BLOOD

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sábado, 16 de febrero de 2008

FRANKENSTEIN - VOL. II - MARY W. SHELLEY

FRANKENSTEIN
Mary W. Shelley


VOLUMEN II

Capítulo 1


Nada hay más doloroso para el alma humana, después de que los sentimientos se han
visto acelerados por una rápida sucesión de acontecimientos, que la calma mortal de la
inactividad y la certeza que nos privan tanto del miedo como de la esperanza. Justine murió;
descansó; pero yo seguía viviendo. La sangre circulaba libremente por mis venas, pero
un peso insoportable de remordimiento y desesperación me oprimía el corazón. No
podía dormir; deambulaba como alma atormentada, pues había cometido inenarrables
actos horrendos y malvados, y tenía el convencimiento de que no serían los últimos. Sin
embargo, mi corazón rebosaba amor y bondad. Había comenzado la vida lleno de buenas
intenciones y aguardaba con impaciencia el momento de ponerlas en práctica, y conve rtirme
en algo útil para mis semejantes. Ahora todo quedaba aniquilado. En vez de esa
tranquilidad de conciencia, que me hubiera permitido rememorar el pasado con satisfacción
y concebir nuevas esperanzas, me azotaban el remordimiento y los sentimientos de
culpabilidad que me empujaban hacia un infierno de indescriptibles torturas.
Este estado de ánimo amenazaba mi salud, repuesta ya por completo del primer golpe
que había sufrido. Rehuía ver a nadie, y toda manifestación de júbilo o complacencia era
para mí un suplicio. Mi único consuelo era la soledad; una soledad profunda, oscura, semejante
a la de la muerte.
Mi padre observaba con dolor el cambio que se iba produciendo en mis costumbres y
carácter, e intentaba convencerme de la inutilidad de dejarse arrastrar por una desproporcionada
tristeza.
¿Crees tú, Víctor, que yo no sufro? ––me dijo, con lágrimas en los ojos––. Nadie puede
querer a un niño como yo amaba a hermano. Pero acaso no es un deber para con los superviviente
el intentar no aumentar su pena con nuestro dolor exagerado. También es un
deber para contigo mismo, pues la tristeza desmesurada impide el restablecimiento y la
alegría; incluso impide llevar a cabo los quehaceres diarios, sin los que ningún hombre es
digno de ocupar un sitio en la sociedad.
Este consejo, aunque válido, era del todo inaplicable a mi caso. Yo hubiera sido el primero
en ocultar mi dolor y consolar los míos, si el remordimiento no hubiera teñido de
amargura mis otros sentimientos. Ahora sólo podía responder a mi padre con una mirada
de desesperación, y esforzarme por evitarle mi presencia.
Por esta época nos trasladamos a nuestra casa de Belrive. El cambio me resultó especialmente
agradable. El habitual cierre de las puertas a las diez de la noche y la imposib ilidad
de permanecer en el lago después de esa hora me hacían incómoda la estancia en la
misma Ginebra. Ahora estaba libre. A menudo, cuando el resto: de mi familia se había
acostado, cogía la barca y pasaba largas horas en el lago. A veces izaba la vela, y dejaba
que el viento me llevara; otras, remaba hasta el centro del lago y allí dejaba la barca a la
deriva mientras yo me sumía en tristes pensamientos. Con frecuencia, cuando todo a mi
alrededor estaba en paz, y yo era la única cosa inquieta que vagaba intranquilo por ese
paisaje tan precioso y sobrenatural, exceptuando algún murciélago, o las ranas cuyo croar
rudo e intermitente oía cuando me acercaba a la orilla, con frecuencia, digo, sentía la
tentación de tirarme al lago silencioso, y que las aguas se cerraran para siempre sobre mi
cabeza y mis sufrimientos. Pero me frenaba el recuerdo de la heroica y abnegada Elizabeth,
a quien amaba tiernamente, y cuya vida estaba íntimamente unida a la mía. Pensaba
también en mi padre y mi otro hermano: ¿iba yo con mi deserción a exponerlos a la maldad
del diablo que había soltado entre ellos?
En aquellos momentos lloraba amargamente y deseaba recobrar la paz de espíritu que
me permitiría consolarlos y alegrarlos. Mas ello no había de ser. El remordimiento anulaba
cualquier esperanza. Era el autor de males irremediables, y vivía bajo el constante terror
de que el monstruo que había creado cometiera otra nueva maldad. Tenía el oscuro
presentimiento de que aún no había concluido todo y de que pronto cometería de nuevo
algún crimen espantoso, que borraría con su magnitud el recuerdo de su anterior delito.
Mientras viviera algún ser querido, siempre habría un lugar para el miedo. La repulsión
que sentía hacia este demoníaco ser no se puede concebir. Cuando pensaba en él apretaba
los dientes, se me encendían los ojos y no deseaba más que extinguir aquella vida que tan
imprudentemente había creado. Cuando recordaba su crimen y su maldad, el odio y deseo
de venganza que surgían en mí sobrepasaban los límites de la moderación. Hubiera ido en
peregrinación al pico más alto de los Andes de saber que desde allí podría despeñarlo.
Quería verlo de nuevo para maldecirlo y vengar las muertes de William y Justine.
Era la nuestra la morada del luto. La salud de mi padre se vio seriamente afectada por el
horror de los recientes acontecimientos. Elizabeth estaba triste y alicaída, y ya no se divertía
con sus quehaceres cotidianos. Cualquier gozo le parecía un sacrilegio para con los
muertos, y creía que el llanto y el luto eterno eran el justo tributo que debía pagar a la
inocencia tan cruelmente destruida y aniquilada. Ya no era la feliz criatura que había paseado
conmigo por la orilla del lago comentando con júbilo nuestros futuros proyectos.
Se había vuelto seria, y a menudo hablaba de la inconstancia de la suerte y de la inestabilidad
de la vida.
Cuando pienso, querido primo ––decía—, en la triste muerte de Justine Moritz, no puedo
contemplar el mundo y sus obras como lo hacía antaño. Antes consideraba los relatos
de maldad e injusticia, de los cuales oía hablar o sobre los que leía en los libros, como
historias de tiempos pasados o como fantasías; al menos, estaban muy alejados y pertenecían
más a la razón que a la imaginación; pero ahora el dolor se cierne sobre nuestra casa,
y los hombres me parecen monstruos sedientos de sangre. Sin duda soy injusta. Todos
creyeron culpable a esa pobre criatura, y de haber cometido el crimen que se la imputó,
ciertamente hubiera sido la más depravada de los seres humanos. ¡Asesinar por unas
cuantas joyas al hijo de su amigo y protector, un niño al que había cuidado desde la cuna
y al que parecía querer como a un hijo! Me opongo a la muerte de cualquier ser humano,
pero hubiera estimado que semejante criatura no era digna de vivir entre sus semejantes.
Pero era inocente. Lo sé, sé que era inocente. Tú también piensas lo mismo, y esto confirma
mi certeza. ¡Ay, Víctor! Cuando la mentira se parece tanto a la verdad, ¿quién puede
creer en la felicidad? Me parece estar andando por el borde de un precipicio, hacia el
cual se dirigen miles de seres que intentan arrojarme al vacío. Asesinan a William y a
Justine y su asesino escapa, andando libre por el mundo. Quizá incluso se lo respete. Pero
no me cambiaría por semejante engendro, aunque mi sino fuera morir en el patíbulo por
los mismos crímenes.
Escuché sus palabras con terrible agonía. Yo era el causante si bien no el autor. Elizabeth
leyó la angustia en mi rostro y cogiéndome la mano con dulzura dijo:
Mi querido primo, tranquilízate. Dios sabe lo mucho que estos sucesos me han afectado,
mas, sin embargo, no sufro tanto como tú. Tienes una expresión de desesperación, y a
veces de venganza, que me hace temblar. Serénate, Víctor. Daría mi vida por tu paz. Sin
duda nosotros podremos ser felices. Tranquilos en nuestra tierra, y lejos del mundo,
¿quién puede turbarnos?
Las lágrimas le resbalaban a medida que hablaba, desmintiendo el consuelo que me
ofrecía, pero a la vez sonreía, intentando ahuyentar la tristeza de mi corazón. Mi padre,
que tomaba la infelicidad reflejada en mi rostro como una exageración de lo que norma lmente
hubieran sido mis sentimientos, pensó que algún tipo de distracción me devolvería
la serenidad acostumbrada. Esta había sido ya la razón para venirnos al campo, y la que le
indujo a proponer que hiciéramos una excursión al valle de Chamonix. Yo ya había estado
allí antes, pero no así Elizabeth ni Ernest. Ambos habían expresado con frecuencia el
deseo de ver el paisaje de este lugar, que les habían descrito como maravilloso y sublime.
Así pues, emprendimos la excursión desde Ginebra a mediados de agosto, casi dos meses
después de la muerte de Justine.
El tiempo era insólitamente bueno, y si mi tristeza hubiera sido de índole que una circunstancia
pasajera hubiera podido disipar, esta excursión sin duda hubiera proporcionado
el resultado que mi padre se proponía. Así y con todo, me sentía algo interesado por el
paisaje, que a ratos me apaciguaba, si bien nunca anulaba mi pesar. El primer día viajamos
en un carruaje. Por la 9 mañana habíamos visto en la distancia las montañas hacia las
cuales nos dirigíamos. Nos dimos cuenta de que el valle que atravesábamos, formado por
el río Arve cuyo curso seguíamos, se iba angostando a nuestro alrededor, y al atardecer
nos encontramos ya rodeados de inmensas montañas y precipicios, y pudimos oír el furioso
rumor del río entre las rocas y el estruendo de las cataratas.
Al día siguiente, continuamos nuestro viaje en mula; a medida que ascendíamos, el valle
adquiría un aspecto más magnífico y asombroso. Fortalezas en ruinas colgadas de las
laderas pobladas de abetos, el impetuoso Arve y casitas que aquí y allí asomaban entre
los árboles constituían un paisaje de singular belleza. Pero eran los Alpes los que hacían
sublime el panorama cuyas formas y cumbres blancas y centelleantes dominaban todo,
como si pertenecieran a otro mundo, y fueran la morada de otra raza. Cruzamos el puente
de Pelissier, donde el barranco formado por el río se abrió ante nosotros, y empezamos a
ascender por la montaña que lo limita. Poco después entramos en el valle de Chamonix,
más imponente y sublime, pero menos hermoso y pintoresco que el de Servox, que acabábamos
de atravesar. Los altos montes de cumbres nevadas eran sus fronteras más cercanas.
Desaparecieron los castillos en ruinas y los fértiles campos. –– Inmensos glaciares
bordeaban el camino; oímos el ruido atronador de un alud desprendiéndose y observamos
la neblina que dejó a su paso. El Mont Blanc se destacaba dominante y magnífico entre
los picos cercanos, y su imponente cima dominaba el valle. Durante el viaje, a veces me
unía a Elizabeth, y me esforzaba por señalarle los puntos más hermosos del paisaje. A
menudo obligaba a mi mula a rezagarse para así poder entregarme a la tristeza de mis
pensamientos. Otras veces espoleaba al animal para que adelantara a mis compañeros, y
así olvidarme de ellos, del mundo y casi de mí mismo. Cuando los dejaba muy atrás, me
tumbaba en la hierba, vencido por el horror Y la desesperación. Llegué a Chamonix a las
ocho de la noche. Mi padre y Elizabeth se hallaban muy cansados; Ernest, que también
había venido, estaba entonado y alegre, y su estado de ánimo sólo se veía turbado por el
viento sureño que prometía traer consigo lluvia al día siguiente.
Nos retiramos pronto, mas no para dormir; al menos yo no pude. Permanecía largas horas
asomado a la ventana, contemplando los pálidos relámpagos que jugueteaban por encima
del Mont Blanc, y escuchando el rumor del Arve, que corría bajo mi ventana.


Capítulo 2

El día siguiente, contra los pronósticos de nuestros guías, amaneció hermoso aunque
nublado. Visitamos el nacimiento del Arveiron, y paseamos a caballo por el valle hasta el
atardecer. Este paisaje, tan sublime y magnífico, me proporcionó el mayor consuelo que
en esos momentos podía recibir. Me elevó por encima de las pequeñeces del sentimiento
y aunque no me libraba de la tristeza sí me la amainaba y calmaba. Hasta cierto punto,
también me desviaba la atención de aquellos sombríos pensamientos a los que me había
entregado durante los últimos meses. Por la tarde regresé, cansado, pero triste, y conversé
con mi familia con mayor animación de lo que había sólido hacer últimamente. Mi padre
estaba contento y Elizabeth encantada.
Querido primo me dijo––, ¿ves cuánta felicidad contagias cuando estás alegre? ¡No recaigas
de nuevo!
La mañana siguiente amaneció con una lluvia torrencial, y una espesa niebla ocultaba
las cimas de las montañas. Me levanté temprano, pero me sentía melancólico. La lluvia
me deprimía; volvió mi acostumbrado estado de ánimo, y me sentí apesadumbrado.
Sabía lo que este cambio brusco apenaría a mi padre y preferí evitarlo, hasta haberme
recobrado lo suficiente como para poder disimular estos sentimientos que me dominaban.
Supuse que pasarían el día en el albergue, y dado que yo estaba acostumbrado a la lluvia,
la humedad y el frío, decidí ir solo a la cima del Montanvert. Recordaba la impresión que
el inmenso glaciar en constante movimiento me había causado la primera vez que lo vi.
Entonces me había llenado de un éxtasis que prestaba alas al espíritu, permitiéndole
despegarse del mundo de tinieblas y remontarse hasta la luz y la felicidad. La contemplación
de todo lo que de majestuoso y sobrecogedor hay en la naturaleza siempre ha tenido
la virtud de ennoblecer mis sentimientos y me ha hecho olvidar las efímeras preocupaciones
de la vida. Decidí ir solo, pues conocía bien el camino, y la presencia de otro hubiera
destruido la grandiosa soledad del paraje.
El ascenso es pronunciado, pero el sendero zigzagueante permite escalar la enorme perpendicularidad
de la montaña. Es un paraje de terrible desolación. Múltiples lugares
muestran el rastro de aludes invernales; hay árboles tronchados esparcidos por el suelo;
unos están totalmente destrozados, otros se apoyan en rocas protuberantes o en otros árboles.
A medida que se asciende más, el sendero cruza varios heleros, por los cuales caen
sin cesar piedras desprendidas. Uno de entre ellos es especialmente peligroso, pues el
más mínimo ruido ––una palabra dicha en voz alta produce una conmoción de aire suficiente
para provocar una avalancha. Los pinos no son enhiestos ni frondosos, sino sombríos,
y añaden un aire de severidad al panorama.
Miré el valle a mis pies. Sobre los ríos que lo atraviesan se levantaba una espesa niebla,
que serpenteaba en espesas columnas alrededor de las montañas de la vertiente opuesta,
cuyas cimas se escondían entre las nubes. Los negros nubarrones dejaban caer una lluvia
torrencial que contribuía a la impresión de tristeza que desprendía todo lo que me rodeaba.
¿Por qué presume el hombre de una sensibilidad mayor a la de las bestias cuando esto
sólo consigue convertirlos en seres más necesitados? Si nuestros instintos se limitaran al
hambre, la sed y el deseo, seríamos casi libres. Pero nos conmueve cada viento que sopla,
cada palabra al azar, cada imagen que esa misma palabra nos evoca.
Descansamos; una pesadilla puede envenenar nuestro sueño.
Despertamos; un pensamiento errante nos empaña el día.
Sentimos, concebimos o razonamos, reímos o lloramos.
Abrazamos una tristeza querida o desechamos nuestra pena;
Todo es igual; pues ya sea alegría o dolor,
El sendero por el que se alejará está abierto.
El ayer del hombre no será jamás igual a su mañana.
¡Nada es duradero salvo la mutabilidad!.
Era casi mediodía cuando llegué a la cima. Permanecí un rato sentado en la roca que
dominaba aquel mar de hielo. La neblina lo envolvía, al igual que a los montes circundantes.
De pronto, una brisa disipó las nubes y descendí al glaciar. La superficie es muy
irregular, levantándose y hundiéndose como las olas de un mar tormentoso, y está surcada
por profundas grietas. Este campo de hielo tiene casi una legua de anchura, y tardé
cerca de dos horas en atravesarlo. La montaña del otro extremo es una roca desnuda y escarpada.
Desde donde me encontraba, Montanvert se alzaba justo enfrente, a una legua, y
por encima de él se levantaba el Mont Blanc, en su tremenda majestuosidad. Permanecí
en un entrante de la roca admirando la impresionante escena. El mar, o mejor dicho: el
inmenso río de hielo, serpenteaba por entre sus circundantes montañas, cuyas altivas cimas
dominaban el grandioso abismo. Traspasando las nubes, las heladas y relucientes
cumbres brillaban al sol. Mi corazón, repleto hasta entonces de tristeza, se hinchó de gozo
y exclamé:
Espíritus errantes, si en verdad existís y no descansáis en vuestros estrechos lechos,
concededme esta pequeña felicidad, o llevadme con vosotros como compañero vuestro,
lejos de los goces de la vida.
No bien hube pronunciado estas palabras, cuando vi en la distancia la figura de un
hombre que avanzaba hacia mí a velocidad sobrehumana saltando sobre las grietas del
hielo, por las que yo había caminado con cautela. A medida que se acercaba, su estatura
parecía sobrepasar la de un hombre. Temblé, se me nubló la vista y me sentí desfallecer;
pero el frío aire de las montañas pronto me reanimó. Comprobé, cuando la figura estuvo
cerca odiada y aborrecida visión—, que era el engendro que había creado. Temblé de ira
y horror, y resolví aguardarlo y trabar con él un combate mortal. Se acercó. Su rostro reflejaba
una mezcla de amargura, desdén y maldad, y su diabólica fealdad hacían imposible
el mirarlo, pero apenas me fijé en esto. La ira y el odio me habían enmudecido, y me
recuperé tan sólo para lanzarle las más furiosas expresiones de desprecio y repulsión.
Demonio ––grité––, ¿osas acercarte? ¿No temes que desate sobre ti mi terrible venganza?
Aléjate, ¡insecto despreciable! Mas no, ¡detente! ¡Quisiera pisotearte hasta convertirte
en polvo, si con ello, con la abolición de tu miserable existencia, pudiera devolverles la
vida a aquellos que tan diabólicamente has asesinado!
Esperaba este recibimiento ––dijo el demoníaco ser—. Todos los hombres odian a los
desgraciados. ¡Cuánto, pues, se me debe odiar a mí que soy el más infeliz de los seres vivientes!
Sin embargo, vos, creador mío, me detestáis y me despreciáis, a mí, vuestra
criatura, a quien estáis unido por lazos que sólo la aniquilación de uno de nosotros romperán.
Os proponéis matarme. ¿Cómo os atrevéis a jugar así con la vida? Cumplid vuestras
obligaciones para conmigo, y yo cumpliré las mías para con vos y el resto de la humanidad.
Si aceptáis mis condiciones, os dejaré a vos y a ellos; pero si rehusáis, llenaré
hasta saciarlo el buche de la muerte con la sangre de tus amigos.
––¡Aborrecible monstruo!, ¡demonio infame!, los tormentos del infierno son un castigo
demasiado suave para tus crímenes. ¡Diablo inmundo!, me reprochas haberte creado;
acércate, y déjame apagar la llama que con tanta imprudencia encendí.
Mi cólera no tenía límites; salté sobre él, impulsado por todo lo que puede inducir a un
ser a matar a otro. Me esquivó fácilmente y dijo:
¡Serenaos! Os ruego me escuchéis antes de dar rienda suelta a vuestro odio. ¿Acaso no
he sufrido bastante que buscáis aumentar mi miseria? Amo la vida, aunque sólo sea una
sucesión de angustias, y la defenderé. Recordad: me habéis hecho más fuerte que vos; mi
estatura es superior y mis miembros más vigorosos. Pero no me dejaré arrastrar a la lucha
contra vos. Soy vuestra obra, y seré dócil y sumiso para con mi rey y señor, pues lo sois
por ley natural. Pero debéis asumir vuestros deberes, los cuales me adeudáis. Oh Frankenstein,
no seáis ecuánime con todos los demás y os ensañéis sólo conmigo, que soy el
que más merece vuestra justicia e incluso vuestra clemencia y afecto. Recordad que soy
vuestra criatura. Debía ser vuestro Adán, pero soy más bien el ángel caído a quien negáis
toda dicha. Doquiera que mire, veo felicidad de la cual sólo yo estoy irrevocablemente
excluido. Yo era bueno y cariñoso; el sufrimiento me ha envilecido. Concededme la felicidad,
y volveré a ser virtuoso.
¡Aparta! No te escucharé. No puede haber entendimiento entre tú y yo; somos enemigos.
Apártate, o midamos nuestras fuerzas en una lucha en la que sucumba uno de los
dos.
¿Cómo podré conmoveros?; ¿no conseguirán mis súplicas que os apiadéis de vuestra
criatura, que suplica vuestra compasión y bondad? Creedme, Frankenstein: yo era bueno;
mi espíritu estaba lleno de amor y humanidad, pero estoy solo, horriblemente solo. Vos,
mi creador, me odiáis. ¿Qué puedo esperar de aquellos que no me deben nada? Me odian
y me rechazan. Las desiertas cimas y desolados glaciares son mi refugio. He vagado por
ellos muchos días. Las heladas cavernas, a las cuales únicamente yo no temo, son mi morada,
la única que el hombre no me niega. Bendigo estos desolados parajes, pues son para
conmigo más amables que los de tu especie. Si la humanidad conociera mi existencia haría
lo que tú, armarse contra mí. ¿Acaso no es lógico que odie a quienes me aborrecen?
No daré treguas a mis enemigos. Soy desgraciado, y ellos compartirán mis sufrimientos.
Pero está en tu mano recompensarme, y librarles del mal, que sólo aguarda que tú lo desencadenes.
Una venganza que devorará en los remolinos de su cólera no sólo a ti y a tu
familia, sino a millares de seres más. Deja que se conmueva tu compasión y no me desprecies.
Escucha mi relato: y cuando lo hayas oído, maldíceme o apiádate de mí, según lo
que creas que merezco. Pero escúchame. Las leyes humanas permiten que los culpables,
por malvados que sean, hablen en defensa propia antes de ser condenados. Escúchame,
Frankenstein. Me acusas de asesinato; y sin embargo destruirías, con la conciencia tranquila,
a tu propia criatura. ¡Loada sea la eterna justicia del hombre! Pero no pido que me
perdones; escúchame y luego, si puedes, y si quieres, destruye la obra que creaste con tus
propias manos.
¿Por qué me traes a la memoria hechos que me hacen estremecer, y de los cuales soy
autor y causa? ¡Maldito sea el día, abominable diablo, en el cual viste la luz! ¡Malditas
sean ––aunque me maldigo a mí mismo–– las manos que te dieron forma! Me has hecho
más desgraciado de lo que me es posible expresar. ¡No me has dejado la posibilidad de
ser justo contigo! ! ¡Aparta!, ¡libra mis ojos de tu detestable visión!
––Así lo haré, creador mío ––dijo, tapándome los ojos con sus odiosas manos, que
aparté con violencia––. Así os libraré de la visión que aborrecéis. Pero aún podéis seguir
escuchándome, y otorgarme vuestra compasión. Os lo exijo, en nombre de las virtudes
que una vez poseí. Escuchad mi historia, es larga y extraña. Pero subid a la choza de la
montaña, pues la temperatura de este lugar no es apropiada a vuestra constitución. El sol
está ' aún muy alto; antes de que descienda y se oculte tras aquellas cimas nevadas para
alumbrar otro mundo, habrás oído mi relato y podrás decidir. De ti depende el que abandone
para siempre la compañía de los hombres y lleve una existencia inofensiva o me
convierta en el azote de tus semejantes y el autor de tu pronta ruina.
Empezó a atravesar el hielo mientras terminaba de hablar. Yo lo seguí. Tenía el corazón
oprimido y no le contesté. Mientras caminaba, sopesé los argumentos que había utilizado
y decidí escuchar su relato. En parte me impulsaba a ello la curiosidad, y la compasión
me terminó de decidir. Hasta el momento lo había considerado el asesino de mi hermano,
y esperaba ansiosamente que me confirmara o desmintiera esta idea. Por primera vez experimenté
lo que eran las obligaciones del creador para con su criatura, y comprendí que
antes de lamentarme de su maldad debía posibilitarle la felicidad. Estos pensamientos me
indujeron a acceder a su súplica. Cruzamos el hielo, por tanto, y escalamos la roca del
fondo. El aire era frío, y empezaba a llover de nuevo. Entramos en la choza; el villano
con aire satisfecho, yo apesadumbrado y desanimado, pero decidido a escucharlo. Me
senté cerca del fuego que mi odioso acompañante había encendido, y comenzó su relato.


Capítulo 3

Recuerdo con gran dificultad el primer período de mi existencia; todos los sucesos se
me aparecen confusos e indistintos. Una extraña multitud de sensaciones se apoderaron
de mí y empecé a ver, sentir, oír y oler, todo a la vez. Tardé mucho tiempo en aprender a
distinguir las características de cada sentido. Recuerdo que, poco a poco, una luminosidad
cada vez más fuerte oprimía mis nervios y tuve que cerrar los ojos. Me sumergí entonces
en la oscuridad, y eso me turbó. Pero apenas había notado esto cuando descubrí
que, al abrir los ojos, la luz me volvía a iluminar. Comencé a andar, y creo que bajé unas
escaleras, pero de pronto sentí un enorme cambio. Hasta el momento, me habían rodeado
cuerpos opacos y oscuros, insensibles a mi tacto o mi vista. Pero ahora descubrí que podía
moverme con entera libertad, que no había obstáculos que no pudiera evitar o vencer.
La luz se me hacía más y más intolerable; el calor me incomodaba sobremanera, así que
caminé buscando un lugar sombreado. Llegué hasta el bosque de Ingolstadt, donde me
tumbé a descansar cerca de un riachuelo, hasta que el hambre y la sed me atormentaron y
desperté del sopor en que había caído. Comí algunas bayas que encontré en los árboles o
esparcidas por el suelo, calmé mi sed en el riachuelo y me volví a dormir.
Era de noche cuando me desperté. Sentía frío, y un miedo instintivo al hallarme tan solo.
Antes de abandonar tu habitación, como tuviera frío, me había tapado con algunas
prendas que eran insuficientes para protegerme de la humedad de la noche. Era una pobre
criatura, indefensa y desgraciada, que ni sabía ni entendía nada. Lleno de dolor me senté
y comencé a llorar.
Poco después, una tenue luz iluminó el cielo, dándome una sensación de bienestar. Me
levanté, y vi emerger una brillante esfera de entre los árboles. La observé admirado. Se
movía con lentitud, pero su luz alumbraba lo que había alrededor, y volví a salir en busca
de bayas. Aún tenía frío, cuando debajo de un árbol encontré una enorme capa, con la que
me cubrí, y me senté de nuevo. No tenía ninguna idea clara, todo estaba confuso. Era sensible
a la luz, al hambre, a la sed y a la oscuridad; me llegaban incontables sonidos y
múltiples olores. Lo único que distinguía con claridad era la brillante luna, en la que fijé
mis ojos con agrado.
Se sucedieron varios cambios de días y noches, y la esfera nocturna había menguado
considerablemente cuando empecé a distinguir mis sensaciones una de la otra. Paulatinamente,
comencé a percibir con claridad el cristalino arroyo que me proporcionaba
agua, y los árboles que me protegían con su follaje. Me sentí muy contento cuando por
primera vez descubrí que el armonioso sonido que con frecuencia regalaba mis oídos
procedía de las gargantas de los pequeños animalillos alados que a menudo me habían
interceptado la luz. Empecé también a observar, con mayor precisión, las formas que me
rodeaban, y a percibir los límites de la brillante bóveda de luz que se extendía sobre mí.
A veces intentaba imitar el agradable trino de los pájaros, pero no podía. Otras quería expresar
mis sentimientos a mi modo, pero los rudos y extraños ruidos que producía me hacían
enmudecer de susto.
La luna había desaparecido, y retornado más pequeña, y yo seguía en el bosque. Mis
sensaciones eran ya claras, y cada día asimilaba nuevas ideas. Mis ojos se habían acostumbrado
a la luz y a distinguir bien los objetos. Diferenciaba un insecto de un tallo de
hierba y, poco a poco, las distintas clases de plantas entre sí. Comprobé que los gorriones
tenían un trinar áspero, mientras que el canto del mirlo y de los zorzales era grato y atrayente.
Un día, en que el frío arreciaba, encontré un fuego que algún vagabundo habría encendido,
y experimenté una gran emoción al ver el calor que desprendía. Lleno de júbilo toqué
las brasas con la mano, pero la retiré de inmediato con un grito de dolor. ¡Qué raro,
pensé, que la misma causa produzca efectos tan contrarios! Examiné la composición de la
hoguera y descubrí satisfecho que era leña. Recogí algunas ramas pero estaban húmedas
y no prendieron. Esto me turbó y me senté de nuevo a contemplar el fuego. La leña húmeda
que había dejado cerca del calor se secó, y empezó a arder. Esto me hizo pensar.
Descubrí la razón al tocar las distintas ramas, y me puse de nuevo a reunir una gran cantidad
de ellas para ponerlas a secar y tener reservas. Al llegar la noche, y con ella el sueño,
mi miedo era que se apagara el fuego. Lo tapé cuidadosamente con hojarasca y ramas
secas, poniendo después leña húmeda encima. Luego extendí la capa en el suelo y me
eché a dormir.
Era ya de día cuando desperté, y mi primer pensamiento fue ver cómo iba el fuego. Lo
destapé, y un ligero airecillo lo avivó enseguida. Esto me indujo a construir con ramas
una especie de abanico que me permitía encender las brasas cuando parecían a punto de
extinguirse. Cuando de nuevo cayó la noche, descubrí gozoso que el fuego, aparte de dar
calor, también daba luz. Descubrí que también podía utilizar el fuego para mi alimentación,
gracias a los restos de comida que algún viajero dejó abandonados. Vi que éstos
estaban asados y que eran más sabrosos que las bayas que recogía. Intenté, pues, hacer lo
mismo con mis alimentos y descubrí que, así, las bayas se estropeaban pero que las nueces
y raíces tenían un sabor mucho más agradable.
Pronto empezaron a escasear los alimentos, y a menudo pasaba un día entero buscando
en vano algunas bellotas con las que calmar mi hambre. Entonces resolví abandonar el
lugar donde había habitado hasta aquel momento y buscar otro en el cual pudiera satisfacer
mis necesidades con mayor facilidad. Lo que más lamentaba de esta emigración era la
pérdida del fuego, que tan casualmente había encontrado y que no sabía cómo encender.
Pasé varias horas pensando en el problema, pero me vi obligado a abandonar todo intento
de reproducirlo. Así que, envuelto en mi capa, empecé a cruzar el bosque en dirección al
sol poniente. Anduve durante tres días antes de llegar al campo abierto. La noche anterior
había caído una gran nevada, y los campos aparecían uniformemente blancos. El panorama
era desconsolador, y noté que la húmeda sustancia fría que cubría el suelo me helaba
los pies.
Eran cerca de las siete de la mañana, y quería encontrar cobijo y comida. Por fin divisé
en un montículo una pequeña cabaña que sin duda era la morada de algún pastor. Esto era
nuevo para mí. La examiné con gran curiosidad y, al observar que la puerta se abría, entré.
Sentado junto al fuego, en el cual se preparaba el desayuno, se hallaba un anciano. Se
volvió al oír el ruido; y, viéndome, salió de la cabaña gritando, y cruzó los campos a una
velocidad apenas imaginable en persona tan debilitada. Me sorprendieron su huida y su
aspecto, distinto a todo lo que hasta entonces había visto. Pero estaba encantado con la
cabaña: aquí no podía entrar ni la nieve ni la lluvia; el suelo estaba seco, y me pareció un
refugio tan delicioso y exquisito como les debió parecer el Pandemonio a los demonios
del infierno después de sus sufrimientos en el lago de fuego. Avidamente devoré los restos
del desayuno del pastor: pan, queso, leche y vino, pero éste último no me gustó. Luego,
vencido por el cansancio, me tumbé en un montón de paja y me dormí.
Era mediodía cuando me desperté; y, atraído por el calor del sol, que hacía brillar la
nieve, me decidí a reemprender mi viaje; metí lo que quedaba del desayuno en un zurrón
que encontré, y emprendí camino campo a través durante algunas horas, hasta que al anochecer
llegué a una aldea. ¡Qué hermosa me pareció! Las cabañas, las casitas más limpias
y las haciendas atrajeron por turno mi atención. Las verduras en los huertos, y la leche y
queso colocados en las ventanas, me abrieron el apetito. Entré en una de las mejores casas;
pero apenas si había puesto el pie en el umbral cuando unos niños empezaron a chillar,
y una mujer se desmayó. Todo el pueblo se alborotó; unos huyeron, otros me atacaron
hasta que, magullado por las piedras y otros objetos arrojadizos, escapé al campo. Me
refugié temerosamente en un cobertizo de techo bajo, vacío, que contrastaba poderosamente
con los palacios que había visto en el pueblo. Este cobertizo, sin embargo, estaba
adosado a una casa de aspecto bonito y aseado, pero tras mi reciente y desafortunada experiencia
no me atreví a entrar en ella. Mi refugio era de madera, pero de techo tan bajo,
que apenas podía permanecer sentado sin tener que agachar la cabeza. No había madera
en el suelo, que era de tierra, pero estaba seco; y aunque el viento se filtraba por numerosas
rendijas, encontré que era un asilo agradable para protegerme de la nieve y la lluvia.
Aquí, pues, me metí y me tumbé, contento de haber encontrado un lugar, por pobre que
fuera, que me protegía de las inclemencias del tiempo y, sobre todo, de la barbarie del
hombre.
No bien hubo amanecido, salí de mi cubil para observar la casa adyacente y ver si me
era posible seguir en mi refugio recién encontrado. Estaba adosado a la parte posterior de
la casa y lo cerraban una pocilga y un estanque de agua clara. El otro lado, por el que había
entrado, quedaba abierto. Procedí a tapar con piedras y leña todos los orificios por los
cuales pudieran verme, pero de tal forma que me fuera posible apartarlas para salir. La
única luz que entraba procedía de la pocilga, pero era suficiente para mí.
Tras haber arreglado así mi vivienda, y haberla alfombrado con paja limpia, me oculté,
pues divisé en la distancia la figura de un hombre y recordaba demasiado bien el tratamiento
recibido la noche anterior como para encomendarme a él. Afortunadamente tenía
comida para ese día, pues había robado una hogaza y una taza, que me servía mejor que
las manos para beber el agua cristalina que corría cerca de mi refugio. El suelo estaba algo
levantado, de manera que permanecía seco y, por encontrarse cerca de la chimenea de
la casa, era moderadamente caliente.
Así provisto, me dispuse a permanecer en esta choza hasta que ocurriera algo que modificara
mi decisión. Comparada con mi anterior morada, el desangelado bosque donde las
ramas goteaban lluvia y el suelo estaba mojado, era en verdad un paraíso. Desayuné con
fruición, y me disponía a levantar un madero para sacar agua cuando escuché pasos y vi,
por una rendija, a una muchacha que, balanceando un cubo en la cabeza, pasaba por delante
de mi cobertizo. Era joven y de aspecto dulce, distinta de lo que más tarde he comprobado
que son los labriegos y los criados de las granjas. Iba vestida humildemente, con
una tosca falda azul y una chaqueta de paño. Sus cabellos rubios estaban trenzados pero
no llevaba adornos. Sus facciones revelaban resignación, pero su aspecto era triste. La
perdí de vista, pero transcurridos unos quince minutos reapareció con el mismo recipiente,
que ahora estaba medio lleno de leche. Mientras andaba, claramente incómoda por el
peso, un joven de rostro aún más deprimido se dirigió a su encuentro. Con aire melancólico
intercambiaron algunas palabras, y cogiéndole el cubo se lo llevó hasta la casa. Al
poco tiempo vi reaparecer al joven con unas herramientas en la mano y cruzar el campo
que había detrás de la casa. Asimismo, la joven también estaba ocupada, a veces dentro
de la casa y otras en el patio.
Explorando mi refugio, descubrí que una de las ventanas de la casa había dado anteriormente
al cobertizo, si bien ahora el hueco se encontraba tapado por planchas de madera.
Una de estas planchas tenía una diminuta rendija por la cual se podía ver una pequeña
habitación, encalada y limpia, pero muy desprovista de muebles. En un rincón, cerca del
fuego, estaba sentado un anciano, con la cabeza entre las manos en actitud abatida. La joven
estaba ocupada arreglando la estancia. De pronto, sacó algo del cajón que tenía entre
las manos y se sentó cerca del anciano, el cual, tomando un instrumento, empezó a tocar
y a arrancar de él sones más dulces que el cantar del mirlo o el ruiseñor. Incluso para un
desgraciado como yo, que nunca antes había percibido nada hermoso, era un bello cuadro.
El cabello plateado y el aspecto bondadoso del anciano ganaron mi respeto, y los
modales dulces de la joven despertaron mi amor. Tocó una tonadilla dulce y triste, que
conmovió a su dulce acompañante, a quien el hombre parecía haber olvidado hasta que
oyó su llanto. Pronunció entonces algunas palabras y la muchacha, dejando su tarea, se
arrodilló a sus pies. El la levantó y la sonrió con tal afecto y ternura, que una sensación
peculiar y sobrecogedora me recorrió el cuerpo. Era una mezcla de dolor y gozo que
hasta entonces no me habían producido ni el hambre ni el frío, ni el calor, ni ningún alimento.
Incapaz de soportar por más tiempo esta emoción, me retiré de la ventana.
Al poco rato regresó el chico llevando un haz de leña al hombro. La joven lo recibió en
la puerta y lo ayudó con el fardo, del cual escogió algunas ramas que echó al fuego. Luego,
se fueron los dos a una esquina de la habitación, y él mostró un gran pan y un trozo de
queso. Ella pareció alegrarse, y salió al jardín en busca de plantas y raíces, las metió en
agua y después al fuego. Luego prosiguió su labor, y el joven se fue al jardín, donde se
puso diligentemente a cavar y a arrancar raíces. Al cabo de una hora, la muchacha salió a
buscarlo, y juntos entraron en la casa. Entretanto, el anciano había estado pensativo; pero,
al ver a sus compañeros, adoptó un aire más alegre, y se sentaron a comer. El almuerzo
acabó pronto. La joven volvió a ocuparse de las tareas caseras, en tanto que el anciano,
apoyado en el brazo del joven, paseaba al sol por delante de la casa. No puede haber nada
más bello que el contraste de aquellos dos seres. El uno era muy mayor, con el cabello
plateado, y su rostro reflejaba bondad y cariño, el otro era esbelto y muy apuesto y tenía
las facciones modeladas con la mayor simetría. Sin embargo, su mirada y actitud denotaban
una gran tristeza y depresión. El anciano volvió a la casa y el muchacho se encaminó
a los campos, portando herramientas distintas de las de la mañana.
Pronto cayó la noche; pero, ante mi gran asombro, vi que los habitantes de aquella casa
tenían un modo de prolongar la luz, por medio de bastones de cera, y me alegró que la
puesta de sol no pusiera fin al gozo que experimentaba observando a mis vecinos. Durante
la velada, la joven y su compañero se dedicaron a diversas ocupaciones que no
comprendí; y el anciano volvió a tomar el instrumento que producía aquellos divinos sonidos
que tanto me habían complacido por la mañana. En cuanto hubo finalizado, el joven
comenzó no a tocar, sino a articular una serie de sonidos monótonos que no se asemejaban
ni a la armonía del instrumento del anciano ni al canto de los pájaros. Más tarde
supe que leía en voz alta, pero en aquellos momentos nada sabía de la ciencia de las letras
ni de las palabras.
Tras permanecer así ocupados durante un breve tiempo, la familia apagó las luces y se
retiró, presumo que a descansar.


Capítulo 4

Me tumbé en la paja, pero no conseguí dormir. Repasaba los sucesos del día. Lo que
más me chocaba eran los modales cariñosos de aquellas gentes. Recordaba muy bien el
trato de los salvajes aldeanos la noche anterior, y decidí que, cualquiera que fuese la actitud
que adoptara en el futuro, por el momento permanecería en mi cobertizo, observando
e intentando descubrir las razones que motivaban sus actos.
Mis vecinos se levantaron al día siguiente antes de que amaneciera. La joven arregló la
casa, y preparó la comida; el joven salió después del desayuno.
El día transcurrió de manera igual al anterior. El muchacho trabajaba fuera de la casa y
la chica en diversas tareas domésticas. El anciano, que pronto me di cuenta de que era
ciego, pasaba las horas meditando o tañendo su instrumento. Nada podría superar el cariño
y respeto que los jóvenes demostraban para con su venerable compañero. Le prestaban
todos los servicios con gran dulzura y él los recompensaba con su sonrisa bondadosa.
Pero no eran del todo dichosos. El joven y su compañera con frecuencia se retiraban, y
parecían llorar. No comprendía la causa de su tristeza; pero me afectaba profundamente.
Si seres tan hermosos eran desdichados, no era de extrañar que yo, criatura imperfecta y
solitaria, también lo fuera. Pero ¿por qué eran infelices aquellas gentes tan bondadosas?
Tenían una agradable casa (pues así me parecía) y todas las comodidades; tenían un fuego
para calentarlos del frío y deliciosa comida con que saciar su hambre; vestían buenos
trajes, y, lo que es más, disfrutaban de su mutua compañía y conversación, intercambiando
a diario miradas de afecto y bondad. ¿Qué significaba su llanto? ¿Expresaban sus lágrimas
dolor? No podía, al principio, responderme a estas preguntas, pero el tiempo y una
sostenida observación me explicaron muchas cosas que a primera vista parecían enigmáticas.
Pasó bastante tiempo antes de que descubriera que la pobreza, que padecían en grado
sumo, era uno de los motivos de intranquilidad de esta buena familia. Su sustento sólo
consistía en verduras del huerto y leche de su vaca, muy escasa durante el invierno, época
en la que sus dueños apenas podían alimentarla. Creo que a menudo pasaban mucho
hambre, en especial los jóvenes, pues en varias ocasiones los vi privarse de su propia comida
para dársela al anciano. Este gesto de bondad me conmovió mucho. Yo solía, durante
la noche, robarles parte de su comida para mi sustento, pero cuando advertí que esto
los perjudicaba me abstuve, contentándome con bayas, nueces y raíces que recogía de un
bosque cercano.
Descubrí también otro medio para ayudarlos. Había observado que el joven dedicaba
gran parte del día a recoger leña para el fuego; y, durante la noche, a menudo yo cogía
sus herramientas, que pronto aprendí a utilizar, y les traía a casa leña suficiente para varios
días.
Recuerdo la sorpresa que la joven demostró, la primera vez que hice esto, al abrir la
puerta por la mañana y encontrar un montón de leña fuera. Dijo algunas palabras en voz
alta, y el joven salió y expresó a su vez su asombro. Observé, con alegría, que aquel día
no fue al bosque, y lo pasó reparando la casa y cultivando el jardín.
Poco a poco hice un descubrimiento de aún mayor importancia. Me di cuenta de que
aquellos seres tenían un modo de comunicarse sus experiencias y sentimientos por medio
de sonidos articulados. Observé que las palabras que utilizaban producían en los rostros
de los oyentes alegría o dolor, sonrisas o tristeza. Esta sí que era una ciencia sobrehumana
y deseaba familiarizarme con ella. Pero todos mis intentos a este respecto eran infructuosos.
Hablaban con rapidez y las palabras que decían, al no tener relación aparente con
los objetos tangibles, me impedían resolver el misterio de su significado. Sin embargo, a
base de grandes esfuerzos, y cuando ya había pasado en mi cobertizo varias lunas, aprendí
el nombre de algunos de los objetos más familiares como fuego, leche, pan y leña.
También aprendí los nombres de mis vecinos. La joven y su hermano tenían ambos varios
nombres, pero el anciano sólo tenía uno, padre. A la muchacha la llamaban hermana
o Agatha y al joven Félix, hermano o hijo. No puedo expresar la alegría que sentí cuándo
comprendí las ideas correspondientes a estos sonidos Y pude pronunciarlos. Distinguía
otras palabras, que ni entendía ni podía emplear, tales como bueno, querido, triste.
De esta manera transcurrió el invierno. La bondad y hermosura de estas personas me
hicieron encariñarme mucho con ellas; cuando se encontraban tristes, yo estaba desanimado;
cuando eran felices, yo participaba de su alegría. Veía a pocos seres humanos,
aparte de ellos; y si por casualidad alguno iba a la casa, sus toscos modales y brusco caminar
hacían resaltar la superioridad de mis amigos. Noté que el anciano a menudo se esforzaba
por animar a sus hijos, como a veces les llamaba, para que desecharan su tristeza.
Solía entonces hablar en tono alegre, con una expresión de bondad en el rostro que incluso
a mí me producía placer. Agatha lo escuchaba con respeto, y con frecuencia se le llenaban
los ojos de lágrimas, que intentaba disimular; pero observé que, por lo general, había
más animación en su rostro y tono de voz tras haber escuchado a su padre. No así Félix.
Siempre era el más triste del grupo; e incluso yo, con mi inexperiencia, me daba
cuenta de que parecía haber sufrido más que los otros. Pero si sus facciones reflejaban
mayor tristeza, su tono de voz era más alegre que el de su hermana, en especial cuando se
dirigía a su padre.
Podría dar muchos ejemplos, que, aunque nimios, reflejan la disposición de aquellas
buenas gentes. En medio de la pobreza y la necesidad, Félix, satisfecho, le llevó a su
hermana la primera florecilla blanca que asomó entre la nieve. Por la mañana temprano,
antes de que ella se levantara, limpiaba la nieve que cubría el sendero hasta el establo, sacaba
agua del pozo, y le llevaba leña al otro cobertizo, donde, con gran asombro, encontraba
las reservas que una mano invisible iba reponiendo. Creo que durante el día trabajaba
para un granjero vecino, porque a menudo salía y no regresaba hasta la noche, pero no
traía leña. Otras veces trabajaba en el huerto, pero, como en invierno había poco que hacer
allí, solía pasar muchos ratos leyéndoles al anciano y a Agatha.
Estas lecturas me habían extrañado mucho en un principio, pero poco a poco descubrí
que al leer pronunciaba con frecuencia los mismos sonidos que cuando hablaba. Supuse,
por tanto, que encontraba en el papel signos de expresión que comprendía. ¡Cómo deseaba
yo aprenderlos! Pero ¿cómo iba a hacerlo si ni siquiera entendía los sonidos que representaban?
Sin embargo, progresé en esta materia, aunque a pesar de mis esfuerzos aún no
podía seguir ninguna conversación. Comprendía claramente que aunque deseaba dirigirme
a mis vecinos no debía hacerlo hasta no dominar su lenguaje, conocimiento que me
permitiría hacerles olvidar lo deforme de mi aspecto, de lo cual me había hecho consciente
a través del contraste.
Admiraba las perfectas proporciones de mis vecinos, su gracia, hermosura y delicada
tez. ¡Cómo me horroricé al verme reflejado en el estanque transparente! En un principio
salté hacia atrás aterrado, incapaz de creer que era mi propia imagen la que aquel espejo
me devolvía. Cuando logré convencerme de que realmente era el monstruo que soy, me
embargó la más profunda amargura y mortificación. ¡Ay!, desconocía entonces las fatales
consecuencias de esta deformación.
A medida que el sol empezaba a calentar más, y el día se alargaba, desapareció la nieve,
y vi aparecer los árboles desnudos y la oscura tierra. A partir de este momento, Félix estuvo
más ocupado, y los angustiosos envites del hambre desaparecieron. Como descubrí
más tarde, su alimentación era tosca pero sana y suficiente. Crecieron en el huerto nuevos
tipos de plantas, que cocinaban, y estas muestras de bienestar aumentaban día a día así
que avanzaba la primavera.
Apoyado en su hijo, el anciano solía pasear un poco al mediodía cuando no llovía, pues
tal era el nombre que daban al agua que desprendía el firmamento. Estas lluvias eran fr ecuentes,
pero los fuertes vientos pronto secaban la tierra, y el tiempo se hizo mucho más
agradable de lo que había sido.
En el cobertizo mi ritmo de vida era uniforme. Contemplaba los movimientos de mis
vecinos durante la mañana, y dormía cuando sus quehaceres en el exterior les dispersaban.
El resto del día lo pasaba de modo similar. Cuando se retiraban a descansar, si había
luna o la noche era estrellada, yo salía al bosque en busca de comida para mí y leña para
mis vecinos. Cuando se hacía necesario, quitaba la nieve del sendero, y realizaba las tareas
que había visto hacer a Félix. Más tarde supe que estas tareas, que llevaba a cabo una
mano invisible, les sorprendían grandemente. Incluso en alguna ocasión les oí mencionar
a este respecto las palabras espíritu bueno y maravilloso, pero no entendía entonces el
significado de estos términos.
Mi cerebro se hacía cada día más activo, y deseaba más que nunca descubrir los impulsos
y sentimientos de estas hermosas criaturas. Sentía curiosidad por saber el motivo de
la congoja de Félix y la pena de Agatha. Pensaba, ¡infeliz de mí!, que estaría en mi mano
el devolverles a estas criaturas la felicidad que tanto merecían. Cuando dormía o me ausentaba,
se me aparecía la imagen del padre ciego, la dulce Agatha y el buen Félix. Los
consideraba seres superiores, árbitros de mi futuro destino. Trataba de imaginarme, de
mil maneras distintas, el día en que me presentaría ante ellos y el recibimiento que me harían.
Suponía que, tras una primera repulsión, mi buen comportamiento y palabras conciliadoras
me ganarían su simpatía, y más tarde su afecto.
Estos pensamientos me exaltaban y espoleaban con renovado vigor a aprender el arte de
la expresión. Tenía las cuerdas vocales endurecidas pero flexibles, y aunque mi tono de
voz distaba mucho de tener la musicalidad del suyo, podía pronunciar con relativa facilidad
aquellas palabras que comprendía. Era como el asno y el perrillo faldero; aunque
bien merecía el dócil burro, cuyas intenciones eran buenas a pesar de su rudeza, mejor
trato que los golpes e insultos que le daban.
Las suaves lluvias y el calor de la primavera cambiaron mucho el aspecto del terreno.
Los hombres, que parecían haber estado escondidos en cuevas, se dispersaron por doquier
y se dedicaban a los más diversos cultivos. Los pájaros trinaban con mayor alegría, y las
hojas empezaron a despuntar en las ramas. ¡Gozosa, gozosa tierra!, digna morada de los
dioses y que aún ayer aparecía insana, húmeda y desolada. Este resurgimiento de la naturaleza
me elevó el espíritu; el pasado se me borró de la memoria, el presente era tranquilo
y el futuro me daba esperanza y promesas de alegría.


Capítulo 5

Me aproximo ahora a la parte más conmovedora de mi narración. Contaré los sucesos
que me han convertido, de lo que era, en lo que soy.
La primavera avanzaba con rapidez. El tiempo mejoró, y las nubes desaparecieron del
cielo. Me sorprendió ver cómo lo que hacía poco había sido tan sólo desierto y tristeza
nos regalara ahora las más preciosas flores y verdor. Gratificaban y refrescaban mis sentidos
miles de aromas deliciosos y escenas bellas.
Fue uno de esos días, en los que mis vecinos reposaban de su trabajo ––el anciano tocaba
su guitarra y los jóvenes lo escuchaban––, cuando observé que Félix parecía más melancólico
todavía que de costumbre y suspiraba con frecuencia. En un momento su padre
interrumpió la música, y deduje, por sus gestos, que le preguntaba a su hijo la razón de su
tristeza. Félix respondió con tono alegre, y el anciano se disponía a reemprender su música,
cuando alguien llamó a la puerta.
Era una señora a caballo, acompañada de un campesino que le servía de guía. La dama
vestía un traje oscuro, y un tupido velo negro le cubría el rostro. Agatha le hizo una pregunta,
a la cual la desconocida respondió pronunciando con dulzura tan sólo el nombre de
Félix. Su voz era melodiosa, pero diferente de la de mis amigos. Al oír su nombre, Félix
se acercó apresuradamente a la dama, que al verlo se levantó el velo, dejando ver un rostro
de belleza y expresión angelical. Su brillante pelo negro estaba curiosamente trenzado;
tenía los ojos oscuros y vivos pero amables, las facciones bien proporcionadas, la tez
hermosísima y las mejillas suavemente sonrosadas.
Félix parecía traspuesto de alegría al verla; todo rasgo de tristeza desapareció de su
rostro, que al instante expresó un júbilo del cual apenas lo creía capaz; le brillaban los
ojos y se le encendieron de placer las mejillas, y en aquel momento me pareció tan hermoso
como la extranjera. Ella a su vez experimentaba diversos sentimientos; secándose
las lágrimas de sus hermosos ojos, le tendió la mano a Félix, que la besó embelesado
mientras le llamaba, según pude entender, su dulce árabe. No parecía comprenderlo, pero
sonrió. La ayudó a desmontar, y, despidiendo al guía, la condujo al interior de la casa.
Tuvo lugar una conversación entre él y su padre. La joven extranjera se arrodilló a los
pies del anciano, y le hubiera besado la mano, si éste no se hubiera apresurado a levantarla
y abrazarla afectuosamente.
Pronto observé que aunque la joven emitía sonidos articulados, y parecía tener un idioma
propio, los demás no la comprendían, del mismo modo que ella tampoco los comprendía.
Hicieron muchos gestos que yo no entendí, pero vi que su presencia llenaba la
casa de alegría, y disipaba su tristeza del mismo modo que el sol disipa las brumas matinales.
Félix se mostraba especialmente feliz, y atendía a su árabe con radiantes sonrisas.
Agatha, la dulce Agatha, cubría de besos las manos de la extranjera, y, señalando a su
hermano, parecía querer indicarle por señas lo triste que había estado antes de su llegada.
Así transcurrieron algunas horas, en el curso de las cuales manifestaron una alegría, cuya
razón yo no alcanzaba a comprender. De pronto descubrí, por la frecuente repetición de
un sonido, que la extranjera trataba de imitar, que intentaba aprender su lengua. Al instante
se me ocurrió que yo, con el mismo fin, podía valerme de la misma enseñanza. La
extranjera aprendió unas veinte palabras en esta primera lección, la mayoría de las cuales
yo ya conocía.
Al caer la noche, Agatha y la muchacha árabe se retiraron pronto a descansar. Cuando
se separaron, Félix besó la mano de la extranjera y dijo:
––Buenas noches, dulce Safie.
El permaneció despierto largo rato, conversando con su padre. Por las numerosas veces
que repetían su nombre supuse que hablaban de la hermosa huésped. Me hubiera gustado
entenderlos, y presté gran atención, pero me resultó del todo imposible.
A la mañana siguiente Félix marchó a su trabajo; y, cuando terminaron las tareas cotidianas
de Agatha, la muchacha árabe se sentó a los pies del anciano, y, cogiendo su guitarra,
tocó unos aires de tan conmovedora belleza, que al punto me hicieron derramar lágrimas
de tristeza y admiración. Cantó, y su voz era modulada y rica en cadencias, como
la del ruiseñor.
Cuando hubo terminado, le dio la guitarra a Agatha, que en un principio se mostró reacia
a tomarla. Luego tocó una sencilla tonadilla. También cantó, con dulce voz, pero muy
distinta de la maravillosa modulación de la extranjera. El anciano estaba embelesado, y
dijo algo que Agatha intentó explicarle a Safie. Parecía quererle decir que con su música
le producía un gran placer.
Los días pasaban ahora con la misma tranquilidad que antes, con la sola diferencia de
que la alegría había sustituido a la tristeza en el rostro de mis amigos. Safie estaba siempre
alegre y contenta. Ambos progresamos en la lengua con rapidez, de modo que al cabo
de dos meses empecé a entender la mayoría de las cosas que decían mis protectores.
Entretanto, la oscura tierra se iba cubriendo de verdor, salpicado de innumerables flores
de dulce aroma y maravillosa vista, como estrellas que brillaban con delicado color a la
luz de la luna. El sol fue calentando más, y las noches se hicieron claras y suaves. Mis
paseos nocturnos me causaban enorme placer, a pesar de que se vieron acortados por las
tardías puestas de sol y el temprano amanecer. Nunca me atrevía a salir durante el día,
temeroso de recibir el mismo trato que en la primera aldea en la que estuve.
Pasaban los días prestando la máxima atención, para poder dominar el idioma con la
mayor brevedad posible. Puedo presumir de que aprendía a más velocidad que la muchacha
árabe, que entendía muy poco y hablaba con acento entrecortado, mientras que yo
comprendía todo y podía reproducir casi todas las palabras.
El libro con el cual Félix enseñaba a Safie era Las Ruinas, o Meditación sobre la Revolución
de los Imperios, de Volney. No hubiera entendido la intención del libro, de no
ser porque Félix, al leerlo, daba minuciosas explicaciones. Había elegido esta obra, dijo,
porque su estilo declamatorio imitaba el de autores orientales. A través de este libro, obtuve
una panorámica de la historia y algunas nociones acerca de los imperios que existían
en el mundo actual. Me dio una visión de las costumbres, gobiernos y religiones que tenían
las distintas naciones de la Tierra. Oí hablar de los indolentes asiáticos, de la magnífica
genialidad y actividad intelectual de los griegos, de las guerras y virtudes de los romanos,
de su degeneración posterior y de la decadencia de ese poderoso imperio; del nacimiento
de las órdenes de caballería, la cristiandad, los reyes. Supe del descubrimiento
del hemisferio americano y lloré con Safie la desdichada suerte de sus indígenas.
Estas maravillosas narraciones me llenaban de extraños sentimientos. ¿Sería en verdad
el hombre un ser tan poderoso, virtuoso, magnífico y a la vez tan lleno de bajeza y maldad?
Unas veces se mostraba como un vástago del mal; otras, como todo lo que de noble
y divino se puede concebir. El ser un gran hombre lleno de virtudes parecía el mayor honor
que pudiera recaer sobre un ser humano, mientras que el ser infame y malvado, como
tantos en la historia, la mayor denigración, una condición más rastrera que la del ciego
topo o inofensivo gusano. Durante mucho tiempo no podía comprender cómo un hombre
podía asesinar a sus semejantes, ni entendía siquiera la necesidad de leyes o gobiernos;
pero cuando supe más detalles sobre crímenes y maldades, dejé de asombrarme, y sentí
asco y disgusto.
Ahora, cada conversación de mis vecinos me descubría nuevas maravillas. Fue escuchando
las instrucciones que Félix le daba a la joven árabe como aprendí el extraño sistema
de la sociedad humana. Supe del reparto de riquezas, de inmensas fortunas y tremendas
miserias; de la existencia del rango, el linaje y la nobleza.
Las palabras me indujeron a reflexionar sobre mí mismo. Aprendí que las virtudes más
apreciadas por mis semejantes eran el rancio abolengo acompañado de riquezas. El hombre
que poseía sólo una de estas cualidades podía ser respetado; pero si carecía de ambas
se le consideraba, salvo raras excepciones, como a un vagabundo, un esclavo destinado a
malgastar sus fuerzas en provecho de los pocos elegidos. ¿Y qué era yo? Ignoraba todo
respecto de mi creación y creador, pero sabía que no poseía ni dinero ni amigos ni propiedad
alguna; y, por el contrario, estaba dotado de una figura horriblemente deformada y
repulsiva; ni siquiera mi naturaleza era como la de los otros hombres. Era más ágil, y podía
subsistir a base de una dieta más tosca; soportaba mejor el frío y el calor; mi estatura
era muy superior a la suya. Cuando miraba a mi alrededor, ni veía ni oía hablar de nadie
que se pareciese a mí. ¿Era, pues, yo verdaderamente un monstruo, una mancha sobre la
Tierra, de la que todos huían y a la que todos rechazaban?
No puedo describir la angustia que estos pensamientos me causaban. Intentaba desecharlos,
pero la tristeza me aumentaba a medida que me iba instruyendo. ¡Por qué no me
habría quedado en mi bosque, donde ni conocía ni experimentaba otras sensaciones que
las del hambre, la sed y el calor!
¡Qué extraña naturaleza la del saber! Se aferra a la mente, de la cual ha tomado posesión,
como el liquen a la roca. A veces deseaba desterrar de mí todo pensamiento, todo
afecto; pero aprendí que sólo había una manera de imponerse al dolor y ésa era la muerte,
estado que me asustaba aunque aún no lo entendía. Admiraba la virtud y los buenos sentimientos,
y me gustaban los modales dulces y amables de mis vecinos; pero no me era
permitida la convivencia con ellos, salvo sirviéndome de la astucia, permaneciendo desconocido
y oculto, lo cual, más que satisfacerme, aumentaba mi deseo de convertirme en
uno más entre mis semejantes. Las tiernas palabras de Agatha y las sonrisas animadas de
la gentil árabe no me estaban destinadas. Los apacibles consejos del anciano y la alegre
conversación del buen Félix tampoco me estaban destinados. Desgraciado e infeliz engendro.
Otras lecciones se me grabaron con mayor profundidad aún. Supe de la diferencia de
sexos, del nacer y crecer de los hijos; cómo disfruta el padre con las sonrisas de su pequeño,
y las alegres correrías de los hijos más mayores; cómo todos los cuidados y razón
de ser de la madre se concentran en esa preciada carga; cómo la mente del joven se va desarrollando
y enriqueciendo; supe de hermanos, de hermanas, y los vínculos que unen a.
los humanos entre sí con lazos mutuos.
Pero ¿dónde estaban mis amigos y parientes? Ningún padre había vigilado mi niñez,
ninguna madre me había prodigado sus cariños y sonrisas, y, en caso de que hubiera ocurrido,
mi vida pasada se había convertido para mí en un borrón, un vacío en el que no
distinguía nada. Me recordaba desde siempre con la misma estatura y proporción. No había
visto aún ningún ser que se me pareciera o que me exigiera tener con él alguna relación.
¿Qué era entonces? La pregunta surgía una y otra vez sin que pudiera responder a
ella más que con lamentaciones.
Pronto explicaré hacia dónde me llevaron estos pensamientos. Pero por el momento
continuaré con mis vecinos, cuya historia me produjo sentimientos encontrados de indignación,
alegría y asombro, pero que terminaron todos en un mayor respeto y amor hacia
mis protectores (pues así me gustaba llamarles con un inocente y casi doloroso deseo de
engañarme).


Capítulo 6

Pasó algún tiempo hasta que conocí la historia de mis amigos. Era de tal naturaleza, que
no podía por menos de grabárseme profundamente en la memoria, al revelar una serie de
circunstancias muy interesantes y maravillosas para un ser ingenuo como yo era entonces.
El anciano se llamaba De Lacey. Descendía de una buena familia de Francia, país en el
que había vivido muchos años, rico, respetado por sus superiores y estimado por sus
iguales. Educó a su hijo para servir a la patria, y Agatha trataba con las damas de la más
alta alcurnia. Unos meses antes de mi llegada vivían en una gran ciudad llamada París,
rodeados de amigos y disfrutando de todo lo que la virtud, la cultura, el gusto y una considerable
riqueza pueden proporcionar.
El padre de Safie había sido el causante de su desgracia. Era un mercader turco, y llevaba
viviendo muchos años en París, cuando, por alguna razón que no logré saber, cayó
en desgracia ante el gobierno. Fue aprehendido y encarcelado el mismo día en que Safie
llegaba de Constantinopla para reunirse con él. Se le juzgó y condenó a muerte. La injusticia
de esta sentencia era flagrante. Todo París estaba indignado, pues consideraba que
sus riquezas y su religión, más que el crimen que se le imputaba, habían sido la causa de
su condena.
Félix había estado presente en el juicio, y su ira al escuchar la sentencia fue incontenible.
Hizo al instante una promesa solemne de liberarlo, e inició de inmediato la búsqueda
del medio que le permitiera llevar a cabo su juramento. Tras muchos infructuosos intentos
de penetrar en la prisión, encontró en un ala poco vigilada del edificio una ventana enrejada,
que iluminaba la mazmorra del infortunado mahometano, que, doblegado bajo el
peso de las cadenas, aguardaba lleno de desesperación el cumplimiento de la bárbara
sentencia. Por la noche, a través de la ventana, Félix comunicó al prisionero sus intenciones
de ayudarlo. Sorprendido y encantado, el turco intentó espolear el entusiasmo de su
liberador con promesas de grandes riquezas. Félix rechazó la oferta con desprecio, mas
cuando vio a la bella Safie, a quien permitieron visitar a su padre y que por señas le mostraba
su agradecimiento, no pudo por menos de pensar que el cautivo poseía un tesoro
que compensaría con creces todo esfuerzo y peligro.
El turco pronto advirtió la impresión que Safie había producido en el muchacho, y quiso
asegurarse más su celo prometiéndosela en matrimonio en cuanto fuera conducido a
un lugar seguro. Félix era demasiado cortés como para aceptar la oferta, pero sabía que
aquella probabilidad constituía su máxima esperanza.
Durante los días siguientes, mientras se preparaba la huida del mercader, el entusiasmo
de Félix se vio incrementado por varias cartas que recibió de la hermosa joven, que encontró
el medio de expresarse en el idioma de su amado gracias a la ayuda de un viejo
criado de su padre, que sabía francés. En ellas le agradecía efusivamente la ayuda que
intentaba prestarles, a la par que lamentaba discretamente su propia suerte.
Tengo copias de estas cartas, pues mientras viví en el cobertizo pude hacerme con útiles
de escribir; y Félix o Agatha a menudo tuvieron las cartas en sus manos. Antes de partir
te las enseñaré; probarán la veracidad de mi relato. De momento, sólo podré resumírtelas,
ya que el sol comienza a declinar.
Safie contó que su madre era una árabe convertida, a la cual habían capturado y esclavizado
los turcos; destacando por su hermosura, había conquistado el corazón del padre
de Safie, que la tomó por esposa. La muchacha hablaba en términos muy elogiosos de su
madre, que, nacida en libertad, despreciaba la sumisión a la que se veía reducida. Instruyó
a su hija en las normas de su propia religión, y la exhortó a aspirar a un nivel intelectual y
una independencia de espíritu prohibidos para las mujeres mahometanas. Esta mujer murió,
pero sus enseñanzas estaban muy afianzadas en la mente de Safie, que enfermaba
ante la idea de volver a Asia y encerrarse en un harén, con autorización solamente para
entregarse a diversiones infantiles, poco acordes con la disposición de su espíritu, acostumbrado
ahora a una mayor amplitud de pensamientos y a la práctica de la virtud. La
idea de desposar a un cristiano y vivir en un país donde las mujeres podían ocupar un lugar
en la sociedad la llenaba de alegría.
Se fijó el día para la ejecución del turco, pero, la noche antes, se escapó de la prisión, y
por la mañana se hallaba a muchas leguas de París. Félix se había procurado salvoconductos
a nombre suyo, de su padre y hermana. Anteriormente le había comunicado su
plan a su padre, que colaboró en la fuga abandonando su casa, bajo excusa de un viaje,
pero ocultándose con su hija en una apartada zona de París.
Félix condujo a los fugitivos a través de Francia hasta Lyon, y luego por el Monte Cenis
hasta Livorno, donde el mercader había decidido aguardar una oportunidad favorable
para pasar a alguna parte del territorio turco.
Safie decidió quedarse con su padre hasta el momento de la partida, y éste renovó su
promesa de otorgar la mano de su hija a su salvador. Félix permaneció con ellos a la espera
del acontecimiento. Mientras tanto, disfrutaba de la compañía de la joven árabe, que
le mostraba el más sincero y dulce afecto. Conversaban por medio de un intérprete, aunque
a veces les bastaba el intercambio de miradas, o Safie le cantaba las maravillosas
melodías de su país.
El turco permitía que esta intimidad creciera y alentaba las esperanzas de los jóvenes
enamorados. Mas había concebido para su hija otros planes. Odiaba la idea de verla unida
a un cristiano, pero temía la reacción de Félix, caso de demostrar sus verdaderos sent imientos,
pues sabía que todavía estaba en manos de su liberador y que éste aún podía entregarlo
a las autoridades italianas. Maquinó mil planes que le permitieran prolongar el
engaño mientras fuera preciso, y en secreto llevarse a su hija con él cuando se fuera. Estos
proyectos se vieron muy pronto favorecidos por las noticias que llegaron de París.
La huida del turco había provocado gran indignación en el gobierno francés, que estaba
dispuesto a no ahorrar esfuerzos para detectar y aprisionar al liberador. Pronto se descubrió
el plan de Félix, y De Lacey y Agatha fueron encarcelados. La noticia despertó a Félix
de su idílico sueño. Su anciano padre ciego y su dulce hermana estaban prisioneros en
una repugnante celda mientras él disfrutaba de la libertad y la compañía de la mujer a
quien amaba. Esta idea lo atormentaba. Acordó con el turco que si, antes de que Félix
pudiera regresar a Italia, encontraba la oportunidad de partir, Safie lo esperaría en un
convento de Livorno. Despidiéndose de la bella árabe, se dirigió a París con la mayor rapidez
y se entregó a las autoridades esperando conseguir así la libertad de De Lacey y
Agatha.
No fue así. Hubieron de permanecer cinco meses en la cárcel antes de que tuviera lugar
el juicio que les arrebataría toda su fortuna y les condenaría al destierro.
Hallaron un triste refugio en Alemania, en la casa donde yo los encontré. Félix pronto
se enteró de que el innoble turco, a causa del cual él y su familia habían sufrido tan tremenda
desgracia, había traicionado los buenos sentimientos y el honor al descubrir la miseria
en la que se hallaba sumido su liberador y, con su hija, había abandonado Italia. A
Félix, insultantemente, le envió una ridícula cantidad de dinero para ayudarlo, según dijo,
a conseguir algún medio de subsistencia.
Estos eran los tristes sucesos que azotaban el corazón de Félix cuando lo conocí y que
hacían de él el más desdichado de su familia. Hubiera podido sobrellevar la pobreza, e
incluso vanagloriarse de ella, de ver que esta desgracia fortalecía su espíritu; pero la ingratitud
del turco y la pérdida de su amada Safie eran golpes más duros e irreparables.
Ahora, la llegada de la joven árabe le infundía nuevo valor.
Cuando se supo en Livorno que a Félix se le había desposeído de sus bienes y su rango,
el turco ordenó a su hija que se olvidara de su pretendiente y que se dispusiera a volver
con él a su país. La naturaleza bondadosa de Safie se rebeló contra esta orden, e intentó
razonar con su padre, el cual, negándose a escucharla, reiteró su tiránica orden.
Pocos días más tarde, el turco entró en la habitación de su hija y, atropelladamente, le
comunicó que tenía razones para creer que su presencia en Livorno había sido descubierta
y que estaba a punto de ser entregado a las autoridades francesas. En consecuencia
había fletado un navío que, rumbo a Constantinopla, zarparía en pocas horas. Pensaba
dejar a su hija al cuidado de un criado fiel, para que, con más tranquilidad, le siguiera con
el resto de los bienes que aún no habían llegado a Livorno.
Cuando Safie se vio sola, reflexionó sobre el plan de acción que mejor convenía seguir
en esta situación de emergencia. Odiaba la idea de vivir en Turquía; sus sentimientos y
religión se oponían a ello. Por algunos documentos de su padre que cayeron en sus manos,
supo del exilio de su prometido y el nombre del lugar donde residía. Durante algún
tiempo estuvo indecisa, pero finalmente tomó una determinación. Cogiendo algunas joyas
que le pertenecían y una pequeña suma de dinero, abandonó Italia, acompañada de una
sirvienta, natural de Livorno, que sabía turco, y se dirigió a Alemania.
Llegó sin dificultad a una ciudad que distaba unas veinte leguas de la casa de los De
Lacey, donde la criada cayó gravemente enferma. Pese a los cuidados de Safie, la joven
murió, y la hermosa árabe se encontró sola en un país cuya lengua y costumbres desconocía.
Por fortuna había caído en buenas manos. La italiana había mencionado el nombre
del lugar hacia el cual se dirigían, y, tras su muerte, la dueña de la casa en la que se habían
alojado se cuidó de que Safie llegara con bien a casa de su prometido.


Capítulo 7

Esta era la historia de mis queridos vecinos. Me impresionó profundamente, y, de los
aspectos de la vida social que encerraba, aprendí a admirar sus virtudes y condenar los
vicios de la humanidad.
Todavía consideraba el crimen como algo muy ajeno a mí; admiraba y tenía siempre
presentes la bondad y la generosidad que infundían en mí el deseo de participar activamente
en un mundo donde encontraban expresión tantas cualidades admirables. Pero al
narrar la progresión de mi mente, no debo omitir una circunstancia que tuvo lugar ese
mismo año, a principios del mes de agosto.
Durante una de mis acostumbradas salidas nocturnas al bosque, donde me procuraba
alimentos para mí y leña para mis protectores, encontré una bolsa de cuero llena de ropa
y libros. Cogí ansiosamente este premio y volví con él a mi cobertizo. Por fortuna los libros
estaban escritos en la lengua que había adquirido de mis vecinos. Eran El paraíso
perdido, un volumen de Las vidas paralelas de Plutarco y Las desventuras del joven
Werther de Goethe.
La posesión de estos tesoros me proporcionó un inmenso placer. Con ellos estudiaba y
me ejercitaba la mente, mientras mis amigos realizaban sus quehaceres cotidianos.
Apenas si podría describirte la impresión que me produjeron estas obras. Despertaron
en mí un cúmulo de nuevas imágenes y sentimientos, que a veces me extasiaban, pero
que con mayor frecuencia me sumían en una absoluta depresión. En el Werther, aparte de
lo interesante que me resultaba la sencilla historia, encontré manifestadas tantas opiniones
y esclarecidos tantos puntos hasta ese momento oscuros para mí, que se convirtió en
una fuente inagotable de asombro y reflexión. Las tranquilas costumbres domésticas que
describe, unidas a los nobles y generosos pensamientos expresados, estaban en perfecto
acuerdo con la experiencia que yo tenía entre mis protectores y con las necesidades que
tan agudamente sentía nacer en mí. Werther me parecía el ser más maravilloso de todos
cuantos había visto o imaginado. Su personalidad era sencilla, pero dejaba una profunda
huella. Las meditaciones sobre la muerte y el suicidio parecían calculadas para llenarme
de asombro. Sin pretensiones de juzgar el caso, me inclinaba por las opiniones del héroe,
cuyo suicidio lloré, aunque no comprendía bien.
En el curso de mi lectura iba efectuando numerosas comparaciones con mis propios
sentimientos y mi triste situación. Encontraba muchos puntos en común, y, a la vez, curiosamente
distintos, entre mí mismo y los personajes acerca de los cuales leía y de cuyas
conversaciones era observador. Los compartía y en parte comprendía, pero aún tenía la
mente demasiado poco formada. Ni dependía de nadie ni estaba vinculado a nadie. «La
senda de mi partida estaba abierta», y nadie me lloraría. Mi aspecto era nauseabundo y mi
estatura gigantesca. ¿Qué significaba esto? ¿Quién era yo? ¿Qué era? ¿De dónde venía?
¿Cuál era mi destino? Constantemente me hacía estas preguntas a las que no hallaba respuesta.
El volumen de Las vidas paralelas de Plutarco narraba la vida de los primeros fundadores
de las antiguas repúblicas, Grecia y Roma, y me produjo un efecto muy distinto del de
Werther. De éste aprendí lo que era el abatimiento y la tristeza; pero Plutarco me enseñó
a elevar el pensamiento, a sacarlo de la reducida esfera de mis reflexiones personales, a
admirar y a querer a los héroes de la antigüedad. Mucho de lo que leía rebasaba mi experiencia
y mi comprensión. Tenía un conocimiento muy confuso acerca de lo que eran los
imperios, los grandes territorios, los ríos majestuosos y la inmensidad del mar. Pero respecto
a ciudades y grandes agrupaciones humanas, lo ignoraba absolutamente todo. La
casa de mis protectores había sido la única escuela donde pude estudiar la naturaleza humana;
pero este libro me abrió horizontes desconocidos y mayores campos de acción. Por
él supe de hombres dedicados a gobernar o a aniquilar a sus semejantes. Sentí que se reafirmaba
en mí una tremenda admiración por la virtud y un inmenso odio por el crimen, en
la medida en que entendía el alcance de esos términos, que en aquel entonces se refería
tan sólo al placer y al dolor. Influido por estos sentimientos, fui, pues, aprendiendo a admirar
a los estadistas pacíficos, Numa, Solón y Licurgo más que a Rómulo y Teseo. La
vida patriarcal de mis protectores colaboraba a que estos sentimientos arraigaran en mí.
Quizá de haber venido mi presentación a la humanidad de la mano de un joven soldado
ávido de batallas y gloria, mi manera de ser fuera ahora otra.
Pero El paraíso perdido despertó en mí emociones distintas y mucho más profundas.
Lo leí, al igual que los libros anteriores que había encontrado, como si fuera una historia
real. Conmovió en mí todos los sentimientos de asombro y respeto que la figura de un
Dios omnipotente guerreando con criaturas es capaz de suscitar. Me impresionaba la
coincidencia de las distintas situaciones con la mía, y a menudo me identificaba con ellas.
Como a Adán, me habían creado sin ninguna aparente relación con otro ser humano, aunque
en todo lo demás su situación era muy distinta a la mía. Dios lo había hecho una
criatura perfecta, feliz y confiada, protegida por el cariño especial de su creador; podía
conversar con seres de esencia superior a la suya y de ellos adquirir mayor saber. Pero yo
me encontraba desdichado, solo y desamparado. Con frecuencia pensaba en Satanás como
el ser que mejor se adecuaba a mi situación, pues como en él, la dicha de mis protectores
a menudo despertaba en mí amargos sentimientos de envidia.
Otro hecho reforzó y afianzó estos sentimientos. Poco después de llegar al cobertizo,
encontré algunos papeles en el bolsillo del gabán que había cogido de tu laboratorio. En
un principio los había ignorado; pero ahora que ya podía descifrar los caracteres en los
cuales se hallaban escritos, empecé a leerlos con presteza. Era tu diario de los cuatro meses
que precedieron a mi creación. En él describías con minuciosidad todos los pasos que
dabas en el desarrollo de tu trabajo, e insertabas incidentes de tu vida cotidiana. Sin duda
recuerdas estos papeles. Aquí los tienes. En ellos se encuentra todo lo referente a mi nefasta
creación, y revelan con precisión toda la serie de repugnantes circunstancias que la
hicieron posible. Dan una detallada descripción de mi odiosa y repulsiva persona, en términos
que reflejan tu propio horror y que convirtieron el mío en algo inolvidable. Enfermaba
a medida que iba leyendo. «¡Odioso día en el que recibí la vida! ––exclamé desesperado––.
¡Maldito creador! ¿Por qué creaste a un monstruo tan horripilante, del cual incluso
tú te apartaste asqueado? Dios, en su misericordia, creó al hombre hermoso y fascinante,
a su imagen y semejanza. Pero mi aspecto es una abominable imitación del tuyo,
más desagradable todavía gracias a esta semejanza. Satanás tenía al menos compañeros,
otros demonios que lo admiraban y animaban. Pero yo estoy solo y todos me desprecian.
Estas eran las reflexiones que me hacía durante las horas de soledad y desesperación.
Pero cuando veía las virtudes de mis vecinos, su carácter amable y bondadoso, me decía a
mí mismo que cuando supieran la admiración que sentía por ellos se apiadarían de mí y
disculparían mi deformidad. ¿Podían cerrarle la puerta a alguien, por monstruoso que fuera,
que pedía su amistad y compasión? Decidí al menos no desesperar, sino prepararme
para un encuentro con ellos, del cual dependería mi destino. Retrasé aún unos meses esta
tentativa, pues la importancia que para mí tenía el que resultara un éxito me llenaba de
temor ante el posible fracaso.
Además, mis conocimientos se ampliaban tanto con la experiencia diaria, que prefería
esperar a que unos meses me proporcionaran mayor sabiduría.
Mientras tanto, varios cambios tuvieron lugar en la casa. La presencia de Safie llenaba
de felicidad a sus habitantes; y también comprobé que gozaban de una mayor abundancia.
Félix y Agatha pasaban más tiempo conversando, y tenían criadas que les ayudaban en
sus quehaceres. No parecían ricos, pero se les veía satisfechos y felices. Estaban tranquilos
y serenos, mientras que yo cada día me encontraba más inquieto. Cuanto más aprendía
más cuenta me daba de mi lamentable inadaptación. Cierto es que abrigaba una esperanza,
pero ésta desaparecía cuando veía mi figura reflejada en el agua o mi sombra a la
luz de la luna, desaparecía con la misma rapidez que se desvanecen esa temblorosa imagen
y esa juguetona sombra.
Me esforzaba por alejar de mí estos temores, e intentaba fortalecerme para la prueba a
la que me había emplazado para unos meses después. A veces permitía que mis pensamientos
descontrolados vagaran por los jardines del paraíso, y llegaba a imaginar que
amables y hermosas criaturas comprendían mis sentimientos y consolaban mi tristeza,
mientras sus rostros angelicales sonreían alentadoramente. Pero todo era un sueño. Ninguna
Eva calmaba mis pesares ni compartía mis pensamientos ––¡estaba solo!––. Recordaba
la súplica de Adán a su creador. Pero ¿dónde estaba el mío? Me había abandonado
y, lleno de amargura, lo maldecía.
Así transcurrió el otoño. Vi, con pesar y sorpresa, cómo las hojas amarillearon y cayeron,
y cómo la naturaleza volvía a tomar el aspecto triste y desolado que tenía cuando por
primera vez vi los bosques y la hermosa luna. Mas no me incomodaban los rigores del
tiempo; por mi constitución me adaptaba mejor al frío que al calor. Pero me entristecía
perder las flores, los pájaros y todo el engalanamiento que trae consigo el verano, y que
había supuesto para mí un gran motivo de placer. Cuando me vi privado de esto, me dediqué
con mayor atención a mis vecinos. El fin del verano no hizo disminuir su felicidad.
Se querían, se comprendían, y sus alegrías, que provenían sólo de sí mismos, no se veían
afectadas por las circunstancias fortuitas que tenían lugar a su alrededor. Cuanto más los
veía, mayores deseos tenía de ganarme su simpatía y protección, de que estas amables
criaturas me conocieran y quisiesen; que sus dulces miradas se detuvieran en mí con
afecto se había convertido en mi aspiración máxima. No me atrevía a pensar que apartaran
de mí su mirada con desdén y repulsión. Nunca despedían a los mendigos que llegaban
hasta su puerta. Sé que pedía tesoros más valiosos que un simple lugar para reposar o
un poco de comida; solicitaba cariño y amabilidad, pero no me creía del todo indigno de
ello.
Avanzaba el invierno; todo un ciclo de estaciones había transcurrido desde que había
despertado a la vida. Por entonces, todo mi interés se centraba en idear un plan que me
permitiera entrar en la casa de mis protectores. Di vueltas a muchos proyectos; pero aquel
por el que finalmente me decidí consistía en entrar en su morada cuando el anciano ciego
estuviera solo. Tenía la suficiente astucia como para saber que la fealdad anormal de mi
persona era lo que principalmente desencadenaba el horror en aquellos que me contemplaban.
Mi voz, aunque ruda, no tenía nada de terrible. Por tanto pensé que, si en ausencia
de sus hijos conseguía despertar la benevolencia y atención del anciano De Lacey, lograría
con su intervención que mis jóvenes protectores me aceptaran.
Cierto día, en que el sol iluminaba las hojas rojizas que alfombraban el suelo y contagiaba
alegría, si bien no calor, Safie, Agatha y Félix salieron a dar un largo paseo por el
campo mientras que el anciano prefirió quedarse en la casa. Cuando los jóvenes se hubieron
marchado, cogió la guitarra y tocó algunas melancólicas pero dulces tonadillas, más
dulces y melancólicas de lo que jamás hasta entonces le había oído tocar. Al principio su
rostro se iluminó de placer, pero a medida que proseguía tañendo fue adquiriendo un aspecto
apesadumbrado y absorto; finalmente, dejando el instrumento a un lado, se sumió
en la reflexión.
Mi corazón latía con violencia. Había llegado el momento de mi prueba, el momento
que afianzaría mis esperanzas o confirmaría mis temores. Los criados habían ido a una
feria vecina. La casa y sus alrededores se hallaban en silencio; era la ocasión perfecta,
mas, cuando quise ponerme en pie, me fallaron las piernas y caí al suelo. De nuevo me
levanté y, haciendo acopio de todo mi valor, retiré las maderas que había colocado delante
del cobertizo para ocultar mi escondite. El aire fresco me animó, y con renovado
valor me acerqué a la puerta de la casa y llamé con los nudillos.
––¿Quién es: ––preguntó el anciano, añadiendo en seguida––: ¡Adelante!
Entré.
––Perdóneme usted ––dije––, soy un viajero en busca de un poco de reposo. Me haría
un gran favor si me permitiera disfrutar del fuego unos minutos.
––Pase, pase ––dijo De Lacey––, y veré a ver cómo puedo atender a sus necesidades.
Desgraciadamente, mis hijos no están en casa y, como soy ciego, temo que me será difícil
procurarle algo de comer.
––No se preocupe, buen hombre; tengo comida ––dije––, no necesito más que calor y
un poco de descanso.
Me senté y se hizo un silencio. Sabía que cada minuto era precioso para mí, pero estaba
indeciso acerca de cómo debía empezar la entrevista. De pronto el anciano se dirigió a
mí:
––Por su acento extranjero deduzco que somos compatriotas. ¿Es usted francés?
––No, no lo soy, pero me educó una familia francesa, y no entiendo otra lengua. Ahora
voy a solicitar la protección de unos amigos, a quienes amo tiernamente y en cuya ayuda
confío.
––¿Son alemanes:
––No, son franceses. Pero cambiemos de conversación. Soy una criatura desamparada y
sola; miro a mi alrededor y no encuentro bajo la capa del cielo amigo o pariente alguno.
Estas bondadosas gentes hacia quienes me dirijo saben poco de mí y ni siquiera me conocen.
Estoy lleno de temores, pues, si me fallan, me convertiré en un desgraciado para el
resto de mi vida.
––No desespere. Cierto que es una desgracia el hallarse sin amigos, pero el corazón de
los hombres, cuando el egoísmo no los ciega, está repleto de amor y caridad. Confíe y
tenga esperanza, y si sus amigos son bondadosos y caritativos, no tiene nada que temer.
––Son muy amables; no puede haber personas mejores en el mundo, pero por desgracia
recelan de mí aunque mis intenciones son buenas. Nunca he hecho daño a nadie, por el
contrario, siempre he tratado de aportar mi ayuda. Pero un prejuicio fatal los obnubila, y
en lugar de ver en mí a un amigo lleno de sensibilidad me consideran un monstruo detestable.
––Eso es lamentable. Pero, si está usted exento de culpa, ¿no les podría convencer?
––Estoy a punto de iniciar esa tarea, y es justamente por ello por lo que siento tantos
temores. Tengo un gran cariño por estos amigos. Durante muchos meses, y sin que ellos
lo sepan, les he venido prestando cotidianamente algunos pequeños servicios, no obstante
piensan que quiero perjudicarlos. Es precisamente ese prejuicio el que quiero vencer.
––¿Dónde viven sus amigos?
––Cerca de este lugar.
El anciano hizo una pausa y continuó:
––Si usted quisiera confiarse a mí, quizá yo pudiera ayudarlo a vencer el recelo de sus
amigos. Soy ciego y no puedo opinar acerca de su aspecto, pero hay algo en sus palabras
que me inspira confianza. Soy pobre y estoy en el exilio, pero me será muy grato poder
servir de ayuda a otro ser humano.
––¡Es usted muy bueno! Agradezco y acepto su generosidad. Con su bondad me infunde
nuevos ánimos. Confío en que, con su ayuda, no me veré privado de la compañía y
afecto de sus congéneres.
––¡No lo quiera Dios! Ni aunque fuera usted de verdad un malvado, pues eso sólo lo
llevaría a la desesperación y no le instigaría a la virtud. Sepa que yo también soy desgraciado.
Aunque inocentes, yo y mi familia hemos sido injustamente condenados; y, por
tanto, puedo comprender muy bien cómo se siente.
––¿Cómo puedo agradecerle estas palabras? Es usted mi único y mejor bienhechor; de
sus labios oigo las primeras frases amables dirigidas a mí, y jamás podré olvidarlo. Su
humanidad me asegura que tendré éxito entre aquellos amigos a quienes estoy a punto de
conocer.
––¿Cómo se llaman sus amigos; ¿Dónde viven?
Guardé silencio. Pensé que éste era el momento decisivo, el momento en que mi felicidad
se confirmaría o se vería destruida para siempre. En vano luché por encontrar el suficiente
valor para responderle, pero el esfuerzo acabó con las pocas energías que me quedaban,
y sentándome en la silla comencé a sollozar. En aquel momento oí los pasos de
mis jóvenes protectores. No tenía un segundo que perder y cogiendo la mano del anciano
grité:
––¡Ha llegado el momento! ¡Sálveme! ¡Sálveme y protéjame! Usted y su familia son
los amigos que busco. No me abandonen en el momento decisivo.
––¡Dios mío! ––exclamó el anciano––, ¿quién es usted?
En aquel instante se abrió la puerta de la casa, y entraron Félix, Safte y Agatha. ¿Quién
podría describir su horror y desesperación al verme? Agatha perdió el conocimiento, y
Safte, demasiado impresionada para poder auxiliar a su amiga, salió de la casa corriendo.
Félix se abalanzó sobre mí, y con una fuerza sobrenatural me arrancó del lado de su padre,
cuyas rodillas yo abrazaba. Loco de ira, me arrojó al suelo y me azotó violentamente
con un palo. Podía haberlo destrozado miembro a miembro con la misma facilidad que el
león despedaza al antílope. Pero el corazón se me encogió con una terrible amargura y me
contuve. Vi cómo Félix se disponía a golpearme de nuevo, cuando, vencido por el dolor y
la angustia, abandoné la casa y, al amparo de la confusión general, entré en el cobertizo
sin que me vieran.


Capítulo 8

¡Maldito, maldito creador! ¿Por qué tuve que vivir? ¿Por qué no apagué en ese instante
la llama de vida que tú tan inconscientemente habías encendido? No lo sé; aún no se había
apoderado de mí la desesperación; experimentaba sólo sentimientos de ira y venganza.
Con gusto hubiera destruido la casa y sus habitantes, y sus alaridos y su desgracia me
hubieran saciado.
Cuando cayó la noche, salí de mi refugio y vagué por el bosque; y ahora, que ya no me
frenaba el miedo a que me descubrieran, di rienda suelta a mi dolor, prorrumpiendo en
espantosos aullidos. Era como un animal salvaje que hubiera roto sus ataduras; destrozaba
lo que se cruzaba en mi camino, adentrándome en el bosque con la ligereza de un ciervo.
¡Qué noche más espantosa pasé! Las frías estrellas parecían brillar burlonamente, y
los árboles desnudos agitaban sus ramas; de cuando en cuando el dulce trino de algún
pájaro rompía la total quietud. Todo, menos yo, descansaba o gozaba. Yo, como el archidemonio,
llevaba un infierno en mis entrañas; y, no encontrando a nadie que me comprendiera,
quería arrancar los árboles, sembrar el caos y la destrucción a mi alrededor, y
sentarme después a disfrutar de los destrozos.
Pero era una sensación que no podía durar; pronto el exceso de este esfuerzo corporal
me fatigó, y me senté en la hierba húmeda, sumido en la impotencia de la desesperación.
No había uno de entre los millones de hombres en la Tierra que se compadeciera de mí y
me auxiliara. ¿Debía yo entonces sentir bondad hacia mis enemigos? ¡No! Desde aquel
momento declararía una guerra sin fin contra la especie, y en particular contra aquel que
me había creado y obligado a sufrir esta insoportable desdicha.
Salió el sol. Al oír voces, supe que me sería imposible volver a mi refugio durante el
día. De modo que me escondí entre la maleza, con la intención de dedicar las próximas
horas a reflexionar sobre mi situación.
El cálido sol y el aire puro me devolvieron en parte la tranquilidad; y cuando repasé lo
sucedido en la casa, no pude por menos de llegar a la conclusión de que me había precipitado.
Obviamente había actuado con imprudencia. Estaba claro que mi conversación
había despertado en el padre un interés por mí, y yo era un necio por haberme expuesto al
horror que produciría en sus hijos.
Debí haber esperado hasta que el anciano De Lacey estuviera familiarizado conmigo, y
haberme presentado a su familia poco a poco, cuando estuvieran preparados para mi presencia.
Pero creí que mi error no era irreparable y, tras mucho meditar, decidí volver a la
casa, buscar al anciano y ganarme su apoyo exponiéndole sinceramente mi situación.
Estos pensamientos me calmaron, y por la tarde caí en un profundo sueño; pero la fiebre
que me recorría la sangre me impidió dormir tranquilo. Constantemente me venía a
los ojos la escena del día anterior; en mis sueños veía cómo las mujeres huían enloquecidas,
y Félix, ciego de ira, me arrancaba del lado de su padre. Desperté exhausto; y, al ver
que ya era de noche, salí de mi escondite en busca de algo que comer.
Cuando hube satisfecho mi hambre, me encaminé hacia el sendero que tan bien conocía
y que llevaba hasta la casa. Allí reinaba la paz. Penetré con sigilo en el cobertizo, Y
aguardé en silenciosa expectación la hora en que la familia solía levantarse. Pero pasó esa
hora; el sol estaba ya alto en el cielo, y mis vecinos no se dejaban ver. Me puse a temblar
con violencia, temiéndome alguna desgracia. El interior de la vivienda estaba oscuro y no
se oía ningún ruido. No puedo describir la agonía de esta espera.
De pronto se acercaron dos campesinos que, deteniéndose cerca de la casa, comenzaron
a discutir, gesticulando violentamente. No entendía lo que decían, pues hablaban el idioma
del país, que era distinto del de mis protectores. Poco después llegó Félix con otro
hombre, lo cual me sorprendió, pues sabía que no había salido de la casa aquella mañana.
Aguardé con impaciencia a descubrir, por sus palabras, el significado de estas insólitas
imágenes.
––;Ha pensado usted ––decía el acompañante–– que tendrá que pagar tres meses de alquiler,
y que perderá la cosecha de su huerto: No quiero aprovecharme injustamente y le
ruego, por tanto, que recapacite sobre su decisión algunos días más.
––Es inútil ––contestó Félix––, no podemos seguir viviendo en su casa. La vida de mi
padre corre grave peligro, debido a lo que le acabo de contar. Mi mujer y mi hermana
tardarán en recobrarse del susto. No insista, se lo suplico. Recupere su casa y déjeme huir
de este lugar.
Félix temblaba mientras decía estas palabras. Entró en la casa con su acompañante,
donde permanecieron algunos minutos, y luego salieron. No volví a ver a ningún miembro
de la familia De Lacey.
Permanecí en el cobertizo el resto del día, en un estado de completa desesperación. Mis
protectores se habían ido, y con ellos el único lazo que me ataba al mundo. Por primera
vez noté que sentimientos de venganza y odio se apoderaban de mí y que no intentaba reprimirlos;
dejándome arrastrar por la corriente, permití que pensamientos de muerte y
destrucción me invadieran. Cuando pensaba en mis amigos, en la mansa voz de De Lacey,
la mirada tierna de Agatha y la belleza exquisita de la joven árabe, desaparecían estos
pensamientos, y hallaba en el llanto que me producían un cierto alivio; pero cuando
de nuevo pensaba en que me habían abandonado y rechazado, me volvía la ira, una ira
ciega y brutal. Incapaz de dañar a los humanos, volví mi cólera contra las cosas inanimadas.
Avanzada la noche, coloqué alrededor de la casa diversos objetos combustibles; y,
tras destruir todo rastro de cultivo en la huerta, esperé con forzada impaciencia la desaparición
de la luna para empezar mi tarea.
Así que avanzaba la noche, se levantó un fuerte viento desde el bosque, y pronto se dispersaron
las nubes que cubrían el cielo. La ventolera fue aumentando hasta que pareció
una imponente avalancha, y produjo en mí una especie de demencia que arrasó los límites
de la razón. Prendí fuego a una rama seca, y comencé una alocada danza alrededor de la
casa, antes tan querida, los ojos fijos en el oeste, donde la luna comenzaba a rozar el horizonte.
Parte de la esfera finalmente se ocultó y blandí mi rama; desapareció por completo,
y, con un aullido, encendí la paja, los matorrales y arbustos que había colocado. El viento
avivó el fuego, y pronto la casa estuvo envuelta en llamas que la lamían ávidamente con
sus destructoras y puntiagudas lenguas de fuego.
En cuanto me hube convencido de que no había forma de que se salvara parte alguna de
la vivienda, abandoné el lugar, y me adentré en el bosque para buscar cobijo.
Ahora que el mundo se abría ante mí, ¿a dónde debía dirigir mis pasos? Decidí huir lejos
del lugar de mis infortunios; pero para mí, ser odiado y despreciado, todos los países
serían igualmente hostiles. Finalmente, pensé en ti. Sabía por tu diario que eras mi padre,
mi creador, y ¿a quién podía dirigirme mejor que a aquel que me había dado la vida? Entre
las enseñanzas que Félix le había dado a Safie se incluía también la geografía. De ella
había aprendido la situación de los distintos países de la Tierra. Tú mencionabas Ginebra
como tu ciudad natal y, por tanto, allí decidí encaminarme.
Mas ¿cómo había de orientarme? Sabía que debía viajar en dirección suroeste para llegar
a mi destino, pero el sol era mi único guía. Desconocía el nombre de las ciudades por
las cuales tenía que pasar, y no podía preguntarle a nadie; pero, no obstante, no desesperé.
Sólo de ti podía ya esperar auxilio, aunque no sentía por ti otro sentimiento que el
odio. ¡Creador insensible y falto de corazón! Me habías dotado de sentimientos y pasiones
para luego lanzarme al mundo, víctima del desprecio y repugnancia de la humanidad.
Pero sólo de ti podía exigir piedad y reparación, y de ti estaba dispuesto a conseguir esa
justicia que en vano había intentado buscarme entre los demás seres humanos.
Mi viaje fue largo, y muchos los sufrimientos que padecí. Era a finales de otoño cuando
abandoné la región en la cual había vivido tanto tiempo. Viajaba sólo de noche, temeroso
de encontrarme con algún ser humano. La naturaleza se marchitaba a mi alrededor y el
sol ya no calentaba; tuve que soportar lluvias torrenciales y copiosas nevadas; vi caudalosos
ríos que se habían helado. La superficie de la Tierra se había endurecido, y estaba gélida
y desnuda. No encontraba dónde resguardarme. ¡Ay!, ¡cuántas veces maldije la causa
de mi existencia! Desapareció la apacibilidad de mi carácter, y todo mi ser rezumaba
amargura y hiel. Cuanto más me aproximaba al lugar donde vivías, más profundamente
sentía que el deseo de venganza se apoderaba de mi corazón. Empezaron las nevadas y
las aguas se helaron, pero yo continuaba mi viaje. Algunas indicaciones ocasionales me
guiaban y tenía un mapa de la región, pero a menudo me desviaba de mi camino. La angustia
de mis sentimientos no cejaba; no había incidente del cual mi furia y desdicha no
pudieran sacar provecho; pero un suceso que tuvo lugar cuando llegué a la frontera suiza,
cuando ya el sol volvía a calentar y la tierra a reverdecer, confirmó de manera muy especial
la amargura y horror de mis sentimientos.
Solía descansar por el día y viajar de noche, cuando la oscuridad me protegía de cua lquier
encuentro. Sin embargo, una mañana, viendo que mi ruta cruzaba un espeso bosque,
me atreví a continuar mi viaje después del amanecer; era uno de los primeros días de
la primavera, y la suavidad del aire y la hermosa luz consiguieron animarme. Sentí revivir
en mí olvidadas emociones de dulzura y placer que creía muertas. Medio sorprendido por
la novedad de estos sentimientos, me dejé arrastrar por ellos; olvidé mi soledad y deformación,
y me atreví a ser feliz. Ardientes lágrimas humedecieron mis mejillas, y alcé los
ojos hacia el sol agradeciendo la dicha que me enviaba.
Seguí avanzando por las caprichosas sendas del bosque, hasta que llegué a un profundo
y caudaloso río que lo bordeaba y hacia el que varios árboles inclinaban sus ramas llenas
de verdes brotes. Aquí me detuve, dudando sobre el camino que debía seguir, cuando el
murmullo de unas voces me impulsó a ocultarme a la sombra de un ciprés. Apenas había
tenido tiempo de esconderme, cuando apareció una niña corriendo hacia donde yo estaba,
como si jugara a escaparse de alguien. Seguía corriendo por el escarpado margen del río,
cuando repentinamente se resbaló y cayó al agua. Abandoné precipitadamente mi escondrijo,
y, tras una ardua lucha contra la corriente, conseguí sacarla y arrastrarla a la orilla.
Se encontraba sin sentido; yo intentaba por todos los medios hacerla volver en sí, cuando
me interrumpió la llegada de un campesino, que debía ser la persona de la que, en broma,
huía la niña. Al verme, se lanzó sobre mí, y arrancándome a la pequeña de los brazos se
encaminó con rapidez hacia la parte más espesa del bosque. Sin saber por qué, lo seguí
velozmente; pero, cuando el hombre vio que me acercaba, me apuntó con una escopeta
que llevaba y disparó. Caí al suelo mientras él, con renovada celeridad, se adentró en el
bosque.
¡Esta era, pues, la recompensa a mi bondad! Había salvado de la destrucción a un ser
humano, en premio a lo cual ahora me retorcía bajo el dolor de una herida que me había
astillado el hueso. Los sentimientos de bondad y afecto que experimenté pocos minutos
antes se transformaron en diabólica furia y rechinar de dientes. Torturado por el daño, juré
odio y venganza eterna a toda la humanidad. Pero el dolor me vencía; sentí como se
me paraba el pulso, y perdí el conocimiento.
Durante unas semanas llevé en el bosque una existencia mísera, intentando curarme la
herida que había recibido. La bala me había penetrado en el hombro, e ignoraba si seguía
allí o lo había traspasado; de todos modos no disponía de los medios para extraerla. Mi
sufrimiento también se veía aumentado por una terrible sensación de injusticia e ingratitud.
Mi deseo de venganza aumentaba de día en día; una venganza implacable y mortal,
que compensara la angustia y los ultrajes que yo había padecido.
Al cabo de algunas semanas la herida cicatrizó, y proseguí mi viaje. Ni el sol primaveral
ni las suaves brisas podrían ya aliviar mis pesares; la felicidad me parecía una burla,
un insulto a mi desolación, y me hacía sentir más agudamente que el gozo y el placer no
se habían hecho para mí.
Pero ya mis sufrimientos estaban llegando a su fin, y dos meses después me encontraba
en los alrededores de Ginebra.
Llegué al anochecer, y busqué cobijo en los campos cercanos, para reflexionar sobre el
modo de acercarme a ti. Me azotaba el hambre y la fatiga, y me sentía demasiado desdichado
como para poder disfrutar del suave airecillo vespertino o la perspectiva de la
puesta de sol tras los magníficos montes de jura.
En ese momento un ligero sueño me alivió del dolor que me infligían mis pensamientos.
Me desperté de repente con la llegada de un hermoso niño que, con la inocente alegría
de la infancia, entraba corriendo en mi escondrijo. De pronto, al verlo, me asaltó la
idea de que esta criatura no tendría prejuicios y de que era demasiado pequeña como para
haber adquirido el miedo a la deformidad. Por tanto, si lo cogiera, y lo educara como mi
amigo y compañero, ya no estaría tan solo en este poblado mundo.
Azuzado por este impulso, cogí al niño cuando pasó por mi lado, y lo atraje hacia mí.
En cuanto me miró, se tapó los ojos con las manos y lanzó un grito. Con fuerza le destapé
la cara y dije:
––¿Qué significa esto? No voy a hacerte daño; escúchame.
––¡Suélteme! ––dijo debatiéndose con violencia––. ¡Monstruo! ¡Ser repulsivo! Quiere
cortarme en pedazos y comerme. ¡Es un ogro! ¡Suélteme, o se lo diré a mi padre!
––Nunca más volverás a ver a tu padre; vendrás conmigo.
––¡Horrendo monstruo! ¡Suélteme! Mi padre es juez; es el señor Frankenstein, y lo
castigará. No se atreverá a llevarme con usted.
––¡Frankenstein! Perteneces a mi enemigo, a aquel de quien he jurado vengarme. ¡Tú
serás mi primera víctima!
La criatura seguía forcejeando y lanzándome insultos que me llenaban de desesperación.
Lo cogí por la garganta para que se callara, y al momento cayó muerto a mis pies.
Contemplé mi víctima, y mi corazón se hinchó de exultación y diabólico triunfo. Palmoteando
exclamé:
––Yo también puedo sembrar la desolación; mi enemigo no es invulnerable. Esta
muerte le acarreará la desesperación, y mil otras desgracias lo atormentarán y destrozarán.
Mientras miraba a la criatura, vi un objeto que le brillaba sobre el pecho. Lo cogí; era el
retrato de una hermosísima mujer. A pesar de mi maldad, me ablandó y me sedujo. Durante
unos instantes contemplé los ojos oscuros, bordeados de espesas pestañas, los hermosos
labios; pero pronto volvió mi cólera: recordé que me habían privado de los placeres
que criaturas como aquella podían proporcionarme; y que la mujer que contemplaba,
de verme, hubiera cambiado ese aire de bondad angelical por una expresión de espanto y
repugnancia.
¿Te sorprende que semejantes pensamientos me llenaran de ira? Me pregunto cómo, en
ese momento, en vez de manifestar mis sentimientos con exclamaciones y lamentos, no
me arrojé sobre la humanidad, muriendo en mi intento de destruirla.
Poseído de estos pensamientos, abandoné el lugar donde había cometido el asesinato, y
buscaba un lugar más resguardado para esconderme cuando vi a una mujer que pasaba
cerca de mí. Era joven, ciertamente no tan hermosa como aquella cuyo retrato sostenía,
pero de aspecto agradable, y tenía el encanto y frescor de la juventud. «He aquí––pensé––
una de esas criaturas cuyas sonrisas recibirán todos menos yo; no escapará. Gracias a las
lecciones de Félix, y a las leyes crueles de la especie humana, he aprendido a hacer el
mal.» Me acerqué a ella sigilosamente, e introduje el retrato en uno de los. pliegues de su
traje.
Vagué durante algunos días por los lugares donde habían sucedido estos acontecimientos.
A veces deseaba encontrarte, otras estaba decidido a abandonar para siempre este
mundo y sus miserias. Por fin me dirigí a estas montañas, por cuyas cavidades he deambulado,
consumido por una devoradora pasión que sólo tú puedes satisfacer. No podemos
separarnos hasta que no accedas a mi petición. Estoy solo, soy desdichado; nadie quiere
compartir mi vida, sólo alguien tan deforme y horrible como yo podría concederme su
amor. Mi compañera deberá ser igual que yo, y tener mis mismos defectos. Tú deberás
crear este ser.


Capítulo 9

La criatura terminó de hablar, y me miró fijamente esperando una respuesta. Pero yo
me hallaba desconcertado, perplejo, incapaz de ordenar mis ideas lo suficiente como para
entender la transcendencia de lo que me proponía.
––Debes crear para mí una compañera, con la cual pueda vivir intercambiando el afecto
que necesito para poder existir. Esto sólo lo puedes hacer tú, y te lo exijo como un derecho
que no puedes negarme.
La parte final de su narración había vuelto a reavivar en mí la ira que se me había ido
calmando mientras contaba su tranquila existencia con los habitantes de la casita. Cuando
dijo esto no pude contener mi furor.
––Pues sí, me niego ––contesté––, y ninguna tortura conseguirá que acceda. Podrás
convertirme en el más desdichado de los hombres, pero no lograrás que me desprecie a
mí mismo. ¿Crees que podría crear otro ser como tú, para que uniendo vuestras fuerzas
arraséis el mundo? ¡Aléjate! Te he contestado; podrás torturarme, ¡pero jamás consentiré!
––Te equivocas contestó el malvado ser––; pero, en vez de amenazarte, estoy dispuesto
a razonar contigo. Soy un malvado porque no soy feliz; ¿acaso no me desprecia y odia
toda la humanidad? Tú, mi creador, quisieras destruirme, y lo llamarías triunfar. Recuérdalo,
y dime, pues, ¿por qué debo tener yo para con el hombre más piedad de la que él
tiene para conmigo? No sería para ti un crimen, si me pudieras arrojar a uno de esos
abismos, y destrozar la obra que con tus propias manos creaste. Debo, pues, respetar al
hombre cuando éste me condena? Que conviva en paz conmigo, y yo, en vez de daño, le
haría todo el bien que pudiera, llorando de gratitud ante su aceptación. Mas no, eso es
imposible; los sentidos humanos son barreras infranqueables que impiden nuestra unión.
Pero mi sometimiento no será el del abatido esclavo. Me vengaré de mis sufrimientos; si
no puedo inspirar amor, desencadenaré el miedo; y especialmente a ti, mi supremo enemigo,
por ser mi creador, te juro odio eterno. Ten cuidado: me dedicaré por entero a la
labor de destruirte, y no cejaré hasta que te seque el corazón, y maldigas la hora en que
naciste.
Una ira demoníaca lo dominaba mientras decía esto; tenía la cara contraída con una
mueca demasiado horrenda como para que ningún ser humano le pudiera contemplar. Al
rato se calmó, y prosiguió.
––Tengo la intención de razonar contigo. Esta rabia me es perjudicial, pues tú no entiendes
que eres el culpable. Si alguien tuviera para conmigo sentimientos de benevolencia,
yo se los devolvería centuplicados; conque existiera este único ser, sería capaz de hacer
una tregua con toda la humanidad. Pero ahora me recreo soñando dichas imposibles.
Lo que te pido es razonable y justo; te exijo una criatura del otro sexo, tan horripilante
como yo: es un consuelo bien pequeño, pero no puedo pedir más, y con eso me conformo.
Cierto es que seremos monstruos, aislados del resto del mundo, pero eso precisamente
nos hará estar más unidos el uno al otro. Nuestra existencia no será feliz, pero sí
inofensiva, y se hallará exenta del sufrimiento que ahora padezco. ¡Creador mío!, hazme
feliz; dame la oportunidad de tener que agradecer un acto bueno para conmigo; déjame
comprobar que inspiro la simpatía de algún ser humano; no me niegues lo que te pido.
Me convenció. Sentía escalofríos al pensar en las posibles consecuencias que se derivarían
si accedía a su petición, pero pensaba que su argumento no estaba del todo falto de
justicia. Su narración, y los sentimientos que ahora expresaba, demostraban que era una
criatura de sentimientos elevados, y no le debía yo, como su creador, toda la felicidad que
pudiera proporcionarle? El advirtió el cambio que experimentaban mis sentimientos y
continuó:
Si accedes, ni tú ni ningún otro ser humano nos volverá a ver. Me iré a las enormes llanuras
de Sudamérica. Mi alimento no es el mismo que el del hombre; yo no destruyo al
cordero o al cabritilla para saciar mi hambre; las bayas y las bellotas son suficiente alimento
para mí. Mi compañera será idéntica a mí, y sabrá contentarse con mi misma
suerte. Hojas secas formarán nuestro lecho; el sol brillará para nosotros igual que para los
demás mortales, y madurará nuestros alimentos. La escena que te describo es tranquila y
humana, y debes admitir que, si te niegas, mostrarías una deliberada crueldad y tiranía.
Despiadado como te has mostrado hasta ahora conmigo, veo sin embargo un destello de
compasión en tu mirada; déjame aprovechar este momento favorable, para arrancarte la
promesa de que harás lo que tan ardientemente deseo.
––Te propones le contesté–– abandonar los lugares donde habita el hombre, y vivir en
parajes inhóspitos donde las bestias serán tus únicas compañeras. ¿Cómo podrás soportar
tú este exilio, tú que ansías el cariño y la comprensión de los hombres? Volverás de nuevo,
en busca de su afecto, y te volverán a despreciar; renacerá en ti la maldad, y entonces
tendrás una compañera que te ayudará en tu labor destructora. No puede ser; deja de insistir
porque no puedo acceder.
¡Qué inestables son tus sentimientos! Hace sólo un momento te sentías conmovido,
¿por qué de nuevo ahora te vuelves atrás y te endureces contra mis súplicas? Te juro, por
esta tierra en la que habito, y por ti, mi creador, que si me das la compañera que te pido,
abandonaré la vecindad de los hombres, y para ello habitaré, si es preciso, los lugares más
salvajes de la Tierra. No habrá lugar para instintos de maldad, pues tendré comprensión,
mi vida transcurrirá tranquila y, a la hora de la muerte, no tendré que maldecir á mi creador.
Sus palabras suscitaron en mí una sensación extraña. Le compadecía, y hasta llegaba en
algún momento a querer consolarlo; pero cuando lo miraba, cuando veía esa masa inmunda
que hablaba y se movía, me invadía la repugnancia, y mis compasivos sentimientos
se tornaban en horror y odio. Intentaba sofocar esta sensación; pensaba que, ya que no
podía tenerle ningún afecto, no tenía derecho a denegarle la pequeña parte de felicidad
que estaba en mi mano concederle.
––Juras le dije–– que no causarás más daños; ¿no has demostrado ya un grado de
maldad que debiera, con razón, hacerme desconfiar de ti? ¿No será esto una trampa que
aumentará tu triunfo, al otorgarte mayores posibilidades de venganza?
––¿Pero cómo? Creí haberte conmovido, y, sin embargo, sigues negándote a concederme
lo único que amansaría mi corazón y me haría inofensivo. Si no estoy ligado a nadie
ni amo a nadie, el vicio y el crimen deberán ser, forzosamente, mi objetivo. El cariño de
otra persona destruiría la razón de ser de mis crímenes, y me convertiría en algo cuya
existencia todos desconocerían. Mis vicios son los vástagos de una soledad impuesta y
que aborrezco; y mis virtudes surgirían necesariamente cuando viviera en armonía con un
semejante. Sentiría el afecto de otro ser y me incorporaría a la cadena de existencia y sucesos
de la cual ahora quedo excluido.
Reflexioné un rato sobre todo lo que me había dicho y sobre los diversos argumentos
que había esgrimido. Pensé en la actitud prometedora de la que había dado muestras al
comienzo de su existencia, y en la degradación posterior que habían sufrido sus cualidades
a causa del desprecio y odio que sus protectores le demostraron. No olvidé en mis reflexiones
su fuerza y sus amenazas; un ser capaz de habitar en las cuevas de los glaciares,
y de zafarse de sus perseguidores entre las crestas de los abismos inaccesibles, poseía
unas facultades con las cuales sería inútil intentar competir. Tras un largo rato de meditación,
llegué al convencimiento de que acceder a lo que me pedía era algo que les debía a
él y a mis semejantes. Consecuentemente, volviéndome hacia él, le dije:
Accedo a la petición, bajo la solemne promesa de que abandonarás para siempre Europa,
y de que evitarás cualquier otro lugar que el hombre frecuente, en cuanto te entregue
la compañera que habrá de seguirte al exilio.
––¡Juro gritó––, por el sol y por el cielo azul, que si escuchas mis súplicas jamás me
volverás a ver mientras ellos existan! Parte hacia tu casa y comienza tu labor; seguiré su
proceso con inexpresable ansiedad. Y no temas; cuando hayas concluido, yo estaré allí.
No bien hubo terminado de hablar cuando me abandonó, temeroso quizá de que cambiara
de nuevo mi decisión. Lo vi bajar por la montaña más rápido que el vuelo de un
águila, y pronto lo perdí de vista entre las ondulaciones del mar de hielo. Su narración
había durado todo el día, y el sol estaba a punto de ponerse cuando se marchó. Sabía que
debía apresurarme a emprender mi descenso hacia el valle, pues pronto me envolvería la
oscuridad, pero un gran peso me oprimía el corazón y lastraba mis pasos. El esfuerzo que
tenía que hacer para caminar por los serpenteantes senderos de la montaña sin escurrirme
me absorbía, aun con lo turbado que estaba por los sucesos que se habían producido durante
aquella jornada. Ya muy entrada la noche, llegué al albergue situado a medio camino,
y me senté junto a la fuente. Las estrellas brillaban intermitentemente, cuando no las
ocultaban las nubes; los oscuros pinos se erguían ante mí, y aquí y allá se veían troncos
tendidos por el hielo: era una escena de imponente solemnidad, que removió en mí extraños
pensamientos. Lloré amargamente; y, juntando las manos con desesperación, exclamé:
¡Estrellas, nubes, vientos!, ¡os queréis burlar de mí!: si en verdad me compadecéis, libradme
de mis sensaciones y mis recuerdos; dejadme que me hunda en la nada; si no,
alejaos, alejaos y sumidme en las tinieblas.
Eran éstos pensamientos absurdos y desesperados, pero me es imposible describir
cuánto me hacía sufrir el centelleo de las estrellas, ni cómo esperaba que cada ráfaga de
viento fuera un aborrecible siroco que viniera a consumirme.
Amaneció antes de que yo llegara a la aldea de Chamonix; mi aspecto cansado y extraño
no contribuyó a sosegar a mi familia, que había pasado la noche en pie aguardando
ansiosamente mi regreso.
Volvimos a Ginebra al día siguiente. La intención de mi padre al venir había sido la de
distraerme y devolverme la tranquilidad perdida, pero la medicina había tenido resultados
nefastos. Al no poder entender la gran tristeza que parecía embargarme, se apresuró a organizar
la vuelta a casa, confiando en que la paz y la monotonía de la vida familiar aliviaran
mis sufrimientos, cualesquiera que fueran sus causas.
En cuanto a mí, permanecí al margen de todos sus preparativos; incluso el dulce cariño
de mi querida Elizabeth era insuficiente para sacarme del abismo de mi desesperación.
Pesaba sobre mí la promesa que le había hecho a aquel demonio, como la capucha de hierro
que llevaban los infernales hipócritas de Dante. Todas las maravillas del cielo y de la
tierra pasaban ante mí como un sueño, y un único pensamiento constituía la realidad. ¿Es
de sorprender, pues, que a veces me invadiera un estado de demencia, o que continuamente
viera a mi alrededor una multitud de repugnantes animales que me infligían torturas
incesantes y a menudo me arrancaban horribles y amargos chillidos?
No obstante, poco a poco, estos sentimientos se fueron calmando. De nuevo me incorporé
a la vida cotidiana, si no con interés; sí al menos con cierto grado de tranquilidad.


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