BLOOD

william hill

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martes, 28 de febrero de 2012

FICCIONES BORGES



FICCIONES

BORGES












El jardín de senderos que se bifurcan 
(1941) 


Tlön, Uqbar, Orbis Tertius

I

Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. El

espejo inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona, en Ramos

Mejía; la enciclopedia falazmente se llama The Anglo American Cyclopaedia (Nueva York,

1917) y es una reimpresión literal, pero también morosa, de la Encyclopaedia Britannica

de 1902. El hecho se produjo hará unos cinco años. Bioy Casares había cenado conmigo

esa noche y nos demoró una vasta polémica sobre la ejecución de una novela en primera

persona, cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en diversas

contradicciones, que permitieran a unos pocos lectores -a muy pocos lectores- la

adivinación de una realidad atroz o banal. Desde el fondo remoto del corredor, el espejo

nos acechaba. Descubrimos (en la alta noche ese descubrimiento es inevitable) que los

espejos tienen algo monstruoso. Entonces Bioy Casares recordó que uno de los

heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables,

porque multiplican el número de los hombres. Le pregunté el origen de esa memorable

sentencia y me contestó que The Anglo American Cyclopaedia la registraba, en su

artículo sobre Uqbar. La quinta (que habíamos alquilado amueblada) poseía un ejemplar

de esa obra. En las últimas páginas del volumen XLVI dimos con un artículo sobre Upsala;

en las primeras del XLVII, con uno sobre Ural-Altaic Languages, pero ni una palabra

sobre Uqbar. Bioy, un poco azorado, interrogó los tomos del índice. Agotó en vano todas

las lecciones imaginables: Ukbar, Ucbar, Ooqbar, Ookbar, Oukbahr... Antes de irse, me

dijo que era una región del Irak o del Asia Menor. Confieso que asentí con alguna

incomodidad. Conjeturé que ese país indocumentado y ese heresiarca anónimo eran una

ficción improvisada por la modestia de Bioy para justificar una frase. El examen estéril de

uno de los atlas de Justus Perthes fortaleció mi duda.

Al día siguiente, Bioy me llamó desde Buenos Aires. Me dijo que tenía a la vista el

artículo sobre Uqbar, en el volumen XLVI de la Enciclopedia. No constaba el nombre del

heresiarca, pero sí la noticia de su doctrina, formulada en palabras casi idénticas a las

repetidas por él, aunque -tal vez- literariamente inferiores. Él había recordado:

Copulation and mirrors are abominable. El texto de la Enciclopedia decía: «Para uno de

esos gnósticos, el visible universo era una ilusión o (más precisamente) un sofisma. Los

espejos y la paternidad son abominables (mirrors and fatherhood are abominable)

porque lo multiplican y lo divulgan». Le dije, sin faltar a la verdad, que me gustaría ver

ese artículo. A los pocos días lo trajo. Lo cual me sorprendió, porque los escrupulosos

índices cartográficos de la Erdkunde de Ritter ignoraban con plenitud el nombre de

Uqbar.

El volumen que trajo Bioy era efectivamente el XLVI de la Anglo-American

Cyclopaedia. En la falsa carátula y en el lomo, la indicación alfabética (Tor-Ups) era la de

nuestro ejemplar, pero en vez de 917 páginas constaba de 921. Esas cuatro páginas

adicionales comprendían el artículo sobre Uqbar; no previsto (como habrá advertido el

lector) por la indicación alfabética. Comprobamos después que no hay otra diferencia

entre los volúmenes. Los dos (según creo haber indicado) son reimpresiones de la décima

Encyclopaedia Britannica. Bioy había adquirido su ejemplar en uno de tantos remates.

Leímos con algún cuidado el artículo. El pasaje recordado por Bioy era tal vez el único

sorprendente. El resto parecía muy verosímil, muy ajustado al tono general de la obra y

(como es natural) un poco aburrido. Releyéndolo, descubrimos bajo su rigurosa escritura

una fundamental vaguedad. De los catorce nombres que figuraban en la parte geográfica,

sólo reconocimos tres -Jorasán, Armenia, Erzerum-, interpolados en el texto de un modo

ambiguo. De los nombres históricos, uno solo: el impostor Esmerdis el mago, invocado

más bien como una metáfora. La nota parecía precisar las fronteras de Uqbar, pero sus

nebulosos puntos de referencia eran ríos y cráteres y cadenas de esa misma región.

Leímos, verbigracia, que las tierras bajas de Tsai Jaldún y el delta del Axa definen la

frontera del sur y que en las islas de ese delta procrean los caballos salvajes. Eso, al

principio de la página 918. En la sección histórica (página 920) supimos que a raíz de las

persecuciones religiosas del siglo XIII, los ortodoxos buscaron amparo en las islas, donde

perduran todavía sus obeliscos y donde no es raro exhumar sus espejos de piedra. La

sección «Idioma y literatura» era breve. Un solo rasgo memorable: anotaba que la

literatura de Uqbar era de carácter fantástico y que sus epopeyas y sus leyendas no se

referían jamás a la realidad, sino a las dos regiones imaginarias de Mlejnas y de Tlön... La

bibliografía enumeraba cuatro volúmenes que no hemos encontrado hasta ahora, aunque

el tercero -Silas Haslam: Hystory of the Land Called Uqbar, 1874- figura en los catálogos

de librería de Bernard Quaritch1. El primero, Lesbare und lesenswerthe Bemerkungen

über das Land Ukkbar in Klein-Asien, data de 1641 y es obra de Johannes Valentinus

Andreä. El hecho es significativo; un par de años después, di con ese nombre en las

inesperadas páginas de De Quincey (Writings, decimotercer volumen) y supe que era el

de un teólogo alemán que a principios del siglo XVII describió la imaginaria comunidad de

la Rosa-Cruz -que otros luego fundaron, a imitación de lo prefigurado por él.

Esta noche visitamos la Biblioteca Nacional. En vano fatigamos atlas, catálogos, anuarios

de sociedades geográficas, memorias de viajeros e historiadores: nadie había estado

nunca en Uqbar. El índice general de la enciclopedia de Bioy tampoco registraba ese

nombre. Al día siguiente, Carlos Mastronardi (a quien yo había referido el asunto) advirtió

en una librería de Corrientes y Talcahuano los negros y dorados lomos de la Anglo

American Cyclopaedia... Entró e interrogó el volumen XLVI. Naturalmente, no dio con el

menor indicio de Uqbar.

II

Algún recuerdo limitado y menguante de Herbert Ashe, ingeniero de los ferrocarriles del

Sur, persiste en el hotel de Adrogué, entre las efusivas madreselvas y en el fondo ilusorio

de los espejos. En vida padeció de irrealidad, como tantos ingleses; muerto, no es

siquiera el fantasma que ya era entonces. Era alto y desganado y su cansada barba

rectangular había sido roja. Entiendo que era viudo, sin hijos. Cada tantos años iba a

Inglaterra: a visitar (juzgo por unas fotografías que nos mostró) un reloj de sol y unos

robles. Mi padre había estrechado con él (el verbo es excesivo) una de esas amistades

inglesas que empiezan por excluir la confidencia y que muy pronto omiten el diálogo.

Solían ejercer un intercambio de libros y de periódicos; solían batirse al ajedrez,

1 Haslam ha publicado también A General History of Labyrinths.

taciturnamente... Lo recuerdo en el corredor del hotel, con un libro de matemáticas en la

mano, mirando a veces los colores irrecuperables del cielo. Una tarde, hablamos del

sistema duodecimal de numeración (en el que doce se escribe 10). Ashe dijo que

precisamente estaba trasladando no sé qué tablas duodecimales a sexagesimales (en las

que sesenta se escribe 10). Agregó que ese trabajo le había sido encargado por un

noruego: en Rio Grande do Sul. Ocho años que lo conocíamos y no había mencionado

nunca su estadía en esa región... Hablamos de vida pastoril, de capangas, de la

etimología brasilera de la palabra gaucho (que algunos viejos orientales todavía

pronuncian gaúcho) y nada más se dijo -Dios me perdone- de funciones duodecimales. En

septiembre de 1937 (no estábamos nosotros en el hotel) Herbert Ashe murió de la rotura

de un aneurisma. Días antes, había recibido del Brasil un paquete sellado y certificado.

Era un libro en octavo mayor. Ashe lo dejó en el bar, donde -meses después- lo encontré.

Me puse a hojearlo y sentí un vértigo asombrado y ligero que no describiré, porque ésta

no es la historia de mis emociones sino de Uqbar y Tlön y Orbis Tertius. En una noche del

Islam que se llama la Noche de las Noches se abren de par en par las secretas puertas del

cielo y es más dulce el agua en los cántaros; si esas puertas se abrieran, no sentiría lo

que en esa tarde sentí. El libro estaba redactado en inglés y lo integraban 1001 páginas.

En el amarillo lomo de cuero leí estas curiosas palabras que la falsa carátula repetía: A

First Encyclopaedia of Tlön. Vol XI. Hlaer to jangr. No había indicación de fecha ni de

lugar. En la primera página y en una hoja de papel de seda que cubría una de las láminas

en colores había estampado un óvalo azul con esta inscripción: Orbis Tertius. Hacía dos

años que yo había descubierto en un tomo de cierta enciclopedia pirática una somera

descripción de un falso país; ahora me deparaba el azar algo más precioso y más arduo.

Ahora tenía en las manos un vasto fragmento metódico de la historia total de un planeta

desconocido, con sus arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el

rumor de sus lenguas, con sus emperadores y sus mares, con sus minerales y sus pájaros

y sus peces, con su álgebra y su fuego, con su controversia teológica y metafísica. Todo

ello articulado, coherente, sin visible propósito doctrinal o tono paródico.

En el onceno tomo de que hablo hay alusiones a tomos ulteriores y precedentes. Néstor

Ibarra, en un artículo ya clásico de la NRF, ha negado que existen esos aláteres; Ezequiel

Martínez Estrada y Drieu la Rochelle han refutado, quizá victoriosamente, esa duda. El

hecho es que hasta ahora las pesquisas más diligentes han sido estériles. En vano hemos

desordenado las bibliotecas de las dos Américas y de Europa. Alfonso Reyes, harto de

esas fatigas subalternas de índole policial, propone que entre todos acometamos la obra

de reconstruir los muchos y macizos tomos que faltan: ex ungue leonem. Calcula, entre

veras y burlas, que una generación de tlönistas puede bastar. Ese arriesgado cómputo

nos retrae al problema fundamental: ¿Quiénes inventaron a Tlön? El plural es inevitable,

porque la hipótesis de un solo inventor -de un infinito Leibniz obrando en la tiniebla y en

la modestia- ha sido descartada unánimemente. Se conjetura que este brave new world

es obra de una sociedad secreta de astrónomos, de biólogos, de ingenieros, de

metafísicos, de poetas, de químicos, de algebristas, de moralistas, de pintores, de

geómetras... dirigidos por un oscuro hombre de genio. Abundan individuos que dominan

esas disciplinas diversas, pero no los capaces de invención y menos los capaces de

subordinar la invención a un riguroso plan sistemático. Ese plan es tan vasto que la

contribución de cada escritor es infinitesimal. Al principio se creyó que Tlön era un mero

caos, una irresponsable licencia de la imaginación; ahora se sabe que es un cosmos y las

íntimas leyes que lo rigen han sido formuladas, siquiera en modo provisional. Básteme

recordar que las contradicciones aparentes del onceno tomo son la piedra fundamental de

la prueba de que existen los otros: tan lúcido y tan justo es el orden que se ha observado

en él. Las revistas populares han divulgado, con perdonable exceso la zoología y la

topografía de Tlön; yo pienso que sus tigres transparentes y sus torres de sangre no

merecen, tal vez, la continua atención de todos los hombres. Yo me atrevo a pedir unos

minutos para su concepto del universo.

Hume notó para siempre que los argumentos de Berkeley no admitían la menor réplica

y no causaban la menor convicción. Ese dictamen es del todo verídico en su aplicación a la

tierra; del todo falso en Tlön. Las naciones de ese planeta son –congénitamenteidealistas.

Su lenguaje y las derivaciones de su lenguaje -la religión, las letras, la

metafísica- presuponen el idealismo. El mundo para ellos no es un concurso de objetos en

el espacio; es una serie heterogénea de actos independientes. Es sucesivo, temporal, no

espacial. No hay sustantivos en la conjetural Ursprache de Tlön, de la que proceden los

idiomas «actuales» y los dialectos: hay verbos impersonales, calificados por sufijos (o

prefijos) monosilábicos de valor adverbial. Por ejemplo: no hay palabra que corresponda a

la palabra luna, pero hay un verbo que sería en español lunecer o lunar. «Surgió la luna

sobre el río» se dice «hlör u fang axaxaxas mlö» o sea en su orden: «hacia arriba

(upward) detrás duradero-fluir luneció». (Xul Solar traduce con brevedad: «upa tras

perfluyue lunó». «Upward, behind the onstreaming, it mooned.»)

Lo anterior se refiere a los idiomas del hemisferio austral. En los del hemisferio boreal

(de cuya Ursprache hay muy pocos datos en el onceno tomo) la célula primordial no es el

verbo, sino el adjetivo monosilábico. El sustantivo se forma por acumulación de adjetivos.

No se dice luna: se dice aéreo-claro sobre oscuro-redondo o anaranjado-tenue-del cielo o

cualquier otra agregación. En el caso elegido la masa de adjetivos corresponde a un

objeto real; el hecho es puramente fortuito. En la literatura de este hemisferio (como en

el mundo subsistente de Meinong) abundan los objetos ideales, convocados y disueltos en

un momento, según las necesidades poéticas. Los determina, a veces, la mera

simultaneidad. Hay objetos compuestos de dos términos, uno de carácter visual y otro

auditivo: el color del naciente y el remoto grito de un pájaro. Los hay de muchos: el sol y

el agua contra el pecho del nadador, el vago rosa trémulo que se ve con los ojos cerrados,

la sensación de quien se deja llevar por un río y también por el sueño. Esos objetos de

segundo grado pueden combinarse con otros; el proceso, mediante ciertas abreviaturas,

es prácticamente infinito. Hay poemas famosos compuestos de una sola enorme palabra.

Esta palabra integra un objeto poético creado por el autor. El hecho de que nadie crea en

la realidad de los sustantivos hace, paradójicamente, que sea interminable su número.

Los idiomas del hemisferio boreal de Tlön poseen todos los nombres de las lenguas

indoeuropeas y otros muchos más.

No es exagerado afirmar que la cultura clásica de Tlön comprende una sola disciplina:

la psicología. Las otras están subordinadas a ella. He dicho que los hombres de ese

planeta conciben el universo como una serie de procesos mentales, que no se

desenvuelven en el espacio sino de modo sucesivo en el tiempo. Spinoza atribuye a su

inagotable divinidad los atributos de la extensión y del pensamiento; nadie comprendería

en Tlön la yuxtaposición del primero (que sólo es típico de ciertos estados) y del segundo

-que es un sinónimo perfecto del cosmos-, Dicho sea con otras palabras: no conciben que

lo espacial perdure en el tiempo. La percepción de una humareda en el horizonte y

después del campo incendiado y después del cigarro a medio apagar que produjo la

quemazón es considerada un ejemplo de asociación de ideas.

Este monismo o idealismo total invalida la ciencia. Explicar (o juzgar) un hecho es

unirlo a otro; esa vinculación, en Tlön, es un estado posterior del sujeto, que no puede

afectar o iluminar el estado anterior. Todo estado mental es irreductible: el mero hecho

de nombrarlo -id est, de clasificarlo- importa un falseo. De ello cabría deducir que no hay

ciencias en Tlön -ni siquiera razonamientos. La paradójica verdad es que existen, en casi

innumerable número. Con las filosofías acontece lo que acontece con los sustantivos en el

hemisferio boreal. El hecho de que toda filosofía sea de antemano un juego dialéctico, una

Philosophie des Als Ob, ha contribuido a multiplicarlas. Abundan los sistemas increíbles,

pero de arquitectura agradable o de tipo sensacional. Los metafísicos de Tlön no buscan la

verdad ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro. Juzgan que la metafísica es una

rama de la literatura fantástica. Saben que un sistema no es otra cosa que la

subordinación de todos los aspectos del universo a uno cualquiera de ellos. Hasta la frase

«todos los aspectos» es rechazable, porque supone la imposible -adición del instante

presente y de los pretéritos. Tampoco es lícito el plural «los pretéritos», porque supone

otra operación imposible... Una de las escuelas de Tlön llega a negar el tiempo: razona

que el presente es indefinido, que el futuro no tiene realidad sino como esperanza

presente, que el pasado no tiene realidad sino como recuerdo presente.1 Otra escuela

declara que ha transcurrido ya todo el tiempo y que nuestra vida es apenas el recuerdo o

reflejo crepuscular, y sin duda falseado y mutilado, de un proceso irrecuperable. Otra, que

la historia del universo -y en ellas nuestras vidas y el más tenue detalle de nuestras

vidas- es la escritura que produce un dios subalterno para entenderse con un demonio.

Otra, que el universo es comparable a esas criptografías en las que no valen todos los

símbolos y que sólo es verdad lo que sucede cada trescientas noches. Otra, que mientras

dormimos aquí, estamos despiertos en otro lado y que así cada hombre es dos hombres.

Entre las doctrinas de Tlön, ninguna ha merecido tanto escándalo como el

materialismo. Algunos pensadores lo han formulado, con menos claridad que fervor, como

quien adelanta una paradoja. Para facilitar el entendimiento de esa tesis inconcebible, un

heresiarca del undécimo siglo2 ideó el sofisma de las nueve monedas de cobre, cuyo

renombre escandaloso equivale en Tlön. al de las aporías eleáticas. De ese «razonamiento

especioso» hay muchas versiones, que varían el número de monedas y el número de

hallazgos; he aquí la más común:

El martes, X atraviesa un camino desierto y pierde nueve monedas de cobre.

El jueves, Y encuentra en el camino cuatro monedas, algo herrumbradas por la

lluvia del miércoles. El viernes, Z descubre tres monedas en el camino. El viernes

de mañana, X encuentra dos monedas en el corredor de su casa. El heresiarca

quería deducir de esa historia la realidad -id est la continuidad- de las nueve

monedas recuperadas. Es absurdo (afirmaba) imaginar que cuatro de las

monedas no han existido entre el martes y el jueves, tres entre el martes y la

tarde del viernes, dos entre el martes y la madrugada del viernes. Es lógico

pensar que han existido -siquiera de algún modo secreto, de comprensión vedada

a los hombres- en todos los momentos de esos tres plazos.

El lenguaje de Tlön se resistía a formular esa paradoja; los más no la entendieron. Los

defensores del sentido común se limitaron, al principio, a negar la veracidad de la

anécdota. Repitieron que era una falacia verbal, basada en el empleo temerario de dos

voces neológicas, no autorizadas por el uso y ajenas a todo pensamiento severo: los

1 Russell (The Analysfs of Mind, 1921, página 159) supone que el planeta ha sido creado hace pocos minutos, provisto de

una humanidad que «recuerda» un pasado ilusorio.

2 Siglo, de acuerdo con el sistema duodecimal, significa un período de ciento cuarenta y cuatro años.

verbos encontrar y perder, que comportaban una petición de principio, porque

presuponían la identidad de las nueve primeras monedas y de las últimas. Recordaron que

todo sustantivo (hombre, moneda, jueves, miércoles, lluvia) sólo tiene un valor

metafórico. Denunciaron la pérfida circunstancia algo herrumbradas por la lluvia del

miércoles, que presupone lo que se trata de demostrar: la persistencia de las cuatro

monedas, entre el jueves y el martes. Explicaron que una cosa es igualdad y otra

identidad y formularon una especie de reductio ad absurdum, o sea el caso hipotético de

nueve hombres que en nueve sucesivas noches padecen un vivo dolor. ¿No sería ridículo

-interrogaron- pretender que ese dolor es el mismo?1 Dijeron que al heresiarca no lo

movía sino el blasfematorio propósito de atribuir la divina categoría de ser a unas simples

monedas y que a veces negaba la pluralidad y otras no. Argumentaron: si la igualdad

comporta la identidad, habría que admitir asimismo que las nueve monedas son una sola.

Increíblemente, esas refutaciones no resultaron definitivas. A los cien años de

enunciado el problema, un pensador no menos brillante que el heresiarca pero de

tradición ortodoxa, formuló una hipótesis muy audaz. Esa conjetura feliz afirma que hay

un solo sujeto, que ese sujeto indivisible es cada uno de los seres del universo y que éstos

son los órganos y máscaras de la divinidad. X es Y y es Z. * descubre tres monedas

porque recuerda que se le perdieron a X; X encuentra dos en el corredor porque recuerda

que han sido recuperadas las otras... El onceno tomo deja entender que tres razones

capitales determinaron la victoria total de ese panteísmo idealista. La primera, el repudio

del solipsismo; la segunda, la posibilidad de conservar la base psicológica de las ciencias;

la tercera, la posibilidad de conservar el culto de los dioses. Schopenhauer (el apasionado

y lúcido Schopenhauer) formula una doctrina muy parecida en el primer volumen de

Parerga und Paralipomena.

La geometría de Tlön comprende dos disciplinas algo distintas: la visual y la táctil. La

última corresponde a la nuestra y la subordinan a la primera. La base de la geometría

visual es la superficie, no el punto. Esta geometría desconoce las paralelas y declara que

el hombre que se desplaza modifica las formas que lo circundan. La base de su aritmética

es la noción de números indefinidos. Acentúan la importancia de los conceptos de mayor y

menor, que nuestros matemáticos simbolizan por > y por <. Afirman que la operación de

contar modifica las cantidades y las convierte de indefinidas en definidas. El hecho de que

varios individuos que cuentan una misma cantidad logren un resultado igual, es para los

psicólogos un ejemplo de asociación de ideas o de buen ejercicio de la memoria. Ya

sabemos que en Tlön el sujeto del conocimiento es uno y eterno.

En los hábitos literarios también es todopoderosa la idea de un sujeto único. Es raro

que los libros estén firmados. No existe el concepto del plagio: se ha establecido que

todas las obras son obra de un solo autor, que es intemporal y es anónimo. La crítica

suele inventar autores: elige dos obras disímiles -el Tao Te King y Las mil y una noches,

digamos-, las atribuye a un mismo escritor y luego de termina con probidad la psicología

de ese interesante homme de letres...

También son distintos los libros. Los de ficción abarcan un solo argumento, con todas

las permutaciones imaginables. Los de naturaleza filosófica invariablemente contienen la

tesis y la antítesis, el riguroso pro y el contra de una doctrina. Un libro que no encierra su

contralibro es considerado incompleto.

1 En el día de hoy, una de las iglesias de Tlön. sostiene platónicamente que tal dolor, que tal matiz verdoso del amarillo,

que tal temperatura, que tal sonido, son la única realidad. Todos los hombres, en el vertiginoso instante del coito, son el

mismo hombre. Todos los hombres que repiten una línea de Shakespeáre, son William Shakespeare.

Siglos y siglos de idealismo no han dejado de influir en la realidad. No es infrecuente,

en las regiones más antiguas de Tlön, la duplicación de objetos perdidos. Dos personas

buscan un lápiz; la primera lo encuentra y no dice nada; la segunda encuentra un

segundo lápiz no menos real, pero más-ajustado a su expectativa. Esos objetos

secundarios se llaman hrönir y son, aunque de forma desairada, un poco más largos.

Hasta hace poco los hrönir fueron hijos casuales de la distracción y el olvido. Parece

mentira que su metódica producción cuente apenas cien años, pero así lo declara el

onceno tomo. Los primeros intentos fueron estériles. El modus operandi, sin embargo,

merece recordación. El director de una de las cárceles del estado comunicó a los presos

que en el antiguo lecho de un río había ciertos sepulcros y prometió la libertad a quienes

trajeran un hallazgo importante. Durante los meses que precedieron a la excavación les

mostraron láminas fotográficas de lo que iban a hallar. Ese primer intento probó que la

esperanza y la avidez pueden inhibir; una semana de trabajo con la pala y el pico no logró

exhumar otro hrön que una rueda herrumbrada, de fecha posterior al experimento. Éste

se mantuvo secreto y se repitió después en cuatro colegios. En tres fue casi total el

fracaso; en el cuarto (cuyo director murió casualmente durante las primeras

excavaciones) los discípulos exhumaron -o produjeron- una máscara de oro, una espada

arcaica, dos o tres ánforas de barro y el verdinoso y mutilado torso de un rey con una

inscripción en el pecho que no se ha logrado aún descifrar. Así se descubrió la

improcedencia de testigos que conocieran la naturaleza experimental de la busca... Las

investigaciones en masa producen objetos contradictorios; ahora se prefiere los trabajos

individuales y casi improvisados. La metódica elaboración de hrönir (dice el onceno tomo)

ha prestado servicios prodigiosos a los arqueólogos. Ha permitido interrogar y hasta

modificar el pasado, que ahora no es menos plástico y menos dócil que el porvenir. Hecho

curioso: los hrönir de segundo y tercer grado -los hrönir derivados de otro hrön, los

hrönir derivados del hrön de un hrön- exageran las aberraciones del inicial; los de quinto

son casi uniformes; los de noveno se confunden con los de segundo; en los de undécimo

hay una pureza de líneas que los originales no tienen. El proceso es periódico; el hrön de

duodécimo grado ya empieza a decaer. Más extraño y más puro que todo hrön es a veces

el ur. la cosa producida por sugestión, el objeto educido por la esperanza. La gran

máscara de oro que he mencionado es un ilustre ejemplo.

Las cosas se duplican en Tlön; propenden asimismo a borrarse y a perder los detalles

cuando los olvida la gente. Es clásico el ejemplo de un umbral que perduró mientras lo

visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte. A veces unos pájaros, un

caballo, han salvado las ruinas de un anfiteatro.

1940, Salto Oriental

Posdata de 1947. Reproduzco el artículo anterior tal como apareció en la Antología de

la literatura fantástica, 1940, sin otra escisión que algunas metáforas y que una especie

de resumen burlón que ahora resulta frívolo. Han ocurrido tantas cosas desde esa fecha...

Me limitaré a recordarlas.

En marzo de 1941 se descubrió una carta manuscrita de Gunnar Erfjord en un libro de

Hinton que había sido de Herbert Ashe. El sobre tenía el sello postal de Ouro Preto; la

carta elucidaba enteramente el misterio de Tlön. Su texto corrobora las hipótesis de

Martínez Estrada. A principios del siglo XVII, en una noche de Lucerna o de Londres,

empezó la espléndida historia. Una sociedad secreta y benévola (que entre sus afiliados

tuvo a Dalgarno y después a George Berkeley) surgió para inventar un país. En el vago

programa inicial figuraban los «estudios herméticos», la filantropía y la cábala. De esa

primera época data el curioso libro de Andreä. Al cabo de unos años de conciliábulos y de

síntesis prematuras comprendieron que una generación no bastaba para articular un país.

Resolvieron que cada uno de los maestros que la integraban eligiera un discípulo para la

continuación de la obra. Esa disposición hereditaria prevaleció; después de un hiato de

dos siglos la perseguida fraternidad resurge en América. Hacia 1824, en Memphis

(Tennessee) uno de los afiliados conversa con el ascético millonario Ezra Buckley. Éste lo

deja hablar con algún desdén -y se ríe de la modestia del proyecto-. Le dice que en

América es absurdo inventar un país y le propone la invención de un planeta. A esa

gigantesca idea añade otra, hija de su nihilismo:1 la de guardar en el silencio la empresa

enorme.

Circulaban entonces los veinte tomos de la Encyclopaedía Britannica; Buckley sugiere

una enciclopedia metódica del planeta ilusorio. Les dejará sus cordilleras auríferas, sus

ríos navegables, sus praderas holladas por el toro y por el bisonte, sus negros, sus

prostíbulos y sus dólares, bajo una condición: «La obra no pactará con el impostor

Jesucristo». Buckley descree de Dios, pero quiere demostrar al Dios no existente que los

hombres mortales son capaces de concebir un mundo. Buckley es envenenado en Baton

Rouge en 1828; en 1914 la sociedad remite a sus colaboradores, que son trescientos, el

volumen final de la Primera Enciclopedia de Tlön. La edición es secreta: los cuarenta

volúmenes que comprende (la obra más vasta que han acometido los hombres) serían la

base de otra más minuciosa, redactada no ya en inglés, sino en alguna de las lenguas de

Tlön. Esa revisión de un mundo ilusorio se llama provisoriamente Orbis Tertius y uno de

sus modestos demiurgos fue Herbert Ashe, no sé si como agente de Gunnar Erfjord o

como afiliado. Su recepción de un ejemplar del onceno tomo parece favorecer lo segundo.

Pero ¿y los otros? Hacia 1942 arreciaron los hechos. Recuerdo con singular nitidez uno de

los primeros y me parece que algo sentí de su carácter premonitorio. Ocurrió en un

departamento de la calle Laprida, frente a un claro y alto balcón que miraba el ocaso. La

princesa de Faucigny Lucinge había recibido de Poitiers su vajilla de plata. Del vasto fondo

de un cajón rubricado de sellos internacionales iban saliendo finas cosas inmóviles:

platería de Utrecht y de París con dura fauna heráldica, un samovar. Entre ellas -con un

perceptible y tenue temblor de pájaro dormido- latía misteriosamente una brújula. La

princesa no la reconoció. La aguja azul anhelaba el norte magnético; la caja de metal era

cóncava; las letras de la esfera correspondían a uno de los alfabetos de Tlön. Tal fue la

primera intrusión del mundo fantástico en el mundo real. Un azar que me inquieta hizo

que yo también fuera testigo de la segunda. Ocurrió unos meses después, en la pulpería

de un brasilero, en la Cuchilla Negra. Amorim y yo regresábamos de Sant'Anna. Una

creciente del río Tacuarembó nos obligó a probar (y a sobrellevar) esa rudimentaria

hospitalidad. El pulpero nos acomodó unos catres crujientes en una pieza grande,

entorpecida de barriles y cueros. Nos acostamos, pero no nos dejó dormir hasta el alba la

borrachera de un vecino invisible, que alternaba denuestos inextricables con rachas de

milongas -más bien con rachas de una sola milonga-. Como es de suponer, atribuimos a

la fogosa caña del patrón ese griterío insistente... A la madrugada, el hombre estaba

muerto en el corredor. La aspereza de la voz nos había engañado: era un muchacho

joven. En el delirio se le habían caído del tirador unas cuantas monedas y un cono de

metal reluciente, del diámetro de un dado. En vano un chico trató de recoger ese cono.

Un hombre apenas acertó a levantarlo. Yo lo tuve en la palma de la mano algunos

minutos: recuerdo que su peso era intolerable y que después de retirado el cono, la

1 Buckley era librepensador, fatalista y defensor de la esclavitud.

opresión perduró. También recuerdo el círculo preciso que me grabó en la carne. Esa

evidencia de un objeto muy chico y a la vez pesadísimo dejaba una impresión

desagradable de asco y de miedo. Un paisano propuso que lo tiraran al río correntoso.

Amorim lo adquirió mediante unos pesos. Nadie sabia nada del muerto, salvo «que venía

de la frontera». Esos conos pequeños y muy pesados (hechos de un metal que no es de

este mundo) son imagen de la divinidad, en ciertas religiones de Tlön.

Aquí doy término a la parte personal de mi narración. Lo demás está en la memoria

(cuando no en la esperanza o en el temor) de todos mis lectores. Básteme recordar o

mencionar los hechos subsiguientes, con una mera brevedad de palabras que el cóncavo

recuerdo general enriquecerá o ampliará. Hacia 1944 un investigador del diario The

American (de Nashville, Tennessee) exhumó en una biblioteca de Memphis los cuarenta

volúmenes de la Primera Enciclopedia de Tldn. Hasta el día de hoy se discute si ese

descubrimiento fue casual o si lo consintieron los directores del todavía nebuloso Orbis

Tertius. Es verosímil lo segundo. Algunos rasgos increíbles del onceno tomo (verbigracia,

la multiplicación de los hrönir) han sido eliminados o atenuados en el ejemplar de

Memphis; es razonable imaginar que esas tachaduras obedecen al plan de exhibir un

mundo que no sea demasiado incompatible con el mundo real. La diseminación de objetos

de Tlön en diversos países complementaría ese plan...1 El hecho es que la prensa

internacional voceó infinitamente el «hallazgo». Manuales, antologías, resúmenes,

versiones literales, reimpresiones autorizadas y reimpresiones piráticas de la Obra Mayor

de los Hombres abarrotaron y siguen abarrotando la tierra. Casi inmediatamente, la

realidad cedió en más de un punto. Lo cierto es que anhelaba ceder. Hace diez años

bastaba cualquier simetría con apariencia de orden -el materialismo dialéctico, el

antisemitismo, el nazismo- para embelesar a los hombres. ¿Cómo no someterse a Tlön, a

la minuciosa y vasta evidencia de un planeta ordenado? Inútil responder que la realidad

también está ordenada. Quizá lo esté, pero de acuerdo a leyes divinas -traduzco: a leyes

inhumanas- que no acabamos nunca de percibir. Tlön será un laberinto, pero es un

laberinto urdido por hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres.

El contacto y el hábito de Tlön han desintegrado este mundo. Encantada por su rigor, la

humanidad olvida y torna a olvidar que es un rigor de ajedrecistas, no de ángeles. Ya ha

penetrado en las escuelas el (conjetural) « idioma primitivo» de Tlön; ya la enseñanza de

su historia armoniosa (y llena de episodios conmovedores) ha obliterado a la que presidió

mi niñez; ya en las memorias un pasado ficticio ocupa el sitio de otro, del que nada

sabemos con certidumbre -ni siquiera que es falso-. Han sido reformadas la numismática,

la farmacología y la arqueología. Entiendo que la biología y las matemáticas aguardan

también su avatar... Una dispersa dinastía de solitarios ha cambiado la faz del mundo. Su

tarea prosigue. Si nuestras previsiones no yerran, de aquí a cien años alguien descubrirá

los cien tomos de la Segunda Enciclopedia de Tlön.

Entonces desaparecerán del planeta el inglés y el francés y el mero español. El mundo

será Tlön. Yo no hago caso, yo sigo revisando en los quietos días del hotel de Adrogué

una indecisa traducción quevediana (que no pienso dar a la imprenta) del Urn Burial de

Browne.

1 Queda, naturalmente, el problema de la materia de algunos objetos.




El acercamiento a Almotásim

Philip Guedalla escribe que la novela The approach to Al-Mu'tasim del abogado Mir

Bahadur Alí, de Bombay, «es una combinación algo incómoda (a rather uncomfortable

combination) de esos poemas alegóricos del Islam que raras veces dejan de interesar a su

traductor y de aquellas novelas policiales que inevitablemente superan a John H. Watson

y perfeccionan el horror de la vida humana en las pensiones más irreprochables de

Brighton». Antes, Mr. Cecil Roberts había denunciado en el libro de Bahadur «la doble,

inverosímil tutela de Wilkie Collins y del ilustre persa del siglo XII, Ferid Eddin Attar»

-tranquila observación que Guedalla repite sin novedad, pero en un dialecto colérico-.

Esencialmente, ambos escritores concuerdan: los dos indican el mecanismo policial de la

obra, y su undercurrent místico. Esa hibridación puede movernos a imaginar algún

parecido con Chesterton; ya comprobaremos que no hay tal cosa.

La editio princeps del Acercamiento a Almotásim apareció en Bombay, a fines de 1932.

El papel era casi papel de diario; la cubierta anunciaba al comprador que se trataba de la

primera novela policial escrita por un nativo de Bombay City: En pocos meses, el público

agotó cuatro impresiones de mil ejemplares cada una. La Bombay Quarterly Review, la

Bombay Gazette, la Cdlcutta Review, la Hindustan Review (de Alahabad) y el Calcutta

Englishman, dispensaron su ditirambo. Entonces Bahadur publicó una edición ilustrada

que tituló The conversation with the man called Al-Mu'tasim y que subtituló

hermosamente: A game with shifting mimo» (Un juego con espejos que se desplazan).

Esa edición es la que acaba de reproducir en Londres Victor Gollancz, con prólogo de

Dorothy L. Sayers y con omisión -quizá misericordiosa- de las ilustraciones. La tengo a la

vista; no he logrado juntarme con la primera, que presiento muy superior. A ello me

autoriza un apéndice, que resume la diferencia fundamental entre la versión primitiva de

1932 y la de 1934.

Antes de examinarla -y de discutirla- conviene que yo indique rápidamente el curso

general de la obra.

Su protagonista visible -no se nos dice nunca su nombre- es estudiante de derecho en

Bombay. Blasfematoriamente, descree de la fe islámica de sus padres, pero al declinar la

décima noche de la luna de muharram, se halla en el centro de un tumulto civil entre

musulmanes e hindúes. Es noche de tambores e invocaciones: entre la muchedumbre

adversa, los grandes palios de papel de la procesión musulmana se abren camino. Un

ladrillo hindú vuela de una azotea; alguien hunde un puñal en un vientre; alguien

¿musulmán, hindú? muere y es pisoteado. Tres mil hombres pelean: bastón contra

revólver, obscenidad contra imprecación, Dios el Indivisible contra los Dioses. Atónito, el

estudiante librepensador entra en el motín. Con las desesperadas manos, mata (o piensa

haber matado) a un hindú. Atronadora, ecuestre, semidormida, la policía del Sirkar

interviene con rebencazos imparciales. Huye el estudiante, casi bajo las patas de los

caballos. Busca los arrabales últimos. Atraviesa dos vías ferroviarias, o dos veces la

misma vía. Escala el muro de un desordenado jardín, con una torre circular en el fondo.

Una chusma de perros color de luna (a lean arad evil mob of mooncoloured hounds)

emerge de los rosales negros. Acosado, busca amparo en la torre. Sube por una escalera

de fierro -faltan algunos tramos- y en la azotea, que tiene un pozo renegrido en el centro,

da con un hombre escuálido, que está orinando vigorosamente en cuclillas, a la luz de la

luna. Ese hombre le confía que su profesión es robar los dientes de oro de los cadáveres

trajeados de blanco que los parsis dejan en esa torre. Dice otras cosas viles y menciona

que hace catorce noches que no se purifica con bosta de búfalo. Habla con evidente

rencor de ciertos ladrones de caballos de Guzerat, «comedores de perros y de lagartos,

hombres al cabo tan infames como nosotros dos». Está clareando: en el aire hay un vuelo

bajo de buitres gordos. El estudiante, aniquilado, se duerme; cuando despierta, ya con el

sol bien alto, ha desaparecido el ladrón. Han desaparecido también un par de cigarros de

Trichinópoli y unas rupias de plata. Ante las amenazas proyectadas por la noche anterior,

el estudiante resuelve perderse en la India. Piensa que se ha mostrado capaz de matar un

idólatra, pero no de saber con certidumbre si el musulmán tiene más razón que el

idólatra. El nombre de Guzerat no lo deja, y el de una malka-sansi (mujer de casta de

ladrones) de Palanpur, muy preferida por las imprecaciones y el odio del despojador de

cadáveres. Arguye que el rencor de un hombre tan minuciosamente vil importa un elogio.

Resuelve -sin mayor esperanza- buscarla. Reza, y emprende con segura lentitud el largo

camino. Así acaba el segundo capítulo de la obra.

Imposible trazar las peripecias de los diecinueve restantes. Hay una vertiginosa

pululación de dramatis personae -para no hablar de una biografía que parece agotar los

movimientos del espíritu humano (desde la infamia hasta la especulación matemática) y

de la peregrinación que comprende la vasta geografía del Indostán-. La historia

comenzada en Bombay sigue en las tierras bajas de Palanpur, se demora una tarde y una

noche en la puerta de piedra de Bikanir, narra la muerte de un astrólogo ciego en un

albañal de Benarés, conspira en el palacio multiforme de Katmandú, reza y fornica en el

hedor pestilencial de Calcuta, en el Machua Bazar, mira nacer los días en el mar desde

una escribanía de Madrás, mira morir las tardes en el mar desde un balcón en el estado

de Travancor, vacila v mata en Indaptir y cierra su órbita de leguas y de años en el mismo

Bombay, a pocos pasos del jardín de los perros color de luna. El argumento es éste: Un

hombre, el estudiante incrédulo y fugitivo que conocemos, cae entre gente de la clase

más vil y se acomoda a ellos, en una especie de certamen de infamias. De golpe -con el

milagroso espanto de Robinsón ante la huella de un pie humano en la arena-- percibe

alguna mitigación de esa infamia: tina ternura, una exaltación, un silencio, en uno de los

hombres aborrecibles. «Fue como si hubiera terciado en el diálogo un interlocutor más

complejo.» Sabe que el hombre vil que está conversando con él es incapaz de ese

momentáneo decoro; de ahí postula que éste tia reflejado a un amigo, o arraigo de un

amigo. Repensando el problema, llega a una convicción misteriosa: En algún punto de la

tierra hay un hombre de quien procede esa claridad; en algún punto de la tierra está el

hombre que es igual a esa claridad. El estudiante resuelve dedicar su vida a encontrarlo.

Ya el argumento general se entrevé: la insaciable busca de un alma a través de los

delicados reflejos que ésta ha dejado en otras: en el principio, el tenue rastro de una

sonrisa o de una palabra; en el fin, esplendores diversos y crecientes de la razón, de la

imaginación y del bien. A medida que los hombres interrogados han conocido más de

cerca a Almotásim, su porción divina es mayor, pero se entiende que son meros espejos.

El tecnicismo matemático es aplicable: la cargada novela de Bahadur es una progresión

ascendente, cuyo término final es el presentido «hombre que se llama Almotásim». El

inmediato antecesor de Almotásim es un librero persa de suma cortesía y felicidad; el que

precede a ese librero es un santo... Al cabo de los años, el estudiante llega a una galería

«en cuyo fondo hay una puerta y una estera barata con muchas cuentas y atrás un

resplandor». El estudiante golpea las manos una y dos veces y pregunta por Almotásim.

Una voz de hombre -la increíble voz de Almotásim- lo insta a pasar. El estudiante descorre

la cortina y avanza. En ese punto la novela concluye.

Si no me engaño, la buena ejecución de tal argumento impone dos obligaciones al

escritor: una, la variada invención de rasgos proféticos; otra, la de que el héroe

prefigurado por esos rasgos no sea una mera convención o fantasma. Bahadur satisface la

primera; no sé hasta dónde la segunda. Dicho sea con otras palabras: el inaudito y no

mirado Almotásim debería dejarnos la impresión de un carácter real, no de un desorden

de superlativos insípidos. En la versión de 1932, las notas sobrenaturales ralean: «el

hombre llamado Almotásim» tiene su algo de símbolo, pero no carece de rasgos

idiosincrásicos, personales. Desgraciadamente, esa buena conducta literaria no perduró.

En la versión de 1934 -la que tengo a la vista- la novela decae en alegoría: Almotásim es

emblema de Dios y los puntuales itinerarios del héroe son de algún modo los progresos

del alma en el ascenso místico. Hay pormenores afligentes: un judío negro de Kochín que

habla de Almotásim, dice que su piel es oscura; un cristiano lo describe sobre una torre

con los brazos abiertos; un lama rojo lo recuerda sentado «como esa imagen de manteca

de yak que yo modelé y adoré en el monasterio de Tashilhunpo». Esas declaraciones

quieren insinuar un Dios unitario que se acomoda a las desigualdades humanas. La idea

es poco estimulante, a mi ver. No diré lo mismo de esta otra: la conjetura de que también

el Todopoderoso está en busca de Alguien, y ese Alguien de Alguien superior (o

simplemente imprescindible e igual) y así hasta el Fin -o mejor, el Sinfín- del Tiempo, o en

forma cíclica. Almotásim (el nombre de aquel octavo Abbasida que fue vencedor en ocho

batallas, engendró ocho varones y ocho mujeres, dejó ocho mil esclavos y reinó durante

un espacio de ocho años, de ocho lunas y de ocho días) quiere decir etimológicamente «El

buscador de amparo». En la versión de 1932, el hecho de que el objeto de la

peregrinación fuera un peregrino, justificaba de oportuna manera la dificultad de

encontrarlo; en la de 1934, da lugar a la teología extravagante que declaré. Mir Bahadur

Alí, lo hemos visto, es incapaz de soslayar la más burda de las tentaciones del arte: la de

ser un genio.

Releo lo anterior y temo no haber destacado bastante las virtudes del libro. Hay rasgos

muy civilizados: por ejemplo, cierta disputa del capítulo diecinueve en la que se presiente

que es amigo de Almotásim un contendor que no rebate los sofismas del otro, «para no

tener razón de un modo triunfal».

Se entiende que es honroso que un libro actual derive de uno antiguo: ya que a nadie le

gusta (como dijo Johnson) deber nada a sus contemporáneos. Los repetidos pero

insignificantes contactos del Ulises de Joyce con la Odisea homérica, siguen escuchando

-nunca sabré por qué- la atolondrada admiración de la crítica; los de la novela de Bahadur

con el venerado Coloquio de los pájaros de Farid ud-din Attar, conocen el no menos

misterioso aplauso de Londres, y aun de Alahabad y Calcuta. Otras derivaciones no faltan.

Algún inquisidor ha enumerado ciertas analogías de la primera escena de la novela con el

relato de Kipling On the City Vall,; Bahadur las admite, pero alega que sería muy anormal

que dos pinturas de la décima noche de muharram no coincidieran... Eliot, con más

justicia, recuerda los setenta cantos de la incompleta alegoría The Faërie Queene, en los

que no aparece una sola vez la heroína, Gloriana -como lo hace notar una censura de

Richard William Church (Spenser, 1879). Yo, con toda humildad, señalo un precursor

lejano y posible: el cabalista de Jerusalén, Isaac Luria, que en el siglo xvi propaló que el

alma de un antepasado o maestro puede entrar en el alma de un desdichado, para

confortarlo o instruirlo. Ibbür se llama esa variedad de la metempsicosis.1

1 En el decurso de esta noticia, me he referido al Mantiq al-Tayr (Coloquio de los pájaros) del místico persa Farid al-Din Abú

Talib Muhámmad ben lbrahim Attar a quien mataron los soldados de Tule, hijo de Zingis Jan, cuando Nishapur fue

expoliada. Quizá no huelgue resumir el poema. El remoto rey de los pájaros, el Simurg, deja caer en el centro de la China

una pluma espléndida; los pájaros resuelven buscarlo, hartos de su antigua anarquía. Saben que el nombre de su rey quiere

decir treinta pájaros; saben que su alcázar está en el Kaf, la montaña circular que rodea la tierra. Acometen la casi infinita

aventura; superan siete valles, o mares; el nombre del penúltimo es «Vértigo»; el último se llama «Aniquilación». Muchos

peregrinos desertan; otros perecen. Treinta, purificados por los trabajos, pisan la montaña del Simurg. Lo contemplan al fin:

perciben que ellos son el Simurg y que el Simurg es cada uno de ellos y todos. (También Plotino-Enéodas,V 8, 4 -declara

una extensión paradisíaca del principio de identidad: Todo, en el cielo inteligible, está en todas partes. Cualquier cosa es todas

las cosas. El sol es todas las estrellas, y cada estrella es todas las estrellas y el sol.) El Mantiq al-Tayr ha sido vertido al francés

por Garcín de Tassy; al inglés por Edward FitzGerald; para esta nota, he consultado el décimo tomo de Las mil y uno noches

de Burton y la monografa The Persion mystics: Attar (1932) de Margaret Smith.

Los contactos de ese poema con la novela de Mir Bahadur Alí no son excesivos. En el vigésimo capítulo, unas palabras

atribuidas por un librero persa a Almotásim son, quizá, la magnificación de otras que ha dicho el héroe; ésa y otras

ambiguas analogías pueden significar la identidad del buscado y del buscador; pueden también significar que éste influye en

aquél. Otro capítulo insinúa que Almotásim es el «hindú» que el estudiante cree haber matado.




Pierre Menard, autor del Quijote

A Silvina Ocampo

La obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración. Son, por

lo tanto, imperdonables las omisiones y adiciones perpetradas por madame Henri

Bachelier en un catálogo falaz que cierto diario cuya tendencia «protestante» no es un

secreto ha tenido la desconsideración de inferir a sus deplorables lectores -si bien estos

son pocos y calvinistas, cuando no masones y circuncisos-. Los amigos auténticos de

Menard han visto con alarma ese catálogo y aun con cierta tristeza. Diríase que ayer nos

reunimos ante el mármol final y entre los cipreses infaustos y ya el Error trata de

empañar su Memoria... Decididamente, una breve rectificación es inevitable.

Me consta que es muy fácil recusar mi pobre autoridad. Espero, sin embargo, que no

me prohibirán mencionar dos altos testimonios. La baronesa de Bacourt (en cuyos

vendredis inolvidables tuve el honor de conocer al llorado poeta) ha tenido a bien aprobar

las líneas que siguen. La condesa de Bagnoregio, uno de los espíritus más finos del

principado de Mónaco (y ahora de Pittsburgh, Pennsylvania, después de su reciente boda

con el filántropo internacional Simón Kautzsch, tan calumniado, ¡ay!, por las víctimas de

sus desinteresadas maniobras) ha sacrificado «a la veracidad y a la muerte» (tales son

sus palabras) la señoril reserva que la distingue y en una carta abierta publicada en la

revista Luxe me concede asimismo su beneplácito. Esas ejecutorias, creo, no son

insuficientes.

He dicho que la obra visible de Menard es fácilmente enumerable. Examinado con

esmero su archivo particular, he verificado que consta de las piezas que siguen:

a) Un soneto simbolista que apareció dos veces (con variaciones) en la revista La

conque (números de marzo y octubre de 1899).

b) Una monografía sobre la posibilidad de construir un vocabulario poético de

conceptos que no fueran sinónimos o perífrasis de los que informan el lenguaje

común, «sino objetos ideales creados por una convención y esencialmente

destinados a las necesidades poéticas» (Nîmes, 1901).

c) Una monografía sobre «ciertas conexiones o afinidades» del pensamiento de

Descartes, de Leibniz y de John Wilkins (Nîmes, 1903).

d) Una monografía sobre la Characteristica universalis de Leibniz (Nîmes, 1904).

e) Un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno

de los peones de torre. Menard propone, recomienda, discute y acaba por

rechazar esa innovación.

f) Una monografía sobre el Ars magna generalis de Ramón Llull (Nîmes, 1906).

g) Una traducción con prólogo y notas del Libro de la invención liberal y arte del

juego del axedrez de Ruy López de Segura (París, 1907).

h) Los borradores de una monografía sobre la lógica simbólica de George Boole..

i) Un examen de las leyes métricas esenciales de la prosa francesa, ilustrado con

ejemplos de Saint-Simon (Revue des Langues Romanes, Montpellier, octubre

de 1909).

j) Una réplica a Luc Durtain (que había negado la existencia de tales leyes)

ilustrada con ejemplos de Luc Durtain (Revue des Langues Romanes,

Montpellier, diciembre de 1909).

k) Una traducción manuscrita de la Aguja de navegar cultos de Quevedo,

intitulada La Boussole des précieux.

l) Un prefacio al catálogo de la exposición de litografías de Carolus Hourcade

(Nîmes, 1914).

m) La obra Les Problèmes d un problème (París, 1917) que discute en orden

cronológico las soluciones del ilustre problema de Aquiles y la tortuga. Dos

ediciones de este libro han aparecido hasta ahora; la segunda trae como

epígrafe el consejo de Leibniz «Ne craignez point, monsieur, la tortue», y

renueva los capítulos dedicados a Russell y a Descartes.

n) Un obstinado análisis de las «costumbres sintácticas» de Toulet (N.R.F., marzo

de 1921). Menard -recuerdo- declaraba que censurar y alabar son operaciones

sentimentales que nada tienen que ver con la crítica.

o) Una transposición en alejandrinos del Cimetière marin, de Paul Valéry (N.R.F.,

enero de 1928).

p) Una invectiva contra Paul Valéry, en las Hojas para la supresión de la

realidad de Jacques Reboul. (Esa invectiva, dicho sea entre paréntesis, es el

reverso exacto de su verdadera opinión sobre Valéry. Éste así lo entendió y la

amistad antigua de los dos no corrió peligro.)

q) Una «definición» de la condesa de Bagnoregio, en el «victorioso volumen» -la

locución es de otro colaborador, Gabriele d'Annunzio- que anualmente publica

esta dama para rectificar los inevitables falseos del periodismo y presentar «al

mundo y a Italia» una auténtica efigie de su persona, tan expuesta (en razón

misma de su belleza y de su actuación) a interpretaciones erróneas o

apresuradas.

r) Un ciclo de admirables sonetos para la baronesa de Bacourt (1934).

s) Una lista manuscrita de versos que deben su eficacia a la puntuación.1

Hasta aquí (sin otra omisión que unos vagos sonetos circunstanciales para el

hospitalario, o ávido, álbum de madame Henri Ba- a chelier) la obra visible de Menard, en

su orden cronológico. Paso ahora a la otra: la subterránea, la interminablemente heroica,

la impar. También, ¡ay de las posibilidades del hombre!, la inconclusa. Esa obra, tal vez la

más significativa de nuestro tiempo, consta de los capítulos noveno y trigésimo octavo de

la primera parte del Don Quijote y de un fragmento del capítulo veintidós. Yo sé que tal

afirmación parece un dislate; justificar ese «dislate» es el objeto primordial de esta nota.2

1 Madame Henri Bachelier enumera asimismo una versión literal de ¡aversión literal que hizo Quevedo de la Introduction à la

vie dévote de san Francisco de Sales. En la biblioteca de Pierre Menard no hay rastros de tal obra. Debe tratarse de una

broma de nuestro amigo, mal escuchada.

2 Tuve también el propósito secundario de bosquejar la imagen de Pierre Menard. Pero ¿cómo atreverme a competir con las

páginas áureas que me dicen prepara la baronesa de Bacourt o con el lápiz delicado y puntual de Carolus Hourcade?

Dos textos de valor desigual inspiraron la empresa. Uno es aquel fragmento filológico

de Novalis -el que lleva el número 2.005 en la edición de Dresden- que esboza el tema de

la total identificación con un autor determinado. Otro es uno de esos libros parasitarios

que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebiére o a don Quijote en Wall

Street. Como todo hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales inútiles,

sólo aptos -decía- para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor)

para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales o de que son

distintas. Más interesante, aunque de ejecución contradictoria y superficial, le parecía el

famoso propósito de Daudet: conjugar en una figura, que es Tartarín, al Ingenioso

Hidalgo y a su escudero... Quienes han insinuado que Menard dedicó su vida a escribir un

Quijote contemporáneo, calumnian su clara memoria.

No quería componer otro Quijote -lo cual es fácil- sino «el» Quijote. Inútil agregar que

no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su

admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran -palabra por palabra y

línea por línea- con las de Miguel de Cervantes.

«Mi propósito es meramente asombroso», me escribió el 30 de septiembre de 1934

desde Bayonne. «El término final de una demostración teológica o metafísica -el mundo

externo, Dios, la causalidad, las formas universales- no es menos anterior y común que

mi divulgada novela. La sola diferencia es que los filósofos publican en agradables

volúmenes las etapas intermediarias de su labor y que yo he resuelto perderlas.» En

efecto, no queda un solo borrador que atestigüe ese trabajo de años.

El método inicial que imaginó era relativamente sencillo. Conocer bien el español,

recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de

Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de Cervantes. Pierre Menard estudió

ese procedimiento (sé que logró un manejo bastante fiel del español del siglo XVII) pero

lo descartó por fácil. ¡Más bien por imposible!, dirá el lector. De acuerdo, pero la empresa

era de antemano imposible y de todos los medios imposibles para llevarla a término, éste

era el menos interesante. Ser en el siglo XX un novelista popular del siglo xvii le pareció

una disminución. Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos

arduo -por consiguiente, menos interesante- que seguir siendo Pierre Menard y llegar al

Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard. (Esa convicción, dicho sea de paso,

le hizo excluir el prólogo autobiográfico de la segunda parte del Don Quijote. Incluir ese

prólogo hubiera sido crear otro personaje -Cervantes- pero también hubiera significado

presentar el Quijote en función de ese personaje y no de Menard. Éste, naturalmente, se

negó a esa facilidad.) «Mi empresa no es difícil, esencialmente -leo en otro lugar de la

carta-. Me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo.» ¿Confesaré que suelo imaginar que

la terminó y que leo el Quijote -todo el Quijote- como si lo hubiera pensado Menard?

Noches pasadas, al hojear el capítulo XXVI -no ensayado nunca por él- reconocí el estilo

de nuestro amigo y como su voz en esta frase excepcional: «las ninfas de los ríos, la

dolorosa y húmida Eco». Esa conjunción eficaz de un adjetivo moral y otro físico me trajo

a la memoria un verso de Shakespeare, que discutimos una tarde:

Where a malignant and a turbaned Turk...

¿Por qué precisamente el Quijote? dirá nuestro lector. Esa preferencia, en un español,

no hubiera sido inexplicable; pero sin duda lo es en un simbolista de Nîmes, devoto

esencialmente de Poe, que engendró a Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que

engendró a Valéry, que engendró a Edmond Teste. La carta precitada ilumina el punto.

«El Quijote -aclara Menard- me interesa profundamente, pero no me parece ¿cómo lo

diré? inevitable. No puedo imaginar el universo sin la interjección de Edgar Allan Poe:

Ah, bear in mind this Barden was enchanted!

o sin el Bateau ivre o el Ancient Mariner, pero me sé capaz de imaginarlo sin el Quijote.

(Hablo, naturalmente, de mi capacidad personal, no de la resonancia histórica de las

obras.) El Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario. Puedo premeditar su

escritura, puedo escribirlo, sin incurrir en una tautología. A los doce o trece años lo leí, tal

vez íntegramente. Después, he releído con atención algunos capítulos, aquellos que no

intentaré por ahora. He cursado asimismo los entremeses, las comedias, La Galatea, las

Novelas ejemplares, los trabajos sin duda laboriosos de Persiles y Segismunda y el Viaje

del Parnaso... Mi recuerdo general del Quijote, simplificado por el olvido y la indiferencia,

puede muy bien equivaler a la imprecisa imagen anterior de un libro no escrito. Postulada

esa imagen (que nadie en buena ley me puede negar) es indiscutible que mi problema es

harto más difícil que el de Cervantes. Mi complaciente precursor no rehusó la colaboración

del azar: iba componiendo la obra inmortal un poco à la diable, llevado por inercias del

lenguaje y de la invención. Yo he contraído el misterioso deber de reconstruir literalmente

su obra espontánea. Mi solitario juego está gobernado por dos leyes polares. La primera

me permite ensayar variantes de tipo formal o psicológico; la segunda me obliga a

sacrificarlas al texto «original» y a razonar de un modo irrefutable esa aniquilación... A

esas trabas artificiales hay que sumar otra, congénita. Componer el Quijote a principios

del siglo Xvii era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del XX, es

casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos

hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: el mismo Quijote.»

A pesar de esos tres obstáculos, el fragmentario Quijote de Menard es más sutil que el

de Cervantes. Éste, de un modo burdo, opone a las caballerescas la pobre

realidad provinciana de su país; Menard elige como «realidad» la tierra de Carmen

durante el siglo de Lepanto y de Lope. ¡Qué españoladas no habría aconsejado esa

elección a Maurice Barrès o al doctor Rodríguez Larreta! Menard, con toda naturalidad, las

elude. En su obra no hay gitanerías ni conquistadores ni místicos ni Felipe II ni autos de

fe. Desatiende o proscribe el color local. Ese desdén indica un sentido nuevo de la novela

histórica. Ese desdén condena a Salammbô, inapelablemente.

No menos asombroso es considerar capítulos aislados. Por ejemplo, examinemos el

XXXVIII de la primera parte, «que trata del curioso discurso que hizo don Quixote de las

armas y las letras». Es sabido que don Quijote (como Quevedo en el pasaje análogo, y

posterior, de La hora de todos) falla el pleito contra las letras y en favor de las armas.

Cervantes era un viejo militar: su fallo se explica. ¡Pero que el don Quijote de Pierre

Menard -hombre contemporáneo de La Trahison des clercs y de Bertrand Russellreincida

en esas nebulosas sofisterías! Madame Bachelier ha visto en ellas una admirable

y típica subordinación del autor a la psicología del héroe; otros (nada perspicazmente)

una transcripción del Quijote; la baronesa de Bacourt, la influencia de Nietzsche. A esa

tercera interpretación (que juzgo irrefutable) no sé si me atreveré a añadir una cuarta,

que condice muy bien con la casi divina modestia de Pierre Menard: su hábito resignado o

irónico de propagar ideas que eran el estricto reverso de las preferidas por él.

(Rememoremos otra vez su diatriba contra Paul Valéry en la efímera hoja superrealista de

Jacques Reboul.) El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, pero el

segundo es casi infinitamente más rico. (Más ambiguo, dirán sus detractores; pero la

ambigüedad es una riqueza.)

Es una revelación cotejar el Don Quijote de Menard con el de Cervantes. Éste, por

ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo,):

... la verdad cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones,

testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

Redactada en el siglo XVII, redactada por el «ingenio lego» Cervantes, esa

enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:

... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones,

testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

La historia, «madre» de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de

William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su

origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que

sucedió. Las cláusulas finales -«ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por

venir»- son descaradamente pragmáticas.

También es vívido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de Menard -extranjero

al fin- adolece de alguna afectación. No así el del precursor, que maneja con desenfado el

español corriente de su época.

No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina es al principio

una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo -cuando no

un párrafo o un nombre- de la historia de la filosofía. En la literatura, esa caducidad es

aún más notoria. El Quijote -me dijo Menard- fue ante todo un libro agradable; ahora es

una ocasión de brindis patriótico, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo.

La gloria es una incomprensión y quizá la peor.

Nada tienen de nuevo esas comprobaciones nihilistas; lo singular es la decisión que de

ellas derivó Pierre Menard. Resolvió adelantarse a la vanidad que aguarda todas las

fatigas del hombre; acometió una empresa complejísima y de antemano fútil. Dedicó sus

escrúpulos y vigilias a repetir en un idioma ajeno un libro preexistente. Multiplicó los

borradores; corrigió tenazmente y desgarró miles de páginas manuscritas.1 No permitió

que fueran examinadas por nadie y cuidó que no le sobrevivieran. En vano he procurado

reconstruirlas.

He reflexionado que es lícito ver en el Quijote «final» una especie de palimpsesto, en el

que deben traslucirse los rastros -tenues pero no indescifrables- de la «previa» escritura

de nuestro amigo. Desgraciadamente, sólo un segundo Pierre Menard, invirtiendo el

trabajo del anterior, podría exhumar y resucitar esas Troyas...

«Pensar, analizar, inventar -me escribió también- no son actos anómalos, son la normal

respiración de la inteligencia. Glorificar el ocasional cumplimiento de esa función, atesorar

1 Recuerdo sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus peculiares símbolos tipográficos y su letra de insecto.

En los atardeceres le gustaba salir a caminar por los arrabales de Nîmes; solía llevar consigo un cuaderno y hacer una

alegre fogata.

antiguos y ajenos pensamientos, recordar con incrédulo estupor que el doctor universalis

pensó, es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de

todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será.»

Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte

detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las

atribuciones erróneas. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a recorrer la Odisea

como si fuera posterior a la Eneida y el libro Le jardin du Centaure a madame Henri

Bachelier como si fuera de madame Henri Bachelier. Esa técnica puebla de aventura los

libros más calmosos. Atribuir a Louis Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de

Cristo ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?

Nîmes, 1939




Las ruinas circulares

And if he left off dreaming about you...

Through the Looking-Glass, VI

Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú

sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre

taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas

arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de

griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango,

repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban

las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona

un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza.

Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha

profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el

pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían

cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por

determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su

invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río

abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía

que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito

inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le

advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y

solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla

dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un

hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto

mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su

propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le

convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la

cercanía de los labradores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus

necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su

cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El

forastero se soñaba- en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el

templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los

últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo

precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los

rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si

adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición

de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la

vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los

impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un

alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de

aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que

arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor

y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más.

Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un

par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó

con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos

afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca

eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones

particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre,

un día, emergió del sueñó como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al

pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo

el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva,

extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas

fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y

apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró.

En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se

componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre

todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una

cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era

inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó

otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas

que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto

continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese

período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna

fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses

planetarios, pronunció las sílabas licitas de un nombre poderoso y durmió. Casi

inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la

penumbra de un cuerpo humano aún sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó,

durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo

tocaba; se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo

percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la

arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen

lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó

el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes

de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más

difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni

podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra

ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de

sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda

su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los

númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal

vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La

soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos

criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le

reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales)

le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de

suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un

hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviara al otro

templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo

glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se

despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a

descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse

de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al

sueño. También rehízo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una

impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al

cerrar los ojos pensaba: «Ahora estaré con mi hijo». O, más raramente: «El hijo que he

engendrado me espera y no existirá si no voy».

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara

una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros

experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su

hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente-. Esa noche lo besó por primera vez y lo

envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de

inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma,

para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de

aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y

del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal

ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o

soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los 'sonidos y formas

del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de

su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un

tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en

lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le

hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no

quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las

criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un

fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su

hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero

simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre, ¡qué

humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha

procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago

temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en

mil y una noches secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos.

Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un

pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos;

luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de

las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario

del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio

cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las

aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez ,y a absolverlo de

sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Estos no mordieron su carne, éstos lo

acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con

terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.




La lotería en Babilonia

Como todos los hombres de Babilonia, he sido procónsul; como todos, esclavo; también

he conocido la omnipotencia, el oprobio, las cárceles. Miren: a mi mano derecha le falta el

índice. Miren: por este desgarrón de la capa se ve en mi estómago un tatuaje bermejo: es

el segundo símbolo, Beth. Esta letra, en las noches de luna llena, me confiere poder sobre

los hombres cuya marca es Ghimel, pero me subordina a los de Aleph, que en las noches

sin luna deben obediencia a los Ghimel. En el crepúsculo del alba, en un sótano, he

yugulado ante una piedra negra toros sagrados. Durante un año de la luna, he sido

declarado invisible: gritaba y no me respondían, robaba el pan y no me decapitaban. He

conocido lo que ignoran los griegos: la incertidumbre. En una cámara de bronce, ante el

pañuelo silencioso del estrangulador, la esperanza me ha sido fiel; en el río de los

deleites, el pánico. Heraclides Póntico refiere con admiración que Pitágoras recordaba

haber sido Pirro y antes Euforbo y antes algún otro mortal; para recordar vicisitudes

análogas yo no preciso recurrir a la suerte ni aun a la impostura.

Debo esa variedad casi atroz a una institución que otras repúblicas ignoran o que obra

en ellas de un modo imperfecto y secreto: la lotería. No he indagado su historia; sé que

los magos no logran ponerse de acuerdo; sé de sus poderosos propósitos lo que puede

saber de la luna el hombre no versado en astrología. Soy de un país vertiginoso donde la

lotería es parte principal de la realidad: hasta el día de hoy, he pensado tan poco en ella

como en la conducta de los dioses indescifrables o de mi corazón. Ahora, lejos de

Babilonia y de sus queridas costumbres, pienso con algún asombro en la lotería y en las

conjeturas blasfemas que en el crepúsculo murmuran los hombres velados.

Mi padre refería que antiguamente -¿cuestión de siglos, de años?- la lotería en

Babilonia era un juego de carácter plebeyo. Refería (ignoró si con verdad) que los

barberos despachaban por monedas de cobre rectángulos de hueso o de pergamino

adornados de símbolos. En pleno día se verificaba un sorteo: los agraciados recibían, sin

otra corroboración del azar, monedas acuñadas de plata. El procedimiento era elemental,

como ven ustedes.

Naturalmente, esas «loterías» fracasaron. Su virtud moral era nula. No se dirigían a

todas las facultades del hombre: únicamente a su esperanza. Ante la indiferencia pública,

los mercaderes que fundaron esas loterías venales comenzaron a perder el dinero. Alguien

ensayó una reforma: la interpolación de unas pocas suertes adversas en el censo de

números favorables. Mediante esa reforma, los compradores de rectángulos numerados

corrían el doble albur de ganar una suma y de pagar una multa a veces cuantiosa. Ese

leve peligro (por cada treinta números favorables había un número aciago) despertó,

como es natural, el interés del público. Los babilonios se entregaron al juego. El que no

adquiría suertes era considerado un pusilánime, un apocado. Con el tiempo, ese desdén

justificado se duplicó. Era despreciado el que no jugaba, pero también eran despreciados

los perdedores que abonaban la multa. La Compañía (así empezó a llamársela entonces)

tuvo que velar por los ganadores, que no podían cobrar los premios si faltaba en las cajas

el importe casi total de las multas. Entabló una demanda a los perdedores: el juez los

condenó a pagar la multa original y las costas o a unos días de cárcel. Todos optaron por

la cárcel, para defraudar a la Compañía. De esa bravata de unos pocos nace el todopoder

de la Compañía: su valor eclesiástico, metafísico.

Poco después, los informes de los sorteos omitieron las enumeraciones de multas y se

limitaron a publicar los días de prisión que designaba cada número adverso. Ese

laconismo, casi inadvertido en su tiempo, fue de importancia capital. Fue la primera

aparición en la lotería de elementos no pecuniarios. El éxito fue grande. Instada por los

jugadores, la Compañía se vio precisada a aumentar los números adversos.

Nadie ignora que el pueblo de Babilonia es muy devoto de la lógica, y aun de la

simetría. Era incoherente que los números faustos se computaran en redondas monedas y

los infaustos en días y noches de cárcel. Algunos moralistas razonaron que la posesión de

monedas no siempre determina la felicidad y que otras formas de la dicha son quizá más

directas.

Otra inquietud cundía en los barrios bajos. Los miembros del colegio sacerdotal

multiplicaban las puestas y gozaban de todas las vicisitudes del terror y de la esperanza;

los pobres (con envidia razonable e inevitable) se sabían excluidos de ese vaivén,

notoriamente delicioso. El justo anhelo de que todos, pobres y ricos, participasen por igual

en la lotería, inspiró una indigna agitación, cuya memoria no han desdibujado los años.

Algunos obstinados no comprendieron (o simularon no comprender) que se trataba de un

orden nuevo, de una etapa histórica necesaria... Un esclavo robó un billete carmesí, que

en el sorteo lo hizo acreedor a que le quemaran la lengua. El código fijaba esa misma

pena para el que robaba un billete. Algunos babilonios argumentaban que merecía el

hierro candente, en su calidad de ladrón; otros, magnánimos, que el verdugo debía

aplicárselo porque así lo había determinado el azar... Hubo disturbios, hubo efusiones

lamentables de sangre; pero la gente babilónica impuso finalmente su voluntad, contra la

oposición de los ricos. El pueblo consiguió con plenitud sus fines generosos. En primer

término, logró que la Compañía aceptara la suma, del poder público. (Esa unificación era

necesaria, dada la vastedad y complejidad de las nuevas operaciones.) En segundo

término, logró que la lotería fuera secreta, gratuita y general. Quedó abolida la venta

mercenaria de suertes. Ya iniciado en los misterios de Bel, todo hombre libre

automáticamente participaba en los sorteos sagrados, que se efectuaban en los laberintos

del dios cada sesenta noches y que determinaban su destino hasta el otro ejercicio. Las

consecuencias eran incalculables. Una jugada feliz podía motivar su elevación al concilio

de magos o la prisión de un enemigo (notorio o íntimo) o el reencontrar, en la pacífica

tiniebla del cuarto, la mujer que empieza a inquietarnos o que no esperábamos rever; una

jugada adversa: la mutilación, la variada infamia, la muerte. A veces un solo hecho -el

tabernario asesinato de C, la apoteosis misteriosa de B- era la solución genial de treinta o

cuarenta sorteos. Combinar las jugadas era difícil; pero hay que recordar que los

individuos de la Compañía eran (y son) todopoderosos y astutos. En muchos casos, el

conocimiento de que ciertas felicidades eran simple fábrica del azar hubiera aminorado su

virtud; para eludir ese inconveniente, los agentes de la Compañía usaban de las

sugestiones y de la magia. Sus pasos, sus manejos, eran secretos. Para indagar las

íntimas esperanzas y los íntimos terrores de cada cual, disponían .de astrólogos y de

espías. Había ciertos leones de piedra, había una letrina sagrada llamada Qaphqa, había

unas grietas en un polvoriento acueducto que, según opinión general, daban a la

Compañía; las personas malignas o benévolas depositaban delaciones en esos sitios. Un

archivo alfabético recogía esas noticias de variable veracidad.

Increíblemente, no faltaron murmuraciones. La Compañía, con su discreción habitual,

no replicó directamente. Prefirió borrajear en los escombros de una fábrica de caretas un

argumento breve, que ahora figura en las escrituras sagradas. Esa pieza doctrinal

observaba que la lotería es una interpolación del azar en el orden del mundo y que

aceptar errores no es contradecir el azar: es corroborarlo. Observaba asimismo que esos

leones y ese recipiente sagrado, aunque no desautorizados por la Compañia (que no

renunciaba al derecho de consultarlos), funcionaban sin garantía oficial.

Esa declaración apaciguó las inquietudes públicas. También produjo otros efectos,

acaso no previstos por el autor. Modificó hondamente el espíritu y las operaciones de la

Compañía. Poco tiempo me queda; nos avisan que la nave está por zarpar; pero trataré

de explicarlo.

Por inverosímil que sea, nadie había ensayado hasta entonces una teoría general de los

juegos. El babilonio es poco especulativo. Acata los dictámenes del azar, les entrega su

vida, su esperanza, su terror pánico, pero no se le ocurre investigar sus leyes laberínticas,

ni las esferas giratorias que lo revelan. Sin embargo, la declaración oficiosa que he

mencionado inspiró muchas discusiones de carácter jurídico-matemático. De alguna de

ellas nació la conjetura siguiente: Si la lotería es una intensificación del azar, una

periódica infusión del caos en el cosmos, ¿no convendría que el azar interviniera en todas

las etapas del sorteo y no en una sola? ¿No es irrisorio que el azar dicte la muerte de

alguien y que las circunstancias de esa muerte -la reserva, la publicidad, el plazo de una

hora o de un siglo- no estén sujetas al azar? Esos escrúpulos tan justos provocaron al fin

una considerable reforma, cuyas complejidades (agravadas por un ejercicio de siglos) no

entienden sino algunos especialistas, pero que intentaré resumir, siquiera de modo

simbólico.

Imaginemos un primer sorteo, que dicta la muerte de un hombre. Para su cumplimiento

se procede a un otro sorteo, que propone (digamos) nueve ejecutores posibles. De esos

ejecutores, cuatro pueden iniciar un tercer sorteo que dirá el nombre del verdugo, dos

pueden reemplazar la orden adversa por una orden feliz (el encuentro de un tesoro,

digamos), otro exacerbará la muerte (es decir la hará infame o la enriquecerá de

torturas), otros pueden negarse a cumplirla... Tal es el esquema simbólico. En la realidad

el número de sorteos es infinito. Ninguna decisión es final, todas se ramifican en otras.

Los ignorantes suponen que infinitos sorteos requieren un tiempo infinito; en realidad

basta que el tiempo sea infinitamente subdivisible, como lo enseña la famosa parábola del

Certamen con la Tortuga. Esa infinitud condice de admirable manera con los sinuosos

números del Azar y con el Arquetipo Celestial de la Lotería, que adoran los platónicos...

Algún eco deforme de nuestros ritos parece haber retumbado en el Tíber: Elle Lampridio,

en la Vida de Antonino Heliogábalo, refiere que este emperador escribía en conchas las

suertes que destinaba a los convidados, de manera que uno recibía diez libras de oro y

otro diez moscas, diez lirones, diez osos. Es lícito recordar que Heliogábalo se educó en el

Asia Menor, entre los sacerdotes del dios epónimo.

También hay sorteos impersonales, de propósito indefinido: uno decreta que se arroje a

las aguas del Éufrates un zafiro de Taprobana; otro, que desde el techo de una torre se

suelte un pájaro; otro, que cada siglo se retire (o se añada) un grano de arena de los

innumerables que hay en la playa. Las consecuencias son, a veces, terribles.

Bajo el influjo bienhechor de la Compañía, nuestras costumbres están saturadas de

azar. El comprador de una docena de ánforas de vino damasceno no se maravillará si una

de ellas encierra un talismán o una víbora; el escribano que redacta un contrato no deja

casi nunca de introducir algún dato erróneo; yo mismo, en esta apresurada declaración,

he falseado algún esplendor, alguna atrocidad. Quizá, también, alguna misteriosa

monotonía... Nuestros historiadores, que son los más perspicaces del orbe, han inventado

un método para corregir el azar; es fama que las operaciones de ese método son (en

general) fidedignas; aunque, naturalmente, no se divulgan sin alguna dosis de engaño.

Por lo demás, nada tan contaminado de ficción como la historia de la Compañía... Un

documento paleográfico, exhumado en un templo, puede ser obra del sorteo de ayer o de

un sorteo secular. No se publica un libro sin alguna divergencia entre cada uno de los

ejemplares. Los escribas prestan juramento secreto de omitir, de interpolar, de variar.

También se ejerce la mentira indirecta.

La Compañía, con modestia divina, elude toda publicidad. Sus agentes, como es natural,

son secretos; las órdenes que imparte continuamente (quizá incesantemente) no difieren

de las que prodigan los impostores. Además, ¿quién podrá jactarse de ser un mero

impostor? El ebrio que improvisa un mandato absurdo, el soñador que se despierta de

golpe y ahoga con las manos a la mujer que duerme a su lado, ano ejecutan, acaso, una

secreta decisión de la Compañía? Ese funcionamiento silencioso, comparable al de Dios,

provoca toda suerte de conjeturas. Alguna abominablemente insinúa que hace ya siglos

que no existe la Compañía y que el sacro desorden de nuestras vidas es puramente

hereditario, tradicional; otra la juzga eterna y enseña que perdurará hasta la última

noche, cuando el último dios anonade el mundo. Otra declara que la Compañía es

omnipotente, pero que sólo influye en cosas minúsculas: en el grito de un pájaro, en los

matices de la herrumbre y del polvo, en los entresueños del alba. Otra, por boca de

heresiarcas enmascarados, que no ha existido nunca y no existirá. Otra, no menos vil,

razona que es indiferente afirmar o negar la realidad de la tenebrosa corporación, porque

Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares.




Examen de la obra de Herbert Quain

Herbert Quain ha muerto en Roscommon; he comprobado sin asombro que el

Suplemento Literario del Times apenas le depara media columna de piedad necrológica,

en la que no hay epíteto laudatorio que no esté corregido (o seriamente amonestado) por

un adverbio. El Spectator, en su número pertinente, es sin duda menos lacónico y tal vez

más cordial, pero equipara el primer libro de Quain -The God of the Labyrinth- a uno de

Mrs. Agatha Christie y otros a los de Gertrude Stein: evocaciones que nadie juzgará

inevitables y que no hubieran alegrado al difunto. Este, por lo demás, no se creyó nunca

genial; ni siquiera en las noches peripatéticas de conversación literaria, en las que el

hombre que ya ha fatigado las prensas juega invariablemente a ser monsieur Teste o el

doctor Samuel Johnson... Percibía con toda lucidez la condición experimental de sus

libros: admirables tal vez por lo novedoso y por cierta lacónica probidad, pero no por las

virtudes de la pasión. «Soy como las odas de Cowley», me escribió desde Longford el 6 de

marzo de 1939. «No pertenezco al arte, sino a la mera historia del arte». No había, para

él, disciplina inferior a la historia.

He repetido una modestia de Herbert Quain; naturalmente, esa modestia no agota su

pensamiento. Flaubert y Henry James nos han acostumbrado a suponer que las obras de

arte son infrecuentes y de ejecución laboriosa; el siglo XVI (recordemos el Viaje del

Paraíso, recordemos el destino de Shakespeare) no compartía esa desconsolada opinión.

Herbert Quain, tampoco. Le parecía que la buena literatura es harto común y que apenas

hay diálogo callejero que no la logre. También le parecía que el hecho estético no puede

prescindir de algún elemento de asombro y que asombrarse de memoria es difícil.

Deploraba con sonriente sinceridad «la servil y obstinada, conservación» de libros

pretéritos... Ignoro si su vaga teoría es justificable; sé que sus libros anhelan demasiado

el asombro.

Deploro haber prestado a una dama, irreversiblemente, el primero que publicó. He

declarado que se trata de una novela policial: The God of the Labyrinth; puedo agregar

que el editor la propuso a la venta en los últimos días de noviembre de 1933. En los

primeros de diciembre, las agradables y arduas involuciones del Siamese Twin Mystery

atacaron a Londres y a Nueva York; yo prefiero atribuir a esa coincidencia ruinosa el

fracaso de la novela de nuestro amigo. También (quiero ser del todo sincero) a su

ejecución deficiente y a la vana y frígida pompa de ciertas descripciones del mar. Al cabo

de siete años, me es imposible recuperar los pormenores de la acción; he aquí su plan; tal

como ahora lo empobrece (tal como ahora lo purifica) mi olvido. Hay un indescifrable

asesinato en las p iniciales, una lenta discusión en las intermedias, una solución en las

últimas. Ya aclarado el enigma, hay un párrafo largo y retrospectivo que contiene esta

frase: «Todos creyeron que el encuentro de los dos jugadores de ajedrez había sido

casual». Esa frase deja entender que la solución es errónea. El lector, inquieto, revisa los

capítulos pertinentes y descubre otra solución, que es la verdadera. El lector de ese libro

singular es más perspicaz que el detective.

Aún más heterodoxa es la «novela regresiva, ramificada» April March, cuya tercera (y

única) parte es de 1936. Nadie, al juzgar esa novela, se niega a descubrir que es u

juego; es lícito recordar que el autor no la consideró nunca otra cosa. «Yo reivindico para

esa obra -le oí decir- los rasgos esenciales de todo juego: la simetría, las leyes arbitrarias,

el tedio.» Hasta el nombre es un débil calembour: no significa «Marcha de abril» sino

literalmente «Abril marzo». Alguien ha percibido en sus páginas un eco de las doctrinas de

Dunne; el prólogo de Quain prefiere evocar aquel inverso mundo de Bradley, en que la

muerte precede al nacimiento y la cicatriz a la herida y la herida al golpe (Appearance

and reality, 1897, página 215).1 Los mundos que propone April March no son regresivos,

lo es la manera de historiarlos. Regresiva y ramificada, como ya dije. Trece capítulos

integran la obra. El primero refiere el ambiguo diálogo de unos desconocidos en un andén.

El segundo refiere los sucesos de la víspera del primero. El tercero, también retrógrado,

refiere los sucesos de otra posible víspera del primero; el cuarto, los de otra. Cada una de

esas tres vísperas (que rigurosamente se excluyen) se ramifica en otras tres vísperas, de

índole muy diversa. La obra total consta, pues, de nueve novelas; cada novela, de tres

largos capítulos. (El primero es común a todas ellas, naturalmente.) De esas novelas, una

es de carácter simbólico; otra, sobrenatural; otra, policial; otra, psicológica; otra,

comunista; otra, anticomunista, etcétera. Quizá un esquema ayude a comprender la

estructura.

x 9

x 8

x7

y 3

x 6

x 5

x 4

y 2

x 3

x 2

x 1

y 1

z

               





  





  





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De esta estructura cabe repetir lo que declaró Schopenhauer de las doce categorías

kantianas: todo lo sacrifica a un furor simétrico. Previsiblemente, alguno de los nueve

relatos es indigno de Quain; el mejor no es el que originariamente ideó, el x 4; es el de

naturaleza fantástica, el x 9. Otros están afectados por bromas lánguidas y por

pseudoprecisiones inútiles. Quienes los leen en orden cronológico (verbigracia: x 3, y 1,

z) pierden el sabor peculiar del extraño libro. Dos relatos -el x 7, el x 8- carecen de valor

individual; la yuxtaposición les presta eficacia... No sé si debo recordar que ya publicado

1 Ay de la erudición de Herbert Quain, ay de la página 215 de un libro de 1897. Un interlocutor del Político, de Platón, ya

había descrito una regresión parecida: la de los Hijos de la Tierra o Autóctonos que, sometidos al influjo de una rotación

inversa del cosmos, pasaron de la vejez a la madurez, de la madurez a la niñez, de la niñez a la desaparición y la nada

También Teopompo, en su Filípica, habla de ciertas frutas boreales que originan en quien las come, el mismo proceso

retrógrado... Más interesante es imaginar una inversión del Tiempo: un estado en el que recordáramos el porvenir e

ignoráramos, o apenas presintiéramos, el pasado. Cf. el canto décimo del Infierno, versos 97-102, donde se comparan la

visión profética y la presbicia.

April March, Quain se arrepintió del orden ternario y predijo que los hombres que lo

imitaran optarían por el binario

         





  





  





x 4

x 3

y 2

x 2

x 1

y 1

z

y los demiurgos y los dioses por el infinito: infinitas historias, infinitamente ramificadas.

Muy diversa, pero retrospectiva también, es la comedia heroica en dos actos The Secret

Mirror En las obras ya reseñadas, la complejidad formal había entorpecido la imaginación

del autor; aquí, su evolución es más libre. El primer acto (el más extenso) ocurre en la

casa de campo del general Thrale, C.I.E., cerca de Melton Mowbray. El invisible centro de

la trama es miss Ulrica Thrale, la hija mayor del general. A través de algún diálogo la

entrevemos, amazona y altiva; sospechamos que no suele visitar la literatura; los

periódicos anuncian su compromiso con el duque de Rutland; los periódicos desmienten el

compromiso. La venera un autor dramático, Wilfred Quarles; ella le ha deparado alguna

vez un distraído beso. Los personajes son de vasta fortuna y de antigua sangre; los

afectos, nobles aunque vehementes; el diálogo parece vacilar entre la mera vanilocuencia

de Bulwer-Lytton y los epigramas de Wilde o de Mr. Philip Guedalla. Hay un ruiseñor y una

noche; hay un duelo secreto en una terraza. (Casi del todo imperceptibles, hay alguna

curiosa contradicción, hay pormenores sórdidos.) Los personajes del primer acto

reaparecen en el segundo -con otros nombres-. El «autor dramático» Wilfred Quarles es

un comisionista de Liverpool; su verdadero nombre, John William Quigley. Miss Thrale

existe; Quigley nunca la ha visto, pero morbosamente colecciona retratos suyos del Tatler

o del Sketch. Quigley es autor del primer acto. La inverosímil o improbable «casa de

campo» es la pensión judeo-irlandesa en que vive, trasfigurada y magnificada por él... La

trama de los actos es paralela, pero en el segundo todo es ligeramente horrible, todo se

posterga o se frustra. Cuando The secret mirror se estrenó, la crítica pronunció los

nombres de Freud y de Julian Green. La mención del primero me parece del todo

injustificada.

La fama divulgó que The Secret Mirror era una comedia freudiana; esa interpretación

propicia (y falaz) determinó su éxito. Desgraciadamente, ya Quain había cumplido los

cuarenta años; estaba aclimatado en el fracaso y no se resignaba con dulzura a un cambio

de régimen. Resolvió desquitarse. A fines de 1939 publicó Statements: acaso el más

original de sus libros, sin duda el menos alabado y el más secreto. Quain solía argumentar

que los lectores eran una especie ya extinta. «No hay europeo -razonaba-que no sea un

escritor, en potencia o en acto.» Afirmaba también que de las diversas felicidades que

puede ministrar la literatura, la más alta era la invención. Ya que no todos son capaces de

esa felicidad, muchos habrán de contentarse con simulacros. Para esos «imperfectos

escritores», cuyo nombre es legión, Quain redactó los ocho relatos del libro Statements.

Cada uno de ellos prefigura o promete un buen argumento, voluntariamente frustrado por

el autor. Alguno -no el mejor- insinúa dos argumentos. El lector, distraído por la vanidad,

cree haberlos inventado. Del tercero, The Rose of Yesterday, yo cometí la ingenuidad de

extraer Las ruinas circulares, que es una de las narraciones del libro El jardín de

senderos que se bifurcan.

1941




La Biblioteca de Babel

El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal

vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio,

cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono, se ven los pisos inferiores y

superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte

anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su

altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las

caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera

y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite

dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades fecales. Por ahí pasa la escalera espiral,

que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente

duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es

infinita (si lo fuera realmente ta qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las

superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas

esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La

luz que emiten es insuficiente, incesante.

Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en

busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden

descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que

nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será

el aire insondable: mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el

viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es

interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria

del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es

inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les

revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la

vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro

cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: «La Biblioteca es una

esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible».

A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada

anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas

diez páginas; cada página, de cuarenta renglones, cada renglón, de unas ochenta letras

de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o

prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció

misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas

proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.

By this art you may contemplate the

variation of the 23 letters...

The Anatomy of Melancholy, part. 2,

sect. II, mem. IV

El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo corolario inmediato es

la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el

imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el

universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables

escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de

un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar

estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con

las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente

simétricas.

El segundo: «El número de símbolos ortográficos es veinticinco».1 Esa comprobación

permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver

satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza

informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del

circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas

desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero

laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe:

por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de

fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios

repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan

a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los

inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que

esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos,

no es del todo falaz.)

Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas

pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros

bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que

unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es

incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de

inalterable MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que

sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de

MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra

posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías;

universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la

formularon sus inventores.

Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior2 dio con un libro tan confuso

como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a

un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le

dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto

samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el

contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con

repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera

la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por

diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las

1 El manuscrito original no contiene guarismos o mayúsculas. La puntuación ha sido limitada a la coma y al punto. Esos dos

signos, el espacio y las veintidós letras del alfabeto son los veinticinco símbolos suficientes que enumera el desconocido.

(Nota del Editor.)

2 Antes, por cada tres hexágonos había un hombre. El suicidio y las enfermedades pulmonares han destruido esa

proporción. Memoria de indecible melancolía: a veces he viajado muchas noches por corredores y escaleras pulidas sin

hallar un solo bibliotecario.

veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han

confirmado: «No hay, en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos». De esas premisas

incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las

posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque

vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la

historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la

Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos

catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de

Basílides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio,

la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las

interpolaciones de cada libro en todos los libros.

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión

fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto

y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en

algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las

dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las

Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de

cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de

codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos

por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los

corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras

divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los

hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he

visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero

los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o

alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.

También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el

origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan

explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca

habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese

idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores

oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre

rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de

escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en

busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.

A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La

certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que

esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema

sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta

construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se

vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he

visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de

metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.

Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles.

Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un

volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la

insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran

los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es

tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada

ejemplar único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios

centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra

o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de

las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que

esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono

Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.

También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En

algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la

cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es

análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese

funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en

vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo

hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar

previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar

previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y

consumado mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya

un libro total;1 ruego a los dioses ignorados que un hombre -¡uno solo, aunque sea, hace

miles de años!- lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son

para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo

sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme biblioteca se

justifique.

Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun

la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la

Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en

otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira».

Esas palabras, que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también,

notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la

Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los

veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que

el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula Trueno peinado, y

otro El calambre de yeso y otro Axaxaxas mlö. Esas proposiciones, a primera vista

incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa

justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos

caracteres

dhcmrlchtdj

que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no

encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de

ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un

dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de

los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos -y

también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en

algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición «ubicuo y perdurable sistema

1 Lo repito: basta que un libro sea posible para que exista. Sólo está excluido lo imposible. Por ejemplo: ningún libro es

también una escalera, aunque sin duda hay libros que discuten y niegan y demuestran esa posibilidad y otros cuya

estructura corresponde a la de una escalera.

de galerías hexagonales», pero biblioteca es «pan» o «pirámide» o cualquier otra cosa, y

las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de

entender mi lenguaje?)

La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La

certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en

que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no

saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones

que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber

mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el

temor, pero sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la

Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de

volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.

Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica;

digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado,

postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden

inconcebiblemente cesar -lo cual es absurdo-. Quienes lo imaginan sin límites, olvidan que

los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo

problema: La Biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en

cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se

repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se

alegra con esa elegante esperanza.1

1941, Mar del Plata

1 Letizia Álvarez de Toledo ha observado que la vasta Biblioteca es inútil; en rigor, bastaría un solo volumen,

de formato común, impreso en cuerpo nueve o en cuerpo diez, que constara de un número infinito de hojas

infinitamente delgadas. (Cavalieri a principios del siglo XVII, dijo que todo cuerpo sólido es la superposición de

un número infinito de planos.) El manejo de ese vademecum sedoso no sería cómodo: cada hoja aparente se

desdoblaría en otras análogas; la inconcebible hoja central no tendría revés.




El jardín de los senderos que se bifurcan

A Victoria Ocampo

En la página 22 de la Historia de la Guerra Europea, de Liddell Hart, se lee que una

ofensiva de trece divisiones británicas (apoyadas por mil cuatrocientas piezas de artillería)

contra la línea SerreMontauban había sido planeada para el veinticuatro de julio de 1916 y

debió postergarse hasta la mañana del día veintinueve. Las lluvias torrenciales (anota el

capitán Liddell Hart) provocaron esa demora -nada significativa, por cierto-. La siguiente

declaración, dictada, releída y firmada por el doctor Yu Tsun, antiguo catedrático de inglés

en la Hochschule de Tsingtao, arroja una insospechada luz sobre el caso. Faltan las dos

páginas iniciales.

«... y colgué el tubo. Inmediatamente después, reconocí la voz que había contestado en

alemán. Era la del capitán Richard Madden. Madden, en el departamento de Viktor

Runeberg, quería decir el fin de nuestros afanes y -pero eso parecía muy secundario, o

debía parecérmelo- también de nuestras vidas. Quería decir que Runeberg había sido

arrestado o asesinado.1 Antes que declinara el sol de ese día, yo correría la misma suerte.

Madden era implacable. Mejor dicho, estaba obligado a ser implacable. Irlandés a las

órdenes de Inglaterra, hombre acusado de tibieza y tal vez de traición ¿cómo no iba a

abrazar y agradecer este milagroso favor: el descubrimiento, la captura, quizá la, muerte,

de dos agentes del Imperio alemán? Subí a mi cuarto; absurdamente cerré la puerta con

llave y me tiré de espaldas en la estrecha cama de hierro. En la ventana estaban los

tejados de siempre y el sol nublado de las seis. Me pareció increíble que ese día sin

premoniciones ni símbolos fuera el de mi muerte implacable. A pesar de mi padre muerto,

a pesar de haber sido un niño en un simétrico jardín de Ha¡ Feng ¿yo, ahora, iba a morir?

Después reflexioné que todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente

ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres

en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí... El casi

intolerable recuerdo del rostro acaballado de Madden abolió esas divagaciones. En mitad

de mi odio y de mi terror (ahora no me importa hablar de terror: ahora que he burlado a

Richard Madden, ahora que mi garganta anhela la cuerda) Pênsé que ese guerrero

tumultuoso y sin duda feliz no sospechaba que yo poseía el Secreto. El nombre del preciso

lugar del nuevo parque de artillería británico sobre el Ancre. Un pájaro rayó el cielo gris y

ciegamente lo traduje en un aeroplano y a ese aeroplano en muchos (en el cielo francés)

aniquilando el parque de artillería con bombas verticales. Si mi boca, antes que la

deshiciera un balazo, pudiera gritar ese nombre de modo que lo oyeran en Alemania... Mi

voz humana era muy pobre. ¿Cómo hacerla llegar al oído del Jefe? Al oído de aquel

hombre enfermo y odioso, que no sabía de Runeberg y de mí sino que estábamos en

1 Hipótesis odiosa y estrafalaria. El espía prusiano Hans Rabener alias Viktor Runeberg agredió con una pistola automática

al portador de la orden de arresto, capitán Richard Madden. Éste, en defensa propia, le causó heridas que determinaron su

muerte. (Nota del Editor.)

Staffordshire y que en vano esperaba noticias nuestras en su árida oficina de Berlín,

examinando infinitamente periódicos... Dije en voz alta: «Debo huir». Me incorporé sin

ruido, en una inútil perfección de silencio, como si Madden ya estuviera acechándome.

Algo -tal vez la mera ostentación de probar que mis recursos eran nulos- me hizo revisar

mis bolsillos. Encontré lo que sabía que iba a encontrar: el reloj norteamericano, la

cadena de níquel y la moneda cuadrangular, el llavero con las comprometedoras llaves

inútiles del departamento de Runeberg, la libreta, una carta que resolví destruir

inmediatamente (y que no destruí), una corona, dos chelines y unos Pêniques, el lápiz

rojo-azul, el pañuelo, el revólver con una bala. Absurdamente lo empuñé y sopesé para

darme valor. Vagamente Pênsé que un pistoletazo puede oírse muy lejos. En diez minutos

mi plan estaba maduro. La guía telefónica me dio el nombre de la única persona capaz de

transmitir la noticia: vivía en un suburbio de Fenton, a menos de media hora de tren.

»Soy un hombre cobarde. Ahora lo digo, ahora que he llevado a término un plan que

nadie no calificará de arriesgado. Yo sé que fue terrible su ejecución. No lo hice por

Alemania, no. Nada me importa un país bárbaro, que me ha obligado a la abyección de

ser un espía. Además, yo sé de un hombre de Inglaterra -un hombre modesto- que para

mí no es menos que Goethe. Arriba de una hora no hablé con él, pero durante una hora

fue Goethe... Lo hice, porque yo sentía que el jefe temía un poco a los de mi raza -a los

innumerables antepasados que confluyen en mí-. Yo quería probarle que un amarillo podía

salvar a sus ejércitos. Además, yo debía huir del capitán. Sus manos y su voz podían

golpear en cualquier momento a mi puerta. Me vestí sin ruido, me dije adiós en el espejo,

bajé, escudriñé la calle tranquila y salí. La estación no distaba mucho de casa, pero

juzgué preferible tomar un coche. Argüí que así corría menos peligro de ser reconocido; el

hecho es que en la calle desierta me sentía visible y vulnerable, infinitamente. Recuerdo

que le dije al cochero que se detuviera un poco antes de la entrada central. Bajé con

lentitud voluntaria y casi Pênosa; iba a la aldea de Ashgrove, pero saqué un pasaje para

una estación más lejana. El tren salía dentro de muy pocos minutos, a las ocho y

cincuenta. Me apresuré; el próximo saldría a las nueve y media. No había casi nadie en el

andén. Recorrí los coches: recuerdo unos labradores, una enlutada, un joven que leía con

fervor los Anales de Tácito, un soldado herido y feliz. Los coches arrancaron al fin. Un

hombre que reconocí corrió en vano hasta el límite del andén. Era el capitán Richard

Madden. Aniquilado, trémulo, me encogí en la otra punta del sillón, lejos del temido

cristal.

»De esta aniquilación pasé a una felicidad casi abyecta. Me dije que ya estaba

empeñado mi duelo y que yo había ganado el primer asalto, al burlar, siquiera por

cuarenta minutos, siquiera por un favor del azar, el ataque de mi adversario. Argüí que

esa victoria mínima prefiguraba la victoria total. Argüí que no era mínima, ya que sin esa

diferencia preciosa que el horario de trenes me deparaba, yo estaría en la cárcel, o

muerto. Argüí (no menos sofísticamente) que mi felicidad cobarde probaba que yo era

hombre capaz de llevar a buen término la aventura. De esa debilidad saqué fuerzas que

no me abandonaron. Preveo que el hombre se resignará cada día a empresas más

atroces; pronto no habrá sino guerreros y bandoleros; les doy este consejo: "El ejecutor

de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir

que sea irrevocable como el pasado". Así procedí yo, mientras mis ojos de hombre ya

muerto registraban la fluencia de aquel día que era tal vez el último, y la difusión de la

noche. El tren corría con dulzura, entre fresnos. Se detuvo, casi en medio del campo.

Nadie gritó el nombre de la estación. "¿Ashgrove?", les pregunté a unos chicos en el

andén. "Ashgrove", contestaron. Bajé. »Una lámpara ilustraba el andén, pero las caras de

los niños quedaban en la zona de sombra. Uno me interrogó: "¿Usted va a. casa del

doctor Stephen Albert?" Sin aguardar contestación, otro dijo: "La casa queda lejos de

aquí, pero usted no se perderá si toma ese camino a la izquierda y en cada encrucijada

del camino dobla a la izquierda. Les arrojé una moneda (la última), bajé unos escalones

de piedra y entré en el solitario camino. Éste, lentamente, bajaba. Era de tierra elemental,

arriba se confundían las ramas, la luna baja y circular parecía acompañarme.

»Por un instante, Pênsé que Richard Madden había Pênetrado de algún modo mi

desesperado propósito. Muy pronto comprendí que eso era imposible. El consejo de

siempre doblar a la izquierda me recordó que tal era el procedimiento común para

descubrir el patio central de ciertos laberintos. Algo entiendo de laberintos; no en vano

soy bisnieto de aquel Ts'ui Pên, que fue gobernador de Yunnan y que renunció al poder

temporal para escribir una novela que fuera todavía más populosa que el Hung Lu Meng y

para edificar un laberinto en el que se perdieran todos los hombres. Trece años dedicó a

esas heterogéneas fatigas, pero la mano de un forastero lo asesinó y su novela era

insensata y nadie encontró el laberinto. Bajo los árboles ingleses medité en ese laberinto

perdido: lo imaginé inviolado y perfecto en la cumbre secreta de una montaña, lo imaginé

borrado por arrozales o debajo del agua, lo imaginé infinito, no ya de quioscos ochavados

y de sendas que vuelven, sino de ríos y provincias y reinos... Pênsé en un laberinto de

laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que

implicara de algún modo los astros. Absorto en esas ilusorias imágenes, olvidé mi destino

de perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El

vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde, obraron en mí; asimismo el declive que

eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita. El camino

bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica

se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia.

Pênsé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros

hombres, pero no de un país; no de luciérnagas, palabras, jardines, cursos de agua,

ponientes. Llegué, así, a un alto portón herrumbrado. Entre las rejas descifré una alameda

y una especie de pabellón. Comprendí, de pronto, dos cosas, la primera trivial, la segunda

casi increíble: la música venía del pabellón, la música era china. Por eso, yo la había

aceptado con plenitud, sin prestarle atención. No recuerdo si había una campana o un

timbre o si llamé golpeando las manos. El chisporroteo de la música prosiguió.

»Pero del fondo de la íntima casa un farol se acercaba: un farol que rayaban y a ratos

anulaban los troncos, un farol de papel, que tenía la forma de los tambores y el color de la

luna. Lo traía un hombre alto. No vi su rostro, porque me cegaba la luz. Abrió el portón y

dijo lentamente en mi idioma:

»-Veo que el piadoso Hsi Pêng se empeña en corregir mi soledad. ¿Usted sin duda

querrá ver el jardín?

Reconocí el nombre de uno de nuestros cónsules y repetí desconcertado:

»-¿El jardín?

»-El jardín de senderos que se bifurcan.

»Algo se agitó en mi recuerdo y pronuncié con incomprensible seguridad:

»-El jardín de mi antepasado Ts'ui Pén.

»-¿Su antepasado? ¿Su ilustre antepasado? Adelante.

»El húmedo sendero zigzagueaba como los de mi infancia. Llegamos a una biblioteca de

libros orientales y occidentales. Reconocí, encuadernados en seda amarilla, algunos tomos

manuscritos de la Enciclopedia Perdida que dirigió el Tercer Emperador de la Dinastía

Luminosa y que no se dio nunca a la imprenta. El disco del gramófono giraba junto a un

fénix de bronce. Recuerdo también un jarrón de la familia rosa y otro, anterior de muchos

siglos, de ese color azul que nuestros artífices copiaron de los alfareros de Persia...

» Stephen Albert me observaba, sonriente. Era (ya lo dije) muy alto, de rasgos

afilados, de ojos grises y barba gris. Algo de sacerdote había en él y también de marino;

después me refirió que había sido misionero en Tientsin "antes de aspirar a sinólogo".

»Nos sentamos; yo en un largo y bajo diván; él de espaldas a la ventana y a un alto

reloj circular. Computé que antes de una hora no llegaría mi perseguidor, Richard

Madden. Mi determinación irrevocable podía esperar.

»-Asombroso destino el de Ts'ui Pên -dijo Stephen Albert-. Gobernador de su provincia

natal, docto en astronomía, en astrología y en la interpretación infatigable de los libros

canónicos, ajedrecista, famoso poeta y calígrafo: todo lo abandonó para componer un

libro y un laberinto. Renunció a los placeres de la opresión, de la justicia, del numeroso

lecho, de los banquetes y aun de la erudición, y se enclaustró durante trece años en el

Pabellón de la Límpida Soledad. A su muerte, los herederos no encontraron sino

manuscritos caóticos. La familia, como usted acaso no ignora, quiso adjudicarlos al fuego;

pero su albacea (un monje taoísta o budista) insistió en la publicación.

»-Los de la sangre de Ts'ui Pên -repliqué- seguimos execrando a ese monje. Esa

publicación fue insensata. El libro es un acervo indeciso de borradores contradictorios. Lo

he examinado alguna vez: en el tercer capítulo muere el héroe, en el cuarto está vivo. En

cuanto a la otra empresa de Ts'ui Pên, a su Laberinto...

»-Aquí está el Laberinto -dijo indicándome un alto escritorio laqueado.

»-¡Un laberinto de marfil! -exclamé-. Un laberinto mínimo...

»-Un laberinto de símbolos -corrigió-. Un invisible laberinto de tiempo. A mí, bárbaro

inglés, me ha sido deparado revelar ese misterio diáfano. Al cabo de más de cien años, los

pormenores son irrecuperables, pero no es difícil conjeturar lo que sucedió. Ts'ui Pên diría

una vez: "Me retiro a escribir un libro". Y otra: "Me retiro a construir un laberinto". Todos

imaginaron dos obras; nadie Pensó que libro y laberinto eran un solo objeto. El Pabellón

de la Límpida Soledad se erguía en el centro de un jardín tal vez intrincado; el hecho

puede haber sugerido a los hombres un laberinto físico. Ts’ui Pênmurió; nadie, en las

dilatadas tierras que fueron suyas, dio con el laberinto; la confusión de la novela me

sugirió que ése era el laberinto. Dos circunstancias me dieron la recta solución del

problema. Una: la curiosa leyenda de que Ts’ui Pên se había propuesto un laberinto que

fuera estrictamente infinito. Otra: un fragmento de una carta que descubrí.

» Albert se levantó. Me dio, por unos instantes, la espalda; abrió un cajón del áureo y

renegrido escritorio. Volvió con un papel antes carmesí; ahora rosado y tenue y

cuadriculado. Era justo el renombre caligráfico de Ts'ui Pên. Leí con incomprensión y

fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre: "Dejo a

los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan". Devolví en

silencio la hoja. Albert prosiguió:

»-Antes de exhumar esta carta, yo me había preguntado de qué manera un libro puede

ser infinito. No conjeturé otro procedimiento que el de un volumen cíclico, circular. Un

volumen cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar

indefinidamente. Recordé también esa noche que está en el centro de Las mil y una

noches, cuando la reina Shahrazad (por una mágica distracción del copista) se pone a

referir textualmente la historia de Las mil y una noches, con riesgo de llegar otra vez a la

noche en que la refiere, y así hasta lo infinito. Imaginé también una obra platónica,

hereditaria, transmitida de padre a hijo, en la que cada nuevo individuo agregara un

capítulo o corrigiera con piadoso cuidado la página de los mayores. Esas conjeturas me

distrajeron; pero ninguna parecía corresponder, siquiera de un modo remoto, a los

contradictorios capítulos de Ts'ui Pên. En esa perplejidad, me remitieron de Oxford el

manuscrito que usted ha examinado. Me detuve, como es natural, en la frase: "Dejo a los

varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan". Casi en el acto

comprendí; El jardín de senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase "varios

porvenires (no a todos)" me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el

espacio. La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las , cada

vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las

otras; en la del casi inextricable Ts'ui Pên, opta -simultáneamente- por todas. Crea, así,

diversos porvenires, diversos tiempos, que también proliferan y se bifurcan. De ahí las

contradicciones de la novela. Fang, digamos, tiene un secreto; un desconocido llama a su

puerta; Fang resuelve matarlo. Naturalmente, hay varios desenlaces posibles: Fang puede

matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden

morir, etcétera. En la obra de Ts'ui Pên, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el

punto de partida de otras bifurcaciones. Alguna vez, los senderos de ese laberinto

convergen: por ejemplo, usted llega a esta casa, pero en uno de los pasados posibles

usted es mi enemigo, en otro mi amigo. Si se resigna usted a mi pronunciación incurable,

leeremos unas páginas.

»Su rostro, en el vívido círculo de la lámpara, era sin duda el de un anciano, pero con

algo inquebrantable y aun inmortal. Leyó con lenta precisión dos redacciones de un mismo

capítulo épico. En la primera, un ejército marcha hacia una batalla a través de una

montaña desierta; el horror de las piedras y de la sombra le hace menospreciar la vida y

logra con facilidad la victoria; en la segunda, el mismo ejército atraviesa un palacio en el

que hay una fiesta; la resplandeciente batalla les parece una continuación de la fiesta y

logran la victoria. Yo oía con decente veneración esas viejas , acaso menos

admirables que el hecho de que las hubiera ideado mi sangre y de que un hombre de un

imperio remoto me las restituyera, en el curso de una desesperada aventura, en una isla

occidental.

Recuerdo las palabras finales, repetidas en cada redacción como un mandamiento

secreto: "Así combatieron los héroes, tranquilo el admirable corazón, violenta la espada,

resignados a matar y a morir".

»Desde ese instante, sentí a mi alrededor y en mi oscuro cuerpo una invisible,

intangible pululación. No la pululación de los divergentes, paralelos y finalmente

coalescentes ejércitos, sino una agitación más inaccesible, más intima y que ellos de

algún modo prefiguraban. Stephen Albert prosiguió:

»-No creo que su ilustre antepasado jugara ociosamente a las variaciones. No juzgo

verosímil que sacrificara trece años a la infinita ejecución de un experimento retórico. En

su país, la novela es un género subalterno; en aquel tiempo era un género despreciable.

Ts’ui Pên fue un novelista genial, pero también fue un hombre de letras que sin duda no

se consideró un mero novelista. El testimonio de sus contemporáneos proclamaba -y

harto lo confirma su vida- sus aficiones metafísicas, místicas. La controversia filosófica

usurpa buena parte de su novela. Sé que de todos los problemas, ninguno lo inquietó y lo

trabajó como el abismal problema del tiempo. Ahora bien, ése es el único problema que

no figura en las páginas del Jardín. Ni siquiera usa la palabra que quiere decir tiempo.

¿Cómo se explica usted esa voluntaria omisión?

»Propuse varias soluciones; todas, insuficientes. Las discutimos; al fin, Stepheri Albert

me dijo:

»-En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez ¿cuál es la única palabra prohibida?

»Reflexioné un momento y repuse:

»-La palabra ajedrez.

»-Precisamente -dijo Albert-, El jardín de senderos que se bifurcan es una enorme

adivinanza, o parábola, cuyo tema es el tiempo; esa causa recóndita le prohíbe la

mención de su nombre. Omitir siempre una palabra, recurrir a metáforas ineptas y a

perífrasis evidentes, es quizá el modo más enfático de indicarla. Es el modo tortuoso que

prefirió, en cada uno de los meandros de su infatigable novela, el oblicuo Ts'ui Pên. He

confrontado centenares de manuscritos, he corregido los errores que la negligencia de los

copistas ha introducido, he conjeturado el plan de ese caos, he restablecido, he creído

restablecer el orden primordial, he traducido la obra entera: me consta que no emplea

una sola vez la palabra tiempo. La explicación es obvia: El jardín de senderos que se

bifurcan es una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts'ui

Pên. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo

uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa

de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se

aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las

posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no

yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara,

usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado

muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma.

»-En todos -articulé no sin un temblor- yo agradezco y venero su recreación del jardín

de Ts'ui Pên.

»-No en todos -murmuró con una sonrisa-. El tiempo se bifurca perpetuamente hacia

innumerables futuros. En uno de ellos soy su enemigo.

»Volví a sentir esa pululación de que hablé. Me pareció que el húmedo jardín que

rodeaba la casa estaba saturado hasta lo infinito de invisibles personas. Esas personas

eran Albert y yo, secretos, atareados y multiformes en otras dimensiones de tiempo. Alcé

los ojos y la tenue pesadilla se disipó. En el amarillo y negro jardín había un solo hombre;

pero ese hombre era fuerte como una estatua, pero ese hombre avanzaba por el sendero

y era el capitán Richard Madden.

»-El porvenir ya existe -respondí-, pero yo soy su amigo. ¿Puedo examinar de nuevo la

carta?

»Albert se levantó. Alto, abrió el cajón del alto escritorio; me dio por un momento la

espalda. Yo había preparado el revólver. Disparé con sumo cuidado: Albert se desplomó

sin una queja, inmediatamente. Yo juro que su muerte fue instantánea: una fulminación.

» Lo demás es irreal, insignificante. Madden irrumpió, me arrestó. He sido condenado a la

horca. Abominablemente he vencido: he comunicado a Berlín el secreto nombre de la

ciudad que deben atacar. Ayer la bombardearon; lo leí en los mismos periódicos que

propusieron a Inglaterra el enigma de que el sabio sinólogo Stephen Albert muriera

asesinado por un desconocido, Yá Tsun. El jefe ha descifrado ese enigma. Sabe que mi

problema era indicar (a través del estrépito de la guerra) la ciudad que se llama Albert y

que no hallé otro medio que matar a una persona de ese nombre. No sabe (nadie puede

saber) mi innumerable contrición y cansancio.»




Artificios

(1941)




Prólogo

Aunque de ejecución menos torpe, las piezas de este libro no difieren de las que forman

el anterior. Dos, acaso, permiten una mención detenida: La muerte y la brújula, Funes el

memorioso. La segunda es una larga metáfora del insomnio. La primera, pese a los

nombres alemanes o escandinavos, ocurre en un Buenos Aires de sueños: la torcida Rue

de Toulon es el Paseo de julio; Triste-le-Roy, el hotel donde Herbert Ashe recibió, y tal vez

no leyó, el tomo undécimo de una enciclopedia ilusoria. Ya redactada esa ficción, he

pensado en la conveniencia de amplificar el tiempo y el espacio que abarca: la venganza

podría ser heredada; los plazos podrían computarse por años, tal vez por siglos; la

primera letra del Nombre podría articularse en Islandia; la segunda, en México; la tercera,

en el Indostán. ¿Agregaré que los Hasidim incluyeron santos y que el sacrificio de cuatro

vidas para obtener las cuatro letras que imponen el Nombre es una fantasía que me dictó

la forma de mi cuento?

Buenos Aires, 29 de agosto de 1944

Posdata de 1956. Tres cuentos he agregado a la serie: El Sur, La secta del Fénix, El

Fin. Fuera de un personaje -Recabarren- cuya inmovilidad y pasividad sirven de contraste,

nada o casi nada es invención mía en el decurso breve del último; todo lo que hay en él

está implícito en un libro famoso y yo he sido el primero en desentrañarlo o, por lo

menos, en declararlo. En la alegoría del Fénix me impuse el problema de sugerir un hecho

común -el Secreto- de una manera vacilante y gradual que resultara, al fin, inequívoca;

no sé hasta dónde la fortuna me ha acompañado. De El Sur, que es acaso mi mejor

cuento, básteme prevenir que es posible leerlo como directa narración de hechos

novelescos y también de otro modo.

Schopenhauer, De Quincey, Stevenson, Mauthner, Shaw, Chesterton, Léon Bloy,

forman el censo heterogéneo de los,autores que continuamente releo. En la fantasía

cristológica titulada Tres versiones de Judas, creo percibir el remoto influjo del último.







Funes el memorioso

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en

la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano,

viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de

la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente

remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo

cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana

de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz;

la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora.

Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que

todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y

sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi

deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio

en el Uruguay-,cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño; Funes no dijo

esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para

él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los

superhombres, «un Zarathustra cimarrón y vernáculo»; no lo discuto, pero no hay que

olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.

Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o

febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray

Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco.

Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad.

Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el

cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la

esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una

especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos

veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos

en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como

por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el

cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó

imprevisiblemente: «¿Qué horas son, Ireneo?» Sin consultar el cielo, sin detenerse, el

otro respondió: «Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco». La

voz era aguda, burlona.

Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la

atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo

local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.

Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas

rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj.

Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que

algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un

domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la

quinta de los Laureles.

Los años ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo. El

ochenta y siete volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y,

finalmente, por el «cronométrico Funes». Me contestaron que lo había volteado un

redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado Tullido, sin esperanza.

Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo

lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca

de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me

dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una

telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia

hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo

vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una,

inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un

oloroso gajo de santonina.

No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del

latín. Mi valija incluía el De vires illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los

comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que

excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un

pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos

libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro

encuentro, desdichadamente fugaz, «del día siete de febrero del año ochenta y cuatro»,

ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año,

«había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó», y me solicitaba el

préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario «para la buena

inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín». Prometía devolverlos en

buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del

tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, j por g. Al principio, temí naturalmente una

broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a

descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más

instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad

Parnassum, de Quicherat, y la obra de Plinio.

El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente,

porque mi padre no estaba «nada bien». Dios me perdone; el prestigio de ser el

destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la

contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación

de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda

posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaba el Gradus y el primer tomo de

la Naturales historia. El Saturno zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche,

después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no

menos pesada que el día.

En el decente rancho, la madre de Funes me recibió.

Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a

oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el

patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad

pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en

latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o

plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las

creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de ese noche, supe que

formaban el primer párrafo del vigesimocuarto capítulo del libro séptimo de la Naturalis

historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron «ut nihil

non iisdem verbis redderetur auditum».

Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando.

Me parece que no le vi la cara hasta el alba creo rememorar el ascua momentánea del

cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y

de la enfermedad de mi padre.

Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno e que ya lo sepa el lector)

no tiene otro argumento que ese diálogo d hace ya medio siglo. No trataré de reproducir

sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que

me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi

relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa

noche.

Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos d memoria prodigiosa

registrados por la Naturalis historia: Ciro, re de los persas, que sabía llamar por su

nombre a todos los soldado de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la

justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia;

Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con

evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa

tarde lluviosa e: que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristiano: un

ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción

exacta del tiempo, su memoria de nombre propios; no me hizo caso.) Diecinueve años

había vivido con quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi

todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable

de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco

después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la

inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.

Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos

y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del

amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un

libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que

un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no

eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc.

Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había

reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había

requerido un día entero. Me dijo: «Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido

todos los hombres desde que el mundo es mundo». Y también: «Mis sueños son como la

vigilia de ustedes». Y también, hacia el alba: «Mi memoria, señor, es como vaciadero de

basuras». Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son

formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las

aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego

cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo

velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.

Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no

había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que

nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo

postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o

temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.

La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando.

Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en

muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado

una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los

treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola

palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En

lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) «Máximo Pérez»; en lugar de siete mil

catorce, «El Ferrocarril»; otros números eran «Luis Melián Lafinur», « Olimar», «azufre»,

«los bastos», «la ballena», «el gas», «la caldera», «Napoleón», «Agustín de Vedia». En

lugar de quinientos, decía «nueve». Cada palabra tenía un signo particular, una especie

de marca; las últimas eran muy complicadas... Yo traté de explicarle que esa rapsodia de

voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que

decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades; análisis que no existe en

los «números» El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso

entenderme.

Locke, en el siglo XVII, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa

individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes

proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general,

demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol, de cada

monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir

cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por

cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable,

la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún

de clasificar todos los recuerdos de la niñez.

Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los

números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos,

pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso

mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas.

No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos

dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y

catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto

de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez.

Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes

discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la

fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido

espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso.

Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los

hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y

la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el

infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es

distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada

grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos

importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un

goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había

casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla

homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el

tundo del río, mecido y anulado por la corriente.

Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin

embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar,

abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.

La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.

Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve

años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que

Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras

(que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el

temor de multiplicar ademanes inútiles.

Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.

1942




La forma de la espada

A E. H. M.

Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un

lado ajaba la sien y del otro el pómulo. Su nombre verdadero no importa; todos en

Tacuarembó le decían el Inglés de La Colorada. El dueño de esos campos, Cardoso, no

quería vender; he oído que el Inglés recurrió a un imprevisible argumento: le confió la

historia secreta de la cicatriz. El Inglés venía de la frontera, de Río Grande del Sur; no

faltó quien dijera que en el Brasil había sido contrabandista. Los campos estaban

empastados; las aguadas, amargas; el Inglés, para corregir esas deficiencias, trabajó a la

par de sus peones. Dicen que era severo hasta la crueldad, pero escrupulosamente justo.

Dicen también que era bebedor: un par de veces al año se encerraba en el cuarto del

mirador y emergía a los dos o tres días como de una batalla o de un vértigo, pálido,

trémulo, azorado y tan autoritario como antes. Recuerdo los ojos glaciales, la enérgica

flacura, el bigote gris. No se daba con nadie; es verdad que su español era rudimental,

abrasilerado. Fuera de alguna carta comercial o de algún folleto, no recibía

correspondencia.

La última vez que recorrí los departamentos del Norte, una crecida del arroyo

Caraguatá me obligó a hacer noche en La Colorada. A los pocos minutos creí notar que mi

aparición era inoportuna; procuré congraciarme con el Inglés; acudí a la menos perspicaz

de las pasiones: el patriotismo. Dije que era invencible un país con el espíritu de

Inglaterra. Mi interlocutor asintió, pero agregó con una sonrisa que él no era inglés. Era

irlandés, de Dungarvan. Dicho esto se detuvo, como si hubiera revelado un secreto.

Salimos, después de comer, a mirar el cielo. Había escampado, pero detrás de las

cuchillas del Sur, agrietado y rayado de relámpagos, urdía otra tormenta. En el

desmantelado comedor, el peón que había servido la cena trajo una botella de ron.

Bebimos largamente, en silencio.

No sé qué hora sería cuando advertí que yo estaba borracho; no sé qué inspiración o

qué exultación o qué tedio me hizo mentar la cicatriz. La cara del Inglés se demudó;

durante unos segundos pensé que me iba a expulsar de la casa. Al fin me dijo con su voz

habitual:

-Le contaré la historia de mi herida bajo una condición: la de no mitigar ningún oprobio,

ninguna circunstancia de infamia.

Asentí. Esta es la historia que contó, alternando el inglés con el español, y aun con el

portugués:

-Hacia 1922, en una de las ciudades de Connaught, yo era uno de los muchos que

conspiraban por la independencia de Irlanda. De mis compañeros, algunos sobreviven

dedicados a tareas pacíficas; otros, paradójicamente, se baten en los mares o en el

desierto, bajo los colores ingleses; otro, el que más valía, murió en el patio de un cuartel,

en el alba, fusilado por hombres llenos de sueño; otros (no los más desdichados) dieron

con su destino en las anónimas y casi secretas batallas de la guerra civil. Éramos

republicanos, católicos; éramos, lo sospecho, románticos. Irlanda no sólo era para

nosotros el porvenir utópico y el intolerable presente; era una amarga y cariñosa

mitología, era las torres circulares y las ciénagas rojas, era el repudio de Parnell y las

enormes epopeyas que cantan el robo de toros que en otra encarnación fueron héroes y

en otras peces y montañas... En un atardecer que no olvidaré, nos llegó un afiliado de

Munster: un tal John Vincent Moon.

»Tenía escasamente veinte años. Era flaco y fofo a la vez; daba la incómoda impresión

de ser invertebrado. Había cursado con fervor y con vanidad casi todas las páginas de no

sé qué manual comunista; el materialismo dialéctico le servía para cegar cualquier

discusión. Las razones que puede tener un hombre para abominar de otro o para quererlo

son infinitas: Moon reducía la historia universal a un sórdido conflicto económico.

Afirmaba que la revolución está predestinada a triunfar. Yo le dije que a un gentleman

sólo pueden interesarle causas perdidas... Ya era de noche; seguimos disintiendo en el

corredor, en las escaleras, luego en las vagas calles. Los juicios emitidos por Moon me

impresionaron menos que su inapelable tono apodíctico. El nuevo camarada no discutía:

dictaminaba con desdén y con cierta cólera.

»Cuando arribamos a las últimas casas, un brusco tiroteo nos aturdió. (Antes o

después, orillamos el ciego paredón de una fábrica o de un cuartel.) Nos internamos en

una calle de tierra; un soldado, enorme en el resplandor, surgió de una cabaña

incendiada. A gritos nos mandó que nos detuviéramos. Yo apresuré mis pasos, mi

camarada no me siguió. Me di vuelta: John Vincent Moon estaba inmóvil, fascinado y

como eternizado por el terror. Entonces yo volví, derribé de un golpe al soldado, sacudía

Vincent Moon, lo insulté y le ordené que me siguiera. Tuve que tomarlo del brazo; la

pasión del miedo lo invalidaba. Huimos, entre la noche agujereada de incendios. Una

descarga de fusilería nos buscó; una bala rozó el hombro derecho de Moon; éste,

mientras huíamos entre pinos, prorrumpió en un débil sollozo.

»En aquel otoño de 1922 yo me había guarecido en la quinta del general Berkeley. Éste

(a quien yo jamás había visto) desempeñaba entonces no sé qué cargo administrativo en

Bengala; el edificio tenía menos de un siglo, pero era desmedrado y opaco y abundaba en

perplejos corredores y en vanas antecámaras. El museo y la enorme biblioteca usurpaban

la planta baja: libros controversiales e incompatibles que de algún modo son la historia

del siglo XIX; cimitarras de Nishapur, en cuyos detenidos arcos de círculo parecían

perdurar el viento y la violencia de la batalla. Entramos (creo recordar) por los fondos.

Moon, trémula y reseca la boca, murmuró que los episodios de la noche eran

interesantes; le hice una curación, le traje una taza de té; pude comprobar que su

"herida" era superficial. De pronto balbuceó con perplejidad:

»-Pero usted se ha arriesgado sensiblemente.

»Le dije que no se preocupara. (El hábito de la guerra civil me había impelido a obrar

como obré; además, la prisión de un solo afiliado podía comprometer nuestra causa.)

»Al otro día Moon había recuperado el aplomo. Aceptó un cigarrillo y me sometió a un

severo interrogatorio sobre los "recursos económicos de nuestro partido revolucionario".

Sus preguntas eran muy lúcidas; le dije (con verdad) que la situación era grave. Hondas

descargas de fusilería conmovieron el Sur. Le dije a Moon que nos esperaban los

compañeros. Mi sobretodo y mi revólver estaban en mi pieza; cuando volví, encontré a

Moon tendido en el sofá, con los ojos cerrados. Conjeturó que tenía fiebre; invocó un

doloroso espasmo en el hombro.

»Entonces comprendí que su cobardía era irreparable. Le rogué torpemente que se

cuidara y me despedí. Me abochornaba ese hombre con miedo, como si yo fuera el

cobarde, no Vincent Moon. Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los

hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género

humano; por eso río es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo.

Acaso Schopenhauer tiene razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los

hombres, Shakespeare es de algún modo el miserable John Vincent Moon.

Nueve días pasamos en la enorme casa del general. De las agonías y luces de la guerra

no diré nada: mi propósito es referir la historia de esta cicatriz que me afrenta. Esos

nueve días, en mi recuerdo, forman un solo día, salvo el penúltimo, cuando los nuestros

irrumpieron en un cuartel y pudimos vengar exactamente a los dieciséis camaradas que

fueron ametrallados en Elphin. Yo me escurría de la casa hacia el alba, en la confusión del

crepúsculo. Al anochecer estaba de vuelta. Mi compañero me esperaba en el primer piso:

la herida no le permitía descender a la planta baja. Lo rememoro con algún libro de

estrategia en la mano: E N. Maude o Clausewitz. "El arma que prefiero es la artillería", me

confesó una noche. Inquiría nuestros planes; le gustaba censurarlos o reformarlos.

También solía denunciar "nuestra deplorable base económicá', profetizaba, dogmático y

sombrío, el ruinoso fin. "C’est une affaire flambée" murmuraba. Para mostrar que le era

indiferente ser un cobarde físico, magnificaba su soberbia mental. Así pasaron, bien o

mal, nueve días.

El décimo la ciudad cayó definitivamente en poder de los Black and Tans. Altos jinetes

silenciosos patrullaban las rutas; había cenizas y humo en el viento; en una esquina vi

tirado un cadáver, menos tenaz en mi recuerdo que un maniquí en el cual los soldados

interminablemente ejercitaban la puntería, en mitad de la plaza... Yo había salido cuando

el amanecer estaba en el cielo; antes del mediodía volví. Moon, en la biblioteca, hablaba

con alguien; el tono de la voz me hizo comprender que hablaba por teléfono. Después oí

mi nombre; después que yo regresaría a las siete, después la indicación de que me

arrestaran cuando yo atravesara el jardín. Mi razonable amigo estaba razonablemente

vendiéndome. Le oí exigir unas garantías de seguridad personal.

»Aquí mi historia se confunde y se pierde. Sé que perseguí al delator a través de

negros corredores de pesadilla y de hondas escaleras de vértigo. Moon conocía la casa

muy bien, harto mejor que yo. Una o dos veces lo perdí. Lo acorralé antes de que los

soldados me detuvieran. De una de las panoplias del general arranqué un alfanje; con esa

media luna de acero le rubriqué en la cara, para siempre, una media luna de sangre.

Borges: a usted que es un desconocido, le he hecho esta confesión. No me duele tanto su

menosprecio.

Aquí el narrador se detuvo. Noté que le temblaban las manos.

-¿Y Moon? -le interrogué.

-Cobró los dineros de judas y huyó al Brasil. Esa tarde, en la plaza, vio fusilar un

maniquí por unos borrachos.

Aguardé en vano la continuación de la historia. Al fin le dije que prosiguiera.

Entonces un gemido lo atravesó; entonces me mostró con débil dulzura la corva cicatriz

blanquecina.

-¿Usted no me cree? -balbuceó-. ¿No ve que llevo escrita en la cara la marca de mi

infamia? Le he narrado la historia de este modo para que usted la oyera hasta el fin. Yo

he denunciado al hombre que me amparó: yo soy Vincent Moon. Ahora desprécieme.

1942







Tema del traidor y del héroe

Bajo el notorio influjo de Chesterton (discurridor y exornador de elegantes misterios) y

del consejero áulico Leibniz (que inventó la armonía preestablecida), he imaginado este

argumento, que escribiré tal vez y que ya de algún modo me justifica, en las tardes

inútiles. Faltan pormenores, rectificaciones, ajustes; hay zonas de la historia que no me

fueron reveladas aún; hoy, 3 de enero de 1944, la vislumbro así.

La acción transcurre en un país oprimido y tenaz: Polonia, Irlanda, la república de

Venecia, algún Estado sudamericano o balcánico... Ha transcurrido, mejor dicho, pues

aunque el narrador es contemporáneo, la historia referida por él ocurrió al promediar o al

empezar el siglo XIX. Digamos (para comodidad narrativa) Irlanda; digamos 1824. El

narrador se llama Ryan; es bisnieto del joven, del heroico, del bello, del asesinado Fergus

Kilpatrick, cuyo sepulcro fue misteriosamente violado, cuyo nombre ilustra los versos de

Browning y de Hugo, cuya estatua preside un cerro gris entre ciénagas rojas.

Kilpatrick fue un conspirador, un secreto y glorioso capitán de conspiradores; a

semejanza de Moisés que, desde la tierra de Moab, divisó y no pudo pisar la tierra

prometida, Kilpatrick pereció en la víspera de la rebelión victoriosa que había premeditado

y soñado. Se aproxima la fecha del primer centenario de su muerte; las circunstancias del

crimen son enigmáticas; Ryan, dedicado a la redacción de una biografía del héroe,

descubre qué el enigma rebasa lo puramente policial. Kilpatrick fue asesinado en un

teatro; la policía británica no dio jamás con el matador; los historiadores declaran que ese

fracaso no empaña su buen crédito, ya que tal vez lo hizo matar la misma policía. Otras

facetas del enigma inquietan a Ryan. Son de carácter cíclico: parecen repetir o combinar

hechos de remotas regiones, de remotas edades. Así, nadie ignora que los esbirros que

examinaron el cadáver del héroe hallaron una carta cerrada que le advertía el riesgo de

concurrir al teatro, esa noche; también julio César, al encaminarse al lugar donde lo

aguardaban los puñales de sus amigos, recibió un memorial que no llegó a leer, en que

iba declarada la traición, con los nombres de los traidores. La mujer de César, Calpurnia,

vio en sueños abatida una torre que le había decretado el Senado; falsos y anónimos

rumores, la víspera de la muerte de Kilpatrick, publicaron en todo el país el incendio de la

torre circular de Kilgarvan, hecho que pudo parecer un presagio, pues aquél había nacido

en Kilgarvan. Esos paralelismos (y otros) de la historia de César y de la historia de un

Sho the Platonic Year

Whirls out new right and wrong

Whirls in the old instead;

All men are dancers and their tread

Goes to the barbarous clangour of a gong.

W B. YEATS, The Tower

conspirador irlandés inducen a Ryan a suponer una secreta forma del tiempo, un dibujo de

líneas que se repiten. Piensa en la historia decimal que ideó Condorcet; en las morfologías

que propusieron Hegel, Spengler y Vico; en los hombres de Hesíodo, que degeneran

desde el oro hasta el hierro. Piensa en la transmigración de las almas, doctrina que da

horror a las letras célticas y que el propio César atribuyó a los druidas británicos; piensa

que antes de ser Fergus Kilpatrick, Fergus Kilpatrick fue Julio César. De esos laberintos

circulares lo salva una curiosa comprobación, una comprobación que luego lo abisma en

otros laberintos más inextricables y heterogéneos: ciertas palabras de un mendigo que

conversó con Fergus Kilpatrick el día de su muerte, fueron prefiguradas por Shakespeare,

en la tragedia de Macbeth. Que la historia hubiera copiado a la historia ya era

suficientemente pasmoso; que la historia copie a la literatura es inconcebible... Ryan

indaga que en 1814, James Alexander Nolan, el más antiguo de los compañeros del

héroe, había traducido al gaélico los principales dramas de Shakespeare; entre ellos, Julio

César. También descubre en los archivos un artículo manuscrito de Nolan sobre los

Festspiele de Suiza: vastas y errantes representaciones teatrales, que requieren miles de

actores y que reiteran episodios históricos en las mismas ciudades y montañas donde

ocurrieron. Otro documento inédito le revela que, pocos días antes del fin, Kilpatrick,

presidiendo el último cónclave, había firmado la sentencia de muerte de un traidor, cuyo

nombre ha sido borrado. Esta sentencia no condice con los piadosos hábitos de Kilpatrick.

Ryan investiga el asunto (esa investigación es uno de los hiatos del argumento) y logra

descifrar el enigma.

Kilpatrick fue ultimado en un teatro, pero de teatro hizo también la entera ciudad, y los

actores fueron legión, y el drama coronado por su muerte abarcó muchos días y muchas

noches. He aquí lo acontecido:

El 2 de agosto de 1824 se reunieron los conspiradores. El país estaba maduro para la

rebelión; algo, sin embargo, fallaba siempre: algún traidor había en el cónclave. Fergus

Kilpatrick había encomendado a James Nolan el descubrimiento de ese traidor. Nolan

ejecutó su tarea: anunció en pleno cónclave que el traidor era el mismo Kilpatrick.

Demostró con pruebas irrefutables la verdad de la acusación; los conjurados condenaron a

muerte a su presidente. Éste firmó su propia sentencia, pero imploró que su castigo no

perjudicara a la patria.

Entonces Nolan concibió un extraño proyecto. Irlanda idolatraba a Kilpatrick; la más

tenue sospecha de su vileza hubiera comprometido la rebelión; Nolan propuso un plan que

hizo de la ejecución del traidor el instrumento para la emancipación de la patria. Sugirió

que el condenado muriera a manos de un asesino desconocido, en circunstancias

deliberadamente dramáticas, que se grabaran en la imaginación popular y que

apresuraran la rebelión. Kilpatrick juró colaborar en este proyecto, que le daba ocasión de

redimirse y que rubricaría su muerte.

Nolan, urgido por el tiempo, no supo íntegramente inventar las circunstancias de la

múltiple ejecución; tuvo que plagiar a otro dramaturgo, al enemigo inglés William

Shakespeare. Repitió escenas de Macbeth, de Julio César. La pública y secreta

representación comprendió varios días. El condenado entró en Dublín, discutió, obró, rezó,

reprobó, pronunció palabras patéticas, y cada uno de esos actos que reflejaría la gloria,

había sido prefijado por Nolan. Centenares de actores colaboraron con el protagonista; el

rol de algunos fue complejo; el de otros, momentáneo. Las cosas que dijeron e hicieron

perduran en los libros históricos, en la memoria apasionada de Irlanda. Kilpatrick,

arrebatado por ese minucioso destino que lo redimía y que lo perdía, más de una vez

enriqueció con actos y palabras improvisadas el texto de su juez. Así fue desplegándose

en el tiempo el populoso drama, hasta que el 6 de agosto de 1824, en un palco de

funerarias cortinas que prefiguraba el de Lincoln, un balazo anhelado entró en el pecho

del traidor y del héroe, que apenas pudo articular, entre dos efusiones de brusca sangre,

algunas palabras previstas.

En la obra de Nolan, los pasajes imitados de Shakespeare son los menos dramáticos;

Ryan sospecha que el autor los intercaló para que una persona, en el porvenir, diera con

la verdad. Comprende que él también forma parte de la trama de Nolan... Al cabo de

tenaces cavilaciones, resuelve silenciar el descubrimiento. Publica un libro dedicado a la

gloria del héroe; también eso, tal vez, estaba previsto.




La muerte y la brújula

A Mandie Molina Vedia

De los muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno

tan extraño -tan rigurosamente extraño, diremos- como la periódica serie de hechos de

sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el interminable olor de los

eucaliptos. Es verdad que Erik Lonnröt no logró impedir el último crimen, pero es

indiscutible que lo previó. Tampoco adivinó la identidad del infausto asesino de

Yarmolinsky, pero sí la secreta morfología de la malvada serie y la participación de Red

Scharlach, cuyo segundo apodo es Scharlach el Dandy. Ese criminal (como tantos) había

jurado por su honor la muerte de Lönnrot, pero éste nunca se dejó intimidar. Lönnrt se

creía un puro razonador, un Auguste Dupin, pero algo de aventurero había en él y hasta

de tahúr.

El primer crimen ocurrió en el Hótel du Nord -ese alto prisma que domina el estuario

cuyas aguas tienen el color del desierto-. A esa torre (que muy notoriamente reúne la

aborrecida blancura de un sanatorio, la numerada divisibilidad de una cárcel y la

apariencia general de una casa mala) arribó el día 3 de diciembre el delegado de Podólsk

al Tercer Congreso Talmúdico, doctor Marcelo Yarmolinsky, hombre de barba gris y ojos

grises. Nunca sabremos si el Hótel du Nord le agradó: lo aceptó con la antigua resignación

que le había permitido tolerar tres años de guerra en los Cárpatos y tres mil años de

opresión y de pogroms. Le dieron un dormitorio en el piso R, frente a la suite que no sin

esplendor ocupaba el Tetrarca de Galilea. Yarmolinsky cenó, postergó para el día siguiente

el examen de la desconocida ciudad, ordenó en un placard sus muchos libros y sus muy

pocas prendas, y antes de media noche apagó la luz. (Así lo declaró el chauffeur del

Tetrarca, que dormía en la pieza contigua.) El 4, a las 11 y 3 minutos a.m., lo llamó por

teléfono un redactor de la Yidische Zaitung; el doctor Yarmolinsky no respondió; lo

hallaron en su pieza, ya levemente oscura la cara, casi desnudo bajo una gran capa

anacrónica. Yacía no lejos de la puerta que daba al corredor; una puñalada profunda le

había partido el pecho. Un par de horas después, en el mismo cuarto, entre periodistas,

fotógrafos y gendarmes, el comisario Treviranus y Lönnrot debatían con serenidad el

problema.

-No hay que buscarle tres pies al gato -decía Treviranus, blandiendo un imperioso

cigarro-. Todos sabemos que el Tetrarca de Galilea posee los mejores zafiros del mundo.

Alguien, para robarlos, habrá penetrado aquí por error. Yarmolinsky se ha levantado; el

ladrón ha tenido que matarlo. ¿Qué le parece?

-Posible, pero no interesante -respondió Lönnrot-. Usted replicará que la realidad no

tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede

prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted ha improvisado,

interviene copiosamente el azar. He aquí un rabino muerto; yo preferiría una explicación

puramente rabínica, no los imaginarios percances de un imaginario ladrón.

Treviranus repuso con mal humor:

-No me interesan las explicaciones rabínicas; me interesa la captura del hombre que

apuñaló a este desconocido.

-No tan desconocido -corrigió Lönnrot-. Aquí están sus obras completas. -Indicó en el

placard una fila de altos volúmenes: una Vindicación de la cábala; un Examen de la

filosofia de Robert Flood una traducción literal del Sepher Yezirah; una Biografía del

Baal Shem; una Historia de la secta de los Hasidim; una monografía (en alemán) sobre

el Tetragrámaton; otra, sobre la nomenclatura divina del Pentateuco. El comisario los miró

con temor, casi con repulsión. Luego, se echó a reír.

-Soy un pobre cristiano -repuso-. Llévese todos esos mamotretos, si quiere; no tengo

tiempo que perder en supersticiones judías.

-Quizá este crimen pertenece a la historia de las supersticiones judías -murmuró

Lönnrot.

-Como el cristianismo -se atrevió a completar el redactor de la Yidische Zaitung. Era

miope, ateo y muy tímido.

Nadie le contestó. Uno de los agentes había encontrado en la pequeña máquina de

escribir una hoja de papel con esta sentencia inconclusa:

La primera letra del Nombre ha sido articulada.

Lönnrot, se abstuvo de sonreír: Bruscamente bibliófilo o hebraísta, ordenó que le

hicieran un paquete con los libros del muerto y los llevó a su departamento. Indiferente a

la investigación policial, se dedicó a estudiarlos. Un libro en octavo mayor le reveló las

enseñanzas de Israel Baal Shem Tobh, fundador de la secta de los Piadosos; otro, las

virtudes y terrores del Tetragrámaton, que es el inefable Nombre de Dios; otro, la tesis de

que Dios tiene un nombre secreto, en el cual está compendiado (como en la esfera de

cristal que los persas atribuyen a Alejandro de Macedonia). Su noveno atributo, la

eternidad -es decir, el conocimiento inmediato- de todas las cosas que serán, que son y

que han sido en el universo. La tradición enumera noventa y nueve nombres de Dios; los

hebraístas atribuyen ese imperfecto número al mágico temor de las cifras pares; los

Hasidim razonan que ese hiato señala un centésimo nombre -el Nombre Absoluto.

De esa erudición lo distrajo, a los pocos días, la aparición del redactor de la Yidische

Zaitung. Éste quería hablar del asesinato; Lönnrot prefirió hablar de los diversos nombres

de Dios; el periodista declaró en tres columnas que el investigador Erik Lönnrot se había

dedicado a estudiar los nombres de Dios para dar con el nombre del asesino. Lönnrot,

habituado a las simplificaciones del periodismo, no se indignó. Uno de esos tenderos que

han descubierto que cualquier hombre se resigna a comprar cualquier libro, publicó una

edición popular de la Historia de la secta de los Hasidim.

El segundo crimen ocurrió la noche del 3 de enero, en el más desamparado y vacío de

los huecos suburbios occidentales de la capital. Hacia el amanecer, uno de los gendarmes

que vigilan a caballo esas soledades vio en el umbral de una antigua pinturería un hombre

emponchado, yacente. El duro rostro estaba como enmascarado de sangre; una puñalada

profunda le había rajado el pecho. En la pared, sobre los rombos amarillos y rojos, había

unas palabras en tiza. El gendarme las deletreó... Esa tarde, Treviranus y Lönnrot se

dirigieron a la remota escena del crimen. A izquierda y a derecha del automóvil, la ciudad

se desintegraba; crecía el firmamento y ya importaban poco las casas y mucho un horno

de ladrillos o un álamo. Llegaron a su pobre destino: un callejón final de tapias rosadas

que parecían reflejar de algún modo la desaforada puesta de sol. El muerto ya había sido

identificado. Era Daniel Simón Azevedo, hombre de alguna fama en los antiguos arrabales

del Norte, que había ascendido de carrero a guapo electoral, para degenerar después en

ladrón y hasta en delator. (El singular estilo de su muerte les pareció adecuado: Azevedo

era el último representante de una generación de bandidos que sabía el manejo del puñal,

pero no del revólver.) Las palabras de tiza eran las siguientes:

La segunda letra del Nombre ha sido articulada.

El tercer crimen ocurrió la noche del 3 de febrero. Poco antes de la una, el teléfono

resonó en la oficina del comisario Treviranus. Con ávido sigilo, habló un hombre de voz

gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg) y que estaba dispuesto a comunicar,

por una remuneración razonable, los hechos de los dos sacrificios de Azevedo y de

Yarmolinsky. Una discordia de silbidos y de cornetas ahogó la voz del delator. Después, la

comunicación se cortó. Sin rechazar aún la posibilidad de una broma (al fin, estaban en

carnaval) Treviranus indagó que le habían hablado desde Liverpool House, taberna de la

Rue de Toulon -esa calle salobre en la que conviven el cosmorama y la lechería, el burdel

y los vendedores de biblias-. Treviranus habló con el patrón. Éste (Black Finnegan,

antiguo criminal irlandés, abrumado y casi anulado por la decencia) le dijo que la última

persona que había empleado el teléfono de la casa era un inquilino, un tal Gryphius, que

acababa de salir con unos amigos. Treviranus fue en seguida a Liverpool House. El patrón

le comunicó lo siguiente: Hace ocho días, Gryphius había tomado una pieza en los altos

del bar. Era un hombre de rasgos afilados, de nebulosa barba gris, trajeado pobremente

de negro; Finnegan (que destinaba esa habitación a un empleo que Treviranus adivinó) le

pidió un alquiler sin duda excesivo; Gryphius inmediatamente pagó la suma estipulada. No

salía casi nunca; cenaba y almorzaba en su cuarto; apenas si le conocían la cara en el

bar. Esa noche, bajó a telefonear al despacho de Finnegan. Un cupé cerrado se detuvo

ante la taberna. El cochero no se movió del pescante; algunos parroquianos recordaron

que tenía máscara de oso. Del cupé bajaron dos arlequines, eran de reducida estatura y

nadie pudo no observar que estaban muy borrachos. Entre balidos de cornetas,

irrumpieron en el escritorio de Finnegan; abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos,

pero que les respondió con frialdad; cambiaron unas palabras en yiddish -él en voz baja,

gutural, ellos con voces falsas, agudas- y subieron a la pieza del fondo. Al cuarto de hora

bajaron los tres, muy felices; Gryphius, tambaleante, parecía tan borracho como los otros.

Iba, alto y vertiginoso, en el medio, entre los arlequines enmascarados. (Una de las

mujeres del bar recordó los losanges amarillos, rojos y verdes.) Dos veces tropezó; dos

veces lo sujetaron los arlequines. Rumbo a la dársena inmediata, de agua rectangular, los

tres subieron al cupé y desaparecieron. Ya en el estribo del cupé, el último arlequín

garabateó una figura obscena y una sentencia en una de las pizarras de la recova.

Treviranus vio la sentencia. Era casi previsible, decía:

La última de las letras del Nombre ha sido articulada.

Examinó, después, la piecita de Gryphius-Ginzberg. Había en el suelo una brusca

estrella de sangre; en los rincones, restos de cigarrillos de marca húngara; en un armario,

un libro en latín -el Philologus hebraeograecus (1739) de Leusden- con varias notas

manuscritas. Treviranus lo miró con indignación e hizo buscar a Lönnrot. Éste, sin sacarse

el sombrero, se puso a leer, mientras el comisario interrogaba a los contradictorios

testigos del secuestro posible. A las cuatro salieron. En la torcida Rue de Toulon, cuando

pisaban las serpentinas muertas del alba, Treviranus dijo:

-¿Y si la historia de esta noche fuera un simulacro?

Erik Lönnrot sonrió y le leyó con toda gravedad un pasaje (que estaba subrayado) de la

disertación trigésima tercera del Philologus: «“Dies Judaeorum incipit a solis occasu

usque ad solis occasum die¡ sequentis”. Esto quiere decir -agregó-: “El día hebreo

empieza al anochecer y dura hasta el siguiente anochecer”».

El otro ensayó una ironía.

-¿Ese dato es el más valioso que usted ha recogido esta noche?

-No. Más valiosa es una palabra que dijo Ginzberg.

Los diarios de la tarde no descuidaron esas desapariciones periódicas. La Cruz de la

Espada las contrastó con la admirable disciplina y el orden del último Congreso Eremítico;

Ernst Palast, en El Mártir, reprobó «las demoras intolerables de un pogrom clandestino y

frugal, que ha necesitado tres meses para liquidar tres judíos»; la Yidische Zaitung

rechazó la hipótesis horrorosa de un complot antisemita, «aunque muchos espíritus

penetrantes no admiten otra solución del triple misterio»; el más ilustre de los pistoleros

del Sur, Dandy Red Scharlach, juró que en su distrito nunca se producirían crímenes de

ésos y acusó de culpable negligencia al comisario Franz Treviranus.

Éste recibió, la noche del primero de marzo, un imponente sobre sellado. Lo abrió: el

sobre contenía una carta firmada Baruj Spinoza y un minucioso plano de la ciudad,

arrancado notoriamente de un Baedeker. La carta profetizaba que el 3 de marzo no habría

un cuarto crimen, pues la pinturería del Oeste, la taberna de la Rue de Toulon y el Hótel

du Nord eran «los vértices perfectos de un triángulo equilátero y místico» ; el plano

demostraba en tinta roja la regularidad de ese triángulo. Treviranus leyó con resignación

ese argumento more geometrico y mandó la carta y el plano a casa de Lönnrot

-indiscutible merecedor de tales locuras.

Erik Lönnrot las estudió. Los tres lugares, en efecto, eran equidistantes. Simetría en el

tiempo (3 de diciembre, 3 de enero, 3 de febrero); simetría en el espacio, también...

Sintió, de pronto, que estaba por descifrar el misterio. Un compás y una brújula

completaron esa brusca intuición. Sonrió, pronunció la palabra Tetragrámaton (de

adquisición reciente) y llamó por teléfono al comisario. Le dijo:

-Gracias por ese triángulo equilátero que usted anoche me mandó. Me ha permitido

resolver el problema. Mañana viernes los criminales estarán en la cárcel; podemos estar

muy tranquilos.

-Entonces ¿no planean un cuarto crimen?

-Precisamente porque planean un cuarto crimen, podemos estar muy tranquilos.

-Lönnrot colgó el tubo. Una hora después, viajaba en un tren de los Ferrocarriles

Australes, rumbo a la quinta abandonada de Triste-le-Roy. Al sur de la ciudad de mi

cuento fluye un ciego riachuelo de aguas barrosas, infamado de curtiembres y de basuras.

Del otro lado hay un suburbio fabril donde, al amparo de un caudillo barcelonés, medran

los pistoleros. Lönnrot sonrió al pensar que el más afamado -Red Scharlach- hubiera dado

cualquier cosa por conocer esa clandestina visita. Azevedo fue compañero de Scharlach;

Lönnrot consideró la remota posibilidad de que la cuarta víctima fuera Scharlach.

Después, la desechó... Virtualmente, había descifrado el problema; las meras

circunstancias, la realidad (nombres, arrestos, caras, trámites judiciales y carcelarios),

apenas le interesaban ahora. Quería pasear, quería descansar de tres meses de

sedentaria investigación. Reflexionó que la explicación de los crímenes estaba en un

triángulo anónimo y en una polvorienta palabra griega. El misterio casi le pareció

cristalino; se abochornó de haberle dedicado cien días.

El tren paró en una silenciosa estación de cargas. Lönnrot bajó. Era una de esas tardes

desiertas que parecen amaneceres. El aire de la turbia llanura era húmedo y frío. Lönnrot,

echó a andar por el campo. Vio perros, vio un furgón en una vía muerta, vio el horizonte,

vio un caballo plateado que bebía el agua crapulosa de un charco. Oscurecía cuando vio el

mirador rectangular de la quinta de Triste-le-Roy, casi tan alto como los negros eucaliptos

que lo rodeaban. Pensó que apenas un amanecer y un ocaso (un viejo resplandor en el

oriente y otro en el occidente) lo separaban de la hora anhelada por los buscadores del

Nombre.

Una herrumbrada verja definía el perímetro irregular de la quinta. El portón principal

estaba cerrado. Lönnrot, sin mucha esperanza de entrar, dio toda la vuelta. De nuevo

ante el portón infranqueable, metió la mano entre los barrotes, casi maquinalmente, y dio

con el pasador. El chirrido del hierro lo sorprendió. Con una pasividad laboriosa, el portón

entero cedió.

Lönnrot avanzó entre los eucaliptos, pisando confundidas generaciones de rotas hojas

rígidas. Vista de cerca, la casa de la quinta de Triste-le-Roy abundaba en inútiles simetrías

y en repeticiones maniáticas: a una Diana glacial en un nicho lóbrego correspondía en un

segundo nicho otra Diana; un balcón se reflejaba en otro balcón; dobles escalinatas se

abrían en doble balaustrada. Un Hermes de dos caras proyectaba una sombra

monstruosa. Lönnrot rodeó la casa como había rodeado la quinta. Todo lo examinó; bajo

el nivel de la terraza vio una estrecha persiana.

La empujó: unos pocos escalones de mármol descendían a un sótano. Lönnrot, que ya

intuía las preferencias del arquitecto, adivinó que en el opuesto muro del sótano había

otros escalones. Los encontró, subió, alzó las manos y abrió la trampa de salida.

Un resplandor lo guió a una ventana. La abrió: una luna amarilla y circular definía en el

triste jardín dos fuentes cegadas. Lönnrot exploró la casa. Por antecomedores y galerías

salió a patios iguales y repetidas veces al mismo patio. Subió por escaleras polvorientas a

antecámaras circulares; infinitamente se multiplicó en espejos opuestos; se cansó de abrir

o entreabrir ventanas que le revelaban, afuera, el mismo desolado jardín desde varias

alturas y varios ángulos; adentro, muebles con fundas amarillas y arañas embaladas en

tarlatán. Un dormitorio lo detuvo; en ese dormitorio, una sola flor en una copa de

porcelana; al primer roce los pétalos antiguos se deshicieron. En el segundo piso, en el

último, la casa le pareció infinita y creciente. «La casa no es tan grande -pensó-. La

agrandan la penumbra, la simetría, los espejos, los muchos años, mi desconocimiento, la

soledad.»

Por una escalera espiral llegó al mirador. La luna de esa tarde atravesaba los losanges

de las ventanas; eran amarillos, rojos y verdes. Lo detuvo un recuerdo asombrado y

vertiginoso.

Dos hombres de pequeña estatura, feroces y fornidos, se arrojaron sobre él y lo

desarmaron; otro, muy alto, lo saludó con gravedad y le dijo:

-Usted es muy amable. Nos ha ahorrado una noche y un día.

Era Red Scharlach. Los hombres maniataron a Lönnrot. Éste, al fin, encontró su voz.

-Scharlach ¿usted busca el Nombre Secreto?

Scharlach seguía de pie, indiferente. No había participado en la breve lucha, apenas si

alargó la mano para recibir el revólver de Lönnrot. Habló; Lönnrot oyó en su voz una

fatigada victoria, un odio del tamaño del universo, una tristeza no menor que aquel odio.

-No -dijo Scharlach-. Busco algo más efímero y deleznable, busco a Erik Lönnrot. Hace

tres años, en un garito de la Rue de Toulon, usted mismo arrestó e hizo encarcelar a mi

hermano. En un cupé, mis hombres me sacaron del tiroteo con una bala policial en el

vientre. Nueve días y nueve noches agonicé en esta desolada quinta simétrica; me

arrasaba la fiebre, el odioso Jano bifronte que mira los ocasos y las auroras daba horror a

mi ensueño y a mi vigilia. Llegué a abominar de mi cuerpo, llegué a sentir que dos ojos,

dos manos, dos pulmones, son tan monstruosos como dos caras. Un irlandés trató de

convertirme a la fe de Jesús; me repetía la sentencia de los goim: «Todos los caminos

llevan a Roma». De noche, mi delirio se alimentaba de esa metáfora: yo sentía que el

mundo es un laberinto, del cual era imposible huir, pues todos los caminos, aunque

fingieran ir al norte o al sur, iban realmente a Roma, que era también la cárcel

cuadrangular donde agonizaba mi hermano y la quinta de Triste-le-Roy. En esas noches

yo juré por el dios que ve con dos caras y por todos los dioses de la fiebre y de los

espejos tejer un laberinto en torno del hombre que había encarcelado a mi hermano. Lo

he tejido y es firme: los materiales son un heresiólogo muerto, una brújula, una secta del

siglo xvtii, una palabra griega, un puñal, los rombos de una pinturería.

»El primer término de la serie me fue dado por el azar. Yo había tramado con algunos

colegas -entre ellos, Daniel Azevedo- el robo de los zafiros del Tetrarca. Azevedo nos

traicionó: se emborrachó con el dinero que le habíamos adelantado y acometió la empresa

el día antes. En el enorme hotel se perdió; hacia las dos de la mañana irrumpió en el

dormitorio de Yarmolinsky. Éste, acosado por el insomnio, se había puesto a escribir.

Verosímilmente, redactaba unas notas o un artículo sobre el Nombre de Dios; había

escrito ya las palabras: "La primera letra del Nombre ha sido articulada". Azevedo le

intimó silencio; Yarmolinsky alargó la mano hacia el timbre que despertaría todas las

fuerzas del hotel; Azevedo le dio una sola puñalada en el pecho. Fue casi un movimiento

reflejo; medio siglo de violencia le había enseñado que lo más fácil y seguro es matar... A

los diez días yo supe por la Yidische Zaitung que usted buscaba en los escritos de

Yarmolinsky la clave de la muerte de Yarmolinsky Leí la Historia de la secta de los

Hasidim; supe que el miedo reverente de pronunciar el Nombre de Dios había originado la

doctrina de que ese Nombre es todopoderoso y recóndito. Supe que algunos Hasidim, en

busca de ese Nombre secreto, habían llegado a cometer sacrificios humanos... Comprendí

que usted conjeturaba que los Hasidim habían sacrificado al rabino; me dediqué a

justificar esa conjetura.

»Marcelo Yarmolinsky murió la noche del tres de diciembre; para el segundo "sacrificio"

elegí la del tres de enero. Murió en el Norte; para el segundo "sacrificio" nos convenía un

lugar del Oeste. Daniel Azevedo fue la víctima necesaria. Merecía la muerte: era un

impulsivo, un traidor; su captura podía aniquilar todo el plan. Uno de los nuestros lo

apuñaló; para vincular su cadáver al anterior, yo escribí encima de los rombos de la

pinturería La segunda letra del Nombre ha sido articulada.

» El tercer "crimen" se produjo el 3 de febrero. Fue, como Treviranus adivinó, un mero

simulacro. Gryphius-Ginzberg-Ginsburg soy yo; una semana interminable sobrellevé

(suplementado por una tenue barba postiza) en ese perverso cubículo de la Rue de

Toulon, hasta que los amigos me secuestraron. Desde el estribo del cupé, uno de ellos

escribió en un pilar "La última de las letras del Nombre ha sido articulada". Esa escritura

divulgó que la serie de crímenes era triple. Así lo entendió el público; yo, sin embargo,

intercalé repetidos indicios para que usted, el razonador Erik Lönnrot, comprendiera que

es cuádruple. Un prodigio en el Norte, otros en el Este y en el Oeste, reclaman un cuarto

prodigio en el Sur; el Tetragrámaton -el Nombre de Dios, JHVH- consta de cuatro letras;

los arlequines y la muestra del pinturero sugieren cuatro términos. Yo subrayé cierto

pasaje en el manual de Leusden; ese pasaje manifiesta que los hebreos computaban el

día de ocaso a ocaso; ese pasaje da a entender que las muertes ocurrieron el cuatro de

cada mes. Yo mandé el triángulo equilátero a Treviranus. Yo presentí que usted agregaría

el punto que falta. El punto que determina un rombo perfecto, el punto que prefija el

lugar donde una exacta muerte lo espera. Todo lo he premeditado, Erik Lönnrot, para

atraerlo a usted a las soledades de Triste-le-Roy.

Lönnrot evitó los ojos de Scharlach. Miró los árboles y el cielo subdivididos en rombos

turbiamente amarillos, verdes y rojos. Sintió un poco de frío y una tristeza impersonal,

casi anónima. Ya era de noche; desde el polvoriento jardín subió el grito inútil de un

pájaro. Lönnrot, consideró por última vez el problema de las muertes simétricas y

periódicas.

-En su laberinto sobran tres líneas -dijo por fin-. Yo sé de un laberinto griego que es

una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que bien puede

perderse un mero detective. Scharlach, cuando en otro avatar usted me dé caza, finja (o

cometa) un crimen en A, luego un segundo crimen en B, a 8 kilómetros de A, luego un

tercer crimen en C, a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos.

Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino.

Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy.

-Para la otra vez que lo mate -replicó Scharlach- le prometo ese laberinto, que consta

de una sola línea recta y que es invisible, incesante.

Retrocedió unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego.

1942




El milagro secreto

La noche del 14 de marzo de 1939, en un departamento de la Zeltnergasse de Praga,

Jaromir Hladík, autor de la inconclusa tragedia Los enemigos, de una Vindicación de la

eternidad y de un examen de las indirectas fuentes judías de Jakob Boehme, soñó con

un largo ajedrez. No lo disputaban dos individuos sino dos familias ilustres; la partida

había sido entablada hace muchos siglos; nadie era capaz de nombrar el olvidado premio,

pero se murmuraba que era enorme y quizá infinito; las piezas y el tablero estaban en

una torre secreta; Jaromir (en el sueño) era el primogénito de una de las familias

hostiles; en los relojes resonaba la hora de la impostergable jugada; el soñador corría por

las arenas de un desierto lluvioso y no lograba recordar las figuras ni las leyes del ajedrez.

En ese punto, se despertó. Cesaron los estruendos de la lluvia y de los terribles relojes.

Un ruido acompasado y unánime, cortado por algunas voces de mando, subía de la

Zeltnergasse. Era el amanecer, las blindadas vanguardias del Tercer Reich entraban en

Praga.

El 19, las autoridades recibieron una denuncia; el mismo 19, al atardecer, Jaromir

Hladík fue arrestado. Lo condujeron a un cuartel aséptico y blanco, en la ribera opuesta

del Moldau. No pudo levantar uno solo de los cargos de la Gestapo: su apellido materno

era Jaroslavski, su sangre era judía, su estudio sobre Boehme era judaizante, su firma

dilataba el censo final de una protesta contra el Anschluss. En 1928 había traducido el

Sepher Yezirah para la editorial Hermann Barsdorf; el efusivo catálogo de esa casa había

exagerado comercialmente el renombre del traductor; ese catálogo fue hojeado por Julius

Rothe, uno de los jefes en cuyas manos estaba la suerte de Hladík. No hay hombre que,

fuera de su especialidad, no sea crédulo; dos o tres adjetivos en letra gótica bastaron

para que Julius Rothe admitiera la preeminencia de Hladík y dispusiera que lo condenaran

a muerte, pour encourager les autres. Se fijó el día 29 de marzo, a las nueve a.m. Esa

demora (cuya importancia apreciará después el lector) se debía al deseo administrativo de

obrar impersonal y pausadamente, como los vegetales y los planetas.

El primer sentimiento de Hladík fue de mero terror. Pensó que no lo hubieran arredrado

la horca, la decapitación o el degüello, pero que morir fusilado era intolerable. En vano se

redijo que el acto puro y general de morir era lo temible, no las circunstancias concretas.

No se cansaba de imaginar esas circunstancias: absurdamente procuraba agotar todas las

variaciones. Anticipaba infinitamente el proceso, desde el insomne amanecer hasta la

misteriosa descarga. Antes del día prefijado por Julius Rothe, murió centenares de

Y Dios lo hizo morir durante cien años y

luego lo animó y le dijo:

-¿Cuánto tiempo has estado aquí?

-Un día o parte de un día -respondió.

Alcorán, 11, 261

muertes, en patios cuyas formas y cuyos ángulos fatigaban la geometría, ametrallado por

soldados variables, en número cambiante, que a veces lo ultimaban desde lejos; otras,

desde muy cerca. Afrontaba con verdadero temor (quizá con verdadero coraje) esas

ejecuciones imaginarias; cada simulacro duraba unos pocos segundos; cerrado el círculo,

Jaromir interminablemente volvía a las trémulas vísperas de su muerte. Luego reflexionó

que la realidad no suele coincidir con las previsiones; con lógica perversa infirió que

prever un detalle circunstancial es impedir que éste suceda. Fiel a esa débil magia,

inventaba, para que no sucedieran, rasgos atroces; naturalmente, acabó por temer que

esos rasgos fueran proféticos. Miserable en la noche, procuraba afirmarse de algún modo

en la sustancia fugitiva del tiempo. Sabía que éste se precipitaba hacia el alba del día 29;

razonaba en voz alta: «Ahora estoy en la noche del 22; mientras dure esta noche (y seis

noches más) soy invulnerable, inmortal». Pensaba que las noches de sueño eran piletas

hondas y oscuras en las que podía sumergirse. A veces anhelaba con impaciencia la

definitiva descarga, que lo redimiría, mal o bien, de su vana tarea de imaginar. El 28,

cuando el último ocaso reverberaba en los altos barrotes, lo desvió de esas

consideraciones abyectas la imagen de su drama Los enemigos.

Hladík había rebasado los cuarenta años. Fuera de algunas amistades y de muchas

costumbres, el problemático ejercicio de la literatura constituía su vida; como todo

escritor, medía las virtudes de los otros por lo ejecutado por ellos y pedía que los otros lo

midieran por lo que vislumbraba o planeaba. Todos los libros que había dado a la estampa

le infundían un complejo arrepentimiento. En sus exámenes de la obra de Boehme, de

Abnesra y de Flood, había intervenido esencialmente la mera aplicación; en su traducción

del Sepher Yezirah, la negligencia, la fatiga y la conjetura. Juzgaba menos deficiente, tal

vez, la Vindicación de la eternidad: el primer volumen historia las diversas eternidades

que han ideado los hombres, desde el inmóvil Ser de Parménides hasta el pasado

modificable de Hinton; el segundo niega (con Francis Bradley) que todos los hechos del

universo integran una serie temporal. Arguye que no es infinita la cifra de las posibles

experiencias del hombre y que basta una sola «repetición» para demostrar que el tiempo

es una falacia... Desdichadamente, no son menos falaces los argumentos que demuestran

esa falacia; Hladík solía recorrerlos con cierta desdeñosa perplejidad. También había

redactado una serie de poemas expresionistas; éstos, para confusión del poeta, figuraron

en una antología de 1924 y no hubo antología posterior que no los heredara. De todo ese

pasado equívoco y lánguido quería redimirse Hladík con el drama en verso Los enemigos.

(Hladík preconizaba el verso, porque impide que los espectadores olviden la irrealidad,

que es condición del arte.)

Este drama observaba las unidades de tiempo, de lugar y de acción; transcurría en

Hradcany; en la biblioteca del barón de Roemerstadt, en una de las últimas tardes del

siglo xix. En la primera escena del primer acto, un desconocido visita a Roemerstadt. (Un

reloj da las siete, una vehemencia de último sol exalta los cristales, el aire trae una

apasionada y reconocible música húngara.) A esta visita siguen otras; Roemerstadt no

conoce las personas que lo importunan, pero tiene la incómoda impresión de haberlos

visto ya, tal vez en un sueño. Todos exageradamente lo halagan, pero es notorio -primero

para los espectadores del drama, luego para el mismo barón- que son enemigos secretos,

conjurados para perderlo. Roemerstadt logra detener o burlar sus complejas intrigas; en

el diálogo, aluden a su novia, Julia de Weidenau, y a un tal Jaroslav Kubin, que alguna vez

la importunó con su amor. Éste, ahora, se ha enloquecido y cree ser Roemerstadt... Los

peligros arrecian; Roemerstadt, al cabo del segundo acto, se ve en la obligación de matar

a un conspirador. Empieza el tercer acto, el último. Crecen gradualmente las

incoherencias: vuelven actores que parecían descartados ya de la trama; vuelve, por un

instante, el hombre matado por Roemerstadt. Alguien hace notar que no ha atardecido: el

reloj da las siete, en los altos cristales reverbera el sol occidental, el aire trae una

apasionada música húngara. Aparece el primer interlocutor y repite las palabras que

pronunció en la primera escena del primer acto. Roemerstadt le habla sin asombro; el

espectador entiende que Roemerstadt es el miserable Jaroslav Kubin. El drama no ha

ocurrido: es el delirio circular que interminablemente vive y revive Kubin.

Nunca se había preguntado Hladík si esa tragicomedia de errores era baladí o

admirable, rigurosa o casual. En el argumento que he bosquejado intuía la invención más

apta para disimular sus defectos y para ejercitar sus felicidades, la posibilidad de rescatar

(de manera simbólica) lo fundamental de su vida. Había terminado ya el primer acto y

alguna escena del tercero; el carácter métrico de la obra le permitía examinarla

continuamente, rectificando los hexámetros, sin el manuscrito a la vista. Pensó que aún le

faltaban dos actos y que muy pronto iba a morir. Habló con Dios en la oscuridad. «Si de

algún modo existo, si no soy una de tus repeticiones y erratas, existo como autor de Los

enemigos. Para llevar a término ese drama, que puede justificarme y justificarte, requiero

un año más. Otórgame esos días, Tú de quien son los siglos y el tiempo.» Era la última

noche, la más atroz, pero diez minutos después el sueño lo anegó como un agua oscura.

Hacia el alba, soñó que se había ocultado en una de las naves de la biblioteca del

Clementinum. Un bibliotecario de gafas negras le preguntó: «¿Qué busca?». Hladík le

replicó: «Busco a Dios». El bibliotecario le dijo: «Dios está en una de las letras de una de

las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los

padres de mis padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego buscándola». Se

quitó las gafas y Hladík vio los ojos, que estaban muertos. Un lector entró a devolver un

atlas. «Este atlas es inútil», dijo, y se lo dio a Hladík. Éste lo abrió al azar. Vio un mapa de

la India, vertiginoso. Bruscamente seguro, tocó una de las mínimas letras. Una voz ubicua

le dijo: « El tiempo de tu labor ha sido otorgado». Aquí Hladík se despertó.

Recordó que los sueños de los hombres pertenecen a Dios y que Maimónides ha escrito

que son divinas las palabras de un sueño, cuando son distintas y claras y no se puede ver

quién las dijo. Se vistió; dos soldados entraron en la celda y le ordenaron que los siguiera.

Del otro lado de la puerta, Hladík había previsto un laberinto de galerías, escaleras y

pabellones. La realidad fue menos rica: bajaron a un traspatio por una sola escalera de

fierro. Varios soldados -alguno de uniforme desabrochado- revisaban una motocicleta y la

discutían. El sargento miró el reloj: eran las ocho y cuarenta y cuatro minutos. Había que

esperar que dieran las nueve. Hladík, más insignificante que desdichado, se sentó en un

montón de leña. Advirtió que los ojos de los soldados rehuían los suyos. Para aliviar la

espera, el sargento le entregó un cigarrillo. Hladík no fumaba; lo aceptó por cortesía o por

humildad. Al encenderlo, vio que le temblaban las manos. El día se nubló; los soldados

hablaban en voz baja como si él ya estuviera muerto. Vanamente, procuró recordar a la

mujer cuyo símbolo era Julia de Weidenau...

El piquete se formó, se cuadró. Hladík, de pie contra la pared del cuartel, esperó la

descarga. Alguien temió que la pared quedara maculada de sangre; entonces le ordenaron

al reo que avanzara unos pasos. Hladík, absurdamente, recordó las vacilaciones

preliminares de los fotógrafos. Una pesada gota de lluvia rozó una de las sienes de Hladík

y rodó lentamente por su mejilla; el sargento vociferó la orden final.

El universo físico se detuvo.

Las armas convergían sobre Hladík, pero los hombres que iban a matarlo estaban

inmóviles. El brazo del sargento eternizaba un ademán inconcluso. En una baldosa del

patio una abeja proyectaba una sombra fija. El viento había cesado, como en un cuadro.

Hladík ensayó un grito, una sílaba, la torsión de una mano. Comprendió que estaba

paralizado. No le. llegaba ni el más tenue rumor del impedido mundo. Pensó «estoy en el

infierno, estoy muerto». Pensó «estoy loco». Pensó «el tiempo se ha detenido». Luego

reflexionó que, en tal caso, también se hubiera detenido su pensamiento. Quiso ponerlo a

prueba: repitió (sin mover los labios) la misteriosa cuarta égloga de Virgilio. Imaginó que

los ya remotos soldados compartían su angustia; anheló comunicarse con ellos. Le

asombró no sentir ninguna fatiga, ni siquiera el vértigo de su larga inmovilidad. Durmió, al

cabo de un plazo indeterminado. Al despertar, el mundo seguía inmóvil y sordo. En su

mejilla perduraba la, gota de agua; en el patio, la sombra de la abeja; el humo del

cigarrillo que había tirado no acababa nunca de dispersarse. Otro «día» pasó, antes que

Hladík entendiera.

Un año entero había solicitado de Dios para terminar su labor: un año le otorgaba su

omnipotencia. Dios operaba para él un milagro secreto: lo mataría el plomo germánico, en

la hora determinada, pero en su mente un año trascurría entre la orden y la ejecución de

la orden. De la perplejidad pasó al estupor, del estupor a la resignación, de la resignación

a la súbita gratitud.

No disponía de otro documento que la memoria; el aprendizaje de cada hexámetro que

agregaba le impuso un afortunado rigor que no sospechan quienes aventuran y olvidan

párrafos interinos y vagos. No trabajó para la posteridad ni aun para Dios, de cuyas

preferencias literarias poco sabía. Minucioso, inmóvil, secreto, urdió en el tiempo su alto

laberinto invisible. Rehízo el tercer acto dos veces. Borró algún símbolo demasiado

evidente: las repetidas campanadas, la música. Ninguna circunstancia lo importunaba.

Omitió, abrevió, amplificó; en algún caso, optó por la versión primitiva. Llegó a querer el

patio, el cuartel; uno de los rostros que lo enfrentaban modificó su concepción del

carácter de Roemerstadt. Descubrió que las arduas cacofonías que alarmaron tanto a

Flaubert son meras supersticiones visuales: debilidades y molestias de la palabra escrita,

no de la palabra sonora... Dio término a su drama: no le faltaba ya resolver sino un solo

epíteto. Lo encontró; la gota de agua resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido,

movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó.

Jaromir Hladík murió el 29 de marzo, a las nueve y dos minutos de la mañana.

1943




Tres versiones de Judas

En el Asia Menor o en Alejandría, en el segundo siglo de nuestra fe, cuando Basílides

publicaba que el cosmos era una temeraria o malvada improvisación de ángeles

deficientes, Nils Runeberg hubiera dirigido, con singular pasión intelectual, uno de los

conventículos gnósticos. Dante le hubiera destinado, tal vez, un sepulcro de fuego; su

nombre aumentaría los catálogos de heresiarcas menores, entre Satornilo y Carpócrates;

algún fragmento de sus prédicas, exornado de injurias, perduraría en el apócrifo Liber

adversus omnes haereses o habría perecido cuando el incendio de una biblioteca

monástica devoró el último ejemplar del Syntagma. En cambio, Dios le deparó el siglo xx

y la ciudad universitaria de Lund. Ahí, en 1904, publicó la primera edición de Kristus och

judas; ahí, en 1909, su libro capital Den hemlige Frälsaren. (Del último hay versión

alemana, ejecutada en 1912 por Emil Schering; se llama Der heimliche Heiland.)

Antes de ensayar un examen de los precitados trabajos, urge repetir que Nils

Runeberg, miembro de la Unión Evangélica Nacional, era hondamente religioso. En un

cenáculo de París o aun de Buenos Aires, un literato podría muy bien redescubrir las tesis

de Runeberg; esas tesis, propuestas en un cenáculo, serán ligeros ejercicios inútiles de la

negligencia o de la blasfemia. Para Runeberg, fueron la clave que descifra un misterio

central de la teología; fueron materia de meditación y de análisis, de controversia

histórica y filológica, de soberbia, de júbilo y de terror. Justificaron y desbarataron su

vida. Quienes recorran este artículo, deben asimismo considerar que no registra sino las

conclusiones de Runeberg, no su dialéctica y sus pruebas. Alguien observará que la

conclusión precedió sin duda a las «pruebas». ¿Quién se resigna a buscar pruebas de algo

no creído por él o cuya prédica no le importa?

La primera edición de Kristus och Judas lleva este categórico epígrafe, cuyo sentido,

años después, monstruosamente dilataría el propio Nils Runeberg: «No una cosa, todas

las cosas que la tradición atribuye a judas Iscariote son falsas» (De Quincey, 1857).

Precedido por algún alemán, De Quincey especuló que judas entregó a Jesucristo para

forzarlo a declarar su divinidad y a encender una vasta rebelión contra el yugo de Roma;

Runeberg sugiere una vindicación de índole metafísica. Hábilmente, empieza por destacar

la superfluidad del acto de judas. Observa (como Robertson) que para identificar a un

maestro que diariamente predicaba en la sinagoga y que obraba milagros ante concursos

de miles de hombres, no se requiere la traición de un apóstol. Ello, sin embargo, ocurrió.

There seemed a certainty in degradation.

T E. LAWRENCE, Seven Pillars of

Wisdom, CIII

Suponer un error en la Escritura es intolerable; no menos intolerable es admitir un hecho

casual en el más precioso acontecimiento de la historia del mundo. Ergo, la traición de

judas no fue casual; fue un hecho prefijado que tiene su lugar misterioso en la economía

de la redención. Prosigue Runeberg: El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la

ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a

la muerte; para corresponder a tal sacrificio, era necesario que un hombre, en

representación de todos los hombres, hiciera un sacrificio condigno. Judas Iscariote fue

ese hombre. Judas, único entre los apóstoles, intuyó la secreta divinidad y el terrible

propósito de Jesús. El Verbo se había rebajado a mortal; Judas, discípulo del Verbo, podía

rebajarse a delator (el peor delito que la infamia soporta) y a ser huésped del fuego que

no se apaga. El orden inferior es un espejo del orden superior; las formas de la tierra

corresponden a las formas del cielo; las manchas de la piel son un mapa de las

incorruptibles constelaciones; Judas refleja de algún modo a Jesús. De allí los treinta

dineros y el beso; de ahí la muerte voluntaria, para merecer aún más la Reprobación. Así

dilucidó Nils Runeberg el enigma de judas.

Los teólogos de todas las confesiones lo refutaron. Lars Peter Engström lo acusó de

ignorar, o de preterir, la unión hipostática; Axel Borelius, de renovar la herejía de los

docetas, que negaron la humanidad de Jesús; el acerado obispo de Lund, de contradecir

el tercer versículo del capítulo veintidós del evangelio de San Lucas.

Estos variados anatemas influyeron en Runeberg, que parcialmente reescribió el

reprobado libro y modificó su doctrina. Abandonó a sus adversarios el terreno teológico y

propuso oblicuas razones de orden moral. Admitió que Jesús, «que disponía de los

considerables recursos que la Omnipotencia puede ofrecer», no necesitaba de un hombre

para redimir a todos los hombres. Rebatió, luego, a quienes afirman que nada sabemos

del inexplicable traidor; sabemos, dijo, que fue uno de los apóstoles, uno de los elegidos

para anunciar el reino de los cielos, para sanar enfermos, para limpiar leprosos, para

resucitar muertos y para echar fuera demonios (Mateo 10: 7-8; Lucas 9: 1). Un varón a

quien ha distinguido así el Redentor merece de nosotros la mejor interpretación de sus

actos. Imputar su crimen a la codicia (como lo han hecho algunos, alegando a Juan 12: 6)

es resignarse al móvil más torpe. Nils Runeberg propone el móvil contrario: un hiperbólico

y hasta ilimitado ascetismo. El asceta, para mayor gloria de Dios, envilece y mortifica la

carne; Judas hizo lo propio con el espíritu. Renunció al honor, al bien, a la paz, al reino de

los cielos, como otros, menos heroicamente, al placer.1 Premeditó con lucidez terrible sus

culpas. En el adulterio suelen participar la ternura y la abnegación; en el homicidio, el

coraje; en las profanaciones y la blasfemia, cierto fulgor satánico. Judas eligió aquellas

culpas no visitadas por ninguna virtud: el abuso de confianza (Juan 12: 6) y la delación.

Obró con gigantesca humildad, se creyó indigno de ser bueno. Pablo ha escrito: « El que

se gloria, gloríese en el Señor» (I Corintios 1: 31); Judas buscó el Infierno, porque la

dicha del Señor le bastaba. Pensó que la felicidad, como el bien, es un atributo divino y

que no deben usurparlo los hombres.2

Muchos han descubierto, post factum, que en los justificables comienzos de Runeberg

está su extravagante fin y que Den hemlige Frälsaren es una mera perversión o

1 Borelius interroga con burla: «¿Por qué no renunció a renunciar? ¿Porqué no a renunciar a renunciar?».

2 Euclydes da Cunha, en un libro ignorado por Runeberg, anota que para el heresiarca de Canudos, Antonio Conselheiro, la

virtud «era una casi impiedad». El lector argentino recordará pasajes análogos en la obra de Almafuerte. Runeberg publicó,

en la hoja simbólica Sju insegel, un asiduo poema descriptivo, El agua secreta; las primeras estrofas narran los hechos de un

tumultuoso día; las úttimas, el hallazgo de un estanque glacial; el poeta sugiere que la perduración de esa agua silenciosa

corrige nuestra inútil violencia y de algún modo la permite y la absuelve. El poema concluye así: «El agua de la selva es

feliz; podemos ser malvados y dolorosos».

exasperación de Kristus och_judas. A fines de 1907, Runeberg terminó y revisó el texto

manuscrito; casi dos años transcurrieron sin que lo entregara a la imprenta. En octubre de

1909, el libro apareció con un prólogo (tibio hasta lo enigmático) del hebraísta

dinamarqués Erik Erfjord y con este pérfido epígrafe: «En el mundo estaba y el mundo fue

hecho por él, y el mundo no lo conoció» (Juan 1: 10). El argumento general no es

complejo, si bien la conclusión es monstruosa. Dios, arguye Nils Runeberg, se rebajó a ser

hombre para la redención del género humano; cabe conjeturar que fue perfecto el

sacrificio obrado por él, no invalidado o atenuado por omisiones. Limitar lo que padeció a

la agonía de una tarde en la cruz es blasfematorio.1 Afirmar que fue hombre y que fue

incapaz de pecado encierra contradicción; los atributos de impeccabilitas y de humanitas

no son compatibles. Kemnitz admite que el Redentor pudo sentir fatiga, frío, turbación,

hambre y sed; también cabe admitir que pudo pecar y perderse. El famoso texto «Brotará

como raíz de tierra sedienta; no hay buen parecer en él, ni hermosura; despreciado y el

último de los hombres; varón de dolores, experimentado en quebrantos» (Isaías 53: 2-3),

es para muchos una previsión del crucificado, en la hora de su muerte; para algunos

(verbigracia, Hans Lassen Martensen), una refutación de la hermosura que el consenso

vulgar atribuye a Cristo; para Runeberg, la puntual profecía no de un momento sino de

todo el atroz porvenir, en el tiempo y en la eternidad, del Verbo hecho carne. Dios

totalmente se hizo hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo.

Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la

historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue

judas.

En vano propusieron esa revelación las librerías de Estocolmo y de Lund. Los incrédulos

la consideraron, a priori, un insípido y laborioso juego teológico; los teólogos la

desdeñaron. Runeberg intuyó en esa indiferencia ecuménica una casi milagrosa

confirmación. Dios ordenaba esa indiferencia; Dios no quería que se propalara en la tierra

Su terrible secreto. Runeberg comprendió que no era llegada la hora: Sintió que estaban

convergiendo sobre él antiguas maldiciones divinas; recordó a Elías y a Moisés, ,que en la

montaña se taparon la cara para no ver a Dios; a Isaías, que se aterró cuando sus ojos

vieron a Aquel cuya gloria llena la tierra; a Saúl, cuyos ojos quedaron ciegos en el camino

de Damasco; al rabino Simeón ben Azaí, que vio el Paraíso y murió; al famoso hechicero

Juan de Viterbo, que enloqueció cuando pudo ver a la Trinidad; a los Midrashim, que

abominan de los impíos que pronuncian el Shem Hamephorash, el Secreto Nombre de

Dios. ¿No era él, acaso, culpable de ese crimen oscuro? ¿No sería ésa la blasfemia contra

el Espíritu, la que no será perdonada (Mateo 12: 31)? Valerio Sorano murió por haber

divulgado el oculto nombre de Roma; ¿qué infinito castigo sería el suyo, por haber

descubierto y divulgado el horrible nombre de Dios?

Ebrio de insomnio y de vertiginosa dialéctica, Nils Runeberg erró por las calles de

Malmö, rogando a voces que le fuera deparada la gracia de compartir con el Redentor el

Infierno.

1 -Maurice Abramowicz observa: «Jésus, d'aprés ce scandinave, a toujours le beau rôle; ses déboires, grâce à la science des

typographes, jouissent d'une réputabon polyglotte; sa résidence de trente-trois ans parmi les humains ne fut en somme, qu'une

villégiature». Erfjord, en el tercer apéndice de la Christelige Dogmatik refuta ese pasaje. Anota que la crucifixión de Dios no

ha cesado, porque lo acontecido una sola vez en el tiempo se repite sin tregua en la eternidad. Judas, ahora, sigue

cobrando las monedas de plata; sigue besando a Jesucristo; sigue arrojando las monedas de plata en el templo; sigue

anudando el lazo de la cuerda en el campo de sangre. (Erlord, para justificar esa afirmación, invoca el último capítulo del

primer tomo de la Vindicación de la eternidad, de Jaromir Hladík)

Murió de la rotura de un aneurisma, el primero de marzo de 1912. Los heresiólogos tal

vez lo recordarán; agregó al concepto del Hijo, que parecía agotado, las complejidades del

mal y del infortunio.

1944







El fin

Recabarren, tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra

pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que se

enredaba y desataba infinitamente... Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas

que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de

lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la ventana,

se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aún quedaba mucha luz en el cielo.

Con el brazo izquierdo tanteó, hasta dar con un cencerro de bronce que había al pie del

catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos

acordes. El ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de

cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de contrapunto.

Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las

horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado.

La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la

pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercios de

yerba, se le había muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza

de apiadarnos de las desdichas de los héroes de las novelas concluimos apiadándonos con

exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis

como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado a vivir en el

presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna

era señal de lluvia.

Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la puerta. Recabarren le

preguntó con los ojos si había algún parroquiano. El chico, taciturno, le dijo por señas que

no; el negro no contaba. El hombre postrado se quedó solo; su mano izquierda jugó un

rato con el cencerro, como si ejerciera un poder.

La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. Un punto se

agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete que venía, o parecía venir, a la casa.

Recabarren vio el chambergo, el largo poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara del

hombre, que, por fin, sujetó el galope y vino acercándose al trotecito. A unas doscientas

varas dobló. Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo al

palenque y entrar con paso firme en la pulpería.

Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo con dulzura:

-Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted.

El otro, con voz áspera, replicó:

-Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí he venido.

Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió:

-Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años.

El otro explicó sin apuro:

-Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos. Los encontré ese día y no quise

mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas.

-Ya me hice cargo -dijo el negro-. Espero que los dejó con salud.

El forastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de buena gana. Pidió una

caña y la paladeó sin concluirla.

-Les di buenos consejos -declaró-, que nunca están de más y no cuestan nada. Les

dije, entre otras cosas, que el hombre no debe derramar la sangre del hombre.

Un lento acorde precedió la respuesta del negro:

-Hizo bien. Así no se parecerán a nosotros.

-Por lo menos a mí -dijo el forastero y añadió como si pensara en voz alta-: Mi destino

ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano.

El negro, como si no lo oyera, observó:

-Con el otoño se van acortando los días.

-Con la luz que queda me basta -replicó el otro, poniéndose de pie.

Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado:

-Deja en paz la guitarra, que hoy te espera otra clase de contrapunto.

Los dos se encaminaron a la puerta. El negro, al salir, murmuró:

-Tal vez en éste me vaya tan mal como en el primero.

El otro contestó con seriedad:

-En el primero no te fue mal. Lo que pasó es que andabas ganoso de llegar al segundo.

Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la llanura era igual

a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se detuvieron y el forastero se quitó

las espuelas. Ya estaban con el poncho en el antebrazo, cuando el negro dijo:

-Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su

coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi

hermano.

Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como

un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro.

Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo

dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una

música... Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió

pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el

vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó.

Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el

pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de

justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había

matado a un hombre.







La secta del Fénix

Quienes escriben que la secta del Fénix tuvo su origen en Heliópolis, y la derivan de la

restauración religiosa que sucedió a la muerte del reformador Amenophis IV, alegan

textos de Heródoto, de Tácito y de los monumentos egipcios, pero ignoran, o quieren

ignorar, que la denominación por el Fénix no es anterior a Hrabano Mauro y que las

fuentes más antiguas (las Saturnales o Flavio Josefo, digamos) sólo hablan de la Gente

de la Costumbre o de la Gente del Secreto. Ya Gregorovius observó, en los conventículos

de Ferrara, que la mención del Fénix era rarísima en el lenguaje oral; en Ginebra he

tratado con artesanos que no me comprendieron cuando inquirí si eran hombres del Fénix,

pero que admitieron, acto continuo, ser hombres del Secreto. Si no me engaño, igual cosa

acontece con los budistas; el nombre por el cual los conoce el mundo no es el que ellos

pronuncian.

Miklosich, en una página demasiado famosa, ha equiparado los sectarios del Fénix a los

gitanos. En Chile y en Hungría hay gitanos y también hay sectarios; fuera de esa especie

de ubicuidad, muy poco tienen en común unos y otros. Los gitanos son chalanes,

caldereros, herreros y decidores de la buenaventura; los sectarios suelen ejercer

felizmente las profesiones liberales. Los gitanos configuran un tipo físico y hablan, o

hablaban, un idioma secreto; los sectarios se confunden con los demás y la prueba es que

no han sufrido persecuciones. Los gitanos son pintorescos e inspiran a los malos poetas;

los romances, los cromos y los boleros omiten a los sectarios... Martín Buber declara que

los judíos son esencialmente patéticos; no todos los sectarios lo son y algunos abominan

del patetismo; esta pública y notoria verdad basta para refutar el error vulgar

(absurdamente defendido por Urmann) que ve en el Fénix una derivación de Israel. La

gente más o menos discurre así: Urmann era un hombre sensible; Urmann era judío;

Urmann frecuentó a los sectarios en la judería de Praga; la afinidad que Urmann sintió

prueba un hecho real. Sinceramente, no puedo convenir con ese dictamen. Que los

sectarios en un medio judío se parezcan a los judíos no prueba nada; lo innegable es que

se parecen, como el infinito Shakespeare de Hazlitt, a todos los hombres del mundo. Son

todo para todos, como el Apóstol; días pasados el doctor Juan Francisco Amaro, de

Paysandú, ponderó la facilidad con que se acriollaban.

He dicho que la historia de la secta no registra persecuciones. Ello es verdad, pero

como no hay grupo humano en que no figuren partidarios del Fénix, también es cierto que

no hay persecución o rigor que éstos no hayan sufrido y ejecutado. En las guerras

occidentales y en las remotas guerras del Asia han vertido su sangre secularmente, bajo

banderas enemigas; de muy poco les vale identificarse con todas las naciones del orbe.

Sin un libro sagrado que los congregue como la Escritura a Israel, sin una memoria

común, sin esa otra memoria que es un idioma, desparramados por la faz de la tierra,

diversos de color y de rasgos, una sola cosa -el Secreto- los une y los unirá hasta el fin de

sus días. Alguna vez, además del Secreto hubo una leyenda (y quizá un mito

cosmogónico), pero los superficiales hombres del Fénix la han olvidado y hoy sólo guardan

la oscura tradición de un castigo. De un castigo, de un pacto o de un privilegio, porque las

versiones difieren y apenas dejan entrever el fallo de un Dios que asegura a una estirpe la

eternidad, si sus hombres, generación tras generación, ejecutan un rito. He compulsado

los informes de los viajeros, he conversado con patriarcas y teólogos; puedo dar fe de que

el cumplimiento del rito es la única práctica religiosa que observan los sectarios. El rito

constituye el Secreto. Éste, como ya indiqué, se transmite de generación en generación,

pero el uso no quiere que las madres lo enseñen a los hijos, ni tampoco los sacerdotes; la

iniciación en el misterio es tarea de los individuos más bajos. Un esclavo, un leproso o un

pordiosero hacen de mistagogos. También un niño puede adoctrinar a otro niño. El acto

en sí es trivial, momentáneo y no requiere descripción. Los materiales son el corcho, la

cera o la goma arábiga. (En la liturgia se habla de légamo; éste suele usarse también.) No

hay templos dedicados especialmente a la celebración de este culto, pero una ruina, un

sótano o un zaguán se juzgan lugares propicios. El Secreto es sagrado pero no deja de ser

un poco ridículo; su ejercicio es furtivo y aun clandestino y los adeptos no hablan de él.

No hay palabras decentes para nombrarlo, pero se entiende que todas las palabras lo

nombran o, mejor dicho, que inevitablemente lo aluden, y así, en el diálogo yo he dicho

una cosa cualquiera y los adeptos han sonreído o se han puesto incómodos, porque

sintieron que yo había tocado el Secreto. En las literaturas germánicas hay poemas

escritos por sectarios, cuyo sujeto nominal es el mar o el crepúsculo de la noche; son, de

algún modo, símbolos del Secreto, oigo repetir. «Orbis terrarum est speculum Ludi» reza

un adagio apócrifo que Du Cange registró en su Glosario. Una suerte de horror sagrado

impide a algunos fieles la ejecución del simplísimo rito; los otros los desprecian, pero ellos

se desprecian aún más. Gozan de mucho crédito, en cambio, quienes deliberadamente

renuncian a la Costumbre y logran un comercio directo con la divinidad; éstos, para

manifestar ese comercio, lo hacen con figuras de la liturgia y así John of the Rood

escribió:

Sepan los Nueve Firmamentos que el Dios

Es deleitable como el Corcho y el Cieno.

He merecido en tres continentes la amistad de muchos devotos del Fénix; me consta que

el secreto, al principio, les pareció baladí, penoso, vulgar y (lo que aún es más extraño)

increíble. No se avenían a admitir que sus padres se hubieran rebajado a tales manejos.

Lo raro es que el Secreto no se haya perdido hace tiempo; a despecho de las vicisitudes

del orbe, a despecho de las guerras y de los éxodos, llega, tremendamente, a todos los

fieles. Alguien no ha vacilado en afirmar que ya es instintivo.







El Sur

El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y

era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era

secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente

argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de

línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel; en la

discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulsos de la sangre germánica)

eligió el de ese antepasado romántico o de muerte romántica. Un estuche con el

daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje

de ciertas músicas, el hábito de estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y la

soledad, fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso. A costa de

algunas privaciones, Dahlmann había logrado salvar el casco de una estancia en el Sur,

que fue de los Flores; una de las costumbres de su memoria era la imagen de los

eucaliptos balsámicos y de la larga casa rosada que alguna vez fue carmesí. Las tareas y

acaso la indolencia lo retenían en la ciudad. Verano tras verano se contentaba con la idea

abstracta de posesión y con la certidumbre de que su casa estaba esperándolo, en un sitio

preciso de la llanura. En los últimos días de febrero de 1939, algo le aconteció.

Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones.

Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las mil y una

noches, de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y

subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente: ¿un murciélago, un

pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que

se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que

alguien se olvidó de cerrar le había hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la

madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz.

La fiebre lo gastó y las ilustraciones de Las mil y una noches sirvieron para decorar

pesadillas. Amigos y parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le repetían que lo

hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le maravillaba

que no supieran que estaba en el infierno. Ocho días pasaron, como ocho siglos. Una

tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo condujeron a un sanatorio

de la calle Ecuador, porque era indispensable sacarle una radiografía. Dahlmann, en el

coche de plaza que los llevó, pensó que en una habitación que no fuera la suya podría, al

fin, dormir. Se sintió feliz y conversador; en cuanto llegó, lo desvistieron, le raparon la

cabeza, lo sujetaron con metales a una camilla, lo iluminaron hasta-la ceguera y el

vértigo, lo auscultaron y un hombre enmascarado le clavó una aguja en el brazo. Se

despertó con náuseas, vendado, en una celda que tenía algo de pozo y, en los días y

noches que siguieron a la operación, pudo entender que apenas había estado, hasta

entonces, en un arrabal del infierno. El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de

frescura. En esos días, Dahlmann minuciosamente se odió; odió su identidad, sus

necesidades corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con

estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que

había estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se echó a llorar, condolido de

su destino. Las miserias físicas y la incesante previsión de las malas noches no le habían

dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte. Otro día, el cirujano le dijo que

estaba reponiéndose y que, muy pronto, podría ir a convalecer a la estancia.

Increíblemente, el día prometido llegó.

A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos; Dahlmann había llegado

al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución. La

primera frescura del otoño, después de la opresión del verano, era como un símbolo

natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la

mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran

como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la reconocía con felicidad y con

un principio de vértigo; unos segundos antes de que las registraran sus ojos, recordaba

las esquinas, las carteleras, las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla

del nuevo día, todas las cosas regresaban a él.

Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solfa repetir que

ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo

y más firme. Desde el coche buscaba entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el

llamador, el arco de la puerta, el zaguán, el íntimo patio.

En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente

que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme

gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí

estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente; la probó (ese

placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que

aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el

hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la

eternidad del instante.

A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y dio

con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y

sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de Las mil y una noches. Viajar con este

libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha

había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal.

A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de

jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó

poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran,

quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La

felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro

y se dejaba simplemente vivir.

El almuerzo (con el caldo servido en boles de metal reluciente, como en los ya remotos

veraneos de la niñez) fue otro goce tranquilo y agradecido.

«Mañana me despertaré en la estancia», pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos

hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro,

encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres. Vio casas de ladrillo sin

revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los

terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas nubes luminosas que

parecían de mármol, y todas estas cosas eran casuales, como sueños de la llanura.

También creyó reconocer árboles y sembrados que no hubiera podido nombrar, porque su

directo conocimiento de la campaña era harto inferior a su conocimiento nostálgico y

literario.

Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol

intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría

en ser rojo. También el coche era distinto; no era el que fue en Constitución, al dejar el

andén; la llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado. Afuera la móvil sombra

del vagón se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni

otros signos humanos. Todo era vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna

manera, secreto. En el campo desaforado, a veces no había otra cosa que un toro. La

soledad era perfecta y tal vez hostil, y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y

no sólo al Sur. De esa conjetura fantástica lo distrajo el inspector, que al ver su boleto, le

advirtió que el tren no lo dejaría en la estación de siempre sino en otra, un poco anterior y

apenas conocida por Dahlmann. (El hombre añadió una explicación que Dahlmann no

trató de entender ni siquiera de oír, porque el mecanismo de los hechos no le importaba.)

El tren laboriosamente se detuvo, casi en medio del campo. Del otro lado de las vías

quedaba la estación, que era poco más que un andén con un cobertizo. Ningún vehículo

tenían, pero el jefe opinó que tal vez pudiera conseguir uno en un comercio que le indicó a

unas diez, doce, cuadras.

Dahlmann aceptó la caminata como una pequeña aventura. Ya se había hundido el sol,

pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes de que la borrara la

noche. Menos para no fatigarse que para hacer durar esas cosas, Dahlmann caminaba

despacio, aspirando con grave felicidad el olor del trébol.

El almacén, alguna vez, había sido punzó, pero los años habían mitigado para su bien

ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le recordó un grabado en acero, acaso de

una vieja edición de Pablo y Virginia. Atados al palenque había unos caballos. Dahlmann,

adentro, creyó reconocer al patrón; luego comprendió que lo había engañado su parecido

con uno de los empleados del sanatorio. El hombre, oído el caso, dijo que le haría atar la

jardinera; para agregar otro hecho a aquel día y para llenar ese tiempo, Dahlmann

resolvió comer en el almacén.

En una mesa comían y bebían ruidosamente unos muchachones, en los que Dahlmann,

al principio, no se fijó. En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inmóvil como

una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las

aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico

y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Dahlmann registró con

satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripa y la bota de potro y se dijo,

rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos,

que gauchos de ésos ya no quedan más que en el Sur.

Dahlmann se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con el campo,

pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes de hierro. El patrón le trajo

sardinas y después carne asada; Dahlmann las empujó con unos vasos de vino tinto.

Ocioso, paladeaba el áspero sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco

soñolienta. La lámpara de kerosén pendía de uno de los tirantes; los parroquianos de la

otra mesa eran tres: dos parecían peones de chacra; otro, de rasgos achinados y torpes,

bebía con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto, sintió un leve roce en la cara.

Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, había una

bolita de miga. Eso era todo, pero alguien se la había tirado.

Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dahlmann, perplejo, decidió que nada había

ocurrido y abrió el volumen de Las mil y una noches, como para tapar la realidad. Otra

bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo

que no estaba asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara

arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el

patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:

-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.

Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas

palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Antes, la provocación de los

peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y

lo sabrían los vecinos. Dahlmann hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les

preguntó qué andaban buscando.

El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose. A un paso de Juan

Dahlmann, lo injurió a gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su

borrachera y esa exageración era una ferocidad y una burla. Entre malas palabras y

obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos, lo barajó, e invitó a

Dahlmann a pelear. El patrón objetó con trémula voz que Dahlmann estaba desarmado.

En ese punto, algo imprevisible ocurrió.

Desde un rincón, el viejo gaucho extático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del

Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur

hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga y

sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La

segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar

que lo mataran. Alguna vez había jugado con un puñal, como todos los hombres, pero su

esgrima no pasaba de una noción de que los golpes deben ir hacia arriba y con el filo para

adentro. «No hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas», pensó.

-Vamos saliendo -dijo el otro.

Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al

atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo,

hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del

sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o

soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.

Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la

llanura.


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