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martes, 21 de septiembre de 2010

LAS MIL Y UNA NOCHE - FRAGMENTO -- A L A D I N O -- 2ºparte




2ªparte
En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 748 NOCHE
Ella dijo:
... En efecto, al siguiente día la madre de Aladino fue a palacio teniendo cogido por las cuatro puntas el
pañuelo que envolvía el obsequio de pedrerías. Y estaba muy resuelta a sobreponerse a su timidez y formalar
su petición. Y entró en el diván, y se colocó en primera fila ante el sultán. Pero, como la vez primera, no
pudo dar un paso ni hacer un gesto que atrajese sobre ella la atención del jefe de las escribas. Y se levantó
la sesión sin resultado; y se volvió ella a casa, con la cabeza baja, para anunciar a Aladino el fracaso de su
tentativa, pero prometiéndole el éxito para la próxima vez. Y Aladino se vio precisado a hacer nueva provisión
de paciencia, amonestando a su madre por su falta de valor y de firmeza. Pero no sirvió de gran cosa,
pues la pobre mujer fue a palacio con la porcelana seis días consecutivos y se colocó siempre frente al sultán,
aunque sin tener más valor ni lograr más éxito que la primera vez. Y sin duda habría vuelto cien veces
más tan inútilmente, y Aladino habría muerto de desesperación y de impaciencia reconcentrada, si el propio
sultán, que acabó por fijárse'en ella, ya que éstaba en primera fila a cada sesión del diván, no hubiese tenido
la curiosidad de informarse acerca de ella y del motivo de su presencia. En efecto, al séptimo día, terminado
el diván, el sultán se encaró con su gran visir, y le dijo: “Mira esa vieja que lleva en la mano un pañuelo
con algo. Desde hace algunos días viene al diván con regularidad y permanece inmóvil sin pedir nada.
¿Puedes decirme a qué viene y qué desea?” Y el gran visir, que no conocía a la madre de Aladino, no quiso
dejar al sultán sin respuesta, y le dijo: “¡Oh mi señor! es una vieja entre las numerosas viejas que no vienen
al diván más que para pequeñeces. ¡Y tendrá que quejarse sin duda de que la han vendido cebada podrida,
por ejemplo, o de que la ha injuriado su vecina, o de que la ha pegado su marido!” Pero el sultán no quedó
contento con esta explicación, y dijo al visir: “Sin embargo, deseo interrogar a esa pobre mujer. ¡Hazla
avanzar antes de que se retire con los demás!” Y el visir contestó con el oído y la obediencia, llevándose la
mano a la frente. Y dio unos pasos hacia la madre de Aladino, y le hizo seña con la mano para que se acercara.
Y la pobre mujer se adelantó al pie del trono, toda temblorosa, y besó la tierra entre las manos del
sultán, como había visto hacer a los demás concurrentes. Y siguió en aquella postura hasta que el gran visir
le tocó en el hombro y la ayudó a levantarse. Y se mantuvo entonces de pie, llena de emoción; y el sultán le
dijo: “¡Oh mujer! hace ya varios días que te veo venir al diván y permanecer inmóvil sin pedir nada. Dime,
pues, qué te trae por aquí y qué deseas, a fin de que te haga justicia.” Y un poco alentada por la voz benévola
del sultán, contestó la madre de Aladino: “Alah haga descender sus bendiciones sobre la cabeza de
nuestro amo el sultán. ¡En cuanto a tu servidora, ¡oh rey del tiempo! antes de exponer su demanda te suplica
que te dignes concederle la promesa de seguridad, pues, de no ser así, tendré miedo a ofender los oídos
del sultán, ya que mi petición puede parecer extraña o singular!” Y he aquí que el sultán que era hombre
bueno y magnánimo, se apresuró a prometerle la seguridad; e incluso dio orden de hacer desalojar completamente
la sala, a fin de permitir a la mujer que hablase con toda libertad. Y no retuvo a su lado más que a
su gran visir. Y se encaró con ella, y le dijo: “Puedes hablar, la seguridad de Alah está contigo, ¡oh mujer!”
Poro la madre de Aladino, que había recobrado por completo el valor en vista de la acogida favorable del
sultán, contestó:. “¡También pido perdón de antemano al sultán por lo que en mi súplica pueda encontrar de
inconveniente y por la audacia extraordinaria de mis palabras!” Y dijo el sultán, cada vez mas intrigado:
Habla ya sin restricción, ¡oh mujer! ¡Contigo están el perdón y la gracia de Alah para todo lo que puedas
decir y pedir!”
Entonces, después de prosternarse por segunda vez ante el trono y de haber llamado sobre el sultán todas
las bendiciones y los favores del Altísimo, la madre de Aladino se puso a cantar cuanto le había sucedido a
su hijo desde el día en que oyó a los pregoneros públicos proclamar la orden de que los habitantes se ocultaran
en sus casas para dejar paso al cortejo de Sett Badrú'l-Budur. Y no dejó de decirle el estado en que se
hallaba Aladino, que hubo de amenazar con matarse si no obtenía a la princesa en matrimonio. Y narró la
historia con todos sus detalles, desde el comienzo hasta el fin. Pero no hay utilidad en repetirla. Luego,
cuando acabó de hablar, bajó la cabeza. presa de gran confusión, añadiendo: “¡Y yo ¡oh rey del tiempo! no
me queda más que suplicar a Tu Alteza que no sea riguroso con la locura de mi hija y me excuse si la ternura
de madre me ha impulsado a venir a transmitirte una petición tan singular!”
Cuando el sultán, que había escuchado estas palabras con mucha atención, pues era justo y benévolo, vio
que había callado la madre de Aladino, lejos de mostrarse indignado de su demanda, se echó a reír con
bondad y le dijo: “¡Oh pobre! ¿y qué traes en ese pañuelo que sostienes pon la cuatro puntas?
Entonces la madre de Aladino desató el pañuelo en silencio, y sin añadir una palabra presentó al sultán la
fuente de porcelana en que estaban dispuestas las frutas de pedrería. Y al punto se iluminó todo el diván
con su resplandor, mucho más que si estuviese alumbrado con arañas y antorchas. Y el sultán quedó deslumbrado
de su claridad y le pasmó su hermosura. Luego cogió la porcelana de manos de la buena mujer y
examinó las maravillosas pedrerías, una tras otra, tomándolas entre sus dedos. Y estuvo mucho tiempo mirándolas
y tocándolas, en el límite de la admiración. Y acabó por exclamar, encarándose con su gran visir:
¡Por vida de mi cabeza, ¡oh visir mío! que hermoso es todo esto y qué maravillosas son estas frutas! ¿Las
viste nunca parecidas u oíste hablar siquiera de la existencia de cosas tan admirables sobre la faz de la tierra?
¿Qué te parece? ¡di!” Y el visir contestó: “¡En verdad ¡oh rey del tiempo! que nunca he visto ni nunca
he oído hablar de cosas tan maravillosas! ¡Ciertamente, estas pedrerías son únicas en su especie! ¡Y las joyas
más preciosas del armario de nuestro rey no valen, reunidas, tanto como la más pequeña de estas frutas,
a mi entender!” Y dijo el rey: “¿No es verdad ¡oh visir mío! que el joven Aladino, que por mediación de su
madre me envía un presente tan hermoso, merece, sin duda alguna, mejor que cualquier hijo de rey, que se
acoja bien su petición de matrimonio con mi hija Badrú'l-Budur?”
A esta pregunta del rey, la cual estaba lejos de esperarse, al visir se le mudó el color y se le trabó mucho
la lengua y se apenó mucho. Porque, desde hacía largo tiempo, le había prometida el sultán que no daría en
matrimonio a la princesa a otro que no fuese un hijo que tenía el visir y que ardía de amor por ella desde la
niñez. Así es que tras largo rato de perplejidad, de emoción y de silencio, acabó por contestar con voz muy
triste: “Si, ¡oh rey del tiempo! ¡Pero Tu Serenidad olvida que has prometido la princesa al hijo de tu esclavo!
¡Sólo te pido, pues, como gracia, ya que tanto te satisface este regalo de un desconocido, que me concedas
un plazo de tres meses, al cabo del cual me comprometo a traer yo mismo un presente más hermoso
todavía que éste para ofrecérselo de dote a nuestro rey, en nombre de mi hijo!”
Y el rey, que a causa de sus conocimientos en materia de joyas y pedrerías sabía bien que ningún hombre,
aunque fuese hijo de rey o de sultán, sería capaz de encontrar un regalo que compitiese de cerca ni de
lejos con aquellas maravillas, únicas en su especie, no quiso desairar a su viejo visir rehusándole la gracia
que solicitaba, por muy inútil que fuese; y con benevolencia le contestó: “¡Claro está ¡oh visir mío! que te
concedo el plazo que pides. ¡Pero has de saber que, si al cabo de esos tres meses nos has encontrado para tu
hijo una dote que ofrecer a mi hija que supere o iguale solamente a la dote que me ofrece esta buena mujer
en nombre de su hijo Aladino, no podré hacer más por tu hijo, a pesar de tus buenos y leales servicios!”
Luego se encaró con la madre de Aladino y le dijo con mucha afabilidad: “¡Oh madre de Aladino! ¡puedes
volver con toda alegría y seguridad al lado de tu hijo y decirle que su petición ha sido bien acogida y que
mi hija está comprometida con él en adelante! ¡Pero dile que no podrá celebrarse el matrimonio hasta pasados
tres meses, para dar tiempo a preparar el equipo de mi hija y hacer el ajuar que corresponde a una princesa
de su calidad!”
Y la madre de Aladino, en extremo emocionada, alzó los brazos al cielo e hizo votos por la prosperidad y
la dilatación de la vida del sultán y se despidió, para volar llena de alegria a su casa en cuanto salió de palacio.
Y no bien entró en ella, Aladino vio su rostro iluminado por la dicha y corrió hacia ella y le preguntó,
muy turbado: “Y bien, ¡oh madre! ¿debo vivir o debo morir?” Y la pobre mujer, extenuada de fatiga, comenzó
por sentarse en el diván y quitarse el velo del rostro, y dijo: “Te traigo buenas noticias, ¡oh Aladino!
¡La hija del sultán está comprometida contigo para en adelante! ¡Y tu regalo, como ves, ha sido acogido
con alegría y contento! ¡Pero hasta dentro de tres meses no podrá celebrarse tu matrimonio con Badrú'l-
Badur! ¡Y esta tardanza se debe al gran visir, barba calamitosa, que ha hablado en secreto con el rey y le ha
convencido para retardar la ceremonia, no sé por qué razón! Pero ¡inschalah! todo saldrá bien. Y será satisfecho
tu deseo por encima de todas las previsiones, ¡oh hijo mío!” Luego añadió: “¡En cuanto a ese gran visir,
¡oh hijo mío! que Alah le maldiga y le reduzca al estado peor! ¡Porque estoy muy preocupada por lo
que le haya podido decir al oído al rey! ¡A no ser por el, el matrimonio hubiera tenido lugar, al parecer, hoy
o mañana, pues le han entusiasmado al rey las frutas de pedrería del plato de porcelana!”
Luego, sin interrumpirse para respirar, contó a su hijo todo lo que había ocurrido desde que entró en el
diván, hasta que salió, y terminó diciendo: “Alah conserve la vida de nuestro glorioso sultán, y te guarde
para la dicha que te espera, ¡oh hijo mío Aladino!”
Al oír lo que acababa de anunciarle su madre, Aladino osciló de tranquilidad y contento, y exclamó;
¡Glorificado sea Alah, ¡oh madre! que hace descender Sus gracias a nuestra casa y te da por hija a una
princesa que tiene sangre de los más grandes reyes!” Y besó la mano a su madre y la dio muchas gracias
por todas las penas que hubo de tomarse para la consecución de aquel asunto tan delicado. ¡Y su madre le
besó con ternura y le deseó toda clase de prosperidades, y lloró al pensar que su esposo el sastre, padre de
Aladino, no estaba allí para ver la fortuna y los efectos maravillosos del destino de su hijo, el holgazán de
otra tiempo!
Y desde aquel día pusiéronse a contar, con impaciencia extremada, las horas que les separaban de la dicha
que se prometían hasta la expiracion del plazo de tres meses. Y no cesaban de hablar de sus proyectos y
de los festejos y limosnas que pensaban dar a las pobres, sin olvidar que ayer estaban ellos mismos en la
miseria y que la cosa más meritoria a los ojos del Retribuidor era, sin duda alguna, la generosidad.
Y he aquí que de tal suerte transcurrieron dos meses. Y la madre de Aladino, que salía a diario para hacer
las compras necesarias con anterioridad a las bodas, había ido al zoco una mañana y comenzaba a entrar en
las tiendas, haciendo mil pedidos grandes y pequeños, cuando advirtió una cosa que no había notado al llegar.
Vio, en efecto, que todas las tiendas estaban decoradas y adornadas con follaje, linternas y banderolas
multicolores que iban de un extremo a otro de la calle, y que todos los tenderos, compradores y gentes del
zoco, lo mismo ricos que pobres, hacían grandes demostraciones de alegría, y que todas las calles estaban
atestadas de funcionarios de palacio ricamente vestidos con sus brocados de ceremonia y montados en caballos
enjaezados maravillosamente, y que todo el mundo iba y venía con una animación inesperada. Así es
que se apresuró a preguntar a un mercader de aceite, en cuya casa se aprovisionaba, qué fiesta, ignorada por
ella, celebraba toda aquella alegre muchedumbre y qué significaban todas aquellas demostraciones. Y el
mercader de aceite, en extremo asombrado de semejante pregunta, la miró de reojo, y contestó: “¡Por Alah,
que se diría que te estás burlando! ¿Acaso eres una extranjera para ignorar así la boda del hijo del gran visir
con la princesa Badrú'l-Budur, hija del sultán? ¡Y precisamente esta es la hora en que ella va a salir del
hamman! ¡Y todos esos jinetes ricamente vestidos con trajes de oro son los guardias que la darán escolta
hasta el palacio!”
Cuando la madre de Aladino hubo oído estas palabras del mercader de aceite, no quiso saber más, y enloquecida
y desolada echó a correr por los zocos, olvidándose de sus compras a los mercaderes, y llegó a su
casa, adonde entró, y se desplomó sin aliento en el diván, permaneciendo allí un instante sin poder pronunciar
una palabra. Y cuando pudo hablar, dijo a Aladino, que había acudido: “¡Ah! ¡hijo mío, el Destino
ha vuelto contra ti la página fatal de su libro, y he aquí que todo está perdido, y que la dicha hacia la cual te
encaminabas se desvaneció antes de realizarse!” Y Aladino, muy alarmado del estado en que veía a su madre
y de las palabras que oía, le preguntó: “¿Pero qué ha sucedido de fatal, ¡oh madre!? ¡Dímelo pronto!”
Ella dijo: “¡Ay! ¡hijo mío, el sultán se olvidó de la promesa que nos hizo! ¡Y hoy precisamente casa a su
hija Badrú’l-Budur con el hijo del gran visir, de ese rostro de brea, de ese calamitoso a quien yo temía tanto!
¡Y toda la ciudad está adornada, como en las fiestas mayores, para la boda de esta noche!” Y al escuchar
esta noticia, Aladino sintió que la fiebre le invadía el cerebro y hacía bullir su sangre a borbotones
precipitados. Y se quedó un momento pasmado y confuso, como si fuera a caerse. Pero no tardó en dominarse,
acordándose de la lámpara maravillosa que poseía, y que le iba a ser más útil que nunca. Y se encaró
a su madre, y le dijo con acento muy tranquilo: “¡Por tu vida; ¡oh madre! se me antoja que el hijo del visir
no disfrutará esta noche de todas las delicias que se promete gozar en lugar mío! No temas, pues, por eso, y
sin más dilación, levantate y prepáranos la comida. ¡Y ya veremos después lo que tenemos que hacer con
asistencia del Altísimo!”
Se levantó, pues, la madre de Aladino y preparó la comida, comiendo Aladino con mucho apetito para
retirarse a su habitación inmediatamente, diciendo: “¡Deseo estar solo y que no se me importune!” Y cerró
tras de sí la puerta con llave, y sacó la lámpara mágica del lugar en que la tenía, escondida. Y la cogió y la
frotó en el sitio que conocía ya. Y en el mismo momento se le apareció el efrit esclavo de la lámpara, y dijo:
¡Aquí tienes entre tus manos a tu esclavo! ¿Qué quieres? Habla. ¡Soy el servidor de la lámpara en el
aire por donde vuelo y en la tierra por donde me arrastro! Y Aladino le dijo: “¡Escúchame bien, ¡oh servidor
de la lámpara! -pues ahora ya no se trata de traerme de comer y de heber, sino de servirme en un asunto
de mucha más importancia! Has de saber, en efecto que el sultán me ha prometido en matrimonio su maravillosa
hija Badrú'l-Budur, tras de haber recibido de mí un presente de frutas de pedrería. Y me ha pedido
un plazo de tres meses para la celebración de las bodas. ¡Y ahora se olvidó de su promesa, y sin pensar en
devolverme mi regalo, casa a su hija con el hijo del gran visir! ¡Y como no quiero que sucedan así las cosas,
acudo a ti para que me auxilies en la realización de mi proyecto!” Y contestó el efrit: “Habla, ¡oh mi
amo Aladino! ¡Y no tienes necesidad de darme tantas explicaciones! ¡Ordena y obedeceré!” Y contestó
Aladino: “¡Pues esta noche, en cuanto los recién casados se acuesten en su lecho nupcial, y antes de que ni
siquiera tengan tiempo de tocarse, los cogerás con lecho y todo y los transportarás aquí mismo, en donde ya
veré lo que tengo que hacer!” Y el efrit de la lámpara se llevó la mano a la frente, y contestó: “¡Escuco y
obedezco!'; Y desapareció. Y Aladino fue en busca, de su madre y se sentó junto a ella y se puso a hablar
con tranquilidad de unas cosas y de otras, sin preocuparse del matrimonio de la princesa, como si no hubiese
ocurrido nada de aquello. Y cuando llegó la noche dejó que se acostara su madre, y volvió a su habitación,
en donde se encerró de nuevo con llave, y esperó el regreso del efrit. ¡Y he aquí lo referente a él!
¡He aquí ahora lo que atañe a las bodas del hijo del gran visir! Cuando tuvieron fin la fiesta y los festines
y las ceremonias y las recepciones y los regocijos, el recién casado, precedido por el jefe de los eunucos,
penetró en la cámara nupcial. Y el jefe de los eunucos se apresuró a retirarse y a cerrar la puerta detrás de
sí. Y el recién casado, después dedesnudarse, levantó las cortinas y se acostó en el lecho para esperar allí la
llegada de la princesa. No tardó en hacer su entrada ella, acompañada de su madre y las mujeres de su séquito,
que la desnudaron, la pusieron una sencilla camisa de seda y destrenzaran su cabellera. Luego la metieron
ea el lecho a la fuerza, mientras ella fingía hacer mucha resistencia y daba vueltas en todos sentidos
para escapar de sus manos, como suelen hacer en semejantes circunstancias las recién casadas. Y cuando la
metieron en el lecho, sin mirar al hijo del visir que estaba ya acostado, se retiraron todas juntas, haciendo
votos por la consumación del acto. Y la madre, que salió la última, cerró la puerta de la habitación, lanzando
un gran suspiro, como es costumbre.
No bien estuvieron solas los recién casados, antes de que tuviesen tiempo de hacerse la menor caricia,
sintiéronse de pronto elevados con su lecho, sin poder darse cuenta de lo que les sucedía. Y en un abrir y
cerrar de ojos se vieron transportados fuera del palacio y depositados en un lugar que no conocían, y que no
era otro que la habitación de Aladino. Y dejándolos llenos de espanto, el efrit fue a prosternarse ante Aladino,
y le dijo: “Ya se ha ejecutado tu orden ¡oh mi señor! ¡Y heme aquí dispuesto a obedecerte en todo lo
que tengas que mandarme!” Y le contestó Aladino: “¡Tengo que mandarte que cojas a ese joven y le encierres
durante toda la noche en el retrete! ¡Y ven aquí a tomar órdenes mañana por la mañana!” Y el genni de
la lámpara contestó con el oído y la obediencia, y se apresuró a obedecer. Cogió, pues, brutalmente al hijo
del visir y fue a encerrarle en el retrete, metiéndole la cabeza en el agujero. Y sopló sobre él una bocanada
fría y pestilente que lo dejó inmóvil como un madero en la postura en que estaba. ¡Y he aquí lo referente a
él!
En cuanto a Aladino, cuando estuvo solo con la princesa Badrú'l-Budur, a pesar del gran amor que por
ella sentía, no pensó ni por un instante en abusar de la situación. Y empezó por inclinarse ante ella, llevándose
la mano al corazón, y le dijo con voz apasionada: “¡Oh princesa, sabe que aquí estás más segura
que en el palacio de tu padre el sultán! ¡Si te hallas en este lugar que desconoces, sólo es para que no sufras
las caricias de ese joven cretino, hijo del visir de tu padre! ¡Y aunque es a mí a quien te prometieron en
matrimonio, me guardaré bien de tocarte antes de tiempo y antes de que seas mi esposa legítima por el Libro
y la Sunnah!”
Al oír estas palabras de Aladino, la princesa no pudo comprender nada, primeramente porque estaba muy
emocionada, y además, porque ignoraba la antigua promesa de su padre y todos los pormenores del asunto.
Y sin saber qué decir, se limitó a llorar mucho. Y Aladino para demostrarle bien que no abrigaba ninguna
mala intención con respecto a ella y para tranquilizarla, se tendió vestido en el lecho, en el mismo sitio que
ocupaba el hijo del visir, y tuvo la precaución de poner un sable desenvainado entre ella y él, para dar a
entender que antes se daría la muerte que tocarla, aunque fuese con las puntas de los dedos. Y hasta volvió
la espalda a la princesa, para no importunarla en manera alguna. Y se durmió con toda tranquilidad, sin
volver a ocuparse de la tan desada presencia de Badrú't-Budur, como si estuviese solo en su lecho de soltero.
En cuanto a la princesa, la emoción que le producía aquella aventura tan extraña, y la situación anomala
en que se encontraba, y los pensamientos tumultuosos que la agitaban, mezcla de miedo y asombro, la impidieron
pegar los ojos en toda la noche. Pero sin duda tenía menos motivo de queja que el hijo del visir,
que estaba en el retrete con la cabeza metida en el agujero y no podía hacer ni un movimiento a causa de la
espantosa bocanada que le había echado el efrit para inmovilizarle. De todos modos, la suerte de ambos esposos
fue bastante aflictiva y calamitosa para una primera noche de bodas...
En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 752 NOCHE
Ella dijo:
... De todos modos, la suerte de ambos esposos fue bastante aflictiva y calamitosa para una primera noche
de bodas.
Al siguiente día por la mañana, sin que Aladino tuviese necesidad de frotar la lámpara de nuevo, el efrit,
cumpliendo la orden que se le dio, fue solo a esperar que se despertase el dueño de la lámpara. Y como tardara
en despertarse, lanzó varias exclamaciones que asustaron a la princesa, a la cual no era posible verle.
Y Aladino abrió los ojos, y en cuanto hubo reconocido al efrit, se levantó del lado de la princesa, y se separó
del lecho un poco, para no ser oído mas que por el efrit, y le dijo: “Date prisa a sacar del retrete al hijo
del visir, y vuelve a dejarle en la cama en el sitio que ocupaba. Luego llévalos a ambos al palacio del sultán,
dejándolos en el mismo lugar de donde los trajiste. ¡Y sobre todo, vigílales bien para impedirles que se
acaricien, ni siquiera que se toquen!” Y el efrit de la lámpara contestó con el oído y la obediencia, y se
apresuró primero a quitar el frío al joven del retrete y a ponerle en el lecho, al lado de la princesa, para
transportales en seguida a ambos a la cámara nupcial del palacio del sultán en menos tiempo del que se necesita
para parpadear, sin que pudiesen ellos ver ni comprender lo que les sucedía, ni a que obedecía tan rápido
cambio de domicilio. Y a fe que era lo mejor que podía ocurrirles, porque la sola vista del espantable
genni servidor de la lámpara, sin duda alguna les habría asustado hasta morir.
Y he aquí que, apenas el efrit transportó a los dos recién casados a la habitación del palacio, el sultán y su
esposa hicieron su entrada matinal, impacientes por saber cómo había pasado su hija aquella primera noche
de bodas y deseosos de felicitárla y de ser los primeros en verla para desearle dicha y delicias prolongadas.
Y muy emocionados se acercaran al lecho de su hija, y la besaron con ternura entre, ambos ojos, diciéndole:
Bendita sea tu unión, oh hija de nuestro corazón! ¡Y ojalá veas germinar de tu fecundidad una larga sucesión
de descendientes hermosos e ilustres que perpetúen la gloria y la nobleza de tu raza! ¡Ah! ¡dinos
cómo has pasado esta primera noche, y de qué manera se ha portado contigo tu esposo!” ¡Y tras de hablar
así, se callaron, aguardando su respuesta! Y he aquí que de pronto vieron que, en lugar de mostrar un rostro
fresco y sonriente, estallaba ella en sollozos y les miraba con ojos muy abiertos, triste y preñados de lágrimas.
Entonces quisieron, interrogar al esposo, y miraron hacia el lado del lecho en que creían que aún estaría
acostado; pero, precisamente en el mismo momento en que entraron ellas, había salido él de la habitación
para lavarse todas las inmundicias con que tenía embadurnada la cara. Y creyeron que había ido al hamman
del palacio para tomar el baño, como es costmbre después de la consumación del acto. Y de nuevo se volvieron
hacia su hija y le interrogaron ansiosamente, con el gesto, con la mirada y con la voz, acerca del
motivo de sus lágrimas y su tristeza. Y como continuara ella callada, creyeron que sólo era el pudor propio
de la primera noche de bodas lo que la impedía hablar, y que sus lagrimas eran lágrimas propias de las circunstancias,
y esperaron un momento. Pero como la situación amenazaba con durar mucho tiempo y el
llanto de la princesa aumentaba, a la reina la faltó paciencia; y acabó por decir a la princesa, con tono
malhumoarado: “Vaya, hija mía, ¿quieres contestarme y contestar a tu padre ya? ¿Y vas a seguir así por
mucho rato todavía? También yo, hija mía, estuve recién casada como tú y antes que tú; pero supe tener
tacto para no prolongar con exceso esas actitudes de gallina asustada. ¡Y además, te olvidas de que al presente
nos estás faltando al respeto que nos debes con no contestar a nuestras preguntas!”
Al oír estas palabras de su madre, que se había puesto seria, la pobre princesa, abrumada en todos sentidos
a la vez, se vio obligada a salir del silencio que guardaba, y lanzando un suspiro prolongado y muy
triste, contestó: “¡Alah me perdone si falté al respeto que debo a mi padre y mi madre; pero me disculpa el
hecho de estar en extrenio turbada y muy emocionada y muy triste y muy estupefacta de todo lo que me ha
ocurrido esta noche!” Y contó todo lo que le había sucedido la noche anterior, no como las cosas habían
pasado realmente, sino sólo como pudo juzgar acerca de ellas con sus ojos. Dijo que apenas se acostó en el
lecho al lado de su esposo, el hijo del visir, había sentido conmoverse el lecho debajo de ella; que se había
visto transportada en un abrir y cerrar de ojos desde la cámara nupcial a una casa que jamás había visitado
antes; que la habían separado de su esposo, sin que pudiese ella saber de qué manera le habían sacado y
reintegrado luego; que le había reemplazado, durante toda la noche, un joven hermoso, muy respetuoso
desde luego y en extrema atento, el cual, para no verse expuesto a abusar de ella, había dejado su sable desenvainado
entre ambos y se había dormido con la cara vuelta a la pared; y por último, que a la mañana,
vuelto ya al lecho su esposo, de nuevo se la había transportado con él a su cámara nupcial del palacio, apresurandose
él a levantarse para correr al hammam con objeto de limpiarse un cúmulo de cosas horribles, que
le cubrían la cara. Y añadió: “¡Y en ese momento vi entrar a ambos para darme los buenos días y pedirme
noticias! ¡Ay de mí! ¡Ya sólo me resta morir!” Y tras de hablar así, escondió la cabeza en las almohadas,
sacudida por sollozos dolorosos.
Ciando el sultán y su esposa oyeron estas palabras de su hija Badrú'l-Budur, se quedaron estupefactos, y
mirándose con los ojos en blanco y las caras alargadas, sin dudar ya de que hubiese ella perdido la razón
aquella noche en que su virginidad fue herida por primera vez., Y no quisieron dar fe a ninguna de sus palabras;
y su madre le dijo con voz confidencial: “¡Así ocurren siempre estas cosas, hija mía! ¡Pero guárdate
bien de decírselo a nadie, porque estas cosas no se cuentan nunca! ¡Y las personas que te oyeran te tomarían
por loca! Levántate, pues, y no te preoupes por eso, y procura no turbar con tu mala cara los festejos
que se dan hoy en palacio en henar tuyo, y que van a durar cuarenta días y cuarenta noches, no solamente
en nuestra ciudad, sino en todo el reino. ¡Vamos, hija mía, alégrate y olvida ya los diversos incidentes de
esta noche!”
Luego la reina llamó a sus mujeres y las encargó que se cuidaran del tocado de la princesa; y con el sultán,
que estaba muy perplejo, salió en busca de su yerno, el hija del visir. Y acabaron por encontrárle cuando
volvía del hamman. Y para saber a qué atenerse con respecto a lo que decía su hija, la reina empezó a
interrogar al asustado joven acerca de lo que había pasado. Pero no quiso él declarar nada de lo que hubo de
sufrir, y ocultando toda la aventura por miedo de que le tomara a broma y le rechazaran otra vez los padres
de su esposa, se limitó a contestar: “¡Por Alah! ¿y qué ha pasado para que me .interroguéis con ese aspecto
tan singular?” Y entonces, cada vez más persuadida la sultana de que todo lo que le había contado su hija
era efecto de alguna pesadilla, creyó lo más oportuno no insistir con su yerno, y le dijo: “¡Glorificado sea
Alah, por todo lo que pasó sin daño ni dolor! ¡Te recomiendo, hijo mío, mucha suavidad con tu esposa,
porque está delicada!”
Y después de estas palabras le dejó y fue a sus aposentos para ocuparse de los regocijos y diversiones del
día. ¡Y he aquí lo referente a ella y a los recién casados!
En cuanto a Aladino, que sospechaba lo que ocurría en palacio, pasó el día deleitándose al pensar en la
broma excelente de que acababa de hacer víctima al hijo del visir. Pero no se dio por satisfecho, y quiso saborear
hasta el fin la humillaciáis de su rival. Así es que le pareció lo más acertado no dejarle un momento
de tranquilidad; y en cuanto llegó la noche cogió la lámpara y la frotó. Y se le apareció el genni, pronunciando
la misma fórmula que las otras veces. Y le dijo Aladino: “¡Oh servidor de la lámpara, ve al palacio
del sultán! Y en cuanta veas acostados juntos a los recién casados, cógelos con lecho y todo y tráemelos
aquí, como hiciste la noche anterior.” Y el genni se apresuró a ejecutar la orden, y no tardó en volver con su
carga, depositándola en el cuarto de Aladino para coger en seguida al hijo del visir y meterle de cabeza en
el retrete. Y no dejó Aladino de ocupar el sitio vacío y de acostarse al lado de la princesa, pero con tanta
decencia como la vez primera. Y tras de colocar el sable entre ambos, se volvió de cara a la pared y se
durmió tranquilamente. Y al siguiente día todo ocurrió exactamente igual que la víspera, pues el efrit, siguiendo
las órdenes de Aladino, volvió a dejar al joven junto a Badrú'l-Budur, y les transportó a ambos con
el lecho a la cámara nupcial del palacio del sultán.
Pero el sultán, mas impaciente que nunca por saber de su hija después de la segunda noche, llegó a la
cámara nupcial en aquel mismo momentol completamente solo, porque temía el malhumor de su esposa la
sultana y prefería interrogar por sí mismo a la princesa. Y no bien el hijo del visir, en el límite de la mortificación,
oyó los pasos del sultán, saltó del lecho y huyó fuera de la habitación para correr a limpiarse en
el hammam. Y entró el sultán y se acercó al lecho de su hija; y levantó las cortinas; y después de besar a la
princesa, le dijo: “¡Supongo, hija mía, que esta noche no habrás tenido una pesadilla tan horrible como la
que ayer nos contaste con sus extravagantes peripecias! ¡Vaya! ¿quieres decirme cómo has pasado esta noche?”
Pero en vez de contestar, la princesa rompió en sollozos, y se tapó la cara con las manos para no ver
las ojos irritados de su padre, que no comprendía nada de todo aquello. Y estuvo esperando él un buen rato
para. darle tiempo a que se calmase; pero como ella continuara llorando y suspirando, acabó por enfurecerse
y sacó su sable, y exclamó: “¡Por mi vida, que si no quieres decirme en seguida la verdad, te separo de
los hombros la cabeza!”
Entonces, doblemente espantada, la pobre princesa se vio en la precisión de interrumpir sus lágrimas; y
dijo con voz entrecortada: “¡Oh padre mío bienamado! ¡por favor, no te enfades conmigo! ¡Porque, si quieres
escucharme ahora que no está mi madre para excitarte contra mí; sin duda alguna me disculparás y me
compadecerás y tomarás las precauciones necesarias para impedir que me muera de confusión y espanto!
¡Pues si vuelvo a soportar las cosas terribles que he soportado esta noche, al día siguiente me encontrarás
muerta en mi lecha! ¡Ten piedad de mí, pues, ¡oh padre mío! y deja que tu oído y tu corazón se compadezcan
de mis penas y de mi emoción!” Y como entonces no sentía la presencia de su esposa, el sultán, que tenía
un corazón compasivo, se inclinó hacia su hija, y la besó y la acarició y apaciguó su inquieta alma. Luego
le dijo: “¡Y ahora, hija mía, calma tu espíritu y refresca tus ojos! ¡Y con toda confianza cuéntale a tu padre
detalladamente los incidentes que esta noche te han puesto en tal estado de emoción y terror!” Y apoyando
la cabeza en el pecho de su padre, la princesa le contó, sin olvidar nada, todas las molestias que había
sufrido las dos noches que acababa de pasar; y terminó su relato, añadiendo: “¡Mejor será ¡oh padre mío
bienamado! que interrogues también al hijo del visir, a fin de que te confirme mis palabras!”
Y el sultán, al oír el relato de aquella extraña aventura, llegó al límite de la perplejidad, y compartió la
pena de su hija, y como la amaba tanto, sintió humedecerse de lágrimas sus ojos. Y le dijo él: “La verdad,
hija mía, es que yo solo soy el causante de todo eso tan terrible que te sucede, pues te casé con un pasmado
que no sabe defenderte y resguardarte de esas aventuras singulares. ¡Por que lo cierto es que quise labrar tu
dicha con ese matrinionio, y no tu desdicha y tu muerte! ¡Por Alah, que en seguida voy a hacer que vengan
el visir y el cretino de su hijo, y les voy a pedir explicaciones de todo esto! ¡Pero, de todos modos; puedes
estar tranquila en absoluto, hija mía, porque no se repetirán esos sucesos! ¡Te lo juro por vida de mi cabeza!”
Luego se separó de ella, dejándola al cuidado de sus mujeres, y regresó a sus aposentos, hirviendo en
cólera.
Y al punto hizo ir a su gran visir, y en cuanto se presentó entre sus manos, le gritó: “¿Dónde está el entrometido
de tu hijo?” ¿Y qué te ha dicho de los sucesos ocurridos estas dos últimas noches?” El gran visir
contestó estupefacto:' “No sé a qué te refieres, ¡oh rey del tiempo! ¡Nada me ha dicho mi hijo que pueda
explicarme la cólera de nuestro rey! ¡Pero, si me lo permites, ahora mismo iré a buscarle y a interrogarle!”
Y dijo el sultán. “¡Ve! ¡Y vuelve pronto a traerme la respuesta!” Y el gran visir, con la nariz muy alargada,
salió doblando la espalda, y fue en busca de su hijo, a quien encontró en el hamman dedicado a lavarse las
inmundicias que le cubrían. Y le gritó: “¡Oh hijo de perro! ¿por qué me has ocultado la verdad? ¡Si no me
pones en seguida al corriente de los sucesos de estas dos últimas noches, será éste tu último día!” Y el hijo
bajó la cabeza y contestó: “¡Ay! ¡oh padre mío! ¡sólo la vergüenza me impidió hasta el presente, revelarte
las enfadosas aventuras de estas dos últimas noches y los incalificables tratos que sufrí, sin tener posibilidad,
de defenderme ni siquiera de saber cómo y en virtud de qué poderes enemigos nos ha sucedido todo,
eso a ambos en nuestro lecho!” Y contó a su padre la historia con todos sus detalles, sin olvidar nada. Pero
no hay utilidad en repetirla. Y añadió: “¡En cuanto a mí, ¡oh padre mío! prefiero la muerte a semejante vida!
¡Y hago ante ti el triple juramento del divorcio definitivo con la hija del sultán! ¡Te suplico, pues, que
vayas en busca del sultán y le hagas admitir la declaración de nulidad de mi matrimonio con su hija Badrú'l-
Budur! ¡Porque es el único medio de que cesen esos malos tratos y de tener tranquilidad! ¡Y entonces
podré dormir en mi lecho en lugar de pasarme las noches en los retretes!”
Al oír estas palabras de su hijo, el gran visir quedó muy apenado. Porque la aspiración de su vida había
sido ver casado a su hijo con la hija del sultán, y le costaba mucho trabajo renunciara tan gran honor. Así es
que, aunque convencido de la necesidad del divorcio en tales circunstancias, dijo a su hijo: “Claro ¡oh hijo
mío! que no es posible soportar por más tiempo semejantes tratos.” ¡Pero, piensa en lo que pierdes con ese
divorcio! ¿No será mejor tener paciencia todavía una noche, durante la cual vigilaremos todos junto a la
cámara nupcial, con los eunucos armados de sables y de palos? ¿Qué te parece?” El hijo contestó: “Haz lo
que gustes, ¡oh gran visir, padre mío! ¡En cuanto a mí, estoy resuelto a no entrar ya en esa habitación de
brea!”
Entonces el visir separóse de su hijo, y fue en busca del rey. Y se mantuvo de pie entre sus manos, bajando
la cabeza. Y el rey le preguntó: “¿Qué tienes que decirme?” El visir contestó: “¡Por vida de nuestro
amo, que es muy cierto lo que ha contado la princesa Badrú'l-Budur! ¡Pero la culpa no la tiene mi hijo! De
todos modos, no conviene que la princesa siga expuesta a nuevas molestias por causa de mi hijo. ¡Y si lo
permites, mejor será que ambos esposos vivan en adelante separados por el divorcio!” Y dijo el rey: ' “¡Por
Alah, que tienes razón! ¡Pero, a no ser hijo tuyo el esposo de mi hija, la hubiese dejado libre a ella con la
muerte de él! ¡Que se divorcien, pues!” Y al pinto dio el sultán las órdenes oportunas para que cesaran los
regocijos públicos, tanto en el palacio como en la ciudad y en todo él reino de la China, e hizo proclamar el
divorcio de su hija Badrú’l-Budur con el hijo del gran visir, dando a entender que no se había consumado
nada.
En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y calló discretamente.
PERO GUANDO LLEGÓ LA 755 NOCHE
Ella dijo:
... e hizo proclamar el divorcio de su hija Badrú’l-Budur con el hijo del gran visir, dando a entender que
no se había consumado nada. En cuanto al hijo del gran visir, el sultán, por consideración a su padre, le
nombró gobernador de una provincia lejana de China, le dio orden de partir sin demora. Lo cual fue ejecutado.
Cuando Aladino, al mismo tiempo que los habitantes de la ciudad, se enteró, por la proclama de los pregoneros
públicos, del divorcio de Badrú’l-Budur sin haberse consumado el matrimonio y de la partida del
burlado, se dilató hasta el límite de la dilatación, y se dijo: “¡Bendita sea esta lámpara maravillosa, causa
inicial de todas mis prosperidades! ¡Preferible es que haya tenido lugar el divorcio sin una intervención más
directa del genni de la lámpara, el cual, sin duda, habría acabado cocí ese cretino!” Y también se alegró de
que hubiese tenido éxito su venganza sin que nadie, ni el rey, ni el gran visir, ni su misma madre sospechara
la parte que había tenido él en todo aquel asunto. Y sin preocuparse ya, como sino hubiese ocurrido nada
anómalo desde su petición de matrimonio, esperó con toda tranquilidad a que transcurriesen los tres meses
del plazo exigido, enviando a palacio, en la mañana que siguió al último día del plazo consabido, a su madre,
vestida con sus trajes mejores, para que recordase al sultán su promesa.
Y he aquí que, en cuanto entró en el diván la madre de Aladino, el sultán, que estaba dedicado a despachar
los asuntos del reino, como de costumbre, dirigió la vista hacia ella y la reconoció en seguida. Y no
tuvo ella necesidad de hablar, por que el sultán recordó por sí mismo la promesa que le había dado y el plazo
que había fijado. Y se encaró con su gran visir, y le dijo: “¡Aquí está ¡oh visir! la madre de Aladino! Ella
fue quien nos trajo, hace tres meses, la maravillosa porcelana llena de pedrerías. ¡Y me parece que, con
motivo de expirar el plazo, viene a pedirme el cumplimiento de la promesa que le hice concerniente a mi
hija! ¡Bendito sea Alah, que no ha permitido el matrimonio de tu hijo, para que así haga honor a la palabra
dada cuando olvidé mis compromisos por ti!” Y el visir, que en su fuero interno seguía estando muy despechado
por todo lo ocurrido, contestó: “¡Claro ¡oh mi señor! que jamás los reyes deben olvidar sus promesas!
¡Pero el caso es que, cuando se casa a la hija, debe uno informarse acerca del esposo, y nuestro amo el
rey no ha tomado informes de este Aladino y de su familia! ¡Pero yo sé que es hijo de un pobre sastre
muerto en la miseria, y de baja condición! ¿De dónde puede venirle la riqueza al hijo de un sastre?” El rey
dijo: “La riqueza viene de Alah, ¡oh visir!” El visir dijo: “Así es, ¡oh rey! ¡Pero no sabernos si ese Aladino
es tan rico realmente como su presente dio a entender! Para estar seguros no tendrá el rey más que pedir por
la princesa una dote tan considerable que sólo pueda pagarle un hijo de rey o de sultán. ¡Y de tal suerte el
rey casará a su hija sobre seguro, sin correr el riesgo de darle otra vez un esposo indigno de sus méritos!” Y
dijo el rey: “De tu lengua brota elocuencia, ¡oh visir! ¡Di que se acerque esa mujer para que yo le hable!” Y
el visir hizo una seña al jefe de los guardias, que mandó avanzar hasta el pie del trono a la madre de Aladino.
Entonces la madre de Aladino se prosternó, y besó la tierra por tres veces entre las manos del rey, quien
le dijo: “¡Has de saber ¡oh tía! que no he olvidado mi promesa! ¡Pero hasta el presente no hablé aún de la
dote exigida por mi hija, cuyos méritos son muy grandes! Dirás, pues, a tu hijo, que se efectuará su matrimonio
con mi hija El Sett Badrúl-Budur cuando me haya enviado lo que exijo como dote para mi hija, a
saber: cuarenta fuentes de oro macizo llenas hasta los bordes de las mismas especies de pedrerías en forma
de frutas de todos colores y todos tamaños, como las que me envió en la fuente de porcelana; y estas fuentes
las traerán a palacio cuarenta esclavas jóvenes, bellas como lunas, que serán conducidas por cuar renta
esclavos negros, jóvenes y robustos; e irán todos formados en cortejo, vestidos con mucha magnificencia, y
vendrán a depositar en mis manos las cuarenta fuentes de pedrerías. ¡Y eso es todo lo que pido, mi buena
tía! ¡Pues no quiero exigir más a tu hijo, en consideración al presente que me ha enviado ya!”
Y la madre de Aladino, muy aterrada por aquella petición exorbitante, se limitó a prosternarse por segunda
vez ante el trono, y se retiró para ir a dar cuenta de sumisión a su hijo. Y le dijo: “¡Oh! ¡hijo mío, yo
te aconsejé desde un principio que no pensaras en el matrimnio con la princesa Badrú’l-Budur!” Y suspirando
mucho, contó a su hijo la manera, muy afable desde luego, que tuvo al recibirla el sultán, y las condiciones
que ponía antes de consentir definitivamente en el matrimonio. Y añadió: “¡Qué locura la tuya, ¡oh
hijo mío! ¡Admito lo de las fuentes de oro, y las pedrerías exigidas, porque imagino que serás lo bastante
insensato para ir al subterráneo a despojar a los árboles de sus frutas encantadas! Pero, ¿quieres decirme
cómo vas a arreglarte para disponer de las cuarenta esclavas jóvenes y de los cuarenta jóvenes negros? ¡Ah!
¡hijo mío, la culpa de esta pretensión tan exorbitante la tiene también ese maldito visir, porque le vi inclinarse
al oído del rey, cuando yo entraba, y hablarle en secreto! ¡Creeme, Aladino, renuncia a ese proyecto
que te llevara a la perdición sin remedio!” Pero Aladino se limitó a sonreír, y contestó a su madre: “¡Por
Alah, ¡oh madre! que al verte entrar con esa cara tan triste creí que ibas a darme una mala noticia! ¡Pero ya
veo que te preocupas siempre par cosas que verdaderamente no valen la pena! ¡Porque has de saber que todo
lo que acaba de pedimne el rey como precio de su hija no es nada en comparación con lo que realmente
podría darle! Refresca pues, tus ojos y tranquiliza tu espíritu. Y por tu parte, no pienses más que en preparar
la comida, pues tengo hambre. ¡Y deja para mí el cuidado de complacer al rey!”
Y he aquí que, en cuanto la madre salió para ir al zoco a comprar las provisiones necesarias, Aladino se
apresuró a encerrarse en su cuarto. Y cogió la lámpara y la frotó en el sitio que sabía. Y al punto apareció el
genni, quien después de inclinarse -ante él y dijo: “¡Aquí tienes entre tus manos a tu esclavo! ¿Qué quieres?
Habla. ¡Soy el servidor de la lampara en el aire por donde vuelo y en la tierra por donde me arrastro!”
Y Aladino le dijo: “Sabe ¡oh efrit! que el sultán consiente en darme a su hija, la maravillosa Badrú'l-
Budur, a quien ya conoces; pero lo hace a condición de que le envíe lo más pronto posible cuarenta bandejas
de oro macizo, de pura calidad, llenas hasta los bordes de frutas de pedrerías semejantes a las de la fuente
de porcelana, que las cogí en los árboles del jardín que hay en el sido donde encontré la lámpara de que
eres servidor. ¡Pero no es eso todo! Para llevar esas bandejas de oro, llenas de pedrerías, me pide además,
cuarenta esclavas jóvenes, bellas como lunas, que han de ser conducidas por cuarenta negros jóvenes, hermosos,
fuertes y vestidos con mucha magnificencia. ¡Eso es lo que, a mi vez, exijo de ti! ¡Date prisa a
complacerme, en virtud del poder que tengo sobre ti como dueño de la lámpara!” Y el genni contestó: “¡Escucho
y obedezco!” Y desapareció, pero para volver al cabo de un momento.
Y le acompañaban los ochenta esclavos consabidos, hombres y mujeres, a los que puso en fila en el patio,
a lo largo del muro de la casa. Y cada una de las esclavas llenaba a la cabeza una bandeja de oro macizo
lleno hasta el borde de perlas, diamantes, rabíes, esmeraldas, turquesas y otras mil especies de pedrerías en
forma de frutas de todos colores y de todos tamaños. Y cada bandeja estaba cubierta con una gasa de seda
con florones de oro en el tejido. Y verdaderamente eran las pedrerías mucho más maravillosas que las presentadas
al sultán en la porcelana. Y una vez alineados contra el muro los cuarenta esclavos, el genni fue a
inclinarse ante Aladino, y le preguntó: “¿Tienes todavía ¡oh mi señor! que exigir alguna cosa al servidor de
la lámpara?” Y Aládino le dijo: “¡No, por el momento nada más!” Y al punto desapareció el efrit.
En aquel instante entró la madre de Aladino cargada con las provisiones que había comprado en el zoco.
Y se sorprendió mucho al ver su casa invadida por tanto gente; y al pronto creyó que el sultán mandaba
detener a Aladino para castigarle por la insolencia de su petición. Pero no tardó Aladino en disuadirla de
ello, pues sin darla lugar a quitarse el velo del rastro, le dijo: “¡No pierdas el tiempo en levantarte el velo,
¡oh madre! porque vas a verte obligada a salir sin tardanza para acompañar al palacio a estos esclavos que
ves formados en el patio! ¡Como puedes observar, las cuarenta esclavas llevan la dote reclamada por el
sultán como precio de su hija! ¡Te ruego, pues, que, antes de preparar la comida, me prestes el servicio de
acompañar al cortejo para presentárselo al sultán!'
Inmediatamente la madre de Aladino hizo salir de la casa por orden a los ochenta esclavos, formándolos
en hilera por parejas: una esclava joven precedida de un negro, y así sucesivamente hasta la última pareja.
Y cada pareja estaba separada de la anterior por un espacio de diez pies: Y cuando traspuso la puerta la última
pareja, la madre de Aladino echó a andar detrás del cortejo. Y Aladino cerró la puerta, seguro del resultado,
y fue a su cuarto a esperar tranquilamente el regresó de su madre.
En cuanto salió a la calle la primera pareja comenzaron a aglomerarse los transeúntes; y cuando estuvo
completo el cortejo la calle habíase llenado de una muchedumbre inmensa, que prorrumpía en murmullos y
exclamaciones. Y acudió todo el zoco para ver el cortejo y admirar un espectáculo, tan magnífico y tan extraordinario.
¡Porque cada pareja era por sí sola una cumplida maravilla; pues su atavío, admirable de gusto
y esplendor, su hermosura, compuesta de una belleza blanca de mujer y una belleza negra de negro, un
buen aspecto, su continente aventajado, su marcha reposada y cadenciosa, a igual distancia, el resplandor
de la bandeja de pedrerías que llevaba a la cabeza cada joven, los destellos lanzados por las joyas engastadas
en los cinturones de oro de los negros, las chispas que brotaban de sus gorros de brocado en que balanceábanse
airones, todo aquello constituía un espectáculo arrebatador, a ninguno otro parecido, que hacía
que ni por un instante dudase el pueblo de que se trataba de la llegada a palacio de algún asombroso hilo de
rey o de sultán.
Y en medio de la estupefacción de todo un pueblo, acabó el cortejo por llegar a palacio. Y no bien los
guardias y porteros divisaron a la primer pareja, llegaron a tal estado de maravilla que, poseídos de respeto
y admiración, se formaron espontáneamente en dos filas para que pasaran. Y su jefe, al ver al primer negro,
convencido de que iba a visitar al rey el sultán de los negros en persona, avanzó hacia él y se prosternó y
quiso besarle la mano; pero entonces vio la hilera maravillosa que le seguía. Y al mismo tiempo le dijo el
primer negro, sonriendo, porque había recibido del efrit las instrucciones necesarias: “¡Yo y todos nosotros
no somos más que esclavos del que vendrá cuando llegue el momento- oportuno!”. Y tras de hablar así,
franqueó la puerta seguido de la joven que llevaba la bandeja de oro y toda la hilera de parejas armoniosas.
Y los ochenta esclavos franquearon el primer patio y fueron a ponerse en fila por orden en el segundo patio,
al cual daba el diván de recepción.
En cuanto al sultán, que en aquel momento despachaba los asuntos del reinó, vio en el patio aquel cortejo
magnífico, que borraba con su esplendor el brillo de todo lo que él poseía en el palacio, hizo desalojar el
diván inmediatamente, y dio orden de recibir a los recién llegados. Y entraron éstos gravemente, de dos en
dos, y se alinearon con lentitud, formando una gran media luna ante el trono del sultán. Y cada una de las
esclavas jóvenes, ayudada por su compañero negro, deposito en la alfombra la bandeja que llevaba. Luego
se prosternaron a la vez los ochenta y besaron la tierra entre las manos del sultán, levantándose en seguida,
y todos a una descubrieron con igual diestro ademán las bandejas rebosantes de frutas maravillosas. Y con
los brazos cruzados sobre el pecho permanecieron de pie, en actitud del más profundo respeto.
Sólo entonces fue cuando la madre de Aladino, que iba la última, se destacó de la media luna que formaban
las parejas alternadas, y después de las prosternaciones y las zalemas de rigor, dijo al rey, que había
enmudecido por completo ante aquel espectáculo sin par: “¡Oh rey del tiempo ¡mi hijo Aladino, esclavo tuyo,
me envía con la dote que has pedido como precio de Sett Badrú'h-Budur, tu hija honorable! ¡Y me encarga
te diga que te equivocaste al apreciar la valía de la princesa, y que todo esto está muy por debajo de
sus méritos! Pero cree que le disculparás por ofrecerte tan poco, y que admitirás este insignificante tributo
en espera de lo que piensa hacer en lo sucesivo!”
Así habló la madre de Aladino. Pero el rey, que no estaba en estado de escuchar lo que ella le decía, seguía
absorto y con los ojos muy abiertos ante el espectáculo que se ofrecía a su vista. Y miraba alternativamente
las cuarenta bandejas, el contenido de las cuarenta bandejas, las esclavas jóvenes que habían
llevado las cuarenta bandejas y los jóvenes negros que habían acompañado a las portadoras de las bandejas.
¡Y no sabía qué debía admirar más, si aquellas joyas, que eran las más extraordinarias que vio nunca en el
mundo, o aquellas esclavas jóvenes, que eran como lunas, o aquellos esclavos negros, que se dirían otros
tantos reyes! Y así se estuvo una hora de tiempo, sin poder pronunciar una palabra ni separar sus miradas
de las maravillas que tenía ante sí. Y en lugar de dirigirse a la madre de Aladino para manifestarle su opinión
acerca de lo que le llevaba, acabó por encararse con su gran visir y decirle:' “¡Por mi vida! ¿qué suponen
las riquezas que poseemos y que supone mi palacio ante tal magnificencia? ¿Y qué debemos pensar del
hombre que, en menos tiempo del precisa para desearlos, realiza tales esplendores y nos los envía? ¿Y qué
son los méritos de mi hija comparados con semejante profusión de hermosura?” Y no obstante el despecho
y el rencor que experimentaba por cuanto le había sucedído a su hijo, el visir no pudo menos de decir: “¡Sí,
por Alah, hermoso es todo esto; pero, aún así, no vale lo que un tesoro único como la princesa Badrú'l-
Budur!” Y dijo el rey: “¡Por Alah, ya lo creo que vale tanto como ella y la supera con mucho en valor! ¡Por
eso no me parece mal negocio concedérsela en matrimonio a un hombre tan rico, tan generoso y tan magnífico
como el gran Aladino, nuestro hijo!” Y se encaró con las demás visires y emires y notables que le rodeaban,
y les interrogó con la mirada. Y todos contestaron inclinándose profundamente hasta el suelo por
tres veces para indicar bien su aprobación a las palabras de su rey.
Entonces no vaciló más ef rey. Y sin preocuparse ya de saber si Aladino reunía todas las cualidades requeridas
para ser esposo de una hija de rey, se encaró con la madre de Aladino, y le dijo: “¡Oh venerable
madre de Aladino! ¡te ruego que vayas a decir a tu hijo que desde este instante ha entrado en mi raza y en
mi descendencia, y que ya no aguardo más que a verle para besarle como un padre besaría a su hija, y para
unirle a mi hija Badrú’l-Budur por el Libro y la Sunnah!”
Y después de las zalemas, por una y otra parte la madre de Aladino se apresuró a retirarse para volar en
seguida a su casa, desafiando a, la rapidez del viento, y poner a su hijo Aladino al corriente de lo que ocababa
de pasar. Y le apremió para que se diera prisa a presentarse al rey, que tenía la más viva impaciencia
por verle. Y Aladino, que con aquella noticia veía satisfechos sus anhelos después de tan larga espera, no
quiso dejar ver cuán embriagado de alegría estaba. Y contestó con aire muy tranquilo y acento mesurado:
Toda esta dicha me viene de Alah y de tu bendición ¡oh madre! y de tu celo infatigable.” Y le besó las
manos y la dio muchas gracias y le pidió permiso para retirarse a su cuarto; a fin de prepararse para ir a ver
al sultán.
No bien estuvo solo, Aladino cogió la lámpara mágica, que hasta entonces había sido de tanta utilidad para
él, y la frotó como de ordinario. Y al instante apareció el efrit, quien, después de inclinarse ante él, le
preguntó con la fórmula habitual qué servicio podía prestarle. Y Aladino contestó: “¡Oh efrit de la lámpara!.
¡deseo tomar un baño! ¡Y para después del baño quiero que me traigas un traje que no tenga igual en
magnificencia entre los sultanes más grandes de la tierra, y tan bueno, que los inteligentes puedan estimarlo
en más de mil millares de dinares de oro, por lo menos! ¡Y basta por el momento!”
Entonces, tras de inclinarse en prueba de obediencia, el efrit de la lámpara dobló completamente el espinazo,
y dijo a Aladino: “Móntate en mis hombros, ¡oh dueño de la lámpara!” Y Aladino se montó en los
hombros dei efrit, dejando colgar sus piernas sobre el pecho del genni; y el efrit se elevó por los aires, haciéndole
invisible, como él lo era, y le transportó a un hammam tan hermoso que no podría encontrársele
hermano en casa de los reyes y kaissares. Y el hammarn era todo de jade y alabastro transparente, con piscinas
de coralina rosa y coral blanco y con ornamentos de piedra de esmeralda de una delicadeza encantadora.
¡Y verdaderamente podían deleitarse allá los ojos y los sentidos, porque en aquel recinto nada
molestaba a la vista en el conjunto ni en los detalles! Y era deliciosa la frescura que se sentía allí y el calor
estaba graduado y proporcionado. Y no había ni un bañista que turbara con su presencia o con su voz la paz
de las bóvedas blancas. Pero en cuanto el genni dejó a Aladino en el estrado de la sala de entrada, apareció
ante él un joven efrit de lo más hermoso, semejante a una muchacha, aunque más seductor, y le ayudó a
desnudarse, y le echó por los hombros una toalla grande perfumada, y le cogió con mucha precaución y
dulzura y le condujo a la más hermosa de las salas, que estaba toda pavimentada de pedrerías de colores diversos.
Y al punto fueron a cogerle de manos de su compañero otros jóvenes efrits, no menos bellos y no
menos seductores, y le sentaron cómodamente en un banco de mármol, y se dedicaron. a frotarle y a lavarle
con varias clases de aguas de olor; le dieron masaje con un arte admirable, y volvieron a lavarle con agua
de rosas almizclada. Y sus sabios cuidados le pusieron la tez tan fresca como un pétalo de rosa y blanca y
encarnada, a medida de los deseos. Y se sintió ligero hasta el punto de poder volar como los pájaros. Y el
joven y hermoso efrit que habíale conducido se presentó para volver a cogerle y llevarle al estrado, donde
le ofreció, como refrescó, un delicioso sorbete de ámbar gris. Y se encontró con el genni de la lámpara, que
tenía entre sus manos un traje de suntuosidad incomparable. Y ayudado por el joven efrit de manos suaves,
se puso aquella magnificencia, y estaba semejante a cualquier rey entre los grande reyes, aunque tenía mejor
aspecto aún. Y de nuevo le tomo el efrit sobre sus hombros y se le llevó, sin sacudidas, a la habitación
de su casa.
Entonces Aladino se encaró con el efrit de la lámpara, y le dijo: “Y ahora ¿sabes lo que tienes que hacer?”
El genni contestó: “No, ¡oh dueño de la lámpara! ¡Pero ordena y obedeceré en los aires por donde
vuelo o en la tierra por donde me arrastro!” Y dijo Aladino: “Deseo que me traigas un caballo de pura raza,
que no tenga hermano en hermosura ni en las caballerizas del sultán ni en las de los monarcas más poderosos;
del mundo. Y es precisó que sus arreos valgan por sí solos mil millares de dinares de oro, por lo menos.
Al mismo tiempo me traerás cuarenta y ocho esclavos jóvenes, bien formados, de talla aventajada y
llenos de gracia, vestidos con mucha limpieza, elegancia y riqueza, para que abran marcha delante de mi
caballo veinticuatro de ellos puestos en dos hileras de a doce, mientras los otros veinticuatro irán detrás de
mí en dos hileras de a doce también. Tampoco has de olvidarte, sobre todo, de buscar para el servicio de mi
madre doce jóvenes como lunas, únicas en su especie, vestidas con mucho gusto y magnificencia y llevando
en los brazos cada una un traje de tela y color diferentes y con el cual pueda vestirse con toda confianza
una hija de rey. Por último, a cada uno de mis cuarenta y ocho esclavos le darás, para que se lo cuelgue al
cuello, un saco con cinco mil dinares de oro, a fin de que haga yo de ello el uso que me parezca. ¡Y eso es
todo lo que deseo de ti por hoy...
En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 759 NOCHE
Ella dijo:
...¡Y eso es todo lo que deseo de ti por hoy!”
Apenas acabó de hablar Aladino, cuando el genni, después de la respuesta con el oído y la obediencia,
apresuróse a desaparecer, pero para volver al cabo de un momento con el caballo, los cuarenta y ocho esclavos
jóvenes, las doce jóvenes, los cuarenta y ocho sacos con cinco mil dinares; cada uno y los doce trajes
de tela y color diferentes. Y todo era absolutamente de la calidad pedida, aunque más hermoso aún. Y
Aládino se posesionó de todo y despidió al genni, diciéndole: “¡Te llamaré cuando tenga necesidad de ti!”
Y sin pérdida de tiempo se despidió de su madre, besándola una vez más las manos, y puso a su servicio a
las doce esclavas jóvenes, recomendándoles que no dejaran de hacer todo lo posible por tener contenta a su
ama y qué le enseñaran la manera de ponerse los hermosas trajes que habían llevado.
Tras todo lo cual Aladino se apresuró a montar a caballo y a salir al patio de la casa. Y aunque subía entonces
por primera vez a lomos de un caballo, supo sostenerse con una elegancia y una firmeza que le hubieran
envidiado los más consumados jinetes. Y se puso en marcha, con arreglo al plan que había imagirindo
para el cortejo, precedido por veinticuatro esclavos formados en dos hileras de a doce, acompañado
por cuatro esclavos que iban a ambos lados llevando los cordones de la gualdrapa del caballo, y seguido por
los demás, que cerraban la marcha.
Cuando el cortejo echó a andar por las calles se aglomeró en todas partes, lo mismo en zocos que en
ventanas y terrazas, una inmensa muchedumbre mucho más considerable que la que había acudido a ver el
primer cortejo. Y siguiendo las órdenes que les había dado Aladino, los cuarenta y ocho esclavos empezaron
entonces a coger oro de sus sacos y a arrojárselo a puñados a derecha y a izquierda al pueblo que se
aglomeraba a su paso. Y resonaban por toda la ciudad las aclamaciones, no sólo a causa de la generosidad
del magnífico donador, sino también a causa de la belleza del jinete y de sus esclavos espléndidos. Porque
en su caballo, Aladino estaba verdaderamente muy arrogante, con su rostro al que la virtud de la lámpara
mágica. hacía aún más encantador, con su aspecto real y el airón de diamantes que se balanceaba sobre su
turbante. Y así fue como, en medio de las aclamaciones y la admiración de todo un pueblo, Aladino llegó a
palacio precedido por el rumor de su llegada; y todo estaba preparado allí para recibirle con todos los honores
debidos al esposo de la princesa Badrú'l-Budur.
Y he aquí que el sultán le esperaba precisamente en la parte alta de la escalera de honor, que empezaba
en el segundo patio. Y no bien Aladino echó pie a tierra, ayudado por el propio gran visir, que le tenía el
estribo, el sultán descendió en honor suyo dos o tres escalones. Y Aladino subió en dirección a él y quiso
prosternarse entre sus manos; pero se lo impidió el sultán, que recibióle en sus brazos y le besó como si de
su propio hijo se tratara, maravillado de su arrogancia, de su buen aspecto y de la riqueza de sus atavíos. Y
en el mismo momento retembló el aire con las aclamaciones lanzadas por todos los emires, visires y guardias,
y con el sonido de trompetas, clarinetes, óboes y tambores. Y pasando el brazo por el hombro de Aladino,
el sultán le condujo al salón de recepciones, y le hizo sentarse a su lado en el lecho del trono, y le besó
por segunda vez, y le dijo: “¡Por Alah, oh hijo mío Aladino! que siento mucho que mi destino no me haya
hecho encontrarte antes de este día, y haber diferido así tres meses tu matrimonio con mi hija Badrú’l-
Budur, esclava tuya!” Y le contestó Aladino de una manera tan encantadora, que el sultán sintió aumentar
el cariño que le tenía, y le dijo: “¡En verdad, ¡oh Aladino! ¿qué rey no anhelaría que fueras el esposo de su
hija?” Y se puso a hablar con él y a interrogarle con mucho afecto, admirándose de la prudencia de sus respuestas
y de la elocuencia y sutileza de sus discursos. Y mandó preparar, en la misma sala del trono, un
festín magnífico, y comió solo con Aladino, haciéndose servir por el gran visir, a quien se le había alargado
con el despecho la nariz hasta el límite del alargamiento, y por los expires y los demás altos dignatarios:
Cuando terminó la comida, el sultan, que no quería prolongar por mas tiempo la realización de su promesa,
mando llamar al kadí y a los testigos, y les ordenó que redactaran inmediatamente el contrato de matrimonio
de Aladino y su hija la princesa Badrú’l-Budur. Y en presencia de los testigos el kadí se apresuró
a ejecutar la orden y a extender el contrato con todas las fórmulas requeridas por el Libro y la Sunnah. Y
cuando el kadí hubo acabada, el sultán besó a Aladino, y le dijo: “¡Oh hijo mío! ¿penetrarás en la cámara
nupcial para que tenga efecto la consumación esta misma noche?” Y contestó Aladino: “¡Oh rey del tiempo!
sin duda que penetraría esta misma noche para que tuviese efecto la consumación, si no escuchase otra
voz que la del gran amor que experimento por mi esposa. Pero deseo que la cosa se haga en un palacio digno
de la princesa y que le pertenezca en propiedad. Permíteme, pues, que aplace la plena realización de mi
dicha hasta que haga construir el palacio que le destino. ¡Y a este efecto, te ruego que me otorgues la concesión
de un vasto terreno situado frente por frente de tu palacio, a fin de que mi esposa no esté muy alejada
de su padre, y yo mismo esté siempre cerca de ti para servirte! ¡Y por mi parte, me comprometo a hacer
construir este palacio en el plazo más breve posible!” Y el sultán contesto: “¡Ah! ¡hijo mío, no tienes necesidad
de pedirme permiso para eso! ¡Aprópiate de todo el terreno que te haga falta enfrente de mi palacio.
¡Pero te ruego que procures se acabe ese palacio lo más pronto posible, pues quisiera gozar de la posteridad
de mi descendencia antes de morir!” Y Aladino sonrió, y dijo: “Tranquilice su espíritu el rey respecto a esto.
¡Se construirá el palacio con más diligencia de la que pudiera esperarse!” Y se despidió del sultán, que
le besó con ternura, y regresó a su casa con el mismo cortejo que le había acompañado y seguirlo por las
aclamaciones del pueblo y por votos de dicha y prosperidad.
En cuanto entró en su casa puso a su madre al corriente de lo que había pasado, y se apresuró a retirarse
a su cuarto completamente solo. Y cogió la lámpara mágica y la frotó como de ordinario. Y no dejó el efrit
de aparecer y de ponerse a sus órdenes. Y le dijo Aladino: “¡Oh efrit de la lámpara! ante todo, te felicito por
el celo que desplegaste en servicio mío. Y después tengo que pedirte otra cosa según creo, más difícil de
realizar que cuanto hiciste por mí hasta hoy, a causa del poder que ejercen sobre ti las virtudes de tu señora,
que es esta lámpara de mi pertenencia. ¡Escucha! ¡quiero que en el plazo más corto posible me construyas,
frente por frente del palacio del sultán, un palacio que sea digno de mi esposa El Sett Badrú’l-Budur! ¡Y a
tal fin, dejo a tu buen gusto y a tus conocimientos ya acreditados el cuidado de todos los detalles de ornamentación
y la elección de materiales preciosos, tales como piedras de jade, pórfido, alabastro, ágata, lazulita,
jaspe, mármol y granito! Solamente, te recomiendo que en medio de ese palacio eleves una gran cúpula
de cristal, construida sobre columnas de oro macizo y de plata, alternadas y agujeriada con noventa y nueve
ventanas enriquecidas con diamantes, rubíes, esmeraldas y otras pedrerías, pero procurando que la ventana
número noventa y nueve quede imperfecta, no de arquitectura, sino de ornamentación. Porque tengo un
proyecto sobre el particular. Y no te olvides de trazar un jardín hermoso, con estanques y saltos de agua y
plazoletas espaciosas. Y sobre todo, ¡oh efrit! pon un tesoro enorme lleno de dinares de oro en cierto subterráneo,
cuyo emplazamiento has de indicarme: ¡Y en cuanto a lo demás, así como en lo referente a cocinas,
caballerizas y servidores, te dejo en completa libertad, confiando en tu sagacidad y en tu buena voluntad!”
Y añadió: “¡En seguida que esté dispuesto todo, vendrás a avisarme!” Y contestó el genni: “¡Escucho y
obedezco!” Y desapareció
Y he aquí que al despuntar del día siguiente estaba todavía en su lecho Aladino, cuando vio aparecerse
ante él al efrit de la lámpara, quien, después de las zalemas de rigor, le dijo: “¡Oh dueño de la lámpara! se
han ejecutado tus ordenes: ¡Y te ruego que vengas a revisar su realización!” Y Aladino se prestó a ello, y el
efrit le transportó inmediatamente al sitio designado, y le mostró, frente por frente el palacio del sultán, en
medio de un magnífico jardín, y precedido de dos inmensos patios de mármol, un palacio mucho más hermoso
de lo que el joven esperaba. Y tras de haberle hecho admirar la arquitectura y el aspecto general, el
genni le hizo visitar una por una, todas las habitaciones y dependencias. Y parecióle a Aladino que se habían
hecho las cosas con un fasto, un esplendor y una magnificencia inconcebibles; y en un inmenso subterráneo
encontró un tesoro formado por sacos superpuestos y llenos de dinares de oro, que se apilaban hasta
la bóveda. Y también visitó las cocinas, las reposterías, las despensas y las caballerizas, encontrándolas
muy de su gusto y perfectamente limpias; y se admiró de los caballos, y yeguas, que comían en pesebres de
plata, mientras los palafreneros los cuidahan y les echaban el pienso. Y pasó revista a los esclavos de ambos
sexos y a los eunucos, formados por orden, según la importancia de sus funciones. Y cuando lo hubo
visto todo y examinado todo, se encaró con el efrit de la lámpara, el cual sólo para él era visible y le acompañaba
por todas partes, y hubo de felicitarle por la presteza, el buen gusto y la inteligencia de que había
dado prueba en aquella obra perfecta. Luego añadió: “¡Pero te has olvidado ¡oh efrit! de extender desde la
puerta de mi palacio a la del sultán una gran alfombra que permita que mi esposa no se canse los pies al
atravesar esa distancia!” Y contestó el genni: “¡Oh dueño de la lámpara! tienes razón: ¡Pero eso se hace en
un instante!” Y efectivamente, en un abrir y cerrar de ojos se extendió en el espacio que separaba ambos
palacios una magnífica alfombra de terciopelo con colores que armonizaban a maravilla con los tonos del
césped y de los macizos.
Entonces Aladino, en el límite de la satisfacción, dijo al efrit: “¡Todo está perfectamente ahora! ¡Llévame
a casa!” Y el efrit le cogió y le transportó a su cuarto cuando en el palacio del sultán los individuos de la
servidumbre comenzaban a abrir las puertas para dedicarse a sus ocupaciones.
Y he aquí que, en cuanto abrieron las puertas, los esclavos y los porteros llegaron al límite de la estupefacción
al notar que algo se oponía a su vista en el sitio donde la víspera se veía un inmenso meidán para
torneos y cabalgatas. Y lo primero que vieron fue la magnífica alfombra de terciopelo que se extendía
entre el césped lozano y sacaba sus colores con los matices naturales de flores y arbustos. Y siguiendo con
la mirada aquella alfombra, entre las hierbas del jardín milagroso divisaron entonces, el soberbio palacio
construido con piedras preciosas y cuya cúpula de cristal brillaba como el sol. Y sin saber ya que pensar,
prefirieron ir a contar la cosa al gran visir, quien, después de mirar el nuevo palacio, a su vez fue a prevenir
de la cosa al sultán, diciéndole: “No cabe duda, ¡oh rey del tiempo! ¡El esposo de Sett Badrú’l-Budur es un
insigne mago!» Pero el sultán le contestó: “¡Mucho me asombra ¡oh visir! que quieras insinuarme que el
palacio de que me hablas es obra de magia! ¡Bien sabes, sin embargo, que el hombre que me hizo donde
tan maravillosos presentes es muy capaz de hacer construir todo un palacio en una sola noche, teniendo en
cuenta las riquezas que debe poseer y el número considerable de obreros de que se habrá servido, merced a
su fortuna. ¿Por qué, pues, vacilas en creer que ha obtenido ese resultado por medio de fuerzas naturales?
¿No te cegarán los celos, haciéndote juzgar mal de los hechos e impulsándote a murmurar de mi yerno Aladino?”
Y comprendiendo, por aquellas palabras, que el sultán quería a Aladino, el visir no se atrevió a insistir
por miedo a perjudicarse a sí mismo, y enmudeció por prudencia. ¡Y he aquí lo referente a él!
En cuanto a Aladino, una vez que el efrit de la lámpara le transportó a su antigua casa, dijo a una de las
doce esclavas jóvenes que fueran a despertar a su madre, y les dio a todas orden de ponerle uno de los hermosos
trajes que habían llevado, y de ataviarla lo mejor que pudieran. Y cuando estuvo vestida su madre
conforme el joven deseaba, le dijo él que había llegado el momento de ir al palacio del sultán para llevarse
a la recién casada y conducirla al palacio que había hecho construir para ella. Y tras de recibir acerca del
particular todas las instrucciones necesarias, la madre de Aladino salió de su casa acompañada por sus doce
esclavas, y no tardó Aladino en seguirla a caballo en medio de su cortejo. Pero, llegados que fueron a cierta
distancia de palacio, se separaron, Aladino para ir a su nuevo palacio, y su madre para ver al sultán.
No bien los guardias del sultán divisaron a la madre de Aladino en medio de las doce jóvenes que le servían
de cortejo, corrieron a prevenir al sultán, que se apresuró a ir a su encuentro. Y la recibió con las señales
del respeto y los miramientos debidos a su nuevo rango. Y dio orden al jefe de los eunucos para que
la introdujeran en el harem, a presencia de Sett Badrú’l-Budur. Y en cuanto la princesa la vio y supo que
era la madre de su esposo Aladino, se levantó en honor suyo y fue a besarla. Luego la hizo sentarse a su lado,
y la regaló con diversas confituras y golosinas, y acabó de hacerse vestir, por sus mujeres y de adornarse
con las más preciosas joyas con que le obsequió su esposo Aladino. Y poco después entró el sultán, y
pudo ver al descubierto entonces por primera vez, gracias al nuevo parentesco, el rostro de la madre de
Aladino. Y en la delictadeza de sus facciones notó que debía haber sido muy agraciada en su juventud, y
que aun entonces, vestida como estaba con un buen traje y arreglada con lo que más le favorecía, tenía
mejor aspecto que muchas princesas y esposas de visires y de emires. Y la cumplimentó mucho por ello, lo
cual conmovió y enterneció profundamente el corazón de la pobre mujer del difunto sastre Mustafá, que fue
tan desdichada, y hubo de llenarle de lágrimas los ojos.
Tras de lo cual se pusieron a departir los tres con toda cordialidad, haciendo así más amplio conocimiento,
hasta la llegada de la sultana, madre de Bádrú'l-Budur: Pero la vieja sultana estaba lejos de ver con
buenos ojos aquel matrimonio de su hija con el hijo de gentes desconocidas; y era del bando del gran visir,
que seguía estando muy mortificado en secreto por el buen cariz que el asunto tomaba en detrimento suyo.
Sin embargo, no se atrevió a poner demasiado mala cara a la madre de Aladino, a pesar de las ganas que tenía
de hacerlo; y tras de las zalemas por una y otra parte, se sentó con los demás, aunque sin interesarse en
la conversación.
Y he aquí que cuando llegó el momento de las despedidas para marcharse al nuevo palacio, la princesa
Badrú'l--Budur se levantó y besó con mucha ternura a su padre y a su madre, mezclando a los besos muchas
lágrimas, apropiadas a las circunstancias. Luego, apoyándose en la madre de Aladino, que iba a su izquierda,
y precedida de diez eunucos vestidos con ropa de ceremonia y seguida de cien jóvenes esclavas
ataviadas con una magnificencia de libélulas, se puso en marcha hacia el nuevo palacio, entre dos filas de
cuatrocientos jóvenes esclavos blancos y negros alternados, que formaban entre los dos palacio y tenían cada
cual una antorcha de oro en que ardía una bujía grande de ámbar y de alcanfor blanco. Y la princesa
avanzó lentamente en medio de aquel cortejo, pasando por la alfombra de terciopelo, mientras que a su paso
se dejaba oír un concierto admirable de instrumentos en las avenidas del jardín y en lo alto de las terrazas
del palacio de Aladino. Y a lo lejos resonaban las aclamaciones lanzadas por todo el pueblo, que había
acudido a las inmediaciones de ambos palacios; y, unía el rumor de su alegría a toda aquella gloria. Y acabó
la princesa por llegar a la puerta del nuevo palacio, en donde la esperaba Aladino. Y salió él a su encuentro
sonriendo; y ella quedó encantada de verle tan hermoso y tan brillante. Y entró con él en la sala del
festín, bajo la cúpula grande con ventanas de pedrerías. Y sentáronse los tres ante las bandejas de oro debidas
a los cuidados del efrit de la lámpara; y Aladino estaba sentado en medio, con su esposa a la derecha y
su madre a la izquierda. Y empezaron a comer al son de una música que no se veía y que era ejecutada por
un coro de efnts de ambos sexos: Y Badrú'l-Budur, encantada de cuanto veía y oía, decía para sí: “¡En mi
vida me imaginé cosas tan maravillosas!” Y hasta dejó de comer para escuchar mejor los cánticos y el concierto
de los efrits. Y Aladino y su madre no cesaban de servirla y de echarle de beber bebidas que no necesitaba,
pues ya estaba ebria de admiración. Y fue para ellos una jornada espléndida que no tuvo igual en los
tiempos de Iskandar y de Soleiman...
En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 762 NOCHE
Ella dijo:
....Y fue para ellos una jornada espléndida que no tuvo igual en los tiempos de Iskandar y. de Soleimán.
Y cuando llegó la noche levantaron los manteles e hizo al punto su entrada en la sala de la cúpula un grupo
de danzarinas. Y estaba compuesto de cuatrocientas jóvenes, hijas de efrits, vestidas como flores y ligeras
como pájaros. Y al son de una música, aérea se pusieron a bailar varias clases de motivos y con pasos
de danza como no pueden versa más que en las regiones del paraíso. Y entonces fue cuando Aladino se levantó
y cogiendo de la mano a su esposa se encaminó con ella a la cámara nupcial con paso cadencioso. Y
les sigueron ordenadamente las esclavas jóvenes, procedidas, por la madre de Aladino. Y desnudaron a Badrú'l-
Budur; y no le pusieron sobre el cuerpo más que lo estrictamente necesario para la noche. Y así era
ella comparable a un narciso que saliera de su cáliz. Y tras de desearles delicias y alegría, les dejaron solos
en la cámara nupcial. Y por fin pudo Aladino, en el límite de la dicha, unirse a la princesa Badrú'l-Budur,
hija del rey. Y su noche, como su día, no tuvo par en los tiempos de Iskandar y de Soleimán.
Al día siguiente, después de toda una noche de delicias, Aladino salió de los brazos de su esposa Badrú'l-
Budur para hacer que al punto le pusieran un traje mas magnífico todavía que el de la víspera, y disponerse
a ir a ver al sultán. Y mandó que le llevaran un soberbio caballo de las caballerizas pobladas por el efrit de
la lámpara, y lo montó y se encaminó al palacio del padre de su esposa en medio de una escolta de honor. Y
el sultán le recibió con muestras del más vivo regocijo, y le besó y le pidió con mucho interés noticias suyas
y noticias de Badrú'l-Budur. Y Aladino le dio la respuesta conveniente acerca del particular, y le dijo:
¡Vengo sin tardanza ¡oh rey del tiempo! para invitarte a que vayas hoy a iluminar mi morada con tu presencia
y a compartir con nosotros la primera comida que celebramos después de las bodas! ¡Y te ruego que,
para visitar el palacio de tu hija, te hagas acompañar del gran visir y los emires!” Y el sultán, pasa demostrarle
su estimación y su afecto, no puso ninguna dificultad al aceptar la invitación, se levantó en aquella
hora y en aquel instante, y seguido de su gran visir y de sus emires salió con Aladino.
Y he aquí que, a medida que el sultán se aproximaba al palacio de su hija, su admiración erecta considerablemente
y sus exclamaciones se hacían más vivas, más acentuadas y más altisonantes. Y eso que aún
estaba fuera del palacio. ¡Pero cómo se maravilló cuando estuvo dentro! ¡No veía por doquiera más que esplendores,
suntuosidades, riquezas, buen gusto, armonía y magnificencia! Y lo que acabó de deslumbrarle
fue la sala de la cúpula de cristal, cuya arquitectura aérea y cuya ornamentación no podía dejar de admirar.
Y quiso contar el numero de ventanas enriquecidas con pedrerías, y vio que, en efecto, ascendían al número
de noventa y nueve, ni una más ni una menos. Y se asombró enormemente. Pero asimismo notó que la
ventana que hacía el número noventa y nueve no estaba concluida y carecía de todo adorno; y se encaró con
Aladino y le dijo, muy sorprendido: “¡Oh hijo mío Aladino! ¡he aquí, ciertamente, el palacio más maravilloso
que existió jamás sobre la faz de la tierra! ¡Y estoy lleno de admiración por cuanto veo! Pero, ¿puedes
decirme qué motivo te ha impedido acabar la labor de esa ventana que con su imperfección afea la hermosura
de sus hermanas?” Y Aladino sonrió y contestó: “¡Oh rey del tiempo! te ruego que no creas fue por olvido
o por economía o por simple- negligencia por lo que dejé esa ventana en el estado imperfecto en que la
ves, porque la he querido así a sabiendas. Y el motivo consiste en dejar a tu alteza el cuidado de hacer acabar
esa labor para sellar de tal suerte en la piedra de este palacio tu nombre glorioso y el recuerdo de tu reinado.
¡Por eso te suplico que consagres con tu consentimiento la construcción de esta morada que, por muy
confortable que sea, resulta indigna de los méritos de mi esposa, tu hija!” Y extremadamente halagado por
aquella delicada atención de Aladino, el rey le dio las gracias y quiso que al instante se comenzara aquel
trabajo. Y a este efecto dio orden a sus guardias para que hicieran ir al palacio, sin demora, a los joyeros
más hábiles y mejor surtidos de pedrerías, para acabar las incrustaciones de la ventana. Y mientras llegaban
fue a ver a su hija y a pedirla noticias de su primera noche de bodas. Y sólo por la sonrisa con que le recibió
ella y por su aire, satisfecho comprendió que sería superfluo insistir. Y besó a Aladino, felicitándole mucho,
y fue con él a la sala en que ya estaba preparada la comida con todo el esplendor conveniente. Y comió
de todo, y le parecieron los manjares los más excelentes que había probado nunca, y el servicio muy superior
al de su palacio, y la plata y los accesorios admirables en absoluto.
Entre tanto llegaran los joyeros y orfebres a quienes habían ido a buscar los guardias por toda la capital; y
se pasó recado al rey, que en seguida subió a la cúpula de las noventa y nueve ventanas. Y enseñó a los orfebres
la ventana sin terminar, diciéndoles: “¡Es preciso que en el plazo más breve posible acabéis la labor
que necesita esta ventana en cuanto a inscrustaciones de perlas y pedrerías de todos colores!” Y los orfebres
y joyeros contestaron con el oído y la obediencia, y se pusieron a examinar con mucha minuciosidad la labor
y las incrustaciones de las demás ventanas, mirándose unos a otros con ojos muy dilatados de asombro.
Y después de ponerse de acuerdo entre ellos, volvieron junto al sultán, y tras de las prosternaciones, le dijeron:
¡Oh rey del tiempo! ¡no obstante todo nuestro repuesto de piedras preciosas, no tenemos en nuestras
tiendas con qué adornar la centésima parte de esta ventana!” Y dijo el rey; “¡Yo os proporcionare lo que os
haga falta!” Y mandó llevar las frutas de piedras preciosas que. Aladino le había dado como presente, y les
dijo: “¡Emplead lo necesario y devolvedme lo que sobre!” Y los joyeros tomaron sus medidas e hicieron
sus cálculos, repitiéndolos varias veces, y contestaron: “¡Oh rey del tiempo! ¡con todo lo que nos das y con
todo lo que poseemos no habrá bastante para adornar la décima parte de la ventana!” Y el rey se encaró con
sus guardias, y les dijo: “¡Invadid las casas de mis visires, grandes y pequeños, de mis emires y de todas las
personas ricas de mi reino, y haced que os entreguen de grado o por fuerza todas las piedras preciosas que
posean!” Y los guardias se apresuraron a ejecutar la orden.
En espera de que regresasen, Aladino, que veía que el rey empezaba a estar inquieto por el resultado de la
empresa y que interiormente se regocijaba en extremo de la cosa, quiso distraerle con un concierto. E hizo
una seña a uno de los jóvenes efrits esclavos suyos, el cual hizo entrar al punto un grupo de cantarinas, tan
hermosas, que cada una de ellas podía decir a la luna: “¡Levántate para que me siente en tu sitio!”, y dotadas
de una voz encantadora que podía decir al ruiseñor ¡Cállate para escuchar cómo canto!” Y en efecto,
consiguieron con la armonía que el rey tuviese un poco de paciencia.
Pero en cuanto llegaron los guardias el sultán entregó en seguida a joyeros y orfebres las pedrerías procedentes
del despojo de las consabidas personas ricas, y es dijo: “Y bien, ¿qué tenéis que decir ahora?”
Ellos contestaron: “¡Por Alah, ¡oh señor, nuestro! que aun nos falta mucho! ¡Y necesitaremos ocho veces
más materiales que los que poseemos al presente! ¡Además, para hacer bien este trabajo, precisamos por lo
menos un plazo de tres meses, poniendo manos a la obra de día y de noche!”
Al oír estas palabras, el rey llegó al límite el desaliento y de la perplejidad, y sintió alargársele la nariz
hasta los pies de lo que le avergonzaba su impotencia en circunstancias tan penosas para su amor propio.
Entonces Aladino, sin querer ya prolongar más la prueba a la que le hubo de someter, y dándose, por satisfecho,
se encaró con los orfebres y joyeras, y les dijo: “¡Recoged lo que os pertenece y salid!” Y dijo a
los guardias: “¡Devolved las pedrerías a sus dueños!” Y dijo al rey. “¡Oh rey del tiempo! ¡no sería bien que
admitiera de ti yo lo que te di una vez! ¡Te ruego, pues, veas con agrado que te restituya yo estas frutas de
pedrerías y te reemplace en lo que falta hacer para llevar a cabo la ornamentación de esa ventana! ¡Solamente
te suplico que me esperes en el aposento de mi esposa Badrú’l-Budur, porque no puedo trabajar ni
dar ninguna orden cuando sé que me están mirando!” Y el rey se retiró con su hija Badrú’l-Budur para no
importunar a Aladino.
Entonces Aladino sacó del fondo de un armario de nácar la lámpara mágica; que había tenido mucho cuidado
de no olvidan en la mudanza de la antigua casa al palacio, y la frotó como tenía por costumbre hacerlo.
Y al instante apareció el efrit y se inclinó ante Aladino esperando sus órdenes. Y Aladino le dijo:
¡Oh efrit de la lámpara! ¡te he hecho venir para que hagas, de todo punto semejante a sus hermanas, la
ventana número noventa y nueve!” Y apenas había él formulado está petición cuando desapareció el efrit.
Y oyó Aladino como una infinidad de martillazos- y chirridos de limas en la ventana consabida; y en menos
tiempo del que el sediento necesita para beberse un vaso de agua fresca, vio aparecer y quedar rematada la
milagrosa ornamentación de pedrerías de la ventana. Y no pudo encontrar la diferencia con las otras. Y fue
en busca del sultán y le rogó que le acompañara a la sala de la cúpula.
Cuando el sultán llegó frente a la ventana, que había visto tan imperfecta unos instantes antes, creyó que
se había equivocado de sitio, sin poder diferenciarla de las otras. Pero cuando después de dar la vuelta varias
veces a la cúpula, comprobó que en tan poco tiempo se había hecho aquel trabajo, para cuya terminación
exigían tres meses enteros todos los joyeros y orfebres reunidos, llegó al límite de la maravilla, y besó
a Aladino entre ambos ojos, y le dijo: ¡Ah! ¡hijo mío Aladino, conforme te conozco más, me pareces más
admirable!” Y envió a buscar al gran visir, y le mostró con el dedo la maravilla que le entusiasmaba, y le
dijo con acento irónico: “Y bien, visir, ¿qué te parece`?” Y el visir, que no se olvidaba de su antiguo rencor,
se convenció cada vez más, al ver la cosa, de que Aladino era un hechicero, un herético y un filósofo alquimista.
Pero se guardó mucho de dejar translucir sus pensamientos al sultán, a quien sabía muy adicto a
su nuevo yerno, y sin entrar en conversación con él le dejó con su maravilla y se limitó a contestar: “¡Alah
es el más grande!”
Y he aquí que, desde aquel día, el sultán no dejó de ir a pasar, después del diván; algunas horas cada tarde
en compañía de su yerno Aladino y de su hija Badrú’l-Budur, para contemplar las maravillas del palacio,
en donde siempre encontraba cosas nuevas más admirables que las antiguas, y que le maravillaban y le
transportaban.
En cuanto a Aladino, lejos de envanecerse con lo agradable de su nueva vida, tuvo cuidado de consagrarse,
durante las horas que no pasaba con su esposa Badrú't-Budur, a hacer el bien a su alrededor y a informarse
de las gentes pobres para socorrerlas. Porque no olvidaba su antigua condición y la miseria en que
había vivido con su madre en los años de su niñez. Y además, siempre que salía a caballo se hacía escoltar
por algunos esclavos que, siguiendo órdenes suyas, no dejaban de tirar en todo el recorrido puñados de dinares
de oro a la muchedumbre que acudía a su paso. Y a diario, después de la comida de mediodía y de ta
noche, hacía repartir entre los pobres las sobras de su mesa, que bastarían para alimentar a más de cinco mil
personas. Así es que su conducta tan generosa y su bondad y su modestia le granjearon el afecto de todo el
pueblo y le atrajeron las bendiciones de todos los habitantes. Y no había ni uno que no jurase por su nombre
y por su vida. Pero lo que acabó de conquistarle los corazones y cimentar su fama fue cierta gran victoria
que logro sobre unas tribus rebeladas contra el sultán, y donde había dado prueba de un valor maravilloso
y de cualidades guerreras que superaban á las hazañas de los héroes más famosos. Y Badrú’l-Budur le
amó cada vez mas, y cada vez felicitóse mas de su feliz destino que le había dado por esposo al único hombre
que se la merecía verdaderamente. Y de tal suerte vivió Aladino varios años de dicha perfecta entre su
esposa y su madre, rodeado del afecto y la abnegación de grandes y pequeños, y más querido y más respetado
que el mismo sultán, quien, por cierto continuaba teniéndole en alta estima y sintiendo por él una admiración
ilimitada. ¡Y he aquí lo referente a Aladino!
¡He aquí ahora lo que se refiere al mago maghrebín a quien encontramos al principio de todos estos acontecimientos
y que, sin querer, fue causa de la fortuna de Aladino!
Cuando abandonó a Aladino en el subterráneo, para dejarle morir de sed y de hambre, se volvió a su país
al fondo del Maghreb lejano. Y se pasaba el tiempo entristeciéndose con el mal resultado de su expedición
y lamentando las penas y fatigas que había soportado tan vanamente para conquistar la lámpara mágica. Y
pensaba en la fatalidad que le había quitado de los labios el bocado que tanto trabajo le costó confeccionar.
Y no transcurría día sin que el recuerdo lleno de amargura de aquellas cosas asaltase su memoria y le hiciese
maldecir a Aladino y el momento en que se encontró con Aladino. Y un día que estaba más lleno de rencor
que de ordinario acabó por sentir curiosidad por los detalles de la muerte de Aladino. Y a este efecto,
como estaba muy versado en la geomancia, cogió su mesa de arena adivinatoria, que hubo de sacar del fondo
de un, armario, sentóse sobre una estera cuadrada en medio de un círculo trazado con rojo, alisó la arena,
arregló los granos machos y los granos hembras, las madres y las hijos, murmuró las fórmulas geomanticas,
y dijo: “Está bien, ¡oh arena! veamos. ¿Qué ha sido de la lámpara mágica? ¿Y cómo murió ese miserable,
que se llamaba Aladino?” Y pronunciando estas palabras agitó la arena con arreglo al rito. Y he aquí
que nacieron las figuras y se formó el horóscopo. Y el maghrebín, en el límite de la estupefacción, después
de un examen detallado de las figuras del horóscopo, descubrió sin ningún género de duda que Aladino no
estaba muerto, sino muy vivo, que era dueño de la lámpara mágica, y que vivía con esplendor, riquezas y
honores, casado con la princesa Badrú’l-Budur, hija del rey de la China, a. la cual amaba y la cual le amaba,
y por último, que no se le conocía en todo el imperio de la China e incluso en las fronteras del mundo más
que con el nombre del emir Aladino.
Cuando el mago se enteró de tal suerte, por medio de las operaciones de su geomancia y de su descreimiento,
de aquellas cosas que estaba tan lejos de esperarse, espumajeó de rabia y escupió al aire y al suelo,
diciendo: “Escupo en tu cara. Piso tu cabeza, ¡oh Aladino! ¡oh pájaro de horca! ¡oh rostro de pez y de
brea!..
En éste, momento de su narración, Schahrazaa vio aparecerla mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 765 NOCHE
Ella dijo:
...Escupo en tu cara. Piso tu cabeza, ¡oh Aladino! ¡oh pájaro de horca! ¡oh rostro de pez y de brea!” Y
durante una hora de tiempo estuvo escupiendo al aire y al suelo, hollando con los pies a un Aladino imaginario
y abrumándote a juramentos atroces y a insultos de todas las variedades, hasta que se calmó un poco.
Pero entonces resolvió vengarse a toda costa de Aladino y hacerle expiar las felicidades de que en detrimento
suyo gozaba con la posesión de aquella lámpara mágica que le había costado al mago tantos esfuerzos
y tantas- penas inútiles. Y sin vacilar un instante se puso en camino para la China. Y como la rabia y el
deseo de venganza le daban alas, viajó sin detenerse, meditando largamente sobre los medios de que se valdría
para apoderarse de Aladino; y no tardó en llegar a la capital del reino de China. Y paró en un khan,
donde alquiló una vivienda. Y desde el día siguiente a su llegada empezó a recorrer los sitios públicos y los
lugares más frecuentados; y por todas partes sólo oyó hablar del emir Aladino, de la hermosura del emir
Aladino, de la generosidad del emir Aladino y de la magnificencia del emir Aladino. Y se dijo: “¡Por el
fuego y por la luz que no tardará en pronunciarse éste nombre para sentenciarlo a muerte!” Y llegó al palacio
de Aladino, y exclamó al ver su aspecto imponente; “¡Ah! ¡ah! ¡ahí habita ahora el hijo del sastre Mustafá,
el que no tenía un pedazo de pan que echarse a la boca al llegar la noche! ¡ah! ¡ah! ¡pronto verás, Aladino,
si mi Destino vence o no al tuyo, y si obligo o no a tu madre a hilar lana, como en otro tiempo, para
no morirse de hambre, y si cavo o no con mis propias manos la fosa adonde irá ella a llorar!” Luego se
acercó a la puerta principal del palacio, y después de entablar conversación con el portero consiguió enterarse
de que Aladino había ido de caza por varios días. Y pensó: “¡He aquí ya el principio de la caída de
Aladino! ¡En ausencia suya podré obrar más libremente! ¡Pero, ante todo, es preciso que sepa, si Aladino se
ha llevado la lámpara consigo o si la ha dejado en el palacio! Y se apresuró a volver a su habitación del
khan, donde cogió su mesa geomántica y la interrogó. Y el horóscopo le reveló que Aladino había dejado la
lámpara en el palacio.
Entonces el maghrebín, ebrio de alegría, fue al zoco de los caldereros y entró en la tienda de un mercader
de linternas y lámparas de cobre, y le dijo: “¡Oh mi señor! necesito una docena de lámparas de cobre completamente
nuevas y muy bruñidas!” Y contestó el mercader: “¡Tengo lo que necesitas!” Y le puso delante
doce lámparas muy brillantes y le pidió un precio que le pagó el mago sin regatear. Y las cogió y las puso
en un cesto que había comprado en casa del cestero. Y salió del zoco.
Y entonces se dedicó a recorrer las calles con el cesto de lámparas al brazo, gritando: “¡Lámparas nuevas!
¡A las lámparas nuevas! ¡Cambio lámparas nuevas por otras viejas! ¡Quien quiera el cambio que venga
por la nueva!” Y de este modo se encaminó al palacio de Aladino.
En cuanto los pilluelos de las calles oyeron aquel pregón insólito y vieron el amplio turbante del maghrebín
dejaron de jugar y acudieron en tropel. Y se pusieron a hacer piruetas detrás de él, mofándose y gritando
a coro: “¡Al loco! ¡al loco!” Pero él, sin prestar la menor atención a sus burlas, seguía con su pregón,
que dominaba las cuchufletas: “¡Lámparas nuevas! ¡A las lámparas nuevas! ¡Cambio lámparas nuevas por
otras viejas! ¡Quien quiera el cambio que venga por la nueva!”
Y de tal suerte; seguido por la burlona muchedumbre de chiquillos, llegó a la plaza que había delante de
la puerta del palacio y se dedicó a recorrerla de un extremo a otro para volver sobre sus pasos y recomenzar,
repitiendo, cada vez más fuerte, su pregón sin cansarse. Y tanta maña se dio, que la princesa Badrú’l-
Budur, que en aquel momento se encontraba en la sala de las noventa y nueve ventanas, oyó aquel
vocerío insólito y abrió una de las ventanas y miró a la plaza. Y vio a la muchedumbre insolente y burlona
de pilluelos, y entendió el extraño pregón del maghrebín. Y se echó a reír. Y sus mujeres entendieron el
pregón y también se echaron a reír con ella. Y le dijo una “¡Oh mi señora! ¡precisamente hoy, al limpiar el
cuarto de mi amo Aladino, he visto en una mesita una lampara vieja de cobre! ¡Permíteme, pues, que vaya
a cogerla y a enseñársela a ese viejo maghrebín, para ver si realmente, está tan loco como nos da a entender
su pregón, y si consiente en cambiárnosla por una lámpara nueva!” Y he aquí que la lampara vieja de que
hablaba aquella esclava era precisamente la lámpara mágica de Aladino. ¡Y por una desgracia escrita por el
Destino, se había olvidado él, antes de partir, de guardarla en el armario de nácar en que generalmente la
tenía escondida, y la había dejado encima de la mesilla! ¿Pero es posible luchar contra los decretos del
Destino?
Por otra parte, la princesa Badrú'l-Budur ignoraba completamente la existencia de aquella lámpara y sus
virtudes maravillosas. Así es que no vio ningún inconveniente en el cambio de que le hablaba su esclava, y
contestó: “¡Desde luego! ¡Coge esa lámpara y dásela al agha de los eunucos, a fin de que vaya a cambiarla
por una lámpara nueva y nos riamos a costa de ese loco!” Entonces la joven esclava fue al aposento de
Aladino, cogió la lámpara mágica que estaba encima de la mesilla y se la entregó al alha de los eunucos. Y
el agha bajó al punto a la plaza, llamó al maghrebín, le enseñó la lámpara que tenía, y le dijo: “¡Mi señora
desea cambiar esta lámpara por una de las nuevas que llevas en ese cesto!”
Cuando el mago vio la lámpara la reconoció al primer golpe de vista y empezó a temblar de emoción. Y
el eunuco le dijo: “¿Qué te pasa? ¿Acaso encuentras esta lampara demasiado vieja para cambiarla?” Pero el
mago, que había dominado ya su excitación, tendió la mano con la rapidez del buitre que cae sobre la tórtola,
cogió la lámpara que le ofrecía el eunuco y se la guardó en el pecho. Luego presentó al eunuco el cesto,
diciendo: “¡Coge la que más te guste!” Y el eunuco escogió una lámpara muy bruñida y completamente.
nueva, y se apresuro a llevársela a su ama Badrú’l-Budur, echándose a reír y burlándose de la locura del
maghrebín. ¡Y he aquí lo referente al agha de los eunucos y al cambio de la lámpara mágica en ausencia de
Aladino!
En cuanto al mago, echó a correr en seguida, tirando el cesto con su contenido a la cabeza de los pilluelos,
que continuaban mofándose de él, para impedirles que le siguieran. Y de tal modo desembarazado,
franqueó recintos de palacios y jardines y se aventuró por las calles de la ciudad, dando mil rodeos, a fin de
que perdieran su pista quienes hubiesen querido perseguirle. Y cuando llegó a un barrio completamente desierto,
se saco del pecho la lámpara y la frotó. Y él efrit de la lámpara respondió a esta llamada, apareciéndóse
ante él al punto, y diciendo: “¡Aquí tienes entre tus manos a tu esclavo! ¿Qué quieres? Habla. ¡Soy el
servidor de la lámpara en el aire por donde vuelo y en la tierra por donde me arrastro!” Porque el efrit
obedecía indistintamente a quienquiera que fuese el poseedor de aquella lámpara, aunque, como el mago,
fuera por el camino de la maldad y de la perdición.
Entonces el maghrebín le dijo: ¡Oh efrit de la lámpara! te ordeno que cojas el palacio que edificaste para
Aladino y lo transportes con todos los seres y todas las cosas que contiene a mi país, que ya sabes cuál es, y
que está en el fondo del Maghreb, entre jardines. ¡Y también me transportarás a mí allá con el palacío!” Y
contestó el efrit esclavo de la lámpara: “¡Escucho y obedezco! ¡Cierra un ojo y abre un ojo, y te encontrarás
en tu país, en medio del palacio de Aladino!” Y efectivamente, en un abrir y cerrar de ojos se hizo todo. Y
el maghrebín se encontró transportado, con el palacio de Aladino en medio de su país, en el Maghreb africano.
¡Y esto es lo referente a él!
Pero en cuanto al sultán; padre de Badrú’l-Budur, al despertarse el siguiente día salió de su palacio, como
tenía por costumbre, para ir a visitar a su hija a la que quería tanto. Y en el sitio en que se alzaba el maravilloso
palacio no vio más que, un amplio meidán agujereado por las zanjas vacías de los cimientos. Y en el
límite de la perplejidad, ya no supo si habría perdido la razón; y empezó a restregarse los ojos para darse
cuenta mejor de lo que veía. ¡Y comprobó que con la claridad del sol saliente y la limpidez de la mañana no
había manera de engañarse, y que el palacio ya no estaba allí! Pero quiso convencerse más aún de aquella
realidad enloquecedora, y subió al piso más alto, y abrió la ventana que daba enfrente de los aposentos de
su hija. Y no vio palacio ni huella de palacio, ni jardines ni huella de jardines, sino sólo un inmenso meidán
donde, de no estar las zanjas, habrían podido los caballeros justar a su antojo.
Entonces, desgarrado de ansiedad, el desdichado padre empezó a golpearse las manos una contra otra y a
mesarse la barba llorando, por más que no pudiese darse cuenta exacta de la naturaleza y de la magnitud de
su desgracia. Y mientras de tal suerte desplomábase sobre el diván, su gran visir entró para anunciarle, como
de costumbre, la apertura de la sesión de justicia. Y vio el estado en que se hallaba, y no supo qué pensar.
Y el sultán le dijo: “¡Acércate aquí!” Y el visir se acercó, y el sultán le dijo: “¿Dónde está el palacio de
mi hija?” El otro dijo:
¡Alah guarde al sultán! ¡pero no comprendo lo que quiere decir!” El sultán dijo: “¡Cualquiera creería ¡oh
visir! que no estás al corriente de la triste nueva!” El visir dijo: “Claro que no lo estoy, ¡oh mi señor! ¡por
Alah, que no sé nada, absolutamente no!” El sultán dijo: “¡En ese caso, no has mirado hacia el palacio de
Aladino!” El visir dijo: “¡Ayer tarde estuve a pasearme por los jardines que lo rodean, y no he notado ninguna
cosa de.particular, sino que la puerta principal estaba cerrada a causa de la ausencia del emir Aladino!”
El sultán dijo: “¡En ese caso, ¡oh visir! mira por esta ventana y dime si no notas ninguna cosa de particular
en ese palacio que ayer viste con la puerta cerrada!” Y el visir sacó la cabeza por la ventana y miró,
pero fue para levantar los brazos al cielo, exclamando: “¡Alejado sea el Maligno!” ¡el palacio ha desaparecido!”
Luego se encaró con el sultán, y le dijo: “¡Y ahora ¡oh mi señor!' ¿vacilas en creer que ese palacio, 
cuya arquitectura y ornamentación admiraban tanto, sea otra cosa que la obra de la más admirable hechicería?
Y el sultán bajó la cabeza y reflexionó durante una hora de tiempo. Tras de lo cual levantó la cabeza,
y tenía el rastro revestido de furor. Y exclamó: “¿Dónde está ese malvado, ese aventurero, ese mago,
ese impostor, ese hijo de mil perros, que se llama Aladino?” Y el visir contestó con el corazón dilatado de
triunfo: “¡Está ausente de casa; pero me ha anunciado su regreso para hoy antes de la plegaria del mediodía!
¡Y si quieres, me encargo de ir yo mismo a informarme acerca de él sobre lo que ha sido del palacio
con su contenido!” Y el rey se puso a gritar: “No ¡por Alah! ¡Hay que tratarle como a los ladrones, y a los
embusteros! ¡Que me le traigan los guardias cargado de cadenas!”
Al punto el gran visir salió a comunicar la orden del sultán al jefe de los guardias, instruyéndole acerca
de cómo debía arreglarse para que no se le escapara Aladino. Y acompañado por cien jinetes, el jefe de los
guardias salió de la ciudad al canino por donde tenía que volver Aladino, y se encontró con él a cien farasanges
de las puertas. Y en seguida hizo que le cercaran los jinetes, y lo dijo: “Emir Aladino, ¡oh amo
nuestro! ¡dispénsanos por favor! ¡pero el sultán, de quien somos esclavos, nos ha ordenado que te detengamos
y te pongamos entre sus manos cargado de cadenas como los criminales! ¡Y no podemos desobedecer
una orden real! ¡Pero repetimos que nos dispenses por tratarte así, aunque a todos nosotros nos ha
inundado tu generosidad!”
Al oír estas palabras del jefe de los guardas, a Aladino se le trabó la lengua de sorpresa y de emoción. Pero
acabó por poder hablar, y dijo: ¡Oh buenas gentes! ¿Sabéis, al menos, por qué motivo os ha dado el sultán
semejante orden, siendo yo inocente de todo crimen con respecto a él o al Estado?” Y contestó el jefe
de los guardias: “¡Por Alah, que no lo sabemos!” Entonces Aladino se apeó del su caballo, y dijo.: “¡Haced
de mí lo que os haya ordenado el sultán, pues las órdenes del sultán estás por encima de la cabeza y de los
ojos!” Y los guardias, muy a disgusto suyo, se apoderaron de Aladino, le ataron los brazos, le echaron al
cuello una cadena muy gorda y muy pesada, con la que también le sujetaron por la cintura, y cogiendo el
extremo de aquella cadena le arrastraron a la ciudad, haciéndole caminar a pie mientras ellos seguían a caballo
su camino.
Llegados que fueron los guardias a los primeros arrabales de la ciudad, los transeúntes que vieron de este
modo a Aladino no dudaron de que el sultán, por motivos que ignoraban, se disponía a hacer que le cortaran
la cabeza. Y como Aladino se había captado, por su generosidad y su afabilidad, el afecto de todos los
súbditos del reino, los que le vieron apresuráronse a echar a andar detrás de él, armándose de sables unos, y
de estacas otros y de piedras y palos los demás. Y aumentaban en número a medida que el convoy se aproximaba
a palacio; de modo que ya eran millares y millares al llegar a la plaza del meidán. Y todos gritaban
y protestaban, blandiendo sus armas y amenazando a los guardias, que a duras penas pudieron contenerles y
penetrar en palacio sin ser maltratados. Y en tanto que los otros continuaban vociferando y chillando en el
meidán para que se les devolviese sano y salvo a su señor Aladino, los guardias introdujeron a Aladino, que
seguía cargado de cadenas, en la sala donde le esperaba el sultán lleno de cólera y de ansiedad.
No bien tuvo en su presencia a Aladino, el sultán, poseído de un furor inconcebible, no quiso perder el
tiempo en preguntarle qué había sido del palacio que guardaba a su hija Badrú’l-Budur, y gritó al portaalfanje:
¡Corta en seguida la cabeza a este impostor maldito!” Y no quiso oírle ni verle un instante más. Y
el porta-alfanje se llevó a Aladino a la terraza desde la cual se dominaba el meidán en donde estaba apiñada
la muchedumbre tumultuosa, hizo arrodillarse a Aladino sobre el cuero rojo de las ejecuciones, y después
de vendarle los ojos le quitó la cadena que llevaba al cuello y alrededor del cuerpo, y le dijo: “¡Pronuncia tu
acto de fe antes de morir!” Y se dispuso a darle el golpe de muerte, volteando por tres veces y haciendo
flamear el sable en el aire en torno a él. Pero en aquel momento, al ver que el porta-alfanje iba a ejecutar a
Aladino, la muchedumbre empezó a escalar los muros del palacio y a forzar las puertas. Y el sultán vio
aquello, y temiéndose algún acontecimiento funesto se sintió poseído de gran espanto. Y se encaró por el
porta-alfanje, y le dijo: “¡Aplaza por el instante el acto de cortar la cabeza a ese criminal!” Y dijo al jefe de
los guardias:- ¡Haz que pregonen al pueblo que le otorgo la gracia de la sangre de ese maldito!'? Y aquella
orden, pregonada en seguida desde lo alto de las terrazas, calmó el tumulto y el furor de la muchedumbre, e
hizo abandonar su propósito a los que forzaban las puertas y a los que escalaban los muros del palacio.
Entonces Aladino, a quien se había tenido cuidado de quitar la venda de los ojos y a quien habían soltado
las ligaduras que le ataban las manos a la espalda, se levantó del cuero de las ejecuciones en donde estaba
arrodillado y alzó la cabeza hacia el sultán, y con los ojos llenos de lágrimas le preguntó: “Oh rey del tiempo!
¡suplico a tu alteza que me diga solamente el crimen que he podido cometer para ocasionar tu cólera y
esta desgracia!” Y con el color muy amarillo y la voz llena de cólera reconcentrada, el sultán le dijo: “¿Que
te diga tu crimen, miserable? ¿Es que finges ignorarlo? ¡Pero no fingirás más cuando te lo haya hecho ver
con tus propios ojos!” Y le gritó: “¡Sígueme!” Y echó a andar delante de él y le condujo al otro extremo del
palacio, hacia la parte que daba al segundo meidán, donde se erguía antes el palacio de Badrú’l-Budur rodeado
de sus jardines, y le dijo: “¡Mira por esta ventana y dime, ya que debes saberlo; qué ha sido del palacio
que guardaba a mi hija!” Y Aladino sacó la cabeza por la ventana y miró. Y no vio ni palacio, ni jardín,
ni huella de palacio o de jardín, sino el inmenso meidán desierto, tal cómo estaba el día en que dio él al efrit
de la lámpara orden de construir allí la morada maravillosa. Y sintió tal estupefacción y tal dolor y tal conmoción,
que estuvo a punto de caer desmayado. Y no pudo pronunciar una sola palabra. Y el sultán le gritó:
Dime, maldito impostor, ¿dónde, está el palacio y dónde está mi hija, el núcleo de mi corazón, mi única
hija?” Y Aladino lanzó un gran suspiro y vertió abundantes lágrimas; luego dijo: “¡Oh rey del tiempo, no lo
sé!” Y le dijo el sultán: “¡Escuchame bien! No quiero pedirte que restituyan tu maldita palacio; pero sí te
ordeno que me devuelvas a mi .hija. Y si no lo haces al instante o si no quieres decirme qué ha sido de ella,
¡por mi cabeza, que haré que te corten la cabeza!” Y en el límite de la emoción, Aladino bajó los ojos y reflexionó
durante una hora de tiempo. Luego levantó la cabeza, y dijo: “¡Oh rey del tiempo! ninguno escapa
a su destino. ¡Y si mi destino es que se me corten la cabeza por un crimen que no he cometido, ningún poder
logrará salvarme! Sólo te pido, pues, antes de morir, un plazo de cuarenta días para hacer las pesquisas
necesarias con respecto a mi esposa bienamada, que ha desaparecido con el palacio mientras yo estaba de
caza y sin que pudiera sospechar cómo ha sobrevenido esta calamidad te lo juro por la verdad de nuestra fe
y los méritos de nuestro señor Mahomed (¡con él la plegaria y la paz!)” Y el sultán contestó: “Está bien; te
concederé lo que me pides. ¡Pero has de saber que, pasado ese plazo, nada podrá salvarte de entre mis manos
si no me traes a mi hija! ¡Porque sabré apoderarme de ti y castigarte, sea donde sea el paraje de la tierra
en que te ocultes!” Y al oír estas palabras Aladino salió de la presencia del sultán, y muy cabizbajo atravesó
el palacio en medio de los dignatarios, que se apenaban mucho al reconocerle y verle tan demudado por la
emoción y el dolor. Y llegó ante la muchedumbre y empezó a preguntar, con torvos ojos: ¿Dónde esta mi
palacio? ¿Dónde está mi esposa?” Y cuantos le veían y oían dijeron: “¡El pobre ha perdido la razón! ¡El
haber caído en desgracia con él sultán y la proximidad de la muerte le han vuelto loco!” Y al ver que ya
sólo era para todo el mundo un motivo de compasión, Aladino se alejó rápidamente sin que nadie tuviese
corazón para seguirle. Y salió de la ciudad, y comenzó a errar por el campo, sin saber lo que hacía. Y de tal
suerte llegó a orillas de un gran río, presa de la desesperación, y diciéndose: “¿Dónde hallarás tu palacio,
Aladino y a tu esposa Badrú’l-Budur, ¡oh pobre!? ¿A qué país desconocido irás a buscarla, si es que está
viva todavía? ¿Y acaso sabes siquiera cómo ha desaparecido?” Y con el alma obscurecida por estos pensamientos,
y sin ver ya más que tinieblas y tristeza delante de sus ojos, quiso arrojarse al agua y ahogar allí su
vida y su dolor. ¡Pero en aquel momento se acordó de que era un musulmán, un creyente, un puro! dio fe de
la unidad de Alah y de la misión de Su Enviado. Y reconfortado con su acto de fe y su abandono a la voluntad
del Altísimo, en lugar de arrojarse al agua se dedicó a hacer sus abluciones para la plegaria de la tarde.
Y se puso en cuclillas a la orilla del río y cogió agua en el hueco de las manos y se puso a frotarse los
dedos y las extremidades. Y he aquí que, al hacer estos movimientos, frotó el anillo que le había dado en la
cueva el maghrebín. Y en el mismo momento apareció el efrit del anillo, que se prosternó ante él, diciendo:
¡Aquí tienes entre tus manos a tu esclavo! ¿Qué quieres? Habla: ¡Soy él servidor del anillo en la tierra,
en el aire y en el agua!' Y Aladino reconoció perfectamente, por su aspecto repulsivo y por su voz aterradora,
al efrit que en otra ocasión hubo de sacarle del subterráneo. Y agradablemente sorprendido por aquella
aparición, que estaba tan lejos de esperarse en el estado miserable en que se encontraba, interrumpió sus
abluciones y se irguió sobre ambos pies, y dijo al efrit: “¡Oh efrit del anillo, oh compasivo, oh excelente!
¡Alah te bendiga y te tenga en su gracia! Pero apresúrate a traerme mi palacio y mi esposa, la princesa Badrú’l-
Budur!” Pero el efrit del anillo le contestó: “¡Oh dueño del anillo! ¡lo que me pides no está en mi facultad,
porque en la tierra, en el aire y en el agua yo sólo soy servidor del anillo! ¡Y siento mucho no poder
complacerte en esto, que es de la competencia del servidor de la lámpara! ¡A tal fin, no tienes más que dirigirte
a ese efrit, y él te complacerá!” Entonces Aladino, muy perplejo, le dijo: “¡En ese caso, ¡oh efrit del
anillo! y puesto que no puedes mezclarte en lo que no te incumbe, transportando aquí el palacio de mi esposa,
por las virtudes anillo a quien sirves te ordenó que me transportes a. mí mismo al paraje de la tierra en
que se halla mi palacio, y me dejes, sin hacerme sufrir sacudidas, debajo de las ventanas de mi esposa, la
princesa Badrú’l-Budur!”
Apenas había formulado Aladino esta petición, el efrit del anillo contestó con el oído y la obediencia, y
en el tiempo en que se tarda solamente en cerrar un ojo y abrir un ojo, le transportó al fondo del Maghreb,
en medio de un jardín magnífico, donde se alzaba, con su hermosura arquitectural, el palacio de Badrú’l-
Budur. Y le dejó con mucho cuidado debajo de las ventanas de-la princesa, y desapareció:
Entonces, a la vista de su palacio, sintió Aladino dilatársele el corazón 'y tranquilizársele el alma y refrescársele
los ojos. Y de nuevo entraron en el la alegría y la esperanza. Y de la misma manera que está preocupado
y no duerme quien confía una cabeza al vendedor de cabezas cocidas al horno, así Aladino, a pesar
de sus fatigas y sus penas, no quiso descansar lo más mínimo. Y se limitó a elevar su alma hacia el
Creador para darle gracias por sus bondades y reconocer que sus designios son impenetrables para las criaturas
limitadas. Tras de lo cual se puso muy en evidencia debajo de las ventanas de su esposa Badrú'lBudur.
Y he, aquí que, desde que fue arrebatada con el palacio por el mago maghrebín, la princesa tenía la costumbre
de levantarse todos los días a la hora del alba, y se pasaba el tiempo llorando y las noches en vela,
poseída de tristes, pensamientos en su dolor por verse separada de su padre y de su esposo bienamado,
además de todas las violencias de que la hacía víctima el maldito maghrebín, aunque sin ceder ella. Y no
dormía, ni comía, ni bebía. Y aquella tarde, por decreto del destino, su servidora había entrado a verla para
distraerla. Y abrió una de las ventanas de la sala de cristal, y miró hacia fuera, diciendo: “¡Oh mi señora!
¡ven a ver cuán delicioso es el aire de esta tarde!” Luego lanzó de pronto un grito, exclamando: “¡Ya setti,
ya setti! ¡He ahí a mi amo Aladino, he ahí a mi amo Aladinol ¡Está bajo las ventanas del palacio...
En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañaría, y y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGó LA 769 NOCHE
Ella dijo:
¡Ya setti, ya settí! ¡He ahía mi amo Aladino, he ahí a mi amo Aladino! ¡Está bajo las ventanas del palacio!”
Al oír estas palabras de su servidora, Badrú’l-Budur se precipitó a la ventana, y vio a Aladino, el cual la
vio también. Y casi enloquecieron ambos de alegría. Y fue Badrú'l-Budur la primera que pudo abrir la boca,
y gritó a Aladino: “¡Oh querido mío! ¡ven pronto, ven pronto! ¡mi servidora va a bajar para abrirte la
puerta secreta! ¡Puedes subir aquí sin temor! ¡El mago maldito está ausente por el momento!” Y cuando la
servidora le hubo abierto la puerta secreta, Aladino subió al aposento de su esposa y la recibió en sus brazos.
Y se besaron, ebrios de alegría, llorando y riendo. Y cuando estuvieran un poco calmados se sentaron
uno junto a otro, y Aladino dijo a su esposa: “¡Oh Badrú'l-Badur! ¡antes de nada tengo que preguntarte qué
ha sido de la lámpara de cobre qué dejé eri mi cuarto sobre una mesilla antes de salir de caza!” Y exclamó
la princesa: “¡Ah! ¡querido mío, esa lámpara precisamente es la causa de nuestra desdicha! ¡Pero todo ha
sido por mi culpa, sólo por mi culpa!” Y contó a Aladino cuanto había ocurrido en el palacio desde, su ausencia,
y cómo, por reírse de la locura del vendedor de lámparas, había, cambiado la lámpara de la mesilla
por una lámpara nueva; y todo lo que ocurrió después, sin olvidar un detalle. Pero no hay utilidad en repetirlo.
Y concluyó diciendo: “Y sólo después de transportarnos aquí con el palacio es cuando el maldito
maghrebín ha venido a revelarme qué, por el poder de su hechicería y las virtudes de la lámpara cambiada,
consiguió arrebatarme a tu afecto con el fin de poseerme. ¡Y me dijo que era maghrebín y que estábamos
en Maghreb, su país!” Entonces Aladino, sin hacerle el menor reproche, le preguntó: “¿Y qué desea hacer
contigo ese maldito?” Ella dijo: “Viene una vez al día, nada más a hacerme una visita, y trata por todos los
medios de seducirme. ¡Y como está lleno de perfidia, para vencer mi resistencia no ha cesado de afirmarme,
que el sultán te había hecho cortar la cabeza por impostor, y que, al fin y al cabo, no eras más que el
hijo de una pobre gente, de un miserable sastre llamado Mustafá, y que sólo a él debías la fortuna y los honores
de que disfrutabas! Pero hasta ahora no ha recibido de mí, por toda respuesta, más que el silencio del
desprecio y que le vuelva la espalda. ¡Y se ha visto obligado a retirarse siempre con las orejas caídas y la
nariz alargada! ¡Y a cada vez temía yo que recurriese a la violencia! Pero hete aquí ya. ¡Loado sea Alah!”
Y Aladino le dijo: “Dime ahora ¡oh Badrú'l-Budur! en qué sitio del palacio está escondida, si lo sabes, la
lámpara qué consiguió arrebatarme ese maldito maghrebín.” Ella dijo: “Nunca la deja en el palacio, sino
que la lleva en el pecho continuamente. ¡Cuántas veces se la he visto sacar en mi presencia para enseñármela
como un trofeo!” ¡Entonces Aladino le dijo: “¡Está bien! pero ¡por tu vida, que no ha de seguir enseñándotela
mucho tiempo! ¡Para eso únicamente te pido que me dejes un instante solo en esta habitación!”
Y Badrú’l-Budur salió de la sala y fue a reunirse con sus servidoras.
Entonces Aladino frotó el anillo mágico qué llevaba al dedo, y dijo al efrit que se presentó: “¡Oh efrit del
anillo! ¿conoces las diversas especies de polvos soporíferos?” El efrit contestó: “Es lo que mejor conozco!”
Aladino dijo: “¡En ese caso te ordeno que me traigas una onza de bang cretense, una sola toma del cual sea
capaz de derribar a un elefante!” Y desapareció el efrit, pero para volver al cabo de tin momento, llevando
en los dedos una cajita, que entrego a Aladino, diciéndole: “¡Aquí tienes ¡oh amo del anillo! bang cretense
de la calidad más fina!” Y se fue Y Aladino llamó a su esposa Badrú’l-Budur, y le dijo: “¡Oh mi señora
Badrú’l-Budur! si quieres que triunfemos de ese maldito maghrebín, no tienes más que seguir el consejo
que voy, a darte. ¡Y te advierto que el tiempo apremia, pues me has dicho que el maghrebín estaba a punto
de llegar para intentar seducirte! ¡He aquí, pues, lo que tendrás que hacer!” Y le dijo: “¡Harás estas cosas, y
le dirás estas otras cosas!” Y le dio amplias instrucciones respecto a la conducta que debía seguir con el
mago. Y añadió: “En cuanto a mí, voy a ocultarme en esta arca. ¡Y saldré en el momento oportuno!” Y le
entregó la cajita de bang, diciendo: “¡No te olvides de lo que acabo de indicarte!” Y la dejó para ir a encerrarse
en el arca.
Entonces la princesa Badrú’l-Budur, a pesar de la repugnancia que tenía a desempeñan el papel consabido,
no quiso perder la oportunidad de vengarse del mago, y se propuso seguir las instrucciones de su esposo
Aladino. Se levantó, pues, y mandó a sus mujeres que la peinaran y la pusieran el tocado que sentaba
mejora su cara de luna, y se hizo vestir con el traje más hermoso de sus arcas. Luego se ciñó el talle con un
cinturón de oro incrustado de diamantes, y se adornó el cuello con un collar de perlas nobles de igual tamaño, 
excepto la de en medio, que tenía el volumen de una nuez; y en las muñecas y en los tobillos se puso
pulseras de oro con pedrerías que casaban maravillosamente con los colores de los demás adornos. Y perfumada
y semejante a una hurí escogida, y, más brillante que las reinos y sultanas más brillantes, se miró
enternecida en su espejo, mientras sus mujeres maravillábanse de su belleza y prorrumpían en exclamaciones
de admiración. Y se tendió perezosamente en los almohadones, esperando la llegada del mago.
No dejó éste de ir a la hora anunciada. Y la princesa, contra lo que acostumbraba, se levantó en honor suyo,
y con una sonrisa le invitó a sentarse juntó a ella en el diván. Y el maghrebín, muy emocionado por
aquel recibimiento, y deslumbrado por el brillo de los hermosos ojos que le miraban y pon la belleza arrebatadora
de aquella, princesa tan deseada, sólo permitió sentarse al borde del diván por cortesía y deferencia.
Y la princesa, siempre sonriente, le dijo: “¡Oh mi señor! no te asombres de verme hoy tan cambiada,
porque mi temperamento, que por naturaleza es muy refractario a la tristeza, ha acabado por sobreponerse a
mi pena y a mi inquietud. Y además, he reflexionado sobre tus palabras con respecto a mi esposo Aladino,
y ahora estoy convencida de que ha muerto a causa de la terrible cólera de mi padre el rey. ¡Lo que esta escrito
ha de ocurrir! Y mis lágrimas y mis pesares no darán vida a un muerto. Por eso he renunciado a la
tristeza y al duelo y he resuelto no rechazar ya tus proposiciones y tus bondades. ¡Y ese es el motivo de mi
cambio de humor!” Luego añadió: “¡Pero aun no. te he ofrecido los refrescos de amistad!” Y se levantó,
ostentando su deslumbradora belleza, y se dirigió a la mesa grande en que estaba la bandeja de los vinos y
sorbetes, y mientras llamaba a una de sus servidoras para que sirviera la bandeja, echó un poco de bang
cretense en la copa de oro que había en la bandeja. Y el maghrebín no sabía cómo darle gracias por sus
bondades. Y cuando se acerco la doncella con la bandeja de los sorbetes, cogió él la capa y dijo a Badrú’l-
Budur: “¡Oh princesa! ¡por muy deliciosa que sea está bebida no podrá refrescarme tanto como la sonrisa
de tus ojos!” Y tras de hablar así se llevó la copa a los labios y la vació de un solo trago, sin respirar. ¡Pero
al instante fue a caer sobre el tapiz con la cabeza antes que con los pies, a las plantas de Badrú’l-Budur!
Al ruido de la caída Aladino lanzó un inmenso grito de triunfo y salió del armario para correr en seguida
hacia el cuerpo inerte de su enemigo. Y se precipito sobre él, le abrió la parte superior del traje y le sacó del
pecho la lámpara que estaba allí escondida. Y se encaró con Badrú'l-Budur; que acudía a besarle en el límite
de la alegría, y le dijo: “¡Te ruego que me dejes solo, otra vez! ¡Porque ha de terminarse hoy todo!” Y
cuando se alejó Badrú'l-Budur, frotó la lámpara en el sitio que sabía, y al punto vio aparecer al efrit de la
lámpara, quien, después de la fórmula acostumbrada, esperó la orden. Y Aladino le dijo: “¡Oh efrit de la
lámpara! ¡por las virtudes de esta lámpara que sirves, te ordeno que transportes este palacio, con todo lo
que contiene, a la capital del reino de la China, situándolo exactamente en el mismo lugar de donde lo quitaste
para traerlo aquí! ¡Y hazlo de manera que el transporte se efectúe sin conmoción, sin contratiempo y
sin sacudidas!” Y el genni contestó: “¡Oír es obedecer!” Y desapareció. Y en el mismo momento, sin tardar
más tiempo del que se necesita para cerrar un ojo y abrir un ojo, se hizo el transporte, sin que nadie lo advirtiera,
porque apenas si se hicieron sentir dos ligeras agitaciones, una al salir y otra a la llegada.
Entonces Aladino, después de comprobar que el palacio estaba en realidad frente por frente al palacio del
sultán, en el sitio que ocupaba antes, fue en busca de su esposa Badrú’l-Budur y la besó mucho, y le dijo:
¡Ya estamos en la ciudad de tu padre! ¡Pero, como es de, noche; más vale que esperemos a mañana por la
mañana para ir a anunciar al sultán nuestro regreso! Por el momento, no pensemos más que en regocijamos
con nuestro triunfo y con nuestra reunión, ¡oh Badrú'l-Budur!” Y como desde la víspera Aladino aun no
había comido nada, se sentaron ambos y se hicieron servir por los esclavos una comida suculenta en la sala
de las noventa y nueve ventanas cruzadas. Luego pasaron juntos aquella noche en medio de delicias y dicha.
Al día siguiente salió de su palacio el sultán para ir, según costumbre, a llorar por su hija en el paraje
donde no creía encontrar más que las zanjas de los cimientos. Y muy entristecido y dolorido, echó una
ojeada por aquel lado, y se quedó estupefacto al ver ocupado de nuevo el sitio del meidán por el palacio
magnífico, y no vacío, como él se imaginaba, Y en un principio creyó que sería efecto de la niebla o de algún
ensueño de su espíritu inquieto, y se frotó los ojos varias veces. Pero como la visión subsistía siempre,
ya no pudo dudar de su realidad, y sin preocuparse de su dignidad de sultán echó a correr agitando los brazos
y lanzando gritos de alegría, y atropellando a guardias y porteras subió la escalera de alabastro sin tomar
aliento, no obstante su edad, y entró en la sala de la bóveda de cristal con noventa y nueve ventanas, en
la cual precisamente esperaban su llegada, sonriendo, Aladino y Badrú’l-Budur. Y al verle se levantaron
ambos y corrieron a su encuentro. Y besó él a su hija, derramando lágrimas de alegría y en el límite de la
ternura; y ella también.
Y. cuando pudo abrir la boca y articular una palabra, dijo: “¡Oh hija mía! ¡veo con asombro que no se te
ha demudado el rostro ni se te ha puesto la tez más amarilla, a pesar de todo lo sucedido desde el día en que
te vi por última vez! ¡Sin embargo, ¡oh hija de mi corazón! debes haber sufrido mucho, y no habrás visto
sin alarmas y terribles angustias cómo te transportaban de un sitio a otro con todo el palacio! ¡Porque, nada
más que con pensarlo, yo mismo me siento invadido por el temblor y el espanto! ¡Daté prisa, pues, ¡oh hija
mía! a explicarme el motivo de tan escaso cambio en tu fisonomía, y a contarme, sin ocultarme nada,
cuanto te ha ocurrido desde el comienzo hasta el fin!” Y Badrú'l-Budur contestó: “¡Oh padre mío! has de
saber que si se me ha demudado tan poco el rostro es porque ya he ganado lo que había perdido con mi
alejamiento de ti y de mi esposo Aladino. Pues la alegría de volver a entre a ambos me devuelve mi frescura
y mi color de antes. Pero he sufrido y he llorado mucho, tanto por verme arrebatada a tu afecto y al de mi
esposo bienamado, como por haber caído en poder de un maldito mago maghrebín que es el causante de todo
lo que ha sucedido, y que me decía cosas desagradables y quería seducirme después de raptarme. ¡Pero
todo fue por culpa de mi atolondramiento, que me impulsó a ceder a otro lo que no me pertenecía!” Y en
seguida contó a su padre toda la historia con los menores detalles, sin olvidar nada. Pero no hay ninguna
utilidad en repetirla. Y cuando acabó de hablar, Aladino, que no había abierto la boca hasta entonces, se
encaró con el sultán, estupefacto hasta el límite de la estupefacción, y le mostró, detrás de una cortina, el
cuerpo inerte del mago, que tenía la cara toda negra por efecto de la violencia del bang, y le dijo: “¡He aquí
al impostor, causante de nuestra pasada desdicha y de mi caída en desgracia! ¡Pero Alah le ha castigado!”
Al ver aquello, el sultán, enteramente convencido de la inocencia de Aladino, le besó muy tiernamente,
oprimiéndole contra su pecho, y le dijo: “¡Oh hijo mío Aladino! ¡no me censures con exceso por mi conducta
para contigo, y perdóname los malos tratos que te infligí! ¡Porque merece alguna excusa el afecto que
experimento por mi hija única Badrú’l-Budur, y bien sabes que el corazón de un padre está lleno de ternura,
y que hubiese preferido yo perder todo mi reino antes que un cabello de la cabeza de mi hija bienamada!”
Y Contestó Aladino: “Verdaderamente, tienes excusa, ¡oh padre de Badrú'l-Budur! porque sólo el afecto
que sientes por tu hija, a la cual creías perdida por mi culpa, te hizo usar conmigo procedimientos enérgicos.
Y no tengo derecho a reprocharte de ninguna manera. Porque a mí me correspondía prevenir las asechanzas
pérfidas de ese infame mago y tomar precauciones contra él. ¡Y no te darás cuenta bien de toda su
malicia hasta que, cuando tenga tiempo, te relate yo la historia de cuanto me ocurrió con él!” Y el sultán
besó a Aladino una vez más, y le dijo: “En verdad ¡oh Aladino! que es absolutamente preciso que busques
ocasión de contarme todo eso. ¡Pero aun es más urgente desembarazarme ya del espectáculo de ese cuerpo
maldito que yace inanimado a nuestros pies, y regocijarnos juntos de tu triunfo!” Y Aladino dio orden a sus
efrits jóvenes de que se levaran el cuerpo del maghrebín y lo quemaran en medio de la plaza del meidán
sobre un montón de estiércol y echaran las cenizas en el hoyo de la basura. Lo cual se ejecutó puntualmente
en presencia de toda la ciudad reunida, que se alegraba de aquel castigo merecido y de la vuelta del emir
Aladino a la gracia del sultán.
Tras de lo cual, por medio de los pregoneros, qué iban seguidos por tañedores de clarines, de timbales y
de tambores, el sultán hizo anunciar que daba libertad a los presos en señal de regocijo público; y mandó
repartir muchas limosnas a los pobres y a los menesterosos. .Y por la noche hizo iluminar toda la ciudad,
así como su palacio y el de Aladino y Badrú’l-Budur: Y así fue cómo Aladino, merced a la bendición que
llevaba consigo, escapó por segunda vez a un peligro de muerte. Y aquella misma bendición debía aun salvarle
por tercera vez, como vais a saber, ¡oh oyentes míos!
En efecto, hacía ya algunos meses que Aladino estaba de regreso y llevaba con su esposa una vida feliz
bajo la mirada enternecida y vigilante de su madre, que entonces era una dama venerable de aspecto imponente,
aunque desprovista de orgullo y de arrogancia, cuando la esposa del joven entró un día, con rostro un
poco triste y dolorido, en la sala de la bóveda de cristal, donde él estaba casi siempre para disfrutar la vista
de los jardines, y se le acercó, y le dijo: “¡Oh mi señor Aladino! Alah, que nos ha colmado con sus favores
a ambos, hasta el presente me ha negado el consuela de tener un hijo. Porque ya hace bastante tiempo que
estamos casados y no siento fecundadas por la vida mis entrañas: ¡Vengo, pues, a suplicarte que me permitas
mandar venir al palacio a una santa vieja llamada Fatmah que ha llegado a nuestra ciudad hace unos días,
y a quien todo el mundo venera por las curaciones y alivios que proporciona y por la fecundidad que
otorga a las mujeres sólo con la imposición de sus manos...
En esté momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 772 NOCHE
Ella dijo:
... ¡Vengo, pues, a suplicarte que me permitas mandar venir al palacio a una santa veja llamada Fatmah,
que ha llegado a nuestra ciudad hace unos días, y a quien todo el mundo venera por las curaciones y alivios
que proporciona y por la fecundidad que otorga a las mujeres sólo con la imposición de sus manos!” Y
Aladino, que no quería contrariar a su esposa Badru'l-Budur, no puso ninguna dificultad para acceder a su
deseo, y dio orden a cuatro eunucos de que fueran en busca de la vieja santa y la llevaran al palacio. Y los
eunucos ejecutaron la orden y no tardaron en regresar con la santa vieja, que iba con el rostro cubierto por
un velo muy espeso y con el cuello rodeado por un inmenso rosario de tres vueltas que le bajaba hasta la
cintura. Y llevaba en la mano un gran báculo, sobre el cual apoyaba su marcha vacilante por la edad y las
prácticas piadosas. Y en cuanto la vio la princesa salió vivamente a su encuentro, y le besó la mano con
fervor, y le pidió su bendición. Y la santa vieja, con acento muy digno, invocó para ellas las bendiciones de
Alah y sus gracias, y pronunció en su favor una larga plegaria, con el fin de pedir a Alah que prolóngase y
aumentase en ella la prosperidad y la dicha y satisfaciese sus menores deseos. Y Badrú’l-Budur la rogó que
se sentara en el sitio de honor en el diván, y le dijo: “¡Oh santa de Alah! ¡te agradezco tus buenos intenciones
y tus plegarias! ¡Y como sé que Alah no ha de negarte nada de lo que le pidas, espero de su bondad, por
intercesión tuya, lo que es el más ferviente anhelo de mi alma!” Y la santa contestó: “¡Yo soy la más humilde
de las criaturas de Alah; pero Él es el Omnipotente, el Excelente! ¡No tengas miedo, pues, ¡oh mi señbara
Badrú'l-Budur! a formular lo que anhele tu alma!” Y Badrú’l-Budur se puso muy colorada, y bajó la
voz, y con acento muy ardiente dijo: “¡Oh santa de Alah! deseo de la generosidad de Alah tener un hijo!
¡Dime qué tengo que hacer para eso y qué beneficios y qué buenas acciones habré de llevar a cabo para merecer
semejante favor! “ ¡Habla! ¡Estoy dispuesta a todo para obtener ese bien, que lo estimo en mas que mi
propia vida! ¡Y pasa demostrarte mi gratitud, yo te daré en cambio, cuanto puedas anhelar y desear, no para
ti, que ya sé ¡oh madre de todos nosotros! que te hallas al abrigo de las necesidades de las criaturas débiles,
sino para alivio de los infortunadas y de los pobres de Alah!”
Al oír estás palabras de la princesa Badrú'l-Budur, los ojos de la santa, que hasta entonces habían permanecido
bajos, se abrieron y se iluminaron tras el velo con un brillo extraordinario, e irradió su rostro cual
si tuviese fuego dentro, y todas sus facciones expresaron el sentímiento de un éxtasis de júbilo. Y miró a la
princesa durante un momento sin pronunciar ni una palabra; luego tendió los brazos hacia ella, y le hizo en
la cabeza la imposición de las manos, moviendo los labios como si rezase.una plegaria entre dientes, y acabó
por decirle: “¡Oh hija mía! ¡oh mi señora Badrú’l-Budur! ¡los santos de Alah acaban de dictarme el medio
infalible de que debes valerte para ver habitar en tus entrañas la fecundidad! ¡Pero ¡oh hija mía! entiendo
que ese médio es muy difícil, si no imposible de emplear, porque se necesita un poder sobrehumano para
realizar los actos de fuerza y, valor que reclamo!” Y al oír estas palabras la princesa. Badrú’l-Budur no
pudo reprimir más su emoción, y se arrojó a los pies de la santa, rodeándola las rodillas con sus brazos, y le
dijo: “¡Por favor, ¡oh madre nuestra! indícame ese medio, sea cual sea, pues nada resulta imposible de realizar
para mi esposo bienamado, el emir Aladino! ¡Ah! ¡habla, o a tus pies moriré de deseo reconcentrado!”
Entonces la santa levantó un dedo en el aire y dijo: “Hija mía, para que la fecundidad penetre en ti es necesario
que cuelgues en la bóveda de cristal de esta sala un huevo del pájaro rokh, que habita en la cima más
alta del monte Cáucaso. ¡Y la contemplación de ese huevo, que mirarás todo el tiempo que puedas durante.
días y días, modificará tu naturaleza íntima y removerá el fondo inerte de tu maternidad! ¡Y eso es lo que
tenía que decirte, hija mía!” Y Bardú'l-Budur exclamó: “¡Por mi vida, ¡oh madre nuestra! que no sé cual es
el pájaro rokh, ni jamás vi huevos suyos; pero no dudo de que Aladino podrá al instante procurarme uno de
esos huevos fecundantes, aunque el nido de esa ave esté en la cima más alta del monte Cáucaso!” Luego
quiso retener a la santa, que se levantaba ya para marcharse, pero ésta le dijo: “No, hija mía; déjame ahora
marcharme a aliviar otros infortunios y dolores más grandes todavía que los tuyos. ¡Pero mañana ¡inschalah!
yo misma vendré a visitarte y a saber noticias tuyas, que son preciosas para mí!” Y no obstante todos
los esfuerzos y ruegos de Badrú’l-Budur, que, llena de gratitud, quería hacerle don de vanos collares y otras
joyas de valor inestimable, no quiso detenerse un momento más en el palacio y se fue como había ido,
rehusando todos los regalos.
Algunos momentos después de partir la santa, Aladino fue al lado de su esposa y la besó tiernamente, como
lo hacía siempre que se ausentaba, aunque fuese por un instante; pero le pareció que tenía ella un aspecto
muy distraído y preocupado; y le preguntó la causa con mucha ansiedad. Entonces le dijo Sett Badrú'l-
Budur, sin tomar aliento: “¡Seguramente moriré si no tengo lo más pronto posible un huevo de pájaro
rokh, que habita en la cima más alta del monte Cáucaso!” Y al oír estas palabras Aladino se echó a reír, y
dijo: “¡Por Alah, ¡oh mi señora Badrú’l-Budur! si no se trata más que de obtener ese huevo para impedir
que, mueras, refresca tus ojos! ¡Pero para que yo lo sepa, dime solamente qué piensas hacer con el huevo
de ese pájaro!” Y Badrú’l-Budur contestó: “¡Es la santa vieja quien acaba de prescribirme que lo mire, como
remedio soberanamente eficaz contra la esterilidad de la mujer! ¡Y quiero tenerlo para colgarlo del
centro de la bóveda de cristal de la sala de las noventa y nueve ventanas!” Y Aladino contestó: “Por encima
de mi cabeza y de mis ojos, ¡oh mi señora Badrú’l-Budur! ¡al instante tendrás ese huevo de rokh!” Al punto
dejó a su esposa y fue a encerrarse en su aposento. Y se sacó del pecho la lámpara mágica, que llevaba
siempre consigo desde el terrible peligro que hubo de correr por culpa de su negligencia, y la frotó. Y en el
mismo momento se apareció ante él el efrit de la lámpara, pronto a ejecutar sus órdenes. Y Aladino le dijo:
¡Oh excelente efrit, que me obedeces merced a las virtudes de la lámpara que sirves! ¡te pido que al instante
me traigas, para colgarlo del centro de la bóveda de cristal, un huevo del gigantesco pájaro rokh, que
habita en la cima mas alta del monte Cáucaso!”
Apenas Aladino había pronunciado estas palabras, el efrit se convulsionó de manera espantosa, y le llamearon
los ojos, y lanzó ante Aladino un grito tan amedrentador, que se conmovió el palacio en sus cimientos,
y como una piedra disparada con honda, Aladino fue proyectado contra el muro de la sala de un
modo tan violento, que por poco entra su longitud en su anchura. Y le gritó el efrit con su voz poderosa de
trueno: “¿Cómo te atreves a pedirme eso, miserable Adamita? ¡Oh el más ingrato entre las gentes de baja
condición! ¡he aquí que ahora, no obstante los servicios que te presté con todo el oído y toda la obediencia,
tienes la osadía de ordenarme que vaya a buscar al hijo de rokh, mi amo supremo, para colgarle en la bóveda
de tu palacio! ¿Ignoras, insensato, que yo y la lámpara y todas los genni servidores de la lámpara somos
esclavos del gran rokh, padre de los huevos? ¡Ah! ¡suerte tienes con estar bajo la salvaguardia de la lámpara
que sirvo, y con llevar al dedo ese anillo lleno de virtudes saludables! ¡De no ser así ya hubiera entrado
tu longitud en tu anchura!” Y dijo Aladino, estupefacto e inmóvil contra el muro: “¡Oh efrit de la lámpara!
¡por Alah, que no es mía esta petición, sino que se la sugirió a mi esposa Badrú'l-Budur la santa vieja, madre
de la fecundacion y curadora de la esterilidad!” Entonces se calmó de repente el efrit y recobró su
acento acostumbrado para con Aladino, y le dijo: ¡Ah! ¡lo ignoraba! ¡Ah! ¡está bien! ¿conque es esa criatura
la que aconsejó el atentado? ¡Puedes alegrarte mucho, Aladino, de no haber tenido la menor participación
en ello! ¡Pues has de saber que por ése medio se quería obtener tu destrucción y la de tu esposa y la de
tu palacio. La persona a quien llamas santa vieja no es santa ni vieja, sino un hombre disfrazado de mujer:
Y ese hombre no es otro que el propio hermano del maghrebín, tu enemigo exterminado. Y se asemeja a su
hermano como media haba se asemeja a su hermana. Y ese nuevo enemigo, a quien no conoces, todavía
está más versado en la magia y en la perfidia que su hermano mayor. Y cuando, por medio de las operaciones
de su geomancia, se enteró de que su hermano había sido exterminado por ti, y quemado por orden del
sultán, padre de tu esposa Badrú'l-Budur, determinó vengarle en todos vosotros, y vino desde el Maghreb
aquí disfrazado de vieja santa para llegar hasta este palacio: ¡Y consiguió introducirse en él y sugerir a tu
esposa esa petición perniciosa, que es el mayor atentado que se puede realizar contra mi amo supremo el
rokh! Te prevengo, pues, acerca de sus proyectos pérfidos, a fin de que los puedas evitar. ¡Uassalam!” Y
tras de haber hablado así a Aladino, desapareció el efrit.
Entonces Aladino, en el límite de la cólera, se apresuró a ir a la sala de las noventa y nueve ventanas en
busca de su esposa Badrú'l-Budur. Y sin revelarle nada de lo que el efrit acababa de contarle, le dijo: “¡Oh
Badrú’l-Budur, ojos míos! Antes de traerte el huevo del pájaro rokh es absolutamente necesario que oiga yo
con mis propios oídos a la santa vieja que te ha recetado ese remedio. ¡Te ruego, pues, que envíes a buscarla
con toda urgencia y que, con pretexto de que no la recuerdas' exactamente, le hagas repetir su prescripción,
mientras yo estoy escondido detrás del tapiz!” Y contestó Badrú’l-Budllr: “¡Por encima de mi cabeza
y de mis ojos!” Y al punto envió a buscar a la santa vieja.
En cuanto ésta hubo entrado en la sala de la bóveda de cristal, y cubierta siempre con su espeso velo que
le tapaba la cara, se acercó a Badrú'l-Budur, Aladino salió de su escondite, abalanzándose a ella con el alfange
en la mano, y antes de que ella pudiese decir: “¡Bem!”, de un solo tajo le separó la cabeza de los
hombros.
Al ver aquello, exclamó Badrú'l-Budur, aterrada: “¡Oh mi señor Aladino! ¡qué atentado acabas de cometer!”
Pero Aladino se limitó a sonreír, y por toda respuesta se inclinó, cogió por el mechón central la cabeza
cortada, y se la mostró a Badrú’l-Budur. Y en el límite de la estupefacción y del horror, vio ella que la
tal cabeza, excepto el mechón central, estaba afeitada como la de los hombres, y que tenía el rostro prodigiosamente
barbudo. Y sin querer asustarla más tiempo Aladino le contó la verdad con respecto a la presunta
Fatmah, falsa santa y falsa vieja, y concluyó: “¡Oh Badrú'lBudur. ¡demos gracias a Alah, `que nos ha
librado por siempre de nuestros enemigos!” Y se arrojaron ambos en brazos uno de otro, dando gracias a
Alah por sus favores.
Y desde entonces vivieron una vida muy feliz con la buena vieja, madre de Aladino, y con el sultán, padre
de Badrú’l-Budur. Y tuvieron dos hijos hermosos corno lunas. Y a la muerte del sultán, reinó Aladino
en el reino de la China. Y de nada careció su dicha hasta la llegada inevitabe de la Destructora de delicias y
Separadora de amigos.

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