BLOOD

william hill

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jueves, 23 de mayo de 2013

Pandora - Anne Rice


Pandora 

Anne Rice


1



No han pasado veinte minutos desde que me dejaste aquí, en el café, desde que respondí «no» a tu petición; jamás escribiría para ti la historia de mi vida mortal, jamás te contaría cómo me había convertido en un vampiro, cómo había conocido a Marius pocos años después de que él hubiera perdido su vida mortal.

Ahora estoy aquí con tu libreta abierta ante mí, utilizando una de las plumas afiladas y eternamente cargadas de tinta que me dejaste, deleitándome con la sensual sensación que me produce contemplar cómo la tinta negra se fija sobre el costoso papel inmaculadamente blanco.

Nada más natural, David, que me dejaras algo elegante, una hoja que invita a ser escrita. Esta libreta encuadernada en cuero negro y acharolado, adornada con suntuosas rosas, sin espinas pero provista de hojas, un diseño que en última instancia significa sólo diseño pero que demuestra una autoridad. Lo que esté escrito debajo de esta recia y bella encuadernación contará, afirma esta cubierta.

Las gruesas hojas tienen unas rayas azul pálido; eres muy práctico, muy meticuloso, y probablemente sabes que ya casi nunca tomo la pluma para escribir.

Hasta el sonido de la pluma posee su encanto, ese sonido rasposo como el de las mejores plumas de ave en la antigua Roma que utilizaba para escribir en un pergamino una carta a mi padre, cuando anotaba en un diario mis lamentaciones...

Ah, ese sonido. Lo único que falta aquí es el olor de la tinta, pero tenemos una estupenda pluma de plástico que no se secará hasta dentro de varios volúmenes, con la que trazaré una marca negra tan hermosa y profunda como quiera.

Estoy pensando en tu petición de que escriba mi historia. Creo que acabarás por conseguirlo. Presiento que comienzo a ceder a tus deseos, casi como cuando una de nuestras víctimas humanas se doblega ante nosotros, comprobando, mientras fuera sigue lloviendo, mientras persiste la ruidosa cháchara en el café, que quizás esto no resulte tan traumático como había supuesto —el hecho de remontarme dos mil años—, sino casi un placer, como el beber sangre.

En estos momentos persigo una víctima que no me resultará fácil de vencer: mi pasado. Es posible que esta víctima huya de mí a una velocidad equiparable a la mía. Sea como fuere, busco una víctima a la que jamás me he enfrentado. Existe en ello la emoción de la caza, lo que el mundo moderno llama investigación.

¿Cómo se explica si no el que contemple estos tiempos con tanta nitidez? Tú no me has administrado una poción mágica para estimular mis pensamientos. Para nosotros sólo existe una poción: la sangre.

«Lo recordarás todo», dijiste en cierto momento cuando nos dirigíamos hacia el café.
Tú, que eres tan joven entre nosotros pero que eras tan viejo como mortal, y tan erudito. Quizá sea natural que te hayas empeñado en recopilar nuestras historias.

Pero ¿por qué tratar de explicar aquí esta curiosidad que te devora, este valor frente a la verdad manchada de sangre? ¿Cómo has logrado convencerme de que acceda a remontarme dos mil años exactamente, para referir mis días mortales en la tierra, en Roma, y cómo me uní a Marius, y las escasas probabilidades que tenía de vencer contra la Suerte?

¿Cómo es posible que unos orígenes que han permanecido enterrados durante tanto tiempo, y que siempre me he negado a reconocer, afloren de golpe en mi mente? Se abre una puerta. Brilla una luz. Pasa.

Me reclino en la silla del café.

Me pongo a escribir, pero me detengo y echo un vistazo a mi alrededor para observar a las personas de este café de París. Veo los monótonos tejidos unisex de esta época, la lozana joven americana con sus prendas militares verde oliva, con todas sus pertenencias en una mochila que lleva colgada al hombro; veo al viejo francés que acude aquí desde hace décadas con el simple afán de contemplar las piernas y los brazos desnudos de las jóvenes, para alimentarse de sus gestos como si fuera un vampiro, para esperar el exótico y mágico momento en que una mujer se reclina en la silla y rompe a reír, cigarrillo en mano, y el tejido de su blusa de fibra sintética se tensa sobre sus pechos y se le marcan los pezones.

Ah, los viejos. Es un hombre de pelo canoso y lleva un abrigo caro. No representa una amenaza para nadie. Vive sumido por completo en su mundo. Esta noche regresará a su
modesto pero elegante apartamento, que mantiene desde la última gran guerra mundial, y se entretendrá mirando viejas películas de la joven belleza Brigitte Bardot. Vive en sus ojos. No ha tocado a una mujer desde hace diez años.

No desvarío, David. Arrojaré el ancla aquí. No estoy dispuesta a que mi historia surja a borbotones como de un oráculo ebrio.

Veo a estos mortales bajo una luz más atenta. Estos mortales me parecen tan frescos, tan exóticos y apetitosos... Tienen el aspecto que debían de tener las aves tropicales cuando yo era niña; tan pletóricas de vida aleteante y rebelde que deseaba agarrarlas, sentir sus alas agitarse en mis manos, capturar su vuelo y poseerlo y compartirlo. Ah, ese terrible momento que se produce en la infancia cuando estrujas a un pájaro rojo y lo matas accidentalmente.

Pero algunos de estos mortales tienen un aspecto siniestro vestidos con esas ropas oscuras: el inevitable traficante de cocaína —están por doquier, son nuestra mejor presa—, que es pera a su contacto en la mesa del rincón, con el largo abrigo de cuero diseñado por un renombrado modisto italiano, con el pelo rapado en las sienes y tupido en la parte superior de la cabeza para ostentar el aire típico de esos individuos, cosa que consigue, aunque no es necesario, pues basta con mirar sus enormes pupilas negras y la dureza de lo que la naturaleza pretendía que fuera una boca generosa. El hombre hace unos gestos bruscos, de impaciencia, con el encendedor sobre el velador de mármol, la señal del adicto; se vuelve a un lado y a otro, no cesa de moverse, se siente incómodo. No sabe que jamás volverá a sentirse cómodo en su vida. Desea marcharse para esnifar la cocaína que ansía ardientemente pero tiene que esperar a su contacto. Sus zapatos están demasiado lustrosos, y sus manos largas y delgadas nunca envejecerán.

Creo que ese hombre morirá esta noche. Siento que se apodera lentamente de mí el deseo de matarlo. Ha suministrado mucho veneno a mucha gente. Lo perseguiría, lo estrecharía entre mis brazos, ni siquiera tendría que envolverlo con visiones. Le dejaría ver que la muerte ha aparecido en forma de una mujer demasiado pálida para ser humana, demasiado alisada por los siglos para ser otra cosa que una estatua que ha cobrado vida. Pero aquellos a quienes espera se proponen matarlo. ¿Por qué iba a intervenir yo?

¿Cómo me ven estas personas? Como una mujer con el pelo castaño, largo, limpio y ondulado que me cubre como el manto de una monja, un rostro tan blanco que parece obra del maquillaje, y unos ojos insólitamente brillantes, incluso semiocultos tras unas gafas doradas.

Ah, es muy de agradecer que en nuestros días existan tantos modelos de gafas, pues si yo me quitara las mías tendría que mantener la cabeza agachada para no asustar a la gente con el mero juego de destellos amarillos, pardos y dorados que emiten mis ojos, que con los siglos han adquirido el aspecto de unas gemas, de forma que parezco una mujer ciega con unos topacios por pupilas, o mejor dicho, unos exquisitos globos oculares formados por topacios, zafiros e incluso aguamarinas.

Mira, he llenado muchas hojas, y lo único que digo es sí, te contaré cómo empezó mi historia.

Sí, te contaré la historia de mi vida mortal en la antigua Roma, cómo llegué a amar a Marius y cómo llegamos a unirnos y a separarnos.

Qué transformación se ha operado en mí, al haber tomado esta decisión.

Qué poderosa me siento mientras sostengo esta pluma, y qué ansiosa de situarnos en una perspectiva nítida y precisa antes de empezar a satisfacer tu deseo.

Esto es París, en tiempos de paz. Está lloviendo. Unos edificios altos y majestuosos con ventanas de doble hoja y balcones de hierro forjado bordean este bulevar. Unos ruidosos
automóviles, diminutos y peligrosos, circulan a gran velocidad por las calles. Los cafés como éste se hallan atestados de turistas de todos los países. Antiguas iglesias se agolpan junto a edificios de apartamentos, palacios convertidos en museos en cuyas salas paso horas contemplando objetos procedentes de Egipto o Sumer, más viejos incluso que yo. Por todas partes prolifera la arquitectura romana, réplicas idénticas de templos de mi época que hacen las veces de bancos. Las palabras de mi latín nativo invaden la lengua inglesa. Ovidio, mi amado Ovidio, el poeta que predijo que su poesía perduraría más allá del Imperio Romano, tenía razón.

Si entras en cualquier librería lo encontrarás en pequeños libros de bolsillo, diseñados para llamar la atención de los estudiantes.

La influencia romana se fecunda a sí misma, mostrando imponentes robles entre el bosque moderno de ordenadores, discos digitales, microvirus y satélites espaciales.

Es fácil hallar aquí —como siempre— un mal digno de abrazar, una desesperación digna de ser satisfecha con ternura. En mi caso debo sentir siempre cierto amor hacia la víctima, cierta misericordia, cierto autoengaño que me haga creer que la muerte que provoco no desgarra el gran sudario de lo inevitable, tejido con árboles, tierra, estrellas y acontecimientos humanos, que merodea siempre en torno a nosotros, a punto de abatirse sobre todo lo creado, todo lo que conocemos. Anoche, cuando diste conmigo, ¿qué te parecí? Estaba sola en el puente sobre el Sena, caminando a través de la última y
peligrosa oscuridad anterior al amanecer.

Me viste antes de que detectara tu presencia. Llevaba puesta la capucha y dejé que mis ojos gozaran de un breve momento de gloria bajo la tenue luz del puente. Mi víctima se hallaba junto al pretil. No era más que una niña, pero estaba siendo asaltada y maltratada por un centenar de hombres. Deseaba morir en el agua. No sé si el Sena es lo bastante profundo para que alguien pueda ahogarse en él. Tan cerca de la calle St. Louis. Tan cerca de Notre Dame. Quizá lo sea, si uno puede resistirse a un último esfuerzo por aferrarse a la vida.

Pero yo sentí que el alma de esta víctima semejaba un montón de cenizas, como si su espíritu hubiera sido incinerado y sólo quedara su cuerpo, un cascarón roto, enfermo. La
rodeé con un brazo, y cuando vi reflejarse el miedo en sus ojillos negros, cuando comprendí que iba a hacerme la pregunta, la envolví con imágenes. El hollín que cubría mi piel no logró impedir que yo pareciera la Virgen María, y ella sucumbió a los himnos y a su devoción, incluso vio mis velos en los colores que había visto en las iglesias de su infancia, al tiempo que se doblegaba ante mí, y yo —sabiendo que no necesitaba beber, pero ansiando beber su sangre, ansiando saborear la angustia que emanaría en sus momentos postreros, ansiando degustar el exquisito líquido rojo que llenaría mi boca y haría que me sintiera humana por un instante en mi monstruosidad— cedí a sus visiones, le doblé el cuello hacia atrás, deslicé mis dedos sobre su piel suave y lacerada, y fue entonces, en el instante en que clavé mis dientes en ella, en que bebí su sangre, cuando me di cuenta de que estabas ahí, observando.

Lo supe, y lo sentí, y vi la imagen de nosotras en tus ojos, lo cual me distrajo momentáneamente mientras experimentaba un torrente de placer que me hacía creer que estaba viva, conectada de alguna forma a los campos de tréboles o a los árboles que hunden en la tierra unas raíces más largas que las ramas que se alzan hacia el firmamento.

Al principio te odié. Me viste mientras gozaba bebiendo la sangre de mi víctima. Me viste cuando cedí a la tentación. No sabías nada de mis largos meses de abstinencia, en los que, conteniéndome, vagaba como alma en pena. Sólo viste la repentina liberación de mi impuro deseo de succionarle el alma, de alzar su corazón en su carne dentro de ella, de arrancar de sus venas cada preciosa partícula de su ser que anhelaba seguir viviendo.

Porque ella deseaba vivir. Envuelta en santos, soñando de golpe con pechos que la amamantaban, su joven cuerpo se debatió, revolviéndose contra mí, contra mi forma dura como una estatua, mis pezones sin leche incrustados en mármol, sin poder ofrecerle consuelo. Deja que vea a su madre, muerta, desaparecida y aguardándola. Deja que yo vea a través de sus ojos moribundos la luz mediante la cual ella se dirigió hacia esta incierta salvación.

Entonces me olvidé de ti. No estaba dispuesta a dejar que me robaras este instante. Empecé a beber más despacio, dejando que ella suspirara, que sus pulmones se llenaran con fría agua del río, al tiempo que su madre se aproximaba cada vez más, de forma que la muerte se convirtió para ella en un lugar tan seguro como el útero materno. Le chupé hasta la última gota de sangre.

Sostuve su cuerpo inerte como si lo hubiera rescatado, como si hubiera ayudado a una joven borracha, débil y enferma a bajar del puente. Introduje la mano dentro de su cuerpo, destrozando su carne con gran facilidad pese a tener los dedos tan finos, le agarré el corazón, lo acerqué a mis labios y lo succioné, con la cabeza sepultada junto a su rostro, lo succioné como si fuera una fruta, hasta no dejar una gota de sangre en ninguna fibra ni ventrículo. Y entonces, lentamente —tal vez en un gesto dirigido a ti—la levanté y la arrojé al agua que tanto había ansiado.

Ella ya no lucharía mientras sus pulmones se llenaban de agua del río. Ya no se debatiría desesperadamente en el agua. Le chupé el corazón por última vez, hasta arrancarle incluso el color, y lo arrojé tras su cadáver —como unas uvas estrujadas—, pobre niña, hija de un centenar de hombres.

Luego me volví hacia ti, para que supieras que yo me había dado cuenta de que me estabas observando desde el paseo. Creo que traté de atemorizarte. Furiosa, te hice saber lo débil que eras, que toda la sangre que te había dado Lestat no te serviría de nada si yo decidía despedazarte, prender un fuego mortal en ti e inmolarte, o tan sólo castigarte con una profunda cicatriz, sencillamente por haberme espiado.

En realidad, jamás he hecho nada semejante a un vampiro más joven. Me compadezco de ellos cuando se echan a temblar, aterrorizados, al ver a uno de nosotros, los viejos. Pero, conociéndome como me conozco, debí de huir tan rápidamente que no pudiste seguirme en la oscuridad.

Había algo en ti que me cautivó, la forma en que te dirigiste a mí en el puente, tu joven cuerpo de piel tostada, típicamente angloindia, dotado por tu auténtica edad mortal de una gracia extraordinariamente seductora. Tu misma postura parecía inquirir, sin humillación: «¿Podemos hablar, Pandora?» Quedé desconcertada. Quizá te percataras de ello. No recuerdo si te aparté de mis pensamientos, y sé que no tienes grandes dotes telepáticas. El caso es que de golpe quedé desconcertada, quizá para no pensar en mí misma, quizás ante el temor de que me interrogaras. Traté de pensar en todas las cosas que podía decirte, tan distintas de las historias de Lestat, y de las de Marius relatadas a través de Lestat, y quise prevenirte, prevenirte sobre los antiguos vampiros del Lejano Oriente que no dudarían en matarte si penetrabas en su territorio, sencillamente por encontrarte allí.

Quería asegurarme de que comprendías lo que todos debemos aceptar, que la fuente de nuestra avidez vampírica reside en dos seres, Mekare y Maharet, ambas tan ancianas que su aspecto es ahora más horrible que bello. Y si se destruyen a sí mismas, todos moriremos con ellas.

Quería hablarte sobre otros que no nos conocieron como una tribu ni conocieron nuestra historia, que sobrevivieron al terrible incendio que nuestra Madre Akasha hizo que se abatiera sobre sus hijos. Quería decirte que existen unos seres que vagan por la tierra y que se parecen a nosotros, aunque no pertenecen a nuestra especie ni a la humana. De pronto sentí el profundo deseo de protegerte.

Quizá se debiera a tus preguntas. Te observé plantado ante mi, el caballero inglés, luciendo tu decoro más airosamente y con más naturalidad que todos los hombres que yo había conocido. Tus elegantes ropas me maravillaron; me impresionó el que te hubieras concedido el capricho de ponerte una fina capa de estambre negra, que te hubieras permitido incluso el lujo de lucir una bufanda de seda roja, cosa que jamás habrías hecho al poco de convertirte en vampiro.

Compréndelo, yo no era consciente la noche en que Lestat te convirtió en vampiro. No sentí aquel momento.

No obstante, todo el mundo sobrenatural había comenzado a vibrar semanas antes al conocer la noticia de que un mortal se había apoderado del cuerpo de otro mortal; esas cosas las sabemos, como si nos las comunicaran las estrellas. Una mente sobrenatural capta las vibraciones de este corte incisivo en el tejido de lo ordinario, y luego otra mente recibe la imagen, y así sucesivamente.

David Talbot, el nombre que todos conocíamos por pertenecer a la venerable orden de detectives clarividentes, la orden de Talamasca, había logrado trasladar toda su alma y su cuerpo etéreo a los de otro hombre. Aquel cuerpo se hallaba en poder de un ladrón de cadáveres al cual se lo arrebataste. Y una vez que hubiste logrado introducirte en el joven cuerpo, con todos tus escrúpulos y valores, con todo el saber de tus setenta y cuatro años, permaneciste anclado en las jóvenes células.

Y así fue como pasaste a ser David el Reencarnado, con su exquisita belleza india y su recia y bien alimentada fortaleza de linaje británico, que Lestat había transformado en un vampiro, uniendo el cuerpo y el alma, mezclando el milagro con el Truco Diabólico, consiguiendo una vez más un pecado que debería dejar pasmados a sus coetáneos y a sus mayores.

¡Y eso te lo hizo tu mejor amigo!

Bienvenido a la oscuridad, David. Bienvenido a los dominios de la «inconstante luna» de Shakespeare.

Haciendo gala de tu valor, te dirigiste a través del puente hacia mí.

—Discúlpame, Pandora—dijiste suavemente. El impecable acento británico de la clase alta y la habitual cadencia británica que resulta tan seductora que parece decir: «Nosotros salvaremos el mundo.»

Mantuviste una cortés distancia entre nosotros, como si yo fuera una doncella virgen del siglo pasado y no quisieras alarmarme ni herir mi tierna sensibilidad. Sonreí.

Entonces me permití el lujo de examinarte detenidamente, de tomar la medida a este vampiro neófito que Lestat —desoyendo las órdenes de Marius— se había atrevido a crear. Vi tus componentes como hombre: un alma humana inmensa, valerosa, pero que se sentía irremediablemente atraída por la desesperación, y un cuerpo que Lestat había tratado de hacer increíblemente poderoso, incluso a costa de lastimarse a sí mismo. Te había dado más sangre de la que suministrarte fácilmente durante tu transformación. Había tratado de transmitirte su coraje, su inteligencia, su astucia; había tratado de dotarte de un arsenal a través de la sangre.

Había hecho un excelente trabajo. Tu fuerza era compleja y obvia. La sangre de Akasha, nuestra Reina Madre, estaba mezclada con la de Lestat. Marius, mi antiguo amante, también le había proporcionado sangre. Lestat, ah, ¿qué es lo que dicen ahora? Dicen que incluso es probable que haya bebido la sangre de Cristo.

Fue el primer tema que comenté contigo, dejándome llevar por mi curiosidad, pues recorrer el mundo en busca de conocimientos a menudo supone provocar tales tragedias que me resulta odioso.

—Dime la verdad —dije—. Esta historia de Memnoch el Diablo... Lestat afirma que visitó el cielo y el infierno. Que trajo consigo el velo de la Verónica, ¡sobre el que aparecía marcada la faz de Cristo! Que ese velo convirtió a miles de personas a la fe cristiana, que curaba la locura y aliviaba el desconsuelo. Que hizo que los otros Hijos de las Tinieblas alzaran los brazos hacia la siniestra luz matutina, como si el sol fuera el fuego de Dios.

—Sí, todo eso ocurrió tal como yo lo relaté —contestaste, agachando la cabeza con exagerada modestia—. Y algunos de nosotros perecimos en este fervor, mientras la prensa y los científicos recogían nuestras cenizas para examinarlas.

No pude por menos que admirar tu sereno talante. Una sensibilidad del siglo XX. Una mente regida por una incalculable riqueza de información, una gran facilidad de palabra y un intelecto consagrado a la agilidad, la síntesis, las probabilidades, y todo ello contra el telón de fondo de unas experiencias horrendas, guerras, matanzas, lo peor que ha presenciado el mundo.

—Todo eso ocurrió —insististe—. Es cierto que hablé con las ancianas Mekare y Maharet y, no temas, sé muy bien lo frágil que es la raíz. Te agradezco tu interés en protegerme.

Me cautivó tu encanto.

—¿Qué opinas de este Velo Sagrado?—pregunté.

—Nuestra Señora de Fátima—respondiste suavemente—.El sudario de Turín, un lisiado que se levanta de su silla de ruedas curado por las aguas milagrosas de Lourdes. Debe de ser
un gran consuelo aceptar esto sin reservas.

—Pero ¿tú no lo aceptas?

Negaste con la cabeza.

—Ni tampoco Lestat. Fue Dora, la chica mortal, quien le arrebató el Velo y lo paseó por el mundo. Pero es un objeto muy singular, hecho con una minuciosidad increíble, más digno del término «reliquia» que ningún otro objeto de los que he visto.

De pronto añadiste con tristeza:

—Quienquiera que lo confeccionara, puso mucho empeño en ello.

—Y el vampiro Armand, el delicado y juvenil Armand, ¿creyó él en ese Velo? —pregunté— Armand lo miró y vio el rostro de Cristo —añadí, buscando tu confirmación.

—Lo suficiente para morir por él —respondiste en tono solemne—. Lo suficiente para abrir sus brazos al sol matutino.

Luego volviste la cara y cerraste los ojos. Era un sencillo y escueto ruego para que no te obligara a hablar de Armand y de cómo se había arrojado a aquel fuego matutino.

Yo suspiré, sorprendida y gratamente fascinada al comprobar que eras un ser muy inteligente, escéptico, aunque claramente conectado a los otros.

—Armand —proseguiste con voz entrecortada, sin volverte hacia mí—. Qué réquiem. ¿Sabe ahora si Memnoch era real, si Dios Encarnado, que tentó a Lestat, era en verdad el Hijo de Dios Todopoderoso? ¿Quién puede saberlo?

Tu franqueza, tu pasión me conmovieron. No estabas amargado ni eras un cínico. Tus sentimientos hacia esos hechos y seres, las preguntas que planteabas transmitían una gran inmediatez.

—Encerraron el Velo bajo llave —dijiste—. Está en el Vaticano. Se produjeron dos semanas de locura en la Quinta Avenida, en la catedral de San Patricio, cuando la gente acudió a mirar a los ojos a Nuestro Señor, y luego se lo llevaron y lo encerraron en una cámara acorazada. Dudo de que exista una nación en la tierra que tenga el poder de echarle siquiera un breve vistazo.

—¿Y Lestat? —pregunté—. ¿Dónde se encuentra ahora?

—Paralizado, silencioso —contestaste—. Lestat yace postrado en el suelo de una capilla de Nueva Orleans. No se mueve. No dice nada. Su Madre ha ido a reunirse con él. Se llama
Gabrielle, tú la conociste. Lestat la convirtió en vampiro.

—Sí, la recuerdo.

—Ni siquiera ella consigue hacer que Lestat reaccione. Viera lo que viese en su viaje al cielo y al infierno, no conoce la verdad ni de uno ni de otro; él mismo trató de decirle esto a Dora. Y después de que hube escrito toda la historia para él, al cabo de unas noches se sumió en ese estado.

»Tiene la mirada fija en el infinito y el cuerpo relajado. Él y Gabrielle forman una curiosa Piedad en ese convento y capilla abandonados. La mente de Lestat está cerrada, o peor aún, vacía.

Tu forma de expresarte me complació enormemente. De hecho, me dejó atónita.

—Dejé a Lestat porque era incapaz de ayudarle, no podía hacer nada por él —proseguiste—, y debo averiguar si algunos de los vampiros más ancianos desean acabar conmigo; debo realizar mis peregrinajes y mis progresos para conocer los peligros de este mundo en el que he penetrado.

—Admiro tu sinceridad. No te andas con tapujos.

—Al contrario. Procuro ocultarte mis cualidades más valiosas. —Esbozaste una sonrisa cortés—. Tu belleza me confunde. ¿Estás acostumbrada a esto?

—Sí —repuse—, y desconfío de ello. Pero hablemos de otra cosa. Permite que te advierta que existen unos ancianos a quienes nadie conoce ni es capaz de explicar. Corren rumores de que has estado con Maharet y Mekare, que actualmente constituyen la Mayor y la Fuente de la que todos procedemos. Es evidente que han decidido apartarse de nosotros, de todo el mundo, retirándose a un lugar secreto, y que rechazan toda autoridad.

—Tienes razón —dijiste—. Mi audiencia con ellas fue maravillosa, aunque breve. No quieren gobernar sobre nadie. Maharet se niega rotundamente; mientras perdure la historia del mundo y sus descendientes físicos se encuentren en él (sus miles de descendientes humanos procedentes de tiempos tan remotos que nadie los ha datado), Maharet jamás se destruirá a sí misma ni destruirá a su hermana, acabando de paso con todos nosotros.

—Sí —repuse—, cree absolutamente en eso, en la Gran Familia, en las generaciones cuya trayectoria ha seguido durante miles de años. La vi cuando nos reunimos todos. Ella no
nos considera unos seres malignos (a ti, a Lestat, a mí), cree que somos naturales, como los volcanes o los incendios que arrasan los bosques, o los relámpagos que se abaten sobre un hombre y lo matan.

—Precisamente —apostillaste—. Ya no existe la Reina de los Malditos. Sólo temo a otro ser inmortal, a tu amante, Marius. Porque fue él quien antes de abandonar a los otros les prohibió terminantemente que se siguieran creando seres bebedores de sangre. Según Marius, yo soy un bastardo. Es decir, si Marius fuera inglés, ése es el término que emplearía.

Yo sacudí la cabeza.

—No creo que Marius te lastimara. ¿No fue a ver a Lestat? ¿No fue a ver el Velo con sus propios ojos?

Tú respondiste que no a ambas preguntas.

—Te voy a dar un consejo —dije—: cada vez que intuyas su presencia, háblale. Háblale como lo has hecho conmigo. Inicia una conversación que no sea capaz de interrumpir.

Tú sonreíste de nuevo.

—Es una forma muy hábil de expresarlo—dijiste.

—Pero no creo que debas temerle. Si Marius hubiera querido eliminarte, ya lo habría hecho. Lo que debemos temer es lo mismo que temen los humanos: la existencia de otros seres de nuestra especie, dotados de diversos poderes y creencias. Nunca podemos estar seguros de quiénes son ni qué hacen. Éste es el consejo que te doy.

—Eres muy amable al dedicarme tanto tiempo —respondiste.

Sentí deseos de llorar.

—Al contrario. No conoces el silencio y la soledad que me rodean, y espero que nunca los conozcas; me has procurado calor sin muerte, alimento sin sangre. Me alegro de que hayas venido.

Tú alzaste la vista al cielo, como suelen hacer los jóvenes.

—Lo sé, debemos despedirnos.

Te volviste hacia mí súbitamente.

—Veámonos mañana por la noche —me rogaste—, para seguir conversando. Me reuniré contigo en el café al que acudes todas las noches para reflexionar. Quiero seguir charlando contigo.

—De modo que me has visto allí.

—Oh, sí, muchas veces —contestaste. Luego apartaste de nuevo el rostro, imagino que para ocultar tus sentimientos. Al cabo de unos instantes volviste a clavar tus ojos negros en mí y preguntaste—: El mundo es nuestro, ¿no es cierto, Pandora?

—No lo sé, David. Pero me reuniré contigo mañana por la noche. ¿Por qué no fuiste a verme al café? Es un lugar cálido y bien iluminado.

—Me parecía una intromisión intolerable invadir tu sacrosanta intimidad en un local atestado de gente. Las personas acuden a esos lugares para estar solas, ¿no es así? Consideré que sería más correcto abordarte aquí. No pretendía espiarte. Al igual que muchos neófitos, tengo que alimentarme de sangre todas las noches. Fue una casualidad el que nos encontráramos en aquel momento.

—Esto es delicioso, David —repuse—. Hace mucho que nadie me cautiva como lo haces tú. Nos veremos allí... mañana por la noche.

Entonces se apoderó de mí un deseo perverso. Me acerqué a ti y te abracé, sabiendo que la dureza y la frialdad de mi viejo cuerpo te inspirarían un profundo terror, ya que eras tan joven y pasabas tan fácilmente por un mortal.

Pero tú no te apartaste, y cuando te besé en la mejilla tú me besaste en la mía.

Ahora, mientras estoy sentada en este café, escribiendo, tratando de darte con estas palabras más de lo que quizá me hayas pedido... me pregunto qué habría hecho si no me hubieras besado, si hubieras retrocedido impulsado por el temor que suelen sentirlos jóvenes.

David, eres un enigma para mí.

Como verás, no he comenzado a relatar mi vida en estas páginas, sino lo que ha ocurrido entre tú y yo estas dos noches. Permíteme, David, hablar de ti y de mí, y luego quizá consiga recuperar mi vida perdida.

Cuando esta noche entraste en el café, no le di importancia a las libretas. Llevabas dos. Muy gruesas.

El cuero de las libretas emanaba un olor agradable, a viejo, y cuando las depositaste sobre la mesa detecté un destello en tu disciplinada y controlada mente que me indicó que tenían que ver conmigo.

Yo había elegido esta mesa en el concurrido centro de la sala, como si deseara sentarme en medio de la algarabía de aromas y actividad mortales. Tú parecías satisfecho, seguro de ti, a gusto.

Lucías otro magnífico traje de corte moderno con una capa de estambre, muy elegante, muy Viejo Mundo, y con tu piel dorada y tus radiantes ojos, hiciste que todas las mujeres que había en el café, y algunos hombres también, se volvieran para mirarte.

Sonreíste. Yo debía de parecerte un caracol, cubierta como iba con mi capa y capucha, buena parte del rostro oculto tras mis gafas doradas, y en los labios un suave toque de carmín rosa violáceo que me recordaba un moratón. Al contemplarme en el espejo de la tienda me vi muy atractiva; me complacía el no tener que ocultar mi boca. Mis labios son casi incoloros. Pintados de ese color podía sonreír.

Llevaba estos guantes de encaje negro con las puntas cortadas para que mis dedos sintieran el tacto de las cosas, y me había dado un poco de hollín en las uñas para que no relucieran como el cristal dentro del café. Te tendí la mano y la besaste. Tú mostrabas la prestancia y el decoro de siempre. Luego me dirigiste una sonrisa cálida, una sonrisa en la que creo que dominaba tu antigua fisiología, porque parecías demasiado sabio para alguien tan joven y fuerte. Me maravilló la perfección de la imagen que te habías creado.

—No sabes cuánto me alegra que hayas acudido —dijiste—, que me hayas permitido reunirme contigo en esta mesa.

—Hiciste que deseara hacerlo —respondí, alzando las manos y observando que parecías deslumbrado por el brillo de mis uñas, pese a que me había aplicado hollín sobre ellas.
Extendí las manos hacia ti, imaginando que te apartarías para evitar el contacto, pero dejaste que mis pálidos y fríos dedos aferraran tu mano cálida y tostada.

—¿Te parezco un ser vivo? —te pregunté.

—Oh, sí, desde luego, un ser radiante y absolutamente vivo.

Pedimos los cafés, tal como esperan de nosotros los mortales, y gozamos con el calor y el aroma mucho más de lo que éstos pueden llegar a imaginar, removiendo el contenido de nuestras tazas con las cucharillas. Yo tenía ante mí un postre de color rojo. El postre sigue ahí, por supuesto. Lo pedí sencillamente porque era rojo —fresas con almíbar— y emanaba un aroma dulce que habría atraído a las abejas.

Tus halagos me hacían sonreír, me complacían. Jugué un poco contigo, aunque sin mala fe. Dejé caer la ca—pucha hacia atrás y sacudí la cabeza para que mi espesa cabellera castaño oscuro resplandeciera bajo las luces del café.

Por supuesto, eso no constituye ningún signo para los mortales, ni tampoco el pelo rubio de Marius o el de Lestat. Pero reconozco que mi cabello me encanta, me encanta cuando me cae sobre los hombros como un velo, y me encantó la expresión que vi en tus ojos.

—Dentro de mí hay una mujer—dije.

El escribir ahora sobre esto —en esta libreta, mientras me encuentro sola en este café— proporciona una arquitectura a un momento banal, y parece tratarse de una penosa confesión.

A medida que escribo, David, a medida que me siento atraída por el concepto de la narración, más firmemente creo en el peso de una coherencia que es posible sobre una hoja pero no en la vida.

Sin embargo, no me propuse tomar esta pluma tuya. Estábamos conversando.

—Pandora, si alguien no reconoce que eres una mujer, es que es imbécil —dijiste.

—Cómo se enojaría Marius conmigo por sentirme halagada por estas palabras —repuse—. O no. Es probable que lo considerara un punto a favor de su postura. Yo le abandoné, le dejé sin una palabra, la última vez que estuvimos juntos, antes de que Lestat emprendiera su pequeña aventura y mucho antes de que se encontrara con Memnoch el Diablo. Dejé a Marius, y de golpe sentí deseos de localizarlo. Deseé hablar con él como tú y yo lo estamos haciendo ahora.

Me miraste preocupado, y con razón. Debiste de intuir que durante estos últimos, largos y tristes años nada había despertado en mí entusiasmo alguno.

—¿Querrás escribir tu historia para mí, Pandora? —me preguntaste de sopetón.

Tus palabras me sorprendieron.

—¿La escribirás en estas libretas? —insististe—. Escribe sobre la época en que estabas viva, la época en que te uniste a Marius, escribe lo que quieras sobre él. Pero lo que deseo ante todo es conocer tu historia.

Me quedé atónita.

—¿A qué viene esta petición?

No respondiste.

—No habrás regresado a esa orden de seres humanos, la Talamasca, ¿verdad?; saben demasiado...

Alzaste la mano.

—No, y jamás regresaré a ella; si alguna vez tuve alguna duda acerca de esa orden, los archivos de Maharet se encargaron de despejarla.

—¿Ella dejó que examinaras sus archivos, los libros que ha conservado a lo largo del tiempo?

—Sí, fue extraordinario... un verdadero almacén repleto de tablillas de arcilla, rollos de pergaminos, libros y poemas de otras culturas cuya existencia el mundo desconoce. Libros redactados en tiempos inmemoriales. Como es lógico, Maharet me prohibió que revelara los datos que pudiera encontrar o que hablara detalladamente sobre nuestro encuentro. Dijo que era arriesgado jugar con esas cosas, y confirmó tu temor de que yo hubiera regresado a la Talamasca, a mis viejos amigos mortales con dotes de clarividencia. Pero no lo he hecho ni lo haré nunca. No me cuesta el menor esfuerzo mantener esta promesa.

—¿Y eso?

—Cuando vi esos antiguos escritos, Pandora, comprendí que ya no era humano. Que la historia que yacía ante mí, aguardando ser recogida por alguien, ya no era la mía. ¡No soy uno de esos seres! —exclamaste recorriendo la habitación con la vista—. Supongo que habrás oído estas palabras mil veces de boca de un vampiro neófito. Pero yo creía fervientemente que la filosofía y la razón constituirían un puente entre ambos mundos que me permitiría trasladarme de uno a otro sin mayores problemas. Sin embargo, ese puente no existe. Ha desaparecido.

Tu tristeza refulgía alrededor de ti, brillaba en tus juveniles ojos y en la suavidad de tu carne nueva.

—De modo que lo sabes —dije. No me había propuesto pronunciar esas palabras. Brotaron espontáneamente—. Lo sabes —repetí, soltando una leve pero amarga carcajada.

—Sí. Lo supe cuando examiné los documentos de tu época, gran cantidad de ellos, de la Roma imperial, y otros vetustos fragmentos de piedras inscritas con unos garabatos que ni siquiera logré identificar. Lo supe, sí. ¡Pero esos documentos no me importan, Pandora! Me importa lo que somos en estos momentos.

—Qué extraordinario —dije—. No sabes cuánto te admiro y cuán atractiva me parece tu actitud.

—Me alegra saberlo —respondiste. Luego te inclinaste hacia mí y añadiste—: No digo que no llevemos nuestra alma humana, nuestra historia, dentro de nosotros; es evidente que sí.

»Recuerdo que en cierta ocasión, hace mucho tiempo, Armand me contó que al preguntar a Lestat: "¿Qué puedo hacer para comprender a la raza humana?", Lestat contestó: "Lee o ve a ver todas las obras de Shakespeare y averiguarás cuanto precisas saber sobre la raza humana." Armand siguió su consejo. Devoró los poemas, asistió a la representación de sus obras teatrales, vio las nuevas y espléndidas películas protagonizadas por Laurence Fishbourne, Kenneth Branagh y Leonardo DiCaprio. Y cuando Armand y yo hablamos por última vez, me dijo lo siguiente sobre su educación: "Lestat tenía razón. No me procuró libros sino el medio de comprender a la raza humana. Ese hombre Shakespeare escribe (y cito a Armand y a Shakespeare tal como lo expresó Armand, y yo te lo repetiré) como si brotara de mi corazón:

Mañana, y al otro, y al otro,
los días transcurren a un monótono ritmo,
hasta la última sílaba del tiempo recogido en la Historia;
y todos nuestros ayeres han indicado a los necios
el camino hacia la polvorienta muerte.
Apágate, apágate breve candela.
La vida no es sino una sombra errante;
un pobre actor que se mueve y agita durante horas sobre el
escenario, y luego desaparece para siempre;
es una historia relatada por un idiota,
repleto de sonido y furia, que no significa nada.

»"Este hombre escribió eso —prosiguió Armand—, y todos sabemos que es la pura verdad y que todas las revelaciones han sucumbido más pronto o más tarde ante ella, y sin embargo nos encanta la forma en que lo expresó Shakespeare, deseamos oírlo una y otra vez. Deseamos recordarlo. Deseamos no olvidar una sola palabra de lo que escribió."

Ambos guardamos silencio durante unos instantes. Tú bajaste la mirada y apoyaste la barbilla sobre el puño. Yo sabía que todo el peso de la aventura que había emprendido Armand hacia el sol reposaba sobre ti, y me había encantado el modo en que habías recitado esas palabras, y las palabras en sí mismas. Por fin dije:

—Y me produce placer, piensa en ello, placer, el que me recites esas palabras.

Sonreíste.

—Deseo saber qué podemos averiguar —dijiste—. Deseo conocer cuanto podamos ver. De modo que acudo a ti, un vampiro hembra. Hija del Milenio, un vampiro que ha bebido de la misma reina Akasha, que ha sobrevivido dos mil años, y te pido, Pandora, que escribas para mí, que escribas tu historia, que la escribas como quieras.

Permanecí en silencio por unos instantes.

Luego dije ásperamente que no podía hacerlo. Pero unos recuerdos habían despertado en mí. Vi y oí unas discusiones y peleas que se habían producido hacía siglos, vi brillar la luz del poeta sobre unas eras que había conocido íntimamente a través del amor. Otras eras no las he conocido, pues yo era un pobre espíritu errante, sumido en la ignorancia.

Sí, ciertamente, existía una historia que debía ser escrita; pero en esos momentos me negué a reconocerlo.

Tú te mostrabas muy afligido tras haber pensado en Armand, tras haber recordado cómo se había dirigido hacia el sol matutino. Añorabas a Armand.

—¿Existía algún vínculo entre vosotros? —me preguntaste—. Disculpa mi atrevimiento, pero me refiero a si existía algún vínculo entre vosotros cuando Armand y tú os conocisteis, puesto que Marius os había dado a ambos el Don Oscuro. Sé que no sientes celos, me consta. No habría mencionado el nombre de Armand si hubiera detectado cierto resentimiento en ti, pero todo lo demás es una ausencia, un silencio. ¿No existía un vínculo entre vosotros?

—El único vínculo era el dolor. Él se dirigió hacia el sol, y el dolor es sin duda alguna el vínculo más sencillo y seguro.

Soltaste una risita.

—¿Cómo puedo convencerte de que accedas a mis deseos? Compadécete de mí, graciosa dama, confíame tu canción.

Esbocé una sonrisa indulgente, pero pensé que eso era imposible.

—Es demasiado disonante, querido —repuse—. Demasiado... —Cerré los ojos. Deseaba decir que mi canción era demasiado dolorosa para cantarla.

De pronto alzaste la mirada. Tu rostro mudó de expresión. Parecía como si quisieras hacerme creer que habías caído en trance. Sacudiste la cabeza, señalaste algo, y luego dejaste caer la mano sobre la mesa.

—¿Qué ocurre, David? —pregunté—. ¿Qué ves?

—Espíritus, Pandora, fantasmas.

—Pero eso es inaudito—contesté. Sabía, no obstante, que David decía la verdad—. El Don Oscuro nos arrebata ese poder. Incluso las antiguas brujas, Maharet y Mekare, nos aseguraron que una vez que la sangre de Akasha penetró en ellas y se convirtieron en vampiros hembras, no volvieron a oír ni ver a los espíritus. Tú has hablado con ellas recientemente. ¿Les contaste que tenías ese poder?

David asintió. Era evidente que la lealtad le obligaba a no decir que ellas no lo poseían. Pero yo lo sabía. Lo vi en la mente de David, y lo comprobé personalmente cuando me entrevisté con las ancianas gemelas que habían exterminado a la Reina de los Malditos.

—Veo unos espíritus, Pandora —dijiste en tono de preocupación—. Si me esfuerzo puedo verlos por doquier, y en algunos lugares muy específicos cuando ellos lo desean. Lestat vio el fantasma de Roger, su víctima en Memnoch el Diablo.

—Pero eso fue una excepción propiciada por un arrebato de amor que experimentó el alma de ese hombre, un arrebato que desafió a la muerte, o que en todo caso demoró el fin del alma, algo que nosotros no alcanzamos a comprender.

—Veo espíritus, pero no he venido para agobiarte ni atemorizarte.

—Cuéntame más detalles —le rogué—. ¿Qué viste hace unos segundos?

—Un espíritu débil, incapaz de herir a nadie. Es uno de esos tristes humanos que no saben que están muertos. Constituyen una atmósfera en torno al planeta. Los llaman «espíritus errantes». Pero yo tengo más dentro de mí mismo para explorar.

Tras una breve pausa, continuaste:

—Al parecer, cada siglo produce un nuevo tipo de vampiro. Digamos que el curso de nuestro desarrollo no se establece desde el principio, como tampoco el de los seres humanos. Tal vez una noche te cuente todo lo que veo (esos espíritus que nunca logré ver claramente cuando era mortal). Te contaré algo que me confesó Armand sobre los colores que veía cuando se apoderaba de una vida, cuando el alma abandonaba el cuerpo envuelta en unas ondas que irradiaban colores.

—¡Jamás había oído semejante cosa!

—Yo también veo eso —dijiste.

Observé que casi te dolía hablar de Armand.

—Pero ¿cómo es posible que Armand creyera en el Velo? —pregunté, asombrada de mi vehemencia—. ¿Por qué se dirigió hacia el sol? ¿Cómo es posible que eso consiguiera aniquilar la razón y la voluntad de Lestat? ¡La Verónica! ¿No sabían que ese nombre significa Vera icon, que jamás existió tal persona, que un hombre que regresó al antiguo Jerusalén el día en que Cristo recorrió las calles cargado con su cruz no logró hallarla? La inventaron los sacerdotes. ¿Acaso no lo sabían?

Creo que yo había tomado ya la dos libretas, pues al bajar la vista advertí que las sostenía en la mano. Es más, las estreché contra mi pecho y examiné una de las plumas.

—La razón —murmuré—. ¡La preciosa razón! ¡La conciencia psíquica dentro de un vacío! —Meneé la cabeza y te sonreí amablemente—. ¡Y vampiros que hablan con los espíritus! Seres humanos capaces de desplazarse de un cuerpo a otro... —Con un ímpetu que hasta a mí me pareció insólito, añadí—: El alegre y moderno culto a los ángeles, tan de moda hoy en día, la profunda devoción que se observa en todas partes. Y las personas que se levantan de la mesa de operaciones para referir su experiencia de vida después de la muerte, un túnel, un amor que las abraza. ¡Oh, sí, Lestat te creó en una época propicia! Francamente, no me explico esos fenómenos.

Era evidente que mis palabras, o mejor dicho la forma en que una mano invisible me había hecho exponer mi punto de vista, te habían impresionado, tanto como a mí.

—No he hecho más que empezar —dijiste—, y ya me codeo con brillantes Hijos del Milenio y adivinos callejeros que leen el futuro en las cartas del Tarot. Estoy ansioso por examinar bolas de cristal y espejos oscurecidos. Buscaré entre aquellos a quienes los demás consideran locos, o entre nosotros mismos, entre seres como tú que han contemplado algo que creen que no deben compartir con nadie. ¿No es cierto? Pero yo te pido que lo compartas. Estoy harto del alma humana. Estoy harto de la ciencia y la psicología, de los microscopios e incluso de los telescopios orientados hacia las estrellas.

Yo estaba fascinada. ¡Con qué convicción te expresabas! Noté que me ardían las mejillas debido a los sentimientos que inspirabas en mí. Hasta creo que te miré boquiabierta.

—Yo mismo soy un milagro —añadiste—. Soy inmortal, y deseo recabar más información sobre nosotros. Tú tienes una historia que contar, eres muy vieja, y estás acabada. Siento amor por ti y valoro que las cosas sean como son y, nada más.

—¡Qué frase tan extraña!

«El amor.» Te encogiste de hombros. Alzaste la vista al techo y luego la clavaste en mí para conferir mayor énfasis a tus palabras.

—Y llovió y llovió durante millones de años, y los volcanes hirvieron y los mares se enfriaron, ¿y luego se produjo el amor? —Te encogiste nuevamente de hombros, burlándote de ese concepto tan absurdo.

No pude por menos que reírme de tu pequeño gesto. «Demasiado perfecto», pensé; pero de pronto me sentí rota y hundida.

—Esto es muy inesperado —comenté—, porque aunque yo tenga una historia, una pequeña historia...

—¿ Sí?

—Bien, mi historia, suponiendo que la tenga, está precisamente relacionada con los puntos que has destacado. —De golpe me ocurrió algo muy extraño. Volví a soltar una breve risita y dije—: ¡Te comprendo! No, no el que veas espíritus, pues éste es un tema demasiado trascendente, pero ahora comprendo el origen de tu fuerza. Has vivido toda una vida humana. A diferencia de Marius, a diferencia de mí, no se apoderaron de ti en la plenitud de tu existencia, sino casi en el mismo momento en que se produjo tu muerte natural. Es por ello por lo que no quieres saber nada de las aventuras, y los defectos de los espíritus que vagan errantes por la tierra. Estás decidido a seguir adelante con el coraje de un hombre que ha fallecido en su vejez y comprueba que se ha alzado de la tumba. Has propinado una patada a las coronas fúnebres. Estás preparado para el Olimpo, ¿no es así?

—O para Osiris, que habita en el más profundo de los abismos —respondiste—. O para los fantasmas de Hades. Ciertamente, estoy preparado para los espíritus, para los vampiros, para aquellos que ven el futuro y afirman conocer el pasado, para ti, que posees una inteligencia extraordinaria dentro de un envoltorio muy bello, que ha perdurado un sinfín de años, una inteligencia que quizás ha destruido todo en ti salvo tu corazón.

Te miré estupefacta.

—Perdóname. Ha sido una grosería por mi parte —dijiste.

—No, explícate.

—Siempre les arrebatas el corazón a tus víctimas, ¿no es cierto? Deseas su corazón.

—Tal vez. No esperes que pronuncie unas frases tan sabias como haría Marius, o las ancianas gemelas.

—Me siento atraído por ti —dijiste.

—¿Porqué?

—Porque llevas una historia dentro de ti; detrás de tu silencio y tu dolor yace una historia, perfectamente articulada, que espera ser escrita.

—Eres demasiado romántico, amigo mío —repuse.

Aguardaste con infinita paciencia. Creo que sentiste el tumulto que se agitaba en mi interior, el modo en que mi alma se estremecía ante tantas emociones nuevas.

—Es una historia insignificante —dije. Vi unas imágenes, unos recuerdos, unos instantes, los elementos que incitan a las almas a la acción y la creación. Vislumbré una minúscula posibilidad de recuperar la fe.

Creo que ya conocías la respuesta.

Tú sabías lo que yo iba a hacer, antes que yo misma. Sonreíste con discreción, pero estabas impaciente, sobre ascuas.

Mientras te miraba, pensé en el esfuerzo de narrar toda la historia...

—Quieres que me vaya, ¿no es cierto? —dijiste. A continuación te levantaste, tomaste tu abrigo, un tanto húmedo debido a la lluvia, y te inclinaste elegantemente para besarme la mano.

Yo seguía sosteniendo las libretas.

—No —contesté—. No puedo hacerlo.

Te abstuviste de hacer ningún comentario.

—Vuelve dentro de dos noches —dije—. Prometo devolverte las libretas, aunque sus páginas estén en blanco o sólo contengan una explicación más satisfactoria sobre el motivo que me impide recuperar mi vida perdida. No te decepcionaré. Acudiré a la cita y te entregaré estas libretas, pero no esperes nada más.

—Dentro de dos noches —apostillaste— volveremos a encontrarnos aquí.

Te observé en silencio mientras abandonabas el café. Como ves, David, ya ha comenzado.

Y como ves, también, he utilizado nuestro encuentro como introducción a la historia que me has pedido que narre.







































 

 

2



LA HISTORIA DE PANDORA


Nací en Roma, durante el reinado de César Augusto, en el año que según vuestros cálculos debió de ser el 15 a.C., o quince años «antes de Cristo».

Todos los datos históricos romanos y nombres romanos que cito aquí son rigurosamente ciertos. No los he falseado, no he inventado historias ni acontecimientos políticos falsos.

Todo ello incidió de forma decisiva sobre mi suerte y la suerte de Marius. No he incluido nada por amor al pasado.

He omitido el nombre de mi familia. Lo he hecho porque tiene una historia y no deseo vincular su antigua reputación, obras y epitafios a este relato. Por otra parte, cuando Marius le confió su historia a Lestat, no le reveló el apellido de su familia romana. Yo respeto esa decisión y tampoco la revelaré aquí. Hacía más de diez años que Augusto había sido coronado emperador, y era una época fantástica para ser una mujer educada en Roma, pues las mujeres gozábamos de total libertad. Yo tenía un padre que era un rico senador y cinco hermanos prósperos. Me crié huérfana de madre, pero querida y mimada por una legión de institutrices y tutores romanos que me concedían cuanto deseaba.

Si realmente quisiera ponértelo difícil, David, escribiría esta historia en latín clásico. Pero no lo haré. Y debo decirte que, a diferencia de ti, adquirí mi educación en inglés de forma casual; desde luego, no lo aprendí en las obras de Shakespeare.

He pasado por muchos estadios de la lengua inglesa durante mis viajes y mis lecturas, pero buena parte de mis conocimientos del inglés los adquirí en el siglo presente, y escribiré para ti en un inglés coloquial.

Existe otro motivo para ello, que sin duda comprenderás si has leído la traducción moderna del Satiricón, de Petronio, o las sátiras de Juvenal. El inglés más moderno en realidad equivale al latín de mis tiempos.

Las cartas oficiales de la Roma imperial no te dirán esto, pero las inscripciones garabateadas sobre los muros de Pompeya lo confirmarán. Poseíamos una lengua sofisticada, un sinfín de hábiles atajos verbales y expresiones comunes.

Por consiguiente, voy a escribir en el inglés que considero equivalente a mi antigua lengua, y natural para mí.

Déjame añadir —mientras la acción se halla suspendida— que yo nunca fui, como dijo Marius, una cortesana griega. Yo vivía como tal cuando Marius me dio el Don Oscuro, y quizás él me describió así por respeto a viejos secretos mortales. O quizá lo hiciera por despecho. No lo sé.

Pero Marius conocía todos los detalles sobre mi familia romana, que era una familia senatorial, tan aristocrática y privilegiada como su propia familia mortal, y que mi linaje se remontaba a los tiempos de Rómulo y Remo, al igual que el linaje mortal de Marius. Marius no sucumbió a mí porque yo poseyera «unos brazos hermosos», según le indicó a Lestat. Esta trivialización seguramente fue una provocación.

No les reprocho nada, ni a Marius ni a Lestat. Ignoro si el primero erró al describir los hechos o si el segundo los interpretó mal.

Mis sentimientos hacia mi padre han sido tan fuertes hasta esta misma noche, mientras estoy sentada en este café, escribiendo mi historia para ti, David, que me asombra el poder de la escritura, de trazar unas palabras en un papel y evocar con tal intensidad el amable rostro de mi padre.

Mi padre tuvo una muerte atroz. No merecía ese fin. Pero algunos de nuestros parientes sobrevivieron y posteriormente restituyeron el buen nombre de nuestra familia.

Mi padre era rico, uno de los auténticos millonarios de aquella época, con capital en numerosos negocios. Ejerció de soldado en más ocasiones de las que le fueron requeridas, era senador, un hombre inteligente y de temperamento apacible. Y después de los horrores de la guerra civil se convirtió en un acérrimo partidario de César Augusto, y el emperador le tenía en gran estima.

Por supuesto que mi padre soñaba con la restauración de la República romana; todos soñábamos con ello. Pero Augusto había aportado paz y unidad al Imperio.

Durante mi juventud me encontré con Augusto en muchas ocasiones, siempre en algún concurrido e intrascendente acto social. Tenía el aspecto que mostraba en sus retratos; un hombre delgado con la nariz larga y afilada, el pelo corto, un rostro corriente. Era una persona racional y pragmática por naturaleza, desprovista de una crueldad anormal, y para nada vanidosa.

El pobre tuvo la suerte de no ser capaz de adivinar el futuro, de no intuir siquiera todos los horrores y la locura que se desencadenarían con Tiberio, su sucesor, y que persistirían durante tanto tiempo bajo otros miembros de su familia.

Yo no comprendí hasta más tarde la singularidad y los logros del largo reinado de Augusto. ¿Fueron cuarenta y cuatro años de paz en todas las ciudades de Europa?

Ah, nacer en aquella época significaba hacerlo en una época de creatividad y prosperidad, cuando Roma ostentaba el título de caput mundi, de capital del mundo. Cuando vuelvo la vista atrás, soy consciente de la poderosa combinación que representaba poseer una tradición e ingentes cantidades de dinero, valores antiguos y un poder nuevo. Nuestra familia era conservadora, estricta, incluso un tanto anticuada, pero gozábamos de todos los lujos imaginables. Con los años mi padre se convirtió en un anciano aún más tranquilo y conservador. Disfrutaba con la compañía de sus nietos, que nacieron cuando él era todavía un hombre vigoroso y activo.

Aunque mi padre había combatido sobre todo en las campañas del norte libradas junto al Rin, estuvo destinado en Siria durante un tiempo. Había estudiado en Atenas. Había prestado tantos servicios y con tanta eficacia al Imperio que le permitieron jubilarse anticipadamente —mientras yo me hacía mujer—, una temprana retirada de la vida social que bullía en torno al palacio imperial, aunque en aquel entonces yo no fuera consciente de ello.

Mis cinco hermanos eran mayores que yo, de modo que no se produjo un «duelo romano ritual» cuando vine al mundo, como se dice que ocurría en las familias romanas cuando nacía una hembra. Todo lo contrario.

Mi padre se había situado en cinco ocasiones en el atrio —el patio interior principal, o peristilo, de nuestra casa, con sus pilares y escalinatas y suntuosos mármoles—, ante toda la familia que se había reunido allí, sosteniendo en brazos a un hijo recién nacido y, tras examinarlo, había declarado que era un bebé perfecto y digno de criarse en su hogar, de acuerdo con su prerrogativa. Como sin duda sabes, a partir de aquel momento mi padre tenía el poder de decidir sobre la vida y la muerte de sus vástagos.

Si mi padre no hubiera deseado esos hijos varones por el motivo que fuere, los habría abandonado en la calle para que murieran de hambre. La ley prohibía robar esos niños y convertirlos en esclavos.

Dado que ya tenía cinco hijos, algunos supusieron que se apresuraría a desembarazarse de mí. ¿Quién necesitaba a una niña? Pero jamás abandonó ni rechazó a ninguno de los hijos de mi madre. Cuando nací, mi padre, según me han contado, lloró de alegría.

«¡Loados sean los dioses! ¡Una preciosa niña!» He oído esa anécdota ad nauseam de boca de mis hermanos, quienes cada vez que me portaba mal —cuando cometía alguna travesura o me mostraba rebelde y respondona— decían en tono burlón: «¡Loados sean los dioses, una preciosa niña!» Esa frase se convirtió en un delicioso acicate.

Mi madre falleció cuando yo tenía dos años, y lo único que recuerdo de ella es su bondad y su dulzura. Había perdido tantos hijos como había parido, y la muerte precoz era muy corriente en aquella época. Mi padre escribió un maravilloso epitafio para ella, y su memoria fue honrada durante toda mi vida. Mi padre no trajo a ninguna otra mujer a nuestra casa. Se acostaba con algunas de las esclavas, pero eso no era inusual. Mis hermanos también lo hacían. Era una práctica común en las casas romanas. De modo, pues, que mi padre no trajo a una nueva mujer perteneciente a otra familia para que me educara.

No siento ningún dolor por haber perdido a mi madre, porque yo era demasiado niña cuando ella murió, y si alguna vez lloré su ausencia, no lo recuerdo.

Lo que sí recuerdo es que podía corretear a mis anchas por una antigua, enorme y suntuosa casa romana, de planta rectangular—con numerosas habitaciones rectangulares que daban al rectángulo principal y que se comunicaban entre sí, rodeada por un gigantesco jardín sobre la colina Palatina. La casa tenía los suelos de mármol y unos muros bellamente pintados. El jardín serpenteaba y rodeaba cada estancia de la vivienda.

Yo era la niña de los ojos de mi padre. Recuerdo que me encantaba ver practicar a mis hermanos en el jardín con sus espadas cortas de dos filos, o escuchar a sus tutores cuando les impartían clase; yo tenía también unos excelentes maestros que me enseñaron a leer la Eneída, de Virgilio, antes de que hubiera cumplido los cinco años.

Las palabras me fascinaban. Me gustaba cantarlas y decirlas, y debo reconocer que incluso ahora gozo escribiéndolas.

No habría podido confesarte eso hace unas noches, David. Tú me has devuelto algo y es justo que lo reconozca. Voy a procurar no escribir demasiado rápidamente en este café mortal, no sea que los seres humanos se percaten de ello.

Pero sigamos con el tema que nos ocupa.

A mi padre le parecía muy divertido que yo supiera recitar versos de Virgilio a tan temprana edad, y nada le complacía tanto como exhibirme en los banquetes a los que convidaba a sus amigos senadores, tan conservadores y anticuados como él, y a veces al mismo César Augusto. César Augusto era un hombre afable. Sin embargo, no creo que a mi padre le gustara recibirlo en nuestra casa. Pero imagino que de vez en cuando no tenía más remedio que agasajar al emperador con exquisitas viandas y buenos vinos.

Yo solía aparecer con mi niñera para ofrecer un recital que suscitaba los aplausos de los comensales, y seguidamente me retiraba de nuevo a mi habitación, desde la que no podía con templar a los orgullosos senadores romanos devorando sesos de pavo real y garum. Supongo que sabes lo que es. Se trata de una salsa espantosa con que los romanos aderezaban todos los platos, semejante al catsup de nuestros días. Esa salsa anulaba el sabor de las anguilas o los calamares que tuvieras en el plato, o los sesos de avestruz, o el cordero lechal, u otras absurdas exquisiteces que contenían las gigantescas bandejas.

Quiero destacar que los romanos, como sabes, albergaban en su corazón una pasión especial por la glotonería, y esos banquetes se convertían inevitablemente en un espectáculo repugnante. Los comensales se retiraban al vomitorio de la casa para arrojar los primeros cinco platos del festín y así poder devorar los siguientes. Yo me divertía desde mi cama, oyéndoles vomitar y reír estruendosamente.

A continuación se producía la violación de todos los esclavos encargados de preparar y servir el banquete, ya fueran chicos o chicas, o una mezcla de ambos sexos.

Las comidas familiares eran muy distintas. En esas ocasiones nos comportábamos como miembros de una antigua familia romana. Todos ocupaban su lugar a la mesa; mi padre era el jefe indiscutible de la casa y no toleraba la menor crítica contra César Augusto, quien era sobrino de Julio César, como ya sabes, y en realidad no gobernaba como emperador de acuerdo con la ley. «Cuando llegue el momento oportuno, César Augusto abdicará —decía mi padre—. Sabe que ahora no puede hacerlo. Es más prudente y sabio que ambicioso. ¿Quién desea otra guerra civil?» En efecto, los tiempos eran demasiado prósperos para que los prohombres del Imperio organizaran una revuelta.

Augusto mantenía la paz. Sentía un profundo respeto por el Senado romano. Mandó reconstruir los viejos templos porque creía que la gente necesitaba la piedad religiosa que había conocido bajo la República.

Nadie pasaba hambre en Roma, e incluso se regalaba a Egipto maíz para los pobres. El emperador mantenía vigentes una impresionante cantidad de festivales, juegos y espectáculos tradicionales, suficientes para que uno se hartara, pero nosotros, como romanos patriotas que éramos, teníamos la obligación de asistir a ellos con frecuencia.

No puede negarse que presenciábamos escenas muy crueles en la arena. Se llevaban a cabo ejecuciones salvajes, y la crueldad contra los esclavos era permanente.

Pero lo que hoy en día no comprende la gente es que junto con esto coexistía en Roma, por parte incluso del individuo más pobre, una gran sensación de libertad personal.

Los tribunales se tomaban el tiempo necesario para llevar a cabo sus deliberaciones. Consultaban leyes antiguas. Observaban las pautas de la lógica y las normas. La gente podía expresar su opinión libremente.

Me interesa resaltar esto porque en esta historia constituye un elemento clave, el que tanto Marius como yo naciéramos en una época en que las leyes romanas, según decía Marius, se basaban en la razón, en contraposición a la revelación divina.

Somos completamente distintos de esos vampiros que habitan en las tinieblas en las tierras de la Magia y el Misterio. No sólo confiábamos en Augusto cuando vivíamos, sino que creíamos en el poder tangible del Senado. Creíamos en la virtud pública y en la firmeza de carácter; observábamos un estilo de vida que no comportaba rituales, oraciones ni magia, salvo de un modo superficial. La virtud formaba parte del carácter. Ése era el legado de la República romana, que Marius y yo compartimos.

Por supuesto, nuestra casa estaba repleta de esclavos. Había griegos brillantes y obreros que no paraban de quejarse, y una legión de mujeres que limpiaban las estatuas y los vasos; toda la ciudad estaba atestada de esclavos manumitidos —hombres libres—, algunos de los cuales eran muy ricos.

Todos ellos eran nuestros sirvientes, nuestros esclavos. Mi padre y yo permanecimos toda la noche en vela cuando mi profesor griego agonizaba. Le sostuvimos las manos hasta que el cadáver se enfrió. Nadie era azotado en nuestra mansión romana, a menos que mi padre diera personalmente la orden. Los esclavos que trabajaban en nuestra propiedad rural correteaban bajo los árboles frutales. Nuestros administradores eran ricos, y exhibían su riqueza en las ropas que lucían. Recuerdo que durante una época había siempre tantos viejos esclavos griegos en el jardín que yo me entretenía oyéndoles discutir. No tenían otra cosa que hacer. Aprendí mucho de ellos.

Yo me sentía más que feliz. Si crees que exagero cuando digo que recibí una educación completísima, consulta las cartas de Plinio u otras memorias y correspondencia de aquella época. Las jóvenes de buena familia eran cultas y educadas; la mayoría de las romanas modernas llevaban a cabo toda clase de actividades sin que los hombres se interfirieran en sus asuntos. Gozábamos de la vida en la misma medida que los varones.

Por ejemplo, yo apenas había cumplido ocho años cuando me llevaron por primera vez al circo, junto con las esposas de mis hermanos, para gozar del dudoso placer de ver a unos animales exóticos, como las jirafas, correr despavoridas por la arena antes de sucumbir bajo una lluvia de flechas. A este espectáculo le siguió el de un reducido grupo de gladiadores cuya misión consistía en matar a hachazos a otros gladiadores, y después presenciamos cómo un nutrido grupo de reos se convertía en pasto de hambrientos leones.

Aún me parece oír los rugidos de aquellos leones, David. Nada se interpone entre mí y el momento en que, sentada en un banco de madera, en la segunda o tercera fila —los asientos más caros— contemplé cómo esas fieras devoraban a unos seres humanos, tal como se suponía que debía hacer, expresando un deleite destinado a testimoniar mi fortaleza de carácter, mi entereza ante la muerte, en lugar de mostrarme horrorizada.

El público gritaba y reía mientras los hombres y las mujeres corrían en un vano intento por escapar de las fieras. Algunas víctimas no daban a los espectadores esa satisfacción. Se limitaban a permanecer inmóviles ante el león que se disponía a atacarlas; las que eran devoradas vivas parecían presas del más absoluto estupor, como si sus almas hubiesen abandonado ya sus cuerpos, aunque las fauces del león no hubieran alcanzado su cuello todavía. Recuerdo el olor de la multitud, pero sobre todo su estruendo.

Yo pasé la prueba de la fortaleza de carácter, pues era capaz de contemplar todos esos espectáculos. Presenciaba cómo el gladiador campeón moría finalmente, postrado en la arena ensangrentada, mientras la espada le atravesaba el pecho.

Pero también recuerdo con nitidez que mi padre comentaba en voz baja que aquello le repugnaba. De hecho, toda la gente que yo conocía compartía esa opinión. Al igual que otros, mi padre afirmaba que el hombre corriente necesitaba esa sangre. Nosotros, la clase alta, debíamos presidir esos espectáculos salvajes destinados al vulgo, que poseían una cualidad religiosa.

La organización de esas atrocidades se consideraba una especie de responsabilidad social.

En buena parte, la vida romana consistía también en actividades realizadas al aire libre, las cuales comportaban asistir a ceremonias y espectáculos, ser visto y compartir diversas aficiones.

Uno se unía con otras gentes de clase alta y clase baja que habitaban en la ciudad, formando una gigantesca multitud, para presenciar una procesión triunfal, una importante ofrenda sobre el altar de Augusto, una antigua ceremonia, unos juegos, una carrera de carros.

Ahora, en el siglo XX, cuando veo las incesantes intrigas y matanzas en las pantallas de cine y televisión de nuestro mundo occidental, me pregunto si la gente necesita realmente contemplar esas carnicerías, la muerte bajo todas sus formas. La televisión constituye a veces una interminable serie de combates de gladiadores y asesinatos en masa. No hay más que ver la cantidad de grabaciones en vídeo de guerras actuales que se emiten por televisión.

Los documentos bélicos se han convertido en arte y espectáculo.

El narrador habla suavemente mientras la cámara pasa sobre un montón de cadáveres, o unos niños esqueléticos que lloran junto a sus madres desnutridas. Pero es importante. Uno puede deleitarse con todas estas guerras mientras menea la cabeza con asombro. Las veladas de televisión están consagradas a viejos documentales de hombres que mueren empuñando sus fusiles.

Creo que contemplamos esos espectáculos porque tenemos miedo. Pero en Roma uno tenía que contemplarlos para endurecerse, y eso afectaba tanto a las mujeres como a los
hombres.

Lo que quiero destacar es que no permanecí encerrada en mi casa como una griega en su hogar de Atenas. No sufrí bajo las antiguas costumbres de la República romana.

Recuerdo con toda claridad la absoluta belleza de esa época y la ciega convicción de mi padre de que Augusto era un dios, y de que Roma jamás se había afanado tanto en complacer a sus deidades.

Deseo ofrecerte ahora un recuerdo muy importante. Permíteme antes que establezca el escenario. En primer lugar, hablemos de Virgilio y del poema que escribió, la Eneida, en el que ampliaba y glorificaba en grado sumo las aventuras del héroe Eneas, un troyano que huyó de los horrores de la derrota a manos de los griegos y salió del célebre caballo de madera para arrasar Troya, la ciudad de Elena.

Es una historia encantadora. Siempre me ha gustado mucho. Eneas deja Troya agonizando y regresa, tras desafiar toda clase de peligros, a la hermosa Italia, donde funda nuestra nación. Pero lo cierto es que Augusto amaba y apoyaba a Virgilio, y éste era un poeta respetado, decente y magnífico a quien todos se apresuraban a citar, un poeta patriótico aceptado por todos. Era perfectamente normal que te gustara Virgilio.

Virgilio murió antes de que yo naciera. Pero cuando cumplí los diez años ya había leído todo cuanto él había escrito, y también había leído a Horacio, a Lucrecio y buena parte de la obra de Cicerón, además de todos los manuscritos griegos que poseíamos, los cuales eran muy numerosos.

Mi padre no creó su biblioteca para exhibirla. Era un lugar donde los miembros de la familia pasábamos muchas horas. También era el lugar donde mi padre escribía sus cartas —lo que hacía continuamente—, dirigidas al Senado, al emperador, a los tribunales, a sus amigos, etcétera.

Pero volvamos a Virgilio. Yo había leído también a otro poeta romano, que aún vivía, que había provocado las iras de Augusto, el dios. Se trataba de nuestro poeta Ovidio, el autor de Las metamorfosis y docenas de otras obras salaces pero muy divertidas.

Cuando yo era demasiado joven para acordarme, Augusto la tomó con Ovidio, a quien también había admirado, y lo desterró a un lugar horrible junto al mar Negro. Quizá no fuera tan horrible, pero los cultos ciudadanos de Roma suponían que debía de serlo, alejado como estaba de la capital en una zona habitada por bárbaros.

Ovidio residió allí mucho tiempo, y sus libros estuvieron prohibidos en Roma. No se podían hallar en las librerías, en las bibliotecas públicas ni en los puestos de libros del mercado.

Como sabes, en esos tiempos existía una gran afición a la lectura; los libros proliferaban—en forma de rollos de pergamino o en códices, esto es, en páginas encuadernadas— y muchos libreros empleaban a equipos de esclavos que se pasaban el día haciendo copias manuscritas para venderlos al público. Pero sigamos. Ovidio había caído en desgracia con Augusto, y había sido desterrado, aunque algunos hombres, como mi padre, no estaban dispuestos a quemar sus ejemplares de Las metamorfosis ni ninguna otra de sus obras, y lo único que les impedía suplicar al emperador que lo perdonara era el miedo. Aquel escándalo tenía algo que ver con Julia, la hija de Augusto, una reconocida zorra. Ignoro qué circunstancias llevaron a Ovidio a verse implicado en las historias amorosas de Julia. Es posible que el emperador considerara que su obra El arte de amar, unos sensuales poemas que Ovidio había escrito de joven, constituían una influencia perniciosa. Por otra parte, durante el reinado de Augusto se hablaba mucho de la «reforma», de los valores antiguos.

No creo que nadie conozca realmente lo que ocurrió entre César Augusto y Ovidio, pero el caso es que éste fue desterrado durante el resto de su vida de la Roma imperial.

Yo había leído El arte de amar y Las metamorfosis en unos viejos y gastados tomos cuando sucedió el incidente que quiero relatar. A muchos amigos de mi padre les preocupaba la suerte de Ovidio.

Vayamos ahora al recuerdo que quiero narrarte. Yo había cumplido diez años. Un día, después de estar jugando en el jardín, entré en la gran sala de recepción de mi padre, cubierta de tierra de pies a cabeza, con el pelo alborotado y el vestido roto, y me senté a los pies del amplio diván para oír lo que decían, mientras mi padre se hallaba tumbado en él, ostentando toda la dignidad de un destacado romano, charlando con varios hombres que habían acudido a visitarlo.

Yo conocía a todos aquellos hombres excepto uno, un individuo rubio con los ojos azules, muy alto, que en el transcurso de la conversación —consistente en murmullos y gestos de asentimiento con la cabeza— se volvió y me guiñó un ojo. Se trataba de Marius, con la piel ligeramente tostada debido a sus viajes y unos ojos luminosos y muy bellos. Tenía tres nombres, como todo el mundo. Pero insisto en que no deseo revelar el nombre de su familia. Porque yo lo sabía. Sabía que Marius era un «bala perdida» aunque profundamente intelectual, el «poeta» y el «haragán». Lo que nadie me había dicho era que fuera tan hermoso. Aquel primer encuentro entre nosotros, cuando Marius aún vivía, se produjo unos quince años antes de que se convirtiera en vampiro. Calculo que no debía de tener más de veinticinco años, aunque no estoy segura.

Pero continuemos. Los hombres no me prestaron la menor atención, y yo, curiosa como siempre, no tardé en comprender que habían ido a ver a mi padre para referirle noticias
sobre Ovidio, y que el joven alto de extraordinarios ojos azules, a quien llamaban Marius, acababa de regresar de la costa báltica y había llevado a mi padre, como regalo, unos hermosos tomos de las obras de Ovidio, pasados y actuales.

Los hombres aseguraron a mi padre que aún era demasiado peligroso implorar a César Augusto que perdonara a Ovidio, y mi padre lo aceptó. Pero si no me equivoco, mi padre confió a Marius, el joven alto y rubio, un dinero para que éste se lo entregara al poeta.

Cuando los caballeros se disponían a marcharse, vi a Marius en el atrio, observé su gigantesca estatura, inusual en un romano, y solté una infantil expresión de asombro seguida de una carcajada. Marius volvió a guiñarme un ojo.

En aquel entonces Marius llevaba el pelo corto, al estilo militar romano, con unos pocos rizos sobre la frente; posteriormente, cuando se convirtió en vampiro, llevaba el pelo largo, al igual que ahora, aunque en aquella época lucía el típico corte militar romano. Pero era rubio, su cabello refulgía bajo el sol, y allí, de pie en el atrio, me pareció el hombre más maravilloso e imponente que jamás había visto. Marius me miró con una expresión llena de bondad.

—¿Cómo es que eres tan alto? —pregunté.

A mi padre le pareció una pregunta muy cómica, y no le importó lo que los demás pensaran de su hijita despeinada cubierta de tierra, colgada de sus brazos y hablando con aquel distinguido caballero.

—Bonita mía, soy alto porque soy un bárbaro —respondió, y se echó a reír, coqueteando conmigo como si yo fuera una damita, tratándome con una deferencia a la que no estaba
acostumbrada.

De pronto abrió las manos como si fueran garras y se precipitó hacia mí como un oso.

Yo me enamoré de él de inmediato.

—¡No, en serio! —exclamé—. No puedes ser un bárbaro. Conozco a tu padre y a todas tus hermanas; viven un poco más abajo, en la colina. Mi familia siempre habla de ti en la mesa, y sólo dice cosas agradables, por supuesto.

—De eso estoy seguro—dijo, echándose a reír.

Advertí que mi padre empezaba a impacientarse.

Lo que yo no sabía era que una niña de diez años podía comprometerse en matrimonio.

Marius se irguió y dijo con su voz suave y hermosa, educada tanto para hablar en público como para pronunciar palabras de amor:

—A través de mi madre desciendo de celtas, mi pequeña beldad, mi pequeña musa, gentes altas y rubias del norte, de la Galia. Mi madre era allí una princesa, según me han dicho. ¿Sabes quiénes son esas gentes?

Respondí que lo sabía, por supuesto, y empecé a recitar de memoria el relato de Julio César sobre la conquista de la Galia, o tierra de los celtas: «La Galia se compone de tres partes...»

Marius estaba francamente impresionado, como los demás, así que continué:

—Los celtas están separados de Aquitania por el río Garona, y la tribu de los belgas por los ríos Marne y Sena...

Mi padre, un poco incómodo porque su hija había acaparado toda la atención, me interrumpió para asegurar a sus visitantes que yo era la alegría de su vida, que estaba muy consentida por todos y que no dieran importancia a ese incidente.

Y yo, que era muy osada y díscola por naturaleza, exclamé:

—¡Transmitid al gran Ovidio mi amor y decidle que yo también deseo que regrese a Roma!

Luego recité algunos pasajes atrevidos de El arte de amar:

Ella rió y le dio sus mejores y más apasionados besos,
capaces de arrancar el rayo de tres puntas de manos de Júpiter.
Era una tortura pensar que ese joven recibía unos besos tan ardientes.
¡Ojalá no lo hubieran sido tanto!

Todos se echaron a reír, excepto mi padre; Marius aplaudió, entusiasmado. Animada por su reacción, eché a correr hacia él como un oso, al igual que él lo había hecho hacia mí momentos antes, mientras seguía recitando las ardientes palabras de Ovidio:

Para colmo, esos besos eran mejores que los que yo le había dado a ella,
quien parecía complacida con esa nueva lección.
Extraordinariamente complacida..., ¡mala señal! Le besaba con la lengua,
y mi lengua también la besaba.

Mi padre me agarró del brazo y dijo:

—¡Basta, Lydia, es suficiente!

Eso provocó más carcajadas en los amigos de mi padre, quienes lo abrazaron, condescendientes, sin parar de reír. Pero yo tenía que obtener una última victoria sobre aquella pandilla de adultos.

—Te lo ruego, padre, déjame terminar con unas sabias y patrióticas palabras de Ovidio: «Me congratulo de no haber llegado a este mundo hasta la época presente, que encaja con mis gustos.»

Marius parecía más asombrado que regocijado ante esa afirmación. Pero mi padre me agarró por los brazos y dijo con toda claridad:

—Lydia, Ovidio no diría eso ahora, y quiero que tú, que eres... una experta en literatura y filosofía, asegures a los estimados amigos de tu padre que sabes muy bien que Ovidio fue desterrado de Roma por Augusto por una causa justificada y que nunca podrá regresar.

Dicho de otro modo, mi padre me ordenó: «Deja de referirte a Ovidio.»

Pero Marius, sin dejarse arredrar, se arrodilló delante de mí, me tomó la mano, la besó y dijo:

—Yo transmitiré a Ovidio tu amor, pequeña Lydia. Pero tu padre está en lo cierto. Debemos aceptar la censura del emperador. A fin de cuentas, somos romanos. —A continuación hizo algo muy singular: me habló como si yo fuera una persona adulta—. César Augusto ha dado más a Roma de lo que jamás pudimos imaginar. Y también es poeta. Escribió un poema llamado Ayax, que él mismo quemó porque dijo que no valía nada.

Yo me lo estaba pasando en grande. En aquel momento me hubiera fugado con Marius, pero tuve que contentarme con bailar alrededor de él mientras salía del vestíbulo y se dirigía hacia el portal.

Me despedí de él con la mano.

Marius se detuvo por un instante.

—Adiós, pequeña Lydia—dijo.

Luego dijo unas palabras a mi padre en voz baja.

—¡Estás loco! —repuso mi padre.

Marius me miró sonriendo con tristeza y se marchó.

—¿Qué te ha dicho? ¿Qué ha pasado? —pregunté a mi padre—. ¿Qué ocurre?

—Escucha, Lydia —contestó mi padre—. ¿Te has tropezado alguna vez, en los libros que has leído, con la palabra «comprometida»?

—Sí, padre, por supuesto.

—Pues bien, ese aventurero y soñador pretende comprometerse en matrimonio con una niña de diez años porque ésta es demasiado joven para casarse y así él podría disfrutar de unos años más de libertad, sin la censura del emperador. Todos son iguales.

—No, no, padre —dije—. Nunca lo olvidaré.

Creo que lo olvidé al día siguiente.

No volví a ver a Marius hasta cinco años después. Recuerdo que yo tenía a la sazón quince años; ya hubiera debido estar casada, pero no quería casarme. Me las había arreglado para eludir el matrimonio durante años, fingiendo estar enferma, padecer unos incontrolados ataques de locura. Pero el tiempo apremiaba. De hecho, las niñas alcanzaban la edad casadera a los doce años.

En aquellos momentos todos nos encontrábamos al pie de la colina Palatina, presenciando una sacrosanta ceremonia —la Lupercalia—, uno de los numerosos festivales tan comunes en Roma.

La Lupercalia era muy importante para nosotros, aunque es imposible equiparar su significado al concepto que tiene un cristiano de la religión. Demostrábamos nuestro fervor religioso deleitándonos con esa ceremonia, participando en ella como ciudadanos y como romanos ejemplares. Además, proporcionaba un gran placer.

De modo que allí estaba yo, no lejos de la cueva del Lupercal, presenciando con otras muchachas cómo los dos hombres elegidos aquel año eran untados con sangre procedente del sacrificio de unas cabras y cubiertos con la pieles ensangrentados de éstas. Aunque no alcancé a ver esos preámbulos con nitidez, los había presenciado en numerosas ocasiones, y cuando hacía unos años dos de mis hermanos participaron en este festival, me abrí camino entre la multitud para colocarme en primera fila y contemplar el espectáculo.

En esta ocasión pude ver que cada uno de los jóvenes comenzaba a correr alrededor del pie de la colina Palatina. Me situé en primera fila porque tenía que hacerlo. Los jóvenes
golpeaban levemente en el brazo a todas las muchachas con un pedazo de piel de cabra, para purificarnos y hacer que fuéramos fértiles.

Yo avancé un paso y recibí el golpe ceremonial, tras lo cual retrocedí de nuevo, deseando haber nacido varón para correr alrededor de la colina con los hombres, un deseo bastante frecuente en mí en aquella época de mi existencia mortal.

Yo tenía algunas ideas sarcásticas sobre esa forma de «purificarnos», pero para entonces había aprendido a comportarme en público y por nada del mundo habría humillado a mi
padre y a mis hermanos.

Esos trozos de piel de cabra, como bien sabes, David, se llaman februa, y «febrero» proviene de esa palabra, lo cual no deja de ser interesante sobre el lenguaje y la magia que contiene. Sin duda la Lupercalia tiene algo que ver con Rómulo y Remo; quizás incluso se basaba en un antiguo sacrificio humano. A fin de cuentas, untaban la cabeza de los jóvenes con sangre de cabra. Al pensar en ello no puedo evitar estremecerme, pues en los tiempos etruscos, mucho antes de que yo naciese, ésta pudo haber sido una ceremonia mucho más cruel.

Quizá fuera en esta ocasión cuando Marius contempló mis brazos, porque yo los llevaba desnudos para recibir el azote ceremonial, y ya me había convertido, como habrás comprobado, en una joven a quien le gustaba llamar la atención, riendo con los otros mientras los hombres seguían corriendo.

Vi a Marius entre la multitud. Él me miró y siguió con su libro. Qué extraño, estaba apoyado contra un árbol, sosteniendo un libro en una mano y escribiendo con la otra. Junto a él había un esclavo que aguantaba un tintero.

Reparé en el cabello de Marius; era largo, rebelde, precioso.

—Mira, ahí está nuestro amigo, el bárbaro Marius —le dije a mi padre—, ése tan alto, y está escribiendo.

Mi padre sonrió.

—Marius siempre está escribiendo. Cuando menos hay que reconocer que eso lo hace bien. Vuélvete, Lydia, y estáte quieta.

—Pero me ha mirado, padre. Quiero hablar con él.

—¡Te lo prohíbo, Lydia! ¡No permitiré que le sonrías siquiera!

De regreso a casa le pregunté:

—Si vas a casarme con alguien, puesto que no hay nada que yo pueda hacer para evitar ese horrible trago salvo suicidarme, ¿por qué no me casas con Marius? No lo comprendo. Soy rica. Él es rico. Sé que su madre era una princesa celta salvaje, pero su padre lo ha adoptado.

Mi padre me miró atónito.

—¿Dónde has averiguado esto? —preguntó deteniéndose en seco, lo cual siempre era una mala señal.

Los espectadores que había cerca de nosotros comenzaron a dispersarse.

—No sé, todo el mundo lo sabe. —Al volverme vi a Marius a escasa distancia, observándome fijamente—. ¡Deja que hable con él, padre! —le rogué.

Mi padre se arrodilló en el suelo. Casi todo el mundo había emprendido el camino de vuelta a sus casas.

—Lydia, sé que esto es terrible para ti. He cedido ante todos los reparos que has puesto a los jóvenes que te cortejaban; pero créeme, el emperador no aprobaría que te casaras con un historiador aventurero como Marius. No ha servido en el ejército, no puede poner los pies en el Senado; es imposible. Cuando te cases, lo harás con un hombre digno de ti.

Mientras nos alejábamos, me volví de nuevo con el único fin de divisar a Marius entre la multitud, pero comprobé, sorprendida, que permanecía inmóvil, mirándome. Con su larga cabellera, guardaba un gran parecido con el vampiro Lestat. Es más alto que Lestat y tan esbelto como él; también tiene los ojos azules, y una gran fuerza muscular y un rostro que casi se podría considerar hermoso.

Me solté de la mano de mi padre y eché a correr hacia Marius.

—Quiero casarme contigo —dije—, pero mi padre no lo consiente.

Jamás olvidaré la expresión de su rostro. Pero antes de que él pudiera decir algo, mi padre me agarró de la mano y entabló con él una conversación en términos respetuosos pero tajantes.

—¿Cómo estás, Marius, y cómo le va a tu hermano en el ejército? ¿Y cómo van tus trabajos de historia? Tengo entendido que has escrito trece volúmenes.

Mi padre dio media vuelta y echó a andar, arrastrándome de la mano. Marius no se movió ni dijo nada. Unos instantes después mi padre y yo nos unimos a la gente que subía a toda prisa por la colina.

Aquel momento cambió el curso de nuestras vidas, aunque ni Marius ni yo podíamos adivinarlo, claro está.

Habían de transcurrir veinte años antes de que nos encontráramos de nuevo.


Yo tenía entonces treinta y cinco años. Puedo decir que nos encontramos en unos dominios tenebrosos en más de un aspecto.

Pero deja que te cuente lo que había ocurrido antes de nuestro encuentro.

Debido a las presiones de la Casa Imperial, yo me había casado, y no una vez, sino dos. Augusto deseaba que todos tuviéramos hijos. Pero yo no tuve ninguno. No obstante, mis
maridos implantaron su semilla en numerosas jóvenes esclavas. Así pues, me divorcié legalmente y me liberé de mis maridos en dos ocasiones, decidida a retirarme de la vida social para que el emperador Tiberio, que había ascendido al trono imperial a los cincuenta años, me dejara en paz, pues tenía unas ideas más puritanas que Augusto y era un dictador doméstico más irritable que éste. Si me quedaba en mi casa, si me abstenía de asistir a banquetes y a fiestas y frecuentaba la compañía de la emperatriz Livia, esposa de Augusto y madre de Tiberio, quizá consiguiese que no me obligaran a convertirme en una madrastra. De modo que decidí quedarme en casa y atender a mi padre tal como merecía, pues aunque gozaba de excelente salud era muy anciano.

Con todo respeto hacia mis maridos, cuyos nombres constituyen algo más que una simple nota a pie de página en las crónicas romanas, fui una esposa lamentable.

Tenía mucho dinero, que me había dado mi padre. No hacía caso de nadie, y accedía a mantener relaciones sexuales sólo bajo mis condiciones, cosa que lograba siempre, pues estaba dotada de la suficiente belleza como para que los hombres sufriesen por mí. Me hice miembro del culto de Isis para fastidiar a mis maridos y sacudírmelos de encima. Acudía con frecuencia al templo de Isis, donde conversaba largamente con otras mujeres interesantes, algunas más osadas y con menos prejuicios que yo. Las rameras me fascinaban. Esas mujeres brillantes y liberadas que habían conquistado una barrera que yo, la dulce hija de mi padre, jamás conquistaría.

Acudía periódicamente al templo. Al poco tiempo me inicié en el culto a una ceremonia secreta y participé en todas las procesiones de Isis que se celebraban en Roma.

Mis maridos detestaban eso. Quizá por ello, cuando hube regresado a la casa de mi padre dejé de asistir al templo de Isis. En cualquier caso, creo que fue una decisión acertada, aunque apenas incidió en el curso de los acontecimientos.

Isis era una diosa importada de Egipto, y los antiguos romanos recelaban tanto de ella como de la terrible Cibeles, la Gran Madre del Lejano Oriente, quien inducía a sus adeptos masculinos a castrarse. Toda la ciudad estaba repleta de esos «cultos orientales», y la población conservadora los consideraba siniestros.

El típico romano conservador era demasiado práctico para dejarse seducir por esas tonterías. Si a los cinco años no sabías que los dioses eran unas criaturas ficticias y los mitos meras fábulas, es que eras imbécil.

Pero Isis poseía una curiosa característica, algo que la distinguía de la cruel Cibeles. Isis era una madre devota de sus hijos y una diosa que perdonaba todo a sus fieles. Era más antigua que la Creación. Era paciente y sabia.

Por este motivo hasta la mujer más vil podía orar en el templo, y nadie se atrevía a expulsarla de allí.

Al igual que la Virgen María, una figura muy conocida hoy en día en todo Oriente y Occidente, la reina Isis había concebido su divino hijo por medios divinos. A través de su poder había obtenido de Osiris, muerto y castrado, una semilla viva. Con frecuencia Isis aparecía pintada o esculpida sosteniendo a su divino hijo, Horus, en su regazo, con el pecho cándidamente desnudo para amamantar al joven dios.

Osiris gobernaba en la tierra de los muertos, y de su falo, perdido para siempre en las aguas del Nilo, manaba incesantemente el semen que fertilizaba los extraordinarios campos de Egipto todos los años cuando el Nilo se desbordaba.

La música de nuestro templo era divina. Utilizábamos el sistro, un pequeño instrumento rígido de metal parecido a una lira, así como flautas y panderetas. Bailábamos y cantábamos juntos. La poesía que contenían las letanías de Isis era muy bella y arrebatada.

Isis era la Reina de la Navegación, como posteriormente la Virgen María ostentaría el título de Nuestra Señora del Mar. Cada año, cuando transportaban su imagen hasta la playa, se formaba una multitudinaria procesión. Todo Roma salía a la calle a contemplar a los dioses egipcios con sus cabezas de animales, la enorme cantidad de flores y la estatua de la Reina Madre. En el aire vibraban las notas de los himnos. Los sacerdotes y las sacerdotisas lucían unas túnicas de lino blanco. La figura de Isis, hecha de mármol, sostenida en alto y portando entre las manos su sagrado sistro, iba majestuosamente vestida y peinada al estilo griego.

Ésa era mi Isis. Me alejé de ella después de mi último divorcio. A mi padre no le gustaba ese culto, y yo había empezado a cansarme de él. En cuanto me convertí en una mujer libre, dejaron de seducirme las prostitutas. Mi situación era infinitamente más satisfactoria. Me ocupaba de la intendencia de la casa de mi padre, el cual era lo bastante anciano, pese a que conservaba su negra cabellera y una vista extraordinariamente aguda, para que el emperador me dejara tranquila.

No puedo decir que me acordara o pensara en Marius. Nadie lo había mencionado desde hacía años. Había desaparecido de mi mente después de la Lupercalia. No existía fuerza en la tierra capaz de interponerse entre mi padre y yo.

Todos mis hermanos habían tenido suerte. Habían hecho unos buenos casamientos, habían tenido hijos y habían regresado a casa después de las duras guerras en las que habían participado para mantener las fronteras del Imperio.

Mi hermano menor, Lucius, no me caía muy bien; siempre estaba nervioso y era aficionado a la bebida y al juego, lo cual contrariaba profundamente a su esposa. Yo la quería mucho, al igual que a todas mis cuñadas, sobrinas y sobrinos. Disfrutaba cuando los niños invadían nuestra casa, chillando y correteando como locos con «el permiso de la tía Lydia», lo cual no les estaba permitido hacer en su casa.

Antonio, mi hermano mayor, hubiera podido ser un hombre importante. La suerte le había privado de alcanzar la grandeza, aunque estaba preparado para ella, pues era un hombre culto, formado y muy inteligente.

La única insensatez que me dijo en cierta ocasión sin andarse por las ramas fue que Livia, la esposa de Augusto, había envenenado a éste para que su hijo Tiberio pudiera reinar. Mi padre, que también se hallaba en la habitación, le reprendió severamente.

—¡No vuelvas a decir esto jamás, Antonio! Ni aquí ni en ningún sitio. —Se levantó y, sin proponérselo, resumió perfectamente el estilo de vida que llevábamos él y yo—. Manténte alejado del palacio imperial, manténte alejado de las familias imperiales, siéntate en la primera fila cuando asistas a los juegos y nunca dejes de acudir al Senado, pero no te metas en sus disputas e intrigas.

Antonio se puso furioso, pero no por lo que le había dicho mi padre.

—Sólo se lo he dicho a las únicas dos personas a quienes puedo decírselo: tú y Lydia. Detesto sentarme a cenar junto a una mujer que ha envenenado a su marido. Augusto debería haber restaurado la República. Sabía que la muerte le rondaba.

—En efecto, y sabía que no podía restaurarla. Eso era imposible. El Imperio se había expandido hasta Britania en el norte, más allá de Esparta en el este; cubre todo el norte de África. Si quieres ser un buen romano, Antonio, ten el valor de expresar tus opiniones en el Senado. Tiberio te invita a hacerlo.

—Qué engañado estás, padre —replicó Antonio.

Mi padre puso fin a la discusión.

Pero ambos llevábamos exactamente la clase de vida que él había descrito.

Tiberio no tardó en granjearse la antipatía de los bullangueros romanos. Era demasiado viejo, demasiado seco, demasiado rígido, demasiado puritano y déspota al mismo tiempo.

Sin embargo, poseía una cualidad. Aparte de su gran pasión por la filosofía, había sido un buen soldado. Y ésa era la característica más importante que debía tener un emperador. Las tropas le respetaban.

Tiberio había reforzado la guardia pretoriana en torno al palacio y había contratado a un hombre llamado Sejano para que se ocupara de ella. Pero no trajo a las legiones a Roma, y tenía una gran facilidad de palabra a la hora de hablar sobre los derechos personales y la libertad, si uno lograba permanecer despierto para escucharle, claro. A mí me parecía un hombre triste y solitario.

El Senado perdía la paciencia cuando Tiberio se negaba a tomar una decisión. No querían ser ellos quienes la tomaran. Pero todo eso parecía relativamente inocuo.

Entonces ocurrió un terrible incidente que me hizo detestar al emperador con toda mi alma y perder la fe en el hombre y su capacidad de gobernar.

El incidente estaba relacionado con el templo de Isis. Un hombre astuto y perverso, que afirmaba ser Anubis, el dios egipcio, había atraído al templo a una distinguida dama devota de la diosa y se había acostado con ella, engañándola vilmente, aunque yo no me explico cómo lo había conseguido. Aún hoy la recuerdo como la mujer más estúpida de Roma. Pero probablemente había otros aspectos en esta historia. Sea como fuere, ocurrió en el templo.

Más tarde ese individuo, ese falso Anubis, se presentó ante la distinguida dama y le dijo sin rodeos que la había engañado. Ella acudió llorando a su marido y se lo confesó todo. Fue un escándalo sonado.

Hacía un año que yo había acudido al templo por última vez, de lo cual me alegré.

Pero la reacción del emperador fue más terrible de lo que hubiera podido imaginar.

El templo fue destruido hasta sus cimientos. Todos los adeptos de Isis fueron desterrados de Roma, y algunos de ellos ejecutados. Nuestros sacerdotes y sacerdotisas fueron crucificados, o colgados del árbol, según la antigua expresión romana, para que murieran lentamente y se pudrieran delante de todo el mundo.

Mi padre entró en mi habitación. Se dirigió al pequeño altar de Isis, agarró la estatua y la estrelló contra el suelo de mármol. Luego tomó los trozos grandes y los hizo añicos.

Yo asentí con la cabeza.

Supuse que mi padre me censuraría por mis viejas costumbres. Me sentía muy triste y conmocionada por cuanto había ocurrido. Nuestros cultos orientales eran perseguidos. El emperador había decidido arrebatar el derecho de santuario a varios templos erigidos en todo el Imperio.

—Ese hombre no desea ser emperador de Roma —dijo mi padre—. Está cansado de tanta crueldad y tantas muertes. Es un hombre rígido, aburrido y tiene miedo de que lo maten. En estos tiempos, un hombre que no desea ser emperador, no debe serlo.

—Quizás abdique —repuse con tristeza—. Ha adoptado al joven general Germánico julio César. Eso significa que Germánico será su heredero, ¿no es así?

—¿De qué les sirvió a los antiguos herederos de Augusto el haber sido adoptados? —inquirió mi padre.

—¿A qué te refieres? —pregunté.

—Utiliza la cabeza —respondió mi padre—. No podemos seguir fingiendo que somos una república. Debemos definir las funciones del emperador y los límites de su poder. Debemos establecer una forma de sucesión que no sea el asesinato.

Yo traté de calmarlo.

—Marchémonos de Roma, padre. Vayamos a nuestra casa en la Toscana. Es un lugar muy hermoso.

—No podemos hacerlo, Lydia —repuso—. Debo permanecer aquí. Tengo que ser leal a mi emperador. He de hacerlo por toda la familia. Debo ocupar mi puesto en el Senado.


Al cabo de unos meses, Tiberio envió a su joven y apuesto sobrino Germánico Julio César a Oriente, para alejarlo de la adulación del pueblo de Roma. Como te he dicho, la gente no temía decir lo que pensaba.

Germánico era el legítimo heredero de Tiberio, pero éste estaba demasiado reconcomido por los celos para escuchar a la multitud que alababa a voz en grito las virtudes de Germánico por sus victorias en el campo de batalla. Deseaba alejarlo de Roma.

De modo que el joven, encantador y seductor general fue enviado a Oriente, a Siria; desapareció de la vista de los romanos que lo adoraban, del rincón del Imperio donde la multitud ciudadana podía decidir la suerte del mundo.

Todos supusimos que más tarde o más temprano se libraría otra campaña en el norte. Germánico había atacado duramente a las tribus germanas.

Mis hermanos me describieron la batalla con todo lujo de detalles mientras cenábamos. Me dijeron que habían regresado para vengarse de la salvaje matanza del general Varo y sus tropas en el bosque de Teutoburgo. Ellos acabarían con el enemigo, si volvían a llamarlos, y mis hermanos no dudarían en ir, por algo eran patricios de la vieja guardia.

Entretanto, comenzaron a circular rumores de que los Delatores, los conocidos espías de la guardia pretoriana, se embolsaban un tercio de los bienes de aquellos contra quienes informaban. A mí me pareció horrible.

—Eso comenzó durante el reinado de Augusto —observó mi padre, meneando la cabeza.

—Sí, padre, pero en esos tiempos la traición era juzgada por lo que uno hacía, no por lo que decía —señalé.

—Razón de más para no decir nada—replicó con amargura—. Canta para mí, Lydia. Ve a buscar tu lira. Invéntate una de tus cómicas epopeyas. Hace mucho que no te oigo cantar.

—Soy demasiado mayor para eso —repuse, pensando en las absurdas y atrevidas sátiras sobre Homero que solía inventarme de forma tan rápida y espontánea que todo el mundo se quedaba asombrado. No obstante, la idea me atraía. Recuerdo esa noche tan vivamente que no puedo dejar de relatar esta historia, aunque sé el dolor que me causará confesar ciertos aspectos de la misma.

¿Qué significa escribir? Comprobarás que repito esta pregunta en varias ocasiones, David, porque con cada hoja mi comprensión aumenta, veo los esquemas que antes me eludían y me llevaban a soñar en lugar de vivir.

Aquella noche me inventé una epopeya muy divertida. Mi padre rió de buena gana. Al cabo de un rato se quedó dormido en el diván. Y entonces, como si se hallara en un trance, dijo:

—Lydia, no vivas sola por mí. ¡Cásate por amor! ¡No renuncies a él!

Cuando me volví, mi padre seguía respirando profundamente.


Dos semanas más tarde, o quizá fuera un mes, ocurrió un acontecimiento imprevisto que puso fin a nuestra apacible existencia.

Un día, al llegar a casa, la hallé completamente vacía a excepción de dos aterrorizados y viejos esclavos —unos hombres que formaban parte de la servidumbre de mi hermano Antonio—, quienes después de franquearme la entrada cerraron la puerta a cal y canto.

Crucé el enorme vestíbulo y el peristilo y me dirigí hacia el comedor. Al entrar en él contemplé un espectáculo asombroso. Mi padre estaba ataviado con su uniforme de combate, armado con su espada y su puñal; sólo le faltaba el escudo. Incluso llevaba puesto su manto rojo. Su peto relucía.

Tenía la vista fija en el suelo, y con razón, pues había sido levantado. El viejo hogar, construido hacía muchas generaciones, había sido excavado. Aquélla había sido la primera habitación de la casa en las épocas remotas de Roma, y la familia solía reunirse en torno al hogar para rezar y comer.

Yo nunca lo había visto. Teníamos unos altares en nuestra casa, pero jamás había contemplado aquel gigantesco círculo de piedras renegridas. El orificio, que aparecía cubierto de cenizas, presentaba a la vez un aspecto siniestro y sagrado.

—¡Por todos los dioses! ¿Qué ha ocurrido? —pregunté—. ¿Dónde está todo el mundo?

—Se han marchado —respondió mi padre—. He liberado a los esclavos, he dejado que se marcharan. Te estaba esperando. Debes partir de inmediato.

—¡No me iré sin ti!

—¡Obedéceme, Lydia! —Jamás había visto una expresión tan implorante y sin embargo tan digna en el rostro de mi padre—. Te está aguardando un carro junto a la puerta trasera de la casa. Te conducirá a la costa y un mercader judío, mi amigo más leal, te sacará en barco de Italia. Quiero que vayas. Ya han cargado tu dinero en el barco, y tu ropa, todas tus pertenencias. Confío plenamente en esos hombres. No obstante, llévate esto. —Tomó un puñal que había sobre una mesa y me lo dio—. Has observado a tus hermanos lo suficiente para saber utilizarlo —señaló—, y toma esto —añadió, entregándome una bolsa—. Es oro, una moneda aceptada en todo el mundo. Tómalo y vete.

Yo siempre llevaba un puñal, en un estuche pegado a mi antebrazo, pero no quise revelárselo a mi padre para no impresionarlo, de modo que me guardé el puñal y tomé la bolsa.

—Padre, no temo permanecer a tu lado. ¿Quién quiere nuestro mal? Eres un senador romano. Si te han acusado de algún delito, tienes derecho a ser juzgado ante el Senado.

—¡Ay, mi preciosa e inteligente hija! ¿Crees que el perverso Sejano y sus Delatores acusan a los ciudadanos abiertamente? Sus Especuladores han atacado por sorpresa a tus hermanos y a sus esposas e hijos. Estos hombres son esclavos de Antonio. Él los envió para prevenirme mientras peleaba, antes de morir. Vio cómo aplastaban a su hijo contra la pared. Vete, Lydia.

Lógicamente, yo sabía que asesinar a toda la familia del condenado era una costumbre romana. Incluso estaba permitido por la ley hacerlo. Y en esos casos, cuando circulaba el rumor de que el emperador le había vuelto la espalda a un hombre, cualquiera de los enemigos de éste podía adelantarse a los asesinos.

—Ven conmigo —dije—. ¿Por qué te empeñas en quedarte aquí?

—Moriré como un romano, en mi casa —respondió mi padre—. Si me quieres debes marcharte, mi poetisa, mi cantante, mi pensadora, mi Lydia. ¡Vete! No consiento que me desobedezcas. He dedicado la última hora de mi vida a disponer tu salvación. Dame un beso y obedece.

Yo corrí hacia él, le besé en los labios, y los esclavos me condujeron a toda prisa a través del jardín.

Conocía bien a mi padre. En estos momentos no podía rebelarme contra él, desobedecer su último deseo. Yo sabía que, según la antigua costumbre romana, mi padre probablemente se suicidaría antes de que los Especuladores derribaran la puerta de la casa.

Cuando alcancé el portal, cuando vi a los mercaderes judíos y su carro, no pude marcharme.

Esto es lo que vi.

Mi padre se había cortado las venas de las muñecas y caminaba alrededor del hogar, dejando que la sangre cayera sobre el suelo. Se había hecho unos cortes muy profundos. Estaba cada vez más pálido. Sólo más tarde comprendí la expresión que vi en sus ojos.

De pronto oí un violento estruendo. Los soldados golpeaban la puerta, tratando de derribarla. Mi padre se detuvo. Entonces entraron dos guardias pretorianos, que se dirigieron hacia él y le dijeron en tono burlón:

—¿Por qué no te matas de una vez, Máximo, y nos ahorras el trabajo de hacerlo?

—¿Os sentís orgullosos? —inquirió mi padre—. ¡Cobardes! ¿Os complace asesinar a familias enteras? ¿Cuánto dinero os pagan por hacerlo? ¿Habéis peleado alguna vez en una auténtica batalla? ¡Moriréis conmigo!

Desenfundó su espada y su puñal y consiguió abatir a los dos soldados cuando éstos se arrojaron sobre él. Los remató de varias puñaladas.

Luego avanzó dando traspiés, como si estuviera a punto de desmayarse. La sangre seguía manando de sus muñecas. De pronto puso los ojos en blanco.

En aquel momento se me ocurrió un arriesgado plan. Teníamos que subir a mi padre al carro, pero era todo un romano, y jamás lo consentiría.

De pronto los hebreos, uno joven y el otro anciano, me sujetaron por los brazos y me sacaron de la casa.

—Juré que te salvaría —dijo el anciano—. No permitiré que me dejes por embustero delante de mi amigo.

—Soltadme —murmuré—. Quiero estar con mi padre.

Aprovechando la educada timidez de mis captores, logré soltarme, y al volverme vi el cuerpo de mi padre tendido junto al hogar. Se había rematado con su puñal.

Cerré los ojos y me llevé la mano a la boca para sofocar los sollozos. Los hebreos me arrojaron en el carro. Caí sobre unos cojines mullidos y unos rollos de tejido mientras el carro comenzó a avanzar lentamente por la serpenteante carretera de la colina Palatina.

Unos soldados nos gritaron para que nos apartáramos.

—Estoy muy sordo, señor —dijo el hebreo más anciano—, ¿qué habéis dicho?

El ardid dio resultado. Los soldados siguieron su camino. El hebreo sabía muy bien lo que hacía. Siguió conduciendo el carro muy despacio mientras la gente pasaba apresuradamente por nuestro lado.

El más joven se trasladó a la parte trasera del carro y me dijo:

—Me llamo Jacob. Toma, cúbrete con estos velos blancos. Así parecerás una mujer oriental. Si te interrogan a las puertas de la ciudad, alza el velo y haz como que no comprendes lo que dicen.

Atravesamos las puertas de Roma con pasmosa facilidad.

—Salve, David y Jacob —dijeron los guardias—. ¿Habéis tenido buen viaje?

Me ayudaron a subir a un enorme barco mercante provisto de remos y velas, lo que no era extraordinario, y me condujeron hasta un pequeño y destartalado camarote.

—Esto es cuanto podemos ofrecerte —dijo Jacob—. Zarparemos de inmediato. —Tenía el pelo castaño, largo y ondulado, y llevaba barba. Vestía una túnica a rayas que lo cubría
hasta los pies.

—¿En la oscuridad? —pregunté—. ¿Vamos a zarpar en la oscuridad?

Eso no era infrecuente.

Pero al salir del puerto, cuando los marineros comenzaron a manejar los remos y el barco se encontró a la distancia adecuada y puso rumbo al sur, vi hacia dónde nos dirigíamos.

Toda la maravillosa costa suroccidental de Italia aparecía profusamente iluminada por centenares de villas suntuosas. Sobre las rocas divisé unos faros.

—Jamás volveremos a ver la República —comentó Jacob con nostalgia, como si se tratara de un ciudadano romano, y probablemente lo fuese—. Pero el último deseo de tu padre se
ha cumplido. Estamos a salvo.

El anciano se acercó a mí, me dijo que se llamaba David y se disculpó por no disponer de unas sirvientas para atenderme. Yo era la única mujer a bordo.

—¡Os ruego que no os preocupéis por esos detalles! ¿Por qué habéis aceptado correr estos riesgos?

—Hace tiempo que tenemos negocios con tu padre —respondió David—. Años atrás, cuando unos piratas hundieron nuestros barcos, tu padre se hizo cargo de la deuda. Confió de nuevo en nosotros, y le devolvimos la cantidad que nos prestó multiplicada por cinco. Nos entregó una cuantiosa suma de dinero para ti. El dinero está oculto entre el cargamento, como si no tuviera el menor valor.

Yo me dirigí a mi camarote y me tendí en el estrecho camastro. Al cabo de unos momentos entró el anciano, tapándose decorosamente los ojos, y me entregó una manta.

De pronto caí en la cuenta de una cosa. Había dado por supuesto que aquellos hombres me traicionarían.

No tenía palabras. No tenía gestos ni sentimientos dentro de mí. Volví la cara hacia la pared.

—Procura dormir, señora —dijo el anciano.

Tuve una pesadilla, un sueño que jamás había tenido. Me encontraba junto a un río. Sentía deseos de beber sangre. Aguardé entre la alta hierba para atrapar a un aldeano, y cuando logré capturarlo sujeté al desdichado por los hombros y le clavé los colmillos en el cuello. La boca se me llenó de su deliciosa sangre. Era tan dulce y potente que no puedo describirla, e incluso en sueños lo sabía. Pero debía huir de allí. El hombre estaba agonizando. Lo solté y cayó al suelo. Otros hombres, más peligrosos, me perseguían. Pero había otra amenaza que ponía en peligro mi vida.

Llegué a las ruinas de un templo, lejos del río. Me hallaba en el desierto; en un abrir y cerrar de ojos había pasado de un terreno húmedo a otro completamente árido. Estaba asustada. Pronto amanecería. Tenía que ocultarme. Además, me perseguían unos hombres. Digerí la deliciosa sangre y entré en el templo. Horrorizada, descubrí que no había donde ocultarse. Me apoyé contra los fríos muros, que estaban cubiertos de grabados. ¡Pero no había un solo lugar, por pequeño que fuese, que pudiera servirme de escondrijo!

Debía alcanzar las colinas antes del amanecer, lo que era imposible. ¡Me dirigía directamente hacia el sol!

De pronto apareció sobre las colinas una intensa y mortífera luz. Sentí que los ojos me escocían. La luz los abrasaba.

«¡Mis ojos —grité, tratando de tapármelos con las manos. El fuego me cubría—. ¡Amón Re, yo te maldigo! », exclamé. Grité otro nombre. Sabía que significaba Isis, pero no era ese nombre sino otro título de la diosa el que brotó de mis labios.

Entonces desperté. Me incorporé en el lecho, temblando.

El sueño había sido tan nítido como una visión. Lo recordaba muy bien. ¿Había vivido yo otra vida?

Subí a cubierta. Todo estaba en orden. Desde el barco, que seguía navegando, se distinguía con relativa claridad la costa y los faros. Contemplé el mar, y sentí deseos de beber sangre.

«Esto es imposible. Se trata de un perverso y retorcido augurio», me dije. Sentí el fuego. No podía olvidar el sabor de la sangre. Qué natural me había parecido, qué exquisita, qué perfecta para calmar mi sed. Vi el cadáver del aldeano, tendido junto al río como si se tratara de un pelele.

Aquello era un horror; no podía escapar de lo que acababa de presenciar. Estaba muy alterada, febril.

Jacob, el hebreo joven y alto, se acercó a mí. Iba acompañado de un joven romano. El muchacho se había afeitado su barba incipiente, pero por lo demás parecía un niño de rostro rubicundo y lustroso.

Me pregunté con tristeza si yo era tan vieja a mis treinta y cinco años que todo el mundo me parecía hermoso.

—¡Mi familia también ha sido traicionada! —exclamó el muchacho sollozando—. ¡Mi madre me obligó a marcharme!

—¿A quién debemos esta catástrofe? —pregunté.

Le acaricié las húmedas mejillas. Su boca parecía la de un bebé, pero su incipiente barba era áspera al tacto. Tenía unas espaldas anchas y fuertes, e iba vestido con una ligera y sencilla túnica. ¿No tendría frío en la cubierta del barco? Quizá sí. El muchacho meneó la cabeza. Poseía una belleza infantil, y con el tiempo se convertiría en un hombre apuesto. Tenía el cabello negro y ondulado. No temía llorar en mi presencia, ni
se disculpó por ello.

—Mi madre no murió hasta que me hubo contado lo ocurrido. Al llegar a casa la encontré postrada en el suelo, agonizando. Cuando los Delatores acusaron a mi padre de haber conspirado contra el emperador, mi padre se echó a reír, en sus propias narices. Entonces le acusaron de estar confabulado con Germánico. Mi madre no quiso morir hasta habérmelo contado. Dijo que de lo único que habían acusado a mi padre había sido de hablar con otros hombres sobre la forma en que serviría de nuevo al Imperio bajo Germánico si volvían a enviarlos al norte.

Yo asentí con la cabeza, con profunda tristeza.

—Comprendo. Mis hermanos probablemente dijeron lo mismo. Germánico es el heredero del emperador e Imperium Maius de Oriente. Sin embargo, consideran una traición hablar de servir a Roma bajo un excelente general.

Me volví para marcharme. La comprensión no es un consuelo.

—Os conducimos a ciudades distintas—dijo Jacob—, para dejaros al cuidado de diversos amigos. Es preferible que no os revelemos más detalles.

—No me dejes —suplicó el muchacho—. Esta noche no.

—De acuerdo —contesté. Lo conduje a mi camarote y cerré la puerta, tras despedirme con un educado gesto de Jacob, quien nos observaba con el celo de un guardián.

—¿Qué quieres?—pregunté.

El joven me miró y meneó la cabeza. Alzó las manos en un gesto de desesperación. Luego se volvió, me estrechó entre sus brazos y me besó. Nos besamos con frenesí.

Me quitó la camisa y nos tendimos sobre el camastro. Pese a su rostro infantil, era todo un hombre.

Y cuando llegó el momento de éxtasis, lo que ocurrió muy pronto, dada la tremenda energía del joven, noté el sabor a sangre. Me había convertido en el vampiro del sueño. Mi cuerpo se tensó, pero no importaba. Él disponía de cuanto precisaba para concluir sus ritos de la forma satisfactoria.

—Eres una diosa—dijo, incorporándose.

—No —musité. El sueño cobraba vida. Percibí el sonido del viento sobre la arena. El olor del río—. Soy un dios... un dios que bebe sangre.

Realizamos los ritos amatorios hasta que quedamos extenuados.

—Muéstrate discreto y cortés con nuestros anfitriones hebreos —le dije—. Son incapaces de comprender esta clase de cosas.

Él asintió con la cabeza.

—Te adoro —musitó.

—No es necesario. ¿Cómo te llamas?

—Marcellus.

—Bien, Marcellus, vete a dormir.

Marcellus y yo convertimos cada noche en una orgía de placer hasta que al fin vimos el faro de Pharos y comprendimos que habíamos llegado a Egipto.

Era obvio que Marcellus iba a quedarse en Alejandría. Me explicó que su abuela materna, que era griega, como todo el clan, aún vivía.

—No me cuentes tantas cosas, vete —lo insté—. Sé prudente y cuídate.

Marcellus me rogó que lo acompañara. Dijo que se había enamorado de mí, que deseaba casarse conmigo. No le importaba que no pudiera darle hijos. No le importaba que yo hubiera cumplido treinta y cinco años. Yo me reí compasivamente.

Jacob asistió a esta escena con la vista fija en el suelo, y David volvió púdicamente el rostro.

Marcellus desembarcó en Alejandría con un gran número de baúles.

—Ahora —dije a Jacob—, ¿quieres decirme adónde me lleváis? Me gustaría expresar mi opinión al respecto, aunque dudo que pueda mejorar los planes de mi padre.

Me pregunté si aquellos hombres serían honrados conmigo. ¿Seguirían tratándome con respeto después de haberme visto comportar como una puta con el muchacho? Eran unos hombres religiosos.

—Te llevaremos a una gran ciudad —respondió Jacob—. No existe un lugar más hermoso. Tu padre tiene amigos griegos allí.

—Es imposible que sea más bella que Alejandría —protesté.

—Oh, es mucho más hermosa —dijo Jacob—. Pero deja que hable con mi padre antes de seguir conversando contigo.

Nos hallábamos en alta mar. El horizonte se alejaba. Egipto. Comenzaba a oscurecer.

—No temas —dijo Jacob—. Pareces aterrorizada.

—No tengo miedo —contesté—. Es que dispongo de mucho tiempo para yacer en mi cama, pensar, recordar y soñar. —Lo miré a los ojos y él apartó el rostro tímidamente—. Estreché al muchacho contra mi pecho, como una madre, noche tras noche. —Era la mentira más grande que he contado en mi vida—. Lo abracé como si fuera un niño. —¡Menudo niño!—. Y ahora temo sufrir pesadillas. Dime... ¿cuál es nuestro destino? ¿Cuál es nuestra suerte?







































3



—Antioquía —dijo Jacob—. Antioquía junto al Orontes. Te esperan unos amigos griegos de tu padre. También son amigos de Germánico. Puede que al cabo de un tiempo... pero se mostrarán leales. Vas a casarte con un griego de alcurnia y fortuna.

¡Casarme! ¿Con un griego provinciano? ¡Un griego en Asia! Reprimí una carcajada y contuve las lágrimas. Era imposible que eso me ocurriera a mí. ¡Pobre hombre! Si era realmente un griego provinciano, tendría que experimentar de nuevo la conquista de Roma.

Seguimos navegando, de puerto en puerto. Medité sobre mi situación.

Eran esas nauseabundas trivialidades las que me protegían del tremendo dolor y de la conmoción que sufría por lo que había sucedido. Comprueba si llevas bien ceñido el vestido. No mires el cadáver de tu padre junto al hogar, con su propio puñal hundido en el pecho.

En cuanto a Antioquía, yo había estado demasiado inmersa en la vida romana para enterarme de las características de aquella ciudad. Si Tiberio había enviado allí a Germánico, su «heredero», para alejarlo de la popularidad que gozaba en Roma, Antioquía debía de ser el fin del mundo civilizado.

Me pregunté por qué, en nombre de todos los dioses, no había huido en Alejandría. Alejandría era la ciudad más grande del Imperio, después de Roma. Era una ciudad joven, construida por Alejandro, de ahí su nombre, pero también un puerto maravilloso. En Alejandría nadie se atrevería nunca a destruir el templo de Isis. Ésta era una diosa egipcia, esposa del poderoso Osiris.

Pero ¿qué tenía eso que ver con mi situación? Supongo que ya había empezado a urdir un plan, aunque no permití que éste se abriera paso hasta la conciencia y mancillara mi exquisita moralidad romana.

Di las gracias a mis guardianes hebreos por aquella información, que habían ocultado incluso al joven Marcellus, el otro romano al que habían rescatado de manos de los asesinos del emperador, y les rogué que respondieran con franqueza a unas preguntas sobre mis hermanos.

—Todos fueron atacados por sorpresa—repuso Jacob—. Los Delatores, esos espías de la guardia pretoriana, son muy rápidos. Y tu padre tenía muchos hijos. Fueron los esclavos de tu hermano mayor quienes saltaron la tapia a instancias de su amo y corrieron a avisar a tu padre.

Antonio. Espero que los mataras. Sé que luchaste hasta el fin. Y mi sobrina Flora, ¿habría huido despavorida de sus atacantes, o la habrían matado de forma misericordiosa? ¡La guardia pretoriana nunca hacía nada de forma misericordiosa! Qué
estúpida por pensar siquiera en ello.

No dije nada. Me limité a suspirar.

A fin de cuentas, al mirarme, los dos mercaderes judíos contemplaban el cuerpo y el rostro de una mujer; mis protectores sin duda debían de pensar que había una mujer dentro de mí. La disparidad entre las apariencias externas y el talante interno siempre me había turbado. ¿Por qué contrariar a Jacob y a David? Iría a Antioquía.

Pero no tenía la menor intención de vivir con una familia griega chapada a la antigua, si es que existían familias de ese tipo en la ciudad griega de Antioquía, familias en las que las mujeres vivían separadas de los hombres, sin participar activamente en la vida.

Mis institutrices me habían enseñado todas las virtudes femeninas, y yo era tan hábil con el hilo, la hebra y la lanzadera como la que más, pero conocía las «viejas costumbres griegas» y recordaba vagamente a mi abuela paterna, que había muerto cuando yo era una niña. Era una virtuosa matrona romana que se pasaba el día hilando lana. Su epitafio, y también el de mi madre, rezaba: «Administraba la casa. Hilaba lana.»

Eso habían dicho de mi madre. ¡Las mismas palabras insulsas!

Pues bien, nadie escribiría nada semejante en mi epitafio. (Qué cómico pensar ahora, miles de años más tarde, que no tengo epitafio.)

Lo que no se me ocurrió en aquellos momentos, sin duda debido a la tristeza que me embargaba, era que el mundo romano era enorme y que la parte oriental de éste difería mucho de las tierras bárbaras del norte, donde habían peleado mis hermanos.

Hacía cientos de años que toda Asia Menor, en dirección a la cual ahora nos dirigíamos, había sido conquistada por Alejandro de Macedonia. Como bien sabes, Alejandro, que había sido alumno de Aristóteles, deseaba difundir la cultura griega por todas partes. Y en Asia Menor las ideas y los estilos griegos hallaron no unas simples poblaciones rurales llenas de campesinos sino unas culturas antiguas, como el Imperio de Siria, dispuestas a recibir las nuevas ideas, la gracia y la belleza de la ilustración griega y a aportar, en consonancia con aquellos, sus propios siglos de literatura, religión, estilos de vida y vestimenta.

Antioquía había sido construida por un general de Alejandro Magno que pretendía que rivalizara con la belleza de otras ciudades helénicas, con sus espléndidos templos, sus edificios administrativos, sus bibliotecas que contenían libros escritos en griego y sus escuelas donde impartían clase los filósofos.

Aunque se estableció un gobierno helénico, relativamente ilustrado en comparación con el antiguo despotismo oriental, debajo de todo ello subyacía la ciencia, las tradiciones y posiblemente la sabiduría del místico Oriente.

Los romanos habían conquistado Antioquía porque constituía un enorme centro comercial. En este sentido era única, tal como me mostró Jacob, trazando un tosco mapa con un dedo húmedo sobre la mesa de madera. Antioquía era un puerto del gran Mediterráneo porque se hallaba emplazada a tan sólo treinta kilómetros aguas arriba, junto al Orontes.

Sin embargo, por el lado oriental se abría al desierto: todas las antiguas rutas de caravanas llegaban a Antioquía; los mercaderes traían en sus camellos desde tierras fabulosas —India y China—, fantásticas mercancías como sedas, alfombras y joyas que nunca llegaban a los mercados romanos.

Otros muchos mercaderes pasaban por Antioquía. Unas carreteras excelentes comunicaban en el este con el Éufrates y el imperio de Partia, en el sur llegaban a Damasco y Judea, y en el norte con todas las ciudades construidas por Alejandro, que habían prosperado bajo el dominio romano.

A los soldados romanos les encantaba estar allí, ya que llevaban una vida cómoda e interesante, y Antioquía apreciaba a los romanos porque protegían las rutas comerciales y las caravanas, y mantenían la paz en el puerto.

—Hallarás muchos lugares abiertos, arcadas, templos, todo cuanto busques, y unos mercados increíbles. Verás romanos por doquier. Confío en que el Altísimo impida que te reconozca alguien de tu propia clase. Ése es un peligro que tu padre no tuvo tiempo de prever.

Yo resté importancia a su comentario.

—¿Hay maestros y mercados de libros?

—Procedentes de todas partes. Hallarás libros que nadie es capaz de leer. Y allí todo el mundo habla el griego. Sólo los campesinos no lo conocen. El latín también lo habla mucha gente.

»Los filósofos discuten continuamente sobre Platón y Pitágoras, unos nombres que apenas significan nada para mí; hablan sobre la magia caldea de Babilonia. Naturalmente, existen templos dedicados a todos los dioses imaginables. —Jacob hizo una pausa y prosiguió con aire pensativo—: En cuanto a los hebreos, creo que son excesivamente mundanos, les gusta lucir túnicas cortas y codearse con los griegos y acudir a los baños públicos. Se sienten fascinados por la filosofía griega. El pensamiento griego lo invade todo. No es buena cosa. Pero una ciudad griega es un mundo muy tentador.

Jacob alzó la vista. Su padre nos estaba observando, y nosotros nos hallábamos sentados demasiado cerca, ante una mesa en la cubierta del barco.

Jacob se apresuró a informarme de otros pormenores: a Germánico Julio César, heredero de la corona imperial, el hijo adoptado oficialmente por Tiberio, le había sido otorgado el Imperium Maius en Antioquía, lo que significaba que controlaba todo aquel territorio. Y Cayo Calpurnio Pisón era el gobernador de Siria.

Le aseguré que no hablaría a nadie de mí ni de mi ilustre familia, ni de mi apacible y antigua casa en la colina Palatina, rodeada de muchas otras suntuosas mansiones.

—En Antioquía impera el estilo romano —se quejó Jacob—. Ya lo verás. Llegarás cargada de dinero. Y disculpa, pero sigues siendo muy hermosa a pesar de tu edad. Tienes una piel tersa y te mueves con la agilidad de una jovencita.

Lancé un suspiro y le di las gracias. Había llegado el momento de dar por terminada nuestra charla si no queríamos que su padre se encargara de hacerlo personalmente.

Contemplé las gigantescas olas azules.

En el fondo me alegraba de que nuestra familia hubiera dejado de acudir a fiestas y banquetes en el palacio imperial, pero por otro lado sabía que nuestra vida retirada había sido la culpable de nuestra desgracia.

Yo había visto a Germánico durante su procesión triunfal a través de Roma, un joven extraordinariamente bello, mucho más que Alejandro, y sabía por mi padre y mis hermanos que Tiberio, temeroso de la popularidad de su heredero, le había enviado a Oriente para alejarlo de las masas romanas.

¿El gobernador Pisón? Jamás lo había visto. Se decía que lo habían enviado a Oriente para fastidiar a Germánico. ¡Qué pérdida de talento!

Jacob regresó a mi lado.

—Llegarás como una persona anónima y desconocida a esta gran ciudad —dijo—. Cuentas con unos protectores muy influyentes que gozan de las simpatías de Germánico. Él es joven e impone un tono de vitalidad y alegría a la ciudad.

—¿Y Pisón? —pregunté.

—Todo el mundo lo detesta, sobre todo los soldados, y ya sabes lo que eso significa en una provincia romana.

Uno puede contemplar eternamente el agitado oleaje desde la cubierta de un barco, o durante un determinado espacio de tiempo.

Aquella noche tuve mi segundo sueño referente a la sangre. Era muy parecido al primero.

Yo estaba sedienta de sangre. Me perseguían unos enemigos que sabían que yo era un demonio al que debían destruir. Yo no cesaba de correr. Mi familia me había abandonado, me había arrojado sin protección a las supersticiones de la gente. Entonces vi el desierto y comprendí que moriría; me desperté, incorporándome en la cama y gritando, pero me apresuré a taparme la boca para que nadie oyera mis gritos.

Lo que me inquietaba profundamente era mi sed de sangre. Despierta me parecía inimaginable, pero en esos sueños yo era un monstruo que los romanos llamaban Lamia. O eso me pareció. La sangre era dulce, la sangre lo era todo. ¿Tenía razón el viejo Pitágoras? ¿Emigran las almas de cuerpo en cuerpo? Pero mi alma en esa vida pasada había pertenecido a un monstruo.

Durante el día, de vez en cuando cerraba los ojos y me deslizaba peligrosamente hasta el borde del sueño, como si mi mente fuera una trampa dispuesta a engullir mi conciencia. Pero por las noches esos sueños acudían con fuerza y nitidez.

«¡Tú me has servido antes!» ¿Qué significaba eso? «Ven a mí.»

Sed de sangre. Cerré los ojos, me incorporé en la cama y recé:

—Madre Isis, purifica mi mente de esta loca avidez de sangre.

Entonces se me ocurrió recurrir al simple y eficaz erotismo. ¡Acuéstate con Jacob! Pero no había manera. Yo no sabía que los hebreos habían sido y seguirían siendo los hombres más difíciles de seducir.

Jacob me lo dio a entender con gran tacto y delicadeza. Pensé en los esclavos. Pero eso era imposible. En primer lugar eran galeotes, y entre ellos no se hallaba encadenado el gran Ben Hur esperando que yo lo rescatara. No eran sino la escoria de los reos pobres, sujetos al estilo romano, de forma que si el barco se hundía se ahogarían irremisiblemente, y además estaban medio muertos por culpa del esfuerzo y el látigo. No era un espectáculo agradable bajar a la bodega y ver a aquellos hombres doblar la espalda.

Pero mis ojos eran tan fríos como los de un americano contemplando por la televisión en color imágenes de niños que mueren de hambre en África, unos pequeños esqueletos negros con la cabeza desproporcionadamente grande pidiendo agua a gritos. Interrupción de las noticias para dar paso a los anuncios publicitarios, la CNN muestra ahora unas imágenes de Palestina: la multitud arroja piedras, las fuerzas de seguridad disparan balas de goma. La sangre servida en televisión.

El resto de la tripulación estaba formado por unos aburridos marineros y los dos píos mercaderes que me miraban como si fuera una puta, o algo peor, y volvían la cabeza cada vez que yo aparecía en cubierta con mi larga túnica y mi larga cabellera agitadas por la brisa.

Debía de parecerles una desvergonzada. Pero qué estúpida fui, viviendo como en un trance, sin gozar de la agradable travesía, pues el dolor y la rabia aún no se habían apoderado de mí. Los hechos habían ocurrido demasiado precipitadamente.

Gozaba evocando la imagen de mi padre liquidando a los soldados de Tiberio, aquellos asesinos miserables enviados por un emperador débil y cobarde. Y el resto lo desterraba de mi mente, adoptando la actitud del típico romano.

Yeats, un poeta irlandés moderno, ha descrito como nadie la actitud romana oficial hacia el fracaso y la tragedia.

Observad con frialdad la vida, la muerte.
¡Pasad de largo, soldados de caballería!

Cualquier romano se mostraría de acuerdo con eso.

Ésta era mi posición, la única sobreviviente de una gran casa, cuyo padre le había ordenado que «viviera». No me atrevía a pensar en la suerte de mis hermanos, de sus bellas esposas y sus hijitos. Era incapaz de imaginar la matanza de aquellas criaturas, unos niños traspasados por unas espadas de doble filo, o bebés aplastados contra la pared. Oh, Roma, tú y tu vieja y sangrienta sabiduría. Aseguraos de que no quede ningún hijo vivo. ¡Matad a toda la familia!

Por las noches, cuando yacía en mi cama, me sumía en otras angustiosas y sangrientas pesadillas. Parecían fragmentos de una vida y una tierra perdidas. Unos profundos y vibrantes tonos musicales dominaban esos sueños, como si alguien golpeara un gong, y otros junto a él hacían sonar solemnemente unos tambores cubiertos de un suave material. Vislumbré vagamente un mundo de cuadros rígidos, planos y extraños que colgaban en las paredes. Estaba rodeada de ojos pintarrajeados. ¡Bebí sangre! Chupé la sangre de un pequeño y tembloroso ser humano, arrodillado ante mí como si yo fuera la
Madre Isis.

Me desperté para beber agua de una gran jarra que había junto a mi lecho. Bebí agua para desafiar y saciar la sed que experimentaba en mis pesadillas. Bebí agua hasta hartarme.

Me devané los sesos tratando de recordar si de niña había sufrido alguna vez pesadillas como aquéllas.

No. Esos sueños contenían el calor abrasador del recuerdo. De mi iniciación en el fatídico templo de Isis, cuando ese culto estaba en boga. Ebria y empapada en la sangre de un toro, había bailado alocadamente en círculos. Tenía la cabeza llena de las letanías de Isis. ¡Nos habían prometido la reencarnación! «Jamás se lo cuentes a nadie, jamás, jamás...» ¿Cómo podía un iniciado hablar de esos ritos, cuando estaba tan borracho que apenas lo recordaba?

Isis me hizo evocar recuerdos de una hermosa música de liras, flautas, panderetas, del agudo y mágico sonido de las cuerdas metálicas del sistro, que la Madre sostenía en la mano. Recordaba sólo unos retazos de la danza de sangre que había ejecutado desnuda, de la noche alzándose hacia las estrellas, de contemplar el alcance de la vida en sus ciclos, de aceptar durante unos breves momentos que la luna cambiaba continuamente, y que el sol se ponía al igual que salía todos los días. Abrazos de otras mujeres. El tacto de mejillas suaves y besos y cuerpos meciéndose al mismo tiempo. «La vida, la muerte, la reencarnación, no se trata de unos milagros —decía la sacerdotisa—. El comprenderlo y aceptarlo, ése es el milagro. El milagro debe producirse en vuestro corazón.»

¡Me negaba a creer que hubiéramos bebido sangre! Y el toro... era un sacrificio reservado a la ceremonia de iniciación. No sacrificábamos animales indefensos sobre los altares cubiertos de flores de Isis, no, nuestra Madre Bendita no nos pedía que hiciéramos eso.

Ahora, en alta mar, sola, yacía despierta para evitar esos sueños de sangre.

Cuando el cansancio se apoderaba de mí y caía dormida, la pesadilla se producía automáticamente, como si hubiera estado aguardando a que se me cerraran los ojos.

Yo yacía en una habitación dorada. Bebía sangre, una sangre que brotaba del cuello de un dios, o eso me parecía, mientras unos coros cantaban y entonaban himnos, un sonido monótono y reiterativo indigno de ser calificado como música, y después de haber saciado mi sed de sangre, ese dios o quienquiera que fuere, ese ser orgulloso, con una piel suave como la seda, me alzaba en brazos y me depositaba sobre un altar.

Sentí con toda nitidez el frío mármol sobre el que yacía. Comprendí que estaba desnuda. Pero no sentí ningún pudor. En alguna parte, a lo lejos, resonando a través de esas salas, oí sollozar a una mujer. Yo estaba llena de sangre. Los que cantaban se acercaron a mí con unas lamparitas de aceite hechas de arcilla. Estaba rodeada por unos rostros lo suficientemente oscuros como para proceder de la lejana Etiopía o de India. O Egipto. Mirad. ¡Unos ojos pintados! Me observé las manos y los brazos. Eran oscuros. Pero yo era la persona que yacía sobre el altar, y digo persona porque en el transcurso del sueño comprendí con meridiana claridad que la persona que yacía sobre el altar, o sea yo, era un hombre. Sentí un dolor lacerante. El dios dijo: «Es tan sólo el rito iniciático. Ahora beberás un poco de sangre de cada uno de nosotros.»

Cuando me despertaba, esa breve transición al género masculino me dejaba tan perpleja como todo lo demás. Me sentía imbuida de una profunda sensación de arte egipcio, de misterio egipcio, tal como lo había contemplado en las estatuas doradas en el mercado, o cuando las bailarinas egipcias lo ejecutaban durante un banquete, como unas esculturas andantes con sus ojos pintados de negro, y unas pelucas negras trenzadas, murmurando en esa extraña lengua. ¿Qué opinaban de nuestra Isis, ataviada al estilo romano?

Me atormentaba un misterio, algo que me atacaba la razón. Me sentía embargada por aquello que los emperadores romanos tanto temían en los cultos egipcios y los cultos orientales: un misterio y una emoción superiores a la razón y la ley.

En realidad, mi Isis había sido una diosa romana, una diosa universal, la Madre de todos nosotros; su culto se había extendido por un mundo griego y romano mucho antes de llegar a la propia Roma. Nuestros sacerdotes eran griegos y romanos, pobres hombres, y también lo éramos todos los adeptos. En mi mente oía una persistente voz que decía: «Recuerda.» Era una vocecilla desesperada dentro de mi cerebro que me exhortaba a «recordar» por mi propio bien.

Pero recordar sólo conducía a unos pensamientos confusos y desordenados. De golpe caía un velo entre la realidad de mi camarote y el movimiento del mar, entre eso y un terrorífico mundo apenas entrevisto, lleno de templos cubiertos con palabras que producían magia. De rostros alargados y exquisitamente bronceados. Una voz susurró: «Desconfía de los sacerdotes de Re; mienten.» Me estremecí. Cerré los ojos. Vi a la Reina Madre maniatada y encadenada a su trono. ¡Estaba llorando! Eran sus sollozos los que había oído. Increíble. «Ha olvidado cómo gobernar. Obedécenos.»

Me desperté sobresaltada. Deseaba saber y al mismo tiempo no saber. La Reina lloraba bajo sus monstruosos grilletes. Yo no podía verla con claridad. Todo aparecía distorsionado, confuso. «El Rey está con Osiris. Observa, tiene la mirada como perdida en el infinito; todo aquel a quien le chupes la sangre, se lo entregas a Osiris; todos ellos se convertirán en Osiris.»

«Pero ¿por qué gritó la Reina?»

No, esto era una locura. Yo no podía dejar que esta confusión me abrumara. No podía deslizarse deliberadamente de la razón hacia esas fantasías o recuerdos, aun suponiendo que tuvieran una raíz verídica.

No eran más que estupideces, unas imágenes distorsionadas del dolor y el remordimiento, el remordimiento por no haberme precipitado hacia el hogar junto al que yacía mi padre, y haber hundido el puñal en mi pecho.

Traté de recordar la sosegada voz de mi padre, cuando en cierta ocasión me explicaba que la sangre de los gladiadores saciaban la sed de los muertos, los manes.

—Algunos afirman que los muertos beben sangre —me había explicado un día mi padre, hacía muchos años, mientras cenábamos—. Por eso nos mostramos temerosos esos días fatídicos, cuando dicen que los muertos vagan por la tierra. Yo creo que son pamplinas. Debemos reverenciar a nuestros antepasados...

—¿Dónde están los muertos, padre? —preguntó mi hermano Lucius.

¿Quién había terciado desde el otro extremo de la mesa, para citar a Lucrecio con una débil vocecilla femenina que sin embargo logró imponer silencio sobre los hombres? Lydia:

Lo que pertenece a la tierra regresa a la tierra,
pero toda partícula que cae del cielo, asciende de nuevo,
reclamada por los elevados templos celestiales.
La muerte no destruye los elementos de la materia,
sólo rompe las combinaciones.

—No —contestó mi padre suavemente, dirigiéndose a mí—. Es mejor que cites a Ovidio: «Los fantasmas piden poco; valoran la piedad más que un regalo caro.» —Tras beber un trago de vino, agregó—: Los fantasmas se hallan en el infierno, donde no pueden lastimarnos.

—Los muertos no están en ninguna parte y no son nada —dijo Antonio, mi hermano mayor.

Mi padre alzó su copa.

—A Roma —dijo, y esta vez fue él quien citó a Lucrecio—: «Con demasiada frecuencia, la religión engendra crímenes y maldad.»

Todos suspiramos y nos encogimos de hombros. La actitud romana. Incluso los sacerdotes y las sacerdotisas de Isis se habrían hecho eco de las palabras de Lucrecio cuando escribió:

Nuestros terrores y nuestras tinieblas mentales
serán disipados, no por los rayos del sol,
no por esas resplandecientes flechas de luz,
sino por la atenta observación de la naturaleza
y un plan de contemplación sistemático.

¿Ebria? ¿Drogada? ¿Sangre de toro? ¿Sistemático? En fin, todo se reducía a lo mismo. ¡Compréndelo! Dale las vueltas que quieras a la poesía. Y el falo de Osiris vive eternamente en el Nilo, y el agua del Nilo insemina eternamente a la Madre Egipto, la muerte engendra vida con la bendición de la Madre Isis. Simplemente un esquema particular y un método sistemático de contemplación.

El barco continuó navegando.

Yo languidecí otros ocho días en este tormento, a menudo yaciendo despierta en la oscuridad, durmiendo sólo de día para evitar las pesadillas.

De pronto, una mañana, Jacob llamó insistentemente a la puerta de mi camarote.

Estábamos navegando aguas arriba por el Orontes y pronto estaríamos en Antioquía.

Faltaban unos treinta kilómetros para llegar a la ciudad. Me peiné con esmero (nunca lo había hecho sin ayuda de una esclava), recogiéndome el cabello en un moño, oculté mis ropas romanas bajo una amplia capa negra y me dispuse a desembarcar; parecía una mujer oriental, con el rostro cubierto, protegida por unos hebreos.

Cuando divisamos la ciudad, cuando el enorme puerto nos acogió y abrazó con todos sus mástiles y su fragor y sus olores y sus gritos, subí apresuradamente a la cubierta del barco y contemplé la espléndida ciudad.

—Ahí la tienes —dijo Jacob.

Me sacaron del barco en una litera y me transportaron a toda prisa a través de los mercados del puerto hasta llegar a una gran plaza, atestada de gente. Por doquier veía templos, pórticos, vendedores de libros, incluso los elevados muros de un anfiteatro; todo cuanto hubiera visto en Roma. No, ésta no era una ciudad provinciana.

Los muchachos se congregaban frente a las barberías para someterse al afeitado de rigor y a los inevitables rizos sobre la frente, que Tiberio había puesto de moda. Había un sinfín de vinaterías. Vi las entradas a las calles dedicadas a diversos oficios: la calle de los fabricantes de tiendas de campaña, la calle de los plateros...

Y allí, en todo su esplendor, en el mismo centro de Antioquía, se alzaba el templo de Isis...

Mi diosa, Isis, cuyos adoradores no cesaban de entrar y salir del templo, tranquilamente, y en gran número. Junto a la puerta había unos sacerdotes de aspecto respetable vestidos
con túnicas de lino. El templo estaba atestado de gente.

«En este lugar puedo escapar de cualquier marido», pensé. Poco después advertí que en el foro, el centro de la ciudad, se había producido un gran tumulto. Jacob ordenó a los hombres que abandonaran de inmediato la amplia calle del mercado y se metieran en unas callejuelas laterales. Los hombres que transportaban mi litera echaron a correr. Jacob cerró las cortinas para que yo no pudiera ver lo que ocurría a mi alrededor.

La noticia estaba siendo proclamada en latín, griego y caldeo: asesinato, veneno, traición.

Asomé la cabeza por entre las cortinas de la litera.

La gente lloraba y maldecía al romano Cayo Calpurnio Pisón, y también a la esposa de éste, Placina. ¿Por qué? Yo no sentía simpatías hacia ninguno de los dos, pero ¿a qué venía tanto alboroto?

Jacob ordenó de nuevo a los porteadores de mi litera que se dieran prisa.

Cruzamos precipitadamente la verja y el vestíbulo de una espaciosa casa, cuyo aspecto y colorido me recordó mi casa en Roma, aunque mucho más reducida. Observé los mismos detalles refinados, el distante peristilo, los grupos de esclavos que sollozaban.

Los sirvientes depositaron rápidamente la litera en el suelo. Me bajé de ella, molesta porque no me habían detenido a la puerta para lavarme los pies, como era la costumbre. Se me había soltado el cabello, que me caía por la espalda en bucles.

Pero nadie reparó en mí. Miré alrededor, asombrada al contemplar las cortinas orientales que colgaban sobre las puertas, los pájaros enjaulados que cantaban en sus pequeñas prisiones, las alfombras tejidas que cubrían todo el suelo.

Dos damas, obviamente las señoras de la casa, se acercaron.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Iban vestidas tan elegantemente como cualquier romana rica, cargadas de pulseras y luciendo unos vestidos ribeteados de oro.

—Te lo suplico —dijo una de las mujeres—, por tu propio bien, vete. ¡Sube de nuevo a la litera!

Intentaron meterme en aquella celda rodeada de cortinas que constituía mi litera, pero me negué a marcharme. Me puse furiosa.

—No sé dónde me encuentro —dije—. Y no sé quiénes sois. ¡No me empujéis!

El dueño de la casa, o alguien que parecía serlo, se dirigió corriendo hacia mí; por sus mejillas rodaban unos gruesos lagrimones, y su pelo corto y canoso presentaba un aspecto lamentable, como si se hubiera arrancado unos mechones en un arrebato de dolor. Su larga túnica estaba desgarrada. Tenía el rostro manchado de tierra. Era un anciano con la espalda encorvada y una cabeza exageradamente grande, cargado de piel
y arrugas.

—Tu padre era mi joven colega —me dijo en latín, agarrándome por los brazos—. Comí varias veces en tu casa cuando eras una criatura que apenas gateaba.

—Qué cariñoso —me apresuré a decir.

—Tu padre y yo estudiamos en Atenas, dormíamos bajo el mismo techo. —Las mujeres se quedaron inmóviles, aterrorizadas, tapándose la boca con la mano.

»Tu padre y yo peleamos con Tiberio durante su primera campaña contra esos repugnantes bárbaros.

—Qué valientes —repuse.

Mi capa negra cayó al suelo, mostrando mi larga y alborotada cabellera y mi sencillo vestido. Pero nadie pareció darle importancia.

—¡Germánico comió en esta casa porque tu padre le habló de mí!

—Ah, comprendo—dije.

Una de las mujeres me indicó con impaciencia que subiera a la litera. ¿Dónde se había metido Jacob? El anciano se negaba a soltarme.

—Yo estaba con tu padre y con Augusto cuando llegó la noticia de que nuestras tropas habían sido masacradas en el bosque de Teutoburgo, de que el general Varo y todos sus
hombres habían sido asesinados. Mis hijos lucharon con tus hermanos en las legiones de Germánico cuando éste decidió castigar a las tribus del norte. ¡Dios!

—Sí, sí, es maravilloso —dije con expresión grave.

—Sube a la litera y vete —dijo una de las mujeres.

El anciano no me soltaba.

—¡Luchamos contra ese loco, el rey Arminio! —dijo—. ¡Hubiéramos podido ganar! Tu hermano Antonio no era partidario de capitular y regresar, ¿verdad?

—Yo... no...

—¡Lleváosla de aquí! —gritó un joven patricio, que también había estado llorando. Se acercó y empezó a empujarme hacia la litera.

—¡Apártate, imbécil! —protesté, asestándole un bofetón.

A todo esto, Jacob había estado hablando con los sirvientes, tratando de informarse de lo ocurrido.

Jacob apareció junto a mí, mientras el griego de pelo canoso seguía sollozando y me besaba en las mejillas.

Jacob me condujo hasta la litera.

—Germánico ha sido asesinado —me susurró Jacob al oído—.Todos los que le son leales están convencidos de que el emperador Tiberio ordenó al gobernador Pisón que lo asesinara. Lo han envenenado. La noticia se ha propagado como el fuego por toda la ciudad.

—¡Qué idiota eres, Tiberio! —murmuré, alzando los ojos al techo—. ¡Un paso de cobarde tras otro!

Me sumí de nuevo en la oscuridad. Los sirvientes alzaron la litera.

—Cayo Calpurnio Pisón tiene muchos aliados aquí, como es natural —siguió diciendo Jacob—. Todo el mundo se pelea entre sí. Un ajuste de cuentas. Violencia. Esta familia griega viajó a Egipto con Germánico. Se han producido numerosos tumultos. ¡Debemos partir!

—Adiós, amigo—dije al anciano griego mientras me sacaban de la casa en la litera, aunque creo que no me oyó. Se había postrado de rodillas. Maldecía a Tiberio. Amenazaba con suicidarse y gritaba pidiendo el puñal.

Nos hallábamos de nuevo en el exterior, avanzando rápidamente a través de las calles.

Yo me tendí oblicuamente en la litera, tratando de organizar mis pensamientos en la oscuridad. Germánico estaba muerto. ¡Envenenado por Tiberio!

Yo sabía que este reciente viaje de Germánico a Egipto había enfurecido a Tiberio. Egipto no se parecía a ninguna provincia romana. Roma dependía de su grano, y por eso los senadores no podían ir allí. Pero Germánico había ido «para contemplar las reliquias antiguas», habían dicho sus amigos en las calles de Roma.

«¡Una mera excusa! —pensé desesperada—. ¿Dónde está el juicio? ¿Y la sentencia? ¡Envenenado! »

Los sirvientes que portaban mi litera avanzaban apresuradamente. La gente no cesaba de gritar y sollozar alrededor de nosotros.

—¡Germánico, Germánico! ¡Devolvednos a nuestro hermoso Germánico!

Antioquía había perdido la razón.

Por fin llegamos a una calle estrecha, poco más que una callejuela, ya sabes cómo son pues hace poco descubrieron un laberinto de callejuelas como ésa en Pompeya. Percibí el hedor a orina masculina que contenían los jarros en la esquina.

Percibí el olor a comida que exhalaban las altas chimeneas. Mis porteadores seguían corriendo y tropezando con los adoquines.

En cierta ocasión nos arrojaron a la cuneta cuando un carro pasó a toda velocidad junto a nosotros por la angosta callejuela; sus ruedas hallaron sin duda los baches destinados a
ellas en la piedra.

Me di un golpe en la cabeza. Estaba furiosa y asustada. Jacob me tranquilizó:

—Estamos contigo, Lydia.

Me tapé por completo con la capa, de forma que sólo un ojo me permitía ver los rayos de luz que se filtraban a través de las cortinas de la litera. Apoyé la mano en el puñal.

Los sirvientes depositaron la litera en el suelo. Nos encontrábamos en un espacio interior y fresco. David, el padre de Jacob, discutía con alguien. Yo no conocía el hebreo; ni siquiera estaba segura de que hablara en hebreo.

Jacob terció por fin en el asunto. Como hablaba en griego comprendí que los hebreos trataban de comprar una casa para mí equipada con toda clase de comodidades, incluyendo unos elegantes muebles, que había dejado recientemente una rica viuda que había vivido allí sola, pero lamentablemente había vendido los esclavos. No había esclavos. Se trataba de una operación rápida en dinero contante y sonante.

Al cabo de unos minutos oí decir a Jacob en griego:

—Espero por tu propio bien que no me hayas mentido.

Cuando los hombres alzaron de nuevo la litera indiqué a Jacob que se acercara.

—Estoy en deuda contigo porque me has salvado la vida en dos ocasiones. ¿Qué será de esos griegos que iban a alojarme en su casa? ¿Corren peligro?

—Naturalmente —respondió Jacob—. Cuando se producen disturbios, ¿qué importa lo que ocurra? Acompañaron a Germánico a Egipto. Los hombres de Pisón lo saben. Cualquiera puede atacar, asesinar y robar a otro con la excusa más nimia. ¡Mirad, un incendio! —exclamó Jacob, ordenando a los hombres que se apresuraran.

—Bueno —dije—, no vuelvas a pronunciar mi verdadero nombre. A partir de ahora debes llamarme por otro nombre. Me llamo Pandora. Soy una griega recién llegada de Roma. Te he pagado para traerme hasta aquí.

—Hay que reconocer que tienes agallas, querida Pandora —repuso Jacob—. Eres una mujer fuerte. La escritura de tu nueva casa contiene un nombre falso menos encantador, pero verifica que eres ciudadana romana, viuda y emancipada. La obtendremos cuando paguemos el oro, cosa que no haremos hasta que entremos en la casa. Y si el hombre no me entrega la escritura con todos los requisitos necesarios para protegerte, lo estrangularé.

—Eres muy listo, Jacob —dije con tristeza.

El tenebroso y agitado viaje continuó hasta que la litera se detuvo por fin. Oí girar una llave metálica en la cerradura de la verja y penetramos en el largo vestíbulo de la casa.

Debí aguardar por respeto a mis guardianes, pero me bajé precipitadamente de aquella odiosa y pequeña prisión rodeada por unos velos negros, arrojé la capa y respiré hondo.

Nos hallábamos en el amplio vestíbulo de una hermosa mansión, llena de encanto y cuya decoración revelaba no poco ingenio.

Pese a que me sentía confusa, vi la fuente con la cabeza de león junto a la verja que habíamos cruzado, y me lavé los pies en el agua fresca.

La sala de recibimiento, o atrio, era enorme, y más allá vi los suntuosos divanes del comedor en un extremo de un amplio jardín cerrado, el peristilo.

No era mi gigantesca, opulenta y antigua mansión de la colina Palatina, a la que a lo largo de muchas generaciones habían añadido nuevos corredores y habitaciones que penetraban en sus espaciosos jardines.

Se trataba de una casa demasiado deslumbrante, pero elegante. Todas las paredes estaban recién pintadas, creo que con un estilo oriental, con espirales y líneas sinuosas. ¿Cómo podía yo juzgarlo? Estuve a punto de desmayarme de gozo. ¿Lograría allí que la gente me dejara tranquila?

El escritorio estaba en el atrio, y cerca de él había libros. Junto a los pórticos que flanqueaban el jardín vi numerosas puertas; alcé los ojos y observé que las ventanas del segundo piso se cerraban sobre los porches. Esplendor. Seguridad.

Los suelos de mosaico eran antiguos; yo conocía el estilo, las figuras festivas de la Saturnalia desfilando por las calles. Sin duda habían sido traídos desde Italia.

Un poco de mármol auténtico, columnas de yeso, pero un gran número de murales de excelente factura en los que aparecían las imprescindibles ninfas alegres.

Salí al húmedo y mullido césped del peristilo y alcé la vista hacia el límpido cielo azul.

Sólo quería aspirar una bocanada de aire fresco, pero entonces se produjo el momento de la verdad con respecto a mis pertenencias. Me sentía demasiado desconcertada para preguntar qué era mío, pero no fue necesario.

Jacob y David hicieron ante todo el inventario de los muebles y demás objetos que habían adquirido para mí, mientras yo los miraba incrédula por la paciencia que habían derrochado ocupándose de todos los detalles.

Y cuando hubieron dado su aprobación a cada habitación, y a un dormitorio situado en el extremo del pasillo, a la derecha, y a un pequeño jardín abierto a la izquierda, más allá de la cocina, subieron al segundo piso, y después de comprobar que todo estaba en orden descargaron mis pertenencias. Baúl tras baúl.

Luego, ante mi estupefacción, David, el padre de Jacob, sacó un pergamino y se puso a hacer el inventario de todo cuanto me pertenecía, desde las horquillas hasta la tinta y el oro. Entretanto, Jacob fue a hacer un recado.

Vi la apresurada letra de mi padre en el inventario que David leyó en voz baja.

—Artículos de tocador —dijo David resumiendo una parte del inventario—. Ropa, uno, dos, tres baúles, llevadlo todo al dormitorio más grande. Los cubiertos a la cocina. ¿Los li—
bros aquí?

—Sí, por favor. —Yo me sentía tan pasmada por su honestidad y meticulosidad que apenas podía hablar.

—¡Ah, cuántos libros!

—No los cuentes —dije.

—No puedo, verás, estos frágiles...

—Sí, lo sé. Continúa.

—¿Quieres que coloquemos tus hermosas baldas de marfil y ébano aquí, en el salón delantero?

—Magnífico.

Me senté en el suelo, pero dos eficientes esclavos asiáticos me alzaron en volandas y me acomodaron en una silla romana de tijera. Me dieron una taza de agua fresca que olía a limpia. Bebí con avidez, pensando en la sangre. Cerré los ojos.

—¿Tinta y objetos de escribir sobre el escritorio? preguntó el anciano.

—Sí, por favor—contesté, suspirando.

—Todo el mundo fuera —dijo el anciano, repartiendo monedas rápida y generosamente entre los esclavos asiáticos, quienes hicieron una profunda reverencia y se retiraron de la habitación, casi tropezando los unos con los otros.

Yo traté de articular unas frases coherentes de gratitud cuando apareció una nueva hornada de esclavos —quienes a punto estuvieron de chocar con los que acababan de salir— portando unas cestas que contenían todos los productos comestibles que vendían en un mercado, incluyendo nueve clases de pan, varias jarras de aceite, melones, verduras y un gran surtido de productos ahumados que durarían varios días: pescado, carne y exóticas criaturas marinas que una vez desecadas ofrecían el aspecto de pergamino.

—Llevad inmediatamente todo a la cocina y traed un plato de aceitunas, queso y pan para la señora, ponedlo en esa mesa, a su izquierda. Traedle también un poco de vino, del que le ha enviado su padre.

Qué increíble. El vino de mi padre.

Luego David ordenó de nuevo a todos que se retiraran entregándoles una generosa cantidad de monedas, y volvió a sus inventarios.

—Acércate, Jacob. Cuenta este oro mientras yo te leo la lista. Cubiertos, monedas, más monedas, joyas de un valor excepcional. Monedas, lingotes de oro. Sí...

Ambos continuaron con el inventario, apresurándose para terminar cuanto antes.

No lograba imaginar dónde había ocultado mi padre aquella ingente cantidad de oro.

¿Qué iba a hacer yo con él? ¿Permitirían aquellos dos hebreos que me lo quedara? Eran unos hombres honrados, pero todo aquel oro representaba una fortuna.

—Espera hasta que todo el mundo se haya marchado —dijo David—, y entonces oculta el oro en diversos lugares de la casa. Hay muchos escondrijos. Nosotros no podemos hacerlo, porque entonces sabríamos dónde está. En cuanto a las joyas, será mejor que las ocultes, son demasiado valiosas para que las exhibas entre el populacho durante los primeros días de tu estancia aquí. —Abrió un cofre lleno de joyas—. ¿Ves este rubí? Es soberbio. Fíjate en su tamaño. Podrá darte de comer por el resto de tu vida si lo vendes por lo que vale a un hombre honrado. Todas las joyas de este cofre son excepcionales, de primera calidad. Yo entiendo en esto. ¿Ves esas perlas? Son perfectas. —Volvió a guardar el rubí y las perlas en el cofre y lo cerró.

—Sí —dije débilmente.

—Perlas, más oro, plata, cubiertos... —murmuró David—. ¡Todo está aquí! Deberíamos tener más cuidado pero...

—0h, no, habéis hecho maravillas —repuse.

Contemplé el pan y la copa de vino. El vino de mi padre. Las ánforas, también de mi padre, estaban distribuidas por la habitación.

—Pandora —dijo Jacob con expresión seria—. Aquí tienes la escritura de la casa. Y este otro documento que describe tu entrada oficial en el puerto bajo tu nuevo nombre, Julia y tal. Ahora tenemos que despedirnos, Pandora.

El anciano meneó la cabeza y se mordió el labio inferior.

—Hemos de partir para Egipto, hija mía —dijo—. Me avergüenza dejarte, pero no tardarán en bloquear el puerto.

—Han prendido fuego a varios barcos en el puerto —intervino Jacob—. Han destruido la estatua de Tiberio en el foro.

—El trato está cerrado —señaló el anciano—. El hombre que nos vendió la casa nunca te ha visto y no conoce tu verdadero nombre, del que no existen pruebas. Los hombres que te
trajeron aquí no eran esclavos suyos.

—Te agradezco cuanto has hecho por mí —contesté.

—A partir de ahora deberás valerte por ti misma, mi querida princesa romana —me dijo Jacob—. Me duele en el alma abandonarte.

—No nos queda otro remedio —apuntó el anciano.

—Absténte de salir durante tres días —me recomendó Jacob, acercándose a mí tanto como pudo, como si se dispusiera a romper las reglas y besarme en la mejilla—. Aquí hay suficientes legiones para sofocar esta sublevación, pero prefieren dejar que se extinga por sí sola antes que matar a ciudadanos romanos. Olvida a esos amigos griegos. Han prendido fuego a su casa.

Los dos hombres dieron media vuelta, dispuestos a marcharse.

—¿Os pagó mi padre por estos servicios? —pregunté—. Si no es así, llevaos una parte del oro.

—No pienses en eso —contestó el anciano—; pero para tu tranquilidad, te recuerdo que tu padre me prestó dinero en dos ocasiones cuando los piratas capturaron mis barcos en el Adriático. Tu padre se asoció conmigo y yo gané mucho dinero, que nos repartimos entre los dos. Los griegos debían dinero a tu padre. No te preocupes más por esas cosas. ¡Tenemos que irnos!

—Que Dios te proteja, Pandora—dijo Jacob.

Las joyas. ¿Dónde estaban las joyas? Me levanté de un salto y abrí el cofre. Había centenares de joyas, perfectas, refulgentes y exquisitamente pulidas. Reparé en su valor, en su transparencia y en el esmero con que habían sido trabajadas. Tomé el enorme rubí en forma de huevo que David me había mostrado y otro parecido y se los ofrecí a los hebreos.

Padre e hijo alzaron las manos para rechazarlos.

—Debéis aceptarlos —dije—. Para complacerme. Para confirmar que soy una romana libre y que viviré como mi padre me pidió que hiciera. ¡Esto me dará valor! Aceptad estas joyas.

David meneó enérgicamente la cabeza, pero Jacob tomó el rubí.

—Aquí tienes las llaves, Pandora. Síguenos, y luego cierra la verja y las puertas que dan al vestíbulo. No temas. Hay muchas lámparas en la casa. Dispones de aceite suficiente...

—Marchaos —dije cuando cruzaron el umbral. Cerré la verja y me apoyé en los barrotes, mientras los observaba alejarse—. Si no podéis salir, si me necesitáis, no dudéis en venir —dije.

—Aquí tenemos a gente de la nuestra —me tranquilizó Jacob—. Te agradezco de todo corazón el magnífico rubí que nos has dado, Pandora. Sobrevivirás. Entra en la casa y cierra las puertas.

Me acerqué a una silla pero no me senté en ella, sino que me dejé caer en el suelo y recé:

—Lares familiares... espíritus de la casa, ayudadme a hallar vuestro altar. Acogedme aquí, os lo ruego, no pretendo hacer mal a nadie. Cubriré vuestro altar con flores y encenderé
vuestro fuego. Concededme el don de la paciencia. Dejadme descansar.

Permanecí sentada en el suelo durante horas, conmocionada, con los brazos fláccidos, mientras la luz del día se iba apagando y las sombras penetraban en aquella pequeña y extraña casa.


Entonces empecé a tener un sueño de sangre, pero lo rechacé. No quería saber nada de aquel extraño templo ni del altar. ¡No! No más sangre. Lo desterré de mi mente e imaginé que estaba en mi morada.

Yo era una niña. «Sueña con eso —me dije—, sueña que escuchas a tu hermano Antonio mientras te relata anécdotas sobre la guerra en el norte, cuando obligaron a los feroces germanos a retroceder hacia el mar.» Antonio, al igual que mis otros hermanos, sentía gran estima por Germánico. Lucius, el menor, tenía un carácter débil. Me partía el corazón pensar que había gritado pidiendo clemencia a los soldados que se disponían a matarlo.

El Imperio era el mundo. Más allá estaba el caos, la desgracia, las luchas y peleas. Yo era un soldado. Era capaz de pelear. Soñé que me ponía la armadura. Mi hermano dijo:

«Me alegra comprobar que eres un hombre, siempre lo sospeché.»

No me desperté hasta la mañana siguiente.


Entonces sentí un dolor y una desesperación como jamás había experimentado.

Toma nota de esto. Porque en aquellos momentos comprendí, más profundamente de lo que le es dado a un ser humano, lo absurdo que es la Suerte y la Fortuna y la Naturaleza.
Quizá la descripción de estos instantes, aunque breve, sirva de consuelo a otro. Lo peor tarda en aparecer y en desaparecer. Lo cierto es que no puedes preparar a nadie para esto, ni hacerle comprender a través del lenguaje la magnitud de ese tormento. Es preciso vivirlo. Y no se lo deseo a nadie en el mundo.

Yo estaba sola. Recorrí todas las habitaciones de la pequeña casa, golpeando las paredes con los puños y gritando entre dientes, dando vueltas y más vueltas. Pero la Madre Isis no estaba allí.

No había dioses. ¡Los filósofos eran unos imbéciles! Los poetas cantaban mentiras.

Sollocé y me mesé el cabello; me desgarré el vestido con tanta naturalidad como si se tratara de una nueva costumbre. Derribé sillas y mesas.

En ocasiones sentí una enorme euforia, una liberación de todas las falsedades y prejuicios, todos los medios a través de los cuales un alma o un cuerpo se convierten en rehenes.

Y entonces la tremenda naturaleza de esa liberación se extendió en torno a mí como si la casa no existiera, como si la oscuridad no conociera muros.

Pasé tres noches y tres días sumida en aquel tormento. Me olvidé de comer. Me olvidé de beber agua.

No encendí ninguna lámpara. La luna, casi llena, proporcionaba suficiente luz a este absurdo laberinto de pequeñas estancias pintadas.

El sueño me había abandonado para siempre.

Mi corazón latía con violencia. Los músculos de mis extremidades se tensaban, se relajaban, volvían a tensarse.

A veces me tumbaba sobre la húmeda y grata tierra del jardín, por mi padre, porque nadie había depositado su cadáver sobre la húmeda y grata tierra, como deberían haber hecho después de su muerte y antes de cualquier funeral.

De pronto comprendí por qué esa falta, su cuerpo cosido a puñaladas y sin que nadie le hubiera dado sepultura, era tan importante. Comprendí la gravedad de esa omisión como pocos han comprendido jamás el significado de algo. ¡Era muy importante porque no lo era en absoluto!

«Vive, Lydia.»

Contemplé los pequeños y frondosos árboles del jardín y experimenté una curiosa gratitud por haber abierto mis ojos humanos en la oscuridad de la tierra el tiempo suficiente para ver esas cosas.

—¿Lo que proviene del cielo asciende al cielo? —me pregunté, pensando en Lucrecio.

¡Qué locura!

¡Ay de mí! Como ya he dicho, vagué, me arrastré, lloré y grité durante tres noches y tres días.
















4



Por fin, una mañana en que el sol penetraba a raudales a través del techo abierto, miré los objetos que había en la habitación y comprendí que no sabía lo que eran ni por qué habían sido creados. No sabía sus nombres. Ignoraba su definición. Ni siquiera conocía aquel lugar.

Me incorporé y me di cuenta de que estaba contemplando el lararium, el santuario de los dioses domésticos.

Aquél era el comedor, por supuesto, y aquellos eran los divanes, y allí se hallaba el glorioso tálamo conyugal.

El lararium consistía en un altar rodeado por tres elevados tabiques, un pequeño templo con tres frontones, en cuyo interior se encontraban las figuras de los dioses domésticos. Nadie en esta profana ciudad se los había llevado con la difunta. Las flores se habían marchitado. El fuego se había extinguido. Nadie lo había apagado con vino, como habría debido hacerse.

Me arrastré de rodillas, con el vestido rasgado, por el patio del peristilo, recogiendo flores para aquellos dioses. Encontré un poco de leña y encendí un fuego sagrado.

Los contemplé fijamente, durante horas. Tuve la impresión de que jamás volvería a moverme.

Al rato anocheció.

—No te duermas —susurré—. Debes velar toda la noche.

Esos egipcios te acechan entre las sombras. Fíjate en la luna, dentro de un par de noches será luna llena.

Pero lo peor de mi tormento había pasado y estaba agotada. El sueño se abatió sobre mí como diciendo: «Olvida tus preocupaciones.»

Entonces soñé.

Vi a unos hombres ataviados con ropajes dorados.

—Ahora te conducirán al sanctasanctórum.

Pero ¿qué había allí? No quería verlo.

—Nuestra Madre, nuestra amada Madre de los Dolores —dijo el sacerdote.

Los cuadros de las paredes representaban egipcios de perfil y palabras compuestas por ilustraciones. En algún lugar de la casa ardía mirra.

—Ven —dijeron unos que me sujetaban—. Todas las impurezas han desaparecido de tu cuerpo y participarás de la Fuente sagrada.

Oí que una mujer lloraba y gemía. Antes de entrar en la gran sala me asomé a ella. Allí estaban el Rey y la Reina sentados en sus respectivos tronos, el Rey inmóvil y con la mirada fija, como en el último sueño que yo había tenido, y la Reina debatiéndose para librarse de sus grilletes de oro. Lucía la corona del Alto y Bajo Egipto, y una túnica plisada de lino. No llevaba peluca, sino que se había trenzado el cabello. No cesaba de llorar y sus pálidas mejillas estaban manchadas de rojo. El collar y los pechos estaban teñidos de rojo. Ofrecía un aspecto sucio e ignominioso.

—Madre mía, mi diosa —dije—. Esto es una abominación.

Intenté despertarme.

Me incorporé, apoyando una mano en el lararium, y contemplé las telarañas y los árboles del patio, visibles bajo el sol que trepaba por el cielo.

Me pareció oír a gente que hablaba en voz baja en la antigua lengua egipcia.

¡No podía consentir aquello! No quería volverme loca.

¡Basta! El único hombre al que había amado, mi padre, me había dicho: «Vive.»

Había llegado el momento de pasar a la acción, de levantarme y moverme. De pronto me sentí pletórica de fuerza y resolución. Mis largas noches de duelo y lágrimas habían equivalido a la iniciación en el templo de Isis; la muerte había sido la bebida tóxica; la comprensión había sido la transformación.

Pero eso había terminado; ese mundo absurdo resultaba tolerable y no era necesario explicarlo. Qué necia había sido al pensar que podía explicarse...

La realidad de mi situación exigía pasar a la acción.

Me serví una copa de vino y me acerqué con ella a la verja. La ciudad parecía tranquila. La gente iba y venía por la calle, apartando la vista de una mujer semivestida, con la ropa hecha jirones, que se hallaba en el vestíbulo de su casa.

Por fin apareció un obrero cargado con un saco de ladrillos. Le ofrecí la copa de vino.

—He estado enferma durante tres días —dije—. ¿Qué sabes de la muerte de Germánico? ¿Cómo van las cosas en la ciudad?

El hombre se mostró muy agradecido por la copa de vino. El trabajo le había hecho envejecer prematuramente. Tenía los brazos muy delgados, y las manos no paraban de temblarle.

—Gracias, señora —dijo, apurando el vino como si éste no pudiera apagar su sed—. Colocaron el cadáver de nuestro Germánico en la plaza pública para que todos pudiéramos contemplarlo. Qué hermoso estaba. Algunos lo compararon con el gran Alejandro. La gente no se ponía de acuerdo. ¿Le habían envenenado o no? Algunos decían que sí, otros que no.

»Sus soldados lo querían. El gobernador Pisón, gracias a los dioses, no se encuentra aquí y no se atreve a regresar. La esposa de Germánico, la amable Agripina, conserva las cenizas de su marido en una urna que lleva junto a su corazón. Se dispone a partir para Roma, para vengarse de Tiberio. —Me devolvió la copa y añadió—: Os doy mis más humildes gracias.

—De modo que la ciudad ha recobrado la normalidad.

—Oh, sí, ¿qué podría perturbar a esta espléndida ciudad mercantil? —contestó el obrero—. Todo sigue como si nada hubiera ocurrido. Los leales soldados de Germánico mantienen la paz a la espera de que se haga justicia. No dejarán que el asesino Pisón regrese, y Sentius ha reunido a todos los hombres que estaban al mando de Germánico. La ciudad se siente bien. La llama arde para Germánico. Si estalla una guerra, no será aquí. No os preocupéis.

—Gracias, me has sido de gran ayuda.

Tomé la copa de sus manos, cerré la verja y el portal y me puse en movimiento.


Después de comer un poco de pan para recobrar las fuerzas, pronuncié unas frases de Lucrecio cargadas de sentido común e inspeccioné la casa. Tenía un amplio, suntuoso y luminoso baño situado a la derecha del patio. El agua, que manaba continuamente de las valvas que sostenían las ninfas sobre la pila revestida de yeso, tenía una temperatura ideal. No era necesario encender un fuego para calentarla.

Tenía la ropa en el dormitorio.

La vestimenta romana era sencilla, como sabes: llevábamos dos o tres largas camisas o túnicas, además de la túnica con que nos cubríamos al salir, la stola, y finalmente la palla, o capa, que nos llegaba a los tobillos e iba ceñida debajo del pecho.

Elegí las túnicas más hermosas, tres capas de seda finísima, y luego una reluciente palla roja que me cubría de pies a cabeza. Jamás me había calzado yo misma las sandalias, operación que me pareció cómica y fastidiosa a un tiempo.

Todos los objetos de mi cuidado personal habían sido dispuestos sobre unas mesas provistas de espejos bruñidos. ¡Qué desorden!

Me senté en una de las numerosas sillas doradas, acerqué el espejo de metal pulido y traté de utilizar las pinturas tal como había visto hacer a mis esclavas.

Conseguí oscurecerme las cejas, pero el horror que me inspiraban los ojos pintarrajeados de las egipcias me impidió pintarme los míos. Me apliqué carmín en los labios y unos polvos blancos en la cara, y eso fue todo. Ni siquiera me empolvé los brazos, como me habrían hecho mis esclavas en Roma.

No sé qué aspecto presentaba. Después de conseguir trenzarme la maldita cabellera, me recogí las trenzas en un enorme moño en la parte posterior de la cabeza. Utilicé suficientes horquillas para veinte mujeres. Dejé que me cayeran unos rizos sobre la frente y las mejillas, y al mirarme en el espejo vi a una mujer romana, modesta y aceptable, peinada con raya en medio, las cejas negras y los labios rosados.

Lo más complicado fue ajustarme las túnicas. Procuré que no asomara el borde de ninguna debajo de las otras. Intenté colocarme la stola correctamente y ceñírmela debajo del pecho. Pero la tarea de plegar y sujetar aquellas telas tan finas resultaba muy difícil. Siempre me habían ayudado mis esclavas. Por fin, después de enfundarme dos túnicas y una larga y fina stola roja, tomé una palla muy grande de seda, ribeteada con un fleco y adornada con motivos dorados.

Me puse sortijas y pulseras, aunque pensaba ocultarme cuanto pudiera debajo de la capa. Recuerdo a mi padre maldiciendo cada día de su vida por tener que ponerse la toga, la indumentaria oficial del romano de alcurnia. Sólo las prostitutas lucían togas. Al menos yo no tenía ese problema.

Una vez vestida me dirigí a los mercados de esclavos. Jacob estaba en lo cierto respecto a la gente. La ciudad estaba llena de hombres y mujeres de todas las naciones. Muchas mujeres paseaban en parejas, del brazo.

Las holgadas capas griegas resultaban aceptables aquí, al igual que las largas y exóticas túnicas fenicias o babilonias, tanto para los hombres como para las mujeres. Era frecuente ver a los hombres con melenas y barbas. Algunas mujeres llevaban unas túnicas no más largas que las de los hombres. Otras iban totalmente cubiertas por velos, mostrando sólo los ojos, mientras caminaban por las calles acompañadas por guardianes y sirvientes.

Las calles estaban más limpias que las de Roma; los desperdicios eran engullidos por unas cloacas más anchas, y llegaban más rápidamente a su destino.

Mucho antes de llegar al foro, o plaza central, pasé por delante de tres portales en los que vi a ricas cortesanas discutir sarcásticamente sobre el precio de sus servicios con jóvenes y acaudalados griegos y romanos.

Al pasar, oí a una que decía a un apuesto joven:

—¿Quieres acostarte conmigo? Estás soñando. Puedes acostarte con cualquiera de las chicas, ya te lo he dicho. Pero si me quieres a mí, vas a tener que irte a casa y vender todas tus cosas.

Vi a prósperos romanos, ataviados con sus togas, en unas vinaterías situadas en las esquinas de las calles, los cuales respondieron a mi pudoroso gesto de bajar la vista con una breve inclinación de la cabeza.

Rogué que ninguno de ellos me reconociera. Desde luego, no era probable, pues nos encontrábamos muy lejos de Roma y yo había vivido muchos años recluida en casa de mi padre, contenta de no tener que asistir a banquetes, cenas ni ceremonias.

El foro era mucho más grande de lo que recordaba, tras haberlo vislumbrado sólo brevemente a mi llegada a la ciudad. Cuando alcancé el borde del mismo y contemplé la gigantesca plaza iluminada por el sol, flanqueada por pórticos, templos y edificios imperiales, me quedé asombrada.

En los mercadillos cubiertos con toldos, todo estaba en venta; los plateros se hallaban agrupados, los tejedores ocupaban un espacio propio, los comerciantes en seda formaban una hilera, y al volverme hacia la derecha vi un callejón dedicado a la venta de esclavos, los de más calidad, que no solían venderse en subasta pública.

A lo lejos distinguí los elevados mástiles de los barcos.

Percibí el olor del río. Frente a mí se alzaba el templo de Augusto, con los fuegos encendidos y los legionarios uniformados en actitud perezosa pero alerta.

Yo tenía calor y estaba nerviosa pues mi capa de seda resbalaba continuamente sobre mis hombros. Había muchos jardines donde servían vino, con grupos de mujeres que charlaban animadamente. Hubiera podido acercarme a algún grupo para beberme tranquilamente una copa de vino.

Pero necesitaba sirvientes. Tenía que disponer de unos esclavos leales.

Como es natural, en Roma jamás había acudido a un mercado de esclavos. No había tenido necesidad de hacerlo. Además poseíamos tantas familias de esclavos en nuestra propiedad de la Toscana y en Roma que rara vez comprábamos un nuevo esclavo. Por el contrario, mi padre tenía la costumbre de heredar los esclavos decrépitos y sabios de sus amigos —mis hermanos y yo nos burlábamos de él a propósito de la Academia—, los cuales no hacían otra cosa en el jardín de los esclavos que hablar de historia.

Pero ahora debía comportarme como una astuta mujer de mundo. Examiné a todos los esclavos de calidad expuestos en el mercado y me decidí rápidamente por dos hermanas, muy jóvenes y atemorizadas ante la perspectiva de ser vendidas en subasta pública o acabar en un burdel. Pedí que nos trajeran unos taburetes y me senté a hablar con ellas.

Conversamos largo rato.

Las muchachas procedían de la pequeña mansión de una ilustre familia de Tiro; habían nacido esclavas. No sólo conocían bien el griego y el latín, sino que también hablaban arameo. Poseían una dulzura angelical.

Tenían unas manos inmaculadas, y poseían todos los conocimientos necesarios. Sabían peinar, pintar un rostro, preparar la comida. Conocían recetas de platos orientales sobre
los que yo jamás había oído hablar; nombraron distintas pomadas y carmines. Una de ellas me miró atemorizada y dijo:

—Señora, puedo pintar vuestro rostro con rapidez y perfección.

Sus palabras me dieron a entender que yo lo había hecho rematadamente mal.

Las compré a las dos, lo que sin duda debía de constituir la respuesta a sus oraciones; pedí unas túnicas limpias, de longitud modesta, para ambas; me proporcionaron las túnicas, de lino azul, aunque no eran de excelente calidad; luego vi un mercader que portaba numerosas pallae y compré una capa azul para cada hermana. Las jóvenes no cabían en sí de gozo. Eran reservadas y se cubrieron la cabeza.

Yo no tenía dudas sobre ellas. Se habrían dejado matar por mí.

No se me ocurrió que estuvieran famélicas hasta que, mientras recorría el mercado en busca de otros esclavos, oí a un despótico vendedor de esclavos decir a un griego atrevido y educado que no comería hasta que le hubiera vendido.

—Qué horror —comenté—. Imagino que estaréis hambrientas. Id al puesto de comida que hay en el foro. Allí, en el otro extremo de la calle, veréis unos bancos y unas mesas.

—¿Solas?—preguntaron asustadas.

—Bueno, no tengo tiempo para daros de comer con la mano como si fuerais pájaros. No miréis a ningún hombre a los ojos; comed y bebed cuanto queráis. —Les entregué una cantidad de dinero que por lo visto les pareció exagerada—. Y no os mováis de allí hasta que vaya a buscaros. Si se os acerca un hombre, mostraos aterrorizadas, agachad la cabeza e insistid en que no habláis su lengua. Si las cosas se ponen feas, dirigíos al templo de Isis.

Las jóvenes echaron a correr por la angosta callejuela hacia el lejano banquete; aún me parece ver sus hermosas capas, azules como el cielo, infladas por la brisa volando a través de la apretada y sudorosa multitud debajo de los abigarrados toldos del mercado. Mia y Lia. No eran unos nombres difíciles de recordar, pero yo no sabía distinguirlas entre sí.

De pronto me sorprendió oír una risotada burlona. Era el esclavo griego a quien su amo acababa de amenazar con dejarlo morir de hambre.

—De acuerdo —le dijo el griego a su amo—, puedes matarme de hambre; pero entonces, ¿a quién vas a vender? ¿A un hombre enfermo y moribundo en lugar de a uno excepcional
y muy erudito?

¡Un hombre excepcional y muy erudito!

Me volví hacia el griego. Estaba sentado en un taburete y no se levantó para que yo lo examinara. No llevaba puesto más que un sucio taparrabos, lo cual era una estupidez por
parte del tratante, pero esa negligencia indicaba que el esclavo era un hombre muy apuesto, con un bello rostro, el pelo suave y castaño, los ojos verdes y almendrados y una boca bonita y de expresión sarcástica. Debía de tener unos treinta años, quizás algo menos. Estaba fuerte para su edad, pues a los griegos les gustaba mantenerse en forma, y poseía una buena musculatura.

Tenía el pelo sucio y parecía que se lo hubieran cortado con un hacha, y de la soga que le rodeaba el cuello colgaba un minúsculo letrero de madera con unas apretadas letras garabateadas en latín.

Tras colocarme bien la capa por enésima vez, me acerqué a él, un tanto divertida por la atrevida forma en que aquel griego de imponente torso desnudo me miraba, y traté de leer lo que decía el letrero.

Por lo visto aquel hombre era capaz de enseñar toda clase de filosofías, todas las lenguas, todas las matemáticas, lo sabía cantar todo, conocía a todos los poetas, podía preparar todo tipo de banquetes, era paciente con los niños, había combatido con su amo romano en los Balcanes, había ejercido de guardia armado, era obediente y virtuoso y había vivido toda su vida en casa de una familia en Atenas.

Leí esos datos con cierto escepticismo. Al observarlo, el esclavo me dirigió una mirada impertinente. Cruzó los brazos debajo de su pequeña placa, en un gesto claramente despectivo, y se apoyó contra la pared.

De pronto comprendí el motivo por el que el comerciante, que merodeaba cerca de nosotros, no había obligado al griego a incorporarse. El esclavo sólo tenía una pierna útil. La pierna izquierda, a partir de la rodilla, era de marfil, excelentemente tallada, con su pie, su sandalia y unos dedos perfectos. Como es lógico, pese a tratarse de un excelente trabajo, la pierna y el pie de marfil no estaban ensamblados sino que constituían tres secciones proporcionadas, cada una de las cuales era una exquisita obra artesanal, y el pie estaba articulado en distintas secciones, con las uñas bien definidas y los cordones de la sandalia exquisitamente esculpidos.

Yo jamás había visto una prótesis semejante; era una concesión al artificio en lugar de un modesto intento de imitar a la naturaleza.

—¿Cómo perdiste la pierna? —pregunté en griego al esclavo. Éste no contestó. Señalé su pierna. Silencio.

Le formulé la pregunta en latín, pero siguió negándose a responder.

El comerciante, preocupado, se alzó de puntillas.

—Señora —dijo estrujándose las manos—, ese esclavo sabe llevar archivos, dirigir cualquier negocio. Escribe con una caligrafía perfecta, es honrado con las cuentas...

¿Por qué no añadir que sabía impartir clases a niños? Supuse que yo no tenía aspecto de esposa y madre. Malo.

El griego esbozó una sonrisa socarrona y desvió la mirada. Luego masculló entre dientes, en un latín incisivo, que si yo decidía gastarme el dinero en él lo estaría invirtiendo en un hombre muerto. Tenía una voz suave y melodiosa, aunque cansada y cargada de desprecio, y se expresaba sin afectación y con elegancia.

Yo perdí la paciencia.

—¡Fíjate bien en mí, estúpido y arrogante ateniense! —exclamé en griego, roja de ira por el hecho de que aquel esclavo y aquel vendedor de esclavos me hubieran tomado por otra cosa—. Si sabes escribir en griego y en latín, si has leído a Aristóteles y a Euclides, cuyo nombre por cierto no has escrito correctamente, si has estudiado en Atenas y has peleado en los Balcanes, si es cierta la mitad de esa gran epopeya, ¿por qué no quieres pertenecer a una de las mujeres más inteligentes con la que te has tropezado en la vida, que te tratará con dignidad y respeto a cambio de tu lealtad? ¿Qué sabes tú de Aristóteles y Platón que yo ignore? Jamás he azotado a un esclavo. Te niegas a servir a un ama dispuesta a recompensarte por tu lealtad como jamás has soñado. ¡Lo que pone en esa placa es una sarta de mentiras!

El esclavo me miró atónito, pero no pareció enojado. Se inclinó hacia delante, tratando de examinarme más de cerca, aunque con discreción. El comerciante le indicó, furioso, que se levantara, cosa que el esclavo hizo, mostrando su imponente estatura. Tenía las piernas fuertes y ágiles, incluso la de marfil.

—¿Por qué no me dices la verdad sobre tus dotes y conocimientos? —pregunté en latín. Luego me volví hacia el vendedor de esclavos—. Dame una pluma para que corrija esos
nombres. Esas incorrecciones destruirán toda posibilidad de que ese hombre llegue a ser un maestro. Le hacen parecer un idiota.

—¡No disponía de espacio suficiente para escribir! —protestó el esclavo en un latín perfecto. Se inclinó hacia mí para dar mayor énfasis a sus palabras.

»Fijaos en esta pequeña placa, ya que sois tan inteligente. ¿No comprendéis la ignorancia de este comerciante? No es lo bastante inteligente para darse cuenta de que posee una esmeralda; la confunde con un pedazo de cristal verde. Es un desastre. Traté de escribir aquí todos los datos que pude.

Yo me eché a reír. Aquel griego me cautivaba y divertía. No podía contener la risa. La cosa era francamente cómica. El vendedor de esclavos parecía confuso, sin saber qué hacer.

¿Castigar al esclavo y reducir su valor, o dejar que él y yo resolviéramos el asunto?

—¿Qué podía hacer yo? —preguntó el esclavo hablando en tono confidencial, pero esta vez en griego—. ¿Gritar a cualquiera que desfilara ante mí «He aquí a un gran maestro, un gran filósofo?». —Después de desahogarse, se calmó un poco—. En la Acrópolis de Atenas están esculpidos los nombres de mis abuelos —añadió.

El comerciante no comprendía nada.

Pero yo estaba intrigada y me lo estaba pasando muy bien. Noté que la capa había vuelto a resbalar sobre mis hombros y le di un estirón. Qué ropas tan incómodas. ¿Es que nadie me había dicho que la seda resbala sobre la seda?

—¿Y qué me dices de Ovidio? —inquirí, respirando hondo. Me reía tanto que tenía los ojos llenos de lágrimas—. Aquí has escrito el nombre de Ovidio. ¿Es muy conocido aquí Ovidio? En Roma nadie se habría atrevido a escribir ese nombre en tu placa, te lo aseguro. Ni siquiera sé si Ovidio aún vive, y es una pena. Cuando tenía diez años leí El arte de amar; allí Ovidio me enseñó a besar. ¿Has leído esa obra?

El esclavo cambió de actitud. Su expresión se fue suavizando y noté que empezaba a confiar en que yo fuera una buena ama para él. Pero le costaba convencerse de ello.

El comerciante esperaba alguna señal que le indicara qué debía hacer. Era evidente que no comprendía lo que decíamos.

—Mira, insolente esclavo cojitranco —proseguí—. Si creyera que eres capaz de leerme unos pasajes de Ovidio por las noches, no dudaría en comprarte. Pero esta placa te hace pasar por una mezcla de Sócrates y Alejandro Magno. ¿En qué guerra de los Balcanes peleaste? ¿Cómo es que has ido a parar a manos de este vil tratante en lugar de trabajar en una buena casa? ¿Cómo es posible que alguien se crea esas mentiras? Si el ciego Homero hubiera cantado esa ridícula historia, la gente se hubiera levantado y hubiera abandonado la taberna.

El griego comenzaba a mostrarse enfadado, frustrado.

El comerciante alargó la mano en señal de advertencia, para contenerlo.

—¿Qué diantres le ocurrió a tu pierna? —pregunté—. ¿Cómo la perdiste? ¿Quién te hizo esta magnífica prótesis?

El esclavo bajó el tono de voz hasta convertirlo en un elocuente murmullo:

—La perdí durante una cacería de jabalíes, con mi amo romano —declaró pacientemente—. Él me salvó la vida. Salíamos a cazar con frecuencia. Ocurrió en Pentélico, la montaña...

—Sé dónde se encuentra Pentélico, gracias —repliqué.

La expresión del esclavo resultaba elegante. Estaba totalmente confundido. Se pasó la lengua por los labios resecos.

—Pedid a este comerciante que os traiga un pergamino y tinta. —El esclavo se expresaba en un latín muy bello, con la elegancia de un actor o un orador, pero sin el menor esfuerzo—. Escribiré para vos El arte de amar, de memoria —dijo suavemente, implorando entre dientes, lo cual no es empresa fácil—, y luego copiaré toda la historia de los persas escrita por Jenofonte, si disponéis de tiempo; en griego, naturalmente. Mi amo me trataba como a un hijo; luché con él, estudié con él, aprendí con él. Yo le escribía las cartas. Su educación constituyó mi educación, porque él lo quiso así.

—Ah —repuse en tono orgulloso, aliviada.

El esclavo parecía ahora un perfecto caballero, furioso, atrapado en unas intolerables circunstancias pero digno, razonando con la suficiente vehemencia para reforzar su espíritu.

—¿Y en la cama? ¿Sabes hacerlo en la cama? —pregunté. Ignoro qué rabia o desesperación me llevó a formular semejante pregunta.

El esclavo me miró escandalizado. Buena señal. Abrió los ojos como platos y frunció el ceño.

A todo esto el vendededor de esclavos apareció con la tablilla, una banqueta, un pergamino y tinta, y lo depositó sobre los calientes adoquines.

—Toma, escribe—ordenó al esclavo—. Dibuja unas letras para esta mujer. Suma unos números, o te mataré y venderé tu pierna.

Solté una carcajada. Miré al esclavo, quien no salía de su asombro. Luego dirigió una mirada de desprecio al comerciante.

—¿Respetarás a las esclavas? —pregunté en tono condescendiente—. ¿Te gustan los muchachos?

—¡Podéis confiar plenamente en mí! —repuso el esclavo—. Soy incapaz de cometer una falta contra mi amo.

—¿Y si deseo que te acuestes en mi lecho? Soy la dueña de mi casa, dos veces viuda e independiente, y romana.

Su rostro se ensombreció. No pude identificar las emociones que dejaba entrever su expresión, la tristeza, la indecisión, la confusión y la perplejidad que lo transformaron.

—¿Y bien? —pregunté.

—Digamos, señora, que sin duda os complacerá más mi forma de recitar a Ovidio que cualquier intento por mi parte de interpretar sus versos.

—De modo que te gustan los muchachos —dije asintiendo con la cabeza.

—Nací esclavo. Me contentaba con los muchachos. No conocí otra cosa. Pero no necesitaba ni a las muchachas ni a los muchachos. —Se sonrojó y bajó la vista.

Una hermosa muestra de modestia ateniense.

Le indiqué que se sentara.

Me obedeció con una naturalidad y una gracia asombrosas, teniendo en cuenta las circunstancias: el calor, la suciedad, la multitud, la frágil banqueta sobre la que estaba sentado, y la precaria mesa.

Tomó la pluma y escribió rápidamente en un griego impecable: «¿He ofendido a esta dama de extraordinaria erudición y paciencia excepcional? ¿He propiciado, con mi imprudencia, mi propia desgracia?» Luego siguió escribiendo en latín: «¿Nos dice Lucrecio la verdad cuando afirma que la muerte no tiene nada que temer?» Tras reflexionar unos instantes escribió de nuevo en griego: «¿Son Virgilio y Horacio realmente equiparables a nuestros grandes poetas? ¿Lo creen realmente los romanos, o sólo confían en que sea cierto, sabiendo que sus logros resplandecen en otras artes?»

Leí lo que había escrito con gran atención, sonriendo complacida. Me había enamorado del esclavo. Observé su nariz delgada, el hoyuelo de su barbilla y sus verdes ojos que me miraban fijamente.

—¿Cómo has llegado a esto? —pregunté—. Un mercado de esclavos en Antioquía. Según dices, te criaste en Atenas.

El esclavo trató de ponerse de pie para responder, pero yo le obligué a sentarse de nuevo.

—No puedo deciros nada respecto a eso —contestó—. Sólo que mi amo me quería mucho, que murió en su lecho rodeado de su familia, y que yo me encuentro aquí.

—¿Por qué no te liberó tu amo en su testamento?

—Lo hizo, señora, y con dinero.

—¿Qué pasó pues?

—No puedo deciros más.

—¿Por qué? ¿Quién te vendió?

—Señora —repuso el esclavo—, os ruego que valoréis mi lealtad a la casa en que serví toda mi vida. No puedo decir más. Si me convierto en vuestro sirviente, os ofreceré la misma lealtad. Vuestra casa será mi casa, y sagrada para mí. Lo que suceda entre las paredes de vuestra casa no saldrá de allí. Hablo de la virtud y la bondad de mi amo porque es lo que debo decir. No deseo añadir nada más.

La antigua y sublime moral griega.

—¡Escribe más cosas, date prisa! —dijo el tratante de esclavos.

—Déjalo en paz —le ordené—. Ya ha escrito bastante.

El apuesto esclavo de cabello castaño, aquel hombre cojo y extraordinariamente atractivo, había caído en una profunda melancolía y dirigió la vista hacia el distante foro, a través de las fugaces siluetas que iban y venían por la boca del callejón.

—¿Qué haría si fuera un hombre libre? —se preguntó mirándome desde una postura de total soledad—. ¿Copiar textos todo el día en las librerías de la ciudad por un jornal irrisorio? ¿Escribir cartas a cambio de unas monedas? Mi amo arriesgó su vida para salvarme de aquel jabalí. Combatí a las órdenes de Tiberio en Iliria, donde logró sofocar todas las revueltas con quince legiones. Le corté la cabeza a un hombre para salvar a mi amo. ¿En qué me he convertido ahora?

Sentí un inmenso dolor.

—¿En qué me he convertido ahora? —repitió el esclavo—. Si fuera libre, apenas tendría qué comer, dormiría en una vivienda inmunda y me cortarían y robarían la pierna de marfil.

Yo lancé una exclamación, horrorizada, y me llevé una mano a los labios.

El esclavo me miró con ojos arrasados en lágrimas, y su voz se dulcificó al tiempo que adquiría un tono más enérgico y convincente.

—Oh, sí, podría enseñar filosofía debajo de esos arcos, hablando sobre Diógenes y fingiendo que me gusta ir vestido con harapos, como hacen sus seguidores hoy en día. ¡Menudo circo han montado! ¿Os habéis fijado? ¡Jamás he visto tantos filósofos como en esta ciudad! Echad un vistazo alrededor cuando regreséis a casa. ¿Sabéis qué requisito se exige para enseñar filosofía aquí? Mentir. Lanzar unas palabras sin el menor sentido lo más rápidamente posible a tus jóvenes alumnos, asumir un aire sesudo cuando no sabes qué responder, inventarte una sarta de sandeces y atribuirlas a los antiguos estoicos.

El esclavo se detuvo y trató de recobrar la compostura. Sentí deseos de romper a llorar.

—Como habréis visto, no sé mentir —añadió—. Eso ha sido lo que me ha perjudicado ante vos, ilustre señora.

Yo estaba destrozada por dentro, y sus palabras reabrieron lentamente las heridas. El valor que me había obligado a salir de mi voluntaria reclusión comenzó a disiparse. Él debió de ver mis lágrimas.

Se volvió de nuevo hacia el foro.

—Sueño con un amo o un ama respetable, con una casa digna. ¿Puede un esclavo alcanzar el honor mediante la contemplación del honor? La ley dice que no. Por consiguiente, cualquier esclavo que sea llamado a declarar en un juicio debe ser torturado, puesto que carece de honor. Pero la razón dice lo contrario. He aprendido y puedo enseñar lo que representa la valentía y el honor. Y sí, todo cuanto dice esta tablilla es cierto. No tuve tiempo ni ocasión de atemperar su estilo jactancioso.

El esclavo agachó la cabeza y miró nuevamente hacia el foro, como si contemplara un mundo perdido. Luego se enderezó en la silla para demostrar coraje, y nuevamente trató de ponerse en pie.

—No, siéntate —le indiqué.

—Señora —dijo el griego—, si queréis comprarme para utilizar mis servicios en una casa de mala nota, permitidme que os diga... si es para torturar o violentar a esas jóvenes que habéis adquirido, si me ordenáis que proclame sus encantos por la calle, me niego a hacerlo. Me resulta tan deshonroso como remar o mentir. ¿Por qué queréis comprarme?

Las lágrimas permanecían simplemente suspendidas entre él y esa visión del mundo que lo rodeaba. Su rostro mostraba una expresión serena.

—¿Te parezco una ramera? —pregunté escandalizada—. ¡Por todos los dioses, me he puesto mis mejores ropas! He procurado presentar un aspecto lo más asquerosamente respetable envuelta en estas finas sedas. ¿Acaso ves crueldad en mis ojos? ¿Tan increíble te parece que la gente con temple logre sobrevivir al dolor? No es necesario pelear en un campo de batalla para tener coraje.

—¡No, señora, no! —protestó el esclavo, quien lamentaba que me sintiera ofendida.

—Entonces, ¿por qué me insultas de este modo? —inquirí, profundamente herida—. Y no estoy de acuerdo contigo en lo que has escrito ahí, en que no se puede equiparar a nuestros poetas romanos con los griegos. No conozco nuestro destino en cuanto imperio, y esto me aflige, como afligía a mi padre y al padre de mi padre. ¿Por qué? ¡Lo ignoro! —Me volví, dispuesta a marcharme, aunque en realidad no tenía intención de hacerlo. Sus insultos habían ido demasiado lejos.

El esclavo se inclinó hacia mí sobre la mesa de escribir.

—Señora —dijo, bajando la voz y empleando un tono aún más solícito—, disculpad mis estúpidas palabras. Sois una auténtica paradoja. Lleváis el rostro pintado de forma excéntrica, y creo que no os habéis pintado correctamente los labios. Tenéis los dientes manchados de carmín. No os habéis empolvado los brazos. Lleváis puestas tres túnicas de seda, a través de las cuales puedo distinguir vuestras formas. Os habéis peinado al estilo bárbaro con dos trenzas que se han desplomado sobre vuestros hombros, y de vuestra cabeza cae una incesante lluvia de horquillas de plata y oro. Fijaos en estas que se os acaban de caer. Procurad no pincharon con ellas. Vuestra capa, más apropiada para la noche, ha caído al suelo, y lleváis los dobladillos de vuestras túnicas arrastrando por el polvo.

Sin interrumpir ni por un instante su discurso, el esclavo se agachó y recogió airosamente mi palla; luego se levantó para ofrecérmela, rodeó la mesa y me la colocó sobre los hombros.

—Habláis con una velocidad prodigiosa, y os expresáis de forma muy incisiva —continuó el griego—, pero lleváis un enorme puñal en el ceñidor. Deberíais ocultarlo en vuestro antebrazo, debajo de la capa. Y no hablemos de vuestra bolsa. Os vi sacar de ella unas monedas de oro para comprar a las jóvenes esclavas. Es demasiado grande y difícil, por ello, de ocultar. Y vuestras manos; tenéis unas manos muy bellas, tan elegantes como vuestro latín y vuestro griego, pero están manchadas de tierra, como si hubiérais estado excavando.

Yo sonreí. Había conseguido contener las lágrimas.

—Eres muy observador —dije en tono risueño. Me sentía cautivada por él—. ¿Por qué he tenido que herirte tan profundamente para descubrir tu alma? ¿Por qué no podemos mostrarnos sencillamente como somos? Necesito un administrador enérgico, un guardián capaz de portar armas, administrar mi casa y protegerla, porque vivo sola. ¿De verdad puedes ver mis formas a través de estas numerosas capas de seda?

Él asintió con la cabeza.

—Bien, ahora que he conseguido colocaros la capa sobre los hombros y obligaros a ocultar el... puñal en vuestro ceñidor... —El esclavo se sonrojó.

Al cabo de unos instantes, cuando le sonreí tratando de recobrar la compostura y de impedir que me embargara de nuevo la oscuridad, una oscuridad que me arrebataría toda la confianza en mí misma, toda fe en mi tarea, el griego continuó:

—Señora, aprendemos a ocultar nuestra alma porque otros la traicionan. Pero yo no dudaría en confiaros la mía. Estoy convencido de ello, y os ruego que recapacitéis. Puedo protegeros. Puedo administrar vuestra casa. No molestaré a vuestras jóvenes esclavas. Pero desdichadamente, pese a las numerosas batallas en las que participé en Iliria, sólo tengo una pierna. Regresé a casa después de tres años de constantes y sangrientas batallas para perderla ante un jabalí porque una lanza, mal templada y fabricada, se partió en el preciso momento en que la arrojé contra el animal.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

—Flavius —respondió el esclavo. Era un nombre romano.

—Flavius —dije.

—Señora, se os ha vuelto a caer el manto de la cabeza. Y esos pequeños alfileres son muy puntiagudos, os haréis daño.

Dejé que volviera a cubrirme con la capa como si él fuera mi Pigmalión y yo su Galatea. Flavius la sostuvo con las yemas de los dedos, pero la capa estaba ya muy sucia.

—Esas jóvenes que has visto —dije— son mis sirvientas desde hace media hora. Debes comportarte con ellas como un jefe benevolente. Pero si te vas a la cama con alguna mujer bajo mi techo, será mejor que se trate de mi cama. ¡Soy de carne y hueso!

El esclavo asintió con la cabeza, incapaz de articular palabra.

Abrí mi bolsa y saqué las monedas que estaba dispuesta a pagar por él, un precio razonable comparado con los de Roma, donde los esclavos siempre alardeaban de lo que les habían costado a sus amos. Deposité el oro sobre la mesa, sin reparar en la efigie de las monedas, calculando tan sólo su valor.

El esclavo me miró fascinado, y luego dirigió rápidamente la vista hacia el vendedor.

El baboso, cruel y despreciable comerciante de esclavos se infló como un sapo y me informó de que aquel valioso y erudito griego iba a ser subastado por un precio elevado. Varios hombres de fortuna habían manifestado su interés en comprarlo. Dentro de una hora toda la clase de una escuela iba a formularle numerosas preguntas. Unos funcionarios romanos habían enviado a sus administradores para examinarlo.

—No tengo fuerzas para seguir discutiendo —dije, disponiéndome a abrir de nuevo la bolsa.

Pero Flavius, mi nuevo esclavo, se apresuró a detenerme. Luego miró al vendedor con aire de gran autoridad y desdén y exclamó entre dientes:

—¡Por un hombre cojo! ¡Ladrón! ¿Eres capaz de cobrarle ese precio a mi ama, aquí en Antioquía, donde existe tal cantidad de esclavos que los barcos los llevan a Roma porque es el único medio de que los vendedores obtengáis algunos beneficios?

Me quedé impresionada. Todo había salido a pedir de boca. La oscuridad se había disipado, y por unos instantes se me antojó que el calor del sol encerraba un significado divino.

—¡Has estafado a mi ama y lo sabes de sobra! ¡Eres la escoria de la tierra! —continuó Flavius—. Señora, ¿pensáis adquirir más esclavos a este canalla? ¡Os aconsejo que no lo hagáis!

El comerciante esbozó una sonrisa bobalicona, una grotesca mueca de cobardía y estupidez, hizo una reverencia y me devolvió un tercio del dinero que le había entregado.

Apenas logré reprimir otra carcajada. La capa se me había vuelto a caer al suelo por enésima vez. Flavius me la recogió. En esta ocasión me la anudé sobre el pecho.

Miré las monedas que me había devuelto el comerciante, se las confié a Flavius y nos marchamos.

Cuando nos mezclamos entre la multitud que circulaba por el centro del foro, me eché a reír ante lo cómico del asunto.

—Ya has comenzado a protegerme, Flavius, ahorrándome dinero y dándome unos consejos excelentes. Si hubiera más hombres como tú en Roma, el mundo sería un lugar más agradable.

Mis palabras conmovieron al esclavo. No podía hablar.

—Señora —murmuró tras no pocos esfuerzos—, mi cuerpo y mi alma os pertenecen para siempre.

Yo me alcé de puntillas y lo besé en la mejilla. Me di cuenta de que su desnudez, su mísero y sucio taparrabos, era una humillación que él soportaba sin señal de protesta.

—Toma —dije, entregándole algo de dinero—. Lleva a las muchachas a casa, ponlas a trabajar y luego ve a los baños. Lávate. Lávate a fondo, como los romanos. Acuéstate con un muchacho, si lo deseas. Luego cómprate ropa elegante, no ropa para un esclavo, sino la que comprarías para un joven y rico amo romano.

—¡Os ruego que ocultéis esa bolsa, señora! —dijo Flavius al tomar las monedas—. ¿Cómo se llama mi ama? ¿A quién debo decir que pertenezco, en caso de que me lo pregunten?

—A Pandora de Atenas —respondí—. Por cierto, tendrás que ponerme al corriente de la situación actual de mi lugar de nacimiento, pues en realidad jamás he estado allí. Pero me gusta llevar un nombre griego. Ahora vete. ¡Mira, las muchachas están observándonos!

No eran las únicas que nos observaban. ¡Ay, esta seda roja! Y Flavius era un espléndido ejemplar masculino.

Le volví a besar y le susurré al oído, intencionadamente:

—Te necesito, Flavius.

Él me miró pasmado.

—Soy vuestro para siempre, señora —murmuró.

—¿Estás seguro que no podrías acostarte conmigo?

—Oh, creedme, lo he intentado —confesó, sonrojándose de nuevo.

Crispé la mano en un puño y le propiné un cariñoso golpecito en su musculoso brazo.

—Muy bien—dije.

A un gesto mío, las jóvenes se apresuraron a levantarse. Sabían que enviaba a Flavius a recogerlas. Entregué a éste la llave de mi casa, le di las señas, describí las características de la verja y de la vieja fuente con una cabeza de león de bronce situada a la entrada.

—¿Y vos, señora? —preguntó Flavius—. ¿Acaso pensáis mezclaron entre la multitud, sola y sin protección? ¡Lleváis una gran bolsa llena de oro!

—Espera a ver el oro que tengo en casa —repuse—. Considérate la única persona autorizada a abrir las arcas, y luego ocúltalas en unos escondrijos apropiados. Reemplaza todos los muebles que destrocé en mi... soledad. Encontrarás muchas y magníficas piezas guardadas en las habitaciones superiores.

—¿Que guardáis oro en la casa? —preguntó Flavius, perplejo—. ¿Arcas llenas de oro?

—No te preocupes por mí —contesté—. Ahora se a quién pedir ayuda si la necesito. Si me traicionas, si robas mi legado y a mi regreso compruebo que has saqueado mi casa, supongo que lo tendré bien merecido. Cubre las arcas de oro con alfombras. Mi casa está repleta de pequeñas alfombras persas. Las hallarás arriba. ¡Y ocúpate del altar!

—Haré cuanto me habéis ordenado y más.

—Eso he supuesto. Un hombre que no sabe mentir, no puede robar. Este sol es insufrible. Ve a recoger a las muchachas, te están esperando.

Tras estas palabras di media vuelta. Pero Flavius se plantó frente a mí y dijo:

—Hay algo que debo deciros, señora...

—¿De qué se trata? —pregunté con expresión recelosa—. No irás a decirme que eres un eunuco. Los eunucos no tienen esos músculos en los brazos y las piernas.

—No —me repuso Flavius. Luego se puso serio—. Antes mencionasteis a Ovidio. Ovidio ha muerto. Falleció hace dos años en la fatídica población de Tomis, en la orilla superior del mar Negro. El emperador no pudo haber elegido un lugar más nefasto para su destierro, pues estaba habitado por bárbaros.

—Nadie me había informado de ello. ¡Qué silencio tan repugnante! —exclamé, cubriéndome el rostro con las manos. La capa cayó al suelo, Flavius la recogió. Apenas reparé en ello—. He rezado para que Tiberio dejara regresar a Roma a Ovidio. —Me dije que no debía entretenerme en esas cosas—. Ovidio. No tengo tiempo ahora para llorar por él...

—Sin duda sus libros abundan aquí —comentó Flavius—. En Atenas es muy fácil encontrarlos.

—Bien, espero que tengas tiempo de buscarme algunas obras de Ovidio. Me marcho, pese a mis horquillas, a mis trenzas deshechas y a mi manto que no cesa de caer al suelo. No importa. Y no me mires tan preocupado. Cuando salgas de casa, cierra la puerta con llave para que nadie me robe a las muchachas y el oro.

Cuando me volví, vi a Flavius dirigirse con paso ágil y airoso hacia las jóvenes esclavas. Los rayos del sol realzaban los músculos de su espalda. Me fijé en su pelo rizado y castaño, parecido al mío. El esclavo se detuvo un momento cuando un vendedor ambulante le abordó con un montón de túnicas y capas baratas, además de otras prendas, seguramente robadas, teñidas con un tinte que probablemente desaparecía con las primeras gotas de lluvia. Flavius compró una túnica, que se apresuró a ponerse, y luego un ceñidor rojo que se colocó alrededor de la cintura.

Qué transformación. La túnica le llegaba a la mitad de las rodillas. Supongo que debió de ser un alivio para él lucir una prenda limpia. Debería haber pensado en ello antes de despedirme de él. Fue una estupidez por mi parte.

Yo lo admiraba. Desnudo o vestido, nadie puede ostentar semejante belleza y dignidad a menos que haya sido amado. Flavius llevaba el afecto que había recibido inscrito en el arte de su pierna de marfil.

En nuestro breve encuentro, se había forjado entre nosotros un vínculo perenne.

Flavius saludó a las muchachas. Luego les pasó los brazos por los hombros y las guió por entre la multitud hacia la salida. Yo me dirigí directamente al templo de Isis, dando con ello, sin proponérmelo, el primer paso hacia una vil inmortalidad, una infausta e inmerecida supernaturaleza, una suerte fatal y absurda.













5



Tan pronto como entré en el recinto del templo fui recibida por varias prósperas romanas, quienes me acogieron con generosidad. Todas lucían el maquillaje de rigor, los brazos y rostros pintados de blanco, las cejas bien delineadas y carmín en los labios, los detalles que yo había convertido en un desastre aquella mañana. Les expliqué que aunque tenía medios, era una mujer independiente. Ellas me ofrecieron su ayuda sin reservas. Cuando les informé de que me había iniciado en Roma, se mostraron impresionadas.

—Da gracias a nuestra Madre Isis de que no te descubrieran y ejecutaran —observó una de las romanas.

—Entra a hablar con la sacerdotisa —me aconsejaron.

Muchas de ellas aún no se habían sometido a las ceremonias secretas y aguardaban a que la diosa las convocara para tan trascendental acontecimiento.

Había muchas otras mujeres allí, algunas egipcias, otras quizá babilonias. Las joyas y las sedas estaban a la orden del día. Llevaban unas capas ribeteadas con vistosos dibujos pintados en oro; algunas vestían con sencillez.

Pero me pareció que todas ellas hablaban griego.

No me atrevía a entrar en el templo. Al levantar la vista tuve una visión de nuestra sacerdotisa crucificada en Roma.

—Gracias a Dios que no te identificaron —dijo una mujer.

—Mucha gente ha huido a Alejandría —comentó otra.

—Yo me abstuve de protestar—repuse débilmente.

La frase fue acogida con un coro de exclamaciones de simpatía.

—¿Cómo ibas a protestar, bajo el gobierno de Tiberio? Créeme, todos los que pudieron se escaparon.

—No te desanimes —dijo una joven griega de ojos azules, vestida con ropas suntuosas.

—Yo me había apartado del culto—dije.

Se oyó de nuevo un coro de voces dulces y tranquilizadoras.

—Anda, entra —dijo una mujer—, y pide permiso para rezar en el santuario de nuestra Madre. Eres una iniciada. La mayoría de las que estamos aquí aún no lo somos.

Asentí con la cabeza.

Subí los escalones del templo y entré en él.

Me detuve para sacudir de mi capa lo mundano, esto es, todas las frases banales que había oído. Mi mente se centraba en la diosa, y deseaba creer en ella desesperadamente. Detestaba mi hipocresía, el hecho de que yo utilizara ese templo y ese culto, pero en aquellos momentos no me pareció importante. La desesperación que yo había experimentado durante tres noches seguidas me había afectado profundamente.

Al entrar me llevé un sobresalto.

El templo era mucho más antiguo que el nuestro en Roma, y sus muros aparecían cubiertos con pinturas egipcias. De pronto sentí un escalofrío. Las columnas, de estilo egipcio, no eran estriadas sino suavemente redondeadas, pintadas de naranja, y sus capiteles formaban unas gigantescas flores de loto. El olor a incienso era muy potente y percibí una música que emanaba del santuario. Oí las sutiles notas de la lira y de las cuerdas metálicas del sistro al ser pulsadas, y oí también que entonaban una letanía.

Pero era un lugar totalmente egipcio, que me envolvió con tanta firmeza como mis sueños de sangre. Estuve a punto de desmayarme.

Los sueños acudieron de nuevo, la profunda y paralizadora sensación de hallarme en un santuario secreto en Egipto, mi alma engullida por otro cuerpo.

Cuando la sacerdotisa se acercó, me sobresalté.

En Roma, su vestimenta habría sido puramente romana, y tal vez habría lucido un pequeño y exótico tocado que le llegaría a los hombros.

Pero la mujer llevaba una túnica egipcia de lino plisado, al viejo estilo, un magnífico tocado egipcio y una peluca, cuya amplia y larga cabellera de trenzas negras caían rígidamente sobre sus hombros. Presentaba un aspecto tan extravagante como Cleopatra.

Yo sólo había oído unas historias sobre el amor de Julio César por Cleopatra, y después la relación de ésta con Marco Antonio, y su muerte posterior.

Pero sabía que la fabulosa entrada de Cleopatra en Roma había horrorizado el antiguo sentido de la moralidad romana. Yo siempre había sabido que las viejas familias romanas temían las artes mágicas egipcias. En la reciente y punitiva matanza romana, que ya he descrito, se alzaron muchas voces de protesta contra las costumbres tolerantes y la lujuria; pero por debajo de ello existía el secreto temor al misterio y al poder que se ocultaban tras las puertas del templo.

Y ahora, al mirar a la sacerdotisa, sus ojos pintados, sentí ese temor en mi alma. Lo sabía. Aquella mujer parecía haber salido de mis sueños, pero no fue eso lo que me impresionó, pues a fin de cuentas, ¿qué son los sueños?

Era una mujer egipcia, que me resultaba totalmente extraña e inescrutable.

Mi Isis había sido grecorromana. Incluso su estatua en el santuario estaba vestida con una preciosa túnica griega y peinada al antiguo estilo griego, con unos suaves bucles que le enmarcaban el rostro. Incluso sostenía un sistro y una urna. Era una diosa romanizada.

Quizás había ocurrido lo mismo con la diosa Cibeles en Roma. Roma tenía la costumbre de devorarlo todo y transformarlo en romano.

Dentro de pocos siglos, aunque entonces yo no había pensado en ello —¿cómo iba a hacerlo?—, Roma devoraría y daría forma a los seguidores de Jesús de Nazaret, convirtiendo a sus cristianos en la Iglesia católica romana.

Supongo que conoces la expresión moderna de «cuando a Roma fueres, haz lo que vieres».

Pero allí, en aquella penumbra rojiza, entre la luz oscilante de las velas y un incienso más acre e intenso que el que había aspirado jamás, soporté mi timidez en silencio. Entonces se abatieron de nuevo los sueños sobre mí, como múltiples velos, para envolverme. Vi en un instante fugaz a la hermosa Reina Madre, que sollozaba. No. Gritaba pidiendo auxilio.

—Apartaos de mí —murmuré al aire que me rodeaba—. Alejaos de mí, seres impuros y malvados. Alejaos de mí cuando me dispongo a entrar en la morada de mi bendita Madre.

La sacerdotisa me tomó de la mano. Oí voces procedentes de mi sueño, que discutían violentamente. Me esforcé en ver con mayor claridad, en ver a los fieles que se dirigían hacia el santuario para meditar o hacer una ofrenda, y pedir algún favor. Traté de comprender que era una nutrida multitud, apenas distinta de la de Roma.

Pero el contacto con la mano de la sacerdotisa me debilitó. Sus ojos pintarrajeados me inspiraban terror. Su ancho collar, compuesto por varias hileras de piedras lisas, me obligaba a pestañear debido al resplandor que despedía.

Me condujo al aposento privado del templo y me invitó a acomodarme en un suntuoso diván. Me tendí en él, exhausta.

—Alejaos de mí, seres malignos —murmuré—. Y también los sueños.

La sacerdotisa se sentó junto a mí y me abrazó con sus suaves brazos. Al alzar la vista contemplé una máscara.

—Hablad conmigo, eso aliviará vuestro sufrimiento —dijo la sacerdotisa en latín, con un fuerte acento—. Desahogaos.

De pronto, impulsivamente, le relaté toda mi historia familiar, el exterminio de mi familia, mis remordimientos, mi tormento.

—¿Y si yo fuera la causa del infortunio de mi familia por haber rendido culto en el templo de Isis? ¿Y si Tiberio lo hubiera tenido en cuenta? ¿Qué he hecho? Sacrificaron a los sacerdotes y no moví un dedo. ¿Qué desea de mí la Madre Isis? Quiero morir.

—Eso no es lo que ella desea de vos —respondió la sacerdotisa, mirándome fijamente. Tenía unos ojos enormes, o quizá fuera efecto de la pintura. No, vi el blanco de sus ojos, reluciente y puro. Su boca pintada de carmín desgranaba palabras como una leve brisa, en un tono monocorde.

Me sumí en un estado delirante, enajenado. Murmuré lo que pude sobre mi iniciación, los detalles que podía revelarle a una sacerdotisa pues esas cosas eran secretas, pero le confirmé que a través de esos ritos me había reencarnado.

Toda la debilidad que se había ido acumulando en mi interior estalló como un torrente.

Entonces le relaté mi sentimiento de culpa. Confesé que había abandonado el culto de Isis, hacía mucho tiempo, que durante los últimos años sólo había desfilado en las procesiones que se dirigían a la playa, cuando transportaban a la diosa hasta la orilla para que bendijera a los barcos. Isis, la diosa de la navegación. Confesé que no había llevado una vida piadosa.

No había movido un dedo cuando los sacerdotes de Isis habían sido crucificados. Me había limitado a protestar junto con muchos otros a espaldas del emperador. Entre mi persona y los romanos que opinaban que Tiberio era un monstruo se había fraguado un vínculo de solidaridad, pero no habíamos alzado nuestras voces en defensa de la diosa. Mi padre me había ordenado que guardara silencio. Y yo había obedecido. El mismo padre que me había ordenado que viviera.

Al volverme me caí del diván y permanecí tendida en el suelo. No sé por qué. Oprimí la mejilla contra las frías baldosas. Me gustaba sentir su frescor en la mejilla. Me hallaba en un estado de enajenación, aunque no fuera de control. Clavé la vista en el techo. Sabía una cosa. Quería salir de aquel templo. No me gustaba. No, me había equivocado al ir allí.

De pronto me odié por haberme mostrado tan vulnerable ante aquella mujer, a quien no conocía; me sentía atraída por la atmósfera de los sueños de sangre.

Abrí los ojos. La sacerdotisa se inclinó sobre mí. Vi a la sollozante Reina Madre de mis pesadillas. Volví la cabeza y cerré los ojos.

—Podéis estar tranquila —dijo la sacerdotisa en un tono calculado, perfecto—. No habéis hecho nada malo.

Me pareció extraño que aquella voz emanara de un rostro pintarrajeado como el suyo, pero era una voz firme.

—En primer lugar —prosiguió la sacerdotisa—, tened presente que nuestra Madre Isis todo lo perdona. Es la Madre de Misericordia. —Luego agregó—: Por lo que me habéis contado, habéis tenido una iniciación más completa que la mayoría de nosotras. Os habéis sometido a un largo ayuno. Os habéis bañado en la sangre sagrada del toro. Deduzco que bebisteis la poción. Soñasteis y visteis cómo renacíais.

—Sí —repuse, tratando de revivir el viejo éxtasis, el valioso don de creer en algo—. Sí. Contemplé las estrellas y los verdes prados sembrados de flores, unos prados...

Era inútil. Esa mujer me inspiraba terror; ansiaba salir de allí, quería irme a casa, confesarle todo aquello a Flavius y pedirle que me dejara llorar sobre su hombro.

—No soy piadosa por naturaleza —confesé—. Yo era muy joven. Me fascinaban las mujeres emancipadas que acudían al templo, las prostitutas de Roma, las dueñas de las casas de placer; me gustaban las mujeres independientes, que seguían los avatares del Imperio.

—Aquí también podéis gozar de la compañía de esas mujeres —respondió la sacerdotisa sin pestañear—. Podéis tener la seguridad de que vuestros viejos vínculos con el templo no fueron los causantes de vuestra desgracia en Roma. Por las noticias que nos han llegado, sabemos que las personas de alcurnia no fueron perseguidas por Tiberio cuando destruyó el templo. Los que sí tuvieron problemas fueron la puta callejera, el modesto tejedor, el peluquero, el peón de albañil. Ninguna familia noble fue perseguida en nombre de Isis. Ya lo sabéis. Algunas mujeres huyeron a Alejandría porque se negaron a renunciar al culto, pero no corrían peligro alguno.

Los sueños se aproximaban.

—Madre de Dios —murmuré.

La sacerdotisa continuó:

—Al igual que la Madre Isis, habéis sido víctima de una tragedia. Y al igual que la Madre Isis, debéis sacar fuerzas de flaqueza y caminar sola, como hizo Isis cuando su marido, Osiris, fue asesinado. ¿Quién la ayudó cuando recorrió todo Egipto en busca del cadáver de Osiris? Estaba sola. Es la diosa más grande que existe. Cuando recuperó el cadáver de su marido y no halló en él un órgano de generación que pudiera preñarla, extrajo su semen de su espíritu. Así fue como el dios Horus nació de una mujer y un dios. Fue el poder de Isis el que extrajo el espíritu del cadáver de su marido. Fue Isis quien engañó al dios Re para que le revelara su nombre.

Eso decía la vieja leyenda.

Volví la cabeza. No podía contemplar aquel rostro grotescamente maquillado. Supongo que ella debió de advertir mi repugnancia. No debía ofenderla. Ella no obraba de mala fe. No tenía la culpa de que me pareciera un monstruo. ¡Por qué se me habría ocurrido ir allí!

Permanecí tendida, como en un trance. La estancia se hallaba invadida por una luz suave y dorada que penetraba a través de sus tres puertas, de estilo egipcio, más anchas en la base que en la parte superior, y dejé que esta luz nublara mi vista. Le pedí que lo hiciera.

Sentí la mano de la sacerdotisa, una mano cálida y sedosa, de tacto muy agradable.

—¿Creéis en ello? —le pregunté de pronto.

Ella hizo caso omiso de mi pregunta. Su máscara pintada no dejaba traslucir sus creencias.

—Imitad a la Madre Isis. No dependáis de nadie. No soportéis la carga de tener que recuperar el cadáver de un marido o de un padre. Recibid en vuestra casa con amor a tantos hombres como deseéis. No pertenecéis a nadie, salvo a la Madre Isis. Recordad que Isis es la diosa del amor, la diosa que perdona, la diosa de una comprensión infinita porque también ella ha conocido el sufrimiento.

—¡El sufrimiento! —Lancé un gemido, un sonido muy infrecuente en mí durante buena parte de mi vida. Pero vi a la sollozante Reina de mis pesadillas, encadenada a su trono—. Escuchad —dije—, os relataré mis sueños, pero os ruego que luego me expliquéis el motivo de esto. —Me di cuenta de que en mi voz había una nota de irritación, y lo lamenté—. Esos sueños no son fruto del vino o de una poción, ni de largos períodos de vigilia que alteran la mente.

Entonces, sin proponérmelo, le hice otra confesión.

Le hablé de los sueños de sangre, los sueños sobre el antiguo Egipto en los que yo había bebido sangre: el altar, el templo, el desierto, el sol del amanecer.

—¡Amón Re! —exclamé. Era el nombre egipcio del dios del sol, que yo jamás había pronunciado. Pero ahora lo hice—. Sí, Isis le engañó para que le revelara su nombre, pero él me mató y me hizo beber su sangre, ¿me oís? ¡Me convirtió en una especie de diosa sedienta de sangre!

—¡No! —exclamó la sacerdotisa, que permaneció sentada, inmóvil. Reflexionó durante un buen rato. Yo la había atemorizado, y ahora ella me atemorizaba más que antes—. ¿Sabéis leer los antiguos jeroglíficos egipcios? —me preguntó.

—No —contesté.

Entonces, en un tono más relajado y vulnerable, dijo:

—Habláis de unas leyendas muy antiguas, enterradas en la historia de nuestro culto de Isis y Osiris, según las cuales antiguamente bebían la sangre de las víctimas como sacrificio. Aquí se conservan unos pergaminos que lo afirman. Pero nadie sabe descifrarlos, salvo una persona...

La sacerdotisa dejó la frase inacabada.

—¿Quién es esa persona? —inquirí, incorporándome sobre los codos. Me di cuenta entonces de que las trenzas se me habían deshecho por completo. Mejor. Me gustaba sentir mi cabellera suelta y limpia. Me pasé las manos por el pelo.

¿Qué sentiría una persona, sepultada bajo una tonelada de pintura y una peluca corno la que llevaba la sacerdotisa?

—Decidme —insistí—, ¿quién es esa persona que sabe leer esas leyendas? ¡Decídmelo!

—Se trata de unas historias infames —respondió la sacerdotisa—, que sostienen que Isis y Osiris viven todavía, en algún lugar desconocido, bajo una forma material, y siguen bebiendo la sangre de sus víctimas. —La sacerdotisa hizo un gesto de rechazo y repulsión—. Pero nuestro culto no es así. Aquí no sacrificamos a seres humanos. Egipto era viejo y sabio mucho antes de que naciera Roma.

¿A quién trataba de convencer? ¿A mí?

—Nunca he tenido esos sueños, de forma sucesiva, basados en el mismo tema.

Observé que la sacerdotisa comenzaba a alterarse mientras hacía esas afirmaciones.

—A nuestra Madre Isis no le gusta la sangre. Ha derrotado a la muerte y ha confirmado a su esposo Osiris como Rey de los Muertos, pero para nosotros representa la vida misma.
Ella no os envió esos sueños.

—Probablemente no. Estoy de acuerdo con vos. Pero entonces, ¿quién lo hizo? ¿De dónde proceden? ¿Por qué me atormentaron durante mi travesía? ¿Quién es esa persona que sabe leer los antiguos jeroglíficos?

La sacerdotisa estaba visiblemente trastornada. Me soltó la mano y clavó la vista en el infinito; sus ojos adquirieron una aparente ferocidad debido a la pintura negra.

—Quizás alguien os contó en vuestra infancia una antigua historia, posiblemente un viejo sacerdote egipcio. La habíais olvidado y ahora ha aflorado de nuevo en vuestra torturada mente. Se alimenta de un fuego al que no tiene derecho: la muerte de vuestro padre.

—Confío en que así sea, pero jamás he conocido a ningún viejo sacerdote egipcio. Los sacerdotes del templo eran romanos. Además, si analizamos los sueños, veremos un esquema muy preciso. ¿Por qué llora la Reina Madre? ¿Por qué me mata el sol? La Reina está encadenada. La Reina está prisionera. ¡La Reina padece un tormento atroz!

—Basta.

La sacerdotisa se estremeció. Luego me abrazó, como si fuera ella quien me necesitara a mí. Sentí el rígido tacto de su túnica de lino, la espesa mata de su peluca, y los acelerados latidos de su corazón.

—No —dijo—. Estáis poseída por un demonio al que podemos expulsar de vuestro cuerpo. Es posible que el vil asesinato de vuestro padre junto al hogar abriera el camino a ese
demonio.

—¿Lo creéis realmente? —pregunté.

—Escuchad —respondió la sacerdotisa en un tono tan banal como el de las mujeres que se hallaban fuera—. Quiero que os bañéis, que os cambiéis de ropa. ¿Podéis cederme una parte de ese dinero? Si no es así, yo misma os procuraré lo que necesitéis. En este templo somos ricos.

—Aquí hay bastante dinero. Tomad cuanto queráis —contesté, sacando la bolsa de mi ceñidor.

—Lo dispondré todo. Ropas nuevas. Esta seda es demasiado frágil.

—¡Lo sé de sobra! —repliqué.

—Lleváis la capa desgarrada. Tenéis el cabello alborotado.

Entregué a la sacerdotisa una docena de monedas, más de las que había pagado por Flavius.

Al ver tanto dinero se quedó impresionada, pero se apresuró a disimularlo. De pronto me miró fijamente y consiguió esbozar una expresión a pesar de la gruesa capa de maquillaje que cubría su rostro. Temí que fuera a resquebrajarse.

Pensé que iba a estallar en sollozos. Yo me había convertido en una experta en hacer que la gente se echara a llorar. Mia y Lia habían llorado. Flavius también. Ahora iba a echarse a llorar la sacerdotisa. ¡La Reina del sueño estaba sollozando!

Me puse a reír como una loca, echando la cabeza hacia atrás, pero entonces vi a la Reina Madre. La vi en una imagen distante y borrosa, y experimenté una tristeza tan profunda que también yo estuve a punto de llorar. Mis burlas eran una blasfemia. Me estaba engañando a mí misma.

—Tomad este oro para el templo —dije—. Empleadlo en comprarme ropas nuevas, en lo que creáis que necesito. Pero deseo que mi ofrenda a la diosa consista en flores y pan, una pequeña hogaza recién horneada.

—Muy bien —respondió la sacerdotisa asintiendo con la cabeza—. Eso es lo que desea Isis. No desea sangre. ¡No! ¡Nada de sangre!

Luego me ayudó a levantarme.

—En el sueño —dije—, ella aparece sollozando. No le gustan esos bebedores de sangre, protesta, mostrando su indignación. No es ella quien bebe sangre.

La sacerdotisa me miró perpleja, y luego asintió con un enérgico movimiento de la cabeza.

—Sí, eso es evidente.

—Yo también protesto y sufro —dije.

—Sí, venid conmigo —pidió la sacerdotisa, conduciéndome a través de una puerta alta y recia y dejándome en manos de las esclavas del templo. Me sentí aliviada y cansada a un tiempo.

Qué placer que otras manos lo hicieran todo correctamente.

Durante un rato me pregunté si me adornarían con pliegues de lino blanco y trenzas negras, pero optaron por un estilo romano.

Las jóvenes me hicieron un hermoso peinado con las trenzas, formando como un círculo y dejando que una generosa cantidad de bucles me enmarcara el rostro.

Las ropas que me entregaron eran nuevas, de un lino de excelente calidad. El dobladillo estaba bordado con flores. Aquella obra de arte, tan precisa, tan minúscula, me pareció más valiosa que el oro.

Ciertamente, me complacía más que el oro. ¡Me sentía tan cansada! Y agradecida.

Las jóvenes me maquillaron el rostro más artísticamente de lo que yo era capaz, al estilo egipcio, y al mirarme en el espejo me llevé un sobresalto. No era tan exagerado como el
maquillaje de la sacerdotisa, pero habían delineado mis ojos con pintura negra.

—Pero ¿cómo voy a quejarme? —murmuré.

Dejé el espejo sobre la mesa. Por fortuna, una no tiene que verse.

Me dirigí a la gran sala del templo, convertida en una respetable mujer romana, maquillada según el exótico estilo oriental, lo cual era muy común en Antioquía.

Hallé a la sacerdotisa acompañada por otras dos, vestidas tan formalmente como ella, y un sacerdote que lucía también el antiguo tocado egipcio, aunque no llevaba peluca sino una capucha a rayas. Vestía una túnica corta y plisada. Al volverse y ver que me dirigía hacia ellos, me miró irritado.

Temor. Un temor aplastante. « ¡Huye de este lugar! —me dije—. Olvida la ofrenda, o pídeles que la hagan ellos en tu nombre. Vete a casa. Flavius te espera. ¡Sal de aquí!»

Estaba anonadada.

Dejé que el sacerdote me llevara aparte.

—Prestad atención —dijo suavemente—. Os conduciré al recinto sagrado. Dejaré que habléis con la Madre. Pero al salir venid a verme. No os marchéis sin haber hablado conmigo. Debéis prometerme que volveréis todos los días, y si esos sueños se repiten, debéis decírnoslo. Hay una persona a quien debéis hablar sobre ello, a menos que la diosa los aparte de vuestra mente.

—No tengo inconveniente en hablar de ello con cualquiera que pueda ayudarme —repuse—. Odio esos sueños... Pero os noto nervioso; ¿acaso me teméis?

El sacerdote negó con la cabeza.

—No os temo, pero debo revelaros algo. Es preciso que hable con vos hoy o mañana. Ahora id a hablar con la Madre, y luego venid a verme.

Las sacerdotisas me condujeron a la cámara del sancta—sanctórum; delante del altar había unas cortinas de lino blanco. Vi mi ofrenda ante él: una enorme guirnalda de flores perfumadas y la hogaza de pan caliente.

Me postré de rodillas. Unas manos invisibles descorrieron las cortinas y me encontré a solas en la cámara, arrodillada ante la Regina Caeli, la Reina del Cielo.

Entonces me llevé otro sobresalto.

Era una antigua estatua egipcia de nuestra Isis, tallada en basalto oscuro. Llevaba un tocado largo y estrecho, sujeto detrás de las orejas.

Sobre la cabeza lucía un inmenso disco entre unos cuernos. Sus pechos estaban desnudos. En su regazo aparecía sentado el faraón adulto, su hijo Horus. Isis le ofrecía su pecho izquierdo para que mamara.

Fui presa de la desesperación. Esa imagen no significaba nada para mí. En vano traté de hallar la esencia de Isis en esa imagen.

—¿Me has enviado tú esos sueños, Madre? —murmuré.

Deposité las flores ante ella. Partí el pan.

En el silencio que emanaba la serena y antigua estatua no percibí el menor sonido.

Me postré en el suelo, con los brazos extendidos, y en el fondo de mi alma traté de decir acepto, creo, soy tuya, ¡te necesito!

Pero me eché a llorar. Lo había perdido todo. No sólo Roma y a mi familia sino incluso a mi Isis. Aquella diosa era la encarnación de la fe de otra nación, otro pueblo.

Sentí que recuperaba la calma, poco a poco.

Entonces decidí que el culto de mi Madre se hallaba en todas partes, en el norte, el sur, el este y el oeste. El espíritu de aquel culto era lo que le confería su poder. Yo no necesitaba besar literalmente los pies de aquella efigie. No se trataba de eso. Me incorporé despacio y me senté en el suelo. Entonces tuve una revelación. No la recuerdo con detalle, pero lo comprendí de inmediato.

Comprendí que todo aquello no era sino símbolo de otras cosas. Comprendí que todos los ritos reproducían otros acontecimientos. Comprendí que en nuestras prácticas mentes humanas concebíamos esas cosas con una inmensidad de alma que no permitiría que el mundo quedara desposeído de significado. Y aquella estatua representaba el amor. El amor sobre la crueldad. El amor sobre la injusticia. El amor sobre la soledad y la condenación. Eso era lo importante. Contemplé el rostro de la diosa y comprendí que la conocía. Observé al pequeño faraón, el pecho que le ofrecía su madre.

—¡Soy tuya! —dije con frialdad.

Sus toscos y primitivos rasgos egipcios no impedían que me llegara al corazón; contemplé su mano derecha, con la que sostenía su pecho.

Amor. El amor nos exige fuerza, nos exige resistencia, nos exige aceptar todo cuanto nos es desconocido.

—Madre bendita, aleja de mí esos sueños —dije—, o revélame su propósito y el camino que debo seguir. Te lo suplico.

Luego recité una antigua letanía en latín:

Tú has hecho que se separen el Cielo y la Tierra.
Tú eres quien se alza en la estrella del Can Mayor.
Tú haces que los niños amen a sus padres.
Tú has decretado misericordia para todo aquel que la implore.

Yo creía en esas palabras, pero de un modo profano. Creía en ellas porque veía que su culto había reunido las mejores ideas que eran capaces de concebir los hombres y las mujeres.

Ésa era la función de una diosa; ése era el espíritu del que obtenía su vitalidad.

El falo perdido de Osiris existe en el Nilo. Y el Nilo insemina los campos. ¡Qué hermoso!

Lo importante era no rechazarlo, como sugería Lucrecio, sino comprender lo que representaba su imagen. Extraer de esa imagen lo mejor de mi alma.

Y cuando contemplé aquellas preciosas flores blancas, pensé: «Es tu sabiduría, Madre, que las hace florecer.»

Con ello quería decir que en el mundo existían muchas cosas dignas de ser atesoradas, preservadas, honradas, que nos producían un placer luminoso, y que ella, Isis, encarnaba esos conceptos demasiado profundos para denominarlos ideas.

Yo la amaba, amaba la expresión de bondad que constituía Isis.

Cuanto más contemplaba su rostro de piedra, más me parecía que podía verme. Un viejo truco. A medida que permanecía arrodillada allí, tuve la impresión de que me hablaba. Pero fui plenamente consciente de que eso no significaba nada. Los sueños se habían alejado. Me parecían un enigma al que encontraría una solución idiota.

Entonces me arrastré hacia ella y le besé los pies con auténtico fervor.

La ceremonia había concluido.

Salí de allí sintiéndome recuperada, jubilosa.

Ya no tendría aquellos sueños. Aún no había anochecido. Me sentí feliz.

En el patio del templo hallé numerosas amigas, y tras sentarme junto a ellas debajo de los olivos, les sonsaqué toda la información práctica que necesitaba para vivir: cómo conseguir cocineros, peluqueros, dónde adquirir tal o cual objeto. Dicho de otro modo, mis ricas amigas me informaron de todo lo que necesitaba para dirigir mi casa eficazmente sin llenarla de esclavos. Me las arreglaría con Flavius y las dos muchachas. Excelente. Todo lo demás podía contratarlo o comprarlo.

Por fin, agotada, con la cabeza llena de nombres y señas que recordar, después de haberme divertido con los chistes y las historias de aquellas mujeres, admirada de la facilidad con que se expresaban en griego —una lengua que siempre me había fascinado— decidí irme a casa.

Ya podía ponerme manos a la obra.

El templo seguía atestado de gente. Observé las puertas. ¿Dónde estaba el sacerdote? Bueno, regresaría al día siguiente. No quería revivir de nuevo aquellos sueños. Muchas personas entraban y salían con flores y panes, y algunos pájaros para que los liberara la diosa, unos pájaros que saldrían volando por la elevada ventana del santuario.

Qué calor hacía allí. La tapia estaba cubierta con gran profusión de flores. Siempre había pensado que era imposible que existiera un lugar más bello que la Toscana, pero aquel lugar también era muy hermoso.

Salí del patio, pasé ante los escalones, y entré en el foro. Me acerqué a un hombre situado bajo los arcos, que estaba enseñando a un grupo de muchachos todo cuanto Diógenes había propugnado: que renunciáramos a la carne y a sus placeres, que lleváramos una vida pura y rechazáramos el goce de los sentidos.

Era tal como Flavius lo había descrito. Pero el hombre creía en cada palabra que decía, y era culto. Habló de una resignación liberadora. Me sentí atraída por él pues supuse que eso era lo que yo había experimentado en el templo.

Los muchachos que lo escuchaban eran demasiado jóvenes para comprenderlo. Pero yo sí lo comprendí. Aquel hombre me gustaba. Tenía el pelo entrecano y llevaba una túnica
larga y sencilla. No se exhibía con ostentosos harapos.

Me apresuré a interrumpirle. Con una humilde sonrisa le ofrecí el consejo de Epicuro, de acuerdo con el cual el Señor no nos habría dado los sentidos si no fueran útiles. ¿No era así?

—¿Acaso debemos negar nuestros sentidos? Fijaos en el patio del templo de Isis, mirad las flores que adornan la tapia. ¿No es un espectáculo digno de ser disfrutado? Contemplad el intenso rojo de esas flores que bastarían para animar a una persona deprimida. ¿Quién puede afirmar que los ojos son más sabios que las manos o los labios?

Los jóvenes se volvieron hacia mí. Discutí con algunos. Qué hermosos y lozanos eran. Había también hombres de pelo largo, procedentes de Babilonia, e incluso hebreos de alcurnia, con los brazos y el pecho muy peludos, y muchos romanos coloniales a quienes impresionaron mis argumentos de que en los placeres de la carne y en el vino hallamos la verdad de la vida.

—Las flores, las estrellas, el vino, los besos de nuestro amante, todo forma parte de la naturaleza —dije. Me sentía exultante después de mi visita al templo, donde había descargado todos mis temores y había resuelto mis dudas. En aquel momento era invencible. El mundo aparecía renovado.

El maestro, cuyo nombre era Marcellus, salió de debajo del arco para saludarme.

—Ah, graciosa dama, me dejáis asombrado —dijo—. Pero ¿de quién habéis aprendido esas creencias? ¿De Lucrecio? ¿De la experiencia? Tenéis que comprender que no debemos animar a la agente a abandonarse a los sentidos.

—¿Quién ha hablado de abandonarse? —pregunté—. Ceder no significa abandonarse. Significa honrar. Yo hablo de una vida prudente, de escuchar la sabiduría de nuestro cuerpo. Hablo de la inteligencia última de la bondad y el gozo. Y si deseáis saberlo, Lucrecio no me enseñó tanto como suponéis. Siempre me pareció un tanto seco. Aprendí a abrazar la gloria de la vida de los poetas como Ovidio.

Los muchachos aplaudieron mis palabras.

—Yo aprendí de Ovidio —gritó una voz tras otra.

—Muy bien, pero recordad vuestros modales además de vuestras lecciones —dije con firmeza.

Más aplausos. A continuación los jóvenes comenzaron a recitar unos versos de Las metamorfosis de Ovidio.

—Espléndido —dije—. ¿Cuántos sois? Quince. ¿Por qué no venís a cenar a mi casa? —pregunté—. Dentro de cinco noches, os espero. Necesito tiempo para prepararlo todo. Os enseñaré muchos libros. ¡Prometo demostraros lo que un delicioso festín puede hacer por el alma!

Mi invitación fue aceptada con risas y exclamaciones de regocijo. Yo les indiqué las señas de mi casa.

—Soy viuda. Me llamo Pandora. Mi invitación es seria, y en mi casa os aguarda un festín. No esperéis que amenice la velada con bailarines y bailarinas, pues no los hallaréis bajo mi techo. Os ofreceré unos platos suculentos. Poesía. ¿Quién de vosotros sabe cantar los versos de Homero? Pero correctamente. ¿Quién de vosotros los canta de memoria, para deleitarse con ellos?

Risas, un ambiente distendido. Victoria. Todo el mundo podía conseguir eso, y no desaproveché la oportunidad. Alguien mencionó de pasada a otra romana que se moriría de envidia al averiguar que tenía una rival en Antioquía.

—Tonterías —observó otro—, su mesa está siempre repleta de comensales. ¿Me permitís que os bese la mano, señora?

—Debéis decirme su nombre —le rogué—. La invitaré a mi casa. Deseo conocerla, y aprender lo que pueda enseñarme.

El maestro sonrió. Yo le di unas monedas.

Comenzaba a oscurecer. Suspiré. En el cielo brillaban ya las estrellas del crepúsculo que precede a la noche.

Recibí los besos castos del joven y repetí que los esperaba a todos en mi casa.

Pero algo había cambiado. Se produjo en un abrir y cerrar de ojos. Ah, no se trataba de unos ojos pintados. Quizás únicamente se debiera al siniestro manto del crepúsculo.

Sentí un escalofrío. «Soy yo quien te ha llamado.» ¿Quién había pronunciado esas palabras? «Cuidado, porque tratan de apoderarse de ti, y no consentiré que nadie robe lo que es mío.»

Me quedé estupefacta. Sostuve la cálida mano del maestro. Éste recomendó moderación en todo.

—Mirad mi sencilla túnica —dijo—. Estos jóvenes tienen tanto dinero que temo que se destruyan a sí mismos.

Los chicos protestaron.

Pero yo percibía sus palabras vagamente. Agucé el oído. Eché un vistazo alrededor. ¿De dónde procedía aquella voz? ¿Quién había pronunciado aquellas palabras? ¿Quién me había llamado y quién trataba de robarme?

De pronto, pasmada, vi a un hombre, con la cabeza cubierta con la toga, observándome. Lo reconocí al instante por su frente y sus ojos. Reconocí su forma de caminar cuando se alejó con paso rápido.

Era mi hermano menor, Lucius, a quien yo despreciaba. Tenía que ser él. Al advertir que yo había descubierto su presencia, huyó precipitadamente entre las sombras.

Yo conocía bien a esa persona. Lucius. Me aguardaba al final de un largo pórtico.

No podía moverme, y empezaba a anochecer. Todos los comerciantes habían cerrado sus puestos. Las tabernas habían apagado sus linternas o antorchas. Quedaba abierta una librería, con gran profusión de libros bajo las lámparas que la iluminaban.

Lucius, mi detestable hermano, no se había acercado para saludarme con lágrimas en los ojos sino que se había alejado sigilosamente entre las sombras del pórtico. ¿Por qué?

Me daba miedo saberlo.

A todo esto los jóvenes me rogaron que los acompañara a una taberna que había en un parque no lejos de allí. Era un lugar delicioso. Todos se peleaban por pagarme la cena.

«Piensa, Pandora —me dije—. Esta amable invitación es una prueba para medir el grado de tu valor y libertad. No deberías ir a una tosca taberna con esos jóvenes.» Pero muy pronto me quedaría sola.

El foro estaba en silencio. Aunque ante los templos ardían fuegos, grandes espacios permanecían sumidos en la oscuridad. El hombre de la toga me acechaba.

—No, debo irme —dije.

«¿Dónde hallaré a un hachero?—me pregunté, desesperada—. ¿Sería muy atrevido por mi parte pedir a estos jóvenes que me acompañen a casa?» Vi que les aguardaban sus esclavos, quienes ya habían encendido sus antorchas o linternas. Del templo de Isis brotaban unos cantos.

«Soy yo quien te ha llamado. Cuidado... ¡por mí y mi propósito! »

—Esto es una locura —murmuré, despidiéndome con la mano de los jóvenes que se marchaban en parejas o grupos de tres. Me forcé a sonreír y a darles las buenas noches amablemente.

Miré enojada la figura distante de Lucius, quien se había detenido al final de un pórtico frente a las puertas cerradas. Su misma postura delataba su talante furtivo y cobarde.

De pronto noté una mano sobre el hombro. La aparté al instante para imponer unos límites a tal familiaridad, pero entonces advertí que un hombre me susurraba unas palabras al oído.

—El sacerdote del templo os ruega que regreséis allí, señora. Desea hablar con vos. No quería que os fuerais sin haber hablado con él.

Al volverme vi a un sacerdote junto a mí, con el vistoso tocado egipcio, una impecable toga de lino blanco y un medallón con la efigie de la diosa colgando del cuello.

Gracias al cielo.

Pero antes de que lograse salir de mi estupor y responder, otro hombre se acercó a nosotros, arrastrando su pierna de marfil. Le acompañaban dos hacheros. Nos abrazamos bajo la cálida luz de las antorchas.

—¿Desea mi ama hablar con ese sacerdote? —preguntó el recién llegado.

Era Flavius. Había cumplido mis instrucciones. Iba vestido como un elegante caballero romano, con una larga túnica y una amplia capa; como esclavo, no podía vestir una toga. Se había lavado y cortado el pelo y presentaba un aspecto tan pulcro como cualquier hombre libre, y además parecía muy seguro de sí. Marcellus, el maestro—filósofo, dijo:

—Señora Pandora, sois muy amable, y permitid que os asegure que la taberna que frecuentan estos jóvenes puede dar origen a otro Aristóteles o Platón, pero no es un lugar adecuado para vos.

—Lo sé —reconocí—. No debéis preocuparos.

El maestro miró con recelo al sacerdote y al apuesto Flavius, cuya cintura rodeé con mi brazo.

—Éste es mi administrador, el que os dará la bienvenida la noche que vengáis a cenar a mi casa. Os agradezco que me hayáis permitido interrumpir vuestra lección. Sois muy amable.

El maestro, con expresión de alarma, se inclinó hacia mí y dijo:

—En ese pórtico hay un hombre; no lo miréis, pero necesitáis más esclavos que os protejan. Esta ciudad es traicionera, peligrosa.

—De modo que vos también lo habéis visto —repuse—. ¡Y qué toga tan elegante luce, sin duda es un hombre de alcurnia!

—Está anocheciendo —intervino Flavius—. Contrataré más hacheros y una litera. Allí veo a unos hacheros. —Luego dio las gracias al maestro, quien se alejó de mala gana.

El sacerdote aguardaba mi respuesta. Flavius hizo una señal a otros dos hacheros, que se acercaron a toda prisa. Ahora disponíamos de luz suficiente.

Me volví hacia el sacerdote.

—Iré al templo, pero antes tengo que hablar con ese hombre que aguada allí, entre las sombras —dije, señalando osten tosamente. Estaba bañada por la luz de las antorchas, como si me hallara sobre un escenario. La lejana figura retrocedió, como queriéndose fundir con la pared.

—¿Por qué? —preguntó Flavius con la humildad de un senador romano—. No me gusta la catadura de ese hombre. Parece que nos esté acechando. El maestro tenía razón.

—Lo sé —admití. Oí el vago eco de las risas de una mujer. ¡Por todos los dioses! Tenía que mantenerme serena para llegar a casa. Miré a Flavius. Él no había oído las risas.

Sólo había un medio correcto de hacer lo que tenía que hacer.

—Vosotros, acompañadme —ordené a los cuatro hacheros—. Flavius, quédate aquí con el sacerdote mientras me acerco a saludar a ese hombre. Lo conozco. No te acerques a menos que yo te llame.

—No me gusta —insistió Flavius.

—A mí tampoco —apostilló el sacerdote—. Desean que acudáis al templo, señora, y disponemos de muchos guardias para escoltaron a vuestra casa.

—No os defraudaré —repuse, pero eché a andar hacia la figura envuelta en una toga, cruzando paso a paso la plaza pavimentada, rodeada por la luz de las antorchas.

Al ver que me dirigía hacia él, el hombre de la toga se sobresaltó visiblemente y avanzó unos pasos, alejándose del muro. Yo me detuve sin salir de la plaza. El individuo tenía que aproximarse. Yo no iba a moverme. Las cuatro antorchas oscilaban y se agitaban con la brisa. Cualquiera que se hallara en las inmediaciones nos habría visto, pues constituíamos un foco de luz en medio del foro. El hombre avanzó hacia mí, primero con paso lento y luego rápidamente. La luz iluminó su rostro. Estaba furioso.

—Lucius —murmuré—. Te veo, pero no puedo creer lo que veo.

—Yo tampoco—replicó él—. ¿Qué demonios haces aquí? —inquirió.

—¿Qué? —Estaba tan pasmada que fue lo único que acerté a decir.

—¡Nuestra familia ha caído en desgracia en Roma y tú te exhibes alegremente en el mismo centro de Antioquía! ¡Pintarrajeada y perfumada, y con el pelo untado con aceites! ¡Pareces una puta!

—¡Lucius! —protesté—. ¡Por todos los dioses! ¡Nuestro padre ha muerto! Tus hermanos seguramente también. ¿Cómo conseguiste huir? ¿No te alegras de verme? ¿Por qué no me llevas a tu casa?

—¡Cómo voy a alegrarme de verte! —masculló Lucius—. ¡Nos hemos ocultado aquí, zorra!

—¿Quiénes? ¿Y Antonio? ¿Qué ha sido de Flora?

Lucius, irritado, contestó en tono despectivo:
—Los han asesinado, Lydia, y si no te ocultas en un lugar seguro donde no pueda hallarte ningún ciudadano romano, tú también morirás. ¡Cómo iba a imaginar que te encontraría aquí, disertando sobre filosofía! Eres la comidilla de las tabernas. ¡Y ese esclavo con la pierna de marfil! Te vi este mediodía, necia. ¡Maldita seas! Sus palabras destilaban odio.

De nuevo percibí el lejano eco de unas risas. Por supuesto, Lucius no lo oyó. Sólo yo podía oírlo.

—¿Dónde está tu esposa? —le pregunté—. Deseo verla. ¡Llévame a tu casa!

—No.

—Lucius, soy tu hermana. Quiero ver a tu esposa. Tienes razón, me he comportado como una necia. No he pensado en lo que hacía. Antioquía está muy lejos de Roma. No se me ocurrió...

—De eso me quejo, Lydia, jamás obras con prudencia y sensatez. Jamás lo has hecho. Eres una soñadora impenitente, y además estúpida.

—¿Qué puedo hacer, Lucius?

Se volvió de derecha a izquierda, examinando a los hacheros.
Luego entornó los ojos. Sentí su odio. «Oh, padre —imploré en silencio—, confío en que no contemples esta escena desde el cielo o el infierno. ¡Mi hermano me quiere muerta!»
—Sí —dije—, me acompañan cuatro hacheros y estamos en el centro del foro. Y no olvides el hombre con la pierna de marfil que está junto al sacerdote —añadí suavemente—. Y toma nota de los soldados apostados frente al templo del emperador. ¿Cómo está tu esposa? Debo verla, iré a tu casa en secreto. Estoy segura de que se alegrará al comprobar que sigo con vida, pues la quiero como a una hermana. No temas, no te dirigiré la palabra cuando me encuentre contigo en un lugar público. Reconozco que he cometido un grave error.

—¡Déjate de historias! —le espetó Lucius—. ¡Hermanas!
¡Mi esposa ha muerto! —Tras mirar de nuevo a derecha e izquierda agregó—: Los mataron a todos. ¿No lo comprendes?
Aléjate de mí.

Lucius retrocedió unos pasos pero yo avancé hacia él, rodeándolo de nuevo con el resplandor de las antorchas.
—¿Quién te acompaña? —pregunté—. ¿Quién huyó contigo? ¿Quién más logró sobrevivir?

—Priscilla —repuso Lucius—. Tuvimos suerte de poder escapar.

—¿Qué? ¿Tu amante? ¿Has venido aquí con tu amante? Y los niños, ¿también han muerto?

—Sí, supongo que sí. ¿Cómo iban a escapar? Mira, Lydia, te doy una noche para que abandones esta ciudad y te alejes de mí. Me he instalado aquí cómodamente y no tolero tu presencia. Abandona Antioquía. Vete por tierra o por mar. No me importa. ¡Pero márchate!

—¿Dejaste a tu esposa y a tus hijos para que murieran a manos de esos asesinos y viniste aquí con Priscilla?
—¿Cómo diablos lograste escapar, zorra asquerosa? ¡Te comportas como una perra en celo! ¡Responde! Claro está que tú no tienes hijos... ¡El famoso y estéril útero de nuestra familia! —Lucius se volvió hacia los hacheros y gritó—: ¡Marchaos de aquí!

—No os mováis. —Me llevé la mano al puñal. Aparté un poco la capa para que mi hermano viera el resplandor del acero.
Lucius me miró pasmado y esbozó una sonrisa grotescamente falsa. ¡Era nauseabundo!

—¡Lydia, yo no te haría daño por nada en el mundo! —exclamó como si se sintiera ofendido—. Tan sólo me preocupa nuestra seguridad. Nos enteramos de que habían matado a todos en casa. ¿Qué podía hacer yo, regresar y morir para nada?
—Estás mintiendo. No me vuelvas a acusar de que me comporto como una perra en celo, a menos que quieras convertirte en un capón. Sé que mientes. Alguien te informó de la
situación y te faltó tiempo para huir. ¿O fuiste tú quien nos traicionó a todos?

Ah, qué triste que mi hermano no fuera más inteligente, más perspicaz. En lugar de mostrarse ofendido por mis odiosas acusaciones, se limitó a ladear la cabeza y replicar:
—Eso no es cierto. Ven conmigo. Despacha a esos hombres y a ese esclavo y yo te ayudaré. Priscilla te adora.

—¡Es una embustera y una zorra! Me asombra que permanezcas impávido ante mis acusaciones. ¿Dónde está la furia que mostraste cuando me viste? Acabo de acusarte de abandonar a tu esposa y a tus hijos a manos de la guardia pretoriana. ¿No me has oído?

—Es una estupidez. jamás haría algo semejante.

—Llevas la culpa escrita en la cara. ¡Debería matarte aquí mismo!

Lucius retrocedió.

—¡Vete de Antioquía! —exclamó—. No me importa el juicio que te merezca o lo que tuve que hacer para que Priscilla y yo consiguiéramos salvarnos. ¡Vete de Antioquía!

No existían palabras para el juicio que me merecía mi hermano. Aquello era más duro de lo que mi alma podía soportar.
Lucius retrocedió unos pasos y echó a andar hacia la oscuridad, desapareciendo antes de alcanzar el pórtico. Percibí el eco de sus pasos sobre los adoquines.

—¡Por todos los cielos! —murmuré. Estaba a punto de estallar en sollozos. Pero aún tenía la mano sobre el puñal.

Me volví. El sacerdote y Flavius se habían acercado más de lo que yo les había ordenado. Me sentía totalmente perpleja, desconcertada. No sabía qué hacer.

—Venid al templo de inmediato—dijo el sacerdote.

—De acuerdo —respondí—. Acompáñame, Flavius, con los cuatro hacheros. Quiero que os coloquéis junto a los guardianes del templo y que vigiléis por si regresa ese hombre.

—¿De quién se trata, señora? —preguntó Flavius en voz baja cuando eché a andar hacia el templo, delante de él y del sacerdote.

Tenía un aspecto imponente, y la prestancia de un hombre libre. Su túnica, de fina lana con listas doradas y un cinturón también dorado, se ajustaba perfectamente al torso. Incluso había lustrado su pierna de marfil. Me sentí más que satisfecha. Pero ¿iba armado?

Debajo de su talante sosegado, Flavius se mostraba muy protector. Me sentía tan deprimida que no podía articular las palabras necesarias para responderle.

En aquel momento vimos que varias literas cruzaban la plaza, portadas por unos esclavos que avanzaban a toda prisa mientras otros caminaban junto a ellos sosteniendo las antorchas. Del gentío que llenaba la plaza emanaba un suave resplandor rosáceo. La gente se dirigía a cenar o a alguna ceremonia privada. Algo ocurría en el templo.

Me volví hacia el sacerdote.

—¿Tendríais la bondad de vigilar a mi esclavo y a mis hacheros?

—Desde luego, señora —repuso el sacerdote.

Era noche cerrada. Soplaba una agradable brisa. En los largos pórticos había unas linternas encendidas. Nos aproximábamos a los braseros de la diosa.

—Ahora debo dejarte —anuncié—. Te autorizo a proteger mis bienes, tal como tú mismo dijiste hace un rato, con tu vida. No te muevas de aquí. No me marcharé sin ti ni me demoraré. No deseo hacerlo. ¿Llevas un cuchillo?

—Sí, señora, pero aún no lo he utilizado. Lo encontré entre vuestras pertenencias, y al ver que no regresabais a casa y se hacía tarde...

—No me cuentes la historia del mundo —le interrumpí—. Cumpliste con tu deber. No dudo de que siempre lo harás.
—Me volví de espaldas a la plaza y añadí—: Enséñamelo. Así sabré si está afilado o es un mero objeto decorativo.

Cuando Flavius sacó el cuchillo de su vaina, que llevaba adherida al antebrazo, le pasé la yema del dedo por el filo y me hice un corte del que brotaron unas gotas de sangre. Se lo de volví a Flavius. Era un cuchillo de mi padre. ¡Mi padre había llenado mi baúl no sólo con su fortuna sino también con sus armas para que yo pudiera sobrevivir! Flavius y yo intercambiamos una última mirada.
El sacerdote estaba muy nervioso.

—Señora, os lo ruego, entrad de una vez—dijo.

Me condujo a través de las majestuosas puertas del templo, y al cabo de unos momentos me encontré con la sacerdotisa y el sacerdote con los que había hablado antes.

—¿Qué deseáis de mí? —pregunté. Respiraba con dificultad. Me sentía mareada—. Tengo muchas cosas que hacer.
¿No podemos dejarlo para otra ocasión?

—¡No, señora! —respondió el sacerdote.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo, como si alguien me estuviera espiando. Pero si había alguien, las sombras del templo lo ocultaban.

—Muy bien —dije—. Supongo que se trata de mis espantosas pesadillas, ¿no es cierto?

—Así es —contestó el sacerdote—. Y más que eso.




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