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martes, 6 de julio de 2010

EL SUSURRADOR EN LA OSCURIDAD -- H. P. LOVECRAFT

EL SUSURRADOR EN LA OSCURIDAD
H. P. LOVECRAFT


I

Tened muy presente que en último término no pre­sencie ningún horror visual. Decir que una -conmoción mental fue la causa de lo que deduje -aquella última gota que me hizo salir a escape de la solitaria granja de Akeley y lanzarme, en plena noche, por las desoladas montañas de Vermont en un vehículo requisado— , no es sino querer ignorar los hechos más palmarios de mi experiencia final. No obstante las cosas tan fascinantes que tuve ocasión de ver y oír y la imborrable huella que en mí dejaron, ni siquiera hoy puedo afirmar si estaba o no equivocado por lo que respecta a mi horrible de­ducción. Ya que, después de todo, la desaparición de Akeley no prueba nada. No se encontró nada anormal en su casa a pesar de las huellas de proyectiles que había dentro y fuera de ella. Daba la impresión de que hubiera salido a dar una vuelta por las montañas y, por algún motivo desconocido, no hubiese regresado. No habla la menor indicación de que alguien hubiera pasado por allí, ni de que aquellos horribles cilindros y máquinas hubie­sen estado almacenados en el estudio. El hecho de que Akeley profesara un temor reverencial hacia las verdes y abigarradas montañas y los innumerables cursos de agua entre los que habla nacido y se habla criado, tampoco quería decir nada en absoluto, pues se cuentan por mi­llares las personas sujetas a tan morbosas aprensiones. La extravagancia, además, podía contribuir a explicar los extraños actos y recelos en que incurrió hacia el final.
Todo comenzó, por lo que a mí respecta, con las históricas, y hasta entonces jamás vistas, inundaciones de Ver­mont del 3 de noviembre de 1927. Por aquel entonces era yo, al igual que sigo siendo hoy, profesor de literatura en la Universidad de Miskatonic en Arkham, Massachu­setts, y un entusiasta aficionado al estudio del folklore de Nueva Inglaterra. Poco después de la inundación, entre los numerosos reportajes sobre calamidades, desgracias y auxilios organizados que llenaban las páginas de los pe­riódicos, aparecieron una serie de extrañas historias acer­ca de objetos que se encontraron flotando en algunos de los desbordados ríos. En ellas hallaron pie muchos de mis amigos para enfrascarse en curiosas polémicas, y acaba­ron recurriendo a mi confiando de que podría aclararles algo al respecto. Me sentí halagado al comprobar en qué medida se tomaban en serio mis estudios sobre el fol­klore, e hice lo que pude por reducir a su justo término aquellas infundadas y confusas historias que tan genuina mente parecían tener su origen en las antiguas supersti­ciones populares. Me divertía mucho encontrar personas cultas convencidas de que debía haber algo de misterioso y perverso en el fondo de aquellos rumores.
Las leyendas que atrajeron mi atención. procedían en su mayor parte de lectores de periódicos, aunque una de aquellas increíbles historias tenía una fuente oral y a un amigo mío se la reprodujo su madre en una carta que le envió desde Hardwick, Vermont. Lo que se describía en ellas era en esencia lo mismo, aunque parecía haber tres variantes: una estaba relacionada con el río Winoski cerca de Montpelier, otra tenía que ver con el río West en el condado de Windham, allende Newfane, y una ter­cera se centraba en el Passumpsic, condado de Caledonia, al norte de Lyndonville. Desde luego, muchos de los ar­tículos hacían referencia a otros ejemplos, pero en úl­tima instancia todos ellos parecían reducirse a estos tres. En todos los casos los campesinos afirmaban haber visto uno o más objetos muy extraños y desconcertantes en las agitadas aguas que bajaban de las poco frecuentadas mon­tañas, y había una acusada tendencia a relacionar aquellas visiones con un primitivo y semiolvidado ciclo de leyen­das tradicionales que los ancianos revivían para el caso en cuestión.
Lo que la gente creía ver eran formas orgánicas muy distintas de cualesquiera otras vistas con anterioridad. Naturalmente, en aquel trágico periodo, los ríos arrastra­ban muchos cadáveres de seres humanos. Ahora bien, quienes describían aquellas extrañas formas estaban total­mente convencidos de que no se trataba de seres huma­nos, a pesar de algunas aparentes semejanzas en tamaño y aspecto general. Tampoco, decían los testigos, podían ser las de ningún animal conocido en Vermont. Eran objetos rosáceos de un metro y medio de largo, con cuerpos revestidas de un caparazón provisto de grandes aletas dorsales o alas membranosas y varios pares de patas articuladas, y con una especie de intrincada forma elip­soide, cubierta con infinidad de antenáculos, en el lugar en que normalmente se encontraría la cabeza. Resultaba realmente curioso hasta qué punto coincidían los relatos de las diferentes fuentes, aunque en parte se explicaba por el hecho de que las antiguas leyendas, difundidas en otro tiempo por toda la montañosa comarca, aportaban un cuadro morbosamente vivido que podía muy bien teñir la imaginaci6n de todos los testigos implicados. De lo que deduje que los testigos — todos ellos gentes sen­cillas e ingenuas de comarcas escasamente pobladas ha­bían vislumbrado los destrozados y abotagados cadáveres de seres humanos y animales domésticos en las turbu­lentas aguas, y el recuerdo latente de las antiguas le­yendas les habla llevado a revestir de atributos fantás­ticos a aquellos cadáveres dignos de la mayor compasión.
Aquellas leyendas, aun cuando nebulosas, ambiguas y en gran medida olvidadas por las actuales generaciones, tenían unos rasgos muy singulares y sin duda reflejaban ‘la influencia de primitivos relatos tradicionales indios. Era algo que, aunque jamás había estado en Vermont, conocía bien gracias a la curiosísima monografía de En Davenport, en la que se recopila material de la tradición oral recogido con anterioridad a 1839 entre las personas más ancianas del estado. Este material, por otro lado, coincide casi puntualmente con historias que he escu­chado personal mente de boca de los ancianos campesinos de la región montañosa de New Hampshire. Brevemente resumidas, hacían referencia a una raza oculta de mons­truosos seres que habitaban en algún perdido lugar de las más remotas montañas, en los densos bosques de las más altas cumbres y en los sombríos valles bañados por cursos de agua de origen desconocido. Rara vez eran avistados estos seres, pero había testimonios de su presencia, aportados por quienes se habían adentrado más allá de lo normal en las vertientes de determinada montaña o aventurado en las profundidades de determinados ba­rrancos que hasta los lobos rehuían.
En el limo depositado a orillas de los arroyos y en los terrenos yermos había unas extrañas huellas, que no po­día decirse si eran de pies o de zarpas, y unos curiosos círculos de piedras, con la hierba arrancada a su alrededor, que no parecían haber sido colocados allí ni configurados por la acción de la naturaleza. Había también unas cue­vas de dudosa profundidad en Jas laderas de las montañas, cuyas bocas de acceso estaban cerradas por grandes pie­dras dispuestas de forma nada casual y con más extrañas huellas de lo normal, las cuales se encaminaban tanto ha­cia el interior como hacia el exterior de la cueva… en el supuesto de que su dirección pudiera determinarse exactamente. Y lo peor de todo era lo que algunas per­sonas arriesgadas habían visto, ocasionalmente a la luz del crepúsculo, en los más remotos valles y en los fron­dosos y empinados bosques por encima de los límites normales de ascensión.
Todo habría resultado menos alarmante si los relatos aislados de tales acontecimientos no hubiesen coincidido en tal grado. En efecto, casi todos los rumores que cir­culaban tenían algo en común, ya que sostenían que aque­llas criaturas eran una especie de grandes cangrejos de color rojizo, con muchos pares de patas y dos grandes alas como de murciélago en medio del lomo. Unas veces caminaban sobre todas sus patas y otras solamente sobre el par trasero, utilizando las restantes para transportar grandes objetos de naturaleza desconocida. En cierta oca­sión fueron vistos en crecido número, al tiempo que un destacamento suyo vadeaba, de tres en línea en forma­ción prácticamente militar, una corriente de agua poco profunda que discurría entre frondosos bosques. En otra ocasión, se vio una noche a uno de aquellos seres volan­do, tras arrojarse de la cima de una colina pelada y soli­taria, y desaparecer en el cielo después que sus grandes alas batientes reflejaron por un instante su silueta contra la luna llena.
Aquellos seres no parecían tener, por lo general, la menor intención de atacar a los hombres, aunque a veces se les hizo responsables de la desaparición de algún que otro osado individuo --sobre todo personas que levan­taban casas demasiado cerca de ciertos valles o próximas a las cumbres de determinadas montañas. El asentamiento en muchos lugares se hizo poco recomendable, perduran­do esta creencia aun mucho después de olvidarse la cau­sa. Un escalofrío se apoderaba de la gente al dirigir la mirada hacia algunos barrancos próximos en las estriba­ciones de aquellos siniestros y verdes centinelas, aun cuando no recordaran cuántos colonos habían desapare­cido y cuántas granjas habían ardido hasta reducirse a cenizas.
Pero, mientras según las más antiguas leyendas aque­llas criaturas sólo atacaban a quienes violaban su intimi­dad, había relatos posteriores que dejaban constancia de su curiosidad con respecto a los hombres y de sus tentativas por establecer avanzadillas secretas en el mun­do de los seres humanos. Circulaban historias de extrañas huellas de zarpas vistas en las proximidades de las ven­tanas de alguna solitaria granja al despuntar el dia, y de alguna que otra desaparición en comarcas alejadas de los núcleos que se hallaban, evidentemente bajo los efectos del hechizo. Historias, por lo demás, de susurrantes vo­ces imitadoras del lenguaje humano que hacían sorpren­dentes ofrecimientos a los solitarios viajeros que se aven­turaban por caminos y senderos abiertos en los frondosos bosques y de niños aterrorizados por cosas vistas u oídas en los mismos linderos del bosque. En la etapa final de. las leyendas — la etapa inmediatamente anterior al de­clinar de la superstición y al abandono de los temidos lugares—-, se encuentran sorprendentes referencias a ermi­taños y solitarios colonos que en algún momento de su vida parecieron experimentar un repulsivo cambio de ac­titud mental, por lo que se les rehuía y rumoreaba de ellos que se habían vendido a aquellos extraños seres. En uno de los condados del noreste parece que hacia 1800 estuvo de moda acusar a todas aquellas personas que llevaban una vida retraída o excéntrica de ser aliados o representantes de las detestables criaturas.
Por lo que se refiere a la naturaleza de aquellos seres, las posibles explicaciones diferían sobremanera. Por lo general se les designaba con el nombre de «aquéllos» o «los antiguos», aunque otras denominaciones tuvieron un uso local y transitorio. Es muy posible que el grueso de los colonos puritanos viese en ellos, lisa y llanamente, a la parentela del diablo, hasta el punto de hacer de aque­llos seres el fundamento de una especulación teológica inspirada en el terror. Quienes tenían sangre celta en sus venas — sobre todo el elemento escocés-irlandés de New Hampshire y sus descendientes asentados en Ver­mont gracias a los privilegios otorgados a los colonos en tiempos del gobernador Wentworth—- los relacionaban vagamente con los genios malignos y con los «faunos» que habitaban en las tierras pantanosas y en las fortificaciones orográficas, y se protegían de ellos por medio de fórmulas mágicas transmitidas de generación en gene­ración. Pero las teorías ‘más fantásticas eran, con gran di­ferencia, las de los indios. Si bien las leyendas diferían según las tribus, habla una acusada tendencia a creer en ciertos rasgos característicos, estando unánimemente de acuerdo en que aquellas criaturas no pertenecían a este mundo.
Los mitos de los pennacook, que por otro lado eran los más coherentes y pintorescos, indicaban que los seres alados procedían de la celeste Osa Mayor y tenían minas en las montañas de la tierra de las que extraían una clase de piedra que no existía en ningún otro planeta. No vi­vían aquí, señalaban los mitos, sino que se limitaban a mantener avanzadillas y regresaban volando con grandes cargamentos de tierra a sus septentrionales estrellas. Sólo atacaban a los seres terrestres que se acercaban demasiado a ellos o les espiaban. Los animales les rehuían debido a un temor instintivo, y no por miedo a que intentaran cazarlos. No podían comer ni cosas ni animales terres­tres, por lo que se veían forzados a traer sus víveres de las estrellas. Era peligroso acercarse a aquellos seres, y a veces los jóvenes cazadores que se aventuraban en sus montañas no regresaban. También era peligroso escuchar lo que susurraban al caer la noche sobre el bosque con voces semejantes a las de una abeja que tratara de imitar la voz humana. Conocían las lenguas de todas las tribus
— pennacooks, hurones, cinco naciones...—, pero no pa­recían tener ni necesitar una lengua propia. Hablaban con la cabeza, la cual experimentaba cambios de color con­forme a lo que quisieran expresar.
Todas las leyendas, ya tuviesen su origen entre los blan­cos o entre los indios, se desvanecieron en el curso del si­glo XIX, a excepción de algún que otro atávico resurgir. El estado de Vermont se fue poblando de colonos, y una vez levantados los habituales caminos y viviendas según un plan fijado de antemano, sus habitantes fueron olvi­dando poco a poco los temores y prevenciones que les impulsaron a poner en marcha aquel plan, e incluso que hubieran existido tales temores y prevenciones. Lo único que sabia la mayoría de la gente era que ciertas comarcas montañosas tenían fama de insalubres, improductivas y, por lo general, que era poco aconsejable vivir en ellas, y que cuanto más lejos se estuviera de ellas mejor marcha­rían las cosas. Con el transcurso del tiempo, los trillados caminos que imponían la costumbre y los intereses eco­nómicos acabaron por arraigar tanto en los lugares en que se asentaron que no había por qué salir de ellos, y así, más por accidente que por designio, las montañas frecuentadas por aquellos seres permanecieron desiertas. Salvo durante alguna que otra rara calamidad local, sólo las parlanchinas abuelitas y los meditabundos nonagena­rios hablaban ocasionalmente en voz baja de seres que habitaban en aquellas montañas; e incluso en aquellos entrecortados susurros reconocían que no había mucho que temer de ellos ahora que ya estaban acostumbrados a la presencia de casas y poblados y que los seres hu­manos no les importunaban para nada en el territorio ele­gido por ellos.
Hacía tiempo que sabia todo esto debido a mis lectu­ras y a ciertas tradiciones populares recogidas en New Hampshire por lo que cuando empezaron a correr los rumores sobre? la época de la gran inundación, pude fácil­mente ‘deducir el trasfondo imaginativo sobre el que se habían levantado. Me esforcé en explicárselo a mis ami­gos, y, a su vez, no pude menos de divertirme cuando ciertos individuos de esos que les gusta llevar siempre la contraria siguieron insistiendo en la posibilidad de que hubiera algo de cierto en aquellos rumores. Tales per­sonas trataban de poner de relieve que las primitivas le­yendas tenían una persistencia y uniformidad significa­tivas, y que la naturaleza de las montañas de Vermont, prácticamente aún por explorar; no hacía aconsejable mostrarse dogmático acerca de lo que pudiera habitar o no en ellas. Tampoco se acallaron cuando les aseguré que todos los mitos tenían unos conocidos rasgos carac­terísticos en común con los de la mayor parte del género humano, ya que venían prefigurados por las fases iniciales de la experiencia imaginativa que siempre producía idéntico tipo de ilusión.
Fue inútil demostrarles a mis contrarios que los mitos de Vermont apenas diferían en esencia de las leyendas universales sobre la personificación natural que llenaron el mundo antiguo de faunos, dríadas y sátiros, inspira­ron los kallikanzarai de la Grecia moderna y confirieron a las tierras incivilizadas como el País de Gales e Irlanda, esas sombrías alusiones a extrañas, pequeñas y terribles razas ocultas de trogloditas y moradores de madrigueras. Resultó inútil, igualmente, señalar la aún más sorpren­dente similitud que guardaban con la creencia común en­tre los habitantes de las tribus montañosas del Nepal en el temible Mi-Go o «abominable hombre de las nie­ves» que está espeluznantemente al acecho entre las ci­mas de hielo y roca de las altas cumbres del Himalaya. Cuando saqué a colación este dato, mis contrarios lo vol­vieron contra mí, alegando que ello no hacía sino demos­trar una cierta historicidad real de las antiguas leyendas; y que era un argumento más a favor de la efectiva exis­tencia de alguna extraña y primitiva raza terrestre, que se vio obligada a ocultarse tras la aparición y predominio del género humano, y que era muy posible que hubiese logrado sobrevivir en número reducido hasta épocas rela­tivamente recientes... o incluso hasta nuestros mismos días.
Cuanto más me incitaban a la risa tales teorías, más se aferraban a ellas mis empecinados amigos, llegando a añadir que incluso sin la ascendencia de la leyenda los rumores que corrían eran demasiado claros, coherentes, detallados y sensatamente prosaicos en su exposición, co­mo para ser completamente ignoradas. Dos o tres faná­ticos extremistas llegaron al punto de querer encontrar posibles significados en las antiguas leyendas indias, que atribuían un origen extraterrestre a los seres ocultos, al tiempo que citaban en apoyo de sus argumentos los increí­bles libros de Charles Fort en los que se pretende demos­trar que viajeros de otros mundos y del espacio exterior hacían frecuentes visitas a la tierra. La mayoría de mis adversarios, no obstante, eran simples románticos que no hacían sino transferir a la vida real las fantásticas tra­diciones de «faunos» al acecho popularizadas por ese ex­celente autor de relatos de terror que es Arthur Machen.


II

Como suele ser normal en tales circunstancias, esta apa­sionante discusión acabó viendo la letra impresa en for­ma de cartas al Arkharn Advertiser, y algunas de ellas fueron reproducidas en los periódicos de las comarcas de Vermont de donde provenían las historias sobre la inun­dación. El Rutland Herald publicó media página de ex­tractos de las cartas de ambos bandos contendientes, mien­tras que el Brattleboro Reformer reprodujo en extenso una de mis largas reseñas sobre historia y mitología, junto con unos comentarios aparecidos en la columna de pensamiento e ideas de El Diletante en apoyo y elo­gio de mis escépticas conclusiones. En la primavera de 1928 yo era ya una figura bastante conocida en Vermont, aun cuando jamás había puesto los pies en dicho estado. De aquellas fechas datan las extraordinarias cartas de Henry Akeley que tan profundamente me impresionaron y me llevaron, por primera y última vez, a aquella fasci­nante región atestada de precipicios verdes y susurrantes arroyos que corrían entre frondosos bosques.
Casi todo lo que sé de Henry Wentworth Akeley pro­cede de la correspondencia que mantuve con sus vecinos y con su único hijo, que vivía en California, a raíz de mi breve estancia en su solitaria granja. Akeley era, según descubrí, el último representante en su suelo natal de una vieja familia de juristas, administradores y agricultores de buena posición muy conocida a nivel local. En su caso, empero, la familia había derivado mentalmente de las cuestiones prácticas a la pura erudición, pues fue un ex­celente estudiante de matemáticas, astronomía, biología, antropología y folklore en la Universidad de Vermont. Hasta entonces jamás había oído hablar de él y apenas se deslizaban detalles autobiográficos en sus comunica­ciones, pero desde el primer momento me di perfecta cuenta de que era un hombre educado, inteligente y de una gran personalidad, aunque fuese un recluso sin el menor aire de hombre de mundo.
A pesar de la inverosimilitud de lo que decía, no pude evitar, en un primer momento, tomar los juicios de Akeley tan en serio como lo hacía con otros impugna­dores de mis puntos de vista. Por una parte, estaba muy cercano al fenómeno real —visible y tangible— sobre el que tan grotescamente especulaba; por otra, estaba asombrosamente dispuesto a dar a sus conclusiones un carácter provisional, como haría un auténtico hombre de ciencia. No se dejaba llevar por sus inclinaciones perso­nales, guiándose siempre por lo que consideraba datos contrastados. Desde luego, al principio creí que estaba equivocado, si bien le di cierto crédito por estimar inte­ligente su error, y en ningún momento se me ocurrió emu­lar a unos amigos suyos que atribuían sus ideas a la lo­cura y el miedo que profesaba a las solitarias y verdes cumbres. Pude advertir que era un hombre que hablaba con conocimiento de causa y comprobé que lo que decía debía proceder, casi con toda seguridad, de extrañas cir­cunstancias que merecían consideración, aun cuando ape­nas tuvieran que ver con las fantásticas causas a las cua­les él las atribuía. Posteriormente, me remitió ciertas pruebas pertinentes que venían a plantear la cuestión sobre bases algo distintas y sorprendentemente extrañas.
Lo mejor será que transcriba íntegra, en cuanto sea posible, la larga carta en que Akeley se me daba a cono­cer, y que constituye un importante hito en mi vida inte­lectual. Ya no la tengo en mi poder, pero mi memoria retiene casi palabra por palabra su asombroso mensaje. Una vez más afirmo mi creencia en la cordura del hom­bre que la escribió. Aquí está el texto... un texto que me llegó en los ilegibles y arcaizantes garrapatos de alguien que evidentemente no tuvo mucho contacto con el mundo durante su apacible vida de estudioso.

R.F.D. n.0 2.
Townshend, Windhem Co., Vermont.
5 de mayo de 1928.

Mr. Albert N. Wilmarth.
118 Saltonstall St.
Arkham, Mass.

Estimado señor:

He leído con gran interés en el Brattleboro Reformer’s del 23 de abril su carta sobre las historias que circulan últimamente acerca de extraños cuerpos que se han visto flotando en nuestros ríos durante las inundaciones del pasado otoño y sobre las curiosas tradiciones populares con las que tan perfectamente concuerdan. Es fácil com­prender que un forastero adopte una postura como la suya, e incluso que El Diletante se muestre de acuer­do con usted. Tal es la actitud que suelen adoptar las personas educadas ya sean o no de Vermont, y fue mi actitud de joven (ahora tengo 57 años) antes de que mis estudios, tanto generales como del libro de Davanport, me indujeran a recorrer algunos rincones poco frecuen­tados de las montañas de la comarca.
Me vi impulsado a emprender tales estudios por las extrañas historias que oía de boca de ancianos granjeros sin la menor formación, aunque lo mejor hubiera sido dejar las cosas como estaban. Modestia aparte, diré que la antropología y las tradiciones populares no me son en absoluto desconocidas. Las estudié a fondo en la univer­sidad, y estoy familiarizado con la mayoría de las auto­ridades en la materia: Tylor, Lubbock, Frazer, Quatrefa­ges, Murray, Osborn, Keith, Boule, G. Elliott Smith, et­cétera. Para mí no es ninguna novedad que las leyendas sobre razas ocultas son tan antiguas como la vida misma. He visto las reproducciones de sus cartas, y de quienes participan de su opinión, en el Rutland Herald, y creo saber cuál es el estado actual de la polémica.
Lo que intento decirle es que mucho me temo que sus adversarios se hallen más cerca de la verdad que usted, aun cuando la razón parezca estar de su parte. Están inclu­so más cerca de la verdad de lo que ellos mismos creen... pues se basan únicamente en la teoría y, naturalmente, no pueden saber todo lo que yo sé. Si yo supiera tan poco como ellos, encontraría justificado creer como lo hacen. Estaría completamente de su parte, Mr. Wilmarth.
Como puede ver, estoy dando un gran rodeo hasta lle­gar al objeto de mi carta, probablemente porque temo lle­gar a él. En resumidas cuentas, tengo pruebas fidedignas de que unos seres monstruosos viven realmente en los bos­ques de las altas cumbres por las que no transita nadie. No he visto a ninguno de esos seres flotando en las aguas de los ríos, como se ha dicho, pero he visto seres semejantes en circunstancias que casi no me atrevo a repetir. He visto huellas, últimamente las he visto tan cerca de mi casa (vivo en la vieja casa de los Akeley, al sur de Townshend Village, en las estribaciones de Dark Mountain) que no me atrevo siquiera a decírselo. Y he alcanzado a oír voces en determinados lugares de los bosques que ni siquiera osaría describir sobre el papel.
En cierto lugar oí las voces con tal claridad que me llevé un fonógrafo, junto con un dictáfono y un cilindro de cera para grabar; ya veré la forma de arreglármelas para que pueda oír usted la grabación que conseguí. Se la hice escuchar a algunos de los ancianos que habitan por estos contornos, y una de las voces les impresionó tanto que parecían no salir de su estupor debido a su semejanza con cierta voz (esa susurrante voz que se oye en los bosques y que Davenpont menciona en su libro) de la que sus abuelas les habían hablado, al tiempo que trataban de imitarla. Sé lo que la mayoría de la gente piensa de un hombre que dice «oír voces».., pero antes de extraer conclusiones le pediría que escuchara la gra­bación y que preguntase a los ancianos del lugar lo que piensan al respecto. Si usted halla una explicación ra­cional, tanto mejor. Pero, sin duda, debe haber algo de­trás de todo ello. Pues, como usted bien sabe, ex nihilo nihil fit.
Lo que me impulsa a escribirle no es el deseo de enta­blar una polémica, sino proporcionarle una información que creo que un hombre de sus inquietudes encontrará del mayor interés. Esto se lo digo en privado. En público estoy de su lado, pues ciertas cosas me han demostrado que no conviene que la gente sepa demasiado de este asunto. Mis estudios son absolutamente a título particu­lar, y no pienso decir nada que atraiga la atención de la gente y les induzca a visitar los lugares que he explora­do. Es cierto —terriblemente cierto— que en aquellos parajes hay criaturas no humanas que no cesan de obser­varnos, que cuentan con espías entre nosotros con vistas a recabar información. Gran parte de mi información proviene de un pobre desgraciado que, si estaba en su sano juicio (y a mi juicio lo estaba), era uno de esos es­pias. Aquel hombre acabó suicidándose, pero tengo fun­dadas razones para creer que hay otros.
Los seres proceden de otro planeta, y pueden vivir en el espacio interestelar y volar en él gracias a unas toscas y potentes alas resistentes al éter pero que resultan de­masiado ingobernables para pensar en utilizarlas cuando están en la Tierra. Le hablaré de ello más adelante, si es que no me toma por loco. Vienen aquí para extraer me­tales de unas minas que hay en las entrañas de los montes, y creo que sé de dónde vienen. No nos harán ningún daño si les dejamos en paz, pero nadie puede predecir lo que ocurriría si les importunáramos. Desde luego, a un buen ejército no le costará nada arrasar su colonia mi­nera. Eso es justo lo que ellos temen. Pero si llegara a suceder, otros vendrían del exterior.., en número in­calculable. No les sería difícil conquistar la Tierra, pero hasta el momento no lo han intentado porque no tienen ninguna necesidad de hacerlo. Prefieren dejar las cosas como están y evitarse complicaciones.
Según tengo entendido, quieren desembarazarse de mí porque sé demasiadas cosas acerca de ellos. En los bos­ques de Round Hill, al este de aquí, he encontrado una gran piedra negra con jeroglíficos indescifrables y a medio borrar. Pues bien, una vez que me la llevé a casa todo cambió radicalmente. Si creen que sé demasiado me ma­tarán o me llevarán consigo al planeta de donde proceden. De cuando en cuando les gusta llevarse hombres prepa­rados para estar al corriente de cómo marchan las cosas en el mundo de los humanos.
Esto me lleva a mí segundo propósito al escribirle esta carta, es decir, a rogarle que en lugar de añadir más leña a la polémica, procure acallaría. Debe mantenerse a la gente alejada de estas montañas, y para lograrlo lo mejor es no despertar más su curiosidad. Bien saben los cielos que ya es bastante el peligro que se corre con promotores y agentes inmobiliarios dispuestos a inundar Vermont con tropeles de veraneantes que infesten las zonas des­pobladas y cubran las montañas de casitas del peor gusto. Me agradaría mucho seguir en contacto con usted, y si quiere trataré de enviarle por correo urgente la grabación fonográfica y la piedra negra (tan desgastada está que apenas podrá ver algo en las fotografías). Y digo «trata­ré», porque creo que estas criaturas se las arreglan para enterarse de cuanto aquí sucede. En una granja próxima al pueblo hay un tipo llamado Brown, de siniestra cata­dura y peor talante, que creo es un espía suyo. Poco a poco tratan de incomunicarme con el mundo porque sé demasiado acerca de ellos.
Se sirven de los más increíbles medios para enterarse de todo lo que hago. Es posible que ni siquiera esta carta llegue a sus manos. Creo que lo mejor sería que abando­nara esta parte del país y me fuera a vivir en compañía de mi hijo a San Diego, en California, si las cosas se ponen peor, pero no es nada fácil abandonar el lugar en que uno ha nacido y donde ha vivido su familia durante seis generaciones. Y, además, difícilmente me atrevería a vender esta casa a nadie ahora que esas criaturas se han fijado en ella. Al parecer, tratan de recuperar la piedra negra y destruir la grabación fonográfica, pero no lo con­seguirán mientras yo pueda evitarlo. De momento, mis perros policía los mantienen a raya, pues todavía son pocos y aún no se mueven bien por estos parajes. Como he dicho, sus alas no sirven de mucho cuando se trata de vuelos cortos sobre la tierra. Estoy a punto de desci­frar la piedra ——todo apunta a terribles revelaciones— y creo que con los conocimientos que usted posee del folklore tradicional podría ayudarme a encontrar los es­labones perdidos. Supongo que está perfectamente ente­rado de los espeluznantes mitos anteriores a la aparición del hombre sobre la tierra —los ciclos de Yog-Sothoth y Cthulhu—— a los que se alude en el Necronomicón. En cierta ocasión tuve acceso a un ejemplar del libro, y se­gún tengo entendido usted posee otro y lo guarda ence­rrado bajo siete llaves en la biblioteca de su universidad.
Para terminar, Mr. Wilmarth, creo que dados nuestros estudios podemos sernos muy útiles el uno al otro. No quiero que usted corra ningún peligro, y creo estar en la obligación de advertirle que la posesión de la piedra y de la grabación entraña ciertos riesgos, pero estoy se­guro de que usted no dudará en arrostrarlos en aras de la ciencia. Si me autoriza a mandarle algo se lo acercaré en coche hasta Newfane o Brattleboro, pues confío más en las estafetas de correos de allí. Le diré que vivo solo, pues ya no puedo tener a nadie a mi servicio. No quieren quedarse debido a los seres que tratan de acercarse a casa por las noches y que hacen que los perros no cesen de ladrar. Me alegro de no haber ahondado en mis pes­quisas mientras vivía mi mujer, pues se habría vuelto loca con todo esto.
Confiando no haberle importunado en exceso y que usted decida seguir en comunicación conmigo en lugar de arrojar la carta a la papelera por creerla el desvarío de un loco,

Queda atentamente suyo,
Henry W. Akeley.

P. D. Estoy sacando más copias de algunas fotografías hechas por mí y que creo pueden contribuir a demostrar varios de los extremos aquí mencionados. Los ancianos del lugar creen que se trata de algo tremendamente ve­rídico. Se las enviaré inmediatamente si le parece bien.

H.W.A.

Seria difícil describir mis sentimientos tras la primera lectura de tan extraño testimonio. Lo normal habría sido que me hubiera reído más de tamañas incoherencias que de otras teorías mucho más plausibles que movieron a la hilaridad, pero había algo en el tono de aquélla carta que me indujo a considerarla con paradójica seriedad. No es que creyera ni por un instante en la oculta raza pro­cedente de las estrellas de la que hablaba mi correspon­sal; pero lo cierto es que, después de algunas serias dudas en un primer momento, llegué sorprendentemente a con­vencerme de su cordura y sinceridad, inclinándome a creer que su autor se había enfrentado con algún fenómeno real, aunque singular y anormal, que no acertaba a ex­plicar si no era recurriendo a la imaginación. Estaba se­guro de que la verdad distaba mucho de lo que me decía mi comunicante, pero por otro lado quizá mereciera la pena investigar qué es lo que había detrás de todo aque­llo. Aquel hombre parecía tremendamente excitado y alar­mado por algo, pero resultaba difícil pensar que su acti­tud era injustificada. ) En ciertos aspectos, era tan pun­tual y lógico... Y, después de todo, su historia encajaba increíblemente bien con ciertos mitos antiguos... incluso con las más inverosímiles leyendas indias.
Que hubiese realmente alcanzado a oír voces nada tran­quilizadoras en las montañas y que hubiese en verdad en­contrado la piedra negra de la que hablaba, entraba den­tro 4e lo posible a pesar de sus descabelladas elucubra­ciones.., elucubraciones que le debió sugerir el hombre del que se decía era un espía de aquellos serés extrate­rrestres y que, posteriormente, puso fin a su vida. Era fácil deducir que este hombre debía estar loco de atar, pero probablemente le quedara una yeta de perversa ló­gica aparente que hizo que el ingenuo de Akeley — ya de por si predispuesto a tales cosas por sus estudios so­bre el folklore—— creyera aquella historia. En cuanto a los últimos acontecimientos, en concreto a la imposibilidad de tener a nadie a su servicio, parecía que los modestos y sencillos vecinos de Akeley estaban tan convencidos como él de que su casa era asediada por algo siniestro durante la noche. Que los perros ladraban era algo que no podía ponerse en duda.
Y luego estaba la cuestión de la grabación fonográfica, que no pude sino creer que la había obtenido tal como dijo. Tenía que tratarse de algo, pero no sabría decir qué:
o ruidos animales que engañosamente recordaban el len­guaje humano, o el habla de algún ser humano oculto y al acecho al caer la noche, postrado en un estado no muy por encima del de los animales inferiores. De la grabación mi pensamiento pasó a los jeroglíficos de la piedra negra y a especular acerca de cuál podría ser su posible signifi­cado. Y, por otro lado, estaban las fotografías que Ake­ley hablaba de enviarme y que tan convincentemente los ancianos del lugar encontraban espeluznantes.
Mientras releía aquella ilegible carta, pensé m4s que nunca que mis crédulos adversarios podían estar más en lo cierto de lo que yo había admitido en un primer momento. Después de todo, aquellas montañas por las que se rehuía el paso podían ser el reducto de seres extraños y quizá con deformidades hereditarias, aun cuando no hubiese ninguna raza de monstruos nacidos en estrellas tal como pretendía la tradición. En tal supuesto, no resultaría del todo descabellada la presencia de cuerpos extraños en los ríos desbordados. ¿Acaso era excesivamente desca­bellado suponer que tanto las antiguas leyendas como los recientes relatos descansaban sobre un fundamento real? Pero incluso albergando tales dudas me sentí aver­gonzado de que tan grotesca muestra de incoherencia como era la increíble carta de Henry Akeley hubiera po­dido suscitarías.
Al final, contesté la carta de Akeley, adoptando un tono de cordial interés y solicitando información más de­tallada. Su respuesta me llegó casi a vuelta de correo, y en ella incluía, tal como me había prometido, una serie de instantáneas de escenas y objetos ilustrativos de lo que tenía que contarme. Eché una mirada a las fotografías al tiempo de sacarlas del sobre y experimenté la extraña sensación de espanto que se siente ante la inmediatez de lo prohibido, pues, a pesar de lo borrosas que estaban la mayoría de ellas, poseían un endiablado poder de su­gestión, intensificado además por el hecho de tratarse de auténticas fotografías: verdaderos eslabones ópticos de lo que reproducían, y el producto de un proceso de trans­misión impersonal sin sombra alguna de prejuicios, fali­bilidad ni falsedad.
Cuanto más las miraba, más me convencía de que no me había equivocado al tomar en serio a Akeley y su historia. Desde luego, aquellas fotografías aportaban pruebas concluyentes de que en las montañas de Ver­mont había algo que, cuando menos, estaba fuera del alcance de nuestros conocimientos y creencias. Lo peor de todo eran las huellas de pisadas: una instantánea tomada en un lugar donde relucía el sol, en un sendero total­mente enfangado en medio de una desierta altiplanicie. Una sola mirada me bastó para cerciorarme de que allí no había trucaje alguno, pues los guijarros y briznas de hierba nítidamente perfilados que se apreciaban en el campo de visión eran la mejor garantía de la corrección de la escala y hacían imposible cualquier intento de doble exposición trucada. Por darle un nombre lo califiqué de «pisada», pero creo que sería más exacto decir «huella de zarpa». Aún hoy me resulta difícil intentar describirla, y lo único que puedo decir es que era algo horrible, de rasgos similares a los cangrejos, y que no sabría precisar qué dirección seguía. No era una huella muy profunda ni reciente, pero su tamaño era aproximadamente el del pie de un hombre de estatura normal. A partir de un rastro central, se proyectaban en direcciones opuestas varios pares de pinzas dentadas; algo de todo punto desconcer­tante, si es que, como parecía, aquello era exclusivamente un órgano de locomoción.
Otra de las fotografías —-sin duda una instantánea to­mada con muy poca luz—— mostraba la boca de una cueva en un terreno muy frondoso, con una piedra esfé­rica obstruyendo la abertura. En la superficie pelada que había justo delante podía distinguirse perfectamente una densa red de extrañas huellas, y al examinar la fotografía con una lupa comprobé con cierto desasosiego que eran similares a las de la otra instantánea. Una tercera foto­grafía mostraba un circulo de estilo druídico de piedras levantadas en las cumbres de una desolada montaña. En torno al críptico circulo la hierba estaba muy aplastada y arrancada, si bien no pude detectar ninguna pisada, m siquiera con ayuda de la lente. Se advertía fácilmente que se trataba de un lugar perdido en el auténtico mar de deshabitadas montañas que se divisaba en segundo plano y se perdían en un horizonte neblinoso.
Pero si la más espeluznante de todas las fotografías era aquella en que se veía la pisada, la más sugerente sin duda era la de la gran piedra negra encontrada en los bosques de Round Hill. Akeley la había fotografiado desde lo que debía ser su mesa de trabajo, pues podían verse hileras de libros y un busto de Milton en segundo término. A lo que parecía, la cámara había enfocado ver­ticalmente la imagen con una superficie algo curvado e irregular de uno por dos pies, pero decir algo más preciso sobre aquella superficie, o sobre el aspecto general de la piedra entera, casi excede los límites del lenguaje. Ni si­quiera podía imaginar los rarísimos principios geomé­tricos en que se habían inspirado para su corte — pues no cabía duda de que se trataba de un corte artificial—, ya que jamás había visto nada tan extraño e inequívoca­mente ajeno a este mundo. Apenas pude distinguir alguno de los jeroglíficos esculpidos en la superficie, pero uno o dos de los que vi me dejaron atónito. Claro que muy bien podía tratarse de una falsificación, pues yo no era la única persona que había leído el monstruoso y abomina­ble Necromonicón del árabe loco Abdul Alhazred. Con todo, me hizo estremecerme al reconocer ciertos ideo­gramas que mis estudios me habían enseñado a poner en relación con los misterios más espeluznantes e impla­cables de seres que habían tenido una semiexistencia descabellada antes de formarse la tierra y los otros pla­netas del sistema solar.
De las cinco fotografías restantes, tres eran de terrenos pantanosos y montañosos que parecían evidenciar huellas de ocultos y perniciosos moradores. En otra se veía una extraña huella en el suelo, muy cerca de la casa de Akeley, que, según decía éste, había fotografiado de mañana tras una noche en que los perros habían ladrado con mayor intensidad que de costumbre. Estaba muy borrosa, y di­fícilmente podían extraerse conclusiones de ella, pero tenía un detestable parecido con aquella otra huella de pie o zarpa fotografiada en la desierta altiplanicie. En la última fotografía se veía la casa de Akeley; una pre­ciosa casa de blanca fachada con dos pisos y una buhar­dilla, construida haría algo más de un siglo, y con un césped bien cuidado y una vereda bordeada de piedras que conducía a una puerta de estilo georgiano labrada con exquisito gusto. En el césped había varios perros policía de gran tamaño, tendidos junto a un hombre de aspecto agradable con una barba gris recién cortada que debía ser el propio Akeley —fotógrafo de sí mismo a juzgar por la perilla conectada a un tubo que empuñaba en su mano derecha.
De las fotografías pasé a la extensa y apretujada carta, sumiéndome durante las tres horas siguientes en un abis­mo de inexpresable horror. Aquello que Akeley no había hecho sino esbozar someramente en su anterior carta, lo describía ahora con todo lujo de detalles, ofreciendo largas transcripciones de palabras oídas en los bosques durante la noche, largas descripciones de monstruosas for­mas rosáceas avistadas en medio de la frondosa espesura al caer la noche sobre las montañas, y una terrible narra­ción cósmica derivada de la aplicación de una profunda y diversificada erudición a los interminables discursos de antaño del demente y fingido espía que acabó suicidán­dose. Me encontré ante nombres y voces que había oído en otros lugares relacionados con los más espantosos que cabe imaginar —Yuggoth, Gran Cthulhu, Tsathoggna, Yog-Sothoth, R’lyeh, Nyarlathotep, Azathoth, Hastur, Yian, Leng, el Lago de Hali, Bethmoora, la Señal Ama­rilla, L’mur-Kathulos, Bran y el Magnum Innominan­dum—, y me vi transportado a través de infinitos eones e inconcebibles dimensiones a mundos antiguos y exte­riores que el demente autor del Necronomicón no había sino empezado a intuir. Allí se me hablaba de los pozos de vida primigenia, de los ríos que descendían de aquel manantial y, finalmente, del riachuelo que, procedente de uno de aquellos ríos, se había fundido inextricable-mente con los destinos de nuestro planeta.
Mi cerebro era un torbellino que no cesaba de dar vueltas, y si antes había intentado encontrar una explica­ción a las cosas, ahora empezaba a creer en los más anor­males y fantásticos prodigios. Las pruebas eran abruma­doras y aplastantes, y la fría y científica actitud de Ake­ley —una actitud que distaba siglos de lo demencial, fa­nático, histérico y hasta de lo gratuitamente especula­tivo—, tuvo un tremendo impacto sobre mis facultades críticas. Cuando acabé de leer aquella espantosa carta pude comprender los temores que Akeley había llegado a al­bergar, y me dispuse a hacer lo que estuviera en mis manos para mantener alejada a la gente de aquellas des­pobladas y encantadas montañas. Incluso hoy, cuando el transcurso del tiempo ha mitigado la impresión experi­mentada y me ha hecho replantearme mis acciones y ho­rribles dudas, hay cosas de aquella carta de Akeley que no me atrevería a mencionar, ni siquiera expresándolas en palabras sobre el papel. Casi me alegro de que hayan desaparecido la carta, la grabación y las fotografías... y sólo deseo, por razones que no. tardaré en explicar, que no llegue a descubrirse el nuevo planeta allende Nep­tuno.
Tras la lectura de aquella carta, puse fin definitiva­mente a mis polémicas sobre los horrores de Vermont. Las argumentaciones de mis contrarios quedaron sin res­puesta o postergadas tras algunas disculpas, y con el tiempo la controversia cayó en el olvido. Durante los úl­timos días de mayo y a todo lo largo de junio mantuve una correspondencia ininterrumpida con Akeley, si bien, debido a que de vez en cuando se extraviaba una carta, teníamos que volver sobre nuestros pasos y efectuar una ingente labor de reproducción. Lo que hacíamos, en tér­minos generales, era comparar nuestras notas en los pun­tos oscuros de la mitología con el fin de llegar a estable­cer una precisa correlación de los horrores de Vermont con el corpus general de leyendas primitivas de todo el universo.
De entrada, acordamos prácticamente que aquellas mor­bosidades y el infernal Mi-Go de las cumbres de Hima­laya pertenecían a la misma categoría de monstruosida­des encarnadas. Hicimos también interesantísimas conjeturas de carácter zoológico que me habría gustado consultar a mi colega universitario, el profesor Dexter, de no mediar la tajante orden de Akeley de no hacer partícipe a nadie, fuera de nosotros, de lo que sucedía. Si desobedezco ahora esa orden, es porque creo que en el actual estado de cosas una advertencia acerca de aquellas remotas montañas de Vermont -—--y de aquellas cumbres del Himalaya que algunos intrépidos exploradores cada vez están más empeñados en escalar.— puede favorecer más a la seguridad pública que el guardar silencio. Algo concreto que estábamos a punto de desentrañar era el desciframiento> de lhs jeroglíficos de aquella ignominiosa piedra negra: algo que muy bien podría hacernos entrar en posesión de secretos más arcanos y más asombrosos que cualesquiera otros hasta entonces conocidos por el hombre.


III

Hacia finales de junio llegó la grabación fonográfica, re­mitida desde Brattleboro, pues Akeley no confiaba en la seguridad que pudiera ofrecer el ramal que discurría al norte de dicha ciudad. Empezaba a tener cada vez más sospechas de que era espiado, sensación ésta que se agravó debido a la pérdida de algunas cartas, y hablaba con­tinuamente acerca de las insidias de ciertas personas a las que consideraba instrumentos y agentes de los seres ocul­tos. De quien más sospechas albergaba era del desabrido granjero Walter Brown, que vivía solo en una ruinosa vivienda de la ladera que daba a los frondosos bosques y que era visto a menudo haraganeando por las esquinas de Brattleboro, Bellows Falls, Newfane y South London­derry, del modo más inexplicable y sin razón aparente alguna. Akeley estaba convencido de que la voz de Brown era una de las que en cierta ocasión oyó en el curso de una horripilante conversación; además, en otro momento vio una huella de pisada o de zarpa en los aledaños de la casa de Brown, lo que juzgó un siniestro presagio. Curiosa­mente, cerca de ella había huellas de pisadas de Brown... pisadas enderezadas hacia la casa.
Así pues, la grabación fue echada al correo en Brattle­boro, a donde la llevó Akeley tras conducir su Ford a lo largo de las solitarias carreteras secundarias de Ver­mont. En la nota que acompañaba a la grabación, confe­saba que empezaba a tener miedo de aquellas carreteras, y que ni siquiera se atrevía a ir a Townshend a hacer compras si no era a plena luz del día. Era peligroso, re­petía una y otra vez, saber demasiado, a menos que uno se encontrara a remota distancia de aquellas silenciosas y siniestras montañas. Pensaba trasladarse lo antes posi­ble a California a vivir con su hijo, por muy duro que resultara abandonar el lugar donde se centraban todos sus recuerdos y sentimientos ancestrales.
Antes de poner la grabación en el aparato que pedí prestado al Rectorado de la Universidad, repasé cuidado­samente todas las explicaciones aparecidas en las diver­sas cartas de Akeley. La grabación, decía, fue obtenida hacia la una de la mañana del 1 de mayo de 1915, cerca de la boca cerrada de una gruta en la frondosa vertiente occidental de Dark Mountain, justo encima de los te­rrenos pantanosos de Lee. De siempre, el lugar había estado extrañamente plagado de curiosas voces, siendo éste el motivo de que hubiese llevado hasta allí el fonógrafo, el dictáfono y unos cilindros para grabar en es­pera de obtener resultados positivos. Anteriores experien­cias le habían inducido a confiar en que la Víspera de Mayo —la horrible noche del Sabbat de las leyendas eso­téricas europeas— sería con toda probabilidad una fecha mucho más fructífera que cualquier otra... y, efectiva­mente, no quedó decepcionado de su elección. Ahora bien, era de destacar que en adelante jamás volvió a oft voces en aquel lugar.
Al contrario que la mayoría de las voces oídas en el bosque, la sustancia de la grabación era casi ritual y con­tenía una voz innegablemente humana, si bien Akeley no lograba identificarla. Desde luego, no era la de Brown; más bien parecía corresponder a un hombre con mayor nivel de educación. La segunda voz, empero, constituía un auténtico enigma, pues se trataba de un maldito su­surro que no guardaba la menor semejanza con el len­guaje humano, a pesar de expresarse con palabras que denotaban un excelente inglés y un acento académico.
El fonógrafo y el dictáfono no debieron funcionar por igual a lo largo de toda la grabación, y naturalmente ello representaba un gran inconveniente debido a la le-
jana y encubierta naturaleza del ritual, por lo que el re­gistro de las voces era en realidad muy fragmentario. Akeley me había facilitado una transcripción de lo que él creía eran las> palabras pronunciadas, y volví a repa­saría mientras me disponía a escuchar el aparato. El texto tenía más de tenebroso y enigmático que de decididamente horrible, aunque el conocimiento de su origen y procedi­miento de reproducción le infundía un halo de horror su­perior a cualquier palabra que pudiera pronunciarse. Tra­taré de reproducirlo aquí en su integridad en la medida que lo recuerde, aun cuando estoy convencido de que me lo sé de memoria, no sólo por la lectura de la transcripción, sino por haber escuchado la grabación infinidad de veces. ¡No es algo que uno pueda olvidar fácilmente!

(Sonidos irreconocibles.)
(Una voz humana, masculina, culta.)

...es el Señor de los Bosques, incluso para... y los pre­sentes de los hombres de Leng... por lo que desde los abismos de la noche hasta las vorágines del espacio, y des­de las vorágines del espacio hasta los abismos de la noche, siempre las alabanzas al Gran Cthulhu, a Tsathoggua y a Aquel que no puede ser Nombrado. Siempre Sus alaban­zas, y abundancia para el Chivo Negro de los Bosques. ¡ Iä! ¡ Shub-Niggurath! ¡El Cabrón Negro de las Mil Crías!

(Una imitación susurrante del lenguaje humano.)
¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ¡El Cabrón Negro de las Mil Crías!
(Voz humana.)

Y he aquí que el Señor de los Bosques, siendo... siete y nueve, descendió los peldaños del ónix... le (tri) buta a El en la Vorágine, Azathoth, Aquel de Quien Tú nos has enseñado marav (illas)... sobre las alas de la noche muy lejos del espacio, muy lejos del... a Aquel de quien Yug­goth es el benjamín, girando solo en el negro éter del círculo exterior...

(Voz susurrante.)

... ir entre los hombres y encontrar las formas de ha­cerlo, que Aquel que está en la Vorágine debe conocer. A Nyarlathotep, Poderoso Mensajero, debe dársele cuenta de todo. Y El tomará la apariencia de los hombres, con la máscara de cera y la indumentaria que oculta, y descen­derá del mundo de los Siete Soles para burlar...

(Voz humana.)

(Nyarl) athotep, Gran Mensajero, portador de singular alegría a Yuggoth a través del vacío, Padre del Millón de Privilegiados, Cazador al Acecho entre...

(Interrupción del diálogo por llegarse al final de la gra­bación.)

Tales fueron las palabras que me preparé a escuchar cuando puse en marcha el fonógrafo. Confieso que un cierto temor y renuncia me embargaban cuando apreté la palanca y oi el rasgar de la punta de zafiro en los primeros surcos, pero experimenté una sensación de ali­vio al comprobar que las primeras débiles y fragmenta­rías palabras procedían de una voz humana: una voz suave y educada, con un ligero acento bostoniano, y que en cualquier caso no era de nadie que procediese de la región montañosa de Vermont. Mientras escuchaba aque­llas exasperantes y tenues voces, el diálogo me pareció no diferir en nada de la transcripción que tan escrupulo­samente había hecho Akeley. Y aquella suave voz bos­toniana salmodiaba... « ¡ Iä! ¡ Shub-Niggurath! ¡El Ca­brón Negro de las Mil Crías! ...
Y entonces oí la otra voz. Aún hoy siento un estreme­cimiento retrospectivo cuando pienso en la tremenda im­presión que me causó, aun cuando ya estaba sobre aviso por lo que me había dicho Akeley. Aquellos a quienes posteriormente he descrito la grabación afirman no hallar en ella sino una burda patraña o la mejor prueba de un estado de locura, pero estoy convencido de que pen­sarían de forma diferente si hubieran oído la maldita gra­bación o leído el grueso de la correspondencia de Akeley (sobre todo, esa terrible y enciclopédica segunda carta). Después de todo, es una verdadera lástima que no me atreviera a desobedecer a Akeley y les dejara escuchar la grabación a otros... y no menos lástima es, asimismo, que todas sus cartas se perdieran. A mí, que tenía una impresión de primera mano de los sonidos reales y que era conocedor del trasfondo y de las circunstancias en que se efectuó la grabación, aquella voz me pareció algo monstruoso. Siguió inmediatamente a la voz humana en ritual respuesta, pero tuve la sensación de que era un morboso eco que se reproducía a través de insondables abismos en inimaginables infiernos exteriores. Hace ya más de dos años que escuché por última vez aquel espe­luznante cilindro de cera, pero aún hoy, y estoy conven­cido de que en cualquier otro momento, puedo percibir en mis oídos aquel tenue y diabólico susurro, tal como alcancé a escucharlo por vez primera:

«¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ¡El Cabrón Negro de las Mil Crías!»

Pero aunque aquella voz no abandona mis oídos, no he logrado aún analizarla lo suficientemente bien como para dar una descripción gráfica de ella. Era como el zumbido de algún repugnante y gigantesco insecto trans­formado tediosamente en el lenguaje articulado de una rara especie, y estoy plenamente convencido de que los órganos que lo producían no guardaban la menor seme­janza con los órganos vocales del hombre, ni incluso con ninguno de los mamíferos conocidos. Tenía ciertas pecu­liaridades de timbre, duración y armonía que hacían de este fenómeno algo totalmente ajeno a lo propiamente humano y a la vida terrenal misma. Nada más captarlo mis oídos aquella primera vez casi quedé aturdido, por lo que el resto de la grabación la oí sumido en una es­pecie de inconsciente letargo. Al llegar el párrafo más largo de la voz susurrante, se intensificó en extremo aquella sensación de implacable infinitud que tanto me chocó al oír el precedente y más breve párrafo. Al final, la grabación terminaba bruscamente, en el momento en que se oía con desacostumbrada claridad la voz humana de acento bostoniano... pero yo seguí sentado con la mirada absurdamente perdida hasta mucho después de detenerse automáticamente el aparato.
Huelga decir que escuché muchas más veces aquella increíble grabación, y que hice exhaustivos intentos para analizarla y comentarla tras comparar mis notas con las de Akeley. Sería inútil y alarmista repetir aquí todo lo que sacamos en conclusión, pero puedo adelantar que creíamos haber dado con una pista del origen de algunas de las más genuinas y repulsivas costumbres de las anti­guas y crípticas religiones de la humanidad. Nos parecía, asimismo, evidente que había vínculos antiguos y com­plejos entre aquellos misteriosos seres extraterrestres y determinados representantes de la raza humana. Hasta dónde llegaban estos vínculos y hasta qué punto puede compararse su actual estado con el de épocas anterio­res, no nos atrevíamos a conjeturar, pero en cualquier caso daban pie a un sinfín de escalofriantes especula­ciones. Parecía haber una horrorosa e inmemorial rela­ción en determinados períodos entre el hombre y el infi­nito desconocido. Todo indicaba que los espantosos seres que aparecieron sobre la tierra procedían del mis­terioso planeta Yuggoth, en los confines del sistema solar, pero no eran sino la vanguardia de una espantosa raza extraterrestre cuyo origen último debe radicar incluso mucho más allá del continuo espacio-tiempo einsteniano o mayor cosmos conocido.
Entretanto, seguíamos hablando de la piedra negra y de cuál seria la mejor forma de enviarla a Arkham, pues Akeley no estimaba aconsejable que fuera yo a visitarle al escenario mismo de sus alucinantes investigaciones. Por una u otra razón, temía que fuera transportada si­guiendo una ruta ordinaria o convencional. Finalmente, decidió que lo mejor sería llevarla campo a través hasta Bellows Falís, y allí enviarla en el ferrocarril de Boston y Maine a través de Keene, Winchendon y Fitchburg, aunque ello significaba tener que conducir por caminos de montaña más solitarios y más rodeados de bosques que la carretera principal que conducía a Brattleboro. Dijo haber visto a un hombre merodeando por la oficina de correos de Brattleboro cuando envió la grabación fono­gráfica, cuyo aspecto y movimientos no eran nada tran­quilizadores. Aquel hombre parecía tener un gran inte­rés en hablar con los empleados de correos, y tomó el tren en que iba la grabación. Akeley confesó que no se había sentido del todo tranquilo hasta que no recibió noticias mías diciéndole que la grabación estaba a buen recaudo.
Por aquellos días —-corría la segunda semana de ju­lio— se extravió otra carta mía, según me enteré por una comunicación de Akeley que evidenciaba cierto desa­sosiego. A raíz de aquello, me dijo que no volviera a escribirle a Townshend y que enviase todas mis cartas a la Lista de Correos de Brattleboro, adonde hacía frecuen­tes visitas bien en su coche o en un autobús de la línea regular que se había hecho cargo últimamente del ser­vicio de transporte de viajeros que venía prestando el lento ramal de ferrocarril. Me di perfecta cuenta de que su ansiedad iba en aumento, pues entraba en pormenori­zado detalle al hablar sobre los ladridos cada vez mayo­res de los perros en las noches sin luna y las frescas hue­llas de zarpas que a veces encontraba al amanecer en el camino y en el barro que se formaba en la parte posterior del corral. En cierta ocasión me habló de todo un ejército de pisadas de perros, y para demostrarlo me enviaba una repulsiva e inquietante instantánea kodak. La foto fue tomada a raíz de una noche en que los perros se habían superado a sí mismos en sus aullidos y ladridos.
La mañana del miércoles, 18 de julio, recibí un tele­grama de Bellows Falls, en el que Akeley me comuni­caba el envío de la piedra negra en el tren núm. 5.508 de la compañía B. & M., que salía de Bellows Falís a las 12,15 y tenía anunciada su llegada a la estación del Norte de Boston a las 16,12. Calculé que llegaría a Arkham para las 12 de la mañana del día siguiente, por lo que permanecí allí toda la mañana del jueves hasta que lle­gara. Pero viendo que daban las 12 y no llegaba nada, llamé por teléfono a la oficina de correos donde me in­formaron que no se había recibido ningún envío a mi nombre. A renglón seguido, y en medio de una creciente alarma, puse una conferencia al factor de correos de la estación del Norte de Boston... y apenas me sorprendió enterarme de que no aparecía ningún envío a mi nombre. El tren núm. 5.508 había llegado con sólo 35 minutos de retraso el día anterior, pero en él no había ningún paquete para mí. Con todo, el factor me prometió rea­lizar una investigación para ver si aparecía. El día con­cluyó con una carta que le envié a Akeley por la noche en la que le daba cuenta del estado de la situación.
A la tarde siguiente llegó, con encomiable prontitud, un informe de la oficina de Boston; el factor me telefoneó en cuanto se informó al respecto. Al parecer, el empleado de servicio en el tren núm. 5.508 recordaba un incidente que tal vez tuviera que ver con la pérdida de mi paquete: una discusión con un hombre de voz muy extraña, aspecto campesino, de contextura delgada y con el pelo de color arena, mientras el tren estaba estacionado en Keene, New Hampshire, poco después de la una de la tarde.
El hombre en cuestión, siguió diciendo el empleado, se hallaba muy excitado a propósito de una pesada caja que aguardaba, pero que no estaba en el tren ni figuraba en los libros de la compañía. Decía llamarse Stanley Adams, y tenía un tono de voz tan extrañamente pas­toso y monótono que el empleado se quedó aturdido y adormecido mientras la escuchaba. El empleado no podía recordar el final de la conversación, aunque sí que se despertó al tiempo que el tren volvía a ponerse en mar­cha. El factor de Boston añadió que aquel empleado era un joven de una probidad y confianza a toda prueba, de buenos antecedentes y con mucho tiempo de servicio en la compañía.
Aquella misma tarde me fui a Boston a entrevistarme con el empleado en cuestión, tras obtener su nombre y dirección en la oficina. Era un tipo abierto y simpático, pero no tardé en comprender que nada nuevo podía aña­dir a lo ya dicho. Por raro que parezca, ni siquiera estaba seguro de poder identificar al extraño que le hizo la pre­gunta. Tras darme cuenta de que no tenía más que decir, regresé a Arkham y me pasé la noche entera escribiendo cartas a Akeley, a la compañía de transportes, a la comi­saría de policía y al factor de la estación de Keene. A mi juicio, ese hombre de singular voz que tan extrañamente había afectado al empleado debía desempeñar un papel fundamental en todo aquel desagradable asunto, y espe­raba que los empleados de la estación de Keene y los archivos de la oficina de telégrafos pudieran decirme algo acerca de su persona y de los motivos que le im­pulsaron a preguntar cuando y donde lo hizo.

Debo admitir, empero, que todas mis investigaciones resultaron infructuosas. Al hombre de la voz rara se le había visto efectivamente en las inmediaciones de la es­tación de Keene a primeras horas de la tarde del 18 de julio, y un viajero le asociaba vagamente con una pesada caja, pero era alguien completamente desconocido para él y no había vuelto a verle desde entonces. El desconocido no había pasado por la oficina de telégrafos ni reci­bido ningún mensaje, y a la oficina no había llegado nin­gún telegrama que pudiera relacionarse con la presencia de la piedra negra en el tren núm. 5.508. Naturalmente, Akeley colaboró conmigo en las investigaciones, y hasta se desplazó a Keene para interrogar al personal de ser­vicio en la estación, pero su actitud era más fatalista que la mía. Para él, la pérdida de la caja era el síntoma inconfundible de algo portentoso y amenazador que nada bueno presagiaba, y no tenía la menor esperanza de recu­perarla. Hablaba de los indudables poderes telepáticos e hipnóticos de los seres de las montañas y de sus inter­mediarios, y en una carta expresaba su convencimiento de que la piedra no se encontraba ya en nuestro planeta. Por mí parte, estaba enfurecido y con razón, pues me había hecho a la idea de que al menos se me presentaba una oportunidad para enterarme de cosas profundas y sor­prendentes sobre los antiguos e indescifrables jeroglíficos. Aquello me habría dejado mal gusto por algún tiempo de no ser porque las cartas que seguía recibiendo de Akeley hicieron que el horrible problema de la montaña entrara en una nueva fase que acaparó inmediatamente toda mi atención.


IV

Los seres desconocidos, me escribía Akeley con una caligrafía cada vez más temblorosa, habían empezado a montar un cerco en torno a él con una determinación totalmente nueva. Los ladridos nocturnos de los perros cuando no había luna o apenas brillaba se habían vuelto espantosos, y ya se habrían producido intentos de atacarle en las solitarias carreteras por las que transitaba durante el día. El 2 de agosto, cuando se dirigía al pueblo en su coche, se encontró un tronco de árbol en medio del ca­mino en un lugar en que la carretera discurría por entre una frondosa arboleda; los furiosos ladridos de los dos grandes perros que le acompañaban le indicaron muy a las claras que alguno de aquellos seres debía estar me­rodeando por allí. No quería ni pensar lo que hubiese sucedido de no ser por los perros..., así que en lo su­cesivo no se atrevió a salir más sin dos ejemplares cuando menos de su fiel y poderosa jauría. Tuvo otros inciden­tes en la carretera los días 5 y 6 del mismo mes. En una ocasión un proyectil le pasó rozando el coche, y en otra los ladridos de los perros le advirtieron de peligros ocul­tos en el bosque.
El 15 de agosto recibí una desesperada carta que me intranquilizó mucho, hasta el punto de hacerme desear que Akeley dejase a un lado su pertinaz reticencia y acudiese a la justicia en busca de ayuda. En la noche del 12 al 13 se habían producido unos espantosos hechos:
se oyeron varios disparos en el exterior de la granja, y tres de los doce grandes perros fueron encontrados muer­tos a la mañana siguiente. Por minadas se contaban las huellas de zarpas que había en el camino, y entre ellas podían verse las huellas humanas de Walter Brown. Ake­ley intentó telefonear a Brattleboro para que le enviasen más perros, pero la comunicación se cortó al poco de empezar a hablar. Posteriormente, se fue en coche a Brattleboro, en donde se enteró de que los instaladores de líneas telefónicas habían encontrado el cable principal cortado con suma limpieza en un lugar de las despobladas montañas al norte de Newfane. Pero Akeley se disponía a regresar a casa con cuatro nuevos y excelentes perros y varias cajas de munición para su rifle de repetición de gran calibre. La carta, escrita en la oficina de correos de Brattleboro, llegó a mis manos sin ningún retraso.
Mi actitud respecto a todo aquello había pasado en poco tiempo de un interés científico a otro personal y alarmista. Temía por Akeley en su remota y solitaria granja, e incluso albergaba temores por mi mismo a causa de todo lo que sabía en relación con el extraño caso de la montaña. Aquello trascendía toda lógica. ¿Acabaría también por absorberme y engullirme a mí? Al contestar a la carta de Akeley, le insté a que buscara ayuda, insi­nuándole que si no lo hacía él podría intentarlo yo. Le hablé de mi intención de ir a Vermont en persona a pesar de sus deseos en contra, y de ayudarle a explicar el caso a las autoridades competentes. Por toda contestación, em­pero, recibí un telegrama expedido en Bellows Falls y que decía así:

AGRADEZCO SU ATENCION PERO NO PUE­DO HACER NADA. NO HAGA NADA PUES PODRIA PERJUDICARNOS A AMBOS. ESPERE EXPLICACION. HENRY AKELY.

Pero el asunto se complicaba cada vez más. Tras con­testar al telegrama, recibí una temblorosa nota de Akeley con la sorprendente noticia de que no sólo no había enviado el telegrama, sino que no le había llegado mi carta a la que aquél daba contestación. Tras apresura­das indagaciones en Bellows Falís se comprobó que el telegrama fue cursado por un extraño individuo de ca­bello color terroso y voz curiosamente pastosa y susu­rrante, y eso fue prácticamente todo lo que Akeley pudo sacar en claro. El funcionario de telégrafos le enseñó el texto original garrapateado a lápiz por el remitente, pero la caligrafía resultaba completamente desconocida. Se apreciaba un error en la firma A-K-E-L-Y, sin la segun­da E. Ciertas conjeturas eran, inevitables a partir de ahí, pero la crisis le había afectado de tal forma que no se paró a meditar al respecto.
Hablaba de la muerte de más perros, de la compra de otros nuevos, y del cruce de disparos que había acabado siendo una nota peculiar de las noches sin luna. Las hue­llas de Brown y de al menos uno o dos seres humanos más, que iban calzados, podían verse casi siempre entre las huellas de zarpas que había en el camino y en la parte trasera de la granja. La situación, reconocía Akeley, se había vuelto insoportable, y lo más probable es que muy pronto se marchara a vivir a California con su hijo, vendiera o no la vieja casa. Pero no resultaba nada fácil abandonar el único lugar que uno podía considerar real­mente su hogar. Trataría de seguir allí algo más. Tal vez consiguiera ahuyentar a los intrusos.., sobre todo si aban­donaba de una vez por todas cualquier intento de profun­dizar en sus secretos.
Contesté inmediatamente a Akeley, renovándole mis ofrecimientos de ayuda, y le hablé de nuevo de visitarle y ayudarle a convencer a las autoridades del extremo pe­ligro que corría. En su respuesta parecía menos predis­puesto contra el plan de lo que su anterior actitud ha­bría hecho suponer, aunque dijo que le gustaría aplazar su salida unos días más... justo el tiempo suficiente para poner en orden sus cosas y hacerse a la idea de que tenía que abandonar el casi morbosamente querido suelo natal. La gente albergaba sospechas sobre sus estudios e inves­tigaciones, y lo mejor sería salir sin ruido de la comarca, sin provocar alborotos ni que empezaran a circular rumo­res sobre su salud mental. Habla pasado mucho, afirmaba, pero querría marcharse de un modo digno a ser posible.
La carta llegó a mis manos el 28 de agosto, e inme­diatamente le escribí y eché al correo una carta de con­testación animándole en sus proyectos. A lo que se vio, mis palabras de ánimo surtieron efecto, pues Akeley pa­recía más tranquilo cuando contestó mi nota. No obstante, no se hacía muchas ilusiones pues creía que lo único que retenía a aquellas criaturas era que habla luna llena. Con­fiaba que no hubiese muchas noches nubladas, y de pa­sada hablaba de irse a vivir a una pensión a Brattleboro cuando la luna empezara a menguar. Volví a escribirle en tono animoso, pero el 5 de septiembre me llegó una carta que sin duda debió cruzarse con la mía en el correo... y esta vez sí que me fue imposible darle nin­guna respuesta alentadora. En vista de su importancia creo que lo mejor será transcribirla íntegramente, todo lo mejor que mi memoria me permita recordar aquella temblorosa letra. Poco más o menos, decía así:

Lunes

Querido Wilmarth:
Una postdata harto desoladora a mi última carta. Ano­che el cielo estaba plagado de nubes — aunque no llo­vió— y no se veía luz procedente de la luna. La situa­ción empeoró tremendamente, y mucho me temo que se acerque el final, en contra de todo lo que esperábamos. Pasada la medianoche algo se posó en el tejado de la casa y los perros se precipitaron fuera a ver qué pasaba. Les oi ladrar y aullar, y seguidamente uno consiguió encara­marse al tejado saltando desde un cobertizo bajo. Se en­tabló una feroz lucha allí arriba, y oí un espantoso su­surro que jamás olvidaré. Y luego llegó hasta mí un tufo irresistible. Casi al mismo tiempo unos proyectiles atra­vesaron la ventana y a punto estuvieron de alcanzarme. En mi opinión, una avanzadilla de las criaturas de la mon­taña se acercaron a la casa mientras los perros estaban entretenidos con lo que sucedía en el tejado. Ignoro qué pasaría allí, pero me temo que esos seres están apren­diendo a gobernar mejor sus alas espaciales. Apagué la luz y utilicé las ventanas a modo de troneras, y barrí toda la casa con fuego de rifle apuntando alto a fin de no herir a los perros, tras lo cual se puso fin a la con­tienda. Pero, a la mañana siguiente, descubrí grandes charcos de sangre en el patio, además de otros de una sustancia verde y viscosa que despedían el olor más nau­seabundo que mi memoria recuerda. Me encaramé al te­jado en donde encontré más restos de aquella sustancia viscosa. Cinco perros habían caído muertos... me temo que a uno lo maté yo por apuntar muy alto, pues tenía un tiro en el lomo. Ahora estoy cambiando los cristales que se rompieron a causa de los disparos, y dentro de unos momentos salgo para Brattleboro en busca de más perros. Los hombres de las perreras deben creer que es­toy loco. Le pondré otra nota a la vuelta. Espero poder mudarme dentro de una o dos semanas, aunque casi me mata sólo pensar en ello.

Apresuradamente, Akeley.

Pero ésta no fue la única carta de Akeley que se cruzó con la mía. A la mañana siguiente — -6 de septiembre— recibí otra. Esta vez eran unos mal trazados garrapatos que me desconcertaron por completo y que me dejaron sin saber qué decir o hacer. Una vez más, lo mejor será que reproduzca el texto de la carta lo más fielmente que la memoria me lo permita.

Martes

No se abrió ningún claro entre las nubes de modo que tampoco hubo luna, la cual, por otro lado, está en fase de cuarto menguante. Si no fuera porque sé que cor­tarían los cables una y otra vez que los arreglaran lleva­ría electricidad hasta la casa e instalaría un foco.
Creo que voy a volverme loco. Es posible que todo lo que le he escrito no sea más que un sueño o simple lo­cura. Ya estaban mal las cosas antes, pero esta vez sobre­pasan todo lo imaginable. Anoche hablaron conmigo... me hablaron en aquella horrible y susurrante yoz para decirme cosas que no me atrevo a repetir aquí. Les oí con toda nitidez a pesar de los ladridos de los perros., y en un momento determinado en que empezaba a no oírse les, se oyó una voz humana que vino en su ayuda. No se meta en esto, Wilmarth... es mucho peor de lo que sospechábamos. Ahora no quieren dejarme ir a Califor­nia: quieren llevarme con ellos vivo, o lo que teórica y mentalmente equivale a vivo.., y que les acompañe no sólo a Yuggoth, sino mucho más allá... lejos de la galaxia, y posiblemente más allá del último círculo de anillo es­pacial. Les dije que no les seguiría a donde ellos quieren que vaya, ni me dejaría llevar del modo tan terrible que ellos proponen, pero temo que todo sea inútil. Mi casa está tan apartada que dentro de poco podrán presentarse lo mismo de día que de noche. Seis perros más han muerto, y cuando hoy me dirigía a Brattleboro sentía que me observaban desde los bosques que bordean el ca­mino.
Fue un error por mi parte tratar de enviarle la graba­ción fonográfica y la piedra negra. Será mejor que destruya la grabación antes de que sea demasiado tarde. Le pondré unas líneas mañana, si es que sigo aquí todavía. Me gustaría poder llevarme a Brattleboro mis libros y otras pertenencias y alojarme en alguna pensión. Si pu­diera echaría a correr ahora mismo y lo dejaría todo de­trás, pero hay algo dentro de mí que me lo impide. Po­dría escaparme a Brattleboro, donde estaría a salvo, pero tengo la impresión de que allí me sentirla tan prisionero como en mi casa. Y, a mi juicio, no creo que pudiera ir mucho más lejos, ni aunque lo dejara todo y lo intentara. Es realmente horrible.., no se mezcle en todo esto.

Atentamente, Akeley.

Después de leer esta horrible carta no dormí en toda la noche. No sabía qué decir acerca del estado de salud mental de Akeley. El contenido de la carta era total­mente demencial, pero la forma de expresarlo — habida cuenta de todo lo acontecido hasta entonces— resultaba sombría y tremendamente convincente. Decidí no con­testarla, pensando que sería mejor aguardar hasta que Akeley dispusiera de tiempo para responder a mi última carta. Como era de esperar, la respuesta llegó al día si­guiente, aunque las noticias frescas que se recogían en ella eclipsaron prácticamente las cuestiones que se plan­teaban en la carta a la que en teoría respondía. A con­tinuación reproduzco lo que recuerdo de su texto, garra­pateado y lleno de tachaduras como si hubiese sido escrito en el curso de un frenético y apresurado impulso.

Miércoles
W...


Recibí su carta, pero es inútil seguir hablando sobre el tema. Estoy completamente resignado. Me sorprende que aún me queden fuerzas para rechazarlos. No podría escapar ni aun en el caso de que estuviera dispuesto a abandonarlo todo y salir corriendo. Me atraparían.
Ayer recibí una carta de ellos.., me la entregó un tipo de nombre R. F. D. en Brattleboro Estaba mecanogra­fiada y llevaba matasellos de Bellows Falís. En ella se dice lo que quieren hacer conmigo... No me atrevo a repetirlo. ¡Tenga cuidado Wilmarth! Destruya la graba­ción. Quisiera decidirme y pedir ayuda — tal vez ello me haría recobrar mi fuerza de voluntad—, pero quien­quiera que viniese en ayuda mía pensaría que estoy loco, a no ser que le presentara pruebas concluyentes. No puedo pedir ayuda a la gente si no tengo un buen mo­tivo... No tengo ni he tenido el menor contacto con na­die en muchos años.
Pero aún no le he contado lo peor, Wilmarth. Prepá­rese para leer lo que sigue, pues se va a llevar un sobre­salto mayúsculo. Pero no hago más que decirle la pura verdad. Prepárese, pues, como le digo: he visto y tocado a uno de los seres, o menos parte de uno de los seres. Fue algo horrible, ¡Dios mío! Estaba muerto, natural­mente. Esta mañana me lo encontré junto a la perrera:
¡uno de los perros lo tenía entre sus garras! Traté de esconderlo en la leñera para así poder mostrárselo y con­vencer a mis vecinos, pero en unas horas se evaporó. No quedó ni el menor rastro de él. Como usted bien sabe, sólo la primera mañana tras la inundación se vieron aque- -los seres flotando en los ríos. Y aquí viene lo peor. Traté de fotografiarlo para mostrárselo luego, pero cuando re­velé la película en ella no se veía más que la leñera. ¿De qué podía estar hecho ese ser? Al menos, puedo decir que vi y palpé uno, y que todos ellos dejan huellas de pisadas. Sin duda estaba hecho de materia, pero ¿qué clase de materia? No sabría cómo describir su forma. Era un enorme cangrejo, con un montón de anillos pira­midales carnosos o ligamentos de una sustancia espesa y viscosa, cubierto de tentáculos en el lugar donde el hom­bre tiene la cabeza. Aquella sustancia verde y pringosa era su sangre o jugo. Y a cada momento que pasa crece su número sobre la tierra.
Walter Brown ha desaparecido. No se le ha visto últi­mamente merodeando por ninguna de las esquinas que solía frecuentar en los pueblos de los alrededores. Uno de mis disparos debió alcanzarle, aunque aquellas cria­turas se llevan siempre consigo sus muertos y heridos.
Esta tarde acudí a la ciudad y no tuve el menor contra­tiempo, pero temo que comiencen a retraerse porque ya me conocen muy bien. Escribo esta carta en la oficina de correos de Brattleboro. Tal vez sea una despedida. En tal caso, escriba a mi hijo, George Goodenough Ake­ley, 176 Pleasant St., San Diego, California, pero no venga aquí por lo que más quiera. Escríbale a mi hijo si no vuelve a saber de mí dentro de una semana... y esté atento a las noticias de los periódicos.
- Voy a jugarme las dos últimas cartas que me quedan... si es que aún tengo arrestos. La primera es tratar
envenenar con gas a esos seres (tengo los productos quí­micos necesarios, y me he fabricado máscaras para mí y para los perros), y si veo que no- da resultado iré a contárselo al sheriff. Es posible que me encierren en un manicomio, pero en cualquier caso será siempre preferi­ble a lo que las otras criaturas harían conmigo. Tal vez pueda conseguir que presten atención a las huellas que hay en torno a la casa: son borrosas, pero puedo verlas todas las mañanas. Puede suceder también que la poli­cía diga que trato de engañarles, pues la gente opina de mí que soy un personaje muy extraño.
Lo mejor sería que un policía pasara una noche aquí y lo viera todo con sus propios ojos... aunque lo más probable es que las criaturas se enteraran y no apare­cieran. Me cortan los cables del teléfono cuando intento telefonear de noche; los empleados de la compañía tele fónica creen que es algo muy extraño, quizá puedan tes­timoniar en favor mío... si es que no llegan a creer que yo mismo corto los hilos. Hace ya más de una semana que están sin reparar.
Podría asimismo hacer que algún campesino de los aledaños atestiguara en mi nombre la realidad de los horrores, pero todo el mundo se ríe de lo que dicen esas gentes sencillas, y, por otro lado, hace ya tanto que no vienen por aquí que no saben nada de lo - que está pa­sando. Ni uno solo de esos pobres granjeros se acerca­ría a menos de una milla de distancia de mi casa, ni por todo el oro del mundo. El cartero les oye hablar y luego viene a contármelo en tono jocoso... ¡Dios mio! Si me atreviera a decirle que no es sino la pura verdad. Creo que lo mejor sería llevarle a ver las huellas, pero siem­pre viene por la tarde y para entonces, por lo general, ya están borradas. ¿Y si tratara de conservar- una po­niendo encima una caja o una cazuela?... - ¡Bah! Enton­ces creería casi con toda seguridad que se trataba de una patraña o una broma.
Ojalá no llevara una vida tan solitaria; pues la gente ya no pasa a yerme como solía. Nunca me - be atrevido a mostrar la piedra negra o las fotografías kodak ni dejar escuchar la grabación, pues, salvo los sencillos aldeanos, los demás habrían creído que no era más que una farsa y se habrían echado a reír. Pero aún puedo tratar de enseñarles - las fotografías. En ellas pueden apreciarse bien las pisadas, aun cuando no aparezcan los seres que las produjeron. ¡Qué lástima que nadie viese aquel ser esta mañana, antes de que se desvaneciera en el aire!
Pero no sé por qué me preocupo. Después de todo lo que he pasado, tan bueno es un manicomio como cual­quier otro lugar. Los médicos me ayudarán a olvidar los malos momentos que he pasado en esta - casa; sólo eso podrá salvarme. - ­Escriba a mi hijo George si no tiene pronto noticias mías. Destruya la grabación y no se meta para nada en esto.
Atentamente, Akeley

Esta carta me sumió en un terror abismal. No sabía qué responder, así que me limité a garrapatear unas incohe­rentes palabras de consejo y aliento, enviándoselas a mi corresponsal por correo certificado. Recuerdo que en aquella carta le instaba a Akeley a que se trasladara in­mediatamente a Brattleboro y se pusiera bajo la protec­ción de las autoridades, añadiéndole que yo me dirigiría allá con la grabación fonográfica y le ayudaría a conven­cer a los jueces de su cordura. Creo que le decía tam­bién que había llegado el momento de alertar a la gente de la presencia de tales seres. Conviene señalar que en aquellos momentos de extrema tensión creía práctica­mente en todo lo que decía Akeley, aunque pensaba que si no pudo hacer una fotografía - del monstruo muerto era más culpa suya que atribuible a algún fenómeno de la Naturaleza.


V

El sábado 8 de septiembre por la tarde, tras cruzarse al parecer con mis incoherentes líneas, recibí una ex­traña y tranquilizadora carta, mecanografiada con toda pulcritud en una máquina a todas luces nueva. Era una extraña carta en la que trataba de tranquilizarme y me hacía una invitación; en ella se operaba una prodigiosa transición en el curso del alucinante drama de las soli­tarias montañas. De nuevo echo mano de la memoria para reproduciría, y en esta ocasión, por motivos espe­ciales, trataré de atenerme con la mayor fidelidad po­sible al estilo. Llevaba matasellos de Bellows Palis, y tanto el texto de la carta como la firma estaban a má­quina, como suele ser corriente entre quienes aprenden mecanografía. El texto, sin embargo, mostraba una gran precisión para tratarse de un aprendiz, de lo que deduje que Akeley debió escribir a máquina en algún momento de su vida... quizá en sus años de estudiante. Si bien es cierto que la carta me tranquilizó bastante, bajo aquel alivio se ocultaba una sensación de desasosiego. Si Ake­ley estaba en su sano juicio cuando experimentaba te­rror, ¿lo estaba también ahora en la nueva situación? Y esas «mejores relaciones» a que se refería, ¿qué era exactamente? Aquello suponía un cambio radical en la actitud que hasta entonces había mantenido Akeley. Pero lo mejor será que reproduzca el texto, minuciosamente transcrito gracias a una memoria de la que, modesta­mente, me enorgullezco.

Townshend, Vermont.
Jueves, 6 de septiembre de 1928.

Mi querido Wilmarth:
Es para mí un gran placer poder tranquilizarle respecto a todas las tonterías de que le he estado escribiendo. Digo «tonterías», aunque lo que trato con ello es de referir­me más a mi actitud asustadiza que a mis descripciones de ciertos fenómenos. Tales fenómenos son auténticos y, sin duda, muy importantes. Mi error ha radicado en la anómala actitud que he mantenido respecto a ellos.
Creo haberle dicho que mis extraños visitantes habían empezado a comunicarse conmigo, y a intentar establecer una comunicación. Anoche se materializó el diálogo. En respuesta a ciertas señales que me hicieron dejé entrar en casa a un mensajero de los del exterior... un ser hu­mano, me apresuraré a decir. Me contó cosas que ni usted ni yo nos habríamos atrevido siquiera a imaginar, y me demostró bien a las claras que nuestros juicios y conje­turas sobre la razón de mantener el secreto acerca de la colonia que los Exteriores han establecido en nuestro planeta estaban totalmente descaminadas.
Al parecer, las malignas leyendas sobre lo que ofrecen a los hombres y esperan obtener de la tierra, son el re­sultado de una interpretación errónea y - superficial del lenguaje alegórico. Un lenguaje, bien entendido, moldea­do por tradiciones culturales y hábitos mentales muy dis­tintos de los nuestros. Mis propias conjeturas, debo reconocerlo, eran tan erróneas como podrían serlo los barruntos de cualquier campesino analfabeto o de un indio salvaje. Lo que en un principio había juzgado morboso, vergonzoso e ignominioso es en realidad algo sorpren­dente, algo que ensancha los limites de la imaginación y resulta hasta glorioso. El juicio que me merecían antes no era sino una fase de la eterna tendencia humana a odiar, temer y rehuir lo radicalmente distinto.
Ahora lamento el daño que he infligido a esos extra­ños e increíbles seres en el curso de nuestras escaramuzas nocturnas. ¡Si no hubiera puesto reparos a hablar pací­fica y razonablemente con ellos desde un primer mo­mento! Pero no me guardan el menor rencor pues sus movimientos se rigen por un código muy diferente del nuestro. La desgracia suya ha sido que sus agentes hu­manos en Vermont eran tipos de baja calaña, como el di­funto Walter Brown por ejemplo. Por culpa de Brown he albergado grandes prejuicios contra ellos. Pero lo cierto es que nunca han causado, conscientemente al me­nos, daño a los hombres, si bien algunos congéneres nuestros les han espiado y juzgado cruelmente. Hay todo un culto secreto practicado por hombres perversos (un hombre con su erudición mitológica me entenderá per­fectamente cuando lo relaciono con Hastur y la Señal Amarilla) cuya finalidad es seguirles la pista e injuriar­les en nombre de abominables poderes procedentes de
-otras galaxias. Las drásticas medidas de precaución que han adoptado los Exteriores van precisamente dirigidas contra tales agresores, y no contra la especie humana en general. A título incidental, me he enterado de que mu­chas de nuestras cartas perdidas fueron - robadas no por los Exteriores sino por los emisarios del maligno culto de que le hablo.
Lo único que los Exteriores desean del hombre es paz, no sufrir molestias y unas relaciones a nivel intelectual cada vez mayores. Esto último les es absolutamente im­prescindible en estos momentos en que nuestras inven­ciones y máquinas ensanchan los limites de nuestro co­nocimiento y acciones, y hacen que cada vez sea más difícil la existencia secreta de las necesarias avanzadillas de los Exteriores en este planeta. Lo que estos extraños seres buscan es tener un conocimiento más profundo del hombre y que los principales filósofos y científicos de la humanidad lleguen a conocerles mejor. Con semejante intercambio de conocimientos desaparecerían todas las amenazas y podría establecerse un modus vivendi que satisficiera a todos. La sola idea de pensar en la posibi­lidad de esclavizar o degradar a la especie humana resulta de todo punto ridícula.
Para iniciar estas nuevas relaciones, los Exteriores han decidido elegirme a mí por el ya más que considera­ble conocimiento que de ellos tengo— como su primer intérprete en la tierra. Anoche me revelaron muchas co­sas —hechos de la más sorprendente naturaleza, que abren insospechadas perspectivas—, y mucho más se me dará a conocer en lo sucesivo, tanto de palabra como por escrito. Por el momento no se me pedirá que haga nin­gún viaje al exterior, aunque probablemente desearé ha­cerlo con el tiempo; en tal supuesto, habré de emplear medios especiales y trascender todo lo que hasta aquí estamos acostumbrados a considerar como experiencia humana. En lo sucesivo no volverán a asediar más mi casa. Todo ha vuelto a la normalidad y los perros no tendrán en qué ocuparse. En lugar de terror se me ofrece un presente rico en conocimientos y con la perspectiva de una aventura intelectual que pocos mortales han podido disfrutar hasta ahora.
Los Exteriores son quizá los seres orgánicos más mara­villosos que existen en o allende el espacio y el tiempo; integrantes de una raza cósmica de la que el resto de- las formas con vida no son sino meras variantes degradadas. Son más vegetales que animales, si es que tales términos pueden aplicarse a la materia de que están formados, y tienen un aspecto un tanto fungiforme, aunque la pre­sencia de una sustancia semejante a la clorofila y un sis­tema nutritivo muy peculiar les distingue de los autén­ticos hongos cormofíticos. En realidad, están formados de una materia totalmente ajena al sector del espacio en que habitamos, con electrones que cuentan con un nú­mero de vibraciones absolutamente distinto. De ahí que estos seres no puedan fotografiarse con los films y pla­cas ordinarios del universo conocido, aun cuando puedan verlos nuestros ojos. No obstante, cualquier buen profe­sional de la química que tuviera los conocimientos reque­ridos podría hacer una emulsión fotográfica que repro­dujera sus imágenes.
Los Exteriores tienen una extraordinaria capacidad para atravesar en plena forma corpórea el vacío interestelar, en el que no hay aire ni calor, en tanto que algunas va­riantes suyas - no pueden hacerlo si no es gracias a una ayuda mecánica o a curiosos transplantes quirúrgicos. Sólo unas cuantas especies poseen las alas resistentes al éter características de la variedad de Vermont. Las que habitan en ciertas cumbres remotas de Europa llegaron por otros procedimientos. Su semejanza externa con la vida animal, y con la modalidad de estructura que consi­deramos material, es una cuestión de evolución paralela más que de estrecho parentesco. Su capacidad cerebral sobrepasa a la de cualquier otra forma de vida existente, aunque las especies aladas de nuestra montañosa región distan mucho de ser las de mayor desarrollo. La telepa­tía es su medio habitual de comunicación, aunque poseen unos órganos vocales rudimentarios que, tras una ligera operación (pues la cirugía ha alcanzado un tremendo de­sarrollo entre ellos), pueden facultarles para duplicar el habla de aquellos tipos de organismo que todavía hacen uso del habla.
Su principal morada inmediata es un planeta todavía por descubrir y casi sin luz situado en el confín mismo de nuestro sistema solar: más allá de Neptuno y el no­veno a partir del sol. Es, como suponíamos, el objeto al que en- ciertos antiguos y prohibidos escritos se denomina místicamente «Yuggoth», y pronto será el escenario de una extraña proyección de la mente sobre nuestro mundo con el fin de facilitar las relaciones intelectuales. No me sorprendería que los astrónomos se mostraran lo sufi­cientemente sensibles a estas corrientes mentales y des­cubrieran Yuggoth cuando a los Exteriores les parezca oportuno. Pero Yuggoth, por supuesto, es sólo el principio. El grueso de los seres habita en abismos dotados de una extraña organización fuera del alcance de toda imaginación humana. El glóbulo espacio-tiempo que re­conocemos como la totalidad de toda entidad cósmica no es sino un átomo de la verdadera infinidad en que están insertos, Y a mí se me va a mostrar todo lo que el cerebro humano puede abarcar de esa infinidad, algo que sólo se ha hecho con no más de cincuenta hombres desde los comienzos de la especie humana.
Es posible que al principio todo esto le parezca un desvarío, Wilmarth, pero con el tiempo se dará perfecta cuenta de la increíble oportunidad que se me presenta. Mi deseo es que usted comparta conmigo al máximo po­sible esta experiencia, y a tal fin tengo que contarle miles de cosas que no puedo reproducir sobre el papel. Hasta hoy le había aconsejado que no viniera a yerme. Pero ahora que todo va bien, sería para mí un gran placer que olvidara mi advertencia y aceptase ser mi huésped.
¿No podría usted darse una vuelta por aquí antes de iniciarse el curso en la Universidad? Sería realmente ma­ravilloso si pudiera hacerlo. Traiga la grabación fonográ­fica y todas las cartas que le he escrito para utilizarlas como elemento de consulta: las necesitaremos para re­construir toda esta impresionante historia. Le agradece­ría que trajese también las fotografías, pues con la exci­tación de estos días parece que he extraviado los nega­tivos y mis fotografías. Pero no se imagina la cantidad de datos que voy a añadir a todo este tentador y suges­tivo material ¡y mucho menos el sensacional plan que he ideado para complementar mis aportaciones!
No lo dude. Nadie me espía ahora, y tampoco en­contrará usted nada anormal o que pueda perturbarle. Venga e iré a buscarle en mi coche a la estación de Brattleboro. Dispóngase - a pasar aquí una larga tempo­rada, y prepárese a oír hablar durante largas veladas de cosas que escapan a toda conjetura humana. Bien en­tendido que no debe decir nada a nadie, pues el asunto en cuestión no debe trascender al público. ­
El servicio de trenes a Brattleboro no es malo. En Boston puede enterarse del horario. Tome el B. & M. hasta Greenfield, y trasborde allí para el corto trayecto que le resta. Le aconsejo que coja el que sale a las 4,10 de la tarde de Boston. Dicho tren llega a Greenfield a las 7,35, de donde a las 9,19 sale otro que pasa por Brattleboro a las 10,01 de la noche. Todo ello entre semana. Comuníqueme la fecha e iré a la estación a es­perarle con mi coche.
Perdone que le escriba a máquina, pero, como usted bien sabe, últimamente me falla el pulso y no me siento capaz de escribir largos párrafos. Ayer compré esta nueva
Corona en Brattleboro, y parece que funciona a la per­fección. -
En espera de sus noticias, y deseando verle muy pronto con la grabación fonográfica, todas mis cartas y las fo­tografías, queda atentamente suyo,

Henry W. Akeley.

A ALBERT N. WILMARTH
UNIVERSIDAD DE MISKATONIC
ARKHAM, MASS.

La complejidad de mis emociones tras leer, releer y reflexionar sobre tan extraña e inesperada carta sobre-pasa toda posible descripción. He dicho que de repente me sentí aliviado al tiempo que me invadía una sensación de desasosiego, pero esto sólo expresa burdamente las implicaciones de multitud de sentimientos, en gran me­dida subconscientes, que encerraban tanto desahogo como inquietud. Para empezar aquella carta estaba tan en las antípodas de toda la cadena de horrores que la prece­dieron... El cambio de actitud desde el terror más des­carnado a aquella fría complacencia, e incluso exaltación, era algo tan imprevisto, meteórico y radical... Me resul­taba difícil creer que en un solo día pudiese cambiar de tal manera la perspectiva psicológica de alguien que ha­bía escrito aquella exasperada nota del miércoles, al margen de cualquier descubrimiento esperanzador que hu­biera experimentado con la llegada del nuevo día. En ciertos momentos, una sensación de irrealidades en con­flicto me hacía preguntarme si todo aquel insólito drama de fantásticas fuerzas del que no era partícipe directo no seria una especie de sueño ilusorio producto en gran medida de mi propia imaginación. Luego mi atención se centró en la grabación fonográfica y mi aturdimiento fue aún mayor.
¡Distaba tanto aquella carta - de todo lo que cabía es­perar! Al analizar mis impresiones comprobé que había dos fases bien diferenciadas. En la primera, en el su­puesto de que Akeley hubiera estado y estuviera aún en su sano juicio, el cambio operado en la situación había sido rapidísimo e increíble. En una segunda fase, el cam­bio experimentado en la actitud, modo de expresarse y lenguaje de Akeley distaba mucho de lo que puede con­ceptuarse como normal o previsible. Su personalidad entera parecía haber experimentado una sospechosa transformación, una mutación tan radical que difícilmente podían reconciliarse sus dos aspectos, en el supuesto de que ambos representaran idéntico estado de equilibrio mental. Las palabras, la ortografía... todo era sutilmente distinto. Y con mi sensibilidad académica hacia la prosa
literaria, pude descubrir profundas divergencias en sus más normales reacciones y en el ritmo de sus respuestas Desde luego, el cataclismo emocional o revelación capaz de producir tan brusca transformación debió de ser tremendo, no cabe la menor duda. Pero también es cierto que la carta tenía todo el estilo de Akeley. La misma pa­sión por lo infinito, la misma curiosidad intelectual... Ni por un momento —o más de un momento— se me ocu­rrió la idea de que pudiera ser falsa o hubiera una malin­tencionada sustitución. ¿Acaso no era la invitación esa buena disposición suya a que comprobara en persona la veracidad de la carta— prueba suficiente de su autenticidad?
El sábado por la noche no me acosté. Lo pasé en vela pensando en los misterios y prodigios ocultos tras aquella última carta. Mi mente, resentida por la rápida suce­sión de monstruosas ideas a que había tenido que hacer frente en los últimos cuatro meses, no dejaba de dar vueltas a este nuevo y sorprendente material que llegaba a mis manos, pasando de la duda a la aceptación en un ciclo que no hacía sino repetir la mayoría de las fases por las que atravesé al enterarme por vez primera de tales prodigios. Hasta que mucho antes del amanecer, el in­terés y la curiosidad que me embargaban comenzaron a reemplazar el marasmo de perplejidad e inquietud en que me sumí en un primer momento. Loco o cuerdo, metamorfoseado o simplemente aliviado lo cierto es que Akeley había descubierto un impresionante cambio de enfoque en su azarosa investigación. Un cambio que redu­cía drásticamente el peligro -real o imaginario- en que se encontraba, a la vez que abría nuevas e insospechadas perspectivas al conocimiento de lo cósmico y sobrehu­mano. Mi fervor por lo desconocido se avivó en mi afán por igualar el suyo, y me sentí contagiado por salvar a aquel mórbido obstáculo que se interponía en mi camino. Liberarme de las enloquecedoras y extenuantes limita­ciones que imponen el tiempo, el espacio y la ley natu­ral... entrar en relación con el inmenso espacio exterior... acercarme a los espectrales y abismales secretos de lo infinito y lo esencial... ¡sin duda, valía la pena arriesgar la vida, el alma y hasta el propio juicio! Y, además, Akeley decía que ya no había peligro..., me invitaba a visitarle en lugar de aconsejarme que me mantuviera ale­jado como había - hecho hasta entonces. Una comezón me invadía ante la sola idea de lo que Akeley iba a contarme... Sentía tal fascinación que casi me impedía todo movimiento el imaginarme sentado allí, en aquella solitaria y — en los últimos tiempos— asediada granja, ante un hombre que había hablado con auténticos emi­sarios del espacio exterior; sentado allí con aquella espe­luznante grabación y el montón de cartas en que Akeley había tratado de resumir sus conclusiones previas.-
De modo que no lo pensé más y el domingo por la mañana envié un telegrama a Akeley en el que le decía que le encontraría en Brattleboro el miércoles siguiente
— -el 12 de septiembre— si no tenía nada que objetar a aquella fecha. Sólo en una cosa no seguí sus indica­ciones: en la elección del tren. Con franqueza, no me agradaba nada la idea de llegar bien entrada la noche a aquella encantada región de Vermont, así que, en lu­gar de ir en el tren que Akeley sugería, telefoneé a la estación e hice otra combinación Levantándome tem­prano y cogiendo el tren de las 8,07 con destino a Bos­ton, podía tomar el de las 9,25 que llegaba a Greenfield a las 12,22. Este conectaba exactamente con un tren que llegaba a Brattleboro a la 1,08 de la tarde... hora a todas luces infinitamente mejor que las 10,01 de la noche para encontrar a Akeley y viajar con él por aquella comarca abigarrada de cumbres montañosas y encubridora de tantos -secretos.
Le comuniqué mi combinación en el telegrama, y me alegró saber en la respuesta que me envió aquella misma noche que estaba de acuerdo con mis planes. Su telegra­ma decía así:

COMBINACION SATISFACTORIA. LE ESPE­RARE TREN UNA OCHO MIERCOLES. NO
OLVIDE GRABACION CARTAS Y FOTO­GRAFIAS. TRANQUILICESE HASTA ESE
DíA.. ESPERE GRANDES REVELACIONES.

AKELEY

La llegada a mis manos de este mensaje, respuesta di­recta del que envié a Akeley — y que por fuerza tenía que haber sido llevado a su casa desde la estación de Townshend, bien por un funcionario de telégrafos o a tra­vés del hilo telefónico reparado-, borró cualquier duda subconsciente que pudiera albergar acerca de la autoría de tan sorprendente carta. Experimenté una gran sensa­ción de alivio, desde luego infinitamente mayor de la que podía esperar por entonces, pues mis dudas no se habían desvanecido del todo sino que estaban profundamente soterradas. Pero aquella noche dormí a pierna suelta y hasta bien entrada la mañana, y durante los dos días siguientes me dediqué afanosamente a hacer los preparativos del viaje.


VI

El miércoles me puse en camino, tal como habíamos acordado, llevando por todo equipaje una maleta llena de objetos personales y material científico; es decir, la ho­rrible grabación fonográfica, las fotografías y toda la correspondencia mantenida con Akeley. Siguiendo las instrucciones, no le dije a nadie adónde iba; me daba perfecta cuenta de que todo aquello requería la máxima discreción, aun por muy favorablemente que evolucio­nase. La sola idea de un auténtico contacto mental con entes extraños procedentes del mundo exterior -no dejaba de resultar prodigiosa para una mente preparada, e in­cluso un tanto predispuesta, como la mía. ¿Cuál seria, pues, su efecto sobre la masa de profanos sin ningún conocimiento sobre la materia? No sé qué sentimiento predominaba en mí, si el temor o la expectación ante lo desconocido, cuando, tras cambiar de tren en Boston, me adentré en dirección oeste dejando atrás un territorio co­nocido. Waltham... Concord... Ayer... Fitchburg... Gardner... Athol...
- El tren llegó a Greenfield con siete minutos de re­traso, pero aún estaba esperando el expreso que enla­zaba en dirección norte. A toda prisa transbordé, y mien­tras el tren discurría a plena luz del día por territorios de los que había leído mucho, pero jamás había visitado, experimenté una extraña sensación de desasosiego. Me adentraba en una Nueva Inglaterra más primitiva y re­trasada que las mecanizadas y urbanizadas regiones me­ridionales y del litoral en que había pasado toda mi vida; una Nueva Inglaterra ancestral y todavía intacta, sin los extranjeros ni los humos de las fábricas, sin los anuncios ni las carreteras de hormigón que pueden verse allí donde ha llegado la modernidad. Podían apreciarse esporádicos restos de una vida aborigen no abandonada cuyas pro­fundas raíces la convertían en auténtica prolongación del país: esa vida aborigen, transmitida de generación en generación que conserva extrañas y antiguas tradicio­nes y fertilizan el suelo para que puedan germinar creen­cias tenebrosas, maravillosas y rara vez mencionadas.
De vez en cuando veía a un lado la azul franja del río Connecticut resplandeciendo bajo la luz del sol, y a la salida de Northfield lo cruzamos. Al frente se vislum­braban unas verdes y enigmáticas montañas, y cuando pasó el revisor me enteré de que nos encontrábamos ya en Vermont. Me dijo éste que retrasara el reloj -una hora, pues en aquella montañosa región septentrional no que­rían saber nada de cambios de hora para ahorrar luz solar. Al hacerlo, me pareció como si retrasara el calen­dario un siglo entero.
El tren se ceñía al curso - de las aguas, y en la otra margen, ya en New Hampshire, pude ver la cercana la­dera del escarpado Wantastiquet, sobre el que circula­ban todo tipo de antiguas y extraordinarias leyendas. Luego aparecieron calles a mi izquierda y una isla verde en medio del río, a mi derecha. La gente se levantó y se encaminó hacia la puerta, y yo les seguí. - El tren se detuvo, y de repente me encontré bajo la larga marque­sina de la estación de Brattleboro.
Mirando la hilera de automóviles que esperaban, va­cilé un momento tratando de averiguar cuál seria el Ford de Akeley, pero mi identidad fue descubierta antes de que pudiera tomar ninguna iniciativa. Quien se dirigía hacia mí con la mano tendida y me preguntaba con gran delicadeza si yo era Albert N. Wilmarth, de Arkham, no era, desde luego, Akeley. Aquel hombre no se pa­recía en nada al barbudo y entrecano Akeley de la foto­grafía. Era una persona mucho más joven y más de ciu­dad, vestida a la moda y sólo con un bigote negro re­cortado. Su refinada voz me produjo una sensación ex­traña y casi inquietante de vaga familiaridad, aunque no pude precisar a quién me recordaba.
Mientras le examinaba, le oí explicar que era un amigo de mi presunto anfitrión y que había venido de Towns­hend en su lugar. Akeley, decía, había sufrido un repen­tino ataque de la dolencia asmática de que sufría, y no se encontraba en condiciones de hacer el viaje. Pero no era nada grave, y no habría ningún cambio en los planes que me habían llevado hasta allí. No podía columbrar en qué medida el tal Mr. Noyes —nombre con el que se me presentó— estaba al corriente de las investigacio­nes y descubrimientos de Akeley, aunque dada su in­formal apariencia no me los imaginaba juntos. Pensando en la vida solitaria que Akeley llevaba, me sorprendió un tanto el que pudiera recurrir fácilmente a semejante amigo; pero mi perplejidad no me impidió entrar en el automóvil que mi acompañante me señalaba con un gesto. Aquel no era el viejo cochecito que esperaba encontrar por las descripciones que me hizo Akeley, sino un grande e inmaculado modelo de reciente aparición en el mer­cado, propiedad de Noyes al parecer y con matrícula de Massachusetts, con el curioso emblema del «sagrado bacalao» de aquel año. Mi guía, deduje, debe ser un veraneante de paso en la comarca de Townshend.
Noyes subió al coche y, sentándose a mi lado, lo puso en marcha al instante. Me alegré de que no se mostrara locuaz pues una extraña tensión atmosférica me hacía sentir reacio a mantener una conversación. La ciudad parecía tener un singular atractivo bajo la luz vespertina, mientras subíamos una cuesta y girábamos a la derecha para entrar en la calle principal. Brattleboro dormitaba como esas antiguas ciudades de Nueva Inglaterra que uno recuerda de su infancia, y algo había en la disposi­ción de los tejados, chapiteles, chimeneas y fachadas de ladrillos que hacían vibrar en mí las cuerdas de hondas emociones ancestrales. Me pareció encontrarme en el um­bral de una región medio encantada por la acumulación de etapas sin discontinuidad temporal, una región en la que podían acontecer y pervivir las cosas más antiguas y extraordinarias porque jamás habían sido avivados sus rescoldos.
Mi tensión y presentimientos fueron en aumento a me­dida que dejábamos atrás Brattleboro, pues había algo in­definido en aquel abigarrado paisaje montañoso con sus imponentes, amenazadoras y apiñadas vertientes verdes y graníticas que hacían pensar en lóbregos secretos e in­memoriables reliquias del pasado que muy bien podían ser hostiles al género humano. Durante algún tiempo nuestro trayecto discurrió paralelo a un anchuroso río de escaso caudal que descendía desde las remotas mon­tañas del norte, y un estremecimiento recorrió mi cuerpo cuando mi acompañante me dijo que aquél era el río West. Fue en estas aguas precisamente donde, según re­cordaba haber leído en un artículo periodístico, se vio flo­tar a raíz de las inundaciones uno de aquellos morbosos seres de rasgos semejantes a cangrejos.
Poco a poco, el paisaje se fue haciendo más abrupto y desolado en torno nuestro. Arcaicos puentes cubiertos resistían temerosamente el paso de los años en las cavi­dades montañosas y la medio abandonada vía del ferro­carril que discurría a lo largo del río parecía. exhalar un aire de desolación difusamente visible. Podían verse, en todo su esplendor, inmensas extensiones del valle con grandes despeñaderos, y el granito virgen de Nueva In­glaterra tenía un aspecto gris y austero por entre la vege­tación que trepaba hasta las cuestas montañosas. Había gargantas por 1as que brincaban aguas bravías, vertiendo en el río los inimaginables secretos de millares de cum­bres sin hollar. De vez en cuando se bifurcaban estre­chas y semiocultas carreteras que se abrían paso a través de macizas y frondosas masas de bosques, entre cuyos ancestrales árboles podrían muy bien estar al acecho ejér­citos enteros de espíritus elementales. Al contemplar aquel insólito paisaje, me vino a la memoria el acoso a que se veía sometido Akeley por seres invisibles cuando viajaba por aquella misma carretera, y no me extrañó lo más mínimo que tales cosas pudieran acaecerle.
El pintoresco y precioso pueblo de Newfane, al que llegamos en menos de una hora, fue nuestro último con­tacto con el mundo que el hombre puede llamar decididamente suyo por derecho de conquista y posterior ocu­pación. Tras atravesarlo abandonamos toda relación con lo inmediato, tangible y temporal, y nos adentramos en un fantástico mundo de sosegada irrealidad por el que la angosta y serpenteante carretera subía, bajaba y se retor­cía, con un casi consciente e intencional capricho, por entre las desoladas cumbres cubiertas de una verde pá­tina y los casi despoblados valles. Con la única excep­ción del ruido del coche y algún que otro leve murmullo en las escasas granjas por las que pasábamos muy de vez en cuando, el único sonido que llegaba a mis oídos era el incesante gorgoteo y discurrir de misteriosas aguas que brotaban de innumerables manantiales ocultos en los sombríos bosques.
La inmediatez de las achatadas y majestuosas montañas resultaba ahora un espectáculo verdaderamente impresio­nante. La pendiente y lo escarpado de aquellos picos era aún mucho mayor de lo que me había imaginado, y no parecían tener nada en común con el mundo prosaico y objetivo que conocemos. Los frondosos y no hollados bosques que cubrían aquellas inaccesibles laderas pare­cían ocultar misteriosos e increíbles secretos, y hasta llegué a creer que el perfil mismo de las montañas tenía un significado extraño que el paso del tiempo hubiera relegado al olvido, como si se tratara de imponentes jero­glíficos legados por una supuesta raza de titanes cuyas hazañas sólo se conservan en raros y profundos sueños. Aquella atmósfera de tensión y amenaza inminente se vio reforzada por todas las leyendas del pasado y todas las asombrosas revelaciones contenidas en las cartas y fotografías de Henry Akeley que mi memoria avivó. El objeto de mi visita y las tenebrosas anomalías que pre­suponía, se me hicieron de repente presentes causándo­me un estremecimiento que casi apagó mi ardor por ahon­dar en las profundidades de lo arcano.
Mi guía debió advertir mi inquietud, pues a medida que la carretera era más irregular y discurría por parajes más abruptos, haciendo nuestra marcha más lenta y más traqueteante, sus ocasionales observaciones de cumplido adquirieron una continuidad, hasta constituir un discurso fluido. Se puso a hablar de la singular belleza y hechizo de la comarca, al tiempo que demostraba no ser ajeno a los estudios sobre el folklore de mi anfitrión. Por las preguntas que con sumo tacto me hacía era evidente que conocía la finalidad científica de mi viaje y sabía que traía información de cierta importancia, pero no dio mues­tras de saber apreciar el extraordinario grado de profun­didad a que habían llegado las investigaciones de Akeley.
Sus modales eran tan agradables, normales y educados, que sus observaciones deberían haberme tranquilizado y devuelto la confianza; pero, extrañamente, su efecto era justo el contrario: mi inquietud iba en aumento a me­dida que sorteábamos curvas y traqueteábamos por aque­llas carreteras para adentramos en desolados parajes en que todo eran montañas y bosques. A veces daba la im­presión de que mi acompañante intentaba tirarme de la lengua para ver qué sabía de los espeluznantes secretos que encerraba aquel lugar, y cuanto más hablaba mayor era aquella vaga, molesta y desconcertante familiaridad que encontraba en su voz. No se -trataba de una familia­ridad que pudiera calificarse de normal o agradable, a pesar del tono tan prudente y educado de su voz. De al­guna - manera, la relacionaba con pesadillas ya olvidadas, y tenía la impresión de que si la identificaba me volverla loco. De haber contado con un buen pretexto, creo que habría renunciado a seguir adelante. Pero tal como estaban las cosas no podía hacerlo.., y pensé que una con­versación fría y científica con el propio Akeley nada más llegar me ayudaría mucho a calmar mis nervios. -
Además, había un elemento extrañamente tranquiliza­dor, de belleza propiamente cósmica, en aquel hipnótico paisaje por el que subíamos y bajábamos como en sueños. La noción del tiempo se había perdido en los laberintos que quedaban atrás, y en derredor sólo se divisaban las florecientes olas de lo feérico y el renacido encanto de siglos ya pasados: las venerables arboledas, los inmacu­lados pastos cercados de festivos capullos otoñales y, a grandes intervalos, las pequeñas granjas de color marrón cobijadas entre grandes árboles bajo precipicios verticales cubiertos de fragantes brezos y tupidas hierbas. Hasta la misma luz del sol tenía un supremo encanto, como si una atmósfera o exhalación especial cubriese la comarca en­tera. Jamás había visto nada parecido, excepto en los pai­sajes mágicos que en ocasiones constituyen el trasfondo de los primitivos italianos. Sodoma y Leonardo conci­bieron tales espacios, pero sólo a distancia y a través de las bóvedas de las arcadas renacentistas. Ahora, en cam­bio, nos hallábamos inmersos en carne y hueso en el centro del cuadro, y en medio de aquella negromancia me pareció ver algo que había heredado o conocía de forma innata y que siempre había buscado en vano.
De pronto, tras salir de una pronunciada curva en lo alto de una - empinada pendiente, el coche se detuvo. A mi izquierda, en medio de un césped bien cuidado que se extendía hasta la carretera y lucía un cerco de piedras encaladas, se levantaba una blanca casa de dos pisos más buhardilla, de unas dimensiones y esbeltez nada comunes en la comarca, con una serie de cobertizos y heniles con­tiguos o unidos por arcadas, y un molino de viento en la parte posterior, a la derecha. La reconocí al instante gracias a la fotografía que recibí en su día, y no me ex­trañó nada ver el nombre de Henry Akeley en el buzón de hierro galvanizado que había a orillas de la carretera. En la parte trasera de la casa, y a una cierta distancia, se extendía una franja llana de terreno pantanoso y con escasa vegetación arbórea, detrás del cual se erguía una ladera, muy boscosa y con una pronunciada pendiente, que culminaba en una frondosa cresta en forma de diente. Posteriormente me enteré de que aquella era la cima de Dark Mountain, de la cual debíamos encontrarnos a me­dio camino.
Tras apearse del coche y coger mi maleta, Noyes me rogó que aguardase mientras iba a notificarle a Akeley mi llegada. El, añadió, tenía algo importante que hacer en otra parte y no podía detenerse más que un momento. Mientras Noyes avanzaba a paso ligero por el sendero que llevaba a la casa, bajé del coche pues quería estirar un momento las piernas antes de disponerme para la se­dentaria y larga conversación que me esperaba. Mi ner­viosismo y tensión habían vuelto a dispararse, ahora que me encontraba en el escenario de los espeluznantes aco­sos que tan repetidas veces describió Akeley en sus car­tas, y honradamente confieso que temblé de pensar en las conversaciones que íbamos a mantener y que iban a ponerme en contacto con aquellos extraños y prohibidos mundos.
La proximidad de lo extraordinario es con frecuencia más terrorífica que estimulante y no me reconfortó lo más mínimo pensar que aquel pequeño trecho de polvo­riento camino era el lugar donde se habían encontrado aquellas monstruosas huellas y aquella fétida sustancia verde tras varias noches sin luna en que el temor y la muerte impusieron su ley. Advertí de pasada que nin­gún perro de Akeley había subido a nuestro encuentro. ¿Los habría vendido en cuanto los Exteriores hicieron las paces con él? Por más que lo intentaba, no podía al­bergar la misma confianza en la sinceridad de aquella paz que intentaba transmitirme Akeley en su última y sorprendente carta. Después de todo, Akeley era un hombre de una extraordinaria sencillez y con escasa, por no decir nula, experiencia mundana. ¿No habría quizás alguna profunda y siniestra segunda intención bajo la superficie de aquella nueva alianza?
Llevado por mis pensamientos, mis ojos se dirigieron hacia la polvorienta superficie del camino en la que se habían recogido tan horribles testimonios. No habla llo­vido los últimos días, y huellas de toda suerte se amon­tonaban en los surcos del irregular camino a pesar de la naturaleza poco frecuentada de la comarca. Con una vaga curiosidad, empecé a reconstruir el perfil de las heterogéneas impresiones que experimentaba, tratando de contener al tiempo las macabras fantasías que el lugar y sus recuerdos sugerían. Había algo de amenazador y desapacible en aquella fúnebre quietud, en aquel apa­gado y tenue rumor de lejanos arroyos y en aquella in­finidad de cimas verdes y precipicios de tupido arbolado que obstruían la visión del horizonte.
Y en ese momento una imagen penetró en mi con­ciencia haciendo que aquellas vagas amenazas y fantasías parecieran leves e insignificantes. Como he dicho, estaba examinando las heterogéneas huellas que había en el camino con una especie de indolente curiosidad, pero de repente aquella curiosidad se desvaneció sorprendente mente ante un repentino y paralizador acceso de terror activo. Pues aunque las huellas que se veían en el polvo eran en general confusas y estaban unas encima de otras, y no parecía que mereciera detener la atención en ellas, mis inquietos ojos habían captado ciertos detalles en las proximidades del lugar donde el sendero que conducía a la casa se juntaba con la carretera, y había reconocido, a sabiendas de que no podía equivocarme, el espantoso significado que encerraban aquellos detalles. De algo me valía a la postre haber pasado horas enteras examinando las fotografías kodak que Akeley me envió de las huellas en forma de zarpa de los Exteriores. Demasiado bien conocía las huellas de aquellas horribles pinzas, y aquella apariencia de ambigiiedad en la dirección que evocaba horrores que ninguna otra criatura sobre la tierra podría suscitar. No había siquiera la menor posibilidad de que hubiese incurrido en un desgraciado error. Delante de mí, en forma obetiva y seguramente dejadas no hacia muchas horas, había al menos tres huellas que destacaban ominosamente entre la sorprendente plétora de borrosas pisadas que iban venían de la granja de Akeley. ¡Eran las endemoniada huellas de los hongos vivientes de Yuggoth!
Me contuve a tiempo de evitar que saliera un grito de mi garganta. Después de todo, ¿que había allí que no esperase encontrar, en el supuesto de que hubiese creído realmente lo que Akeley decía en sus cartas? Ultimamente hablaba de hacer la paz con aquellos seres. ¿Qué de extraño había, pues, en que alguno fuera a visitarle? Pero el terror era más fuerte que cualquier intento por devol­verme la confianza. ¿Cabe esperar de un hombre que per­manezca impasible cuando ve por vez primera las huellas de unos seres animados procedentes de los abismos exte­riores del espacio? En aquel preciso instante vi a Noyes que salía de- la casa y se dirigía hacia mí con paso rápido. Me dije a mí mismo que debía controlarme, pues lo más probable era que tan cordial amigo no supiera nada de las asombrosas y trascendentales investigaciones de Ake­ley en el mundo de lo prohibido.
Akeley, Noyes se apresuró a comunicarme, se alegraba de mi llegada y quería yerme, aunque el ataque de asma que acababa de sufrir le imposibilitaría ser el anfitrión que hubiese deseado por espacio de uno o dos días. Aque­llos ataques le afectaban mucho cuando le sobrevenían, y siempre iban acompañados de una fiebre que le dejaba postrado en cama y con una debilidad general. Apenas podía hacer nada mientras se encontraba en tal estado: sólo podía hablar en voz muy baja, y se encontraba muy torpe y débil para intentar moverse. Además, se le hin­chaban los pies y los tobillos, hasta el punto de tener que vendárselos como si fuera un gotoso y grueso anciano. Aquel día se encontraba en bastante mal estado, por lo que me vería obligado a arreglármelas de momento como pudiera, si bien ardía en deseos de conversar con­migo. Le encontraría en su estudio, justo a la izquierda del vestíbulo; era la habitación con las cortinas echadas. Los ojos de Akeley eran muy sensibles y no podían so­portar la luz del sol cuando estaba enfermo.
Al tiempo que Noyes se despedía de mí y se alejaba en su coche en dirección norte, comencé a andar con paso lento hacia la casa. La puerta estaba entreabierta para que yo pudiera pasar, pero antes de seguir adelante y entrar lancé una escrutadora mirada a mi alrededor, tra­tado de averiguar el por qué de la indescifrable y ex­traña sensación que experimentaba. Los cobertizos y heniles tenían un aspecto de lo más normal, y en uno am­plio y desguarnecido pude ver el baqueteado Ford de Akeley. De repente, comprendí el secreto que se ocul­taba tras aquella extraña sensación. Era el absoluto si­lencio que reinaba. Por lo general, en toda granja se oye cuando menos algún que otro ligero ruido producido por el ganado, pero en ésta no se percibía el menor signo de vida. ¿Dónde estaban las gallinas y los cerdos? Las va­cas, de las que Akeley había dicho tener varias, podían encontrarse en los pastos, y los perros podían haber sido vendidos, pero la ausencia total de cloqueos y gruñidos resultaba ciertamente extraña.
Apenas me detuve en el sendero. Abrí resueltamente la puerta de la casa y la cerré detrás de mí. Confieso que me costó un gran esfuerzo mental hacerlo, y una vez dentro me invadió un instantáneo deseo de salir precipi­tadamente de allí. Y rio es que el lugar tuviese un as­pecto siniestro a primera vista; muy al contrario, encon­tré sumamente atractivo y de buen gusto el encantador vestíbulo de finales del período colonial, y admiré el evi­dente buen gusto del hombre que lo había amueblado. Lo que me hacía desear alejarme de allí era algo muy enra­recido e indefinible. Quizá cierto extraño olor que creí percibir... aunque sé perfectamente hasta qué punto son normales los olores a humedad en las antiguas granjas, incluso en las mejores.




VII

Negándome a dejar que aquellas lóbregas sensaciones se apoderasen de mí, recordé las instrucciones de Noyes y abrí la blanca puerta de seis paneles con picaportes de bronce que había a mi izquierda. La habitación a la que daba estaba en penumbra tal como se me había indi­cado, y al entrar en ella advertí que el extraño olor era más intenso allí. Además, parecía como si flotara en el ambiente un leve y un tanto irreal ritmo o vibración. Por unos instantes, y debido a que las persianas estaban echadas, apenas pude ver nada, pero luego una tosecilla o murmullo amortiguado atrajo mi atención hacia un bu­tac6n situado en el ángu1o más alejado y oscuro de la habitaci6n. En aquel lóbrego rincón pude ver la borrosa imagen blanquecina de la cara y manos de un hombre, y al instante me acerqué a saludar a aquella figura que trataba de hablarme. Aun cuando la luz era tenue, pude advertir que se trataba de mi anfitrión. Había examinado repetidas veces la fotografía, y no me cabía la menor duda acerca de la identidad de aquel robusto y curtido rostro de barba recortada y entrecana.
Pero al volver a mirar y reconocer a Akeley se apoderó de mi una sensación de tristeza y angustia, pues tenía todo el semblante de las personas muy enfermas. Sin duda, debía haber algo más que asma detrás de aquella rí­gida e inmóvil expresión, que reflejaba agotamiento, y de aquella impertérrita y vidriosa mirada. Me di perfecta cuenta de hasta qué punto le había afectado la tensión de sus tenebrosas experiencias. ¿Acaso no bastaban para destrozar la vida de cualquier ser humano, incluso de hombres más jóvenes que este intrépido explorador de mundos prohibidos? El extraño y repentino alivio, me temí, debió llegarle demasiado tarde como para librarle de aquella suerte de crisis total en que se hallaba su­mido. Había algo digno de compasión en la forma flác­cida e inerte de aquellas esqueléticas manos postradas sobre el regazo. Akeley llevaba encima un amplio batín, y se cubría la cabeza y la parte superior del cuello con una bufanda o caperuza de color amarillo vivo.
Y luego vi que trataba de hablar en el mismo tono su­surrante y entrecortado con que me había recibido. Era un susurro difícil de captar al principio, pues el bigote entrecano hacía imposible ver los movimientos de sus labios, y al mismo tiempo había algo en el timbre de su voz que no me agradaba en absoluto; pero, concen­trando la atención, pronto pude entender sorprendente­mente bien lo que intentaba decirme. El acento distaba mucho de ser el de un hombre del campo, y su expresión era incluso más refinada de la que cabía esperar - por la correspondencia mantenida.
«Mr. Wilmarth, supongo? Disculpe que no me le­vante Me encuentro muy mal, como sabrá por Mr. No­yes, pero ello no era óbice para que usted viniera. ¿Re­cuerda lo que le dije en la última carta? ¡Tengo tantísi­mas cosas que decirle mañana cuando me encuentre me­jor! No puede imaginarse cuánto me alegro de verle en persona, después de todas las cartas que nos hemos cru­zado. Supongo que -habrá traído toda la corresponden­cia ¿no? ¿Y las fotografías kodak y grabaciones? Noyes dejó su maleta en el vestíbulo.., espero que la viera allí. Pues esta noche me temo que tendrá que arreglár­selas por sí mismo. Su habitación está en el piso de arriba es justo la que hay encima de ésta— y al final de la escalera verá el cuarto de baño con la puerta abierta. En el comedor — saliendo de este cuarto a la derecha— hay una comida esperándole cuando usted guste. Mañana haré mejor las veces de anfitrión, pero ahora no puedo hacer nada a causa de esta dolencia que sufro.
«Siéntase como si estuviera en su casa... Lo mejor será que saque las cartas, fotografías y grabaciones y las ponga encima de la mesa antes de subir el equipaje a su habitación. Aquí hablaremos de todo ello… en aquel es­tante del rincón puede ver un fonógrafo.
«No, gracias... no puede ayudarme. Estoy acostum­brado desde hace mucho a estos ataques. Baje a yerme un momento antes de que anochezca, y luego vaya a acostarse cuando guste. Yo me quedaré donde estoy... quizá pase aquí la noche, como suelo hacer con frecuen­cia. Por la mañana me sentiré con muchas más fuerzas para hablar de las cosas que debemos tratar. Espero que se dé perfecta cuenta de la naturaleza increíblemente fas­cinante de todo este asunto. Ante nosotros, como ha su­cedido con muy pocos más hombres sobre la tierra, se abrirán inmensas simas de tiempo, espacio y conocimien­tos que sobrepasan cualquier límite de la ciencia y filo­sofía humanas.
«¿Sabía que Einstein está equivocado, y que ciertas fuerzas y objetos pueden moverse a una velocidad su­perior a la de la luz? Con la ayuda debida, espero retro­ceder- y avanzar en el tiempo, y ver y sentir la tierra en el pasado remoto y en futuras épocas. No puede imagi­narse el nivel científico que han alcanzado estos seres. No hay nada que no puedan hacer con la mente y el cuerpo de los organismos vivos. Espero visitar otros planetas, e incluso otras estrellas y galaxias. El primer viaje será a Yuggoth, el planeta más cercano en que habitan los seres. Es una extraña y oscura esfera en el límite mismo de nuestro sistema solar, aún desconocido para los as­trónomos de la Tierra. Pero... creo que ya le he dicho algo anteriormente al respecto. En el momento oportuno, los seres nos enviarán corrientes mentales, gracias a las cuales podremos descubrir Yuggoth... si bien es posi­ble también que uno de sus aliados humanos dé una pista a los científicos.
«En Yuggoth hay inmensas ciudades... interminables hileras de torres construidas en terrazas de piedra negra, como la muestra que traté de enviarle. Procedía de Yug­goth. La luz del sol no es más fuerte que la de una es­trella, pero los seres no precisan luz. Poseen otros sen­tidos más sutiles, y en sus mansiones y templos no hay ventanas. La luz incluso les hiere, molesta y entorpece sus movimientos, pues no existe la menor traza de ella en el oscuro cosmos allende el tiempo y el espacio del que son originarios. Bastaría una visita a Yuggoth para volver loco a un hombre débil... pero yo voy a ir allá. Los ríos negros de alquitrán que discurren bajo esos misteriosos puentes ciclópeos —obra de una antigua raza extinguida y olvidada antes de que los seres llegaran a Yuggoth procedentes de los últimos vacíos—, debieran bastar para hacer un Dante o un Poe de cualquier hom­bre.., si conserva el juicio el tiempo suficiente para con­tar lo que ha visto.
«Pero recuerde: no hay nada de terrible en ese oscuro mundo de jardines fungiformes y ciudades sin ventanas... aunque así nos lo parezca a nosotros. Probablemente nuestro mundo les pareció igual de terrible a los seres cuando lo exploraron por vez primera en épocas remotas. Como sabe, ya estaban aquí mucho antes de que llegara a su fin el fabuloso período de Cthulhu, y recuerdan lo que le. sucedió al sumergido R’lyeh cuando surgió de en­tre las aguas. Han estado en el interior de la tierra — hay hendiduras de las que nada saben los seres humanos..., algunas de ellas bajo estas mismas montañas de Ver­mont-— y en los grandes mundos de misteriosa vida que hay bajo nosotros: el azulado K’u-yan, el rojizo Yoth y el negro y tenebroso N’kai. De N’kai vino el terrible Tsathoggua... ya sabe, la amorfa y repelente deidad que se menciona en los Pnakotic manuscripts, en el Necrono­micón y en el ciclo mitológico de Commoriom conser­vado por Klarkash-Ton, sumo sacerdote de los atlantes.
«Pero ya tendremos tiempo de hablar de todo esto. Deben ser ya las cuatro o las cinco. Será mejor que saque las cosas de su equipaje, coma algo y regrese luego para que hablemos con más calma».
Muy lentamente di la vuelta y empecé a obedecer a mi anfitrión: cogí la maleta, saqué los objetos que preci­saba y los puse encima de la mesa, y, finalmente, subí a la habitación que me habían asignado. Con el recuerdo presente de aquella huella reciente a orillas de la ca­rretera, las palabras musitadas por Akeley dejaron en mí una extraña sensación, y las insinuaciones de familia­ridad con aquel mundo de vida Lungiforme ——-el prohi­bido Yuggoth— me hizo estremecer más de lo que po­día imaginar. Me preocupaba muchísimo la enfermedad de Akeley, pero debo confesar que su ronco susurro tenía algo de repugnante a la vez que de digno de compasión. ¡ Si al menos no hubiera experimentado tan siniestro pla­cer respecto a Yuggoth y sus tenebrosos secretos!
Mi habitación era muy confortable y estaba bien amue­blada, sin el menor olor a humedad ni molestas vibra­ciones. Tras dejar la maleta, volví a bajar para saludar a Akeley y comer lo que me había preparado. El come­dor estaba pasado el estudio, y siguiendo en la misma dirección pude ver un ala de la cocina. Sobre la mesa del comedor me estaba esperando un extenso surtido de sandwiches, dulces y quesos; un termo colocado junto a un platillo y una taza eran buena prueba de que no se había olvidado el café caliente. Tras un reconfortante refrigerio me serví una buena taza de café, pero desgra­ciadamente el café no se encontraba a la altura de la cocina que había degustado. Al primer sorbo percibí un sabor desagradablemente acre, así que no tomé más. Durante la comida no pude dejar de pensar en Akeley sentado en silencio en el butacón de la oscura habita­ción contigua. Una vez fui a rogarle que compartiera conmigo aquellos alimentos, pero en voz baja me dijo que aún no podía comer nada. Más tarde, antes de dor­mirse, tomaría algo de leche con malta: lo único que podía ingerir en todo el día.
Después de comer, me puse a limpiar la mesa y lavar los platos en la pila de la cocina.., al tiempo que vaciaba el café que no había sabido apreciar. Luego, volviendo al lóbrego estudio acerqué una silla al rincón donde se encontraba mi anfitrión y me dispuse a seguir una con­versación sobre el tema que él quisiera proponer. Las cartas, fotografías y grabación seguían aún encima de la gran mesa, pero por el momento no las necesitábamos. Al cabo de un rato, había incluso olvidado el extraño olor y las curiosas sensaciones vibratorias.
Como ya dije antes, había cosas en algunas de las cartas de Akeley —sobre todo en la segunda y más vo­luminosa— que no me atrevía a mencionar, ni siquiera a expresar en palabras sobre el papel. Esta duda se aplica aún con más fuerza a lo que, en un tono susurrante, oí aquel atardecer en aquella oscura habitación entre las solitarias montañas encantadas. Ni siquiera me atrevo a insinuar hasta dónde le aban los horrores cósmicos que aquella ronca voz me ponía al descubierto. Akeley conocía cosas espeluznantes con anterioridad, pero lo que descubrió desde que firmó el pacto con los Seres Exteriores sobrepasaba con mucho lo que una mente en su sano juicio puede soportar. Incluso ahora me resisto en redondo a creer lo que me contó sobre la constitu­ción del infinito elemental, la yuxtaposición de las di­mensiones y la espantosa situación de nuestro cosmos conocido de espacio y tiempo en la interminable cadena de cosmos-átomos que configura el inmediato supercos­mos de curvas, ángulos y organización electrónica ma­terial y semimaterial.
Jamás estuvo un hombre en sus cabales más peligro­samente cerca de los arcanos de la sustancia originaria... jamás un cerebro orgánico estuvo más cerca de la total desintegración en el caos que trasciende toda forma, fuer­za y simetría. Me enteré de dónde vino originariamente Cthulhu, y del motivo por el que la mitad de las grandes estrellas temporales de la historia habían seguido res­plandeciendo. Intuí —-—-por las veladas alusiones que in­cluso hacían interrumpirse temerosamente a mi inter­locutor——— el secreto existente tras las Nubes Magallánicas y las nebulosas globulares, y la siniestra verdad que ocultaba la inmemorial alegoría del Tao. La naturaleza de los Doels me fue expuesta claramente, y se me informó de la esencia (aunque no del origen) de los Sabuesos de Tindalos. La leyenda de Yig, Padre de las Serpientes, dejó de ser para mí algo figurado, y experimenté una cierta aversión cuando se me puso al corriente del ho­rripilante caos nuclear existente allende el espacio an­gular que el Necronomicón había benignamente encu­bierto bajo el nombre de Azathoth. Resultaba sorpren­dente desentrañar las más espeluznantes pesadillas de los secretos mitos en términos concretos, cuya desnuda y mor­bosa malevolencia sobrepasaba las más atrevidas insinua­ciones de la mística antigua y medieval. Llegué a la ine­vitable conclusión de que los primeros que hicieron alu­sión a tan execrables historias debían estar en contacto con los Exteriores de Akeley, y hasta era posible que hubiesen visitado algún reino cósmico exterior, tal como Akeley se proponía hacer.
Se me habló de la Piedra Negra y de lo que signifi­caba, y me alegré sinceramente de que no hubiera lle­gado a mis manos. ¡Mis elucubraciones acerca de aquellos jeroglíficos se confirmaron en su totalidad! No obstante, Akeley parecía haberse reconciliado con todo aquel dia­bólico sistema contra el que tan arduamente había com­batido.., reconciliado a la vez que decidido a proseguir sus investigaciones en aquellas abismales simas. Me pregunté con qué seres habría hablado desde la última carta que me escribió, y si serían tan humanos como aquel primer emisario que mencionó. La tensión a que me veía sometido llegó a hacerse insoportable, y elaboré toda clase de absurdas teorías sobre aquel extraño y persis­tente olor y aquellas sensaciones vibratorias de la lóbrega estancia que no me abandonaban.
Empezaba a oscurecer, y al recordar lo que Akeley me dijo sobre aquellas primeras noches me estremecí sólo de pensar que no habría luna. Además, no me gus­taba nada el emplazamiento de la granja al socaire de aquella imponente y frondosa ladera que conducía a la no hollada cima de Dark Mountain. Con permiso de Akeley, encendí una lamparilla de petróleo, bajé la me-cha y la coloqué sobre una estantería algo alejada junto al espectral busto de Milton. Al cabo de un rato lo la­menté pues daba al terso e inmóvil rostro y manos iner­tes de mi anfitrión una horrible apariencia, como si de algo anormal y cadavérico se tratara. Daba la impresión de que no pudiera hacer movimiento alguno, aunque le vi cabecear rígidamente de vez en cuando.
Después de todo lo que me había contado, se me ha­cia difícil imaginar qué secretos más arcanos pensaría guardarme para el día siguiente, pero a la postre me enteré de que hablaríamos de su viaje a Yuggoth y a otros mundos más lejanos... y de mi posible participa­ción en el mismo. Debió divertirle el respingo de sobre­salto que di al oír hablar de mi participación en un viaje cósmico, pues su cabeza se agitó violentamente ante mi expresión de horror. A continuación, me habló en un tono extremadamente delicado de cómo los seres huma­nos pueden efectuar ——cosa que él ya había hecho en varias ocasiones—, aunque parezca increíble, vuelos por el espacio interestelar. Por lo visto, el viaje no lo hacia todo el cuerpo humano: los Exteriores —-gracias a sus prodigiosos adelantos en los campos de la cirugía, bio­logía, química e ingeniería—- habían encontrado la forma de que sólo viajara el cerebro humano, sin su estructura física concomitante.
Los seres se valían de un procedimiento inofensivo para extraer el cerebro y conservar con vida el resto del organismo durante su ausencia. La desnuda y compacta masa encefálica se sumergía en un líquido que se cam­biaba de vez en cuando y se alojaba dentro de un cilin­dro al vacío, hecho de un metal extraído en las minas de Yuggoth, que estaba conectado a través de unos elec­trodos a una serie de sofisticados instrumentos capaces de duplicar las tres facultades vitales, a saber, vista, oído y habla. Para aquellos seres fungiformes y alados no era problema alguno transportar, sin el menor riesgo, cerebros envasados a través de los espacios siderales. En cada planeta al que se extienda su civilización encon­trarán un sinfín de instrumentos adaptables que pueden conectarse a los cerebros así envasados. Así pues, basta con unas mínimas adaptaciones para que las inteligen­cias viajeras puedan disfrutar de una vida sensorial y articulada plena —aunque incorpórea y mecánica—-- en cada etapa de su viajar por y allende el continuo espacio-tiempo. Era algo tan sencillo como si uno llevara siem­pre consigo una grabación y la escuchara allí donde hu­biera un fonógrafo en el que reproduciría. De sus bue­nos resultados no cabía la menor duda. Akeley no alber­gaba ningún temor. ¿Acaso no se había realizado con éxito en repetidas ocasiones?
Por vez primera, una de las inertes y marchitas manos se alzó y apuntó rígidamente a un estante alto que había en la pared más alejada de la estancia. Allí, perfectamente alineados, podían verse más de una docena de cilindros de un metal que no había visto hasta entonces: cilindros de aproximadamente un pie de altura y algo menos de diámetro, con tres curiosos enchufes dispuestos en forma de triángulos isósceles sobre la convexa superficie de cada uno de ellos. Uno de los cilindros tenía dos de los enchufes conectados a un par de máquinas de singular apariencia que se divisaban al fondo. No hizo falta que me explicaran su finalidad, pues al instante un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Luego vi que la mano apun­taba a un rincón más próximo en donde podían verse amontonados varios intrincados instrumentos provistos de cables y enchufes, algunos de los cuales guardaban un extraordinario parecido con los dos dispositivos que ha­bía detrás de los cilindros.
«Aquí hay cuatro clases de instrumentos, Wilmarth», susurró la voz. «Cuatro clases, a tres facultades cada una, hacen un total de doce piezas. En esos cilindros que se ven ahí se hallan representadas cuatro clases distintas de seres. Tres hombres, seis seres fungiformes que no pue­den navegar corporalmente por el espacio, dos seres de Neptuno (¡Dios mío! ¡Si pudiera ver usted el cuerpo que tienen en su planeta...!), y, el resto, entes proce­dentes de las cavernas centrales de una estrella sin brillo y particularmente interesante situada allende los con­fines de la galaxia. En el puesto principal de observación, en el interior de Round Hill, no es difícil ver desperdi­gados más cilindros y máquinas: cilindros de cerebros extra-cósmicos con otros sentidos de los que conoce­mos ——que hacen de aliados y exploradores del Exte­rior más remoto—-—, y máquinas especiales que les trans­miten impresiones y les facultan la expresión del modo más conveniente para ellos y para su comprensión por parte de los diversos tipos de oyentes. Round Hill, al igual que casi todos los puestos de observación impor­tantes que tienen los seres en los diferentes universos, es un lugar muy cosmopolita. Naturalmente, a mí sólo me han cedido, los tipos más corrientes para mis expe­rimentos.
«Mire... coja las tres máquinas que le señalo y pón­galas encima de la mesa. Aquella más alta con las dos len­tes de cristal en la cara anterior.., luego la caja con los tubos en vacío y la caja de resonancia... y, por último, la que tiene el disco metálico encima. Ahora, coja el cilin­dro que lleva pegada la etiqueta ‘B-67’. Súbase a esa silla estilo Windsor para alcanzarlo. ¿Pesado? Vamos, ¡ un esfuerzo! Compruebe el número: B-67. No toque el cilindro nuevo y resplandeciente conectado a los dos instrumentos de ensayo... el que lleva mi nombre. Coloque el B-67 sobre la mesa donde ha puesto las má­quinas.., y con pruebe que los interruptores de las tres máquinas están girados todo lo que dan de sí a la iz­quierda.
«Ahora, conecte el cable de la máquina con las lentes al enchufe superior del cilindro... ¡ Eso es! Conecte la máquina con los tubos al enchufe inferior izquierdo, y el aparato con el disco al otro enchufe. Ahora gire todo lo que pueda a la derecha los interruptores de las má­quinas.., primero la de las lentes, luego la del disco, y, por último, la de los tubos. ¡Perfecto! Le adelanto que se trata de un ser humano... igual que cualquiera de no­sotros. Mañana podrá oír alguno de los otros».
Aún hoy no sé por qué obedecí tan servilmente aque­lla susurrante voz, ni si se me pasó por la cabeza pre­guntarme si Akeley estaría loco o cuerdo. Después de todo lo que había pasado, nada podía extrañarme. Pero aquellos artilugios se asemejaban tanto a las extravagan­tes creaciones propias de inventores y científicos chi­flados, que hicieron vibrar en mi una cuerda de duda que ni siquiera la anterior disertación había pulsado. Lo que aquel ser que tenía ante mi quería dar a enten­der traspasaba los limites de la credulidad humana, pero ¿acaso no eran las otras cosas aún más absurdas, y si resultaban menos descabelladas ello se debía únicamente a la imposibilidad de recurrir a toda prueba tangible y concreta?
Mientras mi cerebro no cesaba de dar vueltas en me­dio de aquel maremagnum, llegó a mis oídos un estridente chirrido procedente de las tres máquinas conectadas al cilindro, un chirrido que pronto remitió hasta acabar prácticamente en un silencio total. ¿Qué ocurriría? ¿Iba a escuchar una voz? Y, en tal caso, ¿qué pruebas había de que no se trataba de un dispositivo de radio ingenio­samente ideado a través del cual hablaba un oculto lo­cutor que nos observaba de cerca? Incluso hoy no me atrevería a jurar lo que oi o, simplemente, qué es lo que realmente sucedió en mi presencia. Pero lo que es se­guro es que algo acaeció allí.
Por decirlo en breves y sencillas palabras: la máquina con los tubos y la caja sonora se puso a hablar, de modo tal que no cabía la menor duda de que el locutor se en­contraba efectivamente allí y nos observaba. Era una voz recia, metálica, inexpresiva y totalmente mecánica. Care­cía de toda modulación o expresividad, pero traqueteaba y chirriaba con una precisión y deliberación implacables.
«Mr. Wilmarth», dijo la voz, «espero no asustarle. Soy un ser humano igual que usted, aunque mi cuerpo se encuentra ahora descansando y a buen recaudo, some­tido a un eficaz tratamiento vitalizador, en Round Hill, a milla y media en dirección este de aquí. Estoy con usted: mi cerebro está en el interior de ese cilindro, y veo, oigo y hablo a través de esos vibradores electró­nicos. Dentro de una semana voy a atravesar el vacío, al igual que ya he hecho en muchas otras ocasiones, y espero poder disfrutar de la compañía de Mr. Akeley. Me gustaría también que usted nos acompañara. Le co­nozco de vista y de oídas, y he seguido muy de cerca su correspondencia con nuestro común amigo Akeley. Soy uno de los hombres que se han aliado a los seres del exterior que se hallan de visita en nuestro planeta. Los conocí en el Himalaya, y desde entonces he procu­rado ayudarles. A cambio, ello me ha permitido vivir experiencias que pocos hombres han podido disfrutar.
« ¿ Se da usted cuenta de lo que significa cuando digo que he estado en treinta y siete diferentes cuerpos ce­lestes ——planetas, estrellas apagadas y otros objetos me­nos definibles— ocho de los cuales no pertenecen a nues­tra galaxia y dos se hallan fuera del cosmos circular de espacio y tiempo? ¡Y no he sufrido el menor daño! Me han extraído el cerebro del cuerpo por medio de unas fisuras ejecutadas con tal destreza que sería tosco cali­ficar de operación quirúrgica. Los seres que nos visitan disponen de métodos que hacen estas extracciones sen­cillas y casi podría decirse que algo habitual, y - el cuerpo no envejece cuando el cerebro se desprende de él. El ce­rebro, debo añadir, es prácticamente inmortal conser­vando sus facultades mecánicas y bastándole con una li­mitada dosis alimenticia que se administra mediante cam­bios intermitentes del liquido protector.
«En suma, deseo de todo corazón que se decida y nos acompañe a Mr. Akeley y a mí. Los seres que nos vi­sitan están muy interesados en conocer a hombres cul­tos como usted para hablarles de los grandes abismos que la mayoría de nosotros hemos imaginado en nuestra supina ignorancia. Puede que al principio le parezcan extraños, pero estoy seguro de que esa impresión se le pasará enseguida. Creo que también vendrá Mr. Noyes... el hombre que debió traerle hasta aquí en automóvil. Desde hace años es uno de los nuestros: supongo que habrá reconocido su voz, pues es una de las que se oyen en la grabación que le envió Mr. Akeley».
Ante mi violento sobresalto, el locutor tomó un res­piro un momento antes de finalizar.
«Así pues, Mr. Wilmarth, a usted le toca decidir. Per­mítame únicamente añadirle que un hombre con su ex­traordinaria afición por los temas de lo desconocido y el folklore no debiera jamás perder la oportunidad que ahora se le brinda. No hay nada que temer. Todas las transiciones son sin dolor, y hay mucho de qué disfrutar en un estado de sensación totalmente mecanizado. Cuan­do se desconectan los electrodos, uno queda simplemente sumido en un estado de sopor y le invaden sueños de singular intensidad y fantasía.
«Y ahora, si le parece bien, podemos levantar la se­sión hasta mañana. Buenas noches... Haga girar todos los interruptores hacia la izquierda, hasta dejarlos donde estaban; da lo mismo el orden en que lo haga, aunque puede dejar para el final la máquina de las lentes. Bue­nas noches, Mr. Akeley. ¡Trate bien a nuestro huésped! ¿ Listo para cerrar los interruptores? ».
Eso fue todo. Obedecí mecánicamente y cerré los tres interruptores, aunque no salía de mi estupor ante lo que acababa de presenciar. La cabeza me seguía dando vuel­tas al tiempo que oía la susurrante voz de Akeley di­ciendo que dejara tal como estaba todo el instrumental que había encima de la mesa. No hizo ningún comen­tario al respecto, aunque poco hubiera importado porque tenía embotadas mis facultades mentales. Le oí decirme que podía llevarme la lámpara a mi habitación, de lo que deduje que deseaba quedarse solo a oscuras. Sin duda, quería descansar, pues su disertación a lo largo de la tarde habría bastado para agotar a hombres incluso mejor dotados físicamente. Aun sin salir de mi aturdi­miento, di las buenas noches a mi anfitrión y subí a mi habitación con la lámpara, aunque llevaba conmigo una excelente linterna.
Me alegré de salir de aquel estudio con tan extraño olor e indefinidas sensaciones vibratorias, pero no logré evitar una estremecedora sensación de temor, amenaza y anomalía cósmica al pensar en el lugar en que me encon­traba. Aquella desolada y despoblada comarca, aquella sombría y misteriosamente frondosa ladera montañosa que se erguía justo detrás de la casa, aquellas huellas del camino, aquel susurrador enfermizo e inmóvil en la pe­numbra, aquellos infernales cilindros y máquinas, y, por encima de todo, aquella invitación a participar en la increíble operación quirúrgica y en los aún más increí­bles viajes.., todo ello, tan nuevo y en tan rápida suce­sión, se vino de tal modo encima de mí que me arrebató mi voluntad y casi me dejó sin recursos físicos.
El descubrimiento de que mi guía Noyes era el cele­brante humano de aquel monstruoso aquelarre recogido en la grabación fono gráfica me produjo una tremenda impresión; aunque ya a ía creído percibir una lóbrega y repulsiva familiaridad en su voz. Otra impresión digna de reseñar era la que me producía mi actitud hacia mi an­fitrión siempre que me detenía a analizarla; por más que hasta entonces había experimentado una instintiva atrac­ción hacia Akeley, como se desprendía de la correspon­dencia que habíamos cruzado, ahora descubría que me inspiraba una marcada aversión. Su enfermedad debería haber despertado un sentimiento de compasión en mí, pero, por el contrario, me producía una especie de esca­lofrío. Tenía un semblante tan rígido, inerte y cadavérico... ¡ Y aquel incesante susurro resultaba tan inso­portable e inhumano!
Aquel susurro me pareció completamente distinto de cualquier otro hasta entonces oído. A pesar de la cu­riosa inmovilidad de los labios del orador, cubiertos por un poblado bigote, tenía una indudable fuerza y poder de atracción, más digno aún de destacar si se tiene en cuenta que se trataba de un asmático. Logré entender perfec­tamente lo que decía desde el otro extremo de la habita­ción, y una o dos veces me pareció que los débiles pero penetrantes sonidos no significaban tanto debilidad como deliberada contención.., las razones de lo cual franca­mente ignoraba. Desde el primer momento percibí algo que no me gustaba nada en el timbre de su voz. Ahora, al pasar revista a todo lo que me había llevado hasta allí, creí poder identificar tal impresión con una espe­cie de familiaridad inconsciente como la siniestra sensa­ción que sentí al oír por vez primera la siniestra voz de Noyes. Pero no sabría decir cuándo o dónde me había tropezado con lo que me traía a la memoria.
Una cosa era cierta: no pasaría una sola noche más en aquel lugar. Mi fervor científico se había disipado por completo entre el miedo y una cierta sensación de repugnancia, y lo único que deseaba era salir cuanto antes de aquel antro de morbosidad y monstruosas re­velaciones. Ya sabia lo suficiente. Sin duda, debía ser cierto todo aquello de extrañas conexiones cósmicas... pero era algo en lo que cualquier ser humano normal no tiene por qué meterse.
Me parecía estar rodeado de diabólicas influencias que trataban de sofocar mis sentidos. No cabía ni plantearse la posibilidad de intentar dormir, pensé; así que me li­mité a apagar la lámpara y, sin desvestirme, me dejé caer sobre la cama. Sin duda era una precaución absurda, pero estaba listo en caso de que se presentase una contingen­cia inesperada: en la mano derecha tenía el revólver que había traído conmigo, y en la izquierda la linterna de bolsillo. Ni el menor sonido venia de abajo, en donde me imaginaba a mi anfitrión sentado en medio de las tinieblas y con aquella rigidez cadavérica con que me recibió.
Hasta mí llegó el tic- tac de un reloj de pared, y la normalidad del sonido me produjo una especie de so­siego. Pero también me recordó otra peculiaridad que me sorprendió mientras viajaba por la comarca: la total ausencia de vida animal. No había animales domésticos en la granja, y ahora me percataba de que ni siquiera se oían los habituales ruidos nocturnos de la fauna silves­tre. Salvo por el siniestro rumor de algún que otro lejano arroyo, aquella quietud resultaba anómala... propia de los espacios siderales... y me pregunté qué intangible in­fortunio astral se cernía sobre la comarca. Recordé que en las antiguas leyendas los perros y otros animales ha­bían repelido siempre la presencia de los Exteriores, y pensé en qué podrían significar aquellas huellas que se veían en el camino.


VIII

No me pregunten cuánto duró mi inesperado adormeci­miento, ni lo que de puro sueño hubo en lo que acon­teció después. Si les dijera que me desperté a determi­nada hora y que pude oir y ver ciertas cosas insospecha­das, ustedes se limitarían a decirme que no era cierto, que no me había despertado; que todo fue un sueño hasta el momento en que sa i corriendo de la casa, me dirigí dando tumbos al cobertizo donde había visto el antiguo Ford y emprendí una enloquecida carrera sin rumbo fijo en el veterano vehículo por aquella hechi­zada comarca montañosa, hasta llegar — tras horas de continuo traquetear y sortear curvas por siniestros la­berintos cubiertos de bosques— a un pueblo que resultó ser Townshend.
Tampoco me extrañaría lo más mínimo que pusieran en duda el resto de mi relato, y dijeran que todas las fo­tografías, grabaciones, sonidos de máquinas y cilindros y otras pruebas por el estilo, no eran sino retazos de la superchería de que me hizo víctima el desaparecido Henry Akeley. Hasta incluso es posible que piensen que Akeley se puso de acuerdo con otros tipos tan estrafa­larios como él para urdir la absurda y retorcida patraña siguiente; interceptar el paquete echado al correo en Keene, y hacer grabar a Noyes aquel horripilante cilin­dro de cera. Con todo, resulta raro que no se haya iden­tificado aún a Noyes, y que no le conociera nadie en los pueblos cercanos a la granja de Akeley, aunque, al pa­recer, iba con frecuencia por la comarca. Me gustaría ha­ber retenido en la memoria la matrícula de su coche... quizás haya sido mejor así después de todo. Pues, a pesar de lo que digan los demás y a pesar de todo lo que a veces trato de decirme yo, sé positivamente que abomi­nables influencias del exterior deben encontrarse aún al acecho en aquellas enigmáticas montañas... y que cuentan con espías y emisarios entre los hombres. Man­tenerme a la mayor distancia posible de tales influencias y emisarios es todo lo que pido de la vida en adelante.
Cuando el sheriff oyó mi increíble historia, envió un grupo de hombres armados a la granja... pero Akeley se había ido ya sin dejar el menor rastro. Su holgado ba­tín, la bufanda amarilla y las vendas para los pies estaban tirados en el suelo del estudio, cerca del sillón de la esquina, y no pudo averiguarse si el resto de su ropa se había esfumado con él. Los perros y el ganado ha­blan desaparecido también, y en la fachada de la casa y en alguna de las paredes interiores podían apreciarse extraños agujeros causados por proyectiles. Pero, por lo demás, no se observaba nada anormal. Ni cilindros, ni máquinas, ni las pruebas que había traído yo en mi maleta, ni ningún extraño olor o sensación vibratoria, ni huellas en el camino, ni ninguno de los objetos que acerté a ver en el último momento.
Tras mi precipitada fuga, me quedé una semana en Brattleboro interrogando a todos cuantos conocían a Ake­ley. Los resultados de mi investigación me convencieron de que todo aquello no había sido una invención ni un sueño. Las extrañas compras de perros, munición y pro­ductos químicos que hizo Akeley, así como el corte del cable telefónico, eran hechos incontestables; y todos los que le conocían —incluso su hijo de California— admi­tían que sus ocasionales referencias a estudios esoté­ricos tenían cierta consistencia. En opinión de los ciu­dadanos de pro, Akeley estaba loco, y unánimemente sostenían que todas las pruebas no eran sino meras pa­trañas ingeniadas con malsana astucia e inspiradas quizá por algún estrafalario cómplice; pero las gentes senci­llas del campo creían firmemente en lo que decía. Ake­ley había enseñado a algunos campesinos las fotografías y la piedra negra y les había puesto para que la escu­charan aquella horrible grabación, y sin excepción al­guna encontraban las huellas y la susurrante voz seme­jantes a las descritas en las leyendas ancestrales.
Decían, igualmente, que desde que encontró la piedra se habían advertido visiones y sonidos sospechosos en torno a la casa de Akeley, por eso todo el mundo evitaba pasar ahora por el lugar, salvo el cartero y alguna que otra persona no fácilmente impresionable. Tanto Dark Mountain como Round Hill eran tradicionalmente con­siderados lugares encantados, y no logré encontrar a nadie que los hubiera explorado a fondo. A lo largo de la historia de la comarca había testimonios de desapa­riciones misteriosas, como la del semivagabundo Walter Brown, a quien Akeley mencionaba en sus cartas. In­cluso me tropecé con un granjero que creía haber visto a uno de aquellos extaños cuerpos descender por el des­bordado West River cuando las riadas, pero su testimo­nio era demasiado contradictorio para tomarlo en consi­deración.
Cuando me marché de Brattleboro me prometí no vol­ver más a Vermont, y estaba completamente seguro de que cumpliría mi palabra. Aquellas desoladas montañas eran sin duda el puesto de observación de una espan­tosa raza cósmica... y mis dudas perdieron consistencia al leer que se había localizado un noveno planeta más allá de Neptuno, tal como aquellos seres habían adelan­tado. Los astrónomos, con una implacable propiedad que estaban lejos de sospechar, lo denominaron «Plutón». Yo estoy convencido de que se trata nada menos que del nocturnal Yuggoth... y un escalofrío se apodera de mí cuando trato de imaginarme el verdadero motivo por el que sus monstruosos habitantes deseaban que se les conociera por tal nombre en aquellos momentos. En vano trato de convencerme de que estas diabólicas cria­turas no están planeando poco a poco realizar actos con­tra la seguridad de la tierra y de sus habitantes humanos.
Pero aún tengo que contar el final de aquella espan­tosa noche en la granja de Akeley. Como he dicho, final­mente me quedé sumido en un sopor algo agitado, un sueño lleno de pesadillas en que vislumbraba monstruosos paisajes. No podría precisar qué es lo que me despertó, pero sí decir que me desperté llegado a este punto. Lo primero que oí vagamente fue el amortiguado crujir de la tarima del rellano junto a mi puerta, y alguien que mani­pulaba desmañadamente y con sigilo en el picaporte. Empero, el ruido cesó casi al instante, así que en realidad mis primeras impresiones fueron unas voces en el estudio situado debajo de mi cuarto. Los que hablaban eran va­rios, y me pareció que estaban enzarzados en una dis­cusión.
Unos segundos después estaba despierto del todo, ya que la naturaleza de aquellas voces era tal que resultaba absurda toda idea de volver a conciliar el sueño. El tono de las voces era de lo más variopinto, y nadie que hu­biera escuchado aquella endiablada grabación fonográ­fica podía albergar la menor duda acerca de al menos dos de ellas. Por muy horrible que fuese la idea, com­prendí que me encontraba bajo el mismo techo que unos desconocidos seres procedentes de los espacios abismales, pues aquellas dos voces eran, sin ningún género de duda, los diabólicos susurros que utilizan los Seres Exterio­res cuando se comunican con los hombres. Las dos vo­ces eran completamente distintas —diferían en timbre, acento e intensidad— pero ambas se caracterizaban por el mismo tono estremecedor.
La tercera voz era, sin duda, la de una de aquellas máquinas parlantes conectadas a uno de los cerebros envasados en los cilindros. Tan convencido estaba de ello como de los susurros pues la voz recia, metálica y apagada que había oído la tarde anterior, con sus chi­rridos y traqueteo sin inflexiones ni matiz alguno, y aque­lla precisión y ponderación impersonales, resultaban de todo punto inolvidables. En un primer momento no me detuve a preguntarme si la inteligencia que había detrás de aquel chirrido era idéntica a la que me había hablado a mí; pero no tardé en reflexionar que cualquier cerebro podría emitir sonidos vocales parecidos a aquellos si se lo conectaba al mismo aparato emisor de palabras, con las únicas diferencias del idioma, ritmo, velocidad y for­ma de pronunciación. Completando aquel espectral co­loquio podían oírse dos voces humanas: una el habla tosca de un desconocido que tenía todas las trazas de un campesino, y la otra tenía el suave acento bostoniano del que fuera mi guía Noyes.
Mientras trataba de captar las palabras que de modo tan frustrante interceptaba la gruesa tarima, oí un mon­tón de chirridos, traqueteos y ruidos producidos por algo que se movía en el cuarto de abajo así que forzosa­mente saqué la conclusión de que estaba lleno de seres vivos, en número muy superior a los pocos cuya voz po­día identificar. La naturaleza exacta de aquellos ruidos resulta extremadamente difícil de describir, pues apenas se cuenta con elementos de comparación fiables. Los ob­jetos parecían moverse de cuando en cuando en la habi­tación como si de seres conscientes se tratase; el sonido de sus pisadas se asemejaba al de un chapaleo intermi­tente sobre algo duro, como si los pies avanzaran por superficies irregulares de asta de toro o caucho resis­tente. Era, para utilizar una comparación más gráfica pero menos precisa, como si personas calzadas con zue­cos sueltos y astillados arrastraran y traquetearan los pies por la barnizada tarima. Preferí no especular sobre la naturaleza y aspecto físico de los autores de aquellos sonidos.
No tardé en comprender que cualquier intento por cap­tar una conversación coherente se vería abocado al más irremediable fracaso. Palabras sueltas —entre las que distinguí el nombre de Akeley y el mío— llegaban de vez en cuando a mis oídos, sobre todo cuando hablaba la máquina emisora de palabras, pero su verdadero signi­ficado se me escapaba debido a la falta de un contexto donde encajarías. Aún hoy me niego a extraer conclusio­nes definitivas de aquellas palabras, aun cuando el te­rrible impacto que me causaron tuvo más de sugeridor que de revelador. De lo que estaba convencido era de que justo debajo de mí se hallaba reunido un terrible y monstruoso cónclave, pero no sabría decir el motivo de sus espeluznantes deliberaciones. Resultaba extraño que me invadiera semejante sensación preñada de imágenes incuestionablemente malignas y monstruosas, a pesar de las garantías que me había dado Akeley sobre la cordia­lidad de los Exteriores.
Tras una paciente escucha comencé a distinguir clara­mente las voces, si bien apenas podía entender lo que de­cían. Detrás de algunos de los que hablaban me pareció captar ciertos rasgos temperamentales. Una de las voces susurrantes, por ejemplo tenía un indiscutible tono auto­ritario; mientras que la voz metálica, a pesar de su arti­ficiosa estridencia y regularidad, parecía hallarse en una situación subordinada e implorante. La voz de Noyes rezumaba un tono conciliador, en tanto que las otras me fue imposible interpretarlas. No oí el ya familiar su­surro de Akeley, pero sabia perfectamente que su voz no podía en modo alguno traspasar la gruesa tarima del suelo de mi habitación.
Trataré de reproducir a continuación algunas de las inconexas palabras y sonidos que llegaron hasta mí, iden­tificando, lo mejor que pueda, a quienes las pronun­ciaban. Las primeras frases mínimamente inteligibles que reconocí procedían de la máquina parlante.


(La máquina parlante)

«... lo traje conmigo.., devueltas las cartas y la gra­bación... el final de todo... recibido... ver y oír... mal dita sea... fuerza impersonal, después de todo... cilin­dro nuevo y reluciente... Dios Todopoderoso...»

(Primera voz susurrante)

«... el tiempo detuvimos.., pequeño y humano... Ake­ley... cerebro... decir... »
(Segunda voz susurrante) -

«... Nyarlathotep... Wilmarth... grabaciones y car­tas... burda patraña... »
(Noyes)

(una palabra o nombre impronunciable, posible­mente N’gah-Kthun) ... inofensivo... paz... par de se­manas... teatral... ya se lo advertí... »

(Primera voz susurrante)

«... ningún motivo:., plan original.., efectos... No­yes puede vigilar... Round Hill... nuevo cilindro.., co­che de Noyes. . . »
(Noyes)


.... bien... todo suyo... aquí abajo... descansar... lugar... »

(Varias voces a la vez, imposibles de distinguir)

(Muchas pisadas, incluido el peculiar sonido del arras­tre o traqueteo de los zuecos.)
(Extraño sonido batiente)

(El ruido de un automóvil arrancando y echando mar­cha atrás.)
(Silencio)

Esto es, en sustancia, lo que captaron mis oídos mien­tras permanecía tumbado sin moverme en aquella cama del piso superior de la granja encantada perdida entre aquellas endemoniadas montañas. Allí estaba, tumbado y sin desvestirme, con un revólver en la mano derecha y una linterna de bolsillo en la izquierda. Como ya he dicho, me desperté del todo; pero una extraña parálisis me impidió cualquier movimiento hasta mucho después de extinguirse el último eco de aquellos ruidos. Volví a oír el machacón y lejano tic-tac del antiguo reloj de Connecticut en algún lugar del piso de abajo, y, al cabo de un rato, el sonido intermitente de unos ronquidos. Akeley debió quedarse adormecido tras aquella increíble sesión... y yo entendí perfectamente su necesidad de des­cansar.
No sabía qué pensar o hacer en tales circunstancias. Después de todo, ¿qué había de nuevo en todo lo que acababa de oír que no pudiera esperar de lo que ya sa­bía? ¿Acaso no sabía que los nefandos Exteriores tenían ahora libre acceso a la granja? Sin duda, Akeley debió verse sorprendido por una inesperada visita de aquellos seres. Pero algo había en aquella fragmentaria conversa­ción que me produjo un tremendo escalofrío, suscitando las más grotescas y espantosas dudas y haciéndome de­sear fervientemente que me despertase y comprobase que no había sido sino un sueño. A mi juicio, mi subscon­ciente debió captar algo que aún no habla reconocido a nivel consciente. Pero, ¿y Akeley? ¿Acaso no era ml amigo y habría tratado de evitar por todos los medios que se me infligiera el menor daño? Los apacibles ron­quidos que subían de la planta inferior no hacían sino dejar en ridículo todos los temores que repentinamente se habían apoderado de mí.
¿No seria posible que estuvieran aprovechándose de Akeley y lo utilizaran de cebo para atraerme a las mon­tañas con las cartas, las fotografías y la grabación fono­gráfica? ¿Buscaban aquellos seres nuestra destrucción porque habíamos llegado a saber demasiado? De nuevo me vino a la cabeza el insólito y abrupto cambio ope­rado entre la penúltima y la última carta de Akeley. Algo, mi instinto me lo decía, no encajaba nada bien en todo aquello. Las cosas no eran lo que parecían. Aquel amargo café que rehusé tomar... ¿no habría sido un intento de drogarme por parte de alguna fuerza oculta y desconocida? Tenía que hablar con Akeley y sin perder un segundo, y hacer que recobrase el sentido de las cosas. Aquellos seres le tenían hipnotizado con sus pro­mesas de revelaciones cósmicas, pero ya era hora de que atendiese a razones. Debíamos salir de allí antes de que fuese demasiado tarde. Si Akeley carecía de la fuerza de voluntad necesaria para recobrar la libertad, trataría de infundírsela yo. Y si no lograba persuadirle para salir de allí, al menos me iría yo. Supongo que me permiti­ría llevarme su Ford, y luego se lo dejaría en un garaje de Brattleboro. Lo había visto en el cobertizo —la puerta estaba sin cerrar y abierta ahora que el peligro parecía haber pasado— y me imaginé que estaría listo para utili­zarlo. La momentánea aversión que me produjo Akeley en el transcurso y después de la conversación que mantu­vimos por la tarde habla desaparecido por completo. Se hallaba en una situación muy parecida a la mía, y debíamos correr la misma suerte. Sabiendo lo mal que se encontraba, detestaba tener que despertarle en seme­jante trance, pero no me quedaba otro remedio. Tal como estaban las cosas, no podía permanecer en aquel jugar hasta que amaneciera.
Finalmente me sentí con fuerzas, y me desperecé enér­gicamente para recobrar el dominio de mis músculos. Le­vantándome con una precaución más impulsiva que pre­meditada, agarré el sombrero y me lo puse encima, cogí la maleta y comencé a bajar las escaleras con ayuda de la linterna. En mi nerviosismo, seguí sin soltar el revólver que llevaba en la mano derecha, y con la izquierda cogí la maleta y la linterna. En realidad no sé por qué tomé tales precauciones, pues simplemente me dirigía a des­pertar a la única persona a excepción de mí mismo que se hallaba en aquella casa.
Mientras bajaba medio de puntillas los crujientes es­calones que llevaban al vestíbulo de entrada, pude oír con mayor nitidez que alguien dormía por los ruidos que sa­llan de la habitación que había a mi izquierda: el cuarto de estar en el que no había entrado. A mi derecha se abría la densa oscuridad del estudio en que había oído las voces. Abrí la puerta sin cerrar del cuarto de estar y di­rigí la luz de la linterna hacia el lugar donde se oían los ronquidos, dirigiéndola finalmente a la cara de quien se encontraba allí durmiendo. Pero al instante aparté la luz de aquel rincón e inicié una sigilosa retirada hacia el vestíbulo. Esta vez mi precaución tenía un fundamento racional a la vez que instintivo: quien dormía en el sofá no era ni mucho menos Akeley, sino el que fuera mi gula, Noyes.
No me hacía una idea clara de qué era lo que real­mente pasaba allí, pero el sentido común me dijo que lo más prudente era averiguar cuanto fuese posible antes de despertar a nadie. De vuelta en el vestíbulo, eché si­lenciosamente el cerrojo de la puerta del cuarto de estar detrás de mí, con lo que se vieron muy reducidas las posibilidades de que Noyes se despertara. Con suma precaución entré seguidamente en el oscuro estudio, donde esperaba encontrar a Akeley, ya fuese dormido o des­pierto, en la butaca del rincón en que solía descansar. Según avanzaba, el haz de mi linterna se posó en la gran mesa, iluminando uno de los diabólicos cilindros conectado a las máquinas visual y auditiva, a cuyo lado había una máquina parlante, lista para ser conectada en cualquier momento. Me imaginé que debía tratarse del cerebro envasado al que había oído hablar durante la horripilante alocución que hube de aguantar. Incluso se me pasó por la cabeza el perverso impulso de conectarlo a la máquina parlante y ver qué decía.
Debió advertir mi presencia, pues aquellos dispositi­vos visuales y auditivos no podían dejar de detectar el haz de luz de la linterna ni el débil crujir del suelo bajo mis pies. Pero, finalmente, no me atreví a tocarlo. De pasada, vi que se trataba del nuevo y reluciente cilin­dro con el nombre de Akeley que había visto encima del estante y que mi anfitrión me rogó que no tocara. Cuan­do pienso en aquel momento, no hago sino lamentar mi cobardía por no atreverme a hacer hablar al aparato. ¡Dios sabe qué misterios y espantosas dudas y cues­tiones sobre su identidad podría haber despejado! Aun­que, después de todo, quizá hice bien en no tocarlo.
De la mesa dirigí la linterna al rincón donde creía que estaría Akeley, pero mi sorpresa fue mayúscula al com­probar que en el butacón no habla nadie, ni dormido ni despierto. Por el suelo, arrastrando del asiento, vi el viejo y familiar batín de Akeley, y junto a él la bufanda amarilla y los grandes vendajes para los pies que tanta extrañeza me causaron. Como dudara, haciendo cábalas sobre el paradero de Akeley y por qué se habría desem­barazado de repente de sus prendas de enfermo observé que había desaparecido de la habitación el extraño olor y sensación vibratoria que había experimentado antes. ¿A qué se debería? Curiosamente, caí en la cuenta de que sólo lo había notado en la proximidad de Akeley. Aquellas sensaciones eran más intensas en el rincón don­de él estaba sentado, e inexistentes fuera del estudio o de las inmediaciones de su entrada. Me detuve, de­jando vagar al haz de la linterna por el estudio a oscuras y devanándome los sesos por tratar de encontrar una explicación ante el nuevo cariz que tomaba el caso.
Ojalá hubiera salido sigilosamente de aquel lugar antes de dejar que la luz de la linterna volviera a recaer sobre el sillón vacío. A lo que se ve, no obré con exce­siva cautela al salir, pues solté una ahogada exclamación que debió sobresaltar, aunque no despertar del todo, al centinela que dormía al otro lado del vestíbulo. Aquel grito, y los ronquidos aún no interrumpidos de Noyes, fueron los últimos sonidos que oí en aquella tenebrosa granja al pie de la oscura y frondosa cima de la montaña encantada ¡todo un foco de horror trans-cósmico entre las desoladas montañas verdes y los maldicientes arroyos de aquella espectral campiña!
Lo raro es que con la precipitación no dejara caer la linterna, la maleta y el revólver, pero lo cierto es que no perdí nada. Conseguí salir de la habitación y de la casa sin hacer más ruidos, llegar, junto con mis perte­nencias, hasta el viejo Ford que se encontraba en el cobertizo y poner en marcha aquel vejestorio, y em­prendí una loca huida en busca de algún lugar seguro a través de la noche oscura y sin luna. Lo que siguió fue una escena de delirio digna de la pluma de un Poe o Rimbaud o del lápiz de un Doré, pero finalmente llegué a Townshend. Eso es todo. Si aún estoy en mi sano juicio, puedo considerarme más que afortunado. A veces recelo ante lo que nos depara el futuro, sobre todo ahora que tan sorprendentemente ha sido descubierto el nuevo planeta Plutón.
Como he dicho, después de recorrer toda la habita­ción dejé que la luz de la linterna se posara en el vacío butacón. Por vez primera, advertí la presencia sobre el asiento de varios objetos que apenas dejaban ver los pliegues sueltos del batín. Eran los objetos, tres en total, que los investigadores no encontraron en su pos­terior visita a la granja. Como dije al principio, no te­nían nada de horroroso en apariencia. El problema ra­dicaba en lo que dejaban intuir. Incluso ahora hay mo­mentos en que me asaltan dudas... momentos en los que casi llego a aceptar el escepticismo de quienes atri­buyen aquella irrepetible experiencia al sueño, a los ner­vios o a un simple espejismo.
Los tres objetos eran dispositivos endiabladamente so­fisticados, e iban provistos de ingeniosas pinzas metálicas que se conectaban a articulaciones orgánicas de las que, francamente, prefiero no hacer conjetura alguna. Espero, lo espero con toda ¡ni alma, que se tratara simplemente de las obras en cera de un escultor magistral, no obs­tante lo que mis más recónditos temores me inducen a pensar. ¡Dios mío! ¡Aquel susurrador en la oscuridad con su enfermizo olor y sus vibraciones! Brujo, emisario, portavoz del averno, ser ajeno a este mundo... aquel es­pantoso y amortiguado susurro... y todo el tiempo en aquel cilindro nuevo y reluciente del estante... pobre diablo... «Prodigiosa destreza quirúrgica, biológica, quí­mica, mecánica...
Pues lo que había encima del butacón, perfectos en apariencia hasta el menor y más inimaginable detalle, eran el rostro y las manos de Henry Wentworth Akeley.

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