos los monos espaciales lo sa­ben. Yo mecanografié las notas de Tyler. Es una nueva versión de la bombilla-trampa; haces un agujero en una bombilla y la llenas de gasolina. Sellas el agujero con cera o silicona, enroscas de nuevo la bombilla en la lám­para y dejas que alguien entre en la habitación y encien­da el interruptor.

El tubo de un ordenador puede contener muchísima más gasolina que una bombilla.

En el caso de un tubo de rayos catódicos, o bien qui­tas la cubierta de plástico que rodea el tubo, lo cual es bastante fácil, o entras a través de los paneles de ventila­ción de la parte superior de la cubierta.

Primero hay que desenchufar el monitor de la corrien­te y del ordenador.

Esto también se puede hacer con un televisor.

Entérate bien: si se produce un chispazo, aunque sólo sea la electricidad estática de la alfombra, habrás muerto; arderás vivo y chillarás hasta morir.

Los tubos de rayos catódicos pueden retener tres­cientos voltios de electricidad pasiva; por eso, antes que nada, utiliza un destornillador grueso para llegar al con­densador del suministro de energía. Si te mueres en este punto, no has utilizado un destornillador aislante.

El interior del tubo de rayos catódicos tiene hecho el vacío, así que en cuanto lo taladras, el tubo succiona­rá aire como si soplaras un silbato.

Escarias el agujero con una broca mayor y luego con otra aún más gruesa, hasta que quepa por el agujero el tubo de un embudo. A continuación, llenas el tubo con el explosivo elegido. Un napalm casero está bien. Gaso­lina o gasolina mezclada con un concentrado de zumo de naranja congelado o con inmundicias de gato.

Un explosivo interesante es el permanganato potási­co mezclado con azúcar en polvo. La idea consiste en mezclar un ingrediente que se queme con rapidez con un segundo ingrediente que aporte oxígeno suficiente para la combustión. Al arder tan rápido se produce la explosión.

Peróxido de bario y polvo de zinc.

Nitrato de amoníaco y aluminio en polvo.

La nouvelle cuisine de la anarquía.

Nitrato de bario con salsa de azufre y guarnición de carbón vegetal. Ya tienes un compuesto de pólvora básica.

Bon appétit.

Vuelve a cerrar el monitor con todo esto y, cuando alguien lo encienda, estos dos o tres kilos de pólvora le estallarán en la cara.

El problema es que apreciaba bastante a mi jefe.

Si eres varón, y eres cristiano y vives en Estados Unidos, tu padre es tu modelo de Dios. A veces, en­cuentras ese padre en el trabajo.

Pero a Tyler no le gustaba mi jefe.

La policía me estará buscando. Fui la última persona en salir del edificio el viernes por la noche. Me desper­té en el despacho, con el aliento condensado sobre la mesa y Tyler al teléfono diciéndome:

Sal de la oficina. Tenemos un coche.

Tenemos un Cadillac.

Aún tenía gasolina en las manos.

El mecánico del club de lucha me preguntó: «¿Qué querría haber hecho antes de morir?».

Quería dejar el trabajo. Le estaba dando permiso a Tyler. Vía libre. Mata a mi jefe.

Desde la oficina siniestrada el autobús me lleva has­ta la rotonda de gravilla al final de la línea. Aquí se aca­ban las parcelas y se convierten en plazas de aparca­miento o en campos de cultivo. El conductor saca una tartera y un termo y me observa por el retrovisor.

Intento pensar dónde ir que no me busque la poli. Desde el fondo del autobús veo a unas veinte personas sentadas entre el conductor y yo. Cuento las espaldas de veinte cabezas.

Veinte cabezas rapadas.

El conductor se da la vuelta en su asiento y me dice en voz alta:

Señor Durden, señor, de veras admiro lo que hace.

Nunca lo había visto antes.

Tendrá que perdonarme por esto —dice el con­ductor—. El comité afirma que la idea es suya, señor.

Las cabezas rapadas se van girando una tras otra. Luego, uno por uno, se levantan. Uno lleva en la mano un trapo que huele a éter. El más cercano tiene un cu­chillo de caza. El del cuchillo es el mecánico del club de lucha.

Es usted un hombre valiente —dice el conductor del autobús— para convertirse en objetivo de una misión.

El mecánico le dice al conductor:

Cállate. El centinela no dice una mierda.

Sabes que uno de los monos espaciales lleva una tira de goma para retorcerte los cojones. Entre todos ocu­pan la parte delantera del autobús.

El mecánico dice:

Usted conoce la misión, señor Durden. Usted mismo lo ordenó. Dijo que si alguien intentaba cerrar el club, aunque fuera usted, tendríamos que cogerlo por los cojones.

Las gónadas.

Las pelotas.

Los huevos.

Imagínate la mejor parte de tu anatomía congelada dentro de una bolsa en la Compañía Jabonera de Paper Street.

Ya sabe que es inútil oponer resistencia —dice el mecánico.

El conductor del autobús masca su sandwich y nos observa por el retrovisor.

Una sirena de policía aulla, se acerca. Un tractor traquetea en un campo, a lo lejos. Pájaros. Una de las ventanillas de la parte trasera del autobús está medio abierta. Nubes. Crece la hierba en las cunetas de la ro­tonda de gravilla. Abejas o moscas zumbando entre la hierba.

Queremos una garantía adicional —dice el mecá­nico del club de lucha—. Esta vez no es una amenaza, señor Durden. Esta vez tenemos que cortárselos.

El conductor del autobús anuncia:

La pasma.

El ruido de la sirena se detiene en alguna parte de­lante del autobús.

¿Cómo resistirme?

Un coche de la policía se acerca al autobús; las luces rojas y azules lanzan destellos a través del parabrisas del autobús y alguien grita fuera:

¡Alto!

Estoy salvado.

Eso creo.

Les hablaré a los polis de Tyler. Les contaré todo sobre el club de lucha y quizá vaya a la cárcel. Y enton­ces serán ellos quienes tengan que resolver el problema del Proyecto Estragos y no tendré que enfrentarme a un cuchillo.

Los polis suben los escalones del autobús y el pri­mer poli dice:

¿Aún no se los habéis cortado?

El segundo poli dice:

Hacedlo rápido; hay una orden de detención con­tra él.

Entonces se quita la gorra y me dice:

No es nada personal, señor Durden. Es un placer haberlo conocido al fin.

Les digo, estáis cometiendo una equivocación.

El mecánico dice:

Usted nos advirtió de que seguramente nos di­ría eso.

No soy Tyler Durden.

De eso también nos advirtió.

Voy a cambiar las reglas. Podéis conservar el club de lucha, pero no vamos a castrar a nadie más.

Sí, sí, sí —dice el mecánico. Está a mitad de cami­no en el pasillo del autobús esgrimiendo el cuchillo—. Usted nos dijo que con toda seguridad nos diría eso.

Está bien. Soy Tyler Durden. Lo soy. Soy Tyler Durden y yo dicto las reglas; así que digo: «Suelta ese cu­chillo».

El mecánico les pregunta a los de atrás:

Hasta la fecha, ¿cuál ha sido el mejor tiempo de una castración?

Alguien grita:

Cuatro minutos.

El mecánico grita:

¿Alguien está cronometrando?

Los dos polis han subido al autobús y uno de ellos mira el reloj y dice:

Un instante. Esperad a que el segundero llegue a las doce.

El poli cuenta:

Nueve.

»Ocho.

»Siete.

Me tiro por la ventanilla abierta.

Mi estómago choca contra el antepecho metálico de la ventanilla y detrás de mí grita el mecánico del club de lucha:

¡Señor Durden! Nos va a joder la marca.

Medio colgando de la ventanilla, me agarro al neu­mático trasero. Me aferró a la llanta para impulsarme fuera. Alguien me coge por los pies y tira hacia sí. In­tento llamar la atención del tractor a gritos: «¡Eh, eh!». La cara hinchada por el calor y llena de sangre la cabeza. Estoy colgando boca abajo. Consigo arrastrarme fuera un poco más. Unas manos me cogen por los tobillos y tiran de mí hacia adentro. La corbata cuelga sobre mi rostro; la hebilla del cinturón se engancha en el antepe­cho de la ventanilla. Tengo la hierba y las abejas a unos centímetros de la cara, y grito: ¡Eh!

Unas manos me atenazan los pantalones por atrás, tiran y tiran de ellos.

Alguien grita dentro del autobús:

¡Un minuto!

Se me salen los zapatos de los pies.

La hebilla del cinturón se desengancha del antepe­cho de la ventanilla.

Las manos me juntan las piernas. El antepecho de la ventanilla, calentado por el sol, me abrasa el estómago. La camisa blanca, hinchada por el viento, me cubre la cabeza y los hombros; mis manos siguen aferradas a la llanta y sigo gritando: ¡Eh, eh!

Me mantienen las piernas rectas y juntas. Los panta­lones se deslizan por mis piernas y desaparecen. El sol calienta con fuerza mi trasero.

La sangre late con fuerza en la cabeza; los ojos me molestan por la presión; no veo más que la camisa blanca que me tapa la cara. El tractor traquetea en alguna parte. Las abejas zumban. En alguna parte. Todo está a millones de kilómetros de distancia. En alguna parte a millones de kilómetros detrás de mí alguien grita:

¡Dos minutos!

Y una mano se desliza entre mis piernas y me ma­nosea.

No le hagáis daño —dice alguien.

Las manos en los tobillos están a millones de kiló­metros de distancia. Imagina que están al final de una carretera larguísima. Meditación guiada.

No te imagines el antepecho de la ventanilla como un cuchillo romo y caliente abriéndote en canal.

No te imagines a una cuadrilla de hombres desmem­brándote las piernas.

A un millón de kilómetros de distancia, a tropecientos kilómetros de distancia, una mano áspera y calien­te te coge por ahí y tú tiras hacia atrás y algo te aprieta, te aprieta, te aprieta.

Una tira de goma.

Estás en Irlanda.

Estás en el club de lucha.

Estás en la oficina.

Estás en cualquier sitio menos aquí.

¡Tres minutos!

Alguien muy, muy lejos, grita:

Ya sabe de qué va el rollo, señor Durden. No ande jodiendo al club de lucha.

La mano caliente te coge por debajo. La punta fría del cuchillo. Un brazo te rodea el pecho.

Contacto físico terapéutico.

La hora de los abrazos.

  • el éter te invade la nariz y la boca, con fuerza.

  • luego, nada, menos que nada. El olvido.

Veintisiete



El esqueleto del apartamento reventado y reducido a ceni­zas es un espacio exterior negro y devastado en la noche por encima de las luces de la ciudad. Desaparecidas las venta­nas, la cinta amarilla de la policía para la escena del crimen se retuerce y agita al borde del precipicio de quince pisos.

Me desperté en el suelo de hormigón. Una vez hubo aquí un parqué de madera de arce. Antes de la explosión había otras obras de arte en las paredes. Había muebles suecos. Antes de Tyler.

Estoy vestido. Meto la mano en el bolsillo del pan­talón y me palpo.

Estoy entero.

Asustado pero entero.

Acércate al borde del apartamento, quince pisos por encima del pavimento y mira las luces de la ciudad y las estrellas, y habrás desaparecido.

Todo está más allá de nosotros.

Aquí arriba, a kilómetros de oscuridad entre las es­trellas y la Tierra, me siento como uno de esos animales espaciales.

Perros.

Monos.

Hombres.

Te limitas a hacer tu pequeño trabajo. Tirar de una pa­lanca. Apretar un botón. En realidad, no entiendes nada.

El mundo se está volviendo loco. Mi jefe ha muerto; mi casa ya no existe. No tengo trabajo y soy el respon­sable de todo.

No ha quedado nada.

Tengo un saldo negativo en el banco.

Salta.

La cinta de la policía se agita ruidosamente entre el olvido y yo.

Salta.

¿Qué más queda?

Salta.

Está Marla.

Salta.

Está Marla, y está en medio de todo y no lo sabe.

Y te quiere.

Quiere a Tyler.

Desconoce la diferencia.

Alguien tiene que decírselo. Vete. Vete. Vete.

Sálvate.

Bajas en el ascensor hasta el vestíbulo, y el portero, a quien nunca le gustaste, ahora te sonríe, con tres dien­tes saltados, y te dice:

Buenas noches, señor Durden. ¿Quiere que llame un taxi? ¿Se encuentra bien? ¿Quiere usar el teléfono?

Llamas a Marla al hotel Regent.

El empleado del Regent te dice:

Enseguida, señor Durden.

Entonces Marla se pone al teléfono.

El portero escucha la conversación por encima de tu hombro. Es probable que el empleado del hotel Regent también esté escuchando. Le dices: Marla, tenemos que hablar.

¡Y una mierda! —dice Marla.

Le dices que tal vez esté en peligro. Tiene derecho a saber lo que ocurre. Debe verte. Tenéis que hablar.

¿Dónde?

Debe ir al sitio donde se conocieron. Recuerda; haz memoria.

La bola blanca de luz curativa. El palacio de las siete puertas.

Ya sé —me dice—. Estaré allí dentro de veinte mi­nutos.

No faltes.

Cuelgas el teléfono y el portero dice:

Señor Durden, puedo conseguirle un taxi. Un taxi gratis. Vaya donde vaya.

Los chicos del club de lucha te siguen la pista.

No —dices—. La noche es tan buena que creo que iré caminando.

Es sábado por la noche; cáncer intestinal en el sótano de la iglesia metodista, y Marla está allí cuando llegas.

Marla Singer fumando un cigarrillo. Marla Singer poniendo los ojos en blanco. Marla Singer con un ojo morado.

Os sentáis sobre la alfombra frente a frente en el cír­culo de meditación e intentas conjurar a tu animal guía mientras Marla te observa con su ojo morado. Cierras los ojos y meditas hasta el palacio de las siete puertas y todavía sientes la mirada de Marla clavada en ti. Acu­nas el niño que hay en tu interior.

Marla te observa.

Llega la hora de los abrazos.

Abre los ojos.

Todos debemos elegir un compañero.

Marla cruza la habitación en tres zancadas y me abo­fetea con fuerza.

Entrégate por completo.

¡Maldito hijo de puta! —dice Marla.

Todo el mundo nos está mirando.

Entonces los puños de Marla descargan golpes sobre mí desde todas las direcciones.

Has matado a alguien —chilla ella—. He llamado a la policía y llegará de un momento a otro.

La agarro por las muñecas y le digo:

Tal vez venga la policía, pero lo más probable es que no.

Marla se zafa de mis manos y me dice que la policía se apresurará a prenderme y a llevarme a la silla eléctri­ca, y que mis ojos se escalfarán hasta salirse de las órbi­tas, o, cuanto menos, me pondrán una inyección mortal.

Será como la picadura de una abeja.

Una sobredosis de fenobarbital y, luego, el sueño eterno. Al estilo de El valle de los perros.

Marla me dice que hoy me ha visto matar a una persona.

Si se refiere a mi jefe, le digo, sí, sí, sí; lo sé, la policía lo sabe y todos me buscan para ponerme una inyección letal; pero es que fue Tyler quien mató a mi jefe.

Resulta que Tyler y yo tenemos las mismas huellas dactilares, pero eso nadie lo entiende.

¡Y una mierda! —dice Marla acercándose con su ojo amoratado—. Sólo porque a ti y a tus discípulos os guste pegaros palizas. Si me tocas otra vez, te mato.

»Te he visto matar a un hombre esta noche —dice Marla.

No, ha sido una bomba —le digo— y ocurrió esta mañana. Tyler hizo un agujero en el monitor del orde­nador y lo llenó de gasolina o pólvora negra.

No nos quita ojo ni uno solo de los enfermos con cáncer intestinal de verdad.

No —dice Marla—. Te seguí al hotel Pressman y eras camarero en una de esas fiestas con asesinato miste­rioso.

Las fiestas con asesinato misterioso, la gente rica acu­de al hotel para celebrar fiestas nocturnas y representar una especie de crimen a lo Agatha Christie. En algún momento entre el pastel de salmón marinado y el lomo de venado, las luces se apagan durante un minuto y al­guien simula haber sido asesinado. Se supone que es una muerte fingida y jovial.

Durante el resto de la cena, los invitados se em­borrachan, toman consomé al Madeira y tratan de des­cubrir quién es el asesino psicópata.

Marla chilla:

Mataste al enviado especial del alcalde, a cargo del reciclaje.

Tyler mató al enviado especial del alcalde a cargo de lo que fuera.

Marla dice:

¡Ni siquiera tienes cáncer!

Sucede así de rápido.

Chasquea los dedos.

Todo el mundo nos mira.

Grito: ¡Tampoco tú tienes cáncer!

Ha venido aquí durante dos años —grita Marla— y no tiene nada.

Estoy intentando salvarte la vida.

¿Cómo? ¿Por qué mi vida necesita ser salvada?

Porque me has estado siguiendo. Porque me has seguido esta noche; porque viste a Tyler Durden matar a una persona y porque Tyler matará a quienquiera que amenace el Proyecto Estragos.

Todos en la habitación han sido arrancados de sus pequeñas tragedias. Sus cánceres insignificantes. Hasta los que toman analgésicos nos miran con los ojos desor­bitados y alerta.

Les digo a los presentes:

Lo siento. No era mi intención hacer daño a nadie. Será mejor que nos vayamos y hablemos de esto fuera.

Todos gritan:

¡No, quedaos! ¿Qué más?

Yo no he matado a nadie —digo—. No soy Tyler Durden. Es el reverso de mi doble personalidad. ¿Al­guien ha visto la película Gemelos?

Marla dice:

Entonces, ¿quién me va a matar?

Tyler.

¿Tú?

Tyler —le digo—, pero yo me ocuparé de él. Tie­nes que evitar a los miembros del Proyecto Estragos. Tal vez Tyler haya dado orden de seguirte, de secues­trarte o de otra cosa.

¿Por qué he de creerte?

Sucede así de rápido.

Porque creo que me gustas.

Marla me pregunta:

¿No me amas?

Bastante engorroso es esto ya —le digo—. No me lo pongas más difícil.

Todo el mundo sonríe.

Me tengo que ir. Debo irme de aquí —le digo—. Ten cuidado con los tipos con la cabeza rapada o hechos un Cristo. Ojos morados. Dientes rotos y cosas así.

Marla me pregunta:

¿A dónde vas?

Tengo que ocuparme de Tyler Durden.

Veintiocho



Se llamaba Patrick Madden, y era enviado especial del alcalde a cargo del reciclaje. Se llamaba Patrick Madden y era enemigo del Proyecto Estragos.

Salgo de la iglesia metodista, me pierdo en la noche y empiezo a recordarlo todo.

Me acuerdo de todas las cosas que sabe Tyler.

Patrick Madden estaba confeccionando una lista de bares en los que había clubes de lucha.

De repente, sé manejar un proyector de películas. Sé romper cerrojos y sé que Tyler alquiló la casa en Paper Street justo antes de aparecérseme en la playa.

Sé la razón de la existencia de Tyler. Tyler amaba a Marla. Desde la primera noche en que la conocí, Tyler, o una parte de mí, necesitaba un medio de estar con Marla.

No es que nada de esto importe. Ya no. Pero todos los detalles acuden a mi memoria mientras me adentro en la noche camino del club de lucha más próximo.

Los sábados por la noche hay un club de lucha en el sótano del bar El Arsenal. Seguramente lo puedes en­contrar en la lista que estaba confeccionando Patrick Madden. Pobre Patrick Madden, ya muerto.

Esta noche, voy a El Arsenal y, al entrar, la multitud se abre a mi paso como los dientes de una cremallera. Para todo el mundo soy Tyler Durden, el grande, el po­deroso. Dios y padre.

A mi alrededor escucho:

Buenas noches, señor.

Bienvenido al club de lucha, señor.

Gracias por venir, señor.

Mi rostro de monstruo está empezando a curarse. El agujero de la cara sonríe a través de mi mejilla. Una mueca de mi verdadera boca.

Soy Tyler Durden y os podéis ir a tomar por el culo; así que esta noche me apunto a luchar con todos los miem­bros del club. Cincuenta combates. Un combate cada vez. Nada de zapatos ni camisas.

El combate dura lo que haga falta.

Y si Tyler ama a Marla.

Yo amo a Marla.

Lo que ocurre no se puede explicar con palabras. De­seo empantanar con petróleo todas las playas francesas que jamás veré. Imagínate cazando alces por los bosques frondosos del cañón en torno al Rockefeller Center.

Durante el primer combate, el tipo me hace una llave y me machaca la mejilla, me machaca el pómulo hundido contra el piso de hormigón hasta que se me rompen los dientes y sus raíces melladas se me clavan en la lengua.

Ahora recuerdo a Patrick Madden, muerto en el sue­lo, la figura menuda de su esposa, tan sólo una muchachita con moño. Su mujer soltó una risita nerviosa e intentó que su marido muerto bebiera un sorbo de champán.

Su mujer dijo que la sangre de mentira era demasia­do roja. La esposa de Patrick Madden metió dos dedos en el charco de sangre junto a su marido y se los llevó a la boca.

Los dientes clavados en la lengua. Pruebo la sangre.

La mujer de Patrick Madden probó la sangre.

Recuerdo que en la fiesta del asesinato misterioso yo estaba un poco apartado con los monos espaciales ca­mareros, que montaban guardia a mi alrededor. Marla, con su vestido estampado de papel pintado de rosas os­curas, vigilaba desde el otro lado del salón de baile.

Mi segundo combate, el tipo me pone la rodilla en­tre los omóplatos. El tipo tira de mis brazos por detrás de la espalda y me aplasta el pecho contra el piso de hor­migón. Oigo cómo se quiebra una clavícula.

Esculpiría las estatuas de Fidias del Partenón con una almádena y me limpiaría el culo con la Mona Lisa.

La mujer de Patrick Madden mantiene en alto los dos dedos ensangrentados; tiene sangre entre los inters­ticios de los dientes, y la sangre le resbala por los dedos, y gotea por la muñeca y la pulsera de diamantes hasta el codo.

Combate número tres, me despierto y es la hora del tercer combate. No hay más nombres en el club de lucha.

No eres tu nombre.

No eres tu familia.

Número tres parece saber lo que necesito y me man­tiene la cabeza en la oscuridad y la asfixia. Hay una llave de estrangulamiento que sólo te deja aire suficiente para mantenerte consciente. Número tres me atenaza la cabe­za en el pliegue del codo, tal como sostendría a un bebé o una pelota de rugby, en el pliegue del codo, y me mar­tillea al cara con la muela gigantesca de su puño cerrado.

Hasta que los dientes rasgan el interior de la mejilla.

Hasta que el agujero de la mejilla se encuentra con la comisura de la boca, una mueca sanguinolenta abierta desde debajo de la nariz hasta debajo de la oreja.

Número tres me golpea hasta dejarse el puño en car­ne viva.

Hasta que grito.

Todo lo que alguna vez amaste te rechazará o morirá.

Todo lo que alguna vez creaste será desechado.

Todo aquello de lo que estás orgulloso terminará convertido en basura.

Soy Ozías, rey de reyes.

Un puñetazo más y mis dientes se cierran con un chasquido sobre la lengua. La mitad de mi lengua cae al suelo y desaparece barrida de una patada.

La figura menuda de la mujer de Patrick Madden se arrodilló en el suelo junto al cadáver de su marido mien­tras la gente rica, la gente que supuestamente era amiga, se tambaleaba borracha a su alrededor riendo.

La mujer dijo:

¿Patrick?

El charco de sangre se hace más y más grande hasta mojarle la falda.

Ella dice:

Patrick, ya basta, deja de estar muerto.

La sangre le empapa el dobladillo de la falda, acción capilar y, hebra a hebra, sube por la tela.

A mi alrededor los hombres del Proyecto Estragos gritan.

Entonces la señora de Patrick Madden grita.

  • en el sótano del bar El Arsenal, Tyler Durden res­bala hasta el suelo como un amasijo caliente. Tyler Dur­den el grande, que fue perfecto durante un instante, y que dijo que un instante era lo máximo que se podía es­perar de la perfección.

  • el combate continúa y continúa porque quiero mo­rir. Porque sólo muriendo tenemos nombre. Sólo muer­tos dejamos de formar parte del Proyecto Estragos.

Veintinueve



Tyler está de pie, allí, hermoso como un ángel rubio. Mis ganas de vivir me sorprenden.

Soy una muestra seca de tejido sanguinolento sobre el colchón desnudo de mi habitación en la Compañía Ja­bonera de Paper Street.

Todo cuanto había en la habitación ha desaparecido.

El espejo con la fotografía de mi pie de cuando tuve cáncer durante diez minutos. Peor que cáncer. El espejo ha desaparecido. La puerta del armario está abierta y las seis camisas blancas, los pantalones negros, la ropa inte­rior, los calcetines y los zapatos han desaparecido.

Tyler dice:

Levántate.

En todo cuanto daba por supuesto, debajo y detrás y dentro, algo horrible había estado creciendo.

Todo se ha desmoronado.

Los monos espaciales se han largado. Se lo han lle­vado todo: la grasa de las liposucciones, las literas, el di­nero sobre todo, el dinero. Sólo han dejado atrás el jar­dín y la casa alquilada.

Tyler dice:

Lo último que nos queda por hacer es tu martirio. Una muerte a lo grande.

No una muerte triste o deprimente; tiene que ser una muerte alegre y deseada.

Oh, Tyler, me duele. Mátame aquí mismo.

Levántate.

Mátame ya. Mátame. Mátame. Mátame. Mátame.

Tiene que ser algo grande —dice Tyler—. Imagí­natelo: en la cima del edificio más alto del mundo, todo el edificio en poder del Proyecto Estragos. El humo sa­liendo por las ventanas. Los despachos cayendo sobre la multitud en la calle. Una verdadera ópera de la muerte, eso es lo que vas a tener.

Le digo: No. Ya me has utilizado bastante.

Si no cooperas, iremos a por Marla.

Le digo: Vamos allá.

Entonces sal de la jodida cama —dice Tyler— y mete el culo en el jodido coche.

Así que Tyler y yo estamos en la cumbre del edificio Parker-Morris con la pistola metida en mi boca.

Sólo nos quedan diez minutos.

El edificio Parker-Morris no estará aquí dentro de diez minutos.

Lo sé porque Tyler lo sabe.

El cañón de la pistola me presiona en el fondo de la garganta y Tyler me dice:

En realidad no moriremos.

Desplazo el cañón con la lengua hacia la mejilla y digo: Tyler, estás pensando en vampiros.

Sólo nos quedan ocho minutos.

La pistola es sólo por si los helicópteros de la policía llegan antes de tiempo.

Para Dios es como si hubiera un hombre a solas con una pistola en la boca, pero es Tyler quien empuña el arma y es mi vida.

Coge un concentrado con un noventa y ocho por ciento de ácido nítrico gaseoso y añádele el triple de áci­do sulfúrico.

Tendrás nitroglicerina.

Siete minutos.

Mezcla la nitroglicerina con serrín y tendrás un bo­nito explosivo plástico. Muchos monos espaciales mez­clan la nitroglicerina con algodón y le añaden sales Epsom como sulfato. Así también funciona. Algunos monos emplean parafina mezclada con nitroglicerina. A mí, la parafina jamás me ha funcionado.

Cuatro minutos.

Tyler y yo estamos en el borde del tejado, con la pis­tola en mi boca. Me pregunto si estará limpia.

Tres minutos.

Entonces alguien grita:

Espera.

Y es Marla que se acerca cruzando el tejado.
Marla se aproxima porque Tyler se ha ido. Marica.

Tyler es una alucinación mía, no suya. Tyler ha desapa­recido. Rápido como un truco de magia. Y ahora sólo soy un hombre con una pistola en la boca.

Te hemos seguido —chilla Marla—, Todos los miembros del grupo de apoyo. No tienes por qué ha­cerlo. Deja la pistola.

Tras Marla, todos los cánceres intestinales, los pará­sitos cerebrales; la gente con melanomas y la gente con tuberculosis, se aproximan andando, cojeando o sobre sillas de ruedas.

Y me dicen:
—Espera.

El viento frío me trae sus voces:

Detente.

Y podemos ayudarte.

Déjanos ayudarte.

Llega por el aire el bup, bup, bup de los helicópteros de la policía.

Les grito: Marchaos. Largaos de aquí. El edificio va a explotar.

Marla grita:

Lo sabemos.

Es como un momento de epifanía total para mí.

No me mato a mí mismo —grito—. Voy a matar a Tyler.

Soy el Disco Duro de Fulano.

Lo recuerdo todo.

No es amor ni nada de eso — grita Marla— pero creo que tú también me gustas.

Un minuto.

Marla quiere a Tyler.

No, te quiero a ti —grita Marla—. Conozco la di­ferencia.

Y nada.
Nada explota.

Con el cañón de la pistola incrustado en la mejilla sana le digo:

Tyler, mezclaste la nitroglicerina con parafina, ¿no es así?

La parafina nunca funciona.

Tengo que hacerlo.

Los helicópteros de la policía.

Y aprieto el gatillo.

Treinta



En la casa de mi padre hay muchas moradas.

Por supuesto, cuando apreté el gatillo, me morí. Mentiroso.

Y Tyler murió.

Con los helicópteros de la policía haciendo un rui­do atronador al acercarse, y Marla y toda la gente del grupo de apoyo que no podían salvarse a sí mismos, con todos ellos tratando de salvarme, tuve que apretar el gatillo.

Era mejor que la vida real.

Y tu instante perfecto no durará para siempre.
Todo en el cielo es blanco sobre blanco.
Farsante.

Todo en el cielo es silencioso, como unos zapatos con suela de goma.

En el cielo puedo dormir.

La gente me escribe al cielo y me dice que se acuer­dan de mí. Que soy su héroe. Que me repondré.

Los ángeles son como los del Antiguo Testamento, con legiones y lugartenientes y con un anfitrión celestial que trabaja por turnos, por días. El camposanto. Te traen la comida en una bandeja y una taza de papel con medicinas. El muestrario de El valle de las muñecas.

He visto a Dios detrás de un largo despacho de no­gal con sus títulos colgados en la pared detrás de él. Dios me pregunta:

¿Porqué?

¿Por qué hice tanto daño?

¿No me di cuenta de que todos y cada uno de noso­tros somos sagrados, copos de nieve individuales de una singularidad especial y única?

¿Acaso no veo que todos somos manifestaciones del amor?

Veo a Dios tras su despacho, tomando notas en un bloc, pero Dios se ha equivocado de parte a parte.

No somos especiales.

Tampoco somos escoria o basura.

Simplemente, somos.

Somos y ya está, y lo que pasa, simplemente pasa.

Y Dios dice:

No, eso no es cierto.

Sí, vale. Lo que quiera. A Dios no se le puede ense­ñar nada.

Dios me pregunta si recuerdo algo.

Lo recuerdo todo.

La bala que salió de la pistola de Tyler me rajó la otra mejilla dejándome una sonrisa desigual de oreja a oreja. Sí, como una calabaza de Halloween enfadada. Un demonio japonés. El dragón de la avaricia.

Marla está aún en la Tierra y me escribe. Algún día, dice ella, me llevarán de vuelta.

Y si hubiera teléfono en el cielo, llamaría a Marla
desde el cielo y en cuanto dijera «¿Diga?», no colgaría.
Le diría: «Hola. ¿Cómo te va? Cuéntamelo todo en de­talle».

Pero no quiero volver. Todavía no. Porque.

Porque de vez en cuando alguien me trae la bandeja con el almuerzo y las medicinas, y lleva un ojo morado o la frente hinchada con puntos de sutura, y dice:

Lo echamos de menos, señor Durden.

O pasa alguien con la nariz rota limpiando con una fregona y susurra:

Todo marcha según el plan.

Susurra:

Vamos a acabar con la civilización para hacer del mundo algo mejor.

Susurra:

Estamos impacientes por su vuelta.

AGRADECIMIENTOS






Quisiera agradecer a las siguientes personas su cariño y apoyo, a pesar de todas esas cosas terribles que ya sabes que pasan.



Ina Gebert

Geoff Pleat

Mike Keefe

Michael Vern Smith

Suzie Vitello

Tom Spanbauer

Gerald Howard

Edward Hibbert

Gordon Growden

Dennis Stovall

Linni Stovall

Ken Foster

Monica Drake

Fred Palahniuk


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