BLOOD

william hill

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lunes, 20 de diciembre de 2010

Más vasto que los imperios, y más lento --- Ursula Kroeber Le Guin



Más vasto que los imperios, y más lento
Ursula Kroeber Le Guin

Estás mirando un reloj. Tiene manecillas y cifras dispuestas en círculo. Las manecillas giran. No sabes si giran a igual velocidad o si una gira más rápidamente que la otra. ¿Qué significa eso? Hay una relación entre las manecillas y el círculo de cifras, y el nombre de esa relación lo tienes en la punta de la lengua; las manecillas son algo, con respecto a las cifras. ¿O son las cifras las que... respecto de las manecillas? ¿Qué significa respecto de? Son cifras –tu vocabulario no se ha reducido– y naturalmente sabes contar; uno dos tres cuatro etc., pero tu problema es que no puedes decir cuál es cual. Cada una es una: ella misma. ¿Por dónde empiezas? Si cada una es una, no hay, cuál es la palabra, la tenía hace un instante, una nosequé-ción entre las unas. No hay un entre. Sólo hay un aquí y aquí, una y una. No hay un allá. Maya ha caído. Todo es aquí ahora uno. Pero si todo es ahora y todo aquí y todo uno, no hay un final. Si no hubo comienzo, no puede haber final. Oh Dios, aquí ahora sácame de este...
Estoy tratando de describir las sensaciones de una persona común en el vuelo NAFAL. Para algunas, dotadas de un agudo sentido del tiempo, puede ser mucho peor que esto. Para otras, es apacible, como una bruma narcótica que libera la mente de la tiranía de las horas. Y para unas pocas la experiencia es decididamente mística; la fractancia del tiempo y de la relación las conduce a la intuición de lo eterno. Pero el místico es una rara avis, y para la generalidad de la gente la máxima cercanía a ello, alcanzable en tiempo paradojal, es la plegaria inarticulada y angustiosa por la liberación.
Para los saltos largos solían drogar a la gente, pero suspendieron la práctica cuando advirtieron sus efectos. Lo que le sucede a una persona drogada, o enferma, o herida durante un vuelo a velocidad cercana a la de la luz. es, desde luego, indeterminable. Un salto de diez años luz no debiera por lógica afectar de manera diferente a la víctima de sarampión y a la de una bala. El cuerpo envejece apenas unos minutos; ¿por qué entonces el enfermo de sarampión es retirado de la nave convertido en leproso, y el hombre herido en cadáver? Nadie lo sabe, excepto quizás el cuerpo, que conserva la lógica de la carne, y sabe que ha estado supurando, desangrándose o drogado hasta la inconsciencia, durante diez años. Al producirse muchos casos de imbecilidad, se reconoció como un hecho el Efecto Martín Pescador, y cesaron de utilizar drogas y de transportar a los enfermos, a los heridos y a las embarazadas. Para postularse para un vuelo NAFAL se debe tener salud normal y estar decidido a dar el salto.
Pero no es necesario estar cuerdo.
Fue sólo durante las primeras décadas de la Liga, cuando los terráqueos, quizás en un intento de fortalecer su vapuleado ego colectivo, enviaron naves en viajes tremendamente largos, más allá de la bóveda del cielo, allende las estrellas y aún más allá. Buscaban mundos que no hubiesen sido, como todos los mundos conocidos, colonizados o expoliados por los Fundadores de Hain, mundos realmente ignotos; y todos los tripulantes de estas Exploraciones a los Confines eran mentalmente desequilibrados. ¿Quiénes si no, estarían dispuestos a partir en busca de datos que no serían recibidos hasta dentro de cuatro, cinco o seis siglos? ¿Recibidos por quiénes? Esto ocurría antes del invento del comunicador instantáneo; en ese entonces los viajeros quedaban aislados en el tiempo y en el espacio. Ninguna persona en su sano juicio que hubiese experimentado deslizamientos de tiempo aunque sólo fuese de unas pocas décadas entre mundos cercanos se postularía como voluntario para un viaje de ida y vuelta de medio milenio. Los Exploradores eran escapistas. inadaptados, locos.
Diez de ellos treparon a bordo del ferry en Puerto Smeming en Pesm, y durante los tres días que el ferry tardó en llevarlos a la nave, Guma, hicieron tentativas diversamente ineptas por conocerse unos a otros. Guma es un sobrenombre común en cetiano bajo, equivale a Bebé o Chiquitina. Había un cetiano bajo en el equipo, un cetiano peludo, dos hainianos, una beldene y cinco terráqueos; la nave era de construcción cetiana, pero fletada por el gobierno de la Tierra. Esta tripulación heterogénea abordó la nave reptando uno a uno a través del tubo de acoplamiento, como tímidos espermatozoides que fecundaran el universo. El ferry se alejó, y el piloto puso a Guma en camino. Durante varias horas la nave flotó en el filo del espacio a unos pocos centenares de millones de millas de Pesm, y luego desapareció bruscamente.
Cuando, luego de diez horas y veintinueve minutos, o sea 256 años, Guma reapareció en el espacio normal, debía estar, supuestamente, en las inmediaciones de la Estrella KG-T-96651. Y así era, allí estaba la chispeante y dorada cabeza de alfiler de la estrella. En alguna parte de la esfera de cuatrocientos millones de kilómetros tendría que haber también un planeta verdoso, Mundo 4470, tal como fuera relevado mucho tiempo atrás por un cartógrafo cetiano. Ahora la nave tenía que localizar el planeta. Esto no era tan fácil como podría parecer, en un pajar de cuatrocientos millones de kilómetros. Y Guma no podía revolotear en el espacio planetario a una velocidad cercana a la de la luz; si lo hacía, ella y la Estrella KG-T-96651 y el mundo 4470 corrían el riesgo de estallar y hacerse añicos. Tenía que reptar, a propulsión por cohete, a razón de unos pocos centenares de miles de millas por hora. El piloto matemático, Asnanifoil, tenía una idea bastante aproximada de dónde debía estar el planeta y calculó que podrían llegar a él dentro de diez días terrestres. Mientras tanto los miembros de la Expedición se fueron conociendo todavía mejor.
No lo puedo aguantar –dijo Porlock, el Cientítico Duro (química, más física, astronomía, geología, etcétera), y en su mostacho aparecieron burbujitas de saliva–. Ese hombre es demente. No entiendo cómo lo declararon apto para formar parte de un Equipo, a menos que éste sea un experimento deliberado de incompatibilidades, fraguado por la Autoridad, y nos estén utilizando como conejitos de Indias.
Nosotros por lo general empleamos ardillas y vampirillos hainianos –dijo amablemente Mannon, el Cientifico Blando (psicología, más psiquiatría, antropología, ecología, etcétera); era uno de los hainianos–. En lugar de conejillos de indias. Bueno, ustedes saben, el señor Osden es por cierto un caso muy raro. En realidad, es el único caso totalmente curado del Síndrome de Render, una variante del autismo infantil que considerábamos incurable. El eminente analista terráqueo Hammergeld llegó a la conclusión de que la causa de la conducta autista era en este caso una capacidad de empatía supranormal, y dio con el tratamiento adecuado. El señor Osden es el primer paciente que ha sido sometido a dicho tratamiento, y en verdad vivió con el doctor Hammergeld hasta los dieciocho años. La terapia tuvo un éxito total.
¿Total?
Bueno, sí. No cabe duda de que no es autista.
No, es insoportable.
Bueno, les diré –prosiguió Mannon, mirando sin inmutarse los hilillos de saliva en el bigote de Porlock–, la reacción defensiva-agresiva normal entre extraños que acaban de conocerse, digamos por ejemplo usted y el señor Osden, es algo de lo que uno rara vez es consciente; los hábitos, la educación, la despreocupación hacen que uno la pase por alto; ustedes han aprendido a ignorarla, al punto que serían capaces de negar su existencia. El señor Osden en cambio, por ser émpata la percibe. Percibe sus propios sentimientos y los vuestros, y se ve en figurillas para saber cuál es cual. Digamos que hay un elemento normal de hostilidad hacia cualquier desconocido en vuestra reacción emocional frente a él cuando lo conocéis, amén del rechazo espontáneo que os produce su aspecto, o su forma de vestirse, o de dar la mano... lo que sea. Él siente ese rechazo. Como su defensa autística ha sido neutralizada, recurre a un mecanismo de defensa agresivo, una respuesta en especie a la agresión que vosotros inconscientemente habéis proyectado en él –Mannon se explayó en su tema durante largo rato.
Nada le da a un hombre el derecho de ser tan hijo de puta –dijo Porlock.
¿No puede des-sintonizarnos? –preguntó Harfex, el biólogo, otro hainiano.
Es como oír –dijo Olleroo, Auxiliar del Científico Duro, mientras se agachaba para pintarse las uñas de los dedos de los pies con laca fluorescente–. Uno no tiene párpados en las orejas. No hay una llave que desconecte la empatía. Lo quiera o no, oye lo que nosotros sentimos.
¿Sabe lo que estamos pensando? –preguntó Eskwana, el Ingeniero, mirando de hito en hito a los demás, realmente asustado.
No –replicó Porlock con aspereza–. ¡Empatía no es telepatía! Nadie es telépata.
No es tan así –dijo Mannon, con su sonrisita de siempre–. Poco antes de partir de Hain se recibió una comunicación interesantísima de uno de los mundos recientemente redescubiertos, un hilfero llamado Rocannon informó que parece haber entre los miembros de una raza homínida mutada una técnica para enseñar telepatía; yo sólo vi una sinopsis en el Boletín HILF, pero... –y continuó con su perorata. Los otros se habían dado cuenta de que podían conversar mientras Mannon desarrollaba sus disertaciones; él no parecía darle importancia, ni tampoco perder mucho de cuanto manifestaban los demás.
Entonces, ¿por qué nos odia? –preguntó Eskwana.
Nadie te odia a ti, Ander, encanto –dijo Olleroo, mientras embadurnaba de rosa fluorescente la uña del pulgar izquierdo de Eskwana. El ingeniero se ruborizó y sonrió vagamente.
Actúa como si nos odiase –dijo Haito, la Coordinadora. Era una mujer de aspecto delicado, de pura ascendencia asiática, con una voz sorprendente, áspera, profunda y suave, como una joven rana bramadora–. ¿Por qué, si nuestra hostilidad lo hace sufrir, la empeora con sus ataques e insultos constantes? No puedo decir que tenga una alta opinión de la cura del doctor Hammergeld, Mannon; tal vez el autismo sería preferible.
Calló bruscamente. Osden acababa de entrar en la cabina principal.
Daba la impresión de un hombre a quien le hubieran arrancado la piel. Su tez, de una blancura y una transparencia morbosas, mostraba los vasos sanguíneos como un desteñido mapa de carreteras trazado en rojo y azul. La manzana de Adán, los músculos que le rodeaban la boca, los huesos y ligamentos de las muñecas y las manos, todo se veía nítidamente como exhibiéndose para una clase de anatomía. El pelo era de un claro color herrumbre, como sangre reseca. Tenía cejas y pestañas, pero sólo eran visibles bajo ciertas luces; lo que uno veía eran los huesos de las órbitas, la red de las venillas de los párpados y los ojos incoloros. No eran rojos, porque Osden no era realmente albino, pero tampoco eran azules ni grises; los colores se habían borrado de los ojos de Osden, dejando una fría claridad acuosa, infinitamente penetrable. Nunca miraba a nadie de frente. Tenía un rostro inexpresivo, semejante a un dibujo anatómico, o a un rostro desollado.
Concuerdo –dijo en una alta y áspera voz de tenor– que incluso el retraimiento autístico sería preferible al smog de las baratas emociones de segunda mano con que me rodean todos ustedes. ¿Por qué exudas odio ahora, Porlock? ¿No puedes soportar mi vista? Ve a practicar un poco de autoerotismo como lo hacías anoche, eso mejora tus vibraciones. ¿Quién demonios tocó mis cintas? Que nadie, ninguno de vosotros, toque mis cosas. No lo permitiré.
Osden –dijo Asnanifoil, el cetiano peludo, con su voz amplia y despaciosa– ¿por qué eres tan hijo de puta?
Ander Eskwana se contrajo y ocultó la cara entre las manos. Los enfrentamientos lo asustaban. Olleroo, eterna espectadora, miraba .con una expresión ausente y a la vez ávida.
¿Por qué no voy a serlo? –dijo Osden. No miraba a Asnanifoil y se mantenía físicamente tan distante de todos ellos como lo permitían las dimensiones de la atestada cabina–. Ninguno de vosotros constituye por sí mismo una razón valedera para hacerme cambiar de actitud.
Asnanifoil se encogió de hombros; rara vez los cetianos están dispuestos a decir lo que es obvio. Harfex, un hombre reservado y paciente, dijo:
La razón es que tendremos que pasar varios años juntos. La vida será más agradable para todos nosotros, si...
¿No entiendes que me importa un bledo de todos vosotros? –dijo Osden y recogió sus cintas y salió.
Eskwana se había quedado dormido repentinamente. Asnanifoil dibujaba espirales en el aire con un dedo y musitaba las primas del Ritual.
Uno no puede explicarse su presencia en el equipo a menos que sea una confabulación por parte de la Autoridad Terráquea. Esto lo comprendí desde el primer momento. Esta misión está condenada al fracaso –murmuró Harfax al oído de la Coordinadora, mientras echaba una mirada por encima del hombro.
Porlock jugueteaba con el botón de su bragueta: tenía lágrimas en los ojos.
Ya les dije que eran todos locos, pero ustedes creyeron que yo exageraba.
Locos y todo, no les faltaba razón. Los Exploradores de los Confines contaban con que sus compañeros de equipo serían inteligentes, expertos, inestables y personalmente considerados. Debían trabajar juntos en contacto íntimo y en lugares desagradables y era de esperar que las paranoias, depresiones, manías, fobias y compulsiones de los otros fuesen lo bastante leves como para permitir buenas relaciones personales, al menos la mayor parte del tiempo. Osden podía ser inteligente, pero su educación dejaba mucho que desear y su personalidad era desastrosa. Había sido enviado únicamente a causa de su don singular, su capacidad empática: hablando con propiedad, el amplio espectro de su receptividad bioempática. Su don no era específico para una especie: podía captar emociones o vivencias de todo lo dotado de sensibilidad e inteligencia. Podía compartir la lujuria de una rata blanca, el sufrimiento de una cucaracha aplastada, la fototropía de una polilla. En un mundo desconocido, había resuelto la Autoridad, sería útil saber si algo que está en las cercanías tiene sensibilidad e inteligencia, y de ser así, cuáles son sus sentimientos hacia uno. El cargo de Osden era inédito: era el Sensor del grupo.
¿Qué es la emoción, Osden? –le preguntó un día Haito Tomiko en la cabina principal, tratando de entablar alguna relación con él–. ¿Qué es, exactamente, lo que captas con tu sensibilidad empática?
Mierda –contestó el hombre con su voz aguda, exasperada–. Los excrementos psíquicos del reino animal. Vadeo en medio de vuestras heces.
Estaba tratando –dijo Tomiko– de conocer algunos hechos. –Tenía la convicción de que su tono de voz era admirablemente sereno.
No te interesaba ningún hecho. Estabas tratando de escarbar en mí. Con algo de miedo, un poco de curiosidad y mucha repugnancia. En la misma forma en que tratarías de hurgar a un perro muerto para ver reptar las larvas. ¿Entenderás de una vez por todas que no quiero que me manoseen, que quiero que me dejen en paz? –Tenía manchas rojas y moradas en la piel, y había levantando la voz–. ¡Ve a revolcarte en tu propia mierda, putita amarilla! –chilló, ante el silencio de Tomiko.
Tranquilízate –le dijo ella, siempre serena, pero se marchó al instante y se dirigió a su camarote.
Naturalmente, Osden no se había equivocado en cuanto a sus motivos; su pregunta había sido más que nada un pretexto, un mero intento de despertar su interés. Pero ¿qué mal había en ello? ¿Acaso tal esfuerzo no implicaba un respeto por el otro? En el momento de formularle la pregunta, había sentido a lo sumo una desconfianza levísima; más que otra cosa había sentido lástima por él, el pobre bastardo arrogante y ponzoñoso, Señor Sinpellejo, como lo llamaba Olleroo. ¿Qué esperaba obtener con su forma de actuar? ¿Amor?
Sospecho que no puede soportar que nadie lo compadezca –dijo Olleroo, quien, tendida en la litera baja, se doraba los pezones.
Entonces no puede entablar ninguna relación humana. Todo cuanto hizo su famoso doctor Hammergeld fue darle vuelta el autismo del revés...
Pobre infeliz –dijo Olleroo–. Tomiko, no te molesta que Harfex venga un rato esta noche, ¿verdad?
¿No puedes ir tú a su camarote? Estoy harta de pasarme las horas en la Principal con ese maldito nabo pelado .
Lo detestas, ¿verdad? Sospecho que él lo percibe. Pero también anoche dormí con Harfex, y Asnanifoil podría ponerse celoso, puesto que comparten la cabina. Aquí sería más agradable.
Sírvelos a los dos –dijo Tomiko con la grosería de la virtud ofendida. Su subcultura terráquea, la del Lejano Oriente, era puritana; había sido educada en la castidad.
Es que sólo me gusta uno por noche –respondió Olleroo con inocente serenidad. Beldene, el Planeta Jardín, nunca había inventado la castidad ni la rueda.
Prueba con Osden, entonces –dijo Torniko. Rara vez su inestabilidad personal era tan evidente como en ese momento; una profunda falta de confianza en sí misma que se manifestaba como una tendencia destructiva. Se había ofrecido como voluntaria para esa misión porque, con toda probabilidad, no tendría utilidad alguna.
Pincel en mano, los ojos muy abiertos, la pequeña beldene levantó la cabeza.
Tomiko, dijiste una cosa muy fea.
¿Por qué?
¡Sería una ruindad! ¡Osden no me atrae!
No sabía que eso te importase –dijo Tomiko con indiferencia, aunque sí lo sabía. Recogió algunos papeles y salió de la cabina, agregando–: Espero que tú y Harfex o quien sea terminen para la última campanada; estoy cansada.
Olleroo estaba llorando, las lágrimas goteaban sobre sus pequeños pezones dorados. Tenía el llanto fácil. Tomiko no sabía lo que era llorar desde los diez años.
No era una nave feliz; pero las cosas mejoraron un poco cuando Asnanifoil y su computadora localizaron el Mundo 4470. Allí estaba, una gema verde obscuro, como la verdad en el fondo de un pozo de gravedad. Mientras veían crecer el disco color jade, un sentimiento de solidaridad nació entre ellos. El egoísmo de Osden, su incisiva crueldad, servía ahora para unir a los otros.
Tal vez –dijo Mannon– fue enviado a modo de paragolpes. Lo que los terráqueos llaman chivo emisario. Quizás en definitiva su influencia sea benéfica.
Y nadie discrepó, tanto cuidado ponían en ser amables los unos con los otros.
Entraron en órbita. Del lado de la noche no había luces, y en los continentes, ninguna de las huellas y terrones que amontonan los animales constructores.
No hay hombres –murmuró Harfex.
Claro que no –replicó con aspereza Osden, quien tenía un pantavisor para él solo y la cabeza metida en una bolsa de politeno. Aseguraba que el plástico atenuaba los ruidos empáticos que recibía de los demás–. Estamos a dos siglos luz del límite de la Expansión Hainiana, y no hay hombres fuera de ella. En ninguna parte. No pensarán ustedes que la Creación cometería dos veces el mismo espantoso error.
Nadie le prestaba mucha atención; todos miraban con afecto la inmensidad de jade que se tendía allá abajo, donde había vida, pero no vida humana. Para ellos, que eran inadaptados entre los hombres, lo que veían no era desolación, sino paz. El mismo Osden parecía menos inexpresivo que de costumbre: fruncía el ceño.
Descenso en fuego sobre el mar; reconocimiento aéreo; aterrizaje. Una llanura de algo semejante a pastos, espesa, verde, tallos ondulantes, rodeaba la nave, rozaba las cámaras de visión panorámica, embadurnaba las lentes con un polen finísimo.
Parece ser una pura fitoesfera –dijo Harfex–. Osden, ¿captas algo sensible?
Todos se volvieron para mirar al Sensor. Osden se había retirado de la pantalla y se estaba sirviendo una taza de té. No respondió. Rara vez respondía a preguntas verbales.
La rigidez quitinosa de la disciplina militar era absolutamente inaplicable en estos equipos de Científicos Locos; el orden jerárquico era un algo que fluctuaba entre el sistema parlamentario y la ley del más fuerte y habría enloquecido a cualquier oficial del servicio regular. No obstante, por una inescrutable decisión de la Autoridad, a la doctora Haito Tomiko se le había conferido el título de Coordinadora, y ahora ejercía su prerrogativa por primera vez.
Señor Sensor Osden –dijo–, tenga la amabilidad de contestarle al señor Harfex.
¿Cómo puedo "captar" nada del exterior –dijo Osden sin volverse– cuando alrededor de mí pululan, como lombrices en una lata, las emociones de nueve homínidos neuróticos? Cuando tenga algo que decir, lo diré. Conozco mi responsabilidad como Sensor. Sin embargo, si vuelve a tomarse la libertad de darme órdenes, Coordinadora Haito, consideraré caduca mi responsabilidad.
Muy bien, señor Sensor. Confío que de ahora en adelante no tendré necesidad de darle órdenes.
La voz de rana bramadora de Tomiko era calma, pero Osden pareció estremecerse ligeramente mientras seguía dándole la espalda; como si la marejada del contenido rencor de Tomiko lo hubiese golpeado con fuerza física.
La intención del biólogo se vio confirmada. Cuando iniciaron los análisis de campo no encontraron animales entre la microbiota. Aquí nadie se comía a nadie. Todas las formas de vida eran fotosintéticas o saprófagas, vivían de la luz o de la muerte, no de la vida. Plantas: infinidad de plantas, ni una sola especie conocida por los visitantes de la Morada del Hombre. Infinitos matices e intensidades de verde, violeta, púrpura, castaño, rojo. Infinitos silencios. Sólo el viento se movía, meciendo las hojas y las frondas, un suspirante viento tibio cargado de esporas y pólenes, soplando el dulce polvillo verde pálido por las praderas de altas hierbas, brezales que no eran brezos, bosques sin flores jamás hollados, jamás contemplados por ojo alguno. Un mundo cálido y triste, triste y sereno. Los Exploradores, vagabundeando como excursionistas por las soleadas llanuras de filicaliformes violetas, hablaban unos con otros en voz baja. Sabían que sus voces rompían un silencio de un millón de años, el silencio del viento y de las hojas, de las hojas y el viento, que soplaba y cesaba y volvía a soplar. Hablaban en voz baja; pero, por ser humanos, hablaban.
Pobre Osden –dijo Jenny Chong, Bio y Tec, mientras pilotaba un helijet por la vía del Cuadrante Polar Boreal–. Semejante equipo de alta fidelidad en su cerebro y nada para recibir. ¡Qué desperdicio!
Me dijo que odia las plantas –comentó Olleroo con una risita.
Yo hubiera dicho que le gustaban, ya que no lo fastidian como lo hacemos nosotros.
No puedo decir que a mí me gusten mucho estas plantas –dijo Porlock mirando desde lo alto las ondulaciones purpúreas del Bosque Circumpolar Boreal–. Todo es igual. No hay pensamiento. Ninguna variante. Aquí un hombre a solas se volvería loco.
Pero todo está vivo –dijo Jenny Chong–. Y si vive, Osden lo aborrece.
En realidad no es tan malo –dijo Olleroo, magnánima.
Porlock la miró de soslayo y le preguntó:
¿Dormiste con él alguna vez, Olleroo?
Olleroo estalló en llanto.
¡Sois obscenos vosotros, los terráqueos!
No, no lo hizo –dijo Jenny Chong, siempre lista para defender–. ¿Y tú, Porlock?
El químico se rió con nerviosidad: Ja, ja, ja. Hilillos de saliva le aparecieron en el bigote.
Osden no puede soportar que lo toquen –dijo Olleroo con un estremecimiento–. Una vez lo rocé apenas, accidentalmente, y me apartó de un empujón, como una cosa... inmunda. Todos nosotros no somos más que cosas para él.
Es perverso –dijo Porlock con una voz estrangulada que sobresaltó a las dos mujeres–. Acabará por despedazar a este equipo sabotearlo, de uno u otro modo. Recuerden lo que les digo.¡No es apto para vivir con otras personas!
Aterrizaron en el Polo Norte. Sobre colinas bajas ardía un sol de medianoche. Cortos y secos pastos brioformes, de un rosado verdoso, se extendían en todas direcciones, que eran una sola dirección, el sur. Anonadados por el increíble silencio, los tres Exploradores montaron sus instrumentos y recogieron sus muestras, tres virus contorsionándose intermitentemente sobre el pellejo de un gigante inmóvil.
Nadie le pedía a Osden que lo acompañase como piloto o fotógrafo o grabador, y él nunca se ofrecía voluntariamente, de modo que rara vez se alejaba del campamento base. Alimentaba con los datos taxonómicos botánicos de Harfex a las computadoras de a bordo y actuaba como auxiliar de Eskwana, cuya tarea principal era la de reparación y mantenimiento. Eskwana había empezado a dormir mucho, veinticinco horas o más del día de treinta y dos, quedándose dormido en medio de la reparación de una radio o mientras revisaba los circuitos orientadores de un helijet. La Coordinadora permaneció un día en la base, para observar. Nadie más quedaba allí, excepto Poswet To, que sufría ataques de epilepsia; ese día Mannon la había conectado a un circuito de terapia en un estado de catatonia preventiva. Tomiko leía los informes a los bancos de memoria y no perdía de vista a Osden y Eskwana. Pasaron dos horas.
Creo que tendrías que usar los 860 microwaldos para cerrar ese circuito –dijo Eskwana con su voz suave, vacilante.
¡Por supuesto!
Perdona. Acabo de ver que tenías los de 840...
Y los volveré a poner cuando saque los de 860. Cuando no sepa cómo proceder, Ingeniero, le pediré su consejo.
Al cabo de un minuto Tomiko miró. Como era de esperar allí estaba Eskwana profundamente dormido, la cabeza sobre la mesa, el pulgar en la boca.
Osden.
El rostro blanco no se volvió, ni siquiera habló, pero dio a entender con impaciencia que estaba escuchando.
No puedes ignorar la vulnerabilidad de Eskwana.
Yo no soy responsable de sus reacciones psicopáticas.
Pero eres responsable de las tuyas. Eskwana es indispensable para nuestro trabajo, aquí, y tú no. Si no puedes controlar tu hostilidad, debes alejarte de él.
Osden soltó sus instrumentos y se levantó.
¡Con mucho gusto! –dijo con su voz vengativa y raspante–. No puedes imaginarte lo que es experimentar los terrores irracionales de Eskwana. ¡Tener que compartir su horrible cobardía, tener que temblequear con él por todo!
¿Estás tratando de justificar tu crueldad hacia él? Creí que tenías más dignidad –se dio cuenta de que el despecho la hacía temblar–. Si es verdad que tus poderes empáticos te hacen compartir las angustias de Ander, ¿por qué nunca te inducen a sentir por él un mínimo de compasión?
Compasión –dijo Osden–. Compasión. ¿Qué sabes tú de compasión?
Ella no le quitaba los ojos de encima, pero él se negaba a mirarla.
¿Te gustaría que verbalice tu actual estado emocional con respecto a mí? –dijo–. Es algo que puedo hacer con más precisión que tú. Estoy adiestrado para analizar ese tipo de reacciones en cuanto las recibo. Y te aseguro que las recibo.
Pero ¿cómo puedes esperar que yo sienta afecto por ti cuando te comportas de esta manera?
¿Qué importancia tiene cómo me comporto, cerda estúpida? ¿Crees que eso puede cambiar las cosas? ¿Supones que el humano común es un pozo de bondad? Mi alternativa es ser odiado o despreciado. Como no soy una mujer ni un cobarde, prefiero ser odiado.
Esas son sandeces. Autocompasión. Todo hombre tiene...
Pero yo no soy un hombre –dijo Osden–. Están todos ustedes. Y estoy yo. Yo soy uno.
Horrorizada por ese vislumbre de un solipsismo tan abismal, Tomiko enmudeció durante un rato; luego dijo, sin piedad ni desprecio, clínicamente:
Podrías suicidarte, Osden.
Eso queda para ti, Haito –se burló–. Yo no soy depresivo y el seppuku no es para mí. ¿Qué quieres que haga aquí?
Irte. Libéranos a nosotros y libérate tú. Toma el aeroauto y un alimentador de datos y vete a hacer un recuento de especies. En el bosque; Harfex todavía no ha empezado con los bosques. Toma cien metros cuadrados de zona boscosa, en cualquier lugar que se encuentre al alcance de la radio. Pero fuera del alcance de la empatía. Informa todos los días a las ocho y a las veinticuatro horas.
Osden partió, y nada se supo de él durante cinco días excepto sus lacónicas señales de "todo bien" dos veces al día. El estado de ánimo en el campamento de base cambió como el decorado de un escenario. Eskwana permanecía despierto durante dieciocho horas diarias. Poswet To sacó su laúd estelar y entonó las armonías celestiales (la música ponía frenético a Osden). Mannon, Harfex, Jenny Chong y Tomiko, todos prescindieron de los tranquilizantes. Porlock destiló algo en su laboratorio y se lo bebió a solas. Cogió una borrachera. Asnanifoil y Poswet To oficiaron durante toda una noche una Epifania Numérica, esa orgía mística de la matemática superior que es el placer supremo del alma religiosa cetiana. Olleroo durmió con todo el mundo. Los trabajos marchaban a las mil maravillas.
El Científico Duro venía corriendo hacia la base, abriéndose paso entre los tallos altos y carnosos de las graminiformes.
Hay algo... en el bosque...
Los ojos se le escapaban de las órbitas, jadeaba, le temblaban el mostacho y los dedos.
Algo grande. Moviéndose detrás de mí. Estaba agachado, poniendo un mojón. Se me vino encima.
Como si se descolgara de los árboles. Detrás de mi.
Miraba a todos con ojos opacos de terror o agotamiento.
Siéntate, Porlock. Tranquilízate. Ahora espera, vuelve a repetirlo. Viste algo...
No claramente. Sólo el movimiento. Deliberado. Un... una... no sé qué podía ser. Algo con movimiento propio. En los árboles, los arboriformes, o como quieran llamarlos. A la entrada del bosque.
Harfex tenía una expresión sombria.
Aquí no hay nada que pueda haberte atacado Porlock. Ni siquiera hay microzoos. No puede haber sido un animal grande.
¿No habrá sido una epifita que cayó súbitamente, una liana que se soltó detrás de ti?
No –dijo Porlock–. Bajaba hacia mí, por entre las ramas, rápidamente. Cuando me volví, subió otra vez, escapó. Hacía ruido, algo así como un crujido. ¡Si no era un animal, sólo Dios sabe qué era! Era grande... tan grande como un hombre, por lo menos. Tal vez de color rojizo. No alcancé a ver, no estoy seguro.
Era Osden –dijo Jenny Chong– haciéndose el Tarzán.
Rió, nerviosa, y Tomiko reprimió una absurda carcajada salvaje. Pero Harfex no sonreía.
Uno se pone nervioso bajo los arboriformes –dijo con su voz educada y contenida– . Eso he observado. En realidad, esa puede ser la razón por la cual he estado postergando los trabajos en los bosques. Hay algo hipnótico en los colores y la disposición de los tallos y las ramas, especialmente en los helechiformes; y los esporangios crecen con una regularidad tan matemática que parece antinatural. Para mi es muy desagradable, subjetivamente hablando. Me pregunto si un efecto agudizado de esta naturaleza no podría haber producido una alucinación...
Porlock sacudió la cabeza. Se humedeció los labios.
Estaba allí –dijo–. Algo. Avanzando con un propósito deliberado. Tratando de atacarme por la espalda.
Cuando Osden llamó puntual como de costumbre, a las veinticuatro horas de esa noche, Harfex le transmitió el informe de Porlock.
¿Ha tropezado usted con algo, señor Osden, que pudiera corroborar la impresión del señor Porlock de una forma de vida sensitiva y dotada de movimiento, en el bosque?
Ssss, dijo la radio, sardónica.
No. Mierda –dijo la voz desagradable de Osden.
En realidad usted ha estado en el bosque más tiempo que cualquiera de nosotros –dijo Harfex con imperturbable amabilidad–. ¿Concuerda usted con mi impresión de que la atmósfera del bosque tiene un efecto un tanto perturbador y alucinógeno sobre las percepciones?
Ssss.
Concuerdo en que las percepciones de Porlock se perturban con facilidad. Reténgalo en el laboratorio, hará menos daño. ¿Algo más?
No por el momento –dijo Harfex, y Osden cortó.
Nadie creía en la historia de Porlock, y nadie podía dejar de creerla. Él estaba seguro de que algo, algo grande, había tratado de atacarlo por sorpresa. Era difícil negarlo, pues estaban en un mundo extraño, y todos los que habían entrado en el bosque habían sentido un escalofrío de temor y presentimiento debajo de los árboles. (–Llámenlos árboles, sí –había dicho Harfex–: Eso es lo que en realidad son, Sólo que totalmente diferentes.) Todos reconocieron que habían experimentado cierta desazón o la sensación de que algo los vigilaba a sus espaldas.
Tenemos que poner esto en claro –dijo Porlock, y pidió que lo enviasen a los bosques como Auxiliar Temporal del Biólogo, al igual que Osden, para explorar y observar. Olleroo y Jenny Chong se ofrecieron para acompañarlo siempre que pudiesen ir en pareja. Harfex los envió a todos al bosque cercano al campamento, una extensa área que abarcaba cuatro quintas partes del Continente D. Les prohibió llevar armas blancas. No debían salir de un semicírculo de cincuenta kilómetros, que incluía el puesto de Osden. Los tres informaron dos veces diarias, durante tres días. Porlock comunicó haber vislumbrado lo que parecía ser una gran forma semierecta que se movía entre los árboles del otro lado del río; Olleroo estaba segura de haber oído moverse algo cerca de la tienda de campaña, la segunda noche.
No hay animales en este planeta –decía Harfex con terquedad.
Entonces, una mañana Osden no llamó.
Tomiko esperó menos de una hora, luego voló con Harfex al área donde, según el informe de la noche anterior, Osden había acampado. Pero cuando el helijet planeó sobre el mar de hojas purpúreas, ilimitado, impenetrable, Tomiko sintió pánico y desesperación.
¿Cómo vamos a encontrarlo en esto?
Informó que desembarcaba a la orilla del río. Busquemos el aeroauto; tiene que haber acampado cerca de él, y no puede haberse alejado mucho de su campamento. El recuento de especies es un trabajo lento. Allí está el río.
Allí está el auto –dijo Tomiko, al divisar el centelleo ajeno a los colores y sombras de la vegetación–. Vamos, pues.
Puso la nave en flotación fija y arrojó la escala. Ella y Harfex descendieron. El mar de vida se cerró sobre sus cabezas.
Tan pronto sus pies tocaron el suelo del bosque, abrió su cartuchera; luego, tras una mirada de soslayo a Harfex, que no llevaba arma, no sacó el revólver, aunque su mano volvía a él constantemente. Apenas se alejaron unos pocos metros del río, lento y parduzco, el silencio fue total y la luz penumbrosa. Grandes troncos muy separados, casi regularmente, casi idénticos; de corteza blanda, algunos parecían tersos y otros de consistencia esponjosa, grises o pardo-verdosos o pardos, entrelazados con lianas gruesas como cables y festoneados de epífitas que extendían rígidas marañas de enormes hojas obscuras caliciformes que tendían una techumbre de veinte a treinta metros de espesor. El suelo bajo los pies era mullido como un colchón, cada milímetro anudado de raíces y salpicado de plántulas de hojas carnosas.
Aquí está su carpa –dijo Tomiko, intimidada por el sonido de su propia voz en esa inmensa comunidad de lo insonoro En la carpa estaban el saco de dormir de Osden, un par de libros, una caja de raciones. Tendríamos que llamarlo a gritos, pensó, pero ni siquiera lo sugirió; tampoco lo insinuó Harfex. Partieron en direcciones opuestas desde la carpa, teniendo cuidado de no perderse de vista el uno al otro a través de los exuberantes testigos, la penumbra opresiva. Tropezó con el cuerpo de Osden, a menos de treinta metros de la carpa, guiada por el resplandor blancuzco de una libreta de apuntes caída junto a él. Yacía de cara al suelo entre dos árboles de inmensas raíces. Tenía la cabeza y las manos cubiertas de sangre, en parte seca, en parte todavía roja y rezumante.
Harfex apareció junto a ella, su pálida tez hainiana completamente verde en la penumbra.
¿Muerto?
No. Lo han golpeado. Apaleado. Desde atrás –los dedos de Tomiko palparon el cráneo, la nuca y las sienes ensangrentadas–. Un arma o una herramienta... no encuentro fracturas.
En el momento en que daba la vuelta al cuerpo para poder levantarlo, Osden abrió los ojos. Inclinada sobre su rostro, Tomiko lo sostenía. Los labios pálidos se contrajeron. Un terror mortal la sobrecogió. Gritó despavorida dos o tres veces y trató de escapar, resbalando y tropezando en aquella terrible obscuridad. Harfex la retuvo; el contacto de su mano y el sonido de su voz la apaciguaron.
¿Qué pasa? ¿Qué pasa? –le decía Harfex.
No sé –sollozó. El corazón le latía aún desacompasado. No veía con claridad–. El miedo... el... sentí un terror pánico. Cuando le vi los ojos.
Los dos estamos nerviosos. No comprendo este...
Ahora estoy bien, vamos, tenemos que atenderlo.
Trabajando ambos con una prisa insensata, llevaron a Osden hasta la orilla del río y lo izaron con una soga bajo los brazos; el cuerpo se bamboleó como un peso muerto y por un instante giró sobre el obscuro y glutinoso mar de follaje. Lo metieron en el helijet y partieron.
Un minuto después volaban sobre una pradera. Tomiko fijó el radar de regreso automático. Respiró hondo, y sus ojos encontraron los de Harfex.
Me asusté tanto que estuve a punto de desmayarme. Nunca me había pasado esto.
Yo también... sentí un miedo irracional –dijo el hainiano, y en verdad parecía avejentado y conmovido–. No tan pavoroso como el tuyo. Pero tan irracional.
Fue el contacto con él, cuando lo sostenía. Por un momento parecía estar consciente.
¿Empatía?... Espero que pueda decirnos qué fue lo que lo atacó.
Osden, como un muñeco roto cubierto de sangre y barro, seguía semiacostado en el asiento trasero, tal como lo habían arrojado en su enloquecida premura por salir del bosque.
Otra oleada de pánico los esperaba en el campamento. La inútil brutalidad del ataque era siniestra y desconcertante. Desde el momento que Harfex negaba obcecadamente la existencia de vida animal, empezaron a especular sobre la posibilidad de que hubiera plantas capaces de sentir y reaccionar, monstruos vegetales, proyecciones psíquicas. La fobia latente de Jenny Chong afloró, y ya no pudo hablar de otra cosa que no fuese los Egos obscuros que a sol y a sombra seguían a la gente sin dejarse ver. Ella y Olleroo y Porlock habían sido llamados de vuelta a la base; y nadie tenía muchas ganas de alejarse de ella.
Osden había perdido sangre en abundancia durante las tres o cuatro horas en que había yacido abandonado en el bosque, y la concusión y las contusiones graves lo habían llevado a un estado de conmoción y semi-coma. Al salir de ese estado se inició una etapa febril, durante la cual llamó varias veces al "Doctor" con voz quejumbrosa. "Doctor Hammergeld..." Cuando recobró el conocimiento, al cabo de dos de esos largos días, Tomiko se reunió con Harfex en el cubículo del herido.
Osden ¿puedes decirnos qué te atacó?
Los ojos pálidos pestañearon eludiendo la cara de Harfex.
Fuiste atacado –le dijo Tomiko con dulzura. La mirada escurridiza era odiosamente familiar, pero ella era el médico, la protectora del herido–. Tal vez no lo recuerdes aún. Algo te atacó. Estabas en el bosque...
¡Ah! –gritó Osden, con los ojos ardientes y el semblante crispado–. El bosque... en el bosque...
¿Qué hay en el bosque?
Boqueó tratando de respirar. Una expresión de mayor lucidez apareció en su rostro. Al cabo de un rato dijo:
No sé.
¿Viste lo que te atacó? –le preguntó Harfex.
No sé.
Ahora tienes que recordarlo.
No sé.
La vida de todos nosotros puede depender de ello. ¡Debes decirnos lo que viste!
No sé –dijo Osden, sollozando de debilidad. Estaba demasiado débil para esconder el hecho de que estaba ocultando la respuesta, y sin embargo se negaba a darla. Porlock, pegado al cubículo, se mordisqueaba el bigote color pimienta y trataba de oír lo que se hablaba. Harfex se inclinó sobre Osden y dijo:
Nos lo vas a decir...
Tomiko tuvo que interponerse.
Harfex se controló con un esfuerzo penoso. Se marchó en silencio a su habitación, donde sin duda tomó una dosis doble o triple de tranquilizantes. Los otros hombres y mujeres, dispersos por el gran edificio frágil (un largo vestíbulo principal y diez cubículos dormitorios) no decían nada, pero parecían deprimidos e irritables. Osden, como siempre, incluso ahora, los tenía a todos a su merced. Tomiko lo miró con un encono tan violento que le quemó la garganta como bilis. Ese egoísmo monstruoso que se alimentaba de las emociones de los demás, ese egoísmo inexorable era peor que cualquier repulsiva deformidad de la carne. Como un monstruo congénito, no tendría que haber vivido. No debería estar vivo. Tendría que haber muerto. ¿Por qué no le habían partido la cabeza?
Mientras yacía así, lánguido y blanco, las manos inermes a los costados, sus ojos incoloros estaban muy abiertos y le brotaban lágrimas de las comisuras. Tomiko se le acercó bruscamente. Él se contrajo.
No –dijo con voz débil y ronca, y trató de levantar las manos hasta su cabeza para protegerla–. ¡No!
Tomiko se sentó en la silla plegable junto a la cama, y al cabo de un rato puso su mano sobre la de él. El intento retirarla, pero no tuvo fuerza.
Se hizo un largo silencio entre los dos.
Osden –murmuró–. Lo siento. Lo siento mucho. Te quiero bien. Deja que te quiera bien, Osden. No quiero hacerte daño. Escucha. Ahora lo veo claro. Fue uno de nosotros. Es eso ¿no? No, no me contestes, dime solamente si estoy equivocada; pero no lo estoy... Claro que hay animales en este planeta: Diez. No me interesa saber quién fue. No tiene importancia. Hace un instante, pude haber sido yo. Me doy cuenta de eso. Yo no lo había entendido, Osden. Tú no puedes saber lo difícil que es para nosotros entenderlo.. Pero escucha. Si fuera amor, en lugar de odio y miedo... ¿Nunca es amor?
No.
¿Por qué no? ¿Por qué nunca puede ser? ¿Tan débiles son todos los seres humanos? Eso es terrible. No importa, no importa, no te preocupes. Quédate tranquilo. Al menos en este momento no es odio ¿verdad? Simpatía por lo menos, interés, buena voluntad. Sientes eso, Osden ¿verdad? ¿Es eso lo que sientes?
Entre... otras cosas –dijo, en forma casi inaudible.
El ruido de mi subconsciente, supongo. Y de todos los demás en el edificio... Escucha, cuando te encontramos allá en el bosque, cuando trataba de darte la vuelta, te despertaste a medias, y yo sentí horror por ti. Por un momento el miedo me enloqueció. ¿Fue tu miedo de mí lo que sentí?
No.
La mano de Tomiko seguía apoyada en la de Osden y él ahora estaba muy relajado, derivando hacia el sueño, como un hombre dolorido a quien le han aliviado el dolor.
El bosque –murmuró; ella a duras penas entendía las palabras–. Asustado.
No insistió más, pero conservó su mano sobre la de él y lo miró mientras se dormía. Sabía lo que ella misma sentía y, por lo tanto, lo que él debía sentir. Estaba convencida de ello: sólo hay una emoción, o un estado del ser, que puede así revertirse por completo, polarizarse, en un breve instante. En hainiano alto hay en realidad una sola palabra, ont , para amor y para odio. Naturalmente, no estaba enamorada de Osden, ese es otro cantar. Lo que Tomiko sentía por él era ont , odio polarizado. Le tenía la mano y la corriente fluía entre ellos, la tremenda electricidad del tacto, que él siempre había temido. Mientras dormía, el anillo de músculos de mapa anatómico que le rodeaba la boca se aflojó, y Tomiko vio en su rostro lo que ninguno de ellos había visto nunca, muy débil, una sonrisa. Que se borró. Siguió durmiendo .
Era fuerte; al día siguiente se había sentado en la cama y tenía hambre. Harfex quiso interrogarlo, pero Tomiko lo disuadió Colgó una lámina de politeno sobre la puerta del cubículo, como Osden mismo lo había hecho a menudo.
¿Es verdad que interrumpe tu receptividad empática? –le preguntó, y él respondió en el tono seco y cauteloso que ahora usaban entre ellos:
No.
Un aviso entonces, nada más.
En parte, más bien cura por la fe. El doctor Hammergeld creía que daba resultado... Quizá sea cierto, un poco.
Había habido amor, una vez. Un niño aterrorizado, sofocándose en medio del oleaje y el estrépito de las desmesuradas emociones de los adultos, un niño a punto de ahogarse salvado por un solo hombre. Aprendiendo a respirar, a vivir, de un solo hombre. Recibiéndolo todo, total protección y amor, de un solo hombre. Padre/madre/Dios: nadie más.
¿Vive todavía? –preguntó Tomiko, pensando en la increíble soledad de Osden, y la extraña crueldad de los grandes médicos. Quedó azorada cuando escuchó su risa forzada, metálica:
Murió hace por lo menos dos siglos y medio –dijo Osden–. ¿Te olvidas de dónde estamos, Coordinadora? Todos nosotros hemos abandonado a nuestras pequeñas familias...
Del otro lado de la cortina de politeno los otros ocho seres humanos del Mundo 4470 se movían vagamente. Hablaban en voz baja y tensa. Eskwana dormía; Poswet To estaba en terapia; Jenny Chong trataba de acomodar las luces de su cubículo para que no proyectasen sombras.
Están todos asustados –dijo Tomiko, asustada–. Todos tienen ideas acerca de lo que te atacó. Una especie de patata-gorila, una gigantesca espinaca colmilluda, yo qué sé... Hasta Harfex. Quizá tengas razón en no obligarlos a ver. Eso sería peor, perder la confianza los unos en los otros. Pero, ¿por qué estamos todos tan temerosos, incapaces de hacer frente a la verdad, derrumbándonos con tanta facilidad? ¿Estamos todos locos?
Pronto lo estaremos más.
¿Por qué?
Hay algo.
Cerró la boca, los músculos de sus labios se destacaron, rígidos.
¿Algo sensible?
Una sensibilidad.
¿En el bosque?
Asintió en silencio.
¿Qué es, entonces...?
El miedo. –Otra vez pareció tenso, y empezó a agitarse–. Cuando caí allí no perdí el conocimiento en seguida. Lo recobraba a cada momento. No sé. Era más bien como estar paralizado.
Lo estabas.
Yo estaba en el suelo. No podía levantarme. Tenía la cara en el barro, en ese blando mantillo. Se me metía en las fosas nasales y en los ojos. No podía moverme. No podía ver. Como si fuese parte del suelo. Hundido en él, parte de él. Sabía que estaba entre dos árboles a pesar de que no los veía. Supongo que sentía las raíces. Debajo de mí, en la tierra, enterradas profundamente. Tenia las manos ensangrentadas, eso lo sentía, y la sangre volvía pegajoso el barro que me rodeaba la cara. Sentía el miedo. Un miedo que crecía sin cesar. Como si por fin ellos supiesen que yo estaba allí, yaciendo sobre ellos, debajo de ellos, entre ellos, la cosa que ellos temían, y a la vez parte de su mismo temor. Yo no podía dejar de responder con miedo, y ese miedo seguía creciendo, y yo no podía moverme, no podía escapar. Perdería el sentido, pensaba, y luego el miedo me haría volver en mí, y aún así no podía moverme. Como tampoco ellos pueden.
Tomiko sintió el frío erizarse de su pelo, los preparativos de la maquinaria del terror.
¿Ellos: quiénes son ellos, Osden?
Ellos, esa cosa... no sé. El miedo.
¿De qué estás hablando? –preguntó Harfex en tono perentorio cuando Tomiko les comunicó esta conversación. Todavía no permitía que Harfex interrogase a Osden, sintiendo que debía protegerlo del ataque de las poderosas y ultra reprimidas emociones del hainiano. Desgraciadamente, esto no hizo más que avivar el lento fuego de la angustia paranoide que ardía en el desdichado Harfex, quien pensó que ella y Osden estaban confabulados para ocultar al resto del equipo algún dato de gran importancia o un peligro.
Es como un ciego que trata de describir al elefante. Osden no ha visto ni oído la... esa cosa sensible, lo mismo que nosotros.
Pero la ha sentido, mi querida Haito –dijo Harfex con furia apenas reprimida–. No empáticamente. En su cráneo. Fue y lo derribó y lo golpeó con un instrumento romo. ¿No alcanzó ni siquiera a atisbarlo?
¿Qué habría visto, Harfex ? –preguntó Tomiko, pero él no quería escuchar lo que la voz de Tomiko insinuaba; hasta él se negaba a comprender. Lo que tememos es lo ajeno. El asesino es un desconocido, un forastero, no uno de nosotros. ¡El mal no está en mí!
El primer golpe lo dejó bastante aturdido –dijo Tomiko un poco cansada–, no vio nada. Pero cuando volvió en sí, allí solo, en el bosque, sintió un miedo inmenso. No su propio miedo, un efecto empático. De eso está seguro. Y seguro de que no era nada que captase de alguno de nosotros. Por lo tanto es evidente que no todas las formas de vida nativas son insensibles.
Harfex la miró un momento, ceñudo.
Estás tratando de asustarme, Haito. No comprendo tus motivos.
Se puso de pie y se encaminó a su mesa-laboratorio; caminaba despaciosamente, envarado, como un hombre de ochenta años, no de cuarenta.
Tomiko miró a los demás. Se sentía un poco desesperada. Su reciente frágil y profunda interdependencia con Osden le daba, lo sabía muy bien, una nueva fuerza. Pero si ni siquiera Harfex era capaz de conservar la cabeza, ¿cuál de los otros lo haría? Porlock y Eskwana estaban encerrados en sus cubículos, los restantes estaban trabajando u ocupados en algo. Había un no se qué de extraño en sus posiciones. Por un momento la Coordinadora no pudo saber en qué consistía, luego advirtió que todos estaban sentados frente al bosque cercano. Jugando al ajedrez con Asnanifoil, Olleroo había corrido su silla hasta quedar casi al lado de él.
Fue hasta donde estaba Mannon, que en ese momento disecaba una maraña de raíces parduscas, y le pidió que le diera la clave del enigma. Él comprendió en seguida y le dijo con inusual brevedad:
Vigilar al enemigo.
¿Qué enemigo? ¿Qué sientes tú, Mannon?
Tuvo una súbita confianza en él, por ser psicólogo, en ese obscuro campo de insinuaciones y empatías donde los biólogos se extraviaban.
Siento una intensa ansiedad con una específica orientación espacial. Pero yo no soy émpata. Por lo tanto, la ansiedad es explicable en función de la situación de tensión particular, o sea el ataque en el bosque a un miembro del equipo, y también en función de la situación de tensión general, o sea mi presencia en un entorno totalmente extraño, para el cual las connotaciones arquetípicas de la palabra "bosque" proporcionan una metáfora inevitable.
Horas más tarde Tomiko se despertó al oír gritar a Osden en medio de una pesadilla, Mannon lo estaba calmando, y ella volvió a hundirse en los obscuros callejones sin salida de sus sueños. A la mañana, Eskwana no se despertó. No fue posible despertarlo ni con drogas estimulantes. Se aferraba a su sueño, retrocedía cada vez más, balbuceando apenas de tanto en tanto hasta que, en una regresión total, yació enroscado sobre su flanco, el pulgar en los labios, ido.
Dos días: dos menos. Diez negritos, nueve negritos... –este era Porlock.
Y tú eres el próximo negrito –le espetó Jenny Chong–. ¡Ve a analizar tu orina, Porlock!
Nos está volviendo locos a todos –dijo Porlock, levantándose y agitando el brazo izquierdo–. ¿No lo sienten? ¡Por el amor de Dios! ¿Están todos sordos y ciegos? ¿No sienten lo que está haciendo, las emanaciones? Todo viene de él... de ese cuarto suyo... de su mente. ¡Nos está volviendo locos de miedo a todos!
¿Quién? –dijo Asnanifoil, abalanzándose negro, impetuoso y peludo sobre el pequeño terráqueo.
¿Tengo que decir el nombre? Osden, entonces. ¡Osden! ¡Osden! ¿Por qué suponen que traté de matarlo? ¡En defensa propia! ¡Para salvarnos a todos! ¡Porque vosotros no queréis ver lo que nos está haciendo! Ha saboteado la misión sembrando cizaña entre nosotros, y ahora nos va a enloquecer a todos proyectando miedo en nosotros para que no podamos ni dormir ni pensar, como una radio inmensa que no hace ningún ruido pero que transmite sin cesar, y uno no puede dormir y no puede pensar. Haito y Harfex ya están bajo su control, pero el resto puede ser salvado. ¡Tuve que hacerlo!
No lo hiciste muy bien –dijo Osden, apareciendo semidesnudo, pura costilla y vendajes, en la puerta de su cubículo–. Yo mismo hubiera podido golpearme más fuerte. ¡Demonios, no soy yo el que te ciega de miedo, Porlock, es algo que está allí afuera... allí, en el bosque!
Porlock hizo una tentativa inútil de atacar a Osden; Asnanifoil lo contuvo, y siguió reteniéndolo sin ningún esfuerzo mientras Mannon le aplicaba una inyección sedativa. Se lo llevaron mientras vociferaba algo acerca de radios gigantescas. En un minuto el sedante surtió efecto, y Porlock sumó al de Eskwana su apacible silencio.
Bien –dijo Harfex–. Ahora, por mis dioses, vas a decirnos lo que sabes y todo lo que sabes.
Osden dijo:
No sé nada.
Parecía débil y abatido. Tomiko lo hizo sentar antes de que empezara a hablar.
Después de haber estado tres días en el bosque, me pareció que recibía de tanto en tanto una débil radiación afectiva.
¿Por qué no informaste?
Pensé que me estaba volviendo chiflado, como todos vosotros.
También eso deberías haberlo informado.
Me habrían hecho volver a la base. No lo hubiera podido soportar. Vosotros os dais cuenta de que el incluirme en esta misión fue un grave error. No soy apto para convivir íntimamente con otras nueve personalidades neuróticas. Hice mal en ofrecerme como voluntario para las Exploraciones de los Confines, y la Autoridad hizo mal en aceptarme.
Nadie habló, pero Tomiko vio, esta vez con certeza, la contracción de los hombros de Osden y el endurecimiento de sus músculos faciales, en el momento en que captó su enconado asentimiento.
De todos modos, no quería regresar a la base porque estaba intrigado. Aunque me estuviese convirtiendo en un psicópata, ¿cómo podía captar afectos empáticos cuando no había ninguna criatura que pudiese emitirlos? Por lo demás, no eran malignos. Muy vagos. Raros. Como una corriente de aire en una habitación cerrada, un latido en la comisura del ojo. Nada en realidad.
Por un momento la atención de los demás lo había sostenido: si lo escuchaban, hablaba. Estaba íntegramente a merced de ellos. Si lo odiaban, tenia que ser aborrecible; si se burlaban de él, se volvía grotesco; si lo escuchaban, era el narrador. Obedecía irremisiblemente a las exigencias de las emociones, las reacciones, los estados de ánimo de todos ellos. Y ellos eran siete, demasiados para hacerles frente, de manera que debía ser juguete de los caprichos de uno u otro. No podía ser coherente. Incluso mientras hablaba y los mantenía en suspenso, la atención de alguno siempre estaría dispersa: Olleroo pensaba tal vez que él no era atractivo; Harfex procuraba encontrar el motivo ulterior de sus palabras; la mente de Asnanifoil, incapaz de concentrarse durante largo rato en cosas concretas, divagaba hacia la eterna paz del número; y a Tomiko la distraían la piedad, el miedo. La voz de Osden vaciló. Perdió el hilo.
Yo... yo creía que debían ser los árboles –dijo, y se interrumpió.
No son los árboles –dijo Harfex–. No tienen más sistema nervioso que las plantas del Descenso Hainiano en la Tierra. Ninguno.
Tú no ves el bosque por mirar los árboles, como dicen en la Tierra –terció Mannon, sonriendo como un duende; Harfex lo miró fijo–. ¿Qué pasa con esos nudos de raíces que nos han estado intrigando durante veinte días... eh?
¿Qué pasa con ellos?
Son, sin duda alguna, conexiones. Conexiones entre los árboles. ¿De acuerdo? Supongamos ahora por un momento, cosa sumamente improbable, que tú no sabes nada acerca de la estructura del cerebro animal. Y que te dan para examinar un axón, o una célula glial aislada. ¿Te parece que podrías descubrir de qué se trata? ¿Te darías cuenta de que la célula es sensible y pensante?
No. Porque no lo es. Una célula aislada es capaz de responder mecánicamente a un estímulo. Nada más. ¿Estás formulando la hipótesis de que cada uno de los arboriformes es una "célula" de una especie de cerebro, Mannon?
No exactamente. No hago más que señalar que todos están interconectados, tanto por la cadena de raíces enmarañadas como por tus epífitas verdes enredadas al ramaje. Una red de una complejidad y una extensión física inverosímiles. Si hasta las graminiformes de las praderas tienen esos conectores radiculares ¿no? Ya sé que la sensibilidad o la inteligencia no es una cosa, uno no la puede palpar, o analizar en las células de un cerebro. Es una función de las células conectadas entre sí. Es, en un sentido la conexión misma: el contacto. No existe. No estoy tratando de decir que existe. No hago más que conjeturar que quizás Osden podría describirla.
Y Osden retomó el hilo de su discurso, hablando como en un trance:
Sensibilidad sin sentidos. Ciega, sorda, débil, inerte. Cierta irritabilidad, respuesta al tacto. Respuesta al sol, a la luz, al agua, a las substancias químicas de la tierra alrededor de las raíces. Nada comprensible para una mente animal. Presencia sin mente. Conciencia de ser, sin objeto ni sujeto. Nirvana.
¿Por qué entonces captaste el miedo? –le preguntó Tomiko en voz baja.
No lo sé. No puedo saber cómo surge en mí la conciencia de los objetos, de los demás: una respuesta sin capacidad perceptiva... Pero durante varios días hubo una desazón. Y luego, cuando yacía allí entre los dos árboles, y mi sangre corría por sus raíces... –la cara de Osden relucía de sudor–. Se transformó en miedo –dijo con voz chillona–, sólo miedo.
Tal función, si existiera –dijo Harfex–, no sería capaz de concebir un ente material, dotado de movimiento propio, ni de responder a ese ente. No podría tener de nosotros un conocimiento mayor que el que nosotros tenemos del Infinito.
El silencio de esas extensiones infinitas me llena de terror –murmuró Tomiko–. Pascal conoció el infinito. Por el camino del miedo.
A un bosque –dijo Mannon– nosotros podríamos parecerle incendios. Huracanes. Peligros. Para una planta, todo cuanto se mueve rápidamente es peligroso. Lo que no tiene raíces ha de serle extraño, terrible. Y si el bosque es mente, es sumamente probable que haya percibido a Osden, cuya mente –siempre que él conserve el conocimiento– está abierta a la comunicación con todas las demás, y que yacía dolorido y asustado en él, en realidad dentro de él. No es de extrañar que él, el bosque, sintiese miedo.
No "él" –dijo Harfex–. No hay ningún ser, ninguna criatura inmensa, ninguna persona. A lo sumo podría haber una función...
Sólo hay un miedo –dijo Osden.
Durante un rato todos permanecieron silenciosos e inmóviles, alertas a la quietud y el silencio de los bosques.
¿Es eso lo que constantemente siento que se me acerca por la espalda? –preguntó Jenny Chong, abrumada.
Osden asintió.
Todos ustedes lo sienten, sordos como son. Eskwana es el que está peor, porque en realidad tiene cierta capacidad empática. Si aprendiese a hacerlo, podría emitir, pero es demasiado débil, nunca será nada más que un medium.
Escucha, Osden –dijo Tomiko–. Tú puedes emitir. Comunícate con él, entonces, con el bosque, con el miedo de allí afuera, dile que no le haremos daño. Puesto que tiene, o es, una especie de afecto que traduce lo que nosotros sentimos como emoción, ¿no podrías tú traducir a tu vez? Envíale un mensaje: "Somos inofensivos, somos amigos".
Tú debes saber que nadie puede emitir un mensaje empático falso, Haito. Nadie puede emitir algo que no existe.
Pero nosotros no queremos hacer daño, somos amigos.
¿Lo somos? En el bosque, cuando me recogiste, ¿era amistad lo que sentías?
No. Terror. Pero era... era él, el miedo del bosque, de las plantas, no mi miedo; ¿no es así?
¿Qué diferencia hay? Es todo lo que tú sentiste. ¿No se dan cuenta –y Osden alzó la voz exasperado– de por qué yo os rechazo a vosotros y me rechazáis a mí, todos? ¿No os dais cuenta de que yo retransmito todo afecto negativo o agresivo que sentís hacia mí desde el momento mismo en que nos conocimos? Os devuelvo la hostilidad con creces. Lo hago en defensa propia. Como Porlock. Es defensa personal, sí, pero es la única técnica que he podido desarrollar en substitución de mi defensa congénita de total distanciamiento de los demás. Por desgracia, esta defensa crea un circuito cerrado, que se alimenta y fortalece por sí mismo. Vuestra reacción inicial hacia mí fue la antipatía instintiva que despierta un lisiado; ahora se ha convertido en odio. ¿Es posible que no me haga entender? ¡Allí afuera el bosque-mente sólo transmite terror, ahora, y el único mensaje que yo puedo enviarle es terror, porque al estar expuesto a él no puedo sentir nada excepto terror!
¿Entonces qué debemos hacer? –dijo Tomiko, y Mannon replicó prontamente:
Trasladar el campamento. A otro continente. Si también allí hubiera mentes vegetales, tardarán en reparar en nosotros, como pasó aquí; quizá ni siquiera adviertan nuestra presencia.
Eso sería un alivio considerable –acotó Osden, muy tieso.
Los otros lo habían estado observando con una curiosidad nueva. Se había puesto al desnudo, lo habían visto tal como era, un hombre inerme en una trampa. Tal vez, al igual que Tomiko, habían comprendido que la trampa misma, su egoísmo craso y cruel, era obra de ellos, no de él. Ellos habían construido la jaula y lo habían encerrado en ella, y él, como un gorila enjaulado, les arrojaba mierda a través de los barrotes. Si, al conocerlo, le hubiesen ofrecido confianza, si hubiesen sido lo bastante fuertes como para ofrecerle amor, ¿qué imagen les habría dado?
Ninguno de ellos pudo hacerlo, y ahora era demasiado tarde. De haber tenido tiempo, de haber tenido soledad, Tomiko podría haber establecido con él una lenta resonancia de sentimientos, una consonancia de fe, una armonía; pero no había tiempo, tenían una misión que cumplir. No había lugar suficiente para el cultivo de algo tan grandioso, y debían conformarse con la compasión, la piedad, los mezquinos sustitutos del amor. De tan poca cosa Tomiko había sacado fuerzas, pero a él, a Osden, no le bastaba con eso, necesitaba mucho más. Y en su cara desollada Tomiko veía ahora el feroz resentimiento que le inspiraba la curiosidad de todos ellos, incluso su piedad.
Ve a descansar, esa herida está sangrando otra vez –le dijo, y él obedeció.
A la mañana siguiente empacaron, derritieron el hangar y los habitáculos de burbuja plástica, despegaron con Guma en vuelo mecánico y se trasladaron al otro lado del mundo 4470, sobre las landas rojas y verdes, los múltiples mares tibio-verdes. Habían elegido un paraje promisorio en el Continente G; una pradera de veinte mil kilómetros cuadrados de graminiformes mecidas por el viento. No había ningún bosque a cien kilómetros a la redonda, y en la pradera no crecían árboles solitarios ni sotos. Las formas vegetales aparecían solamente en extensas colonias de una sola especie, nunca mezcladas con otras, a no ser por ciertas saprófitas diminutas y ubicuas, y los esporangios. El equipo roció las estructuras con holomeldina y al anochecer del día de treinta y dos horas estaban instalados en el nuevo campamento. Eskwana seguía durmiendo, y Porlock bajo el efecto del sedante, pero todos los demás estaban llenos de optimismo.
¡Aquí se respira! –decían constantemente.
Osden se levantó y se encaminó, tambaleante, a la puerta de entrada; recostándose en ella midió con la mirada, a través de la luz crepuscular, la extensión de la umbría pradera de ondulantes pastos que no eran pastos. El viento traía una ligera y dulce fragancia de polen; ningún sonido excepto la suave, vasta sibilancia del viento. Con la cabeza vendada apenas inclinada, el émpata permaneció inmóvil durante largo rato. Llegó la obscuridad, y las estrellas, luces en las ventanas de la distante morada del Hombre. El viento había cesado, el silencio era total. Escuchó.
En la larga noche Haito Tomiko escuchaba. Acostada, inmóvil oía la sangre en sus arterias, el respirar de los durmientes, el arrullo del viento, los humores obscuros que fluían, los sueños avanzando, la vasta estática de las estrellas más audible a medida que el universo moría lentamente, el rumor de los pasos de la muerte. Se levantó de la cama con esfuerzo y huyó de la mezquina soledad de su cubículo. Sólo Eskwana dormía. Inmovilizado en su camisa de fuerza, Porlock desvariaba quedamente en su ininteligible lengua nativa. Olleroo y Jenny Chong jugaban a las cartas, con expresión ceñuda. Postwet To estaba en el nicho de terapia, enchufada. Asnanifoil dibujaba un mandala, el Tercer Diseño de las Primas. Mannon y Harfex acompañaban a Osden.
Tomiko le cambió los vendajes de la cabeza. Su pelo lacio, rojizo, allí donde no había tenido necesidad de rasurarlo, tenia un aspecto extraño. Ahora estaba salpicado de blanco. Mientras trabajaba, le temblaban las manos. Todavía nadie había dicho nada.
¿Cómo es posible que también aquí esté el miedo? –dijo, y su voz sonó hueca y falsa en el pavoroso silencio de la noche vegetal.
No son los árboles solamente, los pastos también...
Pero estamos a doce mil kilómetros de donde estábamos esta mañana, lo dejamos al otro lado del planeta.
Es todo uno –dijo Osden–. Un gran pensamiento verde. ¿Cuánto tarda un pensamiento en ir de un lado al otro de tu cerebro?
No piensa. No es pensante –dijo Harfex, abatido–. No es más que una red de procesos. Las ramas, las excrecencias epifitas, las raíces con esas coyunturas nodulares entre los individuos; todas deben ser capaces de transmitir impulsos electroquímicos. No hay entonces plantas individuales propiamente dichas. Hasta el polen es parte de la cadena, sin duda; es una especie de sensibilidad pensante transportada por el viento, que pone en contacto los continentes. Pero no es concebible. Que toda la biosfera de un planeta sea una sola red de comunicaciones, sensitiva, irracional, inmortal, solitaria...
Solitaria –dijo Osden–. ¡Es eso! ¡Eso es el miedo! No es porque nosotros tengamos movilidad, o seamos destructivos. Es simplemente porque somos. Somos otro. Nunca ha habido aquí ningún otro.
Tienes razón –dijo, casi susurró Mannon–. No tiene pares. Ni enemigos. Ni relaciones con nada excepto consigo mismo. A solas por toda la eternidad.
Entonces, ¿qué función cumple en la supervivencia de las especies?
Ninguna, tal vez –dijo Osden––. ¿Por qué ponerte teológico, Harfex? ¿No eres hainiano? ¿No es la medida de la complejidad la medida de la felicidad eterna?
Harfex no mordió el anzuelo. Parecía enfermo.
Deberíamos abandonar este mundo –dijo.
Ahora saben por qué siempre quiero irme, alejarme de ustedes –dijo Osden con un humor un tanto morboso–. ¿No es agradable, no... el miedo del otro...? Si al menos se tratase de una inteligencia animal. Yo puedo comunicarme con los animales. Me entiendo con las cobras y con los tigres; la inteligencia superior le da a uno esa ventaja. Tendrían que haberme empleado en un zoológico, no en un equipo humano... ¡Si pudiese empatizar con la estúpida patata maldita! Si no fuese tan agobiante... Todavía recibo algo más que el miedo, ¿saben? Y antes de que el pánico lo dominara, tenia... había una paz. En ese entonces yo no pude captarla, no me di cuenta de lo inmensa que era. Conocer toda la luz del día, nada menos, y toda la noche. Todos los vientos y los arrullos simultáneamente. Las estrellas del invierno y las estrellas del estío al mismo tiempo. Tener raíces y no tener enemigos. Ser una integridad. ¿Se dan cuenta? Nada de invasiones. Nada de otros. Ser total...
Nunca había hablado así antes, pensó Tomiko.
No tienes armas con que defenderte de él, Osden –dijo–. Tu personalidad ya ha cambiado. Eres vulnerable a él. Quizá no todos nos volvamos locos, pero tú si, si no nos marchamos.
Osden titubeó, luego alzó la vista hasta Tomiko, la primera vez que la miraba a los ojos, una mirada larga, apacible, límpida como el agua.
¿Acaso la cordura me ha dado algo alguna vez? –dijo, irónico–. Pero no te falta razón, Haito. Hay algo de cierto en lo que dices.
Tendríamos que irnos –masculló Harféx.
Si me entregase a él –murmuró Osden como para sí– ¿podría comunicarme?
Cuando hablas de "entregarte" –dijo Mannon con voz rápida y nerviosa– supongo que quieres decir cesar de retransmitir la información empática que recibes del ente vegetal: dejar de rechazar el miedo y absorberlo. Lo cual o bien te matará instantáneamente, o te hará retroceder al retraimiento psicológico total, al autismo.
¿Por qué? –dijo Osden–. Su mensaje es rechazo. Pero mi salvación es rechazo. El no es inteligente. Pero yo si.
La escala es lo equivocado. ¿Qué puede hacer un solo cerebro humano contra algo tan vasto?
Un solo cerebro humano puede percibir un diseño de la magnitud del de las estrellas y las galaxias –dijo Tomiko– e interpretarlo como amor.
Mannon los miró; Harfex estaba silencioso.
En el bosque seria más fácil –dijo Osden–. ¿Quién de ustedes me llevará hasta allí?
¿Cuándo?
Ahora. Antes que todos ustedes se hagan añicos o se pongan violentos.
Yo –dijo Tomiko.
Ninguno de nosotros –dijo Harfex.
Yo no puedo –dijo Mannon–. Estoy... estoy demasiado asustado. Me estrellaría con el jet.
Trae a Eskwana. Si todo sale bien, podría servir de medium.
¿Está usted aceptando el plan del Sensor, Coordinadora? –preguntó Harfex, formal.
Sí.
Yo no lo apruebo. Sin embargo, iré con ustedes.
Me parece que no nos queda otra cosa que hacer, Harfex –dijo Tomiko, mirando la cara de Osden, la horrible máscara blanca transfigurada, ansiosa como el rostro de un enamorado.
Olleroo y Jenny Chong, que jugaban a las cartas para alejar los pensamientos de sus lechos rondados por fantasmas, del pavor creciente que las asediaba, parloteaban como niños asustados.
Esa cosa, la que está en el bosque, te agarrará...
¿Asustadas de la obscuridad? –se burló Osden.
Pero fíjate en Eskwana, y Porlock, y hasta Asnanifoil...
No puede hacerte daño. Es un impulso que corre a través de las sinapsis, un viento que pasa entre las ramas. No es más que una pesadilla.
Partieron en un helijet. Eskwana enroscado siempre en su sueño profundo, en el compartimiento trasero, Tomiko piloteando, Harfex y Osden silenciosos, atisbando a la distancia la obscura línea de los bosques más allá de las vagas millas grises de planicie a la luz de las estrellas.
Se acercaron a la línea negra, la cruzaron; ahora debajo de ellos nada más que obscuridad.
Tomiko buscó un sitio donde aterrizar, volando bajo, aunque tuvo que luchar contra su deseo frenético de volar a gran altura, de salir de allí, de huir. La enorme vitalidad del mundo vegetal era mucho mayor aquí en el bosque, y su pánico batía en olas obscuras e inmensas. Allá delante había un pálido claro, la desnuda cresta de un otero un poco más elevado que la más alta de las formas negras que lo rodeaban; los no-árboles; los enraizados; las partes del todo. Posó el helijet en el claro, un mal aterrizaje. Sus manos resbalaban sobre la palanca como si se las hubiese frotado con jabón.
Ahora el bosque los rodeaba, negro en la obscuridad. Tomiko se encogió y cerró los ojos. Eskwana se quejó en sueños. La respiración de Harfex era entrecortada y ruidosa, estaba sentado muy tieso, y ni siquiera se movió cuando Osden pasó el brazo por delante de él y abrió la puerta corrediza.
Osden se puso de pie; su espalda y su cabeza vendada eran apenas visibles al tenue resplandor del tablero de control cuando se detuvo, encorvado, en el vano de la puerta.
Tomiko temblaba. No podía levantar la cabeza.
No, no, no, no, no, no, no –dijo en un murmullo–. No. No. No.
Osden dio un paso repentino y silencioso hacia el vacío, y se hundió en la obscuridad. Desapareció.
¡Estoy llegando! –dijo una gran voz inaudible.
Tomiko gritó. Harfex tosió; parecía estar tratando de ponerse de pie, pero no lo hizo.
Tomiko se encogió sobre sí misma, toda su atención concentrada en el ojo ciego de su vientre, en el centro de su ser; y fuera de eso no había nada más que miedo.
Cesó.
Tomiko levantó la cabeza; lentamente aflojó los puños. Se irguió en su asiento. La noche era obscura, y sobre el bosque brillaban las estrellas. No había nada más.
Osden –dijo, pero la voz no salió de su garganta. Volvió a hablar, más alto, el solitario croar de una rana bramadora. No obtuvo respuesta.
Empezó a comprender que algo raro le había pasado a Harfex. Estaba tratando de localizar la cabeza del hainiano en la obscuridad, porque él había resbalado cuando de pronto, en la profunda calma, en el obscuro compartimiento trasero de la nave, habló una voz.
Bien –dijo.
Era la voz de Eskwana. Encendió de golpe las luces y vio al ingeniero enroscado en su sueño, con la mano cubriéndole a medias la boca.
La boca se abrió y habló.
Todo bien –dijo.
Osden...
Todo bien –dijo la voz suave desde la boca de Eskwana.
¿Dónde estás?
Silencio.
Vuelve.
Se estaba levantando viento.
Me quedaré aquí –dijo la voz suave.
No puedes quedarte...
Silencio.
¡Estarás solo, Osden!
Escucha. –La voz era más débil, confusa, como perdida en el murmullo del viento–. Escucha. Te quiero.
Ella gritó su nombre después de eso, pero no hubo respuesta. Eskwana yacía inmóvil y en silencio. Harfex yacía más inmóvil.
¡Osden! –gritó, asomándose al silencio obscuro, sacudido por el viento del bosque del ser–. Volveré. Debo llevar a Harfex a la base. ¡Volveré, Osden!
Silencio y viento entre las hojas.
Terminaron el estudio ordenado en el mundo 4470, ellos ocho; les llevó cuarenta y un días más. Al principio, Asnanifoil y una u otra de las mujeres iban diariamente al bosque, buscaban a Osden en la zona circundante al otero sin vegetación, aunque Tomiko en el fondo de su corazón no sabia con certeza en qué otero desnudo habían aterrizado aquella noche en plena vorágine de terror. Dejaban montones de vituallas para Osden, alimentos suficientes para cincuenta años, ropas, carpas, herramientas. No siguieron buscando; no había forma de hallar a un hombre solo, escondido, si quería esconderse, en aquellos laberintos interminables y umbríos corredores enmarañados de lianas, tapizados de raíces. Habrían podido pasar sin verlo a una brazada de distancia de él.
Pero él estaba allí; porque ya nunca más existió el miedo .
Racional, y valorando mucho más la razón después de una intolerable experiencia de desatino inmortal, Tomiko trató de comprender racionalmente lo que Osden había hecho. El había asumido el miedo, y al aceptarlo lo había trascendido. Había entregado su ser a lo desconocido, una rendición incondicional que no dejaba sitio para el mal. Había aprendido el amor hacia el Otro, y por lo tanto había entregado todo su ser. Pero este no es el vocabulario de la razón.
Los miembros del equipo de Exploración caminaban bajo los árboles, a través de las vastas colonias de vida, rodeados por un silencio soñador, una calma melancólicas a medias consciente de su presencia y totalmente indiferente a ellos. No había horas. La distancia no importaba. Si al menos tuviésemos mundo suficiente y tiempo... El planeta fluctuaba entre la luz del sol y la gran obscuridad; vientos de invierno y de verano dispersaban un polen fino y pálido a través de los mares serenos.
Guma regresó después de muchas exploraciones, años y años luz, a lo que varios siglos atrás había sido el Puerto de Smeming en Pesm. Todavía había hombres para recibir (incrédulos) los informes del equipo y registrar las bajas: el Biólogo Harfex, muerto de miedo, y el Sensor Osden, dejado como colono.

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