BLOOD

william hill

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domingo, 4 de diciembre de 2011

CUENTOS DE ALFRED BESTER



EL LADO OSCURO DE LA TIERRA 

ALFRED BESTER 

A mi padre, que me compró el modelo de yate,
y a mi madre, que me llevó al estanque de barcos. 




EL TIEMPO ES EL TRAIDOR 

No se puede retroceder ni se puede parar. Los finales felices son siempre dulces y 

amargos al mismo tiempo. 

Había un hombre llamado John Strapp; era el hombre más valioso, más poderoso 

y legendario de un mundo que comprendía setecientos planetas y casi dos 

billones de individuos. Se le valoraba por una sola cualidad: era capaz de tomar 

Decisiones. Adviértase la D mayúscula. Era uno de los pocos hombres que podían 

tomar Decisiones Capitales en un mundo de increíble complejidad, y sus 

Decisiones eran correctas en un ochenta y siete por ciento. Vendía sus Decisiones 

a elevado precio. 

Había también una industria llamada, digamos, Bruxton Biótica, con fábricas en 

Deneb Alfa, Mizar III, Terra, y oficinas centrales en Alcor IV. Los ingresos brutos 

de Bruxton eran de doscientos setenta millones de crs. El desarrollo de las 

relaciones comerciales de Bruxton con consumidores y competidores exigía los 

servicios especializados de doscientos economistas de empresa expertos cada 

uno en una pequeña faceta del inmenso cuadro general. Nadie era lo bastante 

grande como para coordinar todo el cuadro. 

Bruxton podía necesitar una Decisión Capital sobre política. Un especialista en 

investigación llamado E.T.A. Golan, de los laboratorios de Deneb, había 

descubierto un nuevo catalizador de síntesis biótica. Era una hormona 

embriológica que producía moléculas nucléicas tan plásticas como la arcilla. La 

arcilla podía modelarse y desarrollarse en cualquier dirección. Problemas: ¿Debía 

Bruxton abandonar los métodos de la vieja cultura y adaptarse a esta nueva 

técnica? La decisión implicaba una amplia gama de factores interrelacionados: 

costos, beneficios, tiempo, suministro, demanda, formación, patentes, 

legislaciones, acciones judiciales, etc. Sólo había una respuesta. Preguntar a 

Strapp. 

Las negociaciones iniciales fueron breves. Strapp y Compañía contestó que la 

factura de John Strapp era de cien mil crs, más un uno por ciento de las acciones 

con derecho a voto de Bruxton Biótica. Lo toma o lo deja. Bruxton Biótica lo tomó 

con placer. 

La segunda etapa fue más complicada. John Strapp tenía muchísima demanda. 

Tenía un programa de Decisiones con un ritmo de dos por semana hasta principio 

de año. ¿Podía Bruxton esperar tanto? Bruxton no podía. Enviaron entonces a 

Bruxton una lista de las visitas concertadas por John Strapp, y se le dijo que 

acordase un cambio con cualquiera de los clientes como mejor pudiese. Bruxton 

trató, pagó, sobornó, y consiguió su propósito. John Strapp debía presentarse en 

la fábrica central de Alcor, el de junio, lunes, exactamente al mediodía. 




Entonces comenzó el misterio. A las nueve en punto de aquella mañana del lunes, 

Aldous Fisher, el hosco mensajero de Strapp, apareció en las oficinas de Bruxton. 

Tras una breve conferencia con el viejo Bruxton en persona, se radió por toda la 

fábrica el siguiente mensaje: ¡ATENCIÓN! ¡ATENCIÓN! ¡URGENTE! ¡URGENTE! 

TODO EL PERSONAL MASCULINO LLAMADO KRUGER PRESÉNTESE EN LA 

OFICINA CENTRAL. REPITO. TODO EL PERSONAL MASCULINO LLAMADO 

KRUGER PRESÉNTESE EN LA OFICINA CENTRAL. ¡URGENTE! REPITO. 

¡URGENTE! 

Cuarenta y siete hombres llamados Kruger se presentaron en la oficina central y 

fueron enviados a casa con órdenes estrictas de quedarse allí hasta nueva orden. 

La policía de la fábrica organizó una rápida investigación y, acompañada del 

irascible Fisher, comprobó los carnets de identidad de todos los empleados a los 

que pudieron coger. Nadie llamado Kruger quedaba en la fábrica, pero era 

imposible identificar a dos mil quinientos hombres en tres horas. Fisher ardía y 

humeaba como ácido nítrico. 

A las once y media, Bruxton Biótica estaba inquieta. ¿Por qué enviar a casa a 

todos los Kruger? ¿Qué tenía que ver aquello con el legendario John Strapp? 

¿Qué clase de hombre era Strapp? ¿Qué aspecto tenía? ¿Cómo actuaba? 

Ganaba diez millones de crs al año. Poseía el uno por ciento del mundo. Estaba 

tan próximo a Dios en la mente del personal que la gente esperaba ángeles y 

trompetas doradas y una criatura gigante y barbuda de infinita sabiduría y 

compasión. 

A las once cuarenta llegó la guardia personal de Strapp: un escuadrón de 

seguridad de diez hombres, de paisano, que comprobaron puertas y vestíbulos 

con helada eficiencia. Dieron órdenes. Había que quitar aquello. Había que cerrar 

aquello otro. Había que hacer varias cosas. Se hicieron. Nadie discutía con John 

Strapp. El escuadrón de seguridad tomó posiciones y esperó. Bruxton Biótica no 

respiraba. 

Llegó el mediodía y una mancha plateada apareció en el cielo. Se aproximó con 

un gran silbido y aterrizó con tremenda velocidad y precisión ante la puerta 

principal. Se abrió la puerta de la nave. Salieron dos individuos corpulentos con los 

ojos alertas, recelosos. El jefe del escuadrón de seguridad hizo una señal. De la 

nave salieron dos secretarias, pelo castaño una y la otra pelirroja. Elegantes, 

bellas, eficaces. Tras ellas salió un delgado oficinista de unos cuarenta años, de 

traje arrugado, con los bolsillos laterales llenos de papeles, gafas de concha y el 

pelo revuelto. Tras él salió una majestuosa criatura, alta, mayestática, recién 

afeitada pero de infinita sabiduría y compasión. 

Los dos forzudos se situaron a los lados del hombre apuesto y le escoltaron 

escaleras arriba y cruzaron con él la puerta principal. Bruxton Biótica suspiró feliz. 

John Strapp no desilusionaba. Era realmente Dios y era un placer que poseyese el 

uno por ciento de ti mismo. Los visitantes descendieron por el vestíbulo principal 




hasta la oficina del viejo Bruxton y entraron. Bruxton les estaba esperando, 

mayestáticamente situado tras su mesa. Se levantó casi de un salto y corrió hacia 

adelante. Cogió la mano del hombre majestuoso con fervor y exclamó: 

—Señor Strapp, en nombre de toda mi empresa, le doy la bienvenida. 

El oficinista cerró la puerta y dijo: 

—Strapp soy yo.—Hizo una seña a su empleado, que se sentó tranquilamente en 

un rincón—. ¿Dónde tiene sus datos? 

El viejo Bruxton indicó su mesa. Strapp se sentó ante ella, cogió las gruesas 

carpetas y empezó a leer. Un hombre delgado. Un hombre acosado. Un hombre 

de cuarenta y tantos años. Pelo negro y liso. Ojos azul porcelana. Una buena 

boca. Buenos huesos bajo la piel. Una cualidad destacaba: la falta total de 

conciencia de sí mismo. Pero cuando hablaba había un subtono histérico en la voz 

que mostraba que había en su interior algo violento y salvaje. 

Tras dos horas de implacable lectura y de comentarios en murmullos a sus 

secretarias, que tomaban notas crípticas con símbolos especiales, Strapp dijo: 

—Quiero ver la fábrica. 

—¿Por qué?—preguntó Bruxton. 

—Para sentirla —contestó Strapp—. En una Decisión siempre va implícita una 

cuestión de matiz. Es el factor más importante. 

Salieron de la oficina y se inició el desfile: el escuadrón de seguridad, los forzudos, 

las secretarias, el oficinista, el acre Fisher y el majestuoso empleado. Lo 

recorrieron todo. Lo vieron todo. El "oficinista" hizo la mayor parte del trabajo 

práctico para "Strapp". Habló con obreros capataces, técnicos, y personal alto, 

bajo y medio. Pidió nombres, cotilleó, se los presentó al gran hombre, hablaron de 

sus familias, sus condiciones de trabajo, sus ambiciones. Exploró, olió y sintió. 

Tras cuatro horas agotadoras volvieron a la oficina de Bruxton. El "oficinista" cerró 

la puerta. El empleado se fue a su rincón. 

—Bueno —dijo Bruxton—. ¿Sí o no? 

—Espere, —dijo Strapp. 

Repasó las notas de sus secretarias, las asimiló cerró los ojos y estuvo silencioso 

y quieto en medio de la oficina como quien se esfuerza por oír un susurro distante. 

—Sí—decidió, y pasó a ser más rico en un total de cien mil crs. y un uno por 

ciento de las acciones con derecho a voto de Bruxton Biótica. En compensación, 

Bruxton tenía una seguridad de un ochenta y siete por ciento de que la Decisión 

era correcta. Strapp abrió de nuevo la puerta, se reorganizó el desfile y salió de la 




fábrica. El personal aprovechó su última oportunidad para fotografiar y tocar al 

gran hombre. El oficinista ayudaba en las relaciones públicas con voluntariosa 

afabilidad. Preguntaba nombres, presentaba y amenizaba la charla. El rumor de 

voces y risas se incrementó cuando llegaron a la nave. Entonces sucedió lo 

increíble. 

—¡Tú! —gritó súbitamente el oficinista, su voz horriblemente aguda—. ¡Tú, hijo de 

puta! ¡Condenado y piojoso asesino! ¡Llevaba tiempo esperando esto! ¡Hace diez 

años que lo espero! 

Sacó un aplanado revólver de su bolsillo interior y asestó un tiro en la frente a un 

hombre. 

El tiempo se detuvo. Los sesos y la sangre tardaron horas en salir por la nuca, y el 

cuerpo en encogerse. Entonces el equipo de Strapp se puso en acción. Metieron 

rápidamente al oficinista en la nave. Le siguieron las secretarias, luego el 

empleado majestuoso. Los dos forzudos saltaron tras ellos y cerraron la puerta. La 

nave despegó y desapareció con un silbido. Los diez hombres que iban de 

paisano se dispersaron tranquilamente y desaparecieron. Sólo quedó Fisher, el 

hombre contacto de Strapp, junto al cadáver, en el centro de una multitud 

horrorizada. 

—Compruebe su identificación—masculló Fisher. 

Alguien sacó la cartera del muerto y la abrió. 

—William F. Kruger, biomecánico. 

—¡Condenado idiota! —dijo Fisher furioso—. Se lo advertimos. Se lo advertimos a 

todos los Kruger. Muy bien. Llame a la policía. 

Aquél era el sexto asesinato de John Strapp. Arreglarlo le costó exactamente 

quinientos mil crs. Los otros cinco le habían costado lo mismo, y la mitad de la 

cifra iba normalmente a manos de un hombre lo bastante desesperado para 

sustituir al asesino y alegar locura temporal. La otra mitad, a los herederos del 

difunto. Había seis sustitutos encerrados en diversas penitenciarías, cumpliendo 

de veinte a cincuenta años. Sus familiares eran doscientos cincuenta mil crs. más 

ricos. 

En sus habitaciones del Alcor Splendide, el equipo de Strapp evacuaba consultas 

sombrío. 

—Seis en seis años—dijo con amargura Aldous Fisher—. No vamos a poder 

mantenerlo en secreto mucho más. Tarde o temprano alguien se preguntará por 

qué John Strapp contrata siempre oficinistas locos. 

—Entonces le contratamos también a él —dijo la secretaria pelirroja—. Strapp 

puede permitírselo. 




—Puede permitirse un asesinato al mes —murmuró el empleado majestuoso. 

—No.—Fisher negó con la cabeza vivamente—. Las cosas pueden arreglarse 

hasta ciertos límites, pero no más allá. Uno llega al punto de saturación. Ahora 

hemos llegado. ¿Qué vamos a hacer? 

—¿Pero qué demonios le pasa a Strapp?—preguntó uno de los forzudos. 

—¿Quién sabe? —exclamó Fisher exasperado—. Tiene una fijación Kruger. 

Conoce a un hombre llamado Kruger Cualquier hombre que se llame Kruger. Y se 

pone a gritar, a maldecir. Y lo mata. No me preguntéis por qué. Es algo enterrado 

que pertenece a su vida pasada. 

—¿No le has preguntado a él? 

—¿Cómo iba a hacerlo? Es como un ataque epiléptico. Ni siquiera él sabe qué 

sucedió. 

—Habría que llevarle a un psicoanalista—sugirió el forzudo. 

—Eso es imposible. 

—¿Por qué? 

—Tú eres nuevo—dijo Fisher—. No comprendes. 

—Hazme comprender. 

—Te haré una analogía. Allá por mil novecientos la gente jugaba a la baraja con 

cincuenta y dos cartas. Eran tiempos sencillos. Hoy todo es más complejo. 

Jugamos con cinco mil doscientas cartas en la mesa. ¿Comprendes? 

—Voy comprendiendo. 

—Un cerebro puede controlar cincuenta y dos cartas. Puede tomar decisiones 

sobre ese total. En mil novecientos lo tenían muy fácil. Pero no hay mente capaz 

de hacer lo mismo con cinco mil doscientas cartas... salvo la de Strapp. 

—Tenemos computadoras. 

—Son perfectas cuando sólo se trata de cartas. Pero cuando hay que hacer 

cálculos teniendo en cuenta también a los cinco mil doscientos jugadores que 

manejan las cartas, lo que les gusta, lo que les disgusta, motivos, inclinaciones, 

proyectos, tendencias, etc., lo que Strapp llama los matices, entonces Strapp es 

capaz de hacer lo que no puede hacer una máquina. Él es único, y el psicoanálisis 

podría destruir su capacidad. 




—¿Por qué? 

—Porque en Strapp se trata de un proceso inconsciente —explicó irritado Fisher— 

. Él no sabe cómo lo hace. Si lo supiese acertaría en un cien por cien en vez de en 

un ochenta y siete. Es un proceso inconsciente, y, por lo que sabemos, puede 

relacionarse con la misma anormalidad que le empuja a matar a todos los Kruger. 

Si le libramos de una cosa, podemos destruir la otra. No podemos correr ese 

riesgo. 

—¿Qué podemos hacer entonces? 

—Proteger nuestra propiedad —respondió Fisher, mirando a su alrededor 

sobriamente.— No olvidéis esto ni un instante. Hemos trabajado mucho en Strapp 

para permitir que se destruya. ¡Hemos de proteger nuestra propiedad! 

—Yo creo que lo que él necesita es amistad—dijo la secretaria de pelo castaño. 

—¿Por qué? 

—Podríamos descubrir lo que le molesta sin destruir nada. La gente habla con los 

amigos. Strapp hablaría. 

—Nosotros somos sus amigos. 

—No, no lo somos. Somos sus socios. 

—¿Ha hablado él contigo? 

—No. 

—¿Contigo?—preguntó Fisher a la pelirroja. 

Esta negó con la cabeza. 

—Está buscando algo que no encuentra nunca. 

—¿El qué? 

—Una mujer, creo. Un tipo especial de mujer. 

—¿Una mujer llamada Kruger? 

—No sé. 

—Maldita sea, esto no tiene sentido. —Fisher lo pensó un momento—. Está bien. 

Le contrataremos un amigo y aligeraremos el programa de trabajo para que el 

amigo tenga oportunidad de hacer hablar a Strapp. De ahora en adelante 

reduciremos el programa a una Decisión semanal. 




—¡Dios mío! —exclamó la secretaria de pelo castaño—. Eso significa cinco 

millones menos al año. 

—Hay que hacerlo—dijo Fisher—. Se trata de aceptar esta reducción ahora o 

perderlo todo más tarde. Somos lo bastante ricos para aguantarlo. 

—¿Y cómo vas a resolver lo del amigo? —preguntó el empleado majestuoso. 

—Ya dije que contrataría a uno. Contrataremos al mejor. Comunica con Terra a 

través del TT. Diles que localicen a Frank Alceste y ponlo en comunicación 

urgente conmigo. 

—¡Frankie! —gritó la pelirroja—. ¡Me desmayo! 

—¡Oh! ¡Frankie! —la de pelo castaño se abanicó. 

—¿Te refieres a Frank Alceste el Fatal? ¿Al campeón de levantamiento de peso? 

—preguntó sobrecogido el forzudo—. Le vi luchar con Lonzo Jordan. ¡Oh, Dios 

mío! 

—Ahora es actor —explicó el empleado majestuoso—. Trabajé con él una vez. 

Canta. Y baila. Y... 

—Y es doblemente fatal—interrumpió Fisher—. Le contrataremos. Firmaremos un 

contrato. Él será amigo de Strapp. Tan pronto como Strapp le conozca, él... 

—¿Conozca a quién?—Strapp apareció en el quicio de la puerta de su dormitorio, 

bostezando, parpadeando ante la luz. Dormía siempre profundamente después de 

sus ataques—. ¿A quién voy a conocer? 

Miró a su alrededor, delgado, grácil, pero acosado e indudablemente poseído. 

—Un hombre llamado Frank Alceste—dijo Fisher—. Nos ha pedido una 

presentación y no podemos rechazarle por más tiempo. 

—¿Frank Alceste?—murmuró Strapp—. Nunca oí hablar de él. 

Strapp podía hacer Decisiones; Alceste amigos. Era un hombre vigoroso de treinta 

y tantos años, pelo rubio pajizo, cara pecosa, nariz quebrada y ojos grises muy 

hundidos. Tenía la voz firme y suave. Se movía con esa agilidad casi femenina de 

los atletas. Te hechizaba sin que te dieses cuenta, y sin que pudieses evitarlo. 

Hechizó a Strapp, pero Strapp también le hechizó a él. Se hicieron amigos. 

—No, se trata realmente de amistad—dijo Alceste a Fisher al devolverle el cheque 

que pretendía darle como pago—. Yo no necesito ese dinero, y el viejo Johnny me 

necesita. Olvidemos que me contratasteis. Rompe el contrato. Intentaré ayudar a 

Johnny por mi cuenta. 




Alceste se volvió para salir de la suite del Rigel Splendide y pasó ante las 

secretarias que le contemplaban con ojos muy abiertos. 

—Si no estuviese tan ocupado, señoritas —murmuró—, cuánto me gustaría 

perseguirlas un poco. 

—Persígueme a mí, Frankie—dijo la de pelo castaño. 

La pelirroja parecía inmovilizada. 

Y mientras Strapp y Compañía zigzagueaba lentamente de ciudad en ciudad y de 

planeta en planeta, con su nuevo plan de una Decisión por semana, Alceste y 

Strapp se solazaban tranquilos mientras el empleado majestuoso concedía 

entrevistas y posaba para los fotógrafos. Hubo interrupciones cuando Frankie tuvo 

que volver a Terra para hacer una película, pero entre tanto jugaron al golf, al 

tenis, apostaron a los caballos, a los galgos, y asistieron a veladas de lucha y de 

boxeo y a competiciones deportivas. Visitaron los centros nocturnos y Alceste 

volvió con un curioso informe. 

—Bueno, no sé hasta qué punto habéis estado observando de cerca a Johnny— 

dijo a Fisher—, pero has de saber que apenas si duerme de noche. 

—¿Cómo dices? —exclamó Fisher sorprendido. 

—El amigo Johnny, se larga todas las noches cuando os creéis que está dando 

reposo a su mente. 

—¿Cómo lo sabes? 

—Por su reputación—dijo Alceste con tristeza—. Le conocen en todas partes. En 

todos los antros de aquí a Orión conocen al amigo Johnny. Y le conocen del peor 

modo. 

—¿Por su nombre? 

—Por un mote. Le llaman Tierradevastada. 

—¡Tierradevastada! 

—Vaya, vaya. Señor Devastación. Arrasa a las mujeres como un fuego de la 

pradera. ¿Sabías esto? 

Fisher negó con un gesto. 

—Debe pagarlo de su bolsillo personal—musitó Alceste y se fue. 




Había algo aterrador en aquella relación de Strapp con las mujeres. Solía entrar 

en un club con Alceste ocupar una mesa, sentarse y beber. Luego se levantaba y 

examinaba fríamente el local, mesa por mesa, mujer por mujer. A veces algunos 

hombres se enfurecían y pretendían pegarle. Strapp se libraba de ellos con 

malevolencia y frialdad, de un modo que provocaba la admiración profesional de 

Alceste. Frankie nunca peleaba personalmente. Ningún profesional toca nunca a 

un aficionado. Pero procuraba hacer las paces, y si no lo lograba, acudía a los 

puños como última solución. 

Tras examinar a todas las mujeres, Strapp se sentaba y esperaba el espectáculo, 

tranquilo, charlando y riendo. Cuando aparecían las chicas, se apoderaba de 

nuevo de él aquel lúgubre arrebato y se ponía a examinar a la concurrencia 

cuidadosa y desapasionadamente. Muy pocas veces localizaba a una chica que le 

interesase; siempre el tipo idéntico: una chica de cola de caballo, ojos negrísimos 

y piel clara y sedosa. Entonces empezaba el problema. 

Si era una artista, Strapp acudía al camerino después del espectáculo. Si hacía 

falta sobornaba, gritaba y peleaba para conseguir abrirse paso hasta ella. Allí, se 

plantaba frente a la asombrada muchacha, la examinaba en silencio y luego le 

pedía que hablase. Escuchaba su voz, luego se acercaba como un tigre y daba un 

paso violento e inesperado. A veces había gritos, otra una defensa encarnizada, y 

otras complacencia. Strapp quedaba enseguida satisfecho. Abandonaba a la chica 

bruscamente, pagaba todos los daños y perjuicios como un caballero, y salía a 

repetir la misma función en un club tras otro. 

Si la muchacha era una simple cliente, Strapp se acercaba inmediatamente, 

despachaba a su acompañante, o si esto era imposible seguía a la chica hasta 

casa y repetía allí el ataque del camerino. De nuevo abandonaba a la chica, 

pagaba como un caballero y proseguía con su obsesionante búsqueda. 

—Estuve con él, pero me asustó—dijo Alceste a Fisher—. Nunca vi a un hombre 

tan precipitado. Podría disponer de cualquier mujer agradable si fuese con un 

poco más de calma. Pero no puede. Parece poseído. 

—¿Por qué? 

—No lo sé. Es como si trabajase contrarreloj. 

Después de que Strapp y Alceste se hiciesen íntimos, Strapp le permitió 

acompañarle en una investigación, durante el día, que era aun más extraña. Como 

Strapp y Compañía continuaba su gira por planetas e industrias, Strapp visitaba la 

Oficina de Estadísticas Vitales de cada ciudad. Allí sobornaba al encargado jefe y 

presentaba una tira de papel. El papel decía: 

Altura , 

Peso 

Pelo negro 




Ojos negros 

Busto 

Cintura 

Caderas 

Talla 

—Quiero los nombres y direcciones de todas las chicas de más de veintiún años 

que se ajusten a esa descripción —decía Strapp—. Pagaré diez créditos por cada 

nombre. 

Veinticuatro horas después llegaba la lista, y Strapp se lanzaba a una búsqueda 

obsesiva, examinando, hablando, escuchando, dando algunas veces el paso 

aterrador, pagando siempre como un caballero. La procesión de chicas morenas 

de ojos de tinta hacía tambalearse a Alceste. 

—Está poseído por una idea fija—dijo Alceste a Fisher en el Splendide de 

Cygnus—, y creo que sé de qué se trata. Está buscando una chica concreta 

especial y ninguna se ajusta a las condiciones. 

—¿Una chica llamada Kruger? 

—No sé si el asunto Kruger tiene que ver con esto. 

—¿Es difícil de complacer? 

—Bueno, te diré. Algunas de esas chicas... yo las consideraría sensacionales. 

Pero él no les presta la menor atención. Las mira y sigue. Otras... que son 

prácticamente unos fetos, le emocionan y se convierte en el viejo señor 

Devastación. 

—Pero ¿Por qué? 

—Creo que es una especie de prueba. Que pretende que las chicas reaccionen de 

forma dura y natural. La pasión es fingida. Se trata de un truco fríamente utilizado 

para poder comprobar cómo reaccionan las chicas. 

—Pero ¿Qué es lo que anda buscando él? 

—Aún no lo sé —contestó Alceste— pero lo descubriré. Tengo pensando un 

pequeño truco. Esperaremos a que llegue una oportunidad, Johnny se lo merece. 

Sucedió en el circo, cuando Strapp y Alceste fueron a ver a un par de gorilas 

despedazarse dentro de una jaula de cristal. Fue un espectáculo sangriento, y 

ambos amigos concluyeron que la lucha de gorilas no era más civilizada que la 

lucha de gallos, y dejaron aquel lugar decepcionados. Fuera, en el vacío pasillo de 

hormigón, esperaba un hombre tembloroso. Cuando Alceste le hizo una señal, se 

acercó corriendo a ellos como un cazador de autógrafos. 




—¡Frankie! —gritó el hombre tembloroso—. ¡Mi viejo amigo Frankie! ¿No te 

acuerdas de mí? 

Alceste le miró con detenimiento. 

—Soy Blooper Davis. ¿No te acuerdas del viejo barrio? ¿No te acuerdas de 

Blooper Davis? 

—¡Blooper! —la cara de Alceste se iluminó—. Claro. Pero entonces eras Blooper 

Davidoff. 

—Claro.—El hombre tembloroso se echó a reír—. Y tú eras Frankie Kruger. 

—¡Kruger!—gritó Strapp, con voz aguda y chillona. 

—Así es—dijo Frankie—. Kruger. Me cambié el nombre cuando empecé mi 

carrera de luchador. 

Avanzó con paso vivo hacia el hombre tembloroso, que retrocedió apoyado en la 

pared del pasillo y desapareció. 

—¡Tú, hijo de puta!—gritó Strapp; se había puesto pálido y la cara le temblaba 

amenazadoramente—. ¡Miserable asesino! Llevo mucho tiempo esperando esto. 

Llevo diez años esperando. 

Sacó un aplanado revólver de su bolsillo interior y disparó. Alceste se hizo a un 

lado justo a tiempo y la bala repiqueteó por el pasillo con un silbido. Strapp disparó 

de nuevo y la llama chamuscó la mejilla de Alceste, que cogió a Strapp por la 

muñeca y lo paralizó inmediatamente. Le quitó el revólver. Strapp jadeaba de ira. 

Arriba se oían los gritos de la multitud. 

—Está bien, soy Kruger—masculló Alceste—. Me llamo Kruger, señor Strapp. 

¿Cuál es el problema? ¿Qué le importa a usted eso? 

—¡Hijo de puta! —gritó Strapp, debatiéndose como uno de los gorilas que habían 

visto luchar—. ¡Asesino! ¡Te sacaré las tripas! 

—¿Por qué a mí? ¿Por qué a Kruger?—utilizando todas sus fuerzas, Alceste 

arrastró a Strapp a un rincón y le inmovilizó allí.—¿Qué tuve que ver contigo hace 

diez años? 

Oyó la historia en histéricos arrebatos antes de que Strapp se desmayara. 

Después de dejar a Strapp en la cama, Alceste pasó al lujoso salón de la suite del 

Espléndido de Indi y explicó el problema al equipo. 




—El viejo Johnny estaba enamorado de una chica llamada Sima Morgan — 

empezó—. Ella estaba enamorada de él. Una cosa muy romántica. Iban a 

casarse. Y entonces un tipo llamado Kruger mató a Sima Morgan. 

—¡Kruger! Así que ésa es la relación. ¿Cómo fue? 

—Ese Kruger era un gandul borracho. Tenía problemas conduciendo. Le quitaron 

el permiso, pero eso a un tipo como Kruger le daba igual. Sobornando, consiguió 

un reactor Hot-rod sin permiso de conducir. Un día se llevó por delante una 

escuela. Deshizo el techo y mató a treinta niños y a la profesora... esto fue en 

Terra, en Berlín. 

"Nunca cogieron a Kruger. Fue escapando de planeta en planeta y aún no le han 

localizado. La familia le envía dinero. La policía no es capaz de dar con él. Strapp 

le busca porque la profesora era su chica, Sima Morgan. 

Hubo una pausa, y luego Fisher preguntó: 

—¿Cuánto hace de eso? 

—Por lo que supongo, diez años y ocho meses. 

Fisher calculó minuciosamente. 

—Y hace diez años y tres meses Strapp demostró por primera vez que era capaz 

de tomar Decisiones. Decisiones Capitales. Hasta entonces era un don nadie. 

Luego vino la tragedia, y con ella la histeria y la capacidad de tomar Decisiones. 

Indudablemente una cosa produjo la otra. 

—Puede que sí. 

—Así que él mata a Kruger una y otra vez—dijo Fisher fríamente—. Corresponde. 

Fijación de venganza. Pero, ¿Y lo de las chicas y lo del asunto señor 

Devastación? 

Alceste sonrió con tristeza. 

—¿Has oído alguna vez decir "a una chica en un millón"? 

—¿Y quién no? 

—Si tu chica era una en un millón, eso significa que habrá nueve más como ella 

en una ciudad de diez millones ¿verdad? 

Todo el equipo de Strapp asintió expectante 

—El viejo Johnny trabaja con esa base. Cree que puede encontrar un duplicado 

de Sima Morgan 




—¿Cómo? 

—Se lo plantea aritméticamente. Piensa lo siguiente: hay una posibilidad en 

sesenta y cuatro mil millones de que las huellas dactilares coincidan. Pero 

actualmente hay , billones de personas. Eso significa que puede haber 

veintiséis con las mismas huellas dactilares, e incluso más. 

—No necesariamente. 

—Por supuesto, no necesariamente, pero existe la posibilidad y eso es lo único 

que necesita el viejo Johnny. Calcula que si hay veintiséis posibilidades de que las 

huellas dactilares coincidan, hay una posibilidad también de que coincidan las 

personas. Cree que puede encontrar el duplicado de Sima Morgan si persiste en 

su búsqueda. 

—¡Eso es inconcebible! 

—No digo que no lo sea, pero es lo único que le mantiene en pie. Es una especie 

de preservador vital basado en números. Mantiene su cabeza a flote... esa idea de 

que tarde o temprano podrá volver donde la muerte le dejó hace años. 

—¡Ridículo!—exclamó Fisher. 

—No para Johnny. Él sigue enamorado. 

—Imposible. 

—Quisiera que pudieses sentirlo como lo siento yo—contestó Alceste—. Busca sin 

cesar. Una chica tras otra. Conserva las esperanzas. Habla. Da el paso. Si se trata 

del duplicado de Sima, sabe que reaccionará exactamente como recuerda que 

reaccionó Sima diez años atrás. "¿Eres tú, Sima?" Se pregunta a sí mismo. "No", 

contesta, y continúa. 

Es una lástima ver en qué situación se encuentra. Hemos de hacer algo. 

—No—dijo Fisher. 

—Tenemos que ayudarle a encontrar su duplicado. Tenemos que convencerle 

para que crea que alguna chica es el duplicado. Tenemos que hacerle enamorarse 

otra vez. 

—No —repitió Fisher enfáticamente. 

—¿Por qué no? 

—Porque en cuanto Strapp encuentre a su chica, se curará. Dejará de ser el gran 

John Strapp, el Decisor. Se convertirá en un don nadie... un hombre enamorado. 




—¿Y a él qué le importa ser grande o no serlo? Él quiere ser feliz. 

—Todos quieren ser felices —replicó Fisher—. Nadie lo es. Strapp no está peor 

que los demás hombres, y además es mucho más rico. Nosotros mantenemos el 

status quo. 

—¿No querrás decir que tú eres mucho más rico? 

Nosotros mantenemos el status quo —repitió Fisher; miró con frialdad a Alceste—. 

Creo que lo mejor será que rescindamos el contrato. No necesitamos ya de tus 

servicios. 

—Señor, el contrato quedó rescindido cuando le devolví el cheque. Ahora habla 

usted con el amigo de Johnny. 

—Lo siento, señor Alceste, pero a partir de ahora el señor Strapp tendrá muy poco 

tiempo para sus amigos. Cuando quede libre al año que viene se lo haremos 

saber. 

—No podéis secuestrarle. Veré a Johnny cuándo y dónde me plazca. 

—¿Quiere usted tenerle por amigo?—dijo Fisher con una sonrisa desagradable—. 

Entonces le verá cuándo y dónde quiera yo. O le ve en esas condiciones o Strapp 

verá el contrato que firmamos. Aún lo tengo en los archivos, señor Alceste. No lo 

rompí. Yo nunca rompo nada. ¿Cómo cree que Strapp va a confiar en su amistad 

después de ver el contrato que firmó? 

Alceste cerró los puños. Fisher se mantuvo firme. Por un instante se miraron con 

odio, luego Frankie se apartó. 

—Pobre Johnny—murmuró—. Es como un hombre atrapado por la solitaria. Le 

diré adiós. Comunicadme cuándo puedo verlo. 

Entró en el dormitorio, donde Strapp acababa de despertar de su ataque sin el 

menor recuerdo, como siempre. Alceste se sentó en la cama. 

—Hola, Johnny—dijo, sonriendo. 

—Hola, Frankie—dijo Strapp, también sonriendo. 

Se dieron un puñetazo en el hombro con solemnidad que es la única manera de 

abrazarse y besarse entre los amigos. 

—¿Qué pasó después de la lucha de los gorilas? —preguntó Strapp—. No 

recuerdo. 




—Amigo, estabas muy borracho. Nunca vi un tipo tan cargado. —Alceste volvió a 

dar un suave puñetazo a Strapp—. Escucha, Johnny, tengo que volver a trabajar. 

Tengo un contrato de tres películas al año y están que botan conmigo. 

—Bueno, te tomaste un mes hace seis planetas —dijo Strapp, contrariado—. Creí 

que habías terminado. 

—Ni hablar. Tengo que irme hoy, Johnny. Volveremos a vernos muy pronto. 

—Oye—dijo Strapp—. Manda al diablo las películas. Sé socio mío. Le diré a 

Fisher que redacte un contrato. Esta es la primera vez que me río desde hace... 

mucho tiempo. 

—Puede que más tarde, Johnny. En este momento me obliga un contrato. Pronto 

volveré. Adiós. 

—Adiós—dijo Strapp con tristeza. 

Fuera de la habitación, Fisher esperaba como un perro guardián. Alceste le miró 

con disgusto. 

—Una cosa que se aprende en la lucha—dijo lentamente—, es que nadie gana 

hasta el último asalto. Tú has ganado éste, pero no es el último. 

Antes de marchar, Alceste dijo, mitad para sí mismo, mitad en voz alta: 

—Quiero que sea feliz. Quiero que todos los hombres sean felices. Y da la 

sensación de que todos los hombres podrían ser felices sólo conque les 

echásemos una mano. 

Por eso Frankie Alceste no podía evitar hacer amigos. 

El equipo de Strapp volvió a la misma vieja vigilancia celosa de los años de los 

asesinatos, y elevó el número de Decisiones de Strapp a dos a la semana. Ahora 

sabían por qué había que vigilar a Strapp. Sabían por qué había que proteger a 

los Kruger. Pero ésta era la única diferencia. Su hombre estaba triste, histérico, 

casi psicótico; daba igual. Era un precio justo a pagar por el uno por ciento del 

mundo. 

Pero Frankie Alceste persistía en su propósito y visitó los laboratorios de Bruxton 

Biótica en Deneb. Allí consultó con un tal E.T.A. Golan, el genio en investigación 

que había descubierto aquella nueva técnica para moldear vida que fue lo que 

llevó a Strapp por primera vez a Bruxton, y que fue indirectamente responsable de 

su amistad con Alceste. Ernesto Teodoro Amadeo Golan era bajo, gordo, asmático 

y entusiasta. 




—¡Claro!—exclamó, cuando el lego explicó todo su asunto al científico—. ¡Cómo 

no! Una idea muy ingeniosa. No sé por qué no se me habría ocurrido. No presenta 

apenas dificultades.—Meditó un instante—. Salvo el dinero—añadió. 

—¿Podría, pues, duplicar a la chica que murió hace diez años?—preguntó 

Alceste. 

—Sin ninguna dificultad, salvo el dinero. —Dijo Golan enfáticamente. 

—¿Parecería la misma? ¿Actuaría igual? ¿Sería la misma? 

—En un noventa y cinco por ciento, más o menos un novecientos setenta y cinco 

por mil. 

—¿Y eso significaría mucha diferencia con respecto al cien por cien? 

—¡Ah, no! Sólo individuos muy notables son capaces de captar más del ochenta 

por ciento de las características totales de otra persona. No se ha oído de ningún 

caso en que se supere el noventa por ciento. 

—¿Y cómo podrían hacerlo? 

—Bueno, empíricamente tenemos dos fuentes. Una, la estructura psicológica 

completa del sujeto que se encuentra en los archivos principales de Centauro. 

Ellos pueden enviarnos desde allí una copia si hacemos una solicitud y pagamos 

cien créditos a través de los canales oficiales. Haré la solicitud. 

—Y yo la pagaré. ¿Y la otra fuente? 

—El proceso de embalsamamiento de la época moderna... Ella está enterrada, 

¿No? 

—Sí, lo está. 

—Este sistema tiene una perfección de un noventa y ocho por ciento. Por medio 

de los restos y de la estructura psicológica reconstruimos el cuerpo y la mente por 

la ecuación Sigma igual a la raíz cuadrada de menos dos más... No hay más 

problema que el dinero. 

—Bueno, del dinero me encargo yo—dijo Frankie Alceste—. Encárguese usted del 

resto. 

Para ayudar a su amigo, Alceste pagó cien créditos y envió la solicitud a los 

archivos centrales de Centauro pidiendo la estructura psicológica completa de 

Sima Morgan, difunta. Cuando esto llegó, Alceste regresó a Terra y se dirigió a 

una ciudad llamada Berlín, donde pagó a un individuo llamado Augenblick, para 

que actuara como ladrón de cadáveres. Augenblick visitó el Staatsottesacker y 

sacó el ataúd de porcelana de debajo de la lápida de mármol que decía SIMA 




MORGAN. Contenía lo que parecía ser una chica de piel sedosa y negro pelo 

sumida en un profundo sueño. Por vías dudosas, Alceste consiguió pasar el ataúd 

de porcelana por cuatro barreras aduaneras hasta Deneb. 

Un aspecto del viaje del que Alceste no había caído en la cuenta, pero que 

desconcertó a varias organizaciones policiales, fue el de la serie de catástrofes 

que le persiguieron sin alcanzarle nunca. Hubo una explosión de un reactor que 

destruyó la nave y una hectárea de espaciopuerto media hora después de que se 

bajaran los pasajeros y se efectuara la descarga. Hubo un verdadero holocausto 

en un hotel diez minutos después de irse Alceste. Se produjo el terrible desastre 

que acabó con el tren neumático para el que Alceste había cancelado su billete 

inesperadamente. A pesar de todo, pudo entregar el ataúd al bioquímico Golan. 

—¡Vaya! —dijo Ernesto Teodoro Amadeo—. Una hermosa criatura. Merece la 

pena recrearla. Lo que falta ahora es muy sencillo, salvo el dinero. 

Para salvar a su amigo, Alceste dispuso las cosas para que Golan pudiese 

abandonar sus ocupaciones habituales, le compró un laboratorio y le financió una 

serie de experimentos increíblemente caros. Para ayudar a su amigo Alceste 

derrochó dinero y paciencia hasta que al fin, ocho meses después, salió de la 

opaca cámara de maduración una criatura de pelo negro, ojos como el ébano y 

sedosa piel, largas piernas y busto erguido. Respondía al nombre de Sima 

Morgan. 

—Oí caer el reactor sobre la escuela —dijo Sima, sin darse cuenta de que habían 

transcurrido once años—. Luego oí un gran estruendo ¿Qué pasó? 

Alceste estaba impresionado. Hasta aquel momento ella había sido un objetivo... 

una meta... algo irreal, no vivo. Ahora era una mujer viva. Había un curioso 

temblor en su voz, casi un susurro. Su cabeza tenia un aire encantador al moverse 

mientras hablaba. Se levantó de la mesa; no era suave y grácil como Alceste 

esperaba. Se movía con una torpeza infantil. 

—Yo soy Frank Alceste —dijo él, tranquilamente; la cogió por los hombros—. 

Quiero que me mires y te convenzas de que puedes confiar en mi. 

Sus ojos se unieron en una firme mirada. Sima le examinó con gravedad. De 

nuevo Alceste quedó impresionado y conmovido. Sus ojos empezaron a temblar y 

soltó los hombros de la muchacha aterrado. 

—Si—dijo Sima—. Puedo confiar en ti. 

—Diga lo que diga, debes confiar en mi. No importa lo que te diga que hagas, tú 

confía en mi y hazlo. 

—¿Por qué? 

—Por la salvación de Johnny Strapp. 




Ella le miró sobresaltada. 

—Le ha pasado algo—dijo presurosa—. ¿Qué ha sido? 

—A él no, Sima. A ti. Sé paciente, querida. Te lo explicaré. Tenia pensado 

explicarlo ahora, pero no soy capaz. Será mejor... que espere hasta mañana. 

La acostaron, y Alceste comenzó a debatirse en una terrible lucha consigo mismo. 

Las noches de Deneb son suaves y negras como terciopelo, con un aroma 

romántico dulce y tenue... o al menos así le parecía la noche a Frankie Alceste. 

"No puedes enamorarte de ella", murmuró. "Es una locura". 

Y más tarde, se dijo: "Viste a centenares de chicas como ella, cuando Johnny la 

buscaba. ¿Por qué no te enamoraste de una de ellas?" 

Y por último: "¿Qué vas a hacer?" 

Hizo lo único que un hombre honrado puede hacer en una ocasión tal, e intentó 

convertir su deseo en amistad. Acudió a la habitación de Sima a la mañana 

siguiente, con unos pantalones viejos, sin afeitar y sin peinar. Se sentó a los pies 

de su cama mientras ella comía la primera de las comidas cuidadosamente 

prescritas por Golan, encendió un cigarrillo y le explicó el asunto. Cuando la vio 

llorar, no la cogió entre sus brazos para consolarla, sino que le dio una palmada 

en la espalda como a un hermano. 

Encargó vestuario para ella. Se equivocó en las medidas y cuando ella salió con 

aquella ropa, le pareció tan adorable que quiso besarla. En vez de hacerlo, le dio 

un puñetacito en el hombro, muy suave y muy solemne, y la llevó a comprar otro 

vestido. Cuando apareció ante él con ropa a medida, le pareció tan encantadora 

que tuvo que darle otro puñetazo en el hombro. Luego fueron a comprar un pasaje 

inmediato para Ross-Alfa III. 

Alceste había pensado quedarse unos cuantos días para que la chica descansase, 

pero por miedo a sí mismo había renunciado a hacerlo. Sólo así pudieron salvarse 

ambos de la explosión que destruyó el domicilio privado y el laboratorio privado del 

bioquímico Golan, y también al bioquímico. Alceste no llegó a enterarse de esto. 

Estaba ya a bordo de la nave con Sima, luchando frenéticamente con sus 

tentaciones. 

Una de las cosas que todo el mundo sabe del viaje espacial, pero nunca 

menciona, es su cualidad afrodisíaca. Como en los tiempos antiguos, cuando los 

viajeros cruzaban océanos en barcos, los pasajeros se encuentran aislados en su 

pequeño mundo durante una semana. Quedan aislados de la realidad. Invade la 

nave una mágica sensación de libertad de toda atadura y de toda responsabilidad. 

Todos echan una cana al aire. Hay miles de romances de reactor por semana... 

relaciones fugaces y apasionadas que se disfrutan en completa seguridad y 

concluyen el día del aterrizaje. 




En esta atmósfera, Frankie Alceste mantenía un rígido control de sí mismo. Poco 

le ayudaba el hecho de ser una celebridad con un tremendo magnetismo físico. 

Mientras una docena de bellas mujeres se arrojaban a sus brazos, él perseveraba 

en su papel de hermano mayor y palmeaba a Sima como un hermano, hasta que 

ésta protestó. 

—Sé que eres un magnifico amigo de Johnny y un buen amigo mío —dijo la última 

noche—. Pero eres agotador, Frankie. Estoy llena de cardenales. 

—Si, ya lo sé. Es una costumbre. Algunos, como Johnny, piensan con el cerebro. 

Yo, creo que pienso con los puños. 

Estaban de pie bajo la bóveda acristalada por la que se veían las estrellas, y les 

bañaba la suave luz de Ross-Alfa que se aproximaba ya, y resulta difícil imaginar 

algo más romántico que el terciopelo del espacio iluminado por el tono blanco 

violeta de un sol distante. Sima ladeó la cabeza y le miró. 

—Hablé con algunos de los pasajeros dijo—. Eres famoso, ¿verdad? 

—Más bien conocido... 

—Hay tanto que apreciar en ti. Ante todo, quiero pensar en ti. 

—¿En mi? 

—Ha sido una cosa tan súbita—dijo Sima, asintiendo—. Estaba desconcertada y 

tan emocionada que no tuve tiempo siquiera de darte las gracias, Frankie. Te las 

doy ahora. Estoy comprometida contigo para siempre. 

Le echó los brazos al cuello y le besó. Alceste empezó a temblar. 

"No", pensó. "No. Ella no sabe lo que hace. Está tan atolondrada y feliz con la idea 

de ver otra vez a Johnny que no se da cuenta..." 

Buscó tras de sí hasta que sintió la helada superficie del cristal; antes de 

apartarse, apretó deliberadamente las palmas de sus manos contra la superficie, a 

temperatura bajo cero. El dolor le hizo dar un salto. Sima le soltó sorprendida y 

cuando él apartó sus manos, dejó atrás treinta centímetros cuadrados de piel y 

sangre. 

Por fin desembarcó en Ross-Alfa III con una chica en perfectas condiciones y dos 

manos en condiciones pésimas y fue recibido por el agrio Aldous Fisher, 

acompañado de un funcionario que pidió al señor Alceste que le acompañase a 

una oficina para tener una importante conversación privada. 

—Se ha puesto en nuestro conocimiento, gracias al señor Fisher—dijo el 

funcionario—, que intenta usted introducir a una joven de status ilegal. 




—¿Cómo puede saberlo el señor Fisher? —preguntó Alceste. 

—¡Imbécil!—escupió Fisher—. ¿Crees que te dejaría hacerlo? Estuvieron 

siguiéndote. Minuto a minuto. 

—El señor Fisher nos informa—continuó el funcionario con rigidez—, que la mujer 

que viene con usted viaja con nombre supuesto. Sus papeles son falsos. 

—¿Cómo que son falsos?—dijo Alceste—. Ella es Sima Morgan. Sus documentos 

dicen que ella es Sima Morgan. 

—Sima Morgan murió hace once años—contestó Fisher—. La mujer que viene 

contigo no puede ser Sima Morgan. 

—Y a menos que se aclare su verdadera identidad—dijo el funcionario—, se le 

prohibirá la entrada. 

—Tendré aquí, dentro de una semana, los documentos que demuestran la muerte 

de Sima Morgan —añadió Fisher triunfalmente. 

Alceste miró a Fisher y movió la cabeza. 

—Aunque no lo sepas, estás facilitándome las cosas—dijo—. Si hay algo que me 

gustaría hacer es sacarla de aquí y no permitir a Johnny verla. Tengo tantas ganas 

de guardármela para mí que... 

Se contuvo y acarició las vendas de sus manos. 

—Retira tu acusación, Fisher—añadió. 

—No—replicó Fisher. 

—No puedes mantenernos separados. Al menos de este modo. Suponte que la 

detienen. ¿A quién te parece que citaría judicialmente para demostrar su 

identidad? A John Strapp. ¿A quien llamaría yo primero para que viniese a verla? 

A John Strapp. ¿Crees que podrías detenerme? 

—Ese contrato—empezó Fisher—. Lo que haré... 

—Al infierno con el contrato. Enséñaselo. Él quiere a su chica, no a mí. Retira tu 

acusación, Fisher. Y abandona la lucha. Has perdido tu vale de comidas. 

Fisher le lanzó una furiosa mirada, tragó saliva, y luego masculló: 

—Retiro la acusación —luego, miró el césped con los ojos inyectados en sangre— 

. Este no es aún el último asalto —dijo, y salió de la oficina. 




Fisher estaba preparado. A una distancia de años luz podría encontrarse 

demasiado tarde con demasiado poco. Allí, en Ross-Alfa III, estaba protegiendo su 

propiedad. Disponía de todo el poder y del dinero de John Strapp. El flotador que 

Frankie Alceste y Sima tomaron en el espaciopuerto estaba pilotado por un 

ayudante de Fisher que abrió la puerta de la cabina y realizó bruscos virajes 

intentando arrojar al aire a sus viajeros. Alceste rompió el cristal de separación y 

rodeó con un musculoso brazo la garganta del conductor hasta que éste enderezó 

el flotador y les llevó pacíficamente a tierra. Alceste advirtió complacido que Sima 

no se había puesto más nerviosa de lo necesario. 

En la carretera, les recogió uno de los centenares de coches que pasaban bajo el 

flotador. Al primer disparo, Alceste metió a Sima en el quicio de una puerta, que 

abrió a costa de una herida en el hombro, la cual vendó precipitadamente con 

trozos de la enagua de Sima. Los ojos oscuros de ésta se abrían 

desmesuradamente, pero no se quejaba. Alceste la felicitó con poderosas 

palmadas y la subió a la terraza y descendió con ella por el edificio contiguo, 

donde entró en un apartamento y telefoneó pidiendo una ambulancia. 

Cuando llegó la ambulancia, Alceste y Sima bajaron a la calle, donde se 

encontraron con policías uniformados que tenían órdenes oficiales de buscar a 

una pareja que respondía a su descripción. "Buscados por robo de flotador con 

asalto. Peligrosos, tiren a matar". Alceste se deshizo del policía y también del 

conductor de la ambulancia y del enfermero. El y Sima partieron en la ambulancia, 

Alceste conduciendo como un loco, Sima manejando la sirena como una 

alucinada. 

Abandonaron la ambulancia en el distrito comercial del centro de la ciudad, 

entraron en unos grandes almacenes y salieron cuarenta minutos después, 

convertidos en un criado de uniforme que empujaba a un anciano en una silla de 

ruedas. Pese a los problemas planteados por el busto, Sima podía pasar por un 

criado. Frankie estaba lo bastante débil por las diversas heridas para fingirse un 

viejo. 

Se inscribieron en el Espléndido de Ross, donde Alceste encerró a Sima en una 

suite, hizo que le curaran el hombro y se compró un arma. Luego fue a ver a John 

Strapp. Le encontró en la Oficina de Estadísticas Vitales, sobornando al 

encargado general y presentándole una tira de papel que daba la misma 

descripción de aquel amor perdido tanto tiempo atrás. 

—Qué hay, Johnny—dijo Alceste. 

—¡Qué hay, Frankie! —gritó Strapp muy contento. 

Se dieron un afectuoso puñetazo mutuo. Con sonrisa feliz, Alceste vio a Strapp 

explicar detalles al encargado general y ofrecerle más dinero a cambio de los 

nombres y direcciones de todas las chicas de más de veintiuno que se ajustasen a 

la descripción del papel. Cuando salían, Alceste dijo: 




—Conocí a una chica que podría ajustarse a eso, Johnny. 

Aquella mirada fría brilló en los ojos de Strapp. 

—¿Sí? —dijo. 

—Tiene un ligero ceceo. 

Strapp miró con expresión extraña a Alceste. 

—Y una forma divertida de ladear la cabeza cuando habla. 

Strapp agarró el brazo de Alceste. 

—El único problema es que resulta más infantil que la mayoría, más como un 

camarada. ¿Sabes lo que quiero decir? Atrevida y valiente. 

—Muéstramela, Frankie—dijo Strapp en voz baja. 

Subieron a un flotador y descendieron en la terraza del Espléndido. El ascensor 

les condujo hasta la planta veinte y se dirigieron a la suite ~M. Alceste llamó a la 

puerta con la clave acordada. Respondió una voz de mujer: "Adelante". Alceste 

estrechó la mano de Strapp y dijo: "Enhorabuena, Johnny". Abrió la puerta y luego 

descendió hasta el vestíbulo y se apoyó en la balaustrada. Sacó su revólver por si 

aparecía Fisher con malas intenciones. Contemplando la resplandeciente ciudad, 

pensó que todos los hombres podrían ser felices si todos echasen una mano. Pero 

a veces esa mano resultaba cara. 

John Strapp entró en la suite. Cerró la puerta, se volvió y examinó fría, 

detenidamente, a aquella muchacha. Ella le miraba desconcertada. Strapp se 

acercó más, caminó alrededor de ella, volvió otra vez a situarse frente a frente. 

—Di algo —pidió él. 

—Tú no eres John Strapp—balbució ella. 

—Sí. 

—¡No! —exclamó ella—. ¡No! Mi Johnny es joven. Mi Johnny es... 

Strapp se aproximó como un tigre. Sus manos y sus labios la recorrieron 

ferozmente mientras sus ojos observaban con frialdad. La chica gritaba y se 

debatía, aterrada por aquellos ojos extraños, tan ajenos. Por aquellas manos 

ásperas, tan ajenas, por los impulsos ajenos de la persona que en tiempos había 

sido su Johnny Strapp, pero de la que la separaban ahora dolorosos años de 

cambios. 




—¡Tú eres otro! —gritó—. Tú no eres John Strapp. Tú eres otro hombre. 

Y Strapp, no tanto once años más viejo como once años distinto al hombre cuyo 

recuerdo estaban intentando ocupar, se preguntó a sí mismo: "¿Eres tú mi Sima? 

¿Eres tú mi amor... mi amor perdido y muerto?" Y el cambio dentro de él contestó: 

"No, ésta no es tu Sima. Esta no es tu amor. Sigue, Johnny. Sigue y busca. La 

encontrarás algún día, a la chica que perdiste". 

Pagó como un caballero y se fue. 

Desde el balcón, Alceste le vio salir. Tan asombrado estaba que no pudo llamarle. 

Volvió a la suite y encontró a Sima allí de pie, sobrecogida, contemplando un 

montón de dinero que había sobre la mesa. Comprendió inmediatamente lo que 

había sucedido. Sima, cuando vio a Alceste, empezó a llorar... No como una chica, 

sino como un muchacho, con los puños cerrados y la cara apretada. 

—Frankie —gimió—. ¡Dios mío, Frankie! —extendió los brazos hacia él con 

desesperación. Estaba perdida en un mundo que la había adelantado. 

Él dio un paso, pero luego vaciló. Hizo una última tentativa de borrar el amor que 

sentía en su interior por aquella criatura buscando un medio de unirla a Strapp. 

Luego perdió el control y la cogió en sus brazos. 

"Ella no sabe lo que hace", pensó. "Está asustada y se ve perdida. No es mía. Aún 

no. Quizás nunca". 

Y luego: "Fisher ha ganado y yo he perdido". 

Y por último: "Sólo recordamos el pasado; nunca lo conocemos cuando lo 

encontramos. La mente retrocede, pero el tiempo sigue y los adioses deberían ser 

para siempre". 

FIN 




LOS HOMBRES QUE ASESINARON A MAHOMA 

Hubo un hombre que mutiló la Historia. Derribó imperios y borró dinastías. Por su 

culpa, Monte Vernon dejaría de ser un monumento nacional, y Columbus, Ohio, 

debería llamarse Cabot, Ohio. Por él, el nombre de Marie Curie debería 

maldecirse en Francia, y nadie podría jurar por las barbas del Profeta. En realidad, 

estas cosas no sucedieron, porqué él era un profesor loco; o, dicho de otro modo, 

sólo consiguió que fuesen irreales para él mismo. 

El paciente lector está sin duda suficientemente familiarizado con el sabio loco 

convencional, bajito y de frente muy grande, que crea en su laboratorio monstruos 

que invariablemente se vuelven contra él y amenazan a su encantadora hija. Este 

relato no trata de ese falso tipo de hombre. Trata de Henry Hassel, un auténtico 

sabio loco similar a hombres tan famosos, y mucho más conocidos, como Ludwig 

Boltzmann (ver Ley de tos Gases Perfectos), Jacques Charles y André Marie 

Ampere (-). 

Todo el mundo debería saber que el amperio eléctrico recibió tal nombre en honor 

a Ampere. Ludwig Boltzmann fue un distinguido físico austriaco, tan famoso por 

su investigación sobre la radiación del cuerpo negro como sobre los gases 

perfectos. Figura en el volumen tercero de la Enciclopedia Británica, BALT a 

BRAT. Jacques Alexandre Cesar Charles fue el primer matemático que se 

interesó en el vuelo, e inventó el globo de hidrógeno. Estos eran hombres reales. 

Eran también sabios locos reales. Ampere por ejemplo, iba camino de una 

importante reunión de científicos en París. En el taxi se le ocurrió una brillante 

idea (de naturaleza eléctrica supongo), sacó un lápiz y anotó la ecuación en la 

pared del coche. Más o menos, era: dH=ipdl/r en donde p es la distancia 

perpendicular de P a la línea del elemento dl; o dH= i sen dl/r. Esto se conoce 

como Ley de Laplace, aunque éste no estuviese en la reunión. 

Lo cierto es que el taxi llegó a la Academia. Ampere se bajó, pagó al conductor y 

entró rápidamente en el lugar de reunión a explicar a todos su idea. Entonces 

cayó en la cuenta de que no había tomado nota de ella, recordó dónde la había 

apuntado, y hubo de lanzarse por las calles de París a la caza de aquel taxi para 

recobrar su ecuación perdida. A veces me imagino que debió ser así como Fermat 

perdió su famoso "Último Teorema", aunque Fermat tampoco estaba en la 

reunión, pues había muerto doscientos años atrás. 

O pensemos en Boltzmann. Dando un curso avanzado sobre gases perfectos, 

salpicaba sus lecciones con cálculos que elaboraba mentalmente y con gran 

rapidez. Tenía gran facilidad para esto. Sus alumnos, incapaces de desentrañar 

aquel galimatías de oído, no podían seguir sus lecciones, y pidieron a Boltzmann 

que escribiera las ecuaciones en la pizarra. 




Boltzmann se disculpó y prometió ayudarles más en el futuro. Al día siguiente 

empezó así: "Caballeros, combinando la Ley de Boyle con la Ley de Charles, 

llegamos a la ecuación pv = pOVO~ I + ~t). Por tanto, evidentemente, si tlSb = f 

(x~ dx (~l~ entonces pv = RT y vS f (x, y, z) dV = O. Es algo tan simple como 

dos y dos son cuatro". Y entonces Boltzmann se acordó de su promesa. Se volvió 

a la pizarra y tranquilamente escribió + =, y luego continuó haciendo de 

memoria sus complicados cálculos. 

Jacques Charles, el brillante matemático que descubrió la Ley de Charles 

(llamaba a veces Ley de Gay-Lussac), al que Boltzmann mencionaba en sus 

conferencias, tenía una pasión lunática por convertirse en paleógrafo famoso (es 

decir, descubridor de manuscritos antiguos). Creo que el verse obligado a 

compartir su gloria con Gay-Lussac debió impulsarle a esto. 

Pagó a un eminente falsificador, llamado Vrain-Lucas, . francos por cartas 

hológrafas supuestamente escritas por Julio César, Alejandro Magno y Poncio 

Pilatos. Charles, hombre capaz de analizar cualquier gas, perfecto o no, creyó 

realmente que aquellos documentos falsificados eran auténticos, pese a que el 

miserable Vrain-Lucas los había escrito en francés moderno, en papel moderno, 

Charles intentó incluso donarlos al Louvre. 

Ahora bien, estos hombres no eran idiotas. Eran genios que pagaron un elevado 

precio por su genio, pues el resto de su pensamiento estaba fuera de este mundo. 

Un genio es un individuo que viaja hacia la verdad por una senda inesperada. Por 

desgracia, en la vida diaria, las sendas inesperadas conducen al desastre. Esto 

fue lo que le pasó a Henry Hassel, profesor de compulsión aplicada en la 

Universidad Desconocida, en el año de . 

Nadie sabe dónde está la Universidad Desconocida, ni lo que se enseña allí. 

Tiene un cuerpo docente de unos doscientos excéntricos, y unos dos mil 

estudiantes... que permanecen en el anonimato hasta que ganan el premio Nobel 

o se convierten en el Primer Hombre de Marte. Se puede localizar fácilmente a un 

graduado de la Universidad Desconocida preguntando a la gente dónde estudió. 

Si contestan de forma evasiva, diciendo, por ejemplo: "Estado" o "una universidad 

muy corriente de la que nunca habrá oído hablar", puede estar seguro de que 

fueron a la Universidad Desconocida. Espero que pueda hablar algún día más 

ampliamente de esa universidad, que es un centro de aprendizaje sólo en el 

sentido pickwickiano. 

Lo cierto es que Henry Hassel se dirigía a su casa desde su oficina del Centro 

Psicótico a primera hora de la tarde, cruzando la arcada de Cultura Física. Es 

falso que hiciese esto para atisbar a las alumnas que practicaban eurritmia 

arcana; lo que sucedía era que a Hassel le gustaba admirar los trofeos expuestos 

en la arcada, ganados por los grandes equipos de la universidad en campeonatos 

en los que suele ganar la Universidad Desconocida, deportes como estrabismo, 

oclusión y botulismo. (Hassel había sido durante tres años seguidos campeón 




individual de frambesia.) Por fin llegó a su casa y entró alegremente para 

descubrir a su mujer en brazos de un hombre. 

Allí estaba una mujer encantadora de treinta y cinco años, el pelo de un rojo 

suave y los ojos almendrados, abrazada por un individuo que tenía los bolsillos 

llenos de panfletos aparatos microquímicos y un martillo de reflejos (un personaje 

típico de la Universidad Desconocida, en realidad). Era un abrazo tan 

concienzudo que ninguna de las partes advirtió que Henry Hassel les miraba 

furioso desde el vestíbulo. 

Recordemos ahora a Ampere, a Charles y Boltzmann. Hassel pesaba setenta y 

seis kilos. Era musculoso y no tenía inhibiciones. Para él podría haber sido un 

juego de niños destrozar a su esposa y a su amante, y alcanzar así simple y 

directamente el objetivo que deseaba: poner fin a la vida de su mujer. Pero Henry 

Hassel era un genio; y su mente no operaba de aquel modo. 

Contuvo el aliento, se volvió y se metió en su laboratorio privado a toda velocidad. 

Abrió un armario con la etiqueta DUODENO y sacó un revólver calibre . Abrió 

otros armarios, con etiquetas más interesantes, y diversos aparatos. En 

exactamente siete minutos y medio (tal era su urgencia), montó una máquina del 

tiempo (tal era su genio). 

El profesor Hassel montó, pues, la máquina del tiempo, se metió en ella, puso el 

marcador en , cogió el revólver y apretó un botón. La máquina hizo un ruido 

parecido a una cañería defectuosa y Hassel desapareció. Reapareció en Filadelfia 

el de junio de , yendo directamente a la calle Walnut número , una 

casa de ladrillos rojos con escaleras de mármol, y tocó el timbre. Abrió la puerta 

un hombre que podría haber pasado por el tercer Hermano Smith, que miró a 

Henry Hassel. 

—¿El señor Jessup?—preguntó Hassel con voz aguada. 

—¿Sí? 

—¿Es usted el señor Jessup? 

—Yo soy. 

—¿Tiene usted un hijo llamado Edgar? ¿Edgar Allan Jessup... llamado así por su 

lamentable admiración hacia Poe? 

El tercer Hermano Smith estaba muy sorprendido. 

—Que yo sepa no—dijo—. Aún estoy soltero. 




—Pues lo tendrá —dijo Hassel colérico—. Yo tengo la desdicha de estar casado 

con la hija de su hijo, Greta. Discúlpeme—. Alzó el revólver y mató al supuesto 

abuelo de su esposa. 

—Ahora ella habrá dejado de existir—murmuró Hassel soplando el humo del 

cañón del revólver—. Seré soltero. Podré incluso casarme con otra... ¡Dios mío! 

¿Con quién? 

Hassel esperó impaciente a que el dispositivo automático de la máquina del 

tiempo le devolviese a su laboratorio. Se lanzó hacia el salón. Allí estaba su 

pelirroja esposa, aún en los brazos de un hombre. 

Hassel quedó sobrecogido. 

—Así que esas tenemos —gruñó—. Toda una tradición familiar de infidelidad. 

Bueno, da lo mismo. Hay medios y modos. 

Soltó una risa sorda, regresó a su laboratorio, y se trasladó al año , donde 

mató a Emma Hotchkiss, la supuesta abuela materna de su esposa. Luego 

regresó a su casa y a su tiempo. Allí estaba su pelirroja esposa, aún en los brazos 

de otro hombre. 

—Pero yo sé que aquella vieja zorra era su abuela—murmuró Hassel—. Y 

además se parecían mucho. ¿Qué demonios pasa? 

Hassel se sentía confuso y desilusionado, pero aún le quedaban recursos. Fue a 

su estudio tuvo dificultades para coger el teléfono, pero finalmente logró marcar el 

número del Laboratorio de Tratamientos Equivocados, Nocivos e Ilegales. Sus 

dedos resbalaban al marcar los números. 

—¿Sam?—dijo—. Aquí Henry. 

—¿Quién? 

—Henry. 

—Hable más alto. 

—¡Henry Hassel! 

—Ah, buenas tardes, Henry. 

—Háblame del tiempo. 

—¿Tiempo? Mmmmm... —la computadora Simplex-Multiplex se aclaró la 

garganta mientras esperaba a que se activasen los circuitos de datos—. "Ejem. 




Tiempo. () Absoluto. () Relativo. () Recurrente. () Absoluto: Período 

contingente, duración, diurnidad, perpetuidad... 

—Perdona, Sam. Formulación errónea. Vuelve atrás. Quiero tiempo, referencia a 

sucesión de, viajar en. 

Sam accionó los engranajes y volvió de nuevo. Hassel escuchó con gran 

atención. Asintió. Gruñó. 

—Vaya, vaya. Está bien. Ya lo entiendo. Así que es un continuum. Actos 

realizados en el pasado deben alterar el futuro. Entonces no hay duda de que 

estoy en el camino adecuado. Pero el acto ha de ser significativo, claro. Efecto de 

acción masiva. Los hechos triviales no pueden desviar las corrientes de 

fenómenos existentes. Vaya, vaya. Pero, ¿Hasta qué punto puede considerarse 

trivial a una abuela? 

—¿Qué intentas hacer, Henry? 

—Matar a mi esposa —contestó Hassel. Colgó. Volvió a su laboratorio. Pensó, 

aún furioso. 

"Tengo que hacer algo significativo, murmuró, "Borrar a Greta. Borrarlo todo. ¡Muy 

bien, Dios mío! Se lo demostraré. Ya les enseñaré". 

Hassel retrocedió hasta el año , visitó una granja de Virginia y liquidó a un 

joven coronel. El coronel se llamaba George Washington y Hassel se aseguró 

plenamente de su muerte. Regresó a su propia época y a su propia casa. Allí 

estaba su pelirroja esposa, aún en los brazos de otro. 

—¡Maldita sea! —dijo Hassel. Estaba quedándose sin municiones. Abrió otra caja 

de balas, retrocedió en el tiempo y liquidó a Cristóbal Colón, Napoleón, Mahoma y 

media docena de celebridades más. 

—¡Ahora tiene que resultar, Dios mío! —dijo. 

Volvió a su propia época, y encontró a su esposa como antes. 

Sus rodillas parecieron fundirse; sus pies hundirse en el suelo. Volvió a su 

laboratorio caminando por arenas movedizas de pesadilla. 

—¿Qué demonios puede considerarse significativo? —se preguntaba Hassel muy 

atribulado—. ¿Qué es lo que hay que hacer para conseguir cambiar el futuro? 

Dios mío, esta vez lo cambiaré realmente. Esta vez no fallará. 

Viajó a París, a principios del siglo veinte, y visitó a Madame Curie, que trabajaba 

en un taller de un ático, cerca de la Sorbona. 




—Señora—dijo en un execrable francés—, soy para usted un extraño completo, 

pero soy todo un científico. Sabiendo de sus experimentos con el radio... ¡Ah! aún 

no ha empezado con el radio... no importa. He venido para enseñarla todo lo que 

hay que saber sobre fisión nuclear. 

Le enseñó. Tuvo la satisfacción de ver París cubierto por un hongo de humo antes 

de que el dispositivo automático le devolviese a su casa. 

—Eso enseñará a las mujeres a ser fieles —gruñó—. ¡Buf! 

Esto ultimo brotó de sus labios cuando vio a su pelirroja esposa aún... en fin, no 

hay ninguna necesidad de repetir lo obvio. 

Hassel fue hacia su estudio muy confuso y se sentó a pensar. Mientras él piensa, 

mejor será que les advierta que éste es un relato sobre el tiempo que no se ajusta 

al modelo convencional. Si se imaginan por un instante que Henry va a descubrir 

que el hombre que está abrazado a su esposa es él mismo, están en un error. La 

víbora no es Henry Hassel, su hijo, un pariente, ni siquiera Ludwig Boltzmann 

(-). Hassel no describe un círculo en el tiempo, terminando donde 

comienza el relato (para satisfacción de nadie e irritación de todos) por la simple 

razón de que el tiempo no es circular ni lineal, ni doble ni discoidal ni syzygono, ni 

longinquituo ni pendiculado. Él tiempo es una cuestión privada, como descubrió 

Hassel. 

—Quizás me equivocase—murmuró Hassel—. Lo mejor será que compruebe. 

Luchó con el teléfono, que parecía pesar cien toneladas y al fin consiguió 

comunicar con la biblioteca 

—¿Biblioteca? Aquí Henry. 

—¿Quién? 

—Henry Hassel. 

—Más alto, por favor. 

—¡HENRY HASSEL ! 

—Ah. Buenas tardes, Henry. 

—¿Qué tenéis sobre George Washington? 

Biblioteca tamborileó mientras sus instrumentos recorrían los catálogos. 

—George Washington, primer presidente de los Estados Unidos. Nació en... 

—¿Primer presidente? ¿No fue asesinado en 




—Por Dios, Henry. No digas tonterías. Todo el mundo sabe que George 

Washington... 

—¿No sabe nadie que fue asesinado? 

—¿Por quién? 

—Por mí. 

—¿Cuándo? 

—En . 

—¿Cómo pudiste hacer tú eso? 

—Tengo un revólver. 

—No, quiero decir cómo conseguiste hacerlo hace doscientos años. 

—Tengo una máquina del tiempo. 

—Bueno, pues aquí no dice nada—contestó Biblioteca—. En mis archivos todo 

sigue igual. Te habrás equivocado. 

—No me equivoqué, no. ¿Qué me dices de Cristóbal Colón? ¿No está reseñada 

su muerte en ? 

—Pero si descubrió el Nuevo Mundo en . 

—Ni hablar. Fue asesinado en . 

—¿Cómo? 

—Con una bala del en la cabeza. 

—¿Tú otra vez, Henry? 

—Pues aquí no dice nada —insistió Biblioteca—. Debes de ser muy mal tirador. 

—No perderé la paciencia—dijo Hassel con voz temblorosa. 

—¿Por qué no Henry? 

—Porque ya la he perdido—gritó—. ¡Está bien! ¿Y qué hay de Marie Curie? 

¿Descubrió o no la bomba nuclear que destruyó París a principios de siglo? 




—Ella no la descubrió. Enrico Fermi... 

—Fue ella. 

—No lo fue. 

—Yo le enseñé personalmente. Yo. Henry Hassel. 

—Todo el mundo sabe que eres un maravilloso teórico, pero un pésimo profesor, 

Henry. Tú... 

—Vete al diablo, viejo idiota. Esto tiene que tener una explicación. 

—¿Por qué? 

—Lo olvidé. Se me había ocurrido algo, pero ya no importa. ¿Qué me sugerirías 

tú? 

—¿Tienes realmente una máquina del tiempo? 

—Por supuesto que la tengo. 

—Entonces vuelve y comprueba. 

Hassel volvió al ano , visitó Monte Vernon, e interrumpió la siembra de 

primavera. 

—Perdone, coronel—empezó. 

El gran hombre le miró con curiosidad. 

—Habla usted de una forma extraña, forastero—dijo—. ¿De dónde viene? 

—Oh, de una universidad corriente de la que nunca habrá oído hablar. 

—Tiene usted también un aspecto extraño. Nebuloso, diría yo. 

—Dígame, coronel, ¿Qué sabe usted de Cristóbal Colón? 

—No mucho—contestó el coronel Washington—. Murió hace doscientos o 

trescientos años. 

—¿Cuándo murió exactamente? 

—Creo que en el siglo dieciséis, no sé exactamente el año. 

—Nada de eso. Murió en . 




—Se equivoca usted, amigo. Descubrió América en . 

—América la descubrió Cabot. Sebastián Cabot. 

—Nada de eso. Cabot llegó mucho después. 

—¡Tengo una prueba infalible! —comenzó Hassel, pero dejó de hablar al ver 

aproximarse a un hombre fornido y vigoroso de cara congestionada por la cólera. 

Llevaba unos pantalones grises muy arrugados y una chaqueta a cuadros dos 

tallas más pequeña que la suya. Llevaba también un revólver del . Henry 

Hassel comprendió que estaba mirándose a sí mismo y no le gustó lo que veía. 

—¡Dios mío! —murmuró—. Soy yo, cuando vine a matar a Washington aquella 

primera vez. Si hubiese hecho este viaje una hora más tarde me habría 

encontrado a Washington muerto. ¡Eh! —dijo—. Aún no. Espera un minuto. Tengo 

que resolver una cosa antes. 

Hassel no se prestó la menor atención a sí mismo, en realidad, no parecía tener 

conciencia de sí mismo. Avanzó directamente hacia el coronel Washington y le 

disparó un tiro en la cabeza. El coronel Washington se derrumbó, evidentemente 

muerto. El primer asesino inspeccionó el cuerpo, y luego, ignorando la tentativa de 

Hassel de detenerle y disputar con él, se volvió y se alejó, murmurando colérico 

entre dientes. 

—No me oyó—se decía Hassel—. Ni siquiera me percibió. Y, ¿Por qué no me 

acuerdo de que intenté detenerme a mí mismo la primera vez que maté al 

coronel? ¿Qué demonios pasa? 

Considerablemente alterado, Henry Hassel visitó Chicago y se dirigió allí a los 

patios de la Universidad, a principios de la década de . Allí, entre una 

resbaladiza mezcolanza de ladrillos de grafito y polvo de grafito, localizó a un 

científico italiano llamado Fermi. 

—Veo que está usted repitiendo el trabajo de Marie Curie, eh, dottore? —dijo 

Hassel. 

Fermi miró a su alrededor como si hubiese oído un rumor apagado. 

—¿Repitiendo el trabajo de Marie Curie, dottore?—gritó Hassel. 

Fermi le miró con extrañeza. 

—¿De dónde es usted, amico? 

—Estado. 




—¿Departamento de Estado? 

—Sólo Estado. Es cierto, verdad, dottore que Marie Curie descubrió la fisión 

nuclear a principios de siglo, ¿verdad? 

—¡No! ¡No! ¡No! —gritó Fermi—. Nosotros somos los primeros, y aún no lo hemos 

conseguido del todo. ¡Policía! ¡Policía! ¡Un espía! 

—Esta vez no habrá ningún error —gruñó Hassel. 

Sacó su y lo descargó en el pecho del doctor Fermi, y esperó la detención e 

inmolación en los archivos periodísticos. Ante su sorpresa, el doctor Fermi no se 

derrumbó. 

El doctor Fermi se limitó a palparse el pecho suavemente, y, a los hombres que 

llegaron respondiendo a su llamada, les dijo: 

—No es nada. Sentí en mi interior como una súbita quemadura, pero quizá sea 

una neuralgia del nervio cardíaco, o quizás un gas. 

Hassel estaba demasiado agitado para esperar el mecanismo automático de la 

máquina del tiempo. Regresó inmediatamente a la Universidad Desconocida por 

su cuenta. Esto debería haberle dado una clave, pero estaba demasiado 

obsesionado para advertirlo. Fue por entonces cuando yo (-) le vi por 

primera vez: una imagen confusa que avanzaba entre los coches aparcados, 

atravesando puertas cerradas y paredes de ladrillo, con la cara iluminada por una 

decisión lunática. 

Penetró en la Biblioteca, dispuesto a una gran discusión, pero no logró que los 

catálogos le oyesen o apreciasen su existencia. Pasó luego al Laboratorio de 

Prácticas Equivocadas, Nocivas o Ilegales, donde Sam, la computadora Simplex- 

Multiplex, tiene instalaciones sensibles hasta . angstroms. Sam no podía ver 

a Henry, pero lograba oírlo a través de una especie de fenómeno de interferencia 

de onda. 

—Sam—dijo Hassel—, he hecho un descubrimiento increíble. 

—Tú siempre estás descubriendo cosas, Henry—se quejó Sam—. Tu sección de 

datos está llena. ¿Quieres que empiece otra cinta para ti? 

—Necesito un consejo. ¿Quién es la máxima autoridad en Tiempo referencia 

sucesión de, viajar en? 

—Sería Israel Lennox, mecánica espacial, profesor de Yale. 

—¿Cómo puedo ponerme en contacto con él? 




—No puedes, Henry. Ha muerto. Murió en . 

—¿Cuál es entonces la máxima autoridad actual en tiempo, viajar en? 

—Wiley Murphy. 

—¿Murphy? ¿De nuestro Departamento de Traumas? Está bien, ¿Dónde podré 

localizarle ahora? 

—Precisamente, Henry, fue a tu casa a preguntarte algo. 

Hassel volvió a su casa a toda prisa buscó en su laboratorio y en su estudio sin 

encontrar á nadie y al fin penetró en el salón, donde su pelirroja mujer aún seguía 

en brazos de otro hombre. (Todo esto, quede bien entendido, se produjo en el 

espacio de unos cuantos instantes después de la construcción de la máquina del 

tiempo; tal es el carácter del tiempo y de los viajes en el tiempo.) Hassel 

carraspeó una o dos veces y probó a dar una palmada a su mujer en el hombro. 

Sus dedos penetraron en ella. 

—Perdona, querida—dijo—. ¿Ha venido a verme Wiley Murphy? 

Entonces miró más de cerca y vio que el hombre que abrazaba a su esposa era el 

propio Murphy 

—¡Murphy! —exclamó Hassel—. Precisamente la persona a la que busco. He 

tenido una experiencia extraordinaria. 

Hassel se lanzó inmediatamente a una lúcida descripción de su extraordinaria 

experiencia, que fue más o menos así. 

—Murphy, u—v= (u I/—v !~) (v~+ ux vv + vb ) pero cuando George Washington 

F (x) y dx y Enrico Fermi F (ul/) dxdt un medio de Marie Curie, y Cristóbal 

Colón por la raíz cuadrada de menos uno... 

Murphy ignoró a Hassel, lo mismo que la señora Hassel. Yo apunté las 

ecuaciones de Hassel en el capot de un taxi que pasaba. 

—Escúchame, Murphy —dijo Hassel—. Greta, querida, ¿Te importaría dejarnos 

un momento? Yo... por amor de Dios, ¿Queréis dejar ya esta tontería? Se trata de 

un asunto serio. 

Hassel intentó separar a la pareja. No pudo cogerlos, lo mismo que no había 

conseguido que le oyeran. Su cara enrojeció de nuevo y fue tal su cólera que 

comenzó a pegar a la señora Hassel y a Murphy. Era como pegar a un gas 

perfecto. Consideré que era preferible intervenir. 

—¡Hassel! 




—¿Quién es? 

—Sal afuera un momento. Quiero hablar contigo. 

Pasó a través de la pared. 

—¿Dónde estás? 

—Aquí. 

—Tienes una forma muy nebulosa. 

—También tú. 

—¿Quién eres? 

—Me llamo Lennox. Israel Lennox. 

—¿Israel Lennox, mecánica espacial, profesor de, Yale? 

—El mismo. 

—Pero tú falleciste en . 

—Yo desaparecí en . 

—¿Qué quieres decir? 

—Inventé una máquina del tiempo. 

—¡Dios mío! Yo también —dijo Hassel—. Esta tarde. La idea se me ocurrió de 

repente, no sé por qué, y he tenido una experiencia de lo más extraordinaria. 

Lennox, el tiempo no es un continuum. 

—¿No? 

—Es una serie de partículas separadas... como perlas en un collar. 

—¿Sí? 

—Cada perla es un "ahora". Cada "ahora" tiene su propio pasado y su propio 

futuro. Pero ninguno de ellos se relaciona con los demás. ¿Comprendes? Si ~ = ~i 

+ u, ji ++ A ~ 

—Ahórrate las fórmulas matemáticas, Henry. 




—Es una forma de transferencia cuántica de energía. El tiempo se emite en 

corpúsculos independientes o quantas. Podemos visitar el quanta individual de 

cada uno y hacer cambios dentro de él, pero ningún cambio de un corpúsculo 

afecta a otro corpúsculo. ¿Correcto? 

—No—dije con tristeza. 

—¿Qué quieres decir con eso? —respondió él, gesticulando colérico a través de 

una alumna que pasaba—. Si tienes en cuenta las ecuaciones trocoides y... 

—No—repetí con firmeza—. ¿Quieres escucharme, Henry? 

—Bueno, habla —dijo. 

—¿Te has dado cuenta de que te has hecho casi insubstancial? Inmaterial, 

espectral... ¿Te das cuenta que el espacio y el tiempo no te afectan ya? 

—Sí. 

—Henry, yo tuve la desdicha de construir una máquina del tiempo en . 

—Ya me lo dijiste. Ove. ; qué me dices /PI vnenergía? Supongo que estoy 

utilizando unos , kilowatios por... 

—Déjate de kilowatios, Henry. En mi primer viaje al pasado, visité el Pleistoceno. 

Tenía unas ganas tremendas de fotografiar al mastodonte, al perezoso gigante y 

al dientes de sable. Cuando retrocedía para captar plenamente al mastodonte en 

mi campo de visión a f/, para / de segundo, o en la escala LVS... 

—No importa la escala—dijo él. 

—Pues bien, al retroceder, pisé y maté involuntariamente a un pequeño insecto 

pleistocénico. 

—¡Oh! —exclamó Hassel. 

—El incidente me dejó aterrado. Creí que cuando volviese al mundo lo encontraría 

completamente cambiado como consecuencia de aquella sola muerte. Imagínate 

mi sorpresa cuando volví a mi mundo y me encontré con que nada había 

cambiado. 

—¡Ah! —dijo Hassel. 

—Sentí curiosidad. Volví al pleistoceno y maté un mastodonte. Nada cambió en 

. Volví al pleistoceno y me dediqué a liquidar animales... sin ninguna 

consecuencia. Recorrí el tiempo, matando y destruyendo, para ver si conseguía 

alterar el presente. 




—Entonces hiciste lo mismo que yo—exclamó Hassel—. Es extraño que no nos 

encontráramos. 

—No lo es en absoluto. 

—Yo maté a Colón. 

—Yo a Marco Polo. 

—Yo a Napoleón. 

—Yo consideré más importante e Einstein. 

—Mahoma no cambió mucho las cosas... yo esperaba más de él. 

—Lo sé. También yo lo maté. 

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Hassel. 

—Yo lo maté el de septiembre del . Cronología antigua. 

—¿Cómo? Yo maté a Mahoma el de enero del . 

—Te creo. 

—¿Cómo pudiste matarle tú después de haberle matado yo? 

—Los dos le matamos. 

—Eso es imposible. 

—Amigo mío—dije yo—el tiempo es totalmente subjetivo. Es una cuestión 

privada... una experiencia personal. No hay algo a lo que podamos llamar tiempo 

objetivo, lo mismo que no hay amor objetivo, o alma objetiva. 

—¿Quieres decir que viajar en el tiempo es imposible? Pero nosotros lo hemos 

hecho. 

—Desde luego, y algunos más, estoy seguro. Pero viajamos en nuestro propio 

pasado, y no en el de los demás. No hay ningún continuum universal, Henry. Sólo 

hay millones de individuos, cada uno con su propio continuum; y un continuum no 

puede afectar al otro. Somos como millones de espaguetis en la misma cazuela. 

Ningún viajero del tiempo puede encontrarse jamás, ni en el pasado ni en el 

futuro, con otro viajero. Cada uno viaja sólo por su propio espagueti. 

—Pero ahora estamos juntos, nos hemos encontrado. 




—Ya no somos viajeros del tiempo, Henry. Hemos pasado a ser la salsa de los 

espaguetis. 

—¿La salsa de los espaguetis? 

—Sí. Tú y yo podemos visitar cualquier espagueti que queramos, porque nos 

hemos destruido a nosotros mismos. 

—No comprendo. 

—Cuando un hombre cambia el pasado sólo afecta a su propio pasado y al de 

nadie más. El pasado es como la memoria. Cuando borras el recuerdo de un 

hombre, le borras, pero no borras a ningún otro. Tú y yo hemos borrado nuestro 

pasado. Los mundos individuales de los demás continúan, pero nosotros hemos 

dejado de existir. 

—Hice una pausa significativa. 

—¿Qué quieres decir con eso de que "hemos dejado de existir"? 

—Con cada acto de destrucción nos disolvemos un poco. Ahora nos hemos 

disuelto del todo. Hemos cometido cronicidio. Somos espectros. Espero que la 

señora Hassel sea muy feliz con el señor Murphy... Ahora acerquémonos a la 

Academia. Ampere está contando cosas muy interesantes sobre Ludwig 

Boltzmann. 

FIN 




FUERA DE ESTE MUNDO 

Cuento esto exactamente del modo que sucedió, porque yo comparto un vicio con 

todos los hombres: aunque disfruto de un matrimonio feliz y sigo enamorado de mi 

esposa, continúo enamorándome de mujeres con las que me cruzo. Me paro en 

un semáforo rojo, miro a la chica del taxi de al lado, y me enamoro 

desesperadamente de ella. Subo en un ascensor y quedo cautivado por una chica 

que lleva un paquete en la mano. Cuando sale en el décimo piso, se lleva con ella 

mi corazón. Recuerdo que en una ocasión me enamoré de una modelo en un 

autobús. Llevaba una carta al correo e intenté leer el remite y aprenderlo de 

memoria. 

Las que se confunden por teléfono son siempre la tentación más fuerte. Suena el 

teléfono, lo descuelgo, una chica dice: 

—¿Puedo hablar con David, por favor? 

No hay ningún David en nuestra casa y yo sé que es una voz extraña, pero 

emocionante y tentadora. A los dos segundos he tejido la fantasía de citarme con 

la extraña, tener una aventura con ella. Abandonar mi casa, huir a Capri y vivir en 

glorioso pecado. Luego digo: 

—¿A qué número llama, por favor? 

Y luego, tras colgar, apenas si puedo mirar a mi mujer, de lo culpable que me 

siento. 

Así que cuando sonó aquella llamada en mi oficina, en Madison , caí en la 

misma vieja trampa. Tanto mi secretaria como mi contable estaban fuera 

comiendo, así que tomé la llamada directamente en mi mesa. Una voz 

emocionante comenzó a hablar a cien por hora. 

—¡Hola, Janet! Conseguí el trabajo, querida. Tienen una oficina encantadora justo 

a la vuelta de la esquina del viejo edificio de Tiffany en la Quinta Avenida, y el 

horario es de a . Tengo una mesa y un despachito con una ventana, para mí 

sola... 

—Lo siento —dije, tras concluir mi fantasía—. ¿A qué número llama? 

—¡Dios mío! Desde luego no pretendía hablar con usted. 

—Me lo imagino. 

—Siento muchísimo haberle molestado. 




—No ha sido molestia. La felicito por el nuevo trabajo. 

—Muchísimas gracias —contestó ella riendo. 

Colgamos. Me pareció tan encantadora que decidí que esta vez sería Tahití en 

vez de Capri. Entonces volvió sonar el teléfono. Era la misma voz. 

—Janet, querida, soy Patsy. Me ha pasado una cosa terrible. Te llamé y marqué 

mal el número y empezé a hablar y de pronto una voz de lo más sugestiva dijo... 

—Gracias, Patsy, pero has vuelto a marcar mal el número. 

—¡Oh, Dios mío! ¿De nuevo usted? 

—Eso parece. 

—¿No es ahí Prescott -? 

—Ni mucho menos. Aquí es Plaza -. 

—No entiendo cómo pude marcar eso. Debo de estar especialmente tonta hoy. 

—Quizás sólo especialmente excitada. 

—Perdóneme, por favor. 

—No se preocupe —dije—. Creo que tiene usted también una voz muy sugestiva, 

Patsy. 

Colgamos y me fui a comer, reteniendo en la memoria Prescott -... Marcaría 

y preguntaría por Janet y le diría... ¿Qué? No sabía. Sabía además que no iba a 

hacerlo nunca; pero persistió aquel resplandor de ensueño que se prolongó hasta 

que volví a la oficina para enfrentar los problemas de la tarde. Luego lo sacudí y 

volví a la realidad. 

Pero estaba engañándome, pues cuando volví a casa aquella noche, no le hablé 

de ello a mi mujer. Trabajaba para mí antes de que nos casáramos y aún se toma 

mucho interés por todo lo que pasa en mi oficina. Dedicamos más o menos una 

agradable hora cada noche a discutir y analizar el día de trabajo. Lo hicimos 

aquella noche, pero yo oculté la llamada de Patsy. Me sentía culpable. 

Tan culpable que me fui a la oficina al día siguiente más temprano de lo normal, 

intentando aplacar mi conciencia con trabajo extra. Aún no habían llegado las 

chicas, así que la línea telefónica daba directamente a mi mesa. Hacia las ocho y 

media sonó mi teléfono y lo descolgué. 

—Plaza -—dije. 




Al otro lado no se oía nada, lo cual me enfureció. Odio a esas telefonistas que te 

llaman y luego te dejan colgado mientras atienden otras llamadas. 

—¡Escuche, monstruo! —dije—. Espero que pueda oírme. Haga el favor de no 

llamarme a menos que piense comunicarme inmediatamente con quien sea. 

¿Quién se cree que soy? ¿Un lacayo? ¡Váyase al cuerno! 

Cuando estaba a punto de colgar el teléfono, una voz 

—Perdone. 

—¿Qué? ¿Patsy? ¿Usted de nuevo? 

—Sí—dijo ella. 

Mi corazón dio un vuelco porque sabía... sabía que aquello no podía ser un 

accidente. Ella había aprendido de memoria el número. Quería hablar conmigo 

otra vez. 

—Buenos días, Patsy—dije. 

—Vaya, veo que tiene usted un carácter terrible. 

—Siento haber sido tan áspero... 

—No. Es culpa mía. No debía molestarle. Pero cuando llamo a Jan sigue saliendo 

su número. Deben de estar cruzadas las líneas. 

—Oh. Qué decepción. Pensaba que había llamado usted para oír mi sugestiva 

voz. 

Se echó a reír. 

—No es tan sugestiva. 

—Eso es porque antes fui grosero. Deseo compensarla. La convidaré a comer 

hoy. 

—No, gracias. 

—¿Cuándo empieza con el nuevo trabajo? 

—Esta mañana. Adiós. 

—Mucha suerte, Patsy. Llame a Jan esta tarde y cuéntemelo todo. 

Colgué y me pregunté si no habría ido a la oficina aquel día más temprano que de 

costumbre con la esperanza de recibir aquella llamada, más que por deseo de 

hacer trabajo extra. No podía acallar mi conciencia. Cuando uno se encuentra en 




una posición insostenible, todo lo que hace resulta sospechoso e inútil. Estaba 

irritado contra mí mismo e hice pasar a las chicas una mañana espantosa. 

Cuando volví de comer, le pregunté a mi secretaria si había llamado alguien 

estando yo fuera. 

—Sólo el supervisor telefónico del distrito—dijo—. Tienen problemas con las 

líneas. 

Pensé: "Entonces esta mañana fue un accidente. Patsy no quería volver a hablar 

conmigo". 

A las cuatro en punto dejé irse a mis dos chicas en compensación por mi actitud 

de la mañana... al menos eso fue lo que me dije. Anduve vagando por la oficina de 

cuatro a cinco y media, esperando que llamase Patsy, construyendo fantasías 

hasta que me avergoncé de mí mismo. 

Tomé una copa de la última botella que quedaba de la fiesta de Navidad de la 

oficina, cerré y me dispuse a irme a casa. Cuando pulsaba el botón del ascensor, 

oí que sonaba el teléfono en la oficina. Volví como un rayo, abrí la puerta (aún 

tenía la llave en la mano) y cogí el teléfono... sintiéndome un imbécil. Intenté 

cubrirme con un chiste. 

—Prescott - —dije, casi jadeando. 

—Perdone—dijo mi mujer—. Me he equivocado de número. 

Tuve que dejarla colgar. No podía explicárselo. Esperé a que llamase de nuevo, 

intentando determinar qué tipo de voz usaría para que ella supiese que era yo y no 

pudiese al mismo tiempo relacionarme con la voz que acababa de oír. Utilicé la 

técnica de mantener el teléfono a cierta distancia de la boca y di varias 

instrucciones con voz áspera a la oficina vacía. Luego aproximé la boca y hablé. 

—¿Sí? 

—Vaya, que voz tan distinguida. Como la de un general. 

—¿Patsy?—mi corazón dio un vuelco. 

—Eso me temo. 

—¿Me llama a mí o a Jan? 

—A Janet, por supuesto. Estas líneas son una lata, ¿No cree? Lo hemos 

comunicado a la compañía. 

—Lo sé. ¿Cómo le ha ido hoy en su nuevo trabajo? 




—Muy bien... supongo. Hay un jefe de oficina que ladra exactamente igual que 

usted. Me asusta. 

—Le daré un consejo, Patsy. No se asuste. Cuando un hombre grita así, suele ser 

para cubrir su propia conciencia de culpa. 

—No comprendo. 

—Bueno... puede estar desempeñando un cargo que es demasiado grande para él 

y él lo sabe. Así que intenta cubrirse haciéndose el duro. 

—Oh, no creo que fuese eso. 

—O quizás se siente atraído por usted y teme que eso pueda restarle eficacia en 

el trabajo. Así que le da voces para no caer en la tentación de ser demasiado 

atento. 

—Tampoco podría ser eso. 

—¿Por qué? ¿No es usted atractiva? 

—No soy la persona adecuada para contestar a esa pregunta. 

—Tiene usted una voz maravillosa. 

—Gracias, señor. 

—Patsy —dije—, yo puedo darle muchos consejos sabios y prudentes. No hay 

duda de que Alexander Graham Bell ha querido juntarnos, ¿Quiénes somos 

nosotros para oponernos al destino? Comamos juntos mañana. 

—Oh, lo siento, no puedo... 

—¿Va a comer mañana con Janet? 

—Sí. 

—Entonces, ¿Por qué no conmigo? Aquí me tiene, haciendo la mitad del trabajo 

de Jan... atendiendo sus llamadas; y ¿qué saco de eso? Una queja del supervisor 

de teléfonos. ¿Es esto justicia, Patsy? Podremos hacer la mitad de la comida 

juntos. Luego puede envolver la otra mitad y llevársela a Jan 

Se rió. Fue una risa deliciosa 

—Eres un encanto. ¿Cómo te llamas? 

—Howard. 

—¿Howard qué? 




—¿Patsy qué? 

—Tú primero. 

—No quiero correr riesgos. O te lo digo en la comida o le mantengo anónimo. 

—Muy bien—dijo ella—. Mi hora es de una a dos. ¿Dónde nos encontramos? 

—Plaza Rockefeller. La tercera bandera empezando por la izquierda. 

—Qué bonito. 

—Tercera bandera por la izquierda. ¿De acuerdo? 

—Sí. 

—¿A la una en punto mañana? 

—A la una en punto—repitió Patsy. 

—Me reconocerás por el hueso que llevo atravesado en la nariz. No tengo 

apellido. Soy un aborigen. 

Nos reímos y colgamos. Yo salí apresuradamente de la oficina para evitar la 

llamada de mi mujer. No fui un hombre honesto en casa aquella noche, pero 

estaba nervioso. Apenas si podía dormir. Al día siguiente, a la una en punto, yo 

estaba esperando frente a la tercera bandera empezando por la izquierda en la 

plaza Rockefeller, preparando frases ingeniosas y procurando mantenerme lo más 

erguido posible. Sabía que Patsy probablemente me miraría un rato antes de 

decidirse a acercarse a mí. 

Me dediqué a observar a todas las chicas que pasaban intentando imaginar cuál 

sería. En la plaza Rockefeller durante la hora de la comida, se ven centenares de 

mujeres que pueden figurar entre las más encantadoras del mundo. Yo tenía 

grandes esperanzas. Esperé y esperé pero ella no apareció. A la una y media 

comprendí que no debía haber aprobado el examen. Me había mirado sin duda, y 

había decidido olvidarse de todo. Nunca en mi vida me sentí tan furioso y tan 

humillado. 

Mi contable se despidió aquella tarde, y en lo profundo de mi corazón no podía 

reprochárselo. Ninguna chica con dignidad podría haberme soportado. Tuve que 

quedarme hasta tarde, y pedir a la agencia de colocaciones otra chica. 

Poco antes de las seis sonó mi teléfono. Era Patsy. 

—¿Me llamas a mí o a Jan?—pregunté furioso. 




—Te llamo a ti—dijo ella, igual de furiosa. 

—¿Plaza -? 

—No. No existe tal número, y tú lo sabes. Eres un mentiroso. Llamé a Jan con la 

esperanza de que las líneas siguiesen cruzadas y que salieses tú. 

—¿Qué es eso de que no hay tal número? 

—No entiendo que clase de sentido del humor te crees que tienes, Sr. Aborigen, 

pero lo que sí sé es que me has jugado una mala pasada hoy... haciéndome 

esperar una hora sin aparecer. Deberías de estar avergonzado. 

—¿Que esperaste una hora? Eso es mentira. No apareciste por allí. 

—Estuve allí y tú no te presentaste. 

—Patsy, eso es imposible. Te esperé hasta la una y media ¿Cuándo llegaste allí? 

—A la una en punto. 

—Entonces ha sido un terrible error. ¿Estás segura de que me entendiste bien? 

Tercera bandera por la izquierda... 

—Sí. Tercera bandera por la izquierda. 

—Debimos confundirnos de bandera. No sabes cuánto lo siento. 

—No te creo. 

—¿Qué puedo decir? Creí que tú me habías dado un plantón. Estaba tan furioso 

esta mañana que mi contable se fue. ¿No serás contable, por casualidad? 

—No. Y no estoy buscando trabajo. 

—Patsy, comeremos mañana, y esta vez nos encontraremos donde no haya 

posibilidad de error 

—No sé si... 

—Por favor. Y quiero aclarar ese asunto de que no hay Plaza -. Eso es 

absurdo. 

—No existe tal número 

—Entonces, ¿Cuál es este que estoy utilizando? ¿Un teléfono de cuerda? 

Se rió. 




—¿Cuál es tu número, Patsy? 

—Oh, no. Es como los apellidos. No te Io daré si no me das el tuyo. 

—Pero tú conoces el mío. 

—No, no lo conozco. Intenté llamarte esta tarde y la operadora me dijo que no 

existía. Ella... 

—Tiene que estar loca. Lo discutiremos mañana. ¿Otra vez a la una en punto? 

—Pero no enfrente de una bandera 

—Muy bien. ¿Le decías a Jan que trabajabas a la vuelta de la esquina del viejo 

edificio de Tiffany? 

—Así es. 

—¿En la Quinta Avenida? 

—Sí. 

—Estaré en esa esquina a la una en punto 

—Como no estés... 

—Patsy... 

—¿Sí, Howard? 

—Tu voz es aún más maravillosa cuando estás enfadada 

Al día siguiente llovió a cántaros. Yo fui a la esquina sureste de la Treinta y Siete y 

la Quinta, donde está el viejo edificio de Tiffany, y esperé bajo la lluvia desde las 

doce cincuenta a la una cuarenta. Patsy no apareció. Era increíble. Era increíble 

que alguien fuese tan miserable como para gastar una broma como aquélla. 

Recordé luego su encantadora voz y deseé que la lluvia le hubiese impedido salir 

de casa aquel día. Esperé que hubiese llamado a la oficina para decírmelo 

después de irme yo. 

Volví en taxi a la oficina y pregunté si alguien me había llamado por teléfono. 

Nadie. Tan disgustado y desilusionado estaba que me fui al bar del Hotel Madison 

Avenue y tomé unas copas para quitarme el frío y la humedad. Allí me quedé, 

bebiendo y soñando, y llamando de hora en hora a la oficina para mantenerme en 

contacto. Pero de pronto no pude reprimirme y marqué Prescott - para 

hablar con Janet. Respondió una telefonista. 




—¿Qué número ha marcado, por favor? 

—Prescott -. 

—Lo siento. Ese número no figura en la lista. ¿Quiere usted consultar de nuevo su 

agenda, por favor? 

Así que también aquello. Colgué, bebí unas copas más, vi que eran las cinco y 

media y decidí ir a dar una última ojeada a la oficina y luego marcharme a casa. 

Marqué el número de mi oficina. Hubo un clic y un rumor y luego Patsy contestó al 

teléfono. Su voz era inconfundible. 

—¡Patsy! 

—¿Quién es? 

—Howard. ¿Qué demonios haces en mi oficina? 

—Estoy en mi casa. ¿Cómo diste con mi número? 

—Yo no sé tú número. Llamaba a mi oficina y sales tú. Al parecer las líneas 

cruzadas funcionan en ambos sentidos. 

—No quiero hablar contigo. 

—Deberías avergonzarte. 

—¿Qué quieres decir? 

—Escucha, Patsy, fue una faena darme un plantón como éste. Si querías vengarte 

podrías haber... 

—Yo no te di ningún plantón. Me lo diste tú a mí. 

—Oh por amor de Dios, no empecemos otra vez. Si no te intereso, ten la honradez 

de decirlo. Me he puesto perdido en aquella esquina esperándote. Aún estoy 

empapado. 

—¿Seguro? ¿Qué quieres decir? 

—¡La lluvia!—grité—. ¿Qué otra cosa iba a querer decir? 

—¿Qué lluvia? —preguntó Patsy sorprendida. 

—No te burles. Lleva todo el día lloviendo. Aún gotea. 




—Debes de estar loco dijo ella, con voz apagada—. Ha hecho sol todo el día. 

—¿En la ciudad? 

—Claro. 

—¿Fuera de tu oficina? 

—Desde luego. 

—¿Sol todo el día en la esquina de la calle Treinta y Siete y la Quinta Avenida? 

—¿Por qué calle Treinta y Siete y Quinta Avenida? 

—Porque allí es donde está el viejo edificio Tiffany —dije, exasperado—. Tú estás 

a la vuelta de la esquina de 

—Estás asustándome—murmuró ella—. Creo... creo que es mejor que cuelgue 

inmediatamente. 

—¿Por qué? ¿Qué es lo que pasa ahora? 

—El viejo edificio Tiffany está en calle Cincuenta y Siete y Quinta Avenida. 

—¡No, tonta! Ese es el nuevo 

—Ese es el viejo. Sabes muy bien que se cambiaron, en 

—¿Que se cambiaron? 

—Sí. No podían reconstruir por culpa de las radiaciones. 

—¿Qué radiaciones? ¿Qué demonios...? 

—Del cráter de la bomba. 

Sentí un escalofrío, y no por la humedad y el frío. 

—Patsy—dije lentamente—. Hablo en serio, querida. Creo que puede que se haya 

cruzado algo más que una línea telefónica. ¿Cuál es tu clave telefónica? No 

necesito que me digas el número. Dime sólo tu clave. 

—América . 

Miré la lista que tenía en la cabina ante mí: Academy , Adrondack , Algonquin , 

ALgonquin , Atwater ... America no existía. 




—¿Es aquí en Manhattan? 

—Por supuesto, aquí en Manhattan. ¿Dónde si no? 

—En el Bronx—contesté—. O en Brooklyn o en Queens. 

—¿Cómo iba a vivir en campos de ocupación? 

Se me cortó el aliento. 

—Patsy, querida, ¿Cómo te apellidas? Creo que es mejor que seamos sinceros en 

esto porque creo que estamos metidos en algo fantástico. Yo me llamo Howard 

Carnp. 

Ella guardó silencio. 

—¿Cómo te apellidas, Patsy? 

—Shimabara—dijo al fin. 

—¿Eres japonesa? 

—Sí. ¿Tú eres yanqui? 

—Sí ¿Naciste aquí, Patsy? 

—No. Vine en ... con la unidad de ocupación. 

—Entiendo, nos rendimos la guerra... donde tu 

dará arreglada. Y quedaremos separados para siempre. 

Dile que cargue el importe a tu número Patsy. 

—Lo siento, señor dijo la telefonista—. No podemos hacerlo. Puede usted colgar y 

llamar otra vez. 

—Patsy, sigue llamándome, ¿Lo harás? Llama a Janet. Volveré a mi oficina y 

esperaré. 

—Su tiempo ha terminado, señor. 

—¿Cómo eres, Patsy? Dímelo. Deprisa, querida. Yo... 

El teléfono quedó muerto, y mi moneda cayó en la caja de las monedas. 




Volví a mi oficina y esperé hasta las ocho en punto. 

No telefoneó, o no pudo telefonear. Mantuve durante una semana una línea 

directa abierta con mi mesa y contesté personalmente todas las llamadas. Nunca 

volví a oír su voz. En algún sitio, aquí o allí, habían reparado aquel cable cruzado. 

Nunca olvidé a Patsy. Nunca se borró en mí el recuerdo de su voz encantadora. 

No pude hablar a nadie de ella. Y no te lo diría a ti ahora si no hubiese perdido la 

cabeza por una chica de maravillosas piernas que patina sobre el hielo dando 

vueltas y vueltas mientras suena la música en la Plaza Rockefeller. 

FIN 




EL HOMBRE PI 

¿Cómo decir? ¿Cómo escribir? Cuando a veces puedo ser fluido, delicado 

incluso, y luego, recupero, pour mieux sauter, eso se apodera de mí. Empuja. 

Fuerza. Presiona. 

A veces 

debo 

retroceder 

pero 

no 

para 

saltar 

no, ni siquiera para saltar mejor. No tengo control alguno sobre el yo, el lenguaje, 

el amor, el destino. Debo compensar. Siempre. 

Pero de todos modos lo intento. 

Quae nocent docent. Sigue traducción: Lo que duele, enseña. Yo estoy herido y 

he herido a muchos. ¿Qué hemos aprendido, sin embargo? Sin embargo. Me 

despierto por la mañana del mayor dolor de todos preguntándome qué casa. 

Riqueza, comprendes. ¡Maldita sea! Una casa en Londres, una villa en Roma, otra 

casa en Nueva York, un rancho en California. Me despierto. Miro. ¡Ah! El aspecto 

del lugar en que estoy es familiar. Así: 

Dormitorio Dormitorio 

Baño Cocina 

Baño Terraza 

¡Oh, oh! Estoy en mi casa de Nueva York, pero ese baño-baño espalda contra 

espalda. Puf. Todo el ritmo desacompasado. Desequilibrio. El esquema resulta 

doloroso. Telefoneo abajo, al portero. En ese momento pierdo mi inglés. (Hablo 

todas las lenguas. Un goulash. Estoy obligado. ¿Por qué? ¡Ah!) 

—Pronto. Eccomi, Signore Storm. No. Obligado a parlare italiano. Esperar. 

Llamaré otra vez en cinque minuti. 

Re infecta. Latín. Inconcluso el asunto me ducho, cuerpo dientes, pelo, me afeito 

la cara, lo seco todo y pruebo otra vez. Voilá! El inglés, ella viene. Otra vez al 

invento de A. G. Bell ("Señor Watson, venga aqui, le necesito".) Por teléfono hablo 

con el portero. Buen tipo. Consigue liquidar un montón de trabajo en un dos por 

tres. 




—¿Sí? Aquí Abraham Storm otra vez. Sí. Exactamente. Señor Lundgren, sea mi 

rabino personal y haga venir algunos obreros aquí esta mañana. Quiero esos dos 

baños convertidos en uno. Sí. Dejaré cinco mil dólares encima de la nevera. 

Gracias, Sr. Lundgren. 

Quería vestir franela gris esta mañana, pero tuve que ponerme el traje de "piel de 

tiburón". ¡Maldita sea ! El nacionalismo africano tiene extraños efectos 

secundarios vuelvo al dormitorio trasero (ver diagrama) y abro la puerta, que fue 

instalada por la Compañía Nacional de Seguridad, Inc. Entro. 

Todo radia hermosamente. Recorriendo arriba y abajo el espectro 

electromagnético. Desviación visual del ultraVioleta hacia el infrarrojo. Onda 

ultracorta chillando. Radiación alfa, beta y gama copiosamente. Y los interruptores 

inn tt errrr ump pppiendo al azar y cómodamente. Estoy en paz. ¡Dios mío! 

¡Conocer incluso un momento de paz! 

Tomo el metro hasta la oficina de Wall Street. Chofer demasiado peligroso; podría 

ponerse amistoso. No me atrevo a tener amigos. Mucho mejor el metro matutino, 

apreturas, masa empaquetada; ninguna norma que ajustar, no se exigen cambios 

ni compensaciones. ¡Paz! Compro todos los periódicos de la mañana, por lo de 

las pautas. Se leen demasiados Times, debo leer Tribune para compensar. 

Demasiado News. Leo Mirror. Y así sucesivamente. 

En el vagón del metro capto la mirada de un ojo; pequeño, oscuro, grisazulado, 

propiedad de un hombre anónimo que transmite la convicción de que jamás le has 

visto y jamás le verás de nuevo. Pero capto esa mirada y hace sonar un timbre al 

fondo de mi mente. Él se da cuenta. Ve el brillo que aparece en mis ojos antes de 

que yo pueda ocultarlo. Así que me siguen otra vez... ¿Pero quién? ¿USA? 

¿USSR? ¿Matoids? 

Salgo rápidamente del metro en City Hall y les doy una pista falsa hasta el 

Woolworth Building, por si operan con dos espías. La teoría básica de cazadores 

y cazados no es evitar que te localicen (es inevitable) sino dejar tantas pistas a 

cubrir que se dispersen. Entonces se ven obligados a abandonarte. Tienen tantos 

hombres para tantas operaciones. Es una cuestión de disminución de beneficios. 

El tráfico en City Hall estaba desincronizado (como está siempre) y tuve que 

caminar por el lado caliente de la calle para compensar. Tomé un ascensor hasta 

la décima planta del edificio. Allí me cogió súbitamente algo de aaaIgun lug ar. 

AaaIgo maaalo. Empecé a gritar, pero fue inútil. Un viejo empleado salió de la 

oficina con abrigo de alpaca, portafolios, gafas de oro. 

—Él no —discutí con el aire—. Es un buen hombre. Él no. Por favor. 

Pero estoy obligado. Me aproximo. Dos golpes; cuello y estómago. Se derrumba, 

retorciéndose. Le pateo las gafas. Le quito el reloj de bolsillo y lo destrozo. Rompo 

las plumas. Rompo los papeles. Luego se me permite volver al ascensor y bajar 

de nuevo. Eran las diez y media. Me retrasaba. Maldito inconveniente. Cogí un 




taxi para Wall Street . Di diez dólares de propina al conductor. Metí mil en un 

sobre (secretamente) y envié al conductor de nuevo al edificio para que localizase 

al empleado y se los diese. 

Trabajo rutinario de mañana en la oficina. Mercado en alza; tablero indicador 

ético; un infierno para equilibrar y compensar, aunque yo conozca las pautas de 

dinero. Voy atrasado en la suma de ., dólares a las once y media; pero 

con un paso de gigante las normas me colocan adelantado en ., dólares 

a las doce y media en punto, Tiempo de Ahorro luz del día, al que mi padre solía 

llamar tiempo Woodrow Wilson. 

. es una buena pauta, pero esos centavos. Puf. Parece toda la hoja de 

balances desequilibrada, es espantoso. Por encima de todo simetría. Solo tengo 

centavos en el bolsillo. Llamo a la secretaria, le pido prestados centavos y 

arrojo el total por la ventana. Me siento mejor mientras veo cómo cae a la calle, 

pero entonces la sorprendo mirándome asombrada y encantada. Muy malo. Muy 

peligroso. 

Despido a la chica al instante. 

—Pero, ¿Por qué, señor Storm? ¿Por qué? —pregunta, procurando no llorar. 

Querida cosita. Cara pecosa y descocada, pero no tan descocada ahora. 

—Porque está empezando a gustarme. 

—¿Y qué hay de malo en eso? 

—Cuando la contraté le advertí que no debía llegar a gustarme. 

—Creí que bromeaba usted. 

—Pues no. Ahora debe irse. Está despedida. 

—Pero, ¿Por qué? 

—Porque temo que podría empezar a gustarme. 

—¿Se trata de un nuevo tipo de proposición?—preguntó ella. 

—Por Dios. 

—Bueno, no tiene por qué despedirme—dijo furiosa—. 

—Bueno. Entonces puedo acostarme con usted. 

Se puso roja y abrió a boca para insultarme, mientras sus ojos pestañeaban. Una 

chica encantadora. No podía ponerla en peligro. Le puse el sombrero y el abrigo, 




le di el sueldo de un año como indemnización, y la eché. Punkt. Apuntar en la 

memoria: admitir sólo hombres, con preferencia casados, misántropos y asesinos. 

Hombres que puedan odiarme. 

Luego, a comer. A un restaurante lindamente equilibrado. Mesas fijadas al suelo. 

Nadie moviéndolas. Todas las sillas ocupadas por clientes. Bonita estructura. No 

tengo necesidad de compensar ni ajustar. Ordenado y lindamente estructurado 

comedor para el yo: 

Martini Martini 

Martini 

Croque Monsieur Roquefort 

Ensalada 

Café 

Pero se consume tanto azúcar en el restaurante que tuve que tomar café sólo, 

que no me gusta. Sin embargo, todavía una buena estructura. Equilibrada. 

X~—X— = número primo. 

Perdón, por favor. A veces controlo y veo qué compensaciones han de realizarse. 

Otras veces se me impone desde sólo Dios sabe dónde o por qué. Entonces he 

de hacer lo que estoy obligado a hacer, ciegamente, como hablar el galimatías 

que hablo; a veces resultándome odioso, como lo del empleado del Edificio 

Woolworth. Aún así, la ecuación se hunde cuando X = . 

La tarde era tranquila. Por un instante pensé que podría verme obligado a salir 

para Roma (Italia), pero algo ajustó las cosas sin necesidad de mí. La Sociedad 

Protectora de Animales me cogió por matar a mi perro a golpes, pero yo había 

aportado . dólares para su Refugio. Salí con un balanceo de cabeza. Pinté 

bigotes en carteles, rescaté a un gatito que se ahogaba, salvé a una mujer de un 

desaprensivo y fui a que me afeitaran la cabeza. Día normal para mí. 

Al anochecer, al ballet para relajarme con todas las hermosas estructuras, 

equilibradas, pacíficas, suaves. Luego respiré profundamente, aplaqué mi 

repugnancia y me obligué a acudir a Le Bitnique, el centro de reunión beatnik. 

Odio Le Bitnique, pero necesito una mujer y debo ir adonde odio. Aquella chica 

pelirroja que despedí tan esbelta y llena de deliciosa malicia, y lanzándome 

pícaras miradas. Así pues, Poisson d'avril, me dirigí hacia Le Bitnique. 

Caos. Negrura. Sonidos y olores, una cacofonía. Una bombilla de watios en el 

techo. Un maldito pianista interpreta música progresiva. En la pared L muchachos 

beatniks, con gorras, gafas negras y barbas públicas, jugando al ajedrez. En la 

pared R está el bar y chicas beatniks con bolsas marrones de papel bajo el brazo 

que contienen artículos de tocador. Se mueven y maniobran para buscar un 

colchón para la noche. 




¡Esas chicas beatniks! Todas delgadas... excitantes para mí esta noche porque 

hay demasiados norteamericanos que sueñan con mujeres muy gruesas, y yo 

debo compensar. (En Inglaterra me gustan las mujeres gruesas porque Inglaterra 

le gustan las mujeres delgadas). Todas llevan pantalones ajustados, blusas 

sueltas, pelo Brigitte Bardot, maquillaje italiano (ojos negros, labios blancos), y 

cuando caminan lo hacen con ese ritmo que emocionó a aquel tipo llamado 

Herrick hace tres siglos cuando escribió: 

Luego, cuando levanto los ojos y veo 

esa valiente vibración libre a ambos lados; 

¡Oh, cómo me arrebata ese brillo! 

Elijo una que brilla. Hablo. Ella insulta. Yo insulto también y pago unas copas. Ella 

bebe e insulta. Yo espero que sea lesbiana e insulto. Ella refunfuña y odia, pero 

inútilmente. No hay colchón para esta noche. La patética bolsa de papel marrón 

bajo el brazo. Reprimo la simpatía y vuelve el odio. Ella no se baña. Sus 

estructuras mentales están desequilibradas. Seguridad. Ningún daño puede 

venirme de ella. La llevo a casa para seducir por desprecio mutuo. Y en el salón 

(ver diagrama) se sienta esbelta y pecosa mi pequeña secretaria, recientemente 

despedida, que ahora espera por mí. 

Dirección: bis Avenue Hoche. París, Beme, Francia. 

Obligado a ir allí por lo que pasó en Singapur. Se hicieron necesarios ajustes y 

compensaciones extremos. Casi, por un momento, pensé que tendría que atacar 

al director de la Opera Cómica, pero el destino fue bondadoso y me permitió 

cumplir sólo con una exhibición indecente bajo el Petite Carrousel. Y pude 

encontrar una beca en la Sorbona antes de ser despachado. 

De cualquier modo en mi casa de Nueva York ahora con un () baño, y el cambio, 

dólares, estaré tranquilo con los magníficos que quedaron. Ella estaba 

allí sentada, estaba allí sentada, vistiendo un traje negro de cóctel con falda 

estrecha, medias negras, zapatos y la bella y regular curva de las piernas, y el 

pecho tan rosado como su rostro (quizás también su enagua.) Así, y, espesos 

polvos; un inconveniente. Voy a la cocina y me froto encima de la nevera. ¡Uf! Tiré 

dólares por la ventana y quizás siete. 

La piel pecosa brillaba con un rosa tiznado de turbación. También rojo de peligro. 

Su cara estaba muy tensa por lo atrevida que pensaba estar siendo. 

Me gusta también así; pero no con demasiado ímpetu. Contacto al frenético 

empolvado para que su piel parezca lechosa, la camisa con corcho quemado para 

compensar. 

—Mí amiga querría saber por qué tú invades mi apartamento inglés. 

—Perdóneme, por favor, hasta que venga un mensajero Lundgren —balbució—. 

Le dije que necesitaba usted unos importantes documentos de su oficina. 




—Si, bitte. Meine pidgin haben sich. 

—EntschUId lgehn Sie Deutsch? Geaendert, Sprac en. 

—No. 

—Danrl warte ich- 

La beatnik se balanceaba cada lado. La alcancé frente a la puerta (ninguna 

excusa). Volvió sobre sus talones y se alejó, su valiente vibración en la mano 

dólares (estructura perfecta). 

—¿Qué le pasó? —dije yo—¿Cómo se llama ? 

—¡Dios mío! Mí nombre? ¿ He estado trabajando en su oficina tres meses y no lo 

conoce realmente? 

—No, y no quiero saberlo ahora. 

—Soy Lizzie Chalnersimer 

—Váyase, Lizzie 

—Me llamaba usted siempre "Señorita". ¿Por qué se afeitó la cabeza? 

—Así que.... 

—Es muy chic—dijo juiciosamente—, pero no sé. Me recuerda a un actor de cine 

al que odio. ¿Qué quiere decir con eso de un problema en Viena? 

—Nada que a usted le importe. ¿Qué hace usted? ¿Qué quiere de mí? 

—A usted —dijo, enrojeciendo ferozmente. 

—¡Quiere usted salir de aquí, por amor de Dios! 

—¿Qué tiene ella que no tenga yo?—exigió Lizzie; luego su cara se 

descompuso—. ¿No lo tengo así? Qué. Tiene. Ella. Que. Yo. No. Tenga. Sí. 

—Me voy a Bennington. Están fuertes en agresión, pero flojos en gramática. 

—¿Qué quiere decir con eso de que se va a Bennington? 

—Bueno, es una universidad. Creí que todo el mundo lo sabía. 

—Pero, ¿Qué es eso de que va? 




—Estoy en mi primer año. Te expulsan a latigazos a no ser que adquieras 

experiencia en tu campo. 

—¿Cuál es su campo? 

—Antes era economía. Ahora es usted. ¿Qué edad tiene? 

—Ciento nueve mil ochocientos setenta y dos. 

—¡Oh. vamos! ¿Cuarenta? 

—Treinta. 

—¡No! ¿De veras?—cabeceó satisfecha—. Eso si que hay diez años de diferencia 

entre nosotros. Muchos. 

—¿Está enamorada de mi, Lizzie? ¿Y he de ser yo? 

—Sé que suena como una idea—bajó los ojos—. Supongo que las mujeres deben 

estar continuamente echándose en sus brazos. 

—No siempre. 

—¿Qué es usted, blasé o algo así? Quiero decir que no soy apabullante, pero 

tampoco soy lo que sep siYa. 

—Es usted encantadora. 

—Entonces, ¿Por qué me rechaza? 

—Estoy intentando protegerla. 

—Sé protegerme muy bien cuando llega el momento. 

—Ahora es el momento, Lizzie. 

—Lo menos que podía hacer es ofenderme como hizo a esa chica junto al 

ascensor. 

—¿Estaba espiando? 

—Claro que espiaba. No esperaría usted que me quedase aquí sentada mano 

sobre mano, ¿verdad? Tengo que vigilar a mi hombre, ya que lo he conseguido. 

—¿Su hombre? 




—Sucede—dijo ella en voz baja—. Nunca lo creía, pero sucede. Uno se enamora 

y se desenamora, y siempre piensa que es de veras y para siempre. Y luego 

conoces a otro y ya no es cuestión de amor. Sabes simplemente que él es tu 

hombre, y estás ligada a él. Yo estoy ligada. 

Alzó los ojos y me miró... ojos violeta, llenos de juventud y decisión y ternura, y sin 

embargo más viejos que veinte años... mucho más viejos. Me di cuenta de lo solo 

que estaba, no atreviéndome nunca a amar, obligado siempre a vivir con los que 

odiaba. Podía caer en aquellos ojos violeta para siempre. 

—Voy a impresionarla—dije. Miré el reloj. La una y media. Una hora tranquila. 

Dios quiera que el idioma norteamericano permanezca conmigo un buen rato. Me 

quité la chaqueta y la camisa y le enseñé mi espalda, llena de cicatrices. Lizzie 

lanzó un gemido. 

—Me las hice yo mismo—dije—. Porque me permití sentir simpatía por un hombre 

y hacerme amigo suyo. Este fue el precio que pagué, y tuve suerte. Ahora espere 

aquí. 

Entré en el dormitorio principal donde la vergüenza de mi corazón estaba 

embalsamada en un plateado ataúd oculto en el cajón de la derecha de mi 

escritorio. Lo llevé al salón. Lizzie me miraba con ojos muy abiertos. 

—Hace cinco años, una chica se enamoró de mí —expliqué—. Una chica como 

usted. Me sentía muy solo entonces, como siempre. En vez de protegerla de mí 

mismo, perdí el control. Ahora quiero que vea el precio que ésta pagó. Me 

despreciará usted por esto, pero debo enseñárselo... 

Un resplandor hirió mis ojos. Luces de un edificio del fondo de la calle. Me lancé a 

la ventana y observé. Las luces procedían de un edificio situado tres más abajo 

del mío; se apagaron, cinco segundos de eclipse, luego volvieron. Sucedió en el 

edificio situado a dos del mío, y luego en el contiguo. La chica se acercó a mi lado 

y me cogió del brazo. Temblaba un poco. 

—¿De qué se trata?—preguntó—. ¿Cuál es el problema? 

—Espere—dije. 

Las luces de mi apartamento se apagaron durante cinco segundos y luego 

volvieron a encenderse. 

—Ellos me han localizado—expliqué. 

—¿Ellos? ¿Localizado? 

—Han detectado mis radiaciones con el BD. 




—¿Qué es un B.D.? 

—Buscador de Dirección. Luego cortan la corriente en los edificios de la vecindad 

durante cinco segundos (edificio por edificio) hasta que cesa la emisión. Entonces 

saben que estoy en esta casa, aunque no saben en qué apartamento.—Me puse 

la camisa y la chaqueta—. Buenas noches, Lizzie. Desearía poder besarla. 

Me echó los brazos al cuello y me dio un sonoro beso, todo calor, todo terciopelo, 

todo entrega. Intenté apartarla. 

—Es usted un espía—dijo—. Iré a la silla eléctrica con usted. 

—Me gustaría mucho ser un espía—dije—. Adiós, mi queridísimo amor. 

Recuérdeme. 

Soyez ferme. Un gran error dejar aquello deslizarse. Pasó, creo, porque mi 

norteamericano también se deslizó. De pronto mi conversación volvió a 

convertirse en un galimatías. Mientras comía, el diablillo se quitó sus zapatitos de 

ópera y se subió la falda de cocktail hasta los muslos para poder correr. Corre a 

mi lado y baja conmigo la escalerilla de incendios hasta el garaje del sótano. La 

golpeo para que se detenga, la insulto. Ella me golpea también y lanza insultos 

aún peores, sin dejar de reír y de chillar. La amo por esto. ¡Maldición! Está 

condenada. 

Entramos en el coche, Aston Martin, pero con el volante a la izquierda, y nos 

lanzamos a toda velocidad hacia el oeste en la Calle , al este en la y al norte 

en la Primera Avenida. Busco el puente de la calle para abandonar la isla de 

Manhattan. Tengo un avión de mi propiedad en Babylon, Long Island, siempre 

dispuesto para este tipo de tropiezos. 

—J' y suis, j' y este no es mi lema—dije a Elizabeth Chalmers, cuyo francés es tan 

inseguro como su gramática... una halagüeña debilidad—. Una vez me atraparon 

en Londres en Correos. Yo recibía correspondencia en el Apartado General. Me 

enviaron una carta en blanco en un sobre rojo, y así me siguieron hasta 

Piccadilly, London W I. Teléfono Mayfair . Rojo de peligro. ¿Tiene usted roja 

toda la piel? 

—¡No está roja!—dijo ella indignada. 

—Quiero decir rosada. 

—Sólo donde salen pecas—dijo ella—. ¿Qué significa toda esta fuga? ¿Por qué 

habla de ese modo tan extraño y actúa de forma tan rara? ¿Está seguro de que 

no es un espía? 

—Sólo convencido. 




—¿Es usted un ser de otro mundo que vino en un Objeto Volador No Identificado? 

—¿La asustaría mucho eso? 

—Sí, si significase que no podíamos amarnos. 

—¿Y qué pensaría si nos propusiésemos conquistar la Tierra? 

—A mí sólo me interesa conquistarle a usted. 

—No soy ni he sido nunca un ser de otro mundo de los que vienen en Objetos 

Voladores no Identificados. 

—¿Qué es usted entonces? 

—Un compensador. 

—¿Qué es eso? 

—¿Conoce usted el diccionario de los señores Funk Waganlle? Editado por Frank 

H. Vizetelly. Cito: "Aquél o aquello que compensa, como un instrumento para 

neutralizar la influencia de la atracción local sobre la aguja de una brújula o un 

aparato automático para igualar la presión del gas en la..." ¡Maldita sea! 

Frank H. Vizetelly no utiliza esa mala palabra. Soy yo mismo porque la ruta me 

sitúa ahora frente al puente de la Calle . Debería haberlo supuesto. Tendría que 

haber percibido estructuras, pero estaba demasiado distraído con la encantadora 

muchacha. Probablemente estén bloqueados todos los puentes y túneles que 

salen de esta isla de dólares. Podría cruzar el puente, pero podría herir a mi 

angelical Elizabeth Chalmers, lo que me convertiría una brute figure y me 

produciría además una tristeza insuperable. Así que paré el coche. Rendición. 

—Kamerad—dije, y pregunté—: ¿Quiénes son? ¿Ku Klux Klan? 

Un hombre de expresión dura dijo que no. 

—¿Defensores de la Supremacía Blanca en el Mundo? 

De nuevo no. Me sentí mejor. Resultaba siempre desagradable ser capturado por 

tipos lunáticos que buscaban figurones. 

—¿URSS? 

Me miró fijamente, luego dijo: 

—Agente especial Krimms del FBI —y me mostró la placa. Le abracé con gratitud. 

FBI es salvación. Él retrocedió, preguntándose si yo no estaría loco. No me 

preocupaba. 




Besé a Elizabeth Chalmers y ella abrió su boca bajo la mano para murmurar: 

—No admitas nada; niégalo todo. Te conseguiré un abogado. 

Luces brillantes en la oficina de Plaza Foley. Las sillas están colocadas 

exactamente así; las cortinas dispuestas exactamente así. He pasado por esto ya 

tantas veces. El individuo anónimo de ojos negros de la mañana en el metro me 

interroga. Se llama S.I. Dolan. Intercambiamos una mirada. La suya dice, me 

engañaste esta mañana. La mía dice, eso hice. Nos respetamos; luego empieza 

el interrogatorio. 

—¿Se llama usted Abraham Storm? 

—El sobrenombre es "Base". 

—¿Nacido el de diciembre? 

—Sí, un niño navideño 

—¿? 

—Fui un niño de la Depresión. 

—Parece usted muy bromista. 

—Humor de horca, S. I. Dolan. Desesperación. Sé que nunca me harán confesar 

nada, y estoy desesperado. 

—Muy trágico. Quiero ser convicto... pero no puedo conseguirlo. 

—¿Nacido en San Francisco? 

—Sí. 

—Colegio Grand. Dos años en Berkeley. Cuatro años en la marina. Terminó en 

Berkeley. Doctorado en estadística. 

—Sí. Muchacho cien por cien norteamericano. 

—¿Ocupación actual, financiero? 

—¿Oficinas en Nueva York, Roma, París y Londres? 

—¿Propiedades conocidas, por cuentas bancarias, acciones y bonos, tres 

millones de dólares? 




—¡No, no, no! —yo estaba angustiado— Tres millones trescientos treinta y tres 

mil trescientos treinta y tres dólares y treinta y tres centavos. 

—Tres millones de dólares —insistió Dolan—. En números redondos 

—No hay números redondos; sólo hay estructuras. 

—Storm, ¿Qué demonios pretende? 

—Hágame confesar—supliqué—. Quiero ir a la silla eléctrica y librarme de todo 

esto. 

—¿Pero de qué me habla? 

—Pregunte y le explicaré. 

—¿Qué está usted emitiendo desde su apartamento? 

—¿Qué apartamento? Emito desde todos ellos. 

—En Nueva York. No somos capaces de descifrar el código. 

—No hay ningún código; todo es puro azar. 

—¿Puro qué? 

—Pura paz, Dolan. 

—¡Paz! 

—He pasado por esto ya tantas veces. En Ginebra, Berlín Londres, Río... ¿Me 

permite que se lo explique a mi modo? Y, por amor de Dios, deténgame si puede 

supliqué. 

Tomé aliento. Resultaba siempre tan difícil. Tiene uno que hacerlo con metáforas. 

Pero eran las tres y mi norteamericano duraría un rato. 

—¿Le gusta bailar? 

—¿Pero qué demonios...? 

—Tenga paciencia. Estoy explicándoselo. ¿Le gusta bailar? 

—¿Cuál es el placer de la danza? Es el que un hombre y una mujer establezcan 

juntos un ritmo, una estructura una pauta. Balanceándose, adelantándose, 

siguiendo, dirigiendo, cooperando. ¿No? 




—¿Y qué? 

—Y los desfiles. ¿Le gustan los desfiles? Masas de hombres y mujeres 

cooperando para establecer estructuras pautas. ¿Por qué es la guerra época de 

alegría para un país aunque nadie lo admita? Porque hay todo un pueblo 

cooperando, equilibrando y sacrificando para hacer una gran estructura. ¿No? 

—Ahora espere un momento, Storm... 

—Escúcheme Dolan. Yo soy sensible a las estructuras... más que al baile o a los 

desfiles o a la guerra; muchísimo más. Más que a la norma / de día y noche, o 

a la / de las estaciones... más, mucho más. Soy sensible a la normas de todo el 

espectro del universo: vista y sonido, rayos gamma, agrupaciones de pueblos, 

actos de hostilidad y de benigna caridad, crueldades y bondades, música de las 

esferas... y me veo obligado a compensar. Siempre. 

—¿Compensar? 

—Sí. Si un niño cae y se hace daño, la madre le besa. ¿No es así? Pues es 

compensación. Restaura un equilibrio. Un hombre pega a un caballo, tú le pegas 

a él, ¿verdad? De nuevo el equilibrio. Si un mendigo te produce demasiada 

simpatía, deseas arrearle una patada. ¿No es así? Más compensación. El marido 

que es infiel a su mujer es más amable de lo normal con ella. Todas las mujeres 

conocen esta regla, y la temen. ¿Qué es la deportividad sino una norma 

compensadora que elimina el embarazo de ganar o perder? ¿No se buscan 

mutuamente asesino y victima para cumplir sus pautas? 

"Multiplique eso hasta el infinito y me tendrá a mí. Yo tengo que besar y que dar 

patadas. Me veo obligado a hacerlo. Empujado. No sé cómo llamar a esta 

compulsión mía. Suelen llamar Psi a la percepción extrasensorial. ¿Cómo llamaría 

usted a la percepción extranormativa? ¿Pi? 

—¿Pi? ¿Qué quiere decir eso ? 

—La dieciseisava letra del alfabeto griego. Designa la relación entre la 

circunferencia de un circulo y su diámetro. ,... Ia serie continúa 

interminablemente. Es trascendental y nunca puede resolverse con una expresión 

finita; y para mí es una tortura... como pi en imprenta, que significa tipo confuso y 

trastocado, sin orden ni concierto. 

—¿Pero de qué demonios habla usted? 

—Hablo de pautas, de normas; del orden del universo. Yo me veo obligado a 

mantenerlo y restaurarlo. A veces me veo obligado a hacer cosas maravillosas y 

caritativas actos de generosidad; otras veces me veo obligado a hacer locuras, a 

hablar lenguajes extraños, a ir a sitios extraños, realizar actos abominables, 

porque equilibrios que no puedo percibir exigen ajuste. 




—¿Qué actos abominables? 

—Puede usted investigar y yo puedo confesar, pero dará lo mismo. Las normas 

no me permitirán declararme convicto. No me dejarán terminar. La gente se niega 

a testificar. Los hechos no significarán pruebas. Lo hecho dejará de estarlo. Lo 

malo se convertirá en bueno. 

—Storm, creo que está usted loco. 

—Quizás, pero tampoco podrá usted meterme en un manicomio. Se ha intentado 

antes. Incluso yo mismo lo intenté. Sin resultado. 

—¿Y qué me dice de esas emisiones? 

—Estamos inundados de emisiones de ondas, de quantas y partículas, y yo soy 

sensible también a ellas- pero están demasiado entremezcladas para ajustarse a 

pautas. Hay que neutralizarlas. Así que emito una antinorma para eliminarlas y 

conseguir un poco de paz. 

—¿Pretende usted decirme que es un superhombre? 

—No. Ni mucho menos. Sólo soy el hombre al que encontró Simón el Simple. 

—No se burle. 

—No me burlo. ¿No recuerda el cuento? 

Dolan frunció el ceño. Por fin dijo: 

—Mi nombre completo es Simon Ignacio Dolan. 

—Lo siento. No lo sabía. No quería hacer ninguna alusión personal. 

Me miro furioso y luego dejó mi dossier sobre la mesa. Lanzó un suspiro y se dejó 

caer en una silla. Esto alteró la norma y tuve que moverme. Me miró de reojo. 

—Hombre Pi —expliqué. 

—Muy bien —dijo él—. No podemos retenerle. 

—Todos lo intentan —dije— pero nunca pueden. 

—¿Quiénes lo intentan? 

—Los gobiernos, creyendo que soy un espía; la policía, que quiere enterarse de 

por qué me relaciono con tanta gente de forma tan extraña; políticos en el exilio 




con la esperanza de que yo les financie una contrarrevolución; fanáticos que 

sueñan que soy su rico mesías; sectas religiosas, lunáticos solitarios... todos me 

persiguen, esperando poder utilizarme. Ninguno puede. Yo formo parte de algo 

mucho mayor. Pienso que quizás todos formemos parte de algo mucho mayor, 

aunque yo sea el primero en tener conciencia de ello. 

—Confidencialmente, ¿Qué me dice de esos actos abominables? 

Tomé aliento. 

—Ese es el motivo de que no pueda tener amigos. Ni una chica. A veces se 

ponen tan mal las cosas en un sitio que tengo que hacer terribles sacrificios para 

restaurar la norma. He de destruir algo que amo. Yo... tenía un perro al que quería 

mucho. No me gusta pensar en él... Tuve en tiempos una chica. Me amaba. Y 

yo... Había un chico en la marina conmigo. Él... No quiero hablar de eso. 

—¿Asustado, de pronto? 

—No, ni mucho menos; ¡estoy maldito! Porque algunas de las normas a las que 

debo ajustarme son ritmos exteriores al mundo... algo distinto a lo que pueda 

sentirse en la Tierra. /... /. tiempos así. ¿Qué es lo que mira? ¿No 

cree usted que pueda ser aterrador? Reproduzca un tiempo / para mí. 

—No sé música. 

—Eso no tiene nada que ver con la música. Intente cinco con una mano y siete 

con la otra, haciendo que ambas mantengan una pauta regular. Entonces 

comprenderá la complejidad y el terror de esas extrañas normas que vienen a mí. 

De pronto la cara de Dolan se iluminó. 

—¿Se refiere usted a algo parecido al instinto doméstico? 

—¿Instinto doméstico? 

—Las normas que ayudan a aves y animales a encontrar su hogar desde 

cualquier sitio. Nadie sabe cómo. 

—Eso mismo; sólo que mayor. 

—Usted debía estar en un laboratorio, Storm. ¿Y de dónde viene todo esto? 

—No sé. Es un universo desconocido, demasiado grande para abarcarlo; pero 

tengo que ajustarme a los tiempos de sus ritmos y compensarlos... con mis 

acciones, reacciones, emociones, sentidos, mientras esas presiones gigantes 

adelante 




me empujan 

y me hacen 

me empujan 

y me hacen 

retroceder 

y me llevan 

dentro 

y atrás y fuera 

—Ahora el otro brazo —dijo Elizabeth con firmeza—. 

Estoy en mi cama, yo. Pensando de nuevo. La mitad (/) en el pijama; la otra 

mitad (/) cogida por la chica pecosa. Me alzo. Ella empuja. El pijama puesto 

ahora y me toca a mi ruborizarme. Allá en San Francisco me educaron muy 

recatadamente. 

—M maniadme hum —dije—. Traducción: "¡Oh la Joya en el loto!" Aludiendo a tí. 

¿Qué pasó? 

—Te desmayaste—dijo ella—. El señor Dolan tuvo que dejarte marchar. El señor 

Lundgren me ayudó a subirte al apartamento. ¿Cuánto he de darle? 

—Cinque lire. No. ¿Parla italiano, gentile signorina? 

—¿Otra vez de tus pautas? 

—Ja. —Asentí y esperé. Tras unos saltos en Grecia y Portugal, el inglés 

norteamericano volvió por fin a mí— ¿Por que no te largas de aquí cuando aún 

estás a tiempo? 

—Aún estoy ligada a ti—dijo ella—. Métete en la cama... 

—No. 

—Sí. Puedes casarte conmigo después. 

—¿Dónde está la caja de plata? 

—En el fondo del incinerador. 

—¿Sabes lo que había en ella? 

—Sé lo que había en ella. 

—¿Y aún sigues aquí? 

—Fue monstruoso lo que hiciste. ¡Monstruoso! 




Su pícaro rostro estaba cubierto de maquillaje. Había estado llorando. 

—¿Dónde está ahora ella?—añadió. 

—No lo sé. Las comprobaciones llevan a un número de cuenta en Suiza. No 

quiero saber. ¿Cuánto puede soportar el corazón? 

—Creo que voy a descubrirlo—dijo ella. 

Apagó las luces. En la oscuridad se oyó el rumor de la ropa. Nunca hasta 

entonces había oído yo la música de una persona a la que amo desvistiéndose 

para mí... para mi. Hice una última tentativa de salvar a mi amada. 

—Te amo—dije—y tú sabes lo que eso significa. Cuando las normas exigen un 

sacrificio, debo ser más cruel incluso contigo, más monstruoso... 

—No —dijo ella—. Nunca estuviste enamorado antes. El amor también crea 

normas. 

Me besó. Sus labios ardían, pero su piel estaba helada. Tenía miedo, pero su 

corazón latía fuerte y apasionado. 

—Nada puede dañarnos ya. Créeme. 

—Yo ya no sé qué creer. Formamos parte de un universo cuya grandeza es 

superior a todo conocimiento. ¿Y si resulta ser demasiado gigantesco para el 

amor? 

—Está bien—dijo ella tranquilamente—. Si el amor es una cosa pequeña y tiene 

que acabar, que acabe. Que acaben todas las cosas pequeñas como el amor, el 

honor, la misericordia y la risa... si hay algo mayor más allá. 

—Pero, ¿Qué puede ser mayor que eso? ¿Qué puede haber más allá? 

—Si somos demasiado pequeños para sobrevivir, ¿Cómo vamos a poder saberlo? 

Se deslizó muy cerca de mí y los extremos de su cuerpo eran como escarcha. Y 

así, juntos, pecho con pecho, caldeándonos con nuestro amor, criaturas 

asustadas en un mundo portentoso más allá del conocimiento... Aterrador y sin 

embargo espeeeraaadooo. 

FIN 




EL ORINAL FLORIDO 

—Concluiremos este primer semestre de Antigüedades —dijo el profesor Paul 

Muni— con una reconstrucción de la jornada habitual de un habitante de los 

Estados Unidos de América (nombre que se daba hace quinientos años al Gran 

Los Angeles) a mediados del siglo veinte. 

»Nos referiremos a él como Jukes, uno de los nombres más ilustres de la época, 

inmortalizado en la epopeya de las luchas entre Kallikak y Jukes. Se acepta hoy 

generalmente que las misteriosas letras JU, halladas en los listines de Hollywood 

Este, o en la ciudad de Nueva York como se decía entonces (por ejemplo, JU - 

o JU -), indican de algún modo una relación genealógica con la 

poderosa dinastía Jukes. 

»Estamos en el año de . El señor Jukes, un típico "solitario" (es decir, 

"soltero"), vive en un pequeño rancho a las afueras de Nueva York. Se levanta al 

amanecer, se pone sus botas con espuelas, sus vaqueros, su camisa de cuero, un 

chaleco gris de franela y un lazo negro. Se arma con un revólver y sale al Bar-B-Q 

a prepararse un desayuno de Plancton con curry o algas elaboradas. Puede 

sorprender a delincuentes juveniles o pieles rojas en su rancho, linchando una 

víctima o robándole automóviles, de los que tiene un rebaño de unos ciento 

cincuenta. 

»A estos delincuentes los dispersa tras singular combate a puñetazos. Como 

todos los norteamericanos del siglo veinte, Jukes es un individuo de fuerza 

extraordinaria, capaz de aguantar y asestar golpes terribles. Pocas veces utiliza su 

revólver para estos fines; reserva normalmente su uso para los ritos ceremoniales. 

»El señor Jukes acude a su trabajo en la ciudad de Nueva York montado en un 

coche deportivo (una especie de automóvil abierto), o en un tranvía eléctrico. Lee 

su periódico matinal, en el que aparecerán noticias como: "El descubrimiento del 

Polo Norte», » El hundimiento del Titanic", "Una cápsula espacial dirigida por el 

hombre logra orbitar Marte" o "La extraña muerte del presidente Harding". 

»Jukes trabaja en una agencia de publicidad situada en la Avenida Madison (hoy 

Bulevar Crepúsculo Este), que, en aquella época, era un fangoso y áspero 

camino, cruzado por diligencias, en el que se alineaban garitos llenos de 

camorristas, cadáveres y bellas artistas de variedades de someros vestidos. Jukes 

se dedica a la orientación del gusto, la mejora de la cultura, la elección de los 

funcionarios públicos y la selección de héroes nacionales. 

»Su oficina, situada en la planta vigésima de un gigantesco rascacielos, está 

decorada al estilo característico de mediados del siglo veinte. Tiene un muro de 

fuelle, un sillón gravedad nula, o caída libre, y una escupidera de latón. Está 

iluminado con bombillas Maser. Grandes ventiladores colgados del techo la 




refrescan en verano, y una estufa Franklin de rayos infrarrojos la calienta en 

invierno. 

»Las paredes están decoradas con extrañas pinturas ejecutadas por artistas tan 

famosos como Miguel Angel, Renoir y Domingo. En la mesa hay un magnetofón, 

que él usa para dictar. Sus palabras las escribe luego una secretaria utilizando 

una pluma y papel carbón. (Se ha demostrado de modo irrefutable que la máquina 

mecanográfica no se creó hasta el apogeo de la Era de la Computadora, a finales 

del siglo veinte.) 

»El trabajo del señor Jukes consiste en crear las consignas espirituales que 

animan a la mitad consumidora de la nación. Algunas de estas consignas han 

llegado hasta nosotros de modo más o menos fragmentaria, y aquellos de ustedes 

que hayan seguido el curso del profesor Rex Harrison, lingüistica , ya saben de 

las extraordinarias dificultades que se plantean en su interpretación: "Bueno hasta 

la última gota" (¿Debemos leer "Dios" donde dice "bueno"?); "¿Lo hace o no lo 

hace?" (¿El qué?); y '"Soñé que iba al circo con mi sostén Maidenform" 

(incomprensible). 

»A mediodía, el señor Jukes toma una segunda comida, normalmente en forma 

comuntaria con otros miles de individuos en un estadio gigantesco. Regresa a su 

oficina y reanuda el trabajo, pero, como han de tener en cuenta que las 

condiciones no eran ideales para la concentración, se veía obligado a trabajar 

hasta cuatro y seis horas al día. En aquellos tristes tiempos había una repetición 

constante de asaltos a mano armada, robos, guerras de bandas y otras 

brutalidades. El aire estaba lleno de los cuerpos de los agentes de bolsa 

desesperados que se tiraban por las ventanas de sus oficinas. 

»En consecuencia, es muy natural que el señor Jukes busque paz espiritual al 

final del día. Y la encuentra en un ritual llamado "fiesta de cocktail". El y otros 

creyentes más se encierran en una pequeña habitación, rezando en voz alta, y 

llenando el aire con residuos sagrados de marihuana y mescalina. Los creyentes 

suelen llevar atuendos denominados "trajes de cocktail", conocidos también como 

"negro básicon". 

»Después, el señor Jukes puede tomar su última comida del día en un club 

nocturno, un centro de diversión subterráneo donde se ofrecen diversos 

espectáculos. Va acompañado a menudo por su "cuenta de gastos", frase difícil de 

interpretar. El doctor David Niven afirma que esto puede relacionarse con »una 

mujer de vida fácil», pero el profesor Nelson Eddy afirma que esto no hace más 

que aumentar las dificultades, pues nadie sabe hoy lo que era una "mujer de vida 

fácil". 

»Por último, el señor Jukes regresa a su rancho en una especie de coche de vapor 

en el que juega juegos de azar con los jugadores profesionales que infectan todos 

los sistemas de transportes de la época. Ya en su casa, hace una hoguera al aire 

libre, calcula los gastos del día con su ábaco, toca música triste con su guitarra, 




hace el amor con una de las miles de extrañas mujeres que tienen la costumbre 

de irrumpir a horas extrañas ante las hogueras, se enrolla en una manta y se echa 

a dormir. 

»Tal era la barbarie de aquella época tan histérica que pocos hombres vivían más 

de los cien años. Y sin embargo los románticos de ahora añoran aquella era 

monstruosa de agitación y terror. La América del siglo veinte está de moda. En 

fecha muy reciente, un solo ejemplar de Life, una especie de catálogo postal, fue 

vendido en subasta por el famoso coleccionista Clifton Webb por . dólares. 

He de decir, de pasada, que en el análisis que hago de esta pieza en el Phit Trans 

actual planteo dudas sobre su autenticidad. Ciertos anacronismos del texto indican 

una posible falsificación. 

»Y ahora unas últimas palabras sobre vuestros exámenes. Se ha hablado mucho 

de parcialidad por parte de la computadora. Se ha sugerido que cuando este 

departamento recibió la Multi-III de Bioquímica, se pasaron por alto varios 

circuitos, dejándose en situación operativo, con lo que se inclinó a la computadora 

en favor del enfoque matemático. Esto es un completo absurdo. Nuestro psiquiatra 

de computadoras asegura que la Multi-III ha recibido un curso completo de 

readoctrinación y un lavado de cerebro minucioso. Detalladas comprobaciones 

han mostrado que todos los errores se debieron a torpeza y descuido de los 

estudiantes. 

»Les pido que se atengan a los procedimientos normales de esterilización antes 

de realizar su examen. Comprueben sus gorras, batas, máscaras y guantes 

quirúrgicos y procuren que estén perfectamente ajustados. Asegúrense también 

de que los instrumentos estén esterilizados. Recuerden que una mota de 

contaminación en su tarjeta de respuesta puede invalidar su examen. La Multi-III 

no es una máquina, es un cerebro, y exige el mismo cuidado y consideración que 

dispensan a sus propios cuerpos. Gracias, buena suerte, y espero verles de nuevo 

el próximo semestre. 

Al salir del aula, el profesor Muni fue abordado en el atestado pasillo por su 

secretaria, Ann Sothern. Vestía ella un bikini de punto, llevaba una bandeja con 

bebidas en una mano y en la otra un bañador del profesor. Muni hizo un gesto 

agradecido, tomó un trago rápido y frunció el ceño al oír el número de comedia 

musical tradicional con el que los estudiantes pasaban de clase a clase. Comenzó 

a estructurar sus notas mientras salían apresuradamente del edificio. 

—No hay tiempo para darse un chapuzón, señorita Sothern—dijo—. Tengo que 

acudir a ver un descubrimiento revolucionario esta tarde en el Edificio de Artes 

Médicas. 

—Eso no figura en su programa, doctor Muni. 

—Lo sé. Lo sé. Pero Raymond Massey está enfermo, y tengo que hacerlo por él. 

Ray dice que me sustituirá la próxima vez que tenga que aconsejar a un joven 

genio que abandone la poesía. 




Salieron del Edificio de Sociología, pasaron ante la piscina en forma de lágrima, 

ante la biblioteca que tenía forma de libro, ante la Clínica cardiaca que tenía forma 

de corazón, y llegaron al Edificio Facultad que tenía forma de facultad. Estaba en 

un bosquecillo de palmas reales a través del cual serpeaba una pista de golf 

diminuta, cuyos acondicionadores de aire emitían un rumor silbante. Dentro del 

Edificio Facultad, altavoces ocultos radiaban el último éxito-ruido. 

—¿Qué es... "Niágara" de Caruso?—preguntó con aire ausente el profesor Muni. 

—No, es "Johnstown Flood", de la Callas—contestó la señorita Sothren, abriendo 

la puerta de la oficina de Muni—. Qué extraño. Juraría que dejé las luces 

encendidas. 

Intentó localizar el interruptor. 

—Alto—murmuró el profesor Muni—. Aquí hay algo más de lo que parece, 

señorita Sothern. 

—¿Qué quiere decir...? 

—¿Quién suele planear un encuentro por sorpresa en una habitación a oscuras? 

—¿Los... Ios Malos? 

—Exactamente. 

—Tiene razón—dijo una voz nasal—, mi querido profesor pero le aseguro que se 

trata sólo de una cuestión privada de negocios. 

—Doctor Muni —murmuró la señorita Sothern—. Hay alguien en su oficina. 

—Vamos, entre, profesor—dijo la voz nasal—. Es decir si me permite usted que le 

invite a entrar en su propia oficina. No intente encender las luces, señorita 

Sothern. Han sido... preparadas. 

—¿Qué significa esta intrusión? —preguntó el profesor Muni. 

—Entre. Vamos, entre. Boris, lleva al profesor hasta una silla. El individuo que le 

coge de un brazo, profesor Muni, es mi implacable guardaespaldas, Boris Karloff. 

Yo soy Peter Lorre. 

—Exijo una explicación —gritó Muni—. ¿Por qué ha invadido mi oficina? ¿Por qué 

han estropeado las luces? ¿Qué derecho tienen a. . . ? 

—Las luces están apagadas porque es mejor que la gente no vea a Boris. Es un 

hombre muy útil, pero no una delicia estética, todo ha de decirse. Y el motivo de 

que haya invadido su oficina se le hará saber después de que haya contestado a 

una o dos preguntas. 




—No haré nada de eso. Señorita Sothern, busque al decano. 

—Usted se quedará donde está, señorita Sothern. 

—Haga lo que se le dice, señorita Sothern. No permitiré esto. . . 

—Boris, enciende algo. 

Algo se encendió. La señorita Sothern lanzó un grito. El profesor Muni quedó 

sobrecogido. 

—Ya está bien, Boris, apaga. Ahora, mi querido profesor, vayamos al asunto. En 

primer lugar, permítame que le informe de que si contesta honradamente a mis 

preguntas no se arrepentirá de ello. ¿Sería tan amable de extender la mano?—el 

profesor Muni extendió la mano; alguien posó en ella un fajo de billetes—. Son 

. dólares; por la consulta. ¿Quiere usted contarlos? ¿Quiere que Boris 

encienda algo? 

—Le creo —murmuró Muni. 

—Muy bien. Profesor Muni, ¿Dónde y durante cuánto tiempo estudió usted historia 

norteamericana? 

—Es una pregunta extraña, señor Lorre. 

—Se le ha pagado para que conteste, profesor Muni. 

—Está bien. Bueno... estudié en el Instituto Hollywood, Instituto Harvard, Instituto 

Yale y en la Universidad del Pacífico. 

—Qué es "Universidad"? 

—El nombre antiguo de Instituto. En el Pacífico son tradicionalistas... Obstinados 

reaccionarios. 

—Y, ¿Durante cuánto tiempo estudió? 

—Unos veinte años. 

—¿Cuánto tiempo lleva enseñando aquí en el Instituto Columbia? 

—Quince años. 

—Eso significa treinta y cinco años de experiencia. ¿Diría usted que posee un 

amplio conocimiento de los méritos y capacidad de los diversos historiadores 

actuales? 




—Entonces, ¿Quién es, en su opinión, la autoridad máxima en la historia 

Norteamérica del siglo veinte? 

—Bueno. Es una pregunta interesante. Harrison, por supuesto, es el que más 

sabe de publicidad, titulares de periódicos y pies de fotos. Taylor de ciencia 

doméstica, me refiero a la doctora Elizabeth Taylor. Gable probablemente sea el 

mejor en transportes. Clark está en el Instituto Cambrige ahora, pero... 

—Perdóneme, porfesor Muni. Planteé mal la pregunta. Debería haber preguntado: 

¿Quién es la máxima autoridad en objetos históricos del siglo veinte? 

Antigiiedades, cuadros, muebles, objetos curiosos, piezas artísticas, etcétera. 

—¡Ah! En cuanto a eso no hay duda, señor Lorre. Soy yo. 

—Muy bien. Excelente. Ahora escúcheme bien, profesor Muni. Un pequeño grupo 

de hombres poderosos me ha encargado que contrate sus servicios profesionales. 

Se le pagarán a usted . dólares por adelantado. Usted dará su palabra de 

mantener la transacción en secreto. Y quedará entendido que si su misión fracasa, 

no haremos nada por ayudarle. 

—Eso es mucho dinero —dijo lentamente el profesor Muni—. ¿Cómo puedo estar 

seguro de que esta oferta viene de los Buenos? 

—Tiene mi palabra de que es en defensa de la libertad y la justicia del hombre de 

la calle, de los desheredados y del sistema de vida del Gran Los Angeles. Por 

supuesto puede usted rechazar esta peligrosa misión, y no se le tendrá en cuenta, 

pero piense que es el único hombre de todo el Gran Los Angeles que puede 

realizarla. 

—Bueno —dijo el profesor Muni—, dado que no tengo nada mejor que hacer hoy, 

salvo estudiar una cura de cáncer, aceptaré. 

—Sabía que podríamos contar con usted. Es usted de esa clase de hombres que 

hacen grande a Los Angeles. Boris, canta el himno nacional. 

—Gracias, pero sus elogios son inmerecidos. No hago más que lo que haría 

cualquier ciudadano leal, honrado y patriota del Gran Los Angeles. 

—Muy bien, pues. Le recogeré a media noche. Llevará usted traje de tweed, 

sombrero de fieltro muy bajo y zapatos gruesos. Llevará usted treinta metros de 

soga de escalador, prismáticos y un revólver de fisión de cañón corto. Su número 

de identificación será el . 

—Aquí—dijo Peter Lorre—. , tengo el placer de presentarle a X, Y, y Z. 




—Buenas noches, profesor Muni—dijo el caballero de aspecto italiano—. Yo soy 

Vittorio de Sica. Esta es la señorita Garbo. Este Edward Everett Horton. Gracias, 

Peter. Váyase ya. 

El señor Lorre salió. Muni miró a su alrededor. Se hallaba en un suntuoso 

apartamento todo decorado de blanco. Incluso el fuego que ardía en la estufa, por 

algún milagro de la química, se componía únicamente de llamas de un blando 

lechoso. El señor Horton paseaba nervioso ante el fuego. La señorita Garbo 

estaba lánguidamente tendida sobre una piel de oso polar, con una boquilla de 

marfil en la mano. 

—Permítame que coja yo esa soga, profesor—dijo De Sica—. Supongo que trae 

usted también la pistola de cañón corto y los prismáticos habituales. También me 

los llevaré. Usted póngase cómodo. Perdone que estemos vestidos de etiqueta, 

nuestras identidades encubiertas, compréndalo. Nosotros controlamos el infierno 

del fuego. Actualmente estamos... 

—¡No! —gritó alarmado el señor Horton. 

—A menos que tengamos fe plena en el profesor Muni y seamos completamente 

sinceros, no iremos a ningún sitio, mi querido Horton. ¿No estás de acuerdo, 

Greta? 

La señorita Greta asintió. 

—En realidad—continuó De Sica—, somos un pequeño grupo de poderosos 

comerciantes en arte. 

—En... entonces. . entonces—balbució Muni—son ustedes los famosos De Sica, 

Garbo y Horton... 

—Esos somos. 

—Pe... pero... pero todo el mundo dice que ustedes no existen. Todo el mundo 

cree que la organización conocida como el Pequeño Grupo de Poderosos 

Comerciantes en Arte es en realidad propiedad de "Los Treinta y Nueve Pasos", 

con el control oculto de Cosa Vostra. Es decir que... 

—Sí, sí—interrumpió De Sica—. Eso es lo que nosotros queremos hacer creer; de 

ahí nuestra identidad oculta como trío siniestro que controla este sindicato de 

juego. Pero somos nosotros tres quienes controlamos el arte en el mundo, y por 

eso está usted aquí. 

—No comprendo. 

—Enséñale la lista—dijo la señorita Garbo. 




De Sica sacó una hoja de papel y se la entregó a Muni. 

—Tenga la bondad de leer esta lista de artículos, profesor. Estúdiela 

detenidamente. Depende casi todo de las conclusiones que usted extraiga. 

Horno parrilla automático. 

Plancha de vapor. 

Batidora eléctrica velocidad . 

Cafetera automática de seis tazas. 

Sartén de aluminio eléctrica. 

Horno de gas con cuatro quemadores y tapadera. 

Nevera de once pies cúbicos más congelador de bras. 

Aspiradora eléctrica, tipo lata, con tope de vinilo. 

Máquina de coser con bobinas y agujas 

Candelabro rueda de carro, de pino y arce. 

Lámpara de techo de cristal opalino. 

Lámpara de cristal claveteado estilo provincial. 

Lámpara de bronce abatible con pantalla de cristal. 

Despertador con timbre doble. 

Cubertería de cincuenta piezas para ocho. 

Cubertería de dieciséis piezas para cuatro, modelo Du 

Alfombra de nailon, X, beige espiga. 

Alfombra colonial, oval, x, verde helecho. 

Felpudo de cáñamo "Bienvenido", X. 

Sofá cama y sillón, verde salvia. 

Almohadón redondo de goma-espuma. 

Silla abatible de espuma con mecanismo de tres posturas. 

Mesa plegable, ocho plazas. 

Cuatro sillones con soporte. 

Armario de roble colonial de soltero, tres cajones. 

Armario doble de roble colonial, seis cajones. 

Cama con dosel estilo provincial francés, cincuenta y cuatro pulgadas de anchura. 

Después de estudiar la lista durante diez minutos el profesor Muni dejó el papel y 

lanzó un profundo suspiro —parece el tesoro enterrado más fabuloso de la 

historia. 

—Oh, profesor, no está enterrado. Muni se incorporó. 

—¿Quiére decir que realmente existen esos objeto? 

—Desde luego que sí. Ya hablaremos más de eso. Primero, dígame, ¿Tiene usted 

una idea clara de este conjunto de objetos? 

—¿Los ha retenido con los ojos de su mente? 

—Sí, los he retenido. 




—Entonces podrá usted contestar a esta pregunta: ¿Corresponden todos estos 

tesoros a un tipo, un estilo, un 

—No hablas claramente, Vittorio—masculló la señorita Garbo. 

—Lo que queremos saber —intervino Edward Everett Horton—es si un hombre 

podría... 

—Por favor, mi querido Horton. Cada pregunta a su tiempo. Profesor, quizás haya 

sido oscuro. Lo que quiero decirle es esto: ¿Representan estos tesoros el gusto de 

un hombre? Es decir, ¿Podría el hombre que, digamos, colecciona la batidora 

eléctrica, ser el mismo del felpudo de cáñamo "Bienvenido"? 

—Si podía permitirse ambos—gorjeó Muni. 

—Supondremos, en principio, que él puede permitirse todos los artículos de esta 

lista. 

—Ni siquiera un gobierno nacional podría permitírselo a todos—contestó Muni—. 

Sin embargo, déjeme pensar... 

Se echó hacia atrás en su asiento y clavó los ojos en el techo, apenas consciente 

de que el Pequeño Grupo de Poderosos Comerciantes en Arte le observaba con 

gran interés. Tras mucha concentración, Muni abrió los ojos y miró su alrededor. 

—Bien, díganos—pidió Horton con ansiedad. 

—He estado visualizando esos tesoros en una habitación—dijo Muni—. Se 

compaginan admirablemente. En realidad, compondrían una de las habitaciones 

más bellas impresionantes del mundo. Si uno entrase en una habitación así, 

querría saber inmediatamente quién era el genio que la había decorado. 

—¿Entonces...? 

—Sí. Yo diría que corresponde al gusto de un hombre. 

—¡Ajá! Entonces nuestra sospecha era fundada, Greta. Estamos tratando con un 

tiburón solitario. 

—No, no, no. Es imposible.—Horton arrojó al fuego el vaso, y luego se encogió de 

hombros ante el estruendo— No puede ser un tiburón solitario. Tienen que ser 

muchos hombres, de todo tipo, que operan independientemente. Os aseguro... 

—Mi querido Horton, sírvete otro trago y cálmate. No haces más que confundir al 

buen doctor. Profesor Muni le dije que los artículos de esta lista existían. Así es. 

Pero no le dije que no sabemos dónde están actualmente. No lo sabemos por una 

buena razón: todos han sido robados. 




—¡No! No puedo creerlo. 

—Pues sí, y por lo menos una docena de antigüedades más, que no nos 

molestamos en incluir porque son de mucho menos valor. 

—No debían de pertenecer a una sola colección... yo habría tenido noticia de su 

existencia. 

—No. Una colección como ésa nunca existió y nunca existirá. 

—No lo permitiríamos —dijo la señorita Garbo. 

—¿Cómo los robaron entonces? ¿Dónde? 

—Independientemente —exclamó Horton, agitando su vaso. Por docenas de 

ladrones distintos. No puede ser obra de un solo hombre. 

—Según el profesor corresponden al gusto de un hombre. 

—Es imposible. ¿Cuarenta audaces robos en quince meses? No puedo creerlo. 

—Los objetos de esa lista—continuó De Sica dirigiéndose a Muni—los robaron en 

un período de quince meses a coleccionistas, museos, comerciantes e 

importadores todo en el área Hollywood Este. Si, como dice usted, los objetos 

representan el gusto de un hombre... 

—Así es. 

—Entonces no hay duda de que tenemos en nuestras manos una rara avis, un 

delincuente muy listo que es además especialista en arte, o, lo que sería aún más 

peligroso, un especialista que se ha hecho delincuente. 

—¿Pero por qué particularizar?—preguntó Muni—. ¿Por qué ha de ser un 

especialista? Cualquier comerciante normal en arte podría decirle a un ladrón el 

valor de las obras de arte antiguas. La información se podría obtener incluso en 

una biblioteca. 

—Digo un especialista—contestó De Sica—porque ninguno de los objetos robados 

ha vuelto a verse. Ninguno se ha ofrecido a la venta en las cuatro órbitas del 

mundo, a pesar de que cualquiera de ellos valdría el rescate de un rey. Por tanto, 

estamos frente a un hombre que roba para aumentar su colección. 

—Basta, Vittorio—dijo la señorita Garbo—. Hazle la siguiente pregunta. 

—Profesor, supongamos ahora que estamos tratando con un hombre de gusto. Ya 

ha visto la lista de lo que ha robado hasta ahora. Le pregunto, como historiador: 




¿Puede usted sugerirnos algún objeto que evidentemente se integre en su 

colección? Si pudiésemos llamar su atención con un nuevo objeto, algo que fuese 

bien en esa hipotética habitación que usted visualizó. .. dígame, qué objeto podría 

ser? ¿Qué podría tentar al coleccionista que hay en el delincuente al delincuente 

que hay en el coleccionista ? añadió Muni. 

De nuevo clavó los ojos en el techo mientras los otros le observaban con 

ansiedad. Al final murmuró: 

—Sí... sí... eso es. Eso mismo. Sería el punto focal de toda la colección. 

—¿El qué?—gritó Horton—. ¿De qué habla? 

—El orinal florido —respondió solemnemente Muni. 

Tan perplejo parecían los tres comerciantes que Muni se vio obligado a ampliar: 

—Es una jardinera azul de porcelana de función incierta, decorada con una banda 

de margaritas en blanco y oro. Un intérprete francés lo descubrió en Nigeria hace 

un siglo. Lo llevó a Grecia, donde lo ofreció a la venta, pero fue asesinado y el 

cuenco desapareció. Apareció luego en poder de una prostituta del Uzbek que 

viajaba con pasaporte de Formosa y que se lo dio a un charlatán en Civitavechia a 

cambio de un supuesto afrodisíaco. 

El charlatán contrató a un suizo, un desertor de la guardia vaticana, para que le 

sirviese de guardaespaldas hasta Quebec, donde esperaba vender el cuenco a un 

magnate de uranio canadiense, pero desapareció en el viaje. Diez años después 

un acróbata francés con pasaporte coreano y acento suizo vendió el cuenco en 

París. Lo compró el noveno duque de Startford por un millón de francos oro, está 

desde entonces en poder de la familia Olivier. 

—¿Y esto —preguntó ansioso De Sica— podría ser el punto focal de toda la 

colección de nuestro amigo? 

—Sin duda alguna. Pongo en juego mi reputación. 

—¡Magnífico! Entonces nuestro plan es de lo más simple. Debemos anunciar una 

supuesta venta del orinal florido a un importante coleccionista de Hollywood Este. 

Quizás señor Clifton Webb sea la persona más adecuada. Debemos dar 

abundante publicidad al envío de este raro tesoro al señor Webb. Y luego tender 

una trampa al ladrón en casa del señor Webb y... ¡Creo que vamos a atraparlo! 

—¿Querrán cooperar el duque y el señor Webb?—preguntó Muni. 

—Cooperarán. No tienen más remedio. 

—¿No tienen más remedio? ¿Por qué? 

—Porque les hemos vendido tesoros artísticos a ambos, profesor Muni. 




—No comprendo. 

—Mi buen doctor, hoy las ventas se hacen enteramente en una base residual. Del 

cinco al cincuenta por ciento de la propiedad, el control y el valor de reventa de 

todas las obras de arte lo retenemos nosotros. Nosotros tenemos derechos 

residuales sobre todos esos objetos robados también, por eso debemos 

recuperarlos. ¿Comprende ahora? 

—Sí, comprendo, y veo que me he equivocado. 

—Así es. ¿Le ha pagado ya Peter? 

—¿Le ha prometido usted guardar secreto? 

—Di mi palabra. 

—Grazie. Entonces, habrá de disculparnos, tenemos mucho trabajo. 

Mientras De Sica entregaba a Muni la soga, los prismáticos y la pistola de cañón 

corto, la señorita Garbo se acercó a él. 

—No—dijo. 

De Sica le lanzó una mirada inquisitiva 

—¿Hay algo más, cara mía ? 

—Tú y Horton id a hacer vuestro trabajo fuera de aquí —masculló—. Peter quizás 

le haya pagado, pero yo no. Queremos estar solos.—Le hizo una seña al profesor 

Muni indicando la piel de oso. 

En la elegante biblioteca de la mansión de Clifton Webb en el Camino de Skouras, 

el inspector detective Edward G. Robinson presentó a sus hombres al Pequeño 

Grupo de Poderosos Comerciantes en Arte. Su equipo se alineaba ante las 

estanterías exquisitamente simuladas, con sus uniformes de criados, domésticos 

—Sargento Eddie Brophy, criado—dijo el inspector Robinson—. Sargento Eddie 

Albert, segundo criado. Sargento Ed Begley, cocinero. Sargento Eddie Mayhoff 

ayudante de cocina. Detectives Edgar Kennedy, chófer y Edna May Oliver, criada. 

El inspector Robinson llevaba un uniforme de mayor. 

—Ahora, damas y caballeros, la trampa está tendida y el subcomisario Eddie 

Fisher, el mejor especialista, al cargo de todo. 

—Le felicitamos —dijo De Sica. 




—Como todos ustedes saben muy bien —continuó Robinson—, todo el mundo 

cree que el señor Clifton Webb ha comprado el orinal al duque de Startford por 

dos millones de dólares. Se sabe perfectamente que se envió en secreto a 

Hollywood Este escoltado por una guardia armada y que en este mismo instante el 

tesoro artístico se encuentra en una caja de caudales oculta en la biblioteca del 

señor Webb. 

El inspector señaló una pared en la que la combinación de la caja estaba 

hábilmente enmascarada en el ombligo de un desnudo de Amadeo Modigliani 

(-), e iluminada por un punto de luz oculto. 

—¿Dónde está ahora el señor Webb?—preguntó la señorita Garbo. 

—Después de cedernos su gran mansión, a petición nuestra—contestó 

Robinson— ha emprendido un crucero de placer por el Caribe con su familia y su 

servidumbre. Como saben muy bien éste es un secreto muy bien guardado. 

—Y el orinal —preguntó nervioso Horton—. ¿Dónde está? 

—En esa caja de caudales señor. 

—Quiere usted decir... ¿Quiere usted decir que realmente lo trajo hasta aquí? 

¿Está ahí? ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué? ¿Por qué? 

—Teníamos que transportar el tesoro artístico, señor Horton. ¿Cómo podíamos 

hacer si no que se filtrase el secreto estrechamente guardado a la Associated 

Press, a Televisión Unida, a la Reuters y al Sindicato de Satélites, permitiéndoles 

sacar fotografías? 

—Pe... ro... pero, pueden robarlo realmente... ¡Oh, Dios mío! es horrible. 

—Damas y caballeros—dijo Robinson—. Mis ayudante y yo, los mejores policías 

de Hollywood Este, y el señor comisario Edmund Kean, estaremos aquí, 

teóricamente cumpliendo las tareas propias del servicio doméstico, en realidad 

vigilando sin cesar; y no se preocupen. Nadie cogerá el orinal florido, y cogeremos 

al Chico de las Antigüedades. 

—¿A quién? —preguntó De Sica. 

—Ese delincuente coleccionista, señor. Así es como llamamos en el Escuadrón 

Bunco. Y ahora, si ustedes fuesen tan amables de salir al amparo de la oscuridad, 

utilizando una puerta poco conocida del patio posterior, mis colaboradores y yo 

podremos empezar nuestro trabajo, simulando realizar las tareas domésticas. 

Tenemos un soplo según el cual nuestro hombre actuará... esta noche. 

El Pequeño Grupo de Poderosos Comerciantes en Arte se alejó al amparo de la 

oscuridad; el escuadrón Bunco comenzó las tareas domésticas de la noche para 




convencer a todo posible observador suspicaz que la vida transcurría 

normalmente en la mansión Webb. Había que ver al inspector Robinson, 

paseando ante los ventanales del salón con una bandeja de plata en la que estaba 

pegado un vaso de vino, con el interior ingeniosamente pintado de rojo para 

simular clarete. 

Los sargentos Brophy y Albert, criados, se abrían alternativamente la puerta de la 

calle con gran ceremonia cuando acudían por turnos a echar las cartas al correo. 

El detective Kennedy pintaba el garaje. La detective Edna May Oliver colgaba las 

ropas de cama de las ventanas superiores para airearlas. Y a intervalos 

frecuentes, el sargento Begley (cocinero) perseguía al sargento Mayhoff (ayudante 

de cocina) por toda la casa con un cuchillo de cortar carne. 

A las horas, el inspector Robinson posó su bandeja y bostezó prodigiosamente. 

Sus hombres entendieron la señal, y toda la casa se llenó de bostezos. En el 

salón, el inspector Robinson se desvistió, se puso un pijama y un gorro de dormir, 

encendió una vela y apagó las luces. En la biblioteca sólo quedaba el punto de luz 

que enfocaba el marcador de la caja de caudales. Luego el inspector subió al piso 

de arriba. En el resto de la casa, sus ayudantes se pusieron también los pijamas y 

luego se unieron a él. La mansión Webb quedó oscura y silenciosa. 

Pasó una hora; un reloj dio las veinticuatro. Sonó por el Camino de Skouras un 

ruido sordo. 

—La verja principal—murmuró Ed. 

—Alguien entra —dijo Ed. 

—Es nuestro hombre—anadió Ed. 

—Hablen más bajo. 

—Está bien, jefe. 

Se oyó un rumor de pisadas sobre grava 

—Viene por la senda central—murmuró Ed. 

—Es un tipo listo—dijo Ed. 

El rumor de la grava se convirtió en un ruido suave. 

—Está cruzando el seto de flores—dijo De Sica. 

Se oyó un golpe sordo, y una maldición. 

—Ha metido el pie en un tiesto—dijo Ed. 

Se oyó una serie de ruidos sordos a intervalos irregulares. 




—No puede sacarlo—dijo Ed. 

Se oyó un crac y un repiqueteo. 

—Ahora lo ha conseguido—dijo Ed. 

—Oh, que hábil es—dijo Ed. 

Se oyeron unos golpecitos exploratorios en el cristal. 

—Es en la ventana de la biblioteca—dijo Ed. 

—¿La dejaste abierta? 

—Creí que lo haría Ed, jefe. 

—¿Lo hiciste, Ed? 

—No, jefe. Creí que tenía que hacerlo Ed. 

—No podrá entrar. Ed, mira a ver si puedes abrirla sin que te vea... 

Ruido de cristales rotos. 

—Da lo mismo, ya ha abierto. Un profesional es un profesional. 

Chirrió la ventana; hubo roces y gruñidos mientras el intruso saltaba por ella. 

Cuando por fin asentó los pies en la biblioteca, su silueta frente al rayo de luz que 

señalaba hacia la caja era simiesca. Miró a su alrededor inseguro un rato, y al fin 

empezó a buscar desordenadamente por armarios y cajones. 

—Nunca la encontrará—murmuró Ed—. Dije que debíamos poner una señal 

debajo del marcador, jefe, y tenía razón. 

—No, confía en un profesional. ¿ves? ¿Qué te decía yo? Ya la ha localizado. 

¿Todo preparado ya? 

—¿No quiere esperar a que la abra, jefe? 

—¿Por qué? 

—Para cogerle con las manos en la masa. 

—Por amor de Dios, esa caja está hecha a prueba de ladrones. Vamos ya. 

¿Preparados? ¡Adelante! 




La biblioteca se llenó de luz. El ladrón se apartó de la caja oculta consternado, y 

se vio rodeado de siete hoscos detectives, que le apuntaban a la cabeza con las 

armas. El hecho de que estuviesen en pijama no les hacía parecer menos 

decididos. Los detectives, por su parte, vieron a un ladrón ancho de hombros, con 

cuello de toro y grandes quijadas. El hecho de que aún no se hubiese sacudido los 

restos del tiesto, y llevase una violeta de Parma (Viola Pallida Plena) en el zapato 

derecho, no le hacía parecer peligroso. 

—Y ahora, amigo, por favor—dijo el inspector Robinson con la exagerada cortesía 

que hacía que sus admiradores le llamasen el Beau Brummel del Escuadrón 

Bunco. 

Se llevaron al malhechor a la comisaría en triunfo. 

Cinco minutos después de que los detectives saliesen con su prisionero un 

caballero vestido de etiqueta se plantó ante la puerta principal de la mansión 

Webb. Llamó al timbre. Del interior salía la música del principio del Bolero de 

Ravel interpretado por una orquesta completa a ritmo de vals. Mientras el 

caballero parecía esperar tranquilamente, su mano derecha se deslizó por el forro 

de su capa y rápidamente probó una serie de llaves en la cerradura. Luego volvió 

a llamar el timbre. Hacia la mitad del bolero, encontró una llave que servía. 

Giró la llave, empujó la puerta unos centímetros con el pie, y habló suavemente, 

como si hubiese dentro un criado invisible 

—Buenas noches. Creo que llego un poco tarde. ¿Están todos dormidos, o aún 

me esperan? Oh, muy bien. Gracias. 

El caballero entró en la casa, cerró la puerta tras de si suavemente, miró a su 

alrededor en el oscuro y vacío vestíbulo, y rió entre dientes. 

—Como quitarle un caramelo a un niño —murmuró—. Debería avergonzarme. 

Localizó la biblioteca, entró y encendió todas las luces. Se quitó la capa, prendió 

un cigarrillo, advirtió el bar y se sirvió un trago de una de las botellas más 

atractivas. Probó y escupió. 

—¡Ah! un nuevo horror, y creí que los conocía todos. ¿Qué demonios es?—metió 

la lengua en el vaso—. Whisky, sí; pero whisky con qué...—probó de nuevo—. 

Dios mío, es zumo de coliflor. 

Miró a su alrededor, descubrió la caja, se acercó a ella y la inspeccionó. 

—¡Santo cielo!—exclamó—.Toda una clave con tres números... Veintisiete 

combinaciones posibles. Absolutamente a prueba de robos. Realmente estoy 

impresionado. 

Se acercó al marcador, alzó la vista, se encontró con la difusa mirada del desnudo 

y sonrió disculpándose. 




—Le ruego que me perdone—dijo, y empezó a marcar la combinación: --, -- 

, --, --, --, --, y así sucesivamente, tanteando cada vez la palanca 

de la caja, disfrazada hábilmente como dedo índice del desnudo. Al llegar al --, 

la palanca descendió con un breve clic. La puerta de la caja se abrió, destripando, 

como si dijésemos, el hermoso vientre del desnudo. El ladrón metió la mano y 

sacó el orinal florido. Lo contempló durante un minuto. 

—Notable, ¿verdad?—dijo una voz grave. 

El ladrón alzó la vista rápidamente. En la puerta de la biblioteca había una chica 

que le miraba despreocupadamente. Era alta y delgada, con el pelo castaño y los 

ojos de un azul oscuro muy intenso. Llevaba una túnica blanca casi transparente, 

y su piel clara brillaba bajo las luces. 

—Buenas noches, señorita Webb... ¿O señora? 

—Señorita. —Hizo un gesto con el tercer dedo de su mano izquierda. 

—Creo que no la oí entrar. 

—Ni yo a usted. —Entró en la biblioteca—. Le parece notable, ¿No es así? Quiero 

decir, espero que no le desilusione. 

—No, no me desilusiona, es único. 

—¿Quién cree usted que lo diseñó? 

—Nunca lo sabremos. 

—¿Cree usted que no haría muchos? ¿Qué por eso es tan raro? 

—Sería inútil especular, señorita Webb. Sería como preguntarse cuántos colores 

utilizó un pintor en un cuadro o cuantas notas utilizó un compositor en una ópera. 

Ella se acercó hasta un canapé. 

—¿Un cigarrillo, por favor? ¿Por casualidad está mostrándose condescendiente? 

—En absoluto. ¿Fuego? 

—Gracias. 

—Cuando contemplamos la belleza debemos ver sólo la Ding en sich, la cosa en 

sí. Sin duda sabe usted de qué se trata, señorita Webb. 

—Sospecho que es usted un poco engreído. 




—¿Yo? ¿Engreído? En modo alguno. Cuando la contemplo, también veo sólo la 

belleza en sí. Y aunque es usted una obra de arte, no es, en absoluto, una pieza 

de museo. 

—Así que es usted también especialista en halagos. 

—Usted podría convertir en especialista a cualquier hombre, señorita Webb. 

—Y ahora que ha abierto usted la caja de caudales de mi padre, ¿Qué va a 

hacer? 

—Me propongo pasar varias horas admirando esta obra de arte. 

—Considérese en su casa. 

—No tenía ninguna intención de molestar. Me lo llevaré conmigo. 

—Así que va usted a robarlo. 

—Le ruego que me perdone. 

—Hace usted una cosa muy cruel, sabe. 

—Estoy avergonzado de mí mismo. 

—¿Sabe usted lo que ese cuenco significa para mi padre? 

—Desde luego. Una inversión de dos millones de dólares. 

—¿Cree usted que él comercia en belleza como los agentes de bolsa con 

acciones? 

—Por supuesto. Todos los coleccionistas ricos lo hacen. Compran para vender 

con beneficio. 

—Mi padre no es rico. 

—Oh, vamos, señorita Webb. ¿Y los dos millones de dólares? 

—Pidió prestado el dinero. 

—Tonterías. 

—Es cierto.—Hablaba con gran pasión, y sus ojos azul oscuro se achicaron—. El 

no tiene dinero, de veras. Sólo tiene crédito, debía usted saber cómo manejan 

esto los financieros de Hollywood. Pidió prestado el dinero y ese cuenco es la 

garantía.—Se levantó del sofá—. Si lo roban será un desastre para él... y para mí. 




—Señorita Webb, yo... 

—Se lo ruego, no se lo lleve. ¿Cómo puedo convencerle? 

—Por favor, no se acerque más. 

—Oh, no llevo armas. 

—Está usted provista de armas mortíferas que está utilizando implacablemente. 

—Si ama usted esta obra de arte sólo por su belleza, ¿Por qué no la comparte con 

nosotros? ¿O pertenece usted a esa misma clase de hombres a los que odia, los 

que necesitan poseer? 

—Estoy recibiendo lo peor de esto. 

—¿Por qué no puede dejarlo aquí? Si usted lo deja ahora, habrá ganado un poder 

perpetuo sobre él. Tendrá libertad para ir y venir a su antojo. Se habrá ganado la 

estimación de nuestra familia... de mi padre, mía, de todos nosotros... 

—iAy! ¡Dios mío! Me ha convencido. Muy bien, quédese su maldito... —se 

interrumpió. 

—¿Qué pasa? 

Miraba fijamente el brazo izquierdo de ella. 

—¿Qué es eso que tiene en el brazo?—preguntó lentamente. 

—Nada. 

—¿Qué es?—insistió él. 

—Una cicatriz. Me caí cuando era niña y... 

—Eso no es una cicatriz. Eso es la señal de una vacuna. 

Ella no contestó. 

—Es la señal de una vacuna—repitió él sobrecogido. Hace cuatrocientos años que 

no se vacuna... al menos así. 

—¿Cómo lo sabe?—dijo ella mirándole fijamente. 

En respuesta, él se subió la manga izquierda y mostró su cicatriz de la vacuna. 

—¿También usted?—exclamó ella asombrada. 




Él asintió. 

—Entonces ambos venimos. . 

—¿De entonces? Sí. 

Se miraron desconcertados. Empezaron a reír con incrédulo gozo. Se abrazaron y 

se dieron palmadas en la espalda, como turistas del mismo pueblo que se 

encuentran inesperadamente en la cúspide de la Torre Eiffel. Por último se 

separaron. 

—Es la coincidencia más fantástica de la historia—dijo—¿verdad que sí? —dijo 

ella moviendo la cabeza con asombro—. Aún no puedo creérmelo del todo. 

¿Cuándo naciste? 

—En mil novecientos cincuenta. ¿Y tú? 

—Eso no se pregunta a una dama. 

—¡Vamos, vamos ! 

—En mil novecientos cincuenta y cuatro. 

—¿Cincuenta y cuatro? —él rió entre dientes—. Entonces tienes quinientos diez 

años. 

—¿Ves? Nunca se debe confiar en un hombre. 

—Así que no eres hija de los Webb. ¿Cómo te llamas? 

—Dugan. Violet Dugan. 

—Es un nombre muy bonito y muy sencillo. 

—¿Cómo te llamas tú? 

—Sam Bauer. 

—Es aun más sencillo y más bonito. ¡Vaya, vaya! 

—Esa mano, Violet. 

—Encantada de conocerte, Sam. 

—Es un placer. 

—Lo mismo digo, de veras. 




—Yo trabajaba en las computadoras en el Proyecto Denver en mil novecientos 

setenta y cinco—. Dijo Bauer tomando un sorbo de su ginebra con jengibre, la 

combinación menos espantosa del bar de Webb. 

—¿Ese fue el que estalló en el setenta y cinco?—exclamó Violet. 

—No lo sé. Compraron una de las nuevas IBM , e IBM me envió como 

ingeniero de instalación para enseñar el funcionamiento de la máquina al personal 

del ejército. Recuerdo que la noche de la explosión... por lo menos yo creo que fue 

una explosión. Lo único que sé es que yo estaba enseñándoles a programar 

nuevos algoritmos para la computadora cuando... 

—¿Cuándo qué? 

—Alguien apagó las luces. Cuando desperté, estaba en un hospital de Filadelfia 

(Santa Mónica Este, le llaman) y me enteré de que había sido lanzado a cinco 

siglos más tarde en el futuro. Me habían recogido desnudo, medio muerto y sin 

documentación. 

—¿Les explicaste quién eras realmente? 

—No. ¿Quién iba a creerme? Así que me curaron, me dieron de alta y anduve 

vagando por ahí hasta que encontré un trabajo. 

—¿Cómo ingeniero de computadoras? 

—Oh, no; no por lo que pagan. Calculo probabilidades para uno de los mayores 

tenedores de apuestas del Este. ¿Y tú? 

—Prácticamente la misma historia. Yo estaba en Cabo Kennedy haciendo 

ilustraciones para una revista sobre el primer cohete que iba a Marte. Soy artista 

de profesión... 

—¿A Marte? Eso estaba programado para el setenta y seis, ¿verdad? No me 

digas que fallaron. 

—Debieron de fallar, pero no he podido encontrar gran cosa en los libros de 

historia. 

—Son muy vagos respecto a nuestra época. Creo que la guerra debió arrasarlo 

casi todo. 

—De cualquier forma, lo cierto es que yo estaba en el centro de control haciendo 

bocetos y coloreando durante la cuenta atrás, cuando... bueno, tal como tú dijiste, 

alguien apagó las luces. 

—¡Dios mío! El primer despegue atómico, y fallaron. 




—Desperté en un hospital de Boston Burbank Norte ahora, exactamente igual que 

tú. Después salí de allí, y conseguí un trabajo. 

—¿Cómo artista? 

—Algo así. Soy falsificadora de antigüedades. Trabajo para uno de los traficantes 

en arte más importantes del país. 

—Así que aquí estamos, Violet. 

—Aquí estamos, sí. ¿Qué crees que pasó, Sam? 

—No tengo ni idea, pero no me sorprende. Cuando se juega con la energía 

atómica a una escala tan gigantesca, puede suceder cualquier cosa. ¿Crees que 

hay más como nosotros? 

—¿Más lanzados hacia el futuro? 

—Sí, eso. 

—No podría asegurarlo. Tú eres el primero que encuentro. 

—Si supiese que había más, los buscaría. Dios mío, Violet, tengo tanta nostalgia 

del siglo veinte. 

—También yo. 

—Es tan grotesco todo esto; es como una película mala —dijo Bauer—. Un tópico 

de Hollywood. Todo es igual, los nombres, las casas, la forma de hablar. Cómo se 

comportan. Todo parece sacado del peor mundo del cine. 

—Así es. ¿No lo sabías? 

—¿Saber? ¿Saber qué? Cuéntame. 

—Yo lo leí en sus libros de historia. Al parecer, después de aquella guerra casi 

todo quedó barrido. Cuando empezaron a construir una nueva civilización, no 

tenían más punto de referencia que los restos de Hollywood. Quedó relativamente 

marginado de la guerra. 

—¿Por qué? 

—Supongo que nadie pensó que valiese la pena bombardearlo. 

—¿Quiénes eran las dos partes, nosotros y Rusia ? 




—No sé. Sus libros de historia sólo les llaman los Buenos y los Malos. 

—Típico. Dios mío, Violet, son como niños idiotas. No, son como extras de una 

mala película. Y lo que me mata es que son felices. Están viviendo esta especie 

de vida sintética de espectáculo Cecil B. De Mille, y los muy estúpidos están 

encantados. ¿viste el funeral del presidente Spencer Tracy? Llevaban el ataúd en 

una esfinge de tamaño natural. 

—Eso no es nada. ¿viste la boda de la princesa Joan ? 

—¿Fontaine? 

—Crawford. Se casó anestesiada. 

—Bromeas. 

—De verás que no. Ella y su marido fueron unidos en santo matrimonio por un 

cirujano plástico. 

Bauer se estremeció. 

—Vaya, vaya. ¿Has estado en un partido de fútbol? 

—No juegan al fútbol; sólo se dan dos horas de descanso. 

—Como los desfiles de bandas; no hay músicos, sólo majorettes con bastones. 

—Lo tienen todo aireacondicionado, incluso al aire libre. 

—Con altavoces que transmiten música en cada árbol. 

—Piscinas en cada esquina. 

—Luces Kleig en cada tejado. 

—Comisarios para restaurantes. 

—Máquinas automáticas que venden autógrafos. 

—Y diagnósticos médicos. Les llaman Medic-Matones. 

—Grabados de piernas femeninas en las aceras. 

—Y aquí estamos, atrapados en el infierno —gruñó Bauer—. Por cierto, eso me 

recuerda... ¿No crees que deberíamos salir de esta casa? ¿Dónde está la familia 

Webb? 




—En un crucero. Tardarán días en volver. ¿Dónde están los policías? 

—Me libré de ellos con un sustituto. Tardarán horas en volver. ¿Otra copa? 

—Está bien. Gracias.—Violet miró a Bauer con curiosidad—. ¿Robas por eso, 

Sam, porque odias este mundo? ¿Es venganza? 

—No, nada de eso. Es porque tengo nostalgia... prueba esto, creo que es ron y 

ruibarbo... he conseguido una casa en Long Island (Catalina Este, debería decir) e 

intento convertirla en un hogar del siglo veinte. Naturalmente tengo que robar las 

cosas. Paso los fines de semana allí, y es una bendición, Violet, es mi único 

escape. 

—Comprendo. 

—Lo cual me recuerda de nuevo una cosa. ¿Qué demonios haces tú aquí, 

disfrazada de la hija de Webb? 

—También yo buscaba el orinal florido. 

—¿Venías a robarlo? 

—Claro. Me sorprendió mucho descubrir que alguien se me había adelantado. 

—Y con ese cuento de pobre niñita rica... estabas intentando birlármelo... 

—Así es. De hecho, lo hice. 

—Lo hiciste realmente. ¿Por qué? 

—No por la misma razón que tú. Yo quiero emprender negocios por mi cuenta. 

—¿Cómo falsificadora de antigüedades? 

—Y traficante también. Estoy reuniendo existencias, pero no he tenido tanto éxito 

como tú. 

—¿Entonces fuiste tú quien robó el espejo Vanidad de tres cuerpos con marco de 

oro simulado? 

—Sí. 

—¿Y aquella lámpara de lectura de bronce, para la cama, con extensión 

graduable? 

—Fui yo también. 




—Que lástima; yo realmente quería eso. ¿Y qué me dices de la chaise longue con 

adornos de borlas tapizada de estambre? 

—Yo también —dijo ella—. Casi me rompí la espalda para llevármela. 

—¿No puedes conseguir ayuda? 

—¿Cómo confiar en nadie? ¿No trabajas tú solo? 

—Sí—dijo Bauer pensativo—. Hasta ahora, sí; pero no veo ninguna razón para 

seguir haciéndolo. Violet, hemos estado trabajando uno contra otro sin saberlo. 

Ahora que nos hemos encontrado, ¿Por qué no establecemos un acuerdo? 

—¿Qué acuerdo? 

—Trabajaremos juntos, amueblaremos mi casa juntos y la convertiremos en un 

maravilloso santuario. Y al mismo tiempo tú puedes aumentar tus reservas de 

antigüedades. Quiero decir, si deseas vender la silla, no me opondré. Siempre 

podremos coger otra. 

—¿Quieres decir compartir tu casa juntos? 

—Claro. 

—¿No podríamos establecer turnos? 

—¿Cómo turnos? 

—Algo así como fines de semana alternados... 

—¿Por qué? 

—Tú sabes por qué. 

—No lo sé. Dímelo. 

—Oh, vamos... 

—No, dime por qué. 

—¿Cómo puedes ser tan estúpido? —ella se ruborizó—. Sabes perfectamente 

bien por qué. ¿Crees que soy el tipo de chica que pasa fines de semana con 

hombres? 

Bauer se sintió desconcertado. 




—Pero yo no pensaba en ninguna proposición de esa clase, te lo aseguro. La 

casa tiene dos dormitorios. Estarás perfectamente segura. Lo primero que 

haremos será robar una cerradura Yale para tu puerta. 

—De eso ni hablar—dijo ella—. Conozco a los hombres. 

—Te doy mi palabra, será una relación puramente amistosa. Se observará el 

mayor decoro. 

—Conozco a los hombres—repitió ella con firmeza. 

—¿No estás siendo un poco irrealista?—preguntó él—. Aquí estamos los dos, 

refugiados en esta pesadilla hollywoodiana; deberíamos estar ayudándonos y 

consolándonos mutuamente; y tú permites que un estúpido problema moral nos 

separe. 

—¿Eres capaz de mirarme a los ojos y decirme que tarde o temprano esa ayuda y 

ese consuelo no acabarán en la cama?—contestó ella—. ¿Eres capaz? 

—No, no lo soy—contestó él honestamente—. Eso sería negar el hecho de que 

eres una chica condenadamente atractiva. Pero yo... 

—Entonces eso queda fuera de cuestión, a menos que quieras legalizarlo; y no 

estoy prometiendo que acepte. 

—No—dijo Bauer con viveza—. Ahí yo trazo una línea, Violet. Habría que hacerlo 

a la manera que se hace aquí. Siempre que una pareja quiere mantener una 

relación de una noche van al Bodamatón, entran en un cuarto y quedan 

conectados. A la mañana siguiente van al Renomatón y allí les desconectan, y su 

conciencia queda limpia. ¡Eso es hipocresía! Cuando pienso en las chicas que me 

han hecho pasar por esa humillación: Jane Russell, Jane Powell, Jayne Mansfield, 

Jane Withers, Jane Fonda, Jane Talzan... ¡Ay Dios mío! 

—¡Oh! ¡Tú! —Violet Dugan se puso en pie de un salto llena de furia—. Así que, 

después de tanta charla sobre lo espantoso que es esto, también tú has ido a 

Hollywood. 

—Es imposible discutir con una mujer—dijo Bauer exasperado—. Yo sólo dije que 

no quería hacerlo tal como lo hacen aquí, y ella me acusa de aceptar Hollywood. 

¡Lógica femenina! 

—No intentes imponerme tu supremacía masculina—chilló ella—. Cuando te 

escucho, me parece volver a los viejos tiempos, y eso me pone enferma. 

—Violet... Violet... no nos peleemos. Debemos mantenernos unidos. Mira, lo 

arreglaremos a tu modo. Qué demonios, es sólo un cuarto. Pero pondremos esa 

cerradura en tu puerta de todos modos. ¿De acuerdo? 




—¡Oh! ¡Vaya! ¡Sólo un cuarto! Eres repugnante.—Cogió el orinal florido y le dio la 

vuelta. 

—Sólo un minuto—dijo Bauer—. ¿Adónde crees que vamos? 

—Yo voy a casa. 

—Entonces, ¿No formamos equipo? 

—No. Por mí puedes ir a consolarte con esas tramposas, llamadas Jane. Buenas 

noches. 

—Tu no te vas Violet. 

—Claro que me voy, señor Bauer. 

—No con el orinal. Es mío. 

—Lo robé yo. 

—Y yo te lo quité a ti. 

—Déjalo, Violet. 

—Tú me lo diste. ¿Recuerdas? 

—Te lo repito, déjalo. 

—No lo dejaré. ¡No te acerques a mí! 

—Ya conoces a los hombres. ¿Recuerdas? Pero no lo sabes todo sobre ellos. 

Ahora deja ese orinal como una buena chica, o sabrás algo más sobre la 

supremacía masculina. Te lo advierto, Violet... muy bien, querida, así. 

La pálida aurora brillaba en la oficina del inspector Edward G. Robinson, lanzando 

rayos azules a través del denso humo de los cigarrillos. La Brigada Bunco formaba 

un círculo amenazador alrededor de la figura simiesca derrumbada en una silla. El 

Inspector Robinson hablaba pesadamente. 

—Está bien. Oigamos de nuevo su historia. 

El hombre de la silla se estremeció e intentó alzar la cabeza. 

—Me llamo William Bendix—murmuró—. Tengo cuarenta años. Soy escaladorcolocador 

de la empresa Groucho, Chico, Harpo y Marx, ingenieros civiles, 

Goldwin Terrace. 




—¿Qué es un escalador-colocador? 

—Un escalador colocador es un especialista que, por ejemplo, si la empresa 

construye un edificio en forma de zapato, para una zapatería, es el que ata los 

cordones arriba; pone las pajas encima de un puesto de helados. También. .. 

—¿Cuál fue su último trabajo? 

—El Instituto de la Memoria del Bulevar Louis B. Mayer . 

—¿Y qué hizo usted? 

—Puse las venas en el cerebro. 

—¿Tiene usted antecedentes policiales? 

—No, señor. 

—¿Qué estaba haciendo usted en la elegante residencia de Clifton Webb sobre la 

media noche pasada? 

—Como dije, estaba tomando un vaso de vodka y espinacas en un bar, la taberna 

moderna, donde yo puse la espuma de la cerveza arriba cuando lo construimos, y 

apareció ese tipo, se acercó a mí y empezó a hablarme. Me habló de ese tesoro 

artístico que acababa de importar un tipo muy rico. Me explicó que también él era 

coleccionista, pero que no podía permitirse comprar ese tesoro, y el coleccionista 

rico estaba tan celoso de él que ni siquiera le dejaría verlo. Me dijo que me daría 

cien dólares sólo por poder echarle una ojeada. 

—Quiere usted decir robarlo... 

—No, señor, nada de eso. Él dijo que si yo podía sacarlo a la ventana para poder 

verlo, me pagaría cien dólares. 

—¿Y cuánto le pagaría si se lo entregaba? 

—No, señor, sólo mirarlo. Luego yo debía ponerlo otra vez donde estaba, y ése 

era el trato. 

—Describa a ese hombre. 

—Tenía unos treinta años. Bien vestido. Hablaba un poco raro, como un 

extranjero, y no hacía más que reírse, como si tuviese un chiste que quisiese 

contar. Era de estatura media, quizás algo más. Los ojos oscuros. Y el pelo 

también oscuro y ondulado; quedaría muy bien en el tejado de una barbería. 

Hubo un repiqueteo urgente en la puerta de la oficina. Entró el detective Edna May 

Oliver, con aire alterado. 




—¿Qué pasa?—preguntó el inspector Robinson. 

—Su historia parece cierta, jefe —informó el detective Oliver—. Fue visto en ese 

bar anoche... La Vieja Taberna. 

—No, no, no. Es la Taberna Moderna. 

—Es igual, jefe. La renovaron para hacer otra gran inauguración esta noche. 

—¿Quién colocó la botella en el tejado?—quiso saber Bendix. Nadie le hizo caso. 

—Al parecer le vieron hablando con el hombre misterioso que describe—continuó 

el detective Oliver—. Salieron juntos. 

—Era nuestro hombre. 

—Sí, jefe. 

—¿Podría identificarle alguien? 

—No, jefe. 

—¡Maldita sea!—el inspector Robinson aporreó la mesa exasperado—. Tengo la 

impresión de que nos ha engañado. 

—¿Cómo, jefe? 

—¿Es que no comprendes, Ed? Al parecer se dio cuenta de que estábamos 

preparándole una trampa. 

—No entiendo, jefe. 

—¡Piensa, Ed, piensa! Quizás fuese él el informador que nos dio el soplo de que 

nuestro hombre actuaría esta noche. 

—¿Quiere decir que se denunció a sí mismo? 

—Exactamente. 

—Pero, ¿Por qué, jefe? 

—Para engañarnos y hacernos detener a otro. Te aseguro que es diabólico. 

—Pero, ¿Y qué adelanta con eso, Jefe? Usted ya se ha dado cuenta del engaño. 

—Tienes razón, Ed. El plan de nuestro hombre debe de ir más allá que todo eso. 

Pero, ¿Cómo? ¿Cómo? 




El inspector Robinson se levantó y empezó a pasear, intentando determinar con 

su poderosa mente las tortuosas maquinaciones del astuto ladrón. 

—¿Y qué me pasará a mí?—preguntó Bendix. 

—Usted puede irse—dijo Robinson—. Amigo mío no es usted más que un peón en 

un juego mucho más importante. 

—No, lo que yo quiero saber es si puedo cerrar el trato, con ese hombre. 

Probablemente esté aún esperando fuera de la casa. 

—¿Cómo ha dicho? ¿Esperando?—exclamó Robinson—. ¿Quiere decir que él 

estaba allí cuando le detuvimos a usted? 

—Debía de estar, claro. 

—¡Ya lo tengo! ¡Ya lo tengo!—gritó Robinson—. Ahora lo veo todo claro. 

—¿El qué, jefe? 

—¿No te das cuenta, Ed? El estaba viéndonos cuando nos llevamos a este idiota. 

Luego, en cuanto desaparecimos, él entró en la casa. 

—¿Quiere decir que...? 

—Probablemente esté ahora mismo allí, intentando abrir esa caja. 

—¡Dios mío! 

—Ed, avisa a la Brigada Volante y a la Brigada Antisubversiva. 

—Muy bien, Jefe. 

—Ed, quiero que se bloqueen todas las carreteras y caminos que van a dar a la 

casa. 

—Está bien, jefe. 

—Ed, tú y Ed venid conmigo. 

—¿Adónde vamos, jefe? 

—A la mansión Webb. 

—No puede hacer eso, jefe. Es una locura. 




—Debo hacerlo. Esta ciudad no es lo bastante grande para nosotros dos. Esta vez 

será él... o yo. 

La noticia ocupó la primera plana de los periódicos: cómo la Brigada Bunco había 

descubierto el diabólico plan del famoso ladrón de antigüedades y llegado a la 

fabulosa mansión Webb sólo momentos después de salir éste de allí con el orinal 

florido; cómo había encontrado a su inconsciente víctima, la bella Audrey Hepburn, 

fiel ayudante de la misteriosa dama del juego Greta "Ojos de Serpiente" Garbo; 

cómo Audrey, sospechando intuitivamente que algo fallaba, había decidido 

investigar por su cuenta; cómo el astuto ladrón había practicado un siniestro juego 

de ratón y gato con ella hasta que tuvo la oportunidad de derribarla con un golpe 

brutal. 

Entrevistada por los sindicatos de noticias, la señorita Herburrn dijo: 

—Fue sólo intuición femenina. Sospeché que algo iba mal y decidí investigar por 

mi cuenta. El astuto ladrón practicó un siniestro juego del ratón y el gato conmigo 

hasta que tuvo la oportunidad de derribarme con un golpe brutal. 

Recibió diecisiete proposiciones de matrimonio por Bodamatón, tres ofertas de 

pruebas cinematográficas, veinticinco dólares del Fondo de la Comunidad de 

Hollywood Este, el premio Darryl F. Zanuck de interés humano y una riña de su 

jefe. 

—Deberías haber dicho que te habían violado, Audrey —dijo la señorita Garbo—. 

Eso habría mejorado la historia. 

—Lo siento, señorita Garbo. Procuraré acordarme la próxima vez. Me hizo una 

proposición indecente. 

Sucedía esto en el estudio secreto de la señorita Garbo, donde Violet Dugan 

(Audrey Hepburn) se dedicaba afanosamente a falsificar un calendario del Corn 

Exchange Bank del año , mientras los miembros del Pequeño Grupo de 

Poderosos Comerciantes en Arte conferenciaban. 

—Cara mía—preguntó De Sica a Violet—. ¿Puedes darnos una descripción más 

completa del ladrón? 

—Ya he dicho todo lo que puedo recordar, señor De Sica. El único detalle que 

parece ayudar es el hecho de que calcula probabilidades para uno de los 

tenedores de apuestas más importante del Este. 

—¡Bah! Hay centenares de esa especie. Eso no ayuda nada. ¿No dijo algo 

relacionado con su nombre? 

—No, señor; al menos, no del nombre que usa ahora. 




—¿El nombre que usa ahora? ¿Qué quiere decir con eso? 

—Bueno... quiero decir... el nombre que utiliza cuando no es el Chico de las 

Antigüedades. 

—Comprendo. ¿Y su casa? 

—Habló de un sitio en Catalina Este. 

—Hay doscientos kilómetros de casas en Catalina Este —dijo Horton irritado. 

—¿Y qué quiere que haga yo, señor Horton? 

—Audrey—ordenó la señorita Garbo—, deja ese calendario y mírame. 

—Sí, señorita Garbo. 

—Tú te has enamorado de ese hombre. Para ti es una imagen romántica, y no 

quieres entregarlo a la justicia. ¿No es así? 

—No, señorita Garbo—contestó Violet con vehemencia—. Si hay algo en el 

mundo que deseo es que le detengan.—Se acarició la mandíbula—. ¿Enamorada 

de él? ¡Le odio! 

—Bueno—dijo De Sica con un suspiro—. Esto es un desastre. Sencillamente, 

estamos obligados a pagar dos millones de dólares si no se recupera el original. 

—En mi opinión —intervino Horton— la policía jamás lo encontrará. ¡Son unos 

idiotas! Casi tanto como nosotros por habernos metido en esto. 

—Entonces es un caso para un agente privado. Con nuestras conexiones con el 

hampa, no deberíamos tener ningún problema para contratar al hombre adecuado. 

¿Alguna sugerencia? 

—Nero Wolfe—dijo la señorita Garbo. 

—Excelente, Cara mía. Un caballero de cultura y erudición. 

—Mike Hammer—propuso Horton. 

—Se anota la candidatura. ¿Qué os parece Perry Mason? 

—Ese tipo es demasiado honesto—contestó Horton. 

—Pues queda tachado. ¿Más sugerencias? 

—La señorita North—dijo Violet. 




—¿Quién, querida? Oh, sí, Pamela North, la dama detective. No... No, creo que 

no. No es un caso para una mujer. 

—¿Por qué, señor de Sica? 

—Porque hay perspectivas de violencia que parecen poco adecuadas para el sexo 

débil, mi querida Audrey. 

—No estoy de acuerdo—dijo Violet—. Las mujeres son muy capaces de cuidarse 

de sí mismas. 

—Ella tiene razón—gruñó la señorita Garbo. 

—No lo creo, Greta; y su experiencia de anoche lo prueba. 

—Él me derribó con un golpe brutal cuando yo no miraba—protestó Violet. 

—Quizás. ¿Queréis que votemos? Yo voto por Nero Wolfe. 

—¿Por qué no por Mike Hammer?—preguntó Horton—. Consigue resultados sin 

preocuparse cómo. 

—Pero esa falta de tacto puede significar que recobremos el original en piezas. 

—¡Dios mío! No se me ocurrió pensar eso. Está bien, votaré por Wolfe. 

—Yo por la señorita North—dijo la señorita Garbo. 

—Pierdes, cara mía. Y queda elegido Wolfe. Bene. Creo que es mejor que 

vayamos a visitarle sin Greta, Horton. Resulta notablemente antipático a las 

mujeres. Señoras, arrivederchi. 

Después de salir dos de los tres poderosos comerciantes en arte, Violet miró 

enfurecida a la señorita Garbo. 

—¡Machistas!—gruñó—. ¿Por qué tenemos que soportarlos? 

—¿Y qué podemos hacer, Audrey? 

—Señorita Garbo, quiero permiso para localizar a ese hombre yo sola. 

—¿Hablas en serio? 

—Desde luego. 

—Pero, ¿Qué puedes hacer tú? 

—Tiene que haber una mujer en su vida en alguna parte. 




—Naturalmente. 

—herchez la femme. 

—¡Una idea muy inteligente! 

—Él mencionó unos cuantos nombres probables, así que la encontraré, y le 

encontraré a él, ¿Puedo tomarme un permiso, señorita Garbo? 

—Está bien, Audrey. Hazlo. Tráemelo vivo. 

La vieja dama que llevaba sombrero galés, delantal blanco, gafas hexagonales y 

una masa de labor de punto con agujas, tropezó en la reproducción de las 

Escaleras Españolas que llevaban a la Residencia del Rey. La Residencia del Rey 

tenía la forma de una corona imperial, con una reproducción de quince metros del 

diamante Esperanza relumbrando en la cúspide. 

—¡Maldita sea! —murmuró Violet Dugan—. No debería haber sido tan auténtica 

con los zapatos. Son infernales. 

Entró en la Residencia y subió hasta la décima planta, donde tocó una campanilla 

en una puerta flanqueada por un león y un unicornio que rugieron y relincharon 

respectivamente. La puerta se hizo nebulosa y luego se aclaró, mostrando a una 

Alicia en el País de las Maravillas de grandes ojos inocentes. 

—¿Lou?—dijo con ansiedad. Y luego su cara se desvaneció. 

—Buenos días, señorita Powell—dijo Violet, sus ojos mirando por encima de la 

dama y examinando el apartamento.—Represento al Servicio de Maledicencia, 

Ine. ¿Le interesan a usted las murmuraciones? ¿Se está perdiendo los escándalos 

más sabrosos? Nuestro equipo de cotillas expertos garantiza la última noticia a los 

cinco minutos de producirse; noticias difamatorias, noticias humillantes, noticias 

calumniosas, ofensivas, denigrantes... 

—Flam —dijo la señorita Powell. La puerta se volvió opaca. 

La marquesa de Pompadur, con una falda de brocado y un corpiño de encaje, su 

peluca empolvada elevándose por lo menos medio metro, entró en el enrejado 

pórtico de Descanso de los Pájaros, una casa privada en forma de jaula de pájaro. 

Una cacofonía de cantos de pájaros descendía de su dorada cúpula. Madame 

Pompadur sopló en el silbato de reclamo de pájaros que había en la puerta, que 

tenía forma de reloj de cuco. La puertecilla que había sobre la esfera del reloj se 

abrió y salió de allí una cámara de televisión con un alegre "¡Cu-cú!" que la 

inspeccionó. 

Violet hizo una profunda reverencia. 




—¿Puedo ver a la señora de la casa, por favor? 

Se abrió la puerta. Apareció Peter Pan que vestía transparencias verde Lincoln 

que revelaban su sexo femenino. 

—Buenas tardes, señorita Withers. Avon la visita. Ignatz Avon, el mejor sastre, 

que diseña pelucas, transformaciones, tupés, moños, para representaciones, 

diversión, moda y... 

—Fauf—dijo la señorita Withers. Hubo un portazo. La marquesa se desvaneció. 

El artista de la Rivera Izquierda con boina y blusón de terciopelo llevaba su paleta 

y su caballete hasta la planta quince de La Pirámide. Justo bajo el ápice había seis 

columnas egipcias frente a una inmensa puerta de basalto. Cuando el pintor arrojó 

una limosna en el plato de un mendigo de piedra, la puerta giró sobre unos 

pivotes, mostrando una tumba sombría en la que había una mujer tipo Cleopatra 

vestida como una diosa serpiente cretense, con serpientes a juego. 

—Buenos días, señorita Rusell. Tiffany tiene el placer de ofrecerle una nueva 

colección de joyería orgánica, las gemas dérmicas de Tiffany. Tatuadas en alto 

relieve, incorporan una fuente de radiación gamma, que se garantiza inofensiva 

por treinta días, con diamantes resplandecientes de la mejor agua. 

—¡Cholck! —dijo la señorita Rusell. La puerta giró de nuevo sobre sus pivotes 

cerrándose, al compás de los últimos acordes de Aida, suavemente entonados por 

un coro de armónicas. 

La maestra, vistiendo un tailteur de encaje, el pelo tenso y apretado en un moño, 

los ojos ampliados por los gruesos cristales de las gafas, cruzaba con sus libros 

de texto el puente levadizo de la Casa Solariega. Un almenado ascensor la llevó 

hasta la doceava planta, donde se vio obligada a saltar por encima de un pequeño 

foso antes de llegar al llamador de la puerta, que tenía forma de puño. La puerta 

se movió hacia arriba, como un rastrillo en miniatura, y apareció Goldilocks. 

—¿Louis?—rió ella. Luego su cara se desvaneció. 

—Buenas noches, señorita Mansfield. Read-Eze ofrece un nuevo y espectacular 

servicio personalizado. ¿Por qué someterse a la monotonía de los lectores 

mecánicos cuando Read-Eze dispone de especialistas con voces adecuadas, 

capaces de matizar cada palabra individual, que pueden leerles en persona 

tebeos, revistas cinematográficas y sentimentales a cinco dólares la hora? 

Novelas de misterio, del oeste, y ecos de sociedad a... 

El rastrillo descendió de nuevo. 

—Primero Lou, luego Louis—murmuró Violet—. Me pregunto si... 




La pequeña pagoda estaba emplazada en una reproducción exacta del paisaje de 

una lámina Willow Pattern, incluyendo las imágenes de tres culíes en el puente. La 

estrella de cine, con gafas de sol oscuras y una blusa blanca estirada sobre su 

poitrine de ciento diez centímetros, palmeó sus cabezas al pasar. 

—Cuidado, muñeca—dijo el último. 

—¡Oh, perdóneme! Creí que eran estatuas. 

—A cincuenta centavos la hora lo somos, pero sólo a efectos visuales. 

Mamade Butterfly llegó a la arcada de la pagoda, riendo entre dientes e 

inclinándose como una geisha, pero extrañamente adornada con un parche negro 

en el ojo izquierdo. 

—Buenos días, señorita Fonda. El Límite del Cielo está realizando una oferta 

introductoria de un concepto revolucionario en la regeneración del pecho. Una 

aplicación de Pecho-G, nuestro polvoantigravedad del color de la piel, bajo el 

busto hace milagros. Viene en tres tonos: rubio, tiziano y castaño; y tres alturas: 

uva, melón persa y... 

—Yo no necesito ningún globo de ascensión—dijo secamente la señorita Fonda—. 

Fauf. 

—Siento haberla molestado —Violet vaciló—. Perdóneme, señorita Fonda, pero 

¿No desentona este parche en el ojo con el personaje? 

—No es ningún adorno, querida; eso es sal. Ese Jourdan es un cabrón. 

—Jourdan—dijo Violet para sí, volviendo sobre sus pasos a través del puente—. 

Louis Jourdan. ¿Podría ser? 

El hombre rana de goma negra, con todo el equipo de pesca submarina 

incluyendo máscara, tanque de oxígeno y arpón, cruzó el sendero selvático hasta 

la Colina de las Fresas, asustando a los chimpancés. A lo lejos trompeteó un 

elefante. El hombre rana tocó un gong de bronce que colgaba de un cocotero, y le 

respondieron tambores africanos. Apareció un watusi de más de dos metros de 

altura y condujo al visitante a la parte trasera de la casa, donde una mujer tipo 

Pocahontas agitaba sus piernas en una imitación del río Congo a pequeña escala. 

—¿Es Louis Bwana? —preguntó. Luego su cara se desvaneció. 

—Buenas tardes, señorita Tarzán —dijo Violet—. Apchuck, con una experiencia 

de cincuenta años, garantiza el placer de nadar en agua esterilizada, sea en una 

piscina olímpica o simplemente en una vieja y anticuada. Con su sistema 




patentado de bomba de mercurio limpieza al vacío, Ap-Chuck elimina barro, arena, 

cieno, borrachos, heces, desperdicios... 

El gong de bronce resonó, y de nuevo contestaron los tambores. 

—¡Oh! Ahora debe de ser Louis—gritó la señorita Tarzán—. Sabía que iba a 

cumplir su promesa. 

La señorita Tarzán se acercó corriendo a la parte delantera de la casa. La señorita 

Dugan se colocó la máscara sobre la cara y se sumergió en el Congo. Al otro lado 

salió a la superficie tras una fronda de bambú, junto a un cocodrilo de aire muy 

real. Golpeó su cabeza una vez para asegurarse de que estaba disecado. Luego 

se volvió a tiempo justo de ver a Sam Bauer entrar en el jardín-selva, del brazo de 

Jane Tarzán. 

Oculta en la cabina en forma de teléfono del otro lado de la calle, frente a la Colina 

de las Fresas, Violet Dugan y la señorita Garbo discutían acaloradamente. 

—Fue un error llamar a la policía, Audrey. 

—No, señorita Garbo. 

—El inspector Robinson lleva ya diez minutos en esa casa. Fallará otra vez. 

—Con eso cuento, señorita Garbo. 

—Entonces yo tenía razón. Tu no quieres que ese... ese Louis Jourdan sea 

capturado. 

—Sí quiero, señorita. ¡Claro que quiero! ¡Si me dejara! 

—Te encandiló con su propuesta indecente. 

—Escuche, por favor, señorita Garbo. Lo importante no es capturarle sino recobrar 

los objetos robados. ¿No es cierto? 

—¡Excusas! ¡Excusas! 

—Si le detienen ahora, nunca nos dirá dónde está el orinal. 

—¿Sí? 

—Por eso tenemos que obligarle a que nos indique dónde esta. 

—¿Pero cómo? 




—Yo he cogido una hoja de su libro. ¿Recuerda cómo engañó a aquel individuo 

para despistar a la policía? 

—Aquel idiota de Bendix. 

—Bueno, pues ahora nosotros utilizamos igual al inspector Robinson. ¡Oh, mire! 

Algo pasa. 

En la Colina de las Fresas se había organizado un auténtico pandemonio. Los 

chimpancés chillaban y saltaban de rama en rama. Apareció el watusi, corriendo a 

toda prisa perseguido por el inspector Robinson. El elefante empezó a trompetear. 

Un gigantesco cocodrilo se arrastraba veloz entre la hierba. Jane Tarzán apareció, 

corriendo a toda prisa, perseguida por el inspector Robinson. Sonaban los 

tambores africanos. 

—Yo habría jurado que ese cocodrilo estaba disecado —murmuró Violet. 

—¿Qué dices, Audrey? 

—Ese cocodrilo... ¡Sí, tenía razón! Perdóneme, señorita Garbo. Tengo que irme. 

El cocodrilo se había alzado sobre sus patas traseras y descendía ahora por el 

prado de la Colina de las Fresas. Violet salió de la cabina telefónica y empezó a 

seguirle sin prisa. El espectáculo de un cocodrilo andando sobre las patas traseras 

seguido, a discreta distancia, por un hombre rana no producía ningún interés 

particular a los transeúntes de Hollywood Este. El cocodrilo miró hacia atrás por 

encima del hombro una o dos veces y al final advirtió la presencia del hombre 

rana. Aceleró el paso. El hombre rana lo aceleró también. Empezó a correr. El 

hombre rana corrió, fue quedando atrás, abrió su tanque de oxígeno y empezó a 

reducir distancia. El cocodrilo dio un salto y se agarró a un tranvía atestado de 

gente que le condujo hacia el Este. El hombre rana gritó a un rickshaw que 

pasaba: 

—¡Siga a ese cocodrilo!—gritó en el auricular del robot. 

En el zoo, el cocodrilo abandonó el tranvía y se perdió entre la multitud. El hombre 

rana abandonó el rickshaw y le siguió frenéticamente a través de la Casa Berlín, la 

Casa Moscú y la Casa Londres. En la Casa Roma, donde los curiosos arrojaban 

pizzas a los ejemplares que había tras la reja, Violet vio a uno de los romanos que 

estaba tendido, desnudo e inconsciente en una pequeña jaula de un rincón. A su 

lado había una piel de cocodrilo vacía. Violet miró a su alrededor y vio a Bauer que 

se deslizaba vestido con un traje de rayas y sombrero borsalino. 

Corrió tras él. Bauer echó a un muchacho de un pony eléctrico de carrusel, saltó a 

su grupa y empezó a galopar hacia el Oeste. Violet saltó a la espalda de un lama 

que pasaba. 

—Siga a ese carrusel—gritó. El lama empezó a correr. 




—Ch-iao csi-fu nan tso mei mi chou—se quejaba—. Pero ése ha sido siempre mi 

problema. 

En la Estación Hudson, Bauer abandonó el pony, fue encorchado en una botella y 

lanzado al río. Violet saltó al asiento de timonel de un bote de siete remos. 

—Siga a esa botella—gritó. 

En la orilla de Jersey (Nueva Este), Violet persiguió a Bauer por el Freeway y 

luego por Dodge em kar, hasta Old Newark, donde Bauer saltó a un trampolín y 

fue catapultado hasta el cilindro delantero del monorraíl Block Island & Nantucket. 

Violet esperó astutamente a que el monorraíl abandonase la estación, y entonces 

se subió al cilindro trasero. 

Dentro, a punta de arpón, detuvo a una madame adolescente y la obligó a 

intercambiar la ropa con ella. Vestida con zapatillas de ópera, medias negras, 

falda a cuadros, blusa de seda y rulos, arrojó a la chillona madame del monorraíl 

en la estación de la calle Vine Este y comenzó a observar más abiertamente lo 

que sucedía en el cilindro delantero. Bauer se apeó subrepticiamente en Montauk, 

el punto situado más al este de Catalina Este. 

Esperó de nuevo a que el monorraíl comenzase a abandonar la estación para 

seguirle. En el andén inferior. Bauer se deslizó en el Cañón de trasbordo y fue 

lanzado al espacio. Violet corrió al mismo cañón, dejó cuidadosamente los 

indicadores de coordinación, tal como Bauer los había colocado, y fue lanzada 

menos de treinta segundos después de Bauer, y fue a caer en la red de aterrizaje 

justo cuando él subía por la escalerilla de cuerda. 

—¡Tú!—exclamó él. 

—Yo. 

—¿Eras tú la que llevaba un traje de hombre rana? 

—Creí que te había despistado en Newark. 

—No, no lo conseguiste —dijo ella agriamente—. He conseguido alcanzarte, 

amigo. 

Entonces ella vio la casa. 

Tenía la misma forma que la casa que solían dibujar los niños en el siglo veinte: 

dos plantas; tejado picudo, cubierto con papel impermeabilizante; sucias tejas 

marrones, la mitad de ellas desprendidas; ventanas simples con cuatro paños de 

cristal en cada marco, chimenea de ladrillos rodeada de hiedra; porche delantero 

medio hundido a la derecha los restos carcomidos de un garaje para dos coches; 




una mata de desvaído zumaque a la izquierda. A la luz del crepúsculo parecía una 

casa encantada 

—Oh, Sam —balbuceó ella—. ¡Es maravillosa ! 

—Es una casa—dijo él con sencillez. ¿Cómo es por dentro? 

—Ven y lo verás. 

Dentro, era una casa encargada por correo sin adulterar, llena de artículos baratos 

de segunda mano. 

—Es magnífica—dijo Violet; recorrió con amoroso detenimiento el aspirador, tipo 

lata, con tope de vinilo. 

—Es tan... tan agradable—añadió—. No me había sentido tan feliz en años. 

—¡Espera, espera! —dijo Bauer, reventando de orgullo. Se arrodilló ante la 

chimenea y encendió un fuego de troncos de abedul. Las llamas crepitaron en 

amarillo y naranja. 

—Mira—añadió—. Auténtica madera y auténticas llamas. Y conozco un museo 

donde tienen un par de morillos a juego. 

—¡No! ¿De veras? 

Él asintió. 

—En el Peabodi, en Yale High. 

Violet tomó una decisión. 

—Sam, yo te ayudaré. 

Él la miró fijamente. 

—Te ayudaré a robarlos—dijo—. Yo... te ayudaré a robar todo lo que quieras. 

—¿Hablas en serio, Violet? 

—Fui una idiota. Nunca entendí... Yo... Tenías razón. Nunca debería haber 

permitido que una cosa tan estúpida se interpusiera entre nosotros. 

—¿No estás diciendo eso para engañarme, Violet? 

—No, Sam. De veras. 

—¿O porque te gusta mi casa? 




—Claro que me gusta, pero ése no es el único motivo. 

—¿Entonces somos socios? 

—Sí. 

—Esa mano. 

Pero en vez de darle la mano ella le echó los brazos al cuello y se apretó contra él. 

Minutos después, en la silla plegable de espuma con mecanismo de tres 

posiciones, ella murmuraba en el oído de él: 

—Somos nosotros contra todos, Sam. 

—Déjales que vigilen, es todo lo que tengo que decir. 

—Y "todos" incluye a esas mujeres llamadas Jane. 

—Violet, te juro que nunca tuve nada serio con ellas. Si pudieses verlas 

—Las he visto. 

—¿De verás? ¿Dónde? ¿Cómo? 

—Ya te lo contaré otro día. 

—Pero... 

—Oh, cállate... 

Mucho más tarde él dijo: 

—Si no colocamos un cierre en esa puerta del dormitorio, tendremos problemas. 

—Al diablo con el cierre—dijo Violet. 

—ATENCIÓN, LOUIS JOURDAN—clamó una voz. 

Sam y Violet se levantaron de la silla, asombrados. Una luz blanquiazul penetraba 

por las ventanas de la casa. Llegó el excitado clamor de una muchedumbre 

preparada para el linchamiento, el galopante crescendo de la Obertura de 

Guillermo Tell y efectos sonoros del Derby de Kentucky, una locomotora, 

destructores en estaciones de combate y ruidos de cataratas. 

—ATENCIÓN, LOUIS JOURDAN —bramó de nuevo la voz. 




Corrieron a una ventana y miraron. La casa estaba rodeada de cegadoras luces 

Kleig. Confusamente pudieron ver una horda de Jacqueries con una guillotina, 

televisión y cámaras de noticias, una orquesta de noventa instrumentos, una 

batería de mesa sonora manejada por técnicos con auriculares, un director con 

pantalones de montar que llevaba un megáfono, él inspector Robinson con un 

micrófono y un círculo de sillas de cubierta en las que se sentaban una docena de 

hombres y mujeres con atuendos teatrales. 

—ATENCIÓN, LOUIS JOURDAN. HABLA EL INSPECTOR EDWARD G. 

ROBINSON. ESTA RODEADO. NOSOTROS... ¿QUÉ? AH, TIEMPO PARA UN 

ANUNCIO... MUY BIEN. ADELANTE. 

Bauer miró furioso a Violet. 

—Así que era una trampa. 

—No, Sam, te lo juro. 

—Entonces, ¿Qué están haciendo esos aquí? 

—No lo sé. 

—Tú los trajiste. 

—iNo, Sam, no! Yo... quizás no fuese tan lista como creí que era. Quizás me 

siguieron cuando yo te seguía a ti; pero te juro que no los vi. 

—Mientes. 

—No, Sam—empezó a llorar. 

—Tú me vendiste. 

—ATENCIÓN, LOUIS JOURDAN. ATENCIÓN LOUIS JOURDAN. DEBE PONER 

EN LIBERTAD A AUDREY HEPBURN. 

—¿Quién?—Bauer estaba confuso. 

—Soy yo—murmuró Violet—. Es el nombre que adopté, lo mismo que tú. Audrey 

Hepburn y Violet Dugan son la misma persona. Creen que tú me has raptado; pero 

yo no te vendí, Sam. No soy una traidora. 

—¿Estás de mi parte? 

—Lo estoy. 




—ATENCIÓN, LOUIS JOURDAN. SABEMOS QUIÉN ERES. SAL CON LAS 

MANOS EN ALTO. DEJA LIBRE A AUDREY HEPBURN Y SAL CON LAS MANOS 

EN ALTO. 

Bauer abrió bruscamente la ventana. 

—Ven a cogerme, policía—gritó. 

—ESPERA A QUE TERMINE EL PERÍODO DE ANUNCIOS, AMIGO. 

Hubo una pausa de diez minutos para identificación de la red. Luego se oyó una 

descarga. Minúsculas nubes en forma de hongo se alzaron donde cayeron los 

proyectiles de fisión. Violet lanzó un chillido. Bauer cerró de golpe la ventana. 

—Utilizan las municiones con mucho cuidado—dijo—. Tienen miedo a estropear 

los objetos que hay aquí. Quizás tengamos una posibilidad, Violet. 

—¡No! por favor, querido, no intentes luchar con ellos. 

—No puedo. No tengo nada para luchar. 

Los disparos llegaban ahora de modo continuo. Cayó un cuadro de la pared. 

—Sam escúchame —suplicó ella—. Entrégate. Sé que por robo te condenarán a 

noventa días, pero estaré esperándote cuando salgas. 

Una ventana se estremeció. 

—¿Me esperarás, Violet? 

—Te lo juro. 

Comenzó a arder una cortina. 

—¡Pero noventa días! ¡Tres meses completos! 

—Empezaremos una nueva vida juntos. 

Fuera, el inspector Robinson lanzó un súbito gruñido y se llevó la mano al hombro. 

—Esta bien—dijo Bauer—me entregaré. Pero mírales, convirtiendo todo esto en 

una película... "Los Intocables" y "Los Escandalosos Años Veinte". No les dejaré 

que recuperen nada de lo que conseguí. Espera un minuto... 

—¿Qué vas a hacer? 

Fuera, la Brigada Bunco comenzó a toser, como por efecto de gases 

lacrimógenos. 




—Volarlo todo—dijo Bauer. 

—¿Volarlo todo? ¿Cómo? 

—Tengo un poco de dinamita que cogí en Groucho, Chico, Harpo y Marx cuando 

andaba tras su colección de picos. No conseguí ningún pico, pero conseguí esto. 

—Mostró una pequeña vara roja con un marcador arriba. A un lado estaba escrito: 

TNT. 

Fuera, Ed (Begley) se llevó la mano al corazón, sonrió con bravura y se derrumbó. 

—No sé cuanto tiempo nos darán —dijo Bauer—. Así que cuando yo empiece, 

corre a toda prisa. ¿De acuerdo? 

—Sí—dijo ella, temblando. 

Accionó el marcador, que inició un tic-tac amenazador, y arrojó el TNT sobre el 

sofá-cama verde salvia. 

—¡Corre! 

Salieron corriendo por la puerta principal bajo la cegadora luz con las manos en 

alto. 

El TNT era tolueno termonuclear. 

—Doctor Culpepper —dijo el señor Pepys—, éste es el señor Chistopher Wren. 

Este es el señor Robert Hooke. 

Por favor, siéntese, caballero. Le hemos pedido que acuda a la Sociedad Real y 

nos dé asesoramiento como el más destacado físicoastrologo de Londres. Sin 

embargo, hemos de pedirle que guarde secreto sobre todo esto. 

El doctor Culpepper asintió muy serio y miró a hurtadillas el misterioso cesto que 

había sobre la mesa frente a los tres caballeros. Estaba cubierto con un fieltro 

verde. 

—Imprimís—dijo el señor Hooke—, los artículos que le mostraremos fueron 

enviados a la Sociedad Real desde Oxford, donde fueron requeridos a varios 

artífices, los diseños fueron suministrados por el comprador. Obtuvimos estos 

ejemplares de los citados artesanos por robo. Secundo la fabricación de los 

objetos fue encargada en secreto por ciertas personas que han alcanzado gran 

poder y riqueza en las facultades universitarias a través de conjuros, predicciones, 

augurios, y premoniciones. ¿Señor Wren? 




El señor Wren alzó delicadamente el paño de fieltro como si temiese una 

infección. Desplegados en el cesto había: una pila de servilletas de papel, doce 

astillas de madera, sus puntas curiosamente empapadas en azufre, un par de 

gafas de montura de concha con lentes de un color oscuro y humoso, un extraño 

alfiler, doblado sobre sí mismo de modo que la punta encajaba en un cierre; y dos 

grandes telas blandas de franela, una bordada con EL y otra con ELLA. 

—Doctor Culpepper —preguntó con tono sepulcral el señor Pepys—¿Son éstos 

los amuletos de brujería? 

FIN 




¿QUIERE USTED ESPERAR? 

Los hay que siguen escribiendo esos relatos anticuados sobre Tratos con el 

Demonio. Ya saben, azufre, conjuros y pentagramas; engaños, burlas y ensueños. 

No saben lo que dicen. El demonismo del siglo veinte es liso y aerodinámico como 

los ascensores automáticos, la televisión, las máquinas tragaperras y el resto de 

los aparatos y servicios modernos que te dejan desvalido y furioso. 

Hace un año me echaron por tercera vez en diez meses de mi trabajo. Tuve que 

enfrentar el hecho de que era un fracasado. Estaba además sin un céntimo. Decidí 

vender mi alma al Diablo; el único problema era encontrarlo. Acudí a la sala 

principal de referencia de la biblioteca y leí todo lo que había sobre demonología. 

Como dije, pura palabrería. De cualquier modo, si hubiese podido permitirme 

disponer de los costosos ingredientes que, según decían, podían servir para 

conjurar al Diablo, no habría tenido en realidad necesidad alguna de tratar con él. 

No veía salida alguna, así que hice lo más natural: me dirigí al Servicio de 

Celebridades. Un delicado joven contestó a mi llamada. 

—¿Puede decirme usted dónde está el Diablo?—pregunté. 

—¿Es usted suscriptor del Servicio de Celebridades? 

—No. 

—Entonces no puedo proporcionarle ninguna información. 

—Puedo pagar una pequeña cuota por una sola información. 

—¿Quiere usted un servicio limitado? 

—Sí. 

—¿Quién es la celebridad, por favor? 

—El Demonio. 

—¿Quién? 

—El Demonio... Satanás, Lucifer, Belcebú... el Demonio. 

—Un momento, por favor—al cabo de cinco minutos estaba de vuelta, muy 

enojado—. Lo siento mucho. El Demonio ya no es una celebridad. 




Colgó. Hice lo más razonable, mirar en la guía telefónica. En la misma página 

decorada con anuncios del Restaurante Sardi encontré Satán, Shaitan, Carnage & 

Bael, Madison Avenue, Judson -. Llamé. Una clara voz femenina 

contestó. 

—SSC & B. Buenos días. 

—¿Puedo hablar con el señor Satán, por favor? 

—La línea está ocupada. ¿Quiere usted esperar? 

Esperé y perdí mi moneda. Discutí con la telefonista y perdí otra moneda, pero 

obtuve la promesa de un reintegro en sellos de correos. Llamé de nuevo a Satán, 

Shaitan, Carnage & Bael. 

—SSC & B. Buenos días. 

—¿Puedo hablar con el señor Satán? Le suplico que no me deje colgado del 

teléfono. Estoy llamando desde una... 

Hubo una conexión y sonó un timbre. Esperé. Mi aparato emitió un clic de aviso. Al 

fin se despejó la línea. 

—Oficina de la señorita Hogan. 

—¿Puedo hablar con el señor Satán? 

—¿Quién llama? 

—El no me conoce. Es una cuestión personal. 

—Lo siento. El señor Satán ya no está en nuestra organización. 

—¿Puede decirme usted dónde puedo encontrarlo? Hubo una apagada discusión 

y luego la señorita Hogan dijo: 

—El señor Satán está ahora con Belcebu, Belial, Demonio & Orgía. 

Los localicé en la guía telefónica. Madison Ayenue, Murray Hill -. 

Marqué. Sonó el teléfono una vez y alguien descolgó. Una voz metálica habló en 

un sonsonete: 
—El número que ha marcado ha sido suprimido. Tenga la bondad de consultar su 
guía para dar con el número correspondiente. Este es un mensaje grabado. 
Consulté mi guía. Decía Murray Hill -. Marqué de nuevo y recibí la misma 
respuesta grabada. 
Al final comuniqué con una telefonista a la que convencí para que me diese el 
número de Belcebú, Belial, Diablo & Orgía. Llamé. Una alegre voz femenina 
contestó. 
—BBDO. Buenos días. 
—¿Puedo hablar con el señor Satán, por favor? 
—¿Quién? 

—El señor Satán. 

—Lo siento. No hay nadie de ese nombre en nuestra organización. 

—Entonces póngame con Belcebú o con el Diablo. 

—Un momento, por favor. 

Esperé. Cada medio minuto ella me decía: "Aún continúo llamando al Diablo..." y 

luego cortaba antes de que yo pudiese contestar. Al fin se oyó una alegre y juvenil 

voz femenina. 

—Oficina del señor Diablo. 

—¿Puedo hablar con él? 

—¿Quién llama? 

Di mi nombre. 

—Está hablando por otra línea. ¿Quiere usted esperar? 

Esperé. Me había provisto de una buena reserva de monedas. A los veinte 

minutos, la alegre y juvenil voz femenina habló de nuevo: 

—Acaba de acudir a una reunión de emergencia. ¿Puede llamarle él a usted? 

—No. Ya llamaré yo. 

Nueve días después le localicé por fin. 

—Sí, dígame, ¿En qué puedo servirle? 

Tomé aliento. 

—Quiero venderle mi alma. 




—¿Tiene usted algo sobre el papel? 

—¿Qué quiere decir con algo sobre el papel? 

—La Propiedad, hijo mío. No esperará usted que BBDO vaya a comprar a ciegas. 

Tráiganos su Presentación. Mi secretaria concertará una cita. 

Preparé una Presentación de mi alma. Luego llamé a su secretaria. 

—Lo siento, está en la Costa. Vuelva a llamar dentro de dos semanas. 

Cinco semanas después me concedió una cita. Acudí y me senté en la sala de 

recepción de BBDO durante dos horas, con mi Presentación sobre las rodillas. Por 

último me pasaron a una oficina decorada con hierros de marcar reses tejanos de 

resplandeciente neón. El Demonio estaba sentado en su sillón. Era un hombre alto 

con voz teatral de ejecutivo de ventas; de esos que hablan alto en los ascensores. 

Me dio un Sincero apretón de manos e inmediatamente se puso a leer mi 

Presentación. 

—No está mal—dijo—. No está nada mal. Creo que podremos llegar a un acuerdo. 

Bueno, ¿Qué es lo que usted quiere? ¿Lo normal? 

—Dinero, éxito, felicidad. 

Asintió. 

—Lo normal. Sepa que en esta firma no engañamos a nadie. Es una empresa 

respetable. Garantizamos dinero éxito y felicidad. 

—¿Por cuánto tiempo? 

—Por todo el período normal de vida del individuo. Aquí no se hacen trampas, hijo 

mío. Hacemos nuestros cálculos según las estadísticas oficiales. Y, de pasada, yo 

diría que a usted le quedan todavía de cuarenta a cuarenta y cinco años. 

Podemos incluir eso en el contrato más tarde. 

—¿Y no hay ninguna trampa? 

Hizo un gesto de impaciencia. 

—Lo que usted piensa es todo cuestión de malas relaciones públicas. Se lo 

aseguro, no hay ningún truco. 

—¿Garantizado? 

—No sólo garantizamos el servicio; insistimos en proporcionarlo. BBDO no quiere 

que vaya nadie al Comité de Prácticas Mercantiles Justas. Tendrá que visitarnos 

para el servicio por lo menos dos veces al año, si no quedará rescindido el 

contrato. 




—¿Qué clase de servicios? 

Él se encogió de hombros. 

—De cualquier clase. Limpiar sus zapatos; vaciar ceniceros; llevarle chicas. Eso 

puede concretarse más tarde. Sólo insistimos en que nos utilice por lo menos dos 

veces al año. Nosotros nos comprometemos a proporcionarle un quid por su quo. 

Quid pro quo. ¿De acuerdo? 

—¿Y sin trucos? 

—Sin trucos. Haré que nuestro departamento legal redacte el contrato. ¿Quién es 

su representante? 

—¿Quiere decir un agente? No he buscado ninguno. 

Pareció sorprenderse. 

—¿No ha buscado agente? Hijo mío, vive usted peligrosamente. En realidad, 

podríamos despellejarle. Consígase un agente y dígale que me llame. 

—Sí, señor. ¿Puedo... podría hacer una pregunta? 

—Desde luego. Estoy a su disposición. 

—¿Qué me sucederá... cuando el contrato termine? 

—¿Quiere saberlo realmente? 

—Sí. 

—No se lo aconsejo. 

—Quiero saberlo. 

Me lo mostró. Era como una odiosa sesión con un psicoanalista a perpetuidad... 

una autoacusación eterna y torturante. Era el infierno. Me quedé estremecido. 

—Yo habría preferido que enemigos inhumanos me torturaran —dije. 

Se echó a reír. 

—Su inhumanidad no podría compararse con la inhumanidad del hombre para 

consigo mismo. Bien... ¿Cambió de opinión, o cierra el trato? 

—Cierro el trato. 




Nos dimos la mano y me acompañó hasta la puerta. 

—No lo olvide—me advirtió—. Protéjase. Consígase un agente. El mejor. 

Firmé con Sibila & Esfinge. Esto fue el tres de marzo. Llamé a S & S el quince de 

marzo. La señorita Esfinge dijo: 

—Oh, sí, ha habido un cambio. La señorita Sibila estaba negociando en nombre 

de usted con BBDO, pero tuvo que coger el avión para Sheol. Me he hecho cargo 

yo de todo. 

Llamé a primeros de abril. 

—Oh sí—dijo la señorita Sibila—ha habido una ligera demora. La señora Esfinge 

tuvo que irse a Salem. Hay una quema de brujas. Volverá la semana próxima. 

Llamé el quince de abril. La alegre voz de la joven secretaria de la señorita Sibila 

me dijo que había ciertas dilaciones en la transcripción de los contratos. Al parecer 

BBDO andaba reorganizando su departamento legal. El día uno de mayo Sibila & 

Esfinge me dijo que habían llegado los contratos y que su departamento legal 

estaba estudiándolos. 

En junio tuve que aceptar un trabajo servil para mantener juntos alma y cuerpo. 

Trabajé en el departamento de grabación de una cadena de radio. Por lo menos 

una vez a la semana llegaba un guión sobre un contrato con el Diablo firmado, 

sellado y aceptado. Yo solía reírme de ellos. Pero al cabo de cuatro meses de 

negociación yo aún seguía igual. 

Vi una vez al Demonio bajando por Park Avenue. Iba corriendo hacia el Congreso, 

muy ocupado en tratar cordial y animosamente al electorado. Saludó a todos los 

policías y porteros por el nombre. Cuando hablé con él se asustó un poco, 

pensando que yo era un comunista o algo peor. No me recordaba en absoluto. 

En julio, todas las negociaciones se paralizaron; todos se habían ido de 

vacaciones. En agosto todos estaban en ultramar en un Festival de Misa Negra. 

En septiembre Sibila & Esfinge me llamaron a su oficina para firmar el contrato. 

Tenía treinta y siete páginas y estaba lleno de correcciones y añadidos. Había 

media docena de adiciones al margen de cada página. 

—¡Si usted supiese el trabajo que ha llevado este contrato! —me dijo Sibila & 

Esfinge con satisfacción. 

—Muy largo, ¿verdad? 

—Son los contratos cortos los que causan más problemas. Ponga las iniciales en 

las adiciones que hay al margen y firme en la última página. Hágalo en las seis 

copias, por favor. 




Puse las iniciales y firmé. Cuando acabé, no percibí ninguna diferencia. Yo 

esperaba empezar a recibir dinero, éxito y felicidad. 

—¿Está cerrado el trato ya? —pregunté. 

—No, hasta que no lo firme él. 

—No puedo aguantar ya más. 

—Se lo enviaremos por un mensajero. 

Esperé una semana y luego llamé. 

—Se olvidó usted de escribir las iniciales en una de las adiciones —me dijeron. 

Fui a la oficina y puse mis iniciales. Tras otra semana llamé. 

—Él se olvidó de poner las iniciales en una de las adiciones—me dijeron esta vez. 

El uno de octubre recibí un paquete por entrega especial. Recibí también una 

carta certificada. El paquete contenía el contrato firmado y sellado entre el Diablo y 

yo. Al fin podía ser rico, tener éxito, ser feliz. La carta certificada era de BBDO y 

me informaba de que en vista de que yo no había cumplido la cláusula -A del 

contrato, lo consideraban rescindido y yo debía someterme al pago según su 

conveniencia. Acudí rápidamente a Sibila & Esfinge. 

—¿Cuál es la cláusula -A?—me preguntaron. 

La buscamos. Era la cláusula que me obligaba a utilizar los servicios del Demonio 

por lo menos una vez cada seis meses. 

—¿Qué fecha tiene el contrato?—preguntó Sibila & Esfinge. 

Lo miramos. El contrato tenía fecha de primero de marzo, el día de mi primera 

entrevista con el Diablo en su oficina. 

—Marzo, abril, mayo...—contó con los dedos la señorita Sibila—. Es cierto. Han 

pasado siete meses. ¿Está usted seguro de que no pidió ningún servicio? 

—¿Cómo iba a hacerlo? No tenía el contrato. 

—Intentaremos resolverlo —dijo agriamente la señora Esfinge. 

Llamó a BBDO y tuvo una acalorada discusión con el Demonio y su departamento 

legal. Luego colgó. 




—Él dice que cerraron el trato el primero de marzo—informó—. Estaba dispuesto 

a seguir adelante de buena fe con su parte del compromiso. 

—¿Y cómo podía saberlo yo? No tenía el contrato. 

—¿No pidió usted nada? 

—No. Yo estaba esperando el contrato. 

Sibila & Esfinge llamó a su departamento legal y planteó la cuestión. 

—Tendrá usted que someterse a un arbitraje —dijo el departamento legal, y 

explicó que los agentes tenían prohibido actuar como procuradores de sus 

clientes. 

Acudí a la firma legal Brujo, Hechicero, Vudú Zahorí & Hechicera ( Wall Street, 

Exchange -) pára que me representase ante el Comité de Arbitraje ( 

Madison Avenue, Lexington -). Pidieron un anticipo de doscientos dólares 

más el veinte por ciento de los beneficios del contrato. Yo había conseguido 

ahorrar treinta y cuatro dólares durante los cuatro meses que llevaba trabajando 

en el departamento de grabación. Pasaron por alto el anticipo e iniciaron los 

preliminares del arbitraje. 

El quince de noviembre en la cadena de radio me rebajaron de categoría 

enviándome a la sala de correspondencia, y yo pensé seriamente en el suicidio. 

Sólo me detuvo el hecho de que mi alma se hallase pendiente del arbitraje. 

El caso se vio el doce de diciembre. Fue juzgado por tres árbitros imparciales que 

estuvieron todo el día analizando la cuestión. Me dijeron que se me comunicaría 

por correo el fallo. Esperé una semana y llamé a Brujo, Hechicero, Vudú, Zahorí & 

Hechicera. 

—Es que están en vacaciones de Navidad—me dijeron. 

Llamé el dos de enero. 

—Uno de ellos está fuera de la ciudad. 

Llamé el diez de enero. 

—Ha vuelto ya, pero los otros dos están fuera de la ciudad. 

—¿Cuándo sabré el fallo? 

—Quizás tarde meses. 

—¿Cree usted que tengo posibilidades de ganar? 




—Bueno, nosotros no hemos perdido nunca un arbitraje. 

—Eso es animador. 

—Pero siempre puede ser la primera vez. 

Esto parecía menos animador. Cogí miedo y pensé que sería mejor cubrirme. Hice 

lo que me pareció más razonable: recorrí la guía telefónica hasta dar con Serafín, 

Querubín & Ángel, Quinta Avenida, Templeton -. Llamé. Una alegre voz 

juvenil femenina contestó. 

—Serafín, Querubín & Ángel. Buenos días. 

—¿Puedo hablar con el Ángel, por favor? 

—Está hablando por otra línea. ¿Quiere usted esperar? 

Aún sigo esperando. 

FIN 





—No, es algo que está en el aire, algo dulzón... Conozco ese olor, pero no 

recuerdo exactamente qué es. 

—No te preocupes. Entremos. —Le condujo al interior del restaurante—. Deberías 

llevar corbata —murmuró—, pero podremos arreglarnos también así. 

A Mayo no le impresionó gran cosa la decoración del restaurante, pero le 

fascinaron los retratos de celebridades que había colgados en el bar. Pasó varios 

minutos absorto quemándose los dedos con cerillas, mientras contemplaba a Mel 

Allen, Red Barber, Casey Stenger, Frank Gifford y Rocky Marciano. Cuando por fin 

volvió Linda de la cocina con una vela encendida, se volvió hacia ella 

entusiasmado. 

—¿Viste alguna vez aquí a alguno de estos ídolos de la televisión? 

—Supongo que sí. ¿Qué te parece si tomamos una copa? 

—Claro, cómo no. Pero quiero hablar más sobre estos actores de televisión. 

La siguió hasta uno de los taburetes de la barra, sopló el polvo y la ayudó a 

sentarse con la mayor cortesía. Luego saltó al otro lado de la barra, sacó su 

pañuelo y limpió con él el mostrador con destreza profesional. 

—Esta es mi especialidad—dijo con una mueca burlona. Asumió inmediatamente 

la actitud impersonalmente amistosa de los camareros—. Buenas noches, señora. 

Hermosa noche. ¿Qué desea? 

—¡Ay, Dios mío, vaya día que he tenido hoy en el trabajo! Un martini seco con 

hielo. Que sea doble, por favor. 

—Desde luego, señora. ¿Limón o aceituna? 

—Cebolla. 

—Gibson doble seco con hielo. Muy bien.—Mayo buscó tras la barra y sacó al fin 

whisky, ginebra, y varias botellas de soda sólo parcialmente evaporada por el 

cierre sellado.—Lo siento, pero creo que se han acabado los martinis, señora, 

¿Qué prefiere en su lugar? 




—Oh, eso me gusta. Whisky, por favor. 

—Esta soda no tendrá gas —advirtió—, y no hay hielo. 

—No importa. 

Él enjuagó un vaso con soda y sirvió whisky en él. 

—Gracias. Tome uno a mi cargo, camarero. ¿Cómo se llama ? 

—Me llaman Jim, señora. No, gracias. Nunca bebo cuando trabajo. 

—Entonces, deje su trabajo y pase aquí conmigo. 

—Nunca bebo fuera de mi trabajo, señora. 

—Puedes llamarme Linda. 

—Gracias, señorita Linda. 

—¿Hablas en serio cuando dices que nunca bebes, Jim? 

—Bueno, Felices Días. 

—Y Largas Noches. 

—Eso me gusta, también. ¿Es tuyo? 

—Bueno, no sé. Simple rutina de camarero. Especialmente con los hombres. No 

se ofenda. 

—No me ofendo. 

—¡Abejas! —exclamó Mayo. 

Linda le miró desconcertada. 

—¿Cómo abejas? 

—Ese olor. Así es como huele en las colmenas. 

—¡Oh! Yo no sé cómo huele en las colmenas—dijo ella con indiferencia—. 

Sírveme otro, por favor. 

—Ahora mismo. Pero, dime a esas celebridades de la televisión, ¿Las viste 

realmente aquí, en persona? 

—Claro. Felices Días, Jim. 




—Debían venir aquí los sábados, ¿No? 

—¿Por qué los sábados? —preguntó Linda. 

—Día libre. 

—Ah. 

—¿A qué actores de la televisión viste? 

—Todos los que puedas nombrar, los he visto yo—lanzó una carcajada—. Me 

recuerdas al chico de la puerta de al lado. Siempre tenia que decirle las 

celebridades a las que había visto. Un día le conté que había visto aquí a Jean 

Arthur y me dijo: "¿Con su caballo?" 

Mayo no entendió el chiste, pero se sintió herido, sin embargo. En el momento en 

que Linda iba a aplacar su irritación, el bar empezó a temblar suavemente, y se 

inició al mismo tiempo un estruendo subterráneo. Venía de muy lejos, parecía 

aproximarse lentamente y luego se desvaneció. Cesó el temblor también. Mayo 

miró fijamente a Linda. 

—¡Dios mío! ¿Crees que se va a derrumbar este edificio? 

—No—dijo ella negando con un gesto—. Cuando se derrumban, lo hacen siempre 

con un bum. ¿Sabes a que se parecía ese sonido? Al del metro en la Avenida 

Lexington. 

—¿El metro? 

—Sí, el metro. El tren local. 

—Qué disparate. ¿Cómo iba a estar funcionando el metro? 

—Yo no dije que fuese. Dije que parecía. Deme otro, por favor. 

—Necesitamos más soda. —Mayo exploró y reapareció con botellas y una gran 

lista de precios; estaba pálido—. Es mejor que te lo tomes con calma, Linda— 

dijo—. ¿Sabes cuánto cobran por una copa? Un dólar setenta y cinco. Mira. 

—Al diablo el dinero. Vivamos un poco. Póngamelo doble, camarero. ¿Sabes lo 

que te digo, Jim? Si te quedases en la ciudad, podría enseñarte donde vivían 

todos tus héroes. Gracias. Felices Días. Podría enseñarte todas sus grabaciones y 

sus películas. ¿Qué te parece? Ídolos como... como Red... ¿Qué más? 

—Barber. 




—Red Barber, y Rocky Gifford, y Rock Casey y Rocky Ardilla Voladora. 

—Estás burlándote de mí—dijo Mayo, ofendido de nuevo. 

—¿Yo? ¿Burlándome?—dijo Linda con dignidad—. ¿Por qué iba yo a hacer una 

cosa así? Sólo intentaba ser agradable. Sólo pretendía que lo pasases bien un 

rato. Mi madre me decía: "Linda no olvides nunca esto con un hombre; ponte lo 

que él quiera y di lo que le guste", eso me decía. ¿Te gusta este vestido?— 

preguntó. 

—Me gusta, sí; me gusta mucho. 

—¿Sabes cuanto pagué por él? Noventa y nueve cincuenta. 

—¿Qué? ¿Cien dólares por una cosa como ésa? Por ese trapillo negro... 

—No es ningún trapillo negro. Es un traje de cocktail negro básico. Y pagué veinte 

dólares por las perlas. De imitación —explicó—. Y sesenta por los zapatos. Y 

cuarenta por el perfume. Doscientos veinte dólares por complacerte. ¿Te sientes 

complacido? 

—Claro. 

—¿Quieres olerme? 

—Ya lo hice. 

—Camarero, póngame otro. 

—Lo siento pero no puedo servirle más, señora. 

—¿Por qué no? 

—Ya ha bebido bastante. 

—Aún no he bebido bastante—replicó Linda indignada—. ¡Qué modales son 

ésos!—Cogió la botella de whisky—. Vamos, tomemos unos tragos y hablemos de 

los ídolos de la televisión. Felices Días. Podría llevarte a ese sitio y enseñarte las 

grabaciones y las películas. ¿Qué te parece? 

—Ya me los has preguntado. 

—No me contestaste. Podría enseñarte también películas de cine. ¿Te gusta el 
cine? Yo lo odio, no puedo soportarlo. El cine me salvó la vida cuando la gran 
explosión. 
—¿Cómo fue eso? 
—Es un secreto, ¿Sabes? Que quede entre tú y yo. Si otra agencia se 
enterase...—Linda miró a su alrededor y luego bajó la voz—. Mi agencia localizó 
aquel gran depósito de películas mudas. Películas perdidas, sabes. Nadie sabía 
que estaban allí. Podían ser una serie magnífica para la televisión. Así que me 
enviaron a aquella mina abandonad, a Jersey, para hacer un inventario. 
—¿En una mina? 
—Eso es. Felices Días. 
—¿Por qué estaban en una mina? 
—Eran películas viejas. Son inflamables, y además se podían pudrir. Había que 
almacenarlas como el vino. Por eso. Así que me llevé a dos de mis ayudantes 
para pasar un fin de semana allá abajo, comprobando. 
—¿Estuvisteis en la mina un fin de semana entero? 
—Sí. Tres ehieas. De viernes a lunes. Ese era el plan. Pensamos que resultaría 
divertido. Felices Días. Así que... ¿Dónde estaba? Ah, sí, pues cogimos luces, 
mantas, toda una excursión... Y nos pusimos a trabajar. Recuerdo exactamente el 
momento de la explosión. Estábamos en el tercer rollo de una película de la UFA, 
Gekronter Blumenorden en der Pegnitz. Teníamos el rollo uno, el dos, el cuatro, el 
cinco y el seis. Nos faltaba el tres. ¡Bang! Felices Días.
—Dios mío. ¿Y qué pasó entonces? 
—Mis chicas se asustaron mucho. No pude mantenerlas allí. No volví a verlas. 
Pero yo sabía lo que había ocurrido. Lo sabía. Prolongué aquella excursión 
indefinidamente. Me quedé sin comida, pero no salí. Por fin, tuve que hacerlo, y 
¿Para qué? ¿Por quién? —comenzó a gemir—. Nadie. No quedaba nadie. Nada— 
cogió una mano de Mayo—. ¿Por qué no te quedas? 
—¿Quedarme? ¿Dónde? 
—Aquí. 
—Si no me voy. 
—Quiero decir por una temporada. ¿Por qué no te quedas? ¿No te gusta mi casa? 
Y tenemos todo Nueva York como fuente de suministros. Y podemos plantar flores 
y verdura. Y criar vacas y gallinas. Ir a pescar. Conducir coches. Ir a museos. 
Galerías de arte. Espectáculos... 
—Te las arreglas perfectamente. No me necesitas 
—Sí te necesito. Te necesito. 
—¿Para qué? 
—Para que me des lecciones de piano. 
Hubo una larga pausa. 
—Estás borracha—dijo por fin él. 
—"No herida caballero sino muerta". 
Linda apoyó la cabeza en la barra, le miró quejumbrosa y luego erró los ojos. 
Mayo se dio cuenta enseguida de que se había desvanecido. Hizo un gesto de 
contrariedad, luego salió de detrás de la barra. Comprobó la cuenta y dejó quince 
dólares debajo de la botella de whisky. 
La zarandeó. Ella se derrumbó en sus brazos. Se le deshizo el moño. Mayo apagó 
la vela, cogió a Linda, la llevó al coche. Luego con angustiosa concentración, 
condujo en la oscuridad hasta el estanqe. Tardó cuarenta minutos. 
Metió a Linda en su dormitorio y la sentó en la cama, que decoraban muñecas 
artísticamente distribuidas. Ella se dio la vuelta inmediatamente y se acurrucó con 
una muñeca en brazos, acunándola. Mayo encendió una lámpara e intentó colocar 
a Linda estirada. Ella se encogió de nuevo, riendo entre dientes. 
—Linda, tienes que quitarte el vestido. 
—Mmmrnmm. 
—No puedes dormir así, con él. Cuesta cien dólares. 
—Noventa y nueve cincuenta. 
—Vamos, querida. 
—Mmmmmm. 
Él hizo un gesto exasperado; luego la desvistió, cuidadosamente, colgó el vestido 
de cocktail negro básico y colocó los zapatos de sesenta dólares en un rincón. No 
pudo quitarle el collar de perlas (de imitación), así que la tumbó en la cama con él. 
Allí quedó tendida sobre las sábanas azul pálido, desnuda salvo el collar, como 
una odalisca nórdica. 
—¿Retiraste mis muñecas?—murmuró. 
—No. Están a tu lado. 
—Muy bien. Nunca duermo sin ellas—extendió una mano y las acarició 
amorosamente—. Felices Días. Largas Noches. 
—¡Mujeres! —masculló Mayo. Apagó la lámpara y salió, dando un portazo. 
A la mañana siguiente, volvió a despertar a Mayo la algarabía de los patos 
desalojados. El globo rojo surcaba la superficie del estanque, brillando bajo la 
pálida claridad de junio. Mayo hubiera deseado que fuese un modelo de barco en 
vez de aquella chica que se emborrachaba en los bares. Salió y se tiró al agua lo 
más lejos posible de Linda. Estaba remojándose el pecho cuando algo atrapó su 
tobillo y le derribó. Se levantó con un grito, y vio ante sí la cara resplandeciente de 
Linda saliendo del agua. 
—Buenos días —dijo ella riendo. 
—Qué divertido —masculló él.
—Pareces de mal humor esta mañana. 
Él lanzó un gruñido. 
—Y no te lo reprocho. Hice algo horrible anoche. No te di de cenar. Quiero 
disculparme. 
—No pensaba en la cena dijo él, con áspera dignidad. 
—¿No? ¿Por qué estás enfadado entonces? 
—No puedo soportar quelas mujeres se emborrachen. 
—¿Quién se emborrachó? 
—Tú. 
—No me emborraché—replicó ella indignada. 
—¿No? ¿Y a quién tuve que desvestir y meter en la cama como a un niño? 
—¿Quién estaba demasiado torpe para quitarme el collar de perlas? —replicó 
ella—. Se rompió, y dormí toda la noche encima de ellas. Estoy llena de 
cardenales. Mira. Aquí y aquí y... 
—Linda—interrumpió él con dureza—, soy sólo un muchacho sencillo de New 
Haven. No estoy acostumbrado a niñas mimadas que se dedican a gastar dinero 
sin medida y a engalanarse y a emborracharse en las fiestas de sociedad. 
—¿Y por qué te quedas quí si no te gusta mi compañía? 
—Me voy—dijo él. 
Salió y empezó a secarse. 
—Salgo hacia el sur esta mañana mismo. 
—Que te diviertas caminando. 
—Me voy sobre ruedas. 
—¿Cómo? ¿En un patinete? 
—En el Chevrolet. 
—Jim, ¿No hablarás en serio?—salió del estanque, parecía alarmada—. Aún no 
sabes conducir. 
—¿No? ¿Quién te trajo entonces a casa anoche borracha? 
—Te meterás en un lío. 
—Sabré resolverlo. Además, no puedo quedarme aquí eternamente. Tú eres una 
chica de sociedad. Lo único que te gusta es divertirte. Yo tengo proyectos serios. 
Tengo que ir al sur y encontrar gente que entienda de televisión. 
—Jim, me has interpretado mal. Yo no soy nada de eso. Fíjate por ejemplo, cómo 
he arreglado mi casa. ¿Crees que podría haberlo hecho si anduviese siempre de 
fiesta en fiesta? 
—Has hecho un buen trabajo, es verdad—admitió él. 
—Por favor, no te vayas hoy. Aún no estás preparado. 
—Ya, tú lo único que quieres es tenerme aquí para que te enseñe música. 
—¿Quién ha dicho eso? 
—Tú. Anoche. 
Linda frunció el ceño, se quitó el gorro, cogió la toalla y empezó a secarse. 
—Jim—dijo al fin—, seré honrada contigo. Si, quiero que te quedes un tiempo. No 
voy a negarlo. Pero no me gustaría que te quedases aquí para siempre. Después 
de todo, ¿Qué tenemos tú y yo en común? 
—Tú eres una chica de ciudad, una niña de sociedad —masculló él. 

—No, no, nada de eso. Lo que pasa es que tú eres un hombre y yo una mujer, y 

no tenemos nada que ofrecernos. Somos distintos. Tenemos gustos e intereses 

distintos. ¿De acuerdo? 

—Completamente. 

—Pero tú aún no estás preparado para irte. Te diré lo que vamos a hacer: 

dedicaremos toda la mañana a practicar con el coche, y luego nos divertiremos un 

poco. ¿Qué te gustaría hacer? ¿Ir de compras? ¿Comprar más ropa? ¿Visitar el 

Museo Moderno? ¿Ir de merienda al campo? 

A Mayo se le iluminó la cara. 

—Oye, ¿Sabes una cosa? Nunca en mi vida fui de merienda al campo. Estuve una 

vez de camarero en una romería, pero no es lo mismo, no es como cuando eres 

niño. 

Ella pareció encantada. 

—Entonces haremos una verdadera excursión, ya verás. 

Ella llevó sus muñecas. Las llevó en brazos mientras Mayo arrastraba la cesta de 

la comida hasta el monumento de Alicia en el País de las Maravillas. La estatua 

asombró a Mayo, que jamás había oído hablar de Lewis Carroll. 

Mientras Linda sentaba a sus muñecas y desempaquetaba la merienda, contó a 

Mayo un resumen de la historia y le explicó cómo las estatuas de bronces de 

Alicia, el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo habían sido pulidas y desgastadas 

por el roce de los miles de niños que se habían dedicado a jugar a ser el Rey de la 

Montaña. 

—Qué curioso —dijo él—, nunca había oído esa historia. 

—No parece que hayas tenido una gran niñez, Jim. 

—¿Por qué dices eso? —se detuvo, ladeó la cabeza y escuchó atentamente. 

—¿Qué pasa?—preguntó Linda. 

—¿Oíste ese cuclillo? 

—No. 

—Escucha. Hace un ruido extraño. Como acero. 

—Sí. Como... como espadas en un duelo. 




—Bromeas. 

—No. De veras. 

—Pero los pájaros cantan. No hacen ruido. 

—No siempre. Los cuclillos imitan muchos ruidos. También los estorninos. Y los 

loros. ¿Por qué imitará una lucha de espadas? ¿Dónde oiría eso? 

—Eres un auténtico muchacho campesino, ¿verdad Jim? Abejas, cuclillos, 

estorninos y todo eso... 

—Supongo que sí. Te quería preguntar por qué decías eso, lo de que yo no había 

tenido niñez. 

—Bueno, por eso de no saber nada de Alicia, y no haber ido nunca de excursión, y 

desear siempre un modelo de yate—Linda abrió una botella oscura—. ¿Quieres 

un poco de vino? 

—Ten cuidado—advirtió él. 

—Basta ya, Jim. No soy una borracha. 

—¿Te emborrachaste o no anoche? 

—Está bien —capituló ella—, sí. Pero sólo porque era la primera vez que bebía en 

años. 

A él le complació aquella rendición. 

—Claro. Claro. Es lógico. 

—¿Bueno, bebes conmigo o no? 

—Qué demonios, ¿Por qué no? —sonrió—. Vivamos un poco. Al fin y al cabo esto 

es una fiesta campestre. Y estos platos me gustan también. ¿Dé donde son? 

—Abercrombie & Fitch—dijo Linda imperturbable—. Servicio para cuatro de acero 

inoxidable. Treinta y ..cincuenta. ¡Salud! 

Mayo rompió a reír. 

—Metí la pata armando todo aquel barullo... A tu salud. 

—A la tuya. 

Bebieron y continuaron comiendo en cálido silencio, sonriéndose amistosamente. 

Linda se quitó su camisa de seda de Madrás para broncearse con el cálido sol de 

la tarde, y Mayo la colgó cortésmente de una rama. 




—¿Por qué no tuviste niñez, Jim?—preguntó de pronto Linda. 

—Bueno, no sé. —Se quedó pensando—. Supongo que porque murió mi madre 

siendo yo pequeño. Y por más cosas, también. Tuve que trabajar mucho. 

—¿Por qué? 

—Mi padre era maestro. Ya sabes lo que ganan. 

—Oh, por eso te irritan tanto los sabihondos. 

—¿A mí? 

—Sí, a ti. No te enfades. 

—Puede—concedió él—. Seguro que fue una desilusión para mi padre, yo hecho 

un as del fútbol en el instituto y él queriendo que fuese un Einstein. 

—¿Era divertido el fútbol? 

—No era un juego. El fútbol es un negocio. Oye, ¿Te acuerdas cómo hacíamos 

para escoger equipos cuando éramos niños? Ibeti, bibeti, cibeti, zab. 

—Nosotros decíamos inie, minie, mainei, mo. 

—¿Te acuerdas de: abril loco, vete a la escuela, dite al maestro que eres un loco? 

—Me gusta el café, me gusta el té, me gustan los chicos y a los chicos yo. 

—Apuesto a que sí—dijo Mayo solemnemente. 

—Qué va. ¿Yo? 

—¿Por qué no? 

—Siempre fui demasiado grande. 

Él la miró asombrado. 

—Qué vas a ser grande. Eres del tamaño justo. Perfecta. Y muy bien hecha. Me 

fijé cuando trajimos el piano. Tienes buenos músculos, para ser una chica. Y sobre 

todo en las piernas, que es donde cuenta. 

—Vamos, cállate, Jim —dijo ella, ruborizándose. 

—No. De verdad. 




—¿Más vino? 

—Gracias. Toma tú también. 

—Bueno. 

Un crack atronador rasgó el cielo; siguió un estruendo de albañilería 

derrumbándose. 

—Ahí va otro rascacielos—dijo Linda—. ¿De qué hablábamos? 

—De deportes —dijo inmediatamente Mayo—. Perdona que hable con la boca 

llena. 

—Ah, sí. Jim, ¿Cantabais Tira el pañuelo en New Haven? 

—Linda cantó: "Tris tras, tras tris, un cesto amarillo y gris. Mandé una carta a mi 

amor, y en el camino se perdió..." 

—Oye—dijo él, muy impresionado—. Cantas muy bien. 

—¡Oh, vamos! 

—De veras. Tienes una voz magnífica. No discutas conmigo. Estate quieta un 

minuto. Tengo que calcular una cosa. —Estuvo pensando un rato detenidamente. 

Acabó su vino y aceptó otro vaso con aire ausente; por último tomó una decisión— 

. Tienes que aprender música. 

—Ya sabes que me muero de ganas, Jim. 

—Así que me voy a quedar un tiempo para enseñarte; lo que sé. ¡Pero, cuidado! 

¡Que quede bien entendido!—añadió apresuradamente, cortando la emoción de 

ella—. No voy a quedarme en tu casa. Quiero una vivienda propia. 

—Por supuesto, Jim. Lo que tú digas. 

—Y no por eso voy a dejar de seguir hacia el sur. 

—Yo te enseñaré a conducir. Cumpliré mi promesa. 

—Y nada de trampas, Linda. 

—Por supuesto que no. ¿Qué clase de trampas? 

—Ya sabes. Que en el último minuto no me digas que quieres trasladar, por 

ejemplo, una cama Luis XV. 

—¡Luis XV! —exclamó Linda boquiabierta—. ¿Dónde aprendiste eso? 




—Desde luego no en el ejército. 

Se rieron, chocaron los vasos y terminaron el vino. De pronto, Mayo se levantó, 

tiró a Linda del pelo y corrió hasta el monumento del País de las Maravillas. En un 

instante, se colocó sobre la cabeza de Alicia. 

—Soy el Rey de la Montaña—gritó, mirando a su alrededor con gesto 

majestuoso—. Soy el Rey de la... 

Se interrumpió de pronto y miró hacia abajo, hacia detrás de la estatua. 

—¿Qué pasa, Jim? 

Sin decir palabra. Mayo bajó y se acercó a un montón de escombros medio oculto 

entre los matorrales. Se arrodilló y empezó a removerlos con manos cuidadosas. 

Linda corrió a su lado. 

—¿Pero qué pasa, Jim? 

—Esto eran modelos de barcos—murmuró. 

—Sí, lo eran. Dios mío, ¿Era sólo eso? Creí que te habías puesto malo o algo así. 

—¿Cómo llegaron aquí? 

—Yo los tiré... 

—¿Tú? 

—Sí. Te lo dije. Tuve que vaciar la casa cuando me trasladé. Eso hace siglos. 

—¿Tú hiciste eso? 

—Sí. Yo... 

—Eres una criminal —gruñó él— se incorporó y la miró colérico—. Una asesina, 

como todas las mujeres; sin alma ni corazón. A quién se le ocurre hacer una cosa 

así. 

Se volvió y se fue hacia el estanque. Linda le siguió, totalmente desconcertada. 

—Jim, no entiendo, ¿Qué locura es ésta? 

—Debería avergonzarte. 

—Pero tenía que tener sitio en casa. ¿Cómo iba a vivir con un montón de modelos 

de barcos? 




—Olvídate de todo lo que dije. Voy a hacer el equipaje ahora mismo y sigo hacia 

el sur. No me quedaría contigo aunque fueses la última persona que hubiese 

sobre la Tierra. 

Linda recuperó el control y adelantó rápidamente a Mayo. Cuando éste entró en la 

casa, ella estaba ante la puerta de la habitación de huéspedes. Tenía en la mano 

una pesada llave de hierro. 

—La encontré—dijo Linda—. Tu puerta está cerrada. 

—Dame esa llave, Linda. 

—No. 

Avanzó hacia ella, pero ella le miraba desafiante sin retroceder. 

—Adelante—dijo, con aire de desafío—. Pégame. 

Él se detuvo. 

—No puedo pegar a nadie que no sea de mi tamaño. 

Continuaron uno frente a otro, en completa inmovilidad. 

—No lo necesito—murmuró por fin Mayo—. Puedo conseguir un nuevo equipo en 

otro sitio. 

—Oh, vamos, adelante, haz tu maleta—contestó Linda. Le tiró la llave y le dejó 

paso libre. Entonces Mayo descubrió que no había cerradura en la puerta del 

dormitorio. Abrió la puerta, miró dentro, cerró y observó a Linda. Ella se mantenía 

seria pero con gran esfuerzo. El rió entre dientes. Luego ambos rompieron a reír a 

carcajadas. 

—Vaya—dijo Mayo—, menudo farol. No me gustaría nada jugar al póker contigo. 

—También tú eres un buen farolero, Jim. Tenía mucho miedo a que me pegaras. 

—Debes saber que no soy capaz de hacer daño a nadie. 

—Pues creo que yo sí. Ahora siéntate y analicemos esto razonablemente. 

—Oh, olvídalo, Linda. Perdí la cabeza con lo de los barcos y... 

—No me refiero a los barcos, me refiero a lo de ir hacia el sur. Cada vez que te 

enfadas empiezas a hablar de irte al sur. ¿Por qué? 




—Ya te lo dije. Para encontrar gente que entienda de televisión. 

—¿Por qué? 

—No lo entenderías. 

—Puedo intentarlo. ¿Por qué no me explicas qué es lo que buscas... 

concretamente? A lo mejor puedo ayudarte. 

—Tú no puedes hacer nada por mí. Eres una chica. 

—También servimos para algunas cosas. Al menos podemos escuchar. Puedes 

confiar en mí, Jim. Cuéntamelo, ¿No somos amigos? 

Bueno, cuando la explosión (dijo Mayo), yo estaba allá en los Barkshires con Gil 

Watkins. Gil era mi amigo, un tipo estupendo y muy listo. Era algo así como 

ingeniero jefe de la emisora de televisión de New Haven. Y tenía un millón de 

aficiones. Una de ellas era la espe... espel... no me acuerdo. Algo que significa 

explorar cuevas. 

Así que estábamos en aquella cueva de los Berkshires, pasando el fin de semana 

dentro, explorando, para hacer un mapa y localizar el sitio donde nacía el río 

subterráneo. Llevábamos comida y toda clase de material, y sacos de dormir. La 

brújula que teníamos se descontroló durante veinte minutos. Y eso debería 

habernos dado una pista de lo que pasaba, pero Gil se puso a hablar de minerales 

magnéticos y cosas por el estilo. Pero claro, cuando salimos el domingo por la 

noche, lo que vimos nos asustó de veras. Gil se dio cuenta inmediatamente de lo 

que pasaba. "Dios mío, Jim" dijo, "lo hicieron, tal como todos temíamos. Se han 

ido todos al infierno con las radiaciones y los gases, y lo mejor es que volvamos a 

esa maldita cueva hasta que esto se despeje". 

Así que volvimos a la cueva y racionamos la comida y nos quedamos allí todo el 

tiempo que pudimos. Por fin, salimos y volvimos a New Haven. Estaba muerto 

como todo lo demás. Gil montó un receptor de radio e intentó captar algún 

mensaje. Nada. Luego cogimos una buena provisión de latas y fuimos a hacer un 

recorrido; Bridgeport, Waterbury, Hartford, Sprinfield, Providence, New London... 

dimos una gran vuelta. Nadie. Nada. Así que volvimos a New Haven y nos 

acomodamos allí. Una vida muy agradable. 

Durante el día, recogíamos provisiones y arreglábamos la casa, por la noche, 

después de cenar, Gil se iba a la televisión y hacia las siete empezaba el 

programa. Utilizaba los generadores de emergencia. Yo me iba al bar, lo abría 

barría y limpiaba un poco y luego encendía el televisor. Gil me adaptó un 

generador para que funcionase. 

Era muy divertido ver los programas que emitía Gil. Empezaba con las noticias y el 

tiempo. Se equivocaba siempre con el tiempo. No tenía más que unos cuantos 




calendarios agrícolas y una especie de barómetro antiguo que se parecía a ese 

reloj que tienes tú en la pared. No creo que funcionase nada bien, o puede que a 

Gil no le enseñasen lo del tiempo en la universidad. Luego emitía el programa de 

noche. 

Yo tenía siempre mi revólver en el bar por los atracos. Cuando veía algo que me 

fastidiaba, sacaba el revólver y me cargaba el televisor. Luego lo tiraba allí mismo 

en la acera, a la puerta del bar, y ponía otro. Tenía centenares de aparatos de 

reserva. Dedicaba dos días a la semana a recoger aparatos. 

A media noche, Gil dejaba de emitir, yo cerraba el restaurante y nos 

encontrábamos en casa a tomar café Gil me preguntaba cuántos aparatos habia 

roto y cuando se lo decía se echaba a reír. Me decía que yo era la encuesta de 

televisión más exacta que se había inventado. Luego le preguntaba qué programa 

haría a la semana siguiente y discutía con él sobre... bueno... sobre las películas o 

los partidos de fútbol que la emisora tenia programados. A mi no me gustaban 

gran cosa las películas del Oeste, ni los debates públicos sobre temas elevados. 

Pero la suerte se volvió en mi contra, siempre me pasa igual. Al cabo de un par de 

años, me encontré con que sólo me quedaba un televisor, y entonces empezó el 

problema. Aquella noche Gil pasó una de esas series de anuncios publicitarios en 

los que una sabihonda salva un matrimonio con el jabón de lavar adecuado. 

Naturalmente, cogí el revólver y sólo en el último instante recordé que no debía 

disparar. Luego emitió una película espantosa sobre un compositor 

incomprendido, y me pasó lo mismo. Cuando nos encontramos después en casa, 

yo estaba desquiciado. 

"¿Qué pasa?", me preguntó Gil. 

Se lo dije. 

"Yo creí que te gustarían los programas", dijo. 

"Sólo cuando puedo liarme a tiros con ellos." 

"Pobre infeliz", dijo riéndose. "Ahora eres un espectador encadenado." 

"Gil, dada la situación en que me encuentro, ¿No podrías cambiar los programas?" 

"Sé razonable, Jim. La emisora tiene que tener programas variados. Operamos en 

la misma base que las cafeterías: algo para todos. Si no te gusta un programa, 

¿Por qué no cambias de canal?" 

"No digas tonterías. Sabes muy bien que en New Haven sólo tenemos un canal." 

"Entonces apaga el aparato." 




"No puedo apagar el aparato del bar, es parte del servicio. Perdería toda mi 

clientela. Gil, por qué tienes que pasar películas tan espantosas, como ese 

musical de guerra de noche en el que aparecen cantando y bailando y besándose 

encima de los tanques? Por amor de Dios." 

"A las mujeres les encantan las películas de uniformes." 

"Y esos anuncios publicitarios; mujeres en faja, hadas fumando cigarrillos y..." 

"Bueno", dijo Gil, "escribe una carta a la emisora." 

Así lo hice, y al cabo de una semana llegó la respuesta. Decía así: 

Querido señor Mayo: 

Nos complace saber que es usted espectador habitual de nuestra emisora, y le 

agradecemos su interés por nuestra programación. Esperamos que continúe 

disfrutando de nuestras emisiones. 

Sinceramente suyo, 

Gitbert . Watkins, director. 

Adjuntamos un par de entradas para un espectáculo de cara al público. 

Le enseñé la carta a Gil y se encogió de hombros. 

"Ya ves con lo que te enfrentas, Jim", dijo, "no les importan nada tus gustos. Lo 

único que quieren saber es si ves los programas o no." 

Te aseguro que el par de meses siguientes fueron para mí un infierno. No podía 

apagar el aparato, y no podía ver el programa sin lanzarme a coger el revólver una 

docena de veces por noche. Necesité toda mi fuerza de voluntad para no apretar 

el gatillo. Tan nervioso y excitado llegué a estar que me di cuenta de que tenía que 

hacer algo para no volverme loco. Así que una noche llevé el revólver a casa y 

maté a Gil. 

Al día siguiente me sentía mucho mejor, y cuando bajé al bar a las siete en punto 

para limpiar, fui silbando alegremente. Barrí el restaurante, limpié el bar, y luego 

encendí el televisor para oír las noticias v el parte meteorológico. No te lo creerás, 

pero el aparato estaba averiado. No salía ni una imagen, ni un sonido. Mi último 

aparato estropeado. Y por eso tuve que salir hacia el sur (explicó Mayo)... Para 

localizar un reparador de televisores. 

Hubo una larga pausa cuando Mayo concluyó su relato. 

Linda le observó atentamente, intentando ocultar el brillo de sus ojos. Al fin le 

preguntó con fingida indiferencia. 

—¿Y dónde consiguió el barómetro? 




—¿Quién? ¿Qué? 

—Tu amigo Gil. Su barómetro antiguo. ¿Dónde lo consiguió? 

—Bueno, no sé. Las antigüedades era otra de sus aficiones. 

—¿Y se parecía a este reloj? 

—Era igual. 

—¿Era francés? 

—No sé. 

—¿De bronce? 

—Creo que sí. Como tu reloj. ¿Es de bronce tu reloj? 

—¿En forma de sol? 

—No, como el tuyo. 

—El mío tiene forma de sol. ¿Del mismo tamaño? 

—Exactamente. 

—¿Dónde estaba? 

—¿No te lo dije? En nuestra casa. 

—¿Y dónde está la casa? 

—En la calle Grant. 

—¿Qué número? 

—Trescientos quince. Oye, ¿Por qué me preguntas todo? 

—Por nada, Jim. Pura curiosidad. No te enfades. Creo que será mejor que 

recojamos las cosas de la excursión. 

—¿No te importa que dé un paseo solo? 

Ella le miró de reojo. 

—¿No intentarás irte solo en un coche? Los mecánicos de automóvil escasean 

aún más que los reparadores de televisión. 




Él sonrió y desapareció; pero después de la cena, reveló el auténtico motivo de su 

desaparición sacando una hoja pautada de música, la colocó sobre el piano y 

condujo a Linda hasta el taburete de éste. Linda se sintió emocionada y 

conmovida. 

—¡Jim, eres un ángel! ¿Dónde lo encontraste? 

—En una casa de apartamentos que hay al otro lado de la calle, en la cuarta 

planta, al fondo. El apartamento de un tal Horowitz. Hay un montón de discos 

también. Te aseguro que fue todo un número buscar allí en la oscuridad, sólo con 

cerillas. Sabes una cosa curiosa: toda la parte superior de la casa está llena de 

pasta. 

—¿Pasta? 

—Sí. Una especie de gelatina blanca, sólo que dura. Como hormigón claro. 

Bueno, mira, ¿ves esta nota? Es do. Corresponde a esta tecla blanca de aquí. Es 

mejor que nos sentemos juntos. Ven... 

La lección se prolongó durante dos horas de penosa concentración, y los dejó tan 

exhaustos que se fueron a sus habitaciones al final, con sólo un buenas noches 

protocolario. 

—Jim—dijo Linda. 

—¿Sí?—dijo él con un bostezo. 

—¿Quieres llevarte una de mis muñecas a tu cama? 
—No, gracias, Linda, a los chicos no nos interesan las muñecas. 
—Ya me lo imagino. Bueno. Mañana te daré algo que realmente interesa a los 
chicos. 
A la mañana siguiente despertó a Mayo una llamada en la puerta. Se incorporó en 
la cama y abrió trabajosamente los ojos.
—¿Sí? ¿Quién es?—preguntó. 
—Soy yo, Linda. ¿Puedo entrar? 
Él miró a su alrededor precipitadamente. La habitación estaba ordenada. La 
alfombra limpia. El valioso cobertor de algodón cuidadosamente plegado encima
del armario. 
—Sí, entra. 
Linda entró. Vestía un traje de lino a rayas. Se sentó al borde de la cama y dio a 
Mayo una palmada amistosa. 
—Buenos días—dijo—. Escucha, tengo que salir por unas horas yo sola. He de 
hacer unas cosas. Te he dejado el desayuno en la mesa, pero volveré a tiempo 
para la comida, ¿De acuerdo? 
—¡Cómo no! 
—¿No te sentirás solo? 
—¿Adónde vas? 
—Ya te lo diré cuando vuelva. 
Se levantó y le dio otra palmada en la cabeza. 
—Se buen chico y no hagas nada malo.Ah, otra cosa. No entres en mi dormitorio. 
—¿Por qué iba a hacerlo? 
—Bueno, tú no entres. 
Y después de decir esto, sonrió y se fue. 
Momentos después, Mayo oyó el jeep arrancar y alejarse Se levantó 
inmediatamente, entró en el dormitorio de Linda y miró a su alrededor. La 
habitación estaba limpia y ordenada como siempre. La cama estaba hecha y las 
muñecas amorosamente colocadas sobre el cobertor. Entonces lo vio. 
—Oh—exclamó. 
Era un modelo de clipper. Todo estaba intacto salvo el casco, algo despintado, y 
las velas rotas. Estaba ante el armario e Linda, al lado del cesto de costura. 
Linda había cortado ya una nueva serie de velas blancas de lino. Mayo se arrodilló 
ante el modelo y lo acarició tiernamente 
—Lo pintaré de negro con una línea dorada todo alrededor —murmuró—. Y le 
llamaré el Linda N. 
Tan conmovido estaba que apenas desayunó. Se bañó, se vistió, cogió su revólver 
y un puñado de balas y fue a dar una vuelta por el parque. Hizo un círculo en 
dirección al sur, pasó junto los campos de juego, el carrusel en ruinas y la 
desmoronada pista de patinaje sobre hielo, y por fin abandonó el parque y enfiló 
Séptima Avenida abajo. 
En la Calle Cincuenta giró hacia el este y estuvo un rato intentando descifrar los 
destrozados carteles que anunciaban la última actuación en el Radio City Music 
Hall. Luego giró de nuevo hacia el sur. Un súbito estruendo de acero le hizo 
detenerse. Era como el chocar de gigantescas hojas de espadas en un titánico
duelo. Una pequeña manada de asustados caballos irrumpió por un lado de la 
calle. Los animales estaban aterrados por el ruido. Sus cascos sin herraduras 
producían un rumor apagado en el pavimento. El estruendo de acero se detuvo. 
—De ahí lo sacó el cuclillo—murmuró Mayo—. ¿Pero qué demonios será eso? 
Se encaminó hacia el este para investigar, pero se olvidó de aquel misterio cuando 
vio los diamantes. Las piedras blanquiazules le dejaron pasmado. La puerta de la 
joyería estaba abierta y Mayo entró. Cuando salió llevaba un collar de perlas 
auténticas que le había costado tanto como un año de alquiler de su bar. 
Su paseo le llevó hasta Madison Avenue, donde se encontró frente a 
Abercrombrie & Fitch. Entró a explorar y dio al fin con la sección de armas. Allí 
perdió la noción de tiempo, y cuando volvió en sí, caminaba Quinta Avenida arriba 
hacia el estanque. Llevaba en brazos, como si fuese un niño, un rifle automático 
italiano Cosmi, al lado del corazón, y una factura que decía: Rifle Cosmi, 
setecientos cincuenta dólares; seis cajas de municiones, dieciocho dólares, James
Mayo. 
Pasaba de las tres cuando volvió a casa. Entró intentando serenarse y parecer 
tranquilo, y con la esperanza de que el rifle que llevaba pasase inadvertido. Linda 
estaba sentada en el taburete del piano, dándole la espalda. 
—Hola—dijo Mayo nervioso—. Perdona que me haya retrasado. Es que... Te 
compré un regalo. Son auténticas. 
Sacó las perlas del bolsillo y se las entregó. Entonces vio que ella estaba llorando. 
—¿Pero qué te pasa? 
Ella no contestó. 
—¿No te asustarías pensando que me había ido? Bueno, todas mis cosas están 
aquí. Y el coche también. Sólo tenías que mirar—. Ella se volvió. 
—¡Te odio! —gritó. 
Él dejó caer las perlas y retrocedió, sorprendido por aquella furia. 
—¿Pero qué pasa? 
—¡Eres un mentiroso, un farsante! 
—¿Quién, yo? 
—Fui hasta New Haven esta mañana—su voz temblaba de furia—. No hay ni una 
sola casa en pie en la calle Grant. Todo está barrido. Ni emisora de televisión, ha 
desaparecido el edificio. 
—No. 
—Sí. 
—Y fui a tu restaurante. No hay montones de aparatos de televisión en la calle, a 
la entrada. Sólo hay un aparato, en el bar Todo oxidado. El resto del restaurante 
parece una pocilga Estuviste viviendo alí todo este tiempo. Solo. Solo había una 
cama al fondo. ¡Todo es mentira! ¡Sólo mentiras! 
—¿Por qué iba a mentirte en una cosa así? 
—Tú nunca mataste a Gil Watkins. 
—Claro que sí. Estoy seguro. 
—Y no tienes ningún aparato de televisión que reparar. 
—Sí que lo tengo. 
—Y aunque te lo reparasen, no hay ninguna emisora con la que conectar. 
—No digas tonterías —dijo él enfurecido—. ¿Por qué iba a matar yo a Gil si no 
hubiese ninguna emisión? 
—Si está muerto como dices, ¿Cómo iba a poder emitir? 
—¿Ves? Y acabas de decirme que yo no lo maté. 
—¡Oh, tú estás loco! ¡Estás chiflado!—dijo ella, sollozando—. Me hablaste de ese 
barómetro porque estabas mirando mi reloj. Y yo me creí tus absurdas mentiras. Y 
estaba emocionada con ese barómetro que haría juego con mi reloj. Llevaba años 
buscándolo.—Corrió hasta la pared y martilleó con el puño junto al reloj—. Su sitio 
es exactamente éste. Aquí. Pero tú me engañaste, chiflado. Nunca hubo tal 
barómetro. 
—Si hay algún lunático aquí eres tú—gritó él—. Estás tan loca por decorar esta 
casa que eso es para ti lo único real. 
Ella cruzó corriendo la habitación, saó su viejo revólver y le apuntó con él. 
—Sal de aquí ahora mismo. En este mismo instante. Si no te largas te mato. No 
quiero verte más—. El revólver se disparó de pronto, haciéndola retroceder, y la 
bala fue a dar sobre la cabeza de Mayo, en la estantería del rincón. Hubo un 
estruendo de porcelana rota. Linda palideció. 
—¡Jim! Dios mío. ¿Estás bien? Yo no quería... se me escapó. .. 
Él avanzó hacia ella, demasiado furioso para hablar. Luego, cuando ya alzaba la 
mano para aplastarla, llegó un sonido lejano: BLAM-BLAM-BLAM. 
Mayo quedó paralizado. 
—¿Oíste eso?—murmuró. 
Linda asintió. 
—Eso no fue ningún accidente. Fue una señal. 
Mayo cogió su rifle, corrió fuera y disparó al aire. Hubo una pausa. Luego volvieron 
a oírse las explosiones lejanas en un trío uniforme, BLAM-BLAM-BLAM. Era un 
extraño ruido absorbente, como si se tratase de implosiones más que de 
explosiones. Al fondo del parque se elevó en el cielo una bandada de pájaros 
asustados. 
—Hay alguien—exclamó Mayo—. Dios mío, te dije que encontraría a alguien. 
Vamos. 
Corrieron hacia el norte. Mayo hurgando en sus bolsillos para buscar más balas 
con las que cargar de nuevo el rifle y hacer otra señal. 
—Tengo que agradecerte ese disparo que hiciste contra mí, Linda. 
—Yo no disparé contra ti—protestó ella—. Fue un accidente. 
—El accidente más afortunado del mundo. Podrían haber pasado de largo sin 
saber que estábamos aquí. Pero, ¿Qué clase de armas utilizarán? Nunca en mi 
vida oí disparos como ésos, y he oído muchos. Espera un minuto. 
En la placita que quedaba antes del monumento del País de las Maravillas, Mayo 
se detuvo y alzó el rifle para disparar. Luego lo bajó lentamente. Lanzó un 
profundo suspiro.
—Da la vuelta —dijo con voz áspera—. Volvemos a casa.—La hizo volverse hacia 
elur. 
Ella le miró asombrada. En un instante, había pasado de ser un suave osito de 
felpa a convertirse en una pantera. 
—Jim, ¿Qué pas
—Estoy asustado —murmuró él—. Muy asustado. Y no quiero que lo estés tú 
también—sonó de nuevo la triple salva—. No prestes atención—ordenó—. 
Volvemos a casa. ¡Vamos! 
Ella se negó a moverse. 
—Pero, ¿Por qué? ¿Por qué? 
—No tenemos nada en común con ellos. Puedes creerme. 
—¿Cómo lo sabes? Explícate. 
—¡Demonios! No te convencerás hasta que lo veas, ¿verdad? Muy bien. ¿Quieres 
conocer la explicación del olor a abejas  y de los edificios cayendo y de todo lo 
demás? 
Hizo volverse a Linda cogiéndola del cuello, y dirigiendo su mirada hacia el 
monumento del País de las Maravillas. 
—Adelante—dijo—. Mira. 
Un consumado artesano había quitado las cabezas de Alicia, el Sombrero Loco 
la Liebre de Marzo sustituyéndolas por grandes cabezas de mantis, con aceradas 
mandíbulas antenas y ojos facetados. Eran de un acero pulido y brillaban con 
indescriptible ferocidad. Linda lanzó un gemido y se desplomó en los brazos de 
Mayo. La triple señal resonó una vez más. 
Mayo cogió a Linda, se la echó al hombro y corrió hacia el estanque. Ella recobró 
la conciencia un instante y empezó a gemir. 
—Cállate—gruñó él—. No se adelanta nada llorando. 
Junto a la casa la depositó de nuevo en el suelo. Linda temblaba y se estremecía, 
pero procuraba controlarse.
—¿Había contras en las ventanas cuando te trasladaste aquí? ¿Dónde están?
—Guardadas—hablaba trabajosamente—. Detrás del enrejado.
—Yo las traeré. Llena cubos con agua y almacénalos en la cocina. 
—¿Habrá un asedio? 
—Ya hablaremos luego. Deprisa. 
Linda llenó cubos y luego ayudó a Mayo a colocar la última de las contra
—Está bien, vamos dentro—ordenó él. 
Entraron en la casa; cerraron y trancaron la puerta. Lánguidos rayos del último sol 
de la tarde se filtraban entre las rendijas de las contras. Mayo comenzó a 
desempaquetar las balas del rifle Cosmi. 
—¿Tienes algún tipo d
—Un revólver del veintidós por algún sitio. 
—¿Municiones? 
—Creo que sí. 
—Búscalo todo. 
—¿Habrá un asedio?—repitió ella. 
—No lo sé. No sé quiénes son, ni lo que son, ni de dónde vienen. Lo único que sé 
es que tenemos que prepararnos para lo peor. 
Volvieron a sonar las mismas explosiones lejanas. Mayo escuchaba atentamente. 
Linda veía ahora en la penumbra con más claridad. Tenía la cara afilada. El pecho 
cubierto de sudor. Exhalaba el aroma dulzón de los leones enjaulados. Linda sintió 
un incontenible deseo de acariciarle. Mayo cargó el rifle, lo colocó junto al revólver 
y empezó a recorrer ventana tras ventana atisbando atento entre las contras, 
esperando con inmensa paciencia. 
—¿Darán con nosotros?—preguntó Linda. 
—Quizás. 
—¿Crees que serán amigos?
—Puede.
—Aquellas cabezas eran horribles. 
—Sí. 
—Jim, tengo miedo. Nunca he tenido tanto miedo en mi vida. 
—No te lo reprocho. 
—¿Cuánto tardaremos en saber? 
—Una hora, si son amigos, dos o tres si no lo son. 
—¿Por... por qué tanto?
—Si buscan pelea, serán más cautos. 
—Jim, ¿Qué piensas realmente? 
—¿Sobre qué? 
—Sobre nuestras posibilidades. 
—¿Quieres saberlo de veras? 
—Por favor. 
—Estamos muertos. 
Ella empezó a llorar. Él la zarandeó furioso. 
—No sigas. Ten preparado el revólver. 
Ella cruzó el salón, vio las perlas que Mayo había dejado caer y las recogió. 
Estaba tan desconcertada que se puso el collar automáticamente. Luego entró en 
su dormitorio a oscuras y sacó el modelo de yate de Mayo. Localizó el revólver en 
una sombrerera en el armario, cogió también una cajita con balas. 
Comprendió que su vestido no era apropiado para la ocasión. Sacó del armario un 
jersey de cuello vuelto, pantalones de montar y botas. Luego se desnudó para 
cambiarse. Cuando levantaba los brazos para soltarse el collar, entró Mayo, se 
dirigió a la ventana que daba al sury atisbó. Cuando se volvió la vio. 
Se quedó inmóvil. Ella no pudo moverse. Con los ojos cerrados comenzó a 
temblar, intentando taparse con los brazos. Él avanzó hacia ella, tropezó con el 
modelo de yate, lo apartó de una patada. Al instante siguiente, había tomado 
posesión de su cuerpo y las perlas saltaron también. Mientras se arrojaba con él a 
la cama, rasgándole ferozmente la camisa, sus muñecas cayeron también en 
confuso montón, con el yate, las perlas y el resto del mundo. 
FIN 

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