BLOOD

william hill

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sábado, 17 de abril de 2010

VIOLIN -- ANNE RICE

VIOLIN
ANNE RICE
1ªparte
_________________________________________

Violín[LT1]

Anne Rice

1ªparte

PRÓLOGO

Lo que intento hacer aquí quizá no pueda hacerse con palabras. A lo mejor sólo se lo puede hacer con música, pero yo quiero intentarlo con palabras. Quiero darle al cuento la ar­quitectura que sólo puede brindar la narrativa -el comienzo, el medio y el final-, el apasionado desarrollo de acontecimien­tos pintado en frases que reflejen fielmente su repercusión sobre el autor.

No es preciso que el lector conozca a los compositores que a menudo menciono en estas páginas -Beethoven, Mozart, Tchaikovsky-, los insólitos acordes de los violinistas melódi­cos ni la música espectral de los violines gaélicos. Mis palabras tendrían que transmitir al lector la esencia misma del sonido.

Si no lo hacen, quiere decir que hay algo que realmente no puede escribirse.

Pero puesto que es la historia que está dentro de mí, la historia que me siento obligada a desarrollar -mi vida, mi tragedia, mi triunfo y su precio-, no me queda más remedio que intentar narrarla.

Una vez que comencemos, no trate el lector de vincular los hechos de mi vida pasada y crear una cadena semejante a las cuentas de un rosario. Yo eso no lo he hecho. Las esce­nas surgen con cierto desorden, como cuentas arrojadas sueltas a la luz. Y si estuvieran unidas y formaran un rosario -y la cantidad de años que tengo es la misma que las cuentas de un rosario, o sea cincuenta y cuatro-, mi pasado no formaría un conjunto de misterios gozosos, dolorosos ni gloriosos. No hay en el extremo un crucifijo que redima esos cincuenta y cuatro años. Por eso brindo al lector los rutilantes momen­tos que importan para este relato.

Byron en un acantilado junto al precipicio, la personifica­ción meditativa y secreta del romance, cosa que él era, y muy merecidamente. Era fiel a su grandioso tipo, exquisito y pro-fundo, trágico y fascinante como una Mater Dolorosa, y terminó pagando por lo que era. Pagó.

Esto es... lo que sucedió.

Pido que no se me tome como una anciana. Hoy en día, cincuenta y cuatro años no son nada. Prefiero que me ima­ginen, si se quiere, como una mujer de uno cincuenta y cinco de estatura, rellenita, con un torso deforme que ha sido el sufrimiento de mi vida adulta, pero con cara aniñada y pelo oscuro, grueso y largo, como también muñecas y tobillos delgados. La gordura no me ha cambiado la expresión facial que tenía a los veinte años. Cuando me oculto bajo ropa amplia, parezco una campanita.

Mi rostro fue una amabilidad que tuvo Dios conmigo, pero no tan notable. Es la típica cara cuadrada germano-irlandesa, y mis ojos son grandes y castaños; el pelo, que llevo cortado recto sobre las cejas -una especie de flequillo, por así decirlo-, disimula mi peor rasgo, la frente angosta. "Qué linda cara", le dice la gente a las regordetas como yo. Bajo la carne, apenas si aparecen los huesos para embellecerme. Mis facciones son insignificantes. Si alguien que pasa a mi lado me mira, lo hace atraído por cierta agudeza de mi mirar, una inteligencia pulida y fomentada, y porque, cuando sonrío parezco, sólo por ese instante, sumamente joven.

Hoy en día no es raro ser tan juvenil a los cincuenta y cuatro, pero lo hago notar porque, cuando yo era chica, una persona que superaba el medio siglo era vieja, y actualmente no es así.

Cuando se llega a los cincuenta, a los sesenta, no importa qué edad, nos movilizamos como nos lo permite el físico -libres, fuertes, vestidos como jóvenes si así lo deseamos, informales, poniendo los pies en alto cuando nos sentamos-; somos los primeros beneficiarios de una salud sin precedentes, seres que a menudo conservan hasta el final mismo de la vida la fe en el descubrimiento.

Bueno, ésta es la heroína, si es que heroína he de ser. ¿Y el héroe? Ah, él vivió más de un siglo.

El relato comienza cuando él llegó -como el cuadro del hombre moreno y seductor pintado por una niña-, Lord


1

Llegó antes del día en que murió Karl.

Era ya entrada la tarde, y la ciudad tenía cierto aspecto soñoliento; el tránsito pasaba, rumoroso como de costumbre, por la avenida St. Charles, y las lajas se hallaban cubiertas de hojas de magnolia pues yo no había salido a barrerlas. Lo vi venir caminando por la avenida; cuando llegó a mi esquina, no cruzó la calle Tres sino que se detuvo en el puesto del florista, dio vuelta la cabeza y me miró.

Yo estaba detrás de las cortinas de la ventana del frente. Mi casa tiene muchas ventanas largas como ésa, y porches de generosas dimensiones. Me hallaba simplemente parada allí, observando la avenida, sus coches y su gente, sin ninguna razón en especial, como he hecho toda la vida.

No es muy fácil divisarme tras las cortinas. La esquina tiene mucho movimiento, y el encaje, si bien está roto, es grueso porque el mundo siempre está allí, girando por derecho propio alrededor de uno.

No traía un violín visible en aquel entonces, sino apenas una mochila colgada del hombro. Se quedó ahí, no más, mirando la casa, y giró como si hubiera llegado al final de su caminata y quisiera regresar lentamente, a pie, tal como había llegado. Una persona más de las que paseaban de tarde por la avenida.

Era alto y muy delgado, pero no carente de atractivo. El pelo negro, del largo típico en los roqueros, no estaba muy prolijo. Llevaba dos trenzas atadas atrás para mantener el pelo retirado de la cara, y recuerdo que me gustó la forma en que le caían sobre la espalda cuando dio vuelta la cabeza. Por la misma razón recuerdo también su abrigo, un abrigo negro viejo y sucio, como si su dueño se hubiese quedado dormido en algún lugar polvoriento. Esto lo recuerdo debido al pelo negro brilloso, y a la forma en que terminaba, irregular, lar­go, bello.

Tenía ojos oscuros (hasta ahí alcanzaba a distinguir desde la distancia que me separaba de la esquina), el tipo de ojos profundos, esculpidos bajo unas cejas arqueadas que le dan cierto aire reservado, hasta que uno se acerca y nota la calidez que ellos transmiten.

Era delgaducho pero no desgarbado. Me miró y miró luego la casa. Después se marchó con pasos serenos, dema­siado parejos quizá. Pero, ¿qué sabía yo en esa época sobre fantasmas o sobre la forma en que suelen caminar los fan­tasmas cuando se corporifican?

No regresó sino hasta dos noches después de morir Karl. Yo no le había contado a nadie que Karl había muerto, y el contestador automático mentía por mí.

Esos dos días fueron solamente míos.

Las primeras horas posteriores a su partida -es decir, cuando estuvo muerto de verdad, con la sangre que le chorreaba hasta los pies, cuando la cara y las extremidades se le ponían muy blancas- sentí un gran alborozo como uno suele sentir luego de una muerte, y bailé al compás de Mozart.

Mozart fue siempre mi guardián feliz, el Pequeño Genio le decía yo, el maestro de su coro de ángeles; pero Beethoven es el maestro de mi corazón recóndito, el capitán de mi vida quebrantada y de todos mis fracasos.

Esa primera noche en que Karl llevaba apenas cinco horas de muerto, después de que cambié las sábanas, que le limpié el cuerpo y le coloqué las manos a los costados, ya no pude escuchar más los ángeles de Mozart. Que Karl se reuniera con ellos, por favor, después de tanto sufrir. Y el libro que Karl había compilado, que estaba casi concluido aunque no del todo... con sus páginas e ilustraciones des­parramadas sobre su mesa, que esperara. ¡Cuánto dolor!

Me volví hacia mi Beethoven.

Me tendí en el piso de la sala de la planta baja, la habi­tación de la esquina, donde la luz de la avenida entra por el frente y por el lado, y puse la Novena de Beethoven. Escuché la parte de la tortura, el segundo movimiento. Mozart no podía transportarme, sacarme de la muerte; era una hora de dolor, y Beethoven lo sabía, y el segundo movimiento de la sinfonía lo sabía.

Con independencia de quién muera o cuándo muera, el Segundo Movimiento de la Novena sinfonía sigue su curso.

Cuando era niña, me encantaba el último movimiento de la Novena sinfonía de Beethoven, como le sucede a todo el mundo. Me gustaba el coro que cantaba el "Himno a la alegría". No sé cuántas veces lo he visto -aquí, una vez en Viena, varias veces en San Francisco- durante los fríos años en que estuve lejos de mi ciudad.

Pero en estos últimos años, incluso antes de conocer a Karl, lo que sentí verdaderamente mío fue el segundo mo­vimiento.

Es como si fuera una música caminante, la música de alguien que trepa obstinada, casi vengativamente la montaña. Sigue y sigue sin cesar, como si la persona no dejara de caminar. Luego llega a un sitio silencioso, semejante a los bosques de Viena, y de pronto esa persona se siente jadear, exultante, como si tuviera una vista de la ciudad que quiere, y me hiciera levantar los brazos y bailar en círculo. Se oye ahí el corno francés, que siempre nos hace pensar en bosques, valles y pastores, y uno siente la paz y la quietud de los bosques, y la meseta de felicidad de esa persona, pero después...

... después vienen los tambores, y se reanuda el ascenso, el andar decidido, el caminar sin pausa.

Se puede, si uno quiere, bailar con esa música, mecerse desde la cintura, y yo lo hago, me echo hacia adelante y hacia atrás como loca, como cuando uno se marea, dejo caer mi pelo a diestra y siniestra. Se puede dar vueltas y vueltas por la habitación, formando con la marcha un sombrío círculo, con los puños apretados, cada vez más rápido, y de vez en cuando rotar, y proseguir caminando. Uno puede sacudir la cabeza hacia arriba y abajo, dejar que el pelo se levante y vuel­va a caer, oscuro, sobre los ojos, hasta que desaparece y nos permite ver de nuevo el techo.

Es una música implacable. Esta persona no se va a dar por vencida. Avanza, sube, ahora no importa... bosques, árboles, no importa. Lo único que importa es que uno camina... y cuando vuelve a haber un poquito de felicidad -la felicidad dulce y jubilosa de la meseta- se la experimenta en los pasos de la marcha. Porque es imposible detenerse.

Hasta que ella se detiene.

Y eso ocurre al concluir el segundo movimiento. Y yo puedo rodar sobre el piso, y volver a apretar el botón, y agachar la cabeza, y dejar que continúe el movimiento, independiente de todo lo demás, incluso de las grandiosas y magníficas afirmaciones que Beethoven al parecer quiso hacernos, en el sentido de que algún día todo sería compren­dido, y que esta vida bien lo valía.

Esa noche, la noche después de morir Karl, estuve escuchando el segundo movimiento hasta entrada la ma­ñana, hasta que la habitación quedó iluminada por el sol y el piso de parquet refulgía. Y el sol entraba en grandes haces por los agujeros de la cortina. Y arriba, el techo, habiendo perdido los faros del tránsito de la larga noche, se volvió de un blanco liso, como una página nueva en la que aún no se ha escrito nada.

En una oportunidad, escuché la sinfonía entera al mediodía. La tarde estaba vacía, apenas con los autos de afuera, los interminables autos que pasaban raudamente por la avenida St. Charles, demasiados para sus angostos ca­rriles, demasiado de prisa para sus viejos robles y sus faroles de formas delicadas, autos que, con su extraño estruendo, ahogaban hasta el runrún bello y regular del viejo tranvía. Una campanada, un traqueteo, un ruido que tendría que haber sido un estrépito, y supongo que en algún momento lo fue, aunque no recuerdo que nunca en mi vida -que ya ha pasado el medio siglo- la avenida haya estado realmente silenciosa, salvo en las horas de la madrugada. Ese día me quedé tendida en silencio porque no me podía mover. No podía hacer nada. Sólo cuando volvió a oscurecer subí a la planta alta. Las sábanas todavía estaban limpias; el cadáver estaba rígido. Yo sabía que era el rigor monis. La cara no le había cambiado mucho; yo se la había atado dándole varias vueltas con un trapo blanco para mantenerle cerrada la boca, y le cerré yo misma los ojos también. Y si bien permanecí allí, acurrucada a su lado, la noche entera, apoyando mi mano sobre su pecho frío, no era lo mismo que cuando él era blandito.

La blandura, un aflojarse de todo el cuerpo, regresó a media mañana. Las sábanas quedaron inmundas, olorosas, pero yo no tenía intención de reconocerlas. Luego me resultó fácil levantarle los brazos e higienizarlo una vez más. Cambié todo como lo haría una enfermera, dando vuelta el cuerpo hacia un lado para poner la sábana limpia, y luego hacia el otro para terminar de calzarla.

Estaba blanco y demacrado, pero de nuevo maleable. Y aunque la piel se le hundía, se retiraba de las facciones de su rostro, seguían siendo sus facciones, las de mi querido Karl, y alcancé a ver que no se habían modificado las pequeñas arrugas de sus labios ni las puntitas descoloridas de sus pestañas cuando les daba el sol.

La habitación de la planta alta, la que da al oeste, era donde él quería que durmiéramos, y donde murió, porque el sol entra allí hasta tarde por las ventanitas del altillo.

Esta inmensa casa es un chalet, esta inmensa casa con seis columnas corintias y rejas negras de hierro fundido. En realidad no es más que un chalet, con grandes espacios en un piso, y dormitorios pequeños que se hicieron aprovechando el altillo, antes cavernoso. Cuando yo era niña no era más que un ático que tenía siempre un bello olor a madera y ático. Los dormitorios se hicieron cuando llegaron mis hermanas pequeñas.

Este pequeño cuarto del ala oeste era muy lindo. Karl había tenido razón en elegirlo, en adornarlo tan profusamente, en arreglar todo. Le había resultado muy fácil.

Yo nunca supe dónde guardaba el dinero, cuánto era ni qué fin habría de tener después. Nos habíamos casado ape­nas unos pocos años antes, y no me pareció una pregunta adecuada para formular. Yo ya era vieja para tener hijos, pero él me daba todo con generosidad, todo lo que se me ocurría. Así era él.

Pasaba los días trabajando en sus cuadros y comentarios sobre un santo que despertaba su imaginación: San Sebastián. Tenía la esperanza de poder terminar su libro antes de morir, y casi lo logra. Lo único que quedaba eran tareas académicas. Ya me pondría a pensar en eso después.

Llamaría a Lev y le pediría consejo. Lev había sido mi primer marido, un profesor universitario. Él me ayudaría.

Largo rato permanecí tendida junto a Karl, y al caer la noche me dije: "Bueno, ya lleva dos días muerto y seguramente has infringido la ley".

¿Pero qué importa? ¿Qué me pueden hacer? Ellos saben de qué murió, saben que tenía sida y que no le quedaban esperanzas, y cuando vengan destruirán todo. Se llevarán el cadáver y lo incinerarán.

Creo que ésa fue la principal razón por la que lo conservé tanto tiempo. No me daban miedo los fluidos ni nada por el estilo, y él además había tenido mucho cuidado durante los meses finales, hasta el punto de que pedía mascarillas y guantes. Incluso en medio de la inmundicia que lo rodeaba después de muerto me quedé ahí acostada, envuelta en mi bata de terciopelo, mientras mi piel sana me encerraba, me salvaba de cualquier virus que pudiera haber quedado a su alrededor.

Los momentos eróticos los teníamos con las manos, piel contra piel, todo lo que pudiera lavarse... nunca la temida unión.

El sida jamás había entrado en mi cuerpo. Y sólo ahora, transcurridos dos días, cuando pensé que debía llamarlos, que debía avisar, sólo ahora me daba cuenta de que deseaba que me hubiese entrado, o al menos eso creía.

¡Es muy fácil desear la muerte cuando uno está totalmente sano! Es muy fácil enamorarse de la muerte, y yo lo he estado toda mi vida, y he visto cómo sus más fieles adoradores aflojan al final, cómo piden a gritos poder vivir, como si todos los velos oscuros, los lirios y el olor a velas, como si las grandiosas promesas de la tumba no significaran nada.

Yo sabía eso, pero siempre deseé morir. Era una forma de seguir viviendo.

Llegó el atardecer. Miré un rato por la ventanita y vi que se encendían los faroles de la calle, que se encendían las luces de la florería coincidiendo con el momento en que se cerraban sus puertas al público.

Vi las lajas más cubiertas que nunca con hojas de magnolia. Vi en qué pésimo estado se hallaban los ladrillos laterales del cerco, que debía hacer arreglar para que nadie se cayera sobre ellos. Vi los robles cubiertos con una pátina de polvillo proveniente de los autos que pasaban.

Pensé: bueno, despídete con un beso. Sabes lo que viene después. El ahora está blando, pero después viene la podre­dumbre, y un olor que no debe tener nada que ver con él.

Me agaché y le di un beso en los labios. Lo besé una y otra vez -compañera suya de apenas unos pocos años, y de un deterioro consideradamente veloz-, lo besé, y pese a que

Hasta me parecía un buen momento para el Pequeño Genio, Mozart quizás, el resplandor intenso de ángeles dedicados a charlar, a reír, a hacer piruetas en la luz celestial. Yo quería... Pero no me moví... durante horas. Oía a Mozart en mi mente; oía el ímpetu de su violín. Siempre era el violín, el violín sobre todo, lo que más me gustaba.

De tanto en tanto oía a Beethoven, la felicidad más firme de su inigualable Concierto para violín que hacía tanto tiempo me había aprendido de memoria, es decir las suaves melodías de los solos. Pero no se oyó música alguna en la casa donde yo yacía tendida, con el muerto en la planta alta. El piso estaba frío. Estábamos en primavera, y el tiempo esos días variaba entre muy cálido y frío invernal. Y pensé: "Bueno, está refrescando, y eso viene bien para conservar el cadáver, ¿no?".

Alguien golpeó; después se fue. El tránsito llegó a su pico máximo. Después vino el silencio. El contestador automático decía mentira tras mentira. Clic, clic, clic y clic.

Luego me quedé dormida, quizá por primera vez. Y tuve el más hermoso de los sueños, deseaba volver a la cama, bajé y comí rebanadas de pan blanco sacadas del paquete, y bebí una gaseosa dietética, caliente, de la caja que había en el suelo, por pura indife­rencia, o más bien por la certeza de que el placer en cualquier forma estaba vedado.

Música. Podía intentarlo nuevamente. Una sola noche más para escuchar mis discos yo sola antes de que llegaran ellos a los gritos. Antes de que su madre dijera, entre sollozos, hablando por teléfono desde Londres: "¡Gracias a Dios que nació el bebé! ¡Esperó hasta que naciera el bebito de su hermana!".

Yo sabía que eso era exactamente lo que iba a decir, y supongo que era cierto; Karl había esperado que naciera el bebé, pero no lo suficiente como para que la hermana volviera a su casa. Ésa era la parte que haría gritar a la madre más de lo que yo estaba dispuesta a soportar. Una vieja bondadosa. ¿A la cabecera de qué cama vas, a la de tu hija, que da a luz en Londres, o a la de tu hijo moribundo?

La casa estaba llena de basura por todas partes.

Ah, qué licencia me había tomado. Las enfermeras en realidad no querían venir los últimos días. Algunas santas se quedan con los moribundos hasta el último momento, pero en este caso estaba yo, y no hacían falta santas.

Todos los días, mis viejos asistentes, Althea y Lacomb, habían venido a golpear, pero yo no cambié la nota de la puerta: "Todo está bien. Deje un mensaje".

Por eso la casa estaba llena de residuos, migas de galle­titas y latas vacías, tierra y hasta hojas, como si en alguna parte hubiera una ventana abierta, probablemente en el dormitorio principal que nunca usábamos, y el viento hubie­ra hecho entrar las hojas depositándolas sobre la alfombra color naranja.

Me dirigí al cuarto de adelante y me acosté. Me dieron ganas de estirar el brazo, apretar el botón y poner de nuevo el segundo movimiento, ganas de que Beethoven estuviera solo conmigo, capitán de este dolor. Pero no fui capaz de hacerlo.

2

Soñé con el mar bajo la luz plena del sol, pero era un mar como jamás he visto. La tierra parecía una inmensa cuna dentro de la cual se movían las olas, como lo hacen en Waikiki o a lo largo de la costa sur de San Francisco. Es decir, yo alcanzaba a ver los distantes brazos de tierra a derecha e izquierda que se estiraban, desesperados, para contener esa agua.

Pero qué mar feroz y rutilante era, bajo qué sol inmenso y puro, aunque al sol mismo no alcanzaba a verlo, sino sólo su luz. Las grandes olas llegaban rodando, encrespadas, llenas de luz durante un instante antes de romper; después, cada una realizaba una danza -una danza, sí- que yo jamás había visto.

Cada ola que moría producía una gran espuma, pero esa espuma se dividía en inmensos picos hasta siete u ocho por ola, y tenían más bien aspecto de personas, personas hechas de brillosas burbujas de espuma, que tendían los brazos hacia la tierra firme, hacia la playa, hacia el sol quizá.

En el sueño, yo miraba el mar una y otra vez. Me daba cuenta de que lo observaba desde una ventana. Maravillada, trataba de contar las figuras danzarinas antes de que murie­ran inevitablemente, perpleja de ver lo bien que se formaban con la espuma, con sus cabezas que hacían gestos de asen­timiento, sus brazos desesperados, y después cómo caían como si el aire les hubiese asestado un golpe mortal, cómo se arrastraban y volvían de nuevo en la verde onda encres­pada, con toda una exhibición nueva de gráciles movimientos implorantes.

Personas de espuma, fantasmas salidos del mar...eso era lo que me parecían, y a lo largo de la playa, hasta donde alcan­zaba a ver desde el refugio de mi ventana, las olas hacían todas lo mismo; se encrespaban, verdes y brillantes, rompían, se transformaban en figuras suplicantes, algunas haciéndose movimientos de cabeza unas a otras, otras haciéndolo hacia el costado y volviendo luego a confundirse dentro del gran océano impetuoso.

Mares he visto, pero nunca uno cuyas olas formaran baila­rines. Y cuando se ponía el sol, una luz artificial inundaba la arena, los bailarines se quedaban inmóviles, con la cabeza en alto, erguidos, sacudiendo implorantes los brazos en dirección a la costa.

Ah, esos seres espumosos me parecían muy semejantes a fantasmas, a espíritus demasiado débiles como para adquirir forma en el mundo concreto, pero con fuerza suficiente como para cubrir, un instante, la espuma indómita que se desinte­graba y obligarla a tomar forma humana antes de que la naturaleza se la llevara de vuelta.

Cómo me encantaba. Me quedaba toda la noche mirando, o al menos eso me decía el sueño, de la manera en que lo dicen los sueños. Después me veía yo, y ya era de día. El mundo estaba en movimiento, pero el mar seguía siendo tan inmenso y tan azul que de sólo mirarlo por poco me daban ganas de llorar.

¡Me veía a mí misma en la ventana! ¡En mis sueños, casi nunca tengo tal perspectiva! Pero ahí estaba yo, y me recono­cía a mí misma, con mi misma cara cuadrada, el pelo negro con flequillo cortado derecho, y lo demás que me caía recto, largo. Me hallaba de pie ante una ventana cuadrada de una fachada blanca de algo que parecía un edificio magnífico. Veía mis propios rasgos, pequeños, indefinidos, con una sonrisa, rasgos comunes, poco interesantes, carentes por completo de peligro o desafío, mi rostro con flequillo largo casi hasta las pestañas, y mis labios de fácil sonrisa. Tengo una cara que vive en sus sonrisas. E incluso en el sueño, pensé: "Ah, Triana, seguramente eres muy feliz. Pero en realidad nunca costó mucho hacerme sonreír. ¡Conozco íntimamente el sufrimiento y la felicidad!".

Todo eso lo pensaba en el sueño. Pensé en las dos cosas, en el sufrimiento y la felicidad, y me sentía dichosa. En el sueño veía que sostenía en mi brazo izquierdo un enorme ramo de rosas rojas, y con el derecho saludaba a gente que se hallaba en un nivel más bajo.

Pero dónde será esto, me dije, acercándome cada vez más al filo del despertar. Nunca duermo mucho tiempo, nunca duermo profundo. La temida sospecha ya se había dado a conocer. ¡Esto es un sueño, Triana! No estás ahí. No estás en un sitio cálido, frente a un anchuroso mar. No tienes rosas.

Pero el sueño no se interrumpía, no se esfumaba ni demostraba el menor error.

Yo me seguía viendo en la ventana, saludando, sonriendo, sosteniendo el enorme ramo de flores, y después me daba cuenta de que estaba saludando a muchachos y chicas jóvenes que se hallaban en la acera, allá abajo -niños altos, muchachos de veinticinco años o menos, nada más-, chicos, no más, y me daba cuenta de que eran ellos quienes me habían enviado las rosas. Sentía un gran afecto por ellos. Los salu­daba sin cesar, y ellos, en su exuberancia, daban saltos y más saltos, y yo les tiraba besos.

Beso tras beso arrojaba con los dedos de la mano derecha a esos admiradores, al tiempo que a sus espaldas refulgía el inmenso mar azul y caía la noche, nítida y repentina; y detrás de esos jóvenes que danzaban sobre la acera de diseño blanco y negro, bailó también el mar una vez más, produ­ciendo infinitas figuras que se elevaban de las olas espumosas, y todo me parecía un mundo tan real que no acertaba a calificarlo de apenas un sueño.

"Esto te está sucediendo de veras, Triana. Estás ahí."

Traté de razonar con sensatez. Conocía los trucos hipno­lógicos que suelen hacer los sueños; conocía los demonios con que uno se enfrenta cara a cara en las márgenes mismas del dor­mir. Lo sabía, y me di vuelta, y traté de ver la habitación donde me hallaba. "¿Dónde queda esto? ¿Cómo pude imaginarlo?"

Pero sólo vi el mar. La noche era negra, con estrellas. El delirio de los fantasmas de espuma se extendía hasta donde llegaba mi vista.

Oh, almas perdidas -entoné en voz alta-, ¿son más felices ahora que en la vida, que produce tantos sinsabores y sufrimientos? Los fantasmas no me respondieron; se limitaron a tender los brazos, pero eran arrastrados de vuelta al interior del agua deslumbrante.

Me desperté. Con cuánta nitidez.

Karl me dijo al oído:

-¡Así no! No entiendes. ¡No lo hagas más!

Me incorporé. Me impresionó tremendamente haber recordado su voz, haberla imaginado tan cerca de mí. Pero no me resultó desagradable. No había en mí el menor miedo.

Me hallaba sola, en la sucia habitación del frente. Los faros de los autos dibujaban encaje por todo el techo. En el cuadro de San Sebastián que había sobre la chimenea, la aureola dorada brillaba. La casa crujía, y el tránsito pasaba produciendo un rumor sordo.

"Estás aquí. ¡Y fue un sueño muy vívido, y Karl estaba a mi lado!"

Por primera vez capté cierto aroma en el aire. Sentada de piernas cruzadas en el piso, inundada aún por el sueño y por el tono estricto de la voz de Karl -" ¡Así no! No entiendes. ¡No lo hagas más!"-, inundada por sus palabras, percibí en la casa el olor que me indicaba que su cuerpo había empe­zado a descomponerse.

Conocía ese olor. Todos lo conocemos, aun cuando no hayamos estado nunca en una morgue o un campo de batalla. Lo conocemos cuando muere una laucha y no la podemos encontrar.

Percibí, entonces, el olor... que, aunque tenue, inundaba la casa entera, sus inmensas puertas trabajadas, inundaba inclu­so esa sala donde San Sebastián miraba ceñudo desde su marco dorado, y la cajita de música descansaba a escasos centímetros. Y una vez más el teléfono hacía su clic, dejaba pasar tiempo para la mentira, clic otra vez. Un mensaje, quizá.

Pero lo importante, Triana, es que lo soñaste. Y ese olor resultaba insoportable. No, eso no, porque ése no era Karl, ese hedor espantoso no era suyo. Ése no era Karl; era apenas un cadáver.

Pensé que debía moverme. Luego algo me dejó paralizada. Era música, pero no provenía de mis discos desparramados por el piso ni tampoco era una música que yo conociera, pero sí conocía el instrumento.

Sólo un violín puede cantar así, sólo un violín puede gemir y llorar en la noche de esa manera. Oh, cómo ansiaba en mi infancia poder producir yo un sonido semejante con un violín.

Había alguien tocando el violín. Alcanzaba a oírlo. Oía la música elevarse y sobresalir contra el telón de fondo de los sonidos de la avenida. La oía, desesperada y conmovedora, como guiada por Tchaikovsky. Oía una seguidilla de notas ejecutadas con maestría, tan rápidas y diestras que parecían mágicas.

Me puse de pie y fui hasta la ventana de la esquina.

Él estaba allí. Me refiero al alto, con su pelo de músico de rock y el abrigo sucio. El mismo que había visto antes. Se hallaba en mi lado de la esquina, en la acera rota de ladrillos junto a mi verja de hierro, y al mirarlo desde arriba vi que estaba tocando el violín. Solté la cortina. La música me daba ganas de llorar.

Pensé: esto me va a hacer morir. Moriré de muerte, del hedor que hay en esta casa, de la belleza prístina de esta música.

¿Por qué había aparecido? ¿Por qué a mí? Y nada menos que tocando el violín, que tanto me encantaba, que tanto había deseado aprender siendo chica, ¿pero quién no ama el violín? ¿Por qué tuvo que venir y ponerse a tocar justo bajo mi ventana?

¡Ah, querida, estás soñando! Es la trampa hipnótica más profunda y también la peor. Sigues soñando. Todavía no te despertaste. Regresa y mira dónde estás. Estás... tendida en el piso. Mírate.

-¡Triana!

Giré en redondo.

Karl se hallaba en la puerta. Traía la cabeza envuelta en el lienzo blanco, pero su rostro tenía una blancura de piedra, y su cuerpo era casi un esqueleto enfundado en el pijama de seda negra que yo le había puesto.

-¡No, no lo hagas! -exclamó.

Se elevó la voz del violín. El arco se abatió sobre las cuerdas bajas, el re y el sol, produciendo ese latido doliente y sentimental que es casi una disonancia, y que en ese momento se convirtió en la expresión viva de mi deses­peración.

-Ah, Karl -clamé. Seguramente lo hice.

Pero Karl no estaba. No estaba ahí. El violín siguió tocando, sin cesar, y cuando me di vuelta y miré, volví a ver a Karl con su pelo negro brilloso, sus hombros anchos, y el violín, sedoso y marrón bajo la luz de la calle, en el momento en que él bajaba el arco con tal violencia que me hizo sentir escalofríos por la espalda y los brazos.

-¡No te detengas, no te detengas! -le imploré.

Se balanceaba como enloquecido, solo en la esquina, bajo el resplandor rojo de las luces del florista, bajo la luz apagada del farol curvo de la calle, bajo la sombra de las ramas de la magnolia que se enredaban sobre los ladrillos.

Siguió tocando, y transmitiendo amor y pesar, y todas las cosas de este mundo en las que yo más deseaba creer, y seguía tocando. Eché a llorar.

Una vez más sentí el mal olor.

Estaba despierta; tenía que estar despierta. Golpeé el vidrio, pero no con fuerza suficiente como para quebrarlo. Miré al hombre.

Se volvió hacia mí, con el arco ya ubicado, y luego, mirándome directamente, por sobre el cerco, interpretó una canción más suave, con tal delicadeza que los autos que pasaban por poco ahogaban el sonido.

Un ruido fuerte me sobresaltó. Alguien golpeaba la puerta del fondo, y lo hacía con tantos bríos que podía romper el vidrio.

Me quedé inmóvil, sin deseos de irme de allí, pero sabiendo que cuando alguien golpea así, tarde o temprano va a entrar; y alguien se había dado cuenta de que Karl estaba muerto, seguramente, y eso me obligaba a ir y hablar con cordura. No había tiempo para música.

¿Que no había tiempo para eso? El hombre produjo notas bajas, quejumbrosas, luego intensas, y por último altas y estridentes con las cuerdas.

Me retiré de la ventana.

Había una silueta en la habitación, pero no era Karl sino una mujer. Entró desde el vestíbulo y la reconocí. Era mi vecina, la señorita Nanny Hardy.

-Triana, querida, ¿ese hombre la está molestando? -se interesó, y enfiló hacia la ventana.

La sentí totalmente fuera de esa canción. A ella la co­nocía con otra parte de mi cerebro, porque el resto de mi persona se movía con él, y de pronto tomé conciencia de que él era real.

Ella acababa de demostrármelo.

"Triana, hace dos días que no contesta el timbre. Hoy empujé fuerte la puerta. Me tenían preocupada, Triana.

Usted y Karl. Dígame si quiere que haga marcharse a ese hombre antipático. ¿Quién se cree que es? Mírelo. Se instala frente a la casa, y escuche cómo toca el violín a esta hora de la noche. ¿No sabe que hay un enfermo en esta casa...?

Pero las palabras eran apenas sonidos pequeñísimos, minúsculas piedras que caían de la mano de alguien. La música proseguía, dulce, recatada, y remataba en un compa­sivo final. Conozco tu dolor, lo conozco. Pero la locura no es para ti; nunca lo fue. Eres la única persona que nunca pierde la razón.

Posé mis ojos en él y luego en la señorita Hardy, que estaba de camisón. Había venido en chinelas, cosa rara en una mujer tan correcta. Me miró. Paseó sus ojos por la habitación, circunspecta y gentil, como lo hace la gente distinguida, pero seguramente vio desparramados los discos y las latitas de gaseosa, el bollo con la envoltura del pan, las cartas sin abrir.

Sin embargo no fue eso lo que le cambió el rostro cuando volvió a contemplarme. Algo la había tomado de sorpresa, algo desagradable.

Había percibido el olor. El cadáver de Karl.

La música se interrumpió. Me di vuelta.

-¡No deje que se vaya! -dije.

Pero el hombre alto y delgado, de pelo negro lustroso, ya se alejaba llevando en la mano el violín y el arco, y al cruzar la calle Tres, se dio vuelta para mirarme y se detuvo en el puesto del florista, y me saludó con la mano, y con mucho cuidado, sosteniendo el arco en la mano izquierda, junto al mango del violín, levantó la derecha y me tiró un beso, premeditado y cariñoso.

Me tiró un beso como hacían esos jóvenes en mi sueño, los chicos que me habían llevado las rosas.

Rosas, rosas, rosas... Casi oí alguien que pronunciaba esas palabras, pero en una lengua extranjera, y casi me río al pensar que una rosa, en cualquier otra lengua, sigue siendo una rosa.

-Triana -dijo muy suavemente la señorita Hardy, estirando una mano para tocarme el hombro-, permítame llamar a alguien.

-En realidad no fue un pedido.

-Sí, tengo que llamar.

Me retiré el flequillo de los ojos. Parpadeé, tratando de reci­bir más luz de la calle y verla mejor, muy prolija, con su camisón floreado.

-Es el olor, ¿no? Usted también lo siente.

Asintió muy despacio.

-¡Cómo se atrevió la madre de él a dejarla aquí sola!

-Porque nació un bebé, señorita Hardy, en Londres, hace unos días. Todo eso puede escucharlo en el contestador; está el mensaje grabado. Yo insistí para que la madre se fuera. Ella no quería dejar a Karl. Y claro, nadie puede saber con exactitud cuándo se va a morir un moribundo, ni cuándo va a nacer un bebé, y además era el primer hijo de la hermana de Karl, y Karl le dijo que se fuera, y yo insistí, y después... después me cansé de todos los que venían.

No pude leerle el rostro. No pude siquiera imaginar lo que pensaba. A lo mejor ni ella misma lo sabía en un momen­to así. La vi linda de camisón blanco con florcitas y tablas en la cintura; además tenía también chinelas de raso, como correspondía a una dama de Barrio Jardín, y era muy rica, eso siempre se había dicho. El pelo canoso le enmarcaba el rostro con rizos suaves.

Volví a mirar hacia la avenida. El hombre alto y delgado ya no se veía. Volví a oír las palabras: ¡Tú eres la única persona que nunca pierde la razón! No recordaba la expresión de su rostro. ¿Había sonreído? ¿Había movido los labios? Y de sólo pensar en la música se me caían las lágrimas.

Era una música vergonzosamente emocional, propia de Tchaikovsky, una música que parecía decir: Que el mundo se vaya al diablo, y luego dejaba surgir el dolor más dulce y triste, como nunca lo hacían mi Mozart y mi Beethoven.

Contemplé la acera vacía, las casas lejanas. Un tranvía se acercaba hamacándose lentamente hacia la esquina. ¡Dios santo, estaba ahí! El violinista. Había cruzado a la isleta del medio y se hallaba en la parada de autos, pero no se subió al auto. Como estaba demasiado lejos no alcanzaba a verle la expresión ni darme cuenta de si aún podía verme él a mí; al instante dio vuelta y se alejó.

La noche era la misma. El hedor era el mismo.

La señorita Hardy se hallaba en atemorizante quietud.

La noté muy triste. Pensaba que yo estaba loca, o a lo mejor era sólo que le desagradaba ser ella la que me encontraba así, la que tuviera que hacer algo. No sé.

Se marchó, a buscar el teléfono, me dije. No me dirigió más palabras. Creía que yo estaba loca y que no valía la pena gastar en mí ni una palabra más de sensatez. ¿Y quién podía culparla?

Al menos era cierto lo del bebé nacido en Londres. Pero yo habría dejado su cuerpo ahí tendido aunque hubieran estado todos en la casa. Solamente habría sido más difícil.

Giré en redondo, salí de prisa de la sala y crucé el come­dor. Atravesé el comedor de diario y subí corriendo. Era una escalera pequeña, no la típica escalinata de una mansión sino una escalera de peldaños curvos que subía hasta el ático, propia de un chalet.

Cerré con fuerza su puerta e hice girar la llave de bronce. El siempre se preocupaba de que cada puerta tuviera su propia llave, y por primera vez en la vida me alegré de ese detalle.

Ahora la mujer no podría entrar. Nadie podría.

La habitación estaba helada pues las ventanas se hallaban abiertas de par en par, y estaba impregnada del olor, pero respiré hondo y me metí bajo las mantas, me tendí a su lado por última vez, una vez más, unos minutitos antes de que ellos incineraran hasta el último de los dedos de sus manos y pies, sus labios, sus ojos. Déjenme estar con él.

Déjenme estar con todos.

Desde lejos me llegó el clamor de la voz de la mujer, pero también algo más. El sonido amortiguado y respetuoso de una pavana en violín. Estás ahí afuera, tocando.

Para ti, Triana.

Me acurruqué contra el hombro de Karl. Estaba tan muerto, tanto más que el día anterior. Cerré los ojos y nos tapé a los dos con el acolchado -él tenía mucho dinero, le gustaban las cosas lindas- en la cama con dosel, nuestra cama estilo Príncipe de Gales que él me había permitido tener, y por última vez soñé con él: el sueño de la tumba.

Intervenía también la música, un sonido tan tenue que me impedía saber si sólo lo estaba recordando por haberlo oído abajo, pero lo cierto era que estaba.

Karl. Apoyé la mano sobre sus mejillas huesudas, des­vanecida ya toda la blandura.

Que se me permitiera regodearme en la muerte una última vez, pero esta vez con la música de mi nuevo amigo que llegaba a mí como si el diablo lo hubiese enviado desde el infierno, me refiero al violinista, para los que, como yo, estamos "medio enamorados de la muerte liberadora".

Papá, mamá, Lily, denme sus huesos. Denme la tumba. Introduzcamos dentro de ella a Karl con nosotros. Qué nos importa a nosotros, los difuntos, que él haya perecido a causa de una enfermedad virulenta; estamos todos juntos aquí adentro de la tierra húmeda; estamos muertos juntos.

3

Escarba hasta lo profundo, alma mía, para buscar el corazón, la sangre, el calor, el templo y sitio de descanso. Escarba, penetra bien hondo en el suelo húmedo y llega hasta donde yacen los seres que amo: ella, mi madre, ya sin su pelo negro, sus huesos que quedaron amontonados en el fondo de la bóveda cuando vinieron a descansar otros ataúdes en su mismo sitio, pero en este sueño yo los acomodo a mi alrededor como si ella, mamá, estuviera aquí, con su vestido rojo oscuro, con su pelo negro, y él, mi padre, muerto hace poco, quizá todavía de cera, enterrado sin corbata porque no le gustaban; por eso se la saqué ahí no más, junto al cajón, y le desprendí la camisa, sabiendo cuánto odiaba las corbatas, y sus piernas estaban enteras y bellas debido a los líquidos que les ponían los enterradores o quién sabe, a lo mejor ya estaban plagadas de todas esas bocas blandas de la tierra, que habían venido a llorar, a devorar y luego partir, y también ella, la más pequeña, mi preciosa, calva debido al cáncer pero encantadora como un ángel nacido sin pelo y perfecto, pero permítaseme devolverle la cabellera larga y rubia que perdió a causa de las drogas, ese pelo tan lindo para cepillar, color rubio ceniza, la niña más hermosa del mundo, carne de mi carne, mi hija, muerta hace tantos años que sería toda una mujer si hubiera vivido...

Cava hasta lo hondo... permítanme yacer con ustedes, que nos quedemos aquí tendidos todos juntos.

Acuéstate con nosotros, con Karl y conmigo. ¡Karl ya es un esqueleto!

Abierta se halla esta tumba, con todos nosotros tan tierna y alegremente juntos. No existe palabra que defina esta unión tan feliz y total, la unión de nuestros cuerpos, nuestros cadáveres, nuestros huesos, tan apretados unos contra otros.

No conozco lo que es estar separada de nadie. De mamá, de papá, de Karl ni de Lily, de todos los vivos y de los muertos con quienes somos uno -parientes- en esta sepultura húmeda y ruinosa, este lugarcito secreto nuestro, esta profunda cámara de la tierra donde quizá nos pudramos y entremezclemos cuando lleguen las hormigas, cuando la piel se cubra de moho.

Eso no importa.

Que estemos juntos, que no se olviden los rostros, la risa de cada uno nítida como lo era hace veinte años o el doble de tiempo, la risa alegre como la música de un fantasmal violín, un violín incierto, un violín perfecto, nuestra risa en tanto música que mezclaba mentes y corazones, que nos unía a todos en armonía para siempre.

Cae, dulcemente, sobre esta tumba grande, suave y secreta, tibia lluvia cantarina. ¿Qué es esta tumba sin nuestra mansa lluvia del sur?

Cae con besos tiernos para no desarmar este abrazo en que vivimos, yo y ellos, los muertos, como una sola persona. Esta grieta es nuestro hogar. Que las gotas sean lágrimas seme­jantes a una canción, más sonido y arrullo que agua, porque no quiero que nada se perturbe, sino que caigas, lustrosa y dulce, sobre todos, eternamente. Lily, arrímate a mí; mamá, deja que me acurruque contra tu cuello, pero ya somos uno, y Karl nos rodea a todos con sus brazos, lo mismo que papá.

Flores, vengan. No hay necesidad de desparramar tallos quebrados ni pétalos color carmesí. No hay necesidad de traer enormes ramos atados con cintas vistosas.

Aquí la tierra celebrará esta tumba; la tierra hará brotar su hierba, sus capullos de sencillas flores, de margaritas y amapolas color azul, amarillo y rosado, los tonos suaves del jardín eterno, exuberante, silvestre.

Déjenme acurrucarme, yacer en brazos de ustedes, asegu­rarles que ningún signo exterior de muerte significa, para mí, algo más valioso que el amor que vivimos, ustedes y yo, alguna vez, cuando estábamos vivos, y que no deseo estar en ningún otro sitio como no sea aquí, en medio de esta lenta, húmeda y segura corrupción.

El hecho de que la conciencia me siga hasta este abrazo final es un don. Tengo trato íntimo con los muertos, y sin embargo lo conozco y lo saboreo porque estoy viva.

Que se inclinen los árboles para ocultar este lugar; que formen sobre mis ojos una red densa y gruesa, no verde sino negra, como si hiciera caer la noche en su lazo; que se cierre hasta el último ojo inquisidor, o puesto de observación, mientras el pasto crece y se vuelve alto, para que podamos quedar solos, ustedes y yo, sola con los seres a quienes tanto amé, de quienes no puedo prescindir.

Húndete, húndete en las entrañas de la tierra. Siente la tierra en derredor. Que los terrones encierren nuestra quietud. No pretendo nada más.

Y ahora, ligada a ustedes, ya segura, puedo decir: "Al diablo con todo lo que trate de interponerse entre nosotros".

Vengan, lleguen pasos de extraños por la escalera.

Rompan la cerradura, sí, quiebren la madera, retiren los tubos y llenen el aire de humo blanco. No magullen mis brazos porque yo no estoy aquí, estoy en la tumba; y con quien se están entremetiendo es con una enfurecida imagen rígida de mí. Sí, ya ven que las sábanas están limpias, ¡yo podría habérselo dicho!

Envuélvanlo, háganle un grueso envoltorio de sábanas, que a mí no me importa. Ya ven ustedes que no hay sangre, no hay nada virulento que puedan extraerle, pues no murió de llagas abiertas sino que murió por dentro como les sucede a los enfermos de sida, de modo que hasta el hecho de respirar le dolía. ¿Y ahora qué queda para que le teman?

No estoy con ustedes ni con los que hacen preguntas sobre el momento y el lugar, sobre sangre, sobre cordura y números adonde llamar; no puedo responder a las personas dispuestas a ayudar. Me siento a salvo en la fosa. Rozo con mis labios el cráneo de mi padre. Estiro un brazo y tomo la mano huesuda de mi madre. ¡Déjame abrazarte!

Todavía alcanzo a oír la música. Dios santo, me parece increíble que ese violinista solitario haya llegado atrave­sando pastos altos, lluvias y el humo denso de la noche imaginada, de la penumbra visualizada, para estar conmigo e interpretar su canción lastimera, para expresar las palabras encerradas en mi mente, al tiempo que la tierra se vuelve cada vez más húmeda, y todas las cosas con vida que la pueblan parecen naturales, bondadosas y hasta bellas.

Toda la sangre que había en nuestra tumba oscura y placentera ya no existe más, no existe más, salvo la mía, y en nuestra morada de muerte me desangro tan fácilmente como suspiro. Si en este momento hiciera falta sangre por cualquier motivo, tengo una cantidad suficiente para todos.

Aquí no va a llegar el miedo. El miedo desapareció. Hagan ruido con las llaves, golpeen las ollas sobre la cocina de hierro en la planta baja. Llenen la noche de sirenas si lo desean. Hagan correr y correr agua, llenen la bañera. Yo no los veo, no los conozco.

Ninguna preocupación trivial vendrá aquí, a esta tumba donde yacemos. El miedo ya desapareció -como la juventud misma y toda la angustia que sentí al observar cómo los recluían dentro de la tierra-, ataúd tras ataúd, el de papá hecho de una madera tan bella, y el de mamá no me acuerdo, y el de Lily tan pequeño y blanco, y ese señor que no quiso cobrarnos un centavo porque ella era apenas una niñita. No, todo ese dolor ya no existe más.

La preocupación cierra nuestros oídos y nos impide oír la verdadera música. La preocupación no nos permite rodear con nuestros brazos los huesos de los seres queridos.

Estoy viva, y ahora, con ustedes; ¡sólo ahora me doy cuenta de lo que significa que siempre los tendré conmigo! ¡Papá, mamá, Karl, Lily, abrácenme!

Ah, me parece un pecado pedir compasión a los muertos, a los seres que murieron en medio del dolor, a aquéllos a los que no pude salvar, a los que, por no tener yo la adecuada despe­dida o hechizo, no pude evitarles el sufrimiento o el pánico, a aquellos que en sus últimos momentos disonantes no vieron lágrimas ni me oyeron jurar que siempre lamentaría su pérdida.

¡Ahora estoy aquí, con ustedes! Sé lo que significa estar muerto. Me dejo cubrir por el barro, dejo que mi pie se hunda en el costado esponjoso de la sepultura.

Mi casa es apenas una visión. Ellos no importan.

-Esa música... ¿alcanzas a oírla?

-Creo que tendríamos que meterla ya mismo bajo la ducha. ¡Hay que desinfectarla de pies a cabeza!

-Quememos todo lo que hay en el cuarto.

-Ah, no, esa hermosa cama con dosel no; sería una tontería. En los sanatorios no incineran la habitación entera cuando alguien se muere de esto.

-... y el manuscrito de él no lo toques.

¡No se atrevan a tocar su manuscrito!

-Shh, no lo hagas delante de...

-Está loca, ¿no te das cuenta?

-La madre de él tomó el vuelo de la mañana desde Londres.

-... loca rematada.

-Por favor, ustedes dos, si quieren a su hermana, cállen­se por el amor de Dios. Señorita Hardy, ¿usted la conocía bien?

-Bebe esto, Triana.

Ésta es mi visión, mi casa. Estoy sentada en la sala, bañada, refregada, como si fuera yo a quien van a enterrar, con el pelo chorreando agua. Que el sol mañanero dé sobre los espejos. Saquen de la urna de plata las luminosas plumas de pavo real y desparrámenlas por el piso. No cuelguen un espectral velo que cubra todos los objetos brillosos. Fuercen la vista para divisar al fantasma dentro del cristal.

Ésta es mi casa. Y éste es mi jardín, y mis rosas trepan por las barandas de afuera, y estamos dentro de nuestra tumba, también. Estamos aquí y estamos allá, y ellos son uno.

Estamos en la tumba y dentro de la casa, y todo lo demás es una falla de la imaginación.

En este bello reino lluvioso, donde el agua canta al caer desde las hojas que se tornan oscuras, a medida que cae la tierra desde los bordes desparejos de allá arriba, yo soy la no­via, la hija, la madre, mientras todos esos venerables títulos forman para mí las valiosas reivindicaciones que afirmo me pertenecen.

¡Los tengo a ustedes para siempre! Jamás dejaré que me abandonen, que se alejen de mí.

De acuerdo, volvimos a cometer un error. Les hicimos el juego. Le dimos un codazo a la locura como si se tratara de una gruesa puerta y luego nos azotamos contra ella, tal como ellos se precipitaron sobre la puerta de Karl, pero la puerta de la locura no se quebró, y esa tumba desconocida es el sueño.

Bueno, alcanzo a oír su música a través de ella.

Ni siquiera creo que ellos la oigan. Ésta es mi voz, que siento dentro de mi cerebro, y el violín es la voz de él que se oye afuera, y juntos mantenemos el secreto de que esta tumba es una visión mía, y que en realidad yo no puedo estar ahora con ustedes, mis muertos. Los vivos me necesitan.

Los vivos me necesitan ahora, me necesitan tanto, como siempre necesitan a los deudos después de la muerte, necesi­tan a quienes más los cuidaron, quienes más tiempo estuvieron sentados en la quietud, están tan necesitados al haber tantas preguntas y sugerencias, afirmaciones y declaraciones, tantos papeles que firmar. Precisan que yo contemple las más extrañas sonrisas y busque la manera de recibir con gracia las más torpes condolencias.

Pero iré con el tiempo, iré. Y cuando vaya, la fosa nos contendrá a todos. Y crecerá el césped encima de nosotros.

Les brindo amor, amor y más amor. Que la tierra se humedezca. Que mis piernas vivas se hundan. Dénme cráneos como piedras sobre los cuales apoyar mis labios; dénme huesos para sostener entre mis dedos, y si el pelo, semejante a fina seda hilada, desapareció, no importa. Pelo largo tengo yo como para envolvernos a todos en una mortaja, ¿no es cierto? Mírenlo, miren este pelo largo. Déjenme que nos tapemos todos con él.

La muerte no es como yo antes creía que era, cuando el miedo resultaba pisoteado. Lo mejor que pueden hacer los corazones dolidos es golpear eternamente el ventoso cristal de la ventana.

Abrácenme, abrácenme aquí. Que no me demore nunca en ningún otro sitio.

Olvídate del hermoso encaje, de las paredes diestramente pintadas, las brillosas incrustaciones del escritorio. La vajilla de porcelana que con tanto cuidado sacan ahora, pieza por pieza, y colocan sobre la mesa, tazas y platitos con diseños de guardas azul y oro. Las cosas de Karl. Date vuelta. No sientas esos brazos vivientes.

Lo único de importante que tiene el hecho de que el café que se sirve salga de un pico de plata es la forma en que se refleja la temprana luz, la forma en que el marrón oscuro del café se vuelve ámbar, oro y amarillo, y gira y se retuerce como una bailarina cuando va llenando la taza; luego se detiene, como un espíritu que en el acto regresa al interior de la jarra.

Regresa al sitio donde el jardín se vuelve una ruina. Nos encontrarás a todos juntos. Nos encontrarás allí.

De la memoria, una imagen perfecta: el crepúsculo; la capi­lla del Barrio Jardín; Nuestra Señora del Perpetuo Socorro; nuestra capilla dentro de una antigua mansión. Para llegar, sólo hay que caminar una cuadra desde el portón de mi casa. Queda sobre la calle Prytania. Las altas ventanas rebosan de luz rosada. Hay velas chorreantes en recipientes de vidrio rojo ante una santa sonriente a quien amamos y reverenciamos como "La Florecilla". La penumbra es como polvo en este sitio. Uno puede atravesarla.

Mamá, mi hermana Rosalind y yo nos arrodillamos ante el comulgatorio de frío mármol. Dejamos allí los ramos -pe­queñas flores tomadas, aquí y allá, de las paredes, del otro lado de verjas de hierro como la nuestra-, indómitas coronas de novia, bellas dentelarias azules, la pequeña lantana oro y marrón. Nunca las flores de los jardineros; sólo las ramas sueltas que nadie puede echar de menos en un portón con enredaderas. Éstos son nuestros ramos, y no tenemos nada con que atarlos, salvo nuestras manos. Dejamos los ramos en el comulgatorio, y cuando nos persignamos y rezamos nuestras plegarias, me asalta una duda.

-¿Estás segura de que la Santa Madre y Jesús recibirán estas flores?

Debajo del altar, dentro de un nicho cubierto de vidrio, se encuentran las tallas de madera que representan la última cena, y arriba, sobre el mantel bordado, los ramos propios de la capilla, que tienen un gran tamaño, autoridad y enormes flores con forma de lanza y capullos blancos como la nieve. ¡Son flores poderosas! Tanto como lo son los altos cirios de cera.

-Sí, claro -responde mi madre-. Cuando nos vayamos, vendrá el hermano, se llevará las flores y las pondrá en un jarrón que luego colocará allí, delante del Niño Jesús, o de la Virgen.

El Niño Jesús está bien a la derecha, junto a la ventana, a oscuras, pero todavía puedo ver el mundo que sostiene en sus manos y el oro que reluce en su corona, y sé que tiene la mano levantada en gesto de impartir la bendición, y que es el Niño Jesús de Praga, con su fino manto acampanado de color rosado y sus mejillas regordetas.

Pero lo de las flores no lo creo. Son demasiado humildes. A quién le van a importar unas flores como ésas, dejadas así, en la oscuridad, ahora que la capilla está llena de sombras que alcanzo a percibir porque mi madre tiene un poco de miedo, y aferra las manitos de sus dos hijas, Rosalind y Triana, vengan, cuando hacemos la genuflexión y nos damos vuelta para marcharnos. Llevamos puestos zapatos de charol que resuenan sobre el piso de linóleo. El agua bendita de la pila está tibia. La noche respira luz, pero no alcanza para entrar e introducirse entre los bancos.

Me preocupan las flores.

Bueno, ya no me aflijo más por esas cosas.

Revivo el recuerdo de haber estado allí, porque si soy capaz de ver, de oír y sentir el violín que desgrana esta melo­día, quiere decir que estoy de nuevo allá, y como dije... Mamá, estamos juntas.

No me preocupo por nada de lo demás. ¿Habría vivido mi hija si yo hubiese movido cielo y tierra para llevarla hasta una clínica lejana? ¿No se habría muerto mi padre si se le hubiera suministrado más oxígeno? ¿Sentía miedo mi madre cuando anunció: "Me muero" delante de las primas que la cuidaban? ¿Quería que estuviera alguno de nosotros? ¡Dios santo! ¡Basta ya!

¡No voy a revivir las acusaciones por los vivos, por los muertos ni por las flores de cincuenta años atrás!

Los santos alumbrados por la luz titilante de la capilla no responden. El icono de nuestra Madre del Perpetuo Socorro sólo brilla en solemne penumbra. El Niño Jesús de Praga preside un tribunal ostentando una corona con incrustaciones de piedras y ojos no menos brillosos.

Pero ustedes, mis muertos, mi carne, mis tesoros, los seres a quienes amé con todo mi corazón, todos ahora conmigo en la tumba, sin ojos, sin carne queme dé calidez... ¡ustedes están conmigo!

Todas las despedidas fueron ilusiones. Todo está perfecto.

-La música cesó.

-Gracias a Dios.

-¿Realmente lo crees? -Ésa fue la hermosa voz grave de Rosalind, mi hermana, que no tiene pelos en la lengua.

-El tipo era genial. Eso no era sólo música.

-Es bueno; eso hay que reconocérselo.

-Quien habló fue Glenn, su marido, mi querido cuñado.

-Él estaba aquí cuando llegué. -Era la señorita Hardy la que hablaba.

-En realidad, si no hubiera venido a tocar el vio­lín, yo jamás la habría encontrado. ¿Lo ven desde aquí arriba?

Mi hermana Katrinka:

-Creo que tendríamos que ir ya mismo al sanatorio y hacerle una batería entera de estudios para asegurarnos de que no contrajo...

-¡Silencio! ¡No quiero que hablen así!

-Gracias, per­fecto extraño.

-Triana, soy la señorita Hardy Míreme, por favor. Perdóneme por pelear tanto con sus hermanas. Perdóneme, querida, pero ahora quiero que beba esto. No más que una taza de chocolate. ¿Recuerda aquella tarde en que vino, y bebi­mos chocolate, y usted comentó que le encantaba, y le puse mucha crema?, y ahora quiero que lo beba...

Alcé mis ojos. Qué bonita y fresca parecía la sala bajo el temprano sol, y cómo brillaba la vajilla de porcelana sobre la mesa redonda. Siempre me gustaron las mesas redondas. Habían retirado de allí todos los discos, los envoltorios de galletitas y las latas. Las flores de yeso blanco del techo for­maban su propia corona, ya no degradada por los detritos que había debajo.

Me levanté, fui hasta la ventana y descorrí una vez más la pesada cortina amarillenta. El mundo entero se hallaba afuera, hasta el cielo mismo, hasta las hojas que corrían por el porche seco frente a mis ojos.

Había comenzado la matinal carrera por llegar al centro. Me llegaba el traqueteo de los camiones. En la copa del roble, las hojas temblaban con el trueno de tantas ruedas. Sentí que la casa entera se estremecía, pero eso mismo había hecho du­rante cien años o más, y no se vendría abajo. La gente eso ya lo sabía ahora. Ya no se presentaban a demoler las espléndidas casas con columnas blancas. No vomitaban mentiras ase­gurando que esas casas eran imposibles de mantener, o de caldear. Se esforzaban por salvarlas.

Alguien me sacudió. Era mi hermana Katrinka. La noté muy alterada, su cara angosta presa del enojo. El enojo la acompañaba siempre, subía y bajaba dentro de sí, esperando poder aflorar en cualquier momento, y en este instante estaba afuera, y ella apenas si podía hablar de furiosa que estaba.

-Quiero que te vayas arriba.

-¿Para qué? -repliqué, fría. Hace años que no te tengo miedo, pensé. Desde que se fue Faye, supongo. Faye era la más pequeña de nosotras, la que todos amábamos.

-Quiero que te laves de nuevo, entera, y luego vayas al sanatorio.

-Eres una tonta -dije-. Lo fuiste siempre. No tengo que hacerlo. -Miré a la señorita Hardy.

En algún momento u otro de esa larga y cacofónica noche, ella se había ido a su casa a cambiarse, y volvió con un bonito vestido camisero y el pelo recién peinado. Su sonrisa me transmitió alivio.

-¿Se lo llevaron? -le pregunté.

-El libro que estaba escribiendo él sobre San Sebastián, lo guardé, salvo las últimas páginas. Estaban sobre la mesa, cerca de la cama...

Mi amoroso cuñado Glenn tomó la palabra:

-Las llevé yo abajo y las guardé, con las demás.

Ah, cierto, yo le había mostrado a Glenn dónde se guar­daba la obra de Karl, por si acaso... quemaran todo lo de la habitación.

Detrás de mí, la gente se peleaba. Alcancé a oír a Rosalind tratando de acallar las largas diatribas de Katrinka, expresadas apretando los dientes. Algún día Katrinka se quebraría los dientes al hablar.

-¡Está loca! -exclamó Katrinka-. ¡Y probablemente tenga el virus!

-Basta ya, Trink, por favor, te lo suplico. -Rosalind ya no sabía no ser amable. Cualquier cosa que hubiese aprendido en la infancia ya hacía tiempo había sido erradicada, y reemplazada por otra.

Me di vuelta y miré a Rosalind. La vi arrumbada ante la mesa, robusta y adormilada, enarcando sus cejas oscuras. Hizo un pequeño ademán y dijo con su voz gruesa y sincera:

-Lo van a cremar. -Suspiró. -Lo exige la ley. No te preocupes. Me cercioré de que no fueran a desmantelar la habitación tabla por tabla. -Lanzó una risa complacida, de sabelotodo, lo cual vino perfecto.

-Si la dejamos a Katrinka, va a tirar abajo la manzana entera. -Se desternillaba de risa.

Yo le sonreí a Rosalind. Me pregunté si no estaría preocupada por dinero. Karl era tan generoso con el dinero. Sin duda, todos estaban pensando en ese tema. Las dádivas de Karl.

Habría discusiones respecto de la organización del sepe­lio. Siempre las hay, con independencia de lo que se hubiera hecho antes, y Karl había hecho de todo. La cremación. ¡Yo no podía tolerarlo! En mi tumba, entre esos seres a los que amaba, no hay cenizas no diferenciadas.

Rosalind nunca lo iba a confesar, pero seguramente estaba pensando en dinero. Era Karl quien le daba a ella y su marido, Glenn, lo necesario para vivir, para atender el pequeño negocio de libros y discos antiguos que nunca les dejaba ni un centavo, que yo supiera. ¿Tenía miedo de que fuera a acabarse el dinero? Me propuse tranquilizarla.

La señorita Hardy levantó la voz. Katrinka cerró la puerta con un golpe. Katrinka es una de las únicas dos personas adultas que conozco que azotan la puerta cuando están enojadas. La otra se hallaba a kilómetros de distancia, dasaparecida de mi vida mucho tiempo atrás, recordada con cariño por cosas mejores que por tan despreciable violencia.

Rosalind, la mayor de nosotras, la más robusta, con su cabellera canosa, pero que conservaba las mismas ondas hermosas de siempre -era la que tenía pelo más bonito-seguía sentada allí, haciendo el mismo gesto de encogerse de hombros, con la misma sonrisita.

-No tienes por qué salir corriendo al sanatorio -dijo-. Eso lo sabes. -Rosalind durante mucho tiempo había sido enfermera, había tenido que arrastrar tubos de oxígeno y limpiar sangre.

-No hay ninguna prisa -me aseguró, en tono firme.

Yo conozco un lugar mejor que éste, dije o pensé. No tenía más que cerrar los ojos, y la habitación comenzaba a flotar, y aparecía la tumba, y se me planteaba la dolorosa duda: ¿Cuál es el sueño y cuál la realidad?

Apoyé la frente contra el cristal de la ventana y lo sentí frío, y llamé a la música de mi violinista vagabundo... Estás ahí, ¿no? Vamos, que yo sé que no te fuiste. ¿Creías que no estaba escuchando? Y el violín vino de nuevo. Florido pero con sonido débil, angustiado, aunque pleno de ingenua alegría de festejo.

Y detrás de mí, Rosalind comenzó a tararear una melo­día, retrasada una o dos frases con respecto a él... a seguir la melodía, a unir su voz a la voz distante del violinista.

-¿Alcanzas a oírlo ahora? -le pregunté.

-Sí -me respondió con su gesto característico de encoger los hombros-. Tienes todo un amigo ahí afuera, un perfecto ruiseñor. Y el sol no lo acobardó. Sí, claro que lo oigo.

Me chorreaba agua del pelo, y caía al piso. Katrinka lloraba en el pasillo, y me costaba distinguir las otras dos voces, aunque me daba cuenta de que eran de mujer.

-No puedo pasar por semejante cosa en este momento, no puedo -decía Katrinka-. Está loca, ¿no lo ves? No puedo, no puedo, no puedo.

Parecía una bifurcación del camino. Yo sabía dónde quedaba la tumba, y a qué profundidad, y podía irme allí. ¿Por qué no lo hacía?

La música se había vuelto una melodía lenta pero excelsa, algo que se fusionaba con la mañana misma, como si estu­viéramos abandonando juntas la tumba. En un perturbador aunque vívido fogonazo, rememoré nuestros pequeños ramitos de flores sobre el comulgatorio de mármol blanco de la capilla.

"¡Vamos, Triana!" Mi madre estaba tan hermosa, con su pelo enfundado en una boina, su voz tan paciente, sus ojos tan grandes. "¡Vamos, Triana!"

Morirás separada de nosotras, mamá. Bella y sin canas. Cuando llegue el momento, no tendré ni siquiera la sensatez de darte un beso de despedida por el hecho de verte por última vez. Me alegraré de que te vayas porque eres una borracha y estás enferma, y yo estoy harta de cuidar a Katrinka y Faye. Madre, tendrás una muerte horrible, una borracha que se traga su propia lengua. Y yo daré a luz a una niñita que se parecerá a ti, con tus mismos ojazos redondos, el bello corte de la frente y las sienes, y ella morirá, madre, morirá antes de los seis años, rodeada de máquinas en sus últimos minutos, los mismos minutos en que yo traté, según dicen, de dormir un poco.

Atrás, quede atrás semejante tormento. Rosalind y yo nos adelantamos corriendo; mamá, una mujer sonriente, camina muy despacio sobre las lajas, detrás de nosotras. No se teme al crepúsculo; el cielo está palpitante. Ésos son nuestros años. La guerra no ha terminado. Los autos que avanzan lentamente por la calle Prytania parecen grillos o cascarudos jorobados.

-¡Dije que basta ya! -Hablé sola, y me llevé las manos a la cabeza mojada. Qué espantoso estar en esta habitación con semejante ruido, y encima, chorreando agua. Escuchar la voz de la señorita Hardy, que se está haciendo cargo de la situación.

Afuera, el sol caía sobre los porches, sobre los autos que pasaban, sobre los tranvías viejos y descascarados que cru­zaban delante de mí, el que iba hacia el sector alto de la ciudad y hacía sonar su campana, con todo el dramatismo de un tranvía de San Francisco.

-¿Cómo puede hacernos esto? -se preguntó Katrinka entre sollozos. Pero eso sucedía detrás de la puerta, la puerta que ella había cerrado con un golpe. Gritaba en el pasillo.

En ese momento sonó el timbre. Yo me encontraba demasiado lejos, en el costado de la casa, como para divisar siquiera quién había subido la escalinata de entrada.

Lo que vi, contra la cerca, fueron las azaleas blancas que daban toda la vuelta por la esquina, donde gira también la cerca. Qué preciosas, qué sublimes. Karl había pagado por todo eso, jardineros y estiércol, carpinteros, clavos y martillos, pintura blanca para las columnas, ah, y los chapiteles corintios restaurados, las hojas de acantos que se elevaban para sostener el techo, y miren, el techo del porche de color celeste para que las avispas creyeran que era el cielo y no hicieran nido ahí arriba.

-Vamos, querida. -Ésa era una voz de hombre, de un hombre que yo conocía, aunque no tanto, un hombre que me inspiraba confianza, cuyo nombre no me venía a la mente, tal vez porque se oían, en el fondo, los gritos de Katrinka.

-Triana, querida -dijo él. Grady Dubosson, mi propio abogado. Estaba muy elegante de traje y corbata, y no parecía tener nada de sueño, y parecía dominar perfectamente su cara seria como si supiera, como tantas de las personas que allí estaban, cómo manejar la muerte y no poner cara falsa ni de negación. -No te preocupes, querida -dijo con su voz más natural y confiada-. No permitiré que toquen ni un tenedor de plata. Ve con el doctor Guidry, y descansa. No se puede hacer la ceremonia hasta que los otros regresen de Londres.

-El libro de Karl... había unas páginas en la planta alta. Una vez más el consuelo de la voz gruesa y sureña de Glenn:

-Las tengo yo, Triana. Recogí sus papeles, y nadie va a incinerar nada allá arriba...

-Siento mucho por los problemas que estoy causando -susurré.

-¡Totalmente loca!

-Ésa fue Katrinka.

Rosalind suspiró.

-Él no da la impresión de haber sufrido, sino más bien de haberse quedado dormido. -Eso lo decía para tranquilizarme. Me di vuelta y le hice un pequeño gesto de agradecimiento. Ella lo pescó y me obsequió su sonrisa dulce.

Yo la quería muchísimo. Empujó el grueso marco de sus anteojos para calzárselo más alto sobre la nariz. Durante sus años jóvenes, mi padre solía gritarle que se subiera más los anteojos, pero nunca le daba resultado porque, a diferen­cia de él, ella tenía nariz pequeña. Y tenía el aspecto que a él nunca le gustó: el de una mujer soñadora y desprolija, pero amorosa, con los lentes que se le bajaban, fumando un cigarrillo, con cenizas caídas sobre su abrigo, pero llena de amor, robusta y deforme por la edad. Yo la quería entraña­blemente.

-No creo que haya sufrido en absoluto -dijo-. No le hagas caso a Trink. Eh, Trink, ¿alguna vez te pusiste a pensar en todas las camas de hotel donde dormiste con Martin... por ejemplo, quiénes habrán dormido en ellas, como tú, si no habrán tenido sida?

Me dieron ganas de reír.

-Vamos, querida -dijo Grady.

El doctor Guidry me tomó la mano entre las suyas. Qué joven era. No me acostumbro a que los médicos sean más jóvenes que yo. Y el doctor Guidry es tan rubio y prolijo, y siempre lleva, en el bolsillo superior del saco, una pequeña Biblia. No puede ser católico si lleva una Biblia así. Debe de ser bautista. Yo me siento tan eterna. Pero eso se debe a que estoy muerta, ¿verdad? Estoy en la tumba.

No. Eso nunca funciona mucho tiempo.

-Quiero que siga mi consejo -dijo el doctor Guidry cariñosamente, como si me estuviera besando-, y permita que Grady se haga cargo de todo.

-Ya se detuvo -afirmó Rosalind.

-¿Qué cosa? -quiso saber Katrinka-. ¿Qué es lo que se detuvo? -Se hallaba parada en la puerta del vestíbulo, sonándose la nariz. Hizo un bollito con el pañuelo de papel y lo arrojó al piso. Luego me miró indignada.

-¿Nunca se te ocurrió pensar cómo nos afectaban estas cosas a los demás?

No le respondí.

-El violinista, tu trovador. Creo que se marchó.

-Yo nunca oí a ningún violinista -sostuvo Katrinka de mala manera, apretando los dientes-. ¿Por qué hablan de eso? ¿Acaso creen que ese tal violinista es más importante que lo que yo intento decirles?

En ese momento entró la señorita Hardy, y pasó junto a Katrinka como si ésta no existiera. La señorita Hardy vestía zapatos de un blanco reluciente. Tenía que ser primavera, entonces, porque las damas de Barrio Jardín nunca se ponen zapatos blancos si no es en la época del año que corresponde. Pero no me quedaba duda de que hacía frío.

Trajo abrigo y bufanda para mí.

-Venga, querida, permítame que la ayude a vestirse.

Katrinka se quedó mirándome. Le temblaba el labio, y tenía los ojos enrojecidos de las lágrimas. Cuánto había sufrido en la vida. Al menos mamá no había estado ebria cuando ella nació. Katrinka era sana y hermosa, mientras que Faye apenas si sobrevivió, una cosita chiquitita y sonriente que tuvo que estar varias semanas metida en una máquina, un ser que nunca creyó tener su propio atractivo de duendecillo.

-¿Por qué directamente no te vas? -le propuse a Katrinka-. Somos demasiados aquí. ¿Dónde está Martin? Llámalo y dile que venga a buscarte. -Martin era el marido, un genio de los bienes raíces y a veces abogado de renombre en la zona.

Rosalind se rió con una expresión complacida, casi rién­dose sola, pero en realidad dirigiéndose a mí. Entonces me di cuenta, desde luego.

También lo sabía Rosalind, quien en ese momento cruzó los brazos y se inclinó hacia adelante en su asiento hasta apoyar sus voluminosos pechos sobre la mesa. Luego se calzó más arriba los anteojos.

-Tendrías que estar en un manicomio -expresó Katrinka, trémula-. ¡Enloqueciste cuando murió tu hija! Tenías una enfermera aquí las veinticuatro horas del día. Tenías médicos que iban y venían. Estás loca, y no puedes quedarte en esta casa...

Se interrumpió; ella misma sintió vergüenza de su propia torpeza.

-Yo diría que usted no tiene pelos en la lengua -co­mentó la señorita Hardy-, si me disculpa...

-Señorita Hardy, le estoy muy agradecida -dije-. Sumamente agradecida...

Con un gesto me hizo callar, dándome a entender que todo estaba perdonado.

Miré a Rosalind y vi que seguía soltando risitas suaves, moviendo la cabeza de un lado a otro, espiando a Katrinka por encima de los anteojos, una mujer fornida, autoritaria y hermosa con todo su peso y su edad.

Y Katrinka, tan atlética y hermosamente delgada, con sus pechos enhiestos bajo la seda de su blusa de mangas cortas. Bracitos muy pequeños. En cierto sentido, de nosotras cuatro, Katrinka era la que había sacado un cuerpo perfecto, y era la única rubia, rubia natural.

Silencio. ¿Qué pasaba? Rosalind se había enderezado, y levantaba el mentón.

-Katrinka -dijo por lo bajo, colmando la habitación entera con la solemnidad de su tono-, no te vas a quedar con esta casa. -Dio un golpe sobre la mesa y soltó una risa sonora.

Yo eché a reír, aunque no en voz muy alta, desde luego. Todo era muy divertido.

-¡Cómo te atreves a acusarme de semejante cosa! -Katrina se dirigió entonces a mí. -Tú te quedas dos días aquí con un muerto, yo trato de hacerles comprender que estás enferma, que hay que recluirte, que hay que atenderte, que deberías estar en cama, y piensas que quiero quedarme con esta casa, crees que vine aquí, en un momento como éste, como si yo no tuviera mi propia casa hipotecada hasta el mango, mi propio marido, mis hijas, y te atreves a decirme delante de gente a la que casi no...

Grady le habló en tono bajo pero apremiante. El médico trataba de tomar a Katrinka del brazo.

Rosalind se encogió de hombros.

-Trink -dijo-, lamento tener que recordártelo, pero esta casa es de Triana hasta el día de su muerte. Es de ella y de Faye, si es que Faye está viva. Y Triana puede ser que esté loca, pero no muerta.

Luego no pude contenerme y volví a reír con picardía, y Rosalind también rió.

-Ojalá Faye estuviera aquí -le dije a Rosalind.

Faye era nuestra hermana menor, de madre y padre. Era una mujer con aspecto de niñita abandonada, un ángel, nacida de un vientre enfermo y hambriento.

Hacía más de dos años que nadie veía a Faye, ni sabía ni una palabra de ella, por carta ni por teléfono. ¡Faye!

-Pero tú sabes, a lo mejor ése fue siempre el problema -confesé, casi llorando, secándome los ojos.

-¿A qué te refieres? -preguntó Rosalind. Se la veía demasiado amorosa y serena para ser una persona normal. Se puso de pie levantando torpemente su voluminosa figura del asiento, vino hacia mí v me dio un beso en la mejilla.

-Cuando hay problemas, siempre queremos ver a Faye -respondí-. Siempre. Siempre la hemos necesitado. Llama a Faye. Dile a Faye que nos ayude con esto o con lo otro.

Todo el mundo necesitó siempre a Faye, dependía siempre de Faye.

Katrinka se plantó delante de mí, y pude sentir, con espan­to, la medida cabal del desagrado, el desprecio que se pintaba en su expresión. ¿Es que nunca yo me iba a acostumbrar? Desde niña había advertido ese desdén impaciente, feroz, ese intenso desagrado personal, esa aversión reflejada en su rostro, por lo cual me daban ganas de encerrarme, de ceder, de girar en redondo, quedarme callada y no tratar de ganar una pelea ni un tema de discusión.

-Bueno, Faye podría estar viva ahora -dijo Katrinka­-, si tú no le hubieras financiado su huida, su desaparición sin dejar rastros, tú y tu difunto marido.

Rosalind le ordenó lisa y llanamente que se callara la boca. ¿Faye muerta?

Ya era demasiado. Sonreí para mis adentros. Todos se daban cuenta de que ya era demasiado. Faye había desapa­recido, sí, ¿pero haberse muerto? Y sin embargo, ¿qué sentía yo, la hermana mayor? Un miedo protector, miedo por Trink, porque en efecto se había pasado de la raya, y ahora recibiría insultos, pobre Katrinka. Seguramente lloraría sin parar, y nunca comprendería. Todos la iban a despreciar por esto, y ella se sentiría muy ofendida.

-Ni se te... -comencé a decir.

El doctor Guidry me hizo señas de que me apresurara a salir de la habitación, y Grady me tomó del brazo.

Yo me sentía confundida. Rosalind se hallaba a mi lado.

Katrinka seguía gimoteando. Se estaba haciendo pedazos ahí mismo. Alguien tenía que ayudarla. Quizá Glenn... Glenn siempre ayudaba a las personas, incluso a Katrinka.

La insinuación que contenían sus palabras me impresionó una vez más: "Podría estar viva".

-Faye no murió, ¿verdad? -pregunté. Si yo lo hubiese sabido con certeza al cabo de tantos años de sufrimiento mientras esperaba a Faye, podría haberla invitado a la tumba húmeda con nosotros, y podríamos haber estado todos allí, Faye, Lily, mamá, papá y Karl, Faye incluida en mi letanía. Pero ella no podía haber muerto. No mi adorada Faye.

Eso desmentía toda mi excentricidad, mi aparente exce­siva sabiduría y sentimientos profundos.

"Faye no."

-No tenemos ni la menor noticia de ella -me confesó Rosalind al oído-. Probablemente esté bebiendo tequila en una parada de camiones, en México. -Me dio otro beso, y yo sentí su brazo pesado y tierno.

En la puerta del frente nos hallábamos parados Grady y yo, la viuda demente y el afable y anciano abogado de la familia.

Me encanta la puerta del frente de mi casa. Es muy grande, de dos hojas, está ubicada en el medio de la casa, y uno sale al ancho porche delantero y puede caminar hacia ambos lados, y el porche da la vuelta y circunda todos los costados de la edificación. Es muy bonito. Ni un solo día de mi vida pasa sin que piense en esta casa y en lo hermosa que es.

Años atrás, Faye y yo solíamos bailar en el porche. Ocho años más joven que yo, Faye era menuda como para que me resultara fácil llevarla en mis bazos, como un mono, y juntas entonábamos: "Casey danzaba y danzaba con la muchacha de su corazón, y la orquesta seguía tocando.

¡Y qué hermosas están las azaleas color rojo sangre, junto a los escalones! ¡Y qué abundantes! Desde luego era primavera, y por todas partes florecían esas plantas tan mima-das... una verdadera casa de Barrio Jardín, con sus columnas color blanco nieve.

Y miren, los zapatos de la señorita Hardy no eran blancos. Eran grises.

En el interior de la casa, Rosalind increpaba a Katrinka.

-¡No hables de Faye! Ahora no. No hables de Faye.

Y las palabras de Katrinka me llegaron en un largo y dramático rezongo...

Alguien me había levantado un pie. Era la señorita Hardy, que me calzaba una chinela. Allá abajo, el portón estaba abierto. Grady me sostenía del brazo.

El doctor Guidry se hallaba de pie, junto a una ambulancia abierta.

Grady retomó la palabra, y me dijo que si estaba dispues­ta a ir al Sanatorio de la Merced, podía irme de allí cuando quisiera. Lo único que iban a hacerme era administrarme algunos líquidos y alimentos.

El doctor Guidry se acercó y me tomó la mano.

-Está deshidratada, Triana; no ha comido. Nadie habla de recluirla en ningún lado. Quiero que se interne en el sana-torio, no más, que descanse, y le prometo que no le harán nada ni le harán ningún tipo de estudios.

Lancé un suspiro. Todo se ponía más radiante.

-Ángel de Dios -susurré-, dulce guardián que por el amor de Dios...

De pronto los vi claramente a mi alrededor.

-Lo siento mucho -dije-. Lo siento muchísimo... Lamento tanto todo esto... lo lamento tanto -clamé-. Pue­den hacerme análisis, sí, análisis. Que hagan lo necesario. Lo siento, lo siento mucho...

Me detuve en el sendero del frente.

Junto al portón se hallaban mis queridos Althea y Lacomb, y les vi cara de preocupación. A lo mejor todas esas personas blancas -médico, abogado, mujer de zapatos grises- los detenían.

Althea, con sus gruesos brazos cruzados, hizo un mohín como si estuviera por llorar, e inclinó la cabeza.

Lacomb habló con su voz grave:

-Estamos aquí, patrona.

Yo estaba por responderle.

Pero en ese momento vi algo cruzar la calle.

-¿Qué pasa, querida? -se interesó Grady. Simpático tonito de Misisipí en su acento.

-Ése es el violinista. -Apenas una distante silueta de negro, del otro lado de la avenida, a mitad de camino por la calle Tres hacia Carondelet, y se daba vuelta para mirar.

En el acto había desaparecido.

O puede haber sido que el tránsito y los árboles hayan dado la impresión de que desaparecía. Sin embargo, había alcanzado a distinguirlo nítidamente, a ver que llevaba el instrumento, ese extraño vigilante de la noche que se daba vuelta y caminaba dando grandes zancadas.

Subí a la ambulancia y me tendí en la camilla, lo que al parecer no es la manera normal de hacerlo, porque lo hice con cierta torpeza, pero lo hicimos de esa manera, obviamente porque me apresuré a subir al vehículo sin que nadie tuviera tiempo de detenerme. Me tapé con la sábana y cerré los ojos. El Sanatorio de la Merced. Todas mis tías que durante tantos años habían sido monjas allí ya no vivían. Me pregunté si mi violinista vagabundo sería capaz de encontrar ese sanatorio.

-¡Sabes que ese hombre no es de verdad! -Me desper­té conmocionada. La ambulancia se internaba en el tránsito.

-Pero es cierto que Rosalind, y la señorita Hardy lo habían oído.

¿O acaso eso también era un sueño, en una vida donde sueño y realidad se entretejían formando una trama tan apretada que inevitablemente lo uno triunfaba sobre el otro?


4

-Fueron tres días de sueño insomne de hospital, liviano y lleno de padecimientos y de horrores.

¿Habían cremado ya a Karl? ¿Se cercioraron de que estuviera realmente muerto antes de introducirlo en la horrible caldera? No podía sacarme ese interrogante de la cabeza. ¿Se había convertido mi marido en cenizas?

De regreso de Inglaterra, la madre de Karl -la señora de Wolfstan- lloraba desconsoladamente junto a mi cama, y decía que ella me había dejado con su hijo agonizante. Una y otra vez le aseguré que para mí había sido un gusto cuidarlo, que no debía afligirse. El nacimiento de un niño encerraba belleza, y tan próximo a la muerte de Karl...

Sonreímos observando fotos del bebé nacido en Londres. Los brazos me dolían por las agujas. Veía borroso.

-Nunca tendrás que volver a preocuparte por nada -afirmó la señora, y yo entendí lo que me quería decir. Quise darle las gracias, decirle que Karl en una oportunidad me lo había explicado todo, pero no pude. Eché a llorar. Volvería a preocuparme. Volvería a preocuparme por cosas que la generosidad de Karl no pudo modificar.

Me quedaban hermanas a quienes amar y perder. ¿Dónde estaba Faye?

Yo me había enfermado por mi propia culpa... una per­sona que pasa dos días sobreviviendo con apenas unos tragos de gaseosa y alguna que otra rebanada de pan podía causarse ella sola una arritmia cardíaca.

Martin, mi cuñado -el marido de Katrinka-, vino y dijo estar muy preocupado, pero que no juntaba coraje para poner un pie en un sanatorio.

Se me hicieron los estudios.

Por la noche me desperté vivamente, pensando. Esto es una habitación de sanatorio, y en la cama está Lily. Yo estoy durmiendo en el piso. Tengo que levantarme e ir a fijarme si mi hijita está bien. Entonces me acometió uno de esos recuerdos punzantes como astillas de vidrio, tan intenso que me dejó descolocada: yo había entrado de la lluvia, ebria, y la vi ahí tendida en la cama, mi niña de cinco años, calva, enflaquecida, casi muerta, y prorrumpí en llantos, un mar de lágrimas.

-Mami, mami, ¿por qué lloras? ¡Mami, me asustas! ¡Cómo pudiste hacer eso, Triana!

Una de esas noches, influida por las altas dosis de drogas que me daban para tranquilizarme y hacerme dormir, para que dejara de hacer preguntas tontas sobre si la casa estaba bien cerrada con llave y qué había pasado con el trabajo sobre San Sebastián que estaba haciendo Karl, pensé que la maldición de la memoria es esto: que todo queda siempre presente.

Me preguntaron si podían llamar a Lev, mi primer marido. De ninguna manera, respondí; no se atrevan a molestar a Lev. Lo llamaré yo, cuando se me ocurra.

Pero drogada como estaba, realmente no me hacía entender.

Volvieron a hacerme los estudios. Una mañana me puse a caminar y caminar por los pasillos, hasta que una enfer­mera me dijo:

-Tiene que volver a la cama.

-¿Y por qué? ¿Qué enfermedad tengo?

-Usted no tiene nada. Bastaría con que dejaran de bombardearla con tranquilizantes. Tienen que ir bajándole la dosis.

Rosalind trajo un pequeño tocadiscos negro y lo dejó junto a mi cama. Me puso los audífonos en la cabeza, y suavemente me llegaron las voces de Mozart, los ángeles que entonaban sus disparates en Cosi fan tutte. Dulces sopranos al unísono.

Mentalmente vi una película: Amadeus. Una película vívida y maravillosa. En ella, el maléfico compositor Salieri -admirablemente interpretado por F. Murray Abraham ­llevó a la muerte a un Mozart risueño e infantil. En deter­minado momento, desde un dorado palco de teatro revestido en pana, Salieri contempló a los cantantes, y a ese querubín histérico que era Mozart director, y la voz de E Murray Abraham afirmó: "Oí la voz de los ángeles".

Ah, sí, por Dios. Sí.

La señora de Wolfstan no quería partir. Pero ya todo estaba hecho, las cenizas se hallaban en el panteón de Metairie, todos los estudios que me realizaron para detectar el VIH dieron negativo (en realidad negativo con respecto a cualquier enfermedad). Yo era la imagen de la salud y había perdido apenas tres kilos. Mis hermanas estaban conmigo.

-Váyase, no más, señora. Usted sabe cuánto lo amaba yo. Lo quería de todo corazón; no estaba con él por lo que él me daba a mí ni a nadie.

Besos, olor a perfume de ella.

Sí, dijo Glenn. Deja de preocuparte por eso. El libro de Karl estaba en manos de los académicos que Karl había designado en su testamento. Gracias a Dios, no hay nece­sidad de llamar a Lev, pensé. Que se quedara entre los seres vivos.

Todo lo demás se hallaba en manos de Grady; y Althea, mi querida Althea, se había puesto directamente a trabajar en la casa, lo mismo que Lacomb, que lustraba la platería para "la señorita Triana". Althea había llenado de bellas almohadas, como me gustaba a mí, mi vieja cama del dormi­torio grande de la planta baja.

¡No, la cama matrimonial estilo Príncipe de Gales no se había quemado! No, nada más que las mantas. La señora de Wolfstan había hecho venir al simpático muchacho de Hurwitz Mintz con nuevos almohadones de seda lavada y colchas de pana, y le encargó un nuevo volado de muaré festoneado para el dosel.

Al regresar a casa, volvería a mi antigua habitación, a mi vieja cama con los cuatro postes tallados con incrustaciones de arroz, símbolo de la fertilidad. El cuarto de la planta baja era el único dormitorio verdadero que tenía el chalet.

Cuando me sintiera lista.

Una mañana me levanté. Rosalind dormía muy cerca, en uno de esos enormes sillones con apoyabrazos de madera, siempre vencidos, que facilitan en los hospitales a los fami­liares acompañantes.

Sabía que habían pasado cuatro días, que la noche ante­rior había comido una cena completa y que las agujas me pinchaban como insectos en el brazo. Me quité la cinta adhesiva, retiré las agujas, me levanté de la cama, fui al baño, saqué mi ropa del armario y me vestí, y sólo entonces desperté a Rosalind.

Rosalind se despertó adormilada, y se limpió unas cenizas de cigarrillo de su blusa negra.

-El resultado del VIH te dio negativo -dijo en el acto, como si no pudiera contener el deseo de contármelo y no recordara que ya todos me lo habían dicho, contemplándo­me con los ojos muy abiertos tras las gafas. Soñolienta, se incorporó. -Katrinka les hizo hacer de todo, salvo cortarte un dedo.

-Vamos -le dije-, huyamos de aquí.

Recorrimos de prisa el pasillo, que estaba vacío. A nues­tro lado pasó una enfermera que no sabía quiénes éramos, o no dio muestras de que le importara.

-Tengo hambre -dijo Rosalind-. ¿Sientes hambre... de comida verdadera?

-Quiero volver a casa, no más.

-Bueno, vas a tener una sorpresa agradable.

-¿Por qué lo dices?

-Bueno, tú conoces a la familia Wolfstan. Te compraron una limusina de las más largas y contrataron a un nuevo chofer, Oscar. Éste sabe leer y escribir... sin querer ofender a Lacomb...

-Lacomb sabe escribir -repliqué. Eso lo he dicho mil veces, porque Lacomb realmente sabe escribir, pero cuando habla usa un marcado dialecto del jazz de los negros que casi nadie le entiende.

-... también volvió Althea, y no hace más que hablar, insulta a la mujer de la limpieza, y a Lacomb le prohíbe fumar dentro de la casa. ¿Alguien le entiende lo que dice? ¿Acaso sus hijos le entienden?

-Nunca lo supe.

-Pero tendrías que ver la casa. Te va a encantar. Yo traté de decírselo a ellos.

-¿A quiénes?

Llegó el ascensor y subimos. Espanto. Los ascensores de hospital son tan inmensos... tienen capacidad para llevar a los vivos o a los muertos estirados cuan largos son, acompañados por dos o tres asistentes. Estábamos solas en ese amplio compartimiento de metal que bajaba con suave andar.

-¿Decirle a quién, qué cosa?

-A la familia de Karl, que después de una muerte, siempre volvemos a la misma casa, que seguramente tú no querrías un bello piso en el centro de la ciudad ni una suite en el Windsor Court. ¿De veras son tan ricos los Wolfstan o sólo locos? Me dejaron dinero en efectivo para ti, le dejaron también a Althea, a Lacomb, a Oscar...

Las puertas del ascensor se abrieron.

-¿Ves ese auto negro y largo? Es tuyo. Y el que está al lado es Oscar... conoces a ese tipo de hombre, el típico chofer antiguo. Lacomb hace gestos de extrañeza a sus espaldas, y Althea no tiene intenciones de cocinar para él.

-No hará falta que lo haga -dije, con una sonrisita.

En efecto, yo conocía ese tipo de hombre, de piel color caramelo, menos clara que la de Lacomb, una voz suave, pelo entrecano y brillosos anteojos con marco plateado. Muy viejo -demasiado, quizá, para conducir-, pero excelente, y muy tradicional.

-Suba, señorita Triana -dijo Oscar-; póngase cómoda, que la llevo a su casa.

-Sí, señor.

Rosalind se distendió apenas se cerró la puerta.

-Tengo hambre -dijo.

Se había subido el vidrio que nos separaba de Oscar y nos daba intimidad. Eso me gustó. Iba a ser lindo ser dueña de un auto, aunque yo no sabía manejar. Karl nunca conducía. Siempre había preferido alquilar limusinas, hasta para la salida menos importante.

-Ros -le pregunté con la mayor delicadeza-, ¿no quieres que él te lleve a comer cuando yo me haya instalado en casa?

-Sí, sería lindo. ¿Seguro que quieres quedarte sola allí?

-Como tú misma dijiste, siempre volvemos a casa después de una muerte. No huimos. Yo dormiría en ese dormitorio de la planta alta, pero sucede que nunca fue mío. Ésa era nuestra cama, de Karl y mía, en la enfermedad y en la salud. Él quería estar donde el sol de la tarde diera en las ventanas. Yo me hacía un ovillo a su lado. Quería estar sola.

-Me lo imaginaba. Katrinka va a estar acallada un tiempito. Grady Dubosson mostró un papel en el que dice que todo lo que Karl te regaló es tuyo; además, el día en que se mudó a tu casa, él ya firmó todo lo necesario para que nadie pudiera reclamar nada de la casa, y ante eso ella no pudo decir nada.

-¿Pensaba que la familia de Karl trataría de quedarse con la casa?

-Alguna locura por el estilo, pero Grady le mostró el título de propiedad. Tú sabes lo que ella realmente quiere.

Sonreí.

-No te preocupes, Rosalind. No te preocupes.

Se volvió para mirarme, se inclinó hacia adelante y adoptó su actitud más seria, al tiempo que me tomaba la mano con la de ella, áspera y suave a la vez. El auto avanzaba por la avenida St. Charles.

-Mira -dijo-, no te aflijas por el dinero que Karl nos daba. Su mamá me dio una buena cantidad, y además ya es hora de que Glenn y yo tratemos de que nos vaya bien con el negocio, que realmente vendamos libros y discos... -Lanzó una risa profunda. -Tú conoces a Glenn, pero vamos a valernos por nuestros propios medios, así yo tenga que volver a trabajar de enfermera. No me importa. Haré lo que haga falta.

Mi mente andaba por otra parte. Era una cantidad irrisoria, apenas mil por mes para mantenerlos a flote. Ella no sabía. Nadie sabía cuánto había dejado realmente Karl, salvo su madre, quizá.

Por un parlante oculto oí una voz amable.

-Señorita Triana, ¿quiere que vayamos al cementerio de Metairie?

-No, gracias, Oscar -respondí, viendo el pequeño parlante.

Él y yo tenemos nuestra tumba, junto con Lily, mamá y papá.

-Ahora quiero ir a casa, no más, Rosalind -agregué-. Eres amorosa, como siempre. Llama a Glenn. Ve a buscarlo, cierra el negocio y ve luego al Commander's Palace. Hazte servir un banquete mortuorio en mi lugar, te lo pido. Come tú por las dos.

Habíamos cruzado la avenida Jackson. Los robles se veían renovados con el verde de primavera.

Me despedí de ella con un beso y le indiqué a Oscar que la llevara, que hiciera lo que ella quisiese, que se quedara con ella. Era un hermoso auto, una enorme limusina tapizada en pana gris como las que usan las empresas fúnebres.

"Así que, al fin de cuentas, llegué a andar en este auto -me dije cuando vi que ellos seguían viaje-. Pese a que me perdí el sepelio."

Qué radiante me pareció mi casa. Mi casa. ¡Ay, pobre Katrinka!

Los brazos de Althea eran como de seda negra, y siempre que nos abrazamos, me da la sensación de que nada en el mundo puede hacerle daño a nadie. De nada vale que trate de escribir aquí lo que dijo, porque no se le entiende más que a Lacomb, y pronuncia apenas una sílaba de cada palabra multisilábica que articula, pero me di cuenta de que decía bienvenida de vuelta a la casa, me tenía preocupada, la eché mucho de menos, y habría hecho cualquier cosa esos últimos días, tendría que haberme llamado, le podría haber lavado las sábanas, no le tengo miedo a lavar sábanas, ahora acuéstese, déjeme que le preparo un chocolate caliente, mi querida.

Lacomb apareció furtivamente por la puerta de la cocina, un hombre bajo, calvo, que pasaría por blanco en cualquier parte salvo en Nueva Orleáns, pero después se le oía la voz, claro, y eso siempre lo traicionaba.

-¿Cómo anda, patrona? La noto delgada. Tiene que comer algo. Althea, ni se te ocurra darle a esta mujer comida que hayas hecho tú. Patrona, salgo y le compro alguna cosa. ¿Qué tiene ganas de comer? Esta casa está llena de flores, patrona. Yo podría venderlas en el frente y ganarme unos dólares.

Me reí. Althea lo reprendió enérgicamente con las adecuadas subidas y bajadas de tono, acompañadas de varios ademanes.

Yo me dirigí a la planta alta a verificar que la cama con dosel, estilo Príncipe de Gales, siguiera estando en su lugar. Lo estaba, y con su nuevo volado de raso.

La madre de Karl había puesto un cuadro con la foto de él junto a la cama, no el esqueleto que se habían llevado en un carro sino el hombre bondadoso, de ojos castaños, que alguna vez se sentó conmigo en la escalinata de la biblioteca del sector alto de la ciudad, y conversó de música, de la muerte, de la idea de casarse, el hombre que me llevó a Houston a ver la ópera y a Nueva York; el hombre que tenía todas las imágenes de San Sebastián jamás pintadas por un artista italiano o siguiendo el estilo italiano, el hombre que hacía el amor con las manos y los labios, y no toleraba discusión al respecto.

El escritorio de Karl estaba vacío. Habían desaparecido todos sus papeles. No te preocupes por eso ahora. Glenn te dio su palabra, y Glenn y Ros jamás le fallaron a nadie.

Bajé de nuevo la escalera.

-Yo podría haberla ayudado con ese hombre -dijo Lacomb, y Althea lo regañó, pues según pensaba, él ya había hablado por de más, y yo estaba de nuevo en la casa, así que mejor te quedas callado, o limpias el piso, cualquier cosa, pero vete.

Mi cuarto estaba limpio y silencioso, la cama preparada, los más bellos y aromáticos lirios en el florero. ¿Cómo lo supie­ron? Claro, Althea se los dijo. Lirios.

Me subí a la cama, mi cama.

Como he dicho, ese cuarto es el dormitorio principal de la casa, el único dormitorio verdadero, y queda en la planta baja, sobre el lado matinal de la casa; se trata de un ala octogonal que se extiende y penetra en un bosquecillo de laureles que ocultan el mundo.

Es la única ala del edificio, que por lo demás es rectan­gular. Y las galerías envolventes, los porches profundos que tanto nos gustan, rodean este dormitorio, mientras que en el otro lado, sencillamente se detienen delante de las ventanas de la cocina.

Es muy lindo caminar desde la propia cama y salir por una alta puerta ventana a un porche, retirado de la calle, y contemplar a través de las hojas siempre brillosas de los laureles la reconfortante agitación que no se fija en uno.

Jamás cambiaría la avenida por los Campos Elíseos, la Vía Veneto ni el Camino al Cielo. Pero a veces es agradable estar aquí atrás, en este dormitorio del sector del este, o pararse junto a la baranda, demasiado lejos como para que nos noten, y mirar las alegres luces que se desplazan.

-Althea, abre las cortinas así puedo mirar por mi ventana.

-Hace demasiado frío para abrirlas.

-Ya sé, pero quiero ver, nada más...

-... nada de chocolate ni de libros... usted no debe escuchar música, ni la radio... yo levanté sus discos del piso y guardé todo... vino Rosalind y puso todo eso en orden... ella decía Mozart con Mozart, Beethoven con Beethoven, y me mostró dónde...

-No, lo único que quiero es descansar. Dame un beso. Se agachó y apretó su mejilla sedosa contra la mía.

-Mi bebita -dijo.

Me tapó con dos gruesos acolchados, ambos de seda y sin duda rellenos con plumas de ganso, muy al estilo de la señora de Wolfstan, y del mismo Karl, que todo fuera de plumas de ganso verdaderas, que disfrutaran del peso tan liviano. Me tapó bien los hombros.

-Señorita Triana, ¿por qué nunca nos llamó a Lacomb y a mí cuando ese hombre se estaba muriendo? Nosotros hubiéramos venido.

-Lo sé. Te eché de menos. No quería que te asustaras.

Movió la cabeza con gesto de pesar. Su rostro era muy bonito, mucho más oscuro que el de Lacomb, de hermosos ojos grandes, y el pelo era rizado y suave.

-Dé vuelta la cabeza hacia la ventana -dijo-, y duér­mase. Nadie va a entrar en esta casa, se lo prometo.

Quedé acostada de mi lado mirando directo a la ventana, y a través de sus doce relucientes paños de vidrio, los lejanos robles, los otros árboles, el color del tránsito.

Una vez más disfruté viendo las azaleas, rosadas, rojas y blancas, amontonadas a lo largo de la cerca, y la delicada baranda de hierro recién pintada de negro, y el porche mismo, tan limpio.

Qué maravilloso que Karl me regalara esto antes de morir, mi casa restaurada. Mi casa donde hasta la última puerta funcionaba a la perfección, lo mismo que las cerraduras, y donde hasta el último grifo dejaba caer el agua a la tempera­tura adecuada.

Cinco minutos, quizá, me quedé mirando como en sueños por la ventana, tal vez más. Pasaban los tranvías. Los párpados empezaron a pesarme.

Sólo por el rabillo del ojo distinguí una silueta parada afuera, en el porche, mi violinista alto y demacrado, con su pelo sedoso que le llegaba hasta el pecho.

Se hallaba cerca del borde de la ventana como si él mismo fuese una enredadera, sumamente delgado, casi cadavérico como es la moda, pero con una gran vitalidad. El pelo negro le colgaba muy lacio y lustroso. Esta vez no traía trencitas atadas; sólo pelo.

Vi su ojo izquierdo castaño, y sobre él, la gruesa ceja negra. Sus mejillas eran blancas en exceso, pero sus labios tenían vida; eran labios suaves, muy suaves, vivientes.

Durante un minuto, apenas un minuto, tuve miedo. Sabía que eso estaba mal. No, no era que estuviese mal, sino que era peligroso, antinatural, algo imposible.

Yo me daba cuenta cuándo soñaba y cuándo no, por difícil que me resultara moverme entre uno y otro estado. Y ese hombre estaba ahí, en mi porche. Estaba parado, mirándome.

Después, se me fue el miedo. No me importaba. Fue un placentero estallido de indiferencia total. No me importaba. ¡Ah, qué celestial sensación de vacío se experimenta cuando desaparece el miedo! Y ése era un punto de vista bastante práctico, me pareció en ese momento.

Porque en cualquiera de los dos casos... fuese él real o no... se trataba de algo hermoso y placentero. Sentí que se me erizaban los brazos. De modo que igual se nos eriza el pelo cuando estamos acostados, aplastando nuestro propio pelo contra la almohada, con un brazo afuera, mirando por la ventana. Sí, mi cuerpo emprendió una pequeña batalla con­tra mi mente. Ten cuidado, ten cuidado, clamaba el cuerpo, pero mi mente es muy rebelde.

Mi voz interior sonó muy decidida, y me maravillé de mí misma, de cómo uno puede oír un tono dentro de su pro­pia cabeza. Uno puede gritar o susurrar sin mover los labios. Le dije:

Toca para mí. Te eché de menos.

Se acercó más al vidrio, muy alto y delgado, puro hom­bros -me pareció-, con esas cataratas de pelo tan tentador, y me dieron ganas de acariciárselo y peinárselo, y él me miró por los vidrios más altos, y no era un indignado Peter Quint ficticio que buscaba un secreto más allá de mí sino que obser­vaba exactamente lo que buscaba, o sea a mí.

Crujieron las maderas del piso. Alguien recorrió el caminito que llegaba hasta la puerta.

Althea volvió a entrar con la misma naturalidad como si fuera un momento como cualquiera.

No me di vuelta para mirarla. Ella simplemente entró en el cuarto como hacía siempre.

La oí a mis espaldas. Oí que dejaba una taza. Alcancé a sentir el olor a chocolate caliente.

Pero nunca aparté mis ojos de él, con sus hombros altos y sus polvorientas mangas de sastre, y él jamás me sacó sus ojos luminosos de encima, mirándome sin interrupción por la ventana.

-Dios mío, está ahí de nuevo -dijo Althea.

Él no se movió. Tampoco yo.

Las palabras de Althea me llegaron presurosas, casi ininteligibles. Discúlpeseme esta traducción: "Usted se atrevió a llegar hasta la ventana de la señorita Triana. Qué atrevido es. Veo que le gusta asustarme. Señorita Triana, este hombre ha estado esperando todo el tiempo, noche y día, diciendo que iba a tocar para usted, diciendo que no podía acercársele, que a usted le gusta cómo toca el violín, que no puede vivir sin él, dice. ¿Y bien? ¿Qué va a tocar ahora que ella volvió a casa... acaso cree que puede tocar algo que le guste, así como está ella, mírela, le parece que puede hacerla sentir bien?".

Se acercó hasta el pie de la cama, corpulenta, de brazos cruzados, levantando la barbilla.

-Vamos, toque algo para ella -dijo-. ¿Me oye, a través de ese vidrio? Ella ya está de vuelta en casa... muy triste... y usted... mírese... ¿acaso cree que le voy a limpiar ese saco? Otra cosa le voy a hacer...

Debo de haber sonreído. Debo de haberme hundido más en la almohada.

¡Ella lo veía!

Los ojos masculinos no se apartaron nunca de mí. A ella no le prestó ni la menor atención. Su mano se hallaba sobre el vidrio como si fuera una enorme araña blanca. Pero allí, a su lado, en la otra mano, estaba el violín, y el arco. Vi las elegantes curvas oscuras de la madera.

Le sonreí a Althea sin mover la cabeza, porque ella ahora se hallaba parada entre medio de los dos, audaz, mirándome, ocultándolo. Una vez más traduzco; lo que dijo no es un dialecto sino más bien una canción:

-Él habla y habla, dice que sabe tocar y quiere hacerlo para usted, porque a usted le encanta. Usted lo conoce. Yo nunca lo vi entrar aquí por el porche. Lacomb tendría que haberlo visto llegar. No le tengo miedo. Lacomb puede obligarlo a irse en este mismo momento. Usted no tiene más que decírselo. A mí no me molesta. Una noche tocó música... le aseguro que usted nunca escuchó nada igual... y yo pensé, Dios mío, va a venir la policía y acá estamos solos, Lacomb y yo. Entonces le dije, Ahora se calla, y él se molestó mucho, nunca vi ojos así... Me miró y dijo, No le gusta lo que toco, y yo le dije Sí, me gusta, pero no quiero oírlo. Dijo todo tipo de locuras sobre mí y lo que tengo que soportar, hablaba como un demente, y seguía hablando sin parar, y Lacomb lo amenazó, ¡Si está buscando una limosna le vamos a dar de comer el arroz con habas de Althea y se morirá envenenado! ¡Pero usted, señorita Triana, sabe que no es verdad!

Lancé una carcajada pero no llegó a oírse mucho. Él seguía ahí; sólo alcanzaba a distinguir un poco de su oscuridad alta y delgada detrás de ella. Yo no me había movido. La tarde se iba ahondando.

-A mí me encanta el arroz con habas que cocinas, Althea.

Se marchó, y antes de salir acomodó el viejo encaje de Battenburg sobre la mesita de noche; a él lo miró seria y a mí me sonrió, y con una mano de seda me hizo una breve caricia en la mejilla. Qué amorosa... ¿cómo puedo vivir sin ti?

-Está todo bien. Vete, no más, Althea. Yo a él lo conozco. Y a lo mejor, toca algo, ¿quién sabe? No te preocupes; voy a estar atenta a él.

-Para mí es un vagabundo -murmuró por lo bajo, cruzando nuevamente los brazos en gesto más que elocuente, cuando salía de la habitación. Siguió hablando, entonando su propia canción. Ojalá yo pudiera transcribir mejor para la posteridad su manera rápida de hablar, con tantas sílabas que pronunciaba de menos, pero fundamentalmente su inagotable entusiasmo y sensatez.

Me acomodé mejor sobre la almohada, calzando un brazo debajo de ella, y contemplé la silueta que, desde la ventana, me espiaba por el vidrio de más arriba.

Las canciones se encuentran dondequiera que uno mire, en la lluvia, en el viento, en el gemido de los que sufren, can­ciones, sí.

Althea cerró la puerta, y se oyó un doble clic lo cual, tratándose de una puerta de Nueva Orleáns, invariablemente combada, quiere decir que la cerró de verdad.

El silencio volvió a reinar en la habitación, como si nunca se lo hubiera perturbado. La avenida dejó escapar un repentino crescendo de su continuo rumor.

Detrás de él, del amigo que me espiaba con sus ojos negros y me mostraba su boca seria, los pájaros cantaban en un arrebato vespertino que se produce todos los días según su reloj, y que siempre me sorprende. El tránsito producía su placentero canto fúnebre.

Movió su silueta alta y desprolija hasta quedar totalmente visible en la ventana. Camisa blanca, sucia y desprendida; en el pecho, vello oscuro que parecía un sombreado. Un chaleco de lana negra abierto porque le faltaban todos los botones.

Eso es lo que me parecía ver, al menos.

Se apoyó contra la ventana de doce rectángulos de vidrio. Qué flaco era... ¿enfermo, quizá? Sonreí al pensar que todo podía volver a revelarse una vez más. Pero no, eso ahora parecía muy lejano, y él muy vívido en el acto de mirarme, muy alejado de la verdadera debilidad de la muerte.

Me dirigió una mirada de reproche, como diciendo: "Tú sabes que no es así." Luego sí sonrió, y sus ojos despidieron un brillo más íntimo, puesto que me miraron con expresión más posesiva.

Sobre sus párpados, la frente era blanca y huesuda, pero daba a los ojos una bella impresión de profundidad furtiva, y el pelo negro le crecía hermoso y abundante desde el naci­miento, y junto con las sienes bien proporcionadas, le confería una robusta belleza incluso en su delgadez. ¡Sus manos parecían arañas! Con la mano derecha acarició los vidrios superiores. Dejó huellas que yo vi en el polvo, cuando la luz realizó minúsculos pero inevitables cambios, al tiempo que el jardín que se extendía a espaldas de él, con sus densos laureles y magnolias, respiraba con la brisa y el tránsito.

El ancho puño blanco de su camisa estaba sucio, y su chaqueta, gris de polvillo.

Un lento cambio se advirtió en su expresión. Ya no sonreía, pero no se notaba en él animosidad, y comprendí entonces que nunca había exhibido eso. Cierto aire de superioridad, de íntima superioridad, era lo que lo distinguía antes, pero esta expresión era serena y espontánea.

Un tierno sentimiento de desconcierto cruzó por su rostro, permaneció allí un instante y luego se tradujo en algo parecido al enojo. Después él se puso triste, no pública ni artificialmente triste, sino triste en lo profundo, en privado, como si estuviera a punto de perder el control de ese pequeño espectáculo fantasmal realizado en el porche. Dio un paso atrás. Yo oí las tablas del piso. Mi casa proclama cualquier movimiento.

Después, desapareció.

Así, no más. Se fue de la ventana, del porche. Ya no pude oírlo detrás de las persianas, en la esquina más lejana de la casa. Sabía que no estaba ahí. Sabía que se había marchado, y tenía la más sincera convicción de que, de hecho, se había esfumado.

El corazón me latía con demasiada fuerza.

"Ojalá no fuera un violín -pensé-. Pero gracias a Dios que es un violín, porque no hay sobre la tierra un sonido que se le asemeje..."

Mis palabras se fueron perdiendo.

Música tenue, su música.

No se había ido muy lejos. Había elegido, simplemente, un sector lejano del jardín, bien retirado, cerca de los fondos de la vieja mansión de la Capilla, sobre la calle Prytania. Mi pro-piedad linda con la Capilla. La cuadra nos pertenece a la Capilla y a mí, por la calle Tres desde Prytania hasta St. Charles. Desde luego la manzana tenía otro costado, donde se levantan otras edificaciones, pero esta magnífica mitad es nuestra, y él sólo se había alejado tal vez hasta los viejos robles que crecen detrás de la Capilla.

Me dieron ganas de llorar.

Hubo un momento en que el dolor de su música y mi propio sentimiento se habían aunado tan a la perfección, que me parecía imposible tolerarlo. Sólo un tonto no buscaría un revólver, se lo pondría en la boca y apretaría el gatillo, ima­gen que a menudo me atormentaba antes, en mis años mozos, cuando era una borracha empedernida, y después también, continuamente, hasta que llegó Karl.

Se trataba de una canción gaélica, en tono menor, grave, palpitante, llena de desesperanza y de anhelos, y él le había incorporado el sonido del violín irlandés, la áspera armonía de las cuerdas más bajas todas juntas, en una especie de súplica que sonaba más humana que cualquier otro sonido puramente humano emitido por niño, hombre o mujer.

Me llamó la atención -en una especie de enorme pen­samiento que no podía adquirir forma dentro de esa atmósfera de música lenta y preciosa que me abrazaba- que fuera tal el poder del violín, ¡que sonara humano de una manera en que no podíamos hacerlo los humanos! Hablaba por nosotros de una manera en que nosotros no podíamos hacerlo. Ah, sí, de eso se trató toda la vida la reflexión y la poesía.

Me arrancó lágrimas esa canción, el fraseo musical gaé­lico antiguo y nuevo, las dulces escalas ascendentes que se desplomaban inevitablemente en un interminable testi­monio de aceptación. Tan tierna preocupación, tan perfecto consuelo.

Me di vuelta sobre la almohada. Su música me resultaba maravillosamente clara. Seguramente la oía toda la manzana, la oían los transeúntes, como también Lacomb y Althea en la mesa de la cocina, con sus naipes o sus epítetos; también los pájaros debían de oír el arrullo.

El violín, el violín.

Rememoré un día de verano, de treinta y cinco años atrás. Yo tenía mi propio violín en su estuche, entre mi cuerpo y el de Gee, que iba en su motocicleta, y yo aferrada a su espalda, cuidando el violín. El violín que luego le vendí al hombre de la calle Rampart por cinco dólares.

"Pero usted me lo vendió en veinticinco hace apenas dos años", protesté.

Y ahí se fue, no más, mi violín, con estuche y todo. Los mú­sicos tal vez sean el soporte principal de las casas de empeño. En ellas cuelgan por doquier instrumentos en venta; o quizá sea que la música atrae a muchos soñadores como yo, con grandiosos planes y nada de talento.

Yo había vuelto a tocar el violín apenas en dos ocasiones desde aquel momento... ¿hace ya treinta y cinco años? Casi. Salvo una vez, totalmente ebria, y la resaca posterior, jamás volví siquiera a tomar un violín en mis manos, nunca quise tocar la madera, las cuerdas, la resina, el arco, no, nunca.

Pero, ¿por qué me tomaba el trabajo de pensar esto? Se trataba de una vieja desilusión de adolescente. Había ido a ver al gran Isaac Stern interpretar el Concierto para violín, de Beethoven, en nuestro Auditorio Municipal. ¡Y me dieron ganas de reproducir esos gloriosos sonidos! Quería ser esa silueta que se balanceaba sobre el escenario. ¡Quería cautivar! Pro­ducir sonidos como los que oigo ahora, que traspasan las paredes de esta habitación...

El Concierto para violín, de Beethoven... la primera pieza de música clásica que después llegué a conocer íntimamente en discos.

Yo me convertiría en Isaac Stern. ¡Tenía que hacerlo!

¿Por qué pensar en eso? Hace cuarenta años, sabía que no tenía talento, que no tenía oído, no podía distinguir los semitonos, no tenía la destreza ni la disciplina, cosa que los me­jores profesores me decían con la mayor amabilidad posible.

Después estaba también el coro familiar: "¡Triana hace unos ruidos horribles con el violín!". Y la severa opinión de mi padre, de que las clases costaban demasiado, sobre todo para una persona tan poco disciplinada, tan haragana y de naturaleza tan inconstante.

Eso debería ser fácil de olvidar.

¿Acaso no han pasado, fulminantes, suficientes tragedias por el camino desde entonces, madre, hija y primer marido muertos años ha, Karl muerto, el paso del tiempo, la compren­sión más profunda...?

Sin embargo, qué nítido aquel día de antaño, la cara del dueño de la casa de empeños, mi último beso al violín -mi violín- antes de que éste se deslizara sobre el sucio mos­trador de cristal. Cinco dólares.

Todas tonterías eso de llorar por no ser alta, no ser esbelta ni agraciada, no ser bonita, no tener voz para cantar y no tener la decisión necesaria como para estudiar piano, lo suficiente para interpretar aunque más no fuera villancicos navideños.

Yo tomé esos cinco dólares, les agregué cincuenta más con ayuda de Rosalind y me fui a California. El colegio había terminado. Había muerto mi madre. Mi padre había encon­trado una nueva amiga, una protestante con quien salía "de vez en cuando a almorzar", y que preparaba suculentas comidas para mis desatendidas hermanas menores.

"¡Jamás te ocupaste de ellas!"

Basta, ya, no quiero recordar esas épocas, no pensaré en eso, ni en la pequeña Faye y Katrinka aquella tarde en que me marché, Katrinka demostrando escaso interés, pero Faye obsequiándome una sonrisa tan hermosa, y tirándome besos... no, no quiero. No puedo. No voy a pensar.

Toca el violín para mí, de acuerdo, pero yo ahora voy a olvidar cortésmente el mío.

Escúchalo.

¡Es como si estuviera discutiendo conmigo! ¡Qué hijo de puta! Seguía y seguía con la canción, concebida en medio del dolor y pensada para que se la interpretara con dolor, con la intención de volver dulce el sufrimiento, o de volverlo dulce y legendario a la vez.

El mundo del presente retrocedió. Yo tenía catorce años. Isaac Stern tocaba en el escenario. El gran concierto de Beethoven ascendía y descendía bajo las arañas del auditorio. ¿Cuántos otros niños embelesados había sentados allí? ¡Dios santo, poder ser así! ¡Ser capaz de tocar de esa manera!...

Me parecía muy remoto el hecho de haber crecido, de haber vivido toda una existencia, de haberme enamorado de Lev, mi primer marido, haber conocido a Karl, que él hubie­ra vivido o muerto, que Lev y yo hubiéramos perdido a una hijita llamada Lily, que yo hubiera sostenido en mis brazos a una niñita tan pequeña que sufría, su cabecita pelada, sus ojos cerrados... ah, no, llega un punto en que el recuerdo se vuelve un sueño.

Debería haber alguna ley médica que lo prohibiera.

Nada tan espantoso podría haber sucedido, como que esa rubiecita muriera como una niña abandonada, o que Karl clamara, Karl que nunca se quejaba, o mamá, que imploraba que no se la llevaran aquel último día, y yo, la egocéntrica hija de catorce años, que no se percató de que jamás volvería a sentir los brazos tibios de su madre, jamás volvería a besarla, jamás diría mamá, sea lo que fuere lo que haya pasado, te quiero, te quiero. Te quiero.

Mi padre estaba sentado erguido en la cama, luchando con­tra la morfina, y exclamaba, sobrecogido: "¡Triana, me muero!”.

Miren qué pequeño es el ataúd blanco de Lily en la tumba de California. Mírenlo. Allá lejos, donde fumábamos marihuana, bebíamos cerveza y leíamos poesía en voz alta, beatniks, hippies, los que íbamos a cambiar el mundo, padres de una niña tan bendecida por la gracia que hasta los desconocidos se detenían -incluso cuando ya el cáncer había hecho presa de ella- para comentar lo hermosa que era su carita redonda y blanca, y esos hombres pusieron el mi­núsculo ataúd dentro de un cajón de secoya en la fosa, pero no lo cerraron clavando las maderas.

El padre de Lev, un texano amable y cordial, tomó un puñado de tierra y lo arrojó dentro de la fosa. La madre de Lev lloraba sin cesar. Luego los demás hicieron lo mismo -costumbre que yo no conocía-, y mi padre observaba todo con aire solemne. Qué habrá pensado: ¡Esto es un castigo por tus pecados, por haber abandonado a tus herma­nas, por haberte casado con alguien que no pertenece a tu iglesia, por haber dejado morir a tu madre sin amor!

¿O acaso pensó cosas más triviales? Lily no era una nieta que él hubiera amado mucho. Tres mil kilómetros los habían separado, y muy pocas veces la había visto él antes de que el cáncer se llevara las rubias guedejas e hinchara las pequeñas mejillas, pero no existía pócima conocida capaz de empañar su mirada ni su coraje.

¡Tu padre ya no importa, no importa a quién amaba o dejaba de amar!

Me di vuelta en la cama aplastando la almohada bajo mi peso, maravillándome de que, hasta con mi oreja izquierda hundida en las plumas de ganso, así y todo siguiera oyendo el violín.

Estás en tu casa, y algún día todos volverán a casa. ¿Eso qué significa? No tiene por qué tener significado. Sólo hay que susurrarlo... o cantar, cantar una canción sin letra con su violín.

Entonces llegó la lluvia.

Y me sentí humildemente agradecida.

Llegó la lluvia.

Tal como yo podría haberlo deseado, y cae sobre las viejas tablas del porche y sobre el deteriorado techo de lata de este cuarto; salpica contra los amplios antepechos y se introduce por los resquicios.

Y sin embargo él siguió tocando sin parar, con su pelo de raso y su violín de raso, como desenrollando en la atmósfera una cinta de oro tan delgada que se convertirá en bruma una vez que haya sido oída, conocida y amada, y bendecirá al mundo entero con una mínima fracción de gloria luminosa.

¿Cómo puedes sentirte tan satisfecho -me pregunté-que te ubicas entre medio de ambos mundos, entre la vida y la muerte, la cordura y la demencia?

Su música hablaba; las notas fluían lentas y graves, anhelantes, antes de remontarse hacia lo alto. Cerré los ojos.

Se lanzó entonces a una movida danza, con deleite, con disonancia, con una suprema seriedad. Tocaba con tal fuerza, que pensé que seguramente alguien saldría. Era lo que la gente llama una música del demonio.

Pero seguía lloviendo sin cesar, y nadie lo detuvo. Nadie quiso hacerlo. ¡Entonces comprendí algo que me espantó! Me encontraba adentro de mi casa, y la lluvia rodeaba como un velo la larga habitación octogonal, pero no estaba sola:

Ahora te tengo.

Le hablé en susurros, pero desde luego él no se hallaba en el cuarto. Hubiera jurado que, a lo lejos y también muy cerca, él se reía. Me lo hizo oír. La música no reía. La música debía por fuerza seguir su curso intenso, perfectamente afinado, como si la intención fuese enloquecer a un conjunto de bailarines de las praderas. Pero él se reía.

Comencé a dejarme ganar por el sueño, no el sueño negro y sin comienzo, inducido por las drogas de hospital, sino el verdadero sueño profundo y placentero, y la música se elevó y se apretó, y luego dejó escapar una monumental inundación como si él me hubiera perdonado.

Parecía que la lluvia y esa música me matarían. Yo habría de morir sin una protesta. Pero sólo soñaba, al tiempo que caía y me internaba cada vez más en una ilusión total, como si ésta me hubiese estado esperando.


5

Otra vez el mismo mar, ese océano claro y azul, la espuma bravía que producía fantasmas corcoveantes con cada ola que llegaba a la playa. Tenía el hechizo de un sueño lúcido, que me decía: "No estás soñando, ¡estás aquí de veras!". Eso es lo que siempre nos transmite un sueño lúcido. Uno da vueltas y más vueltas, y no se puede despertar. Y nos hace creer: "No, no puede ser producto de tu imaginación".

Pero teníamos que alejarnos de la brisa tranquilizadora proveniente del mar. La ventana estaba cerrada. Había llegado el momento.

Vi una alfombra gris salpicada de rosas, rosas con tallos largos que remataban en un pequeño recipiente con agua para mantenerlas frescas, rosas de pétalos oscurecidos y suaves, y se oían voces que hablaban en un idioma extranjero, un idioma que yo debía conocer pero no conocía, un idioma inventado, al parecer, para este sueño, nada más. Porque no cabía duda de que era un sueño. Tenía que estar soñando. Pero yo estaba ahí, prisionera, como si hubiese sido transportada en cuerpo y alma hasta allí, y algo dentro de mí anhelara: "Que no sea un sueño".

-¡Eso es! -exclamó Mariana, la bella morena. Tenía pelo corto, y una blusa blanca que no le cubría los hombros, cuello de cisne, voz ronroneante.

Abrió las puertas que daban a un vasto sitio. Yo no podía creer lo que veían mis ojos. Me costaba creer que un objeto sólido pudiese llegar a ser tan hermoso como el mar y el cielo, y eso era... un templo de mármol policromático.

No es un sueño, pensé. ¡Imposible soñarlo! Uno no tiene dentro de sí las necesarias visiones como para armar semejante sueño. ¡Estás aquí, Triana!

Mira las paredes con incrustaciones de mármol de Carrara color crema, los paneles enmarcados en oro y los zócalos de mármol en un tono más oscuro de marrón, no tan lustroso, no tan veteado, no menos maravilloso. Mira las pilastras de sección cuadrada y sus capiteles con volutas.

Y cuando llegamos al frente del edificio, el mármol cambia al verde, en tiras largas a lo largo del piso, y el piso mismo es un mosaico intrincado y siempre cambiante. Advierto el antiguo diseño griego. Veo los dibujos tan preciados para Roma y Grecia, cuyos nombres no recuerdo, pero los conozco.

Y al darme vuelta veo que estamos ante una escalera como jamás he visto otra. No se trata sólo del tamaño y la majestuosidad sino, una vez más, del color: oh Dios, cómo refulge el rosa del mármol de Carrara.

Pero veamos primero estos rostros, estas figuras de bronce paradas en posición de firmes, los cuerpos hechos de madera finamente tallada, que se curvan y convierten en patas de leones sobre su base de ónix.

¿Quién construyó este lugar? ¿Con qué fin?

De pronto me llaman la atención las puertas de vidrio que tengo enfrente. Es tanto lo que hay por ver, que me deslumbro. Miren, tres enormes pórticos estilo renacimiento clásico, de cristal biselado y tragaluces semicirculares, parteluces negros en forma de rayos en lo alto, y todo para dejar pasar la luz, aunque el día o la noche, lo que fuere, queda fuera de esas puertas y no puede ingresar.

La escalera aguarda. Mariana dice: "Venga". Lucrecia es tan buena. La balaustrada es de mármol verde, verde como el jade, con venas semejantes al mar, con balaustres de un tono más claro, y todas las paredes recubiertas en mármol rosado o marfil, rodeadas por marcos de oro.

Miren esas lisas columnas redondas de mármol color rosado, con sus capiteles dorados de hojas dobles de acanto, y muy en lo alto, los arcos quebrados de la bovedilla, y entre cada uno de ellos, una figura pintada; vean los marcos artesonados en torno de la alta ventana con vitrales.

Sí, es de día. ¡Ésta es la luz del día que se filtra a través del vitral! Ilumina las ninfas diestramente pintadas en el artesonado superior, las ninfas que danzan para nosotros, que danzan también en el vidrio mismo. Cierro los ojos y luego los abro. Acaricio el mármol. Es real, real.

Estás aquí. Imposible despertarte o sacarte de este lugar; ¡es cierto, lo estás viendo!

Subimos la escalera, ascendemos en medio de este palacio de piedra italiana y nos paramos en un entrepiso, delante de tres gigantescas ventanas con vitrales, cada una de ellas con su propia diosa o reina vestida con diáfana túnica, bajo un arqui­trabe, rodeada de querubines y de flores dibujadas en cada borde, con guirnaldas. ¿Qué símbolos son éstos? Oigo las palabras, pero veo; eso es lo que me hace temblar.

Y en cada extremo de este largo espacio de ensueño hay una cámara ovalada. Vengan a mirar. Miren los murales, estos cuadros tan altos. Sí, son profundamente narrativos, y una vez más las audaces figuras clásicas bailan, con la cabe­za rodeada de laurel, el contorno generoso. Veo la magia de los prerrafaelistas.

¿Es que no termina nunca esta combinación de belleza entretejida en más belleza? ¿No terminan nunca cornisas y frisos, molduras de espigas y saetas, paredes de boiserie?

Hablaban en el idioma de los ángeles, Mariana y la otra, Lucrecia; hablaban en esa lengua dulce, cantarina. Y allí, señalé: las máscaras de oro bruñido de los seres que amé. Medallones enclavados en lo alto de la pared: Mozart, Beethoven, otros... ¿pero qué es esto, un palacio en honor a cada canción que uno alguna vez oyó y que no puede escuchar sin lágrimas? El mármol reluce bajo el sol. Semejante suntuosidad no puede ser obra de manos humanas. Éste es el templo del cielo.

Bajo la escalera, bajo y bajo, y me doy cuenta, sintiendo un vuelco del corazón, que esto debe de ser un sueño.

Si bien este sueño no puede medirse por los abismos de mi imaginación, es improbable hasta el punto de lo imposible.

Porque abandonamos el templo de mármol y música y llegamos a una inmensa habitación persa de mosaicos azules esmaltados, repleta de ornamentos orientales que compiten con la belleza de arriba en su majestuosidad. Ah, no quiero despertar. Si esto es producto de mi mente, que continúe.

No puede ser que este esplendor babilónico venga después de la intrépida gloria barroca, pero me encanta.

Sobre estas columnas se hallan los antiguos toros con sus rostros furibundos, y miren, la fuente, en esa fuente Darío asesina al león. Sin embargo, esto no es un mausoleo, no es un monumento a los muertos, a cosas perdidas.

Miren, las paredes están cubiertas de luminosos estantes que contienen los más bellos objetos de cristal. Se ha cons­truido un café dentro de estos decorativos relieves. Una vez más veo un piso de incomparable mosaico. Pequeñas sillas doradas rodean una multitud de mesitas. La gente aquí habla, se mueve, camina, respira, como si la magnificencia fuese algo que tomaran con la mayor naturalidad.

¿Qué lugar es éste, qué país, qué tierra, donde estilo y color pueden fusionarse con tanta audacia? Donde lo conven­cional ha sido superado por los maestros de todas las artes. Hasta las arañas son de estilo persa, grandes planchas de plata con tallado de complicado diseño.

¡Sueño o realidad! Me doy vuelta y golpeo un puño contra la columna. ¡Maldita sea, si no estoy aquí, prefiero despertarme! Luego viene la certidumbre. Decididamente, estás aquí. Eres cuerpo y alma, y estás en este lugar, en la habitación babilónica, bajo el templo de mármol.

-Ven, ven. -Su mano se apoya en mi brazo. ¿Es Mariana, o acaso la otra bella, Lucrecia, la de la cara redonda y ojos grandes, generosos? Ambas expresan conmiseración en una lengua que se asemeja al latín.

Nuestro secreto más oculto.

Las cosas cambian. Sé que estoy aquí, porque esto nunca lo soñaría.

No sé soñarlo. Yo vivo para la música, para la luz, vivo para los colores, sí, cierto, pero qué es esto, este sucio y maloliente pasillo de azulejos blancos, el agua sobre los pisos negros, tan inmundos que no son ni siquiera negros, y miren, las máquinas, las calderas, los gigantescos cilindros con casquetes y precintos atornillados, tan ominosos, cubiertos con pintura descascarada, en medio de un ruido ensordece­dor que es casi silencio.

Bueno, esto se asemeja a la sala de máquinas de un barco viejo, de ésos que uno recorría cuando era niño y Nueva Orleáns era aún un puerto vivo. Pero no, no estamos a bordo de una embarcación. Las proporciones de este corredor son demasiado imponentes.

Quiero regresar. No quiero soñar esta parte, pero a esta altura sé que no es un sueño. ¡De alguna manera he sido traída aquí! Esto es una especie de castigo que me merezco, algún atroz ajuste de cuentas. Quiero volver a ver el mármol, el suntuoso mármol color fucsia en los paneles laterales de la escalera; quiero memorizar a las diosas de los vidrios.

Pero caminamos en medio de este pasillo húmedo, rancio, resonante. ¿Por qué? Los hedores se elevan por doquier. Veo viejos armarios de metal, como si hubieran sido abandonados por soldados de algún campamento ya desierto, deteriorados, adornados con chicas recortadas de revistas viejas, y una vez más contemplo este infierno de máquinas que traquetean, rechinan, hierven con ruido mientras noso­tros caminamos junto a la baranda de acero.

-¿Pero adónde vamos?

Mis acompañantes sonríen. Consideran que esto, este lugar al que me llevan, es un secreto divertido.

¡Portones! Unos inmensos portones de hierro nos encie­rran afuera, ¿pero afuera de qué?

-Un pasaje secreto -confiesa Mariana con inocultable placer-. ¡Cruce por debajo de la calle! Un pasaje subterráneo secreto...

Me esfuerzo por ver del otro lado del portón. No podemos cruzarlo, pues está trancado con cadenas. Pero miren allá atrás, donde brilla el agua, miren...

-Allá hay alguien, ¿no ven? Dios santo, hay un hombre tendido. Está sangrando, moribundo. Tiene cortes en las muñe­cas y sin embargo sus manos yacen juntas. ¿Se está muriendo?

¿Dónde están Mariana y Lucrecia? ¿Regresaron volando a los techos abovedados del templo de mármol donde las bailarinas griegas realizan sus primorosas evoluciones en círculos en los murales?

Estoy desguarnecida.

El hedor es insoportable. ¡El hombre está muerto! ¡Dios santo! Sé que lo está. No, se mueve, levanta una mano y le chorrea sangre de la muñeca. ¡Dios mío, ayúdalo!

Mariana emite la risita más suave, y sus manos acarician el aire al hablar.

-¿No ves que está muerto, santo cielo, y está tendido en medio del agua inmunda...?

-... pasaje secreto que unía este lugar con el palacio y..

-Escúchenme las dos, el hombre está ahí y nos necesita. -Me aferré del portón. -¡Tenemos que llegar hasta él! -El portón que nos impide el paso es como todo lo de aquí: inmenso. Está hecho de hierro pesado, va del piso al techo y lo trancan cerrojos y cadenas.

¡Despierta! ¡No lo voy a tolerar!

¡Un torrente de música acallado de golpe! Me incorporé en mi propia cama.

-¡Qué atrevimiento!


6

Estaba sentada en mi cama. A mi lado se hallaba él, con sus piernas tan largas que, incluso en esta alta cama con dosel, le permitían sentarse a la manera masculina, y me miraba fijo. El violín estaba listo. Él, con el pelo chorreante, también lo estaba.

-¡Qué atrevimiento! -repetí. Me eché hacia atrás encogiendo las piernas. Traté de tironear de las mantas, pero el peso suyo las sujetaba.

-¡Entras en mi casa, en mi propio dormitorio! ¡Te metes en este cuarto y me indicas lo que debo y no debo soñar!

Estaba tan sorprendido que no me respondió. El pecho se le hinchaba. Del pelo le caía agua. ¿Y el violín, por Dios? ¿Acaso no se preocupaba en absoluto por el violín?

-¡Silencio! -dijo.

-¡Silencio! -le espeté-. ¡Pienso despertar a toda la ciudad! ¡Éste es mi dormitorio! ¡Y quién te crees que eres para indicarme lo que debo soñar! ¿Qué es lo que quieres?

Tan azorado estaba que no encontraba palabras. Yo percibía su incertidumbre, su consternación. Dio vuelta la cabeza hacia un costado, lo cual me dio oportunidad de mirarlo con detenimiento, de observar sus mejillas hundidas y su piel suave, los enormes nudillos de sus manos y el contorno delicado de su larga nariz. Era, desde todo punto de vista -y pese a estar mugriento y chorreando agua- muy apuesto. Veinticinco años, le calculé, aunque era difícil saberlo. Un hombre de cuarenta también podía parecer así de joven si tomaba las píldoras adecuadas, corría los kilóme­tros adecuados y visitaba el adecuado cirujano plástico.

¡De un sacudón dio vuelta la cabeza y me miró con furia!

-¿Piensas porquerías como ésa mientras yo estoy senta­do aquí? -Su voz era grave y fuerte, una voz de muchacho joven. Si las voces al hablar tuvieran nombre, él sería un po­tente tenor.

-¿Porquerías como qué? -Lo miré de arriba abajo. Delga­do o no, lo cierto es que era un hombre de gran tamaño. No me importaba. -¡Sal de mi casa! ¡Vete de mi cuarto y de mi casa ya mismo, y no vuelvas si no te invito especialmente! ¡Te retiras de aquí! ¡Me enfurezco de sólo pensar que tuviste la audacia de entrar aquí sin mi permiso! ¡En mi propio dormitorio!

En ese momento se oyeron golpes en la puerta, y la voz atemorizada de Althea.

-¡Señorita Triana, no puedo abrir! ¡Señorita Triana!

Miró la puerta, que quedaba a mis espaldas; luego volvió a posar sus ojos en mí, movió la cabeza y murmuró algo. Acto seguido se pasó la mano derecha por el pelo pegajoso. Cuando abrió totalmente los ojos vi que eran grandes, y la boca era lo mejor que tenía, pero ninguno de esos detalles hizo disminuir mi enojo.

-¡No puedo abrir la puerta! -gritaba Althea.

Le grité que no se preocupara, que todo estaba bien, que necesitaba estar un rato sola, que el que estaba conmigo era mi amigo músico, que no había problema, que se fuera, no más. Oí sus protestas, y detrás, los sensatos rezongos de Lacomb, pero ante mi insistencia, todo eso finalmente se fue apagando hasta desaparecer, y volví a quedar sola.

La madera crujiente del piso fue siguiendo el rumbo de la retirada de ambos.

Me dirigí a mi acompañante.

-¿La cerraste tú clavándola? -le pregunté. Obviamente me refería a la puerta, que ni Lacomb ni Althea pudieron forzar.

Su rostro era sereno, y esa serenidad se asemejaba, quizás, a lo que fuera que Dios y su madre hubiesen querido que ese rostro fuese: joven, serio, sin vanidad ni artificio. Sus inmen­sos ojos negros me recorrieron, como queriendo descubrir, en los detalles sin importancia de mi apariencia, algún secre­to vital. No se quedó cavilando. Parecía un ser sinceramente cuestionador.

-No me tienes miedo -murmuró.

-Por supuesto que no. ¿Por qué habría de tenerlo? -Pero eso era jactancia de mi parte, ya que hubo un instante en que sentí miedo... o no, no era miedo. ¡La adrenalina había dismi­nuido en mis venas, y eso me dio una sensación exultante!

¡Me hallaba mirando a un fantasma! Un fantasma de verdad. Lo sabía, sí, y nada en el mundo me quitaría ese saber. ¡Lo sabía! Durante mis paseos entre los muertos, les había hablado a recuerdos y reliquias, y les había dado respuestas como si fuesen muñecos que yo tuviera sentados en mi mano.

Pero él era un espíritu.

Luego vino un gran alivio.

-Siempre lo supe -dije, y sonreí. Imposible definir esa convicción. Lo que quise decir fue que por fin comprobaba que la vida era algo más, algo que no podíamos dirigir, que no podíamos soslayar, y la fantasía del Big Bang y del universo sin Dios no era más real ahora que los cuentos de la resurrección de entre los muertos y de los milagros.

Sonreí.

-¿Pensaste que iba a tenerte miedo? ¿Era eso lo que querías? ¿Vienes a mí cuando mi marido está agonizando en la planta alta y te pones a tocar el violín para atemorizarme? ¿Eres el tonto de todos los fantasmas? ¿Cómo se te ocurre que semejante cosa pudiera atemorizarme? ¿Por qué? Medras gracias al temor...

Hice una pausa. No era sólo la vulnerable suavidad de su rostro, el seductor temblor de su boca ni el modo en que sus cejas se unían para fruncirse pero no para condenar ni prohibir; era otra cosa, algo analítico y vital que se me había ocurrido. Ese ser, en efecto, prosperaba gracias a algo, ¿pero qué era ese algo?

Una pregunta fatal, comprendí. El corazón me dio un vuelco, cosa que siempre me asusta. Me llevé la mano al cuello como si mi corazón estuviera allí, como siempre parece estar, bailoteándome en la garganta más que dentro del pecho.

-Voy a entrar en tu cuarto -susurró- cuando se me ocurra. -Su voz adquirió fuerza, joven y masculina, segura de sí misma.

-No puedes hacer nada por impedírmelo. ¿Crees que porque te pasas todas las horas del día realizando tu danza macabra con tus muertos -sí, sí, sé que supones haberlos matado a todos, a tu madre, a tu padre, a Lily, a Karl, qué egoísmo monstruoso- supones que fuiste tú la causa de todas esas muertes espectaculares, las tres tan espeluznantes, tan prematuras, crees que por eso eres capaz de darle órde­nes a un fantasma, un fantasma de verdad como soy yo?

-Tráeme a mis padres -dije-. Eres un fantasma. Tráemelos. Hazlos pasar la línea divisoria. Trae a mi pequeña Lily. Tráelos en forma de fantasma si es que tú también lo eres, ¡y qué fantasma! Conviértelos en espíritus, devuélveme a Karl sin dolor, aunque más no sea un momento, un único y sagrado momento. Dame a Lily, para poder tenerla en mis brazos.

Mis palabras lo hirieron. Yo me sentía sorprendida, pero no di el brazo a torcer.

-Sagrado momento -repitió, amargamente.

Hizo un movimiento de negación con la cabeza, y apartó sus ojos de mí como desilusionado, aunque en realidad trastornado por el comentario; luego volvió a parecer pensativo. Yo no podía dejar de mirar sus manos, la delica­deza de sus dedos, el aspecto juvenil de su rostro que, pese a las mejillas hundidas, era perfecto.

-Eso no puedo dártelo -dijo, pensativo-. ¿Crees que Dios me hace caso? ¿Crees que mis plegarias influyen sobre los santos y los ángeles?

-¿Acaso debo creer que rezas? -le pregunté-. ¡Qué estás haciendo aquí! ¿Por qué viniste? ¡Por qué! Y estás aquí sentado, indolente, desafiante, en mi lado de la cama. ¿Por qué estás tan cerca, dentro de mi campo visual y auditivo?

-¡Porque yo quise venir! -se enojó, y por un instante lo noté dolorosamente joven y desafiante-. Además, voy adonde quiero y hago lo que quiero, como seguramente habrás notado. ¡Me presenté en el pasillo de tu sanatorio, hasta que unos idiotas mortales armaron tanto revuelo que no me quedó más remedio que retirarme y venir a esperarte! Podría haberme metido en tu habitación, y dentro de tu cama.

-Quieres estar en mi cama.

-¡Ya estoy! -afirmó-. Ni siquiera pienso en eso. ¡No soy un íncubo: no te haré concebir un monstruo! Yo quiero algo que es mucho más vital en tu existencia que meterme a jugar entre tus piernas. ¡Te quiero a ti!

Quedé estupefacta.

Furiosa, sí, todavía furiosa, pero estupefacta.

Él se echó hacia atrás y miró adelante de sus piernas. Sus rodillas se veían muy cómodas sobre el costado de la alta cama. Sus pies tocaban el piso. Los míos nunca tocan; soy una mujer baja.

Dejó que su pelo grasiento le cayera en mechones sobre la cara blanca, y cuando volvió a mirarme, puso expresión de curiosidad.

-Pensé que esto sería mucho más fácil -dijo.

-¿Qué cosa?

-Volverte loca. -Esbozó una sonrisa cruel pero poco convincente.

-Creía que ya estabas loca. Pensé que iba a ser... cuestión de días, a lo sumo.

-¿Por qué diablos quieres enloquecerme?

-Me gusta hacer esas cosas. -Una pincelada de tristeza pasó como una ráfaga por su rostro y frunció su entrecejo antes de que él pudiera borrarla.

-Creí que estabas loca. Eres casi... lo que algunos denominan demente.

-Y al mismo tiempo terriblemente cuerda. Ése es el pro­blema -agregué.

A esa altura ya me sentía totalmente subyugada. No podía dejar de analizar todos los detalles suyos, su abrigo viejo, el polvillo húmedo que le había formado barro sobre los hombros, la forma en que los ojos grandes y soñadores se endurecían y luego se suavizaban con sus pensamientos, el modo en que de vez en cuando se humedecía los labios con la lengua como si fuera un ser humano.

De pronto me asaltó una idea con pasmosa claridad.

-¡El sueño! El sueño que tuve...

-¡No lo menciones! -exclamó. Se inclinó hacia adelante con aire amenazador, y quedó tan cerca que su pelo húmedo cayó sobre la manta, justo al lado de mis manos.

Yo me eché hacia atrás contra la cabecera de la cama para sostenerme mejor, y con toda mi fuerza de la mano derecha le di una bofetada. ¡Dos veces lo abofeteé antes de que él tomara conciencia! Empujé las mantas para destaparme.

Él se puso de pie y se alejó de mí con torpeza, contem­plándome con desconcierto.

Estiré un brazo pero él ni parpadeó. Cerré el puño y le asesté un golpe en el pecho que lo hizo retroceder unos pasos, aunque no se lo notaba más preocupado por un golpe tan débil de lo que podría haberlo estado un humano.

-¡El sueño provino de ti! -dije-. Ese lugar que vi, el hombre con...

-¡Te lo advierto: no digas nada! -Lanzó una maldi­ción, y con un dedo me apuntó a la cara al tiempo que se erguía como un enorme pájaro. -No hables sobre eso, porque de lo contrario causaré tales estragos en tu rinconcito físico del mundo que lamentarás haber nacido... -Su voz se fue apagando.

-Crees que conoces el dolor, estás tan orgu­llosa de tu sufrir...

Levantó la mirada y la apartó de mí. Se colocó el violín contra el pecho y lo envolvió con sus brazos. Había dicho algo que a él mismo le desagradaba. Sus ojos recorrieron la habitación como si él realmente pudiera ver.

-¡Por supuesto que veo! -se enojó.

-Ah, me refiero a ver como un mortal.

-Y yo también lo digo en ese sentido -añadió.

Afuera, la lluvia amainó, se volvió suave y tenue, de modo que los diversos hilillos y goteras crecieron en volumen. Parecía que nos hallábamos en un mundo mojado, aunque tibio y seguro, él y yo.

Yo sabía, con la misma certeza con que sabía que él estaba ahí, que rara vez me había sentido con tanta vida como en ese momento, que el solo hecho de verlo, de su presencia allí, me había devuelto el fuego de la vida como hacía décadas que no experimentaba. Mucho tiempo atrás, antes de tantas derrotas, cuando era joven y estaba enamo­rada, tal vez entonces me había sentido con esa misma vida, cuando lloré por mis fracasos y pérdidas en aquellos vivaces años, cuando todo era luminoso y cálido al tacto, quizás en aquella época me había sentido así de vital.

En el dolor más intenso no había ese tipo de vitalidad. Era algo más cercano al júbilo, a la danza, al poder hipnótico y penetrante de la música.

Y ahí estaba él, con cara de perdido, y de pronto me miraba como si me fuera a preguntar algo, y después desviaba sus ojos, con el entrecejo fruncido.

-Dime qué es lo que quieres. ¿Dijiste que deseabas volverme loca? ¿Por qué? ¿Por qué razón?

-Bueno, verás -dijo en rápida respuesta, aunque las palabras le salían lentas-, estoy confundido. -Hablaba con franqueza, enarcando las cejas, de una manera reposada.

-¡Ni yo mismo sé lo que quiero! Enloquecerte. -Se encogió de hombros.

-Ahora que sé lo que eres, o lo fuerte que eres, no sé con qué palabras expresarlo. Hay algo que quizá sea mejor que volverte loca, suponiendo, desde luego, que yo hubiera podido hacerlo, y veo que te sientes superior en este sentido por el hecho de haber sostenido tantas manos en lechos de muerte y haber observado al marido que perdiste hace tanto tiempo -Lev- bailar inducido por las drogas con sus ami­gos mientras tú te limitabas a beber sorbos de vino, temerosa de ingerir drogas, ¡temerosa de las visiones! ¡Las visiones como yo! Me asombras.

-¿Visiones? -murmuré.

Sujeté el poste de la cama con mi mano izquierda. Me temblaba el cuerpo, y sentía los latidos de mi corazón. Todos esos síntomas de miedo me recordaron que tenía motivos para sentir miedo, pero desde luego, ¿qué podía ser peor que tantas cosas de las que habían sucedido? ¿Que le temiera a lo sobrenatural, al titilar de las velas y las sonrisas de los santos? No, creo que no.

Ya bastante temor inspira la muerte. Los fantasmas... ¿qué son los fantasmas?

-¿Cómo hiciste para burlar a la muerte?

-Mujer impertinente y cruel -dijo en susurros, preci­pitadamente-. Tienes un aspecto angelical, con tu manto de pelo oscuro, tu carita dulce y tus ojos grandes. -Lo decía con sinceridad. Estaba ofendido, y había inclinado la cabeza hacia el costado.

-Yo no estafé a nada ni a nadie. -Me miró desesperado.

-Tú querías que yo viniera, tú querías...

-¿Eso creíste cuando me pescaste pensando en los muer­tos? ¿Es eso lo que pensaste? ¿Y a qué viniste? ¿A consolarme, a hacer más hondo mi dolor? ¿Qué pasó?

Sacudió la cabeza y dio varios pasos atrás. Se puso a mirar por la ventana trasera, y al hacerlo, dejó que la luz quitara el velo que oscurecía un costado de su rostro. Parecía tierno.

En un fogonazo de furia, se volvió hacia mí.

-Todavía tan bella... -dijo-, incluso a tu edad, re-llenita y todo. Tus hermanas te odian por tu cara linda, lo sabes, ¿no? Katrinka, la hermosa, de silueta esbelta y marido apuesto, y antes que él, la sarta de amantes, tantos que ni los puede contar. Piensa que tienes un tipo de belleza que ella jamás podrá producir, pintar ni tener. Y Faye, Faye te amaba, como amaba a todas, pero ella tampoco te perdonaba la hermosura.

-¿Qué sabes de Faye? -le pregunté, sin poder contenerme-. ¿Sigue viva? -Traté de callarme, pero no pude.

-¿Dónde está Faye? ¿Y cómo puedes hablar por Katrinka, qué sabes sobre ella o sobre cualquiera de mi familia?

-Sé lo que digo. Veo los tenebrosos pasajes de tu mente, conozco los sótanos donde tú no has estado. Veo en esas sombras que tu padre te amaba demasiado porque te parecías a tu madre. El mismo pelo oscuro, los ojos castaños. Y sé que tu hermana Katrinka alegremente se acostó una noche con tu joven marido, Lev.

-¡Basta ya! ¿Acaso viniste para convertirte en mi diablo personal? ¿Me merezco semejante cosa? ¿Y con la misma soltura dices que no soy ni por asomo responsable por todas esas muertes como creo pensar? ¿Cómo harás para volverme loca, me gustaría saber? ¿Cómo? No estás seguro de ti mismo. Mírate. Tiemblas, y eso que eres el fantasma. ¿Qué eras cuando vivías? ¿Un muchacho? Quizás hasta de naturaleza afable, y ahora retorcido...

-Basta -imploró-. Ya está clara tu idea.

-¿Cuál?

-Que me ves con nitidez, tal como te veo yo -respon­dió, frío-. Que el recuerdo y el temor no te harán vacilar. Me equivoqué mucho contigo. Parecías una niña, una eterna huérfana, parecías tan...

-Dilo. ¿Tan débil? -pregunté.

-Eres amarga.

-Tal vez. No es una palabra que me agrade. ¿Por qué quieres hacerme sentir dolor o miedo? ¿Para qué? ¡Por qué! ¿Qué significaba el sueño? ¿Dónde queda ese mar?

Su rostro estaba demudado del espanto. Enarcó las cejas, trató de hablar y una vez más cambió de idea, o será que no encontró las palabras adecuadas.

-Podrías ser hermosa -pronunció con voz queda-. Casi lo fuiste. ¿Fue por eso que empezaste a alimentarte con porquerías y cerveza, y que arruinaste la bella figura que Dios te dio? De niña eras delgada, delgada como Katrinka y Faye, por naturaleza. Pero te recubriste con un manto grueso que te esconde, ¿no? ¿Para ocultarte de quién? ¿De Lev, tu propio marido, cuando se lo entregaste a mujeres más jóvenes y seductoras? Lo empujaste a acostarse con Katrinka.

No le respondí.

En mi interior fue creciendo una fortaleza cada vez más intensa. Pese a sentir un estremecimiento, sentí también esa fuerza, esa gran excitación. Hacía mucho tiempo que no experimentaba una emoción como ésa, y la sentía, mientras lo miraba, azorado como estaba.

-A lo mejor eres incluso algo bella -murmuró sonriendo, como si expresamente se propusiera atormentarme-. ¿Pero te pondrás tan gorda como tu hermana Rosalind?

-Si conoces a Rosalind y no eres capaz de ver su hermo­sura, no mereces que pierda el tiempo contigo. Y Faye posee una belleza que supera toda comprensión.

Él contuvo el aliento, hizo un ademán despectivo y me miró, obcecado.

-No sabes reconocer el poder de un ser puro como la Faye que guardo en mi memoria -dije-. Pero sigue estando allí. En cuanto a Katrinka, le tengo lástima. Faye era suficien­temente joven como para danzar y danzar, por oscuras que fuesen las tinieblas. Katrinka sabía cosas. A Rosalind la quiero de corazón. ¿Y qué?

Me miró como queriendo adivinar mis pensamientos más recónditos, y nada dijo.

-¿Adónde conduce todo esto? -pregunté.

-En el fondo, eres una niña perversa y mala como suelen serlo las niñitas, sólo que ahora más amarga, y necesitada de mí, aunque lo niegas. Tú impulsaste a tu hermana Faye a irse, y lo sabes.

-Cállate.

-Cuando te casaste con Karl, la hiciste irse. No fueron las dolorosas páginas del diario de tu padre que ella leyó después de morir él. Lo que pasó fue que trajiste un nuevo amo a la casa que tú y ella compartían.

-Cállate.

-¿Por qué?

-Pero, ¿qué significa todo esto para ti, y por qué tenemos que hablarlo ahora? Chorreas agua de lluvia pero no estás frío. Tampoco estás caliente, ¿no? Por tu aspecto pareces un adoles­cente fanático del rock, de ésos que siguen a los conjuntos famosos con una guitarra en la mano, mendigando monedas en la entrada de las salas de conciertos. ¿De dónde sacaste la música, esa música increíble, desgarradora...?

Se puso furioso.

-Lengua viperina -musitó-. Tengo más edad de la que supones. Llevo más años en el dolor que tú. Soy mejor. Aprendí a tocar este instrumento a la perfección antes de morir. Aprendí, y tenía talento para ello cuando habitaba mi cuerpo vivo de una manera que tú nunca comprenderás con todas tus grabaciones, tus sueños y tus fantasías. Estabas dormida cuando tu hijita Lily murió, ¿lo recuerdas? En el sanatorio de Palo Alto, te quedaste dormida y..

¡Me tapé los oídos! Me sentí rodeada por el olor, la luz, la habitación de hospital de veinte años atrás. ¡No!, exclamé.

-Te deleitas con estas acusaciones -dije. El corazón me latía demasiado fuerte, pero a la voz la tenía dominada. -¿Por qué? ¿Qué soy yo para ti y tú para mí?

-Yo creía que eras tú la que hacía eso.

-¿Qué cosa?

-La que se deleitaba con las acusaciones. Creía que te acusabas a ti misma, y que eso te complacía tanto, pues lo mezclabas con miedo, con frialdad e indolencia, que nunca te sentías sola, pues te sentías tomada de la mano de algún muerto querido, entonando mentalmente tus poemas de contrición, manteniéndolos siempre cerca, alimentando su recuerdo para no tomar conciencia de la verdad: que la música que amas jamás podrás producirla. El sentimiento que ella arranca de tu alma jamás será satisfecho.

No pude responderle.

Y él prosiguió, envalentonado.

-Tanto te has saciado de acusaciones, para usar tu mis­ma palabra, tanto te has saciado de culpa, que me pareció que podía ser fácil enloquecerte, hacerte... -Se interrumpió. En realidad hizo algo más que interrumpirse. Se contuvo, se puso rígido.

-Ahora me voy -dijo-. Pero volveré cuando me venga en gana, puedes estar segura.

-No tienes derecho. Quienquiera que te haya enviado debe llevarte de vuelta. -Me persigné.

Él sonrió.

-¿Te hizo algún bien esa pequeña plegaria? ¿Recuerdas la espantosa misa fúnebre por tu hija, realizada en California, lo forzado y fuera de lugar que fue todo... esos amigos intelectuales de la costa Oeste obligados a asistir a algo tan terriblemente estúpido como un responso de verdad en una iglesia de verdad... lo recuerdas? Y el cura aburrido, apresurado, que sabía que nunca habías ido a su iglesia antes de morir Lily. Y ahora te haces la señal de la cruz. ¿Por qué no toco para ti un cántico religioso? El violín puede inter­pretar música llana. No es común, pero puedo encontrar en tu mente el Veni Creator e interpretarlo, y así podemos orar juntos.

-De modo que orar a Dios no te ha servido de nada -dije. Traté de que la voz me saliera firme pero suave, de dar verdadera significación a mis palabras: -Nadie te envió. Andas errante.

Quedó azorado.

-¡Vete ya mismo de aquí!

-No lo dices en serio -sostuvo, con un gesto de displi­cencia-, y no me digas que no te late el pulso como un reloj con demasiada cuerda. ¡Tenerme a mí aquí te produce éxtasis! Karl, Lev, tu padre. En mí tienes a un hombre como jamás has visto, y ni siquiera soy un hombre.

-Eres atrevido, grosero y mugriento. Y no eres hombre. Eres un fantasma, el espíritu de alguien joven y moralmente torpe y horrible.

Eso lo hirió. En su rostro se pintó una expresión más profunda que de vanidad herida.

-Sí -dijo, luchando por contenerse-, y tú me amas por la música, a pesar de todo.

-Eso puede ser cierto -repuse, asintiendo-. Pero también tengo un gran respeto por mí misma. Tal como dijiste, calculaste mal. Fui dos veces esposa, una vez madre, huérfana quizá... pero débil, no, ¿y amarga? nunca. Carezco del sentido que se requiere para ser amargo.

-¿Cuál?

-La idea de merecer algo, la idea de que las cosas tendrían que haber sido mejores. Es la vida, nada más, y te alimentas de mí porque estoy viva. Pero no me siento tan carcomida por la culpa como para que puedas presentarte aquí y empujarme a la locura. No, en absoluto. Creo que no alcanzas a entender verdaderamente la culpa.

-¿No? -Era sincero.

-El terror incontenible, el "mea culpa, mea culpa" es apenas el primer paso. Después viene algo más duro, algo capaz de convivir con errores y limitaciones. El remordimiento no es nada, absolutamente nada...

Fui yo ahora quien dejó apagarse las palabras porque de pronto sentí la tristeza de mis más recientes recuerdos, de ver a mi madre alejarse ese último día, oh mamá, déjame abrazarte. La tumba el día de su entierro. Cementerio de San José, y todas esas sepulturas pequeñas, de los irlandeses pobres y los alemanes pobres, y las flores apiladas... y yo miré el cielo, y pensé que nunca, nunca iba a cambiar... ese sufri­miento no desaparecería nunca; jamás volverá a haber luz en este mundo.

Me desprendí del recuerdo.

Levanté los ojos y vi que él me estudiaba con la mirada, y parecía casi dolorido. Eso me entusiasmó.

Regresé a la idea central, la busqué en lo profundo, hice todo a un lado, salvo aquello que quería realizar y transmitir.

-Creo que ahora a esto lo entiendo -dije. Una espec­tacular sensación de alivio me serenó. Un sentimiento de amor.

-Y tú no, ésa es la lástima. Tú no.

Bajé totalmente la guardia. Sólo pensaba en lo que estaba tratando de desentrañar, y no en lo que podía ser agradable o desagradable. Lo único que quería era acercarme a él en cuanto a eso. Y eso él lo querría saber; seguramente comprendería, si fuese capaz de reconocerlo.

-Por favor, ilústrame -dijo, en tono de sorna.

Un terrible dolor me inundó, un dolor demasiado amplio y total como para ser penetrante. Levanté mis ojos a él y lo miré con aire suplicante; entreabrí los labios como si estuviera a punto de hablar, a punto de confiar, a punto de intentar comentar en voz alta con él lo que era ese dolor, esa sensación de responsabilidad, de darse cuenta de que, en efecto, uno ha causado un sufrimiento innecesario, que no puede revertirlo, que jamás se habrá de revertir, que esos momentos se perdieron para siempre, que no quedaron registrados, que sólo son recordados de una manera cada vez más distorsionada y penosa, que sin embargo existe algo mucho más significativo, más apabullante e intrincado que ambos sabíamos, él y yo...

Se esfumó.

Desapareció de la manera más obvia y total, y lo hizo con una sonrisa, dejándome con mis emociones desplegadas. Lo hizo astutamente, con la intención de que yo me quedara sola con ese momento de dolor, ¡y lo que es peor, con esa abrumadora necesidad de compartirlo!

Le di un instante a las sombras, el suave oscilar de los árboles allá afuera, la lluvia ocasional.

Se había marchado.

-Conozco tu juego -musité-. Lo conozco.

Fui a la cama, metí la mano bajo la almohada y saqué el rosario, un rosario de cristal con la cruz de plata. Estaba en la cama porque la madre de Karl siempre dormía en esa cama cuando venía, y mi madrina querida, la tía Bridget, siempre durmió allí después de mi matrimonio con Karl, cuando venía, o también puede ser que el rosario estuviera allí porque era mío y yo distraídamente lo había puesto en ese lugar. Mío. De mi primera comunión.

Lo miré. Luego de morir mi madre, Rosalind y yo había­mos tenido una pelea espantosa.

El motivo fue el rosario de mamá, y literalmente lo destrozamos, pues cayeron los eslabones y las perlas de fantasía: era un rosario ordinario que le había hecho yo a mamá y lo reclamé, yo, la que lo fabricó, y después de que lo rompimos, cuando Rosalind se abalanzó sobre mí, le cerré con tanta fuerza la puerta contra la cara, que los anteojos se le incrustaron en la frente. Cuánta furia. De nuevo sangre en el piso.

De nuevo sangre, como si mi madre estuviera viva aún, cayéndose de la cama, golpeándose la frente como se golpeó dos veces sobre la estufa a gas, sangrando, sangrando. Sangre en el piso. ¡Oh, Rosalind, mi Rosalind de duelo e indignada! El rosario roto en el piso.

Miré ese otro rosario y realicé el acto infantil que me vino a la mente; es decir, besé el crucifijo, el diminuto y detallista cuerpo de Cristo sufriente, y luego volví a guardarlo bajo la almohada.

Me sentía ferozmente despierta, como preparada para una batalla, como en un antiguo momento de ebriedad, cuando la cerveza me subía divinamente a la cabeza, y yo salía a correr por la calle con los brazos desplegados, cantando.

Los poros de mi piel sintieron un hormigueo, y la puerta se abrió sin el menor esfuerzo.

Los bellos adornos de la glorieta y el comedor me parecieron nuevos. ¿Acaso las cosas relumbran para quienes están al borde de la batalla?

Althea y Lacomb se hallaban en el otro extremo del comedor, cerca de la puerta de la alacena, atendiéndome. Althea parecía realmente atemorizada, y Lacomb, cínico y curioso como de costumbre.

-¡Usted iba a gritar desde ahí adentro! -dijo.

-No precisé ayuda, pero sabía que ustedes estaban aquí.

Me di vuelta y eché un vistazo a las manchas húmedas sobre la cama, el agua sobre el piso. No era tanto como para molestarlos a ellos, pensé.

-Tal vez salga a caminar bajo la lluvia -anuncié-. Hace años mil que no camino bajo la lluvia.

Lacomb se adelantó.

-¿Va a salir a la intemperie a esta hora de la noche, con esta lluvia?

-Tú no tienes que venir. ¿Dónde está mi impermeable? ¿Althea, hace frío afuera?

Me fui a caminar por la avenida St. Charles.

La lluvia era apenas leve, y muy bonita para mirar. Hacía años que no hacía eso de pasear por mi avenida, caminar no más, como acostumbrábamos cuando éramos niños o adolescentes, rumbo al drugstore K&B a tomar un helado. Apenas un pretexto para pasar frente a casas hermosas con puertas de cristal tallado, para ir charlando.

Caminé sin cesar hacia el sector alto de la ciudad; pasé por casas que conocía y terrenos llenos de malezas, donde en una época se levantaban grandes mansiones. Esa calle... siempre trataron de matarla, ya fuera mediante el progreso o el abandono, y en qué peligroso equilibrio parecía siempre -entre uno y otro-, como si un homicidio más, un balazo más, una casa más que se incendiara fuera a marcarle su derrotero sin concesiones.

Casa que se incendia. Me estremecí. Casa que se incendia. Cuando tenía cinco años, un día una casa se incendió. Era de estilo victoriano, oscura, lóbrega, y se levantaba en la esquina de St. Charles y Philip, y recuerdo que mi padre me llevó en brazos "a ver el incendio", y al mirar las llamas me puse como loca. Vi, por encima del gentío y de las autobombas, una llamarada tan enorme que parecía capaz de abarcar la noche.

Hice un esfuerzo por eliminar ese miedo.

Vago recuerdo de personas lavándome la cabeza, tratando de serenarme. A Rosalind le pareció una experiencia mara­villosa y emocionante. A mí me pareció una revelación de tal magnitud, que ni siquiera el hecho de enterarme de la morta­lidad misma fue peor.

Una sensación agradable me recorrió. Ese miedo antiguo y horroroso -de que esta casa también se quemara- se me había ido en mis años mozos, como muchos otros miedos semejantes. Tomemos, por caso, las enormes cucarachas negras que solían corretear por las aceras: a mí me hacían retroceder aterrada. Ese miedo se me había ido casi del todo, como se habían ido ellas también, en esta era de bolsas plásticas y mansiones frías como heladeras.

De pronto tomé conciencia de lo que él había dicho sobre mi joven marido, Lev, y mi hermana Katrinka, más joven aún, en el sentido de que él, el marido a quien yo amaba, y ella, la hermana a la que también amaba, habían compartido la cama, pero yo siempre me había culpado a mí misma por eso. Marihuana hippie y vino ordinario, charla demasiado rebuscada. Culpa mía, culpa mía. Yo era una esposa cobardemente fiel, enamorada de corazón. Katrinka era la audaz.

¿Qué había dicho mi fantasma? Mea culpa. ¿O acaso lo había dicho yo?

Lev me amaba. Yo lo seguía amando. Pero claro, en aquel entonces me sentía muy fea e inadecuada, y ella –Katrinka ­era tan fresca y vigorosa, y en esa época había un gran desen­freno de música oriental y liberación.

Dios santo, ¿era real ese ser, el hombre con quien acababa de hablar, el violinista que otras personas veían? En ese momento no se lo veía por ninguna parte.

Por la mano de enfrente de la avenida, mientras yo iba caminando, el enorme auto alquilado avanzaba a mi misma velocidad, y alcancé a ver a Lacomb que, mascullando, se asomaba por la ventanilla trasera para escupir al viento el humo de su cigarrillo.

Me pregunté qué pensaría Oscar, el nuevo chofer. Me pregunté si Lacomb desearía conducir el coche. Lacomb no hace nada de lo que no le gusta hacer.

Me parecía muy gracioso verlos a los dos, mis custodios, dentro del auto negro de los Wolfstan, pero eso también me autorizaba a alejarme caminando todo lo que me viniera en gana.

Es lindo ser rica, pensé con una sonrisa. Karl, Karl.

Me dio la sensación de estar tratando de aferrarme de lo único que podía evitarme caer, y luego me detuve, "ausentán­dome un rato de esa melancólica felicidad" para pensar en Karl y sólo en Karl, a quien hacía tan poco tiempo habían introducido dentro de una caldera.

-Sabes, no es en absoluto seguro que yo vaya siquiera a evidenciar los síntomas. -La voz de Karl, tan protectora. -Cuando me notificaron lo de la transfusión... bueno, eso fue hace ya cuatro años, y ahora dos más...

¡Sí, sí, y con mi cariño y mis cuidados vivirás eterna-mente! Yo le pondría música, si fuera Haendel o Mozart, o cualquier persona que supiera escribir... o interpretar música.

-El libro -dije-. El libro es maravilloso. San Sebastián atravesado por flechas, el santo enigmático.

-¿De veras lo crees? ¿Lo conoces? -Cómo disfrutaba Karl cuando yo relataba las historias de los santos.

"Nuestro catolicismo -decía yo- era tan pesado, tan lleno de ornamentos y atenido a normas estrictas en aquellos primeros tiempos, que nos parecíamos a los hasidistas.

¡Cenizas, ese hombre! ¡Cenizas! Y sería un libro para poner en una mesita, un regalo de Navidad, un libro de biblio­teca que los alumnos de bellas artes con el tiempo destruirían porque le recortarían las ilustraciones. Pero conseguiríamos que viviera para siempre. El San Sebastián de Karl Wolfstan.

Me hundí en la melancolía. Me hundí en la sensación de la escasa envergadura de la vida de Karl, una vida honrada y meritoria pero no grandiosa, no una vida de dones como la que había soñado yo cuando ponía tanto empeño en el violín, como la que Lev, mi primer marido, aún trataba de llevar con cada poema que escribía.

Me detuve y me esforcé por escuchar.

El violinista no se hallaba en las cercanías.

No alcancé a oír música alguna. Miré hacia atrás y luego hacia adelante. Me fijé en los autos que pasaban. Nada de mú­sica, ni el más mínimo sonido.

Pensé expresamente en él, mi violinista, pensé que con su nariz larga y angulosa, y esos ojos enclavados tan en lo hondo de sus cuencas, podría haber parecido menos seductor para alguna otra persona... tal vez. Pero tal vez para nadie. Pensé en lo bien formada que estaba su boca, y en cómo los ojos angos­tos, los párpados minuciosos y profundos le daban un gran marco expresivo, la posibilidad de ampliar su mirada, o darle un tono artero de secreto.

A cada rato sentía la amenaza de antiguos recuerdos, los más angustiantes trozos de recuerdos que me asaltaban: mi padre, enloquecido y agonizante, arrancándose el tubo plástico de la nariz, empujando a la enfermera... todas esas imágenes me llegaban como impelidas por el viento. Sacudí la cabeza y miré en derredor. Luego la trama entera del presente quiso envolverme.

Pero lo impedí.

Volví a pensar muy concretamente en él, el fantasma, reconstruyendo en mi imaginación su silueta alta y el violín que sostenía, intentando -como mejor podía mi mente poco musical- rememorar las melodías que él interpretaba. Un fantasma, viste un fantasma, me decía a mí misma.

Seguí caminando, pese a tener los zapatos húmedos, y luego empapados, y la lluvia volvió a ser intensa una vez más, y el auto se me acercó y yo le dije que se fuera. No paré de caminar. Caminaba porque sabía que, en la medida en que siguiera caminando, ni el recuerdo ni el sueño se apoderarían verdaderamente de mí.

Pensé mucho en él. Recordé lo máximo posible: que él llevaba puesta ropa de vestir como la que se consigue en las tiendas de segunda mano, y no ropa sport ni de moda; que era muy alto, por lo menos un metro noventa, según calculé, recordando cómo tenía que mirarlo hacia arriba, aunque en su momento no me sentí empequeñecida ni de ninguna manera intimidada.

Debe de haber sido después de medianoche cuando por fin llegué de vuelta a la escalinata del frente, y oí, a mis espaldas, que el auto se detenía junto al cordón.

Althea tenía una toalla entre las manos.

-Entre, mi pequeña -dijo.

-Tendrías que haberte acostado -le recriminé-. ¿No viste a mi amigo músico, el violinista?

-No, señora -respondió, al tiempo que me secaba el pelo-. Creo que usted lo echó para siempre. Le juro por Dios que Lacomb y yo ya estábamos por tirar abajo esa puerta, pero lo que había que hacer ya lo hizo usted. ¡Y él desapareció!

Me quité el impermeable, se lo entregué y subí a la planta alta.

La cama de Karl. Nuestro dormitorio de arriba, siempre iluminado por la luz roja del florista de enfrente que se fil­traba entre encaje y más encaje.

Almohadas y colchón nuevos, por supuesto, colchón sin la parte hundida de mi marido, ni un pelo suyo por ninguna parte. Pero el armazón de madera finamente tallada donde habíamos hecho el amor... esa cama que él me había comprado en aquella época feliz en que disfrutaba tanto regalándome cosas... ¿Por qué, le había preguntado yo, por qué eso te daba tanto placer? Me había sentido avergonzada de que los bellos muebles tallados y la tela excepcional me hicieran tan feliz.

Mentalmente vi, con nitidez, al violinista fantasma, aunque él no estaba allí. En esa habitación yo me encontraba absolutamente sola.

-No, no desapareciste -murmuré-. Sé que no.

¿Pero por qué no debería haberse ido? ¿Qué obligación tenía conmigo, un espectro a quien yo había insultado y malde­cido? Y mi difunto marido incinerado tres días atrás... ¿O acaso eran cuatro?

Eché a llorar. No quedaba en el cuarto el olor dulce del pelo de Karl, de su colonia. No había olor a tinta ni papel. Tampoco a Balkan Sobranie, el tabaco al que no quiso renunciar, el que Lev, mi primer marido, le enviaba siempre desde Boston. Lev. Llama a Lev. Habla con él.

¿Pero por qué? ¿De qué obra era la cita que me venía a la mente?

"Pero eso fue en otro país; y además, la muchacha está muerta."

Palabras de Marlowe que habían inspirado tanto a Heming­way como a James Baldwin, y quién sabe a cuántos más...

Comencé a susurrar una línea de Hamlet para mis adentros: "... 'esa ignorada región cuyos confines no vuelve a traspasar viajero alguno".

Se oyó un agradable murmullo en la habitación, el simple agitarse de las cortinas, y luego los crujidos de los pisos de esta casa, que pueden producirse cuando hay un mero cambio de la brisa contra los tragaluces del altillo.

Después llegó, bruscamente, la quietud, como si él hubiera venido y se hubiese marchado, drásticamente; y para mí, el vacío y la soledad del momento fueron insoportables.

Toda convicción filosófica que alguna vez tuve quedó arrasada. Me sentía sola. Estaba sola, y eso era peor que la culpa y el dolor, y tal vez era lo que... no, no me atrevía a pensarlo.

Me tendí sobre el nuevo cubrecama de raso blanco y traté de llegar a una oscuridad total de cuerpo y alma, de impedir todo pensamiento. Que esa vez siquiera la noche fuese mi techo, y tras ella, un cielo simple y sereno, de estrellas sin sen­tido, sencillamente incitantes. Pero así como no podía detener mi propio aliento, tampoco podía detener mi mente.

Me aterraba que mi fantasma hubiera podido irse para siempre. ¡Yo lo había echado! Lloré, me limpié la nariz. Me aterraba no volver a verlo nunca, nunca más, que se hubiera marchado como se marchan los seres vivos, ¡haber lanzado yo a ese monstruoso tesoro a los vientos!

Dios mío, ay, no, no, Dios, déjalo regresar. Si a los demás tienes que quedártelos tú por todos los tiempos, lo entiendo, siempre lo entendí, pero él es un espíritu, Dios mío. Permite que regrese a mí...

Sentí que descendía a un nivel más bajo que el de las lágrimas y los sueños. Y después... ¿qué puedo decir? ¿Qué sabemos cuando no sabemos ni sentimos nada? Si al menos despertáramos de estos estados de olvido con cierta sensación de que la vida no tiene misterios, de que la crueldad es puramente impersonal, pero eso no ocurre.

Durante horas, no sería ésa mi preocupación.

Dormí.

Esto es lo único que sé. Dormí, alejándome lo más posible de todos mis temores y mis pérdidas, elevando una plegaria desesperada: "Dios mío, que vuelva".

¡Ah!, qué blasfemia.


7

Al día siguiente, la casa estaba llena de gente. Se abrie­ron todas las puertas para que los dos saloncitos del frente, ubicados a ambos lados del amplio vestí-bulo, quedaran a la vista desde el comedor, y la gente pudiera transitar fácilmente sobre las variadas alfombras, conversando con voz alegre como suelen hacerlo las personas en Nueva Orleáns con posterioridad a un deceso, como si eso fuese lo que quería el muerto.

Una pequeña nube de silencio me rodeaba. Todos pensa­ban que yo estaba mentalmente cansada, por así decirlo, por el hecho de haber pasado dos días con un cadáver, y también estaba la cuestión de haberme fugado del sanatorio sin decir una palabra, acto por el cual Katrinka reprendía una y otra vez a Rosalind, como si ella me hubiese asesinado, cuando nada podría estar más lejos de la verdad.

Con su voz grave y amodorrada, Rosalind no cesaba de preguntarme si me sentía bien, a lo cual yo no hacía más que repetirle que sí. Katrinka hablaba irónicamente de mí con su marido. Glenn, mi querido cuñado y esposo de Rosalind, parecía quebrado, herido en lo más profundo por mi pérdida, pero al mismo tiempo incapaz de hacer otra cosa como no fuera quedarse cerca de mí. Pensé casi sin darme cuenta en lo mucho que los quería a ambos, a Rosalind y Glenn, matrimonio sin hijos, que dirigían entre los dos el negocio Libros y Discos, donde se podía encontrar una versión en rústica de Edgar Rice Burroughs o una canción grabada por Nelson Eddy en un disco de 78.

La casa estaba cálida y reluciente, como sólo ella podía relucir, con sus numerosos espejos y ventanas y la posibilidad de mirar en todas las direcciones. Eso era lo genial: que, estando uno parado en el comedor como lo estaba yo, podía mirar por puertas y ventanas abiertas hacia los cuatro puntos cardinales, pese a que a través de ellas se veía la maraña de árboles y la tarde impetuosa. Me parecía bellísimo que se hubiera hecho una casa con tanta amplitud.

Se encargó una suculenta comida. Llegaron los encargados del servicio, a quienes yo conocía. Una mujer famosa por un pastel de chocolate. Y ahí estaba Lacomb, con las manos detrás de la espalda, mirando desdeñoso al barman negro, de traje. Sin embargo, después se haría amigo de él. Lacomb se hacía amigo de todo el mundo, al menos de todos los que lograban entenderle lo que hablaba.

En determinado momento se me acercó tan calladamente que me sobresaltó.

-¿Quiere algo, patrona?

-No -le respondí con una sonrisita-. No te emborra­ches demasiado pronto.

-Patrona, sus palabras no me causan gracia -dijo, al tiempo que se alejaba con una expresión de picardía.

Nos reunimos en torno de la larga mesa ovalada.

Rosalind y Glenn, al igual que Katrinka, sus dos hijas, el marido y muchos de nuestros primos comieron con fruición, cada cual acarreando su plato porque había muchos más comensales que sillas. Mi familia confraternizaba fácilmente con los sociables Wolfstan.

Karl les había suplicado a esos parientes que no lo visitaran durante sus meses finales. Ya cuando nos casamos él sabía que estaba enfermo, y quiso que todo quedara en la intimidad. Y ahora que la madre había regresado a Inglaterra, y todo había terminado, los Wolfstan -personas afables, de rostro algo brilloso y evidente ascendencia alemana- parecían un poco sorprendidos, con una especie de embotamiento como cuando a uno lo despiertan de un sueño profundo, pero de todos modos se los notaba como pez en el agua en medio de los bellos muebles que Karl me había comprado: las sillas de patas torneadas, las mesas con incrustaciones de nácar, los escritorios y cómodas con incrustaciones de nácar y bronce, y las antiguas alfombras Aubusson genuinas, tan delgadas bajo nuestros pies que a veces ya parecían de papel.

Ese lujo era muy propio del estilo Wolfstan.

Todos tenían dinero. Siempre habían poseído casas sobre la avenida St. Charles. Eran descendientes de alemanes ricos que emigraron a Nueva Orleáns antes de la Guerra Civil, e hicieron fortunas en el rubro de la fabricación de cigarros y de la cerveza, mucho antes de que llegaran a nuestras costas todos los que padecieron la hambruna de la papa, es decir mis antepasados irlandeses y alemanes. Estos Wolfstan eran propietarios de bloques de edificios en sitios clave, y tenían en alquiler viejas tiendas y negocios.

Mi prima Sarah estaba sentada con la vista clavada en su plato. Era la nieta menor de la prima Sally, en cuyos brazos había muerto mi madre. Yo no guardaba una imagen mental de ello. Sarah ni siquiera había nacido en aquel entonces. Los otros primos Becker, y los parientes míos de apellidos irlandeses, parecían un tanto desconcertados en medio del esmerado esplendor.

La casa me pareció intensamente bella durante toda la tarde. Constantemente me daba vuelta para captar el reflejo del grupo entero en el inmenso espejo del comedor, el espejo que queda en línea directa con la puerta de entrada, y que a todos los fines prácticos abarcaba al grupo entero.

El espejo era antiguo; mi madre sentía por él un enorme gusto. Yo no podía dejar de pensar en ella, y en varias oportunidades me dije que a la primera persona a la que yo le había fallado realmente era a ella, no a Lily. Había cometido un error de cálculo, un error terrible, el error de una vida.

Permanecí absorta en mis pensamientos, a veces murmu­rando disparates a cualquier persona para que dejaran de dirigirme la palabra.

No podía sacarme de la cabeza la idea de mi madre abandonando esa casa esa última tarde, llevada por mi padre contra su voluntad para ir a quedarse con su abuela y su prima irlandesas. Ella no quería sentirse humillada. Estaba borracha desde hacía varias semanas, y nosotros no podía­mos cuidarla porque a Katrinka, en ese entonces una niña de ocho años, se le había reventado el apéndice, y técnicamente estaba muriéndose en el Sanatorio de la Merced, aunque yo en aquel entonces no lo sabía.

Katrinka, desde luego, no se murió, y a veces me pregun­to si el hecho de que ella se haya perdido totalmente la muerte de mamá -que la muerte hubiera sucedido durante una enfermedad tan prolongada, cuando ella estuvo internada-, me pregunto si no fue eso lo que la hizo retorcida, una persona que eternamente dudaba de todo. Pero no podía pensar en Katrinka. Las inseguridades de mi hermana yo las llevaba puestas como un pesado collar. Sabía lo que ella andaba susurrando por los rincones de los cuartos, y no me importaba.

Pensé en mi madre, en papá que la sacó por el caminito del costado a la calle Tercera, y ella que le imploraba que no la obligara a ir a casa de esos parientes. No quería que su querida prima Sally la viera en ese estado. ¡Y yo ni siquiera estuve ahí para despedirme, para darle un beso o decirle algo! En aquel entonces tenía catorce años. Ni siquiera sé por qué yo entraba por ese sendero en el momento en que papá se la llevaba. No pude entenderlo, y siempre sentí como un golpe dentro de mí el horror de la situación, el hecho de que ella hubiera muerto con Sally, Patsy y Charlie, sus primos, y de que, si bien los quería y ellos a su vez le retribuían el cariño, ¡no hubiera estado ninguno de nosotros acompañándola!

Me dio la sensación de que se me iba a cortar la respiración.

La gente paseaba por la amplia casa. Salían por las puertas-ventana a las galerías. Parecía simpática y alegre esa reunión postergada por mi culpa, porque eso es lo que supuestamente era. Me encantaba el lustre de las cómodas y los sillones de alto respaldo tapizados en pana que Karl había diseminado por doquier.

Karl le había legado una superficie sumamente lustrosa al viejo parquet, con manos y más manos de laca, bajo la imponente araña de cristal de Baccarat que mi padre se había negado a vender en los viejos tiempos, incluso cuando "no teníamos nada".

Para la comida se sacaron los cubiertos de plata de Karl. Los nuestros, supongo que debería decir, puesto que yo era su mujer, y ese diseño él me lo había comprado a mí. Se llama "Amor Sereno", y lo fabricaban Reed & Barton muy a principios de siglo. Una empresa antigua, un diseño antiguo. Hasta las piezas nuevas tenían un bello grabado porque, en algún momento de la historia, las novias habían dejado de preferirlo. Se lo podía comprar nuevo o viejo. Karl tenía baúles llenos de esas piezas, que coleccionaba.

Se trata de uno de los pocos diseños de platería que presenta una figura entera; en este caso, un hermoso desnudo de mujer en cada pieza de plata, por pequeña o grande que fuere.

A mí me gustaba mucho. Teníamos más objetos de ésos de los que jamás habíamos usado, porque Karl los coleccionaba. Me dieron ganas de decirles algo a los presentes, como por ejemplo, que cada uno podía llevarse un cubierto en recuerdo suyo, pero no lo hice.

Comí y bebí sólo porque, cuando uno lo hace, tiene que hablar menos. Sin embargo, el hecho en sí de ingerir alimentos me parecía una traición monstruosa.

Sentimientos igualmente intensos me habían acometido tras la muerte de mi hija Lily. Después de haberla enterrado en Oakland, en el cementerio de Santa María -un sitio remo­to y poco importante, muy lejos de aquí- fuimos a comer y beber con mis suegros, los padres de Lev, y a mí casi se me atraganta la comida. Recuerdo perfectamente que se había levantado viento, que los árboles se sacudían, y yo no podía dejar de pensar en Lily dentro de su cajoncito.

Lev parecía ser el fuerte en ese momento, valiente y hermoso con su pelo largo, el impetuoso profesor-poeta. Recuerdo queme aconsejó que comiera y me quedara callada, y él se ocupó de llevar la conversación con los afligidos abuelos, incluidos entre ellos también mi entristecido padre, que casi no abrió la boca.

Katrinka quería mucho a Lily, recordé. ¿Cómo pude olvidarlo? Me pareció pésimo haberlo olvidado. Y cómo amaba Lily también a la bella y rubia tía Katrinka.

Katrinka había sufrido la muerte de Lily como cualquier otro. Faye se asustó con todo el episodio de la enfermedad y muerte de Lily, Faye, la dulce y generosa Faye. Pero Katrinka estuvo ahí, con un corazón intuitivo, en la habitación del sanatorio, en los pasillos, siempre lista. Ésos eran los años de California, encapsulados por el hecho de que todos, con el tiempo, regresamos.

Abandonamos nuestra vida californiana en las ciudades de la bahía, y vinimos a parar de vuelta al pago o bien partimos con otros rumbos. Faye se había ido, nadie sabía adónde, y tal vez para siempre.

Hasta Lev se marchó por fin de California, mucho des­pués de haberse casado con Chelsea, su bonita novia y amiga íntima mía. Creo que tuvieron su primer hijo antes de que él fuera a trabajar de profesor en una universidad de Nueva Inglaterra.

De pronto, pensando en Lev me sentí feliz de que tuviera tres hijos, todos varones, de que, aun cuando Chelsea llama­ba a menudo y se quejaba de que él era insoportable, en realidad no lo era, y pese a que él a veces llamaba, lloraba y decía que tendríamos que haber sobrellevado juntos la situación, yo no me arrepentía de nada, y además sabía que él tampoco. Me gustaba mirar las fotos de sus tres hijos, y también leer sus libros, delgados y elegantes volúmenes de poesía que se publicaban cada dos o tres años y recibían grandes elogios.

Lev. Mi Lev era el muchacho al que había conocido en San Francisco, con quien me había casado en los tribunales, el estudiante rebelde, afecto al vino, que improvisaba alocadas canciones y bailaba a la luz de la luna. Acababa de empezar a dictar clases en la universidad cuando Lily se enfermó, y la verdad es que nunca pudo superar su muerte. Jamás volvió a ser el de antes, y lo que buscó en Chelsea fue consuelo, y de mí esperaba una actitud de fraternal aprobación con respecto al cariño de Chelsea y la sexualidad que necesitaba con tanta desesperación.

Pero, ¿por qué pensar en todas esas cosas? ¿Acaso son distintas de las tragedias de cualquier otra vida? ¿La muerte impera más aquí que en cualquier otra familia extendida?

Lev ahora era profesor titular, y feliz. Si yo se lo hubiese pedido, habría venido. Casualmente anoche, cuando salí a caminar por la avenida bajo la lluvia, tonta y loca, podría haberlo llamado. No le había contado a Lev lo de la muerte de Karl. Hacía meses que no charlaba con él, aunque había una carta suya sobre el escritorio del living, sin abrir.

No podía desprenderme de todos esos recuerdos, que me afectaban produciéndome estremecimientos. Cuanto más profundo caía en esos pensamientos acerca de mamá, de Lily, de Lev, el esposo que había perdido, más volvía a rememorar su música, el violín desesperado, y me daba cuenta de que a todas esas vivencias dolorosas las recordaba compulsivamente, como quien está obligado a mirar las heridas de las víctimas que uno mismo asesinó. Eso era un trance.

Pero a lo mejor siempre se me presentarían trances después de una muerte. Al llorar por alguien, lloraba por todos. Y una vez más, me dije, qué tontería pensar que Lily hubiera sido mi primera víctima de homicidio... por el hecho de haberla dejado morir. ¡Estaba totalmente claro que, años antes incluso de haber muerto Lily, yo ya había traicionado a mi madre!

Se hicieron las cinco de la tarde, y afuera ya había sombras. La avenida se volvió más ruidosa. Las amplias habitaciones adquirieron un aspecto más festivo, y la gente, por la cantidad de vino que había bebido, ya hablaba con más soltura, como suelen hacerlo en Nueva Orleáns después de una muerte, como si el difunto se pudiera ofender si uno se pone a hablar en susurros, como hacen en California.

California. Lily allá, en una colina, ¿por qué? No había nadie que pudiera visitar su tumba. ¡Dios santo, Lily! Pero cada vez que pensaba en traer sus restos, se me cruzaba una idea horrible: que cuando llegara el ataúd a Nueva Orleáns, yo tendría que mirar su interior. Lily, muerta antes de cumplir los seis años, llevaba más de veinte sepultada. No podía imaginarme semejante espectáculo. ¿Una niña embalsa­mada, cubierta de moho verde?

Me estremecí, y estuve a punto de lanzar un grito.

Había llegado Grady Dubosson, amigo y abogado mío, confiable asesor de Karl y de su madre. También estaba la señorita Hardy -era la que hacía más tiempo que estaba-, lo mismo que varias mujeres más del Preservation Guild, todas ellas elegantes y refinadas.

Connie Wolfstan dijo:

-Queremos algo, algún objeto pequeño que pudiéramos guardar como recuerdo suyo... no sé... algo para nosotras cuatro, nada más.

Sentí un profundo alivio.

-Los cubiertos de plata -respondí-. Hay tantos... y a él le gustaban mucho. Se carteaba con vendedores de platería de todo el país para comprar piezas del modelo Amor Sereno. ¿Ves ese tenedorcito? Se llama en realidad tenedor para frutillas.

-¿No te molestaría si cada una de nosotras se llevara...?

-Dios mío, yo temía que ustedes tuviesen miedo a causa de su enfermedad. Hay tantos cubiertos... alcanzan para todas.

Un fuerte ruido nos sobresaltó. Alguien se había caído. Yo sabía que ese primo era uno de los pocos que era pariente de los Becker de mi familia y de los Wolfstan, de Karl, pero no me acordaba de su nombre.

Se había emborrachado, el pobre, y noté que su mujer estaba furiosa. Lo ayudaron a levantarse. Tenía largas manchas húmedas en los pantalones grises.

Sentí deseos de hablar, de formar palabras acerca de los cubiertos de plata. Oí que Katrinka preguntaba: "¿Qué están tratando de llevarse?", y de mi boca salió la respuesta a Althea, cuando ella pasó a mi lado: "Sus cubiertos, todos esos cubiertos de plata. Que sus familiares se lleven uno cada uno".

Me di cuenta de que me subían los colores cuando Katrinka me lanzó una mirada furibunda. Dijo que esos cubiertos eran bienes gananciales.

Por primera vez tomé conciencia de que, tarde o tem­prano, todas esas personas se irían y yo me quedaría sola ahí, y a lo mejor él no regresaría, y me desesperé al pensar cómo me había reconfortado su música, cómo me había guiado recorriendo recuerdo tras recuerdo, y ahora en cambio estaba endemoniada, y movía la cabeza a uno y otro lado, y obvia-mente presentaba un aspecto extraño.

¿Qué tenía puesto? Me miré. Una falda amplia de seda, blusa con volados y un chaleco de terciopelo que disimulaba mi peso; el uniforme de Triana, le decían.

Se produjo un gran alboroto en la alacena. Habían sacado los cubiertos. Katrinka le decía en ese momento algo punzante y terrible a la pobre y apesadumbrada Rosalind, y Rosalind, con sus cejas oscuras formando un arco hacia arriba y los anteojos que se le deslizaban por la nariz, parecía perdida, necesitada de ayuda.

Mi prima Barbara se agachó para besarme. Tenían que irse; su marido no podía conducir más cuando se ponía oscuro, o al menos no debería. Yo entendía. La abracé un instante y apreté mis labios contra su mejilla. Cuando le di el beso, fue como besar a su madre, mi tía abuela muerta hacía tanto tiempo, y mi abuela, que había sido hermana de ella.

Katrinka de pronto me obligó a darme vuelta, y me hizo doler el hombro.

-¡Están saqueando la alacena!

Me levanté y le indiqué que se callara llevándome el dedo a los labios, gesto que, sabía positivamente, la pondría furiosa. En efecto, la enfureció. Una de las tías de Karl se acercó a besarme y agradecerme la cucharita de té que traía en la mano.

-A él lo haría tan feliz -dije. Vivía enviando como regalos piezas de Amor Sereno, y escribiendo: "Dime con confianza si no te gusta este modelo, porque puede ser que te inunde con envíos". Creo que intenté explicar eso, pero me costaba pronunciar palabras claras. Me alejé, utilizando a esa persona en cierto modo como vía de escape, acompa­ñándola hasta la puerta, y si bien otros me saludaron con la mano cuando bajaban la escalinata, yo salí al porche y me puse a mirar la avenida.

Él no estaba allí; probablemente no hubiera existido nunca. Con apabullante fuerza pensé en mi madre, pero no en el día previo a su muerte. Me refiero a otra ocasión, en que di una fiesta de cumpleaños para una amiga. Mi madre llevaba ebria varias semanas, y se hallaba encerrada en el dormitorio del costado, borracha como siempre se ponía, y a última hora del día recuperaba la conciencia, ¡y se presentó en la fiesta!

Apareció en el porche, trastornada, y ante todos quedó como la extraña rival de Jane Eyre, la loca del altillo de Rochester. La llevamos de nuevo adentro, pero yo la traté con amabilidad... ¿la besé? No me acordaba. Era muy desagradable pensar en ser tan joven y tan despreocupada, y luego volví a tomar conciencia con una enorme pesadumbre que yo la había dejado marchar, que la dejé morir de ebrie­dad, sola, con primos ante quienes se sentía avergonzada.

¿Qué era el asesinato de Lily, el no haberla salvado, comparado con eso?

Me aferré de la baranda. La casa se iba quedando vacía.

¡El violinista había sido un rasgo de locura, la música imaginada! Música loca, divina, tranquilizadora, producida por el subconsciente de una persona común, desesperada, sin talento, demasiado pedestre en todo sentido como para disfrutar de la fortuna que le habían dejado en herencia.

Dios santo, quería morirme. Sabía dónde estaba el revólver, y pensé: "Si esperas apenas unas semanas, todos se sentirán mejor. Si lo haces ahora, pensarán que fue culpa de él o de ella. ¿Y si Faye está en alguna parte, viva, y regresa y se encuentra con que su hermana mayor hizo semejante cosa... y si Faye se echa ella misma la culpa? ¡Impensable!

Besos, saludos agitando las manos. Un repentino torrente de perfume delicioso... Gertrude, la tía de Karl, y luego la mano suave, arrugada, de su marido.

Karl, cuando ya no se podía dar vuelta sin ayuda, me había murmurado: "Al menos no voy a saber lo que es volverse viejo, ¿no, Triana?".

Giré y me puse a mirar el césped del costado de la casa. Las luces del florista se reflejaban en el pasto húmedo, y más allá, en los ladrillos húmedos también, y yo traté de calcular dónde estaba antes el sendero que mi madre había recorrido ese último día que la vi. Había desaparecido. Durante los años de California, cuando mi padre estaba casado con su mujer protestante -aunque todas las noches, como alma condenada, rezaba el rosario, con lo cual la hacía sufrir enormemente, sin duda-, habían edificado un garaje. La moda del automóvil había descendido incluso sobre Nueva Orleáns. 0 sea que no quedaba un viejo portón de madera que pudiera ser el mausoleo de mi madre, su puerta de ingreso en la eternidad.

Asfixiada, casi jadeante, me di vuelta. Miré el largo porche. Gente por doquier. Pero recordaba la imagen de mi madre la noche en que salió de su encierro, perfectamente. Mi madre había sido preciosa, mucho más linda en todo sentido que cualquiera de sus hijas. Apareció con una expresión tan alocada en el rostro, perdida en medio de todos esos adolescentes de fiesta, despertada de un sueño alcoholizado, sin saber dónde estaba, sin amigos, a escasas semanas de morir.

Traté de recobrar el aliento.

-... todo lo que hiciste por él -pronunció una voz.

-¿Por quién? -quise saber.

-Por papá -me respondió Rosalind-, y después, ocuparte de Karl.

-No hables de eso. Cuando me muera, quiero internarme y perderme yo sola en los bosques. -O usar el revólver muy pronto.

-¿Acaso no queremos todos eso? Pero así es -dijo Rosalind-. Te caes y te quiebras la cadera como le pasó a papá, alguien te ata a una cama con agujas y tubos, o como Karl, te dicen que te van a dar otra dosis de drogas y a lo mejor...

Siguió así, por el hecho de ser Rosalind, la enfermera, la que compartía conmigo cosas morbosas, puesto que somos dos hermanas nacidas en diferentes años pero en el mes de octubre.

Vi muy vívidamente a Lily en su ataúd, imaginé cómo estaría ahora con moho verde, su carita redonda, su preciosa manito, regordeta y bella sobre su pecho, su vestido cam­pestre, el último vestido que le planché, y mi padre que me decía: "Eso lo harán en la empresa fúnebre," pero igual quise plancharlo yo, el último vestido, el último vestido.

Lev dijo después con respecto a Chelsea, su nueva novia: "La necesito tanto, Triana, la necesito. Para mí es como Lily de nuevo. Es como tener a Lily".

Yo le dije que comprendía. Creo que estaba atontada. Esa palabra es la única que se me ocurre para describir cómo me sentía, sentada en el otro cuarto mientras Chelsea y Lev hacían el amor, y después venían y me daban un beso, y Chelsea me decía que yo era la persona más insólita que conocía.

¡Eso sí que es gracioso!

Estaba sintiendo deseos de llorar. ¡Desastre! Ruido de puertas de auto que se cerraban, sombras oscuras contra el puesto del florista, de personas que se despedían agitando la mano.

Grady llamó desde el interior de la casa. Alcancé a oír a Katrinka. O sea que había llegado el momento.

Di media vuelta y recorrí toda la extensión del porche húmedo; pasé junto a los sillones de hamaca que ostentaban gotitas de lluvia, y me puse a contemplar el ancho vestíbulo. Era la vista más hermosa, pues el enorme espejo que había en la pared del fondo del comedor reflejaba ambas arañas, la pequeña del pasillo y la grande del comedor, y realmente daba la impresión de estar mirando un vestíbulo suntuoso.

Mi padre solía pronunciar discursos sobre la importancia de esas arañas, sobre lo mucho que las había amado mi madre, y cómo él no las vendería nunca. Nunca, jamás. Lo curioso es que no recuerdo quién le pidió que lo hiciera, ni cómo ni cuándo. Porque luego de morir mamá, cuando llegó un momento en que todos nos habíamos ido, a él le fue muy bien, y antes que eso, mamá jamás habría permitido que nadie tocara esos tesoros.

La casa se hallaba casi vacía.

Fui adentro. Me sentía perdida, inmovilizada dentro de una forma física ajena a mí, y la voz que me salía no era de confiar. Katrinka lloraba y había convertido su pañuelo en un nudo.

Entré detrás de Grady en la habitación de adelante, donde estaba el alto escritorio, entre medio de las dos ventanas del frente.

-No hago más que recordar cosas... y qué cosas -dije-. A lo mejor lo hago para alejar el presente, pero él murió en paz, no sufrió tanto como temíamos... él... todos...

-Querida, siéntese -dijo Grady-. Su hermana decidió que vamos a tratar ya mismo el tema de esta casa. Al parecer, quedó un poco resentida por el testamento de su padre, tal como usted dijo, y se siente con derecho a una parte de la venta de esta casa.

Katrinka lo miró azorada. Martin, su marido, movió la cabeza a uno y otro lado, y lanzó una miradita al bondadoso Glenn, marido de Rosalind.

-Bueno, Katrinka tendrá derecho -dije-, cuando yo me muera. -Alcé mis ojos. Las palabras acallaron a todos. Haber arrojado el "me muera" con tanto abandono, supongo.

Katrinka se llevó las manos a la cara y dio vuelta la cabeza. Rosalind sólo había pestañeado, y luego declarado con su voz más estentórea: "¡Yo no quiero nada!".

Glenn le hizo algún comentario por lo bajo a Katrinka, que provocó la airada reacción de Martin.

-A ver, quiero que concretemos -dijo Grady-. Triana, usted y yo hemos hablado con respecto a este momento. Estamos preparados; diría que bien preparados.

-¿Ah, sí? -Yo estaba como en sueños. No me encontraba ahí. Los veía a todos, sabía que no había peligro de que nadie vendiera la casa. Lo sabía. Sabía cosas que no sabía nadie más, salvo Grady, pero lo que importaba no era eso sino mi violinista, que me había consolado cuando me puse a pensar en todos los muertos dentro de la tierra blanda.

Había habido algunas conversaciones, por cierto algún indicio de demencia. Y lo que él dijo que quería era precisa-mente demencia, pero era mentira. Lo que me trajo fue un bálsamo, un ungüento, un cubrirme de besos. ¡Su música lo sabía! Su música no mentía. Su música...

Grady me tocó la mano. Martin, el marido de Katrinka, dijo que ése no era un momento propicio, y Glenn opinó lo mismo, que no era un momento propicio, y esas palabras no me produjeron impresión alguna.

Dios santo, nacer sin talento ya de por sí es una desgracia, pero tener además una imaginación febril y macabra es una maldición. Contemplé el enorme retrato de San Sebastián que colgaba sobre la chimenea, uno de los bienes más preciados de Karl, el original de la reproducción que pondrían en la tapa de su libro.

El santo sufriente estaba maravillosamente erótico, atado al árbol, traspasado por tantas flechas.

Y allí, en la otra pared, encima del diván, el enorme cuadro de flores. Tan parecido a Monet, decían.

Era una tela que Lev había pintado para mí, y me la había enviado desde Providence (Rhode Island) en la época en que era profesor en Brown. Lev y Katrinka. Lev y Chelsea.

Katrinka en aquel entonces tenía apenas dieciocho años. Yo no debería haber permitido, jamás, que las cosas llegaran a ese punto; fue culpa mía que Katrinka se metiera con Lev, y él quedó muy avergonzado, y ella, qué fue lo que dijo después, que cuando una mujer tenía un embarazo avanzado como tenía yo, que esas cosas... No, eso se lo había dicho yo, que no se preocupara, que yo lo lamentaba, que él...

Levanté mis ojos y la miré. Esa mujer esbelta y ansiosa era tan distinta de lo que era mi hermanita Katrinka, solemne, callada. Cuando Katrinka era chica, un día volvió a casa con mi madre, y mi madre, borracha, perdió el sentido en el porche, con las llaves de la casa adentro de la cartera; y la pobrecita Katrinka, de apenas seis años, se quedó ahí sentada cinco horas esperando que llegara yo, sin atreverse a pedir ayuda a nadie, sentadita, al lado de esa mujer desmayada en el porche, una criatura ahí sentada, esperando. "Se cayó cuando nos bajamos del tranvía, pero se levantó."

¡Vergüenza, culpa, dolor, mezquindad!

Miré la superficie de la mesa y me vi las manos. Vi la chequera que había allí, de plástico azul o de algún otro material resbaladizo, resistente y feo como ése, una chequera larga y rectangular de las más sencillas, con los cheques a un costado, y en el otro, el formulario con renglones finos para llevar las cuentas.

Yo soy una persona que nunca se molesta en anotar un cheque en ese formulario, pero eso ya no importaba más. Ni el menor talento para los números, ni el menor talento para la música. Mozart podía interpretar de derecha a izquierda. Probablemente era también un genio matemático, pero en cambio Beethoven no era tan inteligente, un tipo muy distinto de...

-Triana.

-Sí, Grady.

Traté de prestar atención a sus palabras.

Katrinka pretendía que se vendiera la casa, dijo, y se dividiera la herencia. Quería que yo cediera el derecho a quedarme en la casa hasta mi muerte -el "usufructo", como se le dice judicialmente-, es decir, el derecho a usar la casa hasta mi muerte, derecho que en realidad compartía­mos Faye y yo. Y cómo suponen que yo podría hacerlo siendo que Faye desapareció, me dije, y Grady explicaba la cuestión con su manera característica de arrastrar las pala­bras, decía que se habían hecho varios intentos de encontrar a Faye, como si ella realmente estuviera bien. El acento de Grady era en parte típico de Misisipí y en parte de Luisiana, y siempre melodioso.

Una vez Katrinka me contó que mamá metió a Faye en la bañera -Faye no tenía ni dos años en ese entonces; apenas si podía sostenerse sentada- y mamá "se durmió", es decir que estaba borracha, y Katrinka encontró a Faye sentadita en la bañera llena de excrementos... la caca flotaba en el agua, y la criatura que chapoteaba feliz... bueno, cosas que pasan, ¿no? y Katrinka que era tan chica. Yo volví a casa cansada, dejé mis libros del colegio. ¡No quise enterarme! No quise. La casa estaba tan oscura y fría... Eran tan pequeñas, las dos, que no podían encender las estufas, que no tenían llama piloto, ni tampoco encender el fuego en la chimenea por el peligro de que incendiaran la casa. ¡No había calefacción! El riesgo de un incendio estando solas, y ella borracha...

¡Ahora ya no es así!

-Faye está viva -musité-. Está... por alguna parte. Nadie me oyó.

Grady ya había redactado el cheque.

Me lo puso ante mí.

-¿Quiere que yo diga lo que me pidió que dijera? -me preguntó en tono confidencial, una amabilidad de su parte.

De pronto me sobresalté. Claro. Si yo lo había planeado, en medio de la angustia, fríamente, una sombría tarde en que Karl sufría con cada respiración, yo había planeado que, si alguna vez mi hermana Katrinka, mi pobre hermana perdida y huérfana, tenía esta actitud, yo le haría esto. Lo habíamos planeado. Se lo había dicho a Grady, y a él no le había quedado más remedio que obedecer mis instrucciones, y le pareció lo más prudente, y tenía un pequeño texto que leer.

-¿En cuánto calcula usted el valor de esta casa, señora de Russell? -le preguntó a Katrinka-. ¿Qué cifra diría?

-Bueno, por lo menos un millón de dólares -respondió Katrinka, lo cual era absurdo pues en Nueva Orleáns había en venta casas mucho más grandes y soberbias por mucho menos dinero. Karl solía maravillarse de eso. Y Katrinka y Martin, su marido, que vendían propiedades, lo sabían mejor que nadie, pues les iba maravillosamente bien en el sector alto de la ciudad; tenían su propia empresa inmobiliaria.

Me quedé mirando a Rosalind. En aquel entonces, en los años lóbregos, ella leía sus libros y soñaba. Echó un solo vistazo a mamá, que estaba ebria en la cama, y luego se encerró en su cuarto con sus libros. Leía John Carter of Mars, de Edgar Rice Burroughs. En esa época ella era tan proporcionada. Tenía un pelo negro y ondulado, bellísimo. No estábamos mal, y cada una tenía un tono distinto de pelo.

-Triana.

Mi madre fue hermosa hasta el momento de morir. Llamaron de la casa de sepelios y dijeron: "Esta mujer se tragó la lengua". ¿Eso qué quería decir? Los primos con quienes murió llevaban varios años sin verla, y en brazos de ellos falleció, con su pelo largo y castaño aún castaño, sin siquiera una hebra gris, eso lo recuerdo, su frente de huesos altos... no es fácil ser hermosa teniendo frente alta, pero ella lo era. Ese último día, cuando recorrió el sendero, llevaba el pelo cepillado y recogido. ¿Quién se lo había hecho?

Sólo una vez se lo había cortado bien corto, pero eso había sido años antes. Yo volví del colegio. Katrinka todavía era una bebita que andaba correteando por las lajas con un calzoncito rosa como usaban los niños en aquel entonces, el día entero, en el calor sureño. A nadie se le ocurría vestirlos con trajecitos de marca. Y mi madre me contó, serena, que se había cortado el pelo, que lo había vendido.

¿Qué le respondí? ¿Le dije que estaba bien, que le quedaba lindo? No la recordaba en absoluto con el pelo corto. Y sólo años más tarde comprendí: ella había vendido su pelo, lo había vendido, para comprar bebidas alcohólicas. ¡Dios mío!

Quería preguntarle a Rosalind qué pensaba ella, si había sido un pecado imperdonable no despedirse de nuestra madre. ¡Pero yo no podía cometer acto tan egoísta! Ahí estaba Rosalind, atormentada, mirando de Grady a Katrinka.

Rosalind tenía sus propios recuerdos terribles, que la mortificaban mucho y la llevaban a beber y llorar. En una oportunidad, antes de morir mi madre, Rosalind se encontró con mamá, que venía subiendo la escalinata del frente. Mamá traía una botella de vino envuelta, como lo hacían en aquel entonces en los negocios, en papel marrón, y Rosalind la llamó "borracha", y posteriormente me lo confesó entre sollozos, y yo le dije una y otra vez: "Ella comprendía, Rosalind, y perdonaba". Mi madre, que nunca vacilaba sin encontrar las palabras, en este triste episodio se limitó a sonreír a Rosalind, que en ese momento contaba apenas diecisiete años, apenas dos más que yo.

¡Mamá! ¡Me voy a morir!

Contuve el aliento.

-¿Quiere que lea el informe? -preguntó Grady-. Quería clausurar el tema. ¿No preferiría...?

-Clausurar el tema, una expresión moderna.

-Estás loca -dijo Katrinka-. Estabas loca cuando dejaste ir a Lev... lo que hiciste fue entregar a tu marido a Chelsea, y lo sabes... estabas loca cuando cuidaste a papá, no tenías que tener todos esos remedios para él, no te hacían falta las máquinas de oxígeno, y las enfermeras, y gastar hasta el último centavo suyo, no tenías que hacer todo eso, lo hiciste por remordimiento, porque sentías culpa, lisa y llanamente, por lo de Lily... -Al pronunciar el nombre de Lily se le quebró la voz.

Miren sus lágrimas.

Ni siquiera ahora soportaba pronunciar el nombre de Lily.

-Hiciste huir a Faye -prosiguió, con la cara enrojecida, hinchada, infantil-, ¡y estabas loca cuando decidiste casarte con un moribundo! Traer aquí a un moribundo, no interesa si te dejó dinero, no me importa si arregló la casa, no me importa... No tienes derecho, no tienes derecho a hacer estas cosas...

Un rumor de voces se alzó para acallarla. ¡Se la veía tan indefensa! Hasta Martin, su marido, estaba enojado con ella ahora, y la intimidaba; ella no podía soportar una actitud de desaprobación por parte de él. Qué pequeña parecía; Faye y ella, siempre con aspecto de niñitas desvalidas. Sentí deseos de que Rosalind, tal vez, se levantara y la abrazara. Yo no podía... no podía tocarla.

-Triana -dijo Grady-, ¿quiere leer esta declaración, tal como lo planeamos?

-¿Qué declaración? -Miré a Grady. Era algo pérfido y cruel. Entonces hice memoria. La declaración, esa declaración tan importante, que habíamos preparado redactando borra-dores y más borradores.

Katrinka no tenía idea de cuánto dinero me había dejado Karl. Katrinka no tenía idea de cuánto dinero yo podría algún día compartir con ella, Rosalind y Faye, y yo había jurado que si ella hacía eso, eso innombrable, si lo hacía, le entregaríamos un cheque, un muy impresionante cheque por un millón de dólares redondos, pero le exigiría la promesa de que jamás volvería a dirigirme la palabra. Una trama urdida en lo más recóndito e implacable del corazón.

Ella sabría, en ese momento, qué excesiva importancia le había dado a las cosas mínimas y qué tonta había sido con lo verdaderamente importante. Sí, y yo la miraría a los ojos para recriminarle todas las cosas crueles que me había dicho a lo largo de la vida, las vilezas, los comentarios punzantes propios de hermanas, y su encariñamiento con Lev, su acti­tud de "consolar" a Lev cuando murió Lily, tan ciertamente como Chelsea... pero no.

-Katrinka -dije, y la miré. Se volvió hacia mí, colorada, soltando lágrimas como un bebé, todo otro color, salvo el rojo, borrado de su cara, tan parecida a cuando era niña. Una niña así de pequeña sentada en el patio de la escuela con su mamá, y su mamá ebria, y todos que lo sabían, lo sabían, y la niña aferrándose a la madre, y luego volviendo a casa con esa mujer beoda en el tranvía, y…

Un día, yo llegué al sanatorio y encontré a Katrinka igual que ahora, colorada, llorando. "Veinte minutos antes del análisis de sangre, le avisaron a Lily que se lo harían. ¡Por qué hicieron eso! Este lugar es una cámara de tortura. No tendrían que haberle anunciado con tanta anticipación..." ¡Cómo lloraba, y por mi hija!

Lily estaba dada vuelta hacia la pared, Lily, mi hijita de cinco años, casi muerta al cabo de escasas semanas. Katrinka la quería muchísimo.

-Grady, quiero que le entregue el cheque -dije rápidamente, levantando la voz-. Katrinka, es un obsequio que

Karl dejó dispuesto para ti. Grady, no voy a pronunciar ninguna declaración, no tiene sentido, déle no más el regalo que él dejó para ella.

Noté que Grady soltaba un profundo suspiro de alivio de que no habría palabras cáusticas ni melodramáticas, aunque él sabía perfectamente que Karl jamás había posado sus ojos en Katrinka y jamás había dispuesto semejante obsequio...

-¿Pero no quiere que ella sepa que es un regalo que usted le hace?

-No, no quiero -le contesté con un hilo de voz-. Ella no podría aceptarlo, no lo aceptaría. Usted no entiende. Déle su cheque a Rosalind, también. -Ése no acarreaba ninguna condición, era sólo una sorpresa espléndida, y Karl sentía un enorme aprecio por Rosalind y Glenn, y les alquiló el pequeño negocio que tenían, Libros y Discos de Rosalind.

-Dígale que se lo regala Karl -le pedí-. Dígaselo.

Katrinka sostenía el cheque en la mano. Se acercó a la mesa. Sus lágrimas seguían siendo un torrente infantil, y advertí lo delgada que se había puesto, luchando como estaba contra la edad como lo estábamos todas. Se le notaba un aire muy marcado a la familia de papá, los Becker, con sus ojos levemente protuberantes y su nariz pequeña pero con cierta forma de gancho. Katrinka tenía un toque de belleza semita, cierto matiz solemne en su rostro surcado por las lágrimas. Tenía pelo rubio y ojos azules. Temblorosa, movía la cabeza a uno y otro lado. Los ojos los tenía cerrados con fuerza, pero igual le caían las lágrimas. Mi padre nos había dicho infinitas veces en la vida que ella era la única de nosotras verdaderamente hermosa.

Seguramente perdí el equilibrio, porque sentí que Grady me sostenía. Y Rosalind murmuraba algo que se perdió por falta de autoconfianza. Pobre Ros, soportar esto.

-No puedes firmar un cheque como éste -dijo Katrinka-. ¡No puedes firmar, así no más, un cheque por un millón de dólares!

Rosalind sostenía en la mano el cheque que le había entregado Grady. Parecía estupefacta, lo mismo que Glenn que, de pie, lo observaba desde arriba como si se tratara de una maravilla del mundo, un cheque por un millón de dólares.

La declaración, el discurso, las palabras ensayadas, furiosas, contra Katrinka, "que nunca vuelvas a intentar acercárteme, que nunca vuelvas a poner un pie en este umbral, que nunca..." Todas murieron, se esfumaron.

Fue en el pasillo del sanatorio. Katrinka lloraba. En la habitación, el extraño sacerdote californiano bautizó a Lily con agua de un vasito de papel. ¿Ley, mi adorado ateo, me habrá considerado una perfecta cobarde? Y Katrinka lloró como lloraba ahora, lágrimas de verdad por la hija que perdí, nuestra Lily, nuestra madre, nuestro padre.

-Siempre fuiste muy buena con ella -dije.

-¿De qué hablas? -reaccionó Katrinka-. ¡No tienes un millón de dólares! ¿Qué está diciendo? ¿Acaso se cree que...?

-Señora, si me permite -intervino Grady, y me miró, tras lo cual continuó incluso antes de que yo hiciera un gesto de asentimiento.

"Su hermana ha quedado en una posición sumamente cómoda gracias a su difunto marido, con todas las disposi­ciones que él tomó antes de morir con el conocimiento de su madre, disposiciones que no incluyen un testamento ni ningún otro instrumento legal, que podría ser impugnado por cualquier pariente de él.

"Y por cierto, la señora de Wolfstan firmó numerosos docu­mentos antes de morir Karl, garantizando que este acuerdo no sería cuestionado de forma alguna al morir su hijo, Karl Wolfstan, y que podía llevarse a la práctica con toda celeridad.

Prosiguió:

-No hay la menor duda acerca de la validez ni confiabi­lidad del cheque que tiene usted en su mano. Se trata de un regalo que su hermana desearía que usted aceptara, como la parte que pudiera corresponderle sobre esta casa, y le aseguro, señora de Russell, que no creo que esta casa, por bonita que sea, pudiera valer un millón de dólares y, desde luego, el cheque que usted tiene es por el valor total, aunque como sabe, usted tiene tres hermanas.

Rosalind lanzó un pequeño gemido.

-No tienes por qué hacerlo -dijo.

-Karl quería que yo pudiese...

-Ah sí, hacerlo posible -terminó de decir Grady, cum­pliendo con tropiezos lo último que yo le había encomendado, comprendiendo que no había cumplido las instrucciones que le susurré, y ahora algo perdido. -Fue deseo de Karl que Triana pudiese ofrecer un obsequio a cada una de sus hermanas.

-¿Cuánto hay? -dijo Ros-. No tienes por qué darnos nada a nosotras. No tienes que darle nada a ella, a mí ni a nadie. No... Si él te dejó...

-Ni te imaginas -le respondí-. Te aseguro que hay de sobra. Es tanto lo que hay, que esto es muy sencillo.

Rosalind se apoyó en su respaldo, enarcó las cejas y espió el cheque con sus anteojos. Su marido alto y cimbreño no encontraba las palabras, emocionado, impresionado, confundido por lo que veía a su alrededor.

Yo posé mis ojos en la temblorosa y ofendida Katrinka.

-No te preocupes más, Trink -le dije-. No vuelvas a preocuparte nunca más... por nada.

-¡Estás loca! -exclamó, y el marido le tomó la mano.

-Señora -le dijo Grady a Katrinka-, le recomiendo que lleve el cheque mañana mismo al banco Whitney, lo endose y lo deposite como cualquier cheque, y estoy seguro de que tendrá la alegría de descubrir que puede disponer libremente de los fondos. Es una donación, y como tal no está gravada con impuestos. Ni el menor impuesto. Ahora bien, le agradecería que se comprometiera por escrito, con respecto a esta casa, a no reclamar en el futuro...

-Ahora no -dije-. No importa.

Rosalind volvió a inclinarse hacia mí.

-Quiero saber la cifra. Quiero saber cuánto te cuesta hacer esto por mí y por ella.

-Señora de Bertrand -le habló Grady-, créame que su hermana quedó en muy buena situación económica. Además, y quizás este dato me ayude a hacerle comprender la idea con la mayor delicadeza, el señor Wolfstan también legó bienes para una nueva sala del museo de la ciudad totalmente dedi­cada a cuadros de San Sebastián.

Sumamente consternado, Glenn meneaba la cabeza.

-No, no podemos.

Katrinka entrecerró los ojos como si presintiera una trama.

Yo trataba de emitir palabras pero no lograba hacerlo. Le hice una seña a Grady y articulé la palabra "explique". Luego me encogí de hombros.

-Señoras -dijo él-, quiero asegurarles que el señor Wolfstan dejó a su hermana en una excelente posición eco­nómica. Para serles sincero, estos cheques no le hacen la menor mella.

Y así pasó el momento.

Así, no más. Terminado.

No se le había pronunciado a Katrinka el terrible discurso... toma este millón y no vuelvas a..., o sea que ella no había tomado conciencia en un acto sobrecogedor de haber perdido para siempre la posibilidad de participar de algo mucho mayor.

El momento había pasado. La oportunidad se había perdido.

Sin embargo fue antipático, mucho más de lo que pude haberlo planeado, porque ella se quedó furiosa del odio, y quería escupirme en la cara, pero por nada del mundo se iba a arriesgar a perder un millón de dólares.

-Bueno, Glenn y yo estamos agradecidos -dijo Rosalind, con su voz intensa-. Yo sinceramente no esperaba ni un centavo de Karl... es una amabilidad el solo hecho de que haya... ¿pero está usted seguro, Grady? ¿Seguro de que nos está dicien­do toda la verdad?

-Sí, por supuesto, señora. Su hermana está en una excelente situación económica...

Tuve una visión de billetes de dólar que volaban hacia mí, cada uno de ellos con minúsculas alitas. La visión más loca, pero creo que por primera vez en la vida comprendí serenamente lo que estaba diciendo Grady, que ya no hacía falta ese tipo de preocupación, que ese tipo de sufrimiento ya no formaba parte del panorama más amplio, que ahora la mente podía, con total paz y serenidad, replegarse sobre sí misma... de eso se había encargado Karl, y su familia... para ellos no había sido problema encargarse de eso, la mente podía ahora ocuparse de temas más excelsos.

-Entonces eso es lo que fue -dijo Katrinka mirándome, con ojos deslucidos y cansados, como suelen ponerse tras largas horas de furia.

No le respondí.

-Todo fue un árido arreglo económico entre tú y él -prosiguió-, y nunca tuviste la decencia de contárnoslo. Nadie abrió la boca.

-Y mientras él se moría de sida, podrías haber tenido la decencia de ponernos al tanto.

Le indiqué que no moviendo la cabeza. Abrí la boca, empecé a decir no, no, eso que dices es abominable, pero de pronto me di cuenta de que era lo más perfecto que haría Katrinka, y en cambio esbocé una sonrisa y luego me reí.

-Querida, no llore -dijo Grady-. Ya va a estar bien.

-Pero lo que pasa es que eso es perfecto, es...

-Todo este tiempo -continuó Katrinka, una vez más con lágrimas- ¡dejaste que nos preocupáramos, que nos tiráramos de los pelos! -La voz de Katrinka predominó sobre la de Ros, que imploraba silencio.

-Yo te quiero -declaró Rosalind.

-Cuando Paye vuelva -le susurré a Ros en una actitud de hermanas, como si ambas tuviéramos que ocultarnos del resto de las personas que se hallaban alrededor de la mesa redonda, en la sala del frente-, cuando Faye vuelva, le va a encantar cómo está la casa, no te parece, todo esto, y lo hizo Karl... es tan bonito...

-No llores.

-No, no estoy llorando, ¿verdad? Creí que me estaba riendo. ¿Dónde está Katrinka? -Varias personas se habían marchado de la habitación.

Me levanté y retiré yo también. Fui al comedor, el corazón y el alma de la casa, el cuarto donde hace tantos años Rosalind y yo nos habíamos peleado por el rosario. Dios santo, es un empacho de recuerdos lo que lleva a las personas a beber, a veces pienso. Mi madre tiene que haber recordado cosas muy, muy terribles. ¡Hicimos pedazos el rosario de mamá! Un rosario.

-Tengo que irme a la cama -anuncié-. Me duele la cabeza y no hago más que rememorar cosas, todas malas. No puedo sacármelas de la mente. Quiero pedirte algo, Ros...

-Sí -respondió en el acto, con ambas manos extendidas y sus ojos oscuros fijos sobre los míos con total conmiseración.

-El violinista... ¿recuerdas la noche que murió Karl? Había un hombre ahí afuera, en la avenida St. Charles y..

Los demás se habían congregado bajo la pequeña araña del vestíbulo. Katrinka y Grady discutían acaloradamente. Martin se mostraba severo con Katrinka, y ésta por poco gritaba.

-Ah, sí, el tipo del violín. -Se rió. -Sí, lo recuerdo. Tocaba Tchaikovsky. Claro que lo embellecía, como si alguien tuviera que improvisar con Tchaikovsky, pero lo cierto es que tocaba Tchaikovsky.

Crucé con Rosalind el comedor. Ella hablaba... y yo no le entendía. De hecho, era tan raro lo que decía que supuse que lo estaba inventando, pero luego recordé. Pero fue una clase muy distinta de recuerdo, sin la menor fuerza ni la pasión de otros recuerdos; se trataba de algo un tanto pálido, generado mucho tiempo atrás, algo a lo que se permitió deslizarse alejándose, o que quedó ex profeso oculto bajo el polvo. No sé. Pero en este momento no lo aparté de mí.

-Ese picnic que hubo allá en San Francisco -dijo-, al que fueron todos ustedes, hippies y beatniks, y yo tenía un miedo tremendo de que cayera la policía y termináramos todos presos, y tú en ese momento sacaste el violín, tocaste sin parar, ¡y Lev bailó! Fue como si el demonio hubiera entrado dentro de tu cuerpo, esa vez y aquella otra, cuando eras chica y tomaste ese violín en Loyola, ¿te acuerdas? Y tocaste, tocaste, pero...

-Sí, pero nunca pude volver a hacerlo. Después de esas dos veces lo intenté muchísimo...

Rosalind se encogió de hombros y me estrechó en sus brazos.

Me di vuelta y miré nuestra imagen en el espejo, no las chicas hambrientas, delgadas, amargas que se peleaban por un rosario. Nos vi reflejadas como éramos ahora, mujeres estilo Rubens. Rosalind me dio un beso en la mejilla. Vi el reflejo de nosotras dos, las dos hermanas, ella con sus rulos canosos, abultados, naturales que le enmarcaban el rostro, y su cuerpo robusto y blando bajo un vestido suelto de seda negra; yo con mi flequillo y mi pelo lacio, la blusa con volados y mis feos brazos gordos, pero no me importaron las imperfecciones de nuestro cuerpo, nos vi a las dos, y sentí deseos de estar ahí, en ese mismo sitio, con ella, aliviada, experimentando la sensación gloriosa del alivio, pero no pude.

Sencillamente no pude.

-¿Crees que mamá nos quiere en esta casa? -Empecé a llorar.

-Ah, por el amor de Dios, ¡a quién le importa! Vete a la cama. No tendrías que haber dejado nunca de beber. Yo me pienso tomar seis botellas de cerveza. ¿Quieres que nos que-demos en la planta alta?

-No. -Ella sabía la respuesta de esa pregunta.

Al llegar a la puerta del dormitorio, me volví y la miré.

-¿Qué pasa?

Tiene que haberse asustado de mi cara.

-El violinista, lo recuerdas... el que tocaba en la esquina cuando Karl... es decir, cuando todos...

-Ya te dije que sí, claro. -Volvió a afirmar que era decididamente Tchaikovsky, y me di cuenta por la forma en que levantaba la cabeza que se sentía muy orgullosa de poder identificar la música, y por supuesto tenía razón, o al menos eso me parecía. Tenía un aspecto muy soñador, compasivo y bondadoso para conmigo, como si no hubiese sobrevivido en ella nada de maldad, y ahí estábamos las dos, y no éramos viejas.

Yo no me sentía más vieja que cualquier otro día. No sabía lo que era sentirse vieja. Vieja. Los miedos se van, la maldad se va. ¡Si oras, si eres bendecida, si lo intentas!

-Venía constantemente aquí... el tipo del violín, mientras estabas en el sanatorio. Esta noche lo vi ahí afuera, mirando, no más. A lo mejor no le gusta tocar para grandes multitudes -dijo-. ¡Si quieres saber mi opinión, es excelente! Es bueno como cualquier violinista que yo haya escuchado alguna vez en persona o en algún disco.

-Sí. Es él, ¿no?

Esperé que se hubiera cerrado la puerta para volver a llorar.

Me gusta llorar sola. Llorar sin pausa me hacía sentir maravillosamente bien, totalmente lejos del menor atisbo de censura. Nadie que me dijera sí ni no, nadie a quien pedir disculpas, nadie que interviniera.

Llorar.

Me tiré en la cama y lloré, y los escuchaba a ellos afuera, y de pronto me sentí agotada, como si hubiera acarreado yo misma todos esos ataúdes a la tumba... Imagínelo, atemo­rizar así a Lily, haber entrado en la habitación del sanatorio y haberme puesto a llorar, y dejar que ella me viera, y Lily que me decía: "¡Mami, me asustas!". Y en ese momento, yo venía tarde del bar, y estaba borracha, ¿no? Todos esos años me los pasé borracha, pero nunca del todo, nunca lo sufi­ciente como para no darme cuenta... y después ese momento horrible, espantoso, en que vi su carita blanca, sin pelo, su calvicie producida por el cáncer pero igualmente bella como un capullo de flor, y mi reacción tonta e inoportuna de echarme a llorar. Cruel, cruel. Dios querido.

¿Dónde estaba ese mar de un azul luminoso con su espuma fantasmal?

Cuando me di cuenta de que él había estado tocando, tiene que haber sido después de un largo rato.

La casa se había acallado.

Seguramente comenzó en tono bajo, y esta vez tuvo la dulzura típica de Tchaikovsky, la elocuencia civilizada, podría­mos decir, más que el horror descarnado de los violinistas gaélicos que tanto me habían apasionado anoche. Me zambullí en la música, y la sentí más cerca, más nítida.

-Sí, toca para mí -musité.

Soñé.

Soñé con Lev y Chelsea, nosotros dos peleando en el café, y Lev que decía: "Tantas mentiras, tantas", y yo que comprendía lo que me quería decir, que él y Chelsea... y ella tan alterada, tan fundamentalmente buena, y desde luego, enamorada de él, deseándolo, y amiga mía, y luego me volvieron las cosas más terribles, recuerdos de los furiosos discursos de mi padre, de mamá llorando en esta casa, esta misma casa, llamándonos, y yo que no iba a su lado, pero todo eso estaba entremezclado con el sueño. El violín cantaba, y contribuía al dolor, como sólo Tchaikovsky podría hacerlo, me introducía en lo profundo del sufrimiento, dentro de su dulzura y nitidez rojo rubí.

¿Enloquecerme? Ni por asomo, ¿pero por qué quieres que sufra, por qué quieres hacerme recordar esas cosas, por qué tocas tan bellamente cuando hago memoria?

Aquí viene el mar.

El dolor iba entremezclado con sopor; el poema de mamá sobre la noche, tomado del viejo libro: "Las flores asienten, las sombras avanzan lentamente, aparece una estrella sobre el cerro".

El dolor iba entremezclado con el sueño, con su música exquisita.

8

La señorita Hardy se hallaba en el vestíbulo. Althea traía el café justo en el momento en que yo entraba.

-Jamás se me habría ocurrido molestarla a esta hora -dijo la señorita, incorporándose en su asiento cuando me incliné para darle un beso. Llevaba puesto un sentador vestido de color durazno, y el pelo peinado hacia atrás, formando un marco perfecto de rizos disciplinados aunque naturales. -Pero lo que pasa es que él lo pidió. Nos pidió concretamente que la invitáramos a usted porque siente un gran respeto por su persona, por su gusto musical, por la amabilidad con que lo trata.

-Señorita Hardy, estoy con mucho sueño y medio adormilada. Téngame paciencia. ¿De quién está hablando?

-De su amigo, el violinista. Yo no sabía siquiera que usted lo conociese. Como le digo, pedirle que salga en un momento como éste es algo que yo nunca haría, pero él dijo que "usted querría ir.

-¿Adónde? Es decir, perdone, pero no entiendo bien.

-A la capilla de aquí a la vuelta, esta noche. A un pe­queño concierto.

-Ah.

La capilla.

Consternada, evoqué todos los objetos conocidos de la capilla, como si una descarga repentina de la memoria hubiera liberado detalles imposibles de recuperar hasta ese momento... la capilla. La vi, no como estaba ahora, después del Concilio Vaticano II y de una remodelación radical, sino como era antiguamente, cuando íbamos allí, juntas, a misa. Cuando mamá nos llevaba a Ros y a mí, tomadas de la mano.

Seguramente puse cara de perplejidad. Oí los cánticos en latín.

-Triana, si esto la molesta, voy y le digo que usted to­davía no sale, que es muy pronto.

-¿Va a tocar en la capilla? -pregunté-. Esta noche. -Asentí, junto con ella, en gesto de confirmación.

-¿Un pequeño concierto? Una especie de recital.

-Sí, a beneficio de la capilla. Usted sabe en qué condi­ciones está. Le hace falta pintura, un techo nuevo... Todo fue muy sorprendente. Él se presentó un día en la oficina del Preservation Guild y se ofreció para dar un concierto, y que todos los fondos recaudados fuesen para el edificio. Nunca habíamos oído hablar de él, ¡pero cómo toca! Solamente un ruso podría hacerlo de esa manera. Desde luego, dice ser un emigrado. Nunca vivió en Rusia tal cual es ahora, lo cual resulta obvio... es muy europeo, claro, pero únicamente un ruso podría tocar así.

-¿Cómo se llama?

Quedó sorprendida.

-Creí que usted lo conocía -dijo, suavizando su voz, frunciendo el entrecejo en gesto de preocupación-. Discúl­peme, Triana. Él dijo que usted lo conocía.

-Sí, lo conozco muy bien. Me parece maravilloso que toque en la capilla. Pero no sé su nombre.

-Stefan Stefanovsky -respondió lentamente-. Lo memoricé, lo escribí y controlé con él cómo se escribía. Nom­bres rusos. -Lo repitió pronunciándolo de manera sencilla, acentuando la primera sílaba de Stefan. El hombre tenía un encanto innegable, con violín o sin él. Cejas oscuras muy características, muy rectas, un pelo excéntrico, al menos en aquellos tiempos, para un músico clásico.

Sonreí.

-Ahora todo cambió. Los que usan el pelo largo son los intérpretes de rock, no los de música clásica, qué extraño. Y lo curioso es que, cuando evoco todos los conciertos a los que concurrí en mi vida -incluso el mismísimo primero, que dio Isaac Stern-, no recuerdo que nadie tuviera pelo largo...

Mis palabras le estaban causando preocupación.

-Con todo gusto -agregué, poniendo orden en mis pen­samientos-. ¿Así que a usted le pareció atractivo?

-¡Todas se desmayaron cuando lo vieron entrar! Un porte tan teatral. Además, su acento. Y cuando realizó el simple acto de levantar el violín y el arco, y empezó a tocar, creo que afuera se detuvo el tránsito.

Me reí.

-La música que interpretó para nosotros fue muy dis­tinta -dijo- de la que tocó... -Amablemente se detuvo y bajó la mirada.

-... la noche que usted me encontró aquí, con Karl -concluí yo.

-Sí.

-Era una música bellísima.

-Sí, supongo que sí, porque en realidad no la oí, por así decirlo.

-Es comprensible.

De pronto se la notó confundida, como si dudara de lo adecuado o sensato de nuestra charla.

-Después, habló de usted muy elogiosamente; dijo que era la única persona que comprendía su música. Y lo dijo delante de una habitación llena de mujeres de todas las edades que desfallecían por él.

Me reí, y no sólo para tranquilizarla. Me hacía gracia la imagen de mujeres jóvenes y viejas, conmocionadas por el fantasma.

Qué impresionante el giro de los acontecimientos, la invitación.

-¿A qué hora es lo de esta noche, señorita Hardy? -le pregunté-. ¿A qué hora toca? No pienso perdérmelo.

Se quedó un instante mirándome con cierta sensación incómoda que le perduraba; luego, con gran alivio procedió a brindarme los detalles.

Salí para el concierto cinco minutos antes de la hora.

Estaba oscuro, desde luego, por ser la estación en que oscurecía a las ocho, pero esa noche no llovía sino que había un aire afable, casi cálido.

Crucé mi propio portón, giré a la izquierda en la esquina de la Tercera avenida y regresé lentamente hasta la calle Prytania por las viejas aceras rotas de ladrillo, disfrutando cada desnivel, cada bache, cada peligro. El corazón me latía con fuerza. De hecho, era tal la expectativa que sentía, que por poco no la toleraba. Las últimas horas me habían resultado larguísimas, y lo único que hice fue pensar en él.

¡Hasta me vestí para él! Qué tontería. Desde luego, eso para mí sólo significó una blusa mejor, color blanco, con encaje más abundante y de mejor calidad, una falda de seda negra mejor, larga hasta los tobillos y un chaleco de terciopelo negro. El Uniforme Triana mejor; eso fue lo único que significó. Y el pelo suelto y limpio, nada más.

Un mortecino farol alumbraba la calle cuando llegué al final de la cuadra y volvía más opresiva la penumbra en derredor. ¡Además, por primera vez tomé conciencia de que ya no había un roble en la esquina de Tercera y Prytania!

Creo que hacía años que no caminaba por esa parte de la manzana, que no me paraba allí. Antes había en ese lugar un roble, por cierto, porque recordé que la luz del farol alum­braba en medio del árbol y daba sobre la alta cerca negra de hierro y sobre el césped. Robustas ramas oscuras de roble, retorcidas y no demasiado gruesas, no tan pesadas que pudieran desplomarse.

¿Quién te hizo esto? Le hablé a la tierra, al lugar partido que quedaba entre los ladrillos. Vi entonces el sitio donde antes estaba el roble, pero habían desaparecido las raíces. Sólo se percibía la tierra, la inevitable tierra. ¿Quién se llevó ese árbol, que podría haber durado siglos?

Del lado de enfrente de Prytania, las regiones más profun­das de Barrio Jardín parecían negras y huecas, las mansiones cerradas y trancadas.

Pero a mi izquierda, sobre Prytania, antes de la capilla, había luces intensas, y se alcanzaba a oír un ameno entremez­clarse de voces alegres.

El lote de la esquina lo ocupaba únicamente el templo, tal como mi casa ocupaba el que estaba ubicado al fondo y llegaba hasta la avenida St. Charles, pasando laureles, robles y hierbas silvestres, bambúes y adelfas.

La capilla era la planta baja de una inmensa casa, mucho más amplia y hermosa que la mía. La casa era vieja como la mía, pero había nacido infinitamente más grandiosa, hecha de mampostería y circundada por verjas de bello diseño.

En una época había tenido -no me cabe duda- el clásico vestíbulo central con salas a ambos lados, pero todo eso había sido modificado antes de que yo naciera. Toda la planta prin­cipal había sido vaciada y adornada con estatuas, cuadros de santos y un magnífico altar. El sagrario de oro. ¿Qué más? Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, un icono ruso.

Ésa era la Virgen a la que antes llevábamos las flores.

Irónico, pero absolutamente sin la menor importancia.

Desde luego, él sabía lo mucho que me gustaba ese lugar, ese edificio, ese jardín, esa verja, la capilla misma, y sabía lo de los pequeños ramos de flores ajadas sobre el comulgatorio, los tallos aplastados por nuestras manitos, los pequeños ramos que dejábamos allí en nuestras caminatas nocturnas, Rosalind, mamá y yo, antes de que terminara la guerra, antes de que llegaran Katrinka y Faye, antes de que llegara la bebida. Antes de que llegara la muerte. Antes del miedo, del dolor.

Él sabía. Sabía cómo era antes esa enorme casa que aún tenía aspecto de suntuosa residencia, con sus porches delanteros paralelos y anchos, sus columnas hechas de hierro, sus chimeneas mellizas rectas, firmemente emplazadas sobre el gablete del segundo piso, siguiendo el inconfundible esquema de Nueva Orleáns.

Chimeneas que flotaban, juntas, bajo las estrellas. Chime­neas para hogares ya desaparecidos, quizás.

En esas habitaciones de la planta alta, mi madre había ido a la escuela de niña. En la capilla propiamente dicha había yacido el ataúd de mi madre sobre sus andas. En la capilla misma yo había tocado el órgano en la penumbra, las noches de verano, cuando los sacerdotes me permitían encerrarme y no había nadie allí. Yo trataba por todos los medios de producir música.

Sólo el Santísimo Sacramento podría haber tenido tanta paciencia con los deplorables trozos sueltos de canción que yo interpretaba, los acordes, los cánticos religiosos que intentaba aprender con la vaga promesa de que algún día podría tocar cuando la organista me lo permitiera, cosa que nunca ocurrió porque nunca llegué a tener suficientes condiciones, ni tampoco el coraje necesario de intentarlo.

Las mujeres de Barrio Jardín se ponían hermosos sombreros para ir a misa. Creo que nosotros éramos las únicas que usábamos pañuelo como las campesinas.

No me hizo falta una muerte que me trajera recuerdos, un responso que me hiciera evocar, ni siquiera las agradables visitas en el crepúsculo llevando flores en las manos, como tampoco la foto de mi madre con un puñado de chicas, graduadas de colegio secundario -cosa excepcional para aquella época, pelo batido y medias blancas-, paradas con sus ramos florales a la izquierda de este mismo portón.

¿Quién oró alguna vez en esta capilla que luego lo haya olvidado?

Ese viejo catolicismo poseía siempre el aroma de las velas de cera pura de abeja, y el incienso que perduraba eternamente en toda iglesia donde se exhibiera la Custodia; además estaban, en la penumbra, los rostros plácidos de los santos, artistas del dolor como Santa Rita, con su herida en la frente, y el penoso camino de Jesucristo hasta el Calvario ilustrado en las estaciones de las paredes.

El rosario no era una plegaria que se dijera de memoria, sino un cántico a través del cual nos representábamos al Cristo sufriente. Para la Oración del Silencio había que quedarse muy callado en el banco, dejando que Dios nos hablara directa-mente. Yo sabía de memoria el ordinario de la misa en latín. Entendía lo que significaban los cánticos.

Todo eso había sido eliminado por el Concilio Vaticano II. Pero la capilla seguía existiendo para los católicos que ahora rezaban en inglés.

Solamente una vez la había visitado yo en su versión mo­derna: tres años o cuatro años antes, para un casamiento. Todo lo que me producía recuerdos gratos había sido sacado de allí. El Niño Jesús de Praga, con su corona de oro, ya no estaba más.

Ah, pero tienes una motivación para hacer esto. Qué gran honor me haces. Un concierto para mi propio beneficio nada menos que en este lugar, de todos los sitios donde estuve antes de matarla a ella, o a cualquiera, preocupándome por flores dejadas sobre el comulgatorio.

Sonreí para mis adentros, apoyándome un instante contra la cerca. Eché un vistazo atrás, hacia donde se hallaba Lacomb vigilándome. Le había ordenado que no se alejara mucho. Me daban miedo, como a cualquiera, las personas de verdad en las calles oscuras.

Después de todo, los muertos nos pueden afectar hasta por ahí no más, hasta que uno se topa con un fantasma, es decir, un fantasma capaz de tocar música por inspiración divina, un fantasma con nombre: Stefan.

"Increíble el plan que te has propuesto", murmuré. Levanté la vista y recordé las ramas de roble que rodeaban y oscurecían esa luz, sólo que en aquel entonces no era esa luz.

Salía luz por las sencillas ventanas de la capilla, ventanas como la mía, hasta el piso, divididas en muchos rectángulos, algunas con el cristal antiguo, que titilaba y se fundía, aunque eso no podía advertirlo desde donde me hallaba. Pero yo lo sabía y pensé en ello, mientras contemplaba la casa, contempla­ba el tiempo, contemplaba todo para fijar mis pensamientos en el astuto designio del plan, de la obra dramática.

Así que se proponía tocar el violín para todos, ¿eh? Y yo debía estar presente.

Al llegar a Prytania doblé a la izquierda y me encaminé hacia el portón de ingreso. La señorita Hardy y varias damas clásicas de Barrio Jardín se hallaban allí para recibir a los concurrentes.

Se detenían taxis en la calle. Vi la conocida figura del policía de custodia, ya que ese pequeño paraíso oscuro se había vuelto demasiado peligroso como para que pudieran andar los viejos, que por cierto habían decidido salir para escuchar al violinista.

Algunos nombres, algunas caras me resultaban conocidos; otros no, y a algunos sencillamente no los ubicaba. Pero era una nutrida concurrencia de unas cien personas, muchos caballeros de traje liviano de lana, y casi todas las mujeres de vestido, a la usanza sureña, salvo algunos escasos concurrentes vestidos con prendas sin género determinado, y un puñado de alumnos universitarios, o al menos eso parecían, del Conser­vatorio ubicado en el sector alto de la ciudad, donde con tanto ahínco yo alguna vez había tratado, a los catorce años, de convertirme en violinista.

Cómo se ha difundido tu fama.

Mientras estrechaba la mano de la señorita Hardy y salu­daba a Renée Freeman y Mayteen Ruggles, espié el interior y noté que él, la atracción principal, ya se hallaba adentro.

La cosa misma, como habría dicho la valiente gobernanta de Henry James refiriéndose a Quint y la señorita Jessel sin vacilar, la cosa, parada en el pasillo, ante el altar, que modestamente había sido cubierto para la ocasión, y vi que estaba limpio y adecuadamente vestido, con su lustroso pelo peinado tan bien como el mío. Una vez más lucía las dos trencitas atadas atrás de la cabeza, para impedir que le cayera tanto pelo sobre la cara.

Se hallaba distante pero inconfundible, y observé cómo hablaba con la gente.

Por primera vez... por primera vez desde que empezara todo... pensé que me estaba volviendo loca. No quiero ser cuerda. No quiero estar presente, ni tener conciencia, ni estar con vida, no. No quiero. Él está allí, entre los vivos, como si fuera uno de ellos, como si fuese un ser real, vivo. Conversaba con los estudiantes, les mostraba el violín.

¡Y mis muertos ya no están! ¡No están! ¿Qué hechizo podría hacer resucitar a Lily? Un funesto relato me vino a la mente: "La pata del mono", Kipling, los tres deseos; uno no quiere que resuciten los muertos, no, no se reza pidiendo eso.

Pero él había traspasado las paredes de mi habitación, y luego se esfumó. Eso yo lo había visto. Se trataba de un fantas­ma, un ser muerto.

Mira a las personas vivas, aunque sea una vez en la vida, o bien prorrumpe en gritos.

Mayteen se había puesto un perfume exquisito. Era la ami­ga más vieja de mi madre que quedaba viva. Dijo palabras que me esforcé por comprender. El corazón me llenaba los oídos.

-... el solo hecho de tocar semejante instrumento, un Stradivarius de verdad.

Le apreté la mano. Me encantaba su perfume, que era muy viejo y simple, no demasiado caro, un perfume que venía en un frasco rosado, y el talco venía en una caja floreada, de color rosado también.

Me zumbaba la cabeza con el sonido de mi corazón. Ar­ticulé unas pocas palabras sencillas, lo más insulsas que podía concebir una persona con amnesia; luego subí de prisa la escalinata de mármol, cuyos peldaños siempre se ponían resbalosos cuando llovía, y entré en la capilla, con su intensa iluminación moderna.

No nos detengamos en detalles.

Soy una persona que siempre se sienta en la primera fila. ¿Qué hacía, entonces, dirigiéndome al último banco?

Pero no me podía ubicar más cerca. Y el recinto era muy pequeño, y desde ese rinconcito del fondo alcanzaba a verlo perfectamente.

Hizo una inclinación de cabeza a la mujer que estaba a su lado, con quien conversaba. ¿Qué tipo de cosas dicen los fantasmas en momentos como ése? Y extendía el violín para que lo observaran las niñas pequeñas. Vi el lustre profundo, la unión de la parte trasera. Sostuvo todo el tiempo el violín y el arco, sin soltarlos, y no me miró cuando tomé asiento en el banco de roble y posé mis ojos en él.

Entraba gente arrastrando los pies. Yo respondí varias veces inclinando la cabeza ante quienes me susurraban un saludo, pero no oía nada de lo que se decía.

Estás aquí, entre los vivos, sólido como son ellos, y te es­cucharán.

De pronto levantó la mirada sin alzar del todo la cabeza, y sus ojos se posaron fijamente en mí.

Otros me han visto y oído siempre.

Varias siluetas se movieron interponiéndose entre nosotros. La pequeña capilla estaba casi llena por completo. En el fondo había dos acomodadores de pie, pero tenían sillones para sentarse... si lo deseaban.

Se apagaron las luces. Un único reflector bien ubicado lo alumbraba en medio de la bruma polvorienta y descolorida. Con qué elegancia se había vestido para la ocasión, qué blan­ca su camisa; qué limpia su cabellera, y las trencitas que le retiraban el pelo de la cara... todo tan sencillo.

La señorita Hardy se había puesto de pie, y pronunció unas palabras de explicación e introducción.

A él se lo veía sereno, de atuendo formal aunque no de una época demasiado definida, un saco que podría haber tenido doscientos años o haber sido hecho ayer, largo, algo entallado, y corbata de color claro. Yo no alcanzaba a distinguir si era violeta o gris el tono de la corbata.

Impactante, sin lugar a dudas. "Estás loca -susurré para mis adentros, casi sin mover los labios-. Quieres un fantasma distinguido, sacado de las novelas, cargado de una significa­ción romántica. Sueñas."

Me dieron ganas de taparme la cara, de irme de allí, y al mismo tiempo de no irme, ganas de quedarme y de huir. Quería sacar algo de mi cartera, un pañuelo de papel, cualquier cosa con la cual pudiera amortiguar la impresión, algo así como taparse los ojos durante una película y mirarla por entre los dedos separados.

Pero no podía moverme.

Con admirable aplomo agradeció a la señorita Hardy y nos agradeció a todos. Su voz era pareja, de acento marcado pero totalmente comprensible, la voz que yo había oído en mi dormitorio, una voz de muchacho. Parecía la mitad de joven que yo.

Se llevó el violín al mentón y levantó el arco. El aire se estre­meció. Nadie se movió, tosió ni hizo ruido con el programa.

Evoqué expresamente el mar azul, el mar azul del sueño y los fantasmas danzarines. Los vi, cerré los ojos y vi el mar radiante bajo la luna invisible pero próxima, y los distantes brazos de tierra que se extendían.

Abrí los ojos.

Él se había detenido y me miraba furibundo.

No creo que la gente se haya dado cuenta de lo que signi­ficaba su mirada, en qué dirección iba ni por qué. Contaba, de su parte, con la anuencia de lo excéntrico. Y era muy bello para mirar, muy bello, delgado e imperial como antes era Lev, sí, aunque totalmente distinto de él, porque su pelo era muy oscuro y sus ojos muy negros, y Lev, al igual que Katrinka, era rubio. Los hijos de Lev eran rubios.

Cerré los ojos. Maldición, había perdido la imagen del mar, y cuando él empezó a interpretar, vi esas viejas cosas triviales y horribles, y me puse levemente de costado. Alguien de mi lado me tocó la mano en gesto de conmiseración.

Viuda, pensé conscientemente, y loca por el hecho de haberme quedado dos días enteros en casa con un cadáver. Todos seguramente se habían enterado. En Nueva Orleáns, todos sabían algo digno de saberse, y un dato tan peculiar probablemente merecía saberse.

Luego su música me caló hasta lo hondo.

Bajó el arco y fue de inmediato a los tonos profundos de los acordes más bajos, el tono menor, una insinuación de cosas por venir. El tono era tan fino y controlado, tan perfecto, el ritmo tan espontáneo, que no pensé en nada, absolutamente nada, como no fuera en eso.

No había necesidad de lágrimas; tampoco de contenerlas. Lo único que había era esa canción exquisita que se desgranaba.

Luego vi el rostro de Lily. Veinte años pasaron rozándome. Lily, muriendo en su cama en ese mismo instante. "Mami, no llores, que me asustas."


9

Ahuyenté la visión. Abrí los ojos y con ellos recorrí el yeso descascarado del techo de ese sitio descuidado, los indiferentes adornos metálicos, muy modernos, carentes por completo de sentido. Comprendí en ese momento la batalla, en el instante en que me inundaba la música y oía la voz de Lily junto a mi oído, entremezclada con la música, formando parte de ella.

Lo miré directamente y sólo en él pensé. Me concentré en su persona pues no quería pensar en ninguna otra cosa. El no podía dejar de tocar su música. De hecho, interpretaba con gran vigor, con maestría, con una tonalidad imposible de describir por lo controlada y a la vez distendida, un tono tan punzante.

Sí, en efecto se trataba del concierto de Tchaikovsky, que yo conocía de memoria de mis discos, y él tocaba las partes orquestales, de modo que lo convertía en una magnífica versión propia, pues interpretaba la pesada melodía principal equilibrándola con las demás líneas melódicas.

Música que a uno lo desarma.

Traté de respirar lentamente, de distenderme y no cerrar los puños.

De pronto se notó un cambio. Fue algo total, como cuando el sol se oculta tras una nube. Sólo que era de noche y está­bamos en la capilla.

¡Los santos! Habían vuelto las viejas imágenes de los santos. Me vi rodeada por la decoración de treinta años atrás.

El banco era oscuro, antiguo, con volutas en el apoya-brazos bajo los dedos de mi mano izquierda; a espaldas de él se levantaba el tradicional y venerable altar, que en su parte inferior, dentro de una vitrina de cristal, tenía las figuras talladas y pintadas de la última cena.

Lo odié, lo odié por eso, porque no podía dejar de mirar a esos santos perdidos, al Niño Jesús de Praga hecho de yeso pintado, que sostenía su minúsculo globo terráqueo, los cuadros viejos aunque palpitantes de Jesucristo acarreando su cruz, todo a lo largo de un costado del recinto y del otro, ubicados entre las tenebrosas ventanas.

Eres muy cruel.

Y precisamente así, tenebrosas, eran las ventanas del anochecer, inundadas de luz color lavanda, y él estaba parado entre las sombras suavizadas, y el viejo comulgatorio cruzaba por adelante, el comulgatorio que había sido retirado con todo lo demás hacía tanto tiempo. Él se hallaba inmóvil en medio de esa perfecta representación de todo lo que yo recordaba, pero que un momento antes no habría podido evocar en detalle.

Me sentía transfigurada. Tenía los ojos fijos en la imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro que colgaba tras él, encima del altar, sobre el sagrario color dorado brillante. Los santos, el olor a cera. Veía las velas en sus pequeñas vasijas rojas. Veía todo. Olí, una vez más, la cera y el incienso, y él seguía tocando, variando el concierto, introduciendo su cuer­po esbelto en la música y arrancando suspiros a la multitud de concurrentes, ¿pero quiénes eran?

Esto es maligno. Es hermoso pero maligno, porque es cruel.

Cerré y abrí los ojos para ver el presente, y por un instante lo hice.

Luego volvió a caer el velo. ¿Acaso él iba a traer de nuevo a mi madre? ¿Vendría ella para llevarnos a mí y Rosalind por el pasillo central, en medio de la anticuada sensación de seguridad que brindaba la capilla con su oscuridad? No, el recuerdo superaba a la inventiva de ese ser.

El recuerdo era demasiado terrible, demasiado doloroso. El recuerdo de ella pero no aquí, en este lugar sagrado, en los tiempos felices, antes de que fuera envenenada como la madre de Hamlet, no; el recuerdo de cuando estaba ebria, tendida sobre un colchón quemado, su cabeza a escasos centímetros del agujero en llamas. Eso es lo que vi, y Rosalind y yo yendo y viniendo con cacerolas de agua, y la hermosa Katrinka, con sus rizos amarillos y sus inmensos ojos azules, de apenas tres años, contemplando muda a su madre, mientras la habitación se llenaba de humo.

Ésta no te la perdono.

Estaba inmerso en el concierto. Yo expresamente llené la capilla de luces, expresamente imaginé la concurrencia hasta llegaron a ser las personas, tenían que serlo, las mismas personas que me resultaban conocidas. Eso lo hice mientras lo miraba fijo pero él era demasiado poderoso para mí.

Mentalmente yo era una niña que se aproximaba al comul­gatorio. "¿Qué hacen con las flores después de que nosotras las dejamos allí?" Rosalind quería encender una vela.

Me puse de pie.

La concurrencia se sentía magnetizada por él. Era tal el embrujo que sentían por su persona que yo pasaba inadvertida. Salí del banco, le di la espalda al violinista, bajé la escalinata de mármol y me alejé de su música, que nunca cejó sino que se volvió cada vez más encendida, como si creyera que con ella podía incendiarme, maldito sea.

Cigarrillo en mano Lacomb, que se hallaba apoyado con­tra la verja, se incorporó, y regresamos caminando de prisa casi a la par. Yo alcanzaba a oír la música. Miré expresamente las lajas del suelo. Si mi mente se dejaba ir, volvía a ver el mar, la espuma. Lo vi en repentinos estallidos de colores intensos; esa vez también lo oí.

Al mismo tiempo que caminaba oía el mar, lo veía y veía la calle ante mis ojos.

-¡Vaya más despacio, patrona, que se va a tropezar y me va a hacer romper el alma! -dijo Lacomb.

Un aroma tan puro. El mar y el viento juntos engendran el aroma más puro y bello, y sin embargo, todo lo que subyace bajo la superficie del mar puede despedir el hedor de la muerte si uno lo arrastra hasta la arena de la orilla.

Imprimí velocidad a mi paso, contemplando minuciosamente los ladrillos rotos y las malezas que crecían entre ellos.

Llegamos, gracias a Dios, hasta mi luz, mi garaje, pero no había allí un portón abierto. Ya no existía más, habían retirado el portón de mi madre, el viejo portón de madera pintado de verde, empotrado en el arco de mampostería que ella atravesó para encaminarse directamente a su muerte.

Me quedé inmóvil. Aún alcanzaba a oír la música, aunque lejana. Estaba adaptada para oídos humanos que se encon­traran cerca, y él parecía aceptar eso gracias a alguna regla de su naturaleza que a mí me agradó descubrir, aunque me habría gustado más comprender lo que significaba.

Caminamos hasta la avenida y llegamos hasta el portón del frente. Lacomb lo abrió y lo sostuvo para que yo pasara, sostuvo el pesado portón que siempre se caía hacia adelante y podía golpearlo a uno hasta dejarlo tendido en el suelo. Nueva Orleáns aborrece las líneas de plomada.

Subí los escalones y entré en la casa. Lacomb seguramente quitó la llave a la puerta, pero no me di cuenta. Le dije que me quedaría a escuchar música en la habitación del frente, que cerrara todas las puertas.

Él conocía esa costumbre mía.

-¿No le gusta su amigo, el de allá? -preguntó con voz gruesa, uniendo tanto las palabras una con otra como en un almíbar, que demoré un instante en entenderle.

-Me gusta más Beethoven.

Pero la música de él me llegaba a través de las paredes. Ya había dejado de tener elocuencia, carecía de una acuciante significación. Era un zumbido de avispas en el cementerio.

Se cerraron las puertas que daban al comedor. Se cerraron las que daban al hall. Revisé los discos que habían sido puestos en perfecto orden alfabético.

Solti, la Novena de Beethoven, segundo movimiento.

En un instante lo puse en el aparato, y los címbalos ahogaron totalmente el sonido del violinista. Subí el volumen al máximo cuando llegó la conocida marcha. Beethoven, mi capitán, mi ángel de la guarda.

Me tendí sobre el piso.

Las arañas de esas habitaciones eran pequeñas, y no tenían adornos dorados como las de cristal de Baccarat del vestíbulo y el comedor. Eran, simplemente, de vidrio y cristal. Era un placer estar acostada en el piso limpio, mirar hacia arriba y ver una araña que sólo tenía lamparillas en forma de vela de baja potencia.

Con la música logré borrarlo a él. La marcha seguía sin cesar. Oprimí el botón que le indicaba al aparato que repitiera, pero sólo esa banda del disco. Cerré los ojos.

¿Qué quieres recordar? Datos triviales, tonterías, rasgos de humor.

En mi juventud, constantemente soñaba despierta escu­chando música, ¡y veía el tipo de imágenes propias de él! Veía a personas, cosas, situaciones dramáticas, y me posesionaba tanto, que terminaba casi apretando los puños mientras la escuchaba.

Pero ahora no. En este momento era sólo la música, el enérgico ritmo de la música, y cierto entregarme a la idea de escalar la eterna montaña en el eterno bosque, pero no una visión. Envuelta en una sensación de seguridad dentro de la canción impetuosa e insistente, cerré los ojos.

Él no demoró.

Puede ser que me haya quedado una hora allí tendida.

Atravesó las puertas trancadas con llave y apareció en un instante, al tiempo que las puertas temblaban tras él, que traía el hermoso violín y el arco apretados en su mano izquierda.

-¡Me dejaste plantado! -exclamó.

Su voz se elevó hasta tapar el sonido de Beethoven. Lue­go él vino hacia mí dando pisadas fuertes y amenazadoras.

Me incorporé apoyándome en los codos y me senté. Tenía la visión borrosa. La luz se reflejaba sobre su frente, sobre sus cejas oscuras y prolijas que formaban una línea muy nítida, mientras él me lanzaba dardos con la mirada entrecerrando los ojos, con el aspecto más hostil que jamás le haya visto a ser alguno.

La música avanzó hasta cubrirlo, tanto a él como a mí. Dio una patada al aparato. La música vaciló, atronó. Entonces arrancó el enchufe de la pared.

-¡Ah, qué astuto! -dije antes de que se abatiera sobre nosotros el silencio. Apenas si pude ocultar una sonrisita vic­toriosa.

Vi que jadeaba como si hubiera estado corriendo, o a lo mejor era sólo el esfuerzo de convertirse en un ser material, de tocar ante espectadores, de atravesar, invisible, las paredes y luego presentarse vivo, en su espeluznante esplendor.

-Sí -respondió lanzándome una mirada despreciativa, con el pelo castaño que le colgaba, lacio, a ambos lados de la cara. Se le habían desarmado las trencitas, y los mechones se le mezclaban con otros más largos, sueltos y brillosos.

Me acometió con todos sus poderes para atemorizar, pero sólo consiguió hacerme recordar la belleza de un viejo actor. Sí, con su nariz aguileña y sus ojos subyugantes tenía el oscuro atractivo del Olivier de antaño en la versión cinematográfica de una obra de Shakespeare, Olivier como el jorobado, deforme y maligno rey Ricardo III. Irresistible, un simpático truco en pintura, ser feo y bello a la vez.

Una vieja película, un viejo amor, vieja poesía que no ha de olvidarse jamás. Me reí.

-¡No soy jorobado ni deforme! -exclamó-. ¡Y no estoy representando un papel para ti! ¡Estoy aquí, contigo!

-¡Eso parece! -respondí. Me erguí, tironeando la falda para taparme las rodillas.

-¿Parece? -Utilizó las palabras de Hamlet para burlarse de mí:

-"¡Parece señora! ¡No; es! ¡Yo no sé parecer!"

-Te agobias demasiado. Tu talento es para la música. ¡No cedas ante la desesperanza! -le respondí, utilizando palabras tomadas más o menos de la misma obra.

Sosteniéndome de la mesa me puse de pie, y él vino hecho una furia hacia mí. Casi me echo atrás, pero me mantuve aferrada a la mesa, sin dejar de mirarlo.

-¡Fantasma! ¡Tenías a un mundo entero de seres vivos mirándote! ¿Qué vienes a hacer aquí siendo que puedes tener todos esos ojos y oídos?

-¡No me hagas enojar, Triana!

-Ah, veo que conoces mi nombre.

-Tanto como tú -dijo. Se volvió hacia la izquierda y luego a la derecha. Se encaminó a las ventanas, hacia el eterno bailoteo de luz proveniente del tránsito tras los pájaros de encaje.

-No te voy a ordenar que te marches -dije.

Dándome la espalda aún, levantó la cabeza.

-¡Estoy demasiado sola, demasiado fascinada por tu presencia! -confesé-. Cuando era chica, al ver un fantasma tal vez habría huido corriendo, a los gritos, y lo hubiera creído posible con una mentalidad católica totalmente supersticiosa. ¿Pero ahora?

Él me escuchaba, nada más.

Me temblaban notablemente las manos, y eso no lo podía tolerar. Retiré un sillón de la mesa, me senté y me apoyé contra el respaldo. La araña se reflejaba formando un círculo borroso sobre el lustre de la mesa, alrededor de la cual se hallaban ubicados en posición de firme los sillones con sus aletas estilo chippendale.

-Ahora estoy demasiado ansiosa, desesperanzada, negligente. -Traté de que la voz me saliera firme y al mismo tiempo suave.

-No sé las palabras. ¡Siéntate aquí! Siéntate, deja el violín y dime qué quieres. ¿Por qué vienes a verme?

Nada me respondió.

-¿Sabes lo que eres?

Se acercó a la mesa, pasó el violín a la mano izquierda y apoyó la derecha lo más cerca posible de la mía. Pensé que el pelo largo que le colgaba rozaría mi rostro. No percibí aroma alguno en su ropa, ni siquiera olor a polvo.

Tragué saliva y se me borró la visión. Botones, la corbata violeta, el violín resplandeciente. Todo era fantasma: la ropa, el instrumento.

-En eso tienes razón. ¿Ahora qué soy? ¿Cuál fue el bené­volo juicio sobre mí que estabas a punto de pronunciar cuando te interrumpí?

-Te pareces a los enfermos humanos. ¡Me necesitas en tu sufrimiento!

-¡Eres una puta! -Retrocedió.

-Eso no lo he sido nunca, porque no tuve el coraje. Pero tú sí estás enfermo y me necesitas -continué-. Eres como Karl. Eres como Lily en su período final, aunque sólo Dios sabe... -Me interrumpí, cambié de tema. -Eres como mi padre cuando estaba agonizando. Me necesitas. Tu tormento busca en mí un testigo. Eso te da celos y te vuelve ansioso, tanto como cualquier ser humano que se está muriendo, salvo en los últimos momentos, quizá, cuando los moribundos se olvidan de todo y ven cosas que los demás no podemos ver...

-¿Por qué piensas que ven cosas?

-¿Acaso tú no las viste? -le pregunté.

-Nunca me morí -respondió- adecuadamente, debo decir. Pero eso tú lo sabes. Nunca vi las luces tranquilizadoras ni oí cánticos de ángeles. ¡Oí disparos de armas de fuego, gritos y maldiciones!

-¿Ah sí? Qué dramático, pero claro, tú eres muy extravagante.

Se echó hacia atrás como si me hubiera permitido hurgarle el bolsillo.

-Siéntate -continué-. Me he sentado junto a muchos lechos de moribundos, y tú lo sabes. Por eso me elegiste. A lo mejor estás dispuesto a terminar con tu vida de fantasma errante.

Giró en redondo, furioso, y se acercó a la mesa. Sí, tenía el mismo magnetismo que Olivier en aquella película vieja, toda hecha de contrastes oscuros, piel blanca y una tre­menda malignidad. ¡Tenía la misma boca alargada, pero más carnosa!

-¡Deja de pensar en aquel otro hombre! -murmuró. -Es una película, una imagen.

-Sé lo que es, ¿o me crees tonto? Mírame. ¡Estoy aquí! La película es vieja, el realizador ya murió, el actor también, volvió al polvo, pero yo estoy contigo.

-Sé lo que eres, ya te lo dije.

-¿Qué quieres exactamente que te diga, entonces? -In­clinó la cabeza hacia el lado, se mordisqueó el labio y envolvió con ambas manos el arco y el mango del violín.

Estaba a unos pocos pasos de mí. Vi la madera con más nitidez, el bello laqueado. Un Stradivarius. Habían pronun­ciado esa palabra, y allí estaba él, sosteniendo en la mano ese instrumento siniestro y sagrado, sosteniéndolo simplemente, permitiendo que sobre él cayera la luz y bailoteara subiendo y bajando por sus curvas, como si el objeto tuviese vida.

-¿Sí? -dijo-. ¿Quieres rozarlo con tus dedos o escu­charlo? Sabes perfectamente que no puedes tocar música con él. ¡Ni siquiera un Stradivarius enmendaría tus terribles fallas! Si lo intentaras, lo harías chillar y hasta deshacerse de la rabia.

-Quieres que yo...

-De ninguna manera. Lo único que pretendo es recor­darte que no tienes talento para esto, sino sólo un anhelo, una codicia.

-¿Eso es lo que es: una codicia? ¿Era codicia lo que quisiste implantar en el alma de quienes fueron a escucharte en la capilla? ¿Una codicia que te proponías alimentar? Piensas que Beethoven...

-No hables de él.

-Claro que lo haré. ¿Crees que fue codicia lo que forjó...?

-¡No me estoy por morir! -aseveró. Retiró un sillón y se sentó enfrente. -Me vuelvo más fuerte cada minuto que pasa, cada hora, cada año.

Se arrellanó en su asiento, por lo cual un metro veinte de madera lustrada se interpuso entre nosotros.

Quedó dando la espalda a las intermitentes cortinas de la ventana, pero la bruma opaca de la araña dejaba ver su cara entera, demasiado joven como para que alguna vez hubiera sido un rey malvado en alguna obra de teatro, de repente demasiado apesadumbrada como para que yo disfrutara mirándola.

Sin embargo, tampoco podía apartar mis ojos.

Lo observé. Él me lo reveló.

-En definitiva, ¿qué es? -le pregunté.

Dio la impresión de tragar saliva con la misma seguridad que un ser humano, volvió a morderse el labio y luego apretó los labios en gesto de disciplina.

-Es un dueto -dijo.

-Entiendo.

-Yo debo tocar y tú escuchar, y tú debes sufrir, perder el juicio o hacer lo que sea que mi música te impulse a hacer. Vuélvete idiota si quieres, enloquécete como Ofelia en su obra preferida. Vuélvete chiflada como el propio Hamlet. Total, a mí no me importa.

-Pero es un dúo.

-Sí, sí, ésa es la palabra apropiada, dúo, no dueto, porque solamente yo produzco la música.

-No es así. Yo la alimento, y tú lo sabes. En la capilla, te diste un festín conmigo y todos los presentes, y no te alcanzaban todos los demás, y volviste a dirigirte a mí, y des­piadadamente me produjiste imágenes que no significaban nada en absoluto para ti, me destrozaste el corazón con el desenfreno de un delincuente común en tu deseo de producir sufrimiento. Sobre el sufrimiento nada sabes, pero lo nece­sitas. Eso es un dueto tanto como un dúo. Es música hecha por dos, eso es lo que es.

-Dios santo, tú sí que tienes labia, por más que en el plano musical seas una boba, siempre lo fuiste; te gusta zambullirte en las aguas profundas del talento de otras personas y revolcarte en el piso con tu Pequeño Genio, con el Maestro, con ese demente ruso, Tchaikovsky. Y cuánto placer te produce la muerte, sí, sí, sabes que es verdad. Necesitabas todas esas muertes, las necesitabas.

Hablaba con verdadera pasión, lanzándome dardos con la mirada, abriendo sus ojos profundos en el momento preciso para dar realce a sus palabras. Era, o había sido, mucho más joven que Olivier en el papel de Ricardo III.

-No seas tan estúpido -dije, serena-. La estupidez no le sienta a un ser que no puede poner como excusa el hecho de ser mortal. Yo aprendí a convivir con la muerte, a olerla, a tragarla, a limpiar todo luego de su lento avance, pero nunca la necesité. Mi vida podría haber sido algo totalmente distinto. Yo no...

¿Pero acaso a ella no le había hecho daño? Parecía ser muy cierto. Mi madre había muerto por mi culpa. Yo no podía ahora impedir que ella saliera por el portón del costado que no existía. No podía decir: "Papá, no podemos hacer esto, tenemos que internarla en el sanatorio, quedarnos con ella, tú y Ros vayan con Trink, que yo me quedo con mamá..." ¿Y para qué habría hecho yo eso? ¿Para que ella saliera del sanatorio como lo había hecho ya una vez, convenciendo a la gente, fingiéndose cuerda e inteligente, simpática, y volviera a casa para quedar de nuevo desvanecida en la cama, para que volviera a caerse contra la estufa, se partiera la cabeza y dejara un charco de sangre en el piso?

Dijo mi padre: "Dos veces le prendió fuego a su cama... no podemos dejarla aquí...". "¡Katrinka está enferma, la van a operar, te necesito!"

¿A mí?

¿Y qué quería yo? Que ella, mi madre, muriera, que termi­nara su enfermedad, su sufrir, su humillación, su padecimiento. Ella lloraba.

-¡No lo voy a aceptar! -exclamé, estremecida entera-. Lo que estás haciendo es mezquino y ruin. Invades mi mente buscando cosas que no te hacen falta.

-Cosas que viven deambulando por tu mente -res­pondió con una sonrisa. Se lo veía vivaz, francamente juvenil, sin arrugas, sin uso. Seguramente había muerto en su juventud.

Puso una mirada ceñuda.

-Eso es un disparate -dijo-. Hace ya tanto tiempo que morí, que no hay en mí nada que sea joven. Me convertí en esto, esta "cosa", según me describiste en tu mente esta misma noche, cuando no podías soportar la gracia ni la elegancia que veías; me convertí en esta "cosa" abominable, este espíritu, cuando tu guardián, tu magnífico artista sinfónico, se hallaba vivo y era mi maestro.

-No te creo. Hablas de Beethoven. Te odio.

-¡Él fue mi maestro! -se indignó. Y lo decía en serio.

-¿Eso fue lo que te condujo hasta mí, el hecho de que yo lo amara?

-No, no necesito que lo ames, que vivas el duelo por tu marido ni que desentierres a tu hija. Y pienso ahogar el sonido del maestro, pienso ahogarlo con mi música antes de que hayamos terminado, hasta que ya no puedas oírlo más mediante un aparato, a través de la memoria ni de sueños.

-Ah, qué amable. ¿Lo querías tanto como me quieres a mí?

-Sencillamente quise dejar en claro que no soy joven. Y no me vas a hablar de él con aire posesivo y de superioridad. Aparte, lo que yo amaba no te lo pienso decir.

-Bravo. ¿Cuándo dejaste de aprender? ¿Cuando perdiste la carne? ¿El cráneo se te volvió más grueso al convertirse en cráneo de fantasma?

Se echó hacia atrás, sorprendido.

Igual me sentí yo, o más o menos, pero mi propia anda-nada de palabras solía atemorizarme. Eso me había sucedido durante años y años, desde que empecé a beber.

Cuando bebía, solía pronunciar discursos de ese tipo. No podía siquiera recordar el sabor del vino o la cerveza, y tampoco sentía deseos de beber. Lo que añoraba era el estado de conciencia, e incluso mis sueños lúcidos, sueños en los cuales yo deambulaba como el sueño del palacio de mármol, sabiendo que soñaba, pero igualmente allí, soñando aún, en el mejor de ambos mundos.

-¿Qué quieres que haga? -preguntó.

Levanté la vista. Yo estaba viendo otras cosas, otros lugares. Posé mis ojos en su rostro. Me dio impresión de ser sólido como cualquier objeto de la habitación, aunque totalmente animado, querible, envidiable.

-¿Qué quiero que hagas? -pregunté con aire burlón-. ¿Qué significa esa pregunta? ¿Qué quiero yo?

-Dijiste que ansiabas mi compañía. Bueno, yo ansío la tuya, pero soy capaz de dejarte ir. Puedo seguir avanzando...

-No.

-No, claro que no -dijo con una sonrisita fugaz que en el acto se le borró. Parecía muy serio, y sus ojos se agran­daron al serenarse. Sus cejas eran perfectas, muy negras y enarcadas, de modo que le daban una expresión bella e imperiosa.

-De acuerdo, viniste a mí -dije-. Te presentas como algo que yo podría invocar: un violinista, precisamente lo que quise ser con todo mi corazón, tal vez lo único que intenté ser de alma. Tú te presentas; no eres una creación mía. Provienes de algún sitio, tienes apetitos, necesidades y exigencias. Te enfurece no poder enloquecerme, y al mismo tiempo te sientes atraído por la misma complejidad que te derrota.

-Lo reconozco.

-Bueno, ¿qué piensas que sucederá si te quedas? ¿Crees que me voy a dejar hechizar para que me arrastres a todas las tumbas sobre las cuales puse flores? ¿Crees que voy a permitir que me arrojes a la cara a Lev, el marido que perdí?

Sí, sé que llevaste obligadamente mis pensamientos hacia él en estas últimas horas, como si él estuviera muerto igual que los demás, mi Ley... él y su mujer, Chelsea, y sus hijos. ¿Supo­nes que lo voy a permitir? Debes querer una lucha terrible. Tienes que prepararte para la derrota.

-Podrías haber conservado a Lev -murmuró, pensa­tivo-. Eras demasiado orgullosa. Pero tuviste que ir y decirle: "Sí, cásate con Chelsea." No podías ser traicionada. Tenías que ser condescendiente, sacrificada.

-Chelsea llevaba en su vientre un hijo de él. -Chelsea quería abortarlo.

-No, y tampoco lo quería Lev. Y nuestra hijita se había muerto, y Lev amaba al niño y a Chelsea, y Chelsea lo amaba a él.

-Entonces, muy dignamente entregaste a ese hombre al que amabas desde que era jovencito, y te sentiste ganadora, la directora de la obra teatral.

-¿Y qué? Él se fue y es feliz. Tiene tres hijos varones, uno muy alto y rubio y dos mellizos, y están en fotos por toda esta casa. ¿Las viste en el dormitorio?

-Las vi. También las vi en el pasillo, al lado del viejo retrato color sepia de tu santa madre, cuando era una hermosa niña de trece años, con sus flores de graduación y su pecho plano.

-De acuerdo, ¿entonces qué hacemos? No voy a permitir que me hagas esto.

Se dio vuelta hacia un costado y emitió una especie de zumbido. Levantó el violín de su falda y lo apoyó cuidadosamente sobre la mesa, con el arco a su lado, y se quedó sosteniendo el mango con la mano izquierda. Sus ojos se elevaron lentamente hacia el cuadro de flores pintado por Lev, que colgaba en la pared, arriba del diván, el cuadro obse­quiado por Lev, mi marido, el poeta, pintor y padre de un hijo alto de ojos azules.

-No, no pensaré en eso -dije.

Miré fijamente el violín. ¿Un Stradivarius? ¿Beethoven su maestro?

-¡No te burles de mí, Triana! Fue mi maestro, como también lo fue Mozart siendo yo niño, muy niño, de modo que casi ni lo recuerdo. ¡Pero el gran Maestro me enseñó!

Tenía las mejillas encendidas.

-No sabes nada de mí -continuó-. No sabes nada del mundo del cual fui arrancado. Tus bibliotecas están llenas de estudios sobre ese mundo, sus compositores, sus pintores, los constructores de sus palacios, sí, incluso el nombre de mi padre, mecenas de las artes, generoso mecenas del gran Maestro, y sí, el gran Maestro fue mi profesor.

Se interrumpió y miró hacia otro lado.

-Entonces yo debo sufrir y recordar, pero no tú -dije-. Entiendo. Alardeas como tan a menudo hacen los hombres.

-No, no entiendes nada. Sólo te quiero a ti, nada menos que a ti, que adoras esos nombres como si fueran santos -Mozart, Beethoven-, ¡quiero que sepas que los conocí! ¡Y no sé dónde están ahora! ¡Estoy aquí, contigo!

-Sí, es tal cual lo has dicho y lo he dicho yo, ¿pero qué debemos hacer? Sabes que puedes pescarme desprevenida mil veces, pero no volveré a sumergirme en esto. Y cuando sueño con las olas, con el mar, ¿sueño lo que tú...?

-No hablemos de tu sueño.

-¿Por qué? ¿Porque es una manera de entrar en tu mundo?

-Yo no tengo mundo. Estoy perdido en el tuyo.

-Tenías uno, tienes historia, tienes a tus espaldas una serie de acontecimientos conectados, ¿verdad?, y ese sueño proviene de ti porque yo nunca he visto esos lugares.

Hizo tamborilear los dedos sobre la mesa y agachó la cabeza en actitud de pensar.

-Recuerdas -dijo maliciosamente, mirándome hacia arriba y sonriendo pese a que era mucho más alto, dejando que sus cejas se ocuparan de ser ominosas al tiempo que mantenía su voz ingenua y su boca delicada-. Recuerdas que, luego de morir tu hija, tenías una amiga de nombre Susan...

-Tuve muchas amigas luego de morir mi hija, buenas amigas, y de hecho había cuatro que se llamaban Susan o Suzanne, o bien Sue. Estaba Susan Mandel, antigua compa­ñera mía de colegio; Susie Ryder, que vino a brindarme solaz y luego se convirtió en aliada mía. También estaba Suzanne Clark...

-No, ninguna de ésas. Lo que dices es verdad... muchas veces has conocido a mujeres con nombres repetidos... ¿Recuerdas a las Anne de tus años universitarios? Eran tres, y cómo bromeaban con el hecho de que te llamaras Triana, que significa tres Anas. Pero no quiero hablar de ellas.

-¿Por qué habrías de hacerlo, si los recuerdos son sólo placenteros?

-¿Dónde están ahora esas amigas, especialmente la cuarta... Susan?

-Estás perdiendo mi interés.

-De ninguna manera. Te tengo tan aferrada a mí como cuando toco música.

-Sensacional. Sabes que es una palabra antigua.

-Desde luego.

-¡Y eso es lo que eres, puesto que produces todas estas sensaciones intensas en mí! Pero vamos, por qué no hablas con propiedad, a qué Susan te refieres, pues ni siquiera...

-La sureña, pelirroja, la que conocía a Lily...

-Ah, esa Susan, una amiga de Lily Vivía en el piso de arriba. Tenía una hija de la edad de Lily...

-¿Por qué no me hablas sobre eso? ¿Por qué te enoja? ¿Por qué no me lo cuentas? Esa mujer amaba a Lily. A tu hija le encantaba subir a su departamento, estar con ella, ponerse a dibujar, y esa mujer, años después de morir Lily, cuando ya vivías aquí, en Nueva Orleáns, te escribió una carta en la que te decía que tu hija había renacido, que se había reencarnado, ¿lo recuerdas?

-Vagamente. Es un placer pensar en eso y no en la época en que ambas estaban juntas, puesto que una está muerta, y la carta me pareció absurda. ¿Renace la gente? ¿Me vas a contar secretos de esa índole?

-Nunca, y más que eso no sé. Mi existencia es una continua estrategia. Lo único que sé es que estoy aquí, y que eso nunca termina, y que aquellos a quienes amo u odio mueren pero yo permanezco. Eso es lo que sé. Y nunca se me ha presentado un alma ante mis ojos diciendo ser la reencar­nación de alguien que me hubiera hecho sufrir... ¡a mí!

-Continúa, te escucho.

-Recuerdas a aquella Susan y lo que ella te escribió.

-Sí, que Lily había renacido en otro país. ¡Ah! -me detuve horrorizada. -Eso es lo que me haces ver en el sueño, un país donde nunca he estado, donde se encuentra Lily... ¿Eso es lo que quieres hacerme creer?

-No. Sólo quiero echarte en cara que nunca fuiste a buscarla.

-Ah, nuevamente trucos... veo que tienes miles. ¿Quién te hizo daño? ¿Quién disparó las armas de fuego que te causaron la muerte? ¿No me lo quieres contar?

-Del mismo modo que Lev te contó que durante la enfermedad de Lily estuvo con una jovencita tras otra para consolarse, el padre de una hija que se moría...

-Eres un demonio inmundo. No voy a rivalizar en lenguaje contigo. Sí, estuvo con esas jovencitas brevemente y sin amor, y yo bebía. ¿Que engordé? Y bueno. Pero esto no tiene sentido, ¿o acaso es esto lo que quieres? No existe el día del juicio final. Ya no creo en eso. Y cuando dejé de creer en eso también dejé de creer en la confesión o la legítima defensa. Vete. Voy a volver a encender el tocadiscos. ¿Qué harás? ¿Piensas romperlo? Tengo otros. Puedo cantar Beethoven. Sé cantar el Concierto para violín de memoria.

-No te atrevas a hacerlo.

-¿Acaso hay música grabada esperándote en el infierno?

-¿Cómo habría de saberlo, Triana? -preguntó con repentina suavidad-. ¿Qué sé yo lo que tienen en el infierno? Ya ves cuáles son las circunstancias de mi perdición.

-Creo que mientes. Te pusiste celosa.

-¿De qué podía estar celosa? ¿De que una vieja amiga hubiera perdido la razón? Hacía años que no veía a Susan; tampoco sé dónde está ahora...

-Pero sentías celos, te consumía la indignación, estabas más celosa de ella de lo que estuviste de Lev y sus jovencitas.

-Esto tendrás que explicármelo.

-Con gusto. ¡Sufrías enormemente de envidia porque tu hija reencarnada se manifestó ante Susan y no ante ti! Eso fue lo que pensaste. No podía ser cierto porque claro, ¿cómo podía ser que el vínculo entre Lily y Susan fuera más fuerte? Sentías cólera, orgullo, el mismo orgullo que te hizo renun­ciar a Lev cuando él no sabía lo que hacía, cuando él no podía aguantar tanto dolor, cuando...

No le respondí.

Tenía toda la razón del mundo.

En aquel momento me atormentó la idea de que alguien pudiera reivindicar un contacto tan estrecho con mi hija muerta, que Susan, con su mente aparentemente perturbada, imaginara que Lily reencarnada había confiado en ella y no en mí.

Tenía razón. Qué tontería. Y cuánto quería Lily a Susan. ¡Ah, el vínculo que las unía!

-O sea que te juegas otra carta. ¿Y qué? -Estiré la mano para tocar el violín. Él no lo soltó; por el contrario, lo sostuvo con más fuerza.

Acaricié el violín pero él no me permitía moverlo. Me controlaba. Sentí el objeto como algo real, magnífico, lustroso y bello por derecho propio, sin que emanara de él una sola nota de música. Ah, rozar con mis dedos un violín tan bello y antiguo.

-Es un privilegio, supongo -dije amargamente. No pienses en Susan y en esa historia que contó sobre Lily reencarnada.

-Sí, es un privilegio... pero te lo mereces.

-Me parecen mucho mejores que el fuego eterno, si me lo preguntas. Pero pienso seguir poniendo la música de mi guardián Beethoven cuando se me ocurra, y cantar lo que recuerde, aun cuando destroce tono, clave y melodía...

Se inclinó hacia adelante en gesto tímido; antes de poder recobrar mis fuerzas, yo bajé los ojos. Miré la mesa y sentí en mí un gran padecimiento que se elevaba hasta hacerme difícil respirar. El violín. Isaac Stern en la sala de conciertos, mi certeza infantil de que yo podía alcanzar semejante grandiosidad...

No, no hagas esto.

Miré el violín, estiré una mano. Él no se movió. Yo no podía cubrir el metro de ancho de la mesa. Me levanté, di la vuelta y fui hasta el sillón contiguo al suyo.

Me observaba todo el tiempo, manteniendo expresamente la misma postura como si pensara que yo tenía intenciones de hacerle algún truco. A lo mejor las tenía, pero todavía no se me ocurrían trucos, nada que valiera la pena intentar.

Rocé con mis dedos el violín.

Él tenía un aire de ser superior, hermoso.

Me senté enfrente, y él retiró su mano derecha de modo que yo pudiera tocar el violín. Más aún, me acercó levemente el instrumento, sin soltar aún el mango y el arco.

-Stradivarius -dije.

-Sí. Uno de los muchos que alguna vez toqué, apenas uno de muchos, y ahora es un fantasma tanto como lo soy yo, un espectro como yo. Pero es fuerte. Él es él y yo soy yo. Es un Stradivarius en este mundo tanto como lo fue en la vida. -Lo miró con expresión de cariño.

-Podríamos decir que hasta cierto punto morí por él. -Me miró. -Después de recibir la carta de Susan, ¿por qué no saliste a buscar el alma renacida de tu hija? -me preguntó.

-Porque no creí en la carta. La tiré. Me pareció una tontería. Sentí pena por Susan, pero no le pude contestar.

Sus ojos adquirieron luminosidad. Su sonrisa era so­carrona.

-¿Eso a qué se debe?

-A que amas el sonido del violín quizá más que todo otro mortal para quien alguna vez yo lo toqué.

-¿Incluso Beethoven?

-Él era sordo, Triana -me respondió con un murmullo.

Me reí en voz alta. ¡Claro, Beethoven era sordo! Todo el mundo lo sabía, como sabía que Rembrandt era holandés o que Leonardo da Vinci era un genio. Me reí con soltura.

-Qué divertido que me haya olvidado.

A él no se lo veía divertido.

-Déjame tenerlo en mis manos.

-No.

-Pero acabas de decir...

-¿Qué importa lo que haya dicho? El privilegio no se extiende tanto. No puedes tenerlo, no puedes tocarlo, y se acabó. ¿Crees que permitiría que un ser como tú pulsara siquiera las cuerdas? ¡Ni lo intentes!

-Tienes que haberte muerto indignado.

-Así es.

-Y tú, el discípulo, ¿qué pensabas de Beethoven, aunque él no te podía oír tocar, qué pensabas tú de él?

-Lo adoraba -susurró-. Lo adoraba como lo adoras tú mentalmente sin haberlo conocido, sólo que yo sí, y ya era un fantasma antes de que él muriera. Vi su tumba. Cuando entré en ese viejo cementerio pensé que volvería a morirme de pesar, del horror de que él hubiera muerto, que hubiera una lápida en su lugar... pero no pude.

Había perdido por completo la mirada de despecho.

-Y se produjo de manera tan rápida. Así suceden las cosas en este reino -rápidamente-, o bien se prolongan y parecen eternas. Se me habían pasado varios años en una espe­cie de nebulosa. Mucho después me enteré de su magnífico sepelio escuchando las charlas de los vivos, de cómo habían transportado por las calles el ataúd de Beethoven. Ah, Viena ama los grandes entierros, los ama, y ahora mi maestro tiene su propio monumento. -Su voz se fue acallando hasta llegar casi al silencio. -Cómo lloré ante esa vieja tumba. -Cavilante, apartó la mirada, pero en ningún momento su mano soltó el violín.

"¿Recuerdas que cuando murió tu hija querías que el mun­do lo supiera?

-Sí, que se detuviera, que se tomara un segundo para reflexionar... cualquier cosa.

-Y tus amigos de California no pudieron soportar sentados una simple misa de difuntos, y la mitad de ellos perdió de vista al coche fúnebre en la autopista.

-¿Y qué?

-Bueno, el Maestro que tanto amas tuvo el sepelio que tú tanto deseabas.

-Sí, y él es Beethoven, y tú lo conocías y yo lo conozco. ¿Pero qué es Lily? ¿Lily qué es? ¿Polvo?

Parecía afable, arrepentido.

Mi voz no fue estridente ni de enojo.

-Huesos, polvo, una cara, la recuerdo perfectamente... redonda, de frente alta como la de mi madre, no como la mía, ah, la cara de mi madre -dije-. Me gusta pensar en ella. Me gusta recordar lo linda que era...

-¿Y cuando a Lily se le cayó el pelo y ella lloró?

-Hermosa aún. Eso lo sabes. ¿Eras tú hermoso cuando moriste?

-No.

Al tacto, la sensación que producía el violín era sedosa, perfecta.

-Mil seiscientos noventa fue el año en que lo fabricaron -dijo-. Antes, mucho antes de nacer yo. Mi padre se lo com­pró a un señor de Moscú, donde nunca he estado, ni siquiera desde entonces, y adonde tampoco iría con motivo alguno.

Miré el instrumento con cariño. En ese momento, no me importaba mucho ninguna otra cosa del mundo, ya fuese falsa, fantasmal o verdadera.

-Verdadera y espectral -me corrigió-. Mi padre se hizo hacer veinte instrumentos con Antonio Stradivari, todos ellos muy buenos, pero ninguno tanto como éste, el Strad largo.

-¿Veinte? ¡No te creo! -reaccioné. No sé por qué lo dije. Por enojo.

-Por celos, porque no tienes talento -agregó él. No estaba muy definido. No sabía si me odiaba o me amaba; lo único que sabía era que me necesitaba.

-No a ti -me retrucó- sino simplemente a alguien.

-¿Alguien que ame este violín, que sepa que se trata del "Strad largo" que el anciano Stradivari fabricó casi al final de su vida, cuando se había apartado de la influencia de Amati? -le pregunté.

Su sonrisa fue tenue y triste; no, peor aún, más profunda, llena de rencor, ¿o acaso de agradecimiento?

-Perfectas aberturas acústicas -dije con un hilo de voz respetuosamente, recorriendo con mis dedos la tapa del violín. No toques las cuerdas.

-No -dijo él-, pero puedes... seguir tocando el ins­trumento.

-¿Ahora eres tú el que llora? ¿Con lágrimas de verdad?

Lo dije con intención malsana, pero las palabras perdieron su fuerza. Me limité a mirar el violín y pensé qué exquisito era, qué inexplicable. Trata de contarle a alguien que nunca ha oído un violín cómo es el sonido, la voz de ese instrumento, y piensa cuántas generaciones vivieron y murieron sin haber oído nunca algo que se le pareciera.

Las lágrimas le sentaban a sus ojos enclavados en lo profundo de sus cuencas. Él no trató de contenerlas. Para mí que las fabricó de la misma manera que fabricaba toda la imagen de sí mismo.

-Ojalá fuera así de sencillo -murmuró.

-Tiene un barniz oscuro -dije, mirándolo-. Eso indica la fecha, ¿no es cierto?, y la caja está hecha en dos partes unidas, eso lo he visto, y la madera es de Italia.

-No -dijo-, aunque en muchos de los otros sí lo era. -Para poder hablar tuvo que aclararse la garganta, o lo que se parecía a ella. -Es el Strad largo, sí; en eso tienes razón. Lo llaman stretto lungo.

Hablaba con aire sincero, casi amable.

-Todo ese conocimiento que almacenas en tu cabeza, todos esos detalles que sabes sobre Beethoven y Mozart, el hecho de que llores aferrada a tu almohada cuando los escuchas...

-Te sigo. No te olvides de mi Tchaikovsky, el ruso loco, como le dices. Interpretaste muy bien su música.

-Sí, ¿pero de qué te sirvió todo eso, tu conocimiento, tu desesperado leer las cartas de Beethoven o Mozart, el minucioso estudio de los detalles sórdidos de la vida de Tchaikovsky? Aquí estás, ¿y qué eres?

-Todo ese saber me hace compañía -respondí pausada, serenamente, dejando que mis palabras le hablaran a él tanto como a mí-, más o menos como me acompañas tú. -Me incliné hacia adelante y me acerqué lo más posible al violín. La luz de la araña era débil, pero me alcanzaba para ver, a través de las aberturas acústicas, la etiqueta, el círculo, las iniciales AS y el año perfectamente escrito tal como él había dicho: 1690.

No besé el instrumento pues me pareció un capricho vulgar el solo hecho de pensarlo siquiera. Lo único que quería hacer era tenerlo en mis manos, calzarlo sobre mi hombro -hasta ahí sabía hacer-, envolverlo entre mis dedos.

-Jamás.

-De acuerdo -acepté con un suspiro.

-Paganini, cuando lo conocí, tenía dos violines hechos por Antonio Stradivari, pero ninguno tan hermoso como éste...

-¿También a él conociste?

-Sí, claro; podríamos decir que, sin proponérselo, jugó un papel muy importante en mi caída. Nunca supo qué suerte corrí, pero yo lo observé a través del oscuro velo, lo observé una o dos veces -fue lo más que pude soportar-, y el tiempo ya no tenía más una medida natural. Pero él nunca tuvo un instrumento tan bello como éste.

-Ya veo... y tú tenías veinte.

-En casa de mi padre, ya te dije. Sácale provecho a tus lecturas. Sabes cómo era Viena en aquella época. Sabes que había príncipes que poseían orquestas enteras. No seas tonta.

-¿Y tú moriste sólo por éste?

-Habría muerto por cualquiera de ellos -me contestó. Sus ojos se posaron en el instrumento. -Casi muero real-mente por todos. Yo... Pero éste era mío, o al menos eso dijimos siempre, aunque por supuesto, yo no era más que su hijo, y había muchos y yo solía tocar con todos. -Parecía estar cavilando.

-¿Realmente moriste por este violín?

-¡Sí! Y por la pasión de tocarlo. Si yo hubiera nacido siendo un idiota sin talento como tú, una persona del común como tú, me habría vuelto loco. ¡Me llama la atención que no hayas perdido tú el juicio!

En el acto pareció arrepentirse, pues me miró casi con aire de pedir disculpas.

-Pero muy pocos han escuchado nunca como lo haces tú, tengo que reconocer.

-Gracias.

-Muy pocos han comprendido como tú el lenguaje puro de la música.

-Gracias -susurré.

-Muy pocos... han anhelado nunca un espectro tan amplio. -Con cara de desconcierto clavó una mirada casi impotente en el violín.

Yo me quedé callada.

De pronto se puso nervioso y me miró.

-Y el arco -dije entonces, temerosa de que decidiera marcharse de nuevo, desaparecer por venganza-, ¿el gran Stradivari también hizo el arco?

-Quizás, aunque es dudoso. No se preocupaba mucho por los arcos, pero eso tú lo sabes. Éste podría ser suyo, sí, y seguramente conoces la madera. -Volvió a lucir una sonrisa íntima, casi de perplejidad.

-¿La conozco? Creo que no. ¿Qué madera es? -Toqué el arco largo y ancho. -Es ancho, mucho más que los arcos modernos, o los que se usan hoy en día.

-Para obtener un mejor sonido -respondió, mirán­dolo-. Veo que te fijas en las cosas.

-Eso es obvio. Cualquiera lo habría notado. Seguro que el público de la capilla también reparó en que era un arco ancho.

-No estés tan segura de lo que notaron. ¿Sabes por qué es tan ancho?

-Para que la cerda de caballo y la madera no se toquen con tanta facilidad, así el sonido sale más estridente.

-Estridente -repitió con una sonrisa-. Estridente. Ah, nunca lo pensé así.

-El intérprete a menudo acomete con fuerza, y para eso es necesario un arco levemente cóncavo, ¿verdad? ¿De qué madera está hecho? Es una muy especial, pero no la recuer­do. Yo solía saber esas cosas. Dime.

-Con gusto te lo diría. Al fabricante no lo conozco, pero la madera sí, y la conocía cuando estaba vivo. Se llama pernambuco. -Estudió mi rostro como si esperara algo.

-¿Te suena la palabra?

-Sí, ¿pero qué es el pernambuco?

-Madera de Brasil. Esa madera venía sólo de Brasil en la época en que se fabricó este arco. De Brasil.

-Ah, sí.

De pronto apareció el anchuroso mar, el mar brillante y refulgente, la luna que lo alumbraba, y luego un inmenso oleaje. La imagen fue tan poderosa que borró totalmente al violinista y me inundó, pero enseguida sentí que él apoyaba su mano en la mía.

Lo vi, y vi también el violín.

-¿No recuerdas? Piensa.

-¿Qué cosa? -pregunté-. Veo una playa, un mar, olas.

-Ves la ciudad donde tu amiga Susan te dijo que tu hija había renacido -me espetó.

-Brasil... -Lo miré. -En Río, en Brasil, sí, eso decía Susan en la carta, que Lily había...

-Una persona dedicada a la música en Brasil, exactamente lo que siempre quisiste ser tú, ¿recuerdas? Lily se reencarnó como música, en Brasil.

-Ya te dije que tiré esa carta. Nunca he visto Brasil. ¿Por qué quieres que lo vea?

-¡Yo no quiero!

-Claro que sí.

-No.

-Entonces, ¿por qué lo veo? ¿Por qué me despiertas cuando veo el agua y la playa? ¿Por qué tengo ese sueño? ¿Por qué acabo de verlo hace un minuto? Yo no recordaba esa parte de la carta de Susan. No conocía lo que significaba la palabra "pernambuco". Nunca estuve...

-Estás mintiendo de nuevo, pero eres inocente. De veras no lo sabes. Tu memoria tiene algunas rasgaduras piadosas o sitios en los que la trama está muy gastada. San Sebastián es el patrono de Brasil.

Levantó sus ojos y contempló la obra maestra italiana de San Sebastián perteneciente a Karl, que había sobre la chimenea.

-Recuerda que Karl, para completar su trabajo sobre San Sebastián, quería ir a obtener las versiones portuguesas de San Sebastián que él sabía había allí, y tú le contestaste que no querías.

Me sentí dolida, incapaz de responder. En efecto, le había dicho eso a Karl, lo había desilusionado. Y él nunca se compuso lo suficiente como para hacer el viaje.

-Ah, ella se echa la culpa con tanta naturalidad -dijo-. No querías ir porque era el lugar que Susan había mencionado en su carta.

-No me acuerdo.

-Sí, claro que te acuerdas, porque yo no lo sabría si no lo sabes tú.

-No tengo la capacidad de fabricar un mar lamiendo las playas de Brasil. Tendrás que buscar algo peor, algo más específico, o bien desentenderte por completo, porque no quieres que yo lo vea, lo cual sólo puede significar que...

-Basta ya de tus estúpidos análisis.

Me eché hacia atrás.

En ese instante ganó el sufrimiento, porque no pude hablar. Karl quería viajar a Río, y yo de joven muchas veces había querido ir también, incluso más al sur, a Bolivia, Chile y Perú, esos lugares de otro mundo, y en su carta, Susan decía que Lily había renacido en Río, y había algo más, cierto frag­mento, detalles...

-Las chicas -dije.

Recordé: en nuestro edificio de Berkeley, en el departamento de arriba de Susan, la hermosa brasileña y sus dos hijas, y cómo, al partir, dijeron: "Lily, nunca te olvidaremos". Había varias familias de universitarios de Brasil. Yo fui al banco, compré dólares de plata y les regalé cinco a cada una, esas niñas preciosas, de voz gruesa, gutural y al mismo tiempo suave... sí, ¡los mismos acentos del habla que oía en el sueño!

El idioma del templo de mármol era portugués.

Él, indignado, se puso de pie. Aferró el violín.

-Entrégate, sufre, ¿por qué no lo haces? Les regalaste los dólares de plata, y ellas besaron a Lily y sabían que se estaba muriendo, pero tú creías que Lily no lo sabía. Sólo después de morir tu hija, su amiga Susan, esa amiga maternal, te contó que Lily todo el tiempo sabía que se iba a morir.

-No lo permitiré, juro que no lo permitiré. -Me levanté. -Te voy a exorcizar como a un demonio vil para que no me hagas esto.

-Te lo haces tú misma.

-Te estás pasando de la raya con algún fin que te has propuesto. Recuerdo a mi hija. Ya basta. Yo...

-¿Qué? ¿Vas a tenderte con ella en una tumba imagina­ria? ¿Cómo supones que es mi tumba?

-¿Tienes una?

-No sé. Nunca miré. Pero seguramente no me habrían sepultado nunca en terreno consagrado, ni me habrían puesto una lápida.

-Pareces triste y abatido como me siento yo.

-Jamás.

-Linda pareja hacemos.

Se echó hacia atrás como si me tuviera miedo, apretando el violín contra el pecho.

Oí la campanada de un reloj, uno de varios, el más sono­ro quizá, proveniente del comedor. Horas enteras habíamos estado ahí, peleando.

Lo miré, y una terrible malicia se apoderó de mí, un deseo de vengarme por el hecho de que él supiera mis secre­tos, y encima los sacó a luz, jugó con ellos. Traté de tomar el violín.

-No -se opuso él, inclinándose hacia atrás.

-¿Por qué no? ¿Te esfumarás si el instrumento se va de tus manos?

-¡Es mío! Lo llevé conmigo a mi muerte y se queda conmigo. Yo ya no pregunto por qué. Ya no pregunto nada más.

-Entiendo. ¿Y si se rompe, si sufre algún deterioro?

-Eso no puede ocurrir.

-Yo diría que sí puede.

-Eres tonta y loca.

-Estoy cansada. Tú ya no lloras más y ahora me toca a mí.

Me alejé de él. Abrí las puertas traseras de la habitación, que daban al comedor. Pude ver a través del comedor, directamente por las ventanas de atrás de la casa, los laureles altos contra la cerca de la capilla, hojas luminosas contra las luces, que se movían como arrastradas por un viento, y dentro de esta casa, crujiente como era, ni siquiera me había dado cuenta de que hubiese viento. Oí cómo golpeteaba contra los vidrios, cómo se arrastraba bajo los pisos.

-Dios santo -dije. Le estaba dando la espalda, y presté atención al oír que él se me acercaba cautelosamente por detrás, como si sólo pretendiera estar cerca de mí.

-Sí, llora -dijo-. ¿Qué tiene de malo?

Lo miré. Por un momento me pareció muy humano, casi cálido.

-¡Prefiero otra música! Tú sabes que es así. Y has con-vertido a esta relación en un infierno.

-¿Crees que es posible algún vínculo mejor? -Sus palabras, su actitud parecían sinceras. -¿Que yo, en esta avan­zada etapa, tan apartado de la vida, pudiera ser conquistado y caer en algo parecido al amor, quizás? No, no tengo en mi interior suficiente pasión para el amor. No desde aquella noche, desde que dejé la carne y me fui llevando conmigo este instrumento.

-Prosigue, tú también quieres llorar. Llora.

-No -se opuso, enderezándose.

Me di vuelta y contemplé las hojas verdes. De improviso se apagaron las luces.

Eso quería decir algo. Significaba determinada hora del reloj, y esa hora acababa de sonar, yen ese momento se apaga­ban automáticamente las luces de un lugar y se encendían las de otro.

No oí sonido alguno en la casa. Althea y Lacomb dormían. No, Althea esa noche había salido y no regresaba hasta la mañana, y Lacomb se había ido a dormir al cuarto del subsue­lo para poder fumar en un sitio desde donde no me llegara el olor que me descomponía. La casa estaba vacía.

-No; estamos nosotros dos -me susurró al oído.

-¿Stefan? -Lo pronuncié como lo había hecho la señorita Hardy, con el acento en la primera sílaba. Su rostro se suavizó, se iluminó.

-Tu vida es breve. ¿Por qué no te compadeces de que éste sea mi sufrimiento eterno?

-Bueno, entonces toca para mí. Toca para mí y déjame soñar y recordar sin fastidiarte. ¿O acaso tengo que sentir odio? ¿Te bastará, por una vez en la vida, que te dedique un sufrimiento puro?

No pudo tolerarlo. Parecía un niño atormentado, como si yo lo hubiera abofeteado. Y cuando levantó la vista, sus ojos estaban vidriosos, y le temblaban los labios.

-Moriste muy joven -agregué.

-No tanto como tu hija Lily -expresó amargamente, con rencor, pero casi no logró hacer audibles sus palabras-. ¿Qué te dijeron los sacerdotes? Ella ni siquiera había llegado a la edad del uso de razón.

Nos miramos, yo teniéndola alzada en mis brazos y escuchando su hablar precoz, el ingenio y la ironía producto del dolor y de las drogas como la dilantina, que sueltan la lengua. Lily, mi hermosa, levantando una copa rodeada de amigos para brindar, con su cabecita totalmente calva, su sonrisa tan encantadora que hasta yo me sentí agradecida, agradecida de poder verlo retrospectivamente con tanta nitidez. Sí, por favor, la sonrisa. Quiero ver esa sonrisa, y oírla reír como algo que rueda alegremente cuesta abajo.

El recuerdo de estar hablando con Lev. "¡Mi hijo Christopher se ríe de la misma manera, con esa carcajada del estómago que le sale con facilidad!", me había dicho Lev en una llamada de larga distancia dos hijos atrás, estando él y Chelsea en la línea, y todos lanzamos exclamaciones de felicidad.

Lentamente crucé el comedor. Las luces de la casa estaban apagadas, como correspondía. Sólo permanecía encendido el aplique que había junto a la puerta de mi dormitorio. Pasé por allí y entré en mi cuarto.

Él venía detrás de mí, sin hacer ruido pero presente, nítido como una gran sombra que me seguía, un gran manto de oscuridad pura.

Pero luego contemplé su rostro vulnerable, su desamparo, y me dije: "Dios mío, que él no se entere, pero es como todos los demás, se está muriendo y me necesita. Esto no es un comentario hiriente para ofenderlo. Es verdad.

Perplejo, él me observaba.

Sentí el deseo imperioso de quitarme la ropa, la casaca de terciopelo que llevaba puesta, la falda de seda, quería sacarme todo lo que me constreñía. Deseaba ponerme una bata suelta, meterme entre las mantas y soñar, soñar el sueño de tumbas y de muertos, todo eso. Tenía calor y estaba desaliñada, pero en absoluto cansada, ni en lo más mínimo.

¡Me preparé para la batalla, como si por una vez en la vida pudiera ganar! ¿Pero cómo sería ganar? ¿Y acaso él sufriría? ¿Podía desear yo eso, incluso para superar a alguien tan grosero, descortés y literalmente de otro mundo?

No me puse a cavilar sobre él, ese ser joven, pero sí me di cuenta una vez más, con un vuelco del corazón, que él se hallaba ciertamente allí, que si yo estaba loca, mi locura estaba en un sitio adonde nadie podía acceder salvo él. Estábamos juntos.

Empecé a recordar algo, algo tan espantoso que no pasaba un mes de mi vida sin que lo evocara, algo que se introducía como un enorme trozo de vidrio dentro de mí, y sin embargo nunca se lo había descripto a nadie, a nadie en la vida, ni siquiera a Lev.

Temblé entera. Me senté en la cama y me recosté despacito, pero la cama era tan alta que mis pies no tocaban el piso. Me levanté y caminé, y él dio un paso atrás para dejarme pasar.

Toqué la lana de su abrigo, incluso su cabellera. Estiré el brazo y le agarré el largo pelo.

-Esto es barba de maíz, pero de color negro -dije.

-Basta, ya -exclamó él y se soltó. El pelo me resultó resbaloso, y noté que brillaba cuando salía de mi mano. Pero claro, mi mano ya estaba abierta.

Me esquivó, entró en el comedor y se alejó de mí. Luego levantó el arco. No hubo necesidad de ajustar la cerda de caba­llo del espectral arco de pernambuco para tocar, me pareció.

Cerré los ojos ante él y ante el mundo, pero no ante el pasado y el recuerdo. Este sueño era para él, éste solo... y tan pequeño y difícil de crear y de enfrentar, como cortarse uno la mano con vidrios...

Pero me sentí llevada a soñar. ¿Qué podía perder? Ni siquiera ese ser, esa cosa fea y trivial iba a arrastrarme hasta el borde mismo de la razón. Yo aún podía crear sueños lúcidos, y también fantasmas. Entonces, que él viniera, no más, a perseguirme.

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