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jueves, 22 de julio de 2010

El Rey Estelar (Los príncipes demonio I) Jack Vance






El Rey Estelar

(Los príncipes demonio I)


Jack Vance








«Qué paradoja, qué vergonzoso reproche resulta de considerar que una distancia que puede contarse en cientos de kilómetros, y a veces por metros, o en unos cuantos centímetros, pueda transformar el crimen más repelente en una simple circunstancia apenas apreciable...»

Hm. Balder Bashin, en el Nunciamiento Eclesiárquico del Año.

Mil. Foresse, planeta Krokinole.


«La ley no se establece donde la fuerza no la respalda.»

AFORISMO POPULAR.




Smade era un hombre reticente. Sus orígenes y los primeros pasos de su vida, sólo los conocía él. En el año 1479 adquirió un cargamento de maderas finas, que por una oscura razón tomó procedente de un mundo lejano, perdido en Más Allá. Y entonces, con la ayuda de unos cuantos artesanos y la de un numeroso grupo de esclavos, construyó el Refugio de Smade.

El lugar había sido elegido en un estrecho bajío de brezales entre las Montañas Smade y el Océano Smade, precisamente en el ecuador del planeta. La construcción se hizo de acuerdo con un plano tan singular como el propio Refugio, usando piedra para los muros, planchas de es­quisto para los suelos y vigas de madera fina para el techo. Una vez con­cluida, parecía un extraño mirador de roca, una sorprendente estructura de dos pisos, con un alto frontispicio, una doble fila de ventanas en un frente y detrás, y chimeneas a ambos extremos que evacuaban el humo procedente del fuego hecho con musgo fósil que tanto abunda en el soli­tario planeta. En la parte trasera había plantado un grupo de cipreses, cuya forma y follaje completaban apropiadamente el panorama.

Smade introdujo otras innovaciones en la ecología del entorno: en un valle abrigado tras el Refugio plantó forrajes y verduras, v en otro reunió un rebaño de ganado de buena carne, además de un buen núme­ro de aves de corral de especies variadas. La reproducción se desenvol­vió moderadamente bien, sin mostrar disposición a repoblar el planeta.

Los dominios de Smade podrían haberse extendido tan lejos como hubiese deseado fijar, puesto que no existía otro habitante en el plane­ta; pero decidió elegir una zona de unas cuantas hectáreas dentro de los límites de una valla de piedra blanqueada para afirmar su soberanía. De cuanto ocurriese más allá de la cerca, Smade se mantenía discretamente apartado, a menos que hubieran razones para considerar sus propios in­tereses amenazados, contingencia, por lo demás, que jamás ocurría.

El planeta Smade era el único compañero de la estrella del mismo nombre, una enana blanca en una región relativamente vacía del espa­cio. La flora nativa era escasa y extraordinariamente diseminada, com­puesta por líquenes, musgo y algas pelágicas que teñían el mar de negro. La fauna resultaba aún más simple: gusanos blancos en el barro del fon­do del mar y unas pocas criaturas gelatinosas que se reunían para ingerir las algas negras de la forma más ridícula e inepta, como en la función primitiva de unos simples protozoos. Las alteraciones de Smade en la ecología del planeta no podían, por tanto, ser perjudiciales.

Físicamente, Smade era un hombre alto, ancho y vigoroso, de piel blanquecina color hueso y cabellos negros. Sus antecedentes, como se ha dicho, eran muy vagos y ni él mismo había podido recordarlos nunca; pero su establecimiento era regido con el mayor decoro. Sus tres espo­sas vivían en completa armonía, los chicos eran hermosos y de maneras educadas y el propio Smade resultaba impecablemente cortés y bien educado. Sus tarifas eran caras; pero su hospitalidad generosa y nunca tenía dificultades para cobrar sus cuentas. Sobre el bar, había un letrero que decía:

COMA Y BEBA SIN PREOCUPARSE. EL QUE PUEDA

Y PAGUE ES UN CLIENTE. EL QUE NO PUEDA, ES

UN HUÉSPED DEL ESTABLECIMIENTO.


Los parroquianos de Smade eran de índole diversa: prospectores, exploradores, técnicos Jarnell, agentes privados en busca de hombres perdidos o tesoros robados y más raramente algún miembro de la PCI (Policía Coordinada Interplanetaria). También se les llamada «coma­drejas» en el argot de Más Allá. Otros individuos eran más temibles y si­niestros, y resultaban el producto de toda la variada gama de crímenes imaginables. Haciendo de la necesidad una virtud, Smade plantaba cara a todo lo que llegara a su casa.

Y allá llegó, en julio de 1524, Kirth Gersen, presentándose a sí mis­mo como prospector. Su nave espacial era el modelo corriente utilizado por las casas comerciales de aquella región espacial del Oikumene, es decir, un cilindro de nueve metros de altura, equipado con lo puramen­te necesario: en la proa, el monitor autopiloto dúplex, un buscador de estrellas, cronómetro macroscopio y controles manuales; en la parte media del aparato, las cabinas con el aparato de ventilación, un conver­tidor orgánico, el banco de datos y la estiba; en popa el bloque energéti­co de la nave con su acelerador Jarnell, y un espacio adicional mayor para estiba y carga. La nave se veía tan baqueteada por los elementos cósmicos como otra cualquiera de su tipo. Por lo que respecta a Gersen, su aspecto no difería mucho de otros, salvo en el detalle de que vestía ropas buenas y su carácter era normalmente taciturno. Smade le aceptó en sus términos usuales.

¿Se quedará mucho tiempo, señor Gersen?

Dos o tres días, quizás. Tengo muchas cosas en que pensar.

Smade aprobó con un profundo gesto de comprensión.

Esto está casi vacío ahora. Por el momento, sólo están usted y el Rey Estelar. Encontrará toda la tranquilidad que necesita.

Oh, gracias, estaré encantado –respondió Gersen, lo que era realmente cierto, ya que sus recién terminados negocios le habían deja­do un buen número de problemas todavía sin resolver. Se volvió hacia Smade, ya que las últimas palabras de éste le habían llamado mucho la atención–. ¿Ha dicho usted que hay aquí un Rey Estelar?

Como tal se ha presentado.

Nunca he visto un Rey Estelar. Al menos que yo sepa.

Smade movió la cabeza cortésmente, con un gesto que indicaba que todo ulterior chismorreo había llegado ya al límite de lo permisible. Se­ñaló al reloj y dijo:

Ahí tiene nuestra hora local; será mejor que ponga su reloj de acuerdo con ella. La cena es a las siete en punto, o sea dentro de media hora.

Gersen subió la escalera de piedra hasta su habitación, un cuarto austero con una cama, una mesa y una silla. Miró por la ventana hacia el límite existente entre los brezales y el océano y las montañas del Refu­gio. Dos aeronaves ocupaban el pequeño campo de aterrizaje, la suya y otra mucho más grande y pesada, evidentemente del Rey Estelar.

Gersen se lavó y volvió al salón, donde cenó los productos que el propietario obtenía de su huerta y su ganado. Aparecieron dos clientes más. El primero era el Rey Estelar, que apareció desde el otro extremo de la habitación con un orgulloso despliegue de ricos ornamentos: un in­dividuo con la piel teñida de negro azabache, y ojos como cuentas de ébano, tan negros como su piel. Era más alto de lo corriente y se com­portaba con consumada arrogancia. De un negro sin lustre como el car­bón, la tintura de su piel le borraba las facciones, que aparecían como una máscara proteiforme. Sus vestiduras resultaban dramáticamente fantásticas: botas altas de color naranja, un traje escarlata con faja blan­ca y un birrete estriado de gris y negro echado hacia el lado derecho de su cabeza. Gersen le examinó con profunda curiosidad. Era el primer Rey Estelar con el que se encontraba, aunque la creencia popular era que existían a cientos; un misterio cósmico moviéndose de incógnito en el mundo de los hombres, desde que el primer humano visitó la zona de la estrella Lambda de la constelación de la Grulla.

El segundo cliente acababa de llegar a juzgar por las apariencias. Era un hombre de mediana edad y de un grupo totalmente indefinido. Ger­sen había visto muchísimos como él, vagabundos sin catalogación posi­ble errantes por Más Allá. Tenía los cabellos cortos y recios, ya blan­queados en las sienes, la piel cetrina, sin tintar, y un aire de desconfiada incertidumbre, tímido y apocado.

Comió sin apetito mirando alternativamente a Gersen y al Rey Este­lar con furtiva especulación, pero dando la impresión de que sus mira­das buscaban a Gersen con más interés. Éste trató de evitar la insistente mirada de aquel individuo, ya que lo último que deseaba era mezclarse con los asuntos de cualquier desconocido.

Tras la cena, y mientras Gersen permanecía sentado observando los relámpagos de la tormenta que se abatía sobre el océano, frente a él, el hombre se acercó con gestos nerviosos. Habló con una voz que intenta­ba ser tranquila, pero que temblaba a pesar suyo.

Supongo que ha llegado procedente de Brinktown, ¿verdad?

Desde su niñez, Gersen había sabido conservar sus emociones bien ocultas tras una cuidadosa y educada imperturbabilidad; pero no obs­tante, la pregunta de aquel hombre le sobresaltó. Se detuvo un instante, antes de responder y asintió brevemente.

Pues sí.

Esperaba ver a alguien más. Pero no importa. He decidido que no puedo cumplir con mi obligación. Eso es todo.

Y se retrepó en el asiento mostrando los dientes con una mueca au­sente de humor, sin duda alguna luchando contra cualquier penosa reac­ción.

Gersen sonrío y sacudió la cabeza.

Debe usted haberme tomado por otra persona.

Su interlocutor le miró fijamente con aire dubitativo.

Pero usted está aquí procedente de Brinktown...

¿Y eso, qué tiene que ver?

Aquel hombre hizo un gesto de desamparo.

No importa. Yo esperaba... pero es igual. –Y tras unos momen­tos añadió–: Me había fijado en su nave... es un modelo Nueve-B. Es usted un prospector, ¿verdad?

Eso es.

El hombre rehusó darse por vencido ante la aparente indiferencia de Gersen.

¿Y viene, o se va?

Me voy. –Y entonces, pensando que tenía que acomodarse en su papel de prospector, Gersen dijo–: No puedo decir que haya tenido suerte.

La tensión del otro pareció desvanecerse inmediatamente. Hizo un movimiento con los hombros, como sintiéndose más tranquilo.

Yo pertenezco al mismo gremio. Y en cuanto a la suerte... –Dejó escapar un suspiro de desconsuelo, en el que Gersen pudo oler el whisky destilado por Smade–. Si es mala, no dudo en echarme la culpa a mí mismo.

La sospecha de Gersen aún no había desaparecido. La voz de aquel hombre, bien modulada, y de acento educado no significaba nada espe­cial. Podría ser lo que representaba: un prospector en apuros por cual­quier causa en Brinktown. Gersen habría preferido con mucho la sola compañía de sus propios pensamientos; pero consideró una precaución elemental observar más profundamente la situación. Suspiro con aire preocupado e hizo un gesto retorcido con la boca, aunque cortés.

¿Desea unirse a mí?

Gracias.

Y el hombre se sentó más a su gusto y con nuevos ánimos; pareció descargarse de toda una serie de disgustos y preocupaciones.

Me llamo Teehalt. Lugo Teehalt. ¿Quiere usted beber? –Y antes de esperar el consentimiento de Gersen, hizo una señal a una de las hijas de Smade, una niña de unos diez años, que vestía una sencilla blusa blanca y una larga falda negra–. Beberé whisky, nena. Trae a este ca­ballero lo que desee.

Teehalt pareció ganar fuerzas, bien por la bebida o por la conversa­ción. Su voz se hizo más firme y sus ojos más claros y brillantes.

¿Cuánto tiempo estuvo usted fuera?

Cuatro o cinco meses –contestó Gersen en su papel de prospec­tor–. No he visto nada más que rocas, barro y azufre... No sé si vale la pena trabajar de este modo...

Teehalt sonrió y movió la cabeza lentamente.

Sin embargo... ¿no resulta un trabajo fascinante? Las estrellas bri­llan enviando su luz a las órbitas de sus planetas. Y uno se pregunta a cada momento: ¿será ahora? Siempre igual, una vez tras otra, el humo y los vapores del amoníaco, los fantásticos cristales minerales, los aires cargados de monóxido, las lluvias de ácido. Pero uno sigue y sigue... Quizá en la región que tenemos más adelante los elementos se presen­ten en sus formas más nobles. Claro que el resultado es casi siempre vol­ver a encontrar el mismo terreno rocoso, la misma nieve del metano... Pero en cualquier instante: ¡allí está! ¡La belleza absoluta!

Gersen se bebió su whisky sin hacer comentario alguno. Teehalt, aparentemente, era todo un caballero, educado y de buenas formas, ve­nido a menos en aquel mundo.

Teehalt continuó, medio hablando para sí mismo.

¿Dónde está la suerte? No lo sé... No estoy seguro de nada. La buena suerte parece la mala, el desamparo y el fracaso a veces parecen más deseables que el éxito. Pero entonces... ¿cómo podría reconocer la buena suerte de la mala y quién confunde el fracaso con el éxito? En fin, todo esto no es más que un proceso sin sentido de la propia vida.. .

Gersen comenzó a sentirse relajado. Aquella especie de incoheren­cia, que dejaba traslucir una cierta sabiduría, era algo que no podía con­cebir entre sus enemigos. Con cautela, Gersen terció filosóficamente:

La incertidumbre hace más daño que la ignorancia.

Teehalt le miró con respeto, como si aquella declaración estuviese llena de una profunda sabiduría.

¿No creerá usted que un hombre es mejor porque sea ignorante?

Eso depende; según el caso –continuó Gersen–. Está claro que la incertidumbre alimenta la indecisión, lo que en sí es la negación de todo. Un hombre ignorante puede actuar para bien o para mal... cada hombre tiene su propia respuesta. Nunca hubo en esto un verdadero consenso.

Teehalt sonrió tristemente.

Defiende usted una doctrina muy popular, el pragmatismo ético, que siempre se convierte en la doctrina del egoísmo y el propio interés. Sin embargo, comprendo que hable usted de incertidumbre, ya que yo soy realmente un hombre incierto. –Y sacudió su cabeza de agudas facciones–. Sé que estoy metido en un gran aprieto, pero ¿porqué no habría de estarlo? He tenido una experiencia muy particular. –Acabó el whisky y adelantó el cuerpo hacia Gersen–. Usted es seguramente más sensible de lo que parece a primera vista. Y quizá más ágil también. Y hasta puede que más joven de lo que aparenta.

Nací en mil cuatrocientos noventa.

Teehalt hizo un gesto vago y miró a Gersen.

¿Puede usted comprenderme si le digo que he conocido demasia­da belleza?

Sí que podría comprenderle, si me lo aclarase.

Teehalt parpadeó pensativamente.

Trataré de hacerlo. –Y permaneció unos instantes en silencio an­tes de continuar–. Tal como admití antes, yo también soy un prospec­tor. Es un oficio miserable, y le ruego me disculpe, ya que a usted le ata­ñe de la misma forma, porque implica la degradación de la belleza. A veces, sólo hasta cierto punto, que es lo que una persona como yo puede esperar. Otras, es poca la belleza que se corrompe y a veces también, la belleza resulta incorruptible. –Hizo un gesto con la mano hacia el océa­no. Este Refugio es inofensivo. Permite que se revele la belleza de este terrible y pequeño planeta. –De nuevo se adelantó hacia Gersen, mojándose los labios–. El nombre de Malagate ¿le dice a usted algo? ¿Attel Malagate?

La emoción estuvo a punto de traicionar a Gersen, pero se controló al instante, como lo hacía por costumbre. Tras una ligera pausa, pregun­tó al azar:

¿El llamado Malagate el Funesto?

Sí, Malagate el Funesto. ¿Ha llegado a conocerle?

Y Lugo Teehalt escrutó fijamente las facciones de Gersen, siempre impasibles. Tras unos instantes, repuso sin la menor vacilación:

Sólo de oídas.

Teehalt se inclinó más vivamente aún.

Cualquier cosa que haya oído, sepa que sólo es pura adulación.

Pero usted no sabe lo que yo he oído.

Dudo mucho que haya oído lo peor. Pero de nuevo, la paradoja sorprendente... –Y Teehalt cerró los ojos–. Estoy haciendo trabajos de prospección para Attel Malagate. Es el dueño de mi nave. Y he recibido su dinero.

Es una posición difícil, ¿verdad?

Cuándo lo descubrí... bien, ¿qué podía hacer? –Teehalt extendió las manos en un gesto extravagante, reflejando sus íntimas emociones y el efecto del whisky ingerido– Me lo he preguntado una y otra vez. Yo no hice esta elección. Yo tenía mi nave y mi dinero, no procedente de una casa comercial, sino de una digna institución. Yo era entonces Lugo Teehalt, un hombre que había sido elevado al cargo de Jefe de explora­dores de la institución. Pero me enviaron en un Nueve-B y ya no pude engañarme: me había convertido en un prospector vulgar y corriente, uno más.

¿Dónde está su nave? –preguntó Gersen vagamente curioso–. Sólo están la mía y la del Rey Estelar, en el campo de aterrizaje.

Teehalt se apretó los labios.

Tenía buenas razones para tomar precauciones –dijo mirando a izquierda y derecha–. ¿Le sorprendería saber que esperaba encon­trar...?

Y se detuvo, lo pensó mejor y se quedó mirando fijamente el interior de su vaso ya vacío. Gersen hizo una señal y Arminta, una de las hijas de Smade, vino enseguida a servirle otro trago en una bandeja de jade de­corada con flores silvestres.

Pero esto es cosa de poca importancia –continuó Teehalt–. Creo que le estoy aburriendo con mis problemas...

En absoluto –respondió Gersen afectuosamente–. Los asuntos de Attel Malagate me interesan.

Yo puedo comprenderlo –siguió Teehalt tras otra pausa–. Él es una peculiar combinación de cualidades.

¿De quién recibió usted su nave espacial? –preguntó Gersen.

No sabría decirlo –contestó Teehalt sacudiendo la cabeza–. Por lo que veo, usted mismo puede ser el hombre de Malagate. Espero que no, por su propio bien.

¿Por qué tendría que ser yo el hombre de Malagate?

Las circunstancias lo sugieren; pero sólo las circunstancias. Aun­que, realmente, creo que no. No enviaría aquí a alguien a quien no co­nozco.

Entonces, tiene usted una cita...

Oh, no me importa. Pero... no sé qué hacer.

Puede volver al Oikumene.

¿Y eso qué podría importarle a Malagate? Puede ir y venir a su gusto por todas partes.

¿Y por qué tiene particular interés en perjudicarle? Hay prospec­tores de sobras.

Yo soy único –dijo Teehalt–. Soy un prospector que ha encon­trado un tesoro demasiado precioso para ser vendido.

Gersen se impresionó a pesar suyo.

Es un mundo demasiado bello para que sea degradado –continuó Teehalt–. Un mundo inocente, lleno de luz, de aire y de color. Dar este mundo a Malagate para sus palacios, sus vicios y sus casinos... es como entregar a un niño una colección de soldados de Sarcoy. Peor aún.

¿Y Malagate tiene conocimiento de eso?

Mi mayor desgracia es beber mucho y hablar demasiado.

Como está haciendo ahora –comentó Gersen.

No es posible decir nada a Malagate que él ya no sepa –dijo Teehalt con una triste sonrisa–. El daño proviene de Brinktown.

Dígame algo más de ese mundo. ¿Está habitado?

Teehalt volvió a sonreír, pero no contestó. Gersen no sintió resenti­miento alguno. Teehalt, haciendo señas a Arminta Smade, le pidió un Fraze, un licor fuerte y agridulce incluido en la lista de los que servían como alucinógenos. Gersen indicó que ya había bebido bastante.

La noche se había apoderado del pequeño planeta. Los relámpagos y los truenos estallaban aquí y allá, a lo largo del horizonte. De repente, un fuerte aguacero comenzó a tamborilear sobre el tejado del Refugio. Teehalt, adormecido por el licor o quizá viendo visiones, continuó:

No podrá usted nunca encontrar ese mundo. Estoy decidido a que jamás sea violado.

¿Y qué ocurrirá con su contrato?

Lo cumpliré en cualquier otro mundo ordinario y corriente.

La información se halla contenida en su monitor –resaltó Ger­sen–. Y la propiedad es de su fletador.

Teehalt permaneció silencioso durante tanto rato, que Gersen dudó si estaría despierto. Finalmente dijo:

Tengo miedo a morir. Por otra parte, quisiera lanzarme con la nave, el monitor y todo dentro de cualquier estrella.

Gersen no hizo ningún comentario.

No sé qué hacer –continuó Teehalt–. Es un mundo notable. Sí. Es la belleza pura. Trato de imaginar si la belleza no encierra otra cuali­dad que yo no puedo sospechar... al igual que la belleza de una mujer enmascara sus más abstractas virtudes... O quizá sus vicios. De cual­quier forma, ese mundo es bellísimo y sereno, más allá de cuanto expre­sen las palabras. Existen montañas lavadas por la lluvia. Sobre los valles flotan nubes tan suaves y brillantes como la nieve. El cielo es un zafiro de un azul oscuro. Y el aire es suave, fresco y acariciante y tan transpa­rente como un cristal de roca. No hay muchas flores, aunque se encuen­tran como un raro tesoro. Pero en su lugar existen muchos árboles y los más hermosos y magníficos son los grandes reyes, como una fuerte cor­teza, como si hubieran vivido eternamente.

»Me ha preguntado usted si está habitado. Me veo obligado a decirle que sí, aunque las criaturas que allí viven son algo... extrañas. Yo les lla­mo dríades. Vi sólo unos cuantos centenares y me parecieron de una edad muy antigua. Tan viejas como las montañas y como los propios ár­boles. –Teehalt cerró los ojos–. El día tiene una duración dos veces superior a los nuestros, la mañana es larga y brillante, las tardes llenas de quietud y los crepúsculos dulces como la misma miel. Las dríades se bañan en el río o permanecen en los bosques umbrosos...

La voz de Teehalt casi se apagó, como si estuviera dormido.

Gersen preguntó, sorprendido:

¿Las dríades?

Teehalt se estremeció en su silla:

Es un nombre tan bueno como otro cualquiera. Al menos, son medio plantas. Yo no las examiné muy detenidamente. ¿Por qué? No lo sé. Estuve allí... supongo que dos o tres semanas. Eso es lo que vi...


Teehalt tomó tierra con su baqueteado Nueve-B en una pradera cer­ca del río. Esperó hasta que el analizador hizo las comprobaciones opor­tunas del entorno, aunque un paisaje tan bello como aquél no podría de­jar de ser habitable. Teehalt, que era una mezcla de universitario, poeta y niño aventurero, así lo había pensado.

No estaba equivocado. La atmósfera demostraba ser respirable, los análisis de sensibilidad alérgica, negativos, los microorganismos del aire y la tierra morían rápidamente bajo el contacto del antibiótico que Teehalt se había administrado. No había razón alguna para que no salie­ra inmediatamente a ver aquel mundo y así lo hizo.

Techalt se detuvo extasiado sobre el césped y frente a la nave. El aire era limpio, claro y fresco, como una aurora de primavera, y totalmente si­lencioso, como queda tras el canto de un pájaro. Teehalt vagó valle arriba. Se detuvo a admirar un boscaje de árboles y vio a las dríades que esta­ban reunidas en grupo a la sombra del bosque. Eran bípedas, con un torso peculiarmente humano y una estructura similar a una cabeza también hu­mana, aunque estaba claro que sólo se parecían a un ser humano en una forma muy superficial, vistas de lejos. La piel era plateada marrón y ver­de a lunares. La cabeza no mostraba otras características o facciones que unas protuberancias rojoverdosas, en el lugar que habrían ocupado las cuencas de los ojos. De los hombros se alzaban miembros como brazos que se subdividían en ramas y después en hojas de verde oscuro y casi púrpura, rojo brillante, broncenaranja y ocre dorado.

Las dríades vieron a Teehalt y se dirigieron hacia él, con un interés casi humano, después se detuvieron a quince metros de distancia, agi­tando suavemente sus miembros; las hojas coloreadas de sus penachos brillaban al sol. Las dríades examinaron a Teehalt y éste a ellas; sin abri­gar el menor temor. Teehalt sintió la más fascinante experiencia que ja­más hubiera podido vivir.

Recordó más tarde los días que siguieron con una calma idílica. Había una tal majestad en el ambiente, una claridad y una cualidad trascenden­tal en aquel planeta que le afectaban como una sensación religiosa, hasta llegar a la conclusión de que debía abandonarlo cuanto antes o sucumbir en él, entregándose por completo a aquel mundo de ensueño. El conoci­miento le afligía con una tristeza casi insoportable, porque interiormen­te sabía, de algún modo, que jamás volvería a contemplarlo de nuevo.

Durante aquel tiempo observó a las dríades moverse a placer por el valle, lleno de curiosidad por su naturaleza y sus hábitos. ¿Serían inteli­gentes? Teehalt nunca pudo hallar una respuesta satisfactoria a la pre­gunta. Al menos, eran seres vivos y prudentes, de aquello no cabía la menor duda. Su metabolismo le tuvo perplejo al igual que la naturaleza de su ciclo vital, aunque poco a poco fue adquiriendo una cierta expe­riencia. Llegó a la conclusión, como resumen, que derivaban de un cier­to grado de energía producido por la fotosíntesis.

Después, una mañana, mientras Teehalt contemplaba un grupo de dríades inmóviles en una gran y extensa pradera encharcada, una criatura alada de grandes dimensiones, parecida a un halcón, se dejó caer y golpeó brutalmente a una dríade en un costado. Conforme caía al suelo, Teehalt vio que dos largos apéndices surgidos del extremo suave y gri­sáceo de sus piernas vegetales se extendían hasta el suelo y se retraían al caer.

El pájaro pareció ignorar a su víctima; pero siguió escarbando en el hoyo que momentos antes habían taladrado los apéndices retráctiles de la dríade hasta sacar fuera un enorme gusano blanco. Teehalt siguió ob­servando con mayor interés aún. La dríade, en apariencia, había locali­zado al gusano en el subsuelo y lo había traspasado con sus trompas re­tráctiles insertas en las piernas, presumiblemente para chupar la sustan­cia de que estuviera compuesto. Teehalt no pudo disimular una cierta vergüenza y decepción. Las dríades, no eran, pues, tan inocentes como parecían, ni tan etéreas como las había imaginado.

El enorme pájaro salió volando y graznando de extraña forma, ale­jándose del lugar. Teehalt, lleno de curiosidad, se aproximó, fijándose en el gusano abandonado en el suelo. Había poco que ver, excepto una serie de tiras de piel pálida, un flujo viscoso amarillento y una bola oscu­ra del tamaño de un coco. Mientras continuaba mirando, las dríades se aproximaron y Teehalt se retiró. Desde cierta distancia, observó cómo se reunían alrededor del gusano destrozado y a Teehalt le pareció que entre todas acababan de destrozarlo todavía más. Pero con sus miem­bros inferiores recogieron la negra pelota y una de ellas se la puso sobre sus ramas superiores. Teehalt la siguió a distancia, vigiló fascinado la operación, y vio finalmente que en un lugar cercano al boscaje más pró­ximo, de esbeltos árboles de blancas ramas, las dríades enterraban aquel bulto negro parecido a una pelota.

Considerándolo retrospectivamente, Teehalt se preguntó por qué no había intentado comunicarse con ellas. Una o dos veces, durante su estancia en el maravilloso planeta, había pensado en tal idea, que acabó desechando después, quizá porque se sintiera a sí mismo como un intru­so y una criatura ruda y desagradable. Las dríades, a cambio, le habían tratado con lo que se podría llamar un educado desinterés.

Tres días después de haber sido enterrado el bulto negro en forma de vaina vegetal, Teehalt tuvo ocasión de volver por el boscaje y, ante su estupefacción, observó que surgía de la tierra un pálido tallo. En la par­te superior, unas hojitas verdes se mostraban ya a la brillante luz del día. Teehalt volvió a estudiar todo aquel paisaje con creciente interés. ¿Se habría originado cada uno de aquellos árboles en una vaina procedente del cuerpo de un gusano subterráneo? Examinó asimismo el follaje y los tallos, al igual que la corteza, y no advirtió nada que pudiera sugerir tal origen.

Recorrió con la mirada el valle hasta donde se levantaban los gigan­tes del bosque: ¿serían similares ambas variedades? Los gigantes cre­cían majestuosos, con troncos que medían 60 metros hasta el primer ramaje. Los árboles que crecían de las vainas negras resultaban mucho más débiles y el follaje era de un color verde mucho más claro... Pero, evidentemente, sus especies tenían una íntima correlación. La forma de las hojas y la estructura eran casi idénticas, así como su apariencia gene­ral y la corteza, suave y consistente; pero la corteza de los gigantes era mucho más dura y espesa. La mente de Teehalt se perdió en inútiles es­peculaciones.

Más tarde, aquel mismo día, subió por la montaña valle arriba y, cruzando la cresta, descendió sobre una cañada sembrada de rocas es­carpadas. Un riachuelo se precipitaba garganta abajo entre macizos de musgo y plantas parecidas a líquenes, cayendo de un charco al siguiente. Aproximándose al filo de las rocas, se encontró al nivel del alto follaje de los gigantes, que crecían junto al escarpado. Descubrió unas grandes bolsas verdes que crecían como frutos entre las hojas. Estirándose, a riesgo de precipitarse por el escarpado, Teehalt consiguió hacerse con uno de aquellos sacos verdes. Se lo llevó de vuelta hacia la nave y al pa­sar junto a un grupo de dríades observó que aquéllas se quedaban mi­rando fijamente el objeto que llevaba bajo el brazo. Repentinamente todas se dirigieron hacia él, agitando sus abanicos de hojas en una evi­dente demostración de disgusto. Ante la duda, Teehalt buscó el refugio seguro de la nave, sintiéndose cohibido y culpable de alguna mala ac­ción que aún no adivinaba. Procedió, sin más demora, a abrir el saco verde. La vaina tenía un aspecto correoso y seco, y en el interior, ensar­tadas a lo largo de un tallo, se hallaban una serie de semillas del tamaño de un garbanzo de una gran complejidad. Teehalt examinó una de las semillas con el amplificador visual. Pudo apreciar una sorprendente si­militud con pequeños escarabajos o avispas. Con cuidado y utilizando la punta de un fino cuchillo y una hoja de papel, fue separando lo que cla­ramente eran alas, tórax y mandíbulas pequeñas: no había duda alguna, era un insecto.

Durante un buen rato estudió aquellos insectos que crecían en el ár­bol, como fruto natural, v consideró el curioso término análogo de los tallos que crecían de una vaina negra tomada del cuerpo de un gusano.

El crepúsculo coloreó el cielo, las partes alejadas del valle se fueron borrando. Oscureció y llegó la noche, salpicada de relucientes estrellas como lámparas temblorosas.

Aquella larga noche pasó al fin. Al amanecer, cuando Teehalt emer­gió de la nave, se dio cuenta de que la hora de partir era inminente. ¿Cómo? ¿Por qué? No tenía respuesta adecuada. La necesidad era real, tenía que salir y marcharse de allí, sabiendo que jamás retornaría a aquel paraíso natural. Cuando consideró la madreperla del cielo, la sua­ve curva y el verdor de las colinas, las hermosas praderas y los bosques, el suave río de aguas cristalinas y el aire perfumado y acariciador, sus ojos se humedecieron de lágrimas. Era un mundo demasiado bello para dejarlo, y demasiado hermoso para permanecer en él. Algo inexplicable y turbador crecía en su interior. Una fuerza cada vez más poderosa le impelía a abandonar la nave, las ropas y todo el resto, a fundirse, a envolver y a ser envuelto, a inmolarse en un éxtasis de identificación con la belleza y la grandeza... Sí, tenía que marcharse cuanto antes. «Si conti­núo aquí –pensó– pronto me veré llevando hojas sobre la cabeza como una dríade.»

Todavía caminó algún tiempo por el valle; se detuvo a observar cómo salía el sol por el horizonte. Volvió a saltar hasta el escarpado, mirando hacia el este a través de una ondulante sucesión de verdes colinas, bos­ques y praderas, que se erguían finalmente en una cresta de elevadas montañas. Hacia el oeste y el sur pudo captar el murmullo del agua, ha­cia el norte se extendía una enorme extensión plana, y a lo lejos y en la misma dirección, unos bloques pétreos daban la impresión de ser las rui­nas de una vieja ciudad abandonada.

De regreso al valle, Teehalt pasó bajo los árboles gigantes. Compro­bó que todas las vainas se habían abierto, colgando vacías de las ramas. Mientras observaba, oyó el zumbido de un enjambre de pequeñas alas de insectos. Uno se estrelló como una bala contra su mejilla, donde que­dó un instante colgado, picándole.

Teehalt lo aplastó, sorprendido por el fuerte dolor. Vio a otros mu­chos, una multitud, zumbando de un lado a otro. A toda prisa volvió a la nave para vestirse con un traje de una sola pieza y un casco protegido por una finísima película transparente. Tenía la mejilla amoratada y sin­tió una rabia irracional. El ataque de la avispa había estropeado el pla­cer de su último día en el valle y, de hecho, le había causado el primer dolor en su estancia en aquel bello mundo. Era mucho esperar, reflexio­nó amargamente, que tal paraíso pudiera existir sin una serpiente. Se puso en el bolsillo un frasco de repelente contra insectos, sin saber si valdría o no para alejarlos, siendo como eran mitad vegetales, mitad animales.

Salió de la nave y enfiló nuevamente el valle, con la picadura del in­secto doliéndole todavía intensamente. Al acercarse al bosque presen­ció una escena extraña: un grupo de dríades rodeadas por un ruidoso en­jambre de avispas. Se aproximó curioso. Las dríades sufrían un ataque de los insectos voladores y era patente su absoluta indefensión. Confor­me las avispas picaban las zonas de su corteza pintadas de plata, las dría­des agitaban las hojas y las patas, deshaciéndose de ellas como podían.

Teehalt se lanzó hacia ellas con una rabia terrible. Una de las dríades más próximas parecía desfallecer. Por un agujero abierto en su piel go­teaba un líquido espeso. Entonces, la totalidad del enjambre se lanzó al boquete abierto y la pobre dríade se balanceó y cayó, mientras que el resto se retiraba lentamente.

El prospector, impulsado por el disgusto, sacó del bolsillo el frasco de insecticida y roció el enjambre entero. Aquello actuó con una dramá­tica efectividad. Las avispas se volvieron blancas, temblaron como ata­cadas de epilepsia y cayeron a racimos sobre el terreno; en menos de un minuto la abultada masa compacta del enjambre yacía por el suelo des­hecha. La dríade que había sido atacada también yacía muerta, casi des­pellejada. Las que habían escapado volvieron entonces furiosas, según creyó ver Teehalt. Sus ramas subían nerviosas, se agitaban por encima de sus cabezas y marchaban sobre él con manifiesta hostilidad. Teehalt retrocedió y se marchó hacia la nave.

Con ayuda de unos binoculares vigiló a las dríades. Permanecieron junto a su camarada muerta, en un estado de ansiedad irresoluta. Apa­rentemente –o al menos así lo creyó el prospector–, su angustia pare­cía mayor a causa de la matanza de las avispas que por la dríade muerta.

Se agruparon en círculo sobre el cuerpo caído. Teehalt no pudo ob­servar muy bien lo que hicieron; pero en aquellos instantes la levanta­ron del suelo junto con una lustrosa pelota negra. Y continuó mirándo­las hasta que se adentraron en el bosque de los árboles gigantes.




2


«He examinado las formas originales de vida de casi dos mil plane­tas. He notado muchos ejemplos de evolución convergente; pero mu­chas más de divergente.»

Vida, volumen 11, de UNSPIEK, BARON BODISSEY.


«Es esencial que comprendamos el significado exacto de lo que lla­mamos “evolución convergente". Especialmente hay que tener en cuen­ta el no confundir la probabilidad estadística con algunas fuerzas tras­cendentales absolutamente inevitables. Considerar la clase de todos los posibles objetos, cuyo número es naturalmente grandísimo, ciertamente casi infinito, a menos que no impongamos un límite superior e inferior de masa y ciertas otras calificaciones físicas. Imponiéndolo y calificán­dolo así encontraremos que sólo una fracción infinitesimal de esta clase de objetos pueden ser considerados formas de vida. Antes de que haya­mos comenzado la investigación, hemos ejercido una selección muy re­ducida de objetos, que por su misma definición mostrarán similaridades básicas.

»Para concretar: hay un número limitado de métodos de locomo­ción. Si encontramos un cuadrúpedo en el planeta "A" y otro parecido en el planeta "B", ¿implica esto una evolución convergente? No. Ello implica simplemente evolución, o quizá el solo hecho de que una criatu­ra con cuatro patas pueda efectivamente sostenerse sin caer, y caminar sin problemas. En mi opinión, por lo tanto, la expresión "evolución convergente" es tautológica.»

... Ibídem.


De «El salario del pecado», de Stridenko, Cosmópolis, mayo de 1404:

«¡Brinktown! ¡Qué ciudad! En tiempos el punto de arranque, el últi­mo puesto fronterizo, el portal hacia el Infinito... y ahora sólo otro esta­blecimiento del Norte del Medio Este. Pero ¿es "otro"? ¿Es ésta una definición justa? Decididamente, no. Brinktown necesita ser creída, y aun entonces el esfuerzo para creerla resulta insuficiente. Las casas sur­gen a lo largo de sombreadas avenidas, como torres de vigilancia, mos­trando sus palmeras y "scalmettos" y no hay edificio, por mediano que sea, que no sobresalga por encima de la copa de los árboles. La planta baja es un simple zaguán, en donde se alza un pabellón para cambiarse de ropa, ya que los hábitos locales ordenan el uso de capas y zapatillas de papel. Pero por encima: ¡qué explosión de fatuidad arquitectónica, qué torres y agujas, campanarios y cúpulas! ¡Qué elaborada magnificen­cia, qué grabados tan inspirados, qué intrincadas aplicaciones, maravi­llosas y fantásticas, de los materiales, para lo verosímil y lo inverosímil! ¿En qué otro sitio pueden encontrarse balaustradas de conchas de tortu­ga, tachonadas con cabezas de pescado recubiertas con panes de oro? ¿En qué otro lugar se pueden encontrar las ninfas de marfil suspendidas de los cabellos, sus rostros expresando una dulce bendición? ¿Dónde, sino allí, puede un hombre de éxito ser medido por la suntuosidad de su propia tumba, que él mismo diseña en vida y que instala en el patio de la casa, completándola con el panegírico del epitafio? Y, realmente, ¿dón­de, sino en Brinktown, es el éxito algo tan ambiguo, que depende sólo de una recomendación? Pocos de los habitantes, ciertamente, se atre­ven a mostrarse a sí mismos dentro del Oikumene. Los magistrados son asesinos, los agentes de la Guardia Civil provocadores de incendios, opresores y bandidos, y los miembros del Consejo, propietarios de bur­deles. Pero los asuntos civiles proceden con un estilo exterior digno de las Grandes Sesiones de Borugstone, o de una Coronación en la Torre de Londres. La prisión de Brinktown es una de las más ingeniosas jamás producidas por las autoridades cívicas. Es preciso recordar que Brink­town ocupa la superficie de un volcán, desde el que se divisa una jungla de matorrales raquíticos, cenizas, barro reseco y matas espinosas. Un simple camino conduce desde la ciudad hasta la jungla; el prisionero es encerrado fuera de la ciudad. Escapar de ella está a su alcance de la for­ma más sencilla, sólo tiene que caminar a través de la jungla... Pero nin­gún detenido se atreverá a hacerlo ni se aventurará más allá de las puer­tas, y cuando se requiere su presencia, basta con abrir la puerta y lla­marlo por su nombre.»



Teehalt permanecía sentado mirando al fuego. Gersen, profunda­mente afectado, se preguntaba si todavía desearía decir algo más. Final­mente, se decidió a hablar.

Y así dejé el planeta. No podía permanecer más tiempo. Para que viva allí una persona es preciso que, o se olvide de sí misma, entregada por completo a la belleza, disolviendo su identidad en ella... o bien do­minándola, destrozándola, reduciéndola a un punto de apoyo para sus propios intereses. Yo pude hacer una de esas dos cosas y no haber vuel­to nunca. Pero la memoria del lugar me ronda la mente a cada instante.

¿A pesar de las avispas?

Sí, desde luego –repuso Teehalt aprobando con un gesto de la ca­beza–. Hice mal en mezclarme en aquello. Allí existe un ritmo vital es­pecial, un equilibrio que yo fui a trastornar y a subvertir. He estado espe­culando durante días, sin haber logrado comprender el proceso. Las avispas nacen como frutos de los árboles, y los gusanos producen la se­milla para una clase de árbol, esto es todo lo que sé. Sospecho que las dríades producen la semilla para los gigantes. El proceso vital se convier­te en un gran ciclo, o quizá en una serie de encarnaciones, con los árbo­les gigantes como resultado final. Las dríades parecen escarbar y extraer los gusanos para tomar parte de su alimento, y las avispas devoran a las dríades. ¿De dónde proceden los gusanos? ¿Son las avispas su última fase? ¿Unas larvas volantes, por así decirlo? Creo que se trata de eso... aunque no puedo saberlo con certidumbre. De ser así, el ciclo vital es be­llo, en una forma que no encuentro palabras para describirlo. Algo orde­nado, instituido, antiguo, como las mareas o la rotación de la galaxia. Si la pauta fuese distorsionada, si uno de esos eslabones se rompiera, la to­talidad del proceso se colapsaría. Y sería cometer un gran crimen.

Así, por tanto, usted no revelará la localización de ese mundo a su fletador, que usted supone es Malagate el Funesto.

Yo sé que es Malagate.

¿Y cómo lo descubrió?

Es evidente que usted está muy interesado en Malagate –dijo Teehalt mirando de soslayo.

Gersen, temiendo descubrirse, repuso:

Es cierto. Uno oye muchos cuentos extraños y fantásticos.

Sí, pero yo no me cuido de documentarlos debidamente. ¿Y sabe usted por qué?

No.

He cambiado de idea respecto a usted. Ahora sospecho que es una comadreja.

Si lo fuera –repuso Gersen sonriendo– apenas sí podría admitir todo eso. Los PCI tienen amigos en Más Allá.

Me tiene sin cuidado... –dijo Teehalt–. Pero yo espero mejores tiempos si... cuando vuelva a casa. No me preocupa provocar a Malaga­te por identificarlo con una comadreja.

Si yo lo fuera –dijo Gersen– ya se ha comprometido. Usted co­noce lo que son las drogas de la verdad y los rayos hipnóticos.

Sí. Y también sé cómo evitarlos. Pero no importa. Me preguntó usted cómo supe que Malagate era mi fletador. No tengo inconveniente en decírselo. Todo se debe a mi afición a la bebida. Caí por Brinktown. En la taberna de Sin-San hablé mucho, mucho más de lo que he hablado esta noche, pero ante una docena de entrenados oyentes. Sí, llamé su atención. –Y Teehalt sonrió amargamente–. En aquel momento me llamaron al teléfono. El hombre que había al otro extremo me dijo que su nombre era Hildemar Dasce. ¿Le conoce usted?

No.

Es curioso, ya que está usted tan interesado en Attel Malagate... En cualquier caso, Dasce me dijo que viniese a informarle aquí, a casa de Smade. Me dijo que encontraría a Malagate.

¿Qué? –preguntó Gersen incapaz de controlar el tono de su voz–. ¿Aquí?

Sí, aquí, en casa de Smade. Yo le pregunté qué me importaba eso a mí... Yo no tenía tratos con Malagate ni los deseaba. Pero me conven­ció. Y aquí estoy. No soy un hombre valiente. –Teehalt hizo un gesto vago de desamparo; recogió su vaso vacío mirando a su interior–. No sé qué hacer. Si permanezco en Más Allá...

Y Teehalt se encogió de hombros.

Destruya la información –le dijo Gersen.

Teehalt sacudió la cabeza.

Es la única posibilidad que me queda. Aunque más bien... –Se detuvo en su discurso con un gesto de alerta–. ¿No ha oído usted algo?

Gersen se levantó de su asiento. Era inútil disimular su nerviosismo.

Sólo oigo la lluvia y los truenos de la tormenta.

Pensé que se oían unos reactores. –Teehalt se levantó y se dirigió a la ventana–. Sí, alguien se acerca.

Gersen se le unió también en la ventana.

No veo a nadie.

Sí, una nave acaba de aterrizar en el campo –le dijo Teehalt–. Hay, o había sólo dos naves, la suya y la del Rey Estelar.

¿Dónde está la suya?

Tomé tierra en el valle, hacia el norte. No quiero que nadie inter­fiera mi monitor. –Y permaneció escuchando. Después, volviéndose hacia Gersen le miró fijamente–. Usted no es un prospector.

No.

Los prospectores son, en conjunto, una mala casta –dijo sacu­diendo la cabeza despectivamente–. ¿No es usted tampoco de la PCI?

Imagínese que simplemente soy un explorador.

¿Querrá ayudarme?

Los entrenados conceptos de la mente de Gersen lucharon contra sus íntimos impulsos. Murmuró desmañadamente:

Dentro de límites.... de límites muy estrechos.

¿Cuáles son esos límites?

Mis propios asuntos son muy urgentes. No puedo permitirme el lujo de ocuparme de otra cosa.

Teehalt no se mostró ni resentido ni fracasado. En realidad, nada mejor podía esperar de un extraño.

Es curioso –continuó, repitiendo la misma expresión anterior­ que no conozca usted a Hildemar Dasce, a veces conocido por el Bello Dasce. Pero ahora vendrá. Me preguntará cómo lo sé. Es la lógica del miedo, lisa y llanamente.

Pero usted podrá estar seguro mientras siga aquí, en el Refugio de Smade. Smade tiene sus propias leyes.

Cortésmente, Teehalt hizo un signo de reconocimiento por las mo­lestias causadas a su interlocutor. Permanecieron unos instantes en si­lencio. El Rey Estelar se levantó y el fuego de la chimenea dibujó unos reflejos brillantes en los vivos colores de sus ropas. Se dirigió orgullosa­mente escalera arriba, sin mirar a derecha ni a izquierda.

Teehalt le siguió con la mirada.

Una criatura impresionante... Comprendo que sólo los grandes ti­pos como ése puedan abandonar su planeta.

Sí, eso he oído decir.

Teehalt se sentó junto al fuego. Gersen comenzó a hablar; pero se contuvo. Sentía una especie de exasperación frente a Teehalt por una clara y simple razón. Teehalt había despertado su simpatía, había entra­do en sus sentimientos y en su mente y le había preocupado con sus pro­pios problemas. Además, Gersen se sentía insatisfecho consigo mismo, por razones menos simples, de hecho por alguna razón que no sabía cómo catalogar. Más allá de todo argumento, sus propios asuntos eran de suprema importancia y no podía permitirse el lujo, bajo ningún con­cepto, de apartarse de su objetivo. Si la emoción y el sentimiento le tras­tornaban con tanta facilidad, ¿dónde irían a parar sus propósitos?

Y la insatisfacción, lejos de calmarse, creció en su interior con insis­tencia. Había una conexión, demasiado tenue para ser definida, con el mundo que Teehalt había descrito, una sensación de ansiedad indefini­ble... Gersen hizo un movimiento de súbita irritación, y trató de barrer de su mente todas las vacilaciones y dudas que le trastornaban.

Pasaron algunos minutos. Teehalt comenzó a buscar algo en los bol­sillos de su chaqueta, sacando finalmente un sobre.

Aquí tiene unas fotografías que puede examinar a su gusto.

Gersen las tomó sin el menor comentario.

La puerta se abrió. Tres figuras sombrías aparecieron en el umbral del Refugio, mirando hacia el interior. Smade tronó desde detrás de la barra:

¡Entren o quédense fuera! ¿Tendré que caldear todo este maldito planeta?

Ahí tiene usted al Bello Dasce –dijo Teehalt con un gesto asus­tado.

El personaje indicado entró en la amplia planta baja del Refugio. Dasce medía un metro ochenta de estatura. Su torso era como un tubo, con la misma anchura desde las rodillas hasta los hombros, y los brazos delgados y largos terminaban en unas muñecas huesudas y unas enor­mes manos. La cabeza era alta y redonda, recubierta de una gruesa mata de cabellos rojos y la barbilla parecía descansarle en la clavícula. Dasce se había teñido el cuello y el rostro de color rojo brillante, excep­to en las mejillas, que aparecían como lunares de un azul vivo, como dos naranjas atacadas de roya. En alguna época de su vida le habían partido la nariz por la mitad –ahora dos protuberancias cartilaginosas– y arrancado los párpados; para humedecer sus córneas llevaba dos inyec­tores conectados con un pequeño tanque de fluido que cada pocos se­gundos descargaba una película húmeda dentro de sus ojos. Llevaba, además, un par de párpados artificiales, en aquel momento levantados, que podían bajarse para cubrir los ojos y protegerlos de la luz, de forma que pareciese que miraban, como si fueran los originales.

Por contra, los otros dos hombres que había a sus espaldas corres­pondían al tipo vulgar y corriente, ambos de piel oscura, de aspecto duro, con aire de competencia y mirada rápida y vivaz.

Dasce hizo una brusca señal a Smade, que le observaba impasible desde el bar.

Tres habitaciones, si es usted tan amable. Queremos comer ahora mismo.

Muy bien.

El nombre es Hildemar Dasce.

Muy bien, señor Dasce.

Dasce cruzó la habitación hacia el lugar en que se encontraban sen­tados Teehalt y Gersen. Su mirada aviesa fue de uno al otro.

Puesto que somos viajeros y huéspedes del señor Smade, omita­mos el protocolo –dijo con entonación cortés–. Mi nombre es Hilde­mar Dasce. ¿Puedo saber el de ustedes?

El mío es Kirth Gersen.

Yo soy Keelen Tannas.

Los labios de Dasce, de un pálido púrpura gris en contraste con el rojo de su piel, se distendieron en una sonrisa.

Pues se parece usted muchísimo a un tal Lugo Teehalt a quien es­peraba encontrar aquí.

Piense de mí lo que quiera. Ya le he dicho mi nombre.

Es una lástima, tengo un importante negocio que discutir con Lugo Teehalt...

Es inútil, por tanto, hacerlo conmigo.

Como quiera. Pero sospecho fundadamente que el negocio de Lugo Teehalt interesa muchísimo a Keelen Tannas. ¿Tendría la bon­dad, durante unos momentos, de charlar en privado conmigo?

No. No tengo el menor interés. Mi amigo conoce mi nombre; es, como ya le he dicho, Keelen Tannas.

¿Su amigo? –Dasce volvió su atención a Gersen–. ¿Conoce us­ted bien a este hombre?

Tan bien como conozco a cualquier otra persona.

¿Y su nombre es Keelen Tannas?

Es el nombre que le ha dicho a usted; sugiero que debería aceptar­lo como cierto.

Sin otro comentario, Dasce se volvió y se alejó. Se fue hacia una mesa situada en el extremo opuesto, con sus hombres, donde comieron.

Me conoce bastante bien –dijo Teehalt con voz ahogada.

Gersen sintió un nuevo espasmo de irritación. ¿Por qué Teehalt te­nía que embrollar a un extraño en sus apuros, si su identidad ya era co­nocida? Teehalt se lo explicó.

Desde que mordí el anzuelo, él cree que ya me ha atrapado, cosa que le divierte.

¿Y qué hay de Malagate? Pensé que había venido aquí para verle.

Será mejor que vuelva a Alphanor y me entreviste con él. Le de­volveré su dinero; pero no permitiré que vaya al planeta.

Al fondo del salón, Dasce y sus hombres fueron servidos con sucu­lentos platos de la cocina de Smade. Gersen les observó durante unos momentos.

Parece que se han desentendido del asunto...

Piensan que trataré con Malagate; pero no con ellos... Trataré de escapar. Dasce no sabe que he aterrizado sobre la colina. Quizá supon­ga que su nave es la mía.

¿Quiénes son esos dos hombres que le acompañan?

Asesinos. Me conocen muy bien, de un garito de Brinktown. Tris­tano es un terrestre. Mata con el simple toque de sus manos. El otro es un envenenador, Sarkoy. Conoce el secreto de preparar venenos con arena y agua. Los tres son unos locos criminales. Pero Dasce es el peor de todos. Conoce todos los horrores que pueden existir.

En aquel momento Dasce consultó su reloj. Limpiándose la boca con el dorso de la mano, se levantó, cruzó la habitación y se inclinó so­bre Teehalt.

Attel Malagate le espera a usted ahí afuera. Quiere verle ahora mismo –dijo con un murmullo.

Teehalt le miró con la mandíbula inferior temblando de pánico. Das­ce volvió hacia su mesa.

Teehalt se restregó las mejillas con dedos temblorosos y se volvió ha­cia Gersen.

Puedo escaparme todavía de esos criminales, perdiéndome en la oscuridad. Cuándo empiece a correr hacia la puerta, ¿querrá usted de­tener a esos tres tipos?

¿Cómo sugiere que lo haga? –preguntó Gersen.

Pues... no lo sé –repuso Teehalt vacilante y nervioso.

Ni yo tampoco, aunque quisiera.

Teehalt hizo un gesto triste con la cabeza.

Muy bien, pues. Me las arreglaré por mí mismo. Hasta la vista, se­ñor Gersen.

Se levantó y se dirigió hacia el bar. Dasce le miró detenidamente sin perderle de vista, aunque aparentaba no tener el menor interés en él. Buscó una posición junto al bar para quedar fuera del alcance de su mi­rada y desde allí se precipitó en la cocina, desapareciendo de la vista de todos. Smade le miró perplejo durante un instante y después continuó ocupado en sus asuntos.

Dasce y los dos asesinos continuaron impertérritos, mientras termi­naban de comer. Gersen observaba cualquier detalle con la mayor aten­ción. ¿Por qué continuarían sentados, aparentando la mayor indiferen­cia? La artimaña de Teehalt resultaba, sin duda, lastimosamente inútil. Todos sus nervios comenzaron a ponerse en tensión y tamborileó con los dedos sobre la mesa. A despecho de su resolución, se levantó y se di­rigió hacia la entrada del gran salón. Empujó los paneles de entrada y salió.

La noche era oscura, sólo brillaban las estrellas. El viento, por un puro azar, se había calmado totalmente; pero el mar, revuelto y movi­do, enviaba hasta sus oídos un monótono y sordo rumor. Se oyó un cor­to gemido en la parte trasera del refugio. Gersen abandonó su postura y se dirigió resueltamente hacia allí. De pronto sintió que una garra de acero le sujetaba el brazo, destrozándole los tendones, y otra mano le aferraba el cuello. Gersen se dejó caer, haciendo inútil la llave que le maniataba. Rodó sobre su cuerpo y se incorporó, lanzándose a gatas ha­cia adelante. Frente a él sonreía siniestramente Tristano el terrestre.

Con cuidado, amigo –le dijo, con un acento inequívocamente te­rrestre–. Molésteme y Smade le tirará al mar.

Dasce salió al exterior seguido por el envenenador sarkoy. Trista­no se les unió y los tres se dirigieron al espaciopuerto de la explanada. Gersen continuó en la terraza, respirando con dificultad y luchando con la urgente necesidad interior de entrar en acción.

Diez minutos más tarde, dos naves se elevaron en la oscuridad de la noche. La primera era un potente navío, pesado y con armamento a proa y popa. La segunda era un viejo navío espacial, baqueteado por los viajes siderales, propio de los prospectores, del modelo 9-B.

Gersen lo miró perplejo. El segundo era su navío.

Las naves se perdieron en el cielo, que poco después quedó oscuro y desierto como antes. En aquel momento, recordó el sobre que le había entregado Lugo Teehalt. Lo abrió y extrajo las tres fotografías, que si­guió examinando durante casi una hora junto al fuego del hogar.

Cuando ya estaba casi apagado, decidió irse a la cama. En el bar quedaba todavía un hijo de Smade entre los cacharros y el servicio. En el exterior, la lluvia volvía a caer ruidosamente y los relámpagos y true­nos se mezclaban con el sordo murmullo del océano.

Gersen se sumió en sus pensamientos. Sacó de su bolsillo una hoja de papel, en la que había anotados cinco nombres:

Attel Malagale, el Funesto.

Howard Alan Treesong.

Viole Falushe.

Kokor Hekkus (la Máquina de Matar).

Lens Larque.


De otro bolsillo extrajo un lápiz y todavía dudó unos instantes. Si se­guía añadiendo nombres continuamente a aquella lista, nunca terminaría. Por supuesto, no existía una necesidad real de escribir nada, ni de tener semejante lista: Gersen conocía los cinco nombres como el suyo propio. Pero se decidió a añadir bajo el último el de Hildemar Dasce. Durante un cierto tiempo continuó mirando aquellos nombres. Dos ten­dencias luchaban en su cerebro: una era tan febril y apasionada que pro­vocaba una cierta diversión en la otra, la correspondiente al observador frío y cerebral.

El fuego estaba casi extinguido, trozos de musgo fosilizado daban aún un resplandor escarlata, el sordo murmullo del mar descendía de tono. Finalmente, Gersen se puso en pie y se fue escalera arriba a su ha­bitación.

Durante casi toda su vida, Gersen apenas había conocido otra cosa que una sucesiva y casi ininterrumpida serie de lechos extraños; sin em­bargo, el sueño le llegó poco a poco mientras miraba fijamente la oscuri­dad circundante. Visiones lejanas de su pasado desfilaron ante sus ojos. Primero fue un paisaje maravillosamente tranquilo y agradable: azula­das montañas, una población cuyas casas estaban pintadas en colores pastel suaves, a lo largo de las orillas de un río murmurante y cristalino.

Pero aquella dulce y nostálgica imagen, como siempre, fue seguida por otra aún más vívida: El mismo paisaje sembrado de cuerpos destro­zados y ensangrentados. Hombres, mujeres y niños masacrados bajo las armas asesinas de dos grupos de hombres vestidos con extraños ropajes, procedentes de cinco navíos espaciales. Junto a un anciano, su abuelo, Kirth Gersen observaba horrorizado, desde la otra orilla del río, la es­pantosa escena, escondido de los piratas y tratantes de esclavos asesinos por el bulbo de una vieja gabarra. Cuando las naves hubieron despega­do, volvieron para hallar el espantoso silencio de la muerte. Entonces, su abuelo le dijo:

Tu padre había planeado las cosas más hermosas para ti, hijo mío, darte una hermosa educación y un trabajo útil para desarrollar una vida de satisfacción y de paz. ¿Recordarás esto?

Sí, abuelo.

Ahora tendrás que aprender. Aprenderás la difícil virtud de la pa­ciencia y de todos los recursos de tu inteligencia. La capacidad de tus manos y de tu mente. Tienes un trabajo útil que hacer en el futuro: la destrucción de los hombres malvados. ¿Qué trabajo sería más útil? Esto es Más Allá, encontrarás que tu tarea nunca estará terminada; por tan­to, no esperes conocer una vida pacífica. No obstante, te garantizaré una amplia satisfacción, porque te enseñaré a desear más la sangre de esos monstruos que las caricias de una mujer.

El anciano había cumplido bien su predicción. Regresaron a la Tie­rra, el definitivo refugio de toda la sabiduría y el conocimiento. El joven Kirth aprendió muchas cosas a través de una sucesión constante de extraños profesores, cuyo detalle resultaría tedioso. Mató a su primer hombre a la edad de catorce años, un salteador que tuvo la desgracia de atacarles en una avenida de Rotterdam. Mientras su abuelo vigilaba a la manera de un viejo zorro que enseña a cazar a un cachorro, el joven Kirth, excitado y diestro, le rompió primero el tobillo y después el cue­llo al atónito asaltante.

Desde la Tierra se marcharon a Alphanor, planeta capital del grupo de Rígel, y allí Kirth Gersen obtuvo muchos más conocimientos conven­cionales. Cuando tenía diecinueve años, su abuelo murió dejándole he­redero de una buena fortuna y una carta que decía:

Mi querido Kirth:

Rara vez te he expresado mi afecto y la alta estima que siento por ti. Ahora creo llegada la ocasión de hacerlo. Tú has llegado a significar mu­cho más para mí que mi propio hijo. No te diré que lamento haberte enca­minado por la senda que hemos tomado, aunque ello te negará muchos placeres de la vida. ¿He sido presuntuoso en modelar así tu vida? Creo que no. Durante varios años has actuado impulsado por ti mismo y no has mostrado señales de desviarte en cualquier otra dirección. En todo caso, pienso que un hombre no puede dedicarse a mejor servicio que el que yo he trazado para ti. La Ley del Hombre está limitada por las fron­teras de Oikumene. El mal y el bien, no obstante, son ideas que abarcan al universo entero; Desgraciadamente, más allá de la Estaca hay pocas posibilidades de asegurar el triunfo del bien sobre el mal.

El triunfo consiste en dos procesos: primero, el mal tiene que ser ex­tinguido, después el bien será introducido para rellenar el vacío. Es im­posible que un solo hombre pueda cumplir eficazmente ambas misiones. El bien y el mal, a despecho de su falacia tradicional, no son polos opues­tos, ni imágenes de un espejo, ni siquiera el uno es la ausencia del otro. Con objeto de minimizar la confusión, tu trabajo será el de destruir a to­dos los hombres malvados.

¿Qué es un malvado? Un hombre malvado es el que obedece sólo a sus fines privados, el que destruye la belleza, produce el dolor y aniquila la vida. Es preciso recordar que matar a los malvados no es el equivalente de extirpar el mal, lo que es una relación entra una situación y un individúo. Una espora venenosa crecerá solamente en un suelo preparado con sustancias nutritivas. En este caso, el terreno abonado es Más Allá, y puesto que ningún esfuerzo humano puede alterar Más Allá (que seguirá existiendo siempre) tú deberás dedicar todos tus esfuerzos a destruir las esporas venenosas, que en este caso son los malvados. Es una tarea a la que nunca hallarás fin.

Nuestra más aguda y primera motivación en este asunto no es real­mente otra cosa que un elemental y doloroso deseo de venganza. Cinco capitanes piratas destruyeron ciertas vidas y esclavizaron a otras muchas, que eran preciosas para nosotros. La venganza no es un motivo innoble cuando trabaja para un fin ejemplar y beneficioso. No sé cuáles son los nombres de esos cinco piratas. Mis esfuerzos en tal sentido no me propor­cionaron la deseada información. Reconocí, sin embargo, un nombre: Parsifal Pankarow, no menos peligroso que los cinco capitanes piratas, aunque con menos potencialidad a su disposición para causar el mal. Tú tienes que buscarle en Más Allá y saber por él los cinco nombres desea­dos.

Después tendrás que matarlos uno a uno, sin preocuparte del dolor que sufran en el proceso, puesto que ellos procuran el dolor en infinita medida a otros muchos inocentes.

Necesitas aprender muchas cosas. Te recomiendo, hijo, que vayas al Instituto, aunque temo que las disciplinas de ese Cuerpo no vayan bien para ti. Actúa como lo creas mejor. En mi juventud pensé en hacerme ca­tecúmeno, pero el Destino determinó otra cosa distinta. De haber tenido amistad con algún Hermano te habría enviado a su sabio consejo; pero no conté con tal amistad. Quizá te encontrarás menos constreñido fuera del Instituto. Al catecúmeno se le imponen condiciones restrictivas a tra­vés de los primeros catorce grados.

De todos modos, te recuerdo la necesidad de que dediques especial atención al estudio profundo de los venenos sarkoy y sus técnicas, prefe­riblemente con tus estudios en el propio sarkoy. Es preciso que te adies­tres perfectamente en el manejo del cuchillo, aunque no tengas que temer luchar con él, ya que pocos hombres lo utilizan. Tus juicios intuitivos son buenos, tu autocontrol, economía en la acción y versatilidad deben ser perfectamente dominados. Pero siempre te quedará mucho por aprender. Para los próximos diez años, estudia, entrénate... y sé prudente. Hay también otros muchos hombres capaces, no pierdas tu tiempo gastándolo inútilmente contra ellos hasta que no estés mejor preparado y mejor dis­puesto que cualquiera. En resumen, no hagas una supervirtud del valor ni del heroísmo. Una buena dosis de precaución –puedes incluso llamar­lo temor o cobardía– es una cualidad altamente deseable para un hom­bre como tú, cuya única falta pudiera decirse que es el tener una fe místi­ca, casi supersticiosa, en el éxito de tu empresa. No te ensoberbezcas, to­dos somos mortales, como yo mismo puedo atestiguarte.

Ya ves, mi amado nieto, que estaré muerto cuando leas esta carta. Te he entrenado para que conozcas el bien sobre el mal. Yo siento un noble orgullo por haber cumplido mi propósito y espero que recordarás con afecto y respeto a tu abuelo, que tanto te ha querido.

ROLF MARR GERSEN.


Durante once años Kirth Gersen obedeció los dictados del abuelo e incluso se excedió en ellos, mientras que buscó sin tregua tanto en el Oi­kumene como en Más Allá a Parsifal Pankarow, aunque infructuosa­mente.

Pocas ocupaciones ofrecían más desafíos constantes a la aventura apasionante de su misión, más fascinación por el azar e incomparable­mente más satisfacciones que el haber trabajado como «comadreja» para la PCI. Se encargó de dos misiones en Farode y en el Planeta Azul. Durante esta última misión pudo obtener la información que podía con­ducirle hasta Parsifal Pankarow, pudo saber que residía normalmente en Brinktown, donde se llamaba Ira Bugloss, agente de una próspera casa de importación.

Gersen acabó encontrando a Pankarow, un tipo fornido y corpulen­to, calvo como un huevo, con la piel teñida de amarillo limón y grandes bigotes, negros y abundantes.

Brinktown ocupaba una meseta situada como una isla sobre una jun­gla negra y color naranja. Gersen estuvo escrutando los movimientos de Pankarow durante dos semanas y llegó a comprender su rutina diaria, que era la de un hombre aparentemente sin preocupaciones. Entonces, una tarde, llamó un taxi, dejó inconsciente al conductor y esperó en el exterior del Club Jodisei, hasta que Pankarow, cansado de hacer depor­te con los nativos, salió a la húmeda noche de Brinktown. Contento con­sigo mismo y canturreando la última canción de moda, fue conducido, no a su suntuoso hogar, sino a un claro de la jungla. Allí, Gersen le hizo unas preguntas que Pankarow no quiso contestar, haciendo un supremo esfuerzo para no soltar ni una palabra. Finalmente, extrajo los cinco nombres solicitados del fondo de su memoria.

Y ahora, ¿qué hará usted conmigo?

Le mataré –afirmó Gersen, pálido frente a la ejecución que tenía el deber de llevar a cabo–. Usted es mi enemigo y además merece mo­rir cien veces, si tuviera cien vidas.

En cierta época, quizá sí –protestó temblando y lloroso–. Ahora llevo una vida intachable y no he hecho daño a nadie.

Gersen pensó si cada ocasión como aquélla habría de proporcionarle tales náuseas, miseria moral y dudas. Con una voz ronca por el esfuerzo le respondió:

Lo que usted dice es posible que sea cierto; pero su riqueza se ha forjado sobre el dolor y la miseria de los demás. Y ciertamente informa­ría al primero de los cinco que encontrase, de seguir con vida.

No... Le juro que no. Y mi riqueza... puede llevársela.

¿Dónde está?

Pankarow trató de establecer condiciones.

Le conduciré hasta ella.

Gersen sacudió la cabeza con tristeza.

Lo siento mucho. Está usted a punto de morir. Así ocurrirá con los demás. Piense que con ello pagará en parte el mal que ha hecho...

¡Está bajo mi tumba! –gritó Pankarow–. ¡Bajo la tumba que tengo frente a mi casa!

Gersen tocó el cuello de Pankarow con un tubo, que instiló un vene­no sarkoy en la piel.

Iré a mirar –dijo–. Usted dormirá hasta que vuelva a verle.

Gersen había dicho la verdad. Pankarow se sintió relajado y murió pocos segundos después. Entonces, volvió a Brinktown y encontró la impresionante casa de Pankarow, un plácido lugar rodeado de altos ár­boles negros, verdes y de color escarlata. Al atardecer entró por uno de los tranquilos senderos del jardín. La tumba erigida en piedra y mármol destacaba en primer plano, con un macizo monumento que mostraba a Pankarow en actitud noble con las manos extendidas y la cabeza miran­do hacia el cielo. Mientras se acercaba lentamente, un chico de unos ca­torce años le salió al encuentro.

¿Viene usted de parte de mi padre? ¿Está otra vez con esas muje­res gordas?

El corazón de Gersen empezó a latir furiosamente; en un instante había olvidado cualquier pretensión de confiscar la riqueza de Panka­row.

Te traigo un mensaje de tu padre.

¿Quiere entrar? –preguntó el niño, ansioso–. Llamaré a mamá.

No, por favor, no lo hagas. No tengo tiempo. Escucha atentamen­te. Tu padre ha tenido que marcharse fuera. No sabe cuando volverá. A lo mejor no regresará nunca.

El muchacho le escuchaba con los ojos dilatados por el asombro.

¿Papá... tuvo que huir?

Sí. Le encontraron unos viejos enemigos y no se atreve a mostrar­se en público. Me encargó que os dijera, especialmente a tu madre, que el dinero lo tiene escondido bajo la tapa de su mausoleo.

El chico miró fijamente a Gersen.

¿Quién es usted?

Sólo un mensajero, nada más. Di a tu madre exactamente lo que te he dicho. Una cosa todavía: cuando miréis bajo la losa, tened cuida­do. Puede que haya alguna trampa que guarde el dinero. ¿Comprendes lo que estoy diciendo?

Sí. Una trampa.

Bien. Tened cuidado, mucho cuidado. Que os ayude alguien en quien tengáis confianza.

Gersen se marchó de Brinktown. Pensó en el planeta Smade por su tranquilidad y aislamiento elementales, el antídoto que necesitaba para su inquieta conciencia. «¿Dónde estará el verdadero equilibrio?», pen­saba mientras su nave rompía el continuo espacio temporal y tomaba tierra en Smade. Había cumplido el objetivo con aquel criminal y la eje­cución a sus manos era un acto de justicia. Pero ¿y su mujer, sus hijos? Sufrirían un gran dolor. ¿Por qué? Sí, era el precio mínimo para que las mujeres y los hijos de otros hombres buenos se vieran libres de lo peor. Pero la mirada aterrada de los ojos de aquel niño nunca se borraría de su memoria.

El Destino conducía sus pasos. Su primer objetivo al llegar al Regio de Smade sería Malagate el Funesto, el primer nombre surgido de la boca de Pankarow. Gersen dejó escapar un profundo suspiro. Panka­row había muerto, el pobre y miserable Lugo Teehalt probablemente también estaría muerto. Todos los hombres debían morir. En la oscuri­dad de su habitación pensó en Malagate y en el Bello Dasce examinando el monitor de su nave. Les resultaría imposible abrirlo con su llave, una formidable dificultad, todavía peor si sospechaban la existencia de algún explosivo a prueba de ladrones, o de un gas o ácido. Cuando después de un gran trabajo pudieran extraer la información, ésta estaría en blanco. El archivo de Gersen era sólo una película virgen. Nunca se había mo­lestado en activarla.

Malagate haría preguntas a Dasce, quien tendría problemas para murmurar alguna excusa. Quizá procederían a comprobar la serie y el número de la nave, y entonces descubrirían que era diferente al asigna­do a Lugo Teehalt. La consecuencia sería volver de inmediato al planeta Smade. Pero, para entonces, Gersen se habría ido.








3


«Pregunta planteada a Eala Maurmath, Cuestor Jefe del Sistema de Policía Triplanetario, durante una mesa redonda televisada desde Co­nover, Vega, 16 de mayo del 993: "Sé que sus problemas son tremen­dos, Cuestor Maurmath, y de hecho no comprendo realmente cómo pueden resolverlos. Por ejemplo: ¿cómo pueden localizar a un indivi­duo determinado, o averiguar su pasado, entre noventa planetas distin­tos, tan singulares, y entre miles de millones de habitantes de todos los matices políticos imaginables, además de sus costumbres locales, doctri­nas o creencias?".

»Respuesta: "En la mayoría de los casos no podemos hacerlo".»


Mensaje de Lord Jaiko Jaikosa, presidente de la Cámara Ejecutiva de la Asamblea General del Valhalla, en Valhalla, Sistema Solar de la Es­trella Tau de Los Gemelos, 8 de agosto de 1028:

«Os exhorto a no avalar tan siniestra medida. La humanidad ha teni­do muchas veces tristes experiencias de lo que son las fuerzas de policía dotadas de excesivos poderes. Tan pronto como la policía deja de estar bajo la firme mano de una política responsable, se vuelve arbitraria, in­misericorde y construye una ley para su uso particular. Deja de pensar en la justicia para establecerse como una élite colmada de privilegios. Equivoca la actitud normal de precaución e incertidumbre de la pobla­ción civil, y en vez del respeto comienza a utilizar sus armas de un lado a otro, con una euforia megalomaniaca. La gente deja de ser personas para convertirse en sirvientes. Una policía así se transforma simplemen­te en un conjunto de criminales uniformados, cuya característica más perniciosa es que resulta sancionada por la Ley. La mentalidad policíaca no puede considerar a un ser humano en otros términos que el de un ob­jeto al que hay que procesar o expedientar. Nada significa la convenien­cia pública ni la dignidad; las prerrogativas de la policía asumen el esta­do de una ley divina. Se pide la sumisión más completa. Si un agente de la policía mata a un civil, el hecho se considera una circunstancia lamen­table; el agente actuó con un exceso de celo profesional. Si un civil mata a un policía, se conmueve el propio infierno. La policía echa espuma por la boca. Todos los demás asuntos quedan pospuestos hasta que el culpa­ble de semejante y espantoso crimen es descubierto. Inevitablemente, al ser capturado es maltratado o incluso torturado por su intolerable pre­sunción. La policía se queja de que no puede funcionar eficientemente, de que los criminales se le escapan. Es mejor siempre un centenar de cri­minales incontrolados que el despotismo de una fuerza de policía que actúa sin freno. De nuevo, os advierto: no avaléis tal medida. Si lo ha­céis, sabed que la vetaré.»


Extracto de un memorial de Richard Parnell, Comisionado del Bie­nestar Público del Territorio Norte, Xion, Concurso de Rígel, dirigido a la Asociación de Agentes de Policía, Guardias Civiles y Agencias de Detención de Criminales, en Parilia, Pilgham, Rígel. 1º diciembre de 1075:

«No es suficiente decir que nuestros problemas son únicos: se han convertido en una catástrofe. Se nos hace responsables de nuestra mi­sión y de la eficiente conducta de nuestro trabajo; pero se nos deniegan las armas necesarias y el poder para ejercerlo. Un hombre puede matar y robar en cualquier parte del Oikumene, saltar a una nave espacial que le espera y regresar al espacio a años luz de distancia antes de que su cri­men haya sido descubierto. Si consigue atravesar nuestra jurisdicción se acaba... al menos oficialmente, aunque todos nosotros sabemos de vale­rosos agentes que han llevado la justicia adelante, más allá de la precau­ción y de lo ordenado, para llegar también más allá de la Estaca y efec­tuar sus arrestos. Esto, por supuesto, tienen derecho a hacerlo a su pro­pio riesgo, ya que cualquier ley humana queda invalidada en Más Allá.

»Con frecuencia, el criminal que atraviesa Más Allá escapa libre de todo daño. Cuando decide volver al Oikumene, ya ha podido cambiar su apariencia, sus coordenadas LOSI e incluso sus huellas dactilares, y está seguro hasta que cometa el error de volver a delinquir y ser arresta­do por una nueva infracción en la comunidad donde cometió su crimen original y ser genifiado1.

»Esencialmente, en esta época de la Interfisión Jarnell, cualquier criminal que tome unas cuantas precauciones elementales puede muy bien quedar impune de sus fechorías.

»Nuestra Asociación ha buscado la forma de establecer una base más satisfactoria para la detección y prevención del crimen. Nuestro principal problema es la diversidad de organizaciones de la policía local, con sus reglamentos a veces totalmente disparatados, sus diferentes ob­jetivos y problemas de categorías, y el consiguiente caos de archivos in­formativos y sistemas de recuperación. Existe, pues, una solución, y es la mantenida por nuestra Asociación: la formación de una única Policía que mantenga la ley y el orden a través de todo el Oikumene.

»Las ventajas de tal sistema son obvias: unificación de procedimien­tos, uso de nuevo equipo y de nuevas ideas, control unificado, una Ofi­cina Central para el fichaje y archivos, información centralizada y quizá la más importante de todas, la creación y mantenimiento de un esprit, de un orgullo profesional que atraiga y mantenga a los hombres y mujeres de la más alta capacidad.

»Como todos sabemos, esta Agencia Centralizada nos ha sido dene­gada, sin importar nada la urgencia con la que hemos solicitado su esta­blecimiento. El oculto y verdadero motivo que subyace tras esa negativa nos es bien conocido a todos, y rehusó, por tanto, el citarlo. Deberé re­calcar que la moral de la policía está hundiéndose cada vez a un nivel más bajo y pronto se desvanecerá del todo... a menos que se haga algo concreto.

»Hoy deseo presentar ante la Convención una propuesta en pos de ese "algo". Nuestra Asociación es una organización particular, formada por un grupo de individuos privados. No tiene ningún estatus oficial o conexión con cualquier oficina gubernamental. En resumen: somos li­bres de hacer lo que creamos conveniente, entrar en cualquier negocio o hacer lo que nos plazca, en tanto no contravengamos la ley.

»Propongo, pues, que esta Asociación se dedique a los negocios, que fundemos una Agencia de detección del crimen. La nueva Compa­ñía será una fundación estrictamente comercial, financiada por dinero y aportaciones privadas. El Cuartel General se establecerá en alguna ciu­dad convenientemente ubicada y que ocupe una situación central, y, por supuesto, tendrá sucursales en todos los planetas. Nuestro personal será reclutado entre los miembros de nuestra propia Asociación u otras per­sonas calificadas. Estará bien pagado, con altos salarios y beneficios. ¿De dónde provendrán tales emolumentos? En principio de las organi­zaciones policíacas locales, quienes aprovecharán las facilidades de la nueva Agencia Interplanetaria, en vez de gastar fuertes sumas para mantener las redundantes facilidades de la misma especie. Puesto que la Agencia propuesta será una organización de negocios privada sujeta a todas las leyes locales e interplanetarias, se silenciarán las críticas de nuestras antiguas estructuras.

»Eventualmente, la Policía Coordinada Interplanetaria, aquí llama­da la PCI, puede funcionar con utilidad y eficacia. A su debido tiempo, la policía entrará automáticamente en los problemas de la detección del crimen y en la prevención de otros distintos a los puramente locales e incluso la PCI quedará pequeña en su alcance. Tendremos nuestros pro­pios laboratorios, programas de investigación, archivos especiales y un personal de la más alta categoría, reclutado, como digo, entre los miem­bros de la Asociación y de otras personas altamente calificadas. ¿Algu­na pregunta?

»Una voz desde la planta baja: ¿Hay alguna razón para que los agen­tes de policía de una municipalidad o Estado no pudiesen ser simultá­neamente miembros del personal de la PCI?

»Respuesta: Éste es un punto realmente importante. No, no hay nin­guna razón. No veo conflicto alguno entre las dos Agencias. Hay, por el contrario, muchas razones para suponer que los agentes de la policía lo­cal deseen automáticamente hacerse miembros de la PCI. Tendrían así una doble y útil función, la individual y la interplanetaria. En otras pala­bras: la policía local no tiene nada que perder y mucho que ganar al mezclarse con la PCI, teniendo con ello un salario autorizado, por ser un miembro de su personal.»


Del capítulo 111 de La PCI: Hombres y métodos, de Raoul Past:

«... Nominalmente, un órgano intra-Oikumene, la PCI ha sido for­zada por la dinámica de su condición básica a operar en Más Allá. Aquí, donde las leyes son simples ordenanzas locales y tabúes, la PCI encuen­tra poca cooperación: en realidad, sucede lo contrario. La operación PCI es conocida por la comadreja" y su vida es un constante y difícil equilibrio en el filo de una navaja. La Agencia Central oculta en el ma­yor secreto el número exacto de "comadrejas" y el porcentaje de las ba­jas. La primera cifra se supone reducida por las dificultades de recluta­miento, y en cuanto a la segunda, es más bien alta, tanto por las exigen­cias del trabajo y los esfuerzos, como por la más fantástica de las cons­trucciones humanas, el Cuerpo Anti-Comadreja.

»El Universo es infinito, existen muchos mundos; pero ciertamente es preciso viajar demasiado lejos para encontrar una situación tan para­dójica, caprichosa y torva como ésta: que la única organización discipli­nada de Más Allá exista solamente para extirpar a las fuerzas nominales de la Ley y el Orden.»



Gersen se despertó en su cama. El cielo que entreveía a través de la pequeña ventana cuadrada de su dormitorio aparecía vagamente grisá­ceo. Se vistió y bajó por la escalera de piedra hasta la planta baja, donde encontró a uno de los hijos de Smade, un rapaz de doce años, aventan­do los carbones de la chimenea. Contestó al saludo de Gersen con unos «buenos días» escuetos.

Gersen salió a la terraza. La neblina matinal ocultaba el océano, y rodaba en algodonosas oleadas por los brezales. Una escena triste y mo­nocromática. La sensación de aislamiento se hizo opresiva. Gersen vol­vió al interior y se aproximó al fuego para calentarse un poco.

El muchacho estaba limpiando el fogón.

Anoche mataron a un hombre –dijo–. Ese hombrecito que ha­bía aquí. Detrás del almacén del musgo...

¿Está allí el cuerpo?

No está el cuerpo. Se lo llevaron con ellos. Tres tipos malos, quizá cuatro. Mi padre está furioso, porque los criminales cometieron el asesi­nato dentro de la valla del Refugio.

Gersen refunfuñó algo, disgustado con todos los aspectos de la situa­ción. Pidió el desayuno, que en aquel momento llegaba. Mientras co­mía, la estrella enana que servía de sol al pequeño planeta se elevó so­bre las montañas, percibiéndose su disco brillante a través de la niebla. Un aire procedente del mar disipó la niebla, y cuando Gersen salió nue­vamente a la terraza el cielo se hallaba despejado, aunque todavía que­daban retazos de niebla rodando sobre el mar aceitoso y oscuro.

Gersen se dirigió hacia el norte, entre los escarpados del valle y las montañas. Sus pies pisaban una alfombra suave y musgosa, que exhala­ba un olor resinoso. La luz del sol ya se cernía sobre su cabeza, sin la menor reflexión sobre las negras aguas del océano. Se dirigió hacia el filo del acantilado y miró hacia abajo, a sesenta metros de profundidad, en que se hallaba el nivel de las aguas. Tiró una piedra, aguardó el golpe y observó las ondas concéntricas producidas en una larga extensión. ¿Qué tal resultaría botar un barco en aquellas aguas? ¿Dirigirse hacia el horizonte, en un mundo totalmente sin explorar, con sus costas áridas y yermas, sus islas desiertas, sin signo humano alguno hasta volver al Refugio de Smade? Gersen dejó el acantilado y continuó hacia el norte. Pasó la entrada del valle. Una cerca protegía el ganado de Smade. Teehalt no habría ocultado allí su nave. Cuatrocientos metros más ade­lante, un grupo rocoso se dirigía casi hasta el mar. A la sombra de aque­llas altas rocas, Gersen encontró la nave de Lugo Teehalt.

Realizó una rápida inspección de la nave. Era, ciertamente, un mo­delo 9-B, casi idéntico al suyo. Los mandos y maquinaria parecían en buen estado. En un recipiente bajo la amura se hallaba instalado el mo­nitor de la nave, que había costado la vida al desventurado Teehalt.

Gersen volvió al Refugio. Su plan original de quedarse varios días había cambiado a la vista de las circunstancias presentes. Malagate po­día descubrir el error y volver con Hildemar Dasce y los dos asesinos a sueldo. Es natural que tratasen de hacerse a toda costa con el monitor de Lugo. Gersen resolvió, pues, que aquello no debía suceder en modo alguno, sin importarle arriesgar su vida para conservarlo en su poder.

Al llegar al Refugio, comprobó que el pequeño espaciopuerto esta­ba vacío. El Rey Estelar había partido. ¿Por la mañana? ¿O durante la noche? Gersen no tenía la más leve idea. Movido por un oscuro impul­so, pagó su cuenta y la de Teehalt. Smade no hizo el menor comentario. Estaba consumido por una negra furia. Le rodaban los ojos en las órbi­tas y se le distendían las aletas de la nariz, con la barbilla adelantada en son de guerra. La rabia no era seguramente por la muerte de Teehalt, según comprobó Gersen, sino porque el asesino –quienquiera que fue­se–, había alterado su ley. Dasce había mencionado a Attel Malagate. Ello había turbado la serenidad del Refugio y había engañado su buena fe. Gersen sintió un leve toque de triste humor, que apenas pudo ocul­tar. Cortésmente le preguntó:

¿Cuándo se marchó el Rey Estelar?

Smade apenas si repuso con una colérica mirada, como un toro enfu­recido.

Gersen reunió su pequeño equipaje y se marchó del Refugio, decli­nando la ayuda que le ofreció uno de los chicos de Smade. Marchó una vez más hacia el norte, a través del brezal grisáceo. Cruzando la cresta montañosa miró hacia atrás, para dar un adiós a aquel mar solitario ba­rrido por el viento. Movió la cabeza, silencioso, y murmuró para sí:

A todos nos ocurre igual... Deseosos de llegar y, al marcharnos, ya estamos pensando cuándo habremos de volver...

Unos minutos más tarde, Gersen puso en marcha los motores de la nave espacial, apuntó hacia el Oikumene, dispuso las necesarias coorde­nadas espacio-tiempo y pulsó el botón de arranque. El planeta Smade apareció poco después en la pantalla balanceándose en el espacio, y mas tarde desapareció junto con su estrella enana, como una chispa de luz perdida entre millones del espacio cósmico. Las estrellas se deslizaban como luciérnagas absorbidas por un oscuro remolino. La luz llegaba a Gersen por ondulación retardada, sin que el efecto Doppler jugara pa­pel alguno. La perspectiva había desaparecido, el ojo se equivocaba en cualquier apreciación, las estrellas se movían hacia popa, con lo próxi­mo resbalando a través de lo lejano. ¿A qué distancia? ¿A cien metros de distancia? ¿A quince kilómetros? ¿Millones de kilómetros? El ojo humano no tenía capacidad crítica para juzgarlo.

Gersen dispuso el buscador de estrellas hacia el índice de Rígel, co­nectó el autopiloto y trató de ponerse tan cómodo como se lo permitía el veterano modelo 9-13 .

La visita realizada a Smade le había sido muy útil, aunque tal oca­sión hubiese acarreado la muerte del desventurado Lugo Teehalt. Mala­gate deseaba, a toda costa, el monitor de Teehalt. Aquello sería, pues, la premisa que regiría la conducta a seguir en el futuro. Malagate desea­ría entrar en negociaciones, y con toda certidumbre tendría que actuar a través de un agente suyo. Aunque, a juzgar por lo ocurrido en Smade, se asesinó a Teehalt como primera providencia. En todo aquello había una incógnita. ¿Por qué desearía la muerte de Teehalt? ¿Era la enraiza­da maldad de Malagate? No era imposible. Pero Malagate había ya ma­tado tanto y destruido tantas cosas que la muerte de un pobre y oscuro hombre como Lugo Teehalt podía proporcionarle muy poco interés.

El motivo podía ser el hábito. Sí, la forma de evitarse complicacio­nes con un hombre inconveniente era suprimirlo... Y una tercera posibi­lidad: ¿sería que Lugo había descubierto la secreta personalidad de Ma­lagate, quien, entre todos los Príncipes Demonio, ostentaba la suprema dignidad? Gersen revisó su conversación con Teehalt. A pesar de su po­bre aspecto, el hombre se había conducido en tono educado. Debió de haber conocido días mejores. ¿Por qué habría caído en una profesión de tan poca reputación como la de prospector? La pregunta, al menos en aquel momento, carecía de respuesta posible. ¿Por qué un hombre se lanza en una dirección determinada? ¿Por qué y cómo un hombre, pre­sumiblemente nacido de padres corrientes, se convertía en Attel Mala­gate el Funesto?

Teehalt había insinuado o deducido que Malagate estaba de algún modo envuelto en la falsedad de la nave del prospector. Con aquel pen­samiento en la mente, Gersen realizó una cuidadosa investigación en la nave. Halló la tradicional placa metálica de la fábrica: «Liverstone on Fiame», un planeta del grupo de Rígel. El monitor, igualmente, llevaba una etiqueta de bronce detallando la serie y el número, además de la di­rección del fabricante: la Compañía de Instrumentos de Precisión Ferit­se, en Sansontiana, también del grupo de Rígel. No aparecía indicación de su propietario, ni evidencia alguna del registro y matrícula.

Se hacía necesario, por tanto, averiguar la propiedad de la nave indi­rectamente. Gersen se puso a considerar el problema. Las casas comer­ciales patrocinaban los dos tercios de todos los vehículos espaciales para prospectores, y su finalidad comercial estaba específicamente dirigida a mundos de especiales atributos: planetas que albergaban gran cantidad de minerales o susceptibles de colonización por grupos disidentes, pla­netas de características atrayentes en cuanto a clima y naturaleza, que sirviesen como retiro a los millonarios y hombres poderosos, o planetas que se distinguieran lo suficiente por su especial flora y fauna para atraer la curiosidad de comerciantes o biólogos, y en fin, aunque más ra­ramente, aquellos que tuvieran formas de vida inteligente o seminteli­gente de interés para sociólogos, investigadores científicos, lingüistas, etcétera.

Las casas comerciales estaban concentradas en los centros cosmopo­litas del Oikumene: tres o cuatro mundos del Grupo, con las más impor­tantes en Alphanor, en Cutlibert de Vega, Bonifacio de Aloysius, Co­pus y Orpo, Quantique y la vieja Tierra. El Grupo sería el lugar de par­tida, si realmente era cierto que Lugo Teehalt había trabajado para una casa comercial. Pero aquello resultaba incierto, de hecho, como Gersen creyó recordar; Teehalt había insinuado otra cosa distinta. De ser así, la investigación se hacía difícil. En general, en las proximidades de las en­tidades, institutos y universidades, se encontraban los principales em­presarios de los prospectores.

Gersen tuvo otra idea. Si Teehalt había sido estudiante o miembro de alguna facultad, colegio superior, liceo o universidad, pudo haberse valido de tal circunstancia para solicitar empleo. Pero enseguida tuvo que corregir su teoría: la conjetura no resultaba necesariamente proba­ble. Un hombre orgulloso, con viejos amigos y antiguos compañeros de estudios que pudieran recordarle ¿habría utilizado ese medio? ¿Era Teehalt un hombre orgulloso? No en esa forma, o al menos así se lo pa­reció a Gersen. Aunque muy bien pudiera ser que Teehalt hubiera vuel­to a su antiguo refugio en busca de seguridad.

Había otra obvia fuente de información: la Compañía de Instrumen­tos de Precisión Feritse, en Sansontiana, donde el monitor tuvo que ha­berse registrado a nombre del comprador. Existía, por lo demás, otra razón para visitar la Compañía Feritse: Gersen tenía que abrir el moni­tor y sacar el archivo. Para ello necesitaba una llave concreta. Los moni­tores se precintaban a menudo con explosivos o ácidos corrosivos, a fin de evitar la intrusión de manos enemigas y la violenta extracción de un archivo, por lo que en muy contadas ocasiones procuraban una informa­ción útil.

Los empleados de la Compañía Feritse podrían o no darles facilida­des. Sansontiana era una ciudad de Braichis, una de las diecinueve na­ciones independientes de Oliphane, y aquella gente de Braichis era tes­taruda, complicada y peculiar para todo. Las leyes del Grupo repudia­ban las reclamaciones que provenían de más allá de la Estaca y frustra­ban el uso de las trampas explosivas. De aquí la detallada ordenanza ex­plícitamente escrita a bordo de la nave espacial:

«Los fabricantes de estos dispositivos [refiriéndose al monitor] es­tán obligados a ser requeridos para el suministro de llaves, dispositivos, códigos, secuencias numeradas o cualquier otra herramienta, instruc­ciones para su uso, información adecuada para la apertura sin riesgos del instrumento en cuestión, sin demora, error, reclamación o carga exorbitante o cualquier otro acto que pueda perjudicar al peticionario, siempre que se halle en condiciones legales de demostrar que es propie­tario legítimo del referido instrumento. La presentación de la placa con la serie original, colocada por los fabricantes en el instrumento, se juz­gará suficiente para acreditar su propiedad.»

Todo claro y concreto. Gersen podría procurarse la llave; pero la Compañía no suministraría información sin previo registro del instru­mento. Especialmente si Attel Malagate sospechaba que Gersen iba a Sansontiana con este propósito y tomaba sus medidas para impedir tal contingencia. Aquella idea abrió en Gersen otras perspectivas, le hizo cavilar y fruncir el ceño. De ser su temperamento distinto del prudente y cuidadoso que era las diversas opciones que surgían a su vista no ten­drían que ocurrir. Salvaría muchas dificultades; pero probablemente moriría más pronto. Sacudió la cabeza con resignación y buscó las cartas estelares.

No lejos de la línea de fisión emprendida en su viaje cósmico se ha­llaba la estrella T-342 del Cisne y su planeta Euville, donde una pobla­ción desagradable y en perpetua psicosis vivía repartida en cinco ciuda­des: Oni, Me, Che, Dun y Ve, cada una de ellas construida en una ex­traña forma pentagonal, partiendo de una ciudadela interior de cinco caras. El aeropuerto espacial, sobre una isla remota, era llamado opro­biosamente el «Agujero». Todo lo que Gersen necesitaba era encontrar el espaciopuerto, sin tener que visitar las ciudades, y mucho más desde que se requería, en lugar del pasaporte, una estrella tatuada en la frente de color diferente para cada ciudad. Para visitar las cinco ciudades el tu­rista tenía que mostrar cinco estrellas: en naranja, negro, malva, amari­llo y verde.



4


De Nuevos descubrimientos del espacio, de Ralph Quarry:

«... Sir Julian Hove copió aparentemente su actitud de los explora­dores del último Renacimiento. A punto de volver a la Tierra, los miem­bros de las tripulaciones de sus naves se impusieron la estricta regla de la discreción y el secreto. No obstante, se conocieron algunos detalles. Sir Julian era, para usar el término más adecuado, lo que se dice un orde­nancista al estilo militar. Hombre totalmente desprovisto del sentido del humor, hablaba sin despegar los labios, con ojos fríos e inexpresivos por completo, con los cabellos peinados a diario con la misma raya y los mis­mos mechones que el día anterior, fotográficamente exactos. Aunque ya no se estilaba el asistir a la mesa vestido de etiqueta, ciertas de sus re­glas imponían un tono casi igual. Se evitó el uso del nombre de pila, se cambiaban saludos al principio y al final de cada guardia, a pesar e que en conjunto todo el personal era civil. A los técnicos cuyas especialida­des no implicaban una formación científica, se les prohibió poner el pie en aquellos fascinantes nuevos mundos, orden que estuvo a punto de producir un motín en regla que pudo evitar el segundo en el mando, Ho­ward Coke, al suavizar las órdenes.

»El Grupo de Rígel es el más fabuloso descubrimiento de Sir Julian, nada menos que veintiséis magníficos planetas, la mayor parte de ellos no solamente habitables, sino saludables para la vida humana, aunque sólo dos de ellos mostraran formas de vida autóctona casi inteligente... Sir Julian, ejerciendo sus prerrogativas, bautizó a los planetas con nom­bres de héroes de la infancia: Lord Kitchrier, William Gladstone, Arch­bishop Rollo Gote, Edythe MacDevott, Rudyard Kipling, Thomas Car­lyle, William Kircurdbright, Samuel B. Gorshman, Sir Robert Pell y así por el estilo.

»Pero Sir Julian fue despojado de tal privilegio de la forma más ines­perada. Telegrafió con anticipación las noticias de su regreso a la Esta­ción Espacial de Maudley, junto con una descripción del Grupo y los nombres otorgados a los componentes de tan magnífico grupo planeta­rio. Pero la lista pasó por las manos de un oscuro oficinista, el joven Ro­ger Pilgham, que rechazó con disgusto las denominaciones de Sir Julian. A cada uno de tales planetas le asignó una letra del alfabeto y como con­secuencia los nombres fueron Alphanor, Barleycorn, Chrysanthe, Dio­genes, Elfiand, Fiame, Goshen, Hardacres, Image, Jezebel, Krokinole, Lionnesse, Madagascar, Nowhere, Oliphane, Pilgham, Quinine, Rara­tonga, Sornewhere, Tantamount, Unicorn, Valisande, Walpurgis, Xion, Ys y Zacaranda, nombres derivados de la leyenda, el mito, el romance y de su imaginación. Uno de aquellos mundos estaba acompañado por un satélite, descrito en el despacho telegráfico de Sir Julian como "un frag­mento excéntrico, giratorio, de singular formación, compuesto de pie­dra pómez condrítica".

»La prensa recibió y publicó la lista, conociéndose inmediatamente los planetas del Grupo de Rígel, aunque las amistades de Sir Julian hi­cieron cábalas sobre la repentina extravagancia de su imaginación. ¿Y qué explicar sobre el nombre Pilgham? Seguro que Sir Julian, a su regre­so, explicaría convenientemente el nombre en cuestión.

»El empleado, Roger Pilgham, que en aquel momento salió de la os­curidad en que vivía, volvió pronto a su vida anónima anterior, y no se recuerda que Sir Julian hiciera nada por evitarlo.

»Por supuesto, su regreso fue triunfal y a su debido tiempo usó la frase "lo más impresionante, quizá, son las Montañas New Grampian del Continente norte de Lord Bullwer-Lytton". Un miembro de la au­diencia preguntó cortésmente el paradero de Lord Bullwer-Lytton y se descubrió la sustitución.

»La reacción de Sir Julian ante el hecho del cambio de los nombres fue de una extraordinaria furia. El funcionario volvió a su aislamiento y Sir Julian tomó nuevos bríos para volver a la primitiva denominación; pero el daño ya estaba hecho. La temeraria acción de Pilgham captó la fantasía del público, y la terminología de Sir Julian fue olvidándose poco a poco de la memoria de las gentes.»


Del Manual Popular de los Planetas, 303. ª edición (1292):

«Alphanor: planeta considerado como el centro administrativo y cultural del Grupo de Rígel. Es el octavo en orden orbi­tal.

Diámetro: catorce mil kilómetros. Masa: 1.02.

Duración media del día: 29 horas, 16 minutos, 29,4 segundos.

»Observaciones generales: Alphanor es un mundo prácticamente rodeado de aguas oceánicas, con un clima tonificante. Los mares ocu­pan las tres cuartas partes de la superficie total, incluyendo los casque­tes polares. La masa de tierra está dividida en siete continentes próxi­mos: Frigia, Umbría, Lusitania, Escitia, Etruria, Lidia y Licia, con una configuración que recuerda los pétalos de una flor. Existen incontables islas.

»La vida autóctona es compleja y vigorosa. La flora del planeta no puede compararse en forma alguna con la de la Tierra, que necesita ser atendida y alimentada. La fauna es también muy compleja y, en ocasio­nes, activamente salvaje, citándose como ejemplos el inteligente hirca­no mayor de la alta Frigia y la anguila invisible del Océano Taumatúr­gico.

»La estructura política de Alphanor es una democracia piramidal, simple en la teoría e intrincada en la práctica. Los continentes están di­vididos en provincias, y éstas en prefecturas, distritos y zonas; estas últi­mas comprenden núcleos de población de cinco mil personas. Cada co­mité de zona envía un representante al Consejo del Distrito, quien elige un delegado para la Dieta Prefectural. Esta, a su vez, envía un delegado al Congreso Provincial, que igualmente procede en igual forma respecto al Parlamento Continental. Cada Parlamento elige siete rectores para el Gran Consejo de Avente, en la provincia del mar de Umbría, el cual vota un Presidente.»


Del prefacio a Los pueblos del Grupo, de Strick y Chernitz:

«Las poblaciones del Grupo se hallaban muy lejos de formar un todo homogéneo. Durante las migraciones de la Tierra, los grupos raciales tendieron a ir formando el suyo propio, y en la nueva situación, bajo la influencia de mezclas de sangre y de pautas de conducta, tales grupos se especializaron todavía más... El pueblo de Alphanor es en general de piel blanca, cabellos oscuros y estatura mediana, aunque un paseo de una hora por la Gran Explanada de Avente mostrará al observador to­dos los tipos imaginables de ser humano.

»La psicología de Alphanor es todavía mucho más difícil de descri­bir. Cada mundo habitado es diferente en sus peculiaridades y, –aunque las diferencias son reales y distintas, es difícil mostrarlas sin explicarlas, ya que las contradicciones de tipo regional y las diferencias que ello comporta no permiten la generalización planetaria.»



Rígel aparecía en el cielo como un punto blancoazulado hacia el cual parecían volar las demás estrellas de su entorno en el vuelo cósmico que realizaba Gersen. Este poco tenía que hacer, sino contemplar su desti­no, luchar con la tensión interior, especular con las probables intencio­nes de Attel Malagate y formular su propio juego de respuestas. El pri­mer problema era: ¿Dónde desembarcar? Ciento ochenta y tres espacio­puertos, en veintidós de los veintiséis mundos del Grupo de Rígel, esta­ban abiertos a su uso legal, lo mismo que sus ilimitados espacios desérti­cos y tierra abandonada le brindaban la elección de arriesgar un arresto por violación de las leyes de cuarentena.

¿Hasta qué punto desearía Malagate obtener el monitor de Teehalt? ¿Dispondría de una vigilancia adecuada en todos los espaciopuertos? Teóricamente, esto era algo que podría hacerse, sobornando a los ofi­ciales. El sistema más barato y seguramente el más efectivo sería el de ofrecer una alta recompensa a quien diese cuenta de la llegada de Ger­sen. Éste, por supuesto, podía elegir el establecerse en otro sistema so­lar. No sería nada fácil tener que montar una guardia en cada espacio­puerto de todo el Oikumene.

Pero el propósito de Gersen no era el de esconderse. En la inmedia­ta fase del proceso que seguía tendría que mostrarse abiertamente y em­pezar por la identificación de Malagate, para lo cual emplearía dos mé­todos: o bien ir en busca del registro del monitor, o esperar la aproxima­ción de algún agente de la organización de Malagate, por el cual deducir la fuerza y el nervio que se escondía tras él. Malagate daría por seguro el intento de Gersen para investigar lo relativo al monitor y tendría que concentrar su vigilancia en el espaciopuerto de Kindune, que servía a Sansontiana.

Sin embargo, y por una serie de razones indefinidas, Gersen decidió descender sobre el Gran Espaciopuerto Internacional de Avente. Des­de allí, y en órbita baja sobre el mar, se aproximó hasta Alphanor, dis­poniendo el piloto automático para el aterrizaje. La nave obedeció en el acto y descendió lentamente con el tronar de los retrocohetes sobre el terreno rojizo y requemado de Alphanor. Los reactores enmudecieron y se produjo el silencio. Automáticamente, la válvula de equilibrio de la presión comenzó a silbar.

Los oficiales del espaciopuerto se acercaron en un vehículo. Gersen respondió a las preguntas habituales, se sometió a la inspección médica y recibió, finalmente, un permiso de entrada. Los oficiales partieron y una grúa gigante trasladó el aparato hasta la línea de aparcamiento en uno de los lados del campo.

Gersen descendió de su 9-13 con la sensación de hallarse expuesto y vulnerable. Comenzó a desmontar el monitor, cuidándose de mirar en todas direcciones con la máxima prudencia.

Y, como de forma puramente casual, aparecieron dos hombres en el aparcamiento de las naves espaciales. Gersen reconoció en el acto a uno de ellos. Era el sarkoy que había acompañado a Hildemar Dasce en el Refugio de Smade. Conforme se aproximaban, Gersen procuró no per­der un solo movimiento, sin plantarles cara. El sarkoy vestía un modes­to traje gris oscuro con hombreras bordadas en ópalos; su compañero, un individuo delgado y de ojos saltarines blancogrisáceos, un mono de mecánico de color azul. Los dos se detuvieron a pocos pasos de Gersen, como si le observasen de manera casual. Gersen, tras una mirada de reojo, trató de ignorarles, aunque sentía cómo le latía el pulso precipita­damente. El sarkoy murmuró algo a su compañero y se aproximó algo mas.

Creo que nos he os visto antes –dijo con voz suave y sardónica.

Perdone, su nombre me es desconocido.

Me llamo Suthiro, Sivij Suthiro.

Gersen le miró de arriba a abajo, viendo ante él a un hombre de talla mediana con la curiosa y achatada cabeza del sarkoy de las estepas2. El rostro era más ancho que alto. Los ojos de Suthiro tenían un aspecto suave y de color verde oliva, la nariz chata y la boca grande, de labios carnosos, un rostro conformado por más de mil años de especialización en su propia raza. Gersen no pudo detectar el «soplo de la muerte» que, según se decía, acompañaba a tales asesinos, que acortaba sus vidas, ni la piel de tonalidad amarillenta, ni los cabellos rígidos. La piel de Suthi­ro era de un marfil pálido y sus cabellos tenían un negro lustroso y lleva­ba tatuada en la mejilla derecha la pequeña cruz de Malta de los atama­nes sarkoy.

Perdone, Scop Suthiro. No recuerdo la ocasión que menciona.

Ah... –Y los ojos de Suthiro se dilataron ante la mención honorí­fica de su interlocutor–. Con que ha visitado Sarkovy. Mi querida tie­rra verde de Sarkovy, con sus estepas sin fin y sus alegres fiestas...

Alegres hasta que termina el «harikap». Y después ¿a quiénes tor­turan?

Suthiro, individuo de una raza inmune a los insultos, no pareció ofenderse,

Bah, no hable usted así... Ya veo que conoce bien mi planeta.

Bastante bien. Quizá me recuerde de Sarkovy.

No –respondió Suthiro con gesto retorcido–. Ha sido en otra parte, y no hace mucho.

Gersen sacudió la cabeza.

Imposible. Acabo de llegar de Más Allá.

Exactamente. Nos encontramos en Más Allá, en el Refugio Smade.

Es cierto.

Sí. En unión de otros, fui allí a reunirme con mi amigo Lugo Teehalt y después, con la confusión, Lugo salió del planeta llevándose la nave de usted. Supongo que se habrá dado cuenta, como es lógico.

Gersen rió.

Si Teehalt tiene alguna reclamación o excusa que darme, espero que venga a buscarme.

Ésa es precisamente la cuestión –dijo Suthiro–. Lugo me envía para que lleguemos a un arreglo. Ruega que perdone su error y desea solamente que yo recobre el monitor.

Lo siento, es algo que no le pienso dar.

¿No? –Y Suthiro avanzó más todavía–. Lugo ofrece mil UCL3 para indemnizarle por el error cometido.

Yo los acepto agradecido. Deme ese dinero.

¿Y el monitor?

Lo devolveré cuando venga él a recogerlo.

El individuo que acompañaba a Suthiro dejó escapar un irritado chasquido de impaciencia; pero Suthiro le hizo un gesto de calma.

Eso no es factible. Usted tendrá su dinero; pero a cambio me en­tregará el monitor.

No veo razón alguna para que haya de entregarlo a usted. Lugo Teehalt es quien cuenta en este asunto. Sólo se lo entregaré a él como dueño. Y yo soy la segunda parte principal en este asunto. Es perfecta­mente legal que usted me entregue ese dinero. A menos que desconfíe de mi honradez.

En absoluto, puesto que no tenemos el propósito de obligarle a que lo pruebe. Le proponemos, de hecho, que nos entregue el monitor en este preciso momento.

Creo que no –respondió Gersen–. Tengo la intención de que­darme con el archivo.

¡Eso está totalmente fuera de discusión! –advirtió Suthiro.

Bien, trate de impedírmelo.

Y Gersen se volvió hacia su trabajo, rompiendo los precintos de la caja que encerraba el monitor.

Suthiro observaba tranquilamente. Hizo una señal al individuo de rostro alargado que le acompañaba, que se hizo atrás.

En este momento podría paralizarle de tal modo que se quedaría convertido en una estatua de mármol. –Y miró por encima del hombro al otro tipo, que asintió con un gesto–. Puedo provocarle ahora mismo un espasmo cardiaco –continuó, mostrando un arma que llevaba en la mano–, una hemorragia cerebral, o una convulsión del intestino delga­do, lo que usted prefiera.

Gersen dejó de trabajar y exhaló un hondo suspiro.

Bien, sus argumentos son realmente impresionantes. Págueme cinco mil UCL.

No necesito pagarle nada. Pero aquí están los mil de que le hablé antes.

Alargó a Gersen un manojo de billetes, y después hizo una señal al otro individuo, que se adelantó, tomó las herramientas de las manos de Gersen y con la mayor habilidad sacó el monitor. Gersen contó el dine­ro y se apartó. Los dos individuos dejaron caer el monitor en un saco de mano y se marcharon sin más palabras. Era el monitor que Gersen ha­bía comprado e instalado en Euville por cuatrocientos UCL. El monitor de Teehalt se hallaba a buen recaudo en el interior de la nave.

Gersen se introdujo en el 9-13 y cerró la compuerta. El tiempo se ha­cía importante ahora. Suthiro necesitaría al menos diez minutos para comunicar el éxito de su encargo, bien fuese a Dasce o al propio Mala­gate. Los mensajes irían de uno a otro de los espaciopuertos del Grupo, y la alerta cesaría. Si Gersen tenía un poco de suerte, Malagate no reci­biría el monitor hasta pasadas varias horas, o incluso días, según las cir­cunstancias. Pasaría algún tiempo antes de que se descubriese el engaño y la organización de Malagate volviera a la carga. El siguiente punto e atención sería, sin duda alguna, la Compañía de Instrumentos de Preci­sión de Sansontiana, en Oliphane.

Pero Gersen no tenía tiempo que perder. Sin más vacilaciones puso en marcha la astronave y se elevó en el cielo azul de Alphanor.






5


Del Manual Popular de los Planetas:

«Oliphane: decimonoveno planeta del Grupo de Rígel.

Diámetro: Diez mil doscientos kilómetros.

Masa: 0.9.

Etcétera.

»Observaciones generales: Oliphane es el más denso de los planetas de Rígel y gira en una órbita exterior de la Zona Habitable. Se ha espe­culado que cuando el protoplaneta del Tercer Grupo se desintegró, Olipliane recibió una excesiva carga de materiales pesados de la zona central. En cualquier caso, fuera lo que fuese lo ocurrido, hasta los más recientes descubrimientos astronómicos, Oliphane estuvo sujeto a una intensa actividad plutónica e incluso en nuestros días aún tiene noventa y dos volcanes activos.

»Oliphane está altamente mineralizado. Su impresionante relieve orográfico le provee de un vasto potencial hidroeléctrico, que suminis­tra una energía más barata que la obtenida por los recursos tradiciona­les. Su población disciplinada y diligente ha hecho de Oliphane el mun­do más industrializado de todo el Grupo, rivalizando sólo Tantamount con sus astilleros, y Lyormesse con sus monumentales fundiciones de hierro.

»Oliphane es relativamente frío y húmedo, con la población concen­trada sobre la zona ecuatorial, especialmente alrededor del Gran Lago Clare. Allí el visitante puede encontrar las ciudades más grandes del planeta, Kindune, Sansontiana y New Ossining.

»Oliphane es también un planeta que dispone de su propio alimento y la gente apenas consume nada aparte de sus recursos naturales, siendo la población de mayor consumo "per cápita" de todo el Grupo, la mayor en tercer lugar del Oikumene. Los oliphanos son individuos resultantes de una mezcla racial, derivados primitivamente de una colonia de los skakers hiperbóreos. Son rubios, de recio esqueleto, proclives a la cor­pulencia y de piel clara sin teñir. Son respetuosos de la ortodoxia, tranquilos en su vida personal, pero entusiastas de las fiestas públicas y cele­braciones, que sirven corno válvula de escape emocional a gente por otra parte convencional y reservada.

»Un sistema de castas, aunque sin estatus legal, permite la existencia de todas las capas de la estructura social. Se observan cuidadosamente las prerrogativas. El idioma es muy flexible como para permitir al me­nos media docena distinta de formas de dirigir la palabra.»



De «Un estudio de la adaptación entre clases», de Frerb Kankbert, en Diario del Antropiceno, vol. MCXIII:

«Resulta una notable experiencia para el visitante observar a un par de oliphanos, que no se conocen, evaluando sus respectivas castas. La operación sólo requiere unos instantes y se produce casi por instinto, ya que las personas a quienes concierne pueden ir bien vestidas con ropas de uso general.

»He preguntado a diversos oliphanos respecto a esta cuestión, sin que pueda decir que haya obtenido unas respuestas definidas. En pri­mer lugar, la mayor parte niegan la existencia de las castas y su estructu­ra social, y consideran su sociedad completamente igualitaria. Y, en se­gundo término, los oliphanos no están nunca seguros de cómo adivinar la casta de un forastero. Nunca saben si es superior a la suya o inferior.

»Yo he supuesto y construido la teoría de que unos movimientos casi indetectables de los ojos constituyen la clave de su situación como alta categoría, dependiendo de las características especiales de dichos movimientos. Las manos también juegan, a mi parecer, un papel im­portante.

»Como podría esperarse, los altos empleados y la burocracia disfru­tan de la calidad de la casta alta, especialmente los Tutelares Cívicos, como ellos llaman a la policía.»



Gersen tomó tierra en el espaciopuerto de Kindune y, con el moni­tor de Teehalt dentro de una maleta, tomó un ferrocarril subterráneo en dirección a Sansontiana. Para su tranquilidad, nadie le había esperado, ni nadie le siguió en su trayecto.

Pero el tiempo tenía un valor precioso. En cualquier momento, Ma­lagate, tras haber comprobado el fiasco, pondría su vasta organización tras él. Gersen se consideró por el momento a salvo; no obstante, puso en práctica unas cuantas maniobras que consideró precisas al salir del ferrocarril, para despistar a los rastreadores4. Al no percibir nada anormal, depositó el monitor en un guardaobjetos público, en la estación de intercambio existente bajo el Hotel Apunzel, quedándose solo con la chapa metálica numerada de resguardo. Después tomó un transporte rápido, y se dirigió en menos de quince minutos a Sansontiana, a ciento treinta kilómetros al sur. Consultó una guía y transbordó a un tren local del distrito de Ferristoun, apeándose en una estación que distaba sólo unos cien metros de la Compañía de Instrumentos de precisión Feritse.

Ferristoun era un lúgubre distrito ocupado casi en su totalidad por fábricas y almacenes, además de un alegre hostal, lujosamente orna­mentado con vidrieras de vivos colores y maderas talladas, a semejanza de las bellas arcadas construidas a lo largo de la orilla del lago.

Era ya media mañana y la lluvia había oscurecido las aceras de pie­dra negra. Pesados camiones de seis ruedas atronaban las calles, aña­diendo su ruido al de las máquinas de las fábricas. Conforme avanzaba por la calle un sonido agudo de sirenas cambió el panorama; las aceras y paseos se vieron súbitamente poblados por trabajadores que acababan su turno. Eran gentes de color pálido, con rostros impasibles, o sin des­tellos de humor alguno, vistiendo en general unos trajes de fábrica bien confeccionados y abrigados en alguno de los colores gris, azul oscuro o amarillo mostaza, un cinturón que contrastaba con el uniforme, bien en blanco o en negro y unos gorros de piel de color negro. Todos parecían tener el mismo aspecto, como consecuencia del elaborado sindicalismo del gobierno, cuidadoso y desprovisto de humor, como su propia consti­tución.

Sonaron poco después dos toques de sirena. Como por arte de ma­gia, las calles quedaron de nuevo vacías y los trabajadores se encerraron en los edificios como cucarachas expuestas a la luz.

Unos momentos después, Gersen llegó a una fachada manchada de cemento donde en un gran letrero con letras de bronce se podía leer: FERITSE, y debajo, en la escritura ganchuda de Oliphane: Instrumen­tos de Precisión.

Otra vez se hacía necesario exponerse ante sus enemigos: el progra­ma estaba muy lejos de resultarle cómodo. Bien, no había otro remedio. Una sencilla puerta le condujo al interior del edificio. Gersen entró en un oscuro salón que, a través de un túnel de cemento, le condujo a las oficinas de la administración de la Compañía. Se aproximó a un mostra­dor, donde le atendió una señora de cierta edad de agradable presencia y buenos modales. Según la costumbre local, iba vestida con ropas mas­culinas mientras trabajaba, un traje azul oscuro y un cinturón negro. Reconoció a Gersen como un ser extraño a su mundo, se inclinó con suntuosa cortesía y le preguntó con voz suave y reverente:

¿En qué puedo servirle, señor?

Gersen le mostró la placa de latón.

He perdido la llave de mi monitor y deseo otra.

La mujer parpadeó y sus modales cambiaron casi inconscientemen­te. Alargó vacilante la mano hacia la placa, tomándola entre dos dedos como si estuviera apestada y miró por encima del hombro.

¿Bien? –preguntó Gersen con voz alterada por la tensión del mo­mento– ¿Hay alguna dificultad?

Pues... hay nuevas regulaciones al respecto, señor –murmuró la mujer–. He recibido instrucciones para... Es preciso que consulte con el Director Gerente Masensen. Perdone señor.

Se dirigió hacia el corredor casi al trote y desapareció en el acto por una puerta lateral. Gersen esperó con los perceptores de su consciente saltando en su cerebro como un fuego de artificio. Estaba más nervioso de lo necesario, el nerviosismo nubla el juicio y afecta la agudeza de la observación... La mujer retornó al mostrador con lentitud, mirando a derecha e izquierda, evitando la mirada de Gersen.

Un momento, por favor. Si tiene la bondad de esperar... Es preci­so inspeccionar ciertos registros, ¿no es eso lo que ocurre siempre? Cuando una persona tiene prisa...

¿Dónde está la placa con la serie?

El Director Mansensen la ha tomado a su cargo.

En tal caso, hablaré con ese Director Gerente Mansensen en el acto.

Preguntaré...

Por favor, no se moleste –dijo Gersen.

E ignorando su gesto de protesta, se dirigió resueltamente por el mismo camino hacia una habitación interior. Un hombre de rudas fac­ciones, vestido con un uniforme azul desvaído, se hallaba sentado en una mesa telefoneando. Mientras lo hacía, miraba a la placa con la serie perteneciente a Gersen. A la vista de éste, su boca se retorció con irrita­ción y desaliento. Colgó el teléfono rápidamente. Transcurrió un mo­mento en que sus ojos relampaguearon examinando a Gersen de arriba a abajo, hasta que le gritó:

¿Quién es usted, señor? ¿Por qué ha entrado en mi despacho?

Gersen se dirigió hacia le mesa, cogió la placa y le respondió:

¿A quién telefoneaba usted en relación con este asunto?

Mansensen se irguió orgulloso.

¡No es nada que a usted pueda importarle, en cualquier caso! ¡Va­liente descaro! ¡En mi propia oficina!

Gersen le habló con voz enérgica y suave.

Los Tutelares estarán muy interesados en sus negocios ilegales. No comprendo por qué elegir la forma de desafiar a la ley...

Mansensen se reclinó en su sillón con la alarma pintada en sus faccio­nes. Los Tutelares, de una casta tan elevada que la diferencia existente entre el propio Mansensen y su empleada no hubiese significado apenas nada, era gente con las que no se podía bromear. No respetaban a na­die, tendían a creer en la acusación más que en las protestas de inocen­cia. Vestían unos suntuosos uniformes de espeso tejido tornasolado, que variaban de color con la luz, desde el ciruela al verde oscuro y oro. No tan arrogantes como serios, se conducían con todas las facultades que implicaba su elevada casta. En Oliphane, la tortura penal se admi­nistraba como disuasión más barata y seguramente más eficaz que las multas o el encarcelamiento. La amenaza de una acusación ante la poli­cía podía, por tanto, provocar la consternación al más inocente.

El Director Gerente respondió, todavía irritado y orgulloso:

¡Yo nunca desafié a la ley! ¿Acaso he rehusado su petición? Cier­tamente que no.

Entonces, consígame la llave de inmediato.

Más despacio –dijo Mansensen–. No podemos ir tan deprisa. Hay registros que inspeccionar. No olvide que tenemos negocios mucho más importantes que atender a cualquier vagabundo astroso que entre sin ser llamado en nuestras oficinas para insultarnos.

Gersen le devolvió la mirada con hostilidad y desafío.

Muy bien. Iré a quejarme a la Jefatura de los Tutelares.

Mire, sea razonable –suplicó a medias Mansensen con pesada afabilidad–. Todas las cosas no pueden hacerse al momento.

¿Dónde está mi llave? ¿Todavía sigue planeando desafiar a la ley?

Naturalmente que no, tal cosa es imposible. Me ocuparé del asun­to. Vamos, tenga un poco de paciencia. Tome una silla y cálmese.

No tengo necesidad alguna de esperar.

¡Ya está bien, pues!

Los labios del director temblaron de ira, su rostro estaba congestio­nado y golpeó el tablero con los puños. El secretario, horrorizado, emi­tió un chillido de terror.

¡Traiga a los Tutelares! –tronó furioso–. Le acusaré a usted por amenazas y molestias en mi propia oficina. ¡Le veré azotado de arriba a abajo!

Gersen no se atrevió a perder más tiempo. Se volvió y salió de allí. Pasó a través de la oficina exterior y se dirigió por el túnel de cemento. Se detuvo, lanzó tras de sí una mirada rápida para comprobar que el funcionario de la recepción no le prestaba atención alguna. Resoplando como un lobo, Gersen continuó su camino, subió a la entrada y se enca­minó a la planta y, a través de un arco, paso a las cámaras de producción.

Se hizo a un lado y se ocultó tras una pilastra, desde donde examinó las diferentes líneas de producción de la fábrica. Ciertas fases estaban bajo control bioquímico, otras estaban atendidas por deudores, desvia­dos morales, vagabundos y borrachos, reclutados por docenas en la ciudad. Permanecían encadenados a sus bancos, vigilados por un viejo ca­pataz, y trabajaban con apática eficiencia. El supervisor de la nave esta­ba sentado en una plataforma elevada, para observar mejor el desenvol­vimiento de toda el área de la nave industrial.

Gersen captó el proceso de construcción de los monitores e identifi­có el área en que se hallaban instaladas las cerraduras, un departamento que abarcaba sesenta metros de pared, junto a una cabina donde un tra­bajador, seguramente un controlador del tiempo o guardián, se sentaba a su vez en un alto sillón.

Hizo una inspección final de la nave. Nadie había mostrado el menor interés por su presencia. La atención del supervisor estaba dirigida a otra parte. Se aproximó a lo largo del muro hasta la pequeña cabina del guarda, un viejo con unas sardónicas cejas espesas y un rostro arrugado, de cínica nariz aquilina y un rictus de desprecio en los labios. Un hom­bre poco pesimista, pero aparentemente sin optimismo alguno. Gersen se dirigió al individuo rodeado por las sombras.

El empleado le miró con asombro.

¿Bien, señor? ¿Qué es lo que desea? No está permitida su presen­cia aquí, debería saberlo.

¿Le interesaría ganarse un centenar de UCL... ahora mismo? –preguntó yendo al grano.

El empleado hizo una mueca triste.

Pues claro que sí. ¿A quién tengo que matar?

No pido tanto –repuso Gersen, enseñándole la placa–. Deme la llave de este instrumento y serán suyos cincuenta UCL. –Y sobre la marcha depositó frente a él los billetes prometidos– Descubra a nom­bre de quién está registrada la serie y el número y tendrá los otros cin­cuenta UCL.

Y ante los ojos del atónito empleado contó el resto de los billetes.

El individuo contó el dinero y miró en torno suyo.

¿Por qué no se dirige a la oficina del Director Gerente Mansen­sen? Normalmente es él quien lleva estos asuntos...

He irritado a ese señor hace un momento –dijo Gersen–. Me puso demasiadas dificultades y yo tengo mucha prisa.

En otras palabras, el Director Mansensen no aprobaría mi ayuda.

¿Por qué supone usted que le ofrezco cien UCL?

¿Es el valor de mi trabajo?

Si me voy ahora mismo, nadie lo sabrá en absoluto. Y Mansensen jamás conocerá la diferencia.

Muy bien –respondió el empleado, considerando el negocio–. Puedo hacerlo. Pero necesito otros cincuenta UCL para el constructor de las llaves.

Gersen se encogió de hombros y sin una palabra más contó otros cin­cuenta UCL en billetes.

Apreciaré mucho la prisa que se den.

El empleado soltó una carcajada.

Desde mi punto de vista, cuanto más pronto se vaya mejor para todos. Tendré que examinar dos juegos completos de registros. No so­mos muy eficientes. Mientras, escóndase por ahí, fuera de la vista de cualquiera de la fábrica.

Anotó la serie y el número, salió de la cabina y desapareció tras un tabique.

Pasó algún tiempo. Gersen advirtió que el muro trasero estaba for­mado por cristales en paneles pintados. Se inclinó y pudo obtener una borrosa visión de la estancia existente tras el tabique. El empleado per­manecía en pie junto a un cajón de archivo, a la antigua usanza, hojean­do fichas. Encontró la correspondiente y tomó una serie de notas. Pero en aquel momento, procedente de una puerta lateral, Mansensen irrum­pió violentamente en la habitación. El empleado cerró el cajón y se vol­vió. El Director se detuvo y profirió una orden a la que el empleado res­pondió con monosílabos en tono indiferente. Gersen tuvo que rendir tributo de admiración a su sangre fría. Mansensen le miró una vez más y volvió a los archivos.

Con un ojo puesto en Mansensen, el empleado se inclinó sobre el es­pecialista en llaves, le susurró algo al oído y salió. El Director Gerente miró a su alrededor con aire de sospecha; pero el empleado ya estaba fuera de su vista.

El mecánico introdujo una llave en la máquina, consultó un papel, presionó una serie de botones para controlar las muescas, salientes, conductividad y nodos magnéticos de la llave.

Mientras tanto, Mansensen huroneó por el archivo hasta encontrar lo que buscaba, copió una ficha y salió de la estancia. El empleado re­gresó inmediatamente. El mecánico le entregó la llave terminada y vol­vió hacia su cabina de guardia. Entregó la llave a Gersen, y tomó los cin­co billetes de color púrpura de UCL.

¿Y el registro? –preguntó Gersen.

No puedo ayudarle. Mansensen ha ido al archivo y se llevó la ficha.

Gersen observó pensativo la llave. Su principal propósito había sido conocer el último propietario registrado del monitor. La llave era mejor que nada, por supuesto, y el archivo más fácil de guardar que el monitor sin abrir. Pero el tiempo urgía y no se atrevió a demorar más su gestión.

Guárdese los otros cincuenta –dijo Gersen mostrándole la re­compensa ofrecida por el registro–. El dinero, después de todo, ha ve­nido de Malagate. Compre algún regalo a sus hijos.

El empleado rehusó orgullosamente.

Yo acepto el pago de lo que logro. No necesito regalos.

Como quiera. Dígame cómo salir de aquí sin ser visto.

Mejor será que salga por donde ha venido. Si intenta otra salida, la patrulla podría detenerle.

Gracias. ¿No es usted oliphano?

No. Pero llevo tanto tiempo aquí que he olvidado cualquier otra cosa mejor.


Gersen miró con precaución desde la cabina. La situación era como antes. Se deslizó cuidadosamente, caminó con rapidez a lo largo del muro hacia el arco de entrada y después tomó el túnel. Pasó la puerta que conducía a las oficinas de la administración, miró en su interior y vio a Mansensen paseando de un lado a otro, agitado. Gersen se dio prisa en pasar, cruzó la sala y se dirigió hacia la puerta del exterior. Pero en aquel instante se abrió, dejando paso a un hombre de oscuras facciones. Gersen continuó impertérrito su camino, como si sus asuntos fuesen los más legales del mundo.

El hombre se le aproximó y sus ojos se encontraron. El recién llega­do se detuvo: era Tristano, el terrestre.

¡Vaya suerte! –exclamó con voz satisfecha–. Una gran suerte, realmente.

Gersen no replicó. Lenta y cautelosamente buscó la salida, demasia­do nervioso y tenso para sentir temor. Tristano dio un paso y le bloqueó la salida. Gersen se detuvo y valoró a su enemigo. Tristano era algo más bajo que él, pero de recio cuello y anchos hombros. Tenía una cabeza pequeña y casi sin cabellos, las orejas recortadas quirúrgicamente y la nariz chata. Su expresión era calmosa, con una serena y secreta sonrisa retorcida en las comisuras de los labios. Debía de ser un hombre que no debería experimentar ni odio ni piedad, un tipo sólo útil para ejercitar su capacidad combativa. «Un tipo muy peligroso», pensó Gersen.

Déjeme pasar –le advirtió con calma.

Tristano extendió su mano izquierda casi con delicadeza.

Quienquiera que sea, vaya con prudencia. Venga conmigo.

Y extendiendo más la mano, la adelantó hacia Gersen. Este obser­vaba los ojos de Tristano, ignorando la mano izquierda del individuo.

Y disparándole la mano izquierda, le golpeó de lado en el cuello mientras que con el puño derecho le aplastaba la cara de un mazazo.

Tristano reculó con un aullido de dolor. Por un momento, Gersen se sintió decepcionado. Se abalanzó de nuevo y, cuando tenía el puño dis­puesto para golpearle de nuevo, se detuvo súbitamente, al ver que con una agilidad increíble Tristano saltaba en el aire, lanzándole un punta­pié a la cabeza con intención de matarle. Gersen se echó de lado y en el aire le asió por un tobillo y lo retorció brutalmente. Tristano se relajó en el acto, dando media vuelta en el aire, con lo que consiguió desasirse de la garra de su adversario. Se incorporó sobre pies y manos como un gato salvaje, comenzando a saltar de un lado a otro; pero Gersen le golpeó en el cuello, echándole una rodilla encima y aplastándole la cara contra el piso. Se oyó el crujir de cartílagos y la rotura de dientes.

Tristano pareció quedar fuera de combate. Por un instante se quedó extendido en el suelo cuan largo era. Gersen se agachó y cogiéndole por un tobillo le hizo una llave de lucha libre, rompiéndole los huesos. Tris­tano respiró con dificultad con un bufido de dolor. Buscó el cuchillo y dejó el cuello al descubierto. Gersen le agarró por la laringe dispuesto a asfixiarle. El cuello de Tristano era musculoso y pudo protegerle; pero logró desasirse blandiendo el cuchillo en el aire. Gersen le desarmó de un ágil puntapié; pero le siguió mirando con prevención, sin perderle de vista, ya que aquel asesino parecía tener guardado todo un arsenal de armas secretas.

Déjame... –rugió Tristano–. Déjame, sigue tu camino.

Y Tristano se arrastró lentamente hacia la pared.

Gersen se dirigió de nuevo hacia él, dando a Tristano la opción de contraatacar. Tristano rehusó y Gersen volvió a agarrarle por los hom­bros. Los dos hombres se miraron fijamente. Tristano ensayó una llave en un brazo de Gersen, mientras que al mismo tiempo levantaba su pier­na buena. Gersen evitó el cerrojo, le agarró por la pierna y se preparó para romperle el otro tobillo. Tras ellos se oyó un tumulto procedente de las oficinas interiores y el ir y venir de gente gritando.

El Director Gerente Mansensen llegó corriendo desmañadamente hacia donde se encontraban. Tras él venían a toda prisa dos o tres de sus secuaces.

¡Quieto! –gritó Mansensen–. ¿Qué hace usted aquí, en este edi­ficio? –escupió literalmente a la cara de Gersen–. ¡Es usted un demo­nio, un criminal de la peor especie! Me ha insultado y ha atacado a mis clientes. ¡Haré que los Tutelares le echen el guante!

¡Sí, llame a los Tutelares! –repuso Gersen enfurecido.

¿Cómo? –continuó Mansensen levantando las cejas–. ¿También con insolencias?

Nadie ha intentado insolencia alguna. Un buen ciudadano ayuda a la policía a detener criminales.

¿Qué quiere usted decir?

Hay un cierto hombre del que quiero hablar a los Tutelares. Y también les diré que usted y este individuo están de acuerdo. ¿Una prueba? Este hombre –siguió mirando a Tristano–, ¿le conoce usted?

No. Claro que no. No le conozco.

Pero usted le identificó hace un momento como cliente.

Pensé que podía serlo.

Es un criminal notorio.

Está equivocado conmigo –repuso Tristano con voz ronca–. No soy ningún asesino.

Lugo Teehalt murió por contradecirle.

Tristano ensayó una mueca de completa inocencia.

Estuvimos hablando usted y yo mientras el viejo moría.

En tal caso, ni el sarkoy ni Hildemar Dasce mataron a Teehalt. ¿Quiénes fueron con usted al planeta Smade?

Fuimos solos.

Gersen le miró con aire desconfiado.

Es muy difícil de creer. Hildemar Dasce dijo a Teehalt que Mala­gate le esperaba en el exterior del Refugio.

La respuesta de Tristano fue un ligero encogimiento de hombros. Gersen continuó mirándole, sin quitarle la vista de encima.

Por respeto a los Tutelares y a sus azotes, no me atrevo a matarte. Pero puedo seguir rompiéndote más huesos, y así podrás pasear por las aceras como un cangrejo. También puedo desviarte los ojos, para que continúes mirando en dos direcciones diferentes por el resto de tu vida.

Las líneas que bordeaban la boca de Tristano se hicieron más pro­fundas y melancólicas. Se apoyó contra la pared, respirando fatigosa­mente y atendiendo solamente a su doloroso estado físico.

¿Desde cuándo matar más allá de la Estaca se llama asesinato? –farfulló .

¿Quién mató a Teehalt?

Yo no vi nada. Yo estuve con usted, junto a la puerta.

Pero los tres fuisteis juntos al Refugio de Smade...

Tristano no respondió. Gersen se abalanzó nuevamente, y le amena­zó con un golpe terrible. Mansensen emitió un sonido inarticulado y quiso atacar a Gersen, pero se detuvo inmediatamente volviendo a que­darse inmóvil. Tristano parecía atontado y dolorido.

¿Quién mató a Teehalt?

No diré nada más –respondió Tristano sacudiendo pesadamente la cabeza–. Antes me dejaría despedazar que morir envenenado por un sarkoy.

Yo puedo infectarte también de ese modo.

No diré una palabra más.

Gersen se adelantó de nuevo, pero Mansensen gritó con todas sus fuerzas:

¡Esto es intolerable! ¡No lo permitiré! ¿Es preciso que me propor­cione también una pesadilla?

Gersen le miró glacialmente.

Sería mejor que no me mezclara usted en todo esto.

Llamaré a los Tutelares. Sus actos son más que ilegales, ha trans­gredido usted las leyes del estado.

Gersen soltó una carcajada.

Vaya, vaya, llámelos. Sabremos entonces quién ha violado la ley y quién tendrá que ser castigado.

Mansensen se frotó las pálidas mejillas.

¡Váyase, pues! ¡Largo de aquí! No vuelva jamás y me olvidaré de esto.

No tan pronto –dijo Gersen con altivez–. Está usted metido en un buen lío. He venido aquí como un transeúnte legal y usted ha llama­do por teléfono a un asesino, que me ha atacado. Esta conducta no la ig­nora nadie.

Mansensen se mojó los labios.

Está acusándome de falsos cargos; añadiré esto a mis quejas con­tra usted.

Era un pobre esfuerzo el que intentaba realizar. Gersen se puso a reír descaradamente y Tristano se despojó de la chaqueta para apoyár­sela contra la muñeca dolorida por los golpes. Con los huesos rotos en la lucha, Tristano estaba inmovilizado e inútil.


Gersen atravesó la recepción apuntando a Mansensen.

Entremos en su oficina.

Y Gersen entró, con Mansensen refunfuñando a su espalda; una vez en el interior, el Director se dejó caer pesadamente en su sillón. Le tem­blaban las piernas.

Bien, vamos, llame a los Tutelares.

Mansensen sacudió la cabeza.

Bueno... es mejor... no crear dificultades. Los Tutelares son a ve­ces muy poco razonables.

En tal caso necesito que me diga lo que quiero saber.

Pregunte –respondió Mansensen inclinando la cabeza, vencido.

¿A quién telefoneó cuando yo aparecí?

Mansensen mostró la mayor agitación.

No diré nada. ¿Es que quiere usted que me asesinen?

Los Tutelares harán la misma pregunta, al igual que muchas otras.

Mansensen miró con angustia a un lado y a otro y después al techo.

A un hombre. En el Hotel Grand Pomador. Se llama... Spock.

Está mintiendo –replicó Gersen–. Le daré otra oportunidad. ¿A quién llamó?

No he mentido –repitió Mansensen con desesperación.

¿Ha visto usted a ese hombre?

Sí. Es alto. Tiene el cabello corto, rosáceo, una gran cabeza alar­gada y sin cuello. Su cara tiene un color rojo especial, usa gafas negras y tiene una nariz... muy fuera de lo corriente. Parece más bien un pez, ésa es la impresión que da su rostro...

Gersen aprobó con un gesto. Mansensen estaba diciendo la verdad. Aquel tipo podía muy bien ser Hildemar Dasce. Se volvió hacia su inter­locutor.

Bien. Ahora, una cosa mucho más importante. Quiero saber a nombre de quién estaba registrado este monitor.

Mansensen se encogió de hombros con un gesto fatalista y se puso en pie.

Iré a buscar el registro.

No. Iremos juntos. Y si no se encuentra, le juro que mis cargos se­rán mucho más duros todavía.

Mansensen se pasó una mano por la frente con aire desmayado.

Pues... ahora que recuerdo, lo tengo aquí. –Y abriendo un cajón de su despacho sacó una ficha–. Universidad de la Provincia del Mar, en Avente, Alphanor. Garantía de Utilidad número doscientos nueve.

¿Ningún nombre?

No. Su llave tendrá muy poco valor. La Universidad usa un codifi­cador en cada uno de sus monitores. Les hemos vendido varios.

Sí, aquello era cierto. El uso de un codificador que pudiera evitar el doble juego de cualquier prospector falto de escrúpulos era cosa co­rriente. La voz de Mansensen se tornó irónica.

La Universidad le ha vendido a usted, evidentemente, un monitor codificado sin los medios de interpretarlo. Yo, en su caso, me quejaría a las autoridades de Avente.

Gersen consideró por unos instantes lo que implicaba aquella información. Tenía una gran trascendencia y resultaba difícil de evaluar, aunque en un solo punto podría todavía adquirir ventaja.

¿Por qué telefoneó usted a Spock? ¿Es que le había ofrecido dine­ro?

Mansensen movió la cabeza con aire miserable.

Dinero. Y... además amenazas. Una indiscreción en mi pasado.

Terminó con un vago gesto de la mano.

Y dígame, ¿sabía Spock que el monitor estaba codificado?

Desde luego. Se lo mencioné, aunque él ya lo sabía con anterioridad.

Gersen hizo un gesto de muda aprobación. Ya había encontrado el punto esencial. Attel Malagate debía de tener acceso a las cintas desci­fradoras de la Universidad de la Provincia del Mar, en Avente.

Reflexionó un momento. La información se acumulaba poco a poco. Attel Malagate debió de matar a Teehalt, de creer a Hildemar Dasce. Tristano lo había confirmado indirectamente, proporcionándole con ello mayor información de la que esperaba obtener en tan poco tiempo. Además, la situación se había vuelto más confusa. Si Dasce, el envene­nador sarkoy y Tristano llegaron juntos, sin una cuarta persona, ¿cómo podría explicarse la presencia de Malagate? ¿Habría llegado simultá­neamente en otra nave? Era posible, aunque parecía inverosímil...

Mansensen continuaba mirándole con ansiedad.

Me marcho ya –dijo Gersen–. ¿Ha planeado usted decirle a ese Spock que estuve aquí?

Tendré que hacerlo –farfulló Mansensen, sudando visiblemente.

Tendrá que esperar al menos una hora.

Mansensen no hizo la menor protesta. Podía respetar los deseos de Gersen o no, lo probable es que no lo hiciera. Pero nada se podía hacer en tales circunstancias. Gersen se levantó y se dirigió hacia la salida de­jando tras de sí a un hombre deshecho.

Mientras atravesaba la recepción, Gersen volvió todavía a mirar a Tristano, que de alguna forma se las había arreglado para tenerse en po­sición erecta. Miró por encima del hombro a Gersen, con su media son­risa retorcida y con los músculos del cuello en tensión. Gersen se detuvo a considerar a aquel criminal. Sería prudente y deseable matarle en el acto, de no ser por las complicaciones y la interferencia de los Tutelares. Y, pensándolo mejor, apretó el paso y salió al exterior.



6


Los hombres del Dikurnene, prefacio de Jan Holberk, Vaeriz, LXII:

«Existe una absurda y sofocante situación en esta época, que ha sido observada, comentada y lamentada repetidamente por un grupo de eminentes antropólogos: la singularidad de tener abandonada una tal variedad de matices de vida existente. Es conveniente considerar bien esta situación, que saldrá a relucir repetidamente a lo largo de estas páginas.

»La cosa más importante de la vida humana es su infinitud en el es­pacio: Desconocemos sus límites y el infinito número de planetas aún no visitados; en pocas palabras: Más Allá. Creo sinceramente que la certi­dumbre de estas fabulosas posibilidades ha embrutecido de alguna for­ma el meollo de la conciencia humana y disminuido o debilitado la em­presa de los hombres.

»Se hace necesaria una calificación. Los hombres de empresa han existido siempre, aunque por desgracia, la mayor parte de ellos actúan en Más Allá, sin que sus empresas sean siempre constructivas. (Esta de­claración no es del todo irónica: muchas de las formas más nocivas de vida ejercen alguna suerte de utilidad y de eficacia.)

»Pero, en general, la ambición ha cambiado de signo hacia lo inter­no, más que dirigirse hacia lo obviamente exterior en sus objetivos sin lí­mites. ¿Por qué? ¿Es que la infinitud, como objeto de experiencia, en lugar de la expresión de abstracción matemática, ha acobardado la men­te humana? ¿Podemos sentirnos tranquilos y seguros, sabiendo que las incontables riquezas de la galaxia se hallan allí, esperándonos? ¿La vida contemporánea se halla ya saturada de tanta novedad? ¿Es concebible que el Instituto ejerza mayor control sobre la psique humana de lo que sospechamos? ¿O será que se ha hecho corriente el sentimiento y la con­vicción de que toda la gloria humana ha llegado a su término y de que todos los gloriosos objetivos de la raza han sido cubiertos?

»Indudablemente no existe una respuesta sencilla a estos problemas. Pero muchos puntos son dignos de tener en cuenta. Primero –para ser mencionado sin comentarios– existe la peculiar situación en que los sistemas efectivos y de influencia tienen carácter privado o semipúblico, es decir, la PCI, el Instituto y la Corporación Jarnell.

»Lo segundo es el declive general de la educación y su nivel descen­dente. Los extremos quedan aparte, naturalmente, es decir los sabios del Instituto de una parte y los esclavos de un estado Tertuliano, de otra. Si consideramos la situación de los hombres más allá de la Estaca, la polaridad es todavía mas pronunciada. Existen motivos claros para tal declive. Pioneros que viven en ambientes extraños e incluso hostiles han de luchar terriblemente para sobrevivir. Aún es más desmoralizadora la inmanejable masa de conocimientos acumulados. El rumbo hacia la es­pecialización comenzó en los tiempos modernos; pero tras la conquista del espacio y las consiguientes perspectivas nuevas de información, la especialización se ha convertido en algo mezquinamente enfocado.

»Es quizá, pertinente la manera de considerar cómo el hombre ac­tual se ha convertido en un nuevo especialista. Vive en una época mate­rialista, donde intereses comparativamente pequeños se le ofrecen como absolutos. Es un hombre fino, ingenioso y sofisticado; pero sin profundidad. No tiene ideales abstractos. Su campo de desarrollo, si es universitario, pueden ser las matemáticas o cualquiera de las ciencias fí­sicas; Pero es cien veces más verosímil que sea una rama de lo que vaga­mente se llaman estudios humanísticos: historia, sociología, ciencias comparativas, simbología, estética, antropología, las variedades de la experiencia, criminología, educación, comunicación, administración y coerción, para no mencionar la ciénaga de la psicología, ya putrefacta por generaciones de incompetentes y la todavía inexplorada selva de la psiónica.

»Existen también los que, como el autor, se acomodan a sí mismos en una torre de marfil, desde donde predican la omnisciencia con pro­testas de humildad y que están, o bien no convencidos de lo que dicen o totalmente ausentes, y asumen la obligación de calcular y apreciar, mandar o derogar y denunciar lo relativo a sus contemporáneos. Sin embargo, en conjunto, es una tarea más fácil que cavar una zanja.»


De Diez exploradores: Un estudio de un tipo, por Oscar Anderson:

«Cada mundo tiene su distinto aroma psíquico, esto es una cuestión atestiguada por cada uno de los diez exploradores. Isack Canaday hace constar que aun estando con los ojos vendados y siendo transportado a cualquier planeta del Oikumene o del inmediato Más Allá podría iden­tificar correctamente el planeta, sin necesidad de quitarse la venda. ¿Cómo puede ser posible tal hazaña? A primera vista resulta incom­prensible. El propio Canaday confiesa no saber el origen de tal conoci­miento.

»Según él basta levantar la nariz, mirar alrededor del cielo, dar un par de saltos... y esa sensación llega hasta él.

»La explicación de Canaday es, por supuesto, fantástica y picaresca. Nuestros sentidos son mucho más agudos de lo que sospechamos. La composición del aire, el color de la luz y del cielo, la curvatura y la pro­ximidad del horizonte, la tensión producida por la gravedad, todo esto es presumiblemente interpretado en nuestro cerebro para producir, como resultado, una característica individual, tal como la forman los ojos, una nariz, el cabello, la boca, las orejas, que en conjunto crean el rostro determinado de una persona.

»Y todo esto sin mencionar la flora y la fauna, los artífices de lo au­tóctono, el hombre, el aspecto distintivo, del sol o soles...»


«Conforme madura una sociedad, la lucha por la vida se gradúa im­perceptiblemente o cambia su énfasis, produciéndose lo que puede de­nominarse la búsqueda del placer. Esto resulta una declaración amplia, y posiblemente no impresione a nadie. No obstante, como generaliza­ción, permite una rica resonancia de implicaciones. El autor sugiere tal declaración corno un tópico de fuerza para una disertación, la vigilancia y observación de diversas situaciones de los varios tipos de ambientes de supervivencia y los especiales tipos de objetivos de placer que se derivan de ellas. Parece probable, tras un momento de reflexión, que toda ame­naza, peligro o penuria, genera una tensión psíquica correspondiente, que demanda una particular compensación.»

Vida, volumen 111, de UNSPIEK, BARÓN BODISSEY.



Gersen volvió a la estación terminal subterránea en Sansontiana. Recobró el monitor e inmediatamente intentó abrirlo con la llave. Para su satisfacción, el cerrojo se abrió con suavidad, mostrando su conteni­do. No había ni explosivos ni ácidos en su interior. Extrajo el pequeño cilindro que contenía el archivo y lo sopesó en la mano. Después se fue a la oficina del correo interplanetario y envió el cilindro dirigido a sí mis­mo al Hotel Credenze en Avente, Alphanor. Volvió por el tren subte­rráneo hasta Kindune, y en el espaciopuerto, sin tropezarse con más problemas, subió a bordo de la Nueve B y partió.

El azul creciente de Alphanor se divisaba en el espacio, con la estre­lla Rígel brillando en la lejanía, centro del sistema solar. Cuando los sie­te continentes del planeta comenzaron a emerger de la oscuridad, Ger­sen conectó el piloto automático con el programa de aterrizaje para Avente, hasta llegar al espaciopuerto de la ciudad. La grúa gigante ele­vó el aparato y lo condujo a la fila de aparcamiento lateral. Gersen salió de la espacionave y reconoció los alrededores. Al no hallar señal alguna de sus enemigos se dirigió hacia la terminal. Almorzó allí, considerando sus planes de batalla para el inmediato futuro. Hizo una lista de los pró­ximos pasos a seguir:


  1. El monitor de Lugo Teehalt estaba registrado a nombre de la Universidad de la Provincia del Mar.

  2. La información del archivo del monitor estaba codificada, y sola­mente sería accesible mediante el empleo del descifrador especial.

  3. El descifrador se hallaba en posesión de la Universidad de la Pro­vincia del Mar, en Avente.

  4. De acuerdo con Lugo Teehalt, Attel Malagate había sido su fleta­dor original (hecho que había comprendido por vez primera en Brink­tonw). ¿Indiscreciones de Hildemar Dasce? Considerando todo aque­llo, era seguro que Malagate conservase el más riguroso incógnito. Malagate buscaba por todos los medios la posesión del archivo del monitor, y de aquí que tuviese acceso al descifrador.

  5. Gersen tendría que actuar de la siguiente manera:

  1. Identificar a las personas que tuvieron acceso al descifrador.

  2. Buscar entre estas personas aquéllas que pudieran ayudarle a identificar y a acercarse a Malagate, y a conocer sus actividades. ¿Por qué se tomó la molestia de viajar al planeta Smade?


Estas serían las líneas básicas de su plan. Pero Gersen consideró que aquellos pasos lógicos quizá no resultaran tan fáciles. No se atrevería a despertar las sospechas de Malagate. Hasta cierto punto, la posesión del archivo de Teehalt le resultaba casi como un seguro de vida; pero en cuanto Malagate sintiera la menor amenaza personal, encontraría muy pocas dificultades en preparar, sin el menor escrúpulo, un asesinato. Por el momento, la iniciativa estaba en sus manos y debería actuar sin precipitación.

Su atención se distrajo con la presencia de dos preciosas chicas senta­das en el restaurante, cerca de donde se hallaba, evidentemente llega­das con objeto de dar la bienvenida o despedir a algún amigo. Gersen las contempló, sintiendo en su interior el vacío de su vida íntima. La frivoli­dad... seguramente aquellas chicas tendrían muy poco dentro de la cabe­za. Una se había teñido el cabello de verde floresta y maquillado el rostro de un delicado verde lechuga. La otra lucía una peluca fabricada con lá­minas de metal de color lavanda, y llevaba además una elaborada cofia de hojas de plata cuyos adornos le colgaban por la frente y a los lados.

Gersen dejó escapar un hondo suspiro. Sin duda, había vivido una existencia triste y falta de alegría, sin la compañía de una mujer hermo­sa. Volviendo atrás en sus recuerdos le vinieron a la mente muchas es­cenas de sus años jóvenes, en que mientras los demás ocupaban sus vi­das con un placer irresponsable, él estuvo siempre haciendo el papel de un muchacho de rostro grave, alejado de las diversiones y placeres pro­pios de la juventud. Su abuelo le había dicho...

Una de las chicas notó su atención y murmuró algo al oído de la otra. Ambas le dirigieron una mirada de soslayo y después parecieron igno­rarle. Gersen sonrió con escepticismo. No confiaba en las mujeres. Ha­bía tratado muy pocas íntimamente. Frunció el ceño y consideró si Ma­lagate no las habría enviado a recibirle para que le sedujeran. Pero tal pensamiento debía de ser ridículo. ¿Por qué dos?

Las chicas acabaron poniéndose en pie y, tras mirarle de reojo, se marcharon del restaurante. Gersen observó cómo se alejaban, resistien­do el fuerte impulso de correr tras ellas, presentarse e intentar entablar una conversación amigable. Ridículo también, doblemente ridículo. ¿Qué podría decirles? Se imaginó a las chicas, con sus caras bonitas, pri­mero perplejas, después mirándole con aire aturdido, mientras que él se esforzaría en congraciarse con ellas. Las chicas se habían ido. «Menos mal», pensó Gersen, medio divertido, y medio irritado consigo mismo. Después de todo ¿por qué sentirse decepcionado? La clase de vida que se había impuesto no facilitaba el dominio del trato social y vivir su me­dia otra vida de hombre no sería más que una fuente de constantes difi­cultades.

Conocía su misión y se hallaba soberbiamente preparado para lle­varla a cabo. No tenía dudas ni incertidumbres, sus objetivos estaban perfectamente definidos. Pero una idea súbita interrumpió el curso de sus cavilaciones. ¿Dónde estaría sin aquel claro propósito? Si estuviera menos artificialmente motivado, no podría sentirse tan bien en compa­ración con los hombres que circulaban a su alrededor, gente de maneras agradables y palabra fácil. Dándole vueltas en la cabeza a aquella idea, terminó por sentirse espiritualmente deficiente. Ninguna fase de su vida le había permitido elegir con libertad. No sentía el más leve temor ante el camino trazado: no era aquél el punto de partida. Pero... los objetivos de un hombre no deberían serle impuestos hasta conocer el mundo lo suficiente para tener la libre capacidad de elegir un camino y sopesar sus propias decisiones. No se le había dado oportunidad de escoger sus op­ciones. Se había tomado la decisión, y él la había aceptado. Y después de todo ¿qué haría una vez terminada con éxito la tarea? Las oportuni­dades eran escasas, por supuesto. Pero, admitiendo que llevara a buen término la ejecución de aquellas cinco personas ¿qué haría después con su propia vida? Una o dos veces antes había tratado de hallar respuesta a la misma pregunta, advertido por alguna señal subconsciente de que nunca debería ir más allá, sin saberla. Tampoco la encontró en aquel momento. Había terminado su comida. Las chicas desaparecieron. Sin duda alguna, no había razón para suponer que fuesen agentes de Mala­gate el Funesto.

Gersen permaneció sentado unos minutos todavía, reflexionando sobre la mejor forma de enfocar el asunto que le había traído a Avente, y de nuevo pensó que lo mejor era la acción directa.

Se dirigió a una cabina telefónica y solicitó comunicación con la ofi­cina de información de la Universidad de la Provincia del Mar, en el dis­trito de Remo, a unos quince kilómetros de distancia.

La telepantalla se iluminó primero con el emblema de la Universi­dad, después con una convencional presentación de la recepción impre­sa con las palabras «Hable claramente, por favor», y simultáneamente una voz que decía:

¿En qué puedo servirle?

Gersen habló a la todavía invisible recepcionista.

Deseo información relativa al programa de exploración de la Uni­versidad. ¿A qué departamento le concierne?

La pantalla se aclaró para mostrar la graciosa carita de una joven maquillada en un tono dorado:

Eso depende del tipo de exploración.

Me refiero a lo relacionado con la Concesión de Utilidad doscien­tos noventa y una.

Un momento, señor, preguntaré.

Y la pantalla se oscureció durante unos instantes. Poco después reaparecía la joven.

Le pongo con el Departamento de Morfología Galáctica, señor.

Gersen miró a la otra recepcionista de faz pálida y facciones de tono plateado, con un fantástico peinado adornado con incontables adminí­culos metálicos.

Morfología Galáctica.

Deseaba informarme sobre la Concesión de Utilidad doscientos noventa y una.

La joven consideró un momento la petición.

Quiere usted decir la Concesión en si misma, ¿verdad?

Sí, cómo opera y quién la administra.

La joven torció los labios con vacilación.

Creo que no hay mucho que yo pueda decirle, señor. Es el mismo fondo quien financia el programa de la exploración.

Estoy interesado particularmente en un prospector llamado Lugo Teehalt que trabajó al amparo de la Concesión número doscientos no­venta y una.

La joven sacudió la cabeza.

No conozco nada acerca de él. El señor Detteras podría decírselo; pero hoy no puede recibir a nadie.

¿Es quien se entiende con los prospectores?

La chica frunció las cejas con un gesto atractivo. Gersen la seguía mi­rando fascinado.

Yo no sé mucho de esas cosas, señor. Nosotros tenemos alguna participación en el Gran Programa de Exploración, por supuesto; pero no está al amparo de esa Concesión de que me habla, aunque el señor Detteras es el Director de la Exploración Espacial. Él podrá explicarle cuanto desee conocer al respecto.

¿Hay alguien en ese Departamento que pudiera patrocinar a un prospector en tal Concesión?

La chica miró especulativamente a Gersen, imaginando la naturale­za del interés que mostraba.

¿Es usted un oficial de la policía?

Gersen sonrió con franqueza.

No, soy un amigo del señor Teehalt que trato de acabar un nego­cio relacionado con él.

Oh, está bien. El señor Kelle, que es el Presidente del Comité de los Planes de Investigación y el señor Warweave, el Preboste Honorífi­co, son quienes conceden tales autorizaciones. El señor Kelle estará au­sente toda la mañana, su hija se casa mañana y está demasiado ocupado.

¿Y qué hay del señor Warweave? ¿Podría verle?

Bien. –La chica arqueó graciosamente los labios, se inclinó hacia un panel lateral y se volvió enseguida hacia Gersen–. Estará ocupado hasta las tres, en que tiene una hora para recibir a los estudiantes o a las personas que cite previamente.

Eso me vendría muy bien.

Si me da su nombre... Le pondré en cabeza de lista. Así no tendrá que esperar, en el caso de que haya muchos que aguarden.

Gersen estaba encantado por la solicitud de la chica. La miró más atentamente y comprobó que estaba sonriendo.

Es usted muy amable. Mi nombre es Kirth Gersen.

Observó cómo la joven escribía. Parecía no tener prisa por terminar la conversación.

¿Qué es lo que hace un Preboste Honorífico? –preguntó Ger­sen–. ¿Cuáles son sus obligaciones?

Ella se encogió de hombros.

Pues no lo sé exactamente. Va y viene sin cesar. Creo que es el único personaje de la Universidad que hace lo que desea. Cualquiera que sea tan rico como él puede hacer otro tanto, supongo.

Una cosa más todavía, por favor –suplicó Gersen–. ¿Está usted familiarizada con la rutina del Departamento?

Vaya, pues claro que sí –respondió la joven sonriendo–. Todo aquí es pura rutina, que me sé de memoria.

El archivo de un monitor registrado en una nave espacial prospec­tora está codificado, ¿sabe usted algo de eso?

Así lo tengo entendido.

La chica trataba definitivamente a Gersen más como persona que como el rostro de una pantalla. A Gersen le pareció muy bonita, a des­pecho de su estilo de peinado más bien extravagante. Sin duda, había permanecido demasiado tiempo en el espacio. Hizo un esfuerzo para conservar el mismo tono.

¿Quién tiene que manejar los archivos y descifrarlos? ¿Quién se encarga de la decodificación?

La chica pareció vacilar de nuevo.

Creo que es el señor Detteras. Quizá lo haga también el señor Kelle.

¿Puede averiguarlo?

La joven dudó y examinó detenidamente el rostro de Gersen. Siem­pre resultaba prudente rehusar las preguntas cuyos motivos no pudiese captar bien, sin embargo... ¿Qué daño podría haber en ello? El hombre que preguntaba tenía un aspecto interesante, ansioso y triste, un poco misterioso y decididamente atractivo, en general.

Voy a preguntar a la secretaria del señor Detteras –repuso alegremente– ¿Tendrá la bondad de esperar?

La pantalla se oscureció y un par de minutos más tarde volvió a ilu­minarse de nuevo.

La chica sonrió a Gersen.

Era cierto. Las tres únicas personas que tienen acceso al descifra­dor de archivos son Detteras, Kelle y Warweave.

Muy bien, gracias. Así, el señor Detteras es el Director de Explo­ración, el señor Kelle, Presidente del Comité de planes de Investigación y el señor Warweave... ¿qué es?

El Preboste Honorífico. Le dieron el título cuando dotó al depar­tamento con la Concesión doscientos noventa y una. Es un hombre in­mensamente rico y muy interesado en la exploración espacial. Va con frecuencia a Más Allá. ¿Ha estado usted en Más Allá?

Acabo de volver de allí.

La chica se adelantó en la pantalla, muy interesada.

¿Y es de veras tan fantástico y misterioso como dicen?

Gersen se sintió animado y excitado por la disposición de la joven hacia él.

Puede venir conmigo y verlo por sí misma.

La chica no pareció perturbada por aquellas palabras. Pero sacudió la cabeza .

Debería estar alarmada. Me han enseñado siempre a no confiar en hombres que provengan de Más Allá. Podría ser un traficante de escla­vos y venderme.

Tales cosas ya han ocurrido, es cierto –repuso Gersen–. Proba­blemente está más segura donde se encuentra ahora.

Pero... –continuó ella con coquetería–. ¿Quién desea sentirse segura?

Gersen vaciló, se decidió a hablar y se contuvo. La chica le vigila­ba en la pantalla con una expresión inocente. «Bien ¿por qué no?», se preguntó a sí mismo. Su abuelo había sido un viejo demasiado anti­cuado...

En tal caso... si está dispuesta a arriesgarse... quizá no le importa­ría perder la tarde conmigo.

¿Para qué propósito? –La chica recobró la formalidad–. ¿La es­clavitud?

Oh, no. Lo corriente. Simplemente, lo que usted desee, nada más.

Esto es muy repentino. Después de todo, todavía no le he visto bien cara a cara.

Sí, tiene usted razón –respondió Gersen, abatido en cierta for­ma–. No soy muy galante.

Sin embargo, ¿qué puede haber de malo en ello? Soy muy impulsi­va, así me lo han dicho siempre.

Supongo que eso dependerá de las circunstancias.

Usted acaba de llegar de Más Allá –dijo la chica en tono magná­nimo–. Por eso supongo que puedo disculparle.

Entonces, ¿vendrá usted?

Ella pretendió considerar la invitación.

Muy bien. Correré el riesgo. ¿Dónde puedo encontrarle?

Saldré a las tres para ver al señor Warweave, lo decidiremos en­tonces.

Estoy libre de servicio a las cuatro... ¿Está usted seguro de no ser un traficante de esclavos?

No soy ni siquiera un pirata.

Más bien parece un hombre prudente. Bien, de momento me doy por satisfecha.


Al sur de Avente se extendía una playa arenosa, a 150 kilómetros al sur de la ciudad, que abarcaba la totalidad del golfo de Ard Hook. Lo mismo que en Remo y a unas cuantas millas más allá, se elevaban las vi­llas cuidadosamente pintadas de blanco, alineadas y diseminadas entre los arrecifes que bordeaban el océano.

Gersen alquiló un coche, un pequeño deslizador de superficie, y puso proa al sur sobre la amplia barrera del portazgo de la ciudad, con la inevitable nube de polvo tras él. Durante un buen trecho la carretera discurría junto a la orilla del mar. La arena brillaba bajo la resplande­ciente luz de Rígel; el agua, de un azul espléndido, acariciaba la playa bajo un penacho de blanca espuma, creando el murmullo invariable de todos los mares de todos los mundos conocidos al tropezar con la tierra firme. En un momento dado, la carretera comenzó a trepar a la altura de los acantilados; a su izquierda se extendían las arenosas dunas salpi­cadas de matorrales oscuros, con el contrapunto de algunas flores blan­cas que flotaban al extremo de los largos tallos. Frente a él las disemina­das villas del paisaje mostraban sus pequeños bosques sombríos de espe­cies nativas, como el árbol de las plumas y las palmeras híbridas.

Más adelante, el suelo siguió subiendo y desde allí pudo observar que los arrecifes arenosos tenían el aspecto de pequeñas colinas redon­deadas, a un paso del mar. Remo ocupaba la planicie existente al pie de una de aquellas colinas. Un par de embarcaderos rematados por sendos casinos de mar de cúpula alta y esférica llegaban hasta el extremo y for­maban un puerto, en el que se divisaban multitud de pequeñas embarca­ciones. La Universidad ocupaba la cresta de la colina: una serie de es­tructuras de techo plano conectadas por arcadas.

Gersen llegó al gran patio de entrada y al área de aparcamiento de coches y descendió hasta el suelo. Un amplio paseo le condujo hasta un arco conmemorativo dentro de una hermosa alameda, donde preguntó a un estudiante.

¿El Colegio de Morfología Galáctica? En la próxima explanada, señor. Es el edificio del fondo.


Ponderando aquel respetuoso «señor» dicho por un hombre no mu­cho más joven que él, Gersen caminó hacia el sitio indicado, en medio de una multitud de estudiantes vestidos de todas las formas imaginables. Cruzó la explanada y se dirigió hacia el edificio del fondo. Se detuvo en el portal, extrañamente afectado por una sensación de desconfianza y ti­midez, que le había venido asaltando durante todo el viaje hacia la Uni­versidad. ¿Se estaría comportando como un estudiante conmocionado por la sonrisa y el encanto de una chica? Y lo más sorprendente es que esta sensación surgía de lo más profundo de su ser. Se encogió de hom­bros, divertido e irritado al mismo tiempo y entró en el vestíbulo.

En la recepción le atendió una joven, que le miró dudando de su identidad. Era algo más baja y esbelta de lo que suponía; pero era igual de bonita que cuando la había visto en la pantalla del videófono.

¿Señor Gersen?

Gersen esbozó lo que esperó resultase una sonrisa.

¡Hola! Y a propósito, resulta que todavía no sé su nombre...

Ella pareció relajarse un poco.

Me llamo Pallis Atwrode.

Esto suprime muchas formalidades, supongo. ¿Sigue todavía en pie la propuesta que le hice?

Claro que sí –respondió ella–. A menos que usted haya cambia­do de idea.

No.

Sepa que actúo al margen de como suelo hacerlo normalmente –dijo Pallis Atwrode, con una sonrisa un tanto turbada–. He decidido olvidar mi linaje. Mi madre es una mediazul. Quizá sea tiempo de que comience a ser algo intrépida.

Empieza usted a alarmarme –respondió Gersen–. Yo no soy tampoco muy intrépido, y si tengo que ser un héroe...

No se trata de ser un héroe. No me intoxicaré, ni intentaré pe­lear, o...

Y la chica se detuvo.

¿O?

Sencillamente «o».

Gersen consultó su reloj.

Será mejor que vaya a ver al señor Warweave.

Su oficina está al fondo de aquel corredor. Y... señor Gersen...

¿Sí?

Hoy le dije a usted algo que no debía. Fue acerca del código. Su­pongo que se trata de cosas secretas. ¿Tendrá la bondad de no mencio­narlo para nada al señor Warweave?

No diré ni una sola palabra, esté segura.

Gracias.

Se volvió, siguió la dirección indicada, a través de una materia es­ponjosa extendida por el suelo con dibujos blancos y grises. Las paredes blancas estaban desprovistas de toda decoración, excepto las diversas puertas colaterales con sus respectivos indicadores en varios tonos dis­cretos de marrón, malva, verde oscuro e índigo. Siguió por el pasillo hasta encontrar una puerta con el indicador: «GYLE WARWEAVE» y debajo: «PREBOSTE».

Se detuvo un instante, pensando en la incongruencia de imaginar a Attel Malagate por aquellos alrededores. ¿Se había producido una ruptu­ra en la cadena de sus razonamientos? El monitor estaba codificado y re­gistrado por la Universidad. Hildemar Dasce, lugarteniente de Malagate, había buscado ansiosamente el archivo, que resultaba inútil sin el concur­so del decodificador. Gyle Warweave, Detteras y Kelle, eran los tres úni­cos hombres que tenían acceso al aparato secreto, luego uno de los tres tenía que ser Attel Malagate. Entonces ¿cuál podría ser? ¿Warweave, Detteras o Kelle? Las conjeturas sin hechos probados resultaban papel mo­jado, así que tendría que enfrentarse a los hechos según fuesen ocurriendo.

Empujó la puerta. En la oficina, una mujer alta, de mediana edad y de ojos grises y mirada antipática, permanecía en pie escuchando a un joven, obviamente en apuros por alguna circunstancia, que sacudía la cabeza con lentitud mientras hablaba.

Lo siento –respondió la mujer con sequedad–. Esos convenios se hacen siempre sobre la base formal de un logro por estudios. No pue­do permitirle que moleste al Preboste con sus quejas.

¿Para qué está aquí, entonces? –protestó airadamente el joven.

Tiene abierta la oficina en horas laborables, ¿por qué no puede escu­char mi versión del caso?

La mujer sacudió la cabeza.

Lo siento. –Y le volvió la espalda–. ¿Es usted el señor Gersen?

El aludido se adelantó.

El señor Warweave le está esperando, tenga la bondad de pasar por aquella puerta.

Gersen entró sin vacilación. Gyle Warweave, que estaba sentado en su despacho, se puso en pie al entrar el visitante. Era un hombre alto y de gran porte, agraciado y de fuerte constitución, de unos cincuenta años. Saludó a Gersen con mesurada cortesía.

Señor Gersen, siéntese, tenga la bondad. Me alegro de conocerle.

Gracias.

Gersen examinó a su interlocutor y su entorno. La habitación era más grande que las oficinas corrientes, con la mesa de despacho ocupan­do una posición poco usual a la izquierda de la puerta. Unas ventanas al­tas a la derecha daban a la explanada; la pared opuesta estaba empape­lada con cientos de mapas y proyecciones Mercator de muchos mundos. El centro de la habitación aparecía vacío, dando la sensación de una sala de conferencias de la que se hubiese removido la mesa central. En un extremo, sobre un pedestal de madera barnizada, se erguía una cons­trucción de piedra y agujas de metal, cuya procedencia le resultó a Ger­sen totalmente desconocida. Tras aquella rápida inspección volvió la atención al personaje que tenía frente a sí.

Gyle Warweave se adaptaba mal a la imagen que Gersen tenía de un típico administrador de Universidad. «No sería extraño que se tratara de Attel Malagate», pensó Gersen. Contradiciendo la evidencia de su tinte epidérmico conservador, Warweave vestía un traje azul brillante con una faja blanca de ricos tejidos, espinilleras de cuero blanco y san­dalias azul pálido, ornamentos más propios de un joven arrogante de las playas de Sailmaker, al norte de Avente...

Warweave inspeccionó a Gersen con franca curiosidad y algo de con­descendencia. Gersen no era un hombre elegante. Iba vestido con las ro­pas vulgares y corrientes de los que , viven de espaldas a la moda, por no es­tar interesados en ella o no saber apreciarla. Llevaba la piel sin teñir (pa­seando por las calles de Avente, Gersen se había sentido casi desnudo) y su espesa cabellera terminaba recogida en la nuca, sin gracia alguna.

Warweave esperó con atenta cortesía.

Estoy aquí, señor Warweave, en relación con un asunto bastante complejo. Los motivos no son importantes, por tanto le rogaré que me escuche sin preocuparse mucho por ellos.

Es algo difícil; pero lo intentaré.

En primer lugar, ¿conocía usted al señor Lugo Teehalt?

No.

La respuesta fue inmediata y decisiva.

¿Puedo preguntarle quién es el responsable del programa de ex­ploración espacial para la Universidad?

Warweave meditó la pregunta.

¿Se refiere usted a las grandes expediciones, la vigilancia del ar­mamento, o algo en particular?

Cualquier programa que utilice prospectores en espacionaves al­quiladas.

Hum... –repuso Warweave–. Por casualidad, ¿no será usted un prospector en busca de empleo? –preguntó a su vez con mirada de sos­pecha.

No, señor. No busco ningún empleo –respondió Gersen sonrien­do cortésmente.

Su interlocutor sonrió en correspondencia, haciendo un rápido gui­ño desprovisto de humor.

No, claro que no. A veces me equivoco en mis juicios. Por ejemplo, su voz no me dice nada o muy poco. Usted no es nativo del Grupo. Si tuviera usted una fisonomía diferente, le localizaría como procedente del planeta Tres de la estrella Mizar.

Durante la mayor parte de mi juventud viví en la Tierra.

¿De veras? –Y Warweave levantó los ojos con exagerado asom­bro. Desde aquí consideramos a los terrestres en términos estereoti­pados: cultistas, místicos, hombres siniestros y envejecidos, aristócratas decadentes y cosas por el estilo...

No reclamo ninguna clasificación especial –afirmó Gersen–. Por cierto que usted me resulta tan extraño, como yo a usted.

Bien, señor Gersen. Me está usted preguntando sobre nuestra conducta particular en relación con los prospectores. En primer lugar, cooperamos con un cierto número de otras instituciones en el Gran Pro­grama de Exploraciones Espaciales. Y en segundo lugar, existe un pe­queño fondo que puede ser empleado en cualquier proyecto especial de menor envergadura.

¿Corno la Concesión número doscientos noventa y una?

Warweave inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

Es muy curioso –dijo Gersen.

¿Curioso? ¿Porqué?

Lugo Teehalt era un prospector. El monitor que llevaba a bordo de su Nueve B estaba registrado por la Universidad de la Provincia del Mar, bajo la Concesión dos, nueve, uno.

Warweave hizo una mueca de duda.

Es muy posible que el señor Teehalt estuviera trabajando para alguno de los departamentos principales en algún proyecto especial.

El monitor estaba codificado. Esto reduce muchísimo tales posibi­lidades.

Warweave miró con dureza a Gersen.

Si supiera qué desea saber, quizá podría aclararle más ese punto.

«No pierdo nada si le cuento el resto. Si Gyle Warweave es Malaga­te, ya sabrá lo ocurrido. En caso contrario, no perjudicará a nadie», pensó Gersen.

¿Le resulta familiar el nombre de Attel Malagate?

¿Malagate el Funesto? ¿Uno de los llamados Príncipes Demonio?

Lugo Teehalt localizó y descubrió un mundo de unas condiciones en apariencia idílicas... un mundo más allá de todo valor monetario, más terrestre que la propia Tierra. Malagate supo el descubrimiento, no sé de qué forma. En cualquier caso, el resultado ha sido que cuatro de los hombres de Malagate mataron a Teehalt en el Refugio Smade.

»Teehalt acababa de llegar poco después que yo. Tomó tierra en un valle escondido y fue a pie hasta el Refugio. Los hombres de Malagate llegaron al anochecer. Teehalt trató de escapar; pero le sorprendieron en la oscuridad y le asesinaron. Entonces escaparon en mi espacionave pensando que era la de Teehalt, puesto que ambas son del mismo y viejo modelo Nueve B. Debieron de llevarse una buena sorpresa al compro­bar mi monitor.

»Al día siguiente salí del planeta Smade en la nave de Teehalt. Natu­ralmente tomé posesión de su monitor. Y he planeado vender el archivo por el precio que me ofrezca el mercado.

Warweave hizo un vivo movimiento de cabeza y desplazó una hoja de papel una pulgada a la derecha de donde se hallaba sobre su escritorio.

Gersen le observaba, estudiando sus inmaculadas manos y las bien cuidadas uñas. Levantó la vista hacia él y captó la mirada fija de su inter­locutor, menos afable que su tono de voz.

¿Y de quién se propone usted cobrar?

Gersen se encogió de hombros.

Daré al fletador de Teehalt la primera oportunidad. Como he di­cho antes el archivo está codificado, y carece de valor mientras no sea descifrado –Warweave se retrepó en su asiento.

Así, de repente, yo no sé quién pudo haber contratado a ese tal Teehalt. Fuera quien fuese no querrá comprar cualquier burda patraña que se le quiera mostrar.

Oh, por supuesto que no.

Y Gersen colocó una fotografía sobre el escritorio.

Warweave le dirigió un vistazo, la colocó sobre un proyector, y al fondo de la estancia se iluminó una pantalla a todo color. Teehalt había tomado la fotografía desde un montículo a un lado del valle. A ambos lados las colinas se extendían suavemente hacia la lejanía, pudiéndose apreciar sus redondeadas cúspides en la distancia. Bosques de grandes árboles de oscuro follaje se alzaban a ambos lados del valle y un río ser­penteaba a través de la pradera, con sus orillas flanqueadas por mato­rrales de vivo verdor. En el extremo opuesto de la pradera, casi en la sombra del bosque, aparecía también lo que podía tomarse por unos ar­bustos floridos. No se apreciaba el sol; pero la luminosidad del ambien­te daba al paisaje una cálida impresión de luz blancodorada, lánguida y acariciadora. Estaba claro que la fotografía fue hecha al mediodía.

Warweave estudió la fotografía durante cierto tiempo, después dejó escapar un sonido de disconformidad y de reserva, como el que no suel­ta prenda, y colocó una segunda foto que Gersen le entregó. La pantalla mostraba esta vez el río retorciéndose en meandros y desapareciendo en la lejanía. Los árboles de ambas orillas formaban una especie de pasillo que disminuía hasta perderse en la distancia.

Warweave dejó escapar un profundo suspiro.

Es un mundo muy hermoso, sin duda alguna.

Un mundo hospitalario. ¿Qué hay de su atmósfera y biogénesis?

Totalmente compatible, según Teehalt.

Si es, como usted dice, todavía virgen, deshabitado, un prospector independiente pudo haber fijado su propio precio. No obstante, como yo no nací ayer, me pregunto si esas fotos no pudieron ser tomadas en otra parte, por ejemplo, en la Tierra, donde la vegetación es tan simi­lar...

Como respuesta, Gersen le entregó la tercera fotografía que War­weave colocó nuevamente en el proyector. En la pantalla se destacó a unos seis metros uno de los objetos que en la primera toma aparecía como un arbusto florido. Se podía apreciar a un ser semihumanoide y gracioso. Unas piernas esbeltas de color gris soportaban un tronco colo­reado de gris, plata, azul y verde sin facciones. De los hombros sobresa­lían miembros parecidos a brazos que alcanzaban un metro de altura en el aire, ramificándose para sostener lo que recordaba un abanico con for­ma de cola de pavo real formado por hojas y ramas.

Esta criatura, cualquiera que sea...

Teehalt las llamó dríades.

...es única. Nunca vi nada parecido. Si la fotografía no está truca­da, y no creo que lo esté, entonces ese planeta es realmente como usted asegura.

No aseguro nada. Teehalt hizo tales afirmaciones. Es un mundo tan bello, según me dijo, que no tenía fuerzas ni para quedarse en él, ni para marcharse y dejarlo.

Y usted está en posesión del archivo de Teehalt...

Sí. Y quiero venderlo. El mercado comprador estará presumible­mente limitado a aquellas personas que tengan acceso al descifrador de los archivos. De éstas, el hombre que fletó la operación de Lugo Teehalt, tendría la primera opción.

Warweave miró a Gersen con una larga y profunda mirada inquisi­tiva.

Una actitud quijotesca que me confunde. Usted no parece ser un hombre quijotesco, en absoluto.

¿Por qué no juzgar las acciones más que las impresiones?

Warweave apenas si levantó las cejas con un sensible gesto de des­dén. Después dijo:

Yo podría hacerle una oferta por ese archivo, digamos diez mil UCL ahora y otros diez mil tras la inspección de ese mundo. Quizá en­tonces esa última cifra pudiera aumentarse algo más.

Naturalmente, aceptaré el precio más alto que pueda conseguir –respondió Gersen–. Pero me gustaría entrevistarme primero con el señor Kelle y el señor Detteras. Uno de ellos tiene que ser el fletador de la exploración. Si ninguno de los dos está interesado, entonces...

¿Por qué especifica usted a esos dos señores? –interrumpió War­weave con suspicacia.

Porque aparte de usted, son las únicas dos personas que tienen ac­ceso al decodificador de los archivos.

Y... ¿podría preguntarle a usted cómo está enterado de tal cosa?

Recordando la súplica de Pallis Atwrode, Gersen se sintió un poco culpable.

Pregunté a un joven en el patio de la Universidad. Por lo visto, es de dominio público.

Creo que hay una cierta tendencia a hablar demasiado –repuso Warweave con un rictus de disgusto en la boca.

Gersen estuvo a punto de preguntar a su interlocutor dónde había pasado el mes anterior; pero no era el momento oportuno. Evidente­mente, no era una pregunta prudente; si la hacía directamente y War­weave resultaba ser Malagate sospecharía inmediatamente.

Warweave golpeó la mesa con los dedos y se levantó de pronto.

Bien, si me concede usted media hora pediré a los señores Kelle y Detteras que se reúnan en mi oficina, y así le resultará fácil proseguir su asunto.

No.

¿No? –exclamó sorprendido–. ¿Por qué no?

Gersen también se puso en pie.

Puesto que el asunto no le afecta a usted, preferiría entrevis­tarme con los señores Kelle y Detteras a solas, en mis propios térmi­nos.

Bien, como quiera –repuso Warweave fríamente–. No sé lo qué se lleva entre manos, pero tengo muy poca fe en su sinceridad. Sin em­bargo, estoy dispuesto a negociar con usted.

Gersen esperó.

Kelle y Detteras son hombres muy ocupados –continuó War­weave– y no son tan accesibles como yo. Podré arreglar la cosa de for­ma que les vea a ambos hoy mismo, si quiere. Posiblemente uno u otro querrán llegar a un acuerdo con este asunto de Lugo Teehalt. En cual­quier caso, una vez se haya entrevistado con Kelle y Detteras, me infor­mará de cuánto han ofrecido, en el caso de que hagan ofertas, dándome así la oportunidad de poder superar la primera que hice.

En otras palabras –intervino Gersen– que se guardaría usted ese mundo para su uso privado, ¿verdad?

¿Por qué no? El archivo ya no pertenece a la Universidad. Usted ha tomado posesión de él. Después de todo, mi dinero ha ido a engrosar el fondo de la Concesión doscientos noventa y una.

Esto es bastante razonable.

¿Está dispuesto a negociar?

Sí. En cuanto el fiador de Teehalt haya rehusado.

Warweave entornó los párpados mirando a Gersen con una sonrisa cínica retorcida en los labios.

Trato de imaginar por qué insiste usted tanto en eso.

Quizá sea un hombre quijotesco después de todo, señor War­weave...

Warweave se apoyó en su intercomunicador, miró a la pantalla y tras unos instantes, dijo a Gersen:

Muy bien. El señor Kelle le recibirá primero, después el señor Detteras. Luego vendrá a informarme, según lo convenido.

De acuerdo.

Gersen salió al pasillo, pasó la irascible secretaria de Warweave y llegó al vestíbulo.

Pallis le estaba esperando con viva expectación y Gersen continuó encontrándola encantadora y muy atractiva.

¿Se enteró ya de lo que deseaba saber?

No. Me ha enviado a entrevistarme con Kelle y Detteras.

¿Hoy?

Ahora mismo.

Ella le miró con renovado interés.

Le sorprendería saber cuánta gente se ha quedado sin ver a esos señores esta mañana.

No sé cuánto tardaré –dijo Gersen–. Si está usted libre a las cuatro...

Esperaré –afirmó Pallis, soltando su risa cantarina–. Bien, quie­ro decir que no me haga esperar mucho más de las cuatro...

Vendré en cuanto termine, lo más pronto que pueda.








7


«Estimando que el dogma insustancial de un culto religioso determi­nado no tiene valor y resulta inapropiado como base para constituir la cronología del hombre galáctico, los miembros de esta Convención de­claran por la presente que el tiempo será ahora calculado a partir del año 2000 A. D. (Antiguo Sistema), que se convierte así en el año 0. La traslación de la Tierra alrededor del Sol permanece como la unidad pa­trón del cálculo anual.»

Declaración de la Convención Oikuménica

de la Regulación de Unidades y Medidas.


«Todo aquello de lo cual somos conscientes... tiene para nosotros una más profunda significación, es más, una significación final. Y el solo y único medio de hacer que este incomprensible sea comprensible ha de realizarse mediante una clase de metafísica que se refiera a todas las co­sas y a todo lo que tenga significado como símbolo.»

OSWALD SPLENGER.


«¿Quiénes son nuestros enemigos básicos? Esto es un secreto, des­conocido por nuestros enemigos básicos.»

Xaviar Skolcamp, Miembro Super Cen­tenario del Instituto, contesta

con indulgen­cia a la pregunta demasiado atrevida de un periodista.



Kagge Kelle era un hombre de talla corta, recio y compacto, con una grande, sólida y bien arreglada cabeza. Mostraba la piel del rostro lige­ramente teñida de un color de cera pálido, se vestía con un traje severo marrón oscuro y púrpura, y sus ojos eran de color claro y mirada remo­ta, la nariz corta y roma y una boca de fino trazado, quizá como com­pensación a su rechoncha figura.

Kelle parecía poseer la virtud de la inescrutabilidad. Saludó a Ger­sen con austera cortesía y escuchó su relato sin el menor comentario.

Vio las fotografías y no mostró apenas el menor interés. Escogiendo sus palabras con cuidado, dijo:

Lamento que no pueda ayudarle. Yo no fleté la espacionave del señor Teehalt. No conozco absolutamente nada relativo a ese hombre.

En tal caso, ¿podría permitirme que hiciera uso del decodificador de la Universidad?

Kelle permaneció inmóvil por unos instantes.

Por desgracia –dijo– esto es contrario a los reglamentos del De­partamento. Tendría que salir al paso de no pocas críticas... Sin embar­go... –Y recogiendo las fotografías, volvió a examinarlas una vez más–. Está fuera de toda cuestión que es un mundo de interesantes ca­racterísticas.

¿Cómo se llama?

No tengo tal información, señor Kelle.

No entiendo por qué busca usted al fletador del señor Teehalt. ¿Es usted algún representante de la PCI?

No, trabajo por mi cuenta, aunque no pueda demostrarlo.

Kelle se mostró escéptico.

Cada uno trabaja por su propio interés. Si yo comprendiese qué es lo que usted quiere lograr, podría actuar quizá con más flexibilidad.

Esto es, poco más o menos, lo que me ha dicho el señor Warweave.

Kelle dedicó a Gersen una aguda mirada.

Ni Warweave ni yo somos lo que se dice un par de hombres in­cautos. –Se quedó pensativo un instante, para continuar–. En nom­bre del Departamento, yo puedo hacerle una oferta por ese archivo aunque tendría que ser la Universidad como institución quien lo hiciera primero.

Gersen aprobó con un vivo movimiento de cabeza.

Ése es exactamente el punto que deseo establecer. ¿Pertenece el archivo actualmente a la Universidad, o puedo hacer lo que quiera con él? Si pudiese encontrar al fiador de la expedición de Teehalt, o deter­minar si existe, habría un buen número de nuevas posibilidades.

Kelle no se dejó conmover por el razonamiento de Gersen, en apa­riencia tan ingenuo.

Es una situación extraordinaria... Como digo, estoy en condicio­nes de hacerle a usted una atractiva oferta por el archivo, en plan pura­mente privado. Pero sigo insistiendo en una previa inspección del pla­neta.

Usted ya conoce mis escrúpulos en la materia, señor Kelle...

La respuesta de Kelle fue una simple sonrisa incrédula. Una vez más, volvió a estudiar las fotografías.

Estas dríades... quiero decir, estas criaturas de tan extraordinario interés... Bien, puedo ayudarle hasta ese límite. Voy a consultar los re­gistros de la Universidad con respecto a ese Teehalt. Pero a cambio, me gustaría asegurarme una oportunidad para considerar la compra de ese mundo, en el caso, claro está, de que no encuentre al llamado «fiador».

Me dio usted a entender que no estaba interesado.

Sus presunciones no vienen al caso –respondió Kelle con cierta rudeza–. Esto no debería herir su susceptibilidad, ya que a usted no le interesa mi opinión. Ha venido a mí como si yo fuese un deficiente men­tal, contándome una historia que no impresionaría a un chiquillo.

Gersen se encogió de hombros.

La «historia», tal y como es en realidad, es sustancialmente exacta punto Por punto. Claro que no le he dicho todo lo que sé.

Kelle volvió a sonreír.

Bien, veamos qué es lo que nos dicen los registros. –Y habló al micrófono–. Información Confidencial. Autoridad de Kagge Kelle.

La voz no humana del banco de información respondió:

»Información Confidencial dispuesta, señor.

La ficha de Lugo Teehalt.

Y deletreó el nombre.

Se produjeron una serie de chasquidos, murmullos y una fantástica sucesión de extraños silbidos del complejo mecanismo electrónico. La voz habló de nuevo:

»Lugo Teehalt: su ficha. Contenido: solicitud de admisión, verifica­ción y apéndice comentado. Tres de abril de mil cuatrocientos ochenta.

Pase –dijo Kelle.

»Solicitud de admisión en régimen avanzado, verificación y comen­tario, dos de julio de mil cuatrocientos ochenta y cinco.

Pase.

»Tesis de graduación en el Colegio de Simbología; título: «El signi­ficado completo del movimiento de los ojos en los tunkers de Mizar Seis». Veinte de diciembre de mil cuatrocientos ochenta y nueve.

Pase.

»Solicitud para un empleo de instructor asociado, verificación y co­mentario, quince de marzo de mil cuatrocientos noventa.

»Despido de Lugo Teehalt como instructor asociado por conducta perjudicial para la moral del cuerpo estudiantil. Diecinueve de octubre de mil cuatrocientos noventa y dos.

Pase.

»Contrato entre Lugo Teehalt y el Departamento de Morfología Galáctica, el seis de enero de mil quinientos veintiuno.

Gersen exhaló un suspiro de satisfacción, relajándose. Era definiti­vo: Lugo Teehalt fue contratado como prospector interplanetario por alguien de dentro del Departamento.

Extracto en forma resumida –ordenó Kelle.

»Lugo Teehalt y el Departamento de Morfología Galáctica convi­nieron un acuerdo para lo siguiente: El Departamento suministraría a Teehalt una espacionave conveniente, debidamente aprovisionada, equipada y dispuesta para su uso, con objeto de que Teehalt pudiera ac­tuar como agente del Departamento y realizar asiduas exploraciones a ciertas áreas de la Galaxia. El Departamento adelantó a Teehalt la suma de cinco mil UCL y le garantizó un bono de valores con éxito. Teehalt se comprometió a dedicar sus mejores esfuerzos en una explora­ción continuada, a preservar los resultados de la citada exploración a salvo de cualquier persona, grupo o agencias que no fuesen las estricta­mente autorizadas por el Departamento. Firmas: Lugo Teehalt, por sí mismo. Ominah Bazerman, por el Departamento.

»Sin otra información.

Kelle se dirigió a la pantalla del videófono:

Ominah Bazerman.

Un chasquido y una voz.

Ominah Bazerman. Jefe de Oficina.

Habla Kelle. Hace dos años, un cierto Lugo Teehalt fue despedi­do como prospector. Usted firmó su contrato. ¿Recuerda las circunstan­cias?

Hubo un momento de silencio.

No, señor Kelle, no puedo decir que lo recuerde. El contrato me llegó probablemente en medio de otros muchos documentos.

¿No recuerda quién pudo haber iniciado ese contrato, quién salió fiador de esta exploración particular?

No, señor. Tuvo que haber sido o usted o el señor Detteras, quizá sería el señor Warweave. Nadie más pudo haber ordenado tal exploración.

Bien. Gracias. –Kelle se volvió hacia Gersen con ojos de expre­sión bovina–. Ahí lo tiene usted. Al no haber sido Warweave, habrá sido Detteras. En realidad, Detteras es el antiguo Decano del Colegio de Simbología. Quizá él y Teehalt se conocieron...


Rudle Detteras, Director de Exploración, daba la impresión de sen­tirse un hombre completamente satisfecho consigo mismo, con su traba­jo y con el mundo entero. Cuando Gersen entró en su oficina, Detteras levantó la mano para saludarle. Era un gran tipo, sorprendentemente feo para su época, en que una nariz deforme o ganchuda o una boca de­masiado grande se arreglaba en cuestión de horas. Se comprendía que no tuviese la menor intención de disimular su fealdad, en realidad pare­cía como si su piel teñida de verde azulado acentuase expresamente la rudeza y tosquedad de sus facciones. Su cabeza tenía la forma de una ca­labaza, y la barbilla se apoyaba en su amplio pecho, al parecer sin nece­sidad alguna del cuello. El espeso cabello aparecía teñido del color del musgo mojado. Desde la rodilla al hombro, todo su cuerpo parecía te­ner la misma dimensión, con un torso macizo y enorme.

Vestía el uniforme casi militar de la Orden de los Arcángeles; botas negras, calzones amplios de color escarlata y una espléndida blusa es­triada de verde, azul y escarlata, con hombreras doradas y unas placas en el pecho trabajadas con verdadera filigrana. Rundle Detteras tenía la suficiente presencia para llevar su uniforme y su singular fisonomía–, un hombre que sin su aplomo y apariencia extraordinaria hubiese parecido un excéntrico.

Bien, bien, señor Gersen –dijo Detteras–. Vamos a ver, ¿le pa­rece muy temprano para unas copas de este delicioso aguardiente?

Ya me he levantado de la cama...

Detteras le miró confuso por un instante y después soltó una risotada cordial.

¡Excelente! Así es como me gusta desplegar la bandera de la hos­pitalidad. ¿Tinto o blanco?

Blanco, por favor.

Detteras escanció de un bello frasco de cristal tallado. Levantó su copa para brindar.

¡Detteras au pouvoir!

Lo bebió con verdadero placer.

¡Lo primero del día como cuando se visita el hogar de la madre!

Se sirvió otro trago, se arrellanó en su sillón y se volvió hacia Gersen con un gesto de simpatía. Gersen se preguntó a sí mismo: ¿Quién podría ser? ¿Warweave? ¿Kelle? ¿Detteras? Uno de aquellos tres personajes albergaba el alma feroz de Attel Malagate. Pero ¿cuál? Gersen se había inclinado hacia Warweave y ahora se encontraba de nuevo dudoso y confundido. Detteras tenía una fuerza innegable, una energía íntima te­rrible y casi palpable.

Detteras no parecía tener prisa alguna en el asunto de Gersen, a pe­sar de su reputación de hombre siempre con prisa en todos los asuntos. Era probable que los tres personajes se hubiesen intercomunicado, o al menos dos de ellos, en ausencia suya. Resultaba difícil poner las cosas en claro.

«Si Detteras no tiene prisa –pensó Gersen–, tampoco yo.»

Es un acertijo sin fin –continuó Detteras, más bien con aire pom­poso– los modos de por qué y cómo los hombres difieren entre sí.

Sin duda tiene usted razón, aunque para ser sincero no compren­do en este momento la pertinencia de esa observación.

Detteras dejo escapar una vigorosa carcajada.

Estaría muy sorprendido si usted tuviera una opinión distinta. –Y levantó una mano ante la respuesta inminente de Gersen–. ¿Presun­ción de mi parte? No. Escúcheme bien. Usted es un hombre sombrío, un hombre pragmático. Lleva a sus espaldas una carga de oscuros y se­cretos propósitos.

Gersen siguió tomando poco a poco el aguardiente, con cierta sospe­cha. Los fuegos de artificio verbales podrían ser una distracción preme­ditada, una estrategia para disminuir su cautela. Se concentró en la be­bida, con todos los sentidos puestos en el aroma. Detteras había llenado las dos copas con la misma botella, y le había ofrecido una de ellas sin hacer ningún gesto sospechoso. En todo ello había algo que no podía prevenir. La bebida era inocente, así al menos se lo aseguró a Gersen su propia lengua y olfato, entrenados con los venenos sarkoy. Enfocó la atención en Detteras y en su última observación.

Sus opiniones con respecto a mi persona son exageradas.

Detteras hizo una mueca indescifrable.

Pero, no obstante, esencialmente exactas, ¿verdad?

Es posible.

Detteras aprobó con un leve gesto de cabeza como si Gersen le hu­biese proporcionado la más enfática de las corroboraciones.

Es una habilidad, un hábito de observación, nacido de largos años de estudio. Antiguamente ya estuve especializado en Simbología, hasta que decidí que el fruto a recoger sería tanto menor cuanto mayores mis años perdidos en tales estudios. Y heme aquí en Morfología Galáctica. Un campo menos complicado, descriptivo, más que analítico y más ob­jetivo que humanístico. Sin embargo, siempre encuentro ocasionales aplicaciones a mis antiguos estudios. Ahora nos encontramos en ese punto. Usted viene a mi oficina, un ser totalmente extraño y desconoci­do. Yo aprecio y taso su presentación simbólica, facciones, apariencia, ropas, color de la piel y estilo general. Usted dirá que ésa es la práctica común. Y yo le replico: sí. Todo el mundo come; pero un buen paladar es más bien raro. Yo leo esos símbolos con minuciosa exactitud, y ello me proporciona una información preciosa sobre su personalidad. Yo, por otra parte, le niego un conocimiento similar a usted. ¿Cómo? Yo me adorno a mí mismo con símbolos contradictorios tomados al azar, per­manezco en constante camuflaje, tras el cual el verdadero Rudle Dette­ras observa, tranquilo y frío como un empresario en la centésima repre­sentación de un brillante carnaval de extravagancias.

Gersen sonrió.

Mi naturaleza puede ser tan extravagante como sus símbolos y yo puedo desecharlos, al contrario que usted, por razones similares a las suyas... cualesquiera que sean. Y un segundo punto: su exposición, en caso de que sea cierta, le ilumina con tanta claridad como el conjunto de sus símbolos naturales. ¿Por qué molestarse en primer lugar?

Detteras pareció realmente divertido.

¡Ajá! Usted quiere descubrirme por fraude y charlatanería. Sin embargo, no puedo evitar la convicción de que sus símbolos me dicen más que los míos a usted.

Gersen se retrepó en su asiento.

Muy poco práctico.

No tan deprisa –exclamó Detteras–. ¡Usted se ocupa exclusiva­mente de lo positivo! Considere lo negativo por un momento. Muchas personas se atormentan, relacionando el manierismo críptico de sus se­mejantes. Usted protesta de que los símbolos apenas le dicen nada im­portante, y los desprecia. Esos otros se preocupan porque no pueden in­tegrar una proliferación informativa. –Gersen, en aquel instante, quiso objetar algo, pero Detteras levantó una mano interrumpiéndole–. Considere los tunkers del planeta Seis de Mizar. ¿Ha tenido usted oca­sión de conocerlos? Es una secta religiosa.

Sí, he oído hablar de ellos hace poco.

Como digo –continúó Detteras–, son un grupo religioso; ascéti­co, austero y devoto hasta un extremo sorprendente. Hombres y muje­res visten idénticamente, se afeitan la cabeza, usan la misma lengua de ochocientas doce palabras, comen la misma comida y a horas similares, todo lo cual sirve para protegerles de la perplejidad del pensamiento, de los propósitos de unos con respecto a otros. Es cierto. Y así es la con­ducta básica de los tunkers. No muy lejos de Mizar está Sirene, donde por una razón similar los hombres llevan siempre unas máscaras convencionales desde el nacimiento a la muerte. Así, sus caras son sus más queridos secretos.

Detteras hizo una pausa para invitar nuevamente a Gersen.

La práctica, aquí en Alphanor, es todavía mucho más complicada –prosiguió Detteras–. Nosotros nos protegemos para el ataque y la defensa con mil símbolos ambiguos. El asunto del vivir es algo enorme­mente complicado; se establece una tensión artificial y la incertidumbre y la sospecha se convierten así en una cosa normal.

Y en el proceso –sugirió Gersen– las sensibilidades se desarrollan en forma desconocida, tanto para los tunkers como para los sirenos.

Detteras volvió a realizar otro gesto con la mano.

No tan deprisa, señor Gersen. Yo conozco a mucha gente de am­bos pueblos y la insensibilidad es un término que no puede ser aplicado ni a uno ni a otro.

»Los sirenos detectarán el matiz de inquietud más remoto cuando un hombre se enmascara fuera de su estado legal. Y los tunkers (de éstos conozco menos) tienen también diferenciaciones personales tan refina­das y variadas como nosotros, incluso mayores. En ello observo la mis­ma doctrina estética: cuanto más restringida sea la disciplina de una for­ma de arte, más subjetivos serán los criterios del gusto. En otra catego­ría, consideremos ahora a los Reyes Estelares: criaturas no humanas, llevadas por su psique a excelencias sobrehumanas, literalmente ha­blando. Han de verse obligadas a entrar en un campo reservado, ya que no existe matriz humana para su educación simbólica. Y volviendo a Alphanor, es preciso recordar que la gente permite captar una enorme cantidad de información perfectamente válida, de unos a otros, así como ambigüedades.

Desorientador –dijo Gersen secamente–, siempre que uno se deje confundir.

Detteras sonrió con calma, satisfecho consigo mismo.

Usted ha llevado una vida diferente a la mía, señor Gersen. En Alphanor, los términos finales no son la vida y la muerte. Todos están claramente sofisticados. Esto es más simple y fácil que no aceptar a la gente en su propia valía. Cierto que con frecuencia no es práctico dejar de hacerlo así. Bien... ¿por qué sonríe usted, señor Gersen?

Sospecho que el expediente de Kirth Gersen, solicitado por la PCI, tarda en llegar. Y mientras tanto, usted encuentra poco práctico aceptarme en mi propia evaluación, e incluso en la suya.

Detteras también sonrió.

Comete usted una injusticia con la PCI y conmigo. El expediente llegó inmediatamente, unos minutos antes que usted. –Y señaló una hoja de papel fotostático que había sobre su escritorio–. Ordené que me enviaran su expediente, en mi papel de un jefe responsable de la Ins­titución. Creo que puedo confiar en mi prudencia.

¿Y qué ha sabido usted? –preguntó Gersen–. Hace mucho tiem­po que no tengo idea de mi propio expediente...

Se encuentra maravillosamente en blanco, querido amigo –dijo recogiendo el documento fotostático–. Nació usted en mil cuatrocien­tos noventa. ¿Dónde? En ninguno de los mundos mayores. A la edad de diez años fue registrado en el Espaciopuerto Galileo de la Tierra, en compañía de su abuelo, cuyos antecedentes deberíamos, por cierto, comprobar.

»Usted solía ir a las escuelas públicas y fue aceptado por el Instituto como catecúmeno y alcanzó el grado once a la edad de veinticuatro años, progreso realmente notable, y entonces se retiró. Desde entonces en adelante no hay registro alguno, sugiriendo que, o bien permaneció usted en la Tierra o salió de ella ilegalmente. Puesto que se halla senta­do frente a mí, lo último ha debido de ser lo sucedido. Es muy notable –continuó Detteras– que una persona pudiese vivir hasta su edad en una sociedad tan compleja como la del Oikumene, sin haber tenido nada que hacerse registrar en los archivos de la PCI. Unos largos años de silencio, mientras estaba ocupado... ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Para qué propósito y qué fin?

Y miró interrogativamente a Gersen.

De no estar ahí, es evidente que no habrá tenido ninguna impor­tancia.

Naturalmente, claro está. Hay muy poco más. –Y dejó a un lado el expediente–. Ahora, le veo ansioso por hacer sus preguntas y voy a anticiparme a ellas. Yo conocí a Lugo Teehalt, hace mucho tiempo, en mis días de estudiante. Se mezcló en cierto desagradable asunto y se eclipsó. Hace un año, más o menos, vino a verme, solicitando un contra­to de prospector.

Gersen miró fijamente, fascinado. ¡Allí tenía a Malagate!

¿Y usted le apoyó?

Opté por no hacerlo. Deseaba ahuyentar la preocupación de que tuviera que depender de mí por el resto de su vida. Deseaba ayu­darle, es cierto; pero no de forma personal. Le dije que lo solicitase al Preboste Honorífico, Gyle Warweave, o al Presidente del Comité de Planificación Investigadora, Kagge Kelle, mencionando mi nombre, y que muy posiblemente le apoyarían. Esto fue lo último que supe de él.

Gersen dejó escapar un profundo suspiro. Detteras hablaba con la certeza y aplomo de la verdad. Pero... ¿cuál de ellos no lo había hecho?

Detteras, por fin, había confirmado que uno de los tres, bien fuera él mismo, Warweave o Kelle... estaba mintiendo.

¿Quién de ellos?

Aquella mañana había visto a Attel Malagate, le había mirado a los ojos, escuchado su voz... Se sintió súbitamente a disgusto. ¿Por qué es­taba Detteras tan relajado? Un hombre tan ocupado en sus múltiples asuntos, que dejaba perder tanto tiempo... Gersen se levantó brusca­mente de su sillón.

Bien, permítame explicarle el asunto relacionado con mi visita.

Y relató de nuevo toda la historia que ya había contado a Warweave a Kelle, mientras Detteras escuchaba con una imperceptible sonrisa jugueteando en su ruda boca. Después le mostró las fotografías, que Detteras miró con indiferencia.

Un mundo muy bello –dijo–. Si yo fuera rico, le pediría que me lo vendiera en propiedad exclusiva. Pero no lo soy. Muy al contrario. En cualquier caso, usted no parece tan ansioso de vender sus derechos como de localizar al fiador del pobre Teehalt.

Gersen pareció sentirse cogido por sorpresa.

Lo venderé al fiador de la exploración por un precio razonable.

Detteras sonrió escépticamente.

Lo siento. No puedo prestarme a una falsedad. Warweave o Kelle son sus hombres en este caso.

Ellos lo niegan.

¡Qué raro! Entonces...

El archivo es inútil para mí en su actual condición. ¿Podría usted proporcionarme el servicio del descifrador?

Me temo que esto quede fuera de toda petición.

Así lo pensé también. Por tanto, tengo que venderlo a alguno de ustedes, o a la Universidad. O destruir el archivo.

Hum. –Detteras sacudió la cabeza–. Esto requiere pensarlo con cuidado. Si sus exigencias no son excesivas, yo también estaría interesa­do... O quizá nosotros tres en conjunto pudiéramos llegar a un acuerdo con usted. Hablaré con Warweave y Kelle. Y, si puede, vuelva maña­na, digamos a las diez. Veré la forma de contar con una proposición de­finitiva.

Bien. Mañana a las diez.

Y Gersen se marchó.








8


«Sí, somos una organización reaccionaria, reservada y pesimista. Tenemos agentes por todas partes. Conocemos mil trucos para desmo­ralizar y entorpecer la investigación, sabotear experimentos y distorsio­nar datos. Incluso en los propios laboratorios del Instituto procedemos con discreción y cautela, deliberadamente.

»Pero ahora dejadme contestar a las preguntas y acusaciones que se oyen con frecuencia. Los miembros del Instituto ¿gozan de riqueza, privilegios, poder y libertad de la ley? Honestamente hay que respon­der: sí, en graduación variante, dependiendo de la fase y el logro obte­nido.

»Entonces, el Instituto ¿es un grupo centrípeto y restringido? De ningún modo. Nosotros nos consideramos como una élite, ciertamente. ¿Por qué no tendría que ser así?

»¿Nuestra política? Bastante simple. La exploración del espacio ha proporcionado un arma terrible a los megalómanos que puedan surgir en nuestro medio. Existe otro conocimiento que, de ser libre, podría asegurarles el poder tiránico. Por tanto, nosotros controlamos la expan­sión del conocimiento.

»Estamos siendo dañados por el calificativo de "divinidades auto­consagradas" y acusados de pedantería, conspiración, condescenden­cia, elegancia afectada, arrogancia y obstinada rigidez, por no mencio­nar otros que se oyen. Estamos siendo acusados de intolerable pater­nalismo, y al propio tiempo reprochados por nuestro despego de los problemas humanos ordinarios. ¿Por qué no usamos nuestra sabiduría para ayudar en los trabajos difíciles, aliviar el dolor y prolongar la vida? ¿Por qué permanecemos apartados? ¿Por qué no transformamos el estado humano en una utopía: una tarea fácil dentro de nuestro po­der?

»La respuesta es sencilla y quizá decepcionante: sentimos que todo eso son falsas dádivas, que la paz y la abundancia son consustanciales con la muerte. Por todos esos crueles excesos, envidiamos una huma­nidad arcaica con su ardiente experiencia. Sostenemos que el prove­cho tras el trabajo, el triunfo conseguido tras la adversidad y el logro obtenido tras un objetivo largamente perseguido, es un beneficio mayor que el prebendario nutriente de la ubre de un indulgente gobierno.»

De un mensaje televisado por Madian Carbunke, Miembro del Grado Cien, en el Centenario del Instituto, 2 de diciembre de 1502.


«Conversación entre dos centenarios del Instituto en relación con un tercero, ausente:

Me gustaría mucho ir por tu casa para charlar un rato, si no sospe­chara que Ramus estuviese igualmente invitado.

¿Y qué ocurre con Ramus? A mí me suele divertir...

Es un hongo, una flatulencia de individuo, un viejo sapo que me irrita extraordinariamente...»


«Pregunta hecha ocasionalmente a los Miembros del Instituto:

¿Los Reyes Estelares se encuentran incluidos entre los Miembros de la Institución?

Esperamos que no, ciertamente.»


«Lema del Instituto: "El pequeño conocimiento es una cosa peligrosa, un gran conocimiento, el desastre".

Lo que los detractores del Instituto parafrasean diciendo: "La igno­rancia es la gloria".»



Pallis Atwrode vivía con otras dos chicas en el apartamento de una torre, al sur de Remo. Gersen esperó unos momentos en el vestíbulo, mientras se cambiaba de ropas y se reteñía el cutis. Después salió a la terraza que daba al mar, apoyándose contra la barandilla. El enorme resplandor de Rígel lucía ya bajo en el horizonte. Muy cerca, en el puer­to conformado por los dos embarcaderos, un centenar de yates y navíos diversos se hallaban amarrados; poderosos yates de recreo, embarcacio­nes de vela para deporte y pesca en alta mar y submarinos de casco transparente, además de un buen número de acuaplanos impulsados por motores de reacción con los que lanzarse a velocidades de locura a tra­vés de las olas. Gersen se hallaba de un talante complejo, confuso. Sentía el latir acelerado de su corazón ante la promesa de una noche con una bella muchacha como Pallis, sensación que no había conocido en muchos años. Se añadía además la melancolía propia del crepúsculo, que en aquel momento era realmente bellísimo: el cielo refulgía de un color malva y azul verdoso, salpicado por un banco de nubes de color naranja y magenta. No era la belleza lo que proporcionaba a Gersen aquella melancolía, sino más bien la quietud en que se desvanecía poco a poco la luz diurna... Otro tipo de melancolía se añadía, diferen­te y con todo similar, que Gersen percibía en la gente que se movía ale­gre a su lado. Era graciosa y fácil, no herida todavía por la fatiga, el mie­do y el dolor que existían en mundos remotos. Gersen les envidiaba su despego, su despreocupación y habilidad social. Sin embargo, ¿se cam­biaría de lugar por cualquiera de aquellas personas? Difícilmente.

Pallis vino a unirse a él junto a la barandilla. Se había tintado de un delicioso verde oliva suave para estar más hermosa, con una sutil pátina de oro y los cabellos recogidos en un moño bajo un gracioso sombrerito oscuro. Sonrió ante la mirada aprobatoria de Gersen.

Me siento como una rata enana –dijo–. Yo también debería ha­berme cambiado de ropa.

Por favor, no se moleste por eso. Ahora no tiene la menor impor­tancia. ¿Qué haremos?

Tendrá usted que sugerirlo.

Muy bien. Vámonos a Avente y nos sentaremos en la explanada. Yo nunca me canso de ver pasar la gente. Allí decidiremos.

A Gersen le pareció excelente. Subieron al coche deslizante y pusie­ron rumbo al norte. Pallis fue charlando sobre ella misma, su trabajo, sus opiniones, planes y esperanzas. Era, según supo Gersen, una nativa de la Isla Singahl, del planeta Ys. Sus padres fueron gente próspera, propietarios del único almacén refrigerador de la Península de Lantago. Cuando se retiraron a las Islas Palmetto, el hermano mayor se encargó de los negocios y de la familia. El hermano más próximo en edad había querido casarse con ella, ya que tal forma de unión era corriente en Ys y había sido establecida originalmente por un grupo de Racionalistas Re­formados. Tal hermano era un tipo grosero y arrogante, sin otro oficio que conducir el camión del almacén y el proyecto no tuvo para Pallis el menor aliciente...

Al llegar a este punto Pallis vaciló y su candor pareció cambiar de rumbo. Gersen trató de imaginarse lo sucedido, con la dramática con­frontación de ambos hermanos, los reproches y acusaciones que debie­ron de haber ocurrido. Pallis vino después a vivir a Avente por dos años, aunque a veces sentía una gran nostalgia de Ys, viviendo, no obstante, contenta y feliz. Gersen, que nunca había conocido un relato menos so­fisticado de labios de una mujer, estuvo encantado con la charla de la jo­ven.

Llegaron a su destino, aparcaron el deslizador y pasearon a lo largo de la explanada, hasta elegir una mesa frente a uno de los numerosos cafés y se sentaron, observando a la gente. Más allá se extendía el oscuro océano, con el cielo de un gris índigo en el que sólo se advertía una sua­ve pincelada de color naranja; señalaba el paso de Rígel.

La noche era tibia, y gente de todos los mundos del Oikumene pasa­ban frente a ellos. El camarero les trajo sendos vasos de ponche. Gersen comenzó a saborearlo despacio y su tensión se relajó. Ninguno de los dos habló durante un cierto tiempo, hasta que Pallis se volvió súbita­mente hacia él.

Eres tan silencioso, tan reservado... es quizá porque procedes de Más Allá, ¿verdad?

Gersen no tuvo una respuesta rápida. Por fin dejó escapar una sonri­sa desmañada.

Creí que me considerarías fácil y suave, como a los demás de por aquí...

Oh, vamos –protestó la chica–. Nadie se parece a nadie.

Yo no estoy seguro del todo –dijo Gersen– Supongo que es una cuestión de relatividad: es cuestión de lo próximo que uno se halle. In­cluso las bacterias tienen individualidad, si se las examina lo bastante de cerca.

Según eso, yo soy una bacteria...

Bien, y yo soy otra y probablemente te estoy aburriendo.

¡Oh, no! ¡Claro que no! Me estoy divirtiendo.

Y yo también. Demasiado. Es... excitante.

Pallis intuyó el cumplido.

¿Qué quieres decir exactamente?

No puedo permitirme el lujo de dejar rienda suelta a las cuestiones emocionales.... aunque me gustaría hacerlo.

Creo que eres demasiado, sí, demasiado formal.

No lo soy tanto...

Ella hizo un alegre gesto.

Pero admitirás que eres demasiado formal...

Supongo que sí. Pero ten cuidado, no me empujes demasiado lejos...

A toda mujer le encanta pensar de ella misma que es seductora...

Gersen volvió a callar de nuevo, sin responder a las palabras de Pallis. La estudió a través de la mesa que les separaba. Por el momento, ella parecía contenta viendo pasar a los transeúntes. «Qué criatura tan alegre, de tan buen corazón –pensó– sin la menor traza de malicia...»

Pallis volvió su atención hacia él.

Eres realmente un hombre tranquilo –dijo ella–. A toda la gente que conozco le gusta hablar continuamente, sin detenerse un instante y casi siempre tengo que escuchar ese flujo de palabras sin sentido. Estoy segura de que debes conocer cientos de cosas interesantes, y veo que rehusas decirme alguna...

Son probablemente menos interesantes de lo que te crees –res­pondió Gersen.

Sin embargo, me gustaría estar segura. Vamos, háblame de Más Allá. ¿La vida es tan peligrosa como dicen?

A veces sí y otras no. Depende de con quién te encuentres y por qué.

Pero... ¿qué es lo que haces? ¿No eres ni pirata ni tratante de es­clavos?

¿Tengo cara de pirata? ¿O de comerciante de esclavos?

Ya sabes que ignoro el aspecto que tienen ambas clases de perso­nas. Pero siento verdadera curiosidad. Eres... bien ¿un criminal? Eso no es una desgracia. Asuntos y situaciones que se aceptan perfectamen­te en un planeta, son un tabú absoluto en otro. Por ejemplo, le dije una vez a un amigo que toda mi vida había planeado casarme con mi herma­no, el mayor de todos, y se le pusieron los cabellos de punta.. .

Lamento desilusionarte –respondió Gersen– Pero no soy nin­gún criminal. No encajo en ninguna categoría establecida. –Y conside­ró que quizá no resultase ninguna indiscreción decirle a Pallis lo que había hablado con Warweave, Kelle y Detteras–. He venido a Avente por un propósito particular, por supuesto.

Bien, vayamos a cenar –dijo Pallis– y allí me lo contarás todo, mientras comemos.

¿Adónde iremos?

Hay un restaurante excelente, recién inaugurado. Todo el mundo habla de él y todavía no he estado allí. –Se puso en pie, tomó la mano de Gersen con espontánea intimidad y le ayudó a incorporarse. Gersen la tomó en sus brazos y se inclinó para besarla; pero su deseo se desva­neció cuando ella rehusó la caricia con una alegre carcajada–. ¡Vaya, eres más impulsivo de lo que creía!

Gersen hizo una mueca de circunstancias, medio avergonzado.

Bien, ¿dónde está ese hermoso restaurante nuevo?

No está lejos. Iremos a pie. Es bastante caro; pero tengo pensado pagar la mitad de la factura, que conste.

No es necesario –dijo Gersen–. El dinero no es un problema es­pecial para ningún pirata. Si me falta, con robar a cualquiera, asunto arreglado. A ti, quizá...

Creo que la cosa no vale la pena. Vamos.

Pallis le cogió nuevamente la mano y salieron andando hacia el norte a lo largo de la gran explanada, como otra de las mil parejas que pasea­ban en aquella deliciosa noche de Alphanor.

Ella le condujo hacia un enorme quiosco cuya circunferencia exte­rior se hallaba profusamente iluminada y en cuya entrada un anuncio lu­minoso exhibía el nombre de «NAUTIWS», en letras verdes.

Un escalador descendió dejándoles a sesenta metros de profundidad en un vestíbulo octogonal, adornado con paneles de bejuco. Un camare­ro les escoltó a lo largo de una bóveda acristalada sobre el fondo del mar. Cenadores de diversos tamaños se abrían en aquel pasaje, en uno de los cuales tomaron asiento junto a la pared transparente de la cúpula. El mar se hallaba al otro lado, con fanales de luz y balizas que ilumina­ban la arena del fondo, las rocas, el coral y las criaturas del mundo sub­marino.

Y ahora –dijo Pallis inclinándose hacia él– háblame de Más Allá. Y no te preocupes porque pueda asustarme, ya que me gusta de vez en cuando sufrir alguna emoción fuerte. O mejor, háblame de ti mismo.

La casa de Smade en el planeta Smade es un buen sitio para empe­zar –dijo Gersen– ¿Estuviste alguna vez allí?

Por supuesto que no. Pero he oído hablar de ella.

Es un pequeño planeta, apenas habitable en medio del infinito: todo montañas, viento, tormentas y un mar negro como la tinta. El Re­fugio es el único edificio del planeta. A veces está todo ocupado por gente diversa, y otras sólo permanecen el propio Smade y su familia durante semanas sin fin. Cuando llegué, el único huésped era un Rey Estelar.

¿Un Rey Estelar? Yo tenía entendido que se disfrazaban siempre como hombres.

No es cuestión de disfraz. Son hombres. Casi, al menos.

Yo nunca he comprendido nada relativo a los Reyes Estelares. ¿Cómo son, de todos modos?

Gersen hizo una mueca ambigua.

Obtendrás una respuesta distinta, cada vez que preguntes. Hace un millón de años, más o menos, el planeta Lambda Tres de la Grulla, o «Ghnarumen» (tendrás que toser a través de la nariz para conseguir pronunciarlo aproximadamente), se encontraba habitado por una espe­cie de criaturas bastante extrañas y de horrible aspecto. Entre ellas, ha­bía unos pequeños bípedos anfibios desprovistos de medios naturales para sobrevivir, excepto una extremada sensibilidad y capacidad para esconderse en el barro. Deberían de tener el aspecto de pequeños lagar­tos o focas sin pelo... Las especies citadas se enfrentaron con la extin­ción media docena de veces; pero unos cuantos individuos consiguieron sobrevivir y continuar y de algún modo subsistir con los residuos de otras criaturas más salvajes, más astutas, más ágiles, mejores nadadores y brincadores, incluso mejores recolectores de residuos que ellos mis­mos. Los proto Reyes Estelares tenían solamente la ventaja física: auto­conciencia, sentido de la competencia y el frenético deseo de permane­cer vivos, cualquiera que fuese el medio.

Eso recuerda bastante bien a los primitivos protohumanos de la vieja Tierra –comentó Pallis.

Nadie tiene la seguridad –continuó Gersen–. Pero al menos hay una cosa cierta: no son humanos. Lo que saben los Reyes Estelares no lo dicen jamás a nadie. Bien–, tales bípedos diferían de los protohumanos en diversos aspectos: eran biológicamente mucho más flexibles, capaces de transmitir los caracteres adquiridos. En segundo lugar, no son bise­xuales. El cruce de fertilización se produce por medio de esporas emiti­das por la respiración, ya que cada individuo es macho y hembra al pro­pio tiempo, y los jóvenes se desarrollan como una especie de capullo, como los gusanos de seda, en las axilas de los adultos. Quizá la falta de diferenciación sexual haga que los Reyes Estelares estén desprovistos de vanidad física. Su instinto fundamental es vencer, la urgencia de so­brepasar a las demás criaturas, sobrevivir a costa de quién sea y cómo sea. La flexibilidad biológica unida a una rudimentaria inteligencia les proveía de medios para alcanzar sus ambiciones y comenzaron a multi­plicarse en criaturas que pudieron superar a sus competidores, menos dotados de recursos.


»Todo esto son especulaciones, por supuesto, y lo que sigue después en su historia lo es igualmente, aun con una base teórica más débil. Pero imaginemos ahora que cualquier raza capacitada estuviese en condicio­nes de viajar por el espacio y visitar la Tierra. Pudo haber sido el pueblo que dejó ruinas en los planetas del sistema de la estrella Fomalhaut, o los hexadeltas, o quien fuese el que talló el monumento Cliff en Xi, de Pupis Diez.

»Suponemos que tal pueblo, viajero del espacio, llegó a la Tierra hace cien mil años. Supongamos que pudieron capturar a los elementos de alguna tribu de hombres Neanderthal del musteriense y por alguna razón les llevaron a Ghriarumen, mundo de los proto Reyes Estelares. Allí se produce una situación de desafío entre ambas partes. Los hom­bres son más peligrosos entonces, con mucho, frente a los Reyes Estela­res, que sus recién derrotados enemigos. Los hombres son inteligentes, pacientes, hábiles con sus manos, rudos y agresivos. Bajo la presión del entorno circundante, los hombres evolucionan hacia un tipo diferente: se vuelven más ágiles, más rápidos de cuerpo y mente que sus predece­sores de Neanderthal.

»Los proto Reyes Estelares sufren un retroceso; pero conservan su paciencia hereditaria, al propio tiempo que sus armas más importantes: la fuerza competitiva y la flexibilidad biológica. Los hombres han pro­bado ser superiores a ellos; el competir con los hombres les hace adop­tar la semejanza humana.

»La guerra continúa y los Reyes Estelares admiten, muy secreta­mente, que ciertos mitos describen estas guerras.

»Se hace precisa otra presunción. Los viajeros del espacio vuelven hace unos cincuenta mil años y llevan con ellos a los terrestres evolucio­nados hacia la Tierra y entre ellos a algunos Reyes Estelares, ¿quién sabe? Y así es cómo la nueva raza de hombres CroMagnon aparece en Europa.

»En su propio planeta, los Reyes Estelares, son, al fin, más pareci­dos a los humanos que los hombres y prevalecen; los verdaderos hom­bres son destruidos, los Reyes Estelares están en la cúspide del dominio y permanecen hasta hace cinco mil años. Los hombres de la Tierra des­cubren la interfisión. Cuando se aventuran sobre «Ghnarumen» quedan atónitos al encontrar criaturas con la exacta semejanza a ellos mismos: son los Reyes Estelares.

Pero eso parece una deducción demasiado rebuscada –objetó Pallis.

No tanto como la evolución convergente. Es un hecho evidente que los Reyes Estelares existen: una raza no antagónica; pero tampoco amistosa. A los hombres no les es permitido visitar «Ghnarumen», o co­moquiera que se pronuncie esa palabra. Los Reyes Estelares nos dicen solamente lo que cuidan de decir estrictamente y envían observadores, espías, si lo prefieres, a todas partes a través de todo el Oikumene. Es muy posible que haya ahora una docena de Reyes Estelares aquí mis­mo, en Avente.

Pallis hizo una mueca de incertidumbre.

¿Cómo puedes decir de ellos que sean como hombres?

A veces ni incluso un médico puede distinguirlos, tras haberse adaptado y disfrazado como tales. Hay diferencias, por supuesto. No tienen órganos genitales, su región púbica está en blanco. Su sangre, protoplasma y hormonas tienen una composición distinta. Su aliento tiene un olor que les distingue. Pero los espías, sean quienes fueren, es­tán tan alterados que incluso los mismos rayos Equis no los diferencian de los hombres.

¿Y cómo supiste que ese... esa criatura del Refugio de Smade era un Rey Estelar?

Smade me lo dijo.

¿Y cómo lo supo Smade?

Gersen sacudió la cabeza.

No se me ocurrió preguntárselo.

Y continuó sentado, silencioso y preocupado con una nueva noción. Había tres huéspedes en el Refugio Smade: él mismo, Teehalt y el Rey Estelar. De creer a Tristano –¿por qué no?– había llegado en compa­ñía sólo de Dasce y Suthiro. Si la declaración de Dasce merecía crédito, Attel Malagate tenía que ser reconocido como el asesino de Teehalt. Gersen había oído con claridad el grito de Lugo Teehalt, teniendo a Suthiro, Dasce y Tristano al alcance de su vista.

A menos que Malagate no fuese Smade, o que otra espacionave hu­biese llegado subrepticiamente –ambas cosas inverosímiles– Attel Malagate y el Rey Estelar eran la misma persona. Pensando en aquello, Gersen recordó que el Rey Estelar había dejado el comedor con un am­plio margen de tiempo para tener una conferencia en el exterior con Dasce...

Pallis le tocó la mejilla suavemente con los dedos perfumados.

Me estabas hablando del Refugio Smade...

Sí –respondió Gersen–. Así es. –Y la miró. Ella tenía que co­nocer mucho las idas y venidas de Warweave, Kelle y Detteras. Pallis, interpretando mal su mirada fija, enrojeció visiblemente bajo el tono verde pálido de su piel. Gersen sonrió desmañadamente–. Sí, hablaba del Refugio Smade.

Y continuó describiendo lo sucedido en aquella trágica noche.

Pallis continuó escuchándole con creciente interés, hasta el extremo de olvidarse de comer.

Entonces, tú tienes ahora el archivo de Teehalt y la Universidad el descifrador.

Así es. Y una cosa no tiene valor alguno sin el concurso de la otra.

Acabaron la cena y Gersen, que no tenía crédito abierto en Alpha­nor, pagó la factura en metálico. Salieron de nuevo a la superficie.

Bien, ¿y ahora, qué te gustaría?

Me es igual –repuso Pallis–. Volvamos a la explanada a sentar­nos un poco más.


La noche ya había caído sobre Alphanor, una noche oscura y ater­ciopelada, sin luna, como todas las noches del planeta. Las fachadas de todos los edificios que tenían a su espalda resplandecían ligeramente en azul, verde o color rosa, las aceras dejaban escapar una refulgencia pla­teada, la balaustrada emitía una agradable y casi inapreciable irisación ambarina, por todas partes se notaba una suave luz sin sombras, enri­quecida con mudos matices de colores fantasmales. Sobre el cielo de Alphanor las estrellas brillaban como diamantes de luces diversas. Un camarero llevó a la pareja café y licores y se acomodaron agradablemen­te observando a las multitudes que paseaban de un lado a otro.

No me lo has contado todo –dijo Pallis con voz reflexiva.

Por supuesto que no –respondió Gersen–. De hecho... –Y se detuvo asaltado por otra idea. Attel Malagate podría haber errado muy bien la naturaleza de su interés en Pallis, sobre todo si Malagate era un Rey Estelar, sin sexo, incapaz de comprender la relación varón-hembra de la pareja humana–. De hecho, no quiero mezclarte en absoluto en mis problemas, Pallis.

No me siento implicada –dijo ella con un gesto femenino–. Y de ser así ¿qué tiene de particular? Estamos en Avente de Alphanor, una ciudad civilizada en un planeta civilizado.

Gersen dejó escapar una sonrisa sardónica.

Ya te dije que otras personas están muy interesadas en mi planeta. Bien, esos otros son piratas y comerciantes de esclavos, tan depravados como desea tu romántico corazón. ¿Has oído hablar alguna vez de Attel Malagate?

¿Malagate el Funesto? Sí.

Gersen resistió la tentación de decirle a Pallis que no hacía otra cosa que andar a la caza de aquel funesto personaje.

Es casi cierto –dijo Gersen– que cualquier sistema espía nos esté observando. Ahora mismo incluso. A cada instante. Y al otro extremo del circuito posiblemente esté el propio Malagate.

Pallis se movió incómoda, mirando con ojos escrutadores al cielo.

¿Quieres decir que Malagate puede estar observándome? Es algo que me produce escalofríos, Kirth...

Gersen miró a la derecha y después a la izquierda y se quedó miran­do fijamente. A dos mesas de distancia estaba sentado Suthiro, el enve­nenador sarkoy. Gersen sintió una punzada en el estómago. Encontran­do la mirada de Gersen, Suthiro se inclinó cortésmente y sonrió. Se puso en pie y se aproximó a su mesa.

Oh, buenas noches, señor Gersen.

Buenas noches.

¿Puedo quedarme con ustedes?

Preferiría que no.

Suthiro sonrió suavemente y se sentó inclinando su cara de zorra hacia Pallis.

¿Quisiera presentarme a esta señorita?

Ya sabe usted quién es.

Pero ella no me conoce.

Gersen se volvió hacia Pallis.

Aquí puedes ver al Scop Suthiro, Maestro Envenenador de sar­koy. Habías expresado tu interés por un hombre malvado, aquí tienes un ejemplar tan maligno como no hubieras soñado encontrar.

Suthiro sonrió imperturbable.

Ciertos amigos míos me superan en mucho, como yo les supero a ustedes. Espero, por supuesto, que no tengan que tropezarse con ellos. Por ejemplo, con Hildemar Dasce, que presume de paralizar a un perro con sólo mirarlo.

¡Oh, claro que no quisiera encontrarme con él! –repuso Pallis con la voz turbada profundamente.

Pallis miró fascinada a Suthiro.

¿Y usted admite... que es un maligno?

Suthiro repuso sonriendo:

Yo soy un hombre, soy un sarkoy.

He estado describiendo hace un momento nuestro encuentro en el Refugio de Smade a la señorita Atwrode –dijo Gersen–. ¿Quién mató a Lugo Teehalt?

Suthiro pareció sorprendido.

¿Y quién podía ser sino Malagate? Nosotros tres estuvimos senta­dos juntos dentro del Refugio. ¿Es que no resulta claro? ¿Establece eso alguna diferencia? Pudimos hacerlo Tristano o el Bello Dasce. Y a pro­pósito, Tristano está gravemente enfermo. Sufrió un serio accidente y espera verle a usted cuando se recobre.

Puede considerarse muy afortunado –dijo Gersen.

Está avergonzado –dijo Suthiro–. Piensa que es un tipo diestro y hábil, aunque ya le he dicho muchas veces que no lo es tanto como yo. Ahora supongo que estará convencido...

Y hablando de destreza –dijo Gersen–. ¿Puede usted hacer el truco del papel?

Suthiro ladeó la cabeza con gesto de suficiencia.

Pues claro que sí. ¿Dónde lo aprendió usted?

En Kalvaing.

¿Y qué le llevó a Kalvaing?

Tuve que visitar a Coudirou el envenenador.

Suthiro se mordió sus gruesos y rojos labios. Mostraba en aquel mo­mento una piel de tono amarillo y su cabellera marrón aparecía suave y brillante con la ayuda de algún aceite especial.

Bueno, Coudirou es sabio como cualquiera de nosotros... pero por lo que respecta al truco del papel...

Gersen le alargó una servilleta de papel. Suthiro la suspendió entre los dedos pulgar e índice de la mano izquierda y la golpeó ligeramente con la mano derecha. Cayó suavemente sobre la mesa cortada limpia­mente en cinco tiras.

Buen trabajo –opinó Gersen. Y dirigiéndose hacia Pallis–: Las uñas de sus dedos están tan afiladas como navajas de afeitar. Natural­mente no gastaría veneno en el papel; pero cada uno de sus dedos es como la cabeza de una serpiente.

Suthiro pareció satisfecho, como si hubiera recibido el mejor de los cumplidos.

Gersen se volvió hacia él.

¿Dónde está su amigo Dasce?

Oh, no muy lejos de aquí.

¿Con la cara pintada de rojo y todo lo demás?

Suthiro sacudió la cabeza con pena ante el mal gusto de Gersen en materia de tinturas de la piel.

Es un hombre muy capaz y extraño. ¿Ha tratado usted de imagi­narse su rostro?

Cuando me sea posible, le miraré detenidamente.

Usted no es mi amigo y supo darme un buen esquinazo. No obs­tante, le advertiré de una cosa: procure no cruzarse nunca con Hildemar Dasce. Hace veinte años fue estafado de un asunto sin importancia. Se trataba de recoger el dinero de un tipo obstinado. Por casualidad, Hil­demar se encontró en desventaja. Fue tumbado de una paliza fenome­nal y molido literalmente a golpes. Aquel deudor tuvo el mal gusto de rajarle la nariz y arrancarle los párpados. Hildemar escapó por los pelos y ahora se le conoce por el Bello Dasce.

¡Qué cosa tan horrible! –exclamó Pallis.

Exactamente –continuó Suthiro, con voz más desdeñosa–. –Un año más tarde, Hildemar se permitió el lujo de capturar a su hombre. Lo condujo a un lugar privado donde vive actualmente. Y, por supuesto, Hildemar, al recordar el ultraje que le costó las facciones, vuelve a tal lugar privado para mostrarse de nuevo a ese tipo.

Pallis volvió su cara aterrada hacia Gersen.

¿Y esas gentes son amigos tuyos?

No. Nos conocemos por mediación de Lugo Teehalt. –Suthiro se hallaba en aquel instante mirando a la explanada. Gersen preguntó pe­rezosamente–: Usted, Tristano y Dasce juntos, ¿componen un equipo?

Con alguna frecuencia, aunque yo prefiero trabajar por mi cuenta.

Y Lugo Teehalt tuvo la desgracia de equivocarse con usted en Brinktown.

Murió rápidamente. Godogma toma a todos los hombres. ¿Es eso una desgracia?

A nadie le gusta darse prisa con Godogma.

Es cierto. –Suthiro inspeccionó sus fuertes y ágiles manos–. Convenido. En Sarkovy tenemos mil aforismos populares sobre eso –concluyó mirando a Pallis.

¿Quién es Godogma?

El Gran Dios del Destino, que lleva una flor y un mayal y camina sobre ruedas.

Gersen adoptó el aire de una estudiosa concentración mental.

Le haré una pregunta. No tiene por qué contestarla; de hecho, quizá no sepa hacerlo. Pero me tiene confuso: ¿por qué Malagate, un Rey Estelar, tendría que desear tan vehementemente este mundo parti­cular?

Suthiro se encogió de hombros.

Ésa es una cuestión que jamás me ha interesado. Aparentemente ese mundo vale la pena. A mí me pagan bien. Yo mato sólo cuando ten­go que hacerlo o cuando me reporta beneficio; por tanto –y se dirigió con aire patético a Pallis– no soy un hombre tan malvado, ¿verdad? Ahora, volveré a Sarkovy a vivir tranquilamente y a vagabundear por la Gran Estepa de Gorobundur... ¡Ah, amigos, aquello es vida! Cuando pienso en ello, no me explico por qué estoy aquí todavía sentado junto a esta odiosa humedad de mar... –Y miró hacia el océano, poniéndose en pie–. Es algo presuntuoso darle consejos, pero ¿por qué no ser sen­sible alguna vez? Usted no podrá derrotar nunca a Malagate. Por tanto, piense en renunciar a ese archivo.

Gersen permaneció pensativo por un momento.

Yo también le voy a dar un consejo: mate a Hildemar Dasce en el mismo momento en que le vea, o antes si puede.

Suthiro encogió sus peludas cejas un poco confuso.

Hay algún espía observándonos, aunque no lo haya localizado –continuó Gersen–. Su micro estará seguramente grabando nuestra charla. Hasta que usted no me lo dijo, yo no tenía idea de que el Rey Es­telar que había en el refugio Smade fuese Malagate. No creo que sea de conocimiento público.

¡Cállese! –exclamó Suthiro con los ojos chispeando de coraje.

Gersen suavizó el tono de voz.

Hildemar Dasce será designado probablemente para castigarle a usted. Si quiere prevenirse contra Godogma y desea tomar su carroma­to y deambular por la estepa de Gorobundur... ¡Mate a Dasce y váyase!

Suthiro silbó algo incomprensible, alzó sus manos irritado y se volvió de espaldas marchándose y confundiéndose con la multitud.

Pallis pareció relajarse algo y se retrepó en su asiento. Con voz in­cierta dijo a Gersen:

Lo siento, no tengo el espíritu aventurero que yo suponía.

Yo sí que lo lamento de veras –dijo Gersen, sinceramente contri­to–. Nunca debí invitarte a salir conmigo.

No, no se trata de eso. Es que no puedo acostumbrarme a tal ge­nero de conversación aquí en la explanada, en la pacífica Avente. Pero supongo que ahora estoy divirtiéndome. Si no eres un criminal, ¿quién o qué eres tú?

Kirth Gersen.

Tienes que trabajar para la PCI.

No.

Entonces, tienes que estar en el Comité Especial del Instituto.

Soy simplemente Kirth Gersen, un hombre solitario. –Y se puso en pie–. Vamos a pasear un rato.

Se dirigieron hacia el norte de la explanada. A la izquierda estaba el oscuro océano y a la derecha los edificios resplandecientes de varios co­lores suaves, más allá la silueta de Avente, un conjunto de agujas lumi­nosas contra el negro cielo de la noche de Alphanor.

Pallis se cogió entonces del brazo de Gersen.

Dime, Kirth, ¿qué ocurre si Malagate es un Rey Estelar? ¿Qué significa eso?

En esto estaba pensando.

Gersen estaba tratando de recordar la mirada y el aspecto general del Rey Estelar. ¿Sería Warweave? ¿Kelle? ¿Detteras? El tono negro sin lustre de su piel había borrado por completo sus facciones y la gorra estriada le había cubierto los cabellos. Gersen tenía la impresión de que el Rey Estelar debería ser más alto que Kelle, pero no tanto como War­weave. Pero ¿cómo habría podido el negro de la piel camuflar hasta tal extremo las facciones de Detteras?

Pallis le estaba hablando en aquel momento.

¿Matarían realmente a aquel hombre?

Gersen miró a su alrededor para localizar inútilmente al espía.

No lo sé. Tal vez...

Gersen vaciló, pensando si sería decente mezclar a la chica en aquel asunto, aunque fuese de manera indirecta.

¿Qué?

Nada.

Y por miedo a los diminutos micrófonos espías, Gersen no se atrevió a preguntar a Pallis los movimientos de los tres prohombres de la Uni­versidad; así Malagate no tendría razón para sospechar su interés.

Todavía sigo sin comprender en qué forma te afecta todo esto –di­jo Pallis sintiéndose molesta.

Una vez más, Gersen eligió la postura prudente. El espía podría oír, la propia Pallis (¿quién sabía?) podría ser un agente de Malagate, aun­que Gersen lo consideraba inverosímil.

Oh, en nada, excepto en lo abstracto.

Pero cualquiera de esas gentes –y señaló a los transeúntes– pue­de ser uno o varios Reyes Estelares. ¿Cómo podríamos distinguirlos en­tre los hombres? Es imposible. En su propio planeta, y no vuelvo a in­tentar su pronunciación, proceden de varias formas para acercarse a los hombres. Pero esos que viajan por los mundos conocidos como observa­dores, espías, si prefieres, aunque no puedo imaginar qué esperan sa­ber, son facsímiles exactos de verdaderos hombres.

Pallis pareció sentirse repentinamente oprimida. Abrió la boca para decir algo y quedó silenciosa de nuevo, haciendo un amplio gesto con las manos.

Vamos a olvidarnos de esa gente. Son como pesadillas. Harás que vea Reyes Estelares por todas partes. Incluso en la Universidad.. .

¿Sabes lo que me gustaría hacer?

No. ¿Qué? –respondió con sonrisa provocativa.

Primero, sacudirme la vigilancia de cualquier espía, lo que no es gran problema. Y después...

¿Y después?

Irme contigo a un lugar tranquilo, donde pudiéramos estar solos...

Bien, no me importa. Hay un lugar precioso en la costa. Se llama «Las Sirenas» donde, por cierto, nunca he estado. –Y sonrió confundi­da–. Pero he oído a la gente hablar de él.

Gersen la tomó por el brazo.

Primero, quitarnos de encima al espía.

Pallis se dejó abrazar y besar por Gersen con infantil abandono. Mi­rando su alegre rostro, Gersen se preguntó sobre su determinación de evitar implicaciones sentimentales. Si iban a «Las Sirenas» y la noche les unía en íntima correspondencia amorosa ¿qué, entonces? Gersen termi­no por enviar al diablo sus escrúpulos. Ya volvería a enfrentarse con sus problemas cuando finalizaran. El espía invisible, si existía, se confundió y se perdió, y volvieron a la zona de aparcamiento. Allí había una luz muy débil, las redondas formas de los vehículos apenas si destacaban con una suave luz sedosa.

Se sentaron en su vehículo. Gersen vaciló un instante y rodeó el cuerpo de la chica con sus brazos y la besó. Tras él se vislumbró un im­perceptible movimiento. Gersen se volvió a tiempo de mirar la espanto­sa cara pintada de rojo sangre de Hildemar Dasce y sus mejillas redon­deadas de azul. El brazo de Dasce se abatió sobre él y un peso enorme le hizo perder el conocimiento por un instante, como si un trueno hubiese explotado en su cráneo. Vaciló y cayó sobre sus rodillas. Dasce se incli­nó sobre él, y Gersen aún pudo intentar echarse de lado; entonces vio a Suthiro gesticulando como una hiena rabiosa con sus manos en el cuello de Pallis. Dasce golpeó otra vez y todo el mundo se ensombreció en su cerebro. Gersen tuvo tiempo, en una fracción de segundo de amargo re­proche, de comprender lo sucedido, antes de que otro mazazo extin­guiera en él todo rastro de conciencia.






9


Extracto de «Cuando un hombre no es un hombre», de Podd Ham­chinsky, Cosmópolis, junio de 1500.

«Conforme los hombres han viajado de estrella en estrella han ido descubriendo diversas formas de vida, inteligentes y no inteligentes (para repetir el perfectamente arbitrario parámetro antropomórfico). El adjetivo de «humanoides» apenas si puede ser adjudicado a media docena de esas formas de vida. Y de esa media docena, una sola de las especies se parece al hombre realmente: la de los Reyes Estelares de Glinarumen.

»Ya desde nuestro primer asombroso encuentro con tales criaturas, la cuestión ha venido planteándose una y otra vez: ¿Pertenecen a la fa­milia humanoide –es decir, a ese «ser bifurcado, bibraquiado, monoce­fálico y polígamo»– según expresión de Tallier Chantron, o no? La res­puesta, por supuesto, depende de las definiciones.

»Por anticipado, puede darse por sentado un punto esencial: no son el homo sapiens. Pero si lo que quiere significarse es una criatura que pueda hablar el lenguaje humano, entrar en una sastrería, jugar un excelente partido de tenis, vestirse elegantemente o participar en una partida de ajedrez, asistir a las funciones reales de Estocolmo o a las fiestas de los jardines de Strylvania, sin ocasionar el más mínimo ar­queamiento de una ceja aristocrática, entonces tal criatura es un hom­bre.

»Hombre o no hombre, el típico Rey Estelar es un individuo cortés, aunque de mal carácter a veces, sin el menor sentido del honor y extra­vagante. Hágale un favor cualquiera y lo agradecerá; pero injúrielo y se revolverá como una fiera y probablemente le matará (siempre que se encuentren en una situación en que la ley humana no pueda restringir­lo). Si su acción causa una perturbación legal, dejará instantáneamente de lado tal injuria y no moverá un dedo para reclamar nada. Es rudo, pero no cruel y se confunde ante las manifestaciones humanas de sadis­mo, masoquismo, fervor religioso, flagelación o suicidio. Por otra parte, procurará demostrar toda una teoría de hábitos peculiares y actitudes no menos explicables desde nuestro punto de vista y que surgen de su retorcida y misteriosa psique.

»Decir que su origen está en disputa es como recordar que Creso fue un hombre fabulosamente rico. Existen. por lo menos, una docena de teorías para explicar la notable similitud del Rey Estelar y el Hombre; pero ninguna convincente por completo. Si los Reyes Estelares las co­nocen, no admitirán nada en absoluto. Desde que cerraron totalmente el paso a los equipos de investigación arqueológica y antropológica en su planeta, nos resulta imposible verificar o refutar cualquiera de tales teorías.

»Cuando viven en planetas ocupados por humanos, se adaptan a la perfección a los mejores ejemplares de hombres; pero conservando su pauta de conducta, única para la raza. Simplificando, podemos decir que su rasgo dominante es la pasión por lo excelso, el frenético deseo de vencer a cualquier competidor humano en cualquier aspecto. Puesto que el hombre es la criatura dominante en el Oikumene, los Reyes Este­lares lo aceptan como un blanco, como la estrella polar de sus acciones, como un campeón a quien hay que desafiar y vencer a toda costa y por todos los medios y en todos los matices de sus capacidades. Si sus ambi­ciones nos resultan irreales e inútiles (en las cuales con frecuencia tienen éxito), no es menos absurda para ellos nuestra propia conducta sexual, ya que los Reyes Estelares son partenogenéticos, reproduciéndose de tal forma que se sale del alcance de este artículo su descripción adecua­da. No estando afectados en absoluto por la vanidad, ni dándole impor­tancia a la belleza o a la fealdad física, todo su esfuerzo tiende a ganar puntos en la semiamigable contienda con los verdaderos hombres...

»¿Y qué hay de sus logros? Son buenos constructores, atrevidos in­genieros, excelentes técnicos. Son una raza pragmática, no particular­mente apta para las matemáticas o las ciencias especulativas. Resulta di­fícil concebir que hubieran dado al mundo un Jarnell, descubridor del fi­sionador del tiempo. Sus ciudades tienen un aspecto impresionante, sur­giendo de las llanuras del planeta que les dio la vida como un bosque de cristales metálicos. Cada Rey Estelar adulto se construye para sí mismo una torre. Cuanto más ferviente es su ambición y más exaltado su rango, más alta y más espléndida es la torre (lo que parece hacerles gozar sólo como monumento). Tras la muerte de alguno, la torre puede ser tempo­ralmente ocupada por algunos de los más jóvenes individuos, durante la época en que se hallan acumulando suficiente riqueza para construir su propia torre. Respecto a la inspiración como ciudades vistas de lejos, se hallan desprovistas de las más elementales necesidades municipales y los espacios entre las torres, se hallan, a falta de aceras, polvorientos y destrozados. Las factorías y plantas industriales están albergadas en cú­pulas bajas de tipo utilitario y servidas por criaturas de la última escala de la evolución y agresividad de su especie (ya que la raza no es homogé­nea, en absoluto). Es como si cada humano hubiera reunido en su sola persona a los procónsules, pitecántropos, sinántropo gigante, Nean­derthal, magdaleniense, solutrense, Grimaldi y CroMagnon, y todas las razas del Hombre moderno a lo largo de su línea evolutiva.»



A medianoche un grupo de gente joven llegó riendo y cantando al área de aparcamiento. Habían tomado una copiosa cena en «The Halls» y después visitado «Llanfelfair», la posada de la «Estrella Perdida», «Haluce» y el «Casino Plageale». Caminaban literalmente borrachos e intoxicados por la exuberancia de los vinos, humos, percusiones, cantos y otras excitaciones de las casas que habían visitado. El joven que trope­zó con el cuerpo de Gersen cayó al suelo y soltó una maldición.

El grupo se reunió a su alrededor, uno de ellos corrió a su vehículo y presionó el botón de llamada de urgencia y dos minutos más tarde un in­genio de la policía descendió del cielo y, momentos más tarde, llegó una ambulancia.

Gersen fue conducido a un hospital, donde fue tratado por contusio­nes de cierta gravedad y shock. Se le administró radioterapia, masajes y medicamentos estimulantes. Recobró el conocimiento y por unos ins­tantes yació en su cama pensando. Después hizo un esfuerzo para levan­tarse.

Los asistentes internos tuvieron cuidado de volverlo a acostar; pero Gersen adoptó una postura furiosa e irracional.

¡Mis ropas! –rugió–. ¡Denme mis ropas!

Están seguras en el armario, señor. Relájese y siga acostado, por favor. Aquí se halla el oficial de policía, que le tomará declaración.

Gersen dejó hacer, enfermo de preocupación. El investigador de la policía se aproximó, un joven oficial vistiendo el uniforme amarillo ma­rrón y las botas negras de la Comisaría de la Provincia del Mar. Se diri­gió a Gersen educadamente, se sentó y abrió la caja de lentes registrado­ras.

Bien, señor, díganos ahora qué ha ocurrido.

Había salido a pasear con una joven, la señorita Pallis Atwrode, de Remo. Cuando volvíamos al coche, fui golpeado y no sé qué habrá podido ocurrirle a la señorita Atwrode. Lo último que recuerdo es que ella luchaba por desasirse de uno de los hombres que nos atacaron.

¿Cuántos había?

Dos. Les reconocí. Sus nombres son Hildemar Dasce y un tipo co­nocido por Suthiro, un sarkoy. Ambos hombres vienen de Más Allá.

Sí, ya comprendo. La dirección y el nombre de la señorita, por fa­vor.

Pallis Atwrode, apartamentos Merioneth, en Remo.

Comprobaremos inmediatamente que no haya vuelto a casa. Y ahora, señor Gersen, continúe.

Con voz cansada y dificultosa, Gersen le dio una detallada informa­ción del ataque y describió meticulosamente a Dasce y a Suthiro. Mien­tras hablaba, llegó un informe de la Comisaría General: Pallis no había vuelto a su apartamento. Se hallaban bajo vigilancia las carreteras, y las terminales de las líneas aéreas y espaciales. Se había dado cuenta a la PCI.

Y ahora, señor –preguntó el oficial con voz neutra–, ¿puedo preguntarle qué negocios le retienen aquí?

Soy un prospector.

¿Cuál es la naturaleza de su asociación con esos dos individuos?

Ninguna. Les vi una vez, mientras trabajaba en el planeta Smade. Aparentemente me consideran como a un enemigo. Creo que forman parte de la organización de Malagate.

Resulta extraño que cometieran una acción tan desvergonzada. De hecho ¿cómo es que no le mataron?

No lo se.

Y Gersen trató nuevamente de incorporarse. El investigador le ob­servó con su actitud profesional.

¿Qué planes tiene, señor Gersen?

Deseo hallar a Pallis Atwrode.

Es comprensible, señor. Pero será mejor que no se mezcle en esto. La Policía es más efectiva que un hombre solo. Podremos darle noticias muy pronto.

No lo creo –dijo Gersen–. En estos momentos se hallarán en pleno espacio.

El oficial, poniéndose en pie, hizo una tácita admisión de la realidad del caso.

Naturalmente, le tendremos bien informado.

Se inclinó y se marchó al instante.

Gersen se vistió, bajo el constante reproche de un enfermero. Tenía las rodillas débiles y su cabeza flotaba en una especie de dolor generali­zado. En sus oídos aún zumbaba el efecto de las drogas que le habían administrado.

Un elevador le dejó al nivel de una estación de ferrocarril subterrá­neo y mientras se trasladaba rápidamente, sobre la plataforma, trató de coordinar un plan de acción eficaz. Una frase le machacaba repetida­mente el cerebro: «Pobre Pallis, pobre Pallis», como si un insecto le atravesara el cráneo.

Sin ningún plan mejor por el momento, entró en una cápsula exprés y se dirigió a la estación existente bajo la explanada. Salió al exterior; pero en lugar de dirigirse al coche deslizante tomó asiento en un restau­rante y pidió café.

«Ahora estará en pleno espacio –se dijo a sí mismo–. Y es por cul­pa mía, sólo por mi culpa.» Porque tenía que haber previsto tal eventua­lidad. Pallis Atwrode conocía muy bien a Warweave, Kelle y Detteras, les veía a diario y escuchaba cualquier habladuría que les concerniese a cada instante. Malagate el Rey Estelar, Malagate el Funesto era uno de los tres hombres, y Pallis, evidentemente tenía el conocimiento que jun­to a las indiscreciones de Suthiro hacían que el incógnito de Malagate resultase inseguro. De aquí que ella tuviese que ser puesta fuera de cir­culación. ¿Asesinada? ¿Vendida como esclava? ¿Tomada por el crimi­nal Dasce para su uso personal? Era horrible... pobre Pallis, pobre Pa­llis...

Gersen miró al océano. Un leve tinte lavanda se formaba sobre el horizonte, presagiando la inminente aurora de un nuevo día. Las estre­llas iban desapareciendo poco a poco.

«Tengo que enfrentarme con todo esto –seguía reflexionando Ger­sen–, y es mi culpa, sólo mía... Si le hubiese ocurrido algo... pero no. Mataré a Hildemar Dasce de cualquier forma.»

Suthiro, traidor y repulsivo criminal con cara de zorra, ya podía con­siderarse muerto. Pero allí estaba Malagate, el cerebro coordinador de todo lo sucedido. Como Rey Estelar, parecía en cierta forma menos odioso, era una bestia horrible que podía ser destruida sin ninguna emo­ción.

Destilando odio, dolor y culpabilidad, Gersen se dirigió hacia el aparcamiento, ya vacío, para recoger su coche. Allí era donde Dasce había estado sentado. Y donde le habían dejado inconsciente... al igual que un estúpido desprevenido. ¡Cómo se avergonzaría el espíritu de su abuelo!

Arrancó el coche y volvió a su hotel. No encontró mensaje alguno.

La aurora se extendió por Avente. Rígel expandía su brillante luz matutina desde las colinas Catilina a través de un gran banco de nubes. Gersen puso el despertador y tomó un par de píldoras soporíferas, para descansar un par de horas y se metió en la cama.

Se levantó deprimido y más desmoralizado que antes. El tiempo ha­bía pasado y nadie tendría noticias de la pobre Pallis... Ordenó que le subieran café y no quiso comer nada. Consideró la acción a seguir. ¿La PCI? Se vería forzado a relatarlo todo. ¿Podría actuar la PCI eficiente­mente, suministrándole toda la información. Podría decir que conside­raba a uno de los administradores de la Provincia del Mar como a uno de los llamados Príncipes Demonio. ¿Y qué? La PCI, una fuerza selecta de policía, con todos los vicios y virtudes propias de semejante organiza­ción policíaca, sería o no digna de confianza. Los Reyes Estelares esta­rían infiltrados en ella, en cuyo caso Malagate sería inmediatamente ad­vertido. ¿Y cómo, por otra parte, ayudaría tal información a rescatar a Pallis? Hildemar Dasce era el secuestrador; Gersen ya lo había declara­do y ninguna otra información podía ser más explícita.

Existía otra posibilidad: el cambio entre el mundo de Teehalt por Pallis Atwrode, que Gersen hubiera aceptado de mil amores... Pero ¿con quién tratar? Aún no estaba en condiciones de identificar a Mala­gate. La PCI debía tener medios, sin duda alguna, para descubrirlo. Pero entonces el cambio sería imposible. Habría una ejecución por par­te de la PCI, sin que apenas se notara, aunque habitualmente la PCI ac­tuaba a solicitud de alguna agencia gubernamental autorizada. Pero mientras tanto, ¿qué sería de la pobre Pallis Atwrode? Estaría perdida irremisiblemente... una pequeña y bella chispa de luz y de vida que se extinguiría y sería olvidada.

Pero si Gersen reconociese a Malagate sus posibilidades resultaban inmensas. Podría efectuar su oferta con seguridad. La lógica de la situa­ción empujaba a Gersen a proceder como antes. Pero ¡con qué lentitud! Pensando en la desventurada Pallis.... No obstante, Hildemar Dasce se había marchado a Más Allá y ningún esfuerzo de Gersen o de la PCI val­dría contra la dura realidad. Sólo Attel Malagate tenía el poder de orde­nar su retorno. Si es que Pallis vivía todavía...

La situación no había cambiado. Como antes, su primer paso ur­gente era identificar a Malagate y después tratar con él, de grado o por fuerza.

Con el curso de su acción más claro en su mente, la moral de Gersen aumentó. Su resolución y su antiguo espíritu de dedicación le dieron nueva fuerza y resolución. Nadie ni nada podría suministrarle una emo­ción tan intensa...

Se acercaba la hora de la cita con Detteras, Warweave y Kelle. Se vistió, descendió al garaje, tomó el coche, que sacó a la avenida, y puso proa hacia el sur. Llegó a la Universidad, aparcó, cruzó el patio hacia el Colegio de Morfología Galáctica y se encaminó a la recepción, lleno de falsas esperanzas y una particular excitación.

Una nueva joven atendía al público.

¿Dónde está la señorita Atwrode esta mañana? –preguntó cor­tésmente.

No lo sé, señor. No ha llegado. Quizá no se encuentre bien.

«Sí, seguramente», pensó Gersen. Mencionó la cita que tenía y se di­rigió hacia la oficina de Rundle Detteras.

Warweave y Kelle estaban ante él. Sin duda, los tres habían buscado un común acuerdo, una sola decisión. Gersen miró un rostro y después el otro, desde Detteras hasta Warweave. Una de aquellas criaturas no era humana, más que en apariencia. En el Refugio Smade le había mira­do de soslayo y trató de recordar de algún modo quién pudiera ser. No llegaba a su mente ninguna imagen. Una piel tintada de negro y un traje exótico constituían un disfraz más allá de su penetración. Fue exami­nándolos a todos con disimulo. ¿Cuál sería? Warweave, aquilino, de mi­rada fría y arrogante. Kelle, preciso, sin humor y austero. Detteras, cuya genialidad parecía ahora falsa y forzada...

Le fue imposible decidir. Se esforzó en permanecer en una situación de estudiosa cortesía e intentó su primer ataque.

Simplifiquemos todo este asunto, señores –dijo–. Les pagaré a ustedes, o sea, al Colegio, cuando descifren la cinta. Supongo que el Co­legio se conformaría con un millar de UCL. En todo caso, ésa es la ofer­ta que puedo hacerles.

Sus adversarios, cada uno a su estilo, se mostraron sorprendidos. Warweave levantó las cejas, Kelle le miró fijamente y Detteras exhibió una media sonrisa de estupor mal reprimido. Por fin, Warweave dijo:

Pero tenemos entendido que usted tenía el propósito de vender, por ser su primordial interés en esta cuestión.

No hablo de vender –dijo Gersen–. Sin embargo, no me impor­taría, si ustedes me ofrecen lo suficiente.

Kelle refunfuñó algo y Detteras movió su fea cabeza.

¿Y cuánto es suficiente?

Un millón de UCL, quizá dos o tres, si ustedes llegan a esa altura.

No se paga a ningún prospector semejante minuta –dijo Warwea­ve, con sequedad.

¿Se ha establecido ya quién de ustedes apoyó la exploración de Teehalt?

¿Qué importa eso? –respondió Warweave–. Su interés por el di­nero es evidente. –Y miró a sus colegas–. Cualquiera que haya sido no quiere descubrirse. De todos modos sepa que la situación continúa sien­do la misma.

Es algo que no tiene importancia –intervino Detteras–. Vamos, señor Gersen, hemos decidido hacerle una oferta sustanciosa... cierta­mente no tan espectacular como la que ha planteado.

¿Cuánto?

Unos cinco mil UCL.

Ridículo. Se trata de un mundo excepcional.

Usted no lo conoce –señaló Warweave–. No estuvo allí, o así nos lo dijo.

Ni ninguno de nosotros –dijo Kelle secamente–. Nadie lo co­noce.

Ustedes ya vieron las fotografías –replicó Gersen.

Exactamente –respondió Kelle–. No hemos visto nada más. Las fotografías pueden trucarse. Estoy en contra de pagar nada sólo a la vis­ta de las fotografías.

Es comprensible –respondió Gersen–. Pero por mi parte, no tengo intención de hacer nada sin una garantía. No olvide que he sufrido una gran pérdida y ésta es mi oportunidad de resarcirme.

¡Sea razonable! –urgió Detteras de mal talante–. Sin el decodifi­cador el archivo no sirve para nada.

No del todo. Con el análisis Fourier puedo descifrar el contenido.

En teoría. Es un proceso costoso.

No tanto como dar el archivo para nada.

Y la discusión continuó durante una hora con Gersen cada vez más impaciente. Se acordó depositar 100.000 UCL como garantía de la ope­ración y precio de la venta una vez consideradas las características del mundo en cuestión.

Concretada la operación, se llamó a la Oficina de Acciones y Con­tratos de Avente y los cuatro hombres se identificaron. El contrato se redactó legalmente. Una segunda llamada al Banco General de Alpha­nor estableció el aval.

Los tres administradores se retreparon en sus asientos inspeccionando a Gersen quien, a su vez, escrutaba a cada uno con la mayor aten­ción.

Iré –dijo Warweave– Tendré un verdadero interés en ir perso­nalmente.

Yo estaba a punto de ofrecerme voluntario también –insinuó Detteras.

En tal caso –dijo Kelle–, yo podría acompañarles en el viaje. Ya estoy demasiado comprometido para cambiar de idea.

Gersen sintió una profunda frustración. Había esperado que Mala­gate –quienquiera que fuese de los tres–, se hubiera ofrecido espontá­neamente de una forma que le hubiera desenmascarado. Gersen se en­frentó a la idea de establecer un nuevo conjunto de condiciones: la vida de Pallis a cambio del archivo; ¿acaso el mundo iba a ser para él? Su úni­co objetivo era la identidad de Attel Malagate y después su vida.

Pero entonces todos sus planes habían caído por la borda. Si los tres iban al planeta de Teehalt, la identificación de Malagate tendría que de­pender de nuevas circunstancias. Y mientras, la suerte de la pobre Pallis tendría que aguardar. Gersen protestó.

Mi navío espacial es pequeño para los cuatro. Es mejor que sólo uno de ustedes venga conmigo.

Eso no plantea ninguna dificultad –apuntó Detteras–. La nave del Departamento servirá perfectamente, tiene suficiente espacio para todos.

Otra cosa todavía –añadió Gersen–. Tengo urgentísimos nego­cios que resolver en un inmediato futuro. Lamento molestarles; pero in­sisto en que tenemos que partir hoy mismo.

Se produjo una vigorosa y general protesta. Los tres manifestaron hallarse ligados a citas, compromisos y asistencia a diversos comités y conferencias.

Gersen mostró abiertamente su temperamento.

Caballeros, ya han gastado bastante tiempo, yo he perdido dema­siado del mío y debo conminarles a salir hoy o llevar el archivo a otra parte o destruirlo definitivamente. Es mi última palabra.

Observó con atención los rostros de sus tres posibles enemigos, con­fiando que Malagate pudiera revelarse de algún modo. Warweave le miró, Kelle le examinó como si se tratase de un chiquillo insubordinado y Detteras sacudió la cabeza malhumorado. Se produjo un momento de silencio. ¿Quién sería el primero en estar de acuerdo, a pesar de su re­luctancia en hacerlo?

Considero que está usted adoptando una posición de lo más incon­veniente, señor Gersen –dijo, al fin, Warweave con voz fría.

Esto es absurdo –añadió Detteras–. No puedo dejar todos mis asuntos pendientes en cinco minutos.

Uno de ustedes debería hallarse en condiciones de venir inmedia­tamente –dijo Gersen esperanzado– Podemos hacer una inspección preliminar, suficiente para que pueda cobrar mi dinero y continuar mis negocios.

Hummm –farfulló Detteras.

Supongo que yo podría salir ahora mismo –dijo Kelle lenta­mente.

Warweave asintió con la cabeza.

Mis compromisos, aunque son considerables, pueden también quedar pospuestos.

Detteras hizo un vago gesto con la mano, se volvió a la telepantalla y llamó a su secretaria:

Cancele todos mis compromisos. Asuntos urgentes me llevan fue­ra de la ciudad.

¿Por cuánto tiempo, señor?

Indefinidamente.

Gersen no cesaba en su escrutadora inspección de los tres hom­bres. Detteras se mostraba muy irritado. Kelle consideraba el viaje con una excitación inesperada, mientras que Warweave mantenía un frío despego.

Gersen se dirigió finalmente a la puerta de salida.

Nos encontraremos en el espaciopuerto, ¿convenido? A... diga­mos, las siete en punto. Llevaré el archivo y uno de ustedes el decodifi­cador.

Los tres asintieron con un gesto y Gersen se marchó.

Volviendo a Avente, Gersen sopesó el futuro. ¿Frente a qué desa­fíos tendría que encararse con aquellos tres hombres, uno de los cuales era Malagate? Sería suicida no prepararse a conciencia: formaba parte del entrenamiento recibido de su abuelo, un hombre metódico, que se había esforzado en disciplinar la innata tendencia de Gersen a improvi­sar sobre la marcha.

En el hotel, examinó sus cosas, seleccionó algunas, lo empaquetó todo y volvió a revisarlo. Tras tomar todas las precauciones posibles, a fin de evitar la presencia próxima o lejana de algún microespía, se diri­gió a la sucursal de la Distribuidora de Servicios Públicos, otra de las monstruosas compañías de utilidad semipública con agencias en todo el Oikumene. En una cabina eligió y consultó entre docenas de catálogos de objetos a escoger entre un millón, fabricados por miles de fabricantes.

Una vez hecha la elección, pulsó los botones necesarios y se dirigió ha­cia la caja.

Hubo una espera de tres minutos, mientras que las enormes maqui­narias seleccionaban y transportaban los artículos adquiridos, hasta aparecer empaquetados en una correa sin fin. Los examinó pago su im­porte y tomó el ferrocarril subterráneo hacia el espaciopuerto. Preguntó dónde estaba el navío espacial de la Universidad a un empleado, que le llevó a una terraza y lo señaló con la mano. Era una gran espacionave, pesada y de gran capacidad. El empleado quiso ser más explícito:

Mire, señor, ¿ve usted aquella nave ligera en rojo y amarillo? Bien, cuente tres a partir de ella. Primero está el CD dieciséis, después la vieja Parábola, y la tercera es la espacionave en verde y azul de la Universidad, con la gran cúpula de observación.

Sale hoy al espacio, ¿eh?

Sí. Alas siete. ¿Cómo lo sabía?

Un miembro de la tripulación está ya a bordo. Yo mismo le acom­pañé.

Bien, gracias.

Gersen caminó a través de la gran explanada del espaciopuerto. Al llegar a la línea de las astronaves, inspeccionó atentamente la de la Uni­versidad. Se distinguía ostensiblemente de las demás por la pintura, los colores exteriores y el emblema en el morro. Trató de hurgar en su men­te dónde la había visto antes. ¿Dónde? Sí, en el planeta Smade, en el es­paciopuerto situado entre las montañas cerca del Refugio. Era la nave que había usado el Rey Estelar.

La sombra de un hombre pasó a través de una de las claraboyas de observación. Cuando desapareció de su vista, Gersen cruzó el espacio existente entre las dos naves. Con precaución, intentó entrar por la es­cotilla de acceso. Estaba entreabierta. Entró en el espacio de transición y curioseó a través del panel del salón principal de la nave. Suthiro el sarkoy maniobraba con algo que parecía estar adherido a una vitrina.

En el interior de Gersen se desató una feroz alegría, la peculiar exci­tación de un odio incontenible que llegó a trastornarle completamente por unos instantes. Intentó pasar al interior; pero la puerta estaba cerra­da por dentro. Había, no obstante, otra de emergencia para abrir el ac­ceso en el caso de diferencias de presión entre la cabina y la atmósfera exterior. Gersen tocó el botón de emergencia. Se oyó un suave chasqui­do. Dentro de la nave estaba todo en el mayor silencio. No atreviéndose a mirar de nuevo por el panel, Gersen pegó el oído contra la divisoria metálica. Inútil, ningún sonido traspasaba la estructura de metal. Espe­ró un minuto y después se volvió para mirar dentro de la cabina una vez más.

Suthiro no había oído nada anormal. Se había desplazado hacia un extremo de la cabina, de espaldas a Gersen, y se hallaba ajustando el asiento flexible de un diván sobre el chasis del mueble. Gersen se desli­zó sin ruido en el interior de la cabina, apuntando con su proyector el cuerpo del temible envenenador sarkoy.

Scop Suthiro –dijo–, es un placer que no me esperaba.

Los ojos de perro de Suthiro se abrieron atónitos, parpadeando de sorpresa.

Estaba esperando que viniese.

Vaya, ¿y puede saberse para qué?

Deseaba continuar la discusión de la noche anterior.

Estábamos hablando de Godogma, el paseante de largas piernas, que lleva ruedas en los pies. Es cosa hecha, ya que ha pasado sobre el sendero de tu vida y nunca volverás a vagar con tu carromato por las es­tepas de Gorobundur.

Suthiro se quedó mirando fijamente a Gersen, estirado y receloso.

¿Qué le ha ocurrido a la chica? –preguntó Gersen controlando la voz.

Suthiro reflexionó y trató de dar la respuesta más inocente.

Se la llevó Hildemar Dasce.

Sí, claro, con tu complicidad. ¿Y dónde se encuentra ahora?

Suthiro se encogió de hombros.

Hildemar había ordenado matarla. Vaya, no sé por qué... Me dijo muy poca cosa. Dasce no la matará. No, hasta que sepa lo que quiere sa­ber y haga de ella un total uso a su capricho. Es un khet.

Suthiro dejó escapar tal epíteto, una metáfora que ligaba a Dasce con la fecunda y obscena mentalidad de un sarkoy.

¿Ha salido de Alphanor?

Oh, sí –respondió Suthiro ante la ingenuidad de Gersen–. Pro­bablemente habrá ido a su pequeño planeta.

Suthiro hizo un gesto de malestar que le aproximó algunas pulgadas a Gersen.

¿Dónde está ese planeta?

¡Ja! ¿Supone usted que me lo iba a decir a mí? ¿O a cualquier otro?

En tal caso... pero necesito obligarte a quedarte atrás.

¡Puaf! –murmuró Suthiro con una infantil sonrisa de petulan­cia–. Puedo envenenarle a usted en el momento que desee.

Gersen dejó correr una débil sonrisa a través de sus labios.

Yo ya te he envenenado a ti.

Suthiro levantó las cejas.

¿Cuándo? Usted nunca se aproximó a mí.

Sí. La pasada noche. Te toqué cuando manejabas el papel. Mira el dorso de tu mano derecha.

Suthiro miró fijamente con horror la señal roja.

¡Cluze!

Sí, con cluze –respondió Gersen lentamente.

Pero... ¿por qué tuvo que hacerme esto a mí?

Te merecías un final así.

Suthiro se abalanzó sobre él como un leopardo furioso. El proyector desintegrante de Gersen dejó escapar una descarga de energía blanco­azulada. Suthiro cayó fulminado contra la cubierta, todavía mirando fi­jamente a Gersen.

Mejor... plasma que el cluze –susurró con voz ronca.

Morirás por el cluze.

No, mientras lleve conmigo mis venenos –respondió Suthiro.

Godogma te llama. Ahora tienes que decir la verdad. ¿Odias a Hildemar Dasce?

Claro que le odio –respondió Suthiro como si no existiese en el mundo nadie capaz de otra cosa.

Mataré a Dasce.

Mucha gente quiere hacerlo también.

¿Dónde está el planeta?

En Más Allá. No sé nada más.

¿Cuándo volverás a verle?

Nunca. Estoy muriéndome. Dasce está ligado a un infierno mucho más profundo que el mío.

¿Y si vivieras?

Jamás. Volvería a Sarkovy.

¿Quién conoce el planeta?

Malagate... quizá.

¿No hay nadie más? ¿Tristano?

No. Dasce habla poco. Ese mundo no tiene aire. –Y Suthiro comenzó a recogerse sobre sí mismo– La piel ya me está hormi­gueando...

Escucha, Suthiro. Tú odias a Dasce, ¿verdad? Y también me odias a mí porque te he envenenado. ¡Piensa! ¡Tú, un sarkoy, envene­nado por mí y con tanta facilidad!

Sí, te odio –murmuró Suthiro.

Dime, pues, la forma de encontrar a Dasce. Uno de los dos tiene que matar al otro sin remedio. La muerte es tu oficio.

Suthiro meneó su peluda cabeza con desolación.

Pero... no puedo decir lo que no sé.

¿Qué es lo que ha dicho de ese mundo? ¿Habló de él?

No sé... Dasce es un cochino fanfarrón. Su mundo es duro y temi­ble. Sólo un hombre como él pudo haberlo dominado. Vive en el cráter de un volcán apagado...

¿Y qué estrella le da luz?

Suthiro se miró la mano con curiosidad.

Es un mundo oscuro. Sí. Tiene que ser un sol rojo. Preguntaron a Dasce sobre su superficie y cómo era... en una taberna. ¿Por qué se pin­taba siempre de rojo? Para igualarse al sol –dijo Dasce.

Una estrella enana roja –susurró Gersen.

Así debe de ser...

¡Piensa! ¿Qué más? ¿En qué dirección? ¿En qué constelación? ¿En qué sector galáctico?

No dijo nada. Ahora... ya no tiene interés para mí. Pienso sólo en mi Dios, en Godogma. Vete, para que pueda acabar de matarme decen­temente.

Gersen miró a aquel monstruo acurrucado en el suelo sin ninguna emoción.

¿Qué estabas haciendo aquí en la nave?

Suthiro se miró la mano con curiosidad y después se la frotó con el pecho.

Siento cómo se mueve. –Y miró a Gersen–. Bien, pues, ya que quieres ver mi muerte, observa. –Se llevó las manos al cuello con los nudillos convulsos. Los ojos marrones del envenenador le miraban fija­mente–. Dentro de treinta segundos habré terminado.

¿Quién más pudo saber algo del planeta de Dasce? ¿Tenía ami­gos?

¿Amigos?

Y Suthiro, incluso en sus últimos instantes de vida, parecía burlarse.

¿Dónde se hospeda en Avente?

Al norte de Sailmaker Beach. En una vieja cabaña, en Mellnoy Heights.

¿Quién es Malagate? ¿Cuál es su nombre?

Suthiro susurró con voz apagada.

Un Rey Estelar no tiene nombre.

¿Qué nombre ha usado en Alphanor? ¡Vamos, pronto!

Los gruesos labios de Suthiro se abrieron y cerraron lentamente. Las palabras silbaban en su pálida garganta.

Me has matado. Dasce fracasará, que Malagate te mate a ti.

Los párpados se le cerraron poco a poco, sufrió violentos espasmos y su cuerpo se extendió yerto, sin vida.

Gersen miró el cuerpo muerto del sarkoy. Paseó a su alrededor estu­diándolo detenidamente. El sarkoy había sido traidor y vengativo. Con el pie intentó darle la vuelta. Rápido como una serpiente el brazo des­cribió un arco en el espacio con sus uñas envenenadas dispuestas a ma­tar. Gersen se hizo atrás instantáneamente, disparándole una segunda carga. Esta vez el sarkoy murió.

Gersen registró el cadáver. En el bolsillo le encontró una cantidad de dinero que se guardó en el suyo. Había, además, un verdadero arse­nal de venenos mortales, que Gersen examinó; pero siéndole desconoci­da la nomenclatura usada por Suthiro, lo descartó a un lado. Llevaba un dispositivo no más grande que un dedo pulgar, diseñado para disparar agujas envenenadas con venenos o virus con aire comprimido. Así, un hombre podría ser infectado fácilmente desde una distancia de cincuen­ta pies, sin sentir más que un leve pinchazo. Suthiro disponía también de un proyector como el suyo, tres estiletes, un paquete de comprimidos y otro de caramelos en forma de rombo, todos ellos mortales de necesi­dad sin duda alguna.

Depositó las armas en el bolsillo de Suthiro y lo arrastró hacia la compuerta eyectora de la espacionave, que engulló el cuerpo, volviendo a cerrarse automática y herméticamente. Una vez en el espacio, bastaría presionar un botón y el cuerpo de Suthiro el sarkoy desaparecería en la eternidad.

Después se dirigió a inspeccionar lo que el envenenador, momentos antes de morir, había estado manipulando junto a una vitrina. Bajo ella encontró una palanca que controlaba un juego de cables que conducían a un relé escondido, que a su vez activaba las válvulas de cuatro pequeños depósitos de gas en diversos lugares secretos de la cabina. ¿Un gas letal o un anestésico? Gersen despegó uno de los depósitos y halló una etiqueta escrita con la letra del sarkoy y que decía: «Narcoléptico ins­tantáneo Tironvirastaro», «Inductor inodoro de sueño profundo con mínimo remanente residual». Parecía que Malagate, no menos metódi­co que Gersen, estaba tomando sus propias precauciones.

Gersen cogió los cuatro depósitos, se dirigió a su escotilla, vació su contenido y volvió a colocarlos en sus lugares correspondientes. Dejó la palanquita en su lugar, pero con su función cambiada.

Terminado aquello, Gersen sacó su propio dispositivo: un reloj que había comprado en los almacenes de Avente, y una bomba del arma­mento preparado. Tras un momento de reflexión, montó la bomba de relojería y la aseguró en el hueco de los reactores de la nave, donde pu­diera hacer el máximo daño en caso de necesidad. Miró su reloj: la una de la tarde. El tiempo apremiaba. Todavía tenía muchas cosas que ha­cer. Salió de la espacionave y volvió a la terminal donde tomó el tren subterráneo para la Playa de Sailmaker Beach.

Cerca de la estación, Gersen alquiló un escúter volador giroscópica­mente equilibrado, de cabina transparente. Con sus dos UCL deposita­dos en la ranura el aparato le prestaría servicio por dos horas. Saltando a bordo se dirigió hacia el norte a través de las ruidosas calles de Sailma­ker Beach.

El distrito residencial tenía un aspecto característico y único. Aven­te, una ciudad cosmopolita y agradable, era casi indistinguible de cin­cuenta ciudades distintas del Oikumene. Sailmaker Beach parecía un caso único en el universo conocido. Sus edificios eran de baja construc­ción, rodeados de muros espesos, construidos en su mayor parte de ce­mento prensado, pintados de blanco o colores claros desvaídos, que en la ardiente luz de Rígel resultaban detonantes, ya que incluso los colo­res pastel parecían intensos. Por alguna razón el lavanda y el azul páli­do, mezclados con el blanco, eran los tintes más corrientes para los edi­ficios. El distrito se hallaba habitado por individuos de nacionalidades distintas al mundo de Alphanor, formando cada una un enclave espe­cial, con sus comercios, restaurantes y diversiones. Aunque separados por el origen, hábitos y fisonomía, los habitantes del distrito eran uni­formemente volubles, sospechosos y extraños, desdeñosos de los foras­teros y de cada grupo. Se ganaban la vida con el turismo, o trabajando en labores domésticas, o con pequeños negocios: animadores de lugares nocturnos de diversión, músicos y otras actividades en las innumerables tabernas, salas de fiestas, burdeles y restaurantes.

Al norte, se hallaba en una altura Melnoy Heights, donde la arqui­tectura cambiaba en edificios altos y estrechos, como una prolongación del gótico, cada uno pareciendo surgir de los muros del otro. Allí era donde Hildemar Dasce tenía su alojamiento. Tan metódico, como apre­surado, Gersen comenzó a buscar la información precisa para localizar su residencia.

En la lista del videófono no se hallaba el nombre de Hildemar Dasce, ni tampoco esperó Gersen encontrarlo. Dasce debía conservar en el ma­yor secreto su refugio particular, y pasaría lo más inadvertido posible.

Gersen comenzó a buscar por las tabernas, describiendo a Hildemar como un hombre alto, con la nariz partida, la piel roja y las mejillas azu­les. Pronto encontró a gentes que reconocieron al bandido interplaneta­rio; pero no fue sino al visitar la cuarta taberna, cuando pudo al fin ha­blar con alguien que le conocía por haber hablado con él.

Ah, sí, tiene que referirse al Bello Dasce –dijo el dependiente de la taberna, un tipo de piel de color naranja, con el cabello rizado en bucles. Gersen miró fascinado la cadena tallada de turquesas que iba desde una aleta de la nariz hasta el lóbulo de su oreja izquierda–. Sí –continuó el tipo–, suele venir por aquí a beber algo. Es un hombre del espacio, según afirma, aunque yo no esté muy seguro, señor. Se ha declarado frecuentemente como un gran Don Juan con las mujeres. To­dos nosotros mentimos tanto como podemos a veces. ¿Qué es la ver­dad? preguntó Poncio Pilatos en la leyenda y yo respondo: Una comodi­dad tan barata como el aire, que escondemos como una piedra preciosa.

El dependiente parecía dispuesto a seguir filosofando, pero Gersen, impaciente, cortó en seco sus disquisiciones.

¿Dónde está la casa del Bello Dasce, si me hace el favor?

Allá arriba en la colina, hacia la parte de atrás –respondió el hombre con un vago gesto de la mano–. No puedo decirle nada más, porque no conozco tampoco nada más.

Gersen condujo su escúter por las callejuelas de la colina hacia el si­tio indicado de Melnoy Heights. Hizo más preguntas en otras tabernas, a gentes que transitaban por la calle, y finalmente consiguió localizar la casa buscada. Siguiendo por un pequeño camino sin pavimentar, que se apartaba del área de los apartamentos de gran tamaño, Gersen dio la vuelta a una ladera rocosa de la colina, donde grupos de chiquillos salta­ban como cabras salvajes. Al final del camino encontró una casa de cam­po aislada y rectangular, sólida y funcional. Tenía una gran vista sobre el mar, sobre Sailmaker Beach y la explanada de Avente sur, y también, aunque menos visible, las torres de Remo.

Gersen se aproximó a la casita de campo con cuidado, aunque se presentía la indefinible sensación de hallarse vacía. Anduvo fisgando un poco a través de las ventanas, sin detectar nada de interés. Tras una rá­pida mirada a derecha e izquierda, abrió de un golpe una de las ventanas y cuidadosamente, previendo que Hildemar tuviese alguna trampa dis­puesta, saltó al interior.

La casa era fuerte. Se intuía la influencia de Hildemar y se apreciaba en la atmósfera un olor acre y una sutil impresión de pomposidad, fanfa­rronería, rudeza y fuerza. Tenía cuatro habitaciones, destinadas a las funciones corrientes de una casa de tal tipo. Gersen realizó una rápida inspección por todo el interior, y después concentró su atención en la sala de estar. El techo estaba pintado de amarillo pálido y el suelo cu­bierto con una alfombra de fibra amarillo verdosa, y las paredes forma­das por paneles de madera de diversos colores a tono con los restantes. En un extremo, Dasce tenía instalada una mesa de despacho y una pesa­da silla de madera tallada caprichosamente. La pared próxima a la mesa estaba sembrada de fotografías. Era Hildemar Dasce en todas las poses y en las más variadas épocas y situaciones.

Allí se advertía una con Dasce en primer plano, de tal forma que se distinguían hasta los poros de su piel, el rajado cartílago de la nariz y sus ojos sin párpados. En otra se le veía con el traje de luchador de la llama de Bernal, fantástico atuendo con placas barnizadas, cuernos y capirote, como un fantástico ciervo volante. En otra fotografía aparecía Dasce en un palanquín de bejucos amarillos, cubierto con seda de nísperos y lle­vado a hombros por seis doncellas de cabellos negros. En el ángulo se observaba una colección de fotografías de un hombre que no era Hilde­mar. Aparentemente debían de haber sido tomadas en diversas épocas de su vida y mucho tiempo atrás. La primera mostraba el rostro de un hombre de unos treinta años, de constitución fuerte, confiado, con cara de bulldog, sereno y casi con aire complaciente. La cara había cambiado alarmantemente en la segunda de las fotos de la serie. Las mejillas esta­ban hundidas, los ojos brillaban desde sus cuencas y las sienes mostra­ban su nervadura en un revoltijo. En cada una de las siguientes el rostro aparecía más y más macilento. Gersen se fijó en un paquete de libros de una pornografía de naturaleza obscena e infantil, otros de manuales de armas, un índice de los venenos sarkoy, una última edición del Manual de los planetas, un índice de la biblioteca de microlibros de Dasce y una Agenda Estelar.

La mesa era extremadamente hermosa. Fabricada de madera pre­ciosa, se hallaba tallada a los lados con animales fantásticos y serpientes aladas en una jungla. La superficie era una exquisita plancha pulimenta­da formada por ópalos. Gersen rebuscó los cajones. Estaban faltos de cualquier información precisa, de hecho, completamente vacíos. Ger­sen sintió que una fría desesperación invadía todo su ser. Miró su reloj. Dentro de cuatro horas tendría que reunirse con los tres prohombres de la Universidad en el espaciopuerto. Se mantuvo en el centro de la habi­tación haciendo un detenido escrutinio de cada objeto que le rodeaba. En alguna parte debería existir algún eslabón que indicara la pista del planeta de Dasce, pero ¿cómo reconocerlo?

Se dirigió hacia la librería y tomó en sus manos la Agenda Estelar. Si la estrella enana roja estuviese catalogada, tendría que estar señalada de algún modo en la Agenda. De haberlo consultado en diversas ocasiones, se advertiría alguna mancha, alguna pequeña decoloración de la página en que estuviese la carta estelar correspondiente a la estrella enana roja de Dasee. No se veía ninguna marca visible. Gersen sostuvo el libro por las dos cubiertas y lo colgó en el aire sacudiéndolo. En uno de aquellos movimientos, el libro se abrió y mostró una señal de separación espa­cial. Abrió la Agenda cuidadosamente por aquel sitio y miró la lista. Cada estrella (y en aquella página había doscientas catalogadas), estaba descrita bajo once epígrafes: número del índice, constelación a que per­tenecía vista desde la Tierra, tipo estelar, información planetaria, masa, velocidad vectorial, diámetro, densidad, coordenadas de localización y distancia desde el centro del Oikumene, además de las observaciones generales.

Existían veintitrés estrellas enanas rojas catalogadas. Ocho de ellas eran dobles. Once brillaban solitarias en el espacio como débiles chispas de luz abandonadas. Cuatro de ellas estaban acompañadas de planetas, con ocho en total. Gersen las examinó con el mayor cuidado. Tuvo que admitir que ninguno de tales planetas tenía condiciones de habitabilidad humana. Cinco de los planetas eran demasiado cálidos, uno completa­mente bañado por vapores de metano, los otros demasiado masivos para que los humanos pudiesen tolerar la tremenda fuerza de gravedad existente. La boca de Gersen se frunció en un gesto de desamparo. Nada. Sin embargo, la página había sido consultada con frecuencia, era preciso, pues, que Dasce tuviese en ella información valiosa. Acabó arrancando la página de la Agenda Estelar.

Se abrió la puerta principal y Gersen se volvió rápidamente. En el umbral apareció un hombre de mediana edad, no más alto de estatura que un muchacho de diez años. De cabeza redondeada, sus ojos parpa­dearon de asombro y se clavaron en el intruso. Las facciones eran des­proporcionadas a su estatura, con unas largas orejas en punta y una boca protuberante: un highland imp, de las Tierras Altas de Krokinole, una de las razas más especializadas del Grupo de Rígel.

Se adelantó sin demostrar el menor temor:

¿Quién es usted? Ésta es la casa del señor Spock. Con que olfa­teando sus cosas, ¿eh? Vaya, un ratero, supongo.

Gersen volvió a colocar el libro en su sitio y el imp continuó:

Ése es uno de sus más apreciados volúmenes. Supongo que no querrá que sus manos se posen sobre él. Mejor será que vaya a avisar a la policía.

¡Venga aquí! –exclamó Gersen–. Veamos, ¿quién es usted?

El que va a echarle de aquí ahora mismo. Además, tenga en cuen­ta que ésta es mi tierra, mi casa y mi propiedad. El señor Spock es mi in­quilino. Comprenderá que no voy a permitir que cualquier ratero venga aquí a meter las narices y a revolverlo todo...

El señor Spock es un criminal.

De serio demuestra que nada tiene que ver con los ladrones.

Yo no soy ningún ladrón –respondió Gersen con aplomo–. La PCI está sobre la pista de su inquilino, ese señor Spock.

El imp inclinó su cabezota hacia adelante.

¿Es usted quizá de la PCI? Muéstreme su placa.

Con la idea de que un imp no reconocería la placa de un agente de la PCI aunque la tuviera ante sus ojos, Gersen exhibió con parsimonia una placa metálica con su fotografía bajo una estrella de oro de siete puntas. Se la puso a la altura de la frente y brilló a la luz con un resplandor que impresionó vivamente al imp. enseguida se volvió efusivo y cordial.

Oh, nunca pensé que ese señor Spock fuera una persona así. Ten­drá un mal fin, sí, eso digo a veces. ¿Qué es lo que ha hecho ahora?

Rapto y asesinato.

Malas acciones, ambas. Deberé tener cuidado con él.

Es un tipo peligroso. ¿Cuánto tiempo hace que vive aquí?

Ah... muchos años.

¿Le conoce bien, pues?

Sí, muy bien. ¿Quién es el que bebe con él cuando la gente le vuel­ve la cara al otro lado como si estuviese podrido? Yo. Bebo con frecuen­cia en su compañía. No está bien despreciarle, y yo soy un hombre com­pasivo...

Entonces, usted es su amigo.

Las grandes facciones del imp se retorcieron expresando sucesiva­mente gestos de tolerancia, hábil especulación y una indignación vir­tuosa.

¿Yo? Oh, ciertamente que no. ¿Tengo yo aspecto de estar asocia­do con los criminales?

Pero... digamos, usted ha oído hablar a Spock.

Oh, sí, mucho, ¡los cuentos que dice! –Y los ojos del imp se revolvieron cómicamente en sus órbitas– Pero ¿tengo que darle crédi­to? No.

¿Habló alguna vez de un mundo secreto en que tuviese un escon­dite?

Una y otra vez. Él le llama el Thumbnail Gulch. ¿Por qué? Siem­pre sacude la cabeza cuando se le pregunta. Es un hombre reservado ese señor Spock para todas sus aventuras licenciosas y disolutas.

¿Qué más ha dicho sobre ese mundo?

El imp se encogió de hombros.

La estrella es roja como la sangre, y apenas si da algún calor. ¿Y dónde se halla ese mundo?

¡Ajá! En eso es donde se muestra más reservado. Ni una palabra sobre el particular. Muchas veces he imaginado sino será una fantasía de ese pobre señor Spock el permanecer en un mundo tan solitario, donde no tenga amigos...

¿Y nunca se ha sentido inclinado a confiar en usted?

Nunca. ¿Por qué quiere saberlo?

Ha raptado a una pobre joven y se la ha llevado a ese mundo.

El muy bastardo... Qué criatura más sinvergüenza. –Y el imp sa­cudió la cabeza apenado, un gesto que desprendía cierto tinte de secreta envidia–. No volveré a alquilarle mi tierra y mi casa.

Piense. ¿Qué ha dicho Spock con relación a ese mundo?

Pues que se llama Thumbnail Gulch. Ese mundo es más grande que el sol que lo alumbra. Sorprendente, ¿no?

Si el sol es una estrella enana roja, no es demasiado sorprendente.

Volcanes. Hay volcanes en actividad en ese planeta.

¿Volcanes? Es curioso. El planeta de una enana roja no debería tener volcanes. Es demasiado singular.

Antiguos o no, los volcanes existen. El señor Spock vive en un vol­cán apagado y dice ver una línea de volcanes humeando a lo largo del horizonte.

¿Y qué más?

Pues nada más.

¿Qué tiempo tarda en llegar a ese planeta?

No puedo decírselo.

¿No ha visto usted nunca a alguno de sus amigos?

Pues sólo a borrachos en la taberna. Sí. Ahora que recuerdo. Hace menos de un año... un terrestre, un hombre verdaderamente cruel.

¿Tristano?

No sé el nombre. El señor Spock acababa de volver de un viaje a Más Allá, de un planeta llamado Nueva Esperanza. ¿Lo conoce usted?

No estuve nunca allí.

Ni yo tampoco, y eso que he viajado lo mío... Pero el mismo día de su regreso, mientras estaba sentado en el Salón Gelperino, el terrestre entró. «¿Dónde te has metido? –preguntó–. Hace diez días que estoy aquí y salimos juntos de Nueva Esperanza.» «Si quieres saberlo –res­pondió el señor Spock– estuve dando un vistazo en mi escondite medio día. Tengo obligaciones allí, ya lo sabes.» El terrestre no dijo nada más.

Gersen reflexionó un momento y repentinamente sintió prisa por marcharse.

¿Qué más sabe usted?

Nada más.

Gersen lanzó un último vistazo a la casa, bajo la inquisitiva mirada del imp y se marchó, ignorando la repentina demanda del imp acerca de los daños producidos en la ventana. Con renovada prisa Gersen condujo su máquina hacia las avenidas exteriores, cruzó Sailmaker Beach y se di­rigió hacia el centro de Avente. Buscó el Servicio Consultivo Técnico Universal y se entrevistó con un operador.

Resuélvame este problema, por favor. Dos espacionaves dejan el planeta Nueva Esperanza. Una, viene directamente hacia aquí, a Avente, llegando diez días más tarde. Deseo una lista completa de to­das las estrellas enanas rojas que ese segundo navío espacial pudo ha­ber visitado.

El operador meditó la respuesta.

Existe una formación elipsoidal con el foco en Nueva Esperanza y Alphanor. Hay que tener en cuenta las aceleraciones y deceleraciones, los probables períodos de aproximación y aterrizaje. Habrá un lugar de la más alta probabilidad y áreas en que disminuya tal probabilidad.

Coloque el problema de forma que la computadora electrónica ca­talogue estas estrellas en orden de probabilidad.

¿Hasta qué límite?

Pues... una probabilidad entre cincuenta. Incluya también las constantes de esas estrellas tal y como están catalogadas en la Agenda.

Muy bien, señor. Los honorarios son veinticinco UCL.


Gersen pagó el importe señalado y el operador trasladó el problema con las palabras apropiadas, hablando por un micrófono. Treinta segun­dos más tarde una hoja de papel cayó sobre una bandeja metálica. El operador la firmó, puso el sello del Centro y la entregó sin más palabras a Gersen.

En el resultado de la computadora había catalogadas cuarenta y tres estrellas. Gersen comparó la lista con la página arrancada de la Agenda de Hildemar Dasce. Una simple estrella coincidía en ambas listas. Ger­sen frunció el entrecejo, confuso. La estrella era miembro de un sistema binario, sin planetas. La pareja era... ¡Naturalmente! Una repentina chispa de luz aclaró el pensamiento de Gersen. ¿Cómo podrían existir volcanes en la compañera de una estrella enana roja? El mundo de Das­ce no era un planeta, sino una estrella apagada, con una superficie muerta, aunque tal vez desprendiera aún algo de calor. Gersen había es­tudiado tales casos en su juventud en las clases de Astronomía. Solían ser demasiado densas en su masa; pero si una pequeña estrella, en el curso de dos o tres mil millones de años, conseguía expeler hacia su su­perficie suficientes detritus como para conformar una coraza espesa de materiales ligeros, la gravedad de la superficie podía muy bien reducirse a un nivel tolerable.


A las siete menos diez, Kelle, Warweave y Detteras aparecieron en el espaciopuerto, vistiendo el atuendo de los hombres del espacio y con la piel del rostro teñida de azul oscuro, tono que desde un principio y se­gún creencia popular arraigada protegía el organismo humano de ciertas radiaciones misteriosas procedentes del fisionador Jarnell y cuyo uso se había hecho ya cosa normal en todos los viajeros espaciales. Se detuvie­ron en mitad del vestíbulo de la terminal, buscaron a Gersen con la mi­rada y al verle se le aproximaron.

Gersen les observó con una agria sonrisa.

Bien, caballeros, parece que todos estemos dispuestos. Agradez­co a ustedes su puntualidad.

Lograda, por supuesto, con las mayores molestias para todos no­sotros.

Se lo agradezco. A su debido tiempo les explicaré la razón –dijo Gersen–. ¿Sus equipajes?

Están ya camino de la nave.

Bien, entonces podemos salir. ¿Tenemos el permiso?

Todo está en regla –afirmó Warweave.

El grupo salió del vestíbulo de la terminal del espaciopuerto y se diri­gió hacia el área de aparcamiento, donde una potente grúa se encargaba de sacar la espacionave de la Universidad.

El equipaje, compuesto por cuatro grandes cajas y varios paquetes pequeños, ya estaba situado junto a la nave. Warweave abrió la escotilla de acceso, y Gersen y Kelle subieron a la cabina. Detteras hizo el primer intento para tomar el mando de la situación.

Disponemos de cuatro departamentos en la nave, yo tomaré el de­lantero a estribor, Kelle tomará el de estribor a popa, Warweave el de­lantero a babor y Gersen el de popa a babor. Podemos también sacar fuera el equipaje de la cabina.

Un momento –advirtió Gersen–. Hay una situación que es pre­ciso resolver antes de continuar adelante.

La cara de Detteras reflejó un mal reprimido gesto de irritación.

¿A qué situación se refiere?

Aquí existen dos grupos con intereses distintos. Ninguno confía en el otro. Nos dirigimos a Más Allá, pasado el límite de la ley humana. Todos nosotros, reconociendo el hecho, hemos traído armas. Propongo que las armas sean encerradas en completa seguridad en el armario, abriendo y registrando todo el equipaje, y si es preciso desnudándonos todos para estar seguros de que todas las armas se hallan perfectamente declaradas. Puesto que ustedes son tres contra mí, si alguna ventaja tie­ne algún grupo, es evidente que la tienen ustedes.

Es una acción altamente indigna –farfulló Detteras.

Kelle, más equitativo de lo que Gersen había supuesto, dijo:

Vamos, Rundle, Gersen se limita a expresar la realidad. Yo estoy de acuerdo con él y mucho más, puesto que llevo armas encima.

Warweave hizo un gesto imparcial.

Bien, pueden registrarme y registrar mi equipaje, pero hagámoslo sobre la marcha.

Detteras sacudió la cabeza, abrió su caja y sacó un proyector de alta potencia que arrojó sobre la mesa.

Tengo mis dudas sobre la prudencia de actuar así –dijo–. Yo no tengo nada contra el señor Gersen... pero supongamos que nos lleva a un planeta donde tenga cómplices esperando, que puedan capturarnos y mantenernos detenidos para solicitar un rescate. Crímenes de ese tipo han ocurrido con frecuencia...

Gersen soltó una carcajada.

Si usted considera eso como un peligro real, puede quedarse en Avente ahora mismo. No me preocupa que cualquiera de ustedes se vaya o se quede.

¿Y qué hay de sus propias armas? –preguntó Warweave secamente.

Gersen procedió a sacar su proyector, un par de estiletes, un cuchillo y cuatro granadas del tamaño de nueces.

¡Vaya! –exclamó Detteras–. Parece que lleve consigo todo un arsenal...

A veces tengo necesidad de él –respondió Gersen–. Y ahora, los equipajes.

Todas las armas reunidas sobre la mesa de la cabina fueron coloca­das en el armario metálico, que fue asegurado en sus cuatro cierres, con­servando cada miembro la llave de uno de aquellos cerrojos. La grúa transportó la nave al terreno de despegue.

Detteras se dirigió hacia el panel general de control de la espaciona­ve y pulsó un botón. Se encendieron una serie de luces verdes.

Todo dispuesto –dijo–. Tanques llenos de combustible. Maqui­naria en orden.

Kelle se aclaró la garganta y extrajo una hermosa caja de madera fo­rrada de cuero verde. Se dirigió a Gersen.

Aquí está uno de los racionalizadores del Departamento. ¿Tiene usted el filamento de Teehalt?

Sí –repuso el interpelado– Lo tengo conmigo. Pero no hay nin­guna prisa. Antes de realizar la operación, es preciso que alcancemos el punto de la base cero, que todavía está muy lejos.

Muy bien –dijo Detteras– ¿Cuáles son las coordenadas?

Gersen mostró una hoja de papel.

Si usted es tan amable –dijo cortésmente– yo mismo situaré los datos en el piloto automático.

Con dudosa gracia Detteras se puso en pie.

Supongo que no hay motivo para que siga existiendo ninguna at­mósfera de desconfianza. Nos hemos desprovisto de todas nuestras ar­mas, todo lo demás está en correcto orden. Por tanto, deberemos rela­jar esta tensión y conducirnos amigablemente.

Por mí, encantado –respondió Gersen.

El navío espacial llegó al terreno de lanzamiento, la grúa desconectó su dispositivo de arrastre y se apartó. El grupo se acomodó en sus buta­cas de partida: Detteras oprimió el botón de arranque automático. Se oyó el tronar de los reactores, el tirón constante de la aceleración y Al­phanor quedó abandonado en la distancia.






10


W capítulo «MALAGATE EL FUNESTO» en Los Príncipes De­monio, de Caril Carphen (Elucidiarian Press New Wexford, en Aloy­sius, Vega):

«...Y en este sumario ya hemos visto cómo cada Príncipe Demonio es único y altamente individualizado, desplegando cada uno su estilo ca­racterístico.

»Lo más notable de todo esto es que la posible variedad de crímenes se puede contar con los dedos de la mano. Existe el crimen por el dinero, extorsión y robo (que incluye la piratería y los ataques a las comunidades establecidas), engañando y estafando en infinitas formas. Hay el crimen de la esclavitud en sus variadas manifestaciones, con la captura, venta y uso de los esclavos. El asesinato, la coerción y la tortura son sim­ples consecuencias anexas a estas actividades. Las depravaciones perso­nales están igualmente limitadas y pueden ser clasificadas bajo los títu­los de sexualismo licencioso, sadismo, actos violentos, la venganza, la revancha y el vandalismo.

»Sin duda que el catálogo está incompleto, quizá sea incluso ilógico, pero ésta es cuestión aparte. Yo simplemente quiero demostrar la par­quedad básica con objeto de ilustrar este punto: que cada Príncipe De­monio, al infligir una u otra atrocidad, imprime al acto su propio estilo y parece con ello crear un nuevo crimen.

»En los capítulos anteriores hemos analizado al maníaco Kokor Hekkus y sus teorías del horror absoluto, y al desviado Viole Falushe, voluptuoso y sibarita.

»De una forma completamente distinta es Attel Malagate el Funesto, en estilo y peculiaridades. Más que agrandarse a sí mismo, proyectando una macroscópica ostentación de su personalidad y acciones para influen­ciar a sus víctimas e intimidar a sus enemigos, Malagate prefiere utilizar el silencio frío, la invisibilidad y la personalidad desapasionada. No existe una descripción apropiada para Malagate. Ciertamente que Malagate es un apellido derivado de la épica popular en el antiguo Quantique. Actúa con una maldad implacable, aunque sus crueldades no son nunca desenfrenadas, y si mantiene un palacio, según el estilo de Viole Falushe o Howard Alan Treesong, es un secreto muy bien guardado.

»Las primeras actividades de Malagate fueron la extorsión y la escla­vitud. En el Cónclave de 1500 en el planeta Smade, donde cinco Prínci­pes Demonio y otro grupo de menores categorías se reunieron para de­finir y circunscribir sus actividades, Malagate se adjudicó el sector de Más Allá, centrado sobre la agrupación de las Ferrier, que incluía un centenar de establecimientos humanos, ciudades y vecindades sobre to­dos los cuales Malagate actuaría a placer. Raramente pudo encontrar protesta alguna ni queja, ya que para citar un ejemplo, bastará recordar lo sucedido a Monte Agradable, una población de 5.000 personas que rehusó acatar sus exigencias. En el año 1499 Malagate invitó a otros cua­tro Príncipes Demonio a sumársele. La junta reunida se dejó caer sobre la población capturando y esclavizando a la totalidad de sus habitantes.

»En el planeta Grabhorne mantiene una plantación de casi 15.000 kiló­metros cuadrados, con una población de esclavos estimada en 20.000 per­sonas. Allí existen granjas cuidadosamente planificadas, fábricas que construyen exquisitos muebles, instrumentos musicales y mecanismos electrónicos. Los esclavos no son abiertamente maltratados; pero traba­jan durante horas sin cuento, con malas condiciones de vida y restringi­das oportunidades sociales. El castigo es el encierro en las minas, al que muy pocos sobreviven.

»La atención de Malagate suele ser muy amplia y desapasionada; pero a veces se centra en algún individuo. El planeta Caro se halla en un área que ningún Príncipe Demonio reclamaba. El Mayor Janous Paragi­glia, de la ciudad de Desde, reclutó y preparó una fuerza armada y navíos espaciales suficientes para proteger a Caro y buscar y destruir a Ma­lagate o a cualquier otro Príncipe Demonio que osara poner los pies en ese planeta. Malagate raptó a Janous y le torturó durante treinta y nue­ve días, televisando todo el proceso a las ciudades de Caro y a todos los planetas de su propio sector, y en uno de sus raros momentos de bravu­conería, a todo el Grupo Rígel.

»Como ya se ha dicho, sus apetitos son desconocidos. Un rumor fre­cuentemente propagado asegura que Malagate disfruta comprometién­dose en duelos al estilo de los gladiadores de la antigüedad clásica, con enemigos capaces, utilizando espadas como armas. Se dice que Malaga­te suele hacer exhibiciones de destreza y fuerza sobrehumanas y parece derivarse de tales desafíos que su gran placer consiste en destruir a sus enemigos destrozándoles literalmente en pedazos, poco a poco.

»Como otros Príncipes Demonio, Malagate mantiene una discreta y respetable identidad dentro del Oikumene y si los rumores son acertados, ocupa una prestigiosa posición en uno de los planetas más importantes.»



Alphanor quedó convertido en un disco pálido y borroso, mezclado con las estrellas del espacio cósmico. En el interior de la espacionave, los cuatro hombres trataron de acomodarse a la situación. Kelle y War­weave continuaron una tranquila conversación. Detteras miraba fija­mente al vacío infinito del espacio cuajado de estrellas. Gersen se man­tenía aparte, observando sin cesar a los tres hombres de la Universidad.

Uno de ellos –no un hombre verdadero, sino simulado–, era Mala­gate el Funesto. ¿Cuál de ellos?

Gersen creía saberlo.

Todavía la certidumbre no estaba totalmente fijada en su mente, su conjetura estaba basada en indicaciones, probabilidades y suposiciones. Malagate, por su parte, debería permanecer seguro de su incógnito. No tenía razón para sospechar el objetivo de Gersen, sin duda no debería considerarle más que un prospector ambicioso, dispuesto a realizar un trato monetario tan ventajoso como pudiera lograr. Aquello le resulta­ba interesante a Gersen, ya que podría ayudarle a una segura identifica­ción en cualquier momento. Llegada la ocasión Gersen deseaba sola­mente dos cosas: la libertad de Pallis y la muerte de Malagate. Y, por supuesto, la de Hildemar Dasce. Si Pallis hubiera muerto... tanto peor para Dasce.

Subrepticiamente, Gersen consideró su sospecha. ¿Era aquel hom­bre Malagate? Resulta terrible saberse tan próximo de su objetivo más precioso. Malagate, por supuesto, tenía sus propios planes. Tras su crá­neo humano su mente trabajaba en proyectos inconmensurables para su alcance, que se movía hacia un objetivo todavía oscuro.

Gersen pudo resumir al menos tres áreas de incertidumbre en la si­tuación.

Primera: ¿Llevaría Malagate todavía armas o tendría acceso a las guardadas a bordo de la espacionave?

Segunda: ¿Sería alguno de aquellos dos hombres o ambos a la vez, sus cómplices? De nuevo una posibilidad, aunque menos importante.

Tercera y con un juego de circunstancias menos simple: ¿Qué ocurri­ría cuando la nave llegase a la estrella apagada de Dasce? Entonces, las circunstancias variables se amontonaban indefinidamente. ¿Conocería, Malagate el escondite de Dasce? De ser así, ¿lo reconocería a primera vista? Ambas respuestas le parecieron a Gersen ésta: probablemente sí.

La cuestión, entonces, sería la de cómo sorprender y capturar o ma­tar a Hildemar Dasce, sin que Malagate pudiera darse cuenta. Gersen llegó a una decisión. Detteras había sugerido la necesidad de una rela­ción amistosa. De una cosa estaba seguro: de que tal relación amistosa se pondría a prueba antes de transcurrido mucho tiempo.

Las horas pasaron monótonas e iguales y se estableció la rutina pro­pia de los viajes espaciales. Gersen buscó la ocasión propicia y dejó suel­to en el espacio el cuerpo de Suthiro. La nave se deslizaba sin esfuerzo alguno entre las estrellas a una velocidad fabulosa, por medios vaga­mente comprendidos por los mismos hombres que la controlaban.

El límite de la civilización humana y de la ley llegaba a su fin; en cualquier instante la nave atravesaría la frontera de Más Allá y continuaría su vuelo hacia las lejanas y remotas zonas de la Galaxia. Gersen continuó la discreta vigilancia de sus tres compañeros de viaje, imagi­nando quién sería el primero que demostraría ansiedad o sospecha por el inmediato destino de la espacionave.

Aquella persona fue Kelle, aunque cualquiera de los tres pudo ha­berlo hecho en la conversación que en voz baja sostenían aparte y que llegaba a oídos de Gersen.

Esta no es un área que atraiga a un prospector; nos hallamos prác­ticamente en el espacio intergaláctico...

Bien, debo confesarles que no me he portado con absoluta sinceri­dad con ustedes tres, caballeros –respondió Gersen.

Los tres rostros se volvieron hacia él y tres pares de ojos le escruta­ron ansiosamente.

¿Qué quiere usted decir? –estalló Detteras.

No se trata de una cuestión demasiado seria. Me he sentido impul­sado a apartarme un poco de nuestro objetivo principal. Pero en breve continuaremos en busca de nuestros problemas originales. –Levantó la mano al advertir que Detteras se disponía a interrumpirle–. No vale el amonestarme ahora, puesto que la situación es irreversible.

Warweave habló con voz glacial.

¿De qué situación habla usted?

Me alegraré de explicarla, y espero que estén conformes. Primero y ante todo, parece ser que me he convertido en enemigo mortal de un criminal bien conocido. Se llama Attel Malagate. –Y Gersen miró el rostro de sus compañeros cuidadosamente, uno por uno–. Sin duda ha­brán oído hablar de él, es uno de los Príncipes Demonio. El día antes de partir uno de sus lugartenientes, un repelente criminal llamado Hilde­mar Dasce, raptó a una joven por la que da la casualidad me encuentro muy interesado, y la ha llevado por la fuerza a su mundo privado. Me siento obligado hacia esa joven, porque está sufriendo por algo en lo que no tiene culpa alguna, todo reside en el deseo de Malagate de inti­midarme o castigarme a su estilo. Creo haber localizado el planeta de ese Dasce y he planeado rescatar a esa joven. Espero su cooperación, señores míos.

Detteras habló el primero con voz velada por la rabia.

¿Por qué no me contó sus planes antes de salir? Usted insistió en la urgencia de despegar, obligándome a posponer nuestros compromi­sos y causarnos muchos inconvenientes...

Es cierto que debe tener algún motivo para estar resentido –re­puso Gersen con la mayor calma–; pero puesto que mi propio tiempo también está limitado, pensé que lo mejor sería combinar ambos planes. Con un poco de suerte, este asunto no llevará mucho tiempo y continua­remos nuestro camino sin otra demora.

Kelle intervino entonces pensativo:

¿Dice usted que el raptor ha llevado a esa joven a un mundo de esta zona?

Creo que sí y así lo espero.

¿Y espera usted que le ayudemos a rescatarla?

Solamente en forma pasiva. Lo único que les pido es que no se mezclen en mis planes.

Supongamos que el raptor presiente su intrusión. Y supongamos que le mata a usted.

La posibilidad existe, claro está. Pero yo cuento con la ventaja de la sorpresa. Tiene que sentirse completamente seguro y creo que tendré no muchos problemas en reducirle.

¿Reducirle?

Sí, o matarle.

En aquel momento el acelerador Jarnell emitió un chasquido y la es­pacionave entró automáticamente en la velocidad ordinaria de los viajes interplanetarios. Frente a ellos, a proa, lucía una estrella roja. Si era do­ble, la compañera aún resultaba invisible.

La sorpresa es el factor más decisivo –continuó Gersen–, por tanto, tengo que rogarles que ninguno de ustedes adviertan nada por ra­dio, ya sea por malicia o por descuido.

Gersen ya se había cuidado de poner la radio fuera de servicio; pero no vio razón para poner a Malagate en guardia.

Les explicaré mi plan para que no haya malentendidos. Primero, llevaré la nave lo bastante cerca de la superficie para inspeccionarla bien; pero de forma que evite la detección por radar. Si mis teorías son correctas y localizo el escondite de Dasce, iré al extremo más alejado del planeta y tomaré tierra a ras del suelo tan cerca de ese criminal como sea posible. Entonces tomaré el pequeño aparato volador auxiliar y haré lo que tenga que hacer. Ustedes sólo tienen que esperar mi regreso y luego continuaremos hacia el planeta de Teehalt. Sé que puedo contar con su cooperación; porque, por supuesto, me llevaré el archivo del monitor y lo esconderé en alguna parte antes de encararme con Hildemar Dasce. Como es lógico, voy a necesitar las armas que se hallan en el armario, y no veo que haya objeciones por parte de ustedes.

Ninguno habló. Gersen, mirando de uno a otro, estudió más inten­samente que nunca a su sospechoso, divertido por dentro. Malagate debería hallarse frente a un espantoso dilema. Si se interfería y avisaba de algún modo a Dasce, Gersen podría ser asesinado y sus esperanzas de adquirir el mundo de Teehalt reducidas a cenizas. ¿Encargaría entonces a Dasce la nueva búsqueda del planeta? Seguro que no. Malagate era in­sensible y astuto.

Detteras dejó escapar un profundo suspiro.

Gersen –dijo–, es usted un hombre muy astuto. Nos ha coloca­do en una situación tal que, por motivos sentimentales, nos vemos obli­gados a acatar su voluntad.

Les aseguro que mis razones son irreprochables.

Oh, sí, claro está. La damita en apuros. Todo eso está muy bien, seríamos unos desalmados si rehusáramos la oportunidad de rescatar a esa joven. Mi exasperación no estriba en sus objetivos personales, si nos hubiera contado la verdad, sino en su falta de sinceridad.

Puesto que nada tenía que perder, Gersen fingió humildad.

Sí, quizá debí haberlo explicado todo antes. Pero estoy acostum­brado a trabajar y a resolver los problemas por mí mismo. En cualquier caso, la situación es ahora como la he descrito. ¿Puedo contar con la cooperación de ustedes?

Humm... –murmuró Warweave–. Tenemos poca opción, como usted sabe.

¿Señor Kelle?

Kelle asintió con la cabeza.

¿Señor Detteras?

Como Warweave ha hecho constar, no tenemos opción.

Bien, en tal caso procederé según mis planes. El mundo en que voy a tomar tierra, por cierto, es una estrella muerta más bien que un planeta.

¿El exceso de gravitación no será un grave inconveniente? –pre­guntó Kelle.

Lo sabremos enseguida.

Warweave se volvió y centró su atención en la enana roja. Su oscura compañera se había hecho ya visible: un gran disco marrón grisáceo de tres veces el diámetro de Alphanor, moteado y reticulado en negro y pardo. Gersen estuvo encantado al descubrir grandes espacios ricos en detritus y la pantalla de radar indicó docenas de minúsculos planetoides y pequeñas lunas en órbita alrededor de cada estrella. Así pudo aproxi­marse a la estrella extinta sin temor a ser detectado. Un momentáneo cambio en el interfisionador frenó la espacionave, y otro posterior la lle­vó a un estado de suave descenso a un cuarto de millón de millas sobre la enorme masa que en aquellos momentos tenían bajo la espacionave.

La superficie era opaca y sin relieves, con vastas áreas cubiertas por lo que parecían ser enormes océanos de polvo de color chocolate. La silueta se destacaba con nitidez contra la negrura del espacio cósmico, revelando un leve rastro de atmósfera aún latente. Gersen consultó el macroscopio y escudriñó la superficie. Se le apareció la topografía en perspectiva, aunque el terreno resultaba difícil de observar en detalle. La superficie estaba sembrada de cadenas de volcanes con un espantoso revoltijo de hendeduras y enormes grietas, y como contraste un número considerable de antiguas erupciones plutónicas y cientos de volcanes, unos en actividad y muchos otros apagados o inactivos.

Gersen dirigió la lente hacia un picacho en la demarcación existente entre la luz y la sombra; el objeto no parecía moverse ni alterar su posi­ción con respecto a la línea de sombras: aparentemente aquel mundo presentaba la misma cara a su compañero, al igual que el planeta Mer­curio en relación al Sol. En tal caso, el refugio de Dasce tendría que ha­llarse en la superficie iluminada cerca del ecuador, directamente bajo el sol. Escudriñó con minuciosidad toda la región, bajo la máxima magnifi­cación del aparato. El área era muy extensa, existían en ella una docena de cráteres de volcanes, grandes y pequeños.

Gersen anduvo buscando durante casi una hora. Warweave, Kelle y Detteras le observaban con los más diversos grados de impaciencia y sardónico disgusto. El observador revisó sus razonamientos. La estrella enana roja había sido señalada en una hoja usada con frecuencia en la Agenda estelar de Dasce, se había encontrado mediante el computador en el elipsoide y tenía una compañera oscura. Aquélla debía de ser la es­trella. Y con toda probabilidad, el cráter de Dasce estaría localizado en algún punto situado dentro del área cálida alumbrada por el sol.

Una formación de carácter singular atrajo su atención: una meseta cuadrada con cinco montañas en forma radial al igual que los dedos de una mano. La frase del imp de Melnoy Heights le vino instantáneamen­te a la mente: Thumbnail Gulch (la quebrada del dedo pulgar).

Gersen inspeccionó la zona correspondiente al dedo pulgar de aque­lla formación orográfica en forma de mano con el máximo aumento de las lentes del macroscopio. En efecto, allí se observaba un pequeño crá­ter, que parecía mostrar un color ligeramente distinto y una estructura diferente a los demás. Mirándolo con detenimiento se observaba un ligero resplandor y la mota blanqueada de algo extraño a aquel mundo muerto. Gersen redujo el aumento de las lentes y estudió el terreno cir­cundante. Aunque Dasce no pudiese detectar la aproximación de una nave a distancias planetarias, el radar podría avisarle de espacionaves que estuviesen próximas a tomar tierra en sus cercanías. Hizo descender la espacionave en dirección a otro extremo alejado del lugar en cuestión y lentamente, oculto tras el horizonte para tomar tierra tras la meseta que formaba la palma de aquella mano, lo que podría proporcionarle la ocasión de sorprender a su enemigo.

Almacenó la información necesaria en el computador y conectó el piloto automático. La nave viró y comenzó a descender.

Kelle, incapaz de contener más tiempo su curiosidad, le preguntó:

¿Y bien? ¿Ha encontrado lo que estaba buscando?

Creo que sí, aunque aún no estoy muy seguro.

Si no toma las precauciones necesarias nos coloca en una situación muy inconveniente.

Gersen asintió con la cabeza.

Eso es lo que intentaba explicar hace poco. Estoy seguro de que ayudarán, al menos pasivamente.

Ya acordamos hacerlo.

La estrella oscura descollaba con claridad bajo la nave. Tomó tierra suavemente en una formación de rocas desnudas, a un cuarto de milla de una elevación compuesta por unas bajas colinas ennegrecidas. La piedra tenía la apariencia del ladrillo, y la planicie de los alrededores presentaban el aspecto de un barro seco de color marrón.

Sobre sus cabezas, la enana roja parecía enorme. La nave expandía una densa sombra negra sobre el terreno. Un suave viento soplaba formando pequeños remolinos de polvo a través de la planicie.

Bien, supongo que sería correcto que dejara aquí el archivo –dijo Detteras pensativamente–. ¿Porqué convertirnos en víctimas?

No pienso dejarme asesinar, señor Detteras...

Pero sus planes pueden fracasar.

En tal caso, sus apuros serán triviales comparados con los míos. ¿Puedo tomar las armas?

Abrió el armario y los tres prohombres de la Universidad observa­ron con mirada hosca cómo Gersen se armaba. Este les miró a la cara, uno por uno. En la mente de uno de ellos debería existir en aquel mo­mento un febril intento de algo desesperado. ¿Actuaría en la forma que Gersen sospechaba, es decir, reservándose para más tarde? Había una oportunidad que era preciso aprovechar. Suponiendo que estuviese equivocado, que no fuese el planeta que buscaba y Malagate lo supiera, y suponiendo además que Malagate, por alguna intuición, sospechase el objetivo de Gersen, estaría dispuesto a sacrificar sus deseos de obtener el planeta de Teehalt con tal de dejar a Gersen abandonado a su suerte por la eternidad en la estrella apagada que yacía bajo sus pies. Había, además, una precaución que era indispensable adoptar y que Gersen habría sido el más imbécil de los hombres de haberlo olvidado. Se diri­gió hacia el cuarto de máquinas de la nave, y sacó de su sitio un pequeño dispositivo, componente vital del reactor de energía, que no obstante, en caso necesario, podría ser refabricado con ingenio y paciencia. Se lo echó al bolsillo junto con el archivo. Warweave, de pie en el umbral, le vio maniobrar sin hacer el menor comentario.

Gersen se vistió con un traje espacial y se dispuso a abandonar el na­vío. Abrió la escotilla delantera, descolgó el pequeño aparato volador auxiliar, cargó en él otro traje de repuesto y tanques de oxígeno y sin otra ceremonia abandonó la espacionave. Se dirigió volando a ras del suelo hacia Thumbnail Gulch con un suave viento zumbando en el para­brisas.

El paisaje resultaba de lo más singular, incluso para los viajeros acostumbrados a mundos extraños. Era una superficie esponjosa y os­cura con diversos matices de marrón, pardo y gris, alterada aquí y allá por conos volcánicos y colinas ondulantes de poca altura, tal vez materia residual de una verdadera estrella, las escorias muertas de un fuego apa­gado tras millones de años de actividad energética. Quizá pudiera ser también materia procedente del espacio exterior y sedimentada a lo lar­go de milenios.

Lo más probable es que se diesen ambas circunstancias. La sensa­ción de hallarse sobrevolando la superficie de una estrella apagada ¿contribuiría a aumentar la sensación de irrealidad? La débil atmósfera permitía una visión perfecta y clarísima de las cosas, el horizonte se ex­pandía en todas direcciones y el panorama parecía no tener fin. Y sobre su cabeza la enorme masa suavemente resplandeciente de la enana roja, cubría la octava parte del cielo visible.

El terreno se elevó gradualmente hasta la meseta que formaba la palma de la mano de aquella extraña formación orográfica: un titánico flujo de lava. Gersen se inclinó hacia la derecha. Frente a él pudo ver una línea de colinas oscuras yaciendo a través del paisaje como la espina dorsal de un tricerátopo petrificado de tamaño monstruoso. Aquello era el «dedo pulgar», al final del cual surgía el volcán apagado de Dasce. Gersen voló lo más bajo posible sobre el terreno, aprovechando todos los escondites que le hicieran pasar inadvertido, escurriéndose de un lado a otro, muy cerca del muro de la meseta, aproximándose así a la lí­nea de los dentados picos de la cordillera.

Poco a poco, con las máximas precauciones, fue remontando la lade­ra, el zumbido de los reactores apagado por el suave viento que sólo producía un débil murmullo. Dasce tendría probablemente instalados detectores a lo largo de las laderas, aunque, pensándolo bien, parecía poco verosímil. Debería considerar tal esfuerzo algo superfluo. ¿Por qué ser atacado por tierra cuando un torpedo desde el espacio sería mu­cho más fácil?

Gersen llegó al borde. Allí y a dos millas de distancia, se hallaba el volcán que esperaba fuese el escondite de Hildemar Dasce. Y allá abajo Gersen pudo ver lo más interesante de toda su vida, algo que le produjo una salvaje alegría hasta el extremo de saltársele las lágrimas de los ojos: un pequeño bote espacial. Su hipótesis era correcta. Allí estaba Thumb­nail Gulch con toda certidumbre y allí se hallaba su mortal enemigo. ¿Qué sería de la pobre Pallis?

Gersen tomó tierra en la plataforma y continuó a pie, deslizándose por el terreno, evitando aproximarse a los posibles emplazamientos de los detectores, aunque tal precaución sólo era mera formalidad. El des­tino no podía haberle llevado hasta allí para dejarle fracasar... Gersen acabó de subir la ladera, compuesta de basalto, obsidiana y toba. Alcan­zando el borde del cráter, se aproximó hasta la cúpula que surgía cons­truida de una red de finos cables y una transparente película de material resistente distendida por la presión de aire interior. El cráter no era muy grande: unos cincuenta metros de diámetro, casi perfectamente cilíndri­co, con las paredes formadas por cristales volcánicos estriados.

En el fondo del cráter, Dasce había realizado un intento de confor­mar un paisaje. Se observaba la instalación de una piscina de agua salo­bre, un puñado de palmeras y un enmarañado conjunto de enredaderas. Gersen miraba la escena como un dios implacable, un dios de venganza.

En el centro del cráter había una jaula y en su interior un hombre desnudo, sentado en el centro de la pequeña prisión; un individuo alto, macilento y ojeroso, con un rostro en el que se veían escritos incontables sufrimientos, como una ruina humana. Su cuerpo encorvado mostraba las señales de cien azotes. Gersen recordó en el acto la explicación que Suthiro le dio del por qué Dasce había perdido los párpados. Mirando de nuevo, recordó las fotografías del cuarto de estar de Dasce, en Aven­te: aquel hombre era, en efecto, el sujeto de esas fotografías.


Gersen registró por todas partes. Directamente debajo de él se ha­llaba un pabellón de tejido negro en forma de una serie conectada de tiendas de campaña. No se advertía el menor signo de Hildemar Das­ce. La entrada al cráter era un túnel que conducía a través del muro del volcán.

Siguió moviéndose alrededor del borde sin dejar de vigilar la ladera. La porosa planicie marrón y negra se extendía sin límites en tres direc­ciones. En sus proximidades descansaba la pequeña nave espacial, que parecía un juguete metálico en la claridad de la atmósfera. Gersen vol­vió su atención hacia la cúpula. Con un cuchillo cortó un trozo de la pelí­cula protectora y esperó.

No habrían pasado diez minutos cuando la presión interior, al des­cender, activó una señal de alarma automática. De una de las tiendas surgió Hildemar con unos simples pantalones blancos y el resto del cuer­po desnudo. Gersen le observó con salvaje delectación. El torso, man­chado con púrpura desvaída, resaltaba sus potentes músculos. Miró ha­cia arriba con sus ojos sin párpados y las mejillas azuladas en su horrible rostro pintado de rojo. Atravesó el piso del cráter, mientras el prisione­ro de la jaula no le perdía de vista.

Dasce desapareció del ángulo visual de Gersen, que se escondió en una grieta. Instantes después, emergió en la planicie vestido con un tra­je espacial llevando una caja bajo el brazo. Subió hasta el borde del crá­ter con enérgicas zancadas, pasando muy cerca del escondite de Gersen. Dasce dejó la caja en el suelo, sacó un proyector de energía radiante y dirigió un rayo hacia el desgarro de la cubierta de la cúpula. El aire que se escapaba resplandeció con un fulgor amarillo, porque probablemente existiría en su composición algún agente fluorescente. Al inclinarse so­bre el corte, Gersen creyó observar un súbito instante de sospecha en Hildemar. Gersen se ocultó rápidamente. Cuando volvió a mirar, Dasce estaba trabajando y terminando de tapar la grieta de la cúpula con un trozo de material y soldándolo. Toda la operación le llevó poco más de un minuto. Después, volvió a colocar el material utilizado en la caja y tras inspeccionar por el borde, la ladera y la planicie, se dirigió hacia el piso del volcán.

Gersen salió de su escondite y le siguió a unos 15 metros de distan­cia. Hildemar, saltando de roca en roca, no miró hacia atrás, hasta que Gersen hizo un ruido imprevisto al rodar una roca de las que había pisa­do. Dasce se detuvo y se volvió. Gersen ya estaba oculto tras la falla de una roca, con una mirada de loco en los ojos.

Hildemar continuó su camino con Gersen a sus talones. En la base del muro del volcán un sonido y una vibración alarmaron nuevamente a Dasce. Una vez más se volvió a mirar ladera arriba... directamente ha­cia una figura que se le venía encima. Gersen soltó una feroz carcajada ante el espectáculo de su mortal enemigo que le miraba, fijamente con la boca abierta por la sorpresa y entonces le descargó un golpe demole­dor. Dasce rodó por el suelo, se puso en pie y comenzó a correr frenéti­camente, hacia la cámara de descompresión. Gersen le disparó en una de sus musculosas piernas y Dasce cayó rodando por el suelo. Gersen le co­gió por el tobillo y le arrastró hacia la cámara, le arrojó en su interior y cerró de un portazo. Dasce comenzó a luchar y forcejear como un con­denado con la horrible cara roja y azul distorsionada por la furia. Entonces. Gersen le disparó nuevamente en la otra pierna, paralizándosela en el acto. Dasce quedó tendido, con el aspecto de un jabalí acorralado. Gersen le ató por los tobillos con un rollo de cuerda y le aprisionó el bra­zo derecho, obligándole a tumbarse de espaldas, hasta que terminó de atarle ambos brazos al dorso. El mecanismo de cierre se llenó de aire y Gersen le quitó el casco transparente que llevaba sobre los hombros.

Volvemos a encontrarnos, amigo –dijo Gersen con feroz alegría.

Después le arrastró como a un fardo sobre el piso del cráter. El pri­sionero de la jaula se irguió sobre sus pies y aplastándose contra los ba­rrotes se quedó mirando fijamente al recién llegado como si viese a un arcángel con sus alas, trompeta y aureola.

Gersen se aseguró bien del estado de las ligaduras de su mortal ene­migo y corrió hacia la tienda con el proyector dispuesto para disparar so­bre cualquier posible criado o guardaespaldas de Dasce. El prisionero continuaba observándole con la sorpresa más inaudita pintada en sus facciones.

Pallis Atwrode yacía arrebujada bajo una sucia sábana de cara a la pared. No había nadie más. Gersen la tocó en el hombro apreciando con fascinación el color de su carne. Su alegría se mezcló con el horror, has­ta producirle una dolorosa punzada en el estómago, como jamás había sentido antes.

Pallis –dijo–. Soy Kirth Gersen...

Las palabras llegaron a oídos de la joven apagadas por el globo transparente que cubría la cabeza de Gersen y se acurrucó todavía más. Gersen le dio la vuelta. Tenía los ojos cerrados. Su carita, antes tan ale­gre y encantadora, aparecía helada y sin expresión.

¡Pallis! –gritó nuevamente Gersen–. ¡Abre los ojos! ¡Soy Kirth Gersen! ¡Estás a salvo!

Ella sacudió la cabeza con los ojos siempre cerrados.

Gersen se apartó de la joven. La contempló otra vez desde la puerta de la tienda. Pallis le miraba con los ojos distendidos por el asombro. Volvió instantáneamente a cerrarlos.

Gersen la dejó, registró todo el cráter y cuando estuvo seguro de que no había otra persona, regresó con Dasce.

Bonito sitio te buscaste aquí, Dasce –le dijo, con voz calmosa–. Un poco difícil de encontrar cuando tus amigos lo desean, ¿eh?

¿Cómo pudo encontrarme? –preguntó Dasce en tono gutural–. Nadie conoce este lugar.

Excepto tu jefe.

No lo sabe tampoco.

¿Cómo supones que lo encontré yo?

Dasce quedó silencioso. Gersen se acercó a la jaula, corrió el cerrojo y habló al prisionero preguntándose si estaría todavía en su sano juicio.

Vamos, salga.

El prisionero saltó fuera de su encierro.

¿Quién es usted?

No importa. Está usted libre.

¿Libre? –El hombre se quedó con una expresión estúpida en los ojos y su mandíbula se aflojó al oír aquella palabra–. ¿Y... él?

Le mataré enseguida.

Esto tiene que ser un sueño –murmuró el hombre.

Gersen volvió su atención a Pallis. Permanecía sentada en la cama con la sábana ajustada al cuerpo. Tenía los ojos abiertos. Miró a Ger­sen, se puso en pie y se desmayó. Gersen la tomó en sus brazos y la sacó al exterior, dejándola sobre el suelo del cráter. El cautivo miraba a Das­ce desde una respetuosa distancia. Gersen le habló:

¿Cómo se llama usted?

El hombre pareció momentáneamente aturdido. Encogió las cejas como haciendo un esfuerzo por recordar.

Yo soy Robin Rampold –contestó con una extraña voz–––. Y us­ted... ¿es su enemigo?

Yo soy su ejecutor. Su Némesis.

¡Es fantástico, una maravilla! –exclamó Rampold–. Después de tanto tiempo, apenas sí puedo recordar el comienzo... –Y las lágrimas comenzaron a caerle por las mejillas. Miró la jaula, se aproximó a ella y la inspeccionó–. Conozco muy bien esto. Cada nudo, cada barrote, cada hueco, cada empalme del metal.

Y su voz se desvaneció. De repente preguntó:

¿En qué año estamos?

En mil quinientos veinticuatro.

Rampold pareció reducirse de tamaño, aplastado por aquella revelación.

No sabía que hubiese transcurrido tanto tiempo; había olvidado ya su valor. Es increíble... –Y miró a la cúpula–. Cuando él se va, no sucede nada... He permanecido en esa jaula diecisiete años. Y ahora es­toy fuera de ella... –Se dirigió hacia donde estaba Dasce atado en el suelo y le dedicó una mirada indefinible–. Hace mucho tiempo, éramos dos personas muy diferentes. Le enseñé una buena lección. Le hice su­frir. La memoria es todo lo que me queda vivo.

Dasce rió entre dientes.

Busqué la forma de que me lo pagaras con creces. –Y miró a Ger­sen–. Mejor será que me mate ahora que puede, o haré lo mismo con usted.

Gersen se detuvo a reflexionar un instante. Dasce tenía que morir. Pero tras aquel cráneo pintado de rojo había un conocimiento que Ger­sen necesitaba. ¿Cómo extraerlo? ¿La tortura? Gersen sospechó que Dasce reiría como un fanático mientras le retorcía miembro tras miem­bro. ¿Con trucos? ¿Mediante la astucia? Examinó aquel horrible rostro pintado de rojo y azul. Dasce no hizo el menor movimiento.

Se volvió hacia Rampold.

¿Sabría pilotar la nave de Dasce?

El interpelado movió tristemente la cabeza en señal negativa.

Entonces, supongo que tendrá que venir conmigo.

¿Y qué será de él? –preguntó con voz trémula.

Le mataré a su debido tiempo.

Démelo a mí –suplicó Rampold.

No.

Gersen estudió de nuevo a Hildemar Dasce. De algún modo ten a que revelarle la identidad de Attel Malagate. Una pregunta directa seria mas inconveniente que útil.

Dasce –Preguntó–, ¿por qué trajiste a Pallis Atwrode hasta aquí?

Era demasiado bonita para matarla –contestó sin vacilar.

¿Y por qué tendrías que haberla matado?

Disfruto matando a las mujeres bellas.

Gersen tuvo que contenerse para no aplastarle la cabeza. Quizá Hil­demar trataba de provocarle.

Puedes o no vivir para lamentar tus iniquidades.

¿Quién le envió hasta aquí? –preguntó Dasce.

Alguien que lo sabía.

Sólo hay una persona, y ésa jamás le habría enviado –repuso Dasce moviendo la cabeza despectivamente.

No era fácil convencer a aquel monstruo. Bien. Llevaría a Hildemar a bordo de la espacionave, no había otra solución. El encuentro podría producir la reacción adecuada.

Pero entonces se planteaba un nuevo problema. No se atrevía a de­jar a Robin Rampold solo con Dasce mientras trasladaba a Pallis. Ram­pold podría matar a Hildemar. O Dasce podría ordenar a su antiguo pri­sionero que le soltase las ligaduras. Tras diecisiete años de degradación total de la voluntad, Rampold caería fácilmente bajo la influencia del criminal. Y Pallis Atwrode ¿qué haría con ella?

Se volvió y la halló nuevamente envuelta con la sábana, mirándole fascinada y confusa. Se le aproximó cuando intentaba esconderse en la tienda. Gersen no estaba seguro de que le hubiera reconocido.

Pallis... querida... soy Kirth Gersen.

Ella hizo un gesto sombrío con la cabeza.

Ya sé. –Y miró a la figura tendida de Hildemar Dasce–. Le has maniatado –dijo con voz en la que se advertía una turbación producto del asombro.

Ésa es la última de sus preocupaciones.

Ella le miró cautamente. Gersen se encontró incapaz de descifrar sus pensamientos.

¿Tú eres..., tú no eres su amigo?

Gersen sintió que le invadía una verdadera enfermedad.

No. No soy su amigo. Por supuesto que no. ¿Es que dijo eso?

Él dijo... él dijo...

Y se volvió para mirar con perplejidad hacia Hildemar Dasce.

No creas nada de lo que te dijo. –Y la miró intensamente para tratar de descubrir en el bello rostro de la chica el alcance de su shock y su confusión–. ¿Te encuentras... bien?

Ella rehusó encontrar la mirada de Gersen. Éste le dijo con dul­zura:

Voy a llevarte a Avente de nuevo, querida. Ahora te encuentras a salvo.

Ella se limitó a aprobar con la cabeza, como ausente. Si pudiera de algún modo exteriorizar sus emociones, con lágrimas, incluso con repro­ches...

Gersen suspiró desesperado y se apartó de Pallis. El problema conti­nuaba sin resolver: cómo conducir a todos ellos a la plataforma de la es­pacionave. No se atrevía a dejar solos ni a Pallis ni a Rampold con Hil­demar, ya que evidentemente gozaba de un completo control sobre am­bos desde hacía tiempo. Volvió a colocar sobre la cabeza de Dasce el casco transparente y lo arrastró a través del túnel, salió a la planicie y lo dejó donde ninguno de los dos del interior pudiese verle.

Los reactores funcionaron a toda potencia y la sobrecargada plata­forma volante auxiliar de la espacionave cabeceó dando bandazos alre­dedor de la meseta, produciendo un abanico de polvo mientras conse­guía la suficiente aceleración en la débil atmósfera. Frente a él surgía imponente la espacionave, en el vasto horizonte. Gersen aterrizó junto a la escotilla de entrada. Con el arma en la mano dispuesta para entrar en acción saltó la escalera. En el interior, Malagate habría observado su aproximación y visto el cargamento de la plataforma voladora. Malaga­te ignoraría lo que Dasce le había dicho a Gersen. Estaría en guardia y tenso ante la indecisión. Dasce, que habría reconocido la espacionave, podía sospechar, pero no estaría seguro de que Malagate se hallase en el interior.

La cámara de descompresión se cerró herméticamente, las bombas funcionaron y la puerta de acceso al interior se corrió hacia un lado. Gersen entró. Kelle, Detteras y Warweave se hallaban sentados en la gran cabina central. Le miraron con cara de pocos amigos. Ninguno hizo el menor movimiento.

Gersen se despojó del casco.

Ya estoy de vuelta.

Ya lo vemos –dijo Detteras.

He tenido suerte –comentó Gersen tranquilamente– Traigo a un prisionero conmigo. A Hildemar Dasce. Una advertencia para uste­des. Este hombre es un asesino brutal. Está desesperado. Voy a tratar de mantenerle bajo muy rígidas condiciones. No quiero que ninguno de ustedes se interfiera en mis cosas ni haga lo más mínimo en favor de ese individuo. Las otras dos personas que traigo son un hombre a quien Dasce ha tenido enjaulado durante diecisiete años y una chica que Das­ce raptó y cuya mente ha sufrido serias consecuencias. Ella podrá utili­zar mi cabina. Encerraré a Dasce en la bodega de carga. El otro hom­bre, Meoñe Rampold se considerará feliz utilizando cualquier asiento.

Este viaje se hace más extraño a cada hora que pasa –comentó Warweave.

Detteras se puso en pie impaciente.

¿Por qué ha traído usted a ese Dasce a bordo? Estoy sorprendido de que no le haya matado.

Considéreme escrupuloso, si lo prefiere.

Continuemos, estamos ansiosos de terminar este viaje tan pronto como sea posible –concluyó Detteras.

Gersen hizo entrar en la espacionave a Pallis con Rampold, colgó la plataforma volante en su sitio y llevó a Dasce a la bodega de la espacio­nave donde le quitó el casco. Hildemar le miraba fijamente sin mediar palabra.

Podrías ver a alguien a bordo a quien reconocerías –le dijo Ger­sen–. El no desea que su identidad sea conocida de sus otros dos cole­gas, porque estropearía sus planes. Serás más prudente si cierras el pico.

Hildemar no respondió. Gersen procedió a atarle con todo cuidado: Hizo un nudo en el centro de un largo cable, con el espacio suficiente para que cupiese exactamente el cuello de Hildemar Dasce. Los extre­mos del cable fueron ajustados a ambos extremos de la bodega de tal forma que obligasen al prisionero a permanecer en el centro de la estan­cia, con las puntas a tres metros de distancia a derecha e izquierda, fuera de su alcance por completo. Incluso con las manos libres, no habría po­dido hacer nada por liberarse de la trampa que le tenía sujeto. Gersen cortó entonces las ligaduras de los pies y las manos de su mortal enemi­go. Dasce le atacó al instante. Gersen se echó de lado y golpeó la cabeza del asesino con el cañón del arma. Dasce cayó de bruces sin sentido. Gersen le despojó de su traje espacial, le registró los bolsillos de los pan­talones blancos sin encontrar nada. Hizo una comprobación final de los nudos y volvió al salón principal de la nave, cerrando cuidadosamente la escotilla tras él.

Rampold ya se había quitado su traje espacial y permanecía quieto en un rincón. Kelle y Detteras habían hecho lo mismo con Pallis Atwro­de y le habían ayudado a cambiarse. Se sentó a un lado de la cabina con una taza de café, el rostro macilento y los ojos bajos. Kelle dirigió una mirada de desaprobación a Gersen.

Esta señorita es Pallis Atwrode, la recepcionista del Departamen­to. En nombre del Cielo, ¿qué relación tiene usted con ella?

La respuesta es muy simple –respondió Kirth–. La conocí el pri­mer día que visité la Universidad y le pedí que saliera conmigo aquella noche. Supongo que por razones de malicia o despecho, Hildemar Das­ce me dejó fuera de combate y raptó a la señorita Pallis. Consideré un deber rescatarla y así lo he hecho.

Kelle habló con una leve sonrisa de aprobación.

Supongo que no podemos reprocharle que haya hecho tal cosa.

Imagino que ahora continuaremos hacia nuestro destino primitivo –advirtió Warweave con voz seca y autoritaria.

Esa es mi intención.

Sugiero, pues, que salgamos cuanto antes.

Sí –intervino Detteras de mal talante–. Cuanto antes pongamos fin a este fantástico viaje, tanto mejor.


La estrella enana roja y su débil compañera se confundieron en una sola en el espacio. Dasce, al recobrar el conocimiento, se retorció como un condenado intentando arrancarse sus ligaduras. Hizo tales esfuerzos que se ensangrentó los dedos, y arañó la cuerda de acero hasta destrozarse las uñas. Entonces intentó algo distinto: tirarse al suelo y moverse de un lado a otro, procurando que el cable se aflojase de donde estaba tensado en las paredes de la bodega, primero a la de­recha y después hacia la izquierda; pero sólo consiguió desgarrarse el cuello. Cuando se convenció de que se hallaba indefenso abandonó la lucha y pateó el suelo con furia. Su mente trabajó febrilmente. ¿Cómo pudo Gersen localizar la estrella roja y su compañera, donde tenía el escondite? Ningún ser vivo conocía la localización exacta, excepto él mismo y Attel Malagate. Dasce pasó revista a las ocasiones en las cuales hubiese embaucado o tratado de engañar a Malagate, imagi­nando si en alguna de ellas Malagate había decidido hacerle pagar su osadía.

En el salón, Gersen permanecía sentado en un sofá cómodamente. Los tres prohombres de la Universidad –uno de los cuales no era un hombre– se sentaban juntos al otro extremo. Allí estaba Kelle, suave, fastidioso, de físico compacto; Warweave, ectomórfico y saturnino, y Detteras, corpulento, inquieto y caprichoso. Gersen miró especialmen­te a su sospechoso, constatando cada movimiento, cada palabra y cada gesto para corroborar su sospecha, buscando cualquier signo que de­mostrase la evidencia que precisaba. Pallis permanecía sentada, perdida en un sueno ausente. De vez en cuando sus facciones se retorcían de do­lor y sus dedos se agarrotaban en las palmas de sus manos. No, no ten­dría ningún escrúpulo en matar a Hildemar Dasce. Robin Rampold con­tinuaba examinando los microfilms de la librería, mirando el índice y acariciándose la barbilla con aire pensativo.

Robin se volvió hacia Gersen, atravesando la estancia con aire de lobo. En una voz tan educada que parecía servil, le preguntó:

Él... ¿está él vivo?

Por el momento, sí.

Rampold vaciló, abrió la boca y la volvió a cerrar. Finalmente pre­guntó con desconfianza:

¿Qué planes tiene para él?

No lo sé –repuso Gersen–. Necesito utilizarlo todavía.

Rampold se animó. Hablando en voz calmosa como si tuviese mie­do de que los demás ocupantes de la cabina pudieran oírle, volvió a preguntar:

¿Por qué no lo deja usted a mi cargo? Así descansaría de su obliga­ción de vigilarlo y atenderlo.

No –dijo Gersen–. Creo que no.

La cara de Rampold se hizo más desesperada.

Pero... es que lo necesito.

¿Lo necesita, de veras?

Rampold hizo un gesto con la cabeza.

Usted no puede comprenderlo. Durante diecisiete años él ha sido... –Y se detuvo como si no encontrase las palabras. Después con­tinuó–: Sí, ha sido el centro de mi existencia. Ha sido como un dios personal. Me ha provisto de comida, bebida y... dolor. Una vez me lle­vó un gatito, un precioso gatito negro. Me miraba cuando lo tocaba, sonriendo con aire benigno y afable. Pero aquella vez le desilusioné. Maté en el acto a la pobre criatura. Porque conocía sus planes. Deseaba esperar hasta que yo le tomase cariño al pobre animalito, y entonces él le habría matado, torturándolo donde yo hubiera podido verlo. Por supuesto que me hizo pagar por aquello.

Gersen dejó escapar un profundo suspiro.

Tiene demasiado poder sobre usted. No puedo confiárselo.

Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Rampold. Farfulló una serie de dispares afirmaciones.

Es extraño. Siento pesadumbre ahora. Lo que siento por él es algo que no puedo traducir en palabras. Va hacia lo extremo y más allá y se convierte casi en ternura. Las cosas pueden ser tan dulces que saben a amargo, y agriarse hasta saber a salado... Sí, me cuidaría de él con toda mi voluntad. Le dedicaría el resto de mi vida devotamente. –Y adoptó una actitud suplicante–. Confíemelo. No tengo nada, ya tendré ocasión de pagárselo.

Gersen se limitó a sacudir la cabeza.

Ya hablaremos de eso más tarde.

Rampold movió la cabeza pesadamente y atravesó la sala. Gersen miró hacia donde se encontraban los tres prohombres de la Universidad de Avente, que seguían una conversación trivial. En apariencia estaban todos de acuerdo, tácita o expresamente, en una política de total desin­terés hacia los nuevos pasajeros. Gersen sonrió. Malagate no se atreve­ría a confrontarse con Hildemar Dasce. El temperamento de Dasce no era astuto, sino inclinado a la brutalidad y a la violencia. Malagate trata­ría de hacerle llegar alguna nota o buscaría la oportunidad de matar a Hildemar discretamente.

La situación era inestable; más pronto o más tarde, estaba destinada a romperse. Gersen jugueteó con la idea de precipitar el momento, tra­yendo a Dasce al salón o bien llevando a Kelle, Warweave y Detteras a la bodega de la espacionave... Decidió esperar. Todavía llevaba sus ar­mas encima; los hombres de la Universidad, aparentemente seguros de sus buenas intenciones, no le habían requerido para que las dejase en el armario. «Sorprendente», pensó Gersen. Malagate no sospechaba que estaba siendo observado de cerca. Debería hallarse tranquilo y confiado y quizá buscaría el pretexto para ver a Dasce en su prisión. «Vigilancia» pensó Gersen. Daba la casualidad de que Rampold sería en aquella oca­sión un buen aliado. A pesar de todas las torturas sufridas en aquellos diecisiete años, no dejaría de permanecer tan alerta como el propio Gersen, ante cualquier movimiento relativo a Hildemar Dasce.

Gersen se puso en pie y se dirigió a popa, a la bodega de carga de la espacionave, atravesando el cuarto de motores. Dasce, le miró feroz­mente. Gersen notó la sangre en sus dedos y dejó el proyector fuera del alcance de su enemigo, por si acaso se aproximaba a él. Dasce trató de atacarle a puntapiés como un perro rabioso. Gersen le golpeó con el dorso de la mano en el cuello y le abatió. Gersen volvió a cerciorarse de que el cable se hallaba bien seguro en sus extremos y se echó hacia atrás, fuera de su alcance.

Parece que las cosas te van mal ahora, amigo –dijo Gersen.

Dasce le escupió. Gersen retrocedió.

Estás en situación muy pobre para una ofensiva.

¡Puaf! ¿Qué más puedes hacerme? ¿Crees que le tengo miedo a la muerte? Yo vivo sólo de odio.

Rampold ha solicitado cuidarse de ti.

Me teme como a una serpiente. Es suave como la miel. Ya no re­sultaba interesante martirizarlo.

Me imagino cuánto tiempo le llevará convertirse en un hombre como tú.

Dasce volvió a escupir de nuevo.

Dime cómo encontraste mi estrella.

Tenía información suficiente.

¿De quién?

¿Y qué importa eso, qué diferencia hay? –repuso Gersen–. Nunca tendrás la oportunidad de hacérselo pagar –concluyó tratando de introducir una nueva idea en la mente de Dasce.

Dasce retrajo la boca con una horrible mueca.

¿Quién se encuentra a bordo?

Gersen no contestó. Desde la sombra observaba detenidamente a aquel monstruo. Tenía que sospechar hasta el punto de la total certidum­bre que Malagate se hallaba a bordo de la espacionave. Dasce podía estar no menos inseguro que el propio Malagate. Gersen barajó una media do­cena de preguntas que hicieran confesar a Dasce el nombre bajo el que Malagate se ocultaba. Dasce trató de adoptar una postura de halago.

Vamos, puesto que como dices, estoy sin ayuda posible y a tu mer­ced, sólo quiero saber la persona que me ha traicionado.

¿Quién supones que haya podido ser?

Dasce hizo una mueca ingenua.

Tengo muchos enemigos. Por ejemplo, el sarkoy. ¿Ha sido él?

El sarkoy está muerto.

¡Muerto!

Te ayudó a raptar a la joven. Yo le envenené.

¡Puaf! Mujeres hay en todas partes. ¿Por qué excitarse por eso? Déjame libre. Tengo inmensas riquezas y te daré la mitad si me dices quién me traicionó.

No fue Suthiro el sarkoy.

¿Tristano? Seguramente que no ha sido Tristano. ¿Cómo podía saberlo?

Cuando encontré a Tristano, tenía muy poco que decir.

¿Quién entonces?

Muy bien –dijo Gersen–. Te lo diré, ¿por qué no? Uno de los administradores de la Universidad de la Provincia del Mar fue quien me dio la información.

Dasce se frotó la cara con una mano mirando de lado a Gersen con sospecha y vacilación.

¿Porqué tuvo que hacerlo?

Gersen había esperado una exclamación de sorpresa.

¿Sabes a quién me refiero? –le preguntó.

Pero Dasce le miró inexpresivamente. Gersen recogió el proyector y abandonó la bodega. De vuelta al salón encontró las mismas condicio­nes anteriores en el ambiente. Hizo una señal a Robin Rampold para que atravesara el cuarto de máquinas de la nave.

Me había solicitado usted cuidarse de Dasce, ¿verdad?

¡Sí! –exclamó con una trémula excitación.

No puedo hacerlo... pero le necesito para que me ayude a vigi­larlo.

¡Por supuesto!

Dasce dispone de muchos trucos. No se le ocurra entrar en la bo­dega.

Rampold pareció desilusionado.

E igualmente importante: no deberá usted permitir a nadie que entre en la bodega. Esos hombres son enemigos de Dasce. Podrían ma­tarle.

¡No, no! –exclamó Rampold–. ¡Dasce no debe morir!

A Gersen se le ocurrió una nueva idea. Malagate había ordenado la muerte de Pallis Atwrode por temor a que sin querer pudiese revelar su identidad. En el estado en que ella se encontraba ahora, no había cuida­do; sin embargo, Pallis podía recobrarse. Malagate intentaría matarla en cuanto tuviera ocasión.

Además, deberá usted cuidar de la señorita Pallis –continuó Gersen– y asegurarse de que nadie intente molestarla en lo más mí­nimo.

Rampold pareció menos interesado en aquello.

Bien, haré lo que usted manda –respondió desanimado.







11


De «El aprendiz de avatar», en El pergamino de la novena dimen­sión:

«–¿La inteligencia? –preguntó –Marmaduke, en uno de los interva­los permitidos, mientras escuchaba a la EMINENCIA, en la balaustra­da–. ¿Qué es la inteligencia?

»–La inteligencia –respondió la EMINENCIA– es sólo una ocu­pación humana; una actividad a que los hombres dedican su cerebro, al igual que una rana mueve sus patas para nadar; es un concepto que los hombres, en su egoísmo, utilizan para medir otras y quizá más nobles razas que se hallan en situaciones diferentes.

»–¿Quiere usted decir, REVERENDO GREY, que ninguna cria­tura viviente, aparte del hombre, puede llevar en sí la calidad de la inte­ligencia?

»–Pero hijo, ahora yo podría preguntar, qué es la VIDA, qué es el VIVIR, sino una consecuencia del barro primitivo, una purulencia en el barro virgen original, que culminando a través de ciclos y graduaciones, por destilaciones y sedimentos, llega hasta la manifestación humana.

»–Pero, REVERENDO, es cosa conocida que otros mundos demuestran la existencia de la VIDA. Me refiero a las joyas del Olam, al igual que a las gentes del Clithonian Bog.

»–¿Y cómo has dirigido tu vista fuera del exacto trazo de la ESEN­CIA?

»–REVERENDO, suplico su indulgencia.

»–El camino que sigue a lo largo de la BARRERA no es para aban­donarlo y salirse de él.

»–REVERENDO GREY, rogaré porque mi dirección siga estando perfectamente definida.

»Sonaron ocho golpes de gong.

»–Conténtate con el tiempo presente y ve a traer el vino de la ma­ñana.»



El archivo del monitor de Lugo Teehalt alimentó los impulsos elec­trónicos del computador, que resumió la información, la combinó con las ecuaciones descriptivas de las posiciones previas de la espacionave y despachó las instrucciones al piloto automático, que gobernó la nave en un curso paralelo a la línea entre Alphanor y el planeta Smade. El tiem­po transcurrió. La vida dentro de la nave siguió su rutina. Gersen, auxi­liado por Rampold, custodiaba la bodega, aunque Gersen le prohibía entrar en el interior. Durante los primeros días, Hildemar Dasce fue al­ternando períodos de alegre optimismo con otros de terribles amenazas de venganza sobre un agente cuyo nombre rehusaba identificar.

Pregunta a Rampold lo que piensa –dijo Dasce mirando con sus ojos sin párpados–. ¿Quieres que te ocurra a ti lo mismo?

No. No creo que semejante cosa vaya a ocurrir.

En una ocasión, Dasce solicitó que Gersen respondiese a sus pre­guntas.

¿Adónde me llevas? ¿A Alphanor?

No.

¿Dónde, pues?

Ya lo verás.

Respóndeme, o por... –y aquí Dasce barbotó una serie de obsce­nidades y juramentos imposibles de transcribir–. ¡Haré contigo cosas peores de cuanto hayas podido imaginar!

Es un riesgo que tengo que aceptar –respondió Gersen fríamen­te–. Ya lo hemos calculado.

¿Vosotros? ¿A quién más te refieres?

¿No lo sabes?

¿Por qué no viene aquí? Dile que quiero hablar con él.

Puede venir en cualquier momento que lo desee.

Ante aquello, Dasce quedó en silencio. Ni con astucia, ni incitándo­le, ni valiéndose de todos los medios a su alcance, pudo Gersen conse­guir que pronunciase el nombre tan deseado. Ni tampoco pareció que Dasce mostrase atención alguna por los tres prohombres de la Universi­dad.

En cuanto a Pallis, la pobre joven al principio parecía totalmente au­sente de cuanto la rodeaba. Permanecía sentada horas y horas, obser­vando el fantástico espectáculo de las estrellas. Comía despacio, vaci­lante, sin apetito, y dormía durante horas, enroscándose como una bola, tan apretadamente como le era posible. Después, volvió poco a poco a la realidad presente y en determinados instantes parecía de nue­vo la alegre Pallis que había sido antes.

Los limitados confines de la astronave hacían imposible que Gersen pudiera hablar con ella en privado. La situación con Dasce encerrado y Attel Malagate en la delantera de la nave era algo ya casi insoportable.

Transcurrió el tiempo. La espacionave atravesaba nuevas regiones, donde ningún hombre había pasado jamás, excepto uno solo: Lugo Teehalt. Por todas partes brillaban las estrellas a millares, a millones, ti­tilando, resplandeciendo de luz, sugiriendo la vastedad infinita del Uni­verso, con sus incontables mundos habitados por quien sabía qué, cada uno trayendo a la mente fantásticas imágenes, evocando maravillas, ofreciendo la tentación de lo inédito, un misterio, la promesa de cosas jamás vistas, la oferta de conocer lo desconocido y de la belleza jamás sentida.

Una estrella ardiente blanco dorada apareció a la proa de la espacio­nave. El panel del monitor parpadeó sucesivamente en rojo, verde, rojo, verde. El monitor desconectó la fabulosa energía procedente del acelerador Jarnell y la inconcebible velocidad cósmica cayó en colapso con un breve crujido y una serie de extraños ruidos. La nave, a partir de tal momento, comenzó a deslizarse con la suavidad de un bote por la lisa superficie de un estanque.

La estrella blanco dorada ya se apreciaba como al alcance de la mano y en sus órbitas giraban tres planetas. Uno era de color naranja, pequeño y próximo, una escoria ahumada. Otro se desplazaba en una órbita lejana, como un lúgubre y tenebroso mundo perdido en el espa­cio. El tercero, brillando con una luz blanca, verde y azul, giraba próxi­mo a la estrella, por debajo de la nave.

Gersen y los directivos de la Universidad, sus antagonismos puestos de lado, se lanzaron sobre el macroscopio. Aquel mundo era muy bello, rodeado de una amplia capa de atmósfera, grandes océanos y una varia­da topografía.

Gersen fue el primero en apartarse del macroscopio. Había llegado el momento de extremar su vigilancia al máximo. Warweave fue el se­gundo en hacerlo.

Estoy completamente satisfecho –dijo–. Ese planeta no tiene igual. El señor Gersen no nos ha decepcionado.

¿Crees que es innecesario tomar tierra?

Lo considero innecesario. De todos modos, no me importaría ha­cerlo.

Y se dirigió hacia la vitrina donde estaba oculto el dispositivo de Suthiro. Gersen sintió que sus músculos se tensaban. ¿Sería Warweave? Pero Warweave pasó de largo. Gersen se sintió relajado en su estado de tensión nerviosa. Seguro que el momento no había llegado. Para apro­vecharse del gas letal, Malagate debería protegerse previamente a sí mismo.

Creo que deberíamos tomar tierra –dijo Kelle– y al menos hacer algunas comprobaciones biométricas. A despecho de su bella aparien­cia, ese mundo puede resultar de lo más hostil...

Detteras, con acento dudoso, añadió:

Creo que eso es más bien una torpeza, teniendo cautivos e inváli­dos a bordo. Cuanto antes volvamos a Alphanor, mucho mejor.

Kelle restalló con un tono de voz como nunca le había oído Gersen.

Hablas como un asno, Rundie. ¿Hacer todo este viaje para ponerse el rabo entre las piernas y volver a casa? ¡Ni qué decir que aterrizaremos, aunque sólo sea para pasear por su superficie cinco minutos!

Sí –farfulló Detteras–. Sin duda tienes razón.

Muy bien –intervino Warweave–. Iremos.

Sin pronunciar palabra, Gersen colocó el piloto automático en la po­sición de aterrizaje. Los horizontes fueron haciéndose más amplios, el panorama fue cambiando de aspecto: verdes praderas sin límites, suaves colinas, una cadena de lagos hacia el norte y una cresta de montañas ne­vadas al sur. La espacionave fue descendiendo lentamente, hasta tomar contacto con el suelo y el rugir de los motores cesó en el acto. Allí estaba la tierra firme bajo los pies, con el más absoluto silencio, excepto el chasquear del analizador del entorno, que en aquel momento brilló mostrando tres luces verdes: el veredicto óptimo.

Se produjo una corta espera para equilibrar la presión. Gersen y los tres administradores de la Universidad se vistieron con ropas para el ex­terior, se dieron un masaje en el rostro con inhibidor de alergenos, así como en manos y cuello, y se ajustaron los inhaladores contra bacterias y esporas de aquel mundo virgen y desconocido.

Pallis miraba desde las lucernas de observación maravillada como una niña; Robin Rampold se removía inquieto en su asiento como una gran rata gris, que intentara salir a toda costa; pero con miedo de aban­donar la seguridad de su encierro temporal, representado por la cabina principal de la espacionave.

El aire del exterior irrumpió a bocanadas, fresco, perfumado, húme­do y limpio. Gersen se dirigió hacia la escotilla de salida, la abrió e hizo una cortés e irónica inclinación:

Caballeros... su planeta.

Warweave fue el primero en salir y pisar la tierra firme con Detteras detrás, y después Kelle. Gersen les siguió más despacio.

El monitor les había llevado a un lugar apenas a una distancia de cien metros del aterrizaje de su descubridor, el desventurado Lugo Teehalt. Gersen encontró el lugar mucho más encantador de lo que las fotografías habían sugerido. El aire era fresco, perfumado agradable­mente con la esencia de hierbas silvestres. A través del valle y más allá de un grupo de grandes árboles de oscuro follaje, las colinas se erguían macizas y suaves, marcadas con crestones de rocas grises, en cuyos hue­cos florecía una suave y verde frondosidad. En la lejanía una nube enor­me en forma de castillo brillaba a la luz del mediodía.

A través de la pradera y al otro lado del río, Gersen vio lo que parecía ser un grupo de plantas floridas y comprendió que se trataba de las dríades. Permanecieron de pie e inmóviles en el borde del bosque me­ciendo suavemente sus miembros floridos con gracia y facilidad. Magní­ficas criaturas, pensó Gersen. Pero de algún modo eran... bien, un ele­mento discordante. Una noción absurda de la vida; pero así era. En su propio planeta hubieran parecido fuera de lugar. Exóticos elementos en una escena tan amada como... ¿como qué? ¿La Tierra? Gersen en reali­dad apenas se sentía ligado a la Tierra. No obstante, el mundo más pare­cido a aquel que entonces veían sus ojos era la vieja madre Tierra, o más exactamente aquellas zonas de la Tierra todavía a salvo de la mano del hombre, y de sus modificaciones artificiales. Aquel mundo era virginal, fresco, natural, inmodificado. Excepto por las dríades –una nota de co­lor y movimiento– aquélla podría ser la antigua Tierra en su Edad de Oro, la Tierra del hombre natural...

Gersen sintió un impacto de alegría interior indefinible. Allí residía el básico encanto de aquel mundo: su casi identidad con el entorno en el cual se había desenvuelto y evolucionado el hombre. La vieja Tierra tuvo que haber conocido muchos de aquellos valles sonrientes, el senti­miento que se desprendía de aquel panorama permitía la total estructu­ra de la psique humana. En el Oikumene, había muchos otros mundos atrayentes y agradables; pero ninguno como la vieja Tierra, ninguno de ellos, como el antiguo hogar de la Humanidad... Ya que allí, de hecho, es donde realmente Gersen hubiera deseado construirse una casita de campo, con un jardín a la antigua usanza, un huerto en el prado y un bote amarrado a la orilla del río. Sueños inalcanzables.... pero sueños que afectan a todo hombre.

Gersen apartó su atención de aquello y se dedicó a estudiar atenta­mente a sus acompañantes. Warweave se había aproximado al arroyo y miraba las aguas cristalinas. En aquel momento se apartaba del lugar y miraba con sospecha en dirección a Gersen.

Kelle, junto a un grupo de helechos tan altos que le llegaban al hom­bro, miró primero valle arriba y después se quedó extasiado a la vista de la inmensa llanura. Los bosques, a ambos lados del río, formaban una maravillosa avenida que continuaba hasta perderse en una borrosa ima­gen.

Detteras paseaba despacio a lo largo de la pradera, con las manos a la espalda. En un momento dado, se inclinó al suelo, recogió un puñado de césped, lo manoseó y lo dejó caer nuevamente. Se volvió para mirar con atención a las dríades y Kelle hizo otro tanto.

Las dríades, desplazándose con sus piernas flexibles, salieron de las sombras del bosque y se dirigieron hacia el estanque de aguas serenas. Sus frondas brillaban con colores magenta, cobre y ocre dorado. ¿Seres inteligentes? Gersen vigiló con atención redoblada a los tres hombres. Kelle se estremeció ante la sorpresa, Warweave inspeccionó a las extra­ñas criaturas con evidente admiración; pero Detteras se puso las manos en la boca y produjo un silbido penetrante, al que las dríades parecieron quedar indiferentes.

De la espacionave te llegó un ruido repentino. Gersen se volvió para mirar y vio a Pallis descendiendo apresuradamente la escalera. Elevó las manos al cielo, respiró y dijo:

¡Qué hermoso valle! ¡Kirth, qué sitio tan maravilloso!

Y comenzó a vagabundear sin rumbo fijo, deteniéndose aquí y allá para mirar a su alrededor con verdadera fascinación.

Gersen, alarmado por una repentina idea, se volvió y corrió hacia la escalera, entrando en la astronave. Rampold... ¿dónde estaba Ram­pold? Gersen se lanzó a toda prisa hacia la bodega, avanzando a través del cuarto de máquinas lentamente y con toda clase de precauciones, atento al menor ruido.

Oyó la ruda voz de Dasce, llena de odiosa alegría.

¡Rampold! ¡Haz lo que te digo!

Sí, Hildernar.

¡Acércate al mamparo y suelta el cable! ¡Deprisa!

Gersen se aproximó a la bodega para observar sin ser visto. Ram­pold permaneció en pie, unos cuatro metros de distancia de Dasce mi­rando fascinado la roja faz del criminal.

¿No me oyes? Deprisa o te causaré tanto dolor que maldecirás el día en que naciste.

Rampold reía suavemente, con serenidad.

Hildemar, le he pedido a Kirth Gersen que me dejase cuidarte. Le dije que te quería como a un hijo, que te alimentaría con los mejores manjares y la bebida más vigorizadora... No pensé que me lo permitiría y he tenido que tragarme el gusto de la alegría que me tengo prometida desde hace diecisiete años. Ahora voy a golpearte hasta la muerte. Ésta es la primera oportunidad...

Lo siento, Rampold. Tengo que interrumpirle.

Rampold exhaló un grito de completa desolación, se volvió y salió corriendo de la bodega. Gersen le siguió. En el cuarto de los motores ajustó su proyector, lo metió en la pistolera y se volvió a la bodega. Das­ce mostraba sus dientes como un animal acorralado.

Rampold no tiene paciencia.

Y se dirigió al mamparo y empezó a desatar el cable.

¿Qué estás haciendo? –preguntó Dasce.

Las órdenes son que deberás ser ejecutado.

¿Qué órdenes? –preguntó asombrado.

Imbécil –le dijo Gersen–. ¿No puedes imaginarte lo que ha ocu­rrido? He ocupado tu antiguo puesto. –Ya estaba suelto uno de los ex­tremos del cable–. No te muevas, a menos que no quieras que te rompa una pierna. –Y desató el otro extremo del cable–. Y ahora, adelante. Anda derecho y baja la escalera. No hagas el menor movimiento o te mataré.

Dasce se puso lentamente en pie. Gersen le hizo una señal con el proyector.

Vamos, andando.

¿Dónde estamos? –preguntó Dasce.

No importa dónde estemos. ¡Andando!

Dasce se volvió y arrastró los dos trozos de cable hacia la salida, a través del cuarto de máquinas, y por el salón hacia la escotilla de salida. Allí vaciló un instante, mirando por encima del hombro.

Vamos, sin detenerte –le advirtió Gersen.

Dasce descendió la escalera. Gersen, que le seguía de cerca, resbaló en el cable que arrastraba Dasce. Dio media vuelta para tenerse en pie pero cayó pesadamente al suelo. Dasce dejó escapar un ronco grito de brutal alegría; se echó sobre él y le arrebató el proyector. Apuntó con él a Gersen y le ordenó:

¡Quieto! ¡Ajá, ya te tengo de nuevo!

Miró a su alrededor. A quince metros estaban Warweave y Detteras y un poco más atrás Kelle. Rampold se apoyaba en el casco de la nave. Dasce movió el proyector amenazadoramente.

¡Todos juntos, hasta que decida lo que he de hacer! Tú, viejo Rampold, ya es hora de que te mate de una vez. Y Gersen, natural­mente, en plena barriga. –Miró a los tres hombres de la Universi­dad–. Y usted –dijo dirigiéndose hacia uno de ellos–, usted me engañó...

No conseguirás mucho, Dasce –le advirtió Gersen.

¿No? Yo tengo el arma. Aquí hay tres personas que tienen que morir. Tú, el viejo Rampold y Malagate.

Sólo hay una carga en el proyector. Podrás matar a uno solo de nosotros; pero los otros te matarán a ti.

Dasce miró rápidamente al indicador de cargas del proyector. Soltó una carcajada bestial.

Así será. ¿Quién quiere morir? O mejor, ¿a quien quiero matar? –Y fue mirando a uno tras otro–. Al viejo Rampold... no, ya me di­vertí bastante con él. Gersen, sí. Me gustaría matarlo. Con un hierro al rojo vivo en la oreja. Pero Malagate... tú, perro cobarde. Me traicionas­te. Ahora ya conozco tu sucio juego. No sé por qué me has traído aquí. Pero eres el único que vas a morir.

Y levantó el arma, apuntó y tiró del disparador. Se oyó la energía brotar del arma; pero no proyectó ningún mortífero rayo azulado, sino un pálido chispazo. Arrojó a Warweave al suelo. Gersen cargó contra Dasce. En vez de luchar, Dasce lanzó el arma a la cabeza de Gersen, se volvió y echó a correr por el valle. Gersen recogió el proyector, le abrió la cámara y le insertó una carga completa de energía.

Se dirigió sin prisas hacia donde había caído Warweave, que se le­vantaba en aquel momento– Detteras gritó rabioso en la propia cara de Gersen:

¡Tiene usted que ser un retrasado mental para permitir que le qui­tara de las manos su propia arma un individuo así!

Pero ¿por qué disparó a Warweave? ¿Es acaso un maníaco? –pre­guntó Kelle perplejo.

Sugiero que volvamos a la nave donde el señor Warweave pueda descansar. Sólo había en el arma una carga pequeña, pero suficiente para haberle herido.

Detteras protestó con un bufido y se volvió hacia la nave. Kelle tomó del brazo a Warweave, pero éste se soltó; subió solo la escalera seguido de Detteras y Kelle y por último de Gersen.

¿Se siente mejor ahora? –preguntó Gersen a Warweave.

Sí –repuso Warweave–; pero estoy de acuerdo con Detteras. Se ha comportado usted como el mayor de los estúpidos.

Yo no estoy tan seguro de eso, señor –dijo Gersen–. Sepa que arreglé cuidadosamente todo este asunto.

¿Y con qué propósito? –exclamó Detteras en el colmo del asom­bro.

Rebajé el poder del proyector. Arreglé la cosa de forma que Das­ce pudiera hacerse con él, informándole antes que sólo había una sola carga en el interior, para poder demostrar quién era Attel Malagate.

¿Attel Malagate?

Kelle y Detteras, que pronunciaron el nombre simultáneamente, miraron aún más sorprendidos a Gersen.

Sí, Malagate el Funesto. He venido observando al señor Warwea­ve durante mucho tiempo, presintiendo que debería ser más propiamen­te conocido por Malagate.

Pero esto es una locura –farfulló Detteras–. ¿Habla usted en se­rio?

Muy en serio. Tenía que ser alguno de los tres. Yo supuse que se­ría el señor Warweave.

Cierto –repuso éste–. ¿Puedo preguntar por qué?

Por supuesto. Primero descarté a Detteras. Es un hombre sincera­mente feo. Los Reyes Estelares son más cuidadosos con su fisonomía.

¿Los Reyes Estelares? –tartamudeó Detteras–. ¿Quién? ¿War­weave? Eso no tiene el menor sentido.

Detteras es también un buen gastrónomo, mientras que los Reyes Estelares consideran con repugnancia el alimento humano. Y en cuanto a Kelle, también le descarté como candidato inverosímil. Es pequeño de talla y grueso, de nuevo una fisonomía contraria a la típica de un Rey Estelar.

El rostro de Warweave se contorsionó en una sonrisa glacial.

¿Afirma usted que una buena apariencia implica la depravación del carácter?

No. Yo sólo quiero hacer resaltar que los Reyes Estelares rara­mente dejan su planeta, a menos que puedan competir con éxito contra los verdaderos hombres. Y ahora, dos puntos más. Primero, Kelle está casado y ha criado al menos una hija. Segundo, Kelle y Detteras tienen carreras legítimas en la Universidad. Usted es Preboste Honorífico y re­cuerdo algo sobre una generosa donación que le proporcionó el puesto.

Eso es una locura –protestó todavía Detteras– Warweave como Malagate el Funesto. Y además, un Rey Estelar...

Es un hecho evidente –afirmó Gersen.

¿Y qué se propone usted hacer?

Matarle.

Detteras miró fijamente a Gersen y de pronto se lanzó sobre él con un grito de triunfo; pero Gersen, con la agilidad de un gato, dio un lige­ro salto hacia atrás, le cogió por la muñeca, se la retorció y le dio un gol­pe con el proyector. Detteras cayó hacia atrás cuan largo era.

Deseo su cooperación, señor Kelle.

¿Cooperar con un lunático? ¡Nunca!

Warweave ha estado frecuentemente ausente de la Universidad, por largos períodos. ¿Estoy en lo cierto? Y uno de tales períodos fue muy reciente. ¿De acuerdo?

No diré nada sobre tal cosa –respondió Detteras apretando los dientes.

Eso es realmente cierto –dijo Kelle sintiéndose a disgusto–. Su­pongo que tendrá fuertes razones en que apoyar su acusación.

Eso es.

Me gustaría oír algunas de tales razones.

Forman una larga historia. Es suficiente decir que he venido si­guiendo la pista de Malagate hasta la Universidad de las Provincias del Mar y centrado finalmente las posibilidades en ustedes tres. Sospeché de Warweave, casi desde el principio; pero no estuve seguro hasta que ustedes pusieron los pies en este planeta.

Esto es una broma demasiado pesada –dijo Warweave.

Este planeta es como la Tierra –continuó impasible Gersen–. Una Tierra que ningún hombre ha conocido jamás, una Tierra que no ha existido desde hace diez mil años. Kelle y Detteras se quedaron ma­ravillados. Kelle se extasió con el paisaje y Detteras, reverentemente sintió la vida vegetal palpitar en el suelo. Warweave fue a mirarse en el espejo de las aguas. Los Reyes Estelares han evolucionado a partir de una especie de lagartos anfibios que vivían en charcas. Aparecieron las dríades. Warweave las admiró y pareció considerarlas como un elemen­to ornamental. Para Kelle y Detteras, y para mí son seres intrusos. Det­teras les silbó y Kelle se sintió un tanto impresionado. Nosotros los hombres no deseamos la presencia de tales criaturas en un mundo tan agradable como éste. Pero todo esto era pura teoría. Tras habérmelas ingeniado para capturar a Hildemar Dasce, hice lo posible para conven­cerle de que Malagate, le había traicionado. Y cuando le di la oportuni­dad, Dasce le identificó... con el disparo del proyector.

Warweave sacudió la cabeza con aire de lástima.

Niego todas sus acusaciones. –Y miró a Kelle para preguntarle–. ¿Tú crees eso?

Estoy confundido, Gyle –respondió Kelle curvando los labios con escepticismo–. He llegado a considerar a Gersen como un hombre competente. Y no creo que sea ni un irresponsable ni un lunático.

Warweave se volvió hacia Detteras.

Rundle, ¿cuál es tu opinión?

Yo soy un hombre racionalista, y no puedo tener fe ciega... en ti, en Gersen, ni en ninguna otra persona. Gersen ha expuesto el caso y por sorprendente que parezca, los hechos son abrumadores en contra tuya. ¿Puedes demostrar lo contrario?

Creo que sí –repuso Warweave considerando la pregunta de su colega. Y se dirigió hacia el dispositivo que había instalado Suthiro bajo la vitrina. El inhalador que había separado de su sitio pendía de su mano. –Sí –continuó–, creo que puedo presentar una demostración convincente.

Presionó el inhalador contra su rostro y tocó la palanca. En la conso­la, el timbre de alarma del aire sonó con un repetido campanilleo.

Si vuelve atrás la palanca –dijo Gersen– cesará el ruido.

Warweave se aproximó y obedeció el consejo de Gersen.

Verán –continuó Kirth– que Warweave está tan sorprendido como ustedes. Se imaginó que esa palanca controlaba los depósitos del gas que ustedes encontrarán bajo sus asientos, de aquí el uso que pensa­ba hacer del inhalador. Yo vacié los depósitos y cambié las conduccio­nes de la palanca.

Kelle miró bajo su asiento y sacó fuera la caja. Miró a Warweave.

Y bien, Gyle, ¿qué tienes que decir a esto?

Warweave arrojó furioso el inhalador y les dio la espalda con disgus­to y confusión.

Repentinamente, Detteras tronó:

¡Warweave! ¡Dinos la verdad!

El aludido habló por encima del hombro.

Ya habéis oído la verdad de labios de Gersen.

¿Tú... eres Malagate? –exclamó Detteras con voz apagada por el asombro.

Sí. –Warweave se irguió aún más y les plantó cara, mirando con es­pecial furia a Gersen– Tengo curiosidad por una cosa. Desde que se en­contró con Lugo Teehalt se dedicó usted a buscar a Malagate. ¿Por qué?

Malagate es uno de los Príncipes Demonio. Espero destruirles uno a uno, hasta donde lleguen mis fuerzas.

Así ¿cuál es su intención con respecto a mí?

Matarle, simplemente.

Es usted un hombre muy ambicioso –dijo en voz neutral–. No hay muchos como usted.

Tampoco quedan muchos supervivientes del ataque a Monte Agradable. Mi abuelo fue uno. Y yo otro.

Oh, sí, es cierto. El ataque a Monte Agradable. De eso hace mu­cho tiempo.

Este es un viaje muy peculiar –intervino Kelle, cuya actitud se había vuelto de seco despego–. Al menos hemos logrado nuestro prin­cipal propósito. El planeta existe, es como el señor Gersen lo había des­crito y el dinero en depósito es de su propiedad.

No, hasta que hayamos vuelto a Alphanor –opinó Detteras.

Gersen se dirigió a Warweave.

Había hecho usted grandes planes para asegurarse la propiedad de este mundo. Quisiera saber por qué.

Warweave se encogió de hombros con indiferencia.

Un hombre puede desear vivir aquí, o construirse un palacio –con­tinuó Kirth–, pero un Rey Estelar no necesita ninguna de esas cosas. –Comete usted un error común –interrumpió Warweave excita­do–. Los hombres suelen ser sociables. Usted olvida que lo individual existe también entre otra gente diferente a ustedes. A algunos se les nie­ga la libertad en su propio mundo, y se convierten así en renegados, que ni son hombres, ni pertenecen a su misma especie. Las gentes de Ghna­rumen –y Warweave pronunció la difícil palabra con extraordinaria fa­cilidad– son tan ordenados y respetuosos con la ley como los que viven en el Oikumene. En pocas palabras, la carrera de Malagate no es como para que la gente de Ghnarumen tuviesen que preocuparse en emular. Pueden tener razón o puede que estén equivocados. Es privilegio mío el organizar mi propio estilo de vida. Como ustedes saben, los Reyes Este­lares son fuertemente competitivos. Este mundo, para los hombres, es muy bello, desde luego. Yo también lo encuentro así. Había planeado traer aquí a gente de mi propia raza y patrocinar y dar a la vida seres su­periores, tanto para hombres como para la gente de Ghnarumen. Ésta era mi esperanza, que ustedes no comprenden, puesto que no puede ha­ber entendimiento entre su raza y la mía.

Pero tú te aprovechaste de tu posición para deshonrarnos –repro­chó Detteras–. Si Gersen no te mata, lo haré yo.

Ni tú ni nadie matará a ningún Rey Estelar.

En dos saltos se encontró en la escotilla de salida. Detteras saltó tras él, evitando así que Gersen pudiera dispararle a tiempo. Warweave se volvió, propinó a Detteras un terrible puntapié en el estómago y saltó a tierra corriendo desesperadamente ladera abajo.

Gersen se detuvo en la puerta de salida, apuntó y envió un disparo de energía sin éxito tras la movible figura que se alejaba. Warweave al­canzó la pradera, vaciló en la orilla del río, miró hacia atrás a Gersen y siguió valle abajo. Gersen continuó persiguiéndole por la ladera, don­de el terreno era más firme, ganándole terreno al fugitivo, que ya ha­bía llegado a la zona pantanosa. Warweave se desvió de nuevo hacia la ribera y vaciló otra vez. Si se metía en la corriente antes de haber gana­do la orilla opuesta, Gersen caería sobre él. Miró atrás sobre su hom­bro y su cara ya había dejado de ser humana; Gersen se maravilló de cómo pudo haberse engañado ni por un instante. Warweave se volvió, lanzó un grito gutural en un lenguaje desconocido, se arrodilló y desa­pareció.

Gersen llegó al lugar de su desaparición y encontró un agujero en la ribera de casi medio metro de anchura. Se inclinó y examinó el interior; pero no pudo apreciar nada. Detteras y Kelle, que le habían seguido, llegaron entonces jadeando.

¿Dónde está?

Gersen señaló al hoyo.

Según Lugo Teehalt los grandes gusanos blancos viven bajo las ciénagas.

Humm... –murmuró Detteras–. Sus antepasados evolucionaron en las marismas y pantanos en hoyos como éste. No pudo haber encon­trado otro refugio mejor.

Pero tendrá que salir a comer... –opinó Kelle.

No estoy muy seguro. Los Reyes Estelares desprecian la alimenta­ción humana, y los hombres encuentran la dieta de los Reyes Estelares despreciable y repulsiva. Nosotros cultivamos plantas y criamos anima­les, ellos hacen algo parecido con gusanos e insectos y cosas parecidas. Warweave lo pasará muy bien con lo que encuentre bajo el terreno ce­nagoso en que se ha metido.

Gersen miró valle arriba, por donde había escapado Hildemar Dasce.

Les he perdido a los dos. No me hubiera importado sacrificar a Dasce para castigar a Malagate; pero ambos...

Los tres permanecieron unos momentos en la ribera. Una suave bri­sa rizó la superficie del agua y movió las ramas de los grandes árboles os­curos que crecían en la base de las colinas. Una tribu de dríades mero­deaba a lo largo de la orilla opuesta; volvieron sus órganos visuales ve­getales verde púrpura hacia los tres hombres.

Quizá sea mucho peor dejarles vivos en este planeta que matarlos.

Peor –aseguró Detteras con firmeza–. Muchísimo peor.

Volvieron lentamente a la astronave. Pallis, sentada en el césped, se puso en pie al aproximarse Gersen. No parecía tan ausente como antes, tan desinteresada de todo y tan alejada de su entorno. Se acercó a él, le tomó de un brazo y le sonrió. Su rostro estaba de nuevo fresco y lleno de vida.

Kirth, me gusta esto, ¿y a ti?

Sí, Pallis, muchísimo.

¡Imagínate! –murmuró Pallis con voz trémula–. Una casita en aquella colina. El viejo Sir Morton Hodenfroe tiene una hermosa casa en Blackstone Edge. ¿No sería magnífico, Kirth? Me gustaría, me gus­taría...

Primero, debemos volver a Alphanor, Pallis. Después hablaremos acerca de volver aquí.

Muy bien, Kirth. –Y le puso los brazos alrededor de los hom­bros– ¿Todavía... todavía sigues interesado por mí? ¿Después de lo que ha ocurrido?

Por supuesto que sí, cariño. –Y los ojos de Gersen se humedecie­ron sin poder evitarlo–. ¿Qué culpa tienes de todo eso?

Ninguna. Pero en casa, en Lantango, los hombres son muy celo­sos...

Gersen prefirió no decir nada. La besó en la frente y le dio unas cari­ñosas palmaditas en la espalda.

Bien, Gersen –farfulló Detteras atropelladamente–. Ha hecho usted uso de Kelle y de mí en la forma más caballerosa. No puedo decir que esté contento; pero no tengo nada que lamentar tampoco.

Robin Rampold se aproximó desde la sombra que proyectaba la as­tronave.

Hildemar se ha escapado –dijo sombríamente–. Ahora viajará por las montañas, llegará a alguna ciudad y nunca volveré a verle.

Podrá atravesar las montañas –le explicó Gersen–, pero no en­contrará ninguna ciudad.

He estado observando desde la cima de la colina a través del bos­que –dijo Rampold–. Creo que debe de estar por algún sitio cercano.

Es muy posible.

Es deprimente. Es suficiente para enloquecer a cualquier hombre.

Gersen tuvo que soltar una carcajada.

¿Preferiría usted volver a la jaula?

No, claro que no. Pero entonces yo tenía mis proyectos. De lo que podía hacer cuando fuese libre. Pero ahora soy libre y Hildemar está más allá de mi alcance.

Y se marchó desconsoladamente.

Tras una pausa, Kelle dijo:

Como científico, encuentro este planeta un lugar fascinante. Como hombre, un sitio encantador. Como Kagge Kelle, antiguo colega de Gyle Warweave, lo encuentro extremadamente deprimente. Estoy preparado para salir de aquí cuanto antes.

Sí –convino Detteras–. ¿Por qué no?

Gersen dirigió una mirada valle arriba por donde Hildemar Dasce, vistiendo un simple pantalón blanco, se había escondido en el bosque como una bestia acorralada. Miró hacia abajo al lugar en que Malagate el Funesto se había hundido en el barro de la ciénaga. Por último, miró a Pallis.

No puedo creer que esto sea real.

Lo es. Pero también es como un sueño.

Todo lo demás parece un sueño. Un sueño espantoso.

Ya ha terminado. Es como si nunca hubiera ocurrido.

Yo he sido... he sido... –La joven vaciló y frunció el entrecejo–. No recuerdo mucho.

Menos mal.

Mira, Kirth... –dijo de pronto Pallis apuntando hacia la prade­ra–. ¿Qué son aquellas hermosas criaturas?

Las dríades.

¿Y qué hacen allí?

No lo sé. Seguramente buscan algo de comer. Lugo Teehalt dijo que chupan su alimento de grandes gusanos que extraen de los agujeros de la pradera, bajo el suelo pantanoso. O quizá pongan huevos en el suelo.

Las dríades, moviéndose con lentitud sobre la orilla y mostrando sus floridos miembros ondeantes al viento, se dirigieron hacia el terreno pantanoso deambulando de forma graciosa, dando un paso y después otro, como niños de andar vacilante. Una de ellas se detuvo y permane­ció inmóvil. Bajo sus pies surgió el chispazo blanco de una trompa afila­da que se hundió fácilmente en el blando suelo de la ciénaga. Pasaron algunos segundos. El suelo se removió y pareció reventar en una erupción.

La dríade se volcó hacia atrás. Por el borde exterior del pequeño crá­ter de barro, apareció Warweave, con la larga y rígida trompa de la dría­de clavada en la espalda. Tenía la cabeza cubierta de barro, los ojos le salían de las órbitas y de su boca se escapaba una serie de horribles ge­midos. Se sacudió torpemente, cayó sobre sus rodillas, rodó por el sue­lo, consiguió desasirse del lanzazo de la dríade y se puso en pie con un enorme esfuerzo de voluntad. Trató de salir corriendo por la ladera de la colina, pero las piernas le fallaron. Cayó de rodillas, se contrajo en una bola sobre el césped, estiró las piernas pataleando y su cuerpo que­dó rígido y sin vida.


Gyle Warweave fue enterrado en la falda de la colina. El grupo vol­vió a la astronave. Robin Rampold se aproximó a Gersen.

He resuelto establecerme aquí.

En alguna parte del cerebro de Gersen surgió el asombro y la perple­jidad, mientras que en otra aquello sólo era la confirmación de sus pre­vias sospechas y de algo que esperaba como cosa natural.

Entonces –respondió Kirth– espera usted vivir en este planeta con Hildemar Dasce.

Sí, así es.

¿Sabe usted lo que le ocurrirá? Le hará nuevamente su esclavo. O le matará por la comida que estoy obligado a dejarle al salir para Alpha­nor.

El rostro de Rampold estaba pálido, pero en él se reflejaba una fir­me decisión.

Puede ser como usted dice. Pero no puedo abandonar vivo a Hil­demar Dasce.

Píenselo –le advirtió Gersen–. Estará usted solo aquí. Dasce se mostrará mucho más salvaje que antes.

Pienso que usted será tan amable de dejarme ciertos artículos, un arma, una pala, un hacha y algunas herramientas para construir un refu­gio y algunos alimentos.

¿Y qué hará usted cuando se termine ese alimento?

Buscaré productos naturales, semillas, pescado, nueces y raíces. Algunos serán venenosos, pero yo me cuidaré de probarlos.

Gersen sacudió la cabeza pensativo.

Creo que es mucho mejor que vuelva usted a Alphanor con noso­tros. Hildemar se tomará una venganza terrible.

Es un riesgo que debo correr inevitablemente –respondió deci­dido.

Como quiera.

La nave se alzó sobre las praderas, dejando a Rampold en pie junto a su pila de provisiones.

Los horizontes se agrandaron rápidamente y el planeta se convirtió en una bola verde y azul cayendo de popa. Gersen se volvió a Kelle y a Detteras.

Bien, caballeros, ya han visitado ustedes el planeta Teehalt.

Sí –respondió Kelle–. Mediante método sorprendente, usted ha cumplido los términos de su convenio; el dinero es suyo.

Gersen sacudió la cabeza.

No deseo el dinero. Sugiero que conservemos en secreto la exis­tencia de este planeta para preservarlo de lo que pudiera ser una profa­nación.

Muy bien –repuso Kelle–. Yo estoy de acuerdo.

Y yo –afirmó igualmente Detteras–. No obstante, me reservo el derecho de poder volver en otra ocasión bajo circunstancias más tran­quilas.

Una futura condición todavía –añadió Gersen–. Un tercio de los fondos fueron depositados por Attel Malagate. Sugiero que sean trans­feridos a la señorita Pallis, para compensarla en cierto modo, del daño recibido por su culpa.

Nadie hizo objeción alguna. Pallis protestó emocionada, después aceptó contenta y la noticia le alegró profundamente.

A estribor, la estrella brillante blanco dorada se confundió con las demás y pocos instantes después se perdió de vista.


Un año más tarde, Kirth Gersen volvió solo al planeta Teehalt en su espacionave modelo 9-B. Cerniéndose en el espacio, examinó el valle con el macroscopio sin descubrir signos de vida. Había al menos un pro­yector en el planeta y podía muy bien hallarse en manos de Hildemar Dasce. Aguardó hasta la caída de la noche y tomó tierra silenciosamen­te en una quebrada en las montañas por encima del valle. La larga no­che llegó a su fin. Al amanecer, Gersen se encaminó hacia el valle, con cuidado de ocultarse siempre entre los árboles.

Desde lejos, oyó el sonido de los golpes de un hacha. Se aproximó con cautela hacia el lugar de donde provenía el ruido. En el límite del bosque, Robin Rampold descortezaba un árbol caído. Gersen se acercó con parsimonia. La cara de Rampold se había rellenado y su cuerpo aparecía vigoroso y bronceado. Gersen le llamó por su nombre. Ram­pold dio un salto y buscó entre las sombras.

¿Quién está ahí?

Kirth Gersen.

¡Venga, hombre, venga! No es preciso que se oculte.

Gersen se adelantó hacia el límite del bosque y miró a su alrede­dor.

Temía encontrarme con Hidelmar.

Ah –replicó Robin– No es preciso que tema nada de Hildemar Dasce.

¿Ha muerto?

No. Está bien vivo, encerrado en una pequeña pocilga que he construido para él. Con su permiso, no le llevaré hasta él, ya que el lugar está bien escondido para cualquiera que venga a visitar el pla­neta.

Bien. Entonces consiguió derrotarle.

Por supuesto. ¿Lo puso usted en duda? Tengo muchos más recur­sos que él. Cavé una zanja durante la primera noche y construí una trampa; por la mañana Hildemar se fue arrastrando por el suelo, a fin de robarme los alimentos. Cayó en ella y le hice prisionero. Ahora es un hombre distinto. –Miró al rostro de Kirth Gersen–. ¿Lo desaprueba usted?

Gersen se encogió de hombros.

He venido solo para llevarle al Oikumene.

No –repuso decididamente Rampold–. No tenga miedo por mí. Viviré lo que me quede de vida en este planeta con Hildemar Dasce. Es un lugar muy hermoso. He hallado suficiente alimento y diariamente me distraigo mostrando a Hildemar los trucos y trampas que me enseñó hace tiempo.

Los dos hombres deambularon por el valle, hasta el sitio del anterior aterrizaje.

El ciclo vital aquí resulta muy extraño –observó Rampold–. Cada forma se convierte en otra, sin fin. Sólo los árboles son permanen­tes.

Así lo aprendí del hombre que descubrió este mundo.

Venga, voy a enseñarle la tumba de Warweave.

Rampold le condujo por la ladera de la colina hacia un pequeño ra­cimo de esbeltos arbolitos de blancos tallos. A un lado crecía uno, sen­siblemente distinto a los demás. El tronco estaba estriado de color púr­pura y las hojas eran correosas y verde oscuras. Rampold señaló el lu­gar.

Ahí están los restos de Gyle Warweave.

Gersen miró por un momento y después dio media vuelta. Contem­pló el valle en todas direcciones. Era un bonito y tranquilo lugar, silen­cioso como lo había sido anteriormente.

Muy bien, pues –dijo Gersen– Me marcho una vez más. Se­pa que no volveré nunca. ¿Está bien seguro de que quiere quedarse aquí?

Absolutamente. –Rampold miró en dirección al sol–. Se me está haciendo tarde. Hildemar estará esperándome. Ahora le deseo buena suerte y feliz viaje.

Se inclinó y desapareció, cruzó el valle y se perdió en el bosque de los árboles gigantes.

Gersen miró por última vez el hermoso valle. Aquel mundo había dejado de ser inocente y virginal, ya había conocido el mal. Una sensa­ción de culpa y deshonor se extendía por el inmenso panorama. Gersen suspiró, se volvió y se quedó mirando fijamente la tumba de Warweave. Se agachó, arrancó el retoño escarlata del suelo, lo rompió en pedazos y los sembró por el contorno.

Lentamente volvió a caminar valle arriba y se dirigió a su espacio­nave.







1 El nombre sustantivo es gene-clasificación, de aquí el adjetivo gene-clasificado y, abreviadamente, genifiado.

2 A los sarkoy se les tenía en muy baja estima por los otros pueblos del Oikurne­ne, en razón a los repugnantes hábitos de comida y a sus groseras e inmorales cos­tumbres sexuales. Se les despreciaba también por el deporte popular conocido por el «harbite» o el batir al «harikap», un bípedo seminteligente forrado de brillante piel, propio de los bosques del norte de Sarkovy. La pobre criatura, llevada a un es­tado de tensión por hambre, era encerrada en un círculo de hombres armados con horcas y antorchas, estimulándole su ferocidad con los pinchazos y el fuego, obli­gándole constantemente a retroceder hacia el centro en cuanto intentaba escapar.

Sarkovy, el único planeta de la estrella Fi de Ofluco, era un oscuro mundo de es­tepas, marismas, bosques sombríos y cenagales. Sus habitantes vivían en grandes casas de madera tras empalizadas de troncos Y ni aun las mayores ciudades se veían libres del ataque de bandidos y nómadas procedentes de las inmensas estepas del planeta. Por tradición y práctica, los habitantes de Sarkovy tenían todos fama de en­venenadores. Un Maestro Sarkovy, se decía, era capaz de matar a un hombre con sólo pasar junto a él.

3 UCL. Sigla de Unidad de Curso Legal.

4 Rastreadores: Dispositivos especiales para detectar a cualquiera, generalmen­te de los cinco tipos siguientes:

El servo-óptico: Una célula espía transportada por alas giratorias, dirigida por control remoto.

El automático: Una célula similar a la anterior para seguir a un marbete radiacti­vo o monocromático fijado sobre un hombre o vehículo.

El espía Culp: Una criatura volante seminteligente entrenada para seguir a cualquiera de interés: lista, cooperadora, disciplinada y obediente, aunque relativa­mente grande y de fácil localización.

El pájaro espía Manx: Una criatura más pequeña y menos intrusa, entrenada para actuar de forma similar, menos dócil e inteligente y más agresiva.

El pájaro espía Manx modificado: Igual al anterior, pero con dispositivos y equi­po de control.



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