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miércoles, 15 de febrero de 2012

STEPHEN KING El pasillo de la muerte 3ª parte





STEPHEN
KING
El pasillo de la muerte
3ª parte
( Las manos de Coffey )



1
Releyendo lo que he escrito, descubro que he calificado a Georgia Pines, el sitio donde vivo,
de «residencia geriátrica». A la gente que dirige este centro no le gustaría leer algo así. Según los
folletos que tienen en el vestíbulo y que envían a los clientes potenciales, se trata de «una finca de
retiro para la tercera edad». Hasta tiene un «centro de esparcimiento», siempre según el folleto.
Quienes vivimos aquí (el folleto no nos define como «internos», pero yo a veces lo hago) lo
llamamos sencillamente la sala de la tele.
La gente cree que soy un tipo hosco porque no bajo a la sala de la tele varias veces al día,
pero no es la compañía lo que no puedo soportar, sino los programas. Oprah, Ricki Lake, Carnie
Wilson, Rolanda... El mundo se desmorona alrededor de nosotros, y ellos sólo hablan de líos
amorosos entre mujeres con minifalda y hombres con la camisa desabrochada. En fin, «no juzguéis
si no queréis ser juzgados», dice la Biblia, de modo que será mejor que me baje del púlpito. Es
sólo que si quisiera pasarme el tiempo viendo culebrones me mudaría al campamento de caravanas
Happy Wheels, tres kilómetros más al sur, donde las noches de los viernes y los sábados siempre
aparecen coches de la poli con las sirenas aullando y las luces parpadeando. Tengo una amiga
especial, Elaine Connelly, y está de acuerdo conmigo. Elaine es una mujer muy intefgente y
elegante; tiene ochenta años, es alta y delgada, todavía anda recta y posee una vista perfecta.
Camina despacio, porque tiene algún problema en las caderas y sé que la artritis en las manos la
hace sufrir mucho, pero tiene un cuello largo y hermoso, un cuello de cisne, y una cabellera larga y
bonita que le llega a los hombros cuando la deja suelta.
Lo mejor es que no le parezco hosco ni reservado. Elaine y yo pasamos mucho tiempo
juntos; supongo que si no tuviese una edad tan grotesca, diría que es mi chica. Sin embargo no está
mal que sólo sea una amiga especial; a veces es mejor que una novia. Nos ahorramos muchos de
los problemas que trae aparejados el noviazgo, y aunque sé que nadie por debajo de los cincuenta
me creerá, en ocasiones las cenizas son mejores que una auténtica fogata. Es extraño, pero cierto.
De modo que no miro la tele durante el día. A veces paseo, otras veces leo, aunque durante
los últimos meses he invertido la mayor parte del tiempo en escribir estas memorias entre las
plantas de la terraza. Creo que aquí hay más oxígeno y eso ayuda a preservar la memoria.
Pero en ocasiones, cuando no puedo dormir, bajo y enciendo la tele. En Georgia Pines no
tenemos vídeo comunitario ni nada similar -supongo que es un esparcimiento demasiado caro para
nuestro centro de esparcimiento-, pero sí los servicios normales de televisión por cable, y eso
significa que podemos disfrutar del canal de cine clásico. En caso de que vosotros no tengáis
televisión por cable, es el canal en que la mayor parte de las pelis son en blanco y negro y donde
las mujeres nunca se quitan la ropa. Para un viejo como yo, eso resulta reconfortante. Muchas
noches me he quedado dormido en el horrible sofá verde del salón, frente al televisor, mientras la
mula Francis saca la sartén de Donald O'Connor del fuego por enésima vez, John Wayne pone
orden en Dodge City o Jimmy Cagney llama «rata asquerosa» a alguien mientras desenfunda la
pistola. Algunas de esas películas las he visto con Janice (no sólo mi esposa, sino también mi
mejor amiga) y me tranquilizan. La ropa que llevan los actores, la forma en que hablan y caminan,
incluso la música de fondo me tranquiliza. Supongo que me recuerdan los tiempos en que aún
formaba parte del mundo, en lugar de ser una reliquia apolillada que espera su hora en un lugar
donde muchos de los residentes usan pañales o ropa interior de goma.
Sin embargo, no había nada tranquilizador en lo que vi esta mañana; nada en absoluto.
Elaine a menudo se une a mí para la matiné de las cuatro de la madrugada. Aunque no
menciona el tema, creo que su artritis la tortura y quelas medicinas que le dan no le sirven de
mucho.
Cuando apareció esta mañana, moviéndose como un fantasma en su albornoz blanco de
toalla, me encontró sentado en el sofá lleno de bultos, inclinado sobre los finos palitos que en otro
tiempo llamaba piernas, sosteniéndome las rodillas para intentar detener los temblores que me
sacudían como un árbol en una tormenta. Tenía frío en todo el cuerpo, excepto en el vientre, que
parecía arder con el espectro de la infección urinaria que tanto me fastidió en el otoño de 1932; el
otoño de John Coffey, Percy Wetmore y el ratón amaestrado.
También había sido el otoño de William Wharton.
-¡Paul! -gritó Elaine mientras corría hacia mí con toda la rapidez que le permitían los clavos
oxidados y los fragmentos de vidrio que tiene en las caderas-. ¿Qué ocurre, Paul?
-Ya pasará-dije, aunque mis palabras no sonaron convincentes, sino casi incomprensibles
debido a que me castañeteaban los dientes-. Dame un par de minutos y estaré como nuevo.
Se sentó a mi lado y me rodeó los hombros con un brazo.
-Seguro que sí -dijo-. Pero ¿qué te pasa? ¡Caramba, Paul! Parece que hubieras visto un
fantasma.
Y lo había visto, aunque no me di cuenta de ello hasta que lo dije en voz alta y noté la mirada
de asombro de Elaine.
-En realidad no, Elaine -expliqué mientras le acariciaba la mano con extrema suavidad-, pero
por un instante... ¡Dios mío, Elaine!
-¿Tiene que ver con tus tiempos de carcelero en la prisión? -preguntó-. ¿La época sobre la
cual escribes en la terraza?
Asentí.
-Trabajé en el pasillo de la muerte...
-Lo sé...
-Aunque también lo llamábamos la Milla Verde por el suelo de linóleo. En el otoño del
treinta y dos, ingresó un tipo, un salvaje, llamado William Wharton. Le gustaba hacerse llamar
Billy el Niño; incluso llevaba ese nombre tatuado en un brazo. Era sólo un muchacho, pero muy
peligroso. Todavía recuerdo lo que escribió sobre él Curtis Anderson, el ayudante del alcaide: «Es
un salvaje y está orgulloso de serlo. Tiene diecinueve años y al tipo no le importa nada.» Había
subrayado esa última frase dos veces.
La mano que me había rodeado los hombros ahora me acariciaba la espalda. Comenzaba a
calmarme. En aquel momento sentí que amaba a Elaine Connelly; se lo dije y podría haberle dado
mil besos en la cara. Quizá debí hacerlo. A cualquier edad es horrible sentirse solo y asustado, pero
creo que es peor cuando uno es viejo. Sin embargo, tenía otra cosa en la cabeza, un asunto antiguo
e inconcluso.
-Tienes razón -dije-. He estado escribiendo sobre la llegada de Wharton al bloque, cuando
estuvo a punto de matar a Dean Stanton, uno de los muchachos que trabajaba conmigo en aquel
entonces.
-¿Cómo pudo hacerlo? -preguntó Elaine.
-Gracias a una mezcla de maldad e imprudencia -respondí con tono sombrío-. Wharton puso
la maldad, y los guardias que lo escoltaban la imprudencia. El mayor error fue la cadena que
Wharton llevaba entre las manos, que era demasiado larga. Cuando Dean abrió la puerta del bloque
E, Wharton estaba detrás de él. Había un guardia a cada lado, pero Anderson tenía razón: a aquel
tipo no le importaba nada. Le pasó la cadena por el cuello a Dean y empezó a estrangularlo con
ella. -Elaine se estremeció-. Bueno, la cuestión es que me puse a pensar en eso y no podía dormir,
así que bajé. Encendí la tele, pensando que tú podías venir y tendríamos una especie de cita...
Elaine rió y me besó en la frente, justo encima de la ceja. Cuando Janice me besaba así, solía
sentir un escalofrío en todo el cuerpo, y volví a sentirlo cuando Elaine lo hizo esta mañana.
Supongo que algunas cosas no cambian nunca.
-Estaban poniendo una vieja película de gángsters de los años cuarenta, El beso de la muerte.
-Sentí que empezaba a temblar otra vez e intenté controlarme-. Trabaja R.ichard Widmark -añadí-,
fue su primer papel importante. Nunca fui a verla con Jan, porque solíamos pasar de las pelis de
policías y ladrones, pero recuerdo haber leído en algún sitio que Widmark había hecho una
interpretación estupenda en el papel de malo. Y es cierto. Está pálido... da la impresión de que en
lugar de caminar se desliza... y se la pasa llamando «basura» a la gente y hablando de los soplones;
de lo mucho que odia a los soplones. -A pesar de mis esfuerzos, comenzaba a temblar otra vez. No
podía evitarlo-. Tenía el cabello rubio -murmuré-, rubio y liso. Vi hasta la parte en que empuja a
una mujer en silla de ruedas por las escaleras y luego apagué el televisor.
-¿Te recordó a Wharton?
-Era Wharton -dije-. El mismo.
-Paul... -comenzó Elaine, pero enseguida se detuvo. Miró la pantalla negra de la tele (el
receptor de la televisión por cable seguía encendido en el número 10, el de la cadena AMC) y
luego volvió la cabeza hacia mí.
-¿Qué?, ¿qué pasa, Elaine? -pregunté convencido de que iba a decirme que tenía que dejar de
escribir; romper las páginas que ya había escrito y acabar con todo aquello.
Sin embargo, dijo:
-No dejes que esto te detenga. -La miré boquiabierto-. Cierra la boca, Paul, o te entrará una
mosca.
-Lo siento, es que... bueno...
-Pensaste que iba a decirte exactamente lo contrario, ¿verdad?
Cogió mis manos entre las suyas (suave, muy suavemente entre sus dedos largos y hermosos
a pesar de los nudillos deformes) y se inclinó, fijando sus ojos pardos -el izquierdo ligeramente
opaco a consecuencia de una catarata- en mis ojos azules.
-Es probable que sea demasiado vieja y frágil para vivir -dijo-, pero no para pensar. ¿Qué
importancia tienen unas cuantas noches en vela a
nuestra edad? ¿Qué. más da ver un fantasma en la tele? ¿Acaso vas a decirme que es el
primero?
Pensé en el alcaide Moores, en Harry Terwilliger y en Brutus Howell. Pensé en mi madre y
en jan, mi esposa, que murió en Alabama. Sin duda sabía bastante de fantasmas.
-No -respondí-, no ha sido el primero. Pero fue horrible, Elaine, porque de verdad era él.
Me besó otra vez y se levantó con un respingo de dolor, apretando el dorso de las manos
contra la parte superior de las caderas, como si temiese que éstas se escaparan de su piel si no tenía
cuidado.
-Creo que he cambiado de idea sobre la televisión -dijo-. Tengo una píldora de reserva que
he estado guardando para un día lluvioso. Creo que me la tomaré y volveré a la cama. Quizá tú
deberías hacer lo mismo.
-Sí -respondí-. Supongo que sí.
Por un instante pensé en sugerirle que volviéramos juntos, pero entonces vi el dolor en sus
ojos y deseché la idea por absurda. Porque si hubiera dicho que sí, lo habría hecho sólo por mí, y
eso no estaba bien.
Salimos juntos de la sala de la tele (no pienso dignificarla usando el otro nombre, ni siquiera
irónicamente) y yo intenté acompasar mis pasos a los suyos, lentos y dolorosamente cuidadosos. El
edificio estaba en silencio. Sólo oímos el gemido de un residente que tenía una pesadilla.
-¿Crees que podrás dormir? preguntó.
-Sí, creo que sí -respondí, pero, naturalmente, no lo conseguí.
Estuve despierto hasta el amanecer, pensando en El beso de la muerte. Veía a Richard
Widmark, riendo estúpidamente, atando a la anciana a la silla de ruedas y arrojándola por las
escaleras. «Esto es lo que hacemos con los soplones», le decía, y entonces su cara se fundía con la
de William Wharton el día que llegó al bloque E, al pasillo de la muerte. Wharton riendo como
Widmark, gritando: «¿Qué me decís de esta fiesta?» Después de aquello, ni siquiera pude
desayunar. Vine a la terraza y empecé a escribir.
¿Fantasmas? Sin duda. Lo sé todo sobre fantasmas.
2
-¡Eh, muchachos! -dijo Wharton con una risita- ¿Qué me decís de esta fiesta?
Sin dejar de reír y gritar, volvió a concentrarse en estrangular a Dean con la cadena. ¿Y por
qué no? Wharton sabía, tan bien como Dean, Harry y mi amigo Brutus Howell, que a un hombre
sólo se lo puede freír una vez.
-¡Pégale, Percy! -gritó Harry Terwilliger. Se había abalanzado contra Wharton, intentando
detener la pelea poco después de empezar, pero Wharton lo había arrojado al suelo y ahora
intentaba incorporarse-. ¡Pégale!
Pero Percy permaneció inmóvil, con la porra de madera en la mano y los ojos desorbitados.
Adoraba su porra de madera y cualquiera hubiera dicho que aquélla era la oportunidad de usarla
que había estado esperando desde su llegada a Cold Mountain... Sin embargo, cuando llegó la hora
tuvo demasiado miedo para hacerlo. No estaba ante un francés canijo como Delacroix ni ante un
gigante negro que parecía ausente de su propio cuerpo, como John Coffey. Estaba ante el
mismísimo demonio.
Arrojé la carpeta de registro al suelo, desenfundé mi 38 y salí de la celda de Wharton,
olvidando por completo la infección que ardía en mi vientre por segunda vez en el día. No es que
dude de la descripción de Wharton que hicieron los muchachos, lo de la expresión ida y los ojos
ausentes, pero ese no fue el tipo que yo vi. Yo no vi la cara de un animal inteligente, sino uno lleno
de astucia, maldad y... sí, alegría. Hacía lo que le correspondía hacer. El lugar y las circunstancias
no importaban. Otra cosa que vi fue la cara hinchada y enrojecida de Dean, que agonizaba ante mis
propios ojos. Al ver la pistola, Wharton hizo girar a Dean hacia ella, de modo que por fuerza
tendría que darle a uno para derribar al otro. Por encima del hombro de Dean, un ojo ardiente y
azul me desafiaba a disparar. El pelo de Dean ocultaba el otro ojo de Wharton. Detrás, estaba
Percy Wetmore, con actitud vacilante y la porra a medio levantar. Entonces se produjo un milagro:
Brutus Howell apareció en el hueco de la puerta del patio. Habían terminado de mudar el material
de la enfermería y venía a ver si queríamos café.
Howell actuó sin un instante de vacilación. Empujó a Percy a un lado con increíble
brusquedad, sacó su propia porra de la funda y la dejó caer sobre el cráneo de Wharton con toda la
fuerza de su enorme brazo derecho. Se oyó un chasquido sordo, un ruido hueco, como si no
hubiera cerebro debajo del cráneo de Wharton, y la cadena se aflojó alrededor del cuello de Dean.
Wharton se desplomó como un saco de trigo y Dean se apartó a gatas, con los ojos fuera de las
órbitas, tosiendo y cogiéndose el cuello con la mano.
Me arrodillé a su lado, pero sacudió la cabeza con violencia.
-Estoy bien -dijo con voz ahogada-. Ocupaos de... él. -Señaló a Wharton-. ¡Encerradlo en la
celda!
Teniendo en cuenta la fuerza con que Brutus le había pegado, supuse que, más que una
celda, Wharton necesitaba un ataúd. Sin embargo, no tuvimos tanta suerte. No estaba muerto sino
inconsciente. Se encontraba tendido de lado, con un brazo extendido de modo que sus dedos
tocaban el linóleo verde, los ojos cerrados, la respiración tranquila, pero regular. Hasta tenía una
sonrisa pacífica en el rostro, como si se hubiera dormido escuchando su nana favorita. Un pequeño
hilo de sangre salía de entre su pelo, manchando el cuello de la camisa nueva. Eso era todo.
-¡Percy! -exclamé-. ¡Ayúdame! -Pero Percy no se movió. Siguió inmóvil contra la pared,
mirándolo todo con expresión de asombro. Creo que ni siquiera sabía dónde estaba-. ¡Maldito seas,
Percy! ¡Cógelo!
Entonces se movió, y Harry lo ayudó. Entre los tres arrastramos al inconsciente Wharton a la
celda, mientras Bruto ayudaba a Dean a levantarse y lo sostenía con la dulzura de una madre. Dean
estaba inclinado, esforzándose por recuperar el aliento.
Nuestro nuevo chiquillo travieso no despertó en casi tres horas, pero cuando lo hizo, no
acusó ningún efecto secundario de la salvaje paliza de Bruto. Recuperó el conocimiento con la
misma rapidez con que se movía: de forma súbita y brusca. Estaba tendido en la cama como si
hubiera muerto y un segundo después lo vimos de pie junto a los barrotes, silencioso como un
gato, mirándome mientras yo escribía un informe sobre lo sucedido en la mesa de entrada. Cuando
noté que alguien me miraba y alcé la vista, sonrió exhibiendo una dentadura negra y deteriorada, a
la que ya le faltaban varias piezas.
-Eh, lameculos -dijo-, la próxima vez te tocará a ti, y no fallaré.
-Hola, Wharton -dije con toda la indiferencia de que fui capaz-. Dadas las circunstancias,
creo que puedo saltarme el discurso de bienvenida, ¿no te parece?
Su sonrisa se desdibujó. No era la respuesta que esperaba, y quizá yo no se la hubiese dado
de haber sido otra la situación. Sin embargo, durante el tiempo que permaneció inconsciente, había
ocurrido algo. En cierto modo he escrito todas estas páginas para hablar de ello, pero veremos si
me creéis.
3
Pasada la conmoción, Percy mantuvo la boca cerrada, excepto para gritarle una vez a
Delacroix. Supongo que su reacción no obedecía tanto a un esfuerzo por actuar con tacto como a la
impresión que acababa de sufrir. Percy Wetmore sabía tanto de tacto como yo de tribus africanas,
pero aun así fue un alivio. Si hubiera empezado a protestar por la forma en que Bruto lo había
empujado contra la pared o preguntar por qué nadie le había advertido que en el bloque E de vez
en cuando ingresaban salvajes como Billy Wharton, lo habría matado. Entonces habría recorrido el
pasillo de la muerte de una forma completamente diferente. Si uno piensa en ello, la idea tiene
gracia. Perdí mi oportunidad de hacer lo mismo que James Cagney en Al rojo vivo.
Bueno; la cuestión es que cuando nos aseguramos de que Dean seguía respirando y no
moriría en el acto, Harry y Bruto lo acompañaron a la enfermería. Delacroix, que había
permanecido mudo durante toda la pelea (llevaba en la cárcel el tiempo suficiente para saber
cuándo le convenía mantener la boca cerrada y cuándo era prudente volver a abrirla), comenzó a
gritar en el instante mismo en que Bruto y Harry ayudaban a Dean a salir. Delacroix exigía saber
qué había pasado. Cualquiera hubiera dicho que habían violado sus derechos constitucionales.
-¡Cierra el pico, mariconcete! -le gritó Percy, tan furioso que tenía las venas del cuello
hinchadas.
Le toqué un brazo y lo sentí temblar debajo de la camisa. En parte era consecuencia del
susto, naturalmente (a menudo tenía que recordarme a mí mismo que el problema de Percy era que
tenía veintiún años, no muchos más que Wharton), pero creo que el temblor se debía sobre todo a
que estaba furioso. Detestaba a Delacroix. No sé por qué, pero lo odiaba a muerte.
-Ve a ver si el alcaide Moores sigue en la prisión -le dije a Percy-. Si es así, explícale lo
sucedido. Dile que tendrá un informe escrito mañana, si consigo terminarlo.
Estaba claro que Percy se sentía orgulloso de la responsabilidad que se depositaba en él; por
un instante terrible creí que iba a responder con un saludo militar.
-Sí, señor. Lo haré.
-Empieza por decirle que la situación en el bloque E es normal. Esto no es un cuento y el
alcaide no te agradecerá que alargues la historia para crear emoción.
-No lo haré.
-De acuerdo. Vete.
Comenzó a andar hacia la puerta, pero enseguida se volvió. Si algo podía esperar de Percy,
era que me contradijera. Yo deseaba imperiosamente que se marchara. Tenía la sensación de que
alguien había encendido fuego a mi entrepierna, y ahora Percy no parecía dispuesto a largarse.
-¿Se encuentra bien, Paul? -preguntó-. ¿Tiene fiebre? ¿Ha pillado la gripe? Porque su cara
está empapada de sudor.
-Es probable que tenga algo -dije-, pero en líneas generales estoy bien. Ahora va a explicarle
lo sucedido al alcaide, Percy.
Hizo un gesto de asentimiento y se marchó (debemos dar las gracias a Dios por sus pequeños
favores). En cuanto la puerta se hubo cerrado, me encerré en mi despacho. Las ordenanzas exigían
que siempre hubiera alguien en la mesa de entrada, pero en aquel momento no podía preocuparme
de esos detalles. El dolor era terrible, igual que por la mañana.
Conseguí llegar al pequeño retrete situado detrás del escritorio y bajarme los pantalones
antes de que comenzara a salir la orina, pero estuve a punto de mearme encima. Tuve que taparme
la boca con la mano para no gritar, mientras me cogía con la otra de la pila del lavabo. No estaba
en mi casa, donde podía caer de rodillas y dejar un charco junto a la leña. Si me arrodillaba,
mojaría todo el suelo.
Conseguí mantener el equilibrio y reprimir un grito, pero estuve a punto de perder ambas
batallas.
Tenía la impresión de que la orina estaba llena de pequeños fragmentos de cristal. El olor
procedente del inodoro era nauseabundo y veía pequeñas manchas blancas -probablemente pusflotando
en la superficie.
Cogí la toalla del toallero y me sequé la cara. No cabía duda de que sudaba; estaba empapado
en sudor. Miré al espejo metálico y vi el reflejo de un hombre que volaba de fiebre. ¿Treinta y
nueve grados, cuarenta tal vez? Mejor no saberlo. Dejé la toalla en su sitio, tiré de la cadena y
crucé lentamente mi despacho en dirección a las celdas. Temía que Bill Dodge o alguno de los
otros hubiera regresado y descubierto que no había nadie en la mesa, pero el pasillo estaba
desierto. Wharton seguía inconsciente en el camastro, Delacroix estaba callado y John Coffey no
había dado señales de vida en todo ese tiempo. Ni siquiera se había asomado a espiar, lo que en
cierto modo era preocupante.
Crucé el pasillo y eché un vistazo a la celda de Coffey, esperando que se hubiera suicidado
con uno de los dos métodos típicos del pasillo de la muerte: ahorcándose con los pantalones o
mordiéndose las venas de las muñecas. Pero no había sucedido nada semejante. Coffey, el hombre
más grande que había visto en mi vida, estaba sentado a los pies de la cama, con las manos sobre el
regazo. Me miró con sus extraños ojos húmedos.
-¿Jefe? -dijo.
-¿Qué pasa, grandullón?
-Necesito verlo.
-¿No me estás viendo, John Coffey?
No respondió, y continuó estudiándome con aquella mirada peculiar y vidriosa. Suspiré.
-Dentro de un segundo, grandullón.
Me volví hacia Delacroix, que estaba de pie junto a los barrotes de su celda. Cascabel, su
ratón domado (Delacroix decía que había adiestrado a su mascota, aunque todos los que
trabajábamos en el pasillo de la muerte estábamos convencidos de que así el animalito se había
adiestrado solo), corría de una de las manos del francés a la otra, como un acróbata que salta desde
plataformas situadas encima de una pista de circo. Tenía los ojos muy abiertos y las orejas echadas
hacia atrás sobre la cabeza gris. No cabía duda alguna de que el ratón reaccionaba con el
nerviosismo de Delacroix. Mientras yo lo observaba, bajó por los pantalones del francés, cruzó la
celda y se dirigió al colorido carrete que estaba contra la pared. Empujó el carrete hacia los pies de
Delacroix y alzó la vista con ansiedad, pero el pequeño francés no le hizo el menor caso, al menos
por el momento.
-¿Qué ha pasado, jefe? -preguntó-. ¿Han herido a alguien?
-Todo está arreglado -respondí-. El chico nuevo entró como un león, pero ahora duerme
como un cordero. Todo lo que acaba bien está bien.
-Todavía no ha terminado -dijo Delacroix mirando hacia la celda donde estaba encerrado
Wharton-. L'homme mauvais, c'est vrai!
-Bueno -dije-, no te preocupes por eso, Del. Nadie va a obligarte a saltar a la comba con él en
el patio.
Oí un crujido a mi espalda. Era Coffey que se levantaba de la cama.
-Señor Edgecombe -dijo, y esta vez parecía realmente impaciente-. Necesito hablar con
usted.
Me volví pensando que no había problema. Después de todo, hablar formaba parte de mi
trabajo. Intentaba no temblar, aunque el sudor de la fiebre se había vuelto frío, como sucede en
ocasiones. Sin embargo mi bajo vientre seguía ardiendo, como si lo hubieran abierto para
rellenarlo con brasas encendidas y luego hubieran vuelto a cerrarlo.
-Pues habla, John Coffey -dije intentando mantener la voz serena y despreocupada.
Por primera vez desde su llegada al bloque E, John Coffey parecía estar realmente presente
entre nosotros. El constante goteo de lágrimas había cesado y supe que esta vez veía lo que miraba
-a Paul Edgecombe, el jefe de los carceleros del bloque E-, y no el lugar al que habría deseado
regresar para deshacer el terrible crimen que había cometido.
-No -dijo-. Tiene que entrar aquí.
-Sabes que no puedo hacerlo -dije, siempre esforzándome por mentener el tono
despreocupado-. Al menos en este preciso momento. Estoy solo y tú pesas una tonelada y media
más que yo. Ya hemos tenido una pelea esta mañana y es suficiente. De modo que si no te importa
hablaremos a través de los barrotes.
-¡Por favor! -Apretaba los barrotes con tanta fuerza que tenía los nudillos pálidos y las uñas
blancas. Su cara era una máscara de angustia y sus extraños ojos reflejaban una necesidad
imperiosa que yo era incapaz de entender. Recuerdo que pensé que si no hubiera estado enfermo
quizá la habría entendido, y que hacerlo me habría permitido ayudarlo a superar aquel trance.
Cuando uno sabe qué necesita un hombre, también conoce al hombre-. ¡Por favor, jefe
Edgecombe, tiene que entrar!
Pensé que aquél era el pedido más absurdo que había oído jamás, pero entonces supe que iba
a hacer algo aún más absurdo: entrar. Tenía las llaves colgadas del cinturón y buscaba la de la
celda de Coffey. Habría podido tenderme sobre sus rodillas y partirme como si fuera una rama seca
incluso en un día en que me sintiera perfectamente, y no era ése el caso. Pero iba a hacerlo a pesar
de todo; solo, y después de una demostración elocuente de lo que podía ocurrir cuando uno se
comportaba con estupidez e imprudencia delante de un asesino convicto, iba a abrir la celda de
aquel gigante negro, entrar y sentarme a su lado. No era necesario que Coffey cometiese una
locura para que yo perdiese mi empleo, pero iba a hacerlo de todos modos.
«Para -me dije-. No lo hagas, Paul.» Pero no atendí ni mis propias razones. Abrí el cerrojo
superior, luego el inferior y empujé la puerta.
-Quizá no sea buena idea, jefe -dijo Delacroix con una voz tan nerviosa y remilgada que en
otras circunstancias me habría hecho reír.
-Tú ocúpate de tus asuntos que yo me ocuparé de los míos -respondí sin volverme. Tenía los
ojos fijos en John Coffey, tan fijos como si los hubiera clavado. Cualquiera habría dicho que me
tenía hipnotizado. Mi propia voz sonaba como un eco en medio de un extenso valle. Demonios,
quizá estuviera hipnotizado-. Túmbate en la cama y descansa un poco.
-¡Por Dios, éste es un sitio de locos! -dijo Delacroix con voz temblorosa-. Cascabel, espero
que me frían pronto para terminar de una vez.
Entré en la celda de John Coffey, quien retrocedía a medida que yo avanzaba. Cuando tocó el
camastro (era tan alto que le llegaba a las pantorrillas) se sentó en él. Luego dio una palmada sobre
el colchón, invitándome a sentarme, sin quitarme los ojos de encima. Me senté a su lado y me
rodeó los hombros con un brazo, como si yo fuese su novia y estuviéramos en el cine.
-¿Qué quieres, John Coffey? -pregunté, siempre mirándolo a los ojos... esos ojos tristes,
serenos.
-Ayudar -respondió.
Suspiró, como un hombre que se enfrenta a un trabajo que no desea hacer, y apoyó su mano
sobre mi entrepierna, justo encima del pene, en el hueso situado a unos treinta centímetros del
ombligo.
-¡Eh! -grité-. Quita tu maldita mano de ahí...
Pero entonces sentí un estremecimiento, una especie de sacudida indolora que me hizo saltar
sobre la cama e inclinarme, como el viejo Tuu cuando decía que se estaba friendo, que se estaba
asando como un pavo. No sentí calor ni electricidad, pero por un instante las cosas parecieron
perder el color, como si alguien hubiera estrujado el mundo hasta convertirlo en sudor. Podía ver
cada uno de los poros de la cara de John Coffey, cada venilla de sus ojos atormentados y una
minúscula cicatriz en su barbilla. Era consciente de que asía el aire con las manos y de que mis
pies pataleaban sobre el suelo de la celda.
Entonces, todo pasó, incluida mi infección urinaria. Tanto el calor como las dolorosas
punzadas desaparecieron de mi entrepierna y la fiebre se esfumó. Aún podía sentir y oler el sudor
que momentos antes me empapaba la piel, pero todo había acabado.
-¿Qué ocurre? -preguntó Delacroix con voz aguda. Sus palabras parecían venir de muy lejos,
pero cuando John Coffey se inclinó y dejó de mirarme a los ojos, la voz del francés se volvió
súbitamente clara. Fue como si alguien me hubiese quitado unos trozos de algodón o un par de
tapones de cera de los oídos-. ¿Qué le ha hecho?
No respondí. Coffey estaba inclinado, con la cara desfigurada y el cuello hinchado. Sus ojos
parecían a punto de saltar de las órbitas. Tenía el aspecto de un hombre que acaba de atragantarse
con un hueso de pollo.
-¡John! -exclamé, y le di una palmada en la espalda. No se me ocurría qué otra cosa hacer-.
¿Qué pasa, John?
Al sentir el contacto de mi mano, se estremeció y emitió un desagradable sonido gutural,
similar a una arcada. Abrió la boca como a menudo lo hacen los caballos para permitir que les
pongan el bocado: a regañadientes, con los labios separándose de los dientes en una especie de
mueca desesperada. Luego sus dientes también se separaron y exhaló una nube de pequeños
insectos negros similares a mosquitos. Al menos eso es lo que me parecieron en aquel momento.
Los insectos revolotearon furiosamente entre sus rodillas, se volvieron blancos y desaparecieron.
De repente, perdí toda la fuerza del vientre, como si los músculos se hubieran convertido en
agua. Choqué contra la pared de piedra de la celda de Coffey y recuerdo que pensé en el nombre
del salvador: Cristo, Cristo, Cristo... una y otra vez. Supuse que la fiebre me hacía delirar; eso fue
todo.
Entonces me di cuenta de que Delacroix gritaba pidiendo auxilio. Decía a voz en cuello que
John Coffey estaba matándome. Coffey se había inclinado sobre mí, es cierto, pero sólo para
comprobar que me encontraba bien.
-Calla, Del -dije mientras me incorporaba. Esperé que el dolor volviera a desgarrarme las
entrañas, pero no sucedió. Estaba mejor. Me sentí mareado por un instante, pero el mareo pasó
antes de que me cogiera de los barrotes de la celda para mantener el equilibrio-. Estoy
perfectamente.
-Será mejor que salga de ahí de inmediato -dijo con el tono de una anciana aprensiva que
ordena a un niño que baje de un manzano-. Se supone que no puede entrar en una celda cuando no
hay nadie más en el bloque.
Miré a John Coffey, que estaba sentado en el camastro con las manazas apoyadas sobre sus
rodillas gruesas como troncos. El gigante negro me devolvió la mirada. Tuvo que inclinar un poco
la cabeza, aunque no demasiado.
-¿Qué has hecho, grandullón? -pregunté en voz baja-. ¿Qué me has hecho?
-Ayudar -respondió-. Lo he aliviado, ¿verdad?
-Sí, pero ¿cómo? ¿Cómo lo has hecho?
Volvió la cabeza hacia la derecha, hacia la izquierda y de nuevo al centro. No sabía cómo me
había ayudado, cómo me había curado, y la expresión de serenidad de su rostro sugería que
tampoco le importaba, igual que a mí me importaban un pimiento las técnicas de atletismo cuando
corría los últimos cincuenta metros en el maratón del 4 de julio. Pensé en preguntarle cómo había
descubierto que estaba enfermo, aunque seguramente habría obtenido la misma respuesta. Una vez
leí una frase en algún sitio que nunca he podido olvidar, algo sobre «un enigma envuelto en un
misterio». Eso era John Coffey, y supongo que si conseguía dormir por las noches era porque no
buscaba motivos a las cosas. Percy lo llamaba «el tontaina», y aunque era una crueldad, no parecía
muy alejado de la verdad. El grandullón sabía su nombre, sabía que no se escribía igual que la
bebida, y eso era lo único que parecía importarle.
Como si quisiera confirmar esa idea, volvió a sacudir la cabeza muy lentamente y se tendió
en el camastro con las manos entrelazadas debajo de la mejilla izquierda, a modo de almohada, y la
cara vuelta hacia la pared. Las piernas le colgaban en el aire a la altura de las pantorrillas, pero al
parecer eso nunca le había molestado. Tenía la camisa levantada en la espalda y vi las cicatrices
que surcaban su piel.
Salí de la celda, eché los cerrojos y me volví hacia Delacroix, que me miraba con
impaciencia, tal vez incluso con miedo, cogido de los barrotes de la celda. Cascabel estaba sentado
sobre uno de sus hombros, moviendo los bigotes finos como filamentos.
-¿Qué le ha hecho ese negro? -preguntó Delacroix-. ¿Lo ha hechizado? -En su particular
acento cajún, «hechizado» sonaba como una palabra exótica.
-No sé de qué hablas, Del.
-¡Vaya si no! Mírese, jefe. Hasta camina de forma diferente.
Quizá fuese cierto. Tenía una maravillosa sensación de calma, una serenidad tan notable que
podría haberla definido como una forma de éxtasis. Cualquiera que haya padecido un dolor
insoportable y se haya recuperado de repente comprenderá a qué me refiero.
-Todo va bien, Del -insistí-. Coffey ha tenido una pesadilla. Eso es todo.
-¡Es un hechicero! -exclamó Delacroix con vehemencia. Tenía el labio superior perlado de
sudor. No había visto gran cosa; pero sí lo suficiente para estar aterrorizado-. Es un brujo vudú.
-¿Por qué dices eso?
Delacroix cogió el ratón en una mano, ahuecó la palma y acercó el animalito a su cara. Sacó
algo rosado del bolsillo de la camisa, uno de los caramelos de menta. Al principio, el ratón no hizo
el menor caso del dulce y estiró la cabeza hacia el cuello de su amo, oliéndole el aliento como una
persona que aspira la fragancia de un ramo de flores. Sus pequeños ojos como gotas de aceite
estaban entrecerrados en una expresión de éxtasis. Delacroix le besó el hocico y el ratón se dejó
besar. Luego cogió el caramelo que le ofrecía y comenzó a masticar. Delacroix siguió
observándolo por unos segundos y después volvió la mirada hacia mí. Entonces comprendí.
-Te lo ha dicho el ratón, ¿verdad?
-Oui.
-Como cuando te murmuró su nombre.
-Oui. Me lo dijo al oído.
-Túmbate, Del -dije-. Descansa un poco. Tanto murmullo tiene que haberte agotado.
Dijo algo más; supongo que me acusó de no creerle, pero su voz volvía a sonar lejana, y
cuando regresé a la mesa de entrada me pareció que no caminaba, sino que flotaba, o tal vez no me
moviese en absoluto. Las celdas se deslizaban a los lados como escenarios de película sobre
ruedas.
Comencé a sentarme normalmente, pero a mitad del proceso mis rodillas se aflojaron y caí
sentado sobre el cojín azul que Harry había traído de su casa un año antes. Si la silla no hubiera
estado allí, me habría desplomado en el suelo sin apenas darme cuenta.
Permanecí allí sentado, sintiendo el vacío en el bajo vientre donde diez minutos antes parecía
que se incendiaba un bosque. «Lo he aliviado, ¿verdad?», había preguntado John Coffey, y era
cierto, al menos en lo concerniente a mi cuerpo. Mi mente era otra historia. En cuanto a la
tranquilidad mental, no me había aliviado en absoluto.
Mis ojos se posaron en la pila de formularios situados en un extremo del escritorio, debajo de
un cenicero metálico. INFORMES DEL BLOQUE rezaba en la parte superior, y más abajo había
un espacio en blanco para «Incidencias imprevistas». En el informe de aquella noche usaría aquel
espacio para informar de la accidentada y emocionante llegada de Wharton. Pero ¿y si contaba lo
que me había ocurrido en la celda de John Coffey? Me imaginé a mí mismo cogiendo el lápiz
-aquel cuya punta Bruto siempre estaba lamiendo- y escribiendo una sola palabra en mayúsculas:
MILAGRO.
Aunque la cosa tenía cierta gracia, en lugar de sonreír me sentía al borde de las lágrimas. Me
llevé las manos a la cara y me cubrí la boca con las palmas para reprimir los sollozos, pues no
quería volver a asustar a Del, pero no hubo ningún sollozo. Tampoco lágrimas. Al cabo de unos
instantes apoyé las manos en el escritorio y entrelacé los dedos. No sabía qué me pasaba y todo lo
que podía pensar era que no deseaba que nadie volviese al bloque hasta que hubiera recuperado la
compostura. Aun así, tenía miedo de lo que pudiesen ver en mi cara.
Cogí un formulario. Esperaría hasta sentirme un poco mejor para describir cómo mi último
niño travieso había estado a punto de estrangular a Dean, pero entretanto podía rellenar los detalles
triviales. Aunque temía que la letra me saliese extraña, temblorosa, lo cierto es que tenía el aspecto
de siempre.
Unos cinco minutos después dejé el lápiz sobre la mesa y me dirigí al retrete de mi despacho.
No necesitaba orinar con urgencia, pero quería comprobar qué había ocurrido. Mientras esperaba
que saliera el chorro, llegué a la conclusión de que me dolería igual que por la mañana, como si
junto con el pis pasaran pequeños fragmentos de cristal. Después de todo, comprobaría que había
sido hipnotizado y eso sería un verdadero alivio, a pesar del dolor.
Pero no hubo dolor, y el líquido que cayó en la taza era transparente, sin rastro de pus. Me
abroché la bragueta, tiré de la cadena y regresé a la mesa de entrada.
Sabía qué había ocurrido; supongo que lo sabía incluso mientras intentaba convencerme de
que me habían hipnotizado. Había experimentado una sanación milagrosa, una auténtica
demostración del poder de jesús nuestro Señor. Durante mi niñez, cuando asistía regularmente a la
última Iglesia Bautista o de Pentecostés escogida por mi madre o sus hermanas, había oído muchas
historias de milagros de jesús nuestro Señor. Una de ellas era la de un hombre llamado Roy
Delfines, que cuando yo tenía doce años vivía con su familia a tres kilómetros de mi casa. Delfines
le había cortado accidentalmente el dedo meñique a su hijo cuando éste sostenía un tronco en el
patio para que su padre lo hachara. Roy Delfines afirmaba que durante el otoño y el invierno
siguientes prácticamente había gastado la alfombra con las rodillas y que en primavera el dedo del
niño había vuelto a crecer. Hasta había recuperado la uña. Yo creí a Roy Delfines cuando habló un
jueves por la noche, rebosante de alegría. Se expresaba con tanta sencillez y sinceridad, sin sacar
las manos de los bolsillos de su mono de trabajo, que era imposible no creerle. «Cuando el dedo
empezó a crecer le picaba tanto que pasó varias noches en vela -dijo Roy Delfines-. Pero él sabía
que el Señor así lo quería, y lo soportó.» Alabado sea Jesús. El Señor es todopoderoso.
La historia de Roy Delfines sólo era una entre tantas. Yo crecí en la tradición de milagros y
curaciones. También creía en los amuletos, en las virtudes del agua estancada para curar las
verrugas, en la necesidad de poner musgo debajo de la almohada para curar el dolor de una pérdida
amorosa y, naturalmente, en lo que solíamos llamar «encantamientos». Sin embargo, no creía que
John Coffey fuera un hechicero. Lo había mirado a los ojos y, lo que era más importante, había
sentido su contacto, y había sido como si me tocase un médico extraño y maravilloso.
«Lo he aliviado, ¿verdad?»
Aquella frase seguía resonando en mi cabeza, como una canción pegadiza o las palabras de
un hechizo: «Lo he aliviado, ¿verdad?»
Pero no había sido él, sino Dios. El uso de la primera persona de Coffey debía atribuirse a la
ignorancia más que al orgullo, pero gracias a las enseñanzas recibidas en aquellas iglesias tan
apreciadas por mi madre y mis tías veinteañeras, yo sabía, o al menos creía, que la curación no
dependía del curandero, sino de la voluntad divina. Es natural alegrarse de la mejoría de un
enfermo, pero la persona que se ha sanado tiene la obligación de preguntarse el porqué, de meditar
sobre la voluntad de Dios y las formas extraordinarias en que éste pone en práctica esa voluntad.
¿Qué quería Dios de mí en este caso? ¿Qué deseaba tanto como para conceder a un asesino
de niños la capacidad de curar? ¿Que permaneciera en el bloque en lugar de estar en casa,
temblando en la cama y sudando a causa de los comprimidos de sulfamida? Quizá. Tal vez debía
estar allí por si Bill Wharton decidía crear más problemas o para asegurarme de que Percy
Wetmore no hiciera ninguna tontería. Muy bien. Entonces me quedaría allí. Mantendría los ojos
bien abiertos y la boca cerrada... sobre todo en lo referente a curas milagrosas.
Dudaba que alguien me interrogara sobre mi mejoría. Había estado diciendo a todo el mundo
que me encontraba mejor y lo cierto es que hasta aquel día yo mismo lo creía. Incluso le había
dicho al alcaide Moores que todo había pasado. Delacroix había notado algo, pero supuse que
también mantendría la boca cerrada (quizá por temor a que John Coffey lo hechizase si no lo
hacía). En cuanto a Coffey, era muy probable que ya hubiera olvidado el incidente. Al fin y al
cabo, no era más que un canal, y ninguna alcantarilla del mundo recuerda el agua que ha pasado
por ella una vez que ha dejado de llover. De modo que resolví no mencionar el tema, sin saber que
muy pronto contaría la historia y a quién se la contaría.
Pero no podía dejar de reconocer que sentía curiosidad por aquel grandullón. Después de lo
ocurrido en su celda, sentía más curiosidad que nunca.
4
Aquella noche, antes de marcharme, hice arreglos para que Bruto me cubriera al día
siguiente si llegaba un poco más tarde de lo habitual. Por la mañana me levanté y salí rumbo a
Tefton, en el condado de Trapingus.
-No me gusta esa obsesión que tienes por ese tal Coffey -dijo mi esposa mientras me
entregaba el almuerzo que me había preparado. Janice no confiaba en las hamburgueserías de la
carretera; decía que en todas ellas acechaba un dolor de estómago-. No es propio de ti, Paul.
-No estoy obsesionado por él -respondí-. Sólo siento curiosidad.
-Sé por experiencia que una cosa lleva a la otra -dijo Janice con amargura, y a continuación
me dio un gran beso en la boca-. Al menos tienes mejor aspecto. Me tenías preocupada. ¿Estás
mejor de la infección?
-Mucho mejor -respondí, y me marché cantando algo así como Come, Josephine, in my
flying machine y We're in the money para hacerme compañía.
Primero fui a las oficinas del Intelligencer, el periódico de Tefton, donde me dijeron que
Burt Hammersmith, el tipo que buscaba, debía de estar en los juzgados. En los juzgados me dijeron
que Hammersmith había estado allí, pero que se había marchado después de que tuvieran que
interrumpir un juicio debido a la rotura de un caño de agua. El juicio en cuestión era por violación
(en las páginas del Intelligencer se hablaría de «asalto a una mujer», que era como se definían
aquellos actos antes de que Ricki Lane y Carnie Wilson aparecieran en escena). Suponían que
habría vuelto a su casa. Me señalaron un camino de tierra tan estrecho y lleno de baches que casi
no me atreví a meterme allí con el Ford. Sin embargo, por fin encontré a Hammersmith, el hombre
que había escrito la mayor parte de los artículos sobre el juicio de Coffey, y gracias a él me enteré
de los detalles de la breve cacería que había precedido la detención del gigante negro. Por
supuesto, me refiero a los detalles que el Intelligencer consideró demasiado morbosos para
publicar.
La señora Hammersmith eta una mujer joven con cara cansada y bonita y las manos rojas por
la lejía. No me preguntó qué quería; sencillamente me guió por una casa pequeña, que olía a pastas
recién horneadas, hasta la galería trasera, donde su marido estaba sentado con un refresco en la
mano y un ejemplar de la revista Liberty en el regazo. Había un
pequeño jardín con una cuesta, a cuyos pies dos niños reían y discutían por un columpio.
Aunque desde la galería era imposible determinar el sexo de los críos, supuse que eran niño y niña.
Quizá fuesen gemelos, lo que daría cierto interés a la intervención de su padre en el caso Coffey,
por indirecta que ésta fuera. Más cerca, como una isla en medio de un trozo de tierra compacta,
desnuda y de aspecto descuidado, había una caseta de perro. Sin embargo, no había señales de
Fido. Era otro día insólitamente caluroso y supuse que estaría dentro, durmiendo.
-Burt, tienes compañía -dijo la señora Hammersmith.
-De acuerdo -respondió él.
Me miró, miró a su esposa y volvió a mirar a los niños, que eran sin duda quienes más le
preocupaban. Se trataba de un hombre delgado, casi patéticamente delgado, como si acabara de
recuperarse de una enfermedad grave, y su cabello comenzaba a ralear. Su mujer le tocó un
hombro con una mano roja, hinchada de lavar. Hammersmith no la miró ni la tocó, y al cabo de
unos segundos ella la retiró. Por un instante fugaz se me ocurrió pensar que parecían más hermano
y hermana que marido y mujer. Él tenía inteligencia y ella belleza, pero a pesar de todo guardaban
cierto parecido físico, ese ligero aire hereditario del que es imposible escapar. Más tarde, cuando
volvía a casa, comprendí que no se parecían en absoluto: lo que les daba un aspecto familiar era la
apariencia de agotamiento y tristeza. Es curioso cómo el sufrimiento marca nuestras caras y nos
hace semejantes.
-¿Le apetece algo fresco para beber, señor...? -preguntó la mujer.
-Edgecombe -dije-. Paul Edgecombe. Sí, gracias. Una bebida fría me vendría muy bien.
Entró en la casa. Estreché brevemente la mano de Hammersmith, que era larga y fría. No
dejó de mirar a los niños en ningún momento.
-Señor Hammersmith, soy el carcelero jefe del bloque E, en la prisión estatal de Cold
Mountain. Allí...
-Sé bien de qué me habla -dijo mirándome con mayor interés-. De modo que el gran jefe del
pasillo de la muerte está en mi patio trasero, en persona. ¿Cómo es que ha conducido setenta y
cinco kilómetros para hablar con el único reportero a tiempo completo del periódico local?
-Quiero hablar de John Coffey -dije.
Creo que esperaba alguna reacción notable (estaba algo sugestionado por la idea de que los
niños podían ser gemelos... y quizá también por la caseta del perro), pero Hammersmith se limitó a
arquear las cejas y beber un trago del refresco.
-Ahora Coffey es su problema, ¿verdad? -preguntó.
-En realidad, no es demasiado problema -dije-. No le gusta la oscuridad y pasa la mayor
parte del tiempo llorando, pero eso no nos crea dificultades en el trabajo. Estamos habituados a ver
cosas peores.
-Llora mucho, ¿eh?-preguntó Hammersmith-. Bueno, yo diría que le sobran motivos para
llorar, teniendo en cuenta lo que hizo. ¿Qué quiere saber de él?
-Cualquier cosa que pueda decirme. He leído sus artículos en el periódico, de modo que
quiero cualquier información que no haya aparecido en ellos.
Me miró con expresión hostil.
-¿Como qué aspecto tenían las niñas? ¿O qué les hizo exactamente? ¿Es ésa la clase de
información que anda buscando, señor Edgecombe?
-No -respondí manteniendo la voz serena-. No estoy interesado en las gemelas Detterick. Las
pobrecillas están muertas, pero Coffey no, por el momento, y siento curiosidad por él.
-De acuerdo -dijo-. Coja una silla y acérquese, señor Edgecombe. Tendrá que perdonarme si
le he hablado con brusquedad, pero mi trabajo me obliga a ver muchos buitres. ¡Demonios! Yo
mismo he sido acusado de ser uno de ellos en más de una ocasión. Sólo quería asegurarme de que
usted no lo fuera.
-¿Y ya está seguro?
-Creo que sí -respondió con tono casi de indiferencia.
La historia que me contó es básicamente la misma que relaté antes en estas páginas: la señora
Detterick encontró la galería vacía, con la puerta arrancada de sus goznes, las mantas arrojadas en
un rincón y sangre en los escalones; su hijo y su marido corrieron tras el secuestrador; la cuadrilla
los alcanzó poco después y finalmente capturó a John Coffey, que estaba sentado a la orilla del río,
llorando, con los cuerpos apretados como si fueran muñecas entre sus enormes brazos. El
esquelético periodista, vestido con una camisa blanca y pantalones grises, hablaba en voz baja e
inexpresiva... pero ni por un instante dejaba de mirar a los niños, que reían, discutían y se turnaban
para montarse en el columpio situado al pie de la cuesta del jardín. En medio de la historia, la
señora Hammersmith regresó con una botella de cerveza casera sin alcohol, fría, fuerte y deliciosa.
Escuchó durante unos instantes y luego llamó a los niños, anunciándoles que iba a sacar unas
galletas del horno.
-Ahora vamos, mamá -gritó la niña, y la mujer volvió a entrar en la casa.
Cuando Hammersmith hubo concluido la historia, dijo:
-¿Para qué quiere saber todo esto? Es la primera vez que me visita un carcelero de la prisión.
-Como le he dicho...
-Ya, curiosidad. La gente siente curiosidad, lo sé, incluso doy gracias a Dios por ello; sin esa
curiosidad no tendría el empleo que tengo y hasta es probable que me viese obligado a trabajar
para ganarme el pan. Pero setenta y cinco kilómetros es un largo trecho para recorrer por mera
curiosidad, sobre todo teniendo en cuenta que en los últimos treinta la carretera se encuentra en un
estado deplorable. De modo que ¿por qué no me cuenta la verdad, señor Edgecombe? Yo he
satisfecho su curiosidad; ahora satisfaga usted la mía.
Supongo que podría haber dicho algo así como: «Resulta que yo tenía una infección urinaria,
John Coffey me tocó y me la curó. El hombre que violó y asesinó a esas dos niñas hizo algo así, de
modo que me planteé un montón de interrogantes sobre él, como habría hecho cualquiera. Incluso
me pregunté si Homer Cribus y el agente Rob McGee no habrían cogido al hombre equivocado, a
pesar de todas las pruebas que había contra él. Porque uno no imagina que un hombre con
semejante poder en las manos sea capaz de violar y asesinar a unas niñas.»
Pero no; dudaba que Hammersmith fuera a creer en aquella versión de los hechos.
-Me pregunto dos cosas -dije=-. La primera es si había hecho algo así con anterioridad.
Hammersmith me miró con una súbita expresión de interés, y supe que era un tipo listo,
quizá incluso brillante.
-¿Por qué dice eso? -preguntó-. ¿Qué sabe, señor Edgecombe? ¿Qué le ha contado?
-Nada, pero un hombre que hace esa clase de cosas, puede haber cometido un delito similar
antes. Suelen cogerle el gusto.
-Sí -respondió-. Lo hacen. Claro que sí.
-Y se me ocurrió pensar que sería fácil seguirle los pasos y descubrir si era así. No debe de
ser difícil seguir el rastro de un hombre de su tamaño, sobre todo cuando, además, es negro.
-En eso se equivoca -dijo-. Al menos en el caso de Coffey no es tan fácil.
-¿Lo intentó?
-Sí y no encontré nada. Un par de empleados de ferrocarriles creyeron haberlo visto en
Knoxville dos días antes del asesinato de las gemelas Detterick. Nada sorprendente. Lo cogieron al
otro lado del río, a pocos metros de las vías del ferrocarril del sur, y seguramente habrá venido en
tren desde Tennessee. Recibí una carta de un hombre de Kentucky que dijo que a principios de la
primavera había contratado a un hombre grande y calvo para cargar fardos. Le envié una fotografía
de Coffey y lo identificó. Pero aparte de eso... -Hammersmith se encogió de hombros y sacudió la
cabeza.
-¿No le parece extraño?
-Me parece muy extraño, señor Edgecombe. Es como si hubiera caído del cielo. Y él no
puede ayudarnos. Es incapaz de recordar qué hizo la semana anterior.
-Así es -dije-. ¿Cómo lo explica?
-Estamos en la época de la Depresión -respondió-, así es como lo explico. La gente deambula
por todos los caminos del país. Los de Oklahoma quieren recoger melocotones en California, los
blancos pobres de los zarzales del norte quieren trabajar en las fábricas de coches de Detroit, los
negros de Misisipi quieren trasladarse a Nueva Inglaterra para buscar empleo en las fábricas de
calzado o en las hilanderías. Todos, negros y blancos por igual, piensan que la situación estará
mejor en otro sitio. Es el nuevo estilo de vida americano. Ni siquiera un gigante como Coffey
llama la atención... al menos hasta que decide asesinar a un par de criaturas. A un par de criaturas
blancas.
-¿De verdad cree eso? -pregunté con incredulidad.
Me miró con una expresión serena en su rostro esquelético.
-A veces sí -respondió.
Su esposa se asomó por la ventana de la cocina como el conductor de una locomotora y
gritó:
-¡Niños! Las galletas están listas. -Se volvió hacia mí-: ¿Le apetece una galleta de avena y
pasas, señor Edgecombe?
-Estoy seguro de que están deliciosas, señora, pero esta vez diré que no.
-De acuerdo -dijo ella, y metió la cabeza.
-¿Ha visto las cicatrices que tiene Coffey? -preguntó Hammersmith de repente, siempre
mirando a los niños, que se resistían a abandonar el columpio, incluso por unas galletas de avena y
pasas.
-Sí -respondí, aunque me sorprendió que él las hubiera visto.
Al ver mi reacción, rió.
-El golpe maestro del defensor fue hacer que Coffey se quitase la camisa y enseñara las
cicatrices al jurado. El fiscal, George Peterson, protestó indignado, pero el juez lo permitió. El
viejo George podría haberse ahorrado la saliva. Los jurados de esta zona del país no se dejan
convencer por la mierda psicológica de que la gente maltratada no puede controlar sus actos. Creen
que la gente hace lo que quiere. La verdad es que simpatizo bastante con ese punto de vista, pero
eso no quita que las cicatrices fueran horribles. ¿Ha notado algo acerca de ellas, Edgecombe?
Yo había visto a Coffey desnudo en la ducha, y naturalmente, me había fijado en las
cicatrices, de modo que sabía a qué se refería Hammersmith.
-Están rotas, como si fueran un enrejado.
-¿Y sabe qué significa eso?
-Que cuando era un niño alguien lo azotó brutalmente -contesté-. Antes de que creciera.
-Pero no consiguieron ahuyentar al demonio que llevaba dentro, ¿verdad, Edgecombe?
Deberían haberse ahorrado los latigazos y ahogarlo en el río como a un gatito perdido, ¿no cree?
Supongo que lo más correcto hubiera sido asentir y largarme de allí, pero no pude. Yo lo
había visto y había sentido su contacto. Había experimentado en mi propia carne lo que podían
hacer sus manos.
-Es un hombre extraño -dije-, pero no parece violento. Sé cómo lo encontraron y es difícil
conciliar esa imagen con lo que veo diariamente en el bloque. Conozco bien a los hombres
violentos, señor Hammersmith.
Por supuesto, pensaba en Wharton, estrangulando a Dean Stanton con la cadena y gritando:
«¡Eh, muchachos! ¿Qué me decís de esta fiesta?»
Hammersmith me miraba con atención y sonreía con una expresión de incredulidad que no
terminaba de gustarme.
-No ha venido hasta aquí sólo para saber si Coffey mató a alguna otra niña en otro sitio dijo-.
Creo que ha venido a ver si yo creía que realmente es culpable. ¿Me equivoco? Confiéselo,
Edgecombe.
Bebí el último sorbo de mi refresco, dejé la botella en la mesa y dije:
-Muy bien; ¿lo cree culpable?
-Le diré algo -empezó-, y será mejor que me escuche con atención, porque es probable que
sea justamente lo que necesita saber.
-Lo escucho.
-Teníamos un perro llamado Sir Galahad erijo señalando la caseta del perro-. Un perro
bueno. No era de raza, pero era cariñoso, tranquilo. Siempre dispuesto a lamernos la mano o a
correr detrás de una ramita. Hay muchos chuchos por el estilo, ¿no cree? -Me encogí de hombros y
asentí con un gesto. Él añadió-: En cierto sentido, un chucho bueno es igual que su negro. Uno se
familiariza con él y le coge cariño. No sirve para nada en particular, pero convive con nosotros
porque creemos que él también nos quiere. Si uno tiene suerte, nunca descubre lo contrario,
Edgecombe. Pero Cynthia y yo no tuvimos suerte.
Suspiró. Fue un sonido largo y casi espectral, como el rumor del viento entre las ojas secas.
Volvió a señalar la caseta del perro y me pregunté cómo no me había dado cuenta antes del aire de
abandono que tenía o de que muchos de los excrementos esparcidos alrededor de ella estaban
blanquecinos y polvorientos.
-Solía limpiar sus zurullos -continuó Hammersmith- y reparar el techo de la caseta para que
no entrara la lluvia. También en ese sentido Sir Galahad era como su negro, incapaz de hacer esas
cosas solo. Ahora ni toco la caseta. No me he acercado a ella desde el accidente... si es que puede
llamárselo así. Cogí el rifle y le disparé, pero no he hecho nada más desde entonces. No me atrevo.
Supongo que algún día tendré que reunir fuerzas para limpiar los zurullos y derribar la caseta.
De repente se aproximaron los niños y supe que no quería que lo hicieran. Era lo último que
deseaba. La niña estaba bien, pero el niño...
-Caleb -dijo Hammersmith-. Ven aquí un momento.
Los pequeños, sin duda gemelos, debían de tener unos cuatro años. La niña continuó hacia la
casa, pero el niño se acercó a su padre mirándose los pies. Sabía que era feo. Incluso a los cuatro
años, uno sabe si es feo o no. Hammersmith le cogió la barbilla con dos dedos e intentó levantarle
la cara. Al principio el niño se resistió, pero cuando el padre dijo «por favor, pequeño» con
dulzura, serenidad y afecto, obedeció.
Una cicatriz enorme y circular partía del cuero cabelludo, bajaba por la frente, cruzaba un
ojo ciego y torcido y llegaba a la comisura de una boca desfigurada, que parecía imitar la sonrisa
astuta de un jugador o, quizá, de un chulo. Una mejilla era tersa y bonita; la otra estaba arrugada
como un tronco marchito. Supuse que antes habría habido allí un agujero, pero al menos ahora
había cicatrizado.
-Le queda un ojo -dijo Hammersmith acariciando con dulzura la mejilla arrugada del
pequeño-. Supongo que ha tenido suerte de no quedar ciego. Todos los días damos gracias a Dios
por ello, ¿verdad, Caleb?
-Sí -dijo con timidez el niño, un niño que sería hostigado cruelmente por sus compañeros de
clase en el patio del colegio durante todos los años escolares, un niño a quien nadie invitaría a
jugar y que probablemente nunca se acostaría con una mujer (ni siquiera pagando por ella) cuando
alcanzara la edad y las necesidades de adulto, un niño que siempre quedaría fuera del círculo
cálido e iluminado de sus iguales, un niño que se miraría al espejo durante los siguientes sesenta o
setenta años de su vida y pensaría: «Eres feo, feo, feo.»
-Entra y coge tus galletas -dijo su padre, besando la boca desfigurada de su hijo.
-Sí, papá -respondió Caleb, y entró corriendo en la casa.
Hammersmith sacó un pañuelo del bolsillo trasero del pantalón y se limpió los ojos. Estaban
secos, pero supongo que se había acostumbrado a sentirlos húmedos.
-El perro ya estaba aquí cuando nacieron -explicó-. Cuando Cynthia trajo a los niños del
hospital lo llevé a la casa para que los oliese, y Sir Galahad les lamió las manos. Aquellas manitas
pequeñas. -Movió la cabeza de arriba abajo, como si confirmara las últimas palabras para sí-.
Jugaba con ellos; solía lamer la cara de la pequeña Arden hasta que la niña reía. Caleb le tiraba de
las orejas, y cuando empezó a andar, a veces recorría el patio cogido de la cola de Sir Galahad. El
perro ni siquiera les gruñía. A ninguno de los dos.
Ahora sí que lloraba. Hammersmith se secó las lágrimas automáticamente, con la naturalidad
de un hombre que tiene mucha práctica en hacerlo.
-No tuvo ningún motivo -continuó-. Caleb no le hizo daño, no le gritó, no le hizo nada. Lo sé
porque yo estaba delante. Si no hubiera estado allí, lo habría matado. No ocurrió nada,
Edgecombe. Sencillamente, el niño tenía la cara vuelta hacia el perro y a Sir Galahad se le cruzó
por la mente, si es que un perro tiene mente, que quería atacar y morder. Matar incluso, si era
posible. El niño estaba frente a él, y el perro mordió. Lo mismo ocurrió con Coffey. Estaba allí, vio
a las niñas en la galería, las cogió, las violó, las mató. Usted dice que debería haber algún indicio
de que hizo algo similar con anterioridad, y comprendo qué quiere decir, pero es posible que fuese
la primera vez. Tal vez si lo hubieran dejado en libertad no habría vuelto a hacerlo nunca. Es
probable que Sir Galahad no volviera a morder a nadie. Pero como se imaginará, ni siquiera me
hice esa pregunta. Fui a buscar el rifle, até al perro y le volé los sesos. -Respiraba con dificultad-.
Soy tan educado como cualquiera, señor Edgecombe. Fui a la Universidad de Bowling Green,
estudié historia además de periodismo, e incluso algo de filosofía. Me gusta pensar que soy un
hombre culto. Aunque dudo que mis compatriotas del Norte me vean así, soy un hombre culto. No
traficaría con esclavos ni por todo el té de China. Creo que debemos ser humanos y generosos y
esforzarnos para solucionar el problema racial. Sin embargo, debemos recordar que nuestros
negros morderán si les damos la oportunidad, igual que un chucho muerde si encuentra la ocasión
y se le cruza por la cabeza.
Quiere saber si el lloroso John Coffey, con todas esas cicatrices en la espalda, es culpable del
crimen, ¿verdad?
Asentí con un gesto.
-Pues sí -dijo Hammersmith-. No lo dude, y no le vuelva la espalda. Es probable que tenga
suerte una o cien veces... quizá mil... pero al final... -Levantó una mano frente a sus ojos, chasqueó
los dedos e imitó el movimiento de una boca al morder con la mano-. ¿Me entiende?
Volví a asentir.
-Las violó, las mató y después lo lamentó -prosiguió-, pero las niñas siguieron violadas y
muertas. Sin embargo, ustedes lo solucionarán, ¿verdad, Edgecombe? Dentro de unas semanas se
asegurarán de que no vuelva a hacer nada semejante.
Se levantó, se apoyó en la barandilla de la galería y miró con aire ausente la caseta del perro,
en el centro de la tierra pisoteada, en medio de un montón de excrementos antiguos.
-Espero que me disculpe -dijo por fin-. Como me he librado de pasar la tarde en los
tribunales, pensé que podría pasarla con mi familia. Nuestros hijos sólo son pequeños una vez.
-Por supuesto -dije. Sentía los labios entumecidos, como si no me pertenecieran-. Y muchas
gracias por su tiempo.
-De nada -dijo.
Conduje directamente de la casa de Hammersmith a la prisión. Fue un largo viaje, y esta vez
no fui capaz de acortarlo cantando. Era como si hubiera olvidado todas las canciones, al menos por
el momento. No dejaba de ver la cara desfigurada de aquel niño y la mano de Hammersmith, con
los dedos que subían y bajaban imitando una boca al morder.
5
Al día siguiente Bill Wharton el Salvaje visitó la celda de seguridad por primera vez. Pasó la
mañana y la tarde tan tranquilo y silencioso como un cordero, un estado que, según descubriríamos
después, no era natural en él y significaba que se avecinaban problemas. Luego, aproximadamente
a las siete y media de la tarde, Harry Terwilliger sintió algo húmedo y caliente en el uniforme que
se había puesto limpio ese mismo día. Era orina. William Wharton estaba de pie en su celda,
exhibiendo sus dientes ennegrecidos con una gran sonrisa y meando los pantalones y los zapatos
de Harry.
-El maldito hijo de puta debe de haber estado preparando aquella escena todo el día -dijo
Harry más tarde, asqueado y furioso.
Bien. Había llegado el momento de enseñarle a William Wharton quién mandaba en el
bloque E. Harry nos avisó a mí y a Bruto y yo puse sobre aviso a Dean y a Percy, que también
estaban de servicio. Recordad que entonces teníamos tres prisioneros y eso significaba ocupación
plena. Mis hombres estaban de guardia de siete de la tarde a tres de la madrugada -el momento más
propicio para los problemas- y otros dos grupos se turnaban durante el resto del día. Aquellos
grupos estaban formados en su mayor parte por guardias temporeros, al mando de los cuales solía
estar Bill Dodge. No era un mal sistema y yo tenía la impresión de que en cuanto pudiera pasar a
Percy al turno de día, las cosas irían aún mejor. Sin embargo, nunca conseguí hacerlo. A veces me
pregunto si eso hubiera cambiado algo.
Había un depósito de agua en el almacén, al otro lado de la Freidora, y Dean y Percy le
acoplaron una manguera de incendios de lona. Luego se quedaron junto a la válvula, para abrirla
en caso de que fuese necesario.
Bruto y yo fuimos rápidamente a la celda de Wharton, donde éste seguía de pie, sonriente y
con la polla colgando fuera del pantalón. La noche anterior, antes de marcharme, yo había sacado
la camisa de fuerza de la celda de seguridad y la había arrojado sobre un estante de mi despacho,
pensando que podríamos necesitarla para nuestro nuevo inquilino. Ahora la llevaba en una mano,
con el dedo índice enganchado debajo de uno de los tirantes. Harry nos seguía, tirando de la
boquilla de la manguera que cruzaba mi oficina, bajaba los peldaños del almacén y se remontaba
hasta el tambor cilíndrico de donde Dean y Percy la desenrollaban con la mayor rapidez posible.
-¿Qué? ¿Os ha gustado? -preguntó el Salvaje Bill. Reía como un niño en carnaval, tan alto
que casi no podía hablar, y unas lágrimas enormes se deslizaban por sus mejillas-. Supongo que sí,
ya que os habéis dado tanta prisa en venir. Estoy cocinando unas boñigas como acompañamiento.
Bonitas y blandas. Mañana os las serviré.
Al ver que yo abría la puerta de su celda, entrecerró los ojos. Entonces advirtió que Bruto
tenía el revolver en una mano y la porra en la otra.
-Es probable que entréis aquí por vuestro propio pie -dijo-, pero Billy el Niño os asegura que
saldréis en camilla. -Sus ojos se posaron en mí-. Y si piensa que va a ponerme esa camisa para
locos, le espera una buena, viejo estúpido.
-Tú no das las órdenes aquí -repliqué-. Ya deberías saberlo, pero supongo que eres
demasiado idiota para aprenderlo sin que te lo enseñen.
Terminé de abrir los cerrojos y empujé la puerta. Wharton retrocedió hasta el camastro con la
polla colgando fuera de los pantalones, extendió las manos con las palmas hacia arriba y me llamó
con los dedos.
-Ven aquí, mamón -dijo-. Si quieres jugaremos al colegio, pero este chico es lo bastante
grande para ser la maestra. -Volvió la mirada y la negra sonrisa hacia Bruto-. Ven, grandullón.
Esta vez no podrás cogerme por la espalda. Deja esa pistola, que de todos modos no vas a usar, y
enfrentémonos cuerpo a cuerpo. Veamos quién es mejor...
Bruto entró en la celda, pero no se acercó a Wharton. Una vez al otro lado de la puerta, torció
a la izquierda y Wharton abrió desmesuradamente los ojos al ver la manguera apuntando hacia él.
-No lo harás -dijo-. No...
-¡Dean! -grité-. Abre. ¡A tope!
Wharton saltó hacia adelante, y Bruto le asestó un golpe con la porra. Un buen golpe en la
frente, justo encima de las cejas. Estoy seguro de que Percy soñaba con dar uno igual. Wharton,
que parecía pensar que nunca habíamos tenido problemas antes de conocerlo, cayó de rodillas, con
los ojos abiertos pero ciegos. Entonces comenzó a salir el agua. Harry se tambaleó ante su fuerza,
pero enseguida recuperó el equilibrio. Sostenía la boquilla firmemente entre las manos, apuntando
como si la manguera fuese un arma. El chorro dio directamente en el pecho de Wharton, lo hizo
girar y lo empujó debajo del camastro. En el otro extremo del pasillo Delacroix saltaba, reía con
nerviosismo y gritaba a Coffey, exigiéndole que le contara qué ocurría, quién ganaba y si al nuevo
grdn'fou le gustaba el tratamiento de agua. John no dijo nada, permaneció allí quieto, vestido con
sus calzoncillos y las zapatillas de la prisión. Apenas si lo miré, pero bastó para ver la expresión de
siempre en su cara, triste y serena al mismo tiempo. Era como si hubiera visto aquello antes, no
una vez o dos, sino miles.
-¡Cerrad el agua! -gritó Bruto por encima del hombro, y corrió hacia Wharton. Cogió al
chico por las axilas y lo sacó de debajo de la cama. Wharton, semiinconsciente, tosía y emitía
sonidos ahogados. Un hilo de sangre caía en sus ojos desde la frente, donde la porra de Bruto había
abierto la piel en una línea vertical.
Para Bruto y para mí, poner la camisa de fuerza era una especie de ciencia. Habíamos
practicado la técnica como un par de coristas que ensayan un nuevo número y de vez en cuando la
práctica daba sus frutos. Como en aquella ocasión. Bruto sentó a Wharton y le sostuvo los brazos,
igual que un niño que sostiene los brazos de una muñeca de trapo. La conciencia comenzaba a
regresar a los ojos de Wharton, como si éste supiera que si no se resistía entonces ya no podría
hacerlo, pero la comunicación entre su cerebro y sus músculos seguía interrumpida, y antes de que
pudiera restablecerla yo le pasé la camisa por los brazos y Bruto abrochó las presillas en la
espalda. Mientras lo hacía, tiré de los brazos de Wharton hacia atrás y le até las muñecas con una
tira de lona. Cuando terminé, el muchacho parecía abrazarse a sí mismo.
-¡Maldita sea, tontorrón, dime qué hacen! -gritó Delacroix. Oí que Cascabel emitía un
chillido, como si también él exigiera información.
Entonces llegó Percy, con la cara radiante y la camisa mojada pegada al cuerpo después de la
lucha con el depósito de agua. Dean venía detrás. La marca azulada que le rodeaba el cuello como
un collar hacía que tuviese un aspecto mucho menos entusiasta.
-Vamos, Salvaje Bill -dije levantando a Wharton-, ahora vamos a andar, pasito a pasito.
-¡No me llame así! -chilló Wharton. Creo que por primera vez vimos sus auténticos
sentimientos y no las técnicas de camuflaje de un animal astuto-. El Salvaje Bill Hickock nunca
fue un héroe. Nunca combatió ni empuñó un cuchillo. No era más que un guerrillero de los
confederados. El muy imbécil se sentó de espaldas a la puerta y se dejó matar por un borracho.
-¡Caramba, el chico está dándonos una lección de historia! -exclamó Bruto mientras
empujaba a Wharton fuera de la celda-. Uno nunca sabe con qué va a encontrarse cuando ficha en
este sitio, pero con tanta gente agradable como tú, supongo que es lógico, ¿verdad? ¿Sabes una
cosa? Muy pronto tú también serás historia, Salvaje Bill. Mientras tanto, camina. Tenemos una
habitación especial para ti. Una habitación para que te relajes.
Wharton soltó un grito furioso, incoherente, y se arrojó contra Bruto, aunque estaba
perfectamente embutido dentro de la camisa de fuerza y tenía las manos detrás. Percy hizo ademán
de desenfundar la porra -la solución Wetmore para todos los problemas de la vida-, pero Dean le
cogió la muñeca. Percy lo miró con una mezcla de perplejidad e indignación, como si quisiera
decir que después de lo que Wharton le había hecho, era la última persona en el mundo que debía
retenerlo.
Bruto empujó a Wharton hacia atrás, yo lo atajé y lo empujé hacia Harry, que a su vez lo
empujó por el pasillo de la muerte, más allá del atónito Delacroix y el imperturbable Coffey.
Wharton corrió para evitar caer de bruces, maldiciendo todo el tiempo, escupiendo juramentos
como un soldador escupe chispas. Lo metimos en la última celda de la derecha, mientras Dean,
Harry y Percy (que por una vez no se quejaba del exceso de trabajo) sacaban todos los trastos de la
celda de seguridad. Entretanto, mantuve una breve conversación con Wharton.
-Te crees duro -dije-, y quizá lo seas, pero aquí la dureza no cuenta. Tus días de estampidas
han terminado. Si facilitas las cosas, nosotros te las facilitaremos a ti. Si nos creas problemas,
morirás de todos modos, pero te aseguro que antes te meteremos en cintura.
-Os alegraréis de verme morir -dijo Wharton con voz ronca. Luchaba por quitarse la camisa
de fuerza, aunque sabía perfectamente que no lo conseguiría, y tenía la cara roja como un tomate-.
Pero antes de irme, os haré la vida imposible. -Me mostró los dientes como un mono furioso.
-Si lo que quieres es hacernos la vida imposible, ya puedes dejarlo porque lo has conseguido
-dijo Bruto-. Pero ten en cuenta que no nos importa si pasas todo el tiempo que te toque estar en el
pasillo de la muerte en la celda de las paredes acolchadas. Llevarás esa camisa de fuerza hasta que
los brazos se te gangrenen por falta de circulación y se te caigan. -Hizo una pausa y agregó-: Nadie
visita esta celda, ¿sabes? Y si crees que a alguien le importa lo que pueda pasarte, te equivocas.
Para el mundo, tu ya eres un criminal muerto.
Wharton miró a Bruto con atención y la furia comenzó a desvanecerse de su cara.
-Quitadme esto -dijo con voz conciliadora, una voz demasiado cuerda y serena para fiarse de
ella-. Me portaré bien. De veras.
Harry apareció en la puerta de la celda. El pasillo parecía un mercadillo de objetos de
segunda mano, pero habíamos conseguido organizarlo todo con bastante rapidez. Lo habíamos
hecho antes, de modo que teníamos práctica.
-Todo listo -dijo Harry.
Bruto cogió el bulto cubierto de lona que correspondía al codo derecho de Wharton y lo
levantó.
-Vamos, Salvaje Bill, e intenta mirar las cosas desde el punto de vista positivo. Tendrás al
menos veinticuatro horas para recordar que no debes sentarte de espaldas a la puerta y fiarte de una
mano de ases y ochos.
-Quitadme esto -dijo Wharton. Miró primero a Bruto, luego a Harry y por fin a mí. Su cara
volvía a ponerse roja-. Me portaré bien, he aprendido la lección, he... ayyyy...
De repente cayó al suelo, la mitad dentro de la celda y la otra mitad en el pasillo. Pataleaba y
movía el cuerpo espasmódicamente.
-¡Demonios! Le ha dado un ataque -murmuró Percy.
-Tan cierto como que mi hermana es la reina de Babilonia -dijo Bruto-. Baila la danza del
vientre para Moisés todas las noches envuelta en un tul blanco. -Se agachó y cogió a Wharton por
una de las axilas. Yo lo cogí por la otra. Wharton se sacudía entre los dos como un pez recién
pescado. Arrastrar aquel cuerpo que no dejaba de moverse, oír los gruñidos de wharton por un
extremo de su cuerpo y sus pedos por el otro, fue una de las peores experiencias de mi vida.
Alcé la vista y por un instante mis ojos se encontraron con los de John Coffey. Estaban rojos
y sus mejillas volvían a estar húmedas. Lloraba otra vez. Recordé a Hammersmith imitando la
boca de un perro con la mano y me estremecí. Luego volví a centrar mi atención en Wharton.
Lo arrojamos dentro de la celda de seguridad como si fuera un fardo y observamos cómo se
sacudía en el suelo, cerca de la rejilla que una vez habíamos inspeccionado buscando el ratón que
había comenzado su vida entre nosotros con el nombre de Willy, el del barco de vapor.
-Me da igual que se trague la lengua y se muera -dijo Harry con su voz ronca y áspera-, pero
pensad en el papeleo, muchachos. Será interminable.
-El papeleo es lo de menos -terció Harry con voz lúgubre-. Debemos pensar en la audiencia.
Perderemos nuestro maldito empleo y acabaremos recogiendo guisantes en Misisipi. Sabéis qué
quiere decir Misisipi en el idioma de los indios, ¿verdad? Quiere decir «culo».
-No se tragará la lengua ni se morirá -dijo Bruto-. Cuando abramos mañana la puerta, estará
perfectamente. Creedme.
Y así fue. El hombre que sacamos de la celda a las nueve de la noche del día siguiente estaba
tranquilo, pálido y aparentemente escarmentado. Caminaba con la cabeza gacha, no intentó atacar
a nadie cuando le quitamos la camisa de fuerza y se limitó a mirarme con aire ausente cuando le
dije que la próxima vez serían cuarenta y ocho horas y que debía decidir cuánto tiempo quería
pasarse meándose en los pantalones y comiendo papilla de bebé a cucharadas.
-Me portaré bien, jefe. He aprendido la lección -murmuró con voz sumisa cuando lo
devolvimos a su celda. Bruto me miró y me hizo un guiño.
A última hora del día siguiente, William Wharton -a quien le gustaba que lo llamaran Billy el
Niño y no como al vulgar guerrillero confederado John Law, el Salvaje Bill Hickok- le compró un
pastel de chocolate al viejo Tuu. Se le había prohibido expresamente comprar cualquier cosa, pero,
como he dicho antes, el turno de tarde estaba cubierto por guardias temporeros, de modo que lo
hizo. El propio Tuu estaba al corriente de la prohibición, pero para él el negocio era el negocio.
Aquella noche, cuando Bruto hacía la ronda de vigilancia, Wharton estaba junto a la puerta
de su celda. Esperó a que Bruto lo mirara, se golpeó las mejillas hinchadas con las palmas de las
manos y escupió un chorro asombrosamente largo de chocolate y saliva en la cara del guardia. Se
había metido el pastel entero en la boca, lo había mantenido allí hasta ablandarlo y luego lo había
usado como si fuera tabaco de mascar.
Wharton cayó sobre el camastro con la barbilla embadurnada de chocolate, pataleando y
riendo a voz en cuello mientras señalaba a Bruto, que tenía algo más que la barbilla cubierto de
chocolate.
-¡Ja, ja, ja! Mirad al cafre. ¿Cómo te va, negro? -Wharton reía cogiéndose el vientre-. Vaya,
cómo lamento no haber tenido un poco de mierda...
-Tú eres mierda -gruñó Bruto-. Y espero que tengas las maletas preparadas, porque vas a
volver a tu retrete favorito.
Una vez más le pusieron la camisa de fuerza y fue a parar a la celda de paredes acolchadas,
en esta ocasión por dos días. A veces lo oíamos maldecir, otras prometer que se portaría bien, que
había aprendido la lección, y de vez en cuando gritaba que se moría y que necesitaba un médico;
pero la mayor parte del tiempo permanecía callado. Así estaba cuando lo sacamos de la celda de
seguridad, callado, con la cabeza gacha y la mirada ausente. Ni siquiera respondió cuando Harry le
dijo:
-Recuerda que todo depende de ti.
Se portaría bien durante un tiempo y luego tramaría una nueva. No hacía nada que no
hubieran hecho otros antes (excepto, quizá, por lo del pastel de chocolate; hasta Bruto tuvo que
admitir que había sido bastante original) pero su persistencia resultaba aterradora. Yo tenía miedo
de que tarde o temprano alguien se distrajera y tuviésemos que pagarlo muy caro. Lo peor era que
la situación podía prolongarse bastante, ya que en algún sitio había un abogado moviendo cielo y
tierra por él, proclamando a los cuatro vientos que sería un error asesinar a alguien que era
prácticamente un niño y, por otra parte, tan blanco como John Brown. No tenía sentido quejarse.
Al fin y al cabo, el trabajo de su abogado consistía en intentar que Wharton no se sentara en la silla
eléctrica. Sin embargo, el nuestro era mantenerlo entre rejas, y sabíamos que más tarde o más
temprano, con abogado o sin él, la Freidora recibiría su presa.
6
Aquella misma semana Melinda Moores, la esposa del alcaide, volvió a casa desde
Indianola. Los médicos habían acabado con ella; tomaron interesantes y flamantes fotografías de
su tumor cerebral, reunieron información sobre la debilidad de su mano derecha y los dolores
paralizantes que la torturaban casi todo el tiempo y acabaron con ella. Entregaron a su esposo un
montón de cápsulas de morfina y enviaron a Melinda a morir a casa. Hal Moores había acumulado
varios días de permiso por enfermedad -no muchos, pues en aquellos tiempos no correspondían
demasiados- y se los tomó para ayudarla a sobrellevar el trance.
Mi esposa y yo fuimos a visitarla tres días después de que regresase a casa. Telefoneé antes y
Hal dijo que podíamos ir. Melinda tenía un buen día y se alegraría de vernos.
-Detesto esta clase de visitas -le dije a Janice mientras conducíamos hacia la casa donde los
Moore habían vivido durante casi todos sus años de matrimonio.
-Como todo el mundo, cariño -dijo mi esposa acariciándome una mano-. Pero lo
soportaremos, y ella también.
-Eso espero.
Encontramos a Melinda en el salón, sentada al sol de un octubre mucho más cálido de lo
habitual, y mi primera impresión fue que la mujer había perdido cuarenta kilos. No era así, por
supuesto -si hubiera perdido tanto peso no habría quedado nada de ella-, pero ésa fue la reacción
inicial de mi cerebro ante lo que veían mis ojos. Su cara estaba tan demacrada que parecía enseñar
la calavera que había debajo, su piel tenía el color de un pergamino y debajo de sus ojos había
grandes ojeras negras. Además, era la primera vez que la veía sentada en la mecedora sin los trapos
de colores con que solía confeccionar alfombras. Estaba sentada sin hacer nada. Como una persona
que espera en una estación de trenes.
-Melinda -dijo mi esposa con afecto. Creo que estaba tan impresionada como yo, o quizá
más, pero lo disimuló maravillosamente, como sólo saben hacer las mujeres. Se acercó a Melinda,
se arrodilló al lado de la mecedora y le cogió una mano entre las suyas. Entretanto, mis ojos se
posaron casualmente en la alfombra azul que estaba junto a la chimenea y pensé que debería haber
sido verde como las limas viejas, pues aquella habitación se había convertido en otra versión del
pasillo de la muerte.
-Te he traído un poco de té -dijo Jan-. Del que preparo yo. Lo he dejado en la cocina.
-Muchas gracias, querida -dijo Melinda. Su voz sonaba vieja y cansada.
-¿Cómo te encuentras? -preguntó mi esposa.
-Mejor -respondió Melinda con voz ronca, áspera-. No como para ir a un baile, pero al
menos hoy no tengo dolores. Me dan pastillas para el dolor de cabeza, y a veces funcionan.
-Eso es bueno.
-Pero no puedo coger las cosas. Tengo algún problema en la mano derecha. -La levantó, la
miró como si no la hubiera visto antes y volvió a apoyarla en su regazo-. Bueno, tengo
problemas... en todas partes.
De repente, la mujer se echó a llorar en silencio y me recordó a John Coffey. Una vez más,
sus palabras resonaron en mi cabeza: «Lo he aliviado, ¿verdad?» Era como una letanía de la que
no podía deshacerme.
Entonces entró Hal y me rescató. No necesito deciros cuánto me alegré de ello. Fuimos a la
cocina y me sirvió medio vaso de whisky casero, recién salido de la destilería de algún campesino.
Chocamos los vasos y bebimos. El alcohol me pasó por el pescuezo como si fuera gasolina, pero al
llegar al estómago produjo un efecto paradisíaco. Sin embargo, cuando Moores levantó una vez
más la botella de cerámica invitándome a otra copa, la rechacé sacudiendo la cabeza. El Salvaje
Bill Wharton estaba en su celda, al menos por el momento, y no sería prudente acercarme a él con
la mente nublada por el alcohol. Ni siquiera al otro lado de los barrotes.
-No sé cuánto tiempo podré soportarlo, Paul -dijo en voz baja-. Por las mañanas viene una
chica a ayudarme, pero los médicos dicen que podría perder el control de esfínteres y... y... -Se
detuvo a mitad de la frase y tragó saliva, haciendo evidentes esfuerzos por no llorar.
-Hágalo lo mejor que pueda -dije. Extendí la mano por encima de la mesa y apreté la suya,
rígida, llena de manchas seniles-. Tómese las cosas con calma, día por día, y deje que Dios se
ocupe del resto. No puede hacer otra cosa, ¿verdad?
-Supongo que no. Pero es muy duro, Paul. Ojalá nunca tengas que pasar por algo similar.
-Hizo un esfuerzo y recuperó la compostura-. Ahora cuéntame las últimas noticias. ¿Cómo van las
cosas con William Wharton? Y ¿qué tal te llevas con Percy Wetmore?
Hablamos del trabajo durante un buen rato y la visita llegó a su fin. Ya en el coche, mi
esposa permaneció en silencio la mayor parte del trayecto de regreso a casa, llorosa y pensativa.
Entonces, las palabras de Coffey volvieron a mi mente una vez más: «Lo he aliviado, ¿verdad?»
-Es terrible -dijo Jan en cierto momento-. No podemos hacer nada por ayudarla.
Asentí en silencio y pensé: «Lo he aliviado, ¿verdad?» Pero era una idea absurda, y lo mejor
que podía hacer era quitármela de la cabeza.
Cuando giramos hacia nuestra casa, Jan habló por segunda vez, pero no de su vieja amiga,
Melinda, sino de mi infección urinaria. Quería saber si realmente estaba curada. Le dije que sí.
Que estaba curada.
-Estupendo -dijo, y me besó encima de la ceja, en mi punto débil-. Entonces quizá
debiéramos hacer algo... Claro que si tienes tiempo y ganas.
Puesto que tenía tiempo de sobra y ganas suficientes, la cogí de la mano y la llevé hacia el
dormitorio, donde ella se desnudó y acarició la parte de mí que se hinchaba y latía, aunque ya
había dejado de doler. Y mientras la penetraba lentamente, como le gustaba -como nos gustaba a
ambos-, pensé en John Coffey diciendo que me había aliviado, que me había aliviado, ¿verdad?
Como una letanía.
Más tarde, mientras conducía hacia la prisión, pensé que pronto tendríamos que empezar los
ensayos de la ejecución de Delacroix. Un pensamiento llevó a otro, recordé que Percy Wetmore
estaría junto a la silla y sentí un escalofrío de pánico. Me dije que quizá después de esa ejecución
nos libraríamos de Percy para siempre, pero el escalofrío no me abandonó, como si la infección
que había sufrido en lugar de curarse se hubiera limitado a cambiar de lugar: primero me quemaba
la entrepierna y ahora me helaba la espalda.
7
-Vamos -dijo Bruto a Delacroix la noche siguiente-. Tú, Cascabel, y yo vamos a dar un breve
paseo.
Delacroix lo miró con desconfianza, pero luego sacó el ratón de la caja de cigarros, lo colocó
sobre la palma de la mano y miró a Bruto con los ojos entrecerrados.
-¿Qué quiere decir? -preguntó.
-Es una gran noche para ti y para Cascabel dijo Dean, mientras él y Harry se unían a Bruto.
El collar de hematomas que le rodeaba el cuello había adquirido un desagradable tono amarillento,
pero al menos podía hablar sin parecer un perro ladrando a un gato. Se volvió hacia Bruto y
preguntó-: ¿Crees que deberíamos ponerle las esposas?
Bruto reflexionó por un instante.
-No -respondió por fin-. Se portará bien, ¿verdad, Del? Y el ratón también. Al fin y al cabo,
esta noche os correréis una buena juerga.
Percy y yo contemplábamos la escena desde la mesa de la entrada. Percy tenía los brazos
cruzados y una sonrisa desdeñosa en los labios. Al cabo de unos instantes, sacó su peine de concha
y comenzó a peinarse. John Coffey también miraba en silencio al otro lado de las rejas de su celda.
Wharton estaba tendido en su camastro, con la vista fija en el techo, completamente indiferente a
lo que ocurría. Seguía «portándose bien», aunque lo que él llamaba portarse bien era similar a lo
que los médicos de Briar Dodge habrían definido como un «estado catatónico».
Aquel día había otra persona en el bloque. Estaba en mi despacho, pero su delgada sombra se
proyectaba fuera de la puerta sobre el pasillo de la muerte.
-¿De qué va todo esto, gran fou? -preguntó Delacroix con recelo, poniendo los pies encima
del camastro mientras Bruto abría la doble cerradura de la celda. Sus ojos saltaban rápidamente de
un guardia a otro.
-Te lo explicaré -dijo Bruto-. El alcaide Moores está de baja por un tiempo. Como
probablemente sabrás, su mujer está enferma. De modo que ha quedado al mando el señor
Anderson, el señor Curtis Anderson.
-¿Sí? ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
-Bueno -dijo Harry-. El jefe Anderson ha oído hablar de tu ratón y quiere verlo actuar. Él y
otros seis funcionarios os están esperando en la administración. No son simples guardias de
uniforme azul, sino auténticos peces gordos. Segúntengo entendido, uno de ellos es un político que
ha venido desde la capital del estado.
Delacroix pareció sentirse orgulloso al oír aquello y la desconfianza desapareció de su rostro.
Era natural que aquellos hombres quisieran ver a Cascabel. ¿Quién no iba a querer verlo?
Buscó algo, primero debajo de la cama y después debajo de la almohada, y por fin encontró
uno de los caramelos de menta y el carrete de colores. Miró a Bruto con expresión inquisitiva y
Bruto hizo un gesto de asentimiento.
-Sí. Se mueren de ganas de ver el truco del carrete, pero supongo que la forma en que come
esos caramelos también tiene mucha gracia. Y no olvides la caja de cigarros. La necesitarás para
transportarlo, ¿verdad?
Delacroix cogió la caja de cigarros y metió dentro los utensilios del ratón, que ya se había
acomodado en uno de sus hombros. Luego salió de la celda, con el pecho henchido de orgullo, y
miró a Harry y a Dean.
-¿Vosotros también venís, muchachos?
-No -respondió Dean-. Tenemos otras cosas que hacer. Pero los dejarás boquiabiertos, Del.
Enséñales lo que es capaz de hacer un muchacho de Louisiana cuando se propone algo.
-Ya verán -dijo Delacroix, y su cara se iluminó con una sonrisa tan súbita e ingenua que me
conmovió, a pesar del terrible crimen que aquel hombre había cometido. ¡Qué mundo el nuestro!
¡Qué mundo!
Delacroix se volvió hacia John Coffey, con quien había entablado una especie de amistad
similar a las que yo había visto centenares de veces en aquella casa de la muerte.
-Los dejarás boquiabiertos, Del -dijo Coffey con seriedad-. Enséñales todos los trucos.
Delacroix asintió y se llevó una mano al hombro. Cascabel saltó como si se tratara de una
plataforma y extendió la pata hacia la celda de Coffey. El negro sacó uno de sus enormes dedos
entre los barrotes y el ratón estiró el cuello y le lamió la punta, igual que un perro amaestrado.
Vamos, Del -dijo Bruto-. Esos hombres están haciendo esperar una cena caliente en casa sólo
para ver los trucos de tu ratón.
Naturalmente, no era cierto. Anderson tenía que quedarse en su puesto hasta las ocho y los
guardias que había llevado allí para ver el «espectáculo», hasta las once o las doce, según sus
turnos. El político de la capital seguramente sería un conserje con una corbata prestada, pero
Delacroix no tenía forma de saberlo.
-Estoy listo -dijo Delacroix con la sencillez de una gran estrella que ha conseguido que no se
le suban los humos a la cabeza-. Vamos. -Y mientras Bruto lo guiaba por el pasillo de la muerte,
Del comenzó a ensayar-: Messieurs et mesdames! Bienvenue a cuque de mousie!
Sin embargo, pese a estar absorto en su mundo de fantasía, esquivó a Percy y lo miró con
desconfianza.
Harry y Dean se detuvieron junto a la celda vacía situada frente a la de Wharton (quien ni
siquiera se había movido). Bruto abrió los cerrojos de la puerta que daba al patio de ejercicios y se
llevó a Delacroix a dar su espectáculo ante los peces gordos de la penitenciaría de Cold Mountain.
Esperamos que la puerta se cerrara y miramos hacia mi despacho. La sombra seguía en el suelo,
flaca como el hambre, y me alegré de que Delacroix estuviera demasiado emocionado para verla.
-Sal de ahí -dije-. Y démonos prisa, muchachos. Quiero hacer dos ensayos completos y no
tenemos mucho tiempo.
El viejo Tuu Tuu salió del despacho con los ojos brillantes y un aire más arrogante que de
costumbre. Se dirigió a la celda de Delacroix y entró.
-Me siento -dijo-. Me siento, me siento, me siento.
Cerré los ojos por un instante y pensé que aquél era el auténtico circo. Sí; aquél era el
auténtico circo y nosotros los ratones amaestrados. Luego aparté ese pensamiento de mi mente y
comenzamos el ensayo.
8
Los dos ensayos salieron bien. Percy actuó con una eficacia que no habría imaginado ni en
mis fantasías más disparatadas. Por supuesto, eso no significaba que las cosas fueran a salir bien
cuando llegase el momento de que el francés recorriera el pasillo de la muerte, pero era un gran
paso en la dirección correcta. Supuse que la eficacia de Percy se debía a que por fin hacía algo que
realmente le interesaba. Esa idea me hizo despreciarlo aún más, pero no me recreé en ella. Al fin y
al cabo, ¿qué más daba? Le pondría el casquete a Delacroix, lo electrocutaría y ambos
desaparecerían de escena. ¿Acaso no sería un final feliz? Además, como había señalado el alcaide
Moores, los sesos de Delacroix se freirían de un modo u otro, independientemente de quién
estuviera a su lado.
Sin embargo, Percy había desempeñado su nuevo papel a la perfección, y lo sabía. Todos lo
sabíamos. En cuanto a mí, me sentía demasiado aliviado para odiarlo. Al parecer, las perspectivas
eran buenas. Me sentí aún más aliviado al advertir que Percy prestaba atención a nuestras
sugerencias sobre trucos que podían mejorar su actuación o, como mínimo, reducir el riesgo de
contratiempos. En honor a la verdad, nos entusiasmamos bastante al darle instrucciones; todos,
incluido Dean, que siempre que podía se mantenía física y mentalmente apartado de Percy.
Supongo que nuestro entusiasmo era natural; no hay nada más halagador para un veterano que el
hecho de que un joven tome en serio sus consejos, y en ese sentido no éramos diferentes. En
consecuencia, ninguno de nosotros se dio cuenta de que el Salvaje Bill Wharton había dejado de
mirar el techo. Yo tampoco le había prestado atención, pero sé que ya no lo hacía. Observaba
cómo nos jactábamos y aconsejábamos a Percy al lado de la mesa de entrada. ¡Lo aconsejábamos,
y él parecía escucharnos! La cosa tiene gracia, sobre todo cuando uno piensa en cómo salió todo al
final.
El ruido de una llave en la puerta del patio de ejercicios puso fin a nuestra conversación
sobre el ensayo.
-Ni una palabra ni una mirada equívoca -advirtió Dean a Percy-. No debe enterarse de lo que
hacíamos. No es bueno para ellos. Los pone nerviosos.
Percy asintió y se pasó un dedo por los labios como si quisiera decir que estaban sellados. El
gesto pretendía ser cómico, pero no lo fue. Se abrió la puerta del patio de ejercicios y entró
Delacroix, escoltado por Bruto, que llevaba la caja de cigarros con el carrete de colores, como el
ayudante de un mago al finalizar el espectáculo. Cascabel estaba sentado en el hombro del francés.
¿Y Delacroix? Os aseguro que Jenny Lind no habría tenido un aspecto más radiante después de
una actuación en la Casa Blanca.
-Cascabel los ha fascinado -proclamó Delacroix-. Rieron, lo ovacionaron y aplaudieron.
-Estupendo -dijo Percy con un tono indulgente y compasivo impropio de él-. Ahora vuelve a
tu celda, veterano.
Delacroix le dirigió una graciosa mirada de desconfianza y volvimos a ver al antiguo Percy.
Mostró los dientes en una sonrisa burlona e hizo un gesto como si fuera a coger a Delacroix. Era
una broma, por supuesto, pues Percy estaba de buen humor, pero Delacroix no lo sabía. Se apartó
bruscamente, con una expresión de miedo y desazón, y tropezó con los grandes pies de Bruto.
Cayó al suelo y se golpeó la nuca contra el linóleo verde. Cascabel saltó justo a tiempo para evitar
morir aplastado y corrió por el pasillo hacia la celda del francés.
Delacroix se levantó, dedicó una mirada de odio al sonriente Percy y corrió detrás de su
mascota, llamándola mientras se frotaba la nuca. Bruto, que ignoraba que Percy por fin había
hecho bien su trabajo, dirigió una mirada de desprecio al joven guardia y siguió al francés agitando
las llaves.
Creo que lo que ocurrió a continuación se debió a que Percy tenía intención de disculparse.
Sé que es difícil de creer, pero aquel día estaba de un humor insólito. Si eso es cierto, probaría lo
que dice un proverbio tan viejo como cínico que oí en una ocasión, algo así como que ninguna
buena acción queda sin castigo. Recuerdo haberos dicho que en una de las ocasiones en que
persiguió al ratón hasta la celda de seguridad, antes de que Delacroix ingresara en el bloque, Percy
se acercó demasiado a la celda del Presi. Acercarse a los convictos era peligroso, y por eso el
pasillo de la muerte era tan ancho. Si caminabas por el centro, los presos no podían alcanzarte. El
Presi no le hizo nada a Percy, pero entonces pensé que Arlen Bitterbuck podría haberlo hecho si el
guardia se hubiera acercado a él. Aunque sólo fuera para darle una lección.
Bien, el Presidente y el Cacique ya no estaban allí, pero Bill Wharton había ocupado su
lugar. Tenía peores modales que el Presi o el Cacique y había estado contemplando el espectáculo,
esperando una oportunidad para entrar en escena. Y Percy Wetmore le sirvió esa oportunidad en
bandeja.
-¡Eh, Del! -gritó Percy riendo. Fue detrás de Bruto y del francés, y en el camino se acercó
demasiado a la celda de Wharton-. ¡Tonto! No pretendía ofenderte. ¿Te encuentras...?
Wharton se levantó del camastro y corrió hacia la puerta de la celda como un rayo. En todos
mis años de carcelero jamás vi a un tipo moverse con tanta rapidez, y eso incluye a los jóvenes
atletas con los que Bruto y yo trabajamos en el correccional de menores. Wharton sacó los brazos
entre los barrotes y cogió a Percy, primero por los hombros de la camisa del uniforme, luego del
cuello, y lo inmovilizó contra la puerta de la celda. Percy chilló como un cerdo en el matadero, y
sé por la expresión de sus ojos que creyó que iba a morir.
-Vaya, qué tierno eres -murmuró Wharton al tiempo que apartaba una mano del cuello de
Percy para acariciarle el cabello-. Suave como el pelo de una chica -añadió con una sonrisa-.
Preferiría tu culo al coño de tu hermana. -Y le besó una oreja.
Creo que Percy, que como recordaréis había golpeado a Delacroix por rozarle la entrepierna
accidentalmente, sabía muy bien qué estaba ocurriendo. Dudo que quisiera creerlo, pero lo sabía.
El color se había esfumado de su rostro y los granos de sus mejillas se destacaban como marcas de
nacimiento. Tenía los ojos húmedos y desorbitados. Un hilo de saliva se deslizaba por la comisura
de su boca torcida. Todo sucedió rápidamente; yo diría que empezó y terminó en unos diez
segundos.
Harry y yo nos acercamos con la porra en alto y Dean desenfundó la pistola, pero antes de
que la cosa pasara a mayores, Wharton soltó a Percy, retrocedió con las manos levantadas y una
sonrisa maliciosa en los ojos.
-Lo he soltado. Sólo era un juego -dijo-. No le he arrancado un solo pelo de su bonita
cabecita, así que no volváis a encerrarme en esa maldita celda acolchada.
Percy Wetmore cruzó el pasillo y se cogió delos barrotes de la celda vacía de enfrente,
respirando de manera tan agitada que parecía llorar. Por fin aprendería que debía andar por el
centro del pasillo, lejos de las garras y los dientes de los prisioneros. Tuve la impresión de que
recordaría aquella lección más que todos los consejos que le habíamos dado después del ensayo.
Su cara reflejaba una expresión de auténtico horror y por primera vez desde que lo conocía su
precioso cabello estaba enmarañado, con varios mechones en punta. Tenía el aspecto de quien
acaba de salvarse por milagro de una violación.
Siguió un momento de absoluta quietud, un silencio denso, roto únicamente por la
respiración entrecortada de Percy. Entonces sonó una risa senil, tan súbita y enajenada que
resultaba escalofriante. Pensé que era Wharton; pero no, era Delacroix, que estaba de pie en la
puerta de su celda señalando a Percy. El ratón volvía a estar sobre su hombro y el francés parecía
un brujo pequeño pero perverso, con diablillo incluido.
-¡Miradlo, se ha meado encima! -gritó Delacroix-. Mirad lo que ha hecho el gran hombre. Le
pega a los demás con su porra, mais out, mauvais homme, pero cuando alguien lo toca se mea
como un bebé.
Siguió señalando y riendo; todo el odio y el miedo que sentía por Percy salió en aquella risa
desdeñosa. Percy lo miró, aparentemente incapaz de moverse o hablar. Wharton se acercó a la
puerta de la celda y observó la mancha oscura en la delantera de los pantalones de Percy -era
pequeña, pero estaba allí, y no había duda de qué se trataba-, y sonrió.
-Alguien debería comprarle pañales al chico duro -dijo y volvió a su camastro, riendo.
Bruto se dirigió a la celda de Delacroix, pero el francés ya se había tendido en el camastro.
Me acerqué a Percy y lo cogí de un hombro.
-Percy... -comencé, pero él pareció revivir y apartó mi mano con brusquedad.
Se miró los pantalones, vio la mancha que se extendía hacia las piernas y su cara se tiñó de
rojo. Alzó la vista, me miró y luego miró a Harry y a Dean. Recuerdo que me alegré de que el
viejo Tuu Tuu se hubiera marchado. Si hubiese estado allí, la noticia se habría difundido por toda
la prisión en un solo día, y teniendo en cuenta el apellido de Percy, Wetmore1-en este caso, una
desgracia para él- la anécdota se habría contado con regocijo durante años.
-Si le contáis esto a alguien, estaréis en la cola del paro antes de que acabe la semana
-murmuró con furia. Era la clase de comentario estúpido que en otras circunstancias me habría
dado ganas de pegarle, pero en ese momento sólo podía compadecerlo. Creo que advirtió que me
compadecía de él, y eso hizo que se sintiese peor, como si le restregaran una herida con un manojo
de ortigas.
-Lo que ocurre aquí dentro no sale de aquí -dijo Dean con suavidad-. No tienes por qué
preocuparte.
Percy miró por encima del hombro hacia la celda de Delacroix. Bruto estaba cerrando la
puerta y desde el interior se oía claramente la risa del francés. La mirada de Percy era más negra
que el carbón. Pensé en decirle que en la vida uno cosecha lo que siembra, pero llegué a la
conclusión de que no era el mejor momento para un sermón.
-En cuanto a él... -empezó, pero se detuvo a mitad de la frase. Se marchó al almacén en
busca de un par de pantalones limpios.
-Es tan guapo -susurró Wharton con voz melosa.
Harry le dijo que cerrara el pico o acabaría en la celda de seguridad por una simple cuestión
de principios. Wharton se cruzó de brazos, cerró los ojos y fingió dormir.
1. Wetmore: literalmente, «más mojado». (N. de la T )
9
La noche anterior a la ejecución de Delacroix hizo más calor que nunca: veintisiete grados,
según comprobé en el termómetro colgado en la ventana de la administración, cuando fiché a las
seis. Veintisiete grados en octubre, imaginaos, y los truenos resonando en el oeste como ocurre en
pleno mes de julio. Aquella tarde me encontré con un miembro de mi congregación, que me
preguntó con aparente seriedad si creía que un tiempo tan insólito podía ser señal de que se
acercaba el fin del mundo. Respondí que estaba seguro de que no, pero entonces se me cruzó por la
cabeza que sí lo era para Eduard Delacroix. Desde luego que sí.
Bill Dodge estaba junto a la puerta del patio de ejercicios, tomando café y fumando un
cigarrillo. Me miró y dijo:
-Vaya, a quién tenemos aquí. Paul Edgecombe en persona.
-¿Qué tal ha ido el día, Billy?
-Bien.
-¿Y Delacroix?
-Bien. Sabe que mañana es su día y al mismo tiempo no parece darse por enterado. Ya sabes
cómo se comportan casi todos cuando les llega el fin.
Asentí con un gesto.
-¿Y Wharton?
-¡Vaya comediante! -exclamó Bill con una risita-. Hace que Jack Benny parezca un cuáquero
a su lado. Le dijo a Rolfe Wettermark que comía mermelada de fresa del coño de su esposa.
-¿Y qué contestó Rolfe?
-Que no estaba casado. Le dijo que debía de estar pensando en su propia madre.
Reí con ganas. Aunque era una vulgaridad, tenía gracia y era un placer reír sin sentir que
alguien encendía cerillas en mi vientre. Bill rió conmigo, luego arrojó el resto del café al patio,
donde a esas horas sólo quedaban algunos presos de confianza que parecían llevar mil años allí.
Se oyó un trueno a lo lejos y un relámpago iluminó el cielo encapotado. Bill miró hacia
arriba con intranquilidad y dejó de reír.
-Te confieso que este tiempo no me gusta nada. Parece que fuera a pasar algo en cualquier
momento. Algo malo.
En eso tenía razón. Algo malo ocurrió aquella noche alrededor de las diez menos cuarto,
cuando Percy mató a Cascabel.
10
Todo parecía indicar que íbamos a tener una buena noche, a pesar del calor. John Coffey
estaba tan tranquilo como de costumbre, el Salvaje Bill fingía ser el Bill el Bueno y Delacroix
estaba de bastante buen humor considerando que tenía una cita con la Freidora en menos de
veinticuatro horas.
Comprendía lo que iba a pasarle, al menos a un nivel muy básico. Había pedido tacos para su
última comida («como mínimo cuatro») y me había dado instrucciones especiales para la cocina:
-Dígales que les pongan salsa picante -dijo-. No de la suave, sino de esa verde que quema la
garganta. Esa salsa me da cagarrinas y me paso todo el día siguiente en el lavabo, pero esta vez eso
no será problema, n'est pas?
La mayoría de los condenados se preocupaban por su alma inmortal con una especie de
estúpida morbosidad, pero Delacroix no dio mayor importancia a mi pregunta sobre quién quería
que le diera consuelo espiritual en sus últimas horas. Si el Cacique Bitterbuck no había puesto
objeciones a Schuster, tampoco lo haría él. Lo que de verdad le preocupaba, como seguramente
habréis imaginado, era qué pasaría con Cascabel después de que él muriese. Yo estaba
acostumbrado a pasar muchas horas con los condenados la noche anterior a su ejecución, pero
aquélla era la primera vez que pasaba esas horas hablando del destino de un ratón.
Del imaginó una situación tras otra, estudiando pacientemente todas las posibilidades. Y
mientras pensaba en voz alta, planeando el futuro de su mascota como si se tratara de un hijo que
debía ir a la universidad, arrojaba el carrete una y otra vez contra la pared. Cascabel corría tras él,
lo atajaba y lo empujaba hacia los pies del francés. Al cabo de un rato, la escena empezó a
ponerme nervioso: primero el ruido del carrete al chocar contra la pared, luego el de las patitas del
ratón sobre el suelo. Aunque el truco era ingenioso, perdía por completo la gracia después de
noventa minutos seguidos de representación. Y Cascabel era incansable. De vez en cuando se
detenía para beber agua de un plato de café o mordisquear uno de los caramelos de menta, y luego
empezaba de nuevo con su número. En más de una ocasión estuve a punto de pedirle a Delacroix
que lo dejara descansar un rato, pero entonces me recordaba a mí mismo que sólo tenía aquella
noche y el día siguiente para jugar con Cascabel. Sin embargo, comenzaba a costarme mantenerme
fiel a mi promesa de dejarle hacer su santa voluntad. Ya sabéis cómo se siente uno cuando oye un
ruido una y otra vez; acaba por atacarte a los nervios. Cuando me decidí a hablar, vi a John Coffey
junto a la puerta de la celda, al otro lado del pasillo, moviendo la cabeza de un lado a otro
-derecha, izquierda y otra vez al centrocomo si me hubiera leído el pensamiento y me aconsejara
que lo pensase mejor.
Dije que me ocuparía de que llevaran a Cascabel con la tía soltera de Delacroix, aquella que
le había enviado el paquete de caramelos. Le enviaríamos también el carrete, e incluso la «casa».
Haríamos una colecta y conseguiríamos que Tuu Tuu renunciara a la caja de cigarros Corona. Pero
después de unos segundos de reflexión, durante los cuales arrojó el carrete contra la pared al
menos cinco veces y Cascabel se lo devolvió con el hocico o las patas, Delacroix dijo que no. La
tía Hermoine era demasiado vieja, no entendería el carácter juguetón de Cascabel. Además, ¿qué
pasaría si el ratón vivía más que ella? ¿Qué sería de él en ese caso? No; la tía Hermoine no era la
persona adecuada.
Le pregunté qué le parecería que uno de nosotros se ocupara de él. Así podría quedarse en el
bloque E. Delacroix me agradeció el detalle, certainement, pero dijo que Cascabel era un ratón que
necesitaba libertad. Él lo sabía porque, como ya habréis adivinado, el ratón se lo había dicho al
oído.
-De acuerdo -lije-, entonces uno de nosotros se lo llevará a casa. Quizá Dean. Estoy seguro
de que a su hijo le encantaría tener un ratón de mascota.
Delacroix palideció de horror ante aquella idea. ¿Un niño pequeño a cargo de un genio
roedor como Cascabel? ¿Cómo, en nombre del bon Dieu, esperaba que un crío pudiera continuar
con su entrenamiento y mucho menos enseñarle trucos nuevos? ¿Y si el pequeño perdía el interés y
se olvidaba de alimentarlo tres días seguidos? Delacroix, que había asado vivos a seis seres
humanos con el fin de encubrir su primer asesinato, se estremeció con la repulsión de un fanático
antiviviseccionista.
-De acuerdo, me lo llevaré yo mismo. -Cuarenta y ocho horas antes de la ejecución les
prometía cualquier cosa; cualquier cosa-. ¿Qué te parece?
-No, señor Edgecombe -dijo Del con tono de culpabilidad. Arrojó otra vez el carrete, que
rebotó contra la pared y giró. Cascabel corrió hacia él de inmediato y lo empujó de vuelta hacia
Delacroix-. Muchas gracias, merci beaucoup, pero usted vive en el bosque y Cascabel tendría
mucho miedo de vivir en bois. Lo sé porque...
-Creo que puedo adivinarlo, Del -dije.
Delacroix asintió con una sonrisa.
-Pero le aseguro que encontraremos dónde colocarlo. -Arrojó el carrete otra vez y Cascabel
corrió tras él. Intenté disimular mi- fastidio.
Al final, Bruto me salvó el día. Estaba en la mesa de entrada, mirando a Harry y a Dean, que
jugaban a las cartas. Percy también estaba allí y Bruto se cansó de intentar iniciar una conversación
y obtener gruñidos por respuesta. Se acercó al banco donde yo estaba sentado, junto a la celda de
Delacroix, y se detuvo allí a escuchar nuestra conversación, con los brazos cruzados.
-¿Qué me dices de Ratilandia? -preguntó Bruto, rompiendo el silencio que siguió cuando
Delacroix rechazó la hospitalidad de mi vieja casa en el bosque. Lo dijo con tono casual, como
quien propone una idea que acaba de cruzársele por la cabeza.
-¿Ratilandia? -repuso Delacroix con una mezcla de asombro e interés-. ¿Qué es eso?
-Es una atracción para turistas en Florida -respondió-. Creo que en Tallahassee. ¿Estoy en lo
cierto, Paul? ¿Es Tallahassee?
-Sí -contesté sin vacilar un instante, pensando «bendito sea Brutus Howell»-. Tallahassee. A
un paso de la universidad para perros.
Bruto hizo una mueca extraña con la boca y pensé que iba a estropear las cosas con una
carcajada, pero se contuvo y asintió. Supuse que ya hablaríamos más tarde de la universidad para.
perros.
Esta vez Del no arrojó el carrete, aunque Cascabel se encaramó a sus zapatillas con las patas
delanteras, claramente ansioso por repetir el truco. El francés paseó la vista de Bruto a mí y otra
vez a Bruto.
-¿Qué hacen en Ratilandia? -inquirió.
-¿Crees que cogerían a Cascabel? -preguntó Bruto, fingiendo no hacer caso a Delacroix,
pero con toda la intención de despertar su interés-. ¿Crees que tiene cualidades, Paul?
Simulé reflexionar por un momento.
-¿Sabes? -dije-. Cuanto más pienso en ello, más brillante me parece la idea. -Con el rabillo
del ojo, vi que Percy se acercaba por el pasillo de la muerte, manteniéndose bien alejado de la
celda de Wharton (ya nunca olvidaría la lección). Por fin se detuvo, apoyó un hombro en la puerta
de una celda vacía y escuchó nuestra conversación con una sonrisa desdeñosa en los labios.
-¿Qué es Ratilandia? -preguntó Del, ahora con impaciencia.
-Ya te lo he dicho; una atracción para turistas -repitió Bruto-. Allí habrá unos... no sé, quizá
cien ratones. ¿Verdad, Paul?
-Más de ciento cincuenta en la actualidad -dije-. Es un gran éxito. Tengo entendido que van a
abrir otro en Los Ángeles, que se llamará Ratilandia II. Parece que el negocio florece. Por lo visto,
los ratones amaestrados se han puesto de moda... aunque no entiendo por qué.
Delacroix nos miraba atónito, con el carrete de colores en las manos, olvidando
momentáneamente su propia situación.
-Sólo admiten a los ratones más listos -advirtió Bruto-, los que son capaces de hacer trucos.
Y no pueden ser blancos, porque los blancos se compran en cualquier tienda de mascotas.
-Ya -dijo Delacroix con vehemencia-. Yo detesto las tiendas de mascotas.
-También tienen una carpa -dijo Bruto con la mirada distante mientras imaginaba la escena-,
donde uno entra y...
-¡Sí, sí, como un cirque! -exclamó Del-. ¿Hay que pagar para entrar?
-¿Me tomas el pelo? Claro que hay que pagar para entrar. Cinco centavos por cabeza; dos en
el caso de los niños. Y es como una ciudad hecha de cajas de cartón y rollos de papel higiénico,
con ventanas de vidrio esmerilado para que uno pueda ver el interior.
-¡Sí! ¡Sí! -dijo Delacroix extasiado, y se volvió hacia mí-: ¿Qué es el vidrio esmerilado?
-El vidrio mate que usan en las puertas de los hornos.
-¡Ah! ¡Eso! -Hizo un ademán con la mano en dirección a Bruto, invitándolo a continuar, y
los ojos como gotas de aceite de Cascabel estuvieron a punto de salirse de las órbitas para no
perder de vista el carrete de colores. Fue muy gracioso. Percy se acercó un poco más, como para
ver mejor la escena, y advertí que John Coffey fruncía el entrecejo. Sin embargo, estaba demasiado
abstraído en la historia de Bruto para prestarle atención. Aquel relato daba un nuevo sentido a
nuestra obligación de contarle al condenado lo que quería oír, y os aseguro que yo estaba
fascinado.
-Bien -continuó Bruto-, está la ciudad de los ratones, pero lo que más les gusta a los niños es
el Circo de las Estrellas de Ratilandia, donde los ratones se columpian en trapecios, empujan
pequeños barriles o apilan monedas...
-¡Sí! ¡Ése es el sitio ideal para Cascabel! -dijo Delacroix con los ojos brillantes y las mejillas
rojas. En ese momento, Brutus Howell me parecía una especie de santo-. Por fin serás un ratón de
circo, Cascabel. Vivirás en Florida, en una ciudad para ratones. ¡Con ventanas de vidrio
esmerilado! ¡Hurra!
Arrojó el carrete con tanta fuerza que éste golpeó contra la pared, rebotó y salió al pasillo
entre los barrotes de la celda. Cascabel corrió tras él y Percy vio su oportunidad.
-¡No, imbécil! -gritó Bruto, pero Percy no le hizo el menor caso.
En el preciso instante en que Cascabel alcanzaba el carrete, demasiado concentrado en su
número para advertir la proximidad de su antiguo enemigo, Percy le asestó un puntapié con la
gruesa suela de una de sus botas de trabajo. El espinazo del animal se partió con un crujido
audible, y de su boca comenzó a manar sangre. Los ojitos pequeños y oscuros parecieron saltar de
sus órbitas, y en ellos vi una expresión de angustia y sorpresa demasiado humana para un simple
ratón.
Delacroix soltó un grito de horror y pena. Se lanzó contra la puerta de la celda, sacó los
brazos entre los barrotes y comenzó a repetir el nombre del ratón una y otra vez.
Percy se volvió hacia él con una sonrisa en los labios. De hecho, se volvió hacia nosotros
tres.
-Ya está -dijo-. Sabía que tarde o temprano lo cogería. Sólo era cuestión de tiempo.
Dio media vuelta y caminó sobre sus pasos por el pasillo de la muerte, sin prisas, dejando a
Cascabel tendido sobre el linóleo verde en medio de un charco de sangre.
CONTINUARÁ...

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