BLOOD

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sábado, 17 de abril de 2010

VIOLIN

Violín

Anne Rice

2ªparte

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10

Comenzamos juntos. Me puse a divagar. Este tormento en particular es íntimo, acentuado por la vergüenza, tan envilecido que es imposible relacionarlo siquiera con la tristeza.

La tristeza.

Era la misma casa donde nos hallábamos. Él interpretaba para mí una sonata en el tono más bajo, haciendo deslizar el arco con tanta destreza en las notas graves, que tuve la impre­sión de que mis ojos veían una época anterior con la misma nitidez con que la veía mi mente.

Pero me encontraba en el otro lado del largo comedor.

Sentí el aroma del verano antes de que llegaran las máquinas para refrescar las casas como ésta, cuando la madera se impregnaba de ese olor tan especial a horno, cuando el mal olor de los alimentos comunes de la cocina -repollo y jamón- perduraba una eternidad. ¿Acaso había alguna casa que no tuviera olor a repollo hervido? Pero yo pensaba en casas pequeñas, las casitas sencillas de la costanera irlandesa-alemana de donde provenían mis parientes -bueno, al menos algunos- y adonde a menudo iba con mi madre o mi padre, bien agarradita de la mano, y contemplaba las aceras angostas y desnudas anhelando que hubiera árboles, anhelando las bellas y desordenadas mansiones de Barrio Jardín.

Al fin y al cabo, ésta era una casa grande; un chalet, sí, de apenas cuatro magníficas habitaciones en la planta baja, con niños que dormían en pequeñas alcobas en la buhardilla. Pero cada uno de los cuatro ambientes era amplio, y una noche, la noche que me venía a la memoria -o que íntimamente nunca podía olvidar-, la noche horrenda, imposible de compartir, el comedor que estaba entre mí y el dormitorio principal me pareció tan enorme que seguramente en ese entonces yo no tendría más de ocho años, si los tenía.

Ocho, sí, me acuerdo, porque había nacido Katrinka -una bebita que ya gateaba- y dormía en la planta alta, y en medio de la noche me asusté y quise ir a la cama de mi mamá, cosa que no era muy rara. Yo acababa de bajar la escalera.

Mi padre, que hacía tiempo había vuelto de la guerra, había empezado con sus empleos nocturnos igual que sus hermanos varones, todos los cuales trabajaban febrilmente muchas horas para mantener a sus respectivas familias, y esa noche se había ido no sé adónde, pero no importa.

Lo que sí importa es que ella había empezado a beber, y que mi abuela se había muerto, y había llegado el miedo, el dolor sordo y terrible del miedo. Yo lo conocía; sentí esa melancolía que amenazaba con consumir toda esperanza cuando bajaba la escalera y entraba en el comedor esperando ver luz en su dormitorio, porque aun si ella estaba "enferma", como decíamos, y tenía ese aliento agrio (léase: a alcohol), y dormía tan profundamente que podíamos sacudirle la cabeza y no pasaba nada, así y todo estaba tibia, y la luz se hallaba encendida. Mi madre odiaba la oscuridad; le tenía miedo.

No vi ninguna luz eléctrica. Que tu música hable de los miedos apabullantes de una criatura, miedo de que la trama entera de las cosas se rasgara y nunca volviera a componerse. Era posible, incluso en aquel entonces, que deseara no haber nacido; lo que pasa es que me faltaban las palabras para expresarlo.

Pero sabía que había sido zambullida en una horrorosa existencia de angustia y peligro, de deambular en una zona donde no existía el consuelo, de cerrar los ojos y desear únicamente ver el sol de la mañana, desear la compañía de los demás, de buscar solaz en el hecho de ver los faros de los autos que pasaban, luces que tenían, cada una, una forma distinta.

Bajé la angosta escalera curva y entré en este comedor.

Ahí estaba el viejo aparador negro de roble que teníamos en aquellos tiempos, tallado a máquina, bulboso y soberbio. Ése fue el que mi padre regaló al morir mi madre, diciendo que tenía que darle los muebles de ella a "su familia" como si nosotras, sus hijas, no fuéramos su familia. Pero esta noche en particular era muy anterior a su muerte. El aparador fue un eterno hito en el mapa del espanto.

Todavía no había llegado Faye, diminuta, famélica, salida del agua negra del vientre podrido; la adorada y pequeña Faye no había llegado como algo enviado del cielo para crear senti­mientos cálidos, para danzar, para distraer, para hacernos reír a todos, Faye, que podía quedarse horas tendida observando los movimientos de los árboles verdes en el viento, Faye, una niña nacida del veneno pero que ofrecía a todo el mundo una dul­zura inconmensurable, siempre.

No; esto era antes de Faye, una época sin alegría, sin seguridad, tenebrosa como podía ponerse el mundo, tal vez, incluso casi más irremediable que esas cosas de las que uno se da cuenta con la edad, porque no tenía una sabiduría que me ayudara. Sentía miedo, miedo.

A lo mejor Faye ya estaba en el vientre de mamá aquella noche; podría ser. Mamá tuvo hemorragias durante todo el embarazo. ¿Sería que Faye flotaba en el mundo ciego, ebrio y contaminado, traspasado quizá por el sufrimiento? ¿Un corazón borracho late con la misma fuerza que un corazón cualquiera? ¿El cuerpo de una madre ebria es igual de tibio para un ser pequeño como un puntito, que flota, aguarda y espera, avanzando a tientas hacia un tomar conciencia de habitaciones frías y oscuras donde el miedo se yergue en el umbral? Pánico y sufrimiento unidos dentro de una niña tímida y culposa que espiaba desde el otro extremo de una habitación sucia.

Ah, la chimenea con un tallado tan minucioso de rosas en la madera rojiza, un borde de piedras, una estufa de gas apagada, capaz de chamuscar la repisa superior. Ah, las molduras de arriba, los altivos marcos de puertas magníficas, sombras arrojadas aquí y allá por el fluir del tránsito.

Una casa mugrienta, ¿quién podía negarlo? Esto era antes de las aspiradoras y las máquinas de lavar, y siempre había tierra en los rincones. Todas las mañanas, el hielero subía la escalinata transportando su reluciente carga mágica, un hombre siempre apresurado. En la heladera, la leche apestaba. Sobre la mesada de metal pintado de blanco de la cocina cruzaban las cucarachas. Toc, toc había que hacer antes de sentarse, para que huyeran. Siempre había que enjuagar los vasos antes de usarlos.

Descalzas, pasábamos sucias el verano entero. El polvo se adhería a las telas metálicas de las ventanas, que al cabo de un tiempo se herrumbraban hasta volverse color negro oscuro. Y cuando se encendía el ventilador de la ventana en verano, hacía entrar la tierra al interior de la casa. La suciedad volaba toda la noche, se adhería sin problemas de cuanta voluta y tirante hubiera, tan natural como el moho de los robles del jardín.

Pero ésas eran cosas normales; al fin y al cabo, ¿cómo podría ella haber mantenido limpias habitaciones tan grandes? Además, tenía el delirio de leernos poesía, de que no debía molestársenos con quehaceres domésticos, a nosotras sus hijas, sus genios, sus niñas absolutamente sanas. Dejaba las montañas de ropa sucia en el piso del baño y se ponía a leernos, riendo. Tenía una risa preciosa.

La magnitud de las cosas era apabullante. Así era la vida. Recuerdo a mi padre encaramado en la punta de una esca­lera y estirando lo más posible el brazo para pintar los techos de cinco metros de alto. Y ni hablemos del yeso que se caía. Vigas podridas en la buhardilla; una casa que año a año se hundía un poco más en la tierra, imagen que me estrujaba el corazón.

Nunca estaba todo limpio ni terminado en la casa; nunca todo como correspondía. Se juntaban moscas en los platos sucios, y algo se había quemado en la cocina. Húmedo, agrio era el aire quieto de la noche que yo atravesaba descalza, desobediente, levantándome de la cama, yendo a la planta baja, aterrada.

Sí, aterrada.

¿Y si aparecía una cucaracha o una rata? ¿Y si hubieran quedado las puertas sin llave y hubiese entrado alguien, y ella estaba ahí, borracha, y me era imposible despertarla ni levantarla? ¿Y si venía el fuego, sí, ese fuego espantoso en el que, trémula de miedo, yo no podía dejar de pensar, fuego como el que había quemado la vieja casa victoriana de la calle Philip y St. Charles, un incendio que parecía estar en mi mente anterior, anterior a este recuerdo, nacido de lo oscuro y de lo impropio de la casa incendiada, de nuestro mundo, nuestro mundo tambaleante en el cual, a continuación de las palabras lindas, venía el embotamiento y la frialdad, el fétido descuido; un mundo donde las cosas vivían acumulándose y formaban un universo de desorden... oh, que una casa pudiera ser tan triste y umbría como aquella vieja casa estilo victoriano, un monstruo agazapado en la esquina de esa cua­dra, que resultó consumida por las llamas más enormes que jamás vi.

¿Pero cómo se podía impedir que pasara eso aquí, en estas habitaciones más espaciosas, detrás de columnas blancas y barandas de hierro? Ahí estaba la estufa de mi madre, chamuscada. Su estufa a gas, de patas anchas, se incendió, con una llamita oculta en el extremo de la cañería del gas, demasiado cerca de la pared, demasiado cerca. Yo sabía que las paredes se recalentaban por haber tantas estufas en la casa. Ya lo sabía.

No puede haber sido verano, entonces, y tampoco era invierno ¿o sí? Era el hecho de saber lo que me hacía casta­ñetear los dientes.

En mi recuerdo y ahora, mientras Stefan tocaba música y yo sacaba a la luz ese viejo padecimiento infantil, me castañeteaban los dientes.

Stefan interpretaba una música lenta, parecida al Segundo Movimiento de la Novena de Beethoven, sólo que más lúgubre, como si él fuera caminando conmigo por ese parquet que no tenía lustre y al que se consideraba imposible de arreglar teniendo en cuenta las posibilidades químicas y mecánicas del período... ¿era ya 1950? No.

Vi la estufa de gas de su dormitorio hasta con el detalle de las llamas anaranjadas que me hacían arder los ojos, si bien me hallaba a una habitación entera de distancia; pensé en fuego y en tratar de sacar de allí a Katrinka, y en ella que estaba borracha, y Rosalind, ¿dónde estaba? No figuraba en la memoria ni en la fobia. Me encontraba allí sola, y sabía lo vieja que era la instalación eléctrica; a menudo ellos hablaban inconscientemente sobre ese tema en la mesa.

-En esta casa todo está tan seco -comentó mí padre una vez- que se prendería fuego como leña.

-¿Qué dijiste? -le pregunté yo.

Ella reaccionó tranquilizándonos con mentiras, pero lo cierto es que, cuando planchaba, titilaban todas las lamparitas de 60 vatios, y cuando se embriagaba, a veces se le caía el cigarrillo, o se olvidaba la plancha caliente; los cables estaban deshilachados, saltaban chispas de enchufes viejos, ¿y si había un incendio y yo no podía sacar a Katrinka de la cunita, y mamá tosía en medio del humo y no podía ayudar, tosía como estaba tosiendo ahora?

Y llegado el momento, como ambos sabemos, efectiva-mente la asesiné.

Aquella noche la oí tratando de contener la interminable tos de fumadora que nunca se le iba por mucho rato, pero que a mí me daba a entender que estaba despierta cruzando todo el largo oscuro de esta habitación, lo suficientemente despierta como para carraspear, a veces para dejarme meter bajo las mantas y acurrucarme a su lado, pese a que el día entero había dormido en trance alcoholizado, ahora ya sé que era eso, que ella... porque nunca se vestía... sencilla-mente se tendía bajo las mantas en ropa interior, con un slip rosado, nada más, sin corpiño, sus pechos pequeños y vacíos aunque a Katrinka la había amamantado durante un año. Y las piernas desnudas sobre las cuales yo extendía las mantas tenían tantas venas hinchadas como cuerdas, que no me atrevía a mirárselas. Parecía como si le dolieran esas panto­rrillas con enjambres de venas hinchadas, "por haber tenido tres embarazos", según oí que le comentaba un día por teléfono a su hermana Alicia.

Al cruzar ese piso yo le temía a la desintegración, que en medio de esa oscuridad pudiera aparecer algo espantoso que me impulsara a gritar. Tenía que llegar hasta ella. No tenía que prestar atención a las llamas anaranjadas y al constante golpeteo de mi corazón por miedo al fuego, las imágenes que recurrían y giraban en redondo, la casa llena de humo como la había visto aquella vez en que le prendió fuego al colchón y lo apagó ella sola. Tenía que llegar hasta donde estaba ella. Su tos era el único sonido en la casa, la casa que parecía mucho más vacía debido a los enormes muebles oscuros de roble, la mesa con sus cinco patas redondeadas, el espléndido aparador antiguo con sus puertas inferiores talladas y su espejo deslustrado.

De niñas, Rosalind y yo nos metíamos dentro de ese aparador, en medio de la vajilla, e incluso una o dos copas que quedaban de su casamiento. Eso era en la época en que nos permitía dibujar en las paredes y romper todo. Quería que sus hijas fueran libres. Era así como pegábamos en la pared nuestras muñecas de papel con adhesivo comprado en una tiendita de la calle Canal. Teníamos un mundo de fantasía poblado de muchos personajes: Mary, Betty Headquarters, y posteriormente Doan the Stone, que nos hacía reír a más no poder por el simple sonido de las palabras, pero eso fue mucho después.

En este recuerdo no había nadie salvo mamá y yo... y ella tosía en el dormitorio y yo me le acerqué en puntas de pie, temiendo encontrarla tan ebria que la cabeza le estuviera colgando y se golpeara contra el piso, y que los ojos se le pusieran como ojos de vaca en las películas, grandes y bobos, y sería un espectáculo horrendo, pero no me importaba mucho, es decir, valdría la pena si al menos yo llegaba hasta su lado y me metía en la cama con ella. No me molestaba su cuerpo, con su panza, las venas varicosas y los pechos caídos.

A menudo andaba por la casa vestida sólo con un slip y una camisa de hombre; le gustaba sentirse libre. Hay cosas que uno nunca le cuenta a nadie, jamás.

Cosas feas, espantosas, como por ejemplo cuando se sentaba en el baño a mover el vientre, dejaba la puerta abierta de par en par, abría bien las piernas y le gustaba tenernos a nosotras ahí con ella mientras leía, exhibiendo su vello púbico, sus muslos blancos, y Rosalind se quejaba: "Mamá, qué olor," y ella seguía defecando con el Reader's Digest en una mano y el cigarrillo en la otra, y nuestra hermosa madre de la frente alta y los ojazos castaños se reía de Rosalind, que quería salir disparando, pero luego mamá nos leía un cuento gracioso de la revista, y todas nos reíamos.

Toda la vida supe que las personas tienen una modalidad propia que les resulta más cómoda para mover el intestino: que todas las puertas estén cerradas, que no haya nadie cerca, que ninguna ventana dé a la pequeña habitación, y otras, como ella, querían tener a alguien cerca, alguien con quien hablar. ¿Por qué?

No me importaba. Si lograba llegar hasta ella podía soportar cualquier espectáculo desagradable. En medio de cualquier estado en que se hallase, ella siempre me había parecido limpia y tibia, con un pelo que le nacía de un cuero cabelludo muy blanco a través del cual yo le pasaba los dedos, una piel muy suave. Quizá la mugre que se acumulaba a su alrededor podía llegar a ahogarla, pero nunca a contaminarla.

Me acerqué hasta su puerta. Su cuarto, que ahora era mío, tenía en aquel entonces sólo una cama de hierro con un elástico pelado bajo el colchón a rayas, y de vez en cuando ella le ponía encima una delgada colcha blanca, pero casi siempre sólo sábanas y mantas. Parecía que el curso normal de la vida eran las tazas grandes para el café siempre descasca-radas, toallas raídas, zapatos con agujeros, nuestros dientes con una película verde hasta que mi padre preguntó un día: "¿Es que ninguna se lava los dientes?".

A lo mejor podía haber un cepillo dental durante un tiempo, y hasta dos o tres e incluso algo de polvo con que cepillarnos los dientes, pero después esas cosas se caían al piso, se perdían o desaparecían, y la vida seguía su ritmo cubierta por una espesa nube gris. En las piletas de la cocina, mi madre lavaba a mano como había hecho mi abuela hasta que murió.

Mil novecientos cuarenta y siete, cuarenta y ocho. Llevá­bamos las sábanas al jardín en una enorme canasta de mimbre. A mamá se le hinchaban las manos de tanto retorcerlas. A mí me gustaba jugar con la tabla de lavar en la pileta. Colgábamos las sábanas en la cuerda, y yo sostenía el extremo para que no cayera dentro del barro. Me encantaba correr entre las sábanas limpias.

En una oportunidad antes de morir me había dicho -y fíjate que me estoy adelantando unos siete años- que había visto un ser extraño en el jardín, en medio de las sábanas, dos pequeños pies negros, y con ojos muy abiertos insinuó que podía ser una criatura diabólica. Me di cuenta de que se estaba volviendo loca, que pronto moriría. Y efectivamente se murió.

Pero eso fue mucho antes de que yo pensara que se podía morir, pese a que mi abuela había fallecido. A los ocho años, yo creía que las personas regresaban. La muerte no me había inculcado aún el miedo atroz. Fue ella la que me infundió el miedo, tal vez, o mi padre con sus empleos nocturnos, mi padre que salía en moto a entregar telegramas luego de su horario de trabajo en el correo, o que clasificaba cartas en el American Bank. Nunca entendí del todo las tareas adi­cionales que hacía, pero sí sabía que lo mantenían fuera de casa, que tenía dos empleos y que los domingos salía con hombres de la parroquia y hacía caridad con niños pobres. Eso lo recuerdo porque un domingo se llevó mis lápices de colores, los únicos que yo tenía, y se los dio a un "chico pobre", y quedó tan desilusionado de mí por mi egoísmo que hizo un gesto despectivo antes de dar media vuelta y salir de casa.

¿De dónde provenían los lápices de colores en semejante mundo? ¡De muy lejos, pasando el pétreo campo de lasitud e indolencia, de una tienda a la cual yo quizá no podría arrastrar nunca más a nadie durante años y años, a comprar más lápices!

Pero él no estaba allí. La estufa era la que daba luz. Me paré en la puerta de su dormitorio. Desde allí veía la estufa. Alcancé a ver algo a su lado, algo blando, borroso, blanco y oscuro, y al mismo tiempo reluciente. Me di cuenta de lo que era, pero no por qué relucía.

Entré en el cuarto; el aire caliente allí flotaba aprisionado por la puerta y el ventilete superior, cerrado. En la cama que se hallaba a mano izquierda con el respaldo apoyado en la pared más próxima a mí, yacía ella. La cama estaba en el mismo lugar que ahora, sólo que era vieja, de hierro, y crujía, y cuando uno se metía debajo, notaba muchísima tierra en los elásticos. Algo sinceramente fascinante.

Tenía la cabeza levantada, y su pelo -aún no rapado ni vendido- era largo y le caía sobre la espalda desnuda. Tembló toda al toser, mientras la luz de la estufa dejaba ver los cordones de venas de sus piernas y el slip rosado que cubría su menudo trasero.

¿Pero qué era eso que estaba tirado peligrosamente cerca del fuego? Dios santo, iba a quemarse como las patas de las sillas que se ponían negras y chamuscadas cuando alguien las acercaba al calor y se olvidaba de ellas; además había olor a gas en el cuarto, y las llamas ardían con color naranja, y yo me encogí entera contra la puerta.

No me importó que pudiera enojarse porque yo había bajado; si me decía que me volviera a la cama no me iría, no podía hacerlo, no podía moverme.

¿Por qué relucía?

Era una toallita marca Kotex, un apósito blanco de algodón que ella usaba sujetándolo con un alfiler de gancho a su slip cuando tenía el período, y tenía un relieve en el medio porque estaba usado y lleno de sangre oscura, por supuesto, y sin embargo relucía, ¿por qué?

Me paré cerca de la cabecera de su cama, y por el rabillo del ojo la vi incorporarse. Tenía tal ataque de tos, que por fuerza debió sentarse.

-Enciende la luz -me pidió con voz de ebria-. Abre la persiana y enciende la luz, Triana.

-Pero eso -dije-, eso... Me acerqué más, señalando el apósito blanco plegado en el medio, con pegotes de sangre. ¡Estaba infestado de hormigas! ¡Por eso brillaba! ¡Dios mío, mira eso, mamá! Hormigas que lo tapaban entero, como suelen hacerlo cuando uno deja un plato a la intemperie, pululando, devoradoras, pequeñas, imposibles de matar.

-¡Mira, mamá, el Kotex está tapado de hormigas!

Si Katrinka veía eso, si Katrinka llegaba gateando y encontraba una cosa así, si alguien veía... Me aproximé más.

-Mira -le dije.

Ella no cesaba de toser. Agitó el brazo como diciendo: "Deja eso donde está", pero nadie podía dejar eso donde estaba, era un Kotex cubierto de hormigas, arrojado en un rincón del cuarto, y estaba cerca de la estufa. Podía prender-se fuego, y a las hormigas uno las combate, porque pueden llegar a meterse por todas partes. Al viejo mundo de 1948 o 1949 uno lo cerraba herméticamente para que no entraran las hormigas, nunca les permitía que tuvieran ventaja. Ellas se comían los pájaros muertos apenas caían en el césped; se arrastraban formando una fila bajo la puerta, subían por la mesada de la cocina buscando cualquier chorreadura de miel.

-Ah -exclamé haciendo una mueca de disgusto-. Mira eso, mamá. -No me daban ganas de tocarlo.

Ella se levantó tambaleante y se me acercó por detrás. Yo me incliné señalando el apósito, frunciendo las facciones de mi rostro.

A mis espaldas, ella hacía esfuerzos por hablar, por decir "Basta, basta".

-Déjalo donde está -articuló, y tosió tanto, que me pare-ció que se asfixiaba. Luego me agarró del pelo y me abofeteó.

-Pero mamá... -dije, sin dejar de señalarlo.

Me dio otra cachetada, y otra más, y yo me encogí levantando los brazos en alto, mientras recibía una palmada tras otra en el brazo.

-¡No, mamá, no!

Caí de rodillas al piso, donde la estufa producía un intenso reflejo incluso sobre el sucio parquet con su viejo lustre, y sentí el olor a gas y vi la sangre, los restos espesos de sangre cubiertos de hormigas.

Me dio otra bofetada. Yo estiré el brazo izquierdo, grité. Amortigüé la caída, pero mi mano casi roza el apósito, y las hormigas se movían en un frenesí, corrían sobre la sangre grumosa.

-¡Mamá, no me pegues!

Giré en redondo. No quería recoger eso, pero alguien tenía que hacerlo.

La vi alta, parada a mi lado, inestable, con el slip rosa estirado sobre su vientre, los pechos que le colgaban con sus oscuros pezones, el pelo enmarañado sobre la cara, tosiendo, haciéndome gestos furiosos para que me fuera, que me marchara de allí. Después levantó la rodilla, y con su pie desnudo me dio una patada fuerte en el estómago. Fuerte.

Muy, muy fuerte.

¡Eso no me había ocurrido nunca en la vida!

No fue dolor. Fue el fin de todo.

Me faltaba el aire, no me sentía viva. No podía moverme ni respirar. Sentí el dolor en el estómago y el pecho, y no me salía la voz para gritar, y pensé que me iba a morir, sí, que me iba a morir. Dios mío, cómo hizo eso, me pateaste, quise decir, me pateaste, lo hiciste sin querer, no puede ser que lo hayas hecho a propósito, mamá. Pero no podía respirar y mucho menos hablar; me iba a morir y mi brazo rozó la estufa caliente, el hierro candente de la estufa.

Mamá me aferró del hombro. Entonces grité. Jadeaba y gritaba -y grito ahora como hice en aquel momento-, y ahí estaba el Kotex lleno de hormigas, y el dolor en el estómago, y el vómito que me subía junto con el alarido, lo hiciste sin querer, no querías... No pude levantarme.

No. ¡Termina ya con esto!

Stefan.

La voz de él, etérea y fuerte.

La casa fría del momento actual. ¿Acaso menos embrujada?

Él se hallaba, contraído, junto a la cama con pilares. Habían pasado cuarenta y seis años desde aquel día, y todos ya se habían ido a la tumba, salvo yo y la criatura de la planta alta, que llegó a sentir tanto miedo, que llegó a odiarme porque no podía ahorrarle esas cosas, y no lo hice, y él, mi invitado, mi fantasma, doblado en dos, aferrado del poste tallado de la cama de caoba.

Sí, deja que reviva todo eso, mi cubrecama de encaje, mis cortinas, yo nunca... mi madre no lo hizo a propósito, impo­sible... qué dolor, no podía respirar, el dolor y las náuseas, ¡no podía moverme!

El vómito.

¡No! Basta ya, dijo él.

Y enganchó el brazo derecho alrededor del poste, y colocó el violín encima del colchón grande y mullido de la cama, sobre el acolchado de plumas de ganso. Se sujetaba con ambas manos del pilar de la cama y lloraba.

-¡Ella no me cortó con un cuchillo! -exclamé.

-Ya sé, ya sé.

-Imagínala -dije-, así desnuda, lo fea que estaba, y me pateó, me pateó fuerte con el pie descalzo... estaba borra-cha... ¡y se me quemó el brazo con la estufa!

-¡Basta! -me suplicó-. No sigas, Triana. -Se llevó ambas manos a la cara.

-¿No puedes hacer música de eso? -le pregunté, acercándome-. ¿No puedes hacer algo artístico partiendo de algo tan íntimo, vergonzoso y vulgar como eso? Lloraba, como seguramente debía de haber llorado yo. El violín y su arco yacían sobre el acolchado.

Me precipité sobre la cama, manoteé ambos -violín y arco- y me alejé de él.

Quedó azorado.

Tenía la cara húmeda y blanca. Me miraba fijo. En el primer instante no entendió lo que yo había hecho; luego sus ojos se posaron en el violín, y comprendió.

Levanté el instrumento hasta mi mentón; sabía hacerlo; tomé el arco y comencé a tocar. No lo pensé, no lo planeé ni sentí miedo de hacerlo mal. Comencé a tocar, permitiendo que el arco, sostenido apenas entre dos dedos, volara rozando las cuerdas. Sentí el olor de la cerda de caballo y la resina del arco; sentí mis dedos que se movían por el mástil del violín, ahogando la vibración de las cuerdas palpitantes, y tiré intensamente de las cuerdas con el arco, y con el roce y el golpeteo de mis dedos produje una canción, una canción coherente, una danza, una danza ebria y frenética en la que las notas se sucedían tan de prisa que la mente no alcanzaba a dirigirlas, un baile diabólico, como aquella otra vez, en el picnic de hace tanto tiempo, cuando Lev bailó y yo toqué y toqué, el arco y mis dedos moviéndose sin cesar. Fue como aquello, y más también, y fue una canción, una canción enloquecida, discordante y rural, salvaje como las canciones de Escocia y las sombrías zonas montañosas, como las tétri­cas danzas locas de los sueños.

Se me había metido adentro... Te quiero, mami, te quiero, te quiero, te quiero. Era una canción, una melodía verdadera con ritmo, intensa, que salía del Stradivarius, entera, que fluía mientras yo me hamacaba hacia adelante y atrás, mientras el arco se agitaba, desmesurado, y mis dedos brincaban. Me encantó, me encantó esa canción espontánea, mi canción.

Él intentó manotear el violín.

-¡Devuélvemelo!

Le di la espalda y seguí tocando. Me quedé inmóvil; luego bajé el arco produciendo un largo gemido, e interpreté la frase más triste, lóbrega y dulce, y mentalmente la vestí, la embellecí y la vi en el parque con nosotros, con su pelo castaño peinado, su rostro tan bonito; nunca ninguna de nosotros tuvo su belleza.

Años y años giraron en torno de esto y no significaron nada mientras yo seguía tocando.

La vi llorar en el pasto. Quería morirse. Durante la guerra, cuando Rosalind y yo éramos muy pequeñas, siempre caminá­bamos a su lado tomadas de sus manos, y una noche quedamos por error encerradas dentro del museo oscuro del Cabildo. Ella no tuvo miedo. No estaba ebria. Estaba llena de esperanzas y de sueños. No existía la muerte. Había sido una aventura. Su rostro sonreía cuando el guardia vino a rescatarnos.

Ah, extiende el arco y deja que las notas sean graves, que vayan muy hasta lo hondo y te asusten de que algo pueda producir semejante sonido. Él intentó acercarse, ¡y le di una patada! Lo pateé tal como ella me había hecho a mí, sólo que yo levanté la rodilla y él retrocedió a los tumbos.

-¡Dámelo! -exigió, luchando por no perder el equilibrio. Seguí tocando a tanto volumen que no le oía, y volví a darme vuelta para no verlo, sólo la veía a ella, te quiero, te quiero, te quiero.

Decía que se quería morir. Estábamos en el parque, y yo era muy jovencita y ella estaba por arrojarse al lago. En ese lago se habían ahogado estudiantes, o sea que era profundo. Los robles y las fuentes nos ocultaban del mundo de la avenida, de los tranvías. Estaba por hundirse en esa agua barrosa.

Ella quería, y la pobre Rosalind, desesperada, la bella Rosalind de quince años, con sus rulos brillantes y perfectos, le imploraba que no lo hiciera. Yo tenía pechos bajo el vestido, pero no corpiño. Jamás me había puesto uno siquiera.

Cuarenta o más años después, me hallaba en el mismo sitio. Tocaba, flagelaba las cuerdas con el arco, marcaba el compás con el pie. Obtuve el sonido, hice gritar el violín girando hacia uno y otro lado. En el parque, cerca de la pérgola inmunda donde los hombres orinaban, donde siem­pre se quedaban lanzando miraditas maliciosas, ansiosos por exhibir un pene fláccido en la mano, no los mires, cerca de allí yo tenía a Katrinka y la pequeña Faye en las hamacas, esas hamacas de madera para los más chiquitos, con una barra adelante para que no se cayeran... y yo seguía sintiendo el olor a orín, y me turnaba para empujar a ambas en las hamacas, una vez a Faye, otra a Katrinka, y unos marineros no me dejaban en paz, chicos apenas mayores que yo, esos marineritos que en aquella época había siempre en el puerto, chicos ingleses o tal vez del norte del país, no sé, chicos que recorrían la calle Canal fumando, chicos, no más.

-¿Ésa es tu mamá? ¿Qué le pasa?

Yo no respondí. Quería que se marcharan. Ni siquiera se me ocurría nada para responderles. Seguí empujando las hamacas.

Mi padre nos había obligado a salir. Dijo: "Tienen que sacarla de esta casa, tengo que sacarla de aquí y limpiar, esto no lo soporto más, llévensela," y nosotras sabíamos que estaba ebria, que apestaba a alcohol, y él nos obligó a llevarla. Rosalind dijo: "Te odio hasta el día en que me muera," y subimos todas juntas al tranvía, y ella cabeceaba, borracha y entre dormida a medida que el tranvía avanzaba, bamboleán­dose, hacia el sector alto de la ciudad.

¿Qué pensó aquel día la gente de ella, de esa mujer con sus cuatro hijas? Seguramente tenía puesto un vestido respetable; sin embargo, lo único que recuerdo es su pelo, bellamente peinado hacia atrás, los labios fruncidos y la forma en que se sacudía para despabilarse y se enderezaba, aunque instantes después comenzaba de nuevo a cabecear, con la mirada vidriosa y la pequeña Faye aferrada a ella muy fuertemente.

La pequeña Faye, con la cabeza contra la falda de su mamá, sin hacer preguntas, y Katrinka, solemne y avergonzada, muda, con la mirada perdida ya a tan tierna edad.

Cuando el tranvía llegó al parque, ella anunció: "¡Ya estamos!". Todas nos levantamos para bajarnos por la puerta de adelante porque nos quedaba más cerca. Enfrente estaba la iglesia del Santo Nombre, y del otro lado se hallaba el hermoso parque con sus balaustradas, sus fuentes y su césped muy verde adonde ella nos llevaba todo el tiempo, años atrás.

Pero algo pasaba. El tranvía seguía detenido. En los asientos de madera, la gente observaba. Parada en la acera, miré a mi madre. El problema era Rosalind que, ubicada en un asiento de atrás, miraba por la ventanilla fingiendo no ser de nuestro grupo, sin prestarle atención a mamá, y mamá, en un tono tan elegante que no permitía hacer sospechar que estaba borracha, dijo: "Rosalind, vamos, querida".

El conductor esperaba. Esperaba como se hacía en aquel entonces, en la ventanilla delantera del coche, con los contro­les, las dos manijas, y seguía esperando, y todos los pasajeros miraban. Yo tomé de la mano a Faye, que por poco se pierde en el tránsito. Katrinka, hosca, con su pelo rubio y sus cachetes redondos, se chupaba el pulgar y presenciaba con mirada ausente lo que pasaba.

Mi madre volvió a subir, cruzó el coche entero. Rosalind no podía mantenerse en sus trece. Tuvo que levantarse y venir.

Y ahora, en el parque, mientras mamá amenazaba con ahogarse, mientras se arrojaba al césped sollozando, Rosalind le imploró de mil maneras que no lo hiciese.

Los marineritos me preguntaron: "¿Qué edad tienes? ¿Ésa es tu mamá? ¿Qué le pasa? Déjame que te ayude con la niña". "No."

¡Yo no quería su ayuda! No me gustaba la forma en que me miraban. ¡No sabía lo que querían! No sabía qué problema tenían, que me rodeaban de esa forma... éramos dos niñas... y más allá, ella tendida de costado, sacudiendo los hombros. Alcanzaba a oír sus sollozos. Su voz se fue poniendo dulce y suave a medida que el dolor se hacía menos intenso, quizá. Lo que me causaba escozor era que Rosalind hubiera tratado de quedarse en el tranvía, que mamá estuviera beoda, que mi padre le hubiera ordenado salir, que estuviera beoda, que ella quisiera morir.

-¡Devuélvemelo! -gritó él-. Devuélveme el violín. ¿Por qué simplemente no lo tomaba? No sé. No me importaba.

Continué con la danza caótica, y mis pies se movían, daban saltitos como los pies del sordomudo Johnny Belinda en la película, siguiendo las vibraciones del violín, pies danzarines, manos danzarinas, dedos danzarines, febriles, alocados, ritmo, caos. Bailaba en el piso del dormitorio, bailaba y hundía el arco hacia la izquierda, y los dedos elegían su propio camino, el arco su propio tiempo, sí, sí, apretar, soltar, sí...

Termina, afloja ya. Seguí y seguí tocando.

Él estiró un brazo y me aferró, pero no tenía fuerza suficiente para superarme.

Retrocedí contra la ventana, envolví el violín y el arco entre mis brazos, los apreté contra el pecho.

-Devuélvemelo.

-¡No!

-No puedes tocar con él. El violín lo está haciendo solo. Es mío, mío.

-No.

-¡Devuélvemelo! ¡Es mío!

-Antes prefiero romperlo.

Lo estreché con más fuerza. Mi intención no era arrui­narle el puente, pero él no podía darse cuenta de la fuerza con que lo sujetaba. Debo de haberle parecido toda codos y ojos desorbitados mientras lo apretaba.

-No. Toqué con él, ya antes toqué de esa manera, inter­preté mi melodía, mi propia versión.

-¡Claro que no lo hiciste, puta de mierda! ¡Devuél­veme el violín, maldita sea! ¡Es mío! No puedes quedarte con él.

Un frío me recorrió el cuerpo mientras lo miraba. Él intentó sujetarme y yo me acurruqué en un rincón, apretando el instrumento con más fuerza.

-¡Lo voy a azotar!

-No lo harás.

-¿Qué importa? ¿Acaso no es un objeto espectral? ¿No es un fantasma igual que tú? Quiero volver a tocar con él... quiero simplemente tenerlo en mis manos. No me lo vas a quitar...

Lo alcé y volví a calzarlo bajo mi mentón. Cuando vi que él estiraba el brazo volví a patearlo. Le di un puntapié en las piernas y él trató de alejarse. Apoyé el arco sobre las cuerdas y les arranqué un alarido salvaje, un clamor largo y horren­do. Luego, lentamente, con los ojos cerrados, haciendo caso omiso de él, sosteniendo el instrumento con todos los dedos y con cada fibra de mi ser, toqué, ejecuté una música lenta y suave, una canción de cuna quizás, para ella, para mí, para Ros, para la querida Katrinka, herida, para mi frágil Faye, una melodía de crepúsculo como el viejo poema de mamá, cuando con voz delicada nos leía antes de que terminara la guerra y papá volviera a casa. Oí subir el tono, el tono intenso y modulado, ah, ésa era la manera de tocar, la forma de bajar el arco sin pensar conscientemente en la presión sobre las cuerdas, y luego ya me salió una frase tras otra. Mamá, te quiero, te quiero, te quiero. Él nunca va a venir a casa, no hay una guerra, y siempre estaremos juntas. Las notas altas eran tenues y puras, y al mismo tiempo muy tristes.

El violín no pesaba nada; me hacía doler muy poco la clavícula, y sentí un mareo, pero la canción era la brújula. Yo no sabía notas ni melodías. Sólo sabía esas frases errantes de melancolía y dolor, esos dulces lamentos gaélicos sin final, uno entrelazado con el siguiente, pero todo fluía, Dios santo, fluía como... bueno, como sangre, como sangre en el apósito inmundo del piso. Como sangre, la sangre interminable de un vientre de mujer, y un corazón de mujer, no sé. En su último año, ella tuvo menstruaciones mes tras mes, y lo mismo tuve yo al final de mi período fértil, y ahora sin hijos, ya nadie más nacerá de mí a esta edad, como la sangre viviente, que mane...

La dejé manar.

¡Era música!

Algo rozó mis mejillas: sus labios. Levanté el codo y lo empujé más allá de la cama. Quedó en posición desairada, indefenso, manoteando el pilar de la cama y lanzándome dardos con los ojos mientras con esfuerzo trataba de mante­ner el equilibrio.

Me detuve y las últimas notas fueron trémulas. Dios santo, habíamos pasado la noche entera con nuestro deambular, o acaso era sólo la luna, sí, la luna sobre los laureles y la inmensa oscuridad devastadora de ese edificio de al lado, una pared del mundo moderno que podía ensombrecer pero nunca destruir este paraíso.

La pena que sentí por ella, el dolor, dolor por ella en el momento en que me pateó, la niña de ocho años en esta habi­tación, el pesar que sentí fluía con la resonancia de las notas en el aire. Sólo me hacía falta levantar el arco. Era natural.

Sintiendo miedo de mí, él se hallaba contra la pared del fondo.

-¡O me lo devuelves o juro que lo pagarás caro!

-¿Llorabas por mí o por ella?

-¡Devuélvemelo!

-¿O fue simplemente por lo horrible? ¿Por qué fue?

¿Fue por lo de la niñita que no podía respirar, que, presa del pánico, se apretaba el vientre mientras un bracito suyo rozaba contra el hierro candente de la estufa? Ah, un dolor ínfimo en un mundo de horrores, y sin embargo, de todos los recuerdos, no había habido ninguno más secreto, más espantoso, menos comentado.

Tarareé.

-Quiero tocar -dije. Comencé tenuemente, compren­diendo lo fácil que era deslizar el arco suavemente por la cuerda de la y la de sol, y producir una melodía toda en esa cuerda baja si quería, y dejar que el sonido subiera y se mezclara dentro de ella; oh, llora, llora por la vida perdida, oí las notas, les permití sorprender y expresar mi sentir con cada pulsación, sí, vengan a mí, háganme saber, dejen que mi mente trate, por este medio, de encontrar el recuerdo; ella no vivió ni un año después de haber llorado en el parque, ni siquiera un año más, su pelo era largo y castaño, y aquel último día nadie la acompañó hasta el portón.

Creo que, mientras tocaba, también canté. Por quién llora­bas, Stefan, canté. ¿Por ella, por mí o por lo feo y horrible de todo? Qué agradable la sensación en mi brazo, mis dedos tan flexibles y exactos, como si fueran minúsculos cascos cabalgando sobre las cuerdas, y la música creciendo dentro de mi oído sin clave de fa ni clave de sol, una escritura muy deficiente tratándose de sonidos, un código demasiado arcaico para esto, yo podía dominar este tono, y al mismo tiempo sentirme sorprendida y embriagada por él como siempre me sucedía con la melodía del violín, ¡sólo que esta vez el instrumento se hallaba en mis manos!

Vi su cadáver en el cajón. Labios pintados como de pros­tituta. El funebrero dijo: "¡Esta mujer se tragó la lengua!". Mi padre nos dijo: "Estaba tan desnutrida que la cara se le puso negra y se le cayó, por lo cual hubo que maquillarla mucho. Ah, no, mira Triana, esto no está bien, mira, Faye no la reconocerá".

¿Y de quién era ese vestido? Era color rojo oscuro. Ella nunca había tenido uno así. Pertenecía a la tía Elvia, y la tía Elvia no le caía bien a mamá. "Elvia dijo que no pudo encon­trar nada en el placard. Tu madre no tenía ropa. Tiene que haber tenido ropa. ¿Acaso no tenía nada?"

El instrumento era muy liviano, muy fácil de mantener en su lugar, de obtener de sus cuerdas el fluir del sonido. Fácil como les resultaba a los habitantes de las montañas escucharlo, y al son de él bailar desde niños, desde antes de aprender a leer y escribir, quizás hasta de hablar también, y yo me rendía a él, y él a mí.

El vestido de la tía Elvia me parecía una abominación, no tan tremenda pero sí inolvidable, una última y desagradable ironía, una figura amarga de desamparo.

¿Por qué no le compré vestidos, no la lavé y la ayudé, no la puse de pie? ¿Qué me pasaba? La música transportaba la acusación y el castigo en una única corriente ininterrumpida, coherente.

"¿Tenía o no ropa?", le pregunté, enojada, a mi padre. Una enagua de seda negra, recuerdo, sí, cuando se sentaba bajo la lámpara con el cigarrillo en la mano, una enagua de seda negra las noches de verano. ¿Ropa? Un abrigo, viejo.

Dios mío, y haberla dejado morir así. Yo tenía catorce años, edad suficiente como para haberla asistido, amado, restaurado.

Deja que las palabras se derritan. Eso es lo genial. Deja salir las palabras; que el sonido pulido y grandioso cuente la historia.

-¡Devuélvemelo! -clamó Stefan-. De lo contrario, te advierto que te llevaré conmigo.

Obnubilada, me detuve.

-¿Qué dijiste?

No me respondió.

Comencé a tararear sosteniendo aún el violín entre el hombro y la barbilla.

-¿Adónde -le pregunté como en un sueño-, adónde me llevarás?

No me quedé aguardando su respuesta.

Interpreté la melodía más suave, que no había necesidad de estimular conscientemente; eran apenas notas delicadas que caían, tenues, cual besos a las manos, el cuello y las meji­llas de un bebé, como si yo tuviera a la pequeña Faye en mis brazos y la besara sin cesar, tan pequeñita, Dios santo, mamá, Faye se cayó por entre los barrotes de la cuna, ¡mira! Ya la sostengo. Pero ésta era Lily, ¿no? O Katrinka sola en la casa a oscuras con la bebita Faye cuando yo llegué.

Vómito en el piso.

¿Y qué ha sido de nosotros?

¿Dónde se había ido Faye?

"Pienso... pienso que tendrías que empezar a buscar a tu hermana -había dicho Karl-. Ya hace dos años que se marchó. No creo que vuelva."

"No creo que vuelva." No creo que vuelva, no creo que vuelva.

Eso mismo había dicho el médico cuando Lily quedó inmóvil bajo la máscara de oxígeno: "Ya no vuelve".

Que la música llore esto, que alivie el peso de tanta pena dándole una nueva forma.

Abrí los ojos sin dejar de tocar, viendo cosas, el mundo reluciente, extraño y maravilloso, pero sin darle nombre a las cosas que iba viendo, captando simplemente sus formas como inevitables y brillosas a la luz de las ventanas, el toca­dor de mi vida con Karl, y allí, la foto de Lev con su hermoso hijo, el mayor y más alto, de pelo claro como el de Lev y el de Chelsea, el que se llama Christopher.

Stefan corrió hacia mí.

Agarró el violín pero yo lo sostuve con fuerza.

-¡Se va a romper! -dije, y de un sacudón logré que lo soltara. Sólido, liviano, una cascarilla, y lleno de vida pal­pitante.

Retrocedí hasta los vidrios de la ventana.

-Lo voy a destrozar, ¿y quién se perjudicará más si lo hago?

Se puso loco.

-No sabes lo que es un fantasma -dijo-. No sabes lo que es la muerte. Farfullas sobre la muerte como si fuera una cuna de hamaca. Es olor fétido, es odio, es podredumbre. Tu marido, Karl, se convirtió en cenizas. ¡Cenizas! Y a tu hija se le hinchó el cuerpo por los gases, y...

-No -dije-. Este violín lo tengo yo, y puedo tocarlo.

Enfiló hacia mí. Con aire altivo, puso luego una serena cara de asombro, que le duró apenas un instante. Sus cejas oscuras no se habían fruncido, y sus ojos con pestañas largas y negras me escrutaban.

-Te anticipo -dijo con una voz más ronca, más endu­recida pese a que sus ojos nunca me parecieron tan francos y llenos de dolor- que tienes un objeto que viene de los muertos. Tienes algo que viene de mi reino, que no es el tuyo. Y si no me lo devuelves, te llevo conmigo. Te llevo a mi mundo, a mis recuerdos y mi sufrir, y así sabrás lo que es el dolor, idiota, puta de mierda, ladrona, avara. Hiciste sufrir a todos los que te amaban, a tu madre la dejaste morir, y a Lily le hiciste doler, ¿recuerdas? en la cadera, el hueso, recuerdas su carita al mirarte, y estabas ebria, y la acostaste sobre la cama y ella...

-¿Llevarme al reino de los muertos? ¿Y eso no es el infierno?

La cara de Lily. La había arrojado con demasiada brusque­dad sobre la cama; las drogas le habían carcomido los huesos. En el apresuramiento, le hice doler, y ella levantó la mirada, claro que me miró, me vio, calva, dolorida, temero­sa, una llamita de criatura, hermosa en la enfermedad y en la salud. Yo estaba borracha, Dios mío, y me voy a consumir en el infierno por los siglos de los siglos porque yo misma avivaré las llamas de mi propia perdición. Contuve el aliento. Yo no hice eso, no lo hice.

-Por supuesto que lo hiciste. Esa noche trataste con rudeza a tu hija, la empujaste, estabas ebria, tú, que habías jurado no dejar nunca que un niño sufriera lo que tuviste que padecer tú con una madre alcohólica...

Levanté el violín, bajé el arco y produje un lamento ardiente en la cuerda de la nota mi, la cuerda alta, la de metal; a lo mejor toda canción es una forma de lamento, un alarido organizado. El violín, cuando intenta llegar a un tono mágico, suena agudo como una sirena.

Él no podía detenerme, le faltaban fuerzas. Su mano aleteó sobre la mía. ¡Embrújame, espectro! ¡El violín tiene más fortaleza que tú!

-Rompiste el velo -maldijo-. Te advierto: el instru­mento que tienes en la mano me pertenece, y ni él ni yo somos de este mundo, cosa que tú sabes. Verlo es una cosa; venir conmigo es otra.

-¿Y qué veré cuando vaya contigo? ¿Tanto dolor que entonces te devolveré el violín? Vienes aquí y me das desespera­ción más que desesperanza, ¿y piensas que voy a llorar por ti?

Se mordió el labio, vacilando, pues no quería envilecer lo que iba a decir.

-Sí, eso verás, verás... lo que distingue al dolor... lo que... ellos...

-¿Quiénes eran ellos? Quiénes eran esas personas tan malvadas que pudieron expulsarte de la vida con una forma exterior, llevando este violín como para que pudieras apare­cer ante mí, fingiendo traerme consuelo, y en cambio me dejaste abatida, me hiciste ver esas caras llorosas, mi madre, ah, te odio... mis peores recuerdos.

-Te regodeabas atormentándote, representabas tú sola tus propias imágenes y poemas de cementerios, le cantabas a la muerte con fruición. ¿Crees que la muerte son flores? Devuélveme el violín. Grita con tus cuerdas vocales, pero dame el violín.

Mamá en un sueño dos años después de su muerte: -Viste flores, mi querida.

-¿Quiere decir que no estás muerta? -exclamé en el sueño, pero sabía que esa mujer era falsa, que no era ella, me di cuenta por la sonrisa ladeada, no era mi madre, mi madre se había muerto de verdad. Esa impostora fue muy cruel cuando dijo: "Todo el sepelio fue falso", cuando dijo: "Viste flores".

-Aléjate de mí -murmuré.

-Es mío.

-¡Yo no te invité!

-Me invitaste.

-No te merezco.

-Sí, me mereces.

-Inventé plegarias y fantasías, como dijiste. Dejé tribu-tos en la tumba, y esos tributos tenían pétalos. Cavé tumbas de mi tamaño. Tú me hiciste regresar, me llevaste a lo descar­nado, me hiciste sentir mareos con esas cosas. ¡Me cortaste la respiración! ¡Y ahora puedo tocar este violín!

Me di vuelta y toqué, levantando y bajando el arco con más gracia que nunca. ¡Mis manos sabían producir la canción! Sí, sabían.

-¡Sólo porque el violín es mío, porque no es real, arpía, devuélvemelo!

Retrocedí unos pasos al tiempo que interpretaba la melodía profunda y áspera, sin prestar atención al constante acercarse de sus manos desesperadas. Luego me detuve en seco, tiritando.

El vínculo mágico se establecía entre mi mente y mis manos, entre la intención y los dedos, la voluntad y la des­treza. Loado sea Dios, había sucedido.

-¡Sale de mi violín porque es mío! -adujo.

-No. El hecho de que no puedas sacármelo es claro. Quieres, pero no puedes. Puedes atravesar paredes, puedes tocar música. Lo llevaste contigo a la muerte, sí, pero ahora no me lo puedes sacar. Soy más fuerte que tú. Lo tengo yo, y permanece sólido, mira. ¡Escucha, canta! ¿Y si de alguna ma­nera hubiera estado destinado para mí? ¿Nunca se te ocurrió pensar eso, criatura maligna y depredadora, nunca amaste a nadie antes ni después de la muerte, como para pensar que tal vez...?

-Indignante. No eres nada, eres un ser fortuito, una entre cientos, el epítome de la persona que aprecia todo pero no crea nada, simplemente una...

-Ah, qué astuto. Pones cara de dolor, igual que Lily, igualita a la de mamá.

-Esto que me haces no está bien. Yo me habría ido, me habría marchado si me lo pedías. ¡Me hiciste una jugarreta!

-Pero no te fuiste porque me querías a mí, me ator­mentaste, no te fuiste hasta que fue demasiado tarde y yo te necesité. ¡Con qué derecho hurgas tan en lo profundo de mis heridas! ¡Y ahora tengo esto y soy más fuerte que tú! Dentro de mí, algo reclama esto, y no lo pienso soltar. Puedo tocar música con él.

-No; es parte de mí tanto como lo es mi cara, mi abrigo, mis manos o mi pelo. El violín y yo somos fantasmas, y ni te imaginas lo que ellos hicieron... no tienes autoridad, no puedes interponerte entre mí y el instrumento, no tienes capacidad de comprender esta perdición, y ellos...

Se mordió el labio; su cara transmitía la ilusión de un hom­bre que podía llegar a desmayarse por lo blanco que se puso al perder toda la sangre, que tampoco era sangre. Abrió la boca.

No soportaba verlo herido. No podía. Me pareció el error final, la maldad total, la última derrota, verlo dolido, Stefan, a quien apenas si conocía y le había robado. Pero no le devol­vería el violín.

Mis ojos se nublaron. No sentía nada, sólo el gran vacío de la nada. Nada. Oía música en mi mente, una reedición de la música que yo había interpretado. Incliné la cabeza y cerré los ojos. Toca de nuevo...

-De acuerdo, entonces -dijo. Desperté de esa sensa­ción de vacío y lo miré, y mis manos apretaron el violín.

-Tú elegiste -dijo, enarcando las cejas, con expresión maravillada.

-¿Qué elegí?


11

La luz fue apagándose en la habitación; del otro lado de las cortinas, las hojas brillosas perdieron su forma. Los olores del ambiente y del mundo no eran los mismos.

-¿Qué elegí?

-Venir conmigo. Ahora estás en mi reino, ¡estás conmigo! Yo tengo puntos fuertes y puntos débiles, no tengo la facultad de hacerte morir, pero sí puedo someterte a hechizos y zambullirte en el pasado verdadero tal como podría hacerlo un ángel, con la misma certeza con que puede hacerlo tu propia conciencia. Tú me llevas a esto, me obligas a hacerlo.

Un viento atroz tiraba mi pelo hacia atrás. La cama había desaparecido, lo mismo que las paredes. Era de noche, y los árboles parecieron enormes y luego desaparecieron. Hacía un frío muy intenso, ¡y había un incendio! Llamaradas altas y espeluznantes se recortaban contra las nubes.

-¡Dios mío, no pensarás llevarme allí! -dije-. ¡Ahí no! ¡Dios mío, la casa que se incendiaba, el miedo infantil al fuego! Ah, voy a romper este violín y convertirlo en astillas...

Gente que gritaba, daba alaridos. Sonaban campanas. La noche cobraba vida con carruajes y caballos, con personas que corrían por doquier, y el fuego era descomunal.

El incendio consumía una inmensa residencia de cinco pisos, cuyas ventanas superiores escupían llamas.

Se trataba de una muchedumbre de tiempos pasados, mujeres con el pelo recogido y faldas muy amplias que se ensanchaban a partir del busto, y hombres de levita, todos presas del terror.

-¡Santo cielo! -clamé. Sentía frío, y el viento me azotaba la cara. Iba recibiendo cenizas que volaban hacia mí, chispas que llegaban hasta mi vestido. La gente corría con baldes de agua, vociferaba. Vi, en la ventana de la inmensa casa, siluetas diminutas que arrojaban objetos hacia la multitud que se agolpaba abajo. Un enorme cuadro cayó cual oscura estampilla postal recortado contra el incendio, y varios hombres corrieron a abarajarlo.

La amplia plaza estaba colmada de personas que obser­vaban, lloraban, gemían y trataban de ayudar. Se arrojaban sillones desde los pisos altos. Con movimientos torpes alguien lanzó desde una ventana un enorme tapiz.

-¿Dónde estamos? Dime.

Me fijé en la ropa de la gente que pasaba: vestidos anchos del siglo pasado antes de que llegaran los corsés, hombres con sacos de grandes bolsillos. ¡Y hasta la camisa del hombre mugriento que yacía en una camilla, quemado y ensangren­tado, tenía mangas abullonadas!

Los soldados usaban sus gorras de ala ancha doblada hacia arriba, y de costado. Carruajes grandes y crujientes se acercaban todo lo que podían hasta el incendio mismo; cuando se abrían, bajaban de ellos hombres dispuestos a colaborar.

Cerca de mí, un señor se quitó su abrigo grueso y se lo puso en los hombros a una mujer que lloraba, cuyo vestido se parecía a un lirio invertido de seda marchita. Su cuello desnudo demostraba tener frío en el instante en que el abrigo lo cubrió.

-¡No te atrevas a ir ahí adentro! -me advirtió Stefan con una mirada furibunda. Temblaba. ¡No era inmune al fenómeno que había producido! Temblaba pero estaba hecho una furia. Yo aferraba el violín; no lo iba a soltar nunca.

-¡Vamos, por qué no te mueves!

La gente lo empujaba, nos daba empellones, no parecía reparar en nosotros, y sin embargo nos codeaba como si tuviéramos peso y espacio en su mundo, aunque obviamente no lo teníamos. Parecía ser la naturaleza de una ilusión: una seductora solidez, vital como el rugido del incendio mismo. La gente corría desde y hacia el fuego, y en determinado momento, un hombre notable, diminuto, con marcas de viruela y canoso aunque lleno de autoridad y con un visible enojo se nos acercó, un hombre desprolijo pero imponente que miraba a Stefan con ojos pequeños y negros.

-Dios mío -dije-, sé quién es usted. -Por un momen­to quedó en sombras contra el fondo de las llamas; luego se movió de modo que la luz iluminara su expresión ceñuda.

-Stefan, ¿por qué estamos aquí? -preguntó, impe­rioso-. ¿Por qué esto nuevamente?

-¡Ella me quitó el violín, Maestro! -respondió él, tratando de modular sus frágiles palabras-. Me lo quitó.

El hombrecito hizo un gesto de incredulidad; la multitud se lo tragó al tiempo que él daba un paso atrás, con aire reprobador, con su corbata de seda muy sucia, mi ángel de la guarda, mi Beethoven.

-¡Maestro! -exclamó Stefan-. ¡No me abandone, Maestro!

Esto es Viena, otro mundo, y el viento... no son las dimensiones aguzadas y nítidas del sueño lúcido... oh, y el agua que extraen con bombas, los baldes, la ancha calle húmeda donde se refleja el titilar de las llamas, están arrojando agua, y por la ventana cae un alboroto de espejos en sucesión desesperada, y por escaleras allí colocadas van bajando hasta candelabros, produciendo un lejano entre-chocarse, pasándoselos un hombre a otro y otro más.

Aparece fuego por una ventana inferior. Una escalera cae hacia atrás. Gritos. Una mujer se arquea en dos y grita.

Centenares de personas se adelantan corriendo, pero deben por fuerza retroceder cuando el mismo fuego brota de todas las ventanas de abajo. El edificio está a punto de explo­tar. ¡Las llamas consumen el techo, en lo alto del quinto piso! Una ráfaga de hollín y chispas me golpea en la cara.

-Maestro -llamó Stefan dominado por el pánico, pero la figura se había marchado.

Se volvió entonces, furioso, transido de dolor, y me hizo señas de que lo siguiera.

-Ven, quieres ver el incendio, ¿no? Quieres ver, deberías ver la primera vez, cuando casi me morí por el violín que me robaste, ven...

Nos hallábamos en el interior.

El vestíbulo de techos altos estaba lleno de humo. La cadena de arcos se veía por encima de nosotros, fantasmal por esa causa, pero por lo demás, real, real como el hollín del aire que nos ahogaba.

En el pagano cielo pintado, quebrado por un arco tras otro, abundaban los dioses que se esforzaban por ser vistos nuevamente, por enviar destellos de color, músculo y alas. La escalera era de mármol, inmensa, blanca, con balaustrada, Viena, el barroco, el rococó, nada tan delicado como el reino de París, nada tan severo como el reino de Inglaterra, no, era Viena, casi rusa en su exceso. Oh, la estatua que cayó al piso, las retorcidas ropas de mármol, la madera pintada. Viena en la frontera misma de Europa occidental, y esto es un palacio tan magnífico como jamás se haya construido.

-Sí, en efecto. Lo sabes -dijo él, con voz temblorosa-. ¡Es mi casa, mi hogar! La casa de mi padre. -Su susurro se perdió de pronto en el chisporroteo, la estampida de pies.

Todo en derredor se ennegreció, las altas butacas de pana rojo sangre, los ribetes de trencillas doradas, y por donde mirara veía boiserie, madera pintada de blanco y oro, tallada en el pesado estilo vienés, madera que se quemaría con el olor de los árboles, como si nadie hubiese pintado en estas paredes exquisitamente detalladas, murales de felicidad hogareña o victoria bélica, formando marcos rectangulares sobre material perecedero.

El calor destrozó a la muchedumbre viviente en las paredes pintadas, las columnas estriadas, los arcos romanos. Mira, hasta los arcos son de madera, madera pintada para que parezca mármol. Claro, esto no es Roma: es Viena.

Vi cristales que se hacían añicos y volaban por los aires, que giraban, descendían y se mezclaban con las chispas a nuestro alrededor.

Unos hombres bajaban estrepitosamente por la escalera con las piernas dobladas, los codos hacia afuera, portando un inmenso armario de marfil, plata y oro, que por poco dejan caer y luego volvieron a levantar en medio de gritos e insultos.

Entramos en el magnífico salón. Dios santo, es demasiado tarde para tanta grandiosidad. Es demasiado lo que ya ha desa­parecido. Las llamas son apasionadamente devoradoras.

-¡Stefan, vamos ya!

-¿De quién era esa voz?

Toses por doquier. Hombres y mujeres tosían como solía hacerlo mi madre, sólo que aquí había humo, el humo verdaderamente denso y aterrador de una conflagración. Estaba descendiendo de su sitio natural, bajo los techos.

Vi a Stefan, pero no al que tenía a mi lado, no al que me apoyaba su mano fuerte y cruel sobre el hombro, no a mi fantasma, que me aferraba estrechamente como un amante. Vi a un Stefan vivo, el recuerdo expresado en carne y hueso, con rebuscado cuello alto, chaleco y camisa blanca con volados, todo sucio de tizne, vi que del otro lado del gigan­tesco salón rompía el cristal de las descomunales vitrinas, sacaba los violines y se los entregaba al hombre que a su vez se los pasaba a otros y así sucesivamente hasta salir por las ventanas.

Hasta el aire era enemigo ahí, ominoso.

-Apresúrate.

Otros se agachaban a recoger lo que podían. Stefan arrojó un violín delante de un hermoso sillón dorado. Lanzó gritos e insultos. Otros desaparecieron por las ventanas portando lo que podían, incluso partituras de música. Las hojas se desprendían y rasgaban en las ráfagas... toda esa música.

En el techo abovedado sobre los arcos, los dioses y diosas se ennegrecían y arrugaban. Un bosque pintado se estaba pelando de las paredes. Las chispas saltaban produciendo una bella y artística espuma contra los medallones blancos de madera encostrados.

En el yeso del techo se vio un gran tajo como hecho por un fusil, y el fuego desnudo lo traspasó con su repugnante luz.

Sujeté su brazo, me apreté contra él, hice que ambos nos pegáramos contra la pared contemplando la penetrante lengua de fuego.

Por todas partes, enormes cuadros empotrados en la pared, hombres y mujeres con pelucas blancas que nos miraban, indefensos, a nosotros y al tiempo; míralos, aquél empieza a enrollarse soltándose de su marco, se produce un fuerte ruido, y mira, hasta los sillones mismos, tan artística-mente fabricados, con sus patas curvas, todo, todo arruinado, y el humo que sale con fuerza, se encrespa, trata de volver a elevarse, se esparce bajo el techo hasta hacer desaparecer para siempre los Campos Elíseos estilo rococó.

Corrían hombres a recoger violines y violonchelos que yacían esparcidos sobre la alfombra con diseño de rosas, instrumentos tirados por todas partes como si los hubieran dejado caer los últimos en huir. Una mesa torcida. Un salón de baile, sí, el piso, un despliegue de comida aún reluciente como si alguien pudiera venir a llevársela. El humo descen­día cual velo en derredor de una crujiente mesa de banquete. Platería, frutas.

Las velas de la araña que se mecía eran fuentes de cera caliente derramándose sobre las alfombras, los sillones, los instrumentos, hasta sobre la cara de un joven que lanzó un alarido, miró hacia arriba y luego salió disparando con un cuer­no de oro en la mano.

-¡Por Dios, hombre -gritó alguien-. ¡El fuego hace estallar las paredes, hasta las paredes mismas!

Una figura encapuchada, chorreando agua, pasó presurosa a nuestro lado rozando con su humedad mi mano derecha, un destello de botas lustrosas que entró en la habitación y levantó la enorme sábana mojada para proteger a Stefan, y luego, manoteando un laúd del piso, corrió hacia la ventana y su escalera.

-¡Stefan, ven ya mismo! -gritó.

El laúd desapareció, lo fueron pasando y bajando. El hombre giró, con los ojos brillosos, la cara colorada, y estiró los brazos hacia atrás para recibir el violonchelo que Stefan levantó y le entregó.

Un gran estrépito resonó en el edificio.

La luz era insoportable por lo intensa, como si se tratara del día del juicio. El fuego bramaba del otro lado de una lejana puerta lateral. La ventana más distante perdió sus cortinados en una exhalación de llama y humo, y los barrales cayeron, torcidos, al suelo cual lanzas.

Ah, esos finos instrumentos, los milagros musicales tan bellamente confeccionados a mano que nadie podría después, ni siquiera con toda la tecnología del mundo electrónico, igualar tal perfección. Alguien había pisoteado ese violín. Alguien había aplastado aquella viola, ah, objeto sagrado, roto.

¡Ay, que tuviera que quemarse todo esto!

La araña osciló peligrosamente en la bruma nociva cuan-do, por encima de ella, se vio que el techo entero temblaba.

-¡Vamos! -dijo el otro. Otro hombre manoteó un violín pequeño, un instrumento para niños, quizá, y se escapó por una ventana, y otro más, de cuello alto y plegado y pelo ensortijado, cayó de rodillas sobre el piso de madera con una mano sobre la alfombra. Tosía, se asfixiaba.

El joven Stefan, con el pelo revuelto, su principesco atuendo cubierto de chispas, chispas agonizantes de llamas verdaderas, arrojó la tela húmeda sobre el hombre que tosía.

-¡Levántate, levántate, Joseph! ¡Aquí adentro te vas a morir!

Los oídos me retumbaban.

-¡Es demasiado tarde! -grité-. ¡Ayúdalo! ¡No lo dejes!

Stefan, mi fantasma, se hallaba a mi lado riendo, apoyán­dome una mano en el hombro. El humo formaba un velo entre nosotros, una nube en la cual nos hallábamos, etéreos y a salvo, monstruosamente apartados, su hermosa cara de la misma edad -ni un día mayor que la otra imagen- mirándome con desdén, una máscara deficiente para su propio sufrir, un disfraz en cierto modo inocente para un dolor tan intolerable.

Luego se dio vuelta y señaló hasta esa distante y activa imagen de sí mismo, húmedo, que lanzaba gritos y era llevado a rastras de la habitación por dos que habían entrado por la ventana, mientras el que estaba perdido seguía tan­teando en la oscuridad, arañando la alfombra, ya sé, ya sé, no puedes respirar. Estaba por morir. El que tú llamaste Joseph. Está muerto, ya es tarde para él. Dios santo, mira. Una viga se había caído entre nosotros.

El cristal de las puertas de las vitrinas volaba hecho astillas. Vi por doquier violines y trompetas relucientes, abandonados. Un fantástico corno francés. Una bandeja de dulces, derribada. Copas que relucían, no, que resultaban abrasadas por el fuego.

El joven Stefan, irreparablemente confundido en el momento, forcejeaba con quienes lo salvaban, estiraba los brazos, clamaba que le dejaran salvar a uno más, ¡uno más de la vitrina, suéltenme!

Quería salvar uno más, éste, el Stradivarius largo. Crista­les brillosos barridos del estante en el momento en que lo sacó con su mano libre, mientras lo arrastraban. Lo tenía, y tenía también el arco.

Alcancé a oír que, a mi lado, mi fantasma contenía el alien­to. ¿Le daba la espalda a su propia magia? Yo no podía hacerlo.

Un repentino chisporroteo estaba consumiendo el techo. Alguien gritó en el inmenso hall, a nuestras espaldas. El arco, Stefan tenía que llevarse eso también, y sí, el violín, y luego un hombre fornido, lleno de furia y miedo, levantó al muchacho y lo arrojó por la ventana.

El fuego se elevó, tal como había hecho en aquella siniestra casa de la avenida cuando era chica, la casa oscura de arcos sencillos y sombras más pedestres, tenue eco norteamericano de toda esta majestuosidad.

Las llamas se alimentaban y ascendían para convertirse en una barrera. La noche era roja y brillante, y nadie estaba a salvo, nada estaba a salvo; el hombre que se hallaba en medio del humo tosió y se murió, y el fuego cada vez se acercaba más. Los sofás dorados que teníamos cerca se prendieron fuego, y daba la impresión de que el tapizado se encendía desde adentro. Todos los tapices eran antorchas; todas las ventanas, portales ignotos que daban a un cielo negro y vacío.

Yo debo de haber estado gritando.

Me detuve, aferrando aún el violín fantasma, cuya imagen él acababa de salvar.

Ya no estábamos en la casa. Gracias a Dios.

Nos hallábamos en la colmada plaza. ¡Cómo iluminaba la noche el horror!

Vi mujeres de vestido largo que pasaban corriendo, lloraban, se abrazaban unas con otras, señalaban.

Nos paramos frente a la fachada ardiente de la casa, invisibles a los ojos de los hombres que, llorosos y frenéticos, seguían corriendo para salvar objetos. La pared se desplomaría sobre todos esos sillones de pana. Caería sobre los divanes arrojados atropelladamente, y los cuadros, ah, sus marcos rotos, destrozados, grandes retratos.

Stefan me rodeó con un brazo como si tuviera frío, y su blanca mano cubría la mano mía que sostenía el violín, pero sin tratar de quitármelo. Temblaba contra mí. Estaba muy concentrado en el espectáculo. Su susurro era lastimero y dejaba traslucir el tumulto avizorado.

-Y así ves cómo cae -me murmuró al oído, y sus-piró-. Ver caer la última grandiosa mansión rusa en la bella Viena, una casa que sobrevivió a los soldados y cañones de Napoleón, las intrigas de Metternich y sus espías siempre vigilantes, la última casa rusa que tuvo su propia orquesta, al igual que tantos sirvientes para la mesa, una orquesta lista para interpretar las sonatas de Beethoven no bien se secaba la tinta, hombres capacitados para tocar Bach mientras bostezaban, o Vivaldi con la frente sudorosa, noche tras noche, y todo esto hasta que una vela, una sola vela rozó un pedazo de seda, y aparecieron unas corrientes de aire del infierno y llevaron las llamas por cincuenta habitaciones. La casa de mi padre, la fortuna de mi padre, lo que soñaba mi padre para sus hijos rusos que, bailando y cantando en esta frontera entre oriente y occidente, jamás habían visto su propia Moscú.

Se apretó contra mí, sujetándome el hombro con la mano derecha y manteniendo la izquierda apoyada sobre la mano mía que aferraba el violín contra mi pecho.

"Mira a tu alrededor las otras casas, las ventanas con sus arquitrabes. ¿Te das cuenta de dónde estás? Estás en el centro del mundo musical. Estás donde Schubert pronto se hará famoso en habitaciones pequeñas y morirá en un abrir y cerrar de ojos sin haberme encontrado nunca en mi tristeza, te lo aseguro, y donde Paganini aún no se atrevió a hacerse notar por miedo a la censura. ¿Le temes al fuego, Triana?

No le respondí. Se hacía daño a sí mismo tanto como a mí. El daño que hacía era tanto que se asemejaba al calor.

Lloré, pero ahora era tan habitual que yo llorara que quizá no tendría que mencionarlo aquí ni en ninguna parte a medida que continuemos el relato. Lloré, y observé los carruajes que llegaban para llevarse a las personas que sufrían, mujeres que agitaban la mano desde las ventanillas de los carruajes de ruedas grandes y elegantes, tirados por caballos ruidosos y alborotados en el pandemónium.

-¿Dónde estás Stefan? ¿Dónde te metiste? Saliste de la habitación, ¿pero dónde estás? ¡No te veo a ti, el Stefan viviente!

Me sentía aturdida, sí, pero estaba aparte con él, y lo que él podía señalarme eran sólo imágenes de cosas pasadas. Yo eso lo sabía, pero en mi infancia un incendio de esas caracte­rísticas me habría arrancado gritos de impotencia. Bueno, la infancia ya había pasado, y eso era una pesadilla para una mujer dolida; era algo que debía provocar suaves sollozos y una sensación de desmoronarse toda fuerza interior.

El viento helado avivaba las llamas. Un ala de la casa se de­rrumbó: las paredes se desprendieron, las ventanas se abrieron, y el techo explotó produciendo torrentes de humo negro. La gran mole parecía un inmenso farol. La muchedumbre debió correrse hacia atrás. La gente se caía, gritaba.

Una última silueta fatal saltó desde el techo, una figura pequeña de extremidades negras lanzada al feroz aire amarillo. La gente dejó escapar exclamaciones. Algunos corrieron hacia esa ramita negra que caía -y que era un hombre, un ser indefenso, perdido-, pero debieron retroceder empujados por las llamas enceguecedoras. Las ventanas de la planta baja se abrieron cual flores encendidas.

Otra lluvia de chispas nos alcanzó, llegó incluso a tocarme pelo y párpados. Yo cubrí el espectral violín. Las chispas vola­ban contra nosotros, pesadas, trayendo olor a destrucción, y caían como lluvia sobre todos los que nos rodeaban, sobre nosotros también, en esta visión y este sueño.

Corta esta visión. Se trata de un truco. Ya en otras ocasio­nes has cortado estos sueños lúcidos, sueños que te envolvían con tal fuerza que te hacían pensar que habías muerto. Interrumpe éste.

Clavé la mirada en los sucios adoquines. Olor a excre­mentos de caballos. Me dolían los pulmones a causa del aire acre, del humo. Paseé la vista por los palacios largos y rectangulares, de varios pisos, que nos rodeaban. Muy reales esas fachadas barrocas, y el firmamento allá en lo alto, Dios mío, mira el fuego en las nubes, ésta es la peor medida de la catástrofe (o también, el hecho de que hubiese aunque más no fuera una sola víctima, y cuántas había habido allí). Aspiraba el hedor del incendio mientras lloraba. Tomé con mis manos las chispas que morían en el viento gélido. El viento me hacía doler los párpados más que las chispas.

Observé a Stefan, mi Stefan fantasma que tenía la mirada perdida, como si él también se sintiera cautivado por esta visión infernal, con sus ojos vidriosos, la boca tierna, los delicados músculos de su cara moviéndose como si él luchara denodadamente contra lo que veía... ¿No podría esto cam­biarse? ¿Era necesario que esa casa terminara destruida?

De improviso se dio vuelta y me miró, presa de ese momento de preocupación. En sus ojos, sólo dolor y una pregunta: ¿Ves?

El gentío seguía llegando desordenadamente hasta nosotros, pero no nos veían. No formábamos parte del furor, no éramos un obstáculo, apenas dos siluetas que podían sentir y ver todo lo que ese mundo contenía, en perfecta empatía.

Una imagen fugaz, una figura conocida, me llamó la atención.

-Ah, ahí estás -exclamé. Vi, a lo lejos, al Stefan viviente, el Stefan joven, de abrigo extraño y suelto con cuello alto, alejado del fuego, a salvo, y a su alrededor, los instrumentos desparramados por el piso. Un viejo se inclinó a besarlo en la mejilla, a secarle las lágrimas.

El Stefan viviente sostenía el violín, el violín rescatado, el joven Stefan con su distinguida vestimenta toda sucia. Una mujer con capa de seda verde con ribetes de piel se acercó y lo envolvió.

Unos muchachos recogieron el precioso salvamento.

De pronto me sentí golpeada por una fuerte ráfaga que no parecía de esta visión. Un sueño, sí; despiértate... pero no puedes. Sabes que no puedes.

-Por supuesto que no. Y además, ¿lo harías? -me susurró Stefan con su mano fría sobre la mía que sostenía el violín verdadero. ¿Y qué fin había tenido el otro, el juguete que el muchacho había salvado? ¿Cómo habíamos sido impelidos para llegar a esto?

Pero algo se iluminó intensamente en el rabillo de mi ojo.

Ahí estaba el Maestro, no como un ser vivo de este mundo, como tampoco lo éramos nosotros. Apartado del gentío, y con una actitud de espeluznante intimidad con nosotros, se nos acercó, de modo que pude verle los mechones de pelo entrecano que le nacían de las sienes, los ojos oscuros y penetrantes que nos recorrían, el mohín de su boca incolora, mi Dios, mi guardián sin el cual no puedo siquiera llegar a imaginar la vida.

Contra eso no quise protegerme.

-¡Stefan, por qué esto ahora! -exclamó Beethoven, el hombrecito que yo conocía, el hombre que todo el mundo conocía de verlo en estatuillas de rostro ceñudo y en dramáticos dibujos, con cicatrices de viruela, feroz, y sin embargo un fantasma lo mismo que nosotros. Sus ojos se posaron en mí, en el violín, en su alto y espectral discípulo.

-¡Maestro! -clamó Stefan estrechándome con más fuerza, mientras el fuego seguía ardiendo y la noche se volvía densa de gritos y campanadas-. ¡Ella me lo robó! Míralo. ¡Me robó el violín! Oblígala a que me lo devuelva. ¡Maestro, ayúdame, por favor!

Pero el hombrecito miró con rostro de enojo, indicó que no, sacudiendo la cabeza como había hecho antes, dio media vuelta y, lanzando un resoplido de disgusto, volvió a alejarse. La multitud se lo tragó de nuevo, la negra confusión de perso­nas que lloraban, el caos en nuestro derredor, y el indignado Stefan que me sostenía tratando de apretar con su mano el violín.

Pero lo tenía yo.

-¿Me das la espalda, Maestro? -gimió-. ¡Oh, Dios, qué me has hecho, Triana, adónde me has llevado! ¡Qué has hecho! Una vez que lo veo él me abandona...

-¡Esta puerta la abriste tú mismo! -le contesté.

Qué rostro compungido, indefenso. No había emoción que pudiera hacerlo parecer menos hermoso. Dio un paso atrás, frenético, restregándose las manos, restregándoselas de verdad, ah, cómo se le ponen de blancos los dedos al hacerlo, mientras observa con ojos grandes y atormentados la inmensa cáscara de la casa que se desploma.

-¿Qué has hecho? -volvió a exclamar. Me miró a mí y al violín. Le temblaban los labios, y se le notaba húmedo el rostro.

-¿Por qué llorar? ¿Por mí? ¿Por ti? ¿Por ellos?

Miró de derecha a izquierda, y continuó:

-¡Maestro! -dijo, registrando la noche con sus ojos. Se irguió, con los labios sobresalidos, llorando.

-¡Devuélve­melo! -me pidió imperiosamente-. Devuélvemelo. ¡No he visto nunca, en dos siglos, una sombra tan segura como yo, nunca! Ahora la sombra es el Maestro, y el Maestro me vuelve la espalda. Maestro, te necesito...

Se alejó, pero no en forma deliberada sino a causa de la ociosa danza de sus gestos desesperados, sus miradas pe­netrantes.

-¡Devuélvemelo, puta! Ahora estás en mi mundo. Estas cosas son imaginarias, y tú lo sabes.

-Tanto como lo eres tú y lo era él -dije con una vocecita débil, hasta confundida, pero insistente-. El violín lo tengo en mis brazos, y no pienso dártelo.

-¿Qué pretendes de mí? -se lamentó. Tenía los dedos estirados, la espalda cargada, las cejas rectas que, inexpre­sivas, aumentaban no obstante la expresión de los ojos que enmarcaban.

-¡No sé! -dije. Lloré, traté de inhalar más aire, lo conseguí, no lo necesitaba y al mismo tiempo no me era suficiente, pero no importaba.

-Quiero el violín. Quiero el don. Toqué música con él, en mi propia casa. Sentí que me entregaba a él.

-¡No! -vociferó como si estuviera por volverse loco en ese reino donde solamente él y yo nos encontrábamos, soslayados por todos esos seres de apariencia carnal que pasaban gritando a nuestro lado.

Vino derecho hacia mí, me rodeó con sus brazos y apoyó la cabeza sobre mi hombro. Levanté la mirada mientras él me mantenía abrazada y yo sentía su pelo sedoso que me caía por la cara. Detrás de él vi al joven Stefan, y con él un Beethoven viviente, por cierto que lo era, un Beethoven canoso y viviente, encorvado, belicoso y lleno de amor, despeinado, con ropa raída, que tomaba a su discípulo por los hombros y hacía gestos con el violín como si se tratara de una mera batuta, mientras que otros, sollozando, caían de rodillas o se sentaban sobre las piedras frías, llorando.

El humo llenaba mis pulmones, pero no me tocaba. Las chispas se reunían en incesantes remolinos alrededor de nosotros, pero no tenían fuego que nos quemara. Él me sos­tenía, temblando, tratando de no aplastar el objeto preciado. Me abrazaba a ciegas, hundiendo su frente contra mí.

Sosteniendo fuertemente el violín, alcé la mano izquierda para levantarle la cabeza y palpar el cráneo bajo su pelo espeso y aterciopelado, y sus sollozos fueron un ritmo vibrante y ahogado contra mi cuerpo.

El incendio menguó, el gentío fue desdibujándose, las tinieblas se volvieron frescas, no frías, frescas con el aire salobre del mar.

Estábamos solos, o a una gran distancia.

El incendio ya no existía más. Todo había desaparecido.

-¿Dónde estamos? -le susurré al oído. Parecía en trance, y seguía abrazándome. Sentí olor a tierra, a cosas viejas y mohosas... sentí el mal olor de los muertos recientes, de los
muertos antiguos, pero por encima de todo, el aire limpio y salobre que soplaba y se llevaba todo, en el mismo instante en que lo inspiraba.

Alguien interpretaba exquisitamente el violín. Alguien le arrancaba un embrujo absoluto al instrumento. ¿Qué era esa diestra elocuencia?

¿El que tocaba era mi Stefan? Era alguien que jugueteaba con el instrumento, con un inmenso poder y confianza, que brincaba y arremetía con una canción más capaz de producir miedo que lágrimas.

Pero traspasaba la noche como la navaja más filosa. Era intensa, y parecía no tener comienzo en la penumbra.

Era también pícara, alegre y hasta llena de ira.

-¿Stefan, dónde estás? ¿Dónde nos hallamos ahora? -Mí fantasma se limitó a estrecharme con fuerza como si él mismo no quisiera ver ni enterarse. Lanzó un largo suspiro como si esa canción frenética no le afectara la sangre, no impulsara sus extremidades espectrales, como si no lo sedujera en la muerte como me seducía a mí.

Volvieron a soplar sobre nosotros suaves vientos ma­rinos, y una vez más el aire se llenó de la humedad del mar, pude sentir olor a mar, y desde lo lejos comprendí lo que veía.

Un nutrido grupo de personas con velas en las manos, siluetas vestidas con capas, figuras con brillosas galeras negras, vestidos largos, faldas amplias que barrían suavemente la tierra, dedos con guantes oscuros que protegían llamitas minúsculas y temblorosas. Aquí y allá las luces se reunían para alumbrar a un grupo entero de rostros atentos, ansiosos. La música era frágil, luego estallaba con gran potencia, un diluvio, un ataque.

-¿Dónde estamos? -pregunté. Ese olor era el típico olor a muerte, a muertos putrefactos. Nos hallábamos rodeados de panteones y ángeles de piedra.

-¡Son tumbas, mira, tumbas de mármol! -exclamé-. Estamos en un cementerio. ¿Quién toca música? ¿Y quiénes son esas personas?

Él no hacía más que llorar. Por último levantó la cabeza. Encandilado, contempló la multitud distante, y sólo ahora pareció que le llegaba la música, que lo despertaba.

El lejano solo de violín había atacado con una danza, una danza que tenía un nombre que no me venía a la mente, una dan­za campestre que en cualquier tierra habla sobre el peligro de destrucción implícito en el desenfreno.

Sin darse vuelta, soltándome apenas un poco y mirando por encima del hombro, habló:

-Es verdad, estamos en el cementerio. -Se lo notaba cansado de llorar. Volvió a atraerme con fuerza cuidando de no hacerle daño al violín, y nada en su postura o sus modales daba a entender que trataría de arrebatármelo.

Tenía los ojos fijos en el gentío distante, igual que yo. Parecía inhalar la fuerza de la música movida.

-Pero esto es Venecia, Triana -dijo, besándome la oreja. Dejó escapar un gemido suave, como un animal herido-. Es el cementerio de Lido. ¿Y quién crees que está tocando para producir un efecto, para recibir elogios, por capricho? Y la ciudad bajo Metternich está llena de espías para el estado Habsburgo que nunca permitirá que haya otra revolución u otro Napoleón, un gobierno de censores y dictadores. Quién toca aquí, provocando a Dios por así decirlo, en terreno sagrado, con una canción que nadie santificaría.

-Sí, en eso coincidimos -murmuré-. Nadie la santifi­caría. -Las notas producían los inevitables escalofríos. Me dieron ganas de tocar yo, de tomar mi violín y unirme como si se tratara de un baile campestre en el que participan violi­nistas. ¡Qué petulancia!

La canción caía como plomo, pero con una enorme pericia, una gran velocidad, una potencia infinita y delicada, un deslizarse en el embelesamiento. Sentí que se me estrujaba el corazón como si el violín me estuviera suplicando, tal como me había suplicado Stefan por el violín que yo aún conservaba, por algo mucho más preciado, por todo, por todas las cosas.

Aparté la vista del puñado de velas y rostros. Los ángeles de mármol no protegían a nadie en la noche lluviosa. Estiré el brazo derecho y toqué una sepultura de mármol con puerta y frontón. Esto no es un sueño; se trata de algo sólido como lo fue Viena. Esto es un lugar, Lido había dicho él, la isla frente a la ciudad de Venecia.

Levanté la cabeza para mirarlo y él bajó la suya para mirarme también, y parecía cariñoso, casi, maravillado. Creo que sonrió, pero no estoy segura. Las velas no daban buena luz, y estaban lejos. Se agachó y me besó en los labios. El más dulce de los escalofríos.

-Stefan, pobre Stefan -musité, besándolo.

-Lo oyes, ¿no, Triana?

-¡Que si lo oigo! Me va a tomar prisionera -respondí, y me enjugué la mejilla. El viento era mucho menos frío que en Viena. No cortaba; tenía sólo su frescura, y transportaba levemente la corrupción profunda del mar y el cementerio. De hecho, el mal olor del mar parecía acarrear dentro de sí el hedor de la tumba y declarar que ambos eran, simplemente, naturales.

-¿Quién es el virtuoso? -pregunté, y volví a besarlo ex profeso. No hallé resistencia. Levanté la mano y acaricié el hueso de su frente bajo sus cejas satinadas, la arista a lo largo de la cual éstas se hallaban dibujadas en forma tan recta. Pelitos suaves, peinados, muy finos, chatos y oscuros, es decir una capa ancha pero no espesa, y sus pestañas bailotearon intencionalmente contra la palma de mi mano.

-¿Quién toca así? -le pregunté-. ¿Eres tú? ¿Podemos avanzar en medio de la gente? Déjame verte.

-Ah, no, mi querida, no, aunque quizá yo le haya dado algo de entretenimiento, pronto lo verás, pero mira con tus propios ojos, ven. Ahí estoy yo, ¿ves? Un espectador, un adorador. Vela en mano, escuchando, estremeciéndome con todos los demás mientras este genio toca, por amor a la emoción que despierta en nosotros, por amor al espectáculo del cementerio y sus velas, quién crees que es, a quién habría venido yo a escuchar, tan lejos de Viena, transitando por los peligrosos caminos italianos... ves mi pelo sucio, mi abrigo gastado. ¿Por quién habría estado yo dispuesto a trasladarme tan lejos si no por el hombre al que denominan el Diablo, el poseído, el Maestro, Paganini?

El Stefan viviente apareció con las mejillas arreboladas, los ojos que reflejaban dos llamas idénticas pese a que no llevaba vela alguna, retorciéndose las manos enguantadas, los dedos de la derecha rodeando los de la izquierda, escuchando.

-Sólo que... -dijo el fantasma a mi lado, y me hizo apar­tar el rostro del viviente-. Sólo que... hay diferencia.

-Comprendo -dije-. Sinceramente quieres hacerme ver estas cosas, quieres que entienda.

Hizo gestos de negación con la cabeza como si eso fuese demasiado horripilante, y luego, con voz quebrada, repuso:

-Yo nunca las he mirado.

La música se volvió suave; la noche se cerró, se abrió en una tonalidad distinta de luz.

Me di vuelta. Traté de ver las tumbas, la gente, pero algo totalmente distinto había ocupado su lugar.

Nosotros dos, fantasma y viajera -amante, ladrona, torturadora, lo que fuese que yo fuera- éramos espectadores invisibles, sin lugar, si bien yo sentía el violín sujeto entre mis manos como siempre, y mi espalda apoyada fuertemente contra su pecho, y mis senos -con el violín ubicado, reverente, entre medio de ambos- cubiertos por sus brazos. Sus labios rozaban mi cuello. Me daba la sensación de que las palabras brotaban contra la carne.

Miré hacia adelante.

-¿Quieres que yo vea...?

-Que Dios me ayude.


12

Íbamos por un canal angosto; la góndola había abandonado el Gran Canal e ingresado en la lonja de agua color verde oscuro, olorosa, que había entre las hileras de palacios erigidos uno pegado al otro, ventanas de arcos moriscos, todo el color exudado en la oscuridad. Fachadas imponentes de apiñado esplendor enraizadas en el agua. Venecia: una arrogancia, una gloria. Mirando a ambos lados, las paredes se veían tan mojadas y barnizadas de légamo a la luz de los faroles que bien podía ser que la ciudad hubiera surgido de las profundidades, haciendo aflorar la podredum­bre nocturna bajo la luz de la luna con siniestra ambición.

Entonces comprendí por vez primera la suavidad de la góndola, la furtiva destreza con que esa embarcación larga, de proa alta, avanzaba, veloz, entre las costas rocosas, bajo los tenues y oscilantes faroles.

El joven Stefan iba sentado, conversando animadamente con Paganini.

El propio Paganini parecía embelesado. Paganini, con la nariz de gancho y los gigantescos ojos protuberantes con que se lo ha pintado en numerosos retratos, una presencia ardiente en la cual lo dramático superaba a la fealdad sin el menor esfuerzo y se convertía en magnetismo puro.

En nuestra invisible ventana a este mundo, el fantasma que iba a mi lado tembló, y yo besé los dedos que apretaban mi hombro.

Venecia.

Desde una ventana alta con postigos que, abierta, era un perfecto cuadrado amarillo en la noche, una mujer arrojó flores y gritó algo en italiano, y la luz se derramaba sobre los capullos que caían sobre el virtuoso al tiempo que la frase sonaba en un peculiar crescendo italiano: "¡Bendito Paganini, dispuesto a tocar sin retribución por los muertos!". Las palabras parecían un collar donde resaltaban las palabras del medio, y luego se bajaba la respiración en la palabra "muertos".

Hubo otros que se hicieron eco del mismo grito. Se abrie­ron postigos en lo alto. Desde un techo, unas figuras movedizas arrojaron rosas de unas cestas sobre el agua verde, adelante de la embarcación.

Rosas, rosas, rosas.

La risa ascendía por las piedras húmedas; en las puertas pululaban los oyentes escondidos. Se veían siluetas en los calle­jones, y un hombre cruzó corriendo un puente por encima de la góndola justo cuando ésta pasaba por debajo. En la mitad misma del puente, una mujer se agachó y desnudó sus pechos a la luz del farol que pasaba.

-Para estudiar con usted he venido -le confesó Stefan a Paganini en la góndola-. Vine con lo puesto y sin la bendi­ción de mi padre. Tenía que escucharlo con mis propios oídos, y comprobé que no era música del Diablo, malditos sean quienes dicen eso; era un hechizo antiguo -verdadero, probablemente-, pero nada tiene que ver con el Diablo.

Una gran carcajada partió de la silueta más encorvada de Paganini; sus ojos brillaban en la oscuridad. A su lado, una mujer se le aferraba como una giba que le hubiera crecido en todo su costado izquierdo.

-Príncipe Stefanovsky -dijo el gran italiano, el ídolo, el violinista byrónico por excelencia, el amor romántico de las jovencitas-, he oído hablar de usted y su talento, de su casa de Viena donde el propio Beethoven presenta su obra, y me enteré de que una vez Mozart fue allí a darle clases. Sé quiénes son ustedes, una acaudalada familia rusa. Obtienen el oro de un cofre sin fondo en manos del zar.

-No me confunda -respondió Stefan amable, respe­tuoso, desesperado-. Tengo dinero para pagarle bien estas clases, signore Paganini. Tengo un violín propio, mi querido Stradivarius. No me atreví a traerlo, a recorrer con él estos ca­minos de postas, día y noche, hasta llegar aquí. Vine solo, pero tengo dinero. Yo primero quería oír de sus labios que me aceptaría, que me consideraba digno...

-Pero príncipe Stefanovsky, ¿acaso debo instruirlo yo sobre la historia de los zares y sus príncipes? Su padre no le permitirá estudiar con el campesino Niccoló Paganini. Su destino está al servicio del zar, como siempre ha ocurrido en su familia. La música fue un pasatiempo en su casa... ah, no se ofenda... sé que el propio Metternich -se inclinó hacia ade­lante para hablarle en susurros- el feliz dictador mismo, toca bien el violín, y yo he tocado para él. ¡Pero que un príncipe quiera convertirse en lo que soy yo! Príncipe Stefanovsky, ¡yo vivo de esto, de mi violín! -Señaló con un ademán el instru­mento dentro de su estuche de madera lustrada, que mucho se asemejaba a un pequeño ataúd-. Y usted, mi bello joven ruso, debe acatar la tradición y los deberes de su patria. La vida mili­tar, los honores lo esperan. El servicio en Crimea.

Clamores de elogio desde arriba. Antorchas en el muelle. Mujeres con vestidos que susurraban al moverse corrían de prisa a un puente nuevo y más alto. Pezones rosados en la noche, vestidos abiertos para poder mostrarlos.

-Paganini, Paganini.

Rosas una vez más, que caían sobre el hombre, y éste se las sacaba de encima y miraba fijamente a Stefan. La voluminosa mujer que era como una giba envuelta en una capa movió una mano blanca en la penumbra, la llevó a la entrepierna de Paganini, y sus dedos lo tocaron como si las partes pudendas del maestro fuesen una lira, si no un violín. Él no pareció darse cuenta siquiera.

-Créame que quiero su dinero -dijo el músico-. Lo necesito. Sí, yo toco por los muertos, pero usted conoce mi vida tormentosa, los reclamos judiciales, los enredos. Pero soy un campesino, príncipe, y no renunciaré a mis victorias itinerantes para encerrarme en Viena en un salón con usted... ah, los vieneses, siempre tan críticos y aburridos, los vieneses que ni siquiera le dieron a Mozart su pan y manteca. ¿Conoció usted a Mozart? No, y usted no puede permanecer conmigo. Metternich, sin duda, a instancias de su padre, ya ha enviado a alguien a buscarlo. Se me acusará de alguna detestable traición por este asunto.

Stefan estaba destruido, con la cabeza gacha, sus mejillas tiernas del dolor. Sus ojos destellaban con la luz de las aguas aletargadas pero brillantes.

Un interior:

Una habitación veneciana, revuelta, húmeda, paredes oscuras y altísimo techo amarillo con apenas restos de una muchedumbre pagana que en una época fue nueva y de vivos colores antes de alcanzar la muerte en el rico palacio veneciano de Stefan. Una larga cortina de polvorienta pana color borgoña mezclada con raso verde oscuro caía desde un gancho ubicado en lo alto, y mirando por la angosta ventana vi la pared ocre del palacio contiguo, tan cerca que casi se podía estirar la mano, atravesar el callejón si uno lo quería y golpear los postigos de sólida madera verde.

Sobre la cama sin tender, se apilaban batas de gruesas telas y arrugadas camisas de hilo con encaje Reticella; en las mesas había gran cantidad de cartas, con sus sellos de cera abiertos, y en varios lugares vi restos de velas. Por todas partes, ramos de flores marchitas.

Pero...

¡Stefan estaba tocando! Parado en el centro de la habita­ción, sobre el lustroso piso veneciano, tocaba no con éste, nuestro violín espectral, sino con otro indudablemente fabri­cado por el mismo artesano. Y alrededor danzaba Paganini mientras interpretaba variaciones que se burlaban del tema de Stefan, una competencia, un juego, un dúo, una guerra quizá.

La pieza que interpretaba Stefan era un sombrío Adagio de Albinoni en sol menor para cuerdas y órgano, que él convertía en un solo, puesto que interpretaba una parte, y la otra, y la otra también, y su dolor se centraba en su casa destruida, y a través de la música alcancé a ver tenuemente el palacio que se incendiaba en el frío de Viena y toda la belleza consumida por las llamas. La música, lenta, constante, se desplegaba, y man­tenía tan subyugado al propio Stefan que él casi parecía no percatarse de la figura que efectuaba cabriolas a su alrededor.

¡Qué música! Daba la sensación de ser el máximo de dolor que podía confesarse con total dignidad. No llevaba implícita una acusación. Hablaba de sabiduría, de una tristeza cada vez mayor.

Sentí que me venían las lágrimas, lágrimas que son como manos para aplaudir, una señal de empatía mía para con él, el hombre-muchacho que se encontraba ahí, mientras el genio italiano bailoteaba describiendo un círculo como el duende-cilio del cuento que hila hebras de lino y las convierte en oro.

Hebra tras hebra del Adagio iba extrayendo Paganini y las convertía en un capricho, un retozar de dedos que corrían sobre las cuerdas a una velocidad imposible de seguir; después, con una precisión total, descendía para recibir la frase misma a la que Stefan, con su ritmo lúgubre, acababa de llegar. La destreza de Paganini parecía hechicería, como siempre se dijo, y en todo esto -esta silueta delgada, solitaria e imperial, inmune en su dolor, y Paganini, el bailarín que se burlaba o rasgaba la mortaja para obtener brillantes hebras- no había nada de discordante sino más bien algo totalmente nuevo y espléndido.

Stefan había cerrado los ojos e inclinado la cabeza hacia un lado. Sus amplias mangas estaban manchadas de lluvia, quizás; el bello encaje punto in aria de los puños, desflecado y las botas con pegotes de barro seco, pero su brazo era de medidas perfectas. Sus cejas oscuras y rectas nunca me habían parecido tan lisas y bellas, y cuando atacó con la parte de órgano de la pieza musical ahora famosa, pensé que se me hacía pedazos el corazón, y Paganini se aunó en el senti­miento, pues emprendió el más torturado de los momentos simplemente para jugar con Stefan, para servirle de eco, para llorar por encima y por debajo de él pero con honor.

Ambos se detuvieron, el alto y juvenil contemplando fascinado al otro.

Paganini apoyó con cuidado su violín sobre las almohadas y mantas con borlas de la cama deshecha, todo en tonos oro y azul intenso. Sus ojazos saltones eran generosos, y su sonrisa, demoníaca. Parecía un hombre posible de ser abrazado en su exuberancia. Se restregó las manos.

-¡Talentoso, sí, es usted talentoso!

¡Nunca tocarás así!, me susurró al oído mi capitán fantas­ma, y al mismo tiempo su cuerpo entero se aferraba al mío implorándome solaz.

No respondí. Que siguiera rodando la película.

-Entonces usted me enseñará -expresó Stefan en per­fecto italiano, el italiano de Salieri y otros como él, la maravilla de alemanes e ingleses.

-Sí, sí, le enseñaré. Y si debemos irnos de este lugar, nos iremos, aunque usted sabe lo que significa para mí en estos tiempos, estando Austria tan decidida a mantener dominada a Italia, usted sabe. Pero dígame una cosa.

-¿Sí?

El hombrecito de los ojos grandes se rió. Se paseaba por la habitación. Sus tacos resonaban contra el piso; sus hom­bros eran casi una giba, sus cejas eran largas y curvadas en las puntas como si él las hiciera resaltar con pintura de teatro, cosa que no hacía.

-¿Qué le voy a enseñar, mi querido príncipe? Porque usted sabe tocar, sobre eso no cabe duda. ¿Qué puedo transmi­tirle a un discípulo de Ludwig van Beethoven? ¿Veleidad italiana, tal vez, ironía italiana?

-No -respondió Stefan en un murmullo, sin dejar de mirarlo-. Coraje, Maestro, para dejar de lado todo lo demás. Ah, me apena muchísimo saber que mi profesor nunca podrá escucharlo a usted.

Paganini se detuvo, y frunció los labios.

-A Beethoven se refiere.

-Está sordo, con una sordera que ni siquiera las notas más altas logran traspasar. Demasiado sordo.

-¿Entonces no puede darle a usted el coraje?

-¡No, usted no me entiende! -Stefan sostenía el violín regalado con el cual había tocado, y lo miró.

-Stradivari, sí, un regalo que me hicieron, bello como el suyo mismo, ¿no? -dijo Paganini.

-Quizás hasta mejor, no sé -contestó Stefan, y reanudó la idea anterior-. Beethoven podría enseñarle coraje a cual-quiera, pero ahora es compositor; la sordera lo obligó a ello, arruinó los oídos del virtuoso hasta que ya no pudo tocar más, lo encerró con la pluma y la tinta como único medio de hacer música.

-Ah -dijo Paganini-, y gracias a eso nosotros somos mucho más ricos. Me encantaría verlo aunque más no fuera una sola vez y desde lejos, o que él me escuchara tocar. Pero si me pongo en enemigo de su padre, jamás entraré en Viena. Y Viena es... bueno, después de Roma... está Viena. -Suspiró.

-No puedo darme el lujo de perder Viena.

-¡Yo me encargaré de todo eso! -prometió Stefan en un murmullo. Se dio vuelta y miró por la angosta ventana, recorriendo con sus ojos los muros de piedra. Qué deslucido era ese lugar comparado con los pasillos maravillosos que habían desaparecido en medio del humo, pero era perfecta-mente veneciano. Terciopelo color bermejo apilado en el piso, rebuscados zapatos de raso tirados por ahí, un durazno cortado, perdido ya todo lo que fuera romántico.

-Entiendo -dijo Paganini-. Si Beethoven hubiera estado aún tocando en el Argentine y el Schönbrunn y viajado a Londres, si lo hubiesen perseguido las mujeres, podría ser como yo, no muy destacado como compositor pero siempre en el centro de la escena, el hombre dedicado a la música, a la interpretación.

-Sí -dijo Stefan, volviéndose-. Y precisamente lo que yo quiero es tocar.

-El palacio que tiene su padre en San Petersburgo es toda una leyenda. Muy pronto él estará allá. ¿Se anima usted a rechazar todas esas comodidades?

-Jamás las vi. Mi cuna fue Viena, como le dije. Una vez dormité en un diván mientras Mozart tocaba ejercicios de pasatiempo en el teclado. Creí que el corazón me iba a estallar. Mire, yo vivo dentro de este sonido, el sonido del violín, y no -como es el caso de mi maestro- escribiendo notas para mí o para los demás.

-Usted tiene el tupé de ser un vagabundo -afirmó Paganini, quitando algo de calidez a su sonrisa-. Lo tiene, pero no puedo imaginarlo. Ustedes, los rusos... Yo no...

-No, no me eche.

-No lo echaré, pero resuelva este asunto en su casa. ¡Tiene que hacerlo! Con respecto a ese violín que menciona, el que salvó del incendio... vuelva a su casa a buscarlo, pídale a su padre la bendición, porque de lo contrario saldrá a perseguirnos... los ricos son implacables... aduciendo que lo seduje y le hice abandonar sus obligaciones para con el zar en su calidad de hijo de un embajador. Usted sabe que pue­den hacerlo.

-Debo obtener el permiso de mi padre -sostuvo Stefan, como si estuviera redactando un memorándum.

-Sí, y traiga el Strad largo del que me hablaba. Tráigalo. Mi intención no es quitárselo. Usted puede apreciar lo que tengo. Pero quiero tocar también con ese instrumento. Quiero oír cómo lo toca usted. Traiga eso y la bendición de su padre; a los chismes podemos enfrentarlos nosotros. Usted puede viajar conmigo.

-¡Ah! -Stefan se mordió el labio. ¿Me lo promete, signore Paganini? Tengo dinero, pero no una fortuna. Si sueña con carruajes rusos y…

-No, no, pequeño, veo que no está prestando atención. Digo que le permitiré venir conmigo y estar donde estoy yo. No pretendo ser su favorito, príncipe. ¡Soy un nómade! Eso es lo que soy. ¡Un virtuoso! A mí se me abren las puertas por lo que toco; no necesito dirigir, componer ni montar produc­ciones con sopranos chillonas y aburridos violinistas en el foso. ¡Soy Paganini! ¡Y usted será Stefanovsky!

-¡Bueno, traeré el violín y la palabra de mi padre! No le va a hacer nada darme una asignación.

Esbozó una ancha sonrisa, y el hombrecito se adelantó y cubrió su rostro de besos, siguiendo la usanza italiana tal vez, o alguna costumbre puramente rusa.

-Bravo, bello Stefan.

Sonrojado, Stefan le devolvió el preciado violín. Luego se miró las manos y vio sus numerosos anillos de rubíes y esmeraldas. Se sacó uno y se lo tendió.

-No, hijo, no lo quiero -dijo Paganini-. Yo tengo que vivir, que tocar, pero usted no necesita sobornarme para tener mi promesa.

Stefan apretó a Paganini de los hombros y le besó el rostro. El hombrecito se rió con ganas.

-Y no se olvide de traer ese violín. Tengo que ver este Strad largo, como le dicen. Tengo que tocarlo.

Viena una vez más.

El dato revelador fue la prolijidad, todos los sillones dorados o pintados en blanco y oro, y los pisos de parquet inmaculados. Al padre de Stefan lo reconocí en el acto, sentado como estaba en un sillón junto al fuego, con una manta de piel de oso ruso sobre la falda, contemplando a su hijo. En esta habitación, los violines se hallaban todos en vitrinas como antes, aunque éste no era el palacio espléndido que se había incendiado sino una vivienda de alojamiento más temporario.

Sí, donde se habían alojado hasta que pudieran trasladarse a San Petersburgo. Yo había vuelto de prisa. Me lavé y mandé a pedir ropa limpia antes de ingresar por los portones de la ciudad. Mira, escucha.

Tenía, en efecto, una traza distinta, ataviado con la moda llamativa del momento, un elegante saco negro de bellos botones, cuello blanco almidonado y corbata de seda, nada de coleta, pelo brilloso y todavía largo producto de su viaje, como si fuera un signo de su futuro desapego con respecto a todo eso, como el pelo de los cantantes de rock de nuestra época, una época que grita con igual potencia las palabras Cristo y Paria.

Le tenía miedo al padre, y éste lo miraba ceñudo desde la chimenea.

-¡Un virtuoso, un violinista errante! ¡Crees que traje a mi casa a los grandes músicos para que te enseñaran esto, para que huyeras con ese maldito y diabólico italiano! ¡Ese tramposo que hace picardías con los dedos en vez de tocar notas! ¡No tiene coraje para tocar en Viena! Que se lo coman los italianos, ellos, que inventaron al castrato para que pudie­ra cantar una andanada de notas, arpegios e interminables crescendos!

-Padre, escúchame. Tienes cinco hijos.

-Ah, no harás esto -dijo el padre, con el pelo canoso y ralo que le caía hasta los hombros de su túnica de raso-. ¡Deténte! Cómo te atreves, tú, mi primogénito. -Pero el tono era benévolo. -Sabes que el zar pronto te enviará a tu primer servicio militar; ¡nosotros estamos a las órdenes del zar! ¡Incluso ahora dependo de él para que se nos reintegre a San Petersburgo! -Cambió de tono, suavizándolo con compasión, como si los años que los separaban le hubieran dado una sabiduría que le permitiera compadecerse de su hijo. -Stefan, Stefan, tu deber es para con la familia y el em­perador; ¡no debes tomar los juguetes que te regalé para tu placer y convertirlos en una manía!

-Tú nunca consideraste juguetes a nuestros violines y pianos. Hiciste traer aquí los mejores exponentes para Beethoven, cuando él aún podía tocar...

El padre se inclinó hacia adelante en su sillón blanco francés, demasiado ancho y bajo como para ser otra cosa que Habsburgo. Quedó de costado con respecto a una inmensa estufa decorada que subía por la pared hasta el techo inevita­blemente pintado; el fuego quedaba encerrado detrás de brillante hierro estañado y volutas doradas.

Yo lo sentía, lo sentía como si mi guía fantasma y yo nos encontráramos en la habitación, muy cerca de las personas a las que veíamos de manera tan total. Olor a pasteles, inmensos ventanales, una humedad limpia como suele serlo la bruma proveniente del mar.

-Sí -dijo el padre, haciendo un esfuerzo evidente por razonar, por ser bondadoso-. En efecto, traje a los mejores músicos para que te enseñaran, te deleitaran y dieran alegría a tu infancia. -Se encogió de hombros. -Y yo mismo dis­fruté tocando el violonchelo con ellos, como sabes. A ti y tus hermanos les di todo, como habían hecho conmigo... gran­diosos cuadros colgaban en mis paredes antes de incendiarse, y ustedes tuvieron siempre las mejores ropas, y caballos en nuestros establos, sí, los mejores poetas para leer, y sí, Beethoven, el pobre y trágico Beethoven... lo mantengo cerca por ti, por mí, por lo que él es.

"Pero no es eso lo que importa, hijo. El zar te da una orden. ¡Nosotros no somos mercaderes vieneses! ¡No frecuentamos bares y tabernas donde abundan los chismes y las calumnias! Eres el príncipe Stefanovsky, hijo mío. Primero te enviarán a Ucrania como hicieron conmigo. Y pasarás la necesaria cantidad de años antes de que ingreses en los círculos más íntimos del servicio de gobierno.

-No. -Stefan dio un paso atrás.

-Ah, no lo hagas tan difícil y doloroso para ti -expresó el padre con aire cansado. Su cabellera gris enmarcaba sus mejillas movedizas. -Hemos perdido tanto, tantísimo. Vendimos todo lo que se salvó para poder marcharnos de esta ciudad, y eso que únicamente aquí he sido feliz.

-Padre, entonces aprende de tu propio dolor. No puedo, no renunciaré a la música por ningún emperador de aquí cerca ni de tierras remotas. Yo no nací en Rusia. Nací en salones donde tocaba Salieri, adonde acudía Farinelli a cantar. Te lo suplico: quiero mi violín. Dame eso, no más. Déjame ir sin un céntimo y explica que no pudiste vencer mi terquedad. No caerá desgracia alguna sobre ti. Dame el violín y me voy.

Se produjo entonces un cambio sutil y amenazador en el rostro del padre. Parecieron oírse unos pasos no lejos de allí, pero ninguno de los dos se daba por enterado de que hubiera nadie, salvo ellos mismos.

-No pierdas los estribos, hijo. -El padre se puso de pie, y cayó al piso alfombrado la manta de piel de oso. Su figura era majestuosa con su túnica de raso ribeteada en piel, y los dedos cubiertos de brillantes alhajas.

Era alto como Stefan: no había en ellos sangre campesina, al parecer, sino sólo el nórdico mezclado con el eslavo para producir gigantes de la clase de Pedro el Grande, tal vez, quién sabe, pero éstos eran príncipes de verdad.

El padre se acercó al hijo; luego se dio vuelta para inspec­cionar los instrumentos de brilloso laqueado que descansaban sobre aparadores con frondosos jardines rococó pintados en cada puerta. Paneles de seda en las paredes, grandes fajas color oro que ascendían hasta la bovedilla de la parte superior, con su pintura mural.

Se trataba de una orquesta de cuerdas, y me producía escalofríos de sólo mirarla. Yo no conocía ese violín ni ninguno de los otros que allí había.

El padre suspiró. El hijo aguardaba, y obviamente se le había enseñado a no llorar como podría haberlo hecho con-migo, como en efecto hizo junto a mí en la invisibilidad desde la cual observábamos. Lo oí lanzar un suspiro, pero luego la visión se impuso y prevaleció.

-No puedes marcharte, hijo mío, a recorrer el mundo con ese hombre vulgar. No puedes. Y tampoco puedes llevarte el violín. Me parte el alma tener que decirte que no, pero creo que sueñas, y que dentro de un año vendrás a implorar perdón.

Stefan apenas si podía dominar su voz mientras contem­plaba todo ese patrimonio.

-Padre, por más que me lo discutas, el instrumento es mío. Yo lo rescaté del incendio...

-Hijo, el instrumento está vendido, lo mismo que todos los Stradivarius, los pianos y el clavicordio en el cual tocó Mozart. Están vendidos, te lo aseguro.

En el rostro de Stefan se dibujó el mismo espanto que sentí yo al presenciar la escena. El fantasma que se hallaba a mi lado en la penumbra estaba demasiado triste como para burlarse; se apretó más contra mí, temblando como si le resultara demasiado soportar todo eso, la nube hirviente, y no pudiera volver a arrojarla dentro de su caldera mágica.

-No... No, no vendiste los violines, no vendiste... el violín que yo... -Se puso pálido, hizo una mueca con la boca, y las cejas rectas se unieron en un desafiante ceño.

-No, no te creo. ¡Por qué me mientes!

-¡Frena tu lengua, tú, mi hijo preferido! -dijo el hombre alto y canoso, manteniendo una mano sobre el sillón-. Vendí lo que tenía que vender para poder irnos de una buena vez de aquí a nuestra casa de San Petersburgo. Las alhajas de tu hermana, las de tu madre, cuadros, sólo Dios sabe qué más, y así salvar lo más posible para todos ustedes, de lo que teníamos y debíamos retener. A Schlesinger, el mercader, le vendí los violines hace cuatro días. Él se los llevará cuando nos vayamos. Tuvo la amabilidad de...

-¡No! -reaccionó Stefan llevándose ambas manos a las sienes-. ¡No! -gritó-. Mi violín, no. ¡No, no puedes vender el violín mío, el Strad largo!

Se dio vuelta, y con la mirada frenética buscó en la parte superior de los largos anaqueles pintados donde los instrumen­tos habían sido puestos cuidadosamente sobre almohadones de seda, los cellos apoyados contra los sillones, los cuadros ya listos para ser acarreados.

-¡Te aseguro que ya está hecho! -exclamó el padre. Volviéndose a derecha e izquierda, encontró su bastón de plata y lo blandió, primero tomándolo de la empuñadura y luego de la mitad.

Stefan había encontrado su violín con la vista y corrió hacia él. Yo vi el instrumento.

Con todo mi corazón pensé sí, ve, tómalo, sálvalo de esa horrible injusticia, esta tonta vuelta del destino, es tuyo, Stefan, tuyo, ¡tómalo!

Y ahora tú me lo quitas a mí. En la oscuridad insondable, me besó en la mejilla, pero estaba demasiado compungido como para contradecirme. Observa lo que pasa.

-No lo toques -aconsejó el padre, aproximándose a su hijo-. ¡Te lo advierto! -Hizo girar el bastón de modo que la decorada empuñadura quedó suspendida como si fuera una cachiporra.

-¡No te atrevas a golpear el Strad!

La furia se apoderó del padre, furia por las palabras de Stefan, por la insensatez de la suposición, por el abismo de in-comprensión.

-Tú, mi orgullo -dijo al tiempo que, bajando la cabeza, daba un paso tras otro-. ¡Tú, el preferido de tu madre y querubín de Beethoven, tú crees que voy a azotar esto sobre el instrumento! ¡Tócalo y verás lo que hago!

Stefan estiró el brazo para tomar el violín, pero el bastón se abatió sobre sus hombros. Tambaleando a causa del im­pacto, casi arqueado en dos, retrocedió, y una vez más cayó sobre él el bastón de plata, esta vez sobre el costado izquierdo de su cabeza, haciéndole brotar sangre del oído.

-¡Padre!

Me sentí como loca en nuestro invisible refugio, loca por golpear al padre, por hacerlo detener, maldita sea, no vuelvas a golpear a Stefan, no, no lo golpees.

-¡No es nuestro, ya te lo dije! -gritó el padre-. ¡Pero tú sí eres mío, eres mi hijo!

Stefan levantó la mano, y el bastón se agitó en el aire.

Yo debo de haber lanzado un alarido, pero el episodio estaba más allá de toda intervención posible. El bastón se asestó con tal fuerza en la mano izquierda de Stefan, que éste contuvo el aliento y se llevó la mano al pecho con los ojos cerrados.

No vio entonces el golpe que descendía sobre su mano derecha, con la que había tapado la izquierda, herida. El bastón le azotó los dedos.

-¡No, no, las manos no, padre!

Ruido de pasos, gritos. Una voz de muchacha joven:

-¡Stefan!

-Me desafías -dijo el viejo-. Osas desafiarme. -Con la mano izquierda aferró al muchacho por la solapa (el hijo, tan transido de dolor que fue incapaz de defenderse), y empujándolo hacia adelante de modo que sus manos cayeran sobre el anaquel, volvió a azotarle los dedos con el bastón.

Yo cerré los ojos. Ábrelos y mira lo que me hace. Hay instru­mentos hechos de madera, y otros hechos de carne y hueso. Mira lo que hace.

-¡Padre, basta ya! -exclamó la mujer. Vista desde atrás, era una silueta esbelta, incierta, de cuello de cisne y brazos desnudos, con un vestido largo de seda dorada, talle imperio.

Stefan se mantuvo apartado. Quebró el aturdimiento y el dolor. Se retiró aún más y observó la sangre que manaba de sus dedos aplastados.

El padre enarbolaba el bastón, listo para darle otro azote.

Fue entonces cuando cambió el rostro de Stefan, perdió toda compasión, como si ésta no fuese posible vistiendo tal máscara de ira y venganza.

-¡Esto me haces! -gritó, agitando sus manos ensan­grentadas e inútiles en el aire-. ¡Esto me haces en las manos!

Azorado, el padre dio un paso atrás, pero en su cara se advirtió una expresión severa y obstinada. En las puertas de la sala se hallaban todos los que habían acudido a observar, hermanos y hermanas, sirvientes, no sé.

La muchacha trató de adelantarse, pero el viejo se lo impidió.

-¡Atrás, Vera!

Stefan se abalanzó sobre su padre y usó todo lo que le quedaba para usar -la rodilla-, y le asestó un fuerte pun­tapié que lo envió contra la estufa caliente; luego levantó la punta de la bota y lo pateó en la entrepierna, con lo cual el anciano soltó el bastón, cayó de rodillas y trató de protegerse.

Vera lanzó un grito.

-¡Esto me haces! ¡Esto me haces! -seguía diciendo Stefan, con las manos ensangrentadas.

El siguiente puntapié le cayó al hombre en el mentón, y lo hizo desplomarse sobre la alfombra. Una vez más Stefan lo pateó; en esta oportunidad, la bota se abatió repetidas veces sobre la sien del padre.

Me di vuelta porque no quería mirar. No; mira conmigo, por favor. Lo dijo con tal tono de súplica... Está muerto, muerto ahí en el piso, pero yo en ese momento no lo sabía. ¿Ves? Volví a patearlo. Mira. Su rodilla no se levanta, aunque el puntapié le da en el mismo sitio donde tu madre te pegó a ti, en el estómago... lo pateo en el estómago... ya estaba muerto, a causa del puntapié en el mentón, probablemente, aunque no me di cuenta.

Parricidio, parricidio.

Se adelantaron varios hombres, pero Vera giró en redon­do y estiró los brazos para impedirles pasar.

-¡No van a tocar a mi hermano!

Eso le dio a Stefan un instante para levantar la mirada, con las manos aún chorreando sangre, correr hasta la puerta más cercana apartando de su paso a varios sirvientes impre­sionados y bajar por la escalera de mármol.

Las calles. ¿Esto es Viena?

En alguna parte había conseguido un abrigo, y vendas para las manos. Era una silueta furtiva, que se sostenía de las paredes. La calle era antigua y sinuosa.

Oh, dulce ramera, qué piensas, me quedaba algo de oro. Pero la noticia había electrizado a Viena. Yo había dado muerte a mi padre, había matado a mi padre.

Esto ocurrió en Graben, que ya no existe en la realidad; me di cuenta por sus callejuelas, el lugar donde vivía Mozart, el barrio de eterna vivacidad durante el día. Pero era de no-che, a avanzadas horas. Stefan esperó entre las sombras hasta que, con un repentino surgir de ruido, salió un hombre de una taberna.

Cerró la puerta y dejó adentro el mundo cálido, lleno de humo de pipas, olor a malta y café, charlas y risas.

-¡Stefan! -susurró. Cruzó la calle y tomó a Stefan del brazo-. Vete de Viena. Hay orden de dispararte en el acto. El zar mismo le ha entregado a Metternich un permiso escrito. La ciudad está llena de soldados rusos.

-Lo sé, Franz -dijo Stefan, llorando como un niño-. Lo sé.

-Tus manos -preguntó-, ¿qué se les hizo para curarlas?

-No lo suficiente, ni mucho menos. Están vendadas, retorcidas, quebradas. -Se quedó inmóvil, contemplando el trocito de cielo. -Dios mío, ¿cómo pudo pasar esto, Franz, cómo? ¿Cómo pude haber llegado a esto cuando un año atrás estábamos todos en el salón de baile, y tocábamos música, y hasta estaba allí el Maestro, diciendo que disfrutaba obser­vando el movimiento de nuestros dedos? ¡Cómo!

-Stefan -dijo el muchacho llamado Franz-, dime que no lo mataste realmente. Dime que mienten, que pintan una situación. Algo sucedió, pero Vera sostiene que ellos injustamente...

Stefan no pudo responder. Tenía los ojos fuertemente cerrados, la boca contraída. No se atrevía a contestar. Se separó de su amigo y echó a correr, con el abrigo que se le hinchaba al viento y las botas que resonaban sobre el adoquín.

Corrió sin parar seguido por nosotros hasta que fue una imagen diminuta en la noche, y las estrellas formaban un arco en lo alto, y la ciudad se esfumó.

Llegarnos a un bosque oscuro pero joven, tierno, con árbo­les pequeños y hojas que crujían bajo las botas de Stefan. Los bosques de Viena que tan bien conocía yo por haberlos vislumbrado una vez en la universidad, por tantos libros y tanta música. Adelante se levantaba una ciudad, y hacia allí se arrastró Stefan, apretando contra su pecho las manos mugrientas, ensangrentadas y vendadas, haciendo de tanto en tanto alguna mueca de dolor pero tratando de reprimirla, hasta que entró en la calle principal y por allí a una pequeña plaza. Era tarde, las tiendas estaban cerradas, y las callejuelas, con sus peculiaridades, me parecieron sacadas de ilustraciones de libros. Avanzó de prisa para cumplir su cometido. Llegó hasta un minúsculo jardín con portón, pero no había allí cerrojos. Sin ser visto por nadie, entró.

Qué miniatura me pareció esa arquitectura rural luego de los palacios donde habíamos presenciado horrores.

En el fresco aire nocturno, lleno de aroma de pinos y de estufas encendidas, levantó la mirada y observó una ventana con luz.

De adentro salía un extraño canto, unos gritos desagrada­bles pero muy alegres. La manera de cantar de un sordo.

Yo conocía ese lugar, lo había visto en dibujos. Sabía que era el sitio donde alguna vez había vivido y compuesto Beethoven, y cuando fuimos acercándonos, vi lo que veía Stefan en el momento de subir por la escalera de la entrada: al Maestro sentado a su escritorio, mojando la pluma, sacudiendo la cabeza, dando golpes con el pie, escribiendo las notas, radiante de felicidad -eso parecía- en su preciado rinconcito del universo, un lugar donde los sonidos podían combinarse como nunca recomendarían y ni siquiera tolera-rían las personas con oídos.

El pelo del gran hombre estaba sucio, entremezcladas en él unas canas que yo antes no le había visto; la cara con mar­cas de viruela, muy colorada, pero su expresión era distendida y pura, sin dirigirle a nadie entrecejos fruncidos. Se hamacaba hacia atrás y adelante; escribía. Entonaba también esa melodía plañidera y rítmica que seguramente le confirmaba a él un camino.

El joven Stefan llegó a la puerta, la abrió y entró; ocultando a su espalda las manos vendadas, observó al Maestro; luego se le acercó y cayó de rodillas junto al brazo de Beethoven.

-¡Stefan! -exclamó el músico con voz áspera y fuerte. -¿Stefan, qué pasa?

Stefan inclinó la cabeza y echó a llorar. De pronto, sin proponérselo expresamente, levantó la mano con el vendaje ensangrentado como si quisiera estirar el brazo y tocar al Maestro.

-¡Tus manos! -exclamó el músico, enloquecido. Se puso de pie, y derramó el tintero mientras tanteaba su escritorio. El libro de conversaciones, no, la pizarra, eso era lo que buscaba, los compañeros de sus años de sordera, los que le permitían hablar con todo el mundo.

Pero bajó la mirada y vio, horrorizado, que ambas manos de Stefan estaban inutilizadas para tomar la lapicera, mientras el muchacho seguía allí arrodillado, conmovido, implorando piedad con sacudones de cabeza.

-¡Tus manos, Stefan! ¡Qué te han hecho, mi Stefan!

Stefan alzó la mano en gesto de pedir silencio, deses­perado, pero era demasiado tarde. Dominado por el pánico y en actitud protectora, Beethoven había logrado que otros llegaran corriendo.

Stefan debía escapar. Aferró un instante al Maestro, le dio un fuerte beso en la boca y se encaminó a la puerta más lejana, en el mismo instante en que otra más próxima se abría.

Una vez más debió huir, mientras Beethoven clamaba de dolor.

Una habitación pequeña: una cama de mujer.

Stefan se hallaba acostado hecho un ovillo, con sus panta­lones estrechos y una camisa limpia, su perfil hundido en la almohada, la boca abierta y el rostro húmedo pero tranquilo.

Ella, una mujer robusta de cara aniñada, bastante parecida a mí pero joven, le envolvió las manos con vendas limpias. Lo mimaba, miraba su semblante sereno, las manos destruidas que sostenía entre las suyas casi sin poder contener las lágri­mas. Una mujer que lo amaba.

-Debes irte de Viena, mi príncipe -aconsejó en el alemán de los vieneses, pulido, culto-. ¡Tienes que marcharte!

Él no se movió. Sus ojos dejaron ver algo de luz, o apenas una minúscula partecita blanca, lo cual le dio el aspecto de la muerte, salvo que respiraba.

-¡Stefan, escúchame! -Adoptó un tono de intimidad. -Mañana entierran a tu padre con toda una ceremonia. Sus restos descansarán en el panteón de Van Meck, ¿y sabes lo que piensan hacer? Junto con él quieren sepultar el violín.

Stefan abrió los ojos por primera vez, clavó la mirada en la vela que había a espaldas de la mujer, en el platito de terra­cota sobre el que se hallaba, en medio de una cantidad de cera derretida. Luego miró a la mujer haciendo girar la cabeza contra el respaldo grueso y sencillo de la cama. Por cierto, ése era el lugar más pobre adonde nos había llevado jamás. Una habitación humilde, quizás en la parte superior de una tienda.

-¿Enterrar el violín, dijiste... Berthe?

-Sí, hasta que se encuentre al asesino y puedan trasladar los restos de tu padre a Rusia. Tú sabes, estamos en invierno y no hay forma de llegar a Moscú. Y Schlesinger, el mercader, les dio el dinero, a pesar de esto. Te tendieron una trampa porque piensan que irás allí a buscar el violín.

-¡Qué disparate! -repuso Stefan-. Es una locura. -Se incorporó levantando una rodilla y haciendo fuerza con el pie contra el colchón apelmazado. El pelo le caía tal como ahora, sedoso, despeinado. -¡Una trampa a mí! ¡Sepultar el violín en el mismo ataúd que él!

-Shh, no seas tonto. Creen que aparecerás por ahí a robar-lo antes de que sellen el cajón. Si no, el instrumento quedará en la tumba hasta que llegues, y ahí se abalanzarán a apresarte. O quedará eternamente con tu padre hasta el momento en que te encuentren y te ejecuten por el crimen cometido. Es muy lamentable. Tus hermanos están muy alterados, y dicho sea de paso, no todos son tan crueles de corazón para contigo.

-No -murmuró él cavilando, posiblemente recordando su fuga-. ¡Berthe!

-Si vieras lo indignados que están los hermanos de tu padre... y de ellos es la idea de venganza, de enterrar el violín con aquél a quien mataste, para que nunca más vuelvas a tocarlo. Te imaginan como un fugitivo dispuesto a robárselo a Schlesinger.

-En efecto, yo lo robaría.

Un ruido distrajo a ambos. Se abrió la puerta y apareció un hombrecito regordete de cara redonda, vestido con capa negra y camisa de hilo, innegablemente de clase alta. Parecía ruso, un hombre de mejillas llenas y ojos pequeños. Uno podía ver en él al ruso de la actualidad. Traía sobre el brazo una inmensa capa negra limpia, que dejó sobre una silla. La prenda tenía capucha.

A través de unas gafas con armazón de plata miró al muchacho tendido en la cama, y a la joven que ni siquiera se dio vuelta para saludarlo.

-Stefan -dijo. Se sacó la galera y se alisó los pocos mechones de pelo canoso que le quedaban. -Están vigilando la casa. Andan por todas las calles. Hasta abordaron a Paganini en Italia para interrogarlo sobre este episodio, y el hombre negó haberte conocido nunca.

-Tuvo que hacerlo -murmuró Stefan-. Pobre Paganini. ¿Eso a mí en qué me perjudica, Hans? No me importa.

-Stefan, te traje un manto, una capa grande con capucha, y algo de dinero para que puedas salir de Viena.

-¿De dónde lo sacaste? -le preguntó Berthe, preocupada.

-No interesa -respondió el hombre, y le lanzó una miradita como restándole importancia-, pero sí debo decir que no todos los de tu familia son insensibles.

-Mi hermana Vera. Yo la vi, la vi cuando ellos trataron de apresarme y ella corrió y se les plantó adelante. Ah, mi querida Vera.

-Vera dice que debes huir, marcharte a América, a la corte portuguesa de Brasil, a cualquier parte, a un sitio donde puedan arreglarte las manos y donde puedas vivir, ¡porque de lo contrario no tendrás vida! Brasil queda muy lejos. Hay otros países. Incluso Inglaterra... ve allí, a Londres, pero sal del impe­rio Habsburgo. Mira, nosotros corremos peligro ayudándote.

La muchacha se puso furiosa.

-¡Sabes las cosas que él ha hecho por nosotros! -excla­mó-. No lo voy a abandonar. -Miró a Stefan con intensidad, y éste hizo ademán de acariciarla con las manos vendadas pero se detuvo, como un animal que agita las patas en el aire, sus ojos repentinamente apagados a causa del dolor o simple desesperanza.

-No, por supuesto que no -dijo Hans-. Stefan es nues­tro muchacho, y siempre lo ha sido. Lo único que digo es que en cuestión de días, no más, te encontrarán en alguna parte. Viena no es tan grande. Y con las manos en ese estado, ¿qué puedes hacer? ¿Por qué te quedaste?

-Mi violín -expresó Stefan con voz apesadumbrada-. Es mío y no lo tengo.

-¿Por qué no puedes ir tú a buscárselo? -le propuso la muchacha al hombrecito, mientras envolvía la mano izquierda de Stefan con una gasa.

-¿Yo? ¿Ir a buscar el violín?

-¿Por qué no entras en la casa? Ya antes lo has hecho. Ve a ver las mesas con las confituras, las tartas especiales. Cuando alguien muere en Viena, no sé cómo no se mueren todos los demás por ingerir tantos dulces. Ve con los panaderos a comprobar que los dulces y pasteles estén bien; es algo sencillo. Subes a la planta alta, entras en la sala de velatorio y te llevas el violín. Y si te detienen, di que andas buscando a alguien de la familia para pedirle noticias, que tenías un cariño tan grande por el chico. Todos lo saben. Trae el violín.

-"Todos lo saben" -repitió él. Ésas eran las palabras más preocupantes para el hombrecito, quien se encaminó a la ventana y se puso a mirar afuera.

-Sí, todos saben que era con mi hija que él pasaba sus horas de ebriedad cuando le apetecía.

-Y a cambio de ello me hizo bellos regalos, que todavía conservo, ¡y que recibiré el día de mi boda! -exclamó ella amargamente.

-Tu padre tiene razón -dijo Stefan-. Debo marcharme. No puedo quedarme y ponerlos en peligro. Seguramente se les va a ocurrir venir por aquí, vigilar...

-De ninguna manera -respondió ella-. Todos los sirvientes de la casa y el mercader que comercia con la familia te aman, sentían un cariño especial, y todas esas francesas, esas rameras que vinieron con el conquistador... a ellas las vigilan, sí, porque eres famoso con ellas, pero no con la hija del panadero. Pero es cierto lo que dice mi padre: debes mar­charte. ¿Acaso no te lo dije yo misma? Debes irte. Si no huyes de Viena, en cuestión de días te van a aprehender.

Stefan cavilaba. Trató de apoyar el peso del cuerpo sobre su mano derecha; luego se dio cuenta del error y volvió a desplomarse contra el respaldo de madera. El techo bajaba en pendiente sobre su cabeza, y había una minúscula venta­nita en la gruesa pared. El muchacho parecía sumamente vívido en medio del ambiente, demasiado nítido, demasiado brillante y feroz para un recinto tan pequeño.

La réplica joven de mi fantasma, que atraviesa grandes salones y recorre anchas avenidas.

La hija se volvió hacia el padre.

-¡Ve a la casa y consigue el violín!

--¡Estás soñando! El amor te ha vuelto loca. Eres una tonta hija de panadero.

-Y tú, que podrías ser un gallardo caballero, con tu elegante café en la Ringstrasse, no le das importancia.

-Hace bien en no dársela -intervino Stefan, con aire de autoridad-. Además, Hans no sabe distinguir un violín de otro.

-¡Está guardado dentro del ataúd! -exclamó la mucha-cha-. Así me dijeron. -Mordió la tela con los dientes, la rasgó en dos e hizo otro apretado nudo bajo la muñeca de Stefan. La venda ya tenía manchas de sangre. -Padre, ve y consígueselo.

-¡En el ataúd! -musitó Stefan-. ¡A su lado! -Sus palabras iban cargadas de desprecio.

Yo habría cerrado los ojos, pero no tenía ese dominio sobre ningún cuerpo físico. Sujetaba el violín, el mismo del cual ellos hablaban; lo tenía en mis brazos, y pensé entonces, este instru­mento cuya historia sangrienta estamos siguiendo, se encuentra en este momento, digamos que en 1825 o más, ¡oculto dentro de un cajón de muerto! ¿Lo habrán rociado con agua bendita o eso sólo se hace al administrar los últimos ritos y en el réquiem? ¿Y lo harán en una iglesia de Viena con angelitos dorados?

Hasta yo me daba cuenta de que el hombrecito no podía ir y sacar el violín. Pero él trató de defenderse, tanto ante ellos como ante sí mismo, dio media vuelta, empezó a pasearse estirando los labios hacia afuera, y en sus gafas se reflejaban motas de luz.

-No se puede entrar así no más a una sala donde se realiza el velatorio de un príncipe y...

-Berthe, él tiene razón -terció Stefan-. De ninguna manera voy a permitir que corra semejante riesgo. Además, ¿cuándo podría hacerlo? ¿Qué tendría que hacer, acercarse con audacia, arrebatarle el violín al muerto y salir corriendo?

Berthe levantó la mirada. Tenía un pelo oscuro que enmar­caba su cara blanca, y ojos suplicantes pero despiertos. Pestañas largas y boca gruesa, generosa, también.

-A determinada hora -dijo-, cuando ya sea tarde, la sala estará casi vacía; tú sabes... la hora en que los hombres duermen. Muy pocos se quedan rezando el rosario, e incluso ellos lo más probable es que tengan los ojos cerrados. Así que, padre, vas y revisas las mesas cuando todos estén dormidos, hasta la madre de Stefan.

-¡No! -exclamó Stefan, pero la idea había anidado en suelo fértil. Tenía la mirada perdida hacia adelante, mientras tramaba su plan. -Puedo acercarme yo al cajón, sacarle el violín que él tiene... el violín mío...

-Tú no -se opuso Berthe-. No tienes dedos con qué su­jetarlo. -Estaba horrorizada. -No puedes acercarte a la casa.

Él no dijo nada. Paseó la mirada a su alrededor, se apoyó de nuevo sobre las manos y rápidamente tuvo que endere­zarse a causa del dolor. Vio la ropa que le habían dejado lista. Vio el manto. Luego dijo:

-Dime Hans, dime la verdad: ¿fue Vera quien me envió el dinero?

-Sí, y tu madre también está enterada, pero si alguna vez lo comentas, me matan. No alardees de este gesto bondadoso ante ningún amigo secreto, porque si lo haces, ni tu hermana ni tu madre tendrán la facultad de protegerme.

Stefan esbozó una triste sonrisa y asintió.

-¿Sabías -preguntó Hans, subiéndose más los anteojos sobre el puente de su nariz regordeta- que tu madre odiaba a tu padre?

-Por supuesto, pero yo ahora le he causado más sufri­miento del que nunca le causó mi padre, ¿no?

No esperó que el hombrecito encontrara la manera de responderle. Bajó los pies de la cama.

-Berthe, no puedo ponerme estas botas.

-¿Adonde vas? -Ella corrió a su lado de la cama, lo ayudó a calzarse cada pie y luego a levantarse. Le entregó la levita negra, limpia, suministrada sin duda por la hermana de Stefan.
El hombrecito lo miró con ojos de pena y conmiseración.

-Stefan -dijo-, la casa está rodeada de soldados, la guardia rusa, los custodios personales de Metternich, policías por todas partes. Escúchame. -Se acercó a él y apoyó una mano sobre la mano herida de Stefan. Al ver que éste hacía un gesto de dolor, se detuvo, cohibido, avergonzado.

-No es nada, Hans. Has sido muy amable conmigo y te lo agradezco. Dios no puede tomarlo a mal. Tú no asesinaste a mi padre. Y mi madre dio su bendición para todo este asunto. Ésta es la mejor capa de mi padre, ribeteada en piel de zorro de Rusia, ¿ves? Cómo piensa en mí... ¿O acaso te la dio Vera?

-¡Fue Vera! Pero atiéndeme bien: debes marcharte esta misma noche de Viena. Si te pescan, ¡no te someterán a juicio! Te van a matar de un tiro sin darte tiempo de hablar ni de que nadie aduzca haber visto cómo él te golpeaba.

-Yo ya fui sometido a juicio aquí -dijo Stefan tocando la levita con la mano vendada-. Lo maté.

-Vete de Viena como te digo. Busca un cirujano que te arregle los dedos. A lo mejor puedes salvarlos. Hay otros violines para alguien que toca como tú. Cruza el mar, dirígete a Río de Janeiro, a los Estados Unidos, o bien viaja a Oriente, a Estambul, donde nadie te preguntará quién eres. ¿En Rusia tienes amigos tuyos o de tu madre?

Sonriendo, Stefan hizo gestos de negación con la cabeza.

-Todos son primos del zar o sus bastardos, hasta el último de ellos -respondió con una risita. Fue la primera vez en esa vida espectral que vi a ese Stefan reír de verdad. Por un momento pareció jovial, y la alegría borró todas las arrugas de su rostro, y le dio, como les da a todas las personas, una expresión radiante.

Sentía una profunda gratitud para con el apesadum­brado hombrecito. Lanzó un suspiro y miró en derredor. Parecía ser el gesto de un hombre que podía morir pronto y contempla las cosas simples con un cariño especial.

Berthe le acomodó los cuellos para que quedaran rectos y formando picos, y le anudó la corbata de seda. Luego tomó una bufanda de lana negra y se la ató al cuello, levantó el pelo brilloso y lo dejó caer. Lo tenía largo pero prolijo.

-Permíteme que te lo corte -ofreció. ¿Pasarías más inadvertido?

-No... no importa. El manto y la capucha me ocultarán. No tengo tiempo. Mira, ya es medianoche. El largo velatorio probablemente ya empezó.

-¡No vayas!

-¡Claro que iré! ¿Acaso me traicionarás?

La idea inmovilizó tanto a ella como a su padre. Ambos le dijeron que no con un movimiento de cabeza, evidentemente jurando para sus adentros no traicionarlo.

-Adiós, querida. Ojalá pudiera dejarte algo al marcharme, alguna cosita...

-Me queda de ti todo lo que alguna vez he de necesitar -aceptó ella con resignación en la voz-. Me dejas muchas horas que otras mujeres seguramente inventan o conocen sólo a través de los cuentos.

Él volvió a sonreír. En ningún ambiente lo había visto yo más cómodo. Me pregunté si sentiría dolor en las manos sangrantes, porque los vendajes ya se veían sucios.

-La mujer que me arregló las manos -le contó a Berthe siguiendo con el tema que había empezado- se quedó con mis anillos, con todos ellos, en pago. No pude decirle que no. Pero ésta es la última habitación cálida que tengo esta noche, mi último momento sin prisas. Bésame, Berthe, y me voy. Hans, no puedo pedirte tu bendición, pero sí un beso.

Se abrazaron todos. Stefan estiró los brazos como si pudiera levantar la capa con sus manos vendadas, pero rápidamente Berthe tomó la prenda, y juntos padre e hija se la pusieron sobre los hombros, y la capucha sobre la cabeza.

Yo estaba descompuesta del miedo. Sabía lo que se venía y no quería verlo.


13

El vestíbulo de una casa grandiosa. La innegable ornamentación del barroco alemán, madera dorada, dos murales uno frente al otro, un hombre y una mujer con pelucas empolvadas.

Stefan había ingresado con las manos escondidas bajo la capa, y en tono severo habló en ruso a los guardias, que se mostraron confundidos al ver a ese hombre bien vestido que llegaba a presentar sus respetos.

-¿Se encuentra aquí el señor Beethoven? -preguntó hablando en un enérgico ruso. Una táctica de distracción, pues los custodios sólo hablaban alemán. Por último aparecieron los hombres del zar.

Stefan se jugó entero. Sin sacar sus manos vendadas, hizo una profunda reverencia rusa, y al hacerlo, la capa cayó a su alrededor sobre el piso de mosaicos. La araña iluminaba la figura oscura, casi monástica.

-Vengo de parte del conde Raminsky, de San Petersburgo, para presentar mis respetos. -Su porte y su actitud de seguridad eran perfectos. -Además, a transmitirle un mensaje al señor Beethoven. Él escribió para mí un cuarteto que me fue enviado por medio del príncipe Stefanovsky. Ah, les pido que me permitan unos instantes con mi buen amigo. Yo no moles­taría a esta hora a la familia, pero me dijeron que podía venir, que el velatorio duraría toda la noche.

Ya se dirigía hacia la puerta.

Los guardias rusos reaccionaron con una gran forma­lidad, adoptada de inmediato por los oficiales alemanes y los sirvientes de peluca.

Los sirvientes iban tras los guardias; luego se apresura­ban a abrir puertas.

-El señor Beethoven se retiró hace un rato, pero yo puedo acompañarlo hasta la sala donde descansa el príncipe -dijo un oficial, obviamente impresionado por mensajero tan alto e imponente-. Y tal vez debía despertar...

-No; como ya expliqué, no querría molestarlos a esta hora -dijo Stefan. Miró a su alrededor como si no hubiera nada en las dimensiones majestuosas de la casa que le resultara conocido.

Comenzó a subir la escalera, y su abrigo forrado en piel bailoteaba con elegancia, escasamente arriba de sus botas.

-La joven princesa -dijo dándose vuelta para mirar por sobre el hombro al guardia que se apresuraba por se­guirlo- era una amiga mía de la infancia. Vendré a visitarla a ella a una hora apropiada. Déjeme posar mis ojos sobre el anciano príncipe, no más, y rezar una plegaria.

El guardia estuvo a punto de decir algo, pero habían llegado a la puerta en cuestión. Demasiado tarde para las palabras.

El salón del velatorio. Inmenso, con paredes llenas de los arabescos blancos y dorados que dan a las habitaciones vienesas el aspecto de crema batida; altas pilastras con tracería dorada. Una larga hilera de ventanas al exterior, cada una empotrada en su arco bajo un plafón dorado, y del otro lado, sus correspondientes versiones falsas en espejos ubicados enfrente y en el otro extremo, en puertas dobles como las que usamos nosotros para entrar.

El cajón estaba colocado sobre una enorme tarima con cortinas de gruesa pana; a un costado, en un pequeño sillón ubicado sobre la tarima misma, había una mujer dormida, con la cabeza gacha. En su nuca se veía un collar de una sola vuelta de perlas negras; su vestido era talle imperio, pero de estricto luto negro.

El féretro entero estaba cubierto y rodeado por delicados arreglos florales. En unas jardineras de mármol había ramilletes de lirios, y por toda la sala una profusión de rosas que se integraban con la decoración circundante.

Se habían colocado hileras de sillones estilo francés pintados de blanco, tapizados en solemne damasco color verde o rojo oscuro, lo cual contrastaba sobremanera con los incó­modos muebles blancos de fabricación alemana. Había velas encendidas, individualmente y en candelabros, como también en la enorme araña de oro y cristal con costrones de cera de abejas, muy semejante a la que había caído en la casa de Stefan.

Un millar de llamas titilaban, tímidas, en la quietud.

Al fondo de la habitación, una fila de monjes rezaba el rosario al unísono, en forma audible. No levantaron la mirada cuando la silueta de capucha entró y se encaminó al ataúd.

En un largo diván dormían dos mujeres, una más joven, de pelo oscuro y las mismas facciones definidas de Stefan, con la cabeza apoyada sobre el hombro de la otra, ambas vestidas de negro y el riguroso velo retirado hacia atrás. La de mayor edad lucía un broche en el cuello. Su pelo era blanco y plata. La joven se movió en sueños como discutiendo con alguien, pero no se despertó, ni siquiera cuando Stefan pasó a cierta distancia de ella.

Mí madre.

El obsequioso guardia ruso no se atrevió a detener a ese aristócrata autoritario que atrevidamente se aproximaba a la tarima.

Los sirvientes ubicados en la puerta abierta estaban inmóviles cual figuras de cera, ataviados de raso azul prenapo­leónico y peluca con coleta.

Stefan se plantó ante la tarima. Apenas dos escalones arriba dormía la muchacha en su silloncito dorado, con una mano en el cajón.

Mi hermana Vera. ¿Me tiembla la voz? Mira lo condolida que está. Mira dentro del ataúd mismo.

La visión nos llevó más cerca. Me sentí inundada de aroma a flores, el perfume intoxicante de los lirios y otros pimpollos. Cera de velas: el olor intenso de la pequeña capilla de la calle Prytania de mi niñez, la cápsula de santidad y seguridad en la cual nos arrodillábamos con mi madre en un elegante comul­gatorio, mientras los abundantes gladiolos del altar opacaban nuestros humildes ramitos de lantanas.

Tristeza. Corazón mío, cuánta tristeza.

Pero no podía pensar en otra cosa como no fuera en lo que tenía ante mí. Me encontraba acompañando a Stefan en su intento, y petrificada del miedo. La silueta de capucha subió calladamente los dos peldaños de la tarima. Yo no soportaba el ardor de mi propio corazón. Ningún recuerdo mío prevaleció sobre este sufrimiento, este daño, este temor a lo que estaba por suceder, temor a la crueldad y los sueños hechos pedazos.

Mira a mí padre; el hombre al que mis manos dieron muerte.

El cadáver parecía cruel, pero al mismo tiempo marchito e insignificante. Sus rasgos eslavos eran más evidentes en la muerte, los ángulos más pronunciados, las mejillas con profundas arrugas, la nariz falsamente angostada por el funebrero tal vez, los labios intensificados en exceso con rouge y torciéndose hacia abajo, sin el hálito de vida que les confería esa semisonrisa que tan fácilmente él esbozaba antes de enojarse o de haber sido llevado a ese fin.

La cara muy pintada, y el cuerpo excesivamente ataviado con pieles y joyas, con galones de colores y terciopelo, suntuoso al estilo ruso, donde todo debe refulgir para expresar valor. Las manos con todos sus anillos descansaban sobre su pecho, sosteniendo un crucifijo.

Pero allí, a su lado, sobre el raso, se hallaba el violín, nues­tro violín, sobre el cual se apoyaba la mano dormida de Vera.

-¡Stefan, no! No debes tomarlo -murmuré en nuestra penumbra de vigilia-. Ella lo está tocando.

Ah, temes por mi vida mientras presenciamos esta vieja escena. Y sin embargo no me devuelves mi violín. Ahora obsér­vame morir por él.

Traté de desviar mis ojos pero él me obligó a mirar. Anclados en la escena, no se nos ahorraría nada del espec­táculo. Con nuestra forma física invisible, sentí los latidos de su corazón, el temblor húmedo de su mano que me hacía girar la cabeza.

-Mira -fue lo único que atinó a decir-. Mírame duran-te mis últimos segundos de vida.

La silueta de manto y capucha subió los últimos dos escalones de la tarima, y clavó sus ojos vidriados y exhaustos en el padre muerto. Acto seguido, sacó la mano vendada y alzó el instrumento con su arco, se los llevó al pecho y rápidamente los cubrió con la otra mano mutilada.

Vera se despertó.

-¡No, Stefan! -le aconsejó con un hilo de voz. Sus ojos se movieron de prisa de derecha a izquierda como alertán­dolo, al tiempo que le hacía gestos desesperados de que se marchara.

Él se dio vuelta.

Vi entonces lo que se tramaba. Por las puertas que comu­nicaban con otras habitaciones entraron sus hermanos. Un hombre corrió para apartar a Vera que, dando alaridos de pánico, estiraba los brazos en dirección a Stefan.

-¡Asesino! -vociferó un hombre, e hizo el primer dis­paro que dio no sólo sobre el pecho de Stefan sino también sobre el violín. Oí que se astillaba la madera.

Stefan se hallaba sobrecogido de espanto.

-¡No harán eso! -gritó-. No. -Un disparo tras otro fueron incrustándose en su cuerpo y en el violín. El joven corrió hacia el medio de la habitación mientras los demás seguían tirándole. Las balas ahora provenían no solamente de los caballeros de distinguido atuendo sino también de los guardias, y se incrustaban en él y en el instrumento.

Stefan tenía el rostro enrojecido. Nada detuvo a la figura que contemplábamos, nada.

Lo vimos abrir la boca, jadeante, con los ojos entrecerra­dos y la capa que se movía detrás cuando él corrió hacia la escalera llevando el violín a salvo en sus brazos, sin sangre, nada de sangre, salvo la que manaba de sus manos. ¡Y mira!

Las manos.

Las manos estaban descubiertas, sanas, sin necesidad de vendas. Tenían, una vez más, sus dedos largos, perfectos, que aferraban el violín.

Stefan agachó la cabeza contra el viento cuando atravesó la primera puerta, y yo contuve el aliento. Las puertas esta­ban trancadas, cosa que él ni había visto. El chasquido de las armas, los alaridos, subían de volumen creando un toque de disonancia; luego se desvanecían a sus espaldas.

Se precipitó hacia la calle oscura -sus pies golpeteaban contra las piedras lustrosas y desparejas-, y sólo echó un vistazo hacia abajo para constatar que tenía violín y arco en la mano; luego corrió con toda la velocidad que le permitía su fortaleza juvenil, dejó atrás el centro adoquinado de la ciudad y siguió corriendo sin parar.

Las luces se borroneaban en la penumbra. ¿Era niebla lo que rodeaba esos faroles? Las casas se erguían en la negrura sin atenuantes.

Por último, incapaz ya de seguir, se detuvo. Descansó apoyándose contra una pared de yeso descascarado, con el manto echado hacia atrás para que sirviera de almohada a su cabeza, y los ojos momentáneamente cerrados. El violín y el arco se hallaban a salvo, sin el menor rasguño, en sus dedos. Inspiró repetidas veces mientras lanzaba frenéticas miraditas para comprobar si alguien lo había seguido.

No había ecos en la noche. Había figuras que se despla­zaban en la oscuridad, pero eran tan tenues que no se las veía; estaban demasiado lejos de las luces sobre ocasionales puertas. ¿Reparaba él en la bruma que se juntaba sobre el suelo? ¿Era común eso en el invierno vienés? Grupos de silue­tas lo observaban. ¿Eran para él sólo las rameras nocturnas de la ciudad y nada más?

Una vez más, huyó.

Sólo cuando hubo cruzado la ancha e iluminada Ringstrasse con su hilera de luces y sus grupos de gente de última hora de la noche, y llegó al campo abierto, volvió a detenerse, y por primera vez se miró las manos restauradas -sin vendajes, ya curadas-, y el violín. Lo levantó a la luz de los débiles faroles urbanos contra el firmamento para ver si estaba entero, sano, y vio que no tenía ni un rasguño. El Strad largo. Suyo. Y el arco que tanto amaba.

Alzó sus ojos y luego miró atrás, hacia la ciudad que había dejado. Desde el sitio alto donde se hallaba, la ciudad emitía sus débiles luces invernales en dirección a las nubes que bajaban. Se sintió confundido, azorado, feliz.

Adquirimos forma material. Estábamos rodeados por el olor a madera de pino y aire frío, aromatizado por un lejano humo de chimenea.

Nos hallábamos en el bosque, no lejos de Stefan, pero sí lo suficiente como para no poder ir a consolar a ese ser de más de cien años atrás que estaba ahí, respirando y lanzando el aliento en el frío, sosteniendo con cuidado el instrumento mientras sus ojos escudriñaban el misterio que había dejado atrás.

Había algo que estaba terriblemente equivocado, y él lo sabía. Algo estaba tan monstruosamente mal, que se sentía presa de un desasosiego sin límites.

Mi Stefan espíritu, mi guía y acompañante, lanzó un suave gemido, aunque la figura lejana no lo hizo. La figura conservaba su color vívido, su vibrante condición material, pero examinó su ropa en busca de heridas. Se revisó la cabeza y el pelo. Todo intacto.

-Es un fantasma, lo es desde el primer disparo -dije-, ¡y no lo sabe! -Suspiré por lo bajo. Miré a mi Stefan y luego a la figura lejana, que parecía tanto más inocente y desvalida, más joven sólo por el aspecto y la falta de aplomo. A mi lado, el espectro tragó saliva y se humedeció los labios.

-Moriste en aquella habitación.

Sentí dentro de mí un dolor tan agudo que me dieron ganas sólo de amarlo, de llegar a conocerlo totalmente con mi alma, de abrazarlo. Me di vuelta y lo besé en la mejilla. Él inclinó la cabeza para recibir más besos y apretó su frente fría contra la mía; luego hizo señas en dirección al lejano espíritu que acababa de nacer.

El lejano espíritu examinaba sus manos curadas, el violín.

-Requiem aiternam dona eis Domine -dijo mi acompa­ñante, amargamente.

-Las balas te hicieron añicos, a ti y a tu violín -dije yo.

Frenético, el Stefan lejano giró sobre sus talones y em­prendió un recorrido entre los árboles. A cada instante se daba vuelta para mirar atrás.

-Dios mío, está muerto pero no se da cuenta.

Mi Stefan se limitó a sonreír, y su mano descansaba sobre mi cuello.

Un viaje sin mapa ni destino.

Lo seguimos en su febril deambular. Atravesaba la repul­siva bruma de la "ignorada región" de Hamlet.

Me inundó de repente un frío feroz. En el recuerdo, me hallaba yo parada junto a la tumba de Lily, ¿o sería la de mi madre? Era ese momento sofocante y monstruoso antes de que empezara la aflicción, cuando todo es horror. Mírenlo, está muerto, y sin embargo deambula sin cesar.

Atravesó extraños pueblitos alemanes de techos empinados y callejuelas sinuosas, y nosotros le seguíamos los pasos, ambos incorpóreos una vez más, o anclados solamente en nuestra perspectiva compartida. Cruzó inmensos campos vacíos y volvió a internarse en el bosque. ¡Nadie lo vio! Sin embargo, a él le llegaba el rumor de los espíritus que se congregaban: trataba de ver lo que se movía arriba, abajo, a un costado.

Ya de mañana.

Al entrar en la calle principal de una pequeña aldea, se acercó al puesto del carnicero y habló con el hombre, pero éste no pudo verlo ni oírlo. Le tocó el hombro a la cocinera, trató de sacudirla, pero si bien él vio claramente su gesto, un conflicto profundo entre voluntad y hecho cierto, ella no percibió nada.

En ese momento llegó un clérigo de larga casulla negra, saludando a los primeros compradores. Stefan lo aferró, pero el hombre no pudo verlo ni oírlo.

Observaba, desaforado, a la gente del pueblo que se arre­molinaba. Luego adquirió un aire solemne, mientras trataba desesperadamente de razonar.

Vio entonces con más claridad a los muertos que pulula­ban en derredor. Vio siluetas que sólo podían ser fantasmas, por lo fragmentadas que estaban sus formas humanas, y se quedó mirándolas como podría hacerlo un ser viviente: con terror.

Cerré con fuerza los ojos y vi el pequeño rectángulo de la tumba de Lily. Vi los puñados de tierra que caían sobre el cajoncito blanco. Karl gritó: "¡Triana, Triana, Triana!" mien­tras yo repetía una y otra vez: "¡Estoy contigo!" Karl dijo: "Mi trabajo está sin terminar, míralo, Triana. No está hecho el libro, no está hecho... dónde están los papeles, ayúdame, se arruinó todo...".

No; aléjense de mí.

Miren esa figura que contempla a los otros espíritus, que se acercan como atraídos por su brillo. Él sintió miedo y escrutó sus rostros evanescentes. De tanto en tanto pronunciaba el nombre de los muertos que había conocido en su infancia, suplicante; después, con una mirada desesperada, se quedó callado.

Nadie había oído ese ruido.

Gemí, y la silueta que tenía a mi lado me estrechó con fuerza, como si tampoco él soportara ver a su propia alma errante, nítida y bella, con su capa y su pelo brilloso, en medio de un gentío de colores ni más ni menos intensos que los de él, una multitud que no podía verlo.

Puso empeño en sosegarse. Contuvo las lágrimas, que le dieron a sus ojos esa grandiosa autoridad que dan las lágrimas inmóviles. Levantó el violín y lo miró. Se lo llevó al hombro.

Comenzó a interpretar. Cerró los ojos y se entregó a ese terror en una danza alocada que habría arrancado aplausos a Paganini, una protesta, un lamento, un canto fúnebre y, lentamente, abriendo los ojos a medida que se movía el arco y que la música nos traspasaba, comprendió que nadie, nin­guno de los que estaban en la plaza de ese pueblo, ni nadie que estuviera cerca ni lejos, podía verlo ni oírlo.

En determinado momento se esfumó. Sosteniendo el violín en la mano derecha y el arco en la izquierda, se llevó las manos a los oídos y agachó la cabeza, pero cuando su forma perdió todo color, tembló entero y abrió bien los ojos. El aire que lo rodeaba era un torbellino cada vez más poblado de espíritus visibles.

Movió la cabeza a uno y otro lado y entró la boca como lo hace un niño al llorar. "¡Maestro, Maestro! -musitó-. ¡Estás encerrado en tu sordera, y yo quedé afuera, sin poder oír sonido alguno! ¡Maestro, estoy muerto! ¡Me siento tan solo como tú! ¡Maestro, no pueden oírme!" Pronunció las palabras gritándolas.

¿Pasaron días?

¿Años?

Yo seguía aferrada a Stefan, mi guía en este mundo lóbrego, temblando pese a que no hacía verdaderamente frío, y vi que la figura volvía a caminar, y de vez en cuando levantaba el violín hasta la oreja y tocaba una furiosa serie de notas, y de pronto se detenía lleno de ira, apretando los dientes, sacudiendo la cabeza.

De nuevo Viena, quizá. No lo sé. Una ciudad italiana. Bien podría haber sido París. No sé. Los detalles de aquellos tiempos estaban demasiado mezclados dentro de mi mente, producto del estudio y la imaginación.

Él siguió caminando.

El cielo se convirtió, no tanto en una medida de algo natural, sino más bien en un baldaquín sobre una existencia fuera de la naturaleza, una inmensa tela negra tachonada de estrellas arrojadas allí al azar como diamantes en el velo de una mujer de luto. Y en la mañana tal vez, un cortinado que descendía.

El peregrino se detuvo en un camposanto de suntuosas tumbas. Nosotros éramos de nuevo invisibles, y lo seguíamos de cerca. Miró las tumbas, buscó los nombres. Llegó hasta la de Van Meck. Leyó el nombre de su padre. Limpió la gruesa costra de tierra y moho de la piedra.

El tiempo ya no se circunscribía al reloj. Sacó su reloj de bolsillo y lo miró, y el pequeño aparato no le dijo nada.

Otros espíritus se arremolinaron en la penumbra informe, atraídos por los movimientos firmes que él hacía y por el color vivo. Él los miraba a la cara.

-¿Padre? -preguntó en un susurro-. ¿Padre?

Los espíritus huyeron asustados, como si fueran globos en el viento, atados a un piolín flojo que podía ser arrastrado a uno u otro lado con un solo toque al cordón que los sujetaba a tierra.

En su rostro se pintó la comprensión cabal. Estaba muerto, irremediablemente muerto. ¡No sólo eso, sino además aislado de todo otro fantasma como él!

Registró el aire y la tierra en busca de otro espíritu sensible como él, igual de decidido, transido por el mismo dolor. No encontró nada.

¿Veía las cosas como mi Stefan y yo lo veíamos ahora?

Sí, tú y yo vemos ahora lo que yo vi en aquel momento, lo que vi, sabiendo sólo que yo estaba muerto, y no lo que significaba el hecho de que yo aún caminaba sobre la tierra, lo que podía llegar a hacer en esta desdichada perdición, sabiendo sólo que avanzaba de un lugar a otro, que nada me ataba, me constreñía ni me reconfortaba, ¡sabiendo sólo que no me había convertido en nadie!

Entramos en una capillita donde se estaba celebrando la misa. Era de estilo alemán pero más sencillo, de un período anterior, cuando el rococó había cubierto Viena. Arcos góticos se elevaban desde columnas con rosetones. Las piedras eran de grandes dimensiones y sin lustre. Los fieles eran gente de campo, y las sillas eran escasas, casi inexistentes.

Su apariencia espectral no había cambiado. Seguía siendo una visión lozana, policromática.

Observó la distante ceremonia del altar, bajo el dosel rojo sangre sostenido por santos góticos, hambreados, consumidos, venerables y torpemente ubicados allí como pilares de apoyo.

Delante del alto crucifijo, el sacerdote elevó la hostia consagrada, la mágica oblea blanca, el cuerpo y la sangre mi­lagrosamente comestibles. Alcancé a sentir olor a incienso. Sonaban las pequeñas campanillas. Los fieles murmuraban en latín.

El fantasma de Stefan los miró indiferente, temblando, como podía mirar un hombre que está por ser ejecutado a personas extrañas que lo observan dirigirse a la horca. Pero no había una horca.

Volvió a internarse en el viento y subió una pendiente con ese andar que yo imagino cuando escucho el Segundo Movimiento de la Novena de Beethoven, esa marcha persis­tente. Subía y subía, atravesando el bosque. Me pareció ver nieve y después lluvia, pero no me daba cuenta del todo. Me dio la impresión de que en determinado momento se arre­molinaron hojas a su alrededor, que él se hallaba en medio de una lluvia de hojas amarillas, y tambaleante salió a un camino para hacerle señas a un carruaje que no le prestó atención.

-¿Pero cómo empezó? -pregunté-. ¿Cómo te conver­tiste en este monstruo fuerte y tenaz que me tortura? -En la negrura que nos cubría, sentí su mejilla y su boca.

Oh, pregunta sin piedad. Tienes mi violín. Quédate quieta, observa, o de lo contrario devuélveme el instrumento. ¿No has visto lo suficiente como para convencerte de que es mío, que me pertenece, que yo lo hice cruzar la gran divisoria y lo traje a este reino con la sangre de mi propia vida, y que tú lo tienes sujeto para que no pueda sacártelo?. Los dioses están locos, si es que existen, porque permiten que suceda semejante cosa. El Dios de los cielos es un monstruo. Aprende de lo que ves.

-Aprende tú, Stefan -le contesté, y estreché con más fuerza el violín.

Mi gesto sólo consiguió arrancarle un gesto de impo­tencia a mi lado, en las tinieblas donde revoloteábamos, él rodeándome aún con sus brazos, apoyando la frente en mi hombro. Dejó escapar un gemido como confiándome su dolor en un código privado, y sus manos cubrían las mías, tocaban la madera y las cuerdas del violín, pero no inten­taban arrebatármelo. Sentí moverse sus labios contra mi pelo, encontrar la curva de mi oreja, y más también, lo sentí apretarse contra mí, perentorio, tembloroso, no decidido. El calor de mi interior se elevó como para entibiarnos a ambos.

Volví a observar al espíritu joven, deambulante.

Caía nieve.

El espíritu la miró y comprobó que no se depositaba sobre su capa ni su pelo, sino que parecía pasar de largo. Trató de tocarla con las manos. Sonrió.

Sus pies producían crujidos en la nieve. ¿Eso era algo que sentía de verdad o apenas una sensación que él mismo creaba mediante la voluntad y la esperanza? Su larga capa era una sombra oscura en la nieve, y no llevaba puesta la capucha, y sus ojos parpadeaban en medio de la callada inundación blanca proveniente del cielo.

De improviso un fantasma lo sobresaltó, un ser diáfano que salía del bosque, una mujer de sobrio ropaje, evi­dentemente adicta a la amenaza, pero él la hizo a un lado. Quedó estremecido. Si bien la había repelido con un solo movimiento del brazo, temblaba y echó a correr. La nieve seguía apilándose, y por un momento me pareció que me impedía verlo; luego él reapareció, visible, oscuro, adelante de nosotros.

Era el cementerio una vez más, lleno de tumbas grandes y pequeñas. Se detuvo ante el portón y espió el interior. Vio pasar a un ánima perdida que iba hablando sola como un ser humano demente, un ser de fina seda, pelo revuelto y extre­midades oscilantes.

Empujó el portón. ¿Fue una ilusión o acaso tenía fuerza suficiente para hacer mover ese objeto material? No se puso a prueba más que en esto; dejó atrás la alta valla y avanzó por el ventoso sendero donde aún no había llegado la nieve. Todas las hojas caídas eran crujientes, rojas y amarillas.

Al frente, un pequeño grupo de deudos se había reunido alrededor de una tumba humilde, cuya lápida era apenas una pirámide. Lloraban, y por último todos se fueron marchando salvo una persona, una mujer mayor que, alejándose, encon­tró lugar para sentarse en el borde de un monumento de bello tallado, ¡junto a una estatua de una niña muerta! ¡Una niña muerta! Me maravillé.

La niña muerta era de mármol y sostenía una flor en la mano. Vi a mi hija -aunque fugazmente-; no había monu­mento para mi Lily… y ese cementerio de otro siglo... y nuestro fantasma deambulante clavaba sus ojos en la silueta apenada, una mujer de capota negra con largas cintas de raso, falda amplia, falda de una época posterior a cuando Vera con su atuendo ceñido había cruzado corriendo la sala para salvar a su hermano.

¿Se daba cuenta de eso el fantasma? ¿Notaba que habían transcurrido décadas? Se limitó a mirar a la mujer y pasó frente a ella poniendo a prueba su propia invisibilidad, y agitó la cabeza en gesto de meditación. ¿Ya se había resignado al horror absoluto de una existencia sin propósito?

De pronto sus ojos se posaron en la tumba alrededor de la cual se habían reunido las personas. Vio el único nombre grabado en la pirámide.

Yo también lo vi.

Beethoven.

Un grito partió de los labios del Stefan joven, un grito capaz de despertar a todos de sus tumbas. Una vez más, sosteniendo el instrumento en una mano y el arco en la otra, se llevó los puños a la cabeza, y bramó.

-¡Maestro! ¡Maestro!

La mujer no oyó ni advirtió nada. No vio al fantasma que se metió en la tierra y se puso a cavar con sus propias manos, dejando suelto el violín.

-¿Maestro, dónde estás? ¿Adónde te has ido? ¿Cuándo te moriste? ¡Estoy solo! Maestro, soy Stefan, ayúdame. ¡Presén­tale mi caso a Dios, Maestro!

Un gran dolor.

Angor animi.

El Stefan de mi lado vaciló, y el pesar que yo sentía en mi pecho se propagó como fuego hasta mi corazón y mis pulmones. El joven yacía frente al monumento abandonado, entre las flores que allí había dejado la mujer. Sollozaba, golpeaba el puño contra el suelo.

-¡Maestro! ¿Por qué no me fui al infierno? ¿Dónde están los espíritus de los condenados, o acaso esto es la condena­ción? ¿Qué he hecho, Maestro?... -Ahora era una profunda aflicción. -Maestro, mi amado Beethoven.

Sus sollozos eran secos y mudos.

La mujer sólo miraba la piedra con el nombre de Beethoven. Sus dedos desgranaban muy lentamente las cuentas negras y plateadas de un rosario sencillo. El tipo lúgubre de rosario que usaban las monjas cuando yo era chica. La vi mover los labios. Tenía un rostro delgado, elocuente, y entrecerraba los ojos al orar. Pestañas grises, apenas visibles, la mirada fija como si ella estuviera realmente meditando sobre los misterios. ¿Cuál veía ante sí?

No oyó lamentos de nadie. Ella, el ser humano, estaba sola; y él, el espíritu, estaba solo también. Y las hojas se extendían, amarillas, todo a su alrededor, y los árboles estiraban sus ramas débiles y desnudas dentro del cielo desesperanzado.

Por último logró componerse. Se levantó hasta quedar de rodillas; luego se puso de pie, tomó el violín y le limpió la tierra y unas hojitas que tenía. Inclinó la cabeza en perfecta afirmación de pesar.

Pareció que la mujer rezaba durante una eternidad. Yo casi alcanzaba a oír sus plegarias. Rezó avemarías en alemán. Había llegado hasta la cuenta cincuenta y cuatro, la última ave-maría, de las últimas diez. Miré la estatua de mármol de la niña, a su lado. Una coincidencia tonta, tonta, o bien una confabula­ción de él para presentarme esa escena, con esa niña hecha en mármol y una mujer de negro. Y un rosario, un rosario como el que Rosalind y yo habíamos roto peleándonos después de morir mi madre. "¡Es mío!"

No seas tan vanidosa. ¡Esto es lo que sucedió! ¿Acaso crees que obtengo de tu mente los desastres que arruinaron mi alma y me hicieron lo que soy? Te estoy mostrando lo que soy; no invento nada. Es tanto el dolor que llevo adentro, que la imagi­nación no significa nada para mí. Me siento apabullado por un destino que debería enseñarte temor y compasión. Devuélveme el violín.

-¿Crees que con esto aprendes a tener compasión? -le pregunté enojada-. ¿Tú, que vuelves locas a las personas con tu música?

Sus labios rozaron mi cuello; su mano apretó fuertemente mi brazo.

El espíritu joven se sacó unas hojitas de la capa forrada en piel, tal como podría hacerlo un ser humano, y observó deslumbrado cómo caían al suelo. Una vez más miró el nom­bre escrito:

Beethoven.

Luego recogió violín y arco, y comenzó a tocar un tema que yo conocía con todo mi corazón, el primer tema musical que jamás había memorizado en mi vida. Se trataba de la melodía principal del único Concierto para violín y orquesta escrito por Beethoven, esa melodía preciosa, tan llena de felicidad que no parece del Beethoven de las sinfonías heroicas y los cuartetos místicos, una canción que hasta una boba sin talento como yo podía memorizar en una sola noche, mientras escuchaba cómo la tocaba un viejo genio.

Suavemente tocó Stefan, transmitiendo no sólo la idea de dolor sino también de tributo. Para ti, Maestro, la música que tú compusiste, la melodía vivaz para violín escrita cuan-do eras joven antes de que el horror del silencio se abatiera sobre ti, y te envolviera de una forma que te apartó del mundo, obligándote a hacer una música que fue monstruosa en ese vacío.

Yo podría haber entonado esa melodía con él. Qué perfecta la forma en que se elevaba desde las cuerdas, y cómo el lejano fantasma se permitía introducirse en ella, apenas sin mover el cuerpo, entrando y saliendo de la melodía misma para tocar las partes orquestales y entretejerlas dentro del solo, tal como había hecho con otra pieza musical para Paganini tanto tiempo atrás.

Por último llegó a la parte que se denomina cadencia, cuando el violinista debe tomar dos temas, o todos los temas, y tocarlos juntos, cuando los temas chocan, se entrecruzan en una orgía de inventiva, y todo esto lo hizo en un estilo renovado, resplandeciente, pleno de serenidad. En su cara, una expresión de sosiego y resignación. Tocó sin cesar, y poco a poco sentí que mi cuerpo se aflojaba en brazos de Stefan. Sentí que yo misma comprendía lo que había tratado de decirle:

El pesar es sabio. El pesar no llora. El pesar llega sólo después del horror de mirar la tumba, el horror de estar junto a la cama; el pesar es sabio y es imperturbable.

Silencio. Había llegado al final. La nota flotó en el aire; luego murió. Sólo el bosque continuaba entonando su habi­tual canción muda, de minúsculos instrumentos orgánicos, demasiado variados como para que se los pudiera contar: pájaros, hojas, el grillo bajo el helecho. El aire estaba gris, sereno, húmedo, pegajoso.

-Maestro -susurró-, que la luz eterna brille sobre ti. -Se limpió la mejilla. -Que tu alma descanse en paz, junto con la de todos los fieles que ya partieron.

La mujer, seria con su capota negra y sus faldas amplias, se levantó muy despacio de su asiento, ubicado junto a la niña de mármol. ¡Y se acercó a él! ¡Podía verlo! De pronto le tendió una mano.

Habló en alemán:

-Te agradezco mucho, bello joven -dijo-, que hayas tocado con tal maestría y sentimiento.

Él no podía hacer otra cosa que mirarla.

Sentía miedo. El joven fantasma tenía miedo y la miraba perplejo. No se atrevía a hablar. Ella le acarició la cara con la mano y retomó la palabra.

-Bendito seas, muchacho. Gracias a ti este día entre todos los días. Me encanta esta música, siempre me ha gustado. La persona que no ama es cobarde.

Él parecía incapaz de responder.

Cortésmente ella se retiró, y apartó la mirada para devol­verle intimidad. Luego se alejó por el sendero.

-Gracias, señora -gritó él.

La mujer se dio vuelta y le hizo un gesto de muda afir­mación.

-Ah, y este día entre todos los días, quizá sea la última vez que venga aquí, porque pronto trasladan la tumba. Lo pondrán en el cementerio nuevo, con Schubert.

-¡Schubert! -musitó él, tratando de contener el espanto.

Schubert había muerto joven. ¿Pero cómo podía saber semejante cosa esa copia de ser viviente que deambulaba por el éter?

No hacía falta que se lo dijera en voz alta. Todos lo sabía­mos, todos: la mujer del recuerdo, el fantasma joven, el fantasma que me abrazaba a mí, y yo también. Schubert, el compositor de canciones, había muerto joven, escasamente tres años después de haber visitado a Beethoven en su lecho de muerte.

Paralizado, el fantasma joven la observó marcharse del cementerio.

-¡De modo que así empezó! -susurré, clavando los ojos en el fantasma visible, el fantasma pujante-. ¿Qué lleva a este espíritu a la visibilidad? -quise saber-. Puedo entender lo de la mujer sentada junto a la niña de mármol, ¿pero tú ves tu don secreto y siniestro, el que puede cruzar la línea divisoria de la muerte? ¿Lo ves? ¿Alguna vez viste estas enseñanzas?

No me quiso responder.


14

No me respondió. Anonadado, el espíritu joven esperó hasta que la mujer estuviera fuera de su campo visual. Después, alejándose un paso de la tumba, levantó sus ojos para mirar lo que podía ver del cielo, un cielo invernal de Viena, casi un gris sucio, y luego volvió a posar su mirada solemne en la sepultura.

A su alrededor se congregaban los desprolijos y deso­rientados muertos, más densos y arteros que antes. ¡Ah, el espectáculo que constituían!

¿Veo a alguien a quien poder recurrir? ¿Crees que en esta penumbra se hallan Lily, tu padre, tu madre? No. Ahora mírame a la cara, ve lo que produce el reconocer algo, lo que el aislamiento refuerza. ¿Dónde están mis compañeros muertos, cualesquiera hayan sido sus pecados y los míos? Ní siquiera los monstruos ejecutados por crímenes indiscutibles se acercan a tomarme de la mano. Estoy separado de todos éstos que ves, de estos espectros. Mírame a la cara y verás dónde empezó todo. Contempla el odio.

-¡Míralo tú! -clamé-. ¡Aprende tú la enseñanza!

Sólo por un instante vi la figura de pie, el rostro severo, el desprecio por los muertos informes y errantes, los ojos fríos posados en la tumba.

El crepúsculo.

Otro cementerio había surgido a nuestro alrededor. Era nuevo y había en él monumentos más imponentes, para hacerse notar; seguramente por allí debía de estar el de Schubert y Beethoven, con sus estatuas talladas -como si en vida hubie­ran sido amigos, cuando en realidad casi ni se conocían-, y delante de esa monumental pila, el Stefan joven y visible tocó una impetuosa sonata de Beethoven, entretejiendo su propia creación, y un corrillo de muchachas se paró a escucharlo, todas embelesadas, una de ellas llorando.

Alcancé a oír su llanto que se mezclaba con el lamento del violín -el rostro del fantasma por último apesadumbrado como el de la muchacha-, y cuando ella estrechó sus propios brazos con pesar, él fue desgranando las notas largas, con lo cual las otras jóvenes que lo miraban se sintieron desfallecer.

Bien podían ser las adoradoras de Paganini del Lido, aquí, y el violinista mágico -indudablemente anónimo y ahora vestido al estilo de fin de siglo- tocaba para los vivos y los muertos, y en determinado momento levantó los ojos y los fijó en la mujer que lloraba.

-¡Tú necesitabas el dolor de esas personas, te alimen­tabas de ello! -exclamé-. Eso te daba fuerzas. Interrumpiste esa música loca y muerta e interpretaste una melodía desin­teresada, y entonces ellas pudieron verte.

Eres apresurada y te equivocas. Desinteresada, sí. ¿Alguna vez fui desinteresado? ¿Y lo eres tú, ahora que retienes mi violín? ¿Es eso lo que sientes mientras presencias este espectáculo? Yo no me alimento con el dolor de esta mujer, pero a ella el sufrimiento la llevó a abrir los ojos y verme, y lo mismo pasó con las otras, y la melodía surgió de mí, de mi talento, un talento que yo tenia innato en mi vida natural, que nutrí y cultivé. Tú no tienes un don semejante. ¡Tienes mi violín! ¡Eres una ladrona como lo fue mi padre, como lo fue el incendio que por poco lo destruye!

-Y durante toda esta perorata te cuelgas de mí. Siento tus labios y tus besos, tus dedos sobre mis hombros. ¿Por qué? ¿A qué se debe tanta ternura siendo que escupes odio en mis oídos? ¿Por qué esta mezcla de amor y odio? ¿Qué puedo darte yo de bueno, Stefan? Te repito: presta atención a tu propia historia. No te devolveré un instrumento que usas para enloquecer a la gente. Muéstrame lo que quieras: no te lo devolveré.

Me susurró al oído.

¿Te hace pensar en tu marido muerto, en la época en que la medicación lo volvió impotente y él se sentía tan humillado? Recuerda su rostro macilento y la fría mirada de sus ojos. Te odiaba. Tú sabías que el mal finalmente avanzaba.

Yo no te abrazo porque te ame. Tampoco él. Te abrazo porque estás viva. Tu marido te consideraba una tonta con una hermosa casa que él llenó de chucherías, platos de Dresden y escritorios con incrustaciones de bronce de bellos diseños. Levantaba los cristales de Francia ante tus ojos y limpiaba las arañas. Llenaba tu cama de almohadones de brocato.

Y tú, obnubilada por todo eso, y por tu sentido del heroísmo de haberte casado con un hombre enfermo y frágil, dejaste marchar a Faye, tu hermana menor. No le diste cariño, no la retuviste. ¡No viste que ella encontraba el diario de tu padre y leía página tras página! No la veías mirar desde la otra punta del ático en dirección a la puerta del cuarto donde tú y Karl, tu nuevo marido, estaban en la cama. No te percataste de su vulnera­bilidad, de que se sentía desplazada en la casa de su propio padre, por ese nuevo drama -el de Karl, el hombre rico- drama del cual obtenías satisfacción tanto como la he obtenido yo de tu sufrir. No la viste convertirse en una huérfana destruida por las palabras de juicio, desagrado y condena escritas por' su padre. ¡No viste su dolor!

-¿Y tú ves el mío? -Traté de alejarlo de mí. -¿Ves mi pesar? ¿Dices que el tuyo es mayor que el mío porque con tus propias manos mataste a tu padre? Yo no tengo talento para ese tipo de crímenes como tampoco para el violín. Pero lo que sí compartimos es cierto talento para sufrir, sí, para estar de luto, sí, y la pasión por lo majestuoso, por el misterio total de la música. ¿Crees que puedes arrancarme compasión cuando me obligas a evocar recuerdos de Paye que no soporto? Eres un muerto indigno, una basura. Sí, percibí el dolor de Faye, claro que sí, y la dejé partir, la dejé marcharse, ¡permití que se fuera! Me casé con Karl y eso la afectó. ¡Faye me necesitaba!

Llorando, traté de soltarme, pero no podía moverme. Lo único que pude hacer fue dar vuelta la cabeza e impedir que él se quedara con el violín. Quería llorar sola, toda la vida. No deseaba otra cosa que el llanto, sólo los sonidos que desde siempre forman el eco del llorar, como si los sollozos fuesen el único sonido que acarreara mérito o verdad.

Me besó bajo el mentón y por el cuello. Su cuerpo hablaba de ternura y de deseo, de paciencia complaciente y de cariño; sus dedos acariciaban mi cara con veneración. Luego inclinó la cabeza como avergonzado, y con voz contrita pronunció:

-¡Triana!

-Veo que obtuviste fortaleza del amor -dije-, amor por el Maestro. ¿Pero cuándo comenzaste a enloquecerlos, a hacerlos sufrir? ¿Y esta conducta la reservas sólo para mí, Triana Becker, la mujer del montón y sin talento que vive en el chalet blanco sobre la avenida? Seguramente no fui la primera. ¿A las órdenes de quién estás? ¿Por qué me despiertas cuando sueño con el bellísimo mar? ¿Crees que prestas servicios al hombre cuya lápida te provocó un dolor tan desgarrador que a partir de entonces obtuviste forma material?

Gimió como implorándome que me callara, pero yo no pensaba hacerlo.

-¿Crees que sirves al Dios al que le rezabas? ¿Cuándo comenzaste a producir dolor si éste no era lo suficientemente agudo como para hacerte adquirir forma material?

Otra escena fue tomando forma. Pasaban tranvías traque­teando en sus vías. Una mujer de vestido largo estaba tendida en una cama de sensuales curvas, que podríamos denominar estilo arte moderno. La ventana tenía un marco con un diseño libre, propio de la época. Había por ahí cerca un fonógrafo, con su gruesa púa inmóvil y el plato polvoriento.

Stefan tocaba para ella, y ella lo escuchaba con ojos brillosos, sí, con las lágrimas de rigor, las eternas lágrimas... quiero que en este relato abunden las lágrimas como cualquier otra palabra común y silvestre. Que la tinta se convierta en lágrimas, que el papel se ablande con ellas.

La mujer escuchaba con lágrimas brillosas y observaba al muchacho de moderno saco corto, que lucía su pelo largo y sedoso como si no quisiera renunciar a él, aunque a esta altura seguramente sabía que podía cambiar su apariencia; lo observaba tocar el celestial instrumento para ella.

Se trataba de una canción radiante cuyo nombre yo no podía precisar, quizá de su propia autoría, y se zambullía en la disonancia que distingue a la primera música de nuestro siglo, un efecto, un palpitar, una rumorosa protesta de la naturaleza y de la muerte. Ella lloraba, apoyada su cabeza contra un fondo de terciopelo verde, una silueta elegante que parecía pintada en vitrales, con su vestido frívolo, sus zapatos puntiagudos, sus suaves rizos pelirrojos.

Él se detuvo. Dejó sus finas armas a un costado. Miró tiernamente a la mujer, se le acercó, tomó asiento a su lado, en el diván curvo. La besó, sí, en forma visible y palpable para ella como lo era él para mí, y el pelo masculino cayó sobre su rostro como caía sobre mí incluso ahora, en la penumbra sin compás desde donde observábamos.

Luego le habló a la mujer en un alemán más reciente, más familiar a mis oídos.

-Años atrás -dijo-, el gran Beethoven tenía una amiga llamada Antoine Brentano. La amaba dulcemente, como amaba a muchas personas. Shh, no creas las mentiras que dicen sobre él. Amaba a muchas. Y cuando Antoine Brentano sufría, él iba a la casa que ella tenía en Viena, entraba sin decirle nada a nadie, y tocaba horas de horas el pianoforte para aliviar su dolor. Las melodías ascendían atravesando los pisos, llegaban hasta ella, la reconfortaban y amortiguaban su sufrir. Después, él se marcha­ba calladito, sin saludar a nadie. Y ella, por eso, lo amaba.

"Como te amo yo", dijo esta muchacha.

¿Estaba muerta ahora, llevaba quizá muchos años de muerta?

-¿A ella la enloqueciste?

¡No lo sé! ¡No quieres reconocer la profundidad del sen­timiento!

Ella levantó sus brazos desnudos y estrechó al fantasma, estrechó algo sólido y aparentemente varonil y apasionado por su persona, apasionado por su carne femenina muy cuidada, por las lágrimas que él lamía con su lengua espectral en un gesto tan repentinamente monstruoso, que la imagen entera se me oscureció.

Le lamía los ojos, las lágrimas, los ojos. ¡Basta ya!

-Suéltame -dije, y lo empujé. Le di patadas en los pies. ¡Eché la cabeza hacia atrás y oí el sonido de mi cabeza contra la suya! -¡Suéltame!

Dame el violín y te suelto. Ojos... ¿Aún guardas en un frasco los de Lily? Permitiste que la cortajearan, recuerdas, ¿y por qué? ¿Para estar segura de que, por alguna negligencia o estupidez, no la habías matado tú misma? Ojos... ¿Recuerdas los de tu padre? Los tenía abiertos al morir, y tu tía Bridget te preguntó: Quieres cerrárselos, Triana, y te explicó el honor inmenso que era cerrárselos, y te indicó cómo poner la mano...

Forcejeé, pero no podía liberarme.

Se oyó música pletórica de tambores, algo fantasmal y salvaje, pero detrás surgió el violín.

¿Miraste siquiera a los ojos de tu madre el día en que la dejaste ir hacia su muerte, cuando falleció de un ataque, niña tonta? Podría haberse salvado, no estaba en las últimas. ¡Estaba enferma de vivir, no más, de ti, de todas sus hijas sucias, de su marido infantil y temeroso!

-¡Cállate!

De improviso vi a mi captor. Estábamos visibles. Iba creciendo la luz a nuestro alrededor. Él se hallaba apartado de mí. Yo sostenía el violín y le lanzaba dardos con la mirada.

-Maldito seas con todas tus visiones -juré-. Sí, sí, confieso que los maté a todos, los maté, la culpa es mía. ¡Si Faye está muerta y tendida sobre una losa, lo hice yo! ¡Sí, lo hice yo! ¿Qué harías con el violín si te lo devolviera? ¿Enloquecerías a alguna otra? ¿Le lamerías las lágrimas? Te desprecio. Mi música era mi alegría. ¡Mi música era trascendencia! ¿Qué es la tuya sino daño y vileza?

-¿Y por qué no? -Sujetó mi cuello con ambas manos, en un punto peligrosamente cerca de mi garganta. Me disgus­taba mucho que me tocaran ahí, en ese lugar tan blando del cuello -ni siquiera una persona amada-, pero no iba a caer en la celada ni tratar de alejarlo de mí a empujones.

-¿Tienes fuerzas como para matarme? -le pregunté-. ¿Trajiste a este abismo también esta facultad, la de matar como mataste a tu padre? Entonces, hazlo. A lo mejor estamos en los umbrales de la muerte y tú eres el dios que tiene la balanza para pesar mi corazón. ¿Esto es lo que te propones: presen­tarme todas las cosas más queridas de mi vida?

-¡No! -gritó, pero estaba conmovido, y de nuevo llo­raba-. ¡No, mírame! ¿No ves lo que soy? ¿No ves lo que me sucedió? ¡No comprendes! Estoy perdido, solo. ¡Y todos los que transitan por el vacío al mismo ritmo mío caminan solos como yo! Nosotros, que somos fantasmas invisibles y pode­rosos -y seguramente debe de haber más-, no podemos comunicarnos unos con otros. ¿Que si traigo a Lily? ¡Lo haría si pudiera! ¿A tu mamá? Con sólo chasquear los dedos, si supiera cómo. Sí, tranquilizaría a la hija que ha llorado la muerte de su madre toda la vida... qué cosa inútil. ¡Y contigo, viajando hacia atrás y entrando en este dolor, frente a la casa de mi padre en llamas, vi por primera vez la sombra de Beethoven! ¡Su espíritu! ¡Vino por ti, Triana!

-O para ponerte freno a ti, Stefan -respondí procurando hacerlo con voz suave-. Para educar tu magia. La tuya es una brujería ingenua y potente. Este violín está hecho de madera, y tú eres de carne y hueso como yo, aunque uno de los dos está vivo y el otro hecho de una codicia implacable...

-¡No! Codicia, no. Nunca.

-Suéltame. No me interesa si esto es locura, sueño o em­brujo. ¡Quiero alejarme de ti!

-No puedes.

Percibí el cambio. Nos estábamos disolviendo. Sólo el violín tenía forma en mis brazos. Volvimos a esfumarnos. No teníamos identidad. La escena descendía; la música espectral seguía sonando.

Un hombre se hallaba de rodillas tapándose los oídos con las manos, pero Stefan el violinista no le daba tregua, y ahogaba a los individuos semidesnudos y de piel color café que tocaban los tambores con los ojos fijos en el violinista maligno, a quien iban siguiendo el compás, pero teniéndole miedo.

Otro momento brilló con luminosidad: una mujer golpea­ba con los puños la silueta fantasmal del violinista, pero éste continuaba interpretando un plañidero canto fúnebre.

Apareció entonces un patio de escuela con árboles fron­dosos. Allí los niños bailaban alrededor del violinista, como si se tratara del Flautista de Hamelín, y una maestra lanzó un grito y trató de apartarlos, pero no alcancé a oír su voz porque me lo impedía el incesante cantabile del instrumento.

¿Qué vi luego? Figuras que se abrazaban en la oscuridad, susurros contra mi rostro. A él lo vi sonreír, y a una mujer, empañar el brillo del rostro masculino.

¡Amarlas, llevarlas a la locura, a la larga era todo igual, porque ellas morían! Y yo no. Yo no. Y este violín es mi tesoro inmortal, y juro que te saco de la vida y te arrojo a este infierno aquí conmigo si no me lo devuelves.

Pero habíamos llegado a cierto lugar. Ya no había nada borroso. Sobre nuestras cabezas, un techo. Nos hallábamos en un pasillo.

-¡Espera, mira estas paredes blancas! -dije, alarmada, con un aterrador déjá vu-. Esto lo conozco.

Azulejos blancos mugrientos; luego, la provocación diabó­lica del violín, que no era música sino más bien un chirrido, una tortura atroz.

-A este lugar lo vi en sueños -dije-, vi estas paredes de azulejos blancos, los armarios de metal, las inmensas máquinas de vapor. ¡Y el portón, mira!

Por un glorioso instante, mientras nos encontrábamos frente a los herrumbrados portones, recobré la espléndida hermosura del sueño, ese sueño antiguo que tenía no sólo el lóbrego pasillo de sótano y su túnel trancado, sino también el palacio de bello mármol, y frente a él el mar esplendoroso, y los espíritus que danzaban en la espuma, que ahora no me parecían funestos como los espíritus que contemplábamos con horror, sino más bien unos seres libres y saludables que medraban sobre el brillo y el volumen de las olas, las ninfas de la vida misma. Rosas en el suelo.

-Ya es hora.

Empero, lo único que veíamos ahora eran las puertas del túnel oscuro. Las máquinas emitían un zumbido, y él tocaba el violín ahí adentro, en la penumbra del túnel, y nadie hablaba, y el muerto, no, mejor dicho el hombre agonizante, mira, san-graba por las muñecas.

-Y tú lo llevaste a eso, ¿no? ¿Me lo muestras para que yo llegue a la conclusión de que debo aceptar tus designios? Nunca.

¡Yo le saqué de la cabeza su propia música, se la saqué con la mía! Eso se convirtió en un juego también. Contigo, yo habría expulsado al Maestro y a Mozart, el Pequeño Genio, pero a ti te gustaba lo que yo tocaba. Mentirosa: para ti la música no era bondad, era autocompasión. ¡Música era hacerles incestuosa compañía a los muertos! ¿Enterraste en tu mente a tu hermanita Faye? ¿La tendiste en una morgue sin nombre, preparándola ya para el ruido y el soberbio sepelio? Con el dinero de Karl puedes comprarle un lindo cajón a tu hermana, que se sentía tan sola a la sombra de tu padre muerto, tu hermanita, que presenciaba cómo tu nuevo marido ocupaba el lugar de él en la casa, tu hermana, ¡una llama bendita que abandonaste tan fácilmente!

Me di vuelta sujetada por sus brazos invisibles. Le asesté un fuerte rodillazo en el cuerpo, tal vez con la misma fuerza con que él había pateado a su propio padre. Lo empujé con ambas manos. Lo vi en un fogonazo.

Toda otra fantasía nos había abandonado. No había ya azulejos blancos ni zumbido de motores. Hasta el mal olor se había ido; también la música. Ningún eco nos daba a entender que estuviéramos encerrados.

El Stefan que había acudido a mí en Nueva Orleáns voló ale­jándose de mi persona, como si estuviera cayéndose; luego arremetió de nuevo hacia adelante y trató de manotear el violín.

-¡Eso no lo harás! -Le di otra patada. -¡No lo harás, no! No se lo harás a nadie, ¡y lo tengo yo en mis manos, y el Maestro mismo te preguntó por qué! ¡Por qué, Stefan! Me diste la música, sí, y me das la perfecta absolución por haber confiscado el origen de ese don.

Levanté el violín y el arco con ambas manos. Alcé el mentón. Él se llevó los dedos a los labios.

-Triana, te lo suplico. No entiendo el significado de lo que dices, ni de lo que digo yo. Te imploro... El violín es mío. Morí por él. Me alejaré de ti con él, juro que me marcharé, Triana!

¿Lo que sentía bajo mis pies era pavimento duro? ¿Qué lúcida fantasía nos rodearía ahora, qué más me sería revelado? Tenues edificios en la bruma. Una ráfaga de viento.

-¡Acércate de nuevo a mí con apariencia sólida, de carne y hueso, y juro que te parto esto por la cabeza!

-Triana -se opuso, impresionado.

-Primero lo haré pedazos. Lo juro.

Lo sostuve en alto con más fuerza haciéndolo oscilar en dirección a él, y su reacción fue dar unos pasos vacilantes hacia atrás, lleno de temor.

-No, no puedes hacer eso. Triana, por favor, devuélveme el violín. No sé cómo hiciste para sacármelo. No sé qué jus­ticia, qué ironía es ésta. Me tendiste una trampa. Me lo robaste. ¡Triana! Dios mío, y que seas tú, precisamente!

-¿Y eso qué significa, mi querido?

-Que tú tienes oídos para oír tales melodías y temas...

-Por cierto que fabricaste melodías, temas y recuerdos también. Qué caro es el costo de tu diversión.

Sacudió la cabeza en gesto de impotente y enérgica negación.

-Esas canciones para ti, y había frescura en ellas, casi vida, y las tocaba bajo tu ventana, y cuando levantaba la mira-da veía tu cara y sentía eso que llamas amor, y no recuerdo...

-¿Piensas que con esta táctica me vas a ablandar? Ya te dije que tengo mi justificación. Ya no me obsesionas más. Tengo el violín, y es como si fuera tu pito. A lo mejor nunca sabemos por qué, pero lo cierto es que está en mis manos, y que no tienes fuerzas suficientes para recuperarlo.

Me di vuelta. Lo que pisaba era, en efecto, pavimento duro. Y el aire era frío.

Eché a correr. ¿Lo que oía era el ruido de un tranvía?

Sentí el golpetear de mis pies contra el adoquín. El aire era gélido, desagradable. No podía ver nada, salvo cielo blanco, alicaídos árboles sin hojas y edificios semejantes a fantasmas voluminosos en su transparencia.

Corrí sin cesar. Me dolía la planta de los pies; los dedos de los pies se me entumecieron. El frío me hizo derramar las primeras lágrimas desperdiciadas. Sentía un dolor en el pecho. Corre, sal de este sueño, de esta visión, encuéntrate a ti misma, Triana.

Una vez más se oyó el ruido a tranvía, luces. Me detuve, y el corazón me latía con fuerza.

Sentía tanto frío en las manos, que de pronto empezaron a dolerme. Aferraba el violín y el arco con la izquierda y me chupaba los de la mano derecha para calentármelos. Mis labios estaban fríos y cuarteados. ¡Dios santo! Era el frío del infierno. El viento traspasaba mi ropa.

Ésa era la ropa liviana que yo tenía puesta cuando él me secuestró. Vestido suelto de pana, seda.

-¡Despierta! -grité-. Encuentra tu lugar. ¡Regresa a tu propio lugar! -vociferé-. Termina este sueño, termínalo.

¿Cuántas veces había hecho eso de regresar a través de la fantasía, la pesadilla o la ilusión, y encontrarme a salvo en la cama con dosel, dentro de la habitación octogonal, sin-tiendo afuera el ruido del tránsito veloz de la avenida? Si esto es locura, ¡no lo pienso tolerar!

¡Prefiero vivir con todo su sufrimiento y no esto! ¡Pero esto era demasiado sólido!

Se elevaban allí edificios modernos. Por las vías curvas se acercaban dos tranvías de la época actual, uno unido con el otro, y frente a mí vi algo deslumbrante: nada más que un quiosco que en ese momento abría pese al invierno, sus paredes portátiles ya cargadas de revistas multicolores.

Corrí hacia allí, y se me trabó el pie en una vía. El sitio me resultaba conocido. En ese momento me caí, pero pude salvar el violín girando hacia un lado, y haciendo que mi codo, y no el instrumento, golpeara contra los adoquines.

Me puse de pie.

El letrero que se vislumbraba en lo alto tenía palabras que alguna vez había visto.

HOTEL IMPERIAL. Estábamos en la Viena de mi época, la del presente. No podía ser que yo estuviera aquí, no, impo­sible. No podía despertarme en otro sitio que no fuera donde había empezado.

Di golpes en el suelo con los pies, bailoteé en círculos. ¡Despierta!

Pero nada cambió. Era el alba, y la Ringstrasse cobraba vida. Stefan había desaparecido irremediablemente, y ciuda­danos comunes caminaban por las aceras. Vi que salía a la calle el portero del grandioso hotel donde se habían alojado personas tan insignes como reyes y reinas, Wagner y Hitler, malditos sean ambos, y sólo Dios sabe quiénes más, en sus suntuosas habitaciones que yo una vez había vislumbrado. Dios mío, es aquí. Estoy aquí. Me has dejado aquí.

Un hombre me habló en alemán.

Yo me había caído contra el quiosco y había torcido la pared de las revistas. Estábamos desplomándonos, todos, los rostros de las revistas y la mujer torpe, vestida con un insulso solero de verano, con el violín y el arco.

Unas manos firmes me sujetaron.

-Perdóneme -dije en alemán. Y luego agregué en inglés: -Lo siento muchísimo. Discúlpeme, no era mi intención...

No podía mover las manos, que se me estaban congelando.

-¿Ésta es tu jugarreta? -pregunté de viva voz, haciendo caso omiso de las caras reunidas en derredor-. ¡Dejarlas con­gelar para que se mueran, hacerme a mí lo mismo que tu padre te hizo a ti! ¡Pues bien, conmigo no lo harás!

Quise dar una trompada a Stefan, pero lo único que vi fueron personas demasiado comunes e indiferentes que no podían ser sino reales.

Levanté el violín, lo calcé bajo mi barbilla y empecé a tocar.

Una vez más lo hice, en esta oportunidad para sondear, para saber, para elevar mi alma y descubrir si el mundo real la recibía. Oí la música, fiel a mis más íntimos e inofensivos deseos; la oí elevarse con fe y amor. Al mundo lo veía como se lo suele ver en una situación borrosa: como una confusión de quiosco, perso­nas que se habían juntado, un auto pequeño que se detenía.

Seguí tocando. Nada me importaba. Al tocar, las manos se me iban entibiando; pobre Stefan, pobre Stefan. Yo lanzaba mi aliento al frío, y seguía tocando sin cesar. El dolor sensato no trata de vengarse de la vida misma.

De pronto se me endurecieron los dedos. Realmente hacía mucho, mucho frío.

-Pase adentro, señora -dijo el hombre de mi lado. Se acercaron otras personas, una chica joven con el pelo reco­gido. -Entre, por favor, entre -me invitaron.

-¿Pero adónde? ¿Dónde estamos? Quiero mi cama, mi casa. Con gusto me despertaría si supiera cómo volver a mi casa y mi cama.

Náuseas. El mundo se estaba oscureciendo de un modo natural; yo me iba entumeciendo del frío, perdiendo el estado de conciencia.

"El violín, por favor, no toquen el violín" -dije. No tenía sensación en las manos, pero alcanzaba a ver el instrumento, su madera invalorable. Pude ver luces ante mis ojos, luces que brincaban como podían hacerlo bajo la lluvia, sólo que no llovía.

-Sí, querida, permítanos ayudarla. Téngalo usted. Ahora está a salvo.

Ante mis ojos, un anciano hacía señas de que lo siguiéra­mos, dirigía a las personas de mi alrededor. Un anciano venerable, de tipo muy europeo, pelo blanco y barba, sem­blante tan europeo, como proveniente del pasado más remoto de Viena, anterior a las terribles guerras.

-Quiero sostener el violín en mis brazos -dije.

-Usted tiene el preciado instrumento, querida -me dijo la mujer-. Llamen de inmediato al médico. Levántenla. ¡Despacito, con cuidado!

La mujer me guió, y traspusimos unas puertas giratorias. Una impresión de luz y calor. Náuseas. Me voy a morir, pero no me despertaré.

-¿Dónde estamos? ¿Qué día es hoy? Las manos... nece­sito darles calor, agua caliente...

-Nosotros nos encargamos, querida, no se preocupe que la ayudaremos.

-Me llamo Triana Becker, de Nueva Orleáns. Llamen allí. Comuníquense con Grady Dubosson, el abogado de la familia. Pidan ayuda para mí. Triana Becker.

-Lo haremos, querida -afirmó el señor canoso-. Lo haremos. Ahora descanse. Álcenla en brazos y permítanle que lleve ella el violín. No la hagan sufrir.

-Sí... -dije, suponiendo que de improviso se apagaría toda la luz del mundo, que me había llegado la muerte entremez­clada con la fantasía, con sueños imposibles y sucios milagros.

Pero no llegó la muerte. Y esas personas fueron sumamente amables y tiernas.

-Nosotros la cuidaremos.

-Sí, ¿pero quiénes son ustedes?

15

La Suite Imperial. Amplia, en blanco y oro, con paredes revestidas en brocato gris. En el techo, círculos de yeso color beige. Una belleza de efectos sedantes. Las inevitables volutas de crema batida siguiendo el contorno del techo, y en cada esquina, una enorme cartela. La cama era moderna en sus dimensiones y firmeza. En lo alto, una figura en filigrana de oro. Yo me hallaba tapada por una pila de acol­chados de duvet: una suite apropiada para la reina de Inglaterra, o para alguna loca millonaria.

Estaba entre sueños, ese sueño liviano y agotado en el cual una red hecha de ansiedad nos impide un descenso sibarítico, un sueño fastidioso en que cada voz suena aguda y raspa los poros de nuestra piel.

La tibieza del ambiente era moderna y deliciosa. Las ventanas dobles, con suntuosos cortinados, impedían que entrara el frío de Viena. Abrir la ventana, y después abrir la ventana. El calor era un zumbido que salía de estufas ocultas o disimuladas y llenaba el espacioso volumen de la habitación.

-Señora Becker, el conde Sokolosky quiere tenerla de invitada.

-Yo le di mi nombre... -¿Se movían mis labios? Miré hacia el lado y vi un aplique dorado con dos lamparitas vela que daban una intensa luminosidad, y caireles que colgaban del lustroso bronce. -Agradezco la amabilidad del caballero, pero no es necesaria. -Traté de dar claridad a mis palabras.

-Le pido por favor que llame a la persona que le dije, Grady Dubosson, mi abogado.

-Señora, hicimos esos llamados. Ya le han remitido fon­dos, y el doctor Dubosson viene a buscarla. Ah, y sus hermanas le mandan cariños. Para ellas fue un gran alivio enterarse de que usted está aquí, sana y salva.

¿Cuánto tiempo ha pasado? Sonreí. Me vino a la memoria una preciosa escena de una vieja película sobre Un cuento de Navidad, de Dickens, Alaistair Sim, el actor británico, un Scrooge que bailaba la mañana de Navidad después de despertarse como un hombre distinto. "No sé cuánto tiempo he estado entre los espíritus." Un final muy pero muy feliz.

Había un escritorio blanco, un sillón de madera y seda azul medianoche, una planta muy alta y visillos descorridos para dejar pasar la luz gris.

-Pero el conde le suplica que sea su invitada. Él la escu­chó tocar el Stradivarius.

Abrí grandes los ojos.

¡El violín!

Se encontraba en la cama, a mi lado, y yo tenía la mano apoyada sobre las cuerdas y el arco. Puesto sobre la almoha­da resaltaba, marrón oscuro y brilloso, contra las sábanas blancas.

-Sí, está aquí -expresó la mujer en un inglés perfecto, enriquecido por su acento austríaco-. Lo tiene al lado.

-Lamento causar tantos trastornos.

-Ni el menor trastorno. El conde miró el violín, sin tocarlo, por supuesto. Jamás haría eso sin su permiso. -El acento austríaco era más suave y fluido que el alemán. -El conde es coleccionista de ese tipo de instrumentos, y le pide que sea su invitada, señora. Sería un honor para él. ¿Desea cenar algo?

Stefan se hallaba en un rincón.

Pálido, encorvado, desteñido, como si el color se hubiera escurrido de él, me observaba, una figura envuelta en bruma.

Contuve el aliento. Me incorporé y apreté el violín contra mí.

-No te esfumes, Stefan, ¡no te conviertas en uno de ellos! -le pedí.

Su rostro, lleno de pesar y derrota, no mostró cambio alguno. La imagen pareció más descarnada, temblorosa. Estaba apoyado contra la pared, con la mejilla contra el revestimiento de tela, los tobillos cruzados sobre el parquet, descansando en la penumbra.

-¡Stefan! No permitas que te suceda a ti. No te vayas. Miré a derecha e izquierda en busca de los muertos errantes, los tenebrosos fantasmas, las ánimas.

La mujer miró por sobre su hombro.

-¿Me hablaba a mí, señora?

-No. A un fantasma, nada más -respondí. ¿Por qué no terminar ya con el asunto? ¿Por qué no decirlo? Probable-mente, ante esos amables austríacos, yo ya había quedado como una loca de remate. ¿Por qué no? -No le hablo a nadie, salvo... salvo que usted vea a un hombre ahí en el rincón.

Lo buscó con la mirada pero no lo encontró, y se volvió hacia mí, sonriente. La mujer, toda cortesía, se sentía incó­moda y no sabía qué hacer para ayudarme.

-Es el frío, las peripecias, el viaje -me justifiqué-. No moleste al conde, mi anfitrión, con todo esto. ¿Mi abogado ya viaja para acá?

-Hacemos todo lo posible por usted. Soy la señora de Weber. Éste es nuestro conserje, el señor Melniker.

Señaló hacia la derecha. Se trataba de una hermosa mujer, alta, de pelo negro peinado con rodete y rostro juvenil. El señor Melniker, un muchacho de ojos azules, me miró ansioso.

-Señora -dijo.

La señora de Weber trató de contenerlo haciéndole una inclinación de cabeza y levantando una mano, pero él siguió adelante.

-Señora, ¿sabe usted cómo llegó hasta aquí?

-Tengo pasaporte -respondí-. Mi abogado me lo va a traer.

-Sí, señora. ¿Pero cómo hizo para entrar en Austria?

-No sé.

Miré a Stefan y lo vi lleno de desesperanza, su rostro muy blanco, y una profunda expresión sólo en sus ojos que me devolvieron la mirada.

-Señora Becker, ¿recuerda usted al menos algo que...? -El hombre se interrumpió.

-Ella ahora debería comer algo -sostuvo la mujer-; una sopa, tal vez. Tenemos una sopa excelente que ofrecerle, y vino. ¿Quiere vino?

Dejó de hablar. Ambos quedaron tiesos. Stefan me miraba sólo a mí. Sentí un golpeteo que se iba acercando. Un hombre cojo, con bastón. El sonido me resultaba conocido, y casi puedo decir que me gustaba sentir el golpe, el paso arrastrado, el golpe...

Me incorporé, y la señora de Weber se acercó de prisa a acomodarme las almohadas. Miré y comprobé que mi atuendo era una mañanita de matelassé de seda, atada al cuello, y debajo, un camisón de algodón blanco muy fino. Me vi recatada, hasta limpia.

Me observé las manos, y cuando me di cuenta de que había soltado el violín, volví a tomarlo y sujetarlo.

No había habido ningún movimiento presuroso por parte de mi fantasma trágico. No se había movido.

-Señora, acá no corre peligro. Ése que está en la sala es el conde. ¿Le permite pasar?

Lo vi en la entrada. Las puertas color beige eran acolcha-das y forradas en cuero, y había dos juegos, con la intención de no dejar pasar ni el menor ruido cuando a esas habitaciones se las cerraba en forma separada. Estaba ahí parado con su bastón de madera, el señor canoso al que había visto abajo, en la calle, de barba y bigote blancos, una figura anticuada y bella como los venerables viejos actores de las películas en blanco y negro, tan del Viejo Mundo.

-¿Se siente bien, mi pequeña? -preguntó. Gracias a Dios, lo hizo en inglés. Lo vi muy lejos. Qué amplios eran esos ambientes, amplios como los del palacio de Stefan.

Explosión. Llamas. Viejo Mundo.

-Sí, gracias, señor -respondí-. Qué suerte que usted habla inglés, porque mi alemán es un espanto. Le agradezco la gentileza. No quisiera en lo más mínimo ser una carga.

Con esas palabras bastaba. Grady pagaría luego las cuentas. Grady podía explicar todo. Ésa era la ventaja de ser rico: que otros se encargaban de dar las explicaciones. Karl me lo había enseñado. ¿Cómo podía decir yo que no necesi­taba la hospitalidad ni la generosidad de este señor? Había que aclarar algo más importante y preciso.

-Entre, por favor -dije-. Lo siento muchísimo. -¿Qué es lo que siente, hija?

Se acercó cojeando hasta la cama. Sólo en ese momento me percaté de las volutas del pie de la cama. Y más allá, la araña del otro cuarto. Sí, el Hotel Imperial era un palacio.

El anciano llevaba una especie de medallón al cuello; la chaqueta, de pana negra, le colgaba despareja de los hombros. Su barba blanca parecía cepillada.

Stefan no se movió. Miré a Stefan y él me miró a mí. Derrota y pesar. Se lo noté hasta en el ángulo de su cabeza, el modo en que la recostaba contra la pared, como si las partículas que le quedaran pudieran conocer la fatiga, o la conocieran ahora incluso más, y se mantuvieran unidas en forma más precaria. Movió apenas los labios al mirarme, un rostro hablándole a otro, el suyo, el mío.

El señor Melniker había corrido a acercar una poltrona de pana azul para el conde, uno de los numerosos sillones en blanco y dorado, de inevitable estilo rococó, que había por allí.

Se sentó a una distancia prudente.

Un agradable aroma llegó hasta mí.

-Chocolate caliente -dije.

-Sí -dijo la señora de Weber, y me puso el tazón en las manos.

-Muy amable. -Sostuve el violín con el brazo izquierdo.

-Déjeme por favor el platito ahí.

El anciano me estudiaba con admiración y cariño, como solían mirarme de niña los hombres grandes, del mismo modo en que me había mirado una vieja monja el día de mi Primera Comunión. Qué bien recordaba yo su cara arrugada, su expresión de éxtasis. Eso había sido en el viejo Hospital de la Merced, el que demolieron. Ella, arcaica, estaba vestida de blanco, y dijo: "Este día eres muy pura". Me llevaron a hacer visitas, como era costumbre hacerlo el día de la comunión. ¿Dónde había puesto yo el rosario?

Vi el tazón de chocolate temblando en mi mano. Miré a la derecha, a Stefan.

Bebí un sorbo; la temperatura era perfecta. Me tomé todo, espeso, dulce, con crema. Sonreí.

-Viena -dije.

El anciano frunció el entrecejo.

-Hija, eso que tienes es un tesoro inapreciable.

-Ah, sí, señor. Lo sé. Un Stradivarius, un Strad largo, y el arco de pernambuco.

Stefan entrecerró los ojos, pero estaba destruido. ¿Cómo te atreves?

-No, hija, no me refiero al violín, si bien se trata del ejemplar más bello que he visto en la vida, y mucho más per­fecto que todos los que yo he llegado a ofrecer y vender. Me refiero al don de la interpretación, esa música que tocaste afuera, la que nos hizo salir del hotel. Era... un éxtasis inge­nuo. Ése es el don.

Sentí miedo.

Y con razón. Al fin y al cabo, ¿por qué tendrías que ser capaz de hacerlo tú sola, sin mi ayuda? ¿Estás de regreso en tu propio mundo con el instrumento? No puedes hacerlo. No tienes talento. Nadaste en la cresta de la ola de mi brujería y ahora vuelves a arrastrarte. No eres nada.

-Veamos -le dije a Stefan.

Los demás se miraron unos a otros ¿A quién me dirigía yo, que estuviera en el rincón vacío?

-Puede decirse que es un ángel -afirmé mirando al con-de y señalándole con un gesto el rincón-. ¿Ve usted a ese ángel parado allí?

El recorrió la habitación con sus ojos, y lo mismo hice yo. Vi por primera vez un hermoso tocador con espejos plegables, como seguramente le gustaría a una dama, mucho mejor que el que tenía yo en mi casa. Vi alfombras orientales en azul y ocre; volví a ver los visillos transparentes que ador­naban la ventana, y que remataban en unos grandes festones de seda.

-No, mi querida, no lo veo. ¿Puedo decirle mi nombre? ¿Puedo ser yo también su ángel?

-Quizá debería serlo -respondí, mirando de Stefan al anciano. Éste tenía cabeza grande, pelo ondeado y los mismos ojos azules del joven Melniker. Transmitía una impresión de perlada blancura en la vejez, y una expresión aguda en sus ojos de pestañas blancas.

-Tal vez. Necesito que sea un ángel mejor, porque ése, creo, es malo.

Cómo puedes mentir así. Me robas mi tesoro. Me partes el corazón. Te unes a las filas de los que me hicieron sufrir.

Una vez más, no vi que se movieran los labios del fantas­ma, y tampoco cambió su pose indolente, su aire de debilidad y coraje perdido.

-Stefan, no sé qué hacer por ti. Si supiera qué es lo que más conviene hacer, lo más conveniente...

Ladrona.

Los demás susurraban.

-Señora, este caballero es el conde Sokolosky -me informó la señora de Weber-. Perdone que no se lo haya presentado como es debido. Él vive desde hace mucho aquí en el hotel, y se siente muy honrado de tenerla con nosotros. Estas habitaciones rara vez se abren al público, pues las reservamos para tales ocasiones.

-¿Cuáles?

-Querida -interrumpió el conde, con suma amabili­dad y con la apacible libertad de los viejos-. ¿Quiere volver a tocar para mí? ¿Es una impertinencia que se lo pida?

¡No! ¡Sólo fantasioso e inútil!

-No, no me refiero a ahora que está enferma -se apre­suró a añadir-, que le hace falta fortalecerse y descansar para cuando lleguen sus amigos a buscarla, sino cuando se sienta fuerte... si quisiera tocar un poquito para mí... esa música, esa música.

-¿Cómo la describiría usted, conde?

¡Digaselo, porque ella necesitará saberlo!

-¡Silencio! -exclamé, y miré indignada a Stefan-. Si es tuyo, ¿cómo es que no tienes la facultad de recuperarlo? ¿Por qué está en mis manos? Ah, perdone, perdóneme por esta manera de hablar en voz alta con imágenes inventadas, por soñar despierta.

-No, no se preocupe -repuso el conde-. A las personas talentosas no les hacemos preguntas.

-¿Tan talentosa soy? ¿Qué fue lo que usted oyó? Stefan hizo un ruidito despectivo.

-Yo sé lo que oí mientras tocaba -me disculpé-, pero le pido que me diga qué fue lo que oyó usted.

El conde se puso pensativo.

-Algo maravilloso, y totalmente original -contestó. No lo interrumpí.

-Algo indulgente, quizá -prosiguió-. Una música mezcla de éxtasis y amarga resignación... -Se tomó su tiem­po; luego prosiguió: -Era como si Bartók y Tchaikovsky se hubieran metido dentro de su cuerpo, y allí unificado el mo­derno melodioso y el moderno trágico. Oír su música fue como ver un mundo que se me desplegaba... el mundo de antaño, anterior a las guerras... cuando yo era muchacho, demasiado joven para tan sublime recuerdo. Y sin embargo recordé ese mundo. Lo recuerdo.

Me enjugué el rostro.

Vamos, dile que no crees poder hacerlo de nuevo. Tú no sabes; yo sí. No puedes.

-¿Eso quién lo dice? -le pregunté a Stefan.

Se paró derecho, con los brazos cruzados, y adquirió un color más intenso producto de la indignación.

-Ah, siempre tiene que haber angustia, ¿no?, una angustia mezquina o grandiosa... ¡Mira cómo brillas ahora, que me sumes en las dudas! ¿Y si fuera el mismo hecho de que me desafíes lo que me da las fuerzas?

Nada puede darte la fuerza. Ya ni siquiera puedo hacer nada por ti, y el instrumento que tienes en las manos está muerto; es madera seca, un instrumento antiguo que no puedes tocar.

-Señora de Weber -dije.

Me miró asombrada; luego echó un vistazo al rincón aparentemente vacío y volvió a posar sus ojos en mí como pidiéndome disculpas.

-Sí, señora -dijo.

-¿Tiene alguna bata que yo me pudiera poner, algo dis­creto, suelto? Quiero tocar ya mismo. Tengo las manos muy calientes.

-A lo mejor es demasiado pronto -opinó el conde. Sin embargo, apoyándose fuertemente en el bastón y tanteando en busca de la mano de Melniker, ya se estaba poniendo de pie, sonriendo esperanzado.

-Sí, sí -respondió la mujer, y tomó una bata sencilla de lana blanca que estaba sobre los pies de la cama.

Bajé las piernas al piso. Estaba descalza, y sentí la madera tibia. El camisón me llegaba hasta los talones. Levanté los ojos y los posé en el techo, en las espléndidas molduras, en la ornamentación tan hermosa de esa habitación principesca.

Sostenía el violín en la mano.

Me paré. Cuando ella me acercó la bata, calcé el brazo derecho en la manga larga y suelta; después, cambiando de mano el violín y el arco, hice lo propio con el izquierdo.

Había un par de chinelas, pero no las quise. El piso era una seda.

Me encaminé hacia las puertas abiertas. No me parecía apropiado tocar en el dormitorio, experimentar allí la revela­ción o la derrota.

Entré en la amplia sala y, como en sueños, me di vuelta para contemplar el gigantesco retrato de la gran emperatriz María Teresa. Escritorio, sillones, divanes opulentos. Y flores. Cuántas flores frescas, como se les ponen a los muertos.

Me quedé mirándolas.

-Las enviaron sus hermanas, señora. Las tarjetas no las abrí, pero llamó su hermana Rosalind. También Katrinka. Fueron ellas las que nos indicaron que le ofreciéramos cho­colate caliente.

Sonreí; luego lancé una risita.

-¿Ninguna otra? -pregunté-. ¿No recuerda otro nom­bre? ¿Una hermana llamada Faye?

-No, señora.

Enfilé hacia la mesa del centro donde se hallaba un inmenso florero, y revisé los numerosos pimpollos, sin saber el nombre de una sola planta, ni una, ni siquiera de los lirios rosados tan comunes, con sus gruesos tentáculos cargados de polen.

El anciano conde había llegado hasta el diván con ayuda del muchacho. Yo giré en redondo y vi a mi derecha que Stefan se había ubicado junto a la puerta del dormitorio.

¡Vamos, fracasa! Fracasa y abandona. Quiero verlo. ¡Quiero ver la vergüenza que pasas!

Me llevé la mano derecha a los labios.

-Dios santo -musité, más intensamente de lo que los franceses pronuncian Mon Dieu. Fue una verdadera plegaria. -¿Cuál es el prólogo de esto? ¿Cuál es la fórmula, la regla? ¿Cómo hago para hacer a un lado lo que ni siquiera conozco?

En ese momento se introdujo otra voz:

-¡Toca de una vez!

Stefan se dio vuelta con una expresión de furia en el rostro.

Yo giré y volví a girar. Vi al sorprendido conde, a la señora de Weber, confundida, al tímido Melniker, y luego al fantasma que se aproximaba, que abría las puertas del hall. Los demás vieron las puertas que se abrían -de eso me di cuenta-, pero no veían al espíritu, y tal vez pensaron que había sido por alguna corriente de aire.

El fantasma entró dando trancos tal como caminaba en vida, según dicen, con las manos entrelazadas en la espalda, inmundo como si viniera de su lecho de muerte, el encaje sucio y harapiento, incluso con restos del yeso de la máscara mortuoria aún en la cara.

La puerta de la habitación que daba al hall quedó abierta, y vi que allí se congregaban personas vivientes.

Maestro. A Stefan se le partió el corazón. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

Ah, me daba tanta pena Stefan.

Pero el Maestro fue despiadado, indiferente y amistoso a la vez.

-¡Stefan, me da fastidio que me hagas volver para esto! –dijo-. ¡Queme traigas de vuelta a esta época para esto! Triana, toca el violín para mí. Toca, no más.

La figura pequeña y obstinada cruzó la habitación.

-Creo que esto es una locura maravillosa -dije-. O a lo mejor, simplemente inspiración.

El fantasma tomó asiento y me miró, ceñudo.

-¿Podrás escuchar realmente? -le pregunté.

-Dios mío, Triana -respondió haciendo un gesto brus­co-, ¡no estoy sordo en la muerte! No me fui al infierno, porque en tal caso no estaría aquí. -Soltó una risa amarga. -Era sordo en vida; ahora no estoy vivo. Bueno, toca el violín. ¡Toca, y hazlos temblar! Toca, para que paguen hasta la última palabra poco amable que alguna vez se dijo de ti, hasta la última culpa. O hazlo por lo que quieras. No importa la razón, si es por ofensa o por amor. Háblale a Dios o a lo más bello de ti, pero haz música.

Stefan lloraba. Yo miraba de uno al otro. No me importaban en absoluto los seres humanos presentes en la habitación. No sé si alguna vez volvería a preocuparme por ellos.

Pero en ese momento me di cuenta de que esa música debía interpretarla para ellos.

-Vamos, toca -me pidió Beethoven con voz más piado­sa-. No quería hablar con tanto malhumor, sinceramente. Stefan, eres mi alumno huérfano.

Stefan había vuelto la cabeza hacia el marco de la puerta, y levantado un brazo para apoyar en él la frente. Miraba hacia otro lado.

La desconcertada audiencia mortal aguardaba.

Fui reparando en cada uno de ellos, tratando de ver a los mortales y no a los espíritus. Observé a los que esperaban en el vestíbulo, pasando la habitación. El señor Melniker hizo amagos de ir a cerrar la puerta.

-No, déjela abierta.

Comencé.

No me causó una sensación distinta el tener ese objeto liviano, fragante y sagrado, hecho artesanalmente por un hombre que no puede haber sabido la magia que generó partiendo de la corteza de un árbol, que no puede haber soñado con la fuerza que liberó al darle forma curva a la madera caliente.

Déjame regresar a la capilla, mamá. Déjame regresar a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Permíteme hincarme allí contigo en la inocente penumbra, antes del dolor. Déjame tenerte de la mano y decirte, no cuánto siento que te hayas muerto, sino simplemente que te quiero, que te amo ahora. Te entrego ahora mi amor con esta canción, como las canciones de la procesión de mayo que siempre entonábamos, canciones que amabas, y Faye volverá a casa. De alguna manera Faye se enterará de que la quieres, lo sabrá, lo creo, lo sé desde el corazón.

Ah, madre, ¿quién habría pensado que la vida tuviera tanta sangre? ¿Quién lo habría soñado? Pero lo que anhelamos es lo que poseemos. Toco para ti, toco tu canción, la canción de tu salud y fortaleza, toco para Papá y Karl, y en un tiempo futuro tendré la facultad de tocar para el dolor, pero ahora es de noche, estamos en este refugio de sosiego, entre santos que conoce­mos, y en las calles la luz irá menguando cuando volvamos a casa, Rosalind y yo saltando adelante de ti, y dándonos vuelta para mirar tu rostro sonriente. Oh, quiero recordar esto, quiero recordar siempre tus ojazos castaños, tu sonrisa tan llena de certeza pura. Mamá, no fue culpa de uno, de todos nosotros, ¿o acaso siempre hay culpa? ¿No habrá alguna forma de que finalmente podamos llegar a entenderlo?

Mira, levanta la vista y mira esos robles que tienen siempre sus ramas entrelazadas sobre mi cabeza, toda mi vida, los ladrillos mohosos por los que caminamos, mira el cielo ahora púrpura como sólo puede serlo en nuestro paraíso, siente la tibieza de las lámparas, la estufa de gas, el cuadro de papá encima de la chimenea: "Tu papá en la guerra".

Ahora leemos, nos apretamos, nos hundimos eternamente en la cama. No es una tumba. La sangre puede provenir de mu­chas cosas; eso lo sé ahora. Hay sangre y sangre. Sangro por ti, sí, por propia voluntad, y tú sangras por mí.

...Que esa sangre se junte.

Bajé el instrumento. Estaba empapada de transpiración. Sentía un cosquilleo en las manos, y en mis oídos picaba el sonido de los aplausos.

El anciano conde se puso de pie. Los que estaban en el hall entraron todos juntos a la habitación.

-Escribe esto en el aire -dijo el conde.

Busqué a los fantasmas, pero ninguno estaba.

-Venga, debemos grabar esta música. Esto es innato; no es aprendido. Es un sabio don y no ha exigido el precio habitual. El conde me besó el rostro.

-¿Dónde estás, Stefan? -murmuré- ¿Y tú, Maestro? No vi a nadie, salvo a las personas que me rodeaban. Luego sentí la voz de Stefan en mi oído, su aliento en mi oreja.

¡Todavía no he terminado contigo, depravada que me lo robaste! ¡El talento no es tuyo! Es brujería.

-No, estás equivocado -le retruqué-, no fue brujería, fue algo que se liberó, algo peligroso, como aves nocturnas que vuelan en el crepúsculo en medio de una gran ráfaga de viento que sube desde abajo de un puente. Stefan, además tú fuiste mi maestro.

El conde me besó. ¿Habrá oído mis palabras?

Mentirosa, ladrona.

Me di vuelta en redondo. El Maestro decididamente se había marchado, y no me atreví a pedirle que regresara. Es decir, no me atreví a intentarlo, porque desde luego no sabía cómo hacer para llamarlo a él ni a Stefan.

-Maestro, ayúdalo -susurré.

Me apoyé contra el pecho del conde. Aspiré el olor de su piel vieja, que me resultaba agradable y familiar en su vejez como la piel de mi padre antes de morir, y fragante de olor a talco que sin duda se había puesto bajo la ropa. Sus labios eran húmedos y suaves.

-Maestro, no abandones a Stefan aquí, por favor. Aferré el violín con ambas manos, muy fuertemente.

-No se preocupe, mi pequeña -me tranquilizó el conde-. ¡Ah, el regalo que nos ha hecho!


16

El regalo que nos ha hecho. ¿Qué era esta orgía de so-nido, este flujo que se volvió tan natural que no me ocasionó duda alguna, este trance en el cual yo podía caer, puesto que encontraba las notas y las soltaba con certe­ros toques, con dedos ávidos y saltarines?

¿En qué consistía este don de dejarme rodear por la melodía que iba surgiendo, de verla erigirse y caer sobre mí cual suaves envolturas? Música. Toca, no pienses. No dudes. Y no dudes ni te preocupes si es que piensas y dudas; toca, nada más. Interprétala de la manera que desees hacerlo, descubre el sonido.

Llegó mi querida Rosalind, muy deslumbrada de estar en Viena, junto con Grady Dubosson, y antes de que nos marchá­ramos abrieron el teatro an der Wien para nosotros, y tocamos en el pequeño palacio pintado donde alguna vez lo había hecho Mozart, donde en una ocasión se ejecutó La flauta mágica, en la residencia donde Schubert había vivido y compuesto música -el teatro pequeño y glorioso, con palcos dorados que ascendían peligrosamente hasta lo más alto-, y después de allí tocamos en la grandiosa Ópera de Viena, a pasos del hotel, y el conde nos llevó al campo para mostrarnos su inmensa casa antigua, el mismo tipo de vivienda campestre que en una época poseía el hermano del Maestro, Johann van Beethoven, "dueño de tierras", a quien el Maestro en una carta le había replicado con astucia, "Ludwig van Beethoven, dueño de cerebro".

Recorrí los bosques de Viena, una selva generosa y apacible. Yo era una mujer viviente con mi hermana.

En nuestro país, la crítica hizo comentarios sobre la obra de Karl. El libro sobre San Sebastián estaba en pruebas de galera en una excelente editorial, que Karl siempre había admirado. Había sido aceptado de inmediato.

Ya me había liberado de eso. La tarea se había hecho todo lo bien que él podría haberlo querido. Ros y Grady me acompa­ñaron en el viaje.

La música era mía, y los conciertos se sucedían uno tras otro. Grady se pasaba el día en el teléfono, con las reservas.

Se derivaba dinero a obras de caridad destinadas a las víctimas muertas de manera atroz en las guerras. Primero y principal, los judíos; por ejemplo, en honor a nuestra bisabuela, que al llegar a los Estados Unidos se quitó su identidad judía para adoptar la católica, pero más puramente por la justicia, y después por cualquier obra benéfica que eligiéramos.

En Londres efectuamos las primeras grabaciones.

Pero antes de eso estuvo San Petersburgo, y Praga, y los innumerables conciertos por las calles que yo anhelaba como una colegiala bailarina que se pone a hacer sus evoluciones bajo cada farol callejero. Me encantaba.

En cada emoción intensa, yo iba pasando las cuentas del rosario de mi infancia, de los años felices, sepultados bajo suaves tonalidades de púrpura y rojo. Veía únicamente los misterios gozosos. "Y el ángel se apareció a María, y ella conci­bió por obra y gracia del Espíritu Santo."

El vigor intrépido de la niñez inmaculada.

En mi país, el libro de Karl se imprimía con grandes costos, pues cada grabado en color era supervisado por el mayor experto en el campo de esas publicaciones.

Por las noches me dormía entre finas sábanas, y me des­pertaba en ciudades espléndidas.

Las suites imperiales se volvieron lo más habitual para Rosalind y yo. Pronto se nos unió Glenn. Mesas rodantes con manteles de hilo hasta el piso, cargadas de tapas de plata y cubiertos pesados. Deambulábamos por fabulosas escaleras y largos pasillos con alfombras orientales.

Pero nunca me separaba del violín. No podía aferrarlo eternamente -habría sido una locura-, pero no le quitaba los ojos de encima cuando me bañaba, vigilaba que no me lo arrebataran, que una mano invisible no lo hiciera desapare­cer en el vacío.

De noche, me acostaba a su lado, violín y arco envueltos varias veces en una manta de lana y atado a mí con cinturones de cuero que a nadie le mostraba. Y durante la mayor parte del día lo tenía en mis manos o junto a mi asiento.

No advertía cambio alguno en el instrumento. Otros lo revisaban, lo declaraban genuino, invalorable, pedían que los dejara tocar con él. Yo eso no podía permitirlo. Y no se lo consideraba un egoísmo mío sino sólo una prerrogativa.

En Londres, cuando nos encontramos con Katrinka y Martin, su marido, le compramos a ella hermosos vestidos y abrigos, todo tipo de carteras y zapatos de tacones altos que ni Ros ni yo podríamos habernos puesto jamás. Le pedi­mos a Katrinka que rengueara ella por nosotros, y se rió.

Katrinka enviaba cajas de objetos finísimos a sus hijas, Jackie y Julie. Se la notaba liberada de una carga enorme y trágica. Poco y nada se mencionaba el pasado.

Glenn buscaba viejos libros y grabaciones de las estrellas europeas del jazz. Rosalind reía sin parar. Martin y Glenn concurrían juntos a los famosos cafés, como si aún pudiesen -si buscaban con empeño- encontrar a Jean-Paul Sartre. Martin vivía hablando por teléfono, suscribiendo la venta de alguna casa en nuestro país, hasta que le imploré que se hiciera cargo de la interminable gira nuestra.

Grady fue relevado; lo necesitábamos como nunca.

Risas. ¿Leopold y el pequeño Wolfgang se habrán divertido tanto alguna vez? Y no olvidemos que ahí existía una niña que, según se dice, tocaba tan bellamente como su prodigioso hermano. Una hermana que se casó y dio a luz hijos, y no óperas y sinfonías.

Nadie podría haber sido más feliz que nosotros en ese viaje.

Una vez más, nuestra lengua natural era la risa.

Casi nos echan del Louvre por reírnos. No es que no nos gustara la Mona Lisa; nos gustó, pero estábamos muy excitados y rebosantes de vida. Nos daban ganas de besar a desconocidos, pero tuvimos la sensatez de no hacerlo; en cambio, nos besá­bamos y abrazábamos entre nosotros.

Glenn caminaba adelante, con una sonrisa tímida, y después también se reía, porque era demasiada felicidad como para dejar de lado.

En Londres vino Lev, mi ex marido, con Chelsea, su mujer, amiga mía de otros tiempos y ahora aparente hermana, y los mellizos de pelo oscuro y buenos modales, y el hijo mayor, Christopher, alto, rubio y apuesto. Sentí ganas de llorar al ver a ese chico, cuya risa me hacía pensar en Lily.

Lev se sentó en la primera fila de la sala de conciertos. Yo toqué para él, por las épocas felices, y al terminar comentó que había sido como el picnic de beodos de épocas pretéritas, sólo que más peligroso, más ambicioso, con un acabado más perfec­to. Me sentía aturdida de antiguo amor, o de un amor que es eterno. Él aportó sus sensibles palabras académicas al episodio.

Prometimos -todos- volver a reunirnos en Boston.

Esos chicos, esos muchachos vivientes, parecían de algu­na manera descendientes míos, descendientes de la antigua pérdida que vivió Lev, de su lucha y su renacer, y yo había participado de eso. ¿Podía reivindicarlos como sobrinos míos?

Estuvimos en Manchester, Edimburgo, Belfast. Los conciertos eran a beneficio de los judíos de la guerra, de los gitanos, de los católicos que peleaban en Irlanda del Norte, de quienes padecían la enfermedad que había matado a Karl, o el cáncer de sangre que había matado a Lily.

Había gente que nos ofrecía otros violines, nos preguntaba si queríamos tocar con este otro Strad para determinada ocasión, si aceptábamos aquel Guarneri, si queríamos adquirir este Strad corto, este arco Tourte.

Yo aceptaba los regalos. Compraba los otros violines. Los estudiaba con febril curiosidad. ¿Cómo sonarían? ¿Qué sensa­ción producirían al tacto? ¿Podría arrancarle una sola nota al Guarneri, o a cualquiera de los demás?

Los miraba, los empacaba, los llevaba con nosotros, pero jamás los tocaba.

En Francfort, compré otro Stradivarius, uno corto, exqui­sito, comparable al mío, pero no pulsé las cuerdas. Estaba a la venta, y no tenía nadie que lo amara. Costaba demasiado, ¿pero eso qué importaba en nuestra dichosa e infinita prosperidad?

Violines y arcos viajaban con las maletas. Al Strad largo lo mantenía yo en mis brazos, primero envuelto en terciopelo y luego en una bolsa especial con su arco. No me daba segu­ridad ponerlo en un estuche. La bolsa la llevaba conmigo a todas partes.

Vigilaba por si se presentaban fantasmas.

Veía la luz del sol.

La tía Bridget, mi madrina, vino a visitarnos a Dublín. No le gustaba nada el frío, y pronto se volvió a Misisipí, lo cual nos pareció muy gracioso.

Pero le encantó la música; tanto, que aplaudía y golpeaba con el pie cuando yo tocaba, actitud que horrorizaba a los demás presentes en la habitación, ya se tratara de una sala, un auditorio o teatro. Pero teníamos este arreglo: yo quería que ella hiciera eso.

Muchos primos y otras tías se nos unieron en Irlanda, y posteriormente en Berlín. Yo hice el peregrinaje a Bonn. Temblé entera frente a la puerta de Beethoven.

Apoyé la cabeza contra las piedras frías y lloré como había llorado Stefan en la tumba.

Muchas veces me venían a la memoria los temas del Maestro, las melodías del Pequeño Genio o el Ruso Loco, y me zambullía en ellas abriendo mis compuertas, pero los críticos rara vez se percataban, por lo floja que era yo tocando música ajena, tan irremediablemente incapaz del menor control o disciplina.

Pero eran momentos de éxtasis ininterrumpido. Cualquier tonto podía comprender la situación; sólo un loco podría haber experimentado allí alguna pena o cuidado.

En momentos como ésos -cuando caía una fina llovizna sobre Covent Garden, y yo caminaba en círculos bajo la luna, y los autos esperaban, con sus luces humeantes en la bruma como si respiraran tal como yo-, lo único que podía hacer era disfrutar, no cuestionar nada, conocer y vivir eso, y a lo mejor algún día tendré que recordarlo desde algún extraño punto ventajoso, y me parecerá un sueño colorido y celestial como aquellas visitas a la capilla, o estar en brazos de mi madre cuando ella pasaba las páginas del libro de poesías, a la luz de la lámpara, una luz que no se resistía a ningún peligro porque todavía no había llegado ninguno a anidar allí.

Viajamos a Milán, Venecia, Florencia. El conde Sokolosky se reunió con nosotros en Belgrado.

Me caían particularmente bien los teatros de ópera. Yo no necesitaba que me pagaran. Si ellos me garantizaban el local, iba de todos modos, lo pagaba yo misma, y cada noche era distinta, impredecible, y cada noche era un júbilo, y el dolor se hallaba atesorado dentro del júbilo, y cada noche era grabada por técnicos que corrían por todas partes con micrófonos y auriculares, estirando delgados cables por el escenario, y yo escrutaba las caras de los que aplaudían.

Procuraba, cuando la canción había concluido, ver cada rostro, no defraudar a ninguno, encontrar la calidez de todos, no recaer nunca más en el dolor, la timidez y la humillación como si el pasado fuese mi caparazón y yo un caracol dema­siado débil para ese ascenso, demasiado atada a la vieja senda de lo feo, demasiado llena de desprecio por mí misma.

Una costurera de Florencia me hizo faldas sueltas de terciopelo y túnicas de una tela fina, con mangas abullonadas

que me dejaban los brazos libres cuando tocaba, que no impedían el rigor ni quebraban el hechizo, y al mismo tiempo disimulaban la gordura que yo tanto odiaba, de modo que me veía a mí misma en las breves películas que a la fuerza debía ver como un manchón de pelo y color, un manchón de sonido. Glorioso.

Y cuando llegaba el momento de plantarme delante de los reflectores, cuando miraba la oscuridad que me rodeaba, sabía que mis sueños eran míos.

Pero también habría de venir una música más lóbrega, seguramente. El rosario tiene los misterios gozosos, gloriosos y dolorosos. Madre, duerme. Quédate en silencio, tibia. Lily, cierra los ojos. Padre, ya todo terminó, cierra las pupilas de tus ojos. Dios mío, ¿pueden ellos oír mi música?

Y yo iba en busca de un muy cierto palacio de mármol, ¿no?, ¿y acaso no me había dado cuenta en todos esos teatros -el de Venecia, el de Florencia, el de Roma- de que el palacio de mármol de mis insólitos sueños debía por fuerza ser un teatro de ópera? ¿No lo sabía o sospechaba ahora debido al recuerdo de una escalera central que había en el sueño, una estructura y diseño que veía repetidos en todos esos suntuosos edificios construidos con pompa y fe, cuya escalera del centro subía hasta un descanso, y luego se dividía hacia derecha e izquierda y llegaba al entrepiso para el gentío de personas ataviadas con alhajas que concurrían?

¿Dónde estaba el palacio de los sueños, el palacio tan lleno de mármoles distintos que podía competir con la basí­lica de San Pedro? ¿Qué significaba ese sueño? ¿Había sido apenas un escape del alma atormentada del fantasma, que me permitió ver la ciudad de Río, el escenario de su último crimen antes de acudir a mí, y encontró una filosa espina cla­vada en mi alma y conectada con ese sitio? ¿O fue sólo una maquinación con la cual mi propia fantasía enmendó sus recuerdos, junto con el mar espumoso que dio origen a innu­merables fantasmas danzarines?

En ninguna parte vi ese tipo de teatro de ópera, semejante mezcla de belleza.

En Nueva York tocamos en el Lincoln Center y el Carnegie Hall. Nuestros conciertos ahora se fraccionaban en programas de variada longitud, lo cual significó que, a medida que pasaba el tiempo, yo pudiera proseguir ininterrumpidamente por más tiempo, y el fluir de la melodía se volvía más complejo, y el espectro mayor, y el manejo del todo, más fluido.

No soportaba escuchar mis propias grabaciones. Martin, Glenn, Rosalind y Katrinka se encargaban de esas cosas. Rosalind, Katrinka y Grady suscribían los contratos.

Nuestras cintas o discos eran desusados. Se trataba de música ejecutada por una mujer que nunca había estudiado música, incapaz de leer una sola nota salvo do-re-mi-fa-sol-la­-si-do, una mujer que nunca toca la misma canción dos veces, que lo más probable es que no pueda repetir la misma melo­día, cosa que la crítica se apresuró a apuntar. ¿Cómo debe uno evaluar tales logros, la improvisación que en la época de Mozart no podía preservarse a menos que se la escribiera en tinta, pero que ahora podía conservarse eternamente, con el mismo respeto asignado a la "música seria"?

"¡No es realmente Tchaikovsky ni Shostakovich! ¡No es realmente Beethoven! Ni Mozart.

"Si a usted le gusta la música dulce y espesa como el almíbar, quizá le agraden las improvisaciones de la señora Becker, pero hay quienes pretendemos de la vida algo más que panqueques.

"Ella es genuina, quizás sea técnicamente maníacodepresiva y hasta epiléptica -sólo su médico lo sabe con certeza-, pero es evidente que no sabe cómo es que hace lo que hace. Sin embargo, el efecto es, sin duda, subyugante."

Los elogios me emocionaban -genio, hechicera, maga, ingenua- y se hallaban lejos de las raíces de la canción dentro de mí, y de lo que yo sentía y sabía. Pero me llegaban
como besos en la cara, y ocasionalmente entusiasmaban a mi séquito, y muchas de esas citas se agregaban a nuestras cintas y discos, que ya se vendían por millones.

Íbamos de hotel en hotel, por deseo, por invitación, a veces por casualidad, por simple capricho.

Grady nos aconsejaba que no fuéramos tan gastadores, pero tenía que reconocer que la venta de discos ya superaba al fideicomiso de Karl. Y el fondo se duplicaba. Y la venta de discos podía continuar eternamente.

No podíamos ser ahorrativos. No nos importaba. ¡Katrinka se sentía segura! Jackie y Julie iban al mejor colegio del país, y para después soñaban con Suiza.

Proseguimos rumbo a Nashville.

Yo quería escuchar los violines sureños. Busqué a la genial violinista Alison Krauss, cuya música me encantaba. Quería dejarle un ramo de rosas en su puerta. A lo mejor ella recono­cía el nombre de Triana Becker.

Mi sonido, sin embargo, no era sureño como tampoco gaé­lico. Era europeo, vienés y ruso, el sonido heroico, el barroco -todo fusionado-, el vuelo que remontaban los músicos de pelo largo, como solía llamárselos, antes de que se apoderasen de ese apelativo los hippies que se parecían a Jesucristo. Sin embargo, yo era uno de ellos.

Era una intérprete de música, una virtuosa.

Tocaba el violín. El lugar natural del instrumento era en mis manos, y yo lo amaba, lo amaba.

No tuve necesidad de conocer a las notables Leila Josefowicz, Vanessa Mae ni a mi querida Alison Krauss. Tampoco al subli­me Isaac Stern. Me faltaba coraje para esas cosas. Lo único que necesitaba era pensar: "Sé tocar".

Yo sé tocar. A lo mejor, algún día ellos escucharían a Triana Becker.

Risas.

Resonaban en las habitaciones de hotel donde nos reunía­mos a beber champaña, y comíamos postres abundantes en chocolate y crema, y de noche me tendía en el piso y mirabala araña del techo como solía hacerlo en casa, todas las maña­nas y las noches...

...Todas las mañanas o noches llamábamos a casa para averiguar si había noticias de Faye, nuestra hermana perdida y amada. Hablábamos sobre ella en entrevistas realizadas en las escalinatas de los teatros de Chicago, Detroit, San Francisco.

"... nuestra hermana Faye, a quien hace dos años que no vemos".

La oficina de Nueva Orleáns de Grady respondía llama-dos telefónicos de personas que no eran Faye ni la habían visto. No podían describir fielmente su cuerpo pequeño y de bellas proporciones, su sonrisa efervescente, su mirada cariñosa, sus manos diminutas pero fuertes, tan cruelmente marcadas con pulgares cortos por el alcohol que había envenenado el agua oscura en la cual ella había luchado por vivir, tan chiquita, tan enfermiza.

A veces yo tocaba para Faye. Me hallaba en el patio de lajas de la casa sobre St. Charles, con ella que llevaba al gato en brazos, sonriendo, sin percatarse, duendecillo invencible, sin percatarse de la mujer ebria que había adentro, de las peleas a los gritos, del ruido que producía una mujer al vomi­tar tras una puerta de baño. Le dedicaba la música a Faye que se acostaba en el patio, que disfrutaba sintiendo cómo el sol secaba la lluvia sobre las lajas. Faye, que conocía secretos como ése, mientras otra gente discutía y acusaba.

Había momentos del viaje que a los demás les resultaban difíciles porque yo no podía dejar de tocar el Strad largo. Me volvía loca, decía Glenn. Vino el doctor Guidry En determina-do lugar, mi cuñado Martin sugirió que me hicieran estudios para ver si consumía drogas, y Katrinka le gritó.

No había drogas. No había vino. Había música.

Era como la reedición de Zapatos rojos ejecutada por un violinista. Yo tocaba y tocaba hasta que, en la suite, todos los demás se quedaban dormidos.

En una oportunidad me sacaron del escenario. Fue un operativo de rescate, creo, porque la cosa seguía y seguía, y el público clamaba pidiendo bises. Me desplomé, pero pronto recobré el sentido.

Descubrí la magistral película Amada inmortal en la cual el gran actor Gary Oldman parecía plasmar al Beethoven que toda mi vida yo había adorado y quizás en mi locura hasta había vislumbrado. Escudriñaba los ojos de Gary Oldman. Vi que él había captado la trascendencia, el heroísmo con el que yo soñaba, el aislamiento que conocía y la perseverancia que a diario ponía de manifiesto.

"¡Encontremos a Faye!" propuso Rosalind. En el salón co­medor de los hoteles repasábamos juntos todas las cosas lindas sucedidas. "¡Has hecho tanto barullo, que seguramente Faye lo va a oír y querrá regresar! Querrá estar ahora con nosotros..."

A Katrinka se le despertó el ingenio y el arte de contar chistes. Nada le preocupaba: los impuestos, la hipoteca, la vejez, la muerte, a qué universidad concurrirían sus hijas, ni siquie­ra saber si su marido estaba gastando demasiado de nuestro dinero.

Porque en semejante munificencia y éxito, todo podía resolverse, o solventarse.

Eso era el Éxito Moderno. Un éxito que sólo se conoce en nuestra época, supongo, cuando las personas del mundo entero pueden grabar, ver y escuchar las improvisaciones de un violinista, todo al mismo tiempo.

Nos convencimos de que Faye tenía que compartirlo con nosotros, que en alguna parte, de alguna manera, ella ya lo estaba haciendo, porque nosotros le tendíamos la mano. Faye, vuelve a casa. Faye, no estés muerta. Faye, ¿dónde estás? Faye, son divertidas las limusinas, las bellas habitaciones; es agra­dable abrirse paso entre los admiradores en la puerta del escenario, es divertido.

¡Faye, el público nos brinda cariño! Faye, ahora va a haber siempre calor.

Una noche en Nueva York, yo estaba parada tras un león de piedra, creo que en lo alto del Hotel Ritz-Carlton. Me asomé y miré Central Park. Soplaba un viento frío como en Viena. Pensé en mi madre, y recordé una vez en que me había pedido que rezara el rosario con ella, y me habló de su vicio de la be­bida -cosa que jamás mencionó a las demás-, y me dijo que era una compulsión que llevaba en la sangre, que su padre la había tenido, y el abuelo también. Reza el rosario. Cerré los ojos y la besé. La agonía en el jardín.

Esa noche, en la calle, toqué para ella.

Y pronto terminaría mi quincuagésimo quinto año. Llegaría octubre y cumpliría cincuenta y cinco.

Hasta que por último -tal como me imaginaba que sucede-ría-, llegó el momento inevitable.

Qué amable Stefan, y qué impulsivo e insensato haberlo escrito él mismo con su mano fantasmal, ¿o acaso había ingre­sado dentro del cuerpo de un humano para escribir estas letras?

Nadie en esta época tiene una caligrafía tan perfecta como la suya, los trazos largos de una lapicera sopada en tinta, tinta de un grandioso color púrpura sobre pergamino, nada menos, nuevo, por supuesto, pero firme como cualquiera que hubiese elegido en sus tiempos.

No guardaba ningún secreto.

"Stefan Stefanovsky, tu viejo amigo, te invita cordialmente a un concierto benéfico a realizarse en Río de Janeiro, y espera verlos a todos allí. Tú y tu familia se alojarán, con todos los gastos pagos, en el Hotel Copacabana. Los detalles quedan a tu criterio. Por favor, llama con cobro revertido a los siguien­tes números cuando te resulte conveniente."

Katrinka arregló los detalles por teléfono.

-¿En qué teatro? ¿El Municipal?

Me suena a moderno y estéril, pensé.

Te daría a Lily si yo pudiera.

-No querrás viajar allá, ¿verdad? -preguntó Ros. Iba por su cuarta cerveza y estaba aplacada, rodeándome con un

brazo. Yo dormitaba contra ella mientras miraba por la venta­na. Estábamos en Houston, una ciudad tropical, con un gran ballet y ópera, y públicos que habían sido muy fervorosos y nos aceptaban sin cuestionamientos.

-Yo no iría -opinó Katrinka.

-¿A Río de Janeiro? -dije-. Es un lugar bellísimo. Karl quería ir allí a terminar el trabajo de su libro sobre San Sebastián, su...

-... campo académico -concluyó Ros.

Katrinka se rió.

-Bueno, su libro ya está terminado -terció Glenn, el ma­rido de Ros-. Ya entró en expedición. Grady dice que todo va sobre rieles. -Se subió los anteojos sobre el puente de la nariz.

Luego tomó asiento y cruzó los brazos.

Yo miré la nota. Ven a Río.

-Se te ve en la cara. ¡No vayas!

Yo no hacía más que mirar la nota. Tenía las manos húme­das y temblorosas. Su caligrafía, su mismo nombre.

-Por Dios, ¿de qué hablan? -quise saber.

Intercambio de miraditas.

-Si ella no lo recuerda ahora lo recordará después -dijo Katrinka.

-La mujer que te escribió, tu vieja amiga de Berkeley, la que te dijo...

-¿Que Lily había renacido en Río?

-Sí -respondió Ros-. Sufrirás mucho si vas allí. Recuer­do cuando Karl quería ir, tú decías que siempre habías querido conocer esa ciudad, pero que no podrías soportarlo. Te oí de­cirle a Karl...

-No recuerdo haberle dicho eso. Lo único que recuerdo es que no fui, y que él quería ir. Y ahora tengo que ir.

-Triana -intervino Martin-, no vas a encontrar la reen­carnación de Lily en ninguna parte.

-Eso ella lo sabe muy bien -dijo Ros.

El rostro de Katrinka rebosaba de un sufrimiento bien aprendido. Yo no quería verlo.

Ella había estado muy unida a Lily. Ros no estuvo con nosotros en Berkeley y San Francisco en aquella época. Pero Katrinka estuvo junto al lecho de enferma, el cajón, el cemen­terio... vivió todo.

-No vayas -me pidió Katrinka con voz pastosa.

-Voy por otra razón -dije-. No creo que Lily esté ahí. Creo que si Lily existe, no necesita de mí, porque de lo contrario se habría acercado...

Me interrumpí. Volví a sentir las palabras de él, penetrantes:

Estabas celosa de que tu hija hubiera confiado en Susan y no en ti, ¡reconócelo! Eso era lo que pensabas. ¿Por qué tu hija no acudió a ti? Entonces perdiste la carta, no la contestaste nunca, aunque sabías que Susan era sincera, sabías cuánto había amado a Lily y lo mucho que ella creía...

-¿Triana?

Levanté la vista. Ros tenía el viejo matiz de miedo en sus ojos, un miedo como el que vivíamos en los viejos tiempos, antes de que tuviéramos frente a nuestros ojos todo lo que quisiéramos.

-No, no te preocupes, Ros. No estoy buscando a Lily. Este hombre... estoy en deuda con él.

-¿Quién es el tal Stefan Stefanovsky? -se interesó Katrinka-. Las personas de allá con las que hablé no saben quién es. Es decir, la invitación es en firme, pero no tienen idea de qué tipo de persona...

-Yo lo conozco bien -dije-. ¿No se acuerdan? -Me levanté de la mesa. Tomé el violín, que nunca estaba a más de diez centímetros de mí.

-¡El violinista de Nueva Orleáns! -exclamó Ros.

-Sí, ése es Stefan. Y quiero viajar allí. Además... dicen que es una ciudad preciosa.

¿Podía ser que fuera el lugar del sueño? Lily habría ele­gido el paraíso.

-Teatro Municipal... me suena a aburrido -dije. ¿Al­guien había pronunciado antes esas palabras?

-Es una ciudad peligrosa -dijo Glenn-. Te matan para robarte las zapatillas. Está llena de gente pobre que construye sus chozas en la ladera de los cerros. ¿Y la playa de Copaca­bana? Se construyó hace décadas...

-Es hermosa -murmuré.

Las palabras no fueron audibles. Aferré el violín, pulsé las cuerdas.

-Oh, por favor, no te pongas a ejecutar ahora porque me enloquezco -pidió Katrinka.

Me reí. Lo mismo hizo Ros.

-Quiero decir, no en todo momento -se apresuró a co­rregirse Katrinka.

-Está bien. Pero yo quiero ir. Tengo que ir. Stefan me pidió que fuera.

Les dije que no tenían por qué venir ellos también. Al fin y al cabo, era Brasil, pero cuando subimos al avión, estaban ansiosos por llegar a ese mundo exótico y legendario, el de las selvas y las grandes playas, y ese Teatro Municipal que sonaba a auditorio urbano de cemento.

Desde luego no era así en absoluto.

Usted lo sabe.

Brasil es otro país, otro mundo donde los sueños cobran formas diferentes, y los humanos se comunican con los espí­ritus día tras día, y en los altares dorados se confunden los santos con los dioses africanos.

Usted sabe lo que encontré. Por supuesto...

Sentí miedo. Los demás se percataron. Ellos también lo sentían, lo cual me hizo pensar en Susan, no sólo en su carta sino en lo que me había dicho luego de morir Lily. Pensé mu­cho en ella y cómo me había contado, después de la muerte, que Lily sabía que se iba a morir. Yo siempre había querido ocultarle el secreto. Sin embargo ella le comentó a Susan: "Adivina una cosa: me voy a morir". Y se rió y rió: "Lo sé por-que mi mamá lo sabe, y mi mamá tiene miedo".

Pero esto te lo debo, Stefan. Le debo a tus siniestros ataques lo más profundo de mi fortaleza. No puedo negártelo.

Por ende, hice el esfuerzo de sonreír. Seguí mi consejo. Hablar de un niño muerto no era tan difícil. Ellos hacía tiempo que no me preguntaban cómo fue que aparecí en Viena. No relacionaban nada de eso con el violinista loco.

Y así fue como partimos, y volvimos a reír, y por debajo estaba el miedo, un miedo como las sombras de la casa larga y hueca cuando mi madre bebía y las bebitas dormían en el calor pegajoso, y yo temía que la casa se prendiera fuego y no pudiera sacar de allí a las criaturas, y mi padre estaba quién sabe dónde, y me castañeteaban los dientes, pese a que hacía calor y los mosquitos volaban en la oscuridad.


17

Adormilados por el largo viaje rumbo al sur, luego de pasar el ecuador y sobrevolar el Amazonas hasta llegar a Río, nos sentíamos algo aturdidos cuando, a bordo de pequeños ómnibus, atravesamos un largo túnel negro bajo el cerro del Corcovado, cubierto de bosques. Cuánto esplendor... en la cumbre, el Cristo de granito con sus brazos extendidos. Yo tenía que ver ese Cristo antes de nuestro regreso.

El violín lo portaba yo todo el tiempo, dentro de una nueva bolsa muy acolchada de terciopelo color borravino, más segura para llevar colgada del hombro.

No nos corría prisa para ver todas las maravillas del lugar: el cerro del Pan de Azúcar, los antiguos palacios de los Habsburgo, que habían llegado a estos lares escapando de Napoleón -y con motivo-, que lanzaba su proyectiles sobre la Viena de Stefan.

Algo me rozó la mejilla. Luego sentí un suspiro, y hasta el último pelo de mi cuerpo se erizó. No me moví. El ómnibus seguía su marcha.

Al salir del túnel, el aíre era fresco, y el cielo inmenso, de un azul generoso.

No bien nos internamos en Copacabana mismo, sentí un estremecimiento en los brazos, como si Stefan se hallara a mi lado. Sentí que algo me tocaba la mejilla y estreché el violín dentro de su suave saca de terciopelo, tratando de no caer en un ataque de nervios y ver lo que me circundaba.

Copacabana era una masa compacta de altos edificios y aceras con tiendas, vendedores ambulantes, hombres y mujeres de negocios en movimiento, turistas indolentes. Tenía el pulso de la Ocean Drive de Miami Beach, del centro de Manhattan o de la calle Market de San Francisco al mediodía.

-Pero los árboles... -dije-. Miren, esos árboles enormes por todas partes.

Brotaban rectos, lozanos, y se desplegaban cual para­guas de grandes hojas verdes, con lo cual brindaban una hermosa sombra bajo el calor agobiante. Jamás había visto yo, en una ciudad tan densa, una vegetación tan lujuriante, y esos árboles estaban por todas partes, pululaban en aceras sucias, sin que las sombras de los rascacielos lograran ame­drentarlos.

-Son almendros, señora Becker -nos informó nuestro guía, un muchacho alto y delgado, de tez muy blanca, pelo rubio y ojos de un azul transparente. Se llamaba Antonio y hablaba con el acento que había oído en mi sueño. Era portugués.

Habíamos llegado. Estábamos, por cierto, en el lugar del mar espumoso y el palacio de mármol. ¿Pero qué sucedería luego?

Experimenté una gran conmoción cuando, al dar una cur­va, llegamos a la playa. Las olas eran serenas, pero se trataba del mar de mis sueños, sin lugar a dudas. Alcanzaba a ver sus límites más lejanos, adelante de nosotros y también atrás, pues la montaña extendía sus brazos, que servían para delimitar las numerosas playas de Río de Janeiro.

Antonio, nuestro guía de voz melodiosa, habló de la cantidad de playas que se sucedían una tras otra hacia el sur, y mencionó que ésta era una ciudad de once millones de habitantes. Los cerros se elevaban, rectos, desde la tierra. En chozas con techos de césped ubicadas a lo largo de la arena se vendían bebidas frescas. Ómnibus y autos por doquier pro-curaban ganar espacio, de un salto se lanzaban a la carrera. Y el mar era un vasto océano verde y azul al parecer sin límite, aunque de hecho se trataba de una bahía que, detrás de su horizonte, tenía otros cerros que no llegábamos a ver. El mar era el más bello refugio de Dios.

Rosalind se sentía sobrecogida. Glenn tomaba fotos. Katrinka miraba con cierta ansiedad la interminable procesión de hombres y mujeres vestidos de blanco que paseaban por la ancha franja de arena beige. Yo nunca había visto una playa tan ancha, ni tan hermosa, como ésta.

Estaba ahí la acera que había visto en mis sueños, el extraño diseño que, ahora comprobaba, estaba hecho esme­radamente con las baldosas.

Antonio mencionó a un hombre que había construido la larga Avenida del Atlántico a lo largo de la playa, con esos diseños de mosaico, para que pudiera verse desde el aire. Habló de muchos lugares que podíamos visitar, de lo tibio del agua, del Año Nuevo y el carnaval, fechas muy especiales para las cuales debíamos regresar.

El vehículo giró a la izquierda. Vi entonces el hotel que se elevaba ante nosotros. El Copacabana Palace, un edificio de siete pisos con la grandiosidad de antaño, y en el primero de ellos, una ancha terraza rodeada de arcos romanos. Seguramente los salones de convenciones y de baile se hallaban tras esos enormes arcos. Y la bella fachada de yeso ostentaba cierto aire de decoro británico.

El barroco, el último eco tenue del barroco aquí, en medio de las modernas torres de departamentos que se amontonaban contra él pero no podían tocarlo.

En el medio de su calle circular de acceso había almendros, árboles de inmensas hojas verdes y lustrosas, no demasiado altos, como si la naturaleza los mantuviera expresamente en escala humana. Miré hacia atrás. Los árboles se extendían por todo el bulevar, en ambas direcciones. Eran los mismos ejemplares que había en las calles concurridas.

Uno no podía ver todo eso. Tirité, siempre sosteniendo el violín.

Y miren, allá en el mar, qué rápido cambia el cielo, con cuánta velocidad se mueven los bancos de nubes. Dios mío, cómo asciende el cielo.

¿Te gusta todo esto, querida?

Me quedé tiesa. Después lancé una risita defensiva, pero sentí que él me tocaba, como si me rozara la cara con los nudi­llos. También sentí un tirón de pelo, cosa que no me gustó. No toques mi larga cabellera, mi velo. ¡No me toques!

-¡No empieces a tener pensamientos desagradables! -dijo Ros-. ¡Esto es pre-cio-so!

Ingresamos en la clásica rotonda, estacionamos frente a la puerta principal y salió a recibirnos la conserje, una inglesa de nombre Felisa, muy bonita y enseguida, amable y simpática como siempre me resultan los ingleses, como si fueran una especie que se conservó aislada de la moderna obsesión por la eficiencia que nos envileció a todos los demás.

Bajé del ómnibus y me alejé unos metros para poder contemplar el frente entero del hotel.

Vi la ventana sobre el arco principal del piso de convenciones.

-Ésa es mi habitación, ¿verdad?

-Sí, claro, señora -me respondió Felisa-. Queda justo en el centro del edificio, en la mitad exacta del hotel. La Suite Presidencial, como usted pidió. Tenemos suites en el mismo piso para todos sus invitados. Vengan; supongo que estarán cansados. Para ustedes es ya entrada la noche, y aquí estamos en el mediodía.

Rosalind bailoteaba de puro contento. Katrinka había espiado unas joyerías cercanas, donde se vendían las famosas esmeraldas de Brasil. Vi que el hotel tenía galerías con otros negocios: una pequeña librería poblada de títulos en portugués. American Express.

Un ejército de botones descendió sobre nuestro equipaje.

-Hace un calor espantoso -comentó Glenn-. Ven aquí, Triana, entra.

Yo estaba como petrificada.

¿Por qué no, querida?

Levanté mis ojos hasta la ventana, la ventana que había visto en el sueño la primera vez que apareció Stefan, la ventana desde la que -sabía- me pondría a mirar, que daba a la playa y las olas, olas ahora inmóviles, pero que tal vez crecerían para crear la espuma misma. Nada de lo de aquí se había exagerado.

En efecto, parecía ser el puerto o bahía más enorme que jamás hubiese visto, más vasto y bello incluso que San Francisco.

Nos hicieron pasar. En el ascensor, cerré los ojos. Sentí que él estaba a mi lado y su mano me tocaba.

-¿Por qué aquí, nada menos que aquí? -susurré-. ¿Por qué este sitio es mejor?

Aliados, mi querida.

-Triana, deja de hablar sola porque van a pensar que estás loca -me aconsejó Martin.

-¿Y eso ahora qué puede importar? -intervino Ros. Nos dispersamos, y fuimos atendidos, guiados, convi­dados con bebidas frescas y palabras amables.

Entré en la sala de la Suite Presidencial y fui derecho a la ventanita cuadrada. Yo la conocía, conocía su cerradura. La abrí.

-¿Aliados, Stefan? -pregunté. Traté de que la voz me saliera suave, como el murmullo de las avemarías de agradecimiento.

-¿Quiénes son, y por qué están aquí? ¿Por qué vi esto la primera vez que apareciste?

No hubo respuesta; sólo la brisa pura, la brisa que nada ni nadie puede enturbiar, que entraba en la habitación y pasaba sobre el mobiliario convencional, la alfombra oscura, que surgía de la inmensa playa y de esas siluetas oscuras que se movían en las arenas o en el oleaje manso y playo. En lo alto, colgaban gloriosas nubes.

-¿Conoces todo lo que yo soñaba, Stefan?

El violín es mío, querida. No quiero hacerte daño, pero debes devolvérmelo.

Los demás estaban ocupados con maletas, ventanas y vistas propias. Trajeron a la suite carritos con comida.

Me dije: éste es el aire más fino y puro que jamás respiré en la vida, y al mirar el agua a la distancia, vi una empinada montaña de granito que se elevaba en medio de lo azul. Vi el horizonte resplandeciente perfecto.

Felisa, la conserje, llegó a mi lado y señaló cerros lejanos. Fue diciendo los nombres. Abajo, pasaba el rugir de ómnibus entre nosotros y la playa, pero no me importaba. Era tanta la gente que usaba camisa blanca, suelta, de mangas cortas, que parecía ser la vestimenta del país. Vi piel de todos los colores. A mis espaldas las suaves voces portuguesas entonaban su canción.

-¿Quiere que le lleve el violín y lo ponga...?

-No; lo tengo siempre yo.

Él se rió.

-¿Oyó usted eso? -le pregunté a la inglesa.

-¿Si oí algo? Cuando cerramos las ventanas, la habita­ción queda muy en silencio. Ya verá que queda gratamente sorprendida.

-No, me refiero a una voz, una risa.

Glenn me tocó el codo.

-No pienses en esas cosas -me dijo.

-Ah, perdón -dijo una voz. Me di vuelta y vi que me miraba una hermosa mujer de piel morena, pelo en cascada y ojos verdes, una mezcla racial que superaba los límites de toda belleza imaginada. Era alta y traía los brazos desnudos, el pelo largo al estilo Jesucristo y una sonrisa hecha de labios pintados en rojo vivo y dientes blancos.

-¿Perdón?

-Ah, no hablemos de eso ahora -se apresuró a decir Felisa.

-Salió en los diarios -afirmó la diosa de pelo ondeado apretándose las manos como suplicándome perdón-. Señora Becker, estamos en Río, y aquí la gente cree en los espíritus, y su música es muy apreciada. Sus cintas grabadas entran de a millares en el país. Aquí la población es profundamente espi­ritual y no quiere hacer daño a nadie.

-¿Salimos en los diarios? -quiso saber Martin-. ¿Publi­caron que ella se alojaba en este hotel? ¿Qué es lo que dice?

-No; todos suponían que se alojaría en este hotel -expli­có la morena de ojos verdes-. Me refiero a la triste historia de que usted vino aquí buscando el alma de su hija, señora. -Me tendió la mano y aferró la mía.

Aun en el momento de sentir el tibio contacto sentí es-calofríos, circuito tras circuito. Me sentí débil escrutando esos ojos.

Y sin embargo, había en todo eso algo horriblemente apa­sionante. Horrible.

-Señora Becker, discúlpenos, pero no pudimos detener los rumores. Lamento este dolor. Ya hay incluso periodistas en la planta baja...

-Bueno, tendrán que marcharse -dijo Martin-. Triana tiene que dormir. Nuestro vuelo duró más de nueve horas. Tiene que dormir. El concierto es mañana a la noche, o sea que apenas queda tiempo...

Me di vuelta y miré en dirección al mar. Sonreí; luego volví a girar y tomé las manos de la joven morena.

-Ustedes son un pueblo espiritual -dije-. Católico y africano, indio también, y muy espiritual, según he oído. ¿Cómo se llaman los rituales, los que practica la gente? No me puedo acordar.

-Mogambo, candomblé. -Se encogió de hombros, agra­decida de recibir mi perdón. Felisa se hallaba un tanto retirada, inquieta.

Tengo que reconocer -con independencia del júbilo que experimentábamos dondequiera que fuésemos- que siempre había alguien en la periferia inquieto, alterado. En este momento era la inglesa quien temía por la posibilidad de afrentas a mí, cosa que era imposible.

¿Crees que tu hija, está aquí?

-Dímelo tú -murmuré-. Ella no es aliada tuya; no trates de hacérmelo creer. -Bajé la mirada y hablé en voz baja.

Los demás retrocedieron. Martin los acompañó a la puerta.

-¿Qué quieres que les diga a esos malditos periodistas?

-La verdad -respondí-. Que una vieja amiga me dijo que Lily había renacido en esta ciudad. -Miré de nuevo hacia la ventana y el grato empuje del viento. -Dios mío, miren este mar, miren. Si Lily fuera a regresar -cosa que no creo-, ¿por qué no hacerlo en un lugar así? ¿Y oyen ustedes sus voces? ¿Alguna vez les conté sobre las niñas brasileñas que ella quería, que vivieron cerca de nosotros aquellos últimos años?

-Yo las conocí -repuso Martin-. Estuve ahí. La familia era de San Pablo. No quiero que te perturben estas cosas.

-Diles que estamos buscando a Lily pero que no espe­ramos encontrarla en ningún ser humano; diles algo lindo, algo que haga llenar el auditorio municipal donde vamos a tocar. Ve ya.

-Las entradas están todas vendidas -me informó Martin-. No quiero dejarte sola.

-Yo no puedo dormir hasta que no oscurece. Esto es demasiado, demasiado fantástico, tiene un brillo demasiado perfecto. Martin, ¿estás cansado?

-No mucho. ¿Por qué? ¿Qué quieres hacer?

Pensé. Río.

-Quiero meterme en la selva, subir al Corcovado. Mira el cielo, lo diáfano que es. ¿Tenemos tiempo de hacerlo antes de que oscurezca? Quiero ver el Cristo de allá arriba con sus brazos extendidos. Ojalá pudiéramos verlo desde aquí.

Martin lo organizó por teléfono.

-Qué idea encantadora -dije- la de que Lily volviera con vida y tuviera una larga existencia en un lugar como éste.

-Cerré los ojos y pensé en ella, mi hija luminosa, calva y sonriente, acurrucada en mis brazos, con el cuellito de su camisa a cuadros levantado, por lo cual en su gordura de
esteroides, en su adorable redondez, la llamábamos "Humpty". La oí reír con claridad, como si estuviera sentada a horcajadas sobre Lev, y éste tendido en el césped frío del rosedal de Oakland. Katrinka y Martin nos habían llevado ese día. Teníamos esa foto por alguna parte -a lo mejor la tenía Lev-, la imagen de Lev tendido de espaldas, y Lily sentada sobre su pecho, su carita redonda sonriendo a los cielos. Katrinka había sacado tantas fotografías maravillosas.

Dios mío, basta.

Risas.

No puedes hacer que sea un recuerdo grato; no puedes. Sufres muchísimo de pensar que ella te odia, que la dejaste morir, quizás a tu madre también, y ahora estás aquí, en la tierra de los espíritus.

-¿Obtienes tu fortaleza de este sitio? Eres un tonto. El violín es mío, y prefiero quemarlo antes de permitir que quede en tu poder.

Martin pronunció mi nombre. Parado sin duda a mis espaldas, me observaba hablar sin dirigirme a nadie, o tal vez el viento silenciaba las palabras.

El auto estaba listo. Antonio nos esperaba para llevarnos hasta el funicular. Nos acompañaban dos guardaespaldas, ambos policías de franco contratados para velar por nuestra seguridad, y en el funicular ascenderíamos por la selva, y tendríamos que hacer a pie los últimos peldaños para llegar a la base del Cristo, en la cima misma de la montaña.

-¿Seguro que no estás exhausta? -se interesó Martin.

-Estoy entusiasmada. Me encanta este aire, el mar, todo lo que me circunda...

Sí, dijo Antonio, había tiempo de sobra para llegar al funicular. Faltaban cinco horas para que oscureciera. Pero cuidado, porque las nubes se estaban poniendo negras; no era un día perfecto para el Corcovado.

-Es el día que tengo -dije-. Vamos. Déjeme ir en el asiento de adelante con usted -le pedí-. Quiero ver lo más posible.

Martin y los custodios se ubicaron en el asiento de atrás.

Acabábamos de arrancar cuando reparé en los obvios periodistas cargados de cámaras, apiñados en la puerta, mientras un pequeño grupo se trababa en intensa discusión con Felisa, la conserje inglesa, que no dejó trascender que, en realidad, nos hallábamos a pocos pasos de allí.

Yo no sabía mucho sobre el funicular salvo que era anti­guo, como los tranvías de madera de Nueva Orleáns, y subiría el cerro remolcado, como los de San Francisco. Creo haber oído que en ocasiones resultaba peligroso. Pero nada de eso me importaba.

Bajamos del mini ómnibus y corrimos hasta el funicular justo en el momento en que éste salía de la estación. Viajaba en él apenas un puñado de personas, en su mayor parte europeos, por el aspecto. Oí gente que hablaba inglés, francés, castellano, y una vez más el portugués melodioso y angelical.

-Dios santo, nos internamos directamente en la selva.

-Sí -explicó Antonio, nuestro guía-. La selva sube la montaña y llega hasta arriba. Es un bosque hermoso, pero no es el original...

-A ver, cuénteme -le pedí. Asombrada, saqué una mano para tocar la tierra desnuda -tan cerca avanzábamos-, para tocar los helechos que brotaban en las grietas, para ver, en lo alto, los árboles que se inclinaban sobre el vehículo.

Otros iban charlando y sonriendo.

-Era una plantación de café. Después, vino un hombre a Brasil, un hombre rico, pensó que había que traer de vuelta el bosque y lo hizo replantar. Éste es un bosque nuevo, de apenas cincuenta años, pero es el que tenemos en Río, y lo hizo él para nosotros. Todo esto que usted ve lo hizo plantar expresamente.

La vegetación tenía el aspecto silvestre e intacto de todos los paraísos tropicales que jamás había visto. El corazón me latía con fuerza.

-¿Estás aquí, hijo de puta? -le susurré a Stefan.

-¿Qué dijiste? -preguntó Martin.

-Hablaba sola, no más. Rezaba el rosario, decía las ave-marías para tener buena suerte. Los misterios gloriosos. Jesús resucita de entre los muertos.

-Ah, tú y tus avemarías.

-¿Por qué dices eso? ¡Mira, la tierra es roja, absolutamente roja! -Ascendíamos, tomábamos muy despacio cada curva atravesando profundas hondonadas en la montaña y surgiendo luego a la misma altura que los árboles densos, soñolientos.

-Ay, veo que se viene la niebla -dijo Antonio con una sonrisa de pesar, como pidiendo disculpas.

-No importa -lo tranquilicé-. Es todo tan lindo tal cual es, que hay que verlo de todas las maneras posibles, ¿no le parece? Y cuando subo de esta manera una montaña en dirección al cielo y el Cristo, dejo de pensar en otras cosas.

-Eso es bueno -acotó Martin. Había encendido un cigarrillo aprovechando que no estaba Katrinka para hacérselo apagar. Antonio no fumaba; tampoco le molestaba que él lo hiciera, y hasta pareció sorprenderse de que Martin le pre­guntara si estaba permitido fumar.

El funicular hizo una parada para recoger a una mujer sola con varios envoltorios. Era de tez oscura y llevaba puestos zapatos blandos, informes.

-¿O sea que el servicio es como el de un tranvía?

-Ah, sí -entonó la voz de Antonio-; hay gente que tra­baja allá arriba, y además están los que vienen... y allá queda uno de los barrios pobres...

-Las favelas -dijo Martin-. Las he oído mencionar. No nos vamos a internar allí.

-No, no es necesario.

Risas una vez más. Obviamente nadie más las oyó.

-Así que estás agotado, ¿no? -murmuré. Bajé el vidrio y me asomé por la ventanilla desoyendo las advertencias de Martin. Veía que se acercaban las ramas frondosas, sentía el olor de la tierra. Hablé de cara al viento: -¿No puedes hacerte visible y no puedes conseguir que te oiga nadie más?

Reservo lo mejor para ti, querida, tú, que ingresaste con audacia en los claustros de mi mente incluso cuando yo estaba tocando música, entonando tus vísperas siguiendo una melodíaque ni siquiera oía en mi interior. Seré, para ti, hacedor de más milagros.

-Mentiroso, farsante -murmuré, el sonido ahogado por el traqueteo del funicular-. ¿Andas acompañado de fantas­mas rotosos?

El vehículo volvió a detenerse.

-Esa edificación... Mira, hay una hermosa casa allá a la derecha. ¿Qué es? -pregunté.

-Ah, sí -repuso Antonio con una sonrisa-. Podremos verla cuando bajemos. Aunque mejor llamo ahora. -Sacó su pequeño teléfono celular.

-Avisaré que el ómnibus suba aquí a buscarnos, si lo desean. En una época era un hotel. Ahora está abandonado.

-Ah, sí, tengo que verlo -dije. Miré hacia atrás, pero ya habíamos doblado en una curva. Seguíamos ascendiendo cada vez más.

Por último llegamos hasta el final, donde una multitud de turistas aguardaba para regresar. Nos bajamos en una plataforma de cemento.

-Bien -dijo Antonio-, ahora tenemos que subir la esca­lera hasta el Cristo.

-¡Subir la escalera! -dejó escapar Martin.

Detrás, los guardaespaldas avanzaban juntos, moviendo sus chalecos color caqui para que nosotros, y todo el mundo, viéramos sus bandoleras y sus negros revólveres. Uno de ellos me obsequió una sonrisita respetuosa.

-No es tan terrible -dijo Antonio-. Son muchos esca­lones, pero están divididos; hay lugares donde detenerse en cada... ¿cómo se dice?... en cada etapa, y allí puede conseguir algo de beber. ¿Realmente desea portar usted el violín? ¿No quiere que se lo...?

-Siempre lo lleva ella -dijo Martin.

-Tengo que llegar hasta arriba -declaré-. Una vez, de chica, vi una película donde aparecía este Cristo con los brazos desplegados, como en un crucifijo.

Tomé la delantera.

Qué agradable, los grupos de personas que avanzaban lentamente, los puestos donde vendían baratijas y bebidas enlatadas, y gente sentada, sin apuro, ante mesitas de metal. Todo apacible bajo el hermoso calor, y la niebla soplaba por la montaña en blancas ráfagas.

-Éstas son nubes -sostuvo Antonio-. Estamos en las nubes.

-¡Magnífico! -exclamé-. La balaustrada es bellísima, estilo italiano, ¿verdad? Martin, mira, aquí todo es mezcla, lo viejo con lo nuevo, europeo y extranjero.

-Sí, es muy antigua, y los escalones no son empinados. Íbamos dejando atrás un descanso tras otro.

En un momento dado estábamos caminando en medio de una blancura total. Alcanzábamos a vernos unos a otros, y vernos los pies, pero poco más.

-Ah, esto no es Río -se lamentó Antonio-. No; tienen que volver cuando haya sol. Así no se puede ver.

-¿En qué dirección está el Cristo? Señáleme.

-Señora Becker, estamos parados ante la base misma de la estatua. Dé un paso atrás y mire hacia arriba.

-Pensar que estamos en el cielo...

Ni en sueños.

-Para mí es neblina -dijo Martin, pero me dirigió una sonrisa afable-. Tienes razón, qué país, qué ciudad. -Se­ñaló a la derecha, donde se había despejado un hueco que permitía ver allá abajo, extendida a nuestros pies, la metró­polis, de mayores dimensiones que Manhattan o Roma. El agujero se cerró.

Antonio señaló hacia arriba.

De pronto ocurrió un milagro, pequeño y fascinante.

El gigantesco Cristo de piedra apareció en medio de la bruma blanca, a escasos metros de distancia, su rostro muy elevado con respecto a nosotros, y sus brazos extendidos, no para abrazar sino para ser crucificado. Luego se esfumó.

-Ah, sigan mirando -aconsejó Antonio, volviendo a señalar.

Un manto de blancura cubría el mundo, pero de repente reapareció la figura, obviamente cuando se despejaba el aire. Me dieron ganas de llorar, y lloré.

-Dios mío, ¿está Lily aquí? ¡Dime! -susurré.

-Triana -dijo Martin.

-Cualquiera puede rezar. Además, no quiero que ella esté aquí. -Retrocedí para ver mejor y de nuevo a mi Dios, puesto que una vez más las nubes se abrieron y cerraron.

-Ah, por ser un día nublado no está tan malo el pano­rama como suponía -dijo Antonio.

-No, no, está divino.

¿Crees que esto te ayudará? ¿Como cuando sacaste el rosario de abajo de la almohada la noche en que te dejé?

-¿Todavía te queda algún claustro en la mente? -Apenas si moví los labios; las palabras parecían un murmullo casi sin sentido. -¿Nada aprendiste de nuestro viaje siniestro? ¿O estás fuera de tu estado natural, como los espectros que anda­ban detrás de ti? Se suponía que yo no iba a ver tu ciudad de Río, ¿verdad? Sólo los recuerdos míos, que tú anhelabas. ¿Celo-so de que me guste tanto? ¿Qué te retiene? Tu fortaleza va disminuyendo, y no haces más que odiar...

Espero el momento final de tu humillación.

-Ah, cómo no me di cuenta.

-No reces en voz tan alta -me dijo Martin, sin enojo-. ¡Me hace acordar a mi tía Lucy, y cómo nos hacía escuchar el rosario por radio, todos los días a las seis de la tarde, quince minutos, arrodillados en el piso de madera!

Antonio se rió.

-Eso es muy católico. -Estiró un brazo y nos tocó a Martin y a mí en el hombro. -Amigos, está por llover. Si quie­ren ver el hotel antes de que se largue el agua, tenemos que volver ya mismo al funicular.

Esperamos que las nubes se despejaran una última vez, y apareció el Cristo enorme y severo.

-Si Lily está en paz, Señor, no te pido que me lo digas. -No creerás esas estupideces -dijo Martin.

Antonio estaba espantado. Obviamente no podía saber lo mucho que mis familiares cercanos me sermoneaban a diario.

-Creo que, dondequiera que ella esté ahora, no me necesita. Lo mismo creo con respecto a todos los difuntos. Martin no me escuchó.

Y una vez más apareció nuestro Cristo, con los brazos rígi­dos como si estuviera en la crucecita de la punta del rosario. Nos encaminamos de prisa al funicular.

Los guardaespaldas, recostados contra la baranda, aplas­taron sus latitas de bebida, las arrojaron a un cesto y nos siguieron.

La niebla era húmeda cuando llegamos al vehículo.

-¿Es la primera parada? -quise saber.

-Sí, imposible equivocarse. Yo ya le avisé al auto. Es un trayecto muy empinado para subir, pero no tan severo en la bajada, y podemos tomarnos nuestro tiempo, si lo desean. Después ya no va a importar si llueve, por supuesto. Lamento que el cielo no esté claro...

-Me encanta.

¿Quién usaba esa primera parada del funicular, la que quedaba junto al hotel abandonado?

Había allí una playa de estacionamiento. Alguien subía en auto, sin duda, en modelos pequeños y potentes, estacionaba ahí y tomaba el funicular hasta la cima. Pero no había ningún otro lugar allí donde guarecerse.

El amplio hotel color ocre era sólido, pero se hallaba en un abandono total.

Me quedé hechizada observándolo. Las nubes no eran tan densas ahí abajo, y pude apreciar la vista de la ciudad y el mar que esas ventanas trancadas antes dominaban.

-Ah, qué lugar...

-Sí, bueno -dijo Antonio-, ha habido planes, muchos planes, y a lo mejor... vengan, miren por el cerco. -Vi un sendero, un patio. Miré, allá arriba, los postigos de un ocre des-teñido que tapaban las ventanas, y el techo de tejas. Y pensar que yo podría... realmente podría... si lo quisiera...

Sentí un repentino impulso, algo que no había sentido en ningún otro momento de nuestros viajes: delimitar un sector de ese lugar, un hermoso retiro, para venir aquí desde Nueva Orleáns y respirar el aire de la selva. Me daba la impresión de que no había lugar más hermoso en la tierra que Río.

-Vengan -dijo Antonio.

Pasamos de largo el hotel. Una gruesa baranda de cemento impedía que cayéramos a una cañada. Pero ahora podíamos ver la gran profundidad del edificio y cómo se lo había ubicado en una saliente sobre el valle. Semejante belleza me llegaba al cora­zón. Más abajo, los bananeros bajaban y bajaban en línea recta por la ladera, como siguiendo la senda de una raíz o un manan­tial, y en derredor crecía la otra vegetación lujuriante, y los árboles oscilaban sobre nuestras cabezas. Del otro lado del camino, a nuestras espaldas, el bosque era empinado, oscuro, frondoso.

-Esto es el cielo.

Me quedé callada un momento. Lo di a entender; no tuve necesidad de pedirlo. Me bastó con el gesto. Los caballeros se alejaron fumando sus cigarrillos, conversando. Yo no los oía. Aquí no soplaba el viento como en la cumbre. Las nubes estaban bajando, pero lenta, tenuemente. Había una gran quietud y silencio, y allá abajo estaban los miles y miles de casas, edificios, torres, calles, y luego la belleza exquisita y plácida de la interminable agua azul.

Lily no estaba aquí. Lily se había marchado, tan cierta-mente como se había marchado el espíritu del Maestro, como se marchan casi todos los espíritus, el de Karl, el de mi madre, seguramente. Lily tenía cosas más importantes que hacer que acudir a mí, ya fuese para consolarme o atormentarme.

No estés tan segura.

-Cuidado con los trucos que haces -murmuré-. Yo aprendí a tocar por el dolor que me provocabas. Puedo volver a hacerlo. A mí no se me engaña con facilidad; ya debe-rías saberlo.

¡Lo que verás te hará helar la sangre, y soltarás el violín, lo dejarás caer, y me implorarás que lo tome yo! ¡Te alejarás de todos aquéllos a los que tanto admirabas! No eres apta para ello.

-No lo creo -lo contradije-. Debes recordar lo bien que conocía yo a todos, lo mucho que los quería, cuánto amé el lecho de enfermo y hasta el último detalle. Guardo sus rostros y sus formas nítidamente en mi memoria. No trates de copiar eso.

Suspiró. Hubo una sensación de despeñarse, de alejarse resbalándose que me dio escalofríos en brazos y cuello. Creo que oí un llanto.

-Stefan, trata de no aferrarte a mí ni a esto sino... Te maldigo. Maldita seas.

-Stefan, ¿por qué me elegiste a mí? ¿Las otras también eran tan amantes de la muerte, o sólo de la música?

Martin me tocó el brazo. Señaló. Desde cierta distancia, bajando por el camino, Antonio nos hacía señas.

Era una larga pendiente. Los guardaespaldas nos cus­todiaban.

La bruma ahora era muy húmeda, pero el cielo estaba despejado. A lo mejor eso es lo habitual: que la niebla se convierte en lluvia y se vuelve transparente.

En un pequeño claro vimos, algo retirada, una cosa que parecía una vieja fuente de cemento, rodeada por un círculo de bolsas de plástico azul intenso, sencillamente bolsas de mercado o de alguna farmacia. Jamás las había visto de ese color.

-Son las ofrendas que ellos hacen -dijo Antonio.

-¿Quiénes?

-Los del mogambo y el candomblé. ¿Ve? Cada bolsa contiene una ofrenda a un dios. En una hay arroz, otra tiene algo distinto, maíz quizá, ¿ve?, y forman un círculo. Ahí había velas.
Yo estaba fascinada. No obstante, no me embargó un sentido de lo sobrenatural, sino sólo de maravillarme por el ser humano, la maravilla de la fe, la maravilla de que el mismo bosque creara esa capillita verde para la extraña religión bra­sileña, tan entremezclada con los santos católicos, que nadie podría nunca desentrañar los diversos rituales.

Martin hacía las preguntas. ¿Cuánto tiempo atrás se habían reunido allí? ¿Qué hicieron?

Antonio procuraba encontrar las palabras... un ritual de purificación.

-¿Te salvaría esto a ti? -murmuré. Desde luego, le habla­ba a Stefan.

No obtuve respuesta.

Sólo yacía el bosque a nuestro alrededor, el bosque que la lluvia volvía rutilante. Apreté fuertemente mis brazos alrededor del bien cubierto violín, no fuera cosa que le entrara algo de humedad, y posé mis ojos en el viejo círculo de insólitas bolsas plásticas de un azul chillón, los restos de velas. ¿Y por qué no bolsas azules? ¿Por qué no? En la antigua Roma, ¿las lámparas del templo habían sido tan distintas de las de una vivienda común? Bolsas azules de arroz, de maíz... para los espíritus. El círculo ritual. Las velas.

-Uno se para en el medio... -explicaba Antonio bus­cando las palabras- para ser purificado.

Ningún sonido proveniente de Stefan. Ni un susurro. Miré arriba, por entre el tejido verde. La lluvia fue cubriendo mi cara en silencio.

-Ya es hora de marcharnos -dijo Martin-. Triana, tienes que dormir. Y nuestros anfitriones proyectaron venir a buscarte temprano. Parece ser que están tremendamente orgullosos de este Teatro Municipal.

-Realmente es un teatro de ópera -adujo Antonio en tono conciliatorio-, y grandioso. A mucha gente le gusta ir a visitarlo. Después del concierto habrá multitudes.

-Sí, sí, quiero ir temprano -acepté-. Está lleno de her­moso mármol, ¿no?

-Ah, ya le contaron -dijo-. Es espléndido. Regresamos con lluvia.

Antonio confesó que durante los años que llevaba hacien­do esos paseos, jamás había visto el bosque durante una lluvia, cosa que le había resultado todo un espectáculo. Yo me sentía envuelta en belleza, y ya no temía. Me parecía saber lo que pla­neaba Stefan. Cierto pensamiento, que semejaba ser un plan, iba cobrando forma.

Todo empezó en mi mente, en Viena, cuando toqué ante la gente del Hotel Imperial.

No dormí nada.

Llovía a cántaros en el mar.

Todo se puso gris, y después sombrío. Unas luces inten­sas definían las anchas divisiones del bulevar Copacabana, o la avenida Atlántica.

En una habitación de color pastel, con aire acondicionado, dormité tal vez, observando que la noche gris eléctrica cerraba las ventanas.

Durante horas estuve escrutando lo que parecía el mundo real del reloj y su tic tac, en la alcoba presidencial de la suite, mirando por entre los ojos semicerrados.

Rodeé el violín con los brazos, me acurruqué contra él estrechándolo como me estrechaba mi madre, o como hacía yo con Lily, o bien como nos apretábamos Lev y yo, o Karl y yo.

En una ocasión, movida por el pánico, casi voy al teléfono y llamo a mi marido, mi esposo legítimo al que tan estúpida-mente había renunciado. No, esto lo hará sufrir, tanto a él como a Chelsea.

Piensa en los tres hijos. Aparte, ¿de dónde saqué que Lev volvería conmigo? No tenía que abandonar a su mujer e hijos. No debía hacer eso, y yo no debía pensarlo, ni desearlo siquiera.

Karl, ven conmigo. Karl, el libro está en buenas manos. Karl, ya se terminó el trabajo. "Acuéstate, Karl. Todos los papeles ya están en orden."

Se oyó un golpe estridente.

Me desperté.

Seguramente me había quedado dormida. Del otro lado de las ventanas, el cielo estaba claro y negro.

En algún lugar de la sala o el comedor de la suite, una ventana se había abierto con el viento y golpeteaba. Era la de la sala, la que se hallaba en el centro mismo del hotel.

En medias, con el violín en mis brazos, crucé el dormi­torio a oscuras, entré en la sala y sentí el fuerte impulso del viento purificador. Miré afuera.

El cielo estaba límpido y tachonado de estrellas. La arena parecía dorada bajo los faroles eléctricos que recorrían todo el largo del bulevar.

El mar era bravío en la ancha playa.

El agua subía en incontables olas vidriosas y superpuestas, y bajo la luz, la ondulación de cada ola se volvía, por un instante, casi verde, y luego el agua se ponía negra. Después surgió ante mí la gran danza de figuras espumosas.

Miren, estaba sucediendo todo a lo largo de la playa, con cada ola.

Vi que sucedía una, dos veces, a la derecha y a la izquierda. Estudié un gran coro tras otro. Ola tras ola iba trayéndolos, y ellos subían con sus brazos estirados hacia la orilla, o hacia las estrellas, o hacia mí, imposible saberlo.

Por momentos, el tramo de la ola era tan largo y la espu­ma tan espesa, que se quebraba dando origen a ocho o nueve formas elásticas, con cabezas, brazos, cinturas que hacían reverencias antes de retroceder y que la nueva banda viniera rodando tras ellas.

-Ustedes no son las almas de los condenados ni de los salvados -dije-. Son, eso sí, muy bellas, bellas como lo eran cuando las vi en profético sueño. Como la selva de la montaña, como las nubes cruzándose delante del rostro de Dios.

"Lily, no estás aquí, mi querida, ya no estás atada a ningún lugar, ni siquiera a uno tan bello como éste. Si estuvieras aquí, yo lo sentiría, ¿no?

Me vino otra vez el pensamiento, el plan a medias, la ple­garia para repelerlo.

Acerqué un sillón y me senté junto a la ventana. El viento me echaba el pelo hacia atrás.

Las olas, una tras otra, traían a los bailarines hacia adelante, ninguno igual a otro, cada compañía de ninfas diferente, como lo eran mis conciertos, o si había algún patrón, sólo los genios de la teoría del caos lo conocían. De vez en cuando algún bailarín llegaba tan alto, que sus piernas parecían a punto de dar un salto y liberarse.

Me quedé mirando hasta la mañana.

Yo no necesito dormir antes de tocar. Estoy loca de todos modos. Ponerme más loca que de costumbre sólo podía ser­virme de ayuda.

Llegó el alba, y luego todo el tránsito rápido, la gente arremolinada en la calle, los negocios que abrían sus puertas, los ómnibus que pasaban. Había personas nadando en las olas. Me paré delante de la ventana, con la bolsa del violín colgada del hombro.

Un sonido me sobresaltó.

Me di vuelta. El corazón me dio un brinco, pero no era más que un botones que había entrado a traerme un ramo de rosas. -Señora, golpeé varias veces.

-No se preocupe; era el viento.

-Hay unos jóvenes abajo. Para ellos usted es muy impor­tante; han venido desde muy lejos para verla... perdóneme, señora.

-No; yo quiero hacerlo. Permítame las rosas, y con ellas en el brazo les hago un gesto de saludo. Cuando me vean con las flores me van a conocer, y yo los conoceré a ellos.

Me encaminé a la ventana.

El sol refulgía sobre el agua. Al instante los divisé: tres chicas delgadas y dos muchachos que escudriñaban la fachada del hotel haciéndose pantalla sobre los ojos. Luego una me vio, es decir, vio a la mujer de pelo castaño peinado con flequillo que sostenía un ramo de rosas rojas en sus brazos.

Levanté la mano y saludé repetidas veces. Ellos, por su parte, se pusieron a saltar.

-Hay una canción en portugués, una canción clásica -dijo el botones. Estaba ocupado con la heladerita contigua a la ventana, controlando las bebidas y la temperatura.

Los jóvenes, allá abajo, brincaban y tiraban besos.

Sí, besos.

Yo también lo hice.

Retrocedí, siempre tirando besos hasta que me pareció que el momento no daba para más, y dejé que se cerrara la ventana. Me di vuelta hacia el costado, con el violín semejante a una joroba en mi espalda y las flores en los brazos. El corazón me latía con fuerza.

"La canción-dijo-, fue famosa en los Estados Unidos, creo. Se llama "Rosas, rosas, rosas."


18

Era el pasillo con pisos de mosaico griego, los gruesos pergaminos de oro, el mármol marrón.

-Dios mío, esto es hermoso -comentó Ros-. Nun­ca vi un lugar así. Y tanto mármol... Mira, Triana, mármol rojo, verde, blanco...

Sonreí. Yo sabía, veía.

-¿Esto se hallaba en los claustros de tu mente? -le susurré a mi fantasma secreto-. ¿Y tu intención era que yo no lo viera?

Para los demás parecía como si yo fuera tarareando algo. No tuve respuesta. Sentí un profundo dolor por él. ¡Ay, Stefan!

Estábamos al pie de la escalera. A izquierda y derecha se hallaban las figuras con rostro de bronce. Los pasamanos eran de un mármol tan verde y claro como el mar bajo el sol de la tarde; los balaústres eran gruesos, y la escalera se bifurcaba como es habitual en los teatros de ópera. Cuando subíamos, quedaban a nuestra espalda las tres puertas de cristal con tragaluces en forma de rayos en la parte superior.

-¿Vendrá público esta noche?

-Sí, sí -respondió Mariana, la esbelta-. Se acabaron las localidades, y hay gente que está esperando. Por eso es que los hice entrar por la puerta lateral. Además, tenemos para usted una sorpresa especial.

-¿Qué puede ser más grandioso que esto? -pregunté. Juntos subimos la escalera. Katrinka de pronto se sintió apesadumbrada, y vi que sus ojos buscaban los de Ros.

-¡Qué lástima que no esté Faye aquí! -se lamentó.

-No digas eso -la amonestó Ros-. Lo único que vas a conseguir es que piense en Lily.

-Quédense tranquilas, señoras, porque no hay hora del día en que no piense en Faye y en Lily.

Katrinka se conmovió, y Martin se acercó a rodearla con un brazo para que no siguiera insistiendo, para avergonzarla un tanto, quizás, aun cuando quisiera hacer creer que la estaba consolando. Martin, el estricto.

Cuando tomamos por la escalera izquierda, vi el gran entrepiso y los tres magníficos vitrales.

La suave voz de Mariana me fue diciendo el nombre de las figuras, tal como lo había hecho en el sueño. Lucrecia, la encantadora mujer que iba a su lado, sonreía y hacía comen­tarios también acerca de cómo cada figura tenía significación para la música, la poesía o el teatro.

-Y allá, en aquella sala lejana, hay murales -dije.

-Sí, sí, y en la que está en la otra punta no deje de ver...

Me quedé inmóvil, mientras el sol entraba atravesando las figuras pintadas en vidrio, dejaba atrás esas bellezas rollizas, medio desnudas, con sus símbolos resaltados, rodeadas de guirnaldas y drapeados.

Levanté mis ojos y vi las pinturas en lo alto. Pensé que mi alma moriría en silencio, y ya nada me importaba sino únicamente lo que me importaba en el sueño; es decir, no cuándo me iba a llegar ni por qué, sino sólo saber que ese lugar existía, que alguien lo había hecho de la nada, que estaba ahí, para nosotros, con toda su magnificencia.

-¿Le gusta? -quiso saber Antonio.

-Más de lo que se puede expresar con palabras -respon­dí, suspirando-. Mire allá arriba, los medallones redondos en la pared, las caras de bronce... aquél es Beethoven.

-Sí, sí -corroboró Lucrecia, amena-, ahí están todos, los más importantes compositores de ópera... Verdi... ¿y ve a Mozart? También está el... dramaturgo...

-Goethe.

-Sí, en el bosque -musité-. En el hotel derruido, una estación más abajo del Cristo.

-Que llore -dijo Martin enojado, mirando a su mujer. Pero Katrinka estaba recuperando el ánimo.

-Esto es una maravilla -decía.

-Iba a ser el palacio de Darío.

-Miren, y en medio de todo esto, hay gente comiendo -comentó Glenn en voz baja-. Miren las mesas, hay gente tomando café con tortas.

-Tenemos que pedirnos café con tortas.

-Pero primero quiero mostrarles la sorpresa. Vengan por aquí -propuso Lucrecia.

-Yo sabía. Lo supe cuando dejamos atrás el viejo mostra­dor de madera tallada y recorrimos un pasaje. Oí las enormes máquinas.

-Éstas se usan para caldear y refrigerar el edificio. Son viejísimas.

-Qué feo olor que hay -protestó Katrinka.

Después, ya no pude oír nada. Vi los azulejos blancos; pasamos frente a unos armarios metálicos. Rodeamos las viejas máquinas con sus tornillos gigantescos y anticuados, semejantes a las máquinas de los barcos viejos. Seguimos avanzando, y en derredor la conversación era afable.

Vi el portón.

-Nuestro secreto -anunció Mariana-. ¡Un túnel sub­terráneo!

Reaccioné riéndome con júbilo.

-¿De veras? ¿Adónde conduce? -Me acerqué a la entrada. Me dolía el alma. Penumbra al fondo, del otro lado de los oxidados barrotes de hierro sobre los cuales apoyé mi mano. Luego la saqué muy sucia.

Había un brillo de agua sobre el piso de cemento.

-Al palacio. ¿Ve usted? El palacio queda cruzando la calle, y en las viejas épocas -los primeros tiempos luego de haberse construido el teatro de ópera-, podían ir y venir personas atravesando el túnel secreto.

-Pero sígame; no queremos que se canse. Mañana podemos mostrarle más. Ahora vamos, para que vean la sorpresa especial.

Risas en derredor. Katrinka se enjugó el rostro, y lanzó una mirada furibunda a Martin.

Glenn le pidió a Martin en susurros que no la molestara más. -Yo me quedo despierto la noche entera pensando dónde estará Faye -confesó Glenn-. Déjala que llore.

-No llames la atención -dijo Martin.

Le tomé la mano a Katrinka y sentí que ella me la apretaba con fuerza.

-¿Una sorpresa? -pregunté a Mariana y Lucrecia-. ¿Qué es, mis queridas?

Bajamos juntos la espléndida escalera, el cristal reluciente, el mármol lustroso, las vetas y más vetas de oro todo fusionado en un dosel de gloriosa armonía, un sitio hecho por el hombre que podía rivalizar con el mar mismo, con sus fantasmas saltarines, con el bosque mismo bajo la lluvia, donde los bananeros bajaban y bajaban por la ladera.

-Por aquí, vengan todos por aquí -nos orientó Lucre­cia-. Tenemos una sorpresa insólita.

-Sí, yo creo que sé lo que es -dijo Antonio.

-Pero no es solamente eso.

-¿Qué es? -pregunté.

-El restaurante más hermoso del mundo, y queda aquí, bajo el teatro.

Hice un gesto de afirmación, sonriente.

El palacio persa.

Tuvimos que salir para poder entrar, y de pronto nos encontramos rodeados por las cerámicas azulejadas, por las columnas, y en ellas, los toros con las patas recogidas, y Darío asesinando al león, y repisas llenas de refulgente cristal, muy parecidas a los muebles del palacio incendiado de Stefan.

-Ahora, si me permiten, quiero llorar yo -anunció Ros-. Me toca el turno a mí. Miren esa lámpara persa. Ay, quiero quedarme a vivir aquí.

Apoyé la frente contra los barrotes.

-Me fascina esto. No pienso volverme nunca -sostuvo Ros-. Nadie me va a obligar a que vuelva a casa. Triana, quiero dinero para quedarme aquí.

Glenn sonrió e hizo un gesto de negación.

-Aceptado -dije yo.

Miré hacia la oscuridad.

-¿Qué ven ahí? -pregunté.

-¡No sé! -confesó Katrinka.

-Bueno, está muy húmedo, y hay una filtración... -dijo Lucrecia.

¿Así que ninguno de ellos veía al hombre que estaba ahí tirado con los ojos abiertos, la sangre que manaba de sus muñecas, y el fantasma alto y de pelo negro que, de brazos cruzados, nos miraba ceñudo, recostado contra la pared?

¿Nadie veía eso, salvo Triana Becker?

Sigue adelante. Esta noche sube al escenario y toca con mi violín. Despliega tu sórdida brujería.

El moribundo se incorporó hasta quedar de rodillas, azo­rado, aturdido, embotado, y corría la sangre sobre el mosaico. Se puso de pie y quedó junto a su compañero, el fantasma que lo había vuelto loco, que le había sacado su música poco antes de venir a mí con esos vívidos recuerdos en su alma, este espec­tro, esta ánima fina como un papel, que rebosaba de todo esto, en forma renuente.

No. Un dejo de pánico en la palabra.

Los demás charlaban. Había tiempo de tomar café con tor­tas y descansar.

Sangre que fluía de las muñecas del difunto y chorreaba por sus pantalones cuando, trastabillando, comenzó a seguirme. Nadie más lo veía.

Miré más allá del cadáver tambaleante. Contemplé el sufrimiento atroz en el rostro de Stefan. Tan joven, tan per­dido, tan desesperado. Tan temeroso de volver a fracasar.


19

Siempre me quedaba en silencio los minutos previos al concierto. Nadie se fijaba, nadie decía una palabra. Había tanto afecto y opulencia en derredor: viejos camarines, baños de hermosos azulejos Art Déco, murales y nombres que debían ser explicados. A los demás, amablemente se los llevaba de allí.

Una sensación de sosiego descendió sobre mi persona. Estaba sentada, con el violín, en el fastuoso e increíble palacio de mármol, esperando. Oía que el inmenso teatro comenzaba a llenarse. Suave estruendo por las escaleras, murmullos que subían de volumen.

Se oyó entonces el golpeteo de mi corazón engreído y an­sioso... por tocar.

¿Y qué harás aquí? Qué puedes hacer, me dije. Después me vino de nuevo aquel pensamiento, esa imagen que tal vez podría almacenar en mi mente, encerrarla como uno encierra un misterio del rosario, para repelerlo a él -La coronación de espinas-, y nada de lo que él hiciera podría afectarme, ¿pero qué era ese amor doliente por él, ese terrible pesar, ese sufrir que él me despertaba, profundo como el que antes sentí por Lev o Karl?

Recosté la cabeza contra el sillón de pana, hice girar mi cuello sobre el respaldo, sostuve el violín dentro de su bolsa, contesté con un gesto que No ante el ofrecimiento de agua y cosas para comer.

La sala está abarrotada, informó Lucrecia.

-Hemos recibido muchas donaciones.

-Y recibirán más -le contesté-. Es un lugar magnífico; no deben permitir que se deteriore nunca. No, esta creación, no.

Glenn y Ros charlaban sin cesar, con voces apenas audi­bles, acerca de la mezcla del color tropical y lo barroco, de las sofisticadas ninfas europeas combinadas con el capricho por la variedad de piedras, de diseños y pisos de parquet.

-Me encanta su ropa -me elogió la amable Lucrecia-. Es un terciopelo muy lindo el del poncho y la falda, señora.

Le agradecí con un gesto y un murmullo.

Había llegado la hora de cruzar el inmenso y oscuro fondo del escenario, la hora de oír mis pasos sobre las tablas del piso y mirar arriba, bien arriba, adonde estaban las sogas y roldanas, los telones, las rampas, y los hombres que miraban desde lo alto, y niños, sí, hasta niños subidos allí como si los hubieran hecho entrar secretamente, y a derecha e izquierda las imponentes bambalinas de los grandes decorados de ópera. Columnas pintadas. Todo lo que uno pudiera ver, hecho en piedra, verídico, vuelto a pintar.

Entonces el mar es verde cuando la ola se riza, y la balaus­trada de mármol se asemeja al mar verde, y ahí está pintada la balaustrada verde.

Espié por el telón.

La planta baja estaba colmada, pues en cada sillón de pana roja se hallaba un ansioso ocupante. Vi programas -meras notas acerca de cómo nadie sabía lo que yo iba a tocar, ni cuándo me detendría y todo eso- que se agitaban en el aire, y alhajas que captaban la luz de la araña, y las tres grandes galerías ascendían una encima de la otra, cada una rebosante de siluetas que se afanaban por llegar a sus asientos.

Había atuendos negros de etiqueta y vestidos alegres, y en las butacas de más arriba, gente con ropa de obrero.

En los palcos, a ambos lados del escenario, se ubicaban los funcionarios que me habían sido presentados, y nunca recordaba ni un solo nombre, nunca esperaba hacer otra cosa que la que me correspondía, y que sólo yo podía hacer: Tocar música. Tocar durante una hora.

Les daría eso, y después llegarían al entrepiso hablando sobre "la erudita refinada", como me decían, o "la norteamericana ingenua", o la gordita con cara de niña envejecida prematura-mente, que usaba vestidos sueltos de terciopelo y raspaba las cuerdas como peleándose con la música que ejecutaba.

Ni el menor indicio antes de un tema. Ni el menor signo de un rumbo a tomar. Sólo ese pensamiento en mi mente, un pensamiento iniciado en algún otro lugar de la música.

Y el reconocimiento en mi fuero interno de que ese pensa­miento estaba diseminado en mi interior, las cuentas del rosario de mi vida, las astillas de muerte, culpa e ira; era el vidrio roto sobre el que me acostaba todas las noches, y me despertaba con las manos cortadas, y esos meses que llevaba interpretando música habían constituido un respiro que ningún ser humano podía suponer que duraría, que ningún ser humano tenía dere­cho a exigirle al cielo.

Fama, fortuna, destino.

Desde atrás del inmenso telón del escenario miré las caras de la primera fila.

-Y esos zapatos de pana tan puntiagudos, ¿no le hacen doler? -me preguntó Lucrecia.

-Es el peor momento para mencionar eso -dijo Martin.

-No; falta una hora -respondí.

El rugido del teatro ahogó nuestras voces.

-Dales cuarenta y cinco minutos y estarán encantados -propuso Martin-. Todo el dinero va para la fundación que dirige este lugar.

-Eh, Triana -dijo el plácido Glenn-, veo que no te fal­tan consejos.

-A mí me lo dices, hermano -respondí con una risita.

Martin no había oído. Mejor así. Katrinka en esos momentos siempre temblaba. Ros se había ubicado entre bambalinas, sentada como un cowboy a horcajadas sobre una silla, con el respaldo adelante, abriendo cómodamente las piernas enfun­dadas en pantalones negros, para poder mirar. La familia retrocedió y quedó entre las sombras.

Daba la impresión de que la calma había descendido sobre los técnicos.

Sentí la refrigeración impulsada por las máquinas del subsuelo.

Rostros muy hermosos, personas muy bellas, desde la tez más clara hasta la más oscura, con rasgos jamás vistos por mí en ninguna parte, y cuántos jóvenes, muy jóvenes, como los que habían ido a llevarme rosas.

De pronto, sin pedirle permiso a nadie, sin dar el menor aviso, sin tener una orquesta abajo a la que avisar, sin que nadie me tuviera que seguir salvo el hombre que manejaba las luces en el techo, me dirigí al centro del escenario.

Mis zapatos hacían ruido a hueco sobre las tablas pol­vorientas.

Lentamente caminé dándole tiempo al reflector para que me alumbrara.

Llegué hasta el borde mismo del escenario y miré las caras que se alineaban ante mí.

Noté que se hacía un gran silencio, como si todo ruido hubiese sido rápidamente llevado afuera.

Con algunas toses y murmullos finales, se apagó por fin todo rumor.

Me di vuelta y tomé el violín.

Asustada, vi que no me encontraba en el escenario sino en el túnel. Sentía el olor, lo veía, tenía la sensación. Y ahí esta­ban los barrotes.

Iba a ser una lucha tremenda. Incliné la cabeza contra el objeto que, según sabía, era el violín, con independencia del hechizo que me impidiera verlo, con independencia de los conjuros que me arrastraban a ese túnel inmundo.

Levanté el arco y supe lo que tenía en la mano.

¿Cosas de fantasmas? ¿Juguetes de un espíritu? ¿Cómo lo sabes?

Inicié el gran golpe hacia abajo, el estilo que para mí se había convertido en la modalidad rusa, por lejos la más melo­diosa y la que dejaba más margen para la tristeza.

Esta noche tendría que ampliarse y abarcar la marea oscura, y las notas me llegaron claras, brillantes, como si fueran monedas cayendo en la oscuridad.

Pero vi el túnel.

Por el agua, en dirección a mí, venía caminando una niña con vestido campesino y la cabeza calva.

-Estás condenado, Stefan. -No moví los labios. -Esta música te la dedico a ti, mi preciosa hija. -Mami, ayúdame.

-Toco por nosotros, Lily.

Se detuvo en el portón, apretó su carita contra los oxida-dos barrotes de hierro y los aferró con sus manitas regordetas. Hizo pucheros.

-¡Mami! -me llamó, compungida-. ¡Mami, sino fuera por él, jamás te habría encontrado! ¡Mami, te necesito!

Espíritu maligno. La música descendió como protesta y disturbio. Que salga así, que se vaya el enojo.

Esto es mentira, y tú lo sabes, espíritu idiota. No es mi hija Lily.

-¡Mami, él me trajo hasta ti! Mami, él me encontró. ¡No me hagas esto, mamá!

" ¡Mamá, mamá!

La música salía a borbotones, si bien yo miraba con ojos muy abiertos el portón que, sabía, no estaba allí, miraba una figura que no estaba allí, tan angustiosamente perfecta que me hizo sentir como si se me cortara la respiración. Puse empeño en respirar. Hice que cada acto de inhalar ocurriese junto con el golpe del arco. Toco, sí, por ti, por que estés aquí, que regreses, sí, por poder volver las páginas atrás, deshacer lo hecho.

Apareció Karl y caminó sigilosamente hasta donde estaba Lily. Le apoyó las manos en los hombros. Mi Karl, ya enflaquecido por la enfermedad.

-Triana -dijo con un susurro áspero. Ya tenía la gar­ganta resentida por los tubos de oxígeno que tanto odiaba, y que finalmente llegó a rechazar. -Triana, ¿cómo puedes ser tan cruel? Yo puedo deambular, soy hombre, ya me estaba muriendo cuando nos conocimos, pero ésta es tu hija.

¡No estás ahí! No estás, pero esta música es real. La oigo, y me parece que nunca ascendí tan alto, trepando una mon­taña que podría ser el Corcovado y mirando hacia arriba, en medio de las nubes.

Pero seguía viéndolos.

Ahora estaba mi padre al lado de Karl.

-Querida, desiste -me aconsejó-. No puedes hacerlo. Esto es macabro, pecaminoso. Triana, desiste. ¡Desiste!

-Mami. -Mi niña hacía muecas de dolor. El vestido campestre fue el último vestido que le planché, para el ataúd. Mi padre había dicho que...

No... ahora las nubes se cruzan frente al rostro del Cristo, y no importa si él es el Verbo encarnado o una estatua hecha en piedra con amor, no importa, lo que importa es la postura, los brazos extendidos, para los clavos, o para abrazar...

Asombrada, vi a mi madre. Avancé más lentamente. ¿Yo les estaba suplicando algo, les estaba hablando, creía en ellos, cedía a sus deseos?

Mi madre se acercó al portón de hierro. Su pelo oscuro estaba peinado hacia atrás como a mí me gustaba, y sus labios traían un leve toque de rouge como si ella fuese real. Pero había en sus ojos una espeluznante mirada de odio. Odio.

-¡Eres egoísta, y pérfida! -dijo-. ¿Creías que me habías engañado? ¿Piensas que no recuerdo? Aquella noche vine llorando, asustada, y tú, temerosa, te aferraste de mi marido en la oscuridad, y él me echó, y tú me oíste llorar. ¿Crees que una madre puede perdonar eso?

De pronto Lily dejó escapar un sollozo. Se dio vuelta y levantó los puños.

-¡No hagas sufrir a mi mamá!

Dios mío. Traté de cerrar los ojos, pero Stefan estaba para-do delante de mí, con sus manos en el violín.

No podía moverlo, ni tocarlo, ni hacerme equivocar una nota. Entonces seguí tocando, interpretando el caos, esta atrocidad...

Esta verdad, di más bien. Son los pecados comunes, nada más. Nadie dijo que los hubieras ultimado con un arma; no fuiste una criminal perseguida en las calles sórdidas, ni alguien que deambu­lara entre los muertos. Son los pecados comunes, y eso es lo que eres, una mujer común, sucia y mezquina, y careces de este talento que me robaste a mí, puta, basura... devuélvemelo.

Lily sollozaba. Corrió hacia él y le propinó golpes. -Basta, no molestes a mi mamá. Mamá. -Levantó sus brazos.

Por último la miré fijo a los ojos, muy fijo, y ejecuté con mi música esos ojos, con independencia de lo que ella decía, mientras oía sus voces y los veía moverse; luego levanté la mirada. No tenía sensación de tiempo sino sólo de música que cambiaba.

No vi el teatro que tan desesperadamente ansiaba ver. No veía a los grupos de fantasmas que él tan desesperadamente me presentaba. Miré en lontananza y visualicé el bosque tropical con su celestial lluvia; vi los árboles soñolientos, vi el viejo hotel, lo vi, y mi música habló de él, de las ramas que se alzaban hacia las nubes, y del Cristo con sus brazos desplegados, de las galerías del viejo hotel, de las ventanas con sus postigos amarillos manchados por la lluvia, y más lluvia y más lluvia.

Toqué acerca de todo eso, y después del mar, ah sí, el mar, no menos maravilloso, ese mar ascendente, impetuoso, resplandeciente, imposible, con sus fantasmas danzarines.

-¡Eso es lo que eres! Ay, qué pena que no seas real.

-¡Mamiii! -gritó ella. Gritaba como si alguien le estu­viera produciendo un dolor inenarrable.

-¡Triana, por el amor de Dios! -exclamó mi padre.

-Triana. -Era Karl. -Que Dios te perdone.

Ella volvió a proferir un grito. Me costaba mantener esta melodía del mar, esta convocatoria a las olas triunfantes, y la música volvió a transformarse en ira, en pérdida y enojo; ay Faye, dónde estás, cómo pudiste irte; ay papá, nos dejabas solas con mamá, pero lo que no haré... no haré... mamá...

¡Lily gritó una vez más!

Sentí que me iba a quebrar.

La música seguía surgiendo.

La imagen. Había habido un pensamiento, un pensamiento formado a medias, un pensamiento pequeño, y me vino a la mente, me vino con una visión horrenda de sangre brillosa sobre la toallita blanca tirada al lado de la estufa encendida, sangre menstrual, sangre infestada de hormigas; después, el corte que se hizo Ros en la cabeza cuando azoté la puerta, luego de romperse el rosario, y la sangre que le sacaban a papá, a Karl y a Lily, Lily que lloraba, Katrinka que lloraba, la sangre de la cabeza de mamá cuando ella se cayó, la sangre de las toallitas sucias y en los colchones cuando no se ponía un apósito y sangraba sin cesar.

Y era eso.

Uno no puede negar las maldades. ¡No puede negar la sangre que ensucia sus manos ni su conciencia! No se puede negar que la vida está llena de sangre, que el dolor es sangre, que el mal es sangre.

Pero hay sangre y sangre.

Sólo una parte de la sangre proviene de las heridas que nos infligimos nosotros mismos y nos infligimos unos a otros. La sangre mana brillosa y acusadora, y amenaza llevarse consigo la vida misma del herido, esa sangre... y cómo brilla, tan celebrada, esa sangre consagrada, la sangre de Nuestro Señor, la de los mártires, la del rostro de Ros, la sangre de mis manos, la sangre de la maldad.

Pero hay otra sangre.

Está la que fluye de un vientre de mujer. Y no es un signo de muerte sino de un vientre fértil, un río de sangre que, cuando quiere, forma con su sustancia seres humanos, una sangre viva, inocente, y eso era lo único que había en la toallita bajo un enjambre de hormigas, en medio del polvo y la mugre, esa sangre no más, que manaba sin cesar, como si proviniera de una mujer que estuviera liberando el oscuro poder secreto de hacer hijos que anida en ella, liberando el potente fluido que le per­tenece únicamente a ella.

Y ésa era la sangre que ahora fluía de mí, no la sangre de las heridas que él me había infligido, no la de sus golpes y puntapiés, no la sangre de sus dedos que me arañaban cuando intentaba recuperar el violín.

Era a esta sangre que yo le cantaba, dejando que mi música fuese esta sangre, que fluyese como ella. Era ésta la sangre que imaginaba en el cáliz elevado en la consagración, durante la misa, la sangre dulce y saludable de mujer, esta sangre inocente que, en el tiempo indicado, puede formar un receptáculo donde anidará un alma, la sangre que llevamos dentro, la sangre que hace, que crea, en flujo y reflujo, sin sacrificio ni mutilación, sin destrucción ni pérdida.

Oía ahora mi propia canción. La oía, y me daba la sensación de que, a mi alrededor, la luz había crecido y desbordado. Yo no quería luz tan intensa, y sin embargo era tan bella esa luz que ascendía hasta las vigas que, sabía, había en lo alto.

Y al abrir los ojos vi no sólo la inmensa sala con filas y más filas de caras, sino que vi a Stefan, y la luz estaba directamente detrás de él, y él estiraba los brazos hacia mí.

-¡Stefan, date vuelta! -dije--. ¡Stefan, mira!

Se volvió. Había una figura en la luz, una silueta de baja estatura y regordeta, que hacía señas impaciente a Stefan. Ven. Yo acometí la música con un último impulso.

¡Vete, Stefan! ¡Tú eres el niño perdido! ¡Stefan!

No pude tocar más.

Stefan me miraba furioso, me maldecía. Cerró los puños. Sin embargo, la cara le cambió, tuvo una transformación completa y al parecer inconsciente. De pronto me miraba con ojos grandes y asustados.

La luz de sus espaldas se esfumaba a medida que él se acercaba, una sombra oscura que seguía esfumándose cuando él llegó hasta mí, una penumbra no más sólida que las tinie­blas entre bambalinas.

La música había concluido.

Vi que el público se levantaba en masa. Otra victoria. ¿Cómo, Dios mío? ¿Cómo? Festejan este ruido que es mi única lengua.

La sala se venía abajo de los aplausos.

Otra victoria.

No había indicios ni sonidos provenientes de las ánimas artificiales.

Alguien había venido a sacarme del escenario. Miré esas caras mientras subía y bajaba la cabeza. No desilusiones, pasea la vista por toda la concurrencia, de derecha a izquierda, mira las galerías superiores y los palcos, no levantes los brazos en gesto de vanidad, limítate a inclinar la cabeza, una y otra vez, y murmura agradecimientos que ellos conozcan, gracias desde mi alma sangrante.

En un último fogonazo lo vi cerca de mí, confundido, encorvado, casi invisible, desdibujándose. Un ser desgraciado y funesto. ¿Pero qué era esa expresión de asombro en sus ojos? Después, desapareció.

Me sentí abrazada por otros una vez más, ah, qué mujer afortunada por tener manos tan amables y serviciales. Ay, sino, fortuna, fama, destino.

Stefan, podrías haberte internado dentro de la luz. ¡Tendrías que haberlo hecho!

En las bambalinas, lloré y lloré.

A nadie le resultó ni siquiera mínimamente inusitado. Las cámaras disparaban sus flashes, los periodistas escribían. En mi corazón sereno no anidaban dudas respecto de los seres perdidos... salvo Faye... y Stefan.


20

Fui al Teatro Amazonas de Manaos porque es un sitio singular, y también porque lo había visto una vez en una película. El nombre del filme era Fitzcarraldo, del director alemán Werner Herzog, ya muerto, y Lev y yo, du­rante el atroz período posterior a la muerte de Lily, habíamos pasado una noche muy serena uno con el otro en la función, sintiéndonos verdaderamente juntos.

No recordaba la trama sino sólo el teatro de ópera, y los cuentos que había oído sobre el boom del caucho y el lujo del teatro, lo fabuloso que era, aunque nada en el mundo podía compararse con el palacio de Río de Janeiro.

Además, yo tenía que dar inmediatamente otro concierto. Tenía que hacerlo, tenía que ver si regresaban los fantasmas, comprobar si todo había acabado.

Antes de partir para el estado de Amazonas hubo una pequeña polémica.

Llamó Grady y dijo que debíamos volver a Nueva Orleáns.

No nos daba el porqué, pero decía que debíamos volver, hasta que por fin Martin tomó el teléfono y, en su estilo impe­rioso, exigió saber qué nos quería decir realmente.

-Si Faye está muerta, dínoslo. No tenemos que volver a Nueva Orleáns para enterarnos de la noticia. Dilo ya.

Katrinka se estremeció.

Al cabo de un largo instante, Martin tapó el auricular. -Es tu tía Anna Belle.

-La queremos mucho -dijo Ros- y mandaremos flores. -No, no se murió. Dice que Faye la llamó.

-¿La tía Anna Belle? -se sorprendió Ros-. La tía Anna Belle habla con San Miguel Arcángel cuando se baña. Le pide que la ayude para no caerse y volverse a quebrar la cadera en la bañadera.

-Dame el teléfono -dije.

Era como me suponía. La tía, que ya había pasado los ochenta años, creía haber recibido un llamado a medianoche. No le dijeron desde qué número hablaban, ni desde dónde.

-Dice que apenas si pudo escuchar a la niña, pero que está segura de que era Faye.

¿El mensaje? Ninguno.

-Quiero volverme a casa -anunció Katrinka.

Le hice infinidad de preguntas a Grady. Una voz borrosa, supuestamente de Faye, sin contenido, origen ni información. ¿Y la cuenta del teléfono? Tenía que llegar pronto. Pero de todos modos la factura iba a venir confusa porque la tía Anna Belle había perdido su tarjeta y alguien de Birmingham (Alabama) le había cargado una cantidad de llamadas.

-Bueno, pongan allí a alguien -propuso Martin-, al lado del teléfono de la tía y del de casa, por si acaso llama Faye.

-Yo me vuelvo -insistió Katrinka.

-¿Para qué? -le pregunté-. ¿Para sentarte y esperar día tras día por si vuelve a llamar?

Mis hermanas me miraron.

-Yo antes no lo sabía -proseguí-, pero ahora sí. Estoy muy enojada con ella.

Silencio.

-... de que haya hecho esto...

-No digas cosas que luego lamentarás -me aconsejó Martin.

-A lo mejor era Faye -terció Glenn-. Yo también estoy intrigado, y con ganas de volverme a casa. No me molesta regresar a St. Charles 2524 y ponerme a esperar un llamado.

Me voy. Ustedes sigan, no más. Pero no creo estar de ánimo como para instalarme a acompañar a la tía Anna Belle. Triana, ve tú a Manaos con Martin y Ros.

-Sí, será el último sitio -dije-. Ya que hemos llegado tan lejos y me gusta tanto esta tierra... Voy a Manaos. Tengo que hacerlo.

Katrinka y Glenn se marcharon.

Martin se quedó para ocuparse del concierto benéfico en Manaos, y Ros me acompañó, y nadie se olvidó de Faye. El vuelo a Manaos duró tres horas.

El Teatro Amazonas era una joya; más pequeño, sí, que la grandiosa creación de mármol de Río, pero espléndido, y muy extraño, con las hojas de cafeto que llegaban hasta su reja, y las mismísimas butacas de pana que había visto en Fitzcarraldo, y los murales de los indios. Una conjunción de arte y tradición nativa por un lado, y por el otro, el barroco, conjunción elegida por un ser loco y audaz, el barón del cau­cho que lo construyó.

En este país daba la impresión de que todo, o casi todo, había sido hecho -tal como en Nueva Orleáns- no por una conciencia grupal, una fuerza de grupo, sino por una única personalidad demente.

Fue un concierto apasionante. No se presentaron fantas­mas. Ninguno. Y la música llevaba una dirección, y pude sentir el rumbo de su flujo más que ahogarme en él. Tenía una corriente. No me daban miedo sus colores más profundos.

En la plaza había una iglesia dedicada a San Sebastián. En su interior estuve sentada una hora mientras llovía, pensando en Karl, pensando muchas cosas, en la sensación que me había producido la música, en el hecho de que ahora podía recordar lo que había tocado, o al menos oír un eco tenue.

Al día siguiente, Ros y yo salimos a caminar por el puerto. La ciudad de Manaos era tan desenfrenada como el mismo tea­tro de ópera, y me hacía acordar al puerto de Nueva Orleáns en la década del cuarenta, cuando yo era muy chica y la ciudad un puerto de verdad, y se veían barcos como ésos en cada muelle.

Unos ferrys llevaban de vuelta a cientos de trabajadores a sus poblados. Vendedores ambulantes ofrecían objetos sacados de los bolsillos de los marineros: pilas para linternas, cintas para casetes, lapiceras. En nuestra época eran encendedores con ilustraciones de mujeres desnudas. Recordé que la peor baratija que se podía comprar en aquel entonces, junto al edificio de la aduana, era un encendedor con una calcomanía de una mujer desnuda.

No hubo ningún llamado de los Estados Unidos.

¿Era un signo ominoso? ¿O acaso bueno? ¿Significaba algo?

En Manaos, el río Negro corría ante nuestros ojos. Al volver a Río vimos cómo se unían las aguas negras y las blancas que conforman el Amazonas.

Cuando llegamos al Copacabana Palace encontramos una notita. La abrí, esperando leer alguna noticia trágica, y de pronto me sentí descompuesta del estómago.

Pero no tenía nada que ver con Faye.

Venía escrita con la vieja caligrafía del siglo XVIII, en trazos firmes.

Tengo que verte. Ven al viejo hotel. Te prometo que

no intentaré hacerte daño. Cariños, Stefan

Me quedé mirando el texto, desconcertada.

-Sube tú a la suite -le indiqué a Ros.

-¿Qué te pasa?

No había tiempo de responder. Con el violín dentro de la bolsa que llevaba colgada al hombro, tenía que bajar co­rriendo a la rotonda para alcanzar a Antonio, que acababa de traernos del aeropuerto.

Fuimos solos en el funicular, sin guardaespaldas, pero Antonio era un hombre imponente que no le temía a los ladron­zuelos, y tampoco vimos a ninguno. Antonio hizo un llamado por su celular. Uno de los custodios subiría la montaña y se encontraría con nosotros en el hotel. Llegaría en unos pocos minutos.

Yo iba en total silencio. A cada rato abría la notita y la leía. Era la letra de Stefan, su firma.

Dios santo.

Cuando llegamos a la parada del hotel -la penúltima-, nos bajamos y le pedí a Antonio que me esperara en el banco contiguo a la vía, donde se sentaban los pasajeros que aguar-daban. Le dije que no tenía miedo de estar sola en ese bosque, y que si lo necesitaba iba a dar un grito.

Fui subiendo el cerro escalón por escalón, y de pronto recordé el segundo movimiento de la Novena de Beethoven. Creo que la oía mentalmente.

Stefan se hallaba junto a la baranda de cemento que daba a la profunda cañada. Llevaba puesta su ropa negra indefinida. El viento le agitaba el pelo. Parecía vivo, sólido, un hombre disfrutando la vista, la ciudad, la jungla, el mar.

Me paré a unos tres metros de él.

-Triana -dijo. Se dio vuelta, y sólo vi en él ternura.

-Triana, mi amor. -Su rostro era tan puro como lo vi siempre.

-¿Qué truco es éste, Stefan? ¿Con qué vienes ahora? ¿Alguna fuerza maligna te ha enseñado la forma de quitarme el violín?

Lo ofendí, le asesté un golpe entre los ojos, pero él le restó importancia, y una vez más vi, sí, que se agolpaban lágrimas en sus ojos. El viento agitaba mechones de su pelo, y sus cejas se fruncieron en el momento en que inclinaba la cabeza.

-Yo también estoy llorando de nuevo -dije-. Pensé que la risa se había convertido en nuestro idioma, pero ahora veo que son las lágrimas una vez más. ¿Qué puedo hacer para parar esto?

Me hizo señas de que me acercara.

No me podía negar, y de pronto sentí su brazo alrededor de mi cuello, sólo que esta vez no hizo ademán de tomar la bolsa de pana que, suavemente, bajé del hombro.

-Stefan, ¿por qué no te fuiste? ¿No viste quién estaba ahí, haciéndote señas, esperando para guiarte?

-Sí, vi. -Se echó hacia atrás.

-Entonces, ¿qué te retiene aquí? ¿A qué se debe esta nueva vitalidad? ¿Quién deberá pagar ahora por esto con recuerdos o con pesar? ¿Qué haces, elevas tu educada voz de tenor, sin duda cultivada en Viena, tan bella como tu estilo de interpretación del violín...?

-Calla, Triana. -Era una voz humilde, serena. Sus ojos parecían sosegados, pacientes. -Triana, veo continuamente la luz. La veo siempre. La estoy viendo ahora. Pero... -Le temblaban los labios.

-Dime.

-¿Qué pasaría, Triana, si yo ahora me introdujera dentro de esa luz?

-¡Ve! ¿Acaso puede ser peor que el purgatorio que me revelaste? No lo creo. Yo la vi, sentí su tibieza. La vi.

-¿Y si, cuando me voy, el violín se va conmigo?

Un segundo demoramos en establecer la conexión, en mirarnos fijo a los ojos; luego también yo vi la luz, pero no formaba parte de nada de lo que la rodeaba. La última hora de la tarde conservaba su fulgor; el bosque, su quietud. La luz se adhería sólo a él, y su rostro volvía a cambiar, trascendía toda ira o enojo, todo dolor, incluso toda confusión.

Yo ya había tomado la decisión, después de todo, y él lo sabía.

Levanté la bolsa con el violín y el arco, estiré el brazo y se la puse en las manos.

Él levantó ambas manos para decir no, no.

-¡Tal vez no! -susurró-. Triana, tengo miedo.

-Yo también, joven Maestro. Y también yo lo tendré cuando muera -dije.

Se dio vuelta y miró a lo lejos, como adentrándose en un mundo cuya dimensión yo no podría nunca calibrar. Vi sólo una luminosidad, un brillo que se expandía, que no agredía mis ojos ni mi alma sino que me hacía sentir amor, amor pro-fundo y confianza.

-Adiós, Triana.

-Adiós, Stefan.

Desapareció la luz. Yo me quedé parada en el camino, en la selva tropical, en un sector más alto que el ruinoso hotel. Contemplé las paredes manchadas, y la ciudad de torres y chozas allá abajo, extendiéndose kilómetros de kilómetros, por sobre cerros y valles.

El violín ya no estaba más.

En mis manos quedaba la bolsa vacía.


21

No tenía sentido hacerle notar a Antonio que el violín había desaparecido. El guardaespaldas había llegado con el microómnibus.

Yo sostenía la bolsa como si adentro estuviera el instru­mento. Bajamos la montaña en silencio. El sol se filtraba por las ventanas abiertas entre las soberbias hojas verdes, arrojaba rayos santificadores sobre el camino, y el aire fresco rozaba mi cara.

Mi corazón rebosaba no sé de qué sentimiento. Amor, sí, amor y asombro, pero algo más, cierto miedo a lo que se aveci­naba, a la bolsa vacía, miedo por mí, por mis seres queridos, por todos los que ahora dependían de mí.

Unos pensamientos levemente racionales me asaltaron mientras cruzábamos velozmente Río. Casi había oscurecido cuando llegamos al hotel. Me bajé del ómnibus, saludé con la mano a mis leales ayudantes y entré, sin detenerme siquiera en conserjería para ver si había un mensaje.

Sentía un nudo en la garganta que me impedía hablar. Una sola cosa tenía que hacer: pedirle a Martin el violín que llevábamos con nosotros, el Strad corto que habíamos com­prado, o el Guarneri, y ver qué pasaba.

Oh, las cosas pequeñas y crueles de las cuales depende el destino de toda un alma, y el universo entero de dicha alma. No tenía ganas de ver a los demás. Pero tenía que ver a Martin, buscar el violín.

Cuando se abrieron las puertas del ascensor, los oí lanzar gritos, risas.

En el primer momento no supe interpretar esos sonidos. Luego crucé el pasillo y golpeé la puerta de la Suite Pre­sidencial.

-¡Abran, soy Triana!

Fue Glenn quien atendió. Estaba delirante.

-Vino ella, vino ella -clamaba..

-Querida -dijo Grady Dubosson-, la pusimos en un avión y la trajimos apenas consiguió que le sellaran el pasaporte.

La vi parada contra la pared del fondo, su cabeza pequeña, su cuerpo pequeño, Faye, menuda como una niñita. Ay, sólo Faye era así de minúscula y delicada, de proporciones perfec­tas, como si a Dios le gustara hacer duendes y niñitos pequeños tanto como le gustaba hacer cosas grandes.

Vestía jeans desteñidos y su inevitable camisa blanca característica. El pelo color cobrizo lo tenía corto. No alcan­zaba a verle las facciones a la luz del atardecer que entraba por la ventana.

Vino corriendo a mis brazos.

La estreché con fuerza. Qué diminuta era, la mitad de mi peso quizá, tan pequeña que yo podría haberla aplastado como al violín.

-¡Triana, Triana, Triana! Sabes tocar el violín. Sabes tocar. ¡Tienes el don!

La miré. No me salían las palabras. Quería expresar amor, alegría de verla, quería que de mí fluyera calidez como había fluido para Stefan en el camino del bosque. Pero por el momento, lo único que veía era su rostro pequeño y luminoso, sus ojos de un azul vivo, y pensé: Está viva, no murió, no está en una tumba, está aquí, sana y salva.

Y estamos todas juntas otra vez.

Se acercó Ros, me rodeó con sus brazos, y bajando la cabeza y el tono de voz, dijo:

-Ya sé, ya sé, tendríamos que estar enojadas, tendríamos que gritarle, pero volvió, no tiene problemas, participó de una aventura peligrosa, ¡pero volvió a su casa! Triana, Faye regresó, está aquí.

Asentí. Y esta vez, cuando abracé a Faye, le di un beso en la mejilla. Toqué su cabecita, pequeña como la de una criatura. Sentí su liviandad, su fragilidad, y también cierta fortaleza terrible en ella, una fuerza nacida del agua negra del vientre, y la casa oscura, de la madre tambaleante, del ataúd que intro­ducían en la tierra.

-Te quiero -murmuré-. Te quiero, Faye.

Se alejó haciendo pasos de baile. Cómo le gustaba bailar. En una oportunidad en que habíamos estado separadas y nos reuni­mos todas en California, se puso a bailar en círculos y daba saltos en el aire al vernos a las cuatro unidas, como estábamos ahora, y brincaba por toda la habitación. De un salto se subió a una mesita, truco que yo le había visto hacer alguna vez. Sonreía y le brillaban los ojitos, y su pelo parecía rojo a la luz de la ventana.

-Triana, toca el violín para mí. Toca, por favor. Para mí, para mí.

¿Nada de arrepentimiento? ¿Ninguna disculpa? No había violín.

-Martin, ¿por qué no buscas los otros instrumentos? Creo que el Guarneri está listo para tocar, y en el estuche hay un arco bueno.

-¿Qué pasó con el Strad largo?

-Lo devolví -confesé en un susurro-. Por favor, no me discutas ahora.

Protestando, se marchó.

Sólo entonces vi a Katrinka, deshecha, con los ojos colo­rados, sentada en el diván.

-Estoy muy contenta de que hayas vuelto -dijo, con voz torturada-. No sabes. -Cómo había sufrido Trink.

-Ella tuvo que irse. ¡Era necesario que se marchara! -explicó Glenn con su acento arrastrado, bondadoso. Miró a Ros. -Tenía que hacer lo que hizo. Lo importante es que ahora volvió.

-No hagamos nada esta noche -propuso Ros-. ¡Triana, toca para nosotros! No una de esa terribles danzas de brujas... no las soporto más.

-Qué criticona te has vuelto -dijo Martin, cerrando la puerta. Traía el Guarneri, que era lo más parecido al que yo antes tenía..

-Vamos, toca algo para nosotros, por favor -pidió Katrinka con voz débil y los ojos vidriosos pero llenos de alivio al contemplar a Faye.

Faye estaba parada sobre la mesa y me miró. Le noté cier­ta frialdad, cierta dureza, algo que le impedía decir que sentía el menor cariño por nosotras, algo que quizá nos estaba diciendo: "Mi dolor fue más grande de lo que imaginan", la misma cosa que temíamos cada vez que, temerosas, llamá­bamos a las morgues y dábamos su descripción por teléfono. A lo mejor era sólo: "Mi sufrimiento fue mayor que el de ustedes".

Pero ahí la teníamos, viva.

Tomé el nuevo violín y lo afiné enseguida. La cuerda del mi estaba muy floja. Hice girar la clavija suavemente. Este instrumento no era tan magnífico como mi Strad largo, no estaba tan bien conservado, pero le habían hecho un buen trabajo de restauración. Ajusté el arco.

¿Y si no me sale música?

Se me cerraba la garganta. Miré la ventana. En cierto sentido, sentí deseos de acercarme y ponerme a mirar el mar, alegrarme simplemente de que ella estuviera ahí, y no tener que aprender a decir que no importaba que ella se hubiera marchado, ni hablar sobre de quién había sido la culpa, ni quién había estado ciega ni a quién no le importó.

A mí me habría gustado especialmente no saber si yo sería, o no, capaz de tocar música.

Pero los acontecimientos de este tipo nunca se presentan según mi voluntad. Pensé en Stefan en el bosque.

Adiós, Triana.

Afiné el la, luego el re y por último el sol. Ahora podía hacerlo sin ayuda. De hecho, desde el principio había conse­guido obtener un tono casi perfecto.

El instrumento estaba listo. Hasta ahora me respondía bien, y evocando el primer día en que me lo mostraron y ejecutaron música para mí, recordé que tenía un sonido más grave, más voluptuoso que el Strad, un sonido un tanto parecido al de la viola grande, y quizás era incluso de mayor tamaño. Yo no conocía esos detalles respecto de este tipo de violín. El Strad había sido el objeto de mi devoción.

Faye se aproximó y me miró.

Creo que quería decirme cosas pero no pudo, como tampo­co pude yo. Y volví a pensar: Estás con vida, estás con nosotros, tenemos la oportunidad de protegerte.

-¿Quieres bailar? -le propuse.

-¡Sí! -me respondió-. ¡Toca Beethoven! ¡Toca Mozart! ¡Toca cualquier cosa!

-Algo alegre -pidió Katrinka-, tú sabes, una de esas canciones tan hermosas que conoces.

Sí, yo sabía.

Levanté el arco. Mis dedos bajaron de prisa sobre las cuerdas, el arco se deslizaba ágilmente, y se oyó la canción ale­gre, la melodía despreocupada y feliz, y salía del violín bella, abundante y jovial, tan hermosa, tan nueva a mi oído a causa del cambio de madera, que casi me pongo a bailar yo, y giraba, me inclinaba, impulsada por el instrumento, y sólo por el rabillo del ojo veía bailar a mis hermanas, Ros, Katrinka y Faye.

Seguí tocando sin cesar. Y brotaba la música.

Esa noche, cuando ellas dormían y reinaba el silencio en las habitaciones, cuando recorrían las calles las mujeres altas y esbeltas que se vendían, tomé el violín y el arco y me acerqué a la ventana del centro mismo del hotel.

Miré, allá abajo, el espectáculo de las fantásticas olas. Las vi danzar como habíamos danzado nosotros.

Toqué por ellas, con seguridad y soltura, sin temor y sin enojo, ejecuté una canción de tristeza, una canción gloriosa, de júbilo.

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