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viernes, 29 de abril de 2011

Las palabras mágicas



Alfredo Gómez Cerdá
Las palabras mágicas

Índice





Argumento:

Ramón es un niño con una imaginación desbordante y todos recurren a él a la hora de jugar. Vive con tanta intensidad sus fantasías que se olvida de todo, hasta de que tiene ganas de hacer pis. Eso le va a ocasionar algún disgusto, sobre todo con su intransigente madre. Este libro es la primera incursión del autor en la literatura infantil.



Capitulo 1
¿A qué podemos jugar esta tarde?

LA CIUDAD donde Ramón vivía era, más o menos, como todas. Ya sabéis: mucha gente, muchos automóviles, muchas chimeneas, mucho ruido... Era una de esas ciudades que tienen mucho de todo y que, sin embargo, carecen de cosas tan elementales como unos poquitos árboles, una cigüeña anidando en lo alto de una torre, un río limpio... Sí, era una ciudad normal y corriente. De todas formas, da lo mismo cómo fuese su ciudad y, si me apuráis, ni siquiera es importante que se trate de una ciudad.
La casa donde Ramón vivía también era normal y corriente, como casi todas, tal vez como la tuya y la mía. Era una de esas casas grandotas, con muchísimos vecinos; y Ramón estaba encantado de tener tantos vecinos, sobre todo porque entre ellos estaban el Cipri y Rúper, sus dos mejores amigos.
Ramón era un niño alto y grande, muy crecido para su edad; de ojos grandes, a veces incisivos, a veces distantes; un largo flequillo castaño le llegaba hasta las cejas y... y... No se me ocurre nada más. ¡Ah, sí! Resulta que era malísimo, rematadamente malo. Bueno... no exactamente. ¿Cómo podría explicároslo? Lo que quiero decir es que Margarita, su madre, decía eso a todo el mundo:
—Tengo el peor hijo de todos los hijos —solía comentar con cualquiera—. Me va a matar a disgustos.
—Mujer, es sólo un muchacho —solía disculparle el interlocutor de turno.
—Es travieso, desobediente, mentiroso, respondón, holgazán... Es, es, es... Acabará con mi paciencia y con mis nervios. Es bruto, sucio, vago... y meón.
—¿Meón?
—Enuresis infantil, dice el doctor. ¡Pamplinas, digo yo! Lo que me faltaba. Sí, a pesar de lo grande que le ves. ¡Ramón, déjate la nariz! ¡Cochino!
Margarita era una de esas madres que hablan tanto, tanto, que a menudo se olvidan de escuchar.
Pero... ¿cómo era Ramón? Pues, la verdad, yo creo que era un niño como tú o como yo, o como el Cipri, o como Rúper, o como cualquiera de los muchos amigos del barrio y el colegio que por las tardes llenaban de polvo y estrépito el pequeño jardín de la plaza del Árbol Solitario. Era... alegre, juguetón, cariñoso, simpático, listejo  sólo había sacado un insuficiente en la primera evaluación  y devorador de cuentos y televisión. Sobre todo, era un niño con una imaginación... ¡Buf! ¡Qué imaginación! ¡Fabulosa! Su mente estaba siempre preparando algo verdaderamente extraordinario. Y eso, digo yo, no puede ser malo.
Fijaos si era grande su imaginación, que todos los amigos le buscaban siempre que querían divertirse de verdad. Y es que los juegos que inventaba Ramón eran fenomenales.
—¡Eh, Ramón! —le gritaba el Cipri—. ¿A qué podemos jugar esta tarde?
—Pues... pues... —arrugaba la nariz para pensar mejor—. ¿Qué os parece si jugamos a los piratas?
—¿Será divertido? —preguntaba el escéptico Rúper.
—Tiene que serlo. Acabo de leer un libro de piratas y me lo he pasado bomba.
—Pero, ¿crees que en esta plaza podremos...?
—¡Por supuesto! Juntaremos dos bancos para hacer un galeón, y nos dividiremos en dos grupos.
—¿Para qué? —era la típica pregunta de Amparito la dientes.
—Los buenos y los malos.
—Pues yo quiero ser una princesa buena.
—¡Ya lo tengo! —Ramón, en unos segundos, había imaginado toda la historia—. ¡Escuchadme! Por un lado estarán los piratas, yo seré su jefe.
—¡Eso no vale!
—Para eso he inventado el juego, ¡no te digo!
—Bueno.
—Por otro lado habrá una princesa muy fea que vivirá en una isla en medio del océano.
—¿Y por qué tiene que ser fea? —se extrañaba Juana.
¡Dejadme terminar! Era una princesa muy fea, muy fea, con un ojo a la virulé y una verruga en la punta de la nariz, con los dientes amarillos y torcidos...
—Como Amparito.
—¡Idiota, idiota! ¡Así serás tú!
—Cuando el rey, su padre, la vio por primera vez, se dio un gran susto y se cayó patas arriba por las escaleras de su palacio.
—¿Tan fea era?
—¡Horrible! Era paticoja, jorobada y con un brazo más largo que otro. Tan fea que asustaba a los perros y a los gatos, desbocaba a los caballos y espantaba a todos los príncipes —la imaginación de Ramón no se detenía.
—¿Y por qué tiene que vivir en una isla en medio del océano?
—Su padre la quiso casar con un príncipe que trajese parabienes y prosperidad a su reino y, para ello, escribió cartas a los reyes vecinos: «Querido colega —les decía—: tengo una hija casadera, Robustiana...»
—¿Y por qué se llamaba Robustiana?
—¡Porque sí!
—Es un nombre muy feo; podría llamarse Lindaflor, como la princesa de un cuento que me compraron el día de mi cumple.
¿Cómo va a llamarse Lindaflor, con lo fea que era? El cura que la bautizó se negó a llamarla Lindaflor. ¡Y dejadme terminar! El rey escribía: «...me gustaría que alguno de tus hijos viniese a mi palacio y conociese a Robustiana».
Ese era Ramón. Cuando se sentía rodeado por todos los amigos, que escuchaban atentamente sus divertidas ocurrencias, se olvidaba de todo. Amparito la dientes se convertía ante sus ojos en la horrible Robustiana, la princesa más desdichada del mundo porque no encontraba novio que la llevase a un palacio con jardines encantados y surtidores de agua; y el Cipri era Petronilo, su padre, rey de Petronilandia, fiero guerrero en su juventud y sabio monarca en su madurez, cuya mayor desgracia era la fealdad de su única hija, a la que no había conseguido casar ni con el horrible Feo Chi Té, el príncipe chino más espantoso de toda la China, y a la que había desterrado, harto de tanto fracaso diplomático, a una isla solitaria en medio del océano; él mismo se convertía en un pirata en toda regla.
—Yo seré el rey de los piratas.
—¿Cómo te llamarás?
No lo sé. Pero me faltará una pierna, que se tragó de un bocado un tiburón una vez que fui arrojado al mar por un pirata enemigo, envidioso de mis hazañas.
—Andarás a la pata coja.
—No; me ataré el palo de una escoba.
Y cuando camine, meteré mucho ruido: plaf, plaf, plaf... Me faltará un ojo, que me arrancó de cuajo un águila con sus garras.
—¡Qué asco!
—Llevaré un parche negro atado al cogote. También me faltará la mano izquierda.
—¿Se la comió el tiburón?
—No; me la cortaron de un tajo, con una espada, un día que abordamos a un velero holandés para saquearlo. Llevaré un muñón con un garfio de acero.
Y entonces su mente volaba libre como el viento, y se escapaba de la plaza, del barrio, de la ciudad... Y llegaba al océano. Y en su cerebro resonaba el fragor de las olas rompiendo contra el casco del navío, y sus ojos sólo veían el flamear de la bandera negra, con dos huesos cruzados debajo de una calavera, en lo alto del palo mayor. Y... y..., bueno, no sé cómo decirlo. Entonces..., siempre ocurría lo mismo, se le olvidaba que tenía ganas de hacer pipí y... y... Bueno, ya os lo imagináis: sus pantalones comenzaban a mojarse de repente y la mancha le llegaba casi hasta las rodillas.
—Seré el pirata más temido de todo el mar.
—¡Eres fenómeno, Ramón!
—Mi guarida estará en el fondo de una gruta, en una escarpada isla del Caribe. Allí guardaré mis tesoros, robados a los barcos más poderosos de Europa.
—Yo también quiero ser pirata, seré tu ayudante —Rúper era siempre el primero en entusiasmarse con las historias de Ramón.
—Te nombro capitán desde este momento. Te encargarás de otear constantemente la línea del horizonte con este catalejo.
—¿Con cuál?
—Con éste.
Para Ramón, los dedos doblados de sus manos se habían convertido ya en un auténtico catalejo.
El juego había quedado dispuesto. Al día siguiente empezarían la gran aventura de los piratas y la princesa Robustiana; pero hoy se había hecho tarde y había que regresar a casa antes de que se impacientasen los padres respectivos.
Subiendo las escaleras, sin darse cuenta, Ramón se había atado el pañuelo a la frente, tapándose un ojo, y cojeaba visiblemente, fingiendo una pierna de madera: plaf, plaf, plaf, plaf, plaf...
Cuando Margarita, su madre, abrió la puerta, estuvo a punto de desmayarse. Dio un grito que hizo que el niño, de golpe, cayese en el mundo de la realidad, de su realidad concreta de cada día, de la que tan fácilmente se alejaba.
—¡Me vas a matar de un susto! —gritaba Margarita al borde de la histeria—. ¡No puedo más! ¿Por qué te has puesto ese pañuelo en el ojo? ¿Por qué venías cojeando?
—Es que..., mamá, lo que ocurre... Yo era un pirata muy valiente y...
—¡Un pirata! ¡Lo que me faltaba por oír!
—Sí, un pirata cojo que...
—¡Déjame de piratas y quítate ese pañuelo de la cabeza inmediatamente!
Y Ramón bajaba la mirada, obedecía a su madre y entraba en casa en silencio. Todo se desvanecía en su cerebro y entonces no era capaz de articular una sola palabra más, a pesar del interrogatorio constante a que le sometía la impaciencia de Margarita.
¿Cuándo vas a dejar de pensar en esas tonterías? Más vale que te preocupes de hacer pipí cuando debes, mira cómo traes los pantalones. ¿Cuándo dejarás de hacértelo encima? ¿Qué trabajó te cuesta...? ¿Por qué no pones un poco más de interés?
Pero Ramón no podía contestar, era como si de repente se hubiese quedado mudo, como si también un pirata enemigo le hubiese cortado la lengua y se la hubiese arrojado a los tiburones. De nada servían los zarandeos de Margarita.
—¡No prestas atención a nada! Por eso te han suspendido una evaluación, y no me explico cómo no te suspenden más, con lo distraído que eres. ¡Y todo te pasa por no comer!
Y ahora llegamos a otro de los grandes suplicios de Ramón: la comida. Pero dejaremos que siga hablando Margarita.
—No puedes mantenerte con lo poco que comes. Te quedarás enclenque y los niños se reirán de ti. Además, si te lo haces encima, es por no comer. ¡Te lo digo yo! No tienes fuerzas ni para aguantarte lo necesario, como hace todo el mundo. Pero esto no va a quedar así, mañana sin falta te llevaré al médico.


Capitulo 2
¡A mí no me duele nada!

AL DÍA siguiente, por la tarde, después del colegio, cuando los niños del barrio se reunían en la plaza del Árbol Solitario, Ramón no estaba. Andaban un poco desconcertados, pues no sabían cómo continuar el juego de los piratas que habían iniciado la tarde anterior. Todo eran miradas al portal de Ramón, y a las ventanas de su piso, con la esperanza de descubrir el motivo de la ausencia.
Por fin, llegó; pero había algo raro en su aspecto: era su ropa, demasiado limpia; y su pelo, demasiado peinado; y sus zapatos, demasiado brillantes. Todos corrieron hacia él.
—Estábamos esperándote para jugar a los piratas —le dijo el Cipri.
—Hoy no puedo jugar.
—¿Por qué? ¿Qué te ocurre?
—Nada, que mi madre me quiere llevar al médico.
—¿Estás enfermo?
—A mí no me duele nada.
—¿Y por qué quiere llevarte al médico? —preguntó Amparito, que no entendía nada de nada.
—Ella dice que estoy en Babia, que las cosas me entran por un oído y me salen por el otro.
—¡Buf! Eso debe de ser muy grave.
—Pues a mí no me duele nada.
Margarita, también más arreglada que de costumbre, salía ya del portal. Ramón fue hacia ella, pero antes se volvió al grupo de amigos y les gritó:
—¡Ya sé cómo voy a llamarme!
—¿Cómo?
—¡Alí Pérez, el pirata!
—Suena raro.
—¡Seré un pirata viejo, cansado de luchar con todo el mundo!
Margarita le cogió de la mano y, de un tirón, le hizo echar a andar.
—¡Alí Pérez, qué tontería! —comentó entre dientes.
Caminaron un buen rato en silencio y, sólo cuando estaban cerca del ambulatorio, Ramón se atrevió a protestar levemente.
—¿Dónde vamos, mamá?
—¡Dónde vamos a ir! Parece mentira que lo preguntes: al médico.
—¡No quiero ir al médico! ¡No estoy malo!
—Cállate, respondón. Irás donde yo te diga. Esto no puede continuar así.
—¿El qué?
—Pues... esto... Acabarás conmigo, mi paciencia tiene un límite.
A pesar de que a Ramón no le dolía nada, aquella tarde fueron al médico y, claro, el doctor le examinó, le auscultó, le miró la garganta con una tablita y le hizo sacar la lengua diciendo «aaaaa».
—Tiene usted un hijo sano y fuerte —concluyó el doctor.
—Pues no lo entiendo, con lo malo que es. No se lo puede imaginar usted.
—Es normal en un niño de su edad.
—Además, no come nada. Nada de nada. Siempre está desganado, no entiendo cómo le puede encontrar sano y fuerte. ¡Si supiese las fatigas que tengo que pasar para que coma un poco!
El médico, en vano, trataba de demostrar a Margarita que su hijo estaba sano y que los problemas que le planteaba eran naturales y lógicos. Pero, al final, se la tuvo que quitar de encima recetándole unas vitaminas que por lo visto abrían el apetito.
Margarita no quedó satisfecha. Estaba segura de que a su hijo le pasaba algo y ella tenía que saberlo. Durante el camino de vuelta anduvo dándole vueltas a su cabeza y en seguida encontró una solución.
AL DÍA SIGUIENTE, por la tarde, tampoco llegaba Ramón a la plaza. Y los amigos estaban contrariados, pues el juego de los piratas tendría que aplazarse otra vez.
Cuando vieron salir a Ramón del portal de su casa, ya iba de la mano de su madre y, como el día anterior, muy arreglado y peinado.
—¡Qué fastidio! —comentó Rúper—. Otra vez que le lleva al médico.
—A lo mejor está malo de verdad.
—Pero él dice que no le duele nada.
Ramón los miró y no pudo evitar guiñar un ojo y caminar con una pierna tiesa, como imaginaba a Alí Pérez el pirata. Margarita dio un respingo y tiró con fuerza de su hijo.
—¡Deja de hacer el tonto! Vamos a llegar tarde.
—A mí no me duele nada.
—No vamos al médico, vamos al colegio.
—No habrá nadie, ya estará cerrado.
Sin embargo, había alguien esperándolos. Margarita había concertado una cita con don Anastasio, el psicólogo, para ver si él podía corregir los males de su hijo, que la inepcia del médico no había sabido remediar.
Don Anastasio también examinó a Ramón, aunque de otra manera. Le hizo tests y muchas preguntas.
—¿Qué tal, don Anastasio? —preguntaba la impaciente Margarita.
—Bien, bien —respondía el psicólogo—. Ahora voy a hacer que pinte un poco.
—¿Que pinte?
—Sí, que haga dibujos y los asocie entre sí. A ver, a ver...
Con interés observaba las reacciones del niño e iba anotando todas sus conclusiones en un bloc. Al final se dirigió a Margarita.
—Su hijo está perfectamente.
—¿Eh?
—Es un niño despierto y reflexivo. Su imaginación es grande y su inteligencia normal. Le noto sólo cierta inseguridad, tal vez algún conflicto familiar no resuelto a tiempo, falta de comprensión, en fin... Tendría que seguir durante algunas sesiones más.
Margarita salió hecha una furia del gabinete de don Anastasio. ¡Qué desfachatez! ¡Sugerirle a ella que no comprendía a su hijo! Aquella visita sirvió para confirmar su teoría de que los psicólogos no servían para nada.
A LA TARDE siguiente, en la plaza, los niños estaban sentados en corro frente al portal de Ramón.
—¿Vosotros creéis que hoy bajará a jugar? —preguntaba Juana.
—Yo creo que sí —decía el Cipri—. Sería demasiado que hoy también le llevase al médico.
—Eso creo yo —ratificó Amparito.
Pero sus esperanzas pronto se desvanecieron. Margarita otra vez volvía a la carga, con su hijo bien arreglado y bien peinado de la mano. El niño caminaba cabizbajo y, al pasar junto al corro de amigos, los miró de reojo. De repente, algo se encendió en su cerebro y comenzó a gritarles:
—¡Princesa Robustiana! ¡No te apures por tus desdichas! ¡Pronto iré a sacarte de esa isla! ¡Confía siempre en Alí Pérez el pirata!
Margarita tuvo que darle un pescozón para que se callase.
—¡Que te calles! ¡Que he dicho que te calles! ¡Qué vergüenza! ¡Todo el mundo nos está mirando!
—Son mis amigos.
—¡Que te calles!
—No quiero volver con don Anastasio.
—Hoy no vamos a ver a ese psicólogo.
Era el maestro quien los estaba esperando, el muy paciente don Víctor, a quien Margarita abrumó con los problemas de su hijo.
—No estudia nunca —le decía.
—Pues yo le tengo por un buen alumno —aseguraba don Víctor.
—Pero si le suspendió en una evaluación.
—Sí, en la primera; pero desde entonces se ha aplicado mucho y estoy seguro de que aprobará el curso sin dificultad.
—¿Usted cree?
—Naturalmente.
Margarita sintió de nuevo que era ella la incomprendida, no su hijo, y no dio su brazo a torcer. Pensaba antes que todos estaban equivocados y que, al fin y al cabo, ella era la madre de Ramón y le conocía mejor que nadie.
Las tres intentonas de enderezar a su hijo, como ella decía, sólo sirvieron para que se volviese más intransigente, más segura de sí misma, más autoritaria y más vociferante. Ramón tuvo que pagar las consecuencias. Las reprimendas a veces adquirían tonos dramáticos.
—¡Me matarás a disgustos! ¿No me crees? ¡Ya lo verás, desvergonzado! Estoy enfermando poco a poco. Y es que no paro contigo. Si por lo menos no te orinases...
—El médico dijo...
¡Ya sé lo que dijo el médico! No hace falta que me lo repitas. Ese médico no sabe nada de ti. Yo soy quien te conoce. ¡Yo, yo y yo! Yo tengo que aguantarte y lavar tus pantalones, el pijama y las sábanas. ¡A tu edad! Ningún niño de tu edad se lo hace encima.
—Sí...
—¡No me contradigas! Y si se lo hacen, peor para ellos. ¿Por qué no me haces caso y sigues mis consejos? Lo que te digo es por tu bien. Pero tú... como si oyeses llover. Lo único que te preocupa es leer cuentos por la noche, en la cama, en vez de dormir. Por eso estás tan débil, por eso te pasa lo que te pasa.

Capitulo 3
Alí Pérez, el pirata

AL CUARTO DÍA, Ramón bajó a refugiarse a la plaza del Árbol Solitario. Se sentó en un banco y permaneció en silencio, cabizbajo, hasta que le vieron el Cipri y los demás.
—¡Eh, Ramón! —le gritaron—. Estamos aquí. Creíamos que tampoco bajarías hoy.
Pero Ramón no los oyó. Continuaba pensativo, creyéndose el ser más culpable del mundo. Se martirizaba repitiéndose constantemente una terrible pregunta: «¿Por qué seré yo tan malo?»
—¿Qué te pasa? —le preguntó Juana, que ya se había acercado hasta él.
—¿Por qué seré yo tan malo? —pensó otra vez en voz alta, sin darse cuenta de que toda la panda estaba ya rodeándole.
—¿Eh? ¿Qué dices? —Juana no esperaba una respuesta semejante.
—Se ha quedado dormido —dijo Rúper—. Estará soñando.
—¡No estoy dormido! —reaccionó por fin, enfadado.
—¡Oye! —intervino el Cipri—. ¿De verdad piensas que eres tan malo?
—Pues... creo que sí.
—¿Y por qué motivo?
—Todo lo que hago le parece mal a mi madre, y todo lo que digo, y yo creo que hasta todo lo que pienso. Y es que... debo de ser malísimo.
Quedaron unos momentos en silencio y por la mente de cada uno pasó una imagen terrible de Margarita, con un dedo tieso, acusatorio, señalando a su hijo, sin dejar de amenazarle un solo instante.
—¿Y qué pasa con los piratas? —preguntó Amparito la dientes, al cabo de unos instantes y para romper el silencio que se había apoderado del grupo.
—¡Es verdad! —se entusiasmó Rúper—. Hoy podemos seguir jugando.
A Ramón le costó algo más de trabajo que el acostumbrado entusiasmarse con la idea del juego. Si normalmente se entusiasmaba en unos segundos, en esta ocasión tardó por lo menos minuto y medio.
—Lo primero es saber quién será cada uno.
—Yo soy tu capitán —le recordó Rúper, temeroso de que algún oportunista de última hora tratase de quitarle el puesto.
—Tú, Cipri, serás Petronilo.
El Cipri rezongó un poco, ya que intuía que detrás de ese nombre tan feo no encontraría las aventuras apasionantes que esperaba vivir.
—¡Yo no quiero ser Petronilo!
—Si empezamos así, me marcho. No se puede jugar con vosotros.
—Es que Petronilo es un nombre muy feo.
—¡Qué va! Petronilo era el rey.
—¡El rey! —exclamó el Cipri sorprendido.
—Pues claro, el rey de Petronilandia.
—¡Haberlo dicho antes! —el Cipri estaba encantado de ser el rey—. ¿Habéis oído? ¡Seré el rey!
—¿Y por qué el rey no se llama Fernando, o Alfonso, como todos los reyes? —preguntó la candida Amparito, que tenía la virtud de complicarlo todo a última hora.
—¿O Juan Carlos? —remató Juana.
—¡Porque sí! —estalló Ramón—. Y como sigáis protestando, no juego.
—No te enfades, hombre.
—Si es que sois unos pesados.
—Anda, continúa. Si Petronilo es un nombre muy bonito. Cuando era más pequeño, tenía una gata que se llamaba Petronila —dijo el Cipri para contentarle.
—Además, como era rey de Petronilandia —Juana también había dado marcha atrás—, pues le queda muy bien.
—De acuerdo, continuaré —una vez más, Ramón se había dejado convencer—: Amparito, tú serás la princesa.
—¿Qué princesa?
—Robustiana.
¡Yo no quiero ser ésa! Dijiste que era tan fea que espantaba a todos los príncipes azules. Y que tenía una verruga en la nariz y un ojo a la virulé.
Y los dientes grandes y retorcidos, como tú —Rúper se llevaba a matar con Amparito y aprovechaba cualquier ocasión para meterse con ella.
—¡Idiota, idiota, idiota!
—¡Ya no juego! —sentenció Ramón, molesto por tantos inconvenientes.
Sus palabras fueron como un mazazo. Todos se quedaron callados, mirándose, arrepintiéndose interiormente de haber protestado las decisiones de Ramón, que, al fin y al cabo, tenía derecho a decidir quién debería ser cada uno, que para algo ha de servir inventar juegos. ¿O no? La misma Amparito estaba ya dispuesta, y resignada, a asumir su papel de princesa, aunque ésta fuese la mismísima Robustiana, la «miss» universo de las princesas por la otra punta, con la única condición de que dejasen sus dientes tranquilos.
En esta ocasión, tardaron por lo menos cinco minutos en convencerle de nuevo. Ramón, aunque lo estaba deseando, se hizo de rogar: pero como en realidad era quien más deseaba jugar, acabó por olvidarse de su enfado y cedió a los deseos de la panda, que eran los suyos. Si se hizo de rogar durante cinco minutos, fue porque se encontraba muy importante así. ¿Quién no ha sido alguna vez un poquito vanidoso?
—¡Petronilo! —el Cipri ya había dejado de ser el Cipri.
—¿Qué?
—Ese montón de arena será tu palacio.
—¿Tan pequeño?
—Es suficiente. Allí cabréis los dos. Robustiana, ve con tu padre.
—Voy volando.
—El terreno de alrededor será tu reino.
—¿Y qué haré en mi reino?
—Reinar, ¿te parece poco?
—Pero si no tengo vasallos.
—Pues te los imaginas. Tus vasallos pueden ser doña Fina, la frutera, y Juan, el del estanco. Y toda la gente que pasa por la plaza.
—No van a querer jugar —protestó el Cipri en voz baja, mientras se dirigía a su montón de arena, digo, a su palacio.
—¡Los demás, venid conmigo! Seremos los piratas. Juntaremos dos bancos a esa farola.
—¡A la orden!
—Tú, quítate la camisa y átala en lo alto del palo mayor, será nuestra bandera.
—¿Qué palo mayor?
—¡La farola! ¿Cuál va a ser?
—Es que si se mancha, mi madre...
—¡Es una orden!
—Está bien.
El Cipri y Amparito se vieron de repente abandonados por todos.
—¡Eh! ¿Y nosotros qué hacemos? —gritaron.
Ramón se volvió en plena carrera:
—Destierra a tu hija a una isla en medio del océano. Esa boca de riego será la isla.
El Cipri entonces se volvió a Amparito, se aclaró la garganta, frunció el ceño, puso cara de rey y dijo:
—Robustiana, ¿qué acción horrible habré cometido para merecer una hija tan fea como tú?
—No es para tanto, papá Petronilo. Mírame de perfil, verás cómo mejoro.
—¿Mejorar, dices, con esa nariz que parece la mejor berenjena del huerto de palacio?
—Al fin y al cabo, mi cara no es más fea que tu nombre, Petronilo.
—¡Descarada! ¡Fuera de mi casa, digo, de mi palacio! Te destierro a una isla abandonada en medio del océano.
Ramón estaba entusiasmado. Mientras Robustiana partía con lágrimas en los ojos hacia su destierro, él libraba una feroz batalla contra Wifredo el Tarta ta ta mu do, el corsario teutón más bruto que se conocía. La batalla era tremenda, los dos barcos se habían embestido, los dos palos mayores se habían tronchado a causa de los cañonazos previos y las velas flotaban sin sujeción alguna sobre sus cabezas.
—¡Esa vía de agua! ¡Taponad esa vía de agua! —gritaba a sus hombres.
—No se puede, es demasiado grande.
Entonces... ¡todos a la lucha! Nos quedaremos sin barco, pero demostraremos a Wifredo el Tarta ta ta mudo que no hay pirata en el mundo capaz de igualarse con Alí Pérez, que soy yo.
FUE UNA batalla tremenda. ¡Qué digo tremenda! Fue peor, mucho peor, por lo menos tremendísima. Los dos barcos se hundieron juntos, con sus palos mayores tronchados y sus velas entrelazadas, como una gran tela de araña. Sólo hubo un superviviente: Alí Pérez, el viejo lobo de mar, que, a pesar de que le faltaba una pierna, un brazo y un ojo, consiguió asirse a un madero que flotaba a la deriva. Estuvo nadando ni se sabe cuánto, pero por lo menos una semana y dos días. La humedad le llegaba hasta los huesos. De repente, una mañana, bajo la luz rojiza del amanecer, su único ojo divisó una isla.
—¡Tierra! —gritó, y comenzó a nadar hacia ella.
¡Y qué casualidad! Precisamente en aquella isla estaba... Pero...
—¡Es tardísimo! —gritó Amparito la dientes.
—¡Es verdad! —ratificó Rúper, tras una ojeada a su nuevo reloj digital, que hasta tenía luz incorporada para verlo por la noche.
—Mañana seguiremos, es un juego estupendo. ¿Qué viene después, Ramón?
—Pues, no lo sé bien. Como os dije, Alí Pérez era un pirata algo viejo y muy cansado de luchar...
—¿Y por qué se llamaba Alí Pérez? —preguntó Amparito—. ¡Qué nombre tan raro!
—Es que era mitad moro y mitad español.
Se separaron y corrieron hacia sus casas respectivas; todos iban con el temor de una más que probable reprimenda a causa del retraso. Bueno, todos, no. En la cabeza de Ramón aún resonaba el fragor de las espadas chocando, el plaf-plaf-plaf-plaf-plaf de su pata de palo sobre la cubierta de madera, incluso podía sentir sobre su cuerpo la humedad terrible del océano.
Cuando Margarita le abrió la puerta, se quedó mirándole de arriba a abajo. Fue una de esas miradas que a cualquiera le hacen sentir un escalofrío de pies a cabeza. Bueno, a cualquiera menos a Ramón. El seguía nadando a brazo partido, con la esperanza de alcanzar la isla.
—¿Has visto cómo traes los pantalones? —le dijo su madre—. ¡Están mojados otra vez!
—Claro, mamá, es que se hundieron los barcos y nos tuvimos que arrojar al agua.
—¿Qué tontería es ésa?
Los demás, creo que se ahogaron; sólo yo pude agarrarme a un madero. Llevo nueve días y nueve noches nadando.
—¡Te has vuelto a orinar, cochino! —estalló Margarita—. ¿Qué voy a hacer contigo? ¿Qué voy a hacer?
Ramón bajó poco a poco la mirada y descubrió el rodal en sus pantalones. A medida que regresaba a la realidad, su cuerpo se iba encogiendo y no deseaba más que convertirse en tortuga y esconder la cabeza, las manos y las piernas dentro del caparazón. En su cerebro se diluía como el humo el mismísimo Alí Pérez, y su barco, y la isla, y la princesa Robustiana...
—¿Qué voy a hacer contigo?
Y la pregunta terrible volvía a tomar cuerpo, forma y sentido: «¿Por qué seré yo tan malo?»
—¡Quítate esa ropa y ponte el pijama!

Capitulo 4
Una idea extraordinaria

AQUELLA NOCHE soñó con las cataratas del Niágara. ¡Qué fastidio! No lo pudo evitar. Antes de acostarse se le había ocurrido ojear un libro de geografía y... ¡allí estaban las dichosas cataratas! ¡Qué cantidad de agua cayendo sin cesar! Los hombres que pasaban por un puente colgante de madera parecían hormiguitas. ¡Cuánto le gustaría ver esas cataratas! Pero verlas de verdad, no en fotografía. Aunque..., pensándolo bien, no estaba muy seguro. Podría soñar todos los días con ellas y... No, no, decididamente no quería visitar las cataratas del Niágara.
Por la mañana, trató de disculparse ante una Margarita más irritada que de costumbre.
Es que... he soñado con las cataratas del Niágara y...
Por la tarde, y por primera vez en muchos días, Ramón no tenía ganas de jugar, ni siquiera a los piratas. Como los amigos ya conocían sus problemas y los comprendían, se sentían solidarios.
—Eso le puede pasar a cualquiera —le consolaban.
Se sentaron alrededor y le animaron como mejor sabían. Ninguno se atrevió a mencionar el juego de los piratas.
—Yo tengo un primo de quince años que se mea en la cama —comentó Juana—. El médico le ha dicho que tiene la columna vertebral partida en dos.
¡Hala! ¡Cómo va a tener la columna vertebral partida! —Rúper no podía creérselo.
—Se lo dijo el médico, ¡listo!
—Si tuviese la columna vertebral partida, se moriría. Nunca se podría poner derecho.
Ramón sabía perfectamente a qué se refería Juana; sin embargo, no tenía ganas ni de aclararles sus dudas. A él también le habían hecho radiografías de la columna vertebral y análisis de todo tipo y, para su desgracia, estaba completamente sano. No existía causa física para que se orinase encima, y sin embargo...
El Cipri llevaba unos minutos sin hablar, lo cual era síntoma inequívoco de que alguna idea estaba rondando su cabeza. Es que  se me había olvidado decirlo  el Cipri era el de las grandes ideas. El siempre encontraba solución a todo. ¡Y qué soluciones! ¡Fenomenales! De repente, dio un grito que sobresaltó a todos:
—¡Ya está!
—¿Qué idea se te ha ocurrido? —Rúper, que le había estado observando, no dudó un instante que el Cipri había hallado la solución definitiva.
—¡Escuchadme!
Todos le rodearon con ansiedad para que les contase con detalle su extraordinaria idea. Yo no os diré de qué se trataba, porque fácilmente lo podréis deducir si continuáis leyendo. Sólo os advertiré una cosa: era una idea arriesgada y hasta un poco peligrosa.
—No sé, no sé... —Ramón no lo veía muy claro.
—¡Te digo que resultará! —insistió el Cipri.
Finalmente, animado por todo el grupo, Ramón aceptó llevar a cabo aquella idea tan magnífica.
POR LA NOCHE, cuando Margarita se disponía a colocar la mesa para cenar, Ramón se acercó a ella y se ofreció a ayudarle con los cubiertos.
—¡Qué mosca te habrá picado! —le dijo Margarita, no acostumbrada a la colaboración espontánea de su hijo.
—Ninguna. Quiero ayudarte a poner la mesa.
—¿Qué estarás tramando? —Margarita no confiaba en las buenas intenciones de su hijo—. Algo malo, seguro.
—No, mamá. He tomado la determinación de volverme bueno. A partir de ahora seré obediente, haré todo lo que me digas. Todo, todo, todo...
—Ya veremos.
Te lo aseguro, mamá. Todo, todo, todo, todo, todo... —Ramón insistía tanto porque eso formaba parte del plan.
Margarita se limitó a mirarle de soslayo y a encogerse de hombros, sin duda pensando que la buena disposición de su hijo duraría poco, como ya había ocurrido en otras ocasiones, y no le dio mayor importancia.
Y resultó que, al cabo de unos minutos, salió por la televisión el mismísimo presidente del gobierno, que informaba al país sobre cosas muy importantes. Margarita, como buena ciudadana, corrió al televisor y escuchó atentamente; pero Ramón, que no entendía bien lo que un señor muy serio y con corbata quería decir, se dio media vuelta y se puso a cantar el himno de los piratas, una canción que se había inventado él solo.
Margarita, a la que el himno de los piratas impedía oír con claridad el discurso del presidente del gobierno, iba a reprender a su hijo; pero lo pensó dos veces, contó hasta cinco y se contuvo. Se levantó de la silla y subió un poco el volumen del televisor.
Ramón, que se veía ya encaramado en el puente de mando de su bajel, rodeado por todo su ejército pirata, dirigiendo con su reluciente garfio de acero un extraño y abigarrado orfeón, inconscientemente, también elevó el volumen de su voz.
Esta vez Margarita no lo pensó dos veces ni contó hasta cinco.
—¡Cállate! —le dijo.
Pero como estaba tan entusiasmado y como el volumen del televisor era ya más que considerable, Ramón no la oyó. Siguió arremetiendo con su himno de los piratas, y procuraba poner la voz lo más ronca posible, ya que se imaginaba que todos los piratas debían tener la voz muy cascada, a causa de las botellas de ron que bebían a todas horas:
Alí Pérez el pirata.
¡Chin-pon-pón!
Alí Pérez el terror
de los mares y los barcos,
de princesas y tesoros.
¡Chin-pon-pón!
Alí Pérez, que soy yo.
—¿Así es como vas a obedecer? —Margarita estaba hecha una furia—. ¡No te da vergüenza! Prometes cosas que no vas a cumplir.
—Pero es que... —balbuceó el niño.
—¡Silencio! ¡Cállate de una vez! ¡No quiero volver a oírte!
Y aquí es donde debía comenzar el plan del Cipri. Ramón, no obstante, lo pensó unos momentos; pero finalmente se decidió. Y entonces, se calló; pero se calló por completo, es decir, se calló definitivamente.
El disgusto de Margarita fue enorme. Imaginaos, pensó que su hijo se había quedado mudo. Lloró desconsolada largas horas y, en vano, Prudencio  el padre de Ramón, del que todavía no he hablado porque tenía pluriempleo y nunca estaba en casa  trató de consolarla, asegurándole que sería un mal pasajero.
A Ramón le conmovieron mucho las lágrimas de su madre; a punto estuvo de romper el plan del Cipri y contarle toda la verdad; pero no lo hizo. Y ni él mismo se explicaba el porqué. Tal vez su experiencia le decía que los planes del Cipri nunca fallaban, o al menos nunca habían fallado hasta la fecha.
Al día siguiente, y en vista de que Ramón seguía sin hablar, Margarita le puso la ropa de los domingos, le lavó las orejas y le peinó con colonia.
—Te llevaré inmediatamente al médico —le dijo.
Como Ramón tenía que fingirse mudo, no pudo protestar y se resignó con paciencia.
El doctor le examinó concienzudamente, notaba algo extraño e insistía una y otra vez en sus exploraciones.
—El niño está bien... —comentó.
—¿Cómo puede decir eso, doctor? —intervino Margarita.
—Quiero decir que no observo lesión alguna que le impida hablar. Más bien me inclino a pensar que existen otras causas, algo psicológico.
—¿Psicológico?
—Sí, tal vez su estado emocional..., algún conflicto...
Aquellas palabras sirvieron para que Margarita volviese a pensar que aquel médico no sabía nada. Abandonó el ambulatorio furiosa, hablando en voz alta por los pasillos, asegurando que se quejaría a quien tuviese que quejarse, que las cosas no iban a quedarse así, que tendrían que oírla a ella...
Por la tarde, llevó al niño al gabinete de don Anastasio, el psicólogo. El Cipri y los demás los vieron cruzar la calle desde la plaza. Cuchichearon algo en voz baja cuando Ramón los miró de reojo.
Don Anastasio, después de oír a Margarita, frunció el ceño:
—¡Lo que me temía! —dijo.
—¿Cómo?
—Sin duda se trata de un problema de afectividad.
Margarita, que intuía hacia donde quería llegar don Anastasio, no quiso oír más. Agarró a su hijo por un brazo y le sacó del gabinete sin contemplaciones.
Ramón estaba deseando volver a casa; pero, como se temía, no iban a regresar sin hacer una visita al muy paciente don Víctor. El maestro escuchó angustiado el relato de Margarita y lamentó sinceramente lo ocurrido:
—Mi consejo —dijo— es que el niño procure seguir haciendo una vida normal. Que no falte al colegio. Pondré todo mi empeño en él y, entre todos, estoy seguro de que podremos conseguir buenos resultados.
Como Margarita esperaba más cosas de las que don Víctor podía ofrecerle, también abandonó el colegio con muy malos modales. Desconsolada, y al borde de un ataque de histeria, regresó a su casa.
—¡Lo que me faltaba: un hijo mudo! ¡Me voy a volver loca! ¡A mí sí que nadie me comprende!
Prudencio, más resignado, trataba de calmarla durante los pocos momentos que pasaba en casa.
Y EL CASO fue que Ramón permaneció mudo ante todo el mundo, excepto ante el Cipri y los demás, naturalmente.
—¿Qué tal? —le preguntaban por la tarde en la plaza del Árbol Solitario.
—Parece que bien —respondía Ramón—. Hoy no me ha regañado ni una sola vez.
—¡Lo ves! —decía el Cipri, orgulloso—. Ya os dije que mi plan daría resultado.
—Bueno, bueno —cortó Rúper—. ¿Cuándo seguimos jugando a los piratas?
—No podemos —aseguró Ramón—. Alguien podría verme hablando y...
—Pues no hables.
—Es que es preciso que hable. Alí Pérez tiene que llegar a la isla donde ha sido desterrada la princesa Robustiana y tiene que declararse a ella.
—¡Pues qué fastidio!
—Yo también lo siento.
—¡Jo! pero es que este juego nunca vamos a poder terminarlo.
—Si queréis —los consoló Ramón— os puedo ir contando lo que pasará. Además, os puedo enseñar también el himno de los piratas, que me inventé el otro día.
—¿Y cómo es?
—Escuchad:
«Quince hombres van en el cofre del muerto.
¡Yo-ho-ho! ¡Y una botella de ron!
La bebida y el diablo se llevaron el resto.
¡Yo-ho-ho! ¡Y una botella de ron!
—¡No vale! —protestó Rúper airadamente.
—¿Por qué? —Amparito la dientes no había adivinado el fraude.
—Porque ésa es la canción de los piratas de «La isla del tesoro». Lo leí durante las vacaciones, es un libro lleno de aventuras.
Ramón bajó la cabeza. Le habían descubierto. Por lo visto no era el único lector de «La isla del tesoro». Pero si él, efectivamente, se había inventado un himno de piratas, ¿por qué a última hora lo había cambiado por la canción favorita del borracho Bill, el viejo pirata del baúl y la cicatriz en la mejilla, que un día tomó asiento en la posada del «Almirante Ben-bow»? ¿Por qué? Ramón era así, un poco inseguro de sí mismo. Aunque le gustaba su himno, pensó que la canción de «La isla del tesoro» tendría mayor aceptación.
—Eres un tramposo.
—Os aseguro que me he inventado de verdad un himno de los piratas. ¡Os lo aseguro!
—¿Y por qué no lo cantas?
—Ahora mismo. Ya veréis.
Procuró enronquecer la voz, haciendo esfuerzos con su garganta y emitiendo extraños gruñidos. Pero cuando iba a arrancarse, Juana dio la voz de alarma.
—¡Cuidado! ¡Que viene!
Margarita ya cruzaba la calle en busca de su hijo, y es que últimamente se preocupaba más de él, e incluso iba a buscarle todas las tardes hasta la plaza. Tuvo palabras dulces para los niños y, de la mano, se le llevó a casa.
En el grupo, aún quedaba la duda de si Ramón se habría inventado de verdad un himno de los piratas.
—Yo creo que es una mentira —aseguraba Ruper.
—Pues yo creo que es verdad —replicaba Amparito.

Capitulo 5
No puedes volverte atrás

PASARON algunos días. El trato de Margarita volvió a endurecerse un poco. Como nunca recapacitaba sobre ello, pues ni se daba cuenta.
—¡Ramón, no saltes!
Y Ramón dejaba de saltar.
—¡Ramón, no te hurgues la nariz!
Y Ramón se sacaba el dedo de la nariz.
—¡Ramón, come!
Y Ramón procuraba comérselo todo, aunque su madre le llenaba el plato hasta arriba, aunque las lentejas nunca le habían gustado.
—¡Te he dicho que comas! Por eso te has quedado mudo: por no comer. Te tendré que llevar de nuevo al médico para que te recete más vitaminas.
Como Ramón no podía hablar, se aburría bastante. Y si antes leía mucho, ahora lo hacía aún más. Siempre llevaba algún libro consigo. Una noche, ya en la cama, abrió uno que había sacado de la biblioteca del barrio esa misma tarde; se titulaba: «Las aventuras de Huckleberry Finn». ¡Qué libro! ¡Era fantástico! ¡Y qué tipo Huck Finn! ¡Y qué río el Mississippi! Quedó absorto entre sus páginas. Tanto le gustaba, que se olvidó por completo del sueño que tenía y permaneció con la luz encendida leyendo con avidez y sin respiro.
Margarita, cuando iba a acostarse, observó que la luz de la habitación de su hijo permanecía encendida. Se acercó sigilosamente, miró por la rendija de la puerta entreabierta y, al ver a Ramón despierto, entró de golpe.
—¡Eso es! —le reprochó—. ¡Dedícate a leer cuentos en vez de dormir!
Si hubiese podido hablar le habría explicado que Huck Finn era un chico increíble, amigo del mismísimo Tom Sawyer y del negro Jim..., y que el río Mississippi... Pero no podía decir nada, porque debía continuar fingiéndose mudo.
¿Cuántas veces he de repetírtelo? Las camas sirven para dormir, no para leer cuentos y orinarse en ellas. ¡No quiero volver a verte leyendo!
Antes de dormirse, dudó si continuaría con el plan del Cipri a la mañana siguiente; pero lo hizo. Y el plan consistía, ni más ni menos, que en dejar de leer cuentos o, más bien, en dejar de ver, es decir, fingirse ciego.
Al día siguiente, todo eran lamentaciones de Margarita:
—¿Qué he hecho yo para merecer este castigo? Nadie sabe lo que sufro con este hijo que, encima de mudo, se me ha quedado ciego.
Entre sollozos y suspiros, arregló a su hijo, le lavó las orejas y le peinó con colonia.
—Te llevaré al médico.
Ramón bajó la cabeza, resignado.
Desde la plaza, el Cipri y la pandilla los vieron pasar y a todos llamó la atención el rostro desencajado de Margarita.
—¿No crees que nos estamos pasando? —preguntó Rúper al Cipri.
—Pues... yo creo que..., la verdad... no sé si... —el Cipri se rascaba la cabeza tratando de clarificar sus muchas dudas.
El médico volvió a reconocer a Ramón. Puso todo su empeño y sabiduría, además de su mejor voluntad; pero resultó inútil.
—Pues no lo entiendo, señora —decía el médico—. Es un caso de lo más raro.
—No irá a decirme que no sabe lo que le pasa.
—No se nota nada en los ojos de su hijo. No tiene ningún mal y, sin embargo, está ciego.
—¡Eso ya lo sé!
—En fin, la ciencia a veces no llega a comprender ciertos fenómenos.
Margarita no le dejó terminar. Le llamó inepto repetidas veces y aseguró que hablaría con el ministro de Sanidad, si era preciso, para que le echasen de allí. Inútilmente, el doctor trató de justificarse y de calmarla un poco; pero ella tiró de su hijo y casi a rastras le sacó del ambulatorio.
—Te llevaré al psicólogo.
Y el psicólogo también volvió a examinarle. Lo hizo con delicadeza, amabilidad y paciencia ilimitadas. Consultó libros, ficheros, gráficos, escalas...
Lo siento, pero he de reiterarle lo que le dije la vez anterior.
—¡No he venido para que vuelva a repetirme las mismas tonterías! ¡Quiero que cure a mi hijo!
—Lamento que piense así. Yo no puedo hacer otra cosa sino orientarle un poco.
Usted también tendría que colaborar conmigo.
—¿Qué insinúa? ¿Que estoy trastornada? ¡Lo que me faltaba por oír! Esto no se puede tolerar. Hablaré con el director para que le despidan, y con la Junta de Padres, y con todo el mundo.
Como siempre, Margarita hablaba y hablaba, sin escuchar lo que los demás trataban de explicarle.
Aquella misma tarde visitó al maestro. Don Víctor, a pesar de su ofrecimiento desinteresado para dar clases extraordinarias al niño a través del sistema Braille, tampoco quedó bien parado. Margarita le insultó y amenazó como a los demás.
PASARON dos semanas.
Ramón, con muchos esfuerzos, siguió fingiéndose mudo y ciego. Dejó de ir al colegio y apenas si salía alguna tarde de casa. Margarita le llevaba hasta la plaza y le dejaba unos momentos en compañía de su pandilla.
—Por favor —rogaba a los niños—, tened cuidado de él.
—No se preocupe, señora —el Cipri procuraba poner cara de niño bueno.
—Que no vaya a salirse a la calle, hay muchos coches.
—Descuide.
—Que no vaya a tropezar y a caerse. Podría abrirse una brecha en la cabeza.
—No nos separaremos de él.
Margarita tenía miedo de que a su hijo pudiese ocurrirle alguna otra desgracia, por eso sólo algunos días le bajaba a la plaza. Y Ramón deseaba más que nada que llegase este momento.
—¡Ya no aguanto más! —se quejaba cuando su madre ya se había marchado—. No sé qué es peor. Estoy harto. No puedo salir a la calle, no puedo leer cuentos, tengo que estar siempre callado... ¡Me aburro!
—Ahora no puedes volverte atrás —le decía el Cipri—. ¿Sigue riñéndote tu madre?
—Pues eso es lo malo. Los primeros días me trata bien, pero en cuanto se acostumbra...
—Entonces tienes que seguir hasta el final, no hay otra solución.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
—¡Qué fastidio! —comentó Amparito—. No sé cuándo vamos a terminar el juego de los piratas.
—¡Oye! —a Rúper no se le había olvidado lo del himno de los piratas—. ¿Es verdad que te has inventado un himno?
—Ya os dije que sí.
—Yo no me lo creo.
—¡Yo, sí! ¡Yo, sí! —Amparito estaba segura de que Ramón se lo había inventado.
—Os lo demostraré ahora mismo. Escuchad:
Alí Pérez el pirata.
¡Chin-pon-pon!
Alí Pérez el terror
de los mares y los barcos,
de princesas y tesoros.
¡Chin-pon-pon!
Alí Pérez, que soy yo.
Ramón había puesto la voz ronca y procurado guiñar un ojo, lo cual le resultaba sumamente difícil, pues jamás había aprendido a guiñar un ojo.
¡Es estupendo! —dijo Rúper al final, reconociendo que Ramón era capaz de componer himnos de piratas—. Me gusta más que el de «La isla del tesoro».
—No exageres.
—De verdad.
—¿Y cuándo podremos cantarlo todos juntos? —era Amparito y sus eternas preguntas.
—Pues... cuando pueda volver a hablar y a ver.
—Dijiste el otro día que cuando Alí Pérez el pirata llega a la isla se declara a la princesa Robustiana —Amparito estaba muy interesada en conocer el desenlace de la historia.
—Sí, claro.
—¿A pesar de lo fea que era?
—Es que Alí Pérez descubrió en la playa un pergamino en el que se decía que Robustiana era una princesa, hija del mismísimo Petronilo de Petronilandia.
—Ya entiendo —intervino Rúper—. Alí Pérez se casa con Robustiana para heredar el reino de Petronilandia, y luego, desesperado por la fealdad de su esposa, la tira a un pozo.
—¡De eso nada! —protestó Amparito—. No quiero que me tiréis a un pozo.
Te ataremos una cuerda a la cintura y te sacaremos en seguida. No dará tiempo a que te ahogues.
—¡No juego, no juego y no juego!
—No te tiraremos a un pozo —puntualizó Ramón—. No le hagas caso a éste.
—Si me tiráis a un pozo, no juego. No volveré a jugar con vosotros nunca jamás. ¡Nunca jamás!
¡Que no te tiraremos! ¡Que así no es el juego!
—¡Lo ves! —Amparito más tranquila, sacó la lengua a Rúper.
—¡Dientes!
—¡Idiota! ¡Idiota!
Amparito y Rúper iniciaban una nueva trifulca. Y es que hay que ver lo mal que se llevaban. Bueno, no mucho. En realidad, no sabían estar el uno sin el otro, y viceversa. Son cosas raras que pasan muy a menudo. No dejaron de discutir hasta que vieron a Margarita salir del portal de su casa y acercarse al grupo en busca de su hijo.
Antes de marcharse, el Cipri le dijo a Ramón algo por lo bajo:
—Continúa, ya no puedes volverte atrás.

Capitulo 6
¡Qué aburrimiento!

COMO RAMÓN no podía hablar, tampoco podía divertirse cantando el himno de los piratas; como no podía ver, tampoco podía terminar «Las aventuras de Huckleberry Finn», que había dejado a medias, o cualquier otro libro. Para no aburrirse demasiado, se apropió del pequeño transistor de bolsillo de su padre y se pasaba el día con él pegado a la oreja. Era su único entretenimiento.
Pero, fijaos qué fatalidad: Margarita odiaba el sonido constante del transistor. Se reprimió cuanto pudo, ya que veía que era el único entretenimiento del niño; pero una tarde, a pesar de sus buenos propósitos, estalló:
¡Qué horrible zumbido! ¿No puedes desconectar un momento ese chisme? ¡Me descompone oírlo! ¡Me crispa los nervios! ¡Me da dolor de cabeza, náuseas...! ¡De todo! ¡No quiero que vuelvas a oírlo!
Y Ramón, después de pensárselo mucho, pero que mucho, decidió continuar con el plan del Cipri y, por tanto, se fingió sordo, completamente sordo, como una tapia.
A Margarita le dio un colapso y se cayó patas arriba sobre el tresillo, donde permaneció hasta que Prudencio la reanimó mojándole la frente con un pañuelo humedecido. Se lamentó de su mala suerte y de la cadena de desdichas que se cebaba en ella.
Ramón se volvió de espaldas para no ver a su madre en aquel estado; de lo contrario estaba seguro de que rompería el plan de Cipri y le confesaría toda la verdad. Por primera vez, como una sombra fugaz, pasó por su cabeza la idea de que lo que hacía no estaba bien. ¿Qué hacer? Tendría que volver a hablar con el Cipri y los demás, no estaba dispuesto a que su madre volviese a sufrir otro colapso por su culpa.
Pero Margarita se repuso en seguida. Lavó a su hijo, le peinó, le perfumó... De sobra sabía Ramón que otra vez volvería a llevarle al médico, al psicólogo y al maestro.
El médico los recibió con frialdad y distanciamiento. Se limitó a mirar al niño a través de un aparato y a entregar un informe escrito a la madre en el que se certificaba la pérdida de audición del muchacho. Antes de que Margarita reaccionase, dos enfermeras la habían sacado de la consulta, de manera que en esta ocasión no tuvo posibilidades de armar otro escándalo, como acostumbraba.
Con el enfado consiguiente, se dirigió al gabinete del psicólogo y, en vano, llamó a la puerta varias veces. Don Anastasio se negó a recibirla, no estaba dispuesto a tolerar por más tiempo sus impertinencias.
Siguió insistiendo y fue en busca del maestro, a quien encontró con su buen humor y su santa paciencia habituales. La recibió y trató de explicarle cómo él, como maestro, nada podía hacer.
—Su hijo necesita un colegio especial, una enseñanza especial y un maestro especial. Además, usted deberá aprender a hablar con él a través del lenguaje de las manos.
«¡Lo que me faltaba a mí!», pensó Margarita, aunque esta vez no se atrevió a decirlo en voz alta.
—Deberá tener mucha paciencia y mostrar a su hijo todo el cariño posible.
—¡Es usted un inútil! —le dijo al maestro a modo de despedida.
—Señora...
—Ni señora ni gaitas. Es tan inútil como ese psicólogo engreído y como el médico. Ustedes son los que tienen la culpa de todo lo que le ha pasado a mi hijo. Los voy a denunciar a la policía para que los metan en la cárcel, se lo tienen más que merecido.
MARGARITA no volvió a sacar a su hijo a la calle, ni siquiera a la plaza un ratito por las tardes. El Cipri y los demás estaban por ello muy contrariados, pues no había forma de tener noticias de Ramón y de si el plan estaba dando resultado.
—Pobre Ramón —se lamentaba Juana—. Lo que se tiene que aburrir encerrado todo el día en su casa.
—Tendrá tiempo de sobra para inventarse el final del juego de los piratas.
—Ya lo creo.
—Pero si seguimos así, nunca vamos a poder terminarlo.
—¿Y por qué no jugamos nosotros solos? —era una pregunta inoportuna de Rúper, quien, en el fondo, deseaba apoderarse del personaje central.
—De eso nada. Ramón es quien ha inventado el juego.
—Además, él es Alí Pérez el pirata. Y sin él, no hay historia que valga.
Todos estaban de acuerdo en esperar a Ramón el tiempo que fuese necesario para proseguir el juego, incluso la misma Amparito, que ya se había convencido de que no sería arrojada a un pozo.
De repente, el Cipri dio un respingo tremendo. Todos le miraron con ansiedad, algo se le había ocurrido.
—¡Ya lo tengo! —dijo—. Seremos nosotros quienes vayamos a su casa. Le haremos una visita.
—Claro —dijo Rúper para sí—. Es lo más lógico. ¿Por qué no se me habrá ocurrido a mí?
Subieron las escaleras procurando no hacer mucho ruido, y sortearon quién llamaría al timbre de la puerta. Margarita les abrió y se emocionó algo al verlos, se le notaba en los ojos y en la voz.
—Pasad, pasad. Sois muy amables.
—Nos gustaría ver un rato a Ramón —dijo el Cipri—. Como ahora no baja a la plaza...
—Pero él no puede veros, ni oíros, ni hablaros.
—No importa, nos conformaremos con hacerle compañía durante un rato.
—¡Qué buenos sois!
Margarita los acompañó hasta la habitación de Ramón y allí los dejó un rato. De esta forma pudieron hablar con él, muy bajito, para que nadie pudiese escucharles.
—¿Qué tal?
—Fatal —Ramón estaba desesperado—. Esto es insoportable.
Y tu madre... ¿qué?
—Ya no me regaña. Claro, que a lo mejor lo hace porque piensa que no puedo entenderla. Sólo se enfada a la hora de la comida.
—¿Por qué?
—Se empeña en que coma más de lo que cabe en mi estómago. Además, siempre me hace tortilla a la francesa y a mí lo que me gusta es el huevo frito.
—Entonces... hay que continuar.
—¿Tú crees?
—Es necesario.
—Me parece que hemos ido demasiado lejos. Además, no sé si podré soportarlo.
Todos, inducidos por el Cipri, animaron a Ramón, y éste, finalmente, aceptó con la condición de que, pasase lo que pasase, sería la última vez.
—¿Has pensado ya lo que le sucederá a la princesa Robustiana? —Amparito estaba algo intranquila por su suerte.
—Ya os lo dije. Alí Pérez, el pirata, se casará con ella.
—¡Qué estupendo! ¡Qué estupendo! —Amparito no podía creérselo—. Me casaré con Alí Pérez.
—¡Bah! —Rúper puso un gesto despectivo—. ¡Vaya boda! Un pirata cojo, manco, tuerto y viejo con una princesa horrorosa.
—¡Envidia que te da!
Los pasos de Margarita en el pasillo interrumpieron la animada charla. Al despedirlos, volvió a agradecerles el detalle de la visita y les dijo que podrían volver siempre que quisiesen, lo cual llenó de gozo a todos.

Capitulo 7
¿Un globo?

RAMÓN estaba resuelto. Seguiría una vez más el plan del Cipri, pero sólo una. «¡La última vez!  repitió mentalmente varias veces . ¡La última vez! ¡La última vez!»
Aquella noche, a la hora de cenar, se sentó a la mesa decidido. Esperó a que le sirviesen y, en un abrir y cerrar de ojos, se comió todo. Se había quedado harto, pero golpeó con la cuchara sobre el plato, lo cual significaba que deseaba comer más.
Margarita quedó gratamente sorprendida: era la primera vez que su hijo le pedía más comida. Le volvió a llenar el plato hasta el borde y observó atónita cómo Ramón llevaba una y otra vez hasta su boca la cuchara repleta de comida. Cuando acabó el segundo plato, volvió a golpear con la cuchara y Margarita le sirvió un tercero, y luego un cuarto... hasta que se acabó toda la cena. Ramón se había comido su ración, la de su madre y la de su padre. Y no satisfecho, se levantó de la silla y a tientas anduvo hasta la cocina, abrió el frigorífico y comenzó a comerse todo lo que encontraba.
Margarita, sorprendida aún más, no le puso tasa; al contrario, pensó que aquél era un buen síntoma. A la mañana siguiente, hizo una compra gigantesca en el mercado con el fin de que su hijo pudiese comer a gusto. ¡Y ya lo creo que comió! No dejó ni rastro y, a pesar de que estaba completamente lleno, pidió más, y más, y más...
Por lo menos pasó una semana comiendo sin cesar, durante la cual engordó considerablemente: sus carrillos se hincharon y enrojecieron, su cara se redondeó como una hogaza y su vientre se dilató, formando michelines en las caderas. Sus brazos y piernas parecían rollos de carne.
Margarita comenzó a preocuparse, pero no se atrevió a quitarle la comida por si aquel apetito desenfrenado servía para que se fuese recuperando de sus males.
El Cipri y los demás subían puntualmente todas las tardes a ver a Ramón.
—Buenas tardes, doña Margarita —le decían.
—Pasad, pasad. Ramón está en su cuarto.
—¿Sigue comiendo tanto?
—Cada día más. Engorda sin cesar.
—Tenga cuidado, no vaya a hincharse tanto como un globo.
—¿Un globo?
—Una vez leí un cuento en el que un niño se inflaba como un globo y echaba a volar.
—¡Qué horror!
—Era sólo un cuento.
Todas las tardes, el Cipri y Margarita mantenían la misma conversación. En seguida comprenderéis por qué.
COMO RAMÓN estaba ya desesperado y aseguraba que no soportaría más tiempo continuar fingiéndose mudo, sordo y ciego, y teniéndose que comer por añadidura enormes cantidades de alimentos, tuvieron que adelantar el final.
—Sería mejor esperar unos días —comentaba el Cipri.
—¡No, no y no! —Ramón no concedería más treguas.
—Bueno, está bien, como quieras. Lo haremos mañana.
—¿Y por qué no hoy?
—Necesitaremos ayuda de Nicolás.
Nicolás era el mejor dibujante de la clase. Don Víctor decía que sus cuadernos estaban llenos de garabatos; ¡pero, qué va! Eran dibujos estupendos: caballos saltando, barcos de vela y de los otros, aviones haciendo piruetas, castillos medievales con guerreros acorazados, paisajes... Es que daba gusto verle dibujar. A los profesores les hacía caricaturas y se las pasaba a los compañeros por debajo del pupitre. Algún día había castigado don Víctor a la clase entera por culpa de las caricaturas de Nicolás; pero a nadie le importó quedarse hasta las seis haciendo problemas de matemáticas.
Así es que, al día siguiente, Nicolás acompañó al Cipri y los demás.
—Buenas tardes, doña Margarita.
—Pasad, niños, pasad.
—Y Ramón... ¿sigue comiendo tanto?
—Sí, cada día más.
—Habrá que tener cuidado, no vaya a ser que se convierta en globo y...
—¿En globo?
—Yo tengo un cuento en que ocurre así.
—¡Qué barbaridad!
—Un niño se convierte en globo y echa a volar.
—¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad!
Entraron en la habitación de Ramón, quien estaba a punto de perder la paciencia. Es que, como habréis visto, el plan del Cipri se las traía. Claro, que él mismo reconoció al final que se había «pasao un pelín», eso dijo.
—Creí que no llegaríais nunca —exclamó al verlos.
—Rápido, manos a la obra —dijo el Cipri—. No hay tiempo que perder.
Juana se quedó junto a la puerta, vigilando. Amparito abrió la ventana de par en par. Rúper sacó de un bolsillo de su pantalón un globo y comenzó a hincharlo, hasta que se quedó sin aire y se lo pasó al Cipri. Era un globo grandísimo, el más grande que habían encontrado en las tiendas de globos del barrio.
—Creo que es suficiente —dijo el Cipri, que también se había quedado sin aire.
Era un globo tremendo: Rúper le calculó un metro y pico de diámetro. Nicolás sacó su caja de acuarelas y comenzó a pintar sobre él. ¡Y cómo pintaba! En cinco minutos pintó la cara de Ramón, y luego su cuerpo, sus brazos, sus manos, sus piernas, sus pies... No faltaba detalle. Aunque le pintó una oreja más grande que la otra y la nariz un poco torcida, todos alabaron el retrato y coincidieron en el gran parecido que había logrado.
—Métete debajo de la cama —le dijo el Cipri a Ramón.
—Prefiero encerrarme en el armario, hay más sitio allí.
Y Ramón se escondió en el armario.
Rúper cogió el globo y lo echó por la ventana; el viento lo balanceaba de un lado para otro. El Cipri avisó a Margarita.
—¡Señora! ¡Doña Margarita!
—¿Qué ocurre?
—¡Por la ventana!
Margarita se acercó a la ventana y lanzó un grito.
—¡Hijo mío! ¡Hijo mío! —y alargaba los brazos hacia la calle, desesperada.
El viento fue aumentando y el globo se elevó mucho, remontó los más altos tejados de la ciudad y se perdió finalmente entre las nubes.
Todos los niños observaban a Margarita, quien, de repente, se quedó en silencio y se tapó los ojos con las manos abiertas. Así permaneció durante unos instantes.
Era una reacción un poco extraña, al menos ninguno de los niños la esperaba, ni siquiera el Cipri. ¿Qué había sucedido? Algo muy sencillo. Margarita, en ese instante preciso, había comprendido un montón de cosas a la vez, así, de golpe y porrazo. Pasa algunas veces, lo aseguro. Fue como si en su cerebro se encendiese una luz brillante. Entonces, y entre el desconcierto de los niños, se volvió hacia el armario y dijo:
—¡Qué torpes somos a veces los mayores, qué torpe he sido contigo! Nunca te he querido escuchar, pensé que eras demasiado pequeño. Perdóname, Ramón. Perdóname, hijo mío.
Eran las palabras mágicas.
Se abrieron las puertas del armario y Ramón salió. Estaba muy serio, las lágrimas a punto de saltarle de los ojos y la cabeza agachada. Se acercó a su madre y le dijo:
—Me he portado mal contigo, sé que te he hecho sufrir; pero no quería hacerlo. Perdóname, mamá.
Eran las palabras mágicas.
Lo que sucedió después cualquiera se lo puede imaginar. Fue un final feliz, sobre todo, porque desde aquel día los dos aprendieron a pronunciar las palabras mágicas.
¡Ah! Al día siguiente pudieron continuar el apasionante juego de los piratas.
—¿DE VERDAD vas a casarte con Robustiana? —Rúper no podía creérselo.
—Sí.
—Pero... ¿lo has pensado bien?
—Claro. Cuando Alí Pérez descubre el pergamino va en busca de Robustiana y...
—... cuando la encuentra, ¡vaya chasco!
De pronto, Ramón ya se había convertido en Alí Pérez el pirata. Podía verse cómo cojeaba, y cómo uno de sus brazos terminaba en un muñón, y cómo uno de sus ojos se había cerrado de forma extraña. Por supuesto, Amparito también había dejado de ser Amparito.
—¿Quién eres tú?
—Alí Pérez, el terror de los mares. ¿Y tú?
—Soy la pobre Robustiana.
—¿La princesa?
—Sí.
—¡Válgame el cielo! Jamás he visto una princesa tan fea.
—¡Pues anda que tú! Se ve que no te has visto últimamente en el espejo.
—Los piratas no utilizamos esas cosas.
—¡Qué adefesio!
—No será para tanto.
—¡Qué piltrafa!
—Más respeto, princesa. Ten en cuenta que llevo nueve días con sus noches nadando sin cesar.
—¡Qué birria!
—¡Basta de insultos! ¿Te quieres casar conmigo?
—Sí.
AIí Pérez y Robustiana se casaron, pero no creáis que llevaron una vida tranquila y reposada. ¡Qué va! Si yo os contase...

Fin


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