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viernes, 11 de abril de 2008

LA CASA TELLIER -- GUY DE MAUPASSANT

este relato, sirve para poner una sonrisa en la cara de quien lo lea, ademas, para quien no lo conozca, este es el primero que escribio, y a partir de aqui, se convirtio, y sigue convirtiendose en el autoe fetiche de miles y miles de personas, hay gente que ha hecho mas dinero haciendo biografias o historias de maupassant, que de sus escritos, solo el nombre vendia, para quien no lo conozca, cuidado,... este relato puede tener la culpa...


LA CASA TELLIER
Por Guy de Maupassant

I
Se iba allá, cada noche, alrededor de las once, como se va a un café, simplemente.
Se encontraban seis a ocho, siempre los mismos, no eran juerguistas sino hombres honorables, comerciantes, jóvenes
funcionarios de gobierno; tomaban su chartreuse alegremente con alguna de las muchachas, o bien charlaban seriamente con Madame", a quién todos respetaban.
Luego se recogían a dormir antes de la media noche. Los jóvenes algunas veces se quedaban.
La casa era de familia, pequeñita, pintada de amarillo, en la esquina de una calle detrás de la iglesia de Saint-Etienne;
por las ventanas, se veía la bahía llena de barcos que descargaban, el gran pantano salado llamado "La traba", detrás, el costado de la Virgen con su vieja capilla completamente gris.
Madame, provenía de una buena familia de campesinos del departamento del Eure, había aceptado esta profesión igualmente como hubiera sido modista o sirvienta. El prejuicio de deshonra asociado a la prostitución, tan violento y tan vivo en
las ciudades, no existe en la campiña Normanda. El campesino dice: - Es una buena profesión - y enviarían a sus hijos a
mantener un harem de mujeres como los enviarían a dirigir un internado de señoritas.
Esta casa, por lo demás, provenía de herencia de un viejo tío de la cuál era propietario. Monsieur y Madame,
anteriormente proxenetas cerca de Yvetot, lo habían inmediatamente liquidado pensando que el negocio de Fécamp era más
ventajoso para ellos; habían llegado una bonita mañana a tomar la dirección de la empresa que colapsaba en ausencia de sus dueños.
Eran buena gente, que se hicieron querer inmediatamente por su personal y sus vecinos.
El señor Tellier murió de un ataque dos años más tarde. Su nueva profesión lo mantenían entre la molicie y el sedentarismo, engordando demasiado, dañó su salud.
Madame, después de enviudar, era deseada, sin éxito, por los parroquianos del establecimiento; se la reconocía como una
persona absolutamente prudente, y las propias asiladas no habían llegado a descubrir nada.
Era alta, entrada en carnes, bien parecida. Su tez, pálida por la oscuridad de ese albergue siempre cerrado, brillaba
como bajo un barniz grasiento. Un delgado adorno de rulos, falsos y enroscados, rodeaban su frente y le daban un aspecto
juvenil, que contrastaba con la madurez de su figura. Siempre alegre y su cara animada, atraía fácilmente, con un matiz
de moderación que sus nuevas ocupaciones no habían podido aún hacerla perder. Las palabras soeces le chocaban siempre un poco; y cuando un muchacho mal educado se refería por su nombre propio del establecimiento que ella dirigía, se enojaba,
sublevada. En fin, tenía un alma delicada, y, aunque que trataba a sus mujeres como amigas, repetía a menudo que ellas " no eran harina de un mismo costal".
Algunas veces durante la semana, partía en coche de arriendo con una fracción de su tropa; y se iban a retozar en la
hierba en la orilla del riachuelo que corre en los extramuros de Valmont. Eran entonces un grupo de señoritas internas
fugadas, con carreras locas, con juegos infantiles, toda una alegría de reclusas intoxicadas por el aire libre. Se comía
la merienda sobre el césped bebiendo cidra, se volvía a la caída de la noche con un cansancio delicioso, una dulce
emoción; y en el coche besaban a Madame como a una muy buena madre llena de indulgencia y complacencia.
La casa tenía dos entradas. En la esquina, una suerte de café de mala fama se abría en la noche a la gente del pueblo y
los marineros. Dos de las personas encargadas del especial comercio del lugar eran exclusivamente destinadas a las
necesidades de esta parte de la clientela. Servían con la ayuda de un camarero llamado Frédéric, un rubiecito imberbe y
fuerte como un buey, las botellas de vino y los jarros de cerveza sobre las mesas de mármoles inestables, y, con los
brazos lanzados al cuello de los bebedores, sentadas a través de sus piernas, fomentaban el consumo.
Las otras tres damas (eran solo cinco) formaban una suerte de aristocracia, y permanecían reservadas a la clientela del
primer piso, a menos que fueran requeridas abajo y que el primero estuviese vacío.
El salón Júpiter, donde se reunían los burgueses del lugar, estaba tapizado de papel azul y ornamentado de un gran dibujo
representando a Leda extendida bajo un cisne. Se llegaba a este lugar por medio de una escalera de caracol terminando en
una puerta estrecha, humilde de apariencia, dando a la calle, y sobre ella brillaba toda la noche, detrás de una celosía,
un pequeño farol como aquellos que alumbran aún en ciertas ciudades a los pies de vírgenes empotradas en los muros.
El edificio, húmedo y viejo, olía ligeramente a moho. Por momentos, un aroma de agua de colonia pasaba por los pasillos,
o bien una puerta entreabierta en el piso bajo hacía escuchar en toda la casa, como una explosión de trueno, los gritos
populacheros de los hombres del piso bajo, y ponían en la cara de los señores del primero una mueca inquieta y de disgusto.
Madame, amable con sus clientes, sus amigos, no se movía del salón, y se interesaba de las murmuraciones de la ciudad que les atañía. Su conversación seria, contrastaba con los temas sin sentido de las tres mujeres; ella era como un descanso
de los chistes pícaros, de los peculiares panzones, que se decían cada noche en esta orgía decente y mediocre de beber un vaso de licor en compañía de mujeres públicas.
Las tres damas del primero se llamaban Fernanda, Rafaela y Rosa la Jaca.
Como el personal era poco, habían tratado que cada una de ellas fuera como una muestra, un compendio de tipo femenino, a
fin de que todo consumidor pudiera encontrar allí, un poco más o menos, la realización de su ideal.
Fernanda representaba la bella rubia, muy gorda, casi obesa, fofa, hija del campo cuyas pecas se rehúsan a desaparecer, y
cuyo pelo ondea, corto, claro y sin color, parecido a un cáñamo peinado, le cubría insuficientemente el cráneo.
Rafaela, una Marsellesa, puta de puertos, jugaba el rol indispensable de la bella Judía, delgada, con los pómulos
salientes enlucidos de maquillaje rojo. Sus cabellos negros, brillantes como el espinazo de un buey, formaban unos
ganchos sobre sus sienes. Sus ojos hubiesen sido bellos si el derecho no hubiese estado marcado por una nube. Su nariz
arqueada caía sobre una mandíbula prominente donde dos dientes nuevos, en alto, desentonaban al lado de aquellos, abajo,
que habían tomado al envejecer un tinte oscuro como las maderas viejas.
Rosa la Jaca, una pequeña bola de carne toda en el vientre con dos piernas minúsculas, cantaba de la mañana a la noche,
con una voz cascada, unos versos alternativamente obscenos o sentimentales, contaba unas historias interminables y
triviales, no cesaba de hablar callando solo para comer y de comer solo para hablar, siempre agitada, ágil como una
ardilla a pesar de su gordura y la exigüidad de sus patas; y su risa, una cascada de gritos agudos, estallaban sin cesar,
aquí, allá, en el dormitorio, en la despensa, en el café, por todos lados, sin ningún motivo.
Las dos mujeres de abajo, Luisa apodada Cocote, y Flora, la columpio porque cojeaba un poco, la una siempre vestida como
La libertad con una cinta tricolor, la otra como fantasía Española con unos cequíes de cobre que danzaban en su pelo
zanahoria con cada uno de sus pasos desnivelados, tenían el aire de cocineras vestidas para un carnaval. Parecidas a
todas las mujeres del pueblo, ni más feas ni más bonitas, verdaderas sirvientes de posada, se les apodaba en el puerto bajo el sobrenombre de las dos bombas.
Una paz celosa, pero raramente perturbada, reinaba entre estas cinco mujeres, gracias a la sabiduría de conciliación de Madame y a su inextinguible buen humor.
El establecimiento, único en la pequeña ciudad, era frecuentado asiduamente. Madame había dado al lugar una dignidad como si la tuviera; se mostraba tan amable, tan atenta hacia todo el mundo; su buen corazón era tan conocido, que una suerte
de consideración la rodeaba. Los clientes la invitaban por cuenta de ellos, exultados cuando ella les expresaba una
amistad más marcada; y cuando se encontraban durante el día por sus quehaceres, se decían: - Esta noche, donde tú sabes, como diciendo: En el café, ¿no es cierto? después de comida.
En fin La casa Tellier era una costumbre, y raramente alguno se perdía la cita cotidiana.
Sin embargo, una noche, hacia fines del mes de Mayo, el primero en llegar, el Señor Poulin, comerciante de maderas y
ex-alcalde, encontró la puerta cerrada. El farolito, detrás de su reja, no estaba encendido; ningún ruido salía del
hospedaje, que parecía muerto. Golpeó suavemente la puerta, luego con más fuerza; nadie respondió. Caminó por la calle
lentamente y cuando llegó a la plaza del mercado se encontró con el señor Duvert, el armador, que se dirigía en la misma
dirección. Regresaron juntos sin mayor éxito. Pero una gran batahola se escuchó repentinamente detrás de ellos, y a la
vuelta de la casa, vieron un grupo de marineros Ingleses y Franceses que aporreaban a golpes de puño las persianas del café.
Los dos burgueses se fueron inmediatamente para no verse comprometidos, pero un apagado "pss´t" los contuvo: era el señor Tournevau, el salador de pescado, que habiéndoles reconocido, los llamó. Le dijeron la novedad, no había nadie más
afectado que él, casado, padre de familia y muy dominado, no venía mas que los sábados, "securitatis causa", decía,
haciendo referencia a una medida de control sanitario, que el doctor Borde, su amigo, le había revelado se efectuaba
periódicamente. Era precisamente su noche y de esta manera estaría contenido por toda la semana.
Los tres hombres hicieron un gran rodeo hasta el muelle, encontrando en el camino al joven señor Philippe, hijo de un
banquero, un parroquiano, y el señor Pimpesse, el recaudador de impuestos. Todos juntos regresaron por la calle "de los
Judíos" para hacer una última tentativa. Pero los marineros enardecidos sitiaban la casa, lanzaban piedras, dando
alaridos; los cinco clientes del primer piso, retornando a su camino lo más pronto posible, comenzaron a vagar por las calles.
Se encontraron con el señor Dupuis, el agente de seguros, después al señor Vasse, el juez de los tribunales de comercio;
e iniciaron un largo paseo que los llevó primero al rompeolas. Se sentaron en línea sobre el pretil de granito y miraban
rizarse el oleaje. La espuma sobre la cresta de las olas, hacía en la sombra, blancuras luminosas, extinguiéndose
inmediatamente que aparecían, y el ruido monótono del mar rompiendo contra las rocas se prolongaba en la noche a todo lo
largo del acantilado. Cuando los tristes caminantes hubieron descansado por un rato, el señor Tournevau dijo: - Esto no es divertido.- No lo es, respondió el señor Pimpesse; regresaron abatidos.
Después de bordear la calle que domina la costa y que se llama: "Sous -le-Bois", regresaron por el puente de madera sobre
el "Retenue", luego atravesaron la línea del ferrocarril y desembocaron nuevamente en la plaza del mercado, donde comenzó
de repente una discusión entre el recaudador, el señor Pimpesse, y el salador, el señor Tournevau, a propósito de una
seta comestible que uno de ellos afirmaba haber encontrado en los alrededores.
Los ánimos estaban agriados por el tedio, quizás habrían llegado a los puños si los otros no hubiesen intervenido. El
señor Pimpesse, furioso, se retiró. Y un nuevo altercado se produjo entre el ex-alcalde, el señor Poulin y el agente de
seguros, el señor Dupuis, acerca del sueldo del recaudador y los beneficios que podría procurarse. Los correspondientes
insultos volaban de ambos lados, cuando una tempestad de gritos formidables se desencadenó, y la tropa de marineros,
cansados de esperar en vano ante una casa cerrada, desembocaron en la plaza. Se tomaban por el brazo, de dos en dos,
formando una larga procesión, vociferando furiosamente. El grupo de burgueses se ocultó bajo un portal, y la horda
aulladora desapareció en dirección a la abadía. Largo tiempo aún se escuchó el clamor disminuyendo como un trueno que se aleja; y el silencio se restableció.
El señor Poulin y el señor Dupuis, indignado el uno con el otro, se fueron cada uno para su lado sin despedirse.
Los otros cuatro reanudaron la marcha y volvieron a bajar instintivamente hacia el establecimiento Tellier. Estaba
completamente cerrado, mudo, impenetrable. Un borracho, tranquilo y obstinado, daba pequeños golpes en la vitrina del
café, luego se detenía para llamar en voz baja al camarero Federico. Viendo que no le contestaban, decidió sentarse en el umbral de la puerta, y esperar los acontecimientos.
Los burgueses iban a retirarse cuando un grupo bullicioso de hombres del puerto apareció al final de la calle. Los
marineros Franceses berreaban la Marsellesa, los Ingleses la Rule Britania. Hubo una pateadura general contra los muros,
después la marea de rufianes reanudó su carrera hacia el muelle, donde una batalla se declaró entre los marinos de ambas
naciones. En la reyerta, un Inglés se quebró el brazo, y un Francés se partió la nariz.
El borracho, que permanecía delante de la puerta, lloraba ahora como lloran los borrachines o los niños contrariados.
Finalmente los burgueses se dispersaron.
Poco a poco se restableció la calma en la ciudad perturbada. De vez en cuando, aún por momentos, un ruido de voces se elevaba, para extinguirse en lontananza.
Solo un hombre continuaba vagando, el señor Tournevau, el salador, afligido de esperar hasta el próximo sábado; esperaba
algún incidente, no comprendía; lo exasperaba que la policía dejara cerrar así un establecimiento de utilidad pública, que supervisa y tiene bajo su tuición.
Regresó husmeando los muros, buscando el motivo; se dio cuenta que sobre el toldo estaba pegado un cartel. Encendió
rápidamente una cerilla alumbrando unas palabras en una letra grande y desigual: "Cerrado por primera comunión".
Entonces se fue, comprendiendo que no había caso.
El borracho ahora dormía, tendido a lo largo y atravesado en la inhóspita puerta.
Al día siguiente, todos los parroquianos, uno después de otro, encontraron motivos para pasar por la calle con unos
papeles bajo el brazo para despistar; con una mirada furtiva, todos leyeron el anuncio misterioso: "cerrado por primera comunión".
II
Es que Madame tenía un hermano carpintero radicado en su pueblo natal, Virville, en el Eure. En los tiempos que Madame
era aún posadera en Yvetot, había sostenido en la pila baustimal la hija de este hermano que la nombraron Constanza,
Constanza Rivet; siendo ella misma una Rivet por su padre. El carpintero que sabía a su hermana en buena posición, no la
perdía de vista, aunque no se encontrasen a menudo, retenidos ambos por sus ocupaciones y viviendo además lejos uno de
otro. Pero como la niñita cumplía doce años, hacía este año su primera comunión, él cogió la ocasión para un reencuentro,
y escribió a su hermana que contaba con ella para la ceremonia. Los ancianos padres habían muerto, ella no podía negarse
a su ahijada; aceptó. Su hermano que se llamaba José, esperaba que a fuerza de atenciones llegaría a obtener quizás que
dejara un testamento a favor de la pequeña, Madame no tenía niños.
La profesión de su hermana no le turbaba en absoluto sus escrúpulos y el resto, las personas del pueblo no sabían nada.
Se decía solamente, cuando se hablaba de ella: - La señora Tellier es una burguesa de Fécamp -, asumiéndose que podía
vivir de sus rentas. De Fécamp a Virville se contaban menos de veinte leguas; veinte leguas de tierra para los campesinos
son más difíciles de cruzar que el océano para alguno de la ciudad. La gente de Virville no había jamás pasado más allá
de Rouen; nada atraería a los de Fécamp a un villorrio de quinientos hogares, perdido en medio de la llanura y que era parte de otro departamento. En fin, no se sabía nada.
A medida que la época de la comunión se acercaba Madame sentía una gran inquietud. No tenía un relevo, y no osaría de
ninguna manera a dejar su casa, ni siquiera durante un día. Todas las rivalidades entre las damas de lo alto y de los
bajos estallarían infaliblemente; luego Federico se emborracharía sin duda, y cuando estaba achispado, fastidiaba a la
gente por nimiedades. Por fin se decidió a llevar a todo el mundo, excepto al camarero a quién le dio dos días de licencia.
Consultado el hermano no hizo ninguna objeción, y se encargó de alojar la compañía completa por una noche. Así las cosas,
el sábado por la mañana, el tren expreso de las ocho llevaba a Madame y sus compañeras en un vagón de segunda clase.
Hasta Beuzeville fueron solas y parlotearon como unas cotorras. Pero en esta estación subió una pareja. El hombre un
viejo campesino, vestido con una blusa azul, con un cuello plisado, las mangas amplias ajustada en los puños y adornadas
de un pequeño bordado blanco, tocado de un antiguo sombrero de copa alta donde el pelo rojizo parecía cerda, tenía en una
mano un inmenso paraguas verde, y en la otra un canasto grande que dejaba asomar las cabezas alarmadas de tres patos. La mujer, rígida en su atavío rustico, tenía una fisonomía de gallina con una nariz puntiaguda como un pico, Se sentó al
frente de su hombre y permaneció sin moverse, impresionada de encontrarse en medio de una compañía tan elegante.
Había en efecto, dentro del vagón un resplandor de colores brillantes. Madame toda en azul, en seda azul de pies a cabeza,
llevaba encima un chal de falsa cachemira Francesa, roja, relumbrante, fulgurante. Fernanda resoplaba dentro de un
vestido escocés cuyo corpiño apretado a toda fuerza por sus compañeras, levantaba sus caídos pechos en una doble cúpula
siempre agitada que parecía liquido bajo la ropa.
Rafaela, con un tocado emplumado simulando un nido lleno de pájaros, llevaba un vestido lila, con lentejuelas doradas,
con un aire oriental que se ajustaba a su fisonomía de Judía. Rosa la Jaca, con falda rosa de amplios vuelos, parecía una
niña demasiado gorda, de una enana obesa; las dos bombas parecían estar envueltas en ropas extrañas hechas de viejas
cortinas de ventanales, de esas viejas cortinas rococó de la época de la Restauración.
Tan pronto que las damas dejaron de estar solas en el compartimiento, tomaron una expresión grave, y se pusieron a hablar
de cosas relevantes para dar una buena impresión. Pero en Bolbec apareció un señor con patillas rubias, con unas sortijas
y una cadena de oro, que puso en el portaequipaje sobre su cabeza muchos paquetes envueltos en tela de hule.
Tenía un aspecto de bromista y niño bueno. Saludó, sonrió y preguntó con desenfado: - ¿ Las damas cambian de guarnición?
- Esta pregunta dejó en el grupo una confusión embarazosa. Madame una vez recuperado el aplomo, respondió secamente, para vengar el honor del gremio: - Ud. Podría ser más educado - Él se excusó: - Perdón, debí decir de convento - Madame no
encontró nada que replicar, o juzgó que la rectificación era suficiente, hizo un saludo digno apretando los labios.
Entonces el señor, que se encontraba entre Rosa la Jaca y el viejo campesino, se puso a guiñarles los ojos a los tres
patos cuyas cabezas salían del canasto; luego cuando sintió que había interesado a su publico, comenzó a hacer cosquillas
a los animales bajo el pico, acompañándolo de dichos jocosos para divertir a la concurrencia: - Nos han quitado nuestra
la-lagunita ¡Cua! ¡cua! ¡cua! Para encontrarnos con el asa-asador, ¡Cua! ¡cua! ¡cua!.
Los pobres animales torcían el cuello para evitar las caricias, haciendo ingentes esfuerzos para salir de su prisión de
mimbre; luego repentinamente los tres al mismo tiempo lanzaron un miserable grito de aflicción: - ¡Cua! ¡cua! ¡cua! ¡cua!
- Entonces hubo una explosión de risas entre las mujeres. Se agachaban, se empujaban para ver; se interesaron locamente en los patos; y el señor redoblaba su gracia, su ingenio y sus bromas.
Rosa se cruzó y se recostó entre las piernas de su vecino, besó a los tres animales sobre el pico. Inmediatamente cada
mujer quiso besarlos a su turno; y el señor las sentaba sobre sus rodillas, las hacía saltar, las piñizcaba; pronto ya las tuteaba.
Los dos campesinos, mas espantados que sus aves, movían sus ojos enloquecidos sin osar hacer el menor movimiento y sus
viejos rostros arrugados no hacían una sonrisa o una mueca.
Entonces el señor que era vendedor viajero, ofreció como broma unos tirantes a las damas, y, tomando uno de sus paquetes,
lo abrió. Era una artimaña, el paquete contenía ligas.
Las había en seda azul, en seda roja, en seda violeta, en seda malva, en seda escarlata, con unas hebillas de metal
formadas por dos cupidos enlazados y dorados. Las chicas lanzaron gritos de alegría, luego examinaron el muestrario,
imbuidas de la gravedad natural de toda mujer que palpa un objeto de vestir. Se consultaban con la mirada o con una
palabra cuchicheada, se respondían a sí mismas, y Madame manipulaba con ansia un par de ligas naranjas, más grandes, más imponentes que las otras: verdaderas ligas de patrona.
El señor esperaba, alimentando una idea: - vamos, mis gatitas, dijo, debemos probarlas -. Fue una tempestad de
exclamaciones; y ellas se tiraron sus faldas entre sus piernas como si hubiesen temido una violación. El tranquilo
esperaba su hora. Dijo: - Si ustedes no quieren, yo reempaco. Luego finalmente: - Yo regalaría un par, a elección, a las
que se probaran -. Pero ellas no querían, muy dignas, con el talle levantado. Las dos Bombas sin embargo parecían tan
tristes que renovó la proposición. Flora Columpio sobretodo, torturada de deseo, dudaba visiblemente. Él la presionó: -
Vamos, mi hija, un poco de coraje, toma, el par lila, irá bien con tu vestido-. Entonces se decidió y levantando su falda,mostró una robusta pierna de vaquero, con una media burda mal estirada.
El señor, se agachó, abrochó la liga bajo la rodilla primero, después más arriba; le hacía cosquillas suavemente a la
muchacha, para hacerle emitir grititos con unos bruscos estremecimientos. Cuando terminó, le dio el par lila y dijo: - ¿A
quién le toca?. Todas gritaron al mismo tiempo: - ¡A mí! ¡a mí!. Comenzó por Rosa La Jaca, que descubrió una cosa informe,
completamente redonda, sin tobillo, una verdadera "salchicha de pierna", como decía Rafaela.
Fernanda fue felicitada por el vendedor entusiasmado de sus poderosas columnas. Las flacas tibias de la bella Judía
fueron menos exitosas. Luisa Cocote, por broma, cubrió al señor con su falda, y Madame se sintió obligada a intervenir
para terminar con esa farsa embarazosa. Por fin la propia Madame, estiró su pierna, una bella pierna Normanda, gruesa y
musculosa; y el vendedor, sorprendido y encantado, se sacó galantemente su sombrero para saludar aquella ejemplar pantorrilla, como un verdadero caballero Francés.
Los dos campesinos, paralogizados inmovilizados por el estupor, miraban de lado, con un solo ojo; se parecían tanto a los pollos que el hombre de las patillas rubias, parándose, les hizo en la nariz - Co co r co -. Desatándose de nuevo un huracán de risas.
Los viejos se bajaron en Motteville, con su canasto, sus patos y su paraguas; y se escuchó a la mujer decir a su marido al alejarse: - Son pécoras que van a ese diabólico Paris-.
El simpático vendedor Porteballe se bajó para Rouen, después de comportarse tan grosero que Madame se vio obligada a
ponerlo bruscamente en su lugar. Agregó como moraleja: - Nos enseña a no hablar con el primero que venga.-
En Oissel, cambiaron de tren, y en la estación siguiente encontraron al señor José Rivet que les esperaba con una carreta
grande llena de asientos y tirada por un caballo blanco.
El carpintero besó educadamente a todas las damas y les ayudó a subir en su carreta. Tres se sentaron sobre las tres
sillas del fondo; Rafaela, Madame y su hermano sobre los tres asientos de adelante; y Rosa no halló donde sentarse,
instalándose como pudo en las rodillas de la gran Fernanda; luego el equipaje se puso en marcha. Pero muy pronto, el
trote brusco del caballo sacudía tan violentamente el vehículo que las sillas comenzaron a bailar, tirando las pasajeras
al aire, a la derecha, a la izquierda, con unos movimientos de peleles, de muecas de alarma, de gritos de terror,
combinado de vez en cuando con unas sacudidas más fuertes. Se aferraron a los costados del vehículo; los sombreros caídos en la espalda, sobre la nariz o hacia los hombros; y el caballo blanco iba siempre, alargando la cabeza, la cola erecta,
una colita de ratón sin pelo con la cuál se golpeaba las ancas de vez en cuando. José Rivet, con un pie apoyado en el
pescante, la otra pierna replegada sobre si mismo, los codos muy elevados, sostenía las riendas, y de su garganta
escapaban constantemente una suerte de cloqueo que hacía parar las orejas al jaco, y apurar su trote.
De ambos lados del camino la campiña verde se desbordaba. Las colzas en flor mostraban de trecho en trecho un mantel
amarillo ondulante de donde se elevaba un saludable y fuerte aroma, un perfume penetrante y dulce, transportado desde muy
lejos por el viento. Entre el centeno ya crecido unos arándanos mostraban sus pequeñas cabezas azul celeste que las mujeres quisieron recoger, pero el señor Rivet no quiso detenerse.
Luego de vez en cuando, un campo todo entero parecía regado de sangre de tanto que las amapolas lo había invadido. Y al
medio de esas praderas coloreadas así por las flores de la tierra, la carreta, que pasaba llevando ella misma un ramo de
flores de colores más ardientes, pasaba al trote del caballo blanco, desapareciendo detrás de los grandes árboles de una
granja, para reaparecer al fondo del follaje y caminar de nuevo a través de los campos amarillos y verdes, salpicados de rojo o de azul, la brillante carretada de mujeres que huían bajo el sol.
Dieron la una cuando llegaron a la puerta del carpintero.
Estaban exhaustas y pálidas de hambre, no habían tomado nada desde la salida. La señora Rivet se abalanzó, las hizo
descender una después de la otra, las besaba inmediatamente que tocaban tierra; y no perdía oportunidad de besar a su
cuñada, que quería acaparar. Comieron en el taller desocupado de las mesas de trabajo por el almuerzo del día siguiente.
Una tortilla francesa casera seguida de una carne asada, regada de buena sidra burbujeante, devolvió la alegría a todo el
mundo. Rivet, para brindar, tenía tomado un vaso, y su mujer servía, cocinaba, traía los platos, los retiraba, murmuraba
en la oreja de cada una: - ¿No quiere un poco más?. Una pila de tablas apoyadas en las paredes y unos montoncitos de
virutas barridos en la esquina despedían un perfume de madera cepillada, un olor a carpintería, esa inhalación resinosa que penetra al fondo de los pulmones.
Preguntaron por la pequeña pero estaba en la iglesia, no regresó hasta la tarde.
El grupo salió para hacer un paseo por el pueblo. Era un pueblito atravesado por una calle ancha. Una decena de casas en
fila a lo largo de esta única vía cobijaba a los comerciantes del lugar, el carnicero, el abacero, el carpintero, el
tabernero, el zapatero y el panadero. La iglesia al fondo de esta suerte de calle, estaba rodeada de un estrecho
cementerio; y cuatro tilos inmensos, plantados delante de su portal, la ensombrecían completamente. Estaba construida en
pedernal tallado, sin ningún estilo, y coronada de un campanario de pizarra. Detrás de ella la campiña volvía a aparecer,
recortada, aquí y allá por arboledas escondiendo las granjas.
Rivet, por etiqueta, aunque vestía ropa de trabajo, daba el brazo a su hermana que paseaba majestuosamente. Su mujer, muy emocionada por el vestido de lentejuelas doradas de Rafaela, se ubicó entre ella y Fernanda. Rosa la glotona trotaba
detrás con Luisa la Cocote y Flora Columpio, que cojeaba, extenuada.
Los vecinos salían a las puertas, los niños detenían sus juegos, una cortina levantada dejó entrever una cabeza tocada de
un gorro de indiana; una vieja con muleta y casi ciega se santiguó como al paso de una procesión; y todos seguían mirando
por largo tiempo las hermosas damas de la ciudad que habían venido de tan lejos para la primera comunión de la pequeña de
José Rivet. Una inmensa consideración recaía sobre el carpintero.
Al pasar delante de la iglesia, escucharon los cantos de los niños: un cántico gritado hacia el cielo por unas vocecitas
agudas; pero Madame les impidió entrar, para no perturbar a aquellos querubines.
Después de un paseo por la campiña, y después de enumerar las principales propiedades, del rendimiento de la tierra y de
la producción del ganado, José Rivet retornó su rebaño de mujeres y lo instaló en sus alojamientos.
Como el lugar era muy pequeño, se les había repartido de dos en dos en las habitaciones.
Rivet, por esta vez dormiría en el taller sobre las virutas; su mujer compartiría su cama con su cuñada, y en el
dormitorio del lado, Fernanda y Rafaela descansarían juntas, Luisa y Flora se encontraban instaladas en la cocina sobre
unos colchones tirados en el suelo y Rosa ocupaba un pequeño closet negro al lado de la escalera, encontrado con un armario estrecho donde yacería esa noche la comulgante.
Cuando la niña regresó, le llegó una lluvia de besos; todas las mujeres la querían acariciar, con esa necesidad de
expansión tierna, esa actitud profesional de cariño, que en el vagón les había hecho a todas besar los patos. Cada una la
sentó en sus rodillas, manosearon sus finos cabellos rubios, la estrecharon en sus brazos con ímpetus de afección
vehemente y espontáneos. La niña muy prudente, compenetrada de piedad, como inconmovible por la absolución, se dejaba hacer, paciente y contemplativa.
Como la jornada había sido agotadora para todos, se acostaron muy pronto después de cenar. Ese silencio infinito de los
campos que parece casi religioso envolviendo al pueblito, un silencio quieto, penetrante, y extenso hasta las estrellas.
Las muchachas, acostumbradas a las tumultuosas veladas del hotel galante, se sentían emocionadas por este silencio de
descanso de la campiña dormida. Tenían escalofríos en la piel, no de frío, sino estremecimientos de soledad que provenían de un corazón inquieto y turbado.
En seguida que se acostaron, de dos en dos, se abrazaron como para protegerse de esta invasión de calma y profundo sueño de la tierra. Pero Rosa la Jaca, sola en su closet negro, y poco acostumbrada a dormir con los brazos vacíos, se sentía
embargada por una emoción vaga y dolorosa. Se revolvía en su cama sin poder dormir, cuando escuchó, detrás del tabique de madera pegada a su cabeza, unos débiles sollozos como los de un niño que llora. Temerosa, llamó débilmente, y una
vocecita entrecortada la respondió. Era la niña que dormía siempre en el dormitorio de su madre, tenía miedo en su desván estrecho.
Rosa, encantada, se levantó, y suavemente, para no despertar a nadie, fue a buscar a la niña. La trajo a su cama cálida,
la apretujó contra su pecho en un abrazo, la mimó, la envolvió de su ternura de manifestaciones exageradas, luego, ya
calmada, se durmió. Al amanecer la comulgante reposaba su frente sobre el seno desnudo de una prostituta.
A las cinco, al Ángelus, la pequeña campana de la iglesia sonando a todo repique despertó a estas damas que dormían
normalmente la mañana entera, único descanso de sus fatigas nocturnas. Los campesinos de la aldea estaban ya en pié. Las
mujeres del lugar iban afanosas de puerta en puerta, charlando animosamente, llevando con cuidado unos vestidos cortos de
muselina almidonada como cartón, o unos cirios enormes, con un lazo de seda con franjas de oro en el medio. El sol ya
alto brillaba en un cielo completamente azul que mantenía en el horizonte un tinte un poco rosado, como una huella tenue
de la aurora. Familias de gallinas se paseaban delante de sus casas, y, de vez en cuando, un gallo negro de cuello
brillante levantaba su cabeza coronada de púrpura, batía las alas, y lanzaba al viento su canto de bronce que repetían los otros gallos.
Llegaron unos carruajes de los municipios vecinos, descargando en las pisaderas de las puertas las altas Normandas en
vestidos oscuros, con el chal cruzado sobre el pecho afirmado por una joya de plata antiquísima. Los hombres habían
puesto el guardapolvo azul sobre la levita o sobre el viejo vestido de tela verde cuyos faldones asomaban por debajo.
Cuando los caballos estuvieron en las pesebreras, había a lo largo de toda la el ancho camino una doble línea de
cacharros rústicos, carretas, cabrioles, tílburis, carros con asientos, coches de todas las formas y de todas las edades,
apoyados de punta o bien con el culo por tierra y los varales al cielo.
La casa del carpintero estaba llena de una actividad de colmena. Las damas en bata y enagua, el pelo suelto sobre la
espalda, unos cabellos ralos y cortos que se diría descoloridos y raídos por el uso, se ocupaban de vestir a la niña.
La pequeña, de pie sobre una mesa, no se movía, mientras que Madame Tellier dirigía su batallón volante. La lavaron, la
peinaron, le pusieron la toca, la vistieron y con la ayuda de muchos alfileres, ordenaron los pliegues del traje,
ajustaron el talle demasiado ancho, arreglaron la elegancia del atuendo. Luego que terminaron, se hizo sentar la paciente
recomendándole no moverse; y la tropa de mujeres nerviosas corrieron a ataviarse a su vez.
La pequeña iglesia volvía a llamar. Su tañido débil de campana pobre ascendía perdiéndose en el cielo, como una voz demasiado feble, rápidamente ahogada en la inmensidad azulada.
Las comulgantes salían de sus casas, dirigiéndose hacia el edificio comunal que contenía las dos escuelas y la alcaldía,
situado a un extremo del pueblo, mientras que " la casa de Dios" estaba al otro extremo.
Los parientes en tenida de gala con una expresión incómoda y unos movimientos torpes de cuerpos siempre encorvados sobre el trabajo, seguían a sus retoños. Las niñas desaparecían en una nube de tul blanco parecido a la crema batida, mientras
que los niños, parecían embriones de camareros de café, caminaban con las piernas separadas para no manchar sus pantalones negros.
Era un honor para la familia cuando un gran número de parientes, venidos de lejos, rodeaba al niño: de esta manera el
triunfo del carpintero era completo. El regimiento Tellier, patrona a la cabeza, seguía a Constanza; el padre daba el
brazo a su hermana, la madre caminaba al lado de Rafaela, Fernanda con Rosa, y las dos Bombas juntas, la tropa se
desplegaba majestuosamente como un estado mayor en uniforme de parada.
El efecto en el pueblo fue pasmoso.
En la escuela las niñas se organizaron bajo la toca de la monja los muchachos bajo el sombrero del profesor, un hombre
buen mozo que se las traía; partieron atacando un cántico.
Los niños a la cabeza formaban sus dos filas entre las dos líneas de coches sin caballos, las niñas seguían en el mismo
orden; como todos los vecinos habían cedido el paso a las damas de la ciudad por respeto, ellas quedaron inmediatamente
detrás de los pequeños, prolongando aún más la línea de la procesión, tres a la izquierda y tres a la derecha, con sus atavíos brillantes como un ramillete de fuegos artificiales.
Su entrada en la iglesia enloqueció a la población. Se empujaban, se daban vuelta, se empinaban por verlas. Y las devotas
hablaban demasiado alto, estupefactas por el espectáculo de estas damas mas engalanadas que las casullas de los cabildos.
El alcalde ofreció su banca, la primera banca a la derecha junto al coro, y madame Tellier se ubicó junto a su cuñada,
Fernanda y Rafaela. Rosa la Jaca y las dos Bombas ocuparon la segunda banca junto al carpintero.
El coro de la iglesia estaba lleno de niños de rodilla, las niñas a un lado y los niños al otro, y los largos cirios que sostenían en sus manos parecían lanzas inclinadas en todas direcciones.
Ante el facistol, tres hombres de pie cantaban a toda voz. Prolongaban interminablemente las sílabas del latín sonoro,
eternizando los Amén con unas a-a indefinidas que el serpentón sostenía con su nota monótona impelida sin fin, bramado
por el instrumento de cobre de ancho hocico. La voz aguda de un niño replicaba, y de vez en cuando, un sacerdote sentado
en un sitial y tocado con una birreta cuadrada se levantó, barbullando alguna cosa y sentándose de nuevo, mientras que
los tres cantores comenzaban nuevamente, los ojos fijos sobre el grueso libro de cantos abierto ante ellos y sostenido
por las alas desplegadas de un águila de madera montada sobre el pedestal.
Luego se hizo un silencio. Todos los presentes al mismo tiempo se pusieron de rodillas, apareció el oficiante, anciano,
venerable, con su pelo blanco, inclinado sobre el cáliz que sostenía en su mano derecha. Delante de él caminaban los dos
monaguillos en sotanas rojas, y detrás apareció una muchedumbre de cantores con gruesos zapatos que se alinearon a ambos lados del coro.
Una campanilla sonó en medio de un gran silencio. El oficio divino comenzaba. El sacerdote circuló lentamente delante del
tabernáculo de oro, hizo unas genuflexiones, salmodió con una voz cascada, temblorosa de vejez, las oraciones
preparatorias. En cuanto se callaba, todos los cantores y el serpentón rompían al unísono, y los hombres también cantaban
en la iglesia, con una voz mas callada, más humilde, como deben cantar los feligreses.
De pronto el Kyrie Eleison saltó hacia el cielo, empujado por todos los pechos y los corazones. Unos granitos de polvo y
fragmentos de madera carcomida cayeron incluso de la antigua bóveda sacudida por esta explosión de gritos. El sol que
golpeaba sobre las tejas del techo hacía un horno de la pequeña iglesia; una gran emoción, una expectante ansiedad, la
proximidad del inefable misterio, oprimía el corazón de los niños, apretando la garganta de sus madres.
El sacerdote que se había sentado un rato, volvió hacia el altar, y, la cabeza descubierta, cubierta de sus cabellos de plata, con unos gestos trémulos, se acercaba al acto sobrenatural.
Se volvió hacia los fieles, y, con las manos extendidas hacia ellos, pronunció: Orate, fratres", " orad mis hermanos.
Todos oraron. El anciano cura balbucía las palabras misteriosas y supremas; la campanilla tintineó repetidamente, la
muchedumbre prosternada clamaba a Dios; los niños caían en una intensa ansiedad.
Fue entonces cuando Rosa, la frente en sus manos, se recordó de repente de su madre, la iglesia de su pueblo, su primera
comunión. Se creyó de vuelta a aquel día cuando era pequeña, toda envuelta en su vestido blanco, y se puso a llorar. Ella
lloró quedamente primero; las lágrimas lentamente salían de sus párpados, luego con sus recuerdos, su emoción en aumento, y, el cuello hinchado, el pecho palpitando, sollozó. Había sacado su pañuelo, secado sus ojos, se tapaba la nariz y la
boca para no gritar; todo fue en vano; una especie de gemido salió de su garganta, y otros dos suspiros profundos,
desgarradores, le respondieron; porque sus dos vecinas, abatidas junto a ella, Luisa y Flora cogidas de los mismos recuerdos lejanos gemían también con torrentes de lágrimas.
Como las lágrimas son contagiosas, Madame, a su vez, sintió pronto sus párpados húmedos, y, se volvió hacia su cuñada, vio que toda su banca lloraba también.
El sacerdote engendraba el cuerpo de Dios. Los niños ya no pensaban, lanzados sobre las baldosas por una especie de miedo devoto, y, en la iglesia, de tanto en tanto, una mujer, una madre, una hermana, tomada por la extraña simpatía de tiernas
emociones, perturbadas también por estas hermosas damas de rodillas que se estremecían de emoción e hipos, empapaban sus pañuelos de indiana a cuadros y con la mano izquierda, apretaban violentamente su corazón desbocado.
Como la pavesa que salta esparce el fuego a través de un sembrado maduro, las lágrimas de Rosa y sus compañeras se
extendieron a toda la concurrencia. Hombre, mujeres, viejos, jóvenes en blusón nuevo, todos pronto sollozaban, y sobre
sus cabezas parecía flotar una cosa sobrehumana, un alma expandida, el hálito prodigioso de un ser invisible y todopoderoso.
Entonces, en el coro de la iglesia, un pequeño golpe seco sonó: la monja, golpeando sobre su libro, dio la señal de la
comunión; y los niños, temblando de una fiebre divina, se aproximaron a la santa mesa.
Toda una fila se arrodilló. El anciano cura, sosteniendo en la mano el cáliz de plata dorado, pasaba delante de ellos, su
ofrenda, entre dos dedos, la hostia sagrada, el cuerpo de Cristo, la redención del mundo. Ellos abrían la boca con unos
espasmos, unas muecas nerviosas, los ojos cerrados, la cara totalmente pálida; y la lengua plana extendida sobre sus
barbillas temblorosas como el agua que corre.
Súbitamente en la iglesia una suerte de locura, un rumor de muchedumbre en delirio, una tempestad de suspiros con unos
gritos contenidos. Pasaba como esas ráfagas de viento que abaten los bosques; y el sacerdote permanecía de pie, inmóvil,
una hostia en la mano, paralizado por la emoción, diciendo: - Es Dios, es Dios que está entre nosotros, que manifiesta su
presencia, que desciende a mi voz sobre su pueblo arrodillado.- Y balbució unas oraciones atolondradas, sin encontrar las
palabras, unas plegarias del alma, en un ímpetu furioso hacia el cielo.
Terminó de dar la comunión con tanta sobreexcitación de fe que sus piernas casi no lo sostenían, y cuando el mismo bebió
la sangre del Señor, se sumergió en un acto de agradecimiento desesperado.
Detrás de él la gente, poco a poco se calmó. Los cantores, elevados por la dignidad de la sobrepelliz blanca, replicaban
con una voz menos segura, aún húmeda; y el serpentón también parecía ronco como si el instrumento mismo hubiese llorado.
Entonces el sacerdote levantó las manos, en un signo de que se quedaran quietos, y pasando entre las dos filas de
comulgantes perdidos en éxtasis de bondad, se aproximó a la baranda del coro.
La asamblea estaba sentada en medio de un ruido de asientos, y todos se sonaban con fuerza. Cuando percibieron al cura,
se hizo un silencio, comenzó a hablar en un tono muy bajo, vacilante, velado.
- Mis queridos hermanos, mis queridas hermanas, mis niños, estoy agradecido desde el fondo del corazón: Me han dado la
más grande alegría de mi vida. Sentí que Dios descendió sobre nosotros a mi llamado. Él vino, está presente, que llenó
vuestras almas, hizo desbordar vuestros ojos. Soy el más antiguo sacerdote de la diócesis, soy también, hoy día, el más
feliz. Un milagro se ha hecho entre nosotros, un verdadero, un gran, un sublime milagro. Mientras Jesucristo penetraba
por primera vez en el cuerpo de estos pequeños, el Espíritu Santo, la paloma celeste, el soplo de Dios, cayó sobre
vosotros, se apoderó de vosotros, ustedes se abrazaron, doblegados como cañas ante la brisa-.
Luego, con una voz más clara, se volvió hacia las dos bancas donde se encontraban las invitadas del carpintero: - Gracias
sobretodo a ustedes, mis queridas hermanas, que han venido de tan lejos, y cuya presencia entre nosotros, cuya fe visible,
cuya piedad tan viva ha sido para todos un saludable ejemplo. Ustedes han sido la edificación de mi parroquia; vuestra
emoción ha enfervorizado los corazones; sin ustedes, puede ser, esta gran jornada no habría sido de este carácter
verdaderamente divino. Ha sido suficiente algunas veces solo de una pequeña elite para decidir al Señor a descender sobre el rebaño.
Se le quebró la voz. Agregó: - Es la gracia que yo anhelo. Así sea. - Y se volvió hacia el altar para terminar el oficio.
Ahora todos tenían prisa por salir. Los propios niños se movían, cansados de la prolongada tensión espiritual. Estaban
famélicos, por lo demás, y los parientes, poco a poco se iban, sin escuchar el último evangelio, para terminar los preparativos de la comida.
Era una muchedumbre a la salida, una muchedumbre bulliciosa, una mezcla de voces ruidosas donde cantaba el acento
normando. La gente formaba dos filas, y cuando aparecían los niños, cada familia se precipitaba al suyo.
Constanza se encontró tomada, rodeada, abrazada por toda la familia de mujeres. Rosa sobretodas no dejaba de abrazarla.
Finalmente ella la tomó de una mano, Madame Tellier se apoderó de la otra; Rafaela y Fernanda levantaban su larga falda
de muselina para que ella no la arrastrara por el polvo; Luisa y Flora cerraban la marcha con la señora Rivet; y la niña,
recogida, penetrada totalmente por el Dios que ella portaba, se puso en camino en medio de esta escolta de honor.
El banquete estaba servido en el taller sobre grandes planchas sostenidas por unos caballetes.
La puerta abierta, dando sobre la calle, dejaba entrar toda la alegría del pueblo. Se festejaba en todas partes. En cada
ventana se veía unas mesas de gente endomingada, y unos gritos salían de las casas en fiesta. Los campesinos en brazos de camisa, bebían sidra vaciando las copas al seco, y en medio de cada reunión se veían dos niños, aquí dos niñas, allá dos muchachos, comiendo en cada una dos familias.
De vez en cuando, bajo el pesado calor de mediodía, una carreta de bancos atravesaba el lugar al trote saltarín de un
viejo rocín, y el hombre en blusón que conducía lanzaba una mirada de envidia sobre todo este despliegue de fiesta.
En la casa del carpintero, la alegría guardaba un cierto aire de reserva, un resto de la emoción de la mañana. Rivet
solamente estaba en vena y bebía sin medida. Madame Tellier miraba la hora a cada rato, porque para no tomar dos días
seguidos sin trabajar debían tomar el tren de las 3:55 que las dejaría en Fécamp por la noche.
El carpintero hacía toda clase de esfuerzos para distraer la atención y mantenerlas hasta el día siguiente; pero Madame
no se dejaba distraer; ella nunca bromeaba cuando se trataba de negocios.
Inmediatamente terminado el café, ordenó a sus asiladas se prepararan rápidamente; luego se volvió a su hermano: - Tú, te
vas a aparejar ahora -; y se fue a terminar sus últimos preparativos.
Cuando bajó, su cuñada la esperaba para hablar acerca de la pequeña; y mantuvieron una larga conversación en la cuál nada se resolvió. La campesina astuta, falsamente enternecida, y Madame Tellier, que tenía a la niña en sus rodillas, no se
comprometía a nada, prometía vagamente; se ocuparía de ella, había tiempo, se volverían a ver.
Mientras tanto el coche no llegaba, y las mujeres no bajaban, se escuchaban grandes risotadas, empujones, explosiones de
gritos, aplausos. Entonces, mientras la esposa del carpintero se dirigía al establo para ver si el vehículo estaba listo, Madame, finalmente subió.
Rivet, muy borracho y a medio desvestir, trataba, pero en vano, de violentar a Rosa que se moría de la risa. Las dos
Bombas lo retenían por los brazos, tratando de calmarlo, espantadas por esta escena después de la ceremonia de la mañana; pero Rafaela y Fernanda lo incitaban, retorcidas de jolgorio, se mantenían a los lados; lanzaban gritos agudos a cada uno
de los esfuerzos inútiles del borrachín. El hombre furioso, la cara roja, todo desguañangado, sacudía con violentos
esfuerzos las dos mujeres aferradas a él, y tiraba con toda sus fuerzas las faldas de Rosa farfullando: -¿Puta, no
quieres?- Pero Madame, indignada, saltó, tomó a su hermano por los hombros, y lo tiró hacia atrás tan violentamente que fue a golpear contra el muro.
Un minuto más tarde, se le escuchó en el patio, bombeándose agua en la cabeza; cuando subió a su carreta, estaba totalmente calmado.
Se pusieron en camino como en la víspera, y el caballito blanco comenzó su paso vivo y danzarín.
Bajo el sol ardiente, la alegría dormida durante la comida se liberó. Las muchachas se divertían ahora de las sacudidas
del cacharro, empujando ellas mismas las sillas de sus vecinas, estallando de risa en todo momento, recordando las vanas tentativas de Rivet.
Una luz salvaje llenaba los campos, una luz que enceguecía los ojos; y las ruedas levantaban dos polvaredas que volaban largo tiempo detrás de la carreta sobre la gran vía.
De repente Fernanda que amaba la música, suplicó a Rosa que cantara; de aquí que ella entonara vigorosamente "El gordo
cura de Meudon". Pero Madame inmediatamente la hizo callar, encontrando que era una canción poco conveniente para ese día.Agregó: - Cántanos mejor alguna cosa de Béranger.- Entonces Rosa después de haber dudado algunos segundos, hizo su
elección, y con una voz cansada comenzó "La abuela":
Mi abuela, una noche de su santo
había bebido dos dedos de vino puro
Nos decía, meneando la cabeza:
Qué de amores yo tuve en aquellos tiempos
Cuanto extraño
Mi brazo tan rellenito
Mi pierna bien torneada
Y el tiempo ido
Y el coro de muchachas, que Madame personalmente dirigía, replicaba:
Cuanto extraño
Mi brazo tan rellenito
Mi pierna bien torneada
Y el tiempo ido
- ¡Eso está bueno!- dijo Rivet, entusiasmado por el ritmo; y Rosa continuó:
Cómo, mamita, tú no tenías recato
- ¡ No verdaderamente ! y mis encantos
Sola a los quince años, aprendí a usarlos
Porque, en la noche yo no dormía
Todos juntos coreaban el estribillo; Rivet golpeaba con el pie el pescante, llevaba el ritmo con las riendas sobre las
ancas del caballito blanco quién, como si hubiera sido impulsado por el ritmo, se puso al galope, un galope tempestuoso,
precipitando a las damas unas sobre las otras en el fondo de la carreta.
Ellas se pusieron a reír como unas locas. Y la canción continuó, vociferada a grito pelado a través de la campiña, bajo
un cielo abrasador, en medio de unos cultivos maduros, al paso furioso del caballito que aceleraba ahora a cada
repetición del estribillo, y picaba cada vez cien metros de galope, con gran alegría de los viajeros.
De vez en cuando, algún cantero se enderezaba, y miraba a través de su máscara de alambres a esta carreta furiosa y
rugiente, seguida por la polvareda.
Cuando descendieron en la estación, el carpintero se emocionó: - Es una pena que ustedes se vayan, lo habríamos pasado
muy bien.-
Madame le respondió sensatamente: - Cada cosa a su tiempo, no puede ser siempre solo diversión. - Entonces una idea
iluminó la mente de Rivet. - Vean , dijo, yo las iré a ver a Fécamp el mes próximo. - Miró a Rosa con un aire astuto, con
ojos brillantes y de granuja. - Vamos, concluyó Madame, hay que ser bueno: Puedes venir si tú quieres , pero no hagas
tonterías.
No respondió, y como se escuchó silbar al tren, se puso a besar a todas. Cuando le tocó a Rosa, se empeñó en encontrar su
boca que ella, riendo detrás de sus labios cerrados, lo evitaba cada vez con un rápido movimiento de lado. La tenía
abrazada; pero no podía lograrlo, debido a su gran látigo que tenía en su mano y que en sus esfuerzos, agitaba
desesperadamente tras la espalda de la muchacha.
- Los pasajeros para Rouen, embarcarse -, gritó el asistente del conductor. Se subieron.
Un corto pitido se escuchó, repetido enseguida por el resoplido potente de la locomotora que escupió ruidosamente su
primer chorro de vapor mientras las ruedas comenzaban a rodar lentamente con gran esfuerzo.
Rivet, solo en el interior de la estación, corrió al andén para ver una vez más a Rosa; y a medida que el carro lleno de
mercancía humana pasaba delante de él, se puso a restallar el látigo, saltando y cantando con toda sus fuerzas:
Cuanto extraño
Mi brazo tan rellenito
Mi pierna bien torneada
Y el tiempo ido
Luego miraba perderse a lo lejos un pañuelo blanco que alguien agitaba.
III
Durmieron hasta que llegaron, con un sueño apacible de conciencias satisfechas; y cuando entraron al albergue,
refrescadas, descansadas para el trabajo de la noche, Madame no tuvo empacho en decir:- Es lo de menos, ya me aburría esa casa.-
Cenaron pronto, y cuando se hubieron puesto los trajes de combate esperaron a los clientes habituales; y el pequeño farol
iluminaba, el pequeño farol de virgen, indicando a los transeúntes que en la majada estaba de vuelta el rebaño.
En un abrir y cerrar de ojos la noticia se difundió, no se supo como, no se supo por qué el Señor Philippe, el hijo del
banquero, tuvo la amabilidad de avisar por un mensajero al Señor Tournevau, prisionero en su familia.
El salador tenía justamente cada domingo varios primos a cenar, estaban en el café cuando un hombre se presentó con un
mensaje en la mano, el señor Tournevau, muy nervioso, rompió el sobre y se puso pálido: No había más que estas palabras
trazadas con un lápiz: " El cargamento de bacalaos regresó; el barco entró a puerto; buen negocio para usted. Venga rápido -.
Buscó en sus bolsillos, dio veinte centavos al mensajero, y enrojeciendo hasta las orejas: - Es necesario, dijo, debo
salir - Le entregó a su mujer la esquela lacónica y misteriosa. Llamó, luego, cuando apareció la sirvienta: - Mi abrigo,
pronto, rápido y mi sombrero. - Apenas estuvo en la calle se puso a correr silbando una melodía, y el camino le parecía dos veces más largo de tanto que era su impaciencia.
El establecimiento Tellier tenía un aire festivo. En el piso bajo las voces ruidosas de los hombres del puerto hacían un
ensordecedor griterío. Luisa y Flora no sabían a quién atender, bebían con uno, bebían con otro, mereciendo más que nunca
sus sobrenombres de "las dos Bombas". Se las llamaba de todas partes a la vez; no daban abasto para el trabajo, y la
noche para ellas se anunciaba ajetreada.
La tertulia del primero estuvo completa a las nueve. El señor Vasse, el juez del tribunal de comercio, el pretendiente
habitual pero platónico de Madame, conversaba muy bajito con ella en una esquina; y sonreían ambos como si a un
entendimiento se hubiera llegado esta vez. El señor Poulin, el ex-alcalde, tenía a Rosa a caballo en sus piernas; y ella
nariz con nariz con él, pasaba sus manos cortas por las patillas blancas del viejecillo. Un extremo de muslo desnudo
sobresalía por debajo de la falda de seda amarilla levantada, cortando el paño negro del pantalón, y las medias rojas estaban sujetas por unas ligas azules, regalo del vendedor viajero.
La gorda Fernanda, tendida sobre el sofá, tenía los dos pies sobre la barriga del señor Pimpesse, el recaudador de
impuestos, y el torso sobre el chaleco del joven señor Philippe del cuál colgaba al cuello su mano derecha, mientras en la izquierda tenía un cigarrillo.
Rafaela parecía estar en tratos con el señor Dupuis, el agente de seguros, y ella terminaba la conversación con estas
palabras: - Sí mi amor, esta noche, esta bien. - Luego, hizo sola un pie de vals rápido a través del salón: - Esta noche
todo lo que quieran - gritó ella.
La puerta se abrió bruscamente y el señor Tournevau apareció. Unos gritos de entusiasmo estallaron: ¡Viva Tournevau!. Y
Rafaela, que seguía girando, fue a caer sobre su corazón. Él la tomó en un abrazo formidable, y sin decir una palabra, la
levantó del piso como a una pluma, atravesó el salón, llegó a la puerta del fondo, y desapreció en las escaleras a los
dormitorios con su fardo viviente, en medio de aplausos.
Rosa que excitaba al ex-alcalde, lo besaba una y otra vez y le tiraba sus dos patillas al mismo tiempo para mantener
derecha su cabeza, aprovechando el ejemplo: - Vamos, hace como él - decía. Entonces el viejecillo se levantó y
ajustándose el chaleco, siguió a la muchacha buscando en su bolsillo donde dormía su dinero.
Fernanda y Madame quedaron solas con los cuatro hombres, y el señor Phillippe gritó: - Yo pago la Champaña. Madame
Tellier envíe a buscar tres botellas. - Entonces Fernanda abrazándolo le dijo al oído: -¿Bailemos, quieres? él se levantó,
y, sentándose delante la espineta centenaria, dormida en una esquina, hizo salir un vals, un vals ronco, lloroso, del
vientre plañidero del instrumento. La muchacha gorda abrazó al recaudador, Madame se abandonó en los brazos del señor
Vasse, y las dos parejas giraban intercambiándose besos. El señor Vasse, que había sido antaño un gran bailarín, hacía
figuras, y Madame le miraba con ojos cautivadores, con esos ojos que responden - sí -, un - sí -, más discreto y más delicioso que una palabra.
Federico trajo el champaña. El primer corcho saltó y el señor Phillipe hizo la invitación a una contradanza.
Los cuatro bailarines la danzaron a la manera acostumbrada, adecuadamente, dignamente, con afectación, reverencias y saludos.
Después se pusieron a beber. Entonces el señor Tournevau volvió, satisfecho, confortado, radiante. Gritó: - No sé que le
pasa a Rafaela, pero ella está perfecta esta noche. - Luego cuando le pasaron una copa, lo bebió de un trago murmurando: ¡ - Caramba, esto si que es lujo ! .
Sobre la marcha, el señor Phillipe inició una ágil polca, y el señor Tournevau se abrazó con la bella judía que tenía en
el aire, sin dejar que sus pies tocaran el suelo. El señor Pimpinesse y el señor Vasse habían vuelto con un renovado
impulso. De vez en cuando una de las parejas se paraba delante de la chimenea para embucharse una copa de vino espumoso; el baile amenazaba con eternizarse, cuando Rosa entornó la puerta con una palmatoria en la mano. Estaba con el pelo
suelto, pantuflas, en bata de noche, animadísima, toda arrebolada: - Quiero bailar -, gritó. Rafaela preguntó : - ¿Y tú
tío? -. Rosa exclamó: - ¿Él? Duerme ya, el se duerme enseguida.- Cogió al señor Dupuis que estaba libre sobre el diván, y la polca se reanudó.
Pero las botellas estaban vacías : - Yo pago una - , dijo el señor Tourmevau; - Yo también - anunció el señor Vasse. - Lo
mismo yo -, concluyó el señor Dupuis. Entonces todos aplaudieron.
La fiesta estaba armada. De vez en cuando, Luisa y Flora subían rápidamente, hacían una apresurada vuelta de vals,
mientras que sus clientes, abajo se impacientaban; luego volvían corriendo a su café, con el corazón henchido de pena.
A medianoche se bailaba aún. Algunas veces una de las muchachas desaparecía, y cuándo se la buscaba para un frente a
frente, se daban cuenta en ese momento que un hombre también faltaba.
- ¿De donde vienen ustedes? Preguntó graciosamente, el señor Phillippe, justo en el momento que el señor Pimpesse entraba con Fernanda. - De ver dormir al señor al señor Poulin - contestó el recaudador. La frase tuvo un éxito enorme y todos
sucesivamente subían a ver dormir al señor Poulin con una u otra de las señoritas que se mostraron de una complacencia
inusual. Madame cerraba los ojos; tenía largo ratos privados con el señor Vasse como para ultimar los detalles de un
affaire ya acordado.
Finalmente, a la una, los dos hombres casados, el señor Tournevau y Pimpesse, dijeron que se retiraban, y querían saldar
sus cuentas. Se les cargó solamente el champaña, y, más aún a seis francos la botella en vez de diez francos, el precio
de costumbre. Y como ellos se asombraron de esta generosidad, Madame, radiante, les respondió:
- Por que no todos los días es fiesta. -
G. de Maupassant, Mayo 1881

martes, 8 de abril de 2008

UNA HISTORIA DE LAS MONTAÑAS RAGGED -- EDGAR ALLAN POE

UNA HISTORIA DE LAS MONTAÑAS RAGGED

EDGAR ALLAN POE

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Durante el otoño del año 1827, cuando yo residía cerca de Charlottesville, Virginia, casualmente conocí al señor Augusto Bedloe. Este joven caballero era notable en todos los aspectos y despertó en mí profundo interés y curiosidad. Hallé imposible comprender sus relaciones, tanto morales como físicas. Nunca averigüe de dónde venía. Hasta en su edad, aunque le llamo joven gentlerman, había algo que me asombraba en no pequeña medida. Ciertamente parecía joven, y no dejaba de hablar de su juventud, pero había momentos en los cuales yo no habría tenido el menor reparo en imaginarlo de cien años de edad, pues nada había tan peculiar como su aspecto exterior. Era singularmente alto y delgado bastante encorvado, y sus miembros resultaban excesivamente largos y enflaquecidos. Su frente, ancha y baja; su tez, del todo exangüe. La boca, grande y flexible, y sus dientes ferozmente desiguales, aunque sanos como yo jamás había visto en cabeza humana. Sin embargo, la expresión de su sonrisa no era de ningún modo desagradable, como podría suponerse, aunque carecía de toda variación. Era una sonrisa de profunda melancolía, de permanente y molesta tristeza. Tenía unos ojos anormalmente grandes y redondos como los de un gato. También las pupilas, al menor aumento o disminución de la luz, experimentaban la misma contracción o dilatación que se observa en la familia de los felinos. En momentos de excitación, las órbitas le brillaban de un modo casi inconcebible; parecía que emitieran rayos luminosos, pero no como un reflejo, sino como sucede con una vela o con el sol. Con todo, en su estado ordinario eran tan totalmente opacas, sutiles y tontas como para transmitir la idea de un cadáver por largo tiempo enterrado.

Esos rasgos de su persona parecían causarle un gran fastidio y continuamente se refería a ellos por medio de semijustificativas excusas, que al escucharlas por vez primera me causaron muy dolorosa impresión.
Sin embargo, pronto me acostumbre y mi inquietud desapareció. Más bien parecía tener el propósito de insinuar que de afirmar directamente el hecho de que físicamente no siempre había sido lo que era, y que una larga serie de ataques neurálgicos le habían reducido, de un estado de belleza poco frecuente, al que yo ahora veía. Durante muchos años había sido atendido por un médico llamado Templeton, un señor viejo de unos setenta años de edad, a quien había conocido en Saratoga y de cuyo cuidado mientras tanto recibía, o imaginaba que recibía, gran beneficio.

El doctor Templeton había viajado mucho en su juventud, y en París se convirtió con entusiasmo en un seguidor de la doctrina de Mesmer. Sólo por medio de remedios magnéticos, había logrado aliviar los agudos dolores de su paciente, y este éxito inspiró en este último cierto grado de confianza en las opiniones que daban origen a aquellos remedios. Sin embargo, el doctor había luchado, como todos los entusiastas, para lograr una concienzuda conversión de su pupilo, y finalmente consiguió su propósito de que se sometiera a numerosos experimentos. Por una repetición frecuente de aquéllos había surgido un resultado, que desde aquellos días ha llegado a ser tan frecuente como para atraer muy poca o ninguna atención, pero que en la época sobre la cual escribo apenas se conocía en Norteamérica. Quiero decir que entre el doctor Templeton y Bedloe, poco a poco, había crecido una evidente y fuertemente acentuada conformidad o relación magnética. Sin embargo, no estoy preparado para sostener que esta afinidad se extendiese más allá de los límites del simple poder productor del sueño; pero este poder había obtenido una gran intensidad. Al principio el mesmerista, en su primer intento de producir la somnolencia magnética, fracasó por completo. En el quinto o sexto experimento, y después de largos y prolongados esfuerzos, obtuvo un éxito parcial. Sólo en el duodécimo tuvo el triunfo completo. Después de éste, la voluntad del paciente sucumbió rápidamente a la del médico, de modo que, cuando por vez primera conocí a ambos, el sueño se producía casi inmediatamente por la simple voluntad del operador, aun cuando el enfermo no se diera cuenta de su presencia.

Sólo ahora, en el año 1845, cuando similares milagros son presenciados diariamente por miles de personas, me atrevo a resaltar esa aparente imposibilidad como un acto seno. El temperamento de Bedloe era en él más alto grado sensitivo, excitable y entusiasta. Su imaginación resultaba singularmente vigorosa y creadora, y sin duda esta fuerza adicional derivaba del habitual uso de la morfina, que él tomaba en gran cantidad, y sin la cual le habría resultado imposible vivir. Acostumbraba tomar una dosis muy grande inmediatamente después del desayuno, o más bien inmediatamente después de una taza de café cargado, pues él no comía nada hasta mediodía, y entonces se marchaba, solo o acompañado únicamente de su perro, a dar un largo paseo por la cadena de salvajes y tristes colinas que se extendían al oeste y sur de Charlottesville, y que son conocidas con el nombre de Ragged Mountain.
En un día oscuro, cálido y nubloso, hacia fines de noviembre, en ese interregno de las estaciones que en los Estados Unidos se llama "el Verano Indio", el señor Bedloe partió como de costumbre hacia las colinas. Pasó el día, y el señor Bedloe no regreso.



Cerca de las ocho de la noche, estando bastante alarmados por su prolongada ausencia, íbamos a salir en su busca, cuando inesperadamente hizo su aparición en el mismo estado de salud que de costumbre y un humor mejor que de ordinario. El relato que nos hizo de su paseo y de los acontecimientos que le habían detenido fue, en verdad, sorprendente.

Ustedes recordarán dijo —que eran cerca de las nueve cuando dejé Charlottesville. Inmediatamente dirigí mis pasos hacia las montañas, y cerca de las diez entré en un desfiladero que era del todo nuevo para mí. Seguí las sinuosidades de aquel paso con mucho interés. El escenario que sé presentaba por todas partes, aunque no pudiera llamarse grandioso, tenía para mí un indescriptible y delicioso aspecto de triste desolación. La soledad parecía absolutamente virgen, y no pude menos de creer que los verdes céspedes y las rocas grises que pisaba nunca habían sido holladas con anterioridad por los pies de ningún ser humano. La entrada del barranco estaba tan apartada y de hecho tan inaccesible, salvo a través de una serie de desviaciones, que no es inconcebible que haya sido yo el primer aventurero, el primero y el único que haya penetrado nunca en su interior.

La densa y peculiar niebla o humo que distingue al Verano Indio, y que ahora colgaba pesadamente sobre todos los objetos, servía sin duda para ahondar las vagas impresiones que aquellos objetos creaban. Tan densa era aquella agradable niebla que yo en ninguna ocasión veía más de doce yardas por delante del camino que recorría. Esta senda era excesivamente sinuosa, y como el sol no podía verse, pronto perdí toda idea de la dirección en que viajaba. Mientras tanto, la morfina había hecho su acostumbrado efecto de revestir el mundo exterior de un muy intenso interés. En el temblar de una hoja, en el matiz de una brizna de hierba, en la forma de un trébol, en el zumbido de una abeja, en el brillo de una gota de rocío, en el soplo del viento, en los suaves olores que venían del bosque formábase un universo de sugestión, un tren de pensamientos alegres, abigarrados, rapsódicos y desordenados. Entretenido de este modo, caminé varias horas, durante las cuales la niebla se espesaba sobre mi con tal extensión que al final me vi obligado a marchar absolutamente a tientas, y entonces un indescriptible malestar se apoderó de mí. Era una especie de excitación y temblor nerviosos. Temía caminar por la posibilidad de yerme precipitado en el abismo. Recordé también extrañas historias que se contaban de aquellas Ragged Hills, y acerca de las incontables y fieras razas de hombres que habitaban sus bosques y cavernas. Un millar de vagas fantasías me oprimían y desconcertaban, tanto más desconcertantes cuanto más imprecisas eran. De pronto mi atención quedó en suspenso por el alto golpear de un tambor.

Mi sorpresa fue, naturalmente, extraordinaria. Un tambor en aquellas colinas era algo desconocido y no me hubiera dejado más sorprendido el sonido de la trompeta del Arcángel. Pero surgió una nueva y aún más pasmosa fuente de interés y perplejidad. Se oía un salvaje tintineo o sonido metálico, como si se tratara de un manojo de grandes llaves, y en aquel instante pasó a mi lado un hombre de tez oscura, medio desnudo y profiriendo alaridos. Tanto se acercó a mi persona que sentí su cálido aliento sobre mi cara. Llevaba en una mano un instrumento compuesto de una serie de anillos de acero que agitaba vigorosamente mientras corría. Apenas hubo desaparecido en la niebla, cuando jadeando detrás de él, con la boca abierta y los ojos centelleantes, se precipitó una bestia enorme. Yo no podía estar equivocado sobre su especie: era una hiena. La vista del monstruo más bien alivió que aumentó mi terror, pues entonces me convencí de que estaba soñando e hice un esfuerzo por despertar. Caminé osadamente y con rapidez hacia adelante; me froté los ojos, hablé en voz alta, me pellizqué las piernas. Una pequeña cascada de agua apareció ante mi vista y, parándome allí, me lavé las manos, la cabeza y el cuello. Esto pareció disipar las sensaciones equívocas que hasta entonces me habían asaltado. Al levantarme, creo que me sentí otro hombre y entonces proseguí firmemente y con complacencia mi desconocido camino.

Al final, muy cansado por el esfuerzo y por una cierta opresiva pesadez de la atmósfera, me senté debajo de un árbol. En aquel instante apareció un débil rayo de luz, y las sombras de las hojas de los árboles cayeron sobre la hierba débilmente, pero definidas. Miré aquella sombra durante segundos con fijeza y admiración. Su forma me llenó de atónita sorpresa. Alcé los ojos: era una palmera.

Entonces me levanté apresuradamente, y en un estado de terrible agitación —pues el imaginar que soñaba no podría durarme mucho tiempo -, vi, sentí que tenía un perfecto dominio de mis sentidos, y esos sentidos traían ahora a mi alma un mundo de nuevas y singulares sensaciones. El calor, de pronto se hizo intolerable; la brisa iba cargada de un extraño olor, y un suave murmullo como el que sube de un río crecido, pero que corre suavemente, llegaba a mis oídos, mezclado con el peculiar susurro de una multitud de voces humanas.

Mientras escuchaba con la más extrema sorpresa, que prefiero no intentar describir, una fuerte y breve ráfaga de viento se llevó la niebla como por arte de magia. Me hallaba al pie de una alta montaña que dominaba una vasta llanura, por la cual corría un majestuoso río. En las márgenes de éste se elevaba una ciudad de aspecto oriental, tal como las que se describen en los cuentos de Arabia, pero de un carácter aún más singular que cualquiera de ellas. Desde mi posición, que estaba algo alejada y sobre el nivel de la ciudad, podía divisar todos los rincones y ángulos como si estuvieran dibujados sobre un mapa. Las calles parecían innumerables y se cruzaban de forma irregular en todas direcciones, siendo más bien callejones largos y sinuosos que aparecían absolutamente repletos de habitaciones. Las casas eran pintorescas. A cada lado había una profusión de balcones, de barandas, de minaretes, de hornacinas y miradores, fantásticamente esculpidos. Abundaban los bazares y en ellos había ricos objetos en infinita variedad y profusión: sedas, muselinas, resplandeciente cuchillería, magníficas joyas y piedras preciosas. Además de esto, por todas partes se veían estandartes y palanquines, literas que llevaban damas veladas, elefantes majestuosamente engualdrapados, ídolos grotescamente vestidos, tambores, banderas, batintines, lanzas, mazas plateadas y doradas, y en medio del gentío, del clamor y del tumulto y confusión generales —en medio de un millón de hombres negros y amarillos, de turbante y túnica, con las barbas flotantes —circulaba una innumerable multitud de bueyes sagrados, mientras nutridas legiones de monos inmundos pero sagrados trepaban, parloteaban y chillaban por las cornisas de las mezquitas o colgaban de los alminares y de los miradores. Desde las hormigueantes calles a la orilla del río, descendían innumerables escalinatas que llevaban a los baños, mientras el río mismo parecía hacerse paso con dificultad entre las nutridas flotas de barcos profundamente cargados que cubrían su superficie a lo largo y a lo ancho. Más allá de los límites de la ciudad se levantaban en frecuentes grupos majestuosos la palmera y el cocotero, con otros gigantescos y exóticos árboles de edad vetusta. Aquí y allá divisábase algún arrozal, alguna choza de paja de un campesino, una cisterna, un templo solitario, un campamento de gitanos o alguna graciosa doncella solitaria que marchaba con un cántaro sobre la cabeza hacia la orilla del río.

Desde luego, ustedes dirán que yo soñaba, pero no fue así. Lo que veía, lo que oía, lo que sentía, lo que pensaba no tenía nada de la inequívoca naturale.za del sueño. Todo era vigorosamente consecuente. Al principio, dudando de que estuviese realmente despierto, hice una serie de pruebas que me convencieren de lo que lo estaba realmente. Ahora bien, cuando uno sueña y dentro del sueño sospecha que está soñando, la sospecha nunca deja de confirmarse y quien sueña se levanta casi al instante. Por eso Novalis no yerra al decir que "estamos a punto de despertar cuando soñamos que soñamos". Si la visión se me hubiese presentado tal como la describo, sin la sospecha de que fuera un sueño, entonces debiera haberlo sido completamente; pero ocurriendo como sucedió, y sospechada y probada tal como lo fue, me veo forzado a clasificarla entre otros fenómenos.

—En eso no estoy seguro de que usted se equivocara observó el doctor Templeton-; pero continué. Usted se levantó y descendió hasta la ciudad.

—Me levanté —continuó Bedloe, mirando fijamente al doctor con un aire de profunda sorpresa-, me levanté, como usted dice, y descendí a la ciudad. Por el camino me encontré entre un inmenso populacho que obstruía todas las avenidas siguiendo todos sus componentes en la misma dirección y mostrando la excitación más salvaje. Repentinamente, y movido por algún impulso inconcebible, llegué a sentirme imbuido intensamente de un interés por lo que iba a pasar. Parecía sentir que tenía un papel importante en el juego, sin comprender exactamente de qué se trataba. Sin embargo, frente a la multitud que me rodeaba experimenté un profundo sentimiento de animosidad. Me aparté de ella y rápidamente, dando un rodeo, llegué y entré en la ciudad. Allí todo era tumulto y contienda. Un pequeño grupo de hombres, con indumentaria medio india, medio europea y mandado por caballeros de uniforme parcialmente británico, estaba combatiendo' en absoluta desigualdad con el hormigueante populacho de las avenidas. Me uní al grupo más débil, tomando las armas de un oficial caído y luché sin saber contra quién, con la nerviosa ferocidad de la desesperación.

Pronto fuimos vencidos por la masa y tuvimos que buscar refugio en una especie de quiosco. Allí nos 'atrincheramos y por el momento estuvimos seguros. Desde una tronera situada en la parte superior del quiosco vi un enorme gentío en furiosa agitación, que rodeaba y asaltaba un llamativo palacio que colgaba sobre el río. Entonces de una ventana alta del palacio se descolgó una persona de aspecto afeminado, valiéndose de una cuerda hecha con los turbantes de sus criados. En la orilla había un barco, en el cual escapó hasta la orilla opuesta del río.

Entonces una nueva decisión se apoderó de mi alma. Dije algunas apresuradas palabras a mis compañeros, y habiendo logrado convencer de mi propósito a unos cuantos de ellos, hice una salida frenética del quiosco. Nos arrojamos entre la multitud que nos rodeaba. Al principio retrocedieron, se reagruparon, luchando malamente, y de nuevo volvieron a retroceder. Mientras tanto, habíamos sido arrastrados lejos del quiosco y llegamos a estar aturdidos y enredados entre las estrechas calles de altas y sobresalientes casas, en cuyos recodos el sol no había sido capaz de brillar. El gentío presionaba impetuosamente sobre nosotros, hostigándonos con sus lanzas y abrumándonos con el vuelo de sus flechas. Estas últimas eran muy notables y se parecían en algunos aspectos al cris retorcido de los malayos. Imitaban el cuerpo de una serpiente arrastrándose, y eran largas y negras, con una punta envenenada. Una de ellas me alcanzó en la sien derecha. Me tambaleé y caí al suelo. Un mareo instantáneo y terrible se apoderó de mí. Luché, emití un estertor y quedé muerto.

—Difícilmente podrá pretender ahora —dije sonriendo —que toda su aventura no fue un sueño.¿Supongo que no sostendrá que está muerto, verdad?


—Desde luego, cuando dije estas palabras esperé alguna salida graciosa por parte de Bedloe, pero para asombro mío, le vi vacilar, temblar y ponerse terriblemente pálido, guardando silencio. Miré a Templeton. Estaba sentado, tieso y rígido, en una silla, sus dientes castañeteaban y sus ojos parecían salírsele de las órbitas.
—¡Continué!— Le dijo al fin con voz ronca.

—Durante muchos minutos —siguió aquél —mi único sentimiento, mi única sensación, fue de oscuridad y vacío con la conciencia de la muerte. Finalmente, me pareció que una violenta y repentina descarga pasaba por mi alma, cual si se tratara de una descarga eléctrica. Con ella llegó el sentido de la elasticidad y de la luz. Esta última la sentí, no la vi. En un instante me pareció que me elevaba de la tierra, pero no tenía presencia corpórea, ni visible, ni audible o palpable. El gentío se había marchado, el Tumulto había cesado; la ciudad estaba en relativo reposo. Debajo de mí yacía mi cadáver, con la flecha clavada sobre la sien y la cabeza enormemente hinchada y desfigurada. Pero todas aquellas cosas las sentía en vez de verlas.

—Nada me interesaba. Hasta el cadáver parecía algo que no me concernía. No tenía voluntad, pero sentía un impulso que me obligaba a moverme y volé ligeramente fuera de la ciudad, por el mismo camino sinuoso que había recorrido al entrar. Cuando hube alcanzado el punto del barranco donde había encontrado a la hiena, nuevamente experimenté una sacudida como de una pila galvánica, recobrando la sensación de peso, voluntad y materia. Recobré mi propio ser original y dirigí con apresuramiento mis pasos hacia casa; pero el pasado no había perdido la vivacidad de lo real, y ni siquiera ahora, por un instante, logro obligar a mi mente a considerar todo aquello como un sueño.

—No lo fue —dijo Templeton, con un aire de profunda solemnidad-, aunque sería difícil resolver la manera de calificarlo. Sólo presumamos que la mente del hombre de hoy está al borde de ciertos estupendos descubrimientos psíquicos. Con formémonos con esta suposición. En cuanto al resto, he de dar algunas explicaciones. Aquí tienen una acuarela que yo les hubiera mostrado antes si un inexplicable sentimiento de temor no me hubiera impedido hacerlo.

Observamos el cuadro que nos presentaba. No vimos en él nada de extraordinario, pero su efecto sobre Bedloe fue prodigioso. Casi se desmayó al verlo, y eso que no era sino un retrato en miniatura —de milagroso parecido, eso sí —que reproducía con absoluta fidelidad sus rasgos característicos. Al menos eso pense.

—Ustedes pueden observar —dijo Templeton —que la fecha de este retrato está aquí, apenas visible, en esta esquina: 1780. El retrato fue hecho ese año; pertenece a un amigo muerto, un tal señor Oldeb, con quien llegué a tener gran intimidad en Calcuta durante el gobierno de Warren Hasting. Entonces yo sólo tenía veinte años. Cuando lo vi a usted por vez primera, señor Bedloe, en Saratoga, la milagrosa semejanza entre usted y el cuadro me indujeron a abordarle, a buscar su amistad, y a conseguir lo necesario para llegar a ser su constante compañero. Con el fin de llevar a cabo este propósito, me impulsó parcialmente, de manera esencial, el recuerdo lleno de pena del difunto, pero bien, en parte, una inquieta curiosidad hacia usted mismo, no exenta de sentimientos pavorosos.

—En los detalles de la visión que presentó usted en las colinas ha descrito con la más minuciosa exactitud la ciudad india de Benarés, sobre el Río Sagrado. Los motines, el combate, la matanza fueron acontecimientos reales de la insurrección de Cheyte Sing, que tuvo lugar en 1780, cuando Hasting estuvo a punto de perder la vida. El hombre que escapó por la cuerda confeccionada con los turbantes fue el mismo Cheyte Sing. El grupo del quiosco eran cipayos y oficiales británicos, capitaneados por Hastings. Yo fui uno de los integrantes de este grupo, e hice cuanto pude por impedir la embestida y fatal salida del oficial que cayó en las callejuelas atestadas por la flecha envenenada de un bengalés. Aquel oficial era mi amigo más querido. Se trataba de Oldeb. Ustedes adivinarán por estas notas (en este momento, el narrador nos enseñó una libreta en la cual varias páginas parecían haber sido escritas recientemente) que en el mismo momento en que a usted, Bedloe, le sucedían esas cosas en medio de las montañas, yo me dedicaba aquí, en casa, a deleitarlas en estas páginas.

—Una semana después de esta conversación apareció en un periódico de Charlottesville la siguiente nota:"Tenemos el penoso deber de anunciar la muerte del señor Augusto Bedloe, un caballero cuyas buenas maneras y numerosas virtudes durante largo tiempo, le han valido el afecto de las gentes de Charlottesville.

Desde hace algunos años, el señor Bedloe ha padecido de neuralgias, que frecuentemente le amenazaron con terminar fatalmente; pero esto sólo puede ser considerado como la causa parcial de su muerte. La causa auténtica ofreció una especial singularidad. En una excursión a las Montañas Ragged, hace unos días, contrajo un ligero enfriamiento que le produjo una congestión en la cabeza. Para aliviar esto, el señor Templeton recurrió al uso frecuente de la sangría. Se le aplicaron sanguijuelas en las sienes, pero en un terrible y breve período el paciente murió, descubriéndose que en el tarro que contenía las sanguijuelas había sido introducida por accidente una de las sanguijuelas vermiculares venenosas que de vez en cuando se encuentran en las charcas de los alrededores. Este anélido se adhirió sobre una pequeña vena en la sien derecha, y su absoluta semejanza con las sanguijuelas medicinales hizo que el error se descubriese cuando era demasiado tarde.
»N. de la A.—Las sanguijuelas venenosas de Charlottesville siempre pueden distinguirse de las sanguijuelas usadas en medicina por su negrura y especialmente por sus retorcidos movimientos vermiculares, que se asemejan a los de las serpientes.

Estaba yo hablando con el director del periódico en cuestión sobre este notable accidente, cuando se me ocurrió preguntar por qué el nombre del difunto había aparecido como Bedlo.—supongo dije —que usted tiene la suficiente autoridad como para emplear esa ortografía, pero yo siempre había supuesto que el nombre debía escribirse con una "e" al final.

—¡Autoridad! ¡No! —contestó él—. Sólo una simple errata tipográfica. El nombre es Bedloe, con una e final. Todo el mundo lo sabe y nunca en mi vida lo vi escribir de otro modo.

—Entonces —dije yo entre dientes, mientras daba media vuelta —sucede de hecho que una verdad es más extraña que cualquier ficción. Bedloe sin la "e" final no es sino Oldeb al revés... ¡ Y este nombre me dice que se trata de un error tipográfico!


FIN

domingo, 6 de abril de 2008

POEMA GOTHIC NOVEL : DE COMENTARIOS DE : imagenes.bublegum.com

poema goth

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Publicado por Anonymous___crriisstthhyy_X_gothh

Solo con tus miedos me demostraste
que no podias seguir asi....
Cada palabra, cada susurro me decia
que el terror del mundo se apoderaba mas de
tu joven corazon...
Hoy me doy cuenta que eres
un maldito recuerdo que aun
ronda por mis fragiles pensamientos
y que no me quiere dejar sola...
Solo le pido a la vida que te borre de mi mente
y me deje vivir en paz...
Todavia recuerdo todas las noches en que
caminabamos por la calle y nada ni nadie nos importaba...
solo eramos tu y yo ....
el resto eran solo ilusiones,
ilusiones que mataste
con tus frios besos que el viento se llevo
y que dejaste que se fueran.
Dulces palabras me decias
mientras duro nuestro amor
pero con el tiempo eso se termino.
los dulces recuerdos
que tenia acerca tuyo.
Hoy se marchan de mi y
se que no volveran...
Ni hoy...
Ni mañana...
... , ni... nunca...

miércoles, 2 de abril de 2008

ESPERANZA PERDIDA

Esperanza perdida


Cogidos de la mano caminan dos calle abajo: una figura grande y oscura que conduce a otra pequeña y clara. La grande es un genio vestido con un largo hábito marrón oscuro. Su rostro cobrizo, cubierto de cardenillo, se asoma melancólico bajo la capucha como el de un simio vetusto. Su mano es negra y escamosa, los dedos como garras están curvados hacia todos los lados, sin embargo sujetan cuidadosamente otra mano, una mano pequeña que es blanda y blanca, la mano de un niño de miembros delicados, vestido con un traje de marinero con un pantalón hasta las rodillas y negras botitas de cordones. La gorra redonda con cintas está echada hacia atrás y enmarca el rostro infantil como una aureola.
La carretera sobre la que avanzan sin prisa se extiende recta y descendiendo siempre hasta el horizonte. Toda la superficie de la tierra está inclinada. Las hileras de casas a derecha e izquierda muestran fachadas otrora espléndidas, adornadas con balaustradas y figuras que ya están en ruina desde hace tiempo, descompuestas por hongos e invadidas por el moho. Olor a podredumbre, excrementos y miasma flota en el aire vidrioso. En el silencio resuenan sólo los pasos del niño. El genio no hace ruido, se desliza junto al niño como una alta columna de insectos en remolino.
El chico se detiene y dice:
- ¡Volvamos! Ya no tengo ganas.
El genio asiente, triste:
- Sí, esto no es divertido. Pero no hemos venido para tu diversión. Ahora tienes que ir al colegio, y ésta es tu primera clase.
- ¡Pero no me apetece! -porfía el niño-. Quiero irme de aquí.
En la frente abultada del genio se hincha una vena.
- ¡Nos quedamos! -dice con voz broncínea. Luego, al cabo de un rato, añade más suavemente- Esta vez no durará mucho.
Asombrado, el niño alza sus cejas de manera que parecen pájaros volando y escudriña la cara de su gigantesco acompañante.
- ¿No quieres obedecerme? -pregunta incrédulo-. Tú sabes quién soy yo. ¿No me tienes miedo?
- Si tuviese miedo tendría esperanza -murmura el genio y ahora se percibe la fisura en el metal de la voz-. No, no te tengo miedo, pequeño. Todavía no tengo miedo de quien eres ahora. Y ya no tengo miedo de quien serás algún día. Pues él me dará la razón.
- ¿Cuándo será eso? -quiso saber el niño-. ¿Cuando sea mayor?
Al desolado rostro de simio asoma casi una especie de sonrisa.
- Para eso todavía falta un ratito, pequeño. Muchas vidas y muertes aún. Hasta que seas de verdad mayor.
El genio prosigue su marcha como una nube de humo y el chico camina pensativo a su lado. Al cabo de un largo silencio la voz infantil pregunta:
- ¿Y tú seguirás siendo malo hasta entonces?
El genio crece, sus contornos se deshacen por un momento, luego concentra de nuevo su forma, se alza ante el chico como un trozo de oscuridad impenetrable.
- ¿Malo? -pregunta con labios pesados- ¿Malo? ¿Qué es eso? Quizá me lo enseñarás tú a mí algún día. Pero primero tienes que asimilarlo por completo para transformarlo del todo. Es un estudio largo y difícil el que tienes por delante, pequeño. No es ningún juego de niños.
- Para ti quizás -opina alegremente el niño-, para mí es fácil. No es nada, es sólo un error que hay que corregir. Todo estaría en orden sin la maldad.
El genio alza despacio sus hombros nubosos como si tuviese que empujar una enorme carga.
- ¡Muchas cosas son necesarias! -zumba furioso el enjambre de insectos-. ¿Quién sabe cuántas?
- Está bien -admite el chico-, ¡sigamos andando!
- No -responde el genio-, hemos llegado.
El chico mira curioso a su alrededor.
- ¿Esperamos a alguien?
- Sí -murmura el genio-, esperamos a alguien.
- ¿Tenemos que ayudar a alguien? -pregunta, ufano, el chico y en seguida se corrige- ¿Tengo que ayudar a alguien?
El genio le contempla a través de sus párpados milenarios.
- No es tan sencillo como piensas.
- No -dice el niño un poco confuso-, sé bien que no es fácil ayudar.
El genio mueve la cabeza, despacio como un árbol en el viento.
- Tú eres -se oye el fragor de su voz-, tú eres a quien se ayuda, pequeño.
El niño se sonroja violentamente.
- No me siento en absoluto desvalido -dice rápido, fulminando al gigante con orgullo.
El genio suspira como si magma líquido hiciese burbujas.
- Ahí ves, pequeño, lo poco que comprendes aún.
- ¿Quién ha de ayudarme a mí? -quiere saber el chico-. ¿Y por qué?
- Todos -contesta el genio-, todos a los que tú ayudarás más tarde. Pues a todos ellos tendrás que agradecer que puedas hacerlo.
- ¿A ti también?
- Quizás sí, creo que a mí también.
El chico se rebela.
- No quiero tener que estarte agradecido. No quiero, ¿me oyes?
Del interior del humo negro surge una risa, como si madera viva crujiese y gimiese en el fuego.
- ¡Quieres, pequeño, quieres! ¿Acaso te podría guiar yo si no?
Ahora el chico se pone de verdad impaciente.
- ¿Entonces a quién esperamos? ¿Quieres burlarte de mí? Tú ya estás aquí. ¿A quién he de esperar aún?
El genio se pasa cansado las garras por el rostro de cobre. Suena como si se pisase cristal.
- ¡Calma, pequeño señor, calma! Yo no estoy aquí. ¿O crees que si no podría llevarte de la mano sin que tu corazoncito caliente se helase? Pero deja ya de preguntar constantemente. Sólo presta atención a todo lo que va a suceder. Ésa es tu única obligación por esta vez.
Y el genio se cala la capucha sobre el rostro y parece ahora un abeto cubierto de nieve negra.
De pronto se oye un gemido ronco, aullante, que se extingue lento y atormentado como la voz de un perro grande que lamenta la muerte de su amo. El niño se estremece y busca en torno suyo con la mirada. Le parece que la voz ha venido de una de las casas próximas, pero no puede determinar de cuál debido a un extraño eco que vuela de un lado a otro. Cuando se vuelve despacio, descubre detrás de sí una figura gris inclinada que no había visto llegar. Aliviado, respira, pues, según parece, se trata sólo de un viejo barrendero que está apoyado en su escoba y ha escuchado la conversación de los dos visitantes. Cuando la mirada del chico se cruza con la suya, sonríe, saluda con la cabeza y se lleva los dedos al borde de su gorra.
- ¡Buenos días! -dice con voz ronca. Y como el chico no contesta, sino que le dirige una mirada escrutadora, prosigue-. Es un buen día, ¿verdad?, puesto que has venido.
El chico sigue sin contestar nada, se vuelve hacia el genio, pero éste se alza gigantesco y oscila levemente como un remolino de oscuridad.
- Claro que -se percibe de nuevo la voz crujiente del pequeño hombre gris- desde tiempos inmemoriales ha habido aquí siempre mañanas como ésta. Y ahora es la misma mañana. Aquí existe sólo una hora, la hora antes del amanecer. No hay mediodía, ni atardecer, ni noche. Estas horas del día todavía no han sido inventadas aquí. Es la hora más larga de todas, un trozo de eternidad, ésa es la razón -se ríe un poco, o quizás tose. Examina la desigual pareja con ojos que son pequeños y de mil maneras.
- El niño ese -pregunta de pronto en tono severo al genio-, ¿por qué lo has traído aquí, a nuestra calle de putas?
Pero el genio permanece mudo como una torre de tristeza pétrea.
- ¿A ti qué te importa? -se encrespa el chico-. ¿Crees acaso que no sé lo que son putas? ¡Eso lo sé hace tiempo!
- ¿Ah, sí? -el barrendero agacha la cabeza y se apoya pesadamente en la escoba-. Oigamos entonces lo que sabes.
- Son mujeres -explica el chico- que venden amor por dinero. Y eso está muy mal.
El barrendero asiente ligeramente con la cabeza.
- ¡Vaya, vaya! -luego prosigue con una pequeña sonrisa triste-. Pero eso no sería quizás tan grave. Lo malo es que aquí no hay dinero, ni amor, ¿comprendes? Las consoladoras de nuestra calle venden otra cosa y reciben otra cosa a cambio, eso es -y de nuevo tose y ríe levemente.
El chico está asombrado y avanza dos o tres pasos cautelosos hacia el barrendero.
- ¿El qué?
El viejo gris reflexiona un rato cómo explicárselo al niño. Por fin ha encontrado la manera y pregunta:
- Seguro que conoces un montón de cuentos, pequeño.
- Conozco todos -dice el chico, orgulloso-, todos los que existen. Tengo a alguien que me los cuenta y que conoce todos los cuentos del mundo.
- Eso está muy bien. ¿Y también sabes que son verdaderos?
- ¡Por supuesto!
El barrendero asiente de nuevo.
- Claro. Yo no digo que no sean verdaderos. Si uno sabe contarlos correctamente, todos lo son. Pero se trata siempre de las historias de los vencedores, terminan bien, de una manera u otra. Pero las historias de los perdedores también son verdaderas, sólo que se olvidan pronto. Quizás porque las olvidan los propios perdedores. Eso es lo que sucede.
- ¿Perdedores? -pregunta el muchacho acercándose más aún-. Nunca había oído hablar de ellos. ¿Existen realmente?
El viejo extiende la mano para acariciar la mejilla del chico, pero éste retrocede con un movimiento brusco. El barrendero sonríe disculpándose.
- A mí me parece, a pesar de todo -dice con voz ronca-, que en realidad sólo conoces una historia, hijo mío, sólo la historia del centésimo príncipe que es capaz de resolver el enigma, pero no la de los noventa y nueve anteriores a él, que perecen porque no lo consiguen. Y casi todas sus historias terminan aquí, en esta calle.
El viejo vuelve la cabeza y mira a lo lejos, donde confluyen en un punto las hileras de casas.
- De todos los que vinieron aquí no he visto a ninguno que alcanzase el otro extremo, pues la carretera crece bajo sus pasos y se vuelve más larga cuanto más camino recorren. Por eso todos se quedan finalmente donde están en ese momento, en esta casa o en aquélla y se instalan y viven con las consoladoras mientras viven.
- ¿Tú también? -pregunta el chico, asustado.
El barrendero no da ninguna respuesta. Ríe o tose brevemente como si algo se rasgase y dice al cabo de un rato:
- Pero en realidad esta calle es muy corta. A lo sumo tan larga como una vida. Al fin y al cabo, yo lo tengo que saber.
En ese momento el chico siente sobre su hombro, pesada como una sombra, la zarpa del genio. Quiere volverse, pero el genio le sujeta la cabeza y gira su cara hacia la dirección de la que han venido ambos. Allí aparece, muy lejos todavía, una figura. Como una marioneta manejada por manos inexpertas, camina calle abajo dando traspiés, se le doblan las rodillas, recupera el equilibrio y prosigue su marcha vacilante. De cuando en cuando se apoya, inclinada hacia adelante, con la mano contra la pared de una casa y permanece así como tomando aliento. Aunque su camino es cuesta abajo, cada paso parece costarle un gran esfuerzo.
- ¡Mira, mira! -susurra la voz ronca-, ahí va otro.
Y de pronto se animan la calle y las casas. Las puertas se abren y aquí y allá también alguna ventana.
Por todas apartes aparecen mujeres que siguen con la mirada o miran fijamente de frente al recién llegado. Todas se parecen tanto que son como una sola mujer cuya imagen se refleja en una fila interminable de espejos. Esa una, que son todas, lleva un vestido de tela gris carcomido por la putrefacción, que se ciñe a sus miembros delgados y deja al descubierto diminutos pechos con pezones largos como de animal. Pelo grisáceo rodea como humo la cabeza y los hombros, y en la carne blanca como la cal la boca parece una gran herida negra.
La figura tambaleante se ha acercado y ahora puede verse que es un hombre vestido con el informe y plateado traje de astronauta. Sólo parece haber tirado o perdido el casco. El pelo incoloro y ralo está despeinado. Los ojos sin pestañas están enrojecidos y la cara está como hinchada con una sonrisa estúpida. Cuando descubre en medio de la calle al grupo de los tres que esperan, se detiene indeciso. Alza su mano, luego se cae al suelo y se queda tumbado boca abajo.
El chico quiere correr hacia él, pero entonces siente que le agarra fría como una pesadilla la zarpa del genio.
- ¡Ahora no! -suena el fragor de la voz arbórea-. ¡Calla y presta atención!
Una de las mujeres se dirige hacia el caído, le vuelve boca arriba y contempla su cara manchada por el lodo de la calle y que todavía muestra la sonrisa gratuita. Despacio sale de su boca una delgada lengua negra. Se lame los labios, que parecen sangre coagulada. El hombre descubre encima de sí la cara, y sin que desaparezca de sus labios la sonrisa, surge lentamente en sus ojos la expresión del espanto.
- ¿Quién eres? -pregunta.
La mujer sonríe, sus ojos brillan lascivos. Se pone en cuclillas a su lado y descansa la cabeza de él en su regazo. Uñas de plata negra se deslizan cariñosas y crueles por su pelo. El hombre gime:
- ¿Eres muda? ¿Qué estás haciendo? ¡Déjame!
- Sí -susurra ella y sigue espulgándole-, soy muda.
El hombre la deja hacer, incapaz de defenferse. En su frente hay sudor.
- Y yo -murmura- soy ciego.
- Nadie lo diría.
- No, no así. No son los ojos.
- En mi caso tampoco es la boca la que está muda.
El hombre trata de incorporarse.
- ¿Qué haces conmigo? ¡Suéltame! Quiero irme -pero ella le empuja hacia atrás y él cede ya a medias por su propia voluntad.
- Has llegado -le dice al oído-, has llegado por fin. Lo puedes notar porque está desapareciendo el dolor.
El hombre cierra los ojos y respira de forma profunda y entrecortada, suena como un sollozo ahogado.
- Me engañas. Pero ya no me importa por qué. Todo es un gran engaño.
- Eso lo dicen todos los que vienen aquí -susurra la mujer-. Estás aquí por primera vez, ¿verdad? Pero eres como todos. Te has engañado a ti mismo y por eso crees ahora que yo también te engaño. Pero te diré la verdad. ¿Crees que importa algo que aún sigas arrastrándote un día, un año o cien años luz? Nada cambiará. Ya no llegarás más lejos, por mucho que camines. ¿Para qué quieres irte entonces? Quédate conmigo, yo te reconfortaré, ya verás.
El astronauta la mira fijamente sin verla.
- No te conozco. ¿Quién eres?
- Puesto que tú eres como todos, yo soy como todas -contesta ella, y su risa leve suena como gritos lejanos-. Y por eso te dejarás ayudar por mí.
Durante un rato el hombre sacude la cabeza como un enfermo de fiebre. Bajo el juego que realizan en su pelo los dedos expertos de la mujer se tranquiliza poco a poco. Su cara hinchada todavía con esa sonrisa estúpida se ha vuelto casi tan blanca como la de ella. Si no respirara convulsivamente de cuando en cuando, se diría que está muerto.
El chico siente escalofríos.
- ¿Qué le está haciendo? ¿Le ayudará de verdad?
Mira hacia el genio, pero en su lugar contesta el barrendero:
- Sí, a su manera, muchacho. Es una consoladora. ¡Fíjate en sus dedos! ¡Ella le quita el dolor! Él dejará de padecerlo y ella se sacia con él. Por poco tiempo, en todo caso. Al final él no será nadie.
El hombre yace completamente quieto. Sus ojos buscan los del niño. Sus labios sonrientes permanecen firmemente cerrados, sin embargo el chico oye la voz del hombre:
- Yo he buscado el paraíso.
Después se produce un largo silencio y el chico no oye más que el sonido de su propio corazón. Finalmente la puta susurra:
- Naturalmente, no lo encontraste porque no existe. Y ahora has perdido toda esperanza, ¿no es así?
El hombre retiene la mirada del niño con la suya. Su voz suena indiferente de tanta desdicha.
- Si no lo hubiese encontrado, no habría perdido nunca la esperanza.
Las uñas plateadas negras peinan y peinan su pelo.
- ¡Habla ya! ¡Cuéntame todo!
Y el chico, encerrado todavía en la mirada del hombre como en una trampa, oye cómo la voz de éste dice:
- Hubiese seguido buscando hasta el final de mi vida. Y hubiese muerto feliz sin dudar nunca de que en alguna parte existe un lugar donde todo es hermoso y perfecto. Y habría aprobado que nadie lo pudiese encontrar.
La voz de la consoladora es suave como la mordedura de una sanguijuela.
- ¿Por qué lo buscabas entonces?
Como si éste hubiese preguntado, el hombre contesta al chico:
- Era la nostalgia, y era tan grande que no tuve otra elección. No me importaba entrar en él. Sólo quería echar una mirada a la belleza perfecta. La certeza de que existía me hubiese bastado para toda la eternidad.
- Pero por fin has encontrado el paraíso -susurra la puta y sigue hurgando en su pelo-. Te han dejado entrar, ¿verdad?
El hombre se levanta tan bruscamente que la mujer retrocede asustada, pero su voz sigue siendo aún fría e indiferente.
- En medio del espacio -dice dirigiéndose hacia la gran mirada del niño- existe un muro anular de gravedad impenetrable. Sobre la puerta están grabadas las palabras Jardín del Edén. Toqué los barrotes del portón cerrado y se deshicieron bajo mis manos convirtiéndose en herrumbre y putrefacción. Atravesé la puerta y vi ante mí un paisaje interminable de ceniza y escoria y en el centro un gigantesco árbol petrificado que clavaba sus ramas en el cielo negro. Y mientras seguía allí mirando se movió algo junto a mí, y de un agujero negro del suelo salió un ser como una araña gigante. Sólo pude distinguir que estaba espantosamente reseco y viejo y que arratraba detrás de sí unas alas gigantescas. Y aquel ser avanzaba gritando sin cesar: ¡Volved! ¡Volved, humanos! Y se arrancaba puñados de plumas y me las arrojaba. Yo retrocedí, entonces empezó a gritar y reír y siguió gritando: ¡Si ya no queda nadie excepto yo! ¡Estoy solo, solo, solo! Entonces huí, no sé cómo ni a dónde, si fue sólo una hora o mil años.
El hombre se queda sentado sin moverse, con las piernas estiradas y todavía con la misma sonrisa maligna en su cara, pero ahora mira ante sí al suelo y libera al chico de su mirada. Y de nuevo se produce un silencio, tan definitivo como si hubiese desaparecido todo el sonido del mundo. Pero entonces, cuando el muchacho cree que ya no puede respirar, la consoladora dice:
- ¡Ven! Puedo hacer que olvides tu añoranza para siempre. Entonces dejarás de sufrir.
El hombre se pone de pie, ella le coge de la mano y se dirige con él hacia la puerta. En ese momento el chico se suelta del genio y se interpone en su camino.
- ¡No puedes hacer eso! -exclama furioso-. No puedes olvidar tu añoranza. ¡Ella te lo arrebata todo! Te arrebata de ti a ti mismo.
De pronto el niño siente la dura mano del hombre en su mejilla y se tambalea hacia atrás. El hombre le ha pegado.
- Déjale -dice la mujer gris-, el niño no sabe. Todavía no.
Y tira del hombre hacia la casa.
- No debe olvidarlo -balbucea el chico-, si no se habrá perdido el paraíso para siempre... -y por fin terminan por saltársele las lágrimas.
El barrendero parece haber encontrado algo en el arroyo. Es un aro de oro, grande como una corona. Lo recoge y mientras lo gira entre sus manos dice:
- Sí, pequeño, es tu primera lección. Y todo lo malo empieza con el olvido de una añoranza.
- Pero ¿por qué me ha pegado?
El viejo no contesta. Gira y gira el aro.
- ¡Eh, barrendero! -grita una de las mujeres grises-, ¿qué tienes ahí?
- Parece una corona -murmura el viejo-. Algún pobre diablo la habrá perdido o tirado. Aquí todos se vuelven irreconocibles.
La mujer extiende la mano, pero sin acercarse.
- ¡Dámela! ¡Dámela! -suplica.
El viejo sacude la cabeza.
- No puedo hacerlo. Y tú lo sabes de sobra.
- ¿Y tú? ¿Qué harás con ella?
- Creo que se la llevaré a mi mujer.
- ¡Vaya! ¿Hasta tú tienes una mujer? ¡Qué cosas! ¿Es bonita?
Las otras mujeres sofocan unas risitas, suenan como silbidos de ratas. El viejo gris se deja impresionar.
- Con la corona sí, creo -dice con voz ronca.
- ¿No tienes miedo? -pregunta otra consoladora-. Nuestra reina ha ordenado que le sean llevados todos los objetos perdidos. No le gustan las bromas, viejo.
El barrendero guiña los ojos y tose o ríe un poco confuso.
- Si prometes no delatarme, te confiaré un secreto, guapa.
- Bueno, lo prometo.
- Vuestra reina -dice el barrendero despacio- es mi mujer.
De repente la calle está tan vacía de consoladoras como lo estaba al principio. Todas las puertas y ventanas están cerradas. El viejo gris cuelga la corona de su escoba y se la echa al hombro. Se despide del chico con un movimiento de cabeza, se lleva los dedos a la visera de la gorra y su color gris desaparece en el gris de las paredes de las casas.
El chico dirige una mirada interrogativa hacia el genio.
- ¿Era el verdadero paraíso lo que encontró el hombre?
- Qué sé yo -responde la voz broncínea-, ¿por qué me lo preguntas a mí?
De la casa en que ha desaparecido el astronauta con la consoladora suena el largo y áspero aullido de perro que se desvanece desconsolado y atormentado en el aire vidrioso. El chico escucha con cara pálida, sólo en su mejilla reluce aún, encarnada, la marca de la mano.
La zarpa escamosa del genio vuelve a coger cuidadosamente la mano infantil.
- Ven, pequeño. Tu primera clase ha terminado.
Cuando ya han caminado un buen trecho calle arriba, el niño se detiene de nuevo y mira hacia atrás.
- ¿Es verdad lo que dijo el barrendero? ¿Que todo lo malo comienza con el olvido de una añoranza?
- Comienza antes -contesta el genio-, comienza siempre con una esperanza perdida - y más tarde, mucho más tarde, cuando el chico ya piensa en los juegos que jugará pronto, el genio, que ya hace tiempo está otra vez solo y encerrado en su torre de hielo, murmura una vez más-: Nadie es capaz de calcular a qué extremos puede uno llegar cuando ha perdido la esperanza...

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