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lunes, 31 de mayo de 2010

LUNA SANGRIENTA -- RAMSEY CAMPBELL -- 1ªparte

LUNA SANGRIENTA

Ramsey Campbell






A Steve y Jo, dos apasionados de la fantasía



Agradecimientos


Como es costumbre, se lo debo todo a Jenny, mi esposa, quien ha contribuido a que el libro tomara forma mientras lo escribía y ha supervisado su coherencia. Jean Hill me acompañó a una asamblea de Bill Graham en Liverpool, pero no estuve en peligro de sucumbir; a decir verdad, su sermón, insólitamente moderado, fue recibido con una buena dosis de escepticismo liverpoolense por los fieles. Stan Ambrose, del programa Folkscene de Radio Merseyside —BBC—refrendó a Harry el Lunático, canción que al parecer sintetiza diversas tradiciones populares del distrito comarcal de Peak.
No debo olvidar tampoco a Phil Booth, que me envió un rompecabezas para que me entretuviera mientras buscaba las palabras, ni al inventor o inventores del compact disc, cuya música me ayuda a no desertar de mi escritorio.

«La raza humana padece una enfermedad mortal llamada pecado.»

Billy Granara



«Baja, Harry el Lunático, no nos acoses ya más, flores tenemos para agasajarte, en tu puerta las vamos a dejar.»

Antigua canción popular de Derbyshire



«...sustolere monstra, quibus hominem occidere religuiosissimum erat, mandi vero etiam saluberrimum...»

Plinio el Viejo, sobre los druidas



«...temer a la luna, alimentarla como debe hacerse y nunca contemplarla mientras devora...»

Tríada druídica citada por Posidonius

1

Nick Reid salió de la redacción del periódico a la desierta calle de Manchester, y se preguntó qué le recordaba aquel silencio. Inhaló una bocanada del aire fresco matinal y se desperezó, dando un respingo a causa de las magulladuras conseguidas además del reportaje. Sonaba insistentemente un teléfono en una oficina situada sobre Deansgate; un solitario automóvil avanzaba entre los populares almacenes de Piccadilly, ahuyentando de la calzada a las palomas, que emprendieron el vuelo hacia las cornisas de las ventanas. Nick se pasó los dedos por su ondulado cabello y trató de no pensar en el silencio. No podía ser importante ponerse a rememorar; lo único que quería era despejarse lo suficiente para conducir hasta su casa y luego echarse a dormir. Alzó la mirada a los últimos rayos solares que arañaban los inclinados tejados a través de una brecha abierta en las nubes que empujaban la tormenta hacia los Peaks. Entonces recuperó la memoria, como si le saltara a la nuca dolorida.
—Diana —balbuceó, y comprendió que se encontraba mal.
Entró renqueando en el edificio, atravesó el vestíbulo, que rechinó con nueva estridencia a sus pisadas, y subió hasta la biblioteca. Las pantallas grises y apagadas de los lectores de microfilmes refulgieron tenuemente bajo la iluminación tubular de la blanca habitación. Tenía que llamar a Diana —ni siquiera se acordaba de cuánto tiempo había pasado—, pero, desde luego, no había necesidad alguna de despertarla. Se puso a hojear el archivo donde se almacenaban las publicaciones aparecidas en las últimas semanas, buscando el artículo sobre los Peaks.
Lo encontró en la edición del lunes anterior, en una de las exhortaciones de Charlie Nesbit a los lectores a no irse de vacaciones al extranjero cuando Gran Bretaña tenía tanto que ofrecer. El tono era idéntico al de la voz de Charlie en el bar donde comían, apuntando a sus oyentes con la boquilla de la pipa o soplando en ella siempre que exponía un punto, a su entender, incuestionable: por ejemplo, que el distrito de Peak era el enclave más antiguo del país, un don de Dios para los paseantes, y todavía sin malear por el turismo... Nick escudriñó los párrafos en los que se enumeraban los lugares dignos de visitarse y releyó el artículo despacio, con la esperanza de estar equivocado. Mas no, no había pasado nada por alto. No había mención ninguna de Moonwell.
Se esforzó en evocar la primera impresión de la localidad, las calles vacías, la armonía de los extensos marjales. Estaba agotado, por eso le costaba tanto avivar los recuerdos, pero ¿lo estuvo también Charlie? A menos que llegara desusadamente temprano, Nick tardaría horas en averiguarlo. Y tenía que averiguarlo. Retrocedió, cojeando, hasta el despacho contiguo a la biblioteca, cruzando un laberinto de acristalados cubículos, para esperarle junto a su mesa.
Un ordenanza dejó la edición matinal en el escritorio despertando a Nick de su modorra. Habían publicado su crónica, si bien él no había dicho que a la policía pareció importunarle su presencia tanto como a los mismos piquetes. Algunos de los redactores de las secciones especiales se hallaban ya en sus puestos, pero no había ni rastro de Nesbit. «Debe de estar desayunando», pensó Nick, y descolgó el teléfono. Contestó la esposa de Charlie.
—Aguarde un minuto —pidió secamente, y tapó el micrófono con la mano. Pese a tal precaución, Nick la oyó quejarse—: A eso me refería —y el receptor se cayó sobre la madera.
Hubo una discusión que llegó amortiguada del otro extremo del hilo, antes de que Charlie preguntara:
—Qué, ¿tan urgente es lo que ocurre que no puede esperar a que haya terminado mi almuerzo?
—Charlie, soy Nick Reid. Perdona si te interrumpo.
—En honor a la verdad, me alegro de que lo hagas. ¿En qué puedo ayudarte?
Por un momento, a Nick se le quedó la mente en blanco. Acordarse fue como despertar de un sobresalto.
—Te parecerá una pregunta extraña, pero dime, ¿manipularon de algún modo el artículo que escribiste sobre los Peaks?
—No en lo que realmente importaba —respondió el hombre, divertido—. ¿Por qué? ¿Tal vez te han dulcificado de nuevo el tono?
—No más de lo habitual. No, te lo pregunto porque no mencionas Moonwell.
—¿Cómo?
—Moonwell. Sí, ese lugar donde topé con toda aquella histeria religiosa. Hasta tú opinabas que se excedían un poco cuando te lo conté.
—¡Válgame Dios, muchacho! ¿Todavía montas ese caballo de batalla? ¿No puedes dejar de inmiscuirte en las creencias de la gente? Con la poca devoción que nos queda hoy en día, sólo falta que vengamos nosotros a destruirla. —Charlie resopló y añadió—: De todos modos, me temo que mi palabra no es muy concluyente. Sigues empeñado en hablar de Moonwell.
—Acertaste. En la época de los romanos fue una mina de plomo. Decoran la cueva cada año, o así lo vienen haciendo hasta el presente. Vamos, Charlie, no puedes haberlo olvidado.
—Quiero decirte algo, chico. He trabajado en el periódico unos cuantos años más que tú, y ¡maldita sea!, hace mucho tiempo que nadie me tilda, ni hay por qué, de incompetente. Ignoro qué mosca te ha picado esta vez, pero me has pillado en medio de una pelea y no estoy dispuesto a enzarzarme en otra. Acepta mi palabra de que nunca hubo un sitio llamado Moonwell en los Peaks.
«Sí que lo hay, yo mismo he estado allí», quiso gritar Nick, pero Charlie ya había colgado. Reid posó el auricular, intentando conservar la calma, y palpó los bolsillos de su chaqueta en busca de la agenda. ¿Había telefoneado a Charlie para aplazar la llamada a Diana? ¿Qué era lo que le asustaba escuchar? Quizá sólo el sonido que le respondió al marcar el número, el regular y agudo timbre indicando la imposibilidad de obtener comunicación.
«Puede que estén sobrecargadas las líneas», se dijo a sí mismo, y probó suerte en la centralita.
—Póngame con Moonwell —dijo a la telefonista. Y al solicitar ella que precisara más, especificó—: Con Moonwell, en Derbyshire.
Incluso le deletreó el nombre. Al fin, la telefonista le informó:
—Lo siento, señor, pero ese nombre no me consta.
Nick se quedó mirando fijamente el número de Moonwell escrito por Diana, y le tembló el cuaderno al oscilarle también el brazo en el que se apoyaba.
—Entiendo —repuso él, con una rara sensación de sosiego, como si ahora que se confirmaban sus temores inconfesados supiera ya qué partido tomar.
No echó a correr hasta llegar a la escalera. La lluvia salpicaba el adoquinado y bañaba su rostro mientras se dirigía, presuroso, al aparcamiento. Instalado en el Citroen, se sentía como si hubiera vencido el sueño, aunque un fugaz examen de su persona al ajustar el espejo retrovisor no acabó, precisamente, de convencerle, con sus ojos grandes, oscuros y jocosos mirándole desde su redondeada faz de pómulos salientes, nariz ancha, labios gruesos y mentón angular que nunca conseguía dar la apariencia de haber sido rasurado a conciencia. Puso en marcha el vehículo y partió hacia los alrededores de Manchester.
La carretera de Stockport la abarrotaban los camiones que se dirigían a los Peaks. En el trayecto, un grupo de excursionistas detuvo el tráfico durante cinco minutos, y Nick perdió la cuenta de los semáforos que cambiaron a rojo en el instante mismo en que él llegaba. Pasados Stockport y los límites de Manchester comenzaron las aldeas con sus angostas y serpenteantes callejas y los bancales atestados de casas. De vez en cuando, a un lado de la calle una fábrica por alquilar, con su larga pared amarilla de piedra caliza como la arcilla bajo la lluvia. Unos pobres viejos en sus cochambrosos coches invadían el centro de la calzada, aminorando la marcha en los pasos de peatones incluso aunque no hubiera nadie. Nick creyó que nunca llegaría a los picos, a los Peaks, enhiestos tras los tejados de pizarra. De pronto, el trazado de la carretera se hizo menos angosto, se ensanchaba en unos tramos en las afueras de una localidad, y Nick pisó a fondo el pedal del acelerador, adelantando a cuatro automóviles lentos, y salió a la carretera hacia un terreno poblado de brezos.
En las suaves laderas fulguraban media docena de tonos verdes bajo el cielo encapotado. El brezo despedía resplandores púrpura, los cantos calizos rasgaban el verdor; unas tapias almenadas de piedra dividían las redondas vertientes como los antiguos diagramas del cráneo humano. A medida que la sinuosa carretera se elevaba se estrechaba cada vez más hasta no admitir más que un vehículo. Dondequiera que cruzaba un riachuelo, las protecciones de los márgenes iban desapareciendo. Un coche que había chocado contra la barrera y la había saltado en una curva muy cerrada señalizada con flechas, estaba allí con su chatarra oxidada a unos quince metros por debajo del asfalto. Las protecciones mismas se terminaban algo más adelante, y sólo las cunetas separaban la carretera de las empinadas colinas, donde las ovejas comían la apelotonada hierba y espiaban con ojos amarillentos el automóvil de Nick. A lo largo de varios kilómetros no vio ni una casa ni un poste indicador. De pronto, se dio cuenta de que no sabía adonde iba.
Paró el coche en un tramo llano y desconectó el motor. Chorretones de lluvia manchaban las ventanillas laterales y desdibujaban las cimas lejanas. Ajeno al repetitivo golpeteo y chirrido de los limpiaparabrisas, el periodista tomó la guía oficial de carreteras y pasó las hojas hasta dar con el mapa del distrito de Peak.
Al cabo de un rato, manteniendo el dedo entre dos hojas y con el entrecejo fruncido, consultó el índice. Localizó Mooncoin, Moone y Moonzie, repasó la columna de arriba abajo por si habían colocado el nombre fuera de orden. Se dijo, encolerizado, que tenía que estar allí, al tiempo que volvía a abrir la guía por la página del mapa. Pudo situarse, de forma aproximada, donde escaseaban las carreteras y sólo aparecían algunas muy dispersas; la mancha verde junto a la carretera de Sheffield debía de representar las boscosas lomas que tenía enfrente. Agitó el libro y movió la cabeza pretendiendo así liberarse de aquel punto muerto. La intuición de que el nombre estaba allí impreso, pero que por alguna razón no era capaz de verlo, le inspiró el deseo de gritar, de alborotar o de hacer cualquier otra cosa que conjurara el hechizo. Cerró los ojos, por si la solución estribaba en relajarse. De pronto comprobó que ni siquiera sabía qué era lo que buscaba.
Se puso nervioso. Golpeó el claxon a ciegas, que rugió sin mucho estruendo en la desierta calzada.
—¡Diana! —llamó su sorda y atrapada voz en el coche—, ¡Diana de Moonwell!
Rememoró su melena negra azotada por el viento de los brezales, su rostro pálido y alargado, sus ojos almendrados y verdosos. La remembranza se amplió unos momentos y revivió el día en que la conoció, cómo se alejó de Moonwell a través del bosque, más allá de los pinos y de los robles.
Susurró un quedo «Sí», puso el coche en marcha y se adentró en la lluvia, que tamborileaba en el techo y borraba los picos lejanos. Tenía que fiarse de su corazonada, que le decía que el bosque era el que recordaba, tenía que confiar en que sus instintos le habían guiado bien en aquel primer trecho. Los pinos crecían más arriba, hasta que la cuesta a la que se aferraban por millares alcanzaba casi la verticalidad. Le sugerían un ejército verde, una sucesión de flechas gigantescas plantadas en la aljaba de la tierra caliza, unos misiles de la naturaleza. Casi pasó de largo dejando atrás la carretera vecinal que se sumergía en la espesura por una brecha de roca, con las paredes rezumantes de musgo.
Se abrazaban las copas de los árboles y obstruían los ecos de la tormenta, como si se hubiera metido en un túnel. Paró los limpiaparabrisas y se quedó solo con el zumbido del motor. De vez en cuando una ráfaga de lluvia se deslizaba entre el alto ramaje y rociaba el cristal, aunque no se divisaba el cielo. La quietud y la verdosa monotonía debía de estarle acunando, porque no advirtió dónde los pinos cedían el terreno a robles y fresnos. La calzada, tras bajar hacia los bosques, ascendía otra vez a medida que los árboles se arracimaban más apretadamente. O nubes o ramas se amasaban sobre su cabeza; tanta era la penumbra del camino que Nick hubo de encender los faros. Asoció las hileras de árboles en la penumbra que no horadaban los faros con los muros de rebordes pedregosos, saturados de agua representando los troncos. Mantuvo la mirada al frente, alerta a las alturas; abandonaría el bosque de un momento a otro, éste sí era el paraje correcto, y sin duda lo era. El agotamiento eternizaba el recorrido. Presionó más fuerte el acelerador, agarró el volante, los ojos le ardían con el esfuerzo de no desviarlos hacia las paredes húmedas y sombrías, árboles en realidad. De pronto éstos se disiparon y se halló en un exterior abierto, bajo una bóveda turbulenta y hecha jirones.
La desprotegida carretera se alzaba hacia un horizonte ribeteado por peñascos, una línea tan aserrada como la espina dorsal de un dinosaurio. Se acordó ahora de que, más lejos, la tierra descendía abruptamente por la izquierda hacia unos roquedos salpicados de maleza en los que las rocas eran mayores que un turismo. En cuanto coronara la cresta distinguiría Moonwell en el reseco valle, con un único camino de salida que conducía a los pantanos. Levantó, sin embargo, el pie a fin de reducir la velocidad, pues tenía la perturbadora impresión de que los veloces nubarrones se habían inmovilizado.
Tenía que llegar a Moonwell antes de que el cansancio le hiciera más jugadas, si era aquello lo que estaba ocurriendo. Ansiaba más que nada en el mundo ver a Diana, asegurarse de que estaba a salvo. «Deprisa, pero sin prisa», se aconsejó a sí mismo, y apretó el pedal con más comedimiento. No había ruido de tránsito. Apagó las luces y apretó el acelerador tranquilamente, cuando automóvil y paisaje se vieron envueltos en unas tinieblas cegadoras.







Unos meses antes

2

Tan pronto como se reunieron en el campo los alumnos de la clase de Diana, empezó un clamoroso alboroto para ir a la cueva. Ahora que estaban fuera del ámbito de la escuela, los jóvenes se sentían, lógicamente, más libres, más sueltos. El pelirrojo Thomas contaba chistes malos que arrancaban risitas de sus compinches. Sally se caló las gafas, de monturas sujetas por esparadrapo, calzadas en la punta de la nariz, pestañeando como una abuela mientras advertía a su amiga Jane que no le soltara la mano. Ronnie incluso sacó un tirachinas del bolsillo de los pantalones que le había prestado su hermano, lo que le valió una severa mueca de reproche de Diana.
—Ya veremos si tenemos tiempo para visitar la cueva —dijo ésta a los cuarenta y tres muchachos—. Recordad, sobre todo, que queremos encontrar un montón de apuntes en vuestros cuadernos.
—Para que los señores Scragg sepan que hemos estado trabajando —aventuró Jane.
—Para que sepan lo buena que es la clase.
Tal vez eran sus modales barriobajeros como los de los chicos a los que enseñaba en Nueva York, pero era imprescindible moldearles antes de que pasaran a la clase de la señora Scragg después de las vacaciones, al menos unos cuantos. La joven se repetía incesantemente que los muchachos eran fuertes, pero sólo pensar que tenía que poner a un chaval en manos de la señora Scragg durante tres años le entraban ganas de llorar.
Se despejó el cielo y la cascada luminosa del sol de mayo pareció reorganizar el paisaje: mostró los páramos abiertamente; subrayó, con nuevas sombras, las tapias de mampostería y tiñó de verde las nubes del horizonte, demostrando que eran cumbres surcadas de plateados arroyos. Los ruidos de la ciudad se habían extinguido, y las dos carreteras principales Manchester-Sheffield, entre las que Moonwell constituía el único municipio habitado en muchos kilómetros, habían desaparecido: ni se las veía ni se oía el denso tráfico. Diana permaneció quieta unos instantes, las manos en los bolsillos de su cazadora de cremallera y el sol bañándole el semblante. El callado renacer del entorno, su fulgor, fueron como una primera visión de Moonwell, un sentido íntimo de estar en casa.
Cuando las nubes ocultaron nuevamente el astro, sus manos tuvieron el impulso de partir en dos la cubierta, pero se retuvo y las tendió hacia los muchachos.
—¿Quién se acuerda de lo que os expliqué sobre el sol?
Varias docenas de manos se levantaron al grito unánime de «Yo, señorita, yo». Ella esperaba una reacción de Andrew Bevan, pero el chico se había escondido detrás de las madres de Sally y Jane, que se habían ofrecido a acompañarles en la excursión.
—¿Has levantado la mano, Sally? —preguntó Diana.
—Sí, señorita —reivindicó Sally, muy dolida, y hubo de ajustarse las escurridizas gafas—. Dijo usted que el sol lucía menos aquí que en ningún otro lugar de Gran Bretaña.
—Así es, debido a la nubosidad y las nieblas. Por ese motivo no debéis nunca..., vamos, todos lo sabéis.
—Ir a los páramos sin un adulto —concluyeron los alumnos en un desafinado coro.
—Exacto. No olvidéis que hay personas que han pasado días enteros extraviadas en ellos. Y, ahora, busquemos un claro donde podáis sentaros a trabajar y veamos cómo se presenta la tarde.
Les guió camino arriba hasta un terraplén, donde se acomodaron por grupos en medio de los brezos. Charlaba con las madres y vigilaba a los chicos sin interferirse en sus tareas. El paisaje seguía atrayendo su mirada: kilómetros y kilómetros de brezo y de matojos espinosos ofrecían una monótona uniformidad sólo rota por alguna esporádica pared pétrea o por el lecho seco de un torrente del color y la resquebrajada textura del corcho quemado, o también por el susurro y balanceo de la hierba o por el vuelo solitario de un pájaro. El sendero trazaba una pendiente del páramo. Las laderas se iluminaron de nuevo, y Diana tuvo la sensación de que lo había logrado ella a fuerza de observarlas. Quizá se sentía tan a gusto porque su familia procedía del distrito de Peak, aunque ahora ya no le quedara nadie allí.
Los pequeños no tardaron en llenar una o más páginas redactando y dibujando. Uno de los bocetos de los matorrales era desproporcionado, pero colorista.
—Muy bonito, Andrew —comentó Diana para impedir que lo garabateara demasiado, y alabó asimismo a los otros siempre que pudo. Sonrió, finalmente, al leer la ansiedad en sus rostros—. Muy bien, ahora quiero que os pongáis todos detrás de mí en fila de a dos y deis la mano al compañero.
Mientras encabezaba el grupo hacia el camino, las colinas se iban hinchando como gigantes en su despertar. Una bifurcación del sendero cruzaba la parte superior de los marjales, la otra recorría sus lindes por encima de Moonwell, dando acceso a la cueva que, aparentemente, prestó su nombre a la localidad: el Foso de la Luna. Alrededor de la hondonada de tierra yerma que descendía hacia la gruta, durante cientos de metros el terreno era pura desolación, pues hierbas y brezos cedían su puesto a la desnuda arenisca. Diana fue hasta el borde de la depresión, y elevó la mano para detener a los muchachos.
—De aquí no se pasa.
A unos doscientos metros, en el centro de la pedregosa vaguada, se recortaba la cueva. Presumiblemente, alguien decidió un buen día que era lo bastante ancha o profunda como para que se perdiera en ella la Luna. Era un auténtico pozo de quince metros de diámetro en la boca circundado por un muro de mampostería. Diana, la primera vez que vino, escaló el muro para descubrir que ni siquiera con la Luna llena del estío se veía el fondo; unas paredes lisas y resbaladizas, como untadas de sebo, se hundían verticales hacia una oscuridad cuya gelidez parecía emerger de la cavidad hacia la atalaya donde ahora se hallaban. Aunque cabía inferir que antes o después el pozo cambiaba de dirección, en lo que atañía a sus emociones, bien podía bajar hasta los infiernos. Y, pese a que los niños estaban seguros detrás de la hondonada, deseó no haberles traído.
—No paséis de aquí, ¿de acuerdo? —y aguardó hasta que todos lo hubieran prometido.
Se pusieron a chillar para provocar ecos en la cueva. Algunas voces resonaron en la profundidad, otras no, y Diana supuso que dependía del registro de voz de cada uno. Adivinó que Ronnie se planteaba si podía disparar certeramente su tirachinas, y se disponía a apuntarle con dedo amenazador, cuando la madre de Sally exclamó:
—¡Andrew!
Diana se giró, temiendo lo peor. Pero Andrew se había limitado a recular hacia el camino, donde estaba encorvado sobre algún bicho surgido de la oquedad. Los chicos se apiñaron en su derredor.
—¡Horror! Es un lagarto —anunció Sally con espanto.
Jane retrocedió y dio un grito de asco.
—No tiene ojos.
Mientras Diana corría a verlo detrás de sus alumnos, Andrew dio una zancada, pisó contundentemente a la criatura, le clavó el talón hasta triturarla y se dio media vuelta, animado por la esperanza de haber impresionado a sus camaradas. Pero estos se estremecieron y se apartaron.
—Debía de ser un habitante de la cueva —señaló Diana, examinando el amasijo de piel blanca e intestinos—. Es una lástima que lo hayas aplastado, Andrew. No es corriente que seres como éste salgan a campo abierto. Da igual, no te preocupes —se apresuró a añadir al ver que al muchacho le temblaban los labios—. Ya que estamos aquí, podrías decirnos cómo ayudas a adornar el foso.
La pequeña cara del muchacho, enjuta, pálida y con las cejas fruncidas, delataba su resentimiento.
—Hago una parte de una imagen con flores —farfulló, como si no quisiera que le oyeran.
—Utilizas pétalos y luego tu parte y las otras encajan como en un rompecabezas, ¿verdad?
En los pueblos de toda la región de los Peaks las gentes decoraban los pozos con figuras hechas de flores y otros elementos vegetales, una tradición que casaba el paganismo con el cristianismo en una común acción de gracias porque el agua se había preservado limpia durante la epidemia de peste negra. Al contemplar a los lugareños, la víspera del último solsticio de verano, transportando paneles florales tan grandes como puertas desde Moonwell y juntarlos en la cueva, Diana creyó remontarse a una época pasada, a un remanso de calma que al mundo de hoy se le escapaba de las manos. Pero Thomas estaba cuchicheando «pétalos», dando codazos a sus amigos y riendo con picardía. La maestra meditó que no era exactamente calma lo que experimentaba tan cerca del inmenso foso.
—Ya va siendo hora de volver —dijo.
—Se montan tiendas en círculo —prosiguió Andrew, aunque disimuló que hablaba.
Al reflexionarlo, Diana vio que era cierto: las tiendas de las laderas, por encima y por debajo de Moonwell, formaban un anillo alrededor de la cueva y la población. Los excursionistas y amigos de largas caminatas eran los animadores de Moonwell ahora que las minas de plomo se habían agotado, y que unas losas de cemento cubrían las abandonadas galerías.
La senda se prolongaba hasta el extremo del brezal, y de repente aparecía el pueblo entre una capilla y una iglesia, ringleras de terrazas calizas como el lateral de un anfiteatro y el murmullante tráfico propio de una ciudad provinciana. Diana llevó a la clase por una vereda próxima y zigzagueante y tomó la calle Mayor, pasando entre corrillos que chismorreaban en las esquinas y que la saludaron, a ella y a sus chicos. Cundió el silencio cuando entraron en el patio de la escuela, apenas unos minutos antes de la hora de salida.
El señor Scragg estaba en su despacho, riñendo y azotando a un muchacho más alto que él. Algunos de los estudiantes de Diana rieron entre dientes al ver al director erguido en una silla. Las madres acompañantes se quedaron en el exterior y ladearon discretamente la cabeza. Diana introdujo su «rebaño» en el aula en el momento mismo en que sonaba el timbre.
—No alborotéis. Estad calladitos hasta que hayáis salido del colegio —les aleccionó, y se encaminó a la sala de profesores.
Cargaba el ambiente de la diminuta y sórdida habitación el humo rancio de los cigarrillos que fumaba la señora Scragg. Ella misma estaba sentada en su butaca, que parecía demasiado estrecha para su enorme osamenta. Proyecto hacia Diana su cara ancha y colorada, con el labio superior aún más rojo tras haberse depilado el bigote, en una actitud desafiante que solía sumir a los niños en llanto.
—Todo ha salido a pedir de boca, ¿eh, señorita Kramer? Hay aquí alguien a quien probablemente recordará.
—Confío en que los pupilos de la señorita Kramer no habrán adquirido el mal hábito de comportarse según su capricho —declaró una mujer desde la butaca gemela, aplicando un biberón a la boca de un bebé— ahora que no estoy yo para imponerles orden.
—Estoy segura, señora Halliwell, de que a estas alturas la señorita Kramer sabe de sobra lo que se espera de ella.
—Puede apostar a que sí —repuso Diana dulcemente, y fue hasta su casillero.
Por lo visto, la maternidad no había mejorado el concepto que de los niños tenía la señora Halliwell. «Mejor será dejarla por imposible antes de tener que morderme la lengua», pensó la joven. Estaba cerrando el armario cuando entró el señor Scragg.
Tenía un intenso color rojo después de la azotaina. Cerró la puerta de un puntapié y esgrimió una revista frente a las mujeres, mirando con iracundia bajo sus cejas hirsutas y canas.
—Fíjense en esto. Lo he encontrado en el pupitre de Cox. No podrá sostener nada antes de acostarse esta noche, eso se lo garantizo.
—Imagino que será de esa librería —dijo, sin mirar, la señora Scragg—. ¿Qué otra cosa cabe esperar de quien pretende vender libros en las iglesias? Fue una pena que nuestros vecinos no me escucharan cuando aún podía hacerse algo. Ahora es ya demasiado tarde, más de cuatro lamentan haber permitido que se instalaran aquí.
—Muchos son los forasteros que se instalan aquí, si puedo expresar mi parecer —refunfuñó la señora Halliwell, y Diana sintió su airado escrutinio en el cogote—. Nada tiene de extraño que, de pronto, proliferen el robo y los actos de vandalismo. Y esos hippies que haraganean por los chalets de los veraneantes son criaturas desarrapadas. Dios me perdone, pero no me habría apenado si hubieran muerto envenenados con sus propias drogas.
«Nunca la habría tomado por nativa con ese acento irlandés que tiene», pensó Diana antes de replicar. Lo que dijo bromeando fue:
—Lo moderno llega a todos los rincones.
—No, en este pueblo no podrá —dictaminó la señora Scragg—. Media la suficiente distancia como para que lo veamos venir. Le mostraré lo que opinamos de ello.
Le quitó la revista a su marido, con los dedos en pinza como si fuera un pañal manchado. Diana advirtió que era un número de La mujer fantástica, viva copia de los tebeos que leía en su infancia, con los sostenes metálicos y todas esas cosas. La señora Scragg retorció la colilla de su cigarrillo sobre la cara de la heroína de la portada y arrastró la candente punta por el papel quemando en cruz la sicalíptica figura.
—¿Está claro? Puede decirle a sus amigos de la librería que esto opinamos de quienes venden semejantes porquerías a los inocentes.
—Dudo mucho de que los Booth vendan estos tebeos —quiso abogar Diana, pero fue como predicar en el desierto—. Ahora, les ruego que me disculpen.
Abandonó con paso decidido la viciada sala, y enfiló el reluciente corredor que discurría junto a su aula vacía. «Todo cuanto puedo hacer es lo que ya estoy haciendo —se tranquilizó a sí misma—: no sólo instruir a los niños, sino fortalecer su carácter, prepararles para pasar unos años a solas con los Scragg, claro que, ¿cómo se preparaba a un Andrew, por poner un caso?» Salió de la escuela y el sol bañó su rostro. Desde que llegó a Moonwell intuía cada vez con más seguridad que aquello no bastaba, que tenía que hacer algo más, sin atinar a saber qué era.



3

El negocio de la librería Booth no iba muy boyante pese a los muchos rostros nuevos que traía a la villa la proximidad del estío. Por eso pudo Geraldine acercarse dando un paseo hasta la tienda de los Bevan. June Bevan pasaba la aspiradora sobre el aparador de las mochilas, los infiernillos Primus y los equipos de escalada, en una postura en la que su largo cabello moreno con mechas grises se mecía delante de las mejillas en lacios mechones. La mujer se enderezó. Todavía con los hombros encogidos, dijo:
—Gerry, dime que no has venido más que a charlar. No puedes consentir que Andrew abuse de ti.
—La escuela me pilla de paso —mintió Geraldine—. No me causa ninguna molestia.
—Eres muy amable ofreciéndote como lo haces. Agradecemos el interés que tanto tu esposo como tú os tomáis con el chico. Espero que también él os lo diga, si es que alguna vez habla por iniciativa propia.
—Es muy parlanchín cuando se le conoce bien.
—¿De veras? En ese caso, es evidente que yo no le conozco nada —el semblante de June, pequeño, de facciones comprimidas y pómulos prominentes, quedó inexpresivo—. Bien, más vale que no te retenga o, de lo contrario, andará deambulando por los alrededores del colegio y la gente creerá que nadie le quiere.
«Alguien sí le quiere —meditó Geraldine— y tú también deberías tenerle más cariño.» Con todo, no convenía precipitarse en emitir juicios. Los Bevan les habían brindado su amistad, a ella y a Jeremy, cuando la señora Scragg y la escuela en pleno trataron de volver en su contra a los lugareños, haciendo circular una solicitud para que no les autorizaran a usar la antigua capilla como librería. Algunos de los que no firmaron parecían arrepentirse ahora aunque no frecuentaran la iglesia, sobre todo quienes tenían hijos en la clase de la señora Scragg. A Geraldine le tentaba a menudo la idea de enfrentarse abiertamente con aquella mujer, pero hoy, en presencia de Andrew, no. Fue a la escuela por la calle Mayor, con sus escaparates luminosos de ropa, lanas, pinturas de artistas locales y fósiles recogidos en las montañas.
Andrew estaba acurrucado tras el pétreo pilar del portalón, mordiéndose las uñas. Metió las manos en los bolsillos de sus pantalones con rodilleras de franela gris y, para atreverse a sonreír a Geraldine, rehuyó primero su mirada.
—Estás guapo, pero desaliñado —dijo ella.
El muchacho fijó los ojos en sus piernas tiznadas y en sus calcetines caídos, y se replegó sobre sí mismo.
—No te apures, un buen lavado lo solucionará todo —le consoló Geraldine, y tomó su mano. Un niño de ocho años tenía que estar sucio, desaseado y cansado al finalizar su jornada escolar; Jonathan lo habría estado... Pero no era bueno pensar en él mientras pasaba un rato con Andrew—. ¿No vas a hablarme hoy?
—Sí —contestó el niño con una risa trémula, y eso fue todo hasta que llegaron ante el comercio de sus padres. Sus ojos, inmersos en un delgado y pálido rostro, miraban furtivamente a Geraldine siempre que ella estaba distraída. Sólo al pisarlos reparó en los cagajones de caballo que había al pie de la acera—. ¡Maldita mierda! —masculló el muchacho, y se retrajo automáticamente.
Geraldine consiguió mantenerse imperturbable, sin dar muestras de que hubiera oído nada especial. Le sujetó por el codo mientras frotaba la suela contra el bordillo y al soltarle, él espetó:
—Me encanta estar en la clase de la señorita Kramer. ¡Ojalá nunca tenga que dejarla!
—Estoy segura de que ella comparte ese sentimiento, Andrew —respondió Geraldine a falta de otras palabras mejores.
Abrió la puerta de la tienda de los Bevan, exponiéndole al grito de June de «Pero ¿tú has visto cómo vienes? ¿Dónde diablos te has metido?». Geraldine dirigió a la mujer una mirada apaciguadora y siguió su camino hacia la librería.
La capilla protestante del siglo XVII se había cerrado al culto veinte años atrás, pero sólo desde fecha más reciente se dedicaba a usos profanos. Era un emplazamiento idóneo para la librería que Jeremy y ella tuvieron que desalojar en Sheffield al aumentar los impuestos y, era idóneo, sobre todo, porque tenía una vivienda en el mismo recinto. Pero, por si esto fuera poco, para acallar a la subrepticia corriente puritana de la población —recapacitó irónicamente Geraldine—, encima tuvieron que contratar los servicios de Benedict Eddings en la reforma de la capilla.
Jeremy trataba en vano de localizar por teléfono a Benedict. En ese mismo momento entró ella.
—Por favor, dígale que la alarma ha vuelto a dispararse esta noche a las tres de la madrugada —decía a su interlocutor, atusándose una barba que le cubría el rostro a partir de los mismos pómulos—. Le quedaré muy agradecido si nos llama tan pronto como llegue. —Depositó el auricular en su sitio y dedicó a Geraldine una sonrisa, de tal modo que las incipientes patas de gallo se irradiaron desde sus grandes ojos azules, por ambos lados de su cara cuadrangular, hasta una frente alta que comenzaba a clarear—. No hay necesidad de disgustar a su mujer. —Dio a la recién llegada un abrazo de oso amaestrado y añadió, casi demasiado gentil y como por casualidad—: ¿Cómo has encontrado a Andrew?
—Mejor que otras veces. Tendría que haberle traído y que cogiera un libro. —Se desembarazó al fin de Jeremy, no tanto por el agobio como por la inquietud que notaba en él: de haber tenido que derrumbarse, lo habría hecho años atrás. Jonathan pervivía en algún lugar, quizá en su imaginación o en los recovecos de un sueño interminable, y eso era lo único importante—. Venga, reparemos esa estantería.
Cuando terminaron de afianzar el anaquel, que había empezado a desprenderse del muro al día siguiente de que Eddings lo construyera, Geraldine colocó los libros y Jeremy se puso a preparar la cena. A mitad del ágape, en el recogido y blanquísimo comedor desde donde se dominaban las verdes laderas de los montes, oyeron regresar a casa a los Bevan. June todavía seguía riñendo a Andrew.
—Ve arriba y calienta el agua. ¿Qué habrá pensado Geraldine al verte con esa pinta de pordiosero? Podrías tenerme un mínimo de consideración a mí, ya que no te la tienes a ti mismo.
—No permitiré que me utilicen así —murmuró Geraldine con la voz indignada.
Sin embargo, encarándose con June no haría sino empeorar la situación de Andrew. Se limitó, pues, a poner una cinta de Sibelius, una música tan fría como unas montañas áridas, para aislarse de la pertinaz reprimenda. No hacía ni diez minutos que funcionaba el aparato, cuando June llamó a la puerta.
—¿Podrías bajar un poco el volumen? No es que no sepamos apreciar la buena música, pero el niño acaba de acostarse. Cuanto antes se duerma, Dios nos asista, antes podremos tener algo de paz.
Lo más probable era que le hubiesen mandado a la cama sin probar bocado.
—Si es paz lo que quieres, envíamelo aquí —sugirió Geraldine, pero June ya había iniciado la retirada.
Bajó el volumen y terminó su cena; tenía un nudo en el estómago. Mientras ayudaba a Jeremy a recoger la mesa, sonó de nuevo el timbre. Esta vez era Brian, el marido de June.
—¿Dónde anda nuestro hombre? No seré inoportuno, ¿no? —dijo, y traspasó el umbral sin aguardar a la invitación de Geraldine. Tenía el óvalo facial redondo y fofo, la barbilla en punta que, ella así lo presumía, proyectaba deliberadamente; la piel cetrina y violácea en las ojeras, y las rizadas patillas que se alargaban hasta la mandíbula. Irrumpió en la cocina y encontró a Jeremy lavando la vajilla—. ¡Ajá! Veo que la tuya te obliga a hacer sus tareas. Escucha, espero que la mía no te haya ofendido antes.
—¿Tu qué? ¡Ah, te refieres a June! Ha sido con Geraldine con quien ha hablado, no conmigo.
—Ya sabes cómo se pone cuando se sale de quicio. Andrew estuvo muy impertinente, contradiciéndola en todo. Ni siquiera tuvo la diplomacia de cerrar la boca. Pero da igual; lo que quería preguntaros es si vais a salir esta noche.
—No hemos hecho ningún plan. ¿Por qué —intervino Geraldine—, quieres que cuidemos de Andrew?
—No, por hoy ya habéis cubierto el cupo. Si no pensáis ir a ningún otro sitio, me gustaría que pasarais a tomar una copa.
—Han de venir a arreglarnos la alarma —se excusó Jeremy.
—Si Eddings aparece, le oiréis desde nuestra casa. Venid, por favor, o creerá que estáis enfadados. Además —agregó Brian como para no dejarles opción—, deseamos hablaros de Andrew.
Apenas se fue, Jeremy telefoneó a Eddings, que seguía todavía ausente, haciendo chapuzas por ahí.
—Afrontemos su hospitalidad —se resignó, con gesto displicente.
Un aspirador ronroneaba en el vestíbulo de los Bevan cuando llegaron.
—Estaréis de acuerdo conmigo en que podría haberse sacudido la suciedad de los zapatos después de ir a veros —declaró June a modo de justificación, y les hizo pasar al salón.
Era el imperio de la porcelana: pastorcillas en la repisa de la chimenea de ladrillo gris, en la que había carbones artificiales iluminados con llama de gas; estatuillas chinas en los estantes de las cuatro paredes, y un juego de té en la cómoda de estilo galés. Geraldine no vio siquiera un rincón donde Andrew pudiera jugar en medio de todos aquellos cachivaches, la televisión, el vídeo y el bar de madera de pino junto al que esperaba Brian para servirles.
—¿Qué os apetece? Tengo de todo mientras no os salgáis del whisky, la ginebra o el vermut.
June distribuyó unos posavasos de papel y deslizó uno bajo su copa de Martini antes de, entre suspiros, tomar asiento.
—Tal vez ahora pueda relajarme, después de un interminable día sufriendo por Andrew.
—¿Qué sucede? —inquirió Geraldine.
June miró a la mujer como si ésta tratara de hacerse la chistosa.
—¿No sabes dónde les ha llevado esa joven americana? Ni más ni menos que a los marjales, al borde mismo de la cueva. Quienes pretendan aunque sólo sea poner los pies en los pantanos tienen que proveerse de un mapa, brújula y comida por si se pierden.
—Eso es únicamente para recorridos largos —discrepó Jeremy.
—Mi padre siempre decía que aunque no fuera más que para pisarlos: dejar la huella del pie y salir. De todas formas, es natural que os sintáis obligados a defender a la profesora, siendo amiga vuestra...
—La conocemos de acompañar a Andrew a la escuela —señaló Geraldine.
—Como maestra no está mal —intercaló Brian—, un tanto presuntuosa: se considera una gran psicóloga infantil. Lo que esa chica necesita es un hombre que le enseñe unas cuantas cosas, ya me entendéis.
Geraldine eludió el guiño de inteligencia.
—Me has comentado antes que queríais hablar de Andrew.
—Sí. Como tenéis tanto contacto con él, querríamos que nos dierais vuestra opinión. —Brian bebió de su whisky, y les observó a ambos de hito en hito—. Quizá sepáis más que nosotros sobre esas cuestiones. Lo que intento consultaros es si no os parece un poco amanerado.
—¿Amanerado?, ¿en qué aspecto? —puntualizó Jeremy.
—En el de la homosexualidad, por supuesto. La gente los llama gays, que significa «alegres», aunque, que me maten si comprendo de qué hay que alegrarse. —Las mejillas de Brian se habían enrojecido—. ¿Creéis que no es un hombre?
—No lo es todavía —repuso Geraldine—. Es un niño nada más. La mayoría de las personas no se definen sexualmente hasta alcanzar la adolescencia.
—Permíteme recordarte que nuestros vecinos están de lo más definidos, y él habrá de concretarse si sabe lo que le conviene.
—Estoy convencida de que es tan normal como cualquiera de nosotros —apuntó Geraldine, anhelando que lo fuera, confiando en que lo sería.
—Yo también. ¿Cómo va a ser un hijo mío homosexual? Nadie ha podido ejercer en él tan malas influencias. —Brian se volvió, sonriente, hacia Jeremy—. Voy a confesarte algo. Hubo un tiempo en que pensé que eras uno de ellos, con esa manía tuya de pasar tantas horas en la cocina y ese nombrecito que tienes.
Se hizo un embarazoso silencio que June rompió.
—Pues si es normal en eso, ¿qué es lo que falla?
—¿En qué sentido? —quiso especificar Geraldine.
—En todos los que puedan venirnos a la mente, Dios nos proteja. Este curso ha sido uno de los últimos de la clase, a pesar de que vuestra amiga la maestra, hay que reconocérselo, ha conseguido estimularle un poco. Y fuera de la escuela es aún peor, siempre pegado a mis faldas de la mañana a la noche, negándose a salir porque ningún niño quiere jugar con él. Y no es que se lo reproche, porque lo cierto es que no se comporta como los otros chicos de su edad. Habla casi siempre como un bebé.
—Si vosotros le alentarais a ser algo más comunicativo, quizá...
—¿Más comunicativo? ¡Válgame Dios! Después de un fin de semana a su lado llego a temer que nunca se me aliviará la migraña que me queda. Me aterrorizan las vacaciones estivales, os lo digo con toda franqueza. Si le aguantaras un día entero no estarías tan predispuesta a alentarle.
—Hagamos la prueba.
—No dejemos que el crío nos estropee la velada —interfirió Brian al ver que June sollozaba—. ¿Queréis que os pase una película de vídeo? Vosotros no habéis comprado todavía el aparato, ¿verdad? Tengo aquí algo que os divertirá.
Rebuscó detrás del bar y sacó un estuche de plástico sin carátula. Su repentina exultación incomodó a Geraldine, incluso antes de que anunciara:
—No es lo que se denomina «porno duro», sino más bien una comedia.
—No me opongo a la pornografía —se justificó June con lo que podría calificarse como una sonrisa valiente—, siempre que no se involucre a los niños.
Geraldine suspiró para sus adentros, y apretó la mano de Jeremy al concluir los sucintos créditos de la película. Brian empezó a cloquear al hacerse evidente que la diana de un juego de canicas era una vagina. Geraldine rehusó mirarle, pese a estar segura de que la espiaba para ver cómo reaccionaba, incitándola a tomar conciencia de sus largas piernas y de sus redondos senos, del calor que subía por su cara en forma de corazón hasta su cabello muy corto y plateado, o hasta las puntas de sus afiladas orejas. Ansió febrilmente no haberse ruborizado.
—Eso es lo que yo llamo jugar a las canicas —se entusiasmó Brian mientras el ganador manoseaba a la mujer como preámbulo de una orgía.
Con la primera eyaculación, Jeremy se aclaró la garganta y dijo:
—Insisto en que hemos de estar atentos a la llamada de Eddings o se nos escapará.
—¡No iréis a marcharos ahora! —protestó Brian, dando un brinco—. De todas maneras, tendrías que venir antes conmigo, tengo algo que enseñarte.
Jeremy dirigió a Geraldine una mirada de impotencia mientras ascendía la escalera en pos de Brian. Ella, por su gusto, habría sugerido que quitaran la película, pero June contemplaba la pantalla con una sonrisa en los labios apretados que no invitaba a abordarla. Geraldine oyó un zumbido arriba que, indudablemente, no era lo que aparentaba. La maraña de carne de la televisión adquiría un cariz casi abstracto cuando los hombres bajaron al salón.
—Siempre que queráis tomaros un descanso de Andrew, no vaciléis en llevárnoslo —se ofreció Jeremy en un tono displicente que constituía un repudio al resto de la noche. Era obvio que tenía tantos deseos de irse como ella.
Enlazadas sus manos, ambos se precipitaron al exterior bajo un cielo aterciopelado. Una vez que se distanciaron de la puerta de los Bevan, él murmuró:
—Nunca adivinarás qué era eso que quería mostrarme.
La risa reprimida de Geraldine dio una rara dispersión a sus palabras.
—¿No sería un vibrador?
—Pues sí, eso y lo grande que es su cama. No ha parado de insinuarme sobre un juego que podríamos compartir todos si podemos hacer un hueco en nuestra rutina. Tengo una idea muy precisa de cuál es el trofeo que persigue.
—Ahora ya sabes qué se esconde tras unas cortinas de tul.
—Podría haber vivido ignorándolo. ¿Aprovechamos para dar un paseo? Eddings ya no vendrá tan tarde, y si lo hace podemos contrariarle nosotros para variar. Luego te leeré unas líneas.
Después de las sobremesa, solían intercambiar unas lecturas. Geraldine no se percató de cuan tensa la habían puesto los Bevan hasta que se encontró en los pantanos que coronaban el pueblo. Un viento frío flageló su rostro desde la oscuridad al corporeizarse las altas montañas contra el negro cielo, porque algo más surgió de pronto, una inestable frente blanca que se perfiló sobre el reborde tras el que se encontraba la cueva. Se sereno, a pesar de que el albo ribete se abultaba de forma colosal, tembloroso su contorno. No era, naturalmente, más que la Luna, magnificada por la niebla. Apretó Geraldine la mano de Jeremy, y se quedó inmóvil hasta que el astro se elevó con nitidez en la bóveda celeste. Era síntoma de lo nerviosa que había estado en casa de sus vecinos el que la visión de una fase de la Luna encima del foso le causara tan inexplicable desazón.





4

—Tan sólo una llamada más —prometió Hazel a sus padres, buscando en el listín abierto sobre el regazo un nombre con el que aún no hubiera probado. Marcó el número e impostó la voz—. ¿El señor Fletcher? Soy Hazel Eddings. Le llamo desde la compañía Seguridad de Peak. Nos preguntábamos si tiene la total certeza de que ningún ladrón puede asaltar su casa y...
—Ya ha llegado Benedict —dijo bruscamente Vera, su madre, demasiado tarde para evitar la llamada, en el momento en que el marido de Hazel asomaba por la estancia su rostro de mentón prominente.
—Partiremos tan pronto como estén listos —urgió, agitando los brazos para ajustarse los puños de la camisa mientras intentaba anudarse bien la corbata.
—Nunca aprenderás —le regañó Vera—. Ven, déjame a mí.
Le siguió hasta el vestíbulo, por lo que Craig fue el único que vio a Hazel separar la cabeza del teléfono con la expresión de quien ha sido herido en su amor propio.
—Tampoco hay por qué ser grosero —musitó la chica, y dejó el auricular en el soporte como si no quisiera tocarlo nunca más.
—¿Qué te ha dicho, cariño? —indagó Craig.
La joven parecía tan vulnerable que le dio un vuelco el corazón, igual que quince años atrás, cuando la vio lucir su primer vestido largo. Ella pestañeó con ojos vivaces y le sonrió como si no hubiera ocurrido nada.
—Estoy bien, papá —afirmó, y echó a andar hacia el exterior.
Así peinada se parecía todavía más a su madre, con su morena cabellera recogida en un moño sobre el blanco cuello de cisne, realzando sus ojos oscuros y los huesos delicados como los de Vera. Craig tomó el brazo de su esposa persuadido de que también había oído las últimas palabras de Hazel en el teléfono, mas, por prudencia, se cuidó de no hacer ningún comentario. Benedict abrió la puerta principal y dejó que se adelantaran los otros para activar la alarma.
—Quizá tenga que salir a toda prisa después de cenar. Si le apetece, Craig, puede acompañarme —dijo.
Los Eddings vivían en los aledaños de Moonwell, junto a la carretera de los marjales, en una casita con postigos azules y paredes encaladas. Los primeros centenares de metros hacia el pueblo carecían de iluminación, y Craig se apoyó en el brazo de Vera. Una vez pisó una hoja que la lluvia había adherido a la calzada, resbaló y a punto estuvo de sumergirse, patinando, en la oscuridad.
Las luces empezaban frente a la iglesia, el último edificio del pueblo. Las farolas estiraban las sombras de los sauces en el terroso cementerio repleto de lápidas, rotulando el muro con la sombra de un roble. Craig vio que la luz del pequeño y angulado pórtico estaba encendida.
—Recogeré el boletín —dijo Benedict—. Vayan entrando si quieren.
Las cabezas de unas desdibujadas gárgolas sobresalían de las recias paredes que aguantaban la techumbre, alta y muy inclinada. Los rayos luminosos se filtraban sobre la centelleante hierba a través de las ventanas, estrechas, largas y en forma de arcos, todas con tres figuras en su vidriera, tan amontonadas que parecían una sola. A decir verdad, Craig, en su niñez, creyó que lo eran. El recuerdo le hizo sentirse inopinadamente pueril mientras, agarrado a Vera, traspasaba la entrada de la iglesia.
Bajo los finos arcos de la bóveda, la nave era apacible y acogedora. «También da la bienvenida a los ateos», meditó, dejando que su mujer hojease el libro de visitantes.
—Es una pena que no venga más gente, la iglesia es realmente bonita. Aun así, este año el promedio ha mejorado —declaró ella, y añadió—: ¡Oh, qué horror!
Hazel echó un vistazo por encima del hombro de su madre y exhaló un grito de repulsa. Alguien había escrito la frase «Me cago en todo», atravesada sobre una página llena de firmas, que databan de comienzos de mes. Antes de que Craig se pronunciase, Hazel bramó:
—Eso es lo que pasa cuando las personas pierden la fe. No respetan a nadie, ni siquiera a Dios.
—Yo creo que Dios les perdonará, señora Eddings —dijo el sacerdote, saliendo de detrás del impresionante pulpito de madera. Era un hombre chaparro, de grueso vientre, de faz jovial y colorada, el cabello canoso y desgreñado—. Más me preocupa que se den por ofendidas damas como ustedes. Eso sí es un pecado.
Hazel le estudió boquiabierta.
—¿No le parece pecaminoso insultar a Dios?
—Dudo mucho de que quienquiera que sea el que garabateó esa estúpida nota tuviera a Nuestro Señor en la mente. Lo que se proponía era escandalizar a aquellos que la leyeran. Después de todo, la iglesia ha perdurado incólume durante casi ocho siglos, y los cimientos más tiempo aún. Se percibe en el ambiente, ¿no es cierto? Y, sin embargo, a los ojos de Dios no ha transcurrido ni una fracción de segundo. Piense cuánto menos importante ha de encontrar esta niñería.
—¿No se excede hablando así en el nombre de Dios? —cuestionó Benedict.
—Hacerlo forma parte de mi oficio. Yo tengo la firme creencia de que el Señor es indulgente y perdona, algo que también se respira aquí dentro. —El cura se volvió hacia Craig y Vera—. Ustedes deben de ser los padres de la señora Eddings. Tengo oído que proyectan incorporarse a mi parroquia.
—Siento mucho no haberles presentado —se disculpó Hazel—. Padre O'Connell, éstos son Craig y Vera Wilde.
Craig estrechó la mano del clérigo, fuerte y cálida.
—Si nos jubilamos, tal vez nos mudemos a Moonwell, e incluso es posible que continuemos realizando aquí trabajos de tipo legal. Pero debo informarle —dijo, retraído por su propia turbación— de que no somos feligreses practicantes.
—Si son asiduos del bar coincidiremos con frecuencia. Son procedentes de Moonwell, ¿no es así? ¿Participaron alguna vez en la ornamentación de la cueva? Pues claro, sepan que todavía confeccionamos los paneles entre estas paredes. Mi punto de vista personal es que refuerza la institución de la Iglesia.
—Me haría muy feliz que llegarais a simpatizar con el padre O'Connell. —Hazel bajó la voz en un cuchicheo, como si no quisiera que la oyese Craig—. Aunque no vais a rejuvenecer por ello.
Ya en la calle, Craig admitió:
—Es simpático ese cura tuyo. Al menos no aplica la ley del miedo.
—Quizá debería hacerlo —argumentó Benedict—. Nada hay de malo en ser agresivo en honor de Dios. Perdió un gran porcentaje de sus feligreses cuando predicó contra las bases de misiles, como si no advirtiera que el temor que éstas inspiran está haciendo que la gente vuelva al seno del Señor. Buscan un liderazgo contundente ahora que hay una base tan cerca de Moonwell; no van a la iglesia a escuchar sermones blandengues. Creo sinceramente que tuvo la oportunidad de ganar para Dios a toda la población, mas fue demasiado contemporizador. Por eso cunde tanto la delincuencia, porque la gente no se levanta en defensa de lo que es justo; no me sorprende que no lo hagan cuando hasta a su pastor parece asustarle.
—No obstante, confío en que seguiréis colaborando en la prevención de la delincuencia —dijo Craig, reservándose la sugerencia de que Benedict tenía algo que agradecerle a esa delincuencia—. ¿Qué tal va la compañía desde que le cambiaste el nombre?
—No prosperaría ni la mitad de no ser por Hazel —contestó Benedict, y dio unas palmaditas en el hombro a su mujer—. El cambio de nombre es, desde luego, una práctica habitual en el mundo de los negocios.
«Y así no nos cuenta las verdaderas razones», pensó Craig. Mas habría tiempo de sobra para ahondar en el tema. Ahora prefería recuperar el pálpito de la villa, de las terrazas que no guardaban línea ninguna con la contigua o los tramos de la calle Mayor que estaban por pavimentar, sin nada más que márgenes de hierba delimitando unas conducciones convexas como aros de barril. Las avenidas fluían de la plaza central, a través de los bancales, hacia el valle, y la estampa de las turbias madejas de luz que penetraban la arremolinada neblina le producía nostalgia y placidez. Al cruzar la plaza en dirección al hotel Moonwell, se recordó a sí mismo que no debía recrearse demasiado.
El hotel tenía tres pisos de altura, con las habitaciones más pequeñas situadas bajo el empinado tejado. En el restaurante había espacio suficiente para atender a los huéspedes incluso estando ocupadas todas las habitaciones, pero, como no lo estaban, Craig no había reservado mesa. Quizá pecó de imprevisión, pues las mesas de la sala de suntuoso techo y un muy pulido suelo, destinado al baile, se hallaban llenas.
—¡Qué fastidio! —exclamó Benedict en lo que eran, para él, palabras mayores.
Presumiblemente, los comensales, en su mayoría de mediana edad, pertenecían a un grupo organizado, ya que todos parecían conocerse entre sí. Los Wilde y Eddings encontraron asiento en una mesa, pero apenas se habían acomodado cuando las parejas de la mesa adyacente comenzaron a levantarse. Un minuto después, el restaurante se había vaciado, dejando al cuarteto envuelto en ecos de cien voces, servilletas arrugadas, tazas y platos usados y otras señales de uso.
—Tienen suerte de que nosotros tomemos vino —dijo Craig al camarero que había acudido a retirar los restos de sus antecesores—, o esta noche no se estrenarían.
En el instante en que una camarera con aspecto de matrona les servía sus menús, Vera y su marido se habían bebido ya la mayor parte del vino y mandaban que les repusieran de nuevo la botella, indiferentes al asombro de Benedict, que tenía ya la censura a punto. Cortando su pollo a la Kiev, Craig volvió a evocar la imagen de Hazel con su primer traje de fiesta.
—¿Te acuerdas de la primera vez que cenamos en el ayuntamiento de Sheffield? Comiste pollo a la Kiev. No podías hacerte a la idea sobre cómo lo rellenaban de mantequilla de ajo, y lo comparaste a un barco en una botella.
—¿Eso hice? —preguntó Hazel con una sonrisa.
—Hazel recuerda muchos detalles de su infancia —recalcó Benedict.
—Me satisface que sea así —declaró Vera, y guiñó el ojo a su yerno, aunque el tono de éste había sido apagado—. ¿O debería lamentarlo?
—Bueno, lo cierto es... —fue a responder Benedict, mas Hazel le interrumpió.
—Lo dice tan sólo porque le mencioné casualmente cómo papá y tú acostumbrabais vestiros en casa.
—Cómo no nos vestíamos —corrigió Craig, al tiempo que se quitaba de la lengua un trozo de corcho del tapón.
—Ahora sé que intentabais ser modernos, adelantaros a vuestra época, pero entonces, y os suplico que no os disgustéis si os lo comento, me molestaba que os pasearais de aquella manera. Me alegro de que haya pasado de moda. Hace tan sólo unos días, ¡qué barbaridad!, Benedict tuvo que llamar la atención a unos vecinos para que le pusieran algo de ropa a su niño mientras jugaba en el jardín.
—No me parecieron muy buenos cristianos —apostilló Benedict.
Vera posó en el mantel su copa, que había detenido a flor de labios.
—¿Qué otras críticas tienes de tu niñez, Hazel? Oigámoslas todas.
—No era mi intención herirte, mamá. Me habría callado de suponer que te lo tomarías tan a pecho.
—No, por favor, no te eches atrás —persistió Vera, y retiró la mano que Hazel iba a acariciar—. Quiero enterarme.
—Son simples naderías. Nunca me prohibisteis participar en las actividades religiosas del colegio, pero yo tenía la sensación de que papá las desaprobaba. Y, aunque siempre deseé pedir permiso para asistir a la escuela dominical, no lo hice porque temí que lo interpretaseis como una indirecta de que no me bastaba con vosotros. Y nada más lejos de mi ánimo, espero que al menos eso lo sepáis.
—Nada más lejos de decirlo: pero, pensarlo, lo pensabas.
—¡Oh, mamaíta! —clamó Hazel, y hubo de moderar el volumen de voz al resonar la última sílaba en el vacío restaurante y atraer a un camarero hasta las puertas de la cocina—. Mamaíta, dime que no estás ofendida. Siempre me asustó la idea de que acabáramos hablando en estos términos.
—Eres una caja de sorpresas, eso es todo —cortó Vera, pestañeando para contener las lágrimas.
Benedict carraspeó y, masticando el último bocado del segundo plato, le anunció a Craig:
—Ya es hora de que reanude mis obligaciones.
—Iré contigo. Podrías ir a casa a por la furgoneta y recogerme aquí.
—Como guste —se avino Benedict, dando a entender en su tono que cuanto antes quedasen a solas las mujeres, mejor.
El ruido de sus pisadas, tenues y recatadas, murió por fin, y Craig intervino.
—Sé muy bien que no pretendías entristecer a tu madre, Hazel. Ambos somos conscientes de que has de ser tú misma, que no tenemos ningún derecho a exigir que te conserves tal como te moldeamos en su día, pero al menos deberías respetar nuestras ilusiones respecto a nosotros mismos.
Hazel asió su mano y la de Vera.
—Sois las dos personas que más adoro en el mundo. Sólo digo esas cosas por lo mucho que me preocupáis.
—No hay motivo —atajó Craig—. Si Dios existe, no puede recriminaros que no tengamos el don de la fe.
Las dos mujeres le dirigieron una mirada de reproche y, muy a su pesar, el hombre hasta se sintió aliviado cuando regresó Benedict.
Tan pronto como se instalaron en la furgoneta, donde se apilaban herramientas y maderos, Craig preguntó:
—¿De qué querías hablarme?
El motor no quiso arrancar, y Benedict hizo girar por segunda vez la llave en el contacto.
—Se me ocurrió que le gustaría ver cómo atiendo a mis clientes. Confío en que llegará a la conclusión de que nos merecemos el éxito.
—Lo que significa —aventuró Craig en el momento en que el vehículo arrancaba con una sacudida— que tu trabajo no funciona tan bien como tú crees merecer.
—Podría ir mejor. Y lo iría si al quebrar la firma me hubieran pagado el despido; yo no me habría quedado en cuadro con esas alarmas. Tengo que avivar un poco el negocio, agenciarme una furgoneta nueva, renovar la publicidad y, tal vez, emplear a alguien a media jornada para las tareas en las que soy menos diestro. He calculado los costes iniciales. No serían astronómicos.
—Ojalá esté conforme en eso el director de tu banco.
—Si he de ser honesto con usted, no me dio demasiadas esperanzas. Desgraciadamente, les debemos una pequeña suma de dinero.
Eddings paró la camioneta donde se terminaba la población.
—¿Y qué es lo que has planeado? —inquirió Craig.
—Me preguntaba si Vera y usted podrían echarnos una mano.
—Poder, posiblemente sí. ¿Qué cantidad calculas?
—Tres mil nos permitirían sanear la empresa, y el doble de esa cifra saldaría la deuda del banco. Entiéndame, le hablo de un préstamo a corto plazo. Estoy seguro de que podríamos devolverles tres cuartas partes, si no todo, para finales de año.
—No puedo tomar una decisión hasta que lo discuta con Vera. Por si acaso, te aconsejo que no eches todavía las campanas al vuelo —previno Craig, a la par que ambos se apeaban.
A juzgar por su apariencia y vestimenta, los libreros se disponían a acostarse.
—Este es mi suegro —presentó Benedict a su acompañante, lo que no pareció complacerles.
Les guiaron hasta la tienda, y Benedict abrió el protector de la microcomputadora que controlaba el sistema de alarma.
—Como imaginaba, cometió usted un error —dijo, e hizo una demostración con exagerada paciencia. En el camino de salida hizo un alto frente a un anaquel de libros—. ¡Caramba, lo han arreglado ustedes mismos! Podrían habérmelo dejado a mí —indicó quisquilloso.
—El negocio es el negocio —discurseó, poniendo la furgoneta de nuevo en marcha—, pero experimentaría un gran placer si pudiera negarme a trabajar para gente como ésa. ¿Se ha fijado en lo que han puesto donde debería estar el altar? Un mostrador rebosante de libros sobre temas de hechicería. Claro que usted tal vez no vea ninguna diferencia.
Craig emitió un murmullo evasivo, y Benedict condujo el vehículo de vuelta al hotel. Las mujeres ya no estaban.
—Tenga presente que no le pido el dinero sólo para mí —insistió Benedict durante el trayecto a casa, con las brumas flotando por la desierta calle frente a los faros.
Vera se había metido en la cama, y dormía. Craig habría deseado que charlasen un rato, por lo que se sintió muy solo. Se tendió a su lado, con un incipiente dolor artrítico, y antes de que el dolor se lo impidiera trató de dormirse. Una punzada en el peroné izquierdo le despertó con susto y jadeo. Sumergirse en aquel letargo había sido como hundirse en la galería abandonada de la mina, su caída de juventud que siempre le acechaba en las pesadillas cuando estaba nervioso. Pasó revista al dormitorio, donde los rayos lunares calaban las cortinas. Cerró los ojos y viajó a la deriva, hasta que una impresión le sobresaltó. En el restaurante del hotel había tenido el presentimiento de que los comensales no sólo se conocían entre sí, sino que conocían también algo que él ignoraba, y que esperaban, y esta idea le vino a la mente en una especie de premonición.








































5

—¿Con quién nos acabamos de tropezar, señor Malasombra?
—Con un necio sin luces plantado en la calzada, señor Melancolía.
—Pues debemos de haber fallado, porque sigue ahí. Por las bolas del fuego sacro, ¿qué hace ahora?
—Aporrea el maletero del coche como si no hubiéramos reparado en él. Observe, ahora lo ha abierto.
—Pero ¿qué juego es éste? Quite las manos de mi vehículo o caerá sobre usted todo el peso de la ley.
Eustace comprendió demasiado tarde que no debería haber improvisado, porque ahora no atinaba con un final ingenioso.
—Es una historia real que me ha ocurrido hoy mismo en Sheffield, pero han de prometerme que no se la contarán a nadie —dijo, hablando con su voz normal.
Lo malo era que a través de los auriculares que le habían puesto no se parecía mucho a la suya; el timbre de voz era más agudo, la vehemencia excesiva y el acento más regional de lo concebible. Veía su rostro reflejado en el cristal del estudio junto al del paciente productor, con el cabello erizado sobre la sudorosa frente y la boca únicamente un ápice más ancha que sus ventanas nasales. Redondeó la boca formando una «O», sus facciones se condensaron en un signo de exclamación, y por primera vez el productor se rió. De todos modos, aquello no era la televisión; Eustace estaba grabando para la radio. Tenía que continuar hablando a cualquier precio.
Fue una equivocación sacar a relucir tan pronto a Malasombra y a Melancolía. Debería haber explicado el incidente del coche tal como sucedió, golpeando él el maletero y el conductor acusándole de intento de robo, ya que habría podido relacionarlo con lo ocurrido en el banco. La cajera no quedó convencida de que la firma del cheque que había extendido para un cobro en efectivo fuera suya, y cuando la repitió en presencia de ella le salió aún más diferente de la que tenía registrada en la ficha. En cuanto a la fotografía que le acreditaba como miembro del sindicato, la empleada la ojeó con el mismo escepticismo que si la hubiera comprado en una tienda de objetos de broma. Hasta aquel momento fue un día corriente, pero desperdició la oportunidad de usarlo como prueba a su favor. Lo único que podía hacer era abordar otra rutina, la que se había estado reservando.
—¿Que cómo te quiero? Deja que haga recuento —reemprendió la grabación solemnemente, y no pudo sufrir por más tiempo el sonido metálico de su voz; se arrancó los auriculares y los colgó de la esquina de la mesa—. Uno, dos... Dos y una pizca los domingos, cuatro si cuentas las veces en que me aguijonean antiguos problemas, cinco cuando tú...
Todavía oía la voz, ratonil y chillona, muy cerca del muslo. Sufría por cada carcajada, o simplemente por una sonrisa, del productor.
—No se lo contarán a nadie, ¿verdad? —volvió a decir, esperando que esta vez el hombre cayera en la cuenta de que era su consigna particular, y se preguntó en su fuero interno por qué el productor había alzado un dedo y dibujaba círculos en el aire.
Cuando lo movió imitando a una sierra frente a su garganta, Eustace susurró una sola palabra: «Gracias», dio un traspié, tiró los auriculares al suelo, pisó un cable y además estuvo forcejeando con la puerta hasta comprobar que se empeñaba en abrirla al revés. Salió a trompicones de la cabina, en el preciso momento de oír las palabras del productor.
—Estarás de acuerdo en que no vale una grabación, ni menos aún que yo malgaste mi tiempo.
—Necesita un público adecuado, Anthony —abogó su colega, que fue quien había invitado a Eustace.
—¿Y qué quieres que haga, Steve, arrastrarlo desde la calle?
—No, lo que me gustaría es que lo veas en su ambiente. Eras tú quien afirmaba que hay que dar más oportunidades a los talentos locales. —Steve giró la cabeza hacia Eustace, que cesó de enjugarse la frente—. ¿Cuándo es tu próxima actuación en la sala donde te descubrí?
—¿En El Soldado Manco? El jueves de la semana que viene.
—Esta semana hemos de desplazarnos igualmente a Manchester, Anthony. Venga, ten confianza en mí. Cuando estemos de vuelta haremos una breve parada para ver a Eustace, y si sigues sin entender qué es lo que me ha llamado la atención en él te pagaré una cena opípara.
—Ya te lo confirmaré. Una vez concluyan estas engorrosas pruebas quizá esté demasiado dispuesto a dar un puñetazo en la nariz al primer payaso que se cruce en mi camino.
—¿Has ido eso, Eustace? Es capaz de bromear, aún quedan esperanzas de salvarle. —Steve escoltó al productor a la salida llevándole por el codo—. Sé que no me decepcionarás —dijo al humorista.
«No lo haré», se juró a sí mismo Eustace mientras el autobús enfilaba el repecho de las afueras de Sheffield. Las amarillentas capas arcillosas de las minas hendían, cual cicatrices, las herbosas colinas; un embalse, losa desprendida del nublado cielo, se extendía hacia el horizonte, zambulléndose en la hondura a medida que el autobús avanzaba en su laborioso ascenso. El jueves siguiente podía cambiar su vida. Ya no sería el cartero de Moonwell y un pasatiempo para los parroquianos del bar, sino el genio que se escondía en sí mismo a la espera de ser reconocido. Merecería hasta el reconocimiento de Phoebe Wainwright.
El autobús público le dejó en la linde de los pinares. Anduvo por el remanso verde, inventando sobre la marcha nuevas ocurrencias. «El té está en la tetera, señor Malasombra.» «Ya es la condenada hora de ir al sitio que le corresponde, señor Melancolía.» Sus personajes resumían la hosquedad norteña en su peor faceta; su conducta ni siquiera era una parodia, a juzgar por lo bien que les identificaban los clientes del bar.
Un viento cortante le saludó al dejar el bosque. Más arriba, el cerro que dominaba el pueblo le ofreció una cara que parecía socarrada sobre el fondo de un cielo grumoso, leonado.
—No se pierdan a Eustace Gift en El Soldado Manco —pregonó, y él mismo se montaba la fanfarria mientras se encaramaba a la cima por el robledal—, pero tengan la bondad de no contar...
Se tragó las últimas palabras al comprobar que había moros en la costa. Un tipo descansaba entre los helechos del borde del camino.
Al quebrarse la voz de Eustace, el hombre apoyó sus estilizadas manos en las rodillas y se levantó. Llevaba un mono de algodón, zapatos de suela gruesa y una mochila. Su semblante era anguloso, de pómulos sobresalientes, y exhibía un corte de pelo a cepillo. Tenía unos ojos avasalladoramente azules. Su misma timidez impulsó a Eustace a hablar antes de recobrarse.
—¿Se dirige a Moonwell?
—Sí, en efecto.
«Es californiano», especuló Eustace basándose en su educación televisiva. Aceleró el paso para adelantársele; pero el hombre le dio alcance y siguió a su paso.
—No vaya a creer que estoy chiflado —se defendió Eustace torpemente— porque sostenía ese monólogo.
—En absoluto. Además, sé de sobra a quién iba dirigido.
Eustace no se sintió inclinado a pedirle que aclarara lo del «a quién».
—¿Qué le trae a Moonwell?
—Buenas noticias.
—¡Oh, estupendo! Que las haya es ya una buena noticia —musitó Eustace, temeroso de arriesgarse por terrenos resbaladizos.
—Y el mayor desafío de toda mi vida.
—¿En serio? Debe de ser..., de ser... —tartamudeó ahora el cartero, y renunció.
Gracias al cielo habían llegado a Moonwell. Percibiendo entonces que los zapatos y los pantalones del desconocido estaban completamente llenos de polvo, Eustace se hizo mil conjeturas sobre su procedencia inmediata. Hizo ademán de adelantarse, pero el otro le atenazó el brazo.
—¿Por dónde se va a la zona pantanosa que rodea el pueblo?
—Por aquí —señaló el cartero con reticencia.
Lo acompañó por la calle Mayor. Al final del pueblo, en un callejón sin pavimentar, nacía una empinada vereda que llevaba a los marjales.
—Me haría un gran favor si me ayudara en la subida —solicitó el forastero.
Eustace se apiadó de él, pues parecía estar extenuado. No obstante, en cuanto coronaron el alto, con un siseante vendaval en las laderas que sacudía con fuerza los brezos, el tipo revivió.
—Ahora estoy orientado —dijo. Mas, al hacer Eustace un gesto de retirarse, agregó—: Venga conmigo. No falta mucho, y le garantizo que presenciará algo memorable.
El hombre aguardó que Eustace se situara a su espalda en el sendero, dando tropezones y medio arrepentido por haberse dejado engatusar. Arremetió entonces contra el viento, alta la frente hasta que palideció su tez debido al esfuerzo, y el cartero decidió que cualquiera que fuera el acontecimiento que se preparaba era mejor enterarse a posteriori. Sin embargo, aún no había pensado una excusa para huir cuando una muchedumbre que apareció ante ellos en la otra vertiente, estalló en vítores y empezó a cantar.




































6

Nick se alejó de la base de misiles y recapacitó sobre cuál sería la mejor forma de contradecirse. Había hoy en la base menos manifestantes que la semana anterior. La mayoría venían de Sheffield o de más lejos, unos pocos del distrito de Peak y ni un alma de Moonwell. Parecía que, después de todo, habría que darle la razón al ministro de Defensa.
El enclave de la base se había trasladado de Sheffield a un valle en el límite de los Peaks. Hubo un sinfín de protestas porque la habían puesto muy próxima a los embalses, y algunas menos porque estaba cerca de Moonwell. Cuando la pareja que regentaba una librería en esta localidad escribió al ministro de Defensa, recibió en respuesta una carta donde sólo faltaba decir que, con lo insignificante que era Moonwell, bien podía ser sacrificado. Aquello sublevó a los inconformistas de los Peaks, pero el enfado no duró mucho tiempo. La manifestación de hoy había sido totalmente pacífica, demasiado, a juicio de Nick, si querían que prosperase. Cualquiera que fuese el tono del informe que iba a redactar, era previsible que le pusieran en cabecera un título como «Los Peaks aceptan la base de misiles». «He aquí un nuevo trabajo para el enmascarado de las ondas», pensó el reportero, disipándose su sonrisa al imaginar el rapapolvo que le echaría Julia.
Hacía ya casi un año que presentaba de forma anónimamente un programa desde su emisora pirata de Manchester. Se conocieron en una fiesta de recaudación de fondos para Amnistía Internacional, no mucho después de iniciar ella su trabajo en la radio. Al saber que era reportero se dedicó a sondear sus sentimientos, que si debía de frustrarle mucho ver sus crónicas suavizadas o tergiversadas, que cómo podía resignarse y darse por satisfecho cuando el periódico dejaba traslucir una mínima parte de sus observaciones izquierdistas, siendo estos atisbos lo mejor que cabía esperar mientras los periódicos tuvieran cada vez menos propietarios y se erigieran en portavoces de meros bocazas. Pero existía una alternativa, apuntó con ojos destellantes. No sería el único periodista que recurriera a su emisora de radio para decir lo que su diario se negaba a publicarle.
Se desvió de la carretera de Manchester y se internó en una zona árida. Tenía que haber un pueblo junto a la carretera, si no estaba equivocado, o al menos un bar donde comer algo a aquella hora. Se había encariñado con Julia; en el transcurso de los meses en que la había visitado en su desvencijada mansión victoriana de Salford, con la estación de radio en el sótano, habían hecho varias veces el amor. Últimamente, su actitud había cambiado: insistía hasta la saciedad en que la gente debía saber quién estaba en el aire. Había de revelar su identidad y esperar la reacción de su redactor jefe, persuadida de que la fama de Nick obligaría a las autoridades a pensarlo con calma antes de precintarle el local. El mismo Nick dudaba de que su nombre tuviera tanto peso y, aunque conmovido por su promesa de que junto a ella siempre tendría un puesto libre, no veía qué ventajas podía aportarle poner su carrera en peligro. En los últimos tiempos, a fin de aplacar a Julia, había dado en atacarse a sí mismo —con nombre y apellidos— a través de las ondas.
Conectó la radio del coche por si podía sintonizarla, pero se lo impedían las interferencias de una estación evangélica americana en la que un grupo de rock cantaba: «Que tengas un día feliz, Jesús mío, que tengas un día feliz». Apagó el aparato y planeó cómo difamar a Nick Reid. Evocó los carnosos labios de Julia, sus brazos de piel fresca, sus largas piernas arropándole las suyas. El automóvil avanzaba veloz entre los matorrales, a muchos kilómetros de la carretera general, y empezó a temer que se había engañado en lo del bar. En el instante en que detuvo el coche para consultar el mapa, oyó los cánticos.
Bajó el cristal de la ventanilla. Unas tierras divididas por lindes de piedra refulgían tétricamente bajo el cielo cubierto de nubes. Un pájaro atrapado por el viento cayó a plomo, en picado. El agua goteaba en la acequia vecina. Viraron las ráfagas de viento, y le trajeron otra estrofa de la canción desde un lugar elevado. Parecía una composición coral.
Guardó la guía de carreteras sin mirarla. Tenía que haber por fuerza una ciudad si se estaba celebrando allí mismo un servicio de acción de gracias al aire libre, costumbre muy arraigada entre los lugareños de los Peaks. Coronó la cuesta, y vio la localidad detrás de un par de granjas y un chalet azul y blanco. Era un rincón típico, con sus bancales de caliza y arenisca, sus recoletos jardines desbordantes de flores, y una angosta avenida principal que ocultó a sus ojos el resto de la población en cuanto la enfiló. Los comercios estaban cerrados, las calles vacías.
Aparcó el coche en la gran plaza, salió y se desentumeció los músculos. Sonó un teléfono invisible, ladró un perro. Advirtió que el bar también estaba cerrado. A la hora que era, no valía la pena ponerse de nuevo en ruta a la búsqueda de otro. El coro continuaba cantando, fuera del alcance de su vista, por encima del pueblo. Echó la llave a las portezuelas y emprendió la subida.
Un sendero que comenzaba en la punta de un bancal con casas le condujo a la cima. Al rebasar sus confines, los cantos volaron hacia él. Hubo un instante en el que parecían provenir de todos los puntos de las solitarias laderas, y también de las revueltas nubes. Siguió la trillada vereda de hierba y brezo, hacia un tramo de roca desnuda tras el cual creyó adivinar que surgía la melodía. Lo que vio desde la altura le dejó sin aliento.
El estéril terreno descendía hasta un hoyo grande circundado por un muro de piedra. En la pedregosa cuenca donde se enmarcaba esta pared había un enjambre humano, que bullía al son de un único himno. Enfrente de Nick, apartado del gentío y junto a la sección del muro donde más se elevaba la boca del agujero, destacaba la figura de un hombre arrodillado.
Docenas de personas se giraron para observar a Nick, y el periodista se mezcló con la muchedumbre para pasar más inadvertido. No todo el mundo cantaba; algunos de los asistentes estaban atónitos, otros, incluso, recelosos. Nick había llegado casi a la primera fila cuando, obedientes a un alarido que retumbó en las colinas ahuyentando a las aves posadas en los matojos, cesaron los cánticos.
Reid se detuvo entre una mujer rolliza, de facciones delicadas, y un matrimonio con un niño muy inquieto. El hombre que estaba de rodillas tenía los ojos cerrados y vuelto el rostro al cielo, musitando en silenciosa plegaria. Ahora miró a la plebe, y sus escrutadores ojos azules se fueron clavando en una cara tras otra.
—Soy Godwin Mann —se presentó, con voz diáfana y a un tiempo penetrante—, y éste es el motivo de mi venida.
La mujer rechoncha dio un resoplido, mas Nick no pudo distinguir si era o no desdeñoso.
—Quiere decir que está aquí para ganar más almas a la causa de Dios, Andrew —murmuró a su hijo la mujer.
—No os arrodilléis si no lo deseáis —prosiguió Godwin Mann—, pero he de suplicaros que permanezcáis sentados hasta que os levantéis ante el Señor. —Al confluir varios pares de ojos ya en él, ya en las peñas donde se les pedía que tomaran asiento, el hombre añadió—: Si alguien necesita una silla o un cojín, por favor, que alce la mano.
Fueron muchas las que se alzaron, como temerosas. En respuesta, un amplio sector de la multitud más cercana a Mann se dirigió a la hilera de tiendas plantadas en los aledaños y regresó con montones de almohadillas y sillas plegables. Algunos de los presentes desdoblaron sus chaquetas para instalarse encima, pese a que todavía se leía la incertidumbre en sus semblantes, y Nick sospechó que muchos de ellos se sentaban porque les enojaba estar de pie, tal vez les enojaba haberse dejado convencer para asistir. También él empezaba a preguntarse dónde se había metido, y su extrañeza fue en aumento cuando el californiano dijo:
—Quizá algunos de vosotros me tilden de descortés por no haberos avisado con más antelación de mi llegada, pero ignoraba cuánto duraría el viaje.
—¿Es que ha venido caminando desde América? —masculló un tipo que llevaba un delantal de carnicero.
—No, sólo desde el aeropuerto de Heathrow. Quería asegurarme de que era digno de hablar en nombre de Dios —contestó el predicador, sin quitarle los ojos de encima al que había hecho la pregunta.
Nick notó que quienes .habían protestado antes por tener que sentarse en el suelo se avergonzaban ahora de sus quejas. «Primer punto en el marcador para el evangelista», pensó Reid, mientras Mann continuaba.
—No creáis que lo que intento decir es que soy mejor que ninguno de vosotros. Escuchadme, y os contaré cómo era hasta que imploré al Señor que entrara en mi vida.
El predicador tomó resuello y miró un instante al cielo sin sol.
—Me crié en Hollywood. Mi padre fue Gavin Mann, un actor de cine de origen británico. —Al circular entre los oyentes un murmullo de reconocimiento proclamó, elevando en un grado la intensidad de voz—: No estoy aquí para criticar a mi padre, pero fui educado en los más perniciosos ambientes de Hollywood. A los cinco años bebía alcohol, a los diez fumaba marihuana y a los doce inhalaba cocaína. A los quince visité a mi primera prostituta. Y un año más tarde irrumpió en mi aposento un hombre que solía bañarse desnudo con mi padre. Me temo que, si papá volvió a casarse después de divorciarse de mi madre, fue porque así lo demandaban sus admiradoras. Pues bien, aquella noche descubrí a qué jugaba mi padre con sus amigos masculinos, y por la mañana me corté las venas de las muñecas, como podéis ver.
Estiró los brazos, exhibiendo unas cicatrices rosadas que eran como estigmas, en medio de la audible consternación de la muchedumbre.
—Mi padre me ingresó en el hospital, mas no le dije a nadie por qué había atentado contra mi vida. Lo único que ansiaba era que me dejaran solo para refugiarme en algún lugar discreto y terminar de una vez.
La vecina de Nick se frotó los ojos y dio un tajante tirón de la mano de su hijo al indagar éste qué pasaba. Nick se sentía incómodo, lleno de resquemor frente a la técnica lacrimógena de Mann, especialmente cuando afirmó:
—La víspera misma del día en que había de abandonar el hospital y suicidarme, Dios me salvó. —Hizo una pausa, y esbozó una mueca de dudosa modestia—. Acaso me juzguéis presuntuoso por creer que el Todopoderoso se tomó muchas molestias por alguien como yo, pero permitid que os diga que hace lo mismo por cualquier criatura que se lo pida de corazón. Veréis: todas las mañanas iba al hospital un consultor de la Misión Americana y yo le volvía la espalda, sin saber que era a Dios a quien estaba negando. Hasta el último día no escuché al Señor ordenándome que no le rehuyera. Me abrí sin reservas a él, y di acceso al Padre en mis entrañas.
El sector de gentío que estaba inmediatamente detrás del predicador comenzó a elevar la voz y a agitar las manos. Nick reparó en que formaba el cuerpo principal del coro.
—Muchos de vosotros daréis gracias a Dios por no ser como yo era —sermoneó Mann a los lugareños que tenía delante—. Pero ¿estáis auténticamente libres de pecado? Cuando el Señor pasea su mirada sobre estos parajes sin mácula, ¿creéis que se enorgullece por todo lo que contempla, o se aflige frente a su creación primordial, vosotros y yo? ¿Puede alguien levantarse y decir que el pecado, a su paso, respetó intacta vuestra villa de Moonwell?
Dejó que el silencio respondiera.
—Ya veis cuánto es lo que sabéis, pero os resistís a comentar. En los tiempos que corren se considera anticuado hablar de pecado, e inclusive de Dios. Los intérpretes de rock desvirtúan los himnos en apologías del sexo, la música sagrada se utiliza en los comerciales de televisión y las iglesias se convierten en mercados, como si el hombre ya no precisara del Padre. Mas la gente necesita algo en qué creer, y por eso recurre a la magia, a las drogas y a venenos peores para colmar el vacuo abismo de su existencia, un abismo que, así, no hace más que ensancharse con objeto de dar cabida al pecado. ¿Cómo se enfrentarían a Dios esas personas en el caso de que lanzaran hoy la gran bomba? ¿A qué clase de vida eterna podrían aspirar? No es mi misión discutir los pros y los contras de la guerra nuclear, aunque, si la base de misiles que han construido al otro lado de estos campos explotara ahora mismo, sé que yo subiría al cielo, porque está escrito por el apóstol Pablo.
Muchos de los congregados asintieron con la cabeza.
—Es posible que algunos de vosotros os estéis diciendo que todo esto está muy bien para mí, porque soy hombre de fe. Pero también lo sois vosotros. Tuvisteis fe, cuando desesperasteis esta mañana, en que no desvalijarían vuestro hogar. O cuando salisteis a la calle, exponiéndoos sin miedo a que os atropellase un loco en un coche robado o un conductor drogadicto. Tenéis fe ahora en que no veréis una nube nuclear contaminando vuestros campos, y en que ningún terremoto nos precipitará a todos en esta sima profunda.
Examinó la cueva con un apasionamiento que a Nick le pareció innecesario.
—Lo expresaré de otra manera —ofreció al fin Mann, y alzó de nuevo sus ojos azules—. ¿Quién de vosotros puede afirmar que no guarda ni un asomo de fe? ¿Estáis preparados a morir solos en la oscuridad, rechazando a Dios? Jesucristo expiró en la cruz por vosotros, hizo aquel acto sublime de fe para demostraros cuánto os ama el Padre y desea que le aceptéis, y si rechazáis eso le condenaréis a morir en soledad sin vosotros, condenaréis a Cristo a perecer entre tinieblas y clamar: «¿Por qué me has abandonado?». Podéis llamaros cristianos, podéis creer que lleváis una honrada existencia también cristiana, pero oídme bien: no debéis tomar lo que os interesa de Jesucristo y desechar el resto, decirle: «Gracias, Jesús, pues tengo lo que de ti quería y puedes dar lo demás a quien lo necesite». No es la calculadora inteligencia la que os fraguará un camino hacia Dios. Salvo que dejéis que él se introduzca en vuestras vidas, salvo que le admitáis plenamente, como hacen los niños con el mundo, le volveréis la espalda y vuestro nombre será Judas.
Nick pensó que estaba en un punto crucial de su discurso, dudando si la zozobra que se apreciaba en una parte de la muchedumbre se debía al resentimiento o a la culpabilidad.
—Dios quiere que sepáis algo —persistió Mann—. Quiere que comprendáis que él ve vuestras vacilaciones, ve si os asusta confesar vuestras faltas, si flaquea vuestra fe, y desea invitaros a descartar vuestras dudas. Un mero acto de contrición hará que él penetre en vuestras almas. Recordad que el buen ladrón de la cruz sólo hubo de entregarse a Cristo para que le fueran perdonados sus pecados, que aquel día estuvo con él y con el Padre en el Paraíso.
El volumen de su voz crecía, resonando en la cueva.
—¿No sentís sobre vosotros la mirada de Dios? Os mira y os ama como si cada uno fuera la única persona del universo, conocedor de todos vuestros problemas, aprensiones, pecados y tentaciones, deseoso de ayudaros tan pronto se lo permitáis, tan pronto le pidáis auxilio. Sabe si estáis pensando que no podéis consagraros enteramente a él, que no podéis vivir conforme a sus mandamientos. Ésa es la razón de que los mandamientos exijan tanto de vosotros mismos, que os fuerzan a volveros hacia el Señor, porque, a menos que os dejéis impregnar por su gracia, jamás seréis capaces de cumplirlos. ¿No sentís cómo os quiere, cómo reza por que os encomendéis a él? No, no me confundo, Dios reza por vosotros. Espera una señal de que estáis predispuestos a abrirle las puertas, y yo os exhorto a mandársela ahora mismo desde aquí. Yo os lo pido por favor, levantaos ante el Señor.
Mann posó las manos en los muslos y se enderezó trabajosamente. Ya de pie, sus piernas temblaron y se desmoronó contra el muro de piedra, desgajando un fragmento. Rodó la piedra por la desértica ladera y saltó dentro del foso.
En su descenso, chocó dos veces contra la roca. Nick percibió que la multitud contenía la respiración, al igual que el mismo Mann. Se oyó un ligero repiqueteo en las profundidades y luego un sonido muy tamizado, que podía ser el que hacía la piedra al sumergirse más aún en las tinieblas. El predicador se agarró a la pared y se asomó a la cavidad. Pero en ese instante alguien tosió, incitándole a enderezarse.
—Os ruego que os levantéis como prueba de que estáis decididos a confesaros. No debe espantaros la idea de que vuestros pecados sean demasiado terribles. No hay falta tan vil que Dios no pueda perdonarla, ni tan trivial que no contribuya a clavar a su Hijo en la cruz. Levantaos para confirmarme que os confesaréis si sois requeridos. ¿O quizá soy yo el único pecador en este lugar?
El coro se levantó al unísono. Durante unos momentos los lugareños no le secundaron; no obstante, hubo una minoría que pronto empezó a hacerlo, aunque a regañadientes, y en cuestión de segundos se le unieron centenares de personas. Nick meditó cuántos se habrían puesto de pie para no ser la nota discordante. Él permaneció en cuclillas, posición que había adoptado desde el principio, y experimentó un irracional alivio al ver que la mujer regordeta, por lo menos, seguía sentada cerca de él.
—Yo me eduqué en el seno de una familia cristiana —declaró, a voz en grito, una joven del coro—, pero nunca acatábamos la palabra de Dios sin cuestionarla. Cuando fallecieron mis padres yo también deseé morir, porque no me habían dejado unas creencias sólidas, y me di a la heroína hasta que el Señor me rescató.
Tan pronto calló, tomó la palabra un ex alcohólico, y luego un hombre cuyo vicio había sido maltratar a su esposa y cinco hijos. Los ojos de Mann se iluminaron a medida que prosperaba al desfile de confesiones, como si extrajera su energía de aquel público despliegue de fe. Parecía casi resplandecer, descollando bajo el pesado cielo su figura intensamente clara.
De súbito, una muchacha que se hallaba situada delante de Nick dio media vuelta. Poco faltó para que perdiera el equilibrio.
—Señora Bevan, yo sustraje dinero de la caja cuando trabajaba en su tienda.
—No tiene importancia, Katy —dijo la madre que flanqueaba al periodista, tendiéndole una mano nerviosa. Pero Mann las vio.
—No tengas vergüenza, sea cual fuere tu culpa —animó a la chica—. Antes de que acabes de confesarla te habrá sido perdonada.
Katy se encaró con él y con el gentío.
—Traicioné la confianza de alguien que me dio empleo para ayudarme a salir de algunos apuros ¡y yo le pagué robándole! —exclamó, y rompió en llanto.
—No te obsesiones, Katy, ésa es una fruslería comparada a algunas de las cosas que hago yo —se sumó la tendera del niño y esquivó a su marido, que trataba de refrenarla—. Me he rendido a la lujuria —contó a Mann con voz potente—. Hago obscenidades que hasta a los casados les están vedadas. Mi marido y yo vemos películas pornográficas para imitarlas, como si lo que Dios creó fuera insuficiente.
—Nun..., nunca me dijiste que era así como te sentías —balbuceó el esposo, sonrojándose—. Ignoraba que te estaba instigando a actuar en contra de tu voluntad. Debería ser yo quien se confesase.
—Vuestro matrimonio se recompondrá si llamáis a Dios a vuestro lado —prometió Mann. El manto de nubes se abrió de pronto y al derramarse sobre los asistentes los rayos solares se difundió también el impulso de confesar sus culpas. De pronto todo el mundo se acusaba de orgullo, afanes de venganza, falta de fe, envidia, embriaguez, egoísmo... —¿Notáis cómo os ama el Señor? —vociferaba Mann—. ¿Le veis sonreír?
Nick supuso que el predicador estaba aprovechando la circunstancia del sol, pero el caso es que las personas de su entorno empezaron a mover la cabeza en sentido aprobatorio, a sonreír tímida y hasta gozosamente.
—Ahora, demos gracias —propuso Mann—. Agradecemos tu infinita bondad, Señor, por prestarnos tu verbo para guiarnos en nuestras vidas, para esclarecernos en todo. —El coro entonó la letanía, acompañado por la enfervorizada multitud. Tras concluir la plegaria, el predicador señaló el sol y anunció—: Dentro de poco será el día más largo del año, y creo honestamente que para entonces vuestro pueblo albergará a una auténtica comunidad cristiana, en gracia de Dios. Sin embargo, el Padre debe imponeros aún otra prueba. Una comunidad en gracia de Dios no puede conservar vigente una tradición pagana.
La mujer rolliza próxima a Nick taladró a Mann con los ojos.
—Sé que vosotros la consideráis una costumbre ancestral y entrañable —justificó el evangelista—, pero ése es uno de los mayores errores que ha cometido la cristiandad: asimilar el paganismo en lugar de desterrarlo de una vez y para siempre. Voy a pediros un favor en representación del Padre. ¿Estudiaréis la posibilidad de dejar este año la cueva como está, sin adornarla? No tenéis que contestar ahora, mas ¿se atrevería alguno a replicar que vuestra imagen de flores bien merece infligir una ofensa al Señor?
—Seré yo quien hable si nadie más lo hace. —Con estas palabras, y apuntalándose en el hombro de Nick, la mujer gruesa se incorporó—. Soy Phoebe Wainwright, y organizo la decoración de la cueva. Opino que presenta usted unos argumentos demasiado maniqueos. La tradición forma parte de nosotros mismos, y estoy segura de que no soy la única aquí que piensa así. ¡Caramba, si hasta algunos de los niños que he ayudado a venir al mundo colaboran conmigo en los arreglos florales!
Nick oyó, en medio de la masa, murmuraciones como: «Ni siquiera va a la iglesia los domingos» o «Es una descreída». Por lo demás, había cundido la turbación entre la gente, y una cierta rabia contra la mujer por el hecho de que se había atrevido a contradecirle.
—No espero que lo decidáis ahora —apaciguó Mann a la concurrencia—. En nuestro próximo encuentro podréis comunicar a Dios qué determinación habéis tomado. Sólo quiero recordaros que el paganismo es el enemigo secular de Cristo. Pero un pueblo donde Dios ha sido invitado a todos los hogares es una fortaleza inexpugnable contra el mal, y por eso he de formularos otra petición más: la siguiente vez que nos reunamos, aquellos que hoy se han levantado ante el Señor nuestro Dios traerán a alguien que todavía no le haya franqueado la entrada en su vida.
Algunos miembros del coro se habían deslizado hacia las tiendas para recoger varios puñados de globos plateados. Los soltaron y éstos, con la inscripción «Dios te ama» impresa en sitio visible, se arracimaron bajo la bóveda celeste, interceptando unos instantes la luz solar. La asamblea había finalizado. Nick cojeó hasta la parte frontal de aquel hervidero, sacando la grabadora de su bolsillo; deseaba hacerle a Mann unas cuantas preguntas. No se había desenredado aún de la plebe, de la que apenas unos pocos individuos convergían sobre el evangelista, cuando alguien le asió por el brazo.

















7

La joven que había interceptado a Nick tenía la faz alargada, los ojos grandes y verdosos y una melena larga y negra como el azabache, que el viento sacudía. Estaba encantado de que fuera ella quien le detuvo, hasta que le habló.
—¿Qué se le ha perdido aquí?
Era neoyorquina, obviamente una de las seguidoras de Mann.
—Me gustaría tener un cambio de impresiones con él —dijo, indicando al predicador.
—¿Acerca de qué? ¿Qué es exactamente lo que está haciendo? Tenemos derecho a saberlo.
—Hasta ahora, me he limitado a mirar. —Si todos los acólitos de Mann eran igual de paranoicos, ¿qué tendrían que ocultar? La muchacha estudiaba su grabadora—. No he utilizado este ingenio, ahórrese las pesquisas.
—Entonces, ¿por qué lo ha traído?
—Siempre lo llevo, es mi herramienta de trabajo. Y ahora, si me disculpa, entrevistaré a su líder. Quizá esté dispuesto a hablar conmigo aunque usted no lo crea.
La joven volvió a agarrar su brazo, casi a retorcérselo.
—¿No pertenece usted a su congregación?
—Mi presencia aquí es accidental. Ha sido un puro azar que pasara por este lugar. Y no me estruje el brazo, ¿quiere? Tengo la pretensión de usarlo después de que termine con él.
—Lo lamento. Se lo devuelvo, póngalo a salvo. —La chica espió de nuevo la grabadora y reprimió una risita picara—. No es un teléfono portátil, ¿verdad? Pensé que lo había estado empleando para dirigir las maniobras.
—Y yo he pensado que usted me daba el alto en nombre del escuadrón divino.
—Al parecer, los dos estamos en el mismo bando. Será mejor empezar desde cero: me llamo Diana Kramer, y supongo que es usted periodista.
—Nick Reid, de Manchester. Adivino, por su acento, que no es de por aquí.
—Vine el año pasado. Trabajo como maestra en la escuela de Moonwell. No deje que mi entonación americana le confunda, nada tengo que ver con esos individuos.
—¡Ajá! Sospecha de ellos. ¿Me autoriza a citarla textualmente? —Al asentir ella, Nick pulsó la tecla que activaba la cinta—. Adelante.
—Tengo la cabezonada de que todo este montaje ha sido organizado para provocar la reacción que persigue ese tal Mann. Ningún habitante de Moonwell sabía que vendría, o si lo sabían lo guardaron muy en secreto, porque no llegó a mis oídos. No obstante, el hotel está repleto de personas que se le adelantaron, y también las tiendas que han montado en torno al pueblo. Más que como una función religiosa, lo definiría como una invasión incruenta.
—Así mismo pienso planteárselo a él. ¿Algo más? Si le apetece, péguese a mí y podrá escuchar lo que dice.
—Sí, con mucho gusto. ¿Quién sabe? Puede que cace algo que a usted se le escape.
La muchedumbre se dispersaba en su derredor. Los seguidores de Mann se habían apostado en los lados del camino para interpelar a los lugareños, asegurándose de que nadie se escabullía sin responder. Una figura solitaria, que lo había observado todo desde una colina más alta, se alejó por los marjales.
—¿Quién es? —inquirió Nick.
—Nathaniel Needham. Vive por allí. Tengo entendido que es el más viejo de Moonwell.
Avanzaron ambos por el árido terreno hacia Mann.
—No os avergoncéis de dar testimonio ante vuestros vecinos —decía el californiano—. Uno de los mayores triunfos del mal en nuestro tiempo es que las personas se sienten intimidadas a la hora de hablar de Dios y proclamar públicamente que creen en él. —Pese a la beatitud de su rostro se le veía exhausto, lo cual se hizo más evidente cuando se fijó en la grabadora de Nick—. ¿Me busca a mí?
—Quisiera entrevistarle, si es que dispone de unos minutos. Soy Nick Reid, reportero del diario News de Manchester.
Mann arrugó las cejas.
—Las noticias vuelan.
—¿Se refiere a la de su llegada? No me mandan de la editorial, tan sólo estoy aquí de paso. ¿Preferiría eludir la publicidad?
—Si los fieles quieren venir y abrazar nuestra causa, saben que serán bienvenidos. No se me ocurre ningún otro motivo que pueda incitarles a integrarse en el grupo, a no ser la intención de entorpecer la obra del Señor, y confío en que usted no deseará que eso suceda más que yo mismo.
—Excúseme —se inmiscuyó Diana—, pero por lo visto está muy seguro de lo que hay que dar a la gente. Quiero decir que sus acompañantes ocuparon literalmente la plaza para que se le dispensara una buena cogida.
—Si eso entraña que sea Dios quien ocupe los corazones, dudo mucho de que nadie ponga objeciones, ¿no le parece? Ya lo ha hecho con muchos de los lugareños. Intuyo que no es usted uno de ellos.
—No, yo no nací en Moonwell. Sigo sin comprender por qué escogió usted este pueblo.
—Porque tenía fe en ser bien recibido. Si es capaz de captar esta idea, porque Dios me anunció que me necesitaban.
—¿Para qué? ¿Para abolir la práctica de una costumbre que tiene varios siglos de antigüedad?
—Mucho me temo que sí. —El rostro de Mann pareció proyectarse hacia delante para hacer frente al impetuoso viento con los ojos siempre chispeantes—. Es la más antigua de las celebraciones druídicas de toda Gran Bretaña, por si no lo sabía.
—No, no lo sabía, pero, según mi criterio, ésa es una razón más para no interferirse en ellas. Nosotros no tenemos tradiciones tan antiguas; no deberíamos sentirnos celosos de quienes sí las tienen y las preservan.
—El Señor es un dios celoso. ¿Nunca lo oyó comentar?
Nick intervino.
—¿Hasta qué extremo cree que es relevante esa ceremonia? ¿Cuánta influencia se le puede atribuir realmente?
Mann prendió de él su eléctrica mirada azul.
—Mientras continúan observándose los ritos de los druidas, el mal ganará terreno en el mundo. Decir que ya han perdido su importancia equivale a decir que nunca hubo nada pavoroso en la oscuridad, que aquellos miedos eran una superstición del hombre primitivo. Permítame que le explique algo. Al año siguiente de consagrar mi vida al Señor, su providencia me condujo en Hollywood hasta una secta satánica; algunas de las personas que salvé entonces están ahora conmigo. Dios me insufló el poder de detectar el mal. Por eso me envió aquí.
Calló de pronto, como si le remordiera la conciencia de haber hablado demasiado.
—Y bien, ¿qué puedo contarle para que lo escriba en su periódico? —añadió con más cautela.
Nick le fue exponiendo el cuestionario convencional, y obtuvo las respuestas que esperaba. Godwin Mann era contrario al aborto, al divorcio, a la pornografía, a «la tolerancia excesiva en todas sus formas»; era un paladín del matrimonio, de la obediencia a la autoridad, de la vuelta al orden. Nick trató de atraerle hacia el tema de su presencia en Moonwell, mas el predicador enmudeció de pronto, tanto que dejó colgando su labio inferior.
—Es el momento de bajar —avisó a dos de sus acólitos, que le ayudaron en el descenso hasta la población.
Otros dos asaltaron a Nick y Diana en la senda para preguntarles si les había cautivado el sermón de Mann.
—No soy más que un corresponsal de prensa —respondió Nick a modo de evasiva—, y esta dama me acompaña. —Una vez fuera de su alcance, susurró a la joven al oído—: Espero que no me juzgue jactancioso por trataría como mi ayudanta cuando lo cierto es que ha formulado usted la mayoría de las preguntas.
—¿De veras he hecho eso? —Diana adoptó una expresión de cómica apología—. Primero le rompo el brazo, y luego lo echo a empujones de la entrevista. Debería haberme mandado callar.
—No le guardo rencor. Le ha ido encauzando hacia derroteros en los que yo habría fallado, llevándole a decir más de lo que quería, al menos esa impresión es la que me ha dado. Déjeme convidarla a un refresco para demostrarle que no le tengo inquina.
El bar local, El Soldado Manco, todavía estaba cerrado. Nick había proyectado dictar al teléfono su informe sobre la base de misiles, así que Diana se ofreció:
—Puede usar el mío.
Vivía un poco más abajo de la plaza, en un chalet alquilado. Perfumaba el aire de las blancas estancias el aroma de las flores que había plantado en tiestos sobre todos los alféizares. El periodista telefoneó desde el recibidor, de techo bajo, y fue a una sala de estar llena de pinturas infantiles, donde la maestra había servido el café. La conversación no tardó en derivar hacia Mann.
—Lo que no entiendo —dijo ella— es qué le mueve a pensar que, al proscribir esa ceremonia simplemente porque es la más vieja, dejarán de celebrarse también las otras.
—No sé si es eso lo que pretende.
—¿Por qué otra causa podría ser tan importante suprimirla?
Nick no atinaba a imaginarlo.
—Tengo que marcharme —señaló, y anotó su propio número de teléfono en una página arrancada de su agenda—. Si sucede algo que yo deba saber, le suplico que me llame. Y, cualquier día que se deje caer por Manchester, dígamelo y la llevaré a comer.
Yendo hacia el coche, vio que la mayor parte de las tiendas habían abierto ya. Se preguntó cuántos de los transeúntes de las calles eran naturales de Moonwell, cuántos eran seguidores de Mann y, ahora, cuántos eran ya ambas cosas a la vez. Mientras recorría los arrabales de la villa, al cruzar el bosque que se extendía hasta los marjales, los interrogantes de Diana empezaron a preocuparle. Debería haberle sonsacado a Mann qué había en el foso que pudiera inducirle a desplazarse desde la remota California. Era como si hubieran distraído su atención para evitar que hiciese indagaciones.



















8

El lunes por la mañana, Diana se despertó pensando en los druidas. Había dado con el tópico casi por casualidad en Manchester, en la biblioteca, donde estuvo investigando sus ascendientes en el distrito de Peak. Todo aquello le resultaba muy familiar, no así el modo de vida del abuelo de su madre, un minero que edificó un hogar a su familia sobre los desechos calizos de las afueras de Buxton. Reflexionó acerca de que quizá su vinculación al lugar era únicamente consecuencia de la paz que la inundó en cuanto pisó la zona pantanosa, la primera vez que se sintió un poco tranquila desde que llegó a Gran Bretaña para tratar de sobreponerse a la muerte de sus padres.
La última visión que guardaba de ellos era la del aeropuerto Kennedy, tan vívida y perdurable como siempre: su padre dándole un abrazo, con aquel olor al tabaco de pipa que invariablemente compraba cerca de la biblioteca pública de Nueva York, y su madre acariciando sus mejillas con manos frías y murmurando «No sufras», mientras ella, Diana, era presa de una inexplicable ansiedad. Otra imagen, la silueta de su avión desdibujada ya en el cielo crepuscular, la despertó unas horas más tarde en un acceso de pánico que le hizo rezar como no lo había hecho desde la niñez, orar por la seguridad de sus padres. Cuando cedió el miedo y llamó al aeropuerto, el empleado receló de ella porque parecía saber que el aparato se había estrellado. Hasta que la interrogó la policía, no la informaron de que los señores Kramer habían muerto.
Especuló sobre cómo habría resuelto Mann el dilema, no tanto el que Dios no respondiera a sus plegarias como que, si quiso llevarse a sus padres, segara varias docenas de vidas para hacerlo. ¿O acaso a Dios le tenía sin cuidado la existencia individual de cada ser humano y no le interesaba más que la cifra global, las estadísticas? Lo único que podía justificar semejante conducta por parte de Dios era que hubiese vida después de la muerte.
Había llegado a esta conclusión en medio de la paz del campo, su paz. El murmullo del mundo se fundía en el ulular del viento que hacía vibrar sus tímpanos; la niebla se había retirado de las colinas desiertas, tan despejadas ahora que se diría que no tenían fin; y al absorber Diana el silencio y la soledad se llenó de calma, reconciliada con su pérdida. Estaba pisando la frontera, más allá de esa misma soledad, hacia lo que quiera que hubiese al otro lado.
La docencia en Moonwell hizo, aparentemente, que la trascendiera, y ahora también Mann y su aversión a los druidas. Camino de la escuela a través de unas calles reverberantes en la bruma, con un arco iris en miniatura aureolando las flores, pensó en el inmenso legado de los druidas: besarse bajo el muérdago, espolvorear sal encima del hombro, las gárgolas como alternativa civilizada a exhibir en los tejados las cabezas de los enemigos decapitados, y hasta llamar fortnight al ciclo de dos semanas, ya que los druidas medían el tiempo en función de las noches (night) más que de los días. Nunca registraban sus hechos por escrito, tal vez para estimular la memoria. Acostumbraban hablar en tríadas, pues el tres era su número sagrado. El gran temor céltico era que se derrumbaran los cielos y se desbordaran los océanos. En el siglo XIX los druidas se habían convertido en un mito romántico, todo indicaba que en realidad habían sido salvajes inmolando a seres humanos antes de las batallas y cometiendo otras atrocidades, pero al no existir constancia documental de su religión, era difícil comprobarlo. Sin duda la cueva fue uno de sus lugares sacros, y Diana deseaba con fervor que Mann no se entrometiera.
La señora Scragg la esperaba en el patio, insólitamente concurrido.
—Mi esposo quiere verla en su despacho.
Estaba sentado tras el escritorio, absurdamente grande para él, leyendo un panfleto titulado Levantaos ante Dios y frotándose las manos. Su ancha sonrisa producía el efecto de encajonarle la cara entre la barbilla y las pobladas cejas.
—Va a tener algunos alumnos adicionales —dijo—. Godwin Mann ha negociado su admisión en el colegio. Mi mujer se encargará de los de nueve y diez años, y yo de los mayores. Estoy seguro de que sabrá arreglárselas.
—Sin problemas —respondió Diana, decidida a que no los hubiera incluso cuando su clase formó filas al ensordecedor toque de silbato de la señora Scragg y la joven vio que prácticamente su número se había doblado.
Todos los niños nuevos tenían los ojos brillantes, los rostros frescos y muy ilusionados, pese a que algunos presentaban la nariz congestionada a causa del aire gélido que debía de colarse en sus tiendas. Ya en el aula, Diana dio unas instrucciones.
—Tendréis que sentaros dos en cada pupitre.
Los viejos de la clase se pusieron en acción, con desgana y refunfuñando. Una vez que dejaron sitio a los alumnos nuevos, éstos permanecieron de pie.
—¿Podríamos rezar antes de comenzar? —solicitó un chico con el cabello vistosamente rubio y acento sureño.
—Por supuesto, podéis hacerlo si tenéis esa costumbre.
Se arrodillaron, y dirigieron a los viejos incisivas miradas. También ellos, por lo visto, debían hincar la rodilla, pero Diana no iba a consentir que se trastocara tan drásticamente su rutina.
—Basta con que inclinéis un poco la cabeza —atajó, e inclinó también la suya.
Los recién llegados terminaron, finalmente, de dar gracias a Dios, y tomaron asiento.
—Antes que nada, conozcámonos mutuamente —sugirió la maestra—. ¿Por qué no nos decís cómo os llamáis y nos habláis de vosotros mismos?
—Yo soy Emmanuel —inició el niño rubio su exposición—. Procedo de Georgia. Mi padre y mis tíos trabajaban en una granja hasta que mis tíos murieron enarbolando el estandarte de Dios en la cruzada contra el comunismo.
Dos muchachitos británicos y otros dos de California proclamaron estar también luchando en la divina cruzada. Sally se fue encrespando hasta que bruscamente gritó:
—Mi padre está en un sindicato y asiste a la iglesia.
—Uno puede ir a la iglesia y mantener a Dios alejado del corazón —aleccionó Emmanuel—. Rezaremos por él y por que tú le muestres la senda de la verdad.
Sally le sacó la lengua y arrugó la nariz para que no se le cayeran las gafas.
—Mi madre dice que si hay otra guerra será la última —intervino Jane—, porque las bombas nos matarán a todos.
—Eso no ha de inquietarte mientras Dios sea tu mejor amigo —replicó una niña galesa—. Pero, si no lo es, cuando mueras irás derechita al infierno.
—¡Ya lo veremos! Desde luego, no sabes nada de nada. Y mi mejor amiga es Sally.
Alargó la mano hacia ésta entre los pupitres, y ella reivindicó, en actitud retadora:
—También yo quiero a Jane.
—Las niñas no han de querer a las de su sexo, ni los niños tampoco —censuró el vecino de asiento de Jane—. Así nos lo ha enseñado Godwin Mann. Hemos de entregar todo nuestro amor al Señor.
—Si vais a entablar un debate, será mejor que para empezar le digáis vuestro nombre al compañero que tenéis al lado —moderó Diana, recordándose a sí misma que ellos no tenían la culpa de ser unos viejos antes de tiempo, unas criaturas insufribles, y que la causante era la educación recibida—. Ahora cada uno de los nuevos alumnos me leerá unos párrafos, mientras vosotros seguiréis la lectura también para vuestros adentros.
Apenas había escuchado dos lecturas, cuando el chico que estaba sentado junto a Thomas acusó, con voz estridente:
—No deberías decir esas porquerías. Repítele a la señorita Kramer los insultos obscenos que me estabas diciendo.
—Este no es el sitio adecuado, ¿de acuerdo, Thomas? No ofendamos a los demás sin necesidad.
—Te perdono. Rezaré por ti —zanjó el asunto el agraviado, y Diana tuvo la desconcertante sensación de que aquellas palabras estaban destinadas a ella tanto como a Thomas.
Así transcurrió la mañana, con los niños nuevos empeñados no tanto en contar sus respectivas historias como en exhortar a sus compañeros de pupitre a confesarse cada vez que incurrían en una falta, por trivial que ella fuese. A la hora del recreo, la maestra salió al patio pidiendo al cielo que no fueran tan puritanos en los juegos.
Una radio emitía a todo volumen música de discoteca, lo que a Diana le pareció prometedor hasta que reparó en que el estribillo, agobiantemente repetitivo, decía «Sobre esta piedra levantaré mi iglesia». Los chavales de Moonwell se lanzaron a bailar entusiasmados, mas el dueño de la radio la apagó.
—No deberíais bailar con tanto desenfreno —les reprendió.
Un grupo de alumnos de Diana quisieron enseñar a los neófitos a jugar a una versión de la gallina ciega en la que el que «paraba» debía situarse en un agujero. Mary, la chica de Gafes, fue la elegida para meterse en el hoyo, vendarse los ojos y tratar de capturar a una víctima del corro que la rodearía con las manos unidas. Si adivinaba la identidad del prisionero, éste habría de acompañarla en la cavidad central y taparse también los ojos; una vez comenzaba el proceso, el corro solía deshacerse muy deprisa. No habían acabado siquiera una ronda de prueba, cuando Mary se desanudó la venda y preguntó:
—¿Quién se supone que soy?
—El gigante que vive en el pozo —explicó, impacientándose, Ronnie—. Te arrancamos los ojos y te tiramos al fondo.
—No, te rebanamos las extremidades y te empujamos rodando —se ensañó Thomas.
Mary hizo ademán de huir. Diana acalló a Sally y a Jane, que se habían cogido a sus manos y le cuchicheaban sus secretos. Cuando quiso intervenir, se le adelantó el muchacho del transistor.
—¿Qué te pasa, Mary? —demandó.
—Quieren que finja ser el que está en la cueva, Daniel.
—Ninguno de vosotros debería jugar a eso. ¿No sabéis quién es? Es el demonio que, agazapado, os espera. Vendrá a raptaros si no rezáis a Dios e instáis a vuestras familias a hacerlo también.
Sobre la población fluctuó una nube, eclipsando al sol. Su sombra se desdobló sobre las casas y el patio de la escuela, evocando una monumental piedra de vapor.
—No es un diablo, sino un gigante —afirmó Thomas—. Además, si logra salir os atrapará antes a vosotros, que vivís en las tiendas de ahí arriba. Os agarrará, os volverá del revés y os transformará en horribles animales. A partir de entonces tendréis que caminar como reptiles por toda la eternidad.
Andrew habló por primera vez, y lo hizo vacilante.
—No puede ser el demonio, puesto que la cueva es un lugar santo. Mi abuelito decía que le arrojaron ahí dentro porque era sagrado y nunca podría fugarse.
—Tu abuelo era un embustero —le increpó Mary con su áspera entonación galesa—. Tendrías que escuchar a Godwin Mann. Dios nos manda su voz a través de él.
—¿Por ventura es un teléfono? —contestó Andrew.
«Bravo por ti», pensó Diana, a la vez que distinguía en el portalón el perfil del señor Scragg.
—Venga, niños, no os lo toméis tan en serio. A fin de cuentas se trata de un juego —les amonestó despreciativamente Daniel.
Por un momento tuvo ansias de abofetearle, tantas que quedó abrumada por sus propios sentimientos hasta que sonó el silbato y se desperdigaron. En cuanto se hizo el silencio el señor Scragg dijo, en un tono glacial:
—¿Ha subido hoy alguien a las colinas que no esté acampado allí?
Sometió a un sistemático escrutinio las caras de los niños de Moonwell, buscando indicios de culpabilidad.
—Si lo habéis hecho lo descubriré, creedme. Acaban de comunicarme que alguien ha demolido el muro de protección de la cueva v lo ha lanzado al interior. Se precisa algo más que eso para expulsar a nuestros amigos, pero os advierto que, como haya otros incidentes similares, pongo a Dios por testigo, no descansaré hasta encontrar a los responsables y darles un merecido castigo.
Terminado el fulminante examen visual, el director se encerró de nuevo en el edificio.
—Iba a explicaros por qué hicieron mal en echar al demonio en la cueva —dijo Daniel, apartando a Mary—, pero será más conveniente que oremos por todos vosotros.
Así lo hicieron él y sus amigos, mientras Thomas y su pandilla se ponían a jugar bulliciosamente, aunque no lo bastante como para sofocar las plegarias.
En opinión de los niños nuevos, Diana debería haberles tenido más quietos. Le manifestaron su desacuerdo a lo largo de toda la tarde; en otra ocasión, al romperse la tiza en el desigual encerado y mascullar ella una débil imprecación, se le revolvieron como una ola. ¿Podía aquel desacuerdo impedir la celebración de la ofrenda floral en la cueva la víspera del solsticio de verano y, si era así, importaba mucho? Indudablemente, en épocas pasadas fueron muy representativas las perdidas fiestas del verano que se habían disfrazado como día de San Juan, con hogueras y bailes en las calles. «A Mann tampoco le habrían gustado mucho esos ritos medievales», meditó la maestra con ironía, asfixiada por la amenaza de rezos de desaprobación que se respiraba en el aula.
Nunca se había sentido tan necesitada de los cursos de relajación que organizaba Helen, la funcionaría de Correos, todos los lunes por la tarde. Mientras andaba por la calle Mayor, que la niebla acortaba, se cruzó con parejas de paseantes que no conocía, posiblemente seguidores de Mann. Un pensamiento se insinuó en su mente, un atisbo funesto sobre el actual estado de la localidad, pero antes de que pudiera desgranarlo vio a Helen clavetear una nota en la puerta del salón de juntas.
—¿Ocurre algo malo, Helen? —inquirió Diana.
—No, en absoluto. Al contrario, todo va viento en popa. —La faz redonda de Helen, siempre impecablemente maquillada, parecía ahora haber sido restregada con esparto—. Pero he abandonado el yoga, y espero poder convencerte de que me imites. No sirve para nada cuando ha entrado Dios en nuestras vidas.








9

Geraldine estaba ensartando las últimas flores en la valla que circundaba la base de misiles cuando la policía empezó a evacuar a la gente.
—Retroceda, señora —le ordenó un guardia—, ésta es una propiedad del gobierno. Esperemos que tenga algo más que flores frente al enemigo.
—¿Frente a alguno en particular?
El hombre clavó en ella una mirada de reprobación.
—Creo que todos sabemos quién quiere que el comunismo domine el mundo. ¿Le gustaría que sus hijos crecieran en un régimen comunista?
—No tenemos hijos —respondió Jeremy con voz desabrida—; el que podría haber venido se malogró. Quizá tengamos que agradecer que así fuera a la ciencia nuclear. Hay muchos más abortos que nunca desde que experimentan con esas jodidas bombas.
—Hay señoras presentes, caballero, controle su vocabulario. Y, ahora sea buen chico y circule.
Los ojos del guardia denotaban menos flema que sus palabras, y de repente parecía más corpulento.
—Deja de porfiar, Jeremy —suavizó Geraldine, cavilando que eran las confrontaciones como aquélla la razón de que en algunas bases se apostara exclusivamente a piquetes femeninos—. De todas formas, tenemos que irnos. Hay que supervisar el nuevo material.
Se encaminaron por la fangosa y pisoteada hierba del valle hacia su furgoneta. El motor —contaba ya ocho años de servicio— estornudó y gimió al tratar Jeremy de accionarlo, pero arrancó a la primera para su esposa. El hombre se llevó las manos a la cabeza.
—Eso me demuestra la nulidad que soy.
—A mí me eres tremendamente útil. Y estoy bien, te lo aseguro.
La escena con el policía no la había afectado, aunque dentro de pocas semanas sería el cumpleaños de Jonathan. Condujo a buen ritmo entre montes y páramos. No bien aparcó el coche, en seguida fue a casa de los Bevan.
—Entra, corre —la invitó Brian atropelladamente.
Sacando el mentón de aquella forma peculiar suya, la llevó a la cocina, donde preparaba la cena. Unas judías con salchichas troceadas ya cocidas chisporroteaban en la sartén, y unas patatas se ennegrecían más que se doraban en el horno, sobre el que una novísima placa rezaba: «Aquí mora Dios».
—No vayas a pensar que hago a menudo de cocinero —se defendió Bevan—. Sólo cuando ella ayuda en el centro de Godwin Mann y yo cierro a mediodía.
En el centro se vendían rótulos, biblias y panfletos en cuyas cubiertas aparecían personajes sonriendo, como si no hicieran nada más en la vida.
—Deja que rescate tu guiso —ofreció Geraldine, divertida—. No se puede confiar en los hombres más que para abrir las latas y descongelar los productos congelados.
—June siempre hace este tipo de cena.
—Ojalá sea la favorita de Andrew —dijo ella, rascando la fuente del horno para despegar las patatas—. ¿Qué tal está? ¿Qué piensa del espectáculo religioso?
—Él no tiene nada que pensar.
—Tenemos algunas novedades en literatura infantil, puede quedarse con la que más le guste.
—Si os empeñáis en regalarle libros que podríais vender, no seré yo quien os disuada. —Brian estaba violento al verse tan cerca de ella en la cocina estrecha, caliente y llena de humo, y ladeó el rostro para musitar—: Estamos en deuda con vosotros. Sé bien que podríamos darle a Andrew una mayor dedicación, y sobre todo, tener más paciencia con él. Tal vez ahora que han cambiado nuestras vidas...
Andrew estaba en la escalera, jugando a los soldaditos. Había desencajado el tambor de plástico de un cañón antiaéreo y su barbilla era prominente igual que la de su padre, él para no llorar. Se alegró al ver a Geraldine.
—¿Quieres que te enseñe mis éstos?
—¿Pero es que no sabes hablar? —riñó Brian—. Geraldine creerá que no nos molestamos en enseñarte a hablar bien. «Mis éstos» —repitió, asumiendo la voz de un idiota—. Nuestra buena amiga deseaba obsequiarte con un libro, y no me extrañaría si te diera una historieta para bebés.
—Buscaremos algo para que puedas lucirte ante tus padres —propuso Geraldine en el momento en que entraba junto a Andrew en la librería, donde Jeremy se afanaba en abrir unas cajas de cartón con un cuchillo Stanley—. Imagino que esperas expectante el día en que vean tus trabajos escolares.
—No lo harán.
No podía ser, Geraldine se dijo que había entendido mal al niño.
—Como es lógico, los dos irán a la sesión que ha convocado la señorita Kramer para la semana que viene.
—No. Mi madre tendrá que quedarse en el centro de Dios porque habrá plegarias, y mi padre estará muy atareado en casa.
Geraldine se concentró en mostrarle las recientes adquisiciones, pues temía excederse si hablaba. El pequeño escogió El libro de la selva, y se fue rápido hacia la salida. Geraldine corrió tras él instintivamente. June le aguardaba en el camino del jardín.
—Gracias por acompañarle hasta la puerta, Geraldine. A saber qué travesura se habría ingeniado si no le vigilas.
—No exageres, June. Diana Kramer me preguntaba antes si acudiríais a la reunión.
—Me encantaría, pero debo ir a una velada de oración y no podemos dejar al crío solo en casa.
—No tenéis más que decírnoslo. Jeremy o yo pasaremos a hacerle compañía. A menos —agregó, con la intención de abochornar a June— que prefiráis que os sustituyamos en la reunión de la escuela.
Brian asomó la cabeza por una de las ventanas de la fachada.
—¿No os molestaría mucho? Al fin y al cabo, conocéis a la maestra mejor que nosotros.
Su actitud estaba entre la vergüenza y la confidencia, pero a Geraldine nada le interesaban sus motivos.
—Opino —repuso con cierto titubeo— que debemos dejar a Andrew esa decisión.
Andrew fijó la vista en sus gastados zapatos.
—¿Se te ha comido la lengua el gato? —apremió June, y el chaval alzó la cara hacia Geraldine.
—Jeremy y tú —dijo con un hilo de voz. —Asunto arreglado —concluyó June, en un tono que tanto podía ser de amargura como de triunfo.
Iba Geraldine a rebatírselo, cuando en la librería empezó a atronar la alarma. No podía pensar con aquel estruendo. Volvió presurosa a la tienda, en el instante mismo en que Jeremy desconectaba el artilugio.
—Llamaré a Eddings —se brindó ella, deseando echarle una buena bronca para poder dar rienda suelta a su ira.
El tipo no estaba en casa. Fue Hazel, su mujer, quien se puso al aparato.
—Le diré que le ha llamado en cuanto regrese.
—Hay alguien que le necesita más que nosotros, ¿no es eso?
—Sí, podría expresarse así. Está visitando a nuestros vecinos por indicación de Godwin Mann.
—Rezando no reparará nuestra alarma.
—¿Está segura? Quizá podría probar a hacerlo usted misma mientras espera.
Geraldine dedicó al auricular la mueca más fiera que pudo adoptar y colgó el teléfono.
—Una vez haya terminado con la labor de Dios, vendrá a hacer la suya propia.
—Es una lástima que no podamos pedir a Dios que garantice el trabajo de Benedict. Y los Bevan, ¿de qué tenían ahora que descargarse? Pero no te salgas de tus casillas, por favor.
—No me salgo. ¿Por qué había de salirme? Que cada uno actúe como le plazca, yo no perderé los estribos a causa de los demás.
Geraldine cerró los ojos y, con un rechinar de dientes, rugió furiosa antes de relatar lo sucedido a su esposo. Ni él ni ella sabían cuál era el mejor proceder; según la mujer, todo intento por su parte repercutiría en perjuicio de Andrew. Toda la cena la pasaron discutiendo la cuestión, aunque en realidad era con ella misma con quien Geraldine argumentaba. Por fin, admitió:
—No consigo centrar mis ideas.
—¿Por qué no vamos a tomar una copa, a pasear o a distraernos?
—No podemos movernos hasta que venga Eddings.
—Ve tú sola si quieres. Has tenido un día muy malo en todos los aspectos. Acabaré de inventariar el material y quizá me reúna contigo más tarde.
Las farolas empezaban a encenderse. Encima del pueblo, el aserrado contorno de los montes llameaba bajo un cielo púrpura. Geraldine subía muy ligera el camino para combatir el frío incipiente. ¿Cómo inculcaría a los Bevan que debían portarse mejor con Andrew? El chico era responsabilidad de ellos, no suya. No era su hijo. No era Jonathan.
Jonathan, dondequiera que estuviese, se hallaba a salvo. Ya se lo dijo a sí misma en el blanco, embaldosado y aséptico hospital de Sheffield: Jonathan continuaba vivo en algún lugar, y crecía. No era preciso verle, aunque, a veces, en sus sueños le veía. Anhelaba compartir su convicción con Jeremy, pero la única ocasión en que lo intentó a él no se le ocurrió otra cosa que seguirle la corriente. Jonathan estaba amenazado y Geraldine no volvió a mencionarle jamás. Podía guardar a su niño de todo mal. Era Andrew el que tenía que vivir en el mundo real y afrontar lo que quiera que le deparase.
Se internó por la vereda arriba, que al reflejo del crepúsculo refulgía en tonalidades de verde oscuro.
La piedra caliza emanaba un efluvio que saturaba la hierba como si fuera niebla. Aceleró el paso, apretando sus propios brazos y preguntándose por qué el frío la ponía tan nerviosa. Estaba en las rocas desnudas que flanqueaban la cueva cuando le vino una idea, y se detuvo con estremecimiento.
Cuando volvió del hospital a casa, se había prometido a sí misma desechar sin dilación la ropa de Jonathan. Abrió la cómoda del dormitorio que habría sido suyo, introdujo la mano para tomar algunas piezas de la canastilla, y aspiró tan fuerte que le dolieron los dientes: aquellas prendas tenían el tacto del hielo. Las yemas de los dedos se le entumecieron por el frío, y empezó a tiritar de la cabeza a los pies. Se quedó allí plantada, incapaz de soltar la ropa o salir a la carrera, hasta que Jeremy la encontró. Más tarde, al vaciar él los cajones, le comentó que no había notado nada raro, y menos aún aquel frío antinatural.
La luna llena envolvió en un halo de irisaciones las nubes del horizonte. El sendero que surcaba la planicie volvió a aparecer, tras difuminarse momentáneamente bajo un cielo que ahora era casi negro. Las tiendas de las laderas eran como carámbanos. Geraldine no había sabido nunca lo que significaba el frío ni tampoco hoy atinó a explicárselo —no podía ser, desde luego, que allí donde estaba Jonathan reinara aquella congelación—, pero no quería demorarse en aquel paraje con tales pensamientos, especialmente cuando los rayos lunares lo hacían aún más inhóspito. Pasó a toda prisa por delante de la cueva, en dirección de la senda que conducía a la otra parte de Moonwell. Mas titubeó al ver que no había tapia en torno al foso.
Iluminado por la luna, parecía todavía más hondo. Aunque estaba en el borde mismo de la cuenca, la mujer se sentía demasiado próxima a la abismal negrura. Quiso recular, y un guijarro voló de su tacón y se precipitó ladera abajo. Por algún motivo que escapaba a su comprensión, le aterraba que cayera en la cueva. Echó a correr hacia la vereda, a trompicones, perdiendo casi el equilibrio.
Los rayos lunares recorrieron, sinuosos, la localidad, e hicieron fulgurar los tejados de las casas sobresaliendo entre la luz eléctrica de las calles. La luna acompañaba a Geraldine, que caminaba por la senda que desembocaba en la iglesia. La luz planeó sobre tres rostros en una de las abigarradas vidrieras, confiriéndoles la apariencia de girar sobre un mismo cuello. Entre las tumbas más recientes del anexo cementerio, apiñadas alrededor del roble, una brillaba más que el resto. Bajo la luz de la luna, casi rutilaba.
Los rayos confluyeron en el camposanto al alcanzar ella el pavimento. Unas sombras alargadas caían sobre la blanqueada hierba como columnas cuyos borrosos frisos se encaramaban hasta el muro de la iglesia. Geraldine miró a ambos lados de la calzada y cruzó hasta la acera lindante con el recinto. Todavía no vislumbraba el nombre que figuraba en la losa rutilante, ni podía entrever qué clase de piedra era aquélla para que reflejase con tamaña intensidad el claro de la luna, como si las irradiaciones vinieran de su interior. Avanzó rauda hasta la reja y descorrió el pestillo de la cancela de hierro.
Debían de haberla engrasado últimamente, pues no la oyó chirriar. Quizá era porque su gran empeño en leer la inscripción de la losa, situada allí donde moría la sombra del roble, anulaba sus otros sentidos; al adentrarse en el luminoso pasillo de grava, ni siquiera percibió los ecos de sus pisadas. La luz, que todo lo había congelado en una marmórea quietud, le provocaba escalofríos. Tanteó el camino y avanzó entre las mohosas lápidas, resbalando sus pies en unos túmulos que ella asoció a lechos de tierra. Se había acercado ya lo bastante como para leer la inscripción de sucinto texto, y le temblaban las piernas. Tuvo que pisar las viejas losas, las cuales, aunque de piedra, se desmenuzaban con sólo tocarlas. Cuando cayó de rodillas frente a la tumba rutilante, mucho más deslumbradora que las de sus flancos, fue a fin de mitigar los espasmos de su cuerpo. Pero los temblores persistieron como si nunca fueran a parar. La única fecha grabada en la intacta piedra databa de ocho años atrás, y sobre ella había un nombre: Jonathan.















10

«Espero verla esta noche en el bar, señora Wainwright... Phoebe.» Pensaba Eustace que si la llamaba por el apellido, le rogaría que usara el nombre de pila; esto le facilitaría las cosas. No supo exactamente qué decirle hasta doblar la esquina del callejón de la iglesia, con el cuello de su camisa tan tirante que el botón saltó y fue a caer en la calzada, donde lo pulverizaron las ruedas de una camioneta de reparto. Optó por llamarla «señora Wainwright», de modo que lo único que había que hacer ahora era enfilar el callejón, liberar el pasador de la reluciente verja de madera pintada de verde, internarse en el enrejado de floridas viñas y el camino de gravilla, tan efectivo como un perro guardián para advertirla de que alguien llegaba, llevar su plomiza mano al timbre y aspirar una honda bocanada que tenía la intención de contener hasta hallarse frente a frente con la dama, de tal suerte que tuviera que expelerla y formular la petición a un tiempo. Había inspirado ya, cuando se dio cuenta de que no había sacado la revista cuya entrega le servía de coartada. La extrajo de la cartera tan apresuradamente que tiró la mitad de su contenido en el porche de la casa, en el momento mismo en que ella abría la puerta.
Se agachó y se imaginó que ofrecería el aspecto del rapaz imberbe postrado ante una amada que ni siquiera sabía que lo era. Al ponerse ella en cuclillas para ayudarle se arremangó la falda del vestido, revelando sus rollizos muslos, y Eustace casi cayó de espaldas. Se dejó embelesar por su perfume, de olor silvestre como el brezo, por sus brazos levemente pecosos y las destapadas curvas superiores de sus grandes senos, por los profundos ojos castaños, la breve nariz, los labios rosados y carnosos, por el cabello rubio recogido en una cola de caballo que descendía sobre su espalda. Su mano, suave y tibia, tocó la de él al entregarle algunas de las cartas.
—Muchas gracias —masculló Eustace, y se puso en pie lo más rápido que pudo, para comprobar que, ahora, parecía estar espiando el escote de su vestido.
Ella se levantó también, con tal gracia, que al cartero le asombró y conmovió a la vez.
—Si quieres, puedes ordenar el correo en mi mesa.
La sala principal estaba tan pulcra como la suya: era la clásica estancia de una persona solitaria. Se perfilaban fósiles empotrados en varias de las piedras de la chimenea, que se construyó ella misma. Eustace desparramó la correspondencia en el bordado tapete y desvió la mirada de una fotografía del marido difunto —una cara muy larga dividida por un mostacho— a otra de Phoebe empequeñecida por la imagen floral que había adornado la cueva el año anterior, que representaba a un hombre ataviado de oro y esgrimiendo una espada, con una aureola que era como un sol en derredor de su cabeza.
—Seguirá vistiéndola, ¿verdad? —preguntó el cartero, que por contraposición la desnudó con la mirada y quedó muy azorado.
—No te preocupes, sé lo que quieres decir. —Phoebe Wainwright esbozó una risita forzada, antes de asumir un aire de mayor gravedad—. Algunas de las personas que acostumbraban a participar ya me han dado excusas para no colaborar. Espero que aún queden las suficientes. No me agrada en absoluto pensar que nuestra comunidad va a dejarse gobernar en este asunto por alguien que ni siquiera ha visto la ceremonia.
—Tiene más razón que un santo.
«Pídeselo ahora», exclamó la voz interior de Eustace, tan fuerte que casi creyó tener puestos nuevamente los auriculares. Pero sentía la boca como si hubiera masticado chicle que se le adhería fuertemente, y sus manos expertas habían redistribuido las cartas antes de que pudiera despegar los labios. Respiró hondo, y se oyó decir a sí mismo las únicas palabras de las que era capaz.
—Muchas gracias.
Se dirigía desmañadamente a la puerta, sin otro anhelo que partir y quedarse solo, cuando ella preguntó:
—¿Te traía algún otro propósito aparte de esparcir tu carga en el umbral de mi casa?
—Perdone el despiste. He estado paseando esto por todas partes. —Le alargó la revista, y recordó que su marido había sido enfermero y que se mató, hacía dos años, al salirse de la carretera en medio de una de las nieblas instantáneas del distrito de Peak—. No creo que se muriera de ganas de leerla —apuntó.
Le entraron deseos de enterrar la cabeza en la cartera mientras ella reía y se enfadaba al mismo tiempo. Sonaron unos timbrazos. Eustace siguió a Phoebe, y vio que abría la puerta a dos mujeres con cara optimista y cordial que llevaban los bolsos atiborrados de libros y panfletos.
—¿Permitirás que Dios entre en tu hogar? —la abordó una de ellas.
—Yo me voy para dejarle más sitio —dijo el cartero, escurriéndose entre las visitantes.
—También a mí van a tener que disculparme —cortó Phoebe a las mujeres. Al cerrar la puerta, gritó a Eustace— Nos veremos luego. Estoy deseando presenciar tu número en el bar.
El hombre se puso tan colorado, que a punto estuvo de volver a casa directamente, sin concluir su ronda. Repartió el resto del correo, y al fin volvió a la casita que ocupaba entre la calle Mayor y una de las empinadas cuestas de la colina. Se tendió en el sofá y vio cómo Stan Laurel incendiaba el hogar de Hardy al ayudarle a ordenarlo después de una fiesta. Por primera vez, no tuvo que consolarse con la idea de que aún había alguien más torpe que él.
Compró más tarde pescado con patatas fritas en una tienda de la calle Mayor, y fue a comerlo a casa. Ya al anochecer, se encaminó por la penumbrosa población a El Soldado Manco. El bar estaba a rebosar, los rostros que se arracimaban bajo las vigas de oscuro roble eran en su mayoría de gente extraña, algo que sucedía con frecuencia en las noches tradicionales como ésta o cuando Eric, el patrón, proyectaba una película en la pantalla de vídeo. En un rincón lleno de arreos de caballerías divisó a los productores de Radio Sheffield; Anthony, el que afirmaba que no valía una grabación, sacudía la cabeza para despejar las mechas de su plateado cabello. Aunque le hubiese apetecido, Eustace no tenía tiempo de departir con ellos. Siempre llegaba con el tiempo justo, pues de otro modo se arriesgaba a perder la confianza en sí mismo. Mas, cuando Eric le invitó a una caña y anunció: «Tomen asiento, damas y caballeros, para admirar al humorista local de Moonwell, Eustace Gift», no había aún rastro de Phoebe.
Eustace pasó apuros entre las mesas, sorbiendo la bebida de su jarra a fin de no salpicar a los clientes y subió los escalones del improvisado escenario. Tenía que demostrar a Anthony de Radio Sheffield que era un comediante como la copa de un pino. Descubrió que lo era una noche en que le describía a Eric su semana laboral normal, presidida por mil caídas de culo, tan entusiasmado que no notó que todos los presentes le escuchaban hasta que le ovacionaron al final y le convidaron a beber. No podía aguardar a Phoebe, el espectáculo debía «continuar».
—Ése soy yo —empezó, acomodándose en la rígida silla que constituía todo el decorado—. Eustace de nombre y Eustace por naturaleza.
Una mujer menuda que estaba sentada junto a la ventana estalló en estentóreas carcajadas.
—Yo soy Eustace, querida, que significa «rico en maíz» —añadió, y cosechó unas risas más generales, aunque de cortesía.
Ojeaba al público en busca de alguien más con quien personalizar la charla —era su estratagema para hacer reír pues si se ganaba un amigo también hacía que extendiese la hilaridad—, cuando se abrieron las puertas y apareció Phoebe.
Estaba jadeante. Quizá había corrido por él. La recién llegada le sonrió furtivamente como disculpándose, y el hombre se sintió crecer varios centímetros de golpe.
—Yo hago llegar el correo a los hogares de Moonwell, y Phoebe Wainwright, que acaba de entrar, hace llegar los bebés. Es una suerte que no sea al revés, ya que me temo que yo llenaría el lugar de ciudadanos de segunda clase.
Suscitó este chiste una segunda risa de compromiso, mientras que en los productores radiofónicos no produjo sino un imperceptible movimiento de labios. Ya era hora de darles algo más punzante.
—Es posible que nuestras vidas cambien ahora que la misión Moonwell se ha aposentado en el pueblo. Pronto tendremos que llamar a la recogida de cartas «recogida de epístolas». Y no me digáis que creéis que una epístola es el estado en el que salís habitualmente de los bares.
Al padre O'Connell, que estaba en la mesa de Diana Kramer, le divirtió la ocurrencia, y también a los productores.
—Me han comentado que Godwin Mann está reposando en la habitación de su hotel desde que se presentó ante nuestra gente —susurró Eustace con expresión ingenua—, pero no se lo contéis a nadie, ¿de acuerdo? Probablemente le da dolor de cabeza eso de oír a todas horas la voz de Dios. Es algo fabuloso que a mí nunca me ha pasado. Tal como yo soy se me cruzarían las líneas, y oiría frases como «Abróchense los cinturones» o «¿De qué color son sus prendas interiores?»
Estiró la mano hacia la jarra, pero la dejó en suspenso. Las risas que quería provocar no sonaron; unas pocas que se oyeron rezagadas eran más de aliento que espontáneas. Mientras engullía un trago de cerveza, vio al carnicero apoyado en la barra, contemplándole como si le animara a ensayar otro estilo de humor. No podía ser cierto, aquel hombre se mostró más que escéptico el día de la gran asamblea.
—Tengo la impresión de que la alcoba del señor Mann está demasiado atestada —prosiguió Eustace—, porque ha mandado a sus emisarios por todas las casas de la localidad solicitando plaza para Dios.
Cuando Steve, el segundo hombre de Radio Sheffield, se echó a reír, muchas cabezas se volvieron para escudriñarle. Por lo demás prevaleció el silencio, aunque no podía ser tan apesadumbrado como se lo pareció a Eustace. Estaba en peligro de perder el control, tanto de sí mismo como del público. «Malasombra y Melancolía al rescate», decidió a la desesperada.
—Oiga, señor Malasombra, quieren meter a Dios en nuestra casa.
—Dígales que no aceptamos realquilados, señor Melancolía.
—Insisten en que no pueden dejarle fuera. Es demasiado grande.
—Por el fuego sagrado, ya sabe lo que eso nos costará, ¿no? Cada tarde, panes y peces con el té.
Nadie se reía. Eustace dirigió inconscientemente la mirada a una mujer que antes nunca había visto, intentando arrancarle, al menos, una sonrisa. Ella le observó inexpresiva, acaso preguntándose cuánto tiempo habría de esperar para la próxima actuación, y la respuesta surgió como un salvamento en el último minuto.
—De momento, eso es todo lo que había de deciros yo mismo y mi firma afiliada Malasombra y Melancolía —se despidió el cartero, casi tartamudeando—. Deleitémonos con la música de nuestro amigo Billy Bell.
Fueron tantos los asistentes que le miraron como si se tratara de un nuevo chascarrillo, que por unos instantes pensó que había incurrido en una transposición de vocales. No, lo que había dicho retumbaba todavía en sus invisibles auriculares. Bajó del escenario, las piernas se le trababan al andar y se refugió en una esquina oscura para apagar el ardor de sus mejillas. El barbudo Billy, hijo de la administradora de Correos, elevó la guitarra sobre su cabeza camino del escenario, mas una mujer se interpuso en su camino.
—¿Me deja explicar una broma buena de verdad?
Billy dudó.
—Venga, explíquela —gritaron unas cuantas voces. Era alta y de facciones frescas, con trenzas y una sonrisa que delataba su ansia de contar el chascarrillo.
—Érase una vez un irlandés llamado Simón O'Cyrene —comenzó, y rió estrepitosa—. De pronto se enteró que le echaban del trabajo. El hombre se dijo a sí mismo: «Presiento que soy un tipo de fortuna, así que me gastaré mis ahorros en un viaje al extranjero en lugar de quedarme aquí holgazaneando». Parte pues a Israel en las vacaciones veraniegas, y un día va a Jerusalén, porque le han avisado de que se prepara allí una procesión. Se mezcla con la muchedumbre a la espera de que ésta pase, y un ratero le roba todo su dinero cuando más desprevenido se hallaba. Simón se lamenta diciendo: «¡Oh, madre mía! ¿Qué es lo que ocurre? Habría jurado que hoy era mi día de suerte».
Eustace estaba atónito. No sólo no le veía gracia ninguna a la mujer, y menos aún a su falso acento irlandés, sino que para postre mataba la comicidad riéndose ella a cada momento. No obstante, a su alrededor cundía la jovialidad; hubo incluso quienes se reían estrepitosamente antes de que reanudara su narración.
—Está el tipo buscando a un policía, cuando se acerca la procesión. Reflexiona que ha venido para verla, y que será una manera de amortizar el gasto que ha hecho. A punto de llegar a su altura, Simón ve una moneda de seis peniques en la calle. Se adelanta, da unas zancadas, y en el instante en que se encorva para apropiarse del dinero, los que desfilan por su lado le cargan algo a la espalda. Vuelve nuestro hombre a protestar: «¡Esto ya es el colmo! Lo único que he hecho ha sido inclinarme a hacerme con los seis peniques y resarcirme de mi desgracia, y alguien me coloca una cruz sobre el espinazo». Pero Jesús interviene y le dice: «¿Quieres que te dé una buena noticia? Hoy es verdaderamente tu día de suerte».
Eustace estaba estupefacto, no tanto por la sosería de la mujer sino por las risotadas y aplausos que saludaron el desenlace. Se percató ahora de cuántos de los clientes del bar tomaban refrescos sin alcohol, y empezó a constatar, también, que había visto ya muchos de aquellos rostros componiendo el coro en la congregación de Mann. Debía señalárselo a los productores de Radio Sheffield, pero se habían ausentado del local antes de que se abriera una brecha hasta ellos.
De nuevo se camufló, descorazonado, en su rincón. No le habían dado ni siquiera la oportunidad de redimirse. La falsa irlandesa contó otros chistes relativos a las dudas del apóstol Tomás y del día de Pentecostés ante unos vítores redoblados, y al rato se ofreció:
—¿Deseáis oír una historia completa?
—Yo opino que sería mejor tocar un poco de música —se inmiscuyo el dueño, obviamente insatisfecho de cómo evolucionaba la velada.
Tan pronto como se armó Billy Bell con su guitarra, una voz propuso desde la barra del bar:
—Hay una vieja canción sobre la que me gustaría refrescaros la memoria, una tonadilla popular que habla de la víspera del solsticio.
Era Nathaniel Needham, el anciano de Moonwell, que vivía en una casita de los páramos. Aunque algunos aseguraban que era centenario, conservaba incólumes la mayor parte de sus facultades. Alzó su semblante acartonado hacia las vigas, lacio su canoso pelo en torno al cuello, y empezó a cantar con voz rotunda y algo gangosa:

Tres valientes mozos caminaban bajo un sol sin par,
jurando encontrar a Harry el Lunático y sus ojos picar.

—Aquí entra el coro, podéis acompañarme.

Baja, Harry el Lunático, no nos acoses más,
flores tenemos para darte, en tu puerta las vamos a dejar.
Tres valientes mozos caminando, en la fronda entraron sin más.
Encontraron a Harry el Lunático a la luz crepuscular.
Baja, Harry el Lunático, que te queremos hablar.

Nathaniel entonó el estribillo sin otra participación que la del patrón. Mas continuó, sonriendo enigmáticamente para sí.

Tres valientes mozos le cortaron los brazos y las piernas.
Rodando le llevaron, sin ojos, donde la luz era ya tinieblas.
Tres valientes mozos caminaban bajo la luna nueva.
Y regresaron por ver si su victoria era plena.
Oyeron a Harry riendo, que a los muertos quería despertar.
«Chicos, tenéis mis ojos, pero yo la cabeza os he de cortar.»
Un valiente mozo tiene la cabeza en el foso antes del alba.
Harry el Lunático la tiene, la cabeza y el alma.
Dos valientes mozos atrancaron las puertas, los cerrojos pusieron,
pero tranca y cerrojo a la llamada del muerto se abrieron.
«¿Quién llama? Oigamos su voz, su saludo y su ¡hola!»
«Es un amigo que veros desea, no quiere otra cosa.
Saltad por la ventana, como liebres corred.
Doquiera vayáis, de Harry no os podréis esconder.»
Dos mozos valientes dejan sus cabezas atrás.
Dos muertos errantes caminan y siguen a otro más.
En la negra espesura los dientes enseña y se ríe la luna.
Harry el Lunático se levanta de su horrenda tumba.
El clérigo está en el pozo y la noche en el sol;
nadie se irá hasta que Harry acabe con su horror.
Baja, Harry el Lunático, no nos acoses más,
flores tenemos para darte, en tu puerta las vamos a dejar.

Eustace volvió en sí y dio un respingo. No podía expresar cómo le afectaba aquella balada, que le hacía olvidar incluso hasta dónde estaba. Esta vez casi nadie aplaudió, pocos fueron los que atendieron a la letra, y algunos hasta se mostraron molestos. Al subir por fin Billy Bell a la plataforma, Diana se aproximó al cartero.
—El padre O'Connell y yo queremos felicitarle por su estupenda función. Comprendemos bien a qué problemas se ha enfrentado.
—Se lo agradezco —susurró Eustace, más tímido aún que antes.
El instinto oculto que le llevaba a fingir ante el público que no era un hombre vergonzoso le había abandonado. Además, no sólo era imposible recuperar el crédito de todo aquel gentío, sino que se tomarían a mal que lo intentase. Había en el bar demasiada gente a la que tendría que conocer en el ejercicio de su profesión: la idea de hacerles frente después de ponerse aún más en evidencia le resultaba insoportable. Se animó a dejar su esquina en penumbra mirando en cualquier dirección salvo en la de Phoebe, y se abrió paso hasta la puerta.
Ya fuera, tomó conciencia de cuán ebrio estaba. Tres cuartas partes de un rostro gigantesco flotaban en el cielo sobre los montes, haciéndole una mueca burlona. Regresó a su casa tambaleándose, se desplomó en el lecho y se durmió. A la mañana siguiente despertó con la sospecha de que le habían jugado una mala pasada. Toda la velada había sido parte de una especie de farsa, una farsa que, por muchas vueltas que le dio, no logró que le excitara la risa. Se lanzó, todavía no muy sereno, a las calles bañadas en la luz de la aurora, cavilando sobre qué otras nuevas trampas le tenderían al cabo del día. Cuando le informaron de lo de las ovejas, lo primero que pensó fue que era una broma macabra.






















11

A la salida de El Soldado Manco, Craig trató de no perder la calma. Había decidido irse después de que boicotearan a Eustace, pero Hazel y Benedict se obstinaron en quedarse hasta el final. Aunque el joven barbudo de la guitarra recibió los aplausos de rigor, era obvio que lo que esperaba la mayor parte del público era la última actuación, la de un dúo cristiano con una serie de instrumentos y gozosos mensajes. A Craig le enojó cómo daban por sentado tener más derecho que nadie a invadir el escenario. Así lo habría manifestado de no estar Hazel y Benedict con unos amigos.
Hazel les conocía del nuevo centro cristiano, donde colaboraba desinteresadamente. Mel extendía sus manos, grandes y húmedas, siempre que deseaba recalcar un punto; su esposa Úrsula asentía con la cabeza a cada una de sus aseveraciones. Ambos rebosaban júbilo, y Craig se cansó de ellos mucho antes de llegar a casa de los Eddings, donde Hazel invitó a sus amigos a tomar café. Durante el trayecto, entrados ya en la calle Mayor, dijo:
—Por lo visto, lo habéis pasado muy bien en el bar.
—¿Y usted, no? —inquirió Úrsula—. Yo lo he encontrado fantástico.
—Me he reído mucho con el primer humorista; pero me ha parecido que algunos disfrutaban poniéndole de cara a la pared.
—Yo mismo, por ejemplo —declaró Benedict—. Moonwell puede prescindir de ese tipo de charadas.
—Pero no de un cartero, ¿verdad? No se lo criticaría si os dejara a todos plantados.
—¿No se lo criticaría? —participó Mel, azuzando con el hombro a Craig—. ¡Y tanto que lo haría! Es forzoso que todos nosotros le afeemos sus errores y le mostremos aquello en que obra mal. También es nuestro deber.
Craig respiró largamente para no violentarse, menos aún con la cantidad de alcohol que llevaba en el cuerpo, pero Vera no pudo callar.
—Ustedes, los nuevos, no suelen frecuentar los bares, ¿me equivoco? ¿Han venido esta noche quizá con la única finalidad de arruinarle el número?
—No se puede arruinar a quien ya lo está —le espetó Benedict.
—¡Oh, vamos, no! —medió Úrsula con su perpetua alegría—. Debe de ser un pésimo comediante si basta un fracaso para hundirle. Espero que nuestra lección le enseñe a ceñirse a aquellas bromas que puedan divertirnos a todos. Además, tenga usted presente que él sí ha subido hoy a escena resuelto a destruir, a minar nuestra fe en Dios.
—Dios y su fe pueden cuidarse solos. ¡Qué insidiosos son! Han tomado el local al asalto, de manera que hasta quienes no estaban de su parte se sintieron demasiado intimidados para reírse.
—No, no —dijo Mel, en voz tan melosa como la de quien visita a un enfermo desahuciado—. Todo el pueblo se identifica con nosotros, como ha podido notar. Han comprendido que necesitan a Dios y no a sus enemigos.
—Enemigos tales como nosotros, ¿no? —gruñó Craig.
—En el fondo de su corazón, mamá no lo es —saltó Hazel—. Y tampoco tú lo serías —su tono era ahora implorante— si perdieras un poco de tiempo en reflexionar.
Por unos instantes Craig deseó coger la mano de su hija, apretársela para hacerle saber que no debía angustiarse tanto por su alma, especialmente ahora, cuando él se esforzaba en no preocuparse por su actitud. Mel y Úrsula empezaron a tararear un himno, y los Eddings les corearon. Todavía cantaban cuando se detuvieron frente a su casa, en el camino que llevaba a la colina.
Craig se dejó caer en una butaca de la sala de estar, bajo una reproducción de una pintura en la que Cristo exhibía las llagas de las palmas de las manos con una «artística» mancha de sangre. Era justamente la falta de voluntad estética lo que indignaba a Craig, presuponer que cualquier representación había de provocar una reacción automática. Confiaba en que fuera Benedict, no Hazel, quien comprara el cuadro.
Mel y Úrsula se acomodaron en el sofá, y Mel leyó la crítica en los ojos de Craig al apartar éste la vista del lienzo.
—¿No hay en usted ni un átomo de espiritualidad?
—Anóteme en la lista de los «no sabe, no contesta», si eso le tranquiliza más.
—Jesús no admite la neutralidad. Aquel que no está con él, está en su contra. —El joven tendió las manos al otro hombre como si le ofreciera algo grandioso, pero ingrávido—. ¿Puede usted examinar minuciosamente sus entrañas y afirmar que no hay una total vacuidad donde debería alojarse la fe?
—La vacuidad no es tan mala.
Mel apeló ahora a Vera.
—Dice Hazel que usted es más creyente. Nosotros, los que creemos, tenemos la obligación moral de guiar a los demás hacia la senda del bien.
—Yo apoyo el envite de Pascal.
—¿Perdón?
—El filósofo que razonó que, puesto que no puede probarse la existencia del Creador, más vale apostar a favor: si no hay Dios nada se pierde, y si lo hay se gana... Bueno, lo que tenga que ganarse.
—Eso es un sofisma disfrazado de religión. No hay otro método de creer en el Señor que dejarle regir nuestras vidas.
—Somos ya un poco viejos para eso —dijo Craig tomando el relevo de su mujer—. No nos seduce nada que nos manden lo que hemos o no hemos de hacer.
Benedict se acercó al grupo, trayendo una bandeja con tazas de café.
—Algunas personas podrían interpretar que eso es lo que ustedes intentan hacer con respecto a nosotros.
—Concreta, Benedict: ¿qué personas? —De repente, a Craig le urgía zanjar la inevitable discusión—. Si tienes algo que decir, vomítalo sin más rodeos. ¿De qué te consideras una víctima?
El yerno posó cuidadosamente la fuente junto a una pila de folletos.
—Excusadme. Gracias —murmuraba mientras pasaba las tazas, y al término de la ronda le guiñó un ojo a Craig—. Sencillamente, pienso que ya es hora de aceptar cómo ha madurado Hazel. Y pienso también que le gustaría inmiscuirse en mi modo de dirigir el negocio.
—Si Vera y yo fuésemos a prestarte el dinero que nos pediste, querríamos opinar que sí.
—Supongo que es justo dejarles hacer algunas observaciones.
—He empleado el condicional, Benedict. Si «fuésemos» a hacerte el préstamo.
Hazel trató de sujetar su taza con las dos manos, pero las retiró enseguida, después de depositarla en la repisa del hogar, tan caliente estaba.
—¿No nos lo haréis? —preguntó, con la voz un punto chillona. —En primer lugar, no sabemos cuánto tendremos de sobra. Tampoco hemos decidido dónde viviremos —dijo Vera—, aunque desde luego no será en Moonwell si la actual situación no da un giro de noventa grados.
—¿Qué situación? —se soliviantó Benedict—. Lo único que ambiciona Godwin es liberar nuestro pequeño confín del mundo del crimen, del pecado y de la corrupción. Puede realizar aquí su labor porque estamos aislados, a salvo de influencias externas. Ni siquiera vosotros negaréis que tal aspiración merece la pena.
—¿Nosotros, quiénes? —demandó ahora Craig. La cólera le agarrotaba los músculos del torso—. Nosotros, los peores pecadores, ¿eh? Tal vez ahora entendáis por qué no nos sentimos bienvenidos.
—Papá, siempre seréis bienvenidos —trató de pacificar Hazel, pero Benedict la interrumpió.
—Todavía no me ha dicho qué es lo que le disgusta de mis métodos profesionales.
—Muy seguro estás de querer oírlo. Te mencionaré un solo detalle que me repugna, y es cómo utilizas a Hazel para atraerte a la clientela. Hemos oído algunas de las impertinencias que tiene que tolerar, y que no me sorprenden, ya que la obligas a jugar con el miedo ajeno para vender tus condenadas alarmas.
—A mí no me importa, papaíto, de veras que no. Es mi deber ayudarle.
—¡Por los clavos de Cristo, Hazel! ¿Desde cuándo eres tú una de esas odiosas mojigatas? —bramó Craig, y al instante entrechocó los dientes como si así pudiera morder sus palabras y tragárselas—. Lo lamento, no era mi intención insultarte. La bebida tiene la culpa.
—Te perdono.
Craig apretó los dientes con más fuerza.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Benedict en tono desenfadado—. Ya le ha dicho que le perdona.
—Sí, porque así lo propugna vuestro amigo Mann. Me perdonas porque también forma parte de tu deber, ¿no es cierto, Hazel? Nada tiene que ver con el cariño que nos profesamos mutuamente, ni con nada que pueda llamarse auténtico. —Craig se volvió hacia Benedict—. Te explicaré dónde radica la aberración de esa misericordia vuestra: en que sofoca los sentimientos que habríais de tener para ser honestos con vosotros mismos. Yo creía que la religiosidad aportaba paz, y a mi edad no concibo ya otro modo de integrarla en mi existencia, mas si viviera expuesto a vuestras bondades durante mucho tiempo acabaría produciéndome úlcera. Y ahora, si me disculpáis, estoy exhausto y he hablado demasiado. —No obstante, hizo aún un alto en la puerta—. En lo que atañe a tus problemas comerciales, te aconsejo que te pongas en manos de Dios. Él proveerá.
Subió con fatiga al cuarto de baño, se refrescó la cara con un poco de agua, se lanzó una furibunda mirada en el espejo y procedió a lavarse los dientes. Cuando entró en su dormitorio de camas gemelas y plegables, Vera le estaba esperando.
—Les he anunciado que nos iremos mañana —cuchicheó ella.
—Renunciamos indefinidamente a Moonwell, ¿verdad?
—Sí. Yo tampoco lo habría resistido muchos días más. —Pero, una vez regresó del lavabo, apagó la luz y se tendió en su desvencijada cama, la voz de Vera sonó menos firme—. Confío en que no prohíbas a nuestra hija que vaya a visitarnos —murmuró—. Sigue siendo Hazel, aunque su carácter haya cambiado. Siempre desearé verla. Maldigo nuestra vejez que nos roba los buenos reflejos para conducir que teníamos antes.
Después de dormirse, Craig todavía oía aquel discurso. ¿Por qué no había cerrado la boca en el salón, en vez de empeñarse en ganar una trifulca que no le llevaría a ningún sitio? La mera noción de Godwin Mann y sus acólitos le enfurecía, sobre todo la mujer que se había adueñado del escenario tras echar a Eustace. El humor era una técnica calculada que estaban usando, al igual que los plagios de cualquier forma de canción popular. ¿Cómo podía Hazel dejarse enredar? ¿En qué le habían fallado Vera y él?
Se sintió torpe y vulnerable, y quizá por eso soñó que lo era. Retrocedió hasta su niñez y, como entonces, hubo de ejecutar en nombre del arrojo una serie de hazañas que no quería. Se descolgó por una cuerda hasta las galerías de la mina abandonada de la montaña que coronaba Moonwell, pero esta vez sabía de antemano qué ocurriría, y luchaba para que sus manos le izasen y le sacasen de la oscuridad mientras podían. Había logrado detener la bajada agarrándose a la cuerda con piernas y brazos, cuando se soltó el nudo que ataba el cabo superior a una roca.
No cayó muy hondo. La rugosa superficie de una piedra le cortó el resuello. Asomó la faz de su amigo en la boca del pozo, como si estuviera en el otro extremo de un telescopio, gritándole que iba en busca de auxilio, y el pequeño Craig quedó echado, magullado y sin aliento, sumergido en una penumbra que pareció aglutinarse, adherida igual que el fango, en sus pulmones. No podía respirar porque era consciente de lo que pasaría luego, lo presentía con todo su ser: alguien avanzaría hacia él por los túneles de la mina abandonada, alguien que le arrastraría a las tinieblas hasta que no pudiera ir ya más lejos, hasta que se encallaran sus hombros y metiera la cabeza en la negra oscuridad. Era allí donde ahora estaba, con los hombros incrustados sin poder moverse y con la criatura que había tirado de él intentando alcanzar su cabeza. Al despertar tenía la cara sepultada bajo la almohada, encontrándose al borde de la asfixia.
Este hecho, al menos, amortiguó su alarido. Se sentó en la cama a fin de desechar la pesadilla. Por supuesto, en el episodio verídico no sucedió lo peor, pues le rescataron a tiempo. Aunque tampoco habría sucedido: era tan sólo un niño asustado. Hoy debería de haberlo soñado todo de nuevo a causa de la balada que escuchó en el bar, pese a que no recordaba haberla oído con anterioridad. Se levantó y, aún muy tieso y de puntillas, se acercó hasta la ventana para que la visión real del campo reemplazase cuanto antes a la del sueño.
Retiró la cortina, de forma que el claro de luna se propagó por la alcoba, respetando la cama de Vera. Craig se giró hacia la ventana para averiguar por qué los rayos vibraban como lamiendo la alfombra. Alzó la vista y, de manera instintiva, tensó tanto el cuello que se golpeó la frente contra el cristal. El páramo se hallaba ardiendo densamente.
¿Como podía ser tan blanco el fuego? Durante unos instantes casi lo confunde con niebla o emanaciones gaseosas, si no hubiera sido porque su desplazamiento era distinto. El contorno parecía más chamuscado que nunca, y unas llamas blancas danzaban sobre las peñas, en el brezo y en la hierba. Más tarde, aquellas lenguas de fuego se enrojecieron y crecieron cada vez más; iba Craig a recular para dar la alarma, cuando le frenó la sirena de un coche de bomberos que se dirigía a la zona incendiada. Wilde contempló el panorama hasta que el límite del campo quedó de nuevo sereno, sin ni siquiera una voluta de humo bajo los resquicios de luna, y volvió a acostarse.
Por la mañana le contaron que un desconocido había encendido una hoguera allí arriba. El fuego espantó a un rebaño de ovejas, que huyeron despavoridas entre las tiendas e hirieron a dos de los seguidores de Mann. Algunos de los animales se zambulleron en el desprotegido foso donde el predicador había organizado el primer encuentro. Benedict les relató el suceso en un tono del que bien podía inferirse que hacía culpables a Craig y a Vera. Aparte de los hechos escuetos, poco más les dijo mientras les acompañaba a Sheffield, y nada le quedó a Craig para abstraerle de la idea de que no debería haber permitido que sus arranques le distanciasen de Moonwell, aunque ahora, ciertamente, era ya tarde. Recordó, obstinado, la primera impresión que le produjeron aquellas llamas blancas como la ceniza, blancas como la luna.






12

La sesión de la asociación de padres y profesores resultó más aún de lo habitual una clase para adultos, si bien no fue así como trataron a los asistentes. Cuando Diana seguía al padre de Sally al salón de actos, la señora Scragg le preguntó con cinismo, como si la maestra no debiera pasar tanto rato charlando con los padres acerca de sus pupilos:
—¿Da usted su venia para empezar?
Diana ocupó su puesto en la mesa de tijera del entarimado, y la señora Scragg martilleó la madera con la palma de la mano, enviando ecos mortecinos por la concurrida estancia:
—Imagino que todos estarán ya al corriente de lo acaecido en la cueva.
Tal vez no pretendía asumir un acento acusador, pero algunos de los presentes rehuyeron su mirada.
—Ignoro quiénes son los vandálicos terroristas que recurren a la crueldad para aturdir y asesinar animales, pero si saben lo que les conviene se mantendrán lejos de mi esposo y de mí. Y les conviene saber también que un mero incendio en los marjales no expulsará de nuestras vidas a Godwin Mann.
La directora se aferró al borde de la mesa con ambas manos, enrojeciéndosele los nudillos, y se proyectó como una lanza hacia los padres.
—Os diré qué hemos hecho el señor Scragg y yo para ayudar a nuestros nuevos amigos: hemos invitado a dos de ellos a hospedarse en nuestra casa mientras dure su estancia en Moonwell. Que traten ahora los cobardes de lastimarles. Espero imitaréis nuestro ejemplo, al menos los que vivan en casas de su propiedad.
Si esta coletilla tenía por objeto excluir a Diana, a ella le pareció espléndido. La señora Scragg se sentó profiriendo un resoplido como colofón, y su marido se aclaró puntillosamente la garganta.
—Antes de que pasemos a otros asuntos, ¿hay algún comentario? —consultó a los reunidos.
En el fondo de la sala se agitó la mano de un hombre.
—¿Sí, señor Milman? —le reconoció el señor Scragg.
—Aprecio en su justo valor las declaraciones que acaba usted de hacer, señora Scragg, pero...
Ella estudió al hombre con el entrecejo fruncido, como si fuera la primera vez que le veía.
—Tenga la bondad de levantarse, o no se oirán sus palabras.
Milman obedeció turbado, apoyándose en el respaldo de la silla plegable que tenía delante.
—Decía que, naturalmente, no apruebo que se atente contra las personas para quitarlas de en medio, pero juzgo comprensible que haya una cierta suspicacia en el ambiente. Después de todo, nadie pidió que subvirtieran así nuestro orden de la noche a la mañana. Mi familia y yo vamos a la iglesia cada domingo, no necesitamos que venga nadie a hacernos sentir que no es suficiente.
Muchos de los asistentes asintieron con la cabeza, y hubo un murmullo general. «Acaso esta vez se atreverán a hablar sin tapujos», se esperanzó Diana.
—Nadie preguntó a José y María si querían tener a Jesús como hijo —replicó la señora Scragg—. Y si lo único que busca usted es llorar por lo irremediable, señor Milman, será mejor que ataquemos sin más preámbulos el tema que ha motivado esta sesión.
—En realidad, eso no era todo. —El señor Milman envaró ahora la espalda—. Ya he informado a la señorita Kramer de que algunos de sus nuevos alumnos le están ocasionando pesadillas a nuestra Kirsty.
El señor Scragg se incorporó sobre los dos cojines que añadían altura a su silla.
—¿Y qué le contestó la señorita Kramer?
—Me dijo que sacara a relucir la cuestión en esta velada.
—¿Eso dijo? Era de esperar —siseó, tirante, la señora Scragg—. ¿Y cómo se supone que nuestros jóvenes amigos atormentan a su hija?
—Amenazándola con que el diablo se la llevará si no confiesa hasta sus faltas más nimias. Incluso querían que le contara a la señorita Kramer que una noche se quedó dormida sin rezar sus oraciones. Yo admiro a la maestra, y estoy convencido de que no le interesan nada semejantes bobadas. Los chicos han conseguido que Kirsty tenga pesadillas sobre un ente que camina a la luz de la luna, creciendo sin cesar y Dios sabe qué más. No es eso lo que viene a aprender a la escuela.
—Con su permiso, me gustaría explicárselo todo —ofreció uno de los acólitos de Mann—. Nosotros creemos en el mutuo socorro. Un pecado confesado es una carga compartida. Nuestros hijos no intentan más que ayudar a los de ustedes. Tal vez debería preguntarse a sí mismo si el Señor induce pesadillas en su pequeña para hacerle ver sus errores.
—Entérese usted de que conozco a mi hija mucho mejor que ninguno de sus niños, y presiento además que no soy el único que empieza a cansarse de sus intromisiones. —Milman dio una rápida ojeada a aquella caterva de rostros elusivos—. ¿Es o no es así?
Los susurros de asentimiento fueron poco más que mudos y difícilmente localizables. La señora Scragg sonrió al padre afectadamente.
—Habrá de afrontar que no todos los niños son tan perfectos como la suya. Me figuro que hablo en nombre de la mayoría al decir que todo aquello que se haga para mejorar su comportamiento le es sumamente beneficioso.
—Poco mejorará nada con las clases multitudinarias que ahora tienen —protestó Jeremy Booth—. A razón de dos chavales por pupitre, nadie puede esperar que rindan al máximo.
—Se apañan muy bien en mi clase y la de mi esposo —repuso la señora Scragg, y proyectó, ahora, sólo el cuello para detectar a Booth—. Ni siquiera es uno de los padres. ¿Qué pretende con esa impostura?
—Ha venido en representación de los padres de Andrew —dijo Diana.
La señora Scragg no se dignó mirarla.
—Escuchemos a alguien que tenga legítimo derecho a hablar. ¿Quién hará de portavoz de la escuela? Nuestros nuevos amigos van a creer que se han equivocado con nosotros.
—Hay que fijar normas —colaboró tímidamente el señor Clegg, el de la tienda de comestibles—, aunque no tengan mucho sentido. Cuando se hagan mayores, nuestros hijos habrán de acatar leyes que tampoco encontrarán atinadas.
Diana evocó algunas de las reglas de los Scragg: nada de pantalones para las chicas en invierno; nada de zumos para acompañar las comidas, solamente agua caliente.
—Así que, según usted, ¿hay que adiestrar a la gente para que nunca desee cambiar nada? Si nos excedemos en esa práctica, les enseñaremos a no pensar.
—No vienen al colegio para pensar, sino para aprender. —La señora Scragg se enorgulleció de sí misma por el giro que había dado a la frase—. Ahora que hemos escuchado los distintos argumentos, quiero ver un aluvión de manos. Todos sabemos que algunas personas, carentes incluso de un mínimo valor para dar la cara, hacen cosas que nunca creímos que contemplarían nuestros ojos sólo porque les atemoriza oírse decir que son tan pecadores como el resto de nosotros. En tales circunstancias, ¿quién votaría para que se relaje la disciplina aquí en la escuela?
—No era eso lo que debatíamos —se indignó el padre de Kirsty.
—No era lo que usted quería debatir, pero hay otros niños además de la suya que merecen nuestra consideración. Si su hija sigue teniendo pesadillas, le recomiendo que la lleve al médico. Y vamos ya a lo nuestro: ¿desea alguien que nuestros amigos se sientan desplazados por actuar como cristianos? —La señora Scragg dio un bufido al no obtener respuesta—. ¿Quién está insatisfecho de nuestra disciplina?
El señor Milman y Jeremy levantaron la mano al unísono; se alzaron luego otras, más inseguras. Varios padres dirigieron a su entorno miradas de reojo, deseosos de constatar si había la reacción suficiente para no quedar al descubierto y decidiendo no manifestarse.
—No son muchos —verificó el señor Scragg, haciendo palmas con sus ridículas manos—. Si alguien quiere verme a la salida, estoy a su disposición.
Después de la reunión, que por lo demás transcurrió sin novedad, algunos padres fueron no al despacho de Scragg, sino al aula de Diana, para darle fe de cuánto preferían sus enseñanzas a las del resto del personal. Lo más probable era que el exceso de temor por sus hijos les hubiera impedido expresarse libremente en la sesión.
—Habíamos planeado de todos modos mudarnos a Manchester —anunció el padre de Kirsty a la maestra, y de pronto esta ciudad pareció alejarse hasta los antípodas.
Diana volvió paseando a su casa, lenta y agarrotada. La luna permanecía oculta tras un afilado frontis de chimeneas. Más allá del bosque un avión relumbró como una mosca, desproporcionado su retumbo al tamaño aparente. Se recogió en su hogar de alquiler, ajena a la resonante negrura, y se metió en la cama.
Tuvo una noche sin sueños, y al despertar estaba reparada y optimista. A fin de cuentas, Mann y sus esbirros reanudarían su peregrinaje tan pronto consiguieran la codiciada victoria sobre el paganismo, y ella podría tratar a sus alumnos como opinaba que debía hacerlo una vez los jóvenes correveidiles del predicador no estuvieran allí para divulgar chismes. A pesar de los Scragg, con su clase regular ya había cubierto hitos. Se sintió mucho más capaz aún cuando el sol hubo replegado las sombras debajo de las casas y, al ver que el señor Scragg le hacía una seca señal desde la ventana de su despacho, marcho hacia él sin titubeos.
El director le alargó una cuartilla mecanografiada que había en su escritorio.
—Esto requiere su atención inmediata.
Sería una dura prueba tener que instruir a los niños, en materia moral y religiosa, a la manera estricta que especificaba Scragg. Las lecciones en general deberían enfocarse desde la perspectiva cristiana de la historia y la vida, garantizando una actitud recíproca también cristiana y positiva por parte de los pupilos... Leyó toda la hoja, plagada de erratas y fallos de máquina.
—¿Qué quiere que haga con esto? —inquirió al terminar.
—Firme a pie de página, por favor —respondió el señor Scragg mirándola con cara de pasmo.
—No puede exigirme eso. No consta en mi contrato de empleo.
La ridícula cara del hombre se endureció bajo el gris e hirsuto entrecejo, si bien, cuando habló, su voz sonó casi musical.
—En tal caso, he de comunicarle que esta escuela no necesitará ya sus servicios —dijo.














13

A medida que avanzaba el sábado, fue aumentando la impaciencia de June contra Andrew. Por fin le entregó unos adhesivos de propaganda cristiana para que los pegase en las paredes, pero, cuando el niño fue a encaramarse al escaparate, alzó las manos con aparatosos aspavientos.
—¿Qué te propones, derribarlo todo? Procura usar el sentido común que Dios te dio —vociferó, y Brian hubo de poner paz.
—Ven, hijo, me ayudarás en la trastienda.
De hecho, no había mucho que hacer en aquel largo y estrecho almacén que olía a botas, cuerda e infiernillos Primus.
—¿Qué te apetece que hagamos, hijito? —musitó Brian.
El niño le espió con la mirada desde debajo de unas cejas que apenas despuntaban.
—Podría leerte un poco.
—Ya le has leído a tu madre. Por hoy, has cumplido —dijo Brian, y vio que en las mejillas de Andrew se dibujaban unos hoyuelos de desencanto—. Aunque, si ha de hacerte feliz, adelante.
El pequeño irrumpió en la tienda gritando:
—¡Papá ha accedido a oír mis lecturas!
Bevan se avergonzó de sí mismo, se arrepintió de nuevo de no haber asistido a la reunión de padres y haber cambiado impresiones con la maestra de Andrew. Habría ido a no ser porque, desde la magna asamblea junto a la cueva, había procurado no dejarse ver en público.
Y es que desde aquel encuentro había observado cómo las mujeres le miraban a través de los cristales del establecimiento, chismorreando y fingiendo después que no hablaban de él. En una ocasión incluso oyó un cotilleo sobre las monstruosidades que había tenido que soportar su pobre esposa, las que Brian le obligaba a hacer. Le habría encantado decirles que después de la asamblea del foso no volvió a tocar a June. Y no lo haría mientras ella no lo deseara, por muy frustrante que le resultase, mas ésas eran intimidades que no debían contarse. Pero sin duda los lugareños concibieron de él una opinión aún peor porque estaba demasiado avergonzado para invitar a uno de los seguidores de Mann a hospedarse en su casa.
Al menos June había dejado de tomar Valium. La religión de Godwin le había hecho un gran bien en ese sentido. Quizá aprendiera con el tiempo a ser más tolerante con Andrew. Él también trataba de serlo. A veces, a solas padre e hijo, no lo pasaba del todo mal.
Pero, el empezar Andrew a leerle un escrito, no pudo por menos que saltar interiormente siempre que pronunciaba incorrectamente una palabra.
—No es «Izak» —le aleccionó, esforzándose en ser amable—. No querrás llegar a adulto sin saber leer y escribir como es debido, ¿verdad? No querrás verte forzado a trabajar en una mina porque no encuentres nada mejor, ni pasar el día entero encerrado en la oscuridad.
Cuando, en un nuevo intento, Andrew no logró una mayor aproximación que «Izaak», Brian le habría zarandeado hasta hacerle escupir su necedad.
—Es Isaac, maldita sea, I-sa-ac. A ver si lees una línea completa sin ponerte en ridículo.
El chico leyó casi perfectamente la última frase, la que recordaba cómo Dios amaba a los niños que eran obedientes con sus padres, profesores y personas de uniforme. Dirigió a su padre una mirada fugaz, suplicante, que provocó en Brian azoramiento y recriminación de su comportamiento.
—Mucho mejor —balbuceó—. Ven, como premio iremos a ver el partido de fútbol.
El viento arremolinaba las nubes oscureciendo el sol; unas sombras huidizas se moldeaban en las laderas. Incluso andando calle abajo, hacia el extremo opuesto de la población, Brian y Andrew respiraron los efluvios de la vegetación socarrada que el aire transportaba desde los marjales de Moonwell.
—¿Tú crees que el padre de Isaac le habría matado? —consultó Andrew.
—Eso no es más que una parábola, hijo, para mostrarte cómo has de comportarte. Y, de ser verdad, ocurrió hace muchísimo tiempo.
—¿Me matarías tú si Dios te lo ordenase?
—Nadie va a ordenarme tal cosa. Venga, no seas morboso y mira el juego.
Dos equipos competían en el campo, que solían utilizar también los alumnos de la escuela. Padres, hijos y ancianos fumando sus pipas se agrupaban tras la línea blanca, y no paraban de chillar.
—¡Pasa la pelota! —rugió Brian a uno—. ¡Serás maricón!
Andrew dio un respingo y Bevan hincó los dedos en su hombro.
—No es a ti a quien insulto. Tú también puedes gritar.
Mas Andrew continuó callado, inmóvil aun cuando el balón rodó hasta él.
—Venga, hijo, dale un buen puntapié —le alentó su padre.
Los jugadores también le azuzaron.
—Chuta con todas tus fuerzas, pequeño. No eres una niña —le dijo Brian, y el muchacho arremetió.
Una patada mal dada al balón fue suficiente para patinar en el barro y caerse cuan largo era.
Mientras Brian lo conducía a casa, el niño ponía los brazos en jarras para no ensuciarse el cuerpo. Aguardó, ya en el baño, que su padre le desnudara.
—¿No eres capaz de hacer solo ni siquiera eso? —gruñó el hombre, incómodo por haber de toquetear la pálida piel del niño, su pene, que se retraía hacia el escroto como si no quisiera que lo vieran.
«No debes sentirte culpable. June también se azora siempre ante su desnudez», se justificó Bevan a sí mismo. Desoyó las protestas de Andrew porque el agua del baño quemaba, le sacó sin miramientos cuando el pequeño, remoloneando, comentó que tenía las puntas de los dedos como uvas pasas, frotó su cuerpo con la toalla, le vistió y regresaron juntos a la tienda. June alzó los ojos al cielo.
—¿Dónde está la ropa que llevabas antes? ¿Qué desastre has hecho esta vez?
—Alguien le tiró una pelota y resbaló al devolverla, cariño. He puesto su ropa en la lavadora. Para ser un chico normal tiene que ensuciarse de vez en cuando.
—Tú no presumas, que vas igual que él. Fíjate en los zapatos que llevas. No creo que hayáis de revolearos en el cieno para demostrar vuestra hombría, ¿eh? —En el fondo, June sonreía—. No sufras, Andrew, me alegro mucho de que haya niños decentes con los que puedas jugar, no esos diablillos que no paran de fastidiarte.
—Yo prefiero jugar con papá y contigo.
—¿Lo dices de veras? —June abrazó entonces a su hijo—. Pues lo haremos. Ya es hora de que nos convirtamos en una auténtica familia. Me alivia saber que nos quieres más a nosotros que a esos falsos amigos tuyos de la librería.
—Yo pienso que son unos buenos amigos de todos nosotros —rebatió Brian.
—Con que eso es lo que piensas, ¿no? Ahora voy a decirte lo que pienso yo —la mujer contuvo su exasperación—, pero no delante de Andrew, y menos aún delante de un cliente.
Una joven miraba el escaparate, comparando precios. En el momento en que Brian empujaba a Andrew hacia el almacén entró en la tienda. Bevan pudo atisbar brevemente lo más destacado de su figura: senos grandes, piernas esbeltas y bronceadas, brazos morenos.
—Esta mañana se me rompió la cantimplora —explicó la chica a June—. Me quedaré esa de color verde que tiene expuesta.
—Cuéntame cuántas piezas hay, hijo —encargó Brian a Andrew, abriendo una caja de cordones de calzado. Oyó a su esposa preguntar:
—¿Ha caminado mucho?
—Unos quince kilómetros sólo en el día de hoy. ¡Hey! No me juzgue antipática, pero le ruego que no ponga en mi cantimplora esas pegatinas. Si Dios quiere que exhiba su publicidad tendrá que pagármela. Ignoraba que existieran en Gran Bretaña pueblos como éste, con Dios en todas las ventanas.
—Es una lástima que no haya más. ¿No tiene usted tiempo para la fe?
—Me he alejado de ella y de mis padres. Les anuncié que iba a emprender una caminata de un par de semanas, prohibiéndoles que indagaran dónde. Por cierto, ¿cómo se llama este pueblo?
—Moonwell.
—Mentiría si dijera que lo he oído nombrar. Debo de haberlo pasado por alto en el mapa. Gracias por la cantimplora. ¡Ah!y espero no haberla ofendido con esta bocaza mía.
—Yo soy secundaria. Centre sus preocupaciones en Dios y en usted misma. Y sea más considerada con sus padres; al menos, hágales saber dónde se encuentra.
—No es tan fácil —contestó la joven.
Brian oyó cómo se apartaba del mostrador, con toda la mochila tintineando. Se imaginó el contoneo de su trasero embutido en los ajustados shorts de algodón, su semblante gracioso, que apenas había vislumbrado, sus anchos y sensuales labios. No le fue posible evitar un inicio de erección al haber eludido ella a su propia «bocaza».
—¿Qué te sucede, papá? —inquirió Andrew. Brian abrió los ojos, aquietó su alterada respiración, y vio de repente una escapatoria. Debía cazarla al vuelo, tenía que abandonar aquella estancia recalentada y sofocante.
—Se me cayó el dinero en el campo de fútbol —arguyó y, en cuanto se cerró la puerta del comercio, salió a advertir a June.
La joven forastera doblaba la esquina de la rúa de la paramera en el instante en que salió. Iba en dirección al monte, no seguía la calle principal. Averiguar adonde se dirigía lo excitó, aunque no pudo determinar el porqué. Se encaminó con aire despreocupado hacia la rúa y, tan pronto se perdió de vista la muchacha, la recorrió hasta el final y aguardó que subiera a la planicie superior.
Un guijarro suelto bajó rodando por la pendiente al ganar ella la altura. Brian repasó con la mirada los bancales de casas antes de enfilar el sendero. No había nadie en las inmediaciones y la calle estaba aún vacía cuando llegó arriba. Asomó la cabeza por la extensión de la paramera. La joven había tomado el camino que llevaba a la cueva.
Estaba sola en el campo, o así lo suponía ella. Nadie vería ni oiría nada. Y no lo harían porque Brian nada iba a intentar, se contentaría con dejar volar su imaginación calculando qué podría pasar. Los pensamientos de un hombre eran algo inalienable, por mucho que Godwin Mann predicara lo contrario, y Bevan sintió que constituían el único reducto donde podía esconderse y ser él mismo. No, nadie le vería si la asaltaba por la espalda; nadie, ni siquiera el ruido lo delataría debido al huracanado viento que soplaba. Se imaginó cómo lucharía la chica, cuánto le costaría atenazar sus musculadas extremidades. Se le ocurrió de pronto que, en su matrimonio, toda la excitación se esfumó a partir del día en que June se le entregó sin condiciones.
En cuanto la joven desapareció de su vista, Brian cruzó escurridizamente la ladera. Nada mediaba ahora entre la linde donde se terminaba la cuesta y los peñascos que rodeaban la cueva. Unos tallos carbonizados de brezo emergían, dispersos, de la oleosa ceniza que crujía bajo los pies. Brian se dio cuenta de que no podría hacerle nada a la excursionista, entre otras razones, porque Godwin Mann venía todas las tardes a aquella hora a rezar junto al foso. De todas maneras, procuró andar con sigilo mientras ascendía al reborde superior de la cuenca.
La muchacha estaba en cuclillas en la boca del hoyo, formando visera con la mano para examinar el interior. No había ni indicios de Mann. La imagen de la chica, sola al filo de la penumbra, aceleró los latidos del corazón de Brian. La ventolera había remitido, y el hombre tuvo la sensación de hallarse en el centro exacto de un silencio paralizador, gélido y profundo como la cueva. Tuvo la sensación de que aquel silencio succionaba sus entrañas, le vaciaba por dentro. Había empezado a moverse muy cauteloso, sin que ni él mismo supiera ya con qué fin, cuando una mota cenicienta se le metió en la boca hasta la garganta.
En el instante mismo en que tosía intuyó lo que iba a ocurrir. A la desesperada, se abalanzó hacia la joven para evitarlo. Ella levantó los ojos, alertada por la tos, e hizo ademán de enderezarse al verle venir. Pestañeó, arrugó la nariz y sacudió la cabeza, apretando los carnosos labios. Se estaba poniendo de pie, lo más lejos que pudo del precipicio, cuando dio un paso en falso y cayó en la hondura.
Brian ni siquiera tuvo tiempo de tenderle inútilmente las manos. En una fracción de segundo la excursionista estaba en el borde; al siguiente la roca quedó desierta. Su alarido se zambulló con ella en las tinieblas hasta que lo atajó un ruido seco. Se hizo luego el silencio, exceptuando los ecos dimanados por un cuerpo pesado al deslizarse hacia las profundidades en medio de un discorde ruido de piedras.
Brian hubo de hacer acopio de voluntad para aproximarse al lugar. Le aterrorizaba la idea de caer tras la muchacha. Al fin gateó hasta el perímetro de la cueva, temeroso de, una vez allí, no poder recular. La quietud y la oscuridad colmaban el pozo, como si ella jamás lo hubiera surcado. Por unos momentos le pareció oír que arrastraban un objeto hacia algún recoveco lejano, pero era impensable que eso pasara debajo de donde él estaba, aunque tal fuese la procedencia del sonido. Escarabajeó marcha atrás, vacilante, y rebasó la mitad del repecho antes de atreverse a incorporarse. Se giró de sopetón, aún trastocado por la vacuidad de aquella pétrea garganta, y echó a correr hacia Moonwell.
Nunca pretendió hacer daño a la chica. No debería haberse puesto a sí misma en peligro. Lo único que de ella quería era... Bevan no pudo racionalizar ahora sus deseos. Debió de matarse instantáneamente, igual que las ovejas, pero fue con toda urgencia a la comisaría de policía por si quedaba alguna posibilidad de que todavía viviera.
—Me temo que alguien se ha precipitado en la cueva —declaró entre jadeos.
El sargento que ocupaba la primera mesa del pequeño edificio de piedra caliza, ubicado en la plaza, asió el bolígrafo que tenía atravesado sobre una entintada oreja.
—¿Cuánto tiempo hace? ¿Está seguro?
—Estaba allí arriba dando un paseo. Divisé a alguien que bajaba hacia la cueva y oí un chillido. Cuando llegué, no había nadie. He venido enseguida a dar parte.
—¿Hombre o mujer? —indagó el sargento, a la par que marcaba el número del equipo de rescate.
—No sabría decirle. Lo vi sólo unos segundos, y a contraluz. Concluida la tanda de preguntas, Brian volvió con prisas a la cueva, detestándose a sí mismo por la tentación que le rondaba de no desear el salvamento de la excursionista, ya que si la sacaban viva quizá le reconociera y contradijese su versión. Arriaron a un hombre, pero hasta donde alcanzaba la luz de las linternas no se reveló nada. Bevan se retiró tan pronto como pudo, con crecientes ganas de vomitar.
June ahogó una exclamación de susto al verle, y otra más cuando le refirió la misma historia que al policía.
—No encontré el dinero —dijo, apercibiéndose demasiado tarde de que los futbolistas podían desmentir que había vuelto al campo—, así que fui a dar una vuelta para sosegarme.
Su esposa fue más solícita con él de lo que creía merecer. Mantuvo a Andrew donde no le estorbase, y le obligó a sentarse y reposar el resto de la tarde para que se recobrara de lo que tenía todos los síntomas de ser una emoción muy fuerte. Al oprimir un policía el botón del timbre, Brian se sintió encadenado a la silla. Mas el agente sólo quería informarle de que no se habían oído ruidos especiales en la cueva ni se había denunciado ninguna desaparición. Sin embargo, Godwin Mann iba a vigilar toda la noche al lado del pozo por si había alguien con vida, oír su llamada.
Por la noche Brian, desvelado en su cama y esperando angustiado que sonara de nuevo el timbre, trató de definir qué otra cosa le asustaba. Veía una y otra vez la escena de la joven cayéndose, de sí mismo corriendo hacia ella con sus manos extendidas; sus brazos nunca se estirarían lo bastante. «Pongo a Dios por testigo de que no deseaba tu muerte», masculló mentalmente. Se adormeció por fin, para despertar con una opresión en el rostro, como si llevara una máscara. Era el claro de luna que lo bañaba. Se volvió de espaldas a la luz, mas no pudo volverse del mismo modo frente a una sospecha tan vaga como para perturbarle: la de que, al orar en el foso, Godwin Mann estaba perjudicándolos a todos.
















14

Mann convocó otra asamblea en la cueva el domingo siguiente. Geraldine oyó los himnos mientras recogía flores detrás de la librería. A aquella distancia, le emocionaron; hacían que toda la población resonara como un santuario. Los sintió más que apropiados al caminar con Jeremy hacia la otra punta del pueblo, a la iglesia donde estaría la tumba de Jonathan.
Este tenía que ser el significado de su visión, de la lápida que había visto en el claro de luna, la lápida donde estaba inscrito el nombre de su hijo. La había contemplado hasta que el frío la ahuyentó, pero la losa no se transformo ni evaporó. Era real, o tenía que llegar a serlo. Ella la haría real.
Le habría gustado describirle lo sucedido a Jeremy cuando regresó a casa a todo correr, bajo la luz de la luna, pero estaba allí Benedict trasteando en la alarma. A la mañana siguiente se despertó ansiosa por visitar la sepultura de Jonathan en Sheffield, ignorante de lo que podía encontrar. Mas aquella tarde, en el camposanto de la ciudad, vio que la lápida funeraria continuaba en su sitio.
Jonathan le había repetido un sinfín de veces que no quería estar tan lejos, que deseaba que lo enterrasen en Moonwell. Fue a la oficina del inspector de cementerios y tragó sus buenas dosis de paciencia con la cuestión burocrática, conminándose a sí misma a no dejarse dominar por el desaliento si su hijo no estaba aún en Moonwell el día de su cumpleaños. Jeremy supuso que estaba promoviendo el traslado de la tumba para facilitar las visitas, y ella no se lo esclareció: le formularía preguntas que prefería no hacerse a sí misma, y Jonathan sentiría de nuevo su amenaza. Además, Jeremy andaba muy inquieto a causa de Diana Kramer, inquieto porque creía que había empeorado su situación en la escuela al enfrentarse descaradamente en la reunión de la otra noche.
Ahora, camino del cementerio, pasaron por delante de la escuela.
—No te preocupes, la semana que viene presentará recurso en su sindicato —afirmó Geraldine.
Cuando estaban llegando, dio la mano a su marido. La engrasada verja se abrió sin rechinar. Geraldine recordó el silencio y los rayos de luna, la singular impresión de que la luz se había convertido en hielo blanco. Depositó las flores en el recinto de las tumbas nuevas, allí donde cavarían la de Jonathan.
—Pronto nos veremos, querido —murmuró, y Jeremy le apretó la mano.
Aquello le hizo sentir su secreto como una deslealtad con él. Las dudas la acosaron durante todo el trayecto a casa a través de la desierta población, y Jeremy no le dio conversación para entretenerla. Seguía debatiéndose consigo misma en plena cena, cuando Andrew llamó con los nudillos a la puerta.
—Dice mi mamá que tengo que devolverte esto —dijo, y partió a toda velocidad.
Era un compendio de cuentos de hadas ilustrado por Maurice Sendak.
—¿Qué tendrá de malo? —conjeturó Jeremy, hojeándolo entristecido—. No veo nada a lo que ni Godwin Mann pueda poner objeciones.
—Mañana le buscaré otro libro a Andrew —prometió Geraldine a fin de darle ánimos.
Pero «mañana» fue el día en que Godwin Mann estuvo en la tienda. Era casi la hora de comer del lunes, y no habían tenido un solo cliente. Habían matado el tiempo reordenando las obras que se hallaban en exposición, colocando las que trataban del distrito de Peak en el mostrador lindante a la puerta y las obras infantiles en el extremo de la estancia. Poco antes de que terminaran, June y otra mujer entraron a saco.
—Diles lo que me has explicado a mí —instó June a la otra, con voz entrecortada.
—Han camuflado esos libros, la literatura para niños.
—Ya lo veo.
Su acompañante, una joven larguirucha con el cabello ya gris y desmelenado alrededor de una cinta, avanzó por el pasillo que había entre las mesas.
—A eso me refería. En el lugar de donde vengo semejantes lecturas están prohibidas a las criaturas.
Agarró Una noche en la cocina, de Maurice Sendak. June exhaló un grito de repulsa ante la página que la otra le mostraba.
—Tenía entendido que existía una ley contra estas procacidades.
—¿De qué hablas, June? —inquirió Geraldine con toda moderación.
—De las láminas con niños exhibicionistas. Y, encima, diste un libro de ese mismo individuo a nuestro Andrew. Si hubiera sabido que eran ésas tus intenciones, nunca habría consentido que se acercara a ti.
—Vamos, June, esto es impropio de ti —la reprendió Jeremy—. El protagonista de la historia tiene pene como todos los chavales del mundo.
—Quizá, pero no los lucen delante de la gente, o al menos no en este pueblo. —Los ojos de June aparecían en las rendijas de sus párpados—. ¿Cómo sabes tú tanto de niños? Me he preguntado a menudo por qué tienes ese marcado interés en Andrew.
—Sé de ellos porque en un tiempo yo también lo fui.
Geraldine ya no pudo reprimirse más.
—Nos hemos interesado por tu hijo, June, porque necesitaba que alguien lo hiciera. Ya va siendo hora de que tomes conciencia de ello.
—Con sus padres le basta y le sobra —replicó June hecha un basilisco, aunque calló al aparecer en la tienda Godwin Mann.
Estaba muy desmejorado, con el rostro demacrado y los pómulos tensos como si le desgarrara la epidermis la batalla que libraba para llegar dondequiera que fuese.
—Mire lo que les venden a los niños, Godwin —bramó la compañera de June—. Acumulan libros como éste donde debería estar el altar.
—Gracias a Dios, he sido llamado a tiempo. —Mann se arrodilló frente a las colecciones infantiles—. Perdónales, Señor, porque no saben lo que hacen. Geraldine y Jeremy no son malas personas, no te expulsan premeditadamente de tu morada.
—No quisiera parecerle insolente —apuntó Jeremy, inclinándose hacia el predicador—, pero este local dejó hace años de ser una iglesia. Ahora es una librería.
Mann siguió con la mirada prendida del cielo.
—Nadie puede arrogarse el derecho de echarte de una casa a la que has sido invitado, y menos aún si esa casa fue construida para ti.
—De hecho, no sólo es una librería. También es nuestro hogar. Le mostraré las escrituras si eso ha de tranquilizarle.
—Escrituras hay aquí más de las que mis ojos desean ver, Jeremy. —Godwin Mann se santiguó y se levantó, muy apenado—. Pero no es momento de discutir. El tiempo se acaba. ¿No invocaréis a Dios para que vuelva a este hogar que es el suyo y penetre en vuestras vidas?
—Dice que el tiempo se acaba. ¿El tiempo para qué? —puntualizó Geraldine.
El evangelista asumió una inesperada expresión de cautela.
—Me encantaría contestarte, pero no podré hacerlo hasta que admitas a Dios en tu casa.
—Habremos de vivir en la ignorancia —decidió Jeremy.
Mann le miró de reojo, y se encaminó a la puerta.
—De acuerdo, no os dejáis impregnar por el amor de Dios. Veamos si sois capaces de rechazar también a vuestros vecinos. —Mann se plantó en la acera y voceó, con timbre más sonoro aún que en la primera asamblea—: Venid todos a la iglesia del diablo. Conoced el cáncer que ha estado supurando entre vosotros.
—¡Dichoso loco! —renegó Jeremy—. En cuanto a ti, June, si te avergüenzas de tus pasadas veleidades es asunto que te incumbe a ti, pero no deberías tomarte la revancha con nosotros. Te quedaría muy agradecido si te fueras de aquí ahora mismo.
—Nada tengo de qué avergonzarme, puesto que he sido perdonada. No te desharás tan fácilmente ni de mí ni de esa gente.
Algunos lugareños habían salido de sus viviendas y de sus comercios, y sus pasos se dirigían a la librería.
—¿De qué va la pelea? —preguntó el panadero, un hombre medio calvo que llevaba las cejas espolvoreadas de harina.
—Se han empeñado en demostrar que regentamos una librería obscena, señor Mellor —respondió Geraldine, forzando una risotada—. ¡Quién le iba a usted a decir que le compraba los libros a su esposa en un antro maldito!
—¿Y por qué quieren demostrar eso?
—Porque cada asidero que dejáis al mal en el pueblo le confiere mayor fuerza —dijo Mann a la espalda del panadero—. Ahora que estamos venciendo, hemos de ser más radicales que nunca. ¿Por qué crees, hermano, que hubo un incendio en la montaña?
June alargó al señor Mellor el libro con ilustraciones de Sendak.
—Ésta es la clase de literatura que venden a nuestros hijos, esto lo que acogimos en nuestro pueblo por desoír los consejos de la señora Scragg.
Otros vecinos se integraron en el corro, mostrando ruidosamente lo asqueados que estaban. Geraldine observó que casi todos ellos habían dado albergue a los seguidores de Mann.
—No me lo había planteado —comentó el señor Mellor—, después de todo, un libro es un huésped que uno invita a su casa, y nadie espera que sus huéspedes se vuelvan ofensivos de la noche a la mañana.
—¡Por todos los santos! Hablamos del trabajo de un prestigioso artista americano.
Muchos de los presentes se encararon con Jeremy.
—Todos sabemos cómo son los artistas —se burló uno.
Jeremy fue rápidamente a interceptar a Mann, que se dirigía hacia los libros infantiles.
—¿Qué pretende hacer ahora?
—Pregúntate a ti mismo que habría hecho Cristo si hubiera descubierto que se vendían obras pecaminosas en el templo.
—Ponga el dedo en uno solo de esos volúmenes, a menos que vaya a comprarlo, y saldrá poco menos que a puntapiés de mi local.
Toda la concurrencia, salvo el señor Mellor, corrió en ayuda del predicador.
—¡No se atreva a tocarle! —chilló histéricamente la mujer de la tienda de lanas—. Es un hijo predilecto de Dios.
Mann alzó la mano.
—Gracias, amigos, pero la violencia no será necesaria. Me encuentro capaz de imbuir en Geraldine y en Jeremy la vergüenza de sus acciones.
Se alejó hacia el hogar cristiano, su cuartel general. El señor Mellor parpadeó, incómodo, ante los otros y se quitó de en medio, cobijándose en su panadería. June fue a escudriñar entre los anaqueles, seguida por una legión de mujeres.
—Recuerden, sólo si piensan comprar —reiteró Jeremy su advertencia, aunque le hicieron caso omiso.
Tenían aún las zarpas en los estantes cuando volvió el predicador. Mann caminó directamente hacia la sección infantil y arrambló con todos los ejemplares de Una noche en la cocina.
—Veo ahí Lolita y otras obras nocivas. Si hay algunas más que vuestra comunidad repudia, no tenéis más que enseñármelas.
—Suelte eso y váyase de aquí —mandó Jeremy con voz severa, pero controlada—, o llamaré a la policía.
—Encontrarán muy extraño que les haga venir solamente porque alguien adquiere su mercancía. Aquí tiene cincuenta libras para empezar; si superamos esa cantidad, le ruego que me avise.
Más que dejarlos, tiró los billetes en el apartado de niños y se lanzó a la requisa. Sus ayudantes no tardaron en presentarle montones de títulos: El placer del sexo, Manual de brujería, La vida en la Tierra, Antología infantil del folklore inglés, y Henry Miller, William Burroughs, Von Daniken...
—Poco cambio de doscientas podré darle —previno Jeremy a Mann, y los acólitos de éste le estudiaron desdeñosos mientras abonaba esa cantidad.
El evangelista tomó la pila más alta y guió a su gente al exterior. Después de hacinar los volúmenes en medio de la calle, delante mismo de la tienda, vació sobre ellos una lata de líquido inflamable y les prendió fuego. Los libros se encendieron con una llamarada que atrajo a más personas fuera de sus casas.
—¿Llamo a los bomberos? —sugirió una anciana.
—Estamos quemando la inmundicia que vendían en la librería —le dijo June—. Y ¿sabe usted? Godwin ha tenido que pagar por ella. Ese dinero podría haber sido ofrecido a Dios.
—Y aun así no hay que cantar victoria —le espetó Jeremy—. A lo mejor, con lo bien que me ha ido hoy el negocio renuevo el pedido de todos esos libros.
Dio media vuelta y entró en el local, furioso consigo mismo por haber respondido a la provocación. Geraldine se quedó en la calle hasta que se extinguieron los rescoldos y Mann y sus seguidores se marcharon, dejando que las cenizas se esparcieran.
—Ahí van —ironizó Jeremy— los verdaderos rostros de la vida provinciana.
—No son realmente así. Nada me sorprendería que algunos se disculpasen con nosotros cuando ese Mann se haya ido, o incluso antes.
—Tienes más fe en ellos que yo. Las mentes pueblerinas siempre quieren reducirlo todo a la dimensión que ellas pueden asimilar. Quienes de verdad valen se van a la universidad, o huyen donde sea.
—Me hago cargo de tus sentimientos, Jerry, pero...
—Permíteme que lo ponga en duda. Últimamente nuestra tienda no parece importarte tanto como antes. —La cólera de Jeremy contra Mann le llevó a cambiar de tema—. ¡Por Dios bendito! Ese americano no cesa de hablar del mal, pero yo no conozco nada peor que esas personas que se empecinan en suprimir todo lo que les molesta, como si apartándolo de su vista fuera a dejar de existir.
—Sabes que me desvivo por la tienda igual que siempre.
Lo que Jeremy había querido dar a entender a su mujer era que la había notado absorbida por otras preocupaciones, lo cual era cierto, pero éste no era el momento de relatarle lo de Jonathan. Durante el resto del día, Geraldine se ponía en tensión cada vez que oía pisadas en la calle, temiendo que fuera el heraldo de otra invasión de los piadosos o algún alma contrita que venía a pedirles excusas. Sin embargo, al acercarse —y muy cansinamente— la hora del cierre, nadie más había puesto los pies en el comercio.
Salió luego a pasear con Jeremy, aunque no antes de la anochecida; no le apetecía encontrarse a ningún vecino. Unos aceitosos fragmentos cubiertos de ceniza revoloteaban por la calle. La mujer se sentía como si le hubieran vedado el acceso a todas las casas iluminadas. En la calle Mayor no había nadie a excepción del padre O'Connell, quien les dio una voz en el momento en que Jeremy iba a esquivarle internándose en una calleja.
—¿Me dejan ir un rato con ustedes?
—¡Cielos, otro sermón no! —refunfuñó Jeremy entre dientes.
—Justamente iba a verles a ustedes dos. Acaban de explicarme lo que ha ocurrido en su tienda. ¡Ojalá hubiera estado presente!
—¿Para ayudar?
—Cuando menos habría intentado hacerles recapacitar. Sacaré a relucir el asunto el domingo, si es que todavía me quedan feligreses. Tal vez haya algunas personas sentadas que prefieran la iglesia a todo ese teatro de la mina abandonada.
—Lo he juzgado mal —confesó Jeremy—. Al principio pensé que era a Mann a quien iba a apoyar.
—¡No, Dios me libre! Y menos aún después de venir a indicarme que debía pronunciar pláticas más parecidas a las suyas. Me trae sin cuidado su homogeneizada religión, y así se lo hice saber. Esa noción de que la inteligencia está reñida con la fe no se halla, evidentemente, muy lejos de la intransigencia que mueve a quemar libros.
—¿Podríamos citar esas palabras? —pidió Geraldine.
—Sí, háganlo sin reparos. Es lo que pienso decir el domingo. Ese tipo no se dará por satisfecho hasta que haya convertido a todos los habitantes del pueblo, o crea haberlo hecho.
—Esta mañana aseguró que no queda mucho tiempo. ¿Tiene usted idea de lo que significa?
—Yo lo relacionaría con lo de «por quién tañen las campanas» y todo eso, aunque quizá acierte usted al apuntar que tiene algo más concreto en su mente. Prometo hacer mis pesquisas, aunque cuando él no quiere no hay quien le sonsaque nada.
Estaban ya cerca de la iglesia, comentando el párroco que Mann utilizaba las palabras como ciertos médicos recetaban sedantes, cuando Geraldine le interrumpió:
—¿Qué es eso?
El padre O'Connell aguzó la vista.
—Pájaros. Fíjese, han emprendido el vuelo. No sabría determinar la especie.
—En efecto, no son más que pájaros —confirmó Jeremy, aferrando el brazo de su esposa al percibir su desazón—. La luz ha creado un efecto óptico.
Geraldine trató de convencerse que eran eso y nada más. Con todo, no podían refulgir por sí mismos con aquellas pálidas irisaciones, aunque el claro de luna no hubiese llegado todavía a la iglesia. Acaso los reflejos luminosos de una ventana paralela al cementerio envolvieron a las aves mientras picoteaban entre las tumbas. Era mejor no especular sobre qué llevaban en sus picos al echar a volar, aleteando las tres en formación, hacia el monte. Los rayos lunares les atraparon ahora más directamente, pues tan pronto se elevaron por los aires aumentó su resplandor. Todo era lógico, no había que alarmarse, y no obstante Geraldine supo que, si continuaban su caminata vespertina, se negaría a atravesar el campo.







































15

El recepcionista entendió que Moonwell era una empresa.
—No, es el pueblo donde resido —le corrigió Diana—. Dígale que estoy aquí para aceptar su oferta.
Nick quedó desconcertado hasta que la vio, y entonces separó los labios en una ancha sonrisa, relajada su cara redonda y abrió sus grandes ojos castaños como platos.
—Le debo un almuerzo. ¿Dónde quiere que vayamos?
—A cualquier cafetería. Tengo multitud de cosas que contarle.
—¿Sobre la misión Moonwell?
—«Operación Moonwell» sería el término más adecuado.
El periodista arrugó la frente, se frotó la cuadrangular barbilla como si de ese modo pudiera borrar la mancha gris que en tan mal lugar dejaba su afeitado, y dijo:
—Concédame diez minutos para concluir una crónica antes de salir.
Fueron a una cafetería próxima al edificio gótico del ayuntamiento, emplazada en una de las callejas laterales de una amplia avenida cuyos edificios parecían estar blanqueados por el sol sobre el caótico tráfico del mediodía. Encontraron unas banquetas al fondo de la sala, que era larga, angosta y con paneles de madera oscura. Se sentaron frente a sendas bebidas.
—¿Qué ha pasado? ¿Algo más dentro de la misma línea?
—No sé si se percató de lo bien organizados que estaban. Ahora Mann persigue a los niños, y con la ayuda de la escuela. El director trató de hacerme firmar un papel por el que me comprometía a no enseñar nada que desaprobase el predicador, y cuando yo rehusé me despidió.
—¿Puede hacerlo?
—Aquí en Manchester desde luego que no, pero imagino que, en una localidad a la que se tarda más de una hora en llegar, pueden hacerse impunemente muchas irregularidades. Esta mañana he acudido a la sede de mi sindicato, y no me han dado muchas esperanzas.
—Bromea, ¿no? ¿La dejan plantada sólo porque para ayudarla han de desplazarse hasta allí en automóvil?
—Me dejan plantada por algo que no hice. Verá, el sindicato convocó una huelga cuando yo llevaba seis meses trabajando en la escuela, y no la secundé. Me argumenté a mí misma que estaba en período de prueba y que, si me declaraba en rebeldía, me reemplazarían por alguien que trataría peor a los niños. Deseaba enormemente conseguir la plaza desde que leí que se hallaba vacante, y además había sido toda una odisea obtener a tiempo el permiso de trabajo. Ahora que sé lo que entraña ese puesto, aún tengo mayor empeño en conservarlo. Pero los cabecillas del sindicato afirman que no puedo hacer apenas nada porque soy extranjera y he vivido poco tiempo en Gran Bretaña, aunque yo creo que no me han perdonado que desobedeciera su llamamiento.
—Tengo amigos en la delegación oficial de enseñanza. Puedo informarle con anticipación de cualquier trabajo en la enseñanza que surja en Manchester.
—Es usted muy gentil, Nick, pero lo que yo esperaba era que publicara la mala pasada que pretende jugarme la escuela. —Diana apuró la cerveza de su jarra—. Esta ronda me toca a mí.
Cuando llevó las bebidas a la mesa, Nick estaba algo violento.
—Haré cuanto pueda —prometió—. Me encantaría echarle una mano.
—Le garantizo que, para cuando haya terminado, tendrá una buena historia. —Refirió al reportero todos los acontecimientos, la función de Eustace Gift, la quema de libros, los recelos del padre O'Connell—. Ahora Mann se dedica a ir de casa en casa, así que no deja a nadie la opción de nadar entre dos aguas. Ya le he dicho que su método es sistemático.
—El sacerdote accedió voluntariamente a que lo mencionen, ¿verdad? Ése podría ser el punto decisivo. Almorcemos y hablaré con el jefe de mi sección.
La maestra aguardó quince minutos en el vestíbulo de la editorial antes que Nick reapareciera. Dio un brinco en la silla, y se infló el tapizado imitación piel al levantarse.
—¿Me necesita?
—Diana, esto es verdaderamente desolador, por no decir bochornoso. No he tenido ningún éxito.
—Quizá debería discutirlo yo con él.
—La acompañaría hasta su despacho si supiera que puede servir de algo. Hace un año redacté toda una serie sobre Billy Graham y la resaca fundamentalista, y a mi jefe se le ha metido en la cabeza que es agua pasada, una noticia vieja. No se da cuenta de que desde entonces el conflicto ha ido a peor. Enarcó una ceja, no obstante, al hacer yo alusión al sacerdote. Escuche, ¿está libre para cenar? Le debo una explicación más completa, pero me resisto a entrar en materia aquí.
—Por favor, no se sienta obligado conmigo —susurró Diana con aire afable.
—Digamos que me hace ilusión invitarla. Acabo mi jornada a las seis.
—Decidiremos quién paga cuando nos presenten la nota. Ahora, adiós. He de ir a la biblioteca.
En la abovedada e inmensa sala de lectura, en cuyo mostrador había de solicitar el libro deseado, no parecía constar la información que ella buscaba, nada que pudiera ilustrarla sobre la obsesión de Mann por la cueva. De hecho, encontró escasas referencias a Moonwell. Estudió de nuevo, más concienzudamente, las páginas del catálogo, y reparó en un nombre de autor que conocía. La consigna para el registro era «Lutudarum». El libro resultó ser un panfleto sin fecha que empezaba a amarillear, encuadernado en plástico por la biblioteca. Se trataba de un ensayo sobre una perdida mina de plomo de época romana, que el escritor localizaba en un rudimentario plano bajo el topónimo Lutudarum, sito en el enclave mismo de Moonwell. El nombre de este escritor era Nathaniel Needham.
—Debería haber pensado en él —dijo Diana a Nick ante su cena, en un restaurante del barrio chino—. Vive en los marjales. Si alguien además de Mann puede saber en qué estriba la importancia de la cueva, ése es Needham.
—Suponiendo que la cueva tenga una significación para otra persona aparte de Mann, la idea de un pozo profundo, tenebroso y satánico es un tanto freudiana, ¿no crees? —aventuró Nick, pasando al tuteo.
Diana le pagó con una leve sonrisa.
—El misterio no se detiene ahí. Circulan numerosos relatos sobre esa cueva en particular.
—Pero ninguno sobre Mann, presumo, o al menos ninguno que no narre él mismo. Su padre se apellidaba Maniple, por ejemplo, aunque no seré yo quien le critique que se lo haya cambiado.
—¿Por qué no me cuentas cuáles son los problemas que tienes en el periódico?
—¿Has escuchado alguna vez Radio Libertad? No, claro, la estación evangélica de tu zona la interfiere. Es una emisora pirata desde la que solía radiar, digamos, la faceta de la noticia que no me dejaban imprimir en el diario. Mas la noche en que regresé de tu localidad no debí de disfrazar bien mi voz, porque mi redactor jefe me identificó.
—¡Mierda!
—El me soltó exclamaciones más subidas de tono. Tengo suerte de no haber perdido mi puesto, eso te lo aseguro. Y encima, la mujer que dirige Radio Libertad me conminó a hacer público mi nombre y a trabajar en exclusiva para su emisora si quería defender seriamente la verdad, y ése fue el fin de una venturosa relación y, quizá, de mi única oportunidad de ayudarte. ¿Te acuerdas de que esta mañana me ofrecí a encontrarte un empleo?
—Debería tomarte la palabra, ¿no? Debería abandonar Moonwell, puesto que los padres tienen lo que en principio se merecen.
Nick quedó perplejo ante la inopinada amargura que destilaba la voz de Diana.
—¿Tan mal está todo?
—Nick, cuando me incorporé a la escuela los niños me tenían terror porque creyeron que sería como los otros profesores. ¿No te parece mal eso?
—Y, al ver que no eras ningún ogro, se desgobernaron.
—Cierto, hasta que comprendieron que no iba a pegarles ni enviarles al director para que les diera él los azotes. En Nueva York no castigábamos físicamente a los niños, ni hay necesidad de hacerlo tampoco en este país. Me revuelve las tripas oír decir a los padres que el «jarabe de palo» es una buena medicina. La gente tiende a olvidar cómo lo pasaba en colegios de esa índole; de lo contrario jamás mandaría a estudiar allí a sus hijos. Y a todos les espanta distinguirse por alborotadores, incluso a los adultos.
—Tal es el tipo de miedo con el que juega nuestro amigo Mann.
—Efectivamente, y ésa es otra cuestión que me inquieta. Mis niños no dirán que creen sus cuentos para no dormir si no es así, y temo que él o sus seguidores den en propagar infundios sobre una falsa enemistad por su parte.
Nick respiró hondo y se levantó.
—Tal vez ya no presente ningún programa en Radio Libertad, pero eso no es óbice para que no les pase tu historia. Déjame llamar a Julia ahora mismo.
Regresó con visible frustración.
—Comunican sin parar. Probaré de nuevo dentro de unos minutos. Es probable que Julia quiera entrevistarte en directo.
—Vamos, come o se te enfriará el plato. Nick, no juzgo prudente salir en las ondas. Ambos sabemos qué es lo que realmente tendría que hacer.
—¿Ah, sí? —preguntó él, dubitativo.
—Por supuesto. Tendría que volver a la escuela y firmar ese endemoniado documento, como mínimo, para seguir en activo y cuidar a mis pequeños.
Exponerlo en voz alta fortaleció su convicción, reavivó sus sentidos como aquella madrugada en que la despertaron con la imagen premonitoria del avión. Se juro a sí misma que, esta vez, no les fallaría. Después de cenar, Nick sugirió que fueran a tomar café a su piso, mas ella temía que una niebla súbita borrara de la faz de la tierra la carretera de Moonwell. Era además consciente de que, si subía a casa del reportero, acabaría pasando la noche en su lecho. En otras circunstancias el plan la habría seducido tanto como se notaba que le apetecía a él.
Salió de Manchester y se adentró en los serpenteantes y lóbregos caminos. Densas nubes se cernían sobre Moonwell, sobrecargando la atmósfera nocturna. Reflexionó. Conducía el vehículo hacia el pueblo, y en su mano estaba conjurar la sensación de oscuridad y pesadez que la atosigaba. El día debió de ser agotador, porque, aunque la luna no había de elevarse tras el horizonte hasta varias horas después, creyó columbrar unos movimientos blanquecinos en la nubosidad que cubría la cueva. Se acostó sin demora alguna, para descansar y estar fresca al día siguiente frente a los Scragg.
La señora Scragg se hallaba en la verja del patio y lanzó a Diana una mirada fulminante, como si no tuviera derecho ni siquiera a pisar el umbral. Algunos de los padres parecieron alegrarse al verla, y a los niños de siempre, ciertamente, se les ilumino el semblante. Tenía que firmar. Nicholas Nickleby habría irrumpido como una ventisca en el despacho del señor Scragg, pero la vida no funcionaba por esos parámetros, la vida seguía su curso con su diario cúmulo de insatisfacciones. Entró rauda en el edificio y llamó a la puerta del director. Él la examinó del todo inexpresivo.
—Lamento haberme precipitado cuando me propuso que firmara la renuncia —dijo la maestra, logrando invocar un amago de leve sonrisa—. Lo haré ahora si aún puedo.
—Me llena de júbilo saber que ha escuchado la voz de su conciencia —respondió el hombre, a la par que removía los papeles de su escritorio—. Pero, en lo concerniente a su trabajo, me temo que ha rectificado tardíamente. La plaza ha sido ya adjudicada a dos de nuestros nuevos amigos, que desempeñarán su trabajo sin cobrar.
16

Andrew notaba la cabeza cargada y dolorida, la nariz tapada y los ojos anegados en lágrimas.
—El año pasado me dijisteis que podría —lloriqueó—. Dijisteis que me haría bien.
—Estábamos equivocados —contestó su madre, y alargó la mano hacia una pinza de ropa de la cesta que sujetaba el chaval, una cesta hecha de mimbre forrada en la que se veía bordada una niña con un puñado de estos artículos—. He decidido que no, y no hay nada más que discutir.
—¡Pero si es en la iglesia! Al padre O'Connell no le molesta.
—Al padre O'Connell no le molestan demasiadas cosas, y eso que es un ministro del Señor. No te acerques a la iglesia sin mí o sin tu padre, ¿me oyes? Olvídate de la señora Wainwright y la decoración de la cueva.
—Papá y tú me prometisteis que este año iríais a ver cómo lo hacíamos.
—Fue un error, ¿tan difícil es de entender? Dios nos mandó a Godwin Mann para enseñarnos en qué fallábamos. Si te empeñas en hacer estupideces, dame la cesta y yo misma iré cogiendo las pinzas.
Al arrebatársela a su hijo a June se le cayó en el césped la colada que retenía con el brazo.
—Mira qué desaguisado me has hecho hacer, desvergonzado. Arrodíllate y pide perdón a Dios.
Las finas agujas de la hierba punzaron las desnudas rodillas de Andrew.
—Por favor, Dios, perdóname —oró, y repitió las palabras de su madre—: Perdóname por ser un tormento para mis padres.
—Ahora ve a tu habitación y cierra la puerta —mandó June—. No bajarás hasta que seas digno de presentarte ante nosotros.
Andrew meditó que quizá ese día nunca llegaría. Se levantó bamboleante, lanzando nerviosas miradas a su alrededor por si alguien había oído su confesión, y vio que su padre le vigilaba desde la cocina. El hombre apartó en el acto la vista hacia las alturas, como si del tupido y grisáceo cielo descendiera escrito un importante mensaje.
—¡Lee aquella historia sobre la obediencia a los padres! —gritó June mientras el pequeño se alejaba.
Sentado sobre la cama, Andrew examinó una estancia que ya no sentía suya. La desnudez de las paredes le parecía glacial ahora que no podía tener los carteles de Sendak. No le permitían ver a Geraldine y a Jeremy ni tampoco a la señorita Kramer, que ya no estaba en la escuela; no le apetecía jugar con los niños nuevos que tan simpáticos encontraba su madre, aquéllos junto a los cuales tenía uno la perenne impresión de no haberse confesado lo suficiente. Se sentía más torpe, más lelo que nunca para sus padres.
Empezó a romper el librito sobre Abraham e Isaac, y a arrancarle diminutos pedazos de las esquinas de las páginas. No se atrevía a odiar a Dios, pero abominaba de Godwin Mann. Su madre no había cambiado más que para hablar de Dios a todas horas, pero su padre había sufrido una transformación de tal calibre desde que vino Mann al pueblo, que Andrew prefería no pensar en ella. No pudo contener su sobresalto al entrar precisamente su padre en el dormitorio.
—No hagas eso, hijo. —El hombre recogió las tiras de papel y las echó al inodoro, bajo la placa que rezaba «Dios te ama»—. Esconde el librito antes de que tu madre descubra el destrozo, y saldremos un rato. No debes permanecer encerrado en un día como éste.
—¿No podríamos ir a la feria?
—¡No llamarás tú feria a eso que han montado! Espera y verás qué sorpresa te guardo.
La gente no debía tener secretos una vez se había confesado en presencia del Señor: ¿no era algo así lo que propugnaba el señor Mann? Sin embargo, cuando se hallaban ya en la calle, Bevan anunció a su hijo:
—No acabo de comprender por qué no te dejan ir a la iglesia. Te llevaré hasta allí, y así tu madre no podrá acusarte de desobediente. De todos modos, no es imprescindible que se entere; ella podría mirarlo desde una perspectiva distinta.
El aprendiz del carnicero enfiló en su bicicleta la calle Mayor, con la cesta rebosante de entregas a domicilio. Andrew quería llegar a hacer eso algún día, pedalear por el pueblo, silbando y soltando el manillar para peinarse. Tal vez entonces sus padres se enorgullecerían de él.
Si no iba a desobedecer a su madre, ¿por qué no podía contárselo para que ella fuese a admirar su pequeña aportación al ornato de la cueva? En ocasiones meditar resultaba tan arduo como levantar un peso que se hacía por momentos más abrumador, sobre todo cuando los demás se impacientaban con él. Trataba de ordenar mentalmente las palabras para hacerle la consulta a su padre sin que se enojara, cuando pasaron frente al cruce del callejón.
—Preguntémosle a la señora Wainwright si hay alguien en la iglesia —resolvió Bevan.
La señora Wainwright estaba podando los emparrados del arco que enmarcaba la entrada. Andrew corrió hacia ella, pero se detuvo balbuceante, al comprobar que la mujer se hallaba al borde del llanto.
—Lo siento mucho, Andrew —musitó Phoebe con la mirada fija en sus viñas—. Este año no engalanaremos la cueva.
—¿Por qué? —inquirió el padre del chico, dando alcance a éste—. Creí que seguiría adelante a pesar de todo.
—No ha habido quórum. —La mujer tenía los ojos tan brillantes y desorbitados, que a Andrew se le contagió su angustia—. Además, tengo otras cuitas aparte de ésa, aunque no puedo mencionarlas estando Andrew presente. La cueva es secundaria.
—Es importantísima —se enrabió Andrew, mas ella se dio la vuelta muy atribulada y se refugió, casi a la carrera, en su casa.
La puerta se cerró con estruendo, y el niño vio que la vecina de la casa contigua, una vieja desdentada y bigotuda, estaba plantada bajo el dintel de su vivienda en actitud desafiante.
—¡En buena hora nos libramos de ella! Cuanto menos la veamos, mejor será para todos —renegó la mujer en voz alta, atropellando las palabras.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado? —inquirió el padre de Andrew.
—¿Cómo, aún no lo sabe? Anoche perdió un bebé. ¿No adivina usted el motivo? Pues que la madre no quiso que la asistiera alguien de su calaña. «No consentiré que esa atea traiga a mi hijo al mundo», me han dicho que declaró. Cualquier comadrona decente se habría arrodillado al pie del lecho si con eso hubiera evitado que se malograse el niño, pero no la soberbia y poderosa Wainwright. Así que el padre trató de ayudar personalmente a su esposa en el parto, y lo único que cabe añadir es que, si existe en el mundo la justicia, el crío habrá ascendido al cielo y la señora Wainwright se consumirá donde usted imagina.
A Andrew no le pareció que debiera hablar de lo que era o no justo aquella vieja que, según observó, mascullaba las palabras como si las saborease. Su padre tiró de su brazo para marcharse.
—Vayamos a la feria.
Estaba instalada en el campo de deportes. Los niños arrojaban tejos o pelotas para conseguir premios. La única atracción era un tiovivo, consistente en viejos coches y bicicletas de pedales claveteados a una plataforma chirriante, que giraba bajo un toldo similar a un parasol cuya tela había desgarrado el viento. Andrew eligió una oxidada bicicleta, e imitó al chico de los recados mientras el encargado manipulaba la roñosa manivela que accionaba el mecanismo.
—Mírame, papá —reclamó a cada vuelta cuando rebasaba a su padre, porque a cada vuelta Bevan estaba contemplando ensimismado el cielo sin sol que dominaba el campo como si en él hubiera algo escrito, o como si el hombre deseara encontrarse en otro sitio.
La feria no le compensó por no poder trabajar con la señora Wainwright. De regreso a casa notó a su madre receptiva ante su disgusto, porque le permitió dar gracias al sentarse a cenar. Más temprano de lo que habría querido, mucho antes del anochecer, lo mandaron a la cama.
Ya acostado, se formaban y disolvían tras sus párpados figuras y escuchó los murmullos de sus padres en la planta baja. Esperaba que su madre pidiera a su padre qué era lo que le ocultaba, pero ahora que él se había retirado no fueron muy locuaces. Comparó las escasas voces y los largos intervalos de silencio con preludios de aquellas tormentas que a menudo se desataban bajo la plomiza bóveda celeste. El pequeño se arrebujó bajo la manta tapándose los oídos, que sentía hinchados con el intento de oírles, y evocó el año anterior: cómo había alineado las hileras de pétalos, sobreponiéndolos igual que el plumaje de un pájaro, en su porción del entramado, hasta que no quedó espacio para uno más. Evocó la visión de su obra al ser puesta en el lugar correspondiente, su fragmento de cielo ajustado a la perfección sobre la cabeza del hombre de la espada. Un halo de luz ribeteaba la serena faz como si la testa fuera de sol, más resplandeciente que la tizona que el guerrero blandía en una mano, mientras que la otra quedaba camuflada bajo su túnica de follaje. Acunó a Andrew un frescor semejante al de las iglesias, insensible su cuerpo al calor húmedo de las sábanas y al peso del cobertor, y al instante se quedó plácidamente dormido sin darse cuenta.
Sus sueños fueron también apacibles, al menos al comienzo. Seguía en ellos a la figura que había contribuido a crear en dirección de la cueva. No veía quién la transportaba, no en secciones como solían hacer sino de una sola pieza, por lo que centuplicaba su estatura. El muchacho corría en la penumbra hacia el foso, sobre un terreno más afín a la ceniza que a la piedra. En el momento en que coronaba la cumbre salió la luna, como en una exhalación, tras el desigual horizonte, y advirtió que la imagen del espadachín se erguía encima del pozo. Andrew se sintió a salvo hasta que la luna se echó a reír.
Trató de convencerse a sí mismo de que aquello era una fábula para niños. Sólo en tales cuentos tenía la luna cara de dibujos animados, con una enorme sonrisa que, al abrirse, ponía de relieve sus dientes. Pero ahora se reía del balanceo del hombre de la espada, semejante al de un borrachín, junto a la boca de la cueva, como si lo hubieran depositado demasiado cerca. Se dijo el chico que no era más que una semblanza sin vida, «secundaria» en opinión de la señora Wainwright. El personaje se precipitó en el insondable agujero y Andrew lo oyó emitir un chillido más escalofriante que todos cuantos había escuchado en su vida.
Se despertó sobresaltado y estuvo a punto de chillar, también él, en la negra oscuridad. Abandonó atropelladamente el lecho, fue dando traspiés hasta el rellano seguro que quien le viera le recibiría a gritos, más no podía soportar la idea de quedarse a solas con su sueño. Entreabrió la puerta de la habitación de sus padres, y de súbito se paralizó, ahogando una exclamación frente a la blanca estatua que yacía en la cama al lado de su madre.
La luna iluminaba de lleno la cara de su papá. Era como si se bañara en su luz, como si la succionara. Andrew tuvo el impulso de ir hasta él y vapulearle, porque, al decir de una antigua tradición, si los rayos lunares inundaban tu rostro mientras dormías no tardabas en enloquecer. Su madre había insistido en que aquello era pura leyenda, pero siempre corría a conciencia las cortinas en las noches de plenilunio. Ahora podía haberla despertado, y lo habría hecho de no alimentar el temor de ver abrirse los ojos de su padre llenos de luna. En ese instante el rostro de Bevan se retorció en una mueca que Andrew nunca le habría atribuido ni aun en sueños, y el chico huyó de nuevo a su alcoba.
Su padre debía de tener una pesadilla. Sin embargo, ¿no era ésa la expresión de terror que asumía uno al volverse loco? ¿Qué haría ahora su papá? Algo peor que abuchearle del modo en que acostumbraban hacerlo los hombres en los partidos de fútbol, peor que provocar en la madre de Andrew, cuando creían que él dormía, unas voces que parecían denotar que le hacía daño. Andrew no había oído los presuntos quejidos ni otros sonidos parecidos desde la llegada a Moonwell del señor Mann, mas el expectante silencio del momento lo ponía más nervioso que aquellos ruidos.
Incrustó los nudillos en sus orejas. Su madre, en verano, siempre le prevenía de que tenía que estar dormido antes de que anocheciera. Hoy creía empezar a vislumbrar el porqué, a vislumbrar que a partir de aquella hora todo cambiaba a peor. No podía sufrir la espera, la ignorancia de lo que quizá ocurría en el dormitorio paterno; pero, al reunir el valor que precisaba para dejar la cama y cruzar nuevamente el rellano, de puntillas, y abrir su puerta, casi lanzó un alarido. Su padre no estaba acostado.
Su madre seguía arropada entre las mantas, de espaldas a la luna. Al intentar serenarse un poco para despertarla, Andrew oyó cerrarse muy discretamente la puerta de la calle. Aquello le sacó de su inmovilidad. Fue con sigilo al otro lado de la alcoba, sabiendo de manera instintiva que no tropezaría contra nada, y se asomó a la ventana iluminada por la luz lunar. Su padre se hallaba en la acera opuesta, y desapareció en la bocacalle del primer pasadizo que llevaba camino hacia el páramo.
El muchacho dedujo inmediatamente que, unas horas antes, su papá había abrigado la intención de dejarle en la iglesia e ir dondequiera que se dirigiese ahora. Andrew no podría habérselo revelado a su madre sin delatarse él mismo. Retrocedió en la estancia y se esmeró en cerrar la puerta con manos rígidas, temblorosas. Si su madre averiguaba lo que le estaba sucediendo a su padre, fuera lo que fuese, tal vez lo agravaría. El pequeño se vistió diligentemente, bajó la escalera, dejó la puerta cerrada solo con el picaporte, y se escurrió hacia el exterior.
El calor de su cuerpo humeó por la «chimenea» de su cabeza hacia el despejado cielo. Cuando pasaba, vadeando en las sombras, al otro lado de la calle Mayor, el reloj del salón de juntas dio las dos. Recorrió con gran celeridad la calleja y el serpenteante camino, alborozado por estar fuera tan tarde y a la vez asustado por lo que podía ver al alcanzar a su padre.
En lo alto del sendero asomó cautelosamente la cabeza desde lo alto del páramo hacia los marjales. Su padre se encaminaba a la cueva, silenciadas sus zancadas por la ceniza, bajo una luna que aunque declinante, obligó al niño a pestañear. Al correr en pos de Bevan, Andrew no se oyó a sí mismo. Así debía de ser moverse sobre la superficie de la luna, caminar sigilosamente, sintiendo apenas las propias pisadas. Su padre estaba en el anillo de peñas que circundaba la cueva por arriba, y el niño hubo de echarse de bruces en el suelo al percibir que lo rodeaba hasta un punto que quedaba casi enfrente de él. Mas el hombre se hallaba demasiado abstraído en lo que quiera que hubiere detrás del reborde para detectar a Andrew.
Aunque se le distinguía bajo los rayos lunares y el chamuscado paisaje, el pequeño empezó a arrastrarse sobre las cenizas. Avanzó en igual postura hasta situarse en línea con Bevan, de tal forma que sólo tuviera que alzar la cabeza para verle. Enterró la cara entre las manos a fin de carraspear y, al volver a levantar los ojos, su padre se había desvanecido en la oquedad. Espantado por la posibilidad de que se hubiera arrojado al interior de la cueva, Andrew gateó hasta los peñascos.
La luna se recortaba sobre su cabeza. Su luz fulguraba en la cuenca pedregosa y daba al grueso labio del foso una apariencia rutilante. Más allá de este cerco, el agujero se identificaba en negrura y profundidad con el cielo lejano. A medio camino entre la cueva y el borde superior de la depresión estaba uno de los ayudantes de Mann, de rodillas, con los dedos entrelazados y los ojos cerrados. Andrew pensó que debía de montar guardia en el foso. Tras él, tan furtivamente que ni el mismo muchacho pudo apreciar sus movimientos, surgió su padre. Su semblante era una pura máscara blanca, lisa y luminosa.
Su sombra fue adelantándose centímetro a centímetro, tan silenciosa como el hombre. El sujeto la vería si abría los ojos... pero no, se hallaba exactamente detrás de él, tocándole. ¿Y si le presentía y se giraba? Andrew temía por su padre, temía que le descubrieran y temía también presenciar lo que podía pasar si Bevan acometía al otro tipo.
Estaba su padre a una distancia ínfima del individuo, cuando oyó algo. Su enmascarado rostro se irguió en el claro de luna; a Andrew le recordó a un perro aguzando el oído. El padre emprendió la tortuosa subida de la cuenca, reculando, y el hijo tomó su anterior posición en la ceniza. De camino vio a otro de los acólitos del señor Mann que cruzaba velozmente la explanada.
El recién llegado pasó a unos metros de Andrew sin reparar en él.
—Lo siento, me quedé dormido —se disculpó ante el compañero de la cueva.
Su papá estaba ya fuera de su radio visual en la otra vereda, la más larga de las que conducían a Moonwell. Andrew inició el retorno a casa en cuanto el tercer hombre se hundió en la cuenca pétrea, sacudiéndose para eliminar el ceniciento polvillo, sacudiéndose más todavía para desechar sus pensamientos.
Entró en casa y subió la escalera sin hacer ruido. Se tumbó en la cama, incapaz casi de respirar mientras aguardaba que volviera su padre, que su madre se despertara y exigiera saber dónde se había metido su marido. Al fin oyó que cerraban la puerta, oyó algunos crujidos en los escalones, y luego un silencio total. Su madre dormía. Él, en cambio, estuvo despierto hasta el alba, rezando para que no sobreviniese lo que era irreparable.










17

—Caramba, caramba. ¿Qué película ponen hoy?
—No lo sé, Dios me ordeno tirar las gafas por la ventana.
—No fue Dios, sino Godwin Mann, que también tira su voz por la ventana.
—¿Que Mann tira su voz? ¿Por qué había de hacer eso?
—Para distraernos e impedir que veamos en qué clase de diablo se convirtió su padre.
Nadie se rió. Sólo Eustace. Si había risas en algún lugar del campo, mal podían estarle destinadas. No representaría sus rutinas cuando el patrón de El Soldado Manco proyectara el vídeo en el que el padre de Mann hacía el papel de demonio. Él no era un comediante, era un simple cartero que dialogaba consigo mismo. Si no fuera el cartero, no se dirigiría ahora a casa de Phoebe Wainwright.
No había vuelto a verla desde la aciaga velada del bar. Siempre que repartía el correo, se aseguraba de que ella no le oyera acercarse. La idea de ser quien era, nada más que un hombre sencillo que ejercía su oficio, le resultaba extrañamente reconfortante; el conocimiento de ser indigno de Phoebe era, aunque parezca paradójico, un alivio. Estaba madurando su resolución de no abordarla nunca más, cuando llegó a sus oídos cómo le habían prohibido salvar a aquel bebé.
Lo que más le afectó fue que todas las personas con las que había hablado del asunto la llenaban de vituperios. Tenía que nacerle saber que él estaba de su parte, y hoy contaba con un motivo para ir a su domicilio. Dio un vistazo a la calle Mayor para comprobar que nadie le había oído interpretar al hombre probo. Deprisa, dobló por el callejón de la iglesia.
Tenía para Phoebe una carta de franqueo local y una revista sobre natalidad que, de tan voluminosa, no cabía en el buzón. Se internó bajo el arco y el enramado de las parras y trató de improvisar un chascarrillo capaz de animarla, algo relacionado con la publicación, en el caso de que a ella le trastornara verla. «No se han enterado aún de que Dios no quiere que intervenga usted en más nacimientos», pensó, y llamó al timbre.
Al asomarse la mujer por la ventana de la sala de estar, a Eustace le impresionó la laxitud de sus facciones. Estaba claro que elevarle la moral iba a ser una tarea más dura de lo que había previsto, se dijo, a la par que escuchaba su voz de auricular recitando el insulso e insensible chiste que planeaba ofrecerle. Se esforzó denodadamente en inventar algo mejor que decirle antes de que acudiera a abrir.
Todo lo que le vino a la mente fueron bromas aún más insípidas que la que había suprimido, y le horrorizaba verterlas sobre Phoebe en el instante mismo en que despegara los labios. Ella salió al portal y le examinó paciente, indiferentemente, mientras rebuscaba en su cartera como si tuviera algo más que entregarle. Le presentó por fin la misiva y la revista.
—Para usted —murmuró, en el tono de que quien hace un regalo.
La cara de la Wainwright quedó aún más fláccida tras ojear los titulares de la revista y aprisionarla bajo su brazo. Procedió luego a rasgar el sobre con su regordete pulgar. Probablemente deseaba que el le hablara, de lo contrario habría cerrado la puerta.
—Me han comentado lo que sucedió la otra noche —ensayó Eustace una entrada, y continuó a tientas—: No dejan que ninguno de los dos haga aquello en lo que más destaca, ¿verdad? Las personas creativas siempre suscitamos envidias.
Cuando ella elevó los ojos de la página que había desdoblado, el cartero se arrepintió de no haber recurrido a uno de los chistes de antes. Sólo pretendía bromear, por supuesto, bromear a sus propias expensas.
—Per..., perdóneme —tartamudeó—. No hay nada peor que un humorista tratando de ser serio, salvo en que yo ni siquiera soy un humorista, como tristemente habrá notado...
Phoebe debía de estarse preguntando si no callaría nunca. Atrapado en su propia voz de sordina, hasta él lo dudaba. Tragó saliva para imponerse silencio y, de pronto, ella empezó a parpadear más y más rápidamente. Por un momento el hombre pensó que iba a echarse en su hombro, mas enseguida vio que se hallaba solo frente a la fría hoja de la puerta.
La carta hizo unas piruetas en el aire y fue a aterrizar a sus pies. La recogió y, de un modo maquinal, llamó de nuevo al timbre. En el corto lapso de tiempo que empleó ella en volver a abrir, el hombre leyó su contenido. El mensaje, escrito en grandes letras mayúsculas, rezaba así: «Abandona nuestro pueblo antes de que cometas más infanticidios». Phoebe se lo quitó de la mano.
—¿Es que no podéis dejarme en paz? Si me suicido lanzándome a la cueva, ¿os sentiréis resarcidos por lo del bebé? —bramó, y dio un fuerte portazo.
Él llevó su dedo frenéticamente al timbre, pero se retuvo. Cualquier cosa que dijera estropearía la ya dedicada situación. Se imaginó a sí mismo alargándole la carta por segunda vez, por tercera, por cuarta. No lo haría sobrevivir ni aun transformándolo en una guasa contra sí mismo: no habría nadie ante quien escenificarla.
Terminó el reparto y fue pesadamente a casa, sin entretenerse con nadie. No, no tenía ganas de charlar con Eric en el bar. ¿Qué rayos lograría él proyectando la película protagonizada por el padre de Mann? No era más que un rato, tan trivial que equivalía a aceptar que Moonwell estaba en poder de Godwin Mann. Eustace entró en su vivienda y se confinó allí sin otra compañía que su furia contra sí mismo. Apenas había dejado su cartera junto al sofá, cuando alguien golpeó con los nudillos la puerta principal.
Era la modista que vivía tres casas más abajo. La mujer le escrutó a través del humo del cigarrillo que colgaba de las comisuras de sus labios.
—Y bien, señor Gift —le interpeló, temblándole el cigarrillo—, ha sido muy hábil procurando mantenerse al margen de nosotros.
«¿Dónde está tu amigo? ¿En tu bolsillo, o tal vez en tus nalgas», insultó para sí Eustace, si bien lo único que dijo fue:
—Nada de eso. No he hecho más que cumplir con mi obligación.
—¡Mientras no esté tramando alguna de las suyas! —La modistilla meneó vigorosamente los pechos para desalojar una mota de ceniza—. ¿Le veremos en la cueva el domingo?
El hombre estuvo en un tris de echarse a reír, o de hacer algo más violento. Era una arpía como aquélla quien le envió el anónimo a Phoebe.
—No creo que les interese mucho que vaya —replicó.
—Sí que nos interesa, mi buen amigo. ¿Sabía usted que fue el único vecino de nuestra calle que estuvo ausente el domingo pasado? No irá a decirme que todos vivimos engañados, ¿eh?
—No, no diré nada semejante.
—Hace usted bien. ¿Y sabía asimismo que todos y cada uno de los habitantes de las dos calles colindantes asistió a la congregación? Le conviene unirse a nosotros este domingo. No queremos que señalen con el dedo a nuestra vecindad. —La modista pisó la colilla del suelo y estudió a Eustace—. No le asustará ir, ¿verdad? No hay motivo. Todos estamos al tanto de lo que tiene que confesar. Por una vez, cambie de actitud y hágase un favor a sí mismo.
—Usted no parece haber cambiado mucho. Y ahora, si me disculpa —se despidió el hombre, y cerró la puerta—, estoy ocupado jugando conmigo mismo, haciendo los preparativos de una misa negra o clavando alfileres en el muñeco vudú de Godwin Mann.
La convulsión que le produjo la risa brotó al mismo tiempo que las palabras, dejándole más airado que nunca. Volvió al sofá y vio como la mujer andaba contoneándose por la senda de salida. Hubo de sentarse de forma brusca para vencer el arrebato de perseguirla, cogerla y llevarla a rastras... no sabía adonde. Estaba seguro de que en algún lugar se oía una risotada honda y hueca, prolongada, una risotada que no paraba de crecer.














18

«Sacerdote defiende los libros de sexo», decía el titular. Dada la falta de detalle que había en al artículo, bien podía colegirse que la librería era una sex shop. El nombre de la población, «una pequeña villa cercana a Sheffield». Aparentemente era Moonwell. Diana se repitió en su fuero interno que no era culpa de Nick; él hizo todo lo que pudo, y a ella le competía ahora mejorarlo. Depositó el periódico en la mesita del té y salió de su casa.
Hacía una tarde gris y sofocante. A Diana se le adhería a la piel la delgada tela del vestido mientras se encaminaba al hotel. El recepcionista, un tipo de hombros caídos que ostentaba una insignia del Sagrado Corazón en la solapa, la remitió a una de la colaboradoras de Mann cuando preguntó por él.
—Si necesita consejo, tal vez yo pueda proporcionárselo —se brindó la mujer, una joven sonriente y de ojos muy abiertos—. Godwin está descansando en este preciso instante.
—Creía que se hallaba siempre a disposición de quienes deseaban hablarle.
—Y así es habitualmente. Pero ahora mismo se está preparando —argumentó la seguidora de Mann, y se apresuró a añadir—: La señorita Kramer, ¿verdad? Le daré el recado de que quiere usted hablarle. Irá a su encuentro lo antes posible.
Dadas las circunstancias, Diana fue en busca de Nathaniel Needham. A decir verdad, hacerlo la prepararía mejor para una ulterior entrevista con Mann. Los lugareños la ojearon recelosos cuando se dirigió al primer camino que llevaba al alto del páramo. La mujer que le había alquilado el chalet le preguntó cuánto tiempo más iba a permanecer ahora que se había quedado sin trabajo.
—Seguiré aquí todavía un tiempo —fue la respuesta de Diana.
«Tanto como los niños requieran mi protección». Poco le importaba haber sorprendido a algunos padres ordenando a sus hijos que se alejaran de ella. Sus instintos la instaban a retrasar su partida, y sólo podía ser con el fin de proteger a los chiquillos, pese a que tenía la vaga impresión de haber infravalorado aquello de lo que debía guardarles.
Trepó hasta el páramo y surcó veloz el tramo muerto, la ceniza que amortiguaba sus pasos y la apacible quietud que rodeaba la cueva, en cuyos aledaños había un seguidor de Mann arrodillado. Desde la cima de la ladera donde Needham había presenciado la primera asamblea, Diana trazó su ruta. En las colinas posteriores proliferaban la hierba y el brezo, pero no había indicios de granjas, ni de senda alguna. Una musgosa losa de cemento le mostró el emplazamiento de una galería minera abandonada. La esquivó y escaló la siguiente elevación, abanicándose. Había una casa dos lomas más allá.
Bajó corriendo la primera hondonada y se labró un camino entre otras minas del pasado que, a aquella distancia del pueblo, nadie se había molestado en tapar. Los matojos y brezales entorpecían su marcha, la hierba ocultaba charcos donde se hundían sus pies hasta el tobillo. Se diría que el silencio la acompañaba desde la cueva; no trinaba ningún pájaro. Sólo cuando llegó a coronar la primera ladera cayó en la cuenta de que aquel silencio se llamaba bruma.
En los pocos instantes que pasó en la zona pantanosa, las crestas adyacentes se habían emborronado hasta casi evaporarse. Una arboleda de las inmediaciones se asemejaba a un hilván sobre terciopelo argénteo. La niebla desveló a sus ojos la silueta de la casa a unos centenares de metros, y volvió a engullirla. Diana echó a caminar hacia el edificio, único hito en el panorama.
En la falda de la colina, la oscuridad cubría la alfombra herbácea. La joven eludía la negrura allí donde la divisaba, aunque fueran tan sólo pequeños charcos. Se sentía como si el suelo abriera sus mil bocas para devorarla. Una desviación la llevó al boquete de una galería que apenas vio debido a los altos hierbajos. Lo sorteó y, con el corazón en un puño, subió dando tropezones por el húmedo terreno de la cuesta. Se hallaba sana y salva en el centro de un mar calmo, grisáceo, pero no sabía dónde estaba la casa. Se disponía a aguardar que despejara la bruma, cuando una voz masculina preguntó:
—¿Quién anda ahí?
—Me he extraviado. ¿Podría ayudarme?
—No se mueva de donde está.
La bruma quedó otra vez silenciosa. A Diana empezaron a irritársele los ojos en su intento de localizar la procedencia de la voz. Al resonar nuevamente, ésta se había alejado.
—Si quiere que la encuentre, hable continuadamente —gruñó.
—Me llamo Diana Kramer. Buscaba el refugio de Nathaniel Needham. Casi lo tenía localizado, pero en ese momento ha bajado la niebla.
Apareció de súbito al pie de la vertiente. Era un hombre alto que portaba un cayado, y apoyándose en él cruzó la niebla hasta colocarse, imponente, frente a la joven. Su cabello cano se derramaba en derredor del cuello de su jersey. Tenía un rostro enjuto y resquebrajado como el de un simio, unas manos enormes de prominentes venas, que se apoyaron en el bastón al inclinarse el cuerpo hacia ella y mirarla con ojos grises y abstraídos.
—Pues bien, ya ha dado conmigo.
—¿Es usted Nathaniel Needham?
—Así me llaman. Y si ha venido a hacer proselitismo y salvar mi alma, se ha perdido para nada. Cuando llegue el momento, yo mismo saldaré cuentas con Dios.
—No era ése mi propósito. No tengo nada que ver con lo que está pasando en Moonwell. Leí su folleto sobre las minas romanas, y oí también la balada que cantó la otra noche en el bar. He supuesto que, también, querrá que las tradiciones se conserven.
El hombre encogió los hombros, aunque al parecer lo hizo porque tenía frío.
—Tome mi brazo —ofreció, e inició el descenso de la pendiente—. Ustedes los americanos son unos acérrimos defensores de las tradiciones, ¿no es cierto? Mi padre solía decir que eso sucede porque no tienen tradiciones.
—Debo indicarle que soy americana, sí, pero no una turista. Enseñaba en la escuela de Moonwell hasta que rehusé convertirme en portavoz de Godwin Mann. Profeso un gran cariño a este pueblo, y no entiendo por qué un compatriota mío ha tenido que atravesar el océano para cambiarlo.
—Resulta que hay costumbres que algunos no desean conservar. —Needham alzó su cayado para señalar un pozo abierto que acababan de evitar en la sórdida espesura—. ¿Quién cree que vivía en esos agujeros?
—¿Los mineros?
—¿De veras imagina que un hombre que consume su vida laboral en un subterráneo iba a construir su hogar también bajo tierra? No, hijita, no, nada de mineros. Eran familias que acechaban a quienes, al igual que usted, se extraviaban en los días de bruma.
—O sea, bandidos.
—Comenzaron practicado el bandidaje, pero lo que más necesitaban era comida. Y la conseguían en abundancia siempre que arrastraban a su guarida a los incautos que se desorientaban en estos parajes. Mi padre oyó contar cómo les daban caza en cuanto se echaba a alguien de menos en Moonwell. Les cortaban la lengua para que no pudieran pedir socorro, y luego les despedazaban pero les dejaban vivir. Según le narraron a mi padre, daban los ojos a sus niños a modo de cena —dijo, y agregó, con menos fruición—: No tengo más remedio que invitarla a pasar hasta que levante la niebla.
La había guiado hasta su morada, pese al convencimiento de que era de vuelta al pueblo donde la llevaba. El hombre hizo girar su llave en la cerradura de la puerta frontal, bañada en una espesa mano de pintura roja que había salpicado también las paredes de piedra caliza, y entró agachando la cabeza. Se abría esta puerta a la única estancia. Había una cama de matrimonio adosada al muro opuesto; un estante repleto de libros polvorientos adaptado a un sombrío rincón; dos poltronas desvencijadas frente a la chimenea, sobre la cual reposaba una radio en forma de tostador que debía de tener al menos treinta años. Needham se encorvó despacio ante el hogar e hizo un fuego con gruesos troncos de leña.
—Ya está usted en mi casa, donde quería venir, y sigo sin saber qué la trae aquí —apremió a Diana.
—Trato de descubrir la verdad sobre la cueva. Godwin Mann no se cansa de pregonar que anida algo perverso en ella, algo que propaga la maldad hasta confines ignotos.
El hombre asió una caja de cerillas que había junto a la radio y encendió la fogata. Con el primer crepitar se frotó las manos cerca de las llamas y, a continuación, estiró el brazo hacia atrás para apoyarse y se sentó en la butaca de la derecha.
—Me parece que Godwin Mann sigue el rastro correcto.
Diana no pudo disimular el desánimo que afloraba a su voz.
—¿Está de acuerdo con él?
—No estoy de acuerdo con lo que pretende hacer. Yo opino que debería dejar el pozo tranquilo, pero no hay quien haga entrar en razón a los de su especie. Además, mucho me temo que no sabe ni aún la mitad de lo que encierra el foso.
La mujer tuvo un escalofrío, como si el helado aire que dimanaba de la niebla se colara en la habitación a través del ventanuco.
—¿Por qué? ¿Qué dice usted que hay allí?
—Venga a sentarse a mi lado, o acabará produciéndome tortícolis. —Needham se reclinó en el respaldo, obligándole a cerrar los ojos el creciente llamear del fuego—. ¿Qué digo yo? Pues que allí está el hombre de la luna.
—¿Cómo?
—El hombre de la luna, que bajó antes de hora y preguntó por dónde se iba a Norwich —recitó el viejo, con la entonación que adopta un abuelo al relatar cuentos a los niños—. Pero me figuro que usted no conoce esa canción.
—¡Claro que sí! Uno de mis alumnos la cantaba a menudo. Y he estudiado a Shakespeare. El hombre de la luna llevaba cargado a la espalda un haz de troncos porque había sido exiliado a la luna en castigo por cortar leña el día del sabbath.
—Resulta que ésa es la leyenda, en efecto —confirmó Needham, admirado y, por eso mismo, a contrapelo—. Y habrá oído otras sobre personas que acercan la Luna a la Tierra y despiertan a los muertos, hasta que san Pedro restituye el satélite a su lugar. Y formular un deseo con luna nueva da suerte, y los bebés que nacen bajo esa fase son los más sanos. Lo que quizá no haya reflexionado es que nos hallamos ante las típicas historias que urden los hombres en torno a aquello que temen.
—Querrá decir que temían.
—No hace tanto tiempo. —El anciano ladeó el cuello hacia Diana, con el reflejo de las llamas titilando en sus rasgados ojos—. Recuerdo a mi padre sentado donde está usted ahora, empapado en sudor frío porque en la radio informaban de que habían enviado un hombre a la Luna. Le dio un ataque al corazón, y he vivido en soledad desde entonces.
—Lo lamento —susurró la mujer, aunque se advertía en el tono de su voz un rechazo a cualquier condolencia—. Pero, en realidad, su padre no tuvo razón al asustarse.
—No, y así se lo recalqué. —Needham inhaló con dificultad el aire por la nariz, y sentenció—: Le dije que lo que tanto le espantaba de la Luna ya estaba en la Tierra.
Diana se quedó estupefacta.
—¿Se refiere al hombre del sabbath?—especificó.
—Dios me ayude, habla usted como una enfermera. Todavía no he tenido a ninguna en esta casa, y antes me condenaré a los infiernos que tolerarla. ¿No acabo de afirmar que ese hombre encarna una fábula fraguada por la humanidad para ocultar una verdad más temible? Cuando averiguaba dicha verdad, la gente se la reservaba para sí. Los druidas, por ejemplo. He aquí la causa de que jamás escribieran nada.
—Godwin Mann mencionó a los druidas —evocó la joven, pensando que alguna versión con visos de verosimilitud tenía que poder entresacarse de aquel galimatías.
—Sí, ¿y qué sabe de ellos ninguno de ustedes?
—Yo, bastante —manifestó Diana al sentirse provocada—. Sé que, según ciertos historiadores, los romanos ocuparon su país para destruir los cultos druídicos. Era una cuestión tan religiosa como política.
—Religiosa nada más —disintió el hombre. Hizo una pausa, y tanto rato duró su mutismo que Diana llegó a sospechar que se había adormilado. De manera brusca, Needham explicó—: Resulta ser que los druidas tuvieron aquí, en Moonwell, su último bastión. Hicieron aquello a lo que nunca antes se habían atrevido: invocaron a quien adoraban para que descendiera de la Luna y se aposentara en el mundo.
—Yo tenía entendido que adoraban al sol.
El hombre empotró ambos puños en el brazo de su butaca.
—Al que veneraban era a un dios de la luna, que es distinto, si bien no osaron darle un nombre. Le inmolaron seres humanos, pero los sacerdotes no se quedaban para verificar si venía a buscarlos. Solían precipitar a las víctimas por hoyos como el que su evangelizador amigo trata de exorcizar. Así, la deidad había de sumergirse fuera del alcance de la luz a fin de cobrarse sus piezas.
Si el argumento tenía alguna lógica, Diana no pudo desentrañarla.
—Es muy singular que intentaran usar la luna en contra de los romanos.
Nathaniel Needham suspiró como lo haría un sufrido profesor.
—Los griegos y los romanos idolatraban a la Luna, y los druidas calcularon su calendario por ella con un afán primordial, que es el que no hay manera de inculcarle a usted: tenerla aplacada. Unos y otros sabían que su divinidad no abrigaba ningún amor a la humanidad. Los druidas, de hecho, fueron el último eslabón en una antigua cadena cultural, ¿lo comprende mejor así? Algunos de esos libros versan sobre el tema.
Diana se tomó aquellas palabras como una insinuación de que podía consultarlos. La niebla se apelotonaba contra los cristales mientras ella cruzaba la estancia en penumbra, con jirones de alfombra enredándose en sus pies, hacia el interruptor. Se encendió la desnuda bombilla, aunque débilmente.
—¿Podría mostrarme cuáles?
—En otra época sí que habría podido. Hoy tendrá que apañarse usted misma.
Los volúmenes no sólo estaban llenos de polvo; sobre los ilegibles lomos, el corte superior de las páginas tenía una capa de color gris.
—Que ya no sea capaz de verlos —rezongó el viejo Needham— no significa que se haya atrofiado mi mente.
La mujer meditó sobre lo que había de ser vivir allí solo y ciego, a varios kilómetros de la casa más próxima y rodeado por aquellos peligrosos pozos.
—No he pensado eso ni por un instante —respondió.
—Ni significa que haya perdido la memoria. —Needham enderezó la espalda en su poltrona, y citó del latín—: «Sustulere monstra, quibus hominem acodere religiosissimun erat, mandi vero etiam saluberrimun». ¿Se lo traduzco? «... Un culto monstruoso que asumía que asesinar a alguien era el punto culminante de la religión, sobre todo si uno se lo comía después.» Eso es lo que Plinio el Viejo decía refiriéndose a los druidas.
—Sin embargo, no hace tantos siglos que los romanos descartaron los sacrificios humanos.
—Jamás fueron como los de los druidas. Existía una obra, un mamotreto de cincuenta tomos escrito antes del nacimiento de Cristo, donde se daba cuenta de todo lo relacionado con este pueblo. «Alimentar a la luna, alimentarla del modo que hay que hacerlo, y no mirarla nunca mientras sacia su apetito», leí en alguna parte como descripción de sus creencias extraída de aquella enciclopedia. Pero tales libros desaparecieron por ser demasiado reveladores. Y Moonwell se perdió debido a lo que los druidas trajeron hasta él.
—Lo que se perdió fue su nombre romano, ¿no es eso?
—¡Ah, sí! Ya ha dicho antes que conoce mi librito. —Esa idea pareció dulcificar un poco al viejo—. Los romanos no podían saber que los druidas juzgarían este sitio idóneo para llamar a un dios que no era dios, sino monstruo.
—¿Por qué idóneo? —preguntó Diana, y su intuición se lo cuchicheó. No necesitaba oír contestar al hombre:
—Porque aquí luce menos el sol que en ninguna otra población del país.
La informe turbulencia de la ventana se fue revistiendo de oscuridad.
—¿Hay alguna historia digna de crédito donde se diga que los druidas emplearon la magia o lo que quiera que fuese en contra de los romanos?
Needham volvió la cabeza y posó en la joven sus húmedos ojos. Pasados unos segundos, decidió:
—Le contaré lo que sé y, si no se lo cree, allá usted. Pero no le gustará lo que va a oír.
Al menos la maestra no tendría que tocar aquellos libros engordados por la mugre. El hombre aguardó que tomara de nuevo asiento, y empezó su relato.
—Resulta ser, como ya sabe, que los romanos nunca conquistaron mucho terreno en estas latitudes. Todo lo que pudieron instaurar fue una dictadura militar, y su influencia apenas llegó al distrito de Peak. La mitad de la zona era entonces bosque cerrado. El paraje donde ahora estamos configuraba el linde de un gran robledal.
Las brumas se agitaron en la ventana como si fueran follaje.
—Pues bien, los romanos talaron muchos árboles para sus hornos y obligaron a los nativos a explotar las minas —prosiguió Needham—. Al principio no notaron la falta de una persona anciana o un solo niño. Incluso cuando fue una tropa la que no regresó, el oficial de la guarnición achacó su desaparición a las interminables nieblas. Mas, al cabo de unos días, optó por enviar una patrulla para inspeccionar los bosques y ver qué espantaba tanto a los lugareños.
»Aquella espesura se extendía más allá de donde se encuentra ahora Moonwell, en un área de muchos kilómetros cuadrados. Siempre que había que derribar árboles como combustible los soldados tenían que cuadrarse ante los nativos. Pensaron los romanos que se las veían con unos salvajes supersticiosos, hasta que advirtieron que el pánico de los campesinos al bosque aumentaba en las noches de luna.
»El oficial, sabedor de que aquél era un síntoma de druidismo, mandó a su patrulla a los bosques con luz de día, y halló la cueva que tanto le preocupa a usted. Entonces estaba en un claro entre los robles, y todos los árboles del entorno presentaban figuras labradas en sus cortezas. En algunos había tres caras juntas y en otros esbozos que parecían cuerpos de hombres con las tripas colgando, abiertos sus vientres en canal tal y como se hacía en un arcaico ritual de magia de los druidas. Muchas de las tallas contaban, ya en aquella época, varias centurias de antigüedad. Y claveteado sobre una de ellas encontraron un retazo de la túnica que vestía uno de los militares perdidos.
»El oficial cuidó de callar su descubrimiento ante los nativos. Los romanos se limitaron a mantenerse vigilantes hasta la siguiente luna llena, fecha en que vieron a unos lugareños internarse a hurtadillas en el bosque. Uno de ellos llevaba en sus brazos a un recién nacido. Los soldados les siguieron hasta la cueva, fueron testigos de cómo arrojaban el bebé al interior, y se disponían a prenderles cuando la criatura que vivía en la espesura acudió en busca de su comida.
Las pupilas del viejo se dilataron como si también él pudiera ver lo que estaba describiendo.
—Los romanos deberían haber supuesto que era algo más que una superstición lo que pesaba sobre el lugar. Y, ciertamente, algunos lo hicieron. Algunos barruntaron, camino de la cueva, que el claro de luna bajo las copas era más intenso de lo usual. Un soldado incluso pensó que los rayos que se filtraban por el ramaje se entrecruzaban formando una tela de araña. Pensó que la luz atenazaba los pies cuando éstos la pisaban, pero decidió que no era ella, sino los terrones y el sotobosque. En cualquier caso, algo más debía de haber que los rayos lunares, pues vieron a aquel ser del bosque correr a través de la red que tejían aquéllos para alcanzar al niño de la cueva. No querrá que le detalle su aspecto, ¿eh?
Diana asintió con la cabeza, y hubo de tragar saliva antes de musitar:
—Sí, si es que lo sabe.
—No se pusieron de acuerdo sobre el particular, ni hablaron de ello en el futuro. La luz, de momento, se hizo más brillante a medida que se aproximaba, hasta que el fulgor laceró sus ojos. Era como una araña del tamaño de un hombre, un hermoso animal fabricado de hebras luminosas, o tal vez se parecía a una larva provista de más patas que una araña, o a un hombre con una envergadura de brazos y piernas mayor que el bosque mismo y un rostro idéntico al de la luna, sólo que se movía. Los druidas huyeron del foso al distinguirle, topando con la patrulla. Mas el soldado que había visto la conversión de la luz en telaraña vio también cómo ésta desaparecía dentro del hoyo, hacia el bebé, y salía de la cueva una luminosidad fulgurante, como si la luna se hubiera zambullido en ella.
»Los romanos llevaron a sus prisioneros al pueblo y les ejecutaron a todos salvo al cabecilla de los druidas, que resultó ser un viejo en el que no se habían fijado hasta entonces. Querían hacerle confesar a qué se enfrentaban, y él quería que lo supieran. Había hecho lo que sus correligionarios nunca se aventuraron a intentar, había formulado una taumaturgia tan añeja que casi se había sumido en el olvido, no solamente para llamar al dios que no podía nombrarse, sino para arraigarle a la tierra y que no tuviera que cabalgar ya más sobre los rayos lunares a fin de recoger sus sacrificios. Él creía que el bosque entero era ahora su templo, un postrer reducto de los druidas donde nadie más debía atreverse a entrar.
»Pues bien, el oficial romano no sabía si quemar el bosque sería un conjuro eficaz. Por consiguiente, castigó a la criatura con el hambre para forzarle a salir a campo abierto. Organizó turnos de guardia en el pueblo, de tal modo que nadie pudiera abandonarlo. Unas noches más tarde los centinelas vieron que el claro de luna se acercaba por el bosque y alargaba sus tentáculos hacia la gente, y esporádicamente divisaron también a un hombre hecho de resplandores que, erguido exteriormente a los árboles, les hacía señales. Algunos de los soldados fueron hacia él, pero sus compañeros les retuvieron. Uno de ellos aseveró que, cuando el hombre etéreo se marchó de nuevo a la espesura, fue ganando paulatinamente estatura, hasta igualarse a las copas de los robles.
»El oficial supuso que el aparecido perdía vigor al menguar la luna. Naturalmente el sacerdote druida refutó su teoría, aunque sin duda se percató de que el militar esperaba que su debilidad llegase al límite para atacarle. Así, una noche, poco antes del novilunio, el druida escapó y corrió a los bosques. Volvió al amanecer, él o su réplica.
—¿Qué es eso de su réplica? —indagó Diana.
—Pues que quien vino fue alguien que se le parecía, que era casi él. El anciano había efectuado el sacrificio último, y a punto estuvo de conseguir que aquel ser se infiltrara entre el vulgo antes de que nadie atinara a reaccionar. Sólo a los romanos les llamó la atención que todos los nativos recularan al emerger el druida del robledal. Le ataron fuertemente para que no pudiera mover ni un músculo, y aguardaron la caída de la tarde. En el crepúsculo el hombre empezó a brillar como si se hubiera bebido la luna.
»Por la mañana, los soldados ordenaron a los lugareños que talasen los árboles de los contornos de la cueva, todos excepto aquél donde habían hallado los jirones del uniforme. Crucificaron en su tronco al druida o al ser que se había encarnado en su cuerpo, apilaron leña a su alrededor, y le quemaron. Al día siguiente la hoguera se había reducido a cenizas, pero el sacerdote o el espíritu seguía vivo y reptaba entre el rescoldo, pese a que no quedaba de él más que un esqueleto desmembrado y calcinado.
Durante unos instantes, Diana vio la escena con tanta claridad como si hubiera estado presente. Increpó a su mente para que se centrara en la habitación y en sus detalles, como la oscilante bombilla, los cristales del ventanuco empañados por la humedad, sin visillos.
—Debió de atraparle el dolor —conjeturó Needham—, o la posesión del druida; de otra forma se habría soltado del roble. El soldado más clarividente desenvainó su espada, avanzó sobre las calientes cenizas y le cortó la cabeza y las extremidades, que tiró a puntapiés en el foso. Pero tomó antes contacto con la calavera y la levantó en su palma a fin de demostrar que no sentía miedo. El resultado fue que, en el momento mismo en que la tocó, pasó a ser parte de aquel ser.
»Dio unos pasos, se plantó en el borde de la cueva y cercenó su propio brazo. Acto seguido, saltó al vacío por su propia iniciativa. Aquella misma tarde los romanos mataron a todos los nativos e incendiaron la villa y el bosque circundante, resueltos a no dejar ni los escombros.
Aun en el caso de que fuera una falacia, Diana quedó consternada ante el desenlace.
—¿Por qué?
—Porque deseaban que el lugar fuese olvidado, y para que los restantes druidas no vinieran a reunirse en el pueblo. Sabían que había un ser viviente allí abajo, y que ese ser podía ejercer su dominio sobre cuantas personas se establecieran en los aledaños. Lo más probable es que Roma no aplaudiera la matanza, porque ni el suceso ni la guarnición figuran en las crónicas, o al menos en las que yo conozco. Aunque me pregunto si fue la criatura del pozo quien borró toda rememoranza del lugar hasta que su retorno fuera inminente.
—¿Cómo es que yo estoy al corriente? Vamos, dígame que lo soñé. Diga que la ceguera me ha convertido en visionario. Ya la he avisado de que no me creería.
—Esas son sus palabras, no las mías. Lo que no comprendo es cómo se inició el ritual de adornar la cueva si todo fue olvidado.
—Imagino que, a pesar de todo, los druidas supieron hacia dónde dirigir sus pasos. El ser lo quiso así. Quizá resulta que Moonwell fue fundado por druidas, o en todo caso por herederos de las antiguas creencias, después de que los romanos dejaran Britania. Su intención fue sin duda resucitar lo que había en la cueva, hasta que se dieron cuenta de qué era lo que iban a reanimar. ¿Qué piensa usted que haría si pudiera liberarse? ¡Cuánto tiene que odiar a la humanidad por crucificarle, abrasarle, hacer pedazos sus despojos y abandonarle en las tinieblas! La figura confeccionada con flores no era un tributo, sino un guardián del foso. Oí contar una vez que no sólo tiene una aureola alrededor de la cabeza: su cabeza es el sol.
—El dios Sol —ratificó Diana su aserto de antes—. Y por eso lo colocan en el lugar la víspera del solsticio, aunque en la actualidad se obstinen en vincularlo a san Juan y le den apariencia sacra.
—Sí, pero ¿sabe por qué lo ponen justamente en esa fecha? Porque es cuando las noches empiezan a alargarse y el poder del sol inicia su declive, que equivale a decir que se fortalece el de la luna. En Roma celebraron ese mismo día la fecha de su tocaya, la diosa Luna.
—No, mi nombre proviene de la otra, la cazadora —corrigió la joven sin pararse a pensar—. Si Mann les impide ornamentar la cueva, ¿qué consecuencias puede tener?
—No muchas. —Needham se interrumpió, y sus ojos se apagaron más que nunca—. Si se contentara con eso, claro.
—¿Qué otros planes tiene?
—Tendrá que preguntárselo a él. —El viejo se puso en pie—. Ahora, le ruego que me excuse. Hacía años que no hablaba tanto. ¿Quiere que la acompañe un trecho?
Echando una mirada a la ventana, Diana constató que la niebla se había disuelto tan inesperadamente como se originó. Una luna lánguida hacía su circuito sobre los valles y las colinas.
—Yo misma encontraré el camino —dijo la joven—. Gracias por su paciencia.
Los reflejos lunares tapizaban las lomas, transformando el brezo en blanco encaje, la hierba en estalagmitas. Desde la primera cuesta Diana vio a Needham bajo el dintel, con los invidentes ojos como globos de mármol. Volvió a mirar ya en la cima. La puerta estaba cerrada, la ventana oscura.
Bajó la pendiente en dirección a Moonwell. Unas nubes compactas se elevaron tras el horizonte, pero la luna le señaló todos los pozos abiertos y, al sondearlos con su luz, les prestó mayor hondura y lobreguez. ¿Se comunicaba alguno con la gran cueva? El sepulcral silencio aisló a la joven junto a la luna, coquetamente ladeada sobre su cabeza como para exhibirle lo poco que quedaba de su cara, medio ojo que le espiaba en su cuenca vacía y apenas la fracción inferior de su frente. Por muy deprisa que anduviese, permanecía en suspenso sobre ella. En un momento dado tuvo la sensación de que tres formas fluctuaban allí arriba, altas en el cielo, mas al observarlas mejor tan sólo vio la decadente y alba máscara.
En la linde de las tierras cenicientas a Diana le flaquearon las piernas. Unas estrellas, cinco figuras de cinco puntas, centelleaban en el brezo en una docena de sitios. Quedó hechizada hasta que las identificó como telas de araña. Apretó a correr entre las cenizas hacia la vereda final de Moonwell, sin haber determinado aún hasta qué punto era creíble la historia de Needham. No podía confiar en que Nick se lo tomase en serio y, desde luego, su periódico la rechazaría íntegramente. Una vez en casa sopesaría lo que había escuchado, pero estaba muy segura de lo que tenía que hacer. Debía provocar una discusión con Godwin Mann.




19

El segundo periódico que recogió la noticia pertenecía a la prensa sensacionalista. «Sacerdote involucrado en altercado por libros de sexo y droga», decían los titulares. Jeremy, indignado, echó el diario contra la mesa que suplantaba al altar y aguardó a que Geraldine leyera el artículo. Por un error de imprenta, no se mencionaba el nombre de la localidad.
—Al menos, nadie sabrá que somos nosotros —dijo la mujer.
—Tendrías que haber visto sus caras cuando compré el periódico, Gerry. Todos los habitantes de Moonwell deben de estar frotándose las manos de gusto, excepto el padre O'Connell, Diana Kramer y un par más.
—Déjales. Mucho más daño ya no pueden hacernos. Antes o después habrán de aceptar que no vamos a mudarnos.
—¿Mas daño, dices? ¡Dios mío! ¿Crees que aún podrían infligirnos uno mayor? ¿Cuánto hace que no ves a un cliente traspasar esa puerta? Quizá tú te conformes con quedarte aquí plantada sólo para afirmarte en tu postura, mientras el polvo se acumula en los libros y el director del banco viene a por nosotros. —Jeremy rodeó la mesa hacia su esposa y aferró sus hombros, aunque sin lastimarla—. Parece ser que hay algunas librerías cerradas en Hay-on-Wye. Allí tendríamos los montes galeses y una vecindad interesada en la literatura.
—¿Y qué será de Andrew? ¿Vamos a abandonarle así, sin más? Ya oíste cómo chillaba anoche.
—Debió de sufrir una pesadilla, y no es que me entusiasme, pero ¿qué conseguiremos quedándonos? June y Brian no consentirán que nos acerquemos a él.
—En lo que a Brian concierne, no estoy tan segura —discrepó Geraldine, a sabiendas de que su marido tenía razón.
De todas formas, Andrew no era la única causa que la incitaba a permanecer en Moonwell.
La mujer deseaba marcharse tanto como Jeremy. Siempre que se encontraba a alguien por la calle, no podía evitar preguntarse qué era lo que pensaba de ella. Sus ganas de recabar buenas opiniones la destrozaban más que el menosprecio ajeno y, a veces, cuando los demás le hablaban como si le hicieran un favor al dirigirle la palabra, a duras penas podía refrenarse de volar a sus brazos.
¿Por qué no podía Jonathan ser más concreto? Si lo hacía enterrar allí donde ellos se mudasen, ¿se sentiría satisfecho? ¿O la losa refulgente simbolizaba su exigencia de ser sepultado sólo en Moonwell? Geraldine tenía que comunicar con premura su decisión a los de Sheffield, o nunca trasladarían la tumba al pueblo. Tal vez no era necesario que se debatiera contra sus dudas; si Jeremy veía la lápida tendría que creerle, sin importarle las secuelas que aquello entrañase.
—Acompáñame esta noche —espetó a su esposo—, y te mostraré por qué no sé si quiero o no irme.
—¿Por qué esta noche? Vayamos ahora. Desgraciadamente, no hace ninguna falta que se quede uno de guardia en la tienda.
—Nunca se sabe, a lo mejor la suerte nos sonríe hoy. Aguardaremos hasta la noche, ¿conforme Gerry? Tengo mis motivos.
De día nada verían en el cementerio: ella nunca percibió ninguna anormalidad. Acaso compartir su visión la ayudaría a comprender. ¿Significaba la vida de Jonathan después de la muerte que había un Dios, o aquella pervivencia existía sin la religión, aunque todas las Iglesias proclamaran lo contrario? A su debido tiempo, quizá tendría ocasión de dilucidarlo con el padre O'Connell. En cuanto a Godwin Mann, presentía que consideraría su fe en Jonathan como algo que debía confesar, no discutir.
Nadie entró aquel día en la tienda. Geraldine recapacitó que los seguidores de Mann debían de hacer su labor de zapa para disuadir a los clientes potenciales. Jeremy intentó disimular su impaciencia por tener que esperar. La idea de estar confinada en la librería hasta el anochecer tampoco la seducía a ella.
—Salgamos y te invitaré a cenar —ofreció la mujer, recordando que había dicho aquello mismo la primera vez que fueron a un restaurante.
Fueron en su coche a la Posada de la Sierpe, un local solitario construido en los pinares de la carretera de Manchester. Después de la cena se sentaron al fresco, contemplando las montañas que irradiaban sus prestados destellos en el claroscuro antes de irse atenuando, y Geraldine fue sensible a la paz que la embargaba desde el momento mismo en que se alejó de Moonwell. ¿Y si este pueblo era donde Jonathan quería estar, y Mann y sus secuaces se habían confabulado para ahuyentarle? No le costó imaginar cómo le tratarían sus niños evangélicos si estuviera vivo, cómo desdeñarían al hijo de los desacreditados Booth. El dichoso Mann no podía dejarle tranquilo ni siquiera en el otro mundo.
Conduciendo la furgoneta de regreso a Moonwell, la luna, un creciente asimétrico, apareció a ras de agua detrás de una presa. En la proximidad del pueblo pareció adquirir más esplendor, congelando las escarpaduras de las montañas. En el indicador de Moonwell la lluvia goteaba como si fuera cal, de tal modo que el nombre del pueblo era apenas legible. Al girar por la carretera vecinal, un inopinado anhelo puso a Geraldine en tensión. A lo largo de todo el ascenso a la cresta que dominaba la población, y en el último tramo del mojado asfalto, deseó con creciente vehemencia que Jeremy hallase algo que ver.
La furgoneta se deslizó hasta la iglesia por su propia inercia. Retrocedieron entre nebulosas vallas y troncos de árboles, apareciendo como entre un velo de tul a los ojos de la mujer la imagen del camposanto. Al aparcar el vehículo Jeremy echó una ojeada, claramente decepcionado de por dónde le había llevado. Su cuerpo le obstruía la vista, pero de repente Geraldine tuvo la total certeza de que la losa estaría allí. Desconectó el motor y corrió la portezuela.
—Ven conmigo —murmuró.
Jeremy empujó despacio su puerta, con un chirriar que sonó áspero en el silencio del ambiente. Ella chapoteó en un charco al ir a tomar su mano mientras se apeaba. Más allá de la reja, la luna teñía la hierba de un blanco casi tan intenso como los mármoles de los panteones; a Geraldine le asombró cuan resplandeciente era aquella estela de la luna. En la primera línea de las sepulturas más recientes, donde había depositado flores para Jonathan, rutilaba una losa.
Tiró de la mano de su marido.
—Mira —dijo en tono apremiante, y abrió la verja con sus perlas de lluvia.
Bajo los pies de Geraldine, la empapada gravilla resonó entre el crujido y el chapoteo. La mujer se internó en el césped y vaciló. La lápida no estaba entera.
Era ciertamente la de Jonathan, ya que leyó la mayor parte de su nombre. «Nathan», rezaba, pero ¿bastaría para Jeremy? ¿Por qué no estaba toda en un bloque? La piedra presentaba un ligero jaspeado, como si empezara a envejecer. Sus manchas recordaban las marcas de la luna, e inspiraron a Geraldine la pasajera y peculiar noción de que se hallaba incompleta porque la luna decaía.
—Sígueme —susurró, atrayendo a su marido entre la hierba.
Esta vez fue él quien le hizo perder el equilibrio. El hombre examinaba las flores que su esposa había puesto en el emplazamiento de la lápida, o que bajo el claro de luna se movieron de forma perceptible, y se abrieron.
—¿Qué es esto? —inquirió Jeremy con un estrangulado hilo de voz, tan obsesionado por las flores que tropezó.
—Fíjate en la losa —urgió Geraldine. Debajo del veteado se advertía no solamente el año del malogrado nacimiento de Jonathan sino, aunque muy tenuemente, el mes y el día—. La losa, Jeremy —insistió, en el instante en que se escondía la luna.
Gimió, frustrada y con desmayo. Una nubosidad que podía durar varios minutos se había aglomerado frente al astro, y la lápida ya no rutilaba; quedaba casi invisible en la luz segmentada que les llegaba desde las farolas. Jeremy se había volcado sobre las flores, casi rozándolas, pero retrajo presto la mano antes de hacerlo.
—¡Dios bendito, han echado raíces! Están creciendo.
—Eso no importa. Jeremy, lee la leyenda de la losa.
A Geraldine le vinieron ganas de abalanzarse sobre él, de inmovilizarle la cabeza para que tuviera que verla. ¿Cómo se sentiría Jonathan al comprobar que su padre rehusaba mirarle? Jeremy estaba muy atareado tirando de las flores, una de las cuales se desgajó de la corona y manchó la piedra de tierra húmeda. La mujer caminó hacia su esposo, mas entonces unos faros de coche barrieron el cementerio y les dejaron a ambos paralizados.
Jeremy se enderezó de un salto, y casi se cayó al suelo. Geraldine, mientras tanto, ojeó la losa y no vio sino una superficie lisa. Detrás de los faros alguien descorrió una puerta deslizante.
—En nombre de Dios, ¿qué hacen ustedes aquí? —demandó Benedict Eddings.
Geraldine se giró en su dirección, aunque volvió de inmediato la mirada hacia la lápida de Jonathan. No había tal lápida, únicamente hierba desnuda y sus flores, que se retorcían en pleno trance de marchitarse.
—Hay algo malhadado en este lugar —repuso Jeremy con voz quebrada— Crecen flores que no tendrían ni que arraigar.
—No es asunto suyo. Ningún miembro de su familia reposa aquí —cortó Benedict y abrió la cancela con tal violencia que desalojó el agua de la reja en una auténtica ducha—. Salgan enseguida de este recinto. ¿No han cometido ya suficientes sacrilegios? ¿Tanto se han degradado que hasta profanan las tumbas?
Se encendieron luces en las estancias de los edificios; subieron el marco móvil de una ventana de guillotina. Jeremy avanzó hacia Eddings como si fuera a llevarle de la mano hasta el centro del camposanto.
—Le estoy diciendo que algo raro les ha sucedido a las flores. Obsérvelas usted mismo.
Benedict retrocedió precipitadamente.
—¿Son adictos a las drogas además de vender libros sobre ellas? Váyanse ahora mismo del cementerio, o avisaré a la policía.
—Conque avisará a la policía ¿eh, jodido? Tal vez debería ser yo quien fuese al cuartelillo para denunciarle a usted y a su chapucero trabajo, mezquino, beato e hipócrita defraudador. —Jeremy dio otro paso al frente, y al recular el otro estalló en unas carcajadas que nada tenían de gozosas. Agarró el brazo de su mujer tan fuerte que ella hubo de contener un grito de dolor—. ¡Por los clavos de Cristo, volvamos a casa!
Una serie de rostros se asomaron a las ventanas próximas a la iglesia cuando Jeremy puso en marcha la furgoneta. En el momento de arrancar el vehículo dio un bandazo fuera del pavimento, y Geraldine reparó en que su marido temblaba.
—¿Qué has visto? —preguntó, con toda la afabilidad de que fue capaz—. ¿La losa, quizá?
—No sé qué he visto, ni quiero saberlo —replicó él, a la par que aminoraba la velocidad y aferraba el volante con ambas manos, como si así fuera a recobrar el sosiego—. Pero te diré una cosa: no permitiría que enterrasen ahí a un hijo mío ni aunque fuera el único cementerio del planeta.









20

June regresó del centro cristiano llena de virtuosa ira.
—Hazel estaba remisa en hablar, pero al fin he podido sonsacárselo. Su marido les sorprendió bailando sobre las tumbas y arrojando las coronas por los aires. O pensaron que ése era un buen modo de vengarse del pueblo, o se hallaban en plena alucinación de drogadictos. Nunca oí nada tan patético.
Al verla, Brian pestañeó sin moverse de donde estaba, agazapado detrás del mostrador.
—Dicen que planean marcharse.
—Será estupendo deshacernos de ellos. Espero por su bien que no intenten despedirse de Andrew —amenazó June, y echó un vistazo al establecimiento—. ¿Qué haces ahí sentado, soñando en la penumbra como si fueras no sé qué? La gente creerá que hemos cerrado.
Al accionar ella el interruptor de los tubos fluorescentes el interior de la tienda saltó a primer plano, cerniéndose sobre Brian, a la vez que se alejaba la calle bajo el cielo aborregado.
—Mírate a ti mismo, sentado en la oscuridad como una vieja araña —se definió June, y eliminó una tela en forma de estrella urdida entre dos infiernillos del escaparate—. ¿Qué es lo que te pasa últimamente?
—Algún germen veraniego o algo así. Quizá necesite tomar el aire fresco.
—Muy bien, pues ve a recoger al chico a la escuela. Ayer mismo se quejaba de que nunca lo naces. Podrías llevarle a pasear ahora que tengo un rato libre en la otra tienda. Y, si no mejora tu estado, consulta al médico. Hasta Godwin se visita.
Brian entornó los párpados, pero la voz de June penetró en la anaranjada opacidad nerviosa tras la que quería parapetarse.
—Si hubiera algo más me lo contarías, ¿verdad? Godwin siempre nos repite que no seamos reservados. Aventar los conflictos para poder solventarlos entre todos, ésa es la regla que debemos observar.
—Conozco bien sus normas —masculló el hombre.
Era como si su mujer se obcecara en sacarle de la hondura de un túnel largo y oscuro, un túnel que era él mismo. Ojalá le dejase ir hasta el fondo, donde, al menos durante un rato, podría limpiar su memoria.
—No habría en tu actitud un reproche velado, ¿eh? —persistió June—. Imagino tu frustración, pero es que me inquieta que Andrew nos oiga. Incluso pienso que su retraso mental es un castigo de Dios por haber sido lascivos.
Sonó la campanilla de la tienda. Brian entreabrió los ojos. Una mujer joven, vestida con un holgado sayo en cuyo pectoral había bordado un crucifijo, caminó hacia el mostrador.
—¿El señor Bevan? Godwin le suplica, si no le es molestia, que vaya un momento a verle.
Al hombre le tentó la idea de ocultarse en el túnel de sí mismo, de camuflarse en un agujero tan inaccesible que ni un hurón pudiera cazarle. Ahora que le requerían era su oportunidad de batirse en retirada a los marjales. Pero June le vigilaba, indecisa entre el orgullo de esposa y la angustia, y no había escapatoria. Tenía que hacer lo que se le ordenaba.
Siguió a la joven a la calle. Bajo la túnica se esbozaba su cuerpo, y el hombre sintió una actividad entre las ingles que no cesó hasta que el sol rompió el manto de nubes. Casi tuvo que cerrar los ojos, deslumbrado por los rayos solares, mientras le guiaba al hotel. Notaba un escozor en la piel allí donde la tenía al descubierto.
La relativa penumbra del vestíbulo fue como un ungüento para su epidermis, un colirio que calmó también la irritación de sus ojos. La joven le anunció en recepción y le llevó a la habitación de Mann. En el instante en que salió del renqueante ascensor el andar de Brian se hizo más pesado, y evocó todos sus actos y sentimientos, todo lo que ahora tendría que confesar.
—¡Adelante! —exclamó Mann cuando la mujer llamó a su puerta.
La joven se apartó para ceder el paso a Bevan, que dio un traspié y entró en el cuarto más deprisa de lo que habría deseado. Debía de ser una de las alcobas más pequeñas del hotel, con una cama individual y un lavabo bajo un espejo por todo mobiliario. Aquella simplicidad le sugirió una sala policial de interrogatorios.
Mann se hallaba sentado en el lecho. Su anguloso semblante estaba más flaco que nunca, tirante y terso como un puño. Se echó hacia delante, y sus ojos azules chispearon.
—Cierre la puerta, Brian. Le agradecería inmensamente que me ayudara.
Tan imprevisto era aquello, que Bevan buscó respaldo en la puerta.
—¿Qué puedo hacer por usted?
—Necesito toda la cuerda que tenga. Mejor aún, escalas ya confeccionadas.
—Le tendría más cuenta recurrir a los montañeros del equipo de salvamento. Se ocuparían también de velar por su integridad cuando haya de usarlas.
—Ellos no quieren que lleve a cabo mi proyecto. Dicen que es demasiado peligroso. Al parecer, no confían lo suficiente en Dios. ¿No haría lo que solicito por el Señor? Le pagaré religiosamente la mercancía.
Brian estaba dispuesto a colaborar, ansiaba hacerlo si así podía aliviarse de sus faltas, pero no era tan sencillo.
—No tengo escalas de cuerda en mi tienda. Habría que pasar el pedido.
—Debo recibirlas a principios de la semana que viene.
—Iré hasta Sheffield a buscarlas. —Si Mann se apoyaba así en él, tal vez era menos culpable de lo que creía.
—¿Hará eso por la causa? Le quedaré muy reconocido, y huelga añadir que Dios también. —El evangelista bajó la vista hacia sus manos unidas, antes de posarlas de nuevo en Brian—. He de pedirle aún otro favor. No comente con nadie el servicio que me presta, ¿de acuerdo? Si nuestros enemigos se enteraran tratarían de interferirse en mis designios.
—¿En qué designios?
Mann clavó la mirada en Brian hasta que él deseó no haber formulado aquella pregunta; se sintió como si se hubiese traicionado a sí mismo al hacerla. Mas, aparentemente, el predicador estaba tan solo deliberando.
—Me propongo bajar a Dios a la cueva —declaró, casi para sí mismo—. Quienquiera que haya en sus recovecos no es digno rival del Señor. —Sus ojos, con la habitual agudeza, taladraron ahora a Brian—. Nos veremos en la asamblea del domingo —agregó, en un símil de advertencia—, o antes si viaja a Sheffield esta semana. Le daré cien libras como anticipo. En el caso de que gaste más, enséñeme la factura y se lo abonaré.
Brian guardó el dinero en lo más hondo de su bolsillo. Mann ya se había tendido en la cama, enlazadas las manos sobre el pecho y relajado el rostro, acaso al máximo de su capacidad. Brian cerró la puerta con suavidad y enfiló el enmoquetado pasillo, consciente de cómo el fajo de billetes se restregaba reiteradamente contra su muslo. Era una bendición que pudiera redimirse, que hubiera sido juzgado y hallado merecedor de la gracia. Si alguien estaba calificado para perdonarle era, desde luego, Godwin Mann.
Jamás estuvo en su ánimo que ella se precipitara. Le habría gustado poder convencerse de que soñó la caída, como soñó la noche pasada que había ido hasta el foso y acechado al centinela que Mann tenía allí apostado. Posiblemente aquel sueño fue sintomático de la fiebre que le aquejaba, una enfermedad estival peor que la fiebre de heno, ya que, con sólo pensar en la pesadilla, toda su piel le hormigueaba. Corría aún el riesgo de confesar, si no se mantenía a sí mismo bajo de control riguroso, y como confesase haber sido el causante del accidente de la chica, le cargarían crímenes mucho mayores. Era un consuelo que no fuera a celebrarse más que un encuentro antes de que Mann descendiera al foso.
La borrasca encapotaba una vez más el cielo de Moonwell. La luz tamizada le permitió cruzar la plaza serenamente. Andrew y él irían a pasear a los montes. Aguardó junto al portalón interior de la escuela a que saliera el enjambre de la chiquillería. Los últimos niños iban solos, con expresiones hurañas o risueñas ante un secreto, o iluminadas en una aureola de fe. Brian estaba pendiente de si se desataba la tormenta, y no distinguió a Andrew hasta que el pequeño pasó de largo hacia Katy, que le esperaba en la verja.
Katy dedicaba ahora la mayor parte de su tiempo al centro católico, tal vez como penitencia por haber robado a los Bevan. Brian interpretó su presencia en el colegio como una prueba de que June no le tenía ninguna confianza.
—¡Eh, Andrew! —llamó a su hijo—. Soy yo, tu padre. ¡Estoy aquí!
Andrew se dio torpemente la vuelta, golpeándose la roñosa rodilla con la cartera.
—Todo está en orden, Katy —despachó Brian a la muchacha—. Yo me encargó de él.
—La señora Bevan me ha mandado que lo lleve a casa, porque usted tenía que entrevistarse en privado con el señor Mann.
—Sí, necesitaba mi ayuda —repuso Brian a la defensiva, mas se acordó a tiempo de que no debía irse de la lengua—. Puedes decirle a mi mujer que el niño viene conmigo. Daremos una vuelta juntos. ¿Te apetece, hijito?
Andrew asintió, aunque tan escuetamente que Brian le habría abofeteado por hacer pensar a Katy que no estaba a gusto con su padre.
—El capitán del grupo de rescate nos ha advertido de que habrá neblina en los marjales.
—Yo no he mencionado que fuésemos a ir allí, ¿verdad? —Bevan actuó como si le hubieran desenmascarado, como si el criminal fuera él y no aquella ladronzuela—. Está bien —capituló, hablándole a Andrew—, volveremos a casa.
—Será mejor que les acompañe —se apuntó Katy.
Tal vez temía que June la tachara de inútil por no haber cuidado del niño, pero Brian dedujo que su intención era espiarle a él y asegurarse de que no iba al páramo con su hijo. ¿Por ventura era aquello de su incumbencia? El crío haría lo que su padre le indicase. Tuvo el impulso de llevarle de todas formas, si bien era obvio que a la otra le faltaría tiempo para irle con el cuento a su esposa, llenándola de desazón. Aceleró pues el paso hacia el hogar, forzando a Katy a jadear y tropezar mientras él remolcaba al pequeño con mano firme.
—Gracias igualmente, Katy —dijo June—. Lamento que hicieras el viaje en balde.
A Brian le pareció que su esposa se disculpaba por él.
—Mañana iré a Sheffield, por si te interesa.
—¿Qué se te ha perdido a ti en Sheffield?
—He de cumplir un encargo de Godwin.
Esperaba Brian que esta respuesta disiparía los resquemores de June, pero ella continuó con la frente arrugada.
—¿De qué se trata?
—Te lo explicaré más tarde —atajó el hombre, e improvisó otro medio de justificarse ante Katy—. Escucha, Andrew, puedes decirle a tu nueva maestra que, si quiere disponer de un poco más de espacio que el que tiene con los señores Scragg, sería un placer para nosotros hospedarla.
En el instante en que June hizo un ademán afirmativo, Brian cayó en la cuenta de que así se mermarían aún más sus oportunidades de reanudar las relaciones sexuales. Se había tendido una trampa a sí mismo. Pensó que al menos su esposa dejaría de recelar de él cuando supiera qué le había pedido Mann, pero al informarle, después de acostar a Andrew, la vio todavía dudosa. Debía de estar preocupada por el predicador, no incrédula ante su historia. El hombre se alegró de meterse en la cama, de zafarse en el sueño durante unas horas, hasta que despertó presa de incontrolables convulsiones por lo que había soñado: la nueva faz de la luna incubando a sus crías.
Era más que una luna llena. Era una bola inflada y trémula que casi invadía el cielo y tocaba el páramo. Tenía más de una cara, tenía tres, una de las cuales se volatilizó antes de que pudiera examinarla, al empezar el níveo globo su rotación. Y no sólo temblaba, sino que se resquebrajó y se abrió igual que un cascarón para expeler tres contornos de color lunar, unas figuras que desplegaron sus alas y resplandecieron cegadoramente mientras sobrevolaban el páramo. Aun estaba viendo la faz nueva cuando surgieron de ella, la faz que había permanecido en escorzo hasta que los rasgos familiares giraron hacia el lado oculto. Era su propio rostro.
Fue, por supuesto, la pesadilla lo que le provocó escalofríos, no la gélida luz de la luna que flotaba tras el marco de la ventana. Sea como fuere, la luminosidad dejaba su cuerpo inquieto, apenas reconocible. Le asaltó la tentación de ir hasta el espejo para demostrarse a sí mismo que él no tenía cara de luna, por muy ajena que la sintiese, pero si lo hacía despertaría a June. En la frontera de sus sueños volvía a ser vulnerable, a estar a merced de quien quisiera investigarle. Si Mann encontraba el cadáver de la excursionista, jamás desistiría de someterle a una confesión. Mas no era inevitable que lo encontrase o, como mínimo, que lo difundiese. Su seguridad se hallaba en manos de Brian.




























21

—Un día muy caluroso el de hoy, ¿no le parece?
—Mortalmente caluroso, diría yo. Y tendremos muchos más antes de que acabe la temporada.
—Mire a todos esos que se ríen como idiotas. Se creen que el sol brilla tan sólo para ellos.
—O que irradian ese brillo las posaderas de Godwin Mann.
—A uno de ellos se le habrá helado la risa cuando terminemos. ¿Está usted listo, señor Malasombra?
—Unámonos a la feliz muchedumbre, señor Melancolía.
Eustace salió de su casa al ver que la multitud iba desapareciendo. Unos pocos rezagados atravesaron a toda prisa la calle Mayor, camino de la cueva. Casi nadie hablaba con él en sus rondas desde el fiasco del bar. Puede que prefieran que Dios mismo entregara las cartas. «Como los correos que llevan las palomas, sólo que más sagrados. El Correo de Pentecostés», se burló íntimamente el cartero mientras echaba la llave.
Anduvo por las callejuelas vacías y continuó subiendo como si fuera rumbo al cielo. Unas nubes blancas, algodonosas, taparon al sol y continuaron su etéreo curso. Un viejo que vivía en el callejón de los Hornos luchaba por los últimos metros antes de coronar la altura, pero, al ofrecerle Eustace la mano, refunfuñó:
—Me las compondré yo solo.
A lo largo de los años Eustace se había constituido en un asistente social sin título, comprobando en su reparto cotidiano que los ancianos no precisaban auxilio, sin embargo ahora muchos de ellos ni siquiera le abrían la puerta. Era indudable que alguien se había regodeado por hacerle entregar el anónimo a Phoebe Wainwright, mas antes de que concluyese la congregación de hoy le arrancaría, si podía, el halo de santidad. Se lo debía a Phoebe.
Cuando llegó a la parte chamuscada de la ladera del monte ya estaba cantando el coro. Siguió el sendero de ennegrecidos rastrojos, a través de la ceniza, hasta la cuenca. Todos los adeptos de Mann, que parecían englobar virtualmente a la población íntegra de Moonwell, se habían arracimado en torno a la cueva.
—Ya era hora de que te sumaras a nosotros, Eustace —le reconvino en voz alta la señora Scragg desde el montículo donde se erguía, supervisando a los niños como si no les acompañaran sus padres.
«Que te lleve el señor Malasombra», estuvo en un tris de replicar el cartero. La vieja zorra siempre se ensañaba con él repitiéndole lo torpe que había sido en la escuela. Quizá hasta era positivo que Phoebe no trajese al mundo a un montón de niños para que los Scragg los intimidasen, mas, aun así, pensaba exponer en público al autor de la carta. Aligeró la marcha, sin dejar de ojear a aquellos centenares de rostros que había visto días tras día en los umbrales de sus casas al llamar él al timbre, hoy todos lacrados con el anodino e idéntico sello de la beatería. «Una colección de máscaras que dan vueltas y vueltas en la matinée de Dios», pensó. Incluso la expresión de triunfo despectivo de la modista al ver que había acudido a la asamblea era preferible al vacío, aunque de buena gana le hubiera escupido en la cara.
Fue a situarse frente a Mann, en el momento en que una gran nube leonada eclipsaba el sol. Aunque estaba detrás del gentío, Eustace se sintió inexplicablemente cercano al foso. Quizá había bordeado la cuenca demasiado aprisa; la plebe parecía girar en una danza acompasada, como un remolino cuyo centro fuese la cueva. Cerró los ojos a fin de rehacer su equilibrio, de estar en forma para merodear entre la concurrencia en busca de caras culpables en cuanto Mann comenzara a reclamar confesiones. Sabría reconocer cuál debía escrutar hasta romper su silencio, no le cabía la menor duda a ese respecto. Pero no había terminado aún de centrarse, cuando el coro calló. En la quietud que el vago repicar de las campanas de la iglesia no perturbaba por lo distante, Mann anunció:
—Hoy no pediré a nadie que se confiese.
El cartero abrió unos ojos como platos.
—Sé bien que estáis conmigo porque sois creyentes —dijo el evangelista—. El amor de Dios ha fructificado ya dentro de cada uno de nosotros, y lo único que hemos de hacer es esmerarnos en merecerlo. El Señor os ama por devolverle lo que es suyo. Y, ahora, he de rogaros que le hagáis un nuevo favor. Quiero que nos reunamos todos aquí a mediodía de la fiesta de san Juan, para que ayudéis a hacer de este lugar la morada sempiterna de Dios.
Su voz se dispersó en un millar de ecos por las monótonas y estériles colinas, y retumbó en las paredes de la cueva.
—Soy consciente de que, de ordinario, sería un día propicio para el comercio, pero he de pediros que cerréis vuestras tiendas en nombre de lo mucho que amáis al Señor y os congreguéis conmigo en este sitio. Todo lo que tendréis que hacer es orar. Yo me ocuparé del resto. Mi fe me dice que puedo.
Eustace recordó el comentario que le hizo Mann el día en que coincidieron en los caminos de Moonwell, cuando afirmó que se enfrentaba al mayor desafío de su vida. Batalló contra su mareo, contra el vértigo que le atraía hacia el ojo del torbellino. Le asustaba echar a andar por si se hundía en la sima, pero tenía que hacer su inspección hasta dar con alguien sospechoso que pretendiese pasar inadvertido.
—Presumo que todavía hay ciertas personas en Moonwell que no están con nosotros —continuó Mann—. Son muy pocas. No hay, lógicamente, ninguna razón para que se incorporen a la celebración de la fiesta de san Juan, y agradeceré a quienes les conozcan que así se lo hagan saber. —Sin más discusión, el predicador se puso de rodillas—. Y ahora...
«Ahora —meditó Eustace— empezarán las preces y los himnos, y yo habré dejado pasar el momento.» Tembló de rabia ante la perspectiva de que el autor de la carta se le escurriera a la vista de todos, y que lo hiciera rezando. Tal era el naufragio de su mente que al principio no se percató de que estaba hablando en voz alta.
—Hay alguien aquí que no es un cristiano —denunció.
Todos los ojos convergieron en él. Tenía el más nutrido público que nunca soñó, y le petrificaba, le dejaba con el labio inferior colgando y el cuerpo bamboleándose de manera salvaje en su afán de no desplomarse. Tardó unos segundos en adivinar lo que todos pensaban. «No —quiso desmentirlo—, no se trata de mí, no soy yo quien se ha de confesar.» Pero las miradas y los sentimientos —de desprecio, de aliento, de impaciencia, de confianza— le succionaban, y se zambulló en la oscuridad.
Su conocimiento, por lo menos, resistió. Su cuerpo estaba aún derecho y podía oír su voz, lejana e imparable. No sabía qué decía; no sabía sino que el único medio de huir de la negrura era abrirse paso a cualquier precio hacia aquella voz. Casi deslindaba el sentido de las frases, y le entró el desespero por frenarlas. Mas, cuando venció finalmente a las tinieblas y recuperó su propio control, la sensibilidad al aire ceniciento que azotaba su rostro mientras escoltaba a una nube interpuesta entre la tierra y el sol, leyó en la actitud de la gente que era tarde.
—Te perdonamos —clamó Mann—. Rezaremos por ti.
Algunos de los asistentes asintieron y se arrodillaron, pero incluso estos parecían escandalizados o asqueados hasta que se recompusieron sus facciones en un rictus de piedad. Al venirse Eustace inopinadamente hacia delante, una mujer se encogió como si no tolerase ni aun la idea de su contacto. «¿Qué es lo que he dicho?», deseaba preguntar el cartero, pero no osó hacerlo.
No bien hubo iniciado Mann su plegaria, «Imploramos, ¡oh Dios!, tu perdón para este pecador», Eustace salió huyendo hacia la vereda del pueblo. En medio del coro de oraciones que le perseguía por el páramo creyó oír una risa seca y aviesa.
















22

La criatura de la historia de Needham presentaba, pensó Diana, ciertas similitudes con Brother Rabbit. Cuando menos, tenía uno que preguntarse por qué los romanos la habían arrojado dentro del foso mismo donde acostumbraba recibir sus sacrificios. Cabía conjeturar que el ser había influido en tal acción, como algo más sutil que la pretensión de Brother Rabbit de que no quería que le tirasen a la zona de brezo. Cabía preguntarse si aquello destruyó verdaderamente la memoria de Lutudarum y todos los hábitos de los druidas. Reflexionó la joven que eran infinitas las especulaciones que podían hacerse, y ademas no le quedaban muchas otras opciones mientras le negaran el acceso a Godwin Mann.
Ahora mismo no tenía tiempo para conversar con ateos: ése fue el mensaje que sus esbirros del hotel transmitieron a Diana. Ella podría haber apretado los dientes y haber fingido que abrazaba su fe si de esta manera le hubieran franqueado la entrada, pero comprendió lo poco que había de ganar, pues necesitaba algo más que las leyendas de un anciano para encararse al evangelista. Se fue a Sheffield, a la biblioteca, y pasó un día volcada en vetustos volúmenes.
Salió de allí con gran cantidad de datos y la intuición con que algunos de ellos podían relacionarse entre sí para probar un sinfín de cosas, al igual que podía argumentarse que Dios provenía del espacio o que se avecinaba el fin del mundo. Tomó como ejemplo la Noche de Guy Fawkes, que fue ilegal no celebrarla en Gran Bretaña hasta 1859. Desde luego, conmemoraba el fracaso de la llamada «Conspiración de la Pólvora» para volar el Parlamento, pero las hogueras que encendía el pueblo en recuerdo de aquel suceso eran al menos tan antiguas como Samhain. Era ésta la fiesta druida que evocaba la muerte del sol y que en la actualidad era conocida por Halloween, o velada de Todos los Santos. La otra gran efeméride era Beltane, la Víspera de Mayo o Walpurgisnacht, fecha —casualmente— de la muerte de Hitler. Beltane solía festejar el regreso del sol con inmensas fogatas y sacrificios humanos. Los hombres se pasaban teas encendidas y quienquiera que sostuviera el hachón en el instante en que se extinguía, tenía que ponerse a cuatro patas y dejar que le untaran la espalda de inmundicias. La imagen le recordó a Diana a la del hombre de la Luna con su espinazo doblado por la leña, del mismo modo que el muñeco (Guy) de las hogueras podía asociarse al hombre que no era humano y que fue quemado en la cueva. Se dijo que ni aun Mann sería capaz de erradicar de las mentes la Noche de Guy Fawkes.
En cuanto a la luna, siempre estuvo vinculada a la magia, con frecuencia a la magia negra. Adorarla fue condenado como una herejía desde épocas tan remotas como la del Libro de Job. El lunatismo, la licantropía y muchas aberraciones que se desarrollaban en el útero materno eran achacadas a su influjo. Hécate, diosa de las brujas, fue originariamente una divinidad lunar de tres caras hermanada con Selene, que se hacía acompañar por una jauría de perros infernales. La brujería se consideraba el legado final del shamanismo, y aparentemente los druidas fueron shamanes que se vestían con pieles para mejor comunicarse con los espíritus de animales caninos. Los shamanes eran transportados en alas del sueño a la espesura, donde se sumían en la meditación y experimentaban múltiples vidas, el desdoblamiento fuera del cuerpo, visiones y éxtasis. El Satán de los brujos se identifica como Cerunnos, dios del mundo subterráneo. Es curioso que su nombre se asemeje tanto al de Cerberus, trasunto romano del guardián del Hades griego, un perro tricéfalo, siendo el tres el número cabalístico de los druidas. El pentáculo o estrella de cinco puntas se hallaba estrechamente ligado a la magia de los druidas, de ahí que se le apodase «pie de druida». ¿Hasta dónde se extendía la influencia de aquel pueblo? Tal vez tenía algo que ver con los tres deseos de los cuentos de hadas, aunque no ciertamente con la Trinidad Cristiana ni con los tres crucificados del Calvario. Había demasiadas preguntas y connotaciones imprecisas; Diana se sentía aturdida, incapaz de concentrarse. Abandonó su casa para darse un respiro.
Las nubes surcaban el espacio en cúmulos desiguales delante del sol, imprimiendo en el cielo la impresión de un fuego humeante. La incipiente e indefinida claridad frustraba a la joven, impaciente por hacer algo, pero ¿qué? El estribillo de un himno voló hasta ella desde el páramo, junto al olor de la ceniza. No valía la pena tener ahora una confrontación con Mann. Debía visitar a los Booth para reconfortarles, para decirles que alguien no creía todos los disparates de los que se les acusaba.
No se agitaba en la calle Mayor más que una brisa perezosa. Las ventanas de las tiendas y de las casas la estudiaban solitarias; la cabeza de plástico de un cerdo la escudriñó desde la carnicería. Sin nadie alrededor que reprobara su conducta tuvo un asomo de aquella domesticidad que la embargó la primera vez que vio Moonwell, aunque había olvidado por qué era aquí necesaria, o quizá nunca lo supo. Las calles parecían dolerse de la ausencia de niños, del silencio que imperaba donde debería haber griterío con la barahúnda propia de los juegos. Poco importaban las creencias que mantuviesen los pequeños siempre que fueran dichosos, así opinaba Diana; al crecer se irían liberando, no todos, pero sí unos cuantos. Sin embargo, no tenía la convicción de que fueran felices, no quería ni plantearse lo que debía de ser la escuela ahora para sus ex alumnos. Sus cábalas la distrajeron enteramente de las calles, hasta tal extremo que había cruzado la mitad de la plaza antes de notar que estaba siendo observada.
Fue el ruido lo que la alertó, un débil y quedo desgarro entremezclado con gruñidos. En un principio no pudo localizar su origen ni en la plaza ni en las vacías inmediaciones. El edificio del hotel y las nubes se cerraron, contundentes, sobre su cabeza. Dio un paso más, y desvió la mirada pasando el muro lateral del hotel hacia una calleja que trazaba, a partir de las cocinas, un marcado desnivel. Tres pares de pupilas toparon con las suyas.
Lo primero que vislumbró fueron los ojos y los dientes, unas quijadas que despedazaban un trozo de carne tan rojo y sanguinolento como las babeantes lenguas. Debía de haber tres perros perdidos en el callejón, mastines alsacianos con la pelambre apelmazada y unos peligrosos ojos inyectados en sangre, pero ella tan sólo veía las cabezas, las cabezas que la acechaban desde la pendiente del pasaje. Razonó que, en cuanto ella se moviera, vendrían saltando, y entonces comprobaría si tenían realmente tres cuerpos o uno nada más. La idea era tan absurda, que se introdujo en la calleja con objeto de verlos mejor.
Tan pronto como se adelantó los tres bichos empezaron a gruñir al unísono, mostrándole unos bezos como de plástico gris ahumado, unos colmillos sucios y amarillentos. No debía emprender la fuga o la atacarían. Se paró azuzándolos para que se apartaran y poder distinguirlos, cuando de pronto se abrieron las nubes. El instinto la impulsó a avanzar al darle la luz solar de lleno en los ojos. Las bestias se acobardaron y, entre gañidos, huyeron calle abajo.
Diana alcanzó el inicio de la bajada un segundo antes de que doblaran la esquina: eran tres perros vagabundos. Lo supo desde el comienzo, pero tenía una enorme tirantez en el pecho y el corazón le latía a ritmo acelerado. Con toda seguridad se reiría de sí misma una vez llegase a la librería e infundiese ánimos a Geraldine y a Jeremy. Confiaba en que les encontraría allí. Moonwell era ahora mismo como un pueblo fantasma, olvidado del mundo.
Este pensamiento le cortó por unos momentos el resuello.
—Dios mío —suspiró, pasando revista a la despoblada calle Mayor, preguntándose hacia dónde correr, a quién contárselo.
Así pues, todo era verdad. Estaba sucediendo nuevamente, y nadie había caído. Acaso hasta ella reaccionaba cuando no había ya solución.


















23

Aquel domingo por la noche, mientras hojeaba un testamento, Vera dijo:
—Algo va mal.
Craig dobló el Telegraph, su diario, y tomó la pipa.
—A mí me ha parecido que las últimas voluntades estaban muy bien definidas.
—No me refiero a eso, sino a Hazel. Tengo el presentimiento de que algo no funciona.
El hombre se encorvó sobre la pipa y aplastó el tabaco con el pulgar, contraído el estómago como si alguien se lo estrujara.
—Ve tú a llamarla. A mí no quiere ni oírme hablar.
—Sabes de sobra que eso es mentira —rugió Vera, y corrió hasta el teléfono.
Sentía tanta ansiedad, indudablemente, porque no había hablado con su hija desde su partida de Moonwell. Si en el fondo de su alma le echaba las culpas a Craig lo estaba disfrazando muy bien, aunque él era el primero en arrepentirse de haber tenido aquella disputa en casa de Benedict. Salió del pueblo enemistado no sólo con su yerno, sino también con la propia Hazel.
Durante el desayuno de la última mañana en Moonwell su hija se revolvió contra Craig, recriminándole que había dado esperanzas a Benedict de concederle un préstamo y luego le dejó en cuadro, acusándole de haberle jugado aquella mala pasada porque detestaba al hombre y a su fe. «Fe en que nosotros le salaremos fiadores, querrás decir. Fe también en que el prójimo no habrá oído hablar de su infame trabajo». Consiguió Craig abstenerse de contestar, si bien la actitud de Benedict, ofendido pero indulgente, fue demasiado para él. Contraatacó afirmando que lo que Hazel buscaba era un sustituto de padre, alguien que le indicase siempre el camino, que la perdonase al confesar ella sus errores, que la pusiera a salvo del mundo exterior.
—Si ésa es la clase de padre que quieres, quédate con él y buen provecho te haga —había despotricado mientras iba al piso de arriba a recoger su equipaje.
Sólo cuando su hija rehusó mirarle al acomodarse él en la furgoneta de Benedict tomó conciencia real de cuánto le habían dolido sus imprecaciones, y lo peor de todo fue que no le asaltó un arranque afectivo por su agraviada niña, sino que le disgustó que no fuera capaz de afrontar la verdad.
De todas formas, Vera pensaba que él no era quién para juzgarla. Siempre habían fomentado que Hazel fuese, ante todo, ella misma. No era ya su hijita indefensa. Después de casarse, su dormitorio de soltera se convirtió en una herida abierta en su casa que tardó meses en cicatrizar, y al empezar Benedict a cortejarla, Craig se comportaba con su esposa como un impotente —los padres, al parecer, solían pasar por esos períodos—, pero superaron tales pruebas, así lo suponían ellos. Ahora la paternidad se exhibía ante Wilde con todas las congojas y sin ninguna recompensa; el hombre se odiaba a sí mismo por derramar todo su desencanto sobre Hazel.
Vera marcó el número. Después de tres intentonas infructuosas de establecer comunicación, recurrió a la operadora.
—Moonwell —especificó, y hubo de repetirlo dos veces—. Da igual, olvide el nombre y cíñase al prefijo que le he dado. Y no me venga con que ese lugar no existe. —Hizo ahora señal a Craig y añadió, quebrada su voz—: Aguarde y hablará usted con él, señorita.
Al tomar Craig el auricular, se oía ya el tono al otro lado de la línea. En el momento en que Vera se derrumbaba en un sillón con una mano sobre los ojos, una voz dijo:
—Arreglos Domésticos Peak a su servicio.
—Hola, Benedict. ¿Está Hazel en casa? Su madre desea hablarle.
—En este instante se halla ausente.
—¿Sabes si volverá pronto? —preguntó Craig, tratando de suavizar un poco el tono—. ¿Podrías decirle que nos telefonee?
—Vendrá bastante tarde. Ha ido a rezar.
Por unos instantes Craig confundió «rezar» con «jugar», como si Hazel hubiera vuelto a la infancia.
—Hoy han organizado en el centro una velada de oración —prosiguió Benedict—. Nada me sorprendería que durase toda la noche.
—¿Y para qué rezan?
—¡Oh, siempre sobran motivos para hacerlo! Aunque imagino que no comulga usted con esas ideas.
—Sea como fuere, normalmente esas sesiones no se alargan noches enteras. ¿Por qué hoy sí?
—Mucho me temo que no me creería si se lo explicara.
La vanidad de Benedict tuvo el don de enfurecer a Craig.
—Muy bien. Si tú no me cuentas qué está pasando y la madre de Hazel no puede tener unas palabras con ella, no nos quedará otra alternativa que ir a visitaros inmediatamente.
Vera apoyó a su marido con un enfático asentimiento y una sonrisa.
—Ahora mismo no es posible —se excusó Benedict—. He tenido que trasladar todas las alarmas a la habitación de huéspedes y almacenar en el cobertizo el resto de mis materiales. No puedo permitirme el lujo de seguir alquilando un espacio fuera de casa.
—Me alegra saber que has encontrado un medio de reducir gastos. En cuanto a nosotros, siempre podremos alojarnos en el hotel. No os extrañéis si nos veis aparecer.
—El hotel está lleno —dijo el yerno con una presteza delatora.
Craig colgó el aparato, y consultó a Vera.
—¿Qué opinas? ¿Vamos a ver qué sucede?
—Sí, por favor. ¿Llamo yo a Lionel o lo haces tú? Estoy segura de que accederá a defender la plaza durante un par de días.
Lionel era su socio, y estaba cualificado para responsabilizarse del negocio incluso si se mudaban de manera definitiva.
—No me refería a este mismo instante —protestó Craig—. Pensaba, más bien, en el fin de semana.
—No puedo esperar hasta entonces para averiguar qué es lo que anda mal. Y tú también estás persuadido de que algo ocurre, lo leo en tus ojos.
—Pero podría no ser nada grave según nuestros criterios. Además, es Lionel quien ha de decidir cuándo puede prescindir de nosotros.
Lo que Lionel dijo fue que se adaptaría gustoso a los planes del matrimonio.
—Váyanse mañana si así lo desean.
Una vez encontró Craig el número de teléfono del hotel Moonwell en la guía oficial, después de buscarlo con tanto ahínco que llegaron a escocerle los ojos, el recepcionista le informó, no sin reticencia, que se había anulado una reserva.
—Nosotros la ocuparemos —declaró Wilde, y luego titubeó.
—Es posible que Hazel no nos dé precisamente las gracias —señaló a Vera.
—Asumiré ese riesgo. Intuyo que me necesita.
—Esperemos que ella también sepa darse cuenta —apuntó el hombre, ganándose una mirada de reproche.
Un poco más tarde intentó hacer el amor con su mujer. Al cabo de media hora tenía los brazos doloridos por el esfuerzo de apuntalar su cuerpo sobre el lecho. Era como si la edad le hubiera marchitado el pene.
—No tiene importancia —le consoló Vera, acariciando su sudorosa frente, cuando al fin se dio por vencido—. Durante la estancia en el hotel fingiremos no estar casados.
Craig acabó durmiéndose, y despertó reconfortado. Mas el bienestar se prolongó tan sólo hasta unos kilómetros después de dejar Sheffield, allí donde hubo de aminorar la velocidad en la tortuosa carretera. Las aguas reverberantes de la presa le deslumbraban, un coche deportivo se pegó a su rueda de tal modo que casi se tocaron los parachoques y, de repente, le rebasó en plena curva y hubo de frenar tan brutalmente que Craig estuvo a punto de embestirle. Los lunes no había coche de línea a Moonwell, y el hombre pasó el resto del día lamentando no haber insistido en tomar el del martes.
El cielo se fue tiñendo de gris a medida que la carretera ascendía, entre campos agrestes, hacia Moonwell. La tensión y la falta de sueño debían de afectarle más de la cuenta, porque al bordear su Peugeot las largas laderas de las colinas tuvo la impresión de que cada cima ocultaba un precipicio, una impresión que era desagradablemente como una reminiscencia de su caída, siendo niño, en la galería de la mina. Maldijo a Benedict por hacer que se reavivasen en él tales emociones. Incluso el cielo de Moonwell le provocaba sensaciones de pánico. Se propuso mantenerse atento a la conducción. Al apearse frente al hotel, tenía unas palpitaciones tan tremendas en las sienes que apenas podía ver.
Su habitación estaba debajo mismo del alero, con una ventana salediza. Craig se tumbó en la cama, que exudaba olor de detergente, y cerró los ojos. Vera corrió las cortinas y fue a la farmacia mientras él yacía tumbado alerta a la quietud reinante, donde apenas se oía el ronroneo de un vehículo. A su regreso, Vera le dio un vaso de agua y dos tabletas de paracetamol, y le comentó:
—De todas las personas que podría haber pasado sin saludar, he ido a coincidir con Mel y Úrsula.
—Hazme memoria —solicitó Craig, intentando relajarse para facilitar la labor del analgésico.
—Son los amigos santurrones de Benedict. Han ido a prevenir a Hazel de nuestra llegada.
Cinco minutos después el ascensor subía entre ruidos y traqueteos sin fin al último piso del hotel y, casi sin transición, Hazel llamó a la puerta.
—¡Oh, mamita! ¿Por qué habéis tenido que volver ahora?
—Lamento que te haya sentado tan mal. Pensaba que quizá te ilusionaría vernos, pero queda patente mi error.
—Mamá, me encanta teneros aquí conmigo. No sabes cuánto me hizo sufrir aquella despedida. Pero Godwin ha convocado una asamblea extraordinaria para mañana, y estaré muy ajetreada hasta entonces.
—Lo que, traducido a lenguaje corriente, significa que los ateos no serán bien recibidos.
—Significa que tendréis el pueblo casi para vosotros solos y nada que hacer —puntualizó Hazel, no muy convincente.
—No iremos a ninguna parte hasta que no mejore mi estado —gruñó Craig, y atravesó el brazo sobre los ojos entornados.
—¿Qué tiene papá?
—Le agota conducir por estas carreteras, eso es todo. Dejémosle un rato solo y se repondrá. Estaremos en el bar —susurró Vera a Craig y, al ver una objeción en los labios de Hazel, se impuso—. Puede que a ti no te apetezca beber nada, pero a mí sí. Tenemos que hablar.
Craig oyó sus voces cada vez más apagadas por los chirridos del ascensor, antes de que le envolviera una plácida calma. Tomó otras dos píldoras tan pronto como se lo aconsejó la prudencia, y manipulo los mandos de la radio que había en la cabecera. Había olvidado la estación evangélica, aunque no pudo captar ni esta emisora ni ninguna otra. Lo único que oyó, hasta optar por apagar el aparato y volver a acostarse, fueron unas interferencias que sonaban discordantes, como una risa hueca, inhumana.






24

Transcurrió casi todo el lunes sin que Diana pudiera ponerse en contacto con Nick. Cuando por fin lo consiguió, él pareció entusiasmado de oírla.
—¿Estás en la ciudad? ¿Tienes algún compromiso para cenar? ¿Cómo va todo en ese pueblo tuyo de nombre peculiar?
—¿Qué nombre es ése? —preguntó Diana, tan desenfadada como pudo.
—Para serte sincero, no me acuerdo. Será por la curda que pillé ayer. Pero a ti sí que te recuerdo. Me supo muy mal que la otra noche tuvieras que irte tan de improvisto.
—También a mí, Nick. Acabas de preguntarme cómo anda todo: pues bien, la situación está al rojo vivo.
—¿En qué aspecto?
La joven cerró los ojos, cobró aliento e hizo votos para que el periodista no se mostrara incrédulo.
—Moonwell es, en principio, una localidad turística donde se dan cita los excursionistas, ¿no? Pues bien, los únicos visitantes que hemos tenido en los últimos meses son los regimientos de Godwin Mann. Y lo que más me preocupa es que nadie parece haberlo notado.
—¡Moonwell, así se llamaba! ¿Insinúas que Mann es el culpable de que no vaya nadie?
¿Qué otra cosa podía aducir para que él se atreviera a colarla en máquinas?
—¿No concluirías tú lo mismo? Ni yo misma reparé en ello hasta ayer. Sea lo que fuere lo que está ocurriendo, me ha marcado también a mí.
—¿Te refieres a una especie de hipnosis masiva, una histeria religiosa o algo similar? Te ofrezco casa gratis.
Le estaba proponiendo el eterno juego. En otras circunstancias, Diana lo habría seguido.
—No abandonaré a los niños en medio de este lío sin nadie que vigile cómo influye en ellos —dijo, y descartó el pensamiento, que ni se materializaba ni se desvanecía, de que la había traído a Moonwell un propósito totalmente distinto. Si se iba podía olvidar el pueblo, igual que Nick había olvidado ya su nombre. No debía ni plantearse que, quedándose, ella también sería olvidada—. Veremos qué pasa mañana. Mann ejecutará la misión principal que ha venido a hacer.
—Tenme al corriente de los acontecimientos, o si cambiases de idea sobre tu fuga —dijo el reportero, y la mujer advirtió que estaba más inquieto por ella que ávido de noticias—. ¡Ojalá pudiera prometerte que les daré publicidad!
—¿Has roto tus relaciones con la emisora de radio?
—La clausuraron la semana pasada. —Nick enmudeció. Pasados unos momentos, agregó—: Si estás tan angustiada como aparentas y no quieres ni oír hablar de marcharte, lo mínimo que puedo hacer es ir yo a dar un vistazo.
—¿De veras? ¡Sería magnífico! —Tal vez así el periodista podría analizar el efecto que todo aquello ejercía en su propia persona—. ¿Cuándo?
—Ya te avisaré. Estos primeros días no, pero pronto. Será tu turno de llevarme a cenar —exigió, y apostillo, más serio—: No dudes en llamarme siempre que me necesites.
Meditó Diana que por lo menos había alguien más enterado, aunque hubiera tenido que verter todas las culpas en Mann para persuadirle. La soledad en su conocimiento la agobiaba, particularmente ahora que los Booth le habían dicho que se mudaban al país de Gales. ¡Si pudiera desahogarse con alguien menos escéptico que Nick! De pronto, dándose una palmada en la frente, comprendió que ese alguien estaba al alcance de la mano. Salió sin tardanza hacia la iglesia.
Los rayos solares centelleaban en los recios muros, y parecían encoger las gárgolas. El muérdago relucía como una superposición de escamas en el tronco de un roble que presidía varias lápidas del cementerio. El padre O'Connell oraba en silencio ante el altar. Cuando se levantó, sacudiendo el polvo de la sotana, la joven avanzó por la nave hacia él.
—¡Caramba, si es Diana Kramer! —se regocijó el clérigo, y le cogió ambas manos—. ¿Has venido a engrosar mi escuálido rebaño? —le inquirió.
—No exactamente, padre O'Connell, y no se ofenda. Querría que tuviéramos un cambio de impresiones.
—Siempre me complace verte. Y llámame Bob, así podremos ahorrarnos las formalidades y las caras demasiado respetuosas o fúnebres. Acompáñame y nos prepararemos sendas tazas de ese té Earl Grey que tanto te gusta.
Guió el cura a la joven por la calle Mayor hasta la rectoría, una casa donde un perro alsaciano dormitaba en la alfombra del zaguán e irguió las orejas al abrirse la puerta.
—¿Ha disminuido el número de feligreses? —indagó Diana.
—Sí, sobre todo desde que expuse con franqueza lo que pensaba del episodio de la librería. Algunos de los congregantes de Mann se dejan caer por aquí esporádicamente, pero se comportan como si hallaran un montón de deficiencias. —El clérigo acarició a su perra con aire abstraído—. Buena chica, Kelly. De todos modos, y en honor a la verdad, admito que tienen sus razones para abrigar ciertas dudas acerca de mi iglesia. Hay indicios de que entre sus cimientos se conservan las ruinas de una fortaleza céltica.
—Tú siempre has creído que asimilar diferentes tradiciones era uno de los pilares de la religión.
—Sí, pero conviene hacer distinciones. He descubierto que, antes de edificar la plaza, sepultaron a un niño bajo sus piedras. Ya sabes, era como un talismán para hacerla inexpugnable. Mas no voy a ensombrecer ahora tu ánimo contándote tales horrores. Ve tú misma al salón y, en cuanto tenga hecho el té, charlaremos.
Diana tomó asiento en la estancia y paseó su mirada entre unos paisajes irlandeses, un álbum familiar que había sobre una mesa junto a la estufa eléctrica y una novela de Morris West abierta, boca abajo, en una butaca. Kelly entró con el sigilo de sus almohadilladas garras, posó la cabeza en el regazo de la joven y acercó el hocico junto a su mano hasta obtener un mimo. Para cuando el sacerdote apareció empujando el carrito con las bandejas, Diana estaba impaciente por hablar.
—Yo he investigado también nuestras tradiciones —afirmó.
Relató a O'Connell cómo Lutudarum fue borrada del mapa, y cómo algo semejante comenzaba a pasarle a Moonwell.
—En la época en que llegué aquí, el pueblo bullía de caminantes y forasteros como yo misma, pero ¿dónde se meten este año? Las calles están llenas de rostros nuevos, sí, y quizá ése sea el motivo de que no nos hayamos fijado, mas no son turistas. —Viendo que los ojos del padre la invitaban a seguir, Diana aventuró—: Según mis deducciones, es Godwin Mann quien ha promovido el fenómeno que impulsa al mundo a olvidarnos. Y otra de sus facultades es impedir que hasta nosotros nos apercibamos.
—Bueno... —fue a responder el cura, y sonó el timbre—. Disculpa, vuelvo enseguida.
Diana sintió deseos de llorar por aquella interrupción, en un instante en que estaba segura de haberse granjeado la simpatía del sacerdote. Él cruzó el zaguán con alguien y asomó la cabeza por la puerta de la sala.
—¿Tienes unos minutos? No te vayas, me interesa mucho lo que aún te queda por decir.
Ya había dicho todo lo que podía. Presumiblemente el padre había subido a su estudio para dar consejo a uno de los fieles de su parroquia, y lo que ella le había expuesto se diluiría en su mente. No obstante, al cabo de muy poco rato les oyó de nuevo en la escalera, ahora bajándola. Se detuvieron delante de la sala, y O'Connell abrió la puerta de par en par.
—Diana, tienes que oír esto.
El visitante, un hombre enteco, pálido y desgarbado que rondaba la treintena, pasó a la estancia tímidamente, caminando de lado. La joven ya le había visto con anterioridad en la planta baja del hotel. Tenía todo el aspecto del que se dispone a huir despavorido, incluso después de que el padre O'Connell le asegurase:
—La señorita Kramer abriga los mismos recelos. Le ruego que le cuente lo que acaba de confiarme a mí.
El individuo flaco se limitó a mirarla.
—Delbert ha participado en los turnos de vigilancia en la cueva a las órdenes de Godwin Mann —preludió el sacerdote—. Creo que lo que ha querido usted darme a entender, Delbert, es que Mann está más asustado por la fuerza que combate de lo que deja traslucir.
—No, se equivoca —corrigió el tal Delbert, y se mesó con sus dedos huesudos el cabello incipientemente cano—. Él piensa que puede conseguirlo todo. Piensa que ha sido elegido como paladín de Dios, y que la encarnación de Satanás que hizo su padre en aquella película era como una señal, como una llamada del Señor para que acaudillara esta empresa. Está intoxicado por la fe y son las asambleas las que le exaltan. Incluso tiene alucinaciones.
—Entonces —aclaró, algo nervioso, el cura—, lo que está diciendo es que no le considera a la altura de la tarea que él mismo se ha asignado.
—Así mismo lo he expresado yo, ¿no? ¡Ah, claro! Usted desea que ella también lo escuche, como si alguno de nosotros pudiera todavía remediarlo. —El hombre miró a Diana con el rabillo del ojo, con desconfianza—. Yo sé mucho sobre estos menesteres. En California pertenecí a una secta satánica, hasta que me encerraron en el manicomio y Godwin fue a sacarme. Lo que hay en la cueva es más viejo que el mismísimo Satán, eso se lo garantizo. Es lo que tanto espantaba ya a los cavernícolas en la antigüedad y lo que, si Mann lo resucita, nos transformará a nosotros en nuevos seres de las cavernas, nos tendrá tal como nos quiere.
Algo oscuro se apretó contra la ventana, se amoldó a ella como un caracol: era la sombra de una nube.
—¿Alguno de sus compañeros tiene esas mismas aprensiones? —indagó Diana, consciente de la rigidez de su voz.
—Ellos prefieren creer que Godwin nos salvará a todos. Pero yo les digo que anoche, al acercarme a la boca del foso, oí que alguien se reía en sus honduras. Está a punto para él, deseando conocerle. Quizá hasta fue ese ser el que instiló en la mente de nuestro evangelista la idea primitiva de venir a Moonwell. Referí a Godwin lo que había escuchado allí abajo, y la conclusión que sacó fue que Satanás trataba de desafiarle a través de mí. Por lo tanto, se halla más resuelto que nunca a descender mañana a la cueva.
—Si la gente se convenciera de que es peligroso... —fue a sugerir Diana, pero Delbert la cortó.
—Cuanta más oposición encuentre Mann, más firmemente creerá que está en posesión de la verdad. Ya les he avisado que nada puede hacerse.
La joven presintió en su fuero interno que Delbert se equivocaba, pero eso poco la reconfortó.
—Antes ha aludido a unas alucinaciones —intervino el padre O'Connell.
—Constituyen la peor parte de la historia. Desfigura todo cuanto ve, interpretándolo como signos de que triunfará para mayor gloria de Dios. —El visitante fijo sus ojos muy brillantes de las nubes que se yuxtaponían a otras nubes, y musitó—: Me ha contado que cada noche se le aparece en sueños un calendario con la faz del diablo, un calendario del mes de junio. Y, a partir de mañana, ilustra las fechas un mortal vacío.







25

Alguien estaba llamando con insistencia a la puerta de la calle. Brian se obligó a despegar los legañosos párpados y apartó las húmedas sábanas. Debía de ser la policía, si bien lo único que sintió fue alivio de que hubiesen averiguado el crimen de Godwin y el de la excursionista. Se bajó de la cama y, tropezando y sin dejar de pestañear, fue hasta la ventana.
Descorrió los visillos y levantó la guillotina con los dorsos de ambas manos. Al caer sobre ellas la luz solar, hizo gesto de retirarlas. Asomó ahora -medio cuerpo, golpeándose los hombros contra el marco de madera. Las dos personas que había en el camino no eran policías. Eran emisarios de Godwin.
June estaba cerrando la puerta. El estrépito de la ventana impulsó a los mensajeros a alzar la vista.
—Ya es casi la hora —anunciaron éstos a Brian con sendas y esplendorosas sonrisas, y se alejaron al trote hacia la casa contigua para propagar la buena nueva.
Así pues, Godwin no había muerto. Brian sólo había soñado que disimuló adrede el defecto de una de las cuerdas que trajo de Sheffield, y no podía inculparse a nadie de un asesinato cometido en sueños.
En el baño se lavó y afeitó; dos veces se cortó porque la fuerte luz del espejo le dañaba los ojos y la piel. Era probablemente la culpabilidad lo que le hacía sentirse así, lo que le producía la febril sensación de que su cuerpo había dejado de ser suyo. Quizá Godwin no encontraría a la muchacha, quizá su cadáver se había estrellado más abajo de lo que predicador podía llegar. No sería justo que ayudar a Dios y a Godwin le acarrease a él la desgracia.
Cuando terminó de vestirse, Brian emprendió la aventura de ir al comedor y toparse, acaso, con la señorita Ingham, la maestra de Andrew, que se hospedaba ahora en la casa. Pero ella se había adelantado para echar una mano en la cueva, dejando a June la tarea de pasar el plumero por los rincones de la sala. Tenían un verano inusitadamente plagado de arañas, que además urdían unas nunca vistas telas de cinco puntas. June se medio giró al entrar su marido.
—¿Cómo te encuentras? íbamos a dejarte dormir.
—¿Y eso por qué? Que yo sepa, no estoy enfermo.
—Te has pasado la noche moviéndote y dando vueltas. Una vez me desperté, y ni siquiera estabas en la cama. Fui en tu busca pero, como estaba agotada, me acosté de nuevo.
—Estaría en el lavabo —se apresuró a pretextar él, antes que admitir que no recordaba haber abandonado el lecho—. Y allí es donde deberías ir tú ahora mismo, Andrew, para que podamos marcharnos enseguida.
June reanudó su revisión de los rincones. De espaldas a Brian, murmuró:
—Pareces muy ansioso por irte.
—¿Por qué no había de estarlo? —Brian discurrió que ella no podía saber lo de la cueva. En realidad, no había mucho que saber—. Pensé que te alegrarías de que colabore con Godwin.
—Y me alegro. —June miró a su esposo directamente a los ojos, escrutadora—. Lo que no entiendo es por qué motivo te muestras de pronto tan deseoso de agradarle.
—¿Quién dice eso? No fui yo quien pedí ayudarle. El acudió a mí. —Gracias a Dios, la presencia de Andrew rescató a su padre de aprietos peores—. Date prisa, hijito. Hoy verás cómo Godwin Mann explora la cueva.
—Pero te mantendrás alejado en todo momento, ¿me oyes, Andrew?
—No debes soltarte de mi mano mientras estemos allí arriba, pequeño —ordenó Brian en actitud levemente retadora y tomó la viscosa manita, intercalando los dedos entre los del niño para que no le arañasen su fina epidermis aquellas uñas ásperas y mordidas, mal cuidadas.
La calle Mayor estaba atestada de personas que confluían en las veredas de acceso al páramo. June alcanzó a Hazel en el primer tramo del sendero más cercano, y las calizas casas se fueron apiñando a medida que el pueblo ganaba en perspectiva. Hazel parloteaba animadamente, aunque nublaba sus facciones un velo de inquietud, a la vez que Benedict se preguntaba en voz alta si a Brian no le convendría montar una instalación de seguridad en su casa o en la tienda: Dios tenía ya demasiadas responsabilidades como para mantener a raya a los ladrones. Eddings subió el volumen de su voz a fin de sobreponerla a los martillazos del fondo, y calló del todo cuando coronaron las peñas de la pedregosa subida.
Varios seguidores de Mann se hallaban situados en el borde de la cueva, junto a dos puntales incrustados en la roca. Brian pensó que Mann iba a practicar un descenso por cordaje, y se enorgulleció de haber cooperado, sonriendo al antifaz de nubes que cubría los cielos. Ya había informado a la policía lo de la excursionista, se recordó a sí mismo para apaciguar su oleada de nerviosismo. Lo que el predicador pudiera encontrar no era asunto para perturbarle.
A pesar de todo, Bevan se sintió incómodo cuando la multitud reunida en torno a la cueva empezó a aplaudir. Godwin había llegado. El predicador quedó unos momentos quieto con las manos extendidas en cruz, quieto al borde de la depresión. Quizá la finalidad de tal postura era contrarrestar las apasionadas ovaciones, silenciarlas, pero le confería la apariencia de un Cristo bendiciendo a la multitud. Algunos de los más ancianos asistentes a la congregación se frotaron los húmedos ojos. Se intensificaron los vítores al internarse el evangelista en la cuenca, con el crucifijo de hebras de oro que exhibía bordado sobre el pectoral de su hábito atrapando los matizados rayos solares y un silbato alrededor del cuello, suspendido de una cuerda. En medio del vocerío, el graznar de un pájaro en algún lugar del páramo sonó estridente como una carcajada.
Los aplausos cesaron en el instante en que Mann se plantó al lado de los puntales. Se arrodilló en el límite del foso y cerró los ojos. Unas ráfagas de viento levantaron las cenizas en las negruzcas laderas, arrancando temblores de los socarrados tallos de brezo. La luz del sol osciló sobre el paisaje e hizo que la boca de la cueva pareciese cobrar vida, moviendo sus labios de piedra. Brian observó que June aferraba la mano de Andrew con las suyas.
Al fin, Mann se persignó y se alzó.
—Quiero agradeceros a todos, en nombre de Dios, que hayáis venido. Sin ningún género de dudas él piensa de vosotros lo mismo que yo, que sois un acto de fe viviente. Noto cómo esa fe me da energías para hacer aquello a lo que he sido llamado.
Brian se esforzó por creer con todo su ser. Estaba seguro de sentir lo mismo que el evangelista, la fuerza de una fe que atraería el éxito hacia Godwin. Era imposible que le estuvieran distinguiendo en todo aquel maremágnum, que el flujo de emociones tuviera por objeto hacerle hablar. Tal vez su agitada noche le había dejado una buena resaca. El viento transportó la voz de Mann, magnificándola como las que se sintonizan en la radio.
—Rezaréis por mí, ¿verdad, hermanos? Sé que Dios no me habría enviado de no juzgarme capaz, pero, dentro de mí, tengo miedo. Sé que ese miedo desaparecerá si oigo cómo oráis y cantáis las alabanzas del Señor durante mi expedición.
Al aumentar la ventolera, la voz del predicador perdió potencia.
—Dios sanará en el día de hoy esta infectada herida en la tierra —vaticinó, intimidando con el puño hacia el foso— y, a partir del instante en que escuchéis lo que he de deciros, la región entera podrá desembarazarse de la superstición y el ocultismo para volver al Padre.
Unos cuantos acólitos le presentaron su equipo y le ayudaron a ponérselo. Consistía en un casco de minero y una bolsa de herramientas, cargada con una cuerda de repuesto y tintineantes artículos de metal. Dos de ellos ataron las cuerdas por las que había de descolgarse. De pie en el borde, el evangelista la miraba al fraguarse el sol un camino entre las nubes.
—Parece que Dios quiere comunicarme algo —comentó con una sonrisa y, lanzándose al centro del hoyo, inició la peripecia por la rocosa pared.
Brian adivinó en aquello un mal presagio. Se diría que el sol ensanchaba la abertura de la cueva, que daba protagonismo a las quemadas vertientes como si las infladas nubes las empujaran hacia delante.
—Va al fondo a orar —susurró June a Andrew—, para convertir la cueva en un lugar santo.
—¿Por qué?
—Porque unas malas personas lo utilizaron para hacer cosas horribles. No sabían actuar mejor. No eran como nosotros. No estaban civilizadas.
—¿Igual que los hombres mono, mamá?
—Algo así. Nadie les había hablado de Dios —añadió June, e intercambió una sonrisa con Hazel y Benedict por tan ingenuas preguntas.
Brian la habría amordazado gustoso para poder reflexionar. ¿Por qué le desquiciaba tanto ver mecerse las cuerdas al compás de los movimientos de Godwin? Era evidente que el predicador había aprendido a escalar como parte de su formación, y Brian había desechado la cuerda defectuosa. El sol fulguró sobre Bevan igual que un foco en un cuartucho de interrogatorio. Tan sólo había soñado que disfrazaba la imperfección, en plena conciencia había puesto el cabo... Inspiró una bocanada de aire, una inhalación que llenó su paladar de un regusto a ceniza. No se acordaba de haberlo puesto en ningún sitio.
Dio inadvertidamente un paso al frente, chocando contra las dos personas que tenía delante. La cuerda dio nuevas sacudidas bajo el encapotado cielo, sacudidas que irían agrandando la fisura inicial.
—Oremos —urgió uno de los guardianes de Mann apostados en los puntales.
Brian reculó, simulando no haberse movido. Cuando comenzaron las plegarias se sumó fervientemente, casi a gritos, y miró de soslayo a June. Sus músculos se agarrotaron y brotó el sudor, aunque el sol había vuelto a cubrirse. Si no la hubiera espiado así, ella habría atribuido su torpeza a un simple traspié, pero ahora estaba persuadido de que lo sabía.





























26

Aquella tarde, poco después del mediodía, Diana no pudo soportar ya más la espera. Había recorrido dos veces la vacía localidad de un extremo a otro, escuchando los ecos de los himnos que se elevaban desde el páramo, diciéndose que mientras los congrega- . dos cantasen significaba que todo iba bien. Había entrado en la iglesia, y había llamado al timbre de la rectoría, pero no había rastro del padre O'Connell. Esperaba que el clérigo hubiera ido a visitar a una jerarquía eclesiástica a quien poder consultar, aunque sospechaba que de momento habría optado por quedarse y esperar acontecimientos. La advertencia de Delbert era, a todas luces, tardía. Delbert les dejó con la alucinación del calendario y partió furtivamente de la rectoría, lanzando a su alrededor temerosas miradas para asegurarse de que nadie la había visto.
—Él mismo ha mencionado que recibió tratamiento psiquiátrico —apuntó entonces Diana, mas leyó en los ojos del sacerdote que no aceptaría más que ella tan pueril explicación de sus revelaciones. —Todo cuanto podemos hacer es mantenernos vigilantes —le recomendó el padre.
Esta tarde, la frustración la acosó sin tregua por el pueblo desierto hasta llevarla hacia el páramo. ¡Al diablo con el aviso que le dieron de quedarse al margen! No podía ignorar por más tiempo lo que estaba pasando. El plomizo cielo se oscurecía; unas nubes como tiznadas urdimbres de telarañas navegaban en el gris océano, asidas a las alturas. Encima del sendero el sol se reducía a un abstracto lunar blanco, un capullo de arácnido inserto en las nubes. El viento desperdigaba, cual copos de nieve, la ceniza adherida a los matojos de brezo. La joven era intensamente consciente de la proximidad del páramo, de las inmutables y solitarias ondulaciones que se prolongaban, más allá del horizonte, hasta las carreteras donde tal vez transitaban coches, gentes ajenas a Moonwell. Acaso nadie sabía ya de su existencia. Le habría gustado telefonear a Nick para recordárselo. Pero no debía precipitarse, al día siguiente el pueblo todavía estaría allí.
El abrasado sendero estaba muy pisoteado y tan negro como el petróleo. Cuanto más se acercaba Diana a los tumultuosos rezos, más marginada se sentía. ¿No podían tener todos razón y andar ella errada? A fin de cuentas, había una palabra para clasificar a las personas que, como ella, se hallaban convencidas de conocer una verdad que nadie más veía, aunque en su caso existía una salvedad: que quedaría encantada si le demostraban que se confundía, y no era ésa la actitud de un esquizofrénico. Se encaramó a las peñas que enmarcaban la cuenca y se asomó al interior.
—Aunque camines por un valle de tinieblas, no temas mal ninguno —rezaba la antífona que entonaba la multitud en torno a la cueva.
Diana echó una ojeada general buscando a Mann, con la esperanza de no localizarle porque aún no había llegado. Vislumbró las cuerdas que colgaban, flojas, en la negrura.
Aquella visión la acongojó más de lo previsible. Si era tan fácil descender por el foso, ¿por qué nadie lo había hecho antes? No, desde luego, porque los exploradores potenciales hubieran sido disuadidos hasta que sonase la hora. El contorno de la cueva fundiéndose en sombras bajo un firmamento también sombrío llenó a la joven con la premonición de una pavorosa inminencia, tanto que a duras penas podía respirar. El gentío, en particular los niños, se le antojó vulnerable, demasiado cercano al borde, demasiado cercano para escapar si alguien surgía de la penumbra. El pánico la instó a rodear la cuenca, estirado el cuello a fin de ver un trozo mayor de cuerda, del amenazador pozo. Reparó en lo conspicua que era ella misma cuando la plebe se volvió a mirarla.
Sintió su hostilidad como una erupción emanada por la cueva. Los rostros infantiles fueron los peores, todos ellos unánimes en el deseo de expulsarla como si no tuviera derecho a asistir, incluso Sally, que parpadeó de manera ostensible a través de sus maltratadas gafas, incluso Ronnie uniendo las manos a falta de unos bolsillos donde esconderlas. Meditó la americana, muy turbada, que quizá realmente no tenía derecho a estar allí, a la par que se retiraba hacia la verdad. Quizá al entremeterse no hacía sino socavar su devoción. Era la fiesta de san Juan, no la de Harry el Lunático. Inmersa en tales disquisiciones, le vino a la memoria el destino último del santo. Contempló las negras y asoladas laderas, y asaltó su pensamiento algo en lo que necesitaba creer vitalmente: no estaba sola. Le quedaba Nathaniel Needham.
Dejó atrás los campos quemados tan deprisa como pudo, pero no por ello logró serenarse. Unas colinas ahora verdes expelían fulgores mate bajo el ahogado cielo, y tuvo una incómoda sensación de aquellas docenas de galerías subterráneas abandonadas, del laberinto sobre el que discurría su senda. Las minas guiaron su mente sin remisión hasta la cueva en la que se había aventurado Mann. Se imaginó, casi vio, las enmohecidas paredes, cambiantes con las fluctuaciones de la luz de su casco; sintió cómo sus pies resbalaban en el fango que tapizaba el suelo del pasadizo. Exhaló un suspiro de descanso al columbrar la casa de Needham.
Él estaba erguido en el umbral, con las nudosas manos cerradas sobre el cayado en el que se sustentaba. Tenía la larga y acartonada faz vuelta hacia arriba, a la escucha. Antes de que Diana le abordase la ladeó hacia ella, apuntándola con el bastón como si éste fuera una varita mágica.
—¿Quién va? —preguntó.
—Soy Diana Kramer, señor Needham.
—¿Ha pasado por la cueva? ¿Qué están haciendo?
—Rezan y cantan himnos —respondió la joven. Hubo de hacer un esfuerzo para concluir—: Y aguardan el regreso de Godwin Mann.
—Así que se ha salido con la suya, ¿eh? ¡Maldito necio! ¿Qué clase de predicador es si ni siquiera se da cuenta de que ha empeñado su propia alma? ¿Quién cree ser ese imbécil?
—No acabo de seguirle.
—¿No le dije a usted que una de las razones por las que los druidas le profesaban tanto temor a la luna era que aquellos que le eran inmolados nunca conocerían la vida en el más allá? ¿No le dije que sus víctimas se integrarían en el ser que está ahí dentro para toda la eternidad?
—No, no me dijo tales cosas —negó la joven en un murmullo, lamentando que lo hubiera hecho ahora—. De cualquier forma, él no es un sacrificio.
Needham fijó en la mujer su pupilas invidentes. Al descubrir terror en ellas, Diana recapacitó que debía de ser un reflejo del suyo.
—La población en pleno ha subido a rogar por Mann ante Dios. Algo contará tanta oración.
—No basta —sentenció el anciano brillándole los ojos.
El estribillo de un cántico se deslizó, evanescente como la bruma, a través de los montes. Aún no podía haber novedades en el foso, mas lo sonidos tenues y aislados del páramo recorrieron con un escalofrío la espina dorsal de Diana.
—¡Ojalá supiera qué hace Mann! —exclamó.
—Entonces debería estar allí, a la expectativa, y no importunándome a mí.
—Él no acepta hoy testigos que no se le hayan entregado incon-dicionalmente.
—Le echarán lo mismo las culpas del fracaso —afirmó Needham, entre cínico y afligido—. ¿Se han reunido todos en la cueva? ¿Ha bajado alguien más con el predicador?
—No, únicamente él, con su casco de minero y toda la fe a la que pueda dar cabida.
—E imagina que eso es suficiente, ¿no? Aún resultará que se cree Dios en persona —proclamó el anciano, manifestando un furioso desdén que Diana tomó por miedo mal disimulado.
Claro que, bien pensado, aquel temor bien podía ser una proyección del suyo propio, pues ¿cómo sabía ella que Mann estaba solo y qué llevaba puesto?
—Yo al menos supongo que nadie le acompaña —rectificó, recordando que ésa era la imagen que se había forjado al atravesar los marjales. El problema era que, cuanto más se esforzaba en conjurarla, mayor realismo adquiría—. Si se mete en dificultades, alguien irá raudo en su busca.
—Será completamente inútil, y no les entusiasmará el espectáculo que encuentren.
—¿Qué espectáculo?
El rostro del viejo pareció apergaminarse más todavía bajo sus pensamientos.
—Me figuro que no tardaremos en averiguarlo.
—Bien, no he venido más que para ponerle en antecedentes de lo que ocurre —mintió Diana. Needham había acrecentado su angustia en vez de mitigarla—. Debo volver ya.
—Sí, es conveniente que haya alguien en el foso capaz de ver lo que verdaderamente sucede.
La ventolera había amainado. Sobre los marjales se estaban condensando unos estratos de nubes progresivamente negras. El claroscuro suscitaba falaces temblores en las laderas verdeantes, el efecto de que sus lomas avanzaban en una traslación de la tierra. Las lejanas cimas montañosas habían empezado a difuminarse tras los nubarrones. Era media tarde, pero no había más luminosidad que en el crepúsculo. La joven caminó, sorteando las galerías, a paso ligero, para que no la sorprendiera la oscuridad.
El cielo se hundió con ella al pie de la vaguada. Tan negras eran ahora las nubes, que no detectó que se movieran; la masa de negrura se había detenido sobre su cabeza, colmando la bóveda celeste. Le dolían los ojos con el lívido resplandor de la hierba y el brezo. Las activas bocas de los hoyos devolvían a Godwin Mann, una vez más, sus pensamientos. Aunque reacia, no podía sustraerse a admirarle: si ella se sentía indefensa al aire libre, ¿cuánto peor no sería para él? Estaba solo con su luz bajo tierra de los páramos, una luz que escudriñaba las sombras a la caza de lo que quiera que hubiese en la hondura, y ¿qué sucedería cuando lo hallase? Diana hincó los dientes en sus nudillos, ya que veía el haz de la linterna deambular por el techo y ese techo no era de nubes, sino de roca.
Ojeó a la desesperada las ya casi indistintas vertientes. Debía ir a casa y tumbarse. El silencio y la tenebrosidad podían ser simples heraldos de tormenta, y la presunta luz fue, naturalmente, un relámpago. Tenía la boca reseca, notaba el cráneo blando y palpitante. Los montes se estremecían siempre que los miraba, como si las añejas peñas se despojaran de su vegetación, agrietaran el suelo para elevarse. Cualesquiera que fueran los sucesos en la concentración, habrían de desarrollarse sin ella. Sin embargo, en el instante en que se estaba felicitando por haber salvado los agujeros y regresado al camino, oyó un chillido que procedía de la cueva.
En su entorno, las nubes que se arremolinaban encima de las aserradas rocas tenían ya el color del carbón. Unas estelas brillantes como filos de cuchillo la sobresaltaron, pero se trataba únicamente del vuelo de unos pájaros, tres en total, sobre el foso. La quietud la aprisionó en una jaula de inmovilidad, hasta que volvió a oír voces.
—¿Está bien por ahí abajo? —gritó alguien. No era asunto de Diana, puesto que le habían dado órdenes expresas de no inmiscuirse; mas echó a correr hacia la cueva, patinando sus pies en la ceniza. Habría querido saber dónde se ocultaba el sol tras la tupida cubierta. Tan silenciosa estaba la cuenca, que pensó que se había suspendido la asamblea. Pero no, la oquedad seguía rodeada por la multitud, que se asomaba a aquella boca más oscurecida aún que el cielo. Un movimiento atrajo la mirada de la joven hacia la linde más próxima, donde diversos seguidores de Mann tiraban de una de las cuerdas. Izaban a alguien de las simas. Una aullido le desgarró el corazón. Uno de los ayudantes del evangelista estaba volcado sobre el foso, tan precariamente que Diana se horrorizó ante la ida de que resbalara inevitablemente y verle caer al fondo.
—¿Godwin, se encuentra bien? —fue lo que aulló.
El bronco carraspeo debió de ser Mann que se aclaraba la garganta, pues un segundo después oyeron su voz. En la cueva resonó como algo colosal.
—Nunca me encontré mejor. Al fin se hizo. Alabad a Dios tanto como os plazca.
Alguien entonó la canción «Jesús me ama», y todo el mundo la coreó. El negro cielo apagaba las notas, la cuenca pétrea las confinaba. Nadie hizo caso a Diana, que observó cómo los asistentes de Mann iban subiendo la cuerda, apilándola a su espalda como un ofidio enroscado. Estaba diciéndose la joven que no podía faltar mucho, cuando una inconcreta figura se ofreció a la vista en el borde de la oquedad.
Era Mann. Vestía una túnica y calzaba botas, pero no portaba ningún accesorio que ella pudiera ver: ni casco, ni mochila. ¿Cuánto rato había permanecido en el fondo a oscuras? La pechera de su atuendo estaba combada y fangosa; cualquiera que fuere su bordado había quedado irreconocible. El predicador giró la cabeza, supervisando a la congregación mientras el himno daba paso a vítores y ensordecedores aplausos, y Diana advirtió que tenía los ojos entornados. Tal vez hasta la penumbra los cegaba tras haberlos sometido a las más absolutas tinieblas. Empezó a sonreír —la joven divisó los destellos de sus dientes— al moverle sus acólitos hacia tierra firme, y súbitamente la cuerda se partió.
La muchedumbre emitió un unánime alarido. Las personas más cercanas a la cueva se abalanzaron tras el evangelista, y a Diana le aterró pensar que algunos se precipitarían en el agujero. No fue así: retrocedieron a lugar seguro al constatar que Mann aferraba la orilla y trepaba con la agilidad de un lagarto los últimos centímetros de roca, saliendo del foso. Tal vez se había magullado el pecho porque se lo apretó mientras se apartaba del pozo, desviando la mirada hacia al sector de la plebe donde se hallaban Andrew y sus padres. Diana razonó que era la negrura imperante lo que le daba a su sonrisa un cariz tan abominable. Los asistentes enmudecieron, anhelantes por si se había herido. Reanudaron sus ovaciones tan pronto como dijo:
—Nadie se inquiete por mí. He regresado.

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