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sábado, 5 de julio de 2014

Victor Hugo LOS MISERABLES III

Victor Hugo LOS MISERABLES III


LIBRO OCTAVO 
El mal pobre 

Hallazgo 
Pasó el verano y después el otoño; y llegó el invierno. Ni el señor Blanco ni la joven 
habían vuelto a poner los pies en el Luxemburgo. Marius no tenía más que un 
pensamiento, volver a ver aquel dulce y adorable rostro, y lo buscaba sin cesar y en todas 
partes; pero no hallaba nada. No era ya el soñador entusiasta, el hombre resuelto, ardiente 
y firme, el arriesgado provocador del destino, el cerebro que engendra porvenir sobre 
porvenir con la imaginación llena de planes, de proyectos, de altivez, de ideas y de 
voluntad. Era un perro perdido. Había caído en una negra tristeza; todo había concluido 
para él. 
El trabajo le repugnaba, el paseo lo cansaba, la soledad lo fastidiaba; la Naturaleza se 
presentaba ahora vacía ante sus ojos. Le parecía que todo había desaparecido. 
Un día de aquel invierno, Marius acababa de salir de su pieza en casa Gorbeau y 
caminaba lentamente por la calle, pensativo y con la cabeza baja. 
De repente sintió un empujón en la bruma; se volvió, y vio dos jóvenes cubiertas de 
harapos -una alta y delgada, la otra más pequeña-, que pasaban rápidamente frente a él, 
sofocadas, asustadas, y como huyendo. No lo vieron y lo rozaron al pasar. 
Marius distinguió en el crepúsculo sus caras lívidas, sus cabezas despeinadas, sus 
vestidos rotos y sus pies descalzos. Sin dejar de correr, iban hablando. 
La mayor decía en voz baja: 
-¡Llegaron los sabuesos, pero no pudieron pescarme! 
La otra respondió: 
-¡Los vi y disparé a rajar! 
Marius comprendió, a través de su jerga, que los policías habían tratado de prender a las 
muchachas, y ellas se habían escapado. 
Se escondieron un rato entre los árboles y luego desaparecieron. 
Marius iba ya a continuar su camino, cuando vio en el suelo a sus pies un paquetito 
gris, y lo recogió. 
-Se les habrá caído a esas pobres muchachas -dijo. 
Volvió atrás, pero no las encontró; creyó que estarían ya lejos; se metió el paquete en el 
bolsillo y se fue a comer. 
Por la noche, cuando se desnudaba para acostarse, encontró en su bolsillo el paquete. 
Ya se había olvidado de él. Creyó que sería útil abrirlo, porque tal vez contuviera las 
señas de las jóvenes o de quien lo hubiera perdido. 
El sobre contenía cuatro cartas, sin cerrar. Todas exhalaban un olor repugnante a 
tabaco. 
La primera estaba dirigida a: "Señora marquesa de Grucheray, plaza enfrente de la 
Cámara de Diputados". 
Marius se dijo que encontraría probablemente las indicaciones que buscaba en ella, y 
que además, no estando cerrada la carta, era probable que pudiese ser leída sin 
inconveniente. 
Estaba concebida en estos términos: 
"Señora marquesa: 
La birtud de la clemencia y de la piedad es la que une más estrechamente la soziedad. 
Dad salida a buestros cristianos sentimientos, y dirigid una mirada de compación a este 
desgraciado español víctima de la lealtad y fidelidad a la causa sagrada de la legitimidad, 
que no duda que buestra honorable persona le concederá un socorro. Os saluda 
humildemente Alvarez, capitán español de caballería, realista refugiado en Francia, que 
está de biaje acia su patria, y carece de recursos para continuar su biaje". 
No había señas del remitente. 
La segunda carta, dirigida a la señora condesa de Montverdet, estaba firmada por la 
señora Balizard, madre de seis hijos. 
Marius pasó a la tercera carta, que era, como las anteriores, una petición, y estaba 
firmada por Genflot, literato. 
Marius abrió por fin la cuarta carta, dirigida al señor bienhechor de la iglesia de Saint 
jacques. Contenía las siguientes líneas: 
"Hombre bienhechor: 
Si os dignáis acompañar a mi hija, conozeréis una calamidad mizerable, y os enseñaré 
mis certificados. Espero buestra bisita o buestro socorro, si os dignáis darlo, y os ruego 
recibáis los saludos respetuosos de buestro muy humilde y muy obediente serbidor, 
Fabontou, artista dramático". 
Después de haber leído estas cuatro cartas, no se quedó Marius mucho más enterado 
que antes. 
En primer lugar, ningún firmante ponía las señas de su casa. 
Además, parecía que provenían de cuatro individuos diferentes, pero tenían la 
particularidad de estar escritas por la misma mano, en el mismo papel grueso y 
amarillento, tenían el mismo olor a tabaco, y aunque en ellas se había tratado eviden- 
temente de variar el estilo, las faltas de ortografía se repetían con increíble desenfado. 
Marius las volvió al sobre, las tiró a un rincón, y se acostó. 
A las siete de la mañana del día siguiente, acababa de levantarse y desayunarse a iba a 
ponerse a trabajar, cuando llamaron suavemente a la puerta. 
Como no poseía nada, nunca quitaba la llave. 
-Adelante -dijo. 
Se abrió la puerta. 
-Perdón, caballero... 
Era una voz sorda, cascada, ahogada, áspera; una voz de viejo enronquecida por el 
aguardiente. 
Marius se volvió con presteza, y vio a una joven. 
II 
Una rosa en la miseria 
Ante él se encontraba una muchacha flaca, descolorida, descarnada; no tenía más que 
una mala camisa y un vestido sobre su helada y temblorosa desnudez; las manos rojas, la 
boca entreabierta y desfigurada, con algunos dientes de menos, los ojos sin brillo de 
mirada insolente, las formas abortadas de una joven, y la mirada de una vieja corrompida; 
cincuenta años mezclados con quince. Uno de esos seres que son a la vez débiles y 
horribles, y que hacen estremecer a aquellos a quienes no hacen llorar. Un resto de 
belleza moría en aquel rostro de dieciséis años. 
Aquella cara no era absolutamente desconocida a Marius. Creía recordar haberla visto 
en alguna parte. 
-¿Qué queréis, señorita? -preguntó. 
La joven contestó con su voz de presidiario borracho: 
-Traigo una carta para vos, señor Marius. 
Llamaba a Marius por su nombre, no podía dudar que era a él a quien se dirigía; pero, 
¿quién era aquella muchacha? ¿Cómo sabía su nombre? 
Le entregó una carta. Marius, ai abrirla, observó que el lacre del sello estaba aún 
húmedo. El mensaje, pues, no podía venir de muy lejos. Leyó: 
`Mi amable y joven becino: 
"He sabido buestras bondades para conmigo, que habéis pagado mi alquiler hace seis 
meses. Os bendigo. Mi hija mayor os dirá que estamos sin un pedazo de pan hace dos 
días cuatro personas, y mi mujer enferma. Sí mi corasón no me engaña, creo deber 
esperar de la jenerosidad del buestro, que se umanizará a la bista de este espectáculo, y 
que os dará el deseo de serme propicio, dignándoos prodigarme algún socorro. 
BUESTRO, JONDRETTE 
P. D. Mi hija esperará buestras órdenes, querido señor Marius ". 
Esta carta era como una luz en una cueva. Todo quedó para él iluminado de repente. 
Porque ésta venía de donde venían las otras cuatro. Era la misma letra, el mismo estilo, la 
misma ortografía, el mismo papel, el mismo olor a tabaco. 
Había cinco misivas, cinco historias, cinco nombres, cinco firmas y un solo firmante. 
Todos eran Jondrette, si es que el mismo Jondrette se llamaba efectivamente de este 
modo. 
Ahora veía todo claro. Comprendía que su vecino Jondrette tenía por industria, en su 
miseria, explotar la caridad de las personas benéficas, cuyas señas se proporcionaba; que 
escribía bajo nombres supuestos a personas que juzgaba ricas y caritativas, cartas que sus 
hijas llevaban. Marius comprendió que aquellas desgraciadas desempeñaban además no 
sé qué sombrías ocupaciones, y que de todo esto había resultado, en medio de la sociedad 
humana, tal como está formada, dos miserables seres que no eran ni niñas, ni muchachas, 
ni mujeres, especie de monstruos impuros o inocentes producidos por la miseria. 
Sin embargo, mientras Marius fijaba en ella una mirada admirada y dolorosa, la joven 
iba y venía por la buhardilla con una audacia de espectro. Y como si estuviese sola, 
tarareaba canciones picarescas que en su voz gutural y ronca sonaban lúgubres. Bajo 
aquel velo de osadía, asomaba a veces cierto encogimiento, cierta inquietud y 
humillación. El descaro, en ocasiones, tiene vergüenza. 
Marius estaba pensativo, y la dejaba hacer. 
Se aproximó a la mesa. 
-¡Ah! -exclamó-, ¡tenéis libros! Yo también sé leer. 
Y cogiendo vivamente el libro que estaba abierto sobre la mesa, leyó con bastante 
soltura: "...del castillo de Hougomont, que está en medio de la llanura de Waterloo..." 
Aquí suspendió su lectura. 
-¡Ah! Waterloo; lo conozco. Es una batalla de hace tiempo. Mi padre sirvió en el 
ejército. Nosotros en casa somos muy bonapartistas. Waterloo fue contra los ingleses, yo 
sé. 
Y dejó el libro, cogió una pluma, y exclamó: 
-También sé escribir. 
Mojó la pluma en el tintero. y se volvió hacia Marius: 
-¿Queréis ver? Mirad, voy a escribir algo para que veáis. 
Y antes que Marius hubiera tenido tiempo de contestar, escribió sobre un pedazo de 
papel blanco que había sobre la mesa: Los sabuesos están ahí. 
Luego, arrojando la pluma, añadió: 
-No hay faltas de ortografía, podéis verlo. Mi hermana y yo hemos recibido educación. 
Luego consideró a Marius, su rostro tomó un aire extraño, y dijo: 
-¿Sabéis, señor Marius, que sois un joven muy guapo? 
Y al mismo tiempo se les ocurrió a ambos la misma idea, que a ella la hizo sonreír, y a 
él ruborizarse. 
-Vos no habéis reparado en mí -añadió ella-, pero yo os conozco, señor Marius. Os 
suelo encontrar aquí en la escalera y os veo entrar algunas veces en casa del viejo 
Mabeuf. Os sienta bien ese pelo rizado. 
-Señorita -dijo Marius con su fría gravedad-, tengo un paquete que creo os pertenece. 
Permitid que os lo devuelva... 
Y le alargó el sobre que contenía las cuatro cartas. Palmoteó ella de contento y 
exclamó: 
-Lo habíamos buscado por todas partes. ¿Luego erais vos con quien tropezamos al 
pasar ayer noche? No se veía nada. ¡Ah, ésta es la de ese viejo que va a misa! Y ya es la 
hora. Voy a llevársela. Tal vez nos dará algo con qué poder almorzar. 
Esto hizo recordar a Marius lo que aquella desgraciada había ido a buscar a .su casa. 
Registró su chaleco y no halló nada. La joven continuó su charla. 
-A veces salgo por la noche. Otras no vuelvo a casa. Antes de vivir aquí, el otro 
invierno, vivíamos bajo los arcos de los puentes. Nos estrechábamos unos contra otros 
para no helarnos. Marius, a fuerza de buscar y rebuscar en sus bolsillos, había conseguido 
reunir cinco francos y dieciséis sueldos. Era todo cuanto en el mundo tenía. 
"Mi comida de hoy -pensó-; mañana ya veremos." 
Y guardando los dieciséis sueldos, dio los cinco francos a la joven. 
Esta cogió la moneda a hizo un profundo saludo a Marius. 
-Buenos días, caballero -dijo-, voy a buscar a mi viejo. 
III 
La ventanilla de la providencia 
Hacía cinco años que Marius vivía en la pobreza, en la desnudez, en la indigencia; pero 
entonces advirtió que aún no había conocido la verdadera miseria. La verdadera miseria 
era la que acababa de pasar ante sus ojos. 
Marius hasta casi se acusó de los sueños de delirio y pasión que le habían impedido 
hasta aquel día dirigir una mirada a sus vecinos. Todos los días, a cada instante, a través 
de la pared, les oía andar, ir, venir, hablar, y no los escuchaba. Sentía que esas criaturas 
humanas, sus hermanos en Jesucristo, agonizaban inútilmente a su lado sin que él hiciera 
nada por ellos. Parecían, sin duda, muy depravados, muy corrompidos, muy envilecidos, 
hasta muy odiosos; pero son escasos los que han caído y no se han degradado. Además, 
¿no es cuando la caída es más profunda que la caridad debe ser mayor? 
Sin saber casi lo que hacía, examinaba la pared; de pronto se levantó: acababa de 
observar hacia lo alto, cerca del techo, un agujero triangular, resultado de tres listones 
que dejaban un hueco entre sí. Faltaba la mezcla que debía llenar aquel hueco, y subiendo 
sobre la cómoda, se podía ver por aquel agujero la buhardilla de los Jondrette. La 
conmiseración debe tener también su curiosidad. Aquel agujero formaba una especie de 
trampilla. Permitido es mirar el infortunio para socorrerlo. 
-Veamos, pues, lo que son esa gente -se dijo Marius-, y lo que hacen. 
Escaló la cómoda, y miró. 
IV 
La fiera en su madriguera 
Marius era pobre, y su cuarto era pobre; pero su pobreza era noble y su buhardilla era 
limpia. El tugurio en que su mirada se hundía en aquel momento era abyecto, sucio, 
fétido, infecto, tenebroso y sórdido. Por todo amoblado una silla de paja, una mesa coja, 
algunos viejos tiestos, y en dos rincones dos camastros indescriptibles. Por toda claridad, 
una ventanilla con cuatro vidrios, adornada de telarañas. Por aquel agujero entraba la luz 
suficiente para que una cara de hombre pareciera la faz de un fantasma. 
Cerca de la mesa, sobre la cual Marius divisaba pluma, tinta y papel, estaba sentado un 
hombre de unos sesenta años, pequeño, flaco, pálido, huraño, de aire astuto, cruel a 
inquieto: un bribón repelente. Escribía, probablemente, alguna carta como las que Marius 
había leído. 
Una mujer gorda, que lo mismo podría tener cuarenta años que ciento, estaba 
acurrucada cerca de la chimenea. Tampoco ella tenía más traje que una camisa y un 
vestido de punto, remendado con pedazos de paño viejo. Un delantal de gruesa tela 
ocultaba la mitad del vestido. Era una especie de gigante al lado de su marido. 
En uno de los camastros, Marius entrevió a una muchacha larguirucha, sentada, casi 
desnuda, con los pies colgando; era la hermana menor, sin duda, de la que había estado 
en su cuarto. Tendría unos catorce años. 
Marius, con el corazón oprimido, iba a bajarse de su observatorio, cuando un ruido 
atrajo su atención, y lo obligó a permanecer en el sitio que estaba. 
La puerta del desván acababa de abrirse bruscamente. La hija mayor apareció en el 
umbral. Llevaba puestos gruesos zapatos de hombre, manchados de barro, y estaba 
cubierta con una vieja manta hecha jirones, que Marius no le había visto una hora antes, 
pero que probablemente dejaría a la puerta para inspirarle más piedad, y que sin duda 
había recogido al salir. Entró, cerró la puerta tras sí, se detuvo para tomar aliento, porque 
estaba muy fatigada, y luego gritó con expresión de triunfo y de alegría: 
-¡Viene! 
El padre volvió los ojos; la madre la cabeza; la chica no se movió. 
¿Quién? -preguntó el padre. 
-El viejo de la iglesia Saint Jacques. 
-¿Segura? 
-Segura. Viene en un coche de alquiler. 
-¡En coche! ¡Es Rothschild! 
El padre se levantó. 
-¿Con que estás segura? Pero si viene en coche, ¿cómo es que has llegado antes que él? 
¿Le diste bien las señas? ¡Con tal que no se equivoque! ¿Qué ha dicho? 
-Me ha dicho: "Dadme vuestras señas. Mi hija tiene que hacer algunas compras, tomaré 
un carruaje, y llegaré a vuestra casa al mismo tiempo que vos". 
-¿Y estás segura de que viene? 
-Viene pisándome los talones. 
El hombre se enderezó; había una especie de iluminación en su rostro. 
-Mujer gritó-, ya lo oyes. Viene el filántropo. Apaga el fuego. 
La madre estupefacta no se movió. 
El padre, con la agilidad de un saltimbanqui, agarró un jarro todo abollado que había 
sobre la chimenea, y arrojó el agua sobre los tizones. 
Luego dirigiéndose a su hija mayor: 
-Quítale el asiento a la silla -añadió. 
Su hija no comprendió. 
Cogió la silla, y de un talonazo le quitó, o mejor dicho le rompió el asiento. Su pierna 
pasó por el agujero que había abierto. 
Al retirarla, preguntó a la muchacha: 
-¿Hace frío? 
-Mucho. Está nevando. 
Se volvió él padre hacia la hija menor, y le gritó con voz tonante: 
-¡Pronto! Fuera de la cama, perezosa; nunca servirás para nada. Rompe un vidrio. 
La niña se levantó tiritando. 
-¡Rompe un vidrio! -repitió él-. ¿No me oyes? Te digo que rompas un vidrio. 
La niña, con una especie de obediente pavor, se alzó sobre la punta de los pies y pegó 
un puñetazo en uno de los vidrios, el cual se rompió y cayó con estrépito. 
-¡Bien! -dijo el padre. 
Su mirada recorría rápidamente los rincones del desván. Se diría que era un general 
haciendo los últimos preparativos en el momento en que va a comenzar la batalla. 
Mientras tanto se oyeron sollozos en un rincón. 
-¿Qué es eso? -preguntó el padre. 
La hija menor, sin salir de la sombra en que se había guarecido, enseñó su puño 
ensangrentado. Al romper el vidrio se había herido; había ido a colocarse cerca del 
camastro de su madre, y allí lloraba silenciosamente. 
La madre se levantó y gritó: 
-¡No haces más que tonterías! Al romper ese vidrio la niña se ha cortado la mano. 
-¡Tanto mejor! -dijo el hombre-. Es lo que quería. 
-¿Cómo tanto mejor? -replicó la mujer. 
-¡Calma! -replicó el padre-. Suprimo la libertad de prensa. 
Y desgarrando la camisa de mujer que tenía puesta, sacó de ella una tira de tela, con la 
cual envolvió el puño ensangrentado de la niña. 
Miró a su alrededor. Un viento helado silbaba al pasar por el vidrio quebrado. 
Todo tiene un aspecto magnífico -murmuró-. Ahora podemos recibir al filántropo. 

El rayo de sol en la cueva 
En ese momento dieron un ligero golpe a la puerta; el hombre se precipitó hacia ella, y 
la abrió, exclamando con profundos saludos y sonrisas de adoración: 
-Entrad, señor, dignaos entrar, mi respetable bienhechor, así como vuestra encantadora 
hija. 
Un hombre de edad madura y una joven aparecieron en la puerta del desván. 
Marius no había dejado su puesto. Lo que sintió en aquel momento no puede expresarse 
en ninguna lengua humana. Era Ella. 
Todo el que haya amado sabe las acepciones resplandecientes que contienen las cuatro 
letras de esta palabra: Ella. 
Era ella, efectivamente. Marius apenas la distinguía a través del luminoso vapor que se 
había esparcido súbitamente sobre sus ojos. Era aquel dulce ser ausente, aquel astro que 
para él había lucido durante seis meses; era aquella pupila, aquella frente, aquella boca, 
aquel bello rostro desvanecido, que lo había dejado sumiso en la oscuridad al marcharse. 
La visión se había eclipsado y reaparecía. 
Reaparecía en aquel desván, en aquella cueva asquerosa, en aquel horror. 
La acompañaba el señor Blanco. 
Había dado algunos pasos en el cuarto, y había dejado un gran paquete sobre la mesa. 
La Jondrette mayor se había retirado detrás de la puerta, y miraba con ojos tristes el 
sombrero de terciopelo, el abrigo de seda y aquel encantador rostro feliz. 
VI 
Jondrette casi llora 
A tal punto estaba oscuro el tugurio, que las personas que venían de fuera 
experimentaban al entrar en él lo mismo que hubieran sentido al entrar en una cueva. Los 
dos recién llegados avanzaron con cierta vacilación, distinguiendo apenas formas vagas 
en tomo suyo, en tanto que eran perfectamente vistos y examinados por los habitantes del 
desván, acostumbrados a aquel crepúsculo. 
El señor Blanco se aproximó a Jondrette con su mirada bondadosa y triste, y dijo: 
-Caballero, en este paquete hallaréis algunas prendas nuevas; medias y cobertores de 
lana. 
-Nuestro angelical bienhechor nos abruma -dijo Jondrette inclinándose hasta el suelo. 
Luego acercándose a su hija mayor mientras que los dos visitantes examinaban aquel 
lamentable interior, añadió en voz baja y hablando con rapidez: 
-¿No lo decía yo? Trapos, pero no dinero. Todos son iguales. A propósito, ¿cómo 
estaba firmada la carta para este viejo zopenco? 
-Fabontou -respondió la hija. 
Ah, el artista dramático. 
A tiempo se acordó Jondrette, porque en aquel momento el señor Blanco se volvió 
hacia él y le dijo con ese titubeo de quien busca un nombre: 
-Veo que sois muy digno de lástima, señor... 
-Fabontou -respondió vivamente Jondrette. 
-Señor Fabontou, sí, eso es. Ya lo recuerdo. 
-Artista dramático, señor, que ha obtenido algunos triunfos. 
Aquí Jondrette creyó evidentemente llegado el momento de apoderarse del filántropo. 
Exclamó, pues, con un acento que mezclaba la charla del titiritero de las ferias y la 
humildad del mendigo en las carreteras: 
-La fortuna me ha sonreído en otro tiempo, señor. Ahora ha llegado su turno a la 
desgracia; ya lo veis, mi bienhechor, no tengo ni pan ni fuego. ¡Mis pobres hijas no 
tienen fuego! ¡Mi única silla sin asiento! ¡Un vidrio roto! ¡Y con el tiempo que hace! ¡Mi 
esposa en la cama, enferma! 
-¡Pobre mujer! -dijo el señor Blanco. 
-¡Mi hija herida! -añadió Jondrette. 
La muchacha, distraída con la llegada de los dos extraños, se había puesto a contemplar 
a la señorita y había dejado de llorar. 
-¡Llora, chilla! -le dijo por lo bajo Jondrette. 
Y al mismo tiempo le pellizcó la mano herida, sin que nadie lo notara. 
La niña lanzó un alarido. 
La adorable joven que Marius llamaba en su corazón su Ursula se acercó a ella. 
-¡Pobrecita! -dijo. 
-Ya lo veis, hermosa señorita -prosiguió Jondrette-; su puño está ensangrentado. Es un 
accidente que le ha sucedido trabajando en una industria mecánica para ganar seis 
centavos al día. Quizás habrá necesidad de cortarle el brazo. 
-¿De veras? -dijo el señor Blanco, alarmado. 
La chica, tomando en serio estas palabras, comenzó a llorar con más fuerza. 
-¡Ah, sí, mi bienhechor! -respondió el padre. 
Desde hacía algunos momentos, Jondrette contemplaba al visitante de un modo extraño. 
Mientras hablaba, parecía escudriñarlo con atención, como si tratara de buscar algo en 
sus recuerdos. De pronto, aprovechando el momento en que los visitantes preguntaban 
con interés a la niña sobre la herida de su mano, pasó cerca de su mujer, que seguía tirada 
en la cama, y le dijo vivamente y en voz baja: 
-¡Mira bien a ese hombre! 
Luego continuó con sus lamentaciones: 
-¿Sabéis, mi digno señor, lo que va a pasar mañana? Mañana es el último plazo que me 
ha concedido mi casero. Si esta noche no le pago, mañana mi hija mayor, yo, mi esposa 
con su fiebre, mi hija menor con su herida, los cuatro seremos arrojados de aquí y 
echados a la calle, en medio de la lluvia y de la nieve. Debo cuatro trimestres, es decir, 
¡sesenta francos! 
Jondrette mentía. Cuatro trimestres no hubieran hecho más que cuarenta francos, y no 
podía deber cuatro, puesto que no hacía seis meses que Marius había pagado dos. 
El señor Blanco sacó cinco francos de su bolsillo, y los puso sobre la mesa. 
Jondrette tuvo tiempo de murmurar al oído de su hija mayor: 
-¡Tacaño! ¿Qué querrá que haga yo con cinco francos? Con eso no me paga ni la silla ni 
el vidrio. 
-Señor Fabontou -dijo el señor Blanco-, no tengo aquí más que esos cinco francos; pero 
volveré esta noche. ¿No es esta noche cuando debéis pagan..? 
La cara de Jondrette se iluminó con una extraña expresión, y contestó con voz trémula: 
-Sí, mi respetable bienhechor. A las ocho debo estar en casa del propietario. 
Vendré a las seis, y os traeré los sesenta francos. 
-¡Oh!, ¡mi bienhechor! -exclamó Jondrette delirante. 
Y añadió por lo bajo: 
-Míralo bien, mujer. 
El señor Blanco había cogido el brazo de su hermosa hija, y se dirigía hacia la puerta. 
-Hasta la noche, amigos míos -dijo. 
En aquel momento la Jondrette mayor se fijó que el abrigo del visitante estaba sobre la 
silla. 
-Señor -dijo-, olvidáis vuestro abrigo. 
Jondrette dirigió a su hija una mirada furibunda. 
-No lo olvido, lo dejo -contestó el señor Blanco sonriendo. 
-¡Oh, mi protector! ¡Mi augusto bienhechor! -dijo Jondrette-, voy a llorar a lágrima viva 
con tantas bondades. Permitid que os acompañe hasta vuestro carruaje. 
-Si salís -dijo el señor Blanco-, poneos ese abrigo. En verdad hace mucho frío. 
Jondrette no se lo hizo repetir dos veces y los tres salieron del desván, Jondrette 
precediendo a los visitantes. 
VII 
Ofertas de servicio de la miseria al dolor 
Marius presenció toda la anterior escena, sin embargo nada vio. Sus ojos estuvieron 
todo el tiempo clavados en la joven. 
Cuando se fueron, quedó sin saber qué hacer; no podía seguirlos porque andaban en 
carruaje. Además, si no habían partido aún y el señor Blanco lo veía, volvería a escapar y 
todo se habría perdido otra vez. Finalmente decidió arriesgarse y salió de la pieza. 
Al llegar a la calle alcanzó a ver el coche que doblaba la esquina. Corrió hacia allá y lo 
vio tomar la calle Mouffetard. 
Hizo parar un cabriolé para seguirlo, pero el cochero, al ver su aspecto, le cobró por 
adelantado y Marius no tenía suficiente dinero. ¡Por veinticuatro sueldos perdió su 
alegría, su dicha, su amor! 
Al regresar divisó al otro lado de la calle a Jondrette hablando con un hombre de 
aspecto sumamente sospechoso. A pesar de su preocupación, Marius lo miró bien, pues le 
pareció reconocer en él a un tal Bigrenaille, asaltante nocturno que una vez le mostrara 
Courfeyrac en las calles del barrio. 
Marius entró en su habitación a iba a cerrar la puerta, pero una mano impidió que lo 
hiciera. 
-¿Qué hay? -preguntó-, ¿quién está ah? 
Era la Jondrette mayor. 
¿Sois vos? -dijo Marius casi con dureza-. ¿Otra vez vos? ¿Qué queréis ahora? 
Ella se había quedado en la sombra del corredor; ya no tenía la seguridad que mostrara 
en la mañana. Levantó hacia él su mirada apagada, donde parecía encenderse vagamente 
una especie de claridad, y le dijo: 
-Señor Marius, parecéis triste; ¿qué tenéis? 
-¡Yo! -exclamó Marius. 
-Sí, vos. 
-No tengo nada, dejadme en paz. 
-No es verdad -dijo la muchacha-. Habéis sido bueno esta mañana, sedlo también ahora. 
Me habéis dado para comer; decidme ahora lo que tenéis. Tenéis pena, eso se ve a la 
legua. No quisiera que tuvierais pena ninguna. ¿Puedo serviros en algo? No os pregunto 
vuestros secretos, no necesito que me los digáis; pero puedo ayudaros, puesto que ayudo 
a mi padre. Cuando es menester llevar cartas, ir a las casas, preguntar de puerta en puerta, 
hallar unas señas, seguir a alguien, yo sirvo para hacer esas cosas. Dejadme ayudaros. 
Una idea atravesó por la imaginación de Marius. ¿Quién desdeña una rama cualquiera 
cuando se siente caer? 
Se acercó a la Jondrette. 
-Escucha -le dijo. 
-Sí, sí, tuteadme -dijo ella con un relámpago de alegría en sus ojos. 
-Pues bien -replicó Marius-, ¿tú trajiste aquí a ese caballero anciano con su hija? 
-Sí. 
-¿Sabes dónde viven? 
-No. 
Averígualo. 
La mirada de la Jondrette de triste se había vuelto alegre, de alegre se tornó sombría. 
-¿Eso es lo que queréis? -preguntó. 
-Sí. 
-¿Los conocéis acaso? 
-No. 
-Es decir -replicó vivamente-, no la conocéis, pero queréis conocerla. 
Aquellos los que se habían convertido en la tenían un no sé qué de significativo y de 
amargo. 
-¿Puedes o no? -dijo Marius. 
-Tendréis las señas de esa hermosa señorita. 
Había en las palabras hermosa señorita un acento que importunó a Marius, el cual 
replicó: 
-La dirección del padre y de la hija. Eso es lo que quiero. . 
La Jondrette lo miró fijamente. 
-¿Qué me daréis? 
-Todo lo que quieras. 
-¿Todo lo que yo quiera? 
-Si. 
-Tendréis esas señas. 
Bajó la cabeza; luego con un movimiento brusco tiró de la puerta y salió. Marius quedó 
solo. 
Todo lo que había pasado desde la mañana, la aparición del ángel, su desaparición, lo 
que aquella muchacha acababa de decirle, un vislumbre de esperanza flotando en una 
inmensa desesperación, todo esto llenaba confusamente su cerebro. 
De pronto vio interrumpida violentamente su meditación. 
Oyó la voz alta y dura de Jondrette pronunciar estas palabras, que para él tenían el más 
grande interés. 
-Te digo que estoy seguro y que lo he reconocido. 
¿De quién hablaba Jondrette? ¿A quién había reconocido? ¿Al señor Blanco? ¿Al padre 
de su Ursula? ¿Acaso Jondrette los conocía? ¿Iba Marius a tener de aquel modo brusco a 
inesperado todas las informaciones, sin las cuales su vida era tan obscura? ¿Iba a saber, 
por fin, a quién amaba? ¿Quién era aquella joven? ¿Quién era su padre? ¿Estaba a punto 
de iluminarse la espesa sombra que los cubría? ¿Iba a romperse el velo? ¡Ah, santo cielo! 
Saltó más bien que subió sobre la cómoda, y volvió a su puesto cerca del pequeño 
agujero del tabique. 
Desde allí volvió a ver el interior de la cueva de Jondrette. 
VIII 
Uso de la moneda del señor Blanco 
Nada había cambiado en el aspecto de la familia, como no fuera la mujer y las hijas, 
que habían sacado la ropa del paquete y se habían puesto medias y camisetas de lana. Dos 
cobertores nuevos estaban tendidos sobre las camas. 
Jondrette se paseaba por el desván, de un extremo a otro, a largos pasos, y sus ojos 
brillaban. 
La mujer se atrevió a preguntarle: 
-Pero, ¿estás seguro? 
-¡Seguro! Han pasado ya ocho años, pero ¡lo reconozco! ¡Oh, sí, lo reconozco! ¡Le 
reconocí en seguida! ¿Tú no? 
-No. 
-¡Y, sin embargo, lo dije que pusieras atención! Pero es su estatura, su cara, apenas un 
poco más viejo; es el mismo tono de voz. Mejor vestido, es la única diferencia. ¡Ah, viejo 
misterioso del diablo, ya lo tengo! 
Se paró, y dijo a sus hijas: 
-Vosotras, salid de aquí. 
Las hijas se levantaron para obedecer. La madre balbuceó: 
-¿Con su mano mala? 
-El aire le sentará bien -dijo Jondrette-. Idos. Estaréis aquí las dos a las cinco en punto, 
os necesito. 
Marius redobló su atención. 
Jondrette, solo ya con su mujer, se puso a pasear nuevamente por el cuarto. 
-¿Quieres que lo diga una cosa? -dijo-. La señorita... ¡es ella! 
Marius no podía dudar, era de Ella de quien se hablaba. Escuchaba ansioso; toda su 
vida estaba en sus oídos, pero Jondrete bajó la voz. 
-¿Esa? -dijo la mujer. 
-Esa -contestó el marido. 
No hay palabra que pueda expresar lo que había en el esa de la madre. Eran la sorpresa, 
la rabia, el odio y la cólera mezclados y combinados en una monstruosa entonación. 
Habían bastado algunas palabras, el nombre sin duda que su marido le había dicho al 
oído, para que aquella gorda adormilada se despertara y de repulsiva se volviera siniestra. 
-¡Imposible! -exclamó-. Cuando pienso que mis hijas van con los pies descalzos, y que 
no tienen un vestido que ponerse. ¡Cómo! ¡Sombrero de terciopelo, chaqueta de raso, 
botas y todo! ¡Más de doscientos francos en trapos! ¡Cualquiera creería que es una 
señora! No, lo engañas; en primer lugar, la otra era horrible, y ésta no es fea. ¡No puede 
ser ella! 
-¡Te digo que es ella! 
Ante afirmación tan absoluta, la Jondrette alzó su ancha cara roja y rubia y miró al 
techo, desfigurada. En aquel momento le pareció a Marius más temible aún que su 
marido. Era una cerda con la mirada de un tigre. 
-¿Dices que esa horrenda hermosa señorita que miraba a mis hijas con cara de piedad 
sería aquella pordiosera? ¡Ah, quisiera destriparla a zapatazos! 
Saltó del lecho, resoplando, con la boca entreabierta y los puños crispados. Después se 
dejó caer nuevamente en el jergón. El hombre continuaba su paseo por el cuarto. 
-¿Quieres que lo diga una cosa? -dijo parándose delante de ella con los brazos cruzados. 
-¿Qué? 
-Mi fortuna está hecha. 
La mujer lo miró como si estuviera volviéndose loco. 
-¡Estoy harto! Basta ya de pasar la vida muerto de hambre y de frío. ¡Me aburrió la 
miseria! Quiero comer hasta hartarme, beber hasta que se me quite la sed, dormir, no 
hacer nada, ¡quiero ser millonario! Escucha. 
Bajó la voz, pero no tanto que Marius no pudiera oírle. 
-Escúchame bien. Lo tengo agarrado al ricachón ese. Está todo arreglado; ya hablé con 
unos amigos. Vendrá a las seis a traer sus sesenta francos, el muy avaro; a esa hora el 
vecino se habrá ido a cenar y no vuelve nunca antes de las once, y la Burgon sale hoy de 
la casa. Las niñas estarán al acecho y tú nos ayudarás. Tendrá que resolverse a hacer lo 
que yo quiero. 
-¿Y si no se resuelve? -preguntó la mujer. 
Jondrette hizo un gesto siniestro, y dijo: 
-Nosotros lo obligaremos a resolverse. 
Y soltó una carcajada. 
Era la primera vez que Marius lo veía reír. Aquella risa era fría y suave, y hacía 
estremecer. Jondrette abrió un armario que estaba cerca de la chimenea y sacó de él una 
gorra vieja, que se puso después de haberla limpiado con la manga. 
-Ahora -dijo- voy a salir; tengo aún que ver a algunos amigos, de los buenos. Ya verás 
cómo esto marcha. Estaré fuera el menor tiempo posible. ¡Es un buen golpe el que vamos 
a dar! Ha sido una suerte que no me reconociera. ¡Mi romántica barba nos ha salvado! 
Y se echó a reír de nuevo. Después se acercó a la ventana. Continuaba nevando, y el 
cielo estaba gris. 
-¡Qué tiempo de perros! -exclamó. Y se puso el abrigo-. Me queda enorme, pero qué 
importa. Hizo bien, el viejo canalla, en dejármelo, porque sin él no habría podido salir 
bajo la nieve y el golpe habría fracasado. ¡Mira las cosas de la vida! 
Antes de salir se volvió nuevamente hacia su mujer y le dijo: 
-Me olvidaba decirte que tengas preparado un brasero con carbón. 
Y arrojó a su mujer el napoleón que le había dejado el filántropo, como lo llamaba él. 
-Compraré el carbón y algo para comer -dijo la mujer. 
-No vayas a gastar ese dinero, tengo otras cosas que comprar todavía. 
-Pero, ¿cuánto lo hace falta para eso que necesitas comprar? 
-Unos tres francos. 
-No quedará gran cosa para la comida. 
-Hoy no se trata de comer; hoy hay algo mejor que hacer. 
Jondrette cerró la puerta, y Marius oyó sus pasos alejarse por el corredor del caserón y 
bajar rápidamente la escalera. En ese instante daban la una en la iglesia de San Medardo. 
IX 
Un policía da dos puñetazos a un abogado 
Por más soñador que fuese Marius, ya hemos dicho que era de naturaleza firme y 
enérgica. Los hábitos de recogimiento habían disminuido tal vez su facultad de irritarse, 
pero habían dejado intacta la facultad de indignarse. Se apiadaba de un sapo, pero 
aplastaba a una víbora. Ahora su mirada había penetrado en un agujero de víboras; era un 
nido de monstruos el que tenía en su presencia. 
-¡Es preciso aplastar a esos miserables! -dijo. 
Se bajó de la cómoda lo más suavemente que pudo. 
En su espanto por lo que se preparaba, y en el horror que los Jondrette le causaban, 
sentía una especie de alegría con la idea de que le sería dado prestar un gran servicio a la 
que amaba. Pero, ¿qué hacer? ¿Advertir a las personas amenazadas? ¿Dónde 
encontrarlas? No sabía sus señas. ¿Esperar al señor Blanco a la puerta a las seis, al 
momento de llegar, y prevenirle del lazo? Pero Jondrette y su gente lo verían espiar. Era 
la una; la emboscada no debía verificarse hasta las seis. Marius tenía cinco horas por 
delante. 
No había más que una cosa que hacer. 
Se puso su traje presentable y salió, sin hacer más ruido que si hubiese caminado sobre 
musgo y descalzo. Caminaba lentamente, pensativo; la nieve amortiguaba el ruido de sus 
pasos. De pronto oyó voces que hablaban muy cerca de él, por encima de una pared que 
bordeaba la calle. Se asomó. 
Había allí, en efecto, dos hombres apoyados en la pared, sentados en la nieve, y 
hablando bajo. Uno tenía los cabellos muy largos y el otro llevaba barba. El cabelludo 
empujaba al otro con el codo, y le decía: 
-Con el Patrón-Minette la cosa no puede fallar. 
¿Tú crees? -dijo el barbudo. 
-Será un grande de quinientos francos de un paraguazo para cada uno, y lo peor que nos 
puede pasar, serían cinco, o seis, o diez años a lo más. 
-Eso sí que es algo real y no hay que ir a rebuscarlo. 
Te digo que el negocio no puede fallar. Sólo hay que enganchar al fulano. 
Luego se pusieron a hablar de un melodrama que habían visto la víspera en el teatro de 
la Gaîté. 
Marius continuó su camino. 
Al llegar al número 14 de la calle Pontoise, subió al piso principal, y preguntó por el 
comisario de policía. 
-El señor comisario de policía no está -contestó un ordenanza de la oficina-, pero hay 
un inspector que lo reemplaza. ¿Queréis hablar con él? ¿Es cosa urgente? 
-Sí -dijo Marius. 
El ordenanza lo introdujo en el gabinete del comisario. Un hombre de alta estatura 
estaba allí de pie, detrás de un enrejado, junto a una estufa. Tenía cara cuadrada, boca 
pequeña y firme, espesas patillas entrecanas, muy erizadas, y una mirada capaz de 
registrar hasta el fondo de los bolsillos. 
Aquel hombre tenía un semblante no menos feroz y no menos temible que Jondrette; 
algunas veces causa tanta inquietud un encuentro con un perro de presa como con un 
lobo. 
-¿Qué queréis? 
Ver al comisario de policía. 
-Está ausente, yo lo reemplazo. 
-Es para un asunto muy secreto. 
-Hablad. 
-Y muy urgente. 
-Entonces, hablad rápido. 
Marius relató los sucesos. Al mencionar la entrevista de Jondrette con Bigrenaille, el 
policía asintió con la cabeza. Cuando Marius dio la dirección, el inspector levantó la 
cabeza y dijo fríamente: 
-¿Es, pues, en el cuarto del extremo del corredor? 
-Precisamente -dijo Marius, y añadió-: ¿Por ventura conocéis la casa? 
El inspector permaneció un momento silencioso; luego contestó, calentándose el tacón 
de la bota en la puertecilla de la estufa: 
-Así parece. 
Y continuó entre dientes, hablando, más que a Marius, a su corbata. 
-Por ahí debe de andar el Patrón-Minette. 
Esta palabra llamó la atención de Marius. 
-¡El Patrón-Minette! -dijo-; en efecto, he oído pronunciar esta palabra. 
Y refirió al inspector el diálogo que tenían el hombre cabelludo y el hombre barbudo en 
la nieve, detrás de la tapia. 
-El peludo debe ser Brujon y el barbudo Demiliard, llamado Deux-Milliards. 
El inspector volvió a guardar silencio; luego dijo: 
-Número 50-52; conozco ese caserón. Imposible que nos ocultemos en el interior sin 
que los artistas lo noten, y entonces saldrían del paso con dejar ese vaudeville para otro 
día. Nada, nada. Quiero oírlos cantar y hacerlos bailar. 
Terminando este monólogo, se volvió hacia Marius, y le dijo, mirándolo fijamente: 
-Los inquilinos de esa casa tienen llaves para entrar por la noche en sus cuartos. Vos 
debéis tener una. 
-Si -dijo Marius. 
-¿La lleváis por casualidad? 
-Sí. 
-Dádmela -dijo el inspector. 
Marius sacó su llave del bolsillo, se la dio al inspector y añadió: 
-Si me queréis creer, haréis bien en ir acompañado. 
El inspector dirigió a Marius la misma mirada que habría dirigido Voltaire a un 
académico de provincia que le hubiera aconsejado una rima. De los dos inmensos 
bolsillos de su abrigo sacó dos pequeñas pistolas de acero, de esas que llaman puñetazos, 
y se las pasó a Marius, diciéndole: 
-Tomad esto. Volved a vuestra casa. Ocultaos en vuestro cuarto de modo que crean que 
habéis salido. Están cargados, cada uno con dos balas. Observaréis por el agujero en la 
pared. Esa gente llegará allá; dejadla obrar, y cuando juzguéis la cosa a punto, y que es 
tiempo de prenderlos, tiraréis un pistoletazo; no antes. Lo demás es cosa mía. Un tiro al 
aire, al techo, adonde se os antoje. Sobre todo, que no sea demasiado pronto. Aguardad a 
que hayan principiado la ejecución. Vos sois abogado, y sabéis lo que esto quiere decir. 
Marius cogió las pistolas y se las guardó en el bolsillo del pantalón. 
A propósito -le dijo al salir el policía-, si tuvierais necesidad de mí, venid o mandadme 
recado; preguntaréis por el inspector Javert. 

Utilización del Napoleón de Marius 
Marius se dirigió con paso rápido al caserón pues la señora Burgon, cuando le tocaba 
salir, cerraba temprano la puerta, y como el inspector se había quedado con su llave, no 
podía retrasarse. La puerta estaba abierta todavía. Al pasar por el corredor, sin hacer el 
menor ruido, le pareció ver en una de las habitaciones desocupadas cuatro cabezas de 
hombres inmóviles. 
Entró a su cuarto sin ser visto. Se sentó sobre su lecho y se sacó cuidadosamente las 
botas. Al poco rato sintió a la señora Burgon cerrar la puerta y marcharse. 
Transcurrieron algunos minutos. Oyó abrirse la puerta de calle. 
Escuchó pasos pesados y rápidos que subían la escala; era Jondrette que regresaba de 
hacer sus compras. 
Pensó que había llegado el momento de volver a ocupar su puesto en su observatorio. 
En un abrir y cerrar de ojos, y con la agilidad de su juventud, se halló junto al agujero y 
miró. 
Toda la cueva estaba iluminada por la reverberación de un brasero colocado en la 
chimenea, y lleno de carbón encendido. Dentro de él se calentaba al rojo vivo un enorme 
cincel con mango de madera, recién comprado por Jondrette esa tarde. En un rincón cerca 
de la puerta se veían dos montones, que parecían ser uno de objetos de hierro y otro de 
cuerdas. 
La guarida de Jondrette estaba admirablemente bien elegida como escenario para llevar 
a cabo un hecho violento y para cubrir un crimen. Era la habitación más escondida de la 
casa más aislada de París. 
-¿Y? -dijo la mujer. 
-Todo va viento en popa -respondió Jondrette-, pero tengo los pies congelados, y tengo 
hambre. Pero qué importa, mañana iremos todos a comer fuera. ¡Comeréis como 
verdaderos Carlos Diez! 
Y agregó bajando la voz: 
-La ratonera está lista, los gatos esperan. 
Se paseó por el cuarto, y luego continuó: 
-¿Aceitaste los goznes de la puerta para que no haga ruido? 
-Sí -contestó la mujer. 
-¿Qué hora es? 
-Falta poco para las seis. 
-¡Diablos! Las niñas tienen que ir a ponerse al acecho. ¿Se fue la Burgon? 
-Sí. 
-¿Estás segura de que no hay nadie donde el vecino? 
-No ha estado en todo el día. 
-Mejor asegurarse. Hija, toma la vela y ve a su cuarto. 
Marius se dejó caer sobre sus manos y rodillas y se arrastró silenciosamente bajo la 
cama. Apenas se había acurrucado allí, se abrió la puerta, una luz iluminó el cuarto y 
entró la hija mayor de Jondrette. 
Se dirigió directamente hacia un espejo clavado a la pared cerca del lecho. Se empinó 
en la punta de los pies y se miró. Se alisó el pelo mientras canturreaba con su voz 
quebrada y sepulcral. 
En tanto, Marius temblaba; le parecía imposible que ella no escuchara su respiración. 
-¿Qué pasa? -gritó el padre desde su buhardilla. 
-Miro debajo de la cama y de los muebles -contestó ella mientras seguía peinándose-. 
No hay nadie. 
-Entonces, vuelve de inmediato. ¡No perdamos más tiempo! 
Ella salió, echando una última mirada al espejo. 
Un momento después, Marius sintió los pasos de las dos niñas en el corredor y la voz 
de Jondrette que les gritaba: 
-¡Pongan mucha atención! Una junto al muro, la otra en la esquina del Petit-Banquier. 
No pierdan de vista ni por un segundo la puerta de la casa, y la menor cosa que vean, las 
dos aquí corriendo. La mayor gruñó: 
-¡Pegarse el plantón a pie pelado en la nieve! 
-Mañana tendrás botines de seda -dijo el padre. 
No quedó en la casa nadie más que Marius y los Jondrette, y probablemente los 
hombres misteriosos que el joven entreviera en el cuarto vacío. 
Jondrette había encendido su pipa y fumaba, sentado en la silla rota. 
Si Marius hubiera tenido sentido del humor, como Courfeyrac, habría estallado en risas 
cuando su mirada descubrió a la Jondrette. Se había puesto un sombrero negro con 
plumas, un inmenso chal escocés sobre el vestido de lana, y los zapatos de hombre que 
antes usara su hija. Esta tenida hizo exclamar a Jondrette: 
-¡Estás muy bien vestida! Vas a inspirar confianza. 
El, por su parte, no se había quitado el abrigo del señor Blanco. 
De pronto Jondrette alzó la voz y dijo a su mujer: 
-Con el tiempo que hace vendrá en coche. Enciende el farol, y baja con él. Quédate 
detrás de la puerta y ábrela en el momento en que oigas pararse el carruaje; luego lo 
alumbrarás por la escalera y el corredor; y mientras entra aquí, bajarás a todo escape, 
pagarás al cochero, y despedirás el carruaje. 
-¿Y el dinero? -preguntó la mujer. 
Jondrette rebuscó en los bolsillos de su pantalón, y le entregó una moneda de cinco 
francos. 
-¿De dónde sacaste esto? -exclamó la mujer. 
Jondrette respondió con dignidad: 
-Es el monarca que dio el vecino esta mañana. 
Y añadió: 
-¿Sabes que aquí hacen falta dos sillas? 
-¿Para qué? 
-Para sentarse. 
Marius sintió correr por todo su cuerpo un estremecimiento glacial al oír a la Jondrette 
dar esta respuesta: 
-¡Es cierto! Voy a buscar las del vecino. 
Y con un movimiento rápido abrió la puerta del desván y salió al corredor. 
Marius no alcanzaba a bajar de la cómoda y ocultarse debajo de la cama. 
-Lleva la vela -gritó Jondrette. 
-No -dijo ella-, me estorbaría, y además hay luna. 
Marius oyó la pesada mano de la Jondrette buscar a tientas en la oscuridad la llave. La 
puerta se abrió, y Marius, sobrecogido de espanto, quedó clavado en su sitio. 
La Jondrette no lo vio, cogió las dos sillas, únicas que Marius poseía, y se marchó, 
dejando que la puerta se cerrara de un golpe detrás de ella. Volvió a entrar en su cueva. 
-Aquí están las dos sillas. 
-Y aquí el farol -dijo el marido-. Baja pronto. 
Obedeció, y Jondrette quedó solo. 
Colocó las sillas a los dos lados de la mesa; dio vueltas al cincel en el brasero; puso 
delante de la chimenea un viejo biombo que lo ocultaba, y luego fue al rincón a examinar 
el montón de cuerdas. Marius se dio cuenta entonces de que lo que había tomado por un 
montón informe era una escala de cuerda muy bien hecha, con travesaños de madera y 
dos garfios para colgarla. 
Aquella escala y algunos gruesos instrumentos, verdaderas mazas de hierro que estaban 
entre un montón de herramientas detrás de la puerta, no se hallaban por la mañana en la 
cueva de los Jondrette, y evidentemente habían sido llevados allí aquella tarde durante la 
ausencia de Marius. 
La chimenea y la mesa con las dos sillas estaban precisamente frente a Marius. Con el 
fuego tapado, la pieza estaba iluminada solamente por la vela. Reinaba allí una calma 
terrible y amenazante; se sentía que todo estaba preparado a la espera de algo aterrador. 
La pálida luz hacía resaltar los ángulos fieros y finos del rostro de Jondrette. Fruncía las 
cejas y hacía bruscos movimientos con la mano derecha como si contestara a los últimos 
consejos de un sombrío monólogo interno. En una de esas oscuras réplicas que se daba a 
sí mismo, abrió bruscamente el cajón de la mesa, cogió de él un ancho cuchillo de cocina 
que allí ocultaba, y probó el filo sobre su uña. Hecho esto, volvió a colocar el cuchillo en 
el cajón, y lo cerró. 
Marius por su parte sacó la pistola que tenía en el bolsillo y la cargó. 
Esto produjo un pequeño ruido claro y seco. 
Jondrette se estremeció y se levantó de la silla. 
-¿Quién anda ahí? -gritó. 
Marius contuvo la respiración. Jondrette escuchó un instante, luego se echó a reír, 
diciendo: 
-¡Qué estúpido soy! Es el tabique que cruje. 
XI 
Las dos sillas de Marius frente a frente 
De súbito, la lejana y melancólica vibración de una campana hizo temblar los vidrios. 
Daban las seis en Saint-Médard. 
Jondrette marcó cada campanada con un movimiento de cabeza. Cuando dio la sexta, 
despabiló la vela con los dedos. Después se puso a andar por el cuarto, escuchó en el 
corredor, se paseó y escuchó nuevamente. 
-¡Con tal que venga! -masculló. 
Y se volvió a sentar. 
Apenas se había sentado, se abrió la puerta. 
La Jondrette la había abierto, y permanecía en el corredor, haciendo una horrible mueca 
amable, iluminada de abajo arriba por uno de los agujeros del farol. 
-Entrad, mi bienhechor -dijo Jondrette, levantándose precipitadamente. 
Apareció en la puerta el señor Blanco. Tenía una expresión de serenidad que lo hacía 
singularmente venerable. Puso sobre la mesa cuatro luises, y dijo: 
-Señor Fabontou, aquí tenéis para el alquiler y para vuestras primeras necesidades. 
Después ya veremos. 
-Dios os lo pague, mi generoso bienhechor -dijo Jondrette. 
Y, acercándose rápidamente a su mujer, añadió: 
-Despide el coche. 
La mujer desapareció en tanto que el marido ofrecía una silla al señor Blanco, y poco 
después volvió a aparecer, y le dijo al oído: 
-Ya está. 
La nieve que había caído todo el día era tan espesa, que no se oyó al carruaje llegar ni 
marcharse. El señor Blanco se sentó y Jondrette se sentó frente a él. La escena era 
siniestra. El lector puede imaginar lo que era esa noche helada, la soledad de las calles 
donde no pasaba un alma, el caserón Gorbeau casi en ruinas y sumido en el más profundo 
silencio de horror y de sombra, y en medio de esa sombra, el cuchitril de Jondrette 
iluminado sólo por una vela, donde dos hombres estaban sentados ante una mesa; el señor 
Blanco tranquilo, Jondrette sonriente y aterrador; la Jondrette, la madre loba, en un 
rincón; y detrás del tabique, Marius, invisible, de pie, sin perder una palabra ni un 
movimiento, al acecho, empuñando la pistola. 
Marius sentía la emoción de aquel horror, pero no experimentaba ningún temor. 
"Detendré a este miserable cuando quiera", pensaba. Sabía que la policía estaba 
emboscada en los alrededores, esperando la señal convenida. 
El señor Blanco volvió la vista hacia los dos camastros vacíos. 
-¿Cómo está la pobre niña herida? -preguntó. 
-Mal -respondió Jondrette con una. sonrisa de tristeza-, muy mal, mi digno señor. Su 
hermana mayor la ha llevado para que la curen. 
-La señora Fabontou parece algo mejor que esta mañana. 
-Está muriéndose, señor -repuso Jondrette-; pero, ¡qué queréis! es tan animosa esa 
mujer, que no es mujer, es un buey. 
La Jondrette, halagada por el cumplido, exclamó con un melindre de fiera acariciada: 
-¡Ah, Jondrette! Eres demasiado bueno conmigo. 
-¡Jondrette! -exclamó el señor Blanco-; yo creía que os llamabais Fabontou. 
-Fabontou alias Jondrette -replicó vivamente el marido-. Es un apodo de artista. 
Y empezó a relatar las peripecias de su carrera teatral. 
En ese momento Marius alzó los ojos y vio en el fondo del cuarto un bulto, que hasta 
entonces no había visto. Acababa de entrar un hombre sigilosamente. Se sentó en silencio 
y con los brazos cruzados sobre la cama más próxima, y como estaba detrás de la 
Jondrette, sólo se le distinguía confusamente. Tenía la cara tiznada de negro. 
Esa especie de instinto magnético que advierte a la mirada hizo que el señor Blanco se 
volviese casi al mismo tiempo que Marius, y no pudo reprimir un movimiento de 
sorpresa. 
-¿Quién es ese hombre? -preguntó. 
-¿Ese? -exclamó Jondrette-. Es un vecino, no le hagáis caso. 
-Perdonad, ¿de qué me hablabais, señor Fabontou? 
-0s decía, mi venerable protector -contestó Jondrette apoyando los codos en la mesa, y 
fijando en el señor Blanco una mirada tierna, semejante a la de la serpiente boa-, os decía 
que tenía un cuadro en venta. 
Hizo la puerta un ligero ruido. Un hombre acababa de entrar y se sentó junto al otro. 
Tenía la cara tiznada con tinta a hollín, como el primero. Aun cuando aquel hombre, más 
bien que entrar, se deslizó por el cuarto, no pudo impedir que el señor Blanco lo viera. 
-No os preocupéis -dijo Jondrette-, son personas de la casa. Decía, pues, que me 
quedaba un cuadro muy valioso. Vedlo, caballero, vedlo. 
Se levantó, se dirigió a la pared contra la cual estaba apoyado un bastidor. Era, en 
efecto, una cosa que se parecía a un cuadro, iluminado apenas por la luz de la vela. 
Marius no podía distinguir nada, porque Jondrette se había colocado entre el cuadro y él. 
-¿Qué es eso? -preguntó el señor Blanco. 
Jondrette exclamó: 
-¡Una obra maestra! Un cuadro de gran precio, mi bienhechor; lo quiero tanto como a 
mis hijas; despierta en mí tantos recuerdos..., pero yo no me desdigo de lo dicho; estoy 
tan necesitado de dinero que me desharé de él... 
Fuese casualidad, fuese que hubiera en él un principio de inquietud, al examinar el 
cuadro, el señor Blanco volvió la vista hacia el interior de la habitación. Había ahora 
cuatro hombres, tres sentados en la cama y uno en pie cerca de la puerta, todos con los 
rostros tiznados. Uno de los que estaban en la cama se apoyaba en la pared y tenía los 
ojos cerrados; se hubiera dicho que dormía. Era viejo, y su cara negra rodeada de cabellos 
blancos era horrible. 
Jondrette observó que la mirada del señor Blanco se fijaba en esos hombres. 
-Son amigos, vecinos -dijo-. Están tiznados porque trabajan con el carbón. Son 
deshollinadores. No hagáis caso de ellos, mi bienhechor; pero compradme mi cuadro. 
Compadeceos de mi miseria. No os lo venderé caro. A vuestro ver, ¿cuánto vale? 
-Pero -dijo el señor Blanco, mirando a Jondrette con ceño y como hombre que se pone 
en guardia-, eso no es más que una muestra de taberna y valdrá unos tres francos. 
Jondrette replicó con amabilidad: 
-¿Tenéis ahí vuestra cartera? Me contentaré con mil escudos. 
El señor Blanco se levantó, apoyó la espalda en la pared y paseó rápidamente su mirada 
por el cuarto. Tenía a Jondrette a su izquierda, del lado de la ventana, y la Jondrette y los 
cuatro hombres a la derecha, por el lado de la puerta. Los cuatro hombres no pestañeaban, 
y ni siquiera parecían verle. Jondrette había comenzado de nuevo su arenga con acento 
tan plañidero, miradas tan vagas y entonación tan lastimera, que el señor Blanco podía 
creer muy bien que la miseria lo había vuelto loco. 
-Si no me compráis el cuadro, mi querido bienhechor -decía Jondrette-, no tengo ya 
recursos para vivir y no me queda más que tirarme al río. 
Al hablar, Jondrette no miraba al señor Blanco. La mirada del señor Blanco estaba fija 
en Jondrette y la de Jondrette en la puerta. 
De repente su apagada pupila se iluminó con un horrible fulgor; se enderezó con el 
semblante descompuesto; dio un paso hacia el señor Blanco, y le gritó con voz tonante: 
-¿Me reconocéis? 
XII 
La emboscada 
La puerta del desván acababa de abrirse bruscamente para .dar paso a tres hombres con 
camisas de tela azul, cubiertas las caras con máscaras de papel negro. El primero era 
flaco y portaba un largo garrote de hierro; el segundo, una especie de coloso, llevaba una 
maza para matar bueyes; el tercero, menos delgado que el primero y menos macizo que el 
segundo, empuñaba una enorme llave robada de alguna puerta de prisión. 
Parecía que Jondrette esperaba la llegada de estos hombres. Se inició un diálogo rápido 
entre él y el hombre flaco que llevaba un garrote. 
-¿Está todo pronto? 
-Sí -contestó el flaco. 
-¿Dónde está Montparnasse? 
-El joven galán se ha quedado conversando con vuestra hija mayor. 
-¿Hay abajo un cabriolé? 
-Sí. 
-¿Está enganchado el carricoche? 
-Enganchado está. 
-¿Con dos buenos caballos? 
-Excelentes. 
¿Espera donde he dicho que espere? 
-Sí. 
-Bien -dijo Jondrette. 
El señor Blanco estaba muy pálido. Miraba todos los objetos de la cueva en torno suyo, 
como hombre que comprende dónde ha caído, y su mirada atenta se dirigía 
sucesivamente hacia todas las cabezas de los que lo rodeaban. Estaba sorprendido, pero 
sin que hubiese nada en él parecido al miedo. 
Este anciano, tan valiente ante aquel peligro, enorgullecía a Marius. Al fin y al cabo era 
el padre de la mujer amada. Marius pensó que en pocos segundos llegaría el momento de 
intervenir, y levantó la mano derecha en dirección al corredor, listo a lanzar su disparo. 
Tres de los hombres que Jondrette llamaba deshollinadores sacaron del montón de 
hierros algunos implementos: uno tomó unas grandes tijeras, el otro unas tenazas y el 
tercero un martillo. Terminado el coloquio con el hombre del garrote, Jondrette se volvió 
de nuevo hacia el señor Blanco, y repitió su pregunta, acompañándola con esa risa baja, 
contenida y terrible que le era peculiar: 
-¿No me reconocéis? 
-No. 
Entonces Jondrette se inclinó por encima de la vela, cruzó los brazos, aproximó su 
mandíbula angulosa y feroz al rostro sereno del señor Blanco, acercándosele lo más 
posible sin que éste se echara hacia atrás, en una postura de fiera salvaje que se apronta a 
morder, y le gritó: 
-¡No me llamo Fabontou, ni me llamo Jondrette, me llamo Thenardier! ¡Soy el 
posadero de Montfermeil! ¿Oís bien? ¡Thenardier! ¿Me conocéis ahora? 
Un imperceptible rubor pasó por la frente del señor Blanco, que contestó, sin que la voz 
le temblara, sin alzarla, con su acostumbrada afabilidad: 
-Tampoco. 
Marius no oyó esta respuesta. Parecía herido por un rayo. En el momento en que 
Jondrette había dicho: Me llamo Thenardier, Marius se había estremecido y había tenido 
que apoyarse en la pared, como si hubiera sentido el frío de una espada que le atravesara 
el corazón. Luego su brazo derecho, pronto a dar la señal, había bajado lentamente, y en 
el momento en que Jondrette había repetido: ¿Oís bien? ¡Thenardier!, los desfallecidos 
dedos de Marius habían estado a punto de dejar caer la pistola. 
Jondrette, al confesar quién era, no había conmovido al señor Blanco, pero había 
trastornado a Marius. La recomendación sagrada de su padre retumbaba en sus oídos. El 
nombre de Thenardier formaba parte de su alma, se mezclaba con el nombre de su padre 
dentro del culto que tenía a su memoria. 
¡Cómo! ¡Era aquél el Thenardier, el posadero de Montfermeil, a quien había buscado en 
vano durante largo tiempo! ¡Lo hallaba al fin! ¿Pero qué hallaba? El salvador de su padre 
era un bandido; aquel hombre por el que Marius hubiera querido sacrificarse, era un 
monstruo. Aquel salvador del coronel Pontmercy estaba a punto de cometer un asesinato. 
¡Y el asesinato de quién, gran Dios! ¡Qué fatalidad! ¡Qué amarga burla de la suerte! Su 
padre le decía ¡Socorre a Thenardíer! Y él contestaba a esta voz adorada y santa 
destruyendo a Thenardier. 
Pero, por otra parte, ¡cómo asistir a aquel asesinato premeditado y no impedirlo! ¡Cómo 
condenar a la víctima, y salvar al asesino! ¿Le debía gratitud a semejante miserable? 
¿Qué partido elegir? ¿Faltar al testamento de su padre, o dejar que se consumara un 
crimen? Todo estaba en sus manos. Pero no tuvo tiempo de pensar, pues la escena que 
tenía ante sus ojos se precipitó con furia. 
Thenardier, a quien ya no nombraremos de otro modo, se paseaba por delante de la 
mesa en una especie de extravío y de triunfo frenético. 
Cogió el candelero v lo colocó sobre la chimenea, dando con él un golpe tan violento 
que la vela estuvo a punto de apagarse, y la pared quedó salpicada de sebo. 
Luego se volvió hacia el señor Blanco, y más bien vomitó que pronunció estas palabras: 
-¡Al fin os encuentro, señor filántropo, señor millonario raído! ¡Señor regalador de 
muñecas! ¡Viejo imbécil! ¡No me conocéis! ¡No sois vos quien fue a Montfermeil, a mi 
posada hace ocho años la noche de Navidad de 1823! ¡No sois vos quien se llevó de mi 
casa a la hija de la Fantina, la Alondra! ¡No sois vos el que llevaba un paquete lleno de 
trapos en la mano, como el de esta mañana! ¡Mira, mujer! ¡Parece que es su manía llevar 
a las casas paquetes llenos de medias de lana! ¡El viejo caritativo! ¡Yo sí que os 
reconozco! 
Se detuvo, y pareció hablar consigo mismo. Luego, golpeó con fuerza la mesa y gritó: 
-¡Con ese aire bonachón! ¡Demonios! En otro tiempo os burlasteis de mí; sois causa de 
todas mis desgracias. Por mil quinientos francos comprasteis una muchacha que yo tenía, 
que seguramente era de gente rica, que me había producido ya mucho dinero, y a costa de 
la cual debía vivir toda mi vida. Una niña que me hubiera indemnizado de todo lo perdido 
en ese abominable bodegón. ¡Cretino! ¡Y ahora me trae cuatro malos luises! ¡Canalla! 
¡Ni aun ha tenido la generosidad para llegar a los cien francos! Pero yo me reía, y 
pensaba: Te tengo, estúpido. Esta mañana te lamía las manos; pero esta noche te 
arrancaré el corazón. 
Thenardier calló. Se ahogaba. Su pecho mezquino y angosto resollaba como el fuelle de 
una fragua. Su mirada estaba llena de esa innoble felicidad de una criatura débil, cruel y 
cobarde, que consigue al fin echar por tierra al que ha temido. 
El señor Blanco no lo interrumpió, pero le dijo cuando acabó: 
-No sé lo que queréis decir. Os equivocáis. Soy un hombre pobre, y nada más lejano de 
mí que ser millonario. No os conozco, creo que me tomáis por otro. 
-¡Ah! -gritó Thenardier-. ¡Os empeñáis en seguir la broma! ¡Ah! ¡Palabras vanas, mi 
viejo! ¿Conque no me recordáis? ¿Conque no sabéis quién soy? 
-Perdonad -respondió el señor Blanco con gran gentileza, gentileza que tenía en tal 
momento algo de extraño y de poderoso-, ya veo que sois un bandido. 
Al oír esto, Thenardier tomó la silla como si la fuera a quebrar con las manos. 
-¡Bandido! ¡Sí, soy bandido como me llamáis vosotros, los ricos! Claro, es cierto, me 
he arruinado, estoy escondido, no tengo pan, no tengo un centavo, soy un bandido. Hace 
tres días que no como, soy un bandido. Vosotros os calentáis los pies en la chimenea, 
tenéis abrigos forrados, habitáis mansiones con portero, coméis trufas, y cuando queréis 
saber si hace frío, consultáis el periódico. ¡Nosotros somos los termómetros! Para saber si 
hace frío no tenemos que consultar a nadie, sentimos helarse la sangre en las venas y el 
hielo llegamos al corazón, y entonces decimos: ¡no hay Dios! ¡Y vosotros venís a 
nuestras cavernas a llamamos bandidos! 
Aquí Thenardier se aproximó a los hombres que estaban cerca de la puerta y agregó con 
un estremecimiento: 
-¡Cuando pienso que se atreve a hablarme como a un zapatero remendón! 
Luego se dirigió nuevamente al señor Blanco, con renovada furia: 
-¡Y sabed también esto, señor filántropo! ¡Yo no soy un hombre cualquiera cuyo 
nombre se ignora, que va a robar niños a las casas! Yo soy un soldado francés. ¡Yo 
debiera estar condecorado! ¡Yo estuve en Waterloo, y salvé en la batalla a un general 
llamado el conde de Pontmercy! Este cuadro que veis, y que ha sido pintado por David, 
¿sabéis lo que representa? Pues es a mí. Yo tengo sobre los hombros al general 
Pontmercy y lo llevo a través de la metralla. Esa es la historia. ¡Ese general nunca hizo 
nada por mí! No valía más que los otros. No por eso dejé de salvarle la vida poniendo en 
peligro la mía. Y ahora que he tenido la bondad de deciros todo esto, acabemos. 
¡Necesito dinero, muchísimo dinero, u os extermino, por los mil demonios! 
Marius había recuperado algún dominio sobre sus angustias, y escuchaba. La última 
posibilidad de duda acababa de desvanecerse. Era aquél efectivamente el Thenardier del 
testamento. Marius se estremeció al oír la reconvención de ingratitud dirigida a su padre 
y que él estaba a punto de justificar tan fatalmente. Su perplejidad no hacía más que 
redoblarse. 
El famoso cuadro de David no era, como el lector adivinará, otra cosa que la muestra de 
la taberna pintada por el propio Thenardier. Hacía algunos instantes que el señor Blanco 
parecía seguir y espiar todos los movimientos de Thenardier, el cual, cegado y 
deslumbrado por su propia rabia, iba y venía por el cuarto con la confianza de tener la 
puerta guardada, de estar armado contra un hombre desarmado, y de ser nueve contra 
uno, aun suponiendo que la Thenardier no se contase más que por un hombre. Al 
terminar de hablar, Thenardier daba la espalda al señor Blanco. 
Este aprovechó la ocasión, empujó con el pie la silla, la mesa con la mano; y de un 
salto, con prodigiosa agilidad, antes que Thenardier hubiera tenido tiempo de volverse, 
estaba en la ventana. Abrirla, escalarla, meter una pierna por ella, fue obra de un 
momento. Ya tenía la mitad del cuerpo fuera, cuando seis robustos puños lo cogieron y lo 
volvieron a meter enérgicamente en el antro. Eran los tres "deshollinadores" que se 
habían lanzado sobre él. Uno de ellos levantaba sobre la cabeza del señor Blanco una 
especie de maza, formada por dos bolas de plomo en los dos extremos de una barra de 
hierro. 
Marius no pudo resistir este espectáculo. 
-Padre mío -pensó-, ¡perdonadme! 
Y su dedo buscó el gatillo de la pistola. Iba ya a salir el tiro, cuando la voz de 
Thenardier gritó: 
-¡No le hagáis daño! 
De un puñetazo derribó al hombre de la maza. Aquella tentativa desesperada de la 
víctima, en vez de exasperar a Thenardier, lo había calmado. 
-Vosotros -añadió- registradlo. 
El señor Blanco parecía haber renunciado a toda resistencia. Se le registró; no tenía más 
que una bolsa de cuero que contenía seis francos y su pañuelo. Thenardier se guardó el 
pañuelo en el bolsillo. 
-¿No hay cartera? -preguntó. 
-Ni reloj. 
Thenardier fue al rincón y allí cogió un paquete de cuerdas, que les arrojó. 
-Atadle al banquillo -dijo. 
Y viendo al viejo que permanecía tendido en medio del cuarto después del puñetazo 
que el señor Blanco le había dado, y notando que no se movía: 
-¿Acaso está muerto Boulatruelle? -preguntó. 
-No -contestó el del garrote-; está borracho. 
-Barredle a un rincón -dijo Thenardier. 
Empujaron al borracho con el pie cerca del montón de hierros. 
-Babet, ¿por qué has traído tanta gente? -dijo Thenardier por lo bajo al hombre del 
garrote-; no era necesario. 
-¡Qué quieres! Todos han querido ser de la partida; los tiempos son malos, y apenas se 
hacen negocios. 
El camastro en que habían tirado al señor Blanco era una especie de cama de hospital, 
sostenida por un par de banquillos de madera y toscamente labrada. El señor Blanco dejó 
que hicieran de él lo que quisieran; los ladrones le ataron sólidamente, de pie, y con los 
pies sujetos al banquillo más distante de la ventana y más cercano a la chimenea. 
Cuando terminaron el último nudo, Thenardier cogió una silla y fue a sentarse casi 
enfrente del señor Blanco. Se había transformado en algunos instantes; su fisonomía 
había pasado de la violencia desenfrenada a la dulzura tranquila y astuta. Marius apenas 
podía conocer en esa sonrisa cortés la boca casi bestial que momentos antes echaba 
espuma; contemplaba estupefacto aquella metamorfosis fantástica a inquietante. 
-Caballero... -.dijo Thenardier. 
Y apartando con el gesto a los ladrones, que aún tenían puesta la mano sobre el señor 
Blanco, añadió: 
-Apartaos un poco, y dejadme hablar con este caballero. 
Todos se retiraron hacia la puerta, y él continuó: 
-Caballero, habéis hecho mal en querer saltar por la ventana, porque habríais podido 
romperos una pierna. Ahora, si lo permitís, vamos a hablar tranquilamente. Ante todo 
debo daros cuenta de una observación que he hecho, y es que todavía no habéis lanzado 
el menor grito. Os felicito por ello y voy a deciros lo que deduzco. Cuando se grita, mi 
buen señor, ¿quién acude? La policía. ¿Y después de la policía? La justicia. Pues bien; 
vos no habéis gritado: es que os interesa muy poco que acudan la justicia y la policía. 
Hace tiempo que sospecho que tenéis algún interés en ocultar alguna cosa. Por nuestra 
parte, tenemos el mismo interés, conque podemos entendernos. 
La fundada observación de Thenardier oscurecía aún más para Marius las misteriosas 
sombras bajo las cuales se ocultaba aquella figura grave y extraña a la que Courfeyrac 
había puesto el apodo de señor Blanco. Pero no podía sino admirar en semejante 
momento aquel rostro soberbiamente impasible y melancólico. Era evidentemente un 
alma que no sabía lo que era la desesperación. Era uno de esos hombres que dominan las 
situaciones extremas. Thenardier se levantó sin afectación, fue a la chimenea, separó el 
biombo y dejó al descubierto el brasero lleno de ardientes brasas, donde el prisionero 
podía ver perfectamente el cincel al rojo. Luego volvió a sentarse cerca del señor Blanco. 
-Continúo -dijo-. Podemos entendernos; arreglemos esto amistosamente. Hice mal en 
incomodarme hace poco; no sé dónde tenía la cabeza; he ido demasiado lejos y he dicho 
mil locuras. Por ejemplo, porque sois millonario, os he dicho que exigía dinero, mucho 
dinero, enorme cantidad de dinero. Esto no sería razonable, tenéis la suerte de ser rico, 
pero tendréis vuestras obligaciones, ¿quién no tiene las suyas? No quiero arruinaros; al 
fin y al cabo, yo no soy un desollador. Mirad, yo cedo algo y hago un sacrificio por mi 
parte. Necesito solamente doscientos mil francos. 
El señor Blanco no dijo una palabra. Thenardier prosiguió: 
-Una vez fuera de vuestro bolsillo esa bagatela, os respondo de que todo ha concluido y 
de que no tenéis que temer ni lo más mínimo. Me diréis: ¡pero yo no tengo aquí 
doscientos mil francos! ¡Oh!, no soy exagerado; no exijo eso. Sólo os pido una cosa. 
Tened la bondad de escribir lo que voy a dictaros. 
Colocó un papel y una pluma delante del señor Blanco. 
-Escribid -.dijo. 
El prisionero habló, por fin. 
-¿Cómo queréis que escriba, si estoy atado? 
-Es cierto, perdonad -dijo Thenardier-; tenéis mucha razón. 
Y ordenó: 
-Desatad el brazo derecho del señor. 
Cuando vio libre la mano derecha del prisionero, Thenardier mojó la pluma en el tintero 
y se la presentó. 
-Notad bien que estáis en nuestro poder -dijo-, a nuestra discreción; que ningún poder 
humano puede sacaros de aquí, y que nos afligiría verdaderamente el vernos obligados a 
recurrir a desagradables extremos. No sé ni vuestro hombre, ni las señas de vuestra casa; 
pero os prevengo que seguiréis atado aquí hasta que vuelva la persona encargada de 
llevar esta carta. Ahora dignaos escribir. 
El señor Blanco, cogió la pluma. Thenardier comenzó a dictar. 
-“Hija mía..." 
El prisionero se estremeció, y alzó los ojos hacia Thenardier. 
-Poned mejor, "Mi querida hija" -dijo Thenardier. 
Él señor Blanco obedeció. 
-¿La tuteáis, verdad? 
-¿A quién? 
A la niña, caramba. 
-No entiendo lo que queréis decir. 
-No importa -gruñó Thenardier, y continuó-, escribid: "Ven al momento. Te necesito. 
La persona que lo entregará esta carta está encargada de conducirte adonde yo estoy. Te 
espero. Ven con confianza". 
El señor Blanco había escrito todo. Thenardier añadió: 
-Borrad "ven con confianza"; eso podría hacer suponer que la cosa no es natural, y que 
la desconfianza es posible. 
El señor Blanco borró las tres palabras. 
-Ahora -prosiguió Thenardier- firmad... ¿Cómo os llamáis? 
El prisionero dejó la pluma, y preguntó: 
-¿Para quién es esta carta? 
Ya lo sabéis -respondió Thenardier-; para la niña. 
Era evidente que Thenardier evitaba nombrar a la joven de que se trataba. Decía la 
Alondra, decía la niña, pero no pronunciaba el nombre. Precaución de hombre hábil que 
guarda su secreto delante de sus cómplices. Decir el nombre hubiera sido entregarles todo 
el negocio, y darles a conocer más de lo que tenían necesidad de saber. 
Replicó: 
-Firmad: ¿cuál es vuestro nombre? 
-Urbano Fabre -dijo el prisionero, con serena decisión. 
Thenardier, con el movimiento propio de un gato, se metió la mano en el bolsillo, y 
sacó el pañuelo del señor Blanco. Buscó la marca y se aproximó a la luz. 
-U. F Eso es. Urbano Fabre. Pues bien, firmad 
U. F. 
El prisionero firmó. 
-Como hacen falta las dos manos para cerrar la carta, dádmela, la cerraré yo. 
Hecho esto, Thenardier añadió: 
-Poned en el sobre: Señorita Fabre. Como no habéis mentido al decir vuestro nombre, 
tampoco mentiréis con vuestras señas. Ponedlas vos mismo. 
El prisionero permaneció un momento pensativo, luego cogió la pluma y escribió: 
"Señorita Fabre, casa del señor Urbano Fabre, calle Saint-Dominique d'Enfer, número 
17". 
Thenardier cogió la carta con una especie de convulsión febril. 
-¡Mujer! -gritó. 
La Thenardier acudió. 
-Toma esta carta. Ya sabes lo que tienes que hacer. Abajo hay un cabriolé esperándote, 
parte de inmediato y vuelve volando. 
Y, dirigiéndose al hombre de la maza, añadió: 
-Tú, acompaña a la ciudadana. Irás en la parte trasera. ¿Recuerdas dónde dejé el 
carricoche? 
-Sí -contestó el hombre. 
Y dejando su maza en un rincón, siguió a la Thenardier. 
Cuando ya se iban, Thenardier sacó la cabeza por la puerta entreabierta, y gritó en el 
corredor: 
-Cuidado con perder la carta; piensa que llevas en ella doscientos mil francos. 
Tranquilo -respondió la voz ronca de su mujer-, me la puse en la panza. 
Un minuto después se sintió el chasquido del látigo del cochero. 
-¡Bien! -masculló Thenardier-. Van a buen paso. Con ese galope, la ciudadana estará de 
vuelta en tres cuartos de hora más. 
Acercó una silla a la chimenea, y se sentó cruzando los brazos, y apoyando sus botas 
enlodadas en el brasero. 
-Tengo frío en los pies -dijo. 
Una sombría calma había sucedido al feroz estrépito que llenaba el desván momentos 
antes. No se oía más ruido que la respiración acompasada del borracho que dormía en el 
suelo. Marius esperaba con ansiedad siempre creciente. El enigma era más impenetrable 
que nunca. ¿Quién era aquella niña a quien Thenardier había llamado la Alondra? ¿Era su 
Ursula? Pero el señor Blanco había dicho que no la conocía. Por otra parte, las dos letras 
u. F. estaban explicadas; era Urbano Fabre, y Ursula no se llamaba ya Ursula. Esto era lo 
único que Marius veía con mayor claridad. 
-De cualquier modo -decía-, si la Alondra es Ella, la veré, porque la Thenardier va a 
traerla aquí. Entonces todo acabará: daré mi vida y mi sangre si es preciso, pero la 
libertaré. Nada me detendrá. 
Pasó así media hora. Thenardier parecía absorto en una tenebrosa meditación; el 
prisionero no se movía. Sin embargo, Marius creía oír por intervalos, y desde hacía 
algunos instantes, un pequeño ruido sordo hacia el lado donde éste se hallaba. 
De improviso Thenardier dijo al señor Blanco con tono duro: 
-Señor Fabre, escuchad lo que voy a deciros. 
Estas pocas palabras parecían dar principio a una aclaración que despejaría el misterio. 
Marius prestó oído. Thenardier continuó: 
-Mi mujer va a volver, no os impacientéis. Estoy convencido de que la Alondra es 
vuestra hija, y sé que querréis protegerla. Con vuestra carta mi mujer la irá a buscar. Le 
ordené que se vistiera como la habéis visto para inspirarle confianza y así la niña la 
seguirá sin dificultad. Vendrán ambas en el cabriolé, con mi amigo detrás. En cierto lugar 
hay un carricoche con dos buenos caballos; allí subirá vuestra hija acompañada de mi 
camarada, y mi mujer volverá aquí a decirnos: "todo va bien". En cuanto a vuestra hija no 
se le hará ningún daño; el carricoche la llevará a un sitio donde estará tranquila, y en 
cuanto me hayáis dado esos miserables doscientos mil francos, os será devuelta. Si hacéis 
que me prendan, mi camarada dará el golpe de gracia a la Alondra, y todo habrá 
concluido. 
Imágenes espantosas pasaron por la imaginación de Marius. ¡Cómo! Aquella joven a 
quien raptaban, ¿no iba a ser llevada allí? ¿Uno de aquellos monstruos iba a esconderla 
en la oscuridad? ¿Dónde? Marius sentía paralizarse los latidos de su corazón. ¿Qué 
hacer? ¿Disparar el tiro? ¿Poner en manos de la justicia a todos aquellos miserables? Pero 
no por eso dejaría la joven de estar en poder de ese horrible hombre del garrote. Y Marius 
pensaba en estas palabras de Thenardier cuya sangrienta significación entreveía: "Si me 
hacéis prender, mi camarada dará el golpe de gracia a la Alondra". 
Ahora ya no lo detenía sólo el testamento del coronel, sino también el peligro en que 
estaba la que amaba. Esta aterrante situación duraba ya hacía más de una hora. En medio 
del silencio se oyó el ruido de la puerta de la calle, que se abría y luego se cerraba. 
El prisionero hizo un movimiento en sus ligaduras. 
-Aquí está la ciudadana -dijo Thenardier. 
Apenas acababa de hablar cuando la Thenardier se precipitó en el cuarto, amoratada, 
jadeante, sofocada, llameantes los ojos. 
-¡Señas falsas! -gritó. 
El bandido que había ido con ella entró detrás. 
¿Señas falsas? -repitió Thenardier. 
-La mujer replicó: 
-¡Nadie! En la calle de Saint-Dominique, número 17, no vive ningún Urbano Fabre. 
La Thenardier se interrumpió para recuperar el aliento, y luego continuó, acezando: 
-¡Thenardier, eres demasiado bueno! Ese viejo lo engañó. ¡Si fuera yo, lo habría 
cortado en cuatro para empezar, y si se portaba mal, lo habría hecho hervir vivo! Y que 
diga dónde está esa niña y dónde está la pasta. ¡Así hay que hacerlo! ¡Mire que dar señas 
falsas, el viejo infame! 
Marius respiró. Ella, Ursula o la Alondra, aquella a quien no sabía cómo llamar, estaba 
a salvo. Thenardier dijo al prisionero con una inflexión de voz lenta y singularmente 
feroz: 
-¿Señas falsas? ¿Qué es, pues, lo que esperabas? 
-¡Ganar tiempo! -gritó el prisionero con voz tonante. 
Y al mismo instante sacudió sus ataduras; estaban cortadas. El prisionero sólo estaba 
sujeto a la cama por una pierna. 
Antes de qué los siete hombres hubiesen tenido tiempo de comprender la situación y de 
lanzarse sobre él, el señor Blanco se inclinó hacia la chimenea, extendió la mano hacia el 
brasero y levantó por encima de su cabeza el cincel hecho ascua. 
Es probable que cuando los bandidos registraron al prisionero, éste llevara consigo una 
moneda de las que cortan y pulen los presidiarios, con infinita paciencia, hasta darles una 
forma especial para que sirvan como sierra en el momento de su evasión. Seguramente 
conseguiría ocultarla en su mano derecha, y al tenerla libre, la usó para cortar las cuerdas 
que lo ataban, lo cual explicaría el ligero ruido y los movimientos casi imperceptibles que 
Marius había observado. Como no se atrevió a inclinarse para no traicionar sus intentos, 
no pudo cortar las ligaduras de la pierna. Los bandidos se rehicieron de su primera sor- 
presa. 
-Descuidad -dijo Bigrenaille a Thenardier-. Está todavía sujeto por una pierna, y no se 
irá, yo respondo; como que yo le até a esa pata. 
Sin embargo, el prisionero alzó la voz: 
-¡Sois unos miserables, pero mi vida no vale la pena de ser tan defendida! En cuanto a 
imaginaros que me haréis hablar, que me haréis escribir lo que yo no quiero escribir, que 
me haréis decir lo que yo no quiero decir, eso sí que no. 
Subió la manga de su brazo izquierdo y agregó: 
-Mirad. 
Extendió el brazo y apoyó sobre la piel desnuda el cincel candente. 
Se escuchó el chirrido de la carne quemada y se sintió el olor de las cámaras de tortura. 
Marius se tambaleó, horrorizado y hasta los bandidos se estremecieron. El anciano, en 
cambio, fijó su mirada serena en Thenardier, sin odios. 
-Miserables -dijo- no me temáis, así como yo no os temo. 
Y arrancando el cincel de la herida, lo lanzó por la ventana, que había quedado abierta. 
-Haced de mí lo que queráis -dijo. 
-¡Sujetadle! -gritó Thenardier. 
Dos bandidos lo tomaron de los hombros y el ventrílocuo se paro frente a- él, dispuesto 
a hacerle saltar el cráneo con su llave al menor movimiento. 
Marius escuchó en el extremo inferior del tabique este coloquio sostenido en voz baja: 
-No hay más que una cosa que hacer. 
-¡Abrirlo de un tajo! 
-Eso. 
Eran el marido y la mujer que celebraban con Thenardier fue lentamente hacia la mesa, 
abrió el cajón y cogió el cuchillo. 
Marius oprimía la culata de la pistola. ¡Perplejidad inaudita! Hacía una hora que se 
elevaban dos voces en su conciencia; la una le decía que respetase el testamento de su 
padre, la otra le gritaba que socorriera al prisionero. Aquellas dos voces continuaban sin 
interrupción su lucha, que lo hacía agonizar. Había esperado vagamente, hasta aquel mo- 
mento, hallar un medio de conciliar los dos deberes, pero nada posible había surgido. 
Entretanto el peligro apremiaba; había ya traspasado el último límite de la espera. 
Thenardier, a pocos pasos del prisionero, pensaba, con el cuchillo en la mano. 
Marius, desesperado, paseaba sus miradas en tomo suyo. De repente se estremeció. A 
sus pies, sobre la cómoda, un rayo de clara luna iluminaba una hoja de papel, en la que 
leyó esta línea escrita en gruesos caracteres aquella misma mañana por la mayor de las 
hijas de Thenardier: "Las sabuesos están ahí ". 
Una idea, una luz atravesó la imaginación de Marius; era el medio que buscaba, la 
solución de aquel horrible problema. Cogió el papel, arrancó suavemente un pedazo de 
yeso del tabique, lo envolvió en el papel, y lo arrojó por el agujero en medio del tugurio 
vecino. 
Ya era tiempo. Thenardier había vencido sus últimos escrúpulos o sus últimos temores, 
y se dirigía hacia el prisionero. 
-¡Algo han tirado! -gritó la Thenardier. 
-¿Qué es? -dijo el marido. 
La mujer se lanzó a recoger el yeso envuelto en el papel y lo entregó a su marido. 
-¿Por dónde ha venido? -preguntó Thenardier. 
-¿Por dónde quieres que haya entrado? Por la ventana. 
-Yo lo vi caer -dijo Bigrenaille. 
Thenardier desenvolvió rápidamente el papel, y se acercó a la luz. 
-Es la letra de Eponina. ¡Diablo! 
Hizo una seña a su mujer que se acercó vivamente, y le mostró lo escrito en el papel, 
añadiendo luego con voz sorda: 
-¡Pronto! ¡La escalera de cuerda! Dejemos el tocino en la ratonera, y abandonemos el 
campo. 
-¿Sin cortarle el pescuezo al hombre? -preguntó la Thenardier. 
-No tenemos tiempo. 
-¿Por dónde? -preguntó Bigrenaille. 
-Por la ventana -respondió Thenardier-. Puesto que Eponina ha tirado la piedra por la 
ventana, es que la casa no está cercada por ese lado. 
El bandido con voz de ventrílocuo dejó en el suelo su enorme llave, levantó los dos 
brazos y abrió y cerró tres veces las manos sin decir una palabra. Fue como la señal de 
zafarrancho para una tripulación. Los que sujetaban al prisionero lo soltaron; en un abrir 
y cerrar de ojos fue desenrollada la escala hacia fuera de la ventana y sujetada 
sólidamente al marco con los dos ganchos de hierro. 
El prisionero no ponía atención a lo que pasaba en torno suyo. Parecía soñar o rezar. 
Una vez lista la escala, Thenardier gritó: 
-Ven, mujer. 
Y se precipitó hacia la ventana. Pero cuando iba a saltar por ella, Bigrenaille lo cogió 
bruscamente del cuello: 
-Todavía no, viejo farsante; después de que nosotros hayamos salido. 
-Después que nosotros -aullaron los demás bandidos. 
-Parecéis niños asustados -dijo Thenardier-; estamos perdiendo tiempo. Los polizontes 
nos están pisando los talones. 
-Pues bien -dijo uno de los bandidos-, echemos a la suerte quién pasará primero. 
Thenardier exclamó: 
-¡Estáis locos! ¡Estáis borrachos! ¡Perder así el tiempo! Echar a la suerte, ¿no es 
verdad? Escribiremos nuestros nombres y los pondremos en una gorra... 
-¿Queréis mi sombrero? -gritó una voz desde el umbral de la puerta. 
Todos se volvieron. Era Javert. Tenía el sombrero en la mano, y lo ofrecía sonriendo. 
XIII 
Se debería comenzar siempre por apresar a las víctimas 
Javert, al anochecer, había apostado a su gente y él mismo se había emboscado detrás 
de los árboles frente al caserón Gorbeau. Empezó por abrir su bolsillo para meter en él a 
las dos muchachas encargadas de vigilar las inmediaciones del tugurio, pero sólo 
encontró a Azelma. Eponina no estaba en su puesto; había desaparecido. Luego Javert 
quedó al acecho, atento el oído a la señal convenida. 
Las idas y venidas del coche lo preocuparon y terminó por impacientarse. Estaba 
seguro de andar de suerte y de que allí había un nido, ya que conocía a muchos de los 
bandidos que habían entrado; acabó por decidirse a subir sin esperar el pistoletazo. Entró 
con la llave de Marius. Llegó justo a tiempo. 
Los bandidos, asustados, se arrojaron sobre las armas que habían abandonado en el 
momento de evadirse. En menos de un segundo, aquellos siete asesinos, que daba espanto 
mirar, se agruparon en actitud de defensa; Thenardier tomó su cuchillo; la Thenardier se 
apoderó de una enorme piedra que servía a sus hijas de taburete. 
Javert se puso su sombrero, dio dos pasos por el cuarto con los brazos cruzados, el 
bastón debajo del brazo y el espadín en la vaina. 
-¡Alto ahí! -dijo-. No saldréis por la ventana, sino por la puerta. Es menos perjudicial. 
Sois siete, nosotros somos quince. No riñáis como principiantes. Sed buenos muchachos. 
Bigrenaille sacó una pistola que llevaba oculta bajo la camisa, y la puso en la mano de 
Thenardier, diciéndole al oído: 
-Es Javert. Yo no me atrevo a disparar contra ese hombre. ¿Te atreves tú? 
-¡Por supuesto! -respondió Thenardier. 
-Entonces, dispara. 
Thenardier cogió la pistola y apuntó a Javert. 
Este, que se hallaba a tres pasos, lo miró fijamente, y se contentó con decirle: 
-No tires, lo va a fallar. 
Thenardier apretó el gatillo; el tiro no salió. 
-¡Te lo dije! -exclamó Javert. 
-¡Eres el emperador de los demonios! -gritó Bigrenaille, tirando su garrote al suelo-. Yo 
me rindo. 
-¿Y vosotros? -preguntó Javert a los demás. 
-También. 
Javert dijo con calma: 
-Bien, bien; ya decía yo que erais buena gente. 
Y volviéndose a la puerta llamó a sus hombres. 
-Entrad ya -dijo. 
Una escuadra de municipales sable en mano y de agentes armados de garrotes, se 
precipitó en la habitación. 
-¡Esposas a todos! -gritó Javert. 
La Thenardier miró sus manos atadas y las de su marido, se dejó caer en el suelo, y 
exclamó llorando: 
-¡Mis hijas! 
-Están ya a la sombra -dijo Javert. 
En tanto, los agentes habían descubierto al borracho dormido detrás de la puerta, y lo 
sacudían. Se despertó balbuceando: 
-¿Hemos concluido, Jondrette? 
-Sí, Boulatruelle -respondió Javert. 
Los seis bandidos, atados, conservaban aún sus caras de espectros: tres tiznados de 
negro, tres enmascarados. 
-Conservad vuestras caretas -dijo Javert. 
Y pasándoles revista con la mirada de un Federico II en la parada de Postdam, dijo a los 
tres falsos deshollinadores: 
-Buenas noches, Bigrenaille; buenas noches, Brujon; buenas noches, Demiliard. 
Luego, volviéndose hacia los tres enmascarados, dijo al hombre de la maza: 
-Buenas noches, Gueulemer. 
Y al del garrote: 
-Buenas noches, Babet. 
Y al ventrílocuo: 
-Qué tal, Claquesous. 
En ese momento, vio al prisionero de los bandidos, el cual, desde la entrada de los 
agentes de policía no había pronunciado una palabra, y se mantenía con la cabeza baja. 
-Desatad al señor -dijo Javert-, y que nadie salga. 
Dicho esto, se sentó ante la mesa, donde habían quedado la vela y el tintero, sacó un 
papel sellado del bolsillo, y comenzó su informe. Luego que escribió las primeras líneas, 
que son las fórmulas de siempre, alzó la vista. 
-Que se acerque el caballero a quien estos señores tenían atado. 
Los agentes miraron en derredor. 
Y bien -preguntó Javert-, ¿dónde está? 
El prisionero de los bandidos, el señor Blanco, el señor Urbano Fabre, el padre de 
Ursula, había desaparecido. 
La puerta estaba guardada, pero la ventana no lo estaba. En cuanto se vio libre, y en 
tanto que Javert escribía, se aprovechó de la confusión, de la oscuridad, y de un momento 
en que la atención no estaba fija en él, para lanzarse por la ventana. 
Un agente corrió a ella y miró. No se veía nada afuera. La escala de cuerda temblaba 
todavía. 
-¡Demonios! -dijo Javert entre dientes-. ¡Este debía ser el mejor de todos! 
XIV 
El niño que lloraba en la segunda parte 
Al día siguiente, un niño caminaba en dirección a Fontainebleau. Era noche oscura. El 
muchacho era pálido, flaco; iba vestido de harapos, con un pantalón de lienzo en pleno 
invierno, y cantaba a voz en grito. 
En la esquina de la calle del Petit-Banquier, una vieja encorvada rebuscaba en un 
montón de basura, a la luz del farol. El niño la empujó al pasar, y luego retrocedió, 
exclamando en tono burlón: 
-¡Qué lo parece! ¡Y yo que había tomado esto por un perro enorme, ENORME! 
La vieja, sofocada de indignación, se levantó, y el resplandor de la luz dio de lleno en 
su cara angulosa y arrugada, con patas de gallo que le bajaban casi hasta la boca. El 
cuerpo se perdía en la sombra, y sólo se veía la cabeza. Hubiérase dicho que era la 
máscara de la decrepitud dibujada por una luz en la noche. 
El niño la miró atentamente. 
-Esta señora -dijo- no es mi tipo de belleza. 
Y prosiguió su camino, cantando: 
Mambrú se fue a la guerra 
montado en una perra. 
Mambrú se fue a la guerra 
no sé cuándo vendrá. 
Al acabar el cuarto verso se detuvo. Había llegado delante del número 50-52, y 
hallando cerrada la puerta, comenzó a descargar sobre ella golpes y taconazos que 
llegaban a retumbar, y que eran testimonio más bien de los zapatos de hombre que 
llevaba que de los pies de niño que tenía. 
Entretanto, la anciana que había encontrado en la esquina del Petit-Banquier corría 
detrás de él, lanzando gritos y haciendo gestos desmesurados. 
-¿Qué es eso?, ¿qué es eso? ¡Buen Dios! ¡Echan abajo la puerta! ¡Están derribando la 
casa! 
Las patadas continuaban. La mujer gritaba a más no poder. De pronto se detuvo; había 
reconocido al pilluelo. 
-¡Ah, claro, tenías que ser tú, Satanás! 
-¡La vieja otra vez! -dijo el muchacho-. Buenas noches, tía Burgonmuche. Vengo a ver 
a mis antepasados. 
La vieja respondió con una mueca: 
-No hay nadie aquí, patán. 
-¿Dónde está mi padre? 
-En la cárcel de la Force. 
-¡Vaya! ¿Y mi madre? 
-En la de Saint-Lazare. 
-¿Y mis hermanas? 
-En las Madelonnettes. 
El niño se rascó la oreja, miró a la señora Burgon, y exclamó: 
-¡Qué lo parece! 
Luego hizo una pirueta, giró sobre sus talones, y un segundo después la mujer, que se 
había quedado en el umbral de la puerta, lo oyó cantar con voz clara y juvenil, 
perdiéndose entre los álamos que se estremecían al soplo del viento invernal: 
Mambrú se fue a la guerra 
montado en una perra. 
Mambrú se fue a la guerra 
no sé cuándo vendrá. 
Si volverá por Pascua, 
o por la Trinidad. 
CUARTA PARTE 
Idilio en calle Plumet y epopeya en calle Saint-Denis 
LIBRO PRIMERO 
Algunas páginas de historia 

Bien cortado y mal cosido 
1831 y 1832, los dos años que siguieron inmediatamente a la Revolución de Julio, son 
uno de los momentos más particulares y más sorprendentes de la historia. Tienen toda la 
grandeza revolucionaria. Las masas sociales, que son los cimientos de la civilización, el 
grupo sólido de los intereses seculares de la antigua formación francesa, aparecen y 
desaparecen a cada instante a través de las nubes tempestuosas de los sistemas, de las 
pasiones y de las teorías. Estas apariciones y desapariciones han sido llamadas la 
resistencia y el movimiento. A intervalos se ve relucir la verdad, que es el día del alma 
humana. 
La Restauración* había sido una de esas fases intermedias difíciles de definir. Así 
como los hombres cansados exigen reposo, los hechos consumados exigen garantías. Es 
lo que Francia exigió a los Borbones después del Imperio. 
Pero la familia predestinada que regresó a Francia a la caída de Napoleón tuvo la 
simplicidad 
*El período de la Restauración abarca los reinados de Luis XVIII, 1815-1824, y de 
Carlos X, 1824-1830. 
fatal de creer que era ella la que daba, y que lo que daba lo podía recuperar; que la casa 
de los Borbones poseía el derecho divino, que Francia no poseía nada. 
Creyó que tenía fuerza, porque el Imperio había desaparecido delante de ella; no vio 
que estaba también ella en la misma mano que había hecho desaparecer a Napoleón. 
La casa de los Borbones era para Francia el nudo ilustre y sangriento de su historia, 
pero no era el elemento principal de su destino. Cuando la Restauración pensó que su 
hora había llegado, y se supuso vencedora de Napoleón, negó a la nación lo que la hacía 
nación y al ciudadano lo que lo hacía ciudadano. 
Este es el fondo de aquellos famosos decretos llamados las Ordenanzas de Julio. 
La Restauración cayó, y cayó justamente, aunque no fue hostil al progreso y en su 
época se hicieron grandes obras y la nación se acostumbró a la discusión tranquila y a la 
grandeza de la paz. 
La Revolución de Julio es el triunfo del derecho que derroca al hecho. El derecho que 
triunfa sin ninguna necesidad de violencia. El derecho que es justo y verdadero. 
Esta lucha entre el derecho y el hecho dura desde los orígenes de las sociedades. 
Terminar este duelo, amalgamar la idea pura con la realidad humana, hacer penetrar 
pacíficamente el derecho en el hecho y el hecho en el derecho, es el trabajo de los sabios. 
Pero ése es el trabajo de los sabios, y otro el de los hábiles. 
La revolución de 1830 fue rápidamente detenida, destrozada por los hábiles, o sea los 
mediocres. La revolución de 1830 es una revolución detenida a mitad de camino, a mitad 
de progreso. ¿Quién detiene la revolución? La burguesía. ¿Por qué? Porque la burguesía 
es el interés que ha llegado a su satisfacción; ya no quiere más, sólo conservarlo. En 1830 
la burguesía necesitaba un hombre que expresara sus ideas. Este hombre fue Luis Felipe 
de Orleáns. 
En los momentos en que nuestro relato va a entrar en la espesura de una de las nubes 
trágicas que cubren el comienzo del reinado de Luis Felipe, es necesario conocer un poco 
a este rey. Ante todo, Luis Felipe era un hombre bueno. Tan digno de aprecio como su 
padre, Felipe-Igualdad, lo fue de censura. Luis Felipe era sobrio, sereno, pacífico, 
sufrido; buen esposo, buen padre, buen príncipe. Recibió la autoridad real sin violencia, 
sin acción directa de su parte, como una consecuencia de un viraje de la revolución, 
indudablemente muy diferente del objetivo real de ésta, pero en el cual el duque de 
Orleans no tuvo ninguna iniciativa personal. 
Sin embargo, el gobierno de 1830 principió en seguida una vida muy dura; nació ayer y 
tuvo que combatir hoy. Apenas instalado, sentía ya por todas partes vagos movimientos 
contra el sistema, tan recientemente armado y tan poco sólido. La resistencia nació al día 
siguiente; quizá había nacido ya la víspera. Cada mes creció la hostilidad, y pasó de sorda 
a patente. 
En lo exterior, 1830 no siendo ya revolución y haciéndose monarquía, se veía obligado 
a seguir el paso de Europa. Debía, pues, conservar la paz, lo que aumentaba la 
complicación. Una armonía deseada por necesidad pero sin base es muchas veces más 
onerosa que una guerra. 
Mientras tanto al interior, pauperismo, proletariado, salario, educación, penalidad, 
prostitución, situación de la mujer, consumo, riqueza, repartición, cambio, derecho al 
capital, derecho al trabajo; todas estas cuestiones se multiplicaban por encima de la 
sociedad, con todo su terrible peso. 
Luis Felipe sentía bajo sus pies una descomposición amenazante. 
A la fermentación política respondía una fermentación filosófica. Los pensadores 
meditaban; removían las cuestiones sociales pacífica pero profundamente. Dejaban a los 
partidos políticos la cuestión de los derechos, y trataban de la cuestión de la felicidad. Se 
proponían extraer de la sociedad el bienestar del hombre. 
Tenebrosas nubes cubrían el horizonte. Una sombra extraña se extendía poco a poco 
sobre los hombres, sobre las cosas, sobre las ideas. 
Apenas habían pasado veinte meses desde la Revolución de Julio y el año 1832 
comenzaba con aspecto de inminente amenaza. La miseria del pueblo, los trabajadores 
sin pan, la enfermedad política y la enfermedad social, se declararon a la vez en las dos 
capitales del reino: la guerra civil en París, en Lyón la guerra servil. Las conspiraciones, 
las conjuras, los levantamientos, el cólera, añadían al oscuro rumor de las ideas el 
sombrío tumulto de los acontecimientos. 
II 
Enjolras y sus tenientes 
El Faubourg Saint-Antoine caracterizaba esta situación más que ningún otro barrio. Allí 
era donde se sentía más el dolor. 
Aquel antiguo barrio, poblado como un hormiguero, laborioso, animado y furibundo 
como una colmena, se estremecía esperando y deseando la conmoción. Allí se sentían 
más que en otra parte la reacción de las crisis comerciales. En tiempo de revolución, la 
miseria es a la vez causa y efecto. Siempre que flotan en el horizonte resplandores 
impulsados por el viento de los sucesos, se piensa en este barrio y en la temible fatalidad 
que ha colocado a las puertas de París aquel polvorín de padecimientos y de ideas. 
En este barrio y en esta época, Enjolras, previendo los sucesos posibles, hizo una 
especie de recuento misterioso. Estaban todos en conciliábulo en el Café Musain. 
-Conviene saber dónde estamos y con quiénes se puede contar -dijo-. Si se quiere 
combatientes, hay que hacerlos. Contemos, pues, el rebaño. ¿Cuántos somos? 
Courfeyrac, tú verás a los politécnicos. Feuilly, tú a los de la Glacière. Combeferre me 
prometió ir a Picpus, allí hay un hormiguero excelente. Bahorel visitará la Estrapade. 
Prouvaire, los albañiles se entibian, tú nos traerás noticias. Jolly tomará el pulso a la 
Escuela de Medicina. Laigle se dará una vuelta por el Palacio de justicia. Yo me encargo 
de la Cougourde. Pero falta algo muy importante, el Maine; allí hay marmolistas, pintores 
y escultores; son entusiastas pero desde hace un tiempo se han enfriado. Hay que ir a 
hablarles, hay que soplar en aquellas cenizas. Había pensado en ese distraído amigo 
nuestro, Marius, que es bueno, pero ya no viene. No tengo a nadie para el Maine. 
-¿Y yo? -dijo Grantaire. 
-¡Tú, adoctrinar republicanos, tú que no crees en nada! 
-Creo en ti. 
-¿Serás capaz de ir al Maine? 
-Soy capaz de todo. 
-¿Y qué les dirás? 
-Les hablaré de Robespierre, de Danton, de los principios. 
-¡Tú! 
-Yo. Lo que pasa es que a mí no se me hace justicia. Conozco el Contrato Social; sé de 
memoria la Constitución del año Dos: "La libertad del ciudadano concluye donde 
empieza la libertad de otro ciudadano". ¿Me crees idiota? 
-Grantaire -dijo Enjolras, después de pensar algunos segundos-, acepto probarte. Irás al 
Maine. 
Grantaire vivía cerca del café. Salió y volvió a los cinco minutos. Había ido a ponerse 
un chaleco a lo Robespierre. 
-Rojo -dijo al entrar-. Ten confianza en mí, Enjolras. 
Unos minutos después la sala interior del Café Musain quedaba desierta. Todos los 
amigos del ABC habían ido a cumplir su misión. 
LIBRO SEGUNDO 
Eponina 

El campo de la Alondra 
Marius había asistido al inesperado desenlace de la emboscada que él mismo relatara a 
Javert; pero, apenas abandonó éste la casa llevando a sus presos en tres coches de 
alquiler, salió también él. No eran más que las nueve de la noche, y se fue a dormir a casa 
de Courfeyrac, que vivía ahora en la calle de la Verrerie, "por razones políticas", pues en 
esos tiempos la insurrección se instalaba tranquilamente en aquel barrio. 
-Vengo a alojar contigo -dijo Marius. 
Courfeyrac sacó un colchón de su cama, que tenía dos, lo tendió en el suelo y dijo: 
-Aquí tienes. 
Al día siguiente, a las siete de la mañana, Marius volvió al caserón Gorbeau, pagó el 
alquiler, hizo cargar en un carretón de mano sus libros, la cama, la mesa, la cómoda y sus 
dos sillas, y se fue sin dejar las señas de su nueva casa. 
Pasó un mes y después otro. Marius seguía en casa de Courfeyrac. Supo por un pasante 
de abogado, visitante habitual de la Sala de los Pasos Perdidos, que Thenardier estaba 
incomunicado, y daba todos los lunes al alcaide de la cárcel cinco francos para el preso. 
Marius, no teniendo ya dinero, pedía los cinco francos a Courfeyrac; era la primera vez 
en su vida que pedía prestado. Estos cinco francos periódicos eran un doble enigma: para 
Courfeyrac que los daba, y para Thenardier que los recibía. 
-¿Para quién pueden ser? -pensaba Courfeyrac. 
-¿De dónde diablos puede venir esto? -se preguntaba Thenardier. 
Marius estaba desconsolado. Había vuelto a ver por un momento a la joven a quien 
amaba, pero un soplo se la había arrebatado. No sabía ni su nombre; seguramente no era 
Ursula y la Alondra era un apodo. ¿Y qué pensar del viejo? ¿Se ocultaba, en efecto, de la 
policía? 
Todo se había desvanecido, excepto el amor. 
Para colmo volvía a visitarlo la miseria; sentía ya su soplo helado. Y es que desde hacía 
algún tiempo había descuidado sus traducciones; y no hay nada más peligroso que la 
interrupción del trabajo, porque es una costumbre que se pierde. Costumbre fácil de 
perder y difícil de volver a adquirir. 
Todo su pensamiento era Ella; no pensaba en otra cosa; se daba cuenta confusamente 
de que su traje viejo estaba inservible y que el nuevo se transformaba rápidamente en 
viejo. 
Le quedaba una sola idea dulce: que Ella lo había amado; que su mirada se lo había 
dicho; que Ella no sabía su nombre, pero conocía su alma, y que tal vez en el lugar en que 
estaba lo amaba aún. 
En sus paseos solitarios descubrió un sitio de especial belleza y, por lo tanto, poco 
frecuentado. Era una especie de prado verde al lado del arroyo de los Gobelinos. Un día, 
hablando con uno de los escasos paseantes, supo que se le llamaba el Campo de la 
Alondra. La Alondra era el nombre con que Marius, en las profundidades de su me- 
lancolía, había reemplazado a Ursula. 
-¡Este es su campo! -dijo en el estupor poco lógico de los enamorados-. Aquí sabré 
dónde vive. 
Esto era absurdo, pero irresistible. 
Y desde entonces fue todos los días al Campo de la Alondra. 
II 
Formación embrionaria de crímenes en las prisiones 
El triunfo de Javert en el caserón Garbeau parecía completo, pero no lo fue. 
En primer lugar, y éste era su principal problema, no detuvo al prisionero. Es probable 
que este personaje, que para los bandidos era captura importante, lo fuera también para la 
justicia. 
En seguida, se le había escapado Montparnasse. Montparnasse, al llegar a la casa, se 
había encontrado con Eponina que estaba al acecho, y se la había llevado consigo, 
prefiriendo sabiamente la hija al padre. Gracias a eso estaba libre. En cuanto a Eponina, 
Javert la recupero más tarde y fue a acompañar a Azelma a la prisión de las 
Madelonnettes. 
Finalmente, en el trayecto a la comisaría, se le perdió uno de los principales presos, 
Claquesous, y no lo volvió a encontrar. ¿Se fundió Claquesous con la bruma? ¿Tan 
misterioso eclipse fue en connivencia con los agentes? Javert se mostró más irritado que 
sorprendido. 
En cuanto a Marius, Javert pensó que "ese abogadillo bobo" había tenido miedo, y 
olvidó hasta su nombre. 
El juez de instrucción consideró de utilidad no incomunicar a uno de los hombres de 
Patrón-Minette, esperando que hablara. Se eligió a Brujon; lo pusieron en el patio 
Carlomagno, y bajo especial y discreta vigilancia. 
Los ladrones no interrumpen su actividad por estar en manos de la justicia. No se 
preocupan por tan poco. Estar en prisión por un crimen no impide comenzar otro crimen. 
Brujon pasaba el día mirando como un idiota las paredes. O bien, castañeteando los 
dientes y diciendo que tenía fiebre. Pero se las ingenió para obtener ciertas informaciones 
del exterior. 
Hacia la segunda quincena de febrero de 1832, un vigilante vio a este adormilado reo 
escribiendo un papel en su cama. Lo castigaron a un mes de calabozo, pero fue imposible 
encontrar el papel. 
Pero a la mañana siguiente alguien lanzó un "perdigón" desde el patio Carlomagno 
hacia la Force. 
Los detenidos llaman perdigón a una pelota de miga de pan artísticamente amasada que 
se lanza por encima de los techos de una prisión, de patio a patio. Esta pelota cae al patio. 
El que la recoge la abre y encuentra dentro un mensaje para algún prisionero de esa 
sección. Si es otro reo quien hace el hallazgo, entrega el mensaje al destinatario; si es un 
guardia, entrega el mensaje a la policía. 
Esta vez el perdigón llegó a su destino, a pesar de que aquel a quien se dirigía estaba 
incomunicado. Era nada menos que Babet, una de las cuatro cabezas de Patrón-Minette. 
El perdigón contenía sólo estas palabras: 
"Babet. Hay un negocio en calle Plumet. Una antigua verja que da a un jardín". 
Era lo que había escrito Brujon la noche anterior. 
A pesar de la minuciosa vigilancia, Babet encontró el medio de transmitir el mensaje 
desde la Force a la Salpétrière, a su amante que estaba allí encarcelada. Esta pasó el papel 
a una mujer Ilamada Magnon, a quien la policía tenía en su mira, pero que todavía no 
había sido detenida. Esta Magnon era gran amiga de los Thenardier; ella podía, por tanto, 
servir de puente visitando a Eponina en las Madelonnettes. Sucedió que en esos mismos 
momentos Eponina y Azelma quedaban en libertad por falta de pruebas en su contra. 
Cuando salió Eponina, Magnon, que la esperaba en la puerta, le entregó el mensaje de 
Brujon a Babet y le encargó que investigara el negocio. 
Eponina fue a la calle Plumet, encontró la verja y el jardín, observó la casa, espió, 
acechó, y unos días después le llevó a Magnon un bizcocho que ésta entregó a la amante 
de Babet en la Salpétrière. Bizcocho, en el tenebroso lenguaje de la prisión, significa: 
"Nada que hacer". 
De modo que una semana después, cuando Babet y Brujon se cruzaban en el camino de 
ronda de la Force, uno hacia la instrucción y el otro regresando, Brujon preguntó: 
-¿Y? ¿La calle Plumet? 
-Bizcocho -respondió Babet. 
Así abortó este feto de crimen concebido por Brujon en la Force. Sin embargo, este 
aborto tuvo consecuencias totalmente diferentes a las planeadas, como ya se verá. A 
menudo, cuando se intenta anudar un hilo, se anuda otro. 
III 
Aparición al señor Mabeuf 
Mientras Marius descendía lentamente por esos lúgubres escalones que conducen a los 
lugares sin luz, el señor Mabeuf los bajaba de otra manera. 
Al anciano todas las opiniones políticas le eran indiferentes, y las aprobaba todas para 
que lo dejaran tranquilo. Su postura política era la de amar apasionadamente las plantas, 
pero sobre todo amar los libros. Tenía como todo el mundo su terminación en -ista, sin la 
cual nadie habría podido vivir en esa época, pero no era ni realista, ni bonapartista, ni 
anarquista; él era coleccionista de libros antiguos. Uniendo sus dos pasiones, había 
publicado un libro, La flora en los alrededores de Cauteretz. 
Vivía solo con una vieja ama de llaves, a quien llamaba, sin que ella comprendiera por 
qué, la señora Plutarco. 
En 1830, por un error legal, perdió todo lo que tenía. Además, la Revolución de Julio 
provocó una crisis que afectó a las librerías y, por supuesto, en los malos tiempos lo 
primero que deja de venderse es un libro sobre la flora. Dejó su cargo en la parroquia y se 
mudó a una especie de choza, cerca del jardín Botánico, donde le permitieron utilizar un 
pequeño pedazo de tierra para sus ensayos de siembras de añil. 
Había reducido su almuerzo a dos huevos, y dejaba uno de ellos a su vieja criada, a la 
cual no había pagado el salario hacía quince meses. Muchas veces, el almuerzo era su 
única comida. Ya no se reía con su risa infantil; se había vuelto huraño, y no recibía 
visitas. Algunas veces, camino al jardín Botánico, se encontraba con Marius; no se 
hablaban; solamente se saludaban con la cabeza tristemente. Es doloroso, pero hay un 
momento en que la miseria separa hasta a los amigos. 
El señor Mabeuf sentía simpatía por Marius, porque era joven y suave. La juventud, 
cuando es suave, es para los viejos como un sol sin viento. 
Por la noche volvía del jardín Botánico a su casa para regar sus plantas y leer sus libros. 
El señor Mabeuf tenía por entonces muy cerca de los ochenta años. 
Una tarde recibió una singular visita. Estaba sentado en una piedra que tenía por banco 
en el jardín, y miraba con tristeza sus plantas secas que necesitaban urgente riego. Se 
dirigió encorvado y con paso vacilante al pozo; pero cuando cogió la soga no tuvo 
fuerzas ni aun para desengancharla. Entonces se volvió, y dirigió una mirada angustiosa 
al cielo, que se iba cubriendo de estrellas. 
-¡Estrellas por todas partes! -pensaba el anciano--: ¡Ni una pequeñísima nube! ¡Ni una 
lágrima de agua! 
Trató de nuevo de desenganchar la soga del pozo, pero no pudo. 
En aquel momento oyó una voz que decía: 
-Señor Mabeuf, ¿queréis que riegue yo el jardín? 
Vio salir de entre los matorrales a una jovencita delgada, que se puso delante de él 
mirándole sin parpadear. Más que un ser humano parecía una forma nacida del 
crepúsculo. 
Antes que el anciano hubiera podido responder una sílaba, aquella aparición de pies 
desnudos y ropa andrajosa había llenado la regadera. El ruido del agua en las hojas 
encantaba al señor Mabeuf; le parecía que el rododendro era por fin feliz. 
Vaciado el primer cubo, la muchacha sacó otro, y después un tercero, y así regó todo el 
jardín. 
Cuando hubo concluido, el señor Mabeuf se aproximó a ella con lágrimas en los ojos. 
-Dios os bendiga -dijo-, sois un ángel porque tenéis piedad de las flores. 
-No -respondió ella-, soy el diablo, pero me es igual. 
El viejo exclamó sin esperar ni oír la respuesta: 
-¡Qué lástima que yo sea tan desgraciado y tan pobre, y que no pueda hacer nada por 
vos! 
-Algo podéis hacer -dijo ella-. Decidme dónde vive el señor Marius. 
-¿Qué señor Marius? 
-Un joven que venía a veros hace tiempo atrás. 
El señor Mabeuf había ya registrado su memoria, y contestó: 
-¡Ah! sí... ya sé. El señor Marius... el barón de Pontmercy, vive... o más bien dicho no 
vive ya... vaya, no lo sé. 
Mientras hablaba se había inclinado para sujetar una rama del rododendro. 
-Esperad -continuó-; ahora me acuerdo. Va mucho al Campo de la Alondra. Id por allí, 
y no será difícil que lo encontréis. 
Cuando el señor Mabeuf se enderezó ya no había nadie; la joven había desaparecido. 
IV 
Aparición a Marius 
Algunos días después, Marius había ido a pasearse un rato antes de ir a dejar la moneda 
para Thenardier. Era lo que hacía siempre. Apenas se levantaba, se sentaba delante de un 
libro y una hoja de papel para concluir alguna traducción; trataba de escribir y no podía y 
se levantaba de la silla, diciendo: "Voy a salir un rato, así me darán ganas de trabajar". Y 
se iba al Campo de la Alondra. 
Esa mañana, en medio del arrobamiento con que iba pensando en Ella mientras 
paseaba, oyó una voz conocida que decía: 
-¡Al fin, ahí está! 
Levantó los ojos y reconoció a la hija mayor de Thenardier, Eponina. Llevaba los pies 
descalzos a iba vestida de harapos. Tenía la misma voz ronca, la misma mirada insolente. 
Además, oscurecía su rostro ese miedo que añade la prisión o la miseria. 
Llevaba algunos restos de paja en los cabellos, no como Ofelia por haberse vuelto loca 
con el contagio de la locura de Hamlet, sino porque había dormido en algún pajar. Y a 
pesar de todo, estaba hermosa. 
Se quedó algunos momentos en silencio. 
-¡Os encontré! -dijo por fin-. Tenía razón el señor Mabeuf. ¡Si supieseis cuánto os he 
buscado! ¿Sabéis que he estado en la cárcel quince días? Me soltaron por no haber nada 
contra mí, y porque además no tenía edad de discernimiento. ¡Oh, cómo os he buscado 
desde hace seis semanas! ¿Ya no vivís allá? 
-No -dijo Marius. 
-¡Oh! Ya comprendo. A causa de aquello. ¿Dónde vivís ahora? 
Marius no respondió. 
-Parece que no os alegráis de verme. Y, sin embargo, si quisiera os obligaría a estar 
contento. 
-¿Contento -preguntó Marius-, qué queréis decir? 
-¡Ah! ¡Antes me llamabais de tú! 
-Pues bien; ¿qué quieres decir? 
Eponina se mordió el labio, parecía dudar como si fuera presa de una lucha interior; por 
fin, pareció decidirse. 
-Bueno, peor para mí, qué vamos a hacer. Estáis triste y quiero que estéis contento. 
¡Pobre señor Marius! Ya sabéis, me habéis prometido que me daríais todo lo que yo 
quisiera... 
-¡Sí, pero habla de una vez! 
Ella miró a Marius fijamente a los ojos y le dijc 
-¡Tengo la dirección! 
Marius se puso pálido. Toda su sangre refluyó al corazón. 
-¿Qué dirección? 
-Ya sabéis, las señas de la señorita. 
Y así que pronunció esta palabra, suspiró profundamente. 
Marius le cogió violentamente la mano. 
-¡Llévame! ¡Pídeme todo lo que quieras! ¿Dónde es? 
-Venid conmigo. No sé bien la calle ni el número; es al otro extremo, pero conozco 
bien la casa. 
Retiró entonces la mano, y dijo en un tono que hubiera lacerado el corazón de un 
observador, pero que no llamó la atención de Marius, embriagado y loco de felicidad: 
-¡Ah! ¡Qué contento estáis ahora! 
Una nube pasó por la frente de Marius. 
-¡ Júrame una cosa! -dijo cogiendo a Eponina del brazo. 
-¡Jurar! -dijo ella-; ¿qué quiere decir eso? ¡Vaya! ¿Queréis que jure? 
Y se echó a reír. 
-¡Tu padre! ¡Prométeme, Eponina, júrame que no darás esa dirección a lo padre! 
Eponina se volvió hacia él con una mirada de asombro. 
-¿Cómo sabéis que me llamo Eponina? 
-¡Respóndeme, en nombre del cielo! ¡ Júrame que no se lo dirás a lo padre! 
-¡Mi padre! ¡Ah, sí, mi padre! Estad tranquilo. Está preso a incomunicado. 
-¿Pero no me lo prometes? -exclamó Marius. 
-¡Sí, sí os lo prometo! ¡Os lo juro! ¡Qué me importa! ¡No diré nada a mi padre! 
-Ni a nadie -dijo Marius. 
-Ni a nadie. 
-Ahora, llévame. 
-Venid. ¡Oh, qué contento está! -dijo la joven. 
A los pocos pasos se detuvo. 
-Me seguís muy de cerca, señor Marius. Dejadme ir delante de vos y seguidme así no 
más, como si tal cosa. No deben ver a un caballero como vos con una mujer como yo. 
Ningún idioma podría expresar lo que encerraba la palabra mujer dicha así por aquella 
niña. Dio unos pasos, y se detuvo otra vez. 
-A propósito, ¿recordáis que habéis prometido una cosa? 
Marius registró el bolsillo. No poseía en el mundo más que los cinco francos destinados 
a Thenardier; los sacó, y los puso en la mano de Eponina. 
Ella abrió los dedos, dejó caer la moneda al suelo, y dijo mirando a Marius con aire 
sombrío: 
-No quiero vuestro dinero. 

La casa del secreto 
En el mes de octubre de 1829, un hombre de cierta edad había alquilado una casa en la 
calle Plumet y se había instalado allí con una jovencita y una anciana criada. Los vecinos 
no murmuraban nada, por la sencilla razón de que no los había. 
Este inquilino tan silencioso era Jean Valjean, y la joven, Cosette. La criada era una 
solterona llamada Santos, vieja, provinciana y tartamuda; tres cualidades que habían 
determinado a Jean Valjean a tomarla a su servicio. Había alquilado la casa con el 
nombre del señor Ultimo Fauchelevent, rentista. 
¿Por qué había abandonado Jean Valjean el convento del Pequeño Picpus? ¿Qué había 
sucedido? Nada había sucedido. 
Un día se dijo que Cosette tenía derecho a conocer el mundo antes de renunciar a él; 
que privarla de antemano y sin consultarla de todos los goces, bajo el pretexto de salvarla 
de todas las pruebas, y aprovecharse de su ignorancia y de su aislamiento para hacer 
germinar en ella una vocación artificial, sería desnaturalizar una criatura humana, y 
engañar a Dios. Se resolvió, pues, a abandonar el convento. 
Cinco años de encierro y de desaparición entre aquellas cuatro paredes habían destruido 
a dispersado necesariamente los elementos de temor; podía volver con tranquilidad a 
vivir entre los hombres; había envejecido, y estaba cambiado. ¿Quién había de 
reconocerlo ahora? Y aun en el peor caso, sólo corría peligro por sí mismo, y no tenía 
derecho para condenar a Cosette al claustro por la razón de que él había sido condenado a 
presidio. Por otra parte, ¿qué es el peligro ante el deber? Y por último, nada le impedía 
ser prudente, y tomar sus precauciones. 
En cuanto a la educación de Cosette, estaba casi terminada y era bastante completa. 
Jean Valjean, después de decidirse, sólo esperó una ocasión, y no tardó ésta en 
presentarse: el viejo Fauchelevent murió. 
Jean Valjean pidió audiencia a la reverenda priora, y le dijo que habiendo recibido a la 
muerte de su hermano una modesta herencia que le permitía vivir sin trabajar, pensaba 
dejar el servicio del convento y llevarse a su nieta; pero que, como no era justo que 
Cosette no pronunciando el voto hubiese sido educada gratuitamente, con humildad 
suplicaba a la reverenda priora le permitiese ofrecer a la comunidad una suma de cinco 
mil francos, como indemnización de los cinco años que Cosette había pasado en el 
convento. 
Jean Valjean no salió al aire libre sin experimentar una profunda ansiedad. 
Descubrió la casa de la calle Plumet y allí se quedó; al mismo tiempo alquiló otras dos 
casas en París, con objeto de atraer la atención menos que viviendo siempre en el mismo 
barrio, y de no encontrarse desprevenido, como la noche en que se escapó tan 
milagrosamente de Javert. Estas otras casas eran dos edificios feos y de aspecto pobre, en 
dos barrios muy separados uno de otro; uno en la calle del Oeste, y otro en la del 
Hombre Armado. Iba de cuando en cuando ya a la una o a la otra a pasar un mes o seis 
semanas con Cosette. Y así tenía tres casas en París para huir de la policía. 
VI 
Jean Valjean, guardia nacional 
El señor Fauchelevent, rentista, era guardia nacional; no había podido escaparse de las 
apretadas redes del censo de 1831. El empadronamiento municipal llegó en aquella época 
hasta el convenlo del Pequeño Picpus, de donde Ultimo Fauchelevent había salido 
intachable a los ojos del alcalde, y por consiguiente digno de hacer guardias. 
Jean Valjean se ponía el uniforme y entraba de guardia tres o cuatro veces al año, y lo 
hacía con gusto, porque el uniforme era para él un correcto disfraz que lo mezclaba con 
todo el mundo. Acababa de cumplir sesenta años, edad de la exención legal, pero no 
aparentaba más de cincuenta; no tenía estado civil; ocultaba su nombre, ocultaba su edad, 
ocultaba su identidad, lo ocultaba todo; y como hemos dicho, era un guardia nacional de 
buena voluntad. Toda su ambición era asemejarse a cualquiera que pagase sus 
contribuciones. El ideal de este hombre era, en lo interior, el ángel, y en lo exterior, el 
burgués. 
Cuando salía con Cosette, se vestía como ya lo hemos visto antes y parecía un militar 
retirado. Cuando salía solo, comúnmente por la noche, usaba siempre una chaqueta y un 
pantalón de obrero y una gorra que le ocultaba el rostro. ¿Era precaución o humildad? 
Ambas cosas a la vez. 
Cosette estaba acostumbrada ya al aspecto enigmático de su destino, y apenas notaba 
las rarezas de su padre. En cuanto a Santos, veneraba a Jean Valjean y hallaba bueno todo 
lo que hacía. 
Ninguno de los tres entraban o salían más que por la puerta trasera que daba a la calle 
de Babilonia; de modo que, de no verlos por la verja del jardín, era difícil adivinar que 
vivían en la calle Plumet. Esta verja estaba siempre cerrada, y Jean Valjean dejó el jardín 
sin cultivar para que no llamara la atención. Tal vez se equivocó. 
Este jardín, abandonado a sí mismo por más de medio siglo, se había transformado en 
algo extraordinario y encantador. Los que pasaban frente a esa antigua verja cerrada con 
candado, se detenían a contemplar aquella verde espesura. 
Había un banco de piedra en un rincón y dos o tres estatuas enmohecidas. La naturaleza 
había invadido todo; las zarzas subían por los troncos de los árboles cuyas ramas bajaban 
hasta el suelo; ramillas, troncos, hojas, sarmientos, espinas, todo se entremezclaba en este 
apogeo de la maleza, y hacía que en un pequeño jardín parisiense reinara la majestad de 
un bosque virgen. 
En este entorno, Jean Valjean y Cosette vivían felices. Jean Valjean arregló la casa para 
Cosette, que vivía allí con Santos, con todas las comodidades, y él se instaló en la 
habitación del portero, que estaba situada aparte, en el patio trasero. 
VII 
La rosa descubre que es una máquina de guerra 
Cosette adoraba a su padre con toda el alma. 
Como él no vivía dentro de la casa ni iba al jardín, a ella le gustaba más pasar el día en 
el patio de atrás, en esa habitación sencilla, que en el salón lleno de muebles finos. 
El le decía a veces, dichoso de que lo importunara: 
-¡Ya, ándate a la casa, déjame en paz solo un rato! 
Ella solía reprenderlo, como se impone una hija al padre: 
-¡Hace tanto frío en vuestra casa! ¿Por qué no ponéis una alfombra y una estufa? 
-Niña mía, hay tanta gente mejor que yo que no tiene ni un techo sobre su cabeza. 
-¿Entonces por qué yo tengo siempre fuego en la chimenea? 
-Porque eres mujer, y eres una niña. 
Otra vez le dijo: 
-Padre, ¿por qué coméis ese pan tan malo? 
-Porque sí, hija mía. 
-Entonces, si vos lo coméis, yo también lo comeré. 
De modo que para que Cosette no comiera pan negro, Jean Valjean comenzó a comer 
pan blanco. 
Ella no recordaba a su madre, ni siquiera sabía su nombre, de modo que todo su amor 
se volcaba en este padre bondadoso. Y él era dichoso. 
Cuando salía con él, la niña se apoyaba en su brazo, orgullosa, feliz. El pobre hombre 
se estremecía inundado de una dicha angelical; se decía que esto duraría toda la vida; 
pensaba que no había sufrido lo suficiente para merecer tanta felicidad, y agradecía a 
Dios en el fondo de su alma por haberle permitido ser amado por este ser inocente. 
Un día Cosette se miró por casualidad al espejo, y le pareció que era bonita, lo cual la 
turbó mucho, pues había oído decir que era fea. Otra vez, yendo por la calle, le pareció 
oír a uno, a quien no pudo ver, que decía detrás de ella: Linda muchacha, pero muy mal 
vestida. "¡Bah! -pensó ella-, no lo dice por mí. Yo soy fea, y voy bien vestida." Y no se 
miró más al espejo. 
Una mañana estaba en el jardín y oyó que Santos decía: 
-Señor, ¿no habéis observado qué bonita se va poniendo la señorita? 
Cosette subió a su cuarto, corrió al espejo y dio un grito de asombro. 
¡Era linda! Su tipo se había formado, su cutis había blanqueado, y sus cabellos 
brillaban; un esplendor desconocido se había encendido en sus ojos azules. 
Jean Valjean, por su parte, experimentaba una profunda a indefinible opresión en su 
corazón. 
Era que, en efecto, desde hacía algún tiempo, contemplaba con terror aquella belleza 
que se presentaba cada día más esplendorosa. Comprendió que aquello era un cambio en 
su vida feliz, tan feliz, que no se atrevía a alterarla en nada por temor a perder algo. 
Aquel hombre que había pasado por todas las miserias; que aún estaba sangrando por las 
heridas que le había hecho el destino; que había sido casi malvado y que había llegado a 
ser casi santo; aquel hombre a quien la ley no había perdonado todavía y que podía en 
cualquier momento ser devuelto a la prisión, lo aceptaba todo, lo disculpaba todo, lo 
perdonaba todo, lo bendecía todo, tenía benevolencia para todo, y no pedía a la 
Providencia, a los hombres, a las leyes, a la sociedad, a la Naturaleza, al mundo, más que 
una cosa: ¡que Cosette siguiera amándolo! ¡Que Dios no le impidiese llegar al corazón de 
aquella niña y permanecer en él! Si Cosette lo amaba, se sentía sanado, tranquilo, en paz, 
recompensado, coronado. Si Cosette lo amaba era feliz; ya no pedía más. 
Nunca había sabido lo que era la belleza de una mujer; pero por instinto comprendía 
que era una cosa terrible. 
Jean Valjean desde el fondo de su fealdad, de su vejez, de su miseria, de su opresión, 
miraba asustado aquella belleza que se presentaba cada día más triunfante y soberbia a su 
lado, a su vista. Y se decía: "¡Qué hermosa es! ¿Qué va a ser de mí?" En esto estaba la 
diferencia entre su ternura y la ternura de una madre; lo que él veía con angustia, lo 
habría visto una madre con placer. 
No tardaron mucho en manifestarse los primeros síntomas. 
Desde el día siguiente a aquel en que Cosette se había dicho: "Parece que soy bonita", 
recordó lo que había dicho el transeúnte: "Bonita, pero mal vestida". De inmediato 
aprendió la ciencia del sombrero, del vestido, de la bota, de los manguitos, de la tela de 
moda, del color que mejor sienta; esa ciencia que hace a la mujer parisiense tan 
seductora, tan profundamente peligrosa. 
El primer día que Cosette salió con un vestido nuevo y un sombrero de crespón blanco, 
se cogió del brazo de Jean Valjean alegre, radiante, sonrosada, orgullosa, esplendorosa. 
-Padre -dijo-, ¿cómo me encontráis? 
El respondió con una voz semejante a la de un envidioso: 
-¡Encantadora! 
Desde aquel momento observó que Cosette quería salir siempre y no tenía ya tanta 
afición al patio interior; le gustaba más estar en el jardín, y pasearse por delante de la 
verja. En esta época fue cuando Marius, después de pasados seis meses, la volvió a ver en 
el Luxemburgo. 
VIII 
Empieza la batalla 
En ese instánte en que Cosette dirigió, sin saberlo, aquella mirada que turbó a Marius, 
éste no sospechó que él dirigió otra mirada que turbó también a Cosette, haciéndole el 
mismo mal y el mismo bien. 
Hacía ya algún tiempo que lo veía y lo examinaba, como las jóvenes ven y examinan, 
mirando hacia otra parte. Marius encontraba aún fea a Cosette, cuando Cosette 
encontraba ya hermoso a Marius. Pero, como él no hacía caso de ella, este joven le era 
muy indiferente. 
El día en que sus ojos se encontraron y se dijeron por fin bruscamente esas primeras 
cosas oscuras a inefables que balbucea una mirada, Cosette no las comprendió al 
momento. Volvió pensativa a la casa de la calle del Oeste donde habían ido a pasar seis 
semanas. 
Aquel día la mirada de Cosette volvió loco a Marius, y la mirada de Marius puso 
temblorosa a Cosette. Marius se fue contento. Cosette inquieta. Desde aquel instante se 
adoraron. 
Todos los días esperaba Cosette con impaciencia la hora del paseo; veía a Marius, 
sentía una felicidad indecible, y creía expresar sinceramente todo su pensamiento con 
decir a Jean Valjean: ¡Qué delicioso jardín es el Luxemburgo! 
Marius y Cosette no se hablaban, no se saludaban, no se conocían: se veían y, como los 
astros en el cielo que están separados por millones de leguas, vivían de mirarse. 
De este modo iba Cosette haciéndose mujer, bella y enamorada, con la conciencia de su 
hermosura y la ignorancia de su amor. 
IX 
A tristeza, tristeza y media 
La sabia y eterna madre Naturaleza advertía sordamente a Jean Valjean la presencia de 
Marius; y Jean Valjean temblaba en lo más oscuro de su pensamiento; no veía nada, no 
sabía nada, y consideraba, sin embargo, con obstinada atención las tinieblas en que 
estaba, como si sintiera por un lado una cosa que se construyera, y por otro una cosa que 
se derrumbara. Marius, advertido también, y lo que es la profunda ley de Dios, por la 
misma madre Naturaleza, hacía todo lo que podía por ocultarse del padre. Sus ademanes 
no eran del todo naturales. Se sentaba lejos, y permanecía en éxtasis; llevaba un libro, y 
hacía que leía: ¿por qué hacía que leía? Antes iba con su levita vieja, y ahora llevaba 
todos los días el traje nuevo; tenía ojos picarescos, y usaba guantes. En una palabra, Jean 
Valjean lo detestaba cordialmente. 
Un día no pudo contenerse y dijo: 
-¡Qué aire tan pedante tiene ese joven! 
Cosette el año anterior, cuando era niña indiferente, hubiera respondido: 
-No, padre, es un joven simpático. 
En el momento de la vida y del estado de corazón en que se encontraba, se limitó a 
contestar con una calma suprema, como si lo mirara por primera vez en su vida: 
-¿Ese joven? 
-¡Qué estúpido soy! -pensó Jean Valjean-. Cosette no se había fijado en él. 
¡Oh, inocencia de los viejos! ¡Oh, profundidad de la juventud! 
Jean Valjean empezó contra Marius una guerrilla que éste, con la sublime estupidez de 
su pasión y de su edad, no adivinó. Le tendió una serie de emboscadas; Marius cayó de 
cabeza en todas. Mientras tanto Cosette seguía encerrada en su aparente indiferencia y en 
su imperturbable tranquilidad; tanto, que Jean Valjean sacó esta conclusión: Ese necio 
está enamorado locamente de Cosette, pero Cosette ni siquiera sabe que existe. 
Mas no por esto era menor la agitación dolorosa de su corazón. De un instante a otro 
podía sonar la hora en que Cosette empezara a amar. ¿No empieza todo por la 
indiferencia? ¿Qué viene a buscar ese joven? ¿Una aventura? ¿Qué quiere? ¿Un amorío? 
¡Un amorío! ¡Y yo! ¿Qué? ¡Habré sido primero el hombre más miserable, y después el 
más desgraciado! ¡Habré pasado sesenta años viviendo de rodillas; habré padecido todo 
lo que se puede padecer; habré envejecido sin haber sido joven; habré vivido sin familia, 
sin padres, sin amigos, sin mujer, sin hijos; habré dejado sangre en todas las piedras, en 
todos los espinos, en todas las esquinas, en todas las paredes; habré sido bueno, aunque 
hayan sido malos conmigo; me habré hecho bueno, a pesar de todo; me habré arrepentido 
del mal que he hecho, y habré perdonado el que me han causado; y en el momento en que 
recibo mi recompensa, en el momento que toco el fin, en el momento que tengo lo que 
quiero, que es bueno, que lo he pagado, y lo he ganado, desaparecerá todo, se me irá de 
las manos, perderé a Cosette, y perderé mi vida, mi alegría, mi alma, porque a un necio le 
haya gustado venir a vagar por el Luxemburgo! 
Cuando supo que Marius había hecho preguntas al portero de su casa, se mudó, 
prometiéndose no volver a poner los pies en el Luxemburgo ni en la calle del Oeste; y se 
volvió a la calle Plumet. 
Cosette no se quejó, no dijo nada, no preguntó nada, no trató de saber ningún por qué; 
estaba ya en el período en que se teme ser descubierta y vendida. Jean Valjean no tenía 
experiencia en ninguna de estas miserias, lo cual fue causa de que no comprendiera el 
grave significado del silencio de Cosette. Solamente observó que estaba triste y se puso 
sombrío. Por una y otra parte dominaba la inexperiencia. 
Un día hizo una prueba y preguntó a Cosette: 
-¿Quieres venir al Luxemburgo? 
Un rayo iluminó el pálido rostro de Cosette. 
-Sí -contestó. 
Fueron. Habían pasado tres meses. Marius no iba ya; Marius no estaba allí. 
Al día siguiente, Jean Valjean volvió a decir a Cosette: 
-¿Quieres venir al Luxemburgo? 
Y respondió triste y dulcemente: 
-No. 
Jean Valjean quedó dolorido por esa tristeza, y lastimado por esa dulzura. ¿Qué pasaba 
en aquella alma tan joven todavía, y tan impenetrable ya? ¿Qué transformación se estaba 
verificando en ella? ¿Qué sucedía en el alma de Cosette? En aquellos momentos, ¡qué 
miradas tan dolorosas volvía hacia el claustro! ¡Cómo se lamentaba de su abnegación y 
de su demencia de haber vuelto a Cosette al mundo, pobre héroe del sacrificio, cogido y 
derribado por su mismo desinterés! "¿Qué he hecho?", se decía. 
Por lo demás, Cosette ignoraba todo esto. Jean Valjean no tenía para ella peor humor ni 
más rudeza; siempre la misma fisonomía serena y buena; sus modales eran más tiernos, 
más paternales que nunca. 
Cosette, por su parte, iba decayendo de ánimo. En la ausencia de Marius, padecía, como 
había gozado en su presencia sin explicárselo. 
-¿Qué tienes? -preguntaba algunas veces Jean Valjean. 
-No tengo nada. Y vos, padre, ¿tenéis algo? 
-¿Yo? Nada. 
Aquellos dos seres que se habían amado tanto, y con tan tierno amor, y que habían 
vivido por tanto tiempo el uno para el otro, padecían ahora cada cual por su lado, uno a 
causa del otro; sin culparse mutuamente, y sonriendo. 

Socorro de abajo puede ser socorro de arriba 
Una tarde, el pequeño Gavroche no había comido y recordó que tampoco había cenado 
el día anterior, lo que era ya un poco cansador. Tomó, pues, la resolución de buscar algún 
medio de cenar. Se fue a dar vueltas más allá de la Salpétrière, por los sitios desiertos, 
donde suele encontrarse algo; y así llegó hasta unas casuchas que le parecieron ser el 
pueblecillo de Austerlitz. 
En uno de sus anteriores paseos había visto allí un jardín cuidado por un anciano y 
donde crecía un buen manzano. Una manzana es una cena, una manzana es la vida. Lo 
que perdió a Adán podía salvar a Gavroche. 
Se dirigió entonces hacia el jardín; reconoció el manzano, identificó la fruta, y examinó 
el seto; se aprestaba a saltarlo, pero se detuvo de repente. Escuchó voces en el jardín, y se 
puso a mirar por un hueco. 
A dos pasos de él, al otro lado del seto, estaba sentado el viejo dueño del jardín, y 
delante de él había una anciana que refunfuñaba. 
Gavroche, que era poco discreto, escuchó. 
-¡Señor Mabeuf! -decía la vieja. 
-¡Mabeuf -pensó Gavroche-; ese nombre es un chiste. 
El viejo, sin levantar la vista, respondió: 
-¿Qué pasa, señora Plutarco? 
-¡Señora Plutarco! -pensó Gavroche-. Otro chiste. 
-El casero no está contento -dijo ella-. Se le deben tres plazos. 
-Dentro de tres meses se le deberán cuatro. 
-Dice que os echará a la calle. 
-Y me iré. 
-La tendera quiere que se le pague; ya no nos fía leña. ¿Con qué os calentaréis este 
invierno? No tendremos lumbre. 
-Hay sol. 
-El carnicero nos niega el crédito. 
-Está bien. Digiero mal la carne; es muy pesada. 
-¿Y qué comeremos? 
-Pan. 
-El panadero quiere que se le dé algo a cuenta, y dice que si no hay dinero, no hay pan. 
-Bueno. 
-¿Y qué comeremos? 
-Nos quedan las manzanas del manzano. 
-Pero, señor, no se puede vivir así, sin dinero. 
-¡Y si no lo tengo! 
La anciana se fue, y el anciano se quedó solo meditando. Gavroche meditaba por otro 
lado. Era ya casi de noche. 
El primer resultado de la meditación de Gavroche fue que en vez de escalar el seto, se 
acurrucó debajo, donde las ramas se separaban un poco en la parte baja de la maleza. 
Estaba casi afirmado contra el banco del señor Mabeuf. 
-¡Qué buena alcoba! -murmuró. 
La calle formaba una línea pálida entre dos filas de espesos arbustos. 
De repente, en. esa línea blanquecina, aparecieron dos sombras. Una iba delante y la 
otra algunos pasos detrás. 
-¡Vaya, dos personajes! -susurró Gavroche. 
La primera sombra parecía la de algún viejo encorvado y pensativo, vestido con 
sencillez, que andaba con lentitud a causa de la edad, y que paseaba a la luz de las 
estrellas. 
La segunda era recta, firme, delgada. Acomodaba su paso al de la primera; pero en la 
lentitud voluntaria de la marcha se descubría la esbeltez, la agilidad, la elegancia de 
aquella sombra. Levita impecable, fino pantalón. Por debajo del sombrero se entreveía en 
el crepúsculo el pálido perfil de un adolescente. Tenía una rosa en la boca. 
Esta segunda sombra era conocida de Gavroche: era Montparnasse, el bandido de 
Patrón-Minette, el amigo de Thenardier. 
En cuanto a la otra, sólo podía decir que era un anciano. 
Gavroche se puso al momento a observar. Uno de los dos tenía evidentemente 
proyectos sobre el otro y Gavroche estaba muy bien situado para ver el resultado. 
Montparnasse de cacería, a aquella hora y en aquel lugar, era algo amenazador. 
Gavroche sentía que su corazón de pilluelo se conmovía de lástima por el viejo. 
Pero ¿qué hacer? ¿Intervenir? ¿Había de socorrer una debilidad a otra? Sería sólo dar 
motivo para que se riera Montparnasse. Gavroche sabía muy bien que para aquel terrible 
bandido de dieciocho años, el viejo primero, y el niño después, eran dos buenos bocados. 
Mientras que Gavroche deliberaba, tuvo efecto el ataque brusco y tremendo. 
Montparnasse de súbito tiró la rosa, saltó sobre el viejo y le agarró del cuello. Un 
momento después, uno de estos hombres estaba debajo del otro, rendido, jadeante, 
forcejeando, con una rodilla de mármol sobre el pecho. Sólo que no había sucedido lo 
que Gavroche esperaba. El que estaba en tierra era Montpernasse; el que estaba encima 
era el viejo. Todo esto ocurría a algunos pasos de Gavroche. 
Quedó todo en silencio. Montparnasse cesó de forcejear, y Gavroche se dijo: ¡Estará 
muerto! 
El viejo no había pronunciado una palabra, ni lanzado un grito; se levantó, y Gavroche 
oyó que decía a Montparnasse: 
-Párate. 
Montparnasse se levantó, sin que el viejo lo soltara; tenía la actitud humillada y furiosa 
de un lobo mordido por un cordero. 
Gavroche miraba y escuchaba; se divertía a morir. 
El viejo preguntaba y Montparnasse respondía. -¿Qué edad tienes? 
-Diecinueve años. 
-Eres fuerte, ¿por qué no trabajas? 
-Porque me aburre. 
-¿Qué eres? 
-Holgazán. 
-¿Puedo hacer algo por ti? ¿Qué quieres ser? 
-Ladrón. 
Mirando fijamente a Montparnasse, el viejo elevó con suavidad la voz y le dirigió en 
aquella sombra en que estaban una especie de sermón solemne, del que Gavroche no 
perdió ni una slaba. 
-Hijo mío: tú entras por pereza en la existencia más laboriosa. ¡Ah! Tú lo declaras 
holgazán, pues prepárate a trabajar. No has querido tener el honrado cansancio de los 
hombres, tendrás el sudor de los condenados. Donde los demás canten, tú gruñirás. Verás 
de lejos trabajar a los demás hombres, y lo parecerá que descansan. Para salir a la calle, 
cualquiera no tiene que hacer más que bajar la escalera, pero tú romperás las sábanas, 
harás con sus tiras una cuerda, pasarás por la ventana, lo suspenderás colgado de ese hilo 
sobre un abismo, de noche, en medio de la tempestad, en medio de la lluvia, en medio del 
huracán, y si la cuerda es corta, sólo encontrarás un medio de bajar: tirarte. Tirarte a 
ciegas en el precipicio, desde una altura cualquiera a lo desconocido. ¡Ah! ¡No lo gusta 
trabajar! No tienes más que un pensamiento: beber bien, comer bien, dormir bien. Pues 
beberás agua, comerás pan negro, dormirás en una tabla con una cadena ceñida a tus 
piernas. Romperás esa cadena y huirás. Bien; pero lo arrastrarás entre las matas y 
comerás hierba como los animales del monte. Y volverás a caer preso; y entonces pasarás 
los años en una mazmorra. Quieres lucir buena ropa, zapatos lustrosos, pelo rizado, usar 
en la cabeza perfumes, agradar a las jóvenes, ser elegante; pues bien, lo cortarán el pelo 
al rape, lo pondrás una chaqueta roja y unos zuecos. Quieres llevar sortijas en los dedos, 
y tendrás una argolla al cuello; y si miras a una mujer, lo darán un palo. Entrarás allí a los 
veinte años, y saldrás a los cincuenta. Entrarás joven, sonrosado, fresco, con ojos 
brillantes, dientes blancos, y hermosa cabellera, saldrás cascado, encorvado, lleno de 
arrugas, sin dientes, horrible, y con el pelo blanco. ¡Ah, pobre niño!, lo equivocas; la 
holgazanería lo aconseja mal; el trabajo más rudo es el robo. Créeme, no emprendas la 
penosa profesión del perezoso; no es cómodo ser ratero. Menos malo es ser hombre 
honrado. Anda ahora, y piensa en lo que lo he dicho. Pero, ¿qué querías? ¿Mi bolsa? 
Aquí la tienes. 
Y el viejo, soltando a Montparnasse, le puso en la mano su bolsa, a la que 
Montparnasse tomó el peso; después de lo cual, con la misma precaución maquinal que si 
la hubiese robado, la dejó caer suavemente en el bolsillo de atrás de su pantalón. 
Hecho esto, el anciano volvió la espalda, y siguió su paseo. 
-¡Viejo imbécil! -murmuró Montparnasse. 
¿Quién era aquel viejo? El lector lo habrá adivinado sin duda. 
Montparnasse, estupefacto, miró cómo desaparecía en el crepúsculo; pero esta 
contemplación le fue fatal. 
Mientras que el viejo se apartaba, Gavroche se aproximaba. 
Saliendo de la maleza, se arrastró en la sombra por detrás de Montparnasse que seguía 
inmóvil. Así llegó hasta él sin ser visto ni oído. Metió suavemente la mano en el bolsillo 
de atrás de su pantalón, cogió la bolsa, retiró la mano y volviendo a la rastra, hizo en la 
oscuridad una evolución de culebra. Montparnasse, que no tenía motivo para estar en 
guardia, y que meditaba quizás por primera vez en su vida, no notó nada. Gavroche, así 
que llegó donde estaba el señor Mabeuf, tiró la bolsa por encima del seto, y huyó a todo 
correr. 
La bolsa cayó a los pies del señor Mabeuf. El ruido lo despertó; se inclinó, la cogió y la 
abrió sin comprender nada. Era una bolsa que contenía seis napoleones. El señor Mabeuf, 
muy asustado, la llevó a su criada. 
-Esto viene del cielo -dijo la tía Plutarco. 
LIBRO TERCERO 
Cuyo fin no se parece al principio 

Miedos de Cosette 
En el jardín de la calle Plumet y cerca de la verja, había un banco de piedra defendido 
de las miradas de los curiosos por un enrejado de cañas. 
Una tarde de ese mismo mes de abril había salido Jean Valjean; Cosette, después de 
puesto el sol, fue al jardín y se sentó en el banco de piedra. Sintiendo refrescar el viento 
que penetraba entre los árboles, Cosette meditaba. Esa tristeza invencible que trae el 
atardecer iba apoderándose poco a poco de ella. Acaso Fantina la rondaba desde la 
sombra. 
Cosette se levantó, dio lentamente una vuelta por el jardín sobre la hierba mojada de 
rocío.Después volvió al banco. 
En el momento en que iba a sentarse, observó en el sitio que había ocupado recién, una 
gran piedra que no estaba antes. 
Contempló aquella piedra preguntándose qué significaba. Pero, de repente, la idea de 
que aquella piedra no se había ido sola al banco, de que alguien la había puesto allí, de 
que un brazo había pasado a través de la verja, le dio miedo; un miedo verdadero esta vez 
porque la piedra estaba allí, y no era posible dudar como en otras ocasiones cuando le 
pareció divisar siluetas cerca del jardín. No la tocó y huyó sin atreverse a mirar hacia 
atrás, se refugió en la casa y cerró en seguida con cerrojos la puerta-ventana. 
Al día siguiente, después de una noche de pesadillas, el sol que entraba por las junturas 
de los postigos la tranquilizó de tal manera que todo se borró de su imaginación; hasta la 
piedra. 
Se vistió, bajó al jardín, corrió al banco, y sintió un sudor frío. La piedra estaba allí. 
Pero aquello sólo duró un momento; lo que es miedo de noche es curiosidad de día. 
Levantó la piedra, que era bastante grande. Debajo había un sobre. Contenía un 
cuadernillo de hojas numeradas, en cada una de las cuales había algunas líneas escritas 
con una letra que le pareció a Cosette bonita y elegante. 
Buscó un nombre, pero no lo había; buscó una firma, tampoco la había. ¿A quién iba 
dirigido? A ella probablemente, ya que una mano había depositado aquel paquete en su 
banco. ¿De quién venía? 
Una fascinación irresistible se apoderó de ella; trató de separar los ojos de aquellos 
papeles que temblaban en su mano, miró al cielo, a la calle, a las acacias llenas de luz, a 
las palomas que volaban sobre un tejado cercano, y después se dijo que debía leer lo que 
contenía. 
II 
Un corazón bajo una piedra 
Comenzaba así: 
"La reducción del Universo a un solo ser, la dilatación de un solo ser hasta Dios; esto es 
el amor. ¡Qué triste está el alma cuando está triste por el amor! 
¡Qué vacío tan inmenso es la ausencia del ser que llena el mundo! ¡Oh! ¡Cuán 
verdadero es que el ser amado se convierte en Dios! Basta una sonrisa vislumbrada para 
que el alma entre en el palacio de los sueños. 
Ciertos pensamientos son oraciones. Hay momentos en que cualquiera que sea la 
actitud del cuerpo, el alma está de rodillas. 
Los amantes separados engañan la ausencia con mil quimeras, que tienen, no obstante, 
su realidad. Se les impide verse; no pueden escribirse; pero tienen una multitud de 
medios misteriosos de correspondencia. Se envían el canto de los pájaros, el perfume de 
las flores, la risa de los niños, la luz del sol, los suspiros del viento, los rayos de las 
estrellas, toda la creación. ¿Y por qué no? Todas las obras de Dios están hechas para 
servir al amor. 
El amor es una parte del alma misma, es de la misma naturaleza que ella, es una chispa 
divina; como ella, es incorruptible, indivisible, imperecedero. Es una partícula de fuego 
que está en nosotros, que es inmortal a infinita, a la cual nada puede limitar, ni 
amortiguar. Se la siente arder hasta en la médula de los huesos, y se la ve brillar hasta en 
el fondo del cielo. 
¿Viene ella aún al Luxemburgo? No, señor. En esta iglesia oye misa, ¿no es verdad? No 
viene ya. ¿Vive todavía en esta casa? Se ha mudado. ¿Adónde ha ido a vivir? No lo ha 
dicho. 
¡Qué cosa tan triste es no saber dónde habita su alma! 
Los que padecéis porque amáis, amad más aún. Morir de amor es vivir. 
Vi en la calle a un joven muy pobre que amaba. Llevaba un sombrero roto, una levita 
vieja con los codos parchados; el agua entraba a través de sus zapatos, y los astros a 
través de su alma." 
Y así seguían sus pensamientos, página a página, para terminar diciendo: 
"Si no hubiera quien amase, se apagaría el sol". 
Mientras leía el cuaderno, Cosette iba cayendo poco a poco en un ensueño. Estaba 
escrito, pensaba, por la misma mano, pero con diversa tinta, ya negra, ya blanquecina, 
como cuando se acaba la tinta y se vuelve a llenar el tintero, y por consiguiente en 
distintos días. Era, pues, un pensamiento que se había derramado allí suspiro a suspiro, 
sin orden, sin elección, sin objeto, a la casualidad. Cosette no había leído nunca nada 
semejante. Aquel manuscrito en que se veía más claridad que oscuridad, le causaba el 
mismo efecto que un santuario entreabierto. Cada una de sus misteriosas líneas 
resplandecía a sus ojos y le inundaba el corazón de una luz extraña. Descubría en aquellas 
líneas una naturaleza apasionada, ardiente, generosa, honrada; una voluntad sagrada, un 
inmenso dolor y una esperanza inmensa; un corazón oprimido y un éxtasis manifestado. 
¿Y qué era aquel manuscrito? Una carta. Una carta sin señas, sin nombre, sin fecha, sin 
firma, apremiante y desinteresada. ¿Quién la había escrito? 
Cosette no dudó ni un minuto. Sólo un hombre. ¡El! 
¡Era él quien le escribía! ¡El, que estaba allí! ¡El, que la había encontrado! 
Entró en la casa y se encerró en su cuarto para volver a leer el manuscrito, para 
aprenderlo de memoria, y para pensar. Cuando lo hubo leído, lo besó y lo guardó. 
Pasó todo el día sumida en una especie de aturdimiento. 
III 
Los viejos desaparecen en el momento oportuno 
Cuando llegó la noche, salió Jean Valjean, y Cosette se vistió. Se peinó del modo que le 
sentaba mejor y se puso un bonito vestido. ¿Quería salir? No. ¿Esperaba una visita? No. 
Al anochecer bajó al jardín. Empezó a pasear bajo los árboles, separando de tanto en 
tanto algunas ramas con la mano porque las había muy bajas. 
Así llegó al banco. Se sentó, y puso su mano sobre la piedra, como si quisiese 
acariciarla y manifestarle agradecimiento. 
De pronto sintió esa sensación indefinible que se experimenta, aun sin ver, cuando se 
tiene alguien detrás. Volvió la cabeza y se levantó. Era él. 
Tenía la cabeza descubierta; parecía pálido y delgado. Tenía, bajo un velo de 
incomparable dulzura, algo de muerte y de noche. Su rostro estaba iluminado por la 
claridad del día que muere y por el pensamiento de un alma que se va. 
Cosette no dio ni un grito. Retrocedió lentamente, porque se sentía atraída. El no se 
movió. Cosette sentía la mirada de sus ojos, que no podía ver a través de ese velo inefable 
y triste que lo rodeaba. 
Cosette, al retroceder, encontró un árbol, y se apoyó en él; sin ese árbol se hubiera 
caído al suelo. Entonces oyó su voz, aquella voz que nunca había oído, que apenas 
sobresalía del susurro de las hojas, y que murmuraba: 
-Perdonadme por estar aquí, pero no podía vivir como estaba y he venido. ¿Habéis 
leído lo que dejé en ese banco? ¿Me reconocéis? No tengáis miedo de mí. ¿Os acordáis 
de aquel día, hace ya mucho tiempo, en que me mirasteis? Fue en el Luxemburgo, cerca 
del Gladiador. ¿Y del día que pasasteis cerca de mí? El l6 de junio y el 2 de julio. Va a 
hacer un año. Hace mucho tiempo que no os veía. Vivíais en la calle del Oeste, en un 
tercer piso; ya veis que lo sé. Yo os seguía. Después habéis desaparecido. Por las noches 
vengo aquí. No temáis; nadie me ve; vengo a mirar vuestras ventanas de cerca. Camino 
suavemente para que no lo oigáis, porque podríais tener miedo. Sois mi ángel, dejadme 
venir; creo que me voy a morir. ¡Si supieseis! ¡Os adoro! Perdonadme; os hablo, y no sé 
lo que os digo; os incomodo tal vez. ¿Os incomodo? 
-¡Oh, madre mía! -murmuró Cosette. Se le doblaron las piernas como si se muriera. 
El la cogió; ella se desmayaba; la tomó en sus brazos, la estrechó sin tener conciencia 
de lo que hacía, y la sostuvo temblando. Estaba perdido de amor. Balbuceó: 
-¿Me amáis, pues? 
Cosette respondió en una voz tan baja, que no era más que un soplo que apenas se oía: 
-¡Ya lo sabéis! 
Y ocultó su rostro lleno de rubor en el pecho del joven. 
No tenían ya palabras. Las estrellas empezaban a brillar. ¿Cómo fue que sus labios se 
encontraron? ¿Cómo es que el pájaro canta, que la nieve se funde, que la rosa se abre? 
Un beso; eso fue todo. 
Los dos se estremecieron, y se miraron en la sombra con ojos brillantes. 
No sentían ni el frío de la noche, ni la frialdad de la piedra, ni la humedad de la tierra, 
ni la humedad de las hojas; se miraban, y tenían el corazón lleno de pensamientos. Se 
habían cogido las manos sin saberlo. 
Poco a poco se hablaron. La expansión sucedió al silencio, que es la plenitud. La noche 
estaba serena y espléndida por encima de sus cabezas. Aquellos dos seres puros como dos 
espíritus, se lo dijeron todo: sus sueños, sus felicidades, sus éxtasis,,sus quimeras, sus 
debilidades; cómo se habían adorado de lejos, cómo se habían deseado, y su 
desesperación cuando habían cesado de verse. Se confiaron en una intimidad ideal, que 
ya nunca sería mayor, lo que tenían de más oculto y secreto. 
Cuando se lo dijeron todo, ella reposó su cabeza en el hombro de Marius, y le preguntó: 
-¿Cómo os llamáis? 
-Yo me llamo Marius. ¿Y vos? 
-Yo me llamo Cosette. 
LIBRO CUARTO 
El encanto y la desolación 

Travesuras del viento 
Desde 1823, mientras el bodegón de Montfermeil desaparecía poco a poco, no en el 
abismo de una bancarrota sino en la cloaca de las deudas pequeñas, los Thenardier habían 
tenido dos hijos varones; ahora eran cinco, dos mujeres y tres hombres, lo que fue 
demasiado para ellos. 
La Thenardier se deshizo de los dos últimos, cuando eran aún muy pequeños, con una 
singular facilidad. Su odio al género humano empezaba en sus hijos varones. ¿Por qué? 
Porque sí. 
Expliquemos cómo llegaron a librarse de estos hijos. Su gran amiga Magnon, que fuera 
criada del señor Gillenormand antes de Nicolasa, había conseguido sacarle al pobre viejo 
una buena pensión para sus dos hijos, haciéndole creer que era el padre. Pero en una 
epidemia murieron ambos en el mismo día. Esto fue un gran golpe, porque los niños 
representaban ochenta francos al mes para su madre. 
La Magnon buscó una solución. Ella necesitaba dos hijos; la Thenardier los tenía, de la 
misma edad y sexo, y le estorbaban. Fue un buen arreglo para las dos madres y así los 
niños Thenardier se convirtieron en riiños Magnon. 
La Thenardier exigió diez francos al mes por el préstamo de sus hijos, lo que fue 
aceptado y pagado regularmente. En tanto, el señor Gillenormand iba cada seis meses a 
ver a los niños, y no notó el cambio. 
-Señor -le decía la Magnon-, ¡cómo se parecen a vos! 
Thenardier, para evitar problemas, se convirtió en Jondrette. Sus dos hijas y Gavroche 
apenas habían tenido tiempo de notar que tenían dos hermanos. En cierto grado de 
miseria se apodera del alma una especie de indiferencia espectral y se ve a los seres como 
a ánimas en pena. 
Los dos niños tuvieron suerte, pues fueron criados como señoritos, y estaban mucho 
mejor que con su verdadera madre. La Magnon los cuidaba, los vestía bien y jamás decía 
ni una sola palabra en argot delante de ellos. 
Así pasaron algunos años. Pero la redada hecha en el desván de Jondrette repercutió en 
una parte de esa inmunda sociedad del crimen que vive oculta. La prisión de Thenardier 
trajo la prisión de la Magnon. 
Poco después de que ésta entregara a Eponina el mensaje relativo a la calle Plumet, se 
verificó en su barrio una repentina visita de la policía y la Magnon fue apresada. 
Los dos niños jugaban afuera y no se dieron cuenta. Al volver hallaron la puerta cerrada 
y la casa vacía. Un vecino les dio un papel que les dejara la madre, con una dirección a la 
que debían dirigirse. 
Los niños se alejaron, llevando el mayor el papel en la mano; hacía mucho frío, sus 
dedos hinchados se cerraban mal y apenas podían sostener el papel. Al dar vuelta la 
esquina se lo llevó una ráfaga de viento, y como caía la noche no pudieron encontrarlo. 
Se pusieron a vagar por las calles. 
II 
Gavroche saca partido de Napoleón el grande 
La primavera en París suele verse interrumpida por brisas ásperas y agudas que le dejan 
a uno por eso aterido de frío. Una tarde en que esas brisas soplaban rudamente, de modo 
que parecía haber vuelto el invierno y los parisienses se ponían nuevamente los  abrigos, 
el pequeño Gavroche, temblando alegre mente de frío bajo sus harapos, estaba parado y 
como en éxtasis delante de una peluquería de los alrededores de la calle 
Orme-Saint-Gervais. Llevaba un chal de lana de mujer, cogido no sabemos dónde, con el 
cual se había hecho un tapaboca, Parecía que admiraba embelesado una figura de cera, 
una novia adornada con azahares, que daba vueltas en el escaparate. Pero en realidad 
observaba la tienda para ver si podía birlar un jabón, que iría a vender enseguida a otra 
parte. Muchos días almorzaba con uno de esos jabones, y llamaba a este trabajo, para el 
cual tenía mucho talento, “cortar el pelo al peluquero". 
Mientras Gavroche examinaba la vitrina, dos pequeños de unos siete y cinco años 
entraron a la tienda pidiendo algo con un murmullo lastimero, que más parecía un gemido 
que una súplica. Hablaban ambos a la vez y sus palabras eran ininteligibles, porque los 
sollozos ahogaban la voz del menor y el frío hacía castañetear los dientes del mayor. El 
barbero se volvió con rostro airado y, sin abandonar la navaja, los echó a la calle y cerró 
la puerta diciendo: 
-¡Venir a enfriarnos la sala por nada! 
Los niños echaron a andar llorando. Empezaba a llover. Gavroche fue tras ellos. 
-¿Qué tenéis, pequeñuelos? 
-No sabemos dónde dormir. 
-¿Y eso es todo? ¡Vaya gran cosa! ¡Y se llora! 
Y adoptando un acento de tierna autoridad y de dulce protección, añadió: 
-Criaturas, venid conmigo. 
-Sí, señor -dijo el mayor. 
Lo siguieron y dejaron de llorar. Gavroche los llevó en dirección a la Bastilla. En el 
camino se entretenía. Al pasar, salpicó de barro las botas lustradas de un transeúnte. 
-¡Bribón! -gritó éste furioso. 
Gavroche sacó la nariz del tapaboca. 
-¿Se queja de algo el señor? 
-¡De ti! 
-Se ha cerrado el despacho, y ya no admito reclamos. 
Y se volvió a tapar la boca. 
Mientras caminaban, escuchó un sollozo y descubrió junto a una puerta cochera a una 
muchachita de trece a catorce años, helada, y con un vestidito tan corto que apenas le 
llegaba a la rodilla. 
-¡Pobre niña! -dijo Gavroche-. No tiene ni calzones. ¡Ponte esto aunque sea! 
Y quitándose el chal de lana que tenía al cuello, lo echó sobre los hombros delgados y 
amoratados de la niña, que lo contempló con asombro, y recibió el chal en silencio. En 
cierto grado de miseria, el pobre en su estupor no flora ya su mal ni agradece el bien. 
Y Gavroche continuó su camino; los dos niños lo seguían. Pasaron frente a uno de esos 
estrechos enrejados de alambre que indican una panadería, porque el pan se pone como el 
oro detrás de rejas de hierro. 
-A ver, muchachos, ¿habéis comido? 
-Señor -repuso el mayor-, no hemos comido desde esta mañana. 
-¿No tenéis padre ni madre? 
-Excúseme, señor, tenemos papá y mamá, pero no sabemos dónde están. 
-A veces es mejor eso que saberlo -dijo Gavroche, que era un gran filósofo. 
-Hace dos horas que buscamos por los rincones y no encontramos nada. 
-Lo sé, los perros se lo comen todo. 
Y continuó después de un momento de silencio: 
-¡Ea! Hemos perdido a nuestros autores. Eso no se hace, cachorros, no debemos perder 
así no más a las personas de edad. Pero como sea, hay que manducar. 
No les hizo ninguna pregunta. ¿Qué cosa más normal que no tener domicilio? Se 
detuvo de pronto y registró todos los rincones que tenía en sus harapos. Por fin levantó la 
cabeza con una expresión que no que ría ser satisfecha, pero que en realidad era 
triunfante. 
-Calmémonos, monigotes. Ya tenemos con qué cenar los tres. 
Y sacó de un bolsillo un sueldo. Los empujó hacia la tienda del panadero, y puso el 
sueldo en el mostrador, gritando: 
-¡Mono! Cinco céntimos de pan. 
El panadero, que era el dueño en persona, cogió un pan y un cuchillo. 
-¡En tres pedazos, mozo! -gritó Gavroche, añadiendo con dignidad-: Somos tres. 
El panadero cortó el pan y se guardó el sueldo. Gavroche tomb el pedazo más chico 
para sí y dijo a los niños: 
-Ahora, ¡engullid, monigotes! 
Los niños lo miraron sin comprender. 
-¡Ah, es verdad! -exclamó Gavroche riendo-. No entienden, son tan ignorantes los 
pobres. 
Siempre riendo, les dijo: 
-Comed, pequeños. 
Los pobres niños estaban hambrientos, y Gavroche también. Se fueron comiendo el pan 
por la calle, y así llegaron a la lúgubre calle Ballets, al fondo de la cual se ve el portón de 
la cárcel de la Force. 
-¡Caramba! ¿Eres tú, Gavroche? -dijo alguien. 
-¡Caramba! ¿Eres tú, Montparnasse? 
Un hombre acababa de acercarse al pilluelo; era Montparnasse disfrazado, con unos 
curiosos anteojos azules. 
-¡Diablos! -dijo Gavroche-. ¡Qué anteojos! Tienes estilo, palabra de honor. 
-¡Chist! No hables tan alto. 
Y se lo llevó fuera de la luz de las tiendas. Los niños los siguieron tornados de la mano. 
-¿Sabes adónde voy? -dijo Montpamasse. 
-A la guillotina -repuso Gavroche. 
-A encontrarme con Babet -susurró Montpar- 
-Lo creía en chirona. 
-Se escapó esta mañana. 
Y Montparnasse le contó al pilluelo que esa mañana Babet había sido trasladado a La 
Concièrgerie y se había escapado, doblando a la izquierda en vez de a la derecha en el 
"corredor de la instrucción". Gavroche admiró su habilidad. Mientras escuchaba, había 
cogido el bastón de Montparnasse y tiró maquinalmente de la parte superior, en donde 
apareció la hoja de un puñal. 
-¡Ah! -dijo envainando rápidamente el puñal-, has traído lo gendarme disfrazado de 
ciudadano. ¿Vas a aporrear polizontes? 
-No sé, pero siempre es bueno llevar un alfiler. 
-¿Qué haces esta noche? -preguntó Gavroche sonriendo. 
-Negocios. Y tú, ¿adónde vas ahora? 
-Voy a acostar a estos piojosos. 
-¿Dónde? 
-En mi casa. 
-¿Dónde está lo casa? 
-En mi casa. 
-¿Tienes casa, entonces? 
-Sí, tengo casa. 
-¿Y dónde vives? 
-En el elefante. 
Montparnasse no pudo contener una exclamación. 
-¡En el elefante! 
-Sí, en el elefante. ¿Y qué? 
-No, nada. ¿Se está bien allí? 
-Fenomenal. No hay vientos encajonados como bajo los puentes. 
-¿Y cómo entras? 
-Entrando. 
-¿Hay algún agujero? 
-Claro, pero no se debe decir. Es por las patas delanteras. 
-Y tú escalas, ya comprendo. 
-Para los cachorros pondré una escalera. 
-¿De dónde demonios sacaste estos mochuelos? 
-Me los regaló un peluquero. 
Montparnasse estaba preocupado. 
-Me reconociste con facilidad -murmuró. 
Sacó del bolsillo dos cañones de pluma rodeados de algodón y se los introdujo en los 
agujeros de las narices. 
-Eso lo cambia -dijo Gavroche-. Estás menos feo, deberías usarlos siempre. 
Montparnasse era un buenazo, pero a Gavroche le gustaba burlarse de él. 
-Y ahora, muy buenas noches -dijo Gavroche-, me voy a mi elefante con mis 
monigotes. Si por casualidad alguna noche me necesitas, ve a buscarme allá. Vivo en el 
entresuelo; no hay portero; pregunta por el señor Gavroche. 
Y se separaron, dirigiéndose Montparnasse hacia la Grève y Gavroche hacia la Bastilla. 
Hace veinte años se veía aún en la plaza de la Bastilla un extraño monumento, el 
esqueleto grandioso de una idea de Napoleón. Era un elefante de cuarenta pies de alto, 
construido de madera y mampostería. Muy pocos extranjeros visitaban aquel edificio; 
ningún transeúnte lo miraba. Estaba ya ruinoso, rodeado de una empalizada podrida, y 
manchada a cada instante por cocheros y borrachos. 
Al llegar al coloso, Gavroche comprendió el efecto que lo infinitamente grande podía 
producir en lo infinitamente pequeño, y dijo: 
-¡No tengáis miedo, hijos míos! 
Después entró por un hueco de la empalizada en el recinto que ocupaba el elefante y 
ayudó a los niños a pasar por la brecha. Estos, un tanto asustados, seguían a Gavroche sin 
decir palabra, y se entregaban a, aquella pequeña providencia harapienta que les había 
dado pan y les había prometido un techo. Había en el suelo una escalera de mano que 
servía en el día a los trabajadores de un taller vecino. Gavroche la apoyó contra las patas 
del elefante y dijo a los niños: 
-Subid y entrad. 
Ellos se miraron aterrados. 
-¡Tenéis miedo! Mirad. 
Se abrazó al pie rugoso del elefante y en un abrir y cerrar de ojos, sin dignarse hacer 
use de la escala, llegó a una grieta; entró por ella como una culebra, desapareció, y un 
momento después apareció su cabeza por el borde del agujero. 
-¡Ea! -gritó-, subid ahora, cachorros. ¡Ya veréis lo bien que se está aquí! 
El pilluelo les inspiraba miedo y confianza a la vez; además llovía muy fuerte. Se 
arriesgaron y subieron. Cuando estuvieron los tres adentro, Gavroche dijo, con orgullo: 
-¡Enanitos, estáis en mi casa! 
¡Oh, utilidad increíble de lo inútil! Aquel monumento desmesurado que había 
contenido un pensamiento del emperador, se convirtió en la casa de un pilluelo. El niño 
había sido adoptado y abrigado por el coloso. 
Napoleón tuvo un pensamiento digno del genio; en aquel elefante titánico quiso 
encarnar al pueblo. Dios hizo algo más grande: alojaba allí a un niño. 
-Empecemos -dijo Gavroche- por decirle al portero que no estamos en casa. 
Tomó una tabla y tapó el agujero. Luego encendió una de esas sogas impregnadas de 
resina que llaman cerillas largas. 
Los dos huéspedes de Gavroche miraron en derredor y experimentaron algo semejante 
a lo que debió experimentar Jonás en el vientre bíblico de la ballena. 
El menor dijo: 
-¡Qué oscuro está! 
Esta exclamación llamó la atención a Gavroche. 
-¿Qué decís? ¿Nos quejamos? ¿Nos hacemos los descontentos? ¿Necesitáis acaso las 
Tullerías? 
Para curar, el miedo es muy buena la aspereza porque da confianza. Los niños se 
aproximaron a Gavroche, quien, paternalmente enternecido con esta confianza, dijo al 
más pequeño con una sonrisa cariñosa: 
-Mira, animalejo, lo oscuro está en la calle. En la calle llueve, aquí no llueve; en la calle 
hace frío, aquí no hay ni un soplo de viento; en la calle no hay ni luna, aquí hay una luz. 
Los niños empezaron a mirar aquella habitación con menos espanto. Pero Gavroche no 
les dejó tiempo para contemplaciones. 
-Listo -dijo. 
Y los empujó hacia lo que podemos llamar el fondo del cuarto. Allí estaba su cama. 
La cama de Gavroche tenía de todo. Es decir, tenía un colchón y una manta. El colchón 
era una estera de paja; la manta un pedazo grande de lana tosca, abrigadora y casi nueva. 
Los tres se echaron sobre la estera. Aunque eran pequeños, ninguno podía estar de pie 
en la alcoba. 
-Ahora -dijo Gavroche-, vamos a suprimir el candelabro. 
-Señor -dijo el mayor de los hermanos mostrando la manta-, ¿qué es esto? ¡Es muy 
calentita! 
Gavroche dirigió una mirada de satisfacción a la manta. 
-Es del jardín Botánico -dijo-. Se la pedí a los monos. 
Y mostrando la estera en que estaban acostados, añadió: 
-Esta era de la jirafa. Los animales tenían todo esto, y yo lo tomé. Les dije: es para el 
elefante. Y por eso no se enojaron. 
Los niños contemplaban con respeto temeroso y asombrado a este ser intrépido a 
ingenioso, vagabundo como ellos, solo como ellos, miserable como ellos, que tenía algo 
admirable y poderoso, y cuyo rostro se componía de todos los gestos de un viejo 
saltimbanqui, mezclados con la más sencilla y encantadora de las sonrisas. 
-No debéis preocuparos por nada -les dijo-. Yo os cuidaré. Ya veréis cómo nos 
divertiremos. En el verano nos bañaremos en el estanque; correremos desnudos sobre los 
trenes delante del puente de Austerlitz. Esto hace rabiar a las lavanderas, que gritan como 
locas. Iremos al teatro, iremos a ver guillotinar, os presentaré al verdugo, el señor Sansón. 
¡Ah, lo pasaremos muy bien! 
En ese momento cayó una gota de resina en el dedo de Gavroche, y le recordó las 
realidades de la vida. 
-Se está gastando la mecha -dijo-. ¡Atención! No puedo gastar más de un sueldo al mes 
en luz. Cuando uno se acuesta es para dormir, no para leer novelas. 
Sus palabras fueron seguidas de un gran relámpago deslumbrador que entró por las 
hendiduras del vientre del elefante. Casi al mismo tiempo resonó un feroz trueno. Los 
niños dieron un grito, pero Gavroche saludó al trueno con una carcajada. 
-Calma, niños. No movamos el edificio. Fue un hermoso trueno. Y puesto que Dios 
enciende su luz, yo apago la mía. 
Los niños se apretaron uno contra otro. Gavroche los arregló bien sobre la estera, les 
subió la manta hasta las orejas, y apagó la luz. 
Apenas quedó a oscuras su dormitorio, se sintió una multitud de ruidos sordos, como si 
garras o dientes arañaran algo. El ruido iba acompañado de pequeños pero agudos gritos. 
El más pequeño, helado de espanto, dio un codazo a su hermano, pero éste dormía 
profundamente. 
-¡Señor! 
-¿Eh? -dijo Gavroche, que acababa de cerrar los párpados. 
-¿Qué es eso? 
-Las ratas. 
Y volvió a acomodarse. 
-¡Señor! ¿Qué son las ratas? 
-Son ratones. 
Esta explicación tranquilizó un poco al niño. Había visto algunas veces ratones blancos 
y no les tenía miedo. Sin embargo, volvió a decir: 
-¡Señor! 
-¡Qué! 
-¿Por qué no tenéis gato? 
-Tuve uno, pero me lo comieron. 
Esta segunda explicación deshizo el efecto de la primera, y el niño volvió a temblar, de 
modo que por cuarta vez empezó el diálogo. 
-¡Señor! 
-¡Qué! 
-¿A quién se comieron? 
-Al gato. 
-¿Quién se comió al gato? 
-Las ratas. 
-¿Los ratones? 
-Sí, las ratas. 
El niño, consternado con la noticia de que estos ratones se comían a los gatos, 
prosiguió: 
-¡Señor! ¿Nos comerán a nosotros estos ratones? 
-¡Qué tontería! 
El terror del niño ya no tenía límites. 
Pero Gavroche añadió: 
-No tengas miedo, no pueden entrar. Además, estoy yo aquí. Tómate de mi mano. 
Cállate y duerme. 
El niño apretó esa mano y se tranquilizó. El valor y la fuerza tienen comunicaciones 
misteriosas. 
Poco antes del amanecer, un hombre atravesó la plaza y se deslizó por la empalizada 
hasta colocarse bajo el vientre del elefante. Repitió dos veces un extraño grito. Al 
segundo grito, una voz clara respondió desde el vientre del elefante: 
-¡Sí! 
Al oír el grito, Gavroche quitó la tabla que cerraba el agujero, y bajó por la pata del 
elefante. 
El hombre y el niño se reconocieron en silencio. 
Montpamasse se limitó a decir: 
-Te necesitamos. Ven a darnos una mano. 
El pilluelo no preguntó nada. 
-Aquí me tienes -dijo. 
Y ambos se dirigieron hacia la calle Saint Antoine, de donde venía Montpamasse. 
Esa noche se había llevado a cabo la fuga de Thenardier y sus compinches, y 
Montparnasse necesitó de la ayuda de Gavroche para los últimos detalles. 
III 
Peripecias de la evasión 
Esto es lo que había pasado esa misma noche en la cárcel de la Force: 
Babet, Brujon, Gueulemer y Thenardier habían concertado su evasión. Babet lo hizo 
por la mañana, como le contara Montpamasse a Gavroche. Montparnasse debía apoyar la 
fuga de los otros desde fuera. 
Brujon, en su mes de calabozo, tuvo tiempo para trenzar una cuerda y madurar un plan. 
Como se ve, lo malo de los calabozos es que dejan soñar a seres que deberían estar 
trabajando. 
Considerado altamente peligroso, Brujon, al salir del calabozo, pasó al Edificio Nuevo, 
donde lo primero que encontró fue a Gueulemer. Estaban en el mismo dormitorio. 
Thenardier se hallaba recluido en la parte alta del Edificio Nuevo, justo encima de la 
habitación de sus amigos, desde donde, y no se sabe cómo, logró comunicarse con ellos. 
Esa noche, Brujon y Gueulemer, sabiendo que afuera, en la calle, los esperaban Babet y 
Montparnasse, horadaron la pared, al amparo del fuerte aguacero que caía. Con la ayuda 
de la cuerda de Brujon, que ataron a un barrote de la chimenea, saltaron al patio de los 
baños, abrieron la puerta de la casa del portero y se hallaron en la calle. Instantes después 
se les unían Babet y Montparnasse que rondaban a la espera. Al tirar de la cuerda, ésta se 
rompió y quedó un pedazo colgando de la chimenea. 
Thenardier vio pasar por el tejado las sombras de sus amigos y, como estaba prevenido, 
comprendió de qué se trataba. Hacia la una de la madrugada, con una barra de hierro 
aturdió al guardián, abrió un boquete en el techo y salió al tejado. 
Eran ya las tres cuando logró llegar, de tejado en tejado, al caballete del techo de una 
pequeña barraca abandonada. Allí se quedó aguardando, helado, agotado, temeroso. Se 
preguntaba si sus cómplices habrían tenido éxito en su empresa y si vendrían en su 
auxilio. Al dar los relojes las cuatro de la mañana, estalló en la cárcel ese rumor 
despavorido y confuso que sigue al descubrimiento de una evasión. Thenardier se 
estremeció. Se hallaba en la cima de una pared altísima, tendido bajo la lluvia, sin poder 
moverse, víctima del vértigo de una caída posible y del horror de una captura segura. 
En medio de su angustia, divisó de pronto en la calle las siluetas de cuatro hombres que 
se deslizaban a lo largo de las paredes, con infinitas precauciones. Se detuvieron debajo 
del tejado donde colgaba Thenardier. 
Por el característico argot que hablaba cada uno reconoció a Babet, a Brujon y a 
Gueulemer; y a Montparnasse, por su correcto francés. Decían que seguramente el viejo 
tabernero no había 1ogrado escapar, o que tal vez lo hizo y lo volvieron a capturar; que 
tendría para veinte años; que era mejor alejarse de allí. 
-No se deja a los amigos en el peligro -protestó Montparnasse. 
Thenardier no se atrevía a gritar para llamarlos. En su desesperación, se acordó del 
trozo de la cuerda de Brujon que sacara del barrote en el Edificio Nuevo, y que aún 
guardaba en su bolsillo. La arrojó con fuerza a los pies de los hombres. 
-¡Mi cuerda! -exclamó Brujon. 
Y levantando los ojos vieron a Thenardier. Ataron el trozo al que tenía Brujon, pero no 
podían lanzársela. 
-Es preciso que uno de nosotros suba a ayudarlo -dijo Montparnasse. 
-¡Tres pisos! -replicó Brujon-. ¡Jamás! Sólo un niño podría hacerlo. 
-¿Y de dónde sacamos un niño ahora? -añadió Gueulemer. 
-Esperad -dijo Montparnasse-. Yo lo tengo. 
Echó a correr hacia la Bastilla y a los pocos minutos volvía con Gavroche. 
-A ver, mocoso, ¿eres hombre? -dijo Gueulemer, despectivo. 
-Un mocoso como yo es un hombre, y hombre como vosotros sois mocosos -replicó 
Gavroche-. ¿Qué hay que hacer? 
-Trepar por ese tubo, llevar esta cuerda y ayudar a bajar al que está allá arriba. 
Trepó Gavroche y reconoció el rostro despavorido de Thenardier. 
-¡Caramba! -se dijo-. ¡Es mi padre! Bueno, qué importa. 
En pocos instantes Thenardier se hallaba en la calle. 
-¿Y ahora, a quién nos vamos a comer? -fueron sus primeras palabras. 
Inútil es explicar el sentido de esta palabra, de horrorosa transparencia, que significa a 
la vez asesinar y desvalijar. 
-Había un buen negocio -dijo Brujon-, en la calle Plumet; calle desierta, casa aislada, 
verja antigua y podrida que da a un jardín, mujeres solas. 
-¿Y por qué no? 
-Tu hija Eponina fue a ver y trajo bizcocho. 
-La niña no es tonta -dijo Thenardier-, pero de todos modos será conveniente ver lo que 
hay allí. 
-Sí, sí -repuso Brujon-, habría que ir a ver. 
Gavroche estaba sentado en el suelo, esperando tal vez que su padre lo mirara, pero al 
cabo de un rato se levantó y dijo: 
-¿No necesitan nada más de mí? Me voy. 
Y se marchó. Babet llevó a Thenardier aparte. 
-¿Viste a ese harapiento? -le preguntó. 
-¿Cuál? 
-El que subió y lo llevó la cuerda. 
-No me fijé mucho. 
-No estoy seguro, pero creo que es tu hijo. 
-¡Vaya! -dijo Thenardier-. ¿Tú crees? 
IV 
Principio de sombra 
Jean Valjean no sospechaba nada del romance del jardín. 
Cosette, un poco menos soñadora que Marius, estaba alegre, y eso bastaba a Jean 
Valjean para ser feliz. 
Como se retiraba siempre a la diez de la noche, Marius no iba al jardín hasta después de 
esa hora, cuando oía desde la calle que Cosette abría la puerta-ventana de la escalinata. 
Durante el día Marius no aparecía jamás por allí y Jean Valjean no se acordaba ya que 
existía tal personaje. Sólo una vez, una mañana, le dijo a Cosette: 
-¡Tienes la espalda blanca de yeso! 
La noche anterior, Marius, en un arrebato de pasión, había abrazado a Cosette junto a la 
pared. 
En aquel alegre mes de mayo, Marius y Cosette descubrieron dichas inmensas, como 
reñir y llamarse de vos, sólo para llamarse después de tú con más placer; hablar horas; 
callarse horas. Para Marius, oír a Cosette hablar de trapos. Para Cosette, oír a Marius 
hablar de política. Pero por lo general hablaban tonterías; niñerías, incoherencias, y se 
reían por nada. 
-¿Sabías tú que me llamo Eufrasia? -decía Cosette. 
-¿Eufrasia? ¡No, tú lo llamas Cosette! 
-Mi verdadero nombre es Eufrasia. Cuando era niña me pusieron Cosette. ¿Te gusta 
más Eufrasia? 
-Pues... sí. 
-Sí, y también es bonito Cosette. Llámame Cosette. 
Una noche que Marius iba a la cita por la avenida de los Inválidos, con la cabeza 
inclinada como era su costumbre, al doblar la esquina de la calle Plumet oyó decir a su 
lado: 
-Buenas noches, señor Marius. 
Levantó la cabeza y reconoció a Eponina. Nunca había vuelto a pensar en ella desde el 
día en que lo llevara a casa de Cosette. Tenía motivos para estarle agradecido y le debía 
su felicidad presente; sin embargo, le molestó encontrarla allí. 
Es un error creer que la pasión, cuando es feliz, conduce al hombre a un estado de 
perfección; lo conduce, simplemente, al estado de olvido. En esta situación, el hombre se 
olvida de ser malo, pero se olvida también de ser bueno. El agradecimiento, el deber, los 
recuerdos, desaparecen. En otro tiempo Marius hubiera actuado de manera muy distinta 
con Eponina, pero, absorbido por Cosette, ni recordaba que la muchacha se llamaba 
Eponina Thenardier, que llevaba un nombre escrito en el testamento de su padre. Hasta el 
nombre de su padre desaparecía bajo el esplendor de su amor. 
-¡Ah!, ¿sois Eponina? 
-¿Por qué me habláis de vos? ¿Os he hecho algo? 
-No -respondió él. 
Es cierto que no tenía nada contra ella, todo lo contrario. Pero ahora que tuteaba a 
Cosette, debía tratar de vos a Eponina. 
-¡Señor Marius...! -exclamó ella. 
Y se detuvo. Parecía que le faltaban las palabras a esa criatura que había sido tan 
desvergonzada y tan audaz. Trató de sonreír y no pudo. 
-¿Y entonces...?- volvió a decir. 
Después se calló y bajó los ojos. 
-Buenas noches, señor Marius -dijo con brusquedad, y se fue. 

El perro 
Al día siguiente, 3 de junio de 1832, Marius, al caer la noche, se dirigía a su cita cuando 
vio entre los árboles a Eponina que venía hacia él. Dos días seguidos de encuentro era 
demasiado. Se volvió rápidamente, cambió de camino y se fue por la calle Monsieur. 
Eponina lo siguió hasta la calle Plumet, lo que no había hecho nunca hasta entonces, 
pues se contentaba con verlo pasar. Lo siguió, pues, sin que él se diera cuenta, lo vio 
separar el barrote de la verja y entrar en el jardín. 
-¡Entra en la casa! -exclamó. 
Se acercó a la verja, empujó los hierros uno tras otro y encontró fácilmente el que 
Marius había separado. 
-¡Esto sí que no! -murmuró con voz lúgubre. 
Se sentó al lado del barrote como si lo estuviera cuidando. Así permaneció más de una 
hora, sin moverse y casi sin respirar, entregada a sus ideas. 
Hacia las diez de la noche, vio entrar en la calle a seis hombres que iban separados y a 
corta distancia unos de otros. El primero que llegó a la verja del jardín se detuvo y esperó 
a los demás; un segundo después estaban todos reunidos. Hablaron en voz baja. 
-Aquí es -dijo uno. 
-¿Hay algún perro en el jardín? -dijo otro, y comenzó a probar los barrotes. 
Cuando iba a coger el barrote que Marius quitara para entrar, una mano que salió 
bruscamente de la sombra le agarró el brazo; al mismo tiempo sintió un golpe en medio 
del pecho y oyó una voz que le decía sin gritar: 
-Hay un perro. 
Y vio a una joven pálida delante de él. El hombre tuvo esa conmoción que produce 
siempre lo inesperado; se le pararon los pelos y retrocedió asustado. 
-¿Quién es esta bribona? 
-Vuestra hija. 
En efecto, era Eponina que hablaba a Therardier. 
Los otros cinco se habían acercado sin ruido, sin precipitación, sin decir una palabra, 
con la siniestra lentitud propia de estos hombres nocturnos. 
-¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres? ¿Estás local -exclamó Thenardier-. ¿Vienes a 
impedimos trabajar? 
Eponina se echó a reír, y lo abrazó. 
-Estoy aquí, padrecito mío, porque sí. ¿No está permitido sentarse en el suelo ahora? 
Vos sois el que no debe estar aquí, es bizcocho, ya se lo dije a la Magnon. No hay nada 
que hacer aquí. Pero abrazadme, mi querido padre. ¡Cuánto tiempo sin veros! ¡Estáis ya 
fuera! ¡Estáis libre! 
Thenardier trató de librarse de los brazos de Eponina y murmuró: 
-Está bien. Ya me abrazaste. Sí, estoy fuera, no estoy dentro. Ahora vete. 
Pero Eponina redoblaba sus caricias. 
-Padre mío, ¿cómo lo hicisteis? Debéis tener mucho talento cuando habéis salido de 
allí. ¡Contádmelo! ¿Y mi madre? ¿Dónde está mi madre? Dadme noticias de mamá. 
Thenardier respondió: 
-Está bien; no sé; déjame. Te digo que lo vayas. 
-No quiero irme ahora -dijo Eponina con su modo de niño enfadado-; me despedís, 
cuando hace cuatro meses que no os veía, y apenas he tenido tiempo de abrazaros. 
Y volvió a echar los brazos al cuello de su padre. 
-¡Pero qué estupidez! -dijo Babet. 
-No perdamos más tiempo -dijo Gueulemer-, pueden pasar los polizontes. 
Eponina se volvió hacia los cinco bandidos. 
-Pero si es el señor Brujon. Buenas noches, señor Babet, buenas noches, señor 
Claquesous. ¿No os acordáis de mí, señor Gueulemer? ¿Cómo estáis, Montparnasse? 
-Sí, todos se acuerdan de ti -dijo Thenardier-. Pero buenas noches, y largo. Déjanos 
tranquilos. 
-Esta es la hora de los lobos y no de las gallinas -dijo Montparnasse. 
Ya ves que tenemos que trabajar aquí -agregó Babet. 
Eponina tomó la mano de Montpamasse. 
-¡Ten cuidado! -dijo éste- lo vas a cortar, tengo un cuchillo abierto. 
-Mi querido Montparnasse -respondió Eponina dulcemente-, hay que tener confianza en 
las personas, aunque sea la hija de mi padre. Señor Babet, señor Gueulemer, a mí me 
encargaron investigar este negocio. Recordad que os he prestado servicios algunas veces. 
Pues bien, me he informado y sé que os expondréis inútilmente. Os juro que no hay nada 
que hacer en esta casa. 
-Sólo hay mujeres -dijo Gueulemer. 
-No hay nadie, los inquilinos se mudaron. 
-Las luces no se mudaron -dijo Babet. 
Y mostró a Eponina una luz que se paseaba por la buhardilla. Era Santos que ponía ropa 
a secar. Eponina intentó un último recurso: 
-Pues bien -dijo- esta gente es muy pobre y en esta pocilga no hay un solo sueldo. 
-¡Vete al diablo! ~exclamó Thenardier-. Cuando hayamos registrado la casa ya lo 
diremos lo que hay dentro. 
Y la empujó para entrar. 
-¡Buen amigo Montparnasse -dijo Eponina-, os lo ruego, vos que sois buen muchacho, 
no entréis. 
-Ten cuidado, que lo vas a cortar -masculló Montparnasse. 
Thenardier añadió con su acento autoritario: 
-Lárgate, preciosa, y deja que los hombres hagan sus negocios. 
Eponina se aferró a la verja, hizo frente a los seis bandidos armados hasta los dientes, y 
que parecían demonios en la noche, y dijo con voz firme y baja: 
-¿Queréis entrar? Pues yo no quiero. 
Los seis demonios se detuvieron estupefactos. Ella continuó: 
-Amigos, escuchadme bien. Si entráis en el jardín, si tocáis esta verja, grito, golpeo las 
puertas, despierto a los vecinos y hago que os prendan, y llamo a la policía. 
-Y lo haría -dijo Thenardier en voz baja a Brujon. 
-¡Empezando por mi padre! -dijo Eponina. 
Thenardier se le aproximó. 
-¡No tan cerca, buen hombre! 
Thenardier retrocedió, murmurando entre dientes: 
-¡Perra! 
Eponina se echó a reír de una manera horrible. 
-Seré lo que queráis, pero no entraréis. Sois seis, ¿y eso qué me importa? Sois hombres, 
pues yo soy mujer. No me dais miedo. Marchaos. Os digo que no entraréis en esta casa 
porque a mí no se me da la gana. Si os acercáis, ladro; ya os he dicho que soy el perro. 
Me río de vosotros; idos donde queráis, pero no vengáis aquí, os lo prohíbo. Vosotros a 
puñaladas y yo a zapatazos, me da lo mismo. 
Y dio un paso hacia los bandidos; su risa era cada vez más horrible. 
-No le tengo miedo a nada, ni aun a vos, padre. ¡Qué me importa que me recojan 
mañana en la calle Plumet, asesinada por mi padre, o que me encuentren dentro de un año 
en las redes de Saint-Cloud, o en la isla de los Cisnes, en medio de perros ahogados! 
Tuvo que detenerse; la acometió una tos seca. 
-No tengo nada que hacer más que gritar y os caen encima, ¡cataplum! Sois seis, yo soy 
todo el mundo. 
Thenardier hizo otra vez un movimiento para aproximarse. 
-¡Atrás! -dijo ella. 
Thenardier se detuvo. 
-No me acercaré, pero no hables tan alto. Hija, ¿quieres impedirnos trabajar? Tenemos 
que ganarnos la vida. ¿No tienes cariño a lo padre? 
-Me aburrís -dijo Eponina. 
-Pero es preciso que vivamos, que comamos... -¡Reventad! 
Los seis bandidos, admirados y disgustados de verse a merced de una muchacha, se 
retiraron a la sombra y celebraron consejo. 
-Es una lástima -dijo Babet-. Dos mujeres, un viejo judío, buenas cortinas en las 
ventanas. Creo que era un buen negocio. 
-Entrad vosotros -dijo Montparnasse-. Haced el negocio y yo me quedaré con la 
muchacha, y si chista... 
E hizo relucir a la luz del farol la navaja que tenía abierta en la manga. 
Thenardier no decía una palabra, pero parecía dispuesto a todo. 
-¿Y tú qué dices, Brujon? -preguntó al fin. 
Brujon permaneció un instante silencioso y luego murmuró: 
-Esta mañana vi dos gorriones dándose picotazos; esta noche me enfrenta una mujer 
rabiosa. Todo esto es mal presagio. ¡Vámonos! 
Y se fueron. 
Al marcharse, Montparnasse murmuró: 
-Si hubieran querido, yo le habría dado el golpe de gracia. 
Babet respondió: 
-Yo no aporreo a una dama. 
Al final de la calle se detuvieron y entablaron, en voz sorda, este diálogo enigmático: 
-¿Dónde vamos a dormir esta noche? 
-Bajo París. 
-¿Tienes la llave de la reja, Thenardier? 
-¡Qué pregunta! 
Eponina, que no separaba de ellos la vista, les vio tomar el camino por donde habían 
venido. Después se levantó y se arrastró detrás de ellos arrimada a las paredes de las 
casas. Los siguió hasta el boulevard. Allí se separaron, y se perdieron en la oscuridad 
como si se fundieran en ella. 
VI 
Marius desciende a la realidad 
Mientras que aquella perra con figura humana montaba guardia en la verja y los seis 
bandidos retrocedían ante ella, Marius estaba con Cosette. 
Desde el día en que se declararon su amor, Marius iba todas las noches al jardín de la 
calle Plumet. El amor entre ambos crecía día a día; se miraban, se tomaban las manos, se 
abrazaban. Marius sentía una barrera, la pureza de Cosette; Cosette sentía un apoyo, la 
lealtad de Marius. No se preguntaban adónde los conducía su amor Es una extraña 
pretensión del hombre querer que el amor conduzca a alguna parte. 
El cielo no había estado nunca tan estrellado y tan hermoso como esa noche del 3 de 
junio de 1832, nunca Marius había estado tan conmovido, tan feliz, tan extasiado. Pero 
había encontrado triste a Cosette. Cosette había llorado; tenía los ojos rojos. 
Era la primera nube en tan admirable sueño. 
Las primeras palabras de Marius fueron: 
-¿Qué tienes? 
Ella respondió: 
-Esta mañana mi padre ha dicho que tenga prontas todas mis cosas, y esté dispuesta 
para partir; que prepare mi ropa para guardarla en una maleta, que se verá obligado a 
hacer un viaje; que teníamos que partir, que necesitábamos una maleta grande para mí y 
una pequeña para él y que lo preparase todo en una semana, porque iríamos tal vez a 
Inglaterra. 
-¡Pero eso es monstruoso! -exclamó Marius. 
Y luego preguntó, con voz débil: 
-¿Cuándo debes partir? 
-No me ha dicho cuándo. 
-¿Y cuándo volverás? 
-No me ha dicho cuándo. 
Marius se levantó y dijo fríamente: 
-Cosette, ¿iréis? 
Cosette volvió hacia él sus hermosos ojos llenos de angustia al oírlo tratarla de vos, y 
respondió con voz quebrada. 
-¿Qué quieres que haga? -dijo juntando las manos. 
-Está bien -dijo Marius-. Entonces yo me iré a otra parte. 
Cosette sintió, más bien que comprendió, el significado de esta frase; se puso pálida, su 
rostro se veía blanco en la oscuridad, y balbuceó: 
-¿Qué quieres decir? 
Marius la miró; después alzó lentamente los ojos al cielo, y respondió: 
-Nada. 
Cuando bajó los párpados, vio que Cosette se sonreía mirándole. La sonrisa de la mujer 
amada tiene una claridad que disipa las tinieblas. 
-¡Qué tontos somos! Marius, se me ocurre una idea. ¡Parte tú también! Te diré dónde. 
Ven a buscarme donde esté. 
Marius era ya un hombre completamente despierto. Había vuelto a la realidad, y dijo a 
Cosette: 
-¡Partir con vosotros! ¿Estás loca? Es preciso para eso dinero, y yo no lo tengo. ¡Ir a 
Inglaterra! Ahora debo más de diez luises a Courfeyrac, un amigo a quien tú no conoces. 
Tengo un sombrero viejo que no vale tres francos, una levita sin botones por delante, mi 
camisa está toda rota, se me ven los codos, mis botas se calan de agua; hace seis semanas 
que no pienso en todo esto, y por eso no lo lo he dicho, Cosette. ¡Soy un miserable! Tú no 
me ves más que por la noche, y me das lo amor; ¡si me vieras de día me darías limosna! 
¿Ir a Inglaterra! ¡Y no tengo siquiera con qué pagar el pasaporte! 
Y se recostó contra un árbol que había allí, de pie, con los dos brazos por encima de la 
cabeza, con la frente en la corteza sin sentir ni la aspereza que le arañaba la frente, ni la 
fiebre que le golpeaba las sienes, inmóvil y próximo a caer al suelo, como un monumento 
a la desesperación. Así permaneció largo rato. 
Cosette sollozaba. Marius cayó de rodillas a sus pies. 
-No llores, por favor -le dijo. 
-¡Qué he de hacer, si voy a marcharme y tú no puedes venir! 
-¿Me amas? 
Cosette le contestó sollozando esta frase del paraíso que nunca es tan seductora como a 
través de las lágrimas: 
-Te adoro. 
-Cosette, nunca he dado mi palabra de honor a nadie, porque mi palabra de honor me 
causa miedo; sé que al darla mi padre está a mi lado. Pues bien, lo doy mi palabra de 
honor más sagrada, de que si lo vas, yo moriré. 
Había en el acento con que pronunció estas palabras una melancolía tan solemne y tan 
tranquila, que Cosette tembló. 
-Ahora, escucha -continuó Marius-, no me esperes mañana. 
-¡Un día sin verte! 
-Sacrifiquemos un día para tener tal vez toda la vida. Mira, creo que conviene que sepas 
la dirección de mi casa, por lo que pueda suceder; vivo con mi amigo Courfeyrac, en la 
calle de la Verrerie, número 16. 
Metió la mano en el bolsillo sacó un cortaplumas, y con la hoja escribió en el yeso de la 
pared: "Calle de la Verrerie, 16". 
Cosette entretanto lo miraba a los ojos. 
-Dime lo que piensas, Marius; sé que tienes una idea. Dímela. ¡Oh, dímela para que 
pueda dormir esta noche! 
-Mi idea es ésta: es imposible que Dios quiera separarnos. Espérame pasado mañana. 
Mientras que Marius meditaba con la cabeza apoyada en el árbol, se le ocurrió una 
idea; una idea que él mismo tenía por insensata a imposible. Pero tomó una decisión 
violenta. 
VII 
El corazón viejo frente al corazón joven 
El señor Gillenormand tenía entonces noventa y un años cumplidos. Seguía viviendo 
con la señorita Gillenormand en la calle de las Hijas del Calvario, número 6, en su propia 
y vieja casa. Hacía cuatro años que esperaba a Marius con la convicción de que aquel 
pequeño picarón extraviado llamaría algún día a la puerta; pero en sus momentos de 
tristeza llegaba a decirse que si Marius tardaba en venir... Y no era la muerte lo que 
temía, sino la idea de que no vería más a su nieto. No volver a ver a Marius era un triste y 
nuevo temor que no se le había presentado nunca hasta ahora; esta idea que empezaba a 
aparecer en su cerebro, le dejaba helado. 
El señor Gillenormand era, o se creía por lo menos, incapaz de dar un paso hacia su 
nieto. "Antes moriré", decía; pero sólo pensaba en Marius con profundo enternecimiento, 
y con la muda desesperación de un viejo que se va entre las tinieblas. 
Su ternura dolorida concluía por convertirse en indignación. Se encontraba en esa 
situación en que se trata de tomar un partido, y aceptar lo que mortifica. Estaba ya 
dispuesto a decirse que no había razón para que Marius volviese, que si hubiera debido 
volver lo habría hecho ya, y que por consiguiente era preciso renunciar a verle. Trataba 
de familiarizarse con la idea de que todo había concluido, y que moriría sin ver a "aquel 
caballerete". 
Pero toda su naturaleza se rebelaba; y su vieja paternidad no podía consentirlo. 
-¡No vendrá! -repetía. 
Un día que estaba en lo más profundo de esta tristeza, su antiguo criado Vasco entró y 
preguntó: 
-Señor, ¿podéis recibir al señor Marius? 
El viejo se incorporó pálido y semejante a un cadáver que se levanta a consecuencia de 
una sacudida galvánica. Toda su sangre había refluido a su corazón y murmuró: 
-¿Qué señor Marius? 
-No sé -respondió Vasco, intimidado y desconcertado por el aspecto de su amo. 
Nicolasa es la que acaba de decirme: ahí está un joven, que dice que es el señor Marius. 
El señor Gillenormand balbuceó en voz baja: 
-Que entre. 
Y permaneció en la misma actitud, con la cabeza temblorosa y la vista fija en la puerta. 
Se abrió ésta, y entró un joven: era Marius. 
Marius se detuvo a la puerta como esperando que le dijeran que entrase. Su traje, casi 
miserable, apenas se veía en la semipenumbra que producía la lámpara. Sólo se distinguía 
su rostro tranquilo y grave, pero extrañamente triste. El señor Gillenormand, sobrecogido 
de estupor y de alegría, permaneció algunos momentos sin ver más que una claridad, 
como cuando se está delante de una aparición. Estaba próximo a desfallecer; era él; era 
Marius. 
¡Al fin, después de cuatro años! Quiso abrir los brazos; se oprimió su corazón de 
alegría; mil palabras de cariño le ahogaban y se desbordaban dentro de su pecho. Toda 
esta ternura se abrió paso y llegó a sus labios, y por el contraste que constituía su 
naturaleza, salió de ellas la dureza, y dijo bruscamente: 
-¿Qué venís a hacer aquí? 
-Señor... -empezó a decir Marius, turbado. 
El señor Gillenormand hubiera querido que Marius se arrojara en sus brazos, y quedó 
descontento de Marius y de sí mismo. Reconoció que él había sido brusco y Marius frío; 
y era para él una insoportable a irritante ansiedad sentirse tan tierno y tan conmovido en 
su interior, y ser tan duro exteriormente. Volvió a su amargura, a interrumpió a Marius 
con aspereza: 
-Pero entonces, ¿a qué venís? 
Este entonces significaba: si no venís a abrazarme, ¿a qué venís? 
Marius miró a su abuelo, que con su palidez parecía un busto de mármol. 
El viejo dijo con voz severa: 
-¿Venís a pedirme perdón? ¿Habéis reconocido vuestra falta? 
Creía con esto poner a Marius en camino para que el "niño" se disculpara. Marius 
tembló; le exigía que se opusiese a su padre; bajó los ojos, y respondió: 
-No, señor. 
-Y entonces -exclamó impetuosamente el viejo con un dolor agudo y lleno de 
cólera-¿qué queréis? 
Marius juntó las manos, dio un paso y dijo con voz débil y temblorosa: 
-Señor, tened compasión de mí. 
Estas palabras conmovieron al señor Gillenormand; un momento antes lo hubieran 
enternecido, pero ya era tarde. El abuelo se levantó y apoyó las dos manos en el bastón; 
tenía los labios pálidos, la cabeza vacilante; pero su alta estatura dominaba a Marius, que 
estaba inclinado. 
-¡Compasión de vos, señorito! ¡Un adolescente que pide compasión a un anciano de 
noventa y un años! Vos entráis en la vida, y yo salgo de ella; vos sois rico, tenéis la única 
riqueza que existe, la juventud; y yo tengo todas las pobrezas de la vejez, la debilidad, el 
aislamiento. Estáis enamorado, eso no hay ni qué decirlo, ¡a mí no me ama nadie en el 
mundo! ¡Y venís a pedirme compasión! Pero vamos, ¿qué es lo que queréis? 
-Señor -dijo Marius-, sé que mi presencia os molesta; pero vengo solamente a pediros 
una cosa; después me iré en seguida. 
-¡Sois un necio! -dijo el anciano-. ¿Quién os dice que os vayáis? 
Estas palabras eran la traducción de este tierno pensamiento que tenía en el corazón: 
"¡Pídeme perdón de una vez! ¡Echate a mis brazos!" El señor Gillenormand sabía que 
Marius iba a abandonarlo dentro de algunos instantes, que su mal recibimiento lo 
enfriaba, que su dureza lo cerraba; pensaba todo esto, y aumentaba su dolor; 
pero éste se transformaba en cólera. Hubiera querido que Marius comprendiera, y 
Marius no comprendía. 
-¡Cómo! ¿Me habéis ofendido, a mí, a vuestro abuelo; habéis abandonado mi casa para 
iros no sé dónde; habéis querido llevar la vida de joven independiente; no habéis dado 
señal de vida; habéis contraído deudas sin decirme que las pague, y al cabo de cuatro 
años venís a mi casa, y no tenéis que decirme nada más que eso? 
Este modo violento de empujar al joven hacia la ternura sólo produjo el silencio de 
Marius. 
-Concluyamos. ¿Venís a pedirme algo? Decidlo. ¿Qué queréis? Hablad. 
-Señor -dijo Marius-, vengo a pediros permiso para casarme. 
-El señorito se quiere casar -exclamó el anciano, cuya voz breve y ronca anunciaba la 
plenitud de su ira. 
Se afirmó en la chimenea. 
-¡Casaros! ¡A los veintiún años! ¡No tenéis que hacer más que pedirme permiso! Una 
formalidad. Sentaos, caballero. Habéis pasado por una revolución desde que no he tenido 
el honor de veros, y han vencido en vos los jacobinos. Debéis estar muy contento. ¿No 
sois republicano desde que sois barón? ¿Conque queréis casaros? ¿Con quién? ¿Puedo 
preguntar, sin ser indiscreto, con quién? 
Y se detuvo; pero, antes de que Marius tuviera tiempo de responder, añadió con 
violencia: 
-¡Ah! ¿Tendréis una posición? ¿Una fortuna hecha? ¿Cuánto ganáis en vuestro oficio 
de abogado? 
-Nada -dijo Marius con una especie de firmeza y de resolución casi feroz. 
-¿Nada? ¿No tenéis para vivir más que las mil doscientas libras que os envío? 
Marius no respondió. El señor Gillenormand continuó: 
-Entonces ya comprendo. ¿Es rica la joven? 
-Como yo. 
-¡Qué! ¿No tiene dote? 
-No. 
-¿Y esperanzas? 
-Creo que no. 
-¡Enteramente desnuda! ¿Y qué es su padre? 
-No lo sé. 
-¡Y cómo se llama? 
-La señorita Fauchelevent. 
-Pst -dijo el viejo. 
-¡Señor! -exclamó Marius. 
El señor Gillenormand prosiguió como quien se habla a sí mismo: 
Así que veintiún años, sin posición, mil doscientas libras al año y la señora baronesa de 
Pontmercy irá a comprar dos cuartos de perejil a la plaza. 
-¡Señor! -dijo Marius con la angustia de la última esperanza que se desvanece-; os 
suplico en nombre del cielo, con las manos juntas, me pongo a vuestros pies. ¡Permitidme 
que me case! 
El viejo lanzó una carcajada estridente y lúgubre, en medio de la cual tosía y hablaba: 
-¡Ah!, ¡ah!, ¡ah! Os habéis dicho: "Voy a buscar a ese viejo rancio, a ese absurdo 
bobalicón, y le diré: Viejo cretino, eres muy dichoso en verme; mira, tengo ganas de 
casarme con la señorita Fulana, hija del señor Fulano; yo no tengo zapatos, ella no tiene 
camisa; pero quiero echar a un lado mi carrera, mi porvenir, mi juventud, mi vida; deseo 
hacer una excursión por la miseria con una mujer al cuello; esto es lo que quiero y es 
preciso que consientas. Y el viejo fósil consentirá". Anda hijo, como tú quieras, átate, 
cásate con tu Pousselevent, con tu Coupelevent. ¡Nunca, caballero, nunca! 
-Padre mío... 
-Nunca. 
Marius perdió toda esperanza al oír el acento con que fue pronunciado este nunca. 
Atravesó el cuarto lentamente con la cabeza inclinada, temblando, y más semejante al 
que se muere que al que se va. 
El señor Gillenormand lo siguió con la vista, y en el momento en que se cerraba la 
puerta, y en que Marius iba a desaparecer, dio cuatro pasos con esa viveza senil de los 
viejos impetuosos y coléricos, cogió a Marius por el cuello, lo arrojó en un sillón y le 
dijo: 
-¡Cuéntamelo! 
Sólo estas palabras, "padre mío", que se le escaparon a Marius, habían causado esta 
revolución. Marius lo miró asustado. El abuelo se había convertido en padre. 
Vamos a ver, habla ¡cuéntame tus amores! Dímelo en secreto; dímelo todo. ¡Caramba, 
qué tontos son los jóvenes! 
-¡Padre! -volvió a decir Marius. 
Todo el rostro del anciano se iluminó con un indecible resplandor. 
-Sí, eso es; ¡llámame padre y verás! 
Había en estas frases algo tan bueno, tan dulce, tan franco, tan paternal, que Marius 
pasó repentinamente del desánimo a la esperanza. 
-Y bien, padre... -dijo Marius. 
-¡Ah! -dijo el señor Gillenormand-, no tienes ni un ochavo. Estás vestido como un 
ladrón. 
Y abriendo un cajón, sacó una bolsa que puso sobre la mesa. 
Toma, ahí tienes cien luises; cómprate un sombrero. 
-Padre -continuó Marius-, mi buen padre, ¡si supieseis! La amo. No podéis figuraros. 
La primera vez que la vi fue en el Luxemburgo, adonde ella iba a pasear; al principio no 
le puse atención, pero después yo no sé cómo me he enamorado. ¡Oh! ¡Cuánto he 
sufrido! Pero, en fin, ahora la veo todos los días en su casa; su padre no lo sabe, nos 
vemos en el jardín. Y ahora, figuraos que van a partir; su padre quiere irse a Inglaterra, y 
yo me he dicho: voy a ver á mi abuelo y a contárselo. Me volveré loco, me moriré, caeré 
enfermo, me arrojaré al río. Es preciso que me case porque si no, no sé qué haré. Esta es 
la verdad; creo que no he olvidado nada. Vive en la calle Plumet, cerca de los Inválidos. 
El señor Gillenormand se había sentado alegremente al lado de Marius. Al mismo 
tiempo que le escuchaba y saboreaba el sonido de su voz, saboreaba también un polvo de 
tabaco. 
-¡Conque la niña lo recibe a escondidas de su padre! Es como debe ser. A mí me han 
pasado historias de ese género, y más de una. ¿Y sabes lo que se hace? No se toma la 
cosa con ferocidad; no se precipita uno en lo trágico, no se concluye por un casamiento; 
es preciso tener sentido común. Tropezad, mortales, pero no os caséis. Cuando llega un 
caso como éste, se busca al abuelo, que es un buen hombre en el fondo, y que tiene 
siempre algunos cartuchos de luises en un cajón y se le dice: abuelo, esto me pasa. Y el 
abuelo dice: es muy natural. Es preciso que la juventud se divierta, y que la vejez se 
arrugue. Yo he sido joven, y tú serás viejo. Anda, hijo mío que ya dirás esto mismo a tus 
nietos. Aquí tienes doscientas pistolas. ¡Diviértete, caramba! Así debe llevarse este 
negocio. No se casa uno, pero eso no impide... ¿Me comprendes? 
Marius, petrificado y sin poder pronunciar una palabra hizo con la cabeza un 
movimiento negativo. El viejo se echó a reír, guiñó el ojo, le dio un golpecito en la 
rodilla, lo miró con aire misterioso y le dijo: 
-¡Tonto! ¡Tómala como querida! 
Marius se puso pálido. Al principio no comprendió lo que acababa de decir su abuelo, 
pero la frase, "tómala como querida", había entrado en su corazón como una espada. 
Se levantó, cogió el sombrero que estaba en el suelo y se dirigió hacia la puerta con 
paso fume y seguro. Allí se volvió, se inclinó profundamente ante su abuelo, levantó 
después la cabeza y dijo: 
-Hace cinco años insultasteis a mi padre; hoy habéis insultado a mi esposa. No os pido 
nada más, señor. Adiós. 
El señor Gillenormand, estupefacto, abrió la boca, extendió los brazos y trató de 
levantarse; pero, antes de que hubiera podido pronunciar una palabra, se había cerrado la 
puerta, y Marius había desaparecido. 
El anciano permaneció algunos momentos inmóvil, como si hubiera caído un rayo a sus 
pies, sin poder hablar ni respirar, como si una mano vigorosa le apretase la garganta. 
Por fin, se levantó del sillón y gritó: 
-¡Está loco! ¡Se va! ¡Ay, Dios mío! ¡Ahora ya no volverá! ¡Marius! ¡Marius! ¡Marius! 
¡Marius! 
Pero Marius ya no podía oírle. 
LIBRO QUINTO 
¿Adónde van? 

Jean Valjean 
Aquel mismo día hacia las cuatro de la tarde, Jean Valjean estaba sentado solo en uno 
de los lugares más solitarios del Campo de Marte. 
Vestía su traje de obrero; la ancha visera de su gorra le ocultaba el rostro. Estaba 
tranquilo y era feliz respecto de Cosette; porque se había disipado lo que le tuvo asustado 
algún tiempo. Sin embargo, hacía una semana o dos había visto a Thenardier; gracias a su 
disfraz, éste no le había conocido, pero desde entonces lo volvió a ver varias veces, y 
tenía la certeza de que rondaba su barrio. Esto bastaba para obligarlo a tomar una gran 
resolución. 
Estando allí Thenardier, estaban todos los peligros a un tiempo. Además París no se 
hallaba tranquilo; las agitaciones políticas ofrecían el inconveniente, para todo el que 
tuviera que ocultar algo en su vida, de que la policía andaba inquieta y recelosa, y que 
buscando la pista de un hombre cualquiera podía muy bien encontrarse con un hombre 
como Jean Valjean. Se había, pues, decidido a abandonar París a ir a Ingltaterra. Ya había 
prevenido a Cosette, porque quería partir antes de ocho días. 
Además, había un hecho inexplicable que acababa de sorprenderle y que le tenía aún 
impresionado a inquieto. Esa mañana se había levantado temprano, y paseándose por el 
jardín antes que Cosette hubiese abierto su ventana, había descubierto estas palabras 
grabadas en la pared: "Calle de la Verrerie, 16". 
La escritura era muy reciente, porque las letras estaban aún blancas en la antigua 
argamasa ennegrecida y porque una mata de ortigas que había al pie de la pared estaba 
cubierta de polvo de yeso. 
Aquello había sido escrito probablemente por la noche. 
Pero ¿qué era? ¿Unas señas? ¿Una señal para otros? ¿Un aviso para él? En todo caso 
era evidente que había sido violado el jardín, y que había penetrado en él algún 
desconocido. 
En medio de estos pensamientos, cayó sobre sus rodillas un papel doblado en cuatro, 
como si una mano lo hubiera dejado caer por encima de su cabeza. 
Cogió el papel, lo desdobló y leyó esta palabra escrita en gruesos caracteres con lápiz: 
"Mudaos". 
Se levantó de inmediato, pero no había nadie a su alrededor. Miró por todas partes, y 
descubrió un ser más grande que un niño y más pequeño que un hombre, vestido con 
blusa gris y pantalón de pana de color polvo, que saltaba el parapeto y desaparecía. 
Jean Valjean se volvió en seguida a su casa, muy pensativo. 
II 
Marius 
Marius salió desolado de casa del señor Gillenormand. Había entrado en ella con poca 
esperanza y salía con inmensa desesperación. Se paseó por las calles, recurso de todos los 
que padecen. A las dos de la mañana entró en casa de Courfeyrac, y se echó vestido en su 
colchón. Había salido ya el sol cuando se durmió con ese horrible sueño pesado que deja 
ir y venir las ideas en el cerebro. 
Cuando se despertó, vio a Courfeyrac, Enjolras, Feuilly y Combeferre de pie, con el 
sombrero puesto, preparados para salir y muy agitados. 
Courfeyrac le dijo: 
-¿Vienes al entierro del general Lamarque? 
Le pareció que Courfeyrac hablaba en chino. Salió de casa algunos momentos después 
que ellos, se echó al bolsillo las dos pistolas que le diera Javert. Sería difícil decir qué 
oscuro pensamiento tenía en su cabeza al llevarlas. Todo el día estuvo vagando sin saber 
por dónde iba; llovía a intervalos, pero no lo notaba; parece que se bañó en el Sena, sin 
tener conciencia de lo que hacía. Ya no esperaba nada, ni temía nada. Sólo esperaba la 
noche con impaciencia febril; no tenía más que una idea clara: que a las nueve vería a 
Cosette. A ratos le parecía oír en las calles de París ruidos extraños, y saliendo de su 
meditación decía: ¿Habrá una revuelta? 
Al caer la noche, a las nueve en punto, como había prometido a Cosette, estaba en la 
calle Plumet. Sintió una profunda alegría. Abrió la verja y se precipitó en el jardín. 
Cosette no estaba en el sitio en que lo esperaba siempre. 
Alzó la vista y vio que los postigos de la ventana estaban cerrados. Dio la vuelta al 
jardín y vio que estaba desierto. Entonces volvió a la casa, y, perdido de amor, loco, 
asustado, exasperado de dolor y de inquietud, llamó a la ventana. ¡Cosette! -gritó-. 
¡Cosette! Pero no le respondieron. Todo había concluido. No había nadie en el jardín, na- 
die en la casa. Cosette se había marchado; no le quedaba más que morir. De repente oyó 
una voz que parecía salir de la calle, y que gritaba por entre los árboles: 
-¡Señor Marius! 
-¿Quién es? -dijo. 
-Señor Marius, ¿estáis ahí? 
-Sí. 
-Señor Marius -prosiguió la voz-, vuestros amigos os esperan en la barricada de la calle 
Chanvrerie. 
Esta voz no le era enteramente desconocida. Se parecía a la voz ronca y ruda de 
Eponina. Marius corrió a la verja y vio una silueta, que le pareció la de un joven, 
desaparecer corriendo en la oscuridad. 
III 
El señor Mabeuf 
La bolsa de Jean Valjean no le sirvió al señor Mabeuf porque éste, en su venerable 
austeridad infantil, no aceptó el regalo de los astros; no admitió que una estrella pudiese 
convertirse en luises de oro, y tampoco pudo adivinar que lo que caía del cielo viniera de 
Gavroche. 
Llevó la bolsa al comisario de policía del barrio, como objeto perdido, y siguió 
empobreciéndose cada día más. 
Renunció a su jardín, y lo dejó sin cultivar; no encendía nunca lumbre en su cuarto y se 
acostaba con el día para no encender luz. Su armario con libros era lo único que 
conservaba, además de lo indispensable. 
Un día la señora Plutarco dijo que no tenía con qué comprar comida. Llamaba comida a 
un pan y cuatro o cinco patatas. 
-Fiado -dijo el señor Mabeuf. 
-Ya sabéis que me lo niegan. 
El señor Mabeuf abrió su biblioteca, miró largo rato todos sus libros, uno tras otro, 
como un padre obligado a diezmar a sus hijos los miraría antes de escoger; finalmente 
cogió uno, se lo puso debajo del brazo y salió. A las dos horas volvió sin nada debajo del 
brazo, puso treinta sueldos sobre la mesa y dijo: 
-Traeréis algo para comer. 
Desde aquel momento la tía Plutarco vio cubrirse el cándido semblante del señor 
Mabeuf con un velo sombrío que no desapareció nunca más. 
Todos los días fue preciso hacer lo mismo. El señor Mabeuf salía con un libro, y volvía 
con una moneda de plata. Así terminó con toda su biblioteca, tomo a tomo. 
En algunos momentos se decía, "menos mal que tengo ochenta años", como si tuviese 
alguna esperanza de llegar antes al fin de sus días que al fin de sus libros. Pero su tristeza 
iba en aumento. Pasaron algunas semanas y ya no le quedaba más que el más valioso de 
sus libros, su Diógenes Laercio. De pronto la tía Plutarco cayó enferma y una tarde el 
médico recetó una poción muy cara. Además, agravándose la enferma, necesitaba una 
persona que la cuidara. El señor Mabeuf abrió la biblioteca; sacó su Diógenes y salió. Era 
el 4 de junio de 1832. Volvió con cien francos que dejó en la mesa de noche de la señora 
Plutarco. 
Al día siguiente se sentó en la piedra del jardín, con la cabeza inclinada, y la vista 
vagamente fija en sus plantas marchitas. Llovía a intervalos, pero el viejo no lo notaba. 
A mediodía estalló en París un ruido extraordinario; se oían tiros de fusil y clamores 
populares. El señor Mabeuf levantó la cabeza. Vio pasar a un jardinero, y le preguntó: 
-¿Qué pasa? 
-Un motín. 
-¡Cómo! ¡Un motín! 
-Sí, están combatiendo. 
-¿Y por qué? 
-¡Qué sé yo! -dijo el jardinero. 
-¿Hacia qué lado? -preguntó el señor Mabeuf. 
-Hacia el Arsenal. 
El señor Mabeuf volvió a entrar en su casa, buscó maquinalmente un libro, no lo 
encontró, y murmuró: 
-¡Ah, es verdad! -y salió. 
LIBRO SEXTO 
El 5 de junio de 1832 

La superficie y el fondo del asunto 
¿De qué se compone un motín? De todo y de nada. De una electricidad que se 
desarrolla poco a poco, de una llama que se forma súbitamente, de una fuerza vaga, de un 
soplo que pasa. Este soplo encuentra cabezas que hablan, cerebros que piensan, almas 
que padecen, pasiones que arden, miserias que se lamentan, y arrastra todo. ¿Adónde? Al 
acaso. A través del Estado, a través de las leyes, a través de la prosperidad y de la 
insolencia de los demás. 
La convicción irritada, el entusiasmo frustrado, la indignación conmovida, el instinto de 
guerra reprimido, el valor de la juventud exaltada, la ceguera generosa, la curiosidad, el 
placer de la novedad, la sed de lo inesperado, los odios vagos, los rencores, las 
contrariedades, la vanidad, el malestar, las ambiciones, la ilusión de que un 
derrumbamiento lleve a una salida; y en fin, en lo más bajo, la turba, ese lodo que se 
convierte en fuego: tales son los elementos del motín. 
Sin duda, los motines tienen su belleza histórica; la guerra de las canes no es menos 
grandiosa ni menos patética que la guerra del campo. 
El movimiento de 1832 tuvo, en su rápida explosión y en su lúgubre extinción, tal 
magnitud que aún aquellos que lo consideran sólo un motín, hablan de él con respeto. 
Una revolución no se corta en un día; tiene siempre necesariamente algunas 
ondulaciones antes de volver al estado de paz. 
Esta crisis patética de la historia contemporánea, que la memoria de los parisienses 
llama la época de los motines, es seguramente una hora característica entre las más 
tempestuosas de este siglo. 
Los hechos que vamos a referir pertenecen a esa realidad dramática y viva que el 
historiador desprecia muchas veces por falta de tiempo y de espacio. Sin embargo, 
insistimos, en ella está la vida, la palpitación, el temblor humano. 
La época llamada de los motines abunda en hechos pequeños. Nosotros vamos a sacar a 
la luz, entre particularidades conocidas y publicadas, cosas que no se han sabido, hechos 
sobre los cuales ha pasado el olvido de unos y la muerte de otros. 
La mayor parte de los adores de estas escenas gigantescas han desaparecido, pero 
podemos decir que lo que relatamos, lo hemos visto. Cambiaremos algunos nombres, 
porque la historia refiere y no denuncia. 
En este libro no mostraremos más que un lado y un episodio, seguramente el menos co- 
nocido, de las jornadas de los días 5 y 6 de junio de 1832; pero lo haremos de modo que 
el lector entrevea, bajo el sombrío velo que vamos a levantar, la figura real de esta 
terrible aventura del pueblo. 
II 
Reclutas 
Al momento de estallar la insurrección, un niño andrajoso bajaba por Menilmontant con 
una vara florida en la mano. Vio de pronto en el suelo una vieja pistola inservible; arrojó 
lejos su vara, recogió la pistola, y se fue cantando a todo pulmón y blandiendo su nueva 
arma. Era Gavroche que se iba a la guerra. 
Nunca supo que los dos niños perdidos a quienes acogiera una noche eran sus propios 
hermanos. ¡Encontrar en la noche dos hermanos y en la madrugada un padre! Después de 
ayudar a Thenardier, volvió al elefante, inventó algo de comer y lo compartió con los 
niños y después salió, dejándolos en manos de la madre calle. Al irse les dio este discurso 
de despedida: "Yo me largo, hijitos míos. Si no encontráis a papá y mamá, volved aquí en 
la tarde. Yo os daré algo de comer y os acostaré". Pero los niños no regresaron. Diez o 
doce semanas pasaron y Gavroche muchas veces se decía, rascándose la cabeza: 
-¿Pero dónde diablos se metieron mis dos hijos? 
Y ahora caminaba, muerto de hambre, pero alegre, en medio de una muchedumbre que 
huía despavorida. El iba cantando versos de la Marsellesa interpretados a su manera. En 
una calle encontró un guardia nacional caído con su caballo. Lo recogió, lo ayudó a poner 
de pie a su cabalgadura, y continuó su camino pistola en mano. 
En el mercado, cuyo cuerpo de guardia había sido desarmado ya, se encontró con un 
grupo guiado por Enjolras, Courfeyrac, Combeferre, Feuilly, Bahorel y Prouvaire. 
Enjolras llevaba una escopeta de caza de dos cañones; Combeferre, un fusil de guardia 
nacional y dos pistolas, que se le veían bajo su levita desabotonada; Prouvaire, un viejo 
mosquetón de caballería, y Bahorel una carabina; Courfeyrac bland'ia un estoque; Feuilly 
con un sable desnudo marchaba delante gritando: ¡Viva Polonia! 
Venían del muelle Morland, sin corbata y sin sombrero, agitados, mojados por la lluvia, 
y con el fuego en los ojos. Gavroche se acercó a ellos con toda calma. 
-¿Adónde vamos? -preguntó. 
-Ven -dijo Courfeyrac. 
Un cortejo tumultuoso les seguía; estudiantes, artistas, obreros, hombres bien vestidos, 
armados de palos y de bayonetas, algunos con pistolas. Un anciano que parecía de mucha 
edad iba también en el grupo. No tenía armas y corría para no quedarse atrás, aunque 
parecía pensar en otra cosa y su andar era vacilante. 
Era el señor Mabeuf. Courfeyrac lo había reconocido por haber acompañado muchas 
veces a Marius a su casa. 
Conociendo sus costumbres pacíficas y extrañado al verlo en medio de aquel tumulto, 
se le acercó. 
-Señor Mabeuf, volvéos a casa. 
-¿Por qué? 
-Porque va a haber jarana. 
-Está bien. 
-¡Sablazos, tiros, señor Mabeul 
-Está bien. 
-¡Cañonazos! 
-Está bien. ¿Adónde vais vosotros? 
-Vamos a echar abajo el gobierno. 
-Está bien. 
Y los siguió sin volver a pronunciar una palabra. Su paso se había ido fortaleciendo; 
algunos obreros le ofrecieron el brazo y lo había rechazado con un movimiento de 
cabeza. Iba casi en la primera fila de la columna ya. Empezó a correr el rumor de que era 
un antiguo regicida. 
Mientras tanto el grupo crecía a cada instante. Gavroche iba delante de todos, cantando 
a gritos. 
En la calle Billettes, un hombre de alta estatura, que empezaba a encanecer y a quien 
nadie conocía, se sumó al grupo. Gavroche, distraído con sus cánticos, sus silbidos y sus 
gritos, con ir el primero, y con llamar en las tiendas con la culata de su pistola sin gatillo, 
no se fijó en aquel hombre. 
Al pasar por la calle Verrerie frente a la casa de Courfeyrac, su portera le gritó: 
-Señor Courfeyrac, adentro hay alguien que quiere hablaros. 
-¡Que se vaya al diablo! -dijo Courfeyrac. 
-¡Pero es que os espera hace más de una hora! -exclamó la portera. 
Y al mismo tiempo un jovencillo vestido de obrero, pálido, delgado, pequeño, con 
manchas rojizas en la piel, cubierto con una blusa agujereada y un pantalón de terciopelo 
remendado, que tenía más bien facha de una muchacha vestida de muchacho que de 
hombre, salió de la portería, y dijo a Courfeyrac con una voz que no era por cierto de 
mujer: 
-¿Está con vos el señor Marius? 
-No. 
-¿Volverá esta noche? 
-No lo sé. Y lo que es yo, no volveré. 
El muchacho le miró fijamente, y le preguntó: 
-¿Adónde vais? 
-Voy a las barricadas. 
-¿Queréis que vaya con vos? 
-¡Si tú quieres! -respondió Courfeyrac- La calle es libre. 
Y junto a sus amigos se encaminaron hasta la calle de la Chanvrerie, en el barrio de 
Saint-Denis. 
III 
Corinto 
A esa hora Laigle, Joly y Grantaire se encontraban en la, en aquella época, célebre 
taberna Corinto, situada en la calle de la Chanvrerie desde hacía trescientos años, y cuyos 
dueños se sucedían de padres a hijos. 
Hacia 1830, el dueño murió y su viuda no supo mantener el prestigio de la taberna; la 
cocina bajó su calidad y el vino, que siempre fue malo, se hizo intomable. Sin embargo, 
Courfeyrac y sus camaradas continuaron yendo allí, por compasión, decía Laigle. 
Ese día los tres amigos comieron y bebieron copiosamente y se burlaron de todo, como 
de costumbre. De pronto vieron aparecer a un niño de unos diez años, todo despeinado, 
empapado por la lluvia, y con una gran sonrisa en sus labios. Los miró atentamente y se 
dirigió sin vacilar a Laigle. 
-Un rubio alto me dijo que viniera aquí y dijera al señor Laigle de su parte este 
mensaje: "ABC". Es una broma, ¿verdad? 
-¿Cómo lo llamas? -le preguntó Laigle. 
-Navet, soy amigo de Gavroche. 
-Quédate con nosotros a almorzar. 
-No puedo, voy en el cortejo, soy el que grita ¡abajo Polignac! 
Hizo una reverencia y se fue. 
-ABC, es decir, entierro de Lamarque -dijo Laigle-. ¿Iremos? 
-Llueve -dijo Joly-, no quiero resfriarme. 
-Yo prefiero un almuerzo a un entierro. 
-Entonces nos quedamos -concluyó Laigle. 
Y continuaron con su almuerzo alegremente. Pasaron las horas y ya no quedaba nadie 
más en la taberna. Laigle, bastante borracho, estaba sentado en la ventana cuando 
súbitamente sintió un tumulto en la calle y gritos de ¡a las armas! y vio pasar a sus 
amigos encabezados por Enjolras y seguidos por un extraño grupo vociferante. Llamó a 
gritos a Courfeyrac. Courfeyrac lo vio y se le acercó. 
-¿A dónde van? -preguntó Laigle. 
A hacer una barricada. 
-Háganla aquí, este lugar está perfecto. 
-Es cierto, Laigle, tienes razón. 
Y a una señal de Courfeyrac, el tropel se precipitó hacia Corinto. 
A aquella famosa barricada de la Chanvrerie, sumergida hoy en una noche profunda, es 
a la que vamos a dar un poco de luz. 
Corinto se componía de una sala baja donde estaba el mostrador, y otra sala en el 
segundo piso a la que se subía por una escalera de caracol que se abría al techo; en la sala 
baja había una trampa por donde se bajaba al sótano. La cocina dividía el entresuelo del 
mostrador. 
Gavroche iba y venía, subía, bajaba, metía ruido, brillaba, era un torbellino. Se le veía 
sin cesar; se le oía continuamente; llenaba todo el espacio. La enorme barricada sentía su 
acción. Molestaba a los transeúntes, excitaba a los perezosos, reanimaba a los fatigados, 
impacientaba a los pensativos, alegraba a unos, esperanzaba o encolerizaba a otros, y 
ponía a todos en movimiento. 
IV 
Los preparativos 
Los periódicos de la época, que han dicho que la barricada de la calle de Chanvrerie era 
casi inexpugnable y que llegaba al nivel del piso principal, se equivocaron. No pasaba de 
una altura de seis o siete pies, como término medio. 
Enjolras y sus amigos hicieron dos barricadas, una en la calle Chanvrerie y, contigua a 
ésta, otra más pequeña en la callejuela Mondetour, oculta detrás de la taberna y que 
apenas se veía. Los pocos transeúntes que se atrevían a pasar en aquel momento por la 
calle Saint-Denis, echaban una mirada a la calle Chanvrerie, veían la barricada y 
apresuraban el paso. 
Cuando estuvieron construidas las dos barricadas y enarbolada la bandera, se sacó una 
mesa fuera de la taberna; y en ella se subió Courfeyrac. Enjolras transportó un cofre 
cuadrado que estaba lleno de cartuchos; Courfeyrac los distribuyó. A1 recibirlos 
temblaron los más valientes, y hubo un momento de silencio. Cada uno recibió treinta. 
Muchos tenían pólvora y comenzaron a preparar más cartuchos con las balas que se 
fundían en la taberna. Sobre una mesa aparte, cerca de la puerta, colocaron un barril de 
pólvora, bien guardado. Entretanto, la convocatoria que recorría todo París a toque de 
tambores no cesaba, pero había terminado por no ser más que un ruido monótono del que 
nadie hacía caso. 
Concluidas ya las barricadas, designados los puestos, cargados los fusiles, situados los 
centinelas, solos en aquellas calles temibles por donde no pasaba ya nadie, rodeados de 
aquellas casas mudas, en medio de esas sombras y de ese silencio que tenía algo trágico y 
aterrador, aislados, armados, resueltos, tranquilos, esperaron. 
En aquellas horas de terrible espera, los amigos se buscaron y en un rincón de Corinto 
esos jóvenes, tan cercanos a una hora suprema, ¿qué hicieron? Escucharon los versos de 
amor que recitaba en voz baja Prouvaire, el poeta. 
Pues el insurgente poetiza la insurrección, y era por un ideal que estaban allí; no contra 
Luis Felipe sino contra la monarquía, contra el dominio del hombre sobre el hombre. 
Querían París sin rey y el mundo sin déspotas. 

El hombre reclutado en la calle Billettes 
La noche había ya caído completamente; nadie se acercaba. El plazo se prolongaba, 
señal de que el gobierno se tomaba su tiempo y reunía sus fuerzas. Aquellos cincuenta 
hombres esperaban a sesenta mil. 
Gavroche, que hacía cartuchos en la sala baja, estaba muy pensativo, aunque no 
precisamente por sus cartuchos. 
El hombre de la calle Billettes acababa de entrar y había ido a sentarse en la mesa 
menos alumbrada, con aire meditabundo. Tenía un fusil de munición, que sostenía entre 
sus piernas. 
Gavroche, hasta aquel momento distraído en cien cosas "entretenidas", no lo había visto 
todavía. Cuando entró, le siguió maquinalmente con la vista, admirando su fusil, y 
cuando el hombre se sentó, se paró él de un salto. Se le aproximó, y se puso a dar vueltas 
en derredor suyo sobre la punta de los pies. Al mismo tiempo, en su rostro infantil, a la 
vez tan descarado y tan serio, tan vivo y tan profundo, tan alegre y tan dolorido, se fueron 
pintando sucesivamente todos esos gestos que significan: ¡Ah! ¡Bah! ¡No es posible! 
¡Tengo telarañas en los ojos! ¿Será él? No, no es. Pero sí. Pero no. 
Gavroche se balanceaba sobre sus talones, crispaba sus manos en los bolsillos, movía el 
cuello como un pájaro. Estaba estupefacto, confundido, incrédulo, convencido, 
trastornado. En lo más profundo de este examen se acercó a él Enjolras. 
-Tú eres pequeño -le dijo-, y no serás visto. Sal de las barricadas, explora un poco las 
calles, y ven a decirme lo que hay. 
Gavroche se enderezó al oír esto. 
-¡Los pequeños sirven, pues, para algo! ¡Qué felicidad! ¡Voy! Mientras tanto, confiad 
en los pequeños y desconfiad de los grandes... 
Y levantando la cabeza y bajando la voz, añadió señalando al hombre de la calle 
Billettes: 
-¿Veis ese grandote? 
-Sí. 
-Es un espía. 
-¿Estás seguro? 
-Aún no hace quince días que me bajó de las orejas de una cornisa del Puente Real, en 
donde estaba yo tomando el fresco. 
Enjolras se alejó de inmediato y llamó a cuatro hombres, que fueron a colocarse detrás 
de la mesa en que estaba el sospechoso. Entonces Enjolras se le acercó y le preguntó: 
-¿Quién sois? 
A esta brusca interrogación, el hombre se sobresaltó; dirigió una mirada a Enjolras, una 
mirada que penetró hasta el fondo de su cándida pupila, y pareció adivinar su 
pensamiento. 
-¿Sois espía? -preguntó Enjolras. 
Sonrió desdeñoso, y respondió con altivez: 
-Soy agente de la autoridad. 
-¿Como os llamáis? 
-Javert. 
Enjolras hizo una señal a los cuatro hombres, y en un abrir y cerrar de ojos, antes de 
que Javert tuviera tiempo de volverse, fue cogido por el cuello, derribado y registrado. 
Le hallaron, aparte de su tarjeta de identificación, un papel de la Prefectura que decía: 
"El inspector Javert, así que haya cumplido su misión política, se asegurará, mediante una 
vigilancia especial, si es verdad que algunos malhechores andan vagando por las orillas 
del Sena, cerca del puente de Jena". 
Terminado el registro levantaron a Javert; le sujetaron los brazos por detrás de la 
espalda y lo ataron. 
-Es el ratón el que cogió al gato -le dijo Gavroche. 
-Seréis fusilado dos minutos antes de que tomen la barricada -dijo Enjolras. 
Javert replicó con tono altanero: 
-¿Y por qué no en seguida? 
-Economizamos la pólvora. 
-Entonces matadme de una puñalada. 
-Espía -le dijo Enjolras-, nosotros somos jueces y no asesinos. 
Después llamó a Gavroche. 
-¡Tú, vete a lo misión! ¡Haz lo que lo he dicho! 
-Voy -dijo Gavroche. 
Y deteniéndose en el momento de partir, añadió: 
-A propósito ¿me daréis su fusil? Os dejo el músico y me llevo el clarinete. 
El pilluelo hizo el saludo militar y saltó alegremente por una grieta de la barricada. 
VI 
Marius entra en la sombra 
Aquella voz que a través del crepúsculo había llamado a Marius a la barricada de la 
calle de la Chanvrerie, le había producido el mismo efecto que la voz del destino. Quería 
morir, y se le presentaba la ocasión; llamaba a la puerta de la tumba, y una mano en la 
sombra le tendía la llave. Marius salió del jardín, y dijo: ¡Vamos! 
El joven que le hablara se había perdido en la oscuridad de las calles. 
Marius caminaba decidido, con la voluntad del hombre sin esperanza; lo habían 
llamado, y tenía que ir. Encontró medio de atravesar por entre la multitud y las tropas, se 
ocultó de las patrullas y evitó los centinelas. Oyó un tiro que no supo de dónde venía; el 
fogonazo atravesó la oscuridad. Pero no se detuvo. 
Así llegó a la callejuela Mondetour, que era la única comunicación conservada por 
Enjolras con el exterior. Un poco más allá de la esquina con la calle de la Chanvrerie, 
distinguió el resplandor de una lamparilla, una pequeña parte de la taberna, y unos 
cuantos hombres acurrucados con fusiles entre las rodillas. Era el interior de la barricada. 
Todo esto a pocos metros de él. Marius no tenía más que dar un paso. Entonces el 
desdichado joven se sentó en un adoquín, cruzó los brazos, y se echó a llorar 
amargamente. 
¿Qué hacer? Vivir sin Cosette era imposible; y puesto que se había marchado, era 
preciso morir. ¿Para qué, pues, vivir? No podía además abandonar a sus amigos que lo 
esperaban, que quizá lo necesitaban, que eran un puñado contra un ejército. Vio abrirse 
ante él la guerra civil. 
Pensando así, decaído pero resuelto, temblando ante lo que iba a hacer, su mirada 
vagaba por el interior de la barricada. 
LIBRO SEPTIMO 
La grandeza de la desesperación 

La bandera, primer acto 
Habían dado las diez y aún no llegaba nadie. De súbito en medio de aquella calma lúgu- 
bre, se oyó en la barricada una voz clara, juvenil, alegre, que parecía provenir de la calle 
de Saint-Denis, y que empezó a cantar, con el tono de una antigua canción popular, otra 
que terminaba por un grito semejante al canto del gallo. 
-Es Gavroche -dijo Enjolras. 
-Nos avisa -dijo Combeferre. 
Una carrera precipitada turbó el silencio de la calle desierta; Gavroche saltó con 
agilidad y cayó en medio de la barricada, sofocado y gritando: 
-¡Mi fusil! ¡Ahí están! 
Un estremecimiento eléctrico recorrió toda la barricada; y se oyó el movimiento de las 
manos buscando las armas. 
-¿Quieres mi carabina? -preguntó Enjolras al pilluelo. 
-Quiero el fusil grande -respondió Gavroche. 
Y cogió el fusil de Javert. 
Cuarenta y tres insurgentes estaban arrodillados en la gran barricada, con las cabezas a 
flor del parapeto, los cañones de los fusiles y de las carabinas apuntando hacia la calle. 
Otros seis comandados por Feuilly se habían instalado en las dos ventanas. 
Pasaron así algunos instantes; después se oyó claramente el ruido de numerosos pasos 
acompasados. Sin embargo, no se veía nada. De repente desde la sombra una voz gritó: 
-¿Quién vive? 
Enjolras respondió con acento vibrante y altanero: 
-¡Revolución Francesa! 
-¡Fuego! -repuso una voz. 
Estalló una terrible detonación. La bandera roja cayó al suelo. La descarga había sido 
tan violenta y tan densa, que había cortado el asta. Las balas que habían rebotado en las 
fachadas de las casas penetraron en la barricada e hirieron a muchos hombres. 
El ataque fue violento; era evidente que debían luchar contra todo un regimiento. 
-Compañeros -gritó Courfeyrac-, no gastemos pólvora en balde. Esperemos a que 
entren en la calle para contestarles. 
-Antes que nada -dijo Enjolras-, icemos de nuevo la bandera. 
Precisamente había caído a sus pies, y la levantó. 
Se oía afuera el ruido de la tropa cargando las armas. 
Enjolras añadió: 
-¿Quién será el valiente que vuelva a clavar la bandera sobre la barricada? 
Ninguno respondió. Subir a la barricada en el momento en que estaban apuntando de 
nuevo era morir y hasta el más decidido dudaba. 
II 
La bandera, segundo acto 
Cuando después de la llegada de Gavroche cada cual ocupó su puesto de combate, no 
quedaron en la sala baja más que Javert, un insurgente que lo custodiaba y el señor 
Mabeuf, de quien nadie se acordaba. El anciano había permanecido inmóvil, como si 
mirara un abismo; no parecía que su pensamiento estuviera en la barricada. 
En el momento del ataque, la detonación lo conmovió como una sacudida física, y 
como si despertara de un sueño se levantó bruscamente, atravesó la sala, y apareció en la 
puerta de la taberna en el momento en que Enjolras repetía por segunda vez su pregunta: 
-¿Nadie se atreve? 
La presencia del anciano causó una especie de conmoción en todos los grupos. 
Se dirigió hacia Enjolras; los insurgentes se apartaban a su paso con religioso temor; 
cogió la bandera, y sin que nadie pensara en detenerlo ni en ayudarlo, aquel anciano de 
ochenta años, con la cabeza temblorosa y el pie firme, empezó a subir lentamente la 
escalera de adoquines hecha en la barricada. A cada escalón que subía, sus cabellos 
blancos, su faz decrépita, su amplia frente calva y arrugada, sus ojos hundidos, su boca 
asombrada y abierta, con la bandera roja en su envejecido brazo, saliendo de la sombra y 
engrandeciéndose en la claridad sangrienta de la antorcha, parecía el espectro de 1793 
saliendo de la tierra con la bandera del terror en la mano. 
Cuando estuvo en lo alto del último escalón, cuando aquel fantasma tembloroso y 
terrible de pie sobre el montón de escombros en presencia de mil doscientos fusiles 
invisibles, se levantó enfrente de la muerte como si fuese más fuerte que ella, toda la 
barricada tomó en las tinieblas un aspecto sobrenatural y colosal. 
En medio del silencio, el anciano agitó la bandera roja y gritó: 
-¡Viva la Revolución! ¡Viva la República! ¡Fraternidad, igualdad o la muerte! 
La misma voz vibrante que había dicho ¿quién vive? gritó: 
-¡Retiraos! 
El señor Mabeuf, pálido, con los ojos extraviados, las pupilas iluminadas con lúgubres 
fulgores, levantó la bandera por encima de su frente, y repitió: 
-¡Viva la República! 
-¡Fuego! -dijo la voz. 
Una segunda descarga semejante a una metralla cayó sobre la barricada. 
El anciano se dobló sobre sus rodillas, después se levantó, dejó escapar la bandera de 
sus manos, y cayó hacia atrás sobre el suelo, inerte, y con los brazos en cruz. 
Arroyos de sangre corrieron por debajo de su cuerpo. Su arrugado rostro, pálido y triste, 
pareció mirar al cielo. 
Enjolras elevó la voz, y dijo: 
-Ciudadanos: éste es el ejemplo que los viejos dan a los jóvenes. Estábamos dudando, y 
él se ha presentado; retrocedíamos, y él ha avanzado. ¡Ved aquí lo que los que tiemblan 
de vejez enseñan a los que tiemblan de miedo! Este anciano es augusto a los ojos de la 
patria; ha tenido una larga vida, y una magnífica muerte. ¡Retiremos ahora el cadáver, y 
que cada uno de nosotros lo defienda como defendería a su padre vivo; que su presencia 
haga inaccesible nuestra barricada! 
Un murmullo de triste y enérgica adhesión siguió a estas palabras. 
Enjolras levantó la cabeza del anciano y besó con solemnidad su frente; después, con 
tierna precaución, como si temiera hacerle daño, le quitó la levita, mostró sus sangrientos 
agujeros, y dijo: 
-¡Esta será nuestra bandera! 
III 
Gavroche habría hecho mejor en tomar la carabina de Enjolras 
Se cubrió al señor Mabeuf con un largo chal negro de la dueña de la taberna; seis 
hombres hicieron con sus fusiles una camilla de campaña, pusieron en ella el cadáver y lo 
llevaron con la cabeza desnuda, con solemne lentitud, a la mesa grande de la sala baja. 
Entretanto, el pequeño Gavroche, único que no había abandonado su puesto, creyó ver 
algunos hombres que se aproximaban como lobos a la barricada. De repente lanzó un 
grito. Courfeyrac, Enjolras, Juan Prouvaire, Combeferre, Joly, Bahorel y Laigle salieron 
en tumulto de la taberna. Se veían bayonetas ondulando por encima de la barricada. 
Los granaderos de la guardia municipal penetraban en ella, empujando al pilluelo, que 
retrocedía sin huir. 
El instante era crítico. 
Era aquel primer terrible minuto de la inundación cuando el río se levanta al nivel de 
sus barreras, y el agua empieza a infiltrarse por las hendiduras de los diques. Un segundo 
más, y la barricada estaba perdida. 
Bahorel se lanzó sobre el primer guardia, y lo mató de un tiro a quemarropa con su 
carabina; el segundo mató a Bahorel de un bayonetazo. otro había derribado a Courfeyrac 
que gritaba: 
-¡A mí! 
El más alto de todos se dirigía contra Gavroche con la bayoneta calada. 
El pilluelo cogió en sus pequeños brazos el enorme fusil de Javert, apuntó 
resueltamente al gigante, y dejó caer el gatillo; pero el tiro no salió. Javert no lo había 
cargado. 
El guardia municipal lanzó una carcajada y levantó la bayoneta sobre el niño. 
Pero antes que hubiera podido tocarle, el fusil se escapó de manos del soldado, y cayó 
de espaldas herido de un balazo en medio de la frente. 
Una segunda bala daba en medio del pecho al otro guardia que había derribado a 
Courfeyrac. Era Manus que acababa de entrar en la barricada. 
No tenía ya armas, pues sus pistolas estaban descargadas, pero había visto el barril de 
pólvora en la sala baja cerca de la puerta. 
Al volverse hacia ese lado, le apuntó un soldado; pero en ese momento una mano 
agarró el cañón del fusil tapándole la boca; era el joven obrero que se había lanzado al 
fusil. Salió el tiro, le atravesó la mano, y tal vez el cuerpo, porque cayó al suelo, sin que 
la bala tocara a Marius. 
Todo esto sucedió en medio del humo, y Marius apenas lo notó. Sin embargo, había 
visto confusamente el fusil que le apuntaba y aquella mano que lo había tapado; había 
oído también el tiro; pero en tales momentos, todas las cosas que se ven son nebulosas, y 
se siente uno impulsado hacia otra sombra mayor. 
Los insurgentes, sorprendidos pero no asustados, se habían reorganizado. Por ambas 
partes se apuntaban a quemarropa; estaban tan cerca que podían hablarse sin elevar la 
voz. Cuando llegó ese momento en que va a saltar la chispa, un oficial con grandes 
charreteras extendió la espada y dijo: 
-¡Rendid las armas! 
-¡Fuego! -respondió Enjolras. 
Las dos detonaciones partieron al mismo tiempo y todo desapareció en una nube de 
humo. Cuando se disipó el humo, se vio por ambos lados heridos y moribundos, pero los 
combatientes ocupaban sus mismos sitios y cargaban sus armas en silencio. 
De repente se oyó una voz fuerte que gritaba: 
-¡Retiraos, o hago volar la barricada! 
Todos se volvieron hacia el sitio de donde salía la voz. Marius había entrado en la sala 
baja y cogido el barril de pólvora; se aprovechó del humo y de la especie de oscura niebla 
que llenaba el espacio cerrado para deslizarse a lo largo de la barricada hasta el hueco de 
adoquines en que estaba la antorcha. Coger ésta, poner en su lugar el barril de pólvora, 
colocar la pila de adoquines sobre el barril cuya tapa se había abierto al momento con una 
especie de obediencia terrible, todo esto lo hizo Marius en un segundo. 
En aquel momento todos, guardias nacionales, municipales, oficiales y soldados, 
apelotonados en el otro extremo de la calle, lo miraban con estupor, con el pie sobre los 
adoquines, la antorcha en la mano, su altivo rostro iluminado por una resolución fatal, 
inclinando la llama de la antorcha hacia aquel montón terrible en que se distinguía el 
barril de pólvora roto. Marius en aquella barricada, como lo fue el octogenario, era la 
visión de la juventud revolucionaria después de la aparición de la vejez revolucionaria. 
Acercó la antorcha al barril de pólvora, pero ya no había nadie en el parapeto. 
Los agresores, dejando sus heridos y sus muertos, se retiraban atropelladamente hacia 
el extremo de la calle, perdiéndose de nuevo en la oscuridad. La barricada estaba libre. 
Todos rodearon a Marius. 
-¡Si no es por ti, hubiera muerto! -dijo Courfeyrac. 
-¡Sin vos me hubieran comido! -añadió Gavroche. 
Marius preguntó: 
-¿Quién es el jefe? 
-Tú -contestó Enjolras. 
IV 
La agonía de la muerte después de la agonía de la vida 
A pesar de que la atención de los amotinados se concentraba en la Gran barricada, que 
era la más atacada, Marius pensó en la barricada pequeña; fue hacia allá, y la encontró 
desierta. La calle Mondetour estaba absolutamente tranquila. Cuando se retiraba oyó que 
le llamaba una voz débil: 
-¡Señor Marius! 
Se estremeció, porque reconoció la voz que lo había llamado dos horas antes en la verja 
de la calle Plumet. Sólo que esta voz parecía ahora un soplo. Miró en su derredor, y no 
vio a nadie. 
-¡Señor Marius! -repitió la voz-. Estoy a vuestros pies. 
Entonces se inclinó, y vio en la sombra un bulto que se arrastraba hacia él. 
La lamparilla que llevaba le permitió distinguir una blusa, un pantalón roto, unos pies 
descalzos y una cosa semejante a un charco de sangre. Marius entrevió un rostro pálido 
que se elevaba hacia él, y que le dijo: 
-¿Me reconocéis? 
-No. 
-Eponina. 
Marius se hincó. La pobre muchacha estaba vestida de hombre. 
-¿Qué hacéis aquí? 
-¡Me muero! -dijo ella. 
-¡Estáis herida! Esperad; voy a llevaros a la sala. Allí os curarán. ¿Es grave? ¿Cómo he 
de cogeros para no haceros daño? ¿Padecéis mucho? ¡Dios mío! ¿Pero qué habéis venido 
a hacer aquí? 
Y trató de pasar el brazo por debajo del cuerpo de Eponina pare levantarla, y tocó su 
mano. Ella dio un débil grito. 
-¿Os he hecho daño? -preguntó Marius. 
-Un poco. 
-Pero sólo os he tocado la mano. 
Eponina acercó la mano a los ojos de Marius, y le mostró en ella un agujero negro. 
-¿Qué tenéis en la mano? -le preguntó. 
-La tengo atravesada por una bala. 
-¿Cómo? 
-¿No visteis un fusil que os apuntaba? 
-Sí, y una mano que lo tapó. 
-Era la mía. 
Marius se estremeció. 
-¡Qué locura! ¡Pobre niña! Pero si es eso, no es nada; os voy a llevar a una cama y os 
curarán; no se muere nadie por tener una mano atravesada. 
Ella murmuró: 
-La bala atravesó la mano, pero salió por la espalda. Es inútil que me mováis de aquí. 
Yo os diré cómo podéis curarme mejor que un cirujano: sentaos a mi lado en esta piedra. 
Marius obedeció; ella puso la cabeza sobre sus rodillas, y le dijo sin mirarlo: 
-¡Ah, qué bien estoy ahora! ¡Ya no sufro! 
Permaneció un momento en silencio; después, volvió con gran esfuerzo el rostro y miró 
a Marius. 
-¿Sabéis, señor Marius? Me daba rabia que entraseis en ese jardín; era una tontería, 
porque yo misma os había llevado allá y, por otra parte, yo sabía que un joven como 
vos... 
Aquí se detuvo; y añadió con una triste sonrisa: 
-Os parezco muy fea, ¿no es verdad? 
Y continuó: 
-¡Ya veis! ¡Estáis perdido! Ahora nadie saldrá de la barricada. Yo os traje aquí, y vais a 
morir; yo lo sabía. Y, sin embargo, cuando vi que os apuntaban, puse mi mano en la boca 
del fusil. ¡Qué raro! Pero es que quería morir antes que vos. Cuando recibí el balazo, me 
arrastré y os esperaba. ¡Oh! Si supieseis... Mordía la blusa; ¡tenía tanto dolor! Pero ahora 
estoy bien. ¿Os acordáis de aquel día en que entré en vuestro cuarto, y del día en que os 
encontré en el prado? ¡Cómo cantaban los pájaros! No hace mucho tiempo. Me disteis 
cien sueldos, y os contesté: No quiero vuestro dinero ¿Recogisteis la moneda? No sois 
rico y no me acordé de deciros que la recogieseis. Hacía un sol hermoso. ¿Os acordáis, 
señor Marius? ¡Oh! ¡Qué feliz soy! ¡Todo el mundo va a morir! 
Mientras hablaba, apoyaba la mano herida sobre el pecho, donde tenía otro agujero del 
cual salía a intervalos una ola de sangre. Marius con templaba a aquella infeliz criatura 
con profunda compasión. 
-¡Oh! -dijo la joven de repente-. ¡Me vuelve otra vez! ¡Me ahogo! 
Cogió la blusa y la mordió. 
En aquel momento el grito de gallo de Gavroche resonó en la barricada. El muchacho 
se había subido sobre una mesa para cargar el fusil y cantaba alegremente. 
Eponina se levantó y escuchó; después dijo a Marius: 
-¡Es mi hermano! Mejor que no me vea, porque me regañaría. 
-¿Vuestro hermano? -preguntó Marius, que estaba pensando con amargura en la 
obligación que su padre le había dejado respecto de los Thenardier-. ¿Quién es vuestro 
hermano? 
-Ese muchacho. El que canta. 
Marius hizo un movimiento como para ponerse de pie. 
-¡Oh! ¡No os vayáis! -dijo Eponina-. Ya no duraré mucho más. 
Estaba casi sentada; pero su voz era muy débil y cortada por el estertor. Acercó todo lo 
que podía su rostro al de Marius y dijo con extraña expresión: 
-Escuchad, no quiero engañaros. Tengo en el bolsillo una carta para vos desde ayer. Me 
encargaron que la echara al correo, y la guardé porque no quería que la recibierais. ¡Pero 
tal vez me odiaríais cuando nos veamos dentro de poco! Porque los muertos se vuelven a 
encontrar, ¿no es verdad? Tomad la carta. 
Cogió convulsivamente la mano de Marius con su mano herida y la puso en el bolsillo 
de la blusa. Marius tocó un papel. 
-Cogedlo -dijo ella. 
Marius tomó la carta. Entonces Eponina hizo un gesto de satisfacción. 
-Ahora prometedme por mis dolores... 
Y se detuvo. 
-¿Qué? -preguntó Marius. 
-¡Prometedme! 
-Os prometo. 
-Prometedme darme un beso en la frente cuando muera. Lo sentiré. 
Su cabeza cayó entre las rodillas de Marius y se cerraron sus párpados. 
El la creyó dormida para siempre, pero de pronto Eponina abrió lentamente los ojos, 
que ya tenían la sombría profundidad de la muerte, y le dijo con un acento cuya dulzura 
parecía venir de otro mundo: 
-Y mirad qué locura, señor Marius, creo que estaba un poco enamorada de vos. 
Trató de sonreír y expiró. 

Gavroche, preciso calculador de distancias 
Marius cumplió su promesa, y besó aquella frente lívida perlada de un sudor glacial. Un 
dulce adiós a un alma desdichada. 
Se estremeció al mirar la carta que Eponina le había dado; sabía que era algo grave, y 
estaba impaciente por leerla. Así es el corazón del hombre; apenas hubo cerrado los ojos 
la desdichada niña, Marius sólo pensó en leer la carta. 
Tendió suavemente a Eponina en el suelo y se fue a la sala baja. Algo le decía que no 
podía leer la carta delante del cadáver. La carta iba dirigida a la calle Verrerie, 16. Decía: 
"Amor mío: Mi padre quiere que partamos en seguida. Estaremos esta noche en la calle 
del Hombre Armado, número 7. Dentro de ocho días estaremos en Londres. Cosette. 4 de 
junio." 
Lo que había pasado puede decirse en breves palabras. Desde la noche del 3 de junio, 
Eponina tuvo un solo proyecto: separar a Marius de Cosette. Había cambiado de harapos 
con el primer pilluelo con que se cruzó, el cual encontró divertido vestirse de mujer 
mientras Eponina se vestía de hombre. 
Ella era quien había escrito a Jean Valjean en el Campo de Marte la expresiva frase 
"mudaos", que lo decidió a marcharse. 
Cosette, aterrada con este golpe imprevisto, había escrito unas líneas a Marius. Pero, 
¿cómo llevar la carta al correo? En esta ansiedad, vio a través de la verja a Eponina, 
vestida de hombre, que andaba rondando sin cesar alrededor del jardín. Le dio cinco 
francos y la carta diciéndole: "Llevadla en seguida a su destino". Ya hemos visto lo que 
hizo Eponina. 
Al día siguiente, 5 de junio, fue a casa de Courfeyrac a preguntar por Marius, no para 
darle la carta, sino "para ver", lo que comprenderá todo enamorado celoso. Cuando supo 
que iban a las barricadas, se le ocurrió la idea de buscar aquella muerte como habría 
buscado otra cualquiera y arrastrar a Marius. Siguió pues a Courfeyrac, se informó del 
sitio en que se construían las barricadas; y como estaba segura de que Marius acudiría lo 
mismo que todas las noches a la cita, porque no había recibido la carta, fue a la calle 
Plumet, esperó a Marius y le dio, en nombre de sus amigos, aquel aviso para llevarle a la 
barricada. Contaba con la desesperación de Marius al no encontrar a Cosette, y no se 
engañaba. Volvió en seguida a la calle de la Chanvrerie, donde ya hemos visto lo que 
hizo: morir con esa alegría trágica, propia de los corazones celosos que arrastran en su 
muerte al ser amado, diciendo: ¡No será de nadie! 
Marius cubrió de besos la carta de Cosette. ¡Lo amaba! Por un momento creyó que ya 
no debía morir, pero después se dijo: Se marcha; su padre la lleva a Inglaterra, y mi 
abuelo me niega el permiso para casarme; la fatalidad continúa siendo la misma. 
Pensó que le quedaban dos deberes que cumplir: informar a Cosette de su muerte 
enviándole un supremo adiós, y salvar de la catástrofe inminente que se preparaba a aquel 
pobre niño, hermano de Eponina a hijo de Thenardier. Escribió con lápiz estas líneas: 
"Nuestro matrimonio era un imposible. Hablé con mi abuelo y se opone; yo no tengo 
fortuna y tú tampoco. Fui a lo casa y no lo encontré; ya sabes la palabra que lo di, ahora 
la cumplo; moriré. Te amo. Cuando leas estas líneas mi alma estará cerca de ti y lo 
sonreirá." 
No teniendo con qué cerrar la carta, dobló el papel y lo dirigió a Cosette en la calle del 
Hombre Armado 7. 
Escribió otro papel con estas líneas: "Me llamo Marius Pontmercy. Llévese mi cadáver 
a casa de mi abuelo el señor Gillenormand, calle de las Hijas del Calvario número 6, en el 
Marais". 
Guardó este papel en el bolsillo de la levita, y llamó a Gavroche. El pilluelo acudió a la 
voz de Marius y lo miró con su rostro alegre y leal. 
-¿Quieres hacer algo por mí? 
-Todo -dijo Gavroche-. ¡Dios mío! Si no hubiera sido por vos me habrían comido. 
-¿Ves esta carta? 
-Sí. 
-Tómala. Sal de la barricada al momento, y mañana por la mañana la llevarás a su 
destino, a la señorita Cosette, en casa del señor Fauchelevent, calle del Hombre Armado, 
número 7. 
El niño, muy inquieto, contestó: 
-Pero pueden tomar la barricada en esas horas, y yo no estaré aquí. 
-No atacarán la barricada hasta el amanecer, según espero, y no será tomada hasta el 
mediodía. 
-¿Y si salgo de aquí mañana por la mañana? 
-Sería tarde. La barricada será probablemente bloqueada: se cerrarán todas las calles y 
no podrás salir. Ve en seguida. 
Gavroche no encontró nada que replicar; quedó indeciso y rascándose la oreja 
tristemente. De repente, con uno de esos movimientos de pájaro que tenía, cogió la carta. 
-Está bien -dijo. 
Y salió corriendo por la calle Mondetour. 
Se le había ocurrido una idea que lo había decidido, pero no dijo nada, temiendo que 
Marius hiciese alguna objeción. Esta idea era la siguiente: 
Apenas es medianoche, la calle del Hombre Armado no está lejos; voy a llevar la carta 
en seguida, y volveré a tiempo. 
VI 
Espejo indiscreto 
¿Qué son las convulsiones de una ciudad al lado de los motines del alma? El hombre es 
más profundo que el pueblo. Jean Valjean en aquel momento sentía en su interior una 
conmoción violenta. El abismo se había vuelto a abrir ante él, y temblaba como París en 
el umbral de una revolución formidable y oscura. Algunas horas habían bastado para que 
su destino y su conciencia se cubrieran de sombras. 
La víspera de aquel día, por la noche, acompañado de Cosette y de Santos, se instaló en 
la calle del Hombre Armado. Jean Valjean estaba tan inquieto que no veía la tristeza de 
Cosette. Cosette estaba tan triste que no veía la inquietud de Jean Valjean. 
Apenas llegó a la calle del Hombre Armado disminuyó su ansiedad y se fue disipando 
poco a poco. Durmió bien. Dicen que la noche aconseja, y puede añadirse que tranquiliza. 
Al día siguiente se despertó casi alegre y hasta encontró muy bonito el comedor, que 
era feo. Cosette dijo que tenía jaqueca y no salió de su dormitorio. 
Por la tarde, mientras comía, oyó confusamente dos o tres veces el tartamudeo de 
Santos que le decía: 
-Señor, hay jaleo; están combatiendo en las calles. 
Pero, absorto en sus luchas interiores, no hizo caso. 
Más tarde, cuando se paseaba de un lado a otro, meditando, su mirada se fijó en algo 
extraño. Vio enfrente de sí, en un espejo inclinado que estaba sobre el aparador, estas tres 
líneas que leyó perfectamente: 
"Amor mío: Mi padre quiere que partamos en seguida. Estaremos esta noche en la calle 
del Hombre Armado, número 7. Dentro de ocho días iremos a Londres. Cosette, 4 de 
junio." 
Jean Valjean se detuvo aturdido. 
¿Qué había sucedido? Cosette al llegar había puesto su carpeta sobre el aparador, 
delante del espejo, y en su dolorosa agonía la dejó olvidada allí sin notar que estaba 
abierta precisamente en la hoja de papel secante que había empleado para secar la carta. 
Lo escrito había quedado marcado en el secante. El espejo reflejaba la escritura. 
Jean Valjean se sintió desfallecer, dejó caer la carpeta y se recostó en el viejo sofá, al 
lado del aparador, con la cabeza caída, la vista vidriosa. Se dijo entonces que la luz del 
mundo se había apagado para siempre, que Cosette había escrito aquello a alguien, y oyó 
que su alma daba en medio de las tinieblas un sordo rugido. 
Cosa curiosa y triste, en aquel momento, Marius no había recibido aún la carta de 
Cosette y la traidora casualidad se la había dado ya a Jean Valjean. 
El pobre anciano no amaba ciertamente a Cosette más que como un padre; pero en 
aquella paternidad había introducido todos los amores de la soledad de su vida. Amaba a 
Cosette como hija, como madre, como hermana; y como no había tenido nunca ni amante 
ni esposa, este sentimiento se había mezclado con los demás, vagamente, puro con toda la 
pureza de la ceguedad, espontáneo, celestial, angélico, divino; más bien como instinto 
que como sentimiento. El amor, propiamente tal, estaba en su gran ternura para Cosette, y 
era como el filón de una montaña, tenebroso y virgen. 
Entre ambos no era posible ninguna unión, ni aun la de las almas, y, sin embargo, sus 
destinos estaban enlazados. Exceptuando a Cosette, es decir, a una niña, no tenía en su 
larga vida nada que amar. Jean Valjean era un padre para Cosette; padre extrañamente 
formado del abuelo, del hijo, del hermano y del marido que había en él. 
Así, cuando vio que todo estaba concluido, que se le escapaba de las manos; cuando 
tuvo ante los ojos esta evidencia terrible -otro es el objeto de su corazón, otro tiene su 
amor y yo no soy más que su padre- experimentó un dolor que traspasó los límites de lo 
posible. Sintió hasta la raíz de sus cabellos el horrible despertar del egoísmo, y lanzó un 
solo grito: ¡yo! 
Jean Valjean volvió a coger el secante, y quedó petrificado leyendo aquellas tres líneas 
irrecusables. Sintió que se derrumbaba toda su alma. Su instinto no dudó un momento. 
Reunió algunas circunstancias, algunas fechas, ciertos rubores y palideces de Cosette, y 
se dijo: 
-Es él. 
No sabía su nombre, pero en su desesperación adivinó quién era: el joven que rondaba 
en el Luxemburgo. 
Entonces ese hombre regenerado, ese hombre que había luchado tanto por su alma, que 
había hecho tantos esfuerzos por transformar toda su miseria y toda su desgracia en amor, 
miró dentro de sí y vio un espectro, el Odio. 
Los grandes dolores descorazonan al ser humano. En la juventud, su visita es lúgubre, 
más tarde, es siniestra. ¡Si cuando la sangre bulle, cuando los cabellos son negros, cuando 
la cabeza está erguida, cuando el corazón enamorado puede recibir amor, cuando está 
todo el porvenir en la mano, si entonces la desesperación es algo estremecedor, qué será 
esa desesperación para el anciano, cuando los años se precipitan sobre él cada vez más 
descoloridos, cuando a esa hora crepuscular comienza a ver las estrellas de la tumba! 
Entró Santos y le preguntó: 
¿No me habéis dicho que estaban combatiendo? 
-¡Así es, señor! -contestó Santos-. Hacia SaintMerry. 
Hay movimientos maquinales que provienen, a pesar nuestro, del pensamiento más 
profundo. Sin duda a impulsos de algo de que apenas tuvo conciencia, Jean Valjean salió 
a la calle cinco minutos después. 
Llevaba la cabeza descubierta; se sentó en el escalón de la puerta de su casa y se puso a 
escuchar. Era ya de noche. 
-VII 
El pilluelo es enemigo de las luces 
¿Cuánto tiempo pasó así? El farolero vino, como siempre, a encender el farol que 
estaba colocado precisamente enfrente de la puerta número 7, y se fue. 
Escuchó violentas descargas; era probablemente el ataque de la barricada de la calle de 
la Chanvrerie, rechazado por Marius. 
El continuó su tenebroso diálogo consigo mismo. 
De súbito levantó los ojos; alguien andaba por la calle; oía los pasos muy cerca; miró a 
la luz del farol, y por el lado de la calle que va a los Archivos, descubrió la silueta de un 
muchacho con el rostro radiante de alegría. 
Gavroche acababa de entrar en la calle del Hombre Armado. 
Iba mirando al aire, como buscando algo. Veía perfectamente a Jean Valjean, pero no 
hacía caso alguno de él. 
Jean Valjean se sintió irresistiblemente impulsado a hablar a aquel muchachillo. 
-Niño -le dijo-, ¿qué tienes? 
-Hambre -contestó secamente Gavroche, y añadió-: El niño seréis vos. 
Jean Valjean metió la mano en el bolsillo, y sacó una moneda de cinco francos. 
Pero Gavroche, que pasaba con rapidez de un gesto a otro, acababa de coger una piedra. 
Había visto el farol. 
-¡Cómo es esto! -exclamó-. Todavía tenéis aquí faroles; estáis muy atrasados, amigos. 
Esto es un desorden. Rompedme ese farol. 
La calle quedó a oscuras, y los vecinos se asomaron a las ventanas, furiosos. 
Jean Valjean se acercó a Gavroche. 
-¡Pobrecillo! -dijo a media voz, y hablando consigo mismo-; tiene hambre. 
Y le puso la moneda de cinco francos en la mano. 
Gavroche levantó los ojos asombrado de la magnitud de aquella moneda; la miró en la 
oscuridad y le deslumbró su blancura. Conocía de oídas las monedas de cinco francos y le 
gustaba su reputación; quedó, pues encantado de ver una, mirándola extasiado por 
algunos momentos; después se volvió a Jean Valjean, extendió el brazo para devolverle la 
moneda y le dijo majestuosamente: 
-Ciudadano, me gusta más romper los faroles. Tomad vuestra fiera; a mí no se me 
compra. 
-¿Tienes madre? -le preguntó Jean Valjean. 
Gavroche respondió: 
-Tal vez más que vos. 
-Pues bien -dijo Jean Valjean-, guarda ese dinero para tu madre. 
Gavroche se sintió conmovido. Además había notado que el hombre que le hablaba no 
tenía sombrero, y esto le inspiraba confianza. 
-¿De verdad no es esto para que no rompa los faroles? 
-Rompe todo lo que quieras. 
-Sois todo un hombre -dijo Gavroche. 
Y se guardó el napoleón en el bolsillo. 
Como aumentara poco a poco su confianza, preguntó: 
-¿Vivís en esta calle? 
-Sí. ¿Por qué? 
-¿Podríais decirme cuál es el número 7? 
-¿Para qué quieres saber el número 7? 
El muchacho se detuvo, temió haber dicho demasiado y se metió los dedos entre los 
cabellos, limitándose a contestar: 
-Para saberlo. 
Una repentina idea atravesó la mente de Jean Valjean; la angustia tiene momentos de 
lucidez. Dirigiéndose al pilluelo le preguntó: 
-¿Eres tú el que trae una carta que estoy esperando? 
-¿Vos? -dijo Gavroche-. No sois mujer. 
-¿La carta es para la señorita Cosette, no es verdad? 
-¿Cosette? -murmuró Gavroche-; sí, creo que es ese endiablado nombre. 
-Pues bien -añadió Jean Valjean-; yo debo recibir la carta para llevársela. Dámela. 
-¿Entonces deberéis saber que vengo de la barricada? 
-Sin duda. 
Gavroche metió la mano en uno de sus bolsillos, y sacó un papel con cuatro dobleces. 
-Este despacho -dijo- viene del Gobierno Provisional. 
-Dámelo. 
-No creáis que es una carta de amor; es para una mujer, pero es para el pueblo. 
Nosotros peleamos, pero respetamos a las mujeres. 
-Dámela. 
-¡Tomad! 
-¿Hay que llevar respuesta a Saint-Merry? 
-¡Ahí sí que la haríais buena! Esta carta viene de la barricada de la Chanvrerie, y allá 
me vuelvo. Buenas noches, ciudadano. 
Y, dicho esto, se fue, o por mejor decir, voló como un pájaro escapado de la jaula hacia 
el sitio de donde había venido. Algunos minutos después el ruido de un vidrio roto y el 
estruendo de un farol cayendo al suelo, despertaron otra vez a los indignados vecinos. Era 
Gavroche que pasaba por la calle Chaume. 
VIII 
Mientras Cosette dormía 
Jean Valjean entró en su casa con la carta de Marius. Subió la escalera a tientas, abrió y 
cerró suavemente la puerta, consumió tres o cuatro pajuelas antes de encender la luz, 
¡tanto le temblaba la mano!, porque había algo de robo en lo que acababa de hacer. Por 
fin encendió la vela, desdobló el papel y leyó. 
En las emociones violentas no se lee, se atrapa el papel, se le oprime como a una 
víctima, se le estruja, se le clavan las uñas de la cólera o de la alegría, se corre hacia el 
fin, se salta el principio; la atención es febril, comprende algo, un poco, lo esencial, se 
apodera de un punto, y todo lo demás desaparece. En la carta de Marius a Cosette, Jean 
Valjean no vio más que esto: "...Muero. Cuando leas esto, mi alma estará a lo lado". 
Al leer estas dos líneas, sintió un deslumbramiento horrible; tenía ante sus ojos este 
esplendor: la muerte del ser aborrecido. 
Dio un terrible grito de alegría interior. Todo estaba ya concluido. El desenlace llegaba 
más pronto de lo que esperaba. El ser que oponía un obstáculo a su destino desaparecía y 
desaparecía por sí mismo, libremente, de buena voluntad, sin que él hiciera nada; sin que 
fuera culpa suya, ese hombre iba a morir, quizá había ya muerto. Pero empezó a 
reflexionar su mente febril. No -se dijo-, todavía no ha muerto. Esta carta fue escrita para 
que Cosette la lea mañana por la mañana; después de las descargas que escuché entre 
once y doce no ha habido nada; la barricada no será atacada hasta el amanecer; pero es 
igual, desde el momento en que ese hombre se mezcló en esta guerra está perdido, será 
arrastrado por su engranaje. 
Se sintió liberado. Estaría de nuevo solo con Cosette; cesaba la competencia, empezaba 
el porvenir. Bastaba con que guardara la carta en el bolsillo, y Cosette no sabría nunca lo 
que había sido de ese hombre. 
-Ahora hay que dejar que las cosas se cumplan -murmuró-. No puede escapar. Si aún no 
ha muerto, va a morir pronto. ¡Qué felicidad! 
Sin embargo, prosiguió su meditación con aire taciturno. 
Una hora después, Jean Valjean salía vestido de guardia nacional y armado. Llevaba un 
fusil cargado y una cartuchera llena. 
QUINTA PARTE 
Jean Valjean 
LIBRO PRIMERO 
La guerra dentro de cuatro paredes 

Cinco de menos y uno de más 
Enjolras había ido a hacer un reconocimiento, saliendo por la callejuela de Mondetour y 
serpenteando a lo largo de las casas. Al regresar, dijo: 
-Todo el ejército de París está sobre las armas. La tercera parte de este ejército pesa 
sobre la barricada que defendéis, y además está la guardia nacional. Dentro de una hora 
seréis atacados. En cuanto al pueblo, ayer mostró efervescencia pero hoy no se mueve. 
No hay nada que esperar. Estáis abandonados. 
Estas palabras causaron el efecto de la primera gota de la tempestad que cae sobre un 
enjambre. Todos quedaron mudos; en el silencio se habría sentido pasar la muerte. De 
pronto surgió una voz desde el fondo: 
-Con o sin auxilio, ¡qué importa! Hagámonos matar aquí hasta el último hombre. 
Esas palabras expresaban el pensamiento de todos y fueron acogidas con entusiastas 
aclamaciones. 
-¿Por qué morir todos? -dijo Enjolras-. Los que tengáis esposas, madres, hijos, tenéis 
obligación de. pensar en ellos. Salgan, pues, de las filas todos los que tengan familia. 
Tenemos uniformes militares para que podáis filtraros entre los atacantes. 
Nadie se movió. 
-¡Lo ordeno! -gritó Enjolras. 
-Os lo ruego -dijo Marius. 
Para todos era Enjolras el jefe de la barricada, pero Marius era su salvador. Empezaron 
a denunciarse entre ellos. 
-Tú eres padre de familia. Márchate -decía un joven a un hombre mayor. 
-A ti es a quien toca irse -respondía aquel hombre-, pues mantienes a tus dos hermanas. 
Se desató una lucha inaudita, nadie quería que lo dejaran fuera de aquel sepulcro. 
-Designad vosotros mismos a las personas que hayan de marcharse -ordenó Enjolras. 
Se obedeció esta orden. Al cabo de algunos minutos fueron designados cinco por 
unanimidad, y salieron de las filas. 
-¡Son cinco! -exclamó Marius. 
No había más que cuatro uniformes. 
-¡Bueno! -dijeron los cinco-, es preciso que se quede uno. 
Y empezó de nuevo la generosa querella. Pero al final eran siempre cinco, y sólo cuatro 
uniformes. 
En aquel instante, un quinto uniforme cayó, como si lo arrojaran del cielo, sobre los 
otros cuatro. El quinto hombre se había salvado. 
Marius alzó los ojos, y reconoció al señor Fauchelevent. Jean Valjean acababa de entrar 
a la barricada. Nadie notó su presencia, pero él había visto y oído todo; y despojándose 
silenciosamente de su uniforme de guardia nacional, lo arrojó junto a los otros. 
La emoción fue indescriptible. 
-¿Quién es ese hombre? -preguntó Laigle. 
-Un hombre que salva a los demás -contestó Combeferre. 
Marius añadió con voz sombría: 
-Lo conozco. 
Que Marius lo conociera les bastó a todos. 
Enjolras se volvió hacia Jean Valjean y le dijo: 
-Bienvenido, ciudadano. 
Y añadió: 
-Supongo que sabréis que vamos a morir por la Revolución. 
Jean Valjean, sin responder, ayudó al insurrecto a quien acababa de salvar a ponerse el 
uniforme. 
II 
La sítuación se agrava 
Nada hay más curioso que una barricada que se prepara a recibir el asalto. Cada uno 
elige su sitio y su postura. 
Como la víspera por la noche, la atención de todos se dirigía hacia el extremo de la 
calle, ahora clara y visible. No aguardaron mucho tiempo. El movimiento empezó a oírse 
distintamente aunque no se parecía al del primer ataque. Esta vez el crujido de las 
cadenas, el alarmante rumor de una masa, la trepidación del bronce al saltar sobre el 
empedrado, anunciaron que se aproximaba alguna siniestra armazón de hierro. 
Apareció un cañón. Se veía humear la mecha. 
-¡Fuego! -gritó Enjolras. 
Toda la barricada hizo fuego, y la detonación fue espantosa. Después de algunos 
instantes se disipó la nube, y el cañón y los hombres reaparecieron. Los artilleros 
acababan de colocarlo enfrente de la barricada, ante la profunda ansiedad de los 
insurgentes. Salió el tiro, y sonó la detonación. 
-¡Presente! -gritó una voz alegre. 
Y al mismo tiempo que la bala dio contra la barricada se vio a Gravroche lanzarse 
dentro. 
El pilluelo produjo en la barricada más efecto que la bala, que se perdió en los 
escombros. Todos rodearon a Gavroche. Pero Marius, nervioso y sin darle tiempo para 
contar nada, lo llevó aparte. 
-¿Qué vienes a hacer aquí? 
-¡Psch! -le respondió el pilluelo-. ¿Y vos? 
Y miró fijamente a Marius con su típico descaro. 
-¿Quién lo dijo que volvieras? Supongo que habrás entregado mi carta. 
No dejaba de escocerle algo a Gavroche lo pasado con aquella carta; pues con la prisa 
de volver a la barricada, más bien que entregarla, lo que hizo fue deshacerse de ella. 
Para salir del apuro, eligió el medio más sencillo, que fue el de mentir sin pestañar. 
-Ciudadano, entregué la carta al portero. La señora dormía, y se la darán en cuanto 
despierte. 
Marius, al enviar aquella carta, se había propuesto dos cosas: despedirse de Cosette y 
salvar a Gavroche. Tuvo que contentarse con la mitad de lo que quería. 
El envío de su carta y la presencia del señor Fauchelevent en la barricada ofrecían cierta 
correlación, que no dejó de presentarse a su mente, y dijo a Gavroche, mostrándole al 
anciano: 
-¿Conoces a ese hombre? 
-No -contestó Gavroche. 
En efecto, sólo vio a Jean Valjean de noche. 
Y ya estaba al otro extremo de la barricada, gritando: 
-¡Mi fusil! 
Courfeyrac mandó que se lo entregasen. 
Gavroche advirtió a los camaradas (así los llamaba) que la barricada estaba bloqueada. 
Dijo que a él le costó mucho trabajo llegar hasta allí. Un batallón de línea tenía ocupada 
la salida de la calle del Cisne; y por el lado opuesto, estaba apostada la guardia municipal. 
Enfrente estaba el grueso del ejército. Cuando hubo dado estas noticias, añadió Gavroche: 
-Os autorizo para que les saquéis la mugre. 
III 
Los talentos que influyeron en la condena de 1796 
Iban a comenzar los disparos del cañón. 
-Nos hace falta un colchón para amortiguar las balas -dijo Enjolras. 
-Tenemos uno -replicó Combeferre-, pero sobre él están los heridos. 
Jean Valjean recordó haber visto en la ventana de una de las casas un colchón colgado 
al aire. 
-¿Tiene alguien una carabina a doble tiro que me preste? -dijo. 
Enjolras le pasó la suya. Jean Valjean disparó. Del primer tiro rompió una de las 
cuerdas que sujetaban el colchón; con el segundo rompió la otra. 
-¡Ya tenemos colchón! -gritaron todos. 
-Sí -dijo Combeferre-, ¿pero quién irá a buscarlo? 
El colchón había caído fuera de la barricada, en medio del nutrido fuego de los 
atacantes. Jean Valjean salió por la grieta, se paseó entre las balas, recogió el colchón, y 
regresó a la barricada llevándolo sobre sus hombros. Lo colocó contra el muro. El cañón 
vomitó su fuego, pero la metralla rebotó en el colchón; la barricada estaba a salvo. 
-Ciudadano -dijo Enjolras a Jean Valjean-, la República os da las gracias. 
IV 
Gavroche fuera de la barricada 
El 6 de junio de 1832, una compañía de guardias nacionales lanzó su ataque contra la 
barricada, con tan mala estrategia que se puso entre los dos fuegos y finalmente debió 
retirarse, dejando tras de sí más de quince cadáveres. 
Aquel ataque, más furioso que formal, irritó a Enjolras. 
-¡Imbéciles! -dijo-. Envían a su gente a morir, y nos hacen gastar las municiones por 
nada. 
-Vamos bien -dijo Laigle-. ¡Victoria! 
Enjolras, meneando la cabeza contestó: 
-Con un cuarto de hora más que dure esta victoria, no tendremos más de diez cartuchos 
en la barricada. 
Al parecer, Gavroche escuchó estas últimas palabras. De improviso, Courfeyrac vio a 
alguien al otro lado de la barricada, bajo las balas. Era Gavroche que había tomado una 
cesta, y saliendo por la grieta del muro, se dedicaba tranquilamente a vaciar en su cesta 
las cartucheras de los guardias nacionales muertos. 
-¿Qué haces ahí? -dijo Courfeyrac. 
Gavroche levantó la cabeza. 
-Ciudadano, lleno mi cesta. 
-¿No ves la metralla? 
Gavroche respondió: 
-Me da lo mismo; está lloviendo. ¿Algo más? 
Le gritó Courfeyrac: 
-¡Vuelve! 
-Al instante. 
Y de un salto se internó en la calle. 
Cerca de veinte cadáveres de los guardias nacionales yacían acá y allá sobre el 
empedrado; eran veinte cartucheras para Gavroche, y una buena provisión para la 
barricada. El humo obscurecía la calle como una niebla. Subía lentamente y se renovaba 
sin cesar, resultando así una oscuridad gradual que empañaba la luz del sol. Los 
combatientes apenas se distinguían de un extremo al otro. 
Aquella penumbra, probablemente prevista y calculada por los jefes que dirigían el 
asalto de la barricada, le fue útil a Gavroche. Bajo el velo de humo, y gracias a su peque- 
ñez, pudo avanzar por la calle sin que lo vieran, y desocupar las siete a ocho primeras 
cartucheras sin gran peligro. Andaba a gatas, cogía la cesta con los dientes, se retorcía, se 
deslizaba, ondulaba, serpenteaba de un cadáver a otro, y vaciaba las cartucheras como un 
mono abre una nuez. 
Desde la barricada, a pesar de estar aún bastante cerca, no se atrevían a gritarle que 
volvierá por miedo de llamar la atención hacia él. 
En el bolsillo del cadáver de un cabo encontró un frasco de pólvora. 
-Para la sed -dijo. 
A fuerza de avanzar, llegó adonde la niebla de la fusilería se volvía transparente, tanto 
que los tiradores de la tropa de línea, apostados detrás de su parapeto de adoquines, 
notaron que se movía algo entre el humo. 
En el momento en que Gavroche vaciaba la cartuchera de un sargento, una bala hirió al 
cadáver. 
-¡Ah, diablos! -dijo Gavroche-. Me matan a mis muertos. 
Otra bala arrancó chispas del empedrado junto a él. La tercera volcó el canasto. 
Gavroche se levantó, con los cabellos al viento, las manos en jarra, la vista fija en los 
que le disparaban, y se puso a cantar. En seguida cogió la cesta, recogió, sin perder ni 
uno, los cartuchos que habían caído al suelo, y, sin miedo a los disparos, fue a desocupar 
otra cartuchera. La cuarta bala no le acertó tampoco. La quinta bala no produjo más 
efecto que el de inspirarle otra canción: 
La alegría es mi ser; 
por culpa de Voltaire; 
si tan pobre soy yo, 
la culpa es de Rousseau. 
Así continuó por algún tiempo. 
El espectáculo era a la vez espantoso y fascinante. 
Gavroche, blanco de las balas, se burlaba de los fusileros. Parecía divertirse mucho. 
Era el gorrión picoteando a los cazadores. A cada descarga respondía con una copla. Le 
apuntaban sin cesar, y no le acertaban nunca. 
Los insurrectos, casi sin respirar, lo seguían con la vista. La barricada temblaba 
mientras él cantaba. Las balas corrían tras él, pero Gavroche era más listo que ellas. 
Jugaba una especie de terrible juego al escondite con la muerte; y cada vez que el 
espectro acercaba su faz lívida, el pilluelo le daba un papirotazo. 
Sin embargo, una bala, mejor dirigida o más traidora que las demás, acabó por alcanzar 
al pilluelo. Lo vieron vacilar, y luego caer. Toda la barricada lanzó un grito. Pero se 
incorporó y se sentó; una larga línea de sangre le rayaba la cara. 
Alzó los brazos al aire, miró hacía el punto de donde había salido el tiro y se puso a 
cantar: 
Si acabo de caer, 
la culpa es de Voltaire; 
si una bala me dio, 
la culpa es... 
No pudo acabar. 
Otra bala del mismo tirador cortó la frase en su garganta. 
Esta vez cayó con el rostro contra el suelo, y no se movió más. 
Esa pequeña gran alma acababa de echarse a volar. 

Un hermano puede convertirse en padre 
En ese mismo momento, en los jardines del Luxemburgo -porque la mirada del drama 
debe estar presente en todas partes-, dos niños caminaban tomados de la mano. Uno 
tendría siete años, el otro, cinco. Vestían harapos y estaban muy pálidos. El más pequeño 
decía: "Tengo hambre". El mayor, con aire protector, lo guiaba. 
El jardín estaba desierto y las rejas cerradas, a causa de la insurrección. Los niños 
vagaban, solos, perdidos. Eran los mismos que movieron a compasión a Gavroche; los 
hijos de los Thenardier, atribuidos a Gillenormand, entregados a la Magnon. 
Fue necesario el trastorno de la insurrección para que niños abandonados como esos 
entraran a los jardines prohibidos a los miserables. Llegaron hasta la laguna y, algo 
asustados por el exceso de luz, trataban de ocultarse, instinto natural del pobre y del 
débil, y se refugiaron detrás de la casucha de los cisnes. 
A lo lejos se oían confusos gritos, un rumor de disparos y cañonazos. Los niños 
parecían no darse cuenta de nada. Al mismo tiempo, se acercó a la laguna un hombre con 
un niño de seis años de la mano, sin duda padre a hijo. 
El niño iba vestido de guardia nacional, por el motín, y el padre de paisano, por 
prudencia. Divisó a los niños detrás de la casucha. 
-Ya comienza la anarquía -dijo-, ya entra cual quiera en este jardín. 
En esa época, algunas familias vecinas tenían llave del Luxemburgo. 
El hijo, que llevaba en la mano un panecillo mordido, parecía disgustado y se echó a 
llorar, diciendo que no quería comer más. 
-Tíraselo a los cisnes -le dijo el padre. 
El niño titubeó. Aunque uno no quiera comerse un panecillo, esa no es razón para darlo. 
-Times que ser más humano, hijo. Debes tener compasión de los animales. 
Y tomando el panecillo, lo tiró al agua. Los cisnes nadaban lejos y no lo vieron. 
En ese momento aumentó el tumulto lejano. 
-Vámonos, -dijo el hombre-, atacan las Tullerías 
Y se llevó a su hijo. 
Los cisnes habían visto ahora el panecillo y nadaban hacia él. Al mismo tiempo que 
ellos, los dos niños se habían acercado y miraban el pastel. 
En cuanto desaparecieron padre a hijo, el mayor se tendió en la orilla y, casi a riesgo de 
caerse, empezó a acercar el panecillo con una varita. Los cisnes, al ver al enemigo, 
nadaron más rápido, haciendo que las olas que producían fueran empujando suavemente 
el panecillo hacia la varita. Cuando los cisnes llegaban a él, el niño dio un manotazo, 
tomó el panecillo, ahuyentó à los cisnes y se levantó. 
El panecillo estaba mojado, pero ellos tenían hambre y sed. El mayor lo partió en dos, 
dio el trozo más grande a su hermano y le dijo: 
-¡Zámpatelo a la panza! 
VI 
Marius herido 
Se lanzó Marius fuera de la barricada, seguido de Combeferre, pero era tarde. Gavroche 
estaba muerto. 
Combeferre se encargó del cesto con los cartuchos, y Marius del niño. 
Pensaba que lo que el padre de Gavroche había hecho por su padre, él lo hacía por el 
hijo. Cuando Marius entró en el reducto con Gavroche en los brazos, tenía, como el 
pilluelo, el rostro inundado de sangre. 
En el instante de bajarse para coger a Gavroche, una bala le había pasado rozando el 
cráneo, sin que él lo advirtiera. Courfeyrac se quitó la corbata, y vendó la frente de 
Marius. 
Colocaron a Gavroche en la misma mesa que a Mabeuf, y sobre ambos cuerpos se 
extendió el paño negro. Hubo suficiente lugar para el anciano y el niño. 
Combeferre distribuyó los cartuchos del cesto. Esto suministraba a cada hombre quince 
tiros más. 
Jean Valjean seguía en el mismo sitio, sin moverse. Cuando Combeferre le presentó sus 
quince cartuchos, sacudió la cabeza. 
-¡Qué tipo tan raro! -dijo en voz baja Combeferre a Enjolras-. Encuentra la manera de 
no combatir en esta barricada. 
-Lo que no le impide defenderla -contestó Enjolras. 
-Al estilo del viejo Mabeuf -susurró Combeferre. 
Jean Valjean, mudo, miraba la pared que tenía enfrente. 
Marius se sentía inquieto, pensando en lo que su padre diría de él.  De repente, entre 
dos descargas, se oyó el sonido lejano de la hora. 
-Son las doce -dijo Combeferre. 
Aún no habían acabado de dar las doce campanadas, cuando Enjolras, poniéndose en 
pie, dijo con voz tonante desde lo alto de la barricada: 
-Subid adoquines a la casa y colocadlos en el borde de la ventana y de las boardillas. La 
mitad 
de la gente a los fusiles, la otra mitad a las piedras. No hay que perder un minuto. 
Una partida de zapadores bomberos con el hacha al hombro, acababa de aparecer, en 
orden de batalla, al extremo de la calle. Aquello tenía que ser la cabeza de una columna 
de ataque. 
Se cumplió la orden de Enjolras y se dejaron a mano los travesaños de hierro que 
servían para cerrar por dentro la puerta de la taberna. La fortaleza estaba completa: la 
barricada era el baluarte y la taberna el torreón. Con los adoquines que quedaron se cerró 
la grieta. 
Como los defensores de una barricada se ven siempre obligados a economizar las 
municiones, y los sitiadores lo saben, éstos combinan su plan con una especie de calma 
irritante, tomándose todo el tiempo que necesitan. Los preparativos de ataque se hacen 
siempre con cierta lentitud metódica; después viene el rayo. Esta lentitud permitió a 
Enjolras revisar todo y perfeccionarlo. Ya que semejantes hombres iban a morir, su 
muerte debía ser una obra maestra. Dijo a Marius: 
-Somos los dos jefes. Voy adentro a dar algunas órdenes; quédate fuera tú, y observa. 
Dadas sus órdenes, se volvió a Javert, y le dijo: 
-No creas que lo olvido. 
Y poniendo sobre la mesa una pistola, añadió: 
-El último que salga de aquí levantará la tapa de los sesos a ese espía. 
-¿Aquí mismo? -preguntó una voz. 
-No; no mezclemos ese cadáver con los nuestros. Se le sacará y ejecutará afuera. 
En aquel momento entró Jean Valjean y dijo a Enjolras: 
-¿Sois el jefe? 
-Sí. 
-Me habéis dado las gracias hace poco. 
-En nombre de la República. La barricada tiene dos salvadores: Marius Pontmerey y 
vos. 
-¿Creéis que merezco recompensa? 
-Sin duda. 
-Pues bien, os pido una. 
-¿Cuál? 
-La de permitirme levantar la tapa de los sesos a ese hombre. 
Javert alzó la cabeza, vio a Jean Valjean, hizo un movimiento imperceptible y dijo: 
-Es justo. 
Enjolras se había puesto a cargar de nuevo la carabina y miró alrededor. 
-¿No hay quien reclame? 
Y dirigiéndose a Jean Valjean le dijo: 
-Os entrego al soplón. 
Jean Valjean tomó posesión de Javert sentándose al extremo de la mesa; cogió la 
pistola y un débil ruido seco anunció que acababa de cargarla. 
Casi al mismo instante se oyó el sonido de una corneta. 
-¡Alerta! -gritó Marius desde lo alto de la barricada. 
Javert se puso a reír con su risa sorda, y mirando fijamente a los insurrectos, les dijo: 
-No gozáis de mejor salud que yo. 
-¡Todos fuera! -gritó Enjolras. 
Los insurrectos se lanzaron en tropel, mientras Javert murmuraba: 
-¡Hasta muy pronto! 
VII 
La venganza dejean Vajean 
Cuando Jean Valjean se quedó solo con Javert, desató la cuerda que sujetaba al 
prisionero a la mesa. En seguida le indicó que se levantara. 
Javert obedeció con una indefinible sonrisa. 
Jean Valjean lo tomó de una manga como se tomaría a un asno de la rienda, y 
arrastrándolo tras de sí salió de la taberna con lentitud, porque Javert, a causa de las 
trabas que tenía puestas en las piernas, no podía dar sino pasos muy cortos. 
Jean Valjean llevaba la pistola en la mano. 
Atravesaron de este modo el interior de la barricada. Los insurrectos, todos atentos al 
ataque que iba a sobrevenir, tenían vuelta la espalda. Sólo Marius los vio pasar. 
Atravesaron la pequeña trinchera de la callejuela Mondetour, y se encontraron solos en 
la calle. Entre el montón de muertos se distinguía un rostro lívido, una cabellera suelta, 
una mano agujereada en medio de un charco de sangre: era Eponina. 
Javert dijo a media voz, sin ninguna emoción: 
-Me parece que conozco a esa muchacha. 
Jean Valjean colocó la pistola bajo el brazo y fijó en Javert una mirada que no 
necesitaba palabras para decir: Javert, soy yo. 
Javert respondió: 
-Toma tu venganza. 
Jean Valjean sacó una navaja del bolsillo, y la abrió. 
-¡Una sangría! -exclamó Javert . Tienes razón. Te conviene más. 
Jean Valjean cortó las cuerdas que ataban las muñecas del policía, y luego las de los 
pies. Después le dijo: 
-Estáis libre. 
Javert no era hombre que se asombraba fácilmente. Sin embargo, a pesar de ser tan 
dueño de sí mismo, no pudo menos de sentir una conmoción. Se quedó con la boca 
abierta a inmóvil. Jean Valjean continuó: 
-No creo salir de aquí. No obstante, si por casualidad saliera, vivo con el nombre de 
Fauchelevent, en la calle del Hombre Armado, número 7. 
Javert entreabrió los labios como un tigre y murmuró entre dientes: 
-Ten cuidado. 
-Idos -dijo Jean Valjean. 
Javert repuso: 
-¿Has dicho Fauchelevent, en la calle del Hombre Armado? 
-Número siete. 
Javert repitió a media voz: 
-Número siete. 
Se abrochó la levita, tomó cierta actitud militar, dio media vuelta, cruzó los brazos 
sosteniendo su mentón con una mano, y se encaminó en la dirección del Mercado. Jean 
Valjean le seguía con la vista. Después de dar algunos pasos, Javert se volvió y le gritó: 
-No me gusta esto. Matadme mejor. 
Javert, sin advertirlo, no lo tuteaba ya. 
-Idos -dijo Jean Valjean. 
Javert se alejó poco a poco. Cuando hubo desaparecido, Jean Valjean descargó la 
pistola al aire. En seguida entró de nuevo en la barricada, y dijo: 
-Ya está hecho. 
Mientras esto sucedía, Marius, que había reconocido a último momento a Javert en el 
espía maniatado que caminaba hacia la muerte, se acordó del inspector que le 
proporcionara las dos pistolas de que se había servido en esta misma barricada; pensó que 
debía intervenir en su favor. En aquel momento se oyó el pistoletazo y Jean Valjean 
volvió a aparecer en la barricada. Un frío glacial penetró en el corazón de Marius. 
VIII 
Los héroes 
La agonía de la barricada estaba por comenzar. De repente el tambor dio la señal del 
ataque. La embestida fue un huracán. Una poderosa columna de infantería y guardia 
nacional y municipal cayó sobre la barricada. El muro se mantuvo firme. 
Los revolucionarios hicieron fuego impetuosamente, pero el asalto fue tan furibundo, 
que por un momento se vio la barricada llena de sitiadores; pero sacudió de sí a los 
soldados como el león a los perros. 
En uno de los extremos de la barricada estaba Enjolras, y en el otro, Marius. Marius 
combatía al descubierto, constituyéndose en blanco de los fusiles enemigos, pues más de 
la mitad de su cuerpo sobresalía por encima del reducto. Estaba en la batalla como en un 
sueño. Diríase un fantasma disparando tiros. 
Se agotaban los cartuchos. Se sucedían los asaltos. El horror iba en aumento. Aquellos 
hombres macilentos, haraposos, cansados, que no habían comido desde hacía veinticuatro 
horas, que tampoco habían dormido, que sólo contaban con unos cuantos tiros más, que 
se tentaban los bolsillos vacíos de cartuchos, heridos casi todos, vendados en la cabeza o 
el brazo con un lienzo mohoso y negruzco, de cuyos pantalones agujereados corría 
sangre, armados apenas de malos fusiles y de viejos sables mellados, se convirtieron en 
titanes. Diez veces fue atacado y escalado el reducto, y ninguna se consiguió tomarlo. 
Laigle fue muerto, y lo mismo Feuilly, Joly, Courfeyrac y Combeferre. Marius, 
combatiendo siempre, estaba tan acribillado de heridas particularmente en la cabeza, que 
el rostro desaparecía bajo la sangre. 
Cuando no quedaron vivos más jefes que Enjolras y Marius en los dos extremos de la 
barricada, el centro cedió. El grupo de insurrectos que lo defendía retrocedió en desorden. 
Se despertó a la sazón en algunos el sombrío amor a la vida. Viéndose blanco de 
aquella selva de fusiles, no querían ya morir. Enjolras abrió la puerta de la taberna, que 
impedía pasar a los sitiadores. Desde allí gritó a los desesperados: 
-No hay más que una puerta abierta. Esta. 
Y cubriéndolos con su cuerpo, y haciendo él solo cara a un batallón, les dio tiempo para 
que pasasen por detrás. 
Todos se precipitaron dentro. Hubo un instante horrible, queriendo penetrar los 
soldados y cerrar los insurrectos. La puerta se cerró, al fin, con tal violencia, que al 
encajar en el quicio, dejó ver cortados y pegados al dintel los cinco dedos de un soldado 
que se había asido de ella. 
Marius se quedó afuera; una bala acababa de romperle la clavícula, y se sintió desmayar 
y caer. En aquel momento, ya cerrados los ojos, experimentó la conmoción de una 
vigorosa mano que lo cogía, y su desmayo le permitió apenas este pensamiento en que se 
mezclaba el supremo recuerdo de Cosette: . 
-Soy hecho prisionero, y me fusilarán. 
Enjolras, no viendo a Marius entre los que se refugiaron en la taberna, tuvo la misma 
idea. Pero habían llegado al punto en que no restaba a cada cual más tiempo que el de 
pensar en su propia suerte. Enjolras sujetó la barra de la puerta, echó el cerrojo, dio dos 
vueltas a la llave, hizo lo mismo con el candado, mientrás que por la parte de afuera 
atacaban furiosamente los soldados con las culatas de los fusiles, y los zapadores con sus 
hachas. Empezaba el sitio de la taberna. Cuando la puerta estuvo trancada, Enjolras dijo a 
los suyos: 
-Vendámonos caros. 
Después se acercó a la mesa donde estaban tendidos Mabeuf y Gavroche. Veíanse bajo 
el paño negro dos formas derechas y rígidas, una grande y otra pequeña, y las dos caras 
se bosquejaban vagamente bajo los pliegues fríos del sudario. Una mano asomaba por 
debajo del paño, colgando hacia el suelo. Era la del anciano. Enjolras se inclinó y besó 
aquella mano venerable, lo mismo que el día antes había besado la frente. Fueron los 
únicos dos besos que dio en su vida. 
Nada faltó a la toma por asalto de la taberna Corinto; ni los adoquines lloviendo de la 
ventana y el tejado sobre los sitiadores; ni el furor del ataque; ni la rabia de la defensa; ni, 
al fin, cuando cedió la puerta, la frenética demencia del exterminio. 
Los sitiadores al precipitarse dentro de la taberna con los pies enredados en los tableros 
de la puerta rota y derribada, no encontraron un solo combatiente. La escalera en espiral, 
cortada a hachazos, yacía en medio de la sala baja; algunos heridos acababan de expirar; 
los que aún vivían estaban en el piso principal; y allí, por el agujero del techo que había 
servido de encaje a la escalera empezó un espantoso fuego. Eran los últimos cartuchos. 
Aquellos agonizantes, una vez quemados los cartuchos, sin pólvora ya ni balas, tomó 
cada cual en la mano dos de las botellas reservadas por Enjolras para el Final e hicieron 
frente al enemigo con estas mazas horriblemente frágiles. Eran botellas de aguardiente. 
La fusilería de los sitiadores, aunque con la molestia de tener que dirigirse de abajo 
arriba, era mortífera. Pronto el borde del agujero del techo se vio rodeado de cabezas de 
muertos, de donde corría la sangre en rojos y humeantes hilos. El ruido era indecible; un 
humo espeso y ardiente esparcía casi la noche sobre aquel combate. Faltan palabras para 
expresar el horror. No había ya hombres en aquella lucha, ahora infernal. Demonios 
atacaban, y espectros resistían. Era un heroísmo monstruoso. 
Cuando por fin unos veinte soldados lograron subir a la sala del segundo piso, 
encontraron a un solo hombre de pie, Enjolras. Sentado en una silla dormía desde la 
noche anterior Grantaire, totalmente borracho. 
-Es el jefe -gritó un soldado-. ¡Fusilémoslo! 
-Fusiladme -repuso Enjolras. 
Se cruzó de brazos y presentó su pecho a las balas. 
Un guardia nacional bajó su fusil y dijo: 
-Me parece que voy a fusilar a una flor. 
-¿Queréis que se os venden los ojos? -preguntó un oficial a Enjolras. 
-No. 
El silencio que se hizo en la sala despertó a Grantaire, que durmió su borrachera en 
medio del tumulto. Nadie había advertido su presencia, pero él al ver la escena 
comprendió todo. 
-¡Viva la República! -gritó-. ¡Aquí estoy! 
Atravesó la sala y se colocó al lado de Enjolras. 
-Matadnos a los dos de un golpe -dijo. 
Y volviéndose hacia Enjolras le dijo con gran dulzura: 
-¿Lo permites? 
Enjolras le apretó la mano sonriendo. Estalló la detonación. Cayeron ambos al mismo 
tiempo. La barricada había sido tomada. 
IX 
Marius otra vez prisionero 
Marius era prisionero, en efecto. Prisionero de Jean Valjean. La mano que lo cogiera en 
el momento de caer era la suya. 
Jean Valjean no había tomado más parte en el combate que la de exponer su vida. Sin 
él, en aquella fase suprema de la agonía, nadie hubiera pensado en los heridos. Gracias a 
él, presente como una providencia en todos lados durante la matanza, los que caían eran 
levantados, trasladados a la sala baja y curados. En los intervalos reparaba la barricada. 
Pero nada que pudiera parecerse a un golpe, a un ataque, ni siquiera a una defensa 
personal salió de sus manos. Se callaba y socorría. Por lo demás, apenas tenía algunos 
rasguños. Las balas lo respetaban. Si el suicidio entró por algo en el plan que se propuso 
al dirigirse a aquella tumba, el éxito no le favoreció. Pero dudamos que hubiese pensado 
en el suicidio, acto irreligioso. 
Jean Valjean, en medio de la densa niebla del combate, aparentaba no ver a Marius, 
siendo que no le perdía de vista un solo instante. Cuando un balazo derribó al joven, saltó 
con la agilidad de un tigre, se arrojó sobre él como si se tratara de una presa, y se lo llevó. 
El remolino del ataque estaba entonces concentrado tan violentamente en Enjolras que 
defendía la puerta de la taberna, que nadie vio a Jean Valjean, sosteniendo en sus brazos a 
Marius sin sentido, atravesar el suelo desempedrado de la barricada y desaparecer detrás 
de Corinto. Allí se detuvo, puso en el suelo a Marius y miró en derredor. La situación era 
espantosa. ¿Qué hacer? Sólo un pájaro hubiera podido salir de allí. 
Y era preciso decidirse en el momento, hallar un recurso, adoptar una resolución. A 
algunos pasos de aquel sitio se combatía, y por fortuna todos se encarnizaban en la puerta 
de la taberna; pero si se le ocurría a un soldado dar vuelta a la casa, o atacarla por el 
flanco, todo habría concluido para él. 
Jean Valjean miró la casa de enfrente, la barricada de la derecha, y, por último, el suelo, 
con la ansiedad de la angustia suprema, desesperado, y como si hubiese querido abrir un 
agujero con los ojos. 
A fuerza de mirar, llegó a adquirir forma ante él una cosa vagamente perceptible en tal 
agonía, como si la vista tuviera poder para hacer brotar el objeto pedido. Vio a los pocos 
pasos y al pie del pequeño parapeto y bajo unos adoquines que la ocultaban en parte, una 
reja de hierro colocada de plano y al nivel del piso, compuesta de fuertes barrotes 
transversales. El marco de adoquines que la sostenía había sido arrancado y estaba como 
desencajada. A través de los barrotes se entreveía una abertura oscura, parecida al cañón 
de una chimenea o al cilindro de una cisterna. Su antigua ciencia de las evasiones le 
iluminó el cerebro. Apartar los adoquines, levantar la reja, echarse a cuestas a Marius 
inerte como un cuerpo muerto, bajar con esta carga sirviéndose de los codos y de las 
rodillas a aquella especie de pozo, felizmente poco profundo, volver a dejar caer la 
pesada trampa de hierro que los adoquines cubrieron de nuevo, asentar el pie en una 
superficie embaldosada a tres metros del suelo, todo esto fue ejecutado como en pleno 
delirio, con la fuerza de un gigante y la rapidez de un águila; apenas empleó unos cuantos 
minutos. 
Se encontró Jean Valjean con Marius, siempre desmayado, en una especie de corredor 
largo y subterráneo. Reinaba allí una paz profunda, silencio absoluto, noche. 
Tuvo la misma impresión que experimentara en otro tiempo cuando saltó de la calle al 
convento. Sólo que ahora no llevaba consigo a Cosette, sino a Marius. 
Apenas oía encima de su cabeza algo como un vago murmullo; era el formidable 
tumulto de la taberna tomada por asalto. 
LIBRO SEGUNDO 
El intestino de Leviatán 

Historia de la cloaca 
París arroja anualmente veinticinco millones al agua. Y no hablamos en estilo 
metafórico. ¿Cómo y de qué manera? Día y noche. ¿Con qué objeto? Con ninguno ¿Con 
qué idea? Sin pensar en ello. ¿Para qué? Para nada. ¿Por medio de qué órgano? Por 
medio de su intestino. ¿Y cuál es su intestino? La cloaca. 
París tiene debajo de sí otro París. Un París de alcantarillas; con sus calles, 
encrucijadas, plazas, callejuelas sin salida; con sus arterias y su circulación, llenas de 
fango. 
La historia de las ciudades se refleja en sus cloacas. La de París ha sido algo 
formidable. Ha sido sepulcro, ha sido asilo. El crimen, la inteligencia, la protesta social, 
la libertad de conciencia, el pensamiento, el robo, todo lo que las leyes humanas 
persiguen, se ha ocultado en ese hoyo. Hasta ha sido sucursal de la Corte de los Milagros. 
Ya en la Edad Media era asunto de leyendas, como cuando se desbordaba, como si 
montase de repente en cólera, y dejaba en París su sabor a fango, a pestes, a ratones. 
Hoy es limpia, fría, correcta. No le queda nada de su primitiva ferocidad. Sin embargo, 
no hay que fiarse demasiado. Las miasmas la habitan aún y exhala siempre cierto 
olorcillo vago y sospechoso. 
El suelo subterráneo de París no tiene más boquetes y pasillos que el pedazo de tierra 
de seis leguas de circuito donde descansa la antigua gran ciudad. Sin hablar de las 
catacumbas, que son una bóveda aparte; sin hablar del confuso enverjado de las cañerías 
del gas; sin contar el vasto sistema de tubos que distribuyen el agua a las fuentes 
públicas, las alcantarillas por sí solas forman en las dos riberas una prodigiosa red 
subterránea; un laberinto cuyo hilo es la pendiente. 
La construcción de la cloaca de París no ha sido una obra insignificante. Los últimos 
diez siglos han trabajado en ella sin poder terminarla como tampoco han podido terminar 
París. La cloaca sigue paso a paso el desarrollo de París. 
II 
La cloaca y sus sorpresas 
Jean Valjean se encontraba en la cloaca de París. 
En un abrir y cerrar de ojos había pasado de la luz a las tinieblas, del mediodía a la 
medianoche, del ruido al silencio, del torbellino a la quietud de la tumba, y del mayor 
peligro a la seguridad absoluta. 
Qué instante tan extraño aquel cuando cambió la calle donde en todos lados veía la 
muerte, por una especie de sepulcro donde debía encontrar la vida. Permaneció algunos 
segundos como aturdido, escuchando, estupefacto. Se había abierto de improviso ante sus 
pies la trampa de salvación que la bondad divina le ofreció en el momento crucial. 
Entretanto, el herido no se movía y Jean Valjean ignoraba si lo que llevaba consigo a 
aquella fosa era un vivo o un muerto. 
Su primera sensación fue la de que estaba ciego. Repentinamente se dio cuenta de que 
no veía nada. Le pareció también que en un segundo se había quedado sordo. No oía el 
menor ruido. El huracán frenético de sangre y de venganza que se desencadenaba a 
algunos pasos de allí llegaba a él, gracias al espesor de la tierra que lo separaba del teatro 
de los acontecimientos, apagado y confuso, como un rumor en una profundidad. Lo único 
que supo fue que pisaba en suelo sólido, y le bastó con eso. Extendió un brazo, luego 
otro, y tocó la pared a ambos lados, de donde infirió que el pasillo era estrecho. Resbaló, 
y dedujo que la baldosa estaba mojada. Adelantó un pie con precaución, temiendo 
encontrar un agujero, un pozo perdido, algún precipicio, y así se cercioró de que el 
embaldosado se prolongaba. Una bocanada de aire fétido le indicó cuál era su mansión 
actual. 
Al cabo de algunos instantes empezó a ver. Un poco de luz caía del respiradero por 
donde había entrado, y ya su mirada se había acostumbrado a la cueva. 
Calculó que los soldados bien podían ver también la reja que él descubriera debajo de 
los adoquines. No había que perder un minuto. Recogió a Marius del suelo, se lo echó a 
cuestas, y se puso en marcha, penetrando resueltamente en aquella oscuridad. 
La verdad es que estaban menos a salvo de lo que Jean Valjean creía. ¿Cómo orientarse 
en aquel negro laberinto? El hilo de este laberinto, es la pendiente; siguiéndola se va al 
río. Jean Valjean lo comprendió de inmediato. Pensó que estaba probablemente en la 
cloaca del Mercado; que si tomaba a la izquierda y seguía la pendiente llegaría antes de 
un cuarto de hora a alguna boca junto al Sena; es decir, que aparecería en pleno día en el 
punto más concurrido de París. Los transeúntes al ver salir del suelo, bajo sus pies, a dos 
hombres ensangrentados, se asustarían; acudirían los soldados y antes de estar fuera se les 
habría ya echado mano. Era preferible internarse en el laberinto, fiarse de la oscuridad, y 
encomendarse a la Providencia en lo que respecta a la salida. 
Subió la pendiente y tomó a la derecha. Cuando hubo doblado la esquina de la galería, 
la lejana claridad del respiradero desapareció, la cortina de tinieblas volvió a caer ante él, 
y de nuevo quedó ciego. No obstante, poco a poco, sea que otros respiraderos lejanos 
enviaran alguna luz, sea que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad, empezó a entrever 
confusamente, tanto la pared que tocaba como la bóveda por debajo de la cual pasaba. 
La pupila se dilata en las tinieblas, y concluye por percibir claridad, del mismo modo 
que el alma se dilata en la desgracia, y termina por encontrar en ella a Dios. 
Era difícil dirigir el rumbo. Estaba obligado a encontrar y casi a inventar su camino sin 
verlo. En ese paraje desconocido cada paso que daba podía ser el último de su vida. 
¿Cómo salir? ¿Morirían allí, Marius de hemorragia, y él de hambre? A ninguna de estas 
preguntas sabía qué responder. 
De repente, cuando menos lo esperaba, y sin haber cesado de caminar en línea recta, 
notó que ya no subía; el agua del arroyo le golpeaba en los talones y no en la punta de los 
pies. La alcantarilla bajaba ahora. ¿Por qué? ¿Iría a llegar de improviso al Sena? Este 
peligro era grande pero era mayor el de retroceder. Siguió avanzando. 
No se dirigía al Sena. La curva que hace el suelo de París en la ribera derecha vacía una 
de sus vertientes en el Sena y la otra en la gran cloaca. Hacia allá se dirigía Jean Valjean; 
estaba en el buen camino, pero no lo sabía. 
De repente oyó sobre su cabeza el ruido de un trueno lejano, pero continuo. Eran los 
carruajes que rodaban. 
Según sus cálculos, hacía media hora poco más o menos que caminaba, y no había 
pensado aún en descansar, contentándose con mudar la mano que sostenía a Marius. La 
oscuridad era más profunda que nunca; pero esta oscuridad lo tranquilizaba. 
De súbito vio su sombra delante de sí. Destacábase sobre un rojo claro que teñía 
vagamente el piso y la bóveda, y que resbalaba, a derecha e izquierda, por las dos paredes 
viscosas del corredor. Se volvió lleno de asombro. 
Detrás de él, en la parte del pasillo que acababa de dejar y a una distancia que le pareció 
inmensa, resplandecía rasgando las tinieblas una especie de astro horrible que parecía 
mirarlo. Era el lúgubre farol de la policía que alumbraba la cloaca. 
Detrás del farol se movían confusamente ocho o diez formas, formas negras, rectas, 
vagas y terribles. 
Y es que ese 6 de junio se dispuso una batida de la alcantarilla porque se temía que los 
vencidos se refugiaran en ella. Los policías estaban armados de carabinas, garrotes, 
espadas y puñales. Lo que en aquel momento reflejaba la luz sobre Jean Valjean era la 
linterna de la ronda del sector. Habían escuchado un ruido y registraban el callejón. 
Fue un minuto de indecible angustia. 
Felizmente, aunque él veía bien la linterna, ésta le veía a él mal, pues estaba muy lejos 
y confundido en el fondo oscuro del subterráneo. Se pegó a la pared, y se detuvo. El ruido 
cesó. Los hombres de la ronda escuchaban y no oían; miraban y no veían. El sargento dio 
la orden de torcer a la izquierda y dirigirse a la vertiente del Sena. 
El silencio volvió a ser profundo, la oscuridad completa, la ceguedad y la sordera se 
posesionaron otra vez de las tinieblas, y Jean Valjean, sin osar moverse, permaneció largo 
rato contra la pared, con el oído atento, la pupila dilatada, mirando alejarse esa patrulla de 
fantasmas. 
III 
La pista perdida 
Preciso es hacer a la policía de aquel tiempo la justicia de decir que, aun en las 
circunstancias públicas más graves, cumplía imperturbablemente su deber de inspección 
y vigilancia. Un motín no era a sus ojos un pretexto para aflojar la rienda a los 
malhechores. 
Era lo que sucedía por la tarde del 6 de junio a orillas del Sena, en la ribera izquierda, 
un poco más allá del puente de los Inválidos. 
Dos hombres, separados por cierta distancia, parecían observarse, evitándose 
mutuamente. A medida que el que iba delante procuraba alejarse, se empeñaba el que iba 
detrás en vigilarlo más de cerca. El que iba delante era un ser de mal talante, harapiento, 
encorvado a inquieto, que tiritaba bajo una blusa remendada. Se sentía el más débil y 
evitaba al que iba detrás; en sus ojos había la sombría hostilidad de la huida y toda la 
amenaza del miedo. El otro era un personaje clásico y oficial, con el uniforme de la 
autoridad abrochado hasta el cuello. 
El lector conocería quizá a estos dos hombres si los viera más de cerca. 
¿Qué fin se proponía el último? Probablemente suministrar al primero ropa de abrigo. 
Cuando un hombre vestido por el Estado persigue a otro hombre andrajoso, es con el 
objeto de convertirlo en hombre vestido también por el Estado. 
Si el de atrás permitía al otro ir adelante y no se apoderaba de él aún era, según las 
apariencias, con la esperanza de verlo dirigirse a alguna cita importante con algún grupo 
que fuese buena presa. El hombre del uniforme, divisando un coche de alquiler que iba 
vacío, indicó algo al cochero. Este comprendió y conociendo evidentemente con quién se 
las había, cambió de dirección, y se puso a seguir desde lo alto del muelle a aquellos dos 
hombres. De esto no se impuso el personaje de mala traza que caminaba delante. 
Era de suponer que el hombre andrajoso subiría por la rampa a fin de intentar evadirse 
en los Campos Elíseos. Pero con gran sorpresa del que le seguía, no tomó por la rampa 
sino que continuó avanzando por la orilla, junto al muelle. 
Evidentemente su posición se iba poniendo muy crítica. ¿Qué haría, a menos que se 
arrojara al Sena? 
El hombre perseguido llegó a un montículo de escombros de una construcción y se 
perdió tras él. El uniformado aprovechó el momento en que ni veía ni era visto, y, 
dejando a un lado todo disimulo, se puso a caminar con rapidez. Pronto dio la vuelta al 
montículo, deteniéndose en seguida asombrado. El hombre a quien perseguía no estaba 
allí. Eclipse total del harapiento. 
El fugitivo no hubiera podido arrojarse al Sena, ni escalar el muelle sin que lo viera su 
perseguidor. ¿Qué se había hecho? Caminó hasta el extremo de la ribera y permaneció 
allí un momento, pensativo, con los puños apretados, y registrándolo todo con los ojos. 
De pronto percibió, en el punto donde concluía la tierra y empezaba el agua, una reja de 
hierro, gruesa y baja, provista de una enorme cerradura y de tres goznes macizos. Aquella 
reja, especie de puerta en la parte inferior del muelle, daba al río. Por debajo pasaba un 
arroyo negruzco que iba a desaguar en el Sena. Al otro lado de los pesados y mohosos 
barrotes se distinguía una especie de corredor abovedado y oscuro. 
El hombre cruzó los brazos, y miró la reja con el aire de una persona que se echa en 
cara algo. Como no bastaba mirar, trató de empujarla, la sacudió, y la reja resistió 
tenazmente. Era probable que acabaran de abrirla y no había duda de que la habían vuelto 
a cerrar, lo que probaba que la persona que la abrió no lo hizo con una ganzúa, sino con 
una llave. 
-¡Esto ya es el colmo! ¡Una llave del gobierno! -exclamó. 
Esperando ver salir al de la blusa o entrar a otros, se puso en acecho detrás del montón 
de escombros, con la paciente rabia del perro de presa. 
Por su parte, el carruaje de alquiler, que seguía todos sus movimientos, se detuvo junto 
al parapeto. El cochero, previendo que la espera no sería corta, se bajó y ató el saco de 
avena al hocico de sus caballos. 
IV 
Con la cruz a cuestas 
Jean Valjean emprendió de nuevo su marcha, y ya no volvió a detenerse. 
Era una marcha que se hacía cada vez más difícil. Muchas veces se veía obligado a 
caminar encorvado, por miedo a que Marius se golpeara contra la bóveda; iba siempre 
tocando la pared. 
Tenía hambre y sed; sed sobre todo; se sentía cansado y a medida que perdía vigor, 
aumentaba el peso de la carga. Marius, muerto quizá, pesaba como pesan los cuerpos 
inertes. Las ratas se deslizaban por entre sus piernas. Una se asustó hasta el punto de 
querer morderlo. 
De tanto en tanto, llegaban hasta él ráfagas de aire fresco procedentes de las bocas de la 
cloaca, que le infundían nuevo ánimo. 
Podrían ser las tres de la tarde cuando entró en la alcantarilla del centro. Al principio le 
sorprendió aquel ensanche repentino. Se encontró bruscamente en una galería cuyas dos 
paredes no tocaba con los brazos extendidos, y bajo una bóveda mucho más alta que él. 
Pensó, sin embargo, que la situación era grave y que necesitaba, a todo trance, llegar al 
Sena, o lo que equivalía a lo mismo, bajar. Torció, pues, a la izquierda. Su instinto le guió 
perfectamente. Bajar era, en efecto, la única salvación posible. 
Se detuvo un momento. Estaba muy cansado. Un respiradero bastante ancho daba una 
luz casi viva. Jean Valjean con la suavidad de un hermano con su hermano herido, colocó 
a Marius en la banqueta de la alcantarilla. El rostro ensangrentado del joven apareció a la 
luz pálida como si estuviera en el fondo de una tumba. Tenía los ojos cerrados, los 
cabellos pegados a las sienes, las manos yertas, la sangre coagulada en las comisuras de 
la boca. Puso la mano en su pecho y vio que el corazón latía aún. Rasgó la camisa, vendó 
las heridas lo mejor que pudo y restañó la sangre que corría; después, inclinándose sobre 
Marius que continuaba sin conocimiento y casi sin respiración, lo miró con un odio 
indecible. 
Al romper la camisa de Marius, encontró en sus bolsillos dos cosas: un pan guardado 
desde la víspera, y la cartera del joven. Se comió el pan, y abrió la cartera. En la primera 
página vio las líneas escritas por Marius: "Me llamo Marius Pontmercy. Llevar mi 
cadáver a casa de mi abuelo, el señor Gillenormand, calle de las Hijas del Calvario 
número 6, en el Marais". 
Jean Valjean permaneció un momento como absorto en sí mismo, repitiendo a media 
voz: calle de las Hijas del Calvario, número 6, señor Gillenormand. Volvió a colocar la 
cartera en el bolsillo de Marius. Había comido y recuperó las fuerzas. Puso otra vez al 
joven en sus hombros, apoyó cuidadosamente la cabeza en su hombro derecho, y 
continuó bajando por la cloaca. 
De súbito se golpeó contra la pared. Había llegado a un ángulo de la alcantarilla 
caminando desesperado y con la cabeza baja. Alzó los ojos y en la extremidad del 
subterráneo delante de él, lejos, muy lejos, percibió la claridad. Esta vez no era la 
claridad terrible, sino la claridad buena y blanca. Era el día. Jean Valjean veía la salida. 
Un alma condenada que en medio de las llamas divisara de repente la salida del 
infierno, experimentaría lo que él experimentó; recobró sus piernas de acero y echó a 
correr. 
A medida que se aproximaba distinguía mejor la salida. Era un arco menos alto que la 
bóveda, la cual por grados iba decreciendo, y menos ancho que la galería que iba 
estrechándose mientras la bóveda bajaba. 
Llegó a la salida. Allí se detuvo. Era la salida pero no se podía salir. El arco estaba 
cerrado con una fuerte reja, y la reja, que al parecer giraba muy pocas veces sobre sus 
oxidados goznes, estaba sujeta al dintel de piedra por una gruesa cerradura llena de 
herrumbre, que parecía un enorme ladrillo. Se veía el agujero de la llave y el macizo 
pestillo profundamente encajado en la chapa de hierro. 
Jean Valjean colocó a Marius junto a la pared, en la parte seca; se dirigió a la reja y 
cogió con sus dos manos los barrotes. El sacudimiento fue frenético, pero la reja no se 
movió. Fue probando uno por uno los barrotes para ver si podía arrancar el menos sólido 
y convertirlo en palanca para levantar la puerta, o para romper la cerradura. Ningún 
barrote cedió. El obstáculo era invencible. No había manera de abrir la puerta. 
No quedaba más remedio que pudrirse allí. Cuanto había hecho era inútil. Después de 
tanto esfuerzo, el fracaso. No tenía fuerzas para rehacer el camino, y pensó que todos los 
respiraderos debían estar igualmente cerrados. No había medio de salir de allí. 
Volvió la espalda a la reja y se dejó caer en el suelo cerca de Marius, que continuaba 
inmóvil. Hundió la cabeza entre sus rodillas. Era la última gota de la amargura. 
¿En qué pensaba en aquel profundo abatimiento? Ni en sí mismo, ni en Marius. 
Pensaba en Cosette. 
En medio de tal postración, una mano se apoyó en su hombro y una voz que hablaba 
bajo, susurró: 
-Compartamos. 
¿Quién le hablaba en aquel lóbrego sitio? Nada se parece más al sueño que la 
desesperación, y Jean Valjean creyó estar soñando. No había oído pasos. ¿Era sueño o 
realidad? Levantó los ojos. Un hombre estaba delante de él. 
Iba vestido de blusa y estaba descalzo. Llevaba los zapatos en la mano izquierda pues, 
sin duda, se los había quitado para llegar sin ser oído. 
Jean Valjean no vaciló un momento. A pesar de cogerle tan de improviso, reconoció al 
hombre. Era Thenardier. 
Recobró al instante toda su presencia de ánimo. La situación no podía empeorar, pues 
hay angustias que no tienen aumento posible y ni el mismo Thenardier añadiría oscuridad 
a aquella tenebrosa noche. 
Thenardier guiñó los ojos tratando de reconocer al hombre que tenía delante de sí. No 
lo consiguió, porque Jean Valjean volvía la espalda a la luz y estaba, además, tan 
desfigurado, tan lleno de fango y de sangre, que ni aun en pleno día lo habría reconocido. 
Al revés, Jean Valjean no tuvo dudas pues el rostro de Thenardier estaba alumbrado por 
la luz de la reja. Esta desigualdad de posiciones bastaba para dar alguna ventaja a Jean 
Valjean en el misterioso duelo que iba a comenzar. 
El encuentro era entre Jean Valjean con máscara, y Thenardier sin ella. Jean Valjean 
advirtió inmediatamente que Thenardier no lo reconocía. Thenardier habló primero. 
-¿Cómo pretendes salir? 
Jean Valjean no contestó. 
Thenardier continuó: 
-Es imposible abrir la puerta, y, sin embargo, tienes que marcharte. 
-Cierto. 
-Pues bien, compartamos las ganancias. 
-¿Qué quieres decir? 
-Has matado a ese hombre, es indudable. Yo tengo la llave. 
Thenardier indicaba con el dedo a Marius. 
-No lo conozco -prosiguió-, pero quiero ayudarte. Debes ser un camarada. 
Jean Valjean empezó a comprender. Thenardier lo tomaba por un asesino. 
-Escucha volvió a decir Thenardier-. No habrás matado a ese hombre sin mirar lo que 
tenía en el bolsillo. Dame la mitad y lo abro la puerta. 
Sacando entonces a medias una enorme llave de debajo de su agujereada blusa, añadió: 
-¿Quieres ver lo que ha de proporcionarte la salida? Mira. 
Jean Valjean quedó atónito, no atreviéndose a creer en la realidad de lo que veía. Era la 
providencia en formas horribles; era el ángel bueno que surgía ante él bajo la forma de 
Thenardier. Este sacó de un bolsillo una cuerda, y se la pasó a Jean Valjean. 
-Toma -dijo-, lo doy además la cuerda. 
-¿Para qué? 
-También necesitas una piedra; pero afuera la hallarás. Junto a la reja las hay de sobra. 
-¿Y para qué necesito esa piedra? 
-Imbécil, si arrojas el cadáver al río sin atarle una piedra al pescuezo, flotaría sobre el 
agua. 
Jean Valjean tomó maquinalmente la cuerda, como cualquiera habría hecho en su caso. 
Después de una breve pausa, Thenardier añadió: 
-Porque no vea lo cara ni conozca lo nombre, no lo figures que ignoro lo que eres y lo 
que quieres. Pero lo voy a ayudar. ¡Aunque eres un imbécil! ¿Por qué no lo arrojaste en el 
fango? 
Jean Valjean no despegó los labios. 
-Bien puede ser que actuaras cuerdamente -añadió Thenardier, pensativo-; porque 
mañana los obreros habrían tropezado con el cadáver a hilo por hilo, hebra por hebra, 
quizá llegaran hasta ti. La policía tiene talento. La cloaca es desleal y denuncia, mientras 
que el río es la verdadera sepultura. Al cabo de un mes se pesca al hombre con las redes 
en Saint-Cloud. ¿Y qué importa? Está hecho un desastre. .¿Quién lo mató? París. Y ni 
siquiera interviene la justicia. Has obrado a las mil maravillas. 
Cuanto más locuaz era Thenardier, más mudo se volvía Jean Valjean. 
-Terminemos nuestro asunto. Partamos el botín. Has visto mi llave; muéstrame lo 
dinero. 
Thenardier tenía la mirada extraviada, feroz, amenazante, y sin embargo el tono era 
amistoso. Aunque sin afectar misterio, hablaba bajo. No era fácil adivinar la causa. Se 
encontraban solos y Jean Valjean supuso que tal vez habría más bandidos ocultos en 
algún rincón, no muy lejos, y que Thenardier no querría repartir el botín con ellos. 
-Acabemos -repitió Thenardier-, ¿cuánto tenía ese tipo en los bolsillos? 
Jean Valjean metió la mano en los suyos. Tenía la costumbre de llevarlos siempre bien 
provistos; esta vez, sin embargo, sólo tenía unas cuantas monedas en el bolsillo del 
chaleco lleno de fango. Las desparramó sobre el suelo, y eran un luis de oro, dos 
napoleones y cinco o seis sueldos. 
-Lo has matado casi por las gracias -dijo Thenardier. 
Y se puso a registrar con toda familiaridad los bolsillos de Jean Valjean y los de 
Marius. Jean Valjean, preocupado principalmente en que no le diera la claridad en el 
rostro, lo dejaba hacer. Al examinar la ropa de Marius, Thenardier, con la destreza de un 
escamoteador, halló medio de arrancar, sin que Jean Valjean lo notara, un pedazo de tela, 
y ocultarlo debajo de la blusa calculando, sin duda, que podría servirle algún día para 
saber quiénes eran el hombre asesinado y el asesino. 
En cuanto al dinero, no encontró más. 
-Es verdad -dijo-, eso es todo. 
Y, olvidándose de la idea de compartir, se lo guardó todo. En seguida sacó otra vez la 
llave. 
-Ahora, amigo mío, tienes que salir. Aquí como en la feria, se paga a la salida. Has 
pagado, sal. 
Y se echó a reír. 
Que al proporcionar a un desconocido el auxilio de aquella llave y al abrirle la reja, le 
guiase la intención pura y desinteresada de salvar a un asesino, hay más de un motivo 
para dudarlo. 
Jean Valjean, con la ayuda de Thenardier, colocó de nuevo a Marius sobre sus 
hombros. Thenardier se dirigió entonces a la reja con sigilo, indicando a Jean Valjean que 
lo siguiera; miró hacia afuera, se puso el dedo en la boca y permaneció algunos segundos 
como escuchando. Satisfecho de lo que oyera, introdujo la llave en la cerradura. 
Entreabrió la puerta lo suficiente para que saliera Jean Valjean, volvió a cerrar, dio dos 
vueltas a la llave en la cerradura y se hundió otra vez en las tinieblas, sin hacer el menor 
ruido. Un segundo después, esta providencia de mala catadura se diluía en lo invisible. 
Jean Valjean se encontró al aire libre. 

Marius parece muerto 
Colocó a Marius en la ribera del Sena. 
¡Estaban afuera! 
Detrás quedaban las miasmas, la oscuridad, el horror; los inundaba ahora el aire puro, 
impregnado de alegría. La hora del crepúsculo había pasado, y se acercaba a toda prisa la 
noche, libertadora y amiga de cuantos necesitan un manto de sombra para salir de alguna 
angustiosa situación. 
Durante algunos segundos se sintió Jean Valjean vencido por aquella serenidad augusta 
y grata. Hay ciertos minutos de olvido en que el padecimiento cesa de oprimir al 
miserable; en que la paz, cual si fuera la noche, cubre al soñador. Después, como si el 
sentimiento del deber lo despertara, se inclinó hacia Marius, y cogiendo agua en el hueco 
de la mano, le salpicó el rostro con algunas gotas. Los párpados de Marius no se 
movieron, y, sin embargo, su boca entreabierta respiraba. 
Iba a introducir de nuevo la mano en el río, cuando tuvo la sensación de que detrás suyo 
había alguien. Desde hacía poco, había, en efecto, una persona detrás de él. 
Era un hombre de elevada estatura, envuelto en una levita larga, y que llevaba en la 
mano derecha un garrote con puño de plomo. Estaba de pie, a muy corta distancia. 
Jean Valjean reconoció a Javert. 
Javert, después de su inesperada salida de la barricada, se dirigió a la prefectura de 
policía, dio cuenta de todo verbalmente al prefecto en persona, y continuó luego su 
servicio que implicaba, según la nota que se le encontró en Corinto, una inspección de la 
orilla derecha del Sena, la cual hacía tiempo que despertaba la atención de la policía. Allí 
había visto a Thenardier, y se puso a seguirlo. 
Se comprenderá también que el abrir tan obsequiosamente aquella reja a Jean Valjean, 
fue una hábil perfidia de Thenardier, que sabía que allí estaba Javert. El hombre espiado 
tiene un olfato que no lo engaña. Era preciso arrojar algo que roer a aquel sabueso. Un . 
asesino, ¡qué hallazgo! Thenardier, haciendo salir en su lugar a Jean Valjean, 
proporcionaba una presa a la policía, que así desistiría de perseguirlo y lo olvidaría ante 
un asunto de mayor importancia; ganaba dinero y quedaba libre el camino para él. 
Javert no reconoció a Jean Valjean, que estaba desfigurado. 
¿Quién sois? -preguntó con voz seca y tranquila. 
-Yo. 
-¿Quién? 
Jean Valjean. 
Javert colocó en los hombros de Jean Valjean sus dos robustas manos, que se encajaron 
allí como si fuesen dos tornillos, lo examinó y lo reconoció. Casi se tocaban sus rostros. 
La mirada de Javert era terrible. 
Jean Valjean permaneció inerte bajo la presión de Javert, como un león que admitiera la 
garra de un lince. 
-Inspector Javert -dijo- estoy en vuestras manos. Por otra parte, desde esta mañana me 
juzgo prisionero vuestro. No os he dado las señas de mi casa para tratar luego de 
evadirme. Detenedme. Sólo os pido una cosa. 
Javert parecía no escuchar. Tenía clavadas en Jean Valjean sus pupilas, en una 
meditación feroz. Por fin, lo soltó, se levantó de golpe, cogió de nuevo el garrote, y, 
como en un sueño, murmuró, más bien que pronunció esta pregunta: 
-¿Qué hacéis ahí? ¿Quién es ese hombre? 
Seguía sin tutear ya a Jean Valjean. 
Jean Valjean contestó, y el tono de su voz pareció despertar a Javert. 
-De él quería hablaros. Haced de mí lo que os plazca, pero antes ayudadme a llevarlo a 
su casa. Es todo lo que os pido. 
El rostro de Javert se contrajo, como le sucedía siempre que alguien parecía creerle 
capaz de una concesión. Sin embargo, no respondió negativamente. 
Sacó del bolsillo un pañuelo que humedeció en el agua, y limpió la frente 
ensangrentada de Marius. 
-Este hombre estaba en la barricada -dijo a media voz y como hablando consigo 
mismo-. Es el que llamaban Marius. 
Cogió la mano de Marius y le tomó el pulso. 
-Está herido -dijo Jean Valjean. 
-Está muerto -dijo Javert. 
-No todavía... 
-¿Lo habéis traído aquí desde la barricada? 
Jean Valjean no respondió. Parecía no tener más que un solo pensamiento. 
-Vive -dijo- en la calle de las Hijas del Calvario, en casa de su abuelo... No me acuerdo 
cómo se llama. 
Sacó la cartera de Marius, la abrió en la página escrita y se la mostró a Javert. 
Este leyó las pocas líneas escritas por Marius, y dijo entre dientes: Gillenormand, calle 
de las Hijas del Calvario, número 6. 
Luego gritó: 
-¡Cochero! 
Y se guardó la cartera de Marius. 
Un momento después, el carruaje estaba en la ribera. Marius fue colocado en el asiento 
del fondo, y Javert y Jean Valjean ocuparon el asiento delantero. 
VI 
La vuelta del hijo prodigo 
A cada vaivén del carruaje una gota de sangre caía de los cabellos de Marius. 
Era noche cerrada cuando llegaron al número 6 de la calle de las Hijas del Calvario. 
Javert fue el primero que bajó, y después de cerciorarse de que aquella era la casa que 
buscaba, levantó el pesado aldabón de hierro de la puerta cochera. El portero apareció 
bostezando, entre dormido y despierto, con una vela en la mano. 
-¿Vive aquí alguien que se llama Gillenormand? -preguntó Javert. 
-Sí, aquí vive. 
-Le traemos a su hijo. 
-¡Su hijo! -dijo el portero atónito. 
-Está muerto. Fue a la barricada y ahí le tenéis. 
-¡A la barricada! -exclamó el portero. 
-Se dejó matar. Id a despertar a su padre. 
El portero no se movía. 
-¡Id de una vez! 
El portero se limitó a despertar a Vasco, Vasco despertó a Nicolasa y Nicolasa despertó 
a la señorita Gillenormand. En cuanto al abuelo, lo dejaron dormir, pensando que sabría 
demasiado pronto la desgracia. 
Mientras subían a Marius al primer piso, Jean Valjean sintió que Javert le tocaba el 
hombro. Comprendió, y salió seguido del inspector de policía. 
Subieron al carruaje, y el cochero ocupó su asiénto. 
-Inspector Javert -dijo Jean Valjean-, concededme otra cosa. 
-¿Cuál? -preguntó con dureza Javert. 
-Dejad que entre un instante en mi casa. Después haréis de mí lo que os acomode. 
Javert permaneció algunos segundos en silencio, con la barba hundida en el cuello de su 
abrigo; luego corrió el cristal delantero, y dijo: 
-Cochero, calle del Hombre Armado, número siete. 
No volvieron a despegar los labios en todo el camino. 
¿Qué quería Jean Valjean? Acabar lo que había principiado; advertir a Cosette; decirle 
dónde estaba Marius, darle quizá alguna otra indicación útil, tomar, si podia, ciertas 
disposiciones supremas. En cuanto a él, en cuanto a lo que le concernía personalmente, 
era asunto concluido; Javert lo había capturado y no se resistía. 
A la entrada de la calle del Hombre Armado, el coche se detuvo; Javert y Jean Valjean 
descendieron. Javert despidió al carruaje. Jean Valjean supuso que la intención de Javert 
era conducirle a pie al cuerpo de guardia. Se internaron en la calle, que, como de 
costumbre, se hallaba desierta. Llegaron al número 7; Jean Valjean llamó y se abrió la 
puerta. 
-Está bien -dijo Javert-; subid. 
Y añadió con extraña expresión, y como si le costase esfuerzo hablar así: 
-Os aguardo. 
Jean Valjean miró a Javert. Aquel modo de obrar desdecía los hábitos del inspector de 
policía; pero, resuelto como se mostraba a entregarse y acabar de una vez, no debía 
sorprenderle mucho que Javert tuviese en aquel caso cierta confianza altiva, la confianza 
del gato que concede al ratón una libertad de la longitud de su garra. 
Subió al primer piso. Una vez allí, hizo una corta pausa. Todas las vías dolorosas tienen 
sus estaciones. La ventana de la escalera, que era de una sola pieza, estaba corrida. Como 
en muchas casas antiguas, la escalera tenía vista a la calle. El farol situado enfrente de la 
casa número 7, comunicaba alguna claridad a los escalones, lo que equivalía a un ahorro 
de alumbrado. 
Jean Valjean, sea para respirar, sea maquinalmente, sacó la cabeza por la ventana y 
miró la calle, que es corta y bien iluminada. Quedó atónito: no se veía a nadie. 
Javert se había marchado. 
VII 
El abuelo 
Marius seguía inmóvil en el canapé donde lo habían tendido a su llegada. El médico 
estaba ya allí. Lo examinó y, después de cercionarse de que continuaban los latidos del 
pulso, de que el joven no tenía en el pecho ninguna herida profunda, y de que la sangre de 
los labios provenía de las fosas nasales, lo 
hizo colocar en una cama, sin almohada, con la cabeza a nivel del cuerpo, y aun algo 
más baja y el busto desnudo, a fin de facilitar la respiración. 
El cuerpo no había recibido ninguna lesión interior; una bala, amortiguada al dar en la 
cartera, se había desviado y al correrse por las costillas, había abierto una herida de feo 
aspecto, pero sin profundidad y por consiguiente sin peligro. El largo paseo subterráneo 
había acabado de dislocar la clavícula rota, y esto presentaba serias complicaciones. 
Tenía los brazos acuchillados; pero ningún tajo desfiguraba su rostro. Sin embargo, la 
cabeza estaba cubierta de heridas. ¿Serían peligrosas estas heridas? ¿Eran superficiales? 
¿Llegaban al cráneo? No se podía decir aún. 
El médico parecía meditar tristemente. De tiempo en tiempo hacía una señal negativa 
con la cabeza, como si respondiera a alguna pregunta interior. Estos misteriosos diálogos 
del médico consigo mismo son mala señal para el enfermo. En el momento en que 
limpiaba el rostro y tocaba apenas con el dedo los párpados siempre cerrados de Marius, 
la puerta del fondo se abrió, y apareció en el umbral una figura alta y pálida. Era el 
abuelo. 
Sorprendido de ver luz a través de la puerta, se dirigió a tientas hacia el salón. 
Vio la cama y sobre el colchón a aquel joven ensangrentado, blanco como la cera, con 
los ojos cerrados, la boca abierta, los labios descoloridos, desnudo hasta la cintura, lleno 
de heridas, inmóvil y rodeado de luces. 
El abuelo sintió de los pies a la cabeza un estremecimiento. Se le oyó susurrar: 
-¡Marius! 
-Señor -dijo Vasco--, acaban de traer al señorito. Estaba en la barricada, y... 
-¡Ha muerto! -gritó el anciano con voz terrible-. ¡Ah, bandido! 
Se torció las manos, prorrumpiendo en una carcajada espantosa. 
-¡Está muerto! ¡Está muerto! ¡Se ha dejado matar en las barricadas... por odio a mí!, 
¡por vengarse de mí! ¡Ah, sanguinario! ¡Ved cómo vuelve a casa de su abuelo! 
¡Miserable de mí! ¡Está muerto! 
Se dirigió a la ventana, abrió las dos hojas como si se ahogara. 
-¡Traspasado, acuchillado, degollado, exterminado, cortado en trozos, ¿no lo veis? 
¡Tunante! ¡Sabía que lo esperaba, que había hecho arreglar su cuarto y colgar a la 
cabecera de mi cama su retrato de cuando era niño! ¡Sabía que no tenía más que volver, y 
que no he cesado de llamarlo en tantos años, y que todas las noches me sentaba a la 
lumbre, con las manos en las rodillas, no sabiendo qué hacer, y que por él me había con- 
vertido en un imbécil! ¡Sabías esto, sabías que con sólo entrar y decir soy yo, eras el amo 
y yo lo obedecería, y dispondrías a lo antojo del bobalicón de lo abuelo! ¡Y lo has ido a 
las barricadas! ¡Uno se acuesta y duerme tranquilo, para encontrarse al despertar con que 
su nieto está muerto! 
Se volvió al médico y le dijo con calma: 
-Caballero, os doy las gracias. Estoy tranquilo, soy un hombre; he visto morir a Luis 
XVI, y sé sobrellevar las desgracias. Pero, ved como le traen a uno sus hijos a casa. ¡Es 
abominable! ¡Muerto antes que yo! ¡Y en una barricada! ¡Ah, bandido! No es posible 
irritarse contra un muerto. Sería una estupidez. Es un niño a quien he criado. Yo había 
entrado ya en años cuando él todavía era pequeñito. Jugaba en las Tullerías con su 
carretoncito, y para que los inspectores no gruñeran, iba yo tapando con mi bastón los 
agujeros que él hacía en la tierra. Un día gritó: ¡Abajo Luis XVIII! y se fue. No es culpa 
mía. Su madre ha muerto. Es hijo de uno de esos bandidos del Loira; pero los niños no 
pueden responder de los crímenes de sus padres. Me acuerdo cuando era así de chiquitito. 
¡Qué trabajo le costaba pronunciar la d! En la dulzura del acento se le hubiera creído un 
pájaro. Por la mañana, cuando entraba en mi cuarto, yo solía refunfuñar, pero su 
presencia me producía el efecto del sol. No hay defensa contra esos mocosos. Una vez 
que os han cogido, ya no os vuelven a soltar. La verdad es que no había otra cosa más 
querida para mí que ese niño. 
Se acercó a Marius, que seguía lívido a inmóvil. 
-¡Ah! ¡Desalmado! ¡Clubista! ¡Septembrista! ¡Criminal! 
Eran reconvenciones en voz baja dirigidas por un agonizante a un cadáver. 
En aquel momento abrió Marius lentamente los párpados, y su mirada, velada aún por 
el asombro letárgico, se fijó en el señor Gillenormand. 
-¡Marius! -gritó el anciano-. ¡Marius! ¡Hijo de mi alma! ¡Hijo ,adorado! Abres los ojos, 
me miras, estás vivo, ¡gracias! 
Y cayó desmayado. 
LIBRO TERCERO 
Javert desorientado 

Javert comete una infracción 
Javert se alejó lentamente de la calle del Hombre Armado. 
Caminaba con la cabeza baja por primera vez en su vida, y también por primera vez en 
su vida con las manos cruzadas atrás. 
Se internó por las calles más silenciosas. Sin embargo, seguía una dirección. Tomó por 
el camino más corto hacia el Sena, hasta donde se forma una especie de lago cuadrado 
que atraviesa un remolino. 
Este punto del Sena es muy temido por los marineros, pues quienes caen en aquel 
remolino no vuelven a aparecer, por más diestros nadadores que sean. 
Javert apoyó los codos en el parapeto del muelle, el mentón en sus manos, y se puso a 
meditar. 
En el fondo de su alma acababa de pasar algo nuevo, una revolución, una catástrofe, y 
había materia para pensar. Padecía atrozmente. Se sentía turbado; su cerebro, tan límpido 
en su misma ceguera, había perdido la transparencia. 
Ante sí veía dos sendas igualmente rectas; pero eran dos y esto le aterraba, pues en toda 
su vida no había conocido sino una sola línea recta. Y para colmo de angustia aquellas 
dos sendas eran contrarias y se excluían mutuamente. ¿Cuál sería la verdadera? 
Su situación era imposible de expresar. 
Deber la vida a un malhechor; aceptar esta deuda y pagarla; estar, a pesar de sí mismo, 
mano a mano con una persona perseguida por la justicia y pagarle un servicio con otro 
servicio; permitir que le dijesen: márchate, y decir a su vez: quedas libre; sacrificar el 
deber a motivos personales; traicionar a la sociedad por ser fiel a su conciencia; todo esto 
le aterraba. 
Le sorprendía que Jean Valjean lo perdonara; y lo petrificaba la idea de que él, Javert, 
hubiera perdonado a Jean Valjean. 
¿Qué hacer ahora? Si malo le parecía entregar a Jean Valjean, no menos malo era 
dejarlo libre. 
Con ansiedad se daba cuenta de que tenía que pensar. La misma violencia de todas 
estas emociones contradictorias lo obligaba a hacerlo. ¡Pensar! Cosa inusitada para él, y 
que le causaba un dolor indecible. Hay siempre en el pensamiento cierta cantidad de 
rebelión interior, y le irritaba sentirla dentro de sí. 
Le quedaba un solo recurso: volver apresuradamente a la calle del Hombre Armado y 
apoderarse de Jean Valjean. Era lo que tenía que hacer. Y sin embargo, no podía. Algo le 
cerraba ese camino. 
¿Y qué era ese algo? ¿Hay en el mundo una cosa distinta de los tribunales, de las 
sentencias de la policía y de la autoridad? Las ideas de Javert se confundían. 
¿No era horrible que Javert y Jean Valjean, el hombre hecho para servir y el hombre 
hecho para sufrir, se pusieran ambos fuera de la ley? 
Su meditación se volvía cada vez más cruel. 
Jean Valjean lo desconcertaba. Los axiomas que habían sido los puntos de apoyo de 
toda su vida caían por tierra ante aquel hombre. Su generosidad lo agobiaba. Recordaba 
hechos que en otro tiempo había calificado de mentiras y locuras, y que ahora le parecían 
realidades. El señor Magdalena aparecía detrás de Jean Valjean, y las dos figuras se 
superponían, hasta formar una sola, que era venerable. Javert sentía penetrar en su alma 
algo horrible: la admiración hacia un presidiario. Pero ¿se concibe que se respete a un 
presidiario? No, y a pesar de ello, él lo respetaba. Temblaba. Pero por más esfuerzos que 
hacía, tenía que confesar en su fuero interno la sublimidad de aquel miserable. Era 
espantoso. 
Un presidiario compasivo, dulce, clemente, recompensando el mal con el bien, el odio 
con el perdón, la venganza con la piedad, prefiriendo perderse a perder a su enemigo, 
salvando al que le había golpeado, más cerca del ángel que del hombre; era un monstruo 
cuya existencia ya no podía negar. 
Esto no podía seguir así. 
En realidad no se había rendido de buen grado a aquel monstruo, a aquel ángel infame. 
Veinte veces, cuando iba en el carruaje con Jean Valjean, el tigre legal había rugido en él. 
Veinte veces había sentido tentaciones de arrojarse sobre él y arrestarlo. ¿Había algo más 
sencillo? ¿Había cosa más justa? Y entonces, igual que ahora, tropezó con una barrera 
insuperable; cada vez que la mano del policía se levantaba convulsivamente para coger a 
Jean Valjean por el cuello, había vuelto a caer, y en el fondo de su pensamiento oía una 
voz, una voz extraña que le gritaba: "Muy bien, entrega a lo salvador, y en seguida haz 
traer la jofaina de Poncio Pilatos, y lávate las garras". 
Después se examinaba a sí mismo, y junto a Jean Valjean ennoblecido, contemplaba a 
Javert degradado. ¡Un presidiario era su bienhechor! 
Sentía como si le faltaran las raíces. El Código no era más que un papel mojado en su 
mano. No le bastaba ya la honradez antigua. Un orden de hechos inesperados surgía y lo 
subyugaba. Era para su alma un mundo nuevo; el beneficio aceptado y devuelto, la 
abnegación, la misericordia, la indulgencia; no más sentencias definitivas, no más 
condenas; la posibilidad de una lágrima en los ojos de la ley; una justicia de Dios, 
contraria a la justicia de los hombres. Divisaba en las tinieblas la imponente salida de un 
sol moral desconocido, y experimentaba al mismo tiempo el horror y el deslumbramiento 
de semejante espectáculo. 
Se veía en la necesidad de reconocer con desesperación que la bondad existía. Aquel 
presidiario había sido bueno; y también él, ¡cosa inaudita!, acababa de serlo. 
Era un cobarde. Se horrorizaba de sí mismo. Acababa de cometer una falta y no lograba 
explicarse cómo. 
Sin duda tuvo siempre la intención de poner a Jean Valjean a disposición de la ley, de 
la que era cautivo, y de la cual él, Javert, era esclavo. 
Toda clase de novedades enigmáticas se abrían a sus ojos. Se preguntaba: ¿Por qué ese 
presidiario a quien he perseguido hasta acosarlo, que me ha tenido bajo sus pies, que 
podía y debía vengarse, me ha perdonado la vida? ¿Por deber? No. Por algo más. Y yo, al 
dejarlo libre, ¿qué hice? ¿Mi deber? No, algo más. ¿Hay, pues, algo por encima del 
deber? Al llegar aquí se asustaba. Desde que fue adulto y empezó a desempeñar su cargo, 
cifró en la policía casi toda su religión. Tenía un solo superior, el prefecto, y nunca pensó 
en Dios, en ese otro ser superior. Este nuevo jefe, Dios, se le presentaba de improviso y 
lo hacía sentir incómodo. Pero ¿cómo hacer para presentarle su dimisión? 
El hecho predominante para él era que acababa de cometer una espantosa infracción. 
Había dado libertad a un criminal reincidente; nada menos. No se comprendía a sí mismo 
ni concebía las razones de su modo de obrar. Sentía una especie de vértigo. Hasta 
entonces había vivido con la fe ciega que engendra la probidad tenebrosa. Ahora lo 
abandonaba esa fe; todas sus creencias se derrumbaban. Algunas verdades que no quería 
escuchar lo asediaban inexorablemente. 
Padecía los extraños dolores de una conciencia ciega, bruscamente devuelta a la luz. En 
él había muerto la autoridad; ya no tenía razón de existir. 
¡Qué situación tan terrible la de sentirse conmovido! ¡Ser de granito y dudar! ¡Ser hielo, 
y derretirse! ¡Sentir de súbito que los dedos se abren para soltar la presa! 
No había sino dos maneras de salir de un estado insoportable. Una, ir a casa de Jean 
Valjean y arrestarlo. Otra... 
Javert dejó el parapeto y, esta vez con la cabeza erguida, se dirigió con paso firme al 
puesto de policía. 
Allí dio su nombre, mostró su tarjeta y se sentó junto a una mesa sobre la cual había 
pluma, tintero y papel. Tomó la pluma y un pliego de papel, y se puso a escribir lo 
siguiente: "Algunas observaciones para el bien del Servicio. 
"Primero. Suplico al señor prefecto que pase la vista por las siguientes líneas. 
"Segundo. Los detenidos que vienen de la sala de Audiencia se quitan los zapatos, y 
permanecen descalzos en el piso de ladrillos mientras se les registra. Muchos tosen 
cuando se les conduce al encierro. Esto ocasiona gastos de enfermería. 
"Tercero. Es conveniente que al seguir una pista lo hagan dos agentes y que no se 
pierdan de vista, con el objeto de que si por cualquier causa un agente afloja en el 
servicio, el otro lo vigile y cumpla su deber. 
"Cuarto. No se comprende por qué el reglamento especial de la cárcel prohíbe al preso 
que tenga una silla, aun pagándola. 
"Quinto. Los detenidos, llamados ladradores, porque llaman a los otros a la reja, exigen 
dos sueldos de cada preso por pregonar su nombre con voz clara. Es un robo. 
"Sexto. Se oye diariamente a los gendarmes referir en el patio de la Prefectura los 
interrogatorios de los detenidos. En un gendarme, que debiera ser sagrado, semejante 
revelación es una grave falta." 
Javert trazó las anteriores líneas con mano fume y escritura corrects, no omitiendo una 
Bola coma, y haciendo crujir el papel bajo su plums, y al pie estampó su firms y fecha, "7 
de junio de 1832, a eso de la una de la madrugada". 
Dobló el papel en forma de carta, lo selló, lo dejó sobre la mesa y salió. 
Cruzó de nuevo diagonalmente la plaza del Chatelet, llegó al muelle, y fue a situarse 
con una exactitud matemática en el punto mismo que dejara un cuarto de hora atrás. Los 
codos, como antes, sobre el parapeto. Parecía no haberse movido. 
Obscuridad completa. Era el momento sepulcral que sigue a la medianoche. 
Nubes espesas ocultaban las estrellas. El cielo tenía un aspecto siniestro; no pasaba 
nadie; las calles y los muelles hasta donde la vista podía alcanzar, estaban desiertos; el río 
había crecido con las lluvias. 
Javert inclinó la cabeza y miró. Todo estaba negro. No veía nada, pero sentía el frío 
hostil del río y el olor insípido de las piedras. La sombra que lo rodeaba estaba llena de 
horror. 
Javert permaneció algunos minutos inmóvil, mirando aquel abismo de tinieblas. El 
único ruido era el del agua. De repente se quitó el sombrero y lo puso sobre la barandilla. 
Poco después apareció de pie sobre el parapeto una figura alta y negra, que a lo lejos 
cualquier transeúnte podría tomar por un fantasma; se inclinó hacia el Sena, volvió a 
enderezarse, y cayó luego a plomo en las tinieblas. 
Hubo una agitación en el río, y sólo la sombra fue testigo de las convulsiones de aquella 
forma oscura que desapareció bajo las aguas. 
LIBRO CUARTO 
El nieto y el abuelo 

Volvemos a ver el árbol con el parche de zinc 
Poco tiempo después de estos acontecimientos, Boulatruelle tuvo una viva emoción. 
Se recordará que Boulatruelle era aquel peón caminero de Montfermeil, aficionado a las 
cosas turbias. Partía piedras y con ellas golpeaba a los viajeros que pasaban por los 
caminos. Tenía un solo sueño: como creía en los tesoros ocultos en el bosque de 
Montfermeil, esperaba que un día cualquiera encontraría dinero en la tierra al pie de un 
árbol. Por mientras, tomaba con agrado el dinero de los bolsillos de los viajeros. 
Pero por ahora era prudente. Había escapado con suerte de la emboscada en la 
buhardilla de Jondrette, gracias a su vicio: estaba absolutamente borracho aquella noche. 
Nunca se pudo comprábar si estaba allí como ladrón o como víctima. Por lo tanto, fue 
puesto en libertad. Volvió a su trabajo a los caminos, pensativo, temeroso, cuidadoso en 
los robos y más aficionado que nunca al vino. 
Una mañana en que se dirigía al despuntar el día a su trabajo, divisó entre los ramajes a 
un hombre cuya silueta le pareció conocida. Boulatruelle, por borracho que fuera, tenía 
una excelente memoria. 
-¿Dónde diablos he visto yo alguien así? -se preguntó. 
Pero no pudo darse una respuesta clara. 
Hizo sus lucubraciones y sus cálculos. El hombre no era del pueblo; llegaba a pie; había 
caminado toda la noche; no podía venir de muy lejos, pues no traía maleta. Venía de 
París, sin duda. ¿Qué hacía en ese bosque, y a esa hora? 
Boulatruelle pensó en el tesoro. A fuerza de retroceder en su memoria, se acordó 
vagamente de haber vivido esa escena, muchos años atrás, y le pareció que podía ser el 
mismo hombre. 
En medio de su meditación bajó sin darse cuenta la cabeza, cosa natural pero poco 
hábil. Cuando la levantó, el hombre había desaparecido. 
-¡Demonios! -exclamó-. Ya lo encontraré. Descubriré de qué parroquia es el 
parroquiano. Este caminante del amanecer tiene un secreto, y yo lo sabré. No hay 
secretos en mi bosque sin que yo los descubra. 
Y se internó en la espesura. 
Cuando había caminado unos cien pasos, la claridad del día que nacía vino en su ayuda. 
Encontró ramas quebradas, huellas de pisadas. Después, nada. Siguió buscando, 
avanzaba, retrocedía. Vio al hombre en la parte más enmarañada del bosque, pero lo 
volvió a perder. 
Tuvo una idea. Boulatruelle conocía bien el lugar, y sabía que había en un claro del 
bosque, junto a un montón de piedras, un castaño medio seco en cuya corteza habían 
puesto un parche de zinc. El famoso tesoro estaba seguramente ahí. Era cuestión de 
recogerlo. Ahora, que llegar hasta ese claro no era fácil. Tomaba su buen cuarto de hora y 
por senderos zigzagueantes. Prefirió tomar el camino derecho; pero éste era 
tremendamente intrincado y agreste. Tuvo que abrirse paso entre acebos, ortigas, espinos, 
cardos. Hasta tuvo que atravesar un arroyo. Por fin llegó, todo arañado, a su meta. Había 
demorado cuarenta minutos. El árbol y las piedras estaban en su lugar, pero el hombre se 
había esfumado en el bosque. ¿Hacia dónde? Imposible saber. Y, para su gran angustia, 
vio delante del castaño del parche de zinc la tierra recién removida, una piqueta 
abandonada, y un hoyo. El hoyo estaba vacío. 
-¡Ladrón! -gritó Boulatruelle, amenazando con sus puños hacia el horizonte. 
II 
Marius, saliendo de la guerra civil, se prepara para la guerra familiar 
Marius permaneció mucho tiempo entre la vida y la muerte. Durante algunas semanas 
tuvo fiebre acompañada de delirio y síntomas cerebrales de alguna gravedad, causados 
más bien por la conmoción de las heridas en la cabeza que por las heridas mismas. 
Repitió el nombre de Cosette noches enteras en medio de la locuacidad propia de la alta 
temperatura. 
Mientras duró el peligro, el señor Gillenormand, a la cabecera del lecho de su nieto, 
estaba como Marius, ni vivo ni muerto. 
Todos los días una, y hasta dos veces, un caballero de pelo blanco y decentemente 
vestido (tales eran las señas del portero), venía a saber del enfermo y dejaba para las 
curaciones un gran paquete de vendas. 
Por fin, el 7 de septiembre, al cabo de tres meses desde la fatal noche en que le habían 
traído moribundo a casa de su abuelo, el médico declaró que había pasado el peligro. 
Empezó la convalecencia. Sin embargo, tuvo que permanecer aún más de dos meses 
sentado en un sillón, a causa de la fractura de la clavícula. 
El señor Gillenormand padeció al principio todas las angustias para experimentar luego 
todas las dichas. 
El día en que el facultativo le anunció que Marius estaba fuera de peligro, faltó poco al 
anciano para volverse loco; al entrar en su cuarto esa noche, bailó una gavota, imitó las 
castañuelas con los dedos y cantó. 
Luego se arrodilló sobre una silla, y Vasco, que le veía desde la puerta a medio cerrar, 
no tuvo duda de que oraba. Hasta entonces no había creído verdaderamente en Dios. 
Marius pasó a ser el dueño de la casa; el señor Gillenormand, en el colmo de su júbilo, 
había abdicado, viniendo a ser el nieto de su nieto. 
En cuanto a Marius, mientras se dejaba curar y cuidar, no tenía más que una idea fija: 
Cosette. No sabía qué había sido de ella. Los sucesos de la calle de la Chanvrerie vagaban 
como una nube en su memona; los confusos nombres de Eponina, Gavroche, Mabeuf, 
Thenardier y todos sus amigos envueltos lúgubremente en el humo de la barricada, 
flotaban en su espíritu; la extraña aparición del señor Fauchelevent en aquella sangrienta 
aventura le causaba el efecto de un enigma en una tempestad. Tampoco comprendía 
cómo ni por quién había sido salvado. Los que lo rodeaban sabían sólo que le habían 
traído de noche en un coche de alquiler. 
Pasado, presente, porvenir, nieblas, ideas vagas en su mente; pero en medio de aquella 
bruma había un punto inmóvil, una línea clara y precisa, una resolución, una voluntad: 
encontrar a Cosette. 
Los cuidados y cariños de su abuelo no lo conmovían; quizá desconfiaba de aquella 
solicitud como de una cosa extraña y nueva, encaminada a dominarlo. Se mantenía, pues, 
frío. Y luego, a medida que iba cobrando fuerzas, renacían los antiguos agravios, se 
abrían de nuevo las envejecidas úlceras de su memoria, pensaba en el pasado, el coronel 
Pontmercy se interponía entre él y el señor Gillenormand, y el resultado era que ningún 
bien podía esperar de quien había sido tan injusto y tan duro con su padre. Su salud y la 
aspereza hacia su abuelo seguían la misma proporción. El anciano lo notaba, y sufría sin 
despegar los labios. 
No cabía duda de que se aproximaba una crisis. Marius esperaba la ocasión para 
presentar el combate, y se preparaba para una negativa, en cuyo caso dislocaría su 
clavícula, dejaría al descubierto las llagas que aún estaban sin cerrarse, y rechazaría todo 
alimento. Las heridas eran sus municiones. Cosette o la muerte. Aguardó el momento 
favorable con la paciencia propia de los enfermos. Ese momento llegó. 
III 
Marius ataca 
Un día el señor Gillenormand, mientras que su hija arreglaba los frascos y las tazas en 
el mármol de la cómoda, inclinado sobre Marius, le decía con la mayor ternura: 
-Mira, querido mío, en lo lugar preferiría ahora la carne al pescado. Un lenguado frito 
es bueno al principio de la convalecencia; pero después al empezar a levantarse el 
enfermo, no hay como una chuleta. 
Marius, que había recobrado ya casi todo su vigor, hizo un esfuerzo, se incorporó en la 
cama, apoyó las manos en la colcha, miró a su abuelo de frente, frunció el seño, y dijo: 
-Esto me ayuda a deciros una cosa. 
-¿Cuál? 
-Que quiero casarme. 
-Lo había previsto -dijo el abuelo soltando una carcajada. 
-¿Cómo previsto? 
Marius, atónito y sin saber qué pensar, se sintió acometido de un temblor. 
El señor Gillenormand, continuó: 
-Sí; verás colmados tus deseos; tendrás a esa preciosa niña. Ella viene todos los días, 
bajo la forma de un señor ya anciano, a saber de ti. Desde que estás herido pasa el tiempo 
en llorar y en hacer vendas. Me he informado, y resulta que vive en la calle del Hombre 
Armado, número 7. ¡Ah! ¿Conque la quieres? Perfectamente; la tendrás. Esto destruye 
todos tus planes, ¿eh? Habías formado lo conspiracioncilla, y lo decías: "Voy a imponerle 
mi voluntad a ese abuelo, a esa momia de la Regencia y del Directorio, a ese antiguo 
pisaverde, a ese Dorante convertido en Geronte. También él ha tenido sus veinte años; 
será preciso que se acuerde." ¡Ah! Te has llevado un chasco, y bien merecido. Te ofrezco 
una chuleta y me respondes que quieres casarte. Golpe de efecto. Contabas con que 
habría escándalo, olvidándote de que soy un viejo cobarde. Estás con la boca abierta. No 
esperabas encontrar al abuelo más borrico que tú, y pierdes así el discurso que debías 
dirigirme. ¡Imbécil! Escucha. He tomado informes, pues yo también soy astuto, y sé que 
es hermosa y formal. Vale un Perú, te adora, y si hubieras muerto, habríamos sido tres; su 
ataúd hubiera acompañado al mío. Desde que lo vi mejor, se me ocurrió traértela, pero 
una joven bonita no es el mejor remedio contra la fiebre. Por último, ¿a qué hablar más 
de eso? Es negocio hecho; tómala. ¿Te parezco feroz? He visto que no me querías, y he 
dicho para mis adentros: ¿qué podría hacer para que ese animal me quiera? Darle a su 
Cosette. Caballero, tomaos la molestia de casaros. ¡Sé dichoso, hijo de mi alma! 
Dicho esto, el anciano prorrumpió en sollozos. Cogió la cabeza de Marius, la estrechó 
contra su pecho y los dos se pusieron a llorar. El llanto es una de las formas de la 
suprema dicha. 
-¡Padre! -exclamó Marius. 
-¡Ah! ¡Conque me quieres! -dijo el anciano. 
Hubo un momento de inefable expansión, en que se ahogaban sin poder hablar. 
Por fin, el abuelo tartamudeó: 
-Vamos, ya estás desenojado, ya has dicho padre. 
Marius desprendió su cabeza de los brazos del anciano y dijo alzando apenas la voz: 
-Pero, padre, ahora que estoy sano, me parece que podría verla. 
-También lo tenía previsto. La verás mañana. 
-¡Padre! 
-¿Qué? 
-¿Por qué no hoy? 
-Sea hoy, concedido. Me has dicho tres veces padre y vaya lo uno por lo otro. En 
seguida lo la traerán. Lo tenía previsto, créeme. 
IV 
El señor Faucbelevent con un bulto debajo del brazo 
Cosette y Marius se volvieron a ver. Toda la familia, incluso Vasco y Nicolasa, estaba 
reunida en el cuaito de Marius cuando entró Cosette. 
Precisamente en aquel instante iba a sonarse el anciano y se quedó parado, cogida la 
nariz, y mirando a Cosette por encima del pañuelo. 
-¡Adorable! -exclamó. 
Después se sonó estrepitosamente. 
Cosette estaba embriagada de felicidad, medio asustada, en el cielo. Balbuceaba, ya 
pálida, ya encendida, queriendo echarse en brazos de Marius, y sin atreverse. 
Detrás de Cosette había entrado un hombre de cabellos blancos, serio y, sin embargo, 
sonriente, aunque su sonrisa tenía cierto tinte vago y doloroso. Era el señor Fauchelevent; 
era Jean Valjean. En el cuarto de Marius permaneció junto a la puerta. Llevaba bajo el 
brazo un paquete bastante parecido a un libro con cubierta de papel verde, algo mohoso. 
El señor Gillenormand lo saludó y dijo con voz alta: 
-Señor Fauchelevent, tengo el honor de pediros para mi nieto, el señor barón Marius de 
Pontmercy, la mano de esta señorita. 
El señor Fauchelevent se inclinó en señal de asentimiento. 
-Negocio concluido -dijo el abuelo. 
Y volviéndose hacia Marius y Cosette, con los dos brazos extendidos en actitud de 
bendecir, les gritó: 
-Se os permite adoraros. 
No dieron lugar a que se les repitiese pues en seguida empezó el susurro, Marius 
recostado en el sillón y Cosette de pie junto a él. Después, como había gente delante, 
cesaron de hablar, contentándose con estrecharse suavemente las manos. 
El señor Gillenormand se volvió a los que estaban en el cuarto, y les dijo: 
-Vamos, hablad alto, meted ruido, ¡qué diablos!, para que estos muchachos puedan 
charlar a gusto. 
Permaneció un instante en silencio, y luego dijo, mirando a Cosette: 
-¡Es preciosa! ¡Preciosa! Hijos míos, adoraos. Pero -añadió poniéndose triste de 
repente-, ¡qué lástima! Ahora que pienso, sois tan pobres. Más de la mitad de mis rentas 
son vitalicias. Mientras yo viva, todo marchará bien; pero, después que muera, de aquí a 
unos veinte años, ¡ah, pobrecillos! No tendréis un centavo. 
Se oyó entonces una voz grave y tranquila, que decía: 
-La señorita Eufrasia Fauchelevent tiene seiscientos mil francos. 
Era la voz de Jean Valjean. 
No había desplegado aún los labios; nadie parecía cuidarse siquiera de que estuviese 
allí, y él permanecía de pie a inmóvil detrás de todos aquellos seres dichosos. 
-¿Quién es la señorita Eufrasia? -preguntó el abuelo, asustado. 
-Soy yo -respondió Cosette. 
-¡Seiscientos mil francos! -exclamó el señor Gillenormand. 
-Menos catorce o quince mil quizá -dijo Jean Valjean. 
Y colocó en la mesa el paquete. Lo abrió; era un legajo de billetes de banco. Los contó, 
y había en total quinientos ochenta y cuatro mil francos. 
-¡Miren ese diablo de Marius que ha ido a tropezar en la región de los sueños con una 
millonaria! Ni Rothschild. 
En cuanto a Marius y Cosette, no hacían más que mirarse, prestando apenas atención a 
aquel incidente. 

Más vale depositar el dinero en el bosque que en el banco 
Jean Valjean después del caso Champmathieu pudo, gracias a su primera evasión, ir a 
París y retirar de Casa Laffitte la suma que tenía depositada a nombre del señor 
Magdalena. Temiendo ser apresado de nuevo, escondió el dinero en el bosque de 
Montfermeil dentro de un pequeño cofre de madera. Junto a los billetes puso su otro 
tesoro, los candelabros del obispo. Fue en esa ocasión cuando lo vio Boulatruelle por 
primera vez. Cada vez que necesitaba dinero, venía Jean Valjean al bosque. 
Cuando supo que Marius comenzaba a convalecer, pensó que había llegado la hora en 
que aquel dinero sería de utilidad, y fue a buscarlo. Fue la segunda y última vez que lo 
vio Boulatruelle. 
De los seiscientos mil francos originales, Jean Valjean había retirado cinco mil francos, 
que fue lo que costó la educación de Cosette, más quinientos francos para sus gastos 
personales. 
Los dos ancianos procuran labrar, cada uno a su manera, la felicidad de Cosette 
Jean Valjean sabía que nada tenía ya que temer de Javert. Había oído contar, y lo vio 
confirmado en el Monitor, el caso de un inspector de policía, llamado Javert, al que 
encontraron ahogado debajo de un lanchón, entre el Pont-du-Change y el Puente Nuevo. 
Un escrito que había dejado el tal inspector, hombre por otra parte irreprochable y 
apreciadísimo de sus jefes, inducía a creer en un acceso de enajenación mental como 
causa inmediata del suicidio. 
-En efecto -pensó Jean Valjean- debía estar loco cuando, a pesar de tenerme en su 
poder, me dejó ir libre. 
Se dispuso todo para el casamiento, que se fijó para el mes de febrero. Corría el mes de 
diciembre. 
Cosette y Marius habían pasado repentinamente del sepulcro al paraíso. La transición 
había sido tan inesperada que casi les hizo perder el sentido. 
-¿Comprendes algo de todo esto? -preguntaba Marius a Cosette. 
-No -respondía Cosette-; pero me parece que Dios nos está mirando. 
Jean Valjean concilió y facilitó todo, apresurando la dicha de Cosette con tanta 
solicitud y alegría, a lo menos en la apariencia, como la joven misma. 
La circunstancia de haber sido alcalde le ayudó a resolver un problema delicado, cuyo 
secreto le pertenecía a él sólo: el estado civil de Cosette. Supo allanar todas las 
dificultades, dando a Cosette una familia de personas ya difuntas, lo cual era el mejor 
medio de evitar problemas. Cosette era el último vástago de un tronco ya seco; debía el 
nacimiento, no a él, sino a otro Fauchelevent, hermano suyo. 
Los dos hermanos habían sido jardineros en el convento del Pequeño Picpus. Las 
buenas monjas dieron excelentes informes. Poco aptas y sin inclinación a sondear las 
cuestiones de paternidad, no supieron nunca fijamente de cuál de los dos Fauchelevent 
era hija Cosette. Se extendió un acta y Cosette fue, ante la ley, la señorita Eufrasia 
Fauchelevent, huérfana de padre y madre. 
En cuanto a los quinientos ochenta y cuatro mil francos, era un legado hecho a Cosette 
por una persona, ya difunta, y que deseaba permanecer desconocida. 
Había esparcidas acá y allá algunas singularidades; pero se hizo la vista gorda. 
Uno de los interesados tenía los ojos vendados por el amor y los demás por los 
seiscientos mil francos. 
Cosette supo que no era hija de aquel anciano, a quien había llamado padre tanto 
tiempo. En otra ocasión esto la habría lastimado, pero en aquellos momentos supremos de 
inefable felicidad, fue apenas una sombra, una nubecilla, que el exceso de alegría disipó 
pronto. Tenía a Marius. Al mismo tiempo de desvanecerse para ella la personalidad del 
anciano, surgía la del joven. Así es la vida. 
Continuó, sin embargo, llamando padre a Jean Valjean. 
Se dispuso que los esposos habitaran en casa del abuelo. El señor Gillenormand quiso 
cederles su cuarto por ser el más hermoso de la casa. 
-Esto me rejuvenecerá -decía-. Es un antiguo proyecto. Había tenido siempre la idea de 
cónvertir mi cuarto en cámara nupcial. 
Su biblioteca se transformó en despacho de abogado para Marius. 
VII 
Recuerdos 
Los enamorados se veían diariamente, pues Cosette iba a casa de Marius con su padre. 
Pontmercy y el señor Fauchelevent no se hablaban. Parecía algo convenido. 
Al discutir sobre política, aunque vagamente y sin determinar nada, en el tema del 
mejoramiento general de la suerte de todos llegaban a decirse algo más que sí y no. 
Una vez, con motivo de la enseñanza, que Marius quería que fuese gratuita y 
obligatoria, prodigada a todos como el aire y el sol, en una palabra, respirable al pueblo 
entero, fueron de la misma opinión, y casi entraron en conversación. Marius notó 
entonces que el señor Fauchelevent hablaba bien, y hasta con cierta elevación de len- 
guaje. Le faltaba, sin embargo, un no se sabe qué. El señor Fauchelevent tenía algo de 
menos que el hombre de mundo, y algo de más. 
Marius, interiormente y en el fondo de su pensamiento, se hacía todo género de 
preguntas mudas. Se preguntaba si estaba bien seguro de haber visto al señor 
Fauchelevent en la barricada, y hasta si existió el motín. 
A veces sentía el humo de la barricada, veía de nuevo caer a Mabeuf, oía a Gavroche 
cantar bajo la metralla, sentía en sus labios el frío de la frente de Eponina, vislumbraba 
las sombras de todos sus amigos. Aquellos seres queridos, impregnados de dolor, 
valientes, ¿eran creaciones de su fantasía? ¿Existieron realmente? ¿Dónde estaban, pues, 
ahora? ¿Habían muerto, sin quedar uno solo? 
VIII 
Dos bombres dciles de encontrar 
La dicha no consiguió borrar en el espíritu de Marius otras preocupaciones. 
Mientras llegaba la época fijada, se dedicó a hacer escrupulosas indagaciones 
retrospectivas. Tenía deudas de gratitud con dos personas, tanto en nombre de su padre 
como en el suyo propio. Una era con Thenardier, y la otra con el desconocido que lo 
llevó a casa de su abuelo. 
Deseaba encontrar a estos dos hombres, pues no podía conciliar la idea de su felicidad 
con la de olvidarlos, pareciéndole que esas deudas de gratitud no pagadas ensombrecerían 
su vida futura. 
El que Thenardier fuese un infame no impedía que hubiera salvado al coronel 
Pontmercy. Thenardier era un bandido para todos excepto para Marius, que ignoraba la 
verdadera escena del campo de batalla de Waterloo y no sabía, por lo tanto que su padre, 
aunque debía la vida a Thenardier, no le debía, en atención a las circunstancias parti- 
culares de aquel hecho, ninguna gratitud. 
Pero no logró descubrir la pista de Thenardier. Sólo averiguó que su mujer había 
muerto en la cárcel durante el proceso. Thenardier y su hija Azelma, únicos personajes 
que quedaban de aquel deplorable grupo, habían desaparecido de nuevo en las tinieblas. 
En cuanto al individuo que había salvado a Marius, las indagaciones llegaron hasta el 
carruaje 
que lo trajera a casa de su abuelo, la noche del 6 de junio. El cochero contó su historia 
con el policía, la captura del hombre que salió de la cloaca con el herido a cuestas, la 
llegada a la calle de las Hijas del Calvario, y finalmente el momento en que el policía lo 
despachó y se llevó al otro individuo. 
Marius sólo recordaba haber perdido el conocimiento cuando una mano lo cogió al 
momento de caer al suelo, y luego despertó en casa del abuelo. Se perdía en conjeturas. 
¿Cómo, si cayó en la calle de la Chanvrerie el policía lo recogió en el puente de los 
Inválidos? Alguien lo había trasladado desde el barrio del Mercado a los Campos Elíseos 
a través de la cloaca. ¡Inaudita abnegación! ¿Y quién era ese alguien? ¿Habría muerto? 
¿Qué clase de hombre era? Nadie podía decirlo. El cochero se limitaba a responder que la 
noche estaba muy oscura; Vasco y Nicolasa, en su azoramiento, habían mirado sólo al 
señorito cubierto de sangre. 
Esperando que lo ayudarían en sus investigaciones, conservó Marius la ropa 
ensangrentada que tenía puesta esa noche. Al examinar la levita, notó que a uno de los 
faldones le faltaba un pedazo. 
Una tarde hablaba Marius delante de Cosette y de Jean Valjean de esta singular 
aventura y de la inutilidad de sus esfuerzos. Le molestó el rostro frío del señor 
Fauchelevent, y exclamó con una vivacidad que casi tenía la vibración de la cólera: 
-Sí, ese hombre, quienquiera que sea, ha sido sublime. ¿Sabéis qué hizo? Se arrojó en 
medio del combate, me sacó de allí, abrió la alcantarilla, bajó a ella conmigo. Tuvo que 
andar más de legua y media por horribles galerías subterráneas, encorvado en medio de 
las tinieblas, a través de las cloacas. ¿Y con qué objeto? Sin otro objeto que salvar un 
cadáver. Y el cadáver era yo. Sin duda pensó: quizás en ese miserable haya todavía un 
resto de vida y para salvar esa pobre chispa voy a aventurar mi existencia. ¡Y no la 
arriesgó una vez, sino veinte! Cada paso era un peligro. La prueba es que lo prendieron al 
salir de la cloaca. ¿Sabéis que ese hombre hizo todo esto sin esperar ninguna 
recompensa? ¿Qué era yo? Un insurrecto, un vencido. ¡Oh!, si los seiscientos mil francos 
de Cosette fuesen míos... 
-Son vuestros -interrumpió Jean Valjean. 
-Pues bien -continuó Marius-, los daría por encontrar a ese hombre. 
Jean Valjean guardó silencio. 
LIBRO QUINTO 
La noche en blanco 

El 16 de febrero de 1833 
La noche del 16 de febrero de 1833 fue una noche bendita. Sobre sus sombras estaba el 
cielo abierto. Fue la noche de la boda de Marius y Cosette. 
La fiesta del casamiento se efectuó en casa del señor Gillenormand. 
A pesar de lo natural y trillado que es el asunto del matrimonio, las amonestaciones, las 
diligencias civiles, los trámites en la iglesia ofrecen siempre alguna complicación; por 
eso no pudo estar todo listo hasta del 16 de febrero. Ahora bien, ese 16 de febrero era 
martes de Carnaval, lo cual dio lugar a vacilaciones y escrúpulos, en particular de la 
señorita Gillenormand. 
-¡Martes de Carnaval! -exclamó el abuelo-. Tanto mejor. Hay un refrán que dice: 
Si en Carnaval te casas 
no habrá ingratos en tu casa. 
Unos días antes del fijado para el casamiento, Jean Valjean tuvo un pequeño accidente. 
Se lastimó el dedo pulgar de la mano derecha; y sin ser cosa grave, como que no permitió 
que nadie lo curara ni que nadie viera siquiera en qué consistía la lastimadura, tuvo que 
envolverse la mano en una venda y llevar el brazo colgado de un pañuelo, por lo cual no 
le fue posible firmar ningún papel. Lo hizo en su lugar el señor Gillenormand, como tutor 
sustituto de Cosette. 
Todo fue normal ese día, salvo un incidente que se produjo cuando los novios se 
dirigían a la iglesia. Debido a arreglos en el pavimento, la comitiva nupcial hubo de pasar 
por la avenida donde se desarrollaba el Carnaval. En la primera berlina iba Cosette con el 
señor Gillenormand y Jean Valjean. En la segunda iba Marius. 
Los carruajes tuvieron que detenerse en la fila que se dirigía a la Bastilla; casi al mismo 
instante en el otro extremo, la otra fila que iba hacia la Magdalena, se detuvo también. 
Había allí un carruaje lleno de máscaras que participaban en las fiestas. 
La casualidad quiso que dos máscaras de aquel carruaje, un español de descomunal 
nariz con enormes bigotes negros, y una verdulera flaca, aún en la flor de la edad, y con 
antifaz, quedaran al frente del coche de la novia. 
-¿Ves a ese viejo? -dijo el hombre. 
-¿Cuál? 
-Aquel que va en el primer coche, a este lado. 
-¿El que lleva el brazo metido en un pañuelo negro? 
-El mismo. ¡Que me ahorquen si no lo conozco! ¿Puedes ver a la novia inclinándote un 
poco? 
-No puedo. 
-No importa. Te digo que conozco al del brazo vendado. 
-¿Y qué ganas con conocerlo? 
-Escucha. 
-Escucho. 
-Yo, que vivo oculto, no puedo salir sino disfrazado. Mañana no se permiten ya 
máscaras como que es miércoles de Ceniza, y corro peligro de que me echen el guante. 
Fuerza es que me vuelva a mi agujero. Tú estás libre. 
-No del todo. 
-Más que yo al menos. 
-Bien. ¿Qué es lo que quieres? 
-Que averigües dónde viven los de esa boda. 
-¿Adónde van? 
-Sí, es muy importante, Azelma, ¿me entiendes? 
Se reinició el fluir de los vehículos, y el carruaje de las máscaras perdió al de los 
novios. 
II 
Jean Valjean contínúa enfermo 
Cosette irradiaba hermosura y amor. Los hermosos cabellos de Marius estaban 
lustrosos y perfumados; pero se entreveían acá y allá las cicatrices de la barricada. 
Todos los tormentos pasados se convertían para ellos en goces. Les parecía que los 
disgustos, los insomnios, las lágrimas, las angustias, los terrores, la desesperación, al 
transformarse en caricias y rayos de luz hacían aún más agradable el momento que se 
aproximaba. ¡Qué bueno es haber sufrido! Sin las desgracias anteriores fuera menos gran- 
de ahora su felicidad. 
Cosette no había mostrado nunca más cariño a Jean Valjean; exhalaba el amor y la 
bondad como un perfume. Es propio de las personas felices desear que las demás también 
lo sean. Buscaba para hablarle las inflexiones de voz del tiempo en que era niña, y lo 
acariciaba con su sonrisa. 
-¿Estáis contento, padre? 
-Sí. 
-Entonces, reíos. 
Jean Valjean se sonrió. 
Antes de pasar al comedor donde se había preparado un banquete, el señor 
Gillenormand buscó a Jean Valjean. 
-¿Sabes dónde está el señor Faucheleventi?- preguntó a Vasco. 
-Señor, precisamente acaba de salir, y me encargó decirle que le dolía mucho la mano, 
lo cual le impedía comer con el señor barón y la señora baronesa. Que rogaba lo 
dispensaran, y que vendría mañana a primera hora. 
Aquel sillón vacío entibió un instante la euforia del banquete nupcial, pero el señor 
Gillenormand ocupó al lado de Cosette el sitio destinado a Jean Valjean y las cosas se 
arreglaron. Cosette, al principio triste por la ausencia de su padre, acabó recuperando su 
alegría. Teniendo a Marius, Cosette no hubiera echado de menos ni al mismo Dios. Al 
cabo de cinco minutos, la risa y el júbilo reinaban de un extremo al otro de la mesa. 
III 
La inseparable 
¿Qué se había hecho Jean Valjean? 
Aprovechó un instante en que nadie lo miraba, y salió del salón. Habló con Vasco y se 
marchó. 
Las ventanas del comedor daban a la calle. Permaneció algunos minutos de pie a 
inmóvil en la oscuridad, delante de aquellas ventanas iluminadas. Estaba escuchando. El 
confuso ruido del banquete llegaba hasta él. Oía la voz alta del abuelo, los violines, el 
sonido de los platos y los vasos, las carcajadas, y en medio de todo aquel alegre rumor, 
distinguía la dulce voz de Cosette. 
Se fue a su casa. Al entrar encendió la vela y subió. La habitación estaba vacía; hasta 
faltaba Santos, quien desde ahora atendía a Cosette. Sus pisadas hacían en los cuartos 
más ruido que de ordinario. 
Entró en el cuarto de Cosette. La cama sin hacer ofrecía a sus ojos el espectáculo de 
colchones arrollados y almohadas sin funda que daban a entender que nadie debía volver 
a acostarse en aquel lecho. 
Volvió a su dormitorio. Había sacado el brazo del pañuelo, y se servía de la mano 
derecha sin ningún dolor. 
Se acercó a la cama, y sus ojos, no sabemos si por casualidad o de intento, se fijaron en 
la "inseparable", como llamaba Cosette a la maleta que tanto la intrigaba. La abrió y fue 
sacando de ella uno a uno los vestidos con que diez años antes había partido Cosette de 
Montfermeil; primero el traje negro, después el pañuelo también negro, en seguida los 
zapatos, tan grandes que casi podrían servir aún a Cosette, por lo diminuto de su pie; el 
delantal y las medias de lana. El era quien había llevado a Montfermeil estos vestidos de 
luto para Cosette. 
A medida que los sacaba de la maleta, iba poniéndolos en la cama. 
Pensaba. Recordaba. 
En invierno, en diciembre, con más frío que de costumbre, estaba tiritando la niña 
medio desnuda, apenas envuelta en harapos, con los pies amoratados y metidos en unos 
zuecos rotos, y él la había hecho dejar aquellos andrajos para vestirse de luto. La madre 
debió alegrarse en la tumba al ver a su hija de luto por ella y, sobre todo, al verla vestida 
y abrigada. Colocó en orden las prendas sobre la cama, el pañuelo junto a la falda, las 
medias junto a los zapatos, la camiseta al lado del vestido, y las contempló una tras otra, 
diciendo: "Este era su tamaño; tenía la muñeca en los brazos, había guardado el luis de 
oro en el bolsillo de este delantal, se reía, íbamos los dos tomados de la mano, no tenía 
más que a mí en el mundo". 
Al llegar allí, su blanca y venerable cabeza cayó sobre el lecho. Aquel viejo corazón 
estoico pareció romperse y hundió el rostro en los vestidos de Cosette. Si entonces 
alguien hubiera pasado frente a su cuarto, habría oído sus desconsolados sollozos. 
La antigua y terrible lucha, de la que hemos visto ya varias fases, empezó de nuevo. 
¡Cuántas veces hemos visto a Jean Valjean luchando en medio de las tinieblas a brazo 
partido con su conciencia! ¡Cuántas veces la conciencia, precipitándolo hacia el bien, lo 
había oprimido y agobiado! ¡Cuántas veces, derribado a impulso de su luz, había implo- 
rado el perdón! ¡Cuántas veces aquella luz implacable, encendida en él y sobre él por el 
obispo, le había deslumbrado, cuanto deseaba ser ciego! 
¡Cuántas veces se había vuelto a levantar en medio del combate, asiéndose de la roca, 
apoyándose en el sofisma, arrastrándose por el polvo, a veces vencedor de su conciencia, 
a veces vencido por ella! 
Resistencia a Dios. Sudores mortales. ¡Qué de heridas secretas que sólo él veía sangrar! 
¡Qué de llagas en su miserable existencia! ¡Cuántas veces se había erguido sangrando, 
magullado, destrozado, iluminado, con la desesperación en el corazón, y la serenidad en 
el alma! Vencido, se sentía vencedor. 
Su conciencia, después de haberlo atormentado, terrible, luminosa, tranquila, le decía: 
-¡Ahora, ve en paz! 
Pero, ¡ay! ¡Qué lúgubre paz, después de una lucha tan triste! La conciencia es, pues, 
infatigable a invencible. Sin embargo, Jean Valjean sabía que esa noche libraba su postrer 
combate. Como le había sucedido en otras ocasiones dolorosas, dos caminos se abrían 
ante él, uno lleno de atractivos, otro de terrores. ¿Por cuál debería decidirse? Tenía que 
escoger una vez más entre el terrible puerto y la sonriente emboscada. ¿Es, pues, cierto, 
que habiendo cura para el alma, no la hay para la suerte? ¡Cosa horrible, un destino 
incurable! La cuestión era ésta: ¿De qué manera iba a conducirse ante la felicidad de 
Cosette y de Marius? 
El era quien había querido, quien había hecho aquella felicidad, por más que le 
destrozara el corazón. ¿Qué le correspondía hacer ahora? ¿Tratar a Cosette como si le 
perteneciera? Cosette ya era de otro; pero, ¿retendría Jean Valjean todo lo que podía 
retener de la joven? ¿Continuaría siendo la especie de padre que había sido hasta allí? ¿Se 
introduciría tranquilamente en la casa de Cosette? ¿Uniría sin decir palabra su pasado a 
aquel porvenir? ¿Entraría a participar de la suerte reservada a Cosette y Marius e 
intercalaría su catástrofe en medio de aquellas dos felicidades? 
Es preciso estar habituado a los golpes de la fatalidad para atreverse a alzar los ojos, 
cuando ciertas preguntas se presentan en su horrible desnudez. El bien o el mal se hallan 
detrás de este severo punto de interrogación. ¿Qué vas a hacer?, pregunta la esfinge. 
Jean Valjean estaba habituado a las pruebas, y miró fijamente a la esfinge. 
Examinó el despiadado problema en todas sus fases. 
Cosette era la tabla de salvación de aquel náufrago. ¿Qué debía hacer? ¿Asirse con 
todas sus fuerzas a ella o soltarla? Si se aferraba a ella se libraba del desastre; se salvaba, 
vivía. Si la dejaba ir, entonces, el abismo. 
Combatía furioso dentro de sí mismo, ya con su voluntad, ya con sus convicciones. 
Fue una dicha haber podido llorar. Eso quizás lo iluminó. Al principio, no obstante, una 
tremenda tempestad se desencadenó en su alma. El pasado reaparecía; comparaba y 
sollozaba. La conciencia no desiste jamás.La conciencia no tiene límites siendo, como es, 
Dios. ¿No es digno de perdón el que al fin sucumbe? ¿No habrá un límite a la obediencia 
del espíritu? Si el movimiento perpetuo es imposible, ¿por qué ha de exigirse la 
abnegación perpetua? El primer paso no es nada; el último es el difícil. ¿Qué era lo de 
Champmathieu al lado del casamiento de Cosette y sus consecuencias? ¿Qué era la vuelta 
a presidio en comparación con la nada en que ahora iba a sumirse? ¿Cómo no apartar 
entonces el rostro? Jean Valjean entró por fin en la calma de la postración. 
Pensó, meditó, consideró las alternativas de la misteriosa balanza de la luz y la sombra. 
Imponer su presidio a aquellos jóvenes, o consumar su irremediable anonadamiento. A 
un lado el sacrificio de Cosette; al otro el suyo propio. ¿Cuál fue su resolución? 
¿Cuál fue la respuesta definitiva que dio en su interior al incorruptible interrogatorio de 
la fatalidad? ¿Qué puerta se decidió a abrir? ¿Qué parte de su vida resolvió condenar? 
Permaneció hasta el amanecer en la misma actitud, doblado sobre aquel lecho, 
prosternado bajo el enorme peso del destino, aniquilado tal vez, con las manos contraídas 
y los brazos extendidos en ángulo recto como un crucifijo desclavado, y colocado allí 
boca abajo. 
Así estuvo doce horas, las doce horas de una larga noche de invierno, sin alzar la 
cabeza ni pronunciar una palabra, inmóvil como un cadáver, mientras que su pensamiento 
rodaba por el suelo o subía a las nubes. 
Al verlo sin movimiento se le habría creído muerto; de improviso se estremeció, y su 
boca pegada a los vestidos de Cosette los llenó de besos. Entonces se vio que aún vivía. 
¿Quién lo vio, si estaba solo? Ese Quien que está en las tinieblas. 
LIBRO SEXTO 
La última gota del cáliz 

El séptimo círculo y el octavo cielo 
El 17 de febrero, pasadas las doce, Vasco oyó un ligero golpe en la puerta. Abrió y vio 
al señor Fauchelevent. Lo hizo pasar al salón, donde todo estaba aún revuelto y ofrecía el 
aspecto del campo de batalla de la fiesta de la víspera. 
-¿Se ha levantado vuestro amo? preguntó Jean Valjean. 
-¿Cuál? ¿El antiguo o el nuevo? 
-El señor de Pontmercy. 
-¿El señor barón? -dijo Vasco, con orgullo. Los criados gustan de recalcar los títulos, 
como si recogiesen algo para sí, las salpicaduras de cieno como las llamaría un filósofo-. 
Voy a ver. Le diré que el señor Fauchelevent le aguarda. 
-No, no le digáis que soy yo. Decidle que hay una persona que desea hablarle en 
privado. 
-¡Ah! -exclamó Vasco. 
-Quiero darle una sorpresa. 
-¡Ah! -repitió el criado pretendiendo explicar con esta segunda interjección el sentido 
de la primera. Y salió. 
Marius entró con la cabeza erguida, risueño, el rostro inundado de luz, la mirada 
triunfante. 
-¡Sois vos, padre! -exclamó al ver a Jean Valjean-. Pero venís demasiado temprano, 
Cosette está durmiendo. 
La palabra padre, dicha al señor Fauchelevent por Marius significaba felicidad 
suprema. Había existido siempre entre ambos frialdad y tensión. Pero Marius se 
encontraba ahora en ese punto de embriaguez en que las dificultades desaparecen, en que 
el hielo se derrite, en que el señor Fauchelevent era para él, como para Cosette, un padre. 
Continuó; las palabras salían a torrentes, reacción propia de los divinos paroxismos de 
la felicidad: 
-¡Qué contento estoy de veros! ¡Si supiéseis cómo os echamos de menos ayer! ¿Cómo 
va esa mano? Mejor, ¿no es verdad? 
Y satisfecho de la respuesta que se daba a sí mismo, prosiguió: 
-Hemos hablado mucho de vos. ¡Cosette os quiere tanto! No vayáis a olvidaros de que 
tenéis aquí vuestro cuarto. Basta de calle del Hombre Armado. Basta. Vendréis a 
instalaros aquí y desde hoy o Cosette se enfadará. Habéis conquistado a mi abuelo, le 
agradáis sobremanera. Viviremos todos juntos. ¿Sabéis jugar al whist? En tal caso, mi 
abuelo hallará en vos cuanto desea. Los días que yo vaya al tribunal sacaréis a pasear a 
Cosette, la llevaréis del brazo, como hacíais en otro tiempo en el Luxemburgo. Estamos 
decididos a ser muy dichosos; y vos entráis en nuestra felicidad. ¿Oís, padre? Supongo 
que hoy almorzaréis con nosotros. 
-Señor -dijo Jean Valjean-, tengo que comunicaros una cosa. Soy un ex presidiario. 
El límite de los sonidos agudos perceptibles puede estar lo mismo fuera del alcance del 
espíritu que de la materia. Estas palabras: "Soy un expresidiario", al salir de los labios del 
señor Fauchelevent y al entrar en el oído de Marius, iban más allá de lo posible; Marius, 
pues, no oyó. Se quedó con la boca abierta. 
Entonces advirtió que aquel hombre estaba desfigurado. En su felicidad no había 
notado la palidez terrible de su cara. 
Jean Valjean desató el pañuelo negro que sostenía su brazo, se quitó la venda de la 
mano, descubrió el dedo pulgar, y dijo mostrándoselo a Marius: 
-No tengo nada en la mano. 
Marius miró el dedo. 
-Ni he tenido jamás nada. 
En efecto no se veía allí señal de ninguna herida. 
Jean Valjean prosiguió: 
-Convenía que no asistiera a vuestro casamiento, y me ausenté lo más que pude. Fingí 
esta herida para evitar falsedades; para no invalidar los contratos matrimoniales, para no 
tener que firmar. 
-¿Qué significa esto? -preguntó Marius entre dientes. 
-Esto significa -respondió Jean Valjean- que estuve en presidio. 
-¡Vais a volverme loco! 
-Señor de Pontmercy, he estado diecinueve años en presidio por robo. Luego se me 
condenó a cadena perpetua, también por robo, como reincidente y a estas horas estoy 
prófugo. 
Marius hacía vanos esfuerzos por retroceder ante la realidad, por resistir a la evidencia. 
-¡Decidlo todo, todo! -exclamó-. ¡Sois el padre de Cosette! 
Y dio dos pasos hacia atrás con un movimiento de horror indecible. 
Jean Valjean irguió la cabeza con actitud majestuosa. 
-¡Padre de Cosette, yo! En nombre de Dios os juro que no, señor barón de Pontmercy. 
Soy un aldeano de Faverolles. Ganaba la vida podando árboles. No me llamo 
Fauchelevent, sino Jean Valjean. Ningún parentesco me une a Cosette. Tranquilizaos. 
-¿Y quién me prueba...? -balbuceó Marius. 
-Yo. Yo, puesto que lo digo. 
Marius miró a aquel hombre; estaba serio y tranquilo. La mentira no podía salir de 
semejante calma glacial. 
-Os creo -dijo. 
Jean Valjean inclinó la cabeza, y continuó: 
-¿Qué soy para Cosette? Un extraño. Hace diez años ignoraba mi existencia. La quiero 
mucho, es cierto. Cuando uno, ya viejo, ha visto crecer a una niña, es natural que la 
quiera. Los viejos se creen abuelos de todos los niños. Supongo que no iréis a 
considerarme desprovisto enteramente de corazón. Era huérfana. No tenía padre ni 
madre. Me necesitaba, y por eso le he consagrado todo mi cariño. Los niños son tan 
débiles que cualquiera, aun siendo un hombre de mi clase, puede servirles de protector. 
He cumplido ese deber con Cosette. No creo que esto merezca el nombre de buena 
acción; pero, si lo merece, yo la he ejecutado. Anotad esta circunstancia atenuante. Hoy 
Cosette deja mi casa, con lo cual nuestros caminos se separan, y en lo sucesivo no puedo 
hacer nada por ella. Cosette es ya la señora de Pontmercy. En cuanto a los seiscientos mil 
francos, aunque no me habléis de ellos, me anticipo a vuestro pensamiento. Es un 
depósito. ¿Cómo se hallaba en mis manos ese depósito? Poco importa. Devuelvo el 
depósito y no se me debe exigir más. Completo la restitución diciendo mi verdadero 
nombre. Es importante para mí que sepáis quién soy. 
Y Jean Valjean clavó la vista en Marius. 
Marius estaba atónito con la nueva situación que se abría ante él. 
-Pero, ¿por qué me decís todo esto? ¿Quién os obligaba? Podíais guardar vuestro 
secreto. Nadie os ha denunciado. No sé os persigue. No se sabe vuestro paradero. Sin 
duda tenéis alguna razón para hacer, libremente, una revelación así. Acabad. Hay algo 
más. ¿Con qué motivo me habéis hecho esta confesión? 
-¿Qué motivo? -respondió Jean Valjean con una voz tan baja y tan sorda, que se 
hubiera dicho que hablaba consigo mismo más que con Marius-. ¿Qué motivo ha 
obligado al presidario a decir: soy un presidario? Pues bien, el motivo es extraño. Es por 
honradez. Mi mayor desgracia es un hilo que tengo en el corazón, y que me tiene 
amarrado. Esos hilos nunca son tan sólidos como cuando uno es viejo. Toda la vida se 
quiebra en derredor; ellos resisten. Si hubiera podido arrancar ese hilo, romperlo, desatar 
el nudo o cortarlo, irme muy lejos, me habría salvado; con partir de aquí bastaba. Sois 
felices y me marcho. Traté de romper ese hilo, pero resistió y no se ha roto; me arrancaba 
el corazón al hacerlo. Entonces dije: No puedo vivir en otra parte; necesito quedarme. 
Pero tenéis razón, soy un imbécil; ¿por qué no quedarme, simplemente? Me ofrecéis un 
cuarto en vuestra casa; la señora de Pontmercy me quiere mucho; vuestro abuelo desea 
mi compañía, habitaremos todos bajo el mismo techo, comeremos juntos, daré el brazo a 
Cosette... a la señora de Pontmercy, perdón, es la costumbre. La misma casa, la misma 
mesa, el mismo hogar, la misma chimenea en el invierno; el mismo paseo en el verano. 
¡Esa es la felicidad, la dicha! Viviremos en familia. ¡En familia! 
Al pronunciar esta palabra, Jean Valjean tomó un aspecto feroz. Cruzó los brazos, fijó 
la vista en el suelo como si quisiera abrir a sus pies un abismo, y exclamó con voz 
tonante: 
-¡En familia! No. No tengó familia. No pertenezco a la vuestra. No pertenezco a la 
familia de los hombres. Estoy de sobra en las casas donde se vive en común. Hay 
familias, mas no para mí. Soy el miserable, el extraño. Apenas sé si he tenido padres. El 
día en que casé a esa niña, todo terminó; la vi dichosa, unida al hombre a quien ama, y 
junto a ambos ese buen anciano, y me dije: Tú no debes entrar. Fácil me era mentir, 
engañarlos a todos, seguir siendo el señor Fauchelevent. Mientras fue por el bien de ella, 
he mentido; pero hoy que se trata sólo de mí, no debo hacerlo. Me preguntáis quién me 
ha obligado a hablar. Os contesto que es algo muy raro: mi conciencia. Pasé la noche 
buscando buenas razones; se me han ocurrido algunas excelentes; pero no he logrado ni 
romper el hilo que aprisiona mi corazón, ni hacer callar a alguien que me habla cuando 
estoy solo. Por eso he venido a decíroslo todo, o casi todo; pues lo que concierne 
únicamente a mi persona me lo guardo. Sabéis lo esencial. Os he revelado mi secreto. 
Bastante me ha costado decidirme, he luchado toda la noche. Sí, seguir siendo 
Fauchelevent arreglaba todo, todo menos mi alma. ¡Ah! ¿Pensáis que callar es fácil? Hay 
un silencio que miente y había que mentir, ser embustero, indigno, vil, traidor en todas 
partes, de noche, de día, mirando cara a cara a Cosette. ¿Y para qué? ¡Para ser feliz! 
¿Acaso tengo ese derecho? No. En cambio así no soy sino el más infeliz de los hombres, 
en el otro caso hubiera sido el más monstruoso. 
Jean Valjean se detuvo un instante, luego siguió con una voz siniestra. 
-No soy perseguido, decís. ¡Sí, soy perseguido, y acusado y denunciado! ¿Por quién? 
Por mí. Yo mismo me he cerrado el camino. No hay mejor carcelero que uno mismo. 
Para ser feliz, señor, se necesita no comprender el deber, porque una vez comprendido, la 
conciencia es implacable. Se diría que os castiga, pero no, os recompensa; os lleva a un 
infierno donde se siente junto a sí a Dios. 
Y con indecible acento añadió: 
-Señor de Pontmercy; esto no tiene sentido común; soy un hombre honrado. 
Degradándome a vuestros ojos, me elevo a los míos. Esto me sucedió ya antes. Sí, soy un 
hombre honrado. No lo sería si por mi culpa hubieseis continuado estimándome; ahora 
que me despreciáis, lo soy. Tengo la fatalidad de que no pudiendo jamás poseer sino una 
consideración robada, esa consideración me humilla y agobia interiormente, y necesito, 
para el respeto propio, el desprecio de los demás. Entonces alzo la frente. Soy un 
presidiario que obedece a su conciencia; caso raro, lo sé. He contraído compromisos 
conmigo mismo y los cumplo. Hay encuentros que nos ligan, y casualidades que nos 
impulsan por el camino del deber. 
Jean Valjean hizo otra pausa tragando la saliva con esfuerzo, como si sus palabras 
tuviesen un sabor amargo, y luego prosiguió: 
-Cuando se horroriza uno de sí mismo hasta ese extremo, no tiene derecho para hacer a 
los demás partícipes, sin saberlo, de su horror. En vano Fauchelevent me prestó su 
nombre en agradecimiento por un favor; no me asiste derecho para llevarlo y aunque él 
haya querido dármelo, yo no he podido aceptarlo. Un nombre es la personalidad. Sustraer 
un nombre, y cubrirse con él, está mal hecho. Tan grave delito es robar letras del alfabeto 
como robar un reloj. ¡Ser una firma falsa en carne y hueso, una llave falsa viva; entrar en 
casa de las personas honradas falseando la cerradura; no mirar nunca sino de través, 
encontrarme infame en el fondo de mi corazón! ¡No, no, no! Vale más padecer; sangrar, 
llorar, pasar las noches en las convulsiones de la agonía, roerse el alma. Por eso os he 
contado lo que acabáis de oír. 
Respiró penosamente, y pronunció después esta última frase: 
-En otro tiempo, para vivir robé un pan: hoy para vivir no quiero robar un nombre. 
-¡Para vivir! -dijo Marius-. ¿Acaso necesitáis de ese nombre para vivir? 
-¡Ah! Yo me entiendo -respondió Jean Valjean. 
Hubo un silencio. Los dos callaban, hundido cada cual en un abismo de pensamientos. 
Marius, sentado junto a una mesa; Jean Valjean paseándose por la habitación. Notó que 
Marius lo miraba caminar, y le dijo con un acento indescriptible: 
Arrastro un poco la pierna. 
-Ahora comprenderéis por qué. 
Miró de frente a Marius, y continuó: 
-Y ahora figuraos que nada he dicho, que soy el señor Fauchelevent, que vivo en 
vuestra casa, que soy de la familia, que tengo mi cuarto, que por la tarde vamos los tres al 
teatro, que acompaño a la señora de Pontmercy a las Tullerías y a la Plaza Real; en una 
palabra, que me creéis igual a vos. Y el día menos pensado, cuando estemos los dos 
conversando, oís una voz que grita este nombre: Jean Valjean, y veis salir de la sombra 
esa mano espantosa, la policía, que me arranca mi máscara bruscamente. 
Calló de nuevo; Marius se había levantado con un estremecimiento. Jean Valjean 
prosiguió: 
-¿Qué decís? 
Marius no acertó a desplegar los labios. 
-Ya veis que he tenido razón en hablar. Sed dichosos, vivid en el cielo, sin preocuparos 
de cómo un pobre condenado desgarra su pecho y cumple con su deber. Tenéis delante de 
vos, señor, a un hombre miserable. 
Marius cruzó lentamente el salón, y, cuando estuvo frente a Jean Valjean, le tendió la 
mano; pero tuvo que coger él mismo esa mano que no se le daba. Le pareció que 
estrechaba en la suya una mano de mármol. 
-Mi abuelo tiene amigos -dijo Marius- yo os conseguiré el perdón. 
-Es inútil -respondió Jean Valjean-. Se me cree muerto, y basta. Los muertos no están 
sometidos a la vigilancia de la policía. Se les deja podrirse tranquilamente. La muerte 
equivale al perdón. 
Y retirando su mano de la de Marius, añadió con una especie de dignidad inexorable: 
-No necesito más que un perdón: el de mi conciencia. 
En aquel momento la puerta se entreabrió poco a poco al extremo opuesto del salón, y 
apareció la cabeza de Cosette. Tenía los párpados hinchados aún por el sueño. 
Miró primero a su esposo, luego a Jean Valjean, y les gritó riendo: 
-¡Apostaría a que habláis de política! ¡Qué necedad! ¡En vez de estar conmigo! 
Jean Valjean se estremeció. 
-Cosette... -tartamudeó Marius, y se detuvo. 
Parecían dos criminales. 
Cosette, radiante de felicidad y de hermosura, seguía mirándolos. 
-Os he cogido in fraganti -dijo Cosette-. Aca de oír a través de la puerta las palabras de 
mi padre. La conciencia, el cumplimiento del deber. No ca duda. Hablabais de política. 
¡Hablar de política a día siguiente de la boda! No me parece justo. 
-Te engañas, Cosette -respondió Marius-. Hablábamos de negocios. Buscábamos el 
medio mejor de colocar tus seiscientos mil francos, y... 
-Pues si no es más que eso -interrumpió C sette-, aquí me tenéis ¿Se me admite? 
-Necesitamos estar solos ahora, Cosette. 
Jean Valjean no pronunciaba una palabra. Cosette se volvió hacia él: 
-Lo primero que quiero, padre, es que m deis un abrazo y un beso. 
Jean Valjean se acercó. 
Cosette retrocedió, exclamando: 
-¡Qué pálido estáis, padre! ¿Os duele el brazo? 
-No, ya está bien. 
-¿Habéis dormido mal? 
-No. 
-¿Estáis triste? 
-No. 
-¡Vaya, un beso! Si os sentís bien, si dormí mejor, si estáis contento, no os reñiré. 
Y le presentó la frente. Jean Valjean la besó. 
-Cosette -dijo Marius en tono suplicante-, déjanos solos, por favor. Tenemos que 
terminar cierto asunto. 
-¡Está bien! Me marcho. 
Marius se cercioró de que la puerta estaba bien cerrada. 
-¡Pobre Cosette! -murmuró-, cuando sepa... 
A estas palabras, Jean Valjean se estremeció y clavó en Marius la vista. 
-¡Cosette! ¡Ah! Os lo suplico, señor, os lo ruego por lo más sagrado, dadme vuestra 
palabra de no decirle nada. ¿No basta que vos lo sepáis? Nadie me ha obligado a 
delatarme, lo he hecho porque he querido. Pero ella ignora estas cosas, y se asustaría. ¡Un 
presidiario! ¡Oh, Dios mío! 
Se dejó caer en un sillón, y ocultó el rostro entre las manos. Por el movimiento de los 
hombros se notaba que lloraba. Lágrimas silenciosas; lágrimas terribles. 
Marius le oyó decir tan bajo que su voz parecía salir de un abismo sin fondo: 
-¡Quisiera morir! 
-Serenaos -dijo Marius-; guardaré vuestro secreto para mí solo. 
Y luego añadió: 
-Me es imposible no deciros algo sobre el depósito que tan fiel y honradamente habéis 
entregado. Es un acto de probidad. Merecéis que se os recompense. Fijad vos mismo la 
cantidad, y no temáis que sea muy elevada. 
-Gracias -respondió Jean Valjean, con dulzura. Permaneció pensativo un momento; 
después alzó la voz: 
-Todo ha concluido. Me queda una sola cosa... 
-¿Cuál? 
Jean Valjean tuvo una última vacilación y sin voz, casi sin aliento, balbuceó: 
-Ahora que lo sabéis todo, ¿creéis, señor, que no debo volver a ver a Cosette? 
-Sería lo más acertado -respondió fríamente Marius. 
-No volveré a verla -dijo Jean Valjean. 
Y se dirigió hacia la puerta. 
Puso la mano en la cerradura, se quedó un segundo inmóvil, luego cerró de nuevo y se 
encaró con Marius. No estaba ya pálido, sino lívido. Sus ojos no tenían ya lágrimas sino 
una especie de luz trágica. Su voz había cobrado cierta extraña serenidad. 
-Si queréis, señor, vendré a verla. Os aseguro que lo deseo con toda mi alma. Si no 
esperara ver a Cosette, no os habría hecho esta confesión. Hubiera partido simplemente. 
Pero como quiero permanecer en el pueblo donde vive Cosette y continuar viéndola, me 
ha parecido que debía deciros la verdad. Me comprendéis, ¿no es cierto? Es razonable lo 
que digo. Nueve años hace que no nos separamos. Desde mi habitación la oía tocar el 
piano. Esa ha sido mi vida. Nunca nos hemos separado. Nueve años y algunos meses ha 
durado esto. Era para ella un padre; y se creía mi hija. No sé si me comprenderéis, señor 
Pontmercy, pero os aseguro que me sería difícil marcharme ahora y no volverla a ver, no 
hablarle más, quedarme sin nada en el mundo. Si no os pareciera mal, vendría de vez en 
cuando a ver a Cosette. No lo haría con frecuencia, ni permanecería aquí mucho tiempo. 
Daríais orden de que se me recibiese en la salita del primer piso, y hasta entraría por la 
puerta trasera, la de los criados. Lo esencial es, señor, que desearía ver alguna vez a 
Cosette, tan pocas como queráis. Poneos en mi lugar. Además de que si no volviese, a 
ella le extrañaría. Lo que podré hacer es venir por la tarde cuando empiece ya a 
oscurecer. 
-Vendréis todas las tardes -dijo Marius-, y Cosette os aguardará. 
-¡Qué bueno sois, señor! -respondió Jean Valjean. 
Marius se despidió de él; la felicidad acompañó hasta la puerta a la desesperación, y 
aquellos dos hombres se separaron. 
II 
La oscuridad que puede contener una revelación 
Marius estaba trastornado. Ahora se explicaba la especie de antipatía que había sentido 
siempre hacia el supuesto padre de Cosette. El señor Fauchelevent era el presidiario Jean 
Valjean. Hallar de improviso semejante secreto en medio de su dicha equivalía a 
descubrir un escorpión en un nido de tórtolas. 
En adelante su felicidad y la de Cosette no podrían prescindir de aquel testigo. ¿Era éste 
un hecho consumado? ¿Formaba parte de su casamiento la aceptación de Jean Valjean? 
¿No había ya remedio? ¿Se había casado también Marius con el presidiario prófugo? 
La antipatía de Marius hacia el señor Fauchelevent transformado en Jean Valjean se 
mezclaba ahora con ideas terribles, entre las cuales, justo es decirlo, había algo de 
lástima, y hasta de sorpresa. 
El ladrón, y ladrón reincidente, había restituido un depósito, ¡y qué depósito! 
Seiscientos mil francos, de los que sólo él tenía noticia, y que pudo muy bien guardarse. 
Además, era delator de sí mismo. ¿Qué lo obligaba a delatarse? Un escrúpulo de 
conciencia. Marius sentía que sus palabras tenían el irresistible acento de la verdad. 
Jean Valjean era sincero. Esta sinceridad visible, palpable, y aún evidente por el dolor 
que le causaba, hacía inútiles las pesquisas. ¡Inversión extraña de las situaciones! ¿Qué 
brotaba para Marius del señor Fauchelevent? La desconfianza. ¿Y de Jean Valjean? La 
confianza. Aunque sus recuerdos fueran confusos, se explicaba ahora ciertas escenas 
antes incomprensibles. 
¿Por qué a la llegada de la justicia al desván de Jondrette aquel hombre, en lugar de 
querellarse, había huido? Marius encontraba esta vez la respuesta: porque aquel hombre 
era un forzado que estaba prófugo. Otra pregunta: ¿Por qué había ido a la barricada? 
Ante esta pregunta surgía un espectro y daba la contestación. Era Javert. 
Marius recordaba perfectamente ahora la fúnebre visión de Jean Valjean arrastrando 
fuera de la barricada a Javert, atado, y oía aún detrás de la callejuela Mondetour el 
horrible pistoletazo. Existía, sin duda, odio entre el espía y el presidiario. Jean Valjean 
había ido a la barricada por vengarse. Jean Valjean había matado a Javert. 
Ultima pregunta, a la cual no encontraba qué responder: ¿Por qué la existencia de Jean 
Valjean había transcurrido tanto tiempo unida a la de Cosette? ¿Qué significaba la obra 
sombría de la Providencia al poner a aquella niña en contacto con semejante hombre? 
Este era el secreto de Jean Valjean y también de Dios.  Ante esto, Marius retrocedía. 
Dios hace los milagos como mejor le cuadra. 
Adoraba a Cosette, era su esposa, ¿qué más quería? Los asuntos personales de Jean 
Valjean no le incumbían, principalmente desde la declaración solemne del miserable: 
"No soy nada de Cosette. Hace diez años ignoraba mi existencia". 
Sin embargo, por más atenuantes que buscase, preciso le era admitir ser un presidiario; 
es decir, el ser que en la escala social carece hasta de sitio. Después del último de los 
hombres está el presidiario. 
En las ideas que entonces profesaba Marius, Jean Valjean era para él un ser diferente y 
repugnante. Era el réprobo, el presidiario. 
En tal situación de espíritu, era para Marius una perplejidad dolorosa pensar que aquel 
hombre.tendría contacto en lo sucesivo, aunque poco, con Cosette. Se había dejado 
conmover; suya era la culpa. Debió pura y simplemente alejarlo de su casa. 
Se indignó contra sí mismo, contra el torbellino de emociones que lo había aturdido, 
cegado y arrastrado. Hizo sin objeto aparente algunas preguntas a Cosette, que, sin 
recelar nada, le habló de su infancia y de su juventud. Se convenció entonces que todo lo 
bueno, paternal y respetable que puede ser un hombre, lo fue aquel presidiario con 
Cosette. Cuanto Marius había supuesto era verdad. Aquella ortiga siniestra había amado y 
protegido a aquel lirio. 
LIBRO SEPTIMO 
Decadencia crepuscular 

La sala del piso bajo 
Al día siguiente, cuando empezaba a oscurecer, Jean Valjean llamó a la puerta cochera 
de la casa del señor Gillenoxmand. Vasco lo recibió; se encontraba allí como si cumpliera 
órdenes especiales. 
-El señor barón me encargó que os pregunte si queréis subir o quedaros abajo. 
-Quedarme abajo -respondió Jean Valjean. 
Vasco, respetuoso como siempre, abrió la puerta de la sala. 
-Voy a avisar a la señora -dijo. 
La habitación en que Jean Valjean entró era una especie de subterráneo abovedado y 
húmedo, con el suelo de ladrillos rojos, que servía a veces de bodega y que daba a la 
calle; tenía una pequeña ventana que permitía apenas el paso a unos míseros rayos de luz. 
La sala, pequeña y de techo bajo, estaba sucia; se veían unas cuantas botellas vacías, 
amontonadas en un rincón. La pared estaba descascarada; en el fondo había una chimenea 
encendida, lo cual indicaba que se contaba con la respuesta de Jean Valjean. A cada lado 
de la chimenea había un sillón, y entre los dos sillones, a modo de alfombra, una vieja 
bajada de cama, que mostraba más trama que lana. El alumbrado de la habitación 
consistía en la llama de la chimenea y el crepúsculo de la ventana. 
Jean Valjean estaba cansado; llevaba muchos días sin comer ni dormir. Se dejó caer en 
uno de los sillones. Vasco entró, puso sobre la chimenea una vela encendida y se retiró, 
sin que Jean Valjean, con la cabeza inclinada hasta tocar el pecho, hubiera notado su 
presencia. De repente se levantó como sobresaltado. 
Cosette estaba detrás de él. No la vio entrar. Se volvió y la contempló extasiado. Estaba 
adorablemente hermosa; pero lo que él miraba no era la hermosura sino el alma. 
-Padre -exclamó Cosette-, sabía vuestras rarezas, pero jamás me hubiera figurado que 
llegasen a tanto. ¡Vaya una idea! Dice Marius que habéis insistido en que os reciba aquí. 
-Sí, he insistido. 
Ya esperaba esa respuesta. Está bien. Os prevengo que voy a armar un escándalo. 
Empecemos por el principio. Padre, besadme. 
Y le presentó la mejilla. Jean Valjean permaneció inmóvil. 
-No me besáis. Actitud culpable. Os perdono, sin embargo. Jesucristo ha dicho: 
Presentad la otra mejilla. Aquí la tenéis. 
Y le presentó la otra mejilla. Jean Valjean parecía clavado en el suelo. 
-Esto se pone serio -dijo Cosette-. ¿Qué os he hecho? Me declaro ofendida, y me debéis 
una safisfacción. Comeréis con nosotros. 
-He comido ya. 
-No es verdad. Haré que el señor Gillenormand os riña. Los abuelos están encargados 
de reñir a los padres. Vamos, subid conmigo al salón. 
-Imposible. 
Al llegar aquí, Cosette perdió algún terreno. Cesó de mandar y pasó a las preguntas. 
-¡Imposible! ¿Por qué? ¡Y escogéis para verme, el cuarto más feo de la casa! 
-Sabes... 
Jean Valjean se detuvo, y luego continuó, corrigiéndose: 
-Sabéis, señora, que soy raro, que tengo mis caprichos. 
Cosette dio una palmada. 
-¡Señora!... ¡Sabéis!... ¡Cuántas novedades! ¿Qué significa esto? 
Jean Valjean la miró con .la sonrisa dolorosa a que recurría de vez en cuando. 
-Habéis querido ser señora y lo sois. 
-Para vos no, padre. 
-No me llaméis más padre. 
-¿Cómo? 
-Llamadme señor Jean, Jean si queréis. 
-¡No sois ya padre, ni yo soy Cosette! ¡Que os llame señor Jean! ¿Qué significan estos 
cambios? ¿Qué revolución es ésta? ¿Qué ha pasado? Miradme a la cara. ¡Y no aceptáis 
un cuarto en esta casa! ¡El cuarto que os tenía destinado! ¿Qué mal os he hecho? ¿En qué 
os he ofendido? ¿Ha ocurrido algo? 
-Nada. 
-¿Y entonces? 
-Todo sigue igual. 
-¿Por qué cambiáis el nombre? 
-También vos habéis cambiado el vuestro. 
Sonrió como antes, y añadió: 
-Siendo vos la señora de Pontmercy, muy bien puedo yo ser el señor Jean. 
-No comprendo. Pediré permiso a mi marido para que seáis el señor Jean y espero que 
no consentirá. Me causáis mucha pena. Está bien tener caprichos, pero no entristecer a su 
Cosette. No tenéis derecho a ser malo vos que sois tan bueno. 
Jean Valjean no respondió. 
Le tomó ella las dos manos, y las besó con profundo cariño. 
-¡Por favor -le dijo-, sed bueno! Comed en nuestra compañía, sed mi padre. 
El retiró las manos. 
-No necesitáis ya de padre; tenéis marido. 
Cosette se incomodó. 
-¡Conque no necesito de padre! No hay sentido común en lo que decís. Y no me tratéis 
de vos. 
-Cuando venía -dijo Jean Valjean, como si no la oyera-, vi en la calle Saint-Louis un 
bonito mueble. Un tocador a la moda, de palo de rosa, con un espejo grande y varios 
cajones. 
-¡Oh, estoy furiosa! -exclamó Cosette haciendo un gesto como de arañarlo-. ¡Mi padre 
Fauchelevent quiere que lo llame señor Jean y que lo reciba en esta sala horrible! ¿Qué 
tenéis contra mí? Me causáis mucha pena, os lo juro. 
Clavó la vista en Jean Valjean, y añadió: 
-¿Os pesa que sea dichosa? 
La candidez, sin saberlo, penetra a veces en lo más hondo. Esta pregunta, sencilla para 
Cosette, era profunda para Jean Valjean. Cosette quería sólo arañar, pero destrozaba. 
Se puso pálido. Permaneció un momento sin responder; luego, como hablando consigo 
mismo, murmuró: 
-Su felicidad era el objeto de mi vida. Dios, ahora, puede quitármela sin que yo haga 
falta a nadie. Cosette, eres dichosa, y mi misión ha terminado. 
-¡Ah! ¡Me habéis dicho tú! -exclamó Cosette. 
Y se arrojó en sus brazos. 
Jean Valjean, desvanecido, la estrechó contra su pecho pareciéndole casi que la 
recobraba. 
-¡Gracias, padre! -dijo Cosette 
Jean Valjean se desprendió con dulzura de los brazos de Cosette, y tomó el sombrero. 
-¿Adónde vais? -preguntó Cosette. 
-Me retiro, señora; os aguardan. 
Y desde el umbral añadió: 
-Os he tuteado. Decid a vuestro marido que no volverá a suceder. Perdonadme. 
Salió dejando a Cosette atónita con aquel adiós enigmático. 
II 
De mal en peor 
Jean Valjean volvió al día siguiente a la misma hora. 
Cosette no le hizo preguntas ni mostró admiración ni dijo que sentía frío, ni habló mal 
de la sala; evitó al mismo tiempo llamarle padre y señor Jean; dejó que la tratase de vos y 
de señora. Pero estaba menos alegre. 
Probablemente habría tenido con Marius una de esas conversaciones en que el hombre 
amado dice lo que quiere y, sin explicar nada, satisface a la mujer amada. La curiosidad 
de los enamorados no se extiende a menudo más que a su amor. 
La sala baja estaba algo más limpia. Las visitas continuaron siendo diarias. Jean 
Valjean no tuvo valor para ver en las palabras de Marius otra cosa que la letra. Marius, 
por su parte se ingenió de manera que siempre se hallaba ausente cuando él iba. Las 
personas de la casa se acostumbraron a aquel nuevo capricho del señor Fauchelevent. 
Nadie entrevió la siniestra realidad. Mas, ¿quién podía adivinar semejante cosa? 
Varias semanas transcurrieron así. Poco a poco entró Cosette en una vida nueva; el 
matrimonio crea relaciones, las visitas son su necesaria consecuencia, y el cuidado de la 
casa ocupa gran parte del tiempo. En cuanto a los placeres de la nueva vida, se reducían a 
uno sólo: estar con Marius. Su principal gloria era salir con él y no separarse de su lado. 
Ambos sentían un placer cada vez mayor en pasearse tomados del brazo, a la vista de 
todos, los dos solos. 
Sustituido el tuteo por el vos, y las expresiones de señora y señor Jean por las de su 
trato familiar, Cosette encontraba a Jean Valjean distinto de lo que era antes. 
Y hasta el propósito que había tomado Jean Valjean de separarla de él se cumplió, pues 
Cosette se mostraba cada vez más alegre y menos cariñosa. Sin embargo, siempre lo 
quería mucho, y Jean Valjean lo sabía. 
-Erais mi padre y no lo sois ya; erais mi tío, y ya no lo sois; erais el señor Fauchelevent, 
y sois el señor Jean. ¿Quién sois, pues? No me gustan estas cosas. Si no os conociera, os 
tendría miedo. 
El vivía siempre en la calle del Hombre Armado, porque no podía resolverse a alejarse 
del barrio donde habitaba Cosette. Al principio se quedaba con ella unos cuantos 
minutos, y luego se marchaba. Poco a poco se fue acostumbrando a alargar sus visitas, 
como si aprovechara la autorización que se le dieran. Llegaba más temprano y se 
despedía más tarde. Cierto día a Cosette se le escapó decirle padre y un relámpago de 
alegría iluminó el sombrío rostro del anciano. 
-Llamadme Jean -fue su única respuesta. 
-¡Ah!, es verdad -dijo Cosette riéndose-, señor Jean. 
-Eso, eso -replicó él, y volvió la cara para que ella no le viera enjugarse los ojos. 
III 
Recuerdos en el jardín de la calle Plumet 
Fue la última vez. Después de aquel relámpago vino la extinción absoluta. No más 
familiaridad, no más buenos días acompañados de un beso, no más esa palabra tan dulce: 
¡padre! Se vio, tal como él mismo lo buscara, despojado sucesivamente de todas sus 
alegrías; y su mayor miseria fue que, después de haber perdido a Cosette en un solo día, 
le era preciso perderla ahora otra vez paso a paso. 
Pero le bastaba con ver a Cosette todos los días, ¿qué más necesitaba? Toda su vida se 
centraba en aquella hora que pasaba sentado junto a ella, mirándola sin desplegar los 
labios, o bien hablándole de los años de su infancia, del convento y de sus amiguitas de 
entonces. Una tarde Marius dijo a Cosette: 
-Habíamos prometido hacer una visita a nuestro jardín de la calle Plumet. Vamos, no 
hay que ser ingratos. 
La casa de la calle Plumet pertenecía aún a Cosette, por no haber concluido el plazo del 
arriendo. Allí los recuerdos del pasado les hicieron olvidar el presente. 
Cuando oscurecía, a la hora de siempre, Jean Valjean fue a la calle de las Hijas del 
Calvario. 
-La señora salió con el señor barón, y aún no ha vuelto -le dijo Vasco. 
Se sentó en silencio, y esperó una hora. Cosette no volvió. Bajó la cabeza y se marchó. 
Quedó Cosette tan embriagada con aquel paseo a su jardín, y tan contenta de haber 
vivido un día en el pasado, que la tarde siguiente no habló de otra cosa. Ni siquiera 
advirtió que no había visto a Jean Valjean. 
-¿Cómo habéis ido? -le preguntó éste. 
-A pie. 
-¿Y cómo habéis vuelto? 
-En un coche de alquiler. 
Observaba hacía algún tiempo la estrechez con que vivían los esposos, y le molestaba. 
La economía de Marius era demasiado rigurosa. Aventuró una pregunta: 
-¿Por qué no tenéis coche propio? Una bonita berlina no os costará más de quinientos 
francos al mes. Sois rica. 
-No sé -respondió Cosette. 
-Lo mismo ha sucedido con Santos. Se ha ido y no la habéis reemplazado. ¿Por qué? 
-Basta con Nicolasa. 
-Pero no tenéis doncella. 
-¿No tengo a Marius? 
-Casa propia, criados, carruaje, palco en la Opera, todo esto deberíais tener. ¿Por qué no 
sacar provecho de la riqueza? La riqueza ayuda a la felicidad. 
Cosette no respondió nada. 
Las visitas de Jean Valjean no se abreviaban, antes por el contrario. Cuando el corazón 
se escapa, nada detiene al hombre en la pendiente. 
Siempre que Jean Valjean deseaba prolongar su visita y hacer olvidar la hora, elogiaba 
a Marius; decía que era noble, valeroso, lleno de ingenio, elocuente, bueno. Cosette 
resplandecía. De esta manera lograba Jean Valjean permanecer alli más tiempo. ¡Le era 
tan dulce ver a Cosette y olvidarlo todo a su lado! Era la única medicina para su llaga. 
Varias veces tuvo Vasco que repetir este recado: el señor Gillenormand me envía a 
recordar a la señora baronesa que la cena está servida. Entonces se marchaba muy 
pensativo. Un día se quedó más tiempo aún de lo que acostumbraba. Al día siguiente notó 
que no había fuego en la chimenea. 
-¡Dios mío!, ¡qué frío se siente aquí! -exclamó Cosette al entrar-. ¿Sois vos el que 
habéis dado orden a Vasco de que no encienda? 
-Sí. Ya estamos por llegar a mayo y me ha parecido que era inútil. 
-¡Otra de esas ideas vuestras! -respondió Cosette. 
Al otro día no faltaba el fuego, pero los dos sillones estaban colocados en el extremo 
opuesto de la sala, cerca de la puerta. 
-¿Qué significa esto? -pensó Jean Valjean. 
Tomó los sillones y los puso en el sitio de siempre, junto a la chimenea. 
Se reanimó un poco al ver de nuevo el fuego, y prolongó la visita más de lo regular. 
Pero empezaba a darse cuenta de que lo rechazaban. 
Al día siguiente tuvo un sobresalto al entrar en la sala baja. Los sillones habían 
desaparecido, no había ni siquiera una silla. 
-¿Qué es esto? -dijo Cosette en cuanto entró-, no hay sillones. ¿Dónde están los 
sillones? 
-Se los han llevado -respondió Jean Valjean. 
-¡Pues esto es demasiado! 
Yo he dicho a Vasco que se los lleve, porque no voy a estar más que un minuto. 
-No es razón para pasarlo de pie. 
Jean Valjean no halló que decir. 
-¡Hacer quitar los sillones! ¡No os bastaba con apagar el fuego! ¡Qué raro sois! 
-Adiós -murmuró Jean Valjean. 
No dijo: Adiós, Cosette; pero le faltaron fuerzas para decir: Adiós, señora. 
Salió abrumado de dolor. Esta vez había comprendido. 
Al día siguiente no fue. Cosette no lo notó hasta la noche. 
-¡Vaya! -dijo-, el señor Jean no vino hoy. 
Sintió como una ligera opresión de corazón; pero un beso de Marius la distrajo en 
seguida. Tampoco fue al otro día. Cosette no se dio cuenta hasta la mañana siguiente. 
¡Era tan dichosa! 
Envió a Nicolasa para saber si estaba enfermo, y por qué no había venido la víspera. 
Nicolasa trajo la respuesta: no estaba enfermo, sino muy ocupado. Ya volvería, lo más 
pronto posible. Iba a emprender un viajecito, costumbre antigua suya, como la señora no 
ignoraba. 
Cuando Nicolasa dijo que su ama la enviaba a saber por qué el señor Jean no había ido 
la víspera, Jean Valjean observó con dulzura: 
-Hace dos días que no voy. 
Pero Nicolasa no comprendió el sentido de la observación y nada dijo a Cosette. 
IV 
La atracción y la extinción 
En los últimos meses de la primavera y los primeros del verano de 1833, se veía a un 
anciano vestido de negro que todos los días, a la misma hora, antes de oscurecer, salía de 
la calle del Hombre Armado y entraba en la de Saint-Louis. 
Allí caminaba a paso lento, fija siempre la vista en un mismo punto que parecía ser para 
él una estrella, y que no era otra cosa que la esquina de la calle de las Hijas del Calvario. 
Cuanto más se acercaba a aquella esquina, más brillo había en sus ojos y una especie de 
alegría iluminaba sus pupilas como una aurora interior; tenía una expresión de 
fascinación y de ternura; sus labios se movían, como si hablasen a una persona sin verla; 
sonreía vagamente caminando a paso lento. Se diría que, aunque deseaba llegar, lo temía 
al mismo tiempo. 
Cuando no faltaban sino unas cuantas casas, se detenía tembloroso, se asomaba 
tímidamente y había en esa trágica mirada algo semejante al deslumbramiento de lo 
imposible, y a la reverberación de un paraíso cerrado. Luego una lágrima resbalaba por su 
mejilla, yendo a parar a veces a la boca donde el anciano sentía su sabor amargo. 
Permanecía allí unos pocos minutos, cual si fuera de piedra, y después se volvía por el 
mismo camino y con igual lentitud; su mirada se apagaba a medida que se alejaba. 
Gradualmente el anciano cesó de ir hasta la esquina de las Hijas del Calvario. Se 
detenía a mitad de camino en la calle Saint-Louis. Al poco tiempo no pudo llegar siquiera 
hasta allí. Parecía un péndulo cuyas oscilaciones, por falta de cuerda, van acortándose 
hasta que al fin se paran. 
Todos los días salía de su casa a la misma hora, emprendía el mismo trayecto, pero no 
lo acababa ya; y tal vez sin conciencia de ello, lo iba abreviando incesantemente. La 
expresión de su semblante parecía decir: ¿Para qué? La pupila estaba apagada y ya no 
había lágrima; sus ojos meditabundos permanecían secos. 
A veces, cuando hacía mal tiempo, llevaba un paraguas que jamás abría. Los niños lo 
seguían y se burlaban de él. 
LIBRO OCTAVO 
Suprema sombra, suprema aurora 

Compasión para los desdichados a indulgencia para los dichosos 
¡Qué terrible es ser feliz! Está uno tan contento, y eso le basta, como si la única meta en 
la vida fuera ser feliz, y se olvida de la verdadera, que es el deber. Sería un error culpar a 
Marius. 
Marius se limitó a alejar poco a poco a Jean Valjean de su casa, y a borrar, en lo 
posible, su recuerdo del espíritu de Cosette. Procuró en cierto modo colocarse siempre 
entre Cosette y él, seguro de que así la joven no se daría cuenta y dejaría de pensar en él. 
Hacía lo que juzgaba necesario y justo. Creía que le asistían serias razones para alejar a 
Jean Valjean, sin dureza pero también sin debilidad. Creía su deber restituir los 
seiscientos mil francos a su dueño, a quien buscaba con toda discreción, absteniéndose 
entretanto de tocar ese dinero. 
Cosette ignoraba el secreto que conocía Marius, pero también merece disculpa. Marius 
ejercía sobre ella un fuerte magnetismo, que la obligaba a ejecutar casi maquinalmente 
sus deseos. Respecto al señor Jean, sentía una presión vaga, pero clara, y obedecía 
ciegamente. En este caso, su obediencia consistía en no acordarse de lo que Marius 
olvidaba. Pero respecto a Jean Valjean, este olvido no era más que superficial. 
Cosette en el fondo quería mucho al que había llamado por tanto tiempo padre, pero 
quería más a su marido. Cuando Cosette se extrañaba del silencio de Jean Valjean, 
Marius la tranquilizaba, diciéndole: 
-Está ausente, supongo. ¿No avisó que iba a emprender un viaje? 
-Cierto -pensaba Cosette-. Esa ha sido siempre su costumbre, pero nunca ha tardado 
tanto. 
Dos o tres veces envió a Nicolasa a la calle del Hombre Armado, a preguntar si el señor 
Jean había vuelto de su viaje; y por orden de Jean Valjean se le contestó que no. Cosette 
no inquirió más; pues para ella en la tierra no había ahora más que una necesidad, Marius. 
Marius consiguió poco a poco separar a Cosette de Jean Valjean. Digamos para 
concluir que lo que en ciertos casos se denomina, con demasiada dureza, ingratitud de los 
hijos, no es siempre tan reprensible como se cree. Es la ingratitud de la Naturaleza. La 
Naturaleza divide a los vivientes en seres que vienen y seres que se van. De ahí cierto 
desvío, fatal en los viejos, involuntario en los jóvenes. Las ramas, sin desprenderse del 
tronco, se alejan. No es culpa suya. La juventud va donde está la alegría, la luz, el amor; 
la vejez camina hacia el fin. No se pierden de vista, pero no existe ya el lazo estrecho. 
Los jóvenes sienten el enfriamiento de la vida; los ancianos el de la tumba. 
No acusemos, pues, a estos pobres jóvenes. 
II 
Utimos destellos de la lámpara sin aceite 
Un día Jean Valjean bajó la escalera, dio tres pasos en la calle, se sentó en el banco 
donde Gavroche, en la noche del 5 al 6 de junio, lo encontrara pensativo; estuvo allí tres 
minutos, y luego volvió a subir. Fue la última oscilación del péndulo. Al día siguiente no 
salió de la casa; al subsiguiente no salió de su lecho. 
La portera, que le preparaba su parco alimento, miró el plato, y exclamó: 
-¡Pero si no habéis comidó ayer! 
-Sí, comí -respondió Jean Valjean. 
-El plato está como lo dejé. 
-Mirad el jarro del agua. Está vacío. 
-Lo que prueba que habéis bebido, no que habéis comido. 
-No tenía ganas más que de agua. 
-Cuando se siente sed y no se come al mismo tiempo, es señal de que hay fiebre. 
-Mañana comeré. 
-O el año que viene. ¿Por qué no coméis ahora? ¿A qué dejarlo para mañana? ¡Hacer tal 
desaire a mi comida! ¡Despreciar mis patatas que estaban tan buenas! 
Jean Valjean tomó la mano de la portera y le dijo con bondadoso acento: 
-Os prometo comerlas. 
Transcurrió una semana sin que diera un paso por el cuarto. 
La portera dijo a su marido: 
-El buen hombre de arriba no se levanta ya ni come. No durará mucho. ¡Los disgustos, 
los disgustos! Nadie me quitará de la cabeza que su hija se ha casado mal. 
El portero replicó con el acento de la soberanía marital: 
-Morirá. 
Esa misma tarde la portera divisó en la calle a un médico del barrio, y acudió a él 
suplicándole que subiera a ver al enfermo. 
-Es en el segundo piso -le dijo-. El infeliz no se mueve de la cama. 
El médico vio a Jean Valjean y habló con él. Cuando bajó, la portera le preguntó por el 
paciente. 
-Está muy grave -dijo el doctor. 
-¿Qué es lo que tiene? 
-Todo y nada. Es un hombre que, según las apariencias, ha perdido a una persona 
querida. Algunos mueren de eso. 
-¿Qué os ha dicho? 
-Que se sentía bien. 
-¿Volveréis? 
-Sí -respondió el doctor- aunque le haría mejor que otra persona, no yo, regresara. 
III 
El que levantó la carreta de Fauchelevent no puede levantar una pluma 
Una tarde Jean Valjean, apoyándose con trabajo en el codo, se tomó la mano y no halló 
el pulso; su respiración era corta, y se interrumpía a cada momento; comprendió que 
estaba más débil que nunca. Entonces, sin duda bajo la presión de alguna gran 
preocupación, hizo un esfuerzo, se incorporó y se vistió. 
Se puso el traje de obrero, pues ahora que no salía lo prefería a los otros. Tuvo que 
pararse repetidas veces y le costó mucho ponerse la ropa. Abrió la maleta, sacó el ajuar 
de Cosette y lo extendió sobre la cama. Los candelabros del obispo estaban en su sitio, en 
la chimenea. Sacó de un cajón dos velas de cera y las puso en ellos. Después, aunque no 
había oscurecido aún, las encendió. 
Cada paso lo extenuaba, y se veía obligado a sentarse. Era la vida que se agotaba en 
esos abrumadores esfuerzos. Una de las sillas donde se dejó caer estaba colocada enfrente 
del espejo; se miró y no se conoció. Parecía tener ochenta años; antes del casamiento de 
Cosette sólo representaba cincuenta; en un año había envejecido treinta. 
Lo que en su frente se veía no eran las arrugas de la edad; era la señal misteriosa de la 
muerte. Estaba en la última fase del abatimiento, fase en que ya el dolor no fluye, sino 
que se solidifica; hay sobre el alma algo como un coágulo de desesperación. 
Llegó la noche. Arrastró con enorme trabajo una mesa y el viejo sillón junto a la 
chimenea, y puso en la mesa pluma, tintero y papel. 
Hecho esto, se desmayó. Cuando se recobró, clavó los ojos en el trajecito negro que le 
era tan querido. Sintió un temblor, y figurándose que iba a morir, se apoyó en la mesa que 
alumbraban los candelabros del obispo, y cogió la pluma. Le temblaba la mano. Escribió 
lentamente: 
"Cosette, te bendigo. Voy a explicártelo todo. Tu marido tenía razón al darme a 
entender que debía marcharme; aunque se haya equivocado algo en lo que ha creído, 
tenía razón. Es un hombre excelente. Amalo mucho cuando yo no exista. Señor de 
Pontmercy, amad siempre a mi querida niña. Cosette, escucha: ese dinero es tuyo. Ahora 
lo entenderás. El azabache blanco viene de Noruega; el azabache negro de Inglaterra; los 
abalorios negros de Alemania. El azabache es más ligero, más precioso, más caro. En 
Francia pueden hacerse imitaciones como en Alemania. Se necesita un pequeño yunque 
de dos pulgadas cuadradas y una lámpara de espíritu de vino para ablandar la cera. La 
cera en otro tiempo era muy cara. Se me ocurrió hacerla con goma laca y trementina. Es 
muy barata, y es mejor..." 
No le fue posible seguir. La pluma se le cayó de los dedos; le acometió uno de esos 
sollozos desesperados que subían por instantes desde lo más hondo de su pecho. El 
desdichado se tomó la cabeza entre las manos y se hundió en la meditación. 
-¡Oh! -gritó para sus adentros, con lamentos que sólo Dios escuchó-. Es el fin. No la 
veré más. Es una sonrisa que pasó por mi vida. Voy a sepultarme en la noche sin volverla 
a ver. ¡Oh!, ¡un minuto, un instante, oír su -voz, tocar su ropa, mirarla, a ella, al ángel 
mío, y luego morir! La muerte no es nada; pero ¡morir sin verla es horrible! Una sonrisa, 
una palabra suya. ¿Puede esto perjudicar a alguien? Pero no, todo ha terminado para mí, 
todo. Estoy solo para siempre. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡No la volveré a ver! 
En aquel momento llamaron a la puerta. 
IV 
Equívoco que sirvió para limpiar las manchas 
Esa misma tarde, cuando Marius entraba en su gabinete para estudiar unos asuntos, le 
entregó Vasco una carta, diciéndole: 
-La persona que la ha escrito espera en la antesala. 
Cosette daba una vuelta por el jardín del brazo del abuelo. Hay cartas que, lo mismo 
que ciertos hombres, tienen mala catadura. Papel ordinario, manera tosca de cerrarlas; 
con sólo ver algunas misivas, repugnan. La carta que había traído Vasco pertenecía a esta 
clase. Marius la tomó y sintió olor a tabaco, despertando en él una serie de recuerdos. 
Miró el sobre. Conocido el tabaco, fácil le fue reconocer la letra. Se presentó a sus ojos 
la buhardilla de Jondrette. 
¡Extraña casualidad! Una de las dos pistas que había buscado tanto, que creía perdida 
para siempre, se le aparecía cuando menos esperaba. Abrió ansiosamente la carta, y leyó 
lo que sigue: 
"Señor barón: 
"Poseo un secreto que concierne a un indibiduo, y este indibiduo os concierne. El 
secreto está a buestra disposición, deseando el onor de seros hútil. Os proporcionaré un 
modo sencillo de arrojar de buestra familia a ese indibiduo que no tiene derecho a estar 
en ella, pues la señora baronesa pertenece a una clase elevada. El santuario de la birtú no 
puede coavitar más tiempo con el crimen sin mancharse. Espero en la antesala las 
órdenes del señor barón." 
La firma de la carta era Thenard. Firma verdadera, aunque abreviada. Por lo demás, el 
estilo y la ortografía completaban la revelación. 
La emoción de Marius fue profunda. Después de la sorpresa, experimentó una gran 
felicidad. Si lograba encontrar ahora al otro a quien buscaba, a su salvador, ya no pediría 
más. 
Abrió un cajón de su papelera, cogió algunos billetes de banco, los guardó en el 
bolsillo, volvió a cerrar, y tiró de la campanilla. Vasco asomó la cabeza. 
-Haced que pase -dijo Marius. 
Entró un hombre y la sorpresa de Marius fue grande, pues le era totalmente 
desconocido. El personaje introducido por Vasco, de edad avanzada, tenía una enorme 
nariz, anteojos verdes y el pelo gris y caído sobre la frente hasta las cejas, como la peluca 
de los cocheros ingleses de las casas de alcurnia. 
El disgusto experimentado por Marius al ver entrar a un hombre distinto del que 
esperaba, recayó sobre el recién venido. 
-¿Qué se os ofrece? -le preguntó secamente. 
El personaje contestó sonriéndose, como lo habría hecho un cocodrilo capaz de 
sonreírse, y con un tono de voz en todo diferente del que Marius esperaba oír. 
-Señor barón, dignaos oírme. Hay en América, en un país que confina con Panamá, una 
aldea llamada Joya. Es un país maravilloso, porque allí hay oro. 
-¿Qué queréis? -preguntó Marius, a quien la contrariedad había vuelto impaciente. 
-Quisiera ir a establecerme en Joya. Somos tres; tengo esposa a hija, una hija muy 
linda. El viaje es largo y caro, y necesito algún dinero. 
-¿Y qué tiene que ver eso conmigo? -preguntó Marius. 
El desconocido volvió a sonreír. 
-¿No ha leído el señor barón mi carta? 
-Sed más explícito. 
-Está bien, señor barón. Voy a ser más explícito. Tengo un secreto que venderos. 
-¿Qué secreto? 
-Señor barón, tenéis en vuestra casa a un ladrón, que es al mismo tiempo un asesino. 
Marius se estremeció. 
-¿En mi casa? No. 
El desconocido imperturbable continuó: 
-Asesino y ladrón. Tened en cuenta, señor barón, que no hablo de hechos antiguos, 
anulados por la prescripción ante la ley, y por el arrepentimiento ante Dios. Hablo de 
hechos recientes, de hechos actuales ignorados aún por la justicia. Continúo. Ese sujeto se 
ha introducido en vuestra confianza y casi en vuestra familia con un nombre falso. Voy a 
deciros el nombre verdadero. Os lo diré de balde. 
-Escucho. 
-Se llama Jean Valjean. 
-Lo sé. 
Voy a deciros, también gratis, quién es. 
-Decidlo. 
-Un antiguo presidiario. 
-Lo sé. 
-Lo sabéis desde que he tenido el honor de decíroslo. 
-No. Lo sabía antes. 
El tono frío de Marius despertó en el desconocido una cólera sorda. 
-No me atrevo a desmentir al señor barón, pero lo que tengo que revelaros sólo yo lo sé, 
y concierne a la señora baronesa. Es un secreto extraordinario, que vale dinero. A vos os 
lo ofrezco antes que a nadie, y, barato. Veinte mil francos. 
-Sé ese secreto como sé los demás -dijo Manus. El personaje sintió la necesidad de 
rebajar algo. -Señor barón, dadme diez mil francos. 
-Os repito que no tenéis que tomaros ese trabajo. Sé lo que queréis decirme. 
Los ojos de aquel hombre chispearon de nuevo; luego exclamó: 
-Con todo, fuerza es que yo coma hoy. Insisto en que el secreto vale la pena. Señor 
barón, voy a hablar. Hablo. Dadme veinte francos. 
Marius le miró fijamente. 
-Conozco vuestro secreto extraordinario, lo mismo que sabía el nombre de Jean Valjean 
y que sé vuestro nombre. 
-¿Mi nombre? 
-Sí. 
-No es difícil, señor barón, pues he tenido el honor de escribíroslo y decíroslo, Thenar... 
-Dier. 
-¿Cómo? 
-Thenardier. 
-¿Quién? 
En el peligro, el puerco espín se eriza, el escarabajo se finge muerto, la guardia 
veterana forma el cuadro; nuestro hombre se echó a reír. 
Marius continuó: 
-Sois también el obrero Jondrette, el comediante Fabantou, el poeta Genflot, el español 
Alvarez y la señora Balizard. Y habéis tenido una taberna en Montfermeil. 
-¡Una taberna! Jamás... 
-Y os digo que sois Thenardier. 
-Lo niego. 
-Y que sois un miserable. Tomad. 
Marius sacó del bolsillo un billete de banco, y se lo arrojó a la cara. 
-¡Gracias! ¡Perdón! ¡Quinientos francos! ¡Señor barón! 
Y el hombre, atónito, saludando y cogiendo el billete, lo examinó. 
-¡Quinientos francos! -repitió absorto. 
Luego exclamó con un movimiento repentino: 
-Pues bien, sea. Fuera disfraces. 
Y con la prontitud de un mono, echándose hacia atrás los cabellos, arrancándose los 
anteojos y sacándose la nariz, se quitó el rostro como quien se quita el sombrero. 
Sus ojos se inflamaron; la frente desigual, agrietada, con protuberancias en varios sitios, 
horriblemente arrugada en la parte superior, se manifestó por entero; la nariz volvió a ser 
aguileña; reapareció el perfil feroz y sagaz del hombre de rapiña. 
-El señor barón es infalible -dijo con voz clara-, soy Thenardier. 
Y enderezó la espina dorsal. 
Thenardier estaba sorprendido. Quiso causar asombro, y era él el asombrado. Valía esta 
humillación quinientos francos, y en último caso la aceptaba; pero no por eso estaba 
menos aturdido. Veía por primera vez al barón Pontmercy, y a pesar de su disfraz éste lo 
había conocido. Para mayor sorpresa suya, no sólo sabía su historia, sino la de Jean 
Valjean. ¿Quién era aquel joven casi imberbe, tan glacial y tan generoso, que sabía todo? 
Se recordará que Thenardier, aunque en otro tiempo vecino de Marius, no lo había visto 
nunca, lo cual es muy frecuente en París. Había oído hablar a sus hijas vagamente de un 
joven muy pobre, llamado Marius, que vivía en la casona. Ninguna relación podía existir 
para él entre el Marius de aquella época y el señor barón Pontmercy. 
Había logrado, tras largas investigaciones, adivinar quién era el hombre que había 
encontrado cierto día en la gran cloaca. Del hombre le costó poco llegar al nombre. Sabía 
que la baronesa Pontmercy era Cosette, y en este tema se proponía obrar con toda 
discreción, siendo que ignoraba el verdadero origen de la joven. Entreveía, es cierto, 
algún nacimiento bastardo, pues la historia de Fantina le había parecido siempre llena de 
ambigüedades; pero, ¿qué sacaría con hablar?, ¿que le pagasen caro su silencio? Poseía, o 
creía poseer, un secreto de mucho más valor. 
En la mente de Thenardier la conversación con Marius no había empezado todavía. Se 
vio obligado a retroceder, a modificar su estrategia, a abandonar una posición y cambiar 
de frente; pero nada esencial se hallaba aún comprometido, y tenía ya quinientos francos 
en el bolsillo. Le quedaban cosas decisivas por revelar, y se sentía fuerte hasta contra 
aquel barón Pontmercy tan bien informado. Para los hombres de la índole de Thenardier 
todo diálogo es un duelo. ¿Cuál era su situación actual? No sabía a quién hablaba, pero sí 
de lo que hablaba. Pasó rápidamente esta revista interior de sus fuerzas, y después de 
haber dicho -soy Thenardier-, aguardó. 
Marius meditaba. Por fin tenía delante a Thenardier, al hombre que tanto había deseado 
encontrar, y podía cumplir el encargo del coronel Pontmercy. Le humillaba que el héroe 
debiera algo a este bandido. Le pareció que se le presentaba la ocasión de vengar al 
coronel de la desgracia de haber sido salvado por un individuo tan vil y tan perverso. A 
este deber agregábase otro; el de averiguar el origen de la fortuna de Cosette. Tal vez 
Thenardier supiera algo. Por ahí empezó. Thenardier, después de guardarse el billete de 
banco, miraba a Marius con aire bondadoso y casi tierno. Marius rompió el silencio: 
-Thenardier, os he dicho vuestro nombre. Ahora, ¿queréis que os diga el secreto que 
pretendéis venderme? También he reunido yo datos y os convenceréis de que sé más que 
vos. Jean Valjean, como dijisteis, es asesino y ladrón. Ladrón, porque robó a un rico 
fabricante, el señor Magdalena, siendo causa de su ruina. Asesino, porque dio muerte al 
agente de policía Javert. 
-No comprendo, señor barón -dijo Thenardier. 
-Vais a comprenderme. Escuchad. Vivía en un distrito del Paso de Calais, por los años 
de 1822, un hombre que había tenido no sé qué antiguo choque con la justicia, y que bajo 
el nombre del señor Magdalena, se había corregido y rehabilitado. Este hombre era, en 
toda la fuerza de la expresión, un justo. Con una fábrica de abalorios negros labró la 
fortuna de toda la ciudad. Por su parte, aunque sin darle mayor importancia, reunió 
también una fortuna considerable. Era el padre de los pobres. Lo nombraron alcalde. Otro 
presidiario lo denunció, y logró que el banquero Laffitte le entregara, en virtud de una 
firma falsa, más de medio millón de francos pertenecientes al señor Magdalena. El 
presidiario que robó al señor Magdalena, es Jean Valjean. En cuanto al otro hecho, nada 
necesitáis tampoco decirme. Jean Valjean mató al agente Javert de un pistoletazo. Yo 
estaba allí. 
Thenardier lanzó a Marius esa mirada soberana de la persona derrotada que se repone y 
vuelve a ganar en un minuto todo el terreno perdido. 
-Señor barón, equivocamos el camino. 
-¿Cómo? -replicó Marius-. ¿Negáis esto? Son hechos. 
-Son quimeras. La confianza con que me honra el señor barón me impone el deber de 
decírselo. Ante todo la verdad y la justicia. No me gusta acusar a nadie injustamente. 
Señor barón, Jean Valjean no le robó al señor Magdalena, ni mató a Javert. 
-¡Qué decís! ¿En qué fundáis vuestras palabras? 
-En dos razones. Primero: no robó al señor Magdalena, porque el señor Magdalena y 
Jean Valjean son una misma persona. Segundo: no asesinó a Javert, porque Javert, y no 
Jean Valjean, es el autor de su muerte. 
-¿Qué queréis decir? 
-Javert se suicidó. 
-¡Probadlo, probadlo! -gritó Marius fuera de sí. 
Thenardier repuso, recalcando cada palabra: 
-Al agente de policía Javert se le encontró ahogado debajo de una barca del 
Pont-du-Change. 
-Pero, ¡probadlo! 
Thenardier sacó del bolsillo unos pliegos doblados de diferentes tamaños. 
-Tengo mi legajo -dijo con calma. 
Y añadió: 
-Señor barón, por interés vuestro quise conocer a Jean Valjean. Repito que Jean Valjean 
y el señor Magdalena son uno mismo y que Javert murió a manos de Javert; cuando así 
me expreso, es porque me sobran pruebas. 
Mientras hablaba extraía Thenardier de su legajo dos periódicos amarillos, estrujados y 
fétidos a tabaco. Uno de los números, roto por los dobleces y casi deshaciéndose, parecía 
mucho más antiguo que el otro. 
-Dos hechos, dos pruebas -dijo Thenardier. 
Y entregó a Marius los dos periódicos. 
El lector los conoce. Uno, el del 25 de julio de 1823 que probaba la identidad del señor 
Magdalena y de Jean Valjean. El otro era un Monitor del 15 de julio de 1832, donde se 
refería al suicidio de Javert, añadiendo, que hecho prisionero en la barricada de la calle de 
la Chanvrerie, había salvado su vida la magnanimidad de un insurrecto, el cual, 
teniéndolo al alcance de su pistola, en lugar de volarle el cerebro había disparado al aire. 
Marius leyó. No cabía duda; la fecha era cierta, la prueba irrefutable. Jean Valjean, 
engrandecido repentinamente, salía de las sombras. Marius no pudo contener un grito de 
alegría: 
-¡Entonces ese desdichado es un hombre admirable! ¡Entonces esa fortuna era suya! ¡Es 
Magdalena, la providencia de todo un país! ¡Es Jean Valjean, el salvador de Javert! ¡Un 
héroe! ¡Un santo! 
-Ni un santo, ni un héroe -dijo Thenardier-. Es un asesino y un ladrón. 
-¿Todavía? -preguntó. 
-Siempre -contestó Thenardier-. Jean Valjean no robó al señor Magdalena, pero es un 
ladrón; no mató a Javert, pero es un asesino. 
-¿Queréis hablar -repuso Marius- de ese miserable robo de hace cuarenta años, expiado, 
como resulta de vuestros mismos periódicos, por toda una vida de arrepentimiento, de 
abnegación y de virtud? 
-Digo asesinato y robo. Señor barón, el 6 de junio de 1832, hace cosa de un año, el día 
del motín, estaba un hombre en la cloaca grande de París, por el lado donde desemboca 
en el Sena, entre el puente de Jena y el de los Inválidos. 
Calló un segundo gozando de la expectación de Marius, y continuó: 
-Ese hombre, obligado a ocultarse por razones ajenas a la política, había elegido la 
cloaca como su domicilio, y tenía una llave de la reja. Era, repito, el 6 de junio, a las ocho 
poco más o menos de la noche. El hombre oyó ruido. Bastante sorprendido se ocultó y 
espió. Era ruido de pasos, alguien caminaba en medio de las tinieblas adelantándose hacia 
él. Había en la cloaca otro hombre. La reja de salida no estaba lejos, y la escasa claridad 
que entraba por ella le permitió conocer al recién venido, y ver que traía algo a cuestas. 
Era un antiguo presidiario, y llevaba en sus hombros un cadáver. Flagrante delito de 
asesinato. En cuanto al robo, es su causa; no se mata a un hombre gratis. El presidiario 
iba a arrojar aquel cadáver al río. Antes de llegar a la reja de salida, el presidiario que 
venía de un punto lejano de la alcantarilla, debió necesariamente tropezar con un cenagal 
espantoso, donde hubiera podido dejar el cadáver; pero al día siguiente los poceros, traba- 
jando en el cenagal, habrían descubierto al hombre asesinado, lo cual no quería sin duda 
el asesino. Decidió atravesar el pantano con su carga, con inmensos esfuerzos, y 
arriesgando de una manera increíble su propia existencia. No comprendo cómo logró salir 
de allí vivo. 
Thenardier respiró profundamente, muy satisfecho, y luego prosiguió: 
-Señor barón, la cloaca no es el Campo de Marte. Allí falta todo, hasta sitio. Así, 
cuando la ocupan dos hombres, menester es que se encuentren. Esto fue lo que sucedió. 
El domiciliado y el transeúnte tuvieron que darse las buenas noches, sin la menor gana. 
El transeúnte dijo al domiciliado: "Ves lo que llevo a cuestas; es preciso que salga de 
aquí. Tú tienes la llave, dámela". El presidiario era hombre de extraordinarias fuerzas y 
no había medio de resistirle. Sin embargo, el que poseía la llave parlamentó, únicamente 
para ganar tiempo. Examinó al muerto; mas sólo pudo averiguar que era joven, con 
apariencia de persona rica, y que estaba todo desfigurado por la sangre. Mientras hablaba, 
halló medio de romper y arrancar sin que el asesino lo advirtiera, un pedazo de faldón de 
la levita que vestía el hombre asesinado. Documento justificativo como comprenderéis. 
Se guardó en el bolsillo el testimonio, y abriendo la reja, dejó salir al presidiario con su 
pesada carga. Después cerró de nuevo, y se puso a salvo, importándole poco el desenlace 
de la aventura, y sobre todo no conviniéndole estar allí cuando el asesino arrojara el 
cadáver al río. Ahora veréis claro. El que llevaba el cadáver era Jean Valjean; el que tenía 
la llave os habla en este momento; y el pedazo de la levita... 
Thenardier acabó la frase sacando del bolsillo y mostrándole a Marius un jirón de paño 
negro, todo lleno de manchas oscuras. 
Marius se levantó, pálido, respirando apenas, con la vista fija en el pedazo de paño 
negro; y sin pronunciar una palabra, sin apartar los ojos de aquel jirón, retrocedió hacia la 
pared, buscando detrás de sí con la mano derecha, a tientas, una llave que estaba en la 
cerradura de una alacena, junto a la chimenea. Encontró la llave, abrió la alacena a 
introdujo el brazo sin separar la vista de Thenardier. Entretanto éste continuaba: 
-Señor barón, me asisten grandes razones para creer que el joven asesinado era un 
opulento extranjero, atraído por Jean Valjean a una emboscada, y portador de una suma 
enorme. 
-El joven era yo y aquí está la levita -gritó Marius, arrojando en el suelo una levita 
negra y vieja, manchada de sangre. 
En seguida, arrancando el jirón de manos de Thenardier, lo ajustó en el faldón roto. Se 
adaptaba perfectamente. 
Thenardier quedó petrificado, pensando: "Me he lucido hoy". 
Marius, tembloroso, desesperado, radiante, metió la mano en el bolsillo y se dirigió 
fuera de sí hacia Thenardier con el puño, que apoyó casi en el rostro del bandido, lleno de 
billetes de quinientos y de mil francos. 
-¡Sois un infame! ¡Sois un embustero! ¡Un calumniador! ¡Un malvado! ¡Veníais a 
acusar a ese hombre y le habéis justificado; queríais perderlo y habéis conseguido tan 
sólo glorificarlo! ¡Vos sois el ladrón! ¡Vos sois el asesino! Yo os he visto, Thenardier, 
Jondrette, en el desván del caserón Gorbeau. Sé de vos lo suficiente para enviaros a 
presidio y más lejos aún, si quisiera. Tomad estos mil francos, canalla. 
Y arrojó un billete de mil francos a los pies de Thenardier. 
-¡Ah, Jondrette-Thenardier, vil gusano! ¡Que os sirva esto de lección, mercader de 
secretos y misterios, escudriñador de las tinieblas, miserable! ¡Tomad, además, estos 
quinientos francos, y salid de aquí! Waterloo os protege. 
-¡Waterloo! -murmuró Thenardier guardándose los quinientos francos al mismo tiempo 
que los mil. 
-¡Sí, asesino! Habéis salvado en esa batalla la vida a un coronel... 
-A un general -dijo Thenardier alzando la cabeza. 
-¡A un coronel! -replicó Marius furioso-. ¡Y venís aquí a cometer infamias! Os digo que 
sobre vos pesan todos los crímenes. ¡Marchaos! ¡Desapareced! Sed dichoso, es cuanto os 
deseo. ¡Ah, monstruo! Tomad también esos tres mil francos. Mañana, mañana mismo, os 
iréis a América con vuestra hija, porque vuestra mujer ha muerto, abominable embustero. 
¡Id a que os ahorquen en otra parte! 
-Señor barón -respondió Thenardier inclinándose hasta el suelo-, gratitud eterna. 
Y Thenardier salió sin comprender una palabra, atónito y contento de verse abrumado 
bajo sacos de oro, y herido en la cabeza por aquella granizada de billetes de banco. 
Acabemos desde ahora con este personaje. Dos días después de los sucesos que 
estamos refiriendo, salió, merced a Marius, para América en compañía de su hija Azelma. 
Allá, con el dinero de Marius, Thenardier se hizo negrero. 
En cuanto se retiró Thenardier, Marius corrió al jardín donde Cosette estaba aún 
paseando. 
-¡Cosette! ¡Cosette! -exclamó-. ¡Ven! ¡Ven pronto! Vamos. Vasco, un coche. Ven, 
Cosette. ¡Ah, Dios mío! ¡El es quién me salvó la vida! ¡No perdamos un minuto! 
Cosette creyó que se había vuelto loco. Marius no respiraba y ponía la mano sobre su 
corazón para comprimir los latidos. Iba y venía a grandes pasos, y abrazaba a Cosette, 
diciendo: 
-¡Ah! ¡Qué desgraciado soy! 
Enloquecido, Marius empezaba a entrever en Jean Valjean una majestuosa y sombría 
personalidad. Una virtud inaudita aparecía ante él, suprema y dulce, humilde en su 
inmensidad. El presidiario se transfiguraba en Cristo. Marius estaba deslumbrado. El 
coche no tardó en llegar. 
Marius hizo subir a Cosette, y se lanzó en seguida dentro. 
-Cochero -dijo-, calle del Hombre Armado, número siete. 
El coche partió. 
-¡Ah, qué felicidad! -exclamó Cosette-. A la calle del Hombre Armado. No me atrevía a 
hablarte de eso. Vamos a ver al señor Jean. 
-A tu padre, Cosette. A lo padre, pues lo es hoy más que nunca. Cosette, ahora 
comprendo. Tú no recibiste la carta que lo mandé con Gavroche. Cayó sin duda en sus 
manos, y fue a la barricada para salvarme. Como su misión es ser un ángel, de paso salvó 
a otras personas, salvó a Javert. Me sacó de aquel abismo para entregarme a ti. Me llevó 
sobre sus hombros a través de la cloaca. ¡Ah! ¡Soy el peor de los ingratos! Cosette, 
después de haber sido lo providencia, fue la mía. Figúrate que había allí un espantoso 
cenagal donde ahogarse cien veces, y lo atravesó conmigo a cuestas. Yo estaba 
desmayado; no veía, no oía. Vamos a traerlo a casa y a tenerlo con nosotros quiera o no; 
no volverá a separarse de nuestro lado. Si es que lo encontramos, si es que no ha partido. 
Pasaré lo que me resta de vida venerándolo. Gavroche seguramente le entregó a él la 
carta. Todo se explica. ¿Comprendes, Cosette? 
Cosette no comprendía una palabra. 
-Tienes razón -fue su respuesta. 
Entretanto, el coche seguía rodando. 

Noche que deja entrever el día 
Oyendo llamar a la puerta, Jean Valjean dijo con voz débil: 
-Entrad, está abierto. 
Aparecieron Cosette y Marius. Cosette se precipitó en el cuarto. Marius permaneció de 
pie en el umbral. 
-¡Cosette! -dijo Jean Valjean y se levantó con los brazos abiertos y trémulos, lívido, 
siniestro, mostrando una alegría inmensa en los ojos. 
Cosette, ahogada por la emoción, cayó sobre su pecho, exclamando: 
-¡Padre! 
Jean Valjean, fuera de sí, tartamudeaba: 
-¡Cosette! ¡Es ella! ¡Sois vos, señora! ¡Eres tú! ¡Ah, Dios mío! 
Y sintiéndose estrechar por los brazos de Cosette, añadió: 
-¡Eres tú, sí! ¡Me perdonas, entonces! 
Marius, bajando los párpados para detener sus lágrimas, dio un paso, y murmuró: 
-¡Padre! 
-¡Y vos también me perdonáis! -dijo Jean Valjean. 
Marius no encontraba palabras y el anciano añadió: 
-Gracias. 
Cosette se sentó en las rodillas del anciano, separó sus cabellos blancos con un gesto 
adorable, y le besó la frente. Jean Valjean extasiado, no se oponía, y balbuceaba: 
-¡Qué tonto soy! Creía que no la volvería a ver. Figuraos, señor de Pontmercy, que en el 
mismo momento en que entrabais, me decía: "¡Todo se acabó! Ahí está su trajecito; soy 
un miserable, y no veré más a Cosette". Decía esto mientras subíais la escalera. ¿No es 
verdad que me había vuelto idiota? No se cuenta con la bondad infinita de Dios. Dios 
dijo: "¿Crees que lo van a abandonar, tonto? No. No puede ser así. Este pobre viejo 
necesita a su ángel". ¡Y el ángel vino, y he vuelto a ver a mi Cosette, a mi querida 
Cosette! ¡Ah, cuánto he sufrido! 
Estuvo un instante sin poder hablar; luego continuó: 
-Tenía realmente necesidad de ver a Cosette un rato, de tiempo en tiempo. Sin embargo, 
sabía que estaba de sobra, y decía en mis adentros: "No lo necesitan, quédate en lo 
rincón, nadie tiene derecho a eternizarse". ¡Ah, Dios de mi alma! ¡La vuelvo a ver! 
¿Sabes, Cosette, que lo marido es un joven apuesto? ¡Ah! Llevas un bonito cuello 
bordado, me gusta mucho. Señor de Pontmercy, permitidme que la tutee; será por poco 
tiempo. 
-¡Qué maldad dejarnos de ese modo! -exclamó Cosette-. ¿Adónde habéis ido? ¿Por qué 
habéis estado ausente tanto tiempo? Antes vuestros viajes apenas duraban tres o cuatró 
días. He enviado a Nicolasa, y le respondían siempre que estabais fuera. ¿Cuándo 
regresasteis? ¿Por qué no nos avisasteis? Os veo con mal semblante: ¡Mal padre! 
¡Enfermo y sin decírnoslo! Ten, Marius, toma su mano y verás qué fría está. 
-Habéis venido, señor de Pontmercy; ¡conque me perdonáis! -repitió Jean Valjean. 
A estas palabras los sentimientos que se agolpaban al corazón de Marius hallaron una 
salida, y el joven exclamó: 
-Cosette, ¿no lo oyes? ¿No lo oyes que me pide perdón? ¿Sabes lo que me ha hecho, 
Cosette? Me ha salvado la vida. Más aún, lo ha entregado a mí. Y después de salvarme y 
después de entregarte a mí, Cosette, ¿sabes lo que ha hecho de su persona? Se ha 
sacrificado. Eso ha hecho. ¡Y a mí, el ingrato, el olvidadizo, el cruel, el culpable, me 
dice gracias! Cosette, aunque pase toda la vida a los pies de este hombre siempre será 
poco. La barricada, la cloaca, el lodazal, todo lo átravesó por mí, por ti, Cosette, 
preservándome de mil muertes, que alejaba de mí y que aceptaba para él. En él está todo 
el valor, toda la virtud, todo el heroísmo. ¡Cosette, este hombre es un ángel! 
-¡Silencio! ¡Silencio! -murmuró apenas Jean Valjean- ¿Para qué decir esas cosas? 
-¡Pero vos! -exclamó Marius, con cierta cólera lléna de veneración-, ¿por qué no lo 
habéis dicho? Es culpa vuestra también. ¡Salváis la vida a las personas y se lo ocultáis! 
¡Y bajo pretexto de quitaros la máscara, os calumniáis! Es horrible. 
-Dije la verdad -respondió Jean Valjean. 
-No -replicó Marius-; la verdad es toda la verdad, y no habéis dicho sino parte. Erais el 
señor Magdalena, ¿por qué callarlo? Habíais salvado a Javert, ¿por qué callarlo? Yo os 
debía la vida, ¿por qué callarlo? 
-Porque sabía que vos teníais razón, que era preciso que me alejara. Si os hubiera 
referido lo de la cloaca, me habríais retenido a vuestro lado. Debía, pues, callarme. 
Hablando, todo se echaba a perder. 
-¡Se echaba a perder! ¿Qué es lo que se echaba a perder? ¿Por ventura os figuráis que 
os vamos a dejar aquî? No. Os llevamos con nosotros, ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Cuando 
pienso que por casualidad he sabido estas cosas! Os llevamos con nosotros. Formaréis 
parte de nosotros mismos. Sois su padre y el mío. No pasaréis un día más en esta horrible 
casa. Mañana ya no estaréis aquí. 
-Mañana -dijo Jean Valjean-, no estaré aquí, ni tampoco en vuestra casa. 
-¿Qué queréis decir? -dijo Marius-. Se acabarán los viajes. No os volveréis a separar de 
nosotros. Nos pertenecéis, y no os soltaremos. 
-Esta vez -añadió Cosette-, emplearé la fuerza si es necesario. 
Y riéndose, hizo ademán de coger al anciano en sus brazos. 
-Vuestro cuarto está tal como estaba -continuó-. ¡Si supieseis qué bonito se ha puesto 
ahora el jardín! ¡Cuántas flores! Un petirrojo anidó en un agujero de la pared y un 
horrendo gato se lo comió. ¡Lloré tanto! Padre, vais a venir con nosotros. ¡Cómo va a 
alegrarse el abuelo! Tendréis vuestro lugar propio en el jardín y lo cultivaréis, veremos si 
vuestras fresas valen tanto como las mías. Una vez en casa, yo haré cuanto queráis, y vos 
me obedeceréis. ¿Verdad que sí? 
Jean Valjean la escuchaba sin oírla. Percibía la música de su voz sin casi comprender el 
sentido de sus palabras y una de esas gruesas lágrimas, sombrías perlas del alma, se 
formaba lentamente en sus ojos. 
-¡Dios es bueno! -murmuró. 
-¡Padre querido! -dijo Cosette. 
Jean Valjean prosiguió: 
-No hay duda que sería delicioso vivir juntos. Tenéis árboles llenos de pájaros. Me 
pasearía las horas con Cosette. ¡Es grata la vida en compañía de las personas que uno 
quiere, darles . los buenos días, oírse llamar en el jardín! Cada cual cultivaría un pequeño 
trozo. Ella me haría comer sus fresas, y yo le haría coger mis rosas. Sería delicioso 
pero... 
Se detuvo, y luego dijo bajando más la voz: 
-Es una pena. 
La lágrima no cayó sino que entró de nuevo en la órbita y la reemplazó una sonrisa. 
Cosette tomó las manos del anciano entre las suyas. 
-¡Dios mío! -exclamó-. Vuestras manos me parecen más frías que antes, ¿os sentís mal? 
-¿Yo? No -respondió Jean Valjean-, me siento bien. Sólo que... 
Se detuvo. 
-¿Sólo qué? 
-Sólo que me estoy muriendo. 
Cosette y Marius se estremecieron. 
-¡Muriendo! -exclamó Marius. 
-Sí -dijo Jean Valjean. 
Respiró y sonriéndose repuso: 
-Cosette, ¿no estabas hablando? Continúa, hablame más. ¿Conque el gato se comió a lo 
petirrojo? Habla, ¡déjame oír lo voz! 
Marius petrificado, miraba al anciano. Cosette lanzó un grito desgarrador. 
-¡Padre! ¡Padre mío! Viviréis, sí, viviréis. Yo quiero que viváis. ¿Oís? 
Jean Valjean alzó los ojos y los fijó en ella con adoración. 
-¡Oh, sí, prohíbeme que muera! ¿Quién sabe? Tal vez lo obedezca. Iba a morir cuando 
entrasteis, y la muerte detuvo su golpe. Me pareció que renacía. 
-Estáis lleno de fuerza y de vida -dijo Marius-. ¿Acaso imagináis que se muere tan 
fácilmente? Habéis tenido disgustos y no volveréis a tenerlos. ¡Os pido perdón de 
rodillas! Vais a vivir, y con nosotros y por largo tiempo. Os hemos recobrado. 
Jean Valjean continuaba sonriendo. 
-Señor de Pontmercy, aunque me recobraseis ¿me impediría eso que sea lo que soy? 
No; Dios ya ha decidido, y él no cambia sus planes. Es mejor que parta. La muerte lo 
arregla todo. Dios sabe mejor que nosotros lo que nos conviene. Que seáis dichosos, que 
haya en torno vuestro, hijos míos, lilas y ruiseñores, que vuestra vida.sea un hermoso 
prado iluminado por el sol, que todo el encanto del cielo inunde vuestra alma, y que ahora 
yo, que para nada sirvo, me muera. Seamos razonables; no hay remedio ya; sé que no hay 
remedio. ¡Qué bueno es lo marido, Cosette! Con él estás mejor que conmigo. 
Se oyó un ruido en la puerta. Era el médico que entraba. 
-Buenos días y adiós, doctor -dijo Jean Valjean-. Estos son mis pobres hijos. 
Marius se acercó al médico y lo miró anhelante. El médico le respondió con una 
expresiva mirada. Jean Valjean se volvió hacia Cosette y se puso a contemplarla como si 
quisiera atesorar recuerdos para una eternidad. En la profunda sombra donde ya había 
descendido, aún le era posible el éxtasis mirando a Cosette. La luz de aquel dulce rostro 
iluminaba su pálida faz. El médico le tomó el pulso. 
-¡Ah! ¡Os necesitaba tanto! -dijo el anciano dirigiéndose a Cosette y a Marius. 
E inclinándose al oído del joven, añadió muy bajo: 
-Pero ya es demasiado tarde. 
Sin apartar casi los ojos de Cosette, miró al médico y a Marius con serenidad. Se oyó 
salir de su boca esta Erase apenas articulada: 
-Nada importa morir, pero no vivir es horrible. 
De repente se levantó. Caminó con paso firme hacia la pared, rechazó a Marius y al 
médico que querían ayudarle, descolgó el crucifijo que había sobre su cama, volvió a 
sentarse como una persona sans, y dijo alzando la voz y colocando el crucifijo sobre la 
mesa: 
-He ahí al Gran mártir. 
Después sintió que su cabeza oscilaba, como si lo acometiera el vértigo en la tumba, y 
quedó con la vista fija. Cosette sostenía sus hombros y sollozaba, procurando hablarle. 
-¡Padre! No nos abandonéis. ¿Es posible que no os hayamos encontrado sino para 
perderos? 
Hay algo de titubeo en el acto de morir. Va, viene, se adelanta hacia el sepulcro y se 
retrocede hacia la vida. Jean Valjean después del síncope, se serenó, y recobró casi una 
completa lucidez. Tomó la mano de Cosette y la besó. 
-¡Vuelve en sí, doctor, vuelve en sí! -gritó Marius. 
-Sois muy buenos -dijo Jean Valjean-. Voy a explicaros lo que me ha causado viva 
pens. Señor de Pontmercy, me la ha causado que no hayáis querido tocar ese dinero. Ese 
dinero es de vuestra mujer. Esta es una de las razones, hijos míos, por la que me he 
alegrado tanto de veros. El azabache negro viene de Inglaterra y el azabache blanco de 
Noruega. En el papel que veis ahí consta todo esto. Para los brazaletes inventé sustituir 
los colgantes simplemente enlazados a los colgantes sóldados. Es más bonito, mejor y 
menos caro. Ya comprenderéis cuánto dinero puede ganarse. Por tanto, la fortuna de 
Cosette es suya, legítimamente suya. Os refiero estos pormenores para que os 
tranquilicéis. 
Había entrado la portera y miraba desde el umbral. Dijo al moribundo: 
-¿Queréis un sacerdote? 
-Tengo uno -respondió Jean Valjean. 
Es probable, en realidad, que el obispo lo estuviera asistiendo en su agonía. 
Cosette, con mucha suavidad, le puso una almohada bajo los riñones. Jean Valjean 
continuó: 
-Señor de Pontmercy, no temáis nada, os lo suplico. Los seiscientos mil francos son de 
Cosette. Si no disfrutaseis de ellos, resultaría perdido todo el trabajo de mi vida. 
Habíamos conseguido fabricar con singular perfección los abalorios, y rivalizábamos con 
los de Berlín. 
Cuando va a morir una persona que nos es querida, las miradas se fijan en ella como 
para retenerla. Los dos jóvenes, mudos de angustia, no sabiendo qué decir a la muerte, 
desesperados y trémulos, estaban de pie delante del anciano. 
Jean Valjean decaía rápidamente. Su respiración era ya intermitente a interrumpida por 
un estertor. Le costaba trabajo cambiar de posición el antebrazo y los pies habían perdido 
todo movimiento. Al mismo tiempo que la miseria de los miembros y la postración del 
cuerpo crecían, toda la majestad del alma brillaba, desplegándose sobre su frente. La luz 
del mundo desconocido era ya visible en sus pupilas. Su rostro empalidecía, pero 
continuaba sonriendo. Hizo señas a Cosette de que se aproximara, y luego a Marius. Era 
sin duda el último minuto de su última hora, y se puso a hablarles con voz tan queda que 
parecía venir de lejos, como si en ese momento hubiera ya una pared divisoria entre ellos 
y él. 
-Acércate; acercaos los dos. Os quiero mucho. ¡Ah! ¡Qué bueno es morir así! Tú 
también me quieres, Cosette. Yo sabía que lo quedaba siempre algún cariño para lo viejo. 
¡Cuánto lo agradezco, niña mía, esta almohada! Me llorarás ¿no es verdad? Pero que no 
sea demasiado. Quiero que seáis felices, amados hijos. Los seiscientos mil francos, señor 
de Pontmercy, es dinero ganado honradamente. Podéis ser ricos sin repugnancia alguna. 
Será preciso que compréis un carruaje, que vayáis de vez en cuando a los teatros. Cosette, 
para ti bonitos vestidos de baile, para vuestros amigos buenas comidas. Sed dichosos. 
Estaba hace poco escribiendo una carta a Cosette, ya la encontrará. Te lego, hija mía, los 
dos candelabros que están sobre la chimenea. Son de plata; mas para mí son de oro, de 
diamantes, y convierten las velas en cirios. No sé si el que me los dio está satisfecho de 
mí en el Cielo. He hecho lo que he podido. Hijos míos, no olvidéis que soy un pobre, y os 
encargo que me hagáis enterrar en el primer rincón de tierra que haya a mano, con sólo 
una piedra por lápida. Es mi voluntad. Sobre la piedra no grabéis ningún nombre. Si 
Cosette quiere ir allí alguna vez se lo agradeceré. Vos también, señor Pontmercy. Debo 
confesaros que no siempre os he tenido afecto; os pido perdón. Os estoy muy agradecido, 
pues veo que haréis feliz a Cosette. ¡Si supieseis, señor Pontmercy, cuánto ha sido mi 
cariño hacia ella! Sus hermosas mejillas sonrosadas eran mi alegría; en cuanto la vela un 
poco pálida, ya estaba triste. Hay en la cómoda un billete de quinientos francos. Es para 
los pobres.  Cosette, ¿ves tu trajecito allí sobre la cama? ¿Te acuerdas? No hace más de 
diez años de eso. ¡Cómo pasa el tiempo! Fuimos muy dichosos. Hijos míos, no lloréis, 
que no me voy muy lejos; desde allá os veré. Con sólo que miréis en la noche, mi sonrisa 
se os aparecerá. Cosette, ¿te acuerdas de Montfermeil? Estabas en el bosque y tenías 
miedo. ¿Te acuerdas cuando yo cogí el asa del cubo lleno de agua? Fue la primera vez 
que toqué tu pobre manita. ¡Y qué fría estaba! Entonces vuestras manos, señorita, tiraban 
a rojas, hoy brillan por su blancura. ¿Y la muñeca, lo acuerdas? La llamaste Catalina. 
¡Qué de veces me hiciste reír, ángel mío! ¡Eras tan traviesa! No hacías más que jugar. Te 
colgabas las guindas de las orejas. En fin, son cosas pasadas. Los bosques que uno ha 
atravesado con su amada niña, los árboles que les han resguardado del sol, los conventos 
que les han resguardado de los hombres, las inocentes risas de la infancia; todo no es más 
que sombra. Se me figuró que esas cosas me pertenecían, y ahí estuvo el mal. Los 
Thenardier fueron muy perversos; pero hay que perdonarlos. Cosette, ha llegado el 
momento de decirte el nombre de lo madre. Se llamaba Fantina. Recuerda este nombre, 
Fantina. Arrodíllate cada vez que lo pronuncies. Ella padeció mucho, y lo quería con 
locura. Su desgracia fue tan grande, como grande es lo felicidad. Dios lo dispuso así. 
Dios nos ve desde el cielo a todos, y en medio de sus brillantes estrellas sabe bien lo que 
hace. Me voy ahora, mis queridos hijos. Amaos mucho, siempre. En el mundo casi no 
hay nada más importante que amar. Pensad alguna vez en el pobre viejo que ha muerto 
aquí. Cosette mía, no tengo la culpa de no haberte visto en tanto tiempo; el corazón se me 
desgarraba, estaba medio loco. Hijos míos, no veo claro. Aún tenía que deciros muchas 
cosas; pero no importa. Vosotros sois seres benditos. No sé lo que siento, pero me parece 
que veo una luz. Acercaos más. Muero dichoso. Venid, acercad vuestras cabezas tan 
amadas para poner encima mis manos. 
Cosette y Marius cayeron de rodillas, inundando de lágrimas las manos de Jean 
Valjean; manos augustas, pero que ya no se movían. Estaba echado hacia atrás, de modo 
que la luz de los candelabros iluminaba su pálido rostro dirigido hacia el cielo. Cosette y 
Marius cubrían sus manos de besos. Estaba muerto. 
Era una noche profundamente obscura; no había una estrella en el cielo. Sin duda, en la 
sombra un ángel inmenso, de pie y con las alas desplegadas, esperaba su alma. 
VI 
La hierba oculta y la lluvia borra 
En el cementerio Padre Lachaise, cerca de la fosa común y lejos del barrio elegante de 
esa ciudad de sepulcros, lejos de todas esas tumbas a la moda, en un lugar solitario, al pie 
de un antiguo muro, bajo un gran tejo por el cual trepan las enredaderas de campanillas 
en medio del musgo, hay una piedra. 
Esta piedra no se halla menos expuesta que las demás a la lepra del tiempo, a los 
efectos de la humedad, del líquen y de las inmundicias de los pájaros. El agua la pone 
verde y el aire la ennegrece. No está próxima a ninguna senda, y no es agradable ir a 
pasear por aquel lado a causa de la altura de la hierba. Cuando la bañan los rayos del sol, 
se suben a ella los lagartos. A su alrededor se mecen los tallos de avena agitados por el 
viento, y en la primavera cantan en el árbol las currucas. 
Esta piedra está desnuda. Al cortarla, se pensó únicamente en las necesidades de la 
tumba, esto es, que fuera lo bastante larga y lo bastante angosta para cubrir a un hombre. 
Ningún nombre se lee en ella. Pero hace muchos años, una mano escribió allí con lápiz 
estos cuatro versos que se fueron volviendo poco a poco ilegibles a causa de la lluvia y 
del polvo, y que probablemente ya se habrán borrado: 
Duerme. Aunque la suerte fue con él tan extraña, 
El vivía. Murió cuando no tuvo más a su ángel. 
La muerte simplemente llegó, 
Como la noche se hace cuando el día se va. 
FIN

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