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viernes, 1 de abril de 2011

EL CABALLERO DE LA «MAISON ROUGE» -- ALEXANDRE DUMAS




EL CABALLERO DE LA «MAISON
ROUGE»
ALEXANDRE DUMAS
I
LOS VOLUNTARIOS
EL DESCONOCIDO
Era la noche del 10 de marzo de 1793.
En Notre Dame acababan de sonar las diez, y
cada hora, descolgándose como un pájaro nocturno
lanzado desde un nido de bronce, había volado triste,
monótona y vibrante.
Sobre París había descendido una noche fría y
brumosa.
El mismo París no era en absoluto el que
conocemos, deslumbrante en la noche por mil luces
que se reflejan en su fango dorado; era una ciudad
avergonzada, tímida y atareada, cuyos escasos
habitantes corrían para atravesar de una calle a otra.
Era, en fin, el París del 10 de marzo de 1793.
Tras algunas palabras sobre la extrema situación
que había ocasionado este cambio en el aspecto de la
capital, pasaremos a los acontecimientos cuyo relato
es el objeto de esta historia.
A causa de la muerte de Luis XVI, Francia
había roto con toda Europa. A los tres enemigos con
los que había combatido al principio, Prusia, el
Imperio y d Piamonte, se habían unido Inglaterra,
Holanda y España. Sólo Suecia y Dinamarca, atentas
al desmembramiento de Polonia realizado por
Catalina II, conservaban su neutralidad.
La situación era alarmante. Francia, temida
como potencia física, pero poco estimada como
potencia moral tras las masacres de septiembre del
21 de enero, estaba literalmente bloqueada por toda
Europa, como una simple ciudad. Inglaterra se
hallaba en las costas, España en los Pirineos, el
Piamonte y Austria en los Alpes, Holanda y Prusia
en el norte de los Países Bajos, y en un solo punto,
entre el Rin y el Escalda, doscientos cincuenta mil
soldados avanzaban contra la República.
Los generales franceses eran rechazados en
todas partes, y Valence y Dampierre se habían
dejado arrebatar parte de su material durante la
retirada. Más de diez mil desertores habían
abandonado el ejército, dispersándose por el país. La
única esperanza de la Convención era Dumouriez, al
que había enviado un correo tras otro ordenándole
abandonar las orillas del Biesboch, donde preparaba
un desembarco en Holanda, y regresar para tomar el
mando del ejército del Mosa.
En el corazón de Francia, es decir, en París,
repercutía cada golpe que la invasión, la revuelta o
la traición le asestaba en los puntos más distantes.
Cada victoria era una conmoción de alegría, cada
derrota una sacudida de terror.
La víspera, 9 de marzo, había tenido lugar en la
Convención una de las sesiones más borrascosas:
todos los oficiales habían recibido la orden de
incorporarse a sus regimientos a la misma hora; y
Danton, subiendo a la tribuna, había exclamado:
«¿Decís que faltan soldados? Ofrezcamos a París
una ocasión de salvar a Francia, pidámosle treinta
mil hombres, enviémoslos a Dumouriez, y no sólo
Francia estará salvada, sino Bélgica asegurada y
Holanda conquistada. »
La proposición había sido acogida con gritos de
entusiasmo. En todas las secciones se habían
establecido oficinas de alistamiento. Los
espectáculos se habían cerrado para impedir
cualquier distracción y la bandera negra había sido
izada en la alcaldía en señal de alarma.
Antes de medianoche se habían inscrito treinta y
cinco mil hombres; pero al inscribirse, igual que en
las jornadas de septiembre, los voluntarios habían
pedido que, antes de su partida, se castigara a los
traidores.
Los traidores eran los contrarrevolucionarios,
los conspiradores que amenazaban desde dentro a la
Revolución amenazada desde fuera. Pero la palabra
tomaba toda la amplitud que querían darle los
partidos extremistas. Los traidores eran los más
débiles. Y los montañeses1 decidieron que los
traidores serían los girondinos.
Al día siguiente —10 de marzo— todos los
diputados montañeses asistían a la sesión. El alcalde
se presenta con el acuerdo del ayuntamiento
confirmando las medidas de los comisarios de la
Convención y repite el deseo, manifestado
1 Miembros del partido de la Montaña, llamado así por ocupar los
escaños más elevados del Juego de Pelota. (Nota del traductor.)
unánimemente la víspera, de un tribunal
extraordinario encargado de juzgar a los traidores.
Enseguida se exige a gritos un acuerdo del
comité. Este se reúne y, diez minutos después,
Robert Lindet anuncia que se nombrará un tribunal
compuesto por nueve jueces y dividido en dos
secciones, encargado de perseguir a quienes traten
de confundir al pueblo. Los girondinos comprenden
que esto significa su arresto. Se levantan en masa.
—¡Antes morir que consentir el establecimiento
de esta inquisición veneciana! —gritan.
En respuesta, los montañeses piden que se vote
a mano alzada.
Se vota y, contra todo pronóstico, la mayoría
declara: 1.º que habrá jurados; 2.º que el número de
estos jurados será igual al de departamentos; 3.º que
serán nombrados por la Convención.
En cuanto se admitieron estas tres
proposiciones, se escuchó un enorme griterío. La
Convención estaba habituada a las visitas del
populacho. Preguntó de qué se trataba y se le
contestó que una comisión de voluntarios deseaba
presentarse ante ella. Enseguida se abrieron las
puertas y seiscientos hombres medio borrachos,
armados de sables, pistoletes y picas, desfilaron
entre aplausos, pidiendo a gritos la muerte para los
traidores.
Collot d'Herbois les prometió salvar la libertad
pese a las intrigas; y acompañó sus palabras con una
mirada a los girondinos que hizo comprender a éstos
que todavía estaban en peligro.
Terminada la sesión, los montañeses se
dirigieron a los otros clubs y propusieron poner
fuera de la ley a los traidores y degollarlos esa
noche.
Louvet vivía en la calle Saint-Honoré, cerca del
club de los Jacobinos; su mujer entró en el club,
atraída por las voces y escuchó la proposición. Subió
a toda prisa para prevenir a su marido que, tras
armarse, corrió de puerta en puerta para advertir a
sus amigos, a los que encontró reunidos en casa de
Pétion, deliberando sobre un decreto que querían
presentar al día siguiente. Les cuenta lo que ocurre,
incitándoles a tomar, por su parte, alguna medida
enérgica.
Pétion, calmoso e impasible como de
costumbre, se dirige a la ventana, mira al cielo y
extiende su brazo que retira chorreando.
—Llueve —dice—, esta noche no ocurrirá nada.
Por esta ventana entreabierta penetraron las
últimas vibraciones del reloj que tocaba las diez.
He ahí lo que ocurría en París durante esta
noche del diez de marzo, haciendo que, en este
silencio amenazante, las casas permanecieran mudas
y sombrías, como sepulcros poblados sólo por
muertos.
Los únicos habitantes de la ciudad que se
aventuraban por las calles eran las patrullas de
guardias nacionales, las cuadrillas de ciudadanos de
las secciones, armadas al azar y los policías, como si
el instinto advirtiera que se tramaba algo
desconocido y terrible.
Esa noche, una mujer envuelta en un manto
color lila, la cabeza oculta por el capuchón del
manto, se deslizaba arrimada a las casas de la calle
Saint-Honoré, escondiéndose en algún portal cada
vez que aparecía una patrulla, permaneciendo
inmóvil como una estatua, reteniendo el aliento
hasta que pasaba la patrulla, para continuar su rápida
e inquieta carrera.
Había recorrido impunemente una parte de la
calle Saint-Honoré cuando, en la esquina de la calle
Grenelle, se tropezó con una cuadrilla de voluntarios
cuyo patriotismo se encontraba exacerbado a causa
de los numerosos brindis que habían hecho por sus
futuras victorias. La pobre mujer lanzó un grito y
trató de huir por la calle del Gallo.
—¡Eh! ¿Dónde vas? —gritó el jefe de los
voluntarios.
La fugitiva no respondió y continuó corriendo.
—¡Apunten! —dijo el jefe—. Es un hombre
disfrazado, un aristócrata que se escapa.
El ruido de dos o tres fusiles maltratados por
manos demasiado vacilantes para ser seguras,
anunció a la pobre mujer el movimiento fatal que se
ejecutaba.
—¡No, no! —gritó, deteniéndose y volviendo
sobre sus pasos—. No, ciudadano; te equivocas; no
soy un hombre.
—Entonces, avanza y responde categóricamente
—dijo el jefe—. ¿Dónde vas, encantadora dama
nocturna?
—Pero, ciudadano, no voy a ninguna parte...
Vuelvo.
—¡Ah! ¿Vuelves?
—Sí.
—Es un poco tarde para volver una mujer
honrada, ciudadana.
—Vengo de casa de una parienta que está
enferma.
—Pobre gatita —dijo el jefe, haciendo un gesto
con la mano que hizo retroceder a la asustada
mujer—. ¿Dónde tenemos el salvoconducto?
—¿El salvoconducto? ¿Qué es eso, ciudadano?
¿Qué quieres decir? ¿,Qué es lo que me pides?.
—¿No has leído el decreto del ayuntamiento?
La mujer no sabía nada sobre la disposición del
ayuntamiento que prohibía circular después de las
diez de la noche a toda persona que careciera de
salvoconducto. El jefe de los voluntarios la sometió
a un breve interrogatorio y sus sospechas
aumentaron con las confusas respuestas de la mujer.
Entonces decidió conducirla al puesto más próximo,
el del Palacio-Igualdad.
Se encontraban cerca de la barrera de los
Sargentos cuando un joven alto, envuelto en una
capa, volvió repentinamente la esquina de la calle
Croix-des-Petits-Champs, justo en el momento en
que la prisionera suplicaba que la dejaran libre. El
jefe de los voluntarios, sin escucharla, la arrastraba
por un brazo y la joven lanzó un grito mezcla de
miedo y dolor.
El joven vio el forcejeo, oyó el grito y, saltando
de un lado a otro de la calle, se plantó ante la
cuadrilla y preguntó al que parecía el jefe quién era
la mujer y qué querían de ella.
—¿Y tú, quién eres para interrogarnos? —dijo
el jefe.
El joven abrió su capa y brillaron unas
charreteras en un uniforme militar, identificándose
como oficial de la guardia cívica.
—¿Qué dice? —preguntó uno de la cuadrilla
con el acento arrastrado e irónico de la gente del
pueblo.
—Dice que si las charreteras no bastan para que
se respete a un oficial, el sable hará que se respeten
las charreteras —replicó el joven al tiempo que
retrocedía un paso y, desplegando los pliegues de su
capa, hacia brillar un largo y sólido sable de
infantería a la luz de un farol. Después, con un
movimiento rápido que revelaba cierta costumbre en
el manejo de las armas, apresando al jefe de los
voluntarios por el cuello de la casaca y apoyándole
en la garganta la punta del sable, dijo—: Ahora
charlaremos como dos buenos amigos. Y te
prevengo que al menor movimiento que hagáis tú o
tus hombres, atravieso tu cuerpo con mi sable.
Entretanto, dos hombres de la cuadrilla
continuaban reteniendo a la mujer.
—Me has preguntado quién soy —continuó el
joven—, y no tienes derecho a hacerlo porque no
mandas una patrulla regular. No obstante, te lo voy a
decir: me llamo Maurice Lindey y he mandado una
batería de cañones el diez de agosto. Soy teniente de
la Guardia Nacional y secretario de la sección de
Hermanos y Amigos. ¿Té basta con eso?
—¡Ah! Ciudadano teniente —respondió el jefe,
amenazado por la hoja cuya punta presionaba cada
vez más en su garganta—. Si eres realmente lo que
dices, es decir, un buen patriota…
—Vaya; ya sabía que nos entenderíamos
enseguida —dijo el oficial—. Ahora respóndeme:
¿por qué gritaba esta mujer y qué le hacíais?
—La conducíamos al cuerpo de guardia porque
carece de salvoconducto, y el último decreto del
ayuntamiento ordena arrestar a cualquiera que
deambule sin salvoconducto.
La lucha no podía ser igualada. Incluso la mujer
comprendió esto, porque dejó caer la cabeza sobre el
pecho y lanzó un suspiro. En cuanto a Maurice, con
el ceño fruncido, el labio levantado desdeñosamente,
el sable desenvainado, permanecía indeciso entre sus
sentimientos de hombre que le ordenaban defender a
la mujer y sus deberes de ciudadano que le
aconsejaban entregarla. De pronto brilló en una
esquina el resplandor de varios cañones de fusil y se
escuchó la marcha de una patrulla que, al advertir al
grupo, hizo alto a diez pasos. El cabo gritó: «¿Quién
vive?»
Maurice reconoció la voz de su amigo Lorin y le
pidió que se acercara. El cabo avanzó al frente de la
patrulla y, al reconocer a Maurice, le preguntó qué
hacía en la calle a esas horas.
—Ya lo ves, salgo de la sección de Hermanos y
Amigos.
—Sí, para ir a la de hermanas y amigas, ¿no es
así?
Maurice le dijo que se equivocaba y le explicó
la causa de hallarse allí. Después, Lorin escuchó las
explicaciones de los voluntarios sobre la resolución
del ayuntamiento y dijo:
—Bien hecho. Pero hay otra resolución que
anula ésa; hela aquí:
Por el Pindo y el Parnaso,
Ha decretado el Amor,
Que la Belleza, la Juventud y la Gracia
Podrán, a cualquier hora del día,
Circular sin billete.
—¡Eh! ¿Qué dices de este acuerdo, ciudadano?
Me parece que es galante.
—Sí. Pero no me parece decisivo. En primer
lugar, no figura en el Moniteur; más aún, no estamos
ni en el Pindo ni en el Parnaso; además, no es de día;
y por último, la ciudadana tal vez no es joven, ni
bella, ni graciosa.
—Yo opino todo lo contrario —dijo Lorin—.
Veamos, ciudadana, demuestra que tengo razón, baja
tu toca y que todos puedan juzgar si reúnes las
condiciones del decreto.
Pero la mujer se estrechó contra Maurice,
suplicándole que la protegiera de su amigo como lo
había hecho con sus enemigos y, al escuchar las
sospechas del jefe de los voluntarios sobre su
condición de espía aristócrata, bribona o ramera, se
descubrió un momento el rostro para que Maurice
pudiera verlo. El joven quedó deslumbrado; jamás
había visto nada parecido, y pidió a Lorin, en voz
baja, que reclamara a la prisionera para conducirla a
su puesto. El joven cabo comprendió su intención y
ordenó a la mujer que le siguiera, pero el jefe de los
voluntarios se opuso, alegando que la prisionera le
pertenecía.
—Ciudadanos —dijo Lorin—, nos vamos a
enfadar.
—¡Enfadaos o no, voto a tal! Eso no nos
importa. Somos auténticos soldados de la República
que vamos a verter nuestra sangre en la frontera
mientras vosotros patrulláis por las calles.
—Tened cuidado de no derramarla en el
camino, ciudadanos, y eso podría ocurriros si no os
conducís con más educación.
—La educación es una virtud aristocrática y
nosotros somos descamisados —replicaron los
voluntarios.
Lorin les aconsejó que no hablaran así ante la
dama y dedicó a ésta unos versos en los que se
comparaba a Inglaterra con un nido de cisnes en
medio de un inmenso estanque. Al oírle, el jefe de
los voluntarios le acusó de ser un agente de Pitt, de
estar pagado por Inglaterra. Lorin le impuso silencio
en tono amenazador y Maurice, en vista del cariz
que tomaban los acontecimientos preguntó a la
mujer si la causa abrazada por quienes la defendían
merecía la sangre que iba a correr. La desconocida le
respondió que prefería que la matara él, allí mismo,
y arrojara su cadáver al Sena, antes que sufrir las
desgracias que su arresto acarrearía a ella ya otras
personas.
Entonces Maurice ordenó a Lorin que atacara a
los voluntarios si proferían la menor palabra; éstos
intentaron defenderse, uno de ellos disparó su pistola
y la bala atravesó el sombrero de Maurice. Lorin
ordenó a sus hombres atacar a la bayoneta. En las
tinieblas hubo un momento de lucha y de confusión
durante el cual se escucharon una o dos
detonaciones, imprecaciones, gritos, blasfemias;
pero no acudió nadie, porque se había extendido el
rumor de que iba a haber una masacre y se pensaba
que ésta ya había empezado. Los voluntarios, menos
numerosos y peor armados, quedaron fuera de
combate en un instante. Dos estaban heridos
gravemente, otros cuatro estaban arrimados a la
pared, cada uno de ellos con una bayoneta en el
pecho.
—Bien —dijo Lorin—. Espero que ahora seáis
mansos como corderos. En cuanto a ti, ciudadano
Maurice, te encargo de conducir a esta mujer al
puesto de la alcaldía. ¿Te das cuenta que respondes
de ella?
Maurice asintió y pidió a su amigo la
contraseña; éste le dijo que esperase mientras se
desembarazaba de los voluntarios, los cuales le
acusaron de girondino. Entonces, Lorin se identificó
ante ellos como miembro del club de los Termópilas
y les aseguró que la mujer sería conducida al puesto.
Unos y otros terminaron abrazándose y decidieron ir
a beber unos tragos juntos; prometieron a los heridos
enviarles unas camillas y, mientras los guardias
nacionales y los voluntarios se dirigían al Palacio-
Igualdad, Lorin se aproximó a su amigo, que
permanecía junto a la desconocida en la esquina de
la calle del Gallo.
—Maurice —dijo—, te he prometido un consejo
y aquí lo tienes: ven con nosotros en lugar de
comprometerte protegiendo a la ciudadana que,
aunque parece seductora, no deja de ser sospechosa.
La mujer le rogó que no la juzgara por las
apariencias y que dejara a Maurice concluir su buena
acción acompañándola hasta su casa.
—Maurice —dijo Lorin—, piensa lo que vas a
hacer; te comprometes peligrosamente.
—Lo sé muy bien —respondió el joven—; pero,
¿qué quieres? Si la abandono, las patrullas la
arrestarán a cada paso.
—¡Oh! Sí, sí, mientras que con usted estoy
salvada.
—¿Lo oyes? ¡Salvada! —dijo Lorin—. Luego,
¿corre un gran peligro?
—Veamos, querido Lorin —dijo Maurice—;
seamos justos. O es una buena patriota o es una
aristócrata. Si es una aristócrata hemos hecho mal
protegiéndola; si es una buena patriota, debemos
custodiarla.
—Perdona, querido amigo; yo no me llevo bien
con Aristóteles, pero tu lógica es estúpida. Es como
quien dice:
Iris me ha robado la razón
y me pide la sabiduría.
—Veamos, Lorin —dijo Maurice—, deja en paz
a Dorat, a Parny, a Gentil-Bernard, te lo suplico.
Hablemos seriamente, ¿quieres o no darme la
contraseña?
Lorin dudaba entre el deber y la amistad. Antes
de comunicar a Maurice la contraseña, «Galia y
Lutecia», le hizo jurar por la patria, representada por
la escarapela que llevaba en su propio sombrero, que
no haría mal uso de su conocimiento.
—Ciudadana —dijo Maurice—, ahora estoy a
sus órdenes. Gracias, Lorin.
—Buena suerte —dijo éste, volviéndose a poner
el sombrero.
Y, fiel a sus gustos anacreónticos, se alejó
murmurando:
Por fin, querida Leonor,
Has conocido este pecado tan seductor
Al que temías aunque deseabas.
Y al disfrutarlo, aún lo temías.
Ahora, dime, ¿qué tiene de espantoso?
II
LA CALLE DES FOSSES-SAINT-VICTOR
COSTUMBRES DEL TIEMPO
QUIEN ERA EL CIUDADANO MAURICE
LINDEY
Maurice, al encontrarse solo con la joven,
permaneció turbado un instante; el temor a ser
engañado, el atractivo de aquella maravillosa
belleza, un vago remordimiento que arañaba su
limpia conciencia de republicano exaltado, le
detuvieron un momento cuando se disponía a dar su
brazo a la joven.
—¿Adónde va usted, ciudadana? —dijo.
—Muy lejos, señor: junto al Jardín des Plantes.
Maurice preguntó a la joven qué hacía a esas
horas por las calles de París; ella le explicó que
había estado desde el mediodía en una casa de
Roule, ignorante de lo que sucedía en la ciudad.
Maurice le dijo que quizás ella era una aristócrata
que se reía de él, republicano traidor a su causa, por
servirle de guía. Pero ella protestó vivamente y le
aseguró amar a la República tanto como él.
—En ese caso, ciudadana, no tiene nada que
ocultar, ¿de dónde venís?
—¡Oh, señor, por favor! —dijo la desconocida.
Había tal expresión de pudor en este señor y tan
dulce, que Maurice creyó estar seguro del
sentimiento que encerraba: ella volvía de una cita
amorosa. Y sin saber por qué, notó cómo este
pensamiento le atenazaba el corazón. Desde ese
momento guardó silencio.
Entretanto, los dos paseantes habían llegado a la
calle Verrerie, tras haberse cruzado con tres o cuatro
patrullas que, gracias a la contraseña, les habían
dejado circular libremente. Pero el oficial de una
nueva patrulla pareció poner algunas dificultades y
Maurice tuvo que añadir a la contraseña su nombre y
domicilio. El oficial preguntó quién era la mujer y
Maurice dijo:
—Es... la hermana de mi mujer.
El oficial les dejó pasar y la desconocida
preguntó a Maurice si estaba casado. Él dijo que no.
—En ese caso, hubiera sido más rápido decir
que yo era su esposa.
—Señora, la palabra esposa es un título sagrado
que no se puede dar ligeramente, y yo no tengo el
honor de conocerla a usted.
Esta vez fue la joven quien sintió oprimírsele el
corazón. Atravesaban el puente Marie. La
desconocida avanzaba más deprisa a medida que se
acercaba al final del trayecto. Atravesaron el puente
de la Tournelle y Maurice anunció a la joven que ya
se encontraban en su barrio.
—Sí, pero ahora es cuando tengo mayor
necesidad de su ayuda.
Maurice le reprochó el hecho de excitar su
curiosidad sin decirle quién era. La desconocida le
aseguró que le estaría reconocida por haberla
salvado del peligro mayor que había corrido nunca,
pero que le era imposible revelarle su nombre.
—Sin embargo, se lo hubiera dicho al primer
agente que la hubiera conducido al puesto.
—No, jamás —exclamó la desconocida.
Maurice le advirtió que, en ese caso, la habrían
conducido a prisión lo que, en ese momento
significaba el cadalso. Pero ella aseguró que prefería
el cadalso a la traición, porque decir su nombre era
equivalente a traicionar.
—¡Con razón le decía que me hacía representar
un papel muy desairado como republicano!
—Representa el papel de un hombre generoso.
Encuentra a una pobre mujer a la que se insulta y no
la desprecia aunque sea del pueblo, y como pude ser
insultada de nuevo, para salvarla de la ruina, la
acompaña hasta su miserable barrio; eso es todo.
—Eso es razonable en cuanto a las apariencias y
yo lo hubiera podido creer si no la hubiera visto, si
no me hubiera hablado; pero su belleza y su lenguaje
son de una mujer distinguida; ahora bien, es
precisamente esta distinción, en contradicción con su
ropa y su miserable barrio, lo que me prueba que su
salida a esta hora oculta algún misterio. Se calla... no
hablemos de ello. ¿Estamos aún lejos de su casa,
señora?
En ese momento llegaban a la calle des Fossés-
Saint-Victor.
—¿Ve ese pequeño edificio negro? —dijo la
desconocida, señalando con la mano a una casa
situada al otro lado del Jardín des Plantes—. Cuando
estemos allí, usted se separará de mí.
Maurice le dijo que él estaba allí para
obedecerla y ella le preguntó si estaba enojado. El
joven contestó que no y añadió que, por otra parte,
eso carecía de importancia para ella.
—Me importa mucho, porque todavía tengo que
pedirle un favor.
—¿Cuál?
—Un adiós afectuoso y franco... un adiós de
amigo.
—¡Un adiós de amigo! Usted me hace un gran
honor, señora. Un amigo tan singular que ignora el
nombre de su amiga, la cual le oculta su domicilio
por temor, sin duda, a tener la desgracia de volverlo
a ver.
La joven bajó la cabeza y no respondió.
—Por último, señora, si he sorprendido algún
secreto, no me odie, lo habré hecho sin querer.
La desconocida anunció que ya habían llegado a
su destino. Estaban frente a la vieja calle Saint-
Jacques y a Maurice le parecía imposible que viviera
allí. Se despidieron y Maurice hizo un frío saludo,
retrocediendo dos pasos. Ella le pidió su mano y el
joven se aproximó tendiéndosela. Entonces notó que
la mujer le deslizaba un anillo en el dedo. Ante las
protestas del joven ella le aseguró que sólo pretendía
recompensar el secreto que se veía obligada a
guardar con él. Pero Maurice, exaltado, le dijo que la
única compensación que necesitaba era volverla a
ver, aunque sólo fuera una vez, una hora, un minuto,
un segundo.
—Jamás —respondió la desconocida como un
doloroso eco.
Una vez más, Maurice le reprochó que se
burlara de él. La mujer suspiró y le pidió que jurara
mantener los ojos cerrados durante un minuto, en ese
caso ella le daría una prueba de reconocimiento. Así
lo hizo Maurice, pero antes pidió:
—Déjeme verla una vez más, una sola vez, se lo
suplico.
La joven se quitó la capucha con una sonrisa no
exenta de coquetería; a la luz de la luna él pudo ver
sus largos cabellos descolgándose en bucles de
ébano, el perfecto arco de sus cejas, que parecían
dibujadas con tinta china, dos ojos rasgados, como
almendras, aterciopelados y lánguidos, una nariz de
la forma más exquisita, unos labios frescos y
brillantes como el coral.
—¡Oh! Es usted muy hermosa, ¡muy hermosa!
—exclamó Maurice.
La joven le pidió que cerrara los ojos. Maurice
obedeció y notó un calor perfumado que parecía
aproximarse a su rostro. Una boca rozó la suya,
dejando entre sus labios el anillo que había
rechazado.
Fue una sensación rápida como de pensamiento
y ardiente como una llama. Maurice hizo un
movimiento, extendiendo los brazos ante sí.
—¡Su juramento! —gritó una voz lejana.
Maurice apoyó sus manos crispadas sobre sus
ojos y no contó ni pensó: permaneció mudo,
inmóvil, vacilante. Poco después escuchó el ruido de
una puerta que se cerraba, abrió los ojos y miró a su
alrededor como quien despierta de un sueño; y por
tanto hubiera tenido de no mantener entre sus labios
apretados el anillo que hacía una incontestable
realidad esta increíble aventura.
Cuando volvió en sí y miró a su alrededor, sólo
vio callejuelas sombrías que se abrían a derecha e
izquierda. Trató de recobrarse, pero su espíritu
estaba turbado, la noche era sombría; la luna, que
había salido un instante para iluminar el atractivo
rostro de la desconocida, se había vuelto a ocultar
entre las nubes. El joven, tras un momento de cruel
incertidumbre, tomó el camino de su casa. Al llegar
a la calle Sainte-Avoie le sorprendió la gran cantidad
de patrullas que circulaban por el barrio del Temple.
Preguntó a un sargento qué sucedía y éste le
explicó que una patrulla, disfrazada con el uniforme
de los cazadores de la guardia nacional y conociendo
la contraseña, cosa que nadie podía explicarse, se
había introducido en el Temple con intención de
liberar a la Capeto y toda su nidada. Felizmente, el
que hacía de cabo había llamado señor al oficial de
guardia, descubriéndose a sí mismo como
aristócrata. No había sido posible arrestarlos: la
patrulla había escapado hasta la calle, dispersándose.
El jefe, un tipo delgado, había huido por una puerta
trasera que daba a las Madelonnettes.
En cualquier otra circunstancia, Maurice
hubiera permanecido toda la noche junto a los
patriotas que velaban por la salud de la República;
pero, desde hacía una hora, el amor a la patria no era
lo único que ocupaba su pensamiento. Continuó su
camino, despreocupado de la noticia que acababa de
conocer. Por otra parte, estas pretendidas tentativas
de liberación se habían hecho tan frecuentes y los
patriotas sabían que, en algunas circunstancias se
utilizaban como medio político, que la noticia no le
había inspirado gran inquietud.
Al llegar a su casa se acostó, durmiéndose
rápidamente pese a la preocupación de su espíritu.
Al día siguiente encontró una carta en su mesilla de
noche; estaba escrita con una letra fina, elegante y
desconocida; miró el sello, cuya divisa era una sola
palabra inglesa: Nothing (Nada). Abrió la carta y
leyó:
¡Gracias! ¡Agradecimiento eterno a cambio de
eterno olvido!
Maurice llamó a su criado; éste se llamaba Juan,
pero en 1792 había cambiado su nombre por el de
Scevola.
—Scevola, ¿sabes quién ha traído esta carta?
—No; a mí me la ha entregado el portero.
—Dile que suba.
El portero se llamaba Arístides y subió porque
le llamaba Maurice, muy apreciado por todos los
criados con los que tenía relación, pero declaró que,
si se hubiera tratado de otro inquilino, le hubiera
dicho que bajara.
A las preguntas de Maurice, el portero contestó
que la carta la había llevado un hombre a las ocho de
la mañana. El joven pidió a Arístides que aceptara
diez francos y le rogó que siguiera disimuladamente
al hombre si volvía a presentarse.
Para satisfacción de Arístides, un poco
humillado por la proposición de seguir a un
semejante, el hombre no apareció.
Maurice se quedó solo; arrugó la carta y se quitó
el anillo del dedo, dejándolo todo sobre la mesilla de
noche. Trató de volver a dormir, pero al cabo de una
hora volvió de su acuerdo, besó el anillo y releyó la
carta. En ese momento se abrió la puerta; Maurice se
puso el anillo y ocultó la carta bajo la almohada.
Entró un hombre joven vestido de patriota, pero
de patriota superelegante. Su casaca era de paño
fino, el calzón de casimir y las medias de seda fina.
En cuanto a su gorro frigio, hubiera hecho palidecer,
por su forma elegante y su bello color púrpura, al del
mismo París.
Además, llevaba a la cintura un par de pistolas
de la exreal fábrica de Versalles, y un sable recto y
corto, parecido al de los alumnos del Campo de
Marte.
—¡Ah! —dijo el recién llegado—. Tú duermes,
bruto, mientras la patria está en peligro. ¡Qué asco!
—No duermo, Lorin —dijo Maurice riendo—;
sueño.
—¿Con Eucharis?
—¿Quién es esa Eucharis?
—La mujer de la calle Saint-Honoré, la mujer
de la patrulla, la desconocida por quien hemos
arriesgado nuestras cabezas anoche.
Lorin le hizo varias preguntas sobre la mujer,
pero Maurice le respondió que se le había escapado
en el puente Marie.
—Hablemos de política —dijo Lorin—. He
venido para eso; ¿sabes la noticia?
—Sé que la viuda Capeto ha querido evadirse.
—¡Bah! Eso no es nada. El famoso caballero de
Maison-Rouge está en París.
—¿De verdad? ¿Cuándo ha entrado?
—Anoche. Disfrazado de cazador de la guardia
nacional. Una mujer que se supone es aristócrata,
disfrazada de mujer del pueblo le ha llevado las
ropas a la puerta de la ciudad; un instante después
han entrado del brazo. Sólo después que habían
pasado, el centinela ha entrado en sospechas: había
visto salir a la mujer con un paquete y la vio entrar
del brazo de un militar; esto era sospechoso. Ha
dado la alarma y se ha corrido tras ellos, pero han
desaparecido en un edificio de la calle Saint-Honoré
cuya puerta se abrió como por arte de magia. El
edificio tenía otra puerta en los Champs-Elysées; el
caballero de Maison-Rouge y su cómplice se han
desvanecido. Se demolerá el edificio y se
guillotinará al propietario, pero esto no impedirá al
caballero volver a intentar lo que le ha fallado en dos
ocasiones, hace cuatro meses por primera vez y ayer
por segunda.
—Entonces, ¿crees en el amor del caballero por
la reina?
—No —contestó Lorin—. En eso digo como
todo el mundo. Por otra parte, ella ha enamorado a
tantos que no tendría nada de asombroso que
también le hubiera seducido a él.
—Entonces, dices que el caballero de Maison-
Rouge...
—Digo que en este momento está acorralado y
que si escapa a los sabuesos de la República será un
zorro muy fino.
—¿Y qué hace el ayuntamiento entretanto?
—Va a proclamar un decreto para que cada
casa, como un fichero público, exhiba en la fachada
los nombres de sus inquilinos.
—¡Excelente idea! —exclamó Maurice,
pensando que éste sería un buen medio de encontrar
a la desconocida.
—¿No es cierto? Yo ya he apostado a que esta
medida nos proporcionará un mínimo de quinientos
aristócratas. A propósito, esta mañana hemos
recibido en el club una delegación de voluntarios
encabezados por nuestros adversarios de anoche.
Lorin explicó a su amigo que los voluntarios
portaban guirnaldas de flores y coronas de laurel y
deseaban confraternizar con los miembros del club
de las Termópilas. Se improvisó un altar de la patria
y los voluntarios pretendían coronar a Maurice,
héroe de la fiesta, pero como no estaba, se le invocó
por tres veces y se coronó el busto de Washington.
Cuando Lorin terminó su relato, se escucharon
en la calle rumores y tambores lejanos al principio,
luego, más próximos cada vez.
—¿Qué es eso? —preguntó Maurice.
—Es la proclamación del decreto del
ayuntamiento —dijo Lorin.
—Me voy a la sección —dijo Maurice, saltando
de la cama y llamando a su criado para que le
ayudara a vestirse.
—Y yo me voy a acostar —dijo Lorin—; esta
noche sólo he podido dormir dos horas gracias a tus
furiosos voluntarios. No me despiertes si no se
combate violentamente.
—Entonces, ¿para qué te has puesto tan
elegante?
—Porque, para venir a tu casa, debo pasar por la
calle Béthisy, y allí, en el tercero, hay una ventana
que se abre siempre que paso.
—¿Y no temes que se te tome por un petimetre?
—Todo lo contrario, se me conoce como un
descamisado sincero. Sin embargo, es necesario
hacer algún sacrificio por el sexo débil.
Los dos amigos se estrecharon la mano
cordialmente. Lorin salió de la casa y Maurice se
apresuró a vestirse para acudir a la sección de la
calle Lepelletier.
Maurice pertenecía a una familia medio
aristocrática. Sus antepasados se habían distinguido,
desde hacía doscientos años, por la eterna oposición
parlamentaria que ha ennoblecido los nombres de
Molé y Maupeou. Su padre se había pasado toda su
vida clamando contra el despotismo; cuando, el 14
de julio de 1789, la Bastilla cayó en manos del
pueblo, murió de sorpresa y espanto al ver al
despotismo reemplazado por la libertad militante,
dejando a su único hijo independiente por su fortuna
y republicano de sentimientos.
La Revolución había encontrado a Maurice en la
plenitud de vigor y madurez viril que precisa el
atleta dispuesto a entrar en liza, con una educación
republicana, fortalecida por la asiduidad a los clubs
y la lectura de todos los panfletos de la época. En el
aspecto moral, Maurice observaba un profundo y
razonado desprecio por la jerarquía, ponderación
filosófica de los elementos que componen el cuerpo,
negación absoluta de toda nobleza que no fuera
personal, apreciación imparcial del pasado, ardor por
las ideas nuevas, simpatía por el pueblo, mezclada al
más aristocrático de los temperamentos.
En cuanto al físico, Maurice Lindey medía
cinco pies y ocho pulgadas, tenía veinticinco o
veintiséis años, musculoso como un Hércules, con
esa extraña belleza que caracteriza a los francos
como una raza particular, es decir, una frente pura,
ojos azules, cabello castaño y ondulado, mejillas
rosa y dientes de marfil.
Aunque no era rico, tenía independencia
económica; poseía un apellido respetado, y, sobre
todo, popular; conocido por su educación liberal y
sus principios, más liberales todavía, se había
situado a la cabeza de un partido formado por todos
los jóvenes burgueses patriotas.
Maurice había asistido a la toma de la Bastilla,
había estado en la expedición de Versalles, había
combatido como un león el diez de agosto, y en esta
memorable jornada había matado tanto patriotas
como suizos, pues le eran tan insufribles el asesino
con casaca como el enemigo de la República con
uniforme rojo.
Fue él quien, para exhortar a los defensores del
castillo a rendirse e impedir que corriera la sangre,
se había arrojado sobre la boca de un cañón con el
que iba a hacer fuego un artillero parisiense. Fue él
quien entró primero en el Louvre por una ventana,
pese a la descarga de los fusiles de cincuenta suizos
y otros tantos gentileshombres emboscados. Cuando
percibió las señales de capitulación, su terrible sable
ya había atravesado más de diez uniformes;
entonces, viendo a sus amigos masacrar a placer a
los prisioneros que suplicaban piedad, se lanzó
furiosamente sobre sus compañeros, lo que le valió
una reputación digna de los mejores días de Roma y
Grecia.
Declarada la guerra, Maurice se enroló y partió
hacia la frontera como teniente, junto con los mil
quinientos voluntarios que la ciudad enviaba contra
los invasores, y que cada día debían ser seguidos por
otros mil quinientos.
En Jemmapes, la primera batalla a la que asistía,
recibió un tiro, y la bala, tras atravesar los músculos
de acero de su hombro, se aplastó contra el hueso.
Se le envió a París para que se curara y durante un
mes se retorció en el lecho del dolor, devorado por la
fiebre; pero enero le encontró en pie y mandando, si
no de nombre, al menos de hecho, el club de las
Termópilas, es decir, cien jóvenes de la burguesía
parisiense, armados para oponerse a toda tentativa
en favor del tirano Capeto. Aún más: serio y
circunspecto, Maurice asistió a la ejecución del rey;
permaneció mudo cuando cayó la cabeza de este hijo
de san Luis, limitándose a levantar su sable mientras
sus amigos gritaban: «Viva la libertad», sin fijarse
que, excepcionalmente, esta vez su voz no se
mezclaba con las suyas.
Tal era el hombre que el once de marzo, hacia
las diez de la mañana, llegaba a la sección de la que
era secretario; allí se le esperaba con impaciencia y
emoción, ya que había que votar en la Convención
una resolución para reprimir los complots de los
girondinos.
En la sección sólo se hablaba del caballero de
Maison-Rouge y su intentona en el Temple. Maurice
se mantuvo silencioso, redactó la proclama, terminó
su tarea en tres horas y se dirigió a la calle Saint-
Honoré. París le pareció completamente distinto a la
noche anterior, y volvió a recorrer el camino que
hiciera con la desconocida. Atravesó los puentes y
llegó a la calle Víctor, como se la llamaba entonces.
«¡Pobre mujer! —murmuró Maurice—. No ha
reflexionado que la noche sólo dura doce horas y su
secreto probablemente no dure más. A la luz del sol
encontraré la puerta por donde se deslizó, y quién
sabe si no la apercibiré a ella misma en alguna
ventana. »
Penetró en la antigua calle Saint-Jacques y se
situó en el mismo lugar en que había estado la
víspera. Cerró los ojos un instante, creyendo que el
beso de la víspera le quemaría de nuevo los labios.
Pero sólo sintió el recuerdo, aunque éste también
quemaba.
Maurice abrió los ojos y vio las calles fangosas
y mal pavimentadas, guarnecidas de vallas, cortadas
por puentecillos mal colocados sobre un arroyo. Era
la miseria en todo su horror. Acá y allá un jardín
cercado por vallas y empalizadas de varas, alguno
por muros; pieles secándose y expandiendo ese olor
de curtiduría que subleva al corazón. Maurice buscó
durante dos horas y no encontró nada, aunque volvió
diez veces sobre sus pasos para orientarse. Todas sus
tentativas fueron inútiles, todas sus indagaciones
infructuosas. Las huellas de la joven parecía que
hubieran sido borradas por la niebla y la lluvia.
«Yo he soñado —se dijo Maurice—. Esta
cloaca no puede haber servido de refugio, ni por un
momento, a mi hermosa hada de esta noche.»
Había en este bravo republicano una poesía
mucho más real que en su amigo de los cuartetos
anacreónticos, pues se concentró en esta idea para no
empañar la aureola que iluminaba la cabeza de su
desconocida.
«¡Adiós! —dijo—, bella misteriosa. Me has
tratado como a un necio o a un niño. En efecto,
¿hubiera venido aquí conmigo, si viviera aquí? ¡No!,
se ha limitado a pasar por aquí como un cisne por un
pantano infecto, y su huella es tan invisible como la
del pájaro en el aire.»
III
EL TEMPLE
El mismo día, a la misma hora en que el
decepcionado Maurice volvía a cruzar el puente de
la Tournelle, varios municipales, acompañados por
Santerre comandante de la guardia nacional
parisiense, hacían una severa visita a la torre del
Temple, transformada prisión el 13 de agosto de
1792.
Esta visita se realizaba en particular al aposento
del tercer piso, compuesto por una antesala y tres
habitaciones. Una de éstas estaba ocupada por dos
mujeres, una muchachita y un niño de nueve años,
todos vestidos de luto.
La mayor de las mujeres podía tener treinta y
siete o treinta y ocho años. Estaba sentada y leía. La
segunda trabajaba en una obra de tapicería y tenía
veintiocho o veintinueve años. La jovencita tenía
catorce y se mantenía junto al niño que, enfermo y
acostado, cerraba los ojos como si durmiera, aunque
era evidente que se lo impedía el ruido que hacían
los municipales.
Unos revolvían las camas, otros desplegaban las
piezas de lencería, otros, que ya habían terminado
sus pesquisas, miraban con una fijeza insolente a las
desgraciadas prisioneras que, obstinadamente,
mantenían los ojos bajos,
Uno de los municipales se aproximó a la que
leía, le arrebató brutalmente el libro y lo arrojó en
medio de la habitación. La prisionera cogió otro
volumen de la mesa y continuó la lectura.
El montañés hizo un gesto furioso para
arrancarle el segundo volumen como había hecho
con el primero, pero la muchachita se abalanzó,
rodeó con sus brazos la cabeza de la lectora y
murmuró llorando:
—¡Ah, pobre madre mía!
Entonces la prisionera acercó la boca a la oreja
de la jovencita, como para besarla y dijo:
—Marie, hay una nota escondida en la boca de
la estufa; sácala.
El municipal las separó y la jovencita le
preguntó si la Convención había prohibido a los
hijos abrazar a las madres.
—No; pero ha decretado que se castigará a los
traidores, a los aristócratas y a los de arriba. Por eso
estamos aquí, para interrogar. Veamos, María
Antonieta, responde.
La interpelada no se dignó mirar a su
interrogador y guardó un obstinado silencio. Ante la
insistencia de Santerre, la prisionera tomó de la mesa
un tercer volumen.
Santerre dio media vuelta. El brutal poder de
este hombre que mandaba sobre 80.000 hombres,
que sólo había necesitado un gesto para acallar la
voz del moribundo Luis XVI, se estrellaba contra la
dignidad de una pobre prisionera, cuya cabeza podía
hacer caer, pero a la que no podía doblegar.
—Y usted, Elisabeth —dijo a la otra mujer—.
Responda.
—No sé qué me pregunta, por tanto no puedo
responderle.
—¡Voto a tal!, ciudadana Capeto —dijo
Santerre impacientándose—. Está claro lo que digo:
ayer hubo una tentativa para liberarla y usted tiene
que conocer a los culpables.
—No tenemos ninguna comunicación, señor;
por tanto no podemos saber lo que se hace por o
contra nosotros.
—Está bien, veremos lo que dice tu sobrino.
Santerre se aproximó al lecho del delfín. María
Antonieta se levantó y le advirtió que el niño estaba
enfermo, pero siguió sin contestar a las preguntas del
municipal. Entonces éste despertó al niño y los
hombres rodearon el lecho y la reina hizo una seña a
su hija, que aprovechó el momento para deslizarse a
la habitación contigua, abrir una de las bocas de la
estufa, sacar la nota, quemarla, volver a la habitación
y tranquilizar a su madre con una mirada.
Entretanto, Santerre interrogaba al delfín que
aseguraba no haber oído nada en toda la noche por
estar durmiendo.
—Estos lobeznos están de acuerdo con la loba
—exclamó Santerre.
La Reina sonrió.
—La austriaca se ríe de nosotros. Bien, pues
ejecutemos en todo su rigor el decreto del
ayuntamiento. Levántate, Capeto.
—¿Qué va a hacer? —exclamó la reina—, ¿No
ve que mi hijo está enfermo, que tiene fiebre?
¿Quiere hacerle morir?
Santerre dijo que el delfín era el objetivo de
todos los conspiradores y ordenó que se llamara a
Tison, el encargado de los trabajos domésticos de la
prisión. Este era un hombre de unos cuarenta años,
de piel oscura, rostro rudo y salvaje, y cabellos
negros y crespos que le descendían hasta las cejas.
Tison contestó a las preguntas de Santerre y dijo
que la ropa de las prisioneras la lavaba su hija y que
él la examinaba con cuidado; prueba de ello era que
el día anterior había encontrado un pañuelo con dos
nudos que había entregado al Consejo.
La reina se estremeció al oír mencionar los dos
nudos hechos en un pañuelo, sus pupilas se dilataron
y cambió una mirada con su hermana.
—Tison —dijo Santerre—, tu hija es una
ciudadana cuyo patriotismo nadie pone en duda;
pero a partir de hoy no volverá a entrar en el
Temple.
—Entonces, ¿sólo podré ver a mi hija cuando yo
salga?
—Tú no saldrás.
—¡Que no saldré! Entonces presento mi
dimisión.
—Ciudadano, obedece las órdenes del
ayuntamiento y calla o lo pasarás mal. Quédate aquí
y observa lo que sucede. Te prevengo que se te
vigila. Y ahora, haz subir a tu mujer.
Tison obedeció sin replicar. Cuando llegó la
mujer, el municipal le ordenó registrar a las
prisioneras mientras ellos aguardaban en la
habitación de al lado. Los hombres salieron y cuatro
de ellos se quedaron junto a la puerta por si la reina
se resistía.
—Querida señora Tison —dijo la reina—,
crea...
Pero la mujer cortó sus palabras diciéndole que
ella era la causa de todos los males del pueblo.
El registro comenzó por la reina a la que se
encontró un pañuelo con tres nudos que parecía una
respuesta a aquél del que había hablado Tison, un
lápiz, un escapulario y lacre.
—¡Ah! —dijo la señora Tison—, ya lo sabía yo;
ya les había dicho a los municipales que escribía, ¡la
austriaca! El otro día encontré una gota de lacre en
la arandela del candelabro.
—¡Oh!, señora —dijo la reina—, enseñe sólo el
escapulario.
—¡Ah, sí, piedad para ti! ¿Es que se tiene
piedad conmigo?... Se me quita a mi hija.
Las otras dos mujeres no tenían encima nada
sospechoso. La señora Tison llamó a los municipales
y les entregó los objetos encontrados a la reina, que
pasaron de mano en mano y motivaron infinitas
conjeturas; sobre todo el pañuelo con los tres nudos,
que desató la imaginación de los perseguidores de la
familia real.
—Ahora te leeremos el decreto de la
Convención que ordena separarte de tu hijo. La
Convención está demasiado preocupada con un niño
cuyo cuidado le ha confiado la nación, para dejarlo
en compañía de una madre tan depravada como tú.
Los ojos de la reina lanzaron chispas.
—Pero, ¡formulad una acusación al menos,
tigres!
Entonces, uno de los municipales lanzó contra
la reina una acusación infame, como la de Suetonio
contra Agripina.
—¡Oh! —exclamó la reina—. Apelo al corazón
de todas las madres.
—Vamos, vamos; eso está muy bien, pero
llevamos aquí dos horas y no podemos perder toda la
jornada; Capeto, levántate y síguenos.
—¡Jamás! —exclamó la reina, lanzándose entre
los municipales y el joven Luis, aprestándose a
proteger el lecho como una tigresa su cubil—; jamás
dejaré que se me arrebate a mi hijo.
La hermana de la reina suplicó piedad a los
hombres y Santerre les exigió que hablaran, que
dijeran los nombres y el proyecto de sus cómplices,
así como el significado de los nudos hechos en el
pañuelo; sólo en ese caso se les dejaría al niño.
Una mirada de Elisabeth pareció suplicar a la
reina que hiciera el terrible sacrificio; pero ella,
enjugándose una lágrima, dijo:
—Adiós, hijo mío. No olvidéis nunca a vuestro
padre, que está en el cielo, ya vuestra madre, que
muy pronto se reunirá con él. —Le dio un último
beso, e irguiéndose, fría e inflexible, continuó:— Yo
no sé nada, señores; hagan lo que quieran.
Cuando se llevaron al niño, cuyas lágrimas
corrían y le tendía los brazos, la reina cayó
anonadada en una silla, pero no lanzó un solo grito.
Al cerrarse la puerta tras los municipales, las
tres mujeres guardaron un silencio desesperado, roto
solamente por algunos sollozos. La reina fue la
primera en romperlo para preguntar a su hija por la
nota, y al saber que ésta la había quemado sin leerla,
dijo:
—Pero, al menos, habréis visto la letra.
—Sí, madre; un momento.
La reina se levantó, miró a la puerta para saber
si eran observadas, cogió una horquilla, se aproximó
a la pared, sacó de una grieta un papelito doblado y
se lo enseñó a su hija, preguntándole si la letra era la
misma.
—Sí, madre —exclamó la princesa—; ¡la
reconozco!
—¡Alabado sea Dios! —exclamó la reina con
fervor, cayendo de rodillas—. Si ha podido escribir
esta mañana es que está a salvo. Gracias, Dios mío;
un amigo tan noble, bien merece tus milagros.
La princesa preguntó a su madre de quién
hablaba, para poder encomendarle a Dios en sus
oraciones.
—Sí, hija mía, tenéis razón; no olvidéis jamás
este nombre, porque es el de un gentilhombre lleno
de honor y bravura; no se sacrifica por ambición,
porque sólo ha aparecido en los días de desgracia.
Nunca ha visto a la reina de Francia, o mejor dicho,
la reina de Francia nunca le ha visto a él; sin
embargo, se juega la vida por defenderla. Quizá sea
recompensado con el premio que se otorga hoya
cualquier virtud, con una muerte horrible... Pero..., si
muere..., allá arriba le daré las gracias... Se llama...
La reina miró con inquietud a su alrededor y
bajó la voz:
—Es el caballero de Maison-Rouge... ¡Rogad
por él!
IV
JURAMENTO DE JUGADOR
GENEVIÈVE
LA CENA
La tentativa de liberación había excitado la
cólera de unos y el interés de otros. Por otra parte,
este acontecimiento lo corroboraba la multitud de
emigrados que, desde hacía tres semanas, habían
vuelto a entrar en Francia por diferentes puntos de la
frontera. Era evidente que todas las personas que
arriesgaban así su cabeza no lo hacían sin un
objetivo, y éste, según todas las probabilidades, era
la liberación de la familia real.
A propuesta de Osselin, se había promulgado un
decreto condenando a muerte a todo emigrado
convicto de haber regresado a Francia, así como a
todo ciudadano que le hubiera dado ayuda o, asilo.
Esta ley inauguraba el terror. Sólo faltaba la ley
sobre los sospechosos.
El caballero de Maison-Rouge era un enemigo
demasiado activo y audaz para que su vuelta a París
y su aparición en el Temple no acarreasen las más
drásticas medidas. Se realizaron registros más
severos que nunca en multitud de casas sospechosas,
pero el único resultado que dieron fue el
descubrimiento de algunas emigradas que se dejaron
prender y de algunos viejos que no se molestaron en
disputar a los verdugos los pocos días que les
quedaban de vida.
Las secciones estuvieron muy ocupadas y el
secretario de la de Lepelletier tuvo poco tiempo para
pensar en la desconocida. Al principio había
intentado olvidar, pero, como decía su amigo Lorin:
Soñando que es necesario olvidar,
Se recuerda.
Maurice no había dicho nada a su amigo, y
había guardado en su corazón los detalles de la
aventura ignorados por éste; sin embargo, Lorin, que
conocía su naturaleza alegre y expansiva, al verle
meditabundo y solitario, sospechaba que Cupido
andaba por medio.
Entretanto, el caballero no había sido capturado
y ya no se hablaba de él. La reina lloraba junto a su
hija y su hermana. El joven delfín, en manos del
zapatero Simon, comenzaba el martirio que en dos
años le llevaría junto a sus padres. Transcurría un
momento de calma. El volcán montañés reposaba
antes de devorar a los girondinos.
Maurice sentía el peso de esta calma como se
siente la pesadez de la atmósfera en tiempo de
tormenta. La holganza le entregaba al ardor de un
sentimiento que, si no era el amor, se le parecía
mucho y decidió, pese al juramento que había hecho,
ensayar una última tentativa.
Había madurado mucho una idea: ir a la sección
del Jardín des Plantes y pedir informes al secretario.
Pero le contuvo el temor de que su bella desconocida
estuviera mezclada en alguna intriga política y una
indiscreción suya pudiera hacer rodar su cabeza por
el cadalso.
Entonces decidió intentar la aventura solo y sin
ningún informe.
Su plan era muy simple: las listas colocadas en
cada puerta le proporcionarían los primeros indicios,
y los interrogatorios a los porteros terminarían de
aclarar el misterio.
Aunque desconocía el nombre de la joven,
pensaba que estaría en consonancia con su aspecto y
pensaba deducirlo por analogía.
Se puso una casaca de paño oscuro y basto, se
caló el gorro rojo de los grandes días y partió para su
exploración sin advertir a nadie. Llevaba en la mano
un garrote nudoso, y en el bolsillo su credencial de
secretario de la sección Lepelletier.
Recorrió la calle Saint-Victor y la Vieille-Saint-
Jacques, leyendo todos los nombres escritos en el
entrepaño de cada puerta. Se encontraba en la
centésima casa, sin la menor pista de su
desconocida, cuando un zapatero, viendo la
impaciencia pintada en su rostro, abrió su puerta,
salió y mirándole por encima de las gafas le
preguntó si quería algún informe sobre los inquilinos
de la casa, estaba dispuesto a contestarle y conocía a
todo el mundo en el barrio. Maurice le dijo que
buscaba a un amigo curtidor llamado René.
—En ese caso —dijo un burgués que acababa
de detenerse allí y que miraba a Maurice con cierta
sencillez, no exenta de desconfianza—, lo mejor es
dirigirse al patrón.
El zapatero corroboró las palabras del burgués,
que se llamaba Dixmer y era director de una
curtiduría con más de cincuenta obreros y, por tanto,
podría informar a Maurice; éste se volvió al burgués,
que era un hombre alto, de rostro plácido y llevaba
un traje de una riqueza que denunciaba al industrial
opulento.
El burgués le dijo que era necesario saber el
apellido del amigo que buscaba, y Maurice aseguró
que no lo sabía.
—¡Cómo! —dijo el burgués, con upa sonrisa en
la que se transparentaba más ironía de la que quería
dejar traslucir—. En ese caso es probable que no le
encuentres.
Y el burgués, saludando graciosamente a
Maurice, avanzó algunos pasos y entró en una casa
de la antigua calle Saint-Jacques. El zapatero insistió
en el mismo argumento que el burgués y volvió a su
cuchitril.
Sólo quedaban algunos minutos de claridad
diurna y Maurice los aprovechó para meterse por el
primer callejón y enseguida por otro; allí examinó
cada puerta, exploró cada rincón, miró por encima
de cada valla, se alzó sobre cada muro, echó una
ojeada al interior de cada reja, por el agujero de cada
cerradura, llamó en algunos almacenes desiertos sin
obtener respuesta, empleando más de dos horas en
esta búsqueda inútil.
Sonaron las nueve. Era noche cerrada: no se oía
ningún ruido. De pronto, al volver una calle
estrecha, vio brillar una luz y se internó por la
sombría calleja, sin advertir la repentina
desaparición tras una pared, de una cabeza que no le
perdía de vista desde hacía un cuarto de hora.
Unos segundos después, tres hombres salían por
una puertecita practicada en la pared y se
encaminaban tras los pasos de Maurice, mientras
otro hombre cerraba cuidadosamente la puerta.
Maurice había llegado a un patio, al otro lado
del cual brillaba la luz. Llamó a la puerta de una
casa pobre y solitaria y la luz se apagó al primer
golpe. Maurice insistió, pero nadie respondió a su
llamada. Comprendió que perdía el tiempo, atravesó
el patio y volvió a la calleja. Al mismo tiempo, la
puerta giró suavemente sobre sus goznes, salieron
por ella tres hombres y se escuchó un silbido.
Maurice se volvió y vio tres hombres muy cerca de
él. En las tinieblas, al resplandor de esa especie de
luz que existe para los ojos acostumbrados a la
oscuridad desde hace rato, relucían tres hojas de
reflejos leonados.
Maurice comprendió que estaba rodeado; quiso
hacer molinete con su bastón, pero la callejuela era
tan estrecha que éste chocó contra los dos muros. En
el mismo instante le aturdió un violento golpe en la
cabeza. Los siete hombres cayeron sobre Maurice y,
pese a una resistencia desesperada, le derribaron, le
ataron las manos y le vendaron los ojos.
Maurice no lanzó ni un grito para pedir ayuda.
Pensó que si le vendaban los ojos no era para
matarle enseguida. Oyó una voz que le preguntaba
quién era, qué buscaba y quién le enviaba. Al
contestar Maurice que no le enviaba nadie, dijo el
que le interrogaba:
—En cualquier caso mientes, vengas por tu
voluntad o enviado por alguien: eres un espía.
Al oírse insultar, Maurice llamó cobardes,
repetidas veces y en tono violento a los que le
interrogaban.
—No se te insulta —dijo una voz más dulce,
aunque también más imperiosa que las que habían
hablado hasta entonces—. En los tiempos que
vivimos, se puede ser espía sin ser deshonesto: sólo
que se arriesga la vida.
—Sea bien venido quien ha hablado así; yo le
responderé lealmente.
—¿Qué ha venido a hacer a este barrio?
—A buscar a una mujer.
La misma voz le dijo que mentía y le amenazó
con matarle. Maurice hizo un violento esfuerzo para
librarse de las ligaduras, pero un frío doloroso y
agudo le desgarró el pecho, obligándole a hacer un
movimiento de retroceso.
—¡Ah!, lo notas —dijo uno de los hombres—.
Pues todavía hay ocho pulgadas parecidas a la que
acabas de conocer.
—¿Quién eres? —preguntó la voz dulce e
imperiosa.
—Maurice Lindey.
—¡Qué! ¿Maurice Lindey, el revolucionario, el
patriota?, ¿el secretario de la sección Lepelletier?
—Sí; Maurice Lindey, el secretario de la
sección Lepelletier, el patriota, el revolucionario, el
jacobino; Maurice Lindey, cuyo día más apreciado
será aquél en que muera por la libertad.
Un silencio de muerte acogió esta respuesta.
Maurice presentó su pecho esperando que la
hoja, cuya punta había sentido antes, se hundiera por
completo en su corazón. Tras algunos segundos, una
voz le preguntó si era cierto lo que decía.
—Registrad en mi bolsillo y encontraréis mi
credencial.
Al instante se sintió transportado por brazos
vigorosos. Notó que cruzaba dos puertas, la última
tan estrecha que apenas pudieron pasar con él los
hombres que le llevaban. A su alrededor
continuaban los murmullos y cuchicheos. Maurice se
creía perdido. Advirtió que subían unos escalones;
un aire más tibio rozó su rostro y le sentaron en una
silla. Oyó cerrarse con llave una puerta y escuchó
unos pasos que se alejaban. Prestó oído y creyó
entender que la voz imperiosa decía:
—Deliberemos.
Transcurrió un cuarto de hora que le pareció un
siglo. Comprendió que le habían dejado solo y trató
de romper sus ligaduras: sus músculos de acero se
tensaron y la cuerda se le hundió en la carne, pero no
se rompió. Lo más terrible era tener las manos
atadas a la espalda y no poder arrancarse la venda. Si
pudiera ver, tal vez podría huir.
Sus pies pisaban algo mullido y silencioso,
arena quizás, y un olor acre y penetrante llegaba a su
olfato denunciando la presencia de sustancias
vegetales. Pensó que estaba en un invernadero o algo
parecido. Dio algunos pasos, tropezó con una pared,
se volvió para tantear con las manos y tocó unos
útiles de labranza. Lanzó una exclamación de
alegría. Con grandes esfuerzos exploró todos los
instrumentos en busca de uno cortante. Encontró un
azadón.
Dada la forma en que estaba atado tuvo que
luchar mucho para dar la vuelta al azadón, de
manera que el hierro quedara para arriba y,
sujetándolo con los riñones contra la pared, segar la
cuerda que le ataba las muñecas. El hierro del
azadón cortaba lentamente. El sudor le corría por la
frente. Escuchó como un ruido de pasos que se
aproximaban, hizo un esfuerzo y la cuerda, medio
segada, se rompió.
Lanzó un grito de alegría al tiempo que se
arrancaba la venda de los ojos. Al menos, estaba
seguro de morir defendiéndose.
No se había equivocado mucho: el lugar donde
se encontraba no era un invernadero, sino una
especie de pabellón donde se guardaban algunas
plantas carnosas, de las que no pueden pasar el
invierno a la intemperie. Frente a él había una
ventana: se acercó a ella, pero tenía rejas y un
hombre, armado de una carabina, hacía guardia ante
ella.
Al otro lado del jardín, a treinta pasos de
distancia aproximadamente, se alzaba un quiosquillo
que formaba pareja con el que ocupaba Maurice;
tenía la celosía bajada, pero a través de ella brillaba
una luz. Se aproximó a la puerta y escuchó los pasos
de otro centinela.
Al fondo del corredor se oían voces confusas, de
las que sólo pudo distinguir claramente las palabras:
espía, puñal, muerte.
Maurice redobló su atención. Se abrió una
puerta y pudo oír más claramente: una voz opinaba
que era un espía y los denunciaría en cuanto se viera
libre y, aunque no supiera quiénes eran, conocía la
dirección y volvería con más gente para prenderles.
Por fin se pusieron de acuerdo y decidieron matarle.
Al oírlo, a Maurice se le heló el sudor que le corría
por la frente. Una de las voces advirtió:
—Va a chillar. ¿Al menos han alejado a la
señora Dixmer?
Maurice empezó a comprender dónde se
hallaba: estaba en casa del maestro curtidor que le
había hablado en la antigua calle Saint-Jacques; pero
no comprendía qué interés podía tener este hombre
en su muerte.
Saltó hacia el azadón y, con él en la mano, se
situó junto a la puerta de forma que ésta le cubriera
al abrirse.
Una voz aconsejó matarle de un tiro y Maurice
sintió un escalofrío correrle de pies a cabeza.
—Nada de explosiones —dijo otra voz—. Eso
podría delatarnos. ¡Ah! Dixmer, ¿y su esposa?
—Acabo de verla por la celosía; no sospecha
nada, lee.
—Dixmer, usted puede ayudarnos a decidir:
¿qué le parece mejor: un tiro o una puñalada?
—Un tiro, ¡vamos!
—¡Vamos! —repitieron cinco o seis voces al
mismo tiempo.
Los pasos se aproximaron y se detuvieron ante
la puerta, la llave rechinó en la cerradura y la puerta
se abrió lentamente. Maurice se dijo que si se
entretenía golpeando le matarían; lo mejor era
precipitarse sobre los asesinos y sorprenderlos, para
tratar de alcanzar el jardín y la calle.
Al abrirse la puerta, lanzó un grito salvaje, que
tenia más de amenaza que de terror, derribó a los dos
primeros hombres, apartó a los otros y en un
segundo franqueó diez toesas2 gracias a sus piernas
de acero; al fondo del corredor vio abierta una puerta
que daba al jardín: se lanzó por ella, saltó diez
escalones y, orientándose lo mejor que pudo, corrió
hacia la puerta, que estaba cerrada con llave y dos
cerrojos.
2 Antigua medida de longitud francesa, equivalente a 1,949
metros. (Nota del traductor.)
Maurice descorrió los cerrojos e intentó abrir la
cerradura. Entretanto, sus perseguidores habían
llegado a la escalinata y le vieron.
—¡Ahí está! —gritaron—; tire, Dixmer, tire,
mátelo. Maurice lanzó un rugido; estaba encerrado
en el jardín; miró a las paredes y calculó que
tendrían diez pies de altura. Los asesinos se lanzaron
en su persecución, pero les llevaba treinta pasos de
ventaja. Miró a su alrededor y percibió el quiosco, la
celosía y la luz. Dio un salto de diez pies, cogió la
celosía y la arrancó; pasó a través de la ventana,
rompiéndola, y cayó en una habitación iluminada
donde una mujer leía junto al fuego.
La mujer se levantó espantada, pidiendo
socorro.
—Apártate, Geneviève —gritó Dixmer—;
apártate, que le mato.
Maurice vio a diez pasos el cañón de una
carabina apuntándole. Pero la mujer, apenas vio a
Maurice, lanzó un grito y, en vez de apartarse como
le ordenaba su marido, se interpuso en la trayectoria
del disparo. Maurice se fijó en ella y también lanzó
un grito: era la tan buscada desconocida, que le
ordenó silencio y, volviéndose hacia los asesinos,
que se acercaban a la ventana con diferentes armas
en la mano, dijo:
—No le mataréis.
Dixmer dijo que era un espía, pero la mujer le
pidió que se aproximara y le dijo algo al oído, luego
se volvió a Maurice y le tendió la mano sonriendo,
mientras Dixmer posaba en tierra la culata de su
carabina y sus rasgos tomaban una singular
expresión de mansedumbre y frialdad. Luego, hizo
una señal a sus compañeros para que le siguieran, se
alejó con ellos algunos pasos y, tras hablarles, se
alejaron todos.
—Esconda esa sortija —murmuró Geneviève—,
aquí la conocen todos.
Maurice se quitó la sortija y la escondió en su
chaleco. Un momento después se abrió la puerta del
pabellón y entró Dixmer.
—Ciudadano —dijo a Maurice—, le pido
perdón por no haber sabido lo mucho que le debo.
Mi esposa, aunque recordaba el favor que le hizo
usted el diez de marzo, había olvidado su nombre.
De haber sabido quién era usted, no hubiéramos
puesto en duda su honor ni sus intenciones.
Maurice preguntó por qué querían matarle y
Dixmer explicó que en su fábrica de curtidos
empleaba ácidos adquiridos de contrabando. Al verle
indagando, habían temido una delación y decidieron
matarle. Dixmer y su socio, el señor Morand,
estaban ganando una fortuna gracias al presente
estado de cosas. La municipalidad no tenía tiempo
para verificar minuciosamente las cuentas y los
materiales de contrabando les producían un
beneficio del doscientos por cien.
—¡Diablo! —exclamó Maurice—. Me parece
un beneficio muy honesto y comprendo su temor a
que una denuncia mía terminara con él.
Dixmer le pidió su palabra de no decir nada del
asunto y le rogó que le explicara lo que hacía por
allí, advirtiéndole que era perfectamente libre para
callar, si así lo deseaba.
Maurice dijo que buscaba a una mujer que vivía
en ese barrio, pero de la que ignoraba el nombre, la
situación y el domicilio.
—Sólo sé que estoy locamente enamorado —
dijo—, que es baja...
Geneviève era alta.
—Que es rubia y con aire desenvuelto...
Geneviève era morena y con grandes ojos
soñadores.
—En fin, una obrera...; y para agradarle me he
puesto esta ropa popular.
Dixmer dijo que todo estaba claro y Geneviève
se sintió enrojecer y dio media vuelta.
—Pobre ciudadano Lindey —dijo Dixmer,
riendo—; qué mal rato le hemos hecho pasar, y
usted es el último a quien hubiera querido hacer
daño; ¡un patriota tan excelente, un hermano!... pero,
la verdad: creía que algún malintencionado usurpaba
su nombre.
—No hablemos de eso —dijo Maurice—,
indíqueme el camino para salir de aquí y
olvidemos...
Pero Dixmer se opuso a sus intenciones: esa
noche daban una cena, él y su socio, a los valientes
que habían querido asesinar a Maurice y deseaba
que él mismo comprobara que no eran tan canallas
como parecían. Maurice no se decidía a aceptar la
proposición.
Geneviève le miró tímidamente y dijo:
—Se lo ofrecemos de todo corazón.
—Acepto, ciudadana —respondió Maurice,
inclinándose.
Dixmer dijo que iba a comunicárselo a sus
compañeros y salió, dejando solos a Maurice y
Geneviève.
—¡Ah, señor! —dijo la joven, con un acento al
que inútilmente trataba de dar un tono de reproche—
; usted ha faltado a su palabra, ha sido indiscreto.
—¡Cómo, señora! —exclamó Maurice—. ¿La
he comprometido? En ese caso, perdóneme, me
marcho, y jamás...
—¡Dios! —exclamó ella, levantándose—. ¡Está
herido en el pecho! ¡Su camisa está llena de sangre!
—¡Oh!, no se inquiete, señora; uno de los
contrabandistas me ha pinchado con su puñal.
Geneviève palideció, y tomándole la mano:
—Perdóneme —murmuró— el mal que se le ha
hecho; usted me ha salvado la vida y yo he podido
ser la causa de su muerte.
—¿No es bastante recompensa haberla vuelto a
encontrar? Porque, ¿no habrá creído que buscara a
otra que no fuera usted?
—Venga conmigo —le interrumpió
Geneviève—, le daré ropa limpia... Es preciso que
nuestros invitados no le vean en ese estado: sería
hacerles un reproche terrible.
Maurice protestó por las molestias que le
causaba, pero ella aseguró que era una obligación
que cumplía con gran placer. Condujo a Maurice a
un gabinete de una elegancia y distinción que él no
esperaba encontrar en casa de un maestro curtidor,
aunque éste pareciera millonario. Ella abrió los
armarios, dijo a Maurice que cogiera lo que quisiera,
como si estuviera en su casa, y se retiró.
Cuando Maurice salió, encontró a Dixmer, que
le condujo al comedor, situado en la parte del
edificio a donde se le había conducido al principio;
la cena estaba dispuesta, pero la habitación aún
estaba vacía.
Maurice vio entrar a los seis invitados. Eran
hombres de aspecto agradable, jóvenes la mayor
parte, y vestidos a la moda; dos o tres, incluso
llevaban casaca y gorro rojo. Dixmer se los presentó
a Maurice y a continuación invitó a todos a sentarse
a la mesa.
—Y... el señor Morand —dijo tímidamente
Geneviève—, ¿no le esperamos?
—¡Ah!, es cierto. El ciudadano Morand, del que
ya le he hablado, es mi socio. Podría decirse de él
que es el encargado de la parte moral de la casa; se
encarga de la caja, las facturas y todo el papeleo. Es
quien tiene mayor trabajo de todos nosotros, por eso
se retrasa algunas veces. Voy a avisarle.
En ese momento se abrió la puerta y entró el
ciudadano Morand.
Era un hombre pequeño, moreno, con las cejas
espesas y anteojos verdes. A las primeras palabras
que pronunció Maurice reconoció su voz como la
imperiosa y dulce que se había manifestado
partidaria de los métodos suaves durante la discusión
de la que él había sido el objeto. Vestía un traje
oscuro con grandes botones, una chaqueta de seda
blanca, y su pechera, bastante fina, estuvo
atormentada durante la cena por una mano cuya
blancura y delicadeza admiraron a Maurice.
Tomaron asiento. La cena resultaba poco común:
Dixmer tenía apetito de industrial y hacía los
honores a su mesa; los obreros, o quienes pasaban
por tales, eran dignos compañeros suyos en este
menester; el ciudadano Morand hablaba poco, comía
menos aún, no bebía casi, y reía raramente; Maurice,
quizás a causa de los recuerdos que le traía su voz,
experimentó enseguida una viva simpatía por él.
Dixmer se creyó en la obligación de explicar a
sus invitados la razón por la que un extraño se
encontraba entre ellos y, aunque no se dio muy
buena maña en la introducción del joven, su discurso
satisfizo a todos. Maurice le miraba con asombro y
no se explicaba que aquel hombre pudiera ser el
mismo que poco antes le perseguía amenazante con
una carabina en la mano. Mientras hacía estas
observaciones, sentía en el fondo de su corazón una
alegría y un dolor tan profundos que no podía
explicarse su estado de ánimo. Se encontraba, al fin,
cerca de la bella desconocida que tanto había
buscado.
Geneviève era tal como la había entrevisto: la
realidad no había destruido el ensueño de una noche
tormentosa. Maurice se preguntaba cómo esta joven
elegante, de ojos tristes y espíritu elevado podía
sentirse satisfecha con Dixmer, un buen burgués,
rico además, pero del que la separaba una gran
distancia. Sólo hallaba una respuesta: por el amor, y
se confirmaba en la opinión que había tenido de la
joven la noche en que la encontró, cuando pensó que
regresaba de una cita amorosa.
La idea de que Geneviève amaba a un hombre
torturaba el corazón de Maurice. En otros
momentos, al escuchar su voz pura, dulce y
armoniosa, al interrogar su mirada, tan limpia que
parecía no temer que pudiera leerse en ella hasta el
fondo de su alma, Maurice pensaba que era
imposible que semejante criatura pudiera engañar, y
experimentaba una alegría amarga al considerar que
aquel hermoso cuerpo pertenecía al buen burgués de
sonrisa honesta y bromas vulgares.
Se hablaba de política y uno de los invitados
pidió noticias sobre los prisioneros del Temple.
A su pesar, Maurice tembló al oír el timbre de
esta voz. Había reconocido al hombre que le había
clavado su cuchillo y había votado por su muerte.
Sin embargo, este hombre despertó enseguida el
buen humor de Maurice al expresar las ideas más
patrióticas y los principios más revolucionarios. El
hombre se asombraba de que se confiara la custodia
de los prisioneros del Temple a un consejo
permanente, fácil de corromper, y a los municipales,
cuya fidelidad había sido tentada más de una vez.
—Sí —dijo el ciudadano Morand—, pero es
preciso destacar que, hasta el presente, la conducta
de los municipales ha justificado la confianza que la
nación ha depositado en ellos, y la historia dirá que
sólo el ciudadano Robespierre merece el nombre de
incorruptible.
El hombre que había hablado antes, al cual
había presentado Dixmer como jefe de su taller,
replicó que si algo no había sucedido todavía era
absurdo pensar que no pudiera ocurrir nunca y como
todas las secciones se turnaban para hacer servicio
en el Temple, era posible que en una compañía
existiera un grupo de ocho o diez hombres osados
que una noche degollaran a los centinelas y
libertaran a los prisioneros.
Maurice dijo que ése no era un buen plan, ya lo
habían intentado tres o cuatro semanas antes y no
había dado resultado.
Morand objetó que el fracaso se debía a que uno
de los aristócratas que formaban la patrulla había
llamado señor a alguien.
—Y además porque se conocía la llegada a
París del caballero de Maison-Rouge —dijo
Maurice.
Morand se mostró muy interesado en conocer
los detalles del asunto y Maurice se ofreció a contar
todo lo que sabía del caso, mientras Geneviève y el
resto de los invitados prestaban la mayor atención.
—Por lo que parece —dijo Maurice—, el
caballero de Maison-Rouge venía de la Vendée;
había atravesado toda Francia con la suerte que le es
habitual. Llegó de día a la barrera del Roule y esperó
hasta las nueve de la noche; a esa hora, una mujer
disfrazada atravesó la barrera y le entregó un
uniforme de cazador de la guardia nacional; diez
minutos después entraban juntos; el centinela entró
en sospechas y dio la alarma. Entonces, los dos
culpables entraron en un edificio y salieron de él por
una puerta que daba a los Champs-Elysées. Parece
que una patrulla afecta a los tiranos esperaba al
caballero en la esquina de la calle Bardu-Bec. El
resto ya lo conocen.
—¿Se sabe qué ha ocurrido con la mujer? —
preguntó Morand.
—No. Ha desaparecido y se ignora por
completo quién pueda ser.
Dixmer y su socio parecieron respirar más
libremente. Geneviève había escuchado todo el
relato pálida, inmóvil y muda.
Morand, con su frialdad de costumbre, preguntó
cómo se sabía que el caballero de Maison-Rouge
formaba parte de la patrulla y Maurice explicó que le
había reconocido un municipal, amigo suyo, que ese
día estaba de servicio en el Temple; el caballero era
un hombre de unos veinticinco años, pequeño, rubio,
de rostro agradable, con ojos magníficos y dientes
soberbios. Su amigo era un tibio y no le había
denunciado por temor a equivocarse. Pero él,
Maurice, no hubiera actuado de la misma manera:
prefería equivocarse que dejar escapar a un hombre
tan peligroso como el caballero de Maison-Rouge.
—¿Y qué hubiera hecho usted? —preguntó
Geneviève.
—Hubiera ordenado cerrar todas las puertas del
Temple, y cogiendo al caballero por el cuello le
arrestaría por traidor a la nación. Se le habría
procesado, junto con sus cómplices, y a estas horas
ya habría sido guillotinado. Eso es todo.
Geneviève tembló y lanzó a su vecino una
mirada de espanto. Pero Morand no pareció advertir
la mirada y vaciando flemáticamente su vaso:
—El ciudadano Lindey tiene razón —dijo—;
sólo había que hacer eso. Desgraciadamente, no se
ha hecho.
—¿Se sabe qué ha ocurrido con el caballero de
Maison-Rouge? —preguntó Geneviève.
Dixmer y Morand opinaron que habría
abandonado París con toda seguridad, y quizá la
misma Francia; pero Maurice sostuvo que
continuaba en París y dio un argumento que,
pensaba, sería fácilmente comprendido por
Geneviève: el caballero estaba enamorado de María
Antonieta.
Estallaron dos o tres risas de incredulidad,
tímidas y forzadas. Dixmer miró a Maurice como si
quisiera leer en el fondo de su alma. Geneviève notó
que las lágrimas le humedecían los ojos y un
escalofrío le recorría el cuerpo. El ciudadano
Morand derramó el vino de su vaso, y su palidez
habría sobresaltado a Maurice si el joven no hubiera
tenido su atención concentrada en Geneviève.
—Se ha emocionado, ciudadana —murmuró
Maurice.
—A las mujeres siempre nos emociona un
afecto, por opuesto que sea a nuestros principios.
—Ciudadano Lindey —dijo el jefe de taller—,
permíteme decirte que me pareces demasiado
indulgente con este caballero...
—Señor —dijo Maurice, utilizando con
intención la palabra que estaba en desuso—, me
gustan las naturalezas fieras y valientes, lo que no
me impide combatirlas cuando las encuentro en las
filas de mis enemigos. No desespero de encontrar
algún día al caballero de Maison-Rouge.
—¿Y…? —digo Geneviève.
—Si le encuentro... pelearé con él.
La cena había terminado. Geneviève se puso en
pie. En ese momento sonaron las campanadas del
reloj.
—¡Medianoche! —exclamó Maurice—. ¡Ya es
medianoche!
—Esa es una exclamación que me agrada —dijo
Dixmer—, pues prueba que usted no está enfadado y
me hace confiar en que volveremos a vernos. La
casa que le abre sus puertas es la de un buen patriota
y espero que muy pronto advierta usted, ciudadano,
que es también la de un amigo.
Maurice saludó y dijo a Geneviève:
—¿También la ciudadana me permite volver?
—Hago algo más que permitirlo: se lo suplico
—dijo vivamente Geneviève—. Adiós, ciudadano.
Maurice se despidió de todos los invitados y
partió confuso por los acontecimientos tan diferentes
que le habían sucedido esa noche.
—¡Qué desgraciado encuentro! —dijo la joven
deshecha en lágrimas, a solas con su marido, que la
había acompañado a sus habitaciones.
—¡Bah! El ciudadano Maurice Lindey, patriota
reconocido, secretario de una sección, puro,
adorado, popular, es por el contrario una preciosa
adquisición para un pobre curtidor que tiene en su
casa mercancía de contrabando —respondió Dixmer
sonriendo.
—¿De manera que usted cree, amigo mío...? —
preguntó tímidamente Geneviève.
—Creo que es una patente de patriotismo, una
marca de absolución puesta sobre nuestra casa; y
creo que a partir de esta noche, el mismo caballero
de Maison-Rouge estaría seguro en nuestra casa.
Y Dixmer, besando a su mujer en la frente con
un afecto más paternal que conyugal, la dejó en el
pabelloncito que ocupaba ella sola y volvió a la otra
parte del edificio, la que ocupaba él junto con el
resto de los invitados que se habían sentado a su
mesa.
V
EL ZAPATERO SIMON
LA NOTA
Habían llegado los primeros días de mayo; un
día puro dilataba los pechos cansados de respirar las
brumas heladas del invierno, y los rayos de un sol
tibio y vivificante descendían sobre la negra muralla
del Temple.
En el portillo interior que separaba la torre de
los jardines, los soldados de guardia reían y
fumaban.
Pese al hermoso día y al ofrecimiento que se
hizo a las prisioneras para que bajaran al jardín a
pasear, las tres mujeres rehusaron: tras la ejecución
de su marido, la reina se mantenía obstinadamente
en su habitación para evitar el paso ante la puerta del
apartamento que había ocupado el rey en el segundo
piso. Cuando, por casualidad, tomaba el aire después
de este fatal 21 de enero, lo hacia en lo alto de la
torre, cuyas troneras se habían cerrado con celosías.
Hacia las cinco, un hombre descendió y se
acercó al sargento que mandaba la guardia.
—¡Ah!, ¡eres tú, tío Tison! —dijo.
—Sí, soy yo. Tu amigo el municipal Maurice
Lindey, que está arriba, te envía este permiso
concedido a mi hija por el consejo del Temple para
que pueda visitar a su madre.
—¿Y tú sales cuándo va a venir tu hija, padre
desnaturalizado?
Tison explicó que salía contra su voluntad;
desde hacia dos meses esperaba el momento de ver y
abrazar a su hija, pero, precisamente ahora, tenía que
acudir al ayuntamiento para hacer su informe.
Recomendó al sargento, que no era otro que Lorin,
que dejara pasar a su hija y salió murmurando:
—¡Ah, mi mujercita va a ser feliz!
Al ver alejarse a Tison y oír las palabras que
pronunciaba, uno de los guardias nacionales dijo a
Lorin:
—¿Sabes, sargento, que estas cosas le hacen
estremecerse a uno?
—¿Qué cosas, ciudadano Devaux? —preguntó
Lorin.
—¡Cómo que qué cosas! Ver a este hombre de
rostro duro, este hombre de corazón de bronce, este
inexorable guardián de la reina, alejarse con
lágrimas en los ojos, mitad de alegría, mitad de
dolor, pensando que su mujer va a ver a su hija y que
él no la verá. Esto entristece.
—Sin duda; he ahí por qué no reflexiona este
hombre que se va, como tú dices, con lágrimas en
los ojos.
—¿Y qué es lo que reflexionaría?
—Que desde hace tres meses, esta mujer que él
brutaliza sin piedad no ve a su hijo. El no piensa en
la desgracia de ella, sino en la suya propia. Claro
que esta mujer era reina, y no se está obligado a
tener los mismos miramientos con una reina que con
la mujer de un jornalero.
El sargento había hablado en un tono que hacía
difícil interpretar el sentido de sus palabras.
—No importa, todo esto es muy triste —dijo
Devaux.
—Triste, pero necesario —dijo Lorin.
—Lo mejor, como tú has dicho, es no
reflexionar.
De pronto se escuchó un gran ruido a la
izquierda del cuerpo de guardia; se trataba de
juramentos, amenazas y llantos. Los dos hombres
prestaron atención y les pareció distinguir la voz de
un niño.
—¿Quieres cantar? —dijo una voz ronca y
avinada.
Y la voz cantó como para dar ejemplo:
Madame Veto había prometido
Hacer degollar a todo París...
—No —dijo el niño—, no cantaré.
—¡Ah, bribonzuelo! —dijo la voz ronca.
Y un ruido de correa silbante hendió el aire.
—¡Voto a bríos! —dijo Lorin—. Es el infame
Simon que pega al pequeño Capeto.
De pronto se abrió una puerta y el niño dio
algunos pasos por el patio acosado por el látigo de
su guardián. Pero algo pesado voló tras él, resonó en
el suelo y le alcanzó en la pierna. El niño dio un
grito, luego un traspiés y cayó de rodillas.
—Devuélveme la horma, pequeño monstruo, si
no...
El niño se levantó y rehusó con la cabeza.
—¡Ah!, ¿sí? —gritó la voz—. Espera, espera,
que vas a ver.
Y el zapatero Simon salió de su cuchitril como
una bestia salvaje del cubil. Lorin le salió al paso
para preguntarle por qué perseguía al niño.
—Porque ese bribonzuelo no quiere cantar
como un buen patriota ni trabajar como un buen
ciudadano.
Entonces arguyó Lorin que la nación no le había
confiado al Capeto para que le enseñara a cantar; y
como Simon le preguntara por qué se mezclaba en
sus asuntos, le respondió que era indigno de un
hombre de corazón golpear a un niño, y que éste no
había participado en los crímenes de su padre y, por
tanto, no era culpable de nada. El zapatero replicó
que se le había entregado al niño para hacer con él lo
que quisiera, y que cantaría Madame Veto porque así
lo deseaba él.
—Miserable, la señora Veto es su madre;
¿querrías que se forzara a tu hijo a cantar que su
padre es un canalla?
El zapatero, indignado llamó aristócrata a Lorin,
amenazándole con hacerle arrestar; después llamó al
niño para que entrara y continuara haciendo su
zapato. Lorin dijo al zapatero que el niño no recogía
la horma ni haría zapatos, y al ver su sable, le retó a
sacarlo.
En ese momento, dos mujeres entraron en el
patio; una de ellas llevaba un papel en la mano y se
dirigió al centinela.
—¡Sargento! —gritó el centinela—. Es la hija
de Tison que pide ver a su madre.
—Déjala pasar —dijo Lorin, que no quería
volverse por temor a que Simon aprovechara esta
distracción para pegar al niño.
El centinela las dejó pasar, pero apenas habían
subido cuatro escalones cuando se encontraron con
Maurice Lindey que bajaba al patio. Era casi de
noche, de manera que no se podían distinguir los
trazos de sus rostros. Maurice las detuvo.
—¿Quiénes sois y qué queréis? —preguntó.
Sophie Tison se dio a conocer y explicó que
había traído a su amiga para no estar ella sola entre
tantos soldados. Pero Maurice le dijo que su amiga
no podía subir.
—Como guste, ciudadano —dijo Sophie Tison
estrechando la mano de su amiga que, apoyada
contra la pared, parecía sobrecogida de sorpresa y
espanto.
Maurice dio aviso a los guardias situados en
cada piso para que dejaran pasar a la hija de Tison y
retuvieran a la mujer que la acompañaba. Después,
dijo a las mujeres que subieran y él descendió al
patio.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó a los guardias
nacionales—, ¿qué significa todo este ruido? Se
oyen gritos de niño desde la antecámara de las
prisioneras.
Simon pensó que le llegaban refuerzos y,
amenazando con el puño a Lorin, dijo:
—Es ese aristócrata traidor que me impide
zurrar al Capeto.
—¡Sí, voto a bríos! Lo impido, y si me llamas
otra vez aristócrata o traidor, te atravieso con mi
sable.
—¡Una amenaza! —exclamó Simon—.
¡Guardia!, ¡guardia!
—Yo soy la guardia —dijo Lorin—. Así que no
me llames, porque si voy te extermino.
Simon recurrió a Maurice; pero éste dio la razón
a Lorin y dijo al zapatero que golpeando al niño
estaba deshonrando a la nación. Lorin explicó a
Maurice la causa de que le golpeara y el joven
exclamó:
—¡Miserable!
—¿Tú también? Entonces, estoy rodeado de
traidores.
—¡Ah, bribón! —dijo Maurice a Simon,
cogiéndole por el cuello y arrancándole el látigo de
las manos—. Intenta probar que soy un traidor. —E
hizo caer rudamente la correa sobre la espalda del
zapatero.
El niño, que miraba estoicamente la escena, dio
las gracias. Lorin le dijo que volviera a la torre y
pidiera ayuda si Simon le volvía a golpear. En aquel
momento salían del torreón Sophie Tison y su
compañera; al verlas, Simon amenazó a Maurice con
denunciarle por haberlas dejado entrar cuando sólo
una tenía permiso. Maurice se acercó a ellas y
preguntó a Sophie si había visto a su madre, y la
muchacha, al tiempo que contestaba
afirmativamente, se situó entre el municipal y su
compañera.
A Maurice le hubiera gustado ver a la amiga de
la joven o, al menos, oír su voz; pero ella se
mantenía envuelta en la capa y parecía decidida a no
pronunciar palabra. Incluso le pareció que temblaba.
Este temor le infundió sospechas. Subió
precipitadamente y al llegar a la primera habitación
vio a través de la vidriera cómo la reina ocultaba
algo que él supuso una nota. Llamó a su colega.
—Ciudadano Agrícola —dijo—, entra donde
María Antonieta y no la pierdas de vista.
Luego ordenó llamar a la señora Tison y le
preguntó dónde se había entrevistado con su hija.
—Aquí mismo, en esta antecámara —dijo la
mujer.
—¿Y tu hija no ha solicitado ver a la austríaca?
—No.
—¿No ha entrado donde ella?
—No.
—Y mientras charlabais, ¿no ha salido nadie de
la habitación de las prisioneras? Haz memoria.
—¡Ah, sí! Creo recordar que ha salido la joven.
—¿Ha hablado con tu hija?
—No.
—¿Tu hija, no le ha entregado nada?
—No.
—Y ella, ¿no ha recogido nada del suelo?
—Sí; su pañuelo.
—¡Ah, desgraciada! —exclamó Maurice.
Entonces el joven agitó la campana de alarma y
subieron los otros municipales, acompañados por un
destacamento de guardia. Se cerraron las puertas y
se interceptaron las salidas de todas las habitaciones.
Después, Maurice entró en la habitación de la reina
y ésta le preguntó qué quería.
—Deseo que me entregue la nota que escondía.
—Usted se equivoca, señor; no escondía nada.
—¡Mientes, austríaca!. —exclamó Agrícola.
—Usted escondía la nota que ha traído la hija de
Tison y que su hija ha recogido junto con su
pañuelo.
Las tres mujeres se miraron espantadas. La reina
protestó por el trato que se les daba y Maurice le dijo
que ellos no eran jueces ni verdugos, sino vigilantes;
por tanto tenían una misión que no podían violar
más que cometiendo una traición.
—Señores —dijo la reina—, puesto que son
vigilantes, busquen, y prívennos del sueño esta
noche, como siempre.
Maurice le explicó que no osaría poner la mano
en una mujer: daría parte al ayuntamiento y
esperaría órdenes. Pero ellas no podrían acostarse,
dormirían en sillones mientras se las vigilaba.
La señora Tison asomó la cabeza y Maurice le
puso al corriente de lo que ocurría, advirtiéndole que
su hija no volvería a entrar allí.
La mujer, exasperada, amenazó a la reina.
—No amenaces a nadie —le dijo Maurice—;
obtén por la dulzura lo que pedimos; tú eres mujer, y
la ciudadana Antonieta, que también es madre,
tendrá sin duda piedad de una madre. Mañana tu hija
será arrestada; luego, si se descubre algo, y sabes
que si se quiere se descubre siempre, estará perdida,
ella y su compañera.
La señora Tison, que había escuchado a
Maurice con un terror creciente, volvió su mirada,
casi extraviada, a la reina.
—¿Lo oyes, María Antonieta?.. ¡Mi hija!... Tú
habrás perdido a mi hija.
La reina parecía espantada, no por la amenaza
que brillaba en los ojos de su carcelera, sino por la
desesperación que se leía en ellos.
—Venga, señora Tison —dijo—; tengo que
hablarle.
Agrícola quiso oponerse, pero Maurice le dijo
que las dejara hacer.
—Vamos al otro lado de la vidriera y
pongámonos de espaldas. Estoy seguro de que la
persona con la que tengamos esta condescendencia,
no nos hará arrepentirnos de ello.
La reina oyó estas palabras dichas para que las
escuchara y miró al joven con agradecimiento.
Maurice volvió la cabeza con indiferencia y pasó al
otro lado de la vidriera seguido por Agrícola.
Mientras Maurice hablaba con Agrícola, al otro
lado de la vidriera se desarrollaba la escena que
había previsto el joven. La mujer de Tison se había
aproximado a la reina.
—Señora —le dijo ésta—, su desesperación me
rompe el corazón; yo no quiero privarla de su hija;
pero piense que, haciendo lo que exigen estos
hombres, su hija estará perdida igualmente.
—¡Haz lo que dicen! —exclamó la señora
Tison.
—Sepa primero de qué se trata; su hija ha traído
a una amiga.
—Sí, una obrera como ella; no ha querido venir
sola a causa de los soldados.
—Esta amiga ha entregado a su hija una nota; su
hija la ha dejado caer. Marie, que pasaba, la ha
recogido. Es un papel insignificante; sin embargo, le
podrían encontrar sentido gentes malintencionadas.
¿Quiere que sacrifique a un amigo sin que esto le
devuelva a su hija?
—¡Haz lo que te han dicho! —gritó la mujer.
—Pero, si este papel compromete a su hija,
¡comprende!
—Mi hija es una buena patriota, como yo.
Gracias a Dios, los Tison son conocidos. Haz lo que
te han dicho.
—¡Dios mío! ¡Cómo podría convencerla!
—¡Mi hija! ¡Quiero que se me devuelva a mi
hija! Entrega el papel, Antonieta, entrégalo.
—Aquí está, señora.
Y la reina tendió a la desgraciada criatura un
papel que ella elevó alegremente por encima de su
cabeza, gritando:
—Venid, venid, ciudadanos municipales. Tengo
el papel; tomadlo y devolvedme a mi hija.
—Sacrificáis a nuestros amigos —dijo a la reina
su hermana.
—No, sólo sacrifico a nosotras mismas. El papel
no compromete a nadie.
Maurice y su colega acudieron a los gritos de la
señora Tison; ésta les entregó el papel; lo abrieron y
leyeron:
A oriente vela un amigo aún.
Maurice se estremeció en cuanto posó los ojos
en el papel. La letra no le parecía desconocida.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó—. ¿Será la de
Geneviève? Pero no, es imposible; estoy loco. Sin
duda se parece, pero ¿qué podría tener de común
Geneviève con la reina?
La reina le pidió que hiciera una obra de caridad
y quemara el papel.
—Tú bromeas, austríaca —dijo Agrícola.
Diez minutos después la nota estaba depositada
en el despacho de los miembros del ayuntamiento;
se abrió en el acto y se comentó al máximo.
—«A oriente vela un amigo» —dijo una voz—.
¿Qué diablos puede significar esto?
—¡Pardiez! —respondió un geógrafo—. En
Lorient, está claro: Lorient3 es un pueblecillo de
Bretaña, situado entre Vannes y Quimper. ¡Voto a
bríos! debería quemarse el pueblo si es cierto que
cobija a aristócratas que todavía velan por la
austríaca.
Otro opinó que el peligro era grande por ser el
pueblo puerto de mar, y un tercero solicitó que se
enviara una comisión a Lorient.
Maurice, enterado de la deliberación, opinaba
que el oriente de la nota no estaba en Bretaña.
Al día siguiente, la reina solicitó permiso para
subir a la torre y tomar el aire. La acompañaban su
hermana y su hija. Maurice subió tras ellas y se situó
en una especie de garita que había en lo alto de la
escalera. Al principio, la reina paseó
indiferentemente; luego, se detuvo y miró
atentamente hacia una casa en cuyas ventanas
estaban algunas personas, una de ellas con un
pañuelo blanco.
Maurice sacó un anteojo de su bolsillo y,
mientras lo graduaba, la reina hizo un gesto como
invitando a los curiosos a apartarse de la ventana.
Pero Maurice ya había distinguido una cabeza
masculina de cabellos rubios, cuyo saludo había sido
3 Juego de palabras intraducible hecho con las frases à l’orient (a
oriente) y à Lorient (en Lorient)
respetuoso hasta la humildad. Detrás de este joven,
porque no aparentaba más de veintiséis años, se
hallaba una joven medio tapada por él. Maurice la
enfocó con su anteojo; pero la mujer, que también
tenía un catalejo, se apartó rápidamente y atrajo
hacia sí al hombre.
Maurice esperó un momento por ver si
reaparecían los curiosos. Como la ventana
permanecía vacía, encomendó la vigilancia a su
colega Agrícola, descendió precipitadamente la
escalera y fue a apostarse en la esquina de la calle
Porte-Foin, desde donde podía observar si los
curiosos salían de la casa. Su espera fue en vano. No
apareció nadie.
Entonces, no pudiendo resistir la sospecha que
atormentaba su corazón, Maurice emprendió camino
hacia la antigua calle Saint-Jacques.
Cuando llegó halló a Geneviève vestida con una
bata blanca, sentada bajo un emparrado de jazmines.
La joven dio la bienvenida a Maurice y le invitó a
tomar una taza de chocolate.
Al llegar Dixmer, expresó la mayor alegría por
encontrar a Maurice a una hora tan inesperada. Le
invitó a recorrer los talleres en su compañía y le
puso en antecedentes de que Morand acababa de
descubrir el secreto para fabricar un tafilete rojo
inalterable.
Maurice siguió a Dixmer a través de los talleres
hasta una especie de oficina particular donde vio
trabajando al ciudadano Morand; llevaba éste unos
anteojos azules y parecía muy ocupado en cambiar
al púrpura el blanco sucio de una piel de cordero;
tenía las manos y los brazos manchados de rojo y
saludó a Maurice con la cabeza.
—Bien, ciudadano —preguntó Dixmer—, ¿qué
me dice?
—Sólo con este procedimiento ganaremos cien
mil libras al año. Pero hace ocho días que no duermo
y los ácidos me han quemado la vista.
Maurice dejó a Dixmer con Morand y volvió
junto a Geneviève. Por el camino se reprochaba
haber sospechado de aquellas personas intachables,
y culpaba de su error al servicio en el Temple que,
según él, podía embrutecer hasta a un héroe.
Geneviève esperaba a Maurice con su dulce
sonrisa para hacerle olvidar por completo las
sospechas que había concebido. Ella fue como
siempre: dulce, amigable, encantadora.
Las horas que pasaba Maurice junto a
Geneviève eran las únicas en que realmente vivía.
Sin embargo, hacia mediodía, tuvo que abandonarla
y regresar al Temple.
Al final de la calle Sainte-Avoye, encontró a
Lorin que volvía de su guardia; caminaba en
formación, pero se separó de ella para acercarse a su
amigo, cuyo rostro expresaba una suave felicidad.
—¡Ah! —dijo Lorin, estrechándole la mano—:
En vano ocultas tu languidez,
Yo sé lo que deseas.
No dices nada, pero suspiras.
Tienes el amor en los ojos,
Tienes el amor en el corazón.
Maurice echó mano a su bolsillo para buscar la
llave. Era el medio que había adoptado para cortar el
verbo poético de su amigo. Pero éste vio el
movimiento y se alejó riendo.
—A propósito —dijo Lorin, después de avanzar
algunos pasos—; tú estarás aún tres días en el
Temple; te encomiendo al pequeño Capeto.
VI
AMOR
EL TREINTA Y UNO DE MAYO
Al cabo de algún tiempo, Maurice era feliz y
desgraciado a la vez. Así ocurre siempre al
comienzo de las grandes pasiones. De día trabajaba
en la sección Lepelletier y por la tarde acudía de
visita a la antigua calle Saint-Jacques. No se le
ocultaba que ver todas las tardes a Geneviève era
beber a grandes tragos un amor sin esperanza.
Geneviève era una de esas mujeres tímidas ante
las cuales las palabras de amor parecen blasfemias y
sacrílegos los deseos materiales. A Maurice se le
aparecía como un enigma viviente cuyo sentido no
podía adivinar.
Una tarde que, como de costumbre, se había
quedado solo con ella, se atrevió a preguntarle cómo
ella, tan joven y distinguida, estaba casada con un
hombre que la doblaba la edad y cuya educación y
nacimiento parecían tan vulgares; ella tan poética y
su marido atento sólo a pesar, estirar y teñir las
pieles de su fábrica.
—En fin —dijo Maurice—, ¿cómo se explican
en casa de un curtidor ese harpa, ese piano y esas
pinturas al pastel que hace usted?
Geneviève le dio las gracias por su delicadeza al
no haberse informado sobre ella. Maurice le dijo que
sólo se fiaba de su propio corazón, y como ella se
mostrara dispuesta a aclarar sus dudas, el joven le
preguntó su nombre de soltera.
—Geneviève du Treilly. Mi familia se arruinó
después de la guerra de América, en la que
combatieron mi padre y mi hermano mayor.
—¿Gentileshombres, los dos?
—No, no; mi familia era rica, pero no
pertenecía a la nobleza. En América, mi padre se
hizo amigo del señor Morand, cuyo hombre de
negocios era el señor Dixmer. Viéndonos arruinados
y sabiendo que el señor Dixmer tenía una pequeña
fortuna, el señor Morand se lo presentó a mi padre
que, a su vez, me lo presentó a mí. Yo vi que podía
hacer un matrimonio ventajoso, comprendí que ése
era el deseo de mi familia, nunca había estado
enamorada, y acepté. Soy la esposa de Dixmer desde
hace tres años; y debo decir que en este tiempo, mi
marido ha sido tan bueno conmigo, tan excelente,
que pese a la diferencia de edad y de gustos que
usted observa, jamás he padecido un instante de
pesadumbre.
—Pero, ¿cuándo usted se casó con Dixmer, él
no estaba al frente de esta fábrica?
—No; vivíamos en Blois. Después del 10 de
agosto, el señor Dixmer compró esta casa y los
talleres anejos; para que yo no estuviera mezclada
con los obreros y ahorrarme a la vista cosas que
hubieran podido herir mis costumbres, me cedió este
pabellón donde vivo sola, según mis gustos y
deseos, y feliz cuando un amigo como usted viene a
distraer o compartir mis ensueños.
Y Geneviève tendió a Maurice una mano que
éste besó ardorosamente. La joven enrojeció
ligeramente y Maurice dijo:
—No me ha contado cómo Morand se convirtió
en socio de Dixmer.
—¡Oh! es muy simple. El señor Dixmer tenía
algún dinero, pero no el suficiente para montar él
solo una fábrica de la importancia de ésta. El hijo del
señor Morand ha puesto la mitad del capital y, como
tiene conocimientos de química, se ha entregado a la
explotación con la actividad que usted ha observado,
gracias a la cual, el comercio del señor Dixmer ha
tomado gran extensión.
—¿El señor Morand es uno de sus buenos
amigos, no?
—El señor Morand es una naturaleza noble, uno
de los corazones más magnánimos que hay bajo el
cielo.
Maurice le preguntó si Morand era joven, y ella
le contestó que tenía treinta y cinco años y ambos se
conocían desde la infancia.
Maurice se mordió los labios, siempre había
sospechado que Morand amaba a Geneviève.
—¡Ah! Eso explica su familiaridad con usted.
—Mantenida en los límites que usted ha visto
siempre. Me parece que esta familiaridad, que
apenas es la de un amigo, no necesita explicación.
—Perdón. Usted sabe que todos los afectos
sinceros engendran celos; y mi amistad estaba celosa
de la que usted parece profesar al señor Morand.
Callaron los dos y ese día no se volvió a hablar
de Morand. Cuando Maurice se marchó, lo hizo más
enamorado que nunca, porque estaba celoso.
Aunque el joven estaba ciego, reconoció que en
el relato de Geneviève había muchas lagunas,
vacilaciones y reticencias a las que no había
prestado atención de momento, pero que le volvían
al espíritu y le atormentaban. Contra ellas, nada
podían la libertad en que le dejaba Dixmer para
charlar con Geneviève, ni la soledad en que los dos
se encontraban cada tarde. Había más: Maurice,
convertido en comensal de la casa, no sólo
permanecía junto a Geneviève, sino que la escoltaba
en las correrías que ella debía hacer por el barrio de
vez en cuando.
En medio de esta familiaridad, le asombraba
una cosa: cuanto más buscaba entablar conocimiento
con Morand, más parecía querer alejarse de él este
hombre extraño. Esto apenaba amargamente a
Geneviève, porque Maurice no dudaba que Morand
había adivinado en él un rival, y eran los celos los
que le apartaban.
Un día dijo Maurice a Geneviève que Morand le
aborrecía. La joven le aseguró que estaba
equivocado, que era la timidez de un comerciante
metido a químico lo que impedía a Morand dar el
primer paso para acercarse a él.
—¿Y quién le pide que dé el primer paso? Yo
ya he dado cincuenta y jamás ha respondido.
Al día siguiente, él llegó a casa de la joven a las
dos de la tarde y la encontró vestida para salir. Ella
le pidió que la acompañara a Auteuil, irían en coche
hasta la barrera y luego continuarían paseando.
Los dos jóvenes partieron. Más allá de Passy
saltaron a la carretera y continuaron su paseo a pie.
Al llegar a Auteuil, Geneviève se detuvo y le pidió
que la esperara junto al parque mientras ella iba a
casa de una amiga. Se despidieron y Maurice se
dirigió al lugar acordado para la cita, paseando
arriba y abajo, y abatiendo con su bastón todas las
hierbas, flores o cardos que encontraba en su
camino.
A Maurice le preocupaba saber si Geneviève le
amaba o no: su comportamiento con él era el de una
hermana o amiga, pero no lo consideraba suficiente.
Ella se había convertido en el pensamiento constante
de sus días, en el sueño sin cesar renovado de sus
noches.
Sin embargo, esto no era suficiente, necesitaba
que ella le amara.
Geneviève estuvo ausente una hora que a él le
pareció un siglo; luego la vio venir y sonreírle.
Maurice, por el contrario, se acercó a ella con el
entrecejo fruncido. Geneviève tomo su brazo
sonriendo.
—Heme aquí —dijo—; amigo mío, perdóneme
por haberle hecho esperar.
Maurice respondió con un movimiento de
cabeza y los dos tomaron por una avenida seductora,
blanda, umbría, frondosa, que dando un rodeo, les
conduciría a la carretera.
Maurice estaba mudo, Geneviève pensativa.
—¿Qué le hace estar triste? —preguntó
Maurice.
—¿No está usted también más triste que de
costumbre?
Maurice dijo que tenía razones para estar triste:
era desgraciado, sufría.
—Y en este momento, ¿sufre usted?
—Mucho.
—Entonces, volvamos.
—¡Ah! es cierto; olvidaba que el señor Morand
debe regresar de Rambouillet a la caída de la tarde, y
que la tarde se acaba.
Geneviève le miró con una expresión de
reproche.
—¡Oh! ¿Aún?
—La culpa es suya por haber hecho el otro día
un elogio tan pomposo del señor Morand.
—¿Desde cuándo no se puede decir lo que se
piensa de un hombre estimable delante de las
personas a las que se aprecia?
—Es una estima muy viva la que le hace
apresurar el paso, como ahora, por temor a retrasarse
algunos minutos.
—Hoy es usted soberanamente injusto. Maurice,
¿no he pasado con usted una parte del día?
—Tiene usted razón: soy demasiado exigente.
Vamos a ver al señor Morand, vamos.
—Sí, vamos a ver al señor Morand; al menos, él
es un amigo que nunca me ha hecho sufrir.
—Esos son los amigos valiosos —dijo Maurice,
ahogado por los celos—; me gustaría conocer a
alguien parecido.
Habían llegado a la carretera; el horizonte
enrojecía; el sol comenzaba a desaparecer y sus
últimos rayos brillaban en las molduras de la cúpula
de los Inválidos. Geneviève soltó el brazo de
Maurice y le preguntó por qué la hacía sufrir.
—Porque soy menos hábil que otras personas
que conozco, porque no sé hacerme amar. Si él es
constantemente bueno, es que no sufre.
—Por favor, no hable más —dijo la joven.
Maurice prometió obedecerla y se pasó una
mano por la frente sudorosa. Geneviève se dio
cuenta de que él sufría realmente y le aseguró que no
quería perder un amigo tan precioso como él.
—¡Oh! No lo lamentaría mucho tiempo —
exclamó Maurice.
—Se equivoca; lo lamentaría mucho tiempo,
siempre —respondió ella.
—¡Geneviève! ¡Geneviève! tenga piedad de mí.
Geneviève se estremeció. Era la primera vez
que Maurice pronunciaba su nombre con una
entonación tan honda.
Maurice dijo entonces que hablaría: iba a decirle
todo lo que callaba desde hacía tiempo, ya que ella
lo había adivinado. Pero la mujer le suplicó que
guardara silencio en nombre de su amistad. Maurice
replicó que no quería una amistad como la que ella
tenía con Morand, él necesitaba más que los otros.
—Basta, señor Lindey; ahí está nuestro coche;
¿quiere llevarme junto a mi marido?
Subieron al coche: Geneviève se sentó al fondo
y Maurice se situó delante. Atravesaron todo París
sin que ninguno pronunciara una sola palabra.
Durante el trayecto, Geneviève mantuvo su pañuelo
arrimado a los ojos.
Cuando entraron en la fábrica, Dixmer estaba
ocupado en su gabinete de trabajo. Morand acabada
de llegar de Rambouillet y se disponía a cambiarse
de ropa. Geneviève tendió la mano a Maurice y,
entrando en su habitación, le dijo:
—Adiós, Maurice; usted lo ha querido.
Maurice no respondió nada; se dirigió a la
chimenea, donde colgaba una miniatura que
representaba a Geneviève: la besó ardientemente, la
estrechó contra su corazón, volvió a ponerla en su
sito y salió.
Maurice había vuelto a su casa sin saber cómo;
había atravesado París sin ver ni oír nada. Se
desnudó sin la ayuda de su criado y no respondió a
la cocinera, que le presentaba la cena. Luego,
cogiendo de la mesa las cartas del día, las leyó una
tras otra sin comprender una sola palabra. A las diez
se acostó maquinalmente, como había hecho todo
tras separarse de Geneviève, y se durmió enseguida.
Le despertó el ruido que hacía su criado al abrir
la puerta; venía, como de costumbre, a abrir las
ventanas del dormitorio, que daban al jardín, y a
traer flores.
Maurice, medio dormido, apoyó en una mano su
aturdida cabeza y trató de recordar lo que había
sucedido la víspera.
La voz del criado le sacó de su ensueño:
—Ciudadano —dijo señalando las cartas—, ¿ya
ha elegido las que va a guardar o puedo quemar
todas? Aquí están las de hoy.
Maurice cogió las cartas del día y le dijo que
quemara las demás. Entre los papeles creyó
distinguir vagamente un perfume conocido. Buscó
entre las cartas y vio un sello y una escritura que le
hicieron estremecerse. Hizo señal a su criado para
que se marchara y dio vueltas y más vueltas a la
carta; tenía el presentimiento de que encerraba una
desgracia No obstante, reunió todo su valor, la abrió
y leyó:
Ciudadano Maurice,
Es necesario que rompamos los lazos que, por
su parte, parecen sobrepasar los límites de la
amistad. Usted es un hombre de honor, ciudadano, y
ahora que ha transcurrido una noche desde lo que
sucedió ayer entre nosotros, debe comprender que
su presencia en esta casa se ha hecho imposible.
Cuento con usted para encontrar la excusa que
desee dar a mi marido. Si hoy mismo viera llegar
una carta suya para el señor Dixmer, me
convencería de que debo llorar a un amigo
desgraciadamente enajenado, pero que todas las
conveniencias sociales me impiden volver a ver.
Adiós para siempre.
Geneviève.
P.S. —El portador espera la respuesta.
Maurice llamó al criado y le preguntó si todavía
esperaba el portador de la carta. El criado contestó
afirmativamente y Maurice saltó de la cama, se puso
unos pantalones, se sentó ante su pupitre, tomó la
primera hoja de papel que halló (un papel impreso
con el nombre de la sección), y escribió:
Ciudadano Dixmer,
Yo te apreciaba, te aprecio todavía, pero no
puedo volver a verte.
Corren ciertos rumores sobre su tibieza
política. No quiero acusarle ni defenderte. Reciba
mis disculpas y esté seguro de que sus secretos
permanecerán encerrados en mi corazón.
Maurice no releyó la carta; tomó sus guantes y
su sombrero, y se dirigió a la sección, esperando
recuperar su estoicismo con los asuntos públicos;
pero éstos eran terribles: se preparaba el 31 de mayo.
El Terror, que se precipitaba desde la Montaña
parecido a un torrente, intentaba arrancar el dique
que trataban de oponerle los girondinos, los audaces
moderados que habían osado pedir venganza por las
matanzas de septiembre y luchar un instante por
salvar la vida del rey.
Mientras Maurice trabajaba con ardor, el
mensajero llegaba a la antigua calle Saint-Jacques,
llenando la casa de estupefacción y espanto. Dixmer
leyó la carta sin comprender nada y se la entregó a
Morand.
En la situación en que se encontraban Dixmer,
Morand y sus compañeros, perfectamente
desconocida para Maurice, la carta caía como un
rayo. Los hombres discutían sobre la honestidad de
Maurice y la posibilidad de que hubiera descubierto
sus secretos, manifestando algunos su
arrepentimiento por no haberle matado en el primer
encuentro.
—Escuchen —dijo Morand—: nuestro batallón
estará de guardia en el Temple el 2 de junio; es
decir, dentro de ocho días. Dixmer, usted es el
capitán, y yo teniente; si nuestro batallón o nuestra
compañía reciben contraorden, como la ha recibido
el otro día el batallón de la Butte-des-Moulins, al
que Santerre reemplazó por el de Gravilliers, es que
todo está descubierto, y lío nos quedará otra solución
que huir de París o morir combatiendo. Pero si todo
sigue su curso...
—Estamos perdidos igualmente —dijo
Dixmer—. ¿No se basaba todo en la colaboración de
ese municipal? ¿No era él quien, sin saberlo, debía
abrirnos paso hasta la reina?
—Es cierto —dijo Morand, abatido.
—Ya ve que necesitamos volver a relacionarnos
con ese joven a cualquier precio. Interrogaré a
Geneviève, ella ha sido la última en verle y quizá
sepa algo.
—Dixmer —dijo Morand—, veo con pena
cómo mezcla a Geneviève en todos nuestros
complots; no es que tema una indiscreción por su
parte, pero jugamos una partida terrible, y tengo
miedo y piedad de mezclar en nuestro juego la
cabeza de una mujer.
—La cabeza de una mujer vale lo mismo que la
de un hombre allí donde la astucia, el candor o la
belleza pueden hacer tanto, o incluso más que la
fuerza, el poder y el valor. Geneviève comparte
nuestras convicciones y compartirá nuestra suerte.
Morand replicó que hiciera como gustase; él ya
había dicho lo que debía y consideraba a Geneviève
digna de cualquier empresa. Los dos hombres se
estrecharon la mano, y Dixmer se dirigió a las
habitaciones de su esposa. Esta se hallaba sentada
ante una mesa, con los ojos fijos en un bordado y la
cabeza baja.
—He recibido una carta de nuestro amigo
Maurice de la que no comprendo nada —dijo
Dixmer—. Tome, léala y dígame lo que piensa.
Geneviève tomó la carta con una mano cuyo
temblor no podía ocultar.
—Pienso que el señor Lindey es un hombre
honrado —dijo.
—¿Cree que él ignora quiénes son las personas
que ha visto en Auteuil?
—Estoy segura.
—Entonces, ¿por qué esta brusca
determinación?, ¿le ha parecido que ayer estaba más
frío o emocionado que de costumbre? Piense bien lo
que me responde, porque su respuesta va a tener
gran influencia en nuestros proyectos.
—Creo que era el mismo de siempre. Escuche:
ayer estaba desagradable; el señor Lindey es un poco
tirano con sus amistades... y a veces hemos estado
enojados semanas enteras.
—Entonces, ¿esta carta no será un pretexto para
no volver a la casa?
—Amigo mío, ¿cómo quiere que yo lo sepa?
—Dígamelo Geneviève; porque esto no se lo
preguntaría a ninguna mujer que no fuera usted.
—Sí, es un pretexto.
Dixmer advirtió a su esposa que quizá Maurice
sabía más de sus secretos de lo que ellos
sospechaban y le pidió que escribiera al joven
pidiéndole una explicación. La mujer se negó a
hacerlo.
—Querida Geneviève; cuando están en juego
intereses tan poderosos como los nuestros, ¿cómo
puede retroceder por una mezquinas consideraciones
de amor propio?
—Ya le he dicho mi opinión sobre Maurice: es
honrado y caballeroso; pero es caprichoso, y no
quiero padecer otra servidumbre que la de mi
marido.
Esta declaración fue hecha con tal calma y
firmeza que Dixmer comprendió que sería inútil
insistir; no añadió una sola palabra; miró a
Geneviève como si no la viera, se pasó una mano
por la frente húmeda de sudor, y salió. Morand le
esperaba con inquietud, y Dixmer le contó lo que
había ocurrido palabra por palabra. Morand se
mostró partidario de olvidar el asunto y renunciar a
todo antes que herir el amor propio de Geneviève,
pero Dixmer replicó que ninguno de ellos se
pertenecía, ni podía dejar que sus sentimientos
siguieran los impulsos del corazón.
Morand se estremeció y guardó silencio
pensativo y doloroso. Dieron así algunos paseos por
el jardín antes de que Dixmer dejara a su amigo y se
vistiera para salir.
Una hora después, Maurice era interrumpido por
su criado:
—Ciudadano Lindey, le espera alguien que dice
tener que comunicarle algo importante.
Maurice se quedó asombrado al encontrar en su
casa a Dixmer; éste fue a su encuentro y le tendió la
mano sonriendo.
—¿Qué mosca le ha picado para escribirme eso?
La verdad, me ha herido sensiblemente. ¿Yo, tibio y
falso patriota? Vamos, usted no es capaz de repetir
esas acusaciones en mi presencia. Confiese que
busca un falso motivo para enemistarse conmigo.
Maurice admitió que no tenía nada que
reprocharle; sin embargo, tenía buenas razones para
actuar como lo hacía y su decisión era irrevocable.
Dixmer trató de aparentar una sonrisa y dijo:
—Bien, pero esas razones no son en absoluto las
que me ha dicho por escrito.
Maurice reflexionó un instante.
—Escuche —dijo—; vivimos una época en que
la duda manifestada en una carta puede y debe
atormentarle; lo comprendo, y no sería digno de un
hombre de honor dejarle con semejante inquietud.
Las razones que le he dado sólo eran un pretexto,
pero el verdadero motivo no se lo puedo decir,
aunque si usted lo supiera, lo aprobaría, estoy
seguro.
Dixmer insistió en saberlo todo, y Maurice dijo:
—Bien, se trata de lo siguiente: usted tiene una
mujer joven y bonita, y su pudor no ha podido hacer
que mis visitas no sean mal interpretadas. Usted
comprende que yo no tengo la fatuidad de creer que
mi presencia pueda ser peligrosa para su tranquilidad
o la de su esposa, pero puede ser una fuente de
calumnias, y usted sabe que cuanto más absurdas
son éstas, más fácilmente se les da crédito. De lejos
no seremos menos amigos, porque no tendremos
nada que reprocharnos; mientras quede cerca, por el
contrario... las cosas hubieran podido acabar por
envenenarse.
—Pero, ¿por qué no me ha escrito esto?
—Para evitar lo que sucede ahora entre
nosotros.
—¿Se ha enfadado usted porque le aprecie lo
suficiente para venir a pedirle una explicación?
—Todo lo contrario. Le juro que me alegro de
haberle visto otra vez antes de dejar de verle para
siempre.
—¡No vernos más! Nosotros nos apreciamos.
Morand me lo decía esta mañana: «Haga lo que
pueda para hacer volver a Maurice.» Ahora
volvamos al objeto de mi visita. Hablemos
francamente: ¿por qué hace caso de vanas
habladurías de vecino ocioso?, ¿no tiene usted su
propia conciencia? y Geneviève, ¿no cuenta con su
honestidad?
—Soy más joven que usted y puede ser que vea
las cosas con una mirada más suspicaz. Por esto le
digo que no debe existir la menor habladuría sobre
una mujer como Geneviève. Permítame que persista
en mi resolución.
—Ya que estamos en plan de confesiones,
confesemos otra cosa: que no es la política, ni el
rumor de sus asiduidades a mi casa lo que le obliga a
dejarnos, sino el secreto que ha conocido, el asunto
del contrabando que usted supo la misma tarde en
que nos conocimos. Jamás me ha perdonado ese
fraude, y me acusaba de mal republicano por
servirme de productos ingleses en mi curtiduría.
—Querido Dixmer; le juro que, cuando acudía a
su casa, me había olvidado por completo de que
estaba en casa de un contrabandista.
—Entonces, ¿no tiene otro motivo que el que
me ha dicho para abandonar la casa?
—Se lo juro por mi honor.
—Bien —dijo Dixmer levantándose y
estrechando la mano del joven—; espero que
reflexione y se arrepienta de esta decisión que nos
causa tanta pena a todos.
Maurice no respondió nada, y Dixmer salió
desesperado por no haber podido conservar las
relaciones con este hombre que las circunstancias
hacían no sólo útil, sino indispensable.
Maurice permaneció inexorable en su decisión,
pero cayó en una melancolía profunda. Lorin intentó
distraerle de sus penas, pero no consiguió devolverle
su antigua actividad de republicano exaltado.
Entretanto, los acontecimientos se precipitaban:
girondinos y jacobinos, tras diez meses de
enfrentamiento en los que se habían dirigido
pequeños ataques, se aprestaban a una lucha que se
anunciaba mortal para uno de los dos.
Tras el l0 de agosto, las naciones que formaban
la coalición habían atacado a Francia; Longwy y
Verdún cayeron en poder del enemigo. Entonces
Danton llevó a cabo las sangrientas jornadas de
septiembre, mostrando al enemigo a toda Francia
como cómplice de un inmenso asesinato, dispuesta a
luchar por su existencia comprometida con toda la
fuerza de la desesperación.
Salvada Francia, la energía ya no fue necesaria,
y el partido moderado recuperó fuerza, y recriminó a
los jacobinos estas jornadas terribles. Se
pronunciaron las palabras homicida y asesino;
incluso se añadió al vocabulario de la nación una
palabra nueva: septembrizador.
Con el proceso de Luis XVI se presentó una
nueva ocasión de reemprender el terror. La coalición
tomó nuevas energías, Dumouriez acusó a los
jacobinos de desorganización y se declaró partidario
de los girondinos, la Vendée se levantó. Los
jacobinos acusaron a los girondinos de traición y
quisieron terminar con ellos el l0 de marzo, pero su
precipitación salvó a sus enemigos.
Sin embargo, después del 10 de marzo, todo
presagiaba ruina para los girondinos: rehabilitado
Marat, reconciliados Robespierre y Danton, y
nombrado Hanriot, el septembrizador, comandante
general de la guardia nacional, todo auguraba la
jornada terrible que debía arrasar el último dique que
la Revolución oponía al Terror.
En cualquier otra circunstancia, Maurice
hubiera tomado parte en estos acontecimientos.
Pero, ni las exhortaciones de Lorin, ni las terribles
preocupaciones de la calle habían podido desalojar
de su espíritu la única idea que le obsesionaba, y
cuando llegó el 31 de mayo estaba acostado en su
cama, devorado por esa fiebre que mata a los más
fuertes y que, sin embargo, es suficiente una mirada
para disiparla, una palabra para curarla.
Durante la jornada del 31 de mayo, mientras la
alarma resonaba desde el alba, el batallón del arrabal
Saint-Victor entraba en el Temple. Tras ellos
llegaron los municipales de servicio, y cuatro piezas
de cañón se añadieron a la batería de la fortaleza.
Al mismo tiempo que los cañones llegó
Santerre, pasó revista al batallón y a los municipales,
y observó que faltaba uno de éstos.
—¿Por qué sólo hay tres municipales? —
preguntó—. ¿Quién es el mal ciudadano que falta?
—El que falta no es un tibio —contestó
Agrícola—, sino el secretario de la sección
Lepelletier, el ciudadano Lindey.
—Bien, bien; conozco el patriotismo del
ciudadano Maurice Lindey; lo que no impedirá que
se le inscriba en la lista de ausentes si no llega antes
de diez minutos.
A pocos pasos del general, un capitán de
cazadores y un soldado comentaban la ausencia de
Maurice. El capitán dijo a media voz:
—Si no viniera, le colocaré a usted de centinela
en la escalera, y cuando ella suba a la torre podrá
decirle unas palabras.
En ese momento entró un municipal, que se
dirigió a Santerre:
—Ciudadano general: el ciudadano Maurice
Lindey está enfermo y te ruego que me admitas en
su puesto; aquí está el certificado médico; mi turno
de guardia era dentro de ocho días y lo he cambiado
con él.
El capitán y el cazador se habían mirado con
una alegre sorpresa.
—Dentro de ocho días —se dijeron.
—Capitán Dixmer —gritó Santerre—, tome
posición con su compañía en el jardín.
Resonó el tambor, y la compañía, conducida por
el curtidor, se alejó en la dirección prescrita.
En el jardín, a unos veinticinco metros del
muro, por la parte de éste que daba a la calle Porte-
Foin, se levantaba una especie de caseta donde
podían proveerse de comida y bebida los guardias
nacionales; estaba regida por la señora Plumeau,
excelente patriota, viuda de un arrabalero caído el l0
de agosto.
La cabañita se componía de una sola habitación
de doce pies cuadrados, bajo la que se extendía la
cueva donde la viuda Plumeau guardaba sus víveres.
El capitán y el cazador entraron en la taberna y
la señora Plumeau ofreció al primero, vino de
Saumur, pero éste, tras observar que no había en la
cantina queso de Brie, aseguró que, para él, el
famoso vino no valía nada si no iba acompañado de
dicho comestible.
—Y date cuenta —le dijo—que la consumición
valía la pena, pensaba invitar a toda la compañía.
La mujer pidió cinco minutos para ir a buscarlo.
—Sí, ve —dijo el capitán—, y entretanto
descenderemos a la cueva para elegir el vino
nosotros mismos.
La viuda Plumeau salió corriendo mientras el
capitán y el cazador, provistos de una vela,
levantaban la trampa y bajaban a la cueva.
—Bien —dijo Morand, tras efectuar un ligero
examen—; la cueva avanza en dirección de la calle
Porte-Foin. Tiene de nueve a diez pies de
profundidad y nada de albañilería. El suelo es de
tipo gredoso, y está formado por tierras traídas hasta
aquí desde otro lugar. Todos estos jardines han
cambiado muchas veces, por lo que no hay el menor
vestigio de rocas.
—¡Rápido! —exclamó Dixmer—; ya oigo los
zuecos de nuestra cantinera; coja dos botellas de
vino y subamos.
Aparecieron ambos por el orificio de la trampa
en el momento en que entraba la señora Plumeau,
llevando el queso de Brie pedido con tanta
insistencia. Tras ella llegaron varios cazadores,
seducidos por la buena apariencia del susodicho
queso.
Dixmer hizo los honores: ofreció veinte botellas
de vino a su compañía, mientras el ciudadano
Morand contaba historias de la antigua Roma.
Sonaron las once. A las once y media se
cambiaba la guardia.
—¿No se pasea la austríaca normalmente de
doce a una? —preguntó Dixmer a Tison, que pasaba
ante la cabaña en ese momento.
—De doce a una exactamente —contestó. Y se
puso a cantar—:
La señora sube a su torre…
Mire usted, mire usted qué pena.
Esta nueva bufonada fue acogida con risas por
parte de todos los guardias nacionales.
Dixmer llamó a los hombres de su compañía
que debían hacer guardia de once y media a una y
media, e hizo tomar las armas a Morand para
colocarle, tal como estaba convenido, en el último
piso de la torre, en la misma garita donde se había
escondido Maurice el día en que había interceptado
las señales hechas a la reina desde una ventana de la
calle Porte-Foin.
De pronto, un ruido sordo se escuchó en la
lejanía como un huracán de gritos y rugidos. El
ruido se hacía cada vez más amenazante, se oía
rodar la artillería, y un montón de gente gritando
pasó cerca del Temple.
—¡Vivan las secciones! —gritaban—. ¡Viva
Hanriot! ¡Abajo los brissotinos! ¡Abajo los
rolandistas4! ¡Abajo la señora Veto!
4 Partidarios de Jacques Fierre Brissot y madame Roland, dos de
los más influyentes girondinos. (Nota del traductor.)
—Bueno, bueno —dijo Tison, frotándose las
manos—; voy a abrir a la señora Veto para que goce
sin trabas del amor que le tiene su pueblo.
Y se aproximó a la puerta del torreón.
—¡Eh! ¡Tison! —gritó una voz estentórea.
—¿Mi general? —respondió éste, deteniéndose
en seco.
—Hoy no hay salida —dijo Santerre—. Las
prisioneras no abandonarán su habitación.
Dixmer y Morand cambiaron una lúgubre
mirada y se fueron a pasear entre la cantina y el
muro que daba a la calle de Porte-Foin, donde
Morand empezó a medir la distancia con pasos.
—¿Cuánto? —preguntó Dixmer.
—De sesenta a setenta y un pies —respondió
Morand.
—¿Cuántos días se necesitarán?
—Siete por lo menos.
—Maurice está de guardia dentro de ocho días.
Es absolutamente necesario que dentro de ocho días
nos hayamos reconciliado con él.
Sonó la media. Morand tomó su fusil suspirando
y, conducido por el cabo, fue a relevar al centinela
que se paseaba por la torre.
VII
SACRIFICIO
LA DIOSA RAZON EL HIJO PRODIGO
LOS ZAPADORES
La misma mañana en que sucedía lo que
acabamos de contar, Geneviève se preguntaba por
qué, desde hacía tres semanas, los días eran tan
tristes y transcurrían tan lentamente. Contemplaba
unos claveles que Maurice le había enseñado a
cultivar y que ahora estaban marchitos. La joven
inclinó dulcemente la cabeza, besó uno de los
capullos marchitos y rompió a llorar.
Su marido entró justo en el momento en que ella
se secaba los ojos. Pero Dixmer estaba tan
preocupado por sus propios pensamientos que no
adivinó la crisis de su esposa, ni puso atención en el
delator enrojecimiento de sus párpados. Geneviève,
al verle, se levantó rápidamente y se situó de
espaldas a la ventana, en la semipenumbra.
—¿Y bien? —dijo ella.
—Nada nuevo; imposible aproximarse a ella;
imposible pasarle nada, incluso verla.
—¡Qué! ¿Con todo ese alboroto que ha habido
en París?
—Precisamente ese alboroto ha redoblado la
desconfianza de los vigilantes; se ha temido que se
aprovechara la agitación general para hacer alguna
tentativa en el Temple; y en el momento en que Su
Majestad iba a subir a la terraza, Santerre ha dado la
orden de no dejar salir a la reina. El caballero estaba
desesperado al ver cómo se nos escapaba esta
ocasión.
—Pero, ¿no estaba en el Temple ningún
municipal conocido?
—Debía estar uno: el ciudadano Maurice
Lindey; pero no ha ido porque se encontraba
enfermo. Aunque si hubiera estado quizá sería lo
mismo. Como estamos enemistados, puede que
hubiera evitado hablarme.
—Creo que usted exagera la gravedad de la
situación; el señor Lindey puede tener el capricho de
no volver por aquí, pero en absoluto es nuestro
enemigo.
—Geneviève, lo que esperábamos de Maurice
no era demasiado para una amistad real y profunda.
Esta amistad se ha roto y ya no hay esperanza por
nuestra parte.
—Entonces, ¿por qué no intenta otra gestión
con él?
—No. Ya he hecho todo lo que se podía hacer.
Una nueva gestión despertaría sus sospechas.
Además, creo que hay una herida en el fondo de su
corazón. Usted está convencida, como yo, de que en
nuestra ruptura con el ciudadano Lindey hay algo
más que un capricho; quizá sea el orgullo. Mi
gestión lo hubiera compensado todo si el agravio
proviniera de mí; pero, ¿y si proviniera de usted?
—¿De mí? ¿y cómo quiere que yo haya
agraviado a Maurice?
—¿Quién sabe, con semejante carácter? ¿No ha
sido usted la primera en acusarle de capricho? Me
mantengo en mi antigua idea: usted ha hecho mal no
escribiendo a Maurice.
—¡Yo! ¿Usted piensa eso?
—No sólo lo pienso, sino que lo he pensado
mucho durante las tres semanas que dura la ruptura.
—¡Dixmer, no exija eso de mí! —exclamó
Geneviève.
—Usted sabe que nunca le exijo nada; sólo
suplico. Le suplico que escriba una carta al
ciudadano Maurice. —Geneviève intentó protestar,
pero Dixmer la interrumpió.—Escuche: o existen
graves motivos de enojo entre Maurice y usted, o su
enfado proviene de alguna cosa infantil. Si es así,
sería una locura eternizarlo; si el motivo es serio,
dada nuestra situación, no deben contar nuestra
dignidad y amor propio. Haga un esfuerzo; escriba al
ciudadano Maurice Lindey y él volverá.
Geneviève reflexionó un instante.
—Pero, ¿no se podría encontrar un medio
menos comprometedor de hacer volver la buena
inteligencia entre usted y Maurice?
—¿Comprometedor? Me parece el medio más
natural.
—No para mí.
—Es usted obstinada, Geneviève.
—¡Dios mío! ¿Es posible que no comprenda las
causas de mi resistencia y me obligue a hablar?
Geneviève inclinó la cabeza sobre el pecho y
dejó caer los brazos a lo largo de los costados con
gesto de abatimiento. Dixmer tomó su mano y
estalló en una risa que parecía forzada.
—Ya veo de qué se trata —dijo—. Tiene razón.
He estado ciego. Usted, con todo su espíritu y
distinción, se ha dejado prender en una banalidad, ha
tenido miedo de que Maurice se enamorara de usted.
He adivinado, ¿no? Tranquilícese. Conozco a
Maurice; es un feroz republicano sin otro amor que
el de la patria.
—¿Está seguro de lo que dice?
—Sin duda. Si Maurice la amara, en vez de
enfadarse conmigo, hubiera multiplicado las
atenciones con quien tenía interés de engañar. Si la
amara no hubiera renunciado tan fácilmente al título
de amigo de la casa, con cuya ayuda suelen
encubrirse este tipo de traiciones.
—No bromee con estas cosas, por favor.
—No bromeo; le digo que Maurice no le ama.
Eso es todo.
—Y yo le digo que se equivoca.
—En ese caso, quien ha tenido la fuerza de
alejarse antes que traicionar la confianza de su
huésped, es un hombre honrado. ¿Escribirá a
Maurice, verdad?
Geneviève dejó caer su cabeza entre las manos.
Dixmer la miró un instante y se esforzó en sonreír.
—Vamos; querida —dijo—; nada de amor
propio; si Maurice quiere hacerle otra declaración,
ríase de la segunda como ha hecho con la primera.
Yo la conozco, Geneviève. Usted es un corazón
digno y noble. Estoy seguro de usted. Geneviève, he
hecho mal en hacerle pasar por todas estas angustias.
Debería haber empezado por decirle que estamos en
una época de grandes sacrificios. Yo he sacrificado a
la reina mi brazo, mi cabeza y mi felicidad; otros le
dieron su vida. Yo haré más que dar mi vida:
arriesgaré mi honor, aunque no corre ningún riesgo
si está guardado por una mujer como mi Geneviève.
Geneviève se puso en pie, tomó una pluma y le
pidió que dictara la carta; pero Dixmer replicó que
eso sería engañar a Maurice, la carta debía escribirla
ella misma. Luego, besó la frente de su esposa, le
dio las gracias y salió. Entonces, Geneviève escribió
temblando:
Ciudadano Maurice,
Usted sabe cuánto le aprecia mi marido. Tres
semanas de separación, que nos han parecido un
siglo, ¿se lo han hecho olvidar? le esperamos; su
vuelta será una fiesta.
Geneviève.
Maurice estaba seriamente enfermo. Lorin había
acudido regularmente a verle, haciendo todo lo
posible por distraerle. Pero hay enfermos que no se
quieren curar.
El 1 de junio Lorin llegó hacia la una.
—¿Qué hay de particular? —preguntó
Maurice—. Estás espléndido.
En efecto, Lorin llevaba el traje de rigor: gorro
rojo, casaca y cinturón tricolor adornado con dos
pistolas.
—En lo general, está a punto de llevarse a cabo
la derrota de la gironda, en este momento se
calientan las balas de cañón en la plaza del
Carrousel. En lo particular, hay una gran solemnidad
a la que te invito para pasado mañana.
—Pero, ¿qué hay para hoy?
—Hoy tenemos la repetición de la gran
solemnidad. Ya sabes que hemos suprimido a Dios,
reemplazándole por el Ser Supremo. Pero, como
parece que es un moderado, y todo sale mal desde
que está en lo alto, nuestros legisladores han
decretado su caída. Ahora vamos a adorar un poco a
la diosa Razón.
—¿Y tú te entrometes en todas esas
mascaradas?
—Amigo mío, si conocieras como yo a la diosa
Razón, serías uno de sus más fervientes
admiradores. Escucha, quiero que la conozcas; te la
presentaré.
—Déjame tranquilo con tus locuras. Estoy
triste, tú lo sabes.
—Razón de más, ¡voto a bríos! Ella te alegrará,
es una buena chica... ¡Eh! pero si tú conoces a la
austera diosa que los parisienses van a coronar de
laureles y pasear en un carro de papel dorado. Es...
adivina...
—¿Cómo quieres que adivine?
—Es Artemisa. Una morenaza a la que conocí el
año pasado... en el baile de la Opera. Ella es quien
tiene más posibilidades; yo la he presentado al
concurso y todos los Termópilas me han prometido
sus votos. Dentro de tres días será la elección. Hoy
celebraremos una comida preparatoria y
derramaremos el champaña; pasado mañana, quizá
derramaremos la sangre. Pero, que se derrame lo que
se quiera, ¡Artemisa será diosa o que el diablo me
lleve! Ven, le pondremos la túnica.
—Gracias, siempre he sentido repugnancia por
ese tipo de cosas.
—¿Por vestir a las diosas? Bien, veamos si esto
puede distraerte: yo le pondré la túnica y tú se la
quitarás.
Maurice replicó que estaba enfermo y sin
alegría, y se quedaba en la cama. Lorin se rascó la
oreja y dijo:
—Ya veo de que se trata: esperas a la diosa
Razón.
Maurice aseguró que los amigos espirituales
resultaban muy molestos, y se disponía a maldecir
cuando entró su criado con una carta. El joven
tendió la mano descuidadamente, pero apenas la
hubo tocado, se estremeció, devoró con la mirada la
letra y el sello, rompió éste y leyó con toda su alma
las pocas líneas de Geneviève. Releyó la carta varias
veces y después se quedó mirando a Lorin como
atontado.
—¡Diablo! —exclamó Lorin—. Parece que
encierra buenas noticias.
Maurice releyó la carta una vez más, lanzó un
profundo suspiro y, olvidando de pronto su
enfermedad, saltó de la cama.
—¡Mi ropa! —gritó al estupefacto criado—.
¡Oh! querido Lorin, lo aguardaba a diario pero, la
verdad, no lo esperaba. Un calzón blanco, una
camisa con chorreras; ¡que se me peine y afeite
inmediatamente!
El criado se apresuró a ejecutar las órdenes de
Maurice.
—¡Volverla a ver! —exclamó Maurice—. En
verdad no he sabido hasta ahora lo que era la
felicidad.
Lorin insistió en que su amigo necesitaba más
que nunca visitar a la diosa Razón y Maurice le
regaló para ella un ramo de azahar, al tiempo de
confesar su enamoramiento y la seguridad que tenia
de ser correspondido, demostrada por el hecho de
que le llamara de nuevo a su lado. Lorin recitó unos
versos adecuados al caso, a los que su amigo, por
primera vez, correspondió con aplausos y bravos
antes de descender las escaleras de cuatro en cuatro
y lanzarse en dirección de la antigua calle de Saint-
Jacques.
Lorin aseguró al criado que Maurice estaba peor
de lo que creía, y descendió la escalera con paso
tranquilo. Apenas llegó el joven a la calle Saint-
Honoré, con su azahar en flor en la mano, una turba
de jóvenes le siguieron respetuosamente, tomándole
por uno de los virtuosos a los que Saint-Just había
propuesto ofrecer un traje blanco y un ramo de
azahar. Como el cortejo crecía sin cesar, porque
resultaba raro un hombre virtuoso, cuando el ramo
de flores le fue ofrecido a Artemisa se habían
congregado varios miles de jóvenes; y este homenaje
levantó dolor de cabeza a muchas otras razones que
estaban presentes.
Esa misma tarde se extendió por París la famosa
canción:
¡Viva la diosa Razón!
Llama pura, dulce luz.
Maurice no hubiera sido más rápido si hubiera
tenido alas.
Las calles estaban llenas de gente, pero Maurice
sólo reparaba en ella porque entorpecían su carrera;
se decía en los grupos que la Convención estaba
asediada, que se ofendía a la soberanía del pueblo en
sus representantes; y todo esto tenía alguna
posibilidad de ser verdad, porque se oía tocar a
arrebato y tronar el cañón de alarma.
Maurice corría ajeno a todo, imaginando que
Geneviève le esperaría en la ventanita del jardín para
recibirle con su mejor sonrisa. Pero se equivocaba:
Geneviève se había prometido no mostrarle más que
una educación fría, débil dique que ella oponía al
torrente que amenazaba inundar su corazón. Se
había retirado a la habitación del primer piso y no
descendería hasta que se la llamara. Pero también se
equivocaba.
El único que no se equivocaba era Dixmer, que
esperaba a Maurice detrás de una reja y sonreía
irónicamente.
Maurice empujó la puertecilla del jardín y
resonó la campanilla de ésta. Geneviève tembló al
reconocer por el tintineo quién había entrado, y dejó
caer la cortina que había entreabierto.
Dixmer corrió hasta el joven y le estrechó entre
sus brazos con gritos de alegría. Entonces bajó
Geneviève; se había dado unos golpes en las mejillas
para colorearlas, pero apenas había descendido los
veinte escalones cuando el carmín forzado había
desaparecido.
Maurice vio aparecer a Geneviève en la
penumbra de la puerta; avanzó hacia ella para
besarle la mano. Sólo entonces se dio cuenta de lo
mucho que había cambiado la joven que, por su
parte, observó con temor la delgadez de Maurice, así
como el brillo febril de su mirada.
Dixmer cortó rápidamente los exámenes
prolongados y las recriminaciones recíprocas. Hizo
servir la comida, porque eran casi las dos.
Al pasar al comedor, Maurice observó que su
cubierto estaba dispuesto. Entonces llegó Morand y
el joven estuvo con él tan afectuoso como pudo.
Geneviève había recobrado su serenidad;
encontrándose feliz, se hizo dueña de sí misma; es
decir, calma y fría, aunque afectuosa.
La conversación recayó sobre la diosa Razón; la
caída de los girondinos y el nuevo culto eran los dos
acontecimientos del día. Dixmer pretendió que no le
hubiera disgustado ver recaer este honor en
Geneviève. Maurice esbozó una sonrisa. Pero
Geneviève era de la opinión de su marido y el joven
miró a los dos, asombrado de que el patriotismo
pudiera enajenar a un espíritu tan equilibrado como
el de Dixmer y a una naturaleza tan poética como la
de Geneviève.
Morand desarrolló una teoría de la mujer
política, remontándose desde Theroigne de
Mericourt, la heroína del 10 de agosto, a la señora
Roland, el alma de la gironda. Luego, lanzó algunas
pullas contra las calceteras5. Estas palabras hicieron
sonreír a Maurice. Eran bromas crueles contra estas
patriotas, conocidas más tarde con el horroroso
nombre de lameguillotinas.
—Ciudadano Morand —dijo Dixmer—;
respetemos el patriotismo aunque sea trasnochado.
—Yo pienso —dijo Maurice— que las mujeres,
si no son demasiado aristócratas, son siempre
bastante patriotas.
5 Se refiere a las mujeres que acudían a contemplar las
ejecuciones y esperaban al pie del cadalso haciendo calceta. (Nota
del traductor.)
Morand opinó que encontraba despreciable a la
mujer que adopta las costumbres de los hombres, y
cobarde al hombre que insulta a una mujer, aunque
sea su peor enemiga. Con ello llevaba a Maurice a
un terreno delicado; éste asintió con un signo
afirmativo. Entonces intervino Dixmer:
—Un momento, ciudadano Morand; espero que
exceptúe a las mujeres enemigas de la nación.
Siguió un silencio que rompió Maurice:
—No exceptuemos a nadie; las mujeres que han
sido enemigas de la nación, me parece que están
bastante castigadas.
—¿Se refiere a las prisioneras del Temple?, ¿a
la austríaca, a su hermana y a la hija del Capeto? —
preguntó Dixmer.
—Justamente —dijo Maurice—; hablo de ellas.
—¿Es cierto lo que se dice? —preguntó
Morand—, ¿que a veces las prisioneras son
maltratadas por los mismos que deberían
protegerlas?
—Hay hombres que no merecen tal nombre —
dijo Maurice—. Hay cobardes que no han
combatido, y que necesitan torturar a los vencidos
para persuadirse de que son los vencedores.
—Usted no es de ésos —exclamó Geneviève—.
Estoy segura.
—Señora —respondió Maurice—, yo he hecho
guardia junto al cadalso en que ha perecido el
difunto rey. Tenía el sable en la mano y estaba allí
para matar a cualquiera que hubiera pretendido
salvarle. Sin embargo, cuando llegó cerca de mí dije
a mis hombres:
»"Ciudadanos, os prevengo que atravesaré con
mi sable al primero que insulte al rey."
»Desafío a cualquiera que diga que un sólo grito
ha partido de mi compañía. Soy yo también quien ha
escrito el primero de los diez mil panfletos que se
pegaron en París cuando el rey volvió de Varennes:
»Quien aclame al rey será apaleado; quien le
insulte será colgado.
—Bien —continuó Maurice sin observar el
terrible efecto que sus palabras producían en la
asamblea—, en esa ocasión he probado que soy un
buen patriota, que detesto al rey y a sus partidarios.
Ahora bien, pese a la certidumbre que tengo sobre la
culpabilidad de la austriaca en las desgracias que
padece Francia, declaro que nadie, aunque sea el
mismo Santerre, insultará a la exreina en mi
presencia.
—Ciudadano —dijo Dixmer—, ¿sabe que hay
que estar muy seguro para decir semejantes cosas
ante nosotros?
Maurice contestó que diría lo mismo en
cualquier parte; él no temía a las mujeres y
respetaría siempre a los débiles.
Morand quiso cerciorarse de que Maurice no
perseguía a los niños.
—¿Yo? Pregunte al infame Simon por el peso
del brazo del municipal ante el que ha tenido la
audacia de pegar al pequeño Capeto.
—Entonces, ¿es usted el municipal de quien
tanto se ha hablado, y que tan noblemente ha
defendido al niño?
—¿Se ha hablado? —preguntó Maurice con una
ingenuidad casi sublime.
—He ahí un corazón noble —dijo Morand,
levantándose de la mesa y retirándose al taller como
si le reclamara un trabajo urgente.
—Sí, ciudadano —respondió Dixmer—; se ha
hablado; y debe decirse que todas las personas de
corazón y valor le han alabado sin conocerle.
—Dejémosle en el anonimato —dijo
Geneviève—; la gloria que nosotros le daríamos
sería demasiado peligrosa.
En el momento de levantarse de la mesa,
avisaron a Dixmer que su notario le esperaba; se
excusó con Maurice y salió.
Se trataba de la compra de una casita en la calle
de la Corderie, frente al jardín del Temple. Era más
la compra de un emplazamiento que de una casa lo
que hacía Dixmer, porque el edificio estaba ruinoso.
La negociación con el propietario no había sido
larga; esa misma mañana le había visitado el notario
y se habían puesto de acuerdo en 19500 libras. El
propietario debía desocupar el edificio ese mismo
día, y los obreros acudirían allí al día siguiente.
Firmado el contrato, Dixmer y Morand fueron
con el notario a la calle de la Corderie para ver su
nueva adquisición. Era una casa de tres pisos
rematada por una buhardilla. El bajo había estado
alquilado a un negociante de vinos y poseía
magníficos sótanos. El propietario ensalzó los
sótanos, pero Dixmer y Morand no parecieron
interesarse por ellos, aunque condescendieron a
bajar a lo que el propietario llamaba sus
subterráneos.
Los sótanos eran soberbios, y uno de ellos se
extendía bajo la calle de la Corderie. Dixmer y
Morand hablaron de hacer cegar los sótanos que,
excelentes para un negociante de vinos, resultaban
inútiles para un buen burgués que pensaba ocupar
toda la casa.
Tras las bodegas visitaron los pisos. Desde el
tercero se dominaba completamente el jardín del
Temple. Los dos hombres reconocieron a la viuda
Plumeau; pero, sin duda, su deseo de ser
reconocidos no era grande, pues se mantuvieron
ocultos tras el propietario.
El comprador quiso ver las buhardillas. El
propietario no llevaba la llave encima, pero bajó
rápidamente a buscarla.
—No me había equivocado —dijo Morand—,
esta casa sirve de maravilla para nuestro propósito;
en cuanto a la bodega, es una ayuda de la
Providencia, pues nos ahorrará dos días de trabajo.
Aunque se desvía un poco a la izquierda de la
cantina, podremos desembocar con seguridad en el
lugar deseado.
Dixmer era partidario de hacer desde el tercer
piso una señal convenida; aunque la reina no podría
verla por estar la torre situada a mayor altura,
Dixmer opinaba que quizá la observaran Toulan o
Mauny. De manera que hizo unos nudos en el bajo
de una cortina y la hizo pasar a través de la ventana,
como si la hubiera empujado el viento.
Luego salieron del piso y lo cerraron con llave,
para evitar que el propietario advirtiera la cortina
colgante y la devolviera a su posición.
Las buhardillas no alcanzaban la altura de la
torre; esto era a la vez una dificultad y una ventaja:
una dificultad porque desde ellas no se podía
comunicar con la reina; una ventaja porque esta
imposibilidad descartaba toda sospecha.
Luego, bajaron junto al notario, que esperaba en
el salón para firmar el contrato.
—Ya sabes, ciudadano, que la cláusula principal
es que la casa me será entregada esta misma tarde —
dijo Dixmer—, a fin de que mañana los obreros
puedan empezar con ella.
El propietario aseguró que a las ocho estaría
libre la casa. Entonces Dixmer preguntó por la salida
a la calle Porte-Foin. El propietario la había hecho
cerrar porque daba demasiado trabajo a su criado,
pero podía volver a abrirse con un trabajo de dos
horas.
Dixmer y Morand salieron de la casa, y a las
nueve de la noche volvían a ella de nuevo, seguidos
por cinco o seis hombres a los que nadie prestó
atención.
Entraron los dos, cerraron las contraventanas
con el mayor cuidado, y encendieron unas bujías que
Morand había llevado consigo. Poco después
entraron los cinco o seis hombres uno tras otro: eran
los invitados habituales del curtidor.
Cerraron las puertas y descendieron al sótano.
Después, taparon todas las aberturas por donde
podía lanzarse al interior una mirada curiosa.
A continuación, Morand colocó un tonel vado, y
empezó a trazar líneas geométricas en un papel.
Mientras dibujaba, sus compañeros salían de la casa
dirigidos por Dixmer, seguían la calle Corderie y en
la esquina de la calle Beauce se detenían junto a un
coche cubierto.
En el coche había un hombre que entregó a cada
uno una herramienta de zapador. Los hombres
ocultaron las herramientas bajo sus abrigos,
volvieron a la casita y el coche desapareció.
Morand había terminado su trabajo; se dirigió a
una esquina de la cueva y dijo:
—Caven ahí.
Y los zapadores se pusieron a la obra
inmediatamente.
La situación de las prisioneras del Temple se
hacía cada vez más grave. Por un instante, las tres
mujeres habían conservado una ligera esperanza; los
municipales Toulan y Lepître habían sentido
compasión por las augustas prisioneras y les habían
demostrado cierto interés, aunque al principio las
pobres mujeres habían desconfiado.
La primera vez que llegó el turno de Toulan y
Lepître, la reina les pidió, si era cierto que se
interesaban por su suerte, que le contaran los detalles
de la muerte del rey. Lepître había asistido a la
ejecución y obedeció la orden de la reina.
La reina pidió los periódicos que relataban la
ejecución, y Lepître prometió llevárselos en la
próxima guardia, que tendría lugar tres semanas
después.
En tiempos del rey había en el Temple cuatro
municipales, pero muerto el monarca sólo había tres:
uno que vigilaba durante el día, y dos por la noche.
Toulan y Lepître idearon un ardid para estar siempre
juntos en la guardia nocturna.
Normalmente se sorteaban los turnos metiendo
en un sombrero tres papeletas, dos con la palabra
noche y una con la palabra día. Cada vez que Lepître
y Toulan estaban de guardia, escribían la palabra día
en los tres boletos y presentaban el sombrero al
municipal que querían dejar solo. Luego, destruían
las otras dos papeletas, murmurando contra el azar,
que les daba siempre el turno de noche.
Cuando la reina estuvo segura de sus dos
vigilantes, les puso en contacto con el caballero de
Maison-Rouge. Entonces se preparó una evasión. La
reina y su hermana debían huir disfrazadas de
oficiales municipales. En cuanto a los niños, se
había observado que el hombre encargado de
encender los quinqués del Temple llevaba siempre
con él a dos niños de la misma edad que los
príncipes, y se dispuso que Turgy se pondría el
uniforme de farolero y se llevaría consigo a la
princesa y el delfín.
Turgy era un antiguo camarero del rey, llevado
al Temple con una parte del servicio de las Tullerías,
por deseo del rey, que quería su comedor bien
organizado. El primer mes, este servicio costó a la
nación treinta o cuarenta mil francos.
Como es comprensible, no podía durar
semejante prodigalidad. El ayuntamiento puso coto y
se despidió a cocineros y marmitones; sólo fue
conservado un sirviente: Turgy, el cual, como podía
salir y, por tanto, llevar notas y traer respuestas, era
el intermediario natural entre las prisioneras y sus
partidarios.
Las notas solían ir enrolladas en el tapón de las
garrafas de leche de almendra que le llevaban a la
reina. Estaban escritas con limón, y las letras
permanecían invisibles hasta que se aproximaban al
fuego.
Todo estaba preparado para la evasión cuando
un día, Tison encendió su pipa con el tapón de una
garrafa. A medida que el papel ardía, vio aparecer
los caracteres. Apagó la nota y, medio quemada, la
llevó al consejo del Temple, donde sólo pudieron
leer algunas palabras sin sentido, pues la mayor
parte del papel estaba reducido a cenizas.
Sin embargo se pudo reconocer la letra de la
reina, y Tison contó algunos favores que había
creído observar por parte de Lepître y Toulan hacia
las prisioneras. Los dos hombres fueron denunciados
a la municipalidad y no pudieron volver a entrar en
el Temple.
Quedaba Turgy; pero la desconfianza se elevó al
más alto grado, y jamás se le dejaba solo con las
princesas. Toda comunicación con el exterior se
había hecho imposible.
Un día, la hermana de la reina entregó a Turgy
un cuchillito para que lo limpiara. Turgy dudaba y al
limpiarlo quitó el mango; éste contenía una nota: un
alfabeto de señales.
Turgy devolvió el cuchillo, pero un municipal
que estaba allí se lo arrancó de las manos y le quitó
el mango. Afortunadamente la nota ya no estaba allí
y el municipal devolvió el cuchillo.
Fue entonces cuando el infatigable caballero de
Maison-Rouge había pensado una segunda evasión,
que iba a llevarse a cabo por medio de la casa que
acababa de comprar Dixmer.
Ese día, la reina había escuchado con espanto
los gritos que se lanzaban en la calle contra los
girondinos. La cena se sirvió a las siete, y los
municipales examinaron cada plato, cada servilleta,
incluso el pan y las nueces; luego, indicaron a las
prisioneras que podían sentarse a la mesa. La reina
iba a rehusar, alegando que no tenía hambre, cuando
su hija se le acercó y le dijo en voz muy baja.
—Sentaos a la mesa, señora; creo que Turgy os
ha hecho una seña.
La reina se estremeció y miró a Turgy, que
estaba frente a ella y se tocaba el ojo con la mano
derecha.
La reina ocupó su sitio en la mesa y no perdió
de vista al sirviente, cuyos gestos eran tan naturales
que no podían inspirar ninguna desconfianza a los
municipales.
Terminada la cena se recogió el servicio con las
mismas precauciones que se había colocado: las más
pequeñas migas de pan fueron recogidas y
examinadas.
Se retiró Turgy y a continuación lo hicieron los
municipales, pero se quedó la señora Tison.
Esta mujer se había vuelto feroz desde que se la
había separado de su hija, cuya suerte ignoraba por
completo. Tantas veces como la reina abrazaba a la
princesa le entraban accesos de rabia que parecían
locura; de manera que la reina, cuyo corazón
comprendía estos dolores de madre, se detenía a
menudo en el momento en que iba a procurarse este
consuelo de apretar a su hija contra su pecho, el
único que le quedaba.
Tison llegó a buscar a su esposa, pero ella dijo
que no se retiraría hasta que no estuviera acostada la
viuda Capeto.
La hermana de la reina pasó a la habitación de
al lado, mientras María Antonieta y su hija se
desnudaban y se acostaban; entonces, la señora
Tison tomó la bujía y salió.
Los municipales ya estaban acostados en sus
catres del corredor.
Por un instante todo fue calma y silencio en la
habitación; luego, una puerta giró dulcemente sobre
sus goznes y una sombra se aproximó a la cabecera
de la reina: era su hermana.
—¿Habéis comprendido las señales? —
preguntó.
—Sí —contestó la reina—, y no puedo terminar
de creérmelas.
—Repitamos los signos.
—Al principio se ha tocado el ojo para
indicarnos que había una novedad; luego, se ha
pasado la servilleta del brazo izquierdo al derecho,
lo que quiere decir que se ocupa de nuestra
liberación; después se ha llevado la mano a la frente,
en señal de que la ayuda que nos anuncia viene del
interior y no del extranjero. Más tarde, cuando le he
dicho que no se olvidara de la leche de almendras
para mañana, ha hecho dos nudos en su pañuelo; así
que se trata del caballero de Maison-Rouge. ¡Noble
corazón!
La reina pidió a su hija que rezara por el
caballero y durante cinco minutos se escuchó la
plegaria de la princesa en el silencio de la
habitación.
Este era justo el momento en que, bajo la
indicación de Morand, se daban los primeros golpes
de piqueta en la casita de la calle Corderie.
VIII
NUBES
LA PETICION
Pasada la embriaguez de las primeras miradas,
Maurice había encontrado muy por debajo de sus
previsiones la recepción que le había hecho
Geneviève.
Él contaba con la soledad para recuperar su
afecto, pero Geneviève tenía su plan dispuesto y
contaba con no proporcionarle ocasión para una
conversación a solas. Ese día había acudido a
visitarla una parienta y Geneviève la retuvo a su
lado, pidiendo luego a Maurice que la acompañara
hasta su casa, en la calle Fossés-Saint-Victor.
Maurice se marchó enfurruñado, pero Geneviève le
sonrió y él lo tomó por una promesa.
Sin embargo se equivocaba. Al día siguiente, 2
de junio, día que vio la caída de los girondinos,
Maurice se despidió de Lorin, que pretendía llevarle
a la Convención, y dejó todo para ir a ver a su
amiga, a la que encontró en su saloncito,
acompañada por una doncella que marcaba pañuelos
junto a una ventana. Maurice se impacientó al
comprobar que Geneviève no despedía a la oficiosa
joven, y se marchó una hora antes que de costumbre.
Al día siguiente, Geneviève llevó a cabo el
mismo manejo. Maurice había preparado su plan:
diez minutos después de llegar, viendo que tras
haber marcado una docena de pañuelos, la doncella
se disponía a hacerlo con seis docenas de servilletas,
Maurice sacó su reloj, se levantó, saludó a
Geneviève y partió sin decir palabra ni volverse una
sola vez. La joven quedó consternada por el efecto
de su diplomacia.
En ese momento entró Dixmer, al que extrañó la
repentina marcha de Maurice; ordenó a la doncella
que les dejara solos y preguntó a su esposa si ya
había hecho las paces con Maurice. La joven explicó
que, por el contrario, sus relaciones estaban más
frías que nunca, y opinó que quizá todo se debía a
Muguet, la doncella, a la que Maurice parecía haber
cogido ojeriza.
—¿De veras? —dijo Dixmer—. Entonces habrá
que despedir a la chica. No me privaré de un amigo
como Maurice por una doncella.
—Creo que él no exigiría que se la eche de casa
—dijo Geneviève—. Le bastaría con que se
marchara de mi habitación.
Al oírlo, Dixmer llenó de reproches a su esposa
por la falta de colaboración que demostraba en el
momento en que necesitaban a Maurice más
confiado que nunca.
—Pero, ¿no hay otro medio? —preguntó
Geneviève—. Para todos nosotros sería mejor que
Maurice se mantuviera alejado.
—Sí; para todos nosotros puede ser; pero, para
la que está por encima de todos nosotros, para
aquélla a quien hemos jurado sacrificarle nuestra
fortuna, nuestra vida, nuestro honor inclusive, hace
falta que vuelva ese hombre; ¿sabe usted que se
sospecha de Turgy y que se habla de poner otro
sirviente a las princesas?
—Está bien —dijo Geneviève—; despediré a
Muguet.
Dixmer se impacientó y le dijo que hiciera lo
que creyera su deber. Al día siguiente él no comería
con ellos, porque sustituiría a Morand en el puesto
de ingeniero, pero éste tenía que pedir a Maurice
algo importante.
—Es la última esperanza de este hombre tan
bueno y sacrificado —añadió—; de este protector
suyo y mío por el que debemos dar nuestra vida. No
sé cómo ha ocurrido, pero usted no ha sabido hacer
que Maurice apreciara a este hombre, cuando eso era
lo más importante. De manera que ahora, en la
pésima disposición de espíritu en que le ha puesto,
quizá Maurice rehusará lo que él le pida y que
debemos obtener a cualquier precio. ¿Quiere usted
que le diga a dónde llevarán a Morand todas estas
delicadezas y sentimentalismos suyos?
—¡Oh! No hablemos de esto.
—Bien; sea fuerte y reflexione —replicó
Dixmer besando la frente de su esposa y saliendo de
la habitación.
—¡Oh, Dios mío! —murmuró Geneviève con
angustia—. ¡Qué de presiones para que acepte este
amor hacia el que vuela mi alma entera!
Al día siguiente era decadi6. En la familia
Dixmer, como en todas las familias burguesas de la
época, existía la costumbre de hacer el domingo una
comida más larga y ceremoniosa que los otros días.
Ese día, aunque no se empezaba a comer hasta las
dos, Maurice llegaba a las doce.
Sin embargo, a la una de la tarde, todavía no
había llegado Maurice. Dado como se había ido el
día anterior, Geneviève desesperaba de verle. Llegó
casi el momento de sentarse a la mesa.
A las dos menos dos minutos, Geneviève
escuchó los cascos del caballo de Maurice y se dijo:
—¡Oh! Aquí está. Su orgullo no ha podido con
su amor. ¡Me ama!, ¡me ama!
Maurice saltó del caballo y entregó las bridas al
jardinero. Geneviève vio con inquietud que éste no
se llevaba al animal a la cuadra, y al entrar Maurice,
le preguntó:
—Comerá con nosotros, ¿verdad?
—Al contrario, ciudadana —dijo Maurice con
tono frío—. Venía a pedirle permiso para
ausentarme. Los asuntos de mi sección me reclaman.
Temía que me estuvieran esperando y se me tildara
de maleducado. He ahí por qué he venido.
Ella insistió en que se quedara y le explicó que
su marido no comía con ellos ese día y le había
pedido que le retuviera.
6 Nombre del décimo día de la década republicana francesa.
—¡Ah! Comprendo su insistencia; es una orden
de su marido. ¡Y yo que no lo había sospechado!
Jamás me corregiré de mis fatuidades. Pero si
Dixmer no está aquí, razón de más para que yo no
me quede. Su ausencia será una contrariedad para
usted; porque desde mi vuelta, usted parece tener a
gala evitarme. Yo he vuelto sólo por usted; y desde
que he vuelto, siempre encuentro a otros distintos
que usted.
—Vamos, ya se ha enfadado; y sin embargo, yo
hago cuanto puedo.
—No; podría hacerlo mejor aún: recibirme
como antes o despedirme de una vez.
—Veamos Maurice —dijo Geneviève
tiernamente—; comprenda mi situación, adivine mis
angustias y no sea tirano conmigo.
La joven se aproximó a él y le miró con tristeza.
Maurice calló.
—Pero, ¿qué es lo que quiere usted? —dijo ella.
—Quiero amarla, porque no puedo vivir sin este
amor.
—Maurice, ¡por piedad!
—Entonces, déjeme morir.
—¿Morir?
—Sí, morir u olvidar.
—¿Usted podría olvidar? —exclamó
Geneviève, con lágrimas en los ojos.
—¡Oh! No, no —murmuró Maurice, cayendo de
rodillas—; morir quizás, olvidar jamás.
—Y sin embargo, sería lo mejor —dijo
Geneviève—; porque este amor es criminal.
—¿Le ha dicho usted esto al señor Morand?
—El señor Morand no es un loco como usted; y
nunca he tenido necesidad de indicarle el
comportamiento que debe observar en casa de un
amigo.
Maurice continuó manifestándose celoso de
Morand, y Geneviève le aseguró que el socio de su
marido nunca le había dirigido una palabra de amor,
porque amaba a una mujer que eclipsaba a todas las
demás.
—Entonces, si usted no me ama... ¿podría
jurarme al menos que no ama a otro? —preguntó
Maurice.
—Se lo juro de todo corazón.
Maurice tomó las manos de Geneviève y las
cubrió de besos ardientes.
Prometió a la joven ser confiado y generoso, e
intentar no exigir de ella nada más. Se oyeron pasos
en el patio, y los dos jóvenes se estrecharon la mano
furtivamente.
Llegó Morand para anunciarles que les estaban
esperando para sentarse a la mesa. Pasaron al
comedor, donde estaban preparados tres cubiertos en
una mesa estrecha. Se sentaron y Maurice buscó con
los suyos el pie de Geneviève; al primer contacto, la
vio enrojecer, pero el piececito permaneció
tranquilo, inmóvil entre los suyos.
Morand parecía haber recuperado su espíritu
brillante, y dijo mil locuras con la más imperturbable
seriedad. Habló luego de sus múltiples viajes por el
mundo a causa de su negocio de pieles: conocía
Egipto como Herodoto, Africa como Levaillant, y la
Opera y los salones como un petimetre. Maurice
estaba asombrado de sus conocimientos, y Morand
le aseguró que no hacía sino prepararse para la vida
de placer que pensaba llevar cuando fuera rico.
—Usted habla como un viejo, ¿qué edad tiene?
Morand se estremeció ante una pregunta tan
natural.
—Treinta y ocho años.
Luego, al señalar Maurice que había viajado
mucho, Morand confesó que había pasado una parte
de su juventud en el extranjero, lo había visto todo
menos dos cosas: la primera era Dios, y la segunda
un rey.
—Debería haber visto usted al último —dijo
Maurice—; hubiera sido conveniente.
—Resultado: que no me hago la menor idea de
una frente coronada; debe ser muy triste, ¿no?
—Muy triste, en efecto; se lo digo yo que veo
una casi una vez al mes.
—¿Una frente coronada? —preguntó
Geneviève.
—Al menos ha llevado el pesado y doloroso
fardo de la corona.
—¡Ah! Sí, la reina —dijo Morand—. Tiene
razón; debe de ser un lúgubre espectáculo.
—¿Es tan hermosa y altiva como se dice? —
preguntó Geneviève.
—¿No la ha visto usted nunca? —preguntó a su
vez Maurice.
—¿Yo? Nunca.
—En verdad, es extraño.
—¿Por qué es extraño? Hemos vivido en
provincias hasta el noventa y uno; después, en la
calle Saint-Jacques, que se parece mucho a la
provincia, si no es porque jamás tiene sol, ni aire, ni
flores. Usted conoce mi vida, ciudadano Maurice:
siempre ha sido igual; ¿cómo quiere que haya visto a
la reina? Nunca se me ha presentado la ocasión.
—Y creo que no la aprovechará cuando,
desgraciadamente, se le presente —dijo Maurice.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Geneviève.
—El ciudadano Maurice hace alusión a algo que
no es un secreto —replicó Morand—: la posible
condena de Mana Antonieta y la muerte en el mismo
cadalso que su marido.
—Confieso que, sin embargo, me hubiera
gustado ver a esta pobre mujer —dijo Geneviève.
—Veamos —dijo Maurice—. ¿Lo desea usted
de verdad? Si es así, sólo tiene que decir una
palabra.
—¿Usted podría conseguir que yo viera a la
reina? —exclamó Geneviève.
—Nada más simple. Se desconfía de algunos
municipales; pero yo he dado suficientes pruebas de
mi devoción a la causa para no estar entre ellos. Por
otra parte, las entradas al Temple dependen de los
municipales y los jefes de puesto conjuntamente. El
Jefe de puesto es mi amigo Lorin. Bien, venga a
buscarme al Temple el día que yo esté de guardia, es
decir, el jueves próximo.
Geneviève se negó a aceptar, alegando que no
quería exponer a Maurice a algún conflicto
desagradable, y que si le sucedía algo por un
capricho suyo, no podría perdonárselo jamas.
Morand era de la misma opinión que Geneviève.
—Se diría que está usted celoso, Morand, y que
no habiendo visto nunca un rey o una reina, no
quiere que los otros lo vean. No discutamos más,
forme parte del grupo —y como Morand, pese a
todo, se negara, añadió—: Ahora no es la ciudadana
Dixmer quien desea ir al Temple; soy yo quien le
pide, lo mismo que a usted, que venga a distraer a un
pobre prisionero. Porque una vez cerrada la puerta,
soy tan prisionero como lo sería un rey —apretó con
sus pies el pie de Geneviève, y dijo—: Venga, se lo
suplico.
Geneviève pidió a Morand que la acompañara,
pero éste puso como disculpa su trabajo, y la joven
dijo que tampoco iría ella, ya que no contaba con la
compañía de su marido.
—En ese caso —dijo Morand—; si cree
indispensable mi presencia...
Maurice le pidió que fuera galante y sacrificara
medio día a la esposa de su amigo. Morand aceptó, y
el joven les pidió que fueran discretos, pues
cualquier accidente podría llevarlos a la guillotina.
Geneviève advirtió a Morand para que no se
distrajera y recordara que la fecha acordada era el
jueves siguiente, no fuera a comenzar el miércoles
algún experimento químico que pudiera mantenerle
ocupado durante veinticuatro horas. Morand aseguró
que lo tendría presente.
Geneviève se levantó de la mesa y Maurice la
imitó. Morand iba a hacer lo mismo cuando se
presentó un obrero con una ampollita de líquido que
atrajo su atención.
—Apresurémonos —dijo Maurice, arrastrando a
Geneviève.
—¡Oh! Esté tranquilo —replicó ella—; tiene al
menos para una hora.
Y la joven le abandonó su mano, que él estrechó
dulcemente entre las suyas.
Al pasar por el jardín, la joven le mostró los
claveles marchitos, culpándole de su abandono.
—Sin embargo —replicó Maurice—, exigen
muy poco: solamente algo de agua, y mi marcha le
dejó mucho tiempo para regarlos.
—¡Ah! —dijo Geneviève—. Si las flores se
regaran con lágrimas, estos pobres claveles, como
usted los llama, no estarían muertos.
Maurice la rodeó con sus brazos, la aproximó
vivamente contra él, y antes de que ella tuviera
tiempo de defenderse, acercó sus labios al ojo medio
sonriente, medio lánguido, que miraba la desolada
maceta de claveles.
Geneviève tenía tantas cosas que reprocharse
que fue indulgente.
Dixmer regresó tarde, y encontró en el jardín a
Morand, Geneviève y Maurice hablando de
botánica.
IX
LA FLORISTA
EL CLAVEL ROJO
SIMON EL CENSOR
Por fin llegó el jueves en que Maurice estaba de
guardia.
Corría el mes de junio. El cielo era azul oscuro,
y sobre este velo de índigo destacaba el blanco de
las casas nuevas.
Maurice debía entrar en el Temple a las nueve;
sus dos colegas eran Mercevault y Agrícola. A las
ocho estaba en la antigua calle Saint-Jacques vestido
de municipal.
Geneviève y Morand ya estaban preparados;
este último tenía aspecto fatigado, y dijo que había
estado trabajando toda la noche para acabar una
tarea urgente. Dixmer no estaba: había salido tan
pronto como llegó su amigo Morand.
—¿Ha decidido usted cómo veremos a la reina?
—preguntó Geneviève.
—Escuche —contestó Maurice—. Tengo
trazado el plan: llego con ustedes al Temple, les
recomiendo a mi amigo Lorin, que manda la
guardia, voy a ocupar mi puesto, y cuando llegue el
momento favorable les voy a buscar. Verán a las
prisioneras durante su comida a través de la vidriera
de los municipales.
—¡Perfecto! —dijo Morand.
Maurice le vio aproximarse al armario del
comedor y apurar un vaso de vino. Esto le
sorprendió. Morand era muy sobrio, y no bebía más
que agua manchada de vino. Geneviève observó la
mirada de Maurice y se apresuró a decir:
—Se mata con su trabajo, este desdichado
Morand. Es capaz de no haber tomado nada desde
ayer por la mañana.
—Entonces, ¿no ha comido aquí? —preguntó
Maurice.
—No; hace experimentos en la ciudad.
Morand añadió al vaso de vino una rebanada de
pan que engulló precipitadamente.
—Y ahora —dijo— estoy dispuesto, ciudadano
Maurice; partiremos cuando usted quiera.
Maurice ofreció su brazo a Geneviève diciendo:
—Partamos.
Cruzaron la ciudad camino del Temple. A
medida que avanzaban, el paso de Maurice se hacía
más ligero, mientras el de sus acompañantes se
retrasaba.
En la esquina de la calle Vieilles-Audriettes una
florista les cerró el paso, presentándoles su cesto
cargado de flores. Maurice le compró un ramo de
claveles rojos que regaló a Geneviève.
Siguieron su camino, y a las nueve llegaron al
Temple, justo en el momento en que Santerre
llamaba a los municipales.
—Heme aquí —dijo Maurice, dejando a
Geneviève al cuidado de Morand.
Santerre le dio la bienvenida y le preguntó quién
era Geneviève y qué hacía allí.
—Es la esposa de Dixmer, ¿no has oído hablar
de este bravo patriota?
—Sí, sí; un curtidor, capitán de cazadores de la
legión Victor.
—El mismo.
Santerre alabó la belleza de la joven y preguntó
quién era la especie de mamarracho que la tenía del
brazo.
—Es el ciudadano Morand, socio de su marido
y cazador de la compañía Dixmer.
Santerre se aproximó a Geneviève, le dio los
buenos días y le preguntó qué hacía allí.
—La ciudadana no ha visto nunca a la viuda
Capeto y quisiera verla —dijo Maurice.
—Sí, antes que... —dijo Santerre; e hizo un
gesto atroz.
—Exacto —respondió Maurice fríamente.
—Bien —dijo Santerre—. Trata de que no se la
vea entrar en la fortaleza; sería un mal ejemplo; por
lo demás, tengo confianza en ti.
Santerre estrechó la mano de Maurice, hizo con
la cabeza una señal amistosa y protectora a
Geneviève y se alejó de ellos.
Maurice tomó el brazo de Geneviève y,
seguidos por Morand, se dirigieron hacia la puerta,
donde Lorin mandaba las maniobras de su batallón.
Cuando las compañías estuvieron en sus puestos,
Lorin se acercó a su amigo, se hicieron las
presentaciones, y Maurice explicó la presencia en el
Temple de Geneviève y Morand.
—Sí, sí, comprendo —dijo Lorin—; quieres que
el ciudadano y la ciudadana puedan entrar en la
fortaleza: eso es fácil, voy a situar a los centinelas y
les diré que te dejen pasar con tu compañía.
Diez minutos más tarde, Geneviève y Morand
entraban detrás de los tres municipales y se situaban
detrás de la vidriera.
La reina acababa de levantarse. Estaba enferma
desde hacía dos o tres días y se quedaba en la cama
más tiempo del habitual. Sabiendo por su hermana
que lucía un sol espléndido, había hecho un esfuerzo
y, para que su hija pudiera tomar el aire, había
solicitado permiso para pasearse por la terraza, lo
que se le había concedido sin dificultad.
Tenía otra razón para decidirse: en una ocasión
había visto al delfín desde la terraza y quería subir
por si le veía de nuevo.
Por último, había aún otro motivo: su hermana
le había dicho que en el pasillo habían encontrado
una señal que significaba que algún amigo se
acercaba.
Cumplidas las exigencias del servicio, Maurice
era una especie de amo de la fortaleza del Temple,
cuya guardia diurna le había correspondido.
—Bien, ciudadano municipal—le dijo la señora
Tison—, ¿usted se trae compañía para ver a nuestros
pichones? Yo soy la única condenada a no ver a mi
pobre Sophie.
—Son unos amigos míos que nunca han visto a
la viuda Capeto.
—Estarán de maravilla tras la vidriera.
—Seguro —dijo Morand.
—Sólo que debemos tener el aire de los
curiosos crueles que, desde el otro lado de una reja,
gozan con los sufrimientos de un prisionero —dijo
Geneviève.
—¿Y por qué no lleva a sus amigos al camino
de la torre? —dijo la señora Tison—. La Capeto se
pasea hoy por allí con su hermana y su hija.
Geneviève cambió una mirada con Morand.
—Amigo mío —dijo la joven—, la ciudadana
tiene razón. Si usted quisiera colocarme en un sitio
por donde pase María Antonieta, me repugnaría
menos que verla desde aquí. Me parece que esta
manera de observar a las personas es humillante para
ellas y para nosotros.
—¡Pardiez, ciudadana! —exclamó uno de los
colegas de Maurice, que estaba en la antecámara
desayunando pan con salchichas—. Si usted fuera la
prisionera y la viuda Capeto tuviera curiosidad de
verla, no pondría tantos cuidados para darse ese
gusto, la bribona.
Geneviève se volvió a Morand para comprobar
el efecto que le hacían estas injurias. En efecto,
Morand se estremeció y sus puños se crisparon.
—¿Cómo se llama ese municipal? —preguntó la
joven a Maurice.
—Es el ciudadano Mercevault, un cantero.
Mercevault le oyó y lanzó una mirada de reojo
sobre Maurice.
—Vamos, vamos —dijo la señora Tison—;
termina tu salchicha y tu media botella, que quiero
recoger la mesa.
—¿No es culpa de la austriaca si las acabo a
estas horas? —refunfuñó el municipal—. Si ella
hubiera podido hacerme matar el diez de agosto, lo
hubiera hecho sin vacilar; el día en que ella estire la
pata, yo estaré en primera fila, firme en mi puesto.
Morand palideció como un muerto.
Geneviève pidió al joven que les llevara
rápidamente al lugar prometido, y él les condujo a
un pasillo del piso alto, donde les instaló de manera
que las prisioneras tuvieran que pasar ante ellos
cuando subieran.
Como el paseo estaba señalado para las diez y
sólo faltaban unos minutos para esa hora, Maurice
no dejó solos a sus amigos, y para evitar cualquier
sospecha, retuvo a su lado al ciudadano Agrícola, al
que se había encontrado por el camino.
Sonaron las diez.
—¡Abrid! —gritó abajo la voz de Santerre.
Enseguida la guardia tomó sus armas y los
centinelas aprestaron las suyas; se cerraron las rejas
y el patio resonó con un ruido de hierros, piedras y
pasos que impresionó vivamente a Morand y
Geneviève, porque Maurice vio palidecer a ambos.
—¡Cuántas precauciones para guardar a tres
mujeres! —murmuró Geneviève.
—Sí —dijo Morand—; si los que intentan
liberarlas estuvieran aquí y vieran esto, desistirían de
su empeño.
—Así lo espero —respondió Maurice. E
inclinándose sobre la barandilla de la escalera,
dijo—: ¡Atención! Ya están aquí las prisioneras.
Geneviève pidió a Maurice que le indicara cuál
de las tres mujeres era la reina; así lo hizo el
municipal, y la joven avanzó un paso, mientras
Morand retrocedía hasta quedar apoyado contra la
pared.
La hermana y la hija de María Antonieta
pasaron de largo, tras lanzar a los extraños una
mirada de asombro; la primera pensó que serían los
amigos anunciados por las señales, y dejó caer su
pañuelo para advertir a la reina. Esta llegó ante
Geneviève y se detuvo para admirar sus flores;
rápida como el pensamiento, Geneviève tendió su
mano hacia ella para ofrecerle el ramo. Entonces,
María Antonieta levantó la cabeza, y un
imperceptible rubor apareció en su frente
descolorida.
Maurice, por la costumbre pasiva de la
obediencia al reglamento, extendió la mano para
sujetar el brazo de Geneviève. La reina permaneció
dudosa, y mirando a Maurice, le reconoció como el
joven municipal que acostumbraba a hablarla con
firmeza, pero con respeto.
—¿Está prohibido, señor? —preguntó.
—No, no, señora —dijo Maurice—. Geneviève,
puede ofrecerle su ramo.
—¡Oh! Gracias, gracias, señor —exclamó la
reina.
Y saludando a Geneviève, María Antonieta
escogió un clavel del ramo.
—Coja el ramo entero, señora —dijo Geneviève
tímidamente.
—No —dijo la reina—. Este ramo puede ser de
una persona a la que usted ame y no quiero privada
de él.
Geneviève se ruborizó, lo que hizo sonreír a la
reina.
—Vamos, ciudadana Capeto —dijo Agrícola—;
continúe su camino.
Cuando se marchó la reina, Morand murmuró:
—No me ha visto.
—Pero usted la ha visto bien, ¿no es cierto,
Morand?, ¿verdad Geneviève?
Geneviève reconoció que la había visto muy
bien y aseguró que le había parecido muy hermosa.
Sin embargo, Morand no daba su opinión.
—Dígame —preguntó Maurice a Geneviève en
voz baja y riendo—, ¿no será de la reina de quien
está enamorado Morand?
Geneviève se estremeció; pero, reponiéndose,
dijo rápidamente y riendo también que tenía todo el
aspecto de ello.
—Morand, no me dice usted que le ha parecido
—Insistió Maurice.
—La he encontrado muy pálida —respondió.
Maurice tomó el brazo de la joven y la condujo
hacia el patio. En la oscuridad de la escalera le
pareció que Geneviève le besaba la mano.
—¿Qué quiere decir esto? —preguntó.
—Quiere decir que nunca olvidaré que ha
arriesgado su cabeza por un capricho mío.
—Eso es una exageración. Además, usted sabe
que no es su agradecimiento lo que deseo.
Geneviève le apretó dulcemente el brazo.
Morand les seguía titubeante. Llegaron al patio;
Lorin reconoció a los dos visitantes y les dejó salir
del Temple.
Maurice regresó a su puesto rebosante de alegría
y encontró a la señora Tison llorando. El joven le
preguntó qué le ocurría.
—Que estoy furiosa —respondió la carcelera—.
Todo es injusticia para los pobres; usted es rico y
burgués, y se le permite traer visitas que regalan
ramos de flores a la austriaca; a mí, que vivo
perpetuamente en el palomar, se me prohibe ver a mi
hija.
Maurice le tomó la mano y le deslizó en ella un
asignado7 de diez libras.
—Tome y tenga valor —le dijo—, la austriaca
no durará eternamente.
7 Nombre del papel moneda de la Revolución Francesa.. (Nota del
traductor.)
En el momento en que la mujer tomaba el billete
y le daba las gracias, llegó Simon, que escuchó las
palabras de la mujer y observó como se guardaba el
asignado en un bolsillo.
En el patio, Simon se había encontrado con
Lorin; al verle había palidecido y, sacando un
lapicero del bolsillo de su casaca, había aparentado
escribir una nota en una hoja de papel casi tan sucia
como sus manos.
—¿Sabes escribir desde que eres preceptor del
Capeto? Mirad, ciudadanos; palabra de honor que
está apuntando; es Simon el censor.
Los guardias nacionales estallaron en risas, y
Simon amenazó a Lorin con denunciarle por haber
permitido la entrada en la fortaleza a dos extraños.
Luego, al ver salir a Morand y Geneviève se lanzó
escaleras arriba y llegó a tiempo para ver como
Maurice entregaba el asignado a la señora Tison.
—Ciudadana, ¿quieres hacerte guillotinar? —
preguntó Simon.
—¿Yo? ¿Porqué?
—¡Cómo! Recibes dinero de los municipales
por dejar entrar a los aristócratas a las habitaciones
de la austriaca.
—¿Yo? Cállate. Estás loco.
—Eso constará en el proceso verbal.
—Vamos; eran amigos del municipal Maurice,
uno de los mejores patriotas que existen.
—De los conspiradores, diría yo; el
ayuntamiento será informado y juzgará.
—¿Es que me vas a denunciar, espía?
—Exactamente; a menos que te denuncies tú
misma.
—Pero, si no ha ocurrido nada.
Simon acosó a preguntas a la mujer, y ésta le
puso al corriente de que los visitantes habían
hablado dos palabras con la reina, la cual había
cogido un clavel del ramo que llevaba la ciudadana
Dixmer. En ese momento, Simon recogió del suelo
un clavel pisoteado. Maurice, que escuchaba todo
algo apartado, intervino con voz amenazadora y dijo
a Simon que él mismo le había dado el clavel a la
reina, indicándole a continuación que no tenía nada
que hacer en la fortaleza y que su puesto de verdugo
estaba abajo.
—¡Ah! Me amenazas y me llamas verdugo —
exclamó Simon, deshaciendo la flor entre sus
dedos—. Ya veremos si está permitido a los
aristócratas... ¡Eh!, ¿qué es esto?
Y ante la mirada del estupefacto Maurice,
Simon extrajo del cáliz de la flor un papelito
enrollado con cuidado exquisito.
—Ahora veremos de qué se trata —dijo
aproximándose al tragaluz—. Tu amigo Lorin dice
que no sé leer; ahora vas a ver.
La nota estaba escrita con letra tan pequeña que
Simon tuvo que detenerse para buscar las gafas;
mientras lo hacía, dejó la nota en el alféizar del
tragaluz; en ese momento, Agrícola abrió la puerta,
se estableció una corriente de aire, y la nota voló
como si fuera una pluma. Simon, preocupado en la
búsqueda de sus gafas, no se dio cuenta, y cuando
las encontró y se las puso en la nariz, buscó el papel
inútilmente. Acusó a Maurice de la desaparición y se
fue escaleras abajo.
Diez minutos después, entraban en la fortaleza
tres miembros del ayuntamiento. La reina estaba
todavía en la terraza y se había dado orden de dejarla
en la más perfecta ignorancia de lo que ocurría. Los
miembros del ayuntamiento se hicieron conducir
ante ella, y lo primero que vieron fue el clavel rojo,
que aún tenía en la mano. Lo miraron sorprendidos y
le pidieron que se lo entregara.
La reina, que no esperaba esta interrupción, se
estremeció y se mantuvo indecisa; pero Maurice le
rogó que entregara el clavel y ella obedeció. El
presidente de la diputación lo cogió y, seguido de
sus colegas, pasó a una sala vecina para hacer la
investigación y disponer el proceso verbal.
Se abrió la flor y se comprobó que estaba vacía.
Maurice respiró aliviado; pero uno de los diputados
observó que al clavel le faltaba el corazón, sin duda
porque había ocultado una nota.
—Estoy dispuesto a dar todas las explicaciones
necesarias —dijo Maurice—; pero, ante todo, pido
que se me arreste. Respondo con mi vida de los
amigos que he tenido la imprudencia de traer
conmigo.
El presidente le respondió que tomaban nota de
su proposición, pero que él era un buen patriota y no
tenía que responder por nadie.
En ese momento se oyó un gran revuelo en los
patios. Era Simon, que después de haber buscado
inútilmente la nota, había contado a Santerre la
tentativa de liberación de la reina, adornada con
todos los detalles que su imaginación aportaba al
asunto. Santerre había ordenado investigar en el
Temple y había cambiado la guardia, con gran enojo
de Lorin, que protestaba por la ofensa que se hacía a
su batallón.
Santerre ordenó a Maurice que se pusiera a
disposición del ayuntamiento para ser interrogado.
Durante todo el día se buscó en el patio, el
jardín y los alrededores el papelito que causaba tanto
revuelo y que, no podía ponerse en duda, encerraba
un complot.
Se interrogó a la reina tras separarla de su
hermana y su hija; pero no respondió otra cosa sino
que se había encontrado en la escalera con una joven
que llevaba un ramo de flores y se había contentado
con coger un clavel de los que le había ofrecido; sin
embargo, lo había cogido con consentimiento del
municipal. Cuando le llegó su turno a Maurice,
confirmó la declaración de la reina, y añadió que era
imposible la existencia de un complot, ya que él
mismo había propuesto a la ciudadana Dixmer la
visita a la reina, y las flores se las había comprado a
una florista en la esquina de la calle Vieilles148
/ Alexandre Dumas
Audriettes, eligiendo el ramo entre diez o doce por
parecerle el mejor.
—Pero, durante el camino se ha podido meter
en él la nota —objetó el presidente.
—Imposible, ciudadano. No he dejado un
minuto a la señora Dixmer, y para poner una nota en
cada flor, según pretende el ciudadano Simon, se
necesitaría medio día.
—¿Y no se pueden haber colocado entre esas
flores dos notas preparadas de antemano?
—La prisionera ha cogido una al azar delante de
mí, tras haber rehusado todo el ramo.
—Entonces, según tu opinión, ¿no ha existido
complot?
—Sí lo ha habido, y yo soy el primero en
afirmarlo; sólo que ese complot no procede de mis
amigos. Sin embargo, como es preciso no exponer a
la nación a ningún recelo, ofrezco una satisfacción y
me constituyo en prisionero.
—Nada de eso —respondió Santerre—, ¿es que
se trata de gente probada, como tú? Si tú te
constituyes prisionero para responder de tus amigos,
yo me constituyo prisionero para responder de ti. La
cosa es simple: no hay denuncia en regla, ¿no?
Nadie sabrá lo que ha ocurrido. Redoblemos la
vigilancia, tú, sobre todo, y llegaremos a conocer el
fondo del asunto con evidente claridad.
—Gracias, comandante —dijo Maurice—. Pero
yo le responderé lo mismo que usted haría en mi
lugar: no debemos permanecer aquí, es preciso
encontrar a la florista.
—La florista está lejos; pero, estáte tranquilo: se
la buscará. Tú vigila a tus amigos, yo vigilaré en lo
correspondiente a la prisión.
No se había contado con Simon, pero éste tenía
sus planes; llegó al final de la sesión para pedir
noticias y se enteró de la decisión del ayuntamiento;
al saber que sólo faltaba una denuncia en regla para
dar curso al asunto, pidió cinco minutos.
—¿De qué se trata? —preguntó el presidente.
—Se trata de la valerosa ciudadana Tison, que
denuncia los manejos sórdidos del partidario de los
aristócratas Maurice, y las ramificaciones de otro
falso patriota llamado Lorin —dijo el zapatero.
—¡Ten cuidado, Simon! Tu celo por la nación te
enajena —dijo el presidente—; Maurice Lindey y
Hyacinte Lorin son patriotas probados.
—Eso se verá en el tribunal.
—Piénsalo bien, Simon; será un proceso
escandaloso para todos los buenos patriotas.
—Escandaloso o no, ¿a mí qué me importa?,
¿acaso temo yo al escándalo? Al menos, se sabrá
toda la verdad sobre los traidores.
—Entonces, ¿persistes en denunciar en nombre
de la señora Tison?
Simon se mantuvo firme y el presidente aseguró
que se detendría a Maurice, que había vuelto al
Temple, donde le esperaba una nota que decía:
Habiéndose interrumpido nuestra guardia
violentamente, creo que no podré verte hasta
mañana: ven a desayunar conmigo, así me pondrás
al corriente de las tramas y conspiraciones
descubiertas por maese Simon.
Se pretende que Simon declara
Que todo el mal procede de un clavel;
Por mi parte a la rosa
Sobre esta fechoría interrogaré.
Mañana te contaré lo que haya contestado
Artemisa. Tu amigo,
Lorin.
Nada nuevo —respondió Maurice—; duerme en
paz esta noche y desayuna mañana sin mí; vistos los
incidentes de la jornada, probablemente no saldré
antes de mediodía.
Quisiera ser el céfiro para poder enviar un beso
a la rosa de quien hablas.
Te permito silbar mi prosa como yo silbo tus
versos.
Tu amigo,
Maurice.
P.S. Creo, por otra parte, que la conspiración
sólo era una falsa alarma.
Lorin había salido del Temple a las once y se
había dirigido a casa de Artemisa. La mujer se
mostró encantada de verle y salieron a pasear por los
muelles. Habían recorrido el muelle del carbón
hablando de política; Lorin contaba su expulsión del
Temple y buscaba las causas que la podían haber
provocado cuando, al llegar a la altura de la calle
Barres, vieron a una florista que, como ellos, subía
por la orilla derecha del Sena. Artemisa pidió a
Lorin que le comprara un ramo de flores y
aceleraron para alcanzar a la florista, que caminaba
deprisa.
Al llegar al puente Marie, la joven se detuvo, se
inclinó sobre el pretil y vació su cesto en el río. Las
flores sueltas y los ramos revolotearon un momento
en el aire, flotaron en la superficie del agua y fueron
arrastrados por la corriente. Artemisa miraba
asombrada a la florista, que se volvió hacia ella, y se
puso un dedo en los labios como para pedir silencio
y desapareció.
Lorin preguntó a Artemisa si la conocía y ella
vaciló un momento.
—No. Al principio había creído pero,
seguramente me he equivocado.
—Sin embargo, ella le ha hecho una señal —
insistió Lorin.
—¿Por qué será florista ahora? —se preguntó
Artemisa.
—Luego, ¿confiesa que la conoce?
—Sí, es una florista a quien compro a veces.
—En cualquier caso, tiene una manera muy
singular de despachar su mercancía.
Y los dos, tras lanzar una última mirada a las
flores, siguieron su camino. El incidente no tuvo
confirmación por el momento. Sin embargo, como
era raro y presentaba cierto carácter misterioso, se
grabó en la imaginación poética de Lorin.
La denuncia de la señora Tison contra Maurice
y Lorin levantó un gran alboroto en el club de los
jacobinos, y el ayuntamiento avisó a Maurice que su
libertad estaba amenazada por la indignación
pública. El aviso era una invitación que se hacía al
joven municipal para esconderse si era culpable;
pero Maurice, con la conciencia tranquila,
permaneció en el Temple, y cuando fueron a
arrestarle, le encontraron en su puesto.
Firme en su decisión de no acusar a ninguno de
sus amigos, de los que estaba seguro, pero dispuesto
a no sacrificarse ridículamente guardando silencio,
Maurice denunció a la florista.
Lorin volvió a su casa a las cinco de la tarde y
se enteró de la detención de Maurice y la denuncia
que había hecho.
Inmediatamente le vino a la memoria la florista
del puente Marie tirando sus flores al Sena. Estaba
seguro de que esta extraña florista, medio conocida
de Artemisa, era la explicación del misterio.
Salió de su habitación, descendió los cuatro
pisos como si tuviera alas en los pies y corrió a casa
de la diosa Razón, a la que encontró bordando su
traje de divinidad. Lorin le contó lo que ocurría y le
preguntó quién era la florista, pero la joven contestó
que no podía decírselo.
—Diosa, a usted nada le es imposible.
—Estoy comprometida por mi honor a guardar
silencio.
Lorin insistió, explicándole que su cabeza y la
de Maurice estaban en juego; pero la joven se
mantenía firme en su decisión. En ese momento, el
asistente de Lorin se precipitó en la habitación
gritando:
—¡Ciudadano, sálvate, sálvate! La policía se ha
presentado en tu casa; mientras echaban abajo la
puerta, yo he pasado a la casa vecina por el tejado y
he corrido hasta aquí para avisarte.
Artemisa lanzó un grito terrible, y Lorin
aprovechó su confusión para que le confesara el
nombre de la falsa florista, que se llamaba Héloïse
Tison y vivía en el número 24 de la calle
Nonandières.
Al oír el nombre, Lorin lanzó un grito y salió a
toda prisa. Todavía no había alcanzado el final de la
calle cuando llegó una carta a casa de Artemisa. La
misiva contenía estas líneas:
Querida amiga, ni una palabra sobre mí; la
revelación de mi nombre me perdería
indefectiblemente... Espera a mañana para
nombrarme, porque esta tarde abandonaré París.
Tu Héloïse.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó la futura diosa—.
Si hubiera podido adivinar esto habría esperado
hasta mañana.
Y se abalanzó a la ventana para llamar a Lorin
si aún era tiempo, pero él ya había desaparecido.
X
LA MADRE Y LA HIJA
LA NOTA
BLACK
La noticia de este acontecimiento se había
extendido por París en muy pocas horas. En esta
época había muchas indiscreciones, fáciles de
comprender en un gobierno cuya política se hacía y
deshacía en la calle.
El rumor, terrible y amenazante, llegó a la
antigua calle Saint-Jacques, y dos horas después de
ocurrir, ya se conocía allí la detención de Maurice.
Gracias a la actividad de Simon, los detalles de
la detención habían salido rápidamente del Temple;
sólo que, como cada uno le añadía algo por su
cuenta, la verdad llegó un poco alterada a casa del
curtidor. Se hablaba de una flor envenenada que se
había hecho llegar a la reina, y con cuya ayuda la
austriaca debía dormir a los guardianes para salir del
Temple; en otra versión, a estos rumores se habían
añadido ciertas sospechas sobre la fidelidad del
batallón despedido la víspera por Santerre; de
manera que había muchas víctimas señaladas al odio
del pueblo.
Pero en la antigua calle Saint-Jacques no se
equivocaban sobre la naturaleza del acontecimiento,
y Morand por un lado, y Dixmer por otro, salieron
rápidamente, dejando a Geneviève presa de la más
violenta desesperación.
En efecto, si le ocurría algún daño a Maurice,
sería Geneviève la causa de su desgracia. Era ella
quien había llevado de la mano al joven hasta el
calabozo donde estaba encerrado y del que no
saldría, según toda probabilidad, más que para ir al
cadalso.
Pero, en todo caso, Maurice no pagaría con su
cabeza su sacrificio al capricho de Geneviève. Si era
condenado, ella misma iría al tribunal y lo confesaría
todo. Asumiría toda responsabilidad y salvaría a
Maurice a costa de su vida.
Geneviève, en vez de temblar ante el
pensamiento de morir por Maurice, encontraba en él
una amarga felicidad. Amaba al joven más de lo
conveniente en una mujer que no se pertenece.
Morand y Dixmer se habían separado al salir de
la casa. Dixmer se encaminó a la calle Corderie y
Morand corrió hacia la calle Nonandières. Al llegar
al puente Marie, Morand vio una turba de curiosos y
se detuvo; las piernas le fallaban y tuvo que
apoyarse en el pretil del puente. Al cabo de algunos
segundos logró recuperarse, se mezcló con los
grupos, preguntó qué sucedía y supo que diez
minutos antes se habían llevado del 24 de la calle
Nonandières a una joven que, sin duda, era culpable
del crimen de que se le acusaba, porque estaba
preparando el equipaje.
Morand se informó del club donde iban a
interrogar a la pobre chica y se dirigió hacia allí.
El club rebosaba de gente. Sin embargo, a
fuerza de codazos, Morand consiguió deslizarse
hasta una tribuna, y lo primero que vio, fue la alta
talla de Maurice, de pie en el banquillo de los
acusados, y aplastando con su mirada a Simon, que
estaba perorando.
—Sí, ciudadanos —gritaba Simon—; sí; la
ciudadana Tison acusa al ciudadano Lindey y al
ciudadano Lorin. El ciudadano Lindey habla de una
florista sobre la que quiere hacer recaer el crimen;
pero yo les prevengo por anticipado que no se
encontrará nunca a esa florista; esto es un complot
urdido por una sociedad de aristócratas que se pasan
la pelota unos a otros, como cobardes que son.
Ustedes han comprobado que el ciudadano Lorin
había levantado el campo cuando se han presentado
en su casa. Bien, pues lo mismo que a la florista, no
se le volverá a encontrar.
—¡Mientes, Simon! —dijo una voz furiosa—.
Se le encontrará, porque está aquí.
Y Lorin hizo irrupción en la sala.
—Déjenme paso —gritó empujando a los
espectadores—. Paso.
Y fue a colocarse junto a Maurice.
Esta entrada de Lorin, hecha tan naturalmente,
pero con toda la franqueza y el vigor inherentes al
joven, produjo gran efecto en las tribunas, que se
pusieron a aplaudir y a gritar bravo. Maurice se
contentó con sonreír y tender la mano al amigo.
Simon se dio cuenta de la mala impresión que
pesaba sobre él y resolvió dar su último golpe.
—Ciudadanos —gritó—, pido que sea oída la
generosa ciudadana Tison; pido que hable, que
acuse.
—Ciudadanos —dijo Lorin—, pido que sea oída
primero la joven florista que acaba de ser arrestada.
Simon insistió en su demanda de que fuera oída
primero la ciudadana Tison, y las tribunas apoyaron
su petición con gritos. El presidente llamó a la mujer
para que compareciera, pero antes de que empezara
a hablar, extrañado por la calma de Maurice, dijo:
—Un momento. Ciudadano municipal, ¿no
tienes nada que decir?
—No, ciudadano presidente; sino que antes de
llamar cobarde y traidor a un hombre como yo,
Simon debería estar mejor informado —y
dirigiéndose al zapatero añadió—: Simon, serás
castigado cruelmente tan pronto como veas lo que va
a ocurrir.
Lorin había puesto a Maurice al corriente de la
personalidad de la florista, y los dos amigos
insistieron de nuevo para que se la convocara antes
de que depusiera la ciudadana Tison. Simon y el
público de las tribunas dedujeron que los jóvenes
temían la declaración de la carcelera y pidieron a
gritos que hablara ésta. En ese momento, entraron
dos guardias conduciendo a la florista, y Simon, al
que el presidente había ordenado callar, gritó:
—Pido ante todo la declaración de la ciudadana
Tison. Tú le habías ordenado declarar, presidente, y
ya ves que no declara.
La mujer fue llamada y realizó una denuncia
terrible. Según ella, la florista era culpable, cierto;
pero Maurice y Lorin eran sus cómplices. Esta
denuncia produjo un efecto visible en el público.
Pese a todo, Simon triunfaba.
Entonces se llamó a la florista y se la situó
frente a frente de la señora Tison, cuyo testimonio
acababa de hacer capital el crimen de que se la
acusaba. La joven levantó su velo.
—¡Héloïse! —exclamó la señora Tison—; hija
mía..., ¿tú aquí?
—Sí, madre —respondió dulcemente la joven.
—¿Y por qué estás entre guardias?
—Porque se me ha acusado, madre.
—¿Tú acusada? —exclamó la madre con
angustia—, ¿por quién?
—Por usted, madre.
Un silencio horrible, de muerte, cayó de golpe
sobre las masas ruidosas.
—Su hija —murmuraron—, ¡desgraciada!
Maurice y Lorin miraban a acusadora y acusada
con un profundo sentimiento de conmiseración y
dolor. Simon, deseando ver el final de esta escena,
en la cual esperaba que quedaran comprometidos
Maurice y Lorin, trató de eludir las miradas de la
señora Tison.
El presidente tomó la filiación de Héloïse y le
preguntó si era ella quien había vendido un ramo de
claveles a Maurice esa misma mañana. La muchacha
asintió, mientras su madre la miraba con los ojos
dilatados de espanto.
—¿Sabías que cada uno de esos claveles
contenía una nota dirigida a la viuda Capeto? —le
preguntó el presidente.
—Sí lo sabía.
Un movimiento de horror y admiración recorrió
la sala.
—¿Por qué ofreciste los claveles al ciudadano
Maurice?
—Porque vi su escarapela municipal y me
imaginé que se dirigía al Temple.
—¿Quiénes son tus cómplices?
—No los tengo.
—¿Sabía el ciudadano Maurice que las flores
contenían notas?
—El ciudadano Maurice es municipal; él podía
ver a la reina; si tuviera que decirle algo no
necesitaba escribirlo, podía hablar con ella.
En ese momento, Lorin amenazó a Simon y
todas las miradas se volvieron hacia el zapatero con
un sentimiento de indignación. El presidente
continuó:
—Puesto que tú has entregado el ramo y sabías
que cada flor contenía una nota, debes saber también
lo que estaba escrito en el papel.
La joven reconoció saberlo, pero aseguró que ya
había dicho todo lo que podía y quería decir.
Terminó el interrogatorio; el presidente dijo a
Maurice y a Lorin que se había demostrado su
inocencia y, por lo tanto, quedaban libres, y ordenó a
los guardias que condujeran a Héloïse a la prisión de
la sección.
La señora Tison pareció despertar, lanzó un
grito espantoso y quiso abalanzarse sobre su hija
para abrazarla, pero los guardias se lo impidieron.
La joven dijo a su madre que la perdonaba, y ésta,
lanzando un rugido salvaje, cayó como muerta.
Luego, tras permanecer algún tiempo en absoluta
inmovilidad, miró a su alrededor, y viéndose sola se
lanzó hacia la puerta y echó a correr en dirección al
Temple. Pero un hombre le cerró el paso en la calle
Michel-le-Comte, y ocultando su rostro en la capa le
dijo:
—¿Estás contenta? Has matado a tu hija.
—No es posible. ¿A dónde la han llevado?
—A la Conserjería8; desde allí la llevarán al
Tribunal Revolucionario, y ya sabes lo que les
ocurre a quienes van allí.
—Apártese y déjeme pasar —dijo la señora
Tison—. Iré a la Conserjería y, si no me dejan pasar,
me acostaré en la puerta, viviré allí, dormiré allí. Y
permaneceré así hasta que salga mi hija y pueda
verla, al menos una vez.
8 Nombre de la antigua cárcel de París. (Nota del traductor).
El hombre le preguntó si estaba dispuesta a
hacer todo lo que se le ordenara a cambio de la
promesa de salvar a su hija, y ella aseguró que
estaba decidida a todo. Él expuso sus condiciones:
debería pedir perdón a la reina por los ultrajes que le
había hecho, dejar de perseguirla y ayudarla a huir si
se presentaba la ocasión.
—Tú haz lo que puedas por la reina y yo haré lo
que pueda por tu hija —le dijo.
La mujer contestó que a ella no le importaba la
reina, comenzó a desvariar, para terminar cantando
un estribillo revolucionario. El hombre parecía
asustado de este principio de locura y dio un paso
atrás; pero ella le retuvo por la capa y le hizo
prometer que salvaría a su hija.
—¿La salvarás? —preguntó.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando la lleven desde la Conserjería al
cadalso.
—¿Por qué esperar?, ¿por qué no esta noche?
¿ahora mismo?
—Porque no puedo.
—¡Ah!, tú no puedes; pero yo sí. Yo puedo
perseguir a la prisionera, como tú le llamas; puedo
vigilar a la reina, como tú dices, aristócrata; puedo
entrar a cualquier hora del día o de la noche en la
prisión. En cuanto a que se salve: ya veremos. Una
cabeza por otra, ¿vale? La señora Veto ha sido reina
y Héloïse Tison sólo es una hija; pero en la
guillotina todos somos iguales.
—Sea —dijo el hombre—. Sálvala y yo la
salvaré.
—Jura.
—Lo juro.
La señora Tison se puso a llorar con tales gritos
que se abrieron varias ventanas. Entonces avanzó
hacia el hombre otro individuo que pareció
despegarse de la pared.
—No hay nada que hacer con esta mujer —
dijo—. Está loca.
—No; es una madre.
Los hombres se alejaron y la señora Tison quiso
seguirlos, pero en la primera esquina los perdió de
vista.
Sonaron las diez. En el Temple, a la luz de una
lámpara humeante, la reina releía una nota escrita en
un papel diminuto. La nota decía:
Mañana, martes, pedid bajar al jardín, lo que
os concederán sin dificultad, dado que existe una
orden para que se os conceda este favor siempre que
lo pidáis. Después de dar tres o cuatro vueltas,
fingid estar fatigada, aproximaos a la cantina y
pedid a la Plumeau permiso para sentaros en el
local. Allí, al cabo de un instante, simulad
encontraros peor y desvaneceros. Entonces se
cerrarán las puertas para que se os pueda socorrer
y os quedaréis allí con vuestra hermana y vuestra
hija. Enseguida se abrirá la trampa de la cueva.
Precipitaos con ambas por esta abertura y estaréis
salvadas las tres.
—¡Dios mío! —dijo la princesa—. ¿Nos
abandonará nuestro infeliz destino?
—¿No será una trampa esta nota?
—No —dijo la reina—. Estos caracteres
siempre me han revelado la presencia de un amigo
misterioso, pero valiente y fiel.
—¿Es el caballero? —preguntó la princesa.
—El mismo.
—Releamos la nota con el fin de que, si una de
nosotras olvida algo, se acuerde la otra —dijo la
reina.
Las tres mujeres se aplicaron a la lectura;
estaban terminando cuando oyeron abrirse la puerta.
La reina ocultó la nota entre sus cabellos. Quien
había entrado era un municipal, que acudía
extrañado por permanecer las mujeres levantadas
hasta tan tarde. Un instante después, se apagaba la
lámpara y las tres mujeres se acostaron.
Al día siguiente, la reina se levantó a las nueve,
releyó una vez más la nota y la redujo a pedazos casi
impalpables antes de reunirse con su hermana y su
hija. Un instante después llamaba a los municipales.
—¿Qué quieres, ciudadana? —preguntó uno de
ellos, apareciendo en la puerta.
—Señor —dijo María Antonieta—, salgo de la
habitación de mi hija, que está muy enferma. Tiene
las piernas hinchadas y doloridas porque hace muy
poco ejercicio. Usted sabe que soy yo quien la ha
condenado a esta inactividad; teníamos autorización
para pasear por el jardín; pero, como temíamos pasar
ante la habitación que ocupó mi marido, he preferido
pasear por la terraza.
»Sin embargo, este paseo es insuficiente para mi
pobre hija. Por eso le pido que reclame en mi
nombre al general Santerre el permiso que me fue
concedido.
El hombre dijo que le parecía justo y que se lo
comunicaría a Santerre. La reina pidió su desayuno,
y la princesa permaneció acostada para dar mayor
verosimilitud a su enfermedad.
A las once llegó Santerre y el municipal le
comunicó la petición de la reina. Santerre dijo que
no había ningún inconveniente, y advirtió al batallón
de guardia:
—La viuda Capeto va a bajar para pasear por el
jardín. El permiso se lo ha concedido la nación; pero
tened cuidado para que no salte el muro, porque si
sucede eso, os hago cortar la cabeza a todos —las
palabras de Santerre fueron acogidas con una
carcajada general—. Y ahora que estáis prevenidos,
me voy al ayuntamiento.
Uno de los municipales subió a comunicar a
María Antonieta que el general había accedido a su
demanda. Ella le dio las gracias y volviéndose a
Black, su perro, que saltaba a su alrededor, le dijo:
—Vamos, Black, vamos a pasearnos.
La reina preguntó a qué hora podrían bajar al
jardín, y el municipal le respondió que podían
descender a la hora que desearan, aunque era
preferible que lo hicieran a mediodía. La reina
accedió a la sugerencia; el municipal salió, y las tres
mujeres se miraron. La princesa se arrojó en los
brazos de su madre.
—Roguemos a Dios —dijo la hermana de María
Antonieta—; pero en voz baja, para que nadie
sospeche que rezamos.
Las mujeres rezaron y luego permanecieron en
silencio.
Sonaron las doce. En el momento en que
repercutía el último golpe en la campana de bronce:
llegó de la escalera un ruido de armas.
—Son los centinelas que se relevan —dijo la
reina—. Ahora vendrán a buscarnos.
La reina vio palidecer a su hermana y a su hija.
—Valor —dijo, palideciendo ella también.
—Son las doce —dijo una voz, abajo—. Que
bajen las prisioneras.
—Aquí estamos, señores —respondió la reina,
lanzando una última mirada a las negras paredes y a
los muebles sencillos que habían acompañado su
cautiverio.
Se abrió el primer pasillo: el corredor estaba
sombrío, y en esta oscuridad, las tres cautivas podían
disimular su emoción. Delante corría el pequeño
Black, que al pasar ante la habitación que había
ocupado el rey, se detuvo y empezó a gemir. La
reina pasó de prisa, sin fuerzas para llamar a su perro
y buscando una pared para apoyarse. Después de
algunos pasos, le fallaron las piernas y tuvo que
detenerse. Su hermana y su hija se acercaron a ella y
las tres mujeres permanecieron inmóviles. Poco
después se les unió Black.
—¿Bajan o no? —preguntó la voz.
—Vamos —dijo la reina.
Y acabó de bajar. Cuando las prisioneras
llegaron al final de la escalera, el tambor convocó a
la guardia, se hizo el silencio y se abrió lentamente
la puerta.
Una mujer estaba sentada en el suelo: era la
ciudadana Tison, a quien la reina no había visto
desde hacía veinticuatro horas, ausencia que le había
asombrado.
La mirada ávida de la reina buscó la cantina
donde, sin duda, la esperaban sus amigos; pero al
ruido de sus pasos, la ciudadana Tison separó sus
manos, y la reina vio un rostro pálido y crispado
bajo sus cabellos canosos.
El cambio era tan grande que la reina se detuvo
atónita.
Entonces, con la lentitud de una persona a la
que le falta la razón, la mujer fue a arrodillarse ante
la puerta, cerrando el paso a María Antonieta.
—¿Qué quiere usted, buena mujer? —preguntó
la reina.
—El ha dicho que es necesario que usted me
perdone.
—¿Quién?
—El hombre de la capa.
—Vamos —dijo el municipal—, deje pasar a la
viuda Capeto; tiene permiso para pasear por el
jardín.
—Ya lo sé —dijo la vieja—; por eso he venido
a esperarla aquí; puesto que no se me ha dejado
subir y tengo que pedirle perdón, era necesario que
la esperase.
—¿Por qué no se te ha dejado subir? —preguntó
la reina. La señora Tison se puso a reír.
—Porque pretenden que estoy loca.
La reina la miró, y vio en los ojos enajenados de
la desgraciada relucir un reflejo extraño, esa luz
vaga que indica la ausencia de pensamiento.
—¡Oh, Dios mío! —dijo—, ¡pobre mujer!, ¿qué
le ha ocurrido?
—¿No lo sabe usted? Pero si usted lo sabe muy
bien, porque la han condenado por usted.
—¿A quién?
—A Héloïse.
—¿Su hija? ¿Condenada? ¿Por qué?
—Porque ha vendido el ramo... el ramo de
claveles... Pero ella no es florista; entonces, ¿cómo
ha podido vender el ramo?
La reina tembló. Un lazo invisible relacionaba
esta escena con la situación presente; comprendió
que no había que perder tiempo en un diálogo inútil.
—Buena mujer —dijo—; le pido que me deje
pasar; más tarde me contará todo eso.
—No, ahora; es preciso que usted me perdone;
es necesario que yo la ayude a huir para que él salve
a mi hija.
La reina se puso pálida como una muerta. Se
volvió al municipal y dijo:
—Señor, tenga la bondad de apartar a esta
mujer; ya ve que está loca.
—Vamos, madre —dijo el municipal—. Deje
libre el campo.
Pero la ciudadana Tison se aferró a la pared.
—No —replicó—; es necesario que me perdone
para que él salve a mi hija.
—Pero, ¿quién?
—El hombre de la capa.
La hermana de la reina pidió a ésta que dijera a
la mujer algunas palabras de consuelo.
—Con mucho gusto —dijo la reina—. Creo que
será lo más breve —y volviéndose a la mujer le
preguntó—: Buena mujer, ¿qué desea? Diga.
—Quiero que me perdone todo lo que le he
hecho sufrir por las injurias que le he dicho, por las
denuncias que he hecho, y que, cuando usted vea al
hombre de la capa, le ordene que salve a mi hija,
puesto que él hace todo lo que usted quiere.
—No sé lo que significa eso del hombre de la
capa; pero, si para tranquilizar su conciencia sólo
necesita mi perdón por las ofensas que cree haberme
hecho, la perdono sinceramente, con todo mi
corazón.
La señora Tison exclamó con inmensa alegría:
—¡Él salvará a mi hija, puesto que usted me ha
perdonado! ¡Su mano, señora, su mano!
La reina, asombrada y sin comprender nada,
tendió su mano, que la señora Tison cogió con ardor,
apoyando sus labios en ella.
En ese momento se oyó en la calle una voz
ronca que anunciaba el arresto, juicio y condena a
muerte de Héloïse Tison por conspiradora.
Apenas llegaron estas palabras al oído de la
mujer, su figura se descompuso, se levantó sobre
una rodilla y extendió los brazos para impedir el
paso a la reina.
—¿Condenada? —exclamó—. Entonces, ¿no la
ha salvado?, ¿es demasiado tarde?
La reina le expresó su sentimiento por la noticia
que acababa de oír, compadeciéndose de ella de todo
corazón, y le pidió que la dejara pasar, pero la mujer
se opuso con todas sus fuerzas. Entonces, la reina
pidió ayuda a los guardias nacionales, que se habían
agrupado a su alrededor:
—¡Señores, en nombre del cielo! Si no quieren
librarme de esta loca, déjenme volver a subir. No
puedo soportar los reproches de esta mujer: aunque
son injustos, me hieren.
Y la reina dejó escapar un doloroso sollozo.
—Sí, llora, hipócrita —gritó la loca—. Tu ramo
le cuesta caro... Además, ella debería haberlo
sospechado; así mueren los que te sirven. Acarreas
la desgracia, austriaca: se ha matado a tus amigos, a
tu marido, a tus defensores; por último, a mi hija.
¿Cuándo te matarán para que nadie más muera por
ti?
—¡Por piedad, señora! —exclamó la reina—.
Vea mi dolor, vea mis lágrimas.
Y María Antonieta trató de escapar, no con la
esperanza de huir, sino maquinalmente, por huir de
esta obsesión.
—No pasarás —gritó la vieja—; quieres huir,
señora Veto... lo sé muy bien; el hombre de la capa
me lo ha dicho; quieres unirte a los prusianos, pero
no lo harás —continuó aferrándose a su ropa—. Yo
te lo impediré. ¡A la horca con la señora Veto! ¡A
las armas, ciudadanos! Marchemos, que una sangre
impura...
Y con los brazos retorcidos, los grises cabellos
en desorden, el rostro color de púrpura y los ojos
inyectados en sangre, la desgraciada cayó al suelo,
desgarrando el bajo de la ropa a la que se aferraba.
La reina, fuera de sí, iba a huir hacia un lado del
jardín, cuando un grito terrible, acompañado de
ladridos y un rumor extraño, vino a sacar de su
estupor a los guardias nacionales, que atraídos por
esta escena rodeaban a María Antonieta.
—¡A las armas!, ¡a las armas!, ¡traición! —
gritaba Simon.
Cerca de este hombre que guardaba el dintel de
la cabaña sable en mano, el pequeño Black ladraba
con furor.
—¡A las armas todo el mundo! —gritó Simon—
. Nos han traicionado; encerrad a la austriaca. ¡A las
armas!, ¡a las armas!
Un oficial acudió junto a Simon, y éste habló
con él, mostrándole con ojos inflamados el interior
de la cabaña. El oficial gritó:
—¡A las armas!
—¡Black! ¡Black! —llamó la reina adelantando
algunos pasos.
Los guardias nacionales tomaron las armas y se
precipitaron hacia la cabaña, mientras los
municipales se apoderaban de la reina, de su
hermana y de su hija, y las obligaban a pasar el
portillo, que se cerró tras ellas.
—Ahí, ahí, bajo la trampa —gritó Simon—. He
visto moverse la trampa, estoy seguro. Además, el
perro de la austriaca ha ladrado contra los
conspiradores, que quizás están en la cueva. Mirad,
aún ladra.
En efecto, Black, animado por los gritos de
Simon, redobló sus ladridos.
El oficial cogió la anilla de la trampa, y dos
granaderos de los más vigorosos, viendo que no
podía levantarla fueron a ayudarle, pero sin éxito.
Simon pidió a gritos que disparasen a través de
la trampa, pero el oficial le hizo callar y ordenó a sus
hombres que fueran a buscar unas hachas, al mismo
tiempo que encargaba a un pelotón estar atento para
disparar al interior de la cueva en cuanto se abriera
la trampa.
Un chirrido de los tablones y un sobresalto
súbito, anunciaron a los guardias que acababa de
producirse un movimiento en el interior. Enseguida
se escuchó un ruido subterráneo parecido al que
produce una barrera de hierro al cerrarse.
Llegaron los zapadores y las hachas
comenzaron a separar las planchas de madera.
Veinte cañones de fusil apuntaron a la abertura que
crecía segundo a segundo. Pero, por la abertura no se
vio a nadie. El oficial encendió una antorcha y la
lanzó a la cueva, que estaba vacía. Entonces se
levantó la trampa, que cedió sin ofrecer la menor
resistencia. El oficial se lanzó por la escalera y gritó:
—Seguidme.
La pared de la cueva estaba hundida; numerosos
pasos habían apisonado el suelo húmedo, y un
pasadizo de tres pies de ancho y cinco de alto se
abría en dirección a la calle Corderie.
El oficial se aventuró por el agujero, decidido a
perseguir a los aristócratas hasta las entrañas de la
tierra; pero apenas avanzó tres o cuatro pasos, se vio
frenado por una reja de hierro.
—¡Alto! —dijo a los que empujaban por
detrás—. No se puede ir más lejos: hay un
impedimento físico.
Los municipales, tras encerrar a las prisioneras,
acudieron a la cueva para enterarse de lo que
sucedía. El oficial les explicó que los aristócratas
pretendían llevarse a la reina durante el paseo y que
ella, probablemente, estaba en connivencia con ellos.
—¡Peste! —gritó un municipal—. Que se avise
al ciudadano Santerre y se prevenga al
ayuntamiento.
—Soldados —dijo el oficial—, quedaos en la
cueva y matad a quien se presente.
El oficial, tras dar la orden, subió para hacer su
informe.
—¡Qué! —gritaba Simon frotándose las
manos—. ¿Dirán ahora que estoy loco? Bravo,
Black, eres un buen patriota, has salvado a la
República. Ven, ven aquí.
Y el bandido, cuando se acercó el perro, le dio
una patada que le envió a veinte pasos.
—Black —dijo—, tú harás que le corten el
cuello a tu dueña. Ven aquí, Black, ven.
Pero el perro, en lugar de obedecer, tomó el
camino de la fortaleza lanzando aullidos.
XI
EL PETIMETRE
EL CABALLERO DE MAISON-ROUGE
LA PATRULLA
Habían transcurrido unas dos horas desde los
acontecimientos que acabamos de contar.
Lorin había ido a casa de Maurice, pero éste
había salido y el joven entretuvo la espera hablando
con Agesilas, que lustraba las botas de su patrón.
Por fin, tras una espera de casi dos horas, llegó
Maurice y Lorin le contó que Artemisa estaba
desesperada por haberle dicho el nombre de la
florista.
—Hubiera hecho mejor dejando que las cosas
siguieran su curso —dijo Maurice.
—Sí, y en este momento tú estarías en su
puesto. Valiente razonamiento. ¡Y yo que venía a
pedirte un consejo! Te creía más fuerte.
—No importa; de todas maneras, puedes
pedírmelo.
Lorin dijo a su amigo que le gustaría intentar
algo para tratar de salvar a Héloïse Tison, aunque
sólo fuera realizar una gestión ante el Tribunal
Revolucionario.
—Demasiado tarde —dijo Maurice—. Está
condenada.
—La verdad, es espantoso ver perecer así a esta
joven.
—Más espantoso es que mi salvación haya
acarreado su muerte. El único consuelo que tenemos,
es saber que conspiraba.
—¿Es que, poco o mucho, no conspira todo el
mundo en estos tiempos que corren? Ha hecho como
todo el mundo ¡Pobre mujer!
—No la llores demasiado, amigo mío, y sobre
todo, no la llores muy alto —dijo Maurice—; porque
nosotros cargamos con una parte de su culpa.
Créeme, no hemos quedado completamente limpios
de la acusación de complicidad que se nos ha hecho.
Hoy, en la sección, he sido llamado girondino por el
capitán de los cazadores de Saint-Leu, y he tenido
que demostrarle su equivocación con el sable en la
mano
—¿Por eso vuelves tan tarde?
—Justamente.
—Pero, ¿por qué no me has avisado?
—Porque en estos asuntos, tú eres incapaz de
dominarte; para no hacer ruido, era necesario que
todo terminara enseguida. Cada uno hemos elegido a
quienes estaban más a mano.
—¿Y este canalla te había llamado girondino, a
ti, Maurice, a un puro?
—Eso te prueba que con otra aventura por el
estilo seremos impopulares; y tú sabes, Lorin, que en
los días que vivimos el sinónimo de impopular es
sospechoso.
—Lo sé muy bien —dijo Lorin—; y esa palabra
hace temblar a los más valientes; no importa... me
repugna dejar ir a la guillotina a la pobre Héloïse sin
pedirle perdón.
—En fin, ¿qué quieres?
—Quisiera que tú, que no tienes nada que
reprocharte respecto a ella, te quedaras aquí. Mi caso
es distinto; puesto que no puedo hacer otra cosa,
esperaré su paso, ¿comprendes?, y con tal que me
tienda la mano...
—Entonces te acompañaré —dijo Maurice.
—Imposible, amigo mío; reflexiona: tú eres
municipal, secretario de sección, se te ha puesto en
entredicho; mientras que yo sólo he sido tu defensor;
se te creería culpable; quédate aquí; yo no arriesgo
nada e iré allí.
—Ve entonces; pero sé prudente.
Lorin sonrió, estrechó la mano de Maurice y
salió. Este abrió su ventana para enviar a su amigo
un triste adiós; luego, se dejó caer en un sofá y se
quedó adormilado. Le despertó la entrada de su
criado que le puso al corriente del intento de evasión
de la reina llevado a cabo por el caballero de
Maison-Rouge, como se decía en la calle. Las
explicaciones de Agesilas eran muy confusas, se
mezclaban en ellas lo verdadero y lo falso, lo posible
y lo absurdo. Sin embargo, Maurice pudo llegar a
una conclusión: todo partía del clavel que se había
dado a la reina ante él mismo, comprado por él a la
desgraciada florista. Este clavel contenía el plan de
una conspiración que acababa de estallar.
En ese momento se aproximó un ruido de
tambores, y Maurice oyó gritar en la calle:
—¡Gran conspiración en el Temple descubierta
por el ciudadano Simon! ¡Gran conspiración en
favor de la viuda Capeto descubierta en el Temple!
Maurice pensó en Lorin, que en medio de esta
exaltación popular, iba a intentar tender la mano a la
muchacha, exponiéndose a ser despedazado.
Cogió su sombrero, se abrochó el cinturón del
sable, y en dos saltos se puso en la calle,
dirigiéndose a la Conserjería: donde pensó que
estaría su amigo.
Al final del muelle Mégisserie vio un grupo del
que surgían picas y bayonetas; le pareció distinguir
en el centro un uniforme de guardia nacional, y echó
a correr hacia allí.
El guardia nacional capturado por la cohorte de
marselleses era: Lorin que, pálido, con los labios
apretados, la mirada amenazadora y la mano en el
puño del sable, calculaba los golpes que se disponía
a dar. A dos pasos suyos reía ferozmente Simon y le
señalaba diciendo:
—Mirad; ese que veis ahí es uno a quien ayer he
hecho arrojar del Temple por aristócrata; es uno de
los que favorecen la correspondencia de claveles. Es
el cómplice de la hija de Tison, que va a pasar ahora.
¿Le veis? Se pasea tranquilamente por el muelle
mientras su cómplice va a la guillotina; y quizás ella
era más que su cómplice, quizás era su amante, y él
ha venido para decirle adiós o intentar salvarla.
Lorin desenfundó su sable al tiempo que la
gente se separaba para dejar pasar a un hombre que
apartaba a los espectadores con la cabeza gacha.
—Enhorabuena, Simon —dijo Maurice—. Sin
duda lamentabas que yo no estuviera junto a mi
amigo para hacer tu papel de acusador por todo lo
alto. Denuncia, Simon, denuncia; aquí me tienes.
—A fe mía que llegas a propósito —dijo
Simon—. Ese es el guapo Maurice Lindey, que ha
sido acusado al tiempo que la joven Tison y se ha
salvado porque es rico.
—¡A la horca! ¡A la horca! —gritaron los
marselleses.
—Intentadlo —dijo Maurice.
Dio un paso adelante y pinchó en mitad de la
frente, como para probar, a uno de los más ardientes
degolladores, al que la sangre cegó enseguida.
—¡A muerte! —gritó éste.
Los marselleses bajaron las picas, levantaron las
hachas y montaron los fusiles; la gente se apartó
asustada, y los dos amigos quedaron solos y
expuestos a todos los golpes como una doble diana.
Se miraron con una última sonrisa, porque
esperaban ser devorados por el torbellino que les
amenazaba, cuando se abrió de golpe la puerta de la
casa donde estaban apoyados y un enjambre de
jóvenes, de los llamados petimetres, armados de
sables y con pistolas a la cintura, cayó sobre los
marselleses, organizándose una pelea terrible.
—¡Hurra! —gritaron los dos amigos animados
por la ayuda, sin reflexionar que al combatir en las
filas de los recién llegados, daban la razón a las
acusaciones de Simon.
Ellos no pensaban en su salvación, pero otro
pensaba por ellos. Un jovencito de veinticinco o
veintiséis años, de ojos azules, que manejaba con
destreza y ardor infinitos un sable de gastador, se
situó junto a ellos y les dijo señalando la puerta que
había dejado abierta:
—Huyan por esa puerta; lo que nosotros
hacemos aquí no les atañe y les compromete
inútilmente —y al ver que los dos amigos dudaban,
gritó—: ¡Atrás! No queremos patriotas con nosotros;
municipal Lindey, nosotros somos aristócratas.
Ante esta audacia de acusarse de algo que
equivalía a la sentencia de muerte, la gente lanzó un
grito. Pero el joven rublo y tres o cuatro de sus
amigos empujaron a Maurice y a Lorin hacia la
puerta, cerrándola tras ellos; luego, volvieron a
mezclarse en la pelea, que había aumentado por la
proximidad de la carreta.
Maurice y Lorin, salvados tan milagrosamente,
se miraron asombrados. Todo parecía preparado de
antemano; entraron a un patio, y al fondo de él
encontraron una puertecilla disimulada que daba a la
calle Saint-Germain-l'Auxerrois.
En ese momento desembocó del puente Change
un destacamento de guardias, que desalojó
rápidamente el muelle aunque en la calle transversal
se escuchó durante un instante una lucha
encarnizada.
Los guardias precedían a la carreta que conducía
a la guillotina a la pobre Héloïse.
—¡Al galope! —gritó una voz—. ¡Al galope!
La carreta partió al galope, y Lorin distinguió a
la desgraciada muchacha, de pie, con la sonrisa en
los labios y los ojos fieros. Pero no pudo
intercambiar con ella ni un gesto, y la joven pasó sin
verle, entre un torbellino de gente que gritaba:
—¡Muerte a la aristócrata! ¡Muerte!
El ruido fue decreciendo al alejarse hacia las
Tullerías. Al mismo tiempo, volvió a abrirse la
puertecilla por donde habían salido Maurice y Lorin,
apareciendo tres o cuatro petimetres sangrantes y
con la ropa desgarrada. Probablemente era todo lo
que quedaba de la pequeña tropa. El joven rubio
salió el último.
—¡Esta causa está maldita! —dijo.
Y arrojando su sable mellado y sangrante se
lanzó hacia la calle Lavandières.
Maurice se apresuró a ir a la sección para
querellarse contra Simon, sin escuchar la opinión de
Lorin, que era partidario de buscar la ayuda de
algunos termópilas y matar al zapatero a la salida del
Temple.
A la mañana siguiente, Maurice acudió a la
sección y formuló su querella. Sin embargo, para su
asombro, el presidente se hizo el sordo, diciendo que
no podía tomar partido entre dos buenos ciudadanos
amantes de la patria.
—Bien —dijo Maurice—; ahora sé lo que se
debe hacer para merecer la reputación de buen
ciudadano: reunir al pueblo para asesinar a un
hombre que te molesta. A. partir de hoy, haré
patriotismo como usted lo entiende, y lo
experimentaré con Simon.
—Ciudadano Maurice —respondió el
presidente—; quizá Simon ha hecho menos daño que
tú en este asunto: ha descubierto una conspiración
allí donde tú no has visto nada, cuando ésa era tu
obligación. Además, tienes convivencias, no
sabemos si por azar o intencionadamente, con los
enemigos de la nación, exactamente con el
ciudadano Maison-Rouge; se te ha visto hablarle,
estrecharle la mano.
—¿Dónde? ¿Cuándo?. Ciudadano presidente —
dijo Maurice llevado por la convicción de su
inocencia—, mientes.
—Tu celo por la patria te lleva un poco lejos,
ciudadano Maurice —dijo el presidente—, y te
arrepentirás de lo que acabas de decir cuando te dé
pruebas de que sólo he dicho la verdad. Aquí hay
tres informes diferentes que te acusan.
—Vamos, ¿es que usted piensa que soy tan
ingenuo como para creer en su caballero de Maison-
Rouge? No es más que un fantasma de conspirador
con el que siempre tienen una conspiración
preparada para meter en ella a sus enemigos.
—Lee las denuncias.
—No leeré nada. Niego que nunca haya visto o
hablado al caballero de Maison-Rouge. Quien no
crea en mi palabra de honor que me lo diga, yo sabré
responderle.
Terminada la sesión, el presidente se aproximó
a Maurice y le dijo:
—Ven, Maurice, tengo que hablarte.
El presidente condujo a Maurice hasta un
gabinete y le dijo:
—He conocido y estimado a tu padre, por eso te
estimo a ti. Créeme, corres un gran peligro dejándote
llevar por la falta de fe. Desde que se pierde la fe, se
pierde la fidelidad. Tú no crees en los enemigos de
la nación: de ahí procede el que pases a su lado sin
verlos, y que te convierta en instrumento de sus
complots sin sospecharlo.
Maurice se excusó diciendo que él era un
patriota, pero no un fanático.
—Tú no crees en los conspiradores —dijo el
presidente—; bien, dime, ¿crees en el clavel rojo por
el que se ha guillotinado ayer a la hija de Tison? —
Maurice se estremeció.—¿Crees en el subterráneo
abierto en el jardín del Temple, que comunica la
cueva de la ciudadana Plumeau con cierta casa de la
calle Corderie?
—No —dijo Maurice.
—Entonces, haz como el apóstol Tomás, ve a
verlo.
—No estoy de guardia en el Temple y no se me
dejará entrar.
—Ahora puede entrar al Temple todo el mundo.
Lee este informe.
—¡Cómo! —exclamó Maurice leyendo el
informe—. ¿Se traslada a la reina a la Conserjería?
—¿Crees que el comité de salud pública se ha
basado en un sueño para adoptar una medida tan
grave?
Después, el presidente tendió otro papel a
Maurice: el recibo de Richard, el carcelero de la
Conserjería, y le explicó que el traslado se había
efectuado a las dos de la mañana.
Maurice se quedó pensativo. Y el presidente le
dio a leer una nota del ministro de policía.
Maurice leyó:
Puesto que tenemos la certeza de que está en
París el en otro tiempo caballero de Maison-Rouge,
ya que ha sido visto en diferentes lugares, y ha
dejado huellas de su paso en varios complots,
felizmente frustrados, invito a todos los jefes de
sección a redoblar la vigilancia.
Las señas del caballero de Maison-Rouge son:
cinco pies y tres pulgadas, cabello rubio, ojos
azules, nariz recta, barba castaña, mentón redondo,
voz dulce, manos femeninas.
Treinta y cinco o treinta y seis años.
Ante las señas, una luz extraña atravesó el
espíritu de Maurice; pensó en el joven que mandaba
la tropa de petimetres que les había salvado la
víspera a Lorin y a él, y que cargó tan resueltamente
contra los marselleses con su sable de zapador.
—No juegues así con tu popularidad, Maurice
—dijo el presidente—. Hoy la popularidad es la
vida; la impopularidad, tenlo en cuenta, es la
sospecha de traición…
Maurice no tenía nada que responder a esto. Dio
las gracias a su viejo amigo y salió de la sección,
dirigiéndose a la antigua calle Saint-Jacques.
Cuando llegó a casa del curtidor, Dixmer y
Morand sujetaban a Geneviève, víctima de un
violento ataque de nervios; de manera que, en vez de
dejarle entrar libremente, como de costumbre, un
criado le cortó el paso, y le dejó esperando en el
jardín mientras iba a anunciarle. A Maurice le
pareció que ocurría algo extraño en la casa: los
curtidores no trabajaban y atravesaban el jardín con
aire inquieto.
Dixmer acudió apresuradamente a buscarle y le
invitó s entrar en la casa.
—¿Qué ocurre? —preguntó el joven.
—Geneviève sufre; peor aún, delira.
—Ya sabe usted, querido amigo, que en las
enfermedades de las mujeres nadie sabe nada, sobre
todo el marido.
Geneviève estaba echada en una especie de
tumbona. Cerca de ella estaba Morand, que le hacía
respirar sales.
—¡Héloïse! ¡Héloïse! —murmuró la joven a
través de sus labios blancos y sus dientes apretados.
—¡Héloïse! —repitió Maurice con asombro.
Dixmer se apresuró a explicar que Geneviève
había salido el día anterior en el momento de pasar
la carreta que llevaba a la guillotina a una joven
llamada Héloïse; desde entonces había sufrido varios
ataques de nervios y no hacía otra cosa que repetir
ese nombre.
—Lo que más le ha afectado es haber
reconocido en la muchacha a la florista que le
vendió los claveles que usted sabe.
—¡Maurice! —murmuraba Geneviève—. ¡Van
a matar a Maurice! ¡A él, caballero, a él!
Un silencio profundo siguió a estas palabras.
—Maison-Rouge —murmuró Geneviève—,
Maison-Rouge.
Maurice sintió como un rayo de sospecha, pero
sólo era un rayo. Por otra parte, estaba demasiado
emocionado con el sufrimiento de Geneviève para
comentar estas pocas palabras.
—¿Han llamado a un médico? —preguntó.
—¡Oh! Esto no es nada —replicó Dixmer—; un
poco de delirio, eso es todo.
Y cerró los brazos de Geneviève tan
violentamente que ella abrió los ojos.
—¡Ah! Están todos aquí —dijo la joven—. Y
Maurice también. Me siento feliz de verle, amigo
mío; si usted supiera cómo he... —la joven se
corrigió—. ¡Cómo hemos sufrido estos días!
—Sí —dijo Maurice—; aquí estamos todos.
Tranquilícese y, sobre todo, acostúmbrese a no
pronunciar un nombre que, en este momento, no está
en olor de santidad, el del caballero de Maison-
Rouge.
Y Maurice explicó que el caballero de Maison-
Rouge haría bien escondiéndose, pues le buscaba el
ayuntamiento, sus sabuesos tenían el olfato muy
fino; además, sus empresas ya no podían favorecer a
la reina puesto que la había trasladado a la
Conserjería.
Al decir esto Maurice, Dixmer, Morand y
Geneviève lanzaron un grito que el joven tomó por
una exclamación de sorpresa.
—Así que, ¡adiós los planes del caballero de la
reina! —continuó Maurice—. La Conserjería es más
segura que el Temple.
Morand y Dixmer cambiaron entre sí una
mirada que no advirtió el joven, y Geneviève
palideció profundamente.
—Geneviève —dijo Dixmer—, debes acostarte;
estas sufriendo.
Maurice comprendió que se le despedía; besó la
mano de Geneviève y salió junto con Morand, que le
acompañó hasta la calle, donde se separó de él para
decir algo a un criado que sujetaba un caballo
ensillado.
Maurice estaba preocupado; tomó por la calle
Fossés-Saint-Victor y llegó hasta los muelles.
Necesitaba reflexionar y se apoyó en el pretil del
puente. Estaba mirando correr el agua cuando
escuchó el paso regular de una patrulla que se
acercaba; se volvió y vio una compañía de la guardia
nacional, en medio de la que le pareció distinguir a
Lorin. Corrió hacia su amigo que, como de
costumbre, le recibió con unos versos, y le preguntó
qué hacía por allí.
—Soy jefe de expedición, amigo mío; se trata
de restablecer a su primitiva base nuestra
quebrantada reputación —ordenó descansar a su
compañía y dijo a Maurice—: Hoy, en la sección,
me he enterado de grandes noticias. La primera es
que tú y yo comenzamos a ser sospechosos. La
segunda, que toda la conspiración del clavel estaba
organizada por el caballero de Maison-Rouge.
Maurice le dijo que ya sabía las dos noticias.
—Entonces, pasemos a la tercera; seguro que
ésa no la sabes: esta noche vamos a detener al
caballero de Maison-Rouge.
Maurice se extrañó de que su amigo se
encargara de tal misión.
—Yo no me he encargado; me han encargado;
sin embargo, debo decir que yo lo hubiera solicitado.
Necesitamos un golpe resonante para rehabilitarnos,
ya que nuestra rehabilitación no es sólo la seguridad
de nuestra existencia, sino también el derecho a
meter seis pulgadas de acero en el vientre de Simon
a la primera oportunidad.
—Pero, ¿cómo has sabido que el caballero de
Maison-Rouge era la cabeza de la conspiración del
subterráneo?
—Aún no es seguro, pero se supone.
—¡Ah!, ¿procedéis por intuición?
—No; por certeza.
—¿Cómo explicas todo eso? Veamos, porque en
fin...
—Escucha bien. Apenas he oído anunciar que
se había descubierto la conspiración, he querido
verificarlo por mí mismo. Se hablaba de un
subterráneo. He ido a verlo y lo he recorrido desde la
cueva de la ciudadana Plumeau hasta una casa de la
calle Corderie, la casa número doce o catorce, no me
acuerdo bien. Te aseguro que era un pasadizo muy
bien hecho; además, estaba cortado por tres rejas de
hierro, que si los conjurados hubieran tenido éxito,
les habrían dado tiempo, sacrificando a tres o cuatro
de los suyos, a llevar a la viuda Capeto a un lugar
seguro. Felizmente no ha sido así, y ese repulsivo
Simon lo ha descubierto todo.
—Creo que, antes de nada, se debería haber
arrestado a los habitantes de esa casa de la calle
Corderie —dijo Maurice.
—Eso es lo que se hubiera hecho de no haber
encontrado la casa completamente vacía de
inquilinos.
—Pero, esa casa pertenecerá a alguien.
—Sí, a un propietario reciente; pero nadie le
conocía. Se sabe que la casa ha cambiado de dueño
hace dos o tres semanas, eso es todo. Los vecinos
habían oído ruido, pero como la casa es vieja,
creyeron que se efectuaban reparaciones. En cuanto
al otro propietario, había abandonado París.
Mientras tanto, llegaba yo; llamé aparte a Santerre y
le dije que se debería localizar al notario que había
legalizado la venta; así se podría ver en el acta el
nombre del comprador. Santerre me felicitó y me ha
designado para detener al individuo en cuestión.
—¿Y este hombre es el caballero de Maison-
Rouge?
—No, su cómplice solamente; es decir,
probablemente.
—Entonces, ¿cómo dices que vas a detener al
caballero de Maison-Rouge?
—Vamos a detenerle juntos.
—Antes de nada, ¿conoces al caballero de
Maison-Rouge?
—Perfectamente.
—¿Tienes sus señas personales?
—Me las ha dado Santerre hoy mismo. Es el
jovencito rubio que nos ha liberado esta mañana, ya
sabes, el que mandaba la tropa de petimetres que
sacudían tan fuerte. Se le ha seguido y se ha perdido
su pista en los alrededores del domicilio de nuestro
propietario de la calle Corderie; de manera que se
supone que viven juntos.
—Me parece que, si detienes esta noche a quien
nos ha salvado esta mañana, pecas de falta de
agradecimiento.
—¡Vamos! ¿Crees que nos ha salvado por
salvarnos? Ellos estaban allí para liberar a la pobre
Héloïse Tison cuando pasara. Nuestros asesinos les
molestaban y han caído sobre ellos. Hemos sido
salvados de carambola. Como todo está en la
intención, y la suya no era salvarnos, no tengo que
reprocharme la más pequeña ingratitud. Además, lo
principal es la necesidad, y nosotros necesitamos
rehabilitamos por un golpe resonante. Yo he
respondido por ti ante Santerre; él sabe que tú
mandas la expedición.
—¿Cómo ha ocurrido?
—Me ha preguntado si estaba seguro de arrestar
a los culpables; y le he dicho que sí, si participabas
tú. A sus objeciones sobre tu tibieza de un tiempo a
esta parte, le he contestado que no eras más tibio que
yo, y que respondía de ti como de mí mismo. Luego,
he pasado por tu casa y no te he encontrado;
entonces, he tomado esta dirección; en primer lugar
porque era la mía, y también porque es la que tú
sigues habitualmente. En fin, te he encontrado y aquí
estás: ¡adelante, marchen!
Cantando, la victoria
Nos abre la barrera.
—Querido Lorin; estoy desesperado y no siento
el menor placer en esta expedición; di que no me has
encontrado,
—¡Imposible! Te han visto todos nuestros
hombres.
—Bien. Di que me has encontrado y no he
querido unirme a vosotros.
—Imposible también. Porque esta vez no serías
un tibio, sino un sospechoso. Y tú sabes lo que se
hace con los sospechosos: se les lleva a la plaza de la
Revolución y se les invita a saludar a la estatua de la
Libertad; sólo que en vez de saludar con el sombrero
lo hacen con la cabeza.
—Lorin, lo que haya de ser será. Sin duda te
parecerá extraño lo que voy a decir: estoy harto de la
vida...
Lorin estalló en risas.
—¡Bueno! —dijo—. Estamos de pelotera con
nuestra amada y esto nos produce ideas
melancólicas. ¡Vamos, bello Amadís!, volvámonos
hombres y de ahí pasaremos a ciudadanos; yo, en
cambio, no soy mejor patriota que cuando estoy
peleado con Artemisa.
Maurice se despidió de su amigo, que quiso
retenerle y le pidió que reflexionara, pero el joven se
mantuvo inflexible en su postura. Entonces le dijo
Lorin:
—No te he repetido todo lo que me dijo
Santerre cuando le he pedido que fueras el jefe de la
expedición. Me ha dicho que tuviera cuidado
contigo, porque venías muy a menudo a este barrio,
el de Maison-Rouge.
—¡Cómo! —exclamó Maurice—. ¿Se esconde
por aquí?
—Se supone, ya que por aquí vive su supuesto
cómplice, el comprador de la casa de la calle
Corderie.
—¿En qué calle? —preguntó Maurice.
—En la antigua calle Saint-Jacques.
—¡Ah! ¡Dios mío! —murmuró Maurice—.
¿Cuál es su profesión?
—Maestro curtidor.
—¿Y su nombre?
—Dixmer.
—Tienes razón, Lorin —dijo Maurice.
—Y tú actúas sensatamente. ¿Estás armado?
—Llevo mi sable, como siempre.
—Entonces, coge dos pistolas.
—¿Y tú?
—Tengo mi carabina.
Lorin dio las órdenes y la patrulla se puso en
marcha, precedida por un hombre vestido de gris, el
cual la dirigía: un policía. De vez en cuando, una
sombra se despegaba de una esquina o un portal y se
acercaba al hombre vestido de gris para decirle algo:
eran vigilantes.
Llegaron a la callejuela. El hombre de gris
estaba bien informado y no dudó un instante en
meterse por ella.
—Aquí es —dijo.
—¿Aquí es qué? —preguntó Lorin.
—Aquí es donde encontraremos a los dos jefes.
Maurice se apoyó en el muro, le pareció que iba
a caerse de espaldas.
—Hay tres entradas —dijo el hombre de gris—:
la entrada principal, ésta, y una que da a un pabellón.
Yo entraré por la principal con seis u ocho hombres;
guardad ésta con cuatro o cinco, y poned tres
hombres de confianza en la salida del pabellón.
—Yo saltaré el muro y vigilaré desde el jardín
—dijo Maurice.
—¡Estupendo! —dijo Lorin—. Porque así nos
abrirás la puerta desde el interior.
—Encantado —dijo Maurice—. Pero no vayáis
a desguarnecer el pasaje y venir sin que yo os llame.
Todo lo que ocurra dentro lo veré desde el jardín.
—Entonces, ¿conoces la casa? —preguntó
Lorin.
—Hace tiempo quise comprarla.
Lorin emboscó a sus hombres, mientras el
agente de policía se alejaba con ocho o diez guardias
nacionales para forzar la puerta principal.
Al cabo de un instante el ruido de sus pasos se
había apagado, sin haber despertado la menor
atención en aquel desierto.
Los hombres de Maurice estaban en su puesto y
se escondían lo mejor posible. Se hubiera jurado que
todo estaba tranquilo y no pasaba nada
extraordinario en la antigua calle Saint-Jacques.
Maurice comenzó a escalar el muro.
—Espera —dijo Lorin.
—¿Qué?
—La contraseña.
—Es cierto.
—Clavel y subterráneo. Detén a todos los que
no digan estas dos palabras. Deja pasar a todos los
que las digan. Esa es la consigna.
—Gracias —dijo Maurice.
Y saltó al jardín desde lo alto del muro.
XII
CLAVEL Y SUBTERRANEO
INVESTIGACION LA FIDELIDAD JURADA
MAÑANA LA CONSERJERIA
El primer golpe había sido terrible, y Maurice
había necesitado un gran dominio sobre sí mismo
para ocultar a Lorin el trastorno que se había
producido en su persona; pero una vez solo en el
jardín, sus ideas se desenvolvieron más
ordenadamente.
«Así que esta casa visitada a menudo con el
placer más puro, no era sino una madriguera de
sangrientas intrigas; la buena acogida a su ardiente
amistad, hipocresía; el amor de Geneviève, miedo.
Maurice se deslizó por el jardín, de macizo en
macizo, hasta quedar oculto a los rayos de la luna
por la sombra del invernadero. En el pabellón de
Geneviève, la luz no permanecía quieta, sino que iba
de una habitación a otra. Maurice distinguió a la
joven a través de una cortina medio levantada:
Geneviève amontonaba a toda prisa sus objetos en
una maleta, y el joven vio con asombro brillar unas
armas en sus manos. Maurice buscó una altura desde
donde pudiera ver mejor la habitación. Un gran
fuego que brillaba en la chimenea atrajo su atención:
eran papeles que Geneviève quemaba.
En ese momento se abrió una puerta y entró un
joven. Maurice pensó que era Dixmer. La joven
corrió junto al recién llegado, cogió sus manos y los
dos se mantuvieron frente a frente, como si sintieran
una viva emoción. Entonces, Maurice cayó en la
cuenta de que no se trataba de Dixmer.
Se aproximó a la ventana; su pie tropezó con
una escalera, la arrimó a la pared y se subió a ella,
mirando por la rendija de la cortina: el desconocido
era un joven de unos veintisiete años, de ojos azules,
con aspecto elegante; sujetaba las manos de la joven
y le hablaba, secándole las lágrimas que velaban su
atractiva mirada.
Maurice hizo un ligero ruido y el joven volvió la
cabeza hacia la ventana. Maurice tuvo que detener
un grito de sorpresa: acababa de reconocer a su
misterioso salvador de la plaza Châtelet. En ese
momento, Geneviève se separó del desconocido y se
dirigió a la chimenea para asegurarse que todos los
papeles estaban consumidos.
Maurice no pudo contenerse más tiempo:
empujó violentamente la ventana mal cerrada y saltó
a la habitación. Al mismo tiempo, dos pistolas se
apoyaron contra su pecho. Geneviève se volvió
hacia él y se quedó muda al reconocerle.
—Señor —dijo con frialdad el joven
republicano—, ¿es usted el caballero de Maison-
Rouge? Si es así, es usted un hombre valiente y, por
tanto, tranquilo, y voy a decirle dos palabras: usted
me puede matar, pero yo no moriré sin dar un grito y
los mil hombres que cercan la casa la reducirán a
cenizas. Así que baje sus pistolas y escuche lo que
voy a decir a la señora.
Geneviève, más pálida que una estatua, cogió d
brazo de Maurice, pero el joven la rechazó.
—Ya veo que ha dicho usted la verdad y no ama
al señor Morand —dijo Maurice con un profundo
desprecio. Ella quiso interrumpirle, pero él
continuó—: No tengo nada que escuchar, señora.
Usted me ha engañado, ha dicho que no amaba a
Morand, pero no me ha dicho que amaba a otro.
—Señor —dijo el caballero—, ¿de qué Morand
habla usted?
—De Morand el químico.
—Morand el químico está ante usted. Morand el
químico y el caballero de Maison-Rouge son el
mismo.
Y alargando la mano hacia una mesa cercana se
puso la peluca negra que durante tanto tiempo le
había hecho irreconocible a los ojos del joven
republicano.
—¡Ah! Ya veo —dijo Maurice—. Usted no ama
a Morand, porque éste no existe, pero el subterfugio
no es menos despreciable.
El caballero hizo un gesto de amenaza.
—Señor —dijo Maurice—, ¿quiere dejarme
hablar un instante con la señora? No será muy largo,
se lo aseguro, —Geneviève hizo un gesto a Maison-
Rouge invitándole a tener paciencia.—¡Usted me ha
hecho el hazmerreír de mis amigos. Se ha servido de
mí para sus complots y me ha utilizado como un
instrumento. Esa es una acción infame por la que
será castigada. Este hombre me matará ante usted,
pero antes de cinco minutos también él yacerá a sus
pies, o si vive, será para llevar su cabeza al cadalso.
—¡Morir él! —exclamó Geneviève—. ¡Llevar
su cabeza al cadalso! Pero ¿usted no sabe que es
protector mío y de mi familia, que daría mi vida por
la suya, que si él muere, moriré yo, y que si usted es
mi amor, él es mi religión?
—Quizás usted va a seguir diciendo que me
ama —dijo Maurice—. La verdad es que las mujeres
son muy débiles y cobardes —y volviéndose al
joven realista—. Vamos, señor, debe matarme o
morir.
—¿Porqué?
—Porque si usted no me mata, yo le detengo.
Maurice extendió la mano para cogerle del
cuello.
—No defenderé mi vida —dijo el caballero de
Maison-Rouge, arrojando sus armas en un sillón—.
Tenga. Mi vida no vale por los remordimientos que
sufriría si le matara, a usted a quien ama Geneviève.
—¡Usted siempre es bueno, magnánimo, leal y
generoso, Armando! —exclamó Geneviève.
Maurice miraba a los dos con un asombro casi
estúpido. El caballero dijo que iba a ir un momento a
su habitación para esconder un retrato. Luego,
cambió de idea y, expresando su confianza en
Maurice, sacó de su pecho una miniatura de la reina
y se la enseñó al joven republicano, al tiempo que le
decía:
—Espero sus órdenes, señor; si quiere
arrestarme, no tiene más que llamar a esta puerta
cuando lo juzgue oportuno. Para mí, la vida no vale
si no la sostiene la esperanza de salvar a la reina.
Apenas salió de la habitación, Geneviève se
precipitó a los pies del joven, diciendo:
—Maurice, perdone por todo el mal que le he
hecho, por todos mis engaños; perdón en nombre de
mis sufrimientos y lágrimas, porque, se lo juro, he
llorado y sufrido mucho. Mi marido se ha ido esta
mañana y quizá no le vuelva a ver; no sé adónde ha
ido. Ahora sólo me queda un amigo, o mejor, un
hermano; y usted quiere matarle. Perdón, Maurice,
perdón.
Maurice le dijo que el caballero de Maison-
Rouge se había jugado la vida y había perdido;
Geneviève contestó que todo no estaba perdido, él
podía salvar al caballero.
—A expensas de mi palabra y de mi honor.
Comprendo, Geneviève.
—Cierre los ojos, Maurice, eso es todo lo que le
pido; y le prometo que mi reconocimiento llegará
tan lejos como puede ir el agradecimiento de una
mujer.
—Yo cerraría los ojos inútilmente, señora; la
casa está rodeada y nadie puede salir sin la
contraseña.
—Querido Maurice, dígamela, la necesito.
—¡Geneviève! —exclamó Maurice—. ¿Con qué
derecho me dice: Maurice, en nombre del amor que
te profeso, no tengas palabra, ni honor, traiciona a tu
causa, reniega de tus opiniones? ¿Qué me ofrece
usted a cambio de todo eso?
—Maurice, sálvele primero, y luego pídame la
vida.
Maurice preguntó a Geneviève si amaba al
caballero de Maison-Rouge.
—Le amo como una hermana, pero no de otra
manera, se lo juro.
—Geneviève, ¿me ama usted?
—Maurice, le amo, tan cierto como que Dios
me escucha.
—Si hago lo que me pide, ¿abandonará
parientes, amigos y patria para huir con el traidor?
—Todo lo que quieras, te lo juro, ordena, yo
obedezco.
Maurice obligó a Geneviève a jurar que sería
suya; después se dirigió a la habitación de al lado y
dijo al caballero
—Señor, vístase de curtidor Morand. Le
devuelvo su palabra, está libre —y volviéndose a
Geneviève añadió—: Señora, la consigna es Clavel y
subterráneo.
Y como si tuviera horror de permanecer en la
habitación donde había pronunciado estas dos
palabras que le convertían en traidor, abrió la
ventana y saltó al jardín.
Apenas llegó Maurice a la esquina del
invernadero. Se abrió la puerta y entró el hombre de
gris, seguido por Lorin y cinco o seis granaderos.
—¿Y bien? —preguntó Lorin.
—Ya lo veis —contestó Maurice—. Sigo en mi
puesto.
El policía dijo a Maurice que tenía la certeza de
que el caballero de Maison-Rouge había entrado en
la casa hacía una hora y no había salido.
—¿Conoce su habitación? —preguntó Lorin.
El policía dijo que estaba separada de la
ocupada por la ciudadana Dixmer por un corredor,
aunque quizá no hiciera falta la separación, porque
el caballero de Maison-Rouge era un bribón y al
ciudadano Dixmer podría parecerle un gran honor.
Maurice notó que la sangre se le subía a la
cabeza y dijo:
—¿Qué decidimos?
—Decidimos que vamos a detenerle en su
habitación —dijo el policía—, y quizás en su propia
cama puesto que no sospecha nada.
Luego, el policía puso a Lorin y a Maurice al
corriente sobre la situación de la habitación que
ocupaba el caballero y les preguntó cuántos hombres
necesitaban para prenderle.
—¿Cuántos hombres? —dijo Lorin—. Espero
que Maurice y yo nos bastaremos; ¿no crees,
Maurice?
—Sí —balbució éste—; seguro que nos
bastaremos.
—Escuche —dijo el hombre de la policía—,
nada de fanfarronerías. ¿Le podrán detener?
—¡Pardiez! ¡Que si le podremos detener! ¡Ya lo
creo! ¿No es cierto, Maurice, que necesitamos
detenerle?
Lorin hizo hincapié en esta palabra. Un
principio de sospecha comenzaba a planear sobre
ellos y no se podía dejar que tomara gran
consistencia. Lorin comprendía que nadie se
atrevería a dudar del patriotismo de dos hombres que
conseguían detener al caballero de Maison-Rouge.
El policía era partidario de que entraran el
mayor número posible de hombres, ya que el
caballero siempre tenía sus armas dispuestas.
—¡Pardiez! —dijo un granadero—. Entremos
todos y no demos la preferencia a nadie; si se rinde,
le conservaremos para la guillotina; si se resiste, le
acuchillaremos.
—¡Bien dicho! —exclamó Lorin—. ¡Adelante!
¿Pasamos por la puerta o por la ventana?
—Por la puerta —dijo el policía—. Quizá dé la
casualidad de que tenga puesta la llave; mientras que
si entramos por la ventana, habrá que romper
algunos cristales, con el consiguiente ruido.
—Vamos por la puerta —dijo Lorin—. El caso
es entrar, poco importa por dónde. Vayamos sable
en mano, Maurice.
Maurice desenfundó el sable maquinalmente y
la pequeña tropa avanzó hacia el pabellón. La llave
se encontraba en la puerta, y Lorin la hizo girar con
suavidad; la puerta se abrió. El policía dijo que, si
sus informes eran exactos, se encontraban en la
habitación de la ciudadana Dixmer. Lorin propuso
encender unas velas.
—Encendamos antorchas —dijo el policía—; no
se apagan como las velas.
Y cogió de manos de un granadero dos
antorchas que encendió en la chimenea y entregó a
Maurice y Lorin. Avanzaron por el corredor y
abrieron la puerta del fondo, encontrándose frente a
la puerta del apartamento del caballero. Lorin
observó que la puerta estaba cerrada con llave. El
policía ordenó a los granaderos que derribaran la
puerta.
Cuatro hombres levantaron las culatas de sus
fusiles, y a una señal del policía, golpearon al
unísono: la puerta voló en pedazos.
—¡Ríndete o eres hombre muerto! —exclamó
Lorin, penetrando en la habitación.
Nadie respondió; las cortinas de la cama estaban
cerradas.
Maurice se precipitó al lecho y abrió las
cortinas. La cama estaba vacía.
—¡Pardiez! —dijo Lorin—. Nadie.
—Se habrá escapado —balbució Maurice.
—¡Imposible, ciudadanos, imposible! —
exclamó el policía—. Os digo que se le ha visto
entrar hace una hora y nadie le ha visto salir, y que
todas las salidas están vigiladas
Lorin buscó por todas partes.
—Nadie, ya lo ve usted, nadie.
—Nadie —repitió Maurice con una emoción
fácil de comprender.
—Quizás esté en la habitación de la ciudadana
Dixmer —dijo el policía.
—Respeten la habitación de una mujer —dijo
Maurice.
—Por supuesto que se la respetará; y a la
ciudadana Dixmer también —dijo Lorin—; pero se
la visitará.
Dejaron a dos hombres guardando la habitación
y volvieron a aquélla donde habían encendido las
antorchas. Maurice se aproximó a la puerta que daba
al dormitorio de Geneviève; era la primera vez que
iba a entrar allí. Su corazón latía con violencia.
La llave estaba en la puerta, y Maurice tendió la
mano hacia ella, pero vaciló.
—Bien —dijo Lorin—. Abre.
—¿Y si la ciudadana Dixmer está acostada? —
preguntó Maurice.
—Miraremos en su cama, bajo su cama, en su
chimenea y en sus armarios —dijo Lorin—; y si sólo
está ella, le desearemos buenas noches.
—No —dijo el policía—; la detendremos; la
ciudadana Geneviève Dixmer era una aristócrata
reconocida como cómplice de la joven Tison y del
caballero de Maison-Rouge.
—Abra entonces —dijo Maurice, dejando la
llave—. Yo no detengo a mujeres.
El policía miró a Maurice de través y los
granaderos murmuraron entre sí. Lorin dijo que él
era de la opinión de Maurice y dio un paso atrás.
El policía cogió la llave, la hizo girar
violentamente, la puerta cedió y los soldados se
precipitaron en la habitación.
Dos velas ardían sobre una mesita, pero en la
habitación de Geneviève tampoco había nadie.
—¡Vacía! —exclamó el policía.
—¡Vacía! —repitió Maurice palideciendo—
Entonces, ¿dónde está?
—Busquemos —dijo el policía.
Y seguido de los milicianos se puso a registrar
la casa desde las bodegas hasta los talleres. Apenas
volvieron la espalda, Maurice se lanzó a la
habitación, llamando a Geneviève con una voz llena
de ansiedad. Pero la joven no le contestó. Entonces,
Maurice también empezó a registrar la casa con una
especie de frenesí.
De pronto, escuchó un gran alboroto; una
patrulla de hombres armados se presentó en la
puerta, cambió la contraseña con el centinela,
invadió el jardín y se esparció por la casa. A la
cabeza del refuerzo iba Santerre, que preguntó a
Lorin dónde estaba el conspirador.
—Si su destacamento ha guardado bien las
salidas, debe haberle arrestado —contestó Lorin—;
porque no estaba en la casa cuándo hemos entrado.
—¿Qué dice? —exclamó furioso el general—.
¿Le han dejado escapar?
—No le hemos podido dejar escapar, puesto que
nunca hemos tenido.
—Entonces no comprendo nada de lo que ha
dicho vuestro enviado.
—¿Que nosotros le hemos enviado a alguien?
—Sin duda. Un hombre vestido de oscuro, con
cabello negros y gafas verdes, que ha venido a
avisarnos de vuestra parte que estabais a punto de
atrapar a Maison-Rouge, pero que se defendía como
un león; ante lo cual, he acudido aquí. El hombre
llevaba del brazo a una mujer joven y guapa.
—Eran el caballero de Maison-Rouge y la
ciudadana Dixmer —dijo Maurice.
—Pero, ¿cómo diablos les ha dejado pasar? —
dijo Lorin
—¡Pardiez! —dijo Santerre—. Les he dejado
pasar porque tenían la contraseña.
—Entonces, hay un traidor entre nosotros —
exclamó Lorin.
—No, no, ciudadano Lorin —dijo Santerre—.
Se os conoce y se sabe que no hay traidores entre
vosotros.
Lorin miró a su alrededor como si buscara al
traidor cuya presencia acababa de proclamar. Su
mirada encontró la frente sombría y los ojos
vacilantes de Maurice.
—¡Oh! —murmuró—. ¿Qué quiere decir eso?
—Ese hombre no puede estar muy lejos —dijo
Santerre—. Registremos los alrededores; quizás
haya caído en manos de una patrulla más hábil que
nosotros y que no se haya dejado sorprender.
—Sí, sí, busquemos —dijo Lorin.
Y tomando a Maurice por un brazo le sacó del
jardín con el pretexto de registrar.
—Sí, registremos —dijeron los soldados—,
pero antes de registrar...
Y uno de ellos arrojó su antorcha en un
cobertizo repleto de gavillas y de plantas secas.
Maurice no opuso ninguna resistencia y siguió a
su amigo como un niño; los dos fueron hasta el
puente sin hablar; allí se detuvieron. Maurice se
volvió: el cielo del barrio estaba rojo y numerosas
chispas pasaban por encima de las casas. Maurice se
estremeció y señaló hacia la calle Saint-Jacques.
—¡Fuego! —dijo—. ¡Fuego!
Maurice temía que Geneviève hubiera vuelto y
confirmó a su amigo que la joven y la señora
Dixmer eran la misma persona.
—Lorin —dijo—, es necesario que la encuentre,
tengo que vengarme.
—¡Oh! ¡Oh! —dijo Lorin.
Amor, tirano de dioses y mortales
No es sólo incienso lo que necesitan tus
altares.
—Me ayudarás a encontrarla, ¿verdad, Lorin?
—¡Pardiez! Eso no será difícil. Tú debes saber
cuáles son sus amigos más íntimos; ella no habrá
abandonado París todos ellos tienen el prurito de
quedarse aquí; se habrá refugiado en casa de algún
amigo, y mañana recibirás una nota concebida en
estos términos:
Si Marte quiere volver a ver a Citérea,
Que se ponga a la noche su fajín azulado.
»Y que pregunte al portero del número tal, de
tal calle, por la señora Tres-Estrellas.»
Maurice levantó los hombros; él sabía que
Geneviève no tenía en donde refugiarse.
—No la encontraremos —murmuró.
—Permíteme decirte una cosa, Maurice —dijo
Lorin—; y es que quizá no sería una gran desgracia
que no la encontráramos.
—Si no la encontramos, me moriré.
Lorin invitó a su amigo a sentarse en un banco y
hablar un momento.
—Escucha —le dijo—; voy a decirte una cosa:
ya sabes que hay un decreto del comité de salud
pública declarando traidor a todo aquel que tenga
relaciones con los enemigos de la patria. Pues bien,
me parece que tú eres un mal traidor; a menos que
veas como idolatrando a la patria a quienes dan
alojamiento, comida y lecho al señor caballero de
Maison-Rouge, el cual no es un exaltado
republicano ni está acusado de haber participado en
las jornadas de septiembre. Esto hace que me
parezcas bastante amigo del enemigo de la patria.
Vamos, no te subleves, y confiesa que no has sido
muy fiel.
Maurice se contentó protestando con un gesto.
Lorin hizo como que no lo veía y continuó:
—Si viviéramos en una temperatura de
invernadero, te diría: querido Maurice, eso es
elegante, está muy bien; seamos un poco aristócratas
de vez en cuando; pero nos cocemos a treinta y
cinco o cuarenta grados de calor; de manera que,
cuando sólo se es tibio, debido a este calor, se parece
frío; y cuando se es frío, se resulta sospechoso; tú lo
sabes, Maurice; y cuando se es sospechoso, tú tienes
la suficiente inteligencia para no ignorar lo que se es
enseguida, o mejor aún, lo que ya no se es nunca.
—Entonces, que se me mate y termine esto —
exclamó Maurice—. Estoy harto de la vida.
—No ha transcurrido tiempo suficiente, desde
hace un cuarto de hora, para que te deje hacer tu
voluntad —dijo Lorin—. Además, hoy es preciso
morir como republicano, y tú morirías como
aristócrata.
—Vas demasiado lejos, amigo mío—dijo
Maurice.
—Iré más lejos aún; y te prevengo que si te
haces aristócrata...
—¿Me denunciarás?
—No; te encerraré en una cueva y diré que los
aristócratas, sabiendo lo que les reservabas, te han
secuestrado, martirizado y hecho pasar hambre; de
manera que, cuando se te encuentre, serás coronado
de flores.
—Lorin, me parece que tienes razón, pero estoy
atado, me deslizo por la pendiente. Abandóname,
Lorin, será lo mejor.
—¡Jamás!
—Entonces, déjame amar, estar loco, ser un
criminal quizá; porque, creo que la mataré, si vuelvo
a verla.
—O caerás a sus pies. ¡Ah! Maurice, enamorado
de una aristócrata. Jamás lo hubiera creído.
—¡Basta, Lorin, te lo suplico!
—Maurice, yo te curaré o que el diablo me
lleve. No quiero que ganes en la lotería de santa
guillotina, como dice el carnicero de la calle
Lombards. Ten cuidado, Maurice, vas a
exasperarme. Vas a hacer de mí un bebedor de
sangre; necesito prender fuego a la isla de San Luis:
¡Una antorcha, una tea!
Lorin trató de convencer a su amigo para que
fuera razonable, y le dijo que estaba dispuesto a
cualquier sacrificio para salvarle.
—Gracias, Lorin; pero el mejor medio de
consolarme es saturarme de mi dolor. Adiós; vete a
ver a Artemisa. Yo vuelvo a mi casa.
Maurice dio algunos pasos hacia el puente. Su
amigo le preguntó si pensaba quedarse cerca de la
antigua calle Saint-Jacques por ver el sitio donde
vivía Geneviève.
—No; quiero ver si ha vuelto adonde sabe que
la espero. ¡Oh, Geneviève, no te hubiera creído
capaz de semejante traición!
—Maurice, un tirano que conocía bien al bello
sexo, pues murió por amarle demasiado, decía:
La mujer cambia a menudo,
Muy loco está quien se fía de ella.
Maurice lanzó un suspiro, y los dos amigos
tomaron el camino de la antigua calle Saint-Jacques.
A medida que se acercaban escucharon un gran
alboroto, vieron aumentar la claridad y oyeron
cantos patrióticos.
Parecía que todo París se hubiera concentrado
en el teatro de los acontecimientos. A medida que se
aproximaba, Maurice aceleraba el paso. Lorin le
seguía Con dificultad, pero no quería dejar solo a su
amigo en semejante momento.
Todo estaba casi acabado: desde el cobertizo, el
fuego había pasado a los talleres, y la casa
comenzaba a arder.
Maurice pensó que ella podía haber vuelto y
estar, enmedio de las llamas, esperándole,
llamándole. Y se lanzó, con la cabeza gacha, a través
de la puerta que entreveía en la humareda. Lorin le
siguió.
El techo ardía y el fuego comenzaba aprender
en la escalera. Maurice, anhelante, recorrió todo el
primer piso llamando a Geneviève, pero nadie le
respondió.
Maurice recorrió toda la casa, habitación por
habitación, bajando incluso hasta a las bodegas; pero
no encontró a nadie.
—¡Pardiez! —dijo Lorin—. Ya ves que nadie
permanecería aquí a excepción de las salamandras, y
no es ese animal fabuloso lo que tu buscas. Vamos,
preguntaremos fuera, quizá la haya visto alguien.
Entonces comenzaron las investigaciones;
recorrieron los alrededores, deteniendo a las mujeres
que pasaban, pero sin resultado. Era la una de la
mañana y Maurice, pese a su vigor atlético, estaba
deshecho por la fatiga: por fin renunció a su
búsqueda, y Lorin detuvo un coche de alquiler.
—Hemos hecho todo lo humanamente posible
para encontrar a tu Geneviève —dijo Lorin—.
Estamos derrengados; subámonos al coche y
vayámonos cada uno a su casa.
Llegaron hasta la casa de Maurice sin cambiar
palabra. En el momento en que Maurice bajaba del
coche, oyó cerrarse una ventana de su apartamento.
El joven llamó a la puerta, y cuando ésta se abrió
dijo Lorin:
—Buenas noches; mañana espérame para salir.
Maurice se despidió de su amigo, entró en la
casa y se enteró por su criado de que una mujer le
estaba esperando; pensó que se trataría de alguna
vieja amiga y dijo que se iría a dormir a casa de
Lorin.
—Imposible; ella estaba en la ventana y le ha
visto llegar.
—¡Y qué importa que sepa que estoy aquí! Sube
y dile que se ha equivocado.
—Ciudadano, hace mal; la señora estaba muy
triste, y esto la va a desesperar.
—Pero bueno, ¿quién es esa mujer?
—Ciudadano, no he visto su cara; está envuelta
en una capa y llora; eso es todo lo que sé.
—Llora —repitió Maurice—. Entonces hay
alguien en el mundo que me ama lo suficiente para
inquietarse por mi ausencia hasta ese punto.
Subió lentamente hasta la habitación y vio al
fondo del salón una forma palpitante que se ocultaba
el rostro. Hizo una seña a su criado para que saliera,
y éste obedeció cerrando la puerta.
Maurice se acercó a la joven, que levantó la
cabeza.
—¡Geneviève! —exclamó—. ¿Estoy loco?
—No, amigo mío, está usted en su sano juicio
—respondió la joven—. Le he prometido ser suya si
salvaba al caballero de Maison-Rouge. Usted le ha
salvado y aquí estoy. Le esperaba.
Maurice confundió el sentido de estas palabras y
retrocedió un paso, mirando tristemente a la joven.
—Entonces, ¿usted no me ama?
Las lágrimas velaron la mirada de Geneviève.
Ella volvió la cabeza y, apoyándose en el sofá,
estalló en sollozos.
—Está claro que usted no sólo no me ama, sino
que me odia por desesperarla así.
Geneviève se enderezó y le tomó la mano,
tachándole de egoísta.
—¿Egoísta? ¿Qué quiere usted decir?
—¿Es que no comprende usted mi sufrimiento?
Mi marido huido, mi hermano proscrito, mi casa en
llamas, todo ello en una noche; y luego, ¡esa horrible
escena entre usted y el caballero!
Maurice la escuchaba con embeleso, porque era
imposible no admitir que tal cúmulo de emociones
hubieran conducido a Geneviève al estado de dolor
en que se encontraba. El joven le preguntó si no le
abandonaría; y ella se estremeció y le dijo que no
tenía otro sitio adonde ir, confesándole que en su
desesperación había estado apunto de arrojarse al
río. El joven le recordó sus palabras y le preguntó si
no le amaba. Ella le dijo que sí, y él se dejó caer a
sus pies.
—Geneviève —murmuró—, no llore más;
consuélese de todas sus desgracias y dígame que no
ha sido la violencia de mis amenazas lo que la ha
traído aquí. Dígame que hubiera venido de todas
maneras al encontrarse sola, y acepte la promesa que
le hago de eximirla del juramento que la he forzado
a hacer.
Geneviève miró al joven con reconocimiento y
agradeció al cielo que él se mostrara generoso.
—Escuche, Geneviève —dijo Maurice—; no
llore; déme su mano. ¿Quiere estar en casa de un
hermano que bese con respeto el bajo de su vestido,
y se aleje de su lado sin volver la cabeza? Diga una
palabra, haga un gesto, y estará libre y segura como
una virgen en una iglesia. Por el contrario, ¿prefiere
recordar que la he amado tanto como para traicionar
a los míos; prefiere soñar en el futuro de felicidad
que nos espera? Entonces, en lugar de rechazarme,
sonríame, déjame apoyar tu mano en mi corazón,
reclinase en el que aspira a usted con toda su alma;
Geneviève, amor mío, vida mía, no deshaga su
juramento.
El corazón de la joven se henchía con estas
dulces palabras: la languidez del amor, la fatiga de
sus sufrimientos pasados, consumían sus fuerzas.
Maurice comprendió que ella ya no tenía valor para
resistir y la tomó en sus brazos. Entonces ella dejó
caer la cabeza sobre su hombro. El joven notó que
ella lloraba y le aseguró que jamás le impondría su
amor.
Él abrió el anillo viviente de sus brazos, separó
su frente de la de Geneviève y se volvió lentamente.
Pero enseguida ella enlazó sus brazos
temblorosos al cuello de Maurice, le estrechó con
violencia y juntó su mejilla helada y húmeda de
lágrimas a la mejilla ardiente del joven.
—No me abandone, Maurice —murmuró—,
porque sólo le tengo a usted en el mundo.
Un hermoso sol penetraba a través de las
persianas verdes y doraba las hojas de tres grandes
rosales plantados en unas cajas de madera que había
en la ventana de Maurice. Estas flores perfumaban
un comedorcito, con una mesa servida, a la que
acababan de sentarse Maurice y Geneviève. La
puerta estaba cerrada, porque la mesa contenía todo
lo que necesitaban los comensales.
Geneviève dejó caer en el plato una fruta dorada
que sujetaba entre sus dedos, y soñadora, sonriendo
con los labios mientras sus grandes ojos
languidecían de melancolía, permaneció silenciosa.
Luego, sus ojos buscaron los de Maurice, que
estaban fijos en ella. Geneviève pasó su brazo por el
hombro del joven y apoyó en él su cabeza con
confianza y abandono.
Maurice sólo tenía que inclinar ligeramente la
cabeza para apoyar sus labios en los labios
entreabiertos de su amante.
Él inclinó la cabeza; Geneviève palideció y sus
ojos se cerraron. Permanecieron así hasta que les
sobresaltó el sonido agudo de la campanilla. Se
separaron y entró el criado para anunciar que había
llegado Lorin. Maurice dijo que iba a despedirle, y
Geneviève le retuvo.
—¿Despedir a su amigo, Maurice? ¿A un amigo
que le ha consolado, ayudado y sostenido? Que
entre, Maurice.
—¿Cómo, usted permite?… —dijo Maurice.
—Yo lo quiero —dijo Geneviève.
Geneviève tendió su frente al joven; Maurice
abrió la puerta, y entró Lorin, que al ver a Geneviève
manifestó sorpresa, para expresar enseguida un
respetuoso saludo.
—Lorin, ven y mira a la señora —dijo
Maurice—. Estás destronado. Hubiera dado mi vida
por ti, por ella he dado mi honor.
—Señora —dijo Lorin—, trataré de querer a
Maurice más que usted para que él no deje de
quererme.
Geneviève y Maurice pidieron a Lorin que se
sentara.
—Entonces, ¿ya no quieres morir?
Geneviève preguntó de qué se trataba, y Lorin la
puso al corriente sobre las ansias suicidas
experimentadas por Maurice el día anterior. Luego,
incitados por Lorin, los tres jóvenes empezaron a
comer y Lorin anunció que próximamente entraría
de guardia en la Conserjería.
—¡En la Conserjería! —exclamó Geneviève—,
¿cerca de la reina?
—Cerca de la reina... creo que sí, señora.
Geneviève palideció; Maurice frunció el
entrecejo e hizo una seña a Lorin.
La Conserjería es un conjunto de edificios
pegados unos a otros, tristes, grises, agujereados por
ventanitas enrejadas que se extienden a lo largo del
muelle Lunettes. El cuerpo principal está formado
por el antiguo palacio de San Luis, al que se llamaba
tradicionalmente el Palacio. Es un caserón grande y
sombrío donde se reúnen todos los útiles y atributos
de la venganza humana: aquí, las salas donde se
encierra a los acusados; más lejos, aquellas en que se
les juzga; abajo, los calabozos donde se les encierra
cuando están condenados; en la puerta, una placita
donde se les marca a fuego; a ciento cincuenta
pasos, otra plaza más grande, la Grève, donde se les
ejecuta.
Esta prisión tiene calabozos que humedece el
agua del Sena con su negro limo; tiene salidas
misteriosas que conducen al río a las víctimas que se
tiene interés en hacer desaparecer.
En 1793, la Conserjería, proveedora infatigable
del cadalso, rebosaba prisioneros a los que se
condenaba en una hora. En esta época, la antigua
prisión de San Luis era realmente la hostería de la
muerte; y bajo las bóvedas de las puertas se
balanceaba por la noche una linterna roja, siniestra
insignia de este lugar de dolor.
El mismo día en que había ardido la casa de
Dixmer, un rodar sordo había estremecido los
adoquines del muelle y los vidrios de la prisión,
cesando ante la puerta ojival, en la que golpearon
unos guardias con el puño de sus sables; la puerta se
abrió, el coche entró en el patio; y cuando los goznes
volvieron a girar y se cerraron los cerrojos, bajó del
coche una mujer. Pasó el primer portillo, en el
segundo se golpeó en la cabeza contra una barra de
hierro. Uno de los guardias le preguntó:
—Ciudadana, ¿se ha hecho daño?
—Ya no me hace daño nada —respondió ella
tranquilamente.
Y pasó sin proferir ninguna queja, aunque se
veía encima de su ceja la huella casi sangrante que le
había dejado el golpe contra el hierro.
Enseguida se percibió el sillón del portero
Richard que, convencido de su importancia, no se
movió de su sitio pese a los ruidos que anunciaban la
llegada de un nuevo huésped, limitándose a mirar a
la prisionera, abrir un enorme libro de registro y
buscar una pluma en un tinterito de madera negra. El
jefe de la escolta le dijo que hiciera el asiento
rápidamente, porque tenía prisa, y Richard contestó:
—No llevará mucho tiempo, porque, gracias a
Dios, tengo la mano acostumbrada. ¿Tus nombres y
apellidos, ciudadana?
Y se dispuso a escribir, al pie de la página casi
llena, el registro de la recién llegada; mientras su
mujer, detrás del sofá, miraba con asombro casi
respetuoso a la mujer de aspecto triste, noble y altivo
que su marido interrogaba.
—María Antonieta Juana Josefa de Lorena —
respondió la prisionera—archiduquesa de Austria,
reina de Francia.
—¿Reina de Francia? —preguntó el portero
asombrado
—Reina de Francia —repitió la prisionera en el
mismo tono.
—También llamada viuda Capeto —dijo el jefe
de la escolta.
—¿Con cuál de estos nombres debo inscribirla?
—preguntó el portero.
—Con el que quieras, con tal de que lo hagas
rápido —dijo el jefe de la escolta.
El portero volvió a sentarse en el sillón y
escribió en su registro los nombres, apellidos, y
títulos que se había dado la prisionera. La señora
Richard continuaba detrás del sillón de su marido;
pero un sentimiento de religiosa conmiseración le
había hecho juntar las manos.
—¿Edad? —continuó el portero.
—Treinta y siete años y nueve meses —
respondió la reina.
Richard se puso a escribir, anotó las señas
personales y concluyó con las notas y fórmulas
particulares.
—Ya está —dijo.
—¿Adónde se lleva a la prisionera? —preguntó
el jefe de la escolta.
Richard miró a su mujer y dijo que no estaban
prevenidos, y por lo tanto no lo sabían.
—Hay la habitación del consejo —dijo la señora
Richard.
—¡Hum! Es muy grande —murmuró el portero.
—¡Tanto mejor! Si es grande, se podrán colocar
en ella los vigilantes más fácilmente.
—Entonces, la habitación del consejo —dijo
Richard—; pero, de momento, está inhabitable,
porque no tiene cama.
—Es cierto —dijo la mujer—; no había pensado
en ello.
—¡Bah! —dijo uno de los guardias—. Se le
puede poner una cama mañana.
—Además, la ciudadana puede pasar esta noche
en nuestra habitación —dijo la señora Richard—¿no
es verdad, marido?
—¿Y nosotros? —preguntó el portero.
—No nos acostaremos; una noche se pasa de
cualquier forma.
—Bien —dijo Richard—. Llevad a la ciudadana
a mi habitación.
El jefe de la escolta dijo que, mientras se
instalaba a la prisionera le preparase el recibo. La
señora Richard cogió una vela y se puso en marcha,
seguida por la silenciosa María Antonieta y dos
carceleros a los que había hecho una seña la mujer.
Le mostraron a la reina un lecho en el que la señora
Richard se apresuró a poner sábanas limpias.
Después, los carceleros cerraron la puerta con llave,
y María Antonieta quedó sola.
Al día siguiente la reina fue conducida a la
habitación del consejo, cuyos únicos muebles eran
una cama y una silla, y pidió que le llevaran sus
libros y su costura. Los guardias, Duchesne y
Gilbert, se instalaron en la celda vecina; habían sido
designados por su probado patriotismo y no se les
relevaría de su puesto hasta el juicio de la reina.
Al saberlo María Antonieta, hasta cuyos oídos
llegaba con claridad la conversación de los dos
hombres, pensó que a sus amigos les sería más fácil
corromper a sus vigilantes si eran siempre los
mismos.
Uno de sus guardianes tenía la costumbre de
fumar, y María Antonieta pasó la primera noche
despierta, desvelada por los mareos que le producía
el tabaco quemado. En su vigilia escuchó un quejido
lúgubre y prolongado que, al principio, confundió
con una voz humana, pero que enseguida identificó
como el grito doloroso y perseverante de un perro
que aullaba en el muelle; pensó en su pobre Black y
creyó reconocer su voz.
En efecto, el animal había corrido tras ella y
había seguido al coche en que se la conducía hasta
las rejas de la Conserjería.
Al amanecer del día siguiente, la reina estaba
levantada y vestida. Sentada cerca de la enrejada
ventana leía en apariencia, pero su pensamiento
estaba muy lejos del libro. Se había situado de
manera que los guardias pudieran ver su cabeza
bañada por la luz de la mañana.
El guardia Gilbert entreabrió la puerta y la miró
en silencio; ella percibió un leve chirrido, pero no se
volvió. Gilbert llamó a su compañero para que
mirara a la prisionera.
—Mira qué pálida está —dijo—; sus ojos
enrojecidos delatan su sufrimiento; se diría que ha
llorado.
—Sabes muy bien que la viuda Capeto no llora
jamás —dijo Duchesne—. Es demasiado orgullosa
para eso.
—Entonces, es que está enferma —dijo Gilbert.
—Dime, ciudadana Capeto —dijo alzando la
voz—, ¿estás enferma?
La reina alzó lentamente los ojos, y su mirada se
fijó clara e interrogadora en los dos hombres.
—¿Se dirigen a mí, señores? —preguntó con
voz llena de dulzura, porque había creído percibir un
matiz de interés en el acento del que le había
dirigido la palabra.
—Sí, ciudadana; es a ti —respondió Gilbert—;
te preguntamos si estás enferma.
—¿Por qué?
—Porque tienes los ojos enrojecidos y estás
muy pálida.
María Antonieta explicó que su mal aspecto se
debía a que no había podido dormir en toda la noche
a causa del olor producido por el tabaco que fumaba
Gilbert.
—¡Ah, es eso! —exclamó Gilbert, turbado a
causa de la dulzura con que la reina le había
hablado—. ¿Y por qué no lo has dicho?
—Porque no he creído tener el derecho de
alterar sus costumbres, señor.
—Bien; no volverás a ser incomodada, al menos
por mí —dijo Gilbert arrojando su pipa, que fue a
romperse contra el suelo—; porque no fumaré más.
Los dos hombres salieron de la habitación y
Gilbert dijo:
—Es posible que se le corte la cabeza; eso es
asunto de la nación; pero, ¿por qué hacer sufrir a
esta mujer? Nosotros somos soldados, y no verdugos
como Simon.
—Eso que has hecho es un poco aristocrático,
compañero —dijo Duchesne sacudiendo la cabeza.
—¿A qué llamas tú aristocrático? Vamos,
explícamelo.
—Llamo aristocrático a todo lo que veja a la
nación y causa placer a sus enemigos.
—Así, que según tú, ¿yo vejo a la nación porque
no sigo ahumando a la viuda Capeto? ¡Vamos!
Tengo muy presente mi juramento a la patria: «No
dejar evadirse a la prisionera, no dejar que nadie se
acerque a ella, evitar cualquier correspondencia que
quisiera mantener, y morir en mi puesto.» Eso es
todo lo que he prometido y lo cumpliré. ¡Viva la
nación!
—Yo no te vigilo, al contrario; pero sentiría que
te comprometieses.
—¡Schiis! Viene alguien.
La reina no había perdido una palabra de esta
conversación, pese a que se había mantenido en voz
baja. El ruido que había atraído la atención de los
dos guardianes era el de varias personas que se
aproximaban a la puerta. Esta se abrió y entraron dos
municipales, seguidos por el portero y varios
carceleros. Preguntaron por la prisionera, Gilbert
abrió la puerta y se la mostró.
—Ha llegado la inspección del ayuntamiento,
ciudadana Capeto.
—Está bien, está bien —dijeron los
municipales, apartando a Gilbert y Duchesne y
entrando donde estaba la reina—; no hacen falta
tantos miramientos.
La reina no levantó la cabeza, y se hubiera
podido creer, a causa de su impasibilidad, que no
había visto ni oído lo que acababa de ocurrir, y que
se creía sola.
Los delegados del ayuntamiento observaron
minuciosamente todos los detalles de la habitación,
inspeccionaron el revestimiento de la habitación, la
cama, los barrotes de la ventana que daba al patio de
mujeres y, tras recomendar a los guardias la más
estricta vigilancia, salieron sin haber dirigido la
palabra a María Antonieta, y sin que ella hubiera
parecido apercibirse de su presencia.
XIII
LA ANTESALA DEL PALACIO DE
JUSTICIA
EL CIUDADANO THEODORE
EL CIUDADANO GRACCHUS
Hacia el final de esa misma jornada, un hombre
vestido con una casaca gris, con la cabeza cubierta
por espesos cabellos negros, y sobre ellos uno de
esos espesos gorros de pelo con que se distinguían
los patriotas exagerados, se paseaba por la sala tan
filosóficamente llamada de los Pasos Perdidos9, y
parecía muy interesado en las idas y venidas de la
gente.
Nuestro feroz paseante era de pequeña talla, y
enarbolaba en su mano negra y sucia uno de esos
garrotes a los que se llamaba constitución. Su
aspecto terrible causaba gran inquietud a algunos
grupos de leguleyos que disertaban sobre los asuntos
públicos, y examinaban de reojo su gran barba
negra, sus ojos verdosos incrustados en las cejas
espesas como brochas, y se estremecían cada vez
que en su paseo, el terrible patriota se aproximaba a
ellos.
Este terror se debía sobre todo a que, cada vez
que habían intentado aproximarse a él o le habían
mirado demasiado atentamente, el hombre había
hecho resonar sobre las baldosas su pesado garrote,
9 Nombre que recibe en Francia la antesala del Palacio de Justicia.
paseando obstinadamente de un lado a otro de la
sala.
Poco después llegó otro patriota semejante en
todo al primero y que, lo mismo que él, comenzó a
pasear por la sala de un lado a otro. Los dos hombres
paseaban en sentido contrario, cruzándose en el
centro de la sala. Al encontrarse frente a frente por
segunda vez, el primer patriota exclamó:
—¡Pardiez! ¡Si es el ciudadano Simon!
—El mismo. Ahora bien, ¿qué quieres del
ciudadano Simon y, ante todo, quién eres tú?
—¡Es que quieres aparentar no reconocerme!
—En absoluto; y tengo una excelente razón para
ello: que no te he visto nunca.
—¡Vamos! ¿Es que no vas a reconocer a quien
tuvo el honor de llevar la cabeza de la Lamballe?
—¿Tú?
—¿Te asombras? Ciudadano, te creía más
experto en amigos… fieles. Me das pena.
—Lo que has hecho ha estado muy bien —dijo
Simon—; pero yo no te conocía.
—Es más ventajoso guardar al Capeto pequeño,
se está más a la vista; porque yo te conozco y te
aprecio.
Simon le dio las gracias y le preguntó cómo se
llamaba, para poder hablar de él en el club.
—Me llamo Théodore.
—¿Y después?
—Eso es todo; ¿es que eso no te basta?
—Por supuesto... ¿A quién esperas, ciudadano
Théodore?
Théodore contestó que esperaba a un amigo ante
el que iba a denunciar una nidada de aristócratas.
Simon le preguntó cómo se llamaban, pero el otro
replicó que sólo se lo diría a su amigo.
—Haces mal, porque aquí llega el amigo a
quien espero, el cual me parece que conoce bastante
bien el procedimiento para arreglar rápidamente tu
asunto, ¿no?
—¡Fouquier-Tinville! —exclamó el primer
patriota.
—Nada menos que él, querido amigo.
—Eso es estupendo.
—Sí: es estupendo... Buenos días, ciudadano
Fouquier.
—Buenos días, Simon —dijo Fouquier—, ¿qué
hay de nuevo?
—Muchas cosas. Para empezar, una denuncia
del ciudadano Théodore, aquí presente, que es quien
ha llevado la cabeza de la Lamballe.
—¿Tú has llevado la cabeza de la Lamballe? —
preguntó Fouquier con una pronunciada expresión
de duda.
—Yo; por la calle Saint-Antoine.
—Pues yo conozco a uno que presume de haber
sido él.
—Y yo conozco a diez —replicó Théodore—;
pero como ellos piden algo y yo no pido nada,
espero tener preferencia
—Tienes razón, y si tú no fuiste, deberías haber
sido Ahora, haz el favor de dejarme, que Simon
tiene algo que decirme.
Théodore se disponía a alejarse, pero Simon le
retuvo y pidió a Fouquier que escuchara la denuncia
que tenía que hacer el hombre, explicándole que se
trataba de una nidada de aristócratas.
—Habla enhorabuena; ¿de qué se trata?
—Casi nada: el ciudadano Maison-Rouge y
algunos amigos.
Fouquier pensaba que Maison-Rouge no estaba
en París y dijo a Théodore que se equivocaba; pero
el hombre alegó que él mismo le había visto en la
calle Grande-Truanderie. Fouquier dijo que le
perseguían cien hombres y no se atrevería a
mostrarse públicamente.
—Era él —dijo el patriota—; alto, moreno,
fuerte como tres y barbudo como un oso.
—Otro disparate —dijo—. Maison-Rouge es
pequeño, delgado y no tiene un pelo en la barba.
A continuación, agradeció a Théodore su buena
intención y preguntó a Simon qué había de nuevo.
Simon contestó que el niño se encontraba bien y se
doblegaba a su entera voluntad.
—¿Crees que podrá testimoniar en el proceso de
Antonieta?
—No lo crea, estoy seguro.
Théodore, que se había alejado algunos pasos,
estaba apoyado en un pilar y trataba de escuchar la
conversación de los dos hombres.
—Reflexiona bien —dijo Fouquier—, no vayas
a hacer que la comisión quede en ridículo. ¿Estás
seguro que hablará el Capeto?
—Dirá todo lo que yo quiera.
—Es muy importante lo que aseguras, Simon.
Esta confesión del niño será mortal para la madre.
—Cuento con ello, ¡pardiez!
—Nunca se habrá visto nada parecido desde las
confidencias que Nerón hacía a Narciso —murmuró
Fouquier con voz opaca—. Una vez más, reflexiona,
Simon.
—Se diría que me tomas por un bruto,
ciudadano; siempre me repites lo mismo. Veamos,
escucha esta comparación: ¿cuándo meto un cuero
en agua, se vuelve flexible?
—Pues... no sé —contestó Fouquier.
—Se vuelve flexible. Bien; pues el pequeño
Capeto se vuelve en mis manos tan flexible como el
cuero más empapado. Tengo mis procedimientos
para ello.
—Está bien —balbució Fouquier—. ¿Eso es
todo lo que tenías que decirme?
—Todo... Se me olvidaba: aquí tienes una
denuncia.
Fouquier leyó el trozo de papel que le entregó
Simon y dijo:
—Todavía con tu ciudadano Lorin: debes odiar
mucho a este hombre.
—Siempre le encuentro enfrentado a la ley.
Ayer por la tarde a dicho «adiós, señora» a una
mujer que le saludaba desde una ventana. Mañana
espero poder decirte algo sobre otro sospechoso:
Maurice, el que era municipal en el Temple cuando
el asunto del clavel rojo.
Fouquier dijo a Simon que fuera más preciso, le
tendió la mano y le dio la espalda con una prisa que
decía muy poco en favor del zapatero.
—¿Qué quieres que precise? Se ha guillotinado
a quienes habían hecho menos.
—Paciencia —respondió Fouquier con
tranquilidad—; no se puede hacer todo a la vez.
Cuando se alejó Fouquier, Simon buscó con la
mirada al ciudadano Théodore para consolarse con
él, pero no le vio en la sala. Apenas se marchó
Simon, volvió a aparecer Théodore, acompañado por
un escribano.
—¿A qué hora se cierran las rejas? —preguntó
Théodore.
—A las cinco.
—¿Y qué se hace aquí después?
—Nada, la sala está vacía hasta el día siguiente.
—¿La palanca y las pistolas están en la caseta?
—Sí, bajo la alfombra.
—Vuelve a casa... A propósito, enséñame la
sala de ese tribunal cuya ventana no está enrejada y
da a un patio cerca de la plaza Dauphine.
—A la derecha entre los pilares, bajo el farol.
—Bien. Vete y ten dispuestos los caballos en el
sitio indicado.
—¡Buena suerte, señor, buena suerte! ¡Cuente
conmigo!
—Ahora es el momento... nadie mira... abre tu
caseta.
—Ya está, señor; rogaré por usted.
—No es por mí por quien hay que rogar. Adiós.
Y el ciudadano Théodore se deslizó hábilmente
en la caseta. El digno escribano retiró la llave de la
cerradura, se colocó sus papeles bajo el brazo y
abandonó la sala.
La noche había envuelto en su velo grisáceo la
inmensa sala. Los únicos ruidos que se oían eran el
roer y el galopar de las ratas. A veces podía
escucharse el ruido lejano de un coche o vagos
crujidos de llaves, que parecían surgir del subsuelo.
En medio del silencio casi solemne se oyó un
débil chirrido: la puerta de una caseta de escribano
giró sobre sus goznes y una sombra se deslizó en la
sala.
El patriota que se hacía llamar Théodore rozó
las baldosas con pasos muy leves. Llevaba en la
mano derecha una pesada palanca de hierro, y con la
izquierda se colocaba en la cintura una pistola de dos
tiros.
Avanzó unos pasos, contando las baldosas; por
último se detuvo y reflexionó:
«Algunos dirán que es un proyecto temerario;
pero, para mí, no se trata tan sólo de salvar a la
reina, ante todo es a la mujer, a quien quiero salvar.
«Levantar la losa no es nada: en tres minutos
estoy en su habitación, y en otros cinco habré
levantado la piedra que cierra el hogar de la
chimenea. Probablemente acudan sus dos
guardianes. Bien; dos hombres suponen dos tiros o
dos golpes con la palanca.
El ciudadano Théodore apoyó resueltamente su
palanca entre dos losas. En ese momento, una luz se
deslizó sobre las baldosas y un ruido repetido por el
eco de la bóveda, hizo volver la cabeza al
conspirador, que volvió a la caseta de un salto.
Escuchó unas voces lejanas. Miró por una
abertura de la caseta y vio a un hombre con
uniforme militar, provisto de un enorme sable que
golpeaba en las baldosas; después un hombre que
llevaba una regla en la mano y rollos de papel bajo
el brazo; un tercero, con una gruesa pelliza de lana y
un gorro forrado; y por último, otro con zuecos y
casaca.
—Una ronda —murmuró Théodore—. ¡Bendito
sea Dios! Diez minutos más tarde y estaba perdido.
Reconoció a Santerre y a Richard; el hombre de
los zuecos y la casaca seguramente sería un
carcelero; pero no pudo reconocer al hombre de la
regla y los rollos de papel, ni deducir qué hacían allí
a tales horas.
Théodore se arregló el gorro y la peluca, que se
le habían descolocado en su precipitación por volver
a la caseta, y prestó atención. Escuchó la voz de
Santerre, que decía:
—Ya estamos en la antesala. Ahora eres tú
quien debe guiarnos, ciudadano arquitecto, y trata de
que tu revelación no sea una pamema. ¿Tú qué
opinas, ciudadano Richard?
—Yo nunca he dicho que no hubiera un
subterráneo en la Conserjería; pero ahí está
Gracchus, que es carcelero desde hace diez años y
conoce la Conserjería como la palma de su mano; y
sin embargo, ignora la existencia del subterráneo de
que habla el ciudadano Giraud.
Théodore tembló de pies a cabeza al escuchar
esas palabras.
El arquitecto extendió su rollo de papel, se puso
las gafas y se arrodilló ante un plano que examinó a
la temblona claridad del farol que sostenía Gracchus.
—Me temo que el ciudadano Giraud lo ha
soñado —dijo Santerre.
—Vas a ver, ciudadano general —dijo el
arquitecto.—; vas a ver si soy un soñador; espera,
espera.
Después hizo sus cálculos y dijo:
—Ya tengo el sitio; y si me equivoco en un pie,
puedes decir que soy un ignorante.
El arquitecto pronunció estas palabras con tal
seguridad que heló de espanto al ciudadano
Théodore.
El arquitecto señaló en el plano una losa
movible a trece pies del muro desde la que arrancaba
una escalera, al final de ésta se abría un subterráneo
que iba hasta la oficina del tribunal, pasando bajo el
calabozo de la reina.
—¿Y dices que, una vez en el subterráneo, si se
avanza cincuenta pasos de tres pies, se encuentra
uno bajo las oficinas del tribunal? —preguntó
Santerre.
—No sólo bajo las oficinas, sino que diré en qué
parte de éstas: bajo la estufa.
—Es curioso —dijo Gracchus—. En efecto,
cada vez que dejo caer un madero en ese sitio, la
piedra resuena.
—Si encontramos lo que dices, reconoceré que
la geometría es algo importante.
—Pues reconócelo, ciudadano Santerre, porque
te voy a mostrar la escalera —dijo el arquitecto.
El ciudadano Théodore se hundió
nerviosamente las uñas en la carne.
El arquitecto tomó su regla, contó las toesas, y
cuando estuvo seguro de sus cálculos, golpeó en una
baldosa.
—Aquí es, ciudadano general; estoy seguro.
Levantemos esta baldosa, baje al subterráneo
conmigo, y le probaré que dos hombres, que uno
solo inclusive, podría liberar a María Antonieta una
noche sin que nadie lo sospechara.
Un murmullo de temor y admiración recorrió el
grupo y fue a morir en el oído del ciudadano
Théodore, que parecía convertido en estatua.
El arquitecto dijo que si se colocaba una reja en
el pasillo subterráneo, en un punto anterior al
calabozo de la reina, no se corría peligro.
—Has tenido una idea sublime, ciudadano
Giraud —dijo Santerre.
—Ahora, levanta la baldosa —dijo el arquitecto
al ciudadano Gracchus que, junto al farol, traía una
palanca.
El ciudadano Gracchus puso manos a la obra, y
al cabo de un instante la baldosa estaba fuera de su
sitio, quedando a la vista la escalera que se perdía en
las profundidades.
—¡Otra nueva tentativa abortada! —murmuró el
ciudadano Théodore—. El cielo no quiere que ella
escape, y su causa es una causa maldita.
Durante un instante el grupo permaneció
inmóvil junto al orificio del subterráneo, mientras el
carcelero trataba de iluminarlo con su farol.
—¿Y bien? —dijo el triunfante arquitecto.
—Solamente nos falta saber a dónde conduce —
respondió Santerre.
—Sí —repitió Richard—; falta saber eso.
—Pues bien, desciende, ciudadano Richard, y
verás si no he dicho la verdad.
—Se puede hacer algo mejor que entrar por aquí
—dijo el portero—. Vamos a volver a la
Conserjería; allí levantarás la losa de la estufa, y
veremos.
—¡Muy bien! —dijo Santerre—. Vamos.
—Cuidado —dijo el arquitecto—. La baldosa
permanecerá levantada aquí y puede sugerirle la idea
a alguien.
—¿Quién diablos quieres que venga aquí a estas
horas? —dijo Santerre.
—Además —replicó Richard—, esta sala está
desierta, y con dejar aquí a Gracchus será suficiente.
Quédate aquí, ciudadano Gracchus, y vendremos a
reunirnos contigo por el otro lado del subterráneo.
Gracchus aceptó; Santerre le preguntó si estaba
armado y él dijo que tenía el sable, tras de lo cual
salieron los tres hombres, encaminándose hacia la
Conserjería.
El carcelero posó su farol en el suelo, se sentó
con las piernas colgando en las profundidades del
subterráneo y se puso a soñar. De pronto, cuando
estaba en lo más profundo de su ensueño, notó el
peso de una mano que caía sobre su hombro. Se
volvió, vio una figura desconocida y quiso gritar;
pero en el mismo instante una pistola se apoyó en su
frente.
—Ni una palabra o eres muerto —dijo el recién
llegado.
—¿Qué quiere usted, señor? —balbució el
carcelero.
—Quiero que me dejes entrar ahí —respondió
Théodore.
Y luego, al ver una luz de inteligencia en la
mirada de su interlocutor, le preguntó si rehusaría
hacerse rico. El carcelero respondió que nadie se lo
había propuesto nunca.
—Comenzaré yo —dijo Théodore—. Cincuenta
mil libras en oro valen hoy una fortuna. Pues bien, te
ofrezco cincuenta mil libras.
—¿Por dejarle entrar ahí?
—Sí, pero a condición de que vengas conmigo y
me ayudes en lo que voy a hacer.
—¿Y qué hará usted? Dentro de cinco minutos
ese subterráneo estará repleto de soldados que le
arrestarán.
Théodore le preguntó si podrían entrar al día
siguiente, y el carcelero contestó que sí, aunque para
entonces estaría instalada una reja en mitad del
subterráneo.
—Entonces, hay que encontrar otra cosa —dijo
Théodore.
—Sí, hay que encontrar otra cosa —dijo el
carcelero—. Busquemos.
El ciudadano Gracchus había utilizado el plural
para expresarse, lo que significaba que ya existía una
alianza entre él y Théodore. Este le hizo algunas
preguntas, hasta enterarse de que su ocupación en la
Conserjería consistía en abrir y cerrar puertas, y que
en sus horas libres hacía la corte a la dueña de la
taberna Puits-de-Noé, que le había prometido
casarse con él cuando tuviera mil doscientos francos.
—¿Dónde está la taberna Puits-de-Noé?
—Cerca de la calle Vieille-Draperie.
—Muy bien.
—¡Schiist!, señor. ¿Oye usted?
—Sí... pasos.
—Vuelven. Ya ve que no hubiéramos tenido
tiempo.
—Eres un buen muchacho, ciudadano, y me
parece que estás predestinado a hacerte rico.
—¡Dios le oiga!
—¿Crees en Dios?
—A veces. Hoy, por ejemplo...
—Cree en El—dijo el ciudadano Théodore
poniendo diez luises en la mano del carcelero.
—¡Diablo! —dijo éste, mirando el oro a la luz
de su farol—. ¿Entonces es en serio?
—Ve mañana al Puits-de-Noé y te diré lo que
quiero de ti, ¿Cómo te llamas?
—Gracchus.
—Pues bien, ciudadano Gracchus, de aquí a
mañana hazte expulsar por el portero Richard.
—¿Expulsar? ¿Y mi plaza?
—¿Es que piensas seguir de carcelero, teniendo
cincuenta mil francos?
—No; pero siendo carcelero y pobre, estoy
seguro de no ser guillotinado; mientras que siendo
libre y rico...
—Ocultarás tu dinero y harás la corte a una
calcetera, en vez de hacérsela a la dueña del Puitsde-
Noé.
—Bien; está dicho.
—Mañana en la taberna. A las seis de la tarde.
—Eche a volar rápido, que ya están ahí... Digo
volar porque supongo que ha descendido a través de
las bóvedas.
—Hasta mañana —repitió Théodore huyendo.
El ruido de pasos y voces se acercaba, y en el
subterráneo oscuro se veía acercarse la claridad de
las luces. Théodore corrió hasta la puerta que le
había mostrado el escribano, hizo saltar la cerradura
con su palanca, abrió la ventana y se dejó caer a la
calle.
Pero antes de abandonar la sala pudo oír al
ciudadano Gracchus preguntar a Richard, y
responderle éste:
—El ciudadano arquitecto tenía razón: el
subterráneo pasa bajo la habitación de la viuda
Capeto; era peligroso.
—Ya lo creo —dijo Gracchus, que tenía
conciencia de decir una gran verdad.
Santerre reapareció en el agujero.
—¿Y sus obreros, ciudadano? —preguntó a
Giraud.
—Antes de que amanezca estarán aquí, y
durante la sesión se pondría la reja —respondió una
voz que parecía salir de las profundidades de la
tierra.
—Y tú habrás salvado a la patria —dijo
Santerre, medio guasón, medio serio.
—No sabes lo acertado que estás, ciudadano
general —murmuró Gracchus.
XIV
EL NIÑO REAL
Había comenzado a instruirse el proceso de la
reina. No faltaban medios para hacer caer esta
cabeza; no obstante, Fouquier-Tinville había
decidido aprovechar los nueve medios de acusación
que Simon había prometido poner a su disposición.
Al día siguiente del encuentro de Simon y
Fouquier en la antesala del tribunal, el general
Hanriot, seguido de varios guardias nacionales,
entraba al torreón del Temple donde languidecía el
niño real. Al lado del general iba un escribano
cargado con sus útiles de trabajo, y detrás de ellos el
acusador público. Simon, sonriendo con aire falso,
subió delante para indicar el camino a la comisión.
Llegaron a una habitación espaciosa y desnuda,
al fondo de la cual, sentado en su lecho y
perfectamente inmóvil, estaba el joven Luis.
El niño no levantó la cabeza cuando los
comisionados se acercaron y se instalaron a su
alrededor.
Algunos de los asistentes, que miraban al
pequeño con cierto interés o curiosidad, observaron
su palidez, su singular gordura, que no era otra cosa
que hinchazón, y la endeblez de sus piernas, cuyas
articulaciones empezaban a ponerse tumefactas.
—Este niño está muy enfermo —dijo el
sargento, con una seguridad que hizo volverse a
Fouquier-Tinville, sentado ya y dispuesto al
interrogatorio.
—¡Ah, eres tú, ciudadano Lorin! —dijo Simon,
llamando así la atención de Fouquier sobre el amigo
de Maurice.
Fouquier preguntó a Lorin si era médico, y el
joven contestó que no, aunque sabía algo de
medicina y encontraba hinchados los ojos y las
mejillas del niño, las manos pálidas y delgadas, las
rodillas entumecidas, y aseguró que su pulso sería de
ochenta y cinco a noventa pulsaciones por minuto.
—¿Y a qué puede atribuir la ciencia el estado
del prisionero? —preguntó Fouquier.
—Ciudadano —contestó, Lorin—, no conozco
lo suficiente el régimen del pequeño como para
contestarte... Sin embargo...
Simon prestó atención y rió para sí al ver a su
enemigo tan cerca de comprometerse.
—Sin embargo —continuó Lorin—, creo que no
hace bastante ejercicio.
—También lo creo yo —dijo Simon—; pero
este miserable no quiere andar.
El niño permaneció insensible al apóstrofe del
zapatero. Fouquier se levantó y se acercó a Lorin, al
que habló en voz baja. Nadie oyó las palabras del
acusador público, pero era evidente que preguntaba
algo.
—¿Tú crees, ciudadano? Eso es muy grave para
una madre...
—En todo caso, vamos a saberlo —dijo
Fouquier—; Simon pretende habérselo oído a él
mismo, y se ha comprometido a hacérselo declarar.
—Eso sería horrible —dijo Lorin—; pero es
posible: la austriaca no está exenta de pecado; a fin
de cuentas eso no me atañe... Se ha hecho de ella
una Mesalina; pero no contentarse con ello y querer
hacerla una Agripina me parece un poco fuerte, lo
confieso.
—Eso es lo que ha informado Simon —dijo
Fouquier impasible.
—No dudo de que Simon lo haya dicho... hay
hombres a los que no asusta ninguna acusación, ni
siquiera las imposibles... Pero, ¿no te parece que
pedir tales detalles a un niño sobre lo que las leyes
naturales le ordenan respetar, es casi insultar a la
Humanidad entera en la persona de ese niño?
El acusador no pestañeó; sacó una nota de su
bolsillo y se la mostró a Lorin.
—La Convención me ordena informar —dijo—;
el resto no me atañe. Además, no procedemos
únicamente con la denuncia de Simon, la acusación
es pública.
Y Fouquier sacó del bolsillo otro papel: era un
número de la hoja llamada El padre Duchesne, que
como se sabe redactaba Hebert.
Lorin dijo que, pese a todo, dudaba de la
veracidad de tal acusación. Fouquier dio por
terminado el diálogo y se dispuso a comenzar el
interrogatorio.
—Capeto —dijo—, ¿sabes en qué se ha
convertido tu madre?
El pequeño Luis pasó de una palidez marmórea
a un rojo brillante.
—¿Me has oído, Capeto? —repitió el acusador.
El niño continuó guardando silencio.
—Oye muy bien —dijo Simon—; pero hace
como los monos: no quiere responder por temor a
que se le tome por un hombre y se le haga trabajar.
—Responde, Capeto —dijo Hanriot—; te
interroga la comisión de la Convención y debes una
total obediencia a las leyes.
El niño palideció, pero no respondió.
—¡Quieres responder, lobezno! —dijo Simon,
mostrándole el puño.
—Cállate, Simon —dijo Fouquier—; no tienes
la palabra.
—¿Te quería tu madre, Capeto? —preguntó
Fouquier. Silencio.
—Se dice que no —continuó el acusador.
Algo parecido a una pálida sonrisa pasó por los
labios del niño.
—Pero yo le digo que él me ha dicho que ella le
quería demasiado —gritó Simon.
—Ya ves, Simon —dijo Lorin—; es
desagradable que el pequeño, tan charlatán a solas
contigo, se quede mudo ante la gente.
—¡Si estuviéramos solos! —dijo Simon.
—Capeto —dijo Fouquier—, ¿has hecho alguna
confidencia a Simon sobre tu madre?
—¡Responde sí o no! —exclamó Simon.
Simon amenazó al niño con su correa, pero
Lorin le sujetó el brazo antes de que pudiera
golpearle.
—Veamos —dijo Fouquier—; no hay nada de
malo en que una madre quiera a su hijo; dinos cómo
te quería tu madre, Capeto. Esto puede serle útil.
—Me quería como una madre ama a su hijo,
señor —dijo—; no hay dos maneras de amar las
madres a sus hijos ni los hijos a su madre.
—Pues yo sostengo, pequeña serpiente, que tú
me has dicho que tu madre...
—Lo habrás soñado —interrumpió Lorin
tranquilamente—; debes tener pesadillas muy a
menudo, Simon.
—Lorin, Lorin —gruñó Simon.
—Sí, Lorin. No hay modo de golpearle: es él
quien golpea a los otros cuando son ruines; no hay
manera de denunciarle, porque lo que acaba de hacer
al sujetar tu brazo, lo ha hecho ante el general
Hanriot y el ciudadano Fouquier, que no son tibios y
lo aprueban. No hay manera de hacerle guillotinar
como a Héloïse Tison; es molesto, incluso
indignante, pero es así mi buen Simon.
—Espera, espera —dijo Simon con su ironía de
hiena.
—Sí, querido amigo —dijo Lorin—; pero
espero, con la ayuda del Ser Supremo y de mi sable
haberte destripado previamente; apártate, Simon que
no me dejas ver.
—Ahora que ha empezado a hablar, continuará,
sin duda —dijo Hanriot—. Sigue, ciudadano
Fouquier.
—¿Quieres responder ahora? —preguntó
Fouquier.
El niño volvió a su mutismo.
—¡Lo ves, ciudadano, lo ves! —dijo Simon.
—Es extraña la obstinación de este niño —dijo
Hanriot.
—Está mal enseñado —dijo Lorin.
—¿Por quién? —preguntó Hanriot.
—Por su patrón.
—¿Me acusas? —exclamó Simon—, ¿me
denuncias?. ¡Ah! es curioso...
—Probemos con dulzura —dijo Fouquier; y
volviéndose al niño, que parecía completamente
insensible—. Veamos hijo mío, responde a la
comisión nacional; no agraves su situación
rehusando aclaraciones útiles; has hablado al
ciudadano Simon de las caricias que te hacía tu
madre, de cómo te acariciaba, de la manera de
quererte.
Luis paseó por la asamblea una mirada que se
volvió venenosa al detenerse en Simon, pero no
respondió.
—¿Se siente desgraciado? —preguntó el
acusador— ¿se encuentra mal alojado, mal
alimentado, mal tratado? ¿quiere más libertad, otra
comida, otra prisión, otro guardián?, ¿quiere un
caballo para pasearse?, ¿quiere que se le autorice la
compañía de niños de su edad?
Luis volvió a caer en el profundo silencio del
que no había salido más que para defender a su
madre.
La comisión estaba suspensa por el asombro;
tanta firmeza y tanta inteligencia eran increíbles en
un niño.
—¡Estos reyes, qué gente! —dijo Hanriot en
voz alta— son como los tigres: son maliciosos desde
pequeños.
—¿Cómo redactar el proceso verbal? —
preguntó, embarazado, el escribano.
—No hay más que encargarle a Simon —dijo
Lorin—; no hay nada que escribir, esto hará sus
delicias.
Simón mostró el puño a su implacable enemigo.
Lorin se echó a reír.
—No reirás así el día en que estires la pata —
dijo Simon, loco de furor.
—No sé si te precederé o te seguiré en la
ceremonia con que me amenazas —dijo Lorin—;
pero si sé que son muchos los que reirán cuando te
llegue la vez. ¡Dioses!... he dicho dioses, en plural...
¡dioses! Estarás feo ese día, Simon, estarás
horroroso.
Y Lorin se retiró tras la comisión con una
carcajada.
La comisión no tenia nada que hacer y salió.
En cuanto al niño, una vez libre de sus
interrogadores, se puso a canturrear un estribillo
melancólico que era la canción favorita de su padre.
XV
EL RAMO DE VIOLETAS
La paz no podía durar mucho tiempo en el nido
de felicidad que cobijaba a Geneviève y Maurice. La
joven salía de un sobresalto para caer en otro; no
temblaba por Maison-Rouge, sino por Maurice.
La joven conocía lo suficiente a su marido para
saber que, desde el momento en que había
desaparecido, es que estaba a salvo; segura de su
salvación, temblaba por sí misma; y aunque no se
atrevía a confesar sus penas, éstas aparecían
manifiestas en sus ojos enrojecidos y sus labios
descoloridos.
Un día, Maurice entró suavemente, sin que
Geneviève se diera cuenta; él se detuvo en el dintel y
miró con profunda tristeza a la pensativa joven.
Luego, avanzó un paso hacia ella y dijo:
—A usted ya no le gusta Francia, confiésemelo.
Huye hasta del aire que se respira y se aproxima a la
ventana con repugnancia.
Geneviève confesó que le había adivinado el
pensamiento.
—Sin embargo, es un hermoso país repleto de
actividad, que hace más dulces las horas del hogar.
Geneviève sacudió la cabeza y dijo que era un
país ingrato, y para confirmar sus palabras dijo:
—Usted que ha hecho tanto por su libertad, ¿no
es hoy medio sospechoso?
Maurice alegó que ella, sin embargo, residía
tranquila bajo el techo republicano pese a ser una
amiga jurada de la libertad.
—Sí, pero esto no durará mucho, porque lo que
es injusto no puede durar. Quiero decir que una
aristócrata como yo, que sueña disimuladamente la
ruina de su partido y sus ideas, que conspira hasta en
su casa la vuelta del antiguo régimen, que le
condena a la muerte y a la vergüenza, no
permanecerá aquí como el genio maléfico de la casa,
ni le conduciré al cadalso. Así que, un día que usted
haya salido, iré a denunciarme a mí misma sin decir
de dónde llego. No he querido que mi hermano fuera
capturado como un rebelde y no quiero que mi
amante sea capturado y ejecutado como un traidor.
—¿Usted hará eso, Geneviève? —exclamó
Maurice.
—Tan cierto como que hay un Dios en el cielo.
Por otra parte, el temor es lo de menos, lo
importante son los remordimientos.
Maurice le dijo que, por ella, estaba dispuesto a
abandonar Francia. Geneviève juntó las manos y
miró a su amante con una expresión de admiración
entusiasta.
—¿No me engaña? —balbució.
—¿Cuándo la he engañado?, ¿el día en que me
he deshonrado por conseguirla?
Geneviève aproximó sus labios a los de Maurice
y permaneció abrazada al cuello de su amante.
—Tienes razón, Maurice —dijo—; era yo quien
se engañaba. Lo que siento no son remordimientos;
quizás es una degradación de mi alma; pero al
menos tú lo comprenderás, porque te amo
demasiado para tener otro sentimiento que no sea el
temor a perderte. Vámonos muy lejos, amigo mío;
vámonos adonde nadie pueda encontrarnos. Pero,
¿cómo huir?
—Escucha: el dos de septiembre quise hacer
una buena acción. Deseaba salvar a un pobre
sacerdote que había estudiado conmigo, y le pedí a
Danton un pasaporte para el sacerdote y su hermana.
Danton me los envió; pero el infeliz sacerdote, en
vez de venir a mi casa se encerró en los Carmelitas y
allí murió. El pasaporte lo he conservado. Dentro de
una hora partiremos hacia Abbeville, a casa de un
viejo servidor de mi familia en quien podemos
confiar.
—No es preciso que se sepa que nos vamos.
—No lo sabrá nadie. Yo voy a pedir su cabriolé
a Lorin, mientras tú preparas todo para la marcha.
Necesitamos poco equipaje, y lo que nos falte lo
compraremos en Inglaterra.
—Pero, ¿y si se nos detiene en el camino?
—¿No tenemos nuestro pasaporte? Iremos a
casa de Hubert, el servidor de mi familia, que es
miembro de la municipalidad de Abbeville; él nos
acompañará hasta Boulogne, donde fletaremos un
bote. Podría pasarme por el comité y hacer que me
dieran una misión para Abbeville. Pero no, nada de
supercherías, ¿verdad Geneviève? Ganemos nuestra
felicidad arriesgando nuestra vida.
—Sí, sí, amigo mío, lo lograremos. ¡Qué
perfumado estás esta mañana!
—Es cierto. Al pasar ante el Palacio-Igualdad
había comprado para ti un ramo de violetas. Pero al
llegar aquí y verte tan triste, sólo he pensado en
preguntarte las causas de esa tristeza.
Geneviève le pidió el ramo y aspiró su aroma
con ansiedad. Pero, de pronto, las lágrimas
humedecieron sus ojos. Maurice le preguntó qué le
ocurría, y la joven murmuró:
—¡Pobre Héloïse!
Maurice le aconsejó que no pensara en los
muertos y se dispuso a salir hacia el domicilio de
Lorin, dio un paso hacia la puerta y se detuvo al oír
que Geneviève le llamaba. Se volvió y vio a la joven
con los brazos tendidos hacia él.
—Hasta luego, amor mío —dijo—; sé valiente;
dentro de media hora estaré de vuelta.
Geneviève se quedó sola y empezó a disponer
los objetos indispensables para el viaje. Ya había
hecho su elección, y lo tenía todo repartido sobre los
muebles, a la espera de los cofres donde lo
guardaría, cuando escuchó el chirrido de la llave en
la cerradura. Pensó que se trataría del criado de
Maurice y continuó con su tarea. Las puertas del
salón estaban abiertas y escuchó ruido en la antesala.
—Scévola —llamó.
—Aquí estoy—dijo una voz.
Al oírlo, Geneviève se volvió y lanzó un grito
terrible:
—¡Mi marido!
—El mismo —dijo con calma Dixmer.
Geneviève estaba subida en una silla, tratando
de coger algo de un armario; sintió que la cabeza le
giraba y se dejó caer. Dixmer la cogió en sus brazos
y la sentó en un canapé.
—¿Qué tiene usted, querida? —preguntó
Dixmer—. ¿Tan desagradable efecto le produce mi
presencia?
La pobre mujer comprendía todas las amenazas
que ocultaba Dixmer bajo la calma que aparentaba.
—Sí, mi querida niña, soy yo —continuó el
curtidor—; quizá me creía muy lejos de París, pero
me he quedado aquí. Al día siguiente de abandonar
la casa, he vuelto y me he encontrado un montón de
cenizas. He preguntado por usted, pero nadie la
había visto. Entonces, me he puesto a buscarla, y
confieso que ha sido doloroso encontrarla. Nunca
hubiera creído que viviera aquí, aunque lo
sospechaba. ¿Cómo se porta Maurice? Supongo que
una realista como usted habrá sufrido mucho estando
forzada a vivir bajo el mismo techo que un
republicano tan fanático. Me consuela verla tan bien
alojada. En cambio yo, tras el incendio de nuestra
casa he errado a la aventura, alojándome en los sitios
más miserables. No es que me faltara el dinero; a
Dios gracias, llevo encima treinta mil francos de oro;
pero he tenido que disfrazarme de carbonero, de
pescador y de trapero. Hoy soy un patriota. Un
proscrito no circula por París tan fácilmente como
una mujer joven y guapa; y yo no tengo la suerte de
conocer a un republicano ardiente que me pueda
esconder de todas las miradas.
—Señor, tenga piedad de mí —exclamó
Geneviève—; ya ve que me muero.
—De inquietud; ya lo comprendo; ha estado
muy inquieta por mí; pero consuélese, aquí me tiene;
he vuelto y no nos abandonaremos nunca.
—¡Me va a matar! —exclamó Geneviève.
—¡Matar a una mujer inocente! Señora, ¿qué
dice usted? El disgusto que le ha causado mi
ausencia le ha hecho perder su espíritu.
—Señor, le suplico que me mate antes que
torturarme con tan crueles ironías. Yo no soy
inocente; soy criminal y merezco la muerte.
Máteme, señor, máteme.
—¿Confiesa que merece la muerte?
—Pégueme, señor; no gritaré; y en vez de
maldecir, bendeciré la mano que me pega.
—No, señora; no quiero pegarla. Sin embargo,
usted morirá, es probable. Sólo que su muerte, en
vez de ser ignominiosa, como usted podría temer,
será tan gloriosa como las muertes más hermosas.
Agradézcamelo, señora: la castigaré
inmortalizándola.
—Señor, ¿qué va a hacer?
—Usted proseguirá con el mismo objetivo que
antes. Para nosotros dos morirá culpable; para los
demás será una mártir.
—¡Oh, Dios mío! Me vuelve loca hablándome
así, ¿adónde me lleva?
—Probablemente, a la muerte.
—Entonces, déjeme rezar una oración.
—Me parece justo —dijo Dixmer retirándose a
la habitación de al lado—; la espero.
Dixmer salió del salón. Geneviève se arrodilló y
se puso a rezar. Luego, cortó un bucle de sus largos
cabellos, lo ató al ramo de violetas y lo colocó bajo
el retrato de Maurice.
—¿Está dispuesta, señora? —preguntó Dixmer.
—Sí —murmuró Geneviève.
—Tómese el tiempo que necesite —dijo
Dixmer—; yo no tengo prisa. Además,
probablemente Maurice no tarde en volver y estaré
encantado de agradecerle la hospitalidad que le ha
brindado.
Geneviève tembló de terror ante la idea de que
pudieran encontrarse su amante y su marido. Se
levantó como impulsada por un resorte y dijo:
—Ya he terminado, señor; estoy dispuesta.
Dixmer pasó primero, seguido por la temblorosa
Geneviève, que iba con los ojos cerrados y la cabeza
vuelta hacia atrás; subieron a un coche de punto que
esperaba a la puerta.
Como había dicho Geneviève, aquello había
terminado.
XVI
LA TABERNA PUITS-DE-NOE
EL ESCRIBANO DEL MINISTERIO DE
LA GUERRA
LAS DOS NOTAS
LOS PREPARATIVOS DE DIXMER
Al día siguiente de su aventura en la
Conserjería, Théodore se encontraba en la taberna de
Puits-de-Noé, al fondo de una sala negra y ahumada
por el tabaco y las velas, aparentando devorar un
plato de pescado. La sala estaba casi desierta y la
mayor parte de las mesas vacías. Los tres últimos
clientes desaparecieron uno tras otro y, hacia las
ocho menos cuarto, el patriota se encontró solo.
De vez en cuando lanzaba hacia la puerta
miradas de ansiosa impaciencia. Al fin sonó la
campanilla de la puerta; ésta se abrió y entró un
hombre vestido, poco más o menos como el patriota;
de su cintura colgaban un enorme manojo de llaves y
un sable de infantería.
—¡Mi sopa!, ¡mi cuartillo! —gritó el hombre
entrando en la sala.
Luego, con un suspiro de cansancio fue a
instalarse en la mesa vecina a la que ocupaba nuestro
patriota.
La dueña de la taberna se levantó para servir al
recién llegado. Los dos hombres se daban la espalda
y no cambiaron una sola palabra hasta que no
desapareció la mujer. Cuando se cerró la puerta, el
patriota dijo a su compañero sin volver la cabeza:
—Buenas tardes.
—Buenas tardes, señor —contestó el otro.
El patriota le preguntó cómo estaban las cosas, y
su compañero contestó que había discutido con
Richard a causa del servicio.
—Le he dicho —explicó—que la falta de aire
me producía desvanecimientos, y el servicio de la
Conserjería en la actualidad, con cuatrocientos
prisioneros, me mataba, La tía Richard me ha
compadecido, pero él me ha puesto en la calle.
Entonces, la tía Richard, que es una buena mujer, le
ha reprochado su falta de corazón con un padre de
familia, y él ha dicho que la primera condición de un
carcelero era permanecer en la prisión a la que
estaba destinado, que la República no bromeaba y le
cortaba el cuello a quienes sufrían desvanecimientos
en el ejercicio de sus funciones. En fin, señor; me he
puesto a gemir, diciendo que me sentía muy mal, he
solicitado ir a la enfermería y he asegurado que mis
hijos se morirían de hambre si se me suprimía la
paga. El ha dicho que cuando se es carcelero no se
tienen hijos. Felizmente la tía Richard ha hecho una
escena a su marido, reprochándole su mal corazón, y
él ha terminado por decirme: «Bien, ciudadano
Gracchus, ponte de acuerdo con algún amigo que
quiera reemplazarte, preséntamelo y te prometo
aceptarle. Le he dicho que buscaría y he salido.
El patriota le dijo que ya había encontrado y le
felicitó por su inteligencia, y el carcelero le advirtió
que ambos se jugaban el cuello.
—No te inquietes por el mío —dijo Théodore.
—No es el suyo el que me causa más inquietud,
señor.
—¿Es el tuyo?
—Señor, el cuello es algo muy precioso.
—No el tuyo.
—¡Cómo!, ¿el mío no?
—En este momento, al menos.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que tu cuello no vale un ardite;
porque si yo fuera un agente del comité de salud
pública, serías guillotinado mañana.
El carcelero se volvió con un movimiento
brusco; estaba pálido como un muerto.
—No te vuelvas ni palidezcas —dijo el
patriota—; termina tu sopa: no soy un agente
provocador. Hazme entrar en la Conserjería,
instálame en tu plaza, dame las llaves y mañana te
entregaré cincuenta mil libras de oro.
—¿Es cierto?
—Tienes una buena fianza: mi cabeza.
El carcelero meditó algunos segundos.
—Vamos —dijo el patriota—, no hagas
reflexiones torpes; si me denuncias, la República no
te dará una perra; si me sirves, te daré las cincuenta
mil libras.
—Ya comprendo que mi beneficio está en hacer
lo que usted me pida, pero temo las consecuencias...
—¡Las consecuencias!... ¿Qué temes? Yo no
seré quien te denuncie, al contrario.
—Sin duda.
—Al día siguiente de ocupar yo tu puesto en la
Conserjería, tú vienes a darte una vuelta por allí; te
entrego los cincuenta mil francos, y con el dinero te
doy un salvoconducto para salir de Francia. ¿Cuándo
me presentarás al tío Richard?
—Si quiere usted, esta misma noche. Diré que
es mi primo Mardoche, pantalonero de oficio.
—De pantalonero a curtidor no hay mucha
diferencia.
—¿Es usted curtidor?
—Podría serlo. ¿A qué hora me presentarás?
—Si quiere usted, dentro de media hora.
—El patriota dijo que estaba de acuerdo y
quedaron citados para las nueve delante de la
Conserjería; Théodore pagó su cuenta y salió a la
calle, pero no se alejó mucho de la taberna, y se
quedó espiando al carcelero a través de los cristales
ahumados por si entraba en contacto con algún
agente de la policía republicana.
El patriota se reunió con él en el muelle de la
Conserjería y entraron juntos en la prisión. Esa
misma noche quedó cerrado el trato, y el tío Richard
aceptó al carcelero Mardoche como sustituto del
ciudadano Gracchus.
Dos horas antes y en otra parte de la prisión,
sucedía algo que, aunque sin interés aparente, no
carecía de importancia para los principales
personajes de esta historia.
El escribano de la Conserjería se disponía a
cerrar sus libros de registro, cuando se presentó en
su oficina un hombre acompañado por la ciudadana
Richard.
—Ciudadano escribano —dijo la mujer—, éste
es su colega del ministerio de la Guerra, que viene
para realizar algunos asientos militares por orden del
ciudadano ministro.
El escribano dijo a su colega que llegaba un
poco tarde, pues él se disponía a marcharse; pero el
recién llegado alegó que en el ministerio estaban tan
ocupados que sólo podían salir a ratos perdidos. Tras
escuchar estos argumentos, el otro dijo que se diera
prisa en hacer lo que fuera, porque era la hora de
cenar y él tenía hambre. A continuación le pidió el
permiso.
—Aquí está —dijo el escribano del ministerio
de la Guerra, mostrando una cartera que su colega
examinó con escrupulosa atención.
El escribano del ministerio de la Guerra
esperaba pacientemente.
—Todo está correcto —dijo el escribano de la
Conserjería—. Puede empezar cuando quiera.
¿Tiene que hacer muchos asientos?
—Cien.
—¿Entonces tiene para varios días?
—Desde luego, querido colega; en cierto modo
es como si me fuera a establecer en su oficina; pero,
puesto que usted tiene hambre, podemos cenar
juntos y esto se lo explicaré por el camino. Así podrá
conocer a mi mujer, que es una buena cocinera; y
también me conocerá a mí, que soy una buena
persona.
—Esa impresión me da; sin embargo, querido
colega...
—Acepte sin escrúpulos las ostras que compraré
al pasar por la plaza Châtelet, un pollo de nuestro
asador, y dos o tres platitos que la señora Durand
hace a la perfección.
—Me tienta usted —dijo el escribano,
deslumbrado por el menú.
—Entonces, ¿acepta?
—Acepto.
—En ese caso, dejemos el trabajo para mañana;
¿vamos?
—Al instante; permítame primero que vaya un
momento para prevenir a los guardias que vigilan a
la austriaca.
—¿Por qué los previene?
—Para que sepan que he salido y no queda
nadie en la oficina; así, cualquier ruido les será
sospechoso.
—¡Ah, muy bien! ¡Excelente precaución!
El escribano de la Conserjería llamó en un
portillo, y uno de los guardias abrió diciendo:
—¿Quién es?
—Yo, el escribano; me voy, ¿sabe? Buenas
tardes, ciudadano Gilbert.
—Buenas tardes, ciudadano escribano.
Y el portillo volvió a cerrarse.
El escribano del ministerio de la Guerra había
observado toda la escena con la mayor atención, y
mientras estuvo abierta la puerta de la prisión de la
reina, su mirada caló rápidamente hasta el fondo del
primer compartimento: vio al guardia Duchesne
sentado a una mesa y se aseguró de que la reina sólo
tenía dos guardianes.
Al salir de la Conserjería, los dos escribanos se
cruzaron con otros dos hombres que entraban: el
ciudadano Gracchus y su supuesto primo.
Los dos nuevos amigos se encaminaron por el
puente Change.
En la esquina de la plaza Châtelet, el escribano
de ministerio de la Guerra, según el programa
anunciado, compró un canasto con doce docenas de
ostras.
El domicilio del escribano del ministerio de la
Guerra era muy sencillo: el ciudadano Durand
ocupaba tres habitaciones pequeñas en una casa sin
portero de la plaza Grève El escribano del Palacio
encontró muy de su agrado a la señora escribana del
ministerio de la Guerra.
Era una mujer atractiva, a la que daba un
poderoso interés una profunda expresión de tristeza.
Los dos escribanos cenaron con buen apetito;
sólo la señora Durand se abstuvo de comer.
Las preguntas iban y venían. El escribano del
ministerio de la Guerra preguntaba a su colega, con
notable curiosidad, por las costumbres del Palacio,
los días de juicio y los medios de vigilancia. El
escribano del Palacio, encantado de ser escuchado
con tanta atención, respondía con complacencia y
describía las costumbres de los carceleros, las de
Fouquier-Tinville, y las del ciudadano Sansón, el
principal actor de la tragedia que se desarrollaba a
diario en la plaza de la Revolución. Luego, pidió
detalles a su colega sobre el ministerio; pero éste
dijo que él no era nadie importante: era secretario
del escribano titular de la plaza, y estaba
sobrecargado de trabajo, pero sin recibir honores,
que siempre recaían en otros.
Durand preguntó a su colega si podría llevar
cada tarde a su esposa para que le ayudara en su
trabajo de la Conserjería, y el escribano del Palacio
dijo que no veía ningún inconveniente en ello.
Sonaron las once; el escribano se levantó y se
despidió de sus nuevos amigos, expresándoles el
placer que había tenido al conocerles y cenar con
ellos. El ciudadano Durand acompañó a su colega
hasta el descansillo. Al volver a la casa dijo:
—Geneviève, acuéstese.
La joven se levantó sin responder, tomó una
lámpara y pasó a la habitación de al lado. Durand, o
mejor dicho Dixmer, la vio salir, se quedó un
instante pensativo y con la frente sombría; y luego se
dirigió a su habitación, que estaba al otro lado.
A partir de entonces, el escribano del ministerio
de la Guerra acudió todas las noches a trabajar con
asiduidad en la oficina de su colega del Palacio,
ayudado por la señora Durand.
Durand examinaba todo sin, en apariencia,
prestar atención a nada. Había observado que cada
noche, a las nueve, Richard o su mujer depositaban
en la puerta un cesto de provisiones. En el momento
en que el escribano anunciaba al guardia que se iba,
Gilbert o Duchesne, uno de los dos, recogía el cesto
y se lo llevaba a María Antonieta. Un cuarto de hora
después de haber entrado el cesto lleno, uno de los
guardias sacaba a la puerta el del día anterior, ya
vacío.
La noche del cuarto día, tras la sesión habitual,
cuando el escribano del Palacio se hubo retirado y
Durand se quedó solo con su mujer, dejó caer la
pluma, se puso en pie, miró a su alrededor y avanzó
hacia el portillo con pasos cautelosos, levantó la
servilleta que cubría el cesto, y hundió en el pan
tierno un estuche de plata. Luego, pálido y
temblando por la emoción, volvió a su puesto.
—¿Es para esta noche? —le preguntó
Geneviève.
—No, es para mañana —respondió Dixmer.
Luego, cerró los libros de registro y avisó al
guardia que se marchaba. En el pasillo tropezó con
un carcelero que usaba gorro de piel. El temor asaltó
a Dixmer al pensar que el hombre podría pararle y
quizá reconocerle; se hundió el sombrero hasta los
ojos mientras Geneviève se tapaba con el mantón.
Pero se equivocaba; el carcelero, pese a haber sido él
el empujado pidió perdón.
Dixmer se estremeció al oír esta voz dulce y
educada. Pero el carcelero debía llevar prisa, porque
se deslizó por el corredor, abrió la puerta del tío
Richard y desapareció. Dixmer continuó su camino.
—Es extraño —dijo a Geneviève cuando
estuvieron en la calle.
—Sí, muy extraño —murmuró Geneviève.
Entretanto, el guardia Gilbert había recogido el
cesto de provisiones destinado a la reina, y antes de
entregárselo a María Antonieta, levantó la servilleta
y comprobó que la disposición de los objetos en el
cesto era la habitual.
La reina cogió el pan para partirlo; pero apenas
había apretado cuando sintió en sus dedos el frío
contacto de la plata. Comprendiendo que el pan
encerraba algo extraordinario, miró a su alrededor y
observó que el guardia se había retirado; todavía
permaneció inmóvil hasta asegurarse de que Gilbert
se había reunido con su compañero; entonces extrajo
el estuche del pan, abrió éste y encontró una nota
que decía:
Señora, estad preparada mañana a la hora de
recibir esta nota, porque mañana a esta hora
entrará una mujer en el calabozo de Vuestra
Majestad. Esta mujer tomará vuestras ropas y os
dará las suyas; después, saldréis de la Conserjería
del brazo de uno de vuestros más fieles servidores.
No os inquietéis por el ruido que oigáis en la
habitación de al lado; no os detengáis al oír gritos o
gemidos; ocuparos tan sólo de poneros rápidamente
la ropa y el mantón de la mujer que debe ocupar el
puesto de Vuestra Majestad.
La reina releyó la nota.
«No os detengáis al oír gritos o gemidos —
murmuró—Esto quiere decir que herirán a mis
guardianes; ¡pobre gente!, con la compasión que me
han demostrado; ¡nunca! ¡nunca! ».
Desplegó la segunda mitad de la nota, que
estaba en blanco, y como no tenía lápiz ni pluma,
tomó el alfiler de su pañoleta y pinchó en el papel,
componiendo las siguientes palabras:
No puedo ni debo aceptar el sacrificio de la
vida de nadie a cambio de la mía.
M. A.
Luego, volvió a colocar el papel en el estuche y
colocó éste en el pan.
Apenas acabada esta operación sonaron las diez
y la reina, con el trozo de pan en la mano, contó
tristemente las horas. De pronto, escuchó en una de
las ventanas un ruido estridente, parecido al que
produciría un diamante rayando sobre el vidrio. Este
ruido fue seguido por un golpe en el cristal, golpe
repetido varias veces y que trataba de encubrir una
intencionada tos masculina. Luego, apareció por la
esquina del vidrio un rollito de papel que se deslizó
lentamente y cayó junto a la pared. Después, se
escuchó el ruido de un manojo de llaves que
golpeaban unas con otras, y unos pasos que se
alejaban.
La reina cogió el papel y un objeto duro y
delgado se deslizó de él como de una funda, cayendo
sobre el ladrillo, donde resonó rnetálicamente: era
una lima finísima.
Señora —decía la nota—, mañana a las nueve y
media un hombre vendrá a charlar con los
guardianes que os vigilan. Mientras tanto, Vuestra
Majestad serrará el tercer barrote de su ventana,
contando de izquierda a derecha... Cortad de través;
un cuarto de hora debe bastar a Vuestra Majestad;
luego, preparaos a pasar por la ventana... Quien os
anuncia esto es uno de vuestros más devotos y fieles
súbditos, que ha consagrado su vida al servicio de
Vuestra Majestad, y será feliz de sacrificarla por
ella.
La reina pensó si no sería una trampa, pero
reconocía la misma letra de las notas del Temple, la
del caballero de Maison-Rouge, y pensó que quizá
podría escaparse. Cayó de rodillas y se refugió en la
oración.
María Antonieta apenas durmió esa noche y, al
día siguiente, dedicó a la oración gran parte de la
jornada. Sus guardianes la veían rezar tan a menudo
que no se inquietaron por este acrecentamiento de la
devoción. De vez en cuando, la prisionera sacaba la
lima de su seno y comparaba su debilidad con la
fortaleza de los barrotes. Estos, felizmente, sólo
estaban sujetos al muro por la parte de abajo.
La reina sabía que sus amigos estaban
dispuestos a matar a los hombres que la vigilaban,
los únicos que le habían mostrado compasión de un
tiempo a esta parte. Reflexionaba sobre ello y el
derecho que tenía a dejar que una mujer se
sacrificara en su puesto.
«Ana de Austria no hubiera dudado,
anteponiendo a todo el principio de la salvación de
las personas reales —se decía—, Además, ¿no
entrañará mi muerte la de ese pobre niño al que
algunos aún consideran rey de Francia?»
La reina se debatía en un mar de confusiones y
esperó la noche entre estas dudas y temores
crecientes.
Había observado a sus guardianes repetidas
veces: nunca habían tenido un aspecto tan tranquilo.
Cuando las tinieblas cubrieron el calabozo,
cuando resonó el paso de las rondas, cuando el ruido
de las armas y los aullidos de los perros despertaron
el eco de las sombrías bóvedas, cuando toda la
prisión se reveló espantosa y sin esperanza, María
Antonieta, rendida por la debilidad inherente a la
naturaleza femenina, se levantó asustada y decidida
a huir.
Mientras tanto, Gilbert y Duchesne charlaban
tranquilamente y se preparaban la cena. Al mismo
tiempo, Dixmer y Geneviève entraban en la
Conserjería y, como de costumbre, se instalaban en
las oficinas. Al cabo de una hora, y siempre como de
costumbre, el escribano del Palacio terminaba su
tarea y los dejaba solos.
En cuanto la puerta se cerró tras su colega,
Dixmer se precipitó hacia el cesto vacío depositado
en la puerta. Cogió el trozo de pan, lo partió y
encontró el estuche. Leyó las palabras escritas por la
reina y palideció. Y como Geneviève le observaba,
deshizo el papel en mil pedazos y los arrojó por la
boca de la estufa.
—Venga, señora —dijo—; debo hablarle en voz
baja.
Geneviève, inmóvil y fría como el mármol, hizo
un gesto de resignación y se aproximó.
—Señora, ha llegado el momento —dijo
Dixmer—; escúcheme. Usted prefiere una muerte
útil a su causa, una muerte que sirva para que la
bendiga todo un partido y la llore todo un pueblo,
mejor que una muerte ignominiosa y vengativa,
¿verdad?
—Sí, señor.
—Yo hubiera podido matarla en el acto al
encontrarla en casa de su amante, pero un hombre
como yo, que ha consagrado su vida a una obra
honorable y santa, debe saber sacar partido a sus
propias desgracias consagrándolas a esta causa; eso
es lo que he hecho, o mejor aún, lo que voy a hacer.
Me he negado el placer de la justicia. He respetado
también a su amante —algo como una sonrisa
fugitiva pero terrible pasó por los labios de
Geneviève—. Pero, en cuanto a su amante, usted que
me conoce, debe comprender que sólo he esperado
una oportunidad mejor.
—Señor, estoy dispuesta —dijo Geneviève—,
¿para qué tanto preámbulo? Máteme. Tiene usted
razón.
—Prosigo —dijo Dixmer—. He prevenido a la
reina; ella espera; sin embargo, según toda
probabilidad, pondrá algunas objeciones; usted
deberá obligarla.
—Bien, señor; déme las órdenes y yo las
cumpliré.
—Enseguida voy a llamar a la puerta —
continuó Dixmer—; Gilbert va a abrir; con este
puñal, le mataré.
Geneviève tembló y Dixmer hizo un gesto con
la mano para pedirle atención.
—En el momento en que yo llame —dijo—,
usted se abalanzará a la segunda habitación, en la
que está la reina. No hay puerta, usted lo sabe,
solamente una mampara; usted cambiará sus ropas
con ella mientras yo mato al segundo soldado.
Entonces, tomo a la reina del brazo y paso el portillo
con ella.
—Muy bien —dijo Geneviève fríamente.
—¿Comprende? —continuó Dixmer—. Cada
noche la ven a usted con ese mantón de tafetán
negro que oculta su rostro. Póngale el mantón a Su
Majestad y colóqueselo como usted tiene costumbre
de llevarlo. Ya sólo me falta perdonarle y darle las
gracias, señora.
Geneviève sacudió la cabeza con una fría
sonrisa.
—No necesito su perdón ni su agradecimiento;
lo que hago borrará un crimen y yo sólo he cometido
una debilidad, y aun ésta, casi me ha forzado usted a
cometerla. Yo me alejaba de él y usted me arrojó en
sus brazos; de manera que usted es el instigador, el
juez y el vengador. Soy yo quien tiene que
perdonarle mi muerte, soy yo quien tiene que
agradecerle el que me quite la vida, porque la vida
me es insoportable separada del hombre que amo.
—Se pasará la hora —dijo Dixmer—; cada
segundo tiene su utilidad. Vamos, señora, ¿está
usted preparada?
—Ya sé lo he dicho, señor —respondió
Geneviève con la calma de los mártires—. Estoy
esperando.
Dixmer recogió todos sus papeles, fue a ver si
las puertas estaban bien cerradas para que nadie
pudiera entrar en la oficina; luego quiso repetir sus
instrucciones a su mujer.
—Es inútil, señor —dijo Geneviève—; sé
perfectamente lo que tengo que hacer.
—Entonces, adiós.
Y Dixmer le tendió la mano, como si en ese
momento supremo debiera borrarse todo
recriminación ante la grandeza de la situación y lo
sublime del sacrificio.
Geneviève, temblando, tocó la mano de su
marido con la punta de los dedos.
—Póngase cerca de mí, señora —dijo Dixmer—
, y tan pronto como yo llame a Gilbert, pase.
—Estoy preparada.
Entonces Dixmer cogió su largo puñal en la
mano derecha y, con limpieza, llamó a la puerta.
XVII
LOS PREPARATIVOS DEL CABALLERO
DE MAISON-ROUGE
Mientras transcurría la escena relatada en el
capítulo precedente, en el patio de mujeres de la
Conserjería se realizaban otros preparativos.
Apareció allí, de pronto, un hombre seguido de
dos perros, y golpeó con un manojo de llaves en los
cinco barrotes que cerraban la ventana de la reina.
La reina se estremeció, pero reconociendo en el
ruido una señal, abrió la ventana con suavidad y
empezó a limar con mano más experimentada de lo
que hubiera podido esperar, pues más de una vez, en
el taller de cerrajería donde se entretenía su real
esposo, había manejado instrumentos parecidos a
aquél en el que ahora residían todas sus esperanzas
de salvación.
En cuanto el hombre del manojo de llaves oyó
abrirse la ventana de la reina, fue a golpear en la de
los guardias. Gilbert se acercó a mirar y el carcelero
dijo que esa noche la vigilancia era más necesaria
que nunca, pidiéndole que abriera la ventana para
contárselo todo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Gilbert, tras abrir la
ventana.
—Que la sesión de la Convención ha sido
movida —dijo Mardoche—, ¿no la habéis leído?. El
ciudadano Hebert ha descubierto que los
conspiradores, a los que se creía muertos, están
vivos.
—Ya —dijo Gilbert—: Delessart y Thierry; he
oído hablar de ello; están en Inglaterra, los
miserables.
—¿Y el caballero de Maison-Rouge? —dijo
Mardoche, levantando la voz para que pudiera oírle
la reina—. Ese está en Francia; no la ha abandonado.
Y aunque se va a intentar detenerle, no es fácil, por
lo que parece.
En ese momento, como la lima de la reina
chirriaba muy fuerte, Mardoche, temiendo que
pudieran oírlo, pisó a uno de sus perros, que lanzó
un aullido de dolor. Duchesne le pidió que
continuara con lo que estaba contando, y Mardoche
dijo:
—Decía que el ciudadano Hebert ha pedido que
se vuelva a llevar a la austriaca al Temple, porque
asegura que se la ha sacado de allí para sustraerla a
la inspección del ayuntamiento de París. El
ciudadano Santerre ha replicado que las causas eran
las tentativas de liberación llevadas a cabo por ese
condenado Maison-Rouge; pero Hebert ha dicho que
no había peligro desde el momento en que se estaba
prevenido, y que el Temple se podría guardar a
María Antonieta con la mitad de precauciones que
aquí.
—A mí, me gustaría que la volvieran a llevar al
Temple —dijo Gilbert.
—Lo comprendo, te aburre vigilarla.
—No; me entristece.
Maison-Rouge tosió con fuerza; la lima
producía más ruido cuanto más profundamente
mordía el barrote de hierro.
—¿Y qué se ha decidido? —preguntó
Duchesne, cuando se le pasó al carcelero el ataque
de tos.
—Se ha decidido que seguirá aquí, pero que su
proceso comenzará inmediatamente.
—¡Pobre mujer! —dijo Gilbert.
Duchesne se inclinó para escuchar en el
compartimento de al lado. El carcelero vio el
movimiento, y dijo levantando la voz:
—De manera que, ¿comprendes, ciudadano
Duchesne?, las tentativas de los conspiradores más
desesperadas al saber que tienen menos tiempo para
realizarlas. Se van a duplicar los guardias de las
prisiones, visto que puede darse una irrupción por la
fuerza en la Conserjería; los conspiradores matarán a
todos.
—¡Bah! ¿Cómo van a entrar tus conspiradores?
—Disfrazados de patriotas. Simularán un nuevo
dos de septiembre, ¡los bribones! Y luego, una vez
abiertas las puertas, ¡listo!
Se produjo un momento de silencio ocasionado
por el estupor de los guardias. El carcelero escuchó
con alegría y terror el chirrido de la lima. Sonaron
las nueve. En ese instante llamaron a la puerta desde
las oficinas; pero los dos guardias, preocupados, no
respondieron a la llamada y aseguraron al carcelero
que vigilarían, pues estaban dispuestos a morir en su
puesto. Maison-Rouge calculó que la reina ya habría
terminado con el barrote, mientras escuchaba a
Gilbert, que le recomendaba que vigilara él también,
porque los conspiradores no le iban a perdonar si
ocurría lo que había dicho.
—Ya lo creo —dijo el carcelero—; paso las
noches haciendo rondas y estoy muy fatigado.
Vosotros, al menos, os alternáis y podéis dormir una
noche de cada dos.
En ese momento llamaron a la puerta por
segunda vez. Mardoche se estremeció; cualquier
acontecimiento, por mínimo que fuera, podía
impedir que su proyecto tuviera éxito.
—¿Qué es eso? —preguntó
—Nada —dijo Gilbert—; es el escribano del
ministerio de la Guerra, que se va y me previene.
Pero el escribano se obstinaba en llamar.
—¡Bueno!, ¡bueno! —gritó Gilbert sin
abandonar la ventana—. Buenas tardes… Adiós.
—Me parece que te habla —dijo Duchesne—.
Respóndele…
—Ven —se oyó la voz del escribano—.
Quisiera hablar contigo un momento.
Esta voz, aunque impregnada de una profunda
emoción, que le quitaba su acento habitual, hizo
prestar atención al carcelero, que creyó reconocerla
como la de Dixmer.
—Ya me lo dirás mañana —dijo Gilbert.
—No; es necesario que te lo diga esta noche.
Duchesne dijo a su compañero que abriera y
éste se dirigió a la puerta. El carcelero aprovechó el
descuido de los dos guardias para acercarse a la
ventana de la reina y preguntarle si había terminado
de serrar el barrote, pero sólo lo había cortado hasta
la mitad. Le dijo que se apresurase y retornó a la
ventana de los guardias. En ese momento un grito
terrible resonó en la prisión, luego se oyó una
imprecación y el sonido de un sable al ser
desenfundado.
—¡Malvado! ¡Bandido! —gritó Gilbert.
Se oyó ruido de lucha en el corredor. Al mismo
tiempo se abrió la puerta y el carcelero vio dos
sombras que se sujetaban y una mujer que, pasando
junto a Duchesne, se abalanzó al compartimento de
la reina. Duchesne, sin inquietarse por la mujer,
corrió a ayudar a su camarada. El carcelero fue hasta
la otra ventana y vio a la mujer de rodillas ante la
reina, rogándole que cambiara sus ropas con ella. Se
acercó al máximo para ver mejor a la mujer y lanzó
un grito doloroso.
—¡Geneviève!
La reina había dejado caer la lima y parecía
anonadada. El carcelero cogió el barrote con ambas
manos y tiró de él con todas sus fuerzas; pero el
acero no había calado bastante y el barrote resistió.
Entretanto, Dixmer había empujado a Gilbert al
calabozo, donde trataba de entrar él también. Sin
embargo, sólo consiguió introducir el brazo. Los dos
guardias empujaban con todas sus fuerzas y pedían
ayuda; Dixmer notaba que estaban a punto de
romperle el brazo; apoyó el hombro en la puerta, dio
una violenta sacudida y consiguió sacarlo.
La puerta se cerró de golpe. Los guardias
corrieron los cerrojos y echaron la llave mientras
unos pasos se alejaban por el corredor; luego, oyeron
el ruido que hacia el falso carcelero tratando de
limar el barrote. Gilbert se precipitó a la prisión de la
reina y Duchesne acudió a la ventana con la carabina
en la mano; entonces, vio a un hombre enganchado a
los barrotes y sacudiéndolos con rabia: le apuntó. El
joven vio el cañón de la carabina bajar hacia él y le
ofreció su pecho desafiante al tiempo que pedía la
muerte.
—¡Caballero —gritó la reina—, viva, se lo
suplico!
A la voz de María Antonieta, Maison-Rouge
cayó de rodillas y la bala pasó por encima de su
cabeza.
Geneviève creyó muerto a su amigo y cayó sin
conocimiento.
Cuando se disipó el humo no había nadie en el
patio. Treinta soldados registraron toda la prisión,
pero no se encontró a nadie.
El escribano había pasado tranquilo y sonriente
ante el sillón del tío Richard. En cuanto al carcelero,
había salido gritando:
—¡Alarma!, ¡alarma!
El centinela había pretendido atacarle con la
bayoneta, pero sus perros le habían saltado al cuello.
Sólo se encontró a Geneviève, que fue detenida,
interrogada y encarcelada.
XVIII
LAS PESQUISAS
Maurice había ido a buscar un cabriolé a casa de
Lorin; cuando volvió con él, dejó las bridas en
manos de un limpiabotas y subió los escalones de su
casa con el corazón rebosante de alegría.
Se detuvo en el descansillo; la puerta estaba
entreabierta; la costumbre era que estuviese siempre
cerrada, y esta circunstancia asombró al joven. Entró
en la casa, cruzó la antesala, el comedor, el salón, el
dormitorio. No vio a nadie. Llamó y nadie le
respondió.
Pensó que quizá Geneviève habría salido para
comprar algo que necesitara. Le pareció una gran
imprudencia. Pero, aunque comenzaba a dominarle
la inquietud, todavía no sospechó nada.
Esperó paseándose; de vez en cuando se
asomaba a la ventana. Enseguida creyó oír unos
pasos en la escalera; escuchó: no eran los de
Geneviève; se acercó al descansillo, asomándose a la
barandilla y reconoció a su criado. Le llamó y le
preguntó por Geneviève. El hombre no la había
visto.
—Entonces, vuelve abajo y pregunta al portero
y a los vecinos.
Maurice esperó en la escalera cinco o seis
minutos; luego, viendo que no volvía Scévola, se
dirigió a la ventana: vio a su criado entrar en dos o
tres tiendas y volver a salir. Impaciente, le llamó y le
hizo señas para que subiera.
—El portero es el único que la ha visto salir —
dijo Scévola cuando estuvo de nuevo arriba.
—¿Sola? Es imposible que Geneviève haya
salido sola.
—No iba sola, ciudadano; la acompañaba un
hombre.
—¡Cómo!, ¿un hombre? Ve a buscar al portero;
tengo que saber quién es ese hombre.
Scévola dio dos pasos hacia la puerta; luego se
volvió y dijo:
—Escuche; puede que sea el hombre que ha
corrido detrás de mí para pedirme la llave del
apartamento de parte de usted.
—¿Le has dado la llave del apartamento a un
desconocido? —exclamó Maurice, cogiendo a su
criado por el cuello con ambas manos.
—No era un desconocido, ciudadano; sino un
amigo suyo; ese hombre que vino un día...
—¿Qué día?
—Aquel en que usted estaba tan triste; usted se
fue con él y volvió muy alegre...
Maurice le miró con aire asustado; un
estremecimiento recorrió sus miembros, y tras un
largo silencio, preguntó:
—¿Dixmer?.
—Sí; creo que es ése, ciudadano —dijo el
criado.
Maurice se tambaleó y cayó de espaldas en un
sillón. Sus ojos se nublaron. Luego posó su vista en
el ramo de violetas dejado por Geneviève. Se
precipitó a cogerlo, lo besó; y luego, al observar el
sitio donde había estado colocado, dijo:
—No cabe duda; estas violetas... son su último
adiós.
Entonces se volvió y observó que la maleta
estaba a medio hacer. A partir de ese momento se lo
explicó todo, imaginándose la escena que se había
desarrollado entre aquellas cuatro paredes. Hasta ese
momento había estado abatido. Se levantó, cerró la
ventana, cogió sus pistolas, examinó el fulminante y
comprobó que se hallaba en buen estado, y se metió
las armas en el bolsillo. Luego, se guardó en la bolsa
dos cartuchos de luises y, tomando su sable, llamó a
su criado y le dijo:
—Scévola, creo que me aprecias; nos has
servido a mi padre y a mí desde hace quince años.
Escucha, si esta señora que vivía aquí... Si vuelve,
recíbela, cierra la puerta tras ella, coge esa carabina,
apóstate en la escalera y no deje entrar a nadie. Si
pretenden forzar la puerta, impídelo; pega, mata, y
no temas nada; yo cargo con toda la responsabilidad.
El acento del joven y su vehemente confianza,
electrizaron a Scévola.
—No sólo mataré —dijo—, sino que me dejaré
matar por la ciudadana Geneviève.
—Gracias; ahora, escucha: este apartamento me
es odioso y no quiero volver a él si no la encuentro.
Si ella logra escapar y vuelve, coloca en tu ventana
el jarrón japonés con las margaritas que tanto le
gustaban; eso durante el día; por la noche, pon un
farol. Cada vez que pase por la calle, miraré; y hasta
que no vea el jarrón o el farol, continuaré mis
pesquisas.
Scévola le recomendó prudencia. Maurice no
respondió, salió de la habitación y bajó las escaleras
como si tuviera alas. Se dirigió a casa de Lorin y le
contó lo sucedido, manifestándole sus sospechas de
que Dixmer hubiera matado a Geneviève.
—No, querido amigo —dijo Lorin—; no la ha
matado; no se asesina a una mujer como Geneviève
después de tantos días de reflexión. No; de matarla,
lo hubiera hecho en el momento de encontrarla,
dejando el cuerpo en tu casa como señal de
venganza. No; él se la ha llevado consigo, feliz de
haber recuperado su tesoro.
—Tú no le conoces. Ese hombre tenía algo
funesto en la mirada.
—Te equivocas. Siempre me ha dado la
impresión de un hombre valiente. La ha cogido para
sacrificarla. Se hará detener con ella y los matarán
juntos. Ahí está el peligro.
—¡La encontraré!, ¡la encontraré o moriré! —
exclamó Maurice.
—En cuanto a eso, estáte seguro. Pero cálmate.
Cuando no se reflexiona, se busca mal; y cuando se
está tan agitado como tú, se reflexiona mal.
Maurice dijo a su amigo que el asunto sólo le
concernía a él, y por lo tanto, sólo él debía arriesgar
la vida para salvar a Geneviève.
—¿Quieres morir?
—Lo afrontaré todo: iré a ver al presidente del
comité de vigilancia, hablaré a Hebert, a Danton, a
Robespierre; lo confesaré todo con tal de que me la
devuelvan.
—Está bien —dijo Lorin.
Y sin añadir una palabra se levantó, se ajustó el
cinturón, se caló el sombrero del uniforme y se
guardó en los bolsillos dos pistolas cargadas.
Maurice, al ver su decisión, aceptó su compañía y le
preguntó por dónde empezarían la búsqueda. Lorin
era partidario de empezar por la antigua calle Saint-
Jacques, para continuar por los alrededores del
Temple, ya que se rumoreaba un nuevo traslado de
María Antonieta a la fortaleza. Los dos amigos
suponían que Dixmer y Maison-Rouge estaban
juntos en París, y que el caballero estaría preparando
algún plan para intentar liberar a la reina.
Los dos amigos se pusieron a buscar, pero todo
fue en vano. Cien veces pasaron por la plaza Grève,
cien veces pasaron junto a la casita donde vivía
Geneviève, vigilada sin tregua por Dixmer, como los
antiguos sacerdotes vigilaban a la víctima destinada
al sacrificio.
Geneviève, por su parte, viéndose destinada a
morir, aceptó el sacrificio y quiso hacerlo sin ruido;
además, la publicidad que Maurice no hubiera
dudado en dar a su venganza, le producía más temor
por la causa de la reina que por Dixmer.
La joven guardó un silencio tan profundo como
si la muerte ya hubiera sellado su boca.
Entretanto, sin decir nada a Lorin, Maurice
había ido a suplicar a los miembros del comité de
salud pública; y Lorin, sin decírselo a Maurice,
también había dado los mismos pasos.
Así, el mismo día, Fouquier-Tinville había
trazado una cruz roja al lado de sus nombres, y la
palabra sospechoso los reunió en un sangrante
abrazo.
XIX
EL JUICIO
El 14 de octubre de 1793, una multitud curiosa
ocupaba desde la mañana las tribunas de la sala
donde transcurrían, las sesiones revolucionarias.
Los pasillos del Palacio desbordaban de
espectadores ávidos e impacientes. Los mejor
situados contaban a sus vecinos lo que veían y oían,
y éstos se lo transmitían a otros.
Cerca de la puerta del tribunal, un grupo de
hombres amontonados se disputaban unas líneas10 de
ancho o de alto, suficientes para ver un rincón de la
sala y los rostros de los jueces o el de la acusada.
Pero la estrecha entrada del pasillo a la sala estaba
ocupada, casi por completo, por los anchos hombros
y los brazos en jarras de un hombre. Este hombre
inamovible era joven y guapo, y a cada empujón de
la multitud sacudía su espesa cabellera, bajo la que
brillaba una mirada sombría y resuelta. Cien veces
había intentado atropellarle la masa compacta, ya
que su alta estatura impedía ver nada, pero una roca
no hubiera sido más inamovible que él.
Entretanto, al otro extremo de esta marea
humana, otro hombre se había abierto paso con una
perseverancia feroz; nada le había detenido en su
10 Antigua medida francesa de longitud, equivalente a unos 2,25
milímetros.
infatigable progresión: ni los golpes, ni las
imprecaciones, ni los lamentos.
Al fin llegó detrás del vigoroso joven que
obstruía la entrada de la sala. Y en medio de la
expectación general ensayó su método, que consistía
en clavar los codos en los espectadores y deslizarse
entre sus cuerpos, ya que era de pequeña talla.
Apenas su codo rozó el costado del joven situado
ante él, éste se volvió y levantó un puño que
amenazaba aplastar al temerario. Los dos
antagonistas se encontraron cara a cara y gritaron al
unísono. Acababan de reconocerse.
—Ciudadano Maurice —dijo el joven pequeño
y frágil, con acento de inexpresable dolor—; déjeme
pasar; déjeme ver, ¡Se lo suplico!, y después me
matará.
Maurice, pues era él, se sintió invadido de
ternura y admiración por este eterno devoto, por esta
indestructible voluntad.
—¡Usted! —murmuró—. ¡Usted aquí,
imprudente!
—Sí; yo aquí. Pero estoy extenuado... ¡Oh!
¡Dios mío!, ¡ella habla!, ¡déjeme verla!, ¡déjeme
oírla!
Maurice se apartó y el joven pasó ante él. Toda
esta escena y los murmullos que ocasionó
despertaron la curiosidad de los jueces. La acusada
también miró hacia ese lado y reconoció al
caballero. Algo como un temblor agitó a la reina.
El interrogatorio, dirigido por el presidente
Harmand, realizado por Fourquier-Tinville, y
discutido por Chaveau-Lagarde, defensor de la reina,
duró tanto como permitieron las fuerzas de los
jueces y la acusada.
Al día había sucedido la noche y la sala se
iluminó con algunas velas y lámparas humeantes. La
reina estaba sola, respondiendo algunas breves y
desdeñosas palabras a las preguntas del presidente.
Su frente no había perdido su arrogancia, y llevaba
la ropa de rayas negras que no había querido quitarse
tras la muerte del rey.
Los jueces se levantaron y terminó la sesión. La
reina preguntó a su abogado si se había mostrado
muy desdeñosa: y como si respondiera a su
pregunta, se oyó la voz de una mujer que gritó:
—Mirad qué orgullosa es. Tu orgullo te ha
perdido, María Antonieta.
La reina enrojeció. El caballero se volvió hacia
la mujer y dijo:
—Es que era reina.
Maurice le cogió del puño y le dijo en voz baja
que tuviera el valor de no perderse. El caballero
preguntó al joven si condenarían a María Antonieta,
y Maurice contestó que estaba seguro.
—¡A una mujer! —exclamó Maison-Rouge con
un sollozo.
—No; a una reina. Usted mismo lo acaba de
decir.
El caballero preguntó a Maurice qué hacía allí.
—Para saber lo que ha sido de una infeliz
mujer.
—¿La que su marido ha empujado al calabozo
de la reina?, ¿la que ha sido detenida delante de mí?
—¿Geneviève?
—Sí; Geneviève.
—¿Así que Geneviève está presa, sacrificada
por su marido, asesinada por Dixmer?... Ahora lo
comprendo todo. Dígame lo que ha ocurrido, dónde
está... Esta mujer... es mi vida, ¿sabe?
—Yo estaba allí cuando la detuvieron. Yo
también trataba de liberar a la reina. Pero nuestros
dos planes, que no hemos podido comunicarnos, se
han anulado el uno al otro.
—¿Y usted no ha salvado a Geneviève, a su
hermana?
—¿Acaso podía? Nos separaba una reja de
hierro. Si usted hubiera estado allí, uniendo nuestras
fuerzas, hubiera cedido el barrote y habríamos
salvado a las dos.
Maurice preguntó a Maison-Rouge qué había
sucedido con Dixmer; pero el caballero dijo que no
lo sabía, que cada uno se había salvado por su
cuenta. El caballero todavía conservaba una ligera
esperanza de salvar a la reina y le pidió ayuda a
Maurice para llevarla acabo.
En ese momento se abrió la puerta de las
deliberaciones y entró el tribunal. La noticia se
extendió por los corredores y la multitud volvió a la
sala. Volvió a entrar la reina, que se mantenía
erguida, altiva, con los ojos fijos y los labios
apretados.
Se le leyó la sentencia que la condenaba a
muerte. Ella la escuchó sin palidecer, sin pestañear,
sin que un sólo músculo de su rostro indicara la
menor emoción. Luego se volvió hacia el caballero y
le dirigió una larga y elocuente mirada, y
apoyándose en el brazo del oficial que mandaba las
fuerzas, salió del tribunal digna y tranquila.
Maurice suspiró aliviado porque todo había
terminado sin que la reina comprometiera a
Geneviève con sus declaraciones y el caballero le
confesó que él ya no tenía fuerza para seguir en su
empeño. Se estrecharon la mano y se alejaron por
caminos distintos.
La reina fue llevada de nuevo a la Conserjería;
cuando entraba sonaron las cuatro en el gran reloj.
Al desembocar del Pont-Neuf, Maurice fue
detenido por Lorin, que le esperaba para
comunicarle que dos horas antes la policía había ido
a su casa para detenerle. Pese a todo, Maurice
pretendía ir allí, pero Lorin le convenció y le
condujo a su propio domicilio.

XX
SACERDOTE Y VERDUGO
LA CARRETA EL CADALSO
LA VISITA DOMICILIARIA
Al llegar a su calabozo, al salir del tribunal, la
reina había pedido unas tijeras, había cortado sus
largos y hermosos cabellos, los había envuelto en un
papel y había escrito en éste: Para repartir entre mi
hijo y mi hija. Luego se dejó caer en una silla, y
deshecha por la fatiga (el interrogatorio había durado
dieciocho horas) se durmió.
A las siete, se despertó sobresaltada al oír un
ruido, y vio a un hombre que le era completamente
desconocido y que dijo llamarse Sansón. Al oír el
nombre, la reina se estremeció ligeramente y se puso
en pie, diciéndole que llegaba muy temprano. El
hombre contestó que tenía orden de hacerlo ya que
debía cortarle el cabello. La reina señaló los suyos,
sobre la mesa, y le dijo que le había ahorrado ese
trabajo, pidiéndole que se los entregara a sus hijos.
—Señora —dijo Sansón—, eso no me compete.
—Sin embargo, yo había creído...
—Mi obligación es despojar a las... personas...
de sus ropas, sus joyas, siempre que me las den
voluntariamente; por otra parte, todo esto va a la
Sâlpetriere11 y a los pobres de los hospitales; una
11 Hospicio de París. (Nota del Traductor)
orden del comité de salud pública ha regulado las
cosas así.
La reina volvió a pedirle que entregara sus
cabellos a sus hijos. Sansón no contestó, y Gilbert
dijo que lo intentaría él.
—Venía para cortarle el cabello —dijo
Sansón—; pero, puesto que ya está hecho, puedo
dejarla sola un instante si lo desea.
—Se lo ruego, señor —dijo la reina—; porque
tengo necesidad de recogerme y rezar.
Sansón salió; la reina se arrodilló en una silla
baja que le servía de reclinatorio y se puso a rezar.
Entretanto, en el presbiterio de la iglesia de
Saint-Landry, el cura de la parroquia se disponía a
desayunar cuando llamaron violentamente a la
puerta.
El abate Girard había prestado juramento a la
Constitución, aceptando la fraternidad del régimen
republicano y no tenía nada que temer. Así que
ordenó a su ama de llaves que fuera a abrir. La
mujer acudió a la puerta, descorrió el cerrojo y se
encontró con un joven muy pálido y agitado, que
preguntaba por el sacerdote.
—No se le puede ver, ciudadano; está leyendo
su breviario.
—En ese caso esperaré —replicó el joven.
La mujer le dijo que esperaría en vano, porque
el sacerdote tenía que ir a la Conserjería, de donde le
habían llamado.
—¡Entonces, es verdad! —murmuró el joven
poniéndose lívido.
—Eso es precisamente lo que me trae a casa del
ciudadano Girard —dijo el joven en voz alta, al
tiempo que, pese a la oposición de la mujer,
penetraba en la casa hasta la habitación del abate.
Este, al verle, lanzó una exclamación de sorpresa.
—Perdón, señor cura —dijo el joven—; tengo
que hablar a solas con usted de algo muy grave.
—Déjenos, Jacinthe —dijo el cura.
—Señor cura —dijo el desconocido, cuando se
hubo retirado la mujer—. Antes de nada voy a
decirle quién soy: soy un proscrito, un condenado a
muerte que vive gracias a la audacia; soy el
caballero de Maison-Rouge —el abate se sobresaltó
de espanto—. No temáis nada —continuó el
caballero—; nadie me ha visto entrar aquí; y los que
me hubieran visto, no me reconocerían: he cambiado
mucho en los dos últimos meses.
El sacerdote le preguntó qué quería.
—Sé que va usted a la Conserjería para atender
a una persona condenada a muerte —respondió el
joven—; esta persona es la reina. Le suplico que me
deje entrar con usted hasta llegar a Su Majestad.
—¡Usted está loco! —exclamó el abate—.
¡Usted me pierde y se pierde a sí mismo!
—No tema nada. Ya sé que está condenada, y
no es para intentar salvarla para lo que quiero verla;
es... Pero escúcheme, padre. Usted no me escucha.
Créame padre, estoy completamente cuerdo. La
reina está perdida, lo sé; pero si pudiera postrarme a
sus plantas, esto me salvaría la vida; si no consigo
verla, me mato, y como usted será la causa de mi
desesperación, usted habrá matado a la vez el cuerpo
y el alma.
—Hijo mío —dijo el sacerdote—, usted me pide
el sacrificio de mi vida, piénselo.
—No me rechace, padre —replicó el
caballero—; escuche: usted necesita un acólito;
lléveme con usted.
El sacerdote trató de recuperar su firmeza, que
empezaba a flaquear.
—No —dijo—; eso sería faltar a mis deberes.
He jurado la Constitución. La mujer condenada es
una reina culpable. Yo aceptaría morir si mi muerte
fuera útil a mi prójimo; pero no quiero faltar a mi
deber.
El caballero juró por el Evangelio que no iba a
la Conserjería para tratar de evitar que la reina
muriese, sino porque sabía que sería un consuelo
para ella verle en su postrer momento.
—¿No trama ningún complot para tratar de
liberarla?
—Ninguno. Soy cristiano, padre; si hay en mi
corazón una sombra de mentira, si espero que ella
viva, si maquina algo, que Dios me castigue con la
condenación eterna.
El sacerdote dijo que no podía prometerle nada.
—Escuche —dijo el caballero—; le he hablado
como un hijo sumiso; no ha salido de mi boca
ninguna amenaza; sin embargo, la fiebre me quema
la sangre, y estoy armado —el joven sacó un puñal
de su pecho y el cura se separó rápidamente—. No
tema; le he suplicado, y suplico todavía: déjeme que
la vea un momento; y tenga, para su garantía.
El joven sacó de su bolsillo una nota que
presentó al abate Girard; éste la desplegó y leyó:
Yo, René, caballero de Maison-Rouge, declaro
por Dios y por mi honor que he obligado, bajo
amenaza de muerte, al digno cura de Saint-Landry a
llevarme a la Conserjería pese a sus negativas y
escrúpulos. Y como prueba de fe, lo firmo
Maison-Rouge.
—Está bien —dijo el sacerdote—; pero júreme
que no cometerá ninguna imprudencia. Usted me
esperará abajo, y cuando ella pase por las oficinas,
entonces, podrá verla...
El caballero besó la mano del anciano y
murmuró:
—Al menos morirá como una reina, y la mano
del verdugo no la tocará.
Tan pronto como obtuvo el permiso del cura de
Saint-Landry, el caballero entró en el cuarto de baño
del abate y se afeitó la barba de varios días. Luego
salió tranquilo, como si olvidara que podía ser
reconocido en la Conserjería.
Dos funcionarios fueron a buscar al abate, y el
caballero, vistiendo un traje negro, lo mismo que el
sacerdote, se unió a la comitiva y penetró en el
Palacio.
En las oficinas encontraron más de cincuenta
personas que se disponían a ver pasar a la reina. El
caballero tropezó con un hombre que llevaba en la
mano unas tijeras y un trozo de tela.
—¿Qué quieres tú, ciudadano? —preguntó
Sansón.
El caballero trató de reprimir el estremecimiento
que recorría sus venas.
—¿Yo? —dijo—. Ya lo ves, ciudadano Sansón,
acompaño al cura de Saint-Landry.
—¡Ah!, bien —replicó el verdugo.
El caballero pasó al compartimento donde
estaban los dos guardias; pero desde donde estaba no
podía ver a la reina. Entretanto, ésta hablaba con el
sacerdote.
—Señor —decía la reina con su voz altanera—,
puesto que usted ha jurado a la República, en cuyo
nombre se me va a matar, yo no puedo tener
confianza en usted. Ya no adoramos al mismo Dios.
—Señora —respondió Girard, emocionado por
esta desdeñosa profesión de fe—, una cristiana que
va a morir debe morir sin odio en el corazón, y no
debe rechazar a Dios, sea cual sea la forma en que se
presente.
Maison-Rouge dio un paso hacia la mampara,
pero los dos guardias hicieron un movimiento; él
dijo que era el acólito, y Duchesne dijo:
—Puesto que rechaza al cura, no necesita
acólito.
—Quizás acepte —dijo el caballero alzando la
voz—. Es imposible que no acepte.
Pero María Antonieta estaba demasiado agitada
para reconocer la voz del caballero, se obstinó en
rechazar al sacerdote y pidió a éste repetidas veces
que abandonara su calabozo. El cura salió,
cruzándose con el ayudante del verdugo, que llegaba
con unas cuerdas en la mano. Los dos guardias
hicieron retroceder al caballero hasta la puerta, sin
que pudiera hacer un movimiento para realizar su
proyecto.
Maison-Rouge se encontró con Girard en el
corredor, desde donde les obligaron a pasar a las
oficinas; allí dijo Richard al cura:
—Abate, vuelva a su casa; puesto que ella le
rechaza, que muera como quiera.
—No —replicó Girard—; la acompañaré
aunque no quiera; si escucha una sola palabra,
recordará sus deberes; además, el ayuntamiento me
ha encargado una misión… y yo debo obediencia al
ayuntamiento.
—Sea —dijo el oficial que mandaba las
fuerzas—; pero despide a tu sacristán.
Los ojos del caballero destellaron y hundió su
mano en el pecho maquinalmente. Girard sabía que
llevaba un puñal bajo el chaleco, y le contuvo con
una mirada suplicante, diciéndole que trataría de
hablar a la reina y contarle lo que él había arriesgado
para verla por última vez. Estas palabras calmaron al
joven, cuya resistencia había llegado al límite de sus
fuerzas y de su voluntad.
—Sí; así debe ser —dijo—: la cruz para Jesús,
el cadalso para ella; los dioses y los reyes beben
hasta las heces el cáliz que les presentan los
hombres.
El joven llegó a la puerta. Al pie de las rejas de
la Conserjería se agolpaba la multitud. La
impaciencia dominaba las pasiones, levantando un
rumor inmenso y prolongado, como si todo París se
hubiera concentrado en el barrio del palacio de
Justicia.
Delante de la multitud se había emplazado todo
un ejército, armado de cañones, destinado a proteger
la fiesta y hacerla segura para quienes iban a
disfrutarla.
Maison-Rouge se encontró entre las primeras
filas de soldados; éstos le preguntaron quién era, y
respondió que el vicario del abate Girard, y que
ambos habían sido rechazados por la reina. Los
soldados le hicieron retroceder hasta la primera fila
de espectadores, donde los guardias le hicieron
repetir lo que había dicho a los soldados. Entonces,
se elevaron gritos entre la multitud:
—La ha visto... ¿Qué dice?... ¿Sigue tan
orgullosa? ¿Llora?…
El caballero respondió a todas las preguntas con
voz débil, dulce y afable. Cuando habló del delfín y
la princesa, de esta reina sin trono, de esta esposa sin
esposo, de esta madre sin hijos, de esta mujer sola y
abandonada sin un amigo en medio de verdugos,
más de una frente se veló de tristeza, más de una
lágrima, furtiva y brillante, apareció en los ojos
animados de odio hasta poco antes.
Sonaron las once en el reloj del Palacio, y todos
los rumores cesaron en el acto. Al extinguirse la
vibración de la última campanada se oyó un gran
alboroto tras las puertas, al tiempo que una carreta
pasaba entre la multitud y se colocaba al pie de las
gradas. Enseguida apareció la reina en lo alto de la
inmensa escalinata. Sus cabellos estaban cortados
muy cortos, y la mayor parte habían encanecido
durante su cautividad, lo que hacía más delicada aún
su palidez nacarada. Vestía un traje blanco y llevaba
las manos atadas a la espalda.
A ambos lados de la reina estaban el abate
Girard y el verdugo, vestidos de negro. Grammont,
el jefe de la fuerza, señaló la carreta; la reina
retrocedió un paso.
—Suba —dijo Grammont.
La reina enrojeció hasta la raíz de los cabellos y
preguntó:
—Si el rey ha ido al cadalso en su coche, ¿por
qué he de hacerlo yo en una carreta?
El abate Girard le dijo algunas palabras en voz
baja y la reina se tambaleó. Sansón se apresuró a
sostenerla, pero ella recuperó el equilibrio antes de
que la tocara. Bajó las escaleras y subió a la carreta
seguida por el abate. Sansón le ordenó sentarse a
ambos, y la carreta se puso en movimiento, mientras
los soldados hacían retroceder a la multitud.
En ese momento se escuchó un aullido lúgubre.
La reina se estremeció y se puso en pie, mirando a
su alrededor; entonces vio a su perro, perdido desde
hacía dos meses, el cual, pese a los gritos, golpes y
patadas, se lanzó hacia la carreta; pero extenuado,
flaco y herido, el pobre Black desapareció casi
enseguida entre las patas de los caballos.
La reina le perdió de vista sin poder hacerle ni
una seña; pero enseguida volvió a verle en brazos de
un joven pálido que, de pie sobre un cañón, la
saludaba mostrándole el cielo.
María Antonieta miró al ciclo y sonrió
dulcemente.
El caballero de Maison-Rouge lanzó un gemido
y, como la carreta torcía hacia el puente Change, se
dejó caer entre la multitud.
En la plaza de la Revolución, Lorin y Maurice
esperaban apoyados en un farol, hablando en voz
baja.
Maurice no podía soportar la idea de que se
matara a las mujeres.
—Maurice, hijo de la Revolución —dijo
Lorin—, no reniegues de tu madre. La que va a
morir no es una mujer como las demás: es el genio
maléfico de Francia.
—¡No es a ella a quien lloro! —dijo Maurice.
—Comprendo: es a Geneviève.
—Hay un pensamiento que me vuelve loco: que
Geneviève está en manos de los proveedores de la
guillotina llamados Hebert y Fouquier-Tinville, que
han enviado aquí a la pobre Héloïse y a la orgullosa
María Antonieta.
—Espero que la cólera del pueblo se sienta
satisfecha tras devorar a los dos tiranos y no engulla
a nadie más en algún tiempo —dijo Lorin.
—Lorin —dijo Maurice—, yo soy más positivo
que tú, y te lo digo en voz baja, dispuesto a
repetírtelo en alto: Lorin, yo odio a la nueva reina, la
que parece destinada a suceder a la austríaca que va
a destruir. Es una reina triste cuya púrpura está
hecha con sangre cotidiana, y que tiene a Sansón por
primer ministro.
—¡Bah!, nosotros nos escaparemos de ella.
—No lo creo. Ya ves que tenemos que
permanecer en la calle para que no nos detengan en
casa.
—¡Bah! Podemos irnos de París, nada nos lo
impide. No nos lamentemos. Mi tío nos espera en
Saint-Omer; tenemos dinero y pasaportes. Nos
quedamos aquí porque queremos.
—Eso que dices no es cierto... Tú permaneces
aquí porque yo quiero quedarme —dijo Maurice.
—Y tú quieres quedarte para encontrar a
Geneviève; ¿hay algo más simple, justo y natural?
Maurice suspiró y su pensamiento tomó otro
rumbo.
—Hoy es un día triste para el pobre Maison-
Rouge —murmuró.
—Maurice, ¿quieres que te diga lo que me
parece más triste de las revoluciones? Que a menudo
se tiene por enemigos a quienes se quisiera tener por
amigos, y por amigos a quienes...
—Me da miedo pensar que el caballero invente
algún plan insensato para salvar a la reina —le
interrumpió Maurice.
—¿Un hombre contra cien mil?
—Ya te lo he dicho: un plan insensato... Yo sé
que para salvar a Geneviève...
—Te lo repito, Maurice: tú te alucinas. Incluso,
si fuera necesario que salvaras a Geneviève no serías
mal ciudadano. Pero basta: aquí se nos oye y la
austríaca llega.
En efecto, la carreta apareció por la calle Saint-
Honoré. A derecha e izquierda relucían las armas de
la escolta, ante la cual, Grammont correspondía con
los resplandores de su sable a los gritos de algunos
fanáticos.
Pero, a medida que avanzaba la carreta, los
gritos se apagaban súbitamente bajo la mirada fría y
sombría de la condenada.
Indiferente a las exhortaciones del abate Girard,
María Antonieta no movía la cabeza ni a derecha ni
a izquierda, y su pensamiento parecía tan inmutable
como su mirada; la violencia de los bruscos
movimientos de la carreta sobre el desigual
adoquinado, hacía resaltar la rigidez de su porte.
En el lugar donde estaban Maurice y Lorin, no
tardó en oírse el chirriar de los ejes y resoplar de los
caballos.
La carreta se detuvo al pie del cadalso. La reina,
que no pensaba en este momento, volvió en sí y
comprendió; extendió su mirada altanera sobre la
multitud y vio, subido en un mojón y enviándole el
mismo saludo respetuoso, al mismo joven pálido que
viera a la salida de la Consejería.
Varias personas vieron la escena, y como el
joven iba vestido de negro, se corrió por la multitud
que un sacerdote había dado la absolución a María
Antonieta antes de subir al cadalso.
La reina descendió con precaución los tres
escalones del estribo, sostenida por Sansón, que
hasta el último momento le demostró los mayores
miramientos.
Mientras se dirigía hacia las gradas del cadalso,
se encabritaron algunos caballos; unos guardias de a
pie y unos soldados parecieron perder el equilibrio;
pero la calma se restableció al instante y todas las
miradas convergieron en la condenada.
La reina llegó a la plataforma del cadalso. El
sacerdote no cesaba de hablarle; un ayudante la
empujó suavemente por detrás; otro le desató la
toquilla que cubría sus hombros.
María Antonieta sintió la mano que rozaba su
cuello, hizo un brusco movimiento y pisó a Sansón,
que se ocupaba en atarla a la plancha fatal. Sansón
retiró el pie.
—Perdóneme, señor —dijo la reina—; no lo he
hecho a propósito.
Estas fueron las últimas palabras que pronunció.
Las doce y cuarto sonaban en las Tullerías, al mismo
tiempo que María Antonieta entraba en la eternidad.
Resonó un grito terrible que resumía todos los
ánimos: alegría, espanto, duelo, esperanza,
expiación; el grito cubrió como un huracán un débil
lamento que, en el mismo instante resonó en el
cadalso.
La multitud se extendió como en río, dispersó a
los guardias y como una marea fue a golpear contra
los pies del cadalso, haciéndole tambalearse.
Todo el mundo quería ver de cerca los restos de
la realeza, a la que se creía destruida en Francia para
siempre.
Pero los guardias buscaban a un hombre que
había sobrepasado sus líneas, deslizándose bajo el
cadalso.
Dos de ellos volvieron llevando por el cuello a
un joven cuya mano apretaba contra su corazón un
pañuelo empapado de sangre.
Le seguía un perrito pachón que ladraba
lastimosamente.
—¡Muerte al aristócrata! —gritaron algunos
hombres señalándole.
—¡Dios mío!, ¿le reconoces? —preguntó
Maurice a Lorin.
—¡Muerte al realista! —repetían frenéticos—.
Quitadle el pañuelo, quiere hacerse con él una
reliquia: arrancádselo, arrancádselo.
En los labios del joven bailó una sonrisa
orgullosa; se desgarró la camisa y dejó caer el
pañuelo. Una herida profunda y brillante apareció
bajo su tetilla izquierda. La multitud lanzó un grito y
retrocedió. El joven se dobló lentamente y cayó de
rodillas, mirando al cadalso como un mártir al altar.
—¡Maison-Rouge! —murmuró Lorin al oído de
Maurice.
El joven expiró en medio de los guardias
estupefactos.
—Aún se puede hacer algo, antes de convertirse
en un mal ciudadano —dijo Maurice.
El perrito, asustado y ladrando, daba vueltas
alrededor del cadáver; un hombre que llevaba un
grueso bastón, le reconoció y le llamó por su
nombre; el perro acudió a su lado; el hombre levantó
su bastón, y le destrozó la cabeza, al tiempo que reía
estrepitosamente.
—¡Miserable! —exclamó Maurice.
—¡Silencio! —murmuró Lorin—. Silencio o
estamos perdidos; es Simon.
Lorin y Maurice fueron a casa del primero.
Maurice, para no comprometer a su amigo, había
adoptado la costumbre de salir por la mañana
temprano y no volver hasta la noche, Durante el día
acechaba el traslado de prisioneros a la Conserjería
para tratar de descubrir en qué prisión estaba
encerrada Geneviève.
Pronto se dio cuenta de que la actividad de diez
hombres no sería suficiente para vigilar las treinta y
tres prisiones que había en París, y se contentó con ir
al tribunal para esperar la comparecencia de
Geneviève. Pero esto le desesperaba, porque, ¿qué
recursos le quedaban a un condenado tras la
sentencia? Algunas veces el tribunal, que comenzaba
sus sesiones a las diez, había condenado a veinte o
treinta personas antes de las cuatro; el primer
condenado disfrutaba de seis horas de vida, pero el
último, enterado de la sentencia a las cuatro menos
cuarto, caía bajo la cuchilla a las cuatro y media.
Si hubiera sabido en qué prisión estaba
encerrada Geneviève habría intentado liberarla.
Nunca las evasiones fueron tan fáciles. Pensaba con
amargura en los jardines de Port-Libre, tan sencillos
de escalar; las habitaciones de Madelonnettes, tan
cómodas de agujerear para alcanzar la calle; los
muros tan bajos del Luxemburgo, y los corredores
sombríos de los Carmelitas, en los que un hombre
resuelto podía penetrar tan fácilmente por una
ventana.
Devorado por la duda y la ansiedad llenaba de
imprecaciones a Dixmer; le amenazaba y saboreaba
su odio por este hombre, cuya cobarde venganza se
ocultaba bajo un rostro de fidelidad a la causa real.
—Encontraré al infame —pensaba Maurice—; y
ese día, pobre de él.
La mañana del día en que ocurrieron los sucesos
que vamos a relatar, Maurice había ido al tribunal
revolucionario. Lorin dormía; le despertó el alboroto
producido en la puerta por voces de mujer y culatas
de fusil. Echó una ojeada a su alrededor para
convencerse de que no había a la vista nada
comprometedor. Al mismo tiempo, entró en la casa
un comisario seguido de varios hombres. El
comisario le dijo que se le detenía por sospechoso y
le preguntó dónde estaba su amigo Maurice.
—En su casa, probablemente —contestó Lorin.
—No; él vive aquí. Aquí está la denuncia, que
es explícita.
Y el comisario mostró a Lorin un papel con una
horrible letra y una ortografía enigmática. En el
papel decía que cada mañana se veía al ciudadano
Lindey, sospechoso y bajo orden de detención, salir
de casa del ciudadano Lorin. La denuncia estaba
firmada por Simon.
—¡Ah, ya! —dijo Lorin—. Este remendón
perderá práctica si ejerce dos oficios a la vez.
¡Soplón y zapatero! Es un César este señor Simon...
—y estalló en risas.
—¿Dónde está el ciudadano Maurice? —dijo el
comisario—. Te apremiamos a entregarle.
—Ya he dicho que no está aquí.
El comisario pasó a la habitación de al lado,
luego subió a un pequeño desván que ocupaba el
criado de Lorin; pero no encontró la menor huella de
Maurice. Pero, en la mesa del comedor, atrajo su
atención una carta recién escrita; era de Maurice y
decía:
Desayuna sin mí. Voy al tribunal y no volveré
hasta la noche.
Lorin pidió permiso para que viniera su criado y
le ayudara a vestirse; quería que éste se enterara de
todo para que pudiera contárselo a Maurice.
El criado bajó de su desván y ayudó a su señor.
—Ahora, ciudadanos, estoy dispuesto a
seguirles. Pero déjenme llevarme el último volumen
de las Cartas a Emilia del señor Demoustier, que
acaban de aparecer y todavía no he leído; esto hará
más atractivas las molestias de mi cautividad.
—¿Tu cautividad? —dijo Simon—. No será
muy larga: figuras en el proceso de la mujer que ha
querido libertar a la austriaca. Se la juzga hoy... a ti
se te juzgará mañana, cuando hayas testimoniado.
—Zapatero —dijo Lorin con gravedad—, coses
tus suelas demasiado de prisa.
—Sí. Pero ya verás qué bonita cuchillada,
hermoso granadero —dijo Simon, con una horrible
sonrisa.
Lorin levantó los hombros y dijo:
—¿Partimos? Les estoy esperando.
Y como todos se dieron la vuelta para bajar la
escalera, Lorin dio a Simon una vigorosa patada, que
le hizo bajar rodando entre aullidos.
Los guardias no pudieron contener la risa. Lorin
se metió las manos en los bolsillos.
—¡En el ejercicio de mis funciones! —dijo
Simon, lívido de cólera.
—¡Diablo! —respondió Lorin—. ¿Es que no
estamos todos en el ejercicio de nuestras funciones?
Le hicieron subir a un coche y el comisario le
condujo al palacio de justicia.
XXI
LORIN
EL DUELO
Maurice se encontraba en su puesto habitual del
tribunal revolucionario. El público de las tribunas se
encontraba de un humor feroz, lo que excitaba la
severidad de los jueces. Ya habían sido condenados
cinco acusados. Otros dos esperaban en ese
momento el sí o el no de los jurados que les daría la
vida o la muerte. El público les interpelaba.
—Mira ese alto, qué pálido está —decía una
calcetera—. Se diría que ya está muerto.
El condenado miró a la mujer que le apostrofaba
con una sonrisa de desprecio.
—¿Qué dices? —replicó su vecina—. Mira
cómo sonríe.
—Sí; pero, de mala gana.
—¿Qué hora es? —le preguntó su compañera.
—La una menos diez; esto ya dura tres cuartos
de hora.
—Entonces, como en Domfront, la ciudad de la
desgracia: que llegas a las doce y te ahorcan a la
una.
Maurice oía todo esto sin prestarle atención;
desde hacía algunos días, su corazón sólo latía en
ciertos momentos; de vez en Cuando, el temor o la
esperanza parecían cortar el ritmo de su vida, y estas
constantes oscilaciones habían roto la sensibilidad
de su corazón, sustituyéndola por la atonía.
Entraron los jurados y, como se esperaba, el
presidente pronunció la condena de los dos
acusados, que salieron con paso firme: todo el
mundo moría bien en esta época.
La voz del ujier resonó lúgubre y siniestra.
—El ciudadano acusador público contra la
ciudadana Geneviève Dixmer.
Un estremecimiento recorrió el cuerpo de
Maurice, y un sudor húmedo perló su rostro.
Se abrió la puertecilla por la que entraban los
acusados y apareció Geneviève. Iba vestida de
blanco, y sus cabellos estaban arreglados con una
encantadora coquetería. Sin duda, la pobre
Geneviève quería aparecer bella hasta el último
momento.
Maurice vio a Geneviève y sintió que le faltaban
todas las fuerzas que había reunido para esta
ocasión; sin embargo, esperaba este golpe, pues
desde hacía doce días no había faltado a ninguna
sesión.
Al ver aparecer a la mujer, el público gritó: unos
de furor, otros de admiración, algunos de piedad. Sin
duda, Geneviève reconoció una voz entre todas,
porque se volvió hacia Maurice, mientras el
presidente hojeaba el dossier de la acusada.
Al primer golpe de vista distinguió a Maurice.
Entonces se volvió por completo con una dulce
sonrisa y un gesto más dulce todavía; apoyó sus
manos rosas y temblorosas sobre sus labios y,
poniendo en él toda su alma, dio alas a un beso
perdido, que sólo uno entre toda aquella gente tenía
derecha a tomar para sí.
Un murmullo de interés recorrió la sala.
Geneviève, interpelada, se volvió a sus jueces; pero
se detuvo en medio de su movimiento, y sus ojos se
fijaron con expresión de terror en un punto de la
sala.
En vano se alzó Maurice de puntillas: no vio
nada; o mejor dicho, algo más importante llamó su
atención: Fouquier-Tinville había comenzado la
lectura del acta de acusación.
Se decía en ella que Geneviève Dixmer era la
esposa de un conspirador encarnizado, del que se
sospechaba que había ayudado al excaballero de
Maison-Rouge en sus sucesivas tentativas de salvar
a la reina.
Por otra parte, ella había sido sorprendida de
rodillas ante la reina, suplicándola que cambiara sus
ropas con ella y ofreciéndose a morir en su puesto.
Este fanatismo estúpido, rezaba el acta de acusación,
sin duda merecerá el elogio de los
contrarrevolucionarios; pero hoy, cualquier
ciudadano francés se debe exclusivamente a la
nación, y la traiciona doblemente quien se sacrifica
por los enemigos de Francia.
Preguntada Geneviève si reconocía haber sido
encontrada, como decían los guardias Duchesne y
Gilbert, de rodillas ante la reina y suplicándole que
cambiara sus ropas con ella, respondió simplemente:
—Sí.
—Entonces —dijo el presidente—, cuéntenos su
plan y sus esperanzas.
Geneviève repuso que una mujer podía tener
esperanzas, pero no hacer un plan como aquél del
que era víctima. El presidente le preguntó cómo es
que se encontraba en el calabozo de la reina, y ella
contestó que la habían obligado.
—¿Quién? —preguntó el acusador público.
—Personas que me habían amenazado de
muerte si no obedecía.
—Pero, para escapar a la muerte que la
amenazaba, usted se arriesgó a ser condenada a
muerte.
—Cuando he cedido, el cuchillo estaba junto a
mi pecho, mientras que el hierro de la guillotina
estaba todavía muy lejos.
Le preguntaron por qué no había pedido ayuda,
y la joven respondió que no tenía nadie a quien
pedírsela.
Maurice percibió a su izquierda un rostro
inflexible. Era Dixmer, de pie, sombrío, implacable,
sin perder de vista a Geneviève ni al tribunal. Le
lanzó una mirada cargada de tanto odio, que el
hombre se volvió hacia él como atraído por un fluido
ardiente.
El presidente pidió a Geneviève que dijera los
nombres de sus instigadores. Ella contestó que sólo
había uno: su marido.
—Indíquenos su escondite.
—El ha sido infame, pero yo no seré cobarde;
no es mi obligación denunciar su escondite, sino la
de ustedes descubrirlo.
Maurice miró a Dixmer y pensó en denunciarle,
aún a riesgo de entregarse a sí mismo; pero se
contuvo.
El presidente preguntó si había testigos, y el
ujier llamó a Lorin.
—Había otro testigo más importante —dijo
Fouquier—; pero no se le ha podido encontrar.
Dixmer se volvió hacia Maurice sonriendo:
quizás había pasado por la cabeza del marido la
misma idea que por la del amante.
En ese momento, acompañado por Simon y dos
guardias entró Lorin, al que preguntaron su nombre,
estado y si era pariente de la acusada.
—No; pero tengo el honor de ser uno de sus
amigos.
—¿Sabía usted que ella conspiraba para liberar
a la reina?
—¿Cómo quiere que lo supiera?
—Ella se lo podía haber confiado. Se le ha visto
alguna vez con ella. ¿Sabía que era una aristócrata?
—La conocía como la esposa de un curtidor.
—Su marido no ejercía el oficio bajo el que se
ocultaba. Háblenos de él.
—¡Con mucho gusto!... Es un villano, que ha
sacrificado a su propia mujer para satisfacer sus
odios personales. ¡Puah! Para mí está tan bajo como
Simon.
Fouquier le pidió que fuera más explícito, pero
Lorin manifestó que ya había dicho cuanto sabía.
—Ciudadano Lorin, es tu deber aclarar los
hechos al tribunal.
—Que se aclare con lo que acabo de decir. En
cuanto a esta pobre mujer, no ha hecho más que
obedecer a la violencia. Miradla, ¿tiene aspecto de
conspiradora? Se la ha obligado a hacerlo, eso es
todo.
—¿Tú crees?
—Estoy seguro.
—En nombre de la ley, pido que el testigo Lorin
sea llevado ante el tribunal, acusado de complicidad
con esta mujer —dijo Fouquier.
—Ciudadano acusador —exclamó Simon—,
acabas de salvar a la patria.
Lorin, sin responder nada, pasó la barandilla,
besó la mano de Geneviève, preguntándole cómo se
encontraba, y se sentó en el banquillo de los
acusados. Al pasar la barandilla, Lorin había visto la
figura sombría y burlona de Dixmer.
Cuando estuvo sentado a su lado, Geneviève se
inclinó junto a su oreja y le dijo:
—¿Sabe que Maurice está aquí? No mire ahora,
podría delatarle. Está detrás de nosotros, junto a la
puerta. ¡Qué pena para él si nos condenan!
—Nos condenarán; no lo dude. La decepción
sería demasiado cruel, si usted tuviera la insensatez
de esperar que no lo hicieran. Hay un medio para
que usted se salve —dijo Lorin.
—¿Seguro? —preguntó Geneviève, cuyos ojos
brillaban de alegría.
—De eso respondo yo.
—Si usted me salva, Lorin, ¡cómo le bendeciré!
—Pero este medio... —replicó el joven.
Geneviève leyó en sus ojos la causa de su
vacilación.
—¿Usted también le ha visto? —preguntó.
—Sí; le he visto. ¿Quiere usted salvarse? Que él
se siente aquí y usted estará salvada.
Sin duda, Dixmer adivinó en la mirada de Lorin
lo que estaba diciendo, porque palideció; pero
enseguida recuperó su calma.
Sin embargo, Geneviève se negó a hacer lo que
decía Lorin, pese a la insistencia de éste.
Simon, que no podía oír lo que decían los dos
acusados, no les quitaba la vista de encima.
—Ciudadano —dijo a un guardia—, impide a
los conspiradores continuar sus complots contra la
República incluso delante del tribunal
revolucionario.
—Ciudadano Simon —dijo el guardia—, sabes
muy bien que aquí ya no se conspira, y si se hace no
es por mucho tiempo. Están charlando, y si la ley no
les prohibe hablar en la carreta, ¿por qué habría de
hacerlo en el tribunal?
El presidente, tras consultar con sus auxiliares,
comenzó sus preguntas:
—Ciudadano Lorin, ¿de qué naturaleza eran sus
relaciones con la ciudadana Dixmer?
Nuestros dos corazones
la amistad más pura los unía.
Yo la amaba como a una hermana
y ella como a un hermano me quería.
—Ciudadano Lorin —dijo Fouquier—, la rima
es muy mala, sobran sílabas.
—Pues corta, ciudadano acusador, corta. Ese es
tu oficio.
El rostro impasible de Fouquier palideció
ligeramente.
—¿Con qué espíritu aceptaba el ciudadano
Dixmer la amistad de su mujer con un hombre
pretendidamente republicano? —preguntó el
presidente.
—Eso no se lo puedo decir, porque no he
conocido al ciudadano Dixmer, de lo cual estoy muy
satisfecho.
—¿No dices que tu amigo, el ciudadano
Maurice Lindey, era la unión de esta amistad tan
pura entre tú y la acusada? —preguntó Fouquier—.
Los ciudadanos del jurado apreciarán esta singular
alianza de una aristócrata con dos republicanos.
Usted, Lorin, conocía a esta mujer, era su amigo y
¿no conocía sus planes? Entonces, ¿es posible que
ella sola haya llevado a cabo la acción que se le
imputa?
Lorin insistió en que Geneviève había sido
obligada por su marido.
—Entonces, ¿cómo es que no conoces al
marido?
Lorin sólo necesitaba contar la desaparición de
Dixmer, los amores de Geneviève y Maurice, y
cómo el marido se había llevado a Geneviève a un
escondite impenetrable, y quedaría exento de toda
connivencia. Pero, para eso, tenía que traicionar el
secreto de sus dos amigos.
—¿Qué responde usted al ciudadano acusador?
—preguntó el presidente.
—Que su lógica es aplastante y me ha
convencido de algo que ignoraba: que soy, según
parece, el más temible conspirador que se haya
visto.
Esta declaración provocó la hilaridad general.
Incluso los jurados no pudieron reprimir la risa.
Fouquier instó a Lorin a que hablara y se defendiera,
pues se conocía su pasado de excelente republicano.
Pero el joven guardó silencio, y se volvió hacia el
auditorio para interrogar a Maurice con la mirada
sobre lo que debía de hacer. Maurice no indicó a
Lorin que hablara, y éste se calló, lo que equivalía a
condenarse a sí mismo. Lo que siguió fue muy
rápido: Fouquier resumió su acusación; el presidente
resumió los debates; los jurados salieron a deliberar
y volvieron con un veredicto de culpabilidad contra
Lorin y Geneviève; el presidente condenó a los dos a
la pena de muerte.
Los guardias se llevaron a Geneviève y a Lorin,
que saludaron a Maurice de diferente manera: Lorin
sonrió; Geneviève, pálida y desfalleciente, le envió
un último beso con sus dedos empapados de
lágrimas.
Maurice, medio loco, no respondió al adiós de
sus amigos.
Miró a su alrededor, y reconoció a Dixmer, que
salía con otros espectadores; se lanzó rápidamente
en su persecución le alcanzó en el momento en que
sus pies tocaban las baldosas de la antesala, y llamó
su atención tocándole con la mano en el hombro.
Dixmer se volvió.
—Buenos días, ciudadano republicano —dijo
Dixmer, sir manifestar otra emoción que un ligero
temblor que dominó enseguida.
—Buenos días, ciudadano cobarde. Me
esperaba, ¿no?
—Ya no; le he esperado antes.
—Todavía llego demasiado pronto para ti,
¡asesino! —dijo Maurice con un murmullo
espantoso.
—Ciudadano —replicó Dixmer—, usted echa
lumbre por los ojos. Nos van a reconocer y nos
seguirán.
—Sí; y tú temes ser detenido, ¿no?, ¿temes que
te lleven al mismo cadalso al que envías a los
demás? Que se nos detenga, tanto mejor; porque me
parece que hoy le falta a la justicia nacional un
culpable.
—Como falta un nombre en la lista de las gentes
de honor desde que el suyo ha desaparecido, ¿no?
Maurice le preguntó por qué no le había
esperado el día en que le robó a Geneviève.
—Creía que era usted el primer ladrón.
Maurice le dijo que dejara aparte el humor, por
el que nunca se había distinguido, y le propuso
batirse con él.
—Mañana, si usted quiere; o esta noche, pero
no ahora.
—¿Por qué no?
—Porque tengo que hacer algo a las cinco.
—Algún proyecto horroroso —dijo Maurice—;
alguna celada criminal.
—La verdad es que es usted muy poco
agradecido —replicó Dixmer—. Durante seis meses
le he dejado enamorar a mi mujer, he tolerado sus
entrevistas y sus sonrisas. Reconozca que nunca ha
habido nadie más tolerante que yo.
—Es decir, que me considerabas útil y me
manejabas.
—Sin duda. Mientras usted traicionaba a su
república y me la vendía por una mirada de mujer;
mientras ustedes se deshonraban, usted por su
traición y ella por su adulterio yo esperaba y
triunfaba.
—¡Horror! —dijo Maurice.
—Veo que sabe apreciar su conducta, que ha
sido horrible, infame.
—Se equivoca; la conducta infame es la del
hombre al que se confía el honor de una mujer y
hace de su belleza un cebo ignominioso para cazar
un corazón débil. Su deber sagrado era proteger a
esta mujer, y usted la ha vendido.
—Mi deber era salvar al amigo que sostenía
conmigo una causa sagrada. Igual que he sacrificado
mis bienes a esta causa, he sacrificado mi honor. Me
he olvidado por completo de mí mismo. Sólo he
pensado en mí en último lugar, Ahora, ya no tengo
amigo: ha muerto apuñalado; ahora, ya no tengo
reina: ha muerto en el cadalso; ahora, pienso en mi
venganza.
—Diga mejor su asesinato.
—Matando a una adúltera no se la asesina, se la
castiga.
—El que castiga lo hace a plena luz; tú no
castigas, puesto que te escondes para arrojar su
cabeza a la guillotina.
—¿Yo me escondo? Asistir a su condena, ir a la
sala de los Muertos para darle el último adiós, ¿es
esconderse?
—¿Vas a volverla a ver? —exclamó Maurice—
¿vas a decirle adiós?
—Decididamente, no eres experto en
venganzas, ciudadano Maurice. He encontrado algo
mejor que dejar a los acontecimientos seguir su
propio curso; he encontrado un medio de devolver a
esta mujer todo el mal que me ha hecho: ella te ama
y va a morir lejos de ti; me detesta y va a volverme a
ver. Mira, esta cartera guarda un salvoconducto
firmado por el escribano del Palacio, con él puedo
llegar junto a los condenados. Iré allí y llamaré
adúltera a Geneviève; veré caer sus cabellos bajo la
mano del verdugo, repitiendo: adúltera; la
acompañaré hasta la carreta, y cuando ponga el pie
en el cadalso, lo último que escuchará será la palabra
adúltera.
—¡Ten cuidado! Ella no podrá soportar tantas
cobardías y te denunciará.
—No —dijo Dixmer—; me odia demasiado
para hacerlo. Si quisiera denunciarme, lo habría
hecho cuando tu amigo se lo aconsejaba: si no me ha
denunciado para salvar su vida, no lo hará para
morir conmigo. Sabe muy bien que si me denuncia
iré con ella al cadalso repitiéndole la palabra
adúltera, y que en el momento en que ella entre en
la eternidad, la acusación entrará con ella.
—Escucha —dijo Maurice—; a esta venganza
le falta una cosa: que puedas decirle: «Al salir del
tribunal he encontrado a tu amante y le he matado.»
—Al contrario; prefiero decirle que te he visto y
que lamentarás el espectáculo de su muerte toda tu
vida.
—Sin embargo, me matarás o te mataré —y
pálido de emoción le cogió por el cuello y le arrastró
hasta una escalera que descendía a la orilla del río.
—No hay necesidad de llevarme a la fuerza —
dijo Dixmer.
Maurice comprobó que su enemigo estaba
armado y le hizo bajar delante de él, advirtiéndole
que al menor gesto le hundiría la cabeza de un
sablazo.
—Sabes que no tengo miedo —dijo Dixmer.
—De mi sable, no —dijo Maurice—; pero sí de
perder tu venganza. Y ahora que estamos cara a cara,
puedes decirle adiós.
Habían llegado a la orilla del río, y Maurice se
colocó entre el agua y Dixmer.
—Estoy convencido de que te mataré, Maurice
—dijo Dixmer—; tiemblas demasiado.
—Y yo, Dixmer —dijo Maurice empuñando el
sable—, creo que te mataré, y que después, cogeré
de tu cartera el salvoconducto del escribano del
palacio. No te molestes en abrocharte, el traje, mi
sable lo abrirá, te lo aseguro, aunque fuera de bronce
como las corazas antiguas.
—¿Que tú cogerás este papel? —gritó Dixmer.
—Sí —dijo Maurice—. Yo lo utilizaré; yo
llegaré con él junto a Geneviève; yo me sentaré
junto a ella en la carreta; yo murmuraré en su oído
mientras viva: te quiero; y cuando caiga su cabeza:
te quería.
Dixmer hizo un movimiento con la mano
izquierda para pasarse el papel a la derecha y
lanzarlo al río junto con la cartera. Pero, rápido
como el viento, el sable de Maurice cayó sobre la
mano y la separó casi por completo de la muñeca. El
herido lanzó un grito, sacudiendo su mano mutilada,
y se puso en guardia.
Empezó un combate terrible. Los dos enemigos
estaban bajo una de las bóvedas que comunican los
calabozos de la Conserjería con el río; el espacio era
tan reducido que apenas tenían sitio para moverse
sobre el suelo resbaladizo.
Dixmer notaba que la sangre le corría por el
brazo, y comprendió que las fuerzas se le escapaban
con ella; cargó contra Maurice con tal fuerza que
éste tuvo que retroceder un paso; al parar el golpe,
resbaló su pie izquierdo, cayó de rodillas y la punta
del sable enemigo le rozó en el pecho. Con un rápido
movimiento levantó su sable; Dixmer, que se había
lanzado contra él ciego de rabia, se ensartó él
mismo.
Se oyó una imprecación y los dos cuerpos
rodaron fuera de la bóveda. Maurice se levantó
cubierto por la sangre de su enemigo, y arrancó su
sable del cuerpo de éste; a medida que lo sacaba,
parecía como si la hoja aspirase el resto de vida que
agitaba aún los miembros de Dixmer con un temblor
nervioso.
Luego, cuando estuvo seguro de que Dixmer
había muerto, se inclinó sobre el cadáver, le
desabrochó la ropa, cogió la cartera y se alejó
rápidamente.
Se dio cuenta de que estaba cubierto de sangre y
se acercó a la orilla del río para lavarse en el agua
las manos y la ropa, consciente de que, con
semejante aspecto, no podría avanzar dos pasos sin
que le detuvieran.
Después subió rápidamente la escalera,
lanzando una última mirada a la bóveda: un hilillo
rojo salía de ella y avanzaba hacia el río.
Al llegar cerca del palacio, abrió la cartera y
sacó el salvoconducto firmado por el escribano. Dio
gracias a Dios por su justicia, y subió
apresuradamente las escaleras que conducían a la
sala de los Muertos.
Sonaban las tres.
XXII
LA SALA DE LOS MUERTOS
POR QUE HABIA SALIDO LORIN
¡VIVA SIMON!
El escribano del palacio padeció espantosos
temores cuando se descubrió el complot de Dixmer.
Sabía que podía aparecer como cómplice de su falso
colega y ser condenado a muerte. Fouquier-Tinville
le llamó, y el hombre sólo pudo demostrar su
inocencia gracias a la declaración de Geneviève, la
huida de Dixmer y el interés del propio Fouquier por
conservar a su administración limpia de cualquier
mancha.
—Ciudadano —había dicho el escribano—, me
he dejado engañar como un animal.
—Un empleado de la nación que se deja
engañar en estos tiempos, merece ser guillotinado —
había contestado Fouquier—. Animal o no, nadie se
debe adormecer en su amor por la República. Te
perdono porque no quiero que ningún empleado mío
sea sospechoso. Pero acuérdate que la mínima
palabra que oiga sobre este asunto, será tu condena
de muerte.
El escribano buscó a Dixmer por todas partes
para recomendarle silencio; pero Dixmer había
cambiado de domicilio y no le pudo encontrar.
El día en que juzgaban a Geneviève, Dixmer
apareció en la oficina del palacio. El escribano se
quedó petrificado como si viera a un espectro.
—¿No me reconoces? —preguntó Dixmer.
—Sí; eres el ciudadano Durand, o mejor dicho,
el ciudadano Dixmer. Pero, ¿estás muerto?
—Todavía no, como puedes ver.
—Quiero decir que se te va a detener.
—¿Quién quieres que me detenga? No me
conoce nadie.
—Yo te conozco; y sólo tengo que decir una
palabra para que te guillotinen.
—Y yo sólo tengo que decir dos para que te
guillotinen conmigo. Escucha: mi mujer va a ser
condenada y deseo verla por última vez para decirle
adiós.
—¿Dónde?
—En la sala de los Muertos.
—¿Te atreverás á entrar allí?
—¿Por qué no? Debe haber un medio de
hacerlo.
—Sí que lo hay: consiguiendo un
salvoconducto.
—¿Dónde se consigue? —el escribano
vacilaba—. Contesta.
—Se consiguen... aquí.
—¿Y quién los firma habitualmente?
—Yo.
—¡Mira qué bien! —dijo Dixmer—. Tú me vas
a firmar un salvoconducto.
El escribano se sobresaltó, dijo que se jugaba la
cabeza y aseguró que iba a hacer que le detuvieran.
—Hazlo —dijo Dixmer—; yo te denunciaré
como mi cómplice y me acompañarás a la famosa
sala en vez de dejarme ir solo.
El escribano quería buscar una manera de
arreglar el asunto que fuera menos comprometedora
para él, y le propuso:
—Entras por la puerta de los condenados, para
lo que no hace falta salvoconducto. Y luego, cuando
hayas hablado con tu mujer, me llamas y yo te hago
salir.
—No está mal—dijo Dixmer—. Pero,
desgraciadamente, hay una historia que se cuenta en
la ciudad: un pobre jorobado se ha equivocado de
puerta y, creyendo entrar en los archivos, entra en la
sala de los Muertos por la puerta de los condenados,
y como no lleva salvoconducto, no se le deja salir,
diciéndole que, como ha entrado por la misma puerta
que los demás condenados, él también lo es. De nada
le ha servido protestar y jurar, nadie le ha creído,
nadie ha ido en su ayuda, nadie le ha ayudado a salir.
De manera que, pese a sus protestas, juramentos y
gritos, el verdugo le ha cortado los cabellos y luego
el cuello. Tú debes saber si la anécdota es cierta.
—Sí, es cierta —dijo el escribano.
—Entonces, yo estaría loco si entrara en un sitio
tan peligroso con semejantes antecedentes.
El escribano le aseguró que él le esperaría junto
a la puerta.
—Eso te comprometería —dijo Dixmer—: te
verían hablar conmigo; y además, no me conviene.
Prefiero el salvoconducto.
—Imposible.
—Entonces, querido amigo, hablaré, y daremos
una vuelta juntos por la plaza de la Revolución.
El escribano, aturdido y medio muerto, firmó un
salvoconducto para un ciudadano. Dixmer lo cogió
y se fue.
A partir de ese momento, el escribano, para
evitar toda acusación de connivencia, fue a sentarse
junto a Fouquier-Tinville, dejando la dirección de su
oficina a su primer oficial.
A las tres y diez, Maurice, provisto de
salvoconducto, atravesó una auténtica valla de
carceleros y guardias, y llegó sin obstáculo hasta la
puerta fatal.
La habitación estaba dividida en dos
compartimentos; en uno permanecían los empleados
encargados de registrar los nombres de los que
llegaban; en el otro, amueblado con unos bancos de
madera, esperaban los que acababan de ser detenidos
y los que acababan de ser condenados, que era casi
lo mismo.
La sala era sombría. Una mujer vestida de
blanco y medio desvanecida yacía en una esquina.
Ante ella, un hombre guardaba silencio. Alrededor
de estos dos personajes se movían confusamente los
condenados, que sollozaban o cantaban himnos
patrióticos. Otros se paseaban a grandes zancadas,
como para huir del pensamiento que les devoraba.
Era la antesala de la muerte, y su mobiliario
hacia honor su nombre: las camas, tumbas
provisionales, eran ataúdes llenos de paja. En una
pared se alzaba un gran armario; un prisionero lo
abrió por curiosidad y retrocedió con horror: el
armario encerraba las ropas sangrientas de los
ajusticiados la víspera, y largas trenzas de cabellos
colgaban acá y allá; eran las propinas del verdugo,
que se las vendía a los parientes cuando la autoridad
no le ordenaba quemar esas queridas reliquias.
Maurice contempló el cuadro, avanzó tres pasos
y cayó a los pies de Geneviève. La pobre mujer
lanzó un grito que Maurice ahogó en sus labios.
Lorin abrazó a su amigo llorando; eran las primeras
lágrimas que derramaba.
Los condenados apenas se observaban unos a
otros. Cada uno estaba demasiado ocupado con sus
propias emociones para preocuparse de las de los
demás.
Los tres amigos permanecieron unidos por un
momento en un abrazo mudo, ardiente y casi alegre.
Maurice tomó las manos de Geneviève y dijo a
Lorin.
—Has sido detenido por mí y condenado por
ella, sin haber hecho nada por tu parte contra las
leyes; si Geneviève y yo pagamos nuestra deuda, no
conviene que se te haga pagar a ti.
—No te entiendo.
—Lorin, eres libre.
—¿Libre? ¡Estás loco! —dijo Lorin.
—No estoy loco; te repito que estás libre; aquí
tienes un salvoconducto. Cuando te pregunten, di
que eres un empleado de la oficina de los
Carmelitas, que has venido a hablar con el escribano
del palacio, has sentido curiosidad, y has pedido un
salvoconducto para ver a los condenados.
—Si se puede salir de aquí, ¿por qué no haces
que se salve ella? —preguntó Lorin.
—Imposible. En el salvoconducto pone un
ciudadano, y no una ciudadana; además, Geneviève
no querría salir dejándome aquí.
—Y si ella no quiere, ¿por qué iba a querer yo?,
¿crees que tengo menos valor que una mujer?
—No, amigo mío: todo lo contrario; yo sé que
eres el hombre más valiente; pero nadie podría
disculpar tu cabezonería en este caso. Vamos, Lorin,
aprovecha la ocasión, y danos esta alegría suprema
de saberte libre y feliz.
—¿Feliz sin vosotros? No. Si estando yo preso,
existiera la posibilidad de encontraros, derribaría
murallas; pero, para salvarme solo, para pasar ante
las casas donde os he visto y no ver más que
vuestras sombras, para llegar a execrar este París al
que he querido tanto; para eso, no. Me quedo aquí.
—Pobre amigo —dijo Maurice.
Geneviève no decía nada, pero le miraba con los
ojos empañados de lágrimas.
—Echas de menos la vida —dijo Lorin.
—Sí; por ella.
—Yo no la echo de menos por nada; ni siquiera
por la diosa Razón, que me ha hecho últimamente
las más graves injusticias, por lo que ni siquiera
tendrá el trabajo de consolarse como la otra
Arthémise, la antigua. Me iré tranquilo y chistoso;
divertiré a todos los miserables que corren junto a la
carreta; recitaré un bonito cuarteto a Sansón, diré
buenas noches a todos… es decir... espera. Sí, tengo
que salir. Sabía que no quería a nadie, pero olvidaba
que odiaba a uno. Tu reloj, Maurice, tu reloj.
—Las tres y media.
—Tengo tiempo, diablo, tengo tiempo.
—Quedan nueve acusados aún —dijo
Maurice—. Tenemos casi dos horas por delante.
—Es todo lo que necesito. Dame tu
salvoconducto y préstame veinte sueldos12.
Geneviève le preguntó qué iba a hacer, pero
Lorin eludió la respuesta. Maurice sacó su bolsa y la
puso en manos de su amigo junto con el
salvoconducto. Lorin besó la mano de Geneviève y,
aprovechando la llegada de una hornada de
condenados, pasó por encima de los bancos y se
plantó en la puerta. Se le acercó un guardia y le
mostró el salvoconducto. El guardia reconoció la
firma del escribano, pero desconfiaba, y al ver al
12 Moneda de cinco francos creada por La Revolución Francesa.
(Nota del traductor.)
escribano, que llegaba en ese momento del tribunal,
le mostró el papel, preguntándole si era auténtico.
El escribano tembló de miedo y, convencido de
que vería a Dixmer si levantaba la vista, se apresuró
a responder, apoderándose del salvoconducto:
—Sí, sí, es mi firma —y rompió el papel en mil
trozos—. Pero este tipo de salvoconductos sólo
valen para una vez.
Lorin se quedó un momento irresoluto, y luego
salió de la oficina. Maurice le siguió con la mirada,
y cuando desapareció, dijo a Geneviève,
—Está salvado. Han roto su salvoconducto y no
podrá volver a entrar. Además, ya va a terminar la
sesión del tribunal: él volverá a las cinco, y nosotros
ya habremos muerto.
Geneviève suspiró, estremeciéndose.
—Abrázame —dijo—, y no nos separemos.
¡Por qué no será posible que nos mate un mismo
golpe para exhalar juntos nuestro último suspiro!
Los dos jóvenes se retiraron a lo más profundo
de la sala. Geneviève se sentó junto a Maurice y le
pasó los brazos alrededor del cuello; así enlazados,
respirando los dos el mismo aire, se adormecieron.
Pasó media hora. De pronto se oyeron ruidos y
los guardias aparecieron en la puerta seguidos de
Sansón y sus ayudantes, que llevaban unos líos de
cuerdas.
—¡Oh!, amigo mío —dijo Geneviève—. Ha
llegado el momento fatal; me siento desfallecer.
—Y usted está equivocado —se oyó la voz de
Lorin—:
Usted está equivocado, en verdad
¡Porque la muerte es la libertad!
—Has vuelto, infeliz... —le dijo Maurice.
—Escucha —dijo Lorin—; porque lo que tengo
que decir os interesa a los dos. Yo deseaba salir para
comprar un cuchillo. Lo he comprado, y ya con él,
me decía: «el señor Dixmer ha puesto en peligro a su
mujer, ha venido a ver cómo la juzgaban, no se
privará del placer de verla en la carreta sobre todo,
acompañándola nosotros. De manera que le
encontraré en la primera fila de espectadores; me
acercaré a él y le diré: "buenos días, señor Dixmer",
y le clavaré mi cuchillo en el costado.» Pero la
Providencia ya había puesto las cosas en orden. Vi
que los espectadores estaban de espaldas al palacio y
miraban al muelle. Pensé que se trataría de un perro
que se ahogaba; me acerqué al parapeto, miré a la
orilla y... adivinad lo que vi.
—A Dixmer —dijo Maurice con voz sombría.
—Sí. ¿Cómo has podido adivinarlo? Era
Dixmer que se había matado él solo; el desgraciado,
sin duda, lo ha hecho como expiación.
Geneviève dejó caer su cabeza entre las manos;
estaba demasiado débil para soportar tantas
emociones juntas. Maurice preguntó a su amigo si
eso era lo que había pensado.
—Sí... a menos que... haya encontrado a
alguien...
Maurice, aprovechando que Geneviève no podía
verle, se desabrochó el traje y mostró a Lorin su
chaleco y camisa ensangrentados.
—Eso es otra cosa —dijo Lorin, tendiendo la
mano a su amigo. Luego, se acercó a su oreja para
hablarle en voz baja—. Como he entrado sin que me
registraran, diciendo que soy de la escolta de
Sansón, tengo el cuchillo, por si la guillotina te
repugna.
Maurice cogió el arma con alegría; pero se
arrepintió a pensar que Geneviève sufriría
demasiado y devolvió el cuchillo a su amigo que,
dando un viva a la guillotina, lo arrojó en medio del
grupo de condenados. Uno de ellos lo cogió se lo
clavó en el pecho y cayó muerto en el acto. En ese
momento, Geneviève se revolvió dando un grito:
Sansón acababa de ponerle la mano en el hombro.
Al oír el grito de Geneviève, Maurice
comprendió que comenzaba la lucha. Abarcó toda la
escena con la mirada, y con el pensamiento se
imaginó lo que iba a seguir.
En medio de la sala, un cadáver al que un
guardia se apresuraba a sacar el cuchillo del pecho,
temiendo que otros pudieran utilizarlo.
Alrededor suyo, unos hombres mudos de
desesperación: escribían o se estrechaban la mano
unos a otros; unos repetían sin pausa un nombre
querido, o mojaban con sus lágrimas un retrato, un
anillo, un mechón de cabellos; otros vomitaban
furiosas imprecaciones contra la tiranía.
En medio de todos estos infortunios, Sansón,
más abrumado por su lúgubre oficio que por sus
cincuenta y cuatro años; Sansón, tan dulce y
consolador como su misión le permitía ser, daba a
cada uno un consejo y encontraba palabras para
responder a la desesperación y a la bravata.
Sansón dijo a Geneviève que debía quitarse la
toquilla y dejarse cortar el pelo. La joven le pidió
permiso para que lo hiciera Maurice, a lo que el
viejo accedió. Maurice se quitó la corbata, tibia por
el calor de su cuello; Geneviève la besó y,
poniéndose de rodillas, le presentó su hermosa
cabeza. Las manos de Maurice temblaban al
terminar la fúnebre operación, y tenía tal expresión
de dolor en el rostro que Geneviève le recomendó
valor.
Mientras tanto, el primer ayudante había
examinado la lista enviada por Fouquier.
—Catorce —dijo.
Sansón contó los condenados.
—Quince con el muerto —dijo Sansón—.
¿Cómo se explica? Debe ser un error del ciudadano
Fouquier.
Maurice pidió a Lorin que aprovechara la
ocasión para salvarse, y Geneviève juntó sus manos
en señal de súplica. Pero Lorin tomó las manos de la
joven, las besó y dijo:
—He dicho que no, y es que no; no digáis nada
más o tendré que pensar que os estorbo.
—Catorce —repitió Sansón—, y son quince.
¿Hay alguno que reclame?
Se hizo un silencio de varios minutos mientras
los ayudantes continuaban su lúgubre trabajo.
—Ciudadanos, estamos dispuestos... —dijo la
voz sorda y solemne del viejo Sansón.
Se oyeron algunos sollozos y la voz de Lorin
que decía:
Muramos por la patria,
¡Es la suerte mejor!
—Sí, cuando se muere por la patria; pero
empiezo a pensar que sólo morimos para placer de
los que nos ven morir Maurice, soy de tu opinión:
también a mí empieza a disgustarme la República.
En ese momento, entraron los guardias, cerraron
las salidas y se colocaron entre las puertas y los
condenados mientras se pasaba lista.
A medida que cada uno pasaba por el portillo, le
ataban las manos a la espalda.
Durante diez minutos, los infelices no
intercambiaron ni una palabra. Sólo los verdugos
hablaban y se movían.
Maurice, Geneviève y Lorin se apretaban entre
sí para que no les separasen.
Los condenados fueron sacados al patio, donde
esperaban las carretas, y subieron a éstas ayudados
por los carceleros.
Geneviève subió a la carreta y Maurice lo hizo
tras ella. Lorin no se apresuró. Eligió su sitio y se
sentó a la izquierda de Maurice.
Las puertas se abrieron; en las primeras filas de
espectadores estaba Simon; los dos amigos le
reconocieron, y él también les vio. Cuando la carreta
pasó junto a él, dijo a Lorin:
—Buenos días, hermoso granadero; me parece
que vas a probar mi cuchilla.
—Sí; y trataré de no mellarla para que pueda
cortarte el pellejo cuando te llegue la vez.
Una espantosa tormenta de gritos, bravos,
gemidos y maldiciones hizo explosión alrededor de
los condenados. Maurice recomendó valor a
Geneviève, y la joven dijo que sólo lamentaba no
tener las manos libres para abrazarle antes de morir.
—Lorin —dijo Maurice—; registra en el
bolsillo de mi chaleco. Y encontrarás un
cortaplumas.
Maurice colocó su bolsillo a la altura de las
manos de su amigo; Lorin cogió el cortaplumas, lo
abrieron entre los dos, y cogiéndolo Maurice entre
los dientes, cortó las cuerdas que ataban las manos
de su amigo que, a su vez, le devolvió el servicio;
—Date prisa —dijo Maurice—, Geneviève se
desvanece.
En efecto, la joven había cerrado los ojos y
dejado caer la cabeza sobre el pecho.
—Abre los ojos —le dijo Maurice—; nos
quedan muy pocos minutos para vernos en este
mundo.
La joven le dijo que las cuerdas le hacían daño,
y Maurice la desató. Enseguida, Geneviève abrió los
ojos, se enderezó y rodeó con su brazo a Maurice,
mientras con la otra mano cogía la de Lorin, y los
tres se pusieron de pie.
Elpueblo, que los insultaba al verlos sentados,
guardó silencio al verlos de pie.
Se divisó el cadalso. Maurice y Lorin lo vieron;
Geneviève no lo vio porque sólo miraba a su
amante. La carreta se detuvo.
—¡Te quiero! —dijo Maurice a Geneviève—,
¡te quiero!
El pueblo pidió que se guillotinara primero a la
mujer. Maurice la tomó en sus brazos y, con los
labios pegados a los de ella, la depositó en brazos de
Sansón.
Maurice recomendó valor a Geneviève y luego,
le repitió que la amaba.
—Adiós —gritó Geneviève a Lorin.
—Hasta la vista —respondió éste.
Y Geneviève desapareció en la báscula fatal.
Maurice y Lorin discutían cuál de los dos la
seguiría.
—Escucha; ella te llama —dijo Lorin.
En efecto, Geneviève lanzó su último grito:
—¡Ven!
Un rumor se alzó de la multitud. La hermosa
cabeza había caído.
Maurice avanzó.
—Es lo justo —dijo Lorin—. Sigamos la lógica:
ella te quería, muere la primera; tú no estás
condenado, mueres el segundo; yo no he hecho
nada, y como soy el más criminal de los tres, lo hago
el último.
He ahí como todo se explica
Con ayuda de la lógica.
—Ciudadano Sansón, te había prometido un
cuarteto pero te conformarás con un pareado.
—Yo te quería —murmuró Maurice atado a la
plancha fatal y sonriendo a la cabeza de su amiga—;
yo te quería…
El hierro cortó la palabra por la mitad.
—Ahora yo —exclamó Lorin, saltando al
cadalso—, y rápido, porque pierdo la cabeza...
Ciudadano Sansón, te he estafado dos versos, pero
en su lugar, te ofrezco un juego de palabras.
Sansón le ató.
—Veamos —dijo Lorin—; está de moda gritar
algún viva cuando se muere: antes se gritaba: «Viva
el rey», pero ya no hay rey. Después se ha gritado:
«Viva la libertad», pero ya no hay libertad. ¡Pardiez!
¡Viva Simon que nos reúne a los tres!
Y la cabeza del generoso joven cayó cerca de
las de Maurice y Geneviève.


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