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miércoles, 28 de julio de 2010

EL PARAISO PERDIDO -- JOHN MILTON -- LIBRO SEPTIMO

EL PARAISO PERDIDO
JOHN MILTON

--



LIBRO SÉPTIMO
SUMARIO
RAFAEL explica a Adán cómo y para qué, se ha criado el mundo.
Le dice como Dios, después de haber echado del Cielo a Satanás y a
sus Ángeles, declaró el designio que tenía de producir otro mundo, y
otras criaturas para habitarlo. Refiere que Dios envió a su hijo para
hacer la obra de los seis días, y como los Espíritus celestes celebraron
su creación, y acompañaron el triunfo del Hijo de Dios al volver al
Cielo.
¡Baja, inmortal Urania, benigna
Del alto Cielo! ¡Inspira a mi sonora
Lira una melodía de ti digna!
Llega apenas tu voz a mis oídos,
Cuando un sublime rapto mis sentidos
Enajena: me arrojo adonde hasta ahora
El famoso caballo del Parnaso
Jamás osó elevar su noble vuelo.
Y si tu me proteges, ¿qué recelo
Puedo tener de un mísero fracaso?
¿Eres tú, sacra Musa, por ventura
Un nombre vano, fabulosa hechura
De la imaginación, como lo fueron
Aquellas nueve hermanas que tuvieron
Su templo de Helicón en la pendiente
Cumbre, y bebiendo en la Castalia fuente
Con dulces sueños nos entretuvieron?
¡No, hija ilustre del Cielo, no naciste
En poéticas selvas sus variados
Delirios y ficciones precediste.
Antes que ellos naciesen, ¡cuánto hacía
Que tú, a tu hermana la sabiduría,
Con tus acentos tiernos y sagrados,
Dulcemente hechizabas,
Y aun al Eterno mismo deleitabas!
¡Vuelve, pues, hacia mí! ¡Si con osado
Vuelo, subir me hiciste al elevado
Empíreo, aunque mortal, y recrearme
Con su éter claro, ayuda ahora a bajarme
Desde aquellas alturas celestiales
A mis remotos campos paternales!
¡Tú en todos los peligros me serviste
De guía y de broquel, y me trajiste
Salvo hasta aquí, después de haber bebido
Del Cielo que he corrido
El sacro fuego en su primer origen!
Mis vuelos al presente se dirigen,
Yo ya a aquellas regiones apartadas,
De los pies de los hombres nunca holladas,
Sino a esfera más baja y más segura
De transitar que aquella enorme altura;
A esta tierra a que el sol en su carrera
Diaria da una corta vuelta entera;
Mas, a su estrecho círculo ceñido,
No por eso será menos ardiente
Mi canto, ni de menos armonía,
Antes entre las sombras escondido,
Mucho más tierno mi melancolía
Lo hará en un tiempo en que mí patria gente
A la fiera discordia está entregada.
¡Siglo de disensiones y sangrientos
Combates! ¡Quizá yo con mis lamentos
Dulces suspenderé tu arrebatada
Furia algún breve rato, o cuando menos,
Conseguiré dar tregua a la tristeza
De mi cruel ceguera, los fatales
Gritos adormecer de mis rivales,
Y mi asilo librar de los venenos
Que en él verter intenta su fiereza!
Mi asilo solitario. en que privado
De la luz grata vivo... Mas ¿qué he hablado?
¡Solitario!... ¿No me haces compañía,
Divina Urania, Tú mí inteligencia
Inspiras con tu plácida presencia,
Sea cuando la noche al mundo arrulla
Sea cuando su luz derrama el día
Y al silencio sucede ya la bulla
En el despierto mundo: ¡tu asistencia
Imploro! Anima con tu noble encanto
El débil tono de mi helado canto.
A mi humilde retiro
Trae los pocos amigos que aún el giro
De los años voraz y los diversos
Azares de mi vida me han dejado,
Y que siempre con gusto oyen mis versos
Pues todo lo demás me ha abandonado,
Sé todo el mundo para mí piadosa;
Pero lejos de mí la bulliciosa
Alegría, los juegos insultantes
Y la embriaguez torpe y turbulenta
De las modernas turbas de Bacantes.
Las del antiguo tiempo, con sangrienta
Rabia, del triste Orico sofocaron
En los Rifeos montes los acentos;
De aquella dulce voz, a que pararon
Silenciosos los vientos,
Que los raudos torrentes escucharon
Y atrajeron las fieras y las breñas.
Su último canto enterneció las peñas,
Al paso que Calíope, gimiendo,
Salvar no pudo a su hijo del horrendo
Furor de aquella tropa delirante.
Mas tú que no eres un fingido sueño
Como ella, oh Musa, baja en este instante
Del alto Cielo: acude prontamente
A sostenerme en este nuevo empeño:
¡Dime lo acaecido en el siguiente
Tiempo, después que aquel Ángel afable,
Rafael, al primer padre provino
Del pecado, y castigo irrevocable
De Satanás, y de que igual destino
Terrible al mismo Adán le amenazaba,
Si en medio de las frutas excelentes,
Tan exquisitas como diferentes,
Que hervían en aquel jardín precioso,
La del árbol fatal probar osaba;
Y no sólo a él, sino es al numeroso
Pueblo de sus futuros descendientes,
Al que en su culpa y pena envolverla!
Sentado al lado de Eva, Adán oía
La interesante historia,
Que exacta se grababa en su memoria,
Y con el pensamiento recorría
Todos aquellos hechos milagrosos,
Los reveses terribles sucedidos,
Del Cielo los secretos misteriosos,
Y concebir al cabo no podía
De qué modo en el Cielo, en la morada
De la paz, la discordia, los reñidos
Debates, y el mortal y negro encono,
Hasta el pie mismo del Eterno trono
Habían conseguido abrirse entrada;
Pero el castigo de los fementidos
Ángeles, repentino y espantoso,
Y sus ligas y guerras concluidas,
Cómo al Cielo, así a su alma perturbada
Volvieron la alegría y el reposo:
Con todo, las noticias adquiridas
No le bastaban: más y más ansioso
De sabor, especialmente quería
Averiguar el modo con que habla
Sido criado el orbe, con qué intento,
Su época, la del vasto firmamento;
Cuánto su vida había precedido
En el Edén y en todo el extendido
Universo, y al fin, todo cuanto era
Conexo con su suerte venidera.
Cuanto más oye, tanto más anhelo
Tiene de oír. Así en el verde suelo,
por donde culebrea un cristalino
Arroyuelo, rendido del camino
El viajero, y de sed acongojado,
Sobre sus puras aguas inclinado,
Después que a medias aplacó su ardiente
Aridez, encantado considera
Los dulces juegos con que su corriente
Por las guijas resbala con gracioso
Murmullo, y de sus ondas codicioso,
Cuanto más bebe, más beber quisiera;
Tal a Adán la encendida sed aflige
De saber, y al Arcángel se dirige,
Así diciendo, en tono agradecido
y respetuoso: «¡Cuán sublime y nuevo
»Es lo que tu hasta aquí me has referido?
»Tal es el gusto que en oírte pruebo,
»La admiración, que estoy enajenado.
»¿Qué fuera, pues, si, el velo levantases
»A tanto alto secreto sepultado
»En tu celeste pecho, que aun ignoro,
»Y todas mis tinieblas disipases?
»Para este objeto, tu bondad imploro,
»Oh de mi, Eterno Dios fiel mensajero,
»Que has venido a advertirnos del odioso
»Lazo de ese enemigo artificioso.
»Cuando Dios nos dio el ser, su verdadero
»Único fin sin duda no habrá sido
»Otro, que el de que fieles le adoremos,
»Y como a proporción que claramente
»Le conozcamos crecerá el ardiente
»Amor nuestro, y mayor será el rendido
»Culto que a su grandeza tributemos,
»No extrañes que desee conocerle,
»Y los bienes que de Él he recibido
»Saber, para poder agradecido
»Cada día más fiel corresponderle.
»Ya, pues, que con tan gran benevolencia
»En nosotros y en nuestra descendencia
»No te desdeñas de prestarte grato,
»Atiende a nuestros votos respetuosos.
»Habla, acaba, descubre á, los terrenos
»Sentidos nuestros esos prodigiosos
»Misterios que no menos
»Que a vosotros, tal vez a los humanos
»Importan: dime, ¿qué arte ha construido
»Esa bóveda arqueada del lucido
»Inmenso firmamento?
»¿Qué fuegos esos son que, tan lejanos
»De nosotros, circulan apacibles,
»De los cuales los hay casi invisibles
»A nuestros ojos, y quizá sin cuento;
»Otros que, no brillando aun en la oscura
»Noche, son a su alcance imperceptibles?
»Explícame, ¿cómo es que una aura pura
»Por todo el vasto espacio derramada
»Y a los Cielos y esferas abrazada,
»Circundando, a pesar de su blandura.
»Los sostiene en su asiento y asegura?
»¿Por qué el Señor, dejando su reposo
»Eterno, hizo salir del tenebroso,
»Caos tan tarde el orbe? Dime el punto,
»En fin, en que dio el ser a este conjunto
»De maravillas, si es que Dios consiente
»Que llegue a nuestros débiles oídos
»¡La relación de asuntos tan subidos.
»No pretendo sondear con imprudente
»Anhelo sus decretos reservados.
»Y augustos, sino sólo que me instruyas
»De algunas admirables obras suyas,
»Y de aquellos secretos ignorados,
»Que me puedas decir; sin otro objeto
»Que el de rendirle culto más perfecto.
»Aun queda largo rato,
»Antes que el Sol remate su carrera.
»En el Ocaso, y aunque ya estuviera
»Para apagar su luz, a tu mandato
»En los aires su carro pararía,
»Y atento referir te escucharía
»Cómo él mismo, saliendo de repente
»De las tinieblas, se quedó admirado,
»De ver su resplandor y hallarse al frente,
»Del reciente universo colocado;
»Y aun cuando por oírte apresurara
»La Noche su carrera, y se asomara,
»Curiosa con su corte refulgente,
»La luna a los balcones del Oriente,
»El silencio y el sueño velarían,
»Y hechizados te oirían
»Contar cómo del fondo de la nada
»Fue producida la naturaleza;
»De sus términos cuál es la grandeza.
»Y el tiempo y fin con que ha sido criada
»La aurora llegará, y embebecidos.
»De tu boca pendientes estaremos:
»Concluirás, y engañados aun creeremos,
»Oír de tu voz los plácidos sonidos. »
Así al celeste huésped suplicaba
Adán, y aquél diciendo contestaba:
»Gustoso a tu modesto ruego cedo
»Mas ¿cómo de las obras portentosas
»Del Rey del Cielo darte una luz puedo?
»Su gloria al hombre oprime,
»Y aun la lengua seráfica sublime,
»Por más que de expresiones majestuosos
»Use, de ella, no da cabal idea:
»Con todo, te diré lo que me sea
»Permitido y a ti pueda servirte
»De utilidad: misterios prodigiosos
»Que su bondad se digna descubrirte,
»Para ti y tu linaje provechosos.
»De su gloria eternal en las brillantes
»Sombras ocultos duermen los restantes.
»Allí, depositada la futura
»Serie de los sucesos, invisible
»Hasta su tiempo a toda criatura,
»Sólo para sus ojos es visible.
»Intento vano fuera y temerario
»El de sondear aquel celeste abismo.
»Para nada tampoco es necesario,
»Pues que sin riesgo alguno, el fruto mismo
»Te ofrece el vasto cuadro que patento
»La tierra está a tus ojos ostentando
»Al paso que juicioso examinando
»Vayas sus maravillas, más ardiente
»Será tu amor a su Hacedor divino.
»Es preciso que el alma se alimente
»Como el cuerpo, no obstante que es diverso
»El sustento, según es el destino
»Vario que tienen en el universo:
»Mas con todo, igualmente moderado
»Debe ser para entrambos, arreglado
»Por la razón; pues si es beneficioso
»Su uso, es siempre su abuso peligroso.
»Oye ahora: después que aquel impuro
»Arcángel (Lucifer era nombrado
»Cuando en el Cielo, refulgente y puro
»Entre todos los Ángeles brillaba,
»Y como el sol, el resplandor oscuro
»De los astros sus luces eclipsaba);
»Después que Satanás (así nombrarle
»Debo ahora) hubo arrastrado en su caída
»A la rebelde turba seducida
»Que se atrevió en su culpa a acompañarle,
»Que quedó en el Infierno sepultado,
»Y el Hijo del Eterno remontado
»En triunfo al Cielo, de laurel ceñido,
»Con inmortales himnos recibido,
»El asiento glorioso hubo ocupado;
»Al ver llegar su Padre sus guerreras
»Tropas en orden, bajo sus banderas.
»Vuelto a él, le dice:» «Ya el justo castigo
Se ha impuesto a ese enemigo:
Se lisonjeó que con su hueste impía
La montaña del sacro testamento,
Donde está de mis rayos el asiento,
Y mi cetro y corona usurparía.
El suceso ha salido muy distinto
De lo que se jactaba su osadía:
El Cielo vomitó de su recinto
Los rebeldes, y nunca a su dichosa
Morada volverán. Más numerosa
Es aún la muchedumbre de leales
Servidores que parte no han tenido
En sus tramas fatales,
Y celosos en todas ocasiones
A nuestras leyes han obedecido.»
Tenemos pues, vasallos a millares,
Que nos respeten, y en nuestros altares
Nos inciensen y den adoraciones;
Con todo, el enemigo, que de cierto
Los que perdimos sabe, estará ufano
De que ha dejado este lugar desierto.
Quiero privar aun de este timbre vano
A ese pueblo perverso:
Criaré de una vez otro universo,
Que poblará de innumerables gentes,
Todas de un solo padre descendientes;
Gozosas vivirán en aquel suelo,
Y su fe y su obediencia a mi sagrada
Ley, con el tiempo la feliz entrada
Les abrirá del Cielo.
»Así la tierra con indisolubles
Lazos se unirá al Cielo, y los volubles
Tiempos del mismo modo a la inmovible
Eternidad. Yo el Padre y Soberano
Seré de todos, y mis principales
Vasallos seréis siempre, oh mis leales
Ángeles, que dejando esta apacible
Mansión, con tal valor al inhumano
Enemigo en el campo combatisteis.
El Cielo es vuestro: bien lo merecisteis.
Tú, Hijo mío, mi verbo, mi traslado,
Quiero que el nuevo plan ejecutado
Sea por ti: ¡ve, pues! ¡Que a tu imperante
Voz sola a la luz salga en el instante!
Para esto te he infundido mi Divino
Poder: toma hacia el Caos tu camino
Pon fin a su incesante antigua guerra:
De una palabra, el Cielo de la tierra
Separa. Hasta ahora, nada limitaba
Del vacío el abismo incalculable,
Y mi inmensidad sola lo llenaba.
Yo soy: nadie es sin mí: solo, dispongo
De todo: hago: destruyo: quito y pongo:
Sujeto el azar mismo a orden estable:
Contengo lo posible, y no hay otro hado,
Que aquello que yo tengo decretado.»
»Habla el Padre, y el Hijo presuroso
»Ejecuta. El reflejo luminoso
»Del relámpago, el rápida torrente,
»La ligereza del airado viento,
»De los veloces tiempos la corriente,
»Y aun en su esencia, el mismo movimiento,
»Son nada, con la fuerza y la presteza
»De su palabra: manda, y ya está hecho.
»¿Pero cómo es posible que tu estrecho
»Alcance entender pueda la grandeza
»De aquellas obras tan maravillosas?
»Apenas el decreto se había oído
»Del Cielo en las moradas venturosas,
»Cuando todo él, de este himno repetido
»Resonó: «Gloria a Dios en las alturas,
Y paz inalterable a las futuras
Generaciones del linaje humano.
Gloria a nuestro Monarca soberano,
Cuya ira poderosa, a los injustos
Rebeldes arrojó de su presencia,
De la mansión eterna de los justos
Y abatió su sacrílega insolencia.
Gloria al Señor, cuya sabiduría
Benigna saca bienes de los males,
Y que en lugar de aquella turba impía,
Va a criar otros seres racionales
Que merezcan las sillas que ha perdido.
Gloria al fecundo Dios, que en sus oscuras
Cunas prepara para las futuras
Edades otros mundos a millones,
Que acrecienten sin fin el escogido
Pueblo que le tributa adoraciones.
»Entre tanto que el Cielo así cantaba,
»La obra maravillosa comenzaba:
»Dios viene armado de su Omnipotencia
»La majestad en su Divina frente
»Brilla, unida a la calma inalterable,
»De la sabiduría inseparable:
»Del amor puro la benevolencia,
»En él luce también, dulce y ardiente.
»El Padre celestial se ve admirado,
»Todo entero en sus ojos retratado.
»Alrededor del Hijo, presurosos
»Espíritus sin número volaban,
»Arcángeles, Virtudes, Querubines,
»Tronos y Serafines;
»Todos halados: miles de fogosos
»Carros, también con alas, lo escoltaban,
»Que entre montes de bronce, reservados
»Para tales funciones, se guardaban:
»Tren celestial, cuya magnificencia
»No hallaba, en cuanto existe, competencia.
»De un interior espíritu animados,
»Ellos por si, la augusta seña viendo,
»Vuelan sobre sus ejes abrasados,
»Al triunfal carro del Señor siguiendo.
»A la marcha pomposa,
»Abre el Cielo sus puertas, que volviendo
»Sobre sus goznes de oro,
»Producen una música armoniosa,
»Digna de oírse en el celeste coro.
»Sale el Señor con toda su brillante
»Comitiva por ellas, y constante,
»Todos sus pasos sigue apresurada
»La Gloria. Ya el espíritu Divino,
»Para sacar el orbe de la nada,
»Ha preparado el próspero camino:
»A los fines del Cielo al fin llegado,
»Para el carro. A su vista, el dilatado
»Caos está sin fondo:
»Desde allí, de una ojeada a lo más hondo
»Penetra, en tanto que su comitiva,
»Fija en la altura, ve con la más viva.
»Admiración aquella sima fiera,
»Océano espantable sin ribera,
»En tinieblas sumido,
»De perpetuas tormentas conmovido,
»Y cuyas olas, sin cesar bramando,
»Como horribles montañas elevadas,
»A los muros del Cielo encaramadas,
»Los están sediciosas asaltando.
«¡Silencio, olas furiosas! ¡Parad, viento!
»Les dice la palabra Omnipotente:
»Ya está todo callado y obediente:
»El abismo detiene aún sus alientos.
»Sobre las alas de los Serafines
»Sentado entonces, rápido desciende
»De su extensión a recorrer los fines,
»Y el Caos diligente y respetuoso
»Le abre al punto su seno tenebroso.
»Su séquito con él las sombras hiende,
»Deseoso de ver dar la existencia
»Al orbe y de admirar la Omnipotencia
»De su Dios en aquella obra pasmosa.
»Para la marcha, y en la poderosa
»Mano toma el compás, que se conserva
»En el tesoro eterno, y se reserva
»Sólo para medir, en ocasiones
»Iguales, del espacio las regiones
»Una punta de aquel compás brillante
»De oro, en el punto céntrico asegura,
»Y el otro inmenso brazo, en el distante
»Vacío circulando, la figura
»Del nuevo mundo en sus tinieblas graba.
»Apenas de trazar su vuelta acaba:
»Existe, ¡oh mundo, dice, limitados
Al círculo que yo te he señalado!
¡Sus términos ocupa exactamente,
Sin pasar de ellos! » «Instantáneamente,
»A su voz nace todo este visible
»Universo, los Cielos y la tierra
»Materiales, y todo cuanto encierra
»Su ámbito; pero todo en una horrible
»Mezcla confuso; sólo era una enorme
»Masa indigesta, informe,
»Que con lóbregas olas enlutaba
»Un tenebroso mar, en que fluctuaba.
»Mas ya el Divino espíritu, tendidas
»Sus criadoras alas encendidas
En su seno la vida, y fecundando
»El Caos. Brota la naturaleza:
»En orden, poco a poco su belleza
»Asoma: se segrega todo impuro
»Germen, todo mortífero, indigesto,
»Principio, y va a parar al fondo oscuro
»Del abismo: colocase en su puesto.
»Cada cosa: atraídos mutuamente,
»El ser se junta al ser, la simpatía
»Los une, al paso que con excelente
»Orden los hace huir la antipatía
»Uno de otro, en el todo resultando
»Que sus partes se vayan arreglando.
»Vuela el fuego: ligero sube el viento:
»Y el orbe de la tierra más pesado,
»Cual si fuera en un sólido cimiento,
»En su azul extensión queda fijado.
»Dijo el Eterno entonces a la nada:
»¡Haya luz!» y la luz quedó criada.
»¡Tu, oh luz, del éter puro quinta esencia!
»¡Tú, la hija primogénita preciosa
»De toda la existencia!
»¡Tú, de que es Dios la sacra única fuente,
»¡Que de rayos ceñida
»Con tu presencia hermosa,
»Al universo, aun muerto, dando vida,
»Al punto de las puertas del Oriente,
»Tú gozosa carrera comenzaste,
»Seguida, hasta que al Sol, que todavía
»En la nada yacía,
»Con tus dorados brillos adornaste!
»Dios te vio, te aplaudió, y de la enlutada,
»Sombra mandó que fueses separada.
»A aquélla nombró Noche, y a ti Día.
»¡Tú, con gratos fulgores,
»Y la Noche con fúnebres vapores,
»Cumplíais ambos vuestro ministerio,
»Uno y otro hemisferio
»Con periódico turno visitando
»Así del Día nuevo las primicias
»Brillaron, y aun el Cielo sus delicias
»A la tierra envidió, mientras gozosos
»Los Ángeles, sus himnos entonando
»Triunfales y armoniosos
»En honra del Criador, cuya sencilla
»Voz brotar hizo tanta maravilla,
»La niñez de los siglos admiraban,
»Y el joven Universo ponderaban.
»Dijo entretanto el Hacedor divino,
«¡Sepárense del húmedo elemento
Las ondas, unas de otras! ¡Su camino
Eleve parte de ellas a la altura
Del aire, y salga a luz un firmamento
Que de las inferiores las divida!»
»De una bóveda vasta en la figura,
»El firmamento de éter transparente
»Cerca toda la tierra de repente,
»Y en dos mares el agua repartida,
»Sobre él, ligero el uno se sostiene,
»Y a manera de azul líquido velo,
»Sirve para templar la luz del Cielo,
»Como el otro en la tierra se mantiene
»A leyes inmutables los sujeta
»Dios, y a un tiempo completa
»Con ellos la firmeza del reciente
»Edificio del mundo. Al tempestuoso
»Abismo, que aunque entonces en reposo
»Por su orden especial, en adelante,
»Vuelto a su alteración, naturalmente
»Podía ser vecino peligroso,
»Lo trasladó del mundo muy distante.
»Al Cielo dio de Firmamento el nombre,
»Y en coro el día y noche, que del hombre,
»Las futuras edades comenzaron,
»Su segundo periodo cantaron.
»El orbe de la tierra hecho ya estaba,
»Mas, cual débil embrión, aun vegetaba
»De las entrañas, escondido,
»Por ondas prolíficas nutrido,
»Cuando dijo el Criador con imperiosa
»Voz: -«¡Reuníos, ondas! ¡Id corriendo
A la madre espaciosa
Preparada, y descúbrase la tierra!»
»El mar en el instante huye, y se encierra
»En su profunda madre, descubriendo
»Sus calvas frentes los excelsos montes:
»Rodeados de vapores nebulosos,
»A los celajes suben orgullosos,
»Dominando los claros horizontes:,
»Al paso que ellos hacia el Cielo ascienden,
»Los huecos valles rápidos descienden
»A lo profundo, madres dilatadas
»Procurando a las aguas, que encantadas
»De hallar aquel abrigo, a reunirse
»Corren en él: al pronto, débilmente,
»Como las gruesas gotas que en la ardiente
»Canícula derrama algún nublado,
»Y en el polvo no tardan en sumirse,
»Pero dentro de poco, reforzado
»Su número, a la voz del poderoso
»Hacedor, a su puesto señalado
»Cada cual rueda, hasta que al fin unidas,
»En grande cantidad, formando erguidas
»Y líquidas montañas, con furioso
»Ímpetu caminando apresuradas,
»Unas a otras se siguen ordenadas
»¡Como aquellos celestes escuadrones
»De que hice la pintura, refiriendo
»De la angélica guerra las acciones,
»Que al son de la trompeta, en apretadas
»Hileras uno al otro iban siguiendo.
»Así en fila, en arroyos o en torrentes,
»Con murmullo incesante o con estruendo,
»Las cristalinas huestes diligentes
»Vienen, unas tras de otras, caminando,
»Las ondas a las ondas empujando.
»Otras fuentes también precipitadas
»Caen de un alto risco a una profunda
»Sima con ruido horrible;
»Su onda en el hueco rebosando, inunda
»Los contornos; llanuras dilatadas
»Por un canal que se abre, en apacible
»Arroyuelo trocada, culebreando
»Recorre, enriquecerse procurando
»Con otros arroyuelos que un destino
»Igual hace le salgan al camino.
»En vano las montañas y los duros
»Riscos se oponen a que sus corrientes
»Se incorporen; el uno, en sus oscuros
»Cimientos introduce sus hirvientes
»Ondas, y con empeño tal los mina,
»Que al cabo de algún tiempo los arruina
»El otro, más soberbio y caudaloso,
»Amontona sus aguas de manera,
»Que embistiendo con ímpetu furioso
»Rompe o derriba todo, y su carrera
»Sigue, sin encontrar ya resistencia
»Forma de estos arroyos la afluencia
»Ríos que en vastas madres, con pomposa
»Marcha, conducen por la polvorosa
»Tierra sus aguas, y que acrecentando
»Su caudal sin cesar, con abundantes
»Fuentes o arroyos, que se les agregan,
»Por ignorados reinos transitando,
»De su nativo suelo al fin distantes,
»A sumergirse en el abismo llegan
»A las agua del globo destinado,
»Que mar por el Eterno fue nombrado.
»Continuó Dios diciendo: -«¡Verde hierba,
Cubre la tierra! ¡Alegres praderas,
Frutales abundantes y sombrías
Selvas, brotad! ¡Que tenga de reserva,
Cada árbol, cada planta, su simiente
En si misma!» »A esta voz, la dilatada
»Superficie del globo, anteriormente,
»Infecunda, desierta, despojada
»De adornos, se presenta de repente
»De nueva y rica gala revestida.
»La verde hierba cubre la extendida
»Llanura, el hondo valle, el empinado
»Monte: en el vasto campo perfumado.
»El arbusto hace alarde del pomposo
»Recién nacido lujo, desplegando,
»Sus hojas y sus flores,
»Y con primor, hermana sus colores:
»La hiedra aprieta al álamo frondoso
»Con millares de brazos: arrastrando
»Por el suelo la parra, va buscando
»Igual apoyo; cuando en él tropieza
»Con sus corvos zarcillos agarrada,
»Hasta la espesa copa se endereza,
»Y entre las verdes hojas, sus pendientes
»Y morados racimos, orgullosa
»A los ojos ostenta: la dorada
»Espiga sus inmensos batallones,
»Erizados de picas relucientes,
»Ordena presurosa:
»Se arman, por otra parte, la enredada,
»Zarza y el duro espino de aguijones,
»Al paso que los árboles gigantes
»Las faldas de los montes arrogantes,
»Dominan, encumbrados en la altura,
»Esparcen con su sombra la frescura.
»Más humildes los árboles frutales,
»Bañados por los húmedos cristales
»De un arroyuelo, pueblan la llanura,
»Y ciñen de los ríos las undosas
»Riberas, ofreciendo liberales
»Al alcance del hombre sus sabrosas
»Frutas. Así la tierra, de los Cielos
»Hecha la imagen, ocasiona celos
»A su belleza, y es vuestra morada
»Digna de ser con ellos comparada:
»Mas las nubes no habían aun llovido,
»Ni la tierra, aun inculta, conocía
»La labor; el rocío las suplía,
»Con fecunda humedad, del encendido
»Suelo las venas áridas templando,
»Las hierbas, cual las plantas, refrescando,
»Y las semillas tiernas encerradas
»En él, por mano del Señor criadas,
»Que el tercer día entonces terminando
»Vio, y aprobó las obras que hecho había.
»El cuarto no fue menos prodigioso:
«¡Existid, dijo, turba innumerable
De astros! ¡Diferenciad, con inmutable
Período alternado, el claro día
De la, noche! ¡El calor beneficioso
Derramad sobre el mundo, y de señales
Para medir los tiempos y los años,
Servid perpetuamente a los mortales!»
»Varios en brillos como en los tamaños
»Y en las distancias, nacen al momento,
»Y pueblan el desierto firmamento.
»Dos de ellos, para el globo más brillantes,
»Y grandes por estar menos distantes,
»Abren, del veloz tiempo la carrera,
»De la Corte magnífica escoltados
»De todos los restantes, que ordenados
»Los siguen por el éter. Cada esfera
»De aquellas tiene su distinto nombre,
»Que sólo sabe Dios; mas para el hombre
»Impuso en general a todas ellas
»El mismo nombre que les dais de Estrellas.
»La Noche se admiró al ver su enlutado
»Velo de tantas luces salpicado,
»Que por turno sobre él resplandecían,
»O en sus fúnebres pliegues se escondían,
»A su dominio términos poniendo,
»Y también los del día reduciendo.
»Dios las vio, y mereció su complacencia
»De aquel adorno la magnificencia.
»¿Y qué obra material hay más hermosa,
»Entre las que su mano poderosa
»Hizo, que el Sol? Este astro, que radiante
»Eclipsa con su viva eterna lumbre
»Toda la incalculable muchedumbre
»De esferas inflamadas,
»Por mano del Señor en el distante
»Inmenso campo de la luz sembradas
»Como polvo menudo,
»Al principio fue un globo tenebroso,
»Enorme en el tamaño, y esponjoso,
»Mas, del Oriente apenas la luz pudo
»Romper las puertas, e inundar el orbe.
»Cuando la mayor parte de ella absorbe
»Por sus poros el astro, y penetrada
»Su enorme masa, queda transformada
»En un globo de fuego refulgente,
»En el cual la luz toda recogida
»Al fin tiene su silla establecida:
»Es su templo sagrado, su eminente
»Soberbio alcázar, su perenne fuente
»Apresurados, con sus urnas de oro,
»Sus vasallos brillantes, a ella corren
»A llenarlas del líquido tesoro
»De sus lucientes fuegos. Aun aquellos
»Globos que inmensas órbitas recorren
»De él tan remotos, que un punto invisible
»Parecen en el Cielo, los destellos
»De sus vivos fulgores a porfía
»Se reparten, no obstante su indecible
»Distancia, y cada cual nutre su esfera.
ȃl, soberbio, impaciente, la barrera
»Rompió el primero del alegre día,
»Y de su ardiente trono de topacio
»Por la extensión inmensa del espacio
»Del Cielo, hasta los fines apartados,
»Arrojó de su disco fulminante
»Mares de resplandores abrasados.
»Las Pléyadas abrían su triunfante
»Marcha, y la blanca Aurora desplegaba
»De sus plateados velos la hermosura.
»Ver a la parte opuesta se dejaba,
»Vivo espejo del Sol, la Luna llena,
»Resplandeciendo con la luz ajena
»De aquel astro, y aprisa tras la oscura
»Noche al otro hemisferio se ausentaba.
»Á, su carro de nácar majestuoso
»Seguía un pueblo de Astros numeroso.
»Con ella la Quietud y el Sueño huían
»Del Bullicio y Afán, que al matutino
»Albor apresurados acudían.
»Mas, cuando terminado su camino,
»Con sus últimos rayos el Sol dora
»El Poniente, la plácida lumbrera
»Con la Noche de nuevo sale fuera,
»Y tras de ésta la turba encantadora
»De Estrellas, que brillantes
»Llenan su oscuro seno de diamantes,
»Al paso que, su sombra protectora
»Aprovechando, al mundo silencioso
»Vuelven de nuevo el Sueño y el Reposo
»Así entonces la Tarde y la Mañana,
»Con nuevas galas cada cual ufana,
»Su belleza hechizadas admiraron,
»Y la cuarta jornada terminaron
»Mas, de Dios la palabra el mar profundo
»Hace ya con sus órdenes fecundo:
«¡Poblad, peces, el húmedo elemento!
¡Naced de él, aves, y habitad el viento!
¡Vivid, reptiles! dijo.» Las pintadas
»Aves cortan ya el aire, y las pesadas
»Ballenas bogan por las espumosas
»Ondas, entre bandadas numerosas
»De peces de mil géneros distintos,
»Que brotan de sus hondos laberintos.
»Dios los ve, los aprueba y los bendice:
»¡Creced, multiplicad, ¡oh peces! dice:
¡Los reptiles, las aves igualmente
Crezcan, y multipliquen en la tierra!»
»Para este fin tenía preparados
»En el vasto recinto que el mar cierras
»A más del alimento competente,
»Golfos, islas, estrechos y bahías,
»Y otros puestos, los más proporcionados,
»A fin de que del mar los moradores,
»Sus infinitas crías
»Hacer pudiesen sin que los furores
»De todas las tormentas lo estorbasen.
»Y así sin fin su especie perpetuasen.
»Apenas, con efecto, la extendida
»Capacidad del mar contener puede
»La multitud que habita desmedida
»De pueblos escamosos en su seno,
»Variados con los más bellos colores,
»Que a la que hay en el aire y tierra excede
»Por todas partes se presenta lleno
»De diestros o incansables nadadores.
»Unos, hábiles buzos, zambullidos
»Pasean sus arenas esparcidos;
»Otros, formando huestes numerosas,
»Giran sobre sus ondas populosas,
»Surcándolas con rumbos diferentes:
»Estos, pacen ansiosos las recientes
»Marinas plantas; otros, con joviales
»Retozos, entre selvas de corales
»Corren, o bien del sol al encendido
»Rayo, avivan su hermoso colorido:
»Aquellos, adornados de brillantes
»Perlas, la agua del mar en sus flotantes
»Conchas beben: alguno, su pequeña
»Góndola; cual piloto diestro, guía
»Bajo el abrigo de una enorme pena:
»Otros, juntos formando una viviente
»Cadena, con paciencia noche y día
»Aguardan que a su alcance, la encrespada
»Ola traiga la presa, deseada:
»Allá se ven saltar ligeramente
»En tropas los delfines, encovados
»De los líquidos montes en las cumbres.
»Las vagabundas focas sus costumbres.
»A pesar de su lerda corpulencia.
»Imitan con retozos continuados
»Y alegres brincos, sobre la eminencia
»De las ondas, y más cuando se aumenta
»Su hervor con una próxima tormenta.
»El Rey del mar, el animal gigante,
»La Ballena, entre todos dominante
»Por su grandeza, el Leviatán horrendo,
»Ya en las olas de espaldas extendiendo
»Su longitud, parece un elevado
»Promontorio de lejos; ya una inmensa
»Aleta desplegando a cada lado,
»Que es una isla flotante se diría.
»Tiene por boca un antro, cuya densa
»Profundidad no deja entrar el día
»Aunque la tenga abierta, totalmente,
»Y al paso que ella sorbe la onda amarga.
»Cada ventana, en saltadora fuente
»Convertida, hacia el Cielo la descarga.
»Las lagunas, las aguas pantanosas
»Tienen también familias bulliciosas
»Que las habiten y que con viviente
»Aliento las animen. Sus riberas
»Hormiguean de pueblos de ligeras
»Avecillas que, rotas ya las duras
»Cáscaras de los huevos en que estaban
»Mientras sus tiernas madres empollaban,
»Han logrado salir de sus oscuras
»Cárceles; al principio despojados
»De plumas, y aun endebles, en sus nidos
»Los pajarillos, para el alimento
»Al paternal cariño están fiados
»Mas, de brillantes alas revestidos,
»Dentro de poco cortarán el viento
»A bandadas su patria abandonando,
»Y el sol, cual vastas nubes enlutando.
»De tales suciedades desdeñosa,
»Sobre alguna alta y solitaria peña
»Anida siempre la Águila orgullosa,
»Y de un aislado cedro la alta mole
»Ofrece a la pacífica Cigüeña
»Cómoda habitación para su prole.
»Hay también otras aves que las olas
»Del éter acostumbran surcar solas;
»Pero las hay que al barruntar la fría
»Estación del invierno, en compañía
»Numerosa reunidas anualmente,
»Formadas en triángulo volando,
»Del aire cortan las regiones vanas
»En busca de otra tierra más caliente;
»Dividiendo el cansancio, mutuamente
»Se ayudan las etéreas caravanas,
»Vastos mares y montes transitando
»Hasta llegar al término del viaje.
»Así en negras escuadras, asombrando
»El cielo a su pasaje,
»Más allá de las nubes, las ligeras
»Grullas volando van a otras riberas
»Remotas a apearse con estruendo,
»Mientras que los frondosos bosquecillos
»De un pueblo innumerable están hirviendo
»De inquietos y graciosos pajarillos
»Que de una en otra rama en incesante
»Movimiento con cantos diferentes
»Y alegres interrumpen su constante
»Silencio, los colores relucientes
»De sus hermosas plumas ostentando,
»Y el verdor de los árboles variando.
»Apenas callan, cuando el tenebroso
»Bosque resuena con el doloroso
»Quejido de la tierna Filomena,
»Que el sueño deja por cantar su pena:
»El astro de la noche, con oído ,
»Atento, para al canto melodioso,
»Y su dolor divide enternecido.
»Fomentando también las productoras;
»Semillas, brota el húmedo elemento
»Una multitud de aves nadadoras,
»A que da la morada y el sustento;
»En los azules lagos y en las fuentes,
»Y arroyuelos la blanda pluma bañan
»De sus regazos, y el cristal empañan
»De las ondas, buscando diligentes
»Alimento en su fondo cenagoso.
»Al frente de estas aves, majestuoso
»Boga el Cisne, sirviéndole, extendidos
»En el agua, de remos
»Los dedos de los pies, entre sí unidos
»Con unas fuertes y flexibles telas
»De piel, y haciendo de sus alas velas,
»Muchas veces del aire a los extremos
»Fines con vuelo poderoso sube,
»Sus húmedas moradas desdeñando,
»Y la remota tierra atrás dejando,
»Se confunde con una blanca nube.
»Otros, a aquellos elevados puestos
»Prefieren, con deseos más modestos,
»Habitar en la tierra sosegados:
»El Gallo entre ellos majestuoso luce
»Cierto de su valor y su belleza,
»Garboso, levantada la cabeza,
»Que coronan penachos matizados,
»Entre los que purpúrea reluce
»Su diadema real, lento pasea,
»Y sobre el cuello erguido, el oro ondea.
»De su pluma, en madejas extendida;
»De sus altivos ojos despedida
»Al mirar, viva luz relampaguea:
»Cual sonoro clarín la voz exhala
»Que las horas pacíficas señala
»De la nocturna sombra, y de la aurora
»Es sabida puntual despertadora,
»Del día anuncio, canto de victoria.
»Y grito del amor y de la gloria.
»El solo, junta en sí la gallardía,
»El valor, la hermosura y la viveza.
»Nada de más completo, hasta aquel día.
»Respiró en toda la naturaleza.
»Con todo, envanecido pretendía
»El Pavo real en punto a la belleza
»Excederle, los ojos rutilantes
»De su azulada cola desplegando,
»Que adornan los colores relumbrantes
»Del Iris. En aquellos reflejando.
»El Sol mismo, envidioso, la hermosura
»Ve retratarse de su luz más pura,
»Y juntar las estrellas sus fulgores
»A los vivos matices de las flores
»De la tierra, en la rueda milagrosa.
»De esta manera, el agua y sus orillas
»Se animan, y su vuelta luminosa
»El quinto día acaba,
»Que vio nacer tan grandes maravillas,
»Al comenzar el sexto, resonaba
»El Cielo con armónicos loores
»De todos sus gloriosos moradores,
»Al Eterno Señor, que de este modo
»Dijo: -«¡Oh tierra! ¡fecúndese tu lodo,
Y produzca vivientes
Animales, de especies diferentes!»
»La tierra oye su voz: ya se preparan
»Sus escondidos senos: de animados
»Cuerpos se cubre, cual si despertaran
»De un sueño en que estuviesen sepultados:
»Gozando de repente del aliento,
»Por todas partes bullen al momento
»Perfectos, y en los sexos apareados:
»Se organiza la tierra, y se fecunda
»El polvo: el bosque umbroso, la profunda
»Cueva, producen hijos: y sin cuento
»Otros de los zarzales y las breñas,
»Como de las montañas y las peñas,
»Saltan: hierven los valles y collados
»De habitadores: cúbrense los prados.
»De animales, que pacen la florida
»Yerba, en verdes tapices extendida,
»O andan errantes junto a las corrientes.
»Ondas de los arroyos y las fuentes.
»Los hay que a toda sociedad contrarios,
»Viven generalmente solitarios,
»Al paso que otros, por naturaleza
»Menos silvestres, la aman, y constantes
»Gozan unidos con sus semejantes
»De la dulzura de su compañía.
»Cada instante del suelo se endereza
»Una nueva familia, que yacía
»Informe: el Lince, el Lobo, y el manchado
»Tigre, ya de su cuna polvorosa
»Totalmente formados van saliendo:
»El subterráneo Topo, revolviendo
»La tierra en que ha nacido, ya ha elevado
»A orillas de su cueva tenebrosa,
»Montoncillos de aquella que ha excavado
»El pecho, la cabeza, y las terribles
»Zarpas saca el León sobre la tierra:
»Las corvas uñas con furor afierra
»En ella, y hace esfuerzos increíbles:
»Al fin, despedazando el suelo duro,
»Fuera se lanza, así como un cautivo
»Que forzar logra el calabazo oscuro,
»Por largo tiempo su sepulcro vivo,
»Y huye al desierto rápido, rugiendo,
»La empolvada melena sacudiendo
»De un salto, el listo Gamo sale fuera,
»Y el Ciervo, coronado de ramaje
»De agudas puntas, toma la carrera,
»Apenas ha nacido, a aquel paraje
»En que más de algún bosque la espesura
»De un sosegado asilo lo asegura.
»Entre tanto, en la tierra sumergido
»El animal terrestre más pesado,
»El macizo Elefante, torpemente
»Se agita por sacar su desmedido
»Coloso, y con los miembros que ha librado,
»Levantando una espesa polvareda,
»Consigue finalmente
»Abrir el paso franco a lo que queda.
»Cual las yerbas del campo numerosos,
»Los ganados inundan los umbrosos
»Valles y las colinas, revestidos
»De sus útiles lanas, resonando
»Por los lejanos ecos sus balidos.
»Aquella servil vida despreciando
»La montés Cabra, busca el eminente
»Risco, y sobre su cima está pendiente.
»De la tierra y del agua a competencia
»Oriundo, el espantoso Cocodrilo,
»Entre uno y otro asilo,
»Duda a cuál ha de dar la preferencia.
»Por un rasgo aun más sabio y admirable
»De prodigalidad y omnipotencia,
»Por todas partes nace, brota, inunda
»La tierra, como el agua, la fecunda
»Familia innumerable
»De diversos insectos y gusanos.
»Dios, del barro más fino, con sus manos
»Divinas fabricó las delicadas
»Fibras de sus endebles cuerpecillos:
»Unos, apenas de sus huevecillos
»Salen, de alas provistos matizadas,
»Vivientes flores por el aire giran,
»Los colores, los visos que se admiran
»En el Iris, brillando en miniatura
»Sobre ellos, acrecientan su hermosura.
»No es tan bella la misma primavera,
»Cuando en sus atavíos más se esmera.
»Otros, nacen desnudos, y con pena
»En tortuosos dobleces, por la arena
»Arrastran lentamente,
»Mientras que el Dragón fiero y la Serpiente
»Monstruosa desenvuelven, con horrendo
»Ímpetu, de sus cuerpos los enormes
»Círculos, por el suelo resbalando,
»O tendidas al aire las disformes
»Alas, van con estruendo
»Por sus llanuras líquidas saltando.
»¿Y cómo, ¡oh parco insecto! he de olvidarte,
»Tú, que de un antro oscuro, y de un sustento,
»Común y corto, sabes contentarte,
»¡Próvida Hormiga! que con fundamento
»Puedes servir de regla y de dechado
»Para dar leyes a cualquier Estado?
»¡Tu que en tu pueblo tienes repartida
»La autoridad entre tus numerosos
»Ciudadanos, que simples y juiciosos.
»Sin peligro disfrutan la cumplida
»Dulzura del poder, que la severa
»Igualdad hace conservar entera!
»De ellos tal vez, vuestras generaciones
»Humanas, entre sus vicisitudes,
»Sacarán utilísimas lecciones.
»Con que aprendan las públicas virtudes
»A luz salen también las laboriosas
»Abejas, feliz pueblo, que en espacios
»Ceñidos sabe fabricar hermosas
»Ciudades, y magníficos palacios,
»Como si fueran de materia dura,
»De blanda cera, y abundantes fuentes
»De miel dorada y pura;
»Al paso que los Zánganos ociosos,
»Sólo para el regalo diligentes,
»El Estado empobrecen, devorando
»Lo que ellas, con penosos
»E incesantes afanes, van ganando.
»¿Mas por qué he de seguir la inagotable
»Descripción, si me consta que a tu vista
»Con orden, admirable
»Todos los animales su revista
»Pasaron; que sus clases estudiaste,
»Y por sus propiedades los nombraste?
»Entre ellos conociste a la Serpiente,
»Y sus mañas notaste exactamente:
»No hay animal quizá más peligroso
»Por su astucia, que indica su tortuoso
»Modo de andar: se irrita con frecuencia
»A su amo mismo no perdona su ira
»Furiosa, y los ardientes ojos gira;
»Mas presto se apacigua, o con prudencia
»Disimulando, su furor esconde,
»Y a su voz obediente corresponde.
»Con todo, será fiel a tu mandato,
»Mientras no seas a tu Dios ingrato.
»Aun brillaba del día la belleza,
»Y aplaudían los Cielos la grandeza
»De su, alto Dueño: las recién nacidas
»Esferas, por su brazo Omnipotente
»Una vez impelidas,
»Por la órbita a cada una señalada
»Volaban todas incesantemente:
»La tierra, enamorada
»De su propia hermosura,
»Dulce se sonreía,
»Y el mundo, al ver la multitud viviente,
»De su fecundidad se sorprendía:
»El agua, el aire, el monte y la llanura,
»Todo es fértil. Cuadrúpedos, reptiles,
»Peces, aves, insectos los más viles,
»Andan, nadan, el aire con su vuelo
»Surcan, o arrastran lentos por el suelo;
»Pero aun esta obra grande está incompleta
»Un ser la falta para ser perfecta,
»Un ser cuyas facciones ilumine
»Una vislumbre de su Autor augusto,
»Que racional a los demás domine,
»Y que intérprete sacro de la muda
»Naturaleza, a tributar acuda,
»De respeto y de amor, el culto justo,
»A él, en nombre de todos adorando,
»Y nuevos beneficios impetrando.
»El Padre Eterno entonces, al querido
»Hijo amorosamente dirigido,
»Y al Espíritu Santo, dice: -«Hagamos
El hombre a nuestra imagen, que presida
A cuanto existe en la recién nacida
Tierra.» Es inútil que nos detengamos
»En esta narración: tú en fin naciste.
»El mismo, complacido, en tu figura
»Trasladó, al Vivo su Divina hechura,
»Solo entonces te viste;
»Mas tardó poco su paternal mano
»El extraer de ti otro ser humano,
»Esa fiel y amorosa compañera,
»Y después os habló de esta manera:
¡Vivid, creced, multiplicad, oh esposos
Felices! ¡Dominad sobre la tierra!
Peces, aves y bestias, cuanto encierra
Os doy: ¡pobladla de hijos numerosos!»
»Sea el lugar cual fuera en que criado
»Fuiste, puesto que entonces todavía
»Nombre a lugar ninguno se había dado,
»Te acordarás, Adán, que el mismo día
»En mis brazos te traje a este admirable
»Jardín, en que compiten la agradable
»Muchedumbre de flores olorosas.
»Y la de frutas varias y sabrosas
»Pues de esas flores todas, de esa fruta.
»A tu arbitrio disfruta,
»Su benéfico dueño te lo ha dado
»Todo; pero ten cuenta que ha exceptuado
»E1 árbol pernicioso
»Del bien y el mal. Por él, fuera el odioso
»Imperio de la muerte introducido:
»Es su fruta mortal: del Cielo la ira
»Se atrae el que atrevido
»La toca: el que la come, al punto espira
»Sé, pues, en tus deseos contenido.
»Por último, el Señor sus obras viendo,
»En ellas su belleza propia admira,
»Y aquella sexta tarde concluyendo,
»Como la sexta aurora,
»Las celebra con música sonora.
»Completo el edificio milagroso,
»Destina el día séptimo al reposo
»El Hijo Eterno, no cual necesario
»Para él, pues sin cansarse, hacer pudiera
»Millares de Universos, si quisiera,
»Sino como un efecto misterioso
»De su grandeza, y hacia su santuario
»Celeste vuelve. Desde aquel distante
»Paraje, quiere ver su obra flamante,
»En que nada hay aun que no sea digno
»De que la mire plácido y benigno,
»Y contemplar su imperio, acrecentado
»Con la nueva provincia que ha criado.
»Al Cielo, pues, triunfante el carro sube
»Con toda la gloriosa comitiva,
»Que detrás de él, vestida de luz viva.
»Parece una brillante inmensa nube.
»A lo lejos, se escuchan los acentos
»De innumerables voces e instrumentos
»Celestes, con que aplauden el hermoso
»Nuevo dominio de su Rey glorioso.
»El universal himno (que tú oíste
»Sin duda) aquella marcha acompañaba.
»Y la naturaleza lo entonaba.
»También precisamente percibiste
»Del espacio la dulce melodía,
»Que a los coros del Cielo respondía;
»Los soles en el éter se pararon,
»Y atónitos la música escucharon.
«Vele aquí, vele, el Criador potente
Cantaba cuanto existe, acordemente
Que ha dado el ser a la naturaleza.
¡Puertas del Cielo, abrios con presteza!
¡Recibid al Señor, que ya ha cumplido
Su decreto inmortal, que el día sexto
La fábrica del mundo ha concluido,
Y vuelve en triunfo a su elevado puesto
¡Fije en él todo ser sus esperanzas,
Y cántele perennes alabanzas!
¡Bendiga todo su magnificencia,
Igual a su poder e inteligencia!
El, es de nuestra dicha única fuente
Inmortal, gloria de sus escogidos:
En su presencia somos admitidos
Cual si un hermano nuestro sólo fuera,
Él mismo, su morada permanente
Hacer entro sus Angeles se digna:
Nuestro interés cual suyo considera:
A toda hora podremos su benigna
Gracia implorar, llevar a los humanos
Los bienes y los dones de sus manos,
Y traerle, en cambio, sus agradecidas
Alabanzas, sus súplicas rendidas,
Con los inciensos que le den leales.
¡Abríos, pues, oh puertas eternales!
¡Unid con tiernos lazos invisibles,
A los Cielos la tierra, a Dios el hombre!
¡Que el universo atónito se asombre,
Y aplauda estos prodigios ¡indecibles!»
»Así del Caos vencido celebraban
»La fiesta, y de su excelso Rey cantaban
»El triunfo, los celestes habitantes.
»Se acerca, y por sí solas las brillantes
»Puertas eternas de las venturosas
»Mansiones se abren, y huyen temerosas
»A una mirada suya a cada lado.
»A su entrada, espacioso,
»Un camino de estrellas empedrado,
»De polvo de oro, cual si fuera arena,
»Cubierto, se presenta luminoso.
»Tal en noche serena
»Admiras encantado la extendida
»Láctea vía, de astros embutida,
»Que cual chispas movibles,
»Apenas a tus ojos perceptibles
»En número infinito resplandecen,
»Y confundidos a la vista ofrecen
»Una brillante faja prolongada,
»De polvos menudísimos sembrada
»De plata reluciente:
»Entra la comitiva finalmente,
»Acompañando al vencedor Divino,
»Hollando aquel magnífico camino.
»Mas la séptima tarde ya despliega
»Sus sombras sobre Edén: se desvanece
»La luz por grados: hacia el mar undoso
»Vuelve a bajar el carro majestuoso
»Del Sol, y anuncia ya la Noche ciega
»El Oriente, que aprisa se oscurece.
»En aquel punto llega,
»El Hijo del Eterno a la invisible
»Cima del Monte santo,
»Que de rayos, relámpagos y densa
»Oscuridad cercada, hasta una inmensa
»Altura sube, y es la inaccesible
»Basa del trono excelso: en él, al canto
»De su Divino Padre, toma asiento
»El Vencedor glorioso. El Padre había
»A su Hijo en la grande obra acompañado,
»Sin hacer movimiento
»Del santuario en que siempre residía.
»Tal es el privilegio reservado
»A solo Dios, que se halla sin moverse
»En todas partes, y sin extenderse
»Llena todo, o mejor diré, contiene
»El universo entero, y lo sostiene:
»Como que es el autor y el fin de todo,
»Con su Hijo resolvió la forma y modo
»Con que habla de dar el ser al mundo.
»Después que hubo en seis días concluido
»Sus obras, volvió el séptimo al profundo
»Feliz reposo nunca interrumpido
»Hasta entonces, y quiso que aquel día
»En adelante fuese consagrado
»A su culto, y por todos celebrado.
»Con efecto, el descanso y la alegría
»Vueltos al Cielo, todo ya respira
»Un nuevo ser. Los Ángeles dichosos
»Disfrutan de sus ocios deleitosos:
»Las voluptuosas cuerdas de la lira,
»Las cítaras, los órganos sonoros,
»Y del dulce laúd la melodía,
»Acompañando a los celestes coros,
»Derramaban torrentes de armonía.
»De balsámicas flores inundadas,
»Esparcen las regiones encantadas
»Del Cielo deliciosos y vitales
»Aromas, dignos de los inmortales:
»Humean los inciensos, y el sagrado
»Monte rodeando, forman un nublado
»Que cándido se eleva y oloroso
»Hasta los pies del Todopoderoso.
«¡Salve, oh Jehová! cantaba el Cielo unido
¡Más grande vuelves que cuando vencido
El rebelde, su turba sumergiste
En el abismo! ¡Entonces destruiste,
Y ahora has producido!
Si términos no tiene tu potencia,
No los conoce tu beneficencia.
¡Contra tus enemigos la primera
Usaste! ¿Y cómo resistir pudiera
Su audacia a un rayo tuyo, a un a mirada?
¿De qué le sirvió, pues, su sediciosa
Liga, por su soberbia lisonjeada?
Seducir a tus siervos esperaron,
Y en su mente ambiciosa,
Tu imperio despoblar se figuraron.
¡Esperanza engañosa!
Airado de tu asiento te levantas,
Y ya están aterrados a tus plantas
Con el luciente solio que perece,
De cada uno, tu trono se engrandece.
¡Mas tú, Señor, del mal el bien sacaste
¡Tú ese globo criaste,
De un bello y cristalino mar cercado
Para mansión del hombre deleitosa.
Cercano al Cielo! ¡En su ámbito grabaste
Tu Omnipotencia! ¡Cuánto has dilatado
La extensión de su esfera, y qué abundosa
La superficie has hecho! El que lo vea
Con tal gracia en los aires suspendido,
No ignorará la mano a que ha debido
Su ser. ¡Qué luz tan clara le rodea!
¡Tú de sus resplandores le vestiste,
Y de un diadema de astros le ceñiste!
Si desiertos aun tienes otros mundos
Por miras que postrados adoramos,
Algún día, por seres que ignoramos,
Los veremos poblados y fecundos.
Por ti, perpetuos viajes repitiendo,
Se van la noche y día sucediendo.
¡Tú prodigaste dones a millares
A ese mundo reciente,
Que a más de un vasto y fértil continente.
Tiene su sol, sus islas y sus mares!
El es el digno imperio, noble herencia
Del hombre, en quien tu suma inteligencia
Grabó su imagen, y cuyo destino
Es el de honrar a su Hacedor divino,
Amarle, corno es justo,
Y obedecerle cual Monarca augusto;
Sujetar a su mano
La tierra, el mar, el aire, el encendido
Fuego, súbdito suyo ser rendido,
Y del orbe Monarca soberano.
A su ejemplo, sus nobles descendientes,
Prolongada su casta en las edades,
Irán a tus altares, reverentes,
A tributarte inciensos, tus bondades
Loando. ¡Cuán feliz será su suerte,
Si saben fieles siempre obedecerte!
»Así cantaban, y los numerosos
»Vastos ecos, los cantos venturosos
»Repitiendo a porfía,
»Los aplausos doblaban de aquel día,
»Al descanso del Cielo destinado.
»Los prodigios de Dios te he relatado:
»De este reciente mundo, de su gloria
»Monumento, una breve y fiel historia,
»Y cuanto precedió vuestra existencia
»Por su turno sabrá la descendencia
»Vuestra, de padres a hijos trasladada,
»La narración que tengo ya acabada;
»Pero a ti, Adán, si más saber quisieres,
»Te instruiré de cuanto tú pudieres
»Comprender, y decir permita el Cielo
»De sus secretos, Para tu consuelo.»

LIBRO OCTAVO.
SUMARIO
ADÁN hace a Rafael diversas preguntas sobre los movimientos de
los cuerpos celestes. Recibe una respuesta ambigua, y una exhortación
para que prefiera instruirse de cosas que puedan serle más útiles. Conviene
en ello, y para detener a Rafael, le cuenta sus primeras ideas después
de su creación, el modo con que fue trasladado al Paraíso terrenal,
y su conversación con Dios acerca de su soledad. Cómo consiguió una
compañera. Cuál fue su gozo al verla. Rafael le da sobre esto una lección
útil, y se vuelve al Cielo.
Así a Adán el Arcángel instruía:
Acabó, y a su voz aun atendía.
Vuelto en sí al fin, cual de un sueño agradable,
Le dice: «¿Qué favor hay comparable,
»¡Oh Espíritu celeste, al que me has hecho?
»Han llenado mi pecho,
»Las grandes maravillas que has contado,
»De gozo y gratitud. ¡Qué ansia tenía
»De oírlas! Hasta ahora no me había
»Hecho cargo de cuánto debe el Cielo,
»La tierra y yo al Señor, que nos ha dado
»La existencia. Ya gracias a tu celo,
»Estoy de sus bondades penetrado.
»Con todo, hay una cosa que aun ignoro,
»Sobre la cual tu explicación imploro.
»Al ver esta obra digna del divino
»Arquitecto, ese mundo que comprende
»Los cielos y la tierra, si examino
»De ésta el tamaño, que es casi invisible
»Respecto a la grandeza inconcebible
»Del firmamento, mi razón no entiendo,
»Cómo existiendo en la naturaleza
»¡Orden tan admirable, se ha podido
»Destinar ese número pasmoso
»De estrellas, de un tamaño desmedido,
»En que está derramada la belleza,
»Sólo a dar luz al globo tenebroso
»En que habitamos: a un grano de arena.
»¿Merecía la pena
»Objeto semejante
»De que para él se hiciese esa brillante
»Bóveda inmensa, y que una vuelta diera
»Tan rápida y enorme, cada día?
»Cuando en su interior mi alma considera
»La sabia economía
»Con que obra la suprema inteligencia,
»Aunque no opuesta a su magnificencia,
»No puede concebir que haya querido
»Prodigar tal grandeza y movimiento,
»Sólo con el intento
»De alumbrar este globo reducido.
»¿Necesitaba el Todopoderoso
»De ese exceso de lujo, tan ocioso
»Al parecer, para que se admirara,
»O en el debido aprecio se tuviera
»Su poder? ¿No es acaso la más rara
»Desproporción, la de que nuestra esfera
»Terrestre y chica, inmóvil y orgullosa,
»Vea ocuparse toda esa espantosa
»Muchedumbre de estrellas en rodearla,
»Cual si fuera su reina, y obsequiarla,
»Sus días y sus noches arreglando;
»Ellas que, en tanto grado aventajando
»A la tierra, parece que debieran
»Aun de su servidumbre desdeñarse?
»¿Y no pudiera aquélla procurarse,
»Sin que la imponderable vuelta dieran,
»Con más facilidad la necesaria
»Claridad, y su varia
»Temperatura, una órbita corriendo
»Pequeña, y sobre su eje revolviendo?
»¿Cuánto más natural, menos extraño
»Esto sería, que esa perdurable
»Revolución de globos de un tamaño
»Tan grande, por un átomo impalpable?»
Así habló Adán, y al ver que iba a tratarse
De asuntos tan sublimes, la modesta
Eva juzga del caso retirarse,
Y antes que el Ángel diese, su respuesta
Parte: encanta su gracia y hermosura,
Y aun más encanta su alma casta y pura.
Va a ver sus frescas flores y arbolitos,
A cuidar de sus plantas y exquisitos
Frutos, que a colorearse han comenzado.
Todo lo mira y lo visita ansiosa.
A su llegada, el bosque, el verde prado
Se alegran; cada flor se abre gozosa:
Sus verdes hojas mueven los lozanos
Árboles, adivinan su presencia,
Y susurrando esperan ya sus manos.
No carecía de la inteligencia
Que la era necesaria
Para ser, como Adán, depositarla
De los altos secretos celestiales,
Pues, aunque en el carácter desiguales.
Eva ingenio y razón como él tenía,
Y no menos un ánimo curioso;
Mas su corazón tierno prefería
Saberlos por la boca de su esposo,
A que el Arcángel de ellos la instruyera.
Por más vivo placer con que lo oyera.
El amor que a su esposo profesaba,
Su familiaridad y su ternura,
La sincera confianza, y la dulzura
De sus conversaciones,
La atraían de modo, que aguardaba
Ansiosa semejantes ocasiones
De hablar con él, pues que satisfacía
Su cariño, y a un tiempo conseguía
Saber lo que impaciente deseaba,
Y en su instrucción, mezclada de caricias
Inocentes, tenía sus delicias.
¡Edad feliz! ¡En dónde está al presente
Aquel cariño tan leal y puro,
La confianza inocente
Y mutua, que formaba el más seguro
Lazo entre los esposos! ¡Han volado
Con la casta inocencia,
Y en ficciones y celos se han trocado!
Eva, entonces feliz, con su presencia
Augusta los jardines adornaba,
toda su extensión la tributaba,
Como a su reina, humilde vasallaje:
Sediento en tanto de saber, oía
Su esposo a Rafael, que así decía:
«¿Conque quieres, Adán, hacer un viaje
»Mental al Cielo, y de sus admirables
»Misterios instruirte? Son laudables
»Y justos tus deseos, pues que es cierto
»Que Dios mismo aquel grande libro ha abierto,
»Para que cual lucientes y sencillas
»Letras, los astros, en sus azuladas
»Páginas, cuenten de sus maravillas
»La historia, y que los seres racionales,
»Siempre que al Cielo eleven sus miradas,
»La lean, y con ella los cabales
»Cálculos de los tiempos, variaciones
»De los días, los años y estaciones,
»Y de su pompa, para en adelante,
»El retorno periódico y constante.
»Pero en cuanto a saber si el sol circunda
»Con su órbita a la tierra, y ésta queda
»Se está, o si él no se mueve, y ella rueda
»En torno de él, ¿a ti que te interesa?
»Créeme, deja estar en su profunda,
»Noche aquello que el Cielo no te expresa,
»De modo que tú puedas comprenderlo.
»Es prueba que no quiere, que a entenderlo
»Llegues: a ti te toca únicamente
»Adorar sus secretos reverente,
»Y no inquirir lo que él se ha retenido
»Ríe el Señor de los esfuerzos vanos
»Que han de hacer con el tiempo los humanos
»Para saber lo que él les ha escondido.
»Ve en lo futuro mil imitadores
»Necios de su poder y de su ciencia
»Divina, que metidos a criadores,
»A varios nuevos mundos la existencia
»Darán en su extraviada fantasía,
»Y a los astros querrán servir de guía,
»Sus giros con el dedo señalando,
»Sus propiedades y usos arreglando.
»Cada uno, satisfecho,
»Construirá, destruirá el celeste techo,
»Enredará las órbitas cruzadas,
»Las desenredará con ordenadas
»Suposiciones, y su movimiento
»Pretendiendo explicar, dará tormento
»A los Cielos y tierra con arrojo,
»Para hacer que caminen a su antojo,
»Mientras que sabia la Naturaleza
»Su curso continuando, al atrevido
»Astrónomo, y al plan que ha discurrido,
»Los arrebate con igual presteza.
»Tu curiosidad sola bastaría
»Para inferir la de tus descendientes.
»Ves con admiración que cada día
»Esas masas de luz a tu morada
»Dan una vuelta entera diligentes
»Y que ella se mantiene sosegada:
»Pues advierte que no por la grandeza
»Se mide de los cuerpos la nobleza:
»Este globo terrestre en que tú habitas,
»Fecundo, lleno de tan exquisitas
»Producciones, aunque es tan reducido
»En cotejo del sol que le ilumina,
»Debe en nobleza serie preferido,
»Pues que este astro no es más que un cuerpo,
»De fuego, tan estéril como inmenso: denso
»Y si a ti quien el uso se destina
»De aquel gran luminar principalmente,
»Se compara, ¿que son sus materiales
»Brillos, respecto de las celestiales,
»Luces de tu inmortal y pura mente?
»Y en cuanto a ese edificio ilimitado
»De los Cielos, si tal extensión tiene
»Y es tanta su belleza,
»No es solamente porque así conviene
»A la magnificencia del que ha dado
»El ser a toda la naturaleza,
»Sino para que el hombre se persuada
»Que vive en casa ajena, en la que nada
»Puede ocupar sino un alojamiento,
»Pequeño, aunque disfrute de su hermosa
»Vista y de su influencia provechosa,
»Y de esto infiera que ese firmamento
»Brillante, y las esferas esparcidas
»En sus vastos confines,
»Se habrán hecho también para otros fines,
»Y con miras para él desconocidas.
»Alaba, pues, ¡oh bóveda suntuosa,
»Que en tu circunferencia
»Abrazas de los aires la espaciosa
»Inmensidad, la inconcebible ciencia
»Y el poder sumo de tu Autor divino!
»Y tú, ¡oh ser racional! que peregrino
»Vives en esta habitación terrena,
»Al ver esa extensión del Cielo, llena
»De maravilla tanta,
»La vista respetuosa a Dios levanta:
»Agradece, y adora,
»Y lo que Él de ti esconde, humilde ignora
»Todas esas estrellas, que rodean
»Con vuelo incalculable, en solo un día,
»Tu pequeña y terrestre monarquía,
»Y a distancia infinita centellean,
»Dios es quien las dirige y las gobierna
»Y el que las hace, siendo materiales,
»En su rápida marcha casi iguales
»A nosotros. Yo mismo, de la eterna
»Mansión del Cielo cuando amanecía
»Salí, y a este jardín al mediodía
»Solo llegué: es verdad que del divino
»Palacio media mucho más camino
»Que, el que en mil siglos puede hacer el cielo
»Alrededor de vuestro estrecho suelo.
»Tampoco has de pensar que es imposible
»Que den los astros esa inconcebible
»Vuelta, pues Dios su omnipotencia extienda
»A lo que, fuera de Él, nadie comprende.
»En lo demás, todo esto es un secreto
»Que se reserva: debes con respeto
»Admirarlo, adorarlo,
»Pero nunca atrevido investigarlo.
»Quizá ese Sol que con su fluido inunda
»Los aires, está inmóvil en el centro
»Del mundo, y todo cuanto le circunda
»Hace mover en torno de él volando,
»Atrayendo a su encuentro
»Y alternativamente rechazando
»Esos globos oscuros, en grandeza
»Varios, como en distancia y ligereza,
»Que remotos a veces distinguimos
»De su disco, y a veces advertimos
»Cercanos, que nadando, suben, bajan,
»Y sin jamás cansarse,
»En huir lejos de él, o en acercarse,
»Por turnos fijos, sin cesar trabajan.
»Seis desde aquí divisas de diverso
»Tamaño, que sus luces de él reciben
»Y con su influjo continuado viven.
»Y si para explicar del universo
»El plan, supones que se está en su asiento
»Quieto, cual digo, el Sol, y que al contrario
»Des a la Tierra un triple movimiento,
»A saber: sobre su eje uno diario,
»Otro anual, a aquel astro circundando,
»Y otro de aspecto, oblicua cambiando,
»Nada entonces tendrá de embarazoso
»Aquel orden: el astro luminoso
»Del día, inmóvil se ahorrará tan grande
»Viaje, y el estrellado firmamento,
»Quieto sobre su firme fundamento,
»No será menester suponer que ande
»Una órbita tan vasta cada día,
»Incomprensible a vuestra fantasía.
»Esta suposición, los fenómenos
»Explicará del Cielo claramente
»Y todos los planetas que de ajenos
»Resplandores se alumbran, igualmente
»Sobre su eje volteando,
»Y hacia el sol cada día ambas mitades
»Por turno presentando,
»Harán cesar cuantas dificultades
»De la sombra y la luz las variaciones
»Causan, como el periódico camino
»De los diversos tiempos y estaciones.
»Por lo que toca al singular destino
»De cada esfera, fuera del que tiene
»Conexión con el vuestro, no conviene
»Revelároslo. Dios os lo ha ocultado
»Por causas que sin duda ha reservado,
»Y de nada saberlo os serviría
»Sino de contentar una vacía
»Curiosidad. Quizá las ha poblado
»De remotos vivientes
»De millares de clases diferentes.
»De las que no formáis siquiera idea;
»Pero sea cual sea,
»Estad seguros que, aunque de animales
»Estén aquellos mundos habitados,
»Siempre habrá entre ellos entes racionales
»Que dominen, y a quienes destinados
»Estén, y que éstos, sean los que fueren,
»Serán según y como procedieren
»Tratados. Si a Dios, justos, adoraren
»Y obedecieren, vivirán dichosos;
»Pero si sus preceptos quebrantaren,
»Padecerán castigos rigurosos;
»Pues todo ser que tenga inteligencia
»Debe a Dios de su amor y su obediencia
»Dar pruebas, y criarle no ha podido
»Sino a fin que le dé culto rendido;
»Pues de su alta grandeza desdijera
»Que para otro que él mismo los hiciera.
»Mas, sea que el brillante
»Astro del día inmóvil se mantenga;
»Sea que en torno de la tierra tenga
»Que andar volteando, sin cesar errante;
»Sea que todo el Cielo este en reposo,
»Y que desde el Oriente presuroso
»Al Occidente ruede, sin pararse,
»Vuestro mundo, cercando la abrasada
»Masa del Sol, volviendo a comenzarse
»Cada año, la grande órbita, asignada
»A su camino, que con él llevados
»Sin sentirlo seguís arrebatados;
»Sea cual fuere, en fin, lo que sobre esto
»El eterno Hacedor haya dispuesto,
»Trata tú solamente de adorarle,
»Admirar sus prodigios, y dejarle
»Que disponga del orbe como quiera,
»Sin salir atrevido de tu esfera.
»Conténtate con esta deliciosa
»Mansión, con esas frutas y esas flores,
»Y con tu Eva querida, aun más hermosa
»Ese es tu mundo. En cuanto a los lejanos
»Astros, planetas, y sus moradores,
»Si los hay, su gobierno y sus costumbres,
»Fíalos a las manos
»Del Señor, que sin ti sabrá regirlos
»Y como más convenga dirigirlos:
»Abandónale humilde las techumbres
»Celestes, y disfruta de los bienes
»Que de sus manos recibidos tienes. »
Dijo. Refrena Adán juiciosamente
De vana ciencia la codicia ardiente,
Y así contesta: -«¡Intérprete del Cielo!
»¡Cuánto placer me ha dado la dulzura
»De tu discurso! ¡A cuánto prodigioso
»Misterio, de que yo ni aun conjetura
»Tenía, te has dignado alzar el velo,
»Para saciar mi entendimiento ansioso
»Con lo que puede serle provechoso!
»De una frívola ciencia el arrojado
»Ímprobo anhelo, de mi venturosa
»Vida tal vez hubiera perturbado
»La quietud deliciosa,
»Si yo de el seducirme me dejara;
»De esa fuente de error, de incertidumbre
»Y de inquietudes, se dignó, apiadado,
»Ahorrarnos el Señor la pesadumbre,
»Si el término que de ella nos separa
»Nuestra curiosidad respetar sabe,
»Y no vuela a buscarla a aquel funesto
»Remotísimo asilo en que la ha puesto.
»Mas, ¡cuán difícil es que el hombre acaba
»De reprimir esta pasión inquieta!
»Serán pocos aquellos que sujeta
»La tengan; los demás, sus temerarios
»Ímpetus seguirán, escudriñando
»Mas allá de los términos debidos
»Los misterios, para ellos escondidos,
»Hasta que por sus varios
»Errores finalmente escarmentando,
»De la vida en la escuela dolorosa,
»Desgraciados aprendan cuán dañosa
»Es la ansia de saber lo que supera
»De la humana razón la estrecha esfera,
»Y a sí mismos se digan: no hay más ciencia
»Verdadera, que amar a Dios, sin verle,
»Adorarle, y gozar lo que debemos
»A su beneficencia:
»Nuestro deber, escrito ya tenemos
»De la vida en el libro: de leerlo
»Tratemos solamente: y si logramos
»Esto, de lo demás caso no hagamos.
»¡Triste del que pasar más adelante
»En el saber, pretenda! Lo restante
»No es para el hombre más que un vano sueño,
»Un delirio engañoso,
»Impracticable y temerario empeño,
»De un orgullo tan necio como ocioso,
»Una ambición fatal, una locura,
»Que para los oficios de la vida
»Le inutiliza, haciendo que prefiera
»Una sombra de gloria, una fingida
»Instrucción, a la dicha más segura
»Que Dios le proporciona en su carrera.
»Dígnate, pues, bajar, Ángel piadoso,
»Del tema celestial e incomprensible
»Para mí, que ha propuesto mi ambicioso
»Anhelo, a lo que me es inteligible,
»Y útil a un tiempo: tú me has referido
»Cuanto mi nacimiento ha precedido,
»Los combates del Cielo, las gloriosas
»Victorias de las huestes valerosas;
»¿Podré yo lisonjearme, por mi parte,
»De que mi propia historia a interesarte
»Llegue, si tú la ignoras? En tal caso,
»Como el sol no ha llegado aun al ocaso,
»Contártela podré, y de esta manera
»Prolongará tu sociedad amable.
»Tú reparas sin duda que, quisiera
»Aquí tenerte siempre. Es indudable
»Que tal es mi deseo. Se diría
»Que mientras que tu dulce compañía
»Gozo, estoy en los Cielos. El jugoso
»Fruto de la alta palma es a mi ardiente
»Y seco paladar menos sabroso,
»Cuando vuelvo del campo fatigado
»Y la hambre y sed aplaco juntamente
»Con su bálsamo grato, que el sonido
»De tu agradable voz lo es a mi oído.
»De aquel fruto estoy pronto fastidiado;
»Pero de tus discursos el consuelo,
»Cuanto más lo disfruto más lo anhelo.
»¡Padre de los humanos!» Le responde
El Ángel, con aquel tono adorable
Que sólo a un ser del Cielo corresponde:
»Oírte discurrir es también gusto
»Para mi corazón muy apreciable.
»Dios ha grabado su retrato augusto
»En tu frente: se explica por tu boca:
»Sus celestes tesoros te Prodiga,
»Tanto por lo que toca
»Al cuerpo, como al alma: se ha esmerado
»Con el mayor primor su mano amiga
»En darte, como a su obra predilecta,
»Según su ser, la perfección completa:
»Ama en ti su dechado,
»Y aunque el Cielo nosotros habitemos
»Y tú la Tierra, todos le debemos
»El mismo amor, la propia providencia.
»Somos en su servicio compañeros,
»Y os dotó con igual magnificencia,
»Aunque en nobleza somos los primeros,
»Cuéntame ahora tu historia, pues el día
»De, que tú a luz saliste, yo me hallaba
»Muy apartado del celeste coro,
»Y así el detalle de aquel hecho ignoro.
»De una celeste escolta en compañía,
»Remoto, en aquel tiempo visitaba.
»De orden de Dios, la cerca del horrendo
»Abismo del Infierno. Se temía
»Que aquella cárcel Satanás forzara
»Con sus rebeldes tropas, y saliendo
»A espiar el mundo que se estaba haciendo,
»La venganza divina provocara,
»Y el rayo desde el Cielo despedido,
»Entre sus ruinas el recién nacido
»Universo envolviese;
»No porque en realidad romper pudiese,
»Sin tolerancia oculto de Dios mismo,
»Las puertas de la cárcel del abismo,
»Sino por convenir a la grandeza.
»De Dios, para humillar al insolente
»Enemigo, que fuese su fiereza
»Reprimida por seres a él iguales,
»Ejecutores de sus celestiales
»Decretos, y no emplear su omnipotente
»Mano en aquella impura y débil gente.
»Marchábamos, y aun lejos de la puerta
»Todos nuestros sentidos desconcierta,
»El eco de los míseros gemidos,
»De tantos malhadados, consumidos
»En medio de las llamas vengadoras.
»¡Qué diferencia de sus lamentables
»Blasfemias, a los cantos deleitables
»La dulce paz en éstas, la alegría
»General e Inefable, presidía;
»Mas en aquel lugar desventurado
»Sólo se oye sonar el doloroso
»Quejido del delito castigado,
»Y el crujir del azote temeroso.
»Cumplida la orden, nos apresuramos
»A huir de tal horror, y a nuestro asiento
»Celeste regresamos
»La tarde de aquel día, que contento
»Con sus obras el Todopoderoso,
»Solemnemente consagró al reposo.
»Por esto no asistí a tu nacimiento;
»Mas referirlo tú me has prometido,
»Y con igual placer que me has oído
»Contar los hechos que lo precedieron,
»Oiré aquellos que a ti te acaecieron.
»¿Cómo podré, responde, Adán, contarte
»De qué manera comenzó mi vida,
»Sí yo mismo lo ignoro? Mas, por darte
»Gusto, y por alargar la apetecida
»Sociedad tuya, te daré sincera
»Cuenta de lo que yo tengo presente
»En la memoria, de mi edad primera.
»Sin saber cómo, repentinamente,
»Como aquel que turbado, sin sentido
»Se despierta del sueño más profundo,
»Recién nacido me encontré en el mundo;
»Atónito los ojos entreabriendo,
»Sobre un prado florido
»Recostado me hallé, reconociendo
»Mi existencia, y en mi mismo fijado,
»Me examiné curioso y admirado:
»Pronto un blando vapor que me cubría
»Se fue, al calor del sol, desvaneciendo
»Miro en contorno relucir el día,
»Distingo el azul puro, la elevada
»Bóveda de los Cielos, el distante
»Astro, de donde nace la brillante
»Claridad, en los aires derramada.
»Levantarme deseo;
»Obedientes los miembros al instante
»Se mueven con extraño mecanismo,
»Y en flexibles columnas empinado,
»A mi arbitrio mi cuerpo balanceo,
»Por medios ignorados de mi mismo.
»Diviso entonces todo el dilatado
»Horizonte, los montes, las llanuras,
»Un sin fin de vivientes criaturas,
»Los árboles, las yerbas, y me abismo
»Lleno de gozo en nuevas reflexiones:
»Vuelvo la vista a mi naturaleza,
»Admiro las hermosas proporciones
»De mi cuerpo, su forma y ligereza:
»Ando, lo muevo todo con presteza.
»Voy, vengo, cada instante más suspenso.
»Pero ¿quién soy? ¿De dónde aquí he venido?
»El ser que tengo. ¿A quién se lo he debido?
»¡Más me confundo, cuanto más lo pienso!
»Al Cielo y a la tierra lo pregunto
»Nadie respondo: todo aquel conjunto
»De seres está mudo:
»Oigo el murmullo de una fuente, y dudo
»Si responde: me arrimo, no la entiendo:
»Percibo las sencillas
»Voces de las canoras avecillas,
»Y de otros animales los balidos,
»Pero yo su lenguaje no comprendo:
»Están para él cerrados mis oídos.
»Al paso que no pierdo una palabra.
»De las que mi flexible lengua labra
»Y con tal claridad, que me parece
»Que sólo con el nombre que me ofrece
»Se explica exactamente cada cosa.
»En tanto ella articula presurosa,
»Sin que yo sepa cómo, y con asombro
»Naturalmente cada cosa nombro.
»Los Cielos y la tierra, los cristales
»De las fuentes, los varios animales
»Que cubren las campiñas retozando,
»Los árboles frondosos balanceando
»Sus verdes copas, el sonoro acento
»De las aves y el dulce movimiento
»Vital de toda la naturaleza,
»Me tienen embargado de alegría.
»¡Oh sol exclamo, que la luz del día
»Benéfico derramas en el mundo,
»Que su extensión revistes de belleza,
»Y que la vida con calor fecundo
»Le repartes! ¡Oh tú, terrestre esfera,
»Mi morada risueña y hechicera,
»Espesos bosques, montes elevados,
»Pomposos ríos, deliciosos prados,
»Y tú también, oh turba alegre y lista
»De vivientes, que ocupas a mi vista
»Los campos, ya corriendo, ya volando,
»Del más puro deleite disfrutando!
»Decidme, os lo suplico, ¿por ventura
»Sabríais quién aquí me ha colocado,
»A quién debo yo el ser? ¿Por conjetura
»Siquiera lo diréis? No me lo he dado
»Ciertamente a mi mismo. Es indudable
»Que hay algún ser supremo, a cuya amable
»Bondad le debo, y que de mí escondido,
»Quiere ser solamente conocido
»Por sus dones. ¿En dónde a ese piadoso
»Bienhechor podré hallar? Su poderoso
»Brazo me ha dado vida y movimiento:
»Por él escucho, veo, y de manera
»Desde el primer momento
»Me ha hecho feliz, que aun cuando yo tuviera
»Mil vidas que ofrecerle en sacrificio.
»No pagaría tanto beneficio.
»Decidme, pues, ¿adónde he de buscarle?
»Dónde lograré verle y adorarle?
»Todo calla. Cansado finalmente
»De andar por el jardín vasto vagando.
»Mil remotos parajes registrando,
»Sobre la verde grama blandamente
»Me tiendo, bajo de la sombra oscura
»De un bosque, a disfrutar de la frescura.
»Acude allí a cerrar con delicada
»Mano, a la luz, mi vista fatigada
»El dulce sueño, por la vez primera,
»Por grados me enajeno, y mis sentidos
»Suave y lentamente adormecidos
»Se apagan, como si otra vez volviera
»A sumirme en la nada.
»Por más que interiormente lo percibo,
»Siento en aquella plácida violencia
»Tal placer, que no la hago resistencia.
»Mas pronto en mi delirio me apercibo
»En confuso que aun gozo de la vida.
»Se me presenta una desconocida
»Persona, de hermosísima figura:
»Mí alma, que al contemplarla se asegura
»De que existe, de gozo se estremece.
»Levántate me dice; tú, que un día
El padre debes ser de los humanos,
Ven; la felicidad misma te guía
A la mansión que a ti te pertenece.
El amor la hizo con sus propias manos:
Sus jardines, sus frutas, sus hermosas
Flores, aguardan tu llegada, ansiosas.»
»Apenas acabó, mi mano asiendo,
»Entrambos, en el aire sostenidos,
»Sus ondas sutilísimas hendiendo,
»Dulcemente volamos,
»Sin hollar en los campos extendidos,
»Por los cuales rasantes resbalamos,
»La tierna hierba, mas que una ligera
»Sombra, que sus extremos recorriera.
»En la alta cumbre de un monte me deja,
»Y de mí al punto rápido se aleja.
»Aquella cumbre admiro, coronada
»De una verde arboleda majestuosa.
»Alrededor de mi doy una ojeada,
»Y veo llena toda la espaciosa
»Tierra de flores, fruto, y verdura.
»Todo es risueño, alegre, delicioso;
»Todo fecundidad, todo frescura
»Respira, y cotejando a aquel precioso
»Jardín, que allí a los ojos se me ofrece
»Lo que antes vi, es un hórrido desierto.
»Avanzo en él: mi mano ya aparece,
»Ansiosa, apoderarse del tesoro,
»De mil pendientes bellas frutas de oro.
»Las va a coger, y en esto me despierto.
»¡Cuál es mi admiración cuando reparo,
»Que no ha sido ilusión el sueño raro,
»Sino un anuncio cierto, y que poseo
»Todo lo que ha pintado a mi deseo!
»A aquel vergel entonces me, encamino,
»Cuando, en el centro de su fresca sombra.
»Un resplandor. que brilla repentino
»A mis ojos, me asombra.
»Era Dios, sí: Dios mismo el que veía,
»El que benigno se me aparecía.
»Un dulce espanto de mi religioso
»Corazón se apodera: presuroso
»A sus plantas me postro, y reverente,
»De alegría y respeto penetrado,
»Le adoro. Por su mano prontamente
»Me siento levantar, y con agrado
»Inefable, me dice: »Aquel amigo
Que deseabas ver, está contigo.
Soy yo. Cuanto aquí ves, cuanta belleza
De este recinto encierra la grandeza,
Cuanto a tus pies florece,
Cuanto vegeta en él, respira y crece,
Te doy: es todo tuyo. El hemisferio
De la tierra será tu vasto imperio.
Cultiva esos vergeles: dispón de ellos
A tu gusto: disfruta de sus bellos
Y delicados frutos, sin recelo
De que los escasee el fértil suelo,
Cuya fecundidad maravillosa
Excederá tu voluntad ansiosa;
Mas repara que el árbol de la ciencia
Cerca está (allí lo ves) del de la vida.
Te prohibo que pruebes su homicida
Fruta. Es la señal sola de obediencia,
La única muestra de agradecimiento
Que te impongo. Con ella me contenta
El precepto es bien fácil, y sería
La muerte el precio de tu rebeldía.
Tú, tus hijos, y todo tu linaje,
Desterrados, en pena del ultraje,
De este feliz jardín a una desierta
Ingrata tierra, vuestra triste vida
De penas y dolores afligida
Arrastraríais, hasta que la incierta
Hora de fallecer presta llegara,
Y el lóbrego sepulcro os reclamara.»
»Dice, y su ceño majestuoso, oscuro.
»Tal terror en mi imprime,
»Que sólo aquel recuerdo de horror llena
»Mi corazón, por más que estoy seguro
»Que a mi voluntad libre nada oprime,
»Y que a mi arbitrio evitaré la pena,
»Evitando el hacerme delincuente.
»Sucedió pronto, en su divina frente,
»Al tono formidable,
»A la serenidad, la encantadora
»Dulzura, y con bondad consoladora
»Siguió así: »Padre de un innumerable
Linaje, este recinto limitado
Yo es el Imperio sólo destinado
A obedeceros todo ese espacioso
Orbe que ha hecho mi brazo poderoso,
Y cuanto abarca su circunferencia,
La tierra, el agua, el aire, es vuestra herencia.
Para siempre os lo doy desde este día,
Y quiero que las aves y animales,
Que en él habitan, sean los leales
Súbditos de tu vasta monarquía,
Que como a Rey supremo, vasallaje
Te rindan, que ahora mismo a este paraje
Tengan, te reconozcan, y a cada uno
Des un nombre, a sus prendas oportuno;
Solos de la agua a los habitadores
Dispenso de que te hagan los honores.
»Dijo, y en el momento, circundado
»Me veo de una turba inconcebible
»De cuadrúpedos y aves, dividida
»En una multitud de diferentes
»Familias. En el suelo arrodillado
»Cada animal terrestre, con sensible
»Expresión me asegura su rendida
»Obediencia: las aves diligentes,
»Cerniéndose en los aires, ordenadas
»En señal de homenaje, las pintadas
»Alas alrededor de mí batiendo,
»Con un discorde bullicioso estruendo
»De cantos, de gorjeos, de distintos
»Gritos, por su Monarca me publican.
»Por sus clases atento discurriendo,
»A todas ellas doy nombres, que explican
»Sus diversas costumbres, sus instintos:
»Interiormente Dios me los dictaba:
»Un vacío con todo inexplicable,
»Mi corazón inquieto contristaba.
»Dueño de tanto bien inestimable,
»Alguna cosa para ser dichoso
»Me faltaba. Mi gozo, solitario,
»No era completo. Al fin, me determino
»A abrir mi pecho, a mi Hacedor divino.
«¡Oh Padre, exclamo, bienhechor piadoso
Perdona si descubro temerario
A tus ojos la pena que me aflige,
A pesar de los bienes que poseo,
Que tú con tal bondad me has prodigado,
Y que exceder debieran mi deseos:
Nada de ti mi corazón exige,
Sino que lo disculpes: tú me has dado
El ser, la vida: debo a tus bondades,
Nunca agotadas, mil felicidades.
¿Cómo mi gratitud he de explicarte?
Ignoro ya qué dulce nombre darte,
Para mi tierno amor y mi respeto,
Ninguno me parece suficiente
No obstante, a pesar mío es imperfecto
Todo mi gozo, si con un querido
Ser, semejante a mi, no lo divido:
En vano colmas generosamente
Mi corazón de tanto don precioso:
No puedo ser a solas venturoso.»
»A estas palabras mías, con dulzura
»Inefable me dice: «¿Qué? ¿te apura
El estar solo en medio de los bienes
Que a tu disposición sin tasa tienes?
¿No te basta esta tierra deliciosa,
Tan fecunda de flores y de frutos,
Y esa infinita variedad hermosa
De tantas aves y de tantos brutos,
Que vienen a obsequiarte reverentes,
Con sus alegres juegos inocentes,
Como a su Rey? Si no pueden hablarte
En tu lengua, sus gritos y balidos
Son un idioma para tus sentidos,
En que, si los atiendes, explicarte
Sus ideas podrán, y entretenerte.
Entre su instinto y tu razón, se advierte
Esencial diferencia; mas con todo
El instinto la imita de algún modo,
Y cierta sociedad te proporciona.
Contento, pues, con tu agradable suerte,
Tus inquietos deseos abandona.
A tus sagradas leyes obediente,
En tus manos me pongo totalmente,
-Repliqué; -mas, pues toda mi esperanza
En tu amor paternal está cifrada,
Permíteme que implore tu sagrada
Bondad de nuevo, con filial confianza.
De la tierra el imperio te he debido:
Por Rey supremo me has establecido
De todos los vivientes animales:
Mas, ¿podré hallar entre ellos por ventura
Siendo en naturaleza desiguales,
Un solo amigo? No: la amistad pide
La igualdad natural, la simpatía
En el pensar, recíproca ternura,
Un interés común que haga que olvide
Cada uno el suyo propio, analogía
En el placer y en las inclinaciones.
Busca cada animal, en consecuencia
Al que tiene con él correspondencia
Así, jamás unirse los leones
Se ver con las ovejas ni los peces
Con las cantoras aves ni el ligero
Corcillo con el lobo carnicero:
¿Cuánto menos el hombre, que mil veces
Es a ellos superior, hallar pudiera
Uno que digno de su amistad fuera?
-Ya veo, -me responde cariñoso,
Que sólo un ser, en todo semejante
A ti, puede llenar tu pecho amante.
Mas dime: ¿no me tienes por dichoso?
Yo lo soy: sin embargo, me mantengo
Solo en la eternidad; y jamás tengo,
Ni hallaré ser alguno que igualarse
Pueda a mí, ni a mi amor proporcionarse.
Cuanto existe, conmigo comparado,
Es, con una infinita diferencia,
Menos que un vil gusano, cotejado
Con la más superior inteligencia.
-¡Mi Dios! -le repliqué, -tus escondidos
Misterios adorando humildemente,
Nunca escudriñaré con atrevidos
Ojos lo que tú ocultas a mi mente:
Tú mismo, bien lo sabes, me inspiraste
La ambición generosa y permanente
De ser perfecto: la comunicaste
Sólo al hombre, pues todo otro viviente
De los que el mundo habitan, no podía
Ser capaz de ella, porque carecía
De la razón, y no siendo posible
Que aquella perfección, que es asequible
En su especie, consiga el hombre siendo
Solo, es preciso que en la compañía
De otro igual suyo viva, que sirviendo
De apoyo a su flaqueza,
De su ser desenvuelva la energía:
¡Tú solo a ti te bastas! Tu infinita
Perfección de crecer no necesita;
Mas no es lo mismo la naturaleza
Del hombre limitada,
Y débil, que acrecienta su existencia
Cuando la halla en otro hombre trasladada;
Fuera de si saliendo, en él renace,
Y, en ver la imagen suya se complace.
Tú al contrario, que el último y primero
Has existido en las eternidades,
Solo y sin heredero,
Serás feliz en todas las edades.
Mas ¿cómo tus vasallos tu grandeza
Alcanzar pueden? Pues lo mismo digo
De los míos. ¿Acaso la pobreza
De su instinto permito que conmigo
Traten, como si fueran racionales?
¿Podré abatirme hasta sus materiales
Apetitos, que arrastran por el suelo?
Perdona, si por ti mismo colmado
De gracias, y a otras miras animado,
De mi ambición levanto más el vuelo.
-Esa ansia generosa de elevarte,
Yo mismo aplaudo, -dijo: -examinarte
He querido, por ver si conocías
Tu propia dignidad: aunque sabías
Apreciar esa turba de vivientes
Bestias, que yo te di por dependientes,
Era preciso que la inteligencia
Se extendiese a pesar la diferencia
Que hay entre ellos y tú: veo con gusto
Que tú te estimas en tu precio justo.
Esto me basta: tu razón no yerra:
Un intervalo inmenso, dividido
Te tiene de los seres que a la tierra
Un bajo instinto abate: tú has bebido
En mi pecho los rayos celestiales.
Una alma has recibido
Que mira todo con intelectuales
Ojos, y que no debe ser tratada
Como a la tierra sólo destinada:
Previne tus deseos. No he buscado
El objeto que tengo preparado,
A fin de que te sirva en esta vida
De consuelo, en la turba numerosa
De racionales, sólo producida
Para servir al hombre en la espaciosa
Redondez de esto globo: yo he querido
Ver si sabrías estimar la hermosa
Criatura que había ya escogido
Para unirla contigo. Esta excelente
Compañera estará presto a tu lado,
Será tu mitad cara: dulce fuente
De gozo para ti: tu fiel traslado:
Después de mi, tu bien el más amable;
Sobre mis demás obras admirable.»
»Calló, y sus resplandores me oprimieron
»De, modo, que quedó desfallecido.
»Sus celestes palabras absorbieron
»Toda mi mortal fuerza, y sin sentido
»Me vi en el suelo. Mi naturaleza.
»De aquella suma gloria la grandeza
»Yo pudo resistir, y deslumbrada,
»Cedió al enorme peso desmayada.
»Fatigado, invoqué del dulce sueño,
»Para aliviarme, el eficaz beleño,
»Que cerrando mis ojos con oscuro
»Velo, me socorrió en aquel apuro:
»Mis ojos solos, pues que quedó abierto
»Ancho camino al ánimo despierto,
»Que aunque con el reposo se consuela.
»Del cuerpo, concentrado siempre vela.
»Se presenta ¡oh prodigio! de repente
»A mi vista, la misma misteriosa
»Figura que habla visto anteriormente
»En sueños, y con mano primorosa,
»Sin el menor dolor mi pecho abriendo,
»Me saca una costilla ensangrentada,
»Y con rara destreza, reuniendo
»Los labios de la herida dilatada,
»Sana la deja, cual si nunca hubiera
»Existido: después con la ligera
»Mano, de una costilla la transforma
»En un completo cuerpo, que en la forma.
»Total, al cuerpo mío se parece;
»Pero tan delicado y tan hermoso,
»Que lo visible todo en su espacioso
»Recinto, no me ofrece
»Cosa que pueda hacerle competencia.
»En el sexo también se diferencia
»Del mío: en su semblante peregrino
»Resalta un resplandor casi divino:
»Dirían, que en él toda su belleza
»Unió en pequeño la naturaleza.
»Vi aquella incomparable criatura;
»Sus ojos despedían una pura
»Llama, que inundó mi alma de alegría:
»Un mundo todo nuevo aparecía,
»A los míos: el suelo más florido;
»El aura, más suave y deliciosa.
»En esto, veo que huye presurosa;
»Me despierto, y exclamo, sorprendido
»Al ver realmente lo que había creído
»Sueño: «Detente: no huyas, ¡oh celeste
Maravilla! ¡De nuevo a presentarme
Vuelvo tu hermoso rostro, y consolarme!
¡Vuelve a mí, si no quieres que me cueste
Toda mi dicha! ¿Cómo la tendría,
Si una vez que te he visto, te perdía?
¿Y qué deleite disfrutar pudiera
Si de ti para siempre careciera?
¡Vuélvete! ¡Compadece mi quebranto!
¡No me abandones a un eterno llanto!»
»Vuelo entonces tras de ella con presteza:
»La alcanzo, y me parece su belleza,
»Despierto, tan perfecta cual brillaba
»Cuando en mi feliz sueño la admiraba:
»Toda cuanta hermosura está esparcida
»En las; demás criaturas, reunida
»Al lado de, la suya, se eclipsaba.
»Condesciende en volver. Interiormente
»El mismo Dios, el Todopoderoso
»(Su mucho amor vi entonces evidente)
»La mueve a que se venga con su esposo
»La da a entender lo que era la unión pura
»Del matrimonio, de sus dulces lazos
»Toda la fuerza y toda la ternura,
»Y que en mis castos brazos
»La dicha únicamente encontrarla.
»Yo entretanto, sirviéndola de gula,
»Apresuradamente
»Hacia mi alojamiento la llevaba,
»Y al ver belleza tal me enajenaba.
»El Cielo está en sus ojos: en su frente,
»Junto el candor con la inocencia habita.
»El menor movimiento de su airoso
»Cuerpo, la admiración más dulce excita,
»Desenvolviendo el talle majestuoso:
»Con semblante risueño
»Las gracias todas, y el amor volando
»Con el placer, la van acompañando,
»Y la forman un séquito brillante,
»Como a su Reina. Yo no soy ya dueño
»De mí mismo, y exclamo agradecido:
«¿Conque ya, ¡oh Dios benigno! está delante
De mi encantada vista aquel tesoro
Que tu bondad me había prometido?
Al verlo, mi perdón de nuevo imploro
Por la audacia de habértelo pedido;
Pues su riqueza mi esperanza excede,
Y mi corazón débil jamás puede
Corresponder a tu beneficencia.
¡Con qué ventajas y con qué indulgencia
Aquel triste momento has compensado
En que, severo, al parecer, conmigo,
Desatendiste a mi ruego osado
Y hablaste sólo de ira y de castigo!
Permite, pues, que explique en lo posible
Mi amor ardiente, mi agradecimiento
A ti ¡mi tierno Padre! que sin cuento
De bienes me llenaste, y que sensible
Por último a mi suplica rendida,
Me has dado, con mi esposa, nueva vida.
La llenaste de gracia y de hermosura:
No se halla otra tan bella criatura:
De mi propia sustancia la formaste,
Y mi imagen en ella retrataste:
Me amo a mí mismo en ella, y a ella quiero
En mí; pues su ser mío considero.
A su padre y su madre, el tierno esposo
Dejará en adelante, no dudoso,
Por su mujer: enajenado padre,
Adorará en sus hijos a su madre:
Ambos un corazón serán y una alma,
Con los lazos de amor encadenados,
Y gozarán en deliciosa calma
Una felicidad misma hermanados.»
»Eva oye estas palabras, y modesta,
»Como recién nacida y fresca rosa,
»Lejos de saborear con orgullosa
»Vanidad mis elogios, manifiesta
»Su obediencia, y responde con dulzura.
»Rendida y vergonzosa,
»A la dulce expresión de mi ternura.
»En presencia del Dueño Soberano
»De cuanto existe, con augusta forma,
»Yo la di, ella me dio su casta mano:
»Acto que deberá servir de norma
»A nuestros más remotos descendientes.
»Celebró toda la naturaleza
»Nuestra unión: cual testigos, los lucientes
»Astros brillaron con mayor viveza:
»Por presenciarla, el Cielo silencioso
»Suspendió un rato el curso majestuoso:
»El aura misma plácida y serena,
»En su lengua nos dio la enhorabuena:
»Los pájaros sus cantos duplicando,
»Las cristalinas aguas murmurando.
»El enlace aplaudieron,
»Y ejemplo a todos los, vivientes dieron.
»Los collados, los valles repetían
»De aquel festivo día los acentos:
»Los árboles con dulces movimientos
»Se inclinaban: las flores olorosas
»Sus coloridos senos descubrían:
»El Zéfiro, sus alas extendiendo
»Emulas de las rosas,
»Ansioso sus perfumes recogiendo
»De una en otra volaba,
»Y sus bellos matices avivaba.
»Cual nube densa, al estrellado techo
»Sube el precioso incienso reunido,
»De los olores del jardín florido,
»Y Dios mismo bendice el nupcial lecho
»Mientras con suave músico gorjeo
»El ruiseñor el himno de himeneo
»Canta, y vuela la estrella vespertina,
»Sus teas a encender con la divina
»Llama, con el sagrado
»Fuego, que puro por la vez primera
»Extrae de su esfera
»Brillante, a tales usos destinado.
»Mis riquezas, mi suerte venturosa
»Te he referido: ves cuán generosa
»La mano del Eterno me ha colmado
»De bienes, mis deseos previniendo.
»Con todo, lo que siento, francamente
»Te diré: los deleites terrenales
»Van para mí su mérito perdiendo
»Con el uso, exceptuando únicamente
»El tierno trato de mi esposa amada.
»Los restantes placeres, desiguales
»Son ya a la grande idea que formada
»Tenía de ellos: el suave canto
»De las pintadas aves, de las fuentes
»El susurro, el aroma delicioso
»De las llores, los jugos excelentes
»De las sabrosas frutas, que antes tanto
»Lisonjeaban mi gusto codicioso,
»Ya me fastidian: sólo mi querida
»Eva es siempre el deleite de mi vida.
»Ardí al ver su belleza casta y pura:
»Ardí al ver de sus ojos la hermosura:
»Ardo, cuando a mi vista se presenta;
»De los demás objetos no hago cuenta.
»¡Cual es, pues, el poder, cuál la ignorada
»Fuerza de una sonrisa, de una ojeada!
»Tal vez del cuerpo la delicadeza,
»Hará que ella no tenga la firmeza,
»La madurez que al hombre tocó en suerte.
»Quizá también ser algo menos fuerte.
»La idea, que en su pecho está grabada
»De la justicia y de la ley sagrada
»Que en mi imprimió
»El señor obediente profundamente,
»Pues que la destinó a ser dependiente
»De mi, y para una cándida obediencia,
»Ni mi carácter, ni mi inteligencia
»Tener necesitaba:
»Una clara razón, a una inocentes
»Docilidad, unida, la bastaba.
»Del Dios que a ambos nos hizo, con efecto,
»Sé que no es un retrato tan perfecto
»Como yo; no se ve en su rostro hermoso
»Aquel aire del hombre majestuoso,
»En que la seria autoridad respira:
»Mas, lo confieso, a fuerza de hermosura,
»Cuando hacia mí la amable vista gira,
»Mis sentidos deslumbro, de manera
»Que, casi sin dudar, dudar seme figura
»Que como es bella, así ha de ser juiciosa.
»Del imperio que ejerce en mí, segura,
»No abusa de él; mas siempre que cualquiera
»Ocasión se presenta, en que dudosa
»Mi razón titubea, su ingeniosa
»Idea sigo en todo, que hasta ahora
»Jamás encontré errada; ¿y quién pudiera
»No ceder a su gracia encantadora?
»Yo no sé en que consiste;
»Pero es cierto que nunca se resiste
»La más sana razón a la hechicera
»Viveza suya: todo lo domina
»Y lo subyuga: en vano determina
»Mi alma hacerse violencia,
»Y oponer una justa penitencia,
»Al atractivo que su fantasía
»Da a sus consejos: no hay sabiduría
»Que no quede vencida, por más grave
»Que se precava, a la elocuencia suave
»De aquella boca amable, cual facunda.
»En su debilidad, su imperio funda
»Sobre mi, y se asegura mi respeto.
»Con su timidez misma: ¡inconcebible
»Virtud de un atractivo irresistible!
»Así componen su pomposa corte,
»El poder y el temor, con que sujeto
»Tiene cuanto la cerca. El inocente
»Pudor la guarda, y su resplandeciente
»Séquito adornan, con brillante porte,
»Todas las gracias juntas: se diría
»Que el Cielo se ha esmerado
»En hacerla perfecta, y la ha criado,
»No para obedecer, cual yo creía,
»Sino para reinar. ¿Y acaso cabe
»El dominar a un ser que encantar sabe?»
A estas palabras, con severa frente
Responde Rafael: «Nunca imprudente
»De error al Cielo acuses,
»Que cuantas calidades necesitas
»Para tu noble fin, te ha concedido,
»El te prodigará otras infinitas
»Gracias, con tal que de ellas tú no abuses.
»La razón, sobre todo, has recibido
»De su bondad, que fiel siempre a tu lado
»Te guarde y te dirija: si juicioso
»La obedeces, jamás abandonado
»De ella serás: el Todopoderoso
»A Eva dio la hermosura y halagüeño
»Rostro, a fin que el consuelo disfrutaras
»De su sociedad dulce, y la estimaras.
»De ella haz tu amiga; pero no tu dueño:
»Tu dignidad no olvides: tu sublime
»Rango conoce. Aquel que no se estimo
»En lo que vale, no debe quejarse
»De ver de sus derechos despojarse,
»Y de perder la ajena
»Estimación. Exige, pues, prudente,
»Sin rigor, el respeto que es debido
»A tu ser superior. Tu esposa es buena:
»Tus derechos sostén constantemente
»Y con dulzura: sacarás partido
»De su debilidad, y la cordura
»Vencedora será de la belleza.
»Podrás sin riesgo amarla con ternura,
»Y también complacerla sin flaqueza.
»Si al contrario, a tal punto te deslumbras.
»Dejándote arrastrar de su atractivo,
»Que a un vergonzoso mando la acostumbras,
»Serás, antes de mucho, ejemplo vivo
»De la vileza a que el error conduce.
»Y de los grandes males que produce.
»Ella de gobernarte se hará un juego
»Y tú, embriagado y ciego,
»Por sus ojos verás únicamente.
»¿Y se atreve a insinuar el aliciente
»De unos viles placeres sensuales,
»El Rey del mundo, de razón dotado?
»¿Acaso a los más torpes animales
»No se asemeja en ellos? ¿Degradado
»Estaría, de modo que pusiera
»Su dicha en tal bajeza, y prefiriera
»Esta a aquellos deleites inmortales
»A que está por su cuna destinado?
»¡En lo permita el Cielo!
»Que ella halle en ti su guía y su consuelo.
»Tu corazón domina, y totalmente
»Dominarás el suyo. Un inocente
»Y legítimo amor al hombre eleva,
»Y en lugar de abatirle, alto le lleva
»En sus alas de fuego desde el suelo
»De este globo hasta el Cielo,
»Y de las criaturas materiales,
»De Dios a los fulgores eternales.
»A esto Adán le contesta sonrojado:
«¿Crees que de Eva estoy enamorado
»Sólo por el placer que su belleza,
»Material me ocasiona? Tal bajeza
»Al nivel de los brutos me pondría.
»Sé que es, entre los hombres, más augusto
»Más noble, el casto lazo de himeneo;
»Más sagrados sus fines; sus deberes
»Más serios y más santos: que sería,
»Olvidarlo, el desorden más injusto.
»Mas lo que en Eva veo,
»Que más me hechiza, si sincero quieres
»Que te hable, son los dones admirables
»De que Dios la ha colmado: sus amables
»Gracias; de su candor la negligencia;
»De su voz el acento melodioso,
»Y su mismo silencio cariñoso;
»Su noble orgullo, y los inapreciables
»Encantos de su tierna complacencia:
»Nuestra dicha es común: en todo acordes
»Nuestros deseos; y en nuestras concordes
»Ocupaciones reina la armonía,
»La deliciosa paz y la alegría.
»¡Dulce acuerdo! ¡La música hechicera
»Del seráfico canto a los oídos
»Es menos lisonjera
»Que lo es tu suavidad a mis sentidos!
»Ya ves, oh Rafael, que la nobleza
»Sé unir con el amor. Eva me agrada.
»Es cierto; mas desdeño la bajeza
»De una alma, en servil lazo esclaviza:
»Sé conocer el bien y practicarlo:
»Lo es el amor, tú mismo de aprobarlo
»Te dignaste; tú propio este sistema
»Dijiste que guiaba a la suprema
»Felicidad, y me añadiste luego
»Que, en las alas de fuego
»Del amor ensalzada,
»Penetra el alma la inmortal morada;
»Pero rendido tu amistad imploro,
»Para que un breve rato aun sacrifiques,
»Y un secreto me expliques,
»Qué me importa saber, y qué aun ignoro.
»¿Se ama en el Cielo? ¿Cuáles los amores
»Son, en tal caso, de sus moradores
»¿Consisten en miradas cariñosas,
»En tiernas expresiones? ¿Mutuamente
»Os arrojáis de lejos amorosas
»Llamas, o bien un corazón ardiente
»Con otro une sus rayos luminosos,
»Y ambos uno a otro se hacen venturosos?»
Con aquel encarnado que colora
La rosa y que a los Cielos pertenece,
Rafael dice: «Tu humildad merece
»Que yo te explique lo que tu alma ignora
»En este punto. En el celeste asiento
»Todos somos felices. ¿Y podría
»Haber felicidad si amor no había?
»De nuestra dicha, pues, el fundamento
»Es el amor. Aun tus inclinaciones
»En la unión pura de los corazones
»Estriban; mas los lazos corporales,
»Que cual pesados hierros entorpecen
»Vuestras almas, nosotros no tenemos.
»Libres y totalmente espirituales,
»Estorbos tales no se nos ofrecen:
»En las llamas de un puro amor ardemos.
»Como un rayo de luz a otro se une,
»Con otro ser él nuestro se reúne,
»Y, en él con Dios, a cuya unión divina
»Toda otra pura unión nos encamina.
»En él unidos todos, embriagados
»De amor, vivimos bienaventurados.
»Vosotros, por el cuerpo comprimido.
»Jamás podéis pasar de los sentidos.
»Pero adiós; pues que ya la noche oscura,
»A extender sus chapuces se apresura.
»Ama a Dios: su ley guarda; sé juicioso,
»Y serás cada día más dichoso.
»Todos los ciudadanos inmortales
»Sus ojos sobre ti tienen abiertos.
»Tus virtudes, tus vicios, tus aciertos,
»O tus errores, cubrirán el Cielo
»De nuevos brillos o de los fatales
»Lutos del más amargo desconsuelo.
»Libre naciste, y tus descendientes
»Te deberán la dicha o desventura.
»Guárdate de seguir los perniciosos
»Consejos de algún pérfido enemigo;
»De la razón escucha los prudentes
»Dictámenes, y así tu alma, segura
» Y libre de los lazos peligrosos,
»Tendrá a Dios por su padre y por su amigo.»
Así acaba, y al verle levantado,
»¡Adiós, amigo celestial y amado,
-»Le dice Adán; -tú, a quien el Soberano
»Ha enviado hacia sus súbditos rendidos,
»Dile que le amaré siempre constante:
»Eva me imitará, y en adelante
»Tampoco olvidaré tu trato humano,
»Tu amable gracia en estos divertidos
»Discursos, y el insigne beneficio
»Que nos ha hecho en admitir benigno
»Hospedaje de ti tan poco digno.
»Puesto que vuelves a la eterna gloria,
»Sénos siempre propicio,
»Y nuestros votos ten en la memoria.»
De hablar en este punto remataron,
Y uno y otro marcharon,
Adán hacia su verde alojamiento,
Rafael más allá del firmamento.

LIBRO NOVENO.
SUMARIO
SATANÁS habiendo recorrido la tierra, armado de nueva malicia,
vuelve de noche al Paraíso. Se introduce en la serpiente. Adán y Eva
salen, al romper el día, a sus ocupaciones ordinarias. Eva propone separarse
de su marido para trabajar sin distraerse. Adán se opone a ello, por
temor de que el enemigo se valga de su soledad para tentarla. Eva, sentida
de aquella desconfianza en su virtud, insiste en la separación, y
Adán cede. La serpiente encontrándola sola, la habla, y lisonjea su amor
propio. Eva se admira de oírla hablar, y desea saber la causa: a lo que
responde la serpiente, atribuyéndola a la virtud de una fruta del jardín, y
conduce a Eva, a petición suya, hacía el árbol vedado, diciéndola que
aquella es la fruta, e induciéndola a que la coma. Duda al pronto; pero
al fin cae en la tentación. Va después a encontrar a Adán, llevándole un
ramo cargado de la misma fruta. Adán a primera vista se horroriza; pero
arrastrado por su excesivo amor, toma la resolución de perecer con Eva
y la come. Efectos de este pecado. Procuran al pronto cubrir su desnudez;
se introduce después la discordia entre ellos, y se culpan recíprocamente
de aquel exceso.
¡Oh tierra desgraciada! ¡Oh deplorables
Mutaciones! ¡los días ya se acaban
En el mundo celestes mensajeros
Descendían, y al hombre las amables
Ordenes del Eterno declaraban:
En que el Ángel benigno, a los primeros
Padres, con trato familiar honrando,
Y en su rústica mesa acompañando,
Por su fruta sabrosa
Dejaba la ambrosía deliciosa,
El néctar de los Dioses! ¡Qué funesta
Mudanza va a cantar la lira mía,
En lugar de tan plácida armonía
Del Cielo con la tierra! ¡Cuánto cuesta
A su dulzura repetir la horrible
Ingratitud del hombre; su piadoso
Criador desconocido
Por él, y su poder sumo ofendido;
La culpa introduciendo la insensible
Muerte en el mundo, con el espantoso
Séquito innumerable de los males,
Justa venganza de los desleales,
Que el más suave precepto quebrantaron
Y contra su Hacedor se rebelaron!
¡Asunto lamentable;
Pero más elevado y admirable
Que Aquiles, arrastrando furibundo
Alrededor de Troya, el despojado
Cadáver de Héctor, en el polvo inmundo,
Por tres veces, al fiero carro atado:
Que, la lanza de Marte ensangrentada,
O el hórrido tridente de Neptuno:
Más que el hijo de Anquises, trasladada
Su fortuna con él, al floreciente
Latino reino, y que la fiera Juno,
De Ilión las reliquias persiguiendo
Por los mares, y a Turno protegiendo,
Para acabar con ellas duramente!
Dígnate, pues, ¡oh Musa! de inspirarme.
Tú eres mi protectora,
Y sueles con frecuencia visitarme.
Ven silenciosa, te lo pido, a la hora
En que el orbe descansa adormecido,
Y ennoblece los versos numerosos
Que de mi boca corren a raudales,
Desde que di principio al escogido
Tema sublime, cuyos poderoso a
Atractivos mi lengua han fecundado.
Otros, por largo tiempo las mortales
Contiendas, las hazañas han cantado
De uno y otro soñado caballero
De los remotos siglos, olvidando
Con ingrato silencio el verdadero
Mérito y la constancia que ilustrando
Están los fastos del valor guerrero.
Celebren, pues, con pluma aduladora
Las concurridas justas, los torneos.
Los lozanos bridones, los arreos,
El garbo y la belleza encantadora
De fingidas Princesas, los soñados
Golpes de espada y lanza agigantados;
Los altos hechos de armas, la pomposa
Púrpura de los mantos, los lucidos
Broqueles de oro fino en que esculpidos
Los sucesos se ven que lustre dieron
A sus dueños: alaben la preciosa
Riqueza y discreción de las empresas:
Dispongan los festines, y las mesas
Abundantes, que al mundo sorprendieron
La turba servicial y numerosa
De gigantes, de enanos, de escuderos,
De encantados palacios, hechiceros
Verjeles, y millares de patrañas,
Como de la verdad, del juicio extrañas,
A que el vulgo da asenso,
Y en que perder el tiempo nunca pienso,
Un tema más brillante,
Más nuevo objeto, más interesante
Al hombre, viene a despertar mi lira,
Si acaso el clima helado, que conspira
Con la torpe vejez, no apaga luego
Los tristes restos de mi sacro fuego,
O mi Musa, apiadada de mi vano
Esfuerzo, no me quita de la mano
El sonoro instrumento,
Y corta él vuelo a tan osado intento.
El sol ya remataba su carrera
Del mar en los cristales; la lumbrera
De Véspero dudosa, que del día
Participa y la noche, relucía
En la mitad del orbe; se asomaban
Las sombras, y el oriente ya enlutaban,
Cuando acabando el curso vagabundo,
Satanás, despreciando las terribles
Amenazas del Cielo, vuelve al mundo.
No menos fiero, pero más prudente,
Como ya escarmentado, los posibles
Medios discurre en sí, para meterse,
Sin que le vean, como anteriormente,
De Edén en el recinto y esconderse.
Fiel a su empresa odiosa,
Como huyó con la noche tenebrosa,
Con ella vuelve, pero con cautela
En espiarle todo se desvela
Para asaltar la cerca peligrosa,
Bien que resuelto a entrar, aunque le cuesta
Perecer. Desde la época en que visto
Fue por aquel espíritu celeste
Que el sol dirige, dentro de los muros
De Edén, y, echado de entre sus oscuros
Bosques, habla fugitivo y listo
Siete veces entera vuelta dado
A aquel inmenso círculo inflamado
Que de la luz y sombra exacto mide
La marcha y en sus turnos la divide.
Cauto, a la negra noche iba siguiendo
En sus velos envuelto y siempre huyendo
De la luz, hasta tanto que en la octava
Tarde, cuando a extenderse comenzaba
Sobre Edén, de su sombra guarecido,
A ejecutar su plan llega atrevido;
Pero para evitar la vigilancia
De la guardia celeste, a gran distancia
Callado, al lado opuesto de la cerca,
Por sendas ocultísimas se acerca.
Entonces allí mismo un antro había
(Antes que por la cólera del Cielo
Se trastornase todo en aquel suelo),
En cuyo negro seno sumergido
El Tigos, de él de nuevo a luz salía
A seguir su camino interrumpido.
Por el jardín ameno discurriendo:
El enemigo aquella entrada viendo
Tan secreta y segura,
En sus ondas se arroja diligente:
Envuelto en ellas pasa aquella oscura
Cueva, y vuelve a salir con la corriente.
Para ocultar su marcha fraudulenta,
Al hollar el jardín, rodearse inventa
De un velo de vapores, recogido
Del agua misma por donde ha venido.
Resuelve al fin, para mejor cubrirse,
En un cuerpo viviente introducirse.
Durante el largo viaje ha examinado
La especie singular de cada bruto,
Sus costumbres e instinto, y reparado
Que entre ellos todos era el más astuto,
El más fino, la pérfida Serpiente,
En ella, él y su lazo juntamente
Determina ocultar, haciendo cuenta
De que si en una bestia se escondía
Que fuese un poco estúpida, daría,
Si del menor estratagema usara
O de la menor traza, una violenta
Sospecha de sus tramas infernales
Que el suceso esperado trastornara.
Sólo, entre los restantes animales,
Aquel, por su malicia, su tortuoso
Andar y por su instinto cauteloso,
Podía a su carácter fementido
Prestar un verosímil colorido.
Lo elige: mas primero, sollozando,
La pena exhala, que le está angustiando.
«¡Oh tierra! exclama (pues que así te nombras),
»Digna de ser por dioses habitada,
»¿Cómo no te avergüenzas y te asombras
» De verte por los hombres profanada?
»Tú, del brazo de Dios obra segunda,
» Mas primera en lo hermosa y lo fecunda.
»¡De qué luces tan bellas
»Te adornan, te coronan las estrellas!
»Para ti esas lumbreras se encendieron;
»Los Cielos mismos para ti se hicieron;
»Cada astro, de servirte envanecido,
»Se eleva, viaja, vuelve y sin reposo
»Alrededor de ti vuela gozoso
»A pagarte el tributo que es debido
»Como a Reina de fuegos, de colores,
»De estaciones y vivos resplandores.
»Como en el Cielo cada inteligencia
»Angélica, con ansia imponderable,
»Tira a acercarse a la divina esencia
»Cual a centro común, así se esfuerza
»Todo ese pueblo hermoso, innumerable
»De soles, a rodearte amontonado,
»Como a centro también, sin que extraviado
»Uno siquiera su carrera tuerza.
»Esos fuegos vitales son la fuente
»De todos tus tesoros y hermosura;
»Son los que vuelan con el aura pura
»Por las plantas, las frutas y las flores;
»Las forman, las elevan gradualmente
»Y la dan sus perfumes y sabores.
»Aun es mayor prodigio. A esos vivientes
»Pueblos de irracionales que renacen
»Sin cesar, dan la vida y los sentidos,
»Y con sus llamas más sutiles hacen
»En ellos los efectos aparentes
»De la razón, de modo que advertidos
»Y sagaces parecen cual si hubiera
»Ingenio en ellos que los dirigiera.,
»Estos, aunque en el rango desiguales
»Entro sí, se utilizan, y puntuales,
»Según sus clases, de diversos modos
»Al hombre sirven y obedecen todos.
»¡Oh tierra! ¡Qué pinturas primorosas
»Hermosean tus campos espaciosos!
»¡Oh alegres valles, montes orgullosos,
»Collados verdes, sombras deliciosas,
»Frescos antros, arbustos delicados,
»Árboles majestuosos,
»Audaces riscos y floridos prados,
»Ríos pomposos, rápidos torrentes,
»Arroyos, vastos lagos, claras fuentes.
»Oh cuánto vuestra vista deleitable
»Mi triste corazón encantaría,
»Si sentir el placer me fuera dable!
»¡Mas para él el placer y la alegría
»No existen ya! ¡La más negra tristeza,
»La desesperación, tienen fijada
»Dentro de él para siempre su morada!
»Para aliviar mi bárbaro tormento
»Producir debe la naturaleza
»Cómplices en mi encono y mis maldades.
»Penas que igualen a las que yo siento,
»Impulsos de furor, atrocidades;
»El extremo del mal, al fin, que llene
»Este pecho, y de rabia lo enajene.
»Tal es el solo bien que, ansioso anhelo!
»¡Oh Infierno, huir en vano he procurado,
»Del fuego de tu océano abrasado!
»¡Otro infierno más cruel llevo conmigo!
»¡Me sigue inseparable en este suelo,
»Y aun del celeste alcázar al abrigo
»Con el mismo furor me acompañara
»Si a su déspota altivo no humillara!
»Pues que este mundo es su obra preferida,
»Y el hombre imagen suya, en lo más vivo!
»Le he de ofender sin duda si le privo
»Del gozo que ahora tiene en ver cumplida
»La intención noble con que le ha criado
»No siendo esto imposible, si se logra,
»El mundo como el hombre se malogra.
»Hagámosle este ultraje duplicado,
»Supuesto que en mi suerte desastrada
»Si no a ganar, no voy a perder nada.
»Satanás no es feliz si no es vengado.
»Si llego así a triunfar de mi enemigo
»Y mis tormentos dividir consigo,
»Que lluevan sobre mí calamidades,
»Que de ese Dios excedan las crueldades
»A mis delitos, nada ya recelo;
»En todas partes hallaré consuelo.
»Perezca el hombre; quede devastado
»El jardín que para él se ha fabricado.
»Sólo el mirar al mundo me importuna;
»Que siga de su dueño la fortuna.
»Mas no sacia aún su ruina mis deseos:
»¡Objetos de mi envidia y mis dolores,
»Cielo, tierra, hombre, Dios, desvaneceos,
»Pereced todos! Mi odio no os separa.
»La guerra a haceros va indistintamente!
»¡Pábulo a mis furores.
»Aniquilaos todos juntamente!
»Que su soberbia actual les cueste cara;
»Que prueben por su turno esas, divinas
»Esencias, esos seres, el tormento
»Que hace penar mi corazón sangriento.
»Que acabe todo, y que sobre las ruinas
»Del universo en pie Satanás quede.
»¡Satanás solo! Es lo único que puede
»Satisfacerme. Entonces, victorioso,
»Al Infierno volviendo, recibido
»Con delirio gozoso,
»Decir podré a aquel pueblo sorprendido:
»Aquí tenéis el vencedor glorioso
»Del decantado Dios omnipotente;
»Postraos a sus pies; el merecido
»Homenaje prestadle acordemente;
»He deshecho en un día
»Lo que su afán en seis criado había,
»Esa obra inmensa, ese orbe celebrado
»En que había agotado
»Su poder todo y su sabiduría,
»Objeto de su viva complacencia.
»Aunque era tan reciente en la apariencia,
»Me parece probable que previendo
»Que útil a su venganza ser debía,
»La estuvo largo tiempo previniendo.
»Así, aquella obra que bondad respira,
»Hija habrá sido de su fatal ira.
»Puede también que no la haya ideado
»Sino cuando del Cielo la tercera
»Parte de moradores que quisieron,
»Ser libres y su yugo sacudieron,
»Con imprudente furia arrojó airado.
»Apenas cesaría su primera
»Cólera al ver su reino despoblado,
»Quizás de su imprudencia arrepentido,
»Que volviera a poblarse deseando,
»Y a un tiempo la ocasión aprovechando
»De desahogar aún más su desmedido
»Odio contra nosotros, trataría
»De tomar algún medio. No alcanzando
»Tal vez ya su poder, desfallecido
»Con el uso, a criar otros iguales
»Ángeles a los que el perdido había
»(Si acaso nuestros seres inmortales
»A él debemos), y que de aplausos vanos
»Y serviles inciensos le colmaran,
»Dio el ser a los humanos,
»Para que nuestros tronos ocuparan
»En su corte: a ese pueblo vil y oscuro,
»Que rico a nuestra costa, envanecido
»Con nuestra ruina, vive persuadido
»De que se ha de elevar su cieno impuro
»A lo alto del Empíreo, a la grandeza
»De que se nos privó con tal dureza.
»Tal la intención de Dios sin duda ha sido,
»Y hasta ahora su proyecto
»En todo punto se ha llevado a efecto:
»Al hombre de la tierra ya ha formado,
»Sobre ella por su rey le ha entronizado.
»Le ha puesto por dosel el firmamento:
»Los astros en perpetuo movimiento
»Sirven para alumbrarle:
»Los Ángeles son sólo diligentes
»Criados, destinados a cuidarle,
»Y a ser sus mensajeros: los ardientes
»Querubines la corte con bajeza
»Hacen a esa criatura miserable,
»Sumida de su lodo en la torpeza,
»Como si fuera al ser más respetable
»Su favor vergonzoso mendigando
»Y en su custodia sin cesar velando.
»Así el tirano el pundonor destierra
»Del Cielo, esclavizándolo a la tierra.
»Para evitar la vista penetrante
»De esos envilecidos
»Antiguos camaradas, ahora crueles
»Enemigos de todo su brillante
»Gremio, y al interés común infieles,
»He tenido que andar por escondidos
»Senderos y cubierto del oscuro
»Nocturno manto, a fin de introducirme
»Aquí ¡Feliz si encuentro más seguro
»Asilo, en que encubrirme
»Pueda a gusto, y librarme de su odioso
»Registro, refugiándome al obsceno
»Cuerpo de un reptil torpe adormecido,
»Y transformar en él el majestuoso
»Rostro del Jefe de los Serafines!
»¡Oh vergüenza! ¡Oh disfraz el más ajeno
»De un ser rival de Dios! ¡Yo que he podido
»Alborotar del Cielo los confines,
»Y hacer dudosa guerra abiertamente
»A ese señor del mundo,
»Reducido a esconderme en el inmundo
»Cuerpo de una serpiente,
»A arrastrar por el polvo, en sus tortuosos
»Pliegues, postrando mi soberbia frente!
»¡Oh infernales poderes orgullosos!
»Al mirarle abatido a tal extremo,
»¿Conoceréis a vuestro rey supremo?
»¡Hasta que sima tiene que bajarse
»La ambición, cuando trata de elevarse!
»Cuanto más alto pone el pensamiento,
»Tanto más ha de ser su abatimiento.
»¡Oh venganza! tú que has envenenado
»Mi triste corazón, ¡cuánta amargura
»Viene mezclada en tu falaz dulzura!
»Si algún consuelo me has proporcionado,
»¡Qué crueles consecuencias ha traído!
»No importa: ¡tronad, Cielos! La fiereza
»De vuestros rayos sobre mi cabeza
»Rebelde descargad, que conmovido
»No me veréis. ¡Oh suerte! Me contento
»Sólo con poder dar a ese envidioso
»Dios, mi enemigo, un golpe doloroso,
»O si a él no alcanza mi resentimiento,
»Vengarme sobre ese hijo que ha adoptado,
»Y que en su rabia al Cielo ha presentado.
»Ese Dios nuevo ha sido el que insolente
»Me ha insultado. Esto basta: mi abrasada
»Ira debe pagarle exactamente
»Odio por odio, ultraje por ultraje.»
Dichas estas palabras, concentrada
Su rabia, entre la zarza y el espino
Espesos, con silencio abre camino,
Y prosigue su viaje
A buscar la serpiente, que dormida
Encuentra, entre sus círculos metida
La lánguida cabeza blandamente.
No era entonces aquella bestia bruta.
De todo cuanto vive aborrecida,
Como ahora: era colérica y astuta;
Mas no cruel, ni pérfida: inocente,
En lugar de esconderse en la espesura,
O de los antros en la sombra oscura,
Como lo hace actualmente,
Sobre la tierna hierba se enroscaba,
Y a cielo abierto, quieta dormitaba,
En ella, Satanás con ligereza
Se mete, y en su pecho se introduce
Su instinto torpe, a obedecer reduce
De su inmortal razón a la viveza,
Y tranquilo en moverse no se afana,
Hasta tanto que llegue la mañana.
Ya el Oriente remoto se colora,
De la tierra el incienso matutino
Sube hacia Dios, al paso que la aurora
Comienza sonrosada su camino,
Y el Criador recibe con agrado
La adoración de la obra que ha criado.
Adán, en aquella hora ya despierto,
Con Eva el verde cenador dejaba,
Y con los coros mudos de concierto
De las demás criaturas, alababa
Al Señor, las primicias disfrutando
Del día; pero el tiempo iba avanzando
Su rústico trabajo los llamaba,
Y a los cuidados que el jardín pedía,
Bastar el afán de ambos no podía.
«Caro esposo, dice Eva: inútilmente
»Las fuerzas reunidas ocupamos
»De nuestros brazos, para dar salida
»A todo: el largo día en podar ramos
»Infructuosos se pasa, y al siguiente,
»Otra tal multitud vemos crecida,
»Que parece que nada hemos cortado.
»Si otras veces, las ramas, abrumadas
»Con el peso sobrado,
»Sobre fuertes horquillas sostenemos,
»Para cada una, mil aun más cargadas
»En una noche sola, por la fuerza
»Del fértil suelo, nuevamente crecen,
»Y a todas acudir nunca podemos.
»Para una que estorbamos que se tuerza.
»Las más hermosas y útiles perecen.
»¿Qué diré de las frutas y las flores?
»Todos nuestros sudores
»Para una corta parte no serían
»Bastantes, sólo de las que se crían
»Alrededor de nuestro alojamiento.
»Veamos si abreviar es asequible
»El ímprobo trabajo, de manera
»Que luzca más: quizá tu gran talento
»Hallará algún arbitrio: por mi parte
»Uno tengo pensado, que es sensible
»A mi tierno cariño, que quisiera
»De ti no separarse ni un momento;
»Pero sobre el es justo consultarte,
»Como que tienes más conocimiento,
»Puesto que me parece el más juicioso,
»Para hacer más ligero y más fructuoso
»Nuestro largo trabajo. Dividamos
»Nuestras tareas: tú, como el más fuerte,
»Podrás en el cultivo entretenerte
»De los árboles, ya uniendo al robusto
»Olmo la débil palma, ya en los ramos
»Del olivo enredando el oloroso
»Jazmín, o bien podando el lujurioso
»Nogal, según te lo dictare el gusto,
»Mientras yo en otra parte mis sudores
»Emplearé en las plantas y las flores;
»Porque, yo lo confieso, cuando unidos,
»Como sucede en todas ocasiones,
»En un mismo paraje cultivamos.
»Las plantas, casi nada trabajamos:
»En suaves caricias divertidos,
»O en dulces risas, o en conversaciones
»Mas serias comúnmente distraídos,
»Por nuestra utilidad, nos olvidamos
»De la de nuestros tiernos arbolitos,
»De la de nuestras rosas, y exquisitos
»Frutos, y luego, sin placer comemos
»Lo que sin pena alguna recogemos.»
Responde Adán: «¡Oh encanto de mi vida.
»A todas las criaturas preferida!
»Ese deseo de que apresuremos
»Nuestro trabajo agreste, aun más amable
»Te hace a mi corazón. ¡Que generoso
»Esfuerzo, en consentir sacrifiquemos
»A1 interés común, el agradable
»Placer de nuestra dulce compañía!
»¡Cuanto no habrá costado a tu amoroso
»Corazón! Has pospuesto noblemente
»La excesiva alegría
»De un gusto vano, a las solicitudes
»Justas, a las domésticas virtudes;
»Mas Dios no trata tan severamente
»A sus hijos. Sus leyes con dulzura
»Templa; permite que, en nuestras faenas,
»De tiempo en tiempo con nuestras caricias
»Volvamos las fatigas en delicias:
»Quiere, si el apetito nos apura,
»Que un rústico festín a nuestras venas
»El vigor vuelva, y que con divertidos
»Coloquios se interrumpan los seguidos
»Afanes: que jamás nos excedamos
»De modo en trabajar, que nos rindamos:
»Que del trabajo a gusto se respire,
»Y que cual mera diversión se mire:
»Aun mucho más, aprueba que empleemos
»En amables discursos la preciosa
»Razón que nos ha dado; que expresemos
»El recíproco amor, el inocente
»Afecto que ha grabado su piadosa
»Mano profundamente
»En nuestros tiernos pechos, y que usemos,
»Del don de la palabra, que ha negado
»A todo otro animal, y al hombre ha dado.
»Esta inflama el amor que a sus bondades
»Debemos tributar, y nos levanta
»A él: que de todas las necesidades
»Nuestras, es la primera y la más santa,
»Y nuestra dulce unión también anima,
»Que más de aquel Señor nos aproxima.
ȃl, mismo nuestras almas ha dispuesto
»A1 amor, sin el cual triste y ocioso
»Ningún racional puede ser dichoso,
»Y cual dulce precepto nos lo ha impuesto.
»Ese gran Dios, cuya sabiduría
»A gozar nos convida, no ha querido
»Que el hombre de trabajos consumido
»Fuera: quiso que dulce sucediese
»El descanso, que fuera su fiel guía
»En esto su razón, los dirigiese
»Y de modo entre si los combinara,
»Que una vida feliz nos resultara.
»Cuidemos, pues, de nuestras arboledas
»Limpiemos reunidos las veredas
»Cerradas por la extrema lozanía,
»De las plantas, que al fin llegará el día
»En que de dulces hijos circundados,
»Más hermosos, más frescos que las flores,
»De sus jóvenes brazos ayudados,
»Demos abasto a todas las labores.
»Apoyos de sus padres, cual retoños
»De rosas, alrededor de nuestra amada
»Habitación su turba derramada,
»Hará, nuestra delicia. ¡Con qué gusto
»Iremos instruyendo sus bisoños
»Años de las grandezas del augusto
»Divino bienhechor, de la labranza
»Y de cuanto exigiere su enseñanza!
»Con todo, si algún rato, deseosa
»De variar, te cansare mi presencia,
»No te prohibo alguna breve ausencia;
»Pues gusto de que estés siempre gozosa.
»¡Feliz a la verdad aquel que, aislado
»De los demás, encuentra en su retiro
»La alegría! Cual solo no lo mira
»Mientras consigo no está fastidiado;
»¡Mas presto echará menos el abrigo
»Consolador del pecho de un amigo!
»En cuanto a ti, perdóname si temo
»Exponerte a algún riesgo, si apartada
»Te mantienes de mí. Bien enterada,
»Estás del odio extremo,
»De la sed de venganza que alimenta
»El fiero Satanás contra nosotros.
»Sus proyectos, lo sabes, no son otros
»Que el turbar nuestra paz inapreciable,
»Seducirnos, perdernos; que no intenta
»Menos que hacernos de su miserable
»Suerte participar, y separarnos
»De nuestro padre y nuestro augusto dueño.
»Este es ¡oh horrendo Satanás! tu empeño.
»¡Tu negro corazón ardiendo en ira
»Y en cruel envidia, anhela devorarnos!
»No dudes pues, cara Eva, que ese injusto
»Enemigo conspira
»Contra nosotros. Tierno te conjuro
»Que de mí no te apartes. De mi lado
»Por el Señor tu cuerpo fue formado;
»Será siempre tu asilo el más seguro:
»Tu puesto en cualquier lance peligroso
»Es el que está más cerca de tu esposo:
»Él sabrá libertarte,
»O si no, en tu desgracia acompañarte.»
A estas palabras, Eva prevenida
De su inocencia, y, de la desconfianza
Que Adán la muestra vivamente herida,
Así responde: « ¡Noble hijo del Cielo
»Y de la tierra! bien sé a lo que alcanza
»De Satanás la rabia y la malicia:
»Sé cuánto nuestra pérdida codicia,
»Pues que tu voz, y el admirable celo
»De Rafael de su furor ardiente
»Y de todas sus trazas, claramente
»Me han enterado. Ayer, cuando las flores
»Al llegar las tinieblas, sus olores,
»Ansiosas recogían, y el glorioso
»Arcángel ya de ti se despedía,
»Yo, vuelta del trabajo, disfrutando,
»En ese cenador, que está tocando
»A nuestro alojamiento, del reposo,
»Nada de cuanto hablabais perdía,
»Cuando de ese enemigo se trataba
»Y a evitar sus ardides te exhortaba.
»Evitémoslos, pues: lo mismo digo;
»Pero que yo, de cuya inalterable
»Fidelidad Dios mismo es el testigo,
»Por mi esposo me vea condenada,
»Sólo porque aquel ente detestable
»Nuestra ruina ha jurado, a ser guardada
»Con esa desconfianza, es una dura
»Pena, que me ha colmado de amargura.
»El Ángel tal sospecha no mostraba,
»Ni yo ella de tu parte me esperaba.
»¿Qué temes, caro Adán? ¿La fuerza abierta?
»¿Y no sabes, cual yo, por cosa cierta,
»Que nosotros, que somos inmortales,
»Estamos libres de ella? ¿Por ventura
»Temes del enemigo las fatales
»Tramas? ¿Sin duda a ti se te figura
»Que a pesar de mis firmes juramentos
»De lealtad y amor, quizá algún día
»Abusará de la flaqueza mía?
»¿Y cuáles son, oh Adán, los fundamentos,
»Que mi amoroso corazón ha dado
»Para ser tan cruelmente sospechado?
»¡Oh tú, obra del Eterno, milagrosa,
»Incomparable esposa,
»La dice Adán; que de su augusta mano
»Recibiste la vida y la inocencia!
»No te temo yo a ti: temo a tu ausencia:
»¿No es un arrojo peligroso y vano
»Presentarte tú sola al enemigo?
»¿Si pudo seducir los celestiales
»Seres, presumirá nuestra flaqueza.
»Evitar por sí sola sus mortales
»Lazos? Confiada, pues, en el amigo
»Que te dio el Cielo para protegerte,
»Duplica con su auxilio tu firmeza.
»Aun yo me siento mil veces más fuerte
»Que estando solo, cuando estoy contigo.
»A tu lado, ¿qué esfuerzo no sería
»El que yo hiciese? No me atrevería
»A faltar a tu vista: una mirada
»Tuya bastara para que, animada
»Mi alma, a todo enemigo resistiera.
»Nada cerca de ti me conmoviera.
»Tú conmigo también, ¡cuán diferente
»Fuerza tendrás! Seamos mutuamente
»Tino de otro el apoyo: sé tú el mío,
»Como yo seré el tuyo: así confío,
»Que burlemos las tramas infernales,
»Y si tú, valerosa, tus leales
»Afectos probar quieres combatiendo
»A campo abierto al adversario horrendo,
»No me opongo a que muestres tu osadía;
»Pero llévame a mí en tu compañía.
Inquieto Adán así la amonestaba,
Uniendo la prudencia a la ternura;
Pero Eva, persuadida que su dura
Sospecha interiormente aun conservaba,
Exhaló de este modo su tristeza:
«¡Conque aquí sin cesar nos amenazan
»Conjuradas la fuerza y la destreza!
»Si impunemente andar nos embarazan
»Un momento uno de otro divididos,
»Somos por cierto bien desventurados.
»¿En qué está nuestra dicha? La vergüenza
»Es hija del delito, y cuando heridos
»Por él no somos, nuestro honor no pende
»De ajenos atentados.
»Del enemigo atroz la desvergüenza
»Sobre él sólo recae. En vano atiende
»A mancharnos con ella. ¿Y qué tememos?
»Nadie sin riesgo consiguió la gloria;
»Cuanto es mayor, más noble es la victoria;
»Cuanto mejor hayamos combatido,
»Con tanto mayor gozo triunfaremos.
»Dios, de lo alto del Cielo
»A nuestro heroico arrojo agradecido,
»Aprobará nuestra virtud y celo.
»Y la virtud, ¿qué mérito tuviera
»Si en calma al vicio nunca frente hiciera,
»O si en el brazo ajeno se apoyase
»Y jamás por si sola trabajase?
»Confesar este grado de flaqueza,
»Para nosotros fuera vergonzoso
»Y para nuestro Dios mismo injurioso.
»¡Ah! si el Señor tan poca fortaleza
»Nos dio, de nuestro Edén la patria amada
»Por la felicidad no es habitada.
»Mujer, Adán replica con viveza,
»No te quejes de Dios; todo ha salido
»Completo de su mano; en cualquier obra
»Suya, jamás se ve falta ni sobra;
»Todo es cual debe ser, y por ventura
»El hombre, en quien su imagen ha esculpido,
»¿Será la única triste criatura,
»Que de él haya salido mal librada?
»¡Lejos de ti ocurrencia tan malvada!
»Libre en su dicha, debe cuidadoso
»Conservarla; en él sólo está el perderla,
»Y en él sólo también el retenerla,
»Puesto que a su albedrío está fiada.
»A él dio el Cielo las riendas, mas juicioso,
»Debe por la razón ser gobernado:
»También el Cielo la razón le ha dado,
»Y a ésta ha provisto de ojos inmortales
»Que distinguen los bienes de los males,
»Y en los bienes, aquel que es aparente,
»De los que son en todo verdaderos,
»A fin de seguir siempre los senderos
» Que el Cielo justamente
»En sus sagradas leyes ha trazado;
»Imposible es que nunca te extravíes,
»Si la obedeces. Ahora nuevamente
»Te pido que de mi no te desvíes
»Por el mero capricho aventurado
»De una empresa a lo menos muy dudosa.
»A no ser que con tu tierno esposo al lado
»No disputes la palma peligrosa.
»Demasiado cercanos
»Están los riesgos, aun los más lejanos;
»No vayas a buscarlos imprudente.
»Haz, pues, la ofrenda a Dios que más le agrada,
»Que es la docilidad. Luego, paciente,
»Una ocasión aguarda no buscada
»De mostrarle tu firme amor ardiente.
»El valor sin testigos, desmayado
»Y débil, está ya medio vencido;
»Mas si juzgas que es menos peligroso
»Ahora que está tu pecho enardecido
»Combatir sola al enemigo osado,
»Que aguardar a que en tiempo inesperado
»Embista a los dos juntos cauteloso,
»Parte, Eva, pues no te hace fuerza alguna
»Mi miedo, y mi consejo te importuna.
»De todos modos, aunque estés presente,
»Siendo esto de tu parte involuntario,
»Me afligirás aun más que estando ausente.
»Recoge, pues, para tu temerario,
»Hecho tu virtud toda y tu constancia;
»Dios sus dones te dio con abundancia;
»Hizo más que debía; haz por tu lado
»Lo que debes también. Pues te ha dotado
»De razón, úsala como él desea,
»Y que tu escudo inexpugnable sea.
»Con tono humilde, mas determinada
A llevar adelante su arriesgada
Empresa, Eva responde así a su esposo:
«Pues que tú lo permites y posible
»Juzgas, cual yo, que sea más temible
»Un ataque impensado a los dos hecho
»Que mi arrojo estudiado y animoso,
»Voy al peligro a presentar mi pecho.
»¿Mas te figuras tú que ese orgulloso
»Enemigo cometa la bajeza
»De emplear su furia contra la flaqueza
»De una mujer? ¡Sin gloria si vencía,
»Qué vergüenza sí el triunfo me cedía.»
Dice, y de mano de su fiel marido,
La suya, que aun tenía enternecido
Asida, saca, parte y a carrera
Por el campo se aleja, más ligera
Que nos pinta la fábula profana
A una Ninfa del bosque, y más hermosa
Que la misma Diana,
Cuando a cazar salía presurosa.
Mas en lugar de su arco y de su aljaba,
Rastrillo y podadera Eva llevaba,
Y eran un nuevo adorno a su belleza.
Aquellos instrumentos, la destreza
De Adán tal vez había construido,
O bien de ellos le había proveído
Algún Ángel. Adán la sigue ansioso
Con tristes ojos, y a que vuelva presto
La exhorta con la voz y con el gesto,
De su cada vez más receloso.
Su esposa, respondiendo a su impaciencia,
Le grita que será breve su ausencia;
Que antes que medie el sol su luminoso
Curso, estará de vuelta en el recinto
Del verde cenador, la agreste mesa
Preparando. ¡Qué dices!... ¡Qué promesa
Haces, Eva infeliz! ¡Oh qué distinto
Hado te espera! ¡Cómo tu inocencia,
Tu, dicha para siempre se ha acabado!
¡Ni la paz deliciosa, n i el tranquilo
Sueño habitarán ya tu alegre asilo!
El enemigo, ardiendo de impaciencia
De conseguir sus miras, diligente,
Contra uno y otro esposo desgraciado,
Viene, queriendo en su espantosa ruina
Su linaje envolver. Sí: en la serpiente
Metido, el jardín todo registrando,
El atroz Satanás cauto camina
Para hallarlos, su presa devorando
Ya en esperanzas. Su mayor fortuna
Sería encontrar a Eva separada
Del vigilante Adán, cuya importuna
Prudencia, de firmeza acompañada, .
Sobre todo temía,
Seguro de que no le engañaría.
Desde el amanecer, ocultamente
Por todo aquel jardín vasto arrastraba,
Del hermoso verjel a la florida
Pradera, de ésta al monte, a la extendida
Ribera del arroyo o de la fuente
Buscándolos, mas no se lisonjeaba
De encontrar a Eva sola, pues sabía
Que de su tierno esposo no se había
Separado hasta entonces un instante.
¿Cuál, pues, su gozo fue cuando delante
De sus ojos, rodeada de una nube
Cándida de balsámicos vapores,
La halló en un bosquecillo entre las flores?
Entre ellas todas descollada sube,
Como su reina, o tal vez inclinando
El bello cuerpo, a todas eclipsando,
Respira enajenada sus olores,
Ya sus desfallecidas
Ramas sobre horquillitas, sostenidas
Poniendo, ya sus guías extraviadas
Uniendo unas con otras enlazadas:
De aquella ocupación en la dulzura,
Olvidaba que a todas excedía,
Así como en nobleza, en hermosura.
Mas ¡ay, que lejos de su fiel esposo,
Sin el único apoyo que tenía,
Pronto sabrá, que entre su turba bella
Tampoco otra se ve más frágil que ella!
Llega ya el enemigo cauteloso,
Después de recorrer prolijamente
Una selva, en que el cedro poderoso
Y el pino al cielo suben hermanados
Cual verdes obeliscos elevados:
Ya a campo descubierto, la serpiente
Rápida se resbala entre la hierba,
O si ésta no la cubre, con reserva,
Agachada sus roscas desplegando,
A su víctima viene atalayando.
Entra, en fin, en el fresco bosquecillo
En donde la belleza su sencillo
Trabajo apresuraba codiciosa
Sin temer vecindad tan peligrosa.
Como el triste habitante
De alguna ciudad vasta, fastidiado
De estar siempre entre muros encerrado,
Que de la primavera una brillante
Mañana aprovechando, sale fuera
De sus puertas, y en vez de la estrechura
De las calles y casas, de la impura
Y cargada atmósfera,
De aquel estruendo incómodo, incesante
De millares de coches, artesanos,
Carros y bestias, que apiñados llenan
Su ámbito todo y el oído atruenan,
Mudando de teatro, en un instante
Comienza a respirar los aires sanos
Y suaves del campo delicioso,
A ver las quintas, huertas, fuentes, prados,
Las colinas cubiertas de ganados,
A oír cantar al labrador gozoso,
Que con su afán da al campo nueva vida,
Y sorprendido, una desconocida
Alegría, una dulce calma siente;
Pero si se presenta de repente
A su vista curiosa,
En la extensión de aquella perspectiva.
Una belleza joven y graciosa,
Su modesta hermosura
Los adornos del vasto cuadro aviva
Y del espectador, enajenado
De una nueva alegría, el pasmo apura:
Así el corazón negro y gangrenado
Del atroz Satanás, a la dulzura
Que le causa la vista deleitosa
De aquella tierra amena y venturosa
No puede resistir. Sobre todo Eva
Su involuntaria admiración se lleva.
Se para, juzga ver un ser del Cielo.
Con efecto es un Ángel, bajo el velo
De una mujer, sin otra diferencia
Que el dulce fuego que sus ojos lanzan
Haciendo a las estrellas competencia.
Su aire noble, su gracia, la pureza
De sus colores, a los que no alcanzan
La rosa ni el jazmín, la ligereza
Del majestuoso talle y su hechicero
Pudor, desarman por el pronto al fiero
Monstruo: la ejecución de sus fatales
Intenciones suspende,
Y el demonio del mal, aquel momento,
Parece que ha reñido con los males.
Más presto en su interior, aun más violento,
El usado infernal fuego se enciende
Que tiene siempre su alma devorada.
Si de bondad mostró alguna apariencia,
No fue más que una breve intermitencia
De su ferocidad, ocasionada
Por sola una sorpresa involuntaria,
Y pronto vence la pasión contraria.
Al ver a Eva feliz, arde su pecho
De venenosa envidia y de despecho;
No pudiéndolo ser, la dicha ajena
Es para él dura, intolerable pena,
De que a tomar venganza aspira ansioso:
Bendice aquel lugar que a su rabioso
Alcance trajo la anhelada presa,
Y su cruel gozo de este modo expresa:
»¡Adónde me ha extraviado el pensamiento!
»¿Cómo ha podido la falaz dulzura
»De una compasión fútil ni un momento
»Detener mi venganza? ¿Por ventura
»He venido yo aquí con el intento
»De tomar parte en los placeres de Eva
»Y de su esposo? Vengo a destruirlos:
»Es mi único deseo, esta oportuna
»Ocasión me presenta la fortuna:
»Voy, pues, a hacer de mi poder la prueba
»No me será difícil seducirlos:
»Corrompida la esposa, ha de ayudarme
»A perder al esposo: éste es más duro
»De vencer. Su constancia y su maduro
»Juicio temo: no puedo lisonjearme
»De engañarle, pues ha dotado el Cielo
»A su varonil sexo con largueza
»De talento, de ciencia y de firmeza,
»Y con razón recelo
»Si a él acometo, de quedar vencido.
»Con la inocencia es fuerte; yo he perdido
»Con ella mi valor: de mi pasado
»Resplandor sólo un rastro me ha quedado.
»Su esposa es en verdad encantadora,
»Y si pudiera una beldad terrena
»Para dioses, cual yo, ser tentadora,
»Ella lo fuera. ¡Qué armas tan mortales
»Son la hermosura y gracia! Si mis males
»No fuesen lo que son, no es tan ajena
»La ternura de mí, que su inocencia
»No excitase mi amor y mi indulgencia
»Mas sin quererla, puedo aparentarla
»Cariño, y estoy cierto de engañarla.
»Vamos, pues, ya la tengo el lazo armado.
»Y de su ruina estoy asegurado.
Su encono el seductor así exhalaba,
De la Sierpe los pliegues dirigiendo,
Y a la joven belleza se acercaba:
Yo como las culebras, que moviendo
En silencio sus círculos tortuosos,
Arrastran torpemente por el suelo:
Ésta, sobre su cola levantada,
Extiende sus anillos majestuosos;
Su cabeza la hierba sin recelo
Domina, de una cresta coronada
De oro y púrpura; el cuello, de brillantes
Topacios y esmeraldas esmaltado,
Reluce, y de sus ojos fulminantes
Llamas despide. Desde la cabeza
Hasta el medio va el cuerpo, en espirales
De diversos matices, elevado,
Resbala lo demás con ligereza
De colores iguales
Por la grama: dirían que el garboso
Reptil venía anclando presuroso
Sobre un trono magnífico y movible.
Ya cerca de su víctima inocente
Hace mil pruebas: viene oblicuamente
Hacia ella, astuto, el paso deteniendo;
Con progreso insensible
Su infernal artificio, previniendo
La ocasión, el instante favorable
Espía. Como el diestro cortesano
Calcula con paciencia la propicia
Hora en que espera que con su malicia
Deslumbrará al incauto soberano;
Y no menos el hábil navegante,
Siguiendo de los vientos la mudanza,
Parece que huye a veces del distante
Puerto, cuando al contrario, hacia el se avanza.
Según el aire sopla, ya rizando
Las velas, ya su dirección variando;
También la Sierpe así diestra bordea,
Sus círculos recoge o desenvuelve,
Los anuda de nuevo, los envuelve,
Sobre la blanda hierba culebrea,
Y de Eva, con sus flores ocupada
Jugando y retozando por el llano,
Tira a atraer los ojos, pero en vano
Por largo rato, pues está engolfada
En su labor, al fin siente un ruido
Entre las hojas Eva, mas su oído
No lo extraña, pues suelen comúnmente
Diversos animales acercarse
Y en carreras y luchas ocuparse,
Divirtiéndola así de su inocente
Trabajo; mas se anima la Serpiente,
Y sin que ella la llame se presenta.
De hito en hito a Eva mira,
Y en actitud rendida y bondadosa
A su modo el respeto la aparenta
Más profundo, y parece que la admira:
Unas veces su frente majestuosa
Inclina solamente, otras la erguida
Cabeza hasta sus plantas abatida
Humilde el polvo de sus huellas besa,
Y parece adorarla. Eva un momento
Sus raros gestos mira, con sorpresa
Y complacencia. Satanás, contento
Del primer paso, llega más osado
Y familiar; y sea que el usado
Órgano qué la Sierpe habilitara,
O que el aire por sí sólo vibrara
El traidor, a la víctima infelice
Estas palabras reverente dice:
«¡Oh tu, a quien por su mano ha coronado
»Dios, como reina de este delicioso
»Distrito, no te admires si hechizado
»Me ves da tu belleza! ¿Por ventura
»Una Deidad cual tú, que por lo hermoso
»Pasma al Cielo, ha de hallar de qué admirarse?
»No extrañes, te suplico, ni te ofenda
»El ver que una rendida criatura
»Cual yo, a tus pies deseosa de postrarse,
»A pesar del respeto que la infunde
»Tu real presencia, desahogar pretenda
»Su admiración y amor, y a esta secreta
»Soledad penetrar ose indiscreta
»¡Oh milagroso ser, con que confunde.
» Dios todas las ideas de grandeza
»Que alcanza nuestro ingenio, tu belleza
»De su excelsa hermosura es el espejo!
»Por contemplarla y adorarte, dejo
»De todos los restantes animales,
»A mi, aunque yo lo diga, desiguales,
»La sociedad yo sólo, y mi deseo
»Hallo, más justo cuanto más te veo.
»Todo debe vivir, para ensalzarte,
»Y ser todo sensible, para amarte.
»Pero ¡qué triste imperio te se ha dado!
»Para tal reina necesarios eran
»Otros vasallos que admirar supieran
»Su mérito, y servirla como el grado
»Suyo lo exige, y no esos animales
»Tan insensibles como irracionales,
»Guiados todos de un instinto ciego.
»El hombre sólo, de celeste fuego
»Animado, es capaz de hacer el justo
»Aprecio del prodigio más augusto
»Que ha formado la mano omnipotente.
»¿Mas acaso aun el hombre es suficiente?
»A tus Virtudes necesaria fuera
»Otra más vasta y más brillante esfera.
»Si: el Empíreo sólo merecía
»Ser tu palacio (a mi equidad perdona
»Si habla sincera): de astros tu corona,
»Y de ángeles tu corte ser debía.
El tentador así con cariñosa
Tímidas expresiones, animadas
Por las lisonjas más artificiosas,
Preparaba camino a sus malvadas
Ideas, su veneno gradualmente,
De Eva en el corazón introduciendo
Absorta a un animal hablar oyendo,
Le fija, y así exclama de repente:
«¡Qué es esto! ¡Un bruto articular sonidos,
»Hablar, usar las mismas expresiones,
»Que nosotros, mostrar nuestras pasiones!
»¿Es un sueño, o me engañan mis sentidos?
»Este don era al hombre reservado,
»Y hasta ahora nunca habían disfrutado
»Nuestros vasallos de él. Sólo un confuso
»Imperfecto murmullo concedía
»El Cielo a su bajeza hasta este día.
»¿De cuándo acá se habrá franqueado el uso
»De la lengua a esa muda muchedumbre,
»Y de nuestra razón la viva lumbre,
»Para poder hablar con tal cordura?
»Con todo, éste, en su gesto, en su figura,
»Un no se qué de grande y noble ofrece,
»Que celeste en sus ojos resplandece.»
Queda un rato suspensa, y nuevamente
Sigue así: «Pero dime tú, oh Serpiente:
»Bien me consta que el Cielo te ha dotado,
»De un instinto más vivo que a los otros
»Brutos; pero en verdad nunca he sabido
»Que el uso de la voz, como a nosotros
»Hombres, te hubiese dado.
»Dime, pues: ¿Cómo ha sido,
»Y por qué a tus iguales nunca he oído
»Ese lenguaje dulce y lisonjero?»
A esto responde el pérfido embustero:
«¡Oh hechizo de belleza sin segundo,
»Admiración, amor, reina del mundo!
»A ti, mandar te toca, obedecerte,
»A mí: has de saber, pues, que yo de suerte
»Totalmente he mudado: al pronto tuve,
»Tú pudiste observarlo, la rudeza
»Aneja a la animal naturaleza:
»Un vil y ciego instinto me guiaba
»Mientras en aquel torpe estado estuve,
»En lugar de razón: me alimentaba,
»Cual las demás culebras, de groseros
»Pastos: tenía sus inclinaciones
»Materiales, y todas mis acciones,
»Conformes a la tierra en que arrastraba,
»Eran terrenas: tal fue en mis primeros
»Tiempos mi vida, hasta que casualmente
»En este jardín bello andando errante,
»Un día... ¡feliz día! ¡el más brillante
»De mi existencia! repentinamente
»Vi delante de mí un árbol frondoso,
»Cuyas fecundas ramas sostenían
»Sus frutas, que a manera de lucidos
»Globos de oro, y de púrpura teñidos.
»En todo aquel contorno deleitoso
»Vapores celestiales esparcían.
»Ni la encendida rosa,
»La violeta olorosa,
»O el romero balsámico, el olfato
»Recrean, como el fruto milagroso.
»El olor de la leche, cuando viene
»Desde el prado abundoso
»Tu lozano rebaño, no es tan grato
»Como el que aquella fruta suave tierno.
»Por más que las ovejas, cariñosa
»Ordeñes por tu propia mano hermosa.
»No puedo contenerme: corro; vuelo
»Adonde mi apetito y sed ardiente,
»Por la fruta olorosa y excelente
»Irritados, me impelen: desde el suelo
»Me enlazo con presteza a aquel robusto
»Árbol, y trepo por el tronco arriba.
»A proporción que subo, más a gusto
»Admiro, de la fruta la belleza,
»Y mi ansia de comerla más se aviva
»Junto a aquel árbol, sobre todo, viendo
»Mil animales, que a su vista ardiendo
»De sed inextinguible, con viveza
»Lo cercan afanados, procurando
»Alcanzarla, los cuerpos empinando,
»Pero en vano se esfuerzan: no pudiendo
»Cogerla, la devoran con la vista.
»Tanto del suelo dista,
»Que tú y tu esposo mismo, con trabajo
»A ella llegar podríais desde abajo.
»Veme, pues, ya en la altura, circundado
»De tesoros que exceden mi codicia,
»Coger, comerlas frutas afanado.
»Mas ¡qué sabor, oh Dioses! ¡qué delicia!
»La verde y fresca grama, el abundoso
»Prado florido al despertar la aurora,
»Que alegre baña una murmuradora
»Fuente, no exhalan tan maravilloso
»Aroma y no producen la agradable
»Sensación que aquel fruto inapreciable.
»Lleno en fin de su jugo delicioso,
»Un vigor celestial interiormente
»Siento, que anima toda mi existencia.
»Me reconozco: veo que una mente
»Racional en mí habita;
»Que mis sentidos despertando, excita
»Un íntimo deleite, una presciencia
»De la vida inmortal y venturosa,
»Más dulce que la miel, y más sabrosa
»Que la ambrosía, y que mi pensamiento
»Eleva más allá del firmamento
»Y aunque aquel rico fruto la figura
»Me dejó, en que me ves, que antes tenía,
»Disipó totalmente aquella oscura
»Noche que mis sentidos envolvía.
»Hablé como vosotros: desde luego
»Percibí, lleno de un celeste fuego,
»Que lo animal en mí, se convertía
»En un sutil espíritu divino:
»De par en par sus puertas la ignorancia
»Abrió a mi vista, y a una gran distancia,
»Libre prolongó ansiosa su camino
»Mi fantasía: pude ver sin velo
»La tierra toda; distinguir el Cielo,
»Y sentir lo que es bueno, lo que hermoso.
»En tu ser sólo, ¡objeto milagroso!
»Las dos prendas se encuentran hermanadas.
»Las bellezas celestes sonrojadas
»Te ceden de ambas el laurel glorioso;
»Y si todo tu mérito yo advierto,
»Sólo lo debo al fruto que me ha abierto
»Los ojos, antes ciegos. Él me alienta
»También a que quizá con indiscreto
»Celo me acerque a ti, sin hacer cuenta
»De la distancia a que tu ser perfecto
»Está del de este siervo, que venera
»En ti la augusta reina de esta esfera,
»La que es por sus virtudes acreedora
»Del Universo todo a ser señora.
Así con el disfraz de amor, hablaba
El odio que en su pecho se ocultaba.
«¡Oh Serpiente! replica Eva aun dudosa;
»Cuanto tú aplaudes más esa preciosa
»Fruta, para mí nueva,
»De cuyo raro efecto no hay más prueba
»Que tu aseveración, mas sospechosa
»Me debe parecer: mas dime, ¿el puesto
»En que ese árbol hallaste está distante
»De aquí? ¿Lo encontrarás, yendo delante,
»En la espesa arboleda que aquí abunda?
»A cada paso veo tal repuesto,
»De frutas, que la pródiga y fecunda,
»Naturaleza vierte a manos llenas
»Y con tan grande variedad, que apenas
»A una pequeña parte, todavía
»Podemos atender; mas vendrá día
»En que disfrutarán de esos pendientes
»Bienes mis numerosos descendientes.»
Del seductor el ánimo, levanta
Preludio tan feliz, y así responde:
«¡Oh Señora, oh beldad, que al Cielo encanta!
»No está lejos el árbol: tras de aquellos
»Floridos mirtos y rosales bellos,
»A nuestra vista desde aquí se esconde,
»Y en el llano, al bajar de la colina,
»A orillas de una fuente cristalina
»Se alza frondoso: allá un corto sendero
»Agradable conduce: yo el primero
»Yendo, para él te serviré de guía,
»Si honrarme quieres con tu compañía.
»Vamos.» dice Eva; y la maligna fiera,
Que vencedora ya se considera,
Rápida resbalando,
No arrastra, sino vuela, y culebreando
Aun el tránsito acorta. La esperanza
Brilla en sus ojos, y la cresta erguida,
Con súbita mudanza,
Aviva sus colores encendida.
Tal de alguna laguna cenagosa
El húmedo vapor suele, inflamado
En medio de la sombra tenebrosa
De la noche, lucir: el caminante,
Por el faro engañoso alucinado,
Sin el menor temor marcha adelante,
Fiándose de aquella luz funesta,
Por algún mal espíritu dispuesta
Para engañarle: sigue entre la oscura
Sombra aquel resplandor, que ya se ofrece
A su vista cercano, ya parece
Remoto: el infeliz el paso apura
Por llegar a él, hasta que por sí mismo
Cae en las ondas, o en algún abismo.
Del propio modo Satanás brillaba,
Y hacia el árbol fatal a Eva guiaba:
A aquel árbol, origen de los males,
¡Ay de mi! que sufrimos los mortales.
Eva lo ve, se para, y admirada,
«Serpiente, dice, guarda para tu uso
»Esa fruta tan bella y ponderada
»Que sublimó tu ser. Para mí, fuera
»Un delito tocarla, pues que impuso
»Dios al hombre por ley la más severa,
»Que de ella se abstuviese, y que gozara
»De toda la demás que se criara
»En el jardín. Como a él establecería,
»A nosotros nos toca obedecerla.
»¡Como! replica la Serpiente astuta,
»¿Hay en este jardín alguna fruta
»Que a los dueños del mundo haya vedado
»El mismo que para ellos la ha criado?
»Y bien, Eva replica, ¿qué extrañeza
»Hay en ese precepto, o qué dureza?
»Dios nos dio el libre goce de este hermoso
»Jardín, y de sus frutos exquisitos:
»A esto añadió otros dones infinitos:
»El de ese árbol tan sólo, cual dañoso
»A nuestra salud misma, ha prohibido,
»Diciéndonos: tened bien entendido,
»Que si alguno de entrambos se atreviere
»A tocar esa fruta, al punto muere.»
Su vil estratagema disfrazando
Satanás, con el falso colorido
De amistad, expresiones exhalando
Compasivas, del hombre se lastima,
Y de que duramente se le oprima
Con ley tan caprichosa y tan severa.
Finge la noble indignación que un justo
Irritado sintiera,
Al ver un hecho irregular e injusto.
Sirviéndole de silla su tortuoso
Cuerpo, se sienta, y la soberbia frente
Llena de majestad alza eminente:
Su aire noble, su gesto, el generoso
Y vivo fuego que su vista exprime,
A su falaz discurso de sublime
Preludio sirve. Tal, en posteriores
Tiempos, fue el uso de los oradores
De la Grecia, y después de los Romanos
Célebres, cuando Roma a los humanos
Aun libre dominaba.
Del gesto y de los ojos la elocuencia
Muda, insensiblemente preparaba
De su diestro discurso la influencia.
El orador profundo, conmovido
De los grandes asuntos que tenía
Que tratar, un momento recogido,
Con el silencio mismo se atraía
Sus oyentes, logrando penetrarles
De la importancia de lo que iba a hablarles,
Con lo que estaban viendo
En su favor los oídos previniendo.
Comenzado el discurso, ya suave
Los corazones insensiblemente
Enternecía, ya con tono grave
Su razón cautivaba: expresamente
Callaba algún momento;
Mas del gesto y la mano el movimiento
Locuaz la voz suplía: lentamente
Su Preludio unas veces detallaba;
Otras, los artificios desdeñando
De todo exordio, rápido arrostraba
La materia, tronando
Desde la alta tribuna, de manera
Que nadie a aquel impulso, resistiera.
Tal Satanás preludia, interrumpiendo
El silencio con toda la elocuencia
Que en su talento Angélico y su ciencia
Cabe, su arte infernal desenvolviendo:
«¡Oh árbol sagrado, dice, en que escondido
»Su germen tiene la sabiduría,
»De la experiencia mía
»El mundo todo aprenda sorprendido
»Tus divinas virtudes! ¡Tu rasgaste
»El velo que a mis ojos ocultaba
»Los misterios del mundo, y disipaste,
»La lobreguez profunda que embargaba
»Mis sentidos! Por ti, de la belleza
»El precio inestimable he conocido,
»Y en la naturaleza
»Exacto el bien y el mal he distinguido.
»Mas tú, oh Reina del mundo, ¿de la muerte
»Tímida te recelas? ¿De qué suerte
»Herirte puede? ¿Acaso este alimento
»Celestial, esta fruta deleitable,
»Te la podrá causar? Está segura
»De que es, cual milagrosa, saludable,
»Llena de luces el entendimiento,
»Pule el ingenio y la razón madura.
»¿Temes tú que la cólera del Cielo
»Te devore? Hacia mi los ojos vuelve,
»Yo la he comido sin ningún recelo,
»Y no sólo mi ser no se disuelve,
»Sino que su vital jugo me ha dado
»Vida más noble, y me ha inmortalizado.
»¡Cómo! ¿El pródigo Dios su mano cierra
»Sólo para vosotros? ¿Es probable
»Que lo que ha concedido a un miserable
»Bruto, niegue a los reyes de la tierra?
»¿Acaso en la bondad suya cupiera
»Castigar cual delito la ligera
»Infracción de un precepto tan odioso?
»Antes es de pensar que, generoso
»Cual ser debe, el valor aplaudiría
»Del que, la cruda muerte despreciando,
»Todas sus amenazas olvidando,
»Sus magnánimas miras dirigía
»A una suerte más noble y más dichosa,
»Y a adquirir la preciosa
»Y necesaria ciencia
»Que enseña a conocer la diferencia
»Del bien y el mal, que darnos no ha querido.
»Sí: sin duda es razón que esté instruido
»De ella el hombre; del bien para gozarlo,
»E igualmente del mal para evitarlo.,
»Dios no os puede privar, si fuere justo,
»De, adquirirla; si lo hace será injusto,
»Y no será ya un Dios, ni un bondadoso
»Bienhechor, sino un déspota envidioso;
»En cuyo caso, lejos de humillaros
»De la ocasión debéis aprovecharos
»De sacudir su yugo. ¿Y por qué causa
»Te veo a su amenaza estremecida?
»Para los seres como tú, inmortales,
»No es más la muerte que una breve pausa,
»Un sueño, que les da una nueva vida
»En que son ya Deidades celestiales.
»¿Y por qué te parece que se opone
»A que comáis la fruta milagrosa?
»¿Por qué a inspiraros tira esos terrores,
»Sino por estar cierto que se expone
»A que, de la ignorancia y los errores
»Libres, si la coméis, su vergonzosa
»Tiranía, en deidades transformados,
»Teneros ya no pueda esclavizados?
»Y esta transformación es indudable
»Si coméis esa fruta inestimable;
»Pues si ha divinizado una serpiente,
»¿Cuánto efecto no hará en vuestra eminente
»Naturaleza? Dios para vosotros
»Es lo que sois respecto de nosotros.
»Y si a vosotros esa fruta iguales
»Nos hace, os debe de él hacer rivales.
»Subid, pues, de vasallos a ser reyes,
»Y de hombres a ser Dioses. Y en efecto,
»¿En qué os excede, sin con la preciosa
»Fruta vuestro ser llega a ser perfecto?
»Libres, independientes de sus leyes,
»Poderosos como él, y sublimados
»A, una vida celeste y venturosa,
»De néctar y ambrosía embriagados
»Por siglos eternales,
»¿Qué os falta para serle en todo iguales?
»Si a esos antiguos Dioses envidiosos
»De los hombres oímos, aseguran
»Que ellos los han criado, y que si duran,
»Es por que los sostienen cuidadosos.
»Con todo, no hay más prueba.
»De esto, que el ser vuestra existencia nueva,
»Y la suya anterior. Mas se figuran,
»Sin razón, que nosotros les creemos,
»Y Pues que la menor duda no tenemos,
»De que, ese activo sol que alumbra el mundo
»A todo cuanto existe
»Ha dado el ser con su calor fecundo,
»Y por él todo sin cesar subsiste.
»¿Y quién si no su influjo es el que ha dado
»La virtud a ese fruto delicioso
»Para que infunda la sabiduría
»Y divinice a aquel que lo ha probado?
»Dios temo que sepamos;
»Mas, si es cierto que es Todopoderoso,
»Si es nuestro Rey, ¿de qué temer podría?
»Si provendrá de envidia? ¿Y no es posible
»Que aun Dios la tenga ¿Qué necesitamos
»Más que esto para estar bien persuadidos
»De que esa fruta tan apetecible,
»Ese encanto del alma y los sentidos,
»Es tesoro de vida,
»De una ciencia divina y escondida,
»Fuente de nuestra dicha en esta esfera
»Y prenda de otra eterna y venidera,
»En la mansión del Cielo deliciosa?
»Extiende, pues, la mano, y serás Diosa.»
Dijo, y de sus palabras el veneno,
En el corazón de Eva introducido,
Lo trastornó. La vista fija ansiosa
En aquel fruto de atractivos lleno,
Que por sí suficiente hubiera sido
Para tentar a la sabiduría
Misma en persona. Escucha todavía
Aquella voz que en un anterior sueño
Exhortado la había con empeño
A que el rico tesoro recogiera.
Su vista ya vencida no podía
De la fruta apartarse, y el olfato
No era posible que se resistiera
Al balsámico y grato
Olor que en los contornos esparcía.
Un vivo ardor su pecho devoraba,
Y como, alto ya el sol, mediaba el día,
El apetito más lo acrecentaba,
Nuevo atractivo dando al excelente
Sustento que a su alcance está pendiente:
Apenas puede contener la mano;
La belleza, el color, la hora la incitan;
Mas con todo, el decreto soberano
De Dios aun la contiene; mil contrarias
Ideas, mil resoluciones varias
Un combate interior en ella excitan,
En el cual aun dudosa titubea,
Y mientras silenciosa se recrea,
La virtud de la fruta recordando,
Más en la tentación se va engolfando.
Al fin exclama: «¡Oh soberano fruto,
»Hasta ahora para el hombre prohibido,
»O por mejor decir, desconocido!
»Tu divino manjar ha hecho de un bruto
»Un racional que cual nosotros tiene
»El don de la palabra, y que ahora viene
»De ensayarlo, tu justo elogio haciendo;
»Mas ¿qué mucho, si el Dios que lo ha criado,
»Sin duda a sus virtudes aludiendo,
»Por su boca al vedarlo lo ha ensalzado,
»Diciendo que por él se aprendería
»Del bien y el mal a hacer la diferencia?
»¿Y ese árbol se pretende que sería
»Fatal para nosotros? El prohibirlo
»Por razón semejante,
»Es dar mayor realce a su excelencia.
»¿Quién puede hallar el bien, si está ignorante
»De lo que es, o no sabe distinguirlo
»Del mal? Y sin el bien, ¿quién es dichoso
»Ni sabio? En consecuencia,
»El que veda los medios de adquirirlo,
»En aquel hecho mismo caprichoso,
»Veda la dicha y la sabiduría:
»Y atender a esta ley injusta y dura,
»Más sería flaqueza que cordura.
»Se nos ha dicho que a la rebeldía
»Una muerte infalible seguiría;
»Mas si es así, ¿qué es de esa ponderada
»Libertad que por Dios ha sido dada
»A los hombres? ¡Y cuánto, más valiera
»Que prenda tan funesta no nos diera!
»Por otra parte, esta feliz Serpiente.
»Que antes, sin voz ni juicio, torpemente,
»Arrastraba, ha comido esta divina
»Fruta, y no solamente no se ha muerto,
»Sino, en un ser sublime transformada,
»Siente, piensa discurre, raciocina,
»Y está aun de mayor dicha asegurada.
»Bien extraño es por cierto
»Que Dios al hombre sólo haya proscrito
»Que se prive de un bien que se, concede
»A una culebra. ¿En el será un delito
»Lo que una bestia libremente puede?
»Aun ese temerario afortunado,
»Que el primero la fruta ha comenzado,
»La oferta generosa de partirla
»Con nosotros nos hace, y en mi juicio,
»No hay asomo de riesgo en admitirla:
»Nos demuestra cariño, y de artificio
»No parece capaz: si la comemos,
»El será autor del crimen: no seremos
»Mas que cómplices suyos: mas ¿qué digo?
»¡Un crimen! ¿Por ventura el crimen cabe
»En quien, como nosotros, aun no sabe
»Lo que es el bien, y el mal, lo que es castigo
»O premio, y casi no tiene noticia
»De Dios, de su justicia,
»Ni de la muerte con que nos espanta?
»¡Tú eres de todo mal, árbol divino,
»El remedio! ¡tú, oh fruto peregrino,
»Cuyo perfume celestial encanta
»Mis sentidos, que no menos sabroso
»Has de halagar el paladar ansioso,
»Tú esparcirás en mi alma la luz pura
»De la ciencia, elevándola a la altura
»Del Cielo! Fuera dudas: con aliento
»Usemos tan benéfico alimento.»
Dice, y en el instante, ¡oh lamentable
Ceguedad! a la fruta, la culpable
Mano intrépida alarga, y con presteza
La coge y la devora.
Apenas tal exceso ha cometido,
Cuando el mundo, de horror estremecido,
Tiembla. Afligida la naturaleza,
Su destrucción irremediable llora,
Y hasta los mismos astros enlutados,
Niegan al orbe sus acostumbrados
Resplandores. Contenta la Serpiente
Con su triunfo fatal, huye a ocultarse
En algún escondrijo tenebroso.
Eva entretanto, lejos de ocuparse
En otra cosa, admira con ardiente
Ambición su funesta
Conquista, y mira aquel día espantoso
Como el de la más grata, alegre fiesta.
Nunca habla probado,
En tantas frutas como el espacioso
Jardín poblaban, otra que tuviera
Un gusto tan suave y delicado.
Sea que con su néctar produjera
Un verdadero encanto en sus sentidos.
O que su ardor da poseer la ciencia,
Y los sublimes bienes prometidos,
Su alma de modo tal embriagara,
Que su natural gusto acrecentara.
En fin, de su apetito la violencia
La hizo comer la fruta, hasta saciarse,
Y en su interior su jugo circulando,
Las fuentes de la vida emponzoñando,
Lo desordenó todo. Delirante,
Por puntos esperaba transformarse
En Deidad: su soberbia cada instante
Crecía, y sueltas sus inclinaciones
Del saludable imperio que tenía
Sobre ellas la razón hasta aquel día,
Otras tantas indómitas pasiones.
Eran ya, que con furia la arrastraban,
Y de falaces gozos la inundaban.
Llena, pues, de esperanza y de alegría
«¡Árbol celeste, exclama, demasiado
»Desconocido hasta ahora! ¡tu sagrado
»Fruto no crió Dios inútilmente!
»¡Con todo, tu riqueza abandonada,
»De las ramas pendiente
»Ha estado largo tiempo, y detestada,
»Cual si un veneno fuese; mas te juro
»Que desde aquí adelante, cuidadosa,
»De tu carga preciosa
»Todos los días correré a aliviarte,
»Hasta el momento en que tu jugo puro,
»Divino, eleve mi naturaleza
»De una Deidad celeste a la grandeza?
»Parece que los Dioses, en guardarte
»Un gran cuidado ponen envidiosos.
»¡Ah, si un bien suyo privativo fueras,
»De que otros te gozaran recelosos,
»No dejaran que aquí al riesgo estuvieras!
»Oh benéfica y útil experiencia!
»¡Salve! ¡A ti debo todo: tu la ciencia
»Me has dado: has desterrado mi ignorancia
»Por otra parte, es tanta la distancia
»Que hay del Cielo a la tierra, que es posible
»Que a la vista mi acción se haya ocultado
»De aquellos inmortales moradores.
»Quizá ese Dios también, cuya terrible
»Vigilancia ha excitado mis terrores
»Vanos hasta este punto, incomodado
»De atender a la inmensa muchedumbre
»De objetos, descansando del trabajo,
»Vueltos los ojos a la azul techumbre
»Un momento, no mira hacia aquí abajo.
»¿Mas a la vuelta qué dirá mi esposo?
»¿Le he de dar parte de este venturoso
»Suceso, dividir con él mi nueva
»Suerte inmortal, o bien hacer la prueba
»De disfrutar Yo sola del precioso
»Don, sin decirle nada?
»Con esto quedará bien compensada
»La gran ventaja que su sexo lleva
»Al mío: me amará más que al presente,
»Y estará mucho más independiente
»De su apoyo: con él podré igualarme,
»Y aun quizá del dominio apoderarme
»Que ahora sobre mí tiene. Mas ¡qué digo?
»¡Adónde mi soberbia me extravía!
»¿Yo desobedecerte? ¡esposo amado,
»Mi único protector, mi tierno amigo!
»¿Por ventura olvidarme yo podría,
»Infiel, faltando a la obligación mía,
»Del respeto que amante te he jurado?
»¿Y si Eva ser pudiese tan culpable,
»No debía temer que la espantable
»Ira de Dios de vida la privara,
»Y otra nueva Eva para Adán criara?
»¡Oh dolor! Este solo pensamiento
»De que otra esposa pueda consolarte,
»¡Oh caro Adán! el más atroz tormenta
»Es para tu Eva. No has de separarte
»De mí: una misma suerte correremos.
»Y las dichas y penas partiremos.
»Todo eres para mí. Sin tu amorosa
»Compañía, no puedo ser dichosa.
»En nada hallo placer: nada alegría
»Me causa, si no gozas tú conmigo
»De lo que gozo, y un mal no sería
»El mismo mal, partiéndolo contigo:
»Mi dicha, de la tuya dependiente,
»Desaparece estando de ti ausente,
»Y así, mil veces más perder la vida
»Quisiera, que de ti estar dividida.»
Dicho esto, de ternura enajenada,
Ante el árbol funesto arrodillada,
Mirando aquella fruta encantadora,
A la Deidad da gracias, protectora,
Que oculta dentro de ella, se imagina
Ser la que causa su virtud divina.
Marcha después adonde Adán la espera.
Este, con impaciencia cariñosa,
Que volviese aguardaba,
Y divertido en tanto se ocupaba,
Para adornar la bella cabellera
De su adorada esposa,
En tejer de mil flores enlazada
Una guirnalda, con que a su llegada
Tierno su frente coronar quería,
En la que cual la rosa luciría,
Sobre las rubias mieses empinada.
¡Con qué placeres cuenta su impaciente
Cariño, y que aun serán más lisonjeros por el retardo!
Mas con todo, siente
Yo sé qué especie de terror extraño,
Que cual siniestro precursor del daño,
A pesar suyo le hace hacer agüeros
Funestos. Así, pues, de su tardanza
Inquieto, contenerse no pudiendo,
A encontrarla se avanza,
Aquel camino rápido siguiendo
Del bosquecillo, en que por la mañana
Su corazón de vista la ha perdido.
Eva, después de haberse despedido
Del fatal árbol, a su encuentro ufana
Entonces se venía, y olvidados
Los instrumentos de labor usados,
En lugar de ellos, ¡oh dolor! se espanta
Su esposo, al ver que trae un ramo verde,
Y de él pendientes las manzanas de oro,
Por muestras del mortífero tesoro,
Cuyo perfume ya su olfato encanta.
En conjeturas su ánimo se pierde
A cual más tristes; pero apresurada
Eva a su vista ya, con agraciada
Sonrisa, del retardo el perdón pido,
Y luego, superando en la dulzura
De su voz a la fuente que murmura
Entre las guijas, dice: «¡Adán querido!
»Ya mi pena a tu vista se despide:
»Muy grande con efecto la he tenido,
»Pensando en la aflicción que sufriría
»Tu corazón, al ver que no volvía.
»Y a mí, ¡cuán largo no me ha parecido
»El tiempo de tu ausencia! En adelante
»No hemos de separarnos un instante.
»Lánguida, triste, ya por experiencia
»Conozco que con sola tu presencia
»Vivo. No quiera el Cielo que yo deje
»Otra vez al amigo, al dulce esposo,
»Cuya sombra me alienta y me protege,
»Y a cuyo lado sólo hallo reposo.
»Mas te diré qué azar o qué portento,
»Porque lo es en verdad, ha ocasionado
»Que tanto en dar la vuelta haya tardado.
»Sabe que ese árbol que con mandamiento
»Expreso que toquemos se ha prohibido,
»Como funesto al mundo, no lo ha sido
»Ni lo es, antes su fruta saludable,
»En virtud como en gusto incomparable,
»Nuestras almas benéfica ilumina
»Y al cielo las eleva y encamina.
»Este descubrimiento a la Serpiente
»Se debe: sea error, sea osadía,
»A pesar de la muerte que imponía
»El Cielo al que a comerla se atreviera,
»Sin temor la comió, y no solamente
»No ha muerto, sino al punto transformada
»De un torpe bruto que era
»En un ser racional, y asegurada
»De una dicha inmortal, piensa, imagina,
»Y cual nosotros habla, y raciocina.
»De su experiencia la verdad constante.
»No me ha dejado sombra de recelo:
»He comido la fruta, y el consuelo
»Tengo de que un efecto semejante
»Ha hecho en mí: desde aquel feliz instante,
»Totalmente mudada,
»Veo todo más claro: es más valiente
»Mi razón: más hermosa y dilatada
»La esfera que distingo: más ardiente
»Mi amor, y más sublime mi esperanza:
»Libre mi ingenio, intrépido se lanza
»En la inmortalidad, como pudiera
»El de un Ángel: no encuentra impedimentos
»Que puedan detenerle en su carrera,
»Y de una Deidad son mis pensamientos.
»¿Mas todo esto de qué me serviría,
»Si con mi esposo no lo dividiera?
»Sus favores en vano agotaría,
»Oh Adán, la dicha en mí. Si no gozases
»De ella, serían para mi un tormento.
»Lo que amas amo: lo que sientes siento:
»Dejara de existir si me faltases:
»Aun los bienes que me ha proporcionado
»La fruta, para ti los he buscado.
»Toma, pues, de mi mano este precioso
»Manjar, y como yo, sé venturoso:
»Que una misma fortuna,
»Cual nos une el amor, siempre nos una:
»Que nuestros enlazados corazones
»Los mismos bienes, las inclinaciones
»Mismas tengan. La suerte más dichosa.
»La inmortalidad misma perdería
»Resignada y gozosa,
»Si mi amor para ti lo requería;
»Pero ya no soy dueña de mi suerte,
»Ya está fija. Ea, pues, sin detenerte
»En frívolos temores, mi ventura
»Con la tuya acrecienta y asegura.»
Así risueña, que es feliz exprime;
Mas ya el delito en su semblante imprime
Su sello: asoman ya los ven vengadores
Remordimientos, y en su hermosa frente
De la vergüenza encienden los colores.
¡Y qué efecto en Adán no hace el funesto
Discurso! Cual si un rayo de repente
Sobre él cayera, atónito, abismado,
Una estatua parece:
Procura en vano recoger el resto
De su vigor, al golpe aniquilado:
Se erizan sus cabellos, se estremece
Su cuerpo todo: se detiene helada
La sangre, y de su mano desmayada.
Caen las frescas rosas que tenía,
Que con otro destino
Más dulce abrió el rocío matutino
De aquel infausto día,
La corona de mirto, y las tejidas
Flores, corno Eva bellas y escogidas,
Y como ella ¡ay! marchitas al presente.
Inmóvil, su semblante mudamente
Manifiesta su horror, la vista gira
Enajenada, y en la boca espira
Su moribunda voz. Al fin, rompiendo
Entre sollozos, estas lamentables
Palabras llega a pronunciar gimiendo
«¡Oh tu, conjunto el más maravilloso
»De cuantos beneficios inefables
»Reparte el Cielo! ¡Su última largueza
»Del mundo ornato: objeto el más hermoso,
»Que el divino poder ha producido,
»Para hechizar a la naturaleza!
»Cuanto el alma desea, cuanto agrada
»La vista: virtud, gracias, y divina
»Belleza, todo estaba reunido
»En ti sola. ¡Qué suerte desgraciada
»Sumergirte ha podido
»En tan horrenda irremediable ruina!
»Una sola mañana, un breve instante
»Para perderlo todo fue bastante!
»¡Todo faltó, faltando tu inocencia!
»¡Audaz! ¿cómo tuviste la imprudencia
»De quebrantar rebelde el mandamiento
»De tu Dios y Señor? ¿Qué malhadado
»Espíritu, contra ambos conjurado,
»Te inspiró tan infamo atrevimiento?
»Te perdiste, y contigo me has perdido,
»¡Cara Eva! pues que estoy ya decidido,
»Por más riesgo que pueda amenazarte,
»En tu suerte infeliz a acompañarte.
»Sabré morir por ti; mas no es posible
»Que sin ti viva. ¿Y qué vida sería
»La que gozase, si de tu apacible
»Dulce trato el destino me privara?
»Esta privación sola bastaría,
»Sin otro impulso, para que espirara.
»¿Cómo podré vivir sin la dulzura
»De tus miradas, con que a la ternura
»De las mías respondes? Los hermosos
»Vergeles, en que hasta ahora venturosos
»Hemos sido si yo solo quedase
»En ellos, y sin ti los habitase,
»No fueran para mí más que un desierto
»Solitario, en que todo estaba muerto,
»Donde presto el dolor me consumiera.
»¡Ah! por más que el Señor, en consolarme
»Empeñado, de mi mismo extrajera
»Otra Eva, destinada a acompañarme.
»¡Oh mitad de mi vida! ¿qué belleza
»De mi pecho la tuya borraría?
»No: mi amor vivirá perpetuamente,
»Aunque desde este día
»De una negra tristeza,
»Y de amargura sólo se alimente.
»Dios, de la sangre y la naturaleza,
»Nuestras dulces cadenas ha forjado:
»Ninguna fuerza puede su apretado
»Nudo romper. Si el Cielo te quitara
»La vida, y sin ti solo me dejara,
»Mayor que tu castigo el mío fuera.
»Arrostremos, pues, juntos su severa
»Justicia. Podrá, es cierto, destruirnos;
»Pero no uno del otro dividirnos.»
Dijo; pero apelando a la entereza
Que en un mal como aquel irremediable
En su carácter era indispensable,
A un tiempo con amor y con firmeza
Austera, sigue así: «¡Qué desastradas
»Consecuencias tendrá tu temerario
»Arrojo! Es tu delito imperdonable.
»Para, hacer un ultrajo a las sagradas
»Leyes de Dios, aun no era necesario
»Lo que has hecho; bastaba que mirases
»Con codicia la fruta prohibida;
»Que sólo en tu interior la deseases.
»¿Pues qué será no sólo el alcanzarla,
»Sino en la rebeldía endurecida,
»Con sacrílega boca devorarla?
»Mas lo hecho ya es un mal irreparable,
»Aun para el mismo Dios irrevocable;
»Que no mueras mi amor con todo espera,
»Esa fruta, que a aquel que la comiera
»De muerte amenazaba, ya al presente
»Quizá no es tan dañosa, ni sagrada,
»Supuesto que no sólo impunemente
»Ese reptil dichoso la ha comido,
»Sino que, sublimada
»Su natural bajeza, ha conseguido
»Volverse en racional, y ahora contento
»Alaba su feliz atrevimiento.
»Y con efecto, ¿quién pensar podría
»Que ese Dios tan benigno y poderoso,
»Que nos cedió la vasta monarquía
»De este orbe nuevo, quiera caprichoso,
»Apenas lo ha criado,
»Volver a destruirlo, y juntamente
»Al hombre, en quien su imagen ha grabado?
»¿Criar y destruir con tal presteza,
»Yo sería para él un indecente
»Juego, que no cabría en su grandeza?
»El criar es de un Dios; mas de un demonio
»Es el destruir. ¡Con qué gozo el Infierno
»Triunfara, al ver tan claro testimonio
»De inconstancia en los actos del Eterno!
»Ve ahí, diría, ese Dios que apenas hace
»Una cosa, al instante la deshace:
»El Angel pereció: se le ha seguido
»El hombre, y al momento ha perecido
»Como él: ¿Cuál será su obra duradera?
»Mas, en fin, sea de esto lo que quiera.
»Jamás Adán de ti ha de separarse:
»Contigo ha de acabar, o ha de salvarse.
»Que nos pierda tu culpa, o quede impune,
»Una misma fortuna a ambos nos une,
»Y nos envolverá, pues somos uno.
»Sí: cuando a ti, cara Eva, me reúno,
»Dijera que conmigo me reunía:
»Tu cuerpo de mi cuerpo ha procedido:
»Tu alma nació también del alma mía:
»Nunca de mí tú puedes desprenderte,
»Ni yo de ti: uno en otro confundido,
»Una es la vida, y lo ha de ser la muerte.
»¡Oh prodigio de amor y verdadera
»Amistad! dice su culpada esposa:
»¿Cómo pagaré yo la generosa
»Resolución con que sacrificarte
»Quieres conmigo? ¿Acaso yo pudiera
»En tal grandeza de ánimo igualarte?
»También tu ser es mucho más perfecto,
»Y cuanta gloria nuestro sexo tiene,
»Sólo del tuyo viene.
»Mas, ¡oh mi dulce apoyo, cuán completo
»Mi gozo ha sido, al ver con qué fineza
»De tu tierno cariño la grandeza
»Me has probado! ¡Qué idea del amable
»Lazo que a ambos nos uno inseparable,
»Formar me has hecho! ¡Cuál te has arrojado
»A dividir conmigo la amargura
»Del mal, como has gozado la dulzura
»De los bienes! ¡Con qué ansia cariñosa
»Mi culpa como tuya has adoptado,
»Si en comer esa fruta deleitosa
»Realmente he delinquido,
»Si es un mal el comerla! Mas si fuera
»Un mal, ¿bienes acaso produjera?
»¿Y cuántos para mí no ha producido?
»¿A qué sino a esa fruta difamada
»Del árbol de la ciencia
»Debo de todas mis felicidades
»La más preciosa, esas seguridades
»De ser por ti con tal constancia amada?
»Pero escucha. si acaso esa sentencia,
»Mortal fuero efectiva, he de deberte
»Que separes tu suerte de la mía.
»¿Tendré yo corazón para ofrecerte,
»Como segunda víctima, al airado
»Cielo, cuando yo sola le he irritado?
»Mil veces antes me aniquilaría.
»¿Pudiera, caro esposo, consolarme,
»Si a mis males injusta te asociara,
»Cuando de ti olvidado, a acompañarme
»Te ofreces con ternura nunca oída,
»Cuando tu ánimo noble no repara
»En abrazar a orillas del abismo
»A tu Eva y arrojarte en él tú mismo?
»No; no es tu esposa tan desconocida:
»Disponga, pues, como quisiere el Cielo
»De mi suerte y mi vida,
»Si eres feliz, de todo me consuelo.
»Pero, ¿qué digo? Lejos que la muerte
»Me amenace, de nueva fortaleza
»Siento llenarse mi naturaleza;
»Un oculto poder en ella vierte
»El bálsamo vital y la alegría;
»Mis ojos, que una niebla antes cubría,
»Se han abierto a la luz más admirable;
»Un torrente de gozo inagotable,
»Un mar de claridad inunda mi alma,
»Y la eterniza en hechicera calma:
»Justo es que en estos bienes que tu esposa
»Ha logrado, como ella tengas parte.
»Pierde, pues, la quimérica y odiosa
»Aprensión de morir, con que aterrarte
»La envidia ha pretendido,
»Y sé osado y feliz cual yo lo he sido.»
Calla dicho esto; pero bien segura
De su influjo, le abraza con ternura,.
Lágrimas de alegría derramando,
Y en su interior se está congratulando
De un amor que hace frente
A la muerte y al mismo Omnipotente
Por ella. A Adán le da encantadora,
Cual premio de su vil condescendencia,
La fatal fruta, menos seductora,
Por más que sea hechicera,
Que una mirada suya lisonjera.
Vence su vergonzosa complacencia
Para su esposa sus remordimientos:
Toma y come la fruta ponzoñosa,
Se estremecen de nuevo los cimientos
Del orbe a aquella audacia sediciosa,
Y la naturaleza con gemidos
Lamentables explica su quebranto:
De uno a otro polo el espantoso trueno
Repite sus horribles estampidos:
Con todo, aunque de cólera encendidos,
Los Cielos mismos derramaron llanto.
Adán, no obstante, a aquel terror ajeno,
Como si el juicio ya perdido hubiera,
Por su esposa animado,
Prolonga alegre su festín vedado y duplica su ultraje.
Ya están fuera de sí uno y otro esposo,
Embriagados del zumo venenoso
De aquel manjar: soberbios delirando,
Mil planes ambiciosos proyectando,
La tierra con desprecio consideran,
Y al Cielo audaces remontarse esperan
Por sendas nuevas: piensan que del suelo
Ya las alas extienden para el vuelo.
¡El Cielo! ¡Ah desdichados! ¡sus moradas
Están para vosotros ya cerradas!
Aun vuestro mutuo amor, antes tan puro,
Ya ha tomado del vicio el tinte oscuro,
Y transformado en fuego lujurioso,
No es más que un torpe impulso vergonzoso.
Ellos, ciegos, no notan las mudanzas
En su ser corrompido acaecidas,
Y llenos de falaces esperanzas.
De sí se olvidan y de las temidas
Amenazas de Dios. Adán, perdido
Como Eva el juicio y el común sentido,
A ella su gratitud de esta manera
Explica: «¡Qué no debo, amada esposa,
»Al amor tuyo! Nunca me atreviera,
»Si no es por ti, a probar esa preciosa
»Fruta, que sólo siento haber tardado
»En conocer, por un temor soñado.
»¿Hasta que me ha infundido su divina
»Virtud, de tu hermosura peregrina
»El precio acaso supe? ¡Dulce encanto
»De que me habla privado un vano espanto,
»A ti sola consagro en adelante
»Todas las llamas de mi amor constante
»Jamás con este ardor has sido amada,
»O por mejor decir, idolatrada!
Así Adán a su esposa manifiesta,
No ya inocente amor, sino funesta
Y tirana pasión que le domina,
Que a sujetar con su razón no atina.
No menos extraviada y descompuesta
Eva, a sus expresiones corresponde:
La virtud huye, y el pudor se esconde:
Hija del crimen, con su velo espeso
La vergüenza servil los sustituye,
Y aun ésta no resiste a cruel exceso
Del vicio, que a ella misma la destruye.
Así arrastrados de un delirio insano,
Pasan los padres del linaje humano
Las horas presurosas, divertidos
En sus conversaciones
Locas, y exageradas expresiones,
Hasta que ya los velos extendidos
De la noche al retiro los llamaron,
Y a los brazos del sueño se entregaron:
¡Sueño cruel! que apagando los ardores
De la fiebre mortífera que su alma
En un delirio alegre entretenía,
Y a la razón volviendo alguna calma,
Les presentaba todos los horrores
De su culpa, el castigo que debía
Caer sobre ellos, y otras espantosas
Ideas, quizá menos dolorosas
Que las que al despertarse
Atónitos verían realizarse.
Apenas, en efecto, fatigados
De tan fieras imágenes, llamados
Por el diurno albor están despiertos,
Cuando ven el abismo en que sumidos
Por su culpa se encuentran, destruidos
Sus proyectos y dicha. Quedan yertos
De terror, y se miran tristemente.
¿Qué se hizo su virtud, y su inocente
Alegría anterior? Ambos maldicen
La luz, qué para hacerlos desgraciados
Viene a dar en sus ojos ofuscados,
Para que sus fulgores martiricen
Sus corazones, sus ocultos senos
Manifestando de malicia llenos.
De ellos habían desaparecido
La verdad, el candor y la dulzura,
La calma y la confianza firme y pura
Que da la rectitud de la conciencia;
Al mismo tiempo había perecido
Aquella sencillez, hija del Cielo,
Que sus desnudos cuerpos de decencia
Vestía, como un noble y casto velo;
La torpeza lo rasga, y los culpados
Notan su desnudez avergonzados.
A sí mismos quisieran ocultarla,
Cuanto más uno de otro reservarla:
¡Triste degradación de la inocencia!
Nada hizo Dios que no fuese decente,
Y lo es siempre por sí; pues la indecencia,
En el pecho del hombre delincuente,
Toda la forja la concupiscencia.
Así, de sus virtudes despojados,
Y de su propia estimación privados
Por su delito, mudos, temerosos,
Mirando al suelo, van ambos esposos
Vagando del jardín por la espesura,
No ya al dulce cultivo de costumbre,
Sino a buscar alguna sombra oscura
En que ocultarse a la importuna lumbre
Del Cielo, que hasta entonces los había
Con sus luces llenado de alegría.
Adán mismo, no menos confundido
Y amedrentado que Eva, un rato larga
Guarda silencio: al cabo sin embargo
Vuelto a sí mismo, en tono dolorido,
«¡Maldita, exclama, sea la Serpiente,
»Y la hora en que cediste imprudente
»A sus instigaciones! No comprendo
»Por qué prodigio ese reptil impuro
»Habla; mas, por desgracia, es bien seguro
»Que no erró en su pronóstico, diciendo
»Que del hombre la suerte mudaría
»Y que del bien el mal distinguiría.
»¡Ciencia terrible! ¡Distinción funesta!
»¡El bien se huyó y el mal sólo nos resta
»Si: para nuestra ruina se han abierto
»Nuestros ojos: en ellos luce, es cierto.
»Un nuevo día; pero solamente
»Para que nuestras pérdidas veamos;
»Para que claramente
»Y con mayor dolor reconozcamos
»Que están ya nuestras almas despojadas
»De la felicidad y la inocencia,
»De la virtud y paz de la conciencia,
»En fin, de cuantas nobles y sagradas
»Prendas celestes nos enriquecían,
»E hijos de Dios ¡ay tristes! nos hacían.
»¡Todo lo hemos perdido por un vano,
»Orgullo! Los deseos insolentes,
»De los torpes placeres el insano
»Fatal ardor, su sello ignominioso
»Para siempre han grabada en nuestras frentes,
»Y nuestros rostros con su ruboroso
»Color tiñendo, la vergüenza cierra
»La marcha de estas plagas de la tierra.
»¿Y, de hoy en adelante, de qué modo
»A1 Señor presentarnos osaremos,
»Ni aun ¡avista de un Ángel sostendremos
»Ambos, cubiertos de este impuro lodo!
»Para nosotros ya finalizaron,
»Del Cielo las visitas deliciosas,
»Aquellas instrucciones amorosas
»Que hasta ahora nuestras almas encantaron.
»¿Y cómo nuestra vista enflaquecida
»Podría ya sufrir los resplandores
»De aquellos altos huéspedes? Rendida
»Al peso de su gloria, a los terrores,
»Que la causara sola su severa
»Presencia, desmayada pereciera.
»¿No hay desiertos, no hay bosques ignorados,
»No hay antros que me presten favorables
»Sombras en que esconderme, impenetrables?
»¡Vuelve, oh noche, a extender tus enlutados
»Eternos velos! ¡Que en tu horror profundo
»Este infeliz se abrigue
»De los ojos del mundo,
»De la venganza cruel que le persigue!
»¡Frondosos cedros, negras espesuras,
»Por piedad, amparadme!
»¡Redoblad, apiñad vuestras oscuras
»Sombras; formad un tenebroso abismo
»En que yo me refugie, y ocultadme
»Del resplandor del día, y de mi mismo!
»Veamos, a lo menos, si encontramos
»Algunas hojas grandes, que podamos
»Emplear en cubrir la ignominiosa
»Desnudez de estos cuerpos degradados.
»Evitemos con esto la penosa
»Fatiga de estar ambos sonrojados.»
Hacia el centro del bosque más espeso
Marchan entonces, y una grande higuera
Encuentran; no de aquellas que cualquiera
De nosotros conoce, que sabrosa
Fruta da, sino de otras con exceso
Mayores, y cuya hoja ancha y frondosa,
Es la más propia para aquel destino.
Corno todos, este árbol peregrino
Allí se hallaba, que ahora sólo crece
A la orilla del Ganges caudaloso.
Debajo de su sombra, un espacioso
Terreno contra el sol abrigo ofrece,
Formando con sus ramas extendidas
Verdes arcos doblados hasta el suelo,
Que aumentan cada día. pues prendidas
En el, ludas en árboles hermosos
Se vuelven, que ensanchando el denso velo,
Al viejo tronco cercan orgullosos.
Debajo de ellos, el pastor tostado
Del sol ardiente, que en aquella zona
Abrasa, encuentra para su persona,
Y no menos también para el ganado,
Un fresco y vasto asilo en que esconderse,
Mientras pasa el calor del mediodía,
Y tierna hierbecilla en que tenderse.
Allí al son del rabel, con armonía
Rústica, entona su sencillo canto,
O por entre las ramas, entre tanto
Que su ganado plácido sestea,
En mirarlo y contarlo se recrea.
De aquellas hojas pues, que a los escudos
De que las amazonas belicosas
Usaron, en tamaño disputaban,
Adán hizo cinturas, que oficiosas,
De sus cuerpos desnudos
A la decencia principal bastaban.
¡Dichosos si de su alma las impuras
Manchas del mismo modo consiguieran
Esconder! Mas en vano lo quisieran.
¡Infelices, habían ya perdido
Del candor y virtud las vestiduras
Preciosas que la gracia habla tejido!
Así cuando Colón con las hispanas
Naves descubrió osado las lejanas
Regiones de la América, se vieron
Los Indios, de cinturas emplumadas
Cubiertos, ocupar las dilatadas
Riberas de la mar, en que surgieron,
Y creyendo el vestido suficiente
Sin rubor recibir la extraña gente.
En ellos la ignorancia un suplemento
Era de la inocencia.
Dotados de mayor conocimiento,
Adán y Eva, de aquella indiferencia
No eran capaces. Ambos afligidos, .
Más su interior vergüenza lamentaban
Aún que la exterior, y no encontraban
Modo de remediarla.
Al fin, rendidos
De fatiga, en tierra se postraron,
Y con amargo llanto la regaron.
Tiemblan sintiendo sobre su cabeza
Bramar la tempestad; pero aun más dura
Es la que dentro de sus corazones
Les amenaza. Soplan con fiereza
Mil opuestas pasiones:
El pesar, las sospechas y la oscura
Desconfianza, el ardor desenfrenado
Del deleite, el temor desordenado,
El odio insano y el furor horrible,
Aquel asilo en que la paz moraba
Ocupan y revuelven a porfía.
Llega a un exceso tal su rebeldía
Contra el gobierno justo y apacible
De la recta razón que, antes reinaba
Sobre ellas, que en lugar de darlas leyes,
La tienen por su esclava,
Y todas ellas se han hecho sus reyes.
Al fin Adán, no aquel cuya alma pura
A su Eva prodigaba la ternura,
Sino Adán delincuente, Adán proscrito,
Así ahora la echa en cara su delito:
«¡Oh infiel mujer! ¿porqué no aprovechaste
»Mis consejos? ¿Por qué te separaste
»De mí? Si tu obstinada rebeldía,
»No te hubiera apartado de mis ojos,
»Nuestra felicidad existiría.
»Quien por vanos antojos,
»Como tú, a los peligros se aventura,
»Perece en ellos. Es una locura
»Propia de un temerario el provocarlos:
»El sabio hace su empeño de evitarlos.
»Así tu esposo te lo aconsejaba;
»Debías ciegamente obedecerle.
»Dios mismo lo mandaba,
»Y sólo el exponerte era ofenderle.
»¡Por qué motivo -le replica airada
»Eva- me reconvienes tan sangriento,
»Del error de un momento,
»De un crimen totalmente involuntario,
»Que aunque no hubiera estado separada
»De ti, quizá igualmente acaeciera,
»Y que tal vez mi esposo cometiera
»Como yo, sin que fuese necesario
»Que de mí se apartase, si le hubiese
»La suerte un igual lance presentado?
»Ningún motivo de odio habla yo dado
»Al seductor; y así ¿cómo podía
»Recelar que él a mí me aborreciese,
»Y que tramase la perdición mía?
»Por otra parte, ¿habrá el Señor querido
»Criar en mi una esclava, destinada
»A estar siempre a tu lado, condenada,
»Cual si un irracional hubiera sido,
»De tu capricho sólo dependiente,
»A no moverse sino de orden tuya
»Y a no hacer nunca la voluntad suya?
»Si he delinquido, tú principalmente,
»Tienes la culpa. ¿No era yo tu esposa?
»No estaba yo sujeta a tu obediencia?
»¿Pues por qué, si el peligro conociste,
»La autoridad de esposo no ejerciste
»Para impedir mi prueba perniciosa?
»¡Ahí! a no ser tanta tu condescendencia,
»Sabes que yo te hubiera obedecido.
»Era obligación mía:
»Esa flaqueza, pues, nos ha perdido:
»Sin ella nuestra dicha aun duraría.»
Estas duras palabras, en su esposo
Ocasionaron por la vez primera
La más ardiente cólera, y furioso
Dijo con bronca voz de esta manera:
»Autora de mi ruina y juntamente
»¡Ay triste! de la tuya, ¿es este el precio
»De mi amor? ¿Así pagas mi ternura?
»De tu extravío víctima inocente,
»Al extremo por ti precipitado
»De la desgracia, sin hacer aprecio
»De mi propia amargura,
»Tú lo sabes, de amor arrebatado,
»Por lograr de tus penas consolarte,
»Pudiendo continuar en ser dichoso.
»Inmortal, preferí el acompañarte
»En tu infidelidad, y al espantoso
»Abismo en que te habías sumergido
»Contigo me arrojé: la ira divina
»Por ti arrostré atrevido,
»¿Y, ahora, ¡ingrata! me imputas tu ruina?
»Dices que yo debiera haber hecho uso
»De aquella autoridad de que gozaba:
»¿Mas acaso el amor esa severa
»Opresión sufre? ¿Qué es lo que pudiera
»Hacer más que lo que hice,? No rehuso
»Ya que has dicho que no eres tú mi esclava,
»Tu mismo testimonio. ¿No te dije,
»Anuncié, repetí el riesgo inminente
»A que te conducía tu imprudente
»Capricho? ¿No predije
»Tu perdición? ¿Acaso yo debía
»Valerme contra ti de la violencia.
»Y aunque cedieses a mi tiranía,
»¿A los ojos del Cielo, la obediencia
»Sin libertad, qué vale? Dios te había
»Criado libre: lo eras, y en tu mano
»Tu suerte estaba. Si un antojo vano,
»Si una falsa virtud te han seducido,
»Quéjate de tu orgullo presumido.
»¡Temeraria! Creíste alcanzar gloria,
»El peligro arrostrando
»Y mis tiernas congojas despreciando:
»Tuviste por segura la victoria.
»Te engañaste: también yo me engañaba
»Cuando gozoso una virtud contaba,
»En cada rasgo de tu incomparable
»Belleza, y te creía inexpugnable.
»Me fié en tu constancia:
»Gradué de celo santo tu arrogancia,
»Y no dudé que tu alma generosa
»Volviese del combate más gloriosa.
»Si en esto he delinquido,
»El amor mi delito ha producido:
»Y con todo, ¿en lugar de consolarme
»Aun del tuyo te atreves a acusarme?
»¡Sexo ingrato! ¡Infeliz el que delire
»Contigo, y a ganar tu amor aspire,
»De su débil razón el soberano
»Cetro poniendo en tu ligera mano!
»Tu corazón, de ciego orgullo lleno,
»En el imperio no conoce freno,
»Y al tu empeño sale desgraciado,
»Lejos de confesar que eres culpado,
»El primero le achacas con dureza
»De habértelo cedido la flaqueza.»
Así los dos con rabia se acusaban,
Y a pagar su delito comenzaban.

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