BLOOD

william hill

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lunes, 31 de mayo de 2010

LUNA SANGRIENTA 2ªparte










27

Algunos de los robles que había en las cercanías de Moonwell eran tan añosos que habían arraigado más de una vez. Sus ramas colgantes, no menos gruesas que la panza de Craig, se habían torcido hasta tocar la tierra y echar nuevas raíces. Vera, su esposa, y él mataron la tarde paseando por los enmarañados bosques. Para Wilde los árboles creaban un ambiente más de iglesia que la iglesia misma, sobre todo porque el follaje obstruía las voces de la superstición provenientes del páramo. Al cabo de un rato se sentó junto a Vera en una roca literalmente alfombrada de musgo, en la margen de un torrente que fluía por el entresijo de raíces de roble. Los trinos de los pájaros se sobreponían al siseo de las hojas. Cuando Vera llevaba unos minutos absorta, mirando el agua, Craig comentó:
—Ten presente que Hazel ignoraba que volveríamos tan pronto.
—No debería sospechar que lo han hecho aposta para no dejarnos una habitación en su casa, lo sé muy bien. Pero eso es lo que pienso.
—Actuaban como cristianos, acogiendo a los desamparados sin hogar.
—En tal caso, ¿por qué no te lo dijo Benedict el día en que le telefoneamos?
—Quizá por una cuestión de tacto. No quiso incomodarnos mencionando a sus gazmoños amigos.
Mel y Úrsula se habían alojado con los Eddings desde que el incendio del páramo les sacó de su tienda. Vera se había enterado por boca de Hazel la víspera de que pasaron estas cosas que no la satisfacían.
—Bien —declaró Craig—, es delicioso estar aquí sentados, holgazaneando en la ribera de un arroyo cantarín, pero el trabajo no se hace solo. Estoy listo para partir en cuanto tú lo mandes.
—Antes deseo que hablemos los cuatro largo y tendido, sin que nadie pierda la compostura. Algo bueno debe de tener ese hombre o nuestra Hazel no se habría casado con él.
—Posiblemente Benedict está en la misma tesitura respecto a nosotros. Escucha: ayer, mientras me recuperaba, se me ocurrió algo que podemos hacer por ellos. Veamos qué opinas tú —dijo Craig, y le contó sus planes a su mujer.
Los ojos de Vera se fueron iluminando en la oscuridad de la atmósfera.
—¡Y tanto que sí! ¿Por qué no lo habremos pensado antes? Venga, vayamos a comprobar si han vuelto.
Aun sin haberse dado esta circunstancia, la creciente oscuridad invitaba a abandonar las frondas. Sin duda se avecinaba una tormenta, y Craig se repitió a sí mismo que por eso estaba tan alterado, por si caía un rayo en las proximidades. Se abrió camino por el lúgubre robledal, donde el silencio y el frío ganaban consistencia a cada instante. Unas raíces invisibles le echaron la zancadilla. No había percibido al entrar en la espesura que hubiera tantos troncos revestidos de muérdago; creció su certeza de que se habían extraviado, especialmente después de perder de vista la carretera. El terreno, que era traicionero, resbaladizo y sombrío, obstaculizaba más todavía su avance al encaramarse a una cuesta entre siniestros árboles, pero sólo subiendo llegarían a Moonwell. Al fin, salieron de la bóveda de follaje. Estaban a poco trecho de la carretera.
Siguieron la tapia de mampostería hasta el asfalto tan pronto como los aguijonazos de las piernas de Wilde empezaron a remitir. Ascendieron el primer repecho desde donde se contemplaba Moonwell, y Craig experimentó un amago del pánico que había sufrido conduciendo su vehículo. La negrura se había espesado, flotaba sobre el pueblo como un océano originado en todas partes a la vez y presto a inundarlo. Parecía empequeñecer los edificios, apretujándolos en diminutas y frágiles agrupaciones bajo el opresivo cielo. La asamblea había terminado, o así lo delataba la muchedumbre que andaba por el socarrado límite del páramo.
Hazel y Benedict debieron de ir directamente al hotel. Aguardaban en el vestíbulo al presentarse, cojeando, los Wilde.
—Hazel creía que se habían perdido —dijo Benedict como un reproche, sacando el afilado mentón y escrutándoles a través de su nariz aguileña—. Subamos a su alcoba. No queremos oídos indiscretos.
Montaron en el ascensor y vieron cómo se iluminaban los números que marcaban los pisos. Nadie habló hasta que estuvieron en el abuhardillado cuarto bajo el alero. Fue Benedict quien tomó la iniciativa.
—Debo señalarles que no podrían haber escogido peor ocasión. Nuestra situación es ya de por sí lo bastante complicada como para causarle aún más trastornos a la pobre Hazel.
—¡Y yo que pensaba que Godwin Mann arreglaría el mundo para todos! —bromeó Craig con sorna.
—Craig, calla —le reprendió Vera, recordándole lo que habían convenido.
El hombre dio unos pasos hacia la ventana, como si intentara alejarse de la trifulca. Las tinieblas y los rezagados de la reunión bajaban por la ladera del pueblo.
—Tu madre tiene algo que decirte, Hazel —anunció.
—¿Qué es lo que deseas más que nada en la vida, hijita?
—Nada personal para mí. Que prospere el negocio de Benedict, por ejemplo. No andamos muy boyantes, mamá, aunque hacemos todo lo que podemos. Cada día tiene que salir más lejos para encontrar clientes.
«Salir allí donde no le haya precedido su reputación», pensó, Craig, juntando los labios para sellarlos y desviando los ojos hacia la plaza. Venía Godwin Mann, apoyado en dos de sus colaboradores.
—Tal vez aún podréis beneficiaros de los mensajes de buena voluntad que difunde vuestro evangelista, Benedict —continuó Vera—. Dejando el negocio al margen, Hazel, ¿qué es lo que tu marido y tú, para ser sinceros, también tu padre y yo, más anhelamos que tengáis algún día?
—Un hijo. Algún día, como bien dices.
—¡Lo sabía! —gritó Vera—. Lo hemos estado discutiendo, y hemos decidido que ésta es la manera como os vamos a ayudar financieramente. Compraremos bienes y redactaremos una escritura a su nombre desde el momento mismo en que nos comuniquéis que está en camino.
Tenía que ser el sayo lo que daba a Mann una mayor corpulencia que a sus acólitos mientras el trío andaba bajo las farolas, encendidas ya pese a ser una hora temprana. Craig se puso de espaldas a la ventana.
—¿Qué os parece? ¿Aceptáis nuestro tratado de paz?
—Deberíais saber que el único tratado válido es el compromiso de no disgustaros con nosotros —respondió Hazel, y separó a su padre del cristal para abrazarles a ambos.
—Les estamos muy agradecidos —participó Benedict, aunque con apuro.
Craig se despegó de las mujeres y, plantándose frente a él, estrechó su mano enervada y oleosa.
—Todo solucionado —concluyó.
—Esta noche tenéis que venir a cenar —convidó Hazel—. Iremos corriendo a casa para prevenir a Úrsula, que ya estará en la cocina. —La muchacha asumió un tono de disculpa—. Ahora que Godwin ha cumplido su misión en Moonwell, Mel y su mujer no alargarán mucho más su estancia aquí.
Craig oyó el ascensor.
—Hablando del rey de Roma...
No era su intención atajar la charla. Lo que quería era preguntar qué hazaña exactamente había realizado el predicador. Escucharon las rechinantes puertas del ascensor al pararse en la planta, el lento caminar de los tres hombres sobre la moqueta del pasillo, más allá del cuarto de los Wilde. Se encajó en sus goznes la puerta de Mann y sus ayudantes tomaron el mismo ascensor para descender.
—Nos veremos dentro de una hora —se despidió Hazel.
Craig se quejó interiormente de la poca luz que había en la estancia. La idea de que Hazel se hubiera azorado hasta el mutismo al circular Mann por el corredor le enojaba, le hacía sentirse violento también a él cuando, ¡por todos los diablos!, no había razón para estarlo. Se rasuró ante el espejo del lavabo, se cambió de ropa y se acostó, pero no pudo relajarse. Lo máximo que pudo hacer fue prometerse que pasaría una grata velada por cariño a Hazel y a Vera.
Se alegró de volver a casa de su hija, aunque el Cristo agámico le aguardaba sobre la chimenea. Se alegró de guarecerse de la densa lobreguez que pesaba bajo aquel cielo de hollín, pese a que en buena lógica faltaban horas para que anocheciera. Se deshizo en ruidosos elogios ante el guiso de Úrsula, unos spaghetti de diferentes texturas apelotonados y aderezados con pedazos requemados o medio crudos de una carne indefinible. Consiguió sonreír cuando Mel batió las palmas al oír la noticia de que Hazel se proponía tener descendencia, gritó «Otra vida para Jesús» e insistió en dirigir las plegarias que auspiciarían su feliz nacimiento.
Formuló Craig su pregunta acerca de la asamblea, pero no obtuvo contestación satisfactoria.
—Godwin ha estado soberbio, portentoso —le describió Úrsula, y sirvió a Wilde una segunda ración de spaghetti, desoyendo sus protestas—. Ha llevado a Dios hasta lo más profundo de la cueva y él, nuestro Señor, ha desterrado la perversidad. Todavía han de obrarse aquí algunos cambios sustanciales, lo que constituye forzosamente una buena nueva.
Se entrecruzaron en ese momento los ojos de Craig y Hazel, y el hombre se vio recompensado con una mueca de solidaridad de su hija por cómo atiborraban su plato. Acaso subsistía la esperanza de hallar en ella una pizca de sentido del humor.
En el momento de partir Vera y su marido, horas más tarde, Hazel dio a su padre un impulsivo beso a través de la verja del jardín. Craig evocó las numerosas oportunidades en que su pequeña se había alzado de puntillas para besarle, hacía ya mil años. Los recuerdos perduraron mientras regresaba al hotel, enlazada su mano con la de Vera por miedo a distanciarse de ella en una negrura más compacta que nunca, asfixiante como el prólogo de una tempestad incluso en los claros círculos de las farolas. Confiaba en que el chaparrón no tardaría en desencadenarse, aliviándole de un premonitorio sexto sentido que le ponía la piel de gallina.
Se sintió algo mejor arropado en el lecho junto a su esposa, con una mano alrededor de su cintura para acunarla en su sueño, y sin embargo tenía la noción de que si se dormía la tormenta le despertaría, esa u otra fuerza. Necesitaba reposo antes de emprender el regreso al día siguiente. Mann, al menos, permaneció inaudible. En el recorrido al cuarto de baño había pasado frente a la puerta del predicador y había oído un quedo murmullo, que él tomó por la voz del evangelista dando gracias a Dios tras la dura jornada. Por unos momentos Craig creyó que brillaba la luna, pero era sólo la lámpara de la alcoba de Godwin Mann.

















28

La alarma de la radio despertó a Eustace. El cartero se esforzó por abrir los ojos, rebuscó en la silbante penumbra y encontró, finalmente, el reloj.
—Ya podrías estropearte —le abucheó—. Igual que se ha estropeado todo lo demás.
Escarbaba como un topo bajo las revueltas sábanas, eludiendo el agobio que le producía no saber lo que había dicho el domingo ante la muchedumbre, cuando le llego por la ventana el chirriar de un toldo sobre su manivela. Alguien estaba abriendo una tienda.
Se levantó sin mucha euforia de la cama y, a tientas, se aproximó a la ventana. La glacial oscuridad era más pesada que el mismo sueño. Se hizo un espacio entre los dos batientes y tensó el cuello para ver el reloj de carillón del salón de juntas. Su iluminada esfera refulgía tan mortecina como el rescoldo de la chimenea y hubo de forzar la vista a fin de comprobar la hora que marcaba. Aunque el cielo no se diferenciaba del de la madrugada, eran las seis y media.
—Míralo todo el tiempo que te venga en gana —se regañó el cartero a sí mismo—. Eso no lo hará desaparecer. La realidad tiene razón, y tú te equivocas.
Retrajo la cabeza, sintiéndose igual que una tortuga, indolente y entumecido en el caparazón de su cuerpo, y se encaminó con constantes tropezones hacia el interruptor del muro opuesto del dormitorio. Tanto su luz como la del cuarto de baño eran desvaídas, rosáceas. El desayuno podía esperar: cuanto antes terminase en la oficina de selección, con menos gente coincidiría en su ronda.
Tuvo un tiritón al salir de la casa, ya que el relente de la calle rezumaba tanta humedad como la niebla. La uniformidad perfecta de las nubes las asemejaba a un cielo nocturno sin estrellas. Dormitorios y cocinas se alumbraron, pero sus lámparas, al igual que las farolas callejeras sobre sus altos pedestales, quedaban aisladas por la negrura. Eustace mantuvo la cabeza gacha mientras aceleraba el paso hacia la oficina.
Era una pequeña sala anexa al edificio de Correos. Por regla general, el conductor del furgón de reparto de Sheffield se estacionaba frente a la entrada trasera y dejaba allí los sacos de correspondencia, pero hoy no había bulto ninguno. Eustace se sentó en su banqueta habitual y cerró los ojos; los casilleros bajo los tubos fluorescentes ofrecían una visión tan fantasmagórica, que se diría que los estaba soñando. Se diría también que la penumbra había detenido el tiempo, mas la vez siguiente que consultó su reloj eran ya casi las ocho.
No logró establecer comunicación con Sheffield. Aunque el teléfono funcionaba —lo comprobó llamándose a sí mismo—, en la línea exterior no le respondió sino un zumbante silencio que hizo vibrar su tímpano. Estaba aún intentándolo cuando la administradora de Correos se asomó desde la tienda contigua, y bajó su redonda cabeza como si se dispusiera a embestirle con su rizada y ovejuna mata del pelo.
—¿Qué es lo que te tiene ahí plantado como un pasmarote?
«Nada, me aguanto sólito.» En voz alta, Eustace repuso:
—Hoy no ha habido correo. Y no consigo hablar con Sheffield.
—Ridículo —dijo la jefa como si se refiriese al cartero.
Marcó ella misma el número de Sheffield, aplicó el auricular al oído bajo sus canosos bucles y, apartándoselo de la cara, le clavó una mirada fulminante por no contestarle. Probó en el aparato de la tienda y regresó con una expresión que era la estampa viva del desencanto, de nuevo dirigida a Eustace.
—Debe de haber interferencias en la atmósfera. No me extraña que esté tan oscuro —especuló la mujer, en una asociación de ideas que el cartero no cazó—. Pero eso no es excusa para el retraso, no señor, no lo es.
Siempre era poco receptiva a las excusas, incluso antes de que se hiciera adepta de Mann. Y, desde aquel espantoso discurso que Eustace había soltado ante todos el domingo, no desperdiciaba la ocasión de demostrarle su desprecio. La semana próxima se incorporaría a sus rondas el robusto aprendiz que trabajaba con ella en el mostrador, obviamente para que le entrenase de cara a reemplazarle en un plazo no muy lejano.
—¿Qué es lo que vas a hacer ahora? —demandó la mujer.
—Viajar a Sheffield para informarme de lo ocurrido.
—¿Y cómo irás hasta allí, si puede saberse? Los miércoles no hay autobús. Vengo barruntando desde hace ya días que para tu puesto es imprescindible alguien con permiso de conducir.
—Cuando menos podría bajar hasta la carretera, por si acaso se ha averiado el furgón.
Tal vez hasta haría autostop y se marcharía para no volver jamás. La víspera les había ido muy bien que repartiera las cartas en lugar de subir a la cueva, pero ahora no pensaban más que en quitárselo de encima. Tal vez era ésta una de sus preces que él podía encargarse de que fuese escuchada.
La calle Mayor estaba hoy muy concurrida, llena de gente que acudía a su trabajo o a la compra, o que llevaba a los niños a la escuela. Todos se quejaban del tiempo.
—¿Quién fue el condenado loco que llamó verano a esto? —oyó Eustace que alguien maldecía, en una voz no muy distinta de la del señor Malasombra.
Se apremió a sí mismo a aligerar el paso para dejar pronto atrás la calle de Phoebe Wainwright, para dejar atrás la idea de confiarle su proyecto de fuga o, inclusive, de disculparse por haber sido él el portador del anónimo. Tuvo una aterradora inspiración de que lo que había dicho en el encuentro del foso se refería exclusivamente a ella. No deseaba pensar en ello, ahora no. Ahora su máximo deseo era salir de Moonwell, escapar de sus reprobatorios vecinos y de la oscuridad.
Pasada la librería, con luz pero cerrada, finalizaba la iluminación eléctrica, al empalmar la avenida con la ascendente carretera del cerro que dominaba los bosques. El cartero esperaba que desde la cumbre divisaría un sol radiante en el horizonte. A medida que subía la cuesta, por el centro de la umbría calzada, las hileras de farolas fueron declinando a su espalda, confluyendo hacia un campo de deportes cuyas porterías se veían ahora tan grandes como fósforos.
Cuando hubo alcanzado el cerro, no pudo contener un suspiro. Las luces de Moonwell se apretujaban bajo el negro cielo. A su alrededor, la oscuridad se expandía por todo su campo visual; ni siquiera pudo deslindar la bóveda del páramo. Le sacudió un inesperado anhelo de volver al pueblo, donde tendría compañía, aunque era un anhelo reticente. Un cartero uniformado y haciendo autostop iba a parecerles muy raro a los conductores de la carretera principal. Quizá era así como debía presentarse en el escenario, dándose una nueva oportunidad de que alguien, en otro sitio, le valorase.
—Quizás esto era lo que buscaba, pero prométanme no contarlo —dijo en voz alta, con la falsa noche tendiendo un cerco a su voz, y echó a andar hacia los bosques.
Dio dos zancadas y la ladera le tapó los puntos de luz. Sólo se desplegaban ante él la oscuridad y los árboles, estáticos como fósiles. Los frondosos ramajes se doblaban sobre el asfalto, que aún se ensombrecía más al internarse en la espesura. Cuanto antes la traspasara, antes iniciaría su nueva vida; pero flaqueó, e hizo un forzoso parón, al encararse con los troncos.
Tenía que seguir. La otra carretera de salida de los Peaks discurría a muchos kilómetros, en sentido contrario y por detrás del páramo. El hombre se argumentó para animarse que el bosque era el viejo robledal de siempre, y el día uno de tantos sin sol en el distrito, aunque inusitadamente tétrico. Pero la quietud que emanaban los árboles hacía fatigoso hasta el acto de respirar, y le venía reiteradamente a la imaginación cómo la carretera se zambullía en una nocturnidad equiparable a la ceguera.
—¿Qué te pasa? —se reprendió—. ¿Por ventura te asustan cuatro traspiés en la zanja?
Fue a lanzarse, mas le retuvo un escalofrío. Nadie en su sano juicio se aventuraría allí dentro. O, en todo caso, nadie que no tuviera una linterna. Trató de encubrir cuan aliviado se sentía por poder dar la espalda al bosque, de argüir ante sí mismo que su única prisa era recoger la linterna. Antes, no obstante, de que coronara la vertiente, oyó el motor de un coche.
La oscuridad le desorientó. Al principio creyó que el vehículo se acercaba por la espesura. Cuando los faros se recortaban casi encima de él, saltó con vivo reflejo fuera de la vía, olvidando la consabida señal del pulgar. Pese a su despiste, el coche frenó bruscamente.
—¿Le llevo a alguna parte? —se brindó la persona que manejaba el volante.
Era un hombre de unos sesenta años con enormes orejas, los ojos subrayados por ojerosas bolsas y, en memoria de lo que fue cabello, unas ralas mechas peinadas de través sobre el cráneo. Su esposa tenía la melena azabache y los ojos, también morenos, enmarcados en un rostro de porcelana. Parecía más joven que él, pero quizá no lo era.
—Le vimos en su función del bar —le comentó ella a Eustace, a la vez que empujaba hacia delante el asiento del acompañante del conductor para que pudiera instalarse en el de detrás—. Nos gustó mucho, ¿verdad que sí, Craig?
—Fue magnífico —confirmó el conductor con una sonrisa displicente.—. Si va a Sheffield, no lo dude más y entre en el coche.
—Sí, me hace usted un gran favor.
Debía por lo menos averiguar qué era lo que demoraba el correo. Pisó el cinturón de seguridad de la mujer, y casi lo arrancó de su ajuste al desenredarse. Tanto ella como su marido le observaron con vagas risitas alentadoras, por las que, al parecer, le daban a entender que apreciaban su ingenio pero que ya lo saborearían en un momento más apropiado. Al apoltronarse sin el menor cuidado en la parte trasera, el cartero habría querido que el asiento le tragase.
El vehículo arrancó bajo la cavernosa arcada de los robles, y Eustace quedó desconcertado al descubrir que no estaba mucho más tranquilo atacando los bosques de aquel modo, atrapado en el coche y aguzando la vista para poder vislumbrar algo más allá de los haces de los faros que hurgaban, inestables, en la negrura. Al rebasar la linde boscosa, los árboles de ambos flancos del claro se les echaron literalmente encima. La gelidez ambiental se asentó dentro del automóvil, y el cartero vio que el conductor temblaba encorvado sobre el volante, pendiente de los elevados márgenes que constreñían la ruta y la hacían más escabrosa. De pronto el coche dio un patinazo y paró de golpe, atravesado en la calzada.
—No puedo ir por aquí —musitó el hombre—. Tomaremos la otra carretera.
Giró la cabeza para maniobrar marcha atrás, y a Eustace le consternó la insinuación de pánico que había en sus ojos. El vehículo entró dando botes en el enlodazado arcén lateral. Hierba y helechos arañaron la pintura, y un momento después arrancaron con ruedas chirriantes en la misma dirección por la que habían venido. Aunque iban a ritmo ligero, el camino de vuelta de los bosques se prolongó más que el de acceso.
Ascendieron velozmente al cerro, con Moonwell fulgurando frente a ellos. El conductor accionó el freno de mano, posó la cabeza en el volante y sepultó sus ojos bajo una mano trémula.
—Lo lamento, pero a veces me dan estos arrechuchos. Creía que los había vencido. Lo siento —Pudo al fin enderezarse, respirando trabajosamente— No le importará que sigamos el trayecto más largo, ¿eh? Me gustaría comprar un diario para conocer el parte meteorológico.
Su mujer le dio masajes en los hombros mientras les guiaba de nuevo hacia Moonwell. Eustace les habría contado un chascarrillo para levantar la moral si se le hubiese ocurrido alguno bueno. Todos eran chabacanos, y su timidez mayor que nunca. El conductor, por suerte, recobró un poco el ánimo al abordar las calles iluminadas. Aparcó delante del primer puesto de prensa que vio y corrió a su interior. Reapareció unos instantes después, con el entrecejo fruncido.
—Podría haberme ahorrado la molestia. Hoy no se ha entregado ningún periódico en el pueblo, y nadie sabe por qué.










































29

Hubo un momento en el que Craig pensó que no saldrían jamás de los bosques. No podría dar marcha atrás, tendría que seguir conduciendo en busca de un ensanchamiento mientras la carretera se tornaba más y más escarpada, hasta desviarse del asfalto en la maciza oscuridad, saltar por un camino de tierra y caer, caer... Entrando en el puesto de los periódicos, meditó que reverdecían sus antiguos miedos. Le dejarían en paz una vez se librase de aquel deprimente clima local.
La sonrisa del propietario, sucia por la nicotina del tabaco de pipa, se congeló al ver que Craig pasaba revista a la prensa del mostrador.
—Si lo que quiere es el periódico del día, desengáñese. No ha llegado. Lo más probable es que esos bergantes que los reparten se hayan declarado en huelga, aunque no podemos constatarlo porque nos hemos quedado sin teléfono y sin radio. Por estas latitudes estamos acostumbrados a las extravagancias climáticas, pero nunca vi nada parecido.
—Así que ignora usted cuánto tiempo durará, ¿no?
—Lo único que puedo decirle es que, si vamos a tener tormenta, cuanto antes descargue más felices seremos.
Craig volvió al coche y transmitió la noticia a Vera y al comediante vestido de cartero. Eustace, sí, ése era su nombre. Al volante una vez más, conectó la radio con la esperanza de poder desmentir al vendedor, pero cuando movió el dial no oyó siguiera los ruidos estáticos, solamente un silencio tan vasto y tan hueco que habría sido capaz de engullir cualquier sonido.
Transitaron entre corrillos de personas que cuchicheaban a la luz de los escaparates. Los alargados y finos ventanales de la iglesia resplandecían a través de los árboles. Pasada la cadena de farolas, todo estaba apagado en casa de Hazel. Craig se preguntó qué estaría haciendo. Vivir su propia vida, y eso era cuanto el debía saber... siempre que fuera la suya y no la de Benedict.
A unos metros del chalet, una señal de tráfico indicaba el final del límite urbano de velocidad: era un disco blanco cruzado por una franja negra, algo así como la pupila de una oveja. El automóvil ascendió, entre helechos más quietos que los de una fotografía, al risco que se erguía sobre el páramo. Ante ellos surcaban la pendiente los meandros de la carretera, en medio de un paisaje tan desfigurado por la penumbra que hierba y brezo se confundían. La idea de que estaban en una mañana de estío pesaba sobre Craig, le urgía a huir del ámbito de aquel cielo que casi tocaba las cimas de los montes.
—No te desesperes —murmuró Vera—, no puede perdurar eternamente.
En aquel preciso instante, el hombre creyó ver un sutil centelleo detrás de una fila de colinas.
Apretó el acelerador tanto como pudo, un impulso al que no fue ni mucho menos ajena la sensación de asedio que le infundían las tinieblas, donde sus faros no encontraban sino la calzada misma. Los montecillos herbáceos relumbraban en el borde de la cuneta; una oveja les miraba con ojos amarillos. La carretera se empinó, el vehículo voló hacia la cresta, y Craig pisó el freno. Hacía sol en la montaña más alejada.
No era más que una franja en el horizonte, como si hubieran dejado una rendija abierta en el oscuro telón de las alturas. Tal pensamiento hizo que Craig se sintiera insignificante bajo la inmensidad de aquella noche ficticia. El contorno de la remota vertiente brillaba con los matices verdes de un nuevo rebrotar de la hierba, húmedo y tan luminoso que se silueteaba de lleno destacado sobre la nada, llamándoles sin voz.
—He aquí lo que perseguíamos —dijo Eustace, y tosió como si hubiera hablado a destiempo.
—Lo es —convino Craig, y le sonrió por el retrovisor mientras el coche afrontaba la bajada con nuevos ímpetus, se deslizaba junto a otra oveja que, desde la acequia, les espió con la barbilla enterrada en un matorral.
La siguiente subida fue interminable. Wilde frenó instintivamente en la cima. Por unos segundos, al oscilar las luces de sus focos en el reborde, creyó que rodaban derechos hacia un precipicio.
La distante cinta de luz se adelgazó. No tenía ninguna importancia, era tan sólo el confín de un mundo soleado, la promesa de multicolores campos, caminos y casas más allá de las desangeladas e impenetrables laderas. Se atenuó la intensidad de los sesgados faros. ¿Comenzaban a fallar, o había, además, niebla? Ciertamente, una marea helada se había colado en el vehículo. Craig dio tregua al acelerador, y transcurrieron siglos antes de que ganaran el siguiente pico, como si hubieran quedado atascados en un pantano de negrura. Para cuando el coche lo hubo sobrepasado, comenzaron a dilatarse el puerto y los páramos; frente a ellos, el sol brillaba... por su ausencia.
—Buenas noches —susurró Eustace, presumiblemente a título de broma.
Vera se rió, mas Craig no pudo determinar si lo hizo por educación o por nerviosismo. El hombre pensó que, o aquel monte era más bajo que los otros, o los nubarrones tormentosos —o lo que quiera que fueran— habían avanzado un poco más lejos. Se esforzó por apretar de nuevo el pedal del gas, aunque, no bien hubo enfilado el vehículo la bajada, menguó el radio de los faros. No era bruma, ni le pareció tampoco un defecto de visión. Debía correr tan aprisa como pudiera y recargar la batería, ya que no le seducía la perspectiva de tener que apearse en aquellas lóbregas soledades. Daba igual que cada vez que fluctuaban las luces temiera salirse del asfalto y saltar por un barranco: ni iba tan rápido, ni su conducción era temeraria. Los focos se alzaron en un desnivel del trazado y se proyectaron sobre la cabeza de una oveja más, que los viajeros entrevieron tras el límite de la zanja.
Vera ahogó un chillido. Craig se obstinó en que se debía a lo inopinado de la aparición, negándose a admitir que su esposa hubiera podido notar cómo la mandíbula reposaba en el firme, cómo los abultados ojos amarillos quedaron inmutables al enfocarles las luces. El animal debía de haber muerto en la zanja, y su cadáver se hallaba en la oquedad y fuera de su vista. Recordó Wilde que tampoco las anteriores ovejas se habían movido, y que no distinguió de ellas más que sus cabezas en la linde de la carretera. Quizá había un perro suelto en el páramo. Hundió el pie en el acelerador, y las luces largas sondearon la desnuda calzada para, luego, derramarse sobre la cúspide. El cuerpo de Craig se convulsionó, a la par que daba un violento golpe de volante y presionaba el freno con todo su peso. Nada había, salvo tinieblas, detrás del último repecho.
Tenía que haberlo. Una carretera no podía terminarse en medio del aire. Debía de tratarse de una curva muy cerrada sin señalizar o despojada de su disco de advertencia. El hombre bajó la ventanilla y estiró el cuello para echar un vistazo; acto seguido hizo acopio de valor y, abriendo la portezuela, sacó su conmocionado cuerpo a la calma del exterior, a la gélida lobreguez. Continuaba sin ver nada, pasada la exigua mancha iluminada de asfalto y los márgenes herbosos de ambos lados, excepto oscuridad, una oscuridad tan sólida como hielo negro.
Cerró de un portazo y se restregó contra el asiento del conductor, como si el contacto hiciese el coche más real y su pavor fuera a ceder a aquella realidad. Acaso, si apagaba las luces, podría ver lo que verdaderamente tenían delante. Alargaba temblando la mano hacia la palanca, cuando Vera sugirió, estrangulada su voz:
—Se está agotando la batería. Más valdría volver atrás.
Antes de girar en redondo, Craig dejó que el automóvil reculase un trecho por inercia. Le descorazonaba lo bien que había acogido el pretexto que le ofreció Vera. Le lanzó una mirada de soslayo, y miró también por encima del hombro mientras retrocedía hacia la acequia. En cuanto sus ojos se toparon con los de Eustace, reincidió una oleada de pánico. El cartero estaba tan asustado como Craig sabía que Vera lo estaba, como él mismo. Esta vez no se retraía tan sólo ante los fantasmas de su infancia. Fuera lo que fuese lo que les acechaba en el exterior, los tres lo habían visto.
















30

Para Diana fue como si aquella mañana no se hubiera despertado. Por muchas luces que encendiera en la casa, la penumbra seguía desbordándola. Unas lámparas no podían ni aclarar ni ahuyentar las reflexiones que la habían tenido en vela la mitad de la noche. Cuando abrió la puerta, esperando que el aire fresco despejara su cabeza, las tinieblas la asaltaron igual que una cascada de sucias telarañas. Fue hasta la cafetera por si una taza bien cargada de café podía desembarazarla de su cosquilleante estupor, de su incapacidad de ordenar las ideas.
El primer sorbo le abrasó la garganta, pero eso fue todo. Quizá tenía que ejercitar sus técnicas de yoga para conciliar el sueño. El problema estribaba en que, al ensayarlas de madrugada, se había sentido al borde de algo de mucho mayor magnitud que la simple relajación, de mayor magnitud que los vislumbres que tuvo de Mann en la cueva. Nathaniel Needham había insinuado que él veía visiones, pero ¿podía anidar también en Diana un espíritu tan céltico sólo por su ascendencia? Presentía un riesgo, el de enfrentarse a algo que la espantaba sin saber qué o quién era.
Un timbrazo estruendoso casi hizo que se le cayera la taza. Jeremy Booth estaba en el porche, con los ojos entornados a fin de protegerse en este caso no de la luz, sino de la negrura.
—¿Qué opina de esto? —indagó, arqueando las cejas para indicar el cielo.
—No sé qué pensar —respondió Diana, con una certidumbre que aumentaba a cada minuto—. ¿Tiene tiempo para tomar café? Llevo toda la mañana bebiendo sola.
Cuando la joven le trajo una taza a la sala de estar, Booth ojeaba los dibujos de los niños, unas pinturas que ahora tenían ya una antigüedad de meses.
—¿Qué harás después del cálido verano? —inquirió Jeremy.
Ella habría preferido que la pregunta sonase menos agorera.
—Todavía no lo he decidido. Antes quiero ver qué es de los pequeños.
—Entonces, no le molesta quedarse.
—Alguien tiene que hacerlo.
—Nosotros aguardaríamos si hubiese algo por lo que mereciese la pena luchar —dijo Jeremy, en el tono de quien se cree censurado y debe explicarse—. Pero, entre nosotros, no me gusta cómo han afectado a Geraldine los recientes sucesos. Hasta yo he empezado a sentir su influencia.
—¿De qué forma?
—Me temo que mis excesos juveniles se toman la revancha. —El hombre no hizo más que esbozar una sucinta risita—. Mi pasado «psicodélico», ya me comprende. Suponía que ya había desalojado mis sistemas, pero las presiones que hemos padecido lo están reavivando. He comenzado a ver cosas.
—¿Puedo rogarle que sea más explícito?
—No me apetece hablar de ello, Diana —rehuyó Booth. Vació su taza y se levantó—. No me juzgue descortés si me voy enseguida. Procuro no dejarla mucho rato sola en este ambiente, ya tiene los nervios bastante deteriorados.
—¿Ha venido por alguna razón particular?
—Sí. Gerry me ha dicho que va a seguir aquí un tiempo, y ambos la admiramos por su coraje. Si le dejamos la llave, ¿le importaría cuidarnos la tienda? Hemos de ir a Gales para examinar los nuevos locales.
—¿Ahora?
—Mañana, pero he creído más oportuno pedírselo con antelación por si rehúsa.
—Si no lo hago yo, no tienen a quién recurrir. ¿Cierto?
—Honestamente, dudo que nadie acceda a hacerlo.
¿Qué más daba comprometerse a alargar su estancia por una persona más o menos? Ya se había destacado entre los lugareños por su superior perspicacia, y nada conseguiría resintiéndose porque ahora la hubieran elegido así, de un modo coactivo.
—Déjeme unas señas donde pueda ponerme en contacto con ustedes —solicitó.
Diana vio partir a Booth hasta que dobló la farola de la esquina. Los páramos se perfilaban amenazadores sobre la localidad,
como si el ennegrecido cielo se estuviera solidificando. La condensada tenebrosidad le quitaba el aliento, hacía temblar su cuerpo con el frustrado arrebato de rasgar su velo. Una línea de la canción de Needham atravesó la mente de la joven y destiló frío en sus entrañas, pero antes la llevaría el diablo que esconderse en casa. Se abrigó con una chaqueta y fue a la calle comercial.
—No le imputará esto también a Godwin Mann, ¿verdad? —gruñó el tipo del puesto de prensa al querer ella saber por qué no había periódicos.
Estuvo tentada de decirle que sí, pero dirigió sus pasos al hotel sin enzarzarse en discusiones. Al menos no estaba totalmente sola en lo que sospechaba. Resolvió que tenía que conocer lo peor, y con detalle, antes de forjar un plan.
Cruzaba el vestíbulo hacia el mostrador de recepción, cuando le bloqueó el camino una mujer de exultante sonrisa.
—Godwin está enterado de que quiere verle. Irá en su busca tan pronto como le sea posible.
Diana reprimió el nerviosismo que aquello le provocaba.
—¿Sabe usted quién es Delbert, un californiano enjuto como un alambre?
—Por supuesto, todos aquí lo saben. —La beatitud no cambió, sino que se volvió aún más relamida—. ¿Desea entrevistarse con él?
—Si está por ahí, sí.
—Estará en su nuevo alojamiento. Anda un poco excitado desde ayer. Godwin pensó que debía hospedarse con alguien que pudiera atenderle, y le envió a casa de los señores Scragg.
Seguramente, los Scragg no le negarían la entrada al padre O'Connell. Diana abandono la sala, donde la oscuridad parecía convertir el techo en un espacio infinito encima de las lámparas, y surcó la plaza en dirección de la iglesia. Al pasar frente a la escuela, oyó a los niños cantar un himno. Los ecos de sus voces agolparon lágrimas en sus ojos, pero, al mismo tiempo, le crearon una cierta desazón: ¿estaban celebrando el triunfo de Mann o entonando un conjuro contra la oscuridad? Algunas personas se habían parado bajo las farolas y tenían sus sonrientes rostros ladeados hacia el colegio, y la americana sintió su exilio más que nunca.
La iglesia estaba desierta. En su interior reinaba el frío, un frío sepulcral. La joven tuvo un inevitable desfallecimiento al salir por el pórtico. El cementerio, sumido en negrura, parecía haberse agrandado: las losas eran como rocas que brotasen intermitentemente de la maleza. La melodía del coro infantil llegó hasta ella por la calle Mayor, si bien la letra de aquella balada de Needham retumbaba más fuerte en su cabeza. «... La noche está en el sol», decía una voz en su cerebro mientras, presurosa, atravesaba la calzada entre las macilentas luces. Sus pisadas resonaron insignificantes y sordas al recorrer la vereda de la rectoría y llamar el timbre. Alguien pateó la puerta desde el otro lado, arañando en la madera y gruñendo.
Desde luego era Kelly, la perra alsaciana del cura. Diana volvió a adelantarse desde donde la había apartado el sobresalto, con el corazón aún en un puño. No era nada extraño que las sombras tuvieran exaltado al animal. ¿Estaba durmiendo el padre O'Connell? El alboroto del perro debería haberle despertado. La joven echó una ojeada, confiando en verle camino de la iglesia o de la rectoría, y al hacerlo vislumbró una luz en el páramo.
Fue hasta la verja para verla más claramente, y se llevó la palma de la mano sobre los ojos a fin y efecto de paliar la distorsión de la luz callejera. Empezaba a creer que se había inventado el destello cuando se repitió, ahora más cerca. Era un coche. Provenía sin duda del otro lado de la penumbra, lo que demostraba que ésta tenía unos límites; habría que preguntar al conductor dónde se hallaban. Descorrió la cancela y esperó que llegase el automóvil.
El vehículo irrumpió ante su vista en la cima de la colina adyacente a la iglesia y acometió su descenso, demasiado aprisa. Al plantarse Diana en el pavimento y agitar los brazos apremiantemente, los frenos chirriaron y el coche, sin apenas intervalo, se cruzó en el asfalto a menos de un metro. Ella esquivó el embate metiéndose en el jardín de la rectoría, en el momento en que los neumáticos se frotaban contra el bordillo con un ruido estridente y fetidez de goma. Bajaron la ventanilla del asiento delantero..
—¿Qué sucede, señorita Kramer? ¿Qué es lo que quiere usted de nosotros?
Era Eustace Gift. Tenía la boca, pequeña ya en proporción a su narizota, aún más comprimida, aunque su mueca no estaba destinada a hacerla reír.
—¿De dónde salís? —preguntó Diana.
El cartero puso los ojos en blanco.
—Será mejor que se lo pregunte al chófer.
El «chófer», un tipo calvo, se apeó del coche y apoyó en el techo los brazos cruzados. Diana notó que temblaba.
—Ignoro hasta dónde fuimos —balbuceó el hombre—. No más de tres kilómetros. Hay, por decirlo así, una obstrucción en la carretera. No se puede pasar.
Su compañera, una mujer de rasgos delicados, rodeó el automóvil para ir junto a él.
—Tiene mucho que ver con esta negrura —declaró desafiante.
—¿Qué clase de obstrucción es ésa? —preguntó Diana, mirando a la pareja de hito en hito.
Nadie se decidía a contestar. Eustace, huidizos sus ojos al estudiarle ella, observó:
—Se ha dejado la puerta abierta.
La joven lo comprobó. En efecto, había un resquicio de luz en el acceso a la rectoría.
—Debe de haber sido la perra con sus patas —coligió Diana.
—Ésta es la casa del sacerdote, ¿no? No me vendría mal tener unas palabras con él —dijo el conductor, y echó a andar vereda arriba.
—Ten cuidado, Craig —recomendó su esposa, y corrió tras él, con Diana pegada a sus talones.
También Eustace se les unió, en el instante en que el conductor terminaba de empujar la puerta entreabierta y se hacía raudo a un lado, escudando a su mujer.
—Alerta —advirtió el cartero—, fíjense en sus ojos.
Se refería a la alsaciana. Estaba alebrada en el zaguán, escudriñando las tinieblas aterrorizada, con la descarnada lengua babeante entre sus colmillos.
—Ven, bonita —intentó serenarla Craig, aproximándosele con cautela.
De pronto la perra brincó sobre el hombre y se fugó entre gañidos sendero adelante, tan enloquecida que Diana tuvo que dar un empellón a Eustace para que no le arrollase. La joven vio cómo saltaba la valla y se lanzaba hacia el páramo, y se contagió de su pánico. Hubo de introducirse en el zaguán iluminado de la rectoría para eludir la oscuridad. Descubrió antes lo que los otros le habían hecho al padre O'Connell, si bien fue la mujer del conductor la que se puso a gritar.











31

Cuando concluyó el himno, Andrew continuó cantando por error. Algunos niños reprimieron unas risitas traviesas: no había entre ellos ninguno de los que se habían instalado en Moonwell el mes pasado. La señorita Ingham les devolvió una sonrisa, la misma que tenía grabada en su rostro dijera lo que dijese.
—Arrodillémonos y hablemos con el Señor —fue lo que dijo ahora.
Andrew apretó los párpados hasta que se le llenaron de una luz viva y rezó con tanto fervor como pudo, aunque no en los términos que usaba la maestra. Tan concentrado estaba que dejó de notar las planchas del suelo clavadas en sus rodillas. Lo que pedía era que su padre se curase, ahora que el señor Mann había transformado la cueva en un santo lugar.
Cualquiera que fuera el mal de su papá, guardaba relación con el foso. El mismo le había visto encaramarse a escondidas hasta allí bajo el claro de luna, y había estado tenso mientras el predicador se deslizaba por la cuerda. Lo más probable era que rezase a Dios para que no desamparara al señor Mann, para que matara al gigante, o al diablo, del que había oído hablar a sus padres la primera vez que el evangelista les convocó a todos en la cueva. Si su madre no se hubiera desahogado entonces, el monstruo no habría castigado a su padre. Pero el señor Mann realizó la misión para la que había sido llamado y regresó sano y salvo, o así lo había afirmado él. El conflicto era que, desde aquel día, el papá de Andrew había estado más secretamente nervioso que antes.
A lo mejor no estaba seguro de que el demonio hubiera muerto. Quizá le asustaba asomarse al hueco del foso para verificarlo, o que alguien le viera deambulando por allí y quisiera saber que estaba haciendo. Tal era el motivo de que tuviera que ir Andrew: asegurarse de que era un lugar santificado e informar a su padre.
—Por favor, Dios —musitó para que todo saliera bien, y se sumó al «Amén» de la atiborrada clase.
—Que Dios os acompañe hasta vuestras casas —deseó la señorita Ingham a sus alumnos, lo que significaba que podían marcharse.
Andrew había pensado fundirse en el enjambre que se formaba a la salida y fraguar, camino ya de la cueva, una buena coartada por no haberla esperado, pero allí estaba ella, sonriéndole, y en el único sentido en el que pudo avanzar fue el de su cara de luna llena, sobre aquellos anchos hombros que le daban la apariencia de un triángulo equilibrado sobre dos piernas flacas. El chico todavía añoraba a la señorita Kramer.
—No olvidéis rezar vuestras oraciones antes de acostaros —aleccionó la señorita Ingham a sus alumnos—. Recordad que a Dios le gusta bajar la mirada y encontraros de rodillas.
—No sé si podrá vernos estando todo tan negro —susurró Sally a Jane.
Al menos Andrew pudo formularle a la maestra una de las preguntas que daban vueltas en su cabeza. Mientras la seguía hacia el patio, dijo:
—¿Esta oscuridad son los malos que abandonan la cueva?
La señorita Ingham arrugó la frente sobre sus risueños labios.
—Explícate mejor, Andrew.
—El señor Mann mató al diablo del foso, ¿no es verdad?
—Hizo lo que Dios le mandó.
—Entonces, la oscuridad podrían ser los malvados que dejan la guarida y ascienden al cielo.
—¿Sabes una cosa? Creo que has acertado. —La sonrisa de la mujer se volvió ahora generosa—. Por eso el Señor hace a los niños tal y como son, porque en ocasiones tienen más lucidez que nosotros. —Aquellas palabras no estaban dirigidas a él, pero sí las que añadió—: Tal vez la gente no ora con el suficiente ardor. Mañana rezaremos juntos para que sople el viento y se lleve las tinieblas.
No era eso lo que el pequeño pretendía. Alzando los ojos al cielo, que hallaba más bajo y más compacto cada vez que lo miraba, meditó si podía ser tan sencillo: venía una ventolera y se llevaba la helada y tenebrosa inmovilidad que hacía del pueblo un fantasma de sí mismo. Le asaltó la repentina y triste intuición de que el objetivo de aquella perenne sonrisa de la maestra era aparentar que todo iba a las mil maravillas, del mismo modo que parecían fingir las personas que vio en la calleja. Mas, ahora que Dios había entrado en sus vidas, acaso no había tal disimulo y su optimismo era veraz. Le habría gustado creerlo, y lo haría en cuanto constatara que su padre volvía a su ser normal.
Su madre estaba en la tienda, pasando la escoba por los sombreados rincones del techo.
—¿Cómo se ha portado hoy Andrew?
—Ha sido un orgullo para usted, señora Bevan. —La profesora desprendió de su cabello una peineta naranja que Andrew comparó a un ciempiés y, mientras la echaba en su bolso de paja, la melena morena se desparramó sobre los hombros—. Si me da la llave, le llevaré a casa e iré preparando la cena.
—No es necesario que haga tanto por nosotros, señorita Ingham.
—Es cierto —corroboró el padre de Andrew, surgiendo de su posición de espía tras la puerta del almacén—. Ha trabajado duramente toda la jornada. Consideramos un privilegio tenerla en casa. No nos debe usted nada.
—Ni se les ocurra robarme ese placer. Adoro cocinar cuando puedo utilizar ingredientes frescos, tal y como Dios los hizo. Creo sinceramente que es una forma de loar al Señor.
—Confío en que no será pecado abrir una lata muy de vez en cuando —dijo la madre de Andrew, con tanta dulzura que el chico se quedó anonadado.
—¡Oh! No me cabe duda de que Dios es comprensivo en esa materia —respondió, sonriendo, la maestra—. Si quiere, una de estas noches le enseñaré algunas recetas.
Andrew miró inquieto por la cristalera. ¿Es que habían olvidado la oscuridad? Puede que prefirieran conducirse así para distraerse, o que ni siquiera hubieran ponderado cuan anormal era. La inquietud fue a más cuando vio que una ayudante de Mann venía hacia la tienda. Buscaba a la señorita Ingham.
—Esta noche pondrán ese vídeo en el bar. Ya saben, la película en la que el padre de Godwin interpreta al diablo.
—¿No tiene esa gente nada mejor que hacer? —protestó el padre de Andrew—. No es más que una niñería, un pataleo porque no están de acuerdo con Godwin.
—Estamos organizándonos para que asistan muchos de los nuestros y dejen buena constancia de lo que opinamos —anunció la mujer de la cruz en el pecho.
—Avisaremos a algunas personas del vecindario y que no falten, ¿conforme? —sugirió la mamá de Andrew.
El muchacho apenas podía articular palabra por la emoción.
—Yo me ocuparé.
Su madre abrió la boca a la par que consultaba con los ojos, casi imperceptiblemente, a la señorita Ingham.
—Está bien. Te dejaré, dado que es para mayor honra de Dios. Díselo a los vecinos del callejón y vuelve sin entretenerte.
—Dos calles —suplicó el niño.
Su madre le escrutó como si la estuviera poniendo en evidencia, y a Andrew le aterrorizó que le prohibiera ir a ningún sitio, que arruinase su plan.
—Sea, el callejón Romano y el de Hornos —claudicó, en una voz que prometía una conversación privada para más tarde—. Pero no te atrevas a cruzar la carretera.
¿A qué tanta ansiedad por que no atravesara la calle Mayor si no había tráfico ninguno desde hacía días, quizá semanas? Salió corriendo de la tienda, dobló el chaflán del callejón Romano y pasó como un flecha de casa en casa. Cada vez que se abría la puerta, él estaba ya camino de la otra y oprimiendo el pulsador del timbre. Voceaba el mensaje tras el seto o la reja y proseguía con igual presteza. Así había llamado al de la señora Wainwright antes de caer en la cuenta de que ella no estaría muy predispuesta a ayudar a Godwin Mann. Fue hacia el próximo hogar, esperando que no aparecería. Pero su umbral se iluminó mientras tocaba la campanilla de al lado.
—L-lo siento, señora Wainwright —tartamudeó.
Quedó boquiabierto. La mujer no sólo estaba gordita, sino que además se diría que la habían hinchado. Las mejillas dejaban descolgada la boca, o era el cuerpo el que tiraba de las comisuras de los labios. Ojeó al niño como si no le conociera en la penumbra y, transcurridos unos segundos, se retiró penosamente, arrastrando el pomo con la mano. El muchacho estaba aún petrificado cuando la anciana cuya campanilla había hecho sonar extendió hacia él un índice huesudo.
-¿Y bien?
—Esta noche, en el bar, pasarán un vídeo en el que sale el padre del señor Mann. Me han encargado que se lo diga a la gente que esté en contra.
La mujer proyectó el labio inferior sobre el bigote, como para mostrar a Andrew lo poco que podía hacer sin dientes.
—Muy bien, hombrecito, ahora regresa volando a tu casa. Yo notificaré en el resto de la calle las órdenes de movilización.
—Tengo también instrucciones de informar en el callejón de los Hornos.
—Déjamelo a mí —atajó ella, en un tono que descartaba toda porfía.
Nada podía haber más lejos de la mente de Andrew. Le dio las gracias, retrocedió sobre sus pasos hasta la calle Mayor y se internó, igual que un huracán, en el callejón de los Hornos. Medio minuto más tarde estaba en el confín del bancal de casas y en la vereda de los montes hacia la cueva.
El ámbito de la última farola no abarcaba mucho trecho del camino. El chico parpadeó bajo el imponente cielo y se recordó a sí mismo que estaba allí por su padre. Evocó cómo había machacado al lagarto sin ojos durante la excursión que hicieron a la cueva con la señorita Kramer, su deseo de que pudiera verle su padre mientras lo pisaba para que supiera que comenzaba a ser un hombre. Ahora tenía que serlo del todo, tenía que garantizar a su papá que no había nada temible en el foso, nada al menos que pudiera volverle tan loco como parecía estarlo la noche en que se escabulló al páramo. El pequeño recitó mentalmente la plegaria y atacó la escalada.
Una vez que se situó por encima de las luces, éstas le marcaron el linde del camino. Trepó con suma precaución hacia el inamovible cielo. Era como si ejerciera presión sobre él, descendiendo a su captura igual que una araña. Se agarró al chamuscado borde del páramo y se catapultó al sendero que lo surcaba.
Cuando tropezó y se dio de bruces con el suelo, tomó conciencia de lo solo que estaba. Los cenicientos páramos se exhibían ante él mientras que, abajo, las farolas de Moonwell se erguían como bengalas hundidas verticalmente en la tierra y puestas a quemar. Había abrigado la esperanza de vislumbrar coches en la carretera de Manchester, pero los bosques no le permitían verla. Tuvo la momentánea impresión de que el mundo se había desintegrado y él quedó abandonado en un páramo muerto.
Tiritaba, y fue aún peor al tratar de contenerse. Se dijo a sí mismo que, si todo aquello estaba muerto, no podía dañarle. Lo que tenía que hacer era explorar la cueva desde fuera, eso y nada más. ¿Cómo iba a quitarle el miedo a su padre si él tenía un susto mayúsculo? Dio una vacilante zancada en el sendero, una cinta todavía más oscura en la intensa opacidad que recubría las laderas, y de pronto su tiritera dio paso a una carrera no menos incontrolable. Los brezos se desmenuzaban bajo sus pies, con una desagradable blandura aceitosa, siempre que se desviaba de la senda. Subió en dos trancos a la elevación que circundaba la cuenca y cayó de rodillas.
La ceniza se le pegaba a las piernas y le rascaba la garganta, dejándole un sabor humoso en el paladar. Se frotó los irritados ojos e hizo una previa inspección a la cueva. Estaba igual que siempre desde que se desplomó la tapia, solo que el reflejo del cielo la oscurecía más aún. No se columbraba sino un laguna negra y plana en el centro de la depresión. Aquello no bastaría para sosegar a su padre. Tenía que acercarse, mirar dentro del pozo.
No bien se hubo adentrado en la oquedad pedregosa, presintió que resbalaría. Se arrodilló otra vez y gateó de espaldas hacia su objetivo. Con la cuesta del promontorio enfrente, el cielo pareció cerrarse sobre él como un ataúd. Le espantaba la idea de recular demasiado sin percatarse. Giró sobre el eje de su cuerpo, tembloroso, y bajó reptando de cara al foso.
No había otros sonidos que el crujir de las punteras de sus zapatos en la roca y el de todo su cuerpo al restregarse sobre su estómago en dirección del pozo. En la vecindad de la cueva la pendiente se hacía más pronunciada, demasiado para permanecer establemente asido mientras sacaba la cabeza en el foso. Se incorporó y anduvo en torno a la cavidad, a prudencial distancia, hacia donde la bajada se allanaba y el hoyo caía en picado. Se arrojó una vez más boca abajo, jadeante y tembloroso, y se dio impulso a rastras. Cinco fueron aquellos impulsos que le magullaron el pecho, y que le condujeron hasta el borde. Se apuntaló en los codos para los últimos centímetros y, aferrando el saliente, asomó medio tronco.
No había en el hueco sino negrura, una oscuridad que notó más cercana, y más glacial, que la del cielo. Se empujó un poco más para cerciorarse. Al apretar los ojos, distinguió la pared opuesta del foso que se sumergía hacia una hondura no menos negra. No le invadió un sentido especial de santidad, pero tampoco estaba muy seguro de que los lugares sagrados irradiasen nada semejante. Lo importante era que se hallase vacío y limpio de todos los seres perversos que llenaban la bóveda celeste. Iba a elevarse sobre los codos a fin de iniciar el retorno, cuando creyó detectar unos movimientos en la cueva.
Se propulsó aún más hacia fuera, trémulos los codos por el esfuerzo. Quizá no era más que el espejismo que a todos hace ver sombras en acción allí donde la visión es defectuosa. Mas aquellos movimientos se diferenciaron y disgregaron, y el niño pudo distinguir tres formas, tres insectos que escarabajeaban por la roca. ¿Por qué la detección de unos animalejos había de dejarle sin resuello? Había comenzado ya a marearse en el momento en que comprendió que, puesto que los pálidos y etéreos contornos se hallaban en el punto donde el muro se confundía con la penumbra, debía de tener un mayor tamaño que él mismo.
El impacto le hizo dar una sacudida que casi le desequilibró. El reborde del pozo le abrió cortes en las manos al salvarse, en el momento preciso. Rezó para no estar viendo de veras lo que rebullía allí abajo, mas a cada segundo se aclaraban más las imágenes. Los bichos tenían el mismo color del lagarto que había pisoteado, el color de las criaturas que viven en la sombra. Poseían unos dedos muy largos que usaban para afianzarse en la roca, despacio pero inexorablemente. Dos de ellos levantaron las lisas cabezas hacia él de un modo que le hizo sospechar que carecían de ojos, mientras que al de en medio era la cabeza lo que, al parecer, le faltaba.
Fue aquello lo que convulsionó su cuerpo, lo que le retrajo del borde tan violentamente que perdió el asidero de la piedra y, por unos instantes, estuvo en un tris de patinar cuesta abajo hacia el vacío. Se puso de pie bamboleante, con náuseas, y ascendió la cuenca entre sollozos. A lo largo de toda su frenética andadura por el calcinado camino fue mirando incesantemente atrás, temeroso de que las pálidas figuras hubieran emprendido su persecución en las desoladas laderas, bajo el negruzco cielo.
Se cayó varias veces en la vereda del páramo al pueblo. No tenía idea de cuánto rato había pasado allí arriba, cuánto hacía que le esperaban sus padres. Ni siquiera podía contarles lo que había visto, pues su madre indagaría por qué, desobedeciéndole, había visitado el foso, y su padre se pondría peor. La cueva no era un recinto sagrado, ni tampoco estaba muerta, a menos que aquellos seres anidaran en ella como larvas. Lo único que logró el señor Mann fue hacerles salir, y ¿dónde irían ahora? Le horrorizaba desembucharlo todo ante sus padres por la incapacidad de callar. Mas cuando atravesó el callejón de los Hornos e irrumpió en la tienda, resultó que sus padres se habían ausentado.
—Nosotros dos nos quedaremos aquí hasta que vuelvan tu papá y tu mamá —le dijo la señorita Ingham—. Ha sucedido algo en casa del sacerdote y están echando una mano.
























32

El padre O'Connell debió de intentar abrir la puerta principal. Había sangre en la hoja, en las paredes y en la alfombra del zaguán de la rectoría. Tal vez la perra tan sólo saltó sobre él para impedirle que la abriera, tal vez no le atacó hasta que el cura quiso alejarla de sí, aunque no era imposible que estuviera tan frenética a causa de la oscuridad que fuese a abatirle de buen principio. O'Connell huyó pegado a la pared para coger el teléfono, presumiblemente como arma, a juzgar por la manera como sujetaba aún el auricular. Si no se hubiera defendido, especuló Diana con una clarividencia que prestaba al horror un relieve aún más punzante, acaso el animal no se habría abalanzado para acabar con él.
La esposa del conductor hincó las uñas en sus propias mejillas mientras miraba y chillaba como si nunca fuese a parar.
—Cálmate, Vera, sal de aquí y no te obsesiones —mandó su marido.
El hombre rodeó cariñosamente los hombros de su mujer antes de que Diana la escoltase al exterior de la rectoría, lejos de la dolorosa estampa del padre O'Connell, de los restos de su mano que apretaban la garganta como si hubiera fallecido tratando de preservar el cuello intacto.
—No podemos hacer nada —murmuró Craig, y Diana sintió una vez más su soledad.
Vera reaccionó tan pronto como abandonó el edificio. Contempló el cielo y todo su ser empezó a agitarse, juntando y separando las manos espasmódicamente. Ahora gemía, exhalaba inconexos y quedos plañidos. Al susurrarle Craig «Vamos a llevarte al médico», ella le examinó con despectiva frialdad.
—Sólo hay un sitio en este pueblo al que quiero ir.
—Informaré a la policía —propuso Eustace muy desencajado.
Se escurrió entre los curiosos que habían comenzado a agruparse alrededor de la verja, hasta que la modistilla que vivía en su calle le salió al paso.
—No tan deprisa. ¿Qué es lo que pasa? —inquirió.
Eustace hizo un regate, no sin espetarle:
—El padre O'Connell ha muerto.
La mujer corrió la cancela con la panza.
—Su perra se volvió contra él —explicó Diana, pero la otra mujer no le prestó la menor atención y fue hasta el interior para verlo por sí misma.
Regresó sin tardanza, con cara desencajada.
—¿Y usted cómo está involucrada?
—Fui yo quien le encontré —replicó la joven, siendo ésta la máxima declaración que tenía previsto hacer excepto a la policía.
Observó a la gente que enfilaba el sendero hasta la puerta y se replegaba de inmediato, y cuando empezaba a madurar la decisión de rechazar a todos los mirones, echando la llave si era preciso, el coche de la policía se detuvo en la calleja.
El inspector tenía el rostro alargado, de óvalo anguloso, y unos labios mezquinos, muy tirantes y casi tan invisibles como los de una vieja solterona, bajo un bigotito recto y plateado. Expulsó a los curiosos de la puerta con un gesto de la mano escueto pero rotundo, y marchó camino arriba, ligeramente gacha su cabeza como si hubiera resuelto no dejar que la negrura le abstrajese de su obligación.
—Tengan la bondad de aguardar aquí —rogó a Diana y a la pareja Wilde con voz mesurada y diáfana, y desapareció dentro de la casa.
La muchedumbre había vuelto a arracimarse detrás de la reja, quizá sin otro ánimo que alumbrarse bajo la farola. Diana advirtió cómo los padres de Andrew la estudiaban muy ceñudos. Les dio la espalda en el instante mismo en que el inspector salía de la rectoría.
—¿Quién de ustedes ha encontrado el cadáver?
—Técnicamente, yo —repuso Diana.
Se alzó un murmullo entre el gentío, mas el policía hizo oídos sordos.
—¿Qué ha querido decir con lo de «técnicamente»?
—Que fui la primera persona que entró en el edificio. En cuanto la perra del padre O'Connell se dio a la fuga, me colé para ver qué había ocurrido. Usted mismo ha visto que...
El inspector levantó una mano casi negligentemente, como si la testigo tuviera que permanecer alerta a todas las indicaciones que le diera.
—¿De qué modo abrió la puerta?
—¿Y por qué se hallaba en este lugar? —cuestionó alguien del público. Diana pensó que bien podía ser la madre de Andrew—. Ella no practica la religión.
—Si algunos de ustedes hubieran perseverado en su religión... —No, no debía responder a las provocaciones; no podía perder el dominio de sí que se había impuesto desde que descubrió al padre O'Connell—. ¿Que cómo abrimos la puerta? —dijo al policía—. Indudablemente estaba tratando de abrirla él en el momento en que el animal le asaltó. No la hallamos cerrada.
—¿Insinúa usted que estaba abierta a los cuatro vientos?
—No tanto. Estaba entreabierta, y nosotros acabamos de abrirla cuando llamamos y no obtuvimos repuesta. Entonces, el alsaciano huyó disparado.
—¿Hacia dónde?
—Hacia allí —aseveró Diana, apuntando a los páramos, que se cernían más y más próximos bajo el aplastante cielo.
—Lo mismo que ha declarado el cartero Gift —ratificó el inspector, como si al menos la confirmación fuera un punto de partida respetable, y abordó a la multitud—. Por favor, si ven al perro del padre O'Connell procuren que no se les acerque. En estos mismos momentos tengo a un oficial buscándole. —A Diana le instó—: Pienso que debería contarme por qué venían ustedes cuatro a ver al sacerdote.
La joven tuvo el presentimiento de que las tinieblas la cercarían aún más estrechamente si se planteaba tan sólo el obedecer. Decidió que no eran ni la ocasión ni el lugar adecuados.
—Nadie venía a verle. Oí al perro y sus ladridos me dieron mala espina. Mucho me temo que me crucé por delante del coche de estos señores. Fue culpa mía que las ruedas patinaran.
Craig empezó a corroborar su historia, pero Vera le interrumpió.
—No es tan simple como vosotros lo pintáis. ¡Fue la oscuridad! —exclamó.
El policía enarcó las cejas.
—Fue la oscuridad la que hizo ¿qué?
La mujer se tragó las frases que ya afloraban, quizá porque le pareció que aquel tipo recelaba de ella, que no reconocía su verdad.
—Que..., que el perro atacase al padre O'Connell —balbuceó. El animal tuvo que perder la cordura para arremeter contra él, un sacerdote.
—Extraño es el sacerdote que predica contra otro ministro de Dios —criticó alguien en el gentío, lo bastante alto como para ser oído—. El Señor no habría permitido que muriese de ese modo si hubiera respaldado a Godwin.
Diana dio media vuelta, furibunda, hacia los presentes.
—¿Por qué no es valiente y dice lo que piensa realmente, que merecía morir? No había más que verle para entender que era un millón de veces más tolerante que ninguno de ustedes, y yo afirmo que estaba más cerca de Dios que nadie de aquí. Quizá por eso se congratulen tanto de su defunción.
Vera había rectificado, aparentemente, su determinación de medir sus palabras.
—No me refería tan sólo al perro —le espetó al policía—. Acabamos de hacer una intentona de viajar a Sheffield. No conseguimos traspasar la muralla de oscuridad.
—¿Se quedaron sin gasolina o algo por el estilo?
La mujer apretó los puños de rabia.
—No fue nada de eso. Llegamos a un punto en el trayecto a partir del cual no había más que sombras, sin vías que comunicasen con la carretera nacional. Quedamos bloqueados.
El inspector miró a Craig, pidiéndole con los ojos una aclaración.
—Así me lo pareció también a mí —admitió el esposo.
—Y los teléfonos no tienen línea —admitió Eustace—. Incluso en ese sentido estamos aislados.
—Les ruego que no levanten la voz. Ordenaré que se haga una comprobación en toda regla.
Los labios del policía se estiraron más todavía, como si le fastidiasen las complicaciones. Fue hasta la verja a fin de evacuar el sendero y franquear el paso a la ambulancia local, que se había estacionado delante. Deseaba creer que las tinieblas eran un capricho del clima, o así lo intuyó Diana. ¿Cómo se las compondría para persuadirle de lo contrario, a él ni a ningún otro lugareño? Le vino a la mente la súbita y acuciante sospecha de que los hechos mismos no tardarían en hacerlo.
—Tengo como una corazonada de que nadie sabe ya de nuestra existencia —se sinceró Vera con voz entrecortada, y eso la reanimó—. Vámonos Craig, no deseo quedarme aquí. Llévame al hotel.
—Algún mecánico habrá que nos repare los neumáticos —comentó él, en un tono en el que desafiaba a cualquiera de sus oyentes a contradecirle, y condujo a su mujer al exterior mientras los camilleros entraban en la rectoría.
Eustace se quedó con Diana. El inspector solicitó de ésta:
—Mándeme recado si planea abandonar el pueblo. Puede que antes tenga que interrogarla nuevamente.
La joven oyó su grito, un grito no proferido, serpenteando en la nada abismal de su propio cerebro: «No puede abandonarlo, ¿es que no lo entiende? Nadie se puede ir».































33

Durante todo el camino de regreso a la tienda, June no paró de despotricar.
—¡Qué cinismo el de la Kramer! ¡Mira que censurar nuestra falta de religiosidad! ¿Qué querrían del padre O'Connell esos cuatro, que entre todos no reúnen un gramo de fe? La policía debería someterles a un interrogatorio bastante más minucioso, eso te lo digo yo.
Brian fue barbotando y asintiendo mientras andaba a su lado. No sabía si estaba o no de acuerdo con ella, pero que vertiera su desconfianza en otro le proporcionaba un enorme consuelo. Así podría deliberar sobre lo que había hecho sin sentirse observado. La ira de June frente a la Kramer y compañía era casi tan consolador como la penumbra.
No podía negarlo, a él la oscuridad le venía muy bien. Lo que más necesitaba era subir al páramo y meditar. Quizá podría sacar a Andrew a pasear por aquellos parajes; a June no le entusiasmaría, pero ahora que la señorita Ingham se hospedaba en su casa estaba menos proclive a las discrepancias conyugales. Una vez cobijado en la sombra, no le pesaría su vigilancia como le había pesado desde que se rompió la cuerda de Godwin.
A lo mejor ella suponía que aquel tropezón de Brian frente a la cueva fue fruto de su preocupación por Mann. A lo mejor hasta se avergonzaba de haber abrigado recientemente tantos resquemores respecto a él, pero eso aún le hacía sentirse peor. Le sobraban razones para desconfiar de su marido: el rostro de Godwin lo dejó bien patente al ceder la cuerda. Bevan no había soñado que disfrazó el material deficiente, ni podía haber soñado tampoco que acechó al centinela del predicador a la luz de la luna, aunque no osaba dirimir consigo mismo las causas de tal comportamiento. Y aún le espantaba más aquilatar cuánto debía de saber Godwin Mann.
Volvió el rostro al pasar junto al hotel. Por lo menos, los chillidos de la mujer en la rectoría no habían despertado el interés de Godwin. Desde la víspera, cada pisada que resonaba en la vecindad de la tienda, o también en la de su hogar, le dejaba el corazón en suspenso. Quizá no había motivo para tantas aprensiones, quizá Godwin le había perdonado. Podría pensar lúcidamente en cuanto llevase a Andrew al páramo.
Andrew estaba bajo el fluorescente del escaparate, acuclillado y con la cara pegada al cristal. Al ver a sus padres reculó hacia el interior de la tienda, chocando contra un infiernillo Primus.
—Nadie te ha autorizado a subir a la plataforma —le reprendió June con severidad—. Que no tengamos clientes en estos días no significa que podamos darnos el lujo de destrozar las existencias.
—Estaba anhelante por verles a ustedes —intercedió la señorita Ingham—. Te has puesto un poco nervioso al hacer la ronda de las casas, ¿no es así, Andrew?
June inhaló una larga bocanada, que expulsó en forma de suspiro.
—Es la última vez que sales por tu cuenta mientras dure esta oscuridad, Andrew. Debería haber previsto que terminarías sugestionándote.
—No estoy muy segura de que sea así de sencillo —volvió a mediar la maestra.
—No me juzgue antipática, señorita Ingham —replicó June en aquel tono suyo tan almibarado—, pero conozco al pequeño desde hace más años que usted.
Andrew, acoquinado, se había replegado contra el mostrador.
—¿Qué fue lo que te asustó, hijo? —preguntó Brian, apiadándose de él— ¿Te pareció ver algo fuera de lo corriente?
El niño miró a su padre muy atribulado, y desvió la vista.
—Ahí lo tenéis —se fortaleció June—. Sabe perfectamente que no han sido más que chiquilladas. El mejor sitio donde puedes ir es a la cama, jovencito, para que los mayores hablemos con tranquilidad.
—Voy a hacer la cena —propuso la señorita Ingham.
—La acompaño —se le unió June. Se giró hacia Brian al alcanzar la puerta—. Puedes echar el cierre. Si alguien quiere un artículo de la tienda, sabrá dónde encontrarnos.
Se iba con la maestra para explicarle lo del padre O'Connell. Brian se preguntó si dispondría de unos minutos en los que visitar el páramo antes de seguir a las mujeres a casa, pero, por más que los tuviera, mal podría recapacitar hallándose Andrew en aquel estado.
—Vamos, hijito, no hay por qué tener miedo. Papá está contigo —dijo, aunque ásperamente.
El chico pestañeó, corrió hacia él y ocultó el semblante en su pecho. Las manos de Brian vacilaron cerca de la pequeña cabeza, indecisas sobre si debían acariciar el cabello de su hijo. Andrew se le había abrazado efusivamente, pero Bevan tenía la indefinible impresión de que lo hizo, por una rara paradoja, para protegerse de él. Se estimuló su febril nerviosismo, un hormigueo en su piel como si ésta hubiese cobrado vida de manera misteriosa.
—¿Deseas relatarme lo sucedido ahora que no nos escuchan las mujeres? —sugirió.
Cuando el pequeño empezó a hablar Brian quiso apartárselo para oírle mejor, hasta que se percató de que Andrew rezaba. No adivinó por quién.
—Puesto que no tienes nada que decirme, más valdrá retirarse enseguida a casa —concluyó Bevan, azarado, y hubo de hacer unos arrumacos a su hijo para sacarle de la tienda.
Andrew hizo todo el camino hasta casa colgado de la mano de su padre, más apretadamente en los tramos entre farolas. Cada vez que atravesaban una de las callejas que desembocaban en los senderos de los páramos, Brian notaba cómo se estremecía.
June hervía en una muda cólera cuando llegaron. Después de que Andrew ingiriese su cena vegetariana, se bañara y acostara, soltó la lengua:
—¿Sabes qué hemos oído decir mientras venías con el niño? Que no han cancelado el pase del vídeo.
Al principio Brian no captó cuál era la nueva objeción.
—¡Oh! Te refieres a que ni siquiera...
—Ni siquiera la terrible muerte del padre O'Connell les privará de poner esa diabólica película. Van divulgando por ahí que el padre habría querido que la exhibiesen, que el mismo iba a verla. No he creído ni por un instante que sea verdad, pero, de haberlo sido, encontraría más que natural que su perra le mordiese como lo hizo.
—Deberíamos ir y demostrarles que estamos de parte de Godwin —propuso Brian.
—Puedes ir con la señorita Ingham, yo he de cuidar al niño. No me ha dejado ni siquiera apagar el interruptor de su dormitorio. Tiene que quedarse de guardia alguien que no transija ante sus tonterías.
¿Le ocasionaba a June unos celos inconfesables que Brian se fuera al bar en compañía de la maestra? Bevan no había pensado en la señorita Ingham más que para tildar de inhibitoria su presencia en la casa, más cuando bajó a la planta baja, muy perfumada y ataviada con uno de sus trajes largos, la halló inusitadamente atractiva. La forma como el vestido insinuaba las curvas de su cuerpo caldeó la zona genital del hombre.
—Llámeme Letty —invitó ella, y Brian especuló sobre si aceptaría dar un paseo después del bar.
El Soldado Manco estaba repleto de seguidores de Godwin. Brian ordenó para Letty un zumo de naranja y para sí mismo una caña de cerveza.
—Estoy muy contento de verte, temía que te hubieras muerto —le saludó Eric, el patrón, con un vozarrón que se propagó por toda la sala.
Brian siseó algo lo más indiferente posible y fue a reunirse con Letty y su camarilla, que conversaban sobre el reposo absoluto que observaba Godwin en el hotel desde la proeza de la cueva. La cara de Ingham fue la que había motivado que no se fijara mucho en ella, constató Bevan, aquella fealdad redonda de sonrisa permanente. «Habrá que taparle la cabeza bajo una bolsa de plástico», planeó automáticamente, y estaba reprimiéndose de lanzar soslayadas miradas al contorno de sus muslos cuando los abstemios reclamaron la película.
—Sea lo que fuere lo que penséis de ella, ataos las manos —advirtió Eric, introduciendo la cinta en el reproductor—. Y no hagáis remilgos a la hora de venir a la barra.
El filme se titulaba El foso del Diablo. Conjeturó Brian que acaso fue aquello lo que incitó a Godwin a venir a Moonwell, el «Foso de la Luna», más se trataba de un rico industrial que perforaba la tierra en busca de petróleo allí donde le habían avisado de que no lo hiciera. La mayoría de los actores, con su tez cobriza, no parecían ser anglófonos. Por los gemidos y meneos de cabeza que vio a su alrededor, Bevan coligió que era al industrial a quien encarnaba el padre de Godwin.
El taladro cavó en las capas terrestres y el oro negro inundó la pantalla, salvo en que no lo era: tenía un color demasiado perfecto, demasiado elaborado. Se giró hacia la cámara el protagonista, sonriendo demoníacamente, y todos los vecinos de Brian comenzaron a cantar un himno al brotar una pléyade de diablos del burbujeante líquido. Las embadurnadas criaturas, que tenían aspecto humano, astillaron las puertas de las casas y mataron a los ciudadanos, a quienes extirpaban los órganos por la garganta y, en medio de horribles estertores, les trituraban el cráneo contra las paredes. Al padre O'Connell no le habría gustado aquello, meditó Brian; ni a él mismo acababa de convencerle, menos aún cuando las víctimas volvieron a la vida y persiguieron a los escasos supervivientes. Le desagradó especialmente la escena en que una mujer joven, vestida con camiseta veraniega y shorts de algodón, recorría a grandes zancadas la ciudad en busca de su marido, pese a no tener ya cabeza. Bevan se sumó a los cánticos tan ardientemente, que suscitó miradas de curiosidad.
Los devaneos mentales arrinconaron al himno. La joven le recordaba, por supuesto, a la excursionista que se precipitó en la cueva. Pero el cuerpo descabezado en acción le hizo rememorar lo que había sentido al espiar a la muchacha en el páramo. ¡Dios le asistiera, también ahora lo sentía! El espectáculo de un ser desmembrado había abultado su bragueta.
Se llenó de repugnancia contra su propia persona y, a la vez, de una excitación incontenible. Trató de pensar en June, mas no logró imaginarse ni aun sus facciones. Letty Ingham estaba más cerca, de modo que intentó concentrarse en ella, deseoso sobre todo de sustraer su pensamiento a aquellos centelleos en la pantalla que le hacían saltar los ojos de sus órbitas. Podría haberse imaginado a sí mismo arremangándole las faldas, separándole los muslos y tirándosele encima de no haber sido por aquella exasperante sonrisa de su cara achatada. De repente se vio junto a la maestra alumbrado por una cegadora luz blanca, prietas las manos contra la redonda cabeza para retorcérsela, elevarla libre del soporte de los hombros... Tuvo que combatir el arranque de manosearse el erecto pene bajo la mesa del bar. Volvió a cantar y lo hizo más alto, casi a berridos.
Demonios y cadáveres errantes infestaron toda la ciudad, y el padre de Godwin hizo una sádica mueca tras un rótulo donde se repetía el título. Los espectadores probos aplaudieron al compás de su himno. Mientras rebobinaba la cinta en el aparato, Eric escrutó furioso a Brian, como si le hubiera traicionado.
—Gracias —le dijo la gente inocentemente al vaciarse el local.
A Brian le habría apetecido quedarse para beber otra jarra —el bar era un refugio contra las tinieblas—, de no ser porque se habría sentido obligado a disculparse ante el patrón, a darle más explicaciones de las debidas. Siguió a Letty Ingham, encogiéndosele el miembro viril con el frío y la negrura. No pudo por menos que pensar cuan satisfactorio sería poseer la energía que había entrevisto, deslumbrado por sí mismo y por la alba luz. Fue solamente una fantasía, más tuvo la virtud de volver su piel más inestable, mucho más viva. Ladeó la cabeza al aproximarse al hotel, y entonces se apercibió de que de June no podría esconderse. Ahora aún eran más los secretos que debía guardar frente a su esposa.
A Dios gracias estaba en la cama, con Andrew arrebujado contra ella, donde el chico debía de haberse deshecho en súplicas para ir. Brian se metió en el lecho del niño y pensó nerviosamente cuanto tiempo tardaría en delatarse ante su esposa. Oyó a Letty tarareando un himno religioso en el salón, y supo al instante que su mente calenturienta lo había tergiversado todo. No era de extrañar que fuera así cuando, de una forma u otra, se había obstinado en olvidar las enseñanzas que impartiera Godwin a la comunidad. No había más que un medio de desembarazarse de sus pasiones, por penoso que fuese. El padre O'Connell había muerto, sí, pero todavía podía confesarse con Godwin Mann.































34

De regreso a casa desde la rectoría, Diana reflexionó que la oscuridad había vencido. Quizá era porque estaba extenuada, pero tenía la sensación de empequeñecerse a medida que la negrura se expansionaba, hasta que ella y la población entera perdieran toda significación. Se argumentó a sí misma que ella tenía que significar algo, pero ¿qué? Tal vez lo sabría después de una buena noche de sueño.
Se oyó un crujido en el recibidor al dar la vuelta a la llave: el de dos hojas de papel. Eran dibujos de su clase, que identificó incluso antes de leer los nombres de las autoras. La pintura de Sally reproducía a unos escaladores en una montaña, unas figuras con narices ganchudas y cabezas del tamaño de monedas de diez peniques; la de Jane era un parque de recreo donde todas las demás atracciones se condensaban en el espacio que dejaba el tiovivo. Ambas eran obras que Diana había colgado en la pared del aula.
Sin duda alguna la maestra actual había devuelto a los niños sus dibujos porque se avecinaban las vacaciones estivales, aunque el cielo no lo augurase así. La joven se representó a las dos niñas deliberando qué hacer, Sally jugueteando con sus maltrechas gafas, Jane conviniendo solemnemente en que habría que despachar sus pinturas por el buzón adosado a la puerta de la señorita Kramer. Le entraron deseos de llorar. No la habían olvidado, pero ella sí que olvidaba a menudo a sus ex alumnos.
—No, ya sé que tú no, maldita —siseó a las sombras.
Se preparó un café solo y lo bebió lo más caliente que pudo resistir, yendo y viniendo por las estancias para despertarse. Al volver a salir persistía en su cerebro una especie de aturdimiento, algo que aún habría de aventar antes de comprender cómo podía luchar contra la oscuridad. En su opinión, averiguar por Mann lo que había ocurrido en la cueva sería un primer paso. Cuando menos le daba un pretexto para colarse en el hotel.
El espacioso y tenuemente iluminado vestíbulo, bajo sus empolvadas arañas, resultaba acogedor tras el paseo por las calles, con la nada agazapada entre las farolas y conduciendo a los montes sin sol. Diana fue hasta el mostrador de recepción, donde se erguía el director. Tenía el semblante cariacontecido, brillando su frente bajo lo poco que quedaba de su pelirroja pelambre.
—¿Está aquí la pareja que ha sufrido un accidente de coche hace sólo unas horas? Craig y Vera no sé qué más.
—El señor y la señora Wilde. —El hombre dio una ojeada a su alrededor por si había algún recepcionista, y miró él mismo el casillero de las llaves—. Sí, están en su habitación. Es la trescientos quince.
—¿Puedo subir?
—Puede hacerlo si le place —dijo el director, alisándose las empobrecidas greñas con ambas manos en un gesto de derrota—. Está en el último piso.
Al introducirse ella en el ascensor las puertas se cerraron solas, pero tuvo que oprimir dos veces el botón antes de que la recepción fuera quedando abajo. El mecanismo tuvo breves parones en todas las plantas, proporcionando a su pasajera someras visiones de los desiertos pasillos a través de la ventanita cuadrada. Ya en lo alto, las puertas se abrieron pausadamente y con un chirrido amortiguado. O no llegaba al último piso la calefacción central, o no estaba encendida. Tal vez fue la helada quietud la que trajo a su mente la imagen de una caverna, y es que el sórdido corredor de dieciocho alcobas tenía unas dimensiones desproporcionadas. Diana dobló por la ramificación de la derecha y golpeó con los nudillos la puerta de la 315.
Acudió Craig y, al verla, le sonrió con cierta agitación.
—Señorita Kramer, es usted muy amable al venir a visitarnos. Si se cree responsable del accidente, rechace esa idea. Fui yo quien lo provocó, yo y mi neurosis.
—Yo pienso que hizo gala de una envidiable presencia de ánimo. ¿Se encuentra mejor su esposa?
—Lo siento, no pretendía ser descortés. Le ruego que pase y la salude usted misma. Estábamos haciendo café. ¿Quiere una taza?
Vera dejó de mirar la cafetera eléctrica como si fuera una tarea de vital importancia.
—Señorita Kramer, ¿qué debe de pensar usted de mí después de todo el follón que he armado?
—Que yo me habría comportado igual si hubiera sufrido las mismas vicisitudes —sondeó Diana con gentileza.
—¡Oh, sí! Nos hemos dejado apabullar por esas sombras —se excusó Vera, con una risa muy poco espontánea—. Me disgustan, y no fingiré lo contrario, pero eso no es justificación para perder el oremus, como si aquel pobre policía no tuviera ya bastante trabajo. No me importa admitir ante usted, señorita Kramer, que me avergüenzo de mí misma.
—Hemos conseguido que nos arreglen los neumáticos —explicó Craig—. Mañana tendremos el coche a punto. Espero que este absurdo tiempo haya mejorado.
—Yo creía —apuntó Diana cautamente— que ustedes no atribuían la oscuridad a un fenómeno climatológico.
Se dirigió a los dos, mas fue Vera quien respondió.
—Ya le he dicho lo avergonzada que estoy, señorita Kramer. Yo no soy tan joven como usted. Descubrir el cuerpo de aquel infortunado me trastocó momentáneamente, y eso fue todo.
«Pero hablaste de la negrura antes de verle», denunció Diana en su pensamiento. Toda pertinencia por su parte sería superflua, sin embargo: lo único que haría sería perturbarles. Brotó el vapor de la cafetera, y se puso en pie.
—¿No tomará ni un café con nosotros? —preguntó Vera.
—De veras que no. He de entrevistarme con Godwin Mann. ¿No sabrán por azar en qué habitación se aloja?
—Sí. Se la enseñaré. —Craig, atento, cedió el paso a la joven y señaló el fondo del pasillo. No había dado ni tres zancadas, cuando Wilde carraspeó y añadió—: Hazel, nuestra hija, nos contó que la habían cesado en su puesto por desavenencias religiosas. Si necesita un consejero legal, mi mujer y yo estamos a su entera disposición.
El hombre cerró la puerta. Diana quedó a un tiempo conmovida y desalentada: Wilde se había expresado como si la vida continuara normalmente, o como si aparentar que era así la restituiría a sus cauces normales. La de Mann no era la única fe que se acataba sin cuestionarla. Pero era la suya la que había generado lo que estaba sucediendo en Moonwell, y ahora la joven tenía que ver qué le había pasado a él.
Se internó en el corredor, lejos del ascensor y de la escalera. Craig había indicado la habitación del extremo, contigua al baño: ¿que podía haber más banal? Daba igual que las lámparas de las paredes fueran pequeñísimas y menos abundantes de lo deseable, igual que el bajo pasillo pareciera más frío y más vacío a medida que adelantaba, pero lo cierto era que habría agradecido un sonido o dos en el sepulcral silencio. Ni siquiera oía a Craig y a Vera, pese a que indudablemente estaban hablando. Resistió un alocado impulso de estampar sus pies en la descolorida moqueta marrón, para tener al menos un ruido por compañero.
Se detuvo frente a la puerta 318. Había alzado una mano para llamar, cuando su mirada vagó hacia la rendija de la base. Cualquiera que fuese la luz que usaba Mann, tenía una blancura desagradable. Muy quieta, con los dedos a unos centímetros de la madera, oyó la voz del predicador dentro de la estancia, suave pero penetrante y, por encima de todo, forzada.
—No se apure, señorita Kramer, que yo no la olvido. Iré a usted antes de lo que piensa. Espero sobre ascuas un encuentro cara a cara.
Diana retrocedió ante la puerta en un acto reflejo, sin dejar de observarla, verificando que no tenía mirilla ni hueco ninguno por donde Mann hubiera podido verla. Dio media vuelta y echó a andar pausadamente en dirección de la escalera; de haber echado a correr se habría descompuesto por entero. Cruzó el vestíbulo, entre docenas de seguidores que parecían caminar a la deriva, y salió del hotel antes de caer en la cuenta de que el matrimonio mayor estaba todavía en aquella planta.
No fue capaz de regresar. Quizá podrían partir al día siguiente, y sin que se les opusiera ninguna traba ya que tan empeñados estaban en no asimilar lo que ocurría. No, no debía consentir que se zambulleran en la negrura, salvo que los policías que la investigaban se abrieran paso a ella y retornaran ilesos. Lo más urgente ahora era asegurarse que Geraldine y Jeremy no se irían por la mañana, a menos que tuvieran vía franca. Corrió de farola en farola, aligerando el paso al vislumbrar la librería. Aporreó textualmente la puerta pero fue inútil; a través del cristal roto de una ventana vio que el local se hallaba a oscuras y desierto. La furgoneta se había ido con los Booth a bordo.
35

Geraldine estaba sentada sobre una caja de libros, hojeando un folleto ilustrado de la radiante Gales lamentándose de la ausencia de sol que ellos padecían, cuando una piedra hizo añicos el cristal. En el tiempo que tardó en abrir la puerta, la calle quedó vacía. Quienquiera que hubiese arrojado el proyectil podía haberse escondido en una casa u ocultarse en la omnipresente penumbra.
Acudió junto a Jeremy, que estaba leyendo la cana que envolvía la piedra.
—No te preocupes —farfullaba a media voz al anónimo remitente—. Pero no será porque lo queráis un hatajo de bastardos.
Geraldine le pasó un brazo por el hombro y leyó también el mensaje, escrito en caracteres infantiles. «No permanezcáis donde no sois bienvenidos», rezaba.
—No pienso esperar hasta mañana —dijo Jeremy.
—¿Y si no se conforman con tirarnos piedras? ¿Y si prenden fuego a la tienda?
—Que lo hagan si eso es lo que les dictan sus mediocres mentes. De todas formas, tanto el local como la mercancía están asegurados. ¡Cerdos! —les insultó y se lanzó sin previo aviso hacia la puerta, donde se quedó parado—. ¿Por qué no dan la cara? Aquí termina la sinceridad que Mann propugnaba haber traído a la villa de Moonwell. Aquí termina su mal llamada fe.
—No te irrites, Jeremy. Estamos los dos de acuerdo, deberíamos irnos hoy, ahora.
Posiblemente la losa del cementerio simbolizaba tan sólo la voluntad de Jonathan de estar cerca de ellos, y a Geraldine no le seducía nada que reposara en aquel lugar donde se sentía como dormida, en la línea fronteriza de la pesadilla. Cuanto antes se marcharan, mejor, para ella misma y también para Jeremy.
—Habrá que informar a Diana de nuestra partida.
—Se lo diremos ya de camino.
Dieron un repaso general a la tienda y los aposentos para comprobar enchufes y pestillos, y la mujer se entristeció al tomar conciencia de la poca nostalgia que le producía irse. Jeremy puso en marcha la furgoneta mientras ella echaba el cerrojo.
—No nos entretendremos charlando —la previno su marido camino del chalet de Diana.
La americana no estaba. Tal vez había ido a la iglesia, adonde se dirigían también algunos grupos de personas. Cualquiera que fuese el ruido que les congregaba, las resonancias de la furgoneta mataron su ecos.
—Da lo mismo, tiene ya la llave —concluyó Jeremy, girando el vehículo hacia la librería y a la carretera que allí se iniciaba.
Las luces de Moonwell se contrajeron en una pina a medida que la carretera ascendía, casi vertical, en la niebla. No era como conducir de noche, y no sólo porque supieran que estaban a media tarde. La oscuridad parecía mas tupida que la nocturna y, de algún modo, más próxima, «Igual que si nos congeláramos lentamente en hielo negro», lo comparó Geraldine. Una vez enfocaron los faros la cumbre de la ladera, la negrura les acosó desde todos lados, desde el mismo horizonte. Mas la camioneta aceleró en su ruta ahora descendente, hacia los bosques.
Dos robles se proyectaban sobre el asfalto, tan inexplicablemente enlazados sus ramajes que se diría que habían crecido juntos. Prosiguió el vehículo su camino bajo la vegetal arcada, y de inmediato la penumbra se acercó aún más, atrapada bajo los árboles. Jeremy se encorvó tras el volante.
—Ojalá salgamos pronto de aquí —suspiró, y se prometió no dar forma oral a aquello que intentaba no pensar.
Geraldine volvió la vista atrás al abordar la furgoneta la primera curva de la carretera ya en el bosque. Comparada con su oscuridad la del cielo era liviana, casi gris. En un segundo la bóveda se desvaneció; no tenían delante más que un tramo restringido de camino iluminado, con árboles que, en estrecha sucesión, daban un ficticio paso al frente al tocarles de refilón los haces de los faros. Allí donde había un vado, parecía que era la negrura la que arrastraba el vehículo.
—Bien, vamos hacia la aventura —bromeó la mujer para alegrar los ánimos.
Rebasaron un viraje, luego otro. Los árboles cerraron filas, ensartando ramas sobre sus cabezas, antes de retirarse para dar lugar a un ensanchamiento del camino. Si la memoria no engañaba a Geraldine, era el único en la carretera de los bosques. Ahora sería más difícil dar marcha atrás, pero ¿por qué habían de hacerlo? Cada curva les aproximaba más a la carretera principal, lo que equivalía, sin duda, a dejar la oscuridad. Una vez en terreno despejado se reirían de sus miedos, se reirían tanto que hasta tendrían que hacer un alto en su viaje.
Pese al frío reinante, Jeremy había bajado el cristal de su ventanilla y aguzaba el oído, atento al tráfico. Geraldine habría preferido que la espesura estuviera menos silenciosa; no se acordaba de la última vez que se había regalado con el gorjeo de un pájaro. Debía de ser la quietud la que le hacía ver cosas que se movían, no era tan sólo el vaivén de los árboles avanzando hacia la luz y retrayéndose en la penumbra, sino otra actividad distinta detrás de los troncos, como si las luces atrajeran criaturas hacia ellos. Razonó consigo misma que la tiniebla la estaba trastornando, que el ansia de luz le hacía ver visiones. Mal podía haber alguien tras cada árbol, asomándose al pasar la furgoneta igual que aquellos rostros de los enigmas con figuras que tan poco le interesaron siendo niña, dibujos de selvas donde había que localizar personajes ocultos. Mal podía haber, en efecto, tantos seres en el bosque, y menos aún unos pocos que saltaran de roble en roble tan deprisa como corría el vehículo. Tenían que ser matorrales o sotobosque, aunque los focos les conferían una palidez exagerada.
Jeremy miraba fijamente al frente, como si no quisiera saber qué había a los lados.
—¡Por todos los demonios! —renegó—. ¿Qué es eso?
Geraldine se dijo que se refería a la oscuridad, no a las cosas que ella no estaba viendo, y que eran formas que se escurrían de árbol en árbol, con unas cabezas de aspecto espeluznante e inexpresivo emergiendo de sus escondrijos tras las cortezas, a una altura impensable. Le habría comentado a su marido que no le molestaría rodar a mayor velocidad de no ser porque él habría notado que también ella tenía los nervios de punta, y el nerviosismo de cada uno alimentaría al del otro. Más valía callar, recordarse a sí misma que a cada minuto se hallaba más cercana la carretera de Manchester, que ya casi habían llegado a la bifurcación.
—¿Es ésa la carretera? —preguntó.
—¿Dónde?
Jeremy se echó todo él sobre el volante, tan violentamente que el vehículo viró con brusquedad, y ella se arrepintió de haber abierto la boca: no podía desplegarse ante ellos la carretera, porque lo que creía haber vislumbrado, un voluminoso contorno cruzando el asfalto pasada la curva, no exhibía luz ninguna. Era, sin duda, un árbol, que pareció moverse por contraposición al avance de la furgoneta. Dobló ésta el viraje y tanto Geraldine como su esposo se aplastaron contra los asientos, ahogando sus gritos, al alumbrar los focos lo que se erguía en medio de la carretera, con su faz sobresaliente, blanca y sin ojos, deformada en una siniestra sonrisa, y unos brazos extendidos que tocaban los árboles en ambos flancos de la vía.
—¡Por Satanás! —aulló Jeremy.
Fue directo hacia la criatura, como si aquello fuera a hacer que desapareciera su largo cuerpo del color de un pez muerto, y su pene, que colgaba como un putrefacto cordón umbilical sobre una pierna sin carne. Lo único que logró fue que se ensanchara más todavía su sonrisa, una sonrisa desprovista de toda emoción inserta en aquel rostro liso, brillante y sin rasgos, y que soltara los árboles, presto a atenazar la furgoneta con sus manos inmensas y amorfas. En el último momento, Jeremy chilló espantado, desesperado, y se abrió hacia la cuneta para, entre el chirriante patinar de los neumáticos, girar rumbo a Moonwell.
Casi logró dar la vuelta. La habría completado de aminorar la marcha, aunque fuera un poco. Geraldine pensó, demasiado tarde, en pisar ella misma el freno. El vehículo salió despedido del firme de la carretera, balanceándose violentamente, echando a su marido contra ella y entrechocando sus cabezas. El aún aferraba el volante, pero sus pies se habían desplazado de los pedales.
—¡El freno! ¿Dónde esta el puñetero freno? —renegó.
La furgoneta aterrizó entre dos árboles y siguió resbalando, por inercia, sobre los arbustos. Todavía ganaba velocidad cuando se estrelló de cara contra un roble. Todas las luces se extinguieron, todas: las del tablero de mandos y las de los faros. Geraldine fue escupida y retenida por el cinturón de seguridad. La goma casi le dislocó el hombro antes de rebotarla contra el almohadillado asiento. Quedó despatarrada, atontada, despavorida, escuchando el silencio a través del tamborileo exacerbado, arrítmico, de su corazón. En algún lugar, el motor repiqueteó al enfriarse. ¿O acaso anunciaba aquel sonido una explosión inminente?
—Jeremy —susurró la mujer con una voz gutural, como si se adhiriesen los sonidos a su garganta—, ¿estás bien? ¿Continuas a mi lado?
No hubo respuesta. Geraldine palpó a su marido, temerosa de hallarle inerte, inmerso en un charco de sangre. Le tanteó la pierna y advirtió un espasmo, a la par que oía un plañido. Un momento después era la mano de él la que la buscaba.
—Ha ocurrido —gimió el hombre con desmayo—. Ha ocurrido algo en la base de misiles. De eso se trata.
—Tenemos que salir del coche, Jeremy. ¿Puedes andar?
—¿Andar hacia dónde? ¿De qué servirá? ¿No has visto a ese monstruo en la carretera? Era una mutación nuclear, como que me llamo Jeremy. Las radiaciones deben de estar minando ya nuestro organismo.
Geraldine ignoraba si aquella presunción era correcta, mas no tenía tiempo de analizarlo: el ser de la carretera podía venir a por ellos de un momento a otro, con sus alargados y lívidos dedos rastreándoles entre los árboles y su cabeza desfigurada asintiendo al avanzar. ¿No sería preferible morir en el fuego, si es que estallaba el depósito de la gasolina, a caer en aquellas manos? Por otra parte, una huida sin dilación quizá les salvaría.
—Vámonos antes de que explote —insistió.
—¿No comprendes que ya lo ha hecho?
Pero Geraldine oyó cómo su esposo forcejeaba con la portezuela de su lado, que ahora estaba mas elevada que la de ella. Crujió ésta y se corrió quejumbrosa hacia atrás, y la mujer deseó pedirle a Jeremy que se apresurase pero sin soltar su mano, por si al sonriente engendro de cuencas vacías le hubiera orientado el estrépito. Él tuvo que soltarla para apearse de la camioneta. Dio un salto adelante y se posó, dolorido, sobre la hierba.
—Toma mi mano —ofreció a su mujer con apremio, trémulo.
Ella la agarró y cayó a ciegas en una tierra esponjosa. Trató frenéticamente de calcular cuánto trecho se había desviado la furgoneta entre los árboles. La carretera estaba a su espalda, o así lo supuso Geraldine, con el asfalto y aquella cosa.
—Por aquí —siseó y caminaba a tientas, con la mano libre estirada, hasta que sus dedos se golpearon contra un tronco de árbol.
Tenía un perímetro más ancho de lo que sus brazos podían abarcar. Lo rodeó tirando de Jeremy, se colocó de tal manera que el árbol se interpusiese entre ellos y el vehículo y acto seguido, arrimada a la corteza, fue deslizándose hacia el suelo con su esposo hasta quedar ambos sentados en los huecos de las raíces. La rugosa superficie les arañó los hombros en el descenso, pero su solidez era reconfortante, tan familiar como nada podía serlo en la negrura. Geraldine tragó aire y aguardó la explosión del vehículo.
Respiraba más trabajosamente de lo deseable pero pronto se puso de manifiesto que no habría tal explosión. El silencio no la alivió. Sabía de la paz de bosque, pero no solía ser de aquel calibre; aquí no había crepitar de ramas ni murmullos de hojarasca ni, en definitiva, otro indicio de vida que no fuera la criatura que vieron en la carretera. Aunque tuviera su hogar en la tenebrosidad, ¿no habría de hacer algún ruido, por ínfimo que fuese, si les acechaba? La mujer oprimió la entumecida mano de Jeremy.
—La furgoneta no va a incendiarse. Quizá podamos repararla si no ha sufrido muchos desperfectos. Hay una linterna en algún sitio.
Debería haberla recogido ella misma antes de abandonar el vehículo. No veía a Jeremy, ni los árboles, ni siquiera una parte de su propio cuerpo. Unas pálidas nebulosas pululaban ante sus ojos con el esfuerzo de distinguir el entorno, y cada una se le aparecía bajo la forma del ser sin cara, de sus grandes manos alargándose hacia ellos. Incluso si no podían arreglar la furgoneta, la linterna mantendría a raya la oscuridad y les permitiría volver al asfalto. Tal vez habrían de encaminarse hacia la carretera nacional, aunque no oía su trasiego; estaba, innegablemente, más cerca que Moonwell.
—Venga, Jeremy —urgió a su marido, moviéndole levemente.
Él se incorporó remiso, tensa la mano que sujetaba la de Geraldine. Intuyó ésta que escudriñaba las sombras. Se preguntó qué creía que veía, cómo serían las imágenes que fabricaba su cerebro. Era evidente que su estado rozaba el pánico, más que el de ella misma.
—Éste es el camino —afirmó la mujer, dispuesta a encabezar la comitiva mientras tuviera idea de dónde iba.
Sintió un instante de terror al perder contacto con el árbol. No había ninguna prisa, el vehículo estaba a unos metros en línea recta, con un margen de error de paso más o paso menos; tenía la total certeza de que habían huido al roble sin desviarse apenas de sus asientos. Afinó el oído por si el motor aún emitía algún «tictac» metálico, y sus sentidos se agudizaron: había algo de gran tamaño delante de ellos y se disponía a rozarlo. La furgoneta, se dijo furiosa, no un espectro que quisiera capturarla. No era ni una cosa ni otra. Era un nuevo árbol.
—¿Algo va mal? —demandó Jeremy al notar que ella se batía en retirada, tras haberse lastimado las yemas de los dedos contra el nudoso tronco.
—No es nada.
Geraldine mandó mentalmente a su esposo que hablara en voz mas queda, al mismo tiempo que se serenaba a sí misma diciéndose que habían pasado junto al árbol sin reparar en él mientras buscaban refugio. Ayudó a Jeremy a sortearlo, en un mullido suelo que absorbía sus pisadas. No, ya no podía estar lejos; apenas se había hecho esta reflexión, cuando se esbozó una silueta ante el sentido que estaba usando en sustitución del visual. Antes de que la encontrara, Jeremy retrocedió dando una sacudida.
—Jesús bendito, ¿con qué me he topado? —exclamó, casi en un alarido—. ¿Qué acabo de tocar?
Geraldine hubo de ir tanteando frente a él, vibrantes sus dedos con la presteza para encogerse. Era otro tronco de árbol.
—Tan sólo un roble —musitó.
—Tan sólo, no. Hay una cara en él. O es que he sido víctima de una alucinación. ¡Dios, vaya un momento para mirar atrás todos estos años!
La nota irónica de su voz no pudo disfrazar su espanto.
—Alguien debe de haberse dedicado a grabar figuras, no hay que alarmarse por eso —explicó la mujer, temiendo reincidir en la época en que tenía que hacerle volver de los malos viajes, en las interminables horas pasadas jurándole que pronto cesarían, que no iba a enloquecer. A la intemperie, en aquella lobreguez, aún hallaría el trance más largo—. Iremos por ese lado —dirigió la marcha.
Tenían que estar ya a la altura de la furgoneta. Geraldine había iniciado un rodeo a la izquierda al tropezar contra el árbol, así que ahora rectificó a la derecha, sobre una tierra tan reblandecida que hubo de repetirse en su fuero interno que no cedería bajo sus pies, a través de un silencio que envolvía sus tímpanos y de la oscuridad que envolvía sus ojos. Lo siguiente que encontrase sería el vehículo, estaba decidido; nada más cabía en el espacio que había columbrado un segundo antes de la colisión. Un objeto que presintió más alto y rotundo que ella le obstaculizó el paso, y tensó enseguida la mano hacia una presunta textura de metal. Pero lo que su dedo palpó fueron unos ojos hundidos y una boca de afilada dentadura.
Se mordió el labio para refrenar un alarido. Era un árbol con una faz tallada. Sus dedos toquetearon algo más arriba del tronco, algo frío como la cera que crecía en el lugar correspondiente al cabello: las sierras ovaladas de unas hojas de muérdago. Paseó su mano por la corteza, desesperanzada, falta de norte, tratando de posponer lo que había de declarar.
—No sé dónde está la camioneta.
—No te atormentes. ¡Qué le vamos a hacer! —Jeremy parecía haberse quitado un peso de encima al admitir su esposa lo que él ya preveía—. Busquemos un sitio donde sentarnos y esperar. Quizá aclare o quizá yo me reponga. Además, más tarde o más temprano circulará algún vehículo por estos parajes que no tenga inconveniente en recogernos.
Geraldine se percató de que su esposo se estaba sobreponiendo a fuerza de decirse que el ser de la carretera fue una alucinación. ¿Qué haría si le confirmaba la realidad? Ella, que nunca tomó drogas psicodislépticas —Jerry las llamaba «psicodélicas»—, lo había visto a la luz de los faros y sabía que se agazapaba en algún rincón tenebroso. Tuvo ganas de coger la mano de Jeremy y comenzar a correr, todo antes que aguardar en la oscuridad, pero al hacerlo delataría su situación, eso si el albo monstruo de la eterna sonrisa y brazos largos no les tenía ya localizados. «Por favor», imploró la mujer con tanta vehemencia que sintió un escalofrío, y a la vez tan calladamente que ni ella misma se oyó, apelando a cualquier tipo de socorro. Fue consciente de los zarandeos de Jeremy en su mano, de que la impelía hacia el árbol de las tallas —no debía de haberlas descubierto—, forzándola a acomodarse entre raíces en aquella noche de lobos. Iba a dejarse manejar, puesto que otro curso de acción podía ser aún más azaroso, cuando unos dedos ciñeron su palma libre.
Abrió los labios, contraída la garganta, hasta creer que iba a morir asfixiada con el grito que no podía exhalar.
—¿Qué te pasa? ¿Cuál es tu problema ahora? —demandó Jeremy, sensible a su agarrotamiento y a sus progresivos temblores.
Un momento después, la mujer suavizó la garra que había cerrado sobre su marido y respiró hondo. La mano que había tomado la suya era la de un niño.
De buen grado habría soltado a Jeremy, posando los dedos en la faz infantil y reconocido sus facciones con la yemas de los dedos, pero le asustaba desunir la mano que la enlazaba a su esposo y perderle en la formidable oscuridad. Meditó, además, que no tenía necesidad de hacerlo. Sólo un niño en el mundo podía haberles hallado en tales circunstancias. La manita estrujó la suya como para corroborárselo, para animarla a confiar en él ahora que, por fin, estaban juntos. Geraldine casi se echó a llorar de júbilo, pero habría tenido que dar explicaciones a Jeremy y nada le convenía menos que una disputa. Contuvo pues las lágrimas y, obediente a unos flojos tirones de la mano del pequeño, hizo que su marido se pusiera en pie en la red de raíces.
—Un intento más —le sugirió.
—Por el amor de Dios, Gerry, ¿qué idea se te ha metido en la cabezota? ¿Qué tratas de hacer, si no nos vemos ni siquiera el uno al otro?
—Ten confianza en mí, querido —masculló Geraldine, apretando su mano igual que la infantil apretaba la de ella, hasta que su esposo dejó de batallar para desembarazarse, haciéndole temer que quedaran divididos y bamboleantes en las sombras.
El hombre avanzó a trompicones en la dirección que su mujer le marcaba, y ella le oyó blasfemar monótona y casi inaudiblemente como si unos improperios pudieran diluir las tinieblas. La manita la guió muy solícita entre escollos que no había captado ni su sexto sentido, sobre el húmedo terreno. En el instante en que, de un modo inadvertido, la tierra se endureció bajo sus pies, Geraldine no pudo por menos que chillar. Jeremy volvió a invocar el nombre de Cristo, tan deshecho que su tono sonó desapasionado. No era tierra dura, era asfalto.
La pequeña mano llevó a la mujer hasta el centro de la carretera. Habían recorrido unos metros antes de que Geraldine advirtiera que estaban siendo devueltos a Moonwell.
—¿No sería mejor que...? —fue a insinuar, pero enmudeció por miedo a que Jeremy quisiera saber con quién hablaba y rehusara seguir, rehusara creerle.
Podría haber dirigido la mano de su esposo hasta la del pequeño, pero él habría pensado que era objeto de una nueva alucinación y habría sucumbido al terror. Era más positivo limitarse a continuar hacia donde les conducían; estaba demasiado abrumada por la dicha para preocuparse de su destino. Tenía las mejillas humedecidas y no podía secárselas. Su cabeza, todo su cuerpo, flotaba en tal estado de ingravidez que se diría que iba a levantar el vuelo. Apenas tenía ya conciencia de la negrura.
Jeremy aguantó callado hasta el monte que festoneaba los bancales de Moonwell, pero la visión de las calles y su alumbrado le movió a balbucear:
—Ge..., Gerry, eres milagrosa. ¿Cómo lo has hecho? Lástima que no me haya dado cuenta de que íbamos hacia el pueblo, o habría sugerido invertir la marcha y hacer autostop en la general.
Geraldine no le oyó. Tan pronto como las luces de la localidad destellaron ante sus ojos, la mano del niño se le había escapado. La mujer dio la vuelta y forzó la vista en el ribete montañoso, que era apenas visible. Jeremy y ella estaban solos.
—Jonathan —susurró.
—Querrás decir Jeremy —corrigió su marido, con un amago de impaciencia—. Bueno, ya que estamos aquí aprovechemos el camión de remolque que hay en el pueblo, creo que por el campo de deportes. Haremos que traiga nuestro vehículo.
Era patente su ansiedad por encontrarse entre las farolas. Mientras bajaba con él la colina, dando traspiés, Geraldine miró repetidamente por detrás de su hombro hacia los bosques. Jonathan estaba con ellos, o en algún rincón de la penumbra, mas fue impotente para hacerle volver a su lado.





















36

—Un clima idóneo para nosotros, ¿eh, señor Malasombra?
—Para mi gusto sobran algunos de esos condenados fanales a nuestro alrededor, señor Melancolía.
—Dé tiempo a la gente para acostumbrarse a la oscuridad, y verá cómo ellos mismos los apagan.
—Si nos hacen esperar mucho más seré yo quien les apague sus luces, puede usted apostar sus ojos.
—Apostaré los ajenos, si no le importa. Pero me figuro que forman una comunidad muy bien avenida. Son de los que cambian por cualquiera que prometa aportar un resquicio de luz a sus vidas, de los que se amoldan a cualquier cosa. A cualquier cosa excepto a individuos como ese tal Eustace Gift.
—No se lo cuente a nadie, pero me parece que nos está escuchando.
—Si le interesa mi opinión, está más solo que la una preguntándose si le retiran del reparto en represalia por el discurso que hizo el domingo, ahí arriba, delante de todos.
—Sí, se tortura pensando que después de aquello nadie se dignará darle la hora del día.
—¡Ni aunque la supieran, que es mucho decir!
Eustace decidió que ya tenía bastante. Desconectó el vídeo de Hijos del Desierto y de dos zancadas se acercó a la ventana.
—¡Hey, mirad ahí arriba! —avisó una voz, y se hizo el silencio en la calle, en la que el cartero nada percibió a excepción de dos farolas y los segmentos de bancal y jardines que entraban en su ámbito.
El hombre bajó a todo correr la escalera, cruzó el umbral y fue hasta la verja. Tres figuras se erguían en el filo mismo del círculo que proyectaba la última farola del callejón. El resplandor iluminaba una ladera casi vertical de la colina, con sus profusas y secas púas de hierba. ¿Había oído tres voces? Quizá no habían dicho cuanto él creyó escuchar, pero era seguro que su charla versó sobre su persona. Se adelantó a fin de estudiar mejor a aquellos tipos, y ellos se le encararon.
Eustace se amilanó sin poder evitarlo. Tenían unos semblantes informes y blancos como huevos. Debía de ser un efecto de la oscuridad, ya que no veía ni su indumentaria; debía de ser la oscuridad lo que prestaba a sus cuerpos la delgadez de insectos. La penumbra estaba detrás de todo y de todos, y el cartero no soportaba que le hubiera atrapado en una población donde le execraban. Era como una encarnación de aquel odio general, un medio para cegarle y estrangularle, aniquilarle hasta no dejar nada. Retrocedió hacia su hogar.
Apenas había cerrado la puerta y buscado un cobijo en la sala de estar, cuando se reanudaron las voces al otro lado de la ventana abierta.
—No ha osado acercarse a nosotros, ¿verdad, señor Malasombra?
—Ahora mismo ni siquiera podría aseverar que nos ha oído, señor Melancolía.
—Fomentar la confusión, ése es el quid —resumió la tercera voz. Las otras sonaban como las que asumía Eustace en sus rutinas, pero esta última se asemejaba mucho más a la suya, que le volvía, a través de los auriculares, lejana, más allá de la nada. Ojeó encolerizado la ventana, con los puños apretados—. Así les tendremos a todos donde queremos —agregó el que hablaba.
—Dejemos que mariposeen agrupados bajo la luz, como solían hacerlo antes.
—Y entonces...
—Conténgase, no olvide que el payaso está a la escucha. Es usted un bocazas.
—¡Mira quién fue a hablar! Además, nadie le haría caso. Aún no tiene la total seguridad de que estamos aquí.
—¿Saben cómo disfrutaría ahora?
—Cuente, cuente.
—Haciéndole oír lo que dijo el otro día en la asamblea.
—Es usted muy ocurrente. Debería dedicarse al teatro. ¿Se refiere a sus comentarios sobre su amiga la comadrona?
—Calculo que, después de aquello, ya no es amiga suya.
—Las murmuraciones apuntan en sentido contrario. Por lo visto, todos creen que ella podría alumbrar a algunos de esos niños que él dijo que querría darle.
—Los que iba a tirar luego por el agujero de la cueva para que no tuvieran que asistir a la escuela de Moonwell.
—Eso es. E iba a tirar también a todos los otros.
—Si puedo expresar mi parecer, ese hombre está chiflado.
—Tiene que estarlo para escuchar voces fantasmas.
Esta vez, Eustace se cayó en su atropellada travesía del vestíbulo. Abrió la puerta principal con tanta furia que se magulló el pie izquierdo. Recorrió dando saltos el camino, renegando sin palabras, y cojeó unos metros más, hacia la farola. No había un alma. Durante unos segundos le pareció detectar signos de movimiento encima de él, mas ¿cómo podían las tres formas encaramarse sin sujeciones a la casi vertical vertiente de la colina? Sea como fuere, lo que había visto o creído ver le inquietaba mucho menos que lo que había oído, pues sabía que era la estricta verdad.
Escudriñó, aún rabioso, la negrura y le asaltó la sensación de que su marea le arrasaba interiormente, barriendo todo cuanto había dado por sentado sobre sí mismo y no dejando sino la memoria de lo que, en aquellos últimos días, tanto había luchado para evocar. El cariz que había tomado la asamblea hizo que vomitara sus sentimientos acerca de cómo trataban los Scragg a sus alumnos. Ya sabía de antes que tenía este sentir, por lo que no le sorprendió, pero lo que dijo de Phoebe Wainwright provenía de más adentro. Le había mostrado una parte de sus entrañas que no conocía, a él y a la virtual totalidad de los lugareños.
Tenía que hablar con Phoebe ahora, o nunca lo haría. Renqueó de regreso a su casa y la cerró con un portazo, confinándose en la tiniebla; se encaminó acto seguido al callejón Romano, muy decidido para no darse opción a achantarse. La vivienda contigua a la de Phoebe, donde vivía la vieja desdentada y locuaz, estaba a oscuras, gracias a Dios. Caminó bajo el arco de los emparrados, ya marchitos, y enfiló el sendero. Antes de que tocara el timbre, sus pisadas en la gravilla sacaron a Phoebe a la ventana.
Fue tanta la congoja de Eustace que retorció los dedos de los pies, y la magulladura empezó a latir. Tal vez su amada se había atiborrado de comida para paliar la depresión. Parpadeó ante el cartero y meneó la cabeza sobre los rollos de su nueva papada.
—Vete —le despidió a través del cristal—. No quiero visitas.
—Se lo ruego, salga a la puerta. Tengo algo que decirle.
—Ya es suficiente —replicó ella, más indiferente que enfadada, y se apartó de la ventana, atravesó la estancia y cortó la luz.
Eustace oyó su laborioso andar en el vestíbulo y la escalera. Deseaba oprimir el timbre, pero verla arrastrase por la sala le había dejado tan apenado que volvió a casa, lo aprisa que pudo con su cojera, para zafarse de la oscuridad. Nada podía contra la gula de Phoebe. Tenían que ser tales excesos lo que le habían engordado también el abdomen.






















37

Cuando oyó el tímido golpeteo en la puerta de su dormitorio, Brian se adentró en el túnel del despertar.
—Vuelve a la cama —gruñó.
—Soy Letty Ingham, señor Bevan. Siento de veras importunarle. ¿Podría decirme qué hora es?
—Cualquiera de una noche cerrada —refunfuñó el hombre, pero se acordó de la incesante oscuridad—. Un minuto —pidió, exhortándose demasiado tarde a no alertar a Andrew, que dormía acurrucado entre June y él.
—No quiero volver a mi cama —gimoteó el chico.
—Cállate o despertarás a tu madre. —Brian consultó el reloj del velador y se esforzó por abrir más los ojos—. Me temo que no podré complacerla, señorita Ingham. Ese dichoso trasto se ha parado.
—Mi reloj de pulsera también, y no he oído repicar el carillón del municipal. ¿Cómo voy a saber cuándo debo llevar a Andrew al colegio?
—Vaya pasando usted, yo me ocuparé de él.
Cuanto antes se ausentara de la casa, antes podría Brian desterrarla de su pensamiento. June se desperezó en aquel instante, y se sentó en el lecho, con la espalda más tiesa que una cuchilla de afeitar.
—¿Por qué no puede ir con la señorita Ingham?
—Estábamos intentando dilucidar qué hora es, señora Bevan. Iré sin tardanza a la escuela y me enteraré de lo que ocurre.
La maestra regresó al cuarto de Andrew, donde se había instalado ahora para que el niño no tuviera que dormir nunca solo.
—No quiero salir en la negrura —continuó protestando Andrew.
—No tendrás que hacerlo hasta que comiencen las clases. Con luz de día no te importa ir, ¿eh? —dijo June optimista, a la vez que miraba a Brian, iracunda, desde su almohada—. Me gustaría saber quién te llena la cabeza de sandeces.
Bevan se tendió y cerró los ojos para esconderse. Si el pequeño estaba asustado por su causa, era porque había notado su desasosiego. En sueños, Brian le había arrancado la cabeza a Letty, excitando sus risas mientras la penetraba. La oyó abandonar la casa, y cuidó de guardarse para sí el suspiro de descargo. Pero la maestra regresó antes de que su relajación fuese efectiva.
—Todos llevan a sus hijos a la escuela —informó desde detrás de la puerta—. Sus relojes y despertadores no funcionan. Me aseguran que es una especie de efecto magnético relacionado con el tiempo.
—Ya es por la mañana —resolvió June, y echó las piernas fuera de las sábanas—. Lo siento en las venas. Y déjate de majaderías, Andrew. Te acompañará la señorita Ingham, así que no te intranquilices. Y date prisa. He de abrir la tienda.
Al desocupar Brian el cuarto de baño, June ya se había desecho del niño y de su profesora.
—Tienes el desayuno en la mesa —anunció por el hueco de la escalera, y dejó a su marido rodeado de adhesivos y placas que decían «Dios vive en este hogar», o «Habitación de Dios» o «Préstamo de Dios», aunque, a juzgar por como le afectaba a él, su leyenda bien podría haber sido «Dios te vigila».
Brian engulló su desayuno y fue a la tienda. En la calle Mayor, los transeúntes daban los buenos días a quienquiera que encontraban. Si todos coincidían en que había llegado la mañana, ¿tenía que ser así? June estaba haciendo arqueo de caja, pese a que, desde la aparición de la joven excursionista, nadie había comprado un solo artículo. Aquel quehacer rutinario era su modo de aparentar que nada había cambiado, aunque no explicaba la mirada que le lanzó a su marido.
—¿Algún contratiempo, cariño? —musitó él.
June concluyo las cuentas a media voz e indagó perentoriamente:
—¿Tengo motivos para pensar que lo hay?
—Si te picaste porque fui al bar con Letty Ingham, sólo lo hice para dejar bien claro en qué bando estaba.
—¡La señorita Ingham! Imaginas que estoy molesta por su culpa, ¿no? —June dio un golpe al compartimiento del dinero, tan fuerte que activó la campanilla de la caja registradora—. No, no sospecho que hayas hecho la corte a la decorosa, pulcra y saludable señorita Ingham. No irías lejos si trataras de inducirla a hacer las porquerías que solías imponerme a mí. Pero no te extrañará que me pregunte cómo te las compones ahora que me he negado a seguirte el juego.
Brian se forzó a responder mientras aún pudiera.
—Ni te he faltado ni he cometido actos deshonrosos, querida.
—Ah, ¿no? En ese caso, quizá puedas aclararme a qué viene esa afición tuya a ir por ahí con Andrew desde que se ha oscurecido el cielo.
—¿Por qué no iba a sacarle? Es tan hijo mío como tuyo.
Bevan tuvo que reprimir el deseo de agarrar a su mujer y vapulearla desde el otro lado del mostrador, presa de un arrebato de ira. Dio un paso atrás, poniéndola fuera de su alcance y con los músculos de los brazos aún tensos.
—¿Qué has pretendido dar a entender antes, al decirle a Andrew que no debía «intranquilizarse» porque iría con la señorita Ingham, como si conmigo sí tuviera razones para ello?
—Contéstate tú mismo, Brian. Tú sabrás por qué le causas tanto espanto.
—¡Que me cuelguen por depravado si eso es cierto! Lo que le espanta es la oscuridad, y nada tiene de portentoso.
—Ah, ¿no? —June esbozó una acerba sonrisa a su marido—. La tiniebla nos ha sido enviada por Dios, como todo lo demás. Su propósito, al igual que el de las otras penalidades que nos manda, es encauzar nuestras vidas hacia él. Según mi criterio, es una señal de que todavía quedan en Moonwell personas que no están de su lado.
—Hace un momento te he dicho que yo sí lo estoy.
Ella desestimó aquellas palabras.
—No sería lógico que a una criatura inocente le asustara la oscuridad de Dios, ¿verdad? No es eso lo que tiene amedrentado a nuestro Andrew.
—Y, por lo tanto, he de ser yo. ¿Sabes una cosa, cariñito? Creo que la tiniebla está perturbándote, confundiendo tus ideas.
June se inclinó hacia Brian por encima de las amarillentas guías para trotamundos.
—Esta mañana he hecho un descubrimiento. Fuiste tú el que empezaste a elucubrar sobre si el niño era un afeminado. Suponiendo que acertases, ¿a quién habría que reprochárselo? El único hombre con el que pasa mucho tiempo eres tú.
Brian tuvo la repentina y febril impresión de que sus brazos iban a estirarse hacia ella y aferraría desde media tienda.
—No discutiré contigo mientras desvaríes así. Reza un poco, tal vez eso te enderece la mente. Yo me voy a ver a Godwin.
—¿Para contarle a él lo que no puedes contarme a mí?
—¡Pues claro que no! —se soliviantó Brian, girándose hacia la puerta por temor a que su expresión le traicionase—. Quiero consultarle cuánto tiempo prevé que durará esto y qué tenemos que hacer.
Salió rápidamente, antes de que el furor le azuzara a volver. June no tenía derecho a hacerle aquellas acusaciones respecto a Andrew. ¿Qué era lo que se proponía, destruir su último reducto de lucidez? El único medio de liberarse de toda la culpabilidad que le corroía y recobrar la compostura era confesarse ante Godwin. Apenas distinguía a los paseantes en las lúgubres calles, camino del hotel.
Una radiante mujer con una cruz en el pecho fue a su encuentro en los desportillados escalones.
—Godwin nos invita a celebrar un servicio en la iglesia —le dijo.
—¿Y va a conducirlo él?
—No, ha delegado en otra persona. El volverá muy pronto a capitanearnos en los actos de adoración, pero la experiencia de la cueva ha mermado mucho sus energías. Habrá un sinfín de himnos y plegarias. Debería venir.
—Me reuniré con los demás más tarde —prometió Brian y de lado, rehuyendo a la mujer, pasó al vestíbulo.
No había casi nadie. El recepcionista estaba como amodorrado. Brian fue en dos zancadas hasta el ascensor y entró, tiritando. Se había habituado al gélido ambiente de la calle, pero cada piso que veía sumergirse desde la ventanita parecía causar un nuevo descenso en la temperatura. El ascensor paró secamente en la planta superior. Se abrieron las puertas con sus acostumbradas oscilaciones, y el frío le tendió sus tentáculos.
Tenía que ser su complejo de culpa lo que transformaba el pasillo en algo tan congelante, gigantesco y sobrecogedor. Ya antes lo había surcado una vez, con sus mismas puertas iguales e idénticas lámparas en los muros. Se animó a avanzar, sintiéndose como si anduviera de puntillas porque no se oía a sí mismo, hacia la habitación que ocupaba Godwin en el rincón. Al menos, allí la luz era más brillante. Una parte de su mente advirtió que la pintura marrón había salpicado el pomo cuando remozaron la puerta, o también que la hoja no encajaba bien en el marco, y halló en tan domésticos detalles un acicate para atreverse a llamar en la sección del panel que tenía frente a su rostro.
Tragó saliva, pues el martillear de su corazón le había dejado sordo. El ascensor empezó a bajar por su hueco con un gimoteo de metal, y Brian espió el vacío corredor, un corredor que no hacía sino alargarse y ensombrecerse. ¿Estaba deshabitado todo el piso? La voz que habló detrás de la puerta le acobardó.
—Ven a mí —le urgió.
Fue, desde luego, la premura lo que le sobresaltó, no el tono, que era afable y casi embaucador. Bevan habría deseado estar en un confesionario, donde el sacerdote y él no tuvieran que verse las caras, mas no tenía sino a Godwin. Antes de que él mismo le transmitiera la orden, la mano de Brian amarró el pomo y la abrió. Al asomarse a la alcoba, mucho le costó no cerrar los ojos ante las refulgencias.
Mann se hallaba semiincorporado en el lecho, con las piernas extendidas y el tronco reclinado en la cabecera, bajo la irradiante lámpara. Tenía los párpados entornados, las manos cruzadas sobre el pecho. Debía de estar orando, aunque por un instante Brian creyó que sostenía algún objeto en el torso. A menos que lo guardara debajo de su holgada camisa, no había nada. Su semblante ofrecía más que nunca la apariencia de combatir un vendaval, tirante la tez, poco menos que blanca. Bevan vio en su inmovilidad un posible síntoma de parálisis, hasta que el rostro del predicador se volvió hacia él y le indicó en un siseo:
—Cierra.
Brian alcanzó la puerta, le dio un empellón y quedó erguido en la estancia, sin saber a qué atenerse. ¿Debía hincar las rodillas y recogerse? La luminosidad le aturdía aún más combinada con la presencia de Godwin, de sus labios finos, casi inexistentes, de los protuberantes huesos, los párpados cerrados y planos. Los rayos de luz se le adherían como la escarcha, le hacían temblar. Abrió la boca dispuesto a hablar, a restablecer el control de sí mismo, y todas sus culpas se agolparon en su cerebro, sofocándolo. Luchaba para recuperar el don de la palabra cuando la invidente faz de Godwin se elevó hacia él.
—Tienes algo que decirme —dio pie el evangelista.
Las frases de Brian surgieron, ahora, tumultuosas:
—Necesito el perdón. Quería ayudarle, intenté serle útil, sólo que hubo algo, algo muy dentro de mí, que me...
—Calla, no es preciso que hables. Lo sé todo. —La boca, violácea, sonrió— Me ayudaste, Brian, y no solamente al traerme la cuerda. Sin ti, es probable que hubiese fracasado.
Bevan se balanceó, mareado de felicidad.
—¿De veras lo piensa así?
—¿Te mentiría yo? Ven aquí, pon tus manos entre las mías. Deshagámonos de tus dudas y de ti mismo. Hasta que comprendas con claridad quién eres, nunca podrás realizar la obra para la que estás más capacitado.
Se refería, por supuesto, a la labor que podía desempeñar en nombre de Dios. Brian dio un desmañado paso adelante y alargó las manos con timidez. Las del predicador fueron infaliblemente hasta las suyas, las afianzaron y sujetaron a Bevan donde estaba, volcado en una incómoda posición sobre la cama.
Al empezar el hombre a convulsionarse de pies a cabeza, dedujo que era por su postura. O también podían ser las virtudes curativas de la fe, si bien no pudo por menos que achacar a la frígida luz su estremecimiento, la disolución de sus extremidades en blandos apéndices que ya no eran ni brazos ni piernas. Paseó la mirada de la máscara sonriente de Godwin a la lámpara, a fin de ver qué clase de bombilla emitía tales resplandores. Pero no había tal bombilla. El casquillo estaba vacío.
Se afanó su cuerpo en recular, en huir del evangelista, pero no pudo mover ni siquiera sus ateridas manos, insensibles en los extremos de unos brazos que le eran ajenos. Estaba desvalido bajo los albos haces de luz que se derramaban sobre él, no los de la lámpara, sino los que emanaba Godwin.
—Eres el primero de mis auténticos seguidores —proclamó aquél con voz acariciadora.
Abrió al fin los ojos. En la hondura de las blancas cuencas, unas pupilas que no eran mayores que los botones de una camisa se clavaron en las de Brian.




















38

Diana viajaba en el avión de Nueva York cuando las ventanillas se llenaron de luces blancas y los pasajeros comenzaron a chillar. Despertó en la penumbra de su chalet de Moonwell, en una penumbra que, de algún modo, era peor que su sueño. Según el reloj no era, ni con mucho, la hora de levantarse. La negrura se amasaba silenciosamente en su derredor, y sin premeditarlo volvió a volar lejos de sí, de nuevo a Nueva York, para vagabundear por Central Park, donde de súbito algo colosal y pálido apareció por encima de los rascacielos, riéndose con un deleite cruel, infinito. Ahora no sabía dónde estaba, tan sólo que era un lugar gris y desolado bajo un sol similar a un tronco convertido en ceniza. Había gente danzando en un corro tan ancho como el horizonte, mas al acercarse vio que no tenían cabeza. Despertó presintiendo que aquello podía suceder en cualquier parte, que sucedería si ella no lo remediaba. Acaso la finalidad de los sueños era mostrarle de qué forma podía impedirlo.
Trató de relajarse como había aprendido en los cursos de yoga. Intuía la llamada de los sueños en los confines de su ser consciente, a la espera de llevarla de allí, presumiblemente de regreso a la visión que había vislumbrado en el páramo. ¿O sería guiada físicamente hasta allí? Mientras tuviera ocasión de armarse con una linterna, se dijo, estaba a punto, aunque sus nervios iban en aumento. No lograría relajarse en tanto quedaran averiguaciones pendientes. Al caer en la cuenta de que se había estropeado el reloj, supuso que era ya la hora de ir al cuartel de la policía. Era, cuando menos, algo que hacer y no habría de aguardar en la ociosidad hasta que Mann la encontrase en las tinieblas.
Se lavó, se vistió y se preparó un frugal desayuno, como quien cumple con rituales cuyo significado fue olvidado tiempo atrás y, cada vez que se repiten, resultan más triviales. En la pared de la sala, los dibujos de Sally y Jane estaban torcidos. Volvió a engancharlos y se dirigió a la calle Mayor, asombrándose de que todos los comercios estuvieran cerrados hasta que oyó los cánticos en la iglesia. Al cruzar la plaza, divisó unos fulgores blancuzcos tras las cortinas de la alcoba de Mann en el hotel. Pensó con desazón que aquellas cortinas se asemejaban a un banco de nubes bajo la luna llena, y aceleró el paso hacia el cuartelillo, que estaba pasado el edificio.
El policía con cara de solterona, excepto por el plateado bigote, estaba detrás de una mesa, mirando ceñudo a Craig y a Vera.
—¿Cómo puede prohibirnos que abandonemos Moonwell? —le abroncó Craig.
—Sólo le pido que esperen hasta que nos hayamos cerciorado de que todo está en regla, señor. Debe comprender que es por su propia seguridad.
Vera dio media vuelta al entrar Diana.
—No nos dejan volver a casa —se quejó.
—Quizá sea lo mejor —repuso la joven con cordialidad, y apoyó la palma en el pulsador que accionaba el timbre de mesa.
El inspector la estudió malhumorado, y la atajó.
—Tenga un poco de paciencia.
—No estará usted solo, ¿verdad? —inquirió Diana. Su simpatía degeneró en aprensión—. Así que no han regresado.
—¿Quiénes? —demandó Vera.
—Existe una posibilidad más que plausible de que mis oficiales decidieran que el proceder más adecuado era dejar el coche y continuar a pie. Las condiciones eléctricas de ahí fuera podrían haber averiado el motor. Lo que han hecho, ciertamente, ha sido cortar la radio. Quizá ahora entiendan por qué les he rogado que aplacen su viaje, señores Wilde. El equipo montañero de salvamento tiene ya bastantes personas que rastrear.
La locuacidad de aquel discurso estaba destinada, sin ninguna duda, a sugerir eficiencia, pero a Diana le pareció más defensivo que eficaz.
—¿Cuántos policías iban en el coche?
—Dos en el primero. —El inspector se revolvió inopinadamente contra la americana—. Por razones que le son propias, señorita Kramer, parece haberse propuesto socavar la fe del prójimo. Si no es creyente allá usted con sus carencias, pero le aviso oficialmente de que, en las presentes circunstanciales, cabría juzgar su conducta como inductora a una violación de la paz. Y, dicho esto, ¿en qué puedo servirla?
«¿Qué paz? —habría gritado con gusto la joven—. No era paz, sino apatía, ofuscación, una negativa a mirar de frente ciertas cuestiones.»
—¿Han encontrado a la perra del padre O'Connell? —dijo, enterada ya de todo lo demás que había venido a investigar.
—Temo que no. Sospecho que, a estas alturas, se hallará muy lejos de aquí. Si está preocupada, yo que usted me quedaría en mi casa. —El policía se desentendió de ella—. Les pondré al corriente en cuanto las carreteras se declaren transitables, señores Wilde. Doy por cierto que seguirán alojados en el hotel.
Ya en el exterior, Vera aclaró:
—No quiero quedarme en el hotel.
—No se me ocurre qué otra alternativa tenemos.
—¿Hay algo allí que le disguste? —reanudó Diana sus pesquisas.
—La atmósfera de la última planta. Hace demasiado frío —formuló Vera su protesta—. No exijo lujos en un pueblo tan pequeño, pero estamos como en una profunda cueva.
—Podrían instalarse en mi casa —ofreció la joven.
—Es usted muy amable, Diana. —Vera se adelantó impulsivamente y besó a la otra mujer en la mejilla—. ¿Le parece bien que se lo confirmemos un poco más tarde? Verá, nuestra hija vive en Moonwell. Quizá sus inquilinos acepten trasladarse a nuestra habitación del hotel.
—Lo más seguro es que haya salido un segundo coche de la policía a buscar el anterior —se inmiscuyó Craig para salvar el embarazoso momento.
—No dudo de que hacen lo que creen más oportuno —colaboró Diana.
Había empezado a arrepentirse de su invitación a los Wilde. No cesaba de adquirir nuevas responsabilidades, que en el fondo eran sustitutivas de la real. Sabía, muy en su fuero interno, que si algún día hacía aquello de lo que se sentía capaz, tendría que actuar absolutamente sola.







































39

—Dios os acompañe a casa sin incidentes —dijo la señorita Ingham, y Andrew rezó con más fuerza dentro de su cabeza.
Rezó el pequeño para que sus padres estuvieran a salvo y bien iluminados. Debía de ser la luz lo que mantenía alejadas de Moonwell a las cosas, a los seres monstruosos que había visto reptar por el muro de la cueva, las criaturas que habían vivido en la sombra hasta que Godwin Mann llevó a Dios a su cubil. Ahora salían culebreando igual que los gusanos del interior de un pájaro muerto, y Andrew no podía entender por qué Dios no les mató allí abajo.
A lo mejor no vendrían. A lo mejor tenían que permanecer en el pozo hasta morir, ahora que la cueva era un lugar sagrado. Dios consentiría que bajasen a las casas. No obstante, al recapacitar sobre tantas y tantas desgracias que el Señor permitía que pasaran en el mundo, desgracias que no eran culpa de nadie excepto de él mismo, el chaval no se sentía nada seguro.
Los otros niños irrumpieron en el patio en tropel, como si la negrura no fuera nada temible, peleando o incluso pegándose siempre que la señorita no miraba y, en resumen, comportándose peor que antes de que se pusiera tan oscuro. Nunca se habrían creído lo que vio en el foso. Le encantaría podérselo contar a la señorita Kramer, pero hoy mismo en el salón de actos del señor Scragg había dicho que, como no adoraba a Dios, nadie debía dirigirle la palabra, que tan sólo vivía en el pueblo para apartarles del Señor. A Andrew todavía le caía en gracia, pero por el momento le estaba vedado hablar con ella. Sólo le quedaba el recurso de apelar a Dios y esperar que él le escuchase, aunque seguramente el Señor tenía trillones de personas más importantes que un «mocoso» a quienes atender y, además, ¿por qué había de hacerle caso cuando no se lo hacía a nadie en el pueblo? Recitó el pequeño una última plegaria, se levantó algo torpe y reparó en que la señorita Ingham observaba, delante de él, la puerta del aula. Su corazón dio un doloroso vuelco antes de ladear el cuello y ver a su padre.
Su papá avanzó unos pasos. Estaba jubiloso. Bajo los fluorescentes la palidez de su rostro parecía casi blanca, excepción hecha de las sombrías ojeras. Tenía los pómulos más velludos que nunca, y sacaba un mentón tan prominente que a Andrew le recordó a una caricatura. Era como si tratase de reafirmarse a sí mismo, pensó el chico, en el instante en que su padre le aferraba el hombro:
—Vamos, hijo, tengo una sorpresa estupenda para ti.
—Llevará usted al niño a casa, ¿no, señor Bevan?
—Eso es lo que haré, Letty. Puesto que es mi hijo, confío en que nada tendrá que objetar. —El hombre aún exultante, exhibía todos sus dientes—. Nos veremos más tarde.
—Hoy hemos ido con la señorita a la iglesia —interrumpió Andrew—. Estaba llena a rebosar.
—¿Y os habéis divertido?
—Naturalmente que sí, señor Bevan. No existe nada más ameno que cantar las alabanzas del Señor —repuso la señorita.
—Pues espera un poco y lo pasarás aún mejor, hijo. Alguien muy especial quiere verte. —La mano de Brian manipuló el hombro de Andrew para girarle hacia la salida—. Ir a la iglesia no es nada en comparación de esto.
La señorita Ingham le sonrió, pero en sus ojos había resentimiento.
—¿Podría saber quién es?
—Yo hubiera deseado sorprender al niño. No lleva lo que se dice una vida muy emocionante. —Bevan se inclinó por encima de su hijo y cuchicheó—: Godwin Mann.
La faz de la maestra se animó.
—¿Y ha preguntado por Andrew?
—Ha preguntado por un buen chico, y yo no conozco a ninguno mejor.
—Tampoco yo. Ve con tu padre, Andrew. Te alegrarás toda la vida.
El pequeño pensó que quizá sí. Podría interrogar al señor Mann sobre lo que iba a hacer Dios con la oscuridad y los seres de la cueva. Si había alguien dotado para quitarle la angustia era el señor Mann, particularmente por lo mucho que aquella entrevista ilusionaba ya a su padre; Andrew nunca le había visto tan pictórico. Tanto se entusiasmó también él, que había seguido a su papá hasta el patio antes de acordarse de que, en realidad, debía penetrar en la negrura.
—Dame la mano, hijito —mandó el padre.
Andrew obedeció con prontitud y salió a la nada. Atravesaron el círculo de luz de la primera farola, y a su padre le faltó tiempo para estrecharle más la mano. No era necesario que le apretase tanto, pero acaso había olvidado cuan fuerte era, o bien era su manera de demostrarle su cariño. Dejaron atrás una hilera de tiendas iluminadas, que a Andrew le parecieron las peceras de un acuario. No pudo recrearse en la idea, hubo de morderse el labio. La mano de su padre atenazaba más la suya cada vez que acometían un tramo oscuro, la atenazaba tanto, de hecho, que él no se sentía aliviado. En un momento dado el chico se preguntó si le daba aquellos apretones para tranquilizarle a él o a sí mismo.
Andrew examinó nerviosamente la cara de su padre al abandonar una laguna negra. Todavía sonreía, mostrando la dentadura, que la farola hacía centellear. ¿Intentaba, bajo aquella fachada bonancible, ocultarle a su hijo sus verdaderos sentimientos? Ahora fue el niño el que estrujó la palma materna, como diciéndole que no se asustase. Irían a ver al señor Mann, descartarían los temores.
Al perfilarse ante ellos el edificio del hotel, el padre de Andrew alzó la vista. Estaba mirando la ventana que brillaba debajo del alero. Adivinó el chico que aquélla era la alcoba de Godwin Mann, un faro salvador en la penumbra. Tanta dicha desbordaba su papá que el pequeño podía distinguir sus encías; su boca era como la de un perro, toda dientes. Cruzaron la plaza, casi a la carrera, tan atentos a la ventana que no descubrieron a la madre de Andrew hasta que ella les interceptó.
June escudriñó al padre de Andrew como lo hacía a menudo con él.
—¿Dónde te habías metido?
—Antes ya te he explicado dónde tenía intención de ir.
—No me digas que has estado todo el día con Godwin.
—En su compañía no se nota el paso del tiempo.
—He tenido que pedirle a Katy que se encargue de la tienda —se quejó ella, y miró con ceño a Andrew—. ¿Dónde está la señorita Ingham? ¿Dónde ibais tú y el chico?
El padre abrazó a su chaval.
—A ver a Godwin, ¿eh, hijito? Será una buena lección para todos los que te consideran inferior a sus niños. Les daremos algo en que pensar.
—No irá a ver a nadie con esa pinta. Respétame a mí, ya que en tan poco te valoras a ti mismo. ¿Quieres que Godwin crea que no sabemos cuidar de su aseo? Como mi padre solía decir, la limpieza es hermana de la santidad.
Andrew tuvo que hacer un esfuerzo para no soltarse de su padre, y era tan sólo porque olía distinto de otras veces. Debía de ser algo que había tocado en la tienda lo que le impregnó de aquellos efluvios mohosos, fríos, pétreos.
—Godwin ni siquiera se fijará —argumentó su papá, que aún le tenía abrazado.
—Él puede que no, pero yo sí. ¿Te gustaría ser la comidilla del pueblo? Vendrás conmigo en este mismo instante —mandó la madre de Andrew, y el pequeño no supo si le hablaba a él o a su padre. ¿No podía lavarse la cara en el hotel? Mas ella añadió—: Además, ¿qué desea Godwin de nuestro hijo?
Andrew casi se puso a chillar, casi arrancó la mano de la zarpa paterna. Su mamá se había detenido debajo de una farola, dejando a los dos hombres fuera del santuario de luz. Se consoló el niño reiterándose que estaba asustado, que eso era todo, asustado y turbado por aquel olor tan semejante al del pabellón de reptiles del zoológico. La mano de su padre no podía tener la textura que él palpaba.
—No sabría decírtelo —fue la respuesta.
—Pues no irá hasta que lo sepa yo. Y, en cualquier caso, reclamo mi derecho a estar presente para asegurarme de que se conduce intachablemente.
La madre volvió la espalda a ambos, como si su única opción fuera seguirla. Atravesaron el cerco luminoso de la farola, y la sombra del padre de Andrew se extendió hacia ella. Una sombra era algo etéreo, reflexionó Andrew, solamente su dueño podía lastimarla. Oprimió ahora la mano de su papá, como si aquello fuera a conferirle el tacto debido. Estaba haciendo aquellas tonterías que sus padres le recriminaban fuertemente. Era demasiado mayor para tener miedo de cosas irreales, especialmente existiendo tantos horrores tangibles.
Su madre se giró de nuevo, a la vez que la sombra de su padre se escamoteaba de la farola siguiente.
—Los Booth han regresado al pueblo, como si no supieran que no son gratos. Ni se te ocurra acercarte a ellos, Andrew.
—Te lo prometo.
Al chico no le sobraría tiempo de visitar a Geraldine y a Jeremy mientras tuviera que velar por su padre. Tiró de éste hacia la tienda. Rezó para que papá se encontrase mejor en cuanto dejasen la oscuridad, pero si subsistía alguno de sus males —si el demonio de la cueva podía influir en él—, Andrew debía responsabilizarse de llevarle a presencia del señor Mann. Así ya no abrigaría nunca más ni un átomo de aprensión ante su padre, no imaginaría que, siempre que penetraban en la negrura, la mano de aquél se volvía más larga, más glacial y más poderosa.

































40

Cuando Diana se convenció que los Wilde no aprovecharían su ofrecimiento de hospedaje, tuvo tanta resignación que fue casi como un descanso. Estaba sola y, aparentemente, era eso lo que necesitaba. Habría sido una superfluidad decirse a sí misma que no poseía un espíritu céltico; las profundidades de su mente clamaban lo contrario. De nada habría servido ansiar la compañía de alguien para no exponerse al peligro. Lo único que podía hacer era fiarse de sus instintos, y esperar que no fuera demasiado tarde.
Dio una ronda por la casa y se aseguró de que estuvieran atrancadas todas las ventanas y puertas al exterior. Repasó sistemáticamente las bombillas para reponer las que parecieran próximas a fundirse, y subió la escalera hasta su dormitorio. Se sentía como si hubiera dormido varios días seguidos y tuviera que relajarse para despertar, para ver lo que fuera menester. Se tendió en el lecho y realizó los ejercicios de yoga, trató de vaciar su cerebro y dar acceso al conocimiento.
No funcionó. Una serie de nociones navegaron por su cabeza, aleatorias y tenaces. «La noche está en el sol —pensó—, pero al menos el padre O'Connell no está en el pozo.» ¿Qué diferencia había? ¿Podía identificarse aquella oscuridad con el derrumbamiento del cielo que pronosticaron los antiguos druidas? Dudó si debería apagar la luz para ayudar a su mente a quedar en blanco, mas, mientras se disponía a hacerlo, llamaron a la puerta.
Se apretujó contra la cabecera. ¿Habían captado las dotes sensoriales de Mann que intentaba recobrar la conciencia y venía a habérselas con ella ahora, antes de que lo lograse? «Saltad por las ventanas, como liebres corred —se reavivó en su memoria la vieja canción—. Doquiera que vayáis, de Harry no os podréis esconder.» Bajó a la planta baja arrastrada por su propio agotamiento; nada ganaría posponiendo la confrontación. Pero, al abrir, halló a los Booth en el umbral.
Jeremy parecía estar descompuesto; Geraldine venía revestida de una extraña dejadez.
—¿Podemos pasar? —preguntó ella.
—No faltaría más —contestó Diana con ostensible fatiga—. No pretendía ser mal educada.
Siguieron a la joven al salón, donde Jeremy se fijó en el dibujo de los entecos montañeros como si le pusieran nervioso. Se aclaró la garganta y admitió:
—No hemos ido muy lejos.
—¿Qué les detuvo?
—La furgoneta se salió de la carretera, y ahora no conseguimos que nos la reparen. Nadie quiere ir al robledal a buscarla.
—¿Por qué no?
—Por causa de esta funesta tiniebla, ¿no lo cree usted así? Es natural que crispe a la gente, que trastoque sus mentes. También me altera a mí. Por lo menos dimos con el camino de vuelta. Por una vez nos sonrió la suerte.
—Yo diría que nos guiaron —especificó Geraldine sin inmutarse.
—Sí, sea como tú quieras, pero te suplico que no discutamos ese asunto delante de Diana. Si tú lo has vivido así, Gerry, es válido para ti.
—No deseo provocar una disputa —dijo Diana, tan discreta como pudo—, pero ¿quién pensó usted que les guiaba?
Geraldine adoptó una actitud de desafío.
—Tan sólo pudo ser una persona: el hijo que no llegamos a tener.
No era aquello lo que había anticipado Diana. Jeremy tomó su silencio por azoramiento, y se apresuró a intervenir.
—Sea cual fuere el caso, hemos venido únicamente para que nos devuelva las llaves y para informarle de que, si se siente sola, nos encontrará en nuestro hogar de siempre.
Diana revolvió en su bolso y extrajo las llaves de la capilla.
—Yo en su lugar no me movería del pueblo —aconsejó Geraldine—. No en la actual situación.
—¿Por qué? —demandó la joven americana, más incisiva de lo recomendable.
—Creo que tan sólo estamos a salvo allí donde hay luces. Tiene que ser ésa la clave, o no habríamos sido traídos de vuelta a Moonwell.
¿A salvo de qué? Cuanto más hablaba Geraldine, más ardua se le representaba a Diana la tarea que estaba decidida a asignarse. Alargó el llavero a Jeremy, quien se levantó en el acto.
—En cualquier momento que quiera compañía, Diana, pásese sin reparo alguno por nuestra casa. Nosotros los ateos tenemos que aliarnos.
La joven contempló a la pareja, con los brazos enlazados, subiendo por la calleja en dirección de la calle Mayor. Recordó la ventana rota de la librería, y supuso que sabrían cuidar uno de otro. Ella ahora no podía preocuparse por nadie, pero estaba segura de que mejoraría las cosas si probaba a relajarse. Y tenía que probar algo más: ir donde había tenido las visiones, arriba, en el páramo.
Tan pronto como desaparecieron los Booth, cerró el chalet a cal y canto y tomó la linterna del coche. Estuvo tentada de eludir por entero el hotel, pero se aventuró hasta la esquina de la plaza. La ventana de Mann continuaba iluminada, con aquel resplandor blanquecino que ella asociaba a huesos, a muerte, a la piel del lagarto sin ojos que un día trepara por la cueva. Se escabulló en la callejuela más cercana, pese a que no había farola alguna en el angosto y empedrado pasaje.
Aunque la calle Mayor estaba desierta en el punto en que la cruzó, escondió la linterna en el anorak y la guardó mientras corría hacia la vereda del páramo. Surcó la vereda con celeridad, elevándose sobre las menguantes farolas, y encendió la linterna al coronar la cima. El óvalo de luz se expandió a través del quemado paisaje, pálido y crecientemente difuso hasta diluirse a unos doscientos metros. Inhaló oxígeno con regusto a ceniza, y se adentró en el páramo.
Había esperado que todas sus fibras vibrasen con una percepción, pero solo nació en ellas un temor abstracto, como si la oscuridad la asediara de cerca. La población era un disperso entramado de núcleos de luz bajo sus pies, una miniatura iluminada que podía estar al lado o a muchos kilómetros. A su alrededor no había sino tallos ennegrecidos y la tierra desnuda, también negra, sin un toque de verdor. Tratando de no ensuciar sus pulmones con el aire con polvo de ceniza se encaminó hacia la cueva.
En cuanto dejó la linde que discurría sobre Moonwell, le entró la fiebre por mirar atrás. Se dijo que el causante era aquel sentido suyo de que el páramo obstruía la luz de la villa. Apago la linterna a fin de acomodar su visión y de ahorrar pilas. Las tinieblas la atosigaron, inundaron sus pupilas, y trajeron algo más, el vislumbre de un rostro con ojos excesivamente pequeños para sus cuencas.
Activó de nuevo el dispositivo de la linterna a tientas, tan atolondrada estaba que casi la dejó caer en la cegadora lobreguez.
Durante unos minutos, o mucho más tiempo, no supo dónde estaba ni quién era. La oscuridad se había convertido en una caverna, demasiado enorme para que su luz alcanzara las paredes o el techo. La veía así porque creía ya estar en una cueva cuando un hundido semblante de ojos diminutos, perdidos en sus alvéolos, se alzaba ante ella, unido a una masa en putrefacción que se movía sin cesar. Era como si no le ocurriera a Diana, como si compartiera la vivencia de otro; sin embargo, se le ofreció con subyugadora vivacidad aquel rostro ajado, embebido en huesos descoyuntados y aureolado por su propia e intensa perfidia, que presionaba contra la suya su boca sin labios. ¿Fue aquello lo que encontró Mann en el foso?
Se mordió los labios, recitó una muda oración —no acabó de discernir a quién—, y cerró los ojos, apagando al mismo tiempo la linterna. De nuevo la penumbra se aglomeró sobre ella, gélida y maciza. Era todo cuanto veía ahora, incluso al levantar los párpados; en efecto, aunque se contornearan los extremos de las laderas contra el fondo del cielo, eran tan tenues que bien podrían haber sido fruto de su invención. Cuando encendió una vez más la linterna, se tomó su tiempo, para convencerse de que era capaz.
La negrura retrocedió, pero sólo ella. Tendría que mantener la luz, o de otro modo jamás hallaría el camino. Una vez se plantase junto a la cueva, en la cuenca rocosa, podría prescindir de tal ayuda. Localizó la trillada senda y la enfiló lo más deprisa que pudo, a pesar de que el vacilante cono luminoso le hacía pensar a cada paso que las formas indefinibles escapaban de su visión dondequiera que enfocaba, y cerraban filas a su espalda después de que pasara la luz. No debía volver la mirada. Dondequiera que lo hiciese, no detectaría más que sombras.
Estando en la cuesta que baja a la depresión hizo un alto, pastosa la boca con el sabor de la ceniza. Le parecía haber oído el crujir de un tallo chamuscado, un ruido mínimo. Pudo ser una ráfaga de viento: ¡cuánto la habría agradecido en aquella quietud! Quizás ella misma había pisado la ramita, aunque no acertó a ver ninguna al pasear en torno a sus pies la luz de la linterna. O quizá no oyó sonido alguno, pensó, a la par que se forzaba a seguir la trayectoria ascendente que le trazaba su luz en el montículo. Al llegar a la cúspide, se convenció de que se hallaba sola en el enclave. Pero, cuando las oscilaciones luminosas sondearon la pétrea y agorera boca, captaron una silueta en el lado opuesto de la cuenca.





































41

Fue aquél el día en que Nick tomó conciencia de que en Moonwell los sucesos eran más graves de lo que él suponía. Un brote de histeria religiosa se había apoderado de la localidad, una especie de trance comunitario que, si había comprendido correctamente a Diana, hacía perder de vista a la gente hasta que el lugar figuraba en el mapa. Para el periodista no tenía demasiado sentido, pero era cierto que fuera de Moonwell nadie quería saber nada de Godwin Mann. Su redactor jefe era uno de esos «don nadie», que prefirió enviarle a cubrir el último movimiento de piquetes huelguistas en Lancashire. Julia estaba montando una emisora pirata en otro suburbio de Manchester, pero no quería tener nada que ver ni con Nick ni con las noticias que le ofreciera. Lo único que el reportero podía hacer era desplazarse a Moonwell y constatar por sí mismo lo que pasaba, en cuanto le dieran, claro está, un día de fiesta.
Le había garantizado a Diana que lo haría, y no cumplió su promesa. Y, lo que era todavía más preocupante, no se había percatado de que había dejado esfumarse la oportunidad de visitarla, cuando el silencio matutino de las calles adyacentes a la redacción del periódico le recordaron a Moonwell, le recordaron que en varios días no había pensado en la chica. Sucedía algo mucho peor de lo que la americana le había referido, y al parecer también él estaba involucrado.
Al no poder comunicarse con ella por teléfono, partió hacia Moonwell. En la carretera del distrito de Peak descubrió que ni se acordaba de la ruta ni le era posible localizar a Moonwell en el mapa. Las laderas forestales que tenía ante sus ojos le recordaban las del trayecto que había tomado en una ocasión, y se internó en el bosque, encendiendo los faros debido a la cavernosa oscuridad que imperaba bajo los árboles. Se dijo a sí mismo que era cosa de las frondas; vería la luz del día cuando saliera de la espesura. Y así fue: divisó unas turbulentas nubes sobre el cerro que dominaba Moonwell. Luego se inmovilizaron y el día se oscureció, como si el paisaje fuera una diapositiva que, de pronto, hubieran quitado del visor.
Antes de que acertara a frenar, su vehículo saltó del asfalto. La calzada debía de describir una curva... hacia la derecha, creyó recordar. Hizo girar el volante en este sentido en un acto reflejo, lo único que conservaba en aquellas tinieblas que le habían arrebatado el uso de los ojos. O le falló la memoria, o abordó mal la curva. Tan violentamente derrapó el coche que, mientras se precipitaba por la invisible pendiente, pensó que volcaría.
Todo transcurrió como en un sueño, demasiado brusco para ser real. La negrura no podía envolverle por las cuatro partes cuando acababa de ver la claridad del día. Había estampado el pie en el freno, pero por lo visto el mecanismo actuaba a su antojo. Barruntó que al fin iba a averiguar qué era estrellarse con el coche; se lo había estado preguntando desde que tuvo que entrevistar a víctimas de accidentes como reportero novel. Había que expeler el aire para no arriesgarse a morir por asfixia en el impacto, eso lo sabía, Pero no veía cuándo se produciría la colisión, no veía nada salvo las luces de los faros dando tumbos en el espacio, tan incapaces como él mismo de traspasar la oscuridad. Su conciencia se despertó entonces, y comprendió que había admirado la luz diurna, los nubarrones y el monte porque era lo que mentalmente esperaba. La verdad estaba en las tinieblas.
Pisoteó con más presteza el pedal del freno, penando por sentir que aún podía controlar algo. El automóvil empezó a patinar. La parte trasera viró hacia lo que tenía todos los visos de ser la nada, el borde de un risco escabroso. Nick tragó saliva y notó que se aflojaban sus intestinos. Soltó el pedal, y las ruedas corrieron sobre la resbaladiza hierba. Una roca puntiaguda, más ancha que el parabrisas, pareció arrojarse sobre los focos un instante antes de que el vehículo se incrustara en su superficie.
La visión hizo que contuviera la respiración. Quedó semiasfixiado, con la garganta y el pecho estragados, mientras la banda diagonal del cinturón aumentaba su tirantez. El impacto contra la roca no fue tan brutal como había temido, pero destrozó los faros.
Buscó a ciegas el freno de mano y tiro de él con todas sus fuerzas, sin poder explicarse el porqué; acto seguido se pasó las trémulas manos por el pecho, frotándoselo, e intentó tragar saliva mientras examinaba en vano las sombras. Al rato bajó la ventanilla, como si aquello fuese a ayudar a sus ojos. No había más que negrura e imágenes espectrales hijas de la sugestión, sin sentido de las distancias, sin ni siquiera un atisbo del coche o la roca. Removió en la guantera bajo el tablero de mandos a la caza de la linterna, que encontró finalmente tirada sobre la alfombrilla, junto a la palanca de cambios. Estaba abollada, inservible.
El único pensamiento que le salvaguardó del pánico fue recordarse a sí mismo que no se había quedado ciego. Había visto los faros hasta que el golpe los inutilizo. La oscuridad era sólo eso, oscuridad, por insólita que resultase a aquella hora del día. ¿Le sería más fácil soportarla de haber sabido qué la originaba? Sentarse en el coche devanándose los sesos nada iba a solucionar. Tanteó la puerta, y cuando tuvo la manecilla la accionó y comenzó a apearse.
Tuvo que cogerse al borde superior del marco de la portezuela para que le hiciera de palanca. Tan empinada era la cuesta, que sus talones resbalaron en el inclinado suelo del automóvil. Al tratar de enderezarse, agarrado al techo, notó que el vehículo se desplazaba unos milímetros. Por un momento tuvo la sensación de que basculaba en la punta de una caída perpendicular, la sensación de que un mero movimiento le empujaría al vacío, mas el coche se estabilizó y Nick aligeró su presión, descendiendo cauteloso, con el cuerpo muy recto, hasta tener ambos pies firmemente plantados en el suelo.
Esperó que la oscuridad cesara de girar en mareantes y rojizos remolinos, al compás de sus latidos cardíacos, cerró los ojos y contó hasta cien. Cuando volvió a abrirlos seguía sin distinguir lo que le rodeaba, ni siquiera el cerro que debía de elevarse encima, recortado contra el cielo. Decidió que no importaba. La carretera estaba un poco más arriba, no tenía más que alcanzarla y continuar a tientas hacia Moonwell. Lo único que había que hacer era desentenderse del coche y trepar por la ladera.
Tardó bastante tiempo antes de ponerse en marcha en aquellas tinieblas. Estuvo tentado de aguardar hasta ver luces en el asfalto y echar a correr, pero ¿cuánto tardaría en pasar algún vehículo? No era incongruente que, quienquiera que hubiese provocado que el resto del mundo —él incluido— olvidara Moonwell, hubiera cortado también el tráfico de salida.
«Ponte a caminar y déjate de monsergas», se increpó a sí mismo para no comenzar a enfrascarse en conjeturas sobre las causas de la oscuridad, e inició la subida, alejándose del automóvil.
Su voz sonó impersonal, disminuida, desalentadoramente independiente de él. Resistió al arranque de refugiarse en el coche mientras pudiera encontrarlo. Cuanto antes viera a Diana, mejor sería. Debería haberse esforzado más en auxiliarla antes de que llegaran las cosas al extremo en el que parecían estar. Dio media vuelta, estiró sus manos ahora imperceptiblemente y encaró la cuesta.
Un minuto de escalada en sentido transversal le llevó a un desnivel menos acentuado donde podía caminar erguido, aunque despacio, colocando el talón de un pie contra los dedos del otro. Calculó que había recorrido unos cincuenta metros en lo que él juzgaba línea recta, cuando una masa se alzó frente a su persona. La presintió un segundo antes de tocarla y recibir el cosquilleo de unas púas en las yemas de los dedos. Era brezo. A partir de ahí, la subida se hacía demasiado escarpada como para encaramarse a ciegas. ¿Era ya igual en el punto donde el vehículo había saltado de la carretera o estaba extraviándose? Tanteó su camino en el brezal, lastimándose las manos con salientes de roca, hacia la hierba, donde el terreno se aplanaba de manera notable. Se tomó un descanso y se puso a escuchar.
¿No debería oír ya algún que otro sonido proveniente del pueblo? La quietud era completa, excepto por los ruidos de su propio organismo; nunca había reparado en que fueran tan diversos. La penumbra se le pegaba a los ojos como si fuera brea. Tenía que estar casi en la carretera. Procuró no acelerar la marcha sino ir paseando, pues el suelo presentaba la consistencia del corcho y no era ni mucho menos liso, por lo que bien podía dislocarse un tobillo, o incluso fracturarse la pierna en una zanja. «Cien pasos más, o quizá ni tantos —se infundió ánimos— y estarás de nuevo sobre el asfalto.»
Aparte de un manojo de brezos, que le habría hecho tropezar de no andar con sumo cuidado, nada había en esos cien primeros pasos como no fuera la suave pendiente. Evidentemente, Nick no tenía ninguna razón para afirmar que cien zancadas le llevarían a la carretera, ninguna razón para sentirse defraudado ni por él mismo ni por nadie. Compondrían el trayecto otras cincuenta, acaso unas cuantas más. Era obvio que no regresaría al punto exacto de la carretera donde se había despeñado. No estaba seguro de cuántos pasos había dado, ya que paró de contarlos porque hacerlo le ponía nervioso. De pronto advirtió que la homogeneidad del suelo le había desviado engañosamente de la ruta.
Se conminó a no girar el cuerpo. Podía olvidar en qué sentido iba y perderse totalmente. «Ya te has perdido», protestó una voz dentro de su cabeza al ladearla por encima de un hombro y luego del otro, crujiéndole todos los huesos, con la esperanza de encontrar la carretera. Lo único a lo que fue sensible fue a la oscuridad, que se alborotaba con su misma ansiedad de ver. La carretera quedaba a su derecha, pero ¿a qué distancia? La situó a unos noventa grados, y rectificó aquel ángulo. Había dado tres pasos cuando pisó un charco bajo la hierba.
—Mierda —maldijo, burlándose de sí mismo mientras giraba los brazos para mantener el equilibrio y sacar el pie del fango.
Por supuesto, lo que oyó fue el eco de su propia risa. Reanudó el avance, pulsando el terreno con la punta del pie antes de posarlo, hasta que, de repente hizo un tanteo en el espacio. Pensó por unos angustiosos momentos que había suspendido la pierna en un precipicio. Se lanzó hacia atrás y cayó sentado en la empapada hierba.
—Bastardo —insultó.
Lamentó al instante haber hablado. Era tanto como reconocer unas risotadas que sólo podían existir en su cerebro, por muy reales y malévolas que le pareciesen, reconocer que las emitía alguien más en el seno de aquella negrura. Tensó una mano antes de que cundiese el pánico en su ser, para comprobar dónde había estado en un tris de hundirse. Era una oquedad de un diámetro no mayor que la longitud de su brazo. Tras verificar este hecho se adelantó agachado en la hierba, con la mano deslizándose por la cara contraria del hoyo y la tierra mojada apelotonándose entre sus uñas, combándolas en su misma base. Sus yemas fueron a reposar en una raíz fría y viscosa en el fondo del agujero, una raíz que, al tacto, se asemejaba a una mano deforme. Se disponía a apartarse de la cavidad cuando la raíz se movió.
Serpenteó en torno a su muñeca contrayéndose y estirándose, mas, antes de que el periodista la retirase, se había esfumado. Nick gateó hacia atrás para salir de la cavidad. Se dijo que había sido un lagarto, intentando no hacer caso de la visión mental que había suscitado en él. Era aquélla la impresión de una mano por la que en principio la había tomado, aprisionando pasajeramente la suya y luego camuflándose en el hueco.
Quedó a cuatro patas, lanzando furiosas miradas a su entorno como si fuera un animal a la defensiva. No debía ceder a esta emoción, sin embargo, pues equivalía a rendirse a la oscuridad. Se forzó a sí mismo a palpar de nuevo el hueco, para mejor evitarlo cuando se levantara. Era ridículo tener miedo al contacto de un ser vivo y el lagarto debía de estar mucho más conmocionado que él. Reculó como un cangrejo y se puso en pie. Alguien se erguía delante de él, esperándole. Notaba en el rostro su gélido aliento.
—Es sólo el viento —musitó, tiritando, y volvió a desear no haber abierto la boca; hacía que se creyera rodeado de oyentes.
Si fue el viento, ¿por que no oyó su susurro en la hierba? ¿Por qué no se hizo patente mas que en su cara? Aquel hálito olía a mugre y descomposición, y Nick lo relacionó con una boca que bostezara desafortunadamente. Más le valía no ofrecer el rostro a semejantes fauces.
—Sólo el viento —murmuró de nuevo muy bajo, como si no quisiera ser oído.
Trató una vez más de imaginarse a Diana con sus esbeltas piernas, con el moreno cabello ondeando en el ventoso paraje. Aquel recuerdo entrañaba una promesa de luz, y le ayudó a superar su miedo y a moverse de donde estaba. Aventuró unos pasos, de costado —él sostuvo ante sí mismo que para esquivar el hoyo y no a la criatura que, según su imaginación, le había soplado en la cara—, y prosiguió su andadura. No bien había avanzado dos metros, un ser glacial y terso, con hedores de cueva enmohecida, se inclinó sobre su hombro y le siseó algo al oído.
No supo qué le dijo. Se giró en redondo, dando golpes de ciego a quienquiera que hubiese a su lado, con el cuerpo inflamado de pánico, de rabia y de repulsa consciente de que podía detener su puño al tocarlo. Mas el puño se clavó en el vacío aire y arrastró al reportero, haciendo que volviese a desplomarse de rodillas, que se magullara éstas y las manos en la tierra sembrada de rocas. Se levanto como si le impulsara un resorte y se percató de que había perdido del todo la orientación.
—Malditos seáis —imprecó en un murmullo, aunque le habría gustado vociferar la maldición para conjurar el llanto, ya fuera de menosprecio a sí mismo o de terror ante la pesadilla que estaba viviendo.
Escrutó con tanta fijación la negrura que no sólo sus ojos, sino la piel que los circundaba, se irritaron, temblaron sus puños predispuestos a golpear a cualquiera que le rozase, temblaron como el anuncio de unas convulsiones que fueran a sacudirle de la cabeza a los pies. Cada una de las falsas imágenes que había fraguado venía inexorable a por él, sonriendo sin rostro. Tenía la certeza de la presencia de algo que fluctuaba, que le cercaba. Pensó que iban a conducirle hasta una sima sin fondo, que le obligarían a dar el último paso. Se volvió, blandiendo ahora ambos puños y resuelto a defender su parcela donde, al menos, se hallaba a salvo de caer, aunque su mente no estuviera a resguardo de las tinieblas y de los seres que le asediaban. De pronto se quedó inmóvil, tan bruscamente que se torció el cuello: había columbrado una luz y empezó a pensar.
En un primer momento asoció también aquello al borde de un precipicio; sospechó que sus ojos le tendían una trampa, compinchados con la oscuridad. Pero no, la luz existía, era un distante fulgor de su izquierda que subrayaba el contorno de un monte. Fue, a empellones, en su dirección, y habría corrido de haber visto el suelo aunque solo fuera vagamente. Se metió en todos los charcos, tropezó con todas las piedras, en varias ocasiones casi se dio de bruces, mas no cejó en su empeño: caminaba hacia la luz. Sin duda era Moonwell, ya que nada más podía proyectar rayos tan amplios en aquellos vericuetos. El buen augurio del destello le hizo sentir, por contraste, que tenía a sus talones a los susurradores, abiertas sus bocas y sus largas manos, pero se prohibió darse la vuelta. Ascendió por la escarpada cuesta en busca de la luminosidad.
Ya en la cima, vio que la luz brillaba pasada la colina siguiente y fue montaña abajo cojeando, con los tobillos maltrechos. Deslindó en la vertiente irregularidades apenas visibles, pero eran rocas, no figuras agazapadas de cabezas pálidas y aberrantes. Intentó recordar dónde estaban al perderlas de vista en la inmensa lobreguez. Respiraba ahogadamente al llegar a la altura.
Retuvo un gemido al coronar el cerro: la luz estaba aún lejana, como mínimo en la cumbre vecina. Quizá, después de todo, no procedía del pueblo —las refulgencias eran demasiado blancas para dimanar de las farolas—, pero era una luz y lo demás carecía de importancia. Descendió nuevamente a trompicones, doloridas las piernas, por la sofocante penumbra, preñada con la amenaza de un siseo en su oído, y subió otra vertiente más. Era ésta tan interminable que quedó persuadido de que le guiaría derecho hasta los resplandores o, cuando menos, allí donde pudiera aquilatar con claridad su fuente. Estando ya casi arriba, la luz se extinguió y le dejó en la ceguera de aquella noche ficticia.
No habría sabido definir cuánto tiempo estuvo allí parado, deseando que el fulgor volviera. Al final, por el procedimiento de «punta-tacón», anduvo hasta la cresta del cerro. Se hallaba en la roca desnuda. La vertiente que se extendía a sus pies no parecía ser, en principio, muy accidentada. Iba a emprender la aventura del descenso cuando el haz de una linterna iluminó la peña de debajo, luego su cuerpo, y acabó por cegarle.





















42

Al ver a Nick a la luz de su linterna, en un primer momento Diana no dio crédito a sus ojos. Había subido hasta el páramo en busca de soledad, y ahora, cuando menos le necesitaba, se le presentaba él. Mas notó en seguida cómo se tambaleaba por la cuenca pedregosa, y cuan cerca se hallaba del labio de la cueva.
—¡Detente, Nick! —le llamó.
Él se había puesto la mano en los ojos a modo de visera para vislumbrar algo a través del haz de luz; sonrió, inseguro, pestañeando.
—Diana, ¿eres tú? —preguntó, y dio otro paso al frente.
—Sí, soy yo. Haz lo que quieras menos moverte. —La joven osciló la linterna por encima del foso para mostrarle hacia dónde iba y la terrible boca pareció magnificarse—. ¡Ándate con tiento! —agregó, ya que la visión de la cueva había incitado a Nick a retroceder, tan bruscamente que ella temió que perdiera pie en la deslizante roca.
El periodista meneó la cabeza para despejarse, abriendo y cerrando los ojos, y recibió a Diana al dar ésta un rodeo en la cuenca para ir a su encuentro. Cuando se fundieron en un abrazo, comprendieron que era el abrazo inevitable, largo tiempo pospuesto. Meditó la joven que bajo circunstancias más propicias habría sido el inicio inmediato de una relación, a la par que examinaba la redondeada faz del reportero, peor afeitada de lo acostumbrado, y aquella boca ancha que ya no estaba tan segura de sí. Nick ojeó los contornos como si despertase de un paseo sonámbulo.
—¡Dios mío! Estamos encima del pueblo, ¿no es así? —masculló—. No sé cómo he llegado hasta aquí. Debe de haber sido tu luz.
—Sé más explícito, Nick. ¿Qué ha pasado con mi luz?
—Que la vi, la seguí y me trajo a este paraje. —El reportero abatió los párpados, remiso ante la penumbra—. Aunque, bien mirada, no era como la tuya. No era del mismo color, ni del mismo ni de ningún otro.
Ella comprendió que tenía algo más que contarle, pero no deseaba enterarse en medio de la oscuridad.
—¿Dónde has aparcado el coche, Nick, en la calle? Venga, vayamos a mi casa.
Diana advirtió que su acompañante empezaba a temblar.
—El vehículo se salió de la carretera. Entré por una zona boscosa, y estaba tan oscura como ésta. ¿Cómo puede ser cuando son... la hora que sea? —El periodista aproximó la muñeca a la linterna y consultó el reloj—. ¡No te digo! Ha tenido la genialidad de pararse.
—Como todos los del lugar —dijo Diana, dirigiéndose hacia el camino de Moonwell—. Te relataré los últimos sucesos tan pronto como estemos en casa.
Aquello dejó paralizado a Nick.
—¿Sabes qué está ocurriendo? Ardo en deseos de que me lo aclares. Había alguien en la negrura. Creerás que me he vuelto loco, Diana, pero ese alguien me habló.
—No creeré nada parecido, Nick, pero insisto en que no lo comentemos hasta que estemos bajo techado.
El hombre puso los ojos en blanco, unos ojos muy brillantes.
—¿En qué estaría yo pensando para tenerte aquí de charla cuando podríamos hallarnos...? —Se cortó, obviamente por no pronunciar la expresión «a salvo»—. Larguémonos.
Una vez tuvieron a la vista las luces de Moonwell, Diana percibió que Nick se estremecía, ahora refrenando un suspiro de alivio. Él apretó su talle y la soltó, para caber en la angosta vereda. Ya en la calle Mayor observó con nerviosismo a la gente que cuchicheaba, obsesivamente, en las tiendas y bajo el alumbrado.
—¡Dios bendito! —exclamó una voz queda.
Ninguna de las ventanas de Diana estaba rota, ni la esperaban mensajes hostiles detrás de la puerta. El recibidor de techo bajo irradiaba confort, era una hendidura, un remanso de las tinieblas. Las pinturas infantiles colgaban en desorden de la pared de la sala, perfumada con las flores que languidecían en los jarros. La joven reponía los ramilletes de su jardín, siendo éste su único ritual —un ritual inconsciente— para diferir la entrada de la oscuridad.
Nick descorrió las cortinas en cuanto Diana depositó dos tazas de su café en la mesa de la estancia. Aún en la ventana, inquirió:
—¿Te molesta si me siento a tu lado?
—Te ruego que lo hagas.
Tomaron ambos asiento en el sofá, y Nick quedó indeciso sobre si debía tocarla, hasta que ella se apiadó y cubrió su mano con las suyas.
—Todo va bien —le murmuró, sin saber muy bien a qué se refería.
—Perdóname. No suelo ser tan vergonzoso, pero todo esto me ha calado hondo, más de lo que cabía prever.
Diana le prefería así, con menos confianza en sí mismo de la que imaginaba que tenía frente a otras mujeres, excepto por aquellos temblores que le recordaban la penumbra y lo que en ella anidaba.
—Ahora estamos a salvo —declaró lo más convincentemente que pudo, y abrazó al periodista.
Y, en efecto, la joven se sintió a salvo por el momento, se sintió soñolienta, cálida y cómoda al acariciarle Nick el cabello. Habían pasado unos pocos minutos, cuando él tomó resuello en actitud muy decidida y la apremió:
—Muy bien, cuéntame lo que pasa.
Debido tal vez al tiempo que había estado sola en posesión de la verdad, a Diana se le trabó inesperadamente la lengua.
—Todavía no me has contado tú tu odisea.
—Simplemente, me extravié en la oscuridad y terminé, de un modo u otro, en la cueva. Fue como si me trajeran hacia ella con malas artes. —Nick no dejó de espiar las reacciones de la joven—. No pareces sorprenderte.
—Te creo, Nick. ¿Qué más puedo decir?
—Lo que piensas que está sucediendo. Por ejemplo, qué significan estas tinieblas. En nuestra última conversación me diste a entender que era inminente algo así.
—Es probable que lo insinuase, sí. ¿Es esto lo que te ha traído aquí? —indagó Diana con tristeza, juzgándose responsable.
—Diana, lo que me trajo es el hecho de que, de la noche a la mañana, todos comenzaron a actuar como si jamás hubieran oído hablar de Moonwell. Tú me habías avisado, sólo que rebajaste el tono para hacérmelo creíble. Participa del mismo fenómeno que la negrura.
—Eso me temo.
—Adelante, podré aguantarlo. Dime de qué se trata.
Ella le miró resignada, y obtuvo a cambio una sonrisa titubeante.
—Todo radica, según he podido colegir, en la criatura que vivía en la cueva, la que Mann vino a destruir. Fue un adversario invencible para él. Puede incluso que el predicador viajase hasta el pueblo engatusado por ese ser, como un instrumento de liberación.
—Todavía no me has definido quién es o qué opinas que es.
—Alguien que estuvo en estas latitudes en tiempos de los romanos, y que tiene que ver con la luna. Narran las historias que los druidas le invocaron para que les ayudase. Y la oscuridad acaso sea una venganza por que la humanidad le ha tenido confinado en la cueva durante todos estos siglos. También puede ser —añadió la joven, acordándose de Delbert en la rectoría— un medio de reducir a las personas a un estado primitivo.
—Eso es justamente lo que hizo conmigo ahí arriba, en el bosque. Me encantaría poder concluir que hemos perdido ambos el juicio, pero lo cierto es que, de un modo global, te creo. Claro que de poco te va a servir conmigo aprisionado en el pueblo, ¡diablos! —bramó Nick con amargura para agregar, más melancólico—: Tal vez me echen en falta.
—¿Sabe alguien que estás en Moonwell?
El periodista hizo una mueca de desencanto.
—Probablemente, para cuando empiecen a añorarme habrán olvidado por qué lugar les preguntaba a todas horas.
—Tienes mucha razón, Nick. Eso también forma parte de los acontecimientos.
—Y los seres que me circundaban en la oscuridad... —El reportero se interrumpió y desvió una ansiosa mirada a la ventana, pero tras el bajo seto no había más que una farola—. Y bien, Diana, ¿qué vamos a hacer?
La pregunta restituyó a la joven a la cruda conciencia de los hechos, desde el sentimiento casi de placidez en el que se había acunado por ser capaz de explayarse y ser creída. ¿Qué podía contestarle? Fuere cual fuere su misión, no veía de qué manera podía él auxiliarla: sólo confiaba en que no tratase de inmiscuirse. En estas cábalas estaba sumida en el instante en que Nick la urgió:
—Cualquiera que sea la decisión, habrá que tomarla sin demora.
El cambio de tono hizo que Diana se volviera, con el pulso desbocado antes incluso de constatar por qué el periodista había clavado la vista en la ventana. Al otro lado del cristal, una por una, las farolas se apagaban.









































43

Andrew se repitió que ahora estaban seguros. Su padre lo estaba. Se hallaban en casa, bajo la luz eléctrica. Su padre era el papá de siempre salvo, quizá, por la rareza de sus ojos. Ya no sonreía con aquel rictus que al pequeño le había recordado a un perro; al contrario, cada vez que se cruzaban sus ojos desde ambos lados de la mesa, mientras cenaban las tortillas de la señorita Ingham, el hombre le dedicaba una sonrisa auténtica. Sí, era una sonrisa, pero a Andrew le intrigaba, le movía a pensar que su padre quería transmitirle un secreto que él era demasiado imbécil para captar. Al fin el chico creyó entenderlo, e inclinó rauda la cara hacia el plato para zafarse de su madre. Papá le estaba diciendo que debían hacer una escapada al hotel y ver al señor Mann.
Acaso su padre había inventado ya algún subterfugio para salir de casa, y éste era el motivo de que hubiese engullido su tortilla como un lobo hambriento, sin paladearla, y adoptado la actitud del que aún espera que le alimenten.
—Se ha comido la tortilla en un santiamén —recalcó la maestra—. ¿Le queda un hueco para otra?
Intervino la madre de Andrew.
—Me parece que tendrá que conformarse, los alimentos escasean en casa y, en resumidas cuentas, en todas las tiendas del lugar. Ya es hora que se organicen bien las entregas. ¡Cielo santo, cualquiera diría que les asusta la penumbra! —Se centró ahora en el padre del chico, aunque apartándose al mismo tiempo de él—. Por cierto, ¿a qué hueles? ¿Te has tirado encima alguna porquería del almacén?
—No, que yo sepa.
—Pues despides unos vapores hediondos. ¡Date un baño!
Andrew intuyó de qué hablaba, aunque él había cesado de notarlo en cuanto les amparó la iluminación: era la fetidez de los umbríos rincones del zoo, lugares donde reptaban amasijos de reptiles como el que el niño había pisoteado en la cueva. ¿Era aquél el olor de la tiniebla?
—Yo no huelo nada —espetó a su mamá—. ¿Y usted, señorita Ingham?
—La señorita Ingham tiene unos modales demasiado exquisitos para admitirlo —replicó la madre, y escudriñó a Andrew igual que si deseara hacerle saltar de la silla de un bofetón—. Además, en esta casa soy yo quien tiene que habérselas con los olores. Y no escucharé una palabra más sobre el asunto. Es un tema poco agradable para dilucidarlo en la mesa. Por este camino, no sé dónde va a llegar nuestra familia.
La señorita Ingham sonrió comprensivamente a la otra mujer y lavó los platos de la cena, lo que no hizo sino exasperar más todavía a la madre de Andrew. Su padre se refugió en un sillón y contempló las tres farolas que se veían desde la ventana. Andrew deambuló de estancia en estancia, estorbando. A él le convenía que mamá y la maestra fueran amigas, porque se le había ocurrido una idea: la señorita Ingham podía pedirle a Godwin Mann que viniera, ya que de todos era conocida su afición a las visitas. Mas, si lo sugería ahora, su madre se pondría hecha un basilisco. Quizá mejoraría su humor tras la sesión de plegarias.
—¿Dirijo yo la oración? —se brindó la maestra.
El chico se arrodilló junto a la butaca de su padre, quien también se deslizó hasta el suelo; una ojeada de soslayo llevó a Andrew a comparar su movimiento con un escurridizo culebreo para bajar de una peña.
«Te damos gracias, Señor, por todas tus promesas», empezó la señorita, mientras el pequeño meditaba que las únicas promesas que a él le interesaban era que se disipara la oscuridad y que su padre volviera a su ser normal.
Andrew apretó fuerte los párpados y rezó fervientemente por ambas cosas dentro de su cerebro, a la vez que barbotaba una letanía en respuesta a la señorita Ingham, y unos segundos después se arriesgó a abrir los ojos con la esperanza de que Dios le hubiera dado audiencia. Sus manos cruzadas se agarrotaron, enterró el mentón en el pecho como si aquel gesto fuera a alterar lo que había visto. Ahora, sólo dos de las farolas de la calle permanecían encendidas.
Cerró de nuevo los párpados, tan herméticamente que tuvo una punzada de dolor, e intentó reiniciar su rezo. «No hagas que se vaya la oscuridad ahora mismo si es muy difícil o estás atareado —rogó—, pero por favor no apagues más farolas, eso no lo hagas. —Tenía el temor de haber fundido él mismo las bombillas al mirarlas para verificar si la penumbra se había diluido, poniendo a prueba a Dios cuando tantas veces, en la clase, la señorita Ingham les había prevenido en contra—. Creo en ti —hizo profesión de fe—, creo que puedes hacer cuanto quieras, y por eso te imploro que no permitas que se extinga ninguna otra luz; rezaré diez minutos cada noche si me lo concedes; rezaré hasta quedarme dormido.» Mantuvo los párpados bajados todo el tiempo que pudo, y entreabrió luego una ínfima rendija. Los volvió a cerrar enseguida, orando desesperadamente. Las tres farolas se habían apagado, y la tiniebla les acuciaba desde detrás de las cristaleras.
Se encorvó mucho sobre las manos unidas, como si así fuera a esconderse. Deseó poder conservar los ojos cerrados toda la vida: al menos, la penumbra que encerraban sus párpados le pertenecía. Pero su madre exhaló un alarido y, repentinamente, hasta su propia oscuridad fue excesiva. Se forzó a abrirlos para examinar a los adultos, que habían dejado de rezar. No vio nada. La luz de la habitación también se había apagado.
—Todo está en orden, señora Bevan. Dios vela por sus criaturas. Elevémosle una plegaria para que nos guíe —murmuró entre las sombras la señorita Ingham.
—¿Dónde está el niño? —gritó la madre de Andrew—. Toma mi mano, pequeño. Date prisa y no tropieces con nada.
Andrew alargó el brazo en una negrura semejante a la de la boca de la cueva y encontró la palma materna, que temblaba sin parar mientras tanteaba el aire en su busca. Hubo de sujetarse ella misma la muñeca con la mano libre a fin de aquietarla, pero tuvo un nuevo espasmo cuando habló su padre, en una voz cuyo retumbo exacerbaba el silencio.
—No perdáis la calma —dijo—. Sé lo que hay que hacer.
Andrew se hizo la reflexión de que estaba levantándose, no creciendo a una descomunal altura en la oscuridad. Detrás de la ventana resonaban quejidos y chillidos de pánico: las luces se habían ido en todo el vecindario. El chico cayó entonces en la cuenta de que había visto cómo se incorporaba su padre. ¿Por azar rutilaba en la penumbra? No, los centelleos se filtraban a través del cristal y perfilaban los cuerpos de las mujeres, y también el de él, tan ligeramente que apenas se destacaban.
—Seguidme —ordenó el hombre.
La madre tiró del niño hacia ella, por si acaso su marido trataba de arrebatárselo.
—Aquí estamos a salvo. ¿Dónde vas? —interrogó, rígida su voz.
—¿Es que no lo ves? —El padre de Andrew atravesó el vestíbulo con la soltura de quienes tienen visión nocturna, y abrió la puerta de la calle—. Si no me crees, convéncete por ti misma. Todos van. Saben que sólo resta un lugar al que puedan dirigirse.
La madre avanzó a su vez por la sala, ella extremando la prudencia y con Andrew tan bien sujeto que le hacía daño en el brazo, dispuesta a hacerle recular. Más allá del jardín el muchacho divisó la calle Mayor, tan tenebrosas las casas como las formas que había vislumbrado ascendiendo por el foso y las ventanas similares a láminas de pizarra. Los negros edificios y las callejas le aterrorizaron. La avenida principal estaba concurrida por figuras que caminaban hacia el centro de Moonwell, donde nacía el resplandor.
—Es una señal —susurró la señorita Ingham, aunque indudablemente se trataba de los focos que usaban para iluminar la fachada del hotel.
Al advertir la madre de Andrew que, en la acera de enfrente, otras personas habían dejado sus casas y se sumaban a la muchedumbre, empujó a su hijo hacia la verja.
—Ya que hemos de ir, corramos. No me gustaría quedar rezagada en todo esto.
Lo que no le gustaba era que la excluyeran de los cánticos de la plaza, hacia donde confluía la población en pleno. Andrew se esforzó en creer, mientras se adentraba en la oscuridad, que el himno les guardaría de todo mal. La tonada se difundió entre la multitud hacia ellos, y su madre tiró de él para que la corease.
«Me acercaré más a ti, mi Señor», cantó el niño con toda la potencia de sus pulmones, como para exorcizar lo que le inspiraban las calles umbrías, abiertas como bocas de caverna.
Que le arrastrara el opaco gentío también le ponía nervioso, aunque fueran al hotel, donde se alojaba el señor Mann. Se juró a sí mismo que se le quitaría el susto tan pronto como llegasen. Su padre andaba a buen paso a su lado, con la cara vuelta hacia el destello. Andrew vio refulgir oscuramente sus dientes, comprimirse sus labios al vocear el salmo. Por una extraña razón el pequeño no encontraba aquello tranquilizador, ni tampoco las borrosas cabezas que asentían, o que se mecían a su alrededor y encima de él. Por lo menos, la luminosidad se incrementaba y no tardaría en distinguir las caras más cercanas, en algunas de las cuales se reflejaba un miedo no inferior al suyo. La plebe aflojó la marcha al aproximarse a la plaza, aunque las personas de las últimas filas daban incesantes empellones, con impaciencia o nerviosismo, hacia la luz.. Andrew vio que los grupos de delante, ya en la embocadura de la calle, alzaban la vista e hincaban la rodilla en tierra al descubrir cuál era la fuente de los fulgores.
La gente arrodillada tuvo que correrse hacia delante para que el resto de la muchedumbre pudiera congregarse en los límites de la plaza, y ésta fue la causa de que pasaran unos minutos antes de que Andrew viera lo que los demás veían.
—Dios es nuestro salvador —masculló la señorita Ingham, a la vez que la madre del niño rompía a llorar.
La maestra quería decir que Dios ya les había salvado, pensó Andrew vigilando a su padre, que tenía los ojos prendidos de las alturas con una expresión en la que parecían mezclarse el sobrecogimiento y un terror secreto. Su semblante se inundó de luz al levantar en volandas a su hijo, con unos brazos más poderosos que cuando éste era pequeño, y Andrew lo vio todo.
No eran los focos. Las grandes lentes cuadradas que estaban instaladas al pie del hotel permanecían a oscuras. Por una fracción de segundo el niño creyó que había salido la luna llena, aunque faltaban unos días para esta fase, hasta que se percató de que la cascada luminosa brotaba de la ventana del señor Mann, que se hallaba abierta. El predicador estaba allí, apoyado en el alféizar. Andrew quedó sin resuello, se diría que era él quien irradiaba el torrente deslumbrador.
El señor Mann enderezó la espalda al llegar el himno a su fin. A aquella distancia el pequeño no pudo deslindar sus facciones; su faz se le ofrecía homogénea como la luz, y brillaba con radiante blancura. El predicador separó las manos, en apariencia para encauzar los rayos que se vertían sobre la plaza, y quienes no estaban ya de rodillas asumieron tal postura. Al dejarle su padre en el suelo, su mamá dio a Andrew un manotazo en la cabeza, instándole a que la inclinara y dejara de mirar. Con una voz que al chico le sonó tan próxima como las de sus padres, el señor Mann se aprestó a anunciar:
—Ahora debemos orar; recemos; recemos para que se haga la luz.
Andrew cruzó las manos con tanta fuerza que le dolieron los dedos. El murmullo que circuló con la plaza le demostró que todos querían que sus preces fueran oídas tan vehementemente como él mismo. Su padre había cerrado ya los ojos y musitaba algo con fervor, aunque parecían gruñidos. Dio un cauteloso vistazo a su alrededor al notar que todos se habían callado, y él enmudeció a su vez. Se produjo una quietud absoluta en la turba que esperaba unas palabras del señor Mann. Elevó el rostro al cielo en el momento en que la señorita Kramer irrumpió en la plaza.
—¡No le escuchéis! —exclamó.









































44

Cuando se apagó la segunda farola, Nick fue corriendo a la ventana de guillotina y levantó la parte corrediza. Falló una tercera cuando sacaba el cuerpo con objeto de investigar. Se sintió como si la oscuridad bajase en pleamar desde el páramo a su encuentro, para darle constancia de que tampoco él se libraría. Se volvió hacia Diana, esperando que estuviera tan desquiciada como él mismo a fin de, calmándola, paliar sus propias emociones. Pero la chica estaba conformada, lo que aún le perturbó más.
—Las bombillas de las farolas se están fundiendo —informó, con el único propósito de hacerla hablar.
—Sí, ya lo sé.
La inesperada afabilidad de la joven surtió el efecto de capturar a Nick más todavía en su trampa.
—¿Qué quieres que hagamos? —preguntó.
—¿Qué quieres hacer tú, Nick?
—Algo, maldita sea. Cualquier cosa menos aguardar que venga a buscarnos.
Se arrepintió de haber dicho aquello, en particular porque no acababa de saber qué significaba; seguramente el sujeto omitido era la negrura. Volvió a asomarse por la ventana, y posó accidentalmente la vista en el coche de Diana. ¿Si huían en él, no dejarían atrás la penumbra? Mas el automóvil se desdibujó antes de que lo propusiera.
Pensó que se había quedado ciego, pero pronto comprobó que la lámpara de la estancia tampoco funcionaba. Las iluminadas ventanas de las casas del otro lado se apagaron. Se oyeron quejas y un griterío infernal. Diana se plantó junto a él, asiéndole de la mano.
—No te inquietes, Nick. Tenía que suceder. Creo que, al menos temporalmente, es tarde para detenerlo.
—Tu coche aún funciona, ¿no? Dame las llaves si no deseas conducir —dijo el reportero con apremio—. Si escapamos, podemos traer refuerzos. No salvaremos a tus niños sin ellos.
—¡Ojalá fuera tan sencillo! —Diana había recogido la mano de Nick entre las suyas, como si así fuera a sosegarle—. Ya ha habido personas que lo han intentado, y todas se vieron obligadas a regresar. Tú mismo tuviste indicios del porqué en el páramo. Y otras que deberían haber vuelto no lo han hecho. ¿Por qué motivo? Detesto siquiera el planteármelo.
El reportero se sintió peor que indefenso, se sintió sojuzgado por la tiniebla.
—Por Dios, Diana, esto es jodidamente grotesco —blasfemó, en una maldición que era lo más parecido a una plegaria.
—¡Pobre Nick! Lamento de veras haber inducido en ti la idea de venir. Quizá cuando veamos lo que va a ocurrir... —Las palabras de Diana quedaron en suspenso—. Voy a averiguar por qué la lobreguez no es aún mayor.
¿Qué mayor lobreguez quería? La joven estiró el cuerpo fuera de la ventana, y Nick entendió a qué se refería, pues divisaba la calle y las casas tan tenuemente que, al principio, lo tomó más por un anhelo que por una visión real. La gente abría sus puertas al observar que las luces de sus vecinos también se habían extinguido. Desde algún rincón oculto un hombre gritó, impacientándose:
—Prueba ahora. Son plomos nuevos, no pueden haberse estropeado.
Los moradores de las viviendas que se alineaban frente a la de Diana salieron a los senderos de los jardines para ojear la calle, y el periodista, en su afán de ver algo, proyectó el cuerpo más que el de su amiga.
Un resplandor lo bastante intenso como para realzar con nitidez los tejados se elevaba de la plaza central del pueblo. Se oyeron una serie de portazos, los que daban los lugareños que se encaminaban allí, casi todos los vecinos de la calle a medida que iban viendo la luz. Nick vio una serie de polillas acudiendo a la llama, y la palidez de las refulgencias le dejó más dubitativo aún.
—Es como la luz que seguí en el páramo.
Las manos de Diana se tensaron en torno a la suya.
—Por supuesto, ésa es la finalidad fundamental de la oscuridad: crear en las personas una desesperada ansia de luz, de cualquier luz. Ve... o quédate si lo prefieres —rectificó, atisbando al periodista con cara de disculpa—. Trataré de poner remedio a la situación.
—Entonces, sabes lo que la luz representa.
—Sí, pero no tengo tiempo de explicártelo. —Al resistirse él a retirar su mano, Diana se le acercó hasta rozarle—. En serio, Nick, no tienes por qué respaldarme.
—Impídemelo si puedes.
La soltó, aunque sólo mientras tanteaban obstáculos en el recibidor y traspasaban la puerta del chalet.
Todas las calles se estaban vaciando, y la población avanzaba al son de un himno. Un anciano se detuvo en el umbral y quiso encender una vela para orientarse, renegando a diestro y siniestro porque los fósforos no aguantaban encendidos, pese a que no se movía una brizna de aire. Diana eludió al gentío y fue hacia la plaza por una calleja que estaba ya desierta, sólo un operario que manipulaba los distribuidores de las farolas callejeras, con rasgos tan rígidos en el rostro que parecía una máscara. Nick halló el espectáculo incoherente y enternecedor, aunque aumentó su sentido de la vulnerabilidad, sus nervios de que los resplandores se desvaneciesen como los del páramo y les sumergieran a todos en la negrura.
La fuerza de la luz fue a más al desembocar en la plaza el periodista y Diana. Estaba rebosante de público, en su mayoría puesto de rodillas. El fulgor esculpía los semblantes como si fueran de hielo y también resaltaba sus ojos, fijos en algo que el reportero no veía desde el ángulo por el que Diana y él habían accedido al lugar.
—Se diría que es una noche de luna —comentó Nick, furioso por cómo le impresionaba la escena—. Según una vieja máxima popular, en esta época del año la luna enloquece a los hombres.
Cuanto más cerca estaban de la luz, más se convencía el periodista de que era mejor la oscuridad. Por lo menos, tal como incidían los fulgores en los ojos del gentío, era improbable que reparasen en Diana.
La americana y él aún no habían penetrado en la plaza cuando finalizó el himno. Quienes se hallaban de pie cayeron de rodillas al absorber el silencio sus postreros ecos. ¿Se había intensificado la claridad? Múltiples hileras de rostros, blancos como si estuvieran sin sangre, se alzaron hacia ella. Nick se dijo que había querido hacer algo desde el principio, y que tal vez era ésa su oportunidad. Pero, al doblar la esquina del hotel y ver la fuente de aquel chorro luminoso, quedó boquiabierto, sin moverse.
Por un momento creyó que alguien había conseguido canalizar la potencia de uno de los generadores del hotel a un proyector montado en una de las ventanas superiores, mas acto seguido distinguió la figura tras el alféizar, una figura tan enteca como un filamento del que manaran luces a borbotones. Vio el óvalo facial salido, descarnado, con toda la apariencia de haber sido roído hasta los mismos huesos por aquellos gélidos brillos. Se parecía menos a una cara humana real que a una abstracción ideal izada de la misma.
—¿Es ése Mann? —preguntó incrédulo Nick.
—No creo que lo sea —respondió Diana en voz baja—, ya no.
Nick no estaba muy seguro de desear una aclaración de la chica, y además no era la ocasión adecuada para reclamarla. Diana dio un paso al frente en cuanto la figura de la ventana abrió sus irradiantes manos. En la opresiva quietud, la hechicera voz del predicador sonó tan próxima como si hablara detrás mismo del periodista.
—Recemos para que se haga la luz —propugnó.
—¡Eso es! —exclamó Diana junto a su amigo—. Dios, naturalmente. —Se lanzó ahora hacia la plaza, y gritó a la multitud—: ¡No le escuchéis!
Al instante todos los rostros se volvieron hacia ella, privadas sus pupilas del faro iluminador. Nick se había encontrado a menudo en oleadas de odio entre policías y piquetes, pero nunca había sufrido una tromba de hostilidad tan peligrosa como aquélla. Se adelantó rápido para acudir al lado de Diana, llevado no tanto por la absurda noción de que había de protegerla de la turba como por la esperanza de que alguien más se les uniera.
En un primer momento nadie se movió, aunque hubo un tumulto de animosidad que Nick temió que se conviniera en vocerío y, más tarde, en violencia. Diana no hizo ningún caso y se enfrentó al personaje que se recortaba en la ventana de guillotina. Inhaló una bocanada que el periodista sintió en sus propias vías respiratorias y dijo, sonora pero desapasionadamente:
—Especifícales qué luz quieres que invoquen.
La figura extrajo la cabeza por la sección corrediza. Nick no recordaba que el evangelista tuviera un cuello tan largo.
—Es usted la señorita Kramer, la maestra de escuela, ¿verdad? Lamento que su resentimiento proceda de haber perdido el trabajo en beneficio de alguien más devoto. Todas las luces son la luz de Dios, señorita Kramer.
—¿De qué dios? —provocó Diana, aunque tuvo un titubeo al surgir entre la concurrencia una sinfonía de siseos y gemidos—. Conoces bien el significado de mi pregunta —añadió, retadora—, por mucho que hayas transformado a esta gente de manera que no pueda discernirlo.
Mann cruzó los brazos sobre el pecho, como si hubiera de soportar una carga en el interior de su sayo.
—Si se ve usted con ánimo de ilustrarnos, señorita Kramer —repuso, de nuevo con una voz embaucadora que parecía absorber como un jirón de niebla los sentidos de Nick—, nos tomaremos el tiempo que haga falta para oírla.
Corrieron entre la plebe risitas cínicas y pateos de impaciencia. Diana dio una ojeada general y aguardó a que se sofocaran, igual que habría hecho en un aula.
—Antes que nada deseo dejar algo bien claro —afirmó—. Yo soy tan víctima de esto como todos vosotros. —Aquella frase le valió tanto miradas de aprobación como de crítica—. Estamos atrapados aquí. Alguien nos tiene donde quiere tenernos —sentenció, y escrutó a Mann.
—Alguien llamado Satanás —bramó una robusta mujer de cabello pelirrojo—, que está tan empeñado como usted en expulsar a Godwin. Pero ni uno ni otro lo lograrán.
—La cuestión no es tan elemental como usted pretende, señora Scragg, y me cuesta trabajo creer que todos piensen lo mismo. Alguno se habrá parado a reflexionar sobre las recientes anormalidades. Vosotros, los comerciantes, bien habréis visto que no recibís mercancías desde hace ya varios días. Y han desaparecido por esos andurriales nuestros policías y el equipo de salvamento de montaña. Nos están aislando sistemáticamente del mundo exterior, y perdemos una tras otra a las personas que podrían encontrar soluciones.
—Eso es una vil argucia incluso en alguien como usted —criticó un hombre apoyado en su báculo, ensombrecida su faz por la ira—. Está utilizando esas pérdidas para ganar su batalla. Yo todavía no he dado a mi hijo por desaparecido, y si es así se extravió cumpliendo con su deber, como los restantes miembros de la patrulla.
—Y no nos importa que nos aíslen del mundo —opuso una mujer joven—. El mundo es un nido de malignidad. El intento de marginarnos sólo puede ser obra del diablo, para que abjuremos de nuestra fe. Poco sabe él que así vivimos mucho mejor. Somos autosuficientes; si se impone la supervivencia, tenemos víveres y medicamentos en abundancia.
Algunos de los asistentes quedaron desconcertados. «Ésta es tu gran ocasión», exhortó en silencio Nick a Diana, preguntándose si no debería hacer algo él. En aquel momento, una mujer chilló:
—¡No queremos que nuestros niños sean formados por ateos! No queremos que salgan de nuestra localidad y se relacionen con descreídos. Godwin nos ha traído todos los maestros que necesitamos.
—Maestros de verdad, no como usted —vociferó una vieja a la americana, secundada por un coro de abucheos. «Se supone que sois cristianos», pensó Nick, indignado, y lo habría dicho a no ser porque la voz embrujadora seguía impregnándole—. Al parecer, señorita Kramer, lo único que puede ofrecernos son dudas y oscuridad.
—Tengo mis dudas, en efecto, y voy a exponerlas. —Las palabras de Diana afluyeron ahora resonantes, diáfanas y más serenas que nunca—. Esas dudas constituyeron la muralla que no me deja confiar en Mann. Me gustaría saber qué sucedió cuando bajó a la cueva, qué encontró en su hondura y qué hizo.
Varios pares de ojos convergieron ahora en la ventana del predicador. Tal vez denotaban más curiosidad que reticencia, pero hasta aquello era preferible a la fe ciega. La flaca figura se enderezó. Debía de ser un juego de la perspectiva lo que prestaba al evangelista una estatura mayor que la que tenía en las asambleas previas, mas a Nick le sugirió la idea de que Mann se preparaba para mostrarles algo en contestación a Diana. Casi llego a creer que, al dilatarse la luz, también su cuerpo había empezado a hincharse.
Intervino entonces la señora Scragg.
—Cualquiera con un ápice de religiosidad puede inferir lo ocurrido —sermoneó—. Ese nombre de ahí arriba es un santo donde los haya. Y con eso basta. Hemos venido a rezar, no a escuchar sus impías palabras, señorita Kramer. Si no cierra la boca hay aquí muchas personas que se la sellarán gustosas.
Nick dio una zancada hacia la joven.
—Tal vez haya también personas deseosas de oírla. Hacerlo sería un acto de sensatez por parte de todos.
—Habló el guardaespaldas —se mofó la señora Scragg.
En aquel mismo instante un oficial de policía muy estirado, de cara angulosa y delgado bigotito, se hizo un hueco entre la muchedumbre hacia Nick.
—¿Puedo preguntar quién es usted y de dónde viene? —inquirió.
—Soy corresponsal de prensa y amigo de Diana. Estoy en Moonwell porque...
En cuanto mencionó a Diana, estalló la barahúnda.
—¡Otro extraño que intenta socavar los pilares de nuestra fe! —aulló una segunda joven que no necesitaba al mundo.
—O que va a contar un montón de mentiras sobre nosotros para que las hordas extranjeras traten de pervertirnos —colaboró alguien desde la otra punta de la plaza.
—Debo suplicarle que se vaya —dijo el inspector a Nick—, antes de que se altere el orden público. —El hombre debió de apercibirse de la poca predisposición del reportero a cooperar, porque subió el tono de su voz—. De otra forma, tendré que ordenarle que me acompañe al cuartelillo.
—Yo le ayudaré, inspector. —Un sujeto fornido como un toro y que olía a carne cruda hizo pivotar a Nick sin darle opción a razonar, y le atenazó los brazos en la espalda, casi contusionándoselos—. Muévase —le gruñó—. Si me ocasiona complicaciones le romperé los brazos con la misma facilidad que le retorcería el cuello a un pollo.






































45

Diana observó cómo el carnicero empujaba a Nick hacia la calle, con el inspector de policía escoltándole, y debatió consigo misma lo que tenía que hacer. Su voluntad le dictaba ir tras su amigo y asegurarse de que no le lastimarían, pero no podía desprenderse de la impresión que la estaban alejando engañosamente de la plaza. La cara de la fulgurante ventana se ladeó en su dirección, y durante unos instantes vio la luna donde debería haber un rostro, una luna sonriente con pozos en vez de ojos. ¿Era la cara de Mann una amalgama de manchas detrás de la luz? En medio del pálido refulgir de lo único que tenía constancia era de la sonrisa, una mueca de triunfo que a la expectante multitud bien podía aparecérsele como una bendición. La joven echó a correr en pos de los tres hombres, sorteó al inspector y se puso en el camino de Nick.
El periodista avanzaba empujado, cabizbajo y con los brazos torcidos hasta los omóplatos. Al ver a Diana, se esforzó en aparentar que el carnicero no le hacía ningún daño.
—Siento no haberte sido útil —se disculpó, espiando a la mujer bajo las cejas bien pobladas—. Ignoraba que las cosas hubieran ido tan lejos.
El carnicero le zarandeó los brazos.
—No hables.
—Esa medida no era necesaria —medió el inspector—. Cuide únicamente de que no le dé esquinazo.
El hombretón aflojó su garra sobre el reportero, aunque sólo un poco y a disgusto. Debían otorgarle una cierta confianza con el policía, caviló Diana, debían creer que le quedaba algún resquicio de decencia.
—Ve con ellos, Nick. No crees problemas. Sabré dónde encontrarte.
—¿Y qué será de ti, Diana? —protestó él, con una contracción al tratar de levantar la cabeza—. ¿Dónde irás?
—Seré una mera espectadora de los acontecimientos. No me expondré al peligro —mintió la joven.
El carnicero continuó llevando al detenido hacia la comisaría de policía con idéntica brutalidad, y Diana regresó a la plaza.
Quienes se habían incorporado en el curso del altercado estaban nuevamente de rodillas. El lugar se hallaba repleto de máscaras blanquecinas, extáticas, alzadas al cielo, y de negruzcas sombras, inmóviles como el hielo. Si volvía a interrumpirles se apresurarían a silenciarla; más tarde o más temprano, Mann obtendría su plegaria. Diana no podía sino permanecer alerta y esperar que el conocimiento que fluctuaba en las fronteras de su cerebro le hiciera un buen servicio. Pero apenas había entrado en el ámbito de la plaza y la señora Scragg ya se había puesto de pie para abordarla.
—Usted no, señorita. Sabía que volvería con el sigilo de una víbora a estropearlo todo.
—He dicho lo que tenía que decir.
—Sí, una sarta de canalladas. Yo opino que habríamos de velar para que nadie vuelva a oírla mientras oramos. ¿Hay aquí dos hombres fuertes que quieran ayudarme a llevar a esta corruptora de nuestros menores donde no pueda perjudicarnos?
Dos individuos se levantaron en la proximidad de sus respectivos hijos, Ronnie, que siempre tenía los bolsillos demasiado abultados, y Thomas, dotado de una ingenua picardía a la que sólo la casta de Mann podía poner objeciones. Ambos chicos miraban a Diana llenos de animadversión. La joven se recordó a sí misma que les habían inculcado aquella actitud y buscó con los ojos otros de sus antiguos alumnos, pero los niños que vio rehusaron mirarla a ella. Se sintió de pronto vencida y desmoralizada, a merced del ser que todo lo dominaba desde la ventana, más aún cuando los padres la agarraron, magullándole los brazos.
—No deberían actuar así —se defendió, haciendo acopio de calma—. Estamos en Gran Bretaña, ¿no? En este país no se maltrata a la gente sólo porque no comulgue con las ideas de uno.
—No lo hacemos con los nuestros —concretó el padre de Ronnie, tan cerca de la joven que ésta detectó en su aliento efluvios de leche agria.
—Usted se ha propuesto impedir que nuestros hijos recen —acusó el otro hombre—, y se ha propuesto impedir que recemos nosotros. Y no lo consentiremos, así que le ordeno que cierre ahora mismo el pico.
—¡Dios mío! —exclamó Diana con una vocecilla demasiado débil—. ¿No ven nada raro en lo que está aconteciendo aquí?
La señora Scragg abofeteó a la americana en pleno rostro.
—No mancille el nombre del Todopoderoso. Éste es —aseveró ante los padres— el género de blasfemias que solía enseñar a sus hijos. La llevaremos a mi casa y la vigilaré a conciencia. Ya me las he tenido con otros de su ralea.
Los hombres sacaron a Diana de la plaza a empellones, tan salvajemente que se habría caído de bruces de no tenerla también afianzada. Hubo de tomar un poco de carrera para recuperar el equilibrio, y se hizo daño en los pies contra el asfalto. Habría sido inútil forcejear. Volvió el rostro con objeto de dar un último vistazo al hotel. De nuevo la cara de la ventana estaba manchada como la luna, pero sonreía, presentaba una sonrisa que era casi más ancha que la cabeza. Presumiblemente tan sólo ella la veía, ya que un murmullo de alivio nació en la congregación al anunciar su voz meliflua:
—Ahora que no queda aquí ningún hereje, hagamos ostentación de nuestra fe para que la oscuridad se convierta en luz.
La señora Scragg echó una mirada atrás y luego otra, a Diana. A la mujer debía de pesarle no poderse integrar en las preces. La multitud entonó un salmo, ahogando la voz de quien les dirigía.
—Dios de nuestros antepasados, ilumina la tiniebla —recitaron tres veces—. A ti nos ofrecemos sin reservas.
Ahora sí que Diana luchó para soltarse —lo habría intentado todo con tal de evitar lo que sentía avecinarse—, pero los hombres la arrastraron a la calle Mayor y luego a un callejón que discurría por delante de la escuela. Fuera del recinto del hotel, la oscuridad se hizo mucho más patente. Sus aprehensores apretaron la zarpa, y la joven concluyó que no se limitaban a prevenir una hipotética fuga, sino que exteriorizaban en ella su inconfesado pavor a la oscuridad. En un momento dado, el padre de Ronnie alzó la vista más allá de los amenazadores bloques de negrura en que habían degenerado las casas.
—Dios sea loado. ¿Ven lo mismo que yo? —susurró.
Diana elevó la cabeza, y el corazón le dio un vuelco. Podían apreciarse las líneas de los tejados y de las chimeneas delineados por una aureola blanca. No era únicamente la luminiscencia del hotel; la oscuridad se batía en retirada como un velo raído, revelando un cielo nocturno poblado de densas nubes. Un contorno volátil, de cerco blancuzco, fluyó detrás de los nubarrones hacia un claro del cielo. La joven supo que era la luna, pero en lo más hondo de sus entrañas temió ver el rostro agigantado de Mann asomando entre dos bancos de nubes, dedicándole una de aquellas muecas de triunfo. Razonó que no había necesidad de inventar tales pesadillas, a la vez que hacía un vano intento de relajarse para que sus celadores suavizaran la presión a la que la estaban sometiendo. La luna no sería ni más ni menos horrible por eso.
«Muéstranos tu luz, ¡oh Dios de nuestros padres y de los antecesores de éstos!», cantaba la plebe, ahora con excitación.
La señora Scragg prendió los ojos del cielo, donde unas venas de alba luminosidad se dispersaban y conferían a las nubes un nuevo volumen. Diana se estabilizó a fin de liberarse de una sacudida y correr como un gamo —no le brindarían una segunda oportunidad—, mas la señora Scragg se giró prestamente hacia ella.
—Encerremos a esta mujer en un sitio seguro y podremos dar gracias.
Enfiló un corto camino entre macizos de flores acotados por losas de cemento, y desatrancó la puerta del edificio que había al final del camino.
—Ya podéis traérmela —dijo.
Los padres azuzaron a Diana sendero arriba, al mismo tiempo que el pedazo de blancura se desembarazaba de los nubarrones. Al cerrar la entrada la señora Scragg, con todos dentro, el claro de luna bañó la casa.











46

Geraldine se acurrucó contra Jeremy en el sofá del rincón de la librería, y aguzó el oído en la negrura. Los gritos y alaridos de las calles habían sido sustituidos por himnos y se habían desplazado hacia el corazón del pueblo, lo que significaba que durante un tiempo no habría más heces de perro ni mensajes amenazadores en el buzón. La oscuridad se había llevado a sus verdugos, y ella esperaba que ahora hiciera algo mejor. Si Jonathan persistía en su timidez y en no dejarse ver, quizá la penumbra se lo devolvería.
Deseaba más que ninguna otra cosa que Jeremy le aceptase. No había de permitir que su marido se inhibiera, espantado y ahuyentando a su propio hijo. Notaba los esfuerzos de Jeremy para respirar regularmente y no ceder a unos incipientes temblores. Escuchó los salmos y las oraciones, ahora tan distantes, y escrutó la lobreguez que le producía una visión desenfocada y carente de sentido. Apenas había oído al coro de los piadosos cuando, sin previo aviso, un haz luminoso se propagó por el suelo frente a ellos.
Al verlo, Geraldine se olvidó incluso de respirar. Después de vivir tanto tiempo a oscuras, se diría que el retazo de suelo iluminado estaba siendo recreado ante sus ojos, detallado tan fielmente como una fotografía pero infinitamente más real. El claro lunar mostraba los granos de las losas del parquet y la negra solidez del agujero de un nudo; incluso una astilla se silueteó con suma precisión frente a la aguja que era su sombra. Cuanto más lo contemplaba, mayor vivacidad asumía aquel sector del entarimado. Jeremy comenzó a temblar; debía de creer que tenía alucinaciones.
—Está ocurriendo de veras —le musitó Geraldine—. Ven, salgamos a verlo.
Le guió a través de la tienda, cuyas desabastecidas estanterías eran casi invisibles fuera de la senda de luz, y abrió la puerta del exterior. La pintura de las casas consistía ahora en adornos negros sobre paredes blancas, como si hubieran vuelto al estilo Tudor. El espectáculo de las calles desiertas y relucientes suscitó en Geraldine el deseo de danzar bajo la luna. Avanzó animosa, asida a su marido, por el sendero del jardín, mientras el astro nocturno sobrevolaba las cubiertas.
En un principio no pudo adivinar por qué el aspecto de la luna la intimidaba tanto. Daba la sensación de que su presencia arrinconaba a las nubes, de que limpiaba el cielo de nubes por los cuatro puntos cardinales, pero la mujer estaba convencida de que aquélla era labor del viento, un viento que soplaba demasiado alto para sentirlo. En cuanto al brillo, no era de extrañar que un simple cuarto creciente pareciera relumbrar más de lo habitual después de tanta oscuridad. Ninguno de estos factores la inquietaba. De repente, supo dónde radicaba el mal. Era la luna nueva la que debería estar completando su ciclo tras los nubarrones y la tiniebla. El tiempo había corrido más aprisa de lo que ella creía: el cumpleaños de Jonathan le había pasado inadvertido. Su mente se acusó de algo peor que negligencia, era como haber abandonado a su hijo solo en la oscuridad.
—Jeremy, quiero ir a alguna parte —declaró.
—No tenemos la furgoneta.
Booth se había relajado una vez la luna apareció en la bóveda celeste, pero ahora su tono fue de desmoralización.
—No me refería a eso, o cuando menos, ahora no —dijo Geraldine, tomando su mano—. Sólo deseo pasear.
Dirigió él la mirada hacia el centro de Moonwell, donde la población entera ovacionaba, clamoreaba y cantaba un himno.
—Lo que insinúas es que aprovechemos ahora que no hay nadie para interceptarnos, ¿verdad?
—Supongo que sí.
—Estupendo, paseemos. Además, éste es nuestro pueblo mientras residamos en él, así que veamos si alguno de esos mal nacidos tiene el coraje suficiente para prohibirnos cara a cara que hagamos lo que nos plazca. ¿Dónde te apetecería ir?
—Hasta el extremo de la calle y regresar.
—O sea, al cementerio.
—Desearía pasar allí unos minutos, sí.
—Gerry, si has de volver a empezar con todas esas fantasías de que Jonathan nos condujo hasta aquí...
—Convinimos que no mencionaríamos más el asunto, ya que lo único que sacamos en claro son discusiones. Allí me siento cerca de él, y no hay más que hablar, ¿de acuerdo? Querría haberle recordado de un modo especial el día de su cumpleaños, pero por lo visto he reaccionado tarde.
—Lo lamento —se excusó Jeremy, como si ella hubiera logrado hacerle responsable del descuido, y aferró su mano al dejar el sendero del jardín.
Aparte de la celebración en la plaza, era igual que estar solos en Moonwell. La calle Mayor se había transformado en un sueño de sí misma, un sueño recién coloreado y preservado por la gélida luz. Permanecieron en la avenida principal hasta tener a la vista la plaza, a la muchedumbre que cantaba jubilosamente alzando sus manos unidas hacia la esplendorosa sonrisa que se ladeaba, casi esquiva, en el cielo. Jeremy se metió en unas callejas angostas cuyas ventanas superiores relucían con el reflejo de la luna que las inundaba en su luz, dejando los adoquines del suelo saturados de tinieblas. Geraldine advirtió que su esposo iba a paso veloz por si una nube inesperada eclipsaba el astro. No debía angustiarla que no fuera porque compartía sus sentimientos respecto a Jonathan: compartía lo esencial, la pena de la pérdida, sólo que la afrontaba de forma diferente. Lo malo era que estaba tan imbuido de su propia manera de hacer que no podía dar por válida la de nadie más.
Emergieron de la ciénaga de negrura de la calle Mayor a unos centenares de metros de la iglesia, y la mujer se preguntó por qué de repente todo su cuerpo se ponía tenso. Con la luna inundándolas desde el alto y empinado tejado, parecía que las paredes estuviesen encaladas. Las sombras llenaban el exiguo pórtico, maceraban las faces de las gárgolas; la luna había desvirtuado las tres caras de cada una de las largas y estrechas vidrieras en arco. Se acordó Geraldine de que aquella parroquia no tenía ya sacerdote; de cualquier forma, no pudo ser sólo la desolación lo que impulsó a Jeremy a contener el aliento.
La mujer estudió su semblante conmocionado y sus ojos derivaron hacia el camposanto, donde Jeremy había fijado los suyos. Unas sombrías lagunas se intercalaban sobre la hierba con las reverberantes lápidas, lagunas negruzcas como arañas que habían anidado en las raíces de los álamos y del roble, pero nada no habitual para un cementerio, salvo que Jeremy hubiera columbrado algo a través de la reja que ella no acertaba a localizar. Ahora que aguzó la vista, ¿no había una pálida forma en la hierba, entre la verja y las tumbas? Acudió a la carrera, en un arranque irreflexivo.
Jeremy farfulló una protesta y trató de agarrarla, pero ella se desembarazó de su mano. El hombre la alcanzó cuando llegaba a la cancela. Geraldine se paró, con la mano extendida, a unos centímetros del pestillo, el corazón bombeando a todo ritmo y no porque hubiera corrido. Una figura pequeña, desnuda y blanca yacía boca abajo entre los hierbajos, en el borde del sendero que comunicaba las losas.
La mujer la miró desde los barrotes, con la garganta estrangulada por una emoción que nunca habría sabido definir, mientras Jeremy tiraba de su brazo.
—No mires, vámonos —murmuró él muy agitado, mas Geraldine volvió a sacudírselo de encima.
El desnudo cuerpecillo estaba tan inerte, que no osaba acercarse para averiguar el porqué de su inmovilidad. Aunque la luz de la luna lo revestía de una apariencia marmórea, la mujer tenía la total convicción de que albergaba vida, o que la albergó algún día.
—Déjame en paz —le espetó a Jeremy al ver que estiraba nuevamente las manos hacia ella, y la criatura del césped alzó la cabeza.
—¡Por Dios! —balbuceó el marido.
Esta vez se cogió a su esposa para que le sostuviera, no para llevársela, pero Geraldine no se percató hasta que se volvió furiosa hacia él. Sus ojos se habían desorbitado al espiar lo que había al otro lado de la verja. La mujer expulsó una trémula bocanada de aire y se instó a girar la cabeza, a mirar de frente a la desnuda figura. Era un niño, un varón. De momento su mente no asimiló nada más, aunque más tarde habría de admitir ante sí misma lo que le asustó creer lo que veían sus ojos. El pequeño la escudriñó como si estuviera demasiado exhausto, o espantado, para demostrar emotividad, excepto quizá una débil súplica en sus pupilas ebrias de luna. ¿O eran imaginaciones de ella? El aparecido se puso débilmente a cuatro patas, con la empapada hierba volviendo a la verticalidad allí donde estuvo tumbado, y Geraldine constató que tenía los ojos azules igual que Jeremy, unos ojos azules inmersos en un rostro cuadrangular que era la versión reducida del de su marido salvo por los labios, que se asemejaban más a los suyos. Un irresistible brote pasional la empujó a avanzar, inconsciente hasta del golpe que se dio en el codo contra el hierro de la puerta. Tan pendiente estaba de llegar junto al niño que en un primer momento no comprendió por qué no podía, no notó que Jeremy la sujetaba.
—Suéltame —mandó. Intentó conservar la calma, sus emociones bullían como una bomba—. Me parece bien que no quieras acompañarme. Quédate aquí y espera.
—¿Te has vuelto loca? ¿Es que no lo ves? —El pánico deshilvanaba las ideas de Booth, y su garra se cerró como sustitutivo de las palabras—. Temí que viniera cuando se apagaron las farolas. Pensé que la luna lo mantendría alejado.
—Vamos, Jeremy. —Geraldine acarició aquellas manos que apretujaban sus hombros para aliviar al tirantez—. Mírale otra vez. No es un objeto encontrado en los caminos, sino un niño. ¿No sabes aún quién?
Él aventuró una nueva y reticente ojeada, y sus manos se pusieron todavía más yertas que antes. Cuando habló su voz sonó muy quebrantada.
—No lo es... Creí que era... ¡Dios mío, ya no sé ni lo que veo! Sea quien fuere, esto no me gusta. ¡Déjale, Gerry, por lo que más quieras!
El niño se tendió de nuevo en la hierba, con la cabeza aún tiesa para observarles pero más titubeante. ¿Se estaba oscureciendo la luz en sus ojos, o era tan sólo que no captaba ya la de la luna? Geraldine se deshizo del acoso de su marido, amablemente pero con firmeza.
—Es un niño, Jeremy, un niño de carne y hueso que está solo en el frío y la oscuridad. No vamos a dejarle a su triste suerte, ¿eh? Dudo mucho que tú seas capaz de algo así.
—Muy bien, pues pregúntale dónde vive. —Jeremy, aunque había bajado el tono de voz, estaba al borde de la histeria—. O dile que vaya a la plaza en busca de alguien que cuide de él. No tienes por qué empecinarte en que vaya a casa con nosotros.
—Eso último no lo he oído, Jeremy. No lo has dicho tú, ha sido otro, alguien con quien yo nunca me habría casado. Yo no podría convivir con nadie que tuviera esa actitud hacia los niños.
Geraldine clavó en su marido una mirada que más era una advertencia y, volviéndole la espalda, atravesó la cancela. El pequeño empezó a sonreírle tímidamente mientras ella recorría el sendero y se desabrochaba la cremallera de la cazadora. Sus senos bailaron sueltos bajo la camiseta ahora que ninguna prenda de abrigo los comprimía, y la mujer se sintió momentáneamente como una madre que fuera a amamantar a su bebé. El niño se aupó de nuevo sobre las extremidades, resplandeciendo su blanca piel en el claro de luna, y Geraldine se apercibió de que la hierba que había recibido su contacto también titilaba. Debía de ser porque el peso de su cuerpo la estrujaba y liberaba la humedad del suelo. Al meditar cuánto tiempo podía haber pasado acostado a la intemperie, en la húmeda y desabrigada tierra, le entraron ganas de llorar. El pequeño se irguió dificultosamente poco antes de que le diera alcance, con sus larguísimos dedos colgando de ambos flancos de un pene sin riego sanguíneo. Tenía la edad de Andrew, pero nada en común con él: no había en aquel niño amago ninguno de sensibilidad, lo que Geraldine atribuyó, una vez más, al cansancio.
—Ven aquí —le invitó con ardorosa compasión, y le arropó con la cazadora.
Al subir la cremallera para tenerle caliente, sus dedos tocaron el cuello infantil. Tiritó sin poder reprimirse, tan frío y mojado estaba. Le tomó impulsivamente en sus brazos, antes que guiarle de la mano, y le afligió sobremanera comprobar que aún pesaba menos de lo que ella esperaba; poca carne cubría la endeble osamenta. Estampó sus labios en la glacial frente del pequeño, tan ancha como la de Jeremy.
—Te alimentaremos —prometió en un susurro.
Estaba casi en la puerta cuando Jeremy hizo irrupción en el cementerio.
—Han cesado los cánticos en la plaza —informó de un modo apenas inteligible, desviando unos ojos remisos hacia la faz del niño que transportaba su mujer—. La sesión de rezos ha concluido.
—Tenemos que llegar a casa sin que nos vean.
—Gerry... —empezó a implorar él, negándose a examinar una vez más aquella cara.
—No me lo vas a impedir, Jeremy, ni tú ni ellos. Ya hemos hecho bastantes renuncias.
Geraldine aún no había acabado de hablar y ya corría hacia la calleja más próxima. Al doblar furtivamente la esquina, oyó cómo la multitud abandonaba en tropel el centro de reunión.
—No te internes ahí sola —recomendó el desesperado Jeremy y echó a andar tras ella, sumergiéndose en la sombra.
El niño no dejó de contemplar a la mujer mientras ésta surcaba atropelladamente los vacíos paisajes. En una ocasión Geraldine hubo de esconderse en un callejón para evitar a una familia que regresaba a casa sin prisas, entonando un cántico. Jeremy tomó la delantera en la calle Mayor, e hizo a su esposa un apremiante gesto de recular hasta que quedara lo suficientemente despejada como para cruzarla. Saltó de dos zancadas a la capilla y franqueó la entrada a Geraldine, un segundo después de que aparecieran los Bevan en el extremo de la hilera de fallidas farolas, bajo el risueño cielo.
Geraldine llevaba al niño en volandas por la librería, donde la luz lunar colmaba de volúmenes de sombra los anaqueles, y por la sala, hasta la habitación de huéspedes del primer piso. La recogida estancia rebosaba blancura, más en el lecho. Depositó al pequeño sobre las sábanas y retrocedió para mirarle, mientras Jeremy entraba en la alcoba. El rostro infantil, cobrando al parecer vida al amor de la luna, abrió una boca sonriente. Geraldine asió la mano de su esposo, aturdida en una marea de anticipación. Los ojos del niño se iluminaron al verles allí de pie, juntas las manos, frente a su cama.
—Mamá, papá —dijo.
47

Nick no hizo ningún intento de dialogar con el policía hasta que se marchó el carnicero, y para entonces ya estaba confinado en una celda. Quizá debería haber peleado por su libertad cuando aquel gigantón le conducía en la oscuridad, pero de nada le habría servido a Diana si su aprehensor le hubiera dejado lisiado, algo que el hombre hervía en deseos de hacer, instigándole con voces como «Venga, prueba a fugarte» en el oído igual que un comediante de Lancashire dándoselas de «poli» duro. Así pues, el periodista permitió que le arrastrase hasta la pequeña comisaría, que era sin duda ninguna todo cuanto el inspector requería de él.
Un recodo de la calle Mayor obstruía la visión de la plaza desde el cuartelillo, edificio éste de limitadas dimensiones, con una doble puerta en el fondo de un porche y ventanas de peculiar angostura insertas en los gruesos muros, todo bajo una cubierta a dos aguas, que a Nick le recordó una escuela de pueblo. Una vez dentro, el oficial de policía paseó el haz de su linterna de pared a pared. Se destacó así el mobiliario en la intensa lobreguez: un mostrador y varias mesas desocupadas. Los anuncios, escritos en cuartillas de puntas dobladas y claveteados al tablón, se adelantaron al darles la luz como pájaros que salieran del nido. El inspector desajustó una tabla plegable del mostrador e hizo señal al carnicero de seguirle con el prisionero, pero Nick se resistió al ver que el breve pasillo desembocaba en una celda.
—No es necesario recurrir a estos extremos —se quejó entre dientes, agolpadas las lágrimas en sus ojos al torcer el forzudo tipo aún más sus brazos.
—Tú no eres necesario —replicó el carnicero con saña, haciendo chocar su cabeza contra la del reportero—. Puedes estar agradecido de que no te tratemos como mereces.
El policía abrió la reja y se hizo a un lado en un total mutismo. El carnicero espoleó a Nick sin miramientos por el corredor y, acto seguido, lo lanzó al interior de la celda. Nick agachó la cabeza en el momento justo, de tal manera que sólo sus hombros colisionaron contra la gravedad vecina al único catre. Ojeó impotente la llave, que destellaba bajo la linterna, mientras el inspector le encerraba.
—Si quiere que le vigile, no tiene más que decirlo —ofreció, expectante, el carnicero.
—No hará falta, gracias. Puedo apañarme yo solo.
—En el caso de que cambie de idea ya sabe dónde encontrarnos.
El hombretón había hablado como si le enojara la insinuación reprobatoria que destilaba la voz del inspector. Se alejó con paso marcial y cerró de un portazo las hojas del porche. Al ver que el policía se iba a la sala principal, Nick renqueó hasta los barrotes.
—Inspector —le llamó.
—No le he dejado, no se apure. He de conocer ciertos detalles de usted para el atestado.
La luz circuló ondulante por entre las mesas, que se balancearon como si la oscuridad fuera un mar desbordado. Nick se agarró a los hierros para desechar la impresión de que la penumbra le estaba ahogando. Al fin, el haz de luz se redujo a la medida del pasillo y le enfocó a él.
—Dígame su nombre, por favor.
—Nick Reíd. Pero no pensará que pretendía infringir la ley, ¿verdad? ¿No podría dejarme libre? Le doy mi palabra de que no busco pendencias.
La luz azotó ahora su rostro.
—¿Dirección?
—No puedo facilitársela hasta saber de qué se me acusa.
—Eso ya lo he puntualizado antes: perturbar el orden público. Tenga la bondad de darme su dirección.
—Ansío mantener el orden tanto como usted. Estoy aquí para ayudarles, ¿no lo entiende? Me preocupa Diana Kramer. Ella es la razón primera de mi venida. Si se niega a soltarme a mí, le ruego, en nombre de Dios, que haga todo lo que sea menester para proteger su integridad. No se quede en un despacho rellenando formularios.
—Si tanto interés le inspira esa mujer, ¿no le parece que habría sido mucho mejor tenerla calladita? Cuanto antes me informe de los pormenores, antes podré reanudar el trabajo, y desde luego en eso le doy toda la razón, pues creo que es eso lo que debería estar haciendo.
—¡Dioses! Se ha propuesto imponer el orden en Moonwell por sí solo. ¿Qué les ha pasado a sus subordinados?
—Posiblemente ahora mismo estarán de vuelta a Moonwell. Y vendrán con refuerzos. Después de todo, usted ha llegado. Es de presumir que no tuvo ningún problema para hallar el camino.
—Déjeme salir de aquí y se lo contaré.
—Mucho me temo que no habrá trato —respondió el inspector con una risa seca, sin alegría—. Dígame su dirección, por favor, si desea que me ocupe de su amiga la maestra.
¿Cuánta burocracia precisaba aquel relamido para persuadirse de que todavía ejercía el control?
—Estuve en un tris de no llegar —explicó Nick—, y no creo que nadie más lo consiga. Podría hacerle una descripción bastante completa del panorama de ahí fuera, pero, maldita sea, no se la haré mientras permanezca enjaulado como los monos del parque.
Hubo un silencio, y la luz descendió. Era como admitir la derrota, o al menos como si el policía estuviera recapacitando sobre el ultimátum de Nick. La linterna se extinguió.
«Idiota», gruñó el periodista desde la base de su garganta. Pero la luz no había sido desconectada para amilanarle. En efecto, Nick entrevió la cara del inspector, cuadriculada por el reflejo del enrejado, vuelta hacia el ventanuco de la celda. La luna se derramaba con generosidad. El reportero se sintió inervadamente feliz al sumirse todo en la negrura, pero sus instintos le pusieron al corriente de inmediato. El resplandor se parecía demasiado a la luz que divisó en el páramo y más recientemente a la del hotel.
En la plaza, los lugareños prorrumpieron en vítores. Eso sólo podía significar que no estaban haciendo daño a Diana, pero tampoco era un consuelo. El policía iluminó el cuaderno de anotaciones.
—Sea lo que fuere lo que iba a relatarme, ahora estaría fuera de lugar. Lo único que quiero de usted es que me dé sus señas.
Nick le habría vapuleado de buena gana de no hallarse el otro fuera de su alcance.
—¿De veras cree que ha vuelto la normalidad? —le increpó con frenesí—. ¿No le inquieta lo más mínimo el cambio que se ha operado en su localidad?
—Me inquietaría, evidentemente, si no tuviera fe en Dios —contestó malhumorado el inspector—. Toda autoridad proviene del Señor, entérese. Es una grave responsabilidad que espero ser digno de asumir. Si él no me salva del error, desearía que me diga usted mismo quién puede hacerlo, usted y el resto de sus cómplices subversivos. Y ahora...
Ahora iba a preguntarle de nuevo su dirección, especuló Nick desazonado. Mas el inspector le dio la espalda, alertado por unos ruidos que se oían en las puertas del porche.
—¡Está abierto! —exclamó.
Tan sólo le respondieron los ecos festivos de la congregación, que aún se prolongaban por el corredor hacia la pululante oscuridad de la sala grande. Se repitieron por fin los ruidos de la puerta, unos arañazos con visos de urgencia. El policía centró la luz de su linterna en la puerta de entrada.
—¡Entren! —gritó.
No recibiendo respuesta tampoco ahora, echó a andar por el pasillo. Las mesas volvieron a brillar en el océano de negrura al expandirse en la estancia el cono de luz, pero ¿era también ésta la causante de las aparentes vibraciones de las puertas?
—Aguarde —solicitó Nick, de súbito nervioso—. Asegúrese de quién anda ahí antes de dejarle pasar.
El inspector arrojó sobre él una mirada de profundo desdén.
—La dama que tiene por amiga le ha contagiado su histerismo. ¿O quizá me está sugiriendo que le deje salir por si necesito su ayuda? Habrá de madrugar mucho más para pillarme a mí de primo, camarada.
El hombre apuntó con la linterna al pomo de las puertas y las abrió de par en par.
Quien estuviera a la espera bajo el lúgubre porche de la comisaría se coló tan deprisa que Nick no pudo ver por qué el policía tropezaba hacia atrás, tirando la linterna, que rebotó contra la pata de una mesa y fue a parar al suelo de linóleo, girando vertiginosamente, convirtiendo la habitación en un tiovivo de atosigantes visiones. El periodista advirtió que el inspector se abalanzaba sobre las puertas y las cerraba. Demasiado tarde. Al darse el hombre la vuelta y salir disparado hacia la vitrina donde guardaba una colección de cachiporras, tres formas le embistieron.
Eran perros, perros salvajes a juzgar por sus aullidos y la forma de rasgar los tejidos. La luz de la linterna los iluminó de pasada y Nick vio que abatían al inspector, con sus babeantes y ensangrentados hocicos enterrándole sus colmillos en el muslo mientras otro destrozaba su muñeca, al tratar él de defenderse. El oficial exhaló un alarido, y ya no se oyó sino un agonizante gorgoteo. La siguiente ronda de la linterna descubrió al tercer animal aposentado encima del policía, con las uñas en su pecho y dándole dentelladas en la garganta como si fuera un roedor gigante. Debía de estar prácticamente muerto cuando su pierna libre se estiró con un espasmo y la bota trituró contra el muro el receptáculo de las pilas. Se hizo la oscuridad en la sala policial, punteada por jadeos, gruñidos y dientes que abrían jirones de carne en el cuerpo inerte del policía.






























48

La casa de los Scragg estaba construida en la falda de la colina, a un tiro de piedra de la escuela. Diana la había comparado frecuentemente a una garita de centinela, descorridas siempre las cortinas de las ventanas que daban al colegio, y ahora que estaba dentro comprobó que la realidad se correspondía con su aspecto. Aunque demasiado amueblada para su tamaño —el perchero sólo era tan ancho como la mitad del vestíbulo, lo que hizo que Diana quedara aplastada entre los dos hombres que la introdujeron, de canto al estilo de los cangrejos, en la casa— era como el anexo de una institución, fría e inhóspita. El padre de Ronnie hundió el puño en la curva de su espalda y la metió de un empellón en la sala de estar.
Estaba, al igual que el resto de la vivienda, atiborrada de muebles, y hedía a tabaco rancio. La joven creyó que el humo había ennegrecido hasta los cuadros de las paredes, hasta que cayó en la cuenta de que las manchas eran sombras proyectadas por la luna. También las pinturas y la chimenea de madera eran excesivamente grandes para la estancia, como si las hubieran trasladado desde otra casa a fin de prestarle un ambiente más hogareño, e incluso la señora Scragg quedaba desproporcionada.
—Pónganla ahí —ordenó la señora Scragg, señalando un sillón cercano a la ventana.
Los padres descargaron a Diana en la iluminada butaca, que gimió, hundió sus muelles y exhaló hedores de tabaco.
—Trate mis muebles con respeto —rugió a la joven la directora de escuela—. Le hago saber que éste era el sillón predilecto de mi abuela. Bien, supongo que habré de quedarme aquí y perderme todos los cánticos. Sería una idea excelente obligarla a ponerse de rodillas y unirse a la acción de gracias.
—Si eso es lo que quiere, señora Scragg, nosotros haremos que se muestre un poco más respetuosa —se entusiasmó el padre de Ronnie—. Ya va siendo hora de que alguien le enseñe a comportarse, después de cómo ha hecho proliferar la barbarie entre nuestros niños.
—Según mis noticias, permitía que mi Thomas desperdiciara el día entero contando chascarrillos inaceptables para una persona honesta. Quizá consideren eso formativo en el lugar de donde viene. Le di a mi hijo una lección que nunca olvidará, pero debería haberla castigado a ella, no al niño. En mi opinión, aún no se le ha pasado la edad de aprender.
—Les quedo muy agradecida a los dos —dijo la señora Scragg—. Me satisface sobremanera saber que los padres respaldan nuestros métodos. Pero pueden ir a rezar con sus familias: yo me basto y me sobro para tener a raya a la señorita Ateísmo Indulgente.
—No me cabe la menor duda —repuso, riendo a carcajadas, el padre de Ronnie—. Si la oímos lloriquear, no regresaremos para preguntar el motivo.
Diana, sentada en la butaca, les dejó desbarrar. El padre de Thomas agitó el puño ante ella, saliéndosele la camisa de dentro de los pantalones y exponiendo su ombligo a la vista de la joven, que apenas lo deslindó en la semipenumbra como un agujero ciego, arrugado, en medio de una mata vellosa. Parecía distante y absurdo, tanto como todo lo demás. Que le hablaran en tercera persona había contribuido a ausentar su mente, la había desterrado tan lejos que ni siquiera las amenazas lograban hacerla volver. Se diría que había dejado atrás sus emociones y, de haber sabido cómo hacerlo, habría ido todavía más lejos.
El padre de Thomas articuló una interjección de asco y se alejó teatralmente de la cautiva. El claro de luna volvió a invadirla. Casi se había resignado: ¿qué podía hacer, ella o cualquier otro, para borrar la luna? Los hombres partieron, cerrando la puerta de manera estruendosa, y quedó a solas con la señora Scragg.
La señora Scragg cerró a su vez la puerta de la sala y le arrimó un butacón, antes de insertar un cigarrillo en su boca y dejarse caer en una silla frente a Diana, desviando displicentemente una mano hacia el atizador para estar segura de tenerlo a su alcance. Después de consumir media docena de cerillas en el empeño de encender su cigarrillo, miró iracunda a la joven.
—Que no se le escape una sola palabra, señorita, o hallaré el medio de coserle los labios. Permaneceremos sentadas en silencio hasta que mi querido esposo traiga a Delbert a casa. El señor Scragg y yo decidiremos qué vamos a hacer con usted.
Silencio era lo que Diana más anhelaba. Abundó en ella aquel sentimiento de estar ausente, la premonición de que pronto lo estaría de verdad. La luna brilló de lleno en su rostro, aquel fúlgido gajo de luna que flotaba ladeado, en suspenso sobre la escuela y tapizaba su tejado de escarcha. Si fijaba la vista en el astro era como si nada existiera salvo ellos dos, sin ventanas que lo enmarcasen, sin pueblo. No se hallaba aún madura para aquello; cuando empezó a temblar, ocultó los ojos. La señora Scragg giró el cuello para mirar por la ventana, y muy probablemente no vio más que la calleja, retumbante con los cánticos de la plaza.
—Ésa no es su música, ¿eh? Pues más vale que se vaya habituando a sus sones mientras viva aquí, señorita. No van a acallarse.
Diana juzgó su voz y la fealdad de su cara echada hacia adelante, con el apagado cigarrillo sobresaliendo de una de las comisuras de los labios menos siniestras que ridículas, un estorbo que le habría gustado eliminar, una interrupción a aquello que podría hacer si se relajaba lo bastante. Los rayos de luna se encaramaron al muro por encima del hogar y comenzaron a desvaír el velo de oscuridad de la pintura que había sobre la repisa de la chimenea, una imagen vulgar y poco colorista del páramo vacío, con un cúmulo de nubes en la parte superior.
—¿Cuenta con su aprobación, señorita Sabelotodo? —preguntó furiosamente la señora Scragg.
Diana se preguntó a qué venía ahora tanta inquina, aunque pronto la sacó de dudas la firma que había en la esquina inferior del cuadro, la firma «Scragg». Mas ni ese detalle ni la furia de la mujer pudieron distraerla; aquel paisaje atraía su mirada sin darle la posibilidad de rehuirlo, le cortaba el resuello. La luna se propagó sobre él, colmando el marco, y en el preciso momento en que la luz puso de relieve toda la pintura la joven observó que no era ya una reproducción del páramo, ni siquiera una obra pictórica. Era una ventana abierta al lugar donde había de ir.

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