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lunes, 20 de diciembre de 2010

Próxima Centauri --- Isaac Asimov



Próxima Centauri

Lo que recordaba más claramente de Próxima Centauri, al correr de los años, era el indefinible horror que sentí ante la idea de una raza de plantas inteligentes y ávidas de alimento animal. El volver del revés una situación aceptada, algo tan trivial que resulta prácticamente olvidado, es un efecto que casi nunca falla, para un cuento de ciencia-ficción. Naturalmente, los animales se alimentan de plantas y, naturalmente, los animales son rápidos y más o menos inteligentes, mientras que las plantas carecen de autonomía y son totalmente pasivas (a excepción de algunas raras plantas comedoras de insectos, que pueden pasarse por alto). Pero, ¿que ocurriría si las plantas inteligentes y carnívoras se alimentaran de animales?
En los cuentos de ciencia-ficción de aquella época se prestaba cada vez más atención a la verosimilitud científica; en este cuento de Leinster, publicado en Astounding Stories de Marzo de 1935, el viaje a la estrella más cercana se describía como una expedición de varios años.
Mientras releía Próxima Centauri, recordé Universe, de Robert A. Heinlein, publicado seis años después en Astounding Stories de Mayo de 1941. Tanta era la semejanza entre ambos relatos que cuando se describe al Jack Gary de Próxima Centauri como un Mut, supuse en seguida que eso significaba ser un Mutante, como habría ocurrido en Universe, y me sorprendí al descubrir que significaba Mutineer (Amotinado). Los parecidos pueden ser una coincidencia. Quizá Heinlein nunca leyó Próxima Centauri.
Isaac Asimov

1
De cerca, el «Adastra» brillaba ya bajo la luz del sol cada vez más próximo. Los discos de visión que recorrían el casco de la gigantesca nave espacial transmitían una débil claridad a las pantallas visoras del interior. Mostraban el monstruoso y redondo globo metálico, entrec­ruzado por vigas demasiado macizas para ser transportadas por una energía menos poderosa que la de la propia nave espacial. El globo de mil quinientos metros de diámetro aparecía como un objeto débilmente brillante inmóvil en el espacio.
Esa apariencia era engañosa. Aunque la nave parecía monstruosa demasiado inmensa para ser movida por cualquier tipo de energía concebible, en aquel momento reaccionaba a la energía. En una docena de lugares de su costado débilmente brillante se veían unas aberturas. De esas aberturas salían tenues llamas color púrpura. Su resplan­dor era débil –más que el de la estrella cercana– pero eran los cohetes desintegradores que habían elevado al «Adastra» desde la superficie de la Tierra y durante siete años lo empujaron a través del espacio interestelar hacia Próxima Centauri, la estrella fija más cercana al sistema solar de la humanidad.
Ahora ya no empujaban la nave, La poderosa máquina reducía velocidad. Diez metros por segundo perdía el globo con exactitud, para mantener dentro de su casco el efecto de la gravedad terrestre. Hacia meses que comenzó a frenar. De una velocidad máxima poco inferior a la de la luz, la primera nave que recorría la distancia entre sistemas solares iba frenando poco a poco, para alcanzar la velocidad de maniobra a unos noventa y seis millones de kilómetros de la estrella.
Lejos, muy lejos, Próxima Centauri resplandecía tentadoramente. Los discos de visión que captaban su débil resplandor sobre el casco de la nave espacial iban conectados a circuitos que transportaban la imagen al interior. En la sala de mandos principal aparecía amplificada muchas veces. Un anciano de barba blanca y uniforme observó la imagen pensativamente. Luego comentó con voz queda, como si hubiera dicho lo mismo otras veces:
Ese anillo resulta extraño. Es doble, como el de Saturno, Sa­turno tiene nueve lunas. Uno se pregunta cuántos planetas tendrá esta estrella.
La muchacha dijo, nerviosa:
Pronto lo sabremos, ¿no? Estamos a punto de llegar. Ya cono­cemos el período de rotación de uno. Jack dijo que...
Su padre se volvió deliberadamente hacia ella.
¿Jack?
Gary –respondió la muchacha–. Jack Gary.
Parece bien dispuesto y es muy hábil, pero es un Mut, ¡No lo ol­vides! –dijo el anciano sin alzar la voz.
La muchacha se mordió el labio.
El anciano continuó con gran lentitud y sin acritud:
Es lamentable que se haya producido esta división entre la tri­pulación de lo que debía ser una expedición científica realizada con el espíritu de una cruzada. Tú apenas puedes recordar cómo comenzó. Pero nosotros, los oficiales, sabemos demasiado bien cuántos esfuerzos hicieron los Muts por dar al traste con el propósito de nuestro viaje. Jack Gary es un Mut. A su manera, es inteligente. Yo le habría traído a los alojamientos de los oficiales, pero Alstair investigó y des­cubrió hechos indeseables que lo desaconsejaron.
¡No le creo a Alstair! –dijo la muchacha en el mismo tono im­parcial–. De todos modos, fue Jack quien captó las señales. ¡Y él, oficial o Mut, es quien se ocupa de ellos! De cualquier modo, es hu­mano. Es hora de que lleguen nuevamente las señales y tú le necesitas para cuando eso ocurra.
El anciano frunció el entrecejo y se dirigió con precaución hacia un asiento. Se sentó con el cuidado habitual y bastante patético de un anciano. Naturalmente, el «Adastra» no exigía una vigilancia tan constante como las naves interplanetarias. Allí, en el vacío, no era necesario vigilar por si aparecían otros viajeros, o meteoros, o aquellos extraños campos de fuerza todavía inexplicables que, al principio, hicieron tan peligrosos los viajes interplanetarios.
De cualquier modo, la nave era una estructura tan gigantesca que los meteoritos pequeños no podrían dañarla. Y a la velocidad a que viajaba en aquel momento, los grandes serían captados por los campos de inducción a tiempo para observarlos y, sí era nece­sario, desviarlos.

Una puerta lateral de la sala de mandos se abrió de súbito y en­tró un hombre. Observó con mirada de profesional consciente los grupos de indicadores. Se oyó el disparo de un relé, y volvió la mi­rada hacia allí. Luego saludó al anciano con meticulosa corrección y sonrió a la muchacha.
¡Ah, Alstair! –dijo el anciano–. ¿Tú también estás interesado en las señales?
Sí, señor. ¡Por supuesto! Como vicecomandante prefiero vigi­lar las señales. Gary es un Mut y no me gustaría que obtuviera información que pudiese ocultar a los oficiales.
¡Eso es una tontería! –exclamó la muchacha con acaloramiento.
Probablemente –admitió Alstair–. Supongo que sí. Incluso creo que es así, pero prefiero no descuidarme.
Se oyó el sonido de un zumbador. Alstair apretó un botón y se iluminó un disco visor. En él apareció un rostro joven, moreno y bastante serio.
Sin novedad, Gary –dijo Alstair, lacónico.
Apretó otro botón. El disco visor se obscureció y se iluminó de nuevo para mostrar un largo pasillo por el cual avanzaba una figura solitaria. Al acercarse, el mismo rostro de antes les miró con indife­rencia. Alstair dijo secamente:
Las puertas están abiertas, Gary. Puede pasar.
¡Considero que eso es monstruoso! –exclamó la muchacha enojada mientras el disco se obscurecía–. ¡Confiáis en él! ¡Tenéis que hacerlo! ¡Pero cada vez que entra en los camarotes de la oficialidad actuáis como si viniera con una bomba en cada mano y el resto de los hombres le siguiera!
Alstair se encogió de hombros y miró al anciano, que dijo con fastidio:
Querida, Alstair es vicecomandante y será comandante del via­je de regreso a la Tierra. Me gustaría que te mostraras menos de­sagradable.
La muchacha volvió la espalda con intención a la enérgica figura de Alstair con su elegante uniforme, y apoyó el mentón entre las manos, pensativa, mirando a la pared opuesta. Alstair se acercó a los grupos de indicadores y los estudió con atención. El ventilador zumbaba suavemente. Un relé sonó haciendo un ruido curioso, como engreído y satisfecho de sí mismo. No se oía nada más.
El «Adastra», la obra más poderosa de la raza humana, avanzaba por el espacio mientras la luz de un astro desconocido resplande­cía débilmente sobre su enorme casco. Doce llamas de color púrpu­ra brillaban en los agujeros de la parte delantera. Reducía su velocidad a razón de diez metros por segundo, manteniendo el efecto de la gravedad terrestre en el interior.
La Tierra quedaba a siete años de viaje y a incontables billones de kilómetros. Los viajes interplanetarios ya eran algo común en el sistema solar, una colonia próspera en Venus y una precaria colonia mantenida en la más grande de las lunas de Júpiter prome­tían un lucrativo comercio espacial para cuando las ciudades muer­tas de Marte dejaran de dar su botín increíblemente rico. El «Adastra» era la primera nave que exploraba el espacio más allá de Plutón.
Era la más grandiosa de las naves, la estructura más colosal construida por los hombres, Por cierto que al principio el proyecto fue tildado de irrealizable por los mismos hombres que después hi­cieron una realidad de su construcción. Las vigas de su armazón eran tan inmensas que, una vez soldadas, no pudieron moverse con ningún dispositivo de elevación de los que tenían a su disposición los constructores. En consecuencia, hicieron moldes y el metal fue colado en su posición definitiva como parte de la nave. Los tubos de sus motores eran tan colosales que las vibraciones supersónicas necesarias para neutralizar el efecto desintegrador del campo de Cald­well debían generarse en treinta puntos distintos de cada tubo, pues de lo contrario, la desintegración del combustible se habría exten­dido a los tubos y luego a la gran nave, descomponiendo incluso el planeta madre en un estallido de radiantes llamas púrpura. A la aceleración máxima, cada conjunto de doce tubos desintegraba cinco centímetros cúbicos de agua por segundo.
Sus depósitos de aire transportaban una reserva que podía susten­tar a su tripulación de trescientas personas durante diez meses sin ne­cesidad de purificarlo. Sus almacenes, sus provisiones de materias pri­mas y acabadas eran tan abundantes que enumerarlos equivaldría a recitar números sin sentido.
En su interior incluso había doscientas hectáreas reservadas al cul­tivo de alimentos, donde las cosechas crecían bajo las lámparas solares. Servían de fertilizantes los desperdicios de materias orgánicas. Las plantas absorbían el anhídrido carbónico para devolverlo en parte como oxígeno y en parte como verduras ricas en hidratos de carbono.
El «Adastra» era en sí mismo un mundo. Con una reserva suficiente de energía, podía mantener indefinidamente a su tripulación, renovar sus provisiones alimenticias, depurar su atmósfera interna sin pér­didas.
Contenía en su interior espacio suficiente para satisfacer toda ne­cesidad humana, incluso la de soledad.
Al emprender el viaje más estupendo de la historia humana, se le había concedido la calificación legal de mundo; el comandante tenía poderes para dictar y hacer cumplir todas las leyes necesarias. Embarcada hacia un destino situado a cuatro años-luz de distancia, se calcu­laba que el plazo mínimo de viaje sería de catorce años. Ninguna tri­pulación dejaría de sufrir bajas en un viaje tan largo. Por consiguien­te, en aquel viaje no se habían alistado hombres, sino familias.
Cuando el «Adastra» despegó de la Tierra había cincuenta niños a bordo. Durante el primer año de viaje nacieron diez. La gente de la Tierra supuso que la poderosa nave no sólo podía alimentar por tiempo indefinido a su tripulación, sino que ésta, con sus necesidades cu­biertas y con medios adecuados de diversión y educación, se perpetuaría a si misma de tal modo que un viaje de mil años fuera tan fac­tible como la primera travesía a Próxima Centauri.
Y así pudo ser, salvo por un hecho tan trivial y humano que nadie supo preverlo: el tedio. En menos de seis meses, el viaje dejó de ser una gran aventura. La vida en la gran nave pasó a ser una rutina mortal, sobre todo para las mujeres.
El «Adastra» se asemejaba a una gigantesca casa de apartamen­tos sin periódicos, tiendas, películas de estreno, caras nuevas, ni siquiera el aliciente de los cambios de tiempo, tan molestos en tierra. Al estar previstas todas las circunstancias del viaje, era impo­sible la sorpresa. Esto equivalía al tedio.
El tedio trajo la inquietud. Y la inquietud, existiendo a bordo mujeres que habían soñado con grandes aventuras, fue un gran pandemónium. Sus maridos ya no les parecían héroes fascinantes, sino meros seres humanos. Los hombres sufrieron desilusiones se­mejantes. Solicitudes de divorcio inundaron el escritorio del comandante, que era la suprema autoridad legal. El octavo mes hubo un asesinato, y dentro de los tres meses siguientes otros dos.
Al año y medio de salir de la Tierra, la tripulación estaba en situación de semiamotinamiento, originado por la profunda monotonía. Al cumplirse el segundo año, los camarotes de los oficiales fueron sellados para separarlos de la parte común del «Adastra». La tripulación fue desarmada, y los trabajos que se exigían a los amo­tinados eran cumplidos por la fuerza de las armas en manos de los oficiales. Después del tercer año, la tripulación exigió el regreso a la Tierra. Pero el tiempo que necesitaba el «Adastra» para decelerar y cambiar de rumbo en aquel momento la haría llegar tan cerca de su destino, que no constituiría diferencia apreciable en la duración total de su viaje. Los miembros de la tripulación intentaron aliviar el tiempo que les faltaba con todos los vicios y pasatiempos que podían improvisar a falta de verdadera necesidad de trabajar.
En la sección de los oficiales se referían a los subordinados con una palabra que se hizo habitual, una contracción del vocablo «Mu­tineers». La tripulación terminó por eludir el trato con los oficiales. A pesar de lo que dijera Alstair, ya no había peligro de que se de­clarase una rebelión. Aunque tardíamente, habían alcanzado una especie de equilibrio psicológico.
Del nerviosismo característico de los moradores de una casa de pisos aislada, la mayor parte de la dotación del «Adastra» pasó a adoptar el carácter de los habitantes de un pueblo aislado. La diferencia era significativa. Los niños criados durante el largo viaje a través del espacio estaban bien adaptados a las condiciones de ais­lamiento y rutina.
Jack Gary era uno de ellos. Contaba dieciséis años cuando em­prendió la travesía y era hijo de un ingeniero de cohetes cuya muer­te se produjo durante el segundo año. Helen Bradley también entraba en este grupo; tenía catorce años cuando su padre, creador y comandante del poderoso globo, accionó la palanca de mando que puso en marcha los inmensos cohetes.
Al dar comienzo el viaje, su padre ya había pasado la madurez. Era un anciano envejecido por las responsabilidades de siete años ininterrumpidos. Y sabía, lo mismo que Helen, aunque ella no se atreviese a confesárselo, que jamás sobreviviría al largo viaje de retorno. Alstair ocuparía su puesto y ejercería la autoridad absolu­ta inherente al cargo. Además, quería casarse con Helen,
Meditó estas cuestiones con la barbilla entre las manos, sentada en la sala de mandos. No se oía nada sino el zumbido del ventilador y de vez en cuando el disparo de algún relé poniendo en marcha las máquinas automáticas, que hacían que el «Adastra» siguiera siendo un mundo donde nunca pasaba nada.
Llamaron a la puerta. El comandante abrió los ojos, algo sobre­saltado. Ya era muy viejo. Había estado dormitando.
Alstair respondió:
¡Entre!
Jack Gary entró.
Saludó al comandante sin dirigirse a nadie más, lo cual era correcto según el reglamento, pero los ojos de Alstair relampa­guearon.
¡Ah, sí! –dijo el comandante–. Gary. Se han recibido más se­ñales, ¿no?
Sí, señor.
Jack Gary se mostró muy sereno, muy frío. Sólo en una ocasión, cuando miró a Helen, mostró algo diferente de la actitud formal de un hombre concentrado en su trabajo. Luego, en una fracción de se­gundo, sus ojos le dijeron algo a la muchacha, que asumió una ex­presión de ruborosa alegría.
Aunque fue una rápida ojeada, Alstair la captó y dijo áspera­mente:
¿Ha adelantado algo en el desciframiento de las señales?
Jack manejaba los mandos de un receptor de toda banda, y con­sultaba notas escritas a lápiz en un cuaderno de cálculos. Estaba analizando el mensaje recibido.
No, señor. Al principio llega una serie de señales que deben constituir un distintivo de llamada, dado que parte de la misma secuencia vuelve como firma al final. Con permiso del comandante he utilizado la primera parte de la secuencia llamada como firma de nuestros mensajes de respuesta. Pero al estudiar las señales he hallado algo que parece importante.
El comandante preguntó en voz baja:
¿De qué se trata, Gary?
Señor, durante algunos meses hemos enviado señales mediante un haz coherente de luz que nos precedía. Su intención era enviar señales por adelantado, de modo que si había seres inteligentes en planetas que rodean este sol, tuvieran la impresión de una misión de paz.
¡Por supuesto! –exclamó el comandante–. ¡Resultaría trágico el primer contacto a escala cósmica fuera hostil.
Desde hace unos tres meses venimos recibiendo respuesta a señales. Siempre a intervalos de poco más de treinta horas. Naturalmente, supusimos que las enviaba una emisora fija que emitía señales una vez al día, cuando la estación se hallaba en la posición may favorable para hacerlo.
Por supuesto –repitió el comandante–. Nos permitió conocer período de rotación del planeta de donde provienen las señales.

Jack Gary graduó la última escala y accionó la palanca. Se oyó un zumbido agudo que se extinguió rápidamente. Volvió a mirar los mandos y los controló.
He comparado los datos teniendo en cuenta nuestro acercamiento. Como acortamos tan rápido la distancia entre nosotros y la estrella, nuestras señales hoy tardan en llegar a Próxima Cen­tauri varios segundos menos que ayer. Las señales de ellos deberían experimentar el mismo acortamiento de ritmo, si realmente emitieran todos los días a la misma hora planetaria.
El comandante asintió con indulgencia.
Al principio fue así –prosiguió Jack–. Pero hace unas tres semanas la frecuencia cambió a otra totalmente distinta. La fuerza de la señal cambió y también la forma de la onda, como si hubiera intervenido otra emisora. El primer día del cambio, las señales llegar­on un segundo antes de lo que correspondía a nuestra velocidad aproximación. El segundo día llegaron tres segundos antes, el tercero seis y el cuarto diez y así sucesivamente. Llegaban cada vez más antelación, en progresión lineal hasta hace una semana. Luego la velocidad de cambio comenzó a disminuir de nuevo.
¡Tonterías! –exclamó Alstair con impaciencia.
Está en los archivos –le respondió Jack concisamente.
¿Cómo explica este hecho, Gary? –preguntó el comandante.
Ahora transmiten desde una nave espacial que avanza hacia nosotros con una aceleración cuatro veces mayor que nuestra aceleración máxima –respondió Jack–. Y, según sus relojes, nos envían esta señal a intervalos iguales, como antes.
Hubo un silencio. Helen Bradley sonrió, distraída. El comandante pensó con detenimiento y luego observó:
¡Muy bien, Gary! Parece posible. ¿Qué más?
Bien, señor –dijo Jack–. Puesto que el ritmo de las señales cambió hace una semana, se diría que la otra nave espacial ha empezado a reducir velocidad. Aquí tiene mis cálculos, señor. Si las señales son transmitidas a intervalos constantes, existe otra nave espacial dirigida hacia nosotros, que está disminuyendo la velocidad para detenerse y alcanzar nuestra posición y velocidad dentro de cuatro días y dieciocho horas Suponen que nos cogerán por sor­presa.
El rostro del comandante se iluminó.
¡Maravilloso, Gary! ¡Sin duda debe ser una civilización muy desarrollada! ¡La comunicación entre dos pueblos, separados por una distancia de cuatro años-luz! ¡Cuántas cosas maravillosas apren­deremos! ¡Y pensar que han enviado una nave muy lejos de su sis­tema para saludarnos y darnos la bienvenida!
La expresión de Jack seguía siendo grave.
Espero que sea así, señor –comentó, lacónico.
¿Qué pasa ahora, Gary? –inquirió Alstair con enojo.
Bueno –empezó Jack muy despacio– fingen que las señales provienen de su planeta, emitiéndolas en lo que suponen ser inter­valos constantes. Si quisieran, podrían transmitir veinticuatro horas al día y elaborar un código de comunicaciones. Pero, en cambio, in­tentan engañarnos. Sospecho que se acercan dispuestos a luchar, como mínimo. Y si no me equivoco, las señales comenzarán exacta­mente dentro de tres segundos.
Calló y observó el receptor. La cinta que fotografiaba las ondas a medida que entraban, y la otra que registraba las modulaciones, salieron en blanco del receptor. De súbito, tres segundos después, una aguja osciló y sobre las cintas aparecieron minúsculas gráficas blancas. El altavoz emitió ruidos.
Era una voz; esto al menos quedaba claro. Era áspera y al mis­mo tiempo sibilante, muy parecida al chirrido de un insecto Pero los sonidos que emitía estaban modelados de un modo que no se podría atribuir a un insecto. Evidentemente formaban palabras, sin vocales ni consonantes, pero que poseían inflexión y variaban de volumen y tono.
Los tres hombres y la muchacha que estaban en la sala de man­dos la habían oído otras veces. Pero ahora advertían en ella una impresión de peligro, de amenaza, de insidioso afán de destruc­ción, que les heló la sangre.

2
La nave espacial avanzó a través del espacio mientras sus cohetes emitían diminutas llamas púrpura, insignificantes en apariencia, que no despedían humo ni gases, como fuegos fatuos que ardiesen en el vacío de manera inexplicable.
Su aspecto exterior no había cambiado, ni cambiaría al correr de los años. A intervalos largos y pocos frecuentes, los hombres sa­lían a través de las cámaras estancas y recorrían los costados, ba­ñando el acero sobre el cual caminaban y sus propios cuerpos con poderosas antorchas térmicas, para evitar que el frío del revesti­miento se transmitiera a través de los trajes y los matara como hor­migas sobre una plancha candente. Pero hacía mucho tiempo que no se necesitaba ninguna reparación.
En aquel momento, bajo el lejano y débil resplandor de Próxima Centauri, un hombre protegido por un traje espacial salió de una cámara y fue instantáneamente disparado hasta el extremo de un filiforme cable salvavidas. La deceleración de la nave no sólo simu­la gravedad en su interior Todo lo que participaba de su movimiento quedaba sometido al mismo efecto. El hombre se alejaba la nave por su propio impulso, o sea por la misma fuerza que en el interior había mantenido sus pies pegados al suelo.
Regresó con dificultad, moviéndose con exagerada torpeza bajo la presión del traje. Se aferró a un saliente donde se enganchó, mientras manejaba un taladro eléctrico. Con la misma torpeza, cambió de posición y volvió a taladrar. La maniobra se repitió por tercera, quinta vez. Durante cerca de media hora trabajó colocando sobre la extensa pared de acero, que siempre parecía hallarse por encima de él, un complicado armazón de cables y tirantes. Al fin pareció darse por satisfecho, regresó a la compuerta y entró. El «Adastra» siguió avanzando exactamente igual, sólo que ahora llevaba aquel minúsculo amasijo de cables, de unos nueve metros de diámetro, que parecía una maraña microscópica de alambre de púas.
Ya dentro del «Adastra», Helen Bradley saludó con entusiasmo a Jack mientras se quitaba el traje especial.
¡Qué miedo he pasado! –le dijo–. ¡Era espantoso verte colgado allí! ¡Y pensar que tenias a tu espalda millones de kilómetros de espacio vacío!
Si la cuerda se hubiera roto –murmuró Jack con serenidad–, tu padre habría desviado la nave para recogerme. Encendamos el inductor y veamos cómo funciona la nueva parrilla de recepción.
Colgó el traje espacial. Mientras se disponían a atravesar el um­bral, sus manos se rozaron por casualidad. Se miraron y titubea­ron, deteniéndose. Los ojos de Helen brillaban. Se enlazaron sin darse cuenta de lo que hacían. Las manos de Jack subieron, ham­brientas.
Resonaron unos pasos cerca de allí. Alstair, vicecomandante de la nave espacial, apareció por un recodo y se detuvo en seco.
¿Qué significa esto, Gary? –preguntó con rabia–. ¡Aunque el comandante le permita entrar en la sección de los oficiales, ello no le autoriza a traer también sus métodos de seductor Mut!
¡Atrevido! –gritó Helen, furiosa.
Jack, que había enrojecido, se puso rápidamente lívido de ira.
Tendrá que disculparse por esas palabras –dijo con gran se­renidad– o le enseñaré los métodos Mut de lucha con un arma de fuerza. ¡Como oficial, ahora llevo una!
Alstair lo miró, iracundo.
Tu padre se encuentra mal –se volvió a Helen–. Comprende que el viaje está a punto de terminar. Durante los últimos meses, la esperanza le daba fuerzas, pero ahora está...
La muchacha lanzó un grito y salió corriendo.
Alstair se dirigió de nuevo a Jack:
No me disculparé –ladró–. Usted es oficial por orden del co­mandante. Pero además es Mut y, tan pronto como yo sea coman­dante del «Adastra», perderá la categoría. ¡Se lo advierto! ¿Qué hacia aquí?
Jack estaba mortalmente pálido, pero el cargo de oficial del «Adastra», con la posibilidad de ver a Helen, era demasiado pre­cioso para dimitir, salvo en caso extremo. Además, tenía que hacer. Por cierto que su trabajo no podría continuar si le quitaban el grado de oficial.
He instalado una parrilla de interferencia en la parte exterior del casco –respondió–, para localizar la estación emisora de los mensajes que hemos recibido. Como usted sabe, también actuará como inductor hasta cierta distancia, y a esa distancia será mucho más exacto que los inductores principales de la nave.
Entonces, ¡dedíquese a su maldito trabajo, conságrele toda su atención, y menos romances! –exclamó Alstair, punzante.
Jack conectó la toma de la nueva parrilla al receptor de toda banda. Trabajó durante una hora, cada vez más desanimado. Algo andaba muy mal. Los inductores no mostraban nada alrededor del «Adastra». La parrilla de interferencia revelaba un objeto de consi­derable tamaño a menos de tres millones de kilómetros de distan­cia y a un lado del rumbo del «Adastra». De improviso, todas las indicaciones de la existencia de dicho objeto desaparecieron. Los diales del receptor de toda banda regresaron a cero.
¡Maldita sea! –murmuró Jack en voz baja.
Sintonizó una nueva banda de recepción, hizo algunos cálculos y luego cambió la frecuencia del grupo de repuesto de los inductores principales, poniendo simultáneamente ambos instrumentos a sus nuevas frecuencias. Aguardó, casi conteniendo la respiración, du­rante cerca de medio minuto. Tal era el tiempo que tardarían las ondas del inductor de la nueva frecuencia en recorrer los tres millo­nes de kilómetros, ser recogidas luego por los analizadores y de­nunciar la presencia en el espacio de cualquier objeto que hubiera tendido a deformarla.
Veintiséis, veintisiete, veintiocho segundos. ¡Todas las sirenas de la nave monstruosa resonaron con furia! Las puertas de emergencia aullaron hasta cerrarse con pesado retumbo, convirtiendo los pasillos en compartimentos estancos. Unos segundos después, los visores de la sala de mando principal empezaron a encenderse.
¡Mando de los cohetes, todo en orden!
¡Servicio de aire, todo en orden!
¡Provisión de energía, todo en orden!
Jack señaló con énfasis:
Los inductores principales detectan un objeto situado a tres millones de kilómetros de distancia, y que avanza velozmente hacia nosotros. El comandante está enfermo. Por favor, localicen al vice­comandante Alstair.
La puerta de la sala de mandos se abrió entonces y entró Alstair hecho una furia.
¡Demonios! –bramó–. ¿Ha hecho sonar una alarma general? ¿Está loco? Los inductores...
Jack le indicó el inductor principal. Todas las escalas mostraban la posición de alarma, que aún sonaba. Alstair los observó, mudo de sorpresa. Mientras miraba, los indicadores retornaron al cero.
Parecían señalar la nulidad de Alstair.
Descubrieron las pantallas de nuestro inductor y emitieron algún tipo de radiación que las neutralizó. Por eso preparé dos fre­cuencias distintas, emití una señal instantánea, y no pudieron neu­tralizarla a tiempo para evitar que sonase nuestra alarma.
Alstair se quedó inmóvil, luchando con la ira que aún le embar­gaba; luego asintió brevemente.
Ha trabajado bien. No abandone el puesto.
Entonces, sereno y compuesto, se hizo cargo de la poderosa nave especial, aunque no le quedaba gran cosa por hacer. De hecho, en aquellos cinco minutos habían tenido lugar todos los preparativos de emergencia. Alstair se dirigió de nuevo a Jack.
Usted no me gusta –comentó fríamente–. De hombre a hom­bre, me desagrada profundamente. Pero como vicecomandante y comandante suplente debo admitir que hizo un buen trabajo al descubrir el truquito que tenían nuestros amigos para colocarse a distancia de lucha sin que nos diéramos cuenta.
Jack guardó silencio. Tenía el ceño fruncido, pero esto se debía a que pensaba en Helen. El «Adastra» era inmenso y poderoso, pero no resultaba fácil de maniobrar. Era robusto, aunque no servía para atacar. Y poseía una capacidad de destrucción casi infinita con los Campos de Caldwell para la desintegración de la materia, aunque no transportaba armas más peligrosas que un cañón de dos mil kilovatios para destruir animales o plantas peligrosas donde pudiera aterrizar.
¿Cuál es su opinión? –inquirió Alstair con aspereza–. ¿Qué piensa de la situación?
Actúan como si vinieran en plan hostil –respondió Jack concisamente –y como alcanzan cuatro veces nuestra aceleración má­xima, no podremos huir. A esta velocidad deben ser más maniobra­bles, conque no cabe pensar en esquivarlos. No sabemos qué armas llevan, pero no podremos luchar a menos que sean muy rudimentarias. Sólo vislumbro una posibilidad.
¿De qué se trata?
Trataron de engañarnos. Eso indicaría que pensaban abrir fuego sin previo aviso. Pero también es posible que estén asustados y que sólo desearan examinarnos sin darnos oportunidad de atacarlos. En este caso, nuestra única posibilidad consiste en enviar nues­tro haz de señales a esa nave espacial. Cuando comprendan que he­mos advertido su presencia y seguimos sin mostramos hostiles, no adivinarán que no podemos luchar. Pueden pensar que queremos ser amigos y que les conviene no atacar una nave tan grande como la nuestra, que además se halla en guardia.
Muy bien. Queda a cargo de la comunicación –concluyó Als­tair–. Continúe y lleve a cabo ese plan, Hablaré con los ingenieros de los cohetes y veremos si pueden improvisar medios de combate. ¡Puede retirarse!

Hablaba en tono áspero, arrogante, que alteraba los nervios de Jack y le hacía montar en cólera. Pero, a decir verdad, Alstair no permitía que la antipatía interfiriese en la defensa de la nave. En realidad, Alstair era uno de esos oficiales ambiciosos que siempre y en todo momento desagradan cordialmente a todos, hasta que surge una emergencia. Sólo entonces muestran su capacidad.
Jack se dirigió a la sala de mandos y comunicaciones. No tardó mucho en volver a alinear el haz transmisor. Luego la emisora re­pitió monótonamente el último mensaje enviado desde el «Adastra» al planeta lejano y hasta el momento no identificado, Mientras emi­tía una y otra vez la señal, Jack avisó al puesto de observación para que estudiaran la nave desconocida.
Habían colocado una antena direccional. Con la máxima poten­cia y amplificación, a tal punto que la imagen se volvía tan áspera como un fotograbado de periódico antiguo, la nave desconocida apa­reció en el visor como una miniatura de quince centímetros.
Tenía forma de huevo, completamente lisa. No tenía soportes externos, aletas de navegación atmosférica ni compuertas de salida. Carecía de detalles apreciables, a no ser una hilera de puntos mi­núsculos que podían ser escotillas o toberas de cohetes donde par­padeaban llamas intermitentes. Aún reducían su velocidad para si­tuarse al lado del «Adastra».
¿Tiene un análisis espectroscópico de esa nave? –pregun­tó Jack.
Sí –respondió el asistente de observaciones–. Pero debe estar equivocado. Emplean cohetes de combustible... algún compuesto or­gánico. El análisis dice que el casco no es de metal sino de celu­losa. Como si fuese de madera.
Jack se encogió de hombros. No había indicios de armas. Regresó a su tarea. La nave espacial lejana era penetrada de cabo a rabo por las ondas con el mensaje. Los receptores de la misma no podían de­jar de informar que un haz coherente de luz seguía todos sus movi­mientos y que, por tanto, su presencia y su misión habían sido ad­vertidas por la poderosa nave del espacio.
Pero los receptores de Jack no respondían. Y la cinta salía sin señales. No... con una línea extraña, confusa y borrosa, como si los analizadores no supieran descifrar la frecuencia de emisión. Jack leyó el efecto calorífero. La otra nave transmitía con intensidad de campo que equivalía a cinco mil kilovatios concentrados sobre el «Adastra». Ninguna señal. Obstinado, Jack volvió heterodina la onda en un circuito de cinco metros, y leyó su frecuencia y forma. Llamó a la sala principal de mando.
Nos están enviando ondas cortas –comunicó a Alstair–. Unos cinco mil kilovatios en ondas de treinta centímetros, como las que empleamos en la Tierra para matar los gusanos del trigo. Son mor­tales, pero nuestro casco las absorbe fácilmente.
Helen. Imposible detener el «Adastra». Se dirigían a Próxima Centauri. Aunque estaban perdiendo velocidad, no podían detenerse demasiado lejos de aquel sistema, y ya habían sido atacados por una nave cuya aceleración era cuatro veces la máxima del «Adas­tra». Radiaban sobre ellos una frecuencia mortal... que en la Tierra se empleaba para matar insectos dañinos. Helen estaba...
¡Tal vez creerán que estamos muertos! Averiguarán el meca­nismo de nuestro transmisor.
En el altavoz de comunicaciones generales resonó de súbito la voz de Alstair.
¡Atención todos los oficiales! ¡La nave espacial enemiga nos ha dirigido lo que, evidentemente, considera una frecuencia mortal y ahora se acerca a toda velocidad. Ordeno que ninguno de los man­dos sea tocado para nada. No debe mostrarse la menor actividad in­teligente en el «Adastra». Permaneced junto a los mandos de nave­gación dispuestos a maniobrar si es necesario. ¡Trataremos de fin­gir que el «Adastra» es un vehículo totalmente automático! ¿Com­prendido?
Jack imaginaba los informes de las otras salas de control. Su receptor volvió de improviso a la vida. Los sonidos casi chirriantes de la señal enemiga, tan conocidos que parecían palabras. Luego una extraordinaria confusión de ruidos: palabras de una voz humana. Más sonidos chirriantes, Retazos de un inglés perfecto. Las palabras inglesas tenían el tono y el acento de un oficial del «Adastra», evi­dentemente, repetían fragmentos de una grabación.
¡Comunicaciones! –gritó Alstair–. ¡No responda a esa señal!
¡Están intentando averiguar si hemos sobrevivido a la acción de los rayos!
Conforme –respondió Jack.
Alstair tenía razón. Jack miró y escuchó lo que salía del receptor.
Éste se detuvo, quedando en silencio durante diez minutos. Comenzó de nuevo. El «Adastra» seguía avanzando. La cháchara del espacio cesó del todo. Poco después volvió a sonar el teléfono de la sala de comunicaciones generales:
La nave espacial enemiga ha aumentado su aceleración conven­cida, evidentemente, de que estamos muertos. Llegará dentro de unas cuatro horas. Se montarán las guardias normales durante las pró­ximas tres horas, salvo alarma.
Jack se arrellanó en la silla y frunció el ceño. Empezaba a com­prender las tácticas que Alstair había planeado. Eran malas, pero una nave indefensa como el «Adastra» no tenía otra opción. Resulta­ba irónico que la bienvenida al «Adastra» después de un viaje de siete años por el espacio fuera una dosis de la radiación empleada en la tierra para exterminar gusanos.
Pero la futilidad del primer ataque no implicaba que todos fue­sen a resultar igualmente inútiles, El «Adastra» no podía detenerse antes de muchos millones de kilómetros. Aunque el plan desespera­do de Alstair eludiese a aquel agresor desconocido y a sus armas, ello no significaba, no podía significar, que el «Adastra« ni sus habi­tantes tuviesen posibilidad alguna de defenderse. Y allí estaba He­len...

3
Ahora los visores mostraban con claridad la nave espacial des­conocida, sin necesidad de ampliación. Estaba detenida a ocho kiló­metros del «Adastra». De forma oval perfecta, sin detalles relevan­tes salvo los cohetes de popa, flotaba inmóvil con relación a la nave terrestre. Ello significaba que sus navegantes habían analizado con anterioridad su deceleración para equiparar con precisión todas las constantes de su rumbo.
Helen con el rostro surcado de lágrimas, vio cómo Jack daba am­plificación a los visores. Su padre había sufrido un súbito colapso. Ahora descansaba tranquilo, dormitando casi continuamente, y su rostro mostraba una expresión de completa beatitud.
Había mandado el «Adastra» hasta ponerlo en contacto con la civilización de otro sistema solar. La misión a la que había consa­grado su vida estaba cumplida, por lo que se disponía a descansar. Naturalmente, ignoraba que el primer contacto verdadero con la nave espacial desconocida había sido un estallido de ondas cortas en una frecuencia mortal.
La nave espacial aumentó en el visor a medida que Jack hacia girar el mando, hasta quedar a una distancia aparente de pocos me­tros. El contraste era tal que incluso la luz de las estrellas sobre el casco habría sido suficiente para revelar cualquier detalle de su su­perficie. Pero no se veía prácticamente nada. Ni remaches, ni tor­nillos, ni soldaduras de unión de las planchas. La hilera de escotillas estaba obscura y apagada.
¡Y es de madera! –exclamó Jack –¡Hecho de alguna especie de celulosa que soporta el frío del espacio!.
Helen dijo estas extrañas palabras:
A mí me parece que ha crecido, en vez de ser construido.
Jack parpadeó. Fue a decir algo, pero el receptor que tenía a su lado estalló súbitamente en chirridos y alaridos. Eran señales de la nave oval, luego palabras en inglés, de grabaciones anteriores del «Adastra». Más frases moduladas, sin vocales. Era como si los seres de la otra nave espacial intentasen comunicarse con urgencia e in­sistieran en que tenían la clave de las señales del «Adastra». La ten­tación de responder era grande.
De cualquier modo, tienen inteligencia –señaló Jack, sombrío.
Las señales cesaron. Silencio. Jack observó la cinta. Mostraba la misma algarabía que antes.
Más ondas cortas. A esta distancia, no sólo nos matarían sino que esterilizarían el interior de toda la nave Suerte que nuestro casco es una aleación pesada con fuerte histéresis. Ni una sola par­tícula de esa radiación puede atravesarla.
Silencio durante largo, largo rato. La cinta indicaba que una te­rrible intensidad de ondas de treinta centímetros seguía cayendo sobre el «Adastra». De súbito, Jack conectó con el oficial de obser­vaciones e hizo una pregunta. Sí, el casco exterior se estaba calen­tando. Había subido medio grado en quince minutos.
No hay que preocuparse por ello –gruñó Jack–. Con esta ener­gía, sólo podrán calentarnos un máximo de quince grados.
La cinta salía en blanco. La radiación supuestamente letal había cesado. La nave en forma de huevo se acercó. Luego, por espacio de unos veinte minutos, Jack tuvo que pasar de un visor a otro para verla. Se cernía alrededor del enorme casco del «Adastra» con cau­telosa curiosidad. Ora a ochocientos metros, ora a no más de dos­cientos, la nave desconocida saltaba de aquí a allí con una acelera­ción sorprendente y una capacidad de frenado no menos asombrosa. Sólo presentaba las toberas en el extremo de popa de su forma de huevo. Cada cambio de rumbo debía infligir tremendas sacudidas a la estructura, y los giroscopios que equipaba debían ser terrible­mente poderosos. La rapidez de sus maniobras resultaba sorprendente.
¡No me gustaría estar dentro de esa cosa! –comentó Jack–. Con esos métodos de navegación, quedaríamos hechos papilla. No son hombres como nosotros. Pueden soportar más que nosotros.
La nave desconocida parecía sensible, viva. Y la impaciencia de sus movimientos era aún más horrible, mientras revoloteaba sobre la gigantesca nave espacial, a la que suponían un monstruoso fé­retro.
Giró de repente y se lanzó hacia el «Adastra». Doscientos metros, cien metros, treinta metros, hasta posarse con suavidad sobre el casco de la nave terrestre.
Ahora los veremos –dijo Jack, nervioso–. Han aterrizado so­bre una escotilla. Evidentemente saben para qué sirven. Los vere­mos con sus trajes espaciales.
Helen ahogó una exclamación. Parte del costado de la extraña nave pareció hincharse súbitamente, deformándose como una pompa de jabón. Tocó la superficie del «Adastra» y pareció adherirse. El círculo de contacto aumentó.
¡Dios mío! –exclamó Jack con angustia–. ¿Está viva? ¿Preten­de comerse nuestra nave?
El teléfono de comunicación general ladró bruscamente:
¡Oficiales con armas, todos a la compuerta estanca GH41! Los centaurianos están abriendo la compuerta desde el exterior. Espe­ren órdenes allí! El visor de la cámara de aire funciona y les ten­dremos al corriente. ¡En marcha!

El teléfono dejó de oírse. Jack cogió un arma larga, uno de los fusiles de energía que aturden a una distancia de mil ochocientos metros y matan a seis, puestos a máxima potencia. Llevaba una pistola en la cartuchera. Se dirigió a la puerta.
¡Jack! –gritó Helen, llena de espanto.
La besó. Era la primera vez que sus labios se tocaban, pero en aquel momento les pareció lo más natural del mundo. Recorrió los largos pasillos del «Adastra» hasta el lugar ordenado. Mientras co­rría, sus pensamientos no eran en absoluto los de un científico y oficial de la primera expedición terrestre al espacio interestelar. Jack pensaba en los labios de Helen apoyados con ansiedad en los suyos, en su cuerpo suave apretado contra él.
En lo alto, un altavoz habló mientras él corría:
Han entrado en la cámara estanca. La abrieron sin dificultad. Ahora están probando nuestra atmósfera. Por lo visto es adecuada para ellos.
El altavoz quedó atrás. Jack siguió corriendo, jadeante. Otro hom­bre le precedía. Había diez o doce hombres reunidos al fondo del pasillo. Un altoparlante lateral continuaba:
... endo la puerta interior de la cámara de aire. A lo que parece, sólo cuatro o cinco de ellos van a entrar en la nave. Se les permitirá alejarse de la cámara estanca. Os mantendréis ocultos. La señal será cuando funcionen los cierres de emergencia. Emplead vuestras ar­mas pesadas, aumentando la potencia desde el mínimo hasta que queden paralizados. Probablemente será necesaria mucha energía para dominarlos. Procurad no matarlos. ¡Preparados!
Los oficiales eran cerca de una docena, con el obeso jefe de los cohetes, el oficial de pneumática y subalternos de otros departamen­tos. El jefe de los cohetes resopló ruidosamente mientras se ocultaba. Oyeron abrirse la compuerta interior de la cámara estanca. Hubo una larga espera, durante la cual escucharon extraños rumores en sordina. Las Cosas o lo que fuesen se habían detenido a estudiar los trajes espaciales que colgaban en la cámara. Los gritos eran clara­mente distintos y bien entonados. Pero de súbito se armó una gran algarabía. Varias Cosas hablaban a la vez. Había excitación, impa­ciencia y un extraordinario tono de triunfo en sus voces.
Luego algo se movió hacia el umbral de la antesala de la cámara. Una sombra atravesó la puerta. Fue entonces cuando los terráqueos vieron a las criaturas que invadían la nave.
De momento les parecieron hombres. Tenían piernas y dos ten­táculos colgantes que al parecer les servían de brazos. Eran de for­ma ahusada y sus extremos se dividían en filamentos móviles. Tanto los tentáculos como las piernas parecían flexibles en toda su longi­tud. No tenían articulaciones como las humanas para caminar. Por ello los centaurianos se movían de un modo extrañamente ondu­lante.
Pero lo más asombroso era que no tenían cabeza. Salieron de la cámara serpenteando. Al extremo de un «brazo» todos llevaban un extraño objeto negro cilíndrico, que esgrimían como si fuera un arma. Llevaban mochilas metálicas ajustadas a sus cuerpos. Éstos eran extrañamente «rugosos». Había algo curiosamente familiar en su textura exterior.
Asombrado, Jack miraba buscando ojos, nariz, boca. Sólo vio dos aberturas gemelas y dedujo que eran ojos. No vio la menor señal de una boca. No tenían cabello. Pero vio una substancia rugosa y pardusca en la espalda de una de las Cosas que se volvió para llamar excita­damente a las demás. Parecía corteza de árbol. Y Jack comprendió. Estuvo a punto de escapársele un grito, pero se agachó y en silencio puso la palanca de su arma a máxima potencia.
Las Cosas avanzaron, Llegaron a una encrucijada de dos pasillos, y después de mucho gesticular de brazos y dar voces aparentemente articuladas, se separaron en dos grupos y desaparecieron. Sus voces se alejaron. Todavía no había sido dada la señal de ataque. Los ofi­ciales que quedaron detrás, se agitaron con nerviosismo. Un altavoz susurro:
¡Tranquilos! Creen que estamos muertos. Se separarán de nuevo. Quizá podamos cerrar las puertas de emergencia, y aislarlos para lue­go ocuparnos a fondo de ellos. ¡Vigilad la cámara estanca!
Silencio. El zumbido de un ventilador en algún lugar cercano. Lue­go, de repente, un hombre gritó atrozmente a lo lejos. Después del grito se oyó un ruido nuevo que provenía de una de las Cosas. Fue un chillido agudo, triunfante, jubiloso e inenarrablemente horrible.
Otros le respondieron. Hubo un alboroto como si las demás Cosas corrieran a reunirse con la primera. Luego se oyó un silbido de aire comprimido y zumbar de motores. Las puertas se cerraron en todas partes, aislando cada zona de la nave de todas las demás. En el silen­cio mortal del compartimento cerrado, los oficiales de guardia oye­ron gritos interrogantes.
Otras dos Cosas salieron de la cámara estanca. Uno de los hom­bres se movió. La Cosa le vio y dirigió su arma cilíndrica hacia él. El hombre era el oficial de comunicaciones –chilló y dio un brinco espasmódico. Estaba muerto incluso mientras sus músculos se tensa­ban para aquel salto increíble.
La Cosa emitió una aguda nota triunfante, idéntica al otro ruido horrible que oyeron antes, y se dirigió hacia el cadáver. Uno de los brazos largos en forma de huso se alargó y tocó la mano del muerto.
Entonces, el arma de fuerza de Jack comenzó a zumbar. Oyó que los demás también abrían fuego. En pocos segundos el aire se llenó de un sonido parecido al de un enjambre de abejas furiosas. Otras tres Cosas salieron de la cámara de aire pero cayeron bajo la barrera de las armas de fuerza. Sólo cuando notaron una ráfaga de aire hacia la cámara, indicando que la nave enemiga se había alarmado y se ale­jaba, los hombres se atrevieron a interrumpir la barrera de fuego concentrada sobre el umbral. Luego corrieron a cerrar la cámara de aire, con objeto de capturar a los invasores que quedaban en el «Adastra».

Dos horas más tarde, Jack entraba en la sala principal de mandos, saludando con corrección, Su rostro estaba bastante lívido y tenía una expresión obstinada y decidida. Alstair se volvió hacía él, ceñudo.
Le he llamado –dijo con aspereza–, porque temo que origine muchos problemas. El comandante ha muerto. ¿Lo sabía?
Sí, señor –respondió Jack sin pestañear–. Estaba enterado.
Por tanto, yo soy ahora el comandante del «Adastra» –agregó Alstair, provocativo–. No ignora que tengo poder de vida y muerte en casos de conducta sediciosa; por otra parte, ningún matrimonio a bordo del «Adastra» es legal sino mediante orden ejecutiva firmada por mí.
Lo sé muy bien señor –respondió Jack aparentando indiferencia.
De acuerdo –silabeó Alstair–. Le ordeno formalmente que se abstenga de conversar con la señorita Bradley. Consideraré como un amotinamiento cualquier desobediencia a esta orden. Pienso casarme con ella. ¿Qué tiene que decir a esto?
Jack respondió con determinación:
¡No acataré esa orden, señor, porque usted no es tan estúpido como para cumplir su amenaza! ¿Acaso no ve que tenemos menos de una probabilidad entre quinientas de salvarnos? ¡Si quiere casarse con Helen, será mejor que piense antes en cómo sacarla viva de aquí!
Hubo un breve silencio hostil. Los dos hombres se observaron fu­riosamente, uno cercano a la madurez, el otro joven. Luego Alstair mostró sus dientes en una sonrisa que no expresaba ninguna alegría.
De hombre a hombre, usted me desagrada en extremo –obser­vo–. Pero como comandante del «Adastra», me gustaría tener más como usted, En esta maldita nave hemos pasado siete años de ruti­na, y todos los oficiales de los cuarteles están embotados hasta re­sultar inútiles ahora que se produce una emergencia. Obedecerán ór­denes, pero no hay nadie que sea capaz de darlas. El oficial de comu­nicaciones ha sido asesinado por uno de esos demonios, ¿no?
Sí, señor.
De acuerdo. Le nombro oficial provisional de comunicaciones. Le detesto Gary, como usted a mí, sin duda. Pero usted tiene cabeza. Úsela ahora. ¿Qué estaba haciendo?
Adaptando una dictaescribe, señor, para obtener un vocabulario del idioma centauriano y que sirva como máquina traductora en am­bos sentidos.
Alstair se sorprendió de momento, pero luego asintió. La dictaescribe simplemente descompone cualquier palabra en sus partes fonéticas y consigna el resultado en una tarjeta. Normalmente, dicha tarjeta sirve para la impresora. En lugar de un archivo de selección de tipos, la tarjeta puede contener la grabación de una palabra equi­valente en otra lengua y entonces actúa como traductora parlante.
Estas máquinas se han empleado poco en la Tierra, debido a la enorme extensión del vocabulario humano, aunque han servido hasta cierto punto para traducciones literales, tanto impresas como habladas. Jack se proponía registrar el vocabulario centauriano con equiva­lentes en inglés y la dictaescribe, al oír los extraños ruidos pronun­ciados por la criatura desconocida, seleccionaría una tarjeta que lue­go un altavoz enunciaría dando el sinónimo inglés.
Naturalmente, también era posible la operación inversa. Una vez conseguidas las equivalencias se podía conversar inmediatamente, sin necesidad de práctica en la comprensión o la imitación de los sonidos de otra lengua.
¡Excelente! –comentó Alstair–. Pero tan pronto como pueda, deje a otro esa tarea. En cuanto comience, resultará bastante sencilla. Le necesito para otros trabajos. ¿Ya sabe lo que hemos averiguado acerca de los centaurianos?
Sí, señor. Sus armas ligeras no son muy distintas de nuestras ar­mas de fuerza, aunque parecen mucho más eficaces. Vi cómo mataban al oficial de comunicaciones.
¿Y con respecto a esos seres?
Ayudé a atar a uno.
¿Qué opina? ¡Tengo el informe del médico, pero ni él mismo lo cree!
Es lógico, señor –repuso Jack–. No se asemejan en nada a nuestra noción de vida inteligente. No tenemos ninguna palabra para definirlos. Por lo visto, en cierto sentido son vegetales. Sus cuerpos parecen compuestos de fibras celulósicas, como los nuestros lo están de fibras musculares. Pero son inteligentes, perversamente inteligen­tes. Lo más parecido a ellos que existe en la Tierra son ciertas plantas carnívoras como las droseras. Pero son muy superiores a ellas, lo mismo que el hombre es superior a una anémona de mar, siendo ésta un animal como el hombre. Supongo que no son plantas ni animales, señor. Sus cuerpos están formados como las plantas terrestres, pero están dotados de autonomía como los animales. Nos han sorprendido, pero puede que nosotros también a ellos. Es posible que la forma animal típica de su planeta no sea semoviente, como no lo son los vege­tales corrientes en el nuestro.
Alstair observó, contrariado:
¡Y nos consideran a nosotros, animales, como nosotros consideramos a las plantas!
Jack replicó, en tono frío:
Sí, señor. Comen por medio de orificios que tienen en los brazos. El que mató al oficial de comunicaciones le cogió el brazo. Al parecer segregó algún líquido que digirió enseguida la carne. Señor, si me per­mite manifestar una opinión...
Adelante –le interrumpió Alstair–. Los demás no saben sino balbucir o temblar de miedo.
El jefe del grupo, señor, llevaba algo que parecía un adorno. Alrededor de un brazo tenía una banda de cuero.
Pues, ¿qué diablos...?
Mataron a dos hombres: al oficial de comunicaciones y a un asis­tente. Cuando logramos dominar al centauriano que había matado al asistente, vimos que estaba comiéndose un pedazo de éste y que el resto del cadáver había sufrido un extraño proceso de desecamiento, debido a unas substancias químicas que la Cosa parece poseer.
Alstair tragó saliva, como si sufriese náuseas.
Lo vi.
Puede ser una idea absurda –continuó Jack, impasible–, pero si un hombre estuviera en el lugar de ese centauriano, atrapado en una nave espacial perteneciente a una raza extraña, viéndose conde­nado a muerte, prácticamente lo único que aún procuraría retener, tal como hizo el centauriano con el cadáver disecado del asistente...
Seria el oro –concluyó Alstair–. ¡O platino o joyas con las que intentaría escapar!
Exacto –señaló Jack–. Ahora bien, es sólo una suposición, pero estas criaturas no son humanas, ni siquiera animales. Sin embargo creo, se alimentan de animales. Aprecian los alimentos animales tanto como un ser humano pueda apreciar los diamantes. Y usan los restos ani­males, el cuero, como adorno. Me figuro que esas materias son bas­tante raras en su planeta, puesto que las valoran tanto. En consecuen­cia ...
Alstair se puso en pie con el rostro contraído.
Entonces ¡nuestros cuerpos son oro para ellos! ¡Diamantes! ¡No tenemos la menor posibilidad de hacer la paz con esos demonios!
Jack dijo con indiferencia:
No, creo que no. Si unos seres compuestos de oro metálico aterrizaran en la Tierra, creo que serían asesinados. Pero también hay otra cuestión: la Tierra. Por nuestro rumbo, esas criaturas pueden averiguar de dónde provenimos, y sus naves espaciales son muy buenas. Creo que dejaré a otro el trabajo con la dictaescribe y trataré de enviar un mensaje a la Tierra. No es posible saber si lo recibirán, pero bien debían esperar alguno de nuestra misión. Tal vez hayan perfeccionado los receptores. Pensaban hacerlo.
Los hombres podrían enfrentarse en el espacio a las naves de estas criaturas –agregó Alstair–, si reciben aviso. Y las armas actua­les serían suficientes, de lo contrario habría que utilizar los torpedos Caldwell. O un escuadrón suicida, cuyos cuerpos sirvieran de señuelo. Estamos hablando como si nosotros ya fuéramos hombres muertos, Gary.
Creo, señor, que lo somos en efecto –afirmó Jack, y luego agre­gó –: Haré que Helen Bradley se encargue de la dictaescribe, y pondré un guardia para que vigile al centauriano. Estará bien atado.
Esta iniciativa suponía que la orden de Alstair de evitar a la mu­chacha quedaba tácitamente anulada. Incluso era un desafío. Los ojos de Alstair brillaron de ira y se dominó con dificultad.
¡Maldito sea, Gary! ¡Retírese! –gritó salvajemente.
Se volvió hacia el visor que mostraba la nave enemiga mientras Jack salía de la sala de mandos.

La nave ovoide se hallaba a tres mil doscientos kilómetros y redu­cía la velocidad para detenerse. En su primer movimiento había sal­tado de un punto a otro como enloquecida. Fue imposible alcanzarla con un proyectil y apenas se conseguía enviarle radiación por medio de un haz coherente. En cambio ahora estaba inmóvil con respecto al «Adastra», observando, o probablemente planeando alguna nueva ase­chanza. Al menos eso se figuraba Alstair mientras la contemplaba sombríamente.
Los recursos del «Adastra», que parecían tan amplios al despegar de Tierra, eran lastimosamente inadecuados para hacer frente a la actitud con que habían sido recibidos: hostilidad. Podía ofrecer los tesoros de la civilización humana a la raza que gobernaba aquel sis­tema solar. Podía civilizar a unos salvajes. Podía ofrecer amistad y ansias de saber a una raza superior a la humanidad. Pero aquellos seres que...
La nave espacial permanecía inmóvil, Sin duda dirigía señales a su planeta originario, solicitando órdenes. Los primeros análisis llegaron a la sala principal de mandos del «Adastra», y Alstair los leyó. Sin duda alguna, los centaurianos absorbían anhídrido carbónico del aire. Este gas era a su metabolismo lo que el oxígeno para los hombres, y no podrían vivir en una atmósfera pura.
Pero su índice metabólico era muy superior al de cualquier plan­ta de la Tierra, y comparable al de los animales terrestres. No eran plantas sino por su constitución, lo mismo que una anémona de mar no es un animal, salvo a la prueba del análisis químico.
Los centaurianos tenían un sistema nervioso altamente organizado, el equivalente de un cerebro, que les dotaba de gran inteligencia y lenguaje. Producían sonidos mediante un órgano estridulante situado en una cavidad corporal especial. Y sentían emociones.
Al serle presentados diversos objetos, el individuo capturado mos­tró especial interés hacia las máquinas, comprendió enseguida la utilidad de una pequeña grabadora de sonidos y emitió ante ella una serie completa y deliberada de sonidos. Palpó con impaciencia las ropas humanas, Descartó las telas cuando eran de algodón o rayón, pero mostró gran excitación al tocar una falda de lana y aún más cuando se le ofreció un cinturón de cuero. Se colocó el cinturón en la mitad de su cuerpo y ajustó la hebilla sin torpeza después de echar una ojeada al mecanismo.
Sacó un hilo de la falda y lo consumió, meciéndose hacia delante y hacia atrás, como si estuviera en éxtasis. Cuando le sirvieron carne, pareció alcanzar un delirio de excitación, Consumió enseguida parte de la misma, con movimientos extáticos. Conservó el resto mediante un extraño proceso químico, empleando las substancias de una peque­ña mochila metálica que le habían quitado y que solicitó mediante gestos.
Sus órganos de visión ocupaban dos hendeduras en la parte supe­rior de su cuerpo, pero no se había realizado una revisión minuciosa de ellos. El informe que Alstair leía señalaba en particular que el cen­tauriano mostraba una ávida impaciencia siempre que veía a un ser humano. Y que esa impaciencia no resultaba tranquilizadora.
Era la misma excitación, aunque mucho más intensa, que la mos­trada al ver lana y cuero. Como por instinto, proseguía el informe, el centauriano capturado había hecho varias veces el gesto de dirigir un arma hacia el ser humano que veía por primera vez.
Alstair leyó este informe y otros. Helen Bradley apareció dos horas después de que Jack la hubiera puesto a trabajar con la dicta­escribe.
Lo siento, Helen –dijo Alstair con torpeza–. No debían asignarte una tarea, pero Gary insistió, Yo te habría dejado en paz.
Me alegro de que él me llamara –replicó Helen tranquilamen­te–. Papá ha muerto contento, y sin llegar a saber cómo son estos centaurianos. Me ha sentado bien trabajar. He logrado mucho más de lo que esperaba. El centauriano con quien trabajo es el jefe del grupo que invadió esta nave. Comprendió casi enseguida para qué servía la dictaescribe, y hemos grabado un buen vocabulario. Si quie­re hablar con él, ya puede hacerlo.
Alstair contempló el visor. La nave enemiga seguía inmóvil. Muy natural. Ahora la distancia entre el «Adastra» y Próxima Centauri po­día medirse en cientos de millones de kilómetros y no en billones, si bien esto, en otros términos, aún equivalía a horas-luz. Si la nave espacial enviaba señales a su planeta madre pidiendo órdenes, no podría recibir las respuestas inmediatamente.
Alstair se dirigió al laboratorio de biología, que estaba a cargo de Helen; ella era también la encargada de los especimenes biológicos conejos, ovejas y una variedad infinita de otros animalitos que durante el viaje servían de provisión alimenticia, con intención de soltarlos luego, si se encontraba un planeta adecuado para la colonización alrededor de la estrella con anillos.
El centauriano estaba fuertemente atado a una silla. Él, ella o eso era totalmente impotente. Junto a la silla se hallaban la dictaescribe y el altavoz, El centauriano emitía sonidos ululantes que la máquina traducía no sin crujidos entre palabra y palabra.
¿Usted... es... comandante... de... esta... nave? –tradujo la má­quina sin entonación.
Así es –respondió Alstair y la máquina rechinó la versión centauriana de sus palabras.
El... hombre... de... esta... mujer... esta... muerto –volvió a de­cir la máquina sin entonación, después de una serie de ruidos por parte de la extraordinaria cosa viviente que no era animal.
Helen intervino con prontitud.
Le conté que mi padre había muerto. La máquina continuó:
Yo... compro... todo... hombre... muerto... de... nave... doy... metal... oro... vosotros... deseáis...
Alstair apretó los dientes y Helen palideció. Intentó hablar, pero las palabras se ahogaron en su garganta.
¡Esto es el comienzo de la amistad interestelar que pensábamos fundar! –dijo Alstair con amargura.
El altavoz de comunicaciones generales aulló de súbito:
¡Llamando al comandante Alstair! ¡Se recibe radiación de gran intensidad sobre varias longitudes de onda! ¡Es evidente que están enviando refuerzos!
Jack Gary entró en el laboratorio de biología, Su rostro estaba sombrío y muy pálido. Saludó con gran corrección.
No tuve que hacer muchos esfuerzos, señor –comentó burlona­mente–. El último oficial de comunicaciones se tomaba su empleo como una especie de sinecura. Durante siete años no recibimos se­ñales, y él no esperaba que llegaran. Pero están llegando desde hace meses. Salieron de Tierra tres años después que nosotros. Parece que un tipo llamado Callaway descubrió que una onda circularmente lanzada crea un haz de luz coherente que siempre se mantiene. Sin duda, hace varios años que transmiten para nosotros y es ahora cuan­do recibimos los primeros mensajes. Han construido un segundo «Adastra», señor, y lo están dotando... ¡diablo, no! ¡Lo dotaron hace cuatro años! ¡Vienen hacia aquí! Debe hacer tres años que viajan y no saben que les esperan esos monstruos. Aunque nosotros nos des­truyéramos, señor, viene otra nave de la Tierra tan desarmada como nosotros, para toparse con estos demonios cuando sea demasiado tarde...
Volvió a resonar el intercomunicador general:
¡Comandante Alstair! ¡Informa el puesto de observación! La tem­peratura externa del casco ha aumentado cinco grados en los últimos tres minutos y sigue subiendo. ¡Alguien dirige calor sobre nosotros a una velocidad terrible!
Alstair se volvió hacia Jack y le dijo con helada amabilidad:
Al fin y al cabo, Gary, es absurdo que continuemos odiándonos. Aquí moriremos todos. ¿Por qué todavía siento deseos de matarlo?
Era una pregunta retórica. El motivo estaba absolutamente claro. Ante las horribles novedades, Helen había comenzado a llorar queda­mente y se había cobijado en brazos de Jack.

4
En realidad, la situación era mucho peor de lo que señalaban las primeras indicaciones. La temperatura externa del casco, por ejem­plo, era la del termómetro general, que promediaba las medidas de todos los termómetros externos. Una ojeada al grupo de termómetros, conectado a través del visor, bastaba para advertir que la parte opues­ta del casco del «Adastra» tenía una temperatura prácticamente nor­mal. Era la parte anterior, en relación con Próxima Centauri, la que se estaba calentando. Pero no de modo uniforme. Los indicadores que exhibían luces rojas estaban agrupados.
Alstair los contempló por el visor, con una calma pétrea.
Directamente al centro de nuestro casco, véanlo ustedes –dijo–. Seguro que se trata de la flota de naves espaciales.
Jack Gary anunció rápidamente:
La nave cuyos prisioneros tenemos hizo contacto varias horas antes de lo que suponíamos. Parece que en lugar de enviar una nave con un transmisor a bordo, mandaron una flota precedida por una nave exploradora. ¡Ésta informó que habíamos tendido una trampa a parte de su tripulación y, por tanto, se declaran las hostilidades!
Alstair habló rápidamente por un intercomunicador general:
El sector G90 será evacuado enseguida. Se cerrará hermética­mente y todos los ocupantes saldrán de las cámaras estancas. Los sectores adyacentes también deben ser evacuados, aunque dejando un retén de guardia con trajes espaciales.
Desconectó el transmisor y agregó serenamente:
Ahora la temperatura externa del sector G90 ha alcanzado cua­trocientos grados, Empieza a ponerse al rojo; dentro de cinco minu­tos se derretirá. Se habrán abierto paso hasta nosotros dentro de media hora.
Jack intervino con apremio:
¡Señor! He dicho que atacaron porque la nave exploradora in­formó que tendimos una trampa a su tripulación. Tenemos una pe­queña posibilidad de...
¿De qué? –inquirió Alstair con amargura–. ¡No tenemos armas!
¡La dictaescribe, señor! –gritó Jack–. ¡Ahora podemos hablar con ellos!
Alstair le cortó, desesperado:
¡Muy bien, Gary! Lo nombro embajador. ¡Adelante!
Giró sobre sus talones y salió de la sala de mandos. Poco después, su voz llegó desde el intercomunicador:
¡Jefe de cohetes! Preséntese ahora mismo ante el visófono. ¡Emer­gencia!
Su voz se cortó, pero Jack no tuvo conciencia de ello. Estaba ocu­pado con las comunicaciones, que requerían toda la potencia del haz portador y un aumento del arco barrido. Dio órdenes y explicó a Helen un resumen de lo que pensaba hacer.
Ella comprendió la idea enseguida. El centauriano situado en el laboratorio de biología seguía atado, naturalmente. Ni la menor ex­presión podía adivinarse en las angostas aberturas que constituían sus órganos de visión, Pero Helen, que conocía las palabras de las tarjetas del vocabulario, le apremió por el micrófono de la dictaescribe. Unos aullidos salieron del altavoz y el centauriano se removió. Él habló a su vez y el altavoz dijo torpemente:
Yo... hablo... planeta... nave. Sí.
Mientras sus palabras llegaban del control de comunicaciones, los sonidos pavorosos, chirriantes y aparentemente inarticulados de su lenguaje dominaron el laboratorio de biología y fueron transmitidos por el potente haz del transmisor principal.
La nave exploradora centauriana se mantenía a quince mil kilóme­tros de distancia. El «Adastra» seguía avanzando hacia el astro ani­llado que constituía la meta de la expedición más atrevida de la huma­nidad. A quince mil kilómetros la nave debía parecer un puntito, pero seguramente aparecía con todo lujo de detalles en los telescopios de los centaurianos.
Pero a pocos kilómetros de distancia, su tamaño colosal se ponía de manifiesto. Con sus mil quinientos metros de diámetro, la nave empequeñecía incluso a la mayor de aquellas formas lejanas y ocul­tas en el vacío que integraban la flota hostil ahora dedicada a con­centrar sus rayos mortales sobre ella.
Desde una distancia de pocos kilómetros se habrían apreciado también los efectos de la radiación. El casco del «Adastra» era de ace­ro, de aleación resistente y, necesariamente, de gran histéresis. Las corrientes eléctricas alternas inducidas en el acero por la radiación centauriana habrían calentado incluso un casco de cobre. Pero el ace­ro de aleación se calentó mucho. Cambió de color y se puso al rojo una zona de treinta metros de diámetro.
Un cohete de dicha zona dejó de emitir su llama púrpura y ra­diante. Estaba averiado. Los demás cohetes aumentaron un poco su potencia para compensar. El brillo rojo mate del acero aumentó. Se hizo carmesí. Lenta, inexorablemente, alcanzó un tinte amarillento. Se volvió blanco, viró hacia el azul.
El casco humeaba; los gases se alejaban de aquella superficie tor­turada y derretida como atraídos por el astro lejano. El humo se es­pesó, formando una verdadera nube de vapores metálicos. De súbito hubo una erupción violenta en el centro de la zona recalentada del «Adastra». El casco exterior se derritió. El aire interior fue expelido al vacío, junto con fragmentos revoloteantes de metal en fusión. Todo ello se dispersó con una rapidez increíble, resplandeciendo por unos instantes como la niebla atenuada y débilmente brillante de la cola de un cometa.
Las imágenes de los correspondientes visores del «Adastra» se apa­garon. Las estrellas palidecieron, La nave terrestre había perdido parte de su atmósfera, que se disipaba delante de ella. Ya se había extendido en un espacio tan vasto que su densidad era inapreciable, aunque seguía muy superior a la del vacío infinito del espacio, de modo que llenaba todo el cosmos delante del «Adastra» como una tenue neblina.
En los bordes de la inmensa brecha abierta en el gran casco de la nave, el grueso metal burbujeaba y sacaba vapor. Los compartimentos interiores comenzaron a resplandecer con una siniestra luz de color rojo mate, que rápidamente viró al carmesí y comenzó a volverse débilmente anaranjada.

En la sala principal de mandos, Alstair observó con amargura, hasta que se fundieron los visores que mostraban el interior del sector G90. Habló con gran serenidad al micrófono que tenía delante.
Tenemos menos tiempo de lo que me figuraba. Apúrese; los resultados no son seguros, y debe recordar que esos demonios sin duda nos atacarán de todas direcciones hasta asegurarse de que no quede nadie vivo a bordo. ¡Tiene que solucionarlo pronto, para ha­cer lo que he pensado!
Una voz medio histérica le respondió:
¡Pero si anulamos las vibraciones sónicas de los cohetes vola­remos hecho pedazos, señor! ¡Será cuestión de un instante! ¡La de­sintegración del combustible se extenderá a los tubos y la nave es­tallará!
¡Idiota! –gritó Alstair–. ¡Hay otra nave de la Tierra en cami­no! ¡No saben nada! ¡Y están tan desarmados como nosotros! ¡Y de su rumbo estos demonios podrán deducir de dónde venimos! ¡Sí, vamos a morir! ¡Pero venderemos caras nuestras vidas, y nos cercioraremos de que estos demonios no envíen una flota espacial a la Tierra! ¡No habrá eutanasia para nosotros! ¡Nuestra muerte debe servir para algo! ¡Es preciso salvar la humanidad!
El rostro de Alstair, mientras hacía muecas por el visor, no era el de un mártir ni el de una persona que se sacrifica noblemente a sí misma, sino el de un hombre que intimida y amedrenta a un subor­dinado para obligarle a obedecer.
Alstair iba furioso de un departamento a otro, mientras la radia­ción seguía cayendo sobre su nave, radiación que el casco metálico absorbía y transformaba en calor. Otra compuerta fue derretida, y se produjo una segunda erupción de metal vaporizado y gas incandes­cente de la nave gigantesca. A millones de kilómetros de distancia, un amplio circulo de naves espaciales ovoides se mantenían inmóviles, sin dar muestras de vida. Parecían monstruos dormidos. Pero ellas emitían los implacables haces de radiación, que concentraban en un punto del casco del «Adastra», haciéndole vomitar metal espumoso, gases y de vez en cuando algún objeto entero, pero que estallaba enseguida en el vacío.
Dentro de los innumerables compartimentos de la poderosa nave, los seres humanos reaccionaban de diversos modos ante el destino que se avecindaba. Muchos gritaban. Algunos de los miembros más hoscos de la tripulación parecieron enloquecer, convertidos en ma­níacos homicidas. Otros asaltaron los almacenes y se dedicaron a be­ber rápida y sistemáticamente, hasta quedar en estado comatoso. Algunas mujeres abrazaron a sus hijos y lloraron sobre ellos. Otras en­loquecieron.
Pero la voz severa y autoritaria de Alstair mantenía una aparien­cia de disciplina en algunos compartimentos. En una sala de má­quinas los hombres trabajaban con empeño, entre juramentos y errores que entorpecían su trabajo. El oficial de la sala de pneumática montaba guardia en sus dominios con una enorme llave inglesa en la mano, amenazando con golpear al primero que diese muestras de pánico. El jefe de cohetes, resoplando, demostró una inesperada ca­pacidad para el improperio, y los cohetes siguieron proyectando en el espacio sus pálidas llamas purpúreas sin la menor señal de vacila­ción.
En el laboratorio de biología reinaba una concentración serena e intensa. Atado hasta la inmovilización completa, el centauriano, falto de rasgos e inescrutable, llenaba el salón con su extraño lenguaje. La dictaescribe murmuraba, analizando mecánicamente los sonidos y buscando de modo mecánico tarjetas de vocabulario que los tradu­jeran a vocablos ingleses. De vez en cuando localizaba una equivalencia. Entonces, la máquina traducía una palabra del idioma centau­riano.
Nave... –identificó una larga serie de sonidos con rápidos cam­bios de volumen, intensidad y énfasis–... hombres... –otra larga serie –... hablar hombres...
El centauriano dejó de emitir sus ruidos aullantes. Luego volvió a hablar, esta vez más despacio. El altavoz los tradujo. El centauria­no procuraba escoger palabras ya registradas por Helen.
Comprende lo que intentamos hacer –murmuró Helen muy pá­lida.
La máquina dijo:
Usted... habla... máquina... hablar... nave.
Jack dijo despacio a través del intercomunicador:
Somos amigos. Tenemos cosas que a vosotros os interesan. Sólo queremos amistad. No hemos matado a los vuestros sino en defensa propia. Queremos paz. Si no la obtenemos, combatiremos. Pero que­remos paz.
Mientras la máquina murmuraba y el parlante repetía lo dicho en centauriano, le comentó a Helen en voz baja:
Eso de combatir ha sido una fanfarronada. ¡Espero que dé re­sultado!

Silencio. Desde millones de kilómetros de distancia, las naves es­paciales invisibles enviaban una radiación mortal mediante haces coherentes de luz al centro del «Adastra». Lo más curioso era que aquella radiación habría sido absolutamente inocua para un hom­bre. Habría atravesado su cuerpo sin dañarlo.
Pero el acero del casco de la nave terrestre la absorbía, dando lugar a corrientes de Foucault. Éstas se convertían en calor. Y un pequeño volcán vomitaba hacia el espacio las paredes, los muebles, la atmósfera del «Adastra», a través del agujero producido por el calor.
En el laboratorio de biología reinaba una gran tranquilidad. El receptor estaba en silencio. Pasó un minuto. Dos minutos. Tres. Las ondas portadoras del mensaje de Jack viajaban a la velocidad de la luz, pero no tardarían menos de noventa segundos en llegar al ori­gen de los haces de luz que estaban destruyendo el «Adastra». Aun­que era una pérdida de tiempo, había que aguardar otros noventa segundos, mientras la respuesta cruzaba el espacio a una velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo.
El receptor lanzó un sonido estridente. La dictaescribe crujió un poco y luego el altavoz habló, monótono:
Nosotros... amigos... ahora... no... lucha... naves... se... apro­ximan... para... llevaros... planeta.
Al mismo tiempo, la erupción en miniatura del casco cesó y poco a poco el cráter derretido y burbujeante dejó de lanzar vapor; luego el acero al blanco azulado se enfrió pasando por el amarillo y el carmesí hasta el rojo mate, y más lentamente aún la superficie metálica adoptó el brillo infinitamente blanco del acero enfriado en ausencia de oxígeno.
Jack habló con énfasis por el micrófono de la sala de mandos:
Los centaurianos me comunican que han cesado las hostilida­des, señor. Dicen que enviarán una flota para trasladarnos a su planeta.
Muy bien –respondió con pesimismo la voz de Alstair–, pues­to que nadie parece capaz de hacer lo único que serviría para dar utilidad a nuestra muerte. Y luego, ¿qué?
Creo que nos convendría liberar ahora al centauriano –opinó Jack–. Naturalmente, podemos vigilarlo y paralizarlo si se mues­tra hostil. Considero que sería un gesto diplomático.
Usted es el embajador –comentó Alstair con sarcasmo–. Pue­de que ganemos un poco de tiempo. Pero tendrá que dejar a otro las funciones de embajador y tratar de enviar un mensaje a la Tie­rra, si le parece que puede adaptar un transmisor al tipo de onda que ellos emplearán ahora.
Su imagen desapareció. Jack se volvió hacia Helen. De súbito se sintió muy cansado.
Eso es lo malo –murmuró con desgana–. ¡Esperan una onda como la que nos enviaron y, con la potencia de que disponemos, apenas si podrán captarnos! Pero nosotros pudimos escuchar un fragmento de su mensaje, exactamente cuando acababan de descri­bir el aparato emisor que emplean en la Tierra. Sin duda repetirán esa descripción o, mejor dicho, la habrán repetido hace cuatro años. Si logramos vivir lo suficiente, la captaremos. Pero no sabemos cuánto puede tardar. ¿Seguirás trabajando con este... individuo para completar el vocabulario?
Helen le miró con angustia y apoyó una mano sobre su brazo.
Es bastante inteligente –observó–. Instruiré a otra persona para que trabaje con él. Quiero acompañarte. Al fin y al cabo, quizá nosotros... nosotros... no tengamos mucho tiempo para estar juntos.
Tal vez diez horas –señaló Jack en tono cansino.
Esperó con aire sombrío mientras Helen hablaba con el centau­riano en palabras cuidadosamente elegidas que la dictaescribe tra­ducía, Llamaron a un asistente y a dos guardias. Soltaron a la Cosa sin cabeza, No se mostró violenta, sino impaciente por completar el vocabulario de la traductora, mediante el cual podía realizarse un intercambio completo de ideas.

Jack y Helen se dirigieron a la sala de comunicaciones. Escucha­ron el mensaje de Tierra, que se acababa de recibir en aquel momento. Estaba todo muy confuso, Hacía cuatro años, la Tierra vibró de entusiasmo ante la idea de enviar un mensaje a sus aventureros más atrevidos. Un destello de energía inmaterial podía viajar incansablemente a través de incontables trillones de kilómetros y al­canzar a los exploradores que habían salido tres años antes. A juz­gar por el texto, el segundo mensaje fue emitido poco después del primero. La emisión había sido difundida por radio en toda la Tie­rra y, sin duda, muchos millones de personas se entusiasmaron al escuchar las palabras que recorrerían la distancia entre dos astros.
Pero esas palabras no servían a los del «Adastra». El mensaje era un programa de felicitación que comenzaba con las alegres can­ciones de un cuarteto popular, seguía con los chistes del comediante mejor pagado de la Tierra demasiado viejos para los del «Adastra»–, luego con la pieza oratoria de un político eminente y otras tonterías. En resumen, era un montón de necedades destinadas a hacer publi­cidad mediante su difusión en la Tierra, y a favor de quienes parti­cipaban en la iniciativa.
Era inútil para los del «Adastra», que veían el casco de la nave perforado, la muerte sobre ellos y probablemente la destrucción de toda la raza humana como consecuencia del viaje.
Jack y Halen se sentaron en silencio y escucharon. Entrelazaron las manos sin darse cuenta del gesto, De un modo extraño, la terri­ble brevedad del tiempo con que contaban hacía absurdas las gran­des demostraciones de afecto. Oyeron sin escucharlo realmente el mensaje inenarrablemente trivial que venía de la Tierra. De vez en cuando se miraban.
La recopilación del vocabulario avanzaba con prontitud en el la­boratorio de biología. Se ayudaban con dibujos. Un segundo centau­riano fue liberado y su talento para el dibujo –demostrando de paso que los ojos de los hombres-plantas funcionaban casi del mis­mo modo que los de los terrestres– permitió aumentar el acopio de definiciones y equivalencias, así como el conocimiento de la ci­vilización centauriana.
A medida que se reunía más información, esa civilización co­menzaba a adquirir un extraño parecido con la humana. Los cen­taurianos poseían estructuras artificiales que, sin duda, eran casas. Tenían ciudades, leyes, arte –los dibujos del segundo centauriano lo demostraban– y ciencia. Sobre todo la biología se hallaba muy adelantada y, en cierto sentido, ocupaba el lugar de la metalurgia en la civilización humana. No construían sus estructuras, sino que las hacían crecer. En lugar de fundir metales para darles formas útiles, tenían especies de protoplasma cuya velocidad y formas de crecimiento podían controlar.
Casas, puentes, vehículos... incluso las naves espaciales se ha­cían de materia viviente, que mantenían en estado de hibernación una vez alcanzaba la forma y el tamaño deseados. Y podían acti­varla de nuevo a voluntad, consiguiendo hechos tan extraordinarios como la comunicación en forma de ampolla que realizaron entre su nave espacial y el casco del «Adastra».
Hasta aquí la civilización centauriana resultaba bastante extraña, pero comprensible. Incluso los hombres pudieron progresar de un modo parecido si la civilización humana hubiera comenzado sobre otras bases. Fue la economía de los centaurianos lo que pareció horrible y absurdo a los hombres cuando se enteraron de cómo fun­cionaba.
La raza centauriana evolucionó a partir de plantas carnívoras, lo mismo que los hombres y sus antepasados carnívoros. Pero en al­guna etapa primitiva del progreso, el hombre despertó a la avidez por el oro. Ningún cambio de interés se produjo en los planetas de Próxima Centauri. Lo mismo que los hombres han devastado ciudades, talado bosques, excavado minas y destruido implacablemente in­finidad de cosas en busca de oro u otras cosas que pudieran cam­biarse por oro, los centaurianos codiciaban animales.
Y así como los hombres exterminaron el bisonte americano para cambiar su piel por oro, los centaurianos acabaron implacablemen­te con la vida animal de su planeta, Para los centaurianos, el tejido animal tiene el valor del oro. Hace mucho tiempo que, por absoluta necesidad, aprendieron a subsistir con alimentos vegetales. Pero la insensata avidez de carne continuó. Inventaron métodos para con­servar el alimento animal durante tiempo indefinido. Dragaron sus mares en busca del último y más diminuto crustáceo. Los viajes espaciales se convirtieron en algo deseable y luego en una realidad cuando los telescopios mostraron la existencia de vegetación en otros planetas de su sol, y con ella la posibilidad de vida animal.
Tres planetas de Próxima Centauri tenían climas y atmósferas favorables a la vida vegetal y animal pero ahora sólo en uno más pequeño y alejado, quedaba algún vestigio de vida animal. Allí los centaurianos cazaron febrilmente, buscando las últimas colonias de minúsculos cuadrúpedos que hacían sus madrigueras a cientos de metros por debajo de un continente congelado.
Resultaba evidente que el «Adastra» era un galeón cargado de tesoros –en forma de seres humanos– como jamás un centauriano pudo imaginar que existieran. Y comprendieron que un viaje a la Tierra exigiría todos los recursos de la raza. ¡Millones de millones de seres humanos! ¡Trillones de animales inferiores! ¡Incontables criaturas de los mares! Toda la raza centauriana enloquecería de impaciencia por invadir aquella tierra prometida de riquezas y éx­tasis, el éxtasis que sentía todo centauríano al consumir el ances­tral alimento de su raza.

5
Las naves ovoides y sin rasgos se acercaron desde todas las di­recciones al mismo tiempo. Las baterías de termómetros mostraban una progresión lenta y dolorosa de señales de alarma. Una lámpara piloto, resplandecía locamente roja y se apagaba; luego otra y otra más, a medida que las naves centaurianas ocupaban sus posiciones. Esas alarmas provenían del impacto momentáneo de un haz de radiación sobre el casco del «Adastra».
Veinte minutos después de que el último haz hubiera demostra­do la impotencia del «Adastra», una nave en forma de huevo se acercó a la máquina terráquea y, con toda precisión, entró en con­tacto con su proa, a nivel de una cámara estanca. El casco de aquélla se deformó hasta constituir una gran ampolla que se adhirió al acero.
Alstair miraba por el visor, con el rostro muy pálido y los puños apretados. La voz de Jack Gary, tensa y áspera, llegó desde el comu­nicador del laboratorio de biología.
Un mensaje de los centaurianos, señor. Una nave ha aterriza­do sobre nuestro casco y su tripulación entrará a través de la cáma­ra estanca. Todo movimiento hostil de nuestra parte será castigado con la destrucción inmediata.
Nadie debe oponerse a los centaurianos –señaló Alstair con acritud–. ¡Es una orden! ¡Lo contrario sería suicida!
¡Aun así, señor, creo que sería mejor! –replicó la voz de Jack en tono beligerante.
¡Ocúpese de sus obligaciones! –gruñó Alstair–. ¿Ha conse­guido algo en las comunicaciones?
Tenemos cerca de cinco mil palabras en tarjetas de vocabula­rio. Podemos conversar sobre casi cualquier tema, todos desagrada­bles. Ahora las tarjetas han pasado a la duplicadora y estarán listas dentro de pocos minutos, Recibirá usted otra dictaescribe con el se­gundo archivo tan pronto como hayamos completado las tarjetas.
Alstair vio por un visor las figuras sin cabeza de los centaurianos que salían de la cámara estanca del casco.
Los centaurianos han entrado en la nave –le gritó una orden a Jack–. ¡Usted es el oficial de comunicaciones! ¡Salga a recibirlos y acompañe al comandante hasta aquí!
¡A la orden! –respondió Jack, sombrío.
La misión era como una condena a muerte. Estaba muy pálido. Helen se abrazó a él.
El centauriano prisionero gritó una pregunta en la dictaescribe. El altavoz tradujo.
¿Qué... orden?
Helen se lo explicó. La humanidad se acostumbra tan rápido a lo increíble, que casi parecía natural dirigirse a un micrófono y oír los gritos y chirridos de una voz no humana llenando el cuarto mien­tras la máquina explicaba lo que eso quería decir.
Yo.. también... voy... ellos... todavía... no... matar.
El centauriano se adelantó y abrió la puerta con una destreza extraordinaria. Sólo había visto cómo la abrían otros. Jack tomó la delantera. Su arma de fuerza del costado permanecía en la funda, puesto que era inútil. Probablemente podría matar al hombre-plan­ta que le seguía, pero nada se adelantaría con ello.
Oyó rumores a medida que se acercaba. Los hombres-planta emitían sus voces ruidosas y penetrantes. Tenían acento de pre­guntas y respuestas. Jack se vio en presencia del nuevo grupo de invasores. Eran veinte o treinta, armados con objetos cilíndricos más grandes que los que llevaban los primeros invasores.
Al ver a Jack se excitaron. Ansioso temblor de los tentáculos a ambos lados de los torsos sin cabeza. Hicieron movimientos instin­tivos, furtivos, hacia las armas. Un grito restalló como una orden. Las Cosas quedaron inmóviles. Pero a Jack se le puso la carne de gallina al percibir la concupiscencia extraña y carnívora que pare­cía emanar de los centaurianos.
Su guía, el ex cautivo, intercambió ruidos incomprensibles con los recién llegados. Sus palabras causaron una nueva oleada de ex­citación entre las filas de los hombres-plantas.
Vamos –dijo Jack, lacónico.
Les indicó el camino hasta la sala principal de mandos. Alguien gritaba monótonamente. Una mujer se había vuelto loca ante la in­minencia del fin. Se alzaron voces estridentes entre las Cosas des­garbadas que seguían a Jack, pero otra nota autoritaria las hizo callar de nuevo.
La sala de mandos. Alstair parecía un hombre de piedra, de már­mol, aunque en sus ojos brillaba una llama feroz y casi febril. Por el visor que tenía al lado veía la incesante multitud de centaurianos que entraban por otra cámara, Evidentemente, eran centenares, Tra­jeron la dictaescribe bajo la supervisión de Helen, que gritó horrorizada al ver tantas criaturas monstruosas en la sala de mandos.
Monta la dictaescribe –dijo Alstair con voz tan áspera, tan ronca, que parecía hielo puro.
Temblorosa, Helen hizo ademán de obedecer.
Estoy preparado para hablar –anunció Alstair al micrófono.
La máquina crujió levemente y tradujo. El jefe del nuevo grupo gritó en respuesta. Ordenó que todos los oficiales se presentaran allí enseguida, después de poner la nave bajo piloto automático. La traducción del equivalente centauriano «piloto automático» presen­tó algunas dificultades. No figuraba en el archivo del vocabulario, cosa que exigió cierto tiempo.
Alstair pasó la orden. Un sudor frío bañaba su rostro, pero su autodominio era férreo.
Una segunda orden también suscitó cierta dificultad. Copias de todos los archivos técnicos y todos –de nuevo costó tiempo com­prender–, todos los libros relativos a la construcción de la nave debían ser llevados a la cámara por donde habían entrado aquellos hombres-planta. Muestras de máquinas, motores y armas debían ser llevadas al mismo destino.
Alstair volvió a repetir la orden. Su voz era temblorosa, incluso aguda, pero no vaciló ni se quebró.
El jefe centauriano lanzó otro grito, pero la dictaescribe no supo traducirlo. Sus seguidores se dirigieron rápidamente hacia la sala de mandos. Salieron dejando allí a cuatro de la partida. Jack se acercó a Alstair, sacó su arma de fuerza y la clavó en las costillas del comandante. Los centaurianos no trataron de impedirlo.
¡Maldito sea! –exclamó Jack con voz cargada de ira–. ¡Usted ha permitido que tomaran la nave! ¡Piensa cambiarla por su vida! ¡Voy a matarlo, maldito sea, me abriré paso hasta un cohete y haré estallar esta nave en una pura llama que acabará con estos demonios lo mismo que con nosotros!
Angustiada, Helen gritó:
¡Jack! ¡No lo hagas! ¡Te lo explicaré!
Como estaba cerca del micrófono de la dictaescribe, sus pala­bras fueron repetidas en los sonidos ululantes del idioma centau­riano. Alstair, lívido y casi enloquecido, dijo roncamente hablando lo más bajo que pudo:
¡Idiota! ¡Sabiendo que vale la pena, estos demonios podrían lle­gar a la Tierra! Aunque maten a todos los hombres de la nave ex­cepto los oficiales, cosa probable, es nuestro deber viajar hasta su planeta y aterrizar allí.
Bajó la voz hasta convertirla en un susurro sibilante y prosiguió:
¡Si cree que tengo ganas de vivir lo que se avecina, dispare!
Jack permaneció un instante rígido. Luego retrocedió y saludó con mecánica corrección.
Le pido disculpas, señor –murmuró, confuso–. En lo sucesivo, puede contar conmigo.
Uno de los oficiales del «Adastra» entró tambaleándose en la sala de mandos, Otro y luego otro más siguieron entrando, hasta seis oficiales de un total de treinta.
Un centauriano entró con el extraño paso ondulante característi­co de su raza. Se acercó a la dictaescribe con impaciencia y habló:
¿Éstos... todos... oficiales? –preguntó la máquina sin entonación.
El oficial de aire mató a su familia y luego se suicidó –jadeó un subalterno–. Un grupo de Muts asaltó un cohete y el jefe de cohe­tes luchó con ellos. Luego se desangró de una puñalada en la gargan­ta. El oficial de provisiones está...
¡Basta! –ordenó Alstair con voz aguda y crispada. Tiró del cuello de su camisa, se acercó al micrófono y dijo bruscamente –:
Éstos son todos los oficiales vivos. Podemos manejar la nave.
El centauriano, que llevaba una ancha banda de cuero en cada brazo y otra en la cintura, se dirigió al intercomunicador general. Los tentáculos manipularon el conmutador con pericia. Emitió sonidos extraños y sin inflexión... ¡y se desató el caos!

Los visores de toda la sala emitieron sonidos agudos y chirrian­tes. Eran horribles. Fantasmales. Más terribles que los aullidos de una manada de lobos sobre las huellas de un ciervo enloquecido de terror. Eran los mismos ruidos que Jack oyó cuando uno de los primeros invasores del «Adastra» vio un ser humano y lo asesinó al instante. También llegaban otros ruidos de los visores. Gritos humanos. Incluso oyó una o dos explosiones.
Luego reinó el silencio. Los cinco centaurianos de la sala de man­dos se estremecieron y temblaron. Un desesperado deseo de sangre se apoderó de ellos, el anhelo irracional, ciego e instintivo, implan­tado por la evolución en una raza de plantas carnívoras que apren­dieron a desplazarse por necesidad desesperada de alimento.
El centauriano que llevaba adornos de cuero se acercó nuevamen­te a la dictaescribe y ululó:
Queremos... dos... hombres... salir... de... nave... aprender de... ellos... ahora.
En la sala principal de mandos se oyó un sonido infinitamente tenue. Era una gota de sudor frío, que había caído del rostro de Alstair al suelo. El comandante parecía encogido. Su rostro tenía un color gris ceniciento y había cerrado los ojos. Pero Jack miró serenamente a los oficiales sobrevivientes, de uno en uno.
Supongo que esto significa la vivisección –comentó con iro­nía–. No cabe duda de que piensan visitar la Tierra, pues de lo contrario, inteligentes como son, no nos habían dejado vivos des­pués de matar a los demás. Ni siquiera como reserva. Seguramente quieren probar sus armas en un cuerpo humano y otras cosas. Como a partir de ahora el de comunicaciones es el más inútil de los servi­cios, me presento voluntario, señor.
Helen gritó:
¡No, Jack! ¡No!
Alstair abrió los ojos.
Gary se ha presentado voluntario. ¿Dónde hay otro que se ofrezca para la vivisección? –dijo con la voz ahogada de alguien que se aferra a la cordura mediante el esfuerzo más terrible–. Quieren averiguar cómo matar hombres a distancia. Las ondas de treinta centímetros no fueron eficaces. Los rayos que derritieron nuestro casco no matan hombres. ¡Yo no puedo presentarme como voluntario! ¡Debo permanecer en la nave! –había desesperación en su voz–. ¡Es necesario que otro hombre se ofrezca como volunta­rio para que estos demonios lo maten lentamente!
Silencio. Los acontecimientos recientes y el conocimiento de lo que aún estaba sucediendo en los innumerables compartimentos del «Adastra» había embotado literalmente a casi todos los oficiales. No podían pensar. Se hallaban desconcertados, emocionalmente para­lizados por los horrores que habían sufrido.
Entonces Helen se echó en brazos de Jack:
¡Yo... también iré! –exclamó–. ¡Todos... vamos a morir! ¡No me necesitan! Y quiero... morir con Jack.
¡Por favor! –gimió Alstair.
¡Iré! –gritó–. ¡No puede detenerme! ¡Iré con Jack! Donde tú vayas...
Sollozó, abrazando a Jack, El centauriano de los cinturones de cuero ululó con impaciencia en la dictaescribe:
Estos... dos... vienen.
Alstair dijo con voz extraña:
¡Esperad –se acercó al escritorio como un autómata, cogió una electropluma y escribió algo con mano temblorosa. Luego agre­gó con voz quebrada–: Estoy loco. Todos estamos locos. Supongo que estamos muertos y en el infierno. Pero tomad esto.
Jack se guardó el impreso oficial en el bolsillo. El centauriano de los cinturones de cuero aulló con impaciencia. Los condujo con su paso extraño hacia la cámara por donde habían entrado los hom­bres-planta. En tres ocasiones fueron vistos por Cosas vagabundean­tes que emitieron horribles chillidos agudos. Pero el jefe centaurio­ no replicó aullando en tono autoritario y los otros hombres-plan­ta se alejaron.
En una ocasión Jack vio a cuatro individuos alrededor de algo que yacía en el suelo. Alzó las manos y cubrió los ojos de Helen hasta que pasaron de largo.
Llegaron a la cámara estanca. El guía hizo una seña; el hombre y la muchacha obedecieron. Largos tentáculos que parecían de goma los apresaron. Helen lanzó un grito y quedó inmóvil. Jack for­cejeó con rabia, gritando el nombre de la muchacha. Luego recibió un fuerte golpe y cayó.
Al volver en sí notó una tremenda opresión. Se agitó, y al moverse parte de la opresión desapareció, Brillaba una luz no como las que existen en la Tierra, sino un resplandor tembloroso que gol­peaba implacablemente las paredes del globo transparente donde estaba encerrado. Había un olor extraño en el aire, olor a animales. Jack se sentó. Helen yacía a su lado, libre y al parecer ilesa. Los centaurianos no parecían hallarse cerca.
Le frotó las muñecas, desvalido. Oyó un ruido intermitente, acompañado de aceleraciones en rápida sucesión. Eran cohetes, cohe­tes de combustible.
¡Estamos en una de sus malditas naves! –murmuró Jack con rabia y buscó su arma. Había desaparecido.
Helen abrió los ojos. Miró vagamente a su alrededor. Fijó la mirada en Jack. Entonces se estremeció y le abrazó.
¿Qué... qué ha sucedido?
Tendremos que averiguarlo –respondió Jack.
De pronto, el suelo tembló bajo sus pies. Jack se dio cuenta de que había allí una escotilla, y se acercó para mirar, Contempló la negrura del espacio bien conocida, iluminada por los infinitos pun­tos minúsculos de luz que eran las estrellas. Vio un astro con ani­llos, rodeado de puntos de luz que serían sin duda los planetas.
Uno de aquellos puntos de luz se hallaba muy cerca. Su disco, las cumbres polares nevadas y las zonas verdosas de contornos irregulares que eran los continentes, alternando con el tinte indes­criptible que da el lecho oceánico cuando se ve desde más allá de la atmósfera de un planeta, resultaban ya visibles.
Silencio. Había dejado de oírse aquel idioma extraño sin vocales ni consonantes que empleaban los centaurianos. De momento, nada se escuchaba.
Supongo que nos dirigimos hacia ese planeta –observó Jack en voz baja–. Tendremos que arreglárnoslas para que nos maten antes de aterrizar.
Luego hubo un murmullo lejano. Era un murmullo extraño, apa­gado, muy diferente de las extrañas notas de los hombres-planta. Llevando a Helen a su lado, Jack salió cautelosamente del cubículo donde habían despertado. Reinaba el silencio, con excepción de aquel murmullo lejano. Nada se movía. Otro petardeo de los cohe­tes originó una sensible aceleración de toda la nave. El olor animal se hizo más intenso. Atravesaron una abertura de forma extraña y Helen gritó:
¡Nuestros animales!
Desordenadamente apiladas se hallaban las jaulas del «Adastra», pequeños compartimentos que contenían los ejemplares destina­dos a reproducción, a los que se pensaba soltar cuando se descu­briese alrededor de Próxima Centauri un planeta apto para la colonización. Más allá, aparecía un amasijo indescriptible de libros, máquinas y cajas de todo tipo: los materiales que el jefe de los hombres-planta ordenó fueran trasladados a la cámara estanca. No se veía ni rastro de ningún centauriano.
Pero el murmullo apagado, asombrosamente parecido a una voz humana, provenía de más adelante. Atemorizada, Helen siguió a Jack mientras éste se acercaba con precaución al lugar de donde salía la voz.

La hallaron. Provenía de un dispositivo cubierto con el mismo material opaco y pardo que componía el suelo, los muros y toda la nave en la que estaban. Era una voz humana. Más aún, se trataba de la voz de Alstair, atormentada, ronca y semihistérica.
¡Maldita sea, en este momento ya habréis recobrado los senti­dos y esos demonios quieren una demostración de ello! ¡Disminuye­ron la aceleración cuando les dije que a esa velocidad quedaríais inconscientes! ¡Gary! ¡Helen! ¡Enviad esa señal!
Una pausa, y la voz continuó:
Lo repetiré. Estáis en una nave espacial guiada por medio de un haz coherente que acciona el piloto automático. Se posará en uno de los planetas, que en otra época tuvo vida animal. Ahora está vacío, sólo habitado por plantas. Vosotros, los animales, los libros y las demás cosas de la nave espacial sois propiedad reservada y es­pecial del archidemonio de estos diablos. ¡Os envió en una nave au­tomática porque no se fiaba de los suyos para transportar un tesoro como vosotros y los demás animales! Sois una reserva de conocimien­tos para traducir nuestros libros, explicar nuestra ciencia y otras cosas. Cualquier nave espacial, salvo la de él, tiene prohibido aterri­zar en vuestro planeta. ¿Enviaréis ahora la señal? Hay un botón exactamente encima del altavoz por donde me escucháis. Accionadlo tres veces para que ellos sepan que estáis bien, y no se les ocurra enviar otra nave con conservadores para vuestra carne, para evitar que se desperdicie tan precioso tesoro.
La desnaturalizada voz –los receptores centaurianos no estaban preparados para reproducir la complicada fonética de la voz huma­na– rió histéricamente.
Jack se incorporó y accionó tres veces el botón. La voz de Alstair prosiguió:
Ahora nuestra nave es un infierno. Aunque ya no es una nave, sino un pozo de azufre. Somos siete los que quedamos vivos y esta­mos enseñando a los centaurianos el funcionamiento de los mandos. Les hemos explicado que no podemos apagar los cohetes para mos­trarles cómo funcionan, porque para dispararlos es necesario tener cerca la masa de un planeta, para que la deformación del espacio inicie la reacción. Nos mantendrán con vida hasta que les hayamos enseñado eso. Tienen cierto método de escritura y apuntan todo lo que decimos, después de traducirlo mediante una dictaescribe. Muy científico.
La voz se interrumpió.
Acabo de recibir vuestra señal –agregó al cabo de un momen­to–. Encontraréis alimentos ahí. El aire durará hasta que aterricéis. Os quedan cuatro días de viaje. Volveré a llamar más tarde. No os importe la navegación, pues ellos se ocupan de eso.
La voz calló definitivamente.
El hombre y la muchacha exploraron la nave espacial centauria­na. Comparada con el «Adastra», era una miniatura. Treinta metros de largo o poco más, y unos dieciocho en su diámetro máximo. Ha­llaron lugares vacíos, sin duda destinados normalmente a trans­portar hombres-planta apretadamente colocados.
La cabina tenía refrigeración; a baja temperatura los centauria­nos reaccionaban, al parecer, como la vegetación de la Tierra en in­vierno, caían en un estado inactivo, de hibernación. Ello permitía transportar una enorme tripulación, a la que se haría revivir para el aterrizaje o la batalla.
Si acondicionasen el «Adastra» de este modo para un viaje a la Tierra, podría transportar al menos ciento cincuenta mil centau­rianos comentó Jack sombrío–. Probablemente más.
La posibilidad de que aquellos seres atacasen a la humanidad era la obsesión que atormentaba a Jack. Helen quiso consolarle recordándole que se habían salvado de momento.
Nos ofrecimos como voluntarios para la vivisección, pero ahora estamos a salvo, al menos durante cierto tiempo. Además... es­tamos juntos...
Es hora de que Alstair llame otra vez –observó Jack con im­paciencia. Habían pasado cerca de treinta horas desde la última señal. La rutina centauriana, a semejanza de la disciplina de la Tie­rra en las naves espaciales terráqueas, medía el tiempo con arreglo al periodo de rotación diaria del planeta–. Será mejor que nos pon­gamos a la escucha.
Se acercaron al aparato, La voz atormentada de Alstair salió del altavoz de extraño diseño, Sonó más tensa, menos cuerda que el día anterior. Les habló de cómo las Cosas habían aprendido el ma­nejo del «Adastra». Los seis oficiales sobrevivientes ya no eran ne­cesarios para el funcionamiento de los aparatos de la nave. La maquinaria purificadora de aire fue desconectada, pues al eliminar el anhídrido carbónico, el aire era irrespirable para los centaurianos.
Los seis hombres sólo sobrevivían para satisfacer el insaciable deseo de información que experimentaban los hombres-planta. Los sometían a un interrogatorio permanente, que exigía todos los re­cursos de sus cerebros para ser consignados con la extraña escri­tura de sus vencedores. El más joven, un subalterno del departamento de aire, se volvió loco de miedo. Gritó durante horas, fue asesinado y su cuerpo rápidamente momificado mediante las subs­tancias químicas de los centaurianos. Los demás eran sombras vi­vientes que temblaban ante el menor ruido.
Han modificado nuestra deceleración –señaló Alstair con voz nerviosa–. Vosotros aterrizaréis dos días antes de que nosotros lle­guemos al planeta que estos demonios llaman su casa. Resulta ex­traño que no tengan instinto colonizador. Creo que otro de los nues­tros está a punto de enloquecer. A propósito, nos han quitado los zapatos y los cinturones. Son de cuero. Nosotros quitaríamos una faja de oro que encontrásemos en una sandía, ¿no es cierto? Son razonables... estos... –volvió a montar en cólera, presa de una his­teria repentina–: ¡Soy un idiota! ¡Os envié juntos mientras yo vivo en un infierno! ¡Gary, le ordeno que no haga nada con Helen! ¡Les prohíbo terminantemente que se dirijan la palabra! ¡Os ordeno que...!

Transcurrió otro día, y otro, Alstair llamó dos veces más. Su voz sonaba cada vez más desesperada, más nerviosa, más cercana a la locura. La segunda vez lloró, mientras insultaba a Jack por no tener que aguantar la presencia de los hombres-planta.
Ya no interesamos a los demonios sino en concepto de ganado. ¡Nuestros cerebros no cuentan! ¡Están saqueando sistemáticamente la nave! ¡Ayer sacaron las lombrices del terreno donde producíamos cosechas! Ahora cada uno de nosotros está vigilado por un guardia. Esta mañana el mío me arrancó un mechón de pelo y se lo comió, balanceándose extáticamente. Ya no tenemos camisetas de lana. ¡Eran de fibra animal!
Otro día más. Alstair estaba semihistérico. En la nave sólo que­daban tres hombres con vida. Tenía instrucciones de dirigir a Jack en el aterrizaje de la nave oval en el mundo deshabitado. Daban por descontado que Jack colaboraría. Estaban cerca de su destino. El disco del planeta que sería su prisión y la de Helen cubría la mi­tad de los cielos, Para Alstair, el otro planeta adonde se dirigía el «Adastra» era un disco completo.
Más allá de los anillos de Próxima Centauri había seis planetas. El planeta prisión era el siguiente después del hogar de los hom­bres-planta. Pese a ser más frío de lo conveniente, durante mil años sus expediciones en busca de carne lo habían recorrido hasta que no quedó un mamífero, un pájaro, un pez, ni siquiera un crustáceo. Más allá había un planeta cubierto de hielo y, más lejos aún, for­mas congeladas que giraban en el vacío.
Ahora ya sabe cómo pilotar cuando el haz de luz libere los mandos atmosféricos –señaló la voz de Alstair. Tartamudeaba como si le castañeteasen los dientes a causa de la intolerable tensión ner­viosa–. Tendréis paz. Árboles, flores y algo parecido al césped, si los dibujos que han hecho no mienten. Nos encaminamos hacia el más grandioso banquete de la historia de todos los infiernos. Todas las naves espaciales han regresado al planeta. No habrá allí un solo centauriano sin su pedacito de material animal para consumir. Lo suficiente para hacerle experimentar ese placer bestial que sienten cuando comen algo de origen animal. ¡Malditos sean, hasta el últi­mo individuo de la raza! ¡Somos la mayor provisión de tesoros que hayan soñado! No tienen escrúpulos en hablar delante de mí y estoy bastante loco como para entender gran parte de lo que dicen. El ca­pitoste de ellos está ocupado proyectando naves espaciales más grandes que las que hicieron crecer hasta ahora. Caerán sobre la Tierra con trescientas naves espaciales y la mayor parte de la tri­pulación dormida o en estado de hibernación. En esas naves habrá tres millones de demonios salidos directamente del infierno, y tie­nen esos malditos rayos capaces de derretir cualquier nave terres­tre a una distancia de quince millones de kilómetros.
Por lo visto, la conversación le servía a Alstair para aferrarse a los restos de su razón. Al día siguiente, la nave de Jack y Helen cayó como una pluma del espacio vacío a una atmósfera que aullaba locamente junto a sus costados lisos, Luego Jack dominó la nave y la hizo descender poco a poco, hasta posarla en un claro verde, en medio de un bosque de árboles extraños pero inofensivos al parecer. En el planeta estaba a punto de ponerse el sol y se hizo de noche antes de que pudieran explorarlo.
Fue poco lo que exploraron al día siguiente y al otro. Alstair les hablaba casi sin cesar.
Viene otra nave de la Tierra –dijo, y su voz se quebró–. ¡Otra nave! Salió hace por lo menos cuatro años. Llegará dentro de otros cuatro. ¡Quizá vosotros dos la veáis pero yo, mañana por la noche, estaré muerto o loco! ¡Y esto es lo gracioso! ¡La locura me parece más llevadera cuando pienso en ti, Helen, permitiendo que Jack te bese! Sabes que te amé cuando era un hombre, antes de convertirme en un cadáver obligado a presenciar cómo mi nave es pilotada hacia el infierno. Te amé mucho. Sentía celos y cuando mi­rabas a Gary con los ojos brillantes yo le odiaba. ¡Todavía le odio, Helen! ¡Ah, cómo le odio! –la voz de Alstair era la de un espectro del purgatorio–. Fui un idiota al darle esa orden.
Jack daba vueltas abstraído, con los ojos encendidos. Helen qui­so detenerle pero él le habló en tono ausente, con la voz cargada de odio. Era presa de un anhelo desesperado y apasionado de matar centaurianos. Comenzó a rebuscar entre las máquinas. Concentrán­dose en su tarea, montó con diversas piezas un revólver de remo­lino de diez kilovatios, Trabajó en ello muchas horas. Luego oyó a Helen ocupada en otro sitio. Parecía forcejear. Esto le intrigó y se acercó a mirar.
La muchacha había terminado de arrastrar la última caja del «Adastra» hasta el aire libre. Soltaba a los animales. Las palomas revoloteaban impacientes por encima de ella. Los consejos, en vez de saltar lejos de su alcance, se detuvieron para mordisquear la frondosa vegetación desconocida pero satisfactoria que allí crecía.
Helen palmoteó. Había seis conejos junto a un cordero pequeño de temblorosas patas. Los pollos picoteaban y escarbaban. En aquel mundo no había insectos. Sólo encontrarían semillas y plantas. Cua­tro cachorros se revolcaban bajo la luz del sol, sobre plantitas con pinchos.
¡De todos modos, podrán ser felices durante algún tiempo! ¡No son como nosotros! ¡Nosotros tenemos que preocuparnos! ¡Este mundo podría ser un paraíso para los humanos! –exclamó Helen.
Jack, ceñudo, contempló el mundo verde y hermoso. Ningún ani­mal destructor. Ningún insecto dañino. En aquel planeta no podían existir enfermedades, a menos que los hombres las introdujeran adrede. Sería un paraíso.

El sonido de una voz humana llegó desde el interior de la nave espacial. Jack se acercó para escuchar. Helen le siguió. Se detu­vieron en el cubículo de forma extraña que constituía la cabina de mandos. Paredes, suelo, techo, instrumentos, todo era del mismo material opaco y pardo obscuro, cultivado hasta adoptar la forma que los centaurianos deseaban. Les sorprendió oír la voz de Alstair mas serena, menos histérica, totalmente fluida.
Helen y Gary, espero que no estéis lejos explorando –dijo por el altavoz–. Hoy se ha celebrado aquí un banquete. El «Adas­tra» aterrizó. Yo lo hice aterrizar. Soy el único superviviente. Nos posamos en el centro de una ciudad de esos demonios, entre edifi­cios tales que parecen los cuarteles del infierno, El jefe de ellos tie­ne una especie de palacio junto a la plaza donde me hallo ahora. Hoy festejaron. Resulta extraño pensar cuánta materia animal ha­bía a bordo del «Adastra». Ellos incluso encontraron crines de ca­ballo en las solapas de nuestros uniformes. Mantas de lana. Zapa­tos. Incluso algunos jabones eran de origen animal, de modo que los «destilaron». Son capaces de recuperar cualquier materia animal tan inteligentemente como nuestros químicos purifican el oro y el radio. Extraño, ¿eh?
El altavoz guardó silencio un momento.
Ahora estoy cuerdo –prosiguió serenamente la voz–. Antes creía que estaba loco. Pero lo que he visto hoy ha despejado mi ca­beza. Vi millones de estos demonios hundiendo sus brazos en gran­des depósitos, en artesas enormes donde habían disuelto todos los tejidos animales del «Adastra». ¡El capitoste se guardó para sí la mejor parte! Vi las cosas que transportaban a su palacio por entre filas de guardianes. Algunas de esas cosas fueron mis amigos. Vi una ciudad enloquecida por una alegría bestial, y a los demonios meciéndose en éxtasis mientras ingerían el botín de la Tierra. Oí que el centauriano más importante aullaba una especie de discurso imperial desde el trono. He aprendido a comprender gran parte de estos gritos. Les dijo que la Tierra está llena de animales. Hom­bres. Reses. Pájaros. Peces en los océanos. Y les dijo que pronto harán crecer la más grandiosa escuadra espacial de la historia, que utilizará los métodos de propulsión de los hombres, nuestros cohe­tes, Gary, y que la primera escuadra transportará incontables enjambres de ellos para conquistar la Tierra. Con los tesoros gana­dos, todos sus súbditos podrán alcanzar a menudo el mismo éxtasis que sintieron hoy, Y los demonios, meciéndose locamente, le hicie­ron coro con sus chillidos. Millones a la vez.
Jack gimió dolorosamente. Helen se cubrió los ojos, como para no ver lo que su imaginación le representaba.
Ahora bien, ésta es la situación desde vuestro punto de vista –prosiguió Alstair con serenidad, el único ser humano que estaba a millones de kilómetros de distancia en un planeta de hombres-planta ávidos de sangre–. Ahora vendrán sus sabios a pedirme que les enseñe el funcionamiento de los cohetes. Otros quieren ir a interrogaros mañana. Pero yo les mostraré a estos demonios nuestros cohetes. Estoy seguro, absolutamente seguro, de que se hallan en este planeta todas las naves espaciales de la raza. Vinieron para com­partir el banquete donde todos iban a recibir un regalo del capi­toste, así como todo el tejido animal que podía esperar conseguir en una vida de esfuerzos. Aquí la carne es más preciosa que el oro. En comparación viene a ser algo intermedio entre el platino y el radio. De modo que vinieron todos. ¡Hasta el último! Y hay una nave espacial de la Tierra en camino. Llegará dentro de cuatro años. Que no se os olvide.
Desde el altavoz se oyó un clamor lejano e impaciente.
Ya están aquí –anunció Alstair con serenidad–. Les mostraré cómo funcionan los cohetes. Quizá vosotros podáis ver los fuegos artificiales. Depende de la hora del día en que estéis. ¡Recordad que hay una nave semejante al «Adastra» en camino! Gary, esa firma que le di en el último momento fue un acto de locura, pero me ale­gro de haberlo hecho. ¡Adiós a los dos!
El altavoz reprodujo los sonidos ululantes, cada vez más aleja­dos. Lejos, muy lejos, en medio de una ciudad llena de enemigos, Alstair iba a mostrarles a los hombres-planta el funcionamiento de los cohetes. Ellos deseaban comprender todos los detalles de la pro­pulsión de la gran nave, para poder construir o cultivar naves del mismo tamaño y transportar multitudes de ellos hasta un siste­ma solar poblado de animales.
Salgamos –propuso Jack con sequedad–. Dijo que lo haría porque no se podía confiar en una máquina para hacerlo. Creí que se había vuelto loco, pero ahora veo que estaba equivocado. Salga­mos y miremos cl cielo.
Helen obedeció con paso vacilante. Se detuvieron en el prado, mirando el firmamento, y esperaron. Jack imaginó las grandes cáma­ras de los cohetes del «Adastra». Le pareció ver la extraña procesión entrando: una horda de hombres-planta espectrales y detrás de ellos Alstair, con el rostro como el mármol y sin temblarle las manos ante lo que se disponía a hacer.
Abriría la recámara de uno de los cohetes. Explicaría el campo de desintegración que separa los electrones del hidrógeno, de modo que éste alcanza el paso atómico del helio y éste el del litio mientras el oxígeno del agua se divide literalmente en neutronio y fuerza pura. Alstair respondería a preguntas aullantes. Explicaría el funciona­miento de los motores supersónicos como mandos de fuerza y di­rección. No mencionaría que sólo el material de los tubos de los cohe­tes, y sólo estando sometido a la frecuencia generada por aquellos motores, podía resistir el efecto del campo de desintegración.
No explicaría que, puesto en marcha sin estar conectados esos motores, el cohete se desintegraría, y que la reacción, en ausencia de la vibración protectora, se propagaría a los tubos, a la nave y a todo el planeta, volatilizándolos en una llama púrpura radiante.
No; Alstair no explicaría esto. Les enseñaría a los centaurianos cómo obtener el campo de Caldwell.
El hombre y la muchacha contemplaron el cielo. De improviso, vieron una terrible luz púrpura, que incluso eclipsó el resplandor rojizo del astro central. La luz púrpura persistió durante uno, dos, tres segundos. No hubo estampido. Sólo una ráfaga momentánea de calor insoportable. Luego todo quedó como antes.
El sol con anillos seguía brillando, Nubes parecidas a las de la Tierra flotaban serenamente en un cielo algo menos azul que el te­rrestre. Los animalitos del «Adastra» pacían satisfechos entre la frondosa vegetación. Las palomas se remontaban alegremente, ejer­citando sus alas en libertad.
Lo hizo –señaló Jack–. Y todas las naves enemigas estaban en el planeta. Ya no hay hombres-planta. No queda nada de su planeta, de su civilización, ni de sus planes de conquistar nuestra Tierra.
En el espacio, no quedaba nada donde se hallara el planeta de los centaurianos. Ni siquiera vapor, ni gases en proceso de enfria­miento. Desapareció como si nunca hubiera existido. Y el hombre y la mujer de la Tierra se hallaban en un planeta que podía ser un paraíso para los seres humanos, y otra nave llegaría pronto, con los de su especie.
¡Lo hizo! –repitió Jack serenamente–. ¡Que su alma descanse en paz! Nosotros... ahora nosotros podemos pensar en vivir, en vez de pensar en morir.
La seriedad se borró poco a poco de su rostro. Miró a Helen y la abrazó con cariño.
Ella se acercó, alegre, dejando de lado el recuerdo de lo suce­dido. Luego preguntó con suavidad:
¿Qué decía la última orden que Alstair te entregó?
No la leí –repuso Jack.
La buscó en el bolsillo. El papel apareció arrugado y roto. Lo leyó y se lo mostró a Helen, De acuerdo con los estatutos aproba­dos antes de que el «Adastra» saliera de la Tierra, toda jurisdicción en el planeta artificial incumbía al comandante de la gran nave. En particular se dispuso que a bordo del «Adastra», el matrimonio legal quedaría constituido por una orden oficial de matrimonio firmada por el comandante. Y el papel que Alstair le entregó a Jack antes de enviarle a lo que creyó ser la muerte sin remisión, era esta orden. Efectivamente, se trataba de un certificado de matrimonio.
Se miraron sonrientes.
Eso... no habría importado –murmuró Helen, ruborizada–. Te quiero. ¡Pero me alegro!
Una de las palomas liberadas encontró una brizna de paja en el suelo. La cogió. Su compañera la contemplaba con aire solemne. Emitieron arrullos y se alejaron volando con la paja. Por lo visto, después de discutirlo habían decidido que sería una brizna adecua­da para iniciar la construcción de un nido.

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