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sábado, 5 de julio de 2014

Victor Hugo LOS MISERABLES II

Víctor Victor Hugo   LOS MISERABLES  II LOS MISERABLES

Victor Hugo   LOS MISERABLES  II




LIBRO SEPTIMO 
El caso Champmathieu 

Una tempestad interior 
El lector habrá adivinado que el señor Magdalena era Jean Valjean. 
Ya hemos sondeado antes las profundidades de su conciencia; volvamos a sondearlas 
otra vez. No lo haremos sin emoción, porque no hay nada más terrible que semejante 
estudio. 
Jean Valjean, después de la aventura de Gervasillo, fue otro hombre. El deseo del 
obispo se vio realizado; en el criminal se verificó algo más que una transformación, se 
efectuó una transfiguración. 
Logró desaparecer; vendió la platería del obispo, conservando los candelabros como 
recuerdo. Vino a M. tranquilizado ya, con esperanzas, sin tener más que dos ideas: 
ocultar su nombre y santificar su vida. Huir de los hombres y volver a Dios. 
Algunas veces estas dos ideas disentían; y entonces el hombre conocido como 
Magdalena no dudaba en sacrificar la primera a la segunda, su seguridad a su virtud. Así, 
a pesar de toda su prudencia, había conservado los candelabros del obispo, había llevado 
luto por su muerte, había interrogado a los saboyanos que pasaban, había pedido informes 
sobre las familias de Faverolles, y había salvado la vida del viejo Fauchelevent, a pesar 
de las terribles insinuaciones de Javert. 
Sin embargo, hasta entonces no le había pasado nada semejante a lo que ahora le 
sucedía. 
Las dos ideas que gobernaban a este hombre, cuyos sufrimientos vamos relatando, no 
habían sostenido nunca lucha tan encarnizada. El lo comprendió confusa pero 
profundamente desde las primeras palabras de Javert en su escritorio. Y cuando oyó el 
nombre que había sepultado bajo tan espesos velos, quedó sobrecogido de estupor, y 
trastornado ante tan siniestro a inesperado golpe del destino. 
Al escuchar a Javert, su primer pensamiento fue ir a Arras, denunciarse, sacar a 
Champmathieu de la cárcel y reemplazarlo. Esta idea fue dolorosa, punzante como 
incisión en carne viva; pero pasó, y se dijo: "Veremos, veremos." Reprimió este primer 
movimiento de generosidad y retrocedió ante el heroísmo. 
Sin duda era más perfecto que, después de las santas palabras del obispo, después de 
una penitencia tan admirablemente empezada, ese hombre, ante una coyuntura tan 
terrible, no dudara un momento y marchara hacia el precipicio en cuyo fondo estaba el 
cielo. 
Pero es preciso saber qué pasaba en su alma. En el primer momento, el instinto de 
conservación alcanzó la victoria; recogió sus ideas, ahogó sus emociones; consideró la 
presencia de Javert conociendo la magnitud del peligro; aplazó toda resolución con la 
firmeza que da el espanto; confundió lo que debía hacer, y así recobró su calma, como un 
gladiador que recoge su escudo. 
El resto del día lo pasó en el mismo estado: un torbellino por dentro y una aparente 
tranquilidad por fuera. Todo estaba confuso; sus ideas se agolpaban dentro de su cerebro. 
Sólo sabía que había recibido un gran golpe. 
Fue a ver a Fantina, y prolongó su visita al lado de aquel lecho de dolor. La recomendó 
a las Hermanas por si llegaba el caso de tener que ausentarse. Sentía vagamente que tal 
vez tendría que ir a Arras; y sin haber decidido hacer este viaje, se dijo que como estaba 
al abrigo de toda sospecha, que no habría inconveniente en ser testigo de lo que pasara. 
Pidió, por tanto, un carruaje. 
Volvió a su cuarto y se concentró en sus pensamientos. 
Examinó su situación y le pareció inaudita. Sintió un temor casi inexplicable, y echó 
cerrojo a la puerta, como si temiera que entrara algo. Después apagó la luz. Le estorbaba; 
creía que podrían verlo. Pero lo que quería que no entrara, ya había entrado; lo que quería 
cegar, lo miraba fijamente: su conciencia. Su conciencia, es decir Dios. 
Su mente había perdido la fuerza necesaria para retener las ideas, y pasaban por ella 
como las olas. Así transcurrió la primera hora. 
Pero poco a poco empezaron a formarse y a fijarse en su meditación algunos conceptos 
vagos. Principió por reconocer que, por más extraordinaria y crítica que fuera esta 
situación, era dueño absoluto de ella. Esto no hizo sino aumentar su estupor. 
Independientemente del objetivo severo y religioso que se proponía en sus acciones, 
todo lo que había hecho hasta aquel día no había tenido más fin que el de ahondar una 
fosa para enterrar en ella su nombre. Lo que siempre había temido en sus horas de 
reflexión, en sus noches de insomnio, era oír pronunciar ese nombre; se decía que eso 
sería el fin de todo; que el día en que ese nombre reapareciera, haría desaparecer su nueva 
vida, y quién sabe si también su nueva alma. La sola idea de que esto ocurriera lo hacía 
temblar. 
Y si en tales momentos le hubieran dicho que llegaría un día en que resonaría ese 
nombre en sus oídos; en que saldría repentinamente de las tinieblas y se erguiría delante 
de él; en que esa gran luz encendida para disipar el misterio que lo rodeaba 
resplandecería súbitamente sobre su cabeza, pero le aseguraran que tal nombre no le 
amenazaría, que semejante luz no produciría sino una oscuridad más espesa, que aquel 
velo roto aumentaría el misterio, que aquel terremoto consolidaría su edificio; que aquel 
prodigioso incidente no tendría más resultado, si él quería, que hacer su existencia a la 
vez más clara y más impenetrable, y que de su confrontación con el fantasma de Jean 
Valjean el bueno y digno ciudadano señor Magdalena saldría más tranquilo y más res- 
petado que nunca; si alguien le hubiera dicho esto, lo habría tomado como lo más 
insensato que escuchara jamás. 
Pues bien, todo esto acababa de suceder; toda esta acumulación de imposibles era un 
hecho. ¡Dios había permitido que estos absurdos se convirtieran en realidad! 
Su divagación se aclaraba. Le parecía que acababa de despertar de un sueño; veía en la 
sombra a un desconocido a quien el destino confundía con él y lo empujaba hacia el 
precipicio en lugar suyo. Era preciso para que se cerrara el abismo que cayera alguien, o 
él a otro. Sólo tenía que dejar que las cosas sucedieran. 
La claridad llegó a ser completa en su cerebro; vio que su lugar estaba vacío en el 
presidio, y que lo esperaba todavía; que el robo de Gervasillo lo arrastraba a él. Se decía 
que en aquel momento tenía un reemplazante, y que mientras él estuviese representado en 
el presidio por Champmathieu, y en la sociedad por el señor Magdalena, no tenía nada 
que temer, mientras no impidiera que cayera sobre la cabeza de Champmathieu esa piedra 
de infamia que, como la del sepulcro, cae para no volver a levantarse. 
Encendió la luz. 
-¿Y de qué tengo miedo? -se dijo-. Estoy salvado, todo ha terminado. No había más que 
una puerta entreabierta por la cual podría entrar mi pasado; esa puerta queda ahora 
tapiada para siempre. Este Javert que me acosa hace tanto tiempo, que con ese terrible 
instinto que parecía haberme descubierto me seguía a todas partes, ese perro de presa 
siempre tras de mí, ya está desorientado. Está satisfecho y me dejará en paz. ¡Ya tiene su 
Jean Valjean! Y todo ha sucedido sin intervención mía. La Providencia lo ha querido. 
¿Tengo derecho a desordenar lo que ella ordena? ¿Y qué me pasa? ¡No estoy contento! 
¿Qué más quiero? El fin a que aspiro hace tantos años, el objeto de mis oraciones, es la 
seguridad. Y ahora la tengo, Dios así lo quiere. Y lo quiere para que yo continúe lo que 
he empezado, para que haga el bien, para que dé buen ejemplo, para que se diga que hubo 
algo de felicidad en esta penitencia que sufro. Está decidido: dejemos obrar a Dios. 
De este modo se hablaba en las profundidades de su conciencia, inclinado sobre lo que 
podría llamarse su propio abismo. Se levantó de la silla y se puso a pasear por la 
habitación. 
-No pensemos más -dijo-. ¡Ya tomé mi decisión! 
Mas no sintió alegría alguna. Por el contrario. Querer prohibir a la imaginación que 
vuelva a una idea es lo mismo que prohibir al mar que vuelva a la playa. 
Al cabo de pocos instantes, por más que hizo por evitarlo, continuó aquel sombrío 
diálogo consigo mismo. 
Se interrogó sobre esta "decisión irrevocable", y se confesó que el arreglo que había 
hecho en su espíritu era monstruoso, porque su "dejar obrar a Dios" era simplemente una 
idea horrible. Dejar pasar ese error del destino y de los hombres, no impedirlo, ayudarlo 
con el silencio, era una imperdonable injusticia, el colmo de la indignidad hipócrita, un 
crimen bajo, cobarde, abyecto, vil. 
Por primera vez en ocho años acababa de sentir aquel desdichado el sabor amargo de un 
mal pensamiento y de una mala acción. Los rechazó y los escupió asqueado. 
Y siguió cuestionándose. Reconoció que su vida tenía un objetivo, pero ¿cuál? ¿Ocultar 
su nombre? ¿Engañar a la policía? ¿No tenía otro objetivo su vida, el objetivo verdadero, 
el de salvar no su persona sino su alma, ser bueno y honrado, ser justo? ¿No era esto lo 
que él había querido y lo que el obispo le había mandado? Sintió que el obispo estaba ahí 
con él, que lo miraba fijamente, y que si no cumplía su deber, el alcalde Magdalena con 
todas sus virtudes sería odioso a sus ojos, y en cambio el presidiario Jean Valjean sería un 
ser admirable y puro. Los hombres veían su máscara, pero el obispo veía su conciencia. 
Debía, por lo tanto, ir a Arras, salvar al falso Jean Valjean y denunciar al verdadero. 
¡Ah! Este era el mayor de los sacrificios, la victoria más dolorosa, el último y más 
difícil paso, pero era necesario darlo. ¡Cruel destino! ¡No poder entrar en la santidad a los 
ojos de Dios sin volver a entrar en la infamia a los ojos del mundo! 
-Esto es lo que hay que hacer -dijo-. Cumplamos con nuestro deber, salvemos a ese 
hombre. 
Ordenó sus libros, echó al fuego un paquete de recibos de comerciantes atrasados que le 
debían, y escribió y cerró una carta dirigida al banquero Laffitte, y la guardó en una 
cartera que contenía algunos billetes y el pasaporte de que se había servido ese año para ir 
a las elecciones. 
Volvió a pasearse. 
Y entonces se acordó de Fantina. 
Principió una nueva crisis. 
-¡Pero no! -gritó-. Hasta ahora sólo he pensado en mí, si me conviene callarme o 
denunciarme, ocultar mi persona o salvar mi alma. Pero es puro egoísmo. Aquí hay un 
pueblo, fábricas, obreros, ancianos, niños desvalidos. Yo lo he. creado todo, le he dado 
vida; donde hay una chimenea que humea yo he puesto la leña. Si desaparezco todo 
muere. ¿Y esa mujer que ha padecido tanto? Si yo no estoy, ¿qué pasará? Ella morirá y la 
niña sabe Dios qué será de ella. ¿Y si no me presento? ¿Qué sucederá si no me presento? 
Ese hombre irá a presidio, pero ¡qué diablos!, es un ladrón, ¿no? No puedo hacerme la 
ilusión de que no ha robado: ha robado. Si me quedo aquí, en diez años ganaré diez 
millones; los reparto en el pueblo, yo no tengo nada mío, no trabajo para mí. Esa pobre 
mujer educa a su hija, y hay todo un pueblo rico y honrado. ¡Estaba loco cuando pensé en 
denunciarme! Debo meditarlo bien y no precipitarme. ¿Qué escrúpulos son estos que 
salvan a un culpable y sacrifican inocentes; que salvan a un viejo vagabundo a quien sólo 
le quedan unos pocos años de vida y que no será más desgraciado en el presidio que en su 
casa, y sacrifican a toda una población? ¡Esa pobre Cosette que no tiene más que a mí en 
el mundo, y que estará en este momento tiritando de frío en el tugurio de los Thenardier! 
Ahora sí que estoy en la verdad; tengo la solución. Debía decidirme, y ya me he decidido. 
Esperemos. No retrocedamos, porque es mejor para el interés general. Soy Magdalena, 
seguiré siendo Magdalena. 
Se miró en el espejo que estaba encima de la chimenea, y dijo: 
-Me consuela haber tomado una resolución. Ya soy otro. 
Dio algunos pasos y se detuvo de repente. 
-Hay todavía hilos que me unen a Jean Valjean, y es necesario romperlos. Hay objetos 
que me acusarían, testigos mudos que deben desaparecer. 
Sacó una llavecita de su bolsillo, y abrió una especie de pequeño armario empotrado en 
la pared. Sólo había en ese cajón unos andrajos: una chaqueta gris, un pantalón viejo, un 
morral y un grueso palo de espino. Los que vieron a Jean Valjean en la época en que pasó 
por D. en octubre de 1815, habrían reconocido fácilmente aquellas miserables 
vestimentas. 
Las conservó, lo mismo que los candelabros de plata, para tener siempre presente su 
punto de partida. Pero ocultaba lo que era del presidio, y dejaba ver lo que era del obispo. 
Sin mirar aquellos objetos que guardara por tantos años con tanto cuidado y riesgo, 
cogió harapos, palo y morral, y los arrojó al fuego. 
El morral, al consumirse con los harapos que contenía, dejó ver una cosa que brillaba 
en la ceniza. Era una moneda de plata. Sin duda la moneda de cuarenta sueldos robada al 
saboyano. 
Pero no miraba el fuego; se seguía paseando. De repente su vista se fijó en los dos 
candeleros de plata. 
-Aún está allí Jean Valjean -pensó-. Hay que destruir eso. 
Y tomó los candelabros. Removió el fuego con uno de ellos. 
En ese momento le pareció oír dentro de sí una voz que gritaba: ¡Jean Valjean! ¡Jean 
Valjean! 
Sus cabellos se erizaron. 
-Muy bien -decía la voz-. Completa lo obra. Destruye esos candelabros. ¡Aniquila el 
pasado! ¡Olvida al obispo! ¡Olvídalo todo! ¡Condena a Champmathieu! ¡Apláudete! Ya 
está todo resuelto; un hombre, un inocente, cuyo único crimen es lo nombre, va a concluir 
sus días en la abyección y en el horror. ¡Muy bien! Sé hombre respetable, sigue siendo el 
señor alcalde, enriquece al pueblo, alimenta a los pobres, educa a los niños, vive feliz, 
virtuoso y admirado, que mientras tú estás aquí rodeado de alegría y de luz, otro usará lo 
chaqueta roja, llevará lo nombre en la ignominia y arrastrará lo cadena en el presidio. Sí, 
lo has solucionado muy bien. ¡Ah, miserable! Oirás acá abajo muchas bendiciones, pero 
todas esas bendiciones caerán a tierra antes de llegar al cielo, y allá sólo llegará la 
maldición. 
Esta voz, débil al principio, se había elevado desde lo más profundo de su conciencia y 
llegaba a ser ruidosa. Se aterró. 
-¿Hay alguien ahí? -preguntó en voz alta. Y después añadió, con una risa que parecía la 
de un idiota-: ¡Qué tonto soy! ¡No puede haber nadie aquí! 
Había alguien. Pero el que allí estaba no era de los que el ojo humano puede ver. 
Dejó los candeleros en la chimenea. Volvió a su paseo monótono y lúgubre. 
Pensó en el porvenir. ¡Denunciarse! Se pintó con inmensa desesperación todo lo que 
tenía que abandonar y todo lo que tenía que volver a vivir. 
Tendría que despedirse de esa vida tan buena, tan pura; de las miradas de amor y 
agradecimiento que se fijaban en él. En vez de eso pasaría por el presidio, el cepo, la 
chaqueta roja, la cadena al pie, el calabozo, y todos los horrores conocidos. ¡A su edad y 
después de lo que había sido! Si fuera joven todavía, pero anciano y ser tuteado por todo 
el mundo, humillado por el carcelero, apaleado; llevar los pies desnudos en los zapatos 
herrados; presentar mañana y tarde su pierna al martillo de la ronda que examina los 
grilletes. 
¿Qué hacer, gran Dios, qué hacer? 
Así luchaba en medio de la angustia aquella alma infortunada. Mil ochocientos años 
antes, el ser misterioso en quien se resumen toda la santidad y todos los padecimientos de 
la humanidad, mientras que los olivos temblaban agitados por el viento salvaje de lo 
infinito, había también él apartado por un momento el horroroso cáliz que se le 
presentaba lleno de sombra y desbordante de tinieblas en las profundidades cubiertas de 
estrellas. 
De pronto llamaron a la puerta de su cuarto. 
Tembló de pies a cabeza, y gritó con voz terrible: 
-¿Quién? 
-Yo, señor alcalde. 
Reconoció la voz de la portera, y dijo: 
-¿Qué ocurre? 
-Señor, van a ser las cinco de la mañana y aquí está el carruaje. 
-Ah, sí -contestó-, ¡el carruaje! 
Hubo un largo silencio. Se puso a examinar con aire estúpido la llama de la vela y a 
hacer pelotitas con el cerote. La portera esperó un rato hasta que se atrevió a preguntar: 
-Señor, ¿qué le digo al cochero? 
-Decidle que está bien, que ahora bajo. 
II 
El viajero toma precauciones para regresar 
Eran cerca de las ocho de la noche cuando el carruaje, después de un accidentado viaje, 
entró por la puerta cochera de la hostería de Arras. 
El señor Magdalena descendió y entró al despacho de la posadera. Presentó su 
pasaporte y le preguntó si podría volver esa misma noche a M. en alguno de los coches de 
posta. Había precisamente un asiento desocupado y lo tomó. 
-Señor -dijo la posadera-, debéis estar aquí a la una de la mañana en punto. 
Salió de la posada y caminó unos pasos. Preguntó a un hombre en la calle dónde 
estaban los Tribunales. 
-Si es una causa que queréis ver, ya es tarde porque suelen concluir a las seis -dijo el 
hombre al indicarle la dirección. 
Pero cuando llegó estaban las ventanas iluminadas. Entró. 
-¿Hay medio de entrar a la sala de audiencia? -preguntó al portero. 
-No se abrirá la puerta -fue la respuesta. 
-¿Por qué? 
-Porque está llena la sala. 
-¿No hay un solo sitio? 
-Ninguno. La puerta está cerrada y nadie puede entrar. Sólo hay dos o tres sitios detrás 
del señor presidente; pero allí sólo pueden sentarse los funcionarios públicos. 
Y diciendo esto volvió la espalda. El viajero se retiró con la cabeza baja. 
La violenta lucha que se libraba en su interior desde la víspera no había concluido; a 
cada momento entraba en una nueva crisis. De súbito sacó su cartera, cogió un lápiz y un 
papel y escribió rápidamente estas palabras: "Señor Magdalena, alcalde de M." Se dirigió 
al portero, le dio el papel y le dijo con voz de mando: 
-Entregad esto al señor presidente. 
El portero tomó el papel, lo miró y obedeció. 
III 
Entrada de preferencia 
El magistrado de la audiencia que presidía el tribuna de Arras conocía, como todo el 
mundo, aquel nombre profunda y universalmente respetado, y dio orden al portero de que 
lo hiciera pasar. 
Minutos después el viajero estaba en una especie de gabinete de aspecto severo, 
alumbrado por dos candelabros. Aún tenía en los oídos las últimas palabras del portero 
que acababa de dejarle: "Caballero, ésta es la sala de las deliberaciones; no tenéis más 
que abrir esa puerta, y os hallaréis en la sala del tribunal, detrás del señor presidente". 
Estaba solo. Había llegado el momento supremo. Trataba de recogerse en sí mismo y 
no podía conseguirlo. En las ocasiones en que el hombre tiene más necesidad de pensar 
en las realidades dolorosas de la vida, es precisamente cuando los hilos del pensamiento 
se rompen en el cerebro. Se encontraba en el sitio donde los jueces deliberan y condenan. 
En aquel aposento en que se habían roto tantas vidas, donde iba a resonar su nombre 
dentro de un instante. 
Poco a poco lo fue dominando el espanto. Gruesas gotas de sudor corrían por sus 
cabellos y bajaban por sus sienes. Hizo un gesto indescriptible, que quería decir: "¿Quién 
me obliga a mí'?" Abrió la puerta por donde llegara y salió. Se encontró en un pasillo 
largo y estrecho. No oyó nada por ningún lado, y huyó como si lo persiguieran. 
Recorrió todo el pasillo, escuchó de nuevo. El mismo silencio y la misma sombra lo 
rodeaban. Estaba sin aliento, temblaba; tuvo que apoyarse en la pared. Allí, solo en 
aquella oscuridad, meditó. 
Así pasó un cuarto de hora. Por fin inclinó la cabeza, suspiró con angustia, y volvió 
atrás. Caminó lentamente, como bajo un gran peso, como si alguien lo hubiera cogido en 
su fuga y lo trajera de vuelta. 
Entró de nuevo en la sala de deliberaciones. De pronto, sin saber cómo, se encontró 
cerca de la puerta, y la abrió. 
Estaba en la sala de la audiencia. 
IV 
Un lugar donde empiezan a formarse algunas convicciones 
En un extremo de la sala, justamente donde él estaba, los jueces se mordían las uñas 
distraídos o cerraban los párpados. En el otro extremo se situaba una multitud harapienta. 
Nadie hizo caso de él. Las miradas se fijaban en un punto único, en un banco de madera 
que se encontraba cerca de una puertecilla a la izquierda del presidente. En aquel banco 
había un hombre entre dos gendarmes. 
Era el acusado. 
Los ojos del señor Magdalena se dirigieron allí naturalmente, como si antes hubiesen 
visto ya el sitio que ocupaba. Y creyó verse a sí mismo, envejecido, no el mismo rostro, 
pero el mismo aspecto, con esa mirada salvaje, con la chaqueta que llevaba el día que 
llegó a D. lleno de odio, ocultando en su alma el espantoso tesoro de pensamientos 
horribles acumulados en tantos años de presidio. 
Y se dijo, estremeciéndose: 
-¡Dios mío! ¿Me convertiré yo en eso? 
El hombre parecía tener a lo menos sesenta años; había en su rostro un no sé qué de 
rudeza, de estupidez, de espanto. 
Al ruido de la puerta, el presidente volvió la cabeza y saludó al señor Magdalena. El 
apenas lo notó. Era presa de una especie de alucinación; miraba solamente. 
Hacía veintisiete años había visto lo mismo; veía reaparecer en toda su horrible realidad 
las escenas monstruosas de su pasado. 
Se sintió horrorizado, cerró los ojos, y exclamó en lo más profundo de su alma: ¡Nunca! 
Allí estaba todo, era igual, la misma hora, casi las mismas caras de los jueces, de los 
soldados, de los espectadores. Solamente que ahora había un crucifijo sobre la cabeza del 
presidente, cosa que faltaba en la época de su condena. Cuando lo juzgaron a él, Dios 
estaba ausente. 
Buscó a Javert y no lo encontró. 
En el momento en que entró en la sala, la acusación decía que aquel hombre era un 
ladrón de frutas, un merodeador, un bandido, un antiguo presidiario, un malvado de los 
más peligrosos, un malhechor llamado Jean Valjean, a quien persigue la justicia hace 
mucho tiempo. 
El abogado defensor persistía en llamar Champmathieu al acusado y decía que nadie lo 
había visto escalar la pared ni robar la fruta. Pedía para él la corrección estipulada y no el 
castigo terrible de un reincidente. 
El fiscal en su réplica fue violento y florido, como lo son habitualmente los fiscales. 
Además de cien pruebas más -terminó diciendo-, lo reconocieron cuatro testigos: el ins- 
pector de policía Javert y tres de sus antiguos compañeros de ignominia, Brevet, 
Chenildieu y Cochepaille. 
Mientras hablaba el fiscal, el acusado escuchaba con la boca abierta, con una especie de 
asombro no exento de admiración. Sólo decía: 
-¡Y todo por no haberle preguntado al señor Baloup! 
El fiscal hizo notar que esta aparente imbecilidad del acusado era astucia, era el hábito 
de engañar a la justicia. Y pidió cadena perpetua. 
Llegaba el momento de cerrar el debate. El presidente mandó ponerse de pie al acusado 
y le hizo la pregunta de costumbre: 
-¿Tenéis algo que alegar en defensa propia? 
El hombre daba vueltas el gorro entre sus manos, como si no hubiera entendido. 
El presidente repitió la pregunta. 
Entonces pareció que el acusado la había comprendido. Dirigió la vista al fiscal, y 
empezó a hablar, como un torrente; las palabras se escapaban de su boca incoherentes, 
impetuosas, atropelladas, confusas. 
-Sí, tengo que decir algo. Yo he sido reparador de carretones en París y trabajé en casa 
del señor Baloup. Es duro mi oficio; trabajamos siempre al aire libre en patios o bajo 
cobertizos en los buenos talleres; pero nunca en sitios cerrados porque se necesita mucho 
espacio. En el invierno pasamos tanto frío que tiene uno que golpearse los brazos para 
calentarse, pero eso no le gusta a los patrones, porque dicen que se pierde tiempo. 
Trabajar el hierro cuando están escarchadas las calles es muy duro. Así se acaban pronto 
los hombres, y se hace uno viejo cuando aún es joven. A los cuarenta ya está uno 
acabado. Yo tenía cincuenta y tres y no ganaba más que treinta sueldos al día, me 
pagaban lo menos que podían; se aprovechaban de mi edad. Además, yo tenía una hija 
que era lavandera en el río. Ganaba poco, pero los dos íbamos tirando. Ella trabajaba duro 
también. Pasaba todo el día metida en una cubeta hasta la cintura, con lluvia y con nieve. 
Cuando helaba era lo mismo, tenía que lavar porque hay mucha gente que no tiene 
bastante ropa; y si no lavaba perdía a los clientes. Se le mojaban los vestidos por arriba y 
por abajo. Volvía la pobre a las siete de la noche y se acostaba porque estaba rendida. Su 
marido le pegaba. Ha muerto ya. Era una joven muy buena, que no iba a los bailes, era 
muy tranquila, no tenéis más que preguntar. Pero, qué tonto soy. París es un remolino. 
¿Quién conoce al viejo Champmathieu? Ya os dije que me conoce el señor Baloup. 
Preguntadle a él. No sé qué más queréis de mí. 
El hombre calló y se quedó de pie. El auditorio se echó a reír. El miró al público y, sin 
comprender nada, se echó a reír también. 
Era un espectáculo triste. 
El presidente, que era un hombre bondadoso, explicó que el señor Baloup estaba en 
quiebra y no pudo ser encontrado para que se presentara a testimoniar. 
-Acusado -dijo el fiscal con severa voz-, no habéis respondido a nada de lo que se os ha 
preguntado. Vuestra turbación os condena. Es evidente que no os llamáis Champmathieu, 
que sois el presidiario Jean Valjean, que sois natural de Faverolles donde erais podador. 
Es evidente que habéis robado. Los señores jurados apreciarán estos hechos. 
El acusado se había sentado; pero se levantó cuando terminó de hablar el fiscal, y gritó: 
-¡Vos sois muy malo, señor! Eso es lo que quería decir y no sabía cómo. Yo no he 
robado nada, soy un hombre que no come todos los días. Venía de Ailly, iba por el 
camino después de una tempestad que había asolado el campo. Al lado del camino 
encontré una rama con manzanas en el suelo, y la recogí sin saber que me traería un 
castigo: Hace tres meses que estoy preso y que me interrogan. No sé qué decir; se habla 
contra mí; se me dice ¡responde! El gendarme, que es un buen muchacho, me da con el 
codo y me dice por lo bajo: contesta. Yo no sé explicarme; no he hecho estudios; soy un 
pobre. No he robado; recogí cosas del suelo. Habláis de Jean Valjean, de Jean Mathieu, 
yo no los conozco; serán aldeanos. Yo trabajé con el señor Baloup. Me llamo 
Champmathieu. Sois muy listos al decirme donde he nacido, pues yo lo ignoro; porque no 
todos tienen una casa para venir al mundo, eso sería muy cómodo. Creo que mi padre y 
mi madre andaban por los caminos y no sé nada más. Cuando era niño me llamaban 
Pequeño, ahora me llama Viejo. Estos son mis nombres de bautismo. Tomadlo como 
queráis, que he estado en Auvernia, que he en Faverolles, ¡qué sé yo! ¿Es imposible 
estado en Auvernia y en Faverolles sin haber estado antes en presidio? Os digo que no he 
robado y que soy el viejo Champmathieu, y que he vivido en casa del señor Baloup. Me 
estáis aburriendo con vuestras tonterías. ¿Por qué estáis tan enojados conmigo? 
El presidente ordenó hacer comparecer a los testigos. 
El portero entró con Cochepaille, Chenildieu y Brevet, todos vestidos con chaqueta 
roja. 
-Es Jean Valjean -dijeron los tres-. Se le conocía como Jean Grúa, por lo fuerte que era. 
En el público estalló un rumor que llegó hasta el jurado. Era evidente que el hombre 
estaba perdido. 
-Ujier -dijo el presidente-, imponed silencio. Voy a resumir los debates para dar por 
terminada la vista. 
En ese momento se oyó una voz que gritaba detrás del presidente: 
-¡Brevet, Chenildieu, Cochepaille! ¡Mirad aquí! 
Todos quedaron helados con esa voz, tan lastimoso era su acento. Las miradas se 
volvieron hacia el sitio de donde saliera. En el lugar destinado a los espectadores 
privilegiados había un hombre que acababa de levantarse y, atravesando la puertecilla 
que lo separaba del tribunal, se había parado en medio de la sala. El presidente, el fiscal, 
veinte personas lo reconocieron y exclamaron a la vez: 
-¡El señor Magdalena! 

Champmatbieu cada vez más asombrado 
Era él. Estaba muy pálido y temblaba ligeramente. Sus cabellos, grises aún cuando 
llegó a Arras, se habían vuelto completamente blancos. Había encanecido en una hora. 
Se adelantó hacia los testigos y les dijo: 
-¿No me conocéis? 
Los tres quedaron mudos a indicaron con un movimiento de cabeza que no lo conocían. 
El señor Magdalena se volvió hacia los jurados y dijo con voz tranquila: 
-Señores jurados, mandad poner en libertad al acusado. Señor presidente, mandad que 
me prendan. El hombre a quien buscáis no es ése; soy yo. Yo soy Jean Valjean. 
Nadie respiraba. A la primera conmoción de asombro había sucedido un silencio 
sepulcral. 
El rostro del presidente reflejaba simpatía y tristeza. Cambió un gesto rápido con el 
fiscal y luego se dirigió al público y preguntó con un acento que fue comprendido por 
todos: 
-¿Hay algún médico entre los asistentes? Si lo hay, le ruego que examine al señor 
Magdalena y lo lleve a su casa... 
El señor Magdalena no lo dejó terminar la frase. Lo interrumpió con mansedumbre y 
autoridad. 
-Os doy gracias, señor presidente, pero no estoy loco. Estabais a punto de cometer un 
grave error. Dejad a ese hombre. Cumplo con mi deber al denunciarme. Dios juzga desde 
allá arriba lo que hago en este momento; eso me basta. Podéis prenderme, puesto que 
estoy aquí. Me oculté largo tiempo con otro nombre; llegué a ser rico; me nombraron 
alcalde; quise vivir entre los hombres honrados, mas parece que eso es ya imposible. No 
puedo contaros mi vida, algún día se sabrá. He robado al obispo, es verdad; he robado a 
Gervasillo, también es verdad. Tenéis razón al decir que Jean Valjean es un malvado; 
pero la falta no es toda suya. Creedme, señores jueces, un hombre tan humillado como yo 
no debe quejarse de la Providencia, ni aconsejar a la sociedad; pero la infamia de que 
había querido salir era muy grande; el presidio hace al presidiario. Antes de ir a la cárcel, 
era yo un pobre aldeano poco inteligente, una especie de idiota; el presidio me 
transformó. Era estúpido, me hice malvado. La bondad y la indulgencia me salvaron de la 
perdición a que me había arrastrado el castigo. Pero perdonadme, no podéis comprender 
lo que digo. Veo que el señor fiscal mueve la cabeza como diciendo: el señor Magdalena 
se ha vuelto loco. ¡No me creéis! Al menos, no condenéis a ese hombre. A ver, ¿esos no 
me conocen? Quisiera que estuviera aquí Javert, él me reconocería. 
Es imposible describir la melancolía triste y serena que acompañó a estas palabras. 
Volviéndose hacia los tres testigos, les dijo: 
-Tú, Brevet, ¿te acuerdas de los tirantes a cuadros que tenías en el presidio? 
Brevet hizo un movimiento de sorpresa, y lo miró de pies a cabeza, asustado. 
-Chenildieu, tú tienes el hombro derecho quemado porque lo tiraste un día sobre el 
brasero encendido, ¿no es verdad? 
-Es cierto -dijo Chenildieu. . 
-Cochepaille, tú tienes en el brazo izquierdo una fecha escrita en letras azules con 
pólvora quemada. Es la fecha del desembarco del emperador en Cannes, el primero de 
marzo de 1815. Levántate la manga. 
Cochepaille se levantó la manga y todos miraron. Allí estaba la fecha. 
El desdichado se volvió hacia el auditorio y hacia los jueces con una sonrisa que movía 
a compasión. Era la sonrisa del triunfo, pero también la sonrisa de la desesperación. 
-Ya veis -dijo- que soy Jean Valjean. 
No había ya en el recinto jueces, ni acusadores, ni gendarmes; no había más que ojos 
fijos y corazones conmovidos. Nadie se acordaba del papel que debía representar; el 
fiscal olvidó que estaba allí para acusar, el presidente que estaba allí para presidir, el 
defensor para defender. No se hizo ninguna pregunta; no intervino ninguna autoridad. 
Los espectáculos sublimes se apoderan del alma, y convierten a todos los que los 
presencian en meros espectadores. Tal vez ninguno podía explicarse lo que 
experimentaba; ninguno podía decir que veía allí una gran luz, y, sin embargo, 
interiormente todos se sentían deslumbrados. 
Era evidente que tenían delante a Jean Valjean. Su aparición había bastado para aclarar 
aquel asunto tan oscuro hasta algunos momentos antes. Sin necesidad de explicación 
alguna, aquella multitud comprendió en seguida la grandeza del hombre que se entregaba 
para evitar que fuera condenado otro en su lugar. 
-No quiero molestar por más tiempo a la audiencia -dijo Jean Valjean-. Me voy, puesto 
que no me prenden. Tengo mucho que hacer. El señor fiscal sabe quién soy y adónde voy 
y me mandará arrestar cuando quiera. 
Se dirigió a la puerta. Ni se elevó una voz, ni se extendió un brazo para detenerlo. 
Todos se apartaron. Jean Valjean tenía en ese momento esa superioridad que obliga a la 
multitud a retroceder delante de un hombre. Pasó en medio de la gente lentamente; no se 
sabe quién abrió la puerta, pero lo cierto es que estaba abierta cuando llegó a ella. 
Se dirigió entonces a los presentes: 
-Todos creéis que soy digno de compasión, ¿no es verdad? ¡Dios mío! Cuando pienso 
en lo que estuve a punto de hacer, me creo dignó de envidia. Sin embargo, preferiría que 
nada de esto hubiera sucedido. 
Una hora después, el veredicto del jurado declaraba inocente a Champmathieu, quien, 
puesto en libertad inmediatamente, se fue estupefacto, pensando que todos estaban locos, 
y sin comprender nada de lo que había visto. 
LIBRO OCTAVO 
Contragolpe 

Fantina feliz 
Principiaba a apuntar el día. Fantina había pasado una noche de fiebre a insomnio, pero 
llena de dulces esperanzas; era de mañana cuando se durmió. Sor Simplicia, encargada de 
cuidarla, pasó con ella toda la noche y, al dormirse la paciente, fue al laboratorio a 
preparar una dosis de quinina. De pronto volvió la cabeza y dio un grito. El señor 
Magdalena había entrado silenciosamente y estaba delante de ella. 
-¡Por Dios, señor Magdalena! -exclamó la religiosa-. ¿Qué os ha sucedido? Tenéis el 
pelo enteramente blanco. 
-¿Blanco? -dijo él. 
Sor Simplicia no tenía espejo; le pasó el vidrio que usaba el médico para constatar si un 
paciente estaba muerto y ya no respiraba. El señor Magdalena se miró y sólo dijo, con 
profunda indiferencia: 
-¡Vaya! 
Sor Simplicia le informó que Fantina había estado mal la víspera, pero que ya se 
encontraba mejor porque creía que el señor alcalde había ido a buscar a su hija a 
Montfermeil. 
-Habéis hecho bien en no desengañarla. 
-Sí, pero ahora que va a veros sin la niña, ¿qué le diremos? 
El alcalde se quedó un momento pensativo. 
-Dios nos inspirará -dijo. 
-Pero no le podremos mentir -murmuró la religiosa a media voz. 
El señor Magdalena entró en la habitación y se paró junto a la cama; miraba 
alternativamente a la enferma y al crucifijo, lo mismo que dos meses antes cuando la 
visitó por primera vez. El rezaba, ella dormía, pero en aquellos dos meses los cabellos de 
Fantina se habían vuelto grises y los de Magdalena blancos. 
Fantina abrió entonces los ojos, lo vio, y dijo sonriendo: 
-¿Y Cosette? 
El señor Magdalena respondió maquinalmente algunas palabras que nunca pudo 
recordar. Por fortuna el médico, que llegaba en ese momento y que sabía la situación, 
vino en su auxilio. 
-Hija mía, calmaos; vuestra hija está acá. 
Los ojos de Fantina se iluminaron y cubrieron de claridad todo su rostro. Cruzó las 
manos con una expresión que contenía toda la violencia y la dulzura de una ardiente 
oración. 
-¡Por favor -exclamó-, traédmela! 
-Aún no -dijo el médico-; en este momento no. Tenéis un poco de fiebre y el ver a 
vuestra hija os agitaría y os haría mal. Ante todo es preciso que estéis bien. 
Ella lo interrumpió impetuosa. 
-¡Ya estoy bien! ¡Os digo que estoy bien! ¡Este médico es un burro, no entiende nada! 
¡Lo único que quiero es ver a mi hija! 
-Ya veis -dijo el médico- cómo os agitáis. Mientras sigáis así, me opondré a que veáis a 
la niña. No basta que la veáis, es preciso que viváis para ella. Cuando estéis tranquila, os 
la traeré yo mismo. 
La pobre madre bajó la cabeza. 
-Señor doctor, os pido perdón; os pido perdón humildemente. Esperaré todo el tiempo 
que queráis, pero os aseguro que no me hará mal ver a Cosette. Ya no tengo temperatura, 
casi estoy sana. Pero no me moveré para contentar a los que me cuidan, y cuando vean 
que estoy tranquila dirán: hay que traerle su hija a esta mujer. 
El señor Magdalena se sentó en una silla junto a la cama. Fantina se volvió a él, 
esforzándose por parecer tranquila. 
-¿Habéis tenido buen viaje, señor alcalde? Decidme sólo cómo está. ¡Cuánto deseo 
verla! ¿Es bonita? 
El señor Magdalena tomó su mano y le dijo con dulzura: 
-Cosette es bonita, y está bien, pero tranquilizaos. Habláis con mucho apasionamiento y 
eso os hace toser. 
Ella no podía calmarse y siguió hablando y haciendo planes. 
-¡Qué felices vamos a ser! Tendremos un jardincito, el señor Magdalena me lo ha 
prometido. Cosette jugará en el jardín. Ya debe saber las letras; después hará su primera 
comunión. 
Y se reía, feliz. 
El señor Magdalena oía sus palabras como quien escucha el viento, con los ojos bajos y 
el alma sumida en profundas reflexiones. Pero de pronto levantó la cabeza porque la 
enferma había callado. 
Fantina estaba aterrorizada. No hablaba, no respiraba, se había incorporado; su rostro, 
tan alegre momentos antes, estaba lívido; sus ojos desorbitados estaban fijos en algo 
horrendo. 
-¿Qué tenéis, Fantina? -preguntó Magdalena. 
Ella le tocó el brazo con una mano, y con la otra le indicó que mirara detrás de sí. 
Se volvió y vio a Javert. 
II 
Javert contento 
Veamos lo que había pasado. 
Acababan de dar las doce y media cuando el señor Magdalena salió de la sala del 
tribunal de Arras. Poco antes de las seis de la mañana llegó a M. y su primer cuidado fue 
echar al correo su carta al señor Laffitte, y después ir a ver a Fantina. 
Apenas Magdalena abandonó la sala de audiencia y fue puesto en libertad 
Champmathieu, el fiscal expidió una orden de arresto, encargando de ella al inspector 
Javert. La orden estaba concebida en estos términos: "El inspector Javert reducirá a 
prisión al señor Magdalena, alcalde de M., reconocido en la sesión de hoy como el ex 
presidiario Jean Valjean". 
Javert se hizo guiar al cuarto en que estaba Fantina. Se quedó junto a la puerta 
entreabierta; estuvo allí en silencio cerca de un minuto sin que nadie notara su presencia, 
hasta que lo vio Fantina. 
En el momento en que la mirada de Magdalena encontró la de Javert, el rostro de éste 
adquirió una expresión espantosa. Ningún sentimiento humano puede ser tan horrible 
como el de la alegría. 
La seguridad de tener en su poder a Jean Valjean hizo aflorar a su fisonomía todo lo 
que tenía en el alma. El fondo removido subió a la superficie. La humillación de haber 
perdido la pista y haberse equivocado respecto de Champmathieu desaparecía ante el 
orgullo de ahora. Javert se sentía en el cielo. Contento a indignado, tenía bajo sus pies el 
crimen, el vicio, la rebelión, la perdición, el infierno. Javert resplandecía, exterminaba, 
sonreía. Había una innegable grandeza en aquel San Miguel monstruoso. 
La probidad, la sinceridad, el candor, la convicción, la idea del deber son cosas que en 
caso de error pueden ser repugnantes; pero, aún repugnantes, son grandes; su majestad, 
propia de la conciencia humana, subsiste en el horror; son virtudes que tienen un vicio, el 
error. La despiadada y honrada dicha de un fanático en medio de la atrocidad conserva 
algún resplandor lúgubre, pero respetable. Es indudable que Javert, en su felicidad, era 
digno de lástima, como todo ignorante que triunfa. 
III 
La autoridad recobra sus derechos 
Jean Valjean, desde ahora lo llamaremos así, se levantó y dijo a Fantina con voz 
tranquila y suave: 
-No temáis, no viene por vos. 
Y después dirigiéndose a Javert, le dijo: 
-Ya sé lo que queréis. 
-¡Vamos, pronto! -respondió Javert. 
Entonces Fantina vio una cosa extraordinaria. Vio que Javert, el soplón, cogía por el 
cuello al señor alcalde, y vio al señor alcalde bajar la cabeza. Creyó que el mundo se 
derrumbaba. 
-¡Señor alcalde! -gritó. 
Javert se echó a reír con esa risa suya que mostraba todos los dientes. 
-No hay ya aquí ningún señor alcalde -dijo. 
Jean Valjean, sin tratar de deshacerse de la mano que lo sujetaba, murmuró: 
-Javert... 
-Llámame señor inspector. 
-Señor inspector -continuó Jean Valjean-, quiero deciros una palabra a solas. 
-Habla alto. A mí se me habla alto. 
Jean Valjean bajó más la voz. 
-Tengo que pediros un favor... 
-Te digo que hables alto. 
-Es que... Quiero que me escuchéis vos solo. 
-¡Y a mí qué me importa! 
-Concededme tres días susurró Jean Valjean-. Tres días para ir a buscar la hija de esta 
desdichada. Pagaré lo que sea, me acompañaréis si queréis. 
-¿Bromeas? -exclamó Javert, hablando en voz muy alta-. ¡Vaya, no lo creía tan 
estúpido! Me pides tres días para escaparte. ¿Dices que es para ir a buscar a la hija de esa 
mujer? ¡Qué gracioso! 
Y se echó a reír a carcajadas. Fantina se estremeció. 
-¡Ir a buscar a mi hija! -exclamó-. ¿Que no está aquí? ¿Dónde está Cosette? ¡Quiero a 
mi hija, señor Magdalena! ¡Señor alcalde, por favor! 
Javert dio una patada en el suelo. Miró fijamente a Fantina y dijo cogiendo nuevamente 
la corbata, la camisa y el cuello de Jean Valjean. 
-¡Cállate tú, bribona! ¡Qué país de porquería es éste donde los presidiarios son 
magistrados y donde se trata a las prostitutas como a condesas! Pero todo va a cambiar, 
ya verás. Te repito que aquí no hay señor Magdalena, ni señor alcalde. Sólo hay un 
ladrón, un bandido, un presidiario llamado Jean Valjean, y yo lo tengo en mis manos. Es 
todo lo que hay aquí. 
Fantina se enderezó al instante apoyándose en sus flacos brazos y en sus manos, miró a 
Jean Valjean, miró a Javert, miró a la religiosa; abrió la boca como para hablar, pero sólo 
salió un ronquido del fondo de su garganta. Extendió los brazos con angustia, buscando 
algo como el que se ahoga, y después cayó a plomo sobre la almohada. Su cabeza chocó 
en la cabecera de la cama y cayó sobre el pecho con la boca abierta, lo mismo que los 
ojos. Estaba muerta. 
Jean Valjean abrió la mano que le tenía asida Javert como si fuera la mano de un niño, 
y le dijo con una voz que apenas se oía: 
-Habéis asesinado a esta mujer. 
Había en el rincón del cuarto una cama vieja; Jean Valjean arrancó en un segundo uno 
de los barrotes y amenazó con él a Javert. 
-Os aconsejo que no me molestéis en estos momentos -dijo. 
Se acercó al lecho de Fantina y permaneció a su lado un rato, mudo; en su rostro había 
una indescriptible expresión de compasión. Se inclinó hacia ella y le habló en voz baja. 
¿Qué le dijo? ¿Qué podía decir aquel hombre que era un convicto a aquella mujer 
muerta? Nadie oyó sus palabras. ¿Las oyó la muerta? Sor Simplicia ha referido muchas 
veces que mientras él hablaba a Fantina, vio aparecer claramente una inefable sonrisa en 
esos pálidos labios y en esa pupilas, llenas ya del asombro de la tumba. 
Jean Valjean le cerró los ojos, se arrodilló delante de la muerta y besó su mano. 
Después se levantó y dijo a Javert: 
-Ahora estoy a vuestra disposición. 
IV 
Una tumba adecuada 
Javert se llevó a Jean Valjean a la cárcel del pueblo. 
La detención del señor Magdalena produjo en M. una conmoción extraordinaria. Al 
instante lo abandonaron; en menos de dos horas se olvidó todo el bien que había hecho y 
no fue ya más que un presidiario. Sólo tres o cuatro personas del pueblo le fueron fieles, 
entre ellas la anciana portera que lo servía. 
La noche de ese mismo día, dicha portera estaba sentada en su cuarto, asustada aún, 
reflexionando tristemente. La fábrica había permanecido cerrada el día entero; la puerta 
cochera estaba con el cerrojo echado. No había en la casa más que las dos religiosas, sor 
Simplicia y sor Perpetua, que velaban a Fantina. 
Hacia la hora en que el señor Magdalena solía recogerse, la portera se levantó 
maquinalmente, colgó la llave del dormitorio del alcalde en el clavo habitual, y puso al 
lado el candelabro que usaba para subir la escala, como si lo esperara. En seguida se 
volvió a sentar y prosiguió su meditación. 
De pronto se abrió la ventanilla de la portería, pasó una mano, tomó la llave y encendió 
una vela. La portera quedó como aturdida. Conocía aquella mano, aquel brazo, aquella 
manga. Era el señor Magdalena. 
-¡Dios mío, señor alcalde! -dijo cuando recuperó el habla-. Yo os creía... 
-En la cárcel -dijo Jean Valjean-. Allá estaba, pero rompí un barrote de la ventana, me 
escapé y estoy aquí. Voy a subir a mi cuarto. Avisad a sor Simplicia, por favor. 
La portera obedeció de inmediato. 
Jean Valjean entró en su dormitorio. La portera había recogido entre las cenizas las dos 
conteras del bastón y la moneda de Gervasillo ennegrecida por el fuego. Las colocó sobre 
un papel en el que escribió: "Estas son las conteras de mi garrote y la moneda robada de 
que hablé en el tribunal". Y lo dejó bien a la vista. Envolvió luego en una frazada los dos 
candelabros del obispo. 
Entró sor Simplicia. 
-¿Queréis ver por última vez a esa pobre desdichada? -preguntó. 
-No, Hermana, me persiguen y no quiero turbar su reposo. 
Apenas terminaba de hablar, se oyó un gran estruendo en la escalera y la portera que 
decía casi a gritos: 
-Señor, os juro que no ha entrado nadie aquí. 
Un hombre respondió: 
-Pero hay luz en ese cuarto. 
Era la voz de Javert. Jean Valjean apagó de un soplo la vela y se ocultó. Sor Simplicia 
cayó de rodillas. 
Entró Javert. La religiosa no levantó los ojos. Rezaba. Al verla, Javert se detuvo 
desconcertado. Se iba a retirar, pero antes dirigió una pregunta a sor Simplicia, que no 
había mentido en su vida. Javert la admiraba por esto. 
-Hermana -dijo-, ¿estáis sola? 
Pasó un momento terrible en que la portera creyó morir. 
-Sí -respondió la religiosa. 
-¿No habéis visto a un prisionero llamado Jean Valjean? 
-No. 
Mentía. Había mentido dos veces seguidas. 
Una hora después, un hombre se alejaba de M. a través de los árboles y la bruma en 
dirección a París. Llevaba un paquete y vestía una chaqueta vieja. ¿De dónde la sacó? 
Había muerto hacía poco un obrero en la enfermería, que no dejaba más que su chaqueta. 
Tal vez era ésa. 
Fantina fue arrojada a la fosa pública del cementerio, que es de todos y de nadie, allí 
donde se pierden los pobres. Afortunadamente, Dios sabe dónde encontrar el alma. 
La tumba de Fantina se parecía a lo que había sido su lecho. 
SEGUNDA PARTE 
Cosette 
LIBRO PRIMERO 
Waterloo 

El 18 de junio de 1815 
Si no hubiera llovido esa noche del 17 al 18 de junio de 1815, el porvenir de Europa 
hubiera cambiado. Algunas gotas de agua, una nube que atravesó el cielo fuera de 
temporada, doblegaron a Napoleón. 
La batalla de Waterloo estaba planeada, genialmente, para las 6 de la mañana; con la 
tierra seca la artillería podía desplazarse rápidamente y se habría ganado la contienda en 
dos o tres horas. Pero llovió toda la noche; la tierra estaba empantanada. El ataque 
empezó tarde, a las once, cinco horas después de lo previsto. Esto dio tiempo para la 
llegada de todas las tropas enemigas. 
¿Era posible que Napoleón ganara esta batalla? No. ¿A causa de Wellington? No, a 
causa de Dios. 
No entraba en la ley del siglo XIX un Napoleón vencedor de Wellington. 
Se preparaba una serie de acontecimientos en los que Napoleón no tenía lugar. 
Ya era tiempo que cayera aquel hombre. Su excesivo peso en el destino humano 
turbaba el equilibrio. Toda la vitalidad concentrada en una sola persona, el mundo 
pendiente del cerebro de un solo ser, habría sido mortal para la civilización. 
La caída de Napoleón estaba decidida. Napoleón incomodaba a Dios. 
Al final, Waterloo no es una batalla; es el cambio de frente del Universo. 
Pero para disgusto de los vencedores, el triunfo final es de la revolución: Bonaparte 
antes de Waterloo ponía a un cochero en el trono de Nápoles y a un sargento en el de 
Suecia; Luis XVIII, después de Waterloo, firmaba la declaración de los derechos 
humanos. 
II 
El campo de batalla por la noche 
Había luna llena aquel 18 de junio de 1815. La noche se complace algunas veces en ser 
testigo de horribles catástrofes, como la batalla de Waterloo. 
Después de disparado el último cañonazo, la llanura quedó desierta. 
Mientras Napoleón regresaba vencido a París, setenta mil hombres se desangraban poco 
a poco y algo de su paz se esparcía por el mundo. 
El Congreso de Viena firmó los tratados de .815 y Europa llamó a aquello "la 
Restauración". Eso fue Waterloo. 
La guerra puede tener bellezas tremendas, pero tiene también cosas muy feas. Una de 
las más sorprendentes es el rápido despojo de los muertos. El alba que sigue a una batalla 
amanece siempre para alumbrar cadáveres desnudos. 
Todo ejército tiene sus seguidores: seres murciélagos que engendra esa oscuridad que 
se llama guerra. Especie de bandidos o mercenarios que van de uniforme, pero no 
combaten; falsos enfermos, contrabandistas, mendigos, granujas, traidores. 
A eso de las doce de esa noche vagaba un hombre: era uno de ellos que acudía a 
saquear Waterloo. De vez en cuando se detenía, revolvía la tierra, y luego escapaba. Iba 
escudriñando aquella inmensa tumba. De pronto se detuvo. Debajo de un montón de 
cadáveres sobresalía una mano abierta alumbrada por la luna. En uno de sus dedos 
brillaba un anillo. El hombre se inclinó y lo sacó, pero la mano se cerró y volvió a 
abrirse. Un hombre honrado hubiera tenido miedo, pero éste se echó a reír. 
-¡Caramba! -dijo-. ¿Estará vivo este muerto? 
Se inclinó de nuevo y arrastró el cuerpo de entre los cadáveres. 
Era un oficial; tenía la cara destrozada por un sablazo, sus ojos estaban cerrados. 
Llevaba la cruz de plata de la Legión de Honor. El vagabundo la arrancó y la guardó en 
su capote. Buscó en los bolsillos del oficial, encontró un reloj y una bolsa. En eso estaba 
cuando el oficial abrió los ojos. 
-Gracias -dijo con voz débil. 
Los bruscos tirones del ladrón y el aire fresco de la noche lo sacaron de su letargo. 
-¿Quién ganó la batalla? -preguntó. 
-Los ingleses. 
-Registrad mis bolsillos. Hallaréis un reloj y una bolsa; tomadlos. 
El vagabundo fingió hacerlo. 
-No hay nada -dijo. 
-Los han robado -murmuró el oficial-. Lo siento, hubiera querido que fueran para vos. 
Me habéis salvado la vida. ¿Quién sois? 
-Yo pertenecía como vos al ejército francés. Tengo que dejaros ahora, pues si me cogen 
los inglesen me fusilarán. Os he salvado la vida, ahora arreglaos como podáis. 
-¿Vuestro grado? 
-Sargento. 
-¿Cómo os llamáis? 
-Thenardier. 
-No olvidaré ese nombre -dijo el oficial-. Recordad el mío, me llamo Pontmercy. 
LIBRO SEGUNDO 
El navío Orión 

El número 24.601 se convierte en el 9.430 
Jean Valjean había sido capturado de nuevo. 
El lector nos agradecerá que pasemos rápidamente por detalles dolorosos. Nos 
limitaremos pues a reproducir uno de los artículos publicados por los periódicos de 
aquella época pocos meses después de los sorprendentes acontecimientos ocurridos en M. 
El Diario de París del 25 de julio de 1823 dice así: 
"Acaba de comparecer ante el tribunal de jurados del Var un ex presidiario llamado 
Jean Valjean, en circunstancias que han llamado la atención. Este criminal había 
conseguido engañar la vigilancia de la policía; cambió su nombre por el de Magdalena y 
logró hacerse nombrar alcalde de una de nuestras pequeñas poblaciones del Norte, donde 
había establecido un comercio de bastante consideración. Al fin fue desenmascarado y 
apresado, gracias al celo infatigable de la autoridad. Tenía por concubina a una mujer 
pública, que ha muerto de terror en el momento de su prisión. Este miserable, dotado de 
una fuerza hercúlea, halló medio de evadirse; pero tres o cuatro días después de su 
evasión, la policía consiguió apoderarse nuevamente de él en París, en el momento de 
subir en uno de esos pequeños carruajes que hacen el trayecto de la capital a la aldea de 
Montfermeil. Se dice que se aprovechó del intervalo de estos tres o cuatro días de libertad 
para retirar una suma considerable de dinero. Si hemos de dar crédito al acta de 
acusación, debe haberla escondido en un sitio conocido de él solo, pues no se ha podido 
dar con ella. El bandido ha renunciado a defenderse de los numerosos cargos en su 
contra. Por consiguiente, Jean Valjean, declarado reo, ha sido condenado a la pena de 
muerte; y no habiendo querido entablar el recurso de casación, la sentencia se hubiera 
ejecutado, si el rey, en su inagotable benignidad, no se hubiera dignado conmutarle dicha 
pena por la de cadena perpetua. Jean Valjean fue conducido inmediatamente al presidio 
de Tolón". 
Jean Valjean cambió de número en el presidio. Se llamó el 9.430. 
Y en M., toda prosperidad desapareció con el señor Magdalena; todo cuanto había 
previsto en su noche de vacilación y de fiebre se realizó: faltando él, faltó el alma de 
aquella población. Después de su caída se verificó ese reparto egoísta de la herencia de 
los grandes hombres caídos. Se falsificaron los procedimientos, bajó la calidad de los 
productos, hubo menos pedidos, bajó el salario, se cerraron los enormes talleres de 
Magdalena; los edificios se deterioraron, se dispersaron los obreros, y pronto vino la 
quiebra. Y entonces no quedó nada para los pobres. Todo se desvaneció. 
II 
El diablo en Montfermeil 
Antes de ir más lejos, bueno será referir con algunos pormenores algo singular que 
hacia esta misma época sucedió en Montfermeil. 
Hay en ese pueblo una superstición muy antigua que consiste en creer que el diablo, 
desde tiempo inmemorial, ha escogido el bosque para ocultar sus tesoros. Cuentan que no 
es raro encontrar, al morir el día y en los sitios más apartados, a un hombre negro, con 
facha de leñador, calzado con zuecos. Este hombre está siempre ocupado en hacer hoyos 
en la tierra. Hay tres modos de sacar partido del encuentro. El primero es acercársele y 
hablarle; entonces resulta que este hombre no es más que un aldeano, que se ve negro 
porque es la hora del crepúsculo, que no hace tal hoyo en la tierra sino que corta la hierba 
para sus vacas, y que lo que parece ser cuernos no es más que una horqueta para remover 
el estiércol que lleva a la espalda. Vuelve uno a su casa y se muere al cabo de una 
semana. El segundo método es observarle, esperar a que haya hecho su hoyo, lo haya 
vuelto a cubrir y se haya ido; luego ir corriendo al agujero, destaparlo y coger el tesoro. 
En este caso muere uno al cabo de un mes. En fin, el tercer método es no hablar al 
hombre negro, ni mirarlo, y echar a correr a todo escape. Entonces muere uno durante el 
año. 
Como los tres métodos tienen sus inconvenientes, el segundo, que ofrece a lo menos 
algunas ventajas, entre otras la de poseer un tesoro aunque no sea más que por un mes, es 
el que generalmente se adopta. 
Ahora bien, muy poco tiempo después de que la justicia comunicara que el presidiario 
Jean Valjean durante su evasión de algunos días anduvo vagando por los alrededores de 
Montfermeil, se notó en esta aldea que un viejo peón caminero llamado Boulatruelle 
hacía frecuentes visitas al bosque. Se decía que el tal Boulatruelle había estado en 
presidio; que estaba sometido a cierta vigilancia de la policía, y que como no encontraba 
trabajo en ninguna parte, la municipalidad lo empleaba por un pequeño jomal como peón 
en el camino vecinal de Gagny a Lagny. 
Este Boulatruelle era bastante mal mirado por los aldeanos, por ser demasiado 
respetuoso, humilde, pronto a quitarse su gorra ante todo el mundo, y porque temblaba 
delante de los gendarmes. Se le suponía afiliado a una banda de asaltantes, el 
Patron-Minette; se tenían sospechas de que se emboscaba a la caída de la noche en la 
espesura de los bosques. Además, era un borracho perdido. 
Desde hacía algún tiempo, se le encontraba en los claros más desiertos, entre la maleza 
más sombría, buscando al parecer alguna cosa, y algunas veces abriendo hoyos. Decían 
en la aldea: 
-Es claro que el diablo se ha aparecido. Boulatruelle lo ha visto, y busca. Está loco por 
robarle su alcancía. 
Otros añadían: ¿Será Boulatruelle quien atrape al diablo, o el diablo a Boulatruelle? 
Poco tiempo después cesaron las idas de Boulatruelle al bosque, y volvió a su trabajo 
de peón caminero, con lo cual se habló de otra cosa. 
No obstante, la curiosidad de algunas personas no se daba por satisfecha. Los más 
curiosos eran el maestro de escuela y el bodegonero Thenardier, que era amigo de todo el 
mundo y no había desdeñado la amistad de Boulatruelle. 
-Ha estado en presidio -se decía-. Ah, uno nunca sabe ni quién está allá, ni quién irá. 
Una noche decidieron con el maestro de escuela hacerlo hablar, y para esto 
emborracharon al peón caminero. 
Boulatruelle bebió grandes cantidades de vino y se le escaparon unas cuantas palabras, 
con las cuales Thenardier y el maestro creyeron comprender lo siguiente: 
Una mañana, al ir Boulatruelle a su trabajo cuando amanecía, se sorprendió al ver en un 
recodo del bosque entre la maleza una pala y un azadón. Al oscurecer del mismo día vio, 
sin ser visto porque estaba oculto tras un árbol, a un hombre que se dirigía a lo más 
espeso del bosque. Boulatruelle conocía muy bien a ese hombre. Traducción de 
Thenardier: Un compañero de presidio. 
Boulatruelle se negó obstinadamente a decir su nombre. Este individuo llevaba un 
paquete, una cosa parecida a una caja grande o a un cofre pequeño. Sorpresa de 
Boulatruelle. Sin embargo, hasta pasados siete a ocho minutos no se le ocurrió seguirlo. 
Y ya fue demasiado tarde; el hombre se había internado en lo más espeso del bosque, y 
no pudo dar con él. Entonces tomó el partido de observar la entrada del bosque, y unas 
tres horas después lo vio salir de entre la maleza; ya no llevaba la caja-cofre, sino una 
pala y un azadón. Boulatruelle lo dejó pasar, y no se le acercó porque el otro era tres 
veces más fuerte, y armado además de la pala y el azadón; lo hubiera golpeado al 
reconocerlo y verse reconocido. Tierna efusión de dos antiguos camaradas que se 
reencuentran. 
Boulatruelle dedujo que el sujeto abrió un hoyo en la tierra con el azadón, enterró el 
cofre, y volvió a cerrar el hoyo con la pala. Ahora bien, el cofre era demasiado pequeño 
para contener un cadáver; contenía, pues, dinero. Y empezó sus pesquisas. Exploró, 
sondeó y escudriñó todo el bosque, y miró por todas partes donde le pareció que habían 
removido recientemente la tierra. Pero fue en vano. No encontró nada. 
Nadie volvió a pensar sobre esto en Montfermeil. Sólo alguien comentó: 
-No hay duda que Boulatruelle vio al diablo. 
III 
La cadena de la argolla se rompe de un solo martillazo 
A fines de octubre del año 1823, los habitantes de Tolón vieron entrar en su puerto, de 
resultas de un temporal y para reparar algunas averías, al navío Orión. Este buque, 
averiado como estaba, porque el mar lo había maltratado, hizo un gran efecto al entrar en 
la rada. Fondeó cerca del arsenal, y se trató de armarlo y repararlo. Una mañana la 
multitud que lo contemplaba fue testigo de un accidente. 
Cuando la tripulación estaba ocupada en envergar las velas, un gaviero perdió el 
equilibrio. Se le vio vacilar; la cabeza pudo más que el cuerpo; el hombre dio vueltas 
alrededor de la verga, con las manos extendidas hacia el abismo; cogió al paso, con una 
mano primero y luego con la otra, el estribo, y quedó suspendido de él. Tenía el mar 
debajo, a una profundidad que producía vértigo. La sacudida de su caída había imprimido 
al estribo un violento movimiento de columpio. El hombre iba y venía agarrado a esta 
cuerda como la piedra de una honda. 
Socorrerle era correr un riesgo fatal. Ninguno de los marineros se atrevía a aventurarse. 
La multitud esperaba ver al desgraciado gaviero de un minuto a otro soltar la cuerda, y 
todo el mundo volvía la cabeza para no presenciar su muerte. 
De pronto se vio a un hombre que trepaba por el aparejo con la agilidad de un tigre. Iba 
vestido de rojo, era un presidiario; llevaba un gorro verde, señal de condenado a cadena 
perpetua. Al llegar a la altura de la gavia, un golpe de viento le llevó el gorro, y dejó ver 
una cabeza enteramente blanca. 
El individuo, perteneciente a un grupo de presidiarios empleados a bordo, había corrido 
en el primer instante a pedir al oficial permiso para arriesgar su vida por salvar al gaviero. 
A un signo afirmativo del oficial, rompió de un martillazo la cadena sujeta a la argolla de 
su pie, tomó luego una cuerda, y se lanzó a los obenques. Nadie notó en aquel instante la 
facilidad con que rompió la cadena. 
En un abrir y cerrar de ojos estuvo en la verga; llegó a la punta, ató a ella un cabo de la 
cuerda que llevaba, y dejó suelto el otro cabo; después empezó a bajar deslizándose por 
esta cuerda y se acercó al marinero. Entonces hubo una doble angustia; en vez de un 
hombre suspendido sobre el abismo había dos. 
Pero el presidiario logró atar al gaviero sólidamente con la cuerda a que se sujetaba con 
una mano. Subió sobre la verga, y tiró del marinero hasta que lo tuvo también en ella; 
después lo cogió en sus brazos y lo llevó a la gavia, donde le dejó en manos de sus 
camaradas. Se preparó entonces para bajar inmediatamente a unirse a la cuadrilla a que 
pertenecía. Para llegar más pronto, se dejó resbalar y echó a correr por una entena baja. 
Todas las miradas lo seguían. Por un momento se tuvo miedo; sea que estuviese cansado, 
sea que se mareara, lo cierto es que se le vio tambalear. De pronto la muchedumbre lanzó 
un grito; el presidiario acababa de caer al mar. 
La caída era peligrosa. La fragata Algeciras estaba anclada junto al Orión, y el pobre 
presidiario había caído entre los dos buques. Era muy de temer que hubiera ido a parar 
debajo del uno o del otro. Cuatro hombres se lanzaron en una embarcación. La 
muchedumbre los animaba, y la ansiedad había vuelto a aparecer en todos los semblantes. 
El hombre no subió a la superficie. Había desaparecido en el mar sin dejar una huella. Se 
sondeó, y hasta se buscó en el fondo. Todo fue en vano; no se halló ni siquiera el cadáver. 
A1 día siguiente, el diario de Tolón imprimía estas líneas:"7 de noviembre de 1823. - 
Un presidiario que se hallaba trabajando con su cuadrilla a bordo del Orión, al socorrer 
ayer a un marinero, cayó al mar y se ahogó. Su cadáver no ha podido ser hallado. Se cree 
que habrá quedado enganchado en las estacas de la punta del arsenal. Este hombre estaba 
inscrito en el registro con el número 9.430, y se llamaba Jean Valjean". 
LIBRO TERCERO 
Cumplimiento de una promesa 

Montfermeil 
Montfermeil en 1823 no era más que una aldea entre bosques. Era un sitio tranquilo y 
agradable, cuyo único problema era que escaseaba el agua y era preciso ir a buscarla 
bastante lejos, en los estanques del bosque. El bodeguero Thenardier pagaba medio 
sueldo por cubo de agua a un hombre que tenía este oficio y que ganaba en esto ocho 
sueldos al día: pero este hombre sólo trabajaba hasta las siete de la tarde en verano y 
hasta las cinco en el invierno, y cuando llegaba la noche, el que no tenía agua para beber, 
o iba a buscarla, o se pasaba sin ella. 
Esto es lo que aterraba a la pequeña Cosette. La pobre niña servía de criada a los 
Thenardier y ella era la que iba a buscar agua cuando faltaba. Así es que, espantada con 
la idea de ir a la fuente por la noche, cuidaba de que no faltara nunca en la casa. 
La Navidad del año 1823 fue particularmente brillante en Montfermeil. El principio del 
invierno había sido templado y no había helado ni nevado. Los charlatanes y feriantes 
que habían llegado de París obtuvieron del alcalde el permiso para colocar sus tiendas en 
la calle ancha de la aldea, y hasta en la callejuela del Boulanger donde estaba el bodegón 
de los Thenardier. Toda aquella gente llenaba las posadas y tabernas, y daba al pueblo 
una vida alegre y ruidosa. 
En la noche misma de Navidad, muchos carreteros y vendedores bebían alrededor de 
una mesa con cuatro o cinco velas de sebo en la sala baja del bodegón de Thenardier, 
quien conversaba con sus parroquianos. Su mujer vigilaba la cena. 
Cosette se hallaba en su puesto habitual, sentada en el travesaño de la mesa de la cocina 
junto a la chimenea; la pobre niña estaba vestida de harapos, tenía los pies desnudos 
metidos en zuecos, y a la luz del fuego tejía medias de lana destinadas a las hijas de 
Thenardier. Debajo de las sillas jugaba un gato pequeño. En la pieza contigua se oían las 
voces de Eponina y Azelma que reían y charlaban. De vez en cuando se oía desde el 
interior de la casa el grito de un niño de muy tierna edad. Era una criatura que la mujer de 
Thenardier había tenido en uno de los inviernos anteriores, sin saber por qué, según decía 
ella, y que tendría unos tres años. La madre lo había criado pero no lo quería. Y el pobre 
niño abandonado lloraba en la oscuridad. 
II 
Dos retratos completos 
En este libro no se ha visto aún a los Thenardier más que de perfil; ha llegado el 
momento de mirarlos por todas sus fases. 
Thenardier acababa de cumplir los cincuenta años; su esposa frisaba los cuarenta. 
La mujer de Thenardier era alta, rubia, colorada, gorda, grandota y ágil. Ella hacía todo 
en la casa; las camas, los cuartos, el lavado, la comida, a lluvia, el buen tiempo, el diablo. 
Por única criada tenía a Cosette, un ratoncillo al servicio de un elefante. Todo temblaba al 
sonido de su voz, los vidrios, los muebles y la gente. Juraba como un carretero, y se 
jactaba de partir una nuez de un puñetazo. Esta mujer no amaba más que a sus hijas y no 
temía más que a su marido. 
Thenardier era un hombre pequeño, delgado, pálido, anguloso, huesudo, endeble, que 
parecía enfermizo pero que tenía excelente salud. Poseía la mirada de una zorra y quería 
dar la imagen de un intelectual. Era astuto y equilibrado; silencioso o charlatán según la 
ocasión, y muy inteligente. jamás se emborrachaba; era un estafador redomado, un genial 
mentiroso. 
Pretendía haber servido en el ejército y contaba con toda clase de detalles que en 
Waterloo, siendo sargento de un regimiento, había luchado solo contra un escuadrón de 
Húsares de la Muerte, y había salvado en medio de la metralla a un general herido 
gravemente. De allí venía el nombre de su taberna, "El Sargento de Waterloo", y la 
enseña pintada por él mismo. No tenía más que un pensamiento: enriquecerse. Y no lo 
conseguía. A su gran talento le faltaba un teatro digno. Thenardier se arruinaba en 
Montfermeil y, sin embargo, este perdido hubiera llegado a ser millonario en Suiza o en 
los Pirineos; mas el posadero tiene que vivir allí donde la suerte lo pone. 
En aquel 1823 Thenardier se hallaba endeudado en unos mil quinientos francos de pago 
urgente. Cosette vivía en medio de esta pareja repugnante y terrible, sufriendo su doble 
presión como una criatura que se viera a la vez triturada por una piedra de molino y 
hecha trizas por unas tenazas. El hombre y la mujer tenían cada uno su modo diferente de 
martirizar. Si Cosette era molida a golpes, era obra de la mujer; si iba descalza en el 
invierno era obra del marido. 
Cosette subía, bajaba, lavaba, cepillaba, frotaba, barría, sudaba, cargaba con las cosas 
más pesadas; y débil como era se ocupaba de los trabajos más duros. No había piedad 
para ella; tenía un ama feroz y un amo venenoso. La pobre niña sufría y callaba. 
III 
Vino para los hombres y agua a los caballos 
Llegaron cuatro nuevos viajeros. 
Cosette pensaba tristemente que estaba oscuro ya, que había sido preciso llenar los 
jarros y las botellas en los cuartos de los viajeros recién llegados, y que no quedaba ya 
agua en la vasija. Lo que la tranquilizaba un poco era que en la casa de Thenardier no se 
bebía mucha agua. No faltaban personas que tuvieran sed, pero de esa sed que se aplaca 
más con el vino que con el agua. De pronto uno de los mercaderes ambulantes 
hospedados en el bodegón dijo con voz dura: 
-A mi caballo no le han dado de beber. 
-Sí, por cierto -dijo la mujer de Thenardier. 
-Os digo que no -contestó el mercader. 
Cosette había salido de debajo de la mesa. 
-¡Oh, sí, señor! -dijo-. El caballo ha bebido, y ha bebido en el cubo que estaba lleno, yo 
misma le he dado de beber, y le he hablado. 
Esto no era cierto. Cosette mentía. 
-Vaya una muchacha que parece un pajarillo y que echa mentiras del tamaño de una 
casa –dijo el mercader-. Te digo que no ha bebido, tunantuela. Cuando no bebe, tiene un 
modo de resoplar que conozco perfectamente. 
Cosette insistió, añadiendo con una voz enronquecida por la angustia: 
-¡Pero si ha bebido! ¡Y con qué ganas! 
-Bueno, bueno -replicó el hombre, enfadado-; que den de beber a mi caballo y 
concluyamos. 
Cosette volvió a meterse debajo de la mesa. 
-Tiene razón -dijo la Thenardier-; si el animal no ha bebido, es preciso que beba. 
Después miró a su alrededor. 
-Y bien, ¿dónde está ésa? 
Se inclinó y vio a Cosette acurrucada al otro extremo de la mesa casi debajo de los pies 
de los bebedores. 
-¡Ven acá! -gritó furiosa. 
Cosette salió de la especie de agujero en que se hallaba metida. La Thenardier continuó: 
-Señorita perro-sin-nombre, vaya a dar de beber a ese caballo. 
-Pero, señora -dijo Cosette, débilmente-, si no hay agua. 
La Thenardier abrió de par en par la puerta de la calle. 
-Pues bien, ve a buscarla. 
Cosette bajó la cabeza, y fue a tomar un cubo vacío que había en el rincón de la 
chimenea. El cubo era más grande que ella y la niña habría podido sentarse dentro, y aun 
estar cómoda. La Thenardier volvió a su fogón y probó con una cuchara de palo el 
contenido de la cacerola, gruñendo al mismo tiempo: 
-Oye tú, monigote, a la vuelta comprarás un pan al panadero. Ahí tienes una moneda de 
quince sueldos. 
Cosette tenía un bolsillo en uno de los lados del delantal; tomó la moneda sin decir 
palabra, la guardó en aquel bolsillo y salió. 
IV 
Entrada de una muñeca en escena 
Frente a la puerta de los Thenardier se había instalado una tienda de juguetes 
relumbrante de lentejuelas, de abalorios y vidrios de colores. Delante de todo había 
puesto el tendero una inmensa muñeca de cerca de dos pies de altura, vestida con un traje 
color rosa, con espigas doradas en la cabeza, y que tenía pelo verdadero y ojos de vidrio 
esmaltado. Esta maravilla había sido durante todo el día objeto de la admiración de los 
mirones de menos de diez años, sin que hubiera en Montfermeil una madre bastante rica 
o bastante pródiga para comprársela a su hija. Eponina y Azelma habían pasado horas 
enteras contemplándola y hasta la misma Cosette, aunque es cierto que furtivamente, se 
había atrevido a mirarla. 
En el momento en que Cosette salió con su cubo en la mano, por triste y abrumada que 
estuviera, no pudo menos que alzar la vista hacia la prodigiosa muñeca, hacia la "reina", 
como ella la llamaba. La pobre niña se quedó petrificada; no había visto todavía tan de 
cerca como entonces la muñeca. Toda la tienda le parecía un palacio; la muñeca era la 
alegría, el esplendor, la riqueza, la dicha, que aparecían como una especie de brillo 
quimérico ante aquel pequeño ser, enterrado tan profundamente en una miseria fúnebre y 
fría. Cosette se decía que era preciso ser reina, o a lo menos princesa para tener una cosa 
así. Contemplaba el bello vestido rosado, los magníficos cabellos alisados y decía para sí: 
"¡Qué feliz debe ser esa muñeca!" Sus ojos no podían separarse de aquella tienda 
fantástica; cuanto más miraba más se deslumbraba; creía estar viendo el paraíso. En esta 
adoración lo olvidó todo, hasta la comisión que le habían encargado. De pronto la bronca 
voz de la Thenardier la hizo volver en sí. Había echado una mirada a la calle y vio a 
Cosette en éxtasis. 
-¡Cómo, flojonazá! ¿No lo has ido todavía? ¡Espera! ¡Allá voy yo! ¿Qué tienes tú que 
hacer ahí? ¡Vete, pequeño monstruo! 
Cosette echó a correr con su cubo a toda la velocidad que podía. 

La niña sola 
Como la taberna de Thenardier se hallaba en la parte norte de la aldea, tenía que ir 
Cosette por el agua a la fuente del bosque que estaba por el lado de Chelles. 
Ya no miró una sola tienda de juguetes. Cuanto más andaba más espesas se volvían las 
tinieblas. Pero mientras vio casas y paredes por los lados del camino, fue bastante 
animada. De vez en cuando veía luces a través de las rendijas de una ventana; allí había 
gente, y esto la tranquilizaba. Sin embargo, a medida que avanzaba iba aminorando el 
paso maquinalmente. No era ya Montfermeil lo que tenía delante, era el campo, el 
espacio oscuro y desierto. Miró con desesperación aquella oscuridad. Arrojó una mirada 
lastimera hacia delante y hacia atrás. Todo era oscuridad. Tomó el camino de la fuente y 
echó a correr. Entró en el bosque corriendo, sin mirar ni escuchar nada. No detuvo su 
carrera hasta que le faltó la respiración, aunque no por eso interrumpió su marcha. No 
dirigía la vista ni a la derecha ni a la izquierda, por temor de ver cosas horribles en las 
ramas y entre la maleza. Llorando llegó a la fuente. 
Buscó en la oscuridad con la mano izquierda una encina inclinada hacia el manantial, 
que habitualmente le servía de punto de apoyo; encontró una rama, se agarró a ella, se 
inclinó y metió el cubo en el agua. Mientras se hallaba inclinada así no se dio cuenta de 
que el bolsillo de su delantal se vaciaba en la fuente. La moneda de quince sueldos cayó 
al agua. Cosette no la vio ni la oyó caer. Sacó el cubo casi lleno, y lo puso sobre la hierba. 
Hecho esto quedó abrumada de cansancio. Sintió frío en las manos, que se le habían 
mojado al sacar el agua, y se levantó. El miedo se apoderó de ella otra vez, un miedo 
natural a insuperable. No tuvo más que un pensamiento, huir; huir a todo escape por 
medio del campo, hasta las casas, hasta las ventanas, hasta las luces encendidas. Su 
mirada se fijó en el cubo que tenía delante. Tal era el terror que le inspiraba la 
Thenardier, que no se atrevió a huir sin el cubo de agua. Cogió el asa con las dos manos, 
y le costó trabajo levantarlo. 
Así anduvo unos doce pasos, pero el cubo estaba lleno, pesaba mucho, y tuvo que 
dejarlo en tierra. Respiró un instante, después volvió a coger el asa y echó a andar: esta 
vez anduvo un poco más. Pero se vio obligada a detenerse todavía. Después de algunos 
segundos de reposo, continuó su camino. Andaba inclinada hacía adelante, y con la 
cabeza baja como una vieja. Quería acortar la duración de las paradas andando entre cada 
una el mayor tiempo posible. Pensaba con angustia que necesitaría más de una hora para 
volver a Montfermeil, y que la Thenardier le pegaría. Al llegar cerca de un viejo castaño 
que conocía, hizo una parada mayor que las otras para descansar bien; después reunió 
todas sus fuerzas, volvió a coger el cubo y echó a andar nuevamente. 
-¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! -exclamó, abrumada de cansancio y de miedo. 
En ese momento sintió de pronto que el cubo ya no pesaba. Una mano, que le pareció 
enorme, acababa de coger el asa y lo levantaba vigorosamente. Cosette, sin soltarlo, alzó 
la cabeza y vio una gran forma negra, derecha y alta, que caminaba a su lado en la 
oscuridad. Era un hombre que había llegado detrás de ella sin que lo viera. 
Hay instintos para todos los encuentros de la vida. La niña no tuvo miedo. 
VI 
Cosette con el desconocido en la oscuridad 
Hacia las seis de la tarde de ese mismo día, un hombre descendía en Chelles del coche 
que hacía el viaje París-Lagny, y se iba por la senda que lleva a Montfermef, como quien 
se conoce bien el camino. Pero en lugar de entrar en el pueblo, se internó en el bosque. 
Una vez allí, se fue caminando despacio, mirando con atención los árboles, como si 
buscara algo y siguiera una ruta sólo por él conocida. Por fin llegó a un claro donde había 
gran cantidad de piedras. Se dirigió con rapidez a ellas y las examinó cuidadosamente, 
como si les pasara revista. A pocos pasos de las piedras, se alzaba un árbol enorme lleno 
de esas especies de verrugas que tienen los troncos viejos. 
Frente a este árbol, que era un fresno, había un castaño con una parte de su tronco 
descortezado, al que habían clavado como parche una faja de zinc. 
Tocó el parche y luego dio de patadas a la tierra alrededor del árbol, como para 
asegurarse de que no había sido removida. Después de esto, prosiguió su camino por el 
bosque. Este era el hombre que acababa de encontrarse con Cosette. Se había dado cuenta 
que se trataba de una niña pequeña y se le acercó y tomó silenciosamente su cubo. 
El hombre le dirigió la palabra. Hablaba con una voz grave y baja. 
-Hija mía, lo que llevas ahí es muy pesado para ti. 
Cosette alzó la cabeza y respondió: 
-Sí, señor. 
-Dame -continuó el hombre-, yo lo llevaré. 
Cosette soltó el cubo. El hombre echó a andar junto a ella. 
-En efecto, es muy pesado -dijo entre dientes. 
Luego añadió: 
-¿Qué edad tienes, pequeña? 
-Ocho años, señor. 
-¿Y vienes de muy lejos así? 
-De la fuente que está en el bosque. 
-¿Y vas muy lejos? 
A un cuarto de hora largo de aquí. 
El hombre permaneció un momento sin hablar; después dijo bruscamente: 
¿No tienes madre? 
-No lo sé -respondió la niña. 
Y antes que el hombre hubiese tenido tiempo para tomar la palabra, añadió: 
-No lo creo. Las otras, sí; pero yo no la tengo. 
Y después de un instante de silencio, continuó: 
-Creo que no la he tenido nunca. 
El hombre se detuvo, dejó el cubo en tierra, se inclinó, y puso las dos manos sobre los 
hombros de la niña, haciendo un esfuerzo para mirarla y ver su rostro en la oscuridad. 
-¿Cómo lo llamas? -preguntó. 
-Cosette. 
El hombre sintió como una sacudida eléctrica. Volvió a mirarla, cogió el cubo y echó a 
andar.Al cabo de un instante preguntó: 
-¿Dónde vives, niña? 
-En Montfermeil. 
Volvió a producirse otra pausa, y luego el hombre continuó: 
-¿Quién lo ha enviado a esta hora a buscar agua al bosque? 
La señora Thenardier. 
El hombre replicó en un tono que quería esforzarse por hacer indiferente, pero en el 
cual había un temblor singular: 
-¿Quién es esa señora Thenardier? 
-Es mi ama -dijo la niña-. Tiene una posada. 
-¿Una posada? -dijo el hombre-. Pues bien, allá voy a dormir esta noche. Llévame. 
El hombre andaba bastante de prisa. La niña lo seguía sin trabajo; ya no sentía el 
cansancio; de vez en cuando alzaba los ojos hacia él con una especie de tranquilidad y de 
abandono inexplicable. Jamás le habían enseñado a dirigirse a la Providencia y orar: sin 
embargo, sentía en sí una cosa parecida a la esperanza y a la alegría, y que se dirigía 
hacia el Cielo. Pasaron algunos minutos. El hombre continuó: 
-¿No hay criada en casa de esa señora Thenardier? 
-No, señor. 
-¿Eres tú sola? 
-Sí, señor. 
Volvió a haber otra interrupción. Luego Cosette dijo: 
-Es decir, hay dos niñas, Eponina y Azelma, las hijas de la señora Thenardier. 
-¿Y qué hacen? 
-¡Oh! -dijo la niña-, tienen muñecas muy bonitas y muchos juguetes. juegan y se 
divierten. 
-¿Todo el día? 
-Sí, señor. 
-¿Y tú? 
¡Yo trabajo. 
-¿Todo el día? 
Alzó la niña sus grandes ojos, donde había una lágrima que no se veía a causa de la 
oscuridad, y respondió blandamente: 
-Sí, señor. 
Después de un momento de silencio prosiguió: 
-Algunas veces, cuando he concluido el trabajo y me lo permiten, me divierto también. 
-¿Cómo lo diviertes? 
-Como puedo. Me dan permiso; pero no tengo muchos juguetes. Eponina y Azelma no 
quieren que juegue con sus muñecas, y no tengo más que un pequeño sable de plomo, así 
de largo. 
La niña señalaba su dedo meñique. 
-¿Y que no corta? 
-Sí, señor -dijo la niña-; corta ensalada y cabezas de moscas. 
Llegaron a la aldea; Cosette guió al desconocido por las calles. Pasaron por delante de 
la panadería, pero Cosette no se acordó del pan que debía llevar. 
Al ver el hombre todas aquellas tiendas al aire libre, preguntó a Cosette: 
-¿Hay feria aquí? 
-No, señor, es Navidad. 
Cuando ya se acercaban al bodegón, Cosette le tocó el brazo tímidamente. 
-¡Señor! 
-¿Qué, hija mía? 
-Ya estamos junto a la casa. 
-Y bien... 
-¿Queréis que tome yo el cubo ahora? Porque si la señora ve que me lo han traído me 
pegará. 
El hombre le devolvió el cubo. Un instante después estaban a la puerta de la taberna. 
VII 
Inconvenientes de recibir a un pobre que tal vez es un rico 
Cosette no pudo menos de echar una mirada de reojo hacia la muñeca grande que 
continuaba expuesta en la tienda de juguetes. Después llamó; se abrió la puerta y apareció 
la Thenardier con una vela en la mano. 
-¡Ah! ¿Eres tú, bribonzuela? ¡Mira el tiempo que has tardado! Se habrá estado 
divirtiendo la muy holgazana como siempre. 
-Señora -dijo Cosette temblando-, aquí hay un señor que busca habitación. 
La Thenardier reemplazó al momento su aire gruñón por un gesto amable, cambio 
visible muy propio de los posaderos, y buscó ávidamente con la vista al recién llegado. 
-¿Es el señor? -dijo. 
-Sí, señora -respondió el hombre llevando la mano al sombrero. 
Los viajeros ricos no son tan atentos. Esta actitud y la inspección del traje y del 
equipaje del forastero, a quien la Thenardier pasó revista de una ojeada, hicieron 
desaparecer la amable mueca, y reaparecer el gesto avinagrado. Le replicó, pues, 
secamente: 
-Entrad, buen hombre. 
El "buen hombre" entró. La Thenardier le echó una segunda mirada; examinó 
particularmente su abrigo entallado y amarillento que no podía estar más raído, y su 
sombrero algo abollado; y con un movimiento de cabeza, un fruncimiento de nariz y una 
guiñada de ojos, consultó a su marido, que continuaba bebiendo con los carreteros. El 
marido respondió con una imperceptible agitación del índice, que quería decir: "Que se 
largue". Recibida esta contestación, la Thenardier exclamó: 
-Lo siento mucho, buen hombre, pero no hay habitación. 
-Ponedme donde queráis -dijo el hombre-, en el granero, o en la cuadra. Pagaré como si 
ocupara un cuarto. 
-Cuarenta sueldos. 
-¿Cuarenta sueldos? Sea. 
-¡Cuarenta sueldos! -murmuró por lo bajo un carretero a Thenardier-; ¡si no son más 
que veinte sueldos! 
-Para él son cuarenta -replicó la Thenardier, en el mismo tono-. Yo no admito pobres 
por menos. 
Entretanto el recién llegado, después de haber dejado sobre un banco su paquete y su 
bastón, se había sentado junto a una mesa, en la que Cosette se apresuró a poner una 
botella de vino y un vaso. 
La niña volvió a ocupar su sitio debajo de la mesa de la cocina, y se puso a tejer. El 
hombre la contemplaba con atención extraña. 
Cosette era fea, aunque si hubiese sido feliz, habría podido ser linda. Tenía cerca de 
ocho años y representaba seis. Sus grandes ojos hundidos en una especie de sombra 
estaban casi apagados a fuerza de llorar. Los extremos de su boca tenían esa curvatura de 
la angustia habitual que se observa en los condenados y en los enfermos desahuciados. 
Toda su vestimenta consistía en un harapo que hubiera dado lástima en verano, y que 
inspiraba horror en el invierno. La tela que vestía estaba llena de agujeros. Se le veía la 
piel por varias partes, y por doquiera se distinguían manchas azules o negras, que 
indicaban el sitio donde la Thenardier la había golpeado. Su mirada, su actitud, el sonido 
de su voz, sus intervalos entre una y otra palabra, su silencio, su menor gesto, expresaban 
y revelaban una sola idea: el miedo. 
De súbito la Thenardier dijo: 
-A propósito, ¿y el pan? 
Cosette, según era su costumbre cada vez que la Thenardier levantaba la voz, salió en 
seguida de debajo de la mesa. 
Había olvidado el pan completamente. Recurrió, pues, al recurso de los niños 
asustados. Mintió. 
-Señora, el panadero tenía cerrado. 
-¿Por qué no llamaste? 
-Llamé, señora. 
¿Y qué? 
-No abrió. 
-Mañana sabré si es verdad -dijo la Thenardier-, y si mientes, verás lo que lo espera. 
Ahora, devuélveme la moneda de quince sueldos. 
Cosette metió la mano en el bolsillo de su delantal, y se puso lívida. La moneda de 
quince sueldos ya no estaba allí. 
-Vamos -dijo la Thenardier-, ¿me has oído? 
Cosette dio vuelta el bolsillo: estaba vacío. ¿Qué había sido del dinero? La pobre niña 
no halló una palabra para explicarlo. Estaba petrificada. 
-¿Has perdido acaso los quince sueldos? -aulló la Thenardier-. ¿O me los quieres robar? 
Al mismo tiempo alargó el brazo hacia un látigo colgado en el rincón de la chimenea. 
Aquel ademán terrible dio a Cosette fuerzas para gritar: 
-¡Perdonadme, señora; no lo haré más! 
La Thenardier tomó el látigo. 
Entretanto, el hombre del abrigo amarillento había metido los dedos en el bolsillo, sin 
que nadie lo viera, ocupados como estaban los demás viajeros en beber o jugar a los 
naipes. 
Cosette se acurrucaba con angustia en el rincón de la chimenea, procurando proteger de 
los golpes sus pobres miembros medio desnudos. La Thenardier levantó el brazo. 
-Perdonad, señora -dijo el hombre-; pero vi caer una cosa del bolsillo del delantal de 
esa chica, y ha venido rodando hasta aquí. Quizá será la moneda perdida. 
Al mismo tiempo se inclinó y pareció buscar en el suelo un instante. 
Aquí está justamente -continuó, levantándose. 
Y dio una moneda de plata a la Thenardier. 
-Sí, ésta es -dijo ella. 
No era aquélla sino una moneda de veinte sueldos; pero la Thenardier salía ganando. La 
guardó en su bolsillo y se limitó a echar una mirada feroz a la niña diciendo: 
-¡Cuidado con que lo suceda otra vez! 
Cosette volvió a meterse en lo que la Thenardier llamaba su perrera y su mirada, fija en 
el viajero desconocido, tomó una expresión que no había tenido nunca, mezcla de una 
ingenua admiración y de una tímida confianza. 
-¿Quién será este hombre? -se decía la mujer entre dientes-. Algún pobre asqueroso. No 
tiene un sueldo para cenar. ¿Me pagará siquiera la habitación? Con todo, suerte ha sido 
que no se le haya ocurrido la idea de robar el dinero que estaba en el suelo. 
En eso se abrió una puerta, y entraron Azelma y Eponina, dos niñas muy lindas, alegres 
y sanas, y vestidas con buenas ropas gruesas. 
Se sentaron al lado del fuego. Tenían una muñeca a la que daban vueltas y más vueltas 
sobre sus rodillas, jugando y cantando. De vez en cuando alzaba Cosette la vista de su 
trabajo, y las miraba jugar con expresión lúgubre. 
De pronto la Thenardier advirtió que Cosette en vez de trabajar miraba jugar a las 
niñas. 
-¡Ah, ahora no me lo negarás! -exclamó-. ¡Es así como trabajas! ¡Ahora lo haré yo 
trabajar a latigazos! 
El desconocido, sin dejar su silla, se volvió hacia la Thenardier. 
-Señora -dijo sonriéndose casi con timidez-. ¡Dejadla jugar! 
-Es preciso que trabaje, puesto que come -replicó ella, con acritud-. Yo no la alimento 
por nada. 
-¿Pero qué es lo que hace? -continuó el desconocido con una dulce voz que contrastaba 
extrañamente con su traje de mendigo. 
La Thenardier se dignó responder: 
-Está tejiendo medias para mis hijas que no las tienen, y que están con las piernas 
desnudas. 
El hombre miró los pies morados de la pobre Cosette, y continuó: 
-¿Y cuánto puede valer el par de medias, después de hecho? 
-Lo menos treinta sueldos. 
-Compro ese par de medias -dijo el hombre, y añadió sacando del bolsillo una moneda 
de cinco francos y poniéndola sobre la mesa-, y lo pago. 
Después dijo volviéndose hacia Cosette: 
-Ahora el trabajo es mío. Juega, hija mía. 
Uno de los carreteros se impresionó tanto al oír hablar de una moneda de cinco francos, 
que vino a verla. 
-¡Y es verdad -dijo-, no es falsa! 
La Thenardier se mordió los labios, y su rostro tomó una expresión de odio. 
Entretanto Cosette temblaba. Se arriesgó a preguntar: 
-¿Es verdad, señora? ¿Puedo jugar? 
-¡Juega! -dijo la Thenardier, con voz terrible. 
-Gracias, señora -dijo Cosette. 
Y mientras su boca daba gracias a la Thenardier, toda su alma se las daba al viajero. 
Eponina y Azelma no ponían atención alguna a lo que pasaba. Acababan de dejar de 
lado la muñeca y envolvían al gato, a pesar de sus maullidos y sus contorsiones, con unos 
trapos y unas cintas rojas y azules. 
Así como los pájaros hacen un nido con todo, los niños hacen una muñeca con 
cualquier cosa. Mientras Eponina y Azelma envolvían al gato, Cosette por su parte había 
envuelto su sablecito de plomo, lo acostó en sus brazos y cantaba dulcemente para 
dormirlo. Como no tenía muñeca, se había hecho una muñeca con el sable. 
La Thenardier se acercó al hombre amarillo, como lo llamaba para sí. Mi marido tiene 
razón, pensaba. ¡Hay ricos tan raros! 
-Ya veis, señor -dijo-, yo quiero que la niña juegue, no me opongo, pero es preciso que 
trabaje. 
-¿No es vuestra esa niña? 
-¡Oh, Dios mío! No, señor; es una pobrecita que recogimos por caridad; una especie de 
idiota. Hacemos por ella lo que podemos, porque no somos ricos. Por más que hemos 
escrito a su pueblo, hace seis meses que no nos contestan. Pensamos que su madre ha 
muerto. 
-¡Ah! -dijo el hombre, y volvió a quedar pensativo. 
De pronto Cosette vio la muñeca de las hijas de la Thenardier abandonada a causa del 
gato y dejada en tierra a pocos pasos de la mesa de cocina. 
Entonces dejó caer el sable, que sólo la satisfacía a medias, y luego paseó lentamente su 
mirada alrededor de la sala. La Thenardier hablaba en voz baja con su marido y contaba 
dinero; Eponina y Azelma jugaban con el gato, los viajeros comían o bebían o cantaban y 
nadie se fijaba en ella. No había un momento que perder; salió de debajo de la mesa, se 
arrastró sobre las rodillas y las manos, llegó con presteza a la muñeca y la cogió. Un 
instante después estaba otra vez en su sitio, sentada, inmóvil, vuelta de modo que diese 
sombra a la muñeca que tenía en los brazos. La dicha de jugar con una muñeca era tan 
poco frecuente para ella, que tenía toda la violencia de una voluptuosidad. 
Nadie la había visto, excepto el viajero. 
Esta alegría duró cerca de un cuarto de hora. Pero por mucha precaución que tomara 
Cosette, no vio que uno de los pies de la muñeca sobresalía, y que el fuego de la 
chimenea lo alumbraba con mucha claridad. Azelma lo vio y se lo mostró a Eponina. Las 
dos niñas quedaron estupefactas. ¡Cosette se había atrevido a tomar la muñeca! 
Eponina se levantó, y sin soltar el gato se acercó a su madre, y empezó a tirarle el 
vestido. 
-Déjame -dijo la madre-. ¿Qué quieres? 
-Madre -dijo la niña, señalando a Cosette con el dedo-, ¡mira! 
Esta, entregada al éxtasis de su posesión, no veía ni oía nada. 
El rostro de la Thenardier adquirió una expresión terrible. Gritó con una voz 
enronquecida por la indignación: 
-¡Cosette! 
Cosette se estremeció como si la tierra hubiera temblado bajo sus pies, y volvió la 
cabeza. 
-¡Cosette! -repitió la Thenardier. 
Tomó Cosette la muñeca, y la puso suavemente en el suelo con una especie de 
veneración y de doloroso temor; después, las lágrimas que no había podido arrancarle 
ninguna de las emociones del día, acudieron a sus ojos, y rompió a llorar. 
Entretanto, el viajero se había levantado. 
-¿Qué pasa? -preguntó a la Thenardier. 
-¿Es que no veis? ¡Esa miserable se ha permitido tocar la muñeca de mis hijas con sus 
asquerosas manos sucias! 
Aquí redobló Cosette sus sollozos. 
-¿Quieres callar? -gritó la Thenardier. 
El hombre se fue derecho a la puerta de la calle, la abrió y salió. 
Apenas hubo salido, aprovechó la Thenardier su ausencia para dar a Cosette un feroz 
puntapié por debajo de la mesa, que la hizo gritar. 
La puerta volvió a abrirse, y entró otra vez el hombre; llevaba en la mano la fabulosa 
muñeca de la juguetería, y la puso delante de Cosette, diciendo: 
-Toma, es para ti. 
Cosette levantó los ojos; vio ir al hombre hacia ella con la muñeca como si hubiera sido 
el sol; oyó las palabras inauditas: "para ti"; lo miró, miró la muñeca, después retrocedió 
lentamente y fue a ocultarse al fondo de la mesa. Ya no lloraba ni gritaba; parecía que ya 
no se atrevía a respirar. La Thenardier, Eponina y Azelma eran otras tantas estatuas. Los 
bebedores mismos se habían callado. En todo el bodegón se hizo un silencio solemne. El 
tabernero examinaba alternativamente al viajero y a la muñeca. Se acercó a su mujer, y 
dijo en voz baja: 
-Esa muñeca cuesta lo menos treinta francos. No hagamos tonterías: de rodillas delante 
de ese hombre. 
-Vamos, Cosette -dijo entonces la Thenardier con una voz que quería dulcificar, y que 
se componía de esa miel agria de las mujeres malas-, ¿no tomas lo muñeca? 
Cosette se aventuró a salir de su agujero. 
-Querida Cosette -continuó la Thenardier con tono cariñoso-; el señor lo da una 
muñeca. Tómala. Es tuya. 
Cosette miraba la muñeca maravillosa con una especie de terror. Su rostro estaba aún 
inundado de lágrimas; pero sus ojos, como el cielo en el crepúsculo matutino, empezaban 
a llenarse de las extrañas irradiaciones de la alegría. 
-¿De veras, señor? -murmuró-. ¿Es verdad? ¿Es mía "la reina"? 
El desconocido parecía tener los ojos llenos de lágrimas y haber llegado a ese extremo 
de emoción en que no se habla para no llorar. Hizo una señal con la cabeza. Cosette cogió 
la muñeca con violencia. 
-La llamaré Catalina -dijo. 
Fue un espectáculo extraño aquél, cuando los harapos de Cosette se estrecharon con las 
cintas rosadas de la muñeca. 
Cosette colocó a Catalina en una silla, después se sentó en el suelo delante de ella, y 
permaneció inmóvil, sin decir una palabra, en actitud de contemplación. 
-Juega, pues, Cosette -dijo el desconocido. 
-¡Oh! Estoy jugando -respondió la niña. 
La Thenardier se apresuró a mandar acostar a sus hijas, después pidió al hombre 
permiso para que se retirara Cosette. Y Cosette se fue a acostar llevándose a Catalina en 
brazos. 
Horas después, Thenardier llevó al viajero a un cuarto del primer piso. 
Cuando Thenardier lo dejó solo, el hombre se sentó en una silla, y permaneció algún 
tiempo pensativo. Después se quitó los zapatos, tomó una vela y salió del cuarto, mirando 
a su alrededor como quien busca algo. Oyó un ruido muy leve parecido a la respiración 
de un niño. Se dejó conducir por este ruido, y llegó a una especie de hueco triangular 
practicado debajo de la escalera. Allí entre toda clase de cestos y trastos viejos, entre el 
polvo y las telarañas, había un jergón de paja lleno de agujeros, y un cobertor todo roto. 
No tenía sábanas, y estaba echado por tierra. En esta cama dormía Cosette. 
El hombre se acercó y la miró un rato. Cosette dormía profundamente, y estaba vestida. 
En invierno no se desnudaba para tener menos frío. Tenía abrazada la muñeca, cuyos 
grandes ojos abiertos brillaban en la oscuridad. Al lado de su cama no había más que un 
zueco. 
Una puerta que había al lado de la cueva de Cosette dejaba ver una oscura habitación 
bastante grande. El desconocido entró en ella. En el fondo se veían dos camas gemelas 
muy blancas; eran las de Azelma y Eponina. Detrás de las camas, había una cuna donde 
dormía el niño a quien había oído llorar toda la tarde. 
Al retirarse pasó frente a la chimenea, donde había dos zapatitos de niña, de distinto 
tamaño. El desconocido recordó la graciosa e inmemorial costumbre de los niños que 
ponen sus zapatos en la chimenea la noche de Navidad esperando encontrar allí un regalo 
de alguna hada buena. Eponina y Azelma no habían faltado a esta costumbre, y cada una 
había puesto uno de sus zapatos en la chimenea. 
El viajero se inclinó hacia ellos. El hada, es decir, la madre, había hecho ya su visita y 
se veía brillar en cada zapato una magnífica moneda de diez sueldos, nuevecita. 
Ya se iba cuando vio escondido en el fondo, en el rincón más oscuro de la chimenea, 
otro objeto. Miró, y vio que era un zueco, un horrible zueco de la madera más tosca, 
medio roto, y todo cubierto de ceniza y barro seco. Era el zueco de Cosette. Cosette, con 
esa tierna confianza de los niños, que puede engañarlos siempre sin desanimarlos jamás, 
había puesto también su zueco en la chimenea. 
La esperanza es una cosa dulce y sublime en una niña que sólo ha conocido la 
desesperación. En el zueco no había nada. 
El viajero buscó en el bolsillo de su chaleco y puso en el zueco de Cosette un Luis de 
oro.Después se volvió en puntillas a su habitación. 
VIII 
Thenardier maniobra 
Al día siguiente, lo menos dos horas antes de que amaneciera, Thenardier, sentado 
junto a una mesa en la sala baja de la taberna, con una pluma en la mano, y alumbrado 
por la luz de una vela, hizo la cuenta del viajero del abrigo amarillento. 
-¡Y no lo olvides que hoy saco de aquí a Cosette a patadas! -gruñó su mujer-. 
¡Monstruo! ¡Me come el corazón con su muñeca! ¡Preferiría casarme con Luis XVIII a 
tenerla en casa un día. 
Thenardier encendió su pipa y respondió entre dos bocanadas de humo: 
-Entregarás al hombre esta cuenta. 
Después salió. 
Apenas había puesto el pie fuera de la sala cuando entró el viajero. Thenardier se 
devolvió y permaneció inmóvil en la puerta entreabierta, visible sólo para su mujer. 
El hombre llevaba en la mano su bastón y su paquete. 
-¡Levantado ya, tan temprano! -dijo la Thenardier-. ¿Acaso el señor nos deja? 
El viajero parecía pensativo y distraído. Respondió: 
-Sí, señora, me voy. 
La Thenardier le entregó la cuenta doblada. 
El hombre desdobló el papel y lo miró; pero su atención estaba indudablemente en otra 
parte. 
-Señora -continuó-, ¿hacéis buenos negocios en Montfermeil? 
-Más o menos no más, señor -respondió la Thenardier, con acento lastimero-: ¡Ay, los 
tiempos están muy malos! ¡Tenemos tantas cargas! Mirad, esa chiquilla nos cuesta los 
ojos de la cara, esa Cosette; la Alondra, como la llaman en el pueblo. 
-¡Ah! -dijo el hombre. 
La Thenardier continuó: 
-Tengo mis hijas. No necesito criar los hijos de los otros. 
El hombre replicó con una voz que se esforzaba en hacer indiferente y que, sin 
embargo, le temblaba: 
-¿Y si os libraran de ella? 
-¡Ah señor!, ¡mi buen señor! ¡Tomadla, lleváosla, conservadla en azúcar, en trufas; 
bebéosla, coméosla, y que seáis bendito de la Virgen Santísima y de todos los santos del 
paraíso! 
-Convenido entonces. 
-¿De veras? ¿Os la lleváis? 
-Me la llevo. 
-¿Ahora? 
-Ahora mismo. Llamadla. 
-¡Cosette! -gritó la Thenardier. 
-Entretanto -prosiguió el hombre-, voy a pagaros mi cuenta. ¿Cuánto es? 
Echó una ojeada a la cuenta, y no pudo reprimir un movimiento de sorpresa. 
-¡Veintitrés francos! 
Miró a la tabernera y repitió: 
-¿Veintitrés francos? 
-¡Claro que sí, señor! Veintitrés francos. 
El viajero puso sobre la mesa cinco monedas de cinco francos. 
En ese momento Thenardier irrumpió en medio de la sala, y dijo: 
-El señor no debe más que veintiséis sueldos. 
-¡Veintiséis sueldos! -dijo la mujer 
-Veinte sueldos por el cuarto -continuó fríamente Thenardier- y seis sueldos por la 
cena. Y en cuanto a la niña, necesito hablar un poco con el señor. Déjanos solos. 
Apenas estuvieron solos, Thenardier ofreció una silla al viajero. Este se sentó; 
Thenardier permaneció de pie, y su rostro tomó una expresión de bondad y de sencillez. 
-Señor -dijo-, mirad, tengo que confesaros que yo adoro a esa niña. ¿Qué me importa 
todo ese dinero? Guardaos vuestras monedas de cien sueldos. No quiero dar a nuestra 
pequeña Cosette. Me haría falta. No tiene padre ni madre; yo la he criado. Es cierto que 
nos cuesta dinero, pero, en fin, hay que hacer algo por amor a Dios. Y quiero tanto a esa 
niña, si la hemos criado como a hija nuestra. 
El desconocido lo miraba fijamente. Thenardier continuó: 
-No se da un hijo así como así al primero que viene; quisiera saber adónde la llevaréis, 
quisiera no perderla de vista, saber a casa de quién va, para ir a verla de vez en cuando. 
El desconocido, con esa mirada que penetra, por decirlo así, hasta el fondo de la 
conciencia, le respondió con acento grave y firme: 
-Señor Thenardier, si me llevo a Cosette, me la llevaré y nada más. Vos no sabréis mi 
nombre, ni mi dirección, ni dónde ha de ir a parar, y mi intención es que no os vuelva a 
ver en su vida. ¿Os conviene? ¿Sí, o no? 
Lo mismo que los demonios y los genios conocían en ciertas señales la presencia de un 
Dios superior, comprendió Thenardier que tenía que habérselas con uno más fuerte que 
él. Calculó que era el momento de ir derecho y pronto al asunto. 
-Señor -dijo-, necesito mil quinientos francos. 
El viajero sacó de su bolsillo una vieja cartera de cuero de donde extrajo algunos 
billetes de Banco que puso sobre la mesa. Después apoyó su ancho pulgar sobre estos 
billetes, y dijo al tabernero: 
-Haced venir a Cosette. 
Un instante después entraba Cosette en la sala baja. 
El desconocido tomó el paquete que había llevado, y lo desató. Este paquete contenía 
un vestidito de lana, un delantal, un chaleco, un pañuelo, medias de lana y zapatos, todo 
de color negro. 
-Hija mía -dijo el hombre-, toma esto, y ve a vestirte en seguida. 
El día amanecía cuando los habitantes de Montfermeil, que empezaban a abrir sus 
puertas, vieron pasar a un hombre vestido pobremente que llevaba de la mano a una niña 
de luto, con una muñeca color de rosa en los brazos. 
Cosette iba muy seria, abriendo sus grandes ojos y contemplando el cielo. Había puesto 
el luís en el bolsillo de su delantal nuevo. De vez en cuando se inclinaba y le arrojaba una 
mirada, después miraba al desconocido. Se sentía como si estuviera cerca de Dios. 
IX 
El que busca lo mejor puede hallar lo peor 
Luego que el hombre y Cosette se marcharan, Thenardier dejó pasar un cuarto de hora 
largo; después llamó a su mujer, y le mostró los mil quinientos francos. 
-¡Nada más que eso! -dijo la mujer. 
Era la primera vez desde su casamiento, que se atrevía a criticar un acto de su marido. 
El golpe fue certero. 
-En realidad tienes razón -dijo Thenardier-, soy un imbécil. Dame el sombrero. Los 
alcanzaré. 
Los encontró a buena distancia del pueblo, a la entrada del bosque. 
-Perdonad, señor -dijo respirando apenas-, pero aquí tenéis vuestros mil quinientos 
francos. 
El hombre alzó los ojos. 
-¿Qué significa esto? 
Thenardier respondió respetuosamente: 
-Señor, esto significa que me vuelvo a quedar con Cosette. 
Cosette se estremeció y se estrechó más y más contra el hombre. 
-¿Volvéis a quedaros con Cosette? 
-Sí, señor -dijo Thenardier-. Lo he pensado bien. Yo, francamente, no tengo derecho a 
dárosla. Soy un hombre honrado, ya lo veis. Esa niña no es mía, es de su madre. Su 
madre me la confió, y no puedo entregarla más que a ella. Me diréis que la madre ha 
muerto. Bueno. En ese caso sólo puedo entregar la niña a una persona que me traiga un 
papel firmado por la madre, en el que se me mande entregar la niña a esa persona. Eso 
está claro. 
El hombre, sin responder, metió la mano en el bolsillo y Thenardier pensó que 
aparecería la vieja cartera con más billetes de Banco. Sintió un estremecimiento de 
alegría. Abrió el hombre la cartera, sacó de ella, no el paquete de billetes que esperaba 
Thenardier, sino un simple papelito que desdobló y presentó abierto al bodegonero, 
diciéndole 
-Tenéis razón, leed. 
Tomó el papel Thenardier, y leyó 
"M., 25 de marzo de 1823. 
"Señor Thenardier: Entregaréis a Cosette al portador. Se os pagarán todas las pequeñas 
deudas. Tengo el honor de enviaros mis respetos. FANTINA". 
-¿Conocéis esa firma? -continuó el hombre. 
En efecto, era la firma de Fantina. Thenardier la reconoció. 
No había nada que replicar. 
Thenardier se entregó. 
-Esta firma está bastante bien imitada -murmuró entre dientes-. En fin, ¡sea! 
Después intentó un esfuerzo desesperado. 
-Señor -dijo-, está bien, puesto que sois la persona enviada por la madre. Pero es 
preciso pagarme todo lo que se me debe, que no es poco. 
El hombre contestó: 
-Señor Thenardier, en enero la madre os debía ciento veinte francos; en febrero habéis 
recibido trescientos francos, y otros trescientos a principios de marzo. Desde entonces 
han pasado nueve meses, que a quince francos, según el precio convenido, son ciento 
treinta y cinco francos. Habíais recibido cien francos de más; se os quedaban a deber, por 
consiguiente, treinta y cinco francos, y por ellos os acabo de dar mil quinientos. 
Sintió entonces Thenardier lo que siente el lobo en el momento en que se ve mordido y 
cogido en los dientes de acero del lazo. 
-Señor-sin-nombre -dijo resueltamente y dejando esta vez a un lado todo respeto-, me 
volveré a quedar con Cosette, o me daréis mil escudos. 
El viajero, cogiendo su garrote, dijo tranquilamente: 
-Ven, Cosette. 
Thenardier notó la enormidad del garrote y la soledad del lugar. 
Se internó el desconocido en el bosque con la niña, dejando al tabernero inmóvil y sin 
saber qué hacer. Los siguió, pero no pudo impedir que lo viera. El hombre lo miró con 
expresión tan sombría que Thenardier juzgó inútil ir más adelante, y se volvió a su casa. 

Vuelve a aparecer el número 9.430 
Jean Valjean no había muerto. 
Al caer al mar, o más bien al arrojarse a él, estaba como se ha visto sin cadena ni 
grillos. Nadó entre dos aguas hasta llegar a un buque anclado, al cual había amarrada una 
barca, y halló medio de ocultarse en esta embarcación hasta que vino la noche. Entonces 
se echó a nadar de nuevo, y llegó a tierra a poca distancia del cabo Brun. Allí, como no 
era dinero lo que le faltaba, pudo comprarse ropa en una tenducha especializada en vestir 
a reos evadidos. Después Jean Valjean, como todos esos tristes fugitivos que tratan de 
despistar a la policía, siguió un itinerario oscuro y ondulante. Estuvo en los Altos Alpes, 
luego en los Pirineos y después en diversos lugares. Por fin llegó a París, y lo acabamos 
de ver en Montfermeil. 
Lo primero que hizo al llegar a París fue comprar vestidos de luto para una niña de siete 
a ocho años, y luego buscó donde vivir. Hecho esto, fue a Montfermef. Recordemos que 
durante su primera evasión hizo también un viaje misterioso por esos alrededores. 
Se le creía muerto, circunstancia que espesaba en cierto modo la sombra que lo 
envolvía. En París llegó a sus manos uno de los periódicos que consignaban el hecho, con 
lo cual se sintió más tranquilo y casi en paz como si hubiese muerto realmente. 
La noche misma del día en que sacó a Cosette de las garras de los Thenardier, volvió a 
París con la niña. 
El día había sido extraño y de muchas emociones para Cosette; habían comido detrás de 
los matorrales pan y queso comprados en bodegones alejados de los caminos; habían 
cambiado de carruaje muchas veces, y recorrido varios trozos de camino a pie. No se 
quejaba, pero estaba cansada, y entonces Jean Valjean la tomó en brazos; Cosette, sin 
soltar a Catalina, apoyó su cabeza sobre el hombro de Jean Valjean, y se durmió. 
LIBRO CUARTO 
Casa Gorbeau 

 Nido para un búho y una calandria 
En la calle Vignes-Saint Marcel, en un barrio poco conocido, entre dos muros de jardín, 
había una casa de dos pisos, casi en ruinas, signada con el número 50-52. Se la conocía 
como la casa Gorbeau. Al primer golpe de vista parecía una casucha, pero en realidad era 
grande como una catedral. Estaba casi enteramente tapada y sólo se veían la puerta y una 
ventana. La puerta era sólo un conjunto de planchas de madera barata unidas por palos 
atravesados. La ventana tenía unas viejas persianas rotas que habían sido reparadas con 
tablas claveteadas al azar. Ambas daban una impresión de mugre y abandono total. 
La escalera terminaba en un corredor largo, al que daban numerosas piezas de 
diferentes tamaños. Como las aves silvestres, Jean Valjean había elegido aquel sitio 
solitario para hacer de él su nido. Sacó de su bolsillo una especie de llave maestra; abrió 
la puerta, entró, la cerró luego con cuidado y subió la escalera, siempre con Cosette en 
brazos. En lo alto de la escalera sacó de su bolsillo otra llave, con la que abrió otra puerta. 
El cuarto donde entró, y que volvió a cerrar en seguida, era una especie de desván 
bastante espacioso, amueblado con una mesa, algunas sillas y un colchón en el suelo. En 
un rincón había una estufa encendida, cuyas ascuas relumbraban. 
Al fondo había un cuartito con una cama de tijera. Puso a la niña en este lecho y, como 
lo había hecho la víspera, la contempló con una increíble expresión de éxtasis, de bondad 
y de ternura. La niña, con esa confianza tranquila que sólo tienen la fuerza extrema y la 
extrema debilidad, se había dormido sin saber con quién estaba, y dormía sin saber dónde 
se hallaba. Se inclinó Jean Valjean y besó la mano de la niña. Nueve meses antes había 
besado la mano de la madre, que también acababa de dormirse. El mismo sentimiento 
doloroso, religioso, puro, llenaba su corazón. 
Era ya muy de día y la niña dormía aún. De pronto, una carreta cargada que pasaba por 
la calzada conmovió el destartalado caserón como si fuera un largo trueno, y lo hizo 
temblar de arriba abajo. 
-¡Sí, señora! -gritó Cosette despertándose sobresaltada-; ¡allá voy! 
Y se arrojó de la cama con los párpados medio cerrados aún con la pesadez del sueño, 
extendiendo los brazos hacia el rincón de la pared. 
-¡Ay, Dios mío, mi escoba! -exclamó. 
Abrió del todo los ojos, y vio el rostro risueño de Jean Valjean. 
-¡Ah, es verdad! -dijo la niña-. Buenos días, señor. 
Los niños aceptan inmediatamente y con toda naturalidad la alegría y la dicha, siendo 
ellos mismos naturalmente dicha y alegría. 
Cosette vio a Catalina al pie de su cama, la tomó, y mientras jugaba hacía cien 
preguntas a Jean Valjean. ¿Dónde estaban? ¿Era grande París? ¿Estaba muy lejos de la 
señora Thenardier? ¿Volvería a verla? 
-¿Tengo que barrer? -preguntó al fin. 
-Juega -respondió Jean Valjean. 
II 
Dos desgracias unidas producen felicidad 
Al día siguiente, al amanecer, se hallaba otra vez Jean Valjean junto al lecho de 
Cosette. Allí esperaba, inmóvil, mirándola despertar. Sentía algo nuevo en su corazón. 
Jean Valjean no había amado nunca. Hacía veinticinco años que estaba solo en el 
mundo. Jamás fue padre, amante, marido ni amigo. En presidio era malo, sombrío, casto, 
ignorante, feroz. Su corazón estaba lleno de virginidad. Su hermana y sus sobrinos no le 
habían dejado más que un recuerdo vago y lejano que acabó por desvanecerse. Había 
hecho esfuerzos por volver a hallarlos y no habiéndolo conseguido, los había olvidado. 
La naturaleza humana es así. 
Cuando vio a Cosette, cuando la rescató, sintió que se estremecían sus entrañas. Todo 
lo que en ellas había de apasionado y de afectuoso se despertó en él, y se depositó en esta 
niña. Junto a la cama donde ella dormía, temblaba de alegría; sentía arranques de madre, 
y no sabía lo que eran; porque es una cosa muy obscura y muy dulce ese grande y extraño 
sentimiento de un corazón que se pone a amar. ¡Pobre corazón, viejo y tan nuevo al 
mismo tiempo! Sólo que como tenía cincuenta y cinco años y Cosette tenía ocho, todo el 
amor que hubiese podido tener en su vida se fundió en una especie de luminosidad 
inefable. Era el segundo ángel que aparecía en su vida. El obispo había hecho levantarse 
en su horizonte el alba de la virtud; Cosette hacía amanecer en él el alba del amor.Los 
primeros días pasaron en este deslumbramiento. 
Cosette, por su parte, se transformaba también, aunque sin saberlo la pobrecita. Era tan 
pequeña cuando la dejó su madre, que ya no se acordaba de ella. Como todos los niños, 
había intentado amar pero no lo había conseguido. Todos la rechazaron; los Thenardier, 
sus hijas y otros niños. Había querido al perro, y el perro había muerto; después no la 
había querido nadie ni nada. Cosa atroz de decir, a los ocho años tenía el corazón frío. No 
era culpa suya, puesto que no era la facultad de amar lo que le faltaba sino la posibilidad. 
Así, desde el primer día se puso a amar a aquel hombre con todas las fuerzas de su alma. 
El instinto de Cosette buscaba un padre como el instinto de Jean Valjean buscaba una 
hija. En el momento misterioso en que se tocaron sus dos manos, se vieron estas dos 
almas, se reconocieron como necesarias la una para la otra, y se abrazaron estrechamente. 
La llegada de aquel hombre al destino de la niña fue la llegada de Dios a su vida. 
Jean Valjean había escogido bien su asilo. Estaba allí en una seguridad que podía 
parecer completa. La casa tenía muchos cuartos y desvanes, de los cuales uno solo estaba 
ocupado por una vieja portera que era la que hacía el aseo de la habitación de Jean 
Valjean, y también las compras y la comida; fue ella quien encendió el fuego la noche de 
la llegada. Todo lo demás estaba deshabitado. 
Pasaron las semanas. Jean Valjean y Cosette llevaban en aquel miserable desván una 
existencia feliz. 
Desde el amanecer Cosette empezaba a reír, a charlar y a cantar. Los niños tienen su 
canto de la mañana como los pájaros. Algunas veces Jean Valjean le tomaba sus manos 
enrojecidas y llenas de sabañones, y las besaba. La pobre niña, acostumbrada a recibir 
sólo golpes, no sabía lo que esto quería decir, y las retiraba toda avergonzada. 
Jean Valjean comenzó a enseñarle a leer. Algunas veces, al hacer deletrear a la niña, 
pensaba que él había aprendido a leer en el presidio con la idea de hacer el mal. Esta idea 
se había convertido en la de enseñar a leer a la niña. Entonces, el viejo presidiario se 
sonreía con la sonrisa pensativa de los ángeles. 
Enseñar a leer a Cosette y dejarla jugar, ésa era poco más o menos toda la vida de Jean 
Valjean. Y luego le hablaba de su madre, y la hacía rezar. Cosette lo llamaba padre. 
Pasaba las horas mirándola vestir y desnudar su muñeca y oyéndola canturrear. Ahora 
la vida se le presentaba llena de interés, los hombres le parecían buenos y justos, no 
acusaba a nadie en su pensamiento, y no veía ninguna razón para no envejecer hasta una 
edad muy avanzada, ya que aquella niña lo amaba. Veía delante de sí un porvenir 
iluminado por Cosette, como por una hermosa luz. Los hombres buenos no están exentos 
de un pensamiento egoísta; y así en algunos momentos Jean Valjean pensaba, con una 
especie de júbilo, que Cosette sería fea. 
III 
Lo que observa la portera 
Jean Valjean tenía la prudencia de no salir nunca de día. Todas las tardes, al oscurecer, 
se paseaba unas horas, algunas veces solo, otras con Cosette; buscaba las avenidas 
arboladas de los barrios más apartados, y entraba en las iglesias a la caída de la noche. 
Iba mucho a San Medardo, que era la iglesia más cercana. Cuando no llevaba a Cosette, 
la dejaba con la portera. 
Vivían sobriamente, pero nunca les faltaba un poco de fuego. Jean Valjean continuaba 
vistiendo su abrigo ajustado y amarillento y su viejo sombrero. En la calle se le tomaba 
por un pobre. Sucedía a veces que algunas mujeres caritativas le daban un sueldo; él lo 
recibía y hacía un saludo profundo. Sucedía en otras ocasiones también que encontraba a 
algún mendigo pidiendo limosna; entonces miraba hacia atrás por si lo veía alguien, se 
acercaba rápidamente al desdichado, le ponía en la mano una moneda, muchas veces de 
plata y se alejaba precipitadamente. Esto tuvo sus inconvenientes, pues en el barrio se le 
empezó a conocer con el nombre de "el mendigo que da limosna". 
La portera, vieja regañona, llena de envidia hacia el prójimo, vigilaba a Jean Valjean 
sin que éste lo sospechara. Era algo sorda, lo cual la hacía charlatana. Sólo le quedaban 
del pasado dos dientes, uno arriba y otro abajo, que hacía chocar constantemente. Hizo 
mil preguntas a Cosette, quien, no sabiendo nada, sólo había podido decir que venía de 
Montfermeil. Una mañana que estaba al acecho, vio entrar a Jean Valjean en uno de los 
cuartos deshabitados de la casa y su actitud le pareció extraña. Lo siguió a paso de gata 
vieja y pudo observar, sin ser vista, por las rendijas de la puerta. Jean Valjean, sin duda 
para mayor precaución, se había puesto de espaldas a esta puerta. Pero la vieja lo vio 
sacar del bolsillo un estuche, hilo y tijeras; después se puso a descoser el forro de uno de 
los faldones de su abrigo, de donde sacó un papel amarillento que desdobló. La vieja vio 
con asombro que era un billete de mil francos. Era el segundo o tercero que veía desde 
que estaba en el mundo. Se retiró espantada. 
Poco después Jean Valjean le pidió que fuera a cambiar el billete de mil francos, 
añadiendo que era el semestre de su renta que había cobrado la víspera. "¿Dónde?", pensó 
la vieja, "no ha salido hasta las seis de la tarde, y la Caja no está abierta a esa hora, 
ciertamente". La portera fue a cambiar el billete haciéndose mil conjeturas. El billete de 
mil francos produjo infinidad de comentarios entre las comadres de la calle Vignes- 
Saint-Marcel. 
Un día que se hallaba sola en la habitación, vio el abrigo, cuyo forro había sido vuelto a 
coser, colgado de un clavo, y lo registró. Le pareció palpar más billetes. ¡Sin duda otros 
billetes de mil francos! Notó además que había muchas clases de cosas en los bolsillos 
además de las agujas, las tijeras y el hilo: una abultada cartera, un cuchillo enorme y, 
detalle muy sospechoso, varias pelucas de distintos colores. 
Los habitantes de casa Gorbeau llegaron así a los últimos días del invierno. 
IV 
Una moneda de cinco francos que cae al suelo hace mucho ruido 
Cerca de San Medardo, se instalaba un pobre a quien Jean Valjean daba limosna con 
frecuencia. No había vez que pasara por delante de aquel hombre que no le diera algún 
sueldo; en muchas ocasiones conversaba con él. Era un viejo de unos setenta y cinco 
años, que había sido sacristán y que siempre estaba murmurando oraciones. 
Una noche que Jean Valjean pasaba por allí, y que no llevaba consigo a Cosette, vio al 
mendigo en su puesto habitual, debajo del farol que acababan de encender. El hombre, 
como siempre, parecía rezar, y estaba todo encorvado; Jean Valjean se acercó y le puso 
en la mano la limosna de costumbre. El mendigo levantó bruscamente los ojos, miró con 
fijeza a Jean Valjean, y después bajó rápidamente la cabeza. Este movimiento fue como 
un relámpago; Jean Valjean se estremeció. Le pareció que acababa de entrever, a la luz 
del farol, no el rostro plácido y beato del viejo mendigo sino un semblante muy conocido 
que lo llenó de espanto. Retrocedió aterrado, sin atreverse a respirar, ni a hablar, ni a 
quedarse, ni a huir, examinando al mendigo que había bajado la cabeza cubierta con un 
harapo, y que parecía ignorar que el otro estuviese allí. Un instinto, tal vez el instinto 
misterioso de la conservación, hizo que Jean Valjean no pronunciara una palabra. El 
mendigo tenía la misma estatura, los mismos harapos, la misma apariencia que todos los 
días. 
-¡Qué tonto! -se dijo Jean Valjean-. Estoy loco, sueño, ¡es imposible! 
Y regresó a su casa profundamente turbado. 
Apenas se atrevía a confesarse a sí mismo que el rostro que había creído ver era el de 
Javert. Por la noche, pensando en ello, sintió no haberle hablado para obligarlo a levantar 
la cabeza por segunda vez. Al anochecer del otro día volvió allí. El mendigo estaba en su 
puesto. 
-Dios os guarde, amigo -dijo resueltamente Jean Valjean, dándole un sueldo. 
El mendigo levantó la cabeza, y respondió con su voz doliente: 
-Gracias, mi buen señor. 
Era realmente el viejo mendigo. 
Jean Valjean se tranquilizó del todo. Se echó a reír. 
-¿De dónde diablos he sacado que ese hombre pudiera ser Javert? -pensó-. ¿Estaré 
viendo visiones ahora? 
Y no pensó más en ello. 
Algunos días después, serían las ocho de la noche, estaba en su cuarto y hacía deletrear 
a Cosette en voz alta, cuando oyó abrir y después volver a cerrar la puerta de la casa. Esto 
le pareció singular. La portera, única persona que vivía allí con él, se acostaba siempre 
temprano para no encender luz. Jean Valjean hizo señas a Cosette para que callara. Oyó 
que subían la escalera; los pasos eran pesados, como los de un hombre; pero la portera 
usaba zapatos gruesos y nada se parece tanto a los pasos de un hombre como los de una 
vieja. Sin embargo, Jean Valjean apagó la vela. Envió a Cosette a acostarse, diciéndole en 
voz baja: "Acuéstate calladita"; y mientras la besaba en la frente, los pasos se detuvieron. 
Permaneció inmóvil, sentado en su silla de espaldas a la puerta, y conteniendo la 
respiración en la oscuridad. Al cabo de bastante tiempo, al no oír ya nada, se volvió sin 
hacer ruido hacia la puerta y vio una luz por el ojo de la cerradura. Evidentemente había 
allí alguien que tenía una vela en la mano, y que escuchaba. 
Pasaron algunos minutos y la luz desapareció; pero no oyó ruido de pasos, lo que 
parecía indicar que el que había ido a escuchar a la puerta se había quitado los zapatos. 
Jean Valjean se echó en la cama vestido, y en toda la noche no pudo cerrar los ojos. 
Al amanecer, cuando estaba casi aletargado de cansancio, lo despertó el ruido de una 
puerta que se abría en alguna buhardilla del fondo del corredor, y después oyó los 
mismos pasos del hombre que la víspera había subido la escalera. Los pasos se acercaban. 
Se echó cama abajo y aplicó un ojo a la cerradura. Era un hombre, pero esta vez pasó sin 
detenerse delante del cuarto de Jean Valjean; cuando llegó a la escalera, un rayo de luz de 
la calle hizo resaltar su perfil, y Jean Valjean pudo verlo de espaldas. Era un hombre de 
alta estatura, con un levitón largo, y un garrote debajo del brazo. Era la silueta imponente 
de Javert. 
No había duda de que aquel hombre había entrado con una llave. ¿Quién se la había 
dado? ¿Qué significaba aquello? 
A las siete de la mañana, cuando la portera llegó a arreglar el cuarto, Jean Valjean le 
echó una mirada penetrante pero no la interrogó. 
Mientras barría, ella dijo: 
-¿Habéis oído tal vez a alguien que entró anoche? 
-Sí -respondió él con el acento más natural del mundo-. ¿Quién era? 
-Es un nuevo inquilino que hay en la casa. 
-¿Y que se llama...? 
-No sé bien. Dumont o Daumont. Un nombre así. 
-¿Y qué es ese Dumonti? 
Lo miró la vieja con sus ojillos de zorro, y respondió: 
-Un rentista como vos. 
Tal vez estas palabras no envolvían segunda intención, pero Jean Valjean creyó que la 
tenían. Cuando se retiró la portera, hizo un rollo de unos cien francos que tenía en un 
armario y se lo guardó en el bolsillo. Por más precaución que tomó para hacer esta 
operación sin que se le oyera remover el dinero, se le escapó de las manos una moneda de 
cien sueldos, y rodó por el suelo haciendo bastante ruido. 
Al anochecer bajó y miró la calle por todos lados. No vio a nadie. Volvió a subir. 
-Ven -dijo a Cosette. 
La tomó de la mano, y salieron. 
LIBRO QUINTO 
A caza perdida, jauría muda 

Los rodeos de la estrategia 
Jean Valjean se perdió por las calles, trazando las líneas más quebradas que pudo, y 
volviendo atrás muchas veces para asegurarse de que nadie lo seguía. 
Era una noche de luna llena. 
Cosette caminaba sin preguntar nada. Jean Valjean no sabía más que Cosette adónde 
iba, y ponía su confianza en Dios, así como Cosette la ponía en él. No llevaba ninguna 
idea pensada, ningún plan, ningún proyecto. No estaba tampoco seguro de que fuera 
Javert el que le perseguía y aun podía ser Javert sin que supiera que él era Jean Valjean. 
¿No estaba disfrazado? ¿No se le creía muerto? Sin embargo, hacía días que le sucedían 
cosas muy raras. 
Había decidido no volver a casa Gorbeau. Como el animal arrojado de su caverna, 
buscaba un agujero en que pasar la noche. Daban las once cuando pasó por delante de la 
comisaría de policía. El instinto lo hizo mirar hacia atrás instantes después, y vio 
claramente, gracias a la luz del farol, a tres hombres que lo seguían bastante de cerca. 
-Ven, hija -dijo a Cosette, y se alejó precipitadamente. 
Dio varias vueltas y luego se escondió en el hueco de una puerta. No habían pasado tres 
minutos cuando aparecieron los hombres; ya eran cuatro. Parecían no saber hacia dónde 
dirigirse. El que los comandaba señaló hacia donde estaba Jean Valjean y en ese 
momento la luna le iluminó el rostro. Jean Valjean reconoció a Javert. 
II 
El callejón sin salida 
Jean Valjean aprovechó esa vacilación de sus perseguidores y salió de la puerta en que 
se había ocultado, con Cosette en brazos. Cruzó el puente de Austerlitz a la sombra de 
una carreta, con la esperanza de que no lo hubieran visto. Pensó que si entraba en la 
callejuela que tenía delante y conseguía llegar a los terrenos en que no había casas, podía 
escapar. Decidió entonces que debía entrar en aquella callejuela silenciosa, y entró. 
De tanto en tanto se volvía a mirar; las dos o tres primeras veces que se volvió, no vio 
nada; el silencio era profundo, y continuó su marcha más tranquilo; pero otra vez que se 
volvió, creyó ver a lo lejos una cosa que se movía. 
Corrió, esperando encontrar alguna callejuela lateral para huir por allí y hacerles perder 
la pista. Pero llegó ante un alto muro blanco. Estaban en un callejón sin salida. Jean 
Valjean se sintió cogido en una .red, cuyas mallas se apretaban lentamente. Miró al cielo 
con desesperación. 
III 
Tentativas de evasión 
Frente a él se alzaba una muralla. Un tilo extendía su ramaje por encima y la pared 
estaba cubierta de hiedra. En el inminente peligro en que se encontraba, aquel edificio 
sombrío tenía algo de deshabitado y de solitario que lo atraía. Lo recorrió ávidamente con 
los ojos. Se decía que si Regaba a entrar ahí, quizá se salvaría. Concibió, pues, una idea y 
una esperanza. En ese momento escuchó a alguna distancia de ellos un ruido sordo y 
acompasado. Jean Valjean se aventuró a echar una mirada por la esquina. Un pelotón de 
siete a ocho soldados acababa de desembocar en la calle y se dirigía hacia él. 
Estos soldados, a cuyo frente se distinguía la alta estatura de Javert, avanzaban 
lentamente y con precaución. Se detenían con frecuencia; era evidente que exploraban 
todos los rincones de los muros y todos los huecos de las puertas. Sin duda Javert había 
encontrado una patrulla y le había pedido auxilio. 
Al paso que llevaban, y con las paradas que hacían, tardarían alrededor de un cuarto de 
hora para llegar al sitio en que estaba Jean Valjean. Fue un momento horrible. Sólo 
algunos minutos lo separaban de aquel espantoso precipicio que se abría ante él por 
tercera vez. El presidio ahora no era ya el presidio solamente; era perder a Cosette para 
siempre. Sólo había una salida posible. Jean Valjean tenía los pensamientos de un santo y 
la temible astucia de un presidiario. Midió con la vista la muralla. Tenía unos dieciocho 
pies de altura. La tapia estaba coronada de una piedra lisa sin tejadillo. 
La dificultad era Cosette, que no sabía escalar. Jean Valjean no pensó siquiera en 
abandonarla; pero subir con ella era imposible. Necesitaba una cuerda. No la tenía. 
Ciertamente si en aquel momento Jean Valjean hubiera tenido un reino, lo hubiera dado 
por una cuerda. 
Todas las situaciones críticas tienen un relámpago que nos ciega o nos ilumina. Su 
mirada desesperada encontró el brazo del farol del callejón. En esa época se encendían 
los faroles haciendo bajar los reverberos por medio de una cuerda, que luego al subirlos 
quedaba encerrada en un cajoncito de metal. Con la energía de la desesperación, atravesó 
la calle de un brinco, hizo saltar la cerradura del cajoncito con la punta de su cuchillo, y 
volvió en seguida adonde estaba Cosette. Ya tenía la cuerda. 
-Padre -dijo en voz muy baja Cosette-, tengo miedo. ¿Quién viene? 
-¡Chist -respondió Jean Valjean-, es la Thenardier! 
Cosette se estremeció. 
-No hables -añadió él-; si gritas, si lloras, la Thenardier lo descubre. Viene a buscarte. 
Ató a la niña a un extremo de la cuerda, cogió el otro extremo con los dientes, se quitó 
los zapatos y las medias, los arrojó por encima de la tapia, y principió a elevarse por el 
ángulo de la tapia y de la fachada con la misma seguridad que si apoyase en escalones los 
pies y los codos. Menos de medio minuto tardó en ponerse de rodillas sobre la tapia. 
Cosette lo miraba con estupor sin pronunciar una palabra. El nombre de la Thenardier 
la había dejado helada. De pronto oyó la voz de Jean Valjean que le decía: 
-Acércate a la pared. 
Obedeció y sintió que se elevaba sobre el suelo. Antes que tuviera tiempo de pensar, 
estaba en lo alto de la tapia. Jean Valjean la cogió, se la puso en los hombros, y se 
arrastró por lo alto de la pared hasta la esquina. Como había sospechado, había allí un 
cobertizo cuyo tejado bajaba hasta cerca del suelo por un plano suavemente inclinado 
casi tocando al tilo. 
Feliz circunstancia, porque la tapia por aquel lado era mucho más alta que en el resto 
del muro. Jean Valjean veía el suelo a una gran distancia. Acababa de llegar al plano 
inclinado del tejado, y aún no había abandonado lo alto del muro, cuando un ruido 
violento anunció la llegada de la patrulla. Se oyó la voz tonante de Javert: 
-Registrad el callejón. Seguro que está aquí. 
Jean Valjean se deslizó a lo largo del tejado sosteniendo a Cosette, llegó al tilo y saltó a 
tierra. 
IV 
Principio de un enigma 
Jean Valjean se encontró en una especie de jardín muy grande, cuyo fondo se perdía en 
la bruma y en la noche. Sin embargo, se distinguían confusamente varias tapias que se 
entrecortaban como si hubiese otros jardines más allá. 
Es imposible figurarse nada menos acogedor y más solitario que este jardín. No había 
en él nadie, lo que era propio de la hora; pero no parecía que estuviera hecho para que 
alguien anduviera por él, ni aún a mediodía. 
Lo primero que hizo Jean Valjean fue buscar sus zapatos y calzarse, y después entrar en 
el cobertizo con Cosette. El que huye no se cree nunca bastante oculto. La niña 
continuaba pensando en la Thenardier, y participaba de este deseo de ocultarse lo mejor 
posible. Se oía el ruido tumultuoso de la patrulla que registraba el callejón y la calle, los 
golpes de las culatas contra las piedras, las voces de Javert que llamaba a los espías que 
había apostado en las otras callejuelas, y sus imprecaciones mezcladas con palabras que 
no se distinguían. Al cabo de un cuarto de hora pareció que esta especie de ruido 
tumultuoso principiaba a alejarse. Jean Valjean no respiraba. 
De pronto se dejó oír un nuevo ruido; un ruido celestial, divino, inefable, tan dulce 
como horrible era el otro. Era un himno que salía de las tinieblas; un rayo de oración y de 
armonía en el oscuro y terrible silencio de la noche. Eran voces de mujeres. Este cántico 
salía de un sombrío edificio que dominaba el jardín. En el momento en que se alejaba el 
ruido de los demonios, parecía que se aproximaba un coro de ángeles. 
Cosette y Jean Valjean cayeron de rodillas. 
No sabían lo que era, no sabían dónde estaban; pero ambos sabían, el hombre y la niña, 
el penitente y la inocente, que debían estar arrodillados. Mientras cantaban, Jean Valjean 
no pensaba en nada. No veía la noche, veía un cielo azul. Le parecía que sentía abrirse las 
alas que tenemos todos dentro de nosotros. El canto se apagó. Había durado tal vez mu- 
cho tiempo; Jean Valjean no hubiera podido decirlo. Las horas de éxtasis son siempre un 
minuto. Todo había vuelto al silencio; nada se oía en la calle, nada en el jardín. Todo 
había desaparecido, así lo que amenazaba como lo que inspiraba confianza. El viento 
rozaba en lo alto de la tapia algunas hierbas secas que producían un ruido suave y 
lúgubre. 

Continúa el enigma 
Ya se había levantado la brisa matutina, lo que indicaba que debían ser la una o las dos 
de la mañana. La pobre Cosette no decía nada. Como se había sentado a su lado, y había 
inclinado la cabeza, Jean Valjean creyó que estaba dormida. Pero al mirarla bien vio que 
tenía los ojos enteramente abiertos y una expresión meditabunda, que le causó dolorosa 
impresión. La pobrecita temblaba sin parar. 
-¿Tienes sueño? -dijo Jean Valjean. 
-Tengo mucho frío -respondió. 
Un momento después añadió: 
¿Está ahí todavía? 
-¿Quién? 
-La señora Thenardier. 
Jean Valjean había olvidado ya el medio de que se había valido para hacer guardar 
silencio a Cosette. 
-¡Se ha marchado! -dijo-. ¡Ya no hay nada que temer! 
La niña respiró como si le quitaran un peso del pecho. La tierra estaba húmeda, el 
cobertizo abierto por todas partes; la brisa se hacía más fresca a cada momento. Jean 
Valjean se quitó el abrigo y arropó a Cosette. 
-¿Tienes así menos frío? -dijo. 
-¡Oh, sí, padre! 
-Está bien, espérame aquí un instante. 
Salió del cobertizo y empezó a recorrer por fuera el gran edificio buscando un refugio 
mejor. Encontró varias puertas pero estaban cerradas. En todas las ventanas había 
barrotes. De una de ellas salía una cierta claridad. Se empinó sobre la punta de los pies y 
miró. Daba a una gran sala con piso de baldosas. Sólo se distinguía una débil luz y 
muchas sombras. La luz provenía de una lámpara encendida en un rincón. La sala estaba 
desierta. Pero a fuerza de mirar creyó ver en el suelo una cosa que parecía cubierta con 
una mortaja y semejante a una forma humana. Estaba tendida boca abajo, el rostro contra 
el suelo, los brazos en cruz, en la inmovilidad de la muerte. 
Jean Valjean dijo después varias veces que, aunque había presenciado en su vida 
muchos espectáculos macabros, nunca había visto algo que le helara la sangre como 
aquella figura enigmática. Era horrible suponer que aquello estaba muerto; pero más 
horrible aún era pensar que estaba vivo. De repente se sintió sobrecogido de terror y echó 
a correr hacia el cobertizo sin atreverse a mirar atrás. Se le doblaban las rodillas; el sudor 
le corría por todo el cuerpo. ¿Dónde estaba? ¿Quién podía imaginar algo semejante a este 
sepulcro en medio de París? ¿Qué casa tan extraña era aquélla? Se acercó a Cosette; la 
niña dormía con la cabeza apoyada en una piedra. Jean Valjean se sentó a su lado y se 
puso a contemplarla; poco a poco, a medida que la miraba se iba calmando y recuperaba 
su presencia de ánimo. Sabía que en su vida, mientras ella viviera, mientras ella estuviera 
con él, no experimentaría ninguna necesidad ni ningún temor más que por ella. 
Pero a través de su meditación oía hacía rato un extraño ruido que venía del jardín, 
como de una campanilla o un cencerro. Miró y vio que había alguien en el jardín. 
Un hombre andaba por el melonar; se levantaba, se inclinaba, se detenía con 
regularidad, como si arrastrara o extendiera alguna cosa por el suelo. 
Jean Valjean tembló; hacía un momento temblaba porque el jardín estaba desierto; 
ahora temblaba porque había alguien. ¿Quién era aquel hombre que llevaba un cencerro, 
lo mismo que un buey o un borrego? Haciéndose esta pregunta, tocó las manos dé 
Cosette. Estaban heladas. 
-¡Dios mío! -exclamó. 
La llamó en voz baja: 
-¡Cosette! 
No abrió los ojos. 
La sacudió con fuerza. 
No despertó. 
-Estará muerta -dijo, y se puso de pie, temblando de la cabeza a los pies. 
Pensó mil cosas terribles. Recordó que el sueño puede ser mortal a la intemperie y en 
una noche tan fría. Cosette seguía tendida en el suelo, sin moverse. ¿Cómo devolverle el 
calor? ¿Cómo despertarla? Todo lo demás se borró de su pensamiento. Se lanzó 
enloquecido fuera del cobertizo. Era preciso que Cosette estuviera lo más pronto posible 
junto a un fuego y en un lecho. 
Corrió hacia el hombre que estaba en el jardín, después de haber sacado del bolsillo del 
chaleco el paquete de dinero que llevaba. El hombre tenía la cabeza inclinada y no lo vio 
acercarse. Jean Valjean se puso a su lado y le dijo: 
-¡Cien francos! 
El hombre dio un salto y levantó la vista. 
-¡Cien francos si me dais asilo por esta noche! 
La luna iluminaba su semblante desesperado. 
-¡Pero si es el señor Magdalena! -exclamó el hombre. 
Este nombre pronunciado a aquella hora obscura, en aquel sitio solitario, por aquel 
hombre desconocido, hizo retroceder a Jean Valjean. 
Todo lo esperaba menos eso. El que le hablaba era un viejo cojo y encorvado, vestido 
como un campesino; en la rodilla izquierda llevaba una rodillera de cuero de donde 
pendía un cencerro. No se distinguía su rostro porque estaba en la sombra. 
El hombre se había quitado la gorra y decía tembloroso: 
-¡Ah! ¡Dios mío! ¿Cómo estáis aquí, señor Magdalena? ¿Por dónde habéis entrado? 
¡Jesús! ¿Venís del cielo? No sería extraño; si caéis alguna vez, será del cielo. Pero, ¿sin 
corbata, sin sombrero, sin levita? ¿Se han vuelto locos los ángeles? ¿Cómo habéis 
entrado aquí? 
El hombre hablaba con una volubilidad en que no se descubría inquietud alguna; 
hablaba con una mezcla de asombro y de ingenua bondad. 
-¿Quién sois? ¿Qué casa es ésta? -preguntó Jean Valjean. 
-¡Esta sí que es grande! -dijo el viejo-. Soy el que vos mismo habéis colocado aquí. 
¡Cómo! ¿No me conocéis? 
-No -replicó Jean Valjean-. ¿Por qué me conocéis a mí? 
-Me habéis salvado la vida -dijo el hombre. 
Entonces iluminó su perfil un rayo de luna y Jean Valjean reconoció a Fauchelevent. 
-¡Ah! -dijo Jean Valjean-, ¿sois vos? Sí, os conozco. 
-¡Me alegro mucho -dijo el viejo en tono de reproche. 
-¿Y qué hacéis aquí? -preguntó Valjean. 
-¡Tapo mis melones, por supuesto! 
-¿Y qué campanilla es esa que lleváis en la rodilla? 
-¡Ah! -dijo Fauchelevent , es para que eviten mi presencia. En esta casa no hay más que 
mujeres; hay muchas jóvenes, y parece que mi presencia es peligrosa. El cencerro les 
avisa y cuando me acerco se alejan. 
-¿Qué casa es ésta? 
-Este es el convento del Pequeño Picpus, donde vos me colocasteis como jardinero. 
Pero volvamos al caso -prosiguió Fauchelevent-, ¿cómo demonios habéis entrado aquí, 
señor Magdalena? Por más santo que seáis, sois hombre, y los hombres no entran aquí. 
Sólo yo. 
-Sin embargo -dijo Jean Valjean-, es preciso que me quede. 
-¡Ah, Dios mío! -exclamó Fauchelevent. 
Jean Valjean se aproximó a él. 
-Tío Fauchelevent, os he salvado la vida -le dijo en voz baja. 
-Yo he sido el primero en recordarlo -respondió Fauchelevent. 
-Pues bien: hoy podéis hacer por mí lo que yo hice en otra ocasión por vos. 
Fauchelevent tomó en sus arrugadas y temblorosas manos las robustas manos de Jean 
Valjean y permaneció algunos momentos como si no pudiera hablar. Por fin exclamó: 
-¡Sería una bendición de Dios que yo pudiera hacer algo por vos! ¡Yo, salvaros la vida! 
Señor alcalde, disponed, disponed de este pobre viejo. 
Una sublime alegría parecía transfigurar el rostro del anciano. 
-¿Qué queréis que haga? -preguntó. 
-Ya os lo explicaré. ¿Tenéis una habitación? 
-Tengo una choza, allá detrás de las ruinas del antiguo convento, en un rincón oculto a 
todo el mundo. Allí hay tres habitaciones. 
-Perfecto -dijo Jean Valjean-. Ahora tengo que pediros dos cosas. 
-¿Cuáles son, señor alcalde? 
La primera es que no digáis a nadie lo que sabéis de mí. La segunda, que no tratéis de 
saber más. 
-Como queráis. Sé que no podéis hacer nada que no sea bueno y que siempre seréis un 
hombre de bien. 
-Gracias. Ahora venid conmigo. Vamos a buscar a la niña. 
-¡Ah! -dijo Fauchelevent-. ¿Hay una niña? 
No dijo más, y siguió a Jean Valjean como un perro sigue a su amo. Media hora 
después Cosette, iluminada por la llama de una buena lumbre, dormía en la cama del 
jardinero. 
VI 
Se explica cómo Javert hizo una batida en vano 
Los sucesos que acabamos de describir habían ocurrido en las condiciones más 
sencillas. Cuando Jean Valjean, la misma noche del día que Javert lo apresó al lado del 
lecho mortuorio de Fantina, se escapó de la cárcel municipal de M., Javert fue llamado a 
París para apoyar a la policía en su persecución, y en efecto el celo y la inteligencia del 
inspector ayudaron a encontrarlo. 
Ya no se acordaba de él cuando en el mes de diciembre de 1823 leyó un periódico, cosa 
que no acostumbraba; llamó su atención un nombre. El periódico anunciaba que el 
presidiario Jean Valjean había muerto; y publicaba la noticia con tal formalidad que 
Javert no dudó un momento en creerla. Después dejó el periódico, y no volvió a pensar 
más en el asunto. 
Algún tiempo después, llegó a la Prefectura de París una nota sobre el secuestro de una 
niña en el pueblo de Montfermeil, verificado, según se decía, en circunstancias 
particulares. Decía esta nota que una niña de siete a ocho años, que había sido entregada 
por su madre a un posadero, había sido robada por un desconocido: la niña respondía al 
nombre de Cosette, y era hija de una tal Fantina, que había muerto en el hospital. Esta 
nota pasó por manos de Javert, y lo hizo reflexionar. 
El nombre de Fantina le era muy conocido, y recordaba que Jean Valjean le había 
pedido aquella vez un plazo de tres días para ir a buscar a la hija de la enferma. Esta niña 
acababa de ser raptada por un desconocido. ¿Quién podía ser ese desconocido? ¿Sería 
Jean Valjean? Jean Valjean había muerto. Javert, sin decir una palabra a nadie, hizo un 
viaje a Montfermeil. 
Allí Thenardier, con su admirable instinto, había comprendido en seguida que no era 
conveniente atraer sobre sí, y sobre muchos negocios algo turbios que tenía, la penetrante 
mirada de la justicia, y dijo que "su abuelo" había ido a buscarla, nada había más natural 
en el mundo. Ante la figura del abuelo, se desvaneció Jean Valjean. 
-Es indudable que ha muerto -se dijo Javert; soy un necio. 
Empezaba ya a olvidar esta historia, cuando en marzo de 1824 oyó hablar de un extraño 
personaje que vivía cerca de la parroquia de San Medardo, y que era conocido como el 
mendigo que daba limosna. Era, según se decía, un rentista cuyo nombre no sabía nadie, 
que vivía solo con una niña de ocho años que había venido de Monefermeil. 
¡Montfermeil! Esta palabra, sonando de nuevo en los oídos de Javert, le llamó la 
atención. Otros mendigos dieron algunos nuevos pormenores. El rentista era un hombre 
muy huraño, no salía más que de noche, no hablaba a nadie más que a los pobres. 
Llevaba un abrigo feo, viejo y amarillento que valía muchos millones, porque estaba 
forrado de billetes de banco. 
Todo esto excitó la curiosidad de Javert; y con objeto de ver de cerca, y sin asustarlo, a 
este hombre extraordinario, se puso un día el traje del sacristán y ocupó su lugar. El 
sospechoso se acercó a Javert disfrazado, y le dio limosna; en ese momento, Javert 
levantó la vista, y la misma impresión que produjo en Jean Valjean la vista de Javert, 
recibió Javert al reconocer a Jean Valjean. 
Sin embargo, la oscuridad había podido engañarle; su muerte era oficial. Le quedaban, 
pues, a Javert graves dudas, y en la duda Javert, hombre escrupuloso, no prendía a nadie. 
Siguió a su hombre hasta la casa Gorbeau, e hizo hablar a la portera, lo que no era 
difícil. Alquiló un cuarto y aquella misma noche se instaló en él. Fue a escuchar a la 
puerta del misterioso huésped, esperando oír el sonido de su voz, pero Jean Valjean vio 
su luz por la cerradura y chasqueó al espía, guardando silencio. 
Al día siguiente Jean Valjean abandonó la casa. Pero el ruido de la moneda de cinco 
francos que dejó caer fue escuchado por la vieja portera, que oyendo sonar dinero pensó 
que se iba a mudar, y se apresuró a avisar a Javert. Por la noche cuando salió Jean 
Valjean, lo esperaba Javert detrás de los árboles con dos de sus hombres. 
Javert siguió a Jean Valjean de árbol en árbol, de esquina en esquina, y no lo perdió de 
vista un solo instante, ni aun en los momentos en que el fugitivo se creía en mayor 
seguridad. Pero, ¿por qué no lo detenía? Porque dudaba aún. 
Debe recordarse que en aquella época la policía no obraba con toda libertad; la prensa 
la tenía a raya. Atentar contra la libertad individual era un hecho grave. Por otra parte, 
¿qué inconveniente había en esperar? Javert estaba seguro de que no se le escaparía. 
Lo seguía, pues, bastante perplejo, haciéndose una porción de preguntas acerca de aquel 
personaje enigmático. Solamente al llegar a la calle Pontoise, y a favor de la viva luz que 
salía de una taberna, fue cuando reconoció sin ninguna duda a Jean Valjean. 
Hay en el mundo dos clases de seres que se estremecen profundamente: la madre que 
encuentra a su hijo perdido, y el tigre que encuentra su presa. En aquel momento, Javert 
sintió este estremecimiento profundo. Cuando tuvo seguridad de que aquel hombre era 
Jean Valjean, pidió un refuerzo al comisario de policía de la calle Pontoise. El tiempo que 
gastó en esta diligencia lo hizo perder la pista. Pero su poderoso instinto le dijo que Jean 
Valjean trataría de poner el río entre él y sus perseguidores y se fue derecho al puente de 
Austerlitz. Lo vio entrar en la calle Chemin-Vert-Saint Antoine; se acordó del callejón sin 
salida y de la única pasada de la calle Droit-Mur a la callejuela Picpus. Vio una patrulla 
que volvía al cuerpo de guardia, le pidió auxilio y se hizo escoltar por ella. Tuvo un 
momento de alegría infernal; dejó ir a su presa delante de él, en la confianza de que la 
tenía segura. 
Javert gozaba con lo que estaba viviendo; se puso a jugar disfrutando de la idea de 
verlo libre y saber que lo tenía cogido. Los hilos de su red estaban tejidos; ya no tenía 
más que cerrar la mano. Mas cuando llegó al centro de la telaraña, la mosca había volado. 
Calcúlese su desesperación. Interrogó a sus hombres, nadie lo había visto. 
Sea como fuere, en el momento en que Javert supo que se le escapaba Jean Valjean, no 
se aturdió. Seguro de que el presidiario escapado no podía hallarse muy lejos, puso 
vigías, organizó ratoneras y emboscadas, y dio una batida por el barrio durante toda la 
noche. Al despuntar el día dejó dos hombres inteligentes en observación, y volvió a París 
a la prefectura de policía, avergonzado como un soplón a quien hubiera apresado un 
ladrón. 
LIBRO SEXTO 
Los cementerios reciben todo lo que se les da 

El Convento Pequeño Picpus 
Este convento de Benedictinas de la callejuela Picpus era una comunidad de la severa 
regla española de Martín Verga. 
Después de las Carmelitas, que llevaban los pies descalzos y no se sentaban nunca, la 
más dura era la de las Bernardas Benedictinas de Martín Verga. Iban vestidas de negro 
con una pechera que, según la prescripción expresa de san Benito, llegaba hasta el 
mentón; una túnica de sarga de manga ancha, un gran velo de lana, y la toca que bajaba 
hasta los ojos. Todo su hábito era negro, salvo la toca que era blanca. El de las novicias 
era igual, pero en blanco. 
Las Bernardas Benedictinas de Martín Verga practican la adoración perpetua. Comen 
de viernes todo el año, ayunan toda la Cuaresma; se levantan en el primer sueño, desde la 
una hasta las tres, para leer el breviario y cantar maitines. Se acuestan en sábanas de sarga 
y sobre paja, no usan baños ni encienden nunca lumbre, se disciplinan , todos los viernes, 
observan la regla del silencio. Sus votos, cuyo rigor está aumentado por la regla, son de 
obediencia, pobreza, castidad y perpetuidad en el claustro. 
Todas se turnan en lo que llaman el desagravio. El desagravio es la oración por todos 
los pecados, por todas las faltas, por todos los desórdenes, por todas las violaciones, por 
todas las iniquidades, por todos los crímenes que se cometen en la superficie de la tierra. 
Durante doce horas consecutivas, desde las cuatro de la tarde hasta las cuatro de la 
mañana, la hermana que está en desagravio permanece de rodillas sobre la piedra ante el 
Santísimo Sacramento, con las manos juntas y una cuerda al cuello. Cuando el cansancio 
se hace insoportable, se prosterna extendida con el rostro en la tierra y los brazos en cruz; 
éste es todo su descanso. En esta actitud ora por todos los pecadores del universo. Es de 
una grandeza que raya en lo sublime. Nunca dicen "mío", porque no tienen nada suyo, ni 
deben tener afecto a nada. 
Estas religiosas, enclaustradas en el Pequeño Picpus hacía cincuenta años, habían hecho 
construir un panteón bajo el altar de su capilla para sepultar allí a los miembros de su 
comunidad. Pero las autoridades no se lo permitieron, por lo cual tenían que abandonar el 
convento al morir. Sólo obtuvieron, consuelo mediocre, ser enterradas a una hora especial 
y en un rincón especial del antiguo cementerio Vaugirard, que ocupaba tierras que fueron 
antes de la comunidad. En la época de esta historia, la orden tenía junto al convento un 
colegio para niñas nobles, la mayoría muy ricas. 
II 
Se busca una manera de entrar al convento 
Al amanecer, Fauchelevent abrió los ojos y vio al señor Magdalena sentado en su haz 
de paja, mirando dormir a Cosette. El jardinero se incorporó, y le dijo: 
-Y ahora que estáis aquí, ¿cómo haréis para entrar? 
Estas palabras resumían el problema y sacaron a Jean Valjean de su meditación. 
Los dos hombres celebraron una especie de consejo. 
-Tenéis que empezar -dijo Fauchelevent- por no poner los pies fuera de este cuarto ni la 
niña ni vos. Un paso en el jardín nos perdería. 
-Es cierto. 
-Señor Magdalena -continuó Fauchelevent-, habéis llegado en un momento muy bueno, 
quiero decir muy malo; hay una monja gravemente enferma; están rezando las cuarenta 
horas; toda la comunidad no piensa más que en esto. La que va a morir es una santa; no 
es extraño, porque aquí todos lo somos. La diferencia entre ellas y yo sólo está en que 
ellas dicen: nuestra celda y yo digo: mi choza. Ahora va a rezarse la oración de los 
agonizantes, y luego la de los muertos; por hoy podemos estar tranquilos, pero no 
respondo de lo que sucederá mañana. 
-Sin embargo -dijo Jean Valjean-, esta choza está en una rinconada del muro, oculta por 
unas ruinas y por los árboles, y no se ve desde el convento. 
Y yo añado que las monjas no se acercan aquí nunca. 
-¿Pues entonces?... 
-Pero quedan las niñas. 
-¿Qué niñas? 
Cuando Fauchelevent abría la boca para explicar lo que acababa de decir, se oyó una 
campanada. 
-La religiosa ha muerto -dijo-. Ese es el tañido fúnebre. 
E hizo una señal a Jean Valjean para que escuchara. En esto sonó una nueva 
campanada. 
-La campana seguirá tañendo de minuto en minuto, veinticuatro horas hasta que saquen 
el cuerpo de la iglesia. En cuanto a las niñas, como os decía, en las horas de recreo basta 
que una pelota ruede un poco más para que lleguen hasta aquí, a pesar de las 
prohibiciones. Son unos demonios esos querubines. 
-Ya entiendo, Fauchelevent; hay colegialas internas. 
Jean Valjean pensó: "Encontré educación para Cosette". 
Y dijo en voz alta: 
-Sí; lo difícil es quedarse. 
-No -dijo Fauchelevent-, lo difícil es salir. 
Jean Valjean sintió que le afluía la sangre al corazón. 
-¡Salir! 
-Sí, señor Magdalena; para volver a entrar es preciso que salgáis. 
Jean Valjean se puso pálido. Sólo la idea de volver a ver aquella temible calle lo hacía 
temblar. 
-Vuestra hija duerme -continuó Fauchelevent . ¿Cómo se llama? 
-Cosette. 
-A ella le será fácil salir de aquí. Hay una puerta que da al patio. Llamo, el portero abre; 
yo llevo mi cesto al hombro; la niña va dentro, y salgo. Es muy sencillo. Diréis a la niña 
que se esté quieta debajo de la tapa. Después la deposito el tiempo necesario en casa de 
una vieja frutera, amiga mía, bien sorda, que vive en la calle Chemin-Vert, donde tiene 
una camita. Gritaré a su oído que es una sobrina mía, que la tenga allí hasta mañana; y 
después la niña entrará con vos, porque yo os facilitaré la entrada, por supuesto. Pero, 
¿cómo saldréis? 
Jean Valjean meneó la cabeza. 
-Debería tener la seguridad de que nadie me vea, Fauchelevent. Buscad un medio de 
que salga, como Cosette, en un cesto y bajo una tapa. 
Fauchelevent se rascó la punta de la oreja, señal evidente de un grave apuro. 
Se oyó un tercer toque. 
-El médico de los muertos se va -dijo Fauchelevent . Habrá mirado y habrá dicho: está 
muerta; bueno. Así que el médico ha dado el pasaporte para el paraíso, la administración 
de pompas fúnebres envía un ataúd. Si la muerta es una madre, la amortajan las madres; 
si es una hermana la amortajan las hermanas, y después clavo yo la caja. Esto forma parte 
de mis obligaciones de jardinero; porque un jardinero tiene algo de sepulturero. Se 
deposita el cadáver en una sala baja de la iglesia que da a la calle, y donde no puede 
entrar ningún hombre más que el médico de los muertos y yo, porque yo no cuento como 
hombre, ni tampoco los sepultureros. En la sala es donde clavo la caja. Los sepultureros 
vienen por ella y ¡arre, cochero! así es como se va al cielo. Traen una caja vacía, y se la 
llevan con algo adentro. Ya veis lo que es un entierro. 
Se oyó en eso un cuarto toque. Fauchelevent cogió precipitadamente del clavo la 
rodillera con el cencerro, y se lo puso en la pierna. 
-Esta vez el toque es para mí. Me llama la madre priora. Señor Magdalena, no os 
mováis, y esperadme. Si tenéis hambre, ahí encontraréis vino, pan y queso. 
Unos minutos después, Fauchelevent, cuya campanilla ponía en fuga a las religiosas, 
llamaba suavemente a una puerta; una dulce voz respondió: Por siempre, por siempre. Es 
decir, entrad. 
La priora, la Madre Inocente, sentada en la única silla que había en el locutorio, 
esperaba a Fauchelevent. 
III 
Fauchelevent en presencia de la dificultad 
El jardinero hizo un saludo tímido, y se paró en el umbral de la celda. La priora, que 
estaba pasando las cuentas de un rosario, levantó la vista y le dijo: 
-¡Ah!, ¿sois vos, tío Fauvent? 
Tal era la abreviación adoptada en el convento. 
-Aquí estoy, reverenda madre. 
-Tengo que hablaros. 
-Y yo por mi parte -dijo Fauchelevent con una audacia que le asombraba a él mismo-, 
tengo también que decir alguna cosa a la muy reverenda madre. 
La priora le miró. 
-¡Ah!, ¿tenéis que comunicarme algo? 
-Una súplica. 
-Pues bien, hablad. 
El bueno de Fauchelevent tenía mucho aplomo. En los dos años y algo más que llevaba 
en el convento, se había granjeado el afecto de la comunidad. Viejo, cojo, casi ciego, 
probablemente un poco sordo, ¡qué cualidades! Difícilmente se le hubiera podido 
reemplazar. 
El pobre, con la seguridad del que se ve apreciado, empezó a formular frente de la 
reverenda priora una arenga de campesino bastante difusa y muy profunda. Habló 
largamente de su edad, de sus enfermedades, del peso de los años que contaban doble 
para él, de las exigencias crecientes del trabajo, de la extensión del jardín, de las malas 
noches que pasaba, como la última, por ejemplo, en que había tenido que cubrir con 
estera los melones para evitar el efecto de la luna, y concluyó por decir que tenía un 
hermano (la priora hizo un movimiento), un hermano nada de joven (segundo 
movimiento de la priora, pero ahora de tranquilidad); que si se le permitía podría ir a 
vivir con él y ayudarlo; que era un excelente jardinero; que la comunidad podría 
aprovecharse de sus buenos servicios, más útiles que los suyos; que de otra manera, si no 
se admitía a su hermano, él que era el mayor y se sentía cansado a inútil para el trabajo, 
se vería obligado a irse; y que su hermano tenía una nieta que llevaría consigo, y que se 
educaría en Dios en el convento, y podría, ¿quien sabe?, ser religiosa un día. 
Cuando hubo acabado, la priora interrumpió el paso de las cuentas del rosario por entre 
los dedos y le dijo: 
-¿Podríais conseguiros de aquí a la noche una barra fuerte de hierro? 
-¿Para qué? 
-Para que sirva de palanca. 
-Sí, reverenda madre -respondió Fauchelevent. Tío Fauvent, ¿habéis entrado en el coro 
de la capilla alguna vez? 
-Dos o tres veces. 
-Se trata de levantar una piedra. 
-¿Pesada? 
-La losa del suelo que está junto al altar. La madre Ascensión, que es fuerte como un 
hombre, os ayudará. Además, tendréis una palanca. 
-Está bien, reverenda madre; abriré la bóveda. -Las cuatro madres cantoras os ayudarán. 
-¿Y cuando esté abierta la cripta? 
-Será preciso volver a cerrarla. 
-¿Nada más? 
-Sí. 
-Dadme vuestras órdenes, reverenda madre. 
-Fauvent, tenemos confianza en vos. 
-Estoy aquí para obedecer. 
-Y para callar. 
-Sí, reverenda madre. 
-Cuando esté abierta la bóveda... 
-La volveré a cerrar. 
-Pero antes... 
-¿Qué, reverenda madre? 
-Es preciso bajar algo. 
Hubo un momento de silencio. La priora, después de hacer un gesto con el labio 
inferior que parecía indicar duda, lo rompió: 
-¿Tío Fauvent? 
-¿Reverenda madre? 
-¿Sabéis que esta mañana ha muerto una madre? 
-No. 
-¿No habéis oído la campana? 
-En el jardín no se oye nada. 
-¿De veras? 
-Apenas distingo yo mi toque. 
-Ha muerto al romper el día. Ha sido la madre Crucifixión, una bienaventurada. La 
madre Crucifixión en vida hacía muchas conversiones; después de la muerte hará 
milagros. 
-¡Los hará! -contestó Fauchelevent. 
-Tío Fauvent, la comunidad ha sido bendecida en la madre Crucifixión. Su muerte ha 
sido preciosa, hemos visto el paraíso con ella. 
Fauchelevent creyó que concluía una oración, y dijo: 
-Amén. 
-Tío Fauvent, es preciso cumplir la voluntad de los muertos. Por otra parte, ésta es más 
que una muerta, es una santa. 
-Como vos, reverenda madre. 
-Dormía en su ataúd desde hace veinte años, con la autorización expresa de nuestro 
Santo Padre Pío VII. Tío Fauvent, la madre Crucifixión será sepultada en el ataúd en que 
ha dormido durante veinte años. 
-Es justo. 
-Es una continuación del sueño. 
-¿La encerraré en ese ataúd? 
-Sí. 
-¿Y dejaremos a un lado la caja de las pompas fúnebres? 
-Precisamente. 
-Estoy a las órdenes de la reverendísima comunidad. 
-Las cuatro madres cantoras os ayudarán. 
-¿A clavar la caja? No las necesito. 
-No, a bajarla. 
-¿Adónde? 
A la cripta. 
¿Qué cripta? 
-Debajo del altar. 
Fauchelevent dio un brinco. 
-¡A la cripta debajo del altar! 
-Debajo del altar. 
-Pero... 
-Llevaréis una barra de hierro. 
-Sí, pero... 
-Levantaréis la piedra metiendo la barra en el anillo. 
-Pero... 
-Debemos obedecer a los muertos. El deseo supremo de la madre Crucifixión ha sido 
ser enterrada en su ataúd y debajo del altar de la capilla, no ir a tierra profana; morar 
muerta en el mismo sitio en que ha rezado en vida. Así nos lo ha pedido, es decir, nos lo 
ha mandado. 
-Pero eso está prohibido. 
-Prohibido por los hombres; ordenado por Dios. 
-¿Y si se llega a saber? 
-Tenemos confianza en vos. 
-¡Oh! Yo soy como una piedra de esa pared. 
-Se ha reunido el capítulo. Las madres vocales, a quienes acabo de consultar, y que aún 
están deliberando, han decidido que, conforme a sus deseos, la madre Crucifixión sea 
enterrada en su ataúd y debajo del altar. ¡Figuraos, tío Fauvent, si se llegasen a hacer 
milagros aquí! ¡Qué gloria en Dios para la comunidad! Los milagros salen de los 
sepulcros. 
-Pero, reverenda madre, si el inspector de la comisión de salubridad... 
La priora tomó aliento y, volviéndose a Fauchelevent, le dijo: 
-Tío Fauvent, ¿está acordado? 
-Está acordado, reverenda madre. 
-¿Puedo contar con vos? 
-Obedeceré. 
-Está bien. Cerraréis el ataúd, las hermanas lo llevarán a la capilla, rezarán el oficio de 
difuntos y después volverán al claustro. A las once y media vendréis con vuestra barra de 
hierro, y todo se hará en el mayor secreto. En la capilla no habrá nadie más que las cuatro 
madres cantoras, la madre Ascensión y vos. 
-¿Reverenda madre? 
-¿Qué, tío Fauvent? 
-¿Ha hecho ya su visita habitual el médico de los muertos? 
-La hará hoy a las cuatro. Se ha dado el toque que manda llamarle. 
-Reverenda madre, ¿todo está arreglado ya? 
-No. 
-¿Pues qué falta? 
-Falta la caja vacía. 
Esto produjo una pausa. Fauchelevent meditaba, la priora meditaba. 
-Tío Fauvent, ¿qué haremos del ataúd? 
-Lo enterraremos. 
-¿Vacío? 
Nuevo silencio. Fauchelevent hizo con la mano izquierda ese gesto que parece dar por 
terminada una cuestión enfadosa. 
-Reverenda madre, yo soy el que ha de clavar la caja en el depósito de la iglesia; nadie 
puede entrar allí más que yo, y yo cubriré el ataúd con el paño mortuorio. 
-Sí, pero los mozos, al llevarlo al carro y al bajarlo a la fosa, se darán cuenta en seguida 
que no tiene nada dentro. 
-¡Ah, dia...! -exclamó Fauchelevent. 
La priora se santiguó y miró fijamente al jardinero. El blo se le quedó en la garganta. 
Se apresuró a improvisar una salida para hacer olvidar el juramento. 
-Echaré tierra en la caja y hará el mismo efecto que si llevara dentro un cuerpo. 
-Tenéis razón. La tierra y el hombre son una misma cosa. ¿De modo que arreglaréis el 
ataúd vacío? 
-Lo haré. 
La fisonomía de la priora, hasta entonces turbada y sombría, se serenó. El jardinero se 
dirigió hacia la puerta. Cuando iba a salir, la priora elevó suavemente la voz. 
-Tío Fauvent, estoy contenta de vos. Mañana, después del entierro, traedme a vuestro 
hermano, y decidle que lo acompañe la niña. 
IV 
Parece que Jean Valjean conocía a Agustín Castillejo 
Fauchelevent estaba perplejo. Empleó cerca de un cuarto de hora en llegar a su choza 
del jardín. Al ruido que hizo Fauchelevent al abrir la puerta, se volvió Jean Valjean. 
-¿Y qué? 
-Todo está arreglado, y nada está arreglado -contestó Fauchelevent-. Tengo ya permiso 
para entraros; pero antes es preciso que salgáis. Aquí está el atasco. En cuanto a la niña, 
es fácil. 
-¿La llevaréis? 
-¿Se callará? 
-Yo respondo. 
-Pero, ¿y vos, señor Magdalena? Y hay otra cosa que me atormenta. He dicho que 
llenaré la caja de tierra, y ahora pienso que llevando tierra en vez de un cuerpo no se 
confundirá, sino que se moverá, se correrá; los hombres se darán cuenta. 
Jean Valjean lo miró atentamente, creyendo que deliraba. 
Fauchelevent continuó: 
-¿Cómo di... antre vais a salir? ¡Y es preciso que todo quede hecho mañana! Porque 
mañana os he de presentar; la priora os espera. 
Entonces explicó a Jean Valjean que esto era una recompensa por un servicio que él, 
Fauchelevent, hacía a la comunidad. Y le relató su entrevista con la priora. Pero no podía 
traer de fuera al señor Magdalena, si el señor Magdalena no salía. 
Aquí estaba la primera dificultad, pero después había otra, el ataúd vacío. 
-¿Qué es eso del ataúd vacío? -preguntó Jean Valjean. 
Fauchelevent respondió: 
-El ataúd de la administración. 
-¿Qué ataúd y qué administración? 
-Cuando muere una monja viene el médico del Ayuntamiento y dice "Ha muerto una 
monja". El gobierno envía un ataúd, y al día siguiente un carro fúnebre y sepultureros que 
cogen el ataúd y lo llevan al cementerio. Vendrán los sepultureros y levantarán la caja y 
no habrá nada dentro. 
-¡Pues meted cualquier cosa! Un vivo, por ejemplo. 
-¿Un vivo? No lo tengo. 
-Yo -dijo Jean Valjean. 
Fauchelevent que estaba sentado, se levantó como si hubiese estallado un petardo 
debajo de la silla. 
-¡Ah!, os reís; no habláis con seriedad. 
-Hablo muy en serio. ¿No es necesario salir de aquí? 
-Sin duda. . 
-Os he dicho que busquéis también para mí una cesta y una tapa. 
-¿Y qué? 
-La cesta será de pino y la tapa un paño negro. Se trata de salir de aquí sin ser visto. 
¿Cómo se hace todo? ¿Dónde está ese ataúd? 
-¿El que está vacío? 
-Sí. 
-Allá en lo que se llama la sala de los muertos. Está sobre dos caballetes y bajo el paño 
mortuorio. 
-¿Qué longitud tiene la caja? 
-Seis pies. 
-¿Quién clava el ataúd? 
-Yo. 
-¿Quién pone el paño encima? 
-Yo. 
-¿Vos solo? 
-Ningún otro hombre, excepto el médico forense, puede entrar en el salón de los 
muertos. Así está escrito en la pared. 
-¿Y podríais esta noche, cuando todos duermen en el convento, ocultarme en esa sala? 
-No, pero puedo ocultaros en un cuartito oscuro que da a la sala de los muertos, donde 
guardo mis útiles de enterrar, y cuya llave tengo. 
-¿A qué hora vendrá mañana el carro a buscar el ataúd? 
-A eso de las tres de la tarde. El entierro se hace en el cementerio Vaugirard un poco 
antes de anochecer y no está muy cerca. 
-Estaré escondido en el cuartito de las herramientas toda la noche y toda la mañana. ¿Y 
qué comeré? Tendré hambre. 
-Yo os llevaré algo. 
-Podéis ir a encerrarme en el ataúd a las dos. 
Fauchelevent retrocedió chasqueando los dedos. 
-¡Pero eso es imposible! 
-¿Qué? ¿Tomar un martillo y clavar los clavos en una madera? 
Lo que parecía imposible a Fauchelevent, era simple para Jean Valjean, que había 
encarado peores desafíos para sus evasiones. 
Además, este recurso de reclusos lo fue también de emperadores. Pues, si hemos de 
creer al monje Agustín Castillejo, éste fue el medio de que se valió Carlos V, después de 
su abdicación, para ver por última vez a la Plombes, para hacerla entrar y salir del 
monasterio de Yuste. 
Fauchelevent, un poco más tranquilizado, preguntó: 
-Pero, ¿cómo habéis de respirar? 
-Ya respiraré. 
-¡En aquella caja! Solamente de pensar en ello me ahogo. 
-Buscaréis una barrena, haréis algunos agujeritos alrededor del sitio donde coincida la 
boca, y clavaréis sin apretar la tapa. 
-¡Bueno! ¿Y si os ocurre toser o estornudar? 
-El que se escapa no tose ni estornuda. 
Luego añadió: 
-Tío Fauchelevent, es preciso decidirse; o ser descubierto aquí o salir en el carro 
fúnebre. 
-La verdad es que no hay otro medio. 
-Lo único que me inquieta es lo que sucederá en el cementerio. 
-Pues eso es justamente lo que me tiene a mí sin cuidado -dijo Fauchelevent-. Si tenéis 
seguridad de poder salir de la caja, yo la tengo de sacaros de la fosa. El enterrador es un 
borracho amigo mío, Mestienne. El enterrador mete a los muertos en la fosa, y yo meto al 
enterrador en mi bolsillo. Voy a deciros lo que sucederá. Llegamos un poco antes de la 
noche, tres cuartos de hora antes de que cierren la verja del cementerio. El carro llega 
hasta la sepultura, y yo lo sigo porque es mi obligación. Llevaré un martillo, un formón y 
tenazas en el bolsillo. Se detiene el carro; los mozos atan una cuerda al ataúd y os bajan a 
la sepultura. El cura reza las oraciones, hace la señal de la cruz, echa agua bendita y se 
va. Me quedo yo solo con Mestienne, que es mi amigo, como os he dicho. Y entonces 
sucede una de dos cosas: o está borracho, o no lo está. Si no está borracho, le digo: Ven a 
echar una copa mientras está aún abierto el bar. Me lo llevo, y lo emborracho; no es 
difícil emborrachar a Mestienne, porque siempre tiene ya principios de borrachera; lo 
dejo bajo la mesa, tomo su cédula para volver a entrar en el cementerio, y regreso solo. 
Entonces ya no tenéis que ver más que conmigo. En el otro caso, si ya está borracho, le 
digo: Anda; yo haré lo trabajo. Se va y os saco del agujero. 
Jean Valjean le tendió la mano, y Fauchelevent se precipitó hacia ella con tierna 
efusión. 
-Está convenido, Fauchelevent. Todo saldrá bien. 
-"Con tal de que nada se descomponga -pensó Fauchelevent-. ¡Qué horrible sería!" 

Entre cuatro tablas 
Todo sucedió como dijera Fauchelevent, y el viejo jardinero se fue cojeando tras la 
carroza, muy contento. Sus dos complots, uno con las religiosas y el otro con el señor 
Magdalena, habían sido un éxito. En cuanto se deshizo del enterrador, el viejo jardinero 
se inclinó hacia la fosa y dijo en voz baja: 
-¡Señor Magdalena! 
Nadie respondió. Fauchelevent tembló. Se dejó caer en la fosa más bien que bajó, se 
echó sobre el ataúd y gritó: 
-¿Estáis ahí? 
Continuó el silencio. Fauchelevent, casi sin respiración, sacó el formón y el martillo, a 
hizo saltar la tapa de la caja. El rostro de Jean Valjean estaba pálido y con los ojos 
cerrados. Fauchelevent sintió que se le erizaban los cabellos; se puso de pie y se apoyó de 
espaldas en la pared de la fosa. 
-¡Está muerto! -murmuró. 
Entonces el pobre hombre se puso a sollozar. 
-¡Señor Magdalena! ¡Señor Magdalena! Se ha ahogado, bien lo decía yo. Y está muerto 
este hombre bueno, el más bueno de todos los hombres. No puede ser. ¡Señor 
Magdalena! ¡Señor alcalde! ¡Salid de ahí, por favor! 
Se inclinó otra vez a mirar a Jean Valjean y retrocedió bruscamente todo lo que se 
puede retroceder en una sepultura. Jean Valjean tenía los ojos abiertos y lo miraba. 
Ver una muerte es una cosa horrible, pero ver una resurrección no lo es menos. 
Fauchelevent se quedó petrificado, pálido, confuso, rendido por el exceso de las 
emociones, sin saber si tenía que habérselas con un muerto o con un vivo. 
-Me dormí -dijo Jean Valjean. 
Y se sentó. Fauchelevent cayó de rodillas. 
-¡Qué susto me habéis dado! -exclamó. 
Jean Valjean estaba sólo desmayado. El aire puro le devolvió el conocimiento. 
-Tengo frío -dijo. 
-¡Salgamos pronto de aquí! -dijo Fauchelevent. 
Cogió él la pala y Jean Valjean el azadón, y enterraron el ataúd vacío. Caía la noche. Se 
fueron por el mismo camino que había llevado el carro fúnebre. No tuvieron 
contratiempos; en un cementerio una pala y un azadón son el mejor pasaporte. Cuando 
llegaron a la verja, Fauchelevent, que llevaba en la mano la cédula del enterrador, la echó 
en la caja, el guarda tiró de la cuerda, se abrió la puerta y salieron. 
-¡Qué bien resultó todo! ¡Habéis tenido una idea magnífica, señor Magdalena! -dijo 
Fauchelevent. 
VI 
Interrogatorio con buenos resultados 
Una hora después, en la oscuridad de la noche, dos hombres y una niña se presentaban 
en el número 62 de la calle Picpus. El más viejo de los dos cogió el aldabón y llamó. 
Eran Fauchelevent, Jean Valjean y Cosette. 
Los dos hombres habían ido a buscar a la niña a casa de la frutera, donde la había 
dejado Fauchelevent la víspera. Cosette había pasado esas veinticuatro horas sin 
comprender nada y temblando en silencio. Temblaba tanto, que no había llorado, no 
había comido ni dormido. La pobre frutera le había hecho mil preguntas sin conseguir 
más respuesta que una mirada triste, siempre la misma. Cosette no había dejado traslucir 
nada de lo que había oído y visto en los dos últimos días. Adivinaba que estaba 
atravesando una crisis y que era necesario ser prudente. ¡Quién no ha experimentado el 
terrible poder de estas tres palabras pronunciadas en cierto tono al oído de un niño 
aterrado: "¡No digas nada!" El miedo es mudo. Por otra parte, nadie guarda tan bien un 
secreto como un niño. 
Fauchelevent era del convento y sabía la contraseña. Todas las puertas se abrieron. Así 
se resolvió el doble y difícil problema: salir y entrar. La priora, con el rosario en la mano, 
los esperaba ya, acompañada de una madre vocal con el velo echado sobre la cara. Una 
débil luz aclaraba apenas el locutorio. La priora examinó a Jean Valjean. Nada escudriña 
tanto como unos ojos bajos. Después le preguntó: 
-¿Sois el hermano? 
-Sí, reverenda madre -respondió Fauchelevent. 
-¿Cómo os llamáis? 
Fauchelevent respondió: 
-Ultimo Fauchelevent. 
Había tenido, en efecto, un hermano llamado Ultimo, que había muerto. 
-¿De dónde sois? 
Fauchelevent respondió: 
-De Picquigny, cerca de Amiens. 
-¿Qué edad tenéis? 
Fauchelevent respondió: 
-Cincuenta años. 
-¿Qué oficio? 
Fauchelevent respondió: 
-Jardinero. 
-¿Sois buen cristiano? 
Fauchelevent respondió: 
-Todos lo son en nuestra familia. 
-¿Es vuestra esta niña? 
Fauchelevent respondió: 
-Sí, reverenda madre. 
-¿Sois su padre? 
Fauchelevent respondió: 
-Su abuelo. 
La madre vocal dijo entonces a la priora: 
-Responde bien. 
Jean Valjean no había pronunciado una sola palabra. 
La priora miró a Cosette con atención, y dijo a media voz a la madre vocal: 
-Será fea. 
Las dos religiosas hablaron algunos minutos en voz baja en el rincón del locutorio, y 
después volvió a su asiento la priora y dijo: 
-Tío Fauvent, buscaréis otra rodillera con campanilla. Ahora hacen falta dos. 
Y así fue que al día siguiente se oían dos campanillas en el jardín. Jean Valjean estaba 
ya instalado formalmente; tenía su rodillera de cuero y su campanilla; se llamaba Ultimo 
Fauchelevent. La causa más eficaz de su admisión había sido esta observación de la 
priora sobre Cosette: "Será fea". Así que la priora dio este pronóstico, tomó simpatía a 
Cosette, y la admitió en el colegio como alumna sin pago. 
VII 
Clausura 
Cosette continuó guardando silencio en el convento. Se creía hija de Jean Valjean; y 
como por otra parte nada sabía, nada podía contar. Se acostumbró muy pronto al colegio; 
al entrar de educanda, tuvo que ponerse el traje de las colegialas de la casa. Jean Valjean 
consiguió que le devolvieran los vestidos que usaba, es decir, el mismo traje de luto con 
que la vistió cuando la sacó de las garras de los Thenardier. El traje no estaba aún muy 
usado; Jean Valjean lo guardó en una maletita con mucho alcanfor y otros aromas que 
abundaban en los claustros. 
El convento era para Jean Valjean como una isla rodeada de abismos; aquellos cuatro 
muros eran el mundo para él. Tenía bastante cielo para estar tranquilo, y tenía a Cosette 
para ser feliz. Empezó, pues, para él una vida muy grata. 
Trabajaba todos los días en el jardín, y era muy útil. Había sido en su juventud podador, 
y sabía mucho de jardinería. Las religiosas lo llamaban el otro Fauvent. 
En las horas de recreo, miraba desde lejos cómo jugaba y reía Cosette, y distinguía su 
risa de las de las demás. Porque ahora Cosette reía. 
Dios tiene sus caminos: el convento contribuía, como Cosette, a mantener y completar 
en Jean Valjean la obra del obispo. Mientras no se había comparado más que con el 
obispo, se había creído indigno, y había sido humilde; pero desde que, hacía algún 
tiempo, se comparaba con los hombres, había principiado a nacer en él el orgullo. ¿Quién 
sabe si tal vez, y poco a poco, habría concluido por volver al odio? 
El convento lo detuvo en esta pendiente. 
Algunas veces se apoyaba en la pala, y descendía lentamente por la espiral sin fin de la 
meditación. Recordaba a sus antiguos compañeros, y su gran miseria. Vivían sin nombre; 
sólo eran conocidos por números; estaban casi convertidos en cifras, y vivían en la 
vergüenza, con los ojos bajos, la voz queda, los cabellos cortados, y recibiendo golpes. 
Después su espíritu se dirigía a los seres que tenía ante la vista. 
Estos seres vivían también con los cabellos cortados, los ojos bajos, la voz queda, , no 
en la vergüenza, pero sí en medio de la burla del mundo. Los otros eran hombres; éstos 
eran mujeres. ¿Y qué habían hecho aquellos hombres? Habían robado, violado, saqueado, 
asesinado. Eran bandidos, falsarios, envenenadores, incendiarios, asesinos, parricidas. ¿Y 
qué habían hecho estas mujeres? Nada. 
Cuando pensaba en estas cosas se abismaba su espíritu en el misterio de la sublimidad. 
En estas meditaciones desaparecía el orgullo. Dio toda clase de vueltas sobre sí mismo 
y reconoció que era malo y lloró muchas veces. Todo lo que había sentido su alma en seis 
meses lo llevaba de nuevo a las santas máximas del obispo, Cosette por el amor, el 
convento por la humildad. 
Algunas veces a la caída de la tarde, en el crepúsculo, a la hora en que el jardín estaba 
desierto, se le veía de rodillas en medio del paseo que costeaba la capilla, delante de la 
ventana por donde había mirado la primera noche, vuelto hacia el sitio en que sabía que 
la hermana que hacía el desagravio estaba prosternada en oración. Rezaba arrodillado 
ante esa monja. Parecía que no se atrevía a arrodillarse directamente delante de Dios. 
Todo lo que lo rodeaba, aquel jardín pacífico, aquellas flores embalsamadas, aquellas 
niñas dando gritos de alegría, aquellas mujeres graves y sencillas, aquel claustro 
silencioso, lo penetraban lentamente, y poco a poco su alma iba adquiriendo el silencio 
del claustro, el perfume de las flores, la paz del jardín, la ingenuidad de las monjas y la 
alegría de las niñas. Además, recordaba que precisamente dos casas de Dios lo habían 
acogido en los momentos críticos de su vida; la primera cuando todas las puertas se le 
cerraban y lo rechazaba la sociedad humana; la segunda, cuando la sociedad humana 
volvía a perseguirlo, y el presidio volvía a llamarlo; sin la primera, hubiera caído en el 
crimen; sin la segunda, en el suplicio. Su corazón se deshacía en agradecimiento, y ama- 
ba cada día más. Muchos años pasaron así; Cosette iba creciendo. 
TERCERA PARTE 
Marius 
LIBRO PRIMERO 
París en su átomo 

El pilluelo 
París tiene un hijo y el bosque un pájaro. El pájaro se llama gorrión, y el hijo pilluelo. 
Asociad estas dos ideas, París y la infancia, que contienen la una todo el fuego, la otra 
toda la aurora; haced que choquen estas dos chispas, y el resultado es un pequeño ser. 
Este pequeño ser es muy alegre. No come todos los días, pero va a los espectáculos 
todas las noches, si se le da la gana. No tiene camisa sobre su pecho, ni zapatos en los 
pies, ni techo sobre la cabeza, igual que las aves del cielo. Tiene entre siete y trece años; 
vive en bandadas; callejea todo el día, vive al aire libre; viste un viejo pantalón de su 
padre que le llega a los talones, un agujereado sombrero de quién sabe quién que se le 
hunde hasta las orejas, y un solo tirante amarillo. Corre, espía, pregunta, pierde el tiempo, 
sabe curar pipas, jura como un condenado, frecuenta las tabernas, es amigo de ladrones, 
tutea a las prostitutas, habla la jerga de los bajos fondos, canta canciones obscenas, y no 
tiene ni una gota de maldad en su corazón. Es que tiene en el alma una perla, la 
inocencia; y las perlas no se disuelven en el fango. Mientras el hombre es niño, Dios 
quiere que sea inocente. 
Si preguntamos a esta gran ciudad: ¿Quién es ése? respondería: es mi hijo. El pilluelo 
de París es el hijo enano de la gran giganta. 
Este querubín del arroyo tiene a veces camisa, pero entonces es la única; usa a veces 
zapatos, pero no siempre con suela; tiene a veces casa, y la ama, porque en ella encuentra 
a su madre; pero prefiere la calle, porque en ella encuentra la libertad. Sus juegos son 
peculiares. Su trabajo consiste en proporcionar coches de alquiler, bajar el estribo de los 
carruajes, establecer pasos de una acera a otra en los días de mucha lluvia, lo que él llama 
"hacer el Puente de las Artes"; también pregonar los discursos de la autoridad en favor 
del pueblo francés; ahondar las junturas del empedrado. Tiene su moneda, que se 
compone de todos los pedazos de cobre que se encuentra en la calle. Esta curiosa 
moneda, llamada "hilacha", posee una cotización invariable entre esta bohemia infantil. 
Tiene su propia fauna, que observa cuidadosamente por los rincones. Buscar 
salamandras entre las piedras es un placer extraordinario, y no menor lo es el de levantar 
el empedrado y ver correr las sabandijas. 
Por la noche el pilluelo, gracias a algunas monedas que siempre halla medio de 
procurarse, va al teatro, y allí se transfigura. También basta que él esté allí con su alegría, 
con su poderoso entusiasmo, con sus aplausos, para que esa sala estrecha, fétida, obscura, 
fea, malsana, repugnante, sea el paraíso. 
Este pequeño ser grita, se burla, se mueve, pelea; va vestido en harapos como un 
filósofo; pesca y caza en las cloacas, saca alegría de la inmundicia, aturde las calles con 
su locuacidad, husmea y muerde, silba y canta, aplaude a insulta, encuentra sin buscar, 
sabe lo que ignora, es loco hasta la sabiduría, poeta hasta la obscenidad, se revuelca en el 
estiércol, y sale de él cubierto de estrellas. 
El pilluelo ama la ciudad y ama también la soledad; tiene mucho de sabio. 
Cualquiera que vagabundee por las soledades contiguas a nuestros arrabales, que 
podrían llamarse los limbos de París, descubre aquí y allá, en el rincón más abandonado, 
en el momento más inesperado, detrás de un seto poco tupido o en el ángulo de una 
lúgubre pared, grupos de niños malolientes, llenos de lodo y polvo, andrajosos, 
despeinados, que juegan coronados de florecillas: son los niños de familias pobres 
escapados de sus hogares. Allí viven lejos de toda mirada, bajo el dulce sol de primavera, 
arrodillados alrededor de un agujero hecho en la tierra, jugando a las bolitas, disputando 
por un centavo, irresponsables, felices. Y, cuando os ven, se acuerdan de que tienen un 
trabajo, que les hace falta ganarse la vida, y os ofrecen en venta una vieja media de lana 
llena de abejorros, o un manojo de lilas. El encuentro con estos niños extraños es una de 
las experiencias más encantadoras, pero a la vez de las más dolorosas que ofrecen los 
alrededores de París. 
Son niños que no pueden salir de la atmósfera parisiense, del mismo modo que los 
peces no pueden salir del agua. Respirar el aire de París conserva su alma. 
El pilluelo parisiense es casi una casta. Pudiera decirse que se nace pilluelo, que no 
cualquiera, sólo por desearlo, es un pilluelo de París. ¿De qué arcilla está hecho? Del 
primer fango que se encuentre a mano. Un puñado de barro, un soplo, y he aquí a Adán. 
Sólo basta que Dios pase. Siempre ha pasado Dios junto al pilluelo. 
El pilluelo es una gracia de la nación, y al mismo tiempo una enfermedad; una 
enfermedad que es preciso curar con la luz. 
II 
Gavroche 
Unos ocho o nueve años después de los acontecimientos referidos en la segunda parte 
de esta historia, se veía por el boulevard del Temple a un muchachito de once a doce 
años, que hubiera representado a la perfección el ideal del pilluelo que hemos bosquejado 
más arriba, si, con la sonrisa propia de su edad en los labios, no hubiera tenido el corazón 
vacío y opaco. Este niño vestía un pantalón de hombre, pero no era de su padre, y una 
camisa de mujer, que no era de su madre. Personas caritativas lo habían socorrido con 
tales harapos. Y, sin embargo, tenía un padre y una madre; pero su padre no se acordaba 
de él y su madre no lo quería. Era uno de esos niños dignos de lástima entre todos los que 
tienen padre y madre, y son huérfanos. 
Este niño no se encontraba en ninguna parte tan bien como en la calle. El empedrado 
era para él menos duro que el corazón de su madre. Sus padres lo habían arrojado al 
mundo de un puntapié. Había empezado por sí mismo a volar. 
Era un muchacho pálido, listo, despierto, burlón, ágil, vivaz. Iba, venía, cantaba, robaba 
un poco, como los gatos y los pájaros, alegremente; se reía cuando lo llamaban tunante, y 
se molestaba cuando lo llamaban granuja. No tenía casa, ni pan, ni lumbre, ni amor, pero 
estaba contento porque era libre. 
Sin embargo, por más abandonado que estuviera este niño, cada dos o tres meses decía: 
¡Voy a ver a mamá! Y entonces bajaba al muelle, cruzaba los puentes, entraba en el 
arrabal, pasaba la Salpétrière, y se paraba precisamente en el número 50-52 que el lector 
conoce ya, frente a la casa Gorbeau. 
La casa número 50-52, habitualmente desierta, y eternamente adornada con el letrero: 
"Cuartos disponibles", estaba habitada ahora por gente que, como sucede siempre en 
París, no tenían ningún vínculo ni relación entre sí, salvo ser todos indigentes. 
Había una inquilina principal, como se llamaba a sí misma la señora Burgon, que había 
reemplazado a la portera de la época de Jean Valjean, que había muerto. 
Los más miserables entre los que vivían en la casa eran una familia de cuatro personas, 
padre, madre y dos hijas, ya bastante grandes; los cuatro vivían en la misma buhardilla. 
El padre al alquilar el cuarto dijo que se llamaba Jondrette. Algún tiempo después de la 
mudanza, que se había parecido, usando una expresión memorable de la portera, a "la 
entrada de la nada", este Jondrette dijo a la señora Burgon: 
-Si viene alguien a preguntar por un polaco, o por un italiano, o tal vez por un español, 
ése soy yo. 
Esta familia era la familia del alegre pilluelo. Llegaba allí, encontraba la miseria y, lo 
que es más triste, no veía ni una sonrisa; el frío en el hogar, el frío en los corazones. 
Cuando entraba le preguntaban: 
-¿De dónde vienes? 
Y respondía: 
-De la calle. 
Cuando se iba le preguntaban: 
-¿Adónde vas? 
Y respondía: 
-A la calle. 
Su madre le decía: 
-¿Entonces, a qué vienes aquí? 
Este muchacho vivía en una carencia completa de afectos, más no sufría ni echaba la 
culpa a nadie; no tenía una idea exacta de lo que debía ser un padre y una madre. 
Por lo demás, su madre amaba sólo a sus hermanas. 
En el boulevard del Temple llamaban a este niño el pequeño Gavroche. ¿Por qué se 
llamaba Gavroche? Probablemente porque su padre se llamaba Jondrette. Cortar el hilo 
parece ser el instinto de muchas familias miserables. 
El cuarto que los Jondrette ocupaban en casa Gorbeau estaba al extremo del corredor. 
El cuarto contiguo estaba ocupado por un joven muy pobre que se llamaba Marius. 
Digamos ahora quién era Marius. 
LIBRO SEGUNDO 
El gran burgués 

Noventa años y treinta y dos dientes 
El señor Lucas-Espíritu Gillenormand era un hombre sumamente particular; era de otra 
época, un verdadero burgués de esos del siglo XVIII, que vivía su burguesía con la 
misma altivez que un marqués vive su marquesado. Había cumplido noventa años y 
caminaba muy derecho, hablaba alto, bebía mucho, comía, dormía y roncaba. Conservaba 
sus treinta y dos dientes y sólo se ponía anteojos para leer. Era muy aficionado a las 
aventuras amorosas, pero afirmaba que hacía ya una docena de años que había 
renunciado decididamente a las mujeres. "Ya no les gusto -decía-, porque soy pobre." 
Jamás dijo "porque estoy viejo". Y en realidad confesaba sólo con una pequeña renta. 
Vivía en el Marais, en la calle de las Hijas del Calvario, número 6, en casa propia. 
Era superficial y tenía muy mal genio. Se enfurecía por cualquier cosa, y muchas veces 
sin tener la menor razón. Decía groserías con cierta elegante tranquilidad a indiferencia. 
Creía muy poco en Dios. Era monárquico fanático. 
Se había casado dos veces. La primera mujer le dio una hija, que permaneció soltera. 
La segunda le dio otra hija, que murió a los treinta años, y que se había casado por amor 
con un militar que sirvió en los ejércitos de la República y del Imperio, que había ganado 
la cruz en Austerlitz y recibido el grado de coronel en Waterloo. 
-Es la deshonra de la familia -decía el viejo Gillenormand. 
II 
Las hijas 
Las dos hijas del señor Gillenormand habían nacido con dieciséis años de diferencia. 
En su juventud se habían parecido muy poco, tanto por su carácter como por su 
fisonomía. Fueron lo menos hermanas que se puede ser. La menor era un alma bellísima, 
amante de todo lo que era luz, pensando siempre en flores, versos y música, volando en 
los espacios gloriosos, entusiasta, espiritual, soñando desde la infancia con una vaga e 
ideal figura heroica. La mayor tenía también su quimera; veía en el futuro algún gran 
contratista muy rico, un marido espléndidamente tonto, un millón hecho hombre. 
La menor se había casado con el hombre de sus sueños, pero murió. La mayor no se 
había casado. En el momento que ésta sale a la escena en nuestro relato, era una solterona 
mojigata que estaba a cargo de la casa de su padre. Se la conocía como la señorita 
Gillenormand mayor. 
Era el pudor llevado al extremo. Tenía un recuerdo horrible en su vida: un día le había 
visto un hombre la liga. Sin embargo, y el que pueda explicará estos misterios de la 
inocencia, se dejaba abrazar sin repugnancia por un oficial de lanceros, sobrino segundo 
suyo, llamado Teódulo. 
El señor Gillenormand tenía dos sirvientes, Nicolasa y Vasco. Cuando alguien entraba a 
su servicio, el anciano le cambiaba nombre. La criada, por ejemplo, se llamaba Olimpia; 
él la llamó Nicolasa. El hombre, un gordo de unos cincuenta años incapaz de correr 
veinte pasos, había nacido en Bayona, por lo cual lo llamó Vasco. 
Había además en la casa, entre esta solterona y este viejo, un niño siempre tembloroso y 
mudo delante del señor Gillenormand, el cual no le hablaba nunca sino con voz severa, y 
algunas veces con el bastón levantado: 
-¡Venid aquí, caballerito! Bergante, pillo, acercaos a mí. Responded, tunante. Que ni os 
vea yo, galopín, en... 
Lo idolatraba. 
Era su nieto. 
LIBRO TERCERO 
El abuelo y el nieto 

Un espectro rojo 
Este niño, de siete años, blanco, sonrosado, fresco, de alegres a inocentes ojos, siempre 
oía murmurar a su alrededor estas frases: "¡Qué lindo es! ¡Qué lástima! ¡Pobre niño!" Lo 
llamaban pobre niño porque su padre era "un bandido del Loira". 
Este bandido del Loira era el yerno del señor Gillenormand, y había sido calificado por 
éste como la deshonra de la familia. 
Sin embargo, quien pasara en aquella época por la pequeña aldea de Vernon, podría 
observar desde lo alto del puente a un hombre que se paseaba casi todos los días con una 
azadilla y una podadora en la mano. Tendría unos cincuenta años, iba vestido con un 
pantalón y una especie de casaca de burdo paño gris, en el cual llevaba cosida una cosa 
amarilla que en su tiempo había sido una cinta roja; en su rostro, tostado por el sol, había 
una gran cicatriz desde la frente hasta la mejilla; tenía el pelo casi blanco; caminaba 
encorvado, como envejecido antes de tiempo. 
Vivía en la más humilde de las casas del pueblo. Las flores eran toda su ocupación. 
Comía muy frugalmente, y bebía más leche que vino; era tímido hasta parecer arisco; 
salía muy poco, y no veía a nadie más que a los pobres que llamaban a su ventana, y al 
padre Mabeuf, el cura, que era un buen hombre de bastante edad. Sin embargo, si alguien 
llamaba a su puerta para ver sus tulipanes y sus rosas, abría sonriendo. 
Era el bandido del Loira. 
Su nombre era Jorge Pontmercy. Fue un militar que combatió en los ejércitos de 
Napoleón en innumerables batallas, y a quien el emperador concedió la cruz de honor por 
su valentía y fidelidad. Acompañó a Napoleón a la isla de Elba; en Waterloo fue quien 
cogió la bandera del batallón de Luxemburgo, y fue a colocarla a los pies del emperador, 
todo cubierto de sangre, pues había recibido, al apoderarse de ella, un sablazo en la cara. 
El emperador, lleno de satisfacción, le dijo: Sois coronel, barón y oficial de la Legión de 
Honor. 
Después de Waterloo, la Restauración dejó a Pontmercy a media paga, y después lo 
envió al cuartel, es decir, sujeto a vigilancia en Vernon. El rey Luis XVIII, considerando 
como no sucedido todo lo que se había hecho en los Cien Días, no le reconoció ni la 
gracia de oficial de la Legión de Honor, ni su grado de coronel, ni su título de barón. 
En tiempos del Imperio, entre dos guerras, había encontrado la oportunidad para 
casarse con la señorita Gillenormand. En 1815 murió esta mujer admirable, inteligente, 
poco común, y digna de su marido, dejándole un niño. Ese niño habría sido la felicidad 
del coronel en su soledad; pero el abuelo reclamó imperiosamente a su nieto, declarando 
que, si no se lo entregaba, lo desheredaría. Impuso expresamente que Pontmercy no 
trataría nunca de ver ni hablar a su hijo. El padre accedió por el interés del niño, y no 
pudiendo tener al lado a su hijo, se dedicó a amar a las flores. 
La herencia del abuelo Gillenormand era poca cosa; pero la de la señorita Gillenormand 
mayor era grande, porque su madre había sido muy rica, y habiendo ella permanecido 
soltera, el hijo de su hermana era su heredero natural. El niño, que se llamaba Marius, 
sabía que tenía padre, pero nada más. Nadie abría la boca para hablarle de él, y llegó poco 
a poco a no pensar en su padre sino lleno de vergüenza y con el corazón oprimido. 
Mientras Marius crecía en esta atmósfera, cada dos o tres meses se escapaba el coronel, 
iba furtivamente a París y se apostaba en San Sulpicio, a la hora en que la señorita 
Gillenormand llevaba a Marius a misa; y allí, temblando al pensar que la tía podía darse 
vuelta y verlo, oculto detrás de un pilar, inmóvil, sin atreverse apenas a respirar, miraba a 
su hijo. Aquel hombre, lleno de cicatrices, tenía miedo de una vieja solterona. 
Aquí había nacido su amistad con el cura de Vernon, señor Mabeuf. 
Este digno sacerdote tenía un hermano, administrador de la Parroquia de San Sulpicio, 
que había visto muchas veces a este hombre contemplar a su hijo, y se había fijado en la 
cicatriz que le cruzaba la mejilla y en la gruesa lágrima que caía de sus ojos. Ese hombre 
de aspecto tan varonil y que lloraba como una mujer, impresionó al señor Mabeuf. Un día 
que fue a Vernon a ver a su hermano, se encontró en el puente al coronel Pontmercy, y 
reconoció en él al hombre de San Sulpicio. Habló de él al cura, y ambos, bajo un pretexto 
cualquiera, hicieron una visita al coronel, visita que trajo detrás de sí muchas otras. 
El coronel, muy reservado al principio, concluyó por abrir su corazón; y el cura y su 
hermano llegaron a saber toda la historia, y cómo Pontmercy sacrificaba su felicidad por 
el porvenir de su hijo. Esto hizo nacer en el corazón del párroco un profundo cariño y 
respeto por el coronel, quien a su vez le tomó gran afecto. Cuando ambos son sinceros, 
no hay nada que se amalgame mejor que un viejo sacerdote y un viejo soldado. 
Dos veces al año, el 1° de enero y el día de San Jorge, escribía Marius a su padre cartas 
que le dictaba su tía, y que parecían copiadas de algún formulario; esto era lo único que 
permitía el señor Gillenormand. El padre respondía en cartas muy tiernas, que el abuelo 
se guardaba en el bolsillo sin leerlas. 
Marius Pontmercy hizo, como todos los niños, los estudios corrientes. Cuando salió de 
las manos de su tía Gillenormand, su abuelo lo entregó a un digno profesor de la más 
pura ignorancia clásica, y así aquel joven espíritu que empezaba a abrirse, pasó de una 
mojigata a un pedante. Marius terminó los años de colegio, y después entró a la escuela 
de Derecho. Era realista fanático y muy austero. Quería muy poco a su abuelo, cuya ale- 
gría y cuyo cinismo lo ofendían, y tenía una sombría idea respecto de su padre. 
Por lo demás, era un joven entusiasta, noble, generoso, altivo, religioso, exaltado, digno 
hasta la dureza, puro hasta la rudeza. 
II 
Fin del bandido 
Marius acababa de cumplir los diecisiete años en 1827 y terminaba sus estudios. Un día 
al volver a su casa vio a su abuelo con una carta en la mano. 
-Marius -le dijo-, mañana partirás para Vernon. 
-¿Para qué? -dijo Marius. 
-Para ver a tu padre. 
Marius se estremeció. En todo había pensado, excepto en que podría llegar un día en 
que tuviera que ver a su padre. No podía encontrar nada más inesperado, más 
sorprendente y, digámoslo, más desagradable. Estaba convencido de que su padre, el 
cuchillero como lo llamaba el señor Gillenormand en los días de mayor amabilidad, no lo 
quería, lo que era evidente porque lo había abandonado y entregado a otros. Creyendo 
que no era amado, no amaba. Nada más sencillo, se decía. 
Quedó tan estupefacto, que no preguntó nada. El abuelo añadió: 
-Parece que está enfermo; lo llama. 
Y después de un rato de silencio, añadió: 
-Parte mañana por la mañana. Creo que hay en la Plaza de las Fuentes un carruaje que 
sale a las seis y llega por la noche. Tómalo. Dice que es de urgencia. 
Después arrugó la carta y se la metió en el bolsillo. 
Marius hubiera podido partir aquella misma noche, y estar al lado de su padre al día 
siguiente por la mañana, porque salía entonces una diligencia de noche que iba a Rouen y 
pasaba por Vernon. Pero ni el señor Gillenormand ni Marius pensaron en informarse. 
Al día siguiente al anochecer llegaba Marius a Vernon. Principiaban a encenderse las 
luces. Encontró la casa sin dificultad. Le abrió una mujer con una lamparilla en la mano. 
-¿El señor Pontmercy? -dijo Marius. 
La mujer permaneció muda. 
-¿Es aquí? 
La mujer hizo con la cabeza un signo afirmativo. -¿Puedo hablarle? 
La mujer hizo un gesto negativo. 
-¡Es que soy su hijo! -dijo Marius-. Me espera. 
-Ya no os espera. 
Marius notó entonces que estaba llorando. 
La mujer le señaló con el dedo la puerta de una sala baja, donde entró. 
En aquella, sala, iluminada por una vela de sebo colocada sobre la chimenea, había tres 
hombres; uno de pie, otro de rodillas y otro tendido sobre los ladrillos. El que estaba en el 
suelo era el coronel. Los otros dos eran un médico y un sacerdote que oraba. 
El coronel había sido atacado hacía tres días por una fiebre cerebral; al principio de la 
enfermedad tuvo un mal presentimiento, y escribió al señor Gillenormand para llamar a 
su hijo. El enfermo se agravó, y el mismo día de la llegada de Marius a Vernon el coronel 
había tenido un acceso de delirio; se había levantado del lecho a pesar de la oposición de 
la criada, gritando: 
-¡Mi hijo no viene!, ¡voy a buscarlo! 
Y habiendo salido de su cuarto cayó en los ladrillos de la antecámara. Acababa de 
expirar. 
Habían sido llamados el médico y el cura; pero el médico llegó tarde y el sacerdote 
llegó tarde. También el hijo llegó tarde. 
A la débil luz de la vela se distinguía en la mejilla del coronel que yacía pálido en el 
suelo, una gruesa lágrima que brotara de su ojo ya moribundo. El ojo se había apagado, 
pero la lágrima no se había secado aún. Aquella lágrima era la tardanza de su hijo. 
Marius miró a ese hombre, a quien veía por primera y última vez; contempló su 
fisonomía venerable y varonil, sus ojos abiertos que no miraban, sus cabellos blancos. 
Contempló la gigantesca cicatriz que imprimía un sello de heroísmo en aquella 
fisonomía, marcada por Dios con el sello de la bondad. Pensó que ese hombre era su 
padre, y que estaba muerto, y permaneció inmóvil. 
La tristeza que experimentó fue la misma que hubiera sentido ante cualquier otro 
muerto. El dolor, un dolor punzante, reinaba en la sala. La criada sollozaba en un rincón, 
el sacerdote rezaba y se le oía suspirar, el médico se secaba las lágrimas; el cadáver 
lloraba también. 
El médico, el sacerdote y la mujer miraban a Marius en medio de su aflicción, sin decir 
una palabra. Allí era él el extraño; se sentía poco conmovido, y avergonzado de su 
actitud. Como tenía el sombrero en la mano, lo dejó caer al suelo para hacer creer que el 
dolor le quitaba fuerzas para sostenerlo. 
Al mismo tiempo sentía un remordimiento, y se despreciaba por obrar así. Pero, ¿era 
esto culpa suya? ¡Después de todo, él no amaba a su padre! 
El coronel no dejaba nada. La venta de sus muebles apenas alcanzó para pagar el 
entierro. La criada encontró un pedazo de papel que entregó a Marius; en él el coronel 
había escrito lo siguiente: "Para mi hijo. El emperador me hizo barón en el campo de 
batalla de Waterloo. Ya que la Restauración me niega este título que he comprado con mi 
sangre, mi hijo lo tomará y lo llevará. Estoy cierto que será digno de él". 
A la vuelta de la hoja, el coronel había añadido: "En la batalla de Waterloo un sargento 
me salvó la vida; se llama Thenardier. Creo que tenía una posada en un pueblo de los 
alrededores de París, en Chelles o en Montfermeil. Si mi hijo lo encuentra, haga por él 
todo el bien que pueda". 
Marius cogió este papel y lo guardó, no por amor a su padre, sino por ese vago respeto 
a la muerte que tan imperiosamente vive en el corazón del hombre. 
Nada quedó del coronel. El señor Gillenormand hizo vender a un prendero su espada y 
su uniforme. Los vecinos arrasaron con el jardín para robar las flores más raras; las 
demás plantas se convirtieron en maleza y murieron. 
Marius permaneció sólo cuarenta y ocho horas en Vernon. Después del entierro volvió 
a París, y se entregó de lleno al estudio del Derecho, sin pensar más en su padre como si 
no hubiera existido nunca. 
III 
Cuán útil es ir a misa para hacerse revolucionario 
Marius había conservado los hábitos religiosos de la infancia. Un domingo que fue a 
misa a San Sulpicio, a la misma capilla de la Virgen a que lo llevaba su tía cuando era 
pequeño, estaba distraído y más pensativo que de ordinario y se arrodilló, sin advertirlo, 
sobre una silla de terciopelo en cuyo respaldo estaba escrito este nombre: "Señor Mabeuf, 
administrador". Apenas empezó la misa, se presentó un anciano y le dijo: 
-Caballero, ése es mi sitio. 
Marius se apartó en seguida, y el viejo ocupó su silla. 
Cuando acabó la misa, Marius permaneció meditabundo a algunos pasos de distancia; 
el viejo se acercó otra vez y le dijo: 
-0s pido perdón de haberos molestado antes y molestaros otra vez en este momento, 
pero tal vez me habréis creído impertinente y debo daros una explicación. 
-No hay necesidad, caballero -dijo Marius. 
-¡Oh, sí! -contestó el viejo-. No quiero que os forméis mala idea de mí. Este sitio es 
mío. Me parece que desde él es mejor la misa. ¿Y por qué? Voy a decíroslo. A este 
mismo sitio he visto venir por espacio de diez años, cada dos o tres meses, a un pobre 
padre que no tenía otro medio ni otra ocasión de ver a su hijo, porque se lo impedían, 
problemas de familia. Venía a la hora en que siempre traían a su hijo a misa. El niño no 
sabía que su padre estaba ahí, ni aun sabía, tal vez, el inocente, que tenía padre. El padre 
se ponía detrás de esta columna para que no lo vieran, miraba a su hijo y lloraba. ¡Adora- 
ba a ese niño el pobre hombre! Yo fui testigo de todo eso. Este sitio está como santificado 
para mí, y he tomado la costumbre de venir a él a oír la misa. Traté un poco a ese 
caballero de que os hablo. Tenía un suegro y una tía rica que amenazaban desheredar al 
hijo si él lo veía; y se sacrificó para que su hijo fuese algún día rico y feliz. Parece que los 
separaban las opiniones políticas. ¡Dios mío! Porque un hombre haya estado en Waterloo 
no es un monstruo; no por eso se debe separar a un padre de su hijo. Era un coronel de 
Bonaparte, y ha muerto, según creo. Vivía en Vernon, donde tengo un hermano cura, y se 
llamaba algo así como Pontmarie o Montpercy. Tenía una gran cicatriz en la cara. 
-Pontmercy -dijo Marius, poniéndose pálido. 
-Precisamente, Pontmercy. ¿Lo conocéis? 
-Caballero -dijo Marius-, era mi padre. 
El viejo juntó las manos, y exclamó: 
-¡Ah, sois su hijo! Sí, ahora debía de ser ya un hombre. Pues bien, podéis decir que 
habéis tenido un padre que os ha querido mucho. 
Marius ofreció el brazo al anciano y lo acompañó hasta su casa. 
Al día siguiente dijo al señor Gillenormand: 
-Hemos arreglado entre algunos amigos una partida de caza. ¿Me dejáis ir por tres días? 
-¡Por cuatro! -respondió el abuelo-. Anda, diviértete. 
Y, guiñando el ojo, dijo en voz baja a su hija: -Algún amorcillo. 
El joven estuvo tres días ausente, después volvió a París, se fue derecho a la biblioteca 
de Jurisprudencia y pidió la colección del Monitor. 
En él leyó la historia de la República y del Imperio, el Memorial de Santa Elena, todo 
lo devoró. La primera vez que encontró el nombre de su padre en los boletines del gran 
ejército, tuvo fiebre durante una semana. Visitó a todos los generales a cuyas órdenes 
había servido Jorge Pontmercy. El señor Mabeuf, a quien había vuelto a ver, le contó la 
vida en Vernon, el retiro del coronel, sus flores, su soledad. Marius llegó a conocer 
íntimamente a aquel hombre excepcional, sublime y amable, a aquella especie de 
león-cordero, que había sido su padre. 
Mientras tanto, ocupado en este estudio que le consumía todo su tiempo y todos sus 
pensamientos, casi no veía al señor Gillenormand. Iba a casa sólo a las horas de comer. 
Gillenormand se sonreía. 
-¡Bien! Está en la edad de los amores -murmuraba. 
Un día añadió: 
-¡Demonios! Creía que esto era una distracción; pero voy viendo que es una pasión. 
Era una pasión, en efecto. Marius comenzaba a adorar a su padre. 
Al mismo tiempo se operaba un extraordinario cambio en sus ideas. Se dio cuenta de 
que hasta aquel momento no había comprendido ni a su patria ni a su padre. Hasta 
entonces palabras como república a imperio habían sido monstruosas. La república, una 
guillotina en el crepúsculo; el imperio, un sable en la noche. De pronto vio brillar 
nombres como Mirabeau, Vergniaud, Saint Just, Robespierre, Camille Desmoulins, 
Danton, y luego vio elevarse un sol, Napoleón. Poco a poco pasó el asombro, se 
acostumbró a esta nueva luz, y la revolución y el imperio tomaron una muy diferente 
perspectiva ante sus ojos. 
Estaba lleno de pesares, de remordimientos; pensaba desesperado que no podía decir 
todo lo que tenía en el alma más que a una tumba. Marius tenía un llanto continuo en el 
corazón. 
Al mismo tiempo se hacía más formal, más serio, se afirmaba en su fe, en su 
pensamiento. A cada instante un rayo de luz de la verdad venía a completar su razón; se 
verificaba en él un verdadero crecimiento interior. Donde antes veía la caída de la 
monarquía, veía ahora el porvenir de Francia; había dado una vuelta completa. 
Todas estas revoluciones se verificaban en él sin que su familia lo sospechara. 
Cuando en esta misteriosa metamorfosis hubo perdido completamente la antigua piel de 
borbónico y de ultra; cuando se despojó del traje de aristócrata y de realista; cuando fue 
completamente revolucionario, profundamente demócrata y casi republicano, mandó 
hacer cien tarjetas con esta inscripción: El barón Marius Pontmercy. 
Pero, como no conocía a nadie a quien darlas, se las guardó en el bolsillo. 
Como consecuencia natural, a medida que se aproximaba a su padre, a su memoria, a 
las cosas por las cuales el coronel había luchado veinticinco años, se alejaba de su abuelo. 
Ya hemos dicho que hacía tiempo que no le agradaba el carácter del señor Gillenormand. 
Entre ambos existían todas las disonancias que puede haber entre un joven serio y un 
viejo frívolo. 
Mientras que habían tenido unas mismas opiniones políticas a ideas comunes, Marius 
se encontraba como en un puente con el señor Gillenormand. Cuando se hundió el 
puente, los separó el abismo. Sentía profunda rebelión cuando recordaba que el señor 
Gillenormand lo había separado sin piedad del coronel, privando al hijo de su padre y al 
padre de su hijo. 
Por compasión hacia su padre, llegó casi a tener aversión a su abuelo. Pero nada de esto 
salía al exterior. Solamente se notaba que cada día se mostraba más frío, más lacónico en 
la mesa, y con más frecuencia ausente de la casa. Marius hacía a menudo algunas 
escapatorias. 
-Pero, ¿adónde va? -preguntaba la tía. 
En uno de estos viajes, siempre cortos, fue a Montfermeil para cumplir la indicación 
que su padre le había hecho, y buscó al antiguo sargento de Waterloo, al posadero 
Thenardier. Thenardier había quebrado; la posada estaba cerrada, y nadie sabía qué había 
sido de él. 
-Decididamente -dijo el abuelo-, el joven se mueve. 
Había notado que Marius llevaba bajo la camisa, sobre su pecho, algo que pendía de 
una cinta negra que colgaba del cuello. 
IV 
Algún amorcillo 
El señor Gillenormand tenía un sobrino, el teniente Teódulo Gillenormand, que los 
visitaba en París en tan raras ocasiones que Marius nunca había llegado a conocerlo. 
Teódulo era el favorito de la tía Gillenormand, que tal vez lo prefería porque no lo veía 
casi nunca. No ver a las personas es cosa que permite suponer en ellas todas las 
perfecciones. 
Una mañana, la señorita Gillenormand mayor estaba bordando en su cuarto y pensando 
con curiosidad en las ausencias de Marius. Este acababa de pedir permiso al abuelo para 
hacer un corto viaje, y saldría esa misma tarde. De pronto se abrió la puerta; levantó la 
mirada y vio al teniente Teódulo ante ella haciéndole el saludo militar. Dio un grito de 
alegría. Una mujer puede ser vieja, mojigata, devota, tía, pero siempre se alegra al ver 
entrar en su cuarto a un gallardo oficial de lanceros. 
-¡Tú aquí, Teódulo! -exclamó. 
-¡De paso no más, tía! Parto esta tarde. Cambiamos de guarnición y para ir a la nueva 
tenemos que pasar por París, y me he dicho: Voy a ver a mi tía. 
-Pues aquí tienes por la molestia. 
Y le puso diez luises en la mano. 
-Por el placer querréis decir, querida tía. 
Teódulo la abrazó por segunda vez y ella tuvo el placer de que le rozara un poco el 
cuello con los cordones del uniforme. 
-¿Haces el viaje a caballo con lo regimiento? 
-No, tía. Como quería veros, tengo un permiso especial. El asistente lleva mi caballo, y 
yo voy en la diligencia. Y a propósito, tengo que preguntaros una cosa. ¿Está de viaje 
también mi primo 
Marius Pontmercy? Pues al llegar fui a la diligencia a tomar mi asiento en berlina y he 
visto su nombre en la hoja. 
-¡Ah, el sinvergüenza! -exclamó- ella-. ¡Va a pasar la noche en la diligencia! 
-Igual que yo, tía. 
-Pero tú vas por deber, en cambio él va por una aventura. 
Entonces sucedió una cosa notable: a la señorita Gillenormand se le ocurrió una idea. 
-¿Sabes que lo primo no lo conoce? -preguntó repentinamente a Teódulo. 
-Sí, lo sé. Yo lo he visto, pero él nunca se ha dignado mirarme. 
-¿Y vais a viajar juntos? 
-El en imperial, y yo en berlina. 
-¿Adónde va esa diligencia? 
-A Andelys. 
-¿Es allí donde irá Marius? 
-Sí, como no sea que haga como yo, y se quede en el camino. Yo bajo en Vernon para 
tomar el coche de Gaillon. No sé el itinerario de Marius. 
-Escucha, Teódulo. 
-Os escucho, tía. 
-Lo que pasa es que Marius se ausenta a menudo, y viaja, y duerme fuera de casa. 
Quisiéramos saber qué hay en esto. 
Teódulo respondió con la calma de un hombre experimentado: 
-Algún amorío. 
-Es evidente -dijo la tía, que creyó oír hablar al señor Gillenormand. Después añadió: 
-Haznos el favor. Sigue un poco a Marius; esto lo será fácil porque él no lo conoce; y si 
se trata de una mujer, haz lo posible por verla. Nos escribirás contándonos la aventura, y 
se divertirá el abuelo. 
No le gustaba mucho a Teódulo este espionaje; pero los diez luises lo habían 
emocionado y creía que podrían traer otros detrás. Aceptó, pues, la comisión y su tía lo 
abrazó otra vez. 
En la noche que siguió a este diálogo, Marius subió a la diligencia sin sospechar que iba 
vigilado. En cuanto al vigilante, la primera cosa que hizo fue dormirse con un sueño 
pesado y largo. Al amanecer el día, el mayoral de la diligencia gritó: 
-¡Vernon! ¡Relevo de Vernon! ¡Los viajeros de Vernon! 
Y el teniente Teódulo se despertó. 
-¡Bueno! -murmuró medio dormido aún- aquí es donde me bajo. 
Después empezó a despejarse su memoria poco a poco y se acordó de su tía, de los diez 
luises y de la promesa que había hecho de contar los hechos y dichos de Marius. Esto le 
hizo reír. 
-Ya no estará tal vez en el coche -pensó abotonándose la casaca del uniforme-. ¿Qué 
diablos voy a escribir ahora a mi buena tía? 
En aquel momento apareció en la ventanilla de la berlina un pantalón negro que 
descendía de la imperial. 
-¿Será Marius? -se dijo el teniente. 
Era Marius. 
Al pie del coche, y entre los caballos y los postillones„ una jovencita del pueblo ofrecía 
flores a los viajeros. 
-Flores para vuestras damas, señores -gritaba. 
Marius se acercó a la joven y le compró las flores más hermosas que llevaba en la cesta. 
-Vamos bien -dijo Teódulo saltando de la berlina-, esto ya me está gustando. ¿A quién 
diantre va a llevar esas flores? Es preciso que sea una mujer muy linda para merecer tan 
hermoso ramillete. Hay que conocerla. 
Y no ya por mandato, sino por curiosidad personal, como los perros que cazan por 
cuenta propia, se puso a seguir a su primo. 
Marius no lo vio, a él ni a las elegantes mujeres que pasaban a su lado; parecía no ver 
nada a su alrededor. 
-¡Está enamorado! -pensó Teódulo. 
Marius se dirigió a la iglesia, pero no entró; dio la vuelta por detrás del presbiterio, y 
desapareció. 
-La cita es fuera de la iglesia -dijo Teódulo-. ¡Magnífico! Veamos quién es esa mujer. 
Y se adelantó en puntillas hacia el sitio en que había dado la vuelta Marius. 
Cuando llegó allí se quedó estupefacto. 
Marius, con la frente entre ambas manos, estaba arrodillado en la hierba, junto a una 
tumba. Había deshojado el ramo sobre ella. En el extremo de la fosa había una cruz de 
madera negra, con este nombre escrito en letras blancas: El coronel barón de Pontmercy. 
Oyó los sollozos de Marius. 
La mujer era una tumba. 

Mármol contra granito 
Allí era donde había ido Marius la primera vez que se ausentó de París. Allí iba cada 
vez que el señor Gillenormand decía: " Pasa la noche fuera". 
El teniente Teódulo quedó desconcertado a consecuencia de este encuentro inesperado 
con un sepulcro; experimentaba una sensación desagradable y singular, que no hubiera 
podido analizar, y que se componía del respeto a una tumba, y del respeto a un coronel. 
Retrocedió en silencio, dejando a Marius solo en el cementerio. No sabiendo qué escribir 
a la tía, tomó el partido de no escribirle. Y probablemente no hubiera servido de nada el 
descubrimiento hecho por Teódulo sobre los amores de Marius, si por una de esas 
coincidencias misteriosas, tan frecuentes en los sucesos más casuales, la escena de 
Vemon no hubiera tenido, por decirlo así, una especie de eco casi inmediato en París. 
Marius volvió de Vernon tres días después a media mañana; llegó a casa de su abuelo, 
y, cansado por las dos noches de insomnio que había pasado en la diligencia, sólo pensó 
en ir a darse un baño a la escuela de natación para reparar sus fuerzas. Se sacó 
apresuradamente el abrigo y el cordón negro que llevaba al cuello, y se fue. 
El señor Gillenormand, que se levantaba de madrugada como todos los viejos fuertes y 
sanos, lo oyó entrar, y se apresuró a subir lo más rápido que le permitieron sus piernas la 
escalera del cuarto de Marius, con el objeto de saludarlo y de interrogarlo al mismo 
tiempo, para saber de dónde venía. 
Pero el joven había empleado menos tiempo en bajar que él en subir, y cuando el 
abuelo entró en la pieza, ya Marius había salido. 
La cama estaba hecha, y sobre ella se encontraban su abrigo y el cordón negro que 
Marius llevaba al cuello. 
-Mejor así -murmuró el anciano. 
Y un momento después hacía una entrada triunfal en la sala en que estaba bordando la 
señorita Gillenormand. Llevaba en una mano el abrigo y el cordón en la otra. 
-¡Victoria! -exclamó-. ¡Vamos a resolver el misterio! ¡Vamos a palpar los libertinajes 
de este hipócrita! Tengo el retrato. 
En efecto, del cordón pendía una cajita de tafilete negro, muy semejante a un medallón. 
La caja se abrió apretando un resorte, pero no encontraron en ella más que un papel 
cuidadosamente doblado. 
-Ya sé lo que es -dijo el señor Gillenormand echándose a reír-. ¡Una carta de amor! 
-¡Ah! ¡Leámosla! -dijo la tía. 
-"Para mi hijo. El emperador me hizo barón en el campo de batalla de Waterloo. Ya que 
la Restauración me niega este título que he comprado con mi sangre, mi hijo lo tomará y 
lo llevará. Estoy cierto que será digno de él." 
El señor Gillenormand dijo en voz baja, y como hablándose a sí mismo: 
-Es la letra del bandido. 
La tía examinó el papel, lo volvió en todos sentidos, y después lo volvió a poner en la 
cajita. En aquel momento cayó al suelo del bolsillo del abrigo un paquetito cuadrado, 
envuelto en papel azul. La señorita Gillenormand lo recogió, y desdobló el papel azul; era 
el ciento de tarjetas de Marius. Cogió una y se la dio a su padre, que leyó: El barón 
Marius Pontmercy. 
El señor Gillenormand cogió el cordón, la caja y el abrigo, los tiró al suelo en medio de 
la sala, y llamó a Nicolasa. 
-¡Sacad de aquí esas porquerías! -le gritó. 
Pasó una hora en profundo silencio. 
De pronto apareció Marius. Antes de atravesar el umbral del salón, vio a su abuelo que 
tenía en la mano una de sus tarjetas. El anciano, al verlo, exclamó con su aire de 
superioridad burguesa y burlona: 
-¡Vaya, vaya, vaya, vaya! Ahora eres barón. Te felicito. ¿Qué quiere decir todo esto? 
Marius se ruborizó ligeramente, y respondió: 
-Eso quiere decir que soy el hijo de mi padre. 
El señor Gillenormand dejó de reírse, y dijo con dureza: 
-Tu padre soy yo. 
-Mi padre -dijo Marius muy serio y con los ojos bajos- era un hombre humilde y 
heroico, que sirvió gloriosamente a la República y a Francia; que fue grande en la historia 
más grande que han hecho los hombres; que vivió un cuarto de siglo en el campo de 
batalla, por el día bajo la metralla y las balas, de noche entre la nieve, en el lodo, bajo la 
lluvia; que recibió veinte heridas; que ha muerto en el olvido y en el abandono, y que no 
ha cometido en su vida más que una falta, amar demasiado a dos ingratos: su país y yo. 
Esto era más de lo que el señor Gillenormand podía oír. Cada una de las palabras que 
Marius acababa de pronunciar, principiando por la república, había hecho en el rostro del 
viejo realista el efecto del soplo de un fuelle de fragua sobre un tizón encendido. 
-¡Marius! -exclamó-. ¡Mocoso insolente! ¡Yo no sé lo que era lo padre! ¡No quiero 
saberlo! ¡No sé nada! ¡Pero lo que sé es que entre esa gente nunca ha habido más que 
miserables! Eran todos unos pordioseros, asesinos, boinas rojas, ladrones. ¡Todos! ¿Lo 
oyes, Marius? ¡Ya lo ves, eres tan barón como mi zapatilla! ¡Todos eran bandidos los que 
sirvieron a Bonaparte! ¡Todos traidores, que vendieron a su rey legítimo! ¡Todos 
cobardes, que huyeron ante los prusianos y los ingleses en Waterloo! Esto es lo que sé. Si 
vuestro señor padre es uno de ellos, lo ignoro, lo siento. 
Marius temblaba entero; no sabía qué hacer; le ardía la cabeza. Su padre acababa de ser 
pisoteado y humillado en su presencia; pero, ¿por quién? Por su abuelo. ¿Cómo vengar al 
uno sin ultrajar al otro? Permaneció algunos instantes aturdido y vacilante, con todo este 
remolino en la mente; después levantó los ojos, miró fijamente a su abuelo, y gritó con 
voz tonante: 
-¡Abajo los Borbones! ¡Abajo ese cerdo de Luis XVIII! 
Luis XVIII había muerto hacía cuatro años; pero a Marius le daba lo mismo. 
El anciano pasó del color escarlata que tenía de rabia a una blancura mayor que la de 
sus cabellos. Dio algunos pasos por la habitación, y después se inclinó ante su hija, que 
asistía a esta escena con el estupor de una oveja, y le dijo con una sonrisa casi tranquila: 
-Un barón como este caballero y un plebeyo como yo no pueden vivir bajo un mismo 
techo. 
Y después, enderezándose pálido, tembloroso, amenazante, en el colmo de la cólera, 
extendió el brazo hacia Marius, y le gritó: 
-¡Vete! 
Marius salió de la casa. 
Al día siguiente, el señor Gillenormand dijo a su hija: 
-Enviaréis cada seis meses sesenta pistolas a ese bebedor de sangre, y no me volveréis a 
hablar de él. 
Marius se fue indignado. Una de esas pequeñas fatalidades que complican los dramas 
domésticos hizo que cuando Nicolasa llevó "las porquerías" de Marius a su cuarto, se 
cayera en la escala, que estaba muy obscura, el medallón de tafilete negro con la carta del 
coronel. Al no poderlo encontrar, Marius supuso que el señor Gillenormand, como lo 
llamaba desde ahora, lo había arrojado al fuego. 
Se fue sin decir ni saber adónde, con treinta francos, su reloj y algunas ropas en un 
maletín. Subió a un cabriolé, lo contrató por horas, y se dirigió, a la ventura, al Barrio 
Latino. ¿Qué iba a ser de él? 
LIBRO CUARTO 
Los amigos del ABC 

Un grupo que estuvo a punto de ser histórico 
En aquella época, indiferente en apariencia, corría vagamente cierto estremecimiento 
revolucionario. Algunos soplos, que salían de las profundidades de 1789 y 92, flotaban en 
el aire. La juventud estaba, si se nos permite la palabra, mudando la piel. Se 
transformaba, casi sin saberlo, por el propio movimiento de los tiempos. Los realistas se 
hacían liberales: los liberales se hacían demócratas. 
Era como una marea ascendente complicada con miles de otras mareas. Se producían 
las más curiosas mezclas de ideas, como ser un extraño liberalismo bonapartista. 
Otros grupos de pensadores eran más serios. En ellos se sondeaba el principio; se 
buscaba un fundamento en el derecho; se apasionaba por lo absoluto; se vislumbraban las 
realizaciones infinitas. Lo absoluto por su misma rigidez impulsa el pensamiento hacia el 
cielo, y lo hace flotar en el espacio ilimitado. Pero nada mejor que el sueño para 
engendrar el porvenir. La utopía de hoy es carne y hueso mañana. 
No había entonces todavía en Francia vastas organizaciones subyacentes, pero algunos 
canales ocultos se iban ya ramificando, y existía en París, entre otras, la sociedad de los 
amigos del ABC. 
¿Y qué eran los amigos del ABC? Una sociedad que tenía por objeto, en apariencia, la 
educación de los niños, y en realidad la reivindicación de los hombres. 
Se declaraban amigos del Abaissé.* Para ellos el Abaissé o ABC era el pueblo y 
querían ponerlo de pie. Retruécano que no debemos tomar a la ligera, pues hay ejemplos 
muy poderosos, como Tú eres piedra y sobre esta piedra construiré mi iglesia. 
Los amigos del ABC eran pocos; componían una sociedad secreta en estado de 
embrión, casi podríamos decir una camarilla si las camarillas pudiesen producir héroes. 
Se reunían en París en dos puntos: cerca del Mercado en una taberna llamada Corinto, 
donde acudían los obreros; y cerca del Panteón, en un pequeño café de la plaza 
Saint-Michel, llamado Café Musain, donde acudían los estudiantes. 
Los conciliábulos habituales de los amigos del ABC se celebraban en una sala interior 
del Café Musain. Esta sala, bastante apartada del café, con el cual se comunicaba por un 
largo corredor, tenía dos ventanas y una puerta con escalera secreta, que daba a la 
callejuela de Grés. Allí se fumaba, se bebía, se jugaba y se reía. Se hablaba de todo a 
gritos, pero de una cosa en voz baja. En la pared estaba clavado un antiguo mapa de 
Francia en tiempo de la República, indicio suficiente para excitar el olfato de cualquier 
agente de policía. 
La mayor parte de los amigos del ABC eran estudiantes, en cordial armonía con 
algunos obreros. Pertenecen en cierta manera a la historia de Francia. 
*Abaissé signiflca en francés humillado, abatido. 
Los principales eran: Enjolras, Combeferre, Prouvaire, Feuilly, Courfeyrac, Bahorel, 
Laigle, Joly, Grantaire. 
Por la gran amistad que los unía llegaron a formar una especie de familia. 
Constituyeron un grupo extraordinario, que desapareció en las invisibles profundidades 
del pasado. 
Enjolras era hijo único y muy rico; su rostro era bello como el de un ángel; a los 
veintidós años aparentaba tener diecisiete. Parecía no saber que existían las mujeres y los 
placeres. No había para él más pasión que el derecho; ni más pensamiento que destruir el 
obstáculo. Era severo en sus alegrías y bajaba castamente los ojos ante todo lo que no era 
la República. Al lado de Enjolras que representaba la lógica, Combeferre representaba la 
filosofía de la revolución; revolución, decía, pero también civilización. El bien debe ser 
inocente, repetía sin cesar. 
Prouvaire tocaba la flauta, cultivaba flores, hacía versos, amaba al pueblo, lloraba por 
los niños, confundía en la misma esperanza el porvenir y Dios, y censuraba a la 
Revolución por haber cortado una cabeza real: la de Andrés Chenier. También era hijo 
único y de familia rica. Era muy tímido, y sin embargo intrépido. 
Feuilly era un obrero huérfano de padre y madre que ganaba penosamente tres francos 
al día y que no tenía más que un pensamiento: libertar al mundo. 
Courfeyrac era de familia aristocrática. Tenía esa verbosidad de la juventud, que podría 
llamarse la belleza del diablo del espíritu. 
Bahorel estudiaba Leyes; era un talento penetrante, y más pensador de lo que parecía. 
Tenía por consigna no ser jamás abogado; cuando pasaba frente a la Escuela de Derecho, 
lo que sucedía en raras ocasiones, tomaba toda clase de precauciones para no ser 
infectado. Sus padres eran campesinos a quienes había inculcado el respeto por su hijo. 
Laigle era un muchacho alegre y desgraciado. Su especialidad consistía en que todo le 
salía mal; pero él se reía de todo. A los veinticinco años ya era calvo. Era pobre, pero 
tenía un bolsillo inagotable de buen humor. Hacía un lento camino hacia la carrera de 
abogado. 
Joly era el enfermo imaginario joven. Lo único que había conseguido al estudiar 
medicina era hacerse más enfermo que médico. A los veintitrés años se pasaba la vida 
mirándose la lengua al espejo y tomándose el pulso. Por lo demás, era el más alegre de 
todos. 
En medio de estos corazones ardientes, de estos espíritus convencidos de un ideal, 
había un escéptico, Grantaire, que se cuidaba mucho de creer en algo. Era uno de los 
estudiantes que más habían aprendido en sus cursos: sabía perfectamente dónde estaba el 
mejor café, el mejor billar, las mejores mujeres, el mejor vino. Se reía de todas las 
grandes palabras como derechos del hombre, contrato social, Revolución Francesa, 
república, etc. Pero sí tenía su propio fanatismo, que no era una idea ni un dogma, sino 
que era Enjolras. Grantaire lo admiraba, lo veneraba, lo necesitaba precisamente por ser 
tan opuesto a él. Pero Enjo1ras, como era creyente, despreciaba a este escéptico; y como 
era sobrio, despreciaba a este borrachín. 
II 
Oración fúnebre por Blondeau 
Una tarde, Laigle estaba recostado perezosamente en el umbral de la puerta del Café 
Musain. Tenía el aspecto de una cariátide en vacaciones. No llevaba consigo más que sus 
ensueños, y miraba lánguidamente hacia la plaza Saint-Michel. De pronto vio, a través de 
su sonambulismo, un cabriolé que pasaba con lentitud por la plaza. Iba dentro, al lado del 
cochero, un joven, y delante del joven una maleta. La maleta mostraba a los transeúntes 
este nombre escrito en gruesas letras negras en un papel pegado a la tela: Marius 
Pontmercy. 
Este nombre hizo cambiar la posición a Laigle. Se enderezó, y gritó al joven del 
cabriolé: 
-¡Señor Marius Pontmercy! 
El cabriolé se detuvo. 
El joven, que parecía ir meditando, levantó los ojos. 
-¿Sois el señor Marius Pontmercy? 
-Sin duda. 
-Os buscaba -dijo Laigle. 
-¿Cómo me conocéis? -preguntó Marius-. Yo no os conozco. 
-Ni yo tampoco a vos -dijo Laigle. 
Marius creyó encontrarse con un chistoso, y como no estaba del mejor humor para 
bromas en aquel momento en que recién salía para siempre de casa de su abuelo, frunció 
el entrecejo. 
Pero Laigle, imperturbable, prosiguió: 
-No fuisteis anteayer a la escuela. 
-Es posible. 
-Es la verdad. 
¿Sois estudiante de Derecho? -preguntó Marius. -Sí, señor, como vos. Anteayer entré 
en la Base por casualidad; ya comprenderéis que alguna que otra vez le dan a uno esas 
ideas. El profesor iba a pasar lista, y no ignoráis cuán ridículos son todos los profesores 
en esos momentos. A las tres faltas os borran de la matrícula; sesenta francos perdidos. 
Marius puso atención. Laigle continuó: 
-El que pasaba lista era Blondeau. Ya lo conocéis; con su nariz puntiaguda husmea con 
deleite a los ausentes. Repitió tres veces un nombre, Marius Pontmercy. Nadie respondió. 
Lleno de esperanzas, tomó su pluma. Caballero, yo tengo buenos sentimientos. Me dije: 
"Van a borrar a un buen muchacho, a un honorable perezoso, que falta a clase, que 
vagabundea, que corre detrás de las mujeres, que puede estar en este instante con mi 
amante. Salvémoslo. ¡Muera Blondeau! ¡Pérfido Blondeau, no tendrás lo víctima, yo lo la 
arrebataré", y grité: ¡Presente! Y esto hizo que no os borraran... 
-¡Caballero! -dijo Marius. 
-Y que el borrado haya sido yo -añadió Laigle. 
-No os comprendo -dijo Marius. 
-Nada más sencillo. Yo estaba cerca de la cátedra para responder, y cerca de la puerta 
para marcharme. El profesor me miraba con cierta fijeza. De repente Blondeau salta a la 
letra L. La L es mi letra, porque me llamo Laigle. 
-¡L'Aigle! ¡Qué hermoso nombre! 
-Caballero, Blondeau llegó a este hermoso nombre, y gritó "¡Laigle!" Yo respondí 
"¡Presente!" Entonces Blondeau me miró con la dulzura del tigre, se sonrió, me dijo: "Si 
sois Pontmercy, no sois Laigle". Dicho esto, me borró. 
Marius exclamó: 
-Caballero, cuánto siento... 
-Ante todo -lo interrumpió Laigle-, pido embalsamar a Blondeau con el siguiente 
epitafio: "Aquí yace Blondeau, el narigón, el buey de la disciplina, el ángel de las listas 
de asistencia, que fue recto, cuadrado, rígido, honesto y repelente. Que Dios lo borre 
como él me borró a mí". 
-Lo siento tanto... -balbuceó Marius. 
-Joven -dijo Laigle-, que os sirva esto de lección: sed más puntual en adelante. 
-Os pido mil perdones. 
-No os expongáis a que borren a vuestro prójimo. 
-Estoy desesperado. 
Laigle soltó una carcajada. 
-Y yo, dichoso. Estaba a punto de ser abogado y esto me salvó. Renuncio a los triunfos 
del foro. No defenderé a la viuda ni atacaré al huérfano. Nada de toga, nada de estrados. 
Obtuve que me borraran; y a vos os lo debo, señor Pontmercy. Debo haceros 
solemnemente una visita de agradecimiento. ¿Dónde vivís? 
-En este cabriolé -dijo Marius. 
-Señal de opulencia -respondió Laigle con tranquilidad-. Os felicito. Tenéis una 
habitación de nueve mil francos por año. 
En ese momento salió Courfeyrac del café. 
Marius sonrió tristemente. 
-Estoy en este hogar desde hace dos horas, y deseo salir de él; pero no sé adónde ir. 
-Caballero -dijo Courfeyrac-, venid a mi casa. 
Tengo la prioridad -observó Laigle-, pero no tengo casa. 
Courfeyrac subió al cabriolé. 
-Cochero -dijo-, hostería de la Puetta SaintJacques. 
Y esa misma tarde, Marius se instaló en un cuarto de la hostería de la Puerta Saint 
Jacques al lado de Courfeyrac. 
III 
El asombro de Marius 
En pocos días se hizo Marius amigo de Courfeyrac. La juventud es la estación de las 
soldaduras rápidas y de las cicatrices leves. Marius, al lado de Courfeyrac, respiraba 
libremente, cosa que era bastante nueva para él. Courfeyrac no le hizo ninguna pregunta, 
ni pensó siquiera en hacerla. A esa edad, las fisonomías lo dicen todo en seguida y la 
palabra es inútil. Hay jóvenes que tienen rostros abiertos. Se miran y se conocen. 
Sin embargo, una mañana Courfeyrac le hizo bruscamente esta pregunta: 
-A propósito, ¿tenéis opinión política? 
-¡Vaya! -dijo Marius, casi ofendido de la pregunta. 
-¿Qué sois? 
-Demócrata bonapartista. 
-Matiz gris de ratón confiado -dijo Courfeyrac. 
Al día siguiente, Courfeyrac llevó a Marius al Café Musain y le dijo al oído 
sonriéndose: 
-Es preciso que os dé vuestra entrada a la revolución. 
Lo condujo a la sala de los amigos del ABC, y lo presentó a los demás compañeros, 
diciendo sólo estas palabras, que Marius no comprendió: 
-Un discípulo. 
Marius había caído en un avispero de talentos, pero, aunque silencioso y grave, no era 
su inteligencia la menos ágil, ni la menos dotada. 
Hasta entonces solitario y aficionado al monólogo y al aparte, por costumbre y por 
gusto, se quedó como asustado ante esa bandada de pájaros. El vaivén tumultuoso de 
aquellos ingenios libres y laboriosos confundía sus ideas. 
Oía hablar de filosofía, de literatura, de arte, de historia y de religión, de una manera 
inaudita. Vislumbraba aspectos extraños, y como no los ponía en perspectiva, no estaba 
seguro de no ver el caos. Al abandonar las opiniones de su abuelo por las de su padre, 
creyó adquirir ideas claras; pero ahora sospechaba con inquietud que no las tenía. El 
prisma por el cual lo veía todo empezaba de nuevo a desplazarse. 
Parecía que para aquellos jóvenes no había "cosas sagradas". Marius escuchaba, sobre 
todo, un idioma nuevo y singular, molesto para su alma, aún muy tímida. 
Ninguno de ellos decía nunca "el emperador", todos hablaban de Bonaparte. Marius 
estaba asombrado. 
El choque entre mentalidades jóvenes ofrece la particularidad admirable de que no se 
puede nunca prever la chispa, ni adivinar el relámpago. ¿Qué va a brotar en un momento 
dado? Nadie lo sabe. La carcajada parte de la ternura; la seriedad sale de un momento de 
burla. Los impulsos provienen de la primera palabra que se oye. La vena de cada uno es 
soberana. Un chiste basta para abrir la puerta de lo inesperado. Estas conversaciones son 
entretenimientos de bruscos cambios, en que la perspectiva varía súbitamente. La casua- 
lidad es el maquinista de estas discusiones. 
Así, una idea importante, que surgió caprichosamente de entre un juego de palabras, 
atravesó esta conversación en que se tiroteaban confusamente Grantaire, Bahorel, 
Prouvaire, Laigle, Combeferre y Courfeyrac. En medio de la gritería Laigle gritó algo que 
terminó por esta fecha: 18 de junio de 1815, Waterloo. Al oírla, Marius; sentado a una 
mesa, principió a mirar fijamente al auditorio. 
-Pardiez -exclamó Courfeyrac-, esa cifra 18 es extraña, y me conmueve. Es la cifra fatal 
de Bonaparte, y la de Luis y la de brumario. Ahí tenéis todo el destino del hombre, con 
esa particularidad de que el fin le pisa los talones al comienzo. 
Enjolras, que hasta entonces había permanecido, mudo, dijo: 
-Quieres decir, la expiación al crimen. 
Esta palabra, crimen, pasaba el límite de lo que Marius podía aceptar, ya bastante 
emocionado con la alusión a Waterloo. Se levantó y fue lentamente hacia el mapa de 
Francia que había en la pared, en cuya parte inferior se veía una isla en un cuadrito 
separado, y puso el dedo en este recuadro, diciendo: 
-Córcega; isla pequeña que ha hecho grande a Francia. 
Estas palabras fueron como un soplo de aire helado. Se notaba que algo estaba por 
comenzar. Enjolras, cuyos ojos azules parecían contemplar el vacío, respondió sin mirar a 
Marius: 
-Francia no necesita ninguna Córcega para ser grande. Francia es grande porque es 
Francia. 
Marius no experimentó deseo alguno de retroceder. Se volvió hacia Enjolras y dejó oír 
en su voz una vibración que provenía del estremecimiento de su corazón: 
-No permita Dios que yo pretenda disminuir a Francia. Pero no la disminuye el unirla a 
Napoleón. Hablemos de esto. Yo soy nuevo entre vosotros, pero os confieso que no me 
asustáis. Hablemos del emperador. Os oigo decir Bonaparte, 
como los realistas; os advierto que mi abuelo va más lejos, dice Bonaparte. Os creía 
jóvenes. ¿En qué ponéis vuestro entusiasmo? ¿Qué hacéis? ¿Qué admiráis si no admiráis 
al emperador? ¿Qué más necesitáis? Si no consideráis grande a éste, ¿qué grandes 
hombres queréis? Napoleón lo tenía todo. Era un ser completo. Su cerebro era el cubo de 
las facultades humanas. Hacía la historia y la escribía. De pronto, Europa se asustaba y 
escuchaba; los ejércitos se ponían en marcha; había gritos, trompetas, temblor de tronos; 
oscilaban las fronteras de los reinos en el mapa; se oía el ruido de una espada 
sobrehumana que salía de la vaina; se le veía elevarse sobre el horizonte con una llama en 
la mano, y el resplandor en los ojos, desplegando en medio del rayo sus dos alas, es decir, 
el gran ejército y la guardia veterana. ¡Era el arcángel de la guerra! 
Todos callaban. Marius, casi sin tomar aliento, continuó con entusiasmo creciente: 
-Seamos justos, amigos. ¡Qué brillante destino de un pueblo ser el imperio de semejante 
emperador, cuando el pueblo es Francia, y asocia su genio al genio del gran hombre! 
Aparecer y reinar, marchar y triunfar, tener por etapas todas las capitales, hacer reyes de 
los granaderos, decretar caídas de dinastías, transfigurar a Europa a paso de carga; 
vencer, dominar, fulminar, ser en medio de Europa un pueblo dorado a fuerza de gloria; 
tocar a través de la historia una marcha de titanes; conquistar el mundo dos veces, por 
conquista y por deslumbramiento, esto es sublime. ¿Qué hay más grande? 
-Ser libre -dijo Combeferre. 
Marius bajó la cabeza; esta sola palabra, sencilla y fría, atravesó como una hoja de 
acero su épica efusión, y sintió que ésta se desvanecía en él. Cuando levantó la vista, 
Combeferre no estaba allí; satisfecho, probablemente, de su réplica, había partido y todos, 
excepto Enjolras, le habían seguido. La sala estaba vacía. 
Marius se preparaba para traducir en silogismos dirigidos a Enjolras lo que quedaba 
dentro de él, cuando se escuchó la voz de Combeferre que cantaba al alejarse: 
Si Cesar me hubiera dado la gloria y la guerra 
Pero tuviera yo que abandonar el amor de mi madre, 
Le diría yo al gran Cesar- toma tu cetro y tu carro, 
Amo más a mi madre, amo más a mi madre. 
-Ciudadano -dijo Enjolras, poniendo una mano en el hombro de Marius-, mi madre es 
la República. 
IV 
Ensanchando el horizonte 
Lo ocurrido en aquella reunión produjo en Marius una conmoción profunda, y una 
oscuridad triste en su alma. ¿Debía abandonar una fe cuando acababa de adquirirla? Se 
dijo que no, se aseguró que no debía dudar; pero, a pesar suyo, dudaba. 
Temía, después de haber dado tantos pasos que lo habían aproximado a su padre, dar 
otros nuevos que lo alejaran de él. Ya no estaba de acuerdo ni con su abuelo, ni con sus 
amigos; era temerario para el uno, retrógrado para los otros. Dejó de ir al Café Musain. 
Esta turbación de su conciencia no le permitía pensar en algunos pormenores bastante 
serios de la vida; pero una mañana entró en su cuarto el dueño de la hostería y le dijo: 
-El señor Courfeyrac ha respondido por vos. 
-Sí. 
-Pero necesito dinero. 
-Decid al señor Courfeyrac que venga, que tengo que hablarle -dijo Marius. 
Fue Courfeyrac y los dejó el hotelero. Marius le dijo que lo que no había pensado aún 
decirle era que estaba solo en el mundo y no tenía parientes. 
-¿Y qué vais a hacer? -dijo Courfeyrac. 
-No lo sé -respondió Marius. 
-¿Tenéis dinero? 
-Quince francos. 
-¿Queréis que os preste? 
-No, jamás. 
-¿Tenéis ropa? 
-Esta que veis. 
-¿Tenéis joyas? 
-Un reloj. 
-¿De plata? 
-De oro. 
-Yo sé de un prendero que os comprará vuestro abrigo y un pantalón. 
-Bueno. 
-No tendréis ya más que un pantalón, un chaleco, un sombrero y un traje. 
-Y las botas. 
-¡Qué! ¿No iréis con los pies descalzos? ¡Qué opulencia! 
-Tendré bastante. 
-Sé de un relojero que os comprará el reloj. 
-Bueno. 
-No, no es bueno. ¿Qué haréis después? 
-Lo que sea preciso. A lo menos, todo lo que sea honrado. 
-¿Sabéis inglés? 
-No. 
-¿Sabéis alemán? 
-No. 
-Una lástima. 
-¿Por qué? 
-Porque un librero amigo mío está publicando una especie de enciclopedia, para la cual 
podríais traducir artículos alemanes o ingleses. Se paga mal, pero se vive. 
-Aprenderé el inglés y el alemán. 
-¿Y mientras tanto? 
-Comeré mi ropa y mi reloj. 
Llamaron al prendero, y compró la ropa en veinte francos. Fueron a casa del relojero y 
vendieron el reloj en cuarenta y cinco francos. 
-No está mal -dijo Marius a Courfeyrac al regresar a la hostería- con mis quince francos 
tengo ochenta. 
-¿Y la cuenta del hotel? 
-Es verdad, la olvidaba -dijo Marius. 
El hotelero presentó la cuenta, y hubo que pagarla en seguida. Eran setenta francos. 
-Me quedan diez francos -dijo Marius. 
-¡Malo! -dijo Courfeyrac-; gastaréis cinco francos en comer mientras aprendéis inglés, 
y cinco francos mientras aprendéis alemán. Será como tragar una lengua muy de prisa, o 
gastar cien sueldos muy lentamente. 
Mientras tanto, la tía Gillenormand, que era bastante buena en el fondo, había logrado 
descubrir la morada de Marius. 
Una mañana, cuando Marius volvía de la cátedra, se encontró con una carta de su tía y 
las "sesenta pistolas", es decir, seiscientos francos en oro dentro una cajita cerrada. 
Marius devolvió el dinero a su tía con una respetuosa carta en que aseguraba que tenía 
me-ios para vivir, y que podía cubrir todas sus necesidades. En aquel momento le 
quedaban tres francos. 
La tía no dijo nada al abuelo, para no enojarlo. Además, ¿no le había dicho que no le 
hablara nunca más de ese bebedor de sangre? 
Marius abandonó el hotel de la Puerta SaintJacques, para no contraer más deudas. 
LIBRO QUINTO 
Excelencia de la desgracia 

Marius indigente 
La vida empezó a ser muy dura para Marius. Comerse la ropa y el reloj no era nada. 
Comió también esa cosa horrible que se compone de días sin pan, noches sin sueño, 
tardes sin luz, chimenea sin fuego, semanas sin trabajo, porvenir sin esperanza, la levita 
rota en los codos, el sombrero viejo que hace reír a las jóvenes, la puerta que se encuentra 
cerrada de noche porque no se paga el alquiler, la insolencia del portero y del 
almacenero, la burla de los vecinos, las humillaciones, la aceptación de cualquier clase de 
trabajo; los disgustos, la amargura, el abatimiento. Marius aprendió a comer todo eso, y 
supo que a veces era lo único que tenía para comer. 
En esos momentos de la existencia en que el hombre tiene necesidad de orgullo porque 
tiene necesidad de amor, sintió que se burlaban de él porque andaba mal vestido, y se 
sintió ridículo porque era pobre. A la edad en que la juventud inflama el corazón, con 
imperial altivez, bajó más de una vez los ojos a sus botas agujereadas, y conoció la 
injusta vergüenza, el punzante pudor de la miseria. Prueba admirable y terrible, de la que 
los débiles salen infames, de la que los fuertes salen sublimes. La vida, el sufrimiento, la 
soledad, el abandono, la pobreza, son campos de batalla que tienen sus propios héroes; 
héroes obscuros, a veces más grandes que los héroes ilustres. 
Así se crean firmes y excepcionales naturalezas. La miseria, casi siempre madrastra, es 
a veces madre. La indigencia da a luz la fortaleza de alma; el desamparo alimenta la 
dignidad; la desgracia es la mejor leche para los generosos. 
Hubo una época en la vida de Marius en que barría su miserable cuarto, en que 
compraba dos cuartos de queso, en que esperaba que cayera la oscuridad del crepúsculo 
para entrar en la panadería y comprar un pan que llevaba furtivamente a su buhardilla 
como si lo hubiera robado. A veces se veía deslizarse en la carnicería de la esquina, entre 
parlanchinas cocineras, a un joven de aspecto tímido y enojado, con unos libros bajo el 
brazo, que al entrar se quitaba el sombrero, dejando ver el sudor que coma de su frente; 
hacía un profundo saludo a la carnicera sorprendida, otro al criado de la carnicería, pedía 
una chuleta de carnero, la pagaba, la envolvía en un papel, la ponía debajo del brazo entre 
dos libros, y se iba. Era Marius. Con la chuleta, que cocía él mismo, vivía tres días. El 
primer día comía la carne, el segundo bebía el caldo, y el tercero roía el hueso. 
En varias ocasiones la tía Gillenormand le envió las sesenta pistolas. Marius se las 
devolvía siempre, diciendo que nada necesitaba. 
Llegó un día en que no tuvo traje que ponerse. Courfeyrac, a quien había hecho algunos 
favores, le dio uno viejo. Marius lo hizo virar por treinta francos y le quedó como nuevo. 
Pero era verde, y Marius desde entonces no salió sino después de caer la noche, cuando el 
traje parecía negro. Quería vestirse siempre de luto por su padre, y se vestía con las 
sombras de la noche. 
En medio de todo esto se recibió de abogado; dio parte a su abuelo en una carta fría, 
pero llena de sumisión y de respeto. El señor Gillenormand cogió la carta temblando, la 
leyó, y la tiró hecha cuatro pedazos al cesto. Dos o tres días después, la señorita 
Gillenormand oyó a su padre, que estaba solo en su cuarto, hablar en voz alta, lo que le 
sucedía siempre que estaba muy agitado; oyó que el anciano decía: 
-Si no fueses un imbécil, sabrías que no se puede ser a un tiempo barón y abogado. 
II 
Marius pobre 
Con la miseria sucede lo que con todo: llega a hacerse posible; concluye por tomar una 
forma y ordenarse. Se vegeta, es decir se existe de una cierta manera mínima, pero 
suficiente para vivir. 
Marius Pontmercy había arreglado así su existencia: 
Había salido ya de la gran estrechura. A fuerza de trabajo, de valor, de perseverancia y 
de voluntad había conseguido ganar unos setecientos francos al año. Aprendió alemán a 
inglés y gracias a Courfeyrac, que lo puso en contacto con su amigo el librero, hacía 
prospectos, traducía de los periódicos, comentaba ediciones, compilaba biografías. 
Marius vivía ahora en la casa Gorbeau, donde ocupaba un cuchitril sin chimenea, que 
llamaban estudio, donde no había más muebles que los indispensables. Estos muebles 
eran suyos. Daba tres francos al mes a la portera por barrer y por subirle en la mañana un 
poco de agua caliente, un huevo fresco y un panecillo de a cinco céntimos. 
Tenía siempre dos trajes completos; uno viejo para todos los días, y otro nuevo para las 
ocasiones; ambos eran negros. Sólo tenía tres camisas, una puesta, otra en la cómoda y la 
tercera en la casa de la lavandera. 
Para llegar a esta situación floreciente le fueron necesarios algunos años muy difíciles y 
duros. Todo lo había padecido en materia de desamparo; todo lo había hecho excepto 
contraer deudas. Prefería no comer a pedir prestado, y así había pasado muchos días 
ayunando. 
En todas sus pruebas se sentía animado, y aun algunas veces impulsado por una fuerza 
secreta que tenía dentro de sí. El alma ayuda al cuerpo, y en ciertos momentos le sirve de 
apoyo. 
Al lado del nombre de su padre se había grabado otro nombre en su corazón, el de 
Thenardier. En su carácter entusiasta y serio, Marius rodeaba de una especie de aureola al 
hombre que, pensaba él, había salvado la vida de su padre en medio de la metralla de 
Waterloo. Lo que redoblaba su agradecimiento era la idea del infortunio en que sabía 
había caído el desaparecido Thenardier. Desde que supo de su ruina en Montfermeil, hizo 
esfuerzos inauditos durante tres años para encontrar sus huellas. Era la única deuda que le 
dejara su padre. 
-¡Cómo -pensaba-, si cuando mi padre yacía moribundo en el campo de batalla 
Thenardier supo encontrarlo en medio de la humareda y llevarlo en brazos entre las balas, 
yo, el hijo que tanto le debe, no puedo encontrarlo en la sombra donde agoniza y traerlo a 
mi vez de vuelta a la vida! 
Encontrar a Thenardier, hacerle un favor cualquiera, decirle: "No me conocéis. pero yo 
sí os conozco. ¡Aquí estoy, disponed de mí!", era el sueño más dulce y magnífico de 
Marius. 
III 
Marius hombre 
En esta época tenía Marius veinte años, y hacía tres que había abandonado a su abuelo, 
sin tratar ni una sola vez de verlo. Además, ¿para qué se habían de ver? ¿para volver a 
discutir? 
Pero Marius se equivocaba al juzgar el corazón del anciano. Creía que su abuelo no lo 
había querido nunca y que ese hombre duro y burlón, que juraba, gritaba, tronaba y 
levantaba el bastón, no había tenido para él más que ese afecto ligero y severo típico de 
las comedias de vaudeville. Marius se engañaba. Hay padres que no quieren a sus hijos, 
pero no hay un solo abuelo que no adore a su nieto. 
En el fondo, ya hemos dicho, el señor Gillenormand idolatraba a Marius. Lo idolatraba 
a su manera, con acompañamiento de golpes. Mas, cuando desapareció el niño, 
experimentó un negro vacío en el corazón; exigió que no le hablasen más de él, 
lamentando en su interior ser tan bien obedecido. 
En los primeros días esperó que el bonapartista, el jacobino, el terrorista, el 
septembrista, volviera; pero pasaron las semanas, pasaron los meses, pasaron los años, y 
con gran desesperación del señor Gillenormand, el bebedor de sangre no volvió. Se 
preguntaba: Si volviera a pasar lo mismo, ¿volvería yo a obrar del mismo modo? Su 
orgullo respondía inmediatamente que sí; pero su encanecida cabeza, que sacudía en 
silencio, respondía tristemente que no. Le hacía falta Marius, y los viejos tienen tanta 
necesidad de afectos como de sol. 
Mientras que el viejo padecía, Marius se aplaudía a sí mismo. Como a todos los buenos 
corazones, la desgracia lo había hecho perder la amargura. Sólo pensaba en el señor 
Gillenormand con dulzura; pero se había propuesto no recibir nada del hombre "que 
había sido malo con su padre". Por otra parte, estaba feliz de haber padecido, y de 
padecer aún, porque lo hacía por su padre. Pensaba que la única manera de acercarse a él 
y de parecérsele, era siendo muy valiente ante la pobreza como él lo fue ante el enemigo, 
y que a eso se refería su padre cuando escribió: "Estoy cierto que mi hijo será digno." 
Vivía muy solitario. A causa de su afición a permanecer extraño a todo, y también a 
causa de haberse asustado demasiado, no había entrado decididamente en el grupo 
presidido por Enjolras. Habían quedado como buenos camaradas, dispuestos a ayudarse 
mutuamente en lo que fuera. 
Marius tenía dos amigos. Uno joven, Courfeyrac, y otro viejo, el señor Mabeuf; se 
inclinaba más al viejo, porque le debía, en primer lugar, la revolución que en su interior 
se había realizado, y en segundo lugar, por haber conocido y amado a. su padre. "Me 
operó de la catarata", decía. 
El señor Mabeuf había iluminado a Marius por casualidad y sin saberlo, como lo hace 
una vela que alguien trae a la oscuridad. El había sido la vela y no el alguien. 
En cuanto a la revolución política interior de Marius, el señor Mabeuf era 
absolutamente incapaz de comprenderla, de desearla y de dirigirla. 
IV 
La pobreza es buena vecina de la miseria 
A Marius le gustaba aquel anciano cándido que caía lentamente en una indigencia que 
lo asombraba sin entristecerlo todavía. Marius se encontraba con Courfeyrac y buscaba al 
señor Mabeuf, claro que sólo unas dos veces al mes a lo sumo. 
Marius se inclinaba demasiado hacia la meditación y descuidaba el trabajo; pasaba días 
enteros dedicado a vagar y a soñar. Decidió hacer el mínimo posible de trabajo material 
para dejar mayor tiempo a la contemplación. Su máximo placer era hacer largos paseos 
por el Campo de Marte o por las avenidas menos frecuentadas del Luxemburgo. Los 
transeúntes lo miraban con sorpresa y desconfiaban de él por su aspecto. Pero era sólo un 
joven pobre que soñaba sin motivo alguno. 
En uno de esos paseos descubrió el caserón Gorbeau, y su aislamiento y el bajo alquiler 
lo tentaron. Allí se instaló; lo conocían por el señor Marius. 
Sus pasiones políticas se habían desvanecido; la revolución de 1830 las había calmado. 
A decir verdad, ahora no tenía opiniones, sino más bien simpatías. ¿De qué partido 
estaba? Del partido de la humanidad. Dentro de la humanidad, Francia; dentro de Francia 
elegía al pueblo; en el pueblo, elegía a la mujer. 
Creía, y probablemente tenía razón, haber llegado a la verdad de la vida y de la filosofía 
humana, y había concluido por mirar sólo el cielo, la única cosa que la verdad puede ver 
del fondo de su pozo. 
En medio de tales ensueños, cualquiera que mirara dentro del alma de Marius, habría 
quedado deslumbrado de su pureza. 
Hacia mediados de este año 1831, la mujer que servía a Marius le contó que iban a 
echar a la calle a sus vecinos, la miserable familia Jondrette. Marius, que pasaba casi todo 
el día fuera de casa, apenas sabía si tenía vecinos. 
-¿Y por qué les quitan la pieza? 
-Porque no pagan el alquiler. Deben dos plazos. 
-¿Y cuánto es? 
-Veinte francos. 
Marius tenía treinta francos ahorrados en un cajón. 
-Tomad -dijo a la vieja-, ahí tenéis veinticinco. Pagad por esa pobre gente, dadles cinco 
francos, y no digáis que lo hago yo. 
LIBRO SEXTO 
La conjunción de dos estrellas 

El apodo: manera de formar nombres de familia 
Por aquella época era Marius un joven de hermosas facciones, mediana estatura, 
cabellos muy espesos y negros, frente ancha a inteligente; tenía aspecto sincero y 
tranquilo, y sobre todo un no sé qué en el rostro que denotaba a la par altivez, reflexión a 
inocencia. 
En el tiempo de su mayor miseria, observaba que las jóvenes se volvían a mirarle 
cuando pasaba, lo cual era causa de que huyera o se ocultara con la muerte en el alma. 
Creía que lo miraban por sus trajes viejos, y que se reían de ellos; el hecho es que lo 
miraban por buen mozo, y que más de una soñaba con él. 
Aquella muda desavenencia entre él y las lindas muchachas que se le cruzaban lo 
habían hecho huraño. No eligió a ninguna por la sencilla razón de que huía de todas. 
Courfeyrac le decía: 
-Te voy a dar un consejo, amigo mío. No leas tantos libros y mira un poco más a las 
bellas palomitas. Esas picaronas valen la pena, Marius querido. Te vas a embrutecer de 
tanto huirles y de tanto ruborizarte. 
Otros días, al encontrarse en la calle Courfeyrac lo saludaba diciendo: 
-Buenos días, señor cura. 
Sin embargo habían en esta inmensa creación dos mujeres de las cuales Marius no huía: 
una era la vieja barbuda que barría su cuarto, y la otra una joven a la cual veía 
frecuentemente, pero sin mirarla. 
Desde hacía más de un año, Marius observaba en una avenida arbolada del 
Luxemburgo a un hombre y a una niña, casi siempre sentados uno al lado del otro en el 
mismo banco, en el extremo más solitario del paseo por el lado de la calle del Oeste. 
Cada vez que la casualidad llevaba a Marius por esa avenida, y esto sucedía casi todos los 
días, hallaba allí a la misma pareja. 
El hombre podría tener sesenta años; parecía triste; tenía el pelo muy blanco. Vestía 
abrigo y pantalón azules y un sombrero de ala ancha. 
La primera vez que vio a la joven que lo acompañaba, era una muchacha de trece o 
catorce años, flaca, hasta el punto de ser casi fea, encogida, insignificante, y que tal vez 
prometía tener bastante buenos ojos. Tenía ese aspecto a la vez aviejado a infantil de las 
colegialas de un convento y vestía un traje negro y mal hecho. Parecían padre a hija. 
Hablaban entre sí con aire apacible a indiferente. La joven charlaba sin cesar y 
alegremente; el viejo hablaba poco, pero fijaba en ella sus ojos, llenos de una inefable 
ternura paternal. 
Marius se acostumbró a pasearse por aquella avenida todos los días durante el primer 
año. El hombre le agradaba, pero la muchacha le pareció un poco tosca y muy sin gracia. 
Courfeyrac, como la mayoría de los estudiantes que por allí se paseaban, también los 
había observado, pero como encontró fea a la niña, no los miró más. Pero le habían 
llamado la atención el vestido de la niña y los cabellos del anciano y los bautizó, a la 
joven como señorita Lanegra, y al padre como señor Blanco. Y así los llamaban todos. 
Marius halló muy cómodos estos nombres para nombrar a los desconocidos. 
Seguiremos su ejemplo, y adoptaremos el nombre de señor Blanco para mayor facilidad 
de este relato. 
En el segundo año sucedió que la costumbre de pasear por el Luxemburgo se 
interrumpió, sin que el mismo Marius supiera por qué, y estuvo cerca de seis meses sin 
poner los pies en aquel paseo. Por fin, un día volvió allá. Era una serena mañana de estío, 
y Marius estaba alegre como se suele estar cuando hace buen tiempo. Le parecía tener en 
el corazón el canto de todos los pájaros que escuchaba y todos los trozos de cielo azul 
que veía a través de las hojas de los árboles. 
Fue directamente a su avenida, y divisó, siempre en el mismo banco, a la consabida 
pareja. Solamente que cuando se acercó vio que el hombre continuaba siendo el mismo, 
pero le pareció que la joven no era la misma. La persona que ahora veía era una hermosa 
y esbelta criatura de unos quince a dieciséis años. Tenía cabellos castaños, matizados con 
reflejos de oro; una frente que parecía hecha de mármol; mejillas como pétalos de rosa; 
una boca de forma exquisita, de la cual brotaba la sonrisa como una luz y la palabra como 
una música. Y para que nada faltase a aquella figura encantadora, la nariz no era bella, 
era linda; ni recta, ni aguileña, ni italiana, ni griega; era la nariz parisiense, es decir, esa 
nariz graciosa, fina, irregular y pura que desespera a los pintores y encanta a los poetas. 
Cuando Marius pasó cerca de ella, no pudo ver sus ojos, que tenía constantemente 
bajos. Sólo vio sus largas pestañas de color castaño, llenas de sombra y de pudor. 
Esto no impedía que la hermosa joven se sonriera escuchando al hombre de cabellos 
blancos que le hablaba; y nada tan encantador como aquella fresca sonrisa con los ojos 
bajos. 
No era ya la colegiala con su sombrero anticuado, su traje de lana, sus zapatones y sus 
manos coloradas. El buen gusto se había desarrollado en ella a la par de la belleza. Era 
una señorita bien vestida, sencilla y elegante sin pretensión. 
La segunda vez que Marius llegó cerca de ella, la joven alzó los párpados; sus ojos eran 
de un azul profundo. Miró a Marius con indiferencia. Marius, por su parte, continuó el 
paseo pensando en otra cosa. 
Pasó todavía cuatro o cinco veces cerca del banco donde estaba la joven, pero sin 
mirarla. 
II 
Efecto de la primavera 
Un día el aire estaba tibio y el Luxemburgo inundado de sombra y de sol; el cielo puro 
como si los ángeles lo hubieran lavado por la mañana; los pajarillos cantaban 
alegremente posados en el ramaje de los castaños. Marius había abierto toda su alma a la 
naturaleza; en nada pensaba, sólo vivía y respiraba. Pasó cerca del banco; la joven alzó 
los ojos, y sus miradas se encontraron. 
¿Qué había esta vez en la mirada de la joven? Marius no hubiera podido decirlo. No 
había nada y lo había todo. Fue un relámpago extraño. 
Ella bajó los ojos; él continuó su camino. Lo que acababa de ver no era la mirada inge- 
nua y sencilla de un niño; era una sima misteriosa que se había entreabierto, y luego 
bruscamente cerrado. 
Hay un día en que toda joven mira así. ¡Pobre del que se encuentra cerca! Esta primera 
mirada de un alma que no se conoce todavía es como el alba en el cielo. Es una especie 
de ternura indecisa que se revela al azar y que espera. Es una trampa que la inocencia 
arma sin saberlo, donde atrapa los corazones sin quererlo. 
Por la tarde, al volver a su buhardilla, Marius fijó la vista en su traje, y notó por primera 
vez que era una estupidez inaudita irse a pasear al Luxemburgo con su tenida de todos los 
días, es decir, con un sombrero roto, con botas gruesas como las de un carretero, un 
pantalón negro que estaba blanquecino en las rodillas, y una levita negra que palidecía 
por los codos. 
Al día siguiente, a la hora acostumbrada, Marius sacó del armario su traje nuevo, su 
sombrero nuevo y sus botas nuevas, y se fue al Luxemburgo. 
En el camino se encontró con Courfeyrac, y se hizo el que no lo veía. Courfeyrac, al 
volver a su casa, dijo a sus amigos: 
-Me acabo de cruzar con el sombrero nuevo y el traje nuevo de Marius, con Marius 
adentro. Iba sin duda a dar algún examen. ¡Tenía una cara de idiota! 
Al desembocar en el paseo, Marius divisó al otro extremo al señor Blanco y a la joven, 
y se fue derecho al banco. A medida que se acercaba, iba acortando el paso. Llegado a 
cierta distancia del banco, se volvió en dirección opuesta a la que llevaba. La joven 
apenas pudo verlo de lejos y notar lo bien que se veía con su traje nuevo. En tanto, él 
caminaba muy derecho para tener buena figura, en el caso de que lo mirara alguien. 
Llegó al extremo opuesto; después volvió, y se acercó un poco más al banco, y cruzó 
nuevamente por delante de la joven. Esta vez estaba muy pálido. Se alejó, y como aun 
volviéndole la espalda se figuraba que lo miraba, esta idea lo hacía tropezar. 
Por primera vez en quince meses pensó que tal vez aquel señor que se sentaba allí todos 
los días con aquella joven habría reparado sin duda en él, y que le habría parecido extraña 
su asiduidad. 
Ese día se olvidó de ir a comer. No se acostó sino después de haber cepillado su traje y 
de haberlo doblado con gran cuidado. 
Así pasaron quince días. Marius iba al Luxemburgo, no para pasearse, sino para 
sentarse siempre en el mismo sitio y sin saber por qué, pues luego que llegaba allí, no se 
movía. Todas las mañanas se ponía su traje nuevo para no dejarse ver, y al día siguiente 
volvía a hacer lo mismo. 
La señora Burgon, la portera-inquilina principal-sirvienta de casa Gorbeau, constataba, 
atónita, que Marius volvía a salir con su traje nuevo. 
-¡Tres días seguidos! -exclamó. 
Trató de seguirlo, pero Marius caminaba a grandes zancadas. Lo perdió de vista a los 
dos minutos; volvió a la casa sofocada y furiosa. 
Marius llegó al Luxemburgo. La joven y el anciano estaban allí. 
Se acercó fingiendo leer un libro, pero volvió a alejarse rápidamente y se fue a sentar a 
su banco, donde pasó cuatro horas mirando corretear los gorriones. 
Así pasaron quince días. Marius ya no iba al Luxemburgo a pasearse, sino a sentarse 
siempre en el mismo lugar, sin saber por qué. Una vez allí, ya no se movía más. Y todos 
los días se ponía el traje nuevo, para que nadie lo viera, y recomenzaba a la mañana 
siguiente. 
La joven era de una hermosura realmente maravillosa. 
III 
Prisionero 
Uno de los últimos días de la segunda semana, Marius se encontraba como de 
costumbre sentado en su banco, con un libro abierto en la mano. De súbito se estremeció. 
El señor Blanco y su hija acababan de abandonar su banco y se dirigían lentamente hacia 
donde estaba Marius. 
-¿Qué vienen a hacer aquí? -se preguntaba angustiado Marius-. ¡Ella va a pasar frente a 
mí! ¡Sus pies van a pisar esta arena, a mi lado! ¿Me irá a hablar este señor? 
Bajó la vista. Cuando la alzó, ya estaban a pocos pasos. Al pasar, la joven lo miró, 
fijamente, con una dulzura que lo hizo temblar de la cabeza a los pies. Le pareció que ella 
le reprochaba haber pasado tanto tiempo sin ir a verla, y que le decía: Soy yo la que 
vengo. 
Marius sentía arder su cabeza. ¡Ella. había ido hacia él, qué dicha! ¡Y cómo lo había 
mirado! Le pareció más hermosa que antes. La siguió con sus ojos hasta que se perdió de 
vista. 
Salió del Luxemburgo con la esperanza de encontrarla en la calle. 
En cambio se encontró con Courfeyrac que lo invitó a comer a un restaurante. Marius 
comió como un ogro. Se reía solo y hablaba fuerte. Estaba perdidamente enamorado. 
Al día siguiente almorzó con sus amigos, que discutían como siempre de política. 
Marius los interrumpió de pronto para gritar: -Y sin embargo, es agradable tener la cruz. 
-Esto sí que es raro -dijo Courfeyrac al oído de Prouvaire. 
-No -repuso Prouvaire-, esto sí que es serio. 
Era serio, en efecto. Marius estaba en esa primera hora violenta y encantadora en que 
comienzan las grandes pasiones. 
Una mirada lo había hecho todo. 
IV 
Aventuras de la letra U 
El aislamiento, el desapego de todo, el orgullo, la independencia, el amor a la 
naturaleza, la falta de actividad cotidiana y material, la vida retraída, las luchas secretas 
de la castidad, y el éxtasis ante la creación entera, habían preparado a Marius a esta 
posesión que se llama la pasión. El culto que tributaba a su padre había llegado poco a 
poco a ser una religión, y como toda religión, se había retirado al fondo de su alma. 
Faltaba algo en primer plano, y vino el amor. 
Un largo mes pasó, durante el cual Marius fue todos los días al Luxemburgo. Llegada la 
hora, nada podía detenerlo. 
-Está de servicio -decía Courfeyrac. 
Marius vivía en éxtasis. Se había envalentonado finalmente y ya se acercaba al banco, 
pero no pasaba delante de él. Juzgaba prudente no llamar la atención del padre. A veces, 
durante horas se quedaba inmóvil apoyado en el pedestal de alguna estatua simulando 
leer y sus ojos iban en busca de la jovencita. Entonces ella, volvía con una vaga sonrisa 
su adorable perfil hacia él. Y conversando naturalmente con el hombre de cabellos 
blancos, posaba un segundo en Marius una mirada virginal y apasionada. 
Es posible que a estas alturas el señor Blanco hubiera llegado al fin a notar algo, porque 
frecuentemente, al ver a Marius, se levantaba y se ponía a pasear. Había abandonado su 
sitio acostumbrado, y había escogido otro banco, como para ver si Marius lo seguiría allí. 
Marius no comprendió este juego, y cometió un error. El padre comenzó a no ser tan 
puntual como antes, y a no llevar todos los días a su hija al paseo. Algunas veces iba solo; 
entonces Marius se marchaba; otro error. 
Una tarde, al anochecer, encontró en el banco que ellos acababan de abandonar un 
pañuelo sencillo y sin bordados, pero blanco y que le pareció que exhalaba inefables 
perfumes. Se apoderó de él, radiante de dicha. Aquel pañuelo estaba marcado con las 
letras U. F. Marius no sabía nada de aquella hermosa joven, ni de su familia, ni su 
nombre, ni su casa. Aquellas dos letras eran la primera cosa concreta que tenía de ella; 
adorables iniciales sobre las que comenzó inmediatamente a hacerse conjeturas. U era 
evidentemente la inicial del nombre: "¡Ursula!", pensó; "¡qué delicioso nombre!" Besó el 
pañuelo, lo puso sobre su corazón durante el día, y por la noche bajo sus labios para 
dormirse. 
-¡Aspiro en él toda su alma! -exclamaba. 
Pero el pañuelo era del anciano, que lo había dejado caer del bolsillo. 
Los días que siguieron a este hallazgo, Marius se presentó en el Luxemburgo besando 
el pañuelo, o estrechándolo contra su corazón. La hermosa joven no comprendía nada de 
aquella pantomima, y así lo daba a entender por medio de señas imperceptibles. 
-¡Oh, qué pudor! -decía Marius. 

Eclipse 
Comiendo se abre el apetito, y en amor sucede lo que en la mesa. Saber que Ella se 
llamaba Ursula era mucho y era poco. Marius en tres o cuatro semanas devoró aquella 
felicidad; deseó otra, y quiso saber dónde vivía. 
Cometió un tercer error: siguió a Ursula. 
Vivía en la calle del Oeste, en el sitio menos frecuentado, en una casa nueva de tres 
pisos, de modesta apariencia. Desde aquel momento, Marius añadió a su dicha de verla 
en el Luxemburgo la de seguirla hasta su casa. 
Su hambre aumentaba. Sabía dónde vivía, quiso saber quién era. 
Una noche, después de seguir al padre y a la hija hasta su casa, entró al edificio y 
preguntó valientemente al portero: 
-¿Es el señor del piso principal el que acaba de entrar? 
-No -contestó el portero-. Es el inquilino del tercero. 
Había dado un paso; este triunfo alentó a Marius. 
-¿Quién es ese caballero? -preguntó. 
-Un rentista. Es un hombre muy bondadoso, que ayuda a los necesitados, a pesar de que 
no es rico. 
-¿Cómo se llama? -insistió Marius. 
El portero alzó la cabeza, y dijo: 
-¿Acaso sois polizonte? 
Marius se fue un poco mohíno, pero encantado. Progresaba. 
Al día siguiente, el señor Blanco y su hija sólo dieron un pequeño paseo en el 
Luxemburgo; todavía era de día cuando se marcharon. Marius los siguió a la calle del 
Oeste como acostumbraba. Al llegar a la puerta, el señor Blanco hizo pasar primero a su 
hija; luego se detuvo antes de atravesar el umbral, se volvió y miró fijamente a Marius. 
Al día siguiente no fueron al Luxemburgo, y Marius esperó en balde todo el día. Por la 
noche fue a la calle del Oeste y contempló las ventanas iluminadas. 
Al día siguiente tampoco fueron al Luxemburgo. Marius esperó todo el día, y luego fue 
a ponerse de centinela bajo las ventanas. 
Así pasaron ocho días. El señor Blanco y su hija no volvieron a aparecer por el 
Luxemburgo. Marius se contentaba con ir de noche a contemplar la claridad rojiza de los 
cristales. Veía de cuando en cuando pasar algunas sombras, y el corazón le latía con este 
espectáculo. 
Al octavo día, cuando llegó bajo las ventanas, no había luz en éstas. Esperó hasta las 
diez, hasta las doce, hasta la una de la mañana; pero no se encendió ninguna luz. Se retiró 
muy triste. 
AI anochecer siguiente volvió a la casa. El piso tercero estaba oscuro como boca de 
lobo. 
Marius llamó a la puerta y dijo al portero: 
-¿El señor del piso tercero? 
-Se mudó ayer -contestó el portero. 
Marius vaciló, y dijo débilmente: 
-¿Dónde vive ahora? 
-No lo sé. 
-¿No dejó su nueva dirección? 
El portero reconoció a Marius. 
-¡Ah, usted de nuevo! ¡Entonces es decididamente un espía! 
LIBRO SEPTIMO 
Patron-Minette 

Las minas y los mineros 
Las sociedades humanas tienen lo que en los teatros se llama un tercer subterráneo. El 
suelo social está todo minado, ya sea para el bien, ya sea para el mal. Existen las minas 
superiores y las minas inferiores. 
Hay bajo la construcción social excavaciones de todas suertes. Hay una mina religiosa, 
una mina filosófica, una mina política, una mina económica, una mina revolucionaria. 
La escala descendiente es extraña. En la sombra comienza el mal. El orden social tiene 
sus mineros negros. 
Por debajo de todas las minas, de todas las galerías, por debajo de todo el progreso y de 
la utopía, mucho más abajo y sin relación alguna con las etapas superiores, está la última 
etapa. Lugar formidable. Es lo que hemos llamado el tercer subterráneo. Es la fosa de las 
tinieblas. Es la cueva de los ciegos. Comunica con los abismos. Es la gran caverna del 
mal. Las siluetas feroces que rondan en esta fosa, casi bestias, casi fantasmas, no se 
interesan por el progreso universal, ignoran la idea y la palabra. Tienen dos madres, más 
bien dos madrastras, la ignorancia y la miseria; tienen un guía, la necesidad; tienen el 
apetito como forma de satisfacción. Son larvas brutalmente voraces, que pasan del 
sufrimiento al crimen. Lo que se arrastra en el tercer subterráneo social no es la filosofía 
que busca el absoluto; es la protesta de la materia. Aquí el hombre se convierte en 
dragón. Tener hambre, tener sed, es el punto de partida; ser Satanás es el punto de 
llegada. 
Hemos visto en capítulos anteriores algunos compartimentos de la mina superior, de la 
gran zanja política, revolucionaria, filosófica, donde todo es noble, puro, digno, honrado. 
Ahora miramos otras profundidades, las profundidades repugnantes. 
Esta mina está por debajo de todas y las odia a todas. jamás su puñal ha tallado una 
pluma; jamás sus dedos que se crispan bajo este suelo asfixiante han hojeado un libro o 
un periódico. Esta mina tiene por finalidad la destrucción de todo. 
No sólo socava en su hormigueo horrendo el orden social, el derecho, la ciencia, el 
progreso. Socava la civilización. Esta mina se llama robo, prostitución, crimen, asesinato. 
Vive en las tinieblas, y busca el caos. Su bóveda está hecha de ignorancia. 
Todas las demás, las de arriba, tienen una sola meta: destruirla. 
Destruid la caverna Ignorancia, y destruiréis al topo Crimen. 
II 
Babet, Gueulemer, Claquesous y Montparnasse 
Estos son los nombres de los cuatro bandidos que gobernaron desde 1830 a 1835 el 
tercer subterráneo de París. 
Gueulemer tenía por antro la cloaca de Arche Marion. Era inmenso de alto, musculoso, 
el torso de un coloso y el cráneo de un pajarillo. Era asesino por flojera y por estupidez. 
Babet era flaco a inteligente. Había trabajado en las ferias, donde ponía este afiche: 
Babet, artista-dentista. Nunca supo qué fue de su mujer y de sus hijos. Los perdió como 
se pierde un pañuelo. Excepción a la regla, Babet leía los periódicos. 
Claquesous era la noche; esperaba para salir que la noche estuviera muy negra. Salía 
por un agujero en la tarde, y entraba por el mismo agujero antes de que amaneciera. 
¿Dónde? Nadie lo sabía. Era ventrílocuo. 
Un ser lúgubre era Montparnasse. Muy joven, menos de veinte años, bello rostro, labios 
rojos, cabellos negros, la claridad de la primavera en sus ojos; tenía todos los vicios y 
aspiraba a todos los crímenes. Era gentil, afeminado, gracioso, robusto, feroz. Vivía de 
robar con violencia; quería ser elegante, y la primera elegancia es el ocio; el ocio de un 
pobre es el crimen. A los dieciocho años tenía ya muchos cadáveres tras él. 
Estos cuatro hombres no eran cuatro hombres. Eran una especie de misterioso ladrón 
con cuatro cabezas que trabajaba en grande en París. 
Gracias a sus relaciones, tenían la empresa de todas las emboscadas y "trabajos" de la 
ciudad. Todo el que quería ejecutar una idea criminal recurría a ellos. 
Patron Minette es el nombre con que se conocía en las minas subterráneas la asociación 
de estos hombres. En la antigua lengua popular, Patron-Minette se llamaba a la mañana, 
así como "entre perro y lobo" significaba la noche. El nombre venía seguramente de la 
hora en que terminaban su trabajo. 
Entre los principales afiliados a Patron-Minette, se menciona a Brujon, Bigrenaille, 
Boulatruelle, Deux-milliards, etc. 
Al terminar su faena, se separaban y se iban a dormir, algunos en los hornos de yeso, 
algunos en canteras abandonadas, otros en las cloacas. Se sepultaban. 
¿Qué se necesita para hacer desaparecer esas larvas? Luz. Mucha luz. Ni un murciélago 
resiste la luz del alba. Hay que empezar por iluminar la sociedad de arriba. 

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