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miércoles, 15 de febrero de 2012

STEPHEN KING El pasillo de la muerte 5ª parte




STEPHEN
KING
El pasillo de la muerte
5ª parte
( Viaje nocturno)



1
H. G. Wells escribió una novela sobre un hombre que inventaba una máquina del tiempo, y
yo he descubierto que, al escribir mis memorias, he creado mi propia máquina del tiempo. A
diferencia de la de Wells, sólo puede viajar al pasado, concretamente al año 1932, cuando era
carcelero del bloque E de la penitenciaría de Cold Mountain. Aunque esta máquina del tiempo es
misteriosamente eficaz, me recuerda el viejo Ford que tenía en aquellos tiempos: sabías que tarde o
temprano arrancaría, pero era imposible predecir si conseguirías ponerlo en marcha con sólo pulsar
el contacto o si tendrías que bajar y darle a la manivela hasta dislocarte el brazo.
Desde que empecé a contar la historia de John Coffey he tenido muchos arranques fáciles,
pero ayer no pude evitar darle a la manivela. Creo que fue porque llegué a la parte de la ejecución
de Delacroix y, en el fondo, me resistía a hablar de eso.
Fue una muerte cruel, una muerte horrible, y todo por culpa de Percy Wetmore, un joven que
se pasaba el día peinándose y que no soportaba que se rieran de él... ni siquiera un francés medio
calvo que no vería otras Navidades.
Sin embargo, como ocurre con la mayor parte de las tareas difíciles, lo peor es empezar. A
un motor le trae sin cuidado si uno lo pone en marcha con una llave o si tiene que darle a la
manivela; una vez que ha arrancado, funcionará igual de un modo u otro. Eso es lo que me ocurrió
ayer. Al principio las palabras salieron entrecortadas, luego en frases completas, y por fin como un
auténtico torrente. He descubierto que escribir es una forma muy especial de evocación, en cierto
modo aterradora; algo así como recordar una violación. Quizá lo vea de este modo porque he
envejecido (una fatalidad que, a veces pienso, ocurrió a mis espaldas), pero no lo creo. Supongo
que la combinación de la pluma con la memoria crea una especie de magia, y la magia es
peligrosa. Teniendo en cuenta que conocí a John Coffey y vi lo que era capaz de hacer (tanto a
ratones como a hombres), me siento en condiciones de afirmarlo: la magia es peligrosa.
En cualquier caso, ayer escribí durante todo el día. Las palabras salían a borbotones, la
galería de esta sobreestimada residencia de ancianos desapareció de mi vista, reemplazada por el
almacén situado al fondo del pasillo de la muerte -donde tantos chicos traviesos se sentaron por
última vez- y las escaleras que conducían al túnel subterráneo. Allí fue donde Dean, Harry, Bruto
y yo nos enfrentamos a Percy Wetmore, sobre el cuerpo humeante de Delacroix, y lo obligamos a
prometer que solicitaría el traslado al asilo de Briar Ridge.
En la galería siempre hay flores, pero ayer al mediodía sólo podía oler el nauseabundo hedor
a carne humana chamuscada. El ruido de la cortadora de césped eléctrica, procedente del jardín,
fue reemplazado por el goteo del agua que se filtraba a través del techo abovedado del túnel. El
viaje había comenzado. Regresé a 1932, no con el cuerpo, pero sí con la mente y el espíritu..
Me salté la comida, escribí hasta las cuatro, y cuando por fin dejé el lápiz, me dolía la mano.
Caminé despacio hasta el fondo del pasillo de la segunda planta, donde hay una ventana que da al
aparcamiento de los empleados. Brad Dolan, el celador que me recuerda a Percy -el mismo que
está muerto de curiosidad por saber adónde voy y qué hago en mis caminatas- conduce un viejo
Chevrolet con una pegatina que reza: HE VISTO A Dios Y Es UN CAPULLO. El coche no
estaba. Brad había terminado su turno y se había marchado a ese misterioso lugar que llama casa.
Supongo que será una caravana con puertas pegadas a la pared con cinta adhesiva y latas de
cerveza esparcidas por todos los rincones.
Salí por la cocina, donde comenzaban a preparar la cena.
-¿Qué lleva en esa bolsa, señor Edgecombe? -preguntó Norton.
-Una botella vacía -respondí-. En el bosque he descubierto la fuente de la eterna juventud.
Bajo allí cada tarde, cojo un poco de agua y me la bebo antes de acostarme. Le aseguro que es muy
buena.
-Es probable que lo mantenga joven -dijo George, el otro cocinero-, pero no ha hecho una
puta mierda por su aspecto.
Todos reímos y salí. Aunque el coche de Dolan ya no estaba, me sorprendí buscándolo con
la vista. Me reñí por permitir que me intimidara hasta ese punto y crucé el campo de cróquet. Al
otro lado hay un jardín lleno de malezas que se ve mucho más bonito en los folletos de Georgia
Pines, y más allá un camino serpenteante que se interna en el bosque, al este de la residencia. Junto
al camino hay un par de viejos cobertizos abandonados. Entré en el segundo, situado junto al alto
muro de piedra que separa los jardines de Georgia Pines de la autopista 47, y permanecí unos
minutos dentro.
Por la noche cené bien, miré un rato la tele y me fui a la cama temprano. Muchas noches me
despierto y vuelvo a la sala de la tele, donde miro viejas películas en el canal de cine clásico. Sin
embargo, anoche no lo hice. Dormí como un tronco y no tuve ninguno de los sueños que me
atormentan desde que comencé mi aventura literaria. Escribir debió de dejarme agotado. Ya sabéis
que no soy un jovenzuelo.
Cuando desperté, el círculo del sol, que a las seis de la mañana por lo general está en el
suelo, se había trasladado hasta los pies de la cama. Me levanté deprisa, tan alarmado que apenas
noté las punzadas de la artritis en las caderas, las rodillas y los tobillos. Me vestí tan rápido como
pude, y corrí por el pasillo hacia la ventana que da al aparcamiento, esperando que el sitio donde
Dolan aparca su viejo Chevrolet estuviera vacío. A veces llega hasta media hora tarde...
Pero no tuve esa suerte. El coche estaba allí, brillando bajo el sol de la mañana. En los
últimos tiempos, Brad Dolan tiene un buen motivo para ser puntual. Ya lo creo. El viejo Paulie
Edgecombe sale a algún sitio a primera hora y Brad se propone descubrir adónde. «¿Qué haces
allí, Paulie? Dímelo.» Seguro que ya estaba esperándome. Me habría gustado darle plantón y
quedarme donde estaba... pero no podía.
-¿Paul?
Me volví tan rápido que estuve a punto de caer al suelo. Era mi amiga Elaine Connelly, que
abrió desorbitadamente los ojos y tendió las manos como si quisiera sostenerme. Por suerte para
ella, recuperé el equilibrio. Elaine sufre de una artritis tremenda, y si hubiese caído en sus brazos la
habría partido en dos como si fuese una rama seca. El romanticismo no muere cuando uno se
interna en el extraño territorio que se extiende al otro lado de la frontera de los ochenta, pero uno
debe olvidarse de las estúpidas galanterías de Lo que el viento se llevó.
-Lo siento -dijo-. No era mi intención asustarte.
-Tranquila -respondí con una tímida sonrisa-. Mejor despertar así que con un cubo de agua
fría. Debería contratarte para que lo hicieras todas las mañanas.
-Buscabas el coche de Dolan, ¿verdad?
No tenía sentido engañarla, de modo que asentí.
-Ojalá pudiera estar seguro de que está en el ala oeste. Me gustaría salir un momento, pero
no quiero que me vea.
Esbozó una sonrisa misteriosa, la sombra de la sonrisa que debía de tener de joven.
-Es un entrometido, ¿no es cierto?
-Sí.
-Y no está en el ala oeste -dijo-. Acabo de bajar a desayunar y puedo decirte dónde está
porque lo he visto. Está en la cocina. -La miré con desazón. Sabía que Dolan era curioso, pero no
creía que llegara a tanto-. ¿No puedes postergar tu caminata? -preguntó.
Reflexioné por un instante.
-Supongo que puedo, pero...
-No debes.
-No. No debo.
Entonces pensé que me preguntaría adónde iba y qué era aquello tan importante que debía
hacer en el bosque. Pero no lo hizo. En su lugar, volvió a dedicarme esa sonrisa traviesa y
maravillosa, aunque insólita en su cara demacrada, marcada por el dolor.
-¿Conoces a Howland? -preguntó.
-Claro -respondí, aunque no lo veía mucho. Estaba en el ala oeste, lo que en Georgia Pines
equivale casi a un país limítrofe-. ¿Por qué?
-¿Sabes qué tiene de especial? -preguntó. Negué con la cabeza y Elaine, con una sonrisa más
grande de lo habitual, dijo-: El señor Howland es uno de los cinco residentes de Georgia Pines que
tiene permiso para fumar. Es porque ingresó aquí antes de que cambiaran las reglas.
Una ley de privilegio para patriarcas. Y ¿qué sitio más adecuado para un patriarca que una
residencia para ancianos?
Elaine se metió la mano en el bolsillo de la bata a rayas azules y blancas y me enseñó con
disimulo dos cosas: un cigarrillo y una caja de cerillas.
-«Ladronzuelo, ladronzuelo -recitó con voz graciosa, cantarina-, la pequeña Ellie no morderá
el anzuelo.»
-Elaine... ¿qué demonios...?
-Acompaña a esta viejecita abajo -dijo al tiempo que guardaba otra vez el cigarrillo y las
cerillas en el bolsillo y me cogía del brazo con una mano deforme. Comenzamos a andar por el
pasillo y, mientras lo hacíamos, decidí darme por vencido y dejarlo todo en sus manos. Elaine es
vieja y débil, pero no estúpida.
Mientras bajábamos por las escaleras con la cautela lógica de dos personas que casi se han
convertido en reliquias, Elaine dijo:
-Espera abajo. Voy al lavabo del vestíbulo del ala oeste. Sabes a cuál me refiero, ¿verdad?
-Sí -respondí-. El que está junto al balneario. Pero ¿para qué?-
-No he fumado un cigarrillo en quince años -dijo-, pero esta mañana me apetece uno. No sé
cuántas caladas podré dar antes de que salte la alarma contra incendios, pero voy a descubrirlo.
La miré con admiración, pensando en lo mucho
que me recordaba a mi mujer. jan habría hecho exactamente lo mismo. Elaine me
devolvió la mirada, sonriendo con picardía. Pasé una mano por el cuello largo y hermoso, acerqué
su cabeza a la mía, y la besé en la boca.
-Te quiero, Ellie -dije.
Vamos, vamos, eso son palabras mayores dijo, pero noté que estaba conté ñta.
-¿Y qué me dices de Chuck Howland? -pregunté-. ¿Crees que tendrá problemas?
-No, porque está en la sala de la tele mirando Buenos días, América con dos docenas de
personas. Yo voy a desaparecer en cuanto empiece a sonar la alarma del ala oeste.
-Note vayas a caer y a hacerte daño. Jamás me perdonaría...
-¡Déjate de tonterías! -dijo, y esta vez fue ella quien me besó a mí. Amor entre las ruinas.
Quizá a algunos de vosotros os parezca gracioso y a otros patético, pero os diré algo: un amor
grotesco es mejor que ningún amor.
La miré marchar, moviéndose despacio y con rigidez (sólo usa bastón en los días húmedos, y
eso siempre y cuando el dolor le resulte insoportable; simple coquetería), y esperé. Pasaron cinco
minutos, diez, y cuando empezaba a creer que Ellie había perdido el valor o descubierto que el
detector de humos del lavabo no funcionaba, la alarma contra incendios del ala oeste se disparó
con un zumbido ensordecedor.
Me dirigí a la cocina, aunque despacio. No tenía motivos para darme prisa hasta que Dolan
estuviese fuera de la vista. Un grupo de viejos, casi todos en bata, salieron de la sala de la tele (que
aquí llaman centro de esparcimiento; eso sí que es grotesco) para ver qué pasaba. Me alegró
comprobar que Chuck Howland estaba entre ellos.
-¡Edgecombe! -gritó Kent Avery, apoyándose en su bastón con una mano y tirando
obsesivamente con la otra de la entrepierna de los pantalones del pijama-. ¿Va en serio o es otra
falsa alarma? ¿Tú qué crees?
-Supongo que no hay forma de saberlo -respondí.
En ese momento tres empleados pasaron corriendo rumbo al ala oeste, gritando a los viejos
reunidos en la puerta del salón de la tele que salieran fuera hasta que ellos comprobaran el motivo
de la alarma. El tercero era Brad Dolan. Ni siquiera me miró al pasar, lo cual me alegró
sobremanera. Mientras cruzaba la cocina, pensé que un equipo formado por Ellaine Connelly y
Paul Edgecombe podía rivalizar con una docena de Brad Dolan, incluso con el añadido de media
docena de Perey Wetmores.
Los cocineros continuaron recogiendo las sobras del desayuno, sin hacer el menor caso a la
alarma de incendios.
-Eh, señor Edgecombe -dijo George-. Brad Dolan estaba buscándolo. Acababa de marcharse.
«Por suerte para mí», pensé, pero dije que ya lo vería más tarde. Luego pregunté si había
sobrado alguna tostada del desayuno.
-Claro dijo Norton-. Pero están frías y duras. Esta mañana se ha levantado tarde.
-Sí -admití-, pero tengo hambre.
-Le prepararé una tostada caliente en un minuto -dijo George mientras cogía el pan.
-No. No me importa que esté fría -dije, y cuando me pasó un par de tostadas de aspecto
misterioso (las dos tenían aspecto misterioso), salí a toda prisa, sintiéndome como el jovenzuelo de
otros tiempos, como el colegial que hacía campana para ir a pescar y en el bolsillo de la camisa
llevaba un bollo relleno de mermelada, envuelto en papel encerado.
En la puerta de la cocina me detuve a buscar a Dolan con la mirada. Tras comprobar que no
había señales de él, caminé a toda prisa por el campo de cróquet y el jardín, masticando una de las
tostadas. Al llegar a la arboleda, aminoré la marcha, y mientras avanzaba por el sendero
serpenteante, mis pensamientos volvieron al día siguiente de la terrible ejecución de Eduard
Delacroix.
Aquella mañana, Hal Moores me había contado que el tumor cerebral de Melinda le
provocaba extraños ataques, durante los cuales maldecía y soltaba toda clase de juramentos... Lo
que mi esposa más tarde definió (aunque no estaba muy segura de que fuera lo mismo) como
síndrome de Tourette. El temblor de la voz de Hal, unido al recuerdo del modo en que John Coffey
había curado mi infección urinaria y el espinazo roto del ratón de Delacroix, me indujeron a cruzar
la frontera que separa la idea de una acción de la acción misma.
Pero había algo más; algo que tenía que ver con las manos de John Coffey y con mi zapato.
De modo que llamé a los hombres que trabajaban conmigo, aquellos en quienes había
confiado durante años: Dean Stanton, Harry Terwilliger, Brutus Howell. Fueron a comer a mi casa
un día después de la ejecución de Delacroix y escucharon mi plan. Naturalmente, todos sabían que
Coffey había curado al ratón. Bruto lo había visto con sus propios ojos. Así que cuando sugerí que
si llevábamos a John Coffey a casa de Melinda podría ocurrir otro milagro, no se rieron de mí. Sin
embargo, Dean Stanton planteó la pregunta más inquietante: ¿qué pasaría si John Coffey escapaba
en el camino?
-¿Y si mata a alguien más? -preguntó Dean-. No me gustaría perder mi empleo ni ir a
prisión. Tengo esposa e hijos que dependen de mí para comer, pero creo que sería aún peor llevar
la muerte de otra niña en la conciencia.
Se hizo el silencio y todos me miraron, esperando mi respuesta. Supe que si decía lo que
tenía en la punta de la lengua, las cosas cambiarían. Habíamos llegado a un punto en que era
imposible volver atrás.
Al menos para mí, volver atrás era imposible. Así pues, lo dije:
2
-No ocurrirá -dije.
-¿Cómo puedes estar seguro? -preguntó Dean.
No respondí. No lo sabía. Estaba convencido de que me harían esa pregunta, pero no se me
ocurría cómo explicar lo que tenía en la mente y en el corazón. Bruto me ayudó.
-Tú no crees que sea culpable, ¿verdad, Paul? -preguntó con tono de incredulidad-. Crees que
el gran tontarrón es inocente.
-Estoy completamente seguro de que lo es -dije.
-¿Cómo puedes estarlo?
-Por dos motivos -respondí-. El primero es mi zapato.
-¿Tu zapato? -exclamó Bruto-. ¿Qué diablos pinta tu zapato con que John Coffey asesinara a
dos niñas?
-Anoche me quité un zapato y se lo di -expliqué-. Fue después de la ejecución, cuando las
cosas se calmaron un poco. Lo pasé entre los barrotes y él lo cogió con una de sus manazas.
Entonces le pedí que atara los cordones. Tenía que asegurarme de que lo hiciera, ¿entendéis?
Nuestros muchachos siempre usan zapatillas, porque un hombre puede suicidarse con los cordones
de los zapatos si se lo propone. Todos lo sabemos. -Los muchachos asintieron-. John apoyó el
zapato en el regazo y cruzó los cordones como es debido, pero ahí se quedó. Dijo que estaba
seguro de que alguien le había enseñado a hacerlo cuando era pequeño, quizá su padre o uno de los
novios que tuvo su madre después de que él los abandonara, pero lo había olvidado.
-Estoy con Bruto -dijo Dean-. Todavía no entiendo qué tiene que ver tu zapato con el
asesinato de las gemelas Detterick.
Les recordé la historia del secuestro y asesinato de las niñas, todo lo que había leído en la
biblioteca de la prisión, una tarde sofocante, mientras me hervía la entrepierna y Gibbons roncaba
en un rincón. También les conté lo que me dijo más tarde el periodista Hammersmith.
-El perro de los Detterick no mordía, pero ladrar se le daba muy bien -expliqué-. El hombre
que cogió a las niñas lo distrajo arrojándole unas salchichas. Supongo que fue acercándose
lentamente mientras se las arrojaba, y que cuando el perro atrapó la última, le cogió la cabeza y se
la retorció. Le rompió el pescuezo.
»Más tarde, cuando atraparon a John Coffey, el agente a cargo de la persecución, que se
llamaba Rob McGee, vio un bulto en el bolsillo del mono de trabajo de Coffey. McGee pensó que
podía tratarse de una pistola, pero Coffey dijo que era su almuerzo. No mentía. Llevaba un par de
bocadillos y unos pepinillos envueltos en papel de periódico y atados con un cordel de carnicero.
Coffey no recordaba quién se los había dado. Sólo sabía que era una mujer que llevaba un delantal.
-Bocadillos y pepinillos, pero ninguna salchicha dijo Bruto.
-Ninguna salchicha -confirmé.
-Claro que no dijo Dean-. Se las dio al perro.
-Eso es lo que dijo el fiscal en el juicio -asentí-, pero si Coffey abrió el paquete del almuerzo
para alimentar al perro, ¿cómo volvió a atarlo con el cordel? Ese tipo no sabe atar ni un simple
nudo.
Siguió un largo silencio de asombro, que finalmente rompió Bruto:
-¡Caray! ¿Cómo es posible que nadie sacara a relucir ese detalle en el juicio?
-A nadie se le ocurrió -dije y volví a recordar a Hammersmith, el periodista, que había ido a
la universidad en Bowling Green y se consideraba un hombre culto; Hammersmith, que me había
dicho que los chuchos y los negros se parecían y que podían atacarte de repente y sin razón. Y
hablaba de ellos diciendo vuestros negros, como si fueran propiedad ajena, no suya. No, nunca
suya. En aquel entonces, el sur estaba lleno de tipos como Hammersmith-. Nadie estaba preparado
para pensar en ello, ni siquiera el abogado de Coffey.
-Pero tú sí-dijo Harry-. Caramba, muchachos, estamos sentados ante Sherlock Holmes.
-Parecía asombrado y divertido al mismo tiempo.
-Déjate de bromas -dije-. A mí tampoco se me habría ocurrido si no hubiera relacionado lo
que John le dijo al agente McGee aquel día con lo que dijo más tarde después de curarme y de
salvar al ratón.
-¿Qué dijo? -preguntó Dean.
-Cuando entré en su celda, sentí como si me hipnotizara. Si hubiera querido atacarme, yo no
habría podido detenerlo.
-Eso no me gusta nada -murmuró Harry moviéndose incómodo en la silla.
-Le pregunté qué quería y respondió: «Sólo ayudar.» Lo recuerdo con absoluta claridad.
Cuando terminó, me sentí mucho mejor y él lo supo enseguida. «Lo he aliviado, ¿verdad?», me
dijo.
-Igual que con el ratón -intervino Bruto asintiendo-. Tú le dijiste «Lo has ayudado», y Coffey
respondió como un loro: «He ayudado al ratón de Del.» Fue entonces cuando lo supiste, ¿no es
cierto?
-Sí, supongo que sí. Recordé lo que le había dicho a McGee cuando el agente le preguntó
qué había pasado. Estaba en todos los artículos sobre el asesinato. «No pude evitarlo. Lo intenté,
pero era demasiado tarde.» No es de extrañar que hayan malinterpretado sus palabras al ver a un
hombre así, grande como una casa, con dos niñas blancas y rubias muertas en los brazos. Lo que
oyeron coincidía con lo que veían, y lo que veían era un negro. Creyeron escuchar una confesión;
entendieron que Coffey decía que había sentido la compulsión de secuestrar, violar y matar a las
niñas, que por un momento había recuperado la cordura y había intentado detenerse, pero...
-Era demasiado tarde -murmuró Bruto.
-Exacto. Pero lo que quería decir es que las había encontrado y había intentado curarlas,
devolverles la vida, sin conseguirlo. Ya estaban muertas.
-¿De veras crees eso, Paul? -preguntó Dean-. ¿Pondrías las manos en el fuego por él?
Hice examen de conciencia por última vez y asentí con la cabeza. Ahora lo sabía, pero una
parte de mí había intuido que había algo extraño en la situación de Coffey desde el principio, desde
el mismo momento en que Percy lo condujo al bloque E gritando a voz en cuello: « ¡Entra un
muerto!» Al fin y al cabo, le había estrechado la mano. Nunca le había estrechado la mano a un
condenado, pero con Coffey había hecho una excepción.
-Cielos -dijo Dean-. ¡Santo cielo!
-Dijiste que el zapato era una de las razones -terció Harry-, ¿cuál es la otra?
-Poco antes de encontrar a Coffey, la cuadrilla que buscaba a las niñas se detuvo en el
bosque, cerca de la orilla del río Trapingus. Vieron un área de hierba pisoteada y llena de sangre y
encontraron lo que quedaba del camisón de Cora Detterick. Los perros se despistaron. La mayoría
quería ir hacia el sudeste, río abajo, pero dos de ellos, los cazamapaches, tiraban río arriba. Bobo
Marchant, el dueño de los perros, les dio a oler el camisón y entonces siguieron la dirección de los
demás.
-Conque los cazamapaches se despistaron, ¿eh? -preguntó Bruto con una sonrisa extraña en
los labios-. No están preparados para seguir un rastro y confundieron su trabajo.
-Sí.
-No lo entiendo -dijo Dean.
-Los perros olvidaron lo que Bobo les había hecho oler como señuelo -dijo Bruto-. Cuando
llegaron al río no perseguían a las niñas sino al asesino. Mientras el asesino y las niñas estuvieran
en el mismo sitio, no había ningún problema, pero...
El brillo de los ojos de Dean me indicó que comenzaba a entender. Harry ya había caído.
-Si lo piensas un poco -dije-, te preguntarás cómo es posible que cualquiera, incluso un
jurado que quiere endosarle un crimen a un vagabundo negro, pudo pensar que John Coffey era
culpable. La sencilla idea de distraer al perro para romperle el pescuezo está por encima de sus
posibilidades.
»Creo que lo más cerca que estuvo de la granja de los Detterick fue la orilla del Trapingus, a
unos nueve kilómetros de distancia. Deambulaba por allí, quizá pensando en ir a las vías y subirse
a un tren de carga. Cuando llegan al viaducto aminoran la marcha lo suficiente para que cualquiera
pueda trepar de un salto. Entonces oyó ruidos procedentes del norte.
-¿El asesino? -preguntó Bruto.
-El asesino. Quizá ya hubiera violado a las niñas, o tal vez lo que oyó Coffey fueron sus
gritos mientras las violaban. En cualquier caso, en aquel área de hierba el asesino terminó su
crimen; aplastó las cabezas de las niñas haciéndolas chocar la una contra la otra, abandonó los
cuerpos y huyó.
-Huyó hacia el noroeste -dijo Bruto-. Hacia donde querían ir los cazamapaches.
-Exactamente. Coffey, alertado por los ruidos, se internó en una arboleda de alisos, al
sudeste del sitio donde dejaron a las niñas, y encontró los cadáveres. Quizá una de ellas estuviera
viva, o incluso las dos, aunque no por mucho tiempo. John Coffey es incapaz de darse cuenta de
algo así, de eso estoy seguro. Sólo sabe que tiene en las manos un poder para curar y quiso usarlo
con Cora y Kathe Detterick. Cuando vio que no lo conseguía, se desmoronó y se echó a llorar
histéricamente. Y así fue como lo encontraron.
-¿Por qué no se quedó en el sitio donde las encontró? -preguntó Bruto-. ¿Qué motivos tenía
para llevarlas hasta la orilla del río? ¿Lo sabes?
-Supongo que al principio permaneció allí -respondí-. En el juicio hablaron de una amplia
zona pisoteada, con la hierba aplastada. Y John Coffey es muy grande.
John Coffey es un jodido gigante elijo Harry, bajando la voz para que mi esposa no lo oyera.
-Quizá se asustó al ver que no podía ayudar a las niñas, o es probable que se le ocurriera que
el asesino seguía allí, vigilándolo. Coffey es corpulento, pero no particularmente valiente. Harry,
¿recuerdas que nos preguntó si dejábamos una luz encendida por las noches?
-Sí. Recuerdo que me hizo gracia, teniendo en cuenta su tamaño -respondió Harry con aire
perplejo y pensativo.
-Pero si él no mató a esas niñas, ¿quién lo hizo? -preguntó Dean.
-Cualquier otro -dije sacudiendo la cabeza-.
Supongo que un blanco. El fiscal habló mucho de la fuerza necesaria para matar a un perro
tan grande como el de los Detterick, pero...
-Eso es una estupidez -rugió Bruto-. Cualquier niña de doce años puede romperle el
pescuezo a un perro si lo pilla desprevenido y sabe por dónde cogerlo. Si Coffey no lo hizo, pudo
hacerlo cualquiera... un hombre cualquiera, claro está. Tal vez nunca lo sepamos.
-A menos que lo haga otra vez -dije.
-Si lo hace en Texas o en California, tampoco nos enteraremos -observó Harry.
Bruto se reclinó en la silla, se restregó los ojos con los puños, como un niño cansado, y dejó
caer las manos sobre el regazo.
-Esto es una pesadilla -dijo-. Hay un hombre que podría ser inocente, que seguramente es
inocente, pero va a recorrer el pasillo de la muerte tan seguro como que Dios creó los árboles y los
peces. ¿Y qué vamos a hacer al respecto? Si sacamos a relucir esa mierda de sus poderes curativos,
todo el mundo se reirá de nosotros y él acabará en la silla eléctrica de cualquier modo.
Como no tenía la menor idea de cómo responder a esa pregunta, dije:
-Preocupémonos de eso más tarde. Ahora, la cuestión es qué vamos a hacer con respecto a
Melly. Yo diría que os tomarais un tiempo para pensarlo, pero me temo que cada día que pase
tendrá menos posibilidades de ayudarla.
-¿Recuerdas cuando sacó las manos entre los barrotes para que le entregáramos el ratón?
-preguntó Bruto-. «Démelo antes de que sea demasiado tarde», dijo.
-Lo recuerdo.
Bruto reflexionó por un instante y luego asintió.
-Estoy contigo -dijo-. Me sabe muy mal lo que le pasó a Del, pero sobre todo tengo
curiosidad por ver qué ocurrirá cuando Coffey toque a Melinda. Quizá no ocurra nada, pero...
-Dudo mucho que podamos sacar a ese grandullón del bloque -dijo Harry, pero luego suspiró
y asintió-. ¿Qué más da? Contad conmigo.
-Y conmigo -dijo Dean-. ¿Quién se quedará en el bloque, Paul? ¿Lo echamos a suerte?
-De eso nada -respondí-. Te quedarás tú.
-¿Así de sencillo? ¡Malditos seáis! -respondió Dean, ofendido y enfadado. Se quitó las gafas
con brusquedad y comenzó a restregarlas con furia contra la camisa-. ¿Qué clase de arreglo es ése?
-La mejor clase de arreglo para un tipo con niños que todavía van al colegio -respondió
Bruto-. Harry y yo somos solteros. Paul está casado, pero sus hijos ya se mantienen solos.
Corremos un gran riesgo y hay muchas posibilidades de que nos pillen. -Me miró con soberbia-.
Has olvidado un detalle, Paul: si conseguimos sacar a Coffey del bloque y sus poderes no
funcionan, es muy probable que Hal Moores nos despida. -Hizo una pausa para darme la
oportunidad de responder, pero yo no tenía respuesta a esa pregunta, de modo que mantuve la boca
cerrada. Bruto se volvió hacia Dean y continuó-: No me malinterpretes; podrías perder el empleo
de todos modos, pero al menos tendrás la oportunidad de salvarte de la cárcel si las cosas salen
mal. Percy pensará que estamos gastándole una broma. Si te quedas en la mesa de entrada, podrás
alegar que pensaste lo mismo.
-Aun así no me gusta -dijo Dean, pero estaba claro que acabaría aceptando, le gustara o no.
El comentario sobre sus hijos lo había convencido-. ¿Y tiene que ser esta noche? ¿Estás seguro?
-Si vamos a hacerlo, yo preferiría que fuera esta noche -dijo Harry-. Si me dais la
oportunidad de pensarlo, es muy probable que pierda el valor.
-Al menos dejadme ir a la enfermería -dijo Dean-. Puedo hacer eso, ¿verdad?
-Mientras hagas lo que debes sin que te pillen... -dijo Bruto.
Dean parecía ofendido, de modo que le di una palmada en el hombro.
-Hazlo a la entrada, al fichar, ¿de acuerdo?
-Claro.
Mi mujer asomó la cabeza por la puerta, como si le hubiera dado una señal.
-¿Quién quiere más té helado? -preguntó con voz despreocupada-. ¿Brutus?
-No, gracias -respondió el aludido-. Me gustaría tomar un buen whisky, pero supongo que en
estas circunstancias no es lo más adecuado.
Janice me miró sonriente, pero con expresión preocupada en los ojos.
-¿En qué lío estás metiendo a los muchachos, Paul? -Sin embargo, antes de que pudiera
pensar en una respuesta apropiada, me atajó con la mano y dijo-: No importa, no quiero saberlo.
3
Más tarde, cuando los demás se marcharon y me vestía para ir a trabajar, me cogió del brazo,
me obligó a volverme y me miró con feroz intensidad.
-¿Melinda? -preguntó. Asentí-. ¿Puedes hacer algo por ella, Paul? ¿De verdad puedes hacer
algo, o no es más que una esperanza motivada por lo que viste anoche?
Pensé en los ojos de Coffey, en sus manos y en la forma en que había acudido a él cuando
me llamó, como si me hubiera hipnotizado. Lo vi tender las manos, pedir que le entregase el
cuerpo destrozado y moribundo de Cascabel. «Antes de que sea demasiado tarde», había dicho.
Luego, aquellos bichos negros se habían vuelto blancos y habían desaparecido.
-Creo que es su única oportunidad -respondí.
-Entonces aprovéchala-dijo abotonándome el abrigo nuevo. Lo tenía en el armario desde mi
cumpleaños, a principios de septiembre, pero era la tercera vez que lo usaba-. Aprovéchala.
Y prácticamente me empujó fuera de casa.
4
Ese día, el más raro de toda mi vida, fiché a las seis y veinte. Me pareció percibir un vago y
persistente olor a carne quemada en el aire. Debía de ser una falsa impresión, pues tanto las puertas
del bloque como las del almacén habían permanecido abiertas la mayor parte del día y los guardias
de los dos turnos previos se habían pasado horas limpiando, pero eso no cambiaba lo que me decía
mi nariz y creo que, aunque no hubiera estado aterrado por lo que me esperaba aquella noche,
tampoco habría podido probar la cena.
Bruto llegó a las siete menos cuarto y Dean a menos diez. Le pedí a Dean que fuera a la
enfermería a buscar una almohadilla térmica, alegando que la madrugada pasada me había
lesionado la espalda mientras ayudaba a cargar el cuerpo de Delacroix al túnel. Dean respondió
que lo haría. Creí que me guiñaría un ojo, pero se reprimió.
Harry fichó a las siete menos tres minutos.
-¿Y la furgoneta? -pregunté.
-Está donde dijimos.
Por el momento todo iba bien. Permanecimos un rato junto a la mesa de entrada, bebiendo
café y charlando, aunque todos evitamos mencionar lo que pensábamos y deseábamos: que Percy
llegaba tarde y que quizá no apareciera. Teniendo en cuenta los artículos que se habían publicado
en los periódicos, criticándolo por el modo en que había llevado a cabo la ejecución, no había que
desechar esa posibilidad.
Pero al parecer Percy creía en el antiguo axioma que dice que hay que subir cuanto antes al
caballo que te ha arrojado a tierra, porque franqueó la puerta a las siete y seis minutos, radiante en
su uniforme azul, con el arma en un lado de la cintura y la porra, enfundada en su ridículo estuche,
en el otro. Metió la tarjeta en la máquina de fichar y nos miró con cautela (a todos, excepto a Dean,
que aún no había vuelto de la enfermería).
-Me ha fallado el arranque -explicó-. He tenido que darle a la manivela.
-Ah -dijo Harry-. Pobrecillo.
-Deberías haberte quedado en casa y hacerlo reparar -dijo Bruto con suavidad-. No
quisiéramos que te hicieras daño en un brazo, ¿verdad, muchachos?
-Sí, ya os habría gustado -respondió Percy con una sonrisa burlona, aunque creo que se
sentía aliviado por la relativa ligereza del comentario de Bruto.
Eso estaba bien. Durante las próximas horas tendríamos que tratarlo con cuidado; sin
demasiada hostilidad, pero tampoco amistosamente. Después de lo ocurrido la noche anterior,
sospecharía de cualquier muestra de cordialidad. Todos sabíamos que no conseguiríamos que
bajara la guardia, pero yo estaba convencido de que si sabíamos manejar la situación,
conseguiríamos engañarlo. Era importante moverse con rapidez, pero también lo era, por lo menos
para mí, que nadie saliera herido... ni siquiera Percy Wetmore.
Dean volvió y me hizo una señal.
-Percy -dije-, quiero que vayas al almacén y friegues el suelo. Las escaleras que conducen al
túnel también. Luego podrás escribir tu informe sobre lo de anoche.
-Ésa sí que será una tarea creativa -señaló Bruto, metiéndose los pulgares en el cinturón y
mirando al techo.
-Sois más divertidos que echarse un polvo en una iglesia -lijo Percy, pero sus protestas
acabaron allí. Ni siquiera se molestó en señalar lo obvio: que aquel día habían fregado el suelo al
menos dos veces. Supongo que se alegraba de la oportunidad de escapar de nuestra vista.
Examiné el informe del turno anterior, y al no ver nada relevante en él, me dirigí a la celda
de Wharton. Estaba sentado en el camastro con las rodillas flexionadas contra el pecho y las manos
cruzadas sobre las espinillas. Me miró con una sonrisa hostil.
-Vaya, el gran jefe -dijo-. Real como la vida misma y el doble de feo. Se lo vería más
contento en una pocilga, con mierda hasta las rodillas, jefe Edgecombe. ¿Su mujer le tiró de los
cojones antes de salir de casa?
-¿Qué tal te va, Billy el Niño? -pregunté, y eso pareció animarlo. Se soltó las piernas, se
levantó y estiró el cuerpo. Su sonrisa se ensanchó y parte de su hostilidad desapareció.
-¡Caramba! -dijo-. ¡Por fin dice bien mi nombre! ¿Qué mosca le ha picado, jefe Edgecombe?
¿Está enfermo?
No. No estaba enfermo. Lo había estado, pero John Coffey me había curado. Sus manos
habían olvidado cómo atar unos cordones de zapato, pero conocían otros trucos. Vaya si los
conocían.
-Amigo -dije-, si prefieres ser Billy el Niño en lugar de Bill el Salvaje, a mí me da
exactamente igual.
Se hinchó como uno de esos horribles peces que viven en los ríos de Suramérica y pueden
matar a una persona con las púas que tienen en la espalda y los costados. Durante mis años de
carcelero en el pasillo de la muerte tuve que vérmelas con muchos hombres peligrosos, pero
ninguno tan repelente como William Wharton, que se consideraba un gran criminal pero cuya
conducta en la cárcel pocas veces iba más allá de mear o escupir a través de los barrotes de la
celda. Hasta entonces no le habíamos demostrado el respeto y la admiración que creía merecer,
pero aquella noche yo quería que estuviera tratable, y si para ello tenía que hacerle la pelota, lo
haría con gusto.
-Tengo muchas cosas en común con Billy el Niño y será mejor que se lo metan en la cabeza
de una vez por todas -dijo Wharton-. No me han mandado aquí por robar caramelos de una
tienducha de mala muerte. -Orgulloso como un hombre que ha sido enrolado en la Brigada de
Héroes de la legión francesa, en lugar de uno a quien habían encerrado en una celda situada a
setenta pasos largos de la silla eléctrica-. ¿Y qué hay de mi cena?
-Venga, chico. El informe dice que cenaste a las seis menos diez. Pastel de carne con salsa,
puré de patatas y guisantes. No me engañarás tan fácilmente.
Soltó una carcajada y se sentó nuevamente en el camastro.
-Entonces enciendan la radio.
Recuerdo que en lugar de «radio» pronunció algo así como «dadio», como si fuera un niño
pequeño o estuviese bromeando. Es curioso cuántas cosas puede recordar uno de esos momentos
en que los nervios están más tensos que las cuerdas de un violín.
-Tal vez más tarde, grandullón -dije.
Me alejé unos pasos de la celda y miré hacia el fondo del pasillo. Bruto se encontraba allí,
comprobando que la celda de seguridad estuviera cerrada con un solo cerrojo en lugar de los dos.
Yo sabía que era así, porque ya lo había comprobado. Más tarde, tendríamos que abrir esa puerta
con la mayor rapidez posible. No habría necesidad de perder el tiempo sacando los trastos que se
habían acumulado allí en el transcurso de los años. Poco después de que Wharton se uniera a
nuestro feliz
equipo, los habíamos sacado de allí y los habíamos metido en otros sitios. Sospechábamos
que usaríamos mucho esa celda, al menos desde el ingreso de Billy el Niño.
John Coffey, que a esa hora solía estar tendido en la cama, estaba sentado a los pies de ésta,
sacudiendo las piernas largas y gruesas y mirando a Bruto con una vehemencia y una atención
insólitas en él. Aquel día tampoco lagrimeaba.
Bruto terminó de examinar la puerta de la celda de seguridad y regresó por el pasillo. Al
pasar por delante de la celda de Coffey, lo miró, y el negro, como si respondiera a un comentario
de Bruto, dijo algo extraño:
-Claro que me gustaría dar un paseo.
Bruto me miró y habría jurado que con esa mirada me decía: «Lo sabe. No sé cómo, pero lo
sabe.»
Me encogí de hombros y abrí las manos, como respondiendo: «Claro que lo sabe.»
5
El viejo Tuu Tuu hizo su última ronda por el bloque E alrededor de las nueve menos cuarto.
Le compramos suficientes porquerías para hacerle sonreír de avaricia.
-Eh, muchachos, ¿habéis visto al ratón? -preguntó. Negamos con la cabeza-. Tal vez el niño
bonito lo haya visto -dijo señalando con la barbilla en dirección al almacén, donde Percy estaba
fregando el suelo, escribiendo su informe o tocándose los cojones.
-¿Y a ti qué te importa? No es asunto tuyo -dijo Bruto-. Vete con tu carro, Tuu. Haces que
este sitio apeste.
Tuu nos dedicó una de sus desagradables sonrisas, desdentada y torcida, y olfateó el aire con
grandes aspavientos.
-El que apesta no soy yo -dijo-. Es Del, que ha venido a despedirse.
Soltó una risita senil y empujó el carro hacia el patio de ejercicios. Y siguió empujándolo
durante diez largos años, después de que yo me marchara (incluso después de que la penitenciaría
de Cold Mountain desapareciese), vendiendo bollos y refrescos a los guardias y prisioneros que
podían pagarlos. A veces, todavía se me aparece en sueños, gritando que se está friendo, que se
está friendo, que es un pavo asado.
Cuanto Tuu se marchó, el tiempo se volvió interminable, como si el reloj avanzara a gatas.
La radio estuvo encendida durante una hora y media, durante la cual Wharton se rió a carcajadas
de Fred Allen, el de Allen's Alley, aunque dudo que entendiera la mitad de sus chistes. John Coffey
seguía sentado a los pies de la cama, con las manos entrelazadas y la mirada pendiente de todo el
que se acercaba a la mesa de entrada. Yo había visto muchos hombres en idéntica actitud en la
estación de autobuses, esperando que anunciaran la salida de su coche.
Percy abandonó el almacén a las once menos cuarto y me entregó un informe laboriosamente
escrito a lápiz. Estaba cubierto de fragmentos de goma de borrar. Me vio sacudir uno de ellos y se
apresuró a decir:
-Es sólo un borrador. Lo pasaré a limpio. ¿Qué le parece?
Me parecía la mayor sarta de mentiras que había leído en mi vida, pero le dije que estaba
bien, y se marchó satisfecho. Dean y Harry jugaban a las damas, hablando en voz demasiado alta,
discutiendo a menudo sobre los tantos y mirando las lentas manecillas del reloj cada cinco
segundos. En uno de los juegos, se pasearon tres veces por el tablero. El aire estaba tan cargado de
tensión que pensé que podría modelarlo como si fuera arcilla. Los únicos que no parecían
conscientes de ello eran Percy y el Salvaje Bill.
A las doce menos diez no resistí más e hice una señal a Dean, que entró en mi despacho con
un refresco de cola que le había comprado a Tuu y regresó un par de minutos después. Había
vertido el refresco en un vaso de latón, de esos que un prisionero no puede romper y utilizar como
arma.
Lo cogí y eché un vistazo alrededor. Harry, Dean y Bruto me miraban fijamente. De hecho,
también lo hacía John Coffey, pero no Percy, que había vuelto al almacén, donde, al parecer, esa
noche se sentía más cómodo. Olí la bebida y no noté ningún olor extraño, aparte del agradable
aroma a canela que tenían los refrescos de cola en aquellos tiempos.
Lo llevé a la celda de Wharton. El muchacho estaba tendido en el camastro, y aunque todavía
no había empezado a masturbarse, ya tenía la mano dentro de los calzoncillos y tironeaba de la
polla, como un contrabajista que afina una cuerda particularmente gruesa.
-Billy -dije.
-No me moleste -respondió.
-De acuerdo -asentí-. Te he comprado un refresco por comportarte como un ser humano en lo
que va de día; todo un récord para ti. Pero no te preocupes, me lo beberé yo.
Fingí hacerlo, llevándome a la boca el vaso metálico (abollado a los lados como
consecuencia de los golpes recibidos contra los barrotes de infinidad de celdas en otras tantas
rabietas). Wharton saltó de la cama en menos de un segundo, cosa que no me sorprendió. No era
una treta demasiado arriesgada. Los condenados más peligrosos (asesinos, violadores y demás
nominados para la Freidora) son auténticos adictos al dulce, y Wharton no era una excepción.
-Déme eso, estúpido -dijo Wharton, como si él fuera un capataz y yo un simple peón-.
Déselo a Billy el Niño.
Acerqué el vaso a los barrotes, dejando que lo cogiera él mismo. Como cualquier carcelero
sabe, meterlo dentro habría significado tentar a la suerte. Esas cosas las sabíamos instintivamente,
sin necesidad de pensar en ellas... como sabíamos que no debíamos permitir que los condenados
nos llamaran por nuestro nombre de pila, que el ruido de llaves significaba que había problemas en
el bloque, porque indicaba la proximidad de un guardia externo, y estos nunca aparecían a menos
que hubiera problemas. Naturalmente, Percy Wetmore nunca aprendería nada de todo aquello.
Sin embargo, esa noche William Wharton no tenía el menor interés en coger o estrangular a
nadie. Me arrebató el vaso de las manos, bebió su contenido en tres grandes sorbos y soltó un
ruidoso eructo.
-¡Excelente! -dijo.
Tendí la mano.
-El vaso.
Lo retuvo por un instante, desafiándome con la mirada.
-Suponga que me lo quedo.
Me encogí de hombros.
-Entonces tendremos que entrar a quitártelo. Irás a parar a la celda de seguridad y éste será el
último refresco que bebas. A menos que los vendan en el infierno, desde luego.
Su sonrisa se borró.
-No me gustan los chistes sobre el infierno, carcelero. -Arrojó el vaso a través de los
barrotes-. Aquí tiene. Cójalo.
Lo cogí y oí la voz de Percy a mi espalda.
-¿Por qué demonios le da un refresco a un capugante como ése?
«Porque tenía suficiente droga robada de la enfermería para dormirlo durante cuarenta y
ocho horas, y él ni siquiera se enteró», pensé.
-La misericordia de Paul es inagotable -dijo Bruto-. Cae como la lluvia del cielo.
-¿Qué? -dijo Percy, ceñudo.
-Quiero decir que tiene el corazón blando. Siempre lo ha tenido y siempre lo tendrá.
¿Quieres jugar al siete y medio, Percy?
-Es el juego de cartas más estúpido que conozco -gruñó Percy.
-Por eso pensé que podrías ganar alguna mano --dijo Bruto con una sonrisa divertida.
-Por lo visto, aquí todos vais de listillos -respondió Percy, ofendido, y entró en mi despacho.
No me causaba demasiada gracia que aquel idiota se sentara detrás de mi escritorio, pero mantuve
la boca cerrada.
El reloj siguió avanzando lentamente. Las doce y veinte, las doce y media... A la una menos
veinte John Coffey se levantó de la cama y se acercó a la puerta de la celda, cogiendo los barrotes.
Bruto y yo fuimos a la celda de Wharton y echamos un vistazo. Estaba tendido en el camastro,
sonriendo al techo. Sus ojos estaban abiertos, pero parecían grandes canicas de cristal. Tenía una
mano cruzada sobre el pecho y la otra caída a un lado, rozando el suelo con los nudillos.
-Vaya -dijo Bruto-; de Billy el Niño a Willie el Blando en menos de una hora. Me pregunto
cuántas pastillas de morfina metió Dean en el refresco.
-Las suficientes -dije. Me temblaba la voz. No sé si Bruto lo notó, pero yo sí-. Vamos. Ya es
la hora.
-¿No piensas esperar a que la Bella Durmiente pierda el sentido?
-Ya lo ha perdido, Bruto. Está demasiado colocado para cerrar los ojos.
-Tú eres el jefe. -Se volvió para buscar a Harry, pero Harry ya estaba allí.
Dean estaba sentado ante la mesa de entrada, barajando las cartas con tanta rapidez que me
sorprendió que no se incendiaran, y mirando hacia la izquierda, en dirección a la puerta de mi
despacho, pendiente de Percy.
-¿Es la hora? -preguntó Harry. Su larga cara equina estaba pálida, pero tenía una expresión
resuelta.
-Sí -respondí-. Si vamos a hacerlo, ya es la hora. Harry hizo la señal de la cruz y se besó el
pulgar. Luego se dirigió a la celda de seguridad, abrió la puerta y regresó con la camisa de fuerza.
Se la entregó a Bruto y los tres caminamos por el pasillo. Cuando llegamos junto a la mesa de
entrada, Bruto escondió la camisa de fuerza a su espalda, que era lo bastante ancha para ocultarla
con facilidad.
-Suerte -dijo Dean. Estaba tan pálido como Harry, pero su expresión también era resuelta.
Percy se hallaba sentado en la silla de mi escritorio, leyendo el libro que en los últimos
tiempos llevaba a todas partes. No era Argosy ni Stag, sino un manual titulado La atención al
paciente en instituciones psiquiátricas, aunque a juzgar por la mirada de culpabilidad y
preocupación que nos dirigió cuando entramos, cualquiera hubiera dicho que se trataba de Los
últimos días de Sodoma y Gomorra.
-¿Qué pasa? -preguntó al tiempo que cerraba el libro-. ¿Qué queréis?
-Hablar contigo, Percy -respondí-. Eso es todo.
Pero Percy vio mucho más que un deseo de hablar en nuestras caras y, después de levantarse
como un rayo, caminó deprisa, casi corriendo, hacia la puerta abierta del almacén. Suponía que
íbamos a darle una buena regañina por lo de la noche anterior, quizá incluso una paliza.
Harry se colocó detrás de él y le bloqueó la puerta con los brazos cruzados en el pecho.
-¡Ehhh! -Percy se volvió hacia mí. Aunque intentaba disimularlo, era evidente que estaba
asustado-. ¿Qué es esto?
-No preguntes, Percy -dije. Yo había supuesto que en cuanto nos embarcáramos en aquella
locura, las cosas irían sobre ruedas, pero no fue así. No podía creer lo que estaba haciendo. Era
como una pesadilla. Esperaba que mi mujer me despertara en cualquier momento y me dijese que
había estado gritando en sueños-. Será mejor que no te resistas.
-¿Qué esconde Howell en la espalda? -preguntó Percy con voz entrecortada, volviéndose
para mirar mejor a Bruto.
-Nada -respondió Bruto-. Bueno... sólo esto.
Le enseñó la camisa de fuerza y la sacudió contra su cadera, como un torero que agita la capa
para animar al toro.
Percy abrió desorbitadamente los ojos y dio un salto. Intentó huir, pero Harry lo cogió de los
brazos, impidiéndoselo.
-¡Suéltame! -gritó Percy, luchando infructuosamente por liberarse. Harry pesaba al menos
cincuenta kilos más que él y tenía los músculos de un hombre acostumbrado a arar y cortar leña.
Sin embargo, Percy se movió con suficiente fuerza para arrastrarlo hasta el otro extremo de la
habitación, levantando el pelo de la alfombra verde que
Ínunca me decidía a cambiar. Por un instante creí que iba a conseguir soltar un brazo... El
pánico puede ser un poderoso incentivo.
-Cálmate, Percy -dije-. Todo irá mejor si...
-No me diga que me calme, bestia -gritó Percy mientras levantaba los hombros en un intento
por liberar los brazos-. ¡Apartaos de mí! Conozco a gente importante, y si no me soltáis de
inmediato acabaréis en Carolina del Sur, comiendo la sopa boba en un albergue.
Dio otro salto hacia adelante y chocó contra el escritorio. El libro que estaba leyendo se
abrió, descubriendo otro más pequeño en su interior. Entonces me expliqué su expresión de
culpabilidad al vernos entrar. No era Los últimos días de Sodoma y Gomorra, pero sí la clase de
libro que entregábamos a los presos cuando se sentían especialmente nostálgicos y se habían
portado lo bastante bien para merecer un premio. La clase de librito ilustrado donde Olivia se lo
hace con todo el mundo, excepto con el pequeño Cocoliso.
Encontré triste que Percy hubiera estado en mi despacho leyendo pornografía, y Harry -por
lo que vi por encima de los hombros de aquél- parecía asqueado, pero Bruto soltó una sonora
carcajada que quitó a Percy las ganas de seguir luchando, al menos por el momento.
-Vaya, vaya -dijo Bruto-. ¿Qué diría tu madre? ¿Y qué diría el gobernador?
Percy estaba rojo como un tomate.
-Cierra el pico. Y no metas a mi madre en esto.
Bruto me arrojó la camisa de fuerza y acercó su cara a la de Percy.
-Claro. Ahora sé buen chico y tiende los brazos.
A Percy le temblaban los labios y sus ojos brillaban. Supe que estaba a punto de llorar.
-No lo haré -dijo con voz temblorosa, infantil-, y no podrás obligarme.
Luego alzó la voz y empezó a pedir auxilio. Harry y yo nos sobresaltamos. Creo que si en
algún momento vacilamos y estuvimos a punto de abandonar el plan, fue entonces. Lo habríamos
hecho, de no ser por Bruto: se colocó a la espalda de Percy, hombro con hombro con Harry, que
aún le sostenía las manos, y tiró de las orejas del joven.
-Deja de gritar -dijo-. A menos que quieras tener un par de originales bolsitas de té por
orejas.
Percy calló y comenzó a temblar, mirando fijamente la portada del vulgar librito de
historietas, donde Popeye y Olivia follaban en una creativa posición que yo nunca había probado.
«Ayyy, Popeye», decía la viñeta encima de Olivia. «Puf, puf, puf N, decía la que había encima de
Popeye, que ni siquiera se había quitado la pipa de la boca.
-Tiende los brazos -dijo Bruto- y déjate de tonterías. Vamos.
-No lo haré -dijo Percy-, y no podrás obligarme.
-En eso te equivocas, ¿sabes? -dijo Bruto, retorciéndole las orejas como si hiciese girar los
mandos de una cocina. Una cocina que no cocinaba como uno quería.
Percy soltó un alarido de dolor y sorpresa que yo habría preferido no oír. Aquel grito no
expresaba sólo dolor y sorpresa, ¿sabéis?, sino también comprensión. Por primera vez en su vida,
Percy se daba cuenta de que las cosas horribles no le pasaban únicamente a otros, a aquellos
pobres mortales que no estaban emparentados con el gobernador. Le habría ordenado a Bruto que
parara, pero no podía. Lo único que podía hacer era recordarme que Percy había sometido a
Delacroix a una tortura espantosa sólo porque el francés se había reído. de él. Sin embargo,
recordar aquello no hizo que me sintiese mucho mejor. Quizá habría servido de algo si yo hubiera
estado hecho del mismo percal que Percy.
-Tiende los brazos, cariño -dijo Bruto- o te ganarás otro tirón de orejas.
Harry ya había soltado al joven Mr. Wetmore, que sollozaba como un crío. Las lágrimas que
había estado conteniendo se deslizaban ahora por sus mejillas. Percy tendió los brazos, como un
sonámbulo en una película cómica, y yo se los pasé por las aberturas de la camisa de fuerza en un
santiamén. Antes de que llegara a los hombros, Bruto soltó las orejas de Percy y cogió las correas
cosidas a los puños. Dobló los brazos de Percy hacia los lados, de modo que quedaran cruzados
sobre el pecho. Entretanto, Harry le abotonó la espalda y ató las correas. Desde el momento en que
Percy accedió a tender los brazos, la operación duró menos de diez segundos.
-Muy bien, cariño -dijo Bruto-. Ahora camina.
Pero Percy no lo hizo. Nos miró, primero a Bruto y luego a mí, con el terror pintado en sus
ojos llorosos. Esta vez no dijo nada sobre sus relaciones ni nos amenazó con la posibilidad de
acabar en Carolina del Sur, comiendo la sopa boba en un albergue. Había pasado ese estadio.
-Por favor -murmuró con voz ronca, sollozante-. No me encierre con él, Paul.
Entonces entendí por qué se había asustado tanto, por qué había luchado con tanto empeño.
Creía que íbamos a meterlo en la celda del Salvaje Bill, que su castigo por la esponja seca sería un
seco encuentro con nuestro preso psicópata. Pero ese descubrimiento, en lugar de inducirme a
compadecer a Percy, me provocó asco y reforzó mi resolución. Después de todo, nos juzgaba por
la forma en que él se habría comportado si hubiera estado en nuestro lugar.
-Note encerraremos con Wharton -dije-, sino en la celda de seguridad. Pasarás tres o cuatro
horas allí, en la más absoluta oscuridad, pensando en lo que le hiciste a Del. Quizá Bruto tenga
razón y ya sea demasiado tarde para que aprendas una lección sobre cómo debes comportarte, pero
yo soy optimista. Ahora muévete.
Esta vez lo hizo, aunque murmurando entre dientes que nos arrepentiríamos de aquello, que
lo sentiríamos mucho. Sin embargo, parecía aliviado y bastante tranquilo.
Cuando lo sacamos al pasillo, Dean nos miró con semejante expresión de sorpresa e
inocencia que si no hubiese sido porque aquél era un asunto serio, me habría echado a reír. He
visto mejores actuaciones en las funciones de aficionados que se representaban en las granjas.
-¿No creéis que la broma ha llegado demasiado lejos? -preguntó Dean.
-Si sabes lo que te conviene, cierra el pico -gruñó Bruto.
Los dos repetían el guión que habíamos escrito durante la comida, y así me sonó a mí, como
un guión escrito, pero si Percy estaba lo bastante asustado y confuso, aquellas palabras podrían
salvar el puesto de Dean. Yo no lo creía, pero todo era posible. Si alguna vez había tenido alguna
duda, ésta se había disipado al ver lo que John Coffey había hecho con el ratón de Delacroix.
Empujamos a Percy por el pasillo de la muerte, mientras suplicaba que aflojáramos el paso
porque de lo contrario caería de bruces al suelo.
Wharton yacía en el camastro, pero pasamos demasiado rápido para que pudiera comprobar
si dormía. John Coffey estaba ante la puerta de la celda.
-Eres un hombre malo y mereces estar en ese sitio oscuro. -dijo, aunque no creo que Percy lo
oyera.
Por fin entramos en la celda de seguridad. Percy tenía las mejillas rojas, los ojos húmedos y
desorbitados, y sus cuidados rizos le caían sobre la frente. Percy le sacó la pistola con una mano y
la porra de madera con la otra.
- -Note preocupes, te las devolveré -dijo. Parecía avergonzado.
-Ojalá pudiera decir lo mismo de vuestros puestos -respondió Percy-. De todos vuestros
puestos. ¡No podéis hacerme esto! ¡No podéis!
Era obvio que pensaba seguir por un rato en esa línea, pero no teníamos tiempo para
sermones.
Yo llevaba un rollo de esparadrapo en el bolsillo, y Percy retrocedió en cuanto lo vio. Bruto
lo cogió por detrás y lo inmovilizó mientras yo le cubría la boca con él, enrollándolo alrededor de
la cabeza para mayor seguridad. Cuando le quitáramos el esparadrapo, perdería unos cuantos pelos
y tendría los labios agrietados, pero ya no me importaba. Estaba hasta las narices de Percy
Wetmore.
Retrocedimos. Percy permaneció en el centro de la celda, bajo la luz, embutido en la camisa
de fuerza, respirando con los orificios nasales distendidos y emitiendo sonidos ahogados a través
del esparadrapo. Tenía tanta pinta de loco como cualquiera de los prisioneros que habían pasado
por aquella celda.
-Cuanto mejor te portes, antes saldrás de aquí -dije-. Intenta recordarlo, Percy.
-Y si te sientes solo, piensa en Olivia -le aconsejó Harry-. ¡Puf, puf, puf!
Entonces salimos. Cerré la puerta y Bruto echó los cerrojos. Dean estaba en el pasillo, junto
a la celda de Coffey. Ya había metido la llave maestra en el cerrojo superior. Todos nos miramos,
pero nadie dijo nada. No había necesidad de hablar. Habíamos puesto el plan en marcha y todo lo
que podíamos esperar era que funcionara sin que surgiesen contratiempos.
-¿Todavía tienes ganas de dar un paseo, John? preguntó Bruto.
-Sí, señor -respondió Coffey.
-Bien -dijo Dean. Abrió el primer cerrojo, sacó la llave y comenzó a abrir el segundo.
-¿Tendremos que encadenarte, John? -pregunté.
Coffey reflexionó por un instante.
-Pueden hacerlo, si quieren -respondió por fin-. Pero no es necesario.
Hice una señal a Bruto, que abrió la puerta de la celda, y luego me volví hacia Harry, que
apuntaba tímidamente a Coffey con la 45 de Percy.
-Dale eso a Dean -ordené.
Harry parpadeó, como quien despierta de un sopor momentáneo, vio la pistola y la porra de
Percy en sus manos y se las entregó a Dean. Entretanto, Coffey salió al pasillo, rozando con la
calva una de las lámparas que colgaban del techo. Allí de pie, con las manos al frente y los
hombros caídos a los lados del barril de su pecho, volvió a recordarme a un enorme oso cautivo,
como la primera vez que lo había visto.
-Deja los juguetes de Percy en la mesa de entrada hasta que volvamos -dije.
-Si es que volvemos -añadió Harry.
-Lo haré -respondió Dean pasando por alto el comentario de Harry.
-Y si viene alguien, aunque lo más probable es que no ocurra, ¿qué dirás?
-Que alrededor de medianoche Coffey se puso histérico -dijo Dean con el tono de un colegial
dando un examen importante-. Que tuvimos que ponerle la camisa de fuerza y encerrarlo en la
celda de seguridad. Si oyen algún ruido, pensarán que es él -añadió alzando la barbilla hacia
Coffey.
-¿Y qué hay de nosotros? -preguntó Bruto.
-Paul ha ido a la administración a coger el expediente de Del y a repasar los nombres de los
testigos -respondió Dean-. En este caso es muy importante, puesto que la ejecución fue un
desastre. Dijo que quizá tuviera que quedarse allí hasta el final del turno. Tú, Harry y Percy estáis
en la lavandería, lavando la ropa.
Bueno, eso es lo que solíamos decir entonces. Lo cierto es que en la lavandería se
organizaban partidas de dados, de veintiuna o de póquer. Los guardias que participaban decían que
habían ido a lavar la ropa. En aquellas reuniones solía haber alcohol y de vez en cuando se
compartía un porro. Supongo que esas cosas suceden desde que se inventaron las prisiones.
Cuando uno se pasa la vida cuidando a tipos roñosos no puede evitar que la mugre lo salpique un
poco. En cualquier caso, era poco probable que alguien comprobara nuestra coartada. El tema del
«lavado de ropa» se trataba con mucha discreción en Cold Mountain.
-Perfecto -dije al tiempo que daba un empujoncito a Coffey-. Y si algo sale mal, Dean,
recuerda que tú no sabes nada.
-Es fácil decirlo, pero...
En ese momento, un brazo esquelético se asomó entre los barrotes de la celda de Wharton y
cogió los bíceps de Coffey. Todos nos sobresaltamos. Wharton debería haber estado inconsciente,
quizá al borde del coma, pero allí estaba, de pie, agitando las piernas como un boxeador y
sonriendo de oreja a oreja.
La reacción de Coffey fue asombrosa. No se apartó, sino que también se sobresaltó,
sorbiendo el aire como alguien que acaba de tocar algo frío y desagradable. Abrió mucho los ojos
y por un momento fue como si él y su estupidez no se conocieran, como si no se levantaran juntos
todas las mañanas y se fueran a dormir juntos cada noche. Había tenido esa misma expresión vital,
atenta, cuando me había invitado a su celda para tocarme, para «ayudarme», según sus propias
palabras. Había vuelto a tener ese aspecto cuando había tendido los brazos, pidiéndonos que le
entregáramos el ratón. Ahora, por tercera vez, su rostro se iluminaba como si alguien hubiera
encendido una bombilla en su cabeza. Pero en esta ocasión era diferente. Su expresión era más fría
y por primera vez me pregunté qué pasaría si John Coffey enloquecía. Teníamos pistolas y
podíamos dispararle, pero derribarlo no sería tarea fácil.
Advertí que Bruto pensaba lo mismo, pero Wharton siguió sonriendo con los labios flácidos,
entumecidos.
-¿Adónde creéis que vais? -preguntó, aunque sus palabras sonaron como algo semejante a
«¿aone eéis e ais?»
Coffey permaneció inmóvil. Miró la cara de Wharton, luego su mano y otra vez la cara. Me
sentía incapaz de descifrar aquella expresión. Veía indicios de inteligencia en ella, pero no
conseguía descifrarla. Ignoro si la posibilidad de hacerlo habría cambiado las cosas; supongo que
no. Lo cierto es que Wharton no me preocupaba, pues estaba seguro de que no recordaría nada de
aquello.
Era como un borracho caminando en la oscuridad. -Eres un hombre malo -murmuró Coffey,
y no pude definir lo que reflejaba su voz: tal vez dolor, furia o miedo. O quizá las tres cosas a la
vez.
Coffey miró la mano otra vez, como quien mira un insecto que puede producirle una
dolorosa picadura.
-Tienes razón, negro -dijo Wharton con una sonrisa turbia y maliciosa-. Más malo de lo que
crees.
De repente, estuve seguro de que iba a ocurrir algo terrible, algo que podía cambiar el curso
de nuestros planes para aquella madrugada tan súbitamente como un terremoto puede cambiar el
curso de un río. Algo iba a suceder y no podíamos hacer nada para evitarlo.
Entonces Bruto cogió la mano de Wharton, la apartó del brazo de Coffey, y aquella
sensación se desvaneció. Fue como si desactivara un circuito potencialmente peligroso. Ya he
dicho que durante mi estancia en el bloque E, el gobernador nunca llamó por teléfono. Es verdad,
pero creo que si lo hubiera hecho, yo habría sentido el mismo alivio que me inundó cuando Bruto
apartó la mano de Wharton del gigante que estaba a mi lado. Los ojos de Coffey recuperaron su
opacidad; como si alguien hubiera apagado la bombilla en su cabeza.
-Tiéndete, Billy -dijo Bruto-. Descansa un poco. -Era mi forma de hablarle a los presos, pero
en aquellas circunstancias no me importó que Bruto me imitara.
-Quizá lo haga -asintió Wharton. Dio un paso atrás, se tambaleó, pero recuperó el equilibrio
y no llegó a caer-. Ehhh, la celda da vueltas, como si estuviera borracho. -Se dirigió de espaldas al
camastro, con los ojos vidriosos fijos en Coffey-. Los negros deberían tener su propia silla
eléctrica -opinó. Entonces la parte posterior de sus rodillas chocaron contra el catre y se dejó caer.
Antes de que su cabeza tocara la delgada almohada de la prisión, comenzó a roncar, con la lengua
fuera y unas sombras azules alrededor de los ojos.
-¡Demonios! ¿Cómo pudo levantarse con toda la morfina que lleva dentro? -murmuró Dean.
-No importa. Ya está inconsciente -dije-. Si ves que empieza a despertar, dale otra pastilla
disuelta en un vaso de agua. Pero no más de una. No pretendemos matarlo.
-Habla por ti -gruñó Bruto mirando a Wharton con desprecio-. De todos modos, es imposible
matar a un mono como él con droga. En realidad, les ayuda a crecer.
-Es un mal hombre -dijo Coffey, aunque esta vez lo susurró, como si no estuviera seguro de
lo que decía o del significado de sus palabras.
-Es cierto -dijo Bruto-. Muy malo. Pero eso ya no es un problema, porque no vamos a seguir
bailando con él.
Comenzamos a andar otra vez, los cuatro guardias rodeando a Coffey como los adoradores
de un ídolo que ha vuelto a la vida.
-Dime, John, ¿sabes adónde te llevamos?
-A ayudar -dijo-. Creo que... ¿a ayudar a una
mujer? -Miró a Bruto con una mezcla de ansiedad y esperanza.
-Es cierto -respondió Bruto-, pero ¿cómo lo sabes? ¿Cómo demonios lo sabes?
John Coffey reflexionó un instante y luego sacudió la cabeza.
-No lo sé -dijo a Bruto-. Si quiere que le sea franco, jefe, nunca he sabido mucho de nada.
Tuvimos que contentarnos con eso.
6
Yo sabía que la pequeña puerta que comunicaba el despacho con el almacén no había sido
construida para tipos como Coffey, pero no se me ocurrió pensar en la diferencia de tamaños hasta
que vi a John de pie delante de ella, mirándola con aire pensativo.
Harry rió, pero John no pareció encontrarle gracia a la situación: un hombre enorme ante una
puerta pequeña. Claro que aunque hubiera sido un poco más listo, tampoco se la habría
encontrado. Había sido un gigantón la mayor parte de su vida y la puerta era apenas más pequeña
que las demás.
Se sentó, franqueó la puerta prácticamente a gatas, volvió a incorporarse y bajó por la
escalera a cuyos pies lo esperaba Bruto. Allí se detuvo y echó un vistazo a la plataforma donde
estaba situada la Freidora, silenciosa y misteriosa como el trono de un rey muerto. El casquete,
colgado despreocupadamente de uno de los barrotes del respaldo, no parecía una corona sino el
gorro de un bufón, como el que agitaría para divertir a su público de noble cuna. La sombra de la
silla, larga y delgada como una araña, trepaba amenazadora por la pared. Y sí, percibí otra vez en
el aire olor a carne quemada. Sólo un ligero olor, pero no era producto de mi imaginación.
Harry pasó por la puerta y yo lo seguí. No me gustó la expresión atónita con que John miraba
la Freidora, como si estuviera paralizado, y lo que vi en sus brazos al acercarme me gustó aún
menos: tenía la piel de gallina.
-Vamos, grandullón -dije. Lo cogí de la muñeca y tiré de él en dirección a la puerta del túnel.
Al principio se resistió y fue como si intentara levantar una roca enorme valiéndome sólo de las
manos.
-Vamos, John, tenemos que irnos, o la carroza volverá a convertirse en una calabaza -dijo
Harry con otra risita nerviosa. Cogió el otro brazo de John y tiró, pero el negro no se movió.
Entonces Coffey susurró algo con expresión ausente. No se dirigía a mí; en realidad, no se
dirigía a nadie en particular, pero nunca he podido olvidar sus palabras.
-Todavía están allí. Los restos están allí. Los oigo gritar.
Harry dejó de reír y la sonrisa se le congeló en la boca, como una persiana torcida en una
casa deshabitada. Bruto me miró con espanto y se apartó de Coffey. Por segunda vez en menos de
cinco minutos, temí que nuestro plan se fuera al traste. Esta vez fui yo quien intervino; un poco
más tarde, cuando se presentó la tercera amenaza de desastre, lo hizo Harry. Creedme, aquella
noche todos tuvimos nuestra oportunidad.
Me coloqué entre John y la silla y me puse de puntillas para asegurarme de taparle la vista
por completo. Luego chasqueé por dos veces los dedos delante de sus ojos.
-¡Vamos! -ordené-. ¡Camina! Dijiste que no necesitabas cadenas, así que demuéstralo.
¡Camina, grandullón! ¡Vamos, John Coffey! Hacia allí, hacia la puerta.
Su mirada se aclaró.
-Sí, jefe-dijo, y gracias a Dios comenzó a andar.
-Mira la puerta, John Coffey, sólo la puerta.
-Sí, jefe. -Coffey fijó obedientemente la vista en la puerta.
-Bruto -dije, e hice una seña.
Bruto nos adelantó rápidamente y agitó el llavero hasta encontrar la llave apropiada. John
miraba fijamente la puerta del túnel y yo a él, pero con el rabillo del ojo advertí que Harry miraba
la silla como si fuese la primera vez.
«Los restos siguen allí... Los oigo gritar.»
Si eso era verdad, Eduard Delacroix debía de .gritar más fuerte que cualquier otro, y me
alegré de no poder oír lo mismo que John Coffey.
Bruto abrió la puerta. Bajamos por las escaleras con Coffey al frente. Al llegar abajo, el
negro miró el túnel y su abovedado techo de ladrillos con expresión sombría. Era evidente que
antes de llegar al otro extremo le iba a dar tortícolis, a menos que...
Empujé la camilla. Habían retirado la sábana con que habíamos cubierto a Del
(probablemente para incinerarla), de modo que la colchoneta de cuero negro estaba desnuda.
-Sube -dije a John. Me miró dubitativo y lo animé con un gesto-. Así será más sencillo para
todos.
-De acuerdo, jefe Edgecombe.
Se sentó y luego se acostó, mirándonos con preocupación. Sus pies, calzados con las
zapatillas baratas de la prisión, casi rozaban el suelo. Bruto se colocó ante ellos y empujó a Coffey
por el húmedo pasillo, del mismo modo que había empujado a tantos otros. La única diferencia era
que esta vez el hombre tendido en la camilla respiraba. A mitad de trayecto (debíamos de estar
debajo de la autopista, y a cualquier otra hora habríamos oído los sonidos amortiguados de los
coches), John comenzó a sonreír.
-Eh -dijo-. Esto es divertido.
Se me ocurrió que quizá no pensara lo mismo la próxima vez que hiciera aquel recorrido. De
hecho, la próxima vez no pensaría en nada en absoluto. ¿O sí? «Los restos siguen allí», había
dicho. Podía oír sus gritos.
Sentí un escalofrío que me hizo temblar, pero los demás no lo advirtieron porque iba el
último.
-Espero que te hayas acordado de traer a Aladino dijo Bruto cuando llegamos al final del
túnel.
-No te preocupes -respondí.
Aladino no era diferente de las demás llaves que llevaba conmigo, y tenía un llavero que
debía de pesar dos kilos, pero era la llave maestra por excelencia, la que abría todas las puertas. En
aquellos tiempos había un Aladino para cada uno de los cinco bloques de la prisión y siempre
estaba en manos del encargado de bloque. Los demás guardias podían tomar la llave prestada, pero
sólo el gran jefe estaba autorizado a cogerla sin firmar un papel.
Al final del túnel había una puerta con barrotes de acero. Me recordaba las fotografías que
había visto de antiguos castillos; ya sabéis, castillos de los tiempos de los guerreros audaces,
cuando la caballería estaba en pleno apogeo. Aunque Cold Mountain no era Camelot. Al otro lado
de la puerta había un cartel que rezaba: PROHIBIDO EL PASO. PROPIEDAD DEL ESTADO.
VERJA ELECTRIFICADA.
Abrí la puerta y Harry la cerró. Subimos por las escaleras; Coffey iba nuevamente delante,
con los hombros encorvados y la cabeza gacha. Al llegar arriba, Harry lo adelantó (no sin
dificultad, aunque era el más pequeño de todos) y abrió el tabique de acero. Era pesado. Harry
podía moverlo, pero no levantarlo.
-Déjeme, jefe -dijo John. Volvió a ponerse al frente, aplastando a Harry contra la pared, y
levantó el tabique con una sola mano. Cualquiera hubiera dicho que no era de acero sino de cartón
pintado.
Una racha de aire fresco, empujada por el viento de las montañas que soplaría la mayor parte
del tiempo hasta marzo o abril, nos dio en la cara. El viento arrastró una nube de hojas secas y
John Coffey cogió una con la mano libre. Nunca olvidaré la forma en que la miró ni cómo se la
acercó a la nariz ancha y armoniosa para olerla.
-Vamos -dijo Bruto-. Adelante.
Una vez al otro lado, John bajó el tabique y Bruto-lo cerró. Aladino no era necesaria para
esta puerta, aunque sí para la verja electrificada que- la protegía.
-Mantén las manos pegadas al cuerpo al pasar, grandullón -murmuró Harry-. No toques los
cables o te quemarás.
Por fin salimos a la cuneta de la carretera (supongo que debíamos de parecer tres colinas
alrededor de una montaña), y contemplamos los muros, las luces y las torres de vigilancia de la
penitenciaría de Cold Mountain. Por un instante divisé la silueta de un guardia dentro de una de las
torres, soplándose las manos para darse calor. Las ventanas de la torre que daban a la carretera eran
pequeñas y no habría que prestarles mayor atención. Sin embargo, debíamos guardar absoluto
silencio. Y si en ese momento aparecía un coche, tendríamos problemas.
-Sigamos -murmuré-. Tú ve delante, Harry.
Caminamos por la carretera en fila india. Harry primero, luego John Coffey, Bruto, y yo el
último. Ascendimos por la primera cuesta y bajamos al otro lado, desde donde lo único que se veía
de la prisión eran las luces por encima de los árboles. Harry siguió adelante.
-¿Dónde has aparcado? -murmuró Bruto, exhalando una nube de vapor por la boca-. ¿En
Baltimore?
-Está aquí mismo -respondió Harry con tono nervioso e irritable-. No seas impaciente,
Brutus.
Pero, por lo que vi, Coffey habría estado encantado de seguir caminando hasta que saliera el
sol, quizá incluso hasta que volviera a ponerse. Miraba a todas partes y sólo se sobresaltó (no de
miedo sino de alegría, estoy seguro) cuando oyó el ulular de un búho. Tuve la impresión de que
aunque dentro de la prisión temía la oscuridad, fuera no lo asustaba en absoluto. Acariciaba la
noche, la palpaba con todos sus sentidos como un hombre restriega su cara contra las hondonadas
y protuberancias del pecho de una mujer.
-Hay que girar aquí -murmuró Harry.
Un pequeño camino -estrecho, sin pavimentar y cubierto de malezas- salía hacia la derecha.
Torcimos por él y caminamos otros trescientos metros. Bruto comenzaba a protestar otra vez
cuando Harry se detuvo, giró a la izquierda y comenzó a retirar ramas de pino. John y Bruto lo
ayudaron, y antes de que pudiera unirme a ellos dejaron al descubierto el morro abollado de una
vieja furgoneta Farmall, con los faros encendidos mirándonos como un par de ojos saltones.
-He tomado el máximo de precauciones, ¿sabes? -dijo Harry a Bruto en voz baja y
regañona-. Es probable que todo esto te resulte divertido, Brutus, pero yo vengo de una familia
muy religiosa; tengo primos tan santones que a su lado los cristianos parecen leones, y si me pillan
haciendo algo así...
-De acuerdo -dijo Bruto-. Es que estoy nervioso.
-Yo también -replicó Harry con aspereza-. Y ahora vamos a ver si esta maldita furgoneta se
digna arrancar...
Rodeó el vehículo, todavía murmurando, y Bruto me hizo un guiño. En cuanto a Coffey, era
como si hubiera dejado de existir. Tenía la cabeza echada hacia atrás y contemplaba extasiado las
estrellas que cubrían el cielo.
-Si quieres, iré atrás con él -ofreció Bruto.
Detrás de nosotros, el motor de arranque del Farmall gimió como un perro viejo que intenta
levantarse una mañana de invierno, y enseguida cobró vida con un rugido. Harry hizo girar la llave
y esperó a que el ruido se convirtiera en un murmullo continuo.
-No es preciso que lo acompañemos los dos. Tú ve delante -dije-. Podrás viajar con él en el
camino de regreso. Eso si no volvemos todos en un furgón para presidiarios.
-No digas eso -replicó Bruto, auténticamente nervioso, como si hasta entonces no hubiera
advertido el riesgo que corríamos-. ¡Por el amor de Dios, Paul!
-Vamos -dije-. Sube al coche.
Bruto obedeció. Yo tomé a Coffey del brazo y tiré de él hasta hacerlo volver a la realidad;
luego lo conduje hacia la parte trasera de la furgoneta. Harry había cubierto los lados con una
lona, lo que ayudaría si nos cruzábamos con algún coche, pero no había podido hacer nada para
cubrir la abertura posterior.
-Arriba, grandullón -dije.
-¿Vamos a dar un paseo? -preguntó.
-Exactamente.
-Estupendo -dijo y sonrió.
Fue una sonrisa dulce y encantadora, quizá precisamente por su falta de inteligencia. Coffey
trepó a la furgoneta y yo lo seguí. Me acerqué a la cabina y di un golpe en el techo. Harry puso la
primera y la furgoneta salió de su escondite con un ruidoso traqueteo. John Coffey permaneció de
pie, con las piernas abiertas, mirando nuevamente las estrellas con una amplia sonrisa, sin prestar
atención a las ramas que lo rozaban mientras Harry conducía el vehículo hacia la carretera.
-¡Mire, jefe! -exclamó con voz grave, cargada de asombro-. Es la mujer de la mecedora.
Tenía razón; era Casiopea. Podía verla en la hilera de estrellas, entre las ramas de los árboles.
Pero cuando John dijo aquello no pensé en Casiopea, sino en Melinda Moores.
-La veo, John -dije, y tiré de su brazo-. Pero ahora tienes que sentarte, ¿de acuerdo?
Se sentó de espaldas a la cabina, sin desviar la vista del cielo estrellado. Su cara tenía una
expresión de dicha tan sublime como estúpida. Con cada vuelta de las gastadas ruedas de la
Farmall, el pasillo de la muerte se alejaba un poco más. El flujo de las lágrimas de Coffey, en
apariencia incesante, se había interrumpido, al menos por el momento.
7
Había casi cuarenta kilómetros hasta la casa de Hal Moores, en Chimney Ridge, y en la lenta
y desvencijada furgoneta de Harry Terwilliger, el viaje duró más de una hora. Fue un viaje extraño,
y aunque tengo la impresión de que aún recuerdo cada instante de él -cada giro, cada bache, cada
momento de miedo (las dos ocasiones en que nos cruzamos con camiones)- soy incapaz de
describir lo que sentí allí sentado al lado de John Coffey, ambos envueltos, como un par de indios,
en las viejas mantas que Harry había tenido el detalle de llevar.
Creo que ante todo me sentía perdido; era esa dolorosa y terrible sensación que experimenta
un niño cuando descubre que se ha equivocado de rumbo, cuando el paisaje le resulta extraño y no
consigue encontrar el camino a casa. Era de noche y estaba con un prisionero; no cualquier
prisionero, sino uno que había sido condenado a muerte por el asesinato de dos niñas. Si nos
cogían, mi convicción de que era inocente no serviría de nada. Nos enviarían a la cárcel a los tres;
quizá incluso a Dean Stanton. Si no ocurría, habría arrojado por la borda toda una vida de trabajo
sólo por una horrible ejecución y porque creía que el gigantón desmañado que viajaba a mi lado
podría curar el inoperable tumor cerebral de una mujer. Sin embargo, al mirar a John contemplar
las estrellas me di cuenta con desolación de que ya no estaba seguro de ello y de que tal vez nunca
lo había estado. Mi infección urinaria parecía lejana y poco importante, como suele ocurrir con los
acontecimientos dolorosos del pasado (mi abuela decía que si las mujeres pudieran recordar el
dolor del parto de su primer hijo, nunca tendrían el segundo). En cuanto a Cascabel, era posible,
incluso probable, que nos hubiéramos equivocado sobre la gravedad de su estado. O quizá que
John (quien obviamente tenía poderes hipnóticos, eso yo no lo dudaba) nos hubiera hecho ver algo
distinto de la realidad.
También estaba el problema de Hal Moores. El día en que lo sorprendí en su despacho, me
encontré con un hombre débil y lloroso, pero no creía que ésa fuese su auténtica personalidad.
Pensé que el verdadero Hal Moores era aquel que en una ocasión había roto la muñeca de un preso
que había intentado apuñalarlo; el hombre que me había dicho con frío cinismo que los sesos de
Delacroix se freirían independientemente de quien dirigiera la ejecución. ¿Acaso creía que nos
dejaría entrar sin más en su casa?, ¿que permitiría que un asesino de niños condenado a muerte
tocara a su esposa? A medida que avanzábamos, mis dudas empeoraban como una enfermedad. No
entendía por qué había hecho lo que había hecho ni por qué había convencido a los demás de que
me acompañaran en aquel insensato viaje nocturno, y ya no creía que tuviéramos la menor
posibilidad de salir impunes... ni una sola oportunidad en la faz de la tierra, como solían decir los
viejos en esos tiempos.
Sin embargo, no hice nada para detener la operación, aunque podría haberlo hecho. Las
cosas no se volverían irreparables hasta que llegáramos a casa de Hal Moores. Algo -quizá las
vibraciones de júbilo del gigantón sentado junto a mí- me impidió dar un golpe en el techo de la
furgoneta y ordenar a Harry que girase y pusiera rumbo a la penitenciaría cuando todavía
estábamos a tiempo.
Ése era mi estado de ánimo cuando pasamos de la autopista a la comarcal 5, y de la comarcal
5 a la carretera de Chimney Ridge. Unos quince minutos después, un tejado nos ocultó la vista de
las estrellas, y supe que habíamos llegado.
Harry pasó de la segunda a la primera marcha (creo que sólo puso la cuarta una vez en todo
el trayecto). El motor protestó, haciendo temblar la furgoneta, como si también ella temiera lo que
nos esperaba.
Harry subió por el sendero de grava de la casa de los Moores y aparcó la ruidosa furgoneta
detrás del elegante Buick negro del alcaide. Frente a nosotros, ligeramente a la derecha, había una
preciosa casa estilo Cape Cod. Cualquiera hubiera dicho que esa clase de construcción estaba fuera
de lugar en un terreno montañoso como el nuestro, pero no era así. Había salido la luna (su sonrisa
parecía un poco más gruesa aquella madrugada) y a su luz advertí que el jardín, siempre
impecable, ahora estaba descuidado. Nadie había retirado las hojas secas. En circunstancias
normales, ése era trabajo de Melly, pero aquel otoño Melly no estaba en condiciones de rastrillar
las hojas, y lo cierto es que nunca vería otro otoño. Ésa era la realidad, y yo había estado loco al
pensar que aquel idiota de mirada ausente podía cambiar las cosas.
Quizá aún no fuera tarde para salvarnos. Me incorporé y la manta cayó de mis hombros. Me
inclinaría, daría un golpe en la ventanilla del conductor y diría a Harry que debíamos marcharnos
de allí antes de que...
John Coffey me cogió del antebrazo con una de sus enormes manazas y me hizo sentar con
la misma facilidad con que yo lo habría hecho con un niño de dos años.
-Mire, jefe -dijo, señalando-. Hay alguien levantado.
Seguí la dirección de su dedo y sentí un vuelco... aunque no en el corazón, sino en el
estómago. Había una luz en una de las ventanas traseras. Seguramente correspondería a la
habitación donde Melinda pasaba la mayor parte del día y de la noche. Ya no podía subir escaleras,
como tampoco podía retirar las hojas secas caídas durante la última tormenta.
Habían oído la furgoneta, por supuesto, la maldita furgoneta de Harry Terwilliger, cuyo
motor rugía a través de un tubo de escape desprovisto de algo tan elemental como un silenciador.
Aunque, por otra parte, era probable que los Moores no durmieran muy bien últimamente.
Se encendió una luz más cercana en la parte delantera de la casa (la de la cocina), luego la
del salón y por fin la del vest'bulo. Observé la marcha de aquellas luces como un hombre reclinado
contra un muro de cemento, fumando su último cigarrillo, habría observado el avance de un
pelotón de fusilamiento. Sin embargo, no admití que ya era demasiado tarde hasta que el motor de
la Farmall exhaló su último suspiro, se abrieron las puertas y la grava crujió bajo las pisadas de
Bruto y Harry.
John se había puesto de pie y tiraba de mí. En la penumbra, su cara parecía llena de vida y
entusiasmo. «¿Por qué no? -me pregunté- ¿Por qué no iba a estar entusiasmado? Después de todo
es un idiota.»
Bruto y Harry estaban de pie hombro con hombro al lado de la furgoneta, como un par de
niños en medio de una tormenta eléctrica, y advertí que parecían tan asustados, confusos y
nerviosos como yo. Eso hizo que me sintiera peor.
John bajó. Él no necesitaba saltar para hacerlo, le bastaba con dar un paso. Lo seguí, con las
piernas entumecidas y el corazón oprimido por una sensación de angustia. Habría caído de bruces
al suelo si Coffey no me hubiese cogido del brazo.
-Esto es un error -murmuró Bruto-. ¡Dios mío, Paul! ¿Cómo pudo ocurrírsenos algo así?
-Ya es demasiado tarde -dije. Empujé una delas caderas de Coffey y el negro se movió
obedientemente, hasta ponerse al lado de Harry. Entonces cogí a Bruto del codo, como si fuese mi
pareja de baile, y lo conduje hacia las luces de la casa-. Déjame hablar a mí, ¿entendido? -Volví la
cabeza-.Harry, quédate con él junto a la furgoneta hasta que os llame. No quiero que Moores lo
vea hasta que yo esté preparado.
Aunque dije eso, sabía que nunca iba a estar preparado.
Cuando Bruto y yo llegamos al pie de la escalera de entrada, la puerta se abrió con suficiente
fuerza para golpear el llamador de cobre contra la placa, y apareció Hal Moores, vestido con un
pantalón de pijama azul y una camiseta de tirantes. Su pelo gris estaba enmarañado, con algunos
mechones de punta. Era un hombre que se había ganado muchos enemigos durante su carrera, y lo
sabía. En la mano derecha tenía la escopeta que solía estar colgada encima de la chimenea con el
caño inusualmente largo apuntando al suelo. Era la clase de arma conocida como Ned Buntline
Special, había pertenecido a su abuelo y ahora (según comprobé con un nuevo vuelco del
estómago) estaba amartillada.
-¿Quién demonios viene a las dos y media de la madrugada? -preguntó y no noté el menor
indicio de miedo en su voz. Al menos por el momento, sus temblores habían desaparecido. La
mano que sostenía el arma estaba firme como una roca-. Respondan o... -Levantó la escopeta.
-¡Deténgase, alcaide! -Bruto alzó las manos con las palmas abiertas hacia Moores. Nunca le
había oído una voz semejante. Fue como si los temblores de las manos del alcaide hubieran ido a
parar a la garganta de Howell-. Somos nosotros... Paul y yo. ¡Somos nosotros!
Subió el primer peldaño para que la luz del portal le iluminara la cara y yo lo seguí. Hal
Moores miró primero a uno y luego a otro, y su expresión de furiosa determinación se trocó en
asombro.
-¿Qué hacéis aquí? No sólo es noche cerrada, sino que ambos estáis de guardia. Lo sé porque
tengo la lista de turnos colgada en mi estudio. Así que ¿qué diablos...? No habrá un motín,
¿verdad? -Miró más allá de nosotros y aguzó la vista-. ¿Quién está en esa furgoneta?
«Déjame hablar a mí», le había dicho a Bruto, pero ahora que había llegado el momento de
hablar, era incapaz de abrir la boca. Aquella tarde, de camino al trabajo, había ensayado
cuidadosamente lo que iba a decir cuando llegara aquel momento y me había parecido que no
sonaba demasiado descabellado. No era normal (nada de lo que sucedía era normal), pero sí lo
bastante lógico para darnos la oportunidad de entrar y explicarnos. Para darle a John la
oportunidad de actuar. Sin embargo, las palabras ensayadas se habían perdido en un mar de
confusión. Ideas e imágenes -Del quemándose, el ratón moribundo, Tuu agitándose en la Freidora
y gritando que era un pavo asadodaban vueltas en mi cabeza como arena en un remolino.
Creo que existe el bien en el mundo, y que de un modo u otro llega a nosotros procedente de
un Dios bondadoso. Pero también creo que existe otra fuerza, tan real como el Dios a quien he
rezado toda mi vida, y que esa fuerza se empeña en desbaratar nuestros impulsos positivos. No me
refiero a Satanás (aunque también creo en su existencia), sino a una especie de demonio de la
discordia, una criatura traviesa y estúpida que ríe alegremente cuando un viejo se prende fuego
intentando encender su pipa o cuando un niño amado se lleva a la boca un juguete que le han
regalado por su primera Navidad y se ahoga con él. He tenido muchos años para pensar en esto,
desde Cold Mountain a Georgia Pines, y creo que aquella madrugada esa fuerza estaba presente,
envolviéndonos como una nube de niebla, intentando separar a John Coffey de Melinda Moores.
-Alcaide... Hal... Yo... -nada de lo que decía tenía sentido.
Volvió a levantar el arma, apuntando entre Bruto y yo, sin escucharme. Sus ojos inyectados
en sangre estaban muy abiertos. Y entonces apareció Harry Terwilliger, prácticamente empujado
por el gigantón, que lucía su amplia y encantadora sonrisa.
-Coffey -dijo Moores con un suspiro-. John Coffey. -Respiró hondo y gritó con voz chillona,
pero firme-: ¡Alto! ¡Alto o disparo!
De repente, se oyó una débil voz femenina detrás de él.
-¿Hal? ¿Qué haces ahí fuera? ¿Con quién demonios hablas, maldito soplapollas?
Hal se volvió por un instante, con expresión de aturdimiento y desesperación. Como he
dicho, fue sólo un instante, pero me habría bastado para arrebatarle el arma, si hubiera podido
mover las manos. Era como si alguien hubiera atado un par de pesos a ellas. Mi cabeza parecía
llena de interferencias, como una radio que intenta transmitir en medio de una tormenta eléctrica.
Las únicas emociones que recuerdo haber sentido fueron miedo y una especie de vergüenza ajena
por Hal.
Harry y Coffey llegaron al pie de la escalera. Moores dejó de mirar a su esposa y volvió a
levantar la escopeta. Más tarde nos confesaría que estaba resuelto a disparar sobre Coffey.
Sospechaba que todos éramos rehenes y que el cerebro que había organizado aquella operación
estaba en la. furgoneta, acechando entre las sombras. No entendía por qué nos habían llevado a su
casa, pero suponía que se trataba de una venganza.
Antes de que pudiera disparar, Harry Terwilliger se interpuso entre él y Coffey, protegiendo
la mayor parte de su cuerpo. Coffey no lo obligó a hacerlo; Harry lo hizo por propia voluntad.
-¡No, alcaide Moores! -exclamó-. ¡Todo va bien! No hay nadie armado y nadie resultará
herido. Hemos venido a ayudar.
-¿Ayudar? -Moores frunció las cejas gruesas y despeinadas. Sus ojos sacaban chispas y yo
no podía desviar la vista del cañón de la escopeta-. ¿Ayudar a qué? ¿Ayudar a quién?
A modo de respuesta, la voz temblorosa de la mujer volvió a levantar el tono. Sonaba hostil,
furiosa y completamente ida:
-¡Ven aquí y métemela en el coño, hijo de puta! Trae a los cabrones de tus amigos. ¡Deja que
todos tengan su oportunidad!
Miré a Bruto con el alma en vilo. Sabía que Melinda maldecía, que por alguna misteriosa
razón el tumor la hacía maldecir, pero aquello era demasiado.
-¿Qué hacéis aquí? -volvió a preguntar Moores, aunque los gritos de su mujer habían hecho
desaparecer gran parte de la determinación de su voz-. No lo entiendo. Es una fuga o...
John apartó a Harry, sencillamente lo levantó y lo movió, y subió al portal. Se colocó entre
Bruto y yo, y con su corpulencia estuvo a punto de arrojarnos hacia los lados, sobre los arbustos de
Melly. Moores alzó la vista para seguirlo, como alguien que intenta ver la copa de un árbol alto. Y
de repente el mundo volvió a su sitio. Aquel espíritu de la discordia, que había confundido mis
ideas como unos dedos poderosos mezclando granos de arena o arroz, había desaparecido.
También comprendí por qué Harry había sido capaz de actuar cuando Bruto y yo nos habíamos
quedado paralizados, desesperados e indecisos, ante nuestro jefe. Harry estaba con John... y quien
quiera que sea el espíritu que se opone al otro, al demoníaco, era obvio que esa noche estaba
dentro de John Coffey. Cuando John se acercó al alcaide Moores, fue ese otro espíritu -al que
imagino como una criatura blanca- quien se hizo con el control de la situación. La otra criatura no
se retiró, pero sentí cómo retrocedía hacia las sombras, asustado por una luz súbita y poderosa.
-Quiero ayudar-dijo John Coffey. Moores lo miró boquiabierto y fascinado. Creo que ni
siquiera se enteró de lo que ocurría cuando Coffey cogió la escopeta Buntline de sus manos y me
la pasó. Yo bajé el percusor con cuidado. Más tarde, cuando inspeccioné el cargador, vi que había
estado vacío todo el tiempo. A veces me pregunto si Hal lo sabía. Entretanto, Coffey seguía
murmurando-: He venido a ayudar a la señora. Sólo a ayudar. Es lo único que quiero.
-¡Hal! -gritó Melly en el dormitorio. Su voz sonaba más firme, pero también alarmada, como
si la criatura que nos había asustado hacía unos instantes se hubiera apoderado de ella-. Diles que
se vayan, quienes quiera que sean. ¡No queremos vendedores en plena noche! Nada de Electrolux,
de aspiradoras ni de bragas francesas que se meten en la raja. ¡Échalos! Diles que se vayan a hacer
puñetas y que se... -Algo se rompió (quizá un vaso) y Melinda se echó a llorar.
-Sólo quiero ayudar-susurró Coffey. No hizo el menor caso de los sollozos de la mujer ni de
sus comentarios obscenos-. Sólo ayudar, jefe. Eso es todo.
-No puedes -dijo Moores-. Nadie puede ayudarla.
Había oído ese tono antes, y después de un instante de reflexión, recordé que de ese mismo
modo había hablado yo la noche en que entré en la celda de Coffey y él me curó la infección
urinaria. Estaba hipnotizado. «Tú ocúpate de tus asuntos, que yo me ocuparé de los míos», le había
dicho a Delacroix... pero fue John Coffey quien se ocupó de mis asuntos, igual que en aquel
momento se t. ocupaba de los de Hal Moores.
-Creemos que puede hacerlo -dijo Bruto-. Y no nos hemos arriesgado a perder nuestros
puestos, y quizá incluso a ir a la cárcel, para regresar sin darle una oportunidad.
Aunque lo cierto era que un par de minutos antes yo había estado dispuesto a hacerlo. Y
Bruto también.
John Coffey se hizo cargo de la situación. Se dirigió a la entrada y pasó junto a Moores, que
sólo hizo un débil ademán con la mano para atajarlo (rozó la cadera de Coffey, pero estoy seguro
de que el gigantón ni se enteró). John cruzó el vestíbulo en dirección a la sala, entró en la cocina y
luego en el dormitorio, donde la voz aguda de Melinda volvió a subir de tono.
-¡Fuera de aquí! ¡Vete, quienquiera que seas! No estoy vestida. Estoy mostrando las tetas y
ventilando el coño.
John no le hizo caso, siguió andando con resolución, agachando la cabeza para no chocar con
las lámparas. Su calva marrón brillaba y sus manos se sacudían a los lados del cuerpo. Al cabo de
un instante todos lo seguimos; yo en primer lugar, Bruto y Hal codo con codo, y Harry detrás.
Entonces comprendí algo con claridad: el asunto había escapado de nuestras manos y estaba sólo
en las de John.
8
La mujer que ocupaba el dormitorio, reclinada contra el cabezal de la cama y mirando con
los ojos en blanco al gigante que había entrado en su nublado campo de visión, no se parecía en
absoluto a la Melly Moores que yo conocía desde hacía veinte años; ni siquiera se parecía a la
Melly Moores que Janice y yo habíamos visitado poco antes de la ejecución de Delacroix. La
mujer de la cama era como una niña enferma disfrazada de bruja para la fiesta de Halloween. Su
piel pálida era una masa arrugada, fruncida encima del ojo derecho, como si intentara hacer un
guiño. De ese mismo lado, la boca estaba torcida hacia abajo y un diente amarillento sobresalía por
encima del macilento labio inferior. El pelo le rodeaba el cráneo como una nube fina e irregular.
La habitación apestaba a los desechos que en circunstancias normales nuestros cuerpos eliminan
con decoro. El orinal que había junto a la cama estaba casi lleno de una sustancia biliosa y
amarillenta. Horrorizado, pensé que habíamos llegado demasiado tarde. Apenas unos días antes,
Melinda era un ser reconocible: a pesar de su enfermedad, seguía siendo la misma. Desde
entonces, el tumor que tenía en la cabeza debía de haber ganado terreno con escalofriante rapidez.
Ya no creía que John Coffey pudiese ayudarla.
Cuando John entró, lo miró con miedo, con auténtico horror, como si hubiera reconocido a
un médico capaz de coger el tumor y extirparlo, como cuando uno echa sal a una sanguijuela para
que se suelte. Entendedme, no puedo afirmar que Melly Moores estuviera poseída, y soy
consciente de que, teniendo en cuenta mi estado, es lógico desconfiar de todas mis observaciones
sobre aquella noche. Sin embargo, nunca he descartado del todo la posibilidad de una posesión
demoníaca. Os aseguro que en sus ojos había una expresión cercana al pánico. Creo que en ese
punto podéis confiar en mi criterio; el miedo es una emoción que he visto demasiadas veces para
confundirla.
Pero fuera lo que fuese, desapareció rápidamente para ser reemplazado por un interés
fintenso, irracional. Aquella boca indescriptible tembló y esbozó algo parecido a una sonrisa.
-¡Qué grande! -dijo con la voz de una niña que acababa de recuperarse de una infección de
garganta. Sacó las manos, tan blancas como su cara, de debajo de la colcha y aplaudió-. ¡Bájate los
pantalones! Toda mi vida he oído hablar de la polla de los negros, pero nunca he visto una.
Detrás de mí, Moores dejó escapar un gemido de desesperación.
John Coffey no prestó la menor atención a lo que decía. Por unos segundos permaneció
inmóvil, como para observarla a distancia, y luego se acercó a la cama iluminada sólo por la
lámpara de la mesilla de noche. La luz formaba un círculo sobre la colcha blanca, subida hasta el
cuello de puntillas del camisón de Melinda. Junto a la cama, en las sombras, reconocí un sofá que
solía estar en la sala. A medias sobre el sofá y el suelo, había una manta que Melly había tejido en
sus buenos tiempos. Era evidente que allí dormía o dormitaba Hal antes de que lo despertáramos.
Cuando John se acercó, la expresión de Melinda experimentó el tercer cambio. De repente vi
a la Melly de siempre, cuya bondad había.significado tanto para mí durante muchos años y mucho
más para Janice, cuando quedó sola y deprimida después de que los niños abandonaran el nido.
Melly seguía atenta, pero ahora su interés parecía lúcido, consciente.
-¿Quién eres? -preguntó con voz clara, sensata-. ¿Y por qué tienes tantas cicatrices en los
brazos y las manos? ¿Quién te ha hecho tanto daño?
-No lo recuerdo, señora -dijo John Coffey con voz humilde mientras se sentaba en la cama.
Melinda sonrió lo mejor que pudo. La parte derecha de su boca tembló, aunque no se
enderezó. Tocó una cicatriz blanca, curva como una cimitarra, en el dorso de la mano izquierda de
John.
-Eso es una bendición. ¿Sabes?
-Sí. Creo que si uno no recuerda quién le ha hecho daño, puede dormir mejor por las noches
-dijo John Coffey con acento sureño.
Melinda rió, y en aquella habitación hedionda su voz sonó tan pura como la plata. Hal, que
ahora estaba a mi lado, respiraba agitadamente, pero no intentó interferir. Cuando Melly rió,
contuvo el aliento por un instante y me cogió del hombro. Apretó lo suficiente para hacerme un
moratón (al día siguiente lo comprobé), pero en ese momento ni siquiera lo sentí.
-¿Cómo te llamas? -preguntó.
John Coffey, señora.
-Suena parecido a café.
-Sí, pero se escribe diferente.
Melinda, tendida sobre las almohadas, reclinada sin llegar a estar sentada, lo miró con
atención y John le devolvió la mirada. La luz de la lámpara formaba un círculo alrededor de ellos
como si fueran una pareja de actores en un escenario: el enorme negro con uniforme de presidiario
y la moribunda mujer blanca. Melinda lo miraba a los ojos, fascinada.
-¿Señora?
-¿Sí, John Coffey? -Las palabras salían como suspiros y nos llegaban como si se deslizaran
en el aire maloliente. Sentí una contracción en los músculos de los brazos, la espalda y las piernas.
Noté la presión de la mano del alcaide en mi brazo como si todo sucediera en algún lugar lejano, y
con el rabillo del ojo vi a Harry y a Bruto abrazados, como niños perdidos en la noche. Algo iba a
suceder. Algo importante. Cada uno de nosotros lo presentía a su manera.
John Coffey se inclinó sobre Melinda. Los muelles de la cama protestaron, las ropas de cama
crujieron, y la luz fría de la luna se filtró por el paño superior de la ventana. Los ojos inyectados en
sangre de Coffey examinaron la cara de la mujer.
-Lo veo dijo, aunque no hablaba con ella (al menos eso me pareció) sino consigo mismo-. Lo
veo y puedo ayudar. Quédese quieta... Quédese muy quieta.
Se inclinó más y más. Por un instante, su cara enorme se detuvo a pocos centímetros de la de
Melly. Levantó una mano con los dedos abiertos, como si indicase que había que esperar...
esperar... y luego siguió bajando la cara. Sus labios anchos y suaves se apretaron contra los de ella,
obligándola a abrirlos. Por un instante alcancé a ver uno de los ojos de Melly, mirando más allá de
Coffey con una expresión similar a la sorpresa. Luego John movió la brillante calva y no vi nada
más.
Se oyó un silbido agudo mientras Coffey inhalaba el aire desde lo más profundo de los
pulmones de Melinda. Aquello sólo duró un par de segundos; luego el suelo se movió bajo
nuestros pies, la casa entera se sacudió alrededor de nosotros. No fueron imaginaciones mías, pues
todos lo sintieron y lo comentaron más tarde. Fue como una onda expansiva. En la sala, algo cayó
al suelo con estrépito. Más tarde comprobaríamos que se trataba del reloj de péndulo. Hal Moores
lo llevó a reparar, pero nunca volvió a funcionar más de quince minutos seguidos.
Cerca de nosotros, se oyó un crujido seguido de un tintineo: el paño de la ventana por donde
se filtraba la luz de la luna se rompió. Un cuadro de un barco cruzando uno de los siete mares se
soltó y cayó al suelo, donde el cristal se hizo añicos.
Percibí un olor extraño y vi que salía humo de los pies de la colcha blanca que cubría a
Melinda. Junto al bulto que formaba su pie derecho, un trozo de tela se ennegrecía. Como si de un
sueño se tratase, me solté de la mano de Moores y me acerqué a la mesilla de noche. Allí había un
vaso de agua, rodeado de tres o cuatro frascos de pastillas que habían caído durante el temblor.
Cogí el vaso y derramé el agua en el sitio donde salía humo. Se oyó el silbido del vapor.
John Coffey siguió besando a Melinda de forma íntima, vehemente, inhalando y exhalando,
con una mano todavía tendida y la otra apoyada en la cama, sosteniendo su enorme peso. Con los
dedos abiertos, aquella mano parecía una estrella de mar marrón.
De repente, Melly arqueó la espalda. Agitó una mano en el aire, abriendo y cerrando
espasmódicamente los dedos. Comenzó a patalear en la cama. Entonces se oyó un grito. Tampoco
esta vez fueron imaginaciones mías; todos lo oyeron. A Bruto le sonó como un lobo o un coyote
cuya pata acaba de caer en un cepo. A mí me pareció un águila, tal como se las oía entonces,
cuando cruzaban las rías brumosas, con las alas abiertas.
Fuera, el viento sopló con suficiente fuerza para sacudir la casa por segunda vez, y eso sí que
fue extraño, porque hasta entonces no había mucho viento.
John Coffey se apartó de Melinda y advertí que la cara de la mujer se había alisado. La parte
derecha de su boca ya no estaba torcida hacia abajo. Sus ojos habían recuperado el tamaño normal
y parecía diez años más joven. John la miró con arrobación por un par de segundos y luego
empezó a toser.
Volvió la cabeza para no toserle en la cara, perdió el equilibrio (lo que no era de extrañar,
teniendo en cuenta su tamaño y que estaba sentado con medio trasero fuera de la cama) y se
desplomó, lo que hizo que la casa temblara por tercera vez. John cayó de rodillas, agachó la cabeza
y comenzó a toser como un tuberculoso.
«Ahora saldrán los bichos -pensé-. Los toserá y esta vez serán muchos.»
Pero no fue así. Siguió tosiendo con profundas arcadas, y sólo se detenía el tiempo suficiente
para volver a coger aire. Su cara oscura como el chocolate se volvió gris. Bruto se acercó,
alarmado, se arrodilló a su lado y rodeó con un brazo su corpulenta espalda.
Como si aquel movimiento de Bruto hubiera roto un hechizo, Moores se acercó a la cama y
se sentó en el mismo sitio donde lo había hecho Coffey. Parecía totalmente indiferente a la
presencia del gigante negro que no paraba de toser. Aunque Coffey estaba de rodillas junto a sus
pies, Moores sólo tenía ojos para su esposa, que lo miraba con expresión de asombro. Mirarla era
como mirarse en un espejo sucio que alguien acababa de limpiar. -¡John! -gritó Bruto-. ¡Escúpelo!
¡Escúpelo como haces siempre!
John siguió tosiendo. Tenía los ojos húmedos, . aunque sus lágrimas no eran de dolor sino
de esfuerzo. Al toser, despedía una fina lluvia de saliva, pero eso era todo.
Bruto le dio un par de golpes en la espalda y luego me miró.
-¡Se está ahogando! Lo que quiera que le haya sacado a ella está ahogándolo.
Di un paso al frente, pero antes de que pudiera acercarme, John se apartó a gatas hacia un
rincón de la habitación, siempre tosiendo y aspirando con fuerza. Apoyó la frente contra el papel
pintado de la pared e hizo una horrorosa arcada, como si quisiera vomitar la membrana que
recubría su garganta. Pensé que eso bastaría para sacar los bichos, pero no había señales de ellos.
De cualquier modo, su tos pareció calmarse un poco.
-Estoy bien, jefe -dijo con la frente apoyada sobre las rosas silvestres del papel. Todavía
tenía los ojos cerrados y no entiendo cómo supo que estaba allí, pero lo sabía-. Estoy bien. De
verdad. Atienda a la señora.
Lo miré dubitativo y me volví hacia la cama. Hal acariciaba la frente de Melly, y yo descubrí
algo extraordinario encima de ella: algunos mechones de su cabello habían recuperado el color
negro.
-¿Qué ha pasado? -preguntó. Mientras la miraba, el color volvió a sus mejillas, como si
hubiera cogido prestadas un par de rosas del papel pintado-. ¿Cómo he llegado aquí? Estábamos en
el hospital de Indianola, ¿no es cierto? El médico iba a hacerme radiografías para examinar mi
cerebro.
-Calla -dijo Hal-. Calla, cariño. Eso ya no importa.
-¡Pero no lo entiendo! -dijo casi en un gemido-. Nos detuvimos en un puesto de la carretera,
me compraste un ramillete de flores y ahora... ahora estoy aquí. ¡Está oscuro! ¿Has cenado, Hal?
¿Por qué estoy en la habitación de huéspedes? -Sus ojos se posaron en Harry, como si no lo vieran
(supongo que debido a que estaba impresionada) y luego en mí-. ¿Paul? ¿Me han hecho las
radiografías?
-Sí -dije-. Todo estaba bien.
-¿No encontraron ningún tumor?
-No -respondí-. Dijeron que los dolores de cabeza desaparecerían pronto.
A su lado, Hal rompió a llorar. Melinda se incorporó y lo besó en la sien. Luego dirigió la
mirada al rincón.
-¿Quién es ese negro? ¿Qué hace en el rincón?
Me volví y vi que John intentaba levantarse. Bruto lo ayudó y John lo consiguió con un
último impulso. Sin embargo, permaneció de cara a la pared, como un niño castigado. Seguía
tosiendo, pero los espasmos eran cada vez más débiles.
John -dije-. Vuélvete, grandullón, y mira a la señora.
Se volvió lentamente. Su cara seguía cenicienta y él parecía diez años mayor, como un
hombre poderoso que, exhausto, acaba de perder una batalla. Mantenía la mirada fija en las
zapatillas de la prisión y cualquiera hubiera dicho que deseaba tener un sombrero en las manos,
para estrujarlo.
-¿Quién eres? -preguntó Melinda otra vez-. ¿Cómo te llamas?
John Coffey, señora -dijo.
-Suena parecido a café, pero se escribe diferente -respondió ella de inmediato.
Hal se sobresaltó. Melinda lo advirtió y le dio una palmada en la mano, sin desviar la mirada
del negro.
-He soñado contigo dijo con tono pensativo-. Soñé que tú y yo caminábamos en la oscuridad.
Nos encontrábamos. John Coffey no respondió-. Nos encontrábamos en la oscuridad -repitió-.
Levántate, Hal. Me tienes acorralada.
Hal se levantó y vio con incredulidad que su mujer levantaba la colcha.
-Melly, no puedes...
-No seas tonto -repuso ella bajando las piernas de la cama-. Claro que puedo. -Se alisó el
camisón, se desperezó y se levantó.
-¡Dios mío! -murmuró Hal-. ¡Dios santísimo! ¡Mírala!
Melinda se acercó a John Coffey. Bruto se apartó con expresión atónita. La mujer cojeó al
dar el primer paso, apoyó el peso en la pierna derecha en el segundo, pero al tercero caminó
perfectamente. Recordé a Bruto entregándole el carrete de colores a Delacroix y diciendo:
«Arrójalo. Quiero ver cómo corre.» Cascabel había cojeado entonces, pero la noche siguiente, la
de la ejecución de Del, estaba como nuevo.
Melly estrechó a John entre sus brazos. Coffey
permaneció inmóvil por un instante, dejándose abrazar, y luego alzó una mano y le acarició
la cabeza. Lo hizo con infinita ternura. Su cara seguía gris y parecía gravemente enfermo.
Melinda se apartó y lo miró a la cara.
-Gracias -dijo.
-De nada, señora.
La mujer se volvió y caminó hacia Hal, que la rodeó con los brazos.
-Paul... -Era Harry. Tendió la muñeca izquierda y señaló el reloj. Eran casi las tres. A las
cuatro y media amanecería, y si queríamos devolver a Coffey a Cold Mountain antes de que eso
ocurriera, teníamos que marcharnos pronto. Yo quería hacerlo. En parte, porque cuanto más se
prolongaba aquella locura menos posibilidades teníamos de salir impunes, por supuesto. Pero
también quería tener a John en un sitio donde pudiera llamar a un médico sin violar la ley. Volví a
mirarlo, y pensé que podría necesitarlo.
Los Moores estaban sentados en el borde de la cama, abrazados. Se me ocurrió pedir a Hal
que me acompañara a la sala para intercambiar unas palabras en privado, pero me di cuenta de que,
por mucho que suplicara, no conseguiría moverlo de donde estaba. Quizá consiguiera apartar los
ojos de ella cuando amaneciese, pero no antes.
-Hal -dije-. Tenemos que irnos.
Asintió sin mirarme. Estudiaba el color de las mejillas de su esposa, la curva natural de sus
labios, el nuevo color negro de su cabello.
Le di una palmada en el hombro, lo bastante fuerte para atraer su atención por un momento.
-Hal, nunca estuvimos aquí.
-¿Qué?
-Que nunca estuvimos aquí -repetí-. Hablaremos más tarde, pero por el momento, eso es todo
lo que necesitas saber: no hemos estado aquí.
-Sí; de acuerdo... -Hizo un esfuerzo visible por prestar atención a lo que le decía-. Lo habéis
sacado de la prisión. ¿Conseguiréis devolverlo allí?
-Quizá. Eso creo. Ahora debemos marcharnos.
-¿Cómo supiste que podía hacer esto? -preguntó, pero a continuación sacudió la cabeza,
como si comprendiese que no era el momento de hablar de ello-. Paul... gracias.
-No me las des a mí -dije-, sino a John.
Miró a John Coffey y tendió una mano, como había hecho yo el día en que Harry y Percy lo
acompañaron al bloque.
-Gracias, muchísimas gracias.
John se limitó a mirar la mano. Entonces Bruto le dio un codazo, no precisamente sutil, y el
negro estrechó la mano que le tendían. Arriba, abajo, de nuevo al centro.
-De nada -dijo con una voz ronca que me recordó la de Melly cuando había aplaudido y le
había pedido que se bajara los pantalones-. De nada -repitió estrechando la misma mano que, si las
cosas seguían el curso previsto, cogería la pluma para firmar su orden de ejecución.
Harry volvió a señalar su reloj, esta vez con impaciencia.
-¿Preparado, Bruto? -pregunté.
-Hola, Bruto -dijo Melinda con voz alegre, como si acabase de reparar en su presencia-. Me
alegro de verte. ¿Os gustaría tomar una taza de té? ¿Y a ti, Hal? Puedo hacerlo. -Volvió a
levantarse-. He estado enferma, pero ya me encuentro bien. Hacía años que no me sentía tan bien.
-Gracias, señora Moores, pero tenemos que irnos -respondió Bruto-. Hace rato que John
debería haberse acostado. -Sonrió como para indicar que era una broma, pero la expresión con que
miró a John estaba tan llena de ansiedad como mi corazón.
-Bueno... si estáis seguros...
-Sí, señora. Vamos, John Coffey -dijo tirando del brazo de Coffey, y éste lo siguió.
-¡Un minuto! -Melinda se soltó de las manos de Hal y corrió como una niña hacia donde
estaba John. Volvió a abrazarlo. Luego se llevó las manos al cuello y se quitó una fina cadena de la
que colgaba una medalla de plata. Se la ofreció a John, que lo miraba sin comprender-. Es san
Cristóbal -dijo-. Quiero que la aceptes y que siempre la lleves contigo. Te protegerá. Por favor,
póntela.
John me miró, preocupado, y yo miré a Hal, que primero abrió las manos y luego asintió.
-Cógela, John -dije-. Es un regalo.
John la cogió, se pasó la cadena por el grueso cuello y la medalla de san Cristóbal cayó sobre
la pechera de su camisa. Había dejado de toser, pero su cara se veía más gris y enferma que nunca.
-Gracias, señora -dijo.
-No -respondió Melinda-. Gracias a ti. Gracias a ti, John Coffey.
9
En el camino de regreso, subí a la cabina con Harry y me alegré de poder hacerlo. La
calefacción estaba averiada, pero al menos me encontraba a salvo del aire frío. Cuando habíamos
recorrido unos quince kilómetros, Harry torció en un camino lateral y paró la furgoneta.
-¿Qué pasa? -pregunté-. ¿Un cojinete?
Para mí, el problema podía ser ése o cualquier otro. Todos los componentes del motor y de la
caja de marchas de la Farmall sonaban como si.estuvieran al borde de un cataclismo.
-No -respondió Harry con tono de culpabilidad-. Tengo que mear. Estoy a punto de reventar.
Al parecer, todos, excepto John, estábamos igual. Cuando Bruto le preguntó a Coffey si
quería bajar y ayudarnos a regar los arbustos, éste se limitó a sacudir la cabeza sin levantar la
mirada. Estaba apoyado contra la parte posterior de la cabina, envuelto en una manta del ejército.
No vi su cara, pero oí su respiración, ronca y entrecortada, como el viento cuando sopla a través de
una caña. No me gustó.
Me interné en una arboleda de sauces y me desabroché la bragueta. La infección urinaria aún
estaba lo bastante cercana para que mi cuerpo no la hubiera olvidado por completo, y no podía
evitar agradecer el simple hecho de mear sin necesidad de gritar. Mientras orinaba y miraba la
luna, no me di cuenta de que Bruto estaba a mi lado, haciendo lo mismo, hasta que susurró:
-No llegará a sentarse en la Freidora.
Volví la mirada hacia él, sorprendido y un poco alarmado por el tono de seguridad de su voz.
-¿Qué quieres decir?
-Que por alguna razón se tragó esa mierda en lugar de escupirla como hizo en otras
ocasiones. Quizá tarde una semana, porque es grande y fuerte, pero creo que será antes. Uno de
nosotros estará haciendo la ronda y lo encontrará muerto en el camastro.
Creía que había terminado de mear, pero al oír aquello sentí un escalofrío en la espalda y
salieron unas gotas más. Mientras me abotonaba la bragueta, pensé que lo que decía Bruto era
perfectamente razonable, y deseé que tuviera razón. Si yo estaba en lo cierto con respecto al
crimen de las gemelas Detterick, John Coffey no merecía morir, pero si iba a hacerlo, yo no quería
tener nada que ver con su muerte. De hecho, no estaba seguro de poder levantar la mano para
ordenar su ejecución.
-Vamos -murmuró Harry en la oscuridad-. Se hace tarde. Acabemos con esto.
Mientras regresábamos a la furgoneta, me di cuenta de que habíamos dejado a John
completamente solo; una estupidez digna de Percy Wetmore. Pensé que quizá hubiese huido, que
al comprobar que estaba solo habría escupido los bichos y se habría largado hacia la libertad. Lo
único que encontraríamos sería la manta que lo envolvía.
Pero John seguía allí, sentado con la espalda apoyada contra la cabina, abrazado a sus
rodillas. A1 oírnos llegar levantó la vista e intentó sonreír. La sonrisa permaneció suspendida por
un instante de su cara macilenta, y luego desapareció.
-¿Cómo te encuentras, John? -preguntó Bruto mientras trepaba a la trasera de la furgoneta y
cogía su manta.
-Bien, jefe -respondió John con voz lánguida-. Bien.
Bruto le dio una palmada en la rodilla.
-Pronto estaremos de vuelta. ¿Y sabes qué haré entonces? Te daré una taza grande de café
con crema y azúcar.
«Seguro -pensé mientras subía a la cabina-. Eso si no nos arrestan y nos envían a todos a la
cárcel.»
Pero me había hecho a esa idea desde el momento en que habíamos encerrado a Percy en la
celda de seguridad, y no me quitaría el sueño. Dormité y soñé con el Vía Crucis. Truenos en el
oeste y un olor a bayas de enebro. Bruto, Harry, Dean y yo estábamos vestidos con túnicas y
cascos metálicos, como en una película de Cecil B. de Mille. Supongo que éramos centuriones.
Había tres cruces: las de Percy Wetmore y Eduard Delacroix flanqueaban la de John Coffey. Me
miraba la mano y comprobaba que tenía un martillo ensangrentado.
«¡Tenemos que bajarlo, Paul! -gritaba Bruto-. ¡Tenemos que bajarlo!»
Pero no podíamos, porque se habían llevado la escalera. Cuando intentaba explicárselo a
Bruto, me despertó una sacudida. Estábamos aparcando en el lugar donde Harry había ocultado
antes la furgoneta, un día que parecía remontarse a los albores de la humanidad.
Harry y yo nos dirigimos a la parte trasera. Bruto bajó sin dificultad, pero a John se le
aflojaron las piernas y estuvo a punto de caer. Tuvimos que cogerlo entre los tres para evitarlo, y
cuando aún no había recuperado el equilibrio, le dio otro ataque de tos, esta vez más fuerte que
nunca. Se inclinó, amortiguando los ruidos con las palmas de las manos, que apretaba contra la
boca. Como si intentara contener algo. Pensé que eso era exactamente lo que hacía. Ahora, cuando
después de tantos años evoco aquella noche, no puedo dejar de asombrarme por lo acertados y
equivocados que estábamos al mismo tiempo.
Cuando el acceso de tos remitió, volvimos a cubrir el morro de la furgoneta con ramas de
pino y regresamos por donde habíamos llegado. Lo peor de aquel trayecto surrealista fueron -al
menos para mí- los últimos doscientos metros, mientras caminábamos a toda prisa por la cuneta
del camino. Vi, o me pareció ver, las primeras luces en el cielo, y estuve seguro de que algún
granjero madrugador nos vería cuando saliera a recoger calabazas o plantar camotes. Pero aunque
eso no ocurriese, oiríamos a alguien (en mi imaginación ese alguien era Curtis Anderson) gritar: «
¡Alto! ¡Deténganse!», mientras yo abría con mi Aladino la puerta que conducía al túnel. Entonces
una docena de guardias armados con carabinas saldrían del bosque y nuestra aventura habría
terminado.
Cuando por fin llegamos a la puerta, mi corazón latía tan fuertemente que con cada latido
veía pequeños puntos blancos estallar frente a mis ojos. Sentía las manos frías, entumecidas,
lejanas, y durante un buen rato fui incapaz de meter la llave en la cerradura.
-¡Demonios! ¡Luces! -gimió Harry.
Alcé la vista y vi un abanico de luces en la carretera. El llavero estuvo a punto de caer de mis
manos, pero lo atajé en el último segundo.
-Dámela -intervino Bruto-. Yo lo haré.
-No, ya la tengo -dije. La llave entró en la cerradura y giró. Un instante después, estábamos
dentro. Nos agachamos debajo del tabique y vimos pasar un camión por delante de la prisión. Oía
la respiración entrecortada de John Coffey, que sonaba como un motor que se ha quedado sin
aceite. En el camino de ida había levantado el tabique de acero sin esfuerzo, pero esta vez ni
siquiera se lo pedimos,. Habría sido inútil. Bruto y yo levantamos la puerta y Harry condujo a John
hacia la escalera. El gigantón se tambaleaba, pero consiguió llegar abajo. Bruto y yo los seguimos
rápidamente, bajamos la puerta de acero y la cerramos con llave.
-Dios mío, creo que vamos a... -empezó Bruto, pero lo interrumpí con un fuerte codazo en
las costillas.
-No lo digas -dije-. Ni siquiera lo pienses hasta que John esté sano y salvo en su celda.
-También tenemos que pensar en Percy -dijo Harry. Nuestras voces sonaban apagadas y
retumbaban contra las paredes de ladrillo del túnel-. La aventura no habrá acabado hasta que nos
hayamos enfrentado a él.
Lo cierto es que aún faltaba mucho para que aquella aventura acabase... y el enfrentamiento
con Percy Wetmore fue al mismo tiempo más difícil y más fácil de lo que esperábamos.
CONTINUARÁ...

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