BLOOD

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martes, 27 de julio de 2010

MUJERES -- BUKOWSKI (1ªPARTE)



Charles Bukowski


Mujeres







«Más de un hombre bueno ha acabado en el arroyo por culpa de una mujer.»

Henry Chinaski




1

Tenía cincuenta años y no me había acostado con una mujer desde hacía cuatro. No tenía amigas. Las miraba cuando me cruzaba con ellas en la calle o dondequiera que las viese, pero las miraba sin ningún anhelo y con una sensación de inutilidad. Me masturbaba regularmente, pero la idea de tener una relación con una mujer —incluso en términos no sexuales— estaba más allá de mi imaginación. Tenía una hija de seis años de edad nacida fuera de matrimonio. Vivía con su madre y yo pagaba su mantenimiento. Yo había estado casado años antes, a la edad de 35. El matrimonio duró año y medio. Mi mujer se divorció de mí. Sólo una vez en mi vida había estado enamorado, pero ella murió de alcoholismo agudo. Murió a los 48 años, cuando yo tenía 38. Mi mujer era doce años más joven que yo. Creo que también ella está ahora muerta, aunque no estoy seguro. Me escribió después de divorciarnos todas las navidades una larga carta durante seis años. Yo nunca respondí...


No sé muy bien cuándo vi por primera vez a Lydia Vanee. Fue hace cerca de seis años y yo acababa de dejar un trabajo de doce años como empleado de correos para hacerme escritor. Estaba aterrorizado y bebía más que nunca. Estaba intentando empezar mi primera novela. Me bebía una botella de whisky y una docena de cervezas cada noche mientras escribía. Fumaba puros baratos y le pegaba a la máquina de escribir y escuchaba música clásica en la radio hasta que amanecía. Me había fijado un mínimo de diez páginas por noche, pero hasta el día siguiente, nunca podía saber cuántas páginas había escrito. Me levantaba por la mañana, vomitaba y entonces me iba hasta la sala y miraba en el sofá para ver cuántas hojas había. Siempre excedían de las diez. Unas veces había 17, otras 18, 23, 25 páginas. Por supuesto, el trabajo de cada noche tenía que ser corregido o tirado a la basura. Me llevó veintiuna noches escribir mi primera novela.

Los dueños del apartamento donde entonces vivía, que vivían en la parte de atrás, pensaban que estaba chiflado. Todas las mañanas, al despertarme me encontraba con una gran bolsa de papel marrón en el porche. El contenido solía variar, pero la mayoría de las veces las bolsas estaban llenas de tomates, rábanos, naranjas, cebolletas, botes de sopa y cebollas. Muchas noches me iba a beber cerveza con ellos hasta las cuatro o las cinco de la madrugada. El viejo acababa yéndose a dormir y su señora y yo nos cogíamos de la mano y a veces nos besábamos. Siempre le pegaba un buen beso en la puerta al despedirme. Su cara estaba terriblemente arrugada, pero ella no tenía la culpa. Era católica y tenía una pinta muy graciosa cuando se ponía su sombrerito rosa y se iba a misa los domingos.


Creo que conocí a Lydia Vanee en mi primer recital de poesía. Fue en una librería de la Avenida Kenmore, la librería Drawbridge. Estaba otra vez aterrorizado. Mucho más que aterrorizado. Cuando entré apenas cabía un alfiler. Peter, que llevaba la librería y vivía con una negra, tenía delante de él una pila de billetes.

¡Mierda —me dijo—, si siempre pudiera llenar esto de igual manera tendría bastante dinero para hacerme otro viaje a la India!

Yo entré y comenzaron a aplaudirme. En lo que se refería a lecturas poéticas, me lucía la gloria por las pelotas.

Leí durante media hora y entonces hubo un descanso. Todavía estaba sobrio y podía sentir todos los ojos mirándome fijamente desde la oscuridad. Algunas personas subieron a hablar conmigo. Y luego, durante un momento de calma, subió Lydia Vanee. Yo estaba sentado a la mesa bebiendo cerveza. Ella puso ambas manos en el borde de la mesa y se inclinó para observarme. Tenía una larga cabellera castaña, nariz prominente y uno de sus ojos no acababa de conciliarse con el otro. Pero proyectaba vitalidad —una de esas personas que no pueden pasar desapercibidas. Sentí correr vibraciones entre nosotros. Algunas eran confusas y no parecían buenas vibraciones, pero allí estaban. Ella me miraba y yo la miraba a mi vez. Llevaba una chaqueta vaquera de ante con flecos en el cuello. Tenía unas buenas tetas. Le dije:

Me gustaría rasgar esos flecos de tu chaqueta... Podríamos empezar aquí mismo.

Lydia se fue. No había funcionado. Nunca sabía qué decir a las mujeres. Pero ella tenía un verdadero culo. Contemplé aquel hermoso culo mientras se alejaba. La culera de sus jeans se ajustaba a él y se mecía mientras yo clavaba inmóvil mi mirada.

Acabé la segunda parte del recital y me olvidé de Lydia igual que olvidaba a las mujeres que me cruzaba por la calle. Recogí mi dinero, firmé algunos autógrafos en servilletas y trozos de papel, salí de allí y conduje de vuelta a casa.

Todavía seguía trabajando cada noche en la novela. Nunca comenzaba a escribir antes de las 6:18 de la tarde. Esa era la hora en que solía fichar en la oficina de correos. Ellos vinieron a las seis: Peter con Lydia Vanee. Abrí la puerta y Peter me dijo:

¡Mira, Henry, mira lo que te traigo!

Lydia se subió a la mesilla del café. Sus jeans parecían más ajustados que nunca. Agitó su larga cabellera de un lado a otro. Era enloquecedora, era milagrosa. Por primera vez consideré la posibilidad de hacer realmente el amor con ella. Empezó a recitar poesía. Suya. Bastante mala. Peter intentó pararla.

¡No! ¡Nada de poesía rimada en casa de Henry Chinaski!

Déjala, Peter.

Quería contemplar sus nalgas. Ella no paraba de moverse en aquella vieja mesa. Entonces se puso a bailar. Agitaba los brazos. La poesía era terrible, el cuerpo y la locura no lo eran en absoluto.

Lydia bajó de un salto.

¿Te ha gustado, Henry?

¿El qué?

La poesía.

No mucho.

Lydia se quedó allí de pie con sus hojas de poemas en la mano. Peter la abrazó.

¡Vamos a joder! —le dijo—. ¡Venga, vamos a joder!

Ella se separó de un empujón.

¡Está bien —dijo Peter—, entonces me voy!

Pues vete. Yo tengo mi coche —dijo Lydia—, puedo volver sola a casa.

Peter se fue hacia la puerta. Entonces paró y se dio la vuelta.

¡Muy bien, Chinaski! ¡No te olvides de lo que te he traído!

Dio un portazo y desapareció. Lydia se sentó en el sofá. Yo me senté a su lado, ligeramente separado. La miré. Se la veía maravillosa. Estaba asustado. Me incliné hacia ella y toqué su pelo. Era mágico. Retiré mi mano.

¿Es de verdad tuyo todo este pelo? —le pregunté.

Sí —dijo ella.

Puse mi mano bajo su barbilla y torpemente traté de dirigir su cabeza hacia la mía. No se me daban muy bien estas situaciones. La besé suavemente.

Lydia se levantó de un salto.

Debo irme. Estoy pagando a una canguro.

Oye —le dije—, quédate. Yo la pagaré, sólo quédate un rato más.

No, no puedo —dijo ella—, debo irme.

Se fue hacia la puerta. La seguí. Abrió la puerta. Entonces se volvió hacia mí. Me acerqué a ella una última vez. Aproximó su cara y me dio un beso pequeñísimo. Luego me puso un puñado de papeles en la mano y se marchó. La puerta se cerró. Me senté en el sofá con los papeles en mis manos y la oí poner en marcha el coche.


Los poemas estaban grapados juntos, fotocopiados, y se titulaban ELLLLLA. Leí unos cuantos. Eran interesantes, llenos de humor y sexualidad, pero estaban muy mal escritos. Eran de Lydia y sus tres hermanas —todas igual de alegres, valientes y sexys. Eché las hojas a un lado y abrí una botella de whisky. Ya había oscurecido. En la radio sonaban Mozart y Brahms y los Bee.

2

Un día o así más tarde recibí por correo un poema de Lydia. Era un largo poema que empezaba así:


Sal, viejo ogro,

Sal de tu oscuro hoyo, viejo ogro,

Sal a la luz del sol con nosotras y

Déjanos poner margaritas en tus cabellos...


El poema venía a decirme lo bueno que sería bailar en la campiña con hembras cervales que me procurarían gozo y conocimiento verdadero. Dejé la carta en el escritorio.


A la mañana siguiente me despertaron unos golpes en los paneles de cristal de mi puerta. Eran las diez y media de la mañana.

Lárguese —dije.

Soy Lydia.

Está bien, espera un momento.

Me puse una camisa y unos pantalones y abrí la puerta. Entonces me fui corriendo al baño a vomitar. Traté de lavarme los dientes pero lo único que conseguí fue vomitar de nuevo. La dulzura de la pasta de dientes me revolvía el estómago. Salí.

Estás enfermo —dijo Lydia—. ¿Quieres que me vaya?

No, no. Estoy bien. Siempre me ocurre lo mismo al despertarme.

Lydia tenía una pinta magnífica. La luz entraba a través de las cortinas y se reflejaba en ella. Llevaba una naranja en la mano y jugaba con ella lanzándola al aire. La naranja giraba llena de color entre los rayos del sol.

No puedo quedarme —me dijo—, pero quiero pedirte una cosa.

Dime.

Soy escultora. Quiero esculpir tu cabeza.

Vale.

Tendrás que venir a mi casa. No tengo estudio y tendremos que hacerlo allí. Eso no te pondrá nervioso, ¿verdad?

No.

Apunté su dirección y las instrucciones para llegar allí.

Trata de aparecer hacia las once de la mañana. Los niños vienen de la escuela a mediodía y nos molestarán.

Me pasaré a las once.


Me senté frente a Lydia en la mesita de su cocina. Entre nosotros había un gran montón de barro. Empezó a hacerme preguntas.

-—¿Viven todavía tus padres?

No.

¿Te gusta Los Ángeles?

Es mi ciudad favorita.

¿Por qué escribes sobre las mujeres de esa manera?

¿De qué manera?

Ya lo sabes.

No, no sé.

Bueno, me parece algo vergonzoso que un hombre que escribe tan bien como tú no sepa absolutamente nada de las mujeres.

No contesté.

¡Maldita sea! ¿Qué habrá hecho Lisa con...? —empezó a rebuscar por todas partes—. ¡Oh, estas niñas que les quitan las herramientas a sus madres!

Lydia encontró una.

Creo que ésta servirá. Ahora estate quieto. Relájate, pero estate quieto.

Yo le daba la cara. Ella trabajaba en la masa de barro con una herramienta de madera con un bucle de alambre. Me apuntaba con aquel instrumento por encima de la montaña de barro. Yo la miraba. Sus ojos me observaban. Eran grandes, de un color marrón oscuro. Incluso su ojo malo, el que no acababa de coordinarse con el otro, tenía buena pinta. Yo le devolvía la mirada.

Lydia trabajaba. El tiempo transcurría. Yo estaba en trance. Entonces ella dijo:

¿Qué tal un descanso? ¿Te apetece una cerveza?

Muy bien, sí.

Cuando se fue hacia la nevera yo la seguí. Sacó una botella y cerró la puerta. Mientras se volvía la agarré por la cintura y me la atraje. Junté mi boca con su boca y mi cuerpo con el suyo. Ella sostenía la botella de cerveza apartando el brazo. La besé. La besé otra vez. Lydia se separó de un empujón.

Bueno —dijo—, ya es suficiente. Tenemos trabajo que hacer.


Nos volvimos a sentar y yo me bebí mi cerveza mientras ella fumaba un cigarrillo, con el barro entre nosotros. Entonces sonó el timbre de la puerta. Lydia se levantó y fue a abrir. Allí estaba una mujer gorda con ojos frenéticos e inquisitivos.

Esta es mi hermana Glendoline.

Hola.

Glendoline cogió una silla y empezó a charlar. Podía de veras charlar. Aunque hubiese sido una esfinge hubiera hablado igual, lo mismo que si hubiese sido una piedra. Me preguntaba cuándo se cansaría y se marcharía de una vez. Incluso aunque dejara de escucharla, me sentía como ametrallado por pequeñas pelotas de ping-pong. Glendoline no tenía noción del tiempo ni la menor idea de que pudiera estar molestando. Sólo hablaba y hablaba.

¿Oye —le dije finalmente—, cuándo te piensas marchar?

Entonces comenzó una pantomima de hermanas. Empezaron a hablarse, la una a la otra, las dos de pie, agitando los brazos. Subió el tono de las voces. Se atacaban la una a la otra con verdadera agresividad física. Por último —cercano ya el fin del mundo— Glendoline hizo un gigantesco giro de torso y se fue volando hasta la puerta, atravesando las colgaduras del dintel y desapareciendo —aunque todavía se la podía oír irritada y bufando— de camino a su apartamento en la parte trasera del edificio.

Lydia y yo volvimos a la mesa de la cocina y nos sentamos. Ella cogió su paleta de esculpir. Sus ojos se clavaron en los míos.

3

Una mañana, unos cuantos días después, entré en el patio de la casa de Lydia al mismo tiempo que ella venía por el callejón de ver a una amiga, Tina, que vivía en una casa de apartamentos en la esquina. Parecía eléctrica aquella mañana, muy parecida a la vez que vino a verme con la naranja.

¡Ooooh! —dijo—. ¡Llevas una camisa nueva!

Era cierto. Me había comprado la camisa pensando en ella, en verla a ella. Sabía que ella lo sabía y se estaba burlando de mí, pero no me importaba.

Lydia abrió la puerta y entramos. El barro estaba en el centro de la mesa de la cocina cubierto con un paño húmedo. Quitó el paño.

¿Qué te parece?

No faltaba nada. Las cicatrices estaban allí, la nariz de alcohólico, la boca de mono, los ojos estrechados hasta parecer rendijas, y tenía la boba y complacida sonrisa de un hombre feliz, ridículo, disfrutando de su suerte y preguntándose el porqué. Ella tenía 30 años y yo más de 50. Me daba igual.

Sí —dije—, me has dejado clavado. Me gusta. Pero parece que está ya casi terminado. Creo que me va a dar pena cuando esté acabado. Han sido unas cuantas mañanas y tardes cojonudas.

¿Te ha quitado horas de trabajo?

No, yo sólo escribo cuando se hace de noche. No puedo escribir a la luz del día.

Lydia levantó su espátula y me miró.

No te preocupes. Todavía me queda mucho por hacer. Quiero conseguir la expresión perfecta.


Al primer descanso sacó una botella de whisky del refrigerador.

Ah —dije yo.

¿Cuánto quieres? —me preguntó enseñándome un largo vaso.

Mitad y mitad.

Sirvió la bebida y yo me la eché al coleto.

Ya he oído hablar de ti —dijo ella.

¿El qué?

De cómo echas a patadas a la gente fuera de tu casa. Que pegas a tus mujeres.

¿Que pego a mis mujeres?

Sí, me lo han contado.

Abracé a Lydia y nos dimos el beso más largo de nuestra vida. La sostuve contra el fregadero y empecé a frotar mi polla contra su vientre. Me apartó de un empujón pero la volví a coger en mitad de la cocina.

Su mano buscó la mía y la guió hacia el interior de sus pantalones, por dentro de sus bragas. Uno de mis dedos tocó el borde superior del coño. Estaba húmeda. Mientras continuaba besándola, le trabajé la raja con el dedo. Entonces saqué la mano, me aparté, cogí la botella y me serví otro trago. Me senté junto a la mesa y Lydia se puso en el otro lado y me miró. Luego comenzó de nuevo a trabajar con el barro. Me bebí con calma mi whisky.

Mira —dije—, sé cuál es tu tragedia.

¿Qué?

Sé cuál es tu tragedia.

¿Qué quieres decir?

Bueno —dije—, olvídalo.

Quiero saberlo.

No quiero herir tus sentimientos.

Quiero saber de qué hostias estás hablando.

De acuerdo, si me pones otro trago te lo diré.

Muy bien.

Lydia cogió mi vaso vacío y me sirvió medio whisky con agua. Lo bebí otra vez con lentitud.

¿Y bien? —preguntó ella.

Demonios, ya sabes.

¿Qué sé?

Tienes el chocho grande.

¿Qué?

Ocurre con frecuencia. Tú has tenido dos niños.

Lydia se sentó en silencio, trabajando con el barro. Entonces dejó a un lado su herramienta. Se fue hasta la esquina de la cocina, junto a la puerta trasera. La vi inclinarse y quitarse las botas. Luego se bajó los pantalones y las bragas. Su coño estaba allí, mirándome directamente.

Muy bien, hijo de puta —dijo—. Te voy a demostrar que estás equivocado.

Me quité los zapatos, pantalones y calzones. Me puse de rodillas en el suelo de linóleo y luego encima de ella, abrazándola. Empecé a besarla. Se me empalmó rápidamente y pude sentir cómo la penetraba.

Comencé a sacudir... uno, dos, tres...

Entonces se oyó un golpe en la puerta delantera. Era una llamada de niño —puños pequeños, frenéticos, persistentes. Lydia me apartó rápidamente de un empujón.

¡Es Lisa! ¡Hoy no iba a la escuela! ¡Ha estado en...! —se levantó de un salto y empezó a vestirse.

¡Vístete! —me dijo.

Me puse la ropa tan rápido como pude. Lydia fue hasta la puerta y allí estaba su hijita de cinco años:

¡MAMA! ¡MAMA! ¡Me he cortado en un dedo!

Salí al recibidor. Lydia tenía a Lisa en su regazo.

Ooooh, deja que Mamita te lo vea. Ooooh, deja que Mamita te bese el dedo. Tu Mami te lo curará.

¡MAMI, me duele!

Miré el corte, era casi invisible.

Oye —le dije finalmente a Lydia—, te veré mañana.

Lo siento —dijo ella.

Ya lo sé.

Lisa me miró, no paraban de caerle lágrimas.

Lisa no dejaría que le ocurriese nada malo a su Mamá —dijo Lydia.

Abrí la puerta, salí, la cerré y me dirigí hacia mi Mercury Comet de 1962.

4

Por aquel tiempo yo estaba editando una pequeña revista, Laxative Approach. Tenía dos coeditores y los tres teníamos la sensación de estar publicando a los mejores poetas de nuestro tiempo. También a algunos de los otros. Uno de los editores era un subnormal de dos metros de altura rebotado de la universidad, Kenneth Mulloch (negro), al que le mantenían por una parte su madre y por otra su hermana. El otro editor era Sammy Levinson (judío), de 27 años, que vivía con sus padres y era mantenido por ellos.

Las páginas estaban impresas. Teníamos que revisarlas y fijarlas a las cubiertas.

Lo que hay que hacer —dijo Sammy—, es organizar una fiesta de revisión. Sirves bebidas, explicas un poco de qué va la cosa y dejas que ellos hagan el trabajo.

Odio las fiestas —dije. —

Yo me encargo de las invitaciones —dijo Sammy.

De acuerdo —dije yo, e invité a Lydia.


La noche de la fiesta Sammy apareció con todas las páginas ya revisadas. Era uno de esos tipos nerviosos con un tic en la cabeza y no había sido capaz de esperar más para ver sus propios poemas impresos. Había revisado toda la revista él solito y luego pegado las cubiertas. A Kenneth Mulloch no se le pudo localizar —probablemente estaría en la cárcel o en algún asilo.

Empezó a llegar gente. Yo conocía a muy pocos. Me acerqué a la parte trasera del edificio a ver a mi casera. Me abrió la puerta.

Estoy celebrando una fiesta, señora O'Keefe. Me gustaría que usted y su marido vinieran. Hay mucha cerveza, canapés y patatas fritas.

¡Oh, por Dios, no!

¿Por qué no?

¡He visto a toda esa gente entrar ahí! ¡Todas esas barbas y esas melenas y esos trajes harapientos! ¡Con pulseras y collares... parecen una panda de comunistas! ¿Cómo puede aguantar a gente de esa calaña?

Yo tampoco los aguanto, señora O'Keefe. Sólo bebemos cerveza y charlamos. No significa nada.

Vigílelos. Esa gentuza robará las cañerías.

Cerró la puerta.


Lydia llegó tarde. Entró por la puerta como una actriz. La primera cosa que vi fue su gran sombrero vaquero con una pluma en la cinta. No me dijo nada, pero inmediatamente se sentó junto a un joven librero y comenzó a conversar intensamente con él. Yo empecé a beber más fuertemente y algo de coherencia y humor abandonaron mi conversación. El librero era bastante buen chico, intentaba ser escritor. Se llamaba Randy Evans y estaba demasiado embebido de Kafka para conseguir la menor claridad literaria. Le habíamos publicado en Laxative Approach más que nada por no herir sus sentimientos y también para conseguir que nos distribuyera la revista desde su librería.

Bebí mi cerveza y vagué de un lado a otro. Salí al porche trasero, me senté en el bordillo y contemplé a un gran gato negro que trataba de meterse en un cubo de basura. Me acerqué a él. Cuando estaba a escasos pasos, saltó del cubo de basura. Se quedó a una cierta distancia observándome. Agarré el asa del cubo y quité la tapa. El hedor era horrible. Tiré la tapa al suelo y me alejé. El gato subió de un salto y se quedó quieto, en equilibrio en el borde del cubo. Dudó un momento y luego, brillando bajo la luz de la luna, se metió de lleno.

Lydia todavía seguía hablando con Randy, y me di cuenta de que por debajo de la mesa uno de sus pies estaba tocando el pie de Randy. Abrí otra cerveza.

Sammy tenía a toda la panda riéndose a carcajadas. Yo era algo mejor que él cuando quería hacer que toda la gente se riera, pero aquella noche no estaba en muy buenas condiciones. Había 15 o 16 hombres y dos mujeres —Lydia y April. April era una gorda blenorrágica. Estaba despatarrada en el suelo. Después de una hora más o menos se levantó y se fue con Carl, un freak colgado de anfetaminas. Eso dejó a 15 o 16 hombres y Lydia. Encontré una botellita de whisky en la cocina, me la saqué al porche y me fui echando tragos.

Los tipos comenzaron a marcharse gradualmente a medida que avanzaba la noche. Hasta Randy Evans se marchó. Finalmente sólo quedamos Sammy, Lydia y yo. Lydia estaba hablando con Sammy. El dijo algunas cosas divertidas. Conseguí reírme. Entonces dijo que se tenía que marchar.

Por favor, Sammy, no te vayas —dijo Lydia.

Deja al chico que se marche —dije yo.

Sí, tengo que irme —dijo Sammy.

Después de que Sammy se fuera, Lydia me dijo:

No tenías por qué haberle largado. Sammy es un tío divertido, de lo más cachondo. Heriste sus sentimientos.

Pero yo quiero hablar contigo a solas, Lydia.

Me gustan tus amigos. Yo no conozco a tantos tipos de gente como tú conoces. ¡A mí me gusta la gente!

A mí no.

Ya sé que a ti no, pero a mí sí. La gente viene a verte. Quizá si no viniesen a verte los apreciaras más.

No, cuanto menos les veo más me gustan.

Heriste los sentimientos de Sammy.

Oh, mierda, se fue a casa de su madre.

Eres celoso, eres un ser inseguro. Te crees que me quiero ir a la cama con todos los hombres a los que hablo.

No, no creo. Oye, ¿te apetece un trago?

Me levanté y le preparé uno. Lydia encendió un largo cigarrillo y miró ensimismada su bebida.

Tienes de verdad una pinta estupenda con ese sombrero —le dije—, esa pluma púrpura es soberbia.

Es el sombrero de mi padre.

¿Y no lo echa de menos?

Está muerto.

La eché en el sofá y le di un largo beso. Ella me habló de su padre. Al morir les había dejado a las cuatro hermanas algo de dinero. Eso les había permitido independizarse y le había permitido a Lydia divorciarse de su marido. Me contó también que pasó una temporada muy depresiva y que estuvo algún tiempo en un manicomio. La besé de nuevo.

Oye —le dije—, vamos a echarnos en la cama. Estoy cansado.

Para mi sorpresa, ella me siguió al dormitorio. Me tumbé en la cama y noté como ella se sentaba. Cerré los ojos y me pareció sentir que se quitaba las botas. Oí caer una bota al suelo, luego la otra. Yo empecé a desnudarme en la cama. Me incorporé un poco y apagué la luz. Me acabé de desvestir. Nos besamos más.

¿Cuánto tiempo hace que no estás con una mujer?

Cuatro años.

¿Cuatro años?

Sí.

Creo que te mereces algo de amor —dijo—. Soñé un día contigo. Abría tu pecho como si fuera un gabinete, tenía puertas, y cuando abría las puertas veía toda clase de cosas suaves: ositos de peluche, pequeños animales de piel aterciopelada y todas estas cosas blandas y suaves que daban ganas de acariciar. Luego tuve otro sueño acerca de otro hombre. Se me acercaba y me entregaba unas hojas de papel. Era un escritor. Cogí las hojas de papel y las miré. Y aquellas hojas de papel tenían cáncer. Su escritura tenía cáncer. Yo me gobierno por mis sueños. Tú te mereces algo de amor.

Nos besamos otra vez.

Escucha —me dijo—, cuando me hayas metido esa cosa dentro, sácala justo antes de correrte, ¿de acuerdo?

Entiendo.

Me monté encima de ella. Era algo bueno. Era algo que estaba ocurriendo, algo real, y con una chica veinte años más joven que yo, algo, al fin y al cabo, hermoso. Pegué como unas diez sacudidas... y me corrí dentro de ella.

Ella se levantó de un brinco.

¡Tú, hijo-de-puta! ¡Te has corrido dentro!

Lydia, hacía tanto tiempo... me sentía tan bien... no pude evitarlo. ¡Me salió sin darme cuenta! Te doy mi palabra de que no pude evitarlo.

Se fue corriendo al baño y abrió el grifo de la bañera. Se puso delante del espejo pasándose un peine por todo aquel largo pelo marrón. Estaba verdaderamente bella.

¡Hijo de puta! Dios, vaya un sucio truco de bachillerato.

¡Es una memez de escolares! ¡Y no ha podido ocurrir en peor momento! ¡Bueno, los dos estamos juntos en esto! ¡Es cosa de los dos!

Me acerqué hasta ella.

Lydia, te amo.

¡Lárgate de mi vista!

Me sacó de un empujón y cerró la puerta. Me quedé fuera en la sala, oyendo correr el agua de la bañera.

5

No vi a Lydia durante un par de días, aunque traté de telefonearla seis o siete veces durante ese período. Entonces llegó el fin de semana. Su ex marido, Gerald, siempre se llevaba a los niños los fines de semana.

Aquel sábado por la mañana me acerqué hasta su casa y llamé a la puerta. Llevaba unos vaqueros ajustados, botas y una blusa naranja. Sus ojos parecían de un marrón más oscuro que nunca y a la luz del sol, al abrirme la puerta, noté un brillo rojizo natural en su pelo castaño. Centelleaba. Me dejó que la besara, cerró la puerta y fuimos hasta mi coche. Decidimos ir a la playa, no a bañarnos porque estábamos en invierno, pero a hacer algo.

Nos pusimos en marcha. Me sentía contento con Lydia en el coche a mi lado.

Menuda fiesta la tuya —dijo ella—. ¿A eso le llamas una fiesta de revisores? ¡Eso fue una fiesta de jodedores! ¡Eso es lo que fue!

Yo conducía con una mano y con la otra acariciaba su muslo. No podía contenerme. Lydia no parecía darse cuenta. Al cabo de un rato mi mano se deslizó entre sus piernas. Ella siguió hablando. De repente dijo:

¡Quita la mano de ahí, eso es mi coño!

Perdona —dije yo.

Ninguno de los dos dijo nada hasta que llegamos al aparcamiento de la playa de Venice.

¿Quieres un sandwich y una Coca-Cola o cualquier otra cosa? —le pregunté.

Vale —dijo ella.

Entramos en una pequeña tienda judía de ultramarinos a comprar las cosas y nos fuimos con todo a una pradera de hierba desde la que se dominaba el mar. Teníamos sandwiches, escabeche, patatas fritas y refrescos. La playa estaba casi desierta y la comida sabía bien. Lydia no hablaba. Yo estaba asombrado viendo lo deprisa que comía. Atacaba su sandwich desgarrándolo salvajemente, se bebía largos tragos de Coca Cola, se comía medio escabeche de un bocado y cogía un puñado de patatas fritas. Yo, por el contrario, era muy lento comiendo.

Pasión, pensé, está llena de pasión.

¿Qué tal estaba ese sandwich? —le pregunté.

Muy bueno. Estaba hambrienta.

Hacen buenos sandwiches aquí. ¿Quieres algo más?

Sí, me gustaría una barrita de caramelo.

¿De qué clase?

Oh, de cualquier clase. De algo bueno.

Pegué un mordisco a mi sandwich, un trago de Coca-Cola, los dejé y me fui andando hasta la tienda. Compré dos barritas de caramelo para que pudiera escoger. Cuando regresé, un negro muy alto andaba rondando por la pradera. Era un día fresco, pero él iba sin camisa y tenía un cuerpo muy musculoso. Parecía tener veintipocos años. Caminaba muy erguido y lentamente. Tenía un largo cuello estatuario y un pendiente de oro colgaba de su oreja izquierda. Pasó delante de Lydia, por la arena de la playa. Yo subí y me senté junto a ella.

¿Has visto a ese tío? —me preguntó.

Sí.

Cristo, aquí estoy, contigo, veinte años mayor que yo. Yo podía tener algo como eso. ¿Qué coño pasa conmigo?

Mira, te he traído dos barritas de caramelo. Coge una.

Cogió una, rasgó el papel, mordió un poco y contempló al negro mientras se alejaba por la playa.

Ya me he cansado del mar —dijo—, volvamos a mi casa.

Pasamos una semana sin vernos. Entonces una tarde llegué a su casa y acabamos en la cama, besándonos. Lydia me apartó de un empujón.

¿Tú no sabes nada acerca de las mujeres, verdad?

¿Qué quieres decir?

Lo que quiero decir es que puedo darme cuenta leyendo tus cuentos y poemas de que no sabes nada de las mujeres.

Explícamelo mejor.

Bien, quiero decir que para que un hombre me interese tiene que comerme el coño. ¿Has chupado alguna vez un coño?

No.

¿Tienes cincuenta años y nunca te has comido un coño?

No.

Es demasiado tarde.

¿Por qué?

A un perro viejo no se le pueden enseñar trucos nuevos.

Claro que sí.

No, es demasiado tarde para ti.

Yo siempre he sido un aprendiz retrasado.

Lydia se levantó y se fue a la otra habitación. Volvió con un lápiz y un papel.

Ahora mira, quiero enseñarte algo que seguramente no conoces, el clítoris. Es el punto sensible. El clítoris se esconde, ¿ves? y sale cuando hay suficiente excitación, es rosa y muy sensible. A veces se te ocultará y tú tienes que encontrarlo, sólo has de rozarlo con la punta de la lengua...

Vale —dije—, ya he comprendido.

No creo que puedas hacerlo. Ya te lo he dicho, no puedes enseñarle a un perro viejo trucos nuevos.

Quítate la ropa y túmbate.

Nos desnudamos los dos y nos echamos en la cama. Empecé a besar a Lydia. Bajé de los labios al cuello, luego hasta sus pechos. Entonces bajé hasta su ombligo y de allí, más abajo.

No, no puedes —dijo ella—, de ahí salen sangre y orina, piénsalo, sangre y orina...

Bajé y empecé a chupar. Me había dibujado un plano muy acertado. Todo estaba donde se suponía que debía estar. La escuché respirar fuertemente, luego gemir. Me excitaba. Se me empalmó. El clítoris apareció, pero no era exactamente rosa, era casi de un rojo púrpura. Jugué con él. Surgían jugos que se mezclaban con los pelos del coño. Lydia gemía más y más. Entonces oí la puerta principal abrirse y cerrarse. Escuché pasos. Levanté la mirada. Un chavalito negro de unos cinco años estaba plantado junto a la cama.

¿Qué coño quieres? —le dije.

¿Tienen botellas vacías? —me preguntó.

No, no tenemos botellas vacías —le dije.

Salió del dormitorio, pasó por el salón, abrió la puerta delantera, salió y desapareció.

Dios —dijo Lydia—, pensé que la puerta estaba cerrada. Ese era el niño de Bonnie.

Lydia se levantó y cerró la puerta delantera. Volvió y se echó en la cama. Eran alrededor de las cuatro de la tarde de un sábado.

Volví a zambullirme.

6

A Lydia le gustaban las fiestas. Y Harry era un impenitente organizador de fiestas. Así que allí estábamos, camino de casa de Harry Ascot. Harry era el editor de Retort, una pequeña revista. Su mujer llevaba largos vestidos transparentes, enseñaba sus bragas a los hombres e iba descalza.

La primera cosa que me gustó de ti —me dijo Lydia—, fue que no tuvieras televisión en tu casa. Mi ex marido se pasaba todas las noches y todos los fines de semana viendo la televisión. Hasta teníamos que supeditar el sexo a los horarios de televisión.

Humm...

Otra cosa que me gustó de tu casa fue que estaba guarra, con botellas de cerveza por todo el suelo y montones de basura por todas partes. Platos sucios, manchas de mierda en el retrete, costras en la bañera, todas esas cuchillas de afeitar oxidadas tiradas por el lavabo. Supe que serías capaz de comerme el coño.

Juzgas a los hombres según su entorno, ¿no?

En efecto. Cuando veo a un hombre con una casa limpia, sé que hay algo en él que no funciona. Y si está demasiado arreglada, es que es marica.

Llegamos a nuestro destino. El apartamento estaba escaleras arriba. La música sonaba muy fuerte. Toqué el timbre. Harry Ascot abrió la puerta. Lucía una amable y generosa sonrisa.

Entrad —dijo.

La panda literaria estaba allí, bebiendo vino y cerveza, charlando, reunidos en diversos grupos. Lydia estaba excitada. Yo eché un vistazo a mi alrededor y me senté. La cena estaba a punto de ser servida. Harry era un buen pescador, era mejor pescador que escritor y mucho mejor pescador que editor. Los Ascot vivían del pescado esperando a que los talentos de Harry comenzaran a producir algo de dinero.

Diana, su mujer, sacó los platos con pescado y los fue pasando. Lydia se sentó a mi lado.

Mira —me dijo—, así es como tienes que comer un pescado. Yo soy una chica del campo. Obsérvame.

Abrió el pescado, hizo algo con el cuchillo en la espina dorsal. El pez quedó dividido en dos limpios filetes.

Oye, eso realmente me ha gustado —dijo Diana—. ¿De dónde dijiste que eras?

De Utah. Muleshead, población: 100 habitantes. Me crié en un rancho. Mi padre era un borracho. Ahora está muerto. Quizás por eso estoy ahora con él... —me señaló con el dedo.

Comimos.

Después de que el pescado fuera consumido, Diana se llevó los restos y trajo tarta de chocolate con un fuerte (barato) vino tinto.

Oh, este pastel está delicioso —dijo Lydia—. ¿Puedo tomar otro pedazo?

Claro, querida —dijo Diana.

Señor Chinaski —dijo una chica morena desde el otro lado de la habitación—, he leído traducciones de sus libros en Alemania. Es usted muy popular en Alemania.

Eso está bien —dije—, ojalá me envíen algún dinero...

Oye —dijo Lydia—, no nos pongamos ahora a hablar de porquerías literarias. ¡Vamos a hacer algo! —Se levantó de un salto, hizo una pirueta y dio una palmada—. ¡VAMOS A BAILAR!

Harry Ascot luciendo su generosa y gentil sonrisa conectó el estéreo. Lo puso a todo el volumen que pudo.

Lydia bailó por toda la habitación y un joven rubio con bucles pegados a la frente se le unió. Empezaron a bailar juntos. Otros se levantaron y bailaron. Yo me quedé sentado.

Randy Evans estaba sentado a mi lado. Me di cuenta de que también estaba contemplando a Lydia. Empezó a hablar. Hablaba y hablaba. Por fortuna yo no podía oírle, el estéreo estaba a todo volumen.

Observé a Lydia bailar con el chico de los ricitos. Lydia sabía moverse. Sus movimientos sobrepasaban la pura sugestión sexual. Miré a las otras chicas y ninguna parecía bailar de igual modo; pero, pensé, eso es sólo porque conozco a Lydia y a ellas no.

Randy seguía hablándome a pesar de que yo no le contestaba. Acabó la música y Lydia volvió a sentarse junto a mí.

¡Ooooh, estoy que reviento! Creo que estoy en baja forma.

Otro disco comenzó a sonar y Lydia se levantó y se juntó con el nene de los ricitos. Yo seguí bebiendo cerveza y vino.

Había muchos discos. Lydia y el chaval bailaban y bailaban en el centro de la pista, mientras los otros se movían a su alrededor. Cada nuevo baile era más íntimo que el anterior.

Yo seguí bebiendo cerveza y vino.

Una salvaje y atronadora danza estaba en progreso... el chico de los rizos estiró las manos por encima de su cabeza. Lydia se arrimó a él. Coreografía erótica. Con sus brazos hacia arriba y presionando juntos sus cuerpos. Cuerpo sobre cuerpo. El daba pasos hacia atrás y Lydia le seguía, pegada. Se miraban fijamente a los ojos. Había que admitir que eran buenos. El disco era interminable. Finalmente, se acabó.

Lydia volvió y se sentó a mi lado.

Estoy sin respiración —me dijo.

Oye —le dije—, creo que he bebido demasiado. Nos podíamos ir de aquí.

Ya te he visto regando el gaznate.

Vámonos. Ya habrá más fiestas.

Nos levantamos para irnos. Lydia dijo algo a Harry y Diana. Cuando acabó nos fuimos hacia la puerta. Mientras la abría, se acercó el chaval de los rizos.

Eh, tío, ¿qué te ha parecido lo mío con tu chica?

Lo habéis hecho bien.

Cuando salimos fuera empecé a vomitar, toda la cerveza y el vino salieron, cayendo y resonando contra el suelo de la acera, en chorros a la luz de la luna. Finalmente me enderecé y me limpié la boca con la mano.

¿Te preocupaba aquel chico, no? —me preguntó ella.

Sí.

¿Por qué?

Parecía casi un polvo, aún mejor quizá.

No significaba nada, era sólo un baile.

¿Supón que yo agarro a una mujer por la calle de esa manera? ¿La música lo haría normal?

No entiendes. Cada vez que dejaba de bailar, volvía a sentarme junto a ti.

Bueno, bueno —dije—, espera un momento.

Volví a vomitar otro chorro en el seto de algún jardín. Caminamos bajando la colina saliendo del distrito de Echo Park hacia Hollywood Boulevard.

Subimos al coche. Arrancamos y bajamos por Hollywood hacia Vermont.

¿Sabes cómo se les llama a los tipos como tú? —dijo Lydia.

No.

Se les llama aguafiestas.

7

Empezamos a descender sobre Kansas City, el piloto dijo que la temperatura era de cinco grados y allí estaba yo con mi ligera chaqueta deportiva y mi camisa californiana, pantalones veraniegos, calcetines de nylon y zapatos agujereados. Cuando aterrizamos y bajamos por la escalerilla todo el mundo estaba poniéndose abrigos, guantes, gorros y bufandas. Dejé que fueran primero y luego bajé yo. Allí estaba Frenchy apoyado contra una pared esperándome. Frenchy era profesor de arte dramático y coleccionaba libros, sobre todo míos.

¡Bienvenido a Kansas Shitty,* Chinaski! —dijo, y me pasó una botella de tequila. Me tomé un buen trago y le seguí hasta el aparcamiento. No llevaba equipaje, sólo un portafolio lleno de poemas. El coche estaba calentito y era cómodo. Nos pasamos la botella.

La carretera estaba cubierta de hielo.

No todo el mundo puede conducir por este jodido hielo —dijo Frenchy—. Tienes que saber bien por dónde te andas.

Abrí el portafolio y empecé a leerle a Frenchy un poema de amor que Lydia me había dado en el aeropuerto:

«...tu púrpura polla curva como una...»

«...cuando aprieto tus granos, balas de pus como esperma...»

¡Oh MIERDA! —gritó Frenchy. El coche empezó a girar. Frenchy le daba vueltas al volante.

Frenchy —le dije, cogiendo la botella de tequila y echando un trago— no hay nada que hacer.

Salimos en trompo de la carretera y caímos en una profunda cuneta que dividía la autopista. Le pasé la botella.

Salimos del coche y trepamos por la cuneta. Hicimos dedo a los coches que pasaban, ofreciéndoles lo que quedaba de la botella. Finalmente paró un coche. Un tipo de veintitantos años, borracho, estaba al volante.

¿Dddóndevais tíos?

A un recital poético —dijo Frenchy.

¿Un recital poético?

Sí, en la universidad.

Vale, subbid.

Era un vendedor de licores. El asiento trasero estaba repleto de cajas de cerveza.

Coged una cerveza —dijo—, y pasadme una a mí.

Nos llevó hasta allí. Llegamos atravesando el campus y aparcamos en mitad del césped frente al auditorio. Sólo llevábamos quince minutos de retraso. Salí del coche, vomité y luego los tres entramos juntos. Habíamos parado a por una botella de vodka para entonarme en la lectura.

Leí durante unos veinte minutos, entonces dejé los poemas.

Esta mierda me aburre —dije—, vamos a hablar cara a cara.

Acabé insultando a gritos al público mientras ellos me gritaban cosas a mí. No era un mal público. Ellos lo estaban haciendo gratis. Después de unos treinta minutos, dos profesores me sacaron de allí.

Tenemos una habitación para usted, Chinaski —dijo uno de ellos—, en el dormitorio de mujeres.

¿En el dormitorio de mujeres?

Sí, una habitación muy bonita.

...Era verdad. En la tercera planta. Uno de los profesores había traído una botella de whisky. El otro me dio un cheque por la lectura, más el billete de avión y nos sentamos y hablamos y nos bebimos el whisky. Acabé fuera de combate. Cuando volví en mí todo el mundo se había ido y todavía quedaba la mitad de la botella. Me senté, bebiendo y pensando. Eh, tú eres Chinaski, el legendario Chinaski. Tienes una imagen. Ahora estás en el dormitorio de mujeres. Aquí hay cientos de mujeres, cientos de ellas.

Sólo tenía puestos mis calzoncillos y los calcetines. Salí al pasillo y me acerqué a la primera puerta que vi. Llamé.

¡Eh, soy Henry Chinaski, el inmortal escritor! ¡Abridme! ¡Quiero enseñaros algo!

Oí a las chicas soltando risitas.

Muy bien, a ver —dije—. ¿Cuántas sois? ¿Dos? ¿Tres? No importa. ¡Puedo con tres! ¡No hay problema! ¿Me oís? ¡Abridme! ¡Tengo aquí esta cosa ENORME y púrpura! ¡Escuchad, voy a golpear la puerta con ella!

Golpeé con el puño la puerta. Ellas seguían con sus risitas.

¿Así que no queréis dejar entrar a Chinaski, eh? ¡Bueno, pues OS JODEIS!

Probé en la siguiente puerta.

¡Eh, nenas, soy el mejor poeta de los últimos dieciocho siglos! ¡Abrid la puerta! ¡Quiero enseñaros una cosa! ¡Dulce carnaza para vuestros labios vaginales!

Probé en la siguiente puerta.

Probé en todas las puertas de aquel piso y luego bajé por las escaleras y probé en todas las puertas del segundo piso y luego todas las puertas del primero. Llevaba el whisky conmigo y me estaba cansando. Parecía que hubieran pasado horas desde que había dejado mi habitación. Iba bebiendo mientras andaba de un lado a otro. No hubo suerte.

Me había olvidado de dónde estaba mi habitación, en qué piso estaba. Todo lo que quería en esos momentos era volver a mi habitación. Probé de nuevo en todas las puertas, esta vez silenciosamente, muy consciente de mis calzones y calcetines. No hubo suerte. «Los más grandes hombres son los más solitarios.»

De vuelta en el tercer piso, uno de los picaportes respondió y la puerta se abrió. Allí estaba mi portafolio con los poemas... los vasos vacíos, los ceniceros llenos de colillas... mis pantalones, mi camisa, mis zapatos, mi chaqueta. Era una visión maravillosa. Cerré la puerta, me senté en la cama y acabé la botella de whisky que me había acompañado durante todo mi peregrinaje.

Me desperté. Era ya de día. Estaba en un sitio extraño, limpio, con dos camas, cortinas, televisión, baño. Parecía una habitación de motel. Me levanté y abrí la puerta. Había nieve y hielo. Cerré la puerta y miré a mi alrededor. Era inexplicable. No tenía la menor idea de dónde estaba. Tenía una depresión y una resaca terribles. Cogí el teléfono e hice una llamada de larga distancia a Los Ángeles para hablar con Lydia.

¡Nena, no sé dónde estoy!

¿No habías ido a Kansas City?

Lo hice. Pero ahora no sé dónde estoy ¿entiendes? ¡He abierto la puerta y no hay nada más que carreteras heladas, hielo, nieve!

¿Dónde estabas hospedado?

La última cosa que recuerdo es que tenía una habitación en el dormitorio de mujeres.

Bueno, lo más probable es que hicieras alguna de tus gilipolleces y te hayan trasladado a un motel. No te preocupes. Aparecerá alguien que se haga cargo de ti.

Cristo, ¿no te importa nada mi situación?

Tú te lo buscas con tus gilipolleces. Tú generalmente siempre haces el gilipollas de una forma impecable.

¿Qué quieres decir con «generalmente siempre»?

No eres más que un asqueroso borracho. Date una ducha caliente.

Colgó.

Me fui hasta la cama y me tumbé. Era una habitación de motel muy agradable, pero le faltaba carácter. La cagaría si me diera una ducha. Pensé en poner la televisión.

Al final me quedé dormido.


Alguien llamó a la puerta. Dos relucientes universitarios estaban allí, listos para llevarme al aeropuerto. Me senté en el borde de la cama calzándome los zapatos.

¿Nos da tiempo de tomar un par de copas en el aeropuerto antes del vuelo? —pregunté.

Claro, señor Chinaski —dijo uno de ellos—, lo que usted quiera.

Muy bien —dije—, entonces vámonos echando hostias.

8

Volví, le hice el amor a Lydia unas cuantas veces, nos peleamos y salí una mañana del aeropuerto internacional de Los Ángeles para dar una lectura en Arkansas. Tuve la buena suerte de estar solo en el asiento. El capitán se anunció a sí mismo, lo pude oír correctamente, como el capitán Winehead [Cabeza de vino]. Cuando se acercó la azafata le pedí un trago.

Tenía la seguridad de que conocía a una de las azafatas. Vivía en Long Beach, había leído algunos de mis libros y me había escrito una carta incluyendo su foto y número de teléfono. La reconocí de la foto. Nunca había ido a verla, pero la había llamado algunas veces y una noche de borrachera nos habíamos gritado el uno al otro a través del teléfono.

Ella estaba allí de pie tratando de no mirarme mientras yo clavaba mis ojos en su culo y sus pechos y sus piernas.

Nos dieron el almuerzo, vimos el partido de la semana, el vino que servían me quemaba la garganta y pedí dos Bloody Marys.

Cuando llegamos a Arkansas hice transbordo a un pequeño bimotor. Cuando se pusieron en marcha las hélices, las alas comenzaron a vibrar y a agitarse. Parecía que se fueran a desprender. Despegamos y la azafata preguntó si alguien deseaba una bebida. Para entonces todos necesitábamos una. Ella fue por todo el pasillo tropezando y balanceándose sirviendo las bebidas. Entonces dijo, a voz en grito:

¡BEBANSELO TODO! ¡VAMOS A ATERRIZAR! —Bebimos y empezamos a aterrizar. Un rato más tarde estábamos otra vez arriba. La azafata preguntó si alguien deseaba una bebida. En ese momento todos necesitábamos una. Entonces dijo, a voz en grito:

¡BEBAN RÁPIDO! ¡VAMOS A ATERRIZAR!

El profesor Peter James y su mujer, Selma, estaban allí esperándome. Selma parecía una starlet de cine, pero con mucha más clase.

Tienes una pinta magnífica —dijo Pete.

Tu mujer tiene una pinta magnífica.

Tienes dos horas hasta la lectura.

Pete condujo hasta su casa. Era una casa de dos pisos con el cuarto de invitados en la planta baja. Pero la planta baja era un sótano. Bajamos por las escaleras y me enseñaron mi habitación.

¿Quieres comer algo? —me preguntó Pete.

No, me parece que voy a vomitar.

Subimos al piso de arriba.


Entre bastidores, justo antes del recital, Pete llenó una jarra con vodka y zumo de naranja.

Las lecturas las dirige una vieja. Le daría un patatús si se entera de que estás bebiendo. Es una buena tipa, pero es de las que todavía creen que la poesía es cosa de puestas de sol y palomas volando —me dijo.

Salí y me puse a leer. Cosa fácil. Eran como cualquier otra audiencia: no sabían cómo reaccionar ante algunos de los mejores poemas, y durante otros se reían cuando no debían. Seguí leyendo y sirviéndome de la jarra.

¿Qué es lo que está bebiendo?

Esto —dije—, es naranjada mezclada con vida.

¿Tiene usted novia?

Soy virgen.

¿Por qué decidió hacerse escritor?

La siguiente pregunta, por favor.

Leí algo más. Les dije que había volado con el capitán cabeza de vino y que había visto el partido de la semana. Les dije que cuando estaba en buena forma espiritual, después de comer lavaba el plato inmediatamente. Leí algunos poemas más. Leí poemas hasta que la jarra de naranjada quedó vacía. Entonces les dije que daba por terminado el recital. Hubo un rato de firma de autógrafos y luego fuimos a celebrar una fiesta en casa de Pete...


Hice mi danza india, mi danza del vientre y mi danza de Culo-Loco-al-Aire. Es difícil beber cuando bailas. Y es difícil bailar cuando bebes. Pete sabía lo que se hacía. Había puesto sofás y sillones en línea para separar a los bailones de los bebedores. Cada cual podía hacer lo suyo sin molestar a los demás.

Pete se levantó. Miró por toda la habitación a las mujeres.

¿Cuál quieres? —me preguntó.

¿Es tan fácil?

Es simplemente hospitalidad sureña.

Había una en la que me había fijado, algo mayor que las otras, con dientes protuberantes. Pero los dientes protuberaban de una manera perfecta, empujando hacia fuera los labios como una abierta flor apasionada. Deseaba poner mi boca junto a aquella boca. Llevaba una falda corta y a través de sus pantys se revelaban unas buenas piernas que no paraban de cruzarse y descruzarse mientras ella se reía y bebía y trataba de bajarse la falda sin conseguir que se quedara mucho rato tapando nada. Me senté a su lado.

Hola, yo soy —empecé a decir...

Sé quién eres. Estuve en tu recital.

Gracias. Me gustaría comerte el coño. He conseguido hacerlo muy bien. Podría volverte loca.

¿Qué piensas de Allen Ginsberg?

Oye, no cambies de conversación. Quiero tu boca, tus piernas, tu culo...

Muy bien —dijo ella.

Te veré pronto. Estoy en el dormitorio de abajo.

Me levanté, la dejé y me serví otra bebida. Un joven de cerca de dos metros de altura se me acercó.

Mira, Chinaski, no me creo nada de que andes viviendo en arrabales cochambrosos y conozcas a todos los traficantes de droga, macarras, putas, yonquis, apostadores de caballos, luchadores y borrachos...

En parte es verdad.

Todo cuento —dijo, y se fue. Un crítico literario.

Entonces me vino una rubia de unos 19 años con gafitas progres y una ancha sonrisa. Una sonrisa imperturbable.

Quiero joder contigo —me dijo—. Es esa cara tuya.

¿Qué pasa con mi cara?

Es magnífica. Me gustaría destrozarla con mi coño.

Podría ocurrir lo contrario.

No apuestes por ello.

Tienes razón. Los coños son indestructibles.

Volví al sofá y comencé a jugar con las piernas de la tía con la falda corta y labios jugosos en flor. Se llamaba Lillian.

Se acabó la fiesta y yo bajé al dormitorio con Lilly. Nos desnudamos y nos sentamos apoyados en las almohadas bebiendo vodka solo y mezclado. Había una radio y estaba sonando. Lilly me contó que había trabajado durante años para que su marido pudiera estudiar sin problemas y que él después de lograr el doctorado, la había abandonado.

Vaya guarrada —dije.

¿Tú has estado casado?

Sí.

¿Y qué pasó?

Crueldad mental, según los papeles del divorcio.

¿Y era verdad?

Claro que sí, por ambas partes.

Besé a Lilly. Fue tan bueno como me había imaginado. La boca en flor estaba abierta. Nuestros dientes chocaron, yo chupé los suyos. Nos separamos.

Creo que tú —me dijo, mirándome con unos bellos y amplios ojos— eres uno de los dos o tres mejores escritores de hoy en día.

Apagué rápidamente la lámpara. La besé más, jugué con sus pechos y el resto de su cuerpo, luego bajé a su entrepierna. Estaba borracho, pero creo que lo hice bien. Lo malo es que después no pude hacerlo de la otra manera. Bregué y bregué y bregué. Estaba empalmado, pero no me podía correr. Finalmente me eché a un lado y me dispuse a dormir...


Por la mañana Lilly estaba tumbada boca arriba, roncando. Me fui al baño, meé, me lavé los dientes y la cara. Después me arrastré de nuevo hacia la cama. Me la acerqué y empecé a jugar con sus partes. A mí siempre me ponen muy cachondo las resacas, no para besar ni chupar, sino para echar un polvo sin contemplaciones. Joder es la mejor cura para las resacas. Le di unos cuantos pases de manos. Respiraba tan feamente que preferí pasar de su boca de flor. La monté. Soltó un pequeño gemido. Para mí, era de puta madre. No creo que la diese más de veinte envites antes de correrme.

Después de un rato la oí levantarse y meterse en el baño. Lillian. Para cuando volvió yo le había dado la espalda y estaba ya prácticamente dormido.

Pasados unos 15 minutos salió de la cama y comenzó a vestirse.

-¿Qué ocurre? —le pregunté.

Tengo que irme, he de llevar a mis hijos al colegio.

Lillian cerró la puerta y subió las escaleras.

Yo me levanté, entré en el baño y me quedé un rato mirando mi cara en el espejo.

A las diez de la mañana subí a tomar el desayuno. Me encontré con Pete y Selma. Selma tenía un aspecto magnífico. ¿Cómo se podía conseguir una Selma? Los perros de este mundo nunca acababan con una Selma. Los perros sólo acababan con perros. Selma nos sirvió el desayuno. Era hermosa y un hombre la poseía, un profesor universitario. Eso de alguna manera no era justo. Arrebatadores garañones educados. La educación era la nueva divinidad, y los hombres educados los nuevos poderosos hacendados.

Ha sido un desayuno condenadamente bueno —les dije—, muchas gracias.

¿Qué tal estuvo Lilly? —me preguntó Pete.

Lilly estuvo muy bien.

Esta noche tienes que leer otra vez, ya sabes. Será en un colegio más pequeño, más conservador.

De acuerdo, me andaré con cuidado.

¿Qué vas a leer?

Material viejo, supongo.

Acabamos nuestro café y fuimos a sentarnos en el salón. Sonó el teléfono. Pete lo cogió, habló, luego se volvió hacia mí.

Un tío del periódico local quiere entrevistarte. ¿Qué le digo?

Dile que sí.

Pete dio la respuesta, luego fue a coger mi último libro y una pluma.

Pensé que a lo mejor quieres escribir algo aquí para Lilly.

Abrí el libro por la página de título. «Querida Lilly» escribí, «siempre serás parte de mi vida...

Henry Chinaski»

9

Lydia y yo estábamos siempre peleándonos. Lo nuestro era sólo un flirt y eso me irritaba. Cuando comíamos fuera estaba seguro de que le echaba el ojo a algún hombre que estuviera detrás mío. Cuando venían amigos a visitarme y Lydia estaba allí podía oír cómo su conversación se iba haciendo más íntima y sexual. Siempre se sentaba muy pegada a mis amigos, colocándose lo más cerca posible. En cuanto a ella, le irritaba sobre todo mi forma de beber. Ella amaba el sexo y la bebida se interponía a veces a la hora de hacer el amor.

O bien estás demasiado borracho para hacerlo por la noche o bien demasiado enfermo para hacerlo por la mañana —decía. Lydia se ponía furiosa con sólo verme beber una cerveza. Rompíamos «para siempre» por lo menos una vez a la semana, pero siempre nos las arreglábamos de algún modo para reconciliarnos. Había acabado de esculpir mi cabeza y me la había dado. Cuando rompíamos ponía la cabeza a mi lado en el asiento del coche, me iba conduciendo hasta su apartamento y la dejaba junto a su puerta en el porche. Luego iba a una cabina telefónica, la llamaba y le decía:

¡Tu maldita cabeza está junto a tu puerta! —Aquella cabeza iba continuamente de un lado a otro...


Acabábamos de romper otra vez y yo me había deshecho de la cabeza. Estaba bebiendo, de nuevo era un hombre libre. Tenía un joven amigo, Bobby, un tío bastante blando que trabajaba en una librería perno y que también era fotógrafo. Vivía a un par de bloques de mi casa. Bobby tenía problemas consigo mismo y con su mujer, Valerie. Me llamó una noche y dijo que iba a traer a Valerie para que pasara la noche conmigo. Aquello sonaba bien. Valerie tenía 22 años, era absolutamente adorable, con largo cabello rubio, enloquecidos ojos azules y un bonito cuerpo. Como Lydia, también había pasado algún tiempo en un manicomio. Después de un rato les oí aparcar frente a mi casa. Valerie salió. Recordé cuando Bobby me había contado que, al presentar por primera vez a Valerie a sus padres, ellos habían apreciado mucho su vestido, que al parecer, les encantaba, y ella había dicho:

Ya. ¿Y qué dicen del resto de mí? —subiéndose el vestido por encima de las caderas. Y no llevaba ropa interior.

Valerie llamó a la puerta. Oí a Bobby marcharse. La dejé entrar. Tenía muy buena pinta. Serví dos de escocés con agua. Ninguno de los dos habló. Bebimos aquello y serví dos más. Luego yo dije:

Venga, vamos a algún bar.

Subimos a mi coche. La Máquina de Goma estaba a la vuelta de la esquina. Unos días antes me había excedido un poco allí, pero nadie dijo nada cuando entramos. Nos sentamos a una mesa y pedimos bebidas. Seguíamos sin hablar. Yo sólo me sumergía en aquellos locos ojos azules. Estábamos sentados juntos y la besé. Su boca estaba fresca y abierta. La besé otra vez y nuestras piernas se apretaron juntas. Bobby tenía una bonita mujer. Estaba loco dejándola por ahí.

Decidimos cenar. Pedimos cada uno un filete, bebimos y nos besamos mientras esperábamos. La camarera dijo:

¡Oh, están enamorados! —y nos reímos.

Cuando llegaron los filetes Valerie dijo:

No quiero comerme el mío.

Tampoco yo quiero comerme el mío —dije yo.

Bebimos a lo largo de otra hora y entonces decidimos volver a mi casa. Mientras aparcaba el coche, vi a una mujer en la acera. Era Lydia. Llevaba algo envuelto en la mano. Salí del coche con Valerie y Lydia nos miró.

¿Quién es? —preguntó Valerie.

La mujer que amo —le contesté.

¿Quién es esta puta? —chilló Lydia.

Valerie se dio la vuelta y salió corriendo calle abajo. Pude oír sus tacones altos sonando en el pavimento.

Vamos adentro —le dije a Lydia. Ella me siguió.

Vine aquí a darte esta carta y parece que vine en el momento adecuado. ¿Quién era ésa?

La mujer de Bobby. Sólo somos amigos.

¿Ibas a jodértela, no?

Mira, le dije que te amaba.

¿Ibas a jodértela, no?

Mira, nena...

De pronto me golpeó. Yo estaba delante de la mesita del café que estaba delante del sofá. Me caí hacia detrás por encima de la mesita cayendo en el espacio entre la mesa y el sofá. Oí un portazo. Y cuando me levanté oí el motor del coche de Lydia ponerse en marcha. Entonces se fue.

Hija de la gran puta, pensé, en un minuto tengo dos mujeres y al siguiente no tengo ninguna.

10

Quedé sorprendido a la mañana siguiente cuando April llamó a la puerta. April era la gorda pirada que había estado en la fiesta de Harry Ascot y que se había marchado con el tío anfetamínico. Eran las once de la mañana. April entró y se sentó.

Siempre he admirado tu obra —dijo.

Le puse una cerveza y cogí otra para mí.

Dios es un anzuelo en el cielo —dijo.

Muy bien —dije yo.

April estaba rellena pero no demasiado gorda. Tenía grandes caderas y un enorme culo y le caía el pelo a todo lo largo. Había algo en su tamaño, bestial, como si pudiese manejar a un orangután. Su deficiencia mental me resultaba atractiva porque no se ponía a hacer juegos. Cruzaba las piernas, mostrándome sus muslos blancos y descomunales.

He plantado semillas de tomate en el sótano del edificio donde vivo —dijo.

Probaré alguno cuando crezcan.

Nunca he tenido carnet de conducir. Mi madre vive en Nueva Jersey.

Mi madre está muerta —dije yo. Me fui a sentar a su lado en el sofá. La abracé y la besé. Mientras la besaba, ella me miraba directamente a los ojos. Corté. —Vamos a joder —le dije.

Tengo una infección —dijo April.

¿Qué?

Son una especie de hongos. Nada serio.

¿Puedo cogerlos yo?

Es una especie de descarga lechosa.

¿Puedo cogerlos?

No creo.

Vamos a joder.

No sé si me apetece joder.

Te sentará bien. Vamos al dormitorio.

April entró en el dormitorio y comenzó a quitarse la ropa. Yo me quité también la mía. Nos metimos debajo de las sábanas. Empecé a jugar con sus partes y a besarla. La monté. Era muy extraño. Como si su coño se corriera de lado a lado. Yo sabía que estaba allí dentro, sentía como si estuviese dentro, pero se me resbalaba hacia los lados, hacia la izquierda. Seguí meneando. Era algo excitante. Acabé y me eché a un lado.

Más tarde la llevé a su apartamento y subimos. Hablamos durante largo rato y me marché después de haber apuntado el número del apartamento y la dirección. Mientras salía por el vestíbulo reconocí las cajas del correo del edificio. Había repartido muchas cartas allí, cuando era cartero. Llegué hasta mi coche y me fui.

11

Lydia tenía dos niños: Tonto, un niño de ocho años, y Lisa, la pequeñita de cinco que había interrumpido nuestro primer polvo. Una noche estábamos juntos en la mesa cenando. Las cosas iban bien entre Lydia y yo y me quedaba a cenar casi todas las noches, luego dormía con Lydia y me iba hacia las once de la mañana a mi casa a leer el correo y a escribir. Los niños dormían en una cama de agua en la habitación de al lado. Era una casa antigua y pequeña que Lydia había alquilado a un ex luchador japonés jubilado. Obviamente él estaba interesado en Lydia. Me parecía bien. Era una bonita casa antigua.

Tonto —dije mientras cenábamos— sabes que cuando tu madre da gritos por la noche yo no la estoy pegando. Sabes quién es en verdad el que tiene problemas.

Sí, ya sé.

¿Entonces por qué no vienes a ayudarme?

Uh, uh, la conozco bien.

Oye, Hank —dijo Lydia—, no pongas a mis hijos en contra mía.

Es el hombre más feo del mundo —dijo Lisa.

Me gustaba Lisa. Algún día iba a llegar a ser una mujer espectacular. Espectacular y con personalidad.

Después de la cena Lydia y yo nos fuimos al dormitorio y nos tumbamos. A Lydia le encantaba reventarme los granos y las espinillas. Yo tenía una piel poco académica. Puso la lámpara cerca de mi cara y comenzó la tarea. A mí me gustaba. Me producía una especie de hormigueo que a veces conseguía ponérmela dura. Era algo muy íntimo. De vez en cuando entre apretón y apretón, Lydia me besaba. Siempre empezaba primero por mi cara y luego pasaba a mi espalda y pecho.

¿Me quieres?

Sí.

¡Oooh, mira éste!

Era un punto negro con una larga cola amarilla.

Es bonito —dije.

Estaba echada encima mío. Paró de reventarme granos y me miró.

¡Te llevaré a la tumba, viejo cojón!

Me reí. Ella me besó.

Te volveré a meter en el manicomio —le dije.

Date la vuelta. Vamos a hacerte la espalda.

Me di la vuelta. Me apretó detrás del cuello.

¡Oooh, aquí hay uno bueno! ¡Ha salido disparado! ¡Me ha pegado en el ojo!

Deberías llevar gafas protectoras.

¡Vamos a tener un pequeño Henry! ¡Piénsalo, un pequeño Henry Chinaski!

Vamos a esperar un tiempo.

¡Quiero un bebé ahora!

Vamos a esperar.

Todo lo que hacemos es dormir y comer y vaguear y hacer el amor. Somos como babosas perezosas. Amor de babosa, lo llamaría yo.

A mí me gusta.

Antes solías venir a escribir aquí. Andabas ocupado. Traías tinta y hacías tus dibujos. Ahora te vas a casa y haces todas las cosas interesantes allí. Aquí sólo comes y duermes y luego te vas por la mañana. Es estúpido.

A mí me gusta.

¡No hemos ido a una fiesta desde hace meses! ¡A mí me gusta ver gente! ¡Me aburro! ¡Quiero hacer cosas! ¡Quiero BAILAR! ¡Quiero vivir!

Oh, mierda.

Eres demasiado viejo. Lo único que quieres es sentarte por ahí y criticar todo y a todo el mundo. No quieres hacer nada. ¡Nada es lo bastante bueno para ti!

Me salí de la cama y me puse de pie. Empecé a ponerme la camisa.

¿Qué estás haciendo? —preguntó ella.

Me voy de aquí.

¡Te marchas! En el momento en que las cosas no son como tú las quieres, saltas y te largas corriendo. Nunca quieres hablar de nada. Te vas a tu casa y te emborrachas y a la mañana siguiente estás tan enfermo que crees que te vas a morir. ¡Entonces me telefoneas!

¡No me quedo un minuto más!

¿Pero por qué?

No quiero estar donde estoy de más. No quiero estar donde no me quieren.

Hubo una pausa. Luego Lydia dijo:

De acuerdo. Vamos, échate aquí. Apagaremos la luz y seguiremos los dos juntos.

Hubo otra pausa. Luego yo dije:

Bueno, está bien.

Me desnudé del todo y me metí debajo de las sábanas. Me pegué a Lydia. Estábamos los dos tumbados de espaldas. Podía oír los grillos. Era un barrio agradable. Pasaron unos pocos minutos. Entonces Lydia dijo:

Yo voy a ser algo grande.

No contesté. Pasaron unos cuantos minutos más. Entonces Lydia saltó de la cama. Levantó las manos hacia el techo y dijo en voz alta:

¡VOY A SER ALGO GRANDE! ¡VOY A SER VERDADERAMENTE GRANDE! ¡NADIE SABE LO GRANDE QUE VOY A LLEGAR A SER!

Vale —dije—, pero mientras tanto vuelve a la cama.

Lydia volvió a la cama. No nos besamos. No íbamos a tener sexo. Me sentía fatigado. Escuché a los grillos. No sé por cuánto tiempo. Estaba casi dormido, no del todo, cuando Lydia de súbito se sentó en la cama y se puso a chillar. Era un chillido muy fuerte.

¿Qué pasa? —pregunté.

Estate quieto.

Aguardé. Lydia siguió allí sentada, sin moverse, alrededor de unos diez minutos. Luego se dejó caer sobre su almohada.

He visto a Dios —dijo—, acabo de ver a Dios.

¡Escucha, perra, me vas a volver loco!

Me levanté y empecé a vestirme. Estaba frenético. No encontraba mis calzoncillos. Al diablo con ellos, pensé. Allá quedaron dondequiera que estuviesen. Tenía puesta toda mi ropa y estaba sentado en una silla poniéndome los zapatos en mis pies descalzos.

¿Qué estás haciendo?

No pude contestar. Salí al salón. Mi abrigo estaba tirado sobre un sillón. Lo cogí y me lo puse. Lydia salió corriendo. Se había puesto su batín azul y un par de bragas. Iba descalza. Lydia tenía los tobillos anchos. Normalmente llevaba botas para ocultarlos.

¡TU NO TE VAS DE AQUÍ! —me gritó.

Mierda, me largo.

Saltó sobre mí. Normalmente me atacaba cuando estaba borracho. Ahora estaba sobrio. Me aparté y ella cayó al suelo, rodó y se quedó tumbada boca arriba. Pasé sobre ella camino hacia la puerta. Despedía rabia, gruñendo, sacando los dientes. Parecía una pantera. La miré. Me sentía a salvo viéndola en el suelo. Soltó una especie de rugido y cuando ya estaba a punto de salir se levantó abalanzándose contra mí, clavando sus uñas en la manga de mi abrigo, tirando y arrancándomela desde el hombro.

Cristo —dije—, mira lo que le has hecho a mi abrigo nuevo. ¡Lo acababa de comprar!

Abrí la puerta y salté fuera con uno de los brazos desnudo. Acababa de abrir la puerta del coche cuando oí sus pies descalzos sonar en el asfalto detrás mío. Me metí de un salto dentro y cerré la puerta. Encendí el contacto.

¡Mataré a este coche! —gritaba ella—. ¡Mataré a este coche!

Sus puños golpeaban en el capó, en la puerta, en el parabrisas. Empecé a mover el coche con lentitud, para no herirla. Mi Mercury Comet del 62 había quedado fuera de combate y me había comprado recientemente un Volkswagen del 67. Lo tenía reluciente y encerado. Tenía incluso una gamuza especial en la guantera. Mientras andaba hacia delante Lydia seguía golpeando el coche con sus puños. Cuando la dejé atrás puse la segunda marcha. Miré por el retrovisor y la vi plantada de pie, solitaria a la luz de la luna, inmóvil con su batín azul y sus bragas. Se me empezaron a contraer las tripas. Me sentía enfermo, inútil, triste. Estaba enamorado de ella.

12

Fui a mi casa y empecé a beber. Conecté la radio y encontré algo de música clásica. Saqué mi linterna Coleman del armario. Apagué las luces y me senté con la linterna a oír música. Había juegos que podías hacer con una linterna Coleman. Como apagarla y luego encenderla de nuevo y contemplar la combustión de la mecha volviéndola a iluminar. También me gustaba bombear la linterna y subir la presión. Entonces era el simple placer de verlo. Bebía y miraba la linterna y escuchaba la música y me fumaba un puro.

Sonó el teléfono. Era Lydia.

¿Qué haces? —preguntó.

Estoy aquí sentado.

¡Estás ahí sentado bebiendo y oyendo música sinfónica y jugando con esa maldita linterna Coleman!

Sí.

¿Vas a volver?

No.

¡Muy bien, entonces bebe! ¡Bebe y revienta! Tú sabes que el alcohol por poco te mata una vez. ¿Te acuerdas del hospital?

Nunca lo olvidaré.

¡Muy bien, bebe, BEBE! ¡MATATE! ¡POR MI COMO SI TE CAGAS!

Lydia colgó y yo también. Algo me decía que ella no estaba tan preocupada por mi posible muerte como por su próximo polvo. Pero yo necesitaba unas vacaciones. Un descanso. A Lydia le gustaba joder cinco veces a la semana por lo menos. Yo prefería tres. Me levanté y me acerqué a la mesa de la cocina donde estaba mi máquina de escribir. Encendí la luz, me senté y escribí a Lydia una carta de cuatro páginas. Luego fui al baño, cogí una cuchilla de afeitar, salí, me senté y me puse un buen trago. Cogí la cuchilla y me corté el dedo corazón de mi mano derecha. Corrió la sangre. Firmé la carta con sangre.

Bajé al buzón de la esquina y metí la carta.

El teléfono sonó en varias ocasiones. Era Lydia. Me gritaba cosas.

¡Me voy a BAILAR! ¡No tengo por qué quedarme sentada mientras tú bebes!

Te comportas como si beber fuera igual que irme con otra mujer —dije.

¡Es peor!

Colgó.

Seguí bebiendo. No tenía sueño. Pronto fue medianoche, luego la una de la mañana, las dos. La linterna Coleman mantenía su llama...

A las tres y media de la madrugada sonó el teléfono. Otra vez Lydia.

¿Todavía sigues bebiendo?

¡Claro!

¡Podrido hijo de puta!

De hecho al sonar el teléfono estaba quitando el celofán de esta botella de Cutty Sark. Es hermoso. ¡Deberías verlo!

Colgó bruscamente. Me mezclé otro trago. Había buena música en la radio. Me eché hacia atrás. Me sentía muy bien.

La puerta se abrió de golpe y Lydia entró como una tromba. Se paró delante mío. La botella estaba en la mesita del café. La vio y la agarró. Yo salté y la agarré a ella. Cuando yo estaba borracho y Lydia fuera de sus casillas andábamos bastante igualados. Ella sostenía la botella en el aire, apartándola de mí, tratando de salir por la puerta con ella. Agarré el brazo que sostenía la botella e intenté quitársela.

¡TU, ZORRA! ¡NO TIENES DERECHO! ¡DAME ESA JODIDA BOTELLA!

Entonces salimos al porche, forcejeando, tropezamos en el escalón y caímos al suelo. La botella chocó contra el cemento y se rompió. Ella se levantó y se fue. Oí cómo su coche se ponía en marcha. Me quedé tumbado y contemplé la botella rota. Estaba a medio metro de mí. Lydia se alejó en su automóvil. La luna seguía alta. En el culo de lo que quedaba de botella vi que aún se podía salvar un trago de escocés. Me estiré en el suelo, la cogí y me lo eché en la boca. Una larga punta de cristal casi se clavaba en uno de mis ojos mientras bebía lo que quedaba. Entonces me levanté y entré. Tenía una sed terrible. Empecé a ir de un lado a otro cogiendo cervezas y bebiendo lo poco que quedaba en cada una. Una vez me tragué un montón de cenizas por no acordarme que usaba muchas botellas como ceniceros. Eran las cuatro y cuarto de la mañana. Me senté a mirar el reloj. Era como si estuviera trabajando en la oficina de correos otra vez. El tiempo no transcurría en tanto la existencia se iba transformando en algo insoportable. Aguardé. Aguardé. Aguardé. Aguardé. Finalmente se hicieron las seis de la mañana. Me acerqué hasta la tienda de licores de la esquina. El empleado la estaba abriendo. Me dejó entrar. Compré una nueva botella de Cutty Sark. Volví a casa, cerré la puerta con llave y llamé a Lydia.

Tengo aquí una botellita de Cutty Sark a la que estoy quitando el celofán. Me voy a servir un trago. Y la tienda de licores va a estar ahora abierta durante veinte horas.

Ella colgó. Me tomé un trago y luego entré en el dormitorio, me tumbé en la cama y me puse a dormir sin quitarme la ropa.

13

Una semana más tarde iba conduciendo por Hollywood Boulevard con Lydia. Un semanario frívolo que por entonces se editaba en California me había pedido que escribiera un artículo sobre la vida del escritor en Los Ángeles. Lo había escrito e iba camino de la editorial a entregarlo. Aparcamos en el estacionamiento de Mosle Square. Mosle Square era una sección de bungalows caros utilizados como oficinas por las casas de discos, agentes, promotores y todas esas cosas. Los alquileres eran muy elevados.

Entramos en uno de esos bungalows. Había una guapa muchacha detrás de un escritorio, educada y fría.

Soy Chinaski —dije— y aquí está mi artículo.

Lo dejé caer en el escritorio.

¡Oh, señor Chinaski, siempre he admirado mucho su obra!

¿Tienen algo de beber por aquí?

Espere un momento...

Subió por una escalera tapizada y volvió a bajar con una botella de vino caro. Lo abrió y sacó unas copas de un bar escondido. Cómo me gustaría irme a la cama con ella, pensé. Pero no había manera. Sin embargo, alguien se iba a la cama con ella regularmente.

Nos sentamos y bebimos el vino.

Le daremos muy pronto noticias sobre su artículo. Estoy segura de que lo aceptarán... Pero no es usted como yo me esperaba...

¿Qué quiere decir?

Su voz es tan fina. Parece muy educado.

Lydia se rió. Acabamos nuestro vino y nos fuimos. Mientras nos dirigíamos hacia el coche, oí una voz.

¡Hank!

Miré a mi alrededor y allí sentada en un Mercedes nuevo estaba Dee Dee Bronson. Me acerqué a ella.

¿Cómo te va, Dee Dee?

Bastante bien. Dejé el empleo en Capital Records. Ahora estoy llevando aquello. —Señaló con el dedo. Era otra compañía musical, muy famosa con sus oficinas centrales en Londres. Dee Dee solía pasarse por mi casa con su novio cuando él y yo escribíamos sendas columnas en un periódico underground de Los Ángeles.

Hostia, te lo estás haciendo bien —dije.

Sí, excepto...

¿Excepto qué?

Excepto que necesito un hombre. Un buen hombre.

Bueno, dame tu número de teléfono y veré si te encuentro uno.

De acuerdo.

Dee Dee escribió su número de teléfono en un pedazo de papel y yo me lo guardé en la cartera. Lydia y yo nos fuimos hacia el coche y subimos en él.

Vas a telefonearla —dijo Lydia—, vas a usar ese número

Puse en marcha el coche y salí a Hollywood Boulevard.

Vas a usar ese número —siguió diciendo—. ¡Sé que vas a usar ese número!

¡Corta el rollo! —le dije.

Parecía que se avecinaba otra mala noche.

14

Tuvimos otra disputa. Más tarde yo estaba en mi casa, pero no me sentía con ánimos de quedarme allí solo bebiendo. Había empezado la temporada de carreras nocturnas. Cogí una botella y me fui al hipódromo. Llegué pronto e hice juntas todas las apuestas. Para cuando finalizó la primera carrera, la mitad de la botella había desaparecido sorprendentemente.

Gané tres de las cuatro primeras carreras. Luego gané una apuesta exacta y me saqué limpios 200 dólares para el final de la quinta carrera. Me fui al bar y contemplé el totalizador. Aquella noche me habían dado buenos dividendos. Lydia se hubiera cagado en toda mi familia si me hubiera podido ver manejando toda aquella pasta. Odiaba que yo ganara en las carreras, sobre todo, cuando ella iba perdiendo.

Seguí bebiendo y apostando. Al acabar la novena carrera llevaba ganados 950 dólares y estaba completamente ebrio. Me metí la cartera en uno de mis bolsillos y caminé lentamente hacia mi coche.

Me senté dentro y contemplé a los perdedores abandonando el aparcamiento. Seguí allí sentado hasta que todos los coches se fueron, entonces puse en marcha el motor. Justo a la salida del hipódromo había un supermercado. Vi una cabina telefónica con luz en un extremo del aparcamiento, entré allí, paré y salí. Me acerqué hasta el teléfono y marqué el número de Lydia.

Escucha —dije—, escucha, perra. Fui a las carreras nocturnas y gané 950 pavos. ¡Soy un ganador! ¡Siempre seré un ganador! ¡Tú no me mereces, zorra! ¡Has estado jugando conmigo! ¡Bueno, se acabó! ¡Fuera! ¡No te necesito a ti ni a tus malditos juegos! ¡Eso es! ¿Entiendes? ¿Captas el mensaje? ¿O tienes la cabeza más amazacotada que los tobillos?

Hank...

¿Sí?

No soy Lydia. Soy Bonnie. Estoy cuidando a los niños. Ella salió esta noche.

Colgué y volví a mi coche.

15

Lydia me llamó por la mañana.

Mientras te emborrachas —dijo—, yo salgo a bailar. Fui anoche al Red Umbrella y saqué a los hombres a bailar conmigo. Una mujer tiene derecho a hacer eso.

Eres una zorra.

¿Sí? Bueno, si hay algo peor que una zorra es un zopenco coñazo.

Si hay algo peor que un coñazo es una zorra coñazo.

Si no quieres mi coño —dijo ella—, se lo daré a algún otro.

Eso es cosa tuya.

Cuando acabé de bailar, fui a ver a Marvin. Quería saber la dirección de su novia para ir a visitarla. Francine. Tú mismo fuiste una noche a visitarla.

Mira, nunca he jodido con ella. Simplemente estaba demasiado borracho para conducir hasta mi casa después de una fiesta. Ni siquiera nos besamos. Me dejó dormir en su sofá y a la mañana siguiente me fui a casa.

De cualquier manera, cuando llegué al chalet de Marvin decidí no preguntar la dirección de Francine.

Los padres de Marvin tenían dinero. Tenía una casa junto a la playa. Escribía poesía, mejor que la mayoría. Me gustaba Marvin.

Bueno, espero que te lo pasaras bien —dije, y colgué.

Apenas había dejado el teléfono cuando volvió a sonar otra vez. Era Marvin.

Eh, ¿qué no sabes quién vino ayer a las tantas de la noche? Lydia. Llamó por la ventana y la dejé pasar. Consiguió ponérmela dura.

Está bien, Marvin. Lo comprendo. No te culpo.

¿No estás cabreado?

No contigo.

Vale entonces...

Cogí la cabeza esculpida y la metí en mi coche. Conduje hasta la casa de Lydia y dejé el busto en el quicio de su puerta. No llamé al timbre. Comencé a alejarme. Lydia salió.

¿Por qué eres tan gilipollas? —me dijo.

Me volví.

No eres selectiva. Te da lo mismo un hombre que otro. No tengo por qué estar comiéndome tu mierda.

¡Yo tampoco tengo por qué comerme tu mierda! —gritó ella y cerró de un portazo.

Fui hasta mi coche, me metí y lo puse en marcha. Puse la primera. No se movió. Probé con la segunda. Nada. Luego volví a la primera. Me aseguré de que el freno estaba quitado. No se movía. Probé marcha atrás. El coche retrocedió. Frené y puse otra vez la primera. El coche no se movía. Todavía seguía furioso con Lydia. Pensé, bueno, me iré hasta casa marcha atrás. Entonces pensé en los policías parándome y preguntándome qué cojones estaba haciendo. Verán, oficiales, tuve una pelea con mi chica y ésta era la única manera de volver a casa.

El cabreo con Lydia se me acabó pasando. Salí y me dirigí hacia su puerta. Había metido dentro mi cabeza. Llamé.

Lydia abrió la puerta.

¿Oye —le dije—, es que eres una bruja?

No. Soy una puta ¿recuerdas?

Tienes que llevarme a casa. Mi coche sólo funciona hacia atrás. El maldito cacharro se ha vuelto loco.

¿Hablas en serio?

Ven, te lo enseñaré.

Lydia me siguió hasta el coche.

Las marchas funcionan bien. Pero de repente se ha puesto a funcionar sólo marcha atrás. Por un momento pensé en irme a casa de culo.

Entré.

Ahora observa.

Lo puse en marcha y metí la primera, solté el embrague. Saltó hacia delante. Metí la segunda. Entró y fue más deprisa. Metí la tercera. Marchó con brío. Di una vuelta en redondo y aparqué al otro lado de la calle. Lydia se acercó.

Mira —le dije—, tienes que creerme. Hace un momento el coche sólo marchaba hacia atrás. Ahora va bien. Por favor tienes que creerlo.

Te creo —dijo ella—, fue obra de Dios. Yo creo en ese tipo de cosas.

Debe tener algún significado.

Lo tiene.

Salí del coche. Entramos en su casa.

Quítate la camisa y los zapatos —dijo ella— y échate en la cama. Primero te voy a reventar las espinillas.

16

El ex luchador japonés jubilado vendió la casa de Lydia. Tuvo que mudarse. Eran Lydia, Tonto, Lisa y el perro, Bugbutt. En Los Ángeles la mayoría de los caseros cuelgan fuera el mismo cartel: SOLO ADULTOS. Con dos niños y un perro la cosa estaba realmente jodida. Sólo la buena pinta de Lydia podía ayudarla. Se necesitaba un casero del género macho caliente.

Los llevé por toda la ciudad. Fue inútil. Yo me quedaba fuera junto al coche bien a la vista. Ni así funcionaba. Mientras íbamos conduciendo Lydia se asomaba por la ventanilla gritando:

¿Es que nadie en esta ciudad puede alquilarle un apartamento a una mujer con dos niños y un perro?

Inesperadamente había un apartamento vacante en mi edificio. Vi a la gente irse de allí y me fui rápidamente a hablar con la señora O'Keefe.

Oiga —le dije—, mi novia necesita un sitio para vivir. Tiene dos niños y un perro pero todos se portan bien. ¿Les dejaría mudarse aquí?

He visto a esa mujer —dijo la señora O'Keefe—. ¿No se ha fijado en sus ojos? Está loca.

Ya sé que está loca. Pero yo respondo de ella. Tiene algunas buenas cualidades, de verdad.

¡Es demasiado joven para usted! ¿Qué va a hacer usted con una chica joven como ella?

Me reí.

El señor O'Keefe salió y se quedó detrás de su esposa. Me miró desde la puerta de persiana.

Está encoñado, eso es todo. Es muy simple, está encoñado.

Bueno, ¿y qué? —dije yo.

De acuerdo —dijo la señora O'Keefe—. Tráigala aquí...

Así que Lydia alquiló el apartamento y se mudó. Eran más que nada ropas, todas las cabezas que había esculpido y una gran lavadora.

No me gusta la señora O'Keefe —me dijo—. Su marido parece buena persona pero ella no me gusta.

Es una buena señora tipo católica, y tú necesitas un sitio donde vivir.

No quiero que bebas con esa gente. Van a destruirte.

Sólo pago 85 pavos de alquiler. Ellos me tratan como a un hijo. Tengo que tomarme una cerveza con ellos de vez en cuando.

¡Como un hijo, mierda! Eres casi tan viejo como ellos.

Pasaron unas tres semanas. Era un sábado por la mañana. No había dormido aquella noche con Lydia. Me bañé y tomé una cerveza, me vestí. No me gustaban los fines de semana. Todo el mundo salía a la calle. Todo el mundo estaba jugando al ping-pong o segando el césped o encerando el coche o yendo al supermercado o a la playa o al parque. Multitudes en todas partes. El lunes era mi día favorito. Todo el mundo estaba de vuelta al trabajo y fuera de vista. Decidí ir al hipódromo a pesar de la muchedumbre. Eso me ayudaría a matar el sábado. Me comí un huevo duro, tomé otra cerveza, salí al porche y cerré la puerta. Lydia estaba fuera jugando con Bugbutt, el perro.

Hola —me dijo.

Hola —dije yo—, me voy a las carreras.

Lydia se vino hacia mí.

Oye, ya sabes lo que te pasa con el hipódromo.

Se refería a que siempre me quedaba demasiado cansado para hacer el amor después de ir a las carreras.

Anoche estabas borracho —continuó—, fue horrible. Asustaste a Lisa. Tuve que sacarte fuera.

Me voy a las carreras.

Muy bien, hala, vete a las carreras. Pero si te vas no esperes encontrarme aquí cuando vuelvas.

Subí a mi coche, que estaba aparcado junto al jardín. Bajé los cristales de las ventanillas y lo puse en marcha. Lydia estaba parada de pie en la acera. Le dije adiós con la mano y salí a la calle. Era un agradable día veraniego. Bajé hacia Hollywood Park. Tenía un nuevo sistema. Cada nuevo sistema me acercaba más y más a la fortuna definitiva. Era sólo cuestión de tiempo.

Perdí 40 dólares y volví a casa. Aparqué mi coche junto al césped y salí. Cuando me dirigía hacia el porche me salió por el camino la señora O'Keefe.

¡Se ha ido!

¿Qué?

Su chica. Se ha mudado.

No contesté.

Alquiló un camión de mudanzas y metió todo allí. Estaba como loca. ¿Sabe esa enorme lavadora?

Sí.

Bueno, es una cosa pesada. Yo no podría levantarla. Ella no dejó que el chico la ayudara. Levantó ella sola la cosa y la metió en el camión. Entonces sacó a los niños y el perro y se fueron. Se dejó el alquiler de una semana.

Muy bien, señora O'Keefe. Gracias.

¿Vendrá a beber con nosotros esta noche?

No sé.

A ver si puede.

Abrí la puerta y entré. Le había dejado un acondicionador de aire. El aparato estaba sobre una silla en la entrada. Había una nota y un par de pantys azules. La nota estaba garrapateada salvajemente:

«Bastardo, aquí está tu aire acondicionado. Me voy. Me voy para siempre ¡hijo de puta! Cuando te sientas solo puedes usar estos pantys para meneártela. Lydia.»

Fui a la nevera y cogí una cerveza. La bebí y luego me acerqué al aparato de aire acondicionado. Cogí los pantys y me quedé allí preguntándome si funcionaría la cosa. Entonces dije «¡Mierda!» y los arrojé al suelo.

Me acerqué al teléfono y marqué el número de Dee Dee Bronson. Estaba en casa.

¿Hola? —dijo.

Dee Dee —dije yo—, soy Hank...

17

Dee Dee tenía una casa en Hollywood Hills. La compartía con una amiga, también ejecutiva, Blanca. Blanca se había quedado con el piso de arriba y Dee Dee con el de abajo. Llamé al timbre. Eran las 8:30 de la tarde cuando Dee Dee abrió la puerta. Dee Dee tenía unos cuarenta años, el pelo negro y corto, era judía, hipster, freaky. Tenía estilo neoyorkino, conocía todos los nombres: los editores adecuados, los mejores poetas, los dibujantes de más talento, los buenos revolucionarios, a cualquiera, a todo el mundo. Fumaba hierba continuamente y seguía actuando como si fueran los primeros años sesenta y el tiempo del Amor, cuando ella había sido medianamente famosa y mucho más hermosa.

Largas series de malos asuntos amorosos habían acabado acribillándola. Ahora yo estaba ante su puerta. En su cuerpo aún quedaba tela que cortar. Era menuda pero esbelta, y más de una joven hubiera deseado tener su figura.

La seguí adentro.

¿Así que te dejó Lydia? —me preguntó.

Creo que se fue a Utah. Las fiestas del 4 de Julio en Muleshead serán dentro de poco. Nunca se las pierde.

Me senté en la mesa de la cocina mientras Dee Dee descorchaba una botella de vino tinto.

¿La echas de menos?

Cristo, sí. Me entran ganas de llorar. Se me encogen las tripas. Puede que no consiga superarlo.

Lo superarás. Te ayudaremos a pasar de Lydia. Te sacaremos del charco.

¿Sabes cómo me siento?

A todos nos ha ocurrido unas cuantas veces.

Esa perra jamás se ha preocupado en experimentarlo.

No, a ella también le pasa. Le está pasando ahora.

Decidí que era mejor estar ahí con Dee Dee en su magnífica casa de Hollywood Hills que estar sentado solo en mi apartamento bebiendo.

Debe ser que no soy bueno con las mujeres.

Eres lo bastante bueno con las mujeres —dijo Dee Dee—. Y eres un escritor excepcional.

Preferiría ser bueno con las mujeres.

Dee Dee estaba encendiendo un cigarrillo. Aguardé a que acabara, entonces me acerqué a ella sobre la mesa y la besé.

Me haces sentir bien. Lydia estaba siempre al ataque.

Eso no significa lo que a ti te parece.

Pero puede llegar a ser desagradable.

Ya lo creo.

¿Todavía no has encontrado novio?

Todavía no.

Me gusta este sitio, pero, ¿cómo consigues tenerlo tan limpio y cuidado?

Tenemos una asistenta.

¿Ah sí?

Te gustará. Es una negra enorme, acaba su trabajo lo más deprisa que puede cuando yo me voy. Entonces se tumba en la cama a ver la televisión y comer galletitas. Todas las noches encuentro migajas de galletas en mi cama. Mañana le diré que te prepare el desayuno después de que yo me vaya.

Bueno.

No, espera. Mañana es domingo. Yo no trabajo los domingos. Saldremos a comer fuera. Conozco un sitio. Te gustará.

Está bien.

Sabes, creo que siempre he estado enamorada de ti.

¿Qué?

Durante años. Sabes, cuando solía ir a visitarte, primero con Bernie y luego con Jack, te deseaba. Pero tú nunca te fijabas en mí. Estabas siempre chupando algún bote de cerveza o estabas obsesionado con algo.

Majareta, supongo, cercano a la locura. La denuncia de la oficina de Correos. Siento no haberme fijado en ti.

Te puedes fijar en mí ahora.

Dee Dee llenó otro vaso de vino. Buen vino. Ella me gustaba. Era bueno tener un sitio donde ir cuando las cosas iban mal. Recordé los viejos tiempos en que cuando las cosas iban mal no había ningún sitio donde ir. Tal vez aquello había sido bueno para mí. Entonces. Pero ahora no estaba interesado en lo que pudiera ser bueno para mí. Me interesaba sentirme bien y saber cómo parar de sentirme mal cuando las cosas anduvieran jodidas. Cómo volver a sentirme bien otra vez.

No quiero joderte, Dee Dee —dije yo—, a veces me porto mal con las mujeres.

Te he dicho que te quiero.

No lo hagas. No me quieras.

De acuerdo —dijo ella—, no te quiero, casi te quiero. ¿Está bien así?

Es bastante mejor que lo otro.

Acabamos nuestro vino y nos fuimos a la cama.

18

Por la mañana Dee Dee me llevó a Sunset Strip a desayunar. El Mercedes era negro y relucía bajo el sol. Pasamos los casinos y las salas de fiesta y los restaurantes de lujo. Me acomodé en mi asiento, tosiendo con mi cigarrillo. Bueno, pensé, otras veces me ha ido peor. Una o dos escenas vinieron como flashes a mi cabeza. Un invierno en Atlanta congelándome, era medianoche, no tenía dinero ni sitio donde dormir y subí las escaleras de una iglesia esperando poder entrar y calentarme. La puerta de la iglesia estaba cerrada. Otra vez en El Paso, durmiendo en un banco del parque, un policía me despertó por la mañana pegándome en las suelas de los zapatos con su porra. Seguía pensando todavía en Lydia. Las partes buenas de nuestra relación eran como una rata revolviéndose y mordiéndome en el estómago.

Dee Dee aparcó junto a un lujoso restaurante. Había un patio con sillas y mesas en el que la gente se sentaba a comer, charlando y bebiendo café. Pasamos junto a un hombre negro con botas, jeans y una gruesa cadena de plata alrededor del cuello. Su casco de motociclista, gafas y guantes estaban sobre la mesa. Estaba con una rubia delgadita vestida con un mono color menta, allí sentada chupándose el dedito. El sitio estaba repleto. Todo el mundo parecía joven, higiénico, blando. Nadie nos miró. Todo el mundo charlaba con calma.

Entramos dentro y un pálido muchacho de mínimas nalgas, con un ajustado pantalón plateado, un grueso cinturón remachado y una ligera blusa dorada nos sentó en una mesa. Tenía las orejas agujereadas y llevaba pequeños pendientes azules. Su finísimo bigotillo parecía púrpura.

¿Qué pasa Dee Dee? —dijo.

Desayuno, Donny.

Una bebida, Donny —dije yo.

Yo sé lo que necesita, Donny. Dale un Golden Flower doble.

Pedimos el desayuno y Dee Dee dijo:

Tardarán un rato en traérnoslo. Aquí cocinan todo lo que se pide.

No te gastes mucho Dee Dee.

Todo va a la cuenta de gastos de representación.

Sacó una libretita negra.

Vamos a ver. ¿A quién he invitado a desayunar? ¿A Elton John?

¿No está en África...?

Ah, es verdad. Bueno, ¿qué tal Cat Stevens?

¿Quién es ese?

¿No lo conoces?

No.

Bueno, yo lo descubrí. Puedes ser Cat Stevens.


Donny trajo la bebida y se puso a hablar con Dee Dee. Parecían conocer a la misma gente. Yo no conocía a nadie. Costaba mucho lograr excitarme. No me importaba. No me gustaba Nueva York. No me gustaba Hollywood. No me gustaba el rock. No me gustaba nada. Quizás tuviese miedo. Eso era, sentía miedo. Quería sentarme solo en una habitación con las persianas bajadas. Me recreé un poco con ello. Yo era un chiflado. Un lunático. Y Lydia se había ido.

Acabé mi bebida y Dee Dee me pidió otra. Empecé a sentirme como un chulo mantenido y era magnífico. Ayudaba a mi melancolía. No hay nada peor que estar en la ruina y ser abandonado por tu mujer. Nada que beber, sin trabajo, sólo las paredes, sentarse allí mirando a las paredes y cavilando. Así es como vuelven las mujeres a ti, pero hace daño y a ellas también las debilita. O eso me gustaba creer.

El desayuno era bueno. Huevos guarnecidos con una variedad de frutas... piña, melocotones, peras... grandes nueces de temporada. Era un buen desayuno. Acabamos y Dee Dee me pidió otra copa. El pensamiento de Lydia todavía continuaba dentro de mí, pero Dee Dee me gustaba. Su conversación era inteligente y entretenida. Conseguía hacerme reír, que era lo que necesitaba. Mi risa estaba allí concentrada dentro de mí esperando a salir como un volcán: JA JA JAJÁ JA, oh dios mío oh JAJAJAJAJA. Me sentía muy bien cuando ocurría. Dee Dee sabía unas cuantas cosas acerca de la vida. Dee Dee sabía que lo que le pasaba a uno le pasaba a la mayoría de nosotros. Nuestras vidas no eran tan diferentes, aunque nos gustase pensar lo contrario.

El dolor es extraño. Un gato que mata a un pájaro, un coche accidentado, un incendio... llega el dolor, BANG, y allí está, se introduce en ti. Es real. Y para cualquiera que te vea, parecerás un imbécil. Como si te hubiese caído una idiotez repentina. No hay cura para ello mientras no encuentres a alguien que comprenda cómo te sientes y sepa cómo ayudarte.

Volvimos a su coche.

Conozco justo el lugar donde llevarte para que te animes —dijo Dee Dee. Yo no contesté. Me dejaba llevar como si fuera un inválido. Lo que era.

Le dije a Dee Dee que parase en un bar. Uno de los suyos. El camarero la conocía.

Este —me dijo mientras entrábamos—, es el bar donde se dejan caer muchos escritores. Y también gente de teatro.

Todos me disgustaron inmediatamente, ahí sentados actuando como seres inteligentes y superiores. Tratando de anularse entre sí. La peor cosa para un escritor es conocer a otro escritor, y peor que eso, conocer a muchos escritores. Como moscas en la misma trampa.

Vamos a coger una mesa —dije yo. Y allí estaba, un escritor de 65 dólares a la semana sentado en una sala con otros escritores, escritores de mil dólares a la semana. Lydia, pensé, estoy prosperando. Te arrepentirás. Algún día entraré en restaurantes de lujo y seré reconocido. Tendrán reservada una mesa especial para mí en el fondo, junto a la cocina.

Nos trajeron nuestras bebidas y Dee Dee me miró.

Eres bueno con la lengua. Nunca nadie me lo ha comido tan bien.

Lydia me enseñó. Luego yo le añadí algunos toques propios.

Un joven de piel oscura se levantó y se acercó hasta nuestra mesa. Dee Dee nos presentó. El chico era de Nueva York, escribía para el Village Voice y otras revistas de Nueva York. Dee Dee y él se entregaron por un rato al típico peloteo de nombres y entonces él preguntó:

¿Qué hace tu marido?

Tengo un gimnasio —dije—. Boxeadores. Cuatro buenos chicos mexicanos. Y un chaval negro, un verdadero bailarín. ¿Cuánto pesas tú?

78 kilos. ¿Fuiste boxeador? Tu cara parece haber recibido buenas zurras.

He recibido unas cuantas. Podemos meterte en los 70 kilos. Necesito un peso ligero sudaca.

¿Cómo has sabido que yo era sudamericano?

Estás sosteniendo el cigarrillo con la mano izquierda. Pásate por el gimnasio de Main Street. El lunes por la mañana. Empezaremos a entrenarte. Los cigarrillos fuera. ¡Puedes ir tirando ése!

Oye, tío, yo soy escritor. Uso una máquina de escribir. ¿Nunca has leído nada mío?

Yo sólo leo la página de sucesos... asesinatos, violaciones, peleas, estafas, accidentes y la columnita de Ann Landers.

Dee Dee —dijo él—, tengo una entrevista con Rod Stewart dentro de treinta minutos. Tengo que irme. —Se fue.

Dee Dee pidió otro par de copas.

¿Por qué no te puedes comportar decentemente con las personas? —me preguntó.

Por miedo —dije yo.


Ya estamos —dijo ella, y entró con el coche en el cementerio de Hollywood.

Hermoso —dije yo—, realmente hermoso. Me había olvidado completamente de la muerte.

Dimos una vuelta con el coche. La mayoría de las tumbas estaban sobre tierra. Eran como pequeñas casitas, con pilares y escalones frontales. Y cada una tenía una puerta de hierro cerrada. Dee Dee aparcó y bajamos. Se puso a manipular una de las puertas. Contemplé su trasero mientras trabajaba con la puerta. Pensé en Nietzsche. Allí estábamos: un semental germánico y una yegua judía. Mi tierra natal me adoraría.

Volvimos al Mercedes y Dee Dee aparcó junto a la puerta de uno de los panteones más grandes. Allí todos estaban embutidos en las paredes y había filas y filas de ellos. Algunos tenían flores, en pequeñas vasijas, pero la mayoría estaban marchitas. La mayoría de los nichos no tenían flores. Algunos de ellos tenían al marido y la mujer juntos. En algunos casos el nicho estaba vacío y aguardando. En todos los casos el marido era el primero en morir.

Dee Dee me cogió de la mano y me hizo cruzar la esquina. Y allí estaba, cercano al fondo, Rodolfo Valentino. Muerto en 1926. No vivió mucho. Decidí que yo viviría hasta los 80. Pensé en tener 80 y joderme a una muchachita de 18 años. Si había algún modo de cachondearse del rollo de la muerte era ése.

Dee Dee cogió una de las macetillas para las flores y la metió en su bolsillo. Lo típico. Agarrar aquello que no estuviera atado. Todo pertenecía a todo el mundo. Salimos y Dee Dee dijo:

Quiero sentarme en la tumba de Tyrone Power. Era mi actor favorito. ¡Le adoraba!

Fuimos y nos sentamos en la tumba de Tyrone, junto a su losa. Entonces nos levantamos y fuimos a ver la sepultura de Douglas Fairbanks padre. Muy buena. Con un foco reflector privado frente a la losa y un cuidado estanque. El estanque estaba lleno de nenúfares y flores acuáticas. Subimos por unas escaleras y detrás de la tumba había un sitio para sentarse. Nos sentamos. Vi una pequeña grieta en la pared de la tumba con hormiguitas rojas entrando y saliendo. Observé a las hormigas durante un rato, luego puse mi brazo alrededor de Dee Dee y la besé, un beso largo largo y bueno. íbamos a ser buenos amigos.

19

Dee Dee tenía que recoger a su hijo en el aeropuerto. Volvía de Inglaterra, donde había pasado las vacaciones. Tenía 17 años, me dijo ella, y su padre era un ex concertista de piano. Se había metido en las anfetas y la coca y más tarde se había quemado las manos en un accidente. No pudo seguir tocando el piano. Se habían divorciado tiempo atrás.

El hijo se llamaba Renny. Dee Dee le había hablado de mí en varias conferencias trasatlánticas. Llegamos al aeropuerto cuando el avión de Renny acababa de aterrizar. Dee Dee y Renny se abrazaron. Era alto y delgado, bastante pálido. Un mechón de pelo le caía sobre uno de los ojos. Nos dimos la mano.

Fui a coger el equipaje mientras Renny y Dee Dee charlaban. El la llamaba «Mami». Cuando llegamos al coche saltó al asiento trasero y dijo:

¿Mami, me compraste la bici?

Ya la he encargado. La recogeremos mañana.

¿Es una buena bici, Mami? Quiero una de diez velocidades con freno de mano y cordones en los pedales.

Es una buena bici, Renny.

¿Estás segura de que estará lista?

Regresamos. Yo me quedé a pasar la noche. Renny tenía su propio dormitorio.


Por la mañana nos sentamos todos juntos a la mesa de la cocina, esperando a que llegara la asistenta. Finalmente Dee Dee se levantó y nos preparó el desayuno. Renny dijo:

¿Mami, cómo haces para romper un huevo?

Dee Dee me miró. Sabía lo que yo estaba pensando. Me quedé en silencio.

Está bien, Renny, ven aquí y te lo enseñaré.

Renny se acercó hasta la cocina. Dee Dee cogió un huevo.

¿Ves? Sólo tienes que romper la cáscara con el borde de la cazuela... así... y dejar caer el huevo fuera de la cáscara... así...

Oh...

Es muy simple.

¿Y cómo lo cocinas?

Lo freímos. En mantequilla.

Mami, no puedo comerme ese huevo.

¿Por qué?

¡Porque has roto su refugio!

Dee Dee se dio la vuelta y me miró. Sus ojos decían: «Hank, no digas ni una puñetera palabra...»

Unas pocas mañanas más tarde estábamos otra vez todos a la mesa de la cocina. Estábamos comiendo mientras la asistenta trabajaba. Dee Dee le dijo a Renny:

Ahora ya tienes tu bicicleta. Quiero que hoy vayas a comprar una caja de latas de Coca Cola. Cuando vuelva a casa quiero tener algunas para beber.

Pero Mami, ¡las Cocas pesan mucho! ¿No puedes traerlas tú?

Renny, yo trabajo todo el día y acabo cansada. Compra esas Cocas.

Pero Mami, hay una cuesta. Tengo que subir pedaleando la cuesta.

No hay cuesta. ¿De qué cuesta hablas?

Bueno, no puedes verla con tus ojos, pero está ahí...

Renny, vas a comprar esas Cocas, ¿entiendes?

Renny se levantó, se fue a su dormitorio y cerró de un portazo.

Dee Dee miró hacia otro lado.

Me está poniendo a prueba. Quiere saber si le quiero.

Yo compraré las Cocas —dije.

No hace falta —dijo ella—, yo las traeré.

Al final no las compró ninguno de nosotros.


Unos días más tarde estábamos Dee Dee y yo en mi casa recogiendo el correo y echando un vistazo cuando sonó el teléfono. Era Lydia.

Hola —dijo—, estoy en Utah.

Encontré tu nota —dije yo.

¿Qué tal estás?

Todo va bien.

En Utah se está muy bien en verano. Deberías venirte por aquí. Iríamos de camping. Están todas mis hermanas.

No puedo ir ahora.

¿Por qué?

Bueno, estoy con Dee Dee.

¿Dee Dee?

Bueno, sí...

Sabía que utilizarías ese número de teléfono —dijo—. ¡Te dije que usarías ese número!

Dee Dee estaba junto a mí.

Por favor —me dijo—, dile que me deje hasta septiembre.

Olvídate de ella —dijo Lydia—. Al infierno con ella. Vente aquí a verme.

No puedo abandonarlo todo sólo porque tú me llames. Además —dije—, voy a quedarme con Dee Dee hasta septiembre.

¿Septiembre?

Sí.

Lydia aulló. Fue un aullido largo y potente. Luego colgó.


Después de aquello. Dee Dee me mantuvo alejado de mi casa. Una vez, cuando estábamos allí recogiendo mi correo, me di cuenta de que el cable del teléfono estaba desenchufado.

Jamás vuelvas a hacer esto —le dije.

Dee Dee me llevaba a largas excursiones costa arriba y costa abajo. Hacíamos viajes a las montañas. íbamos a subastas, a ver películas, conciertos de rock, iglesias, amigos, a cenas y almuerzos, shows de magia, picnics y circos. Sus amigos nos fotografiaban juntos.

El viaje a Catalina fue horrible. Esperé con Dee Dee en la sala de pasajeros. Tenía una resaca de campeonato. Dee Dee me consiguió un Alka-Seltzer y un vaso de agua. La única cosa que ayudaba era una muchachita sentada enfrente nuestro. Tenía un hermoso cuerpo, largas piernas magníficas y llevaba una minifalda. Con la minifalda llevaba calcetines largos, un cinturón claveteado y llevaba bragas rosas debajo de la falda roja. Llevaba incluso zapatos de tacón alto.

Te la estás comiendo con los ojos, ¿no? —dijo Dee Dee.

No puedo parar.

Es una putilla.

Seguramente.

La putilla se levantó y se puso a jugar al pinball, meneando el culo para ayudar al movimiento de las bolas. Luego se sentó otra vez, enseñando más que nunca.

El hidroavión amerizó, descargó y luego nosotros aguardamos en el muelle a poder embarcar. El aeroplano era rojo, construido en 1936, tenía dos hélices, un piloto y 8 o 10 asientos.

Si no me estrello con este avión, habré engañado al mundo, pensé.

La chica de la minifalda no subió.

¿Por qué siempre que veías una mujer como ésa tenías que estar con otra mujer?

Entramos y tratamos de acomodarnos.

Oh —dijo Dee Dee—. ¡Estoy tan excitada! ¡Me voy a sentar junto al piloto!

Así que despegamos y Dee Dee iba sentada con el piloto. Los vi conversando. Ella disfrutaba la vida, o por lo menos eso parecía. Más tarde aquello no significaría mucho para mí, me refiero a su excitada y feliz reacción ante la vida, de alguna manera me acabaría irritando, dejándome sin ningún sentimiento. Ni siquiera me aburría.

Volamos y luego amerizamos, muy rudamente, haciendo vuelo raso sobre las olas y luego chocando con el agua dando botes, levantando salpicaduras. Era parecido a ir en una motora. Después arribamos a otro muelle y Dee Dee se acercó a mí y me contó todo absolutamente sobre el hidroavión y el piloto, y su conversación. Había una gran pieza rajada en el techo y ella le había preguntado al piloto «¿No es esto peligroso?» y él le había contestado «Carajo si lo sé».

Dee Dee había reservado una habitación en un hotel junto a la playa, en el piso de arriba. No había refrigerador, así que ella consiguió una neverita de plástico y la llenó de hielo para mi cerveza. Había un televisor en blanco y negro y un baño. Mucha clase.

Fuimos a dar un paseo por la playa. Los turistas eran de dos tipos; o muy jóvenes o muy viejos. Los viejos andaban por pares, hombre y mujer, con sus sandalias y gafas de sol y sombreros de paja y pantalones cortos y camisas de colores salvajes. Eran gordos y pálidos con venas azules en las piernas y sus caras estaban hinchadas y blancas bajo el sol. Se derretían por todas partes, pliegues y bolsas de piel colgaban de sus mejillas y barbillas.

Los jóvenes eran esbeltos y parecían estar hechos de goma. Las chicas no tenían tetas y sus traseros eran pequeñitos, y los chicos tenían caras tiernas y blandas y sonreían y se ruborizaban y se reían. Y todos ellos parecían contentos, los chavalines y los viejos. No tenían mucho que hacer, pero deambulaban bajo el sol y parecían satisfechos.

Dee Dee entraba en las tiendas. Estaba encantada con las tiendas, comprando collarcitos, ceniceros, perros de juguete, postales, pañuelos, figurines, y parecía feliz con todo.

¡Oooh, mira!

Hablaba con los dueños de las tiendas. Parecía que le agradaban. Le prometió a una señora que le escribiría cuando volviese a casa. Tenían un amigo mutuo, un tío que tocaba la batería en una banda de rock.

Dee Dee compró una jaula con dos periquitos y regresamos al hotel. Abrí una cerveza y puse la televisión. No había mucha elección posible.

Vamos a dar otro paseo —dijo Dee Dee—. Se está tan bien afuera.

Yo me voy a quedar aquí a descansar.

¿No te importa si me voy sola?

Me parece bien.

Me besó y se fue. Apagué la televisión y abrí otra cerveza. No había otra cosa que hacer en aquella isla salvo emborracharme. Me acerqué a la ventana. En la playa de abajo Dee Dee estaba sentada junto a un tío joven, hablando alegremente, sonriendo y gesticulando con las manos. El tío le sonreía a su vez. Me sentía bien no formando parte de aquello. Me alegraba de no estar enamorado, de no ser feliz con el mundo. Me gustaba estar en desacuerdo con todo. La gente enamorada a menudo se ponía cortante, peligrosa. Perdían su sentido de la perspectiva. Perdían su sentido del humor. Se ponían nerviosos, psicóticos, aburridos. Incluso se convertían en asesinos.

Dee Dee estuvo fuera dos o tres horas. Miré un poco la tele y escribí dos o tres poemas en una máquina de escribir portátil. Poemas de amor, sobre Lydia. Los escondí en mi maleta. Bebí algo más de cerveza.

Entonces llamó Dee Dee y entró:

¡Oh, he pasado un rato de lo más maravilloso! Primero subí a la barca de suelo de cristal. ¡Pudimos ver todos los diferentes tipos de peces, todo! Luego encontré otra barca que lleva a la gente a sus yates. Este chico me dejó montar durante horas ¡por un dólar! Tenía la espalda quemada por el sol y yo se la froté con una loción. Estaba terriblemente quemado. Llevamos a la gente a sus yates. ¡Y deberías haber visto a la gente en aquellos yates! La mayoría hombres, viejos verdes decrépitos con jovencitas. Las muchachitas llevaban todas botas y estaban borrachas y drogadas, por los suelos, gimiendo y suspirando. Algunos de los viejos tenían también muchachitos, pero la mayoría prefería a las chicas, algunas veces tenían dos o tres o cuatro a su lado. Todos los yates apestaban a droga y alcohol y lujuria. ¡Era maravilloso!

Suena bien. Me gustaría tener tu habilidad para encontrar gente interesante.

Puedes venir mañana. Podrás montar todo el día por un dólar.

Paso.

¿Has escrito algo?

Un poco.

¿Es bueno?

Nunca se sabe hasta dieciocho días más tarde.

Dee Dee se acercó a ver a los periquitos, habló con ellos. Era una mujer buena. Me gustaba. Se interesaba de verdad por mí, quería que yo hiciera las cosas bien, que escribiera bien, que follara bien, que luciera bien. Yo lo notaba. No estaba mal. Quizás algún día volásemos juntos a Hawai. Me levanté y me acerqué por detrás a darle un beso en la oreja derecha, justo debajo del lóbulo.

Oh, Hank —dijo ella.


De vuelta en Los Ángeles después de nuestra semana en Catalina, una noche estábamos en mi casa, lo cual era poco usual. Ya era entrada la madrugada. Estábamos tumbados en la cama, desnudos, cuando sonó el teléfono en la habitación de al lado.

Era Lydia.

¿Hank?

¿Sí?

¿Dónde has estado?

En Catalina.

¿Con ella?

Sí.

Escucha, después de que me hablaras de ella me volví loca. Tuve un asunto. Fue con un homosexual. Algo asqueroso.

Te he echado de menos, Lydia.

Quiero volver a Los Ángeles.

Eso estaría bien.

¿Si vuelvo contigo la dejarás?

Es una buena mujer, pero si vuelves la dejaré.

Voy a volver. Te quiero, vejestorio.

Yo también te quiero.

Seguimos hablando. No sé cuánto tiempo estuvimos hablando. Cuando acabamos volví al dormitorio. Dee Dee parecía dormida.

¿Dee Dee? —le dije.

Levanté uno de sus brazos. Estaba inerte. La carne parecía de goma.

Deja de bromear, Dee Dee, sé que no estás dormida.

No se movía. Miré alrededor y descubrí que su frasco de somníferos estaba vacío. Antes estaba lleno. Yo había probado aquellas píldoras. Una sola te dejaba dormido, sólo que era como si te noquearan y te enterraran bajo tierra.

Te has tomado las píldoras...

No... me... importa... que vuelvas con ella... No me... importa...

Fui corriendo a la cocina y cogí un cubo, volví y lo dejé en el suelo bajo la cama. Entonces cogí la cabeza de Dee Dee y haciéndola asomar fuera de la cama metí mis dedos en su garganta. Vomitó. Le levanté la cabeza y dejé que respirara un momento luego repetí el proceso. Lo hice una y otra vez. Dee Dee siguió vomitando. Una de las veces, al levantarle la cabeza, se le cayeron los dientes. Se quedaron allí sobre la sábana, los de arriba y los de abajo.

Ooooh... mis dientes —dijo, o intentó decir.

No te preocupes por tus dientes. Volví a meterle los dedos en la garganta. Luego la volví a levantar.

No quiedo —dijo ella— que veaf mif dienddes...

Están bien, Dee Dee. La verdad es que no son feos.

Oooooh...

Revivió lo suficiente para volverse a colocar sus dientes.

Llévame a casa —dijo—, quiero irme a casa.

Me quedaré contigo. No quiero dejarte sola esta noche.

¿Pero al final me dejarás?

Vamos a vestirnos —dije.


Valentino habría conservado a las dos, Lydia y Dee Dee. Por eso murió tan joven.

20

Lydia regresó y encontró un bonito apartamento en el Burbank. Parecía tenerme más afecto que antes de marcharse.

Mi marido tenía una enorme picha, pero era lo único que tenía. No tenía personalidad ni vibraciones. Sólo una enorme polla y pensaba que era lo único que había que tener. ¡Pero Cristo, era un imbécil! Contigo recibo continuamente vibraciones... una carga eléctrica que nunca para.

Estábamos juntos en la cama.

Y yo ni siquiera sabía que su polla era enorme porque era

66

la primera que había visto en mi vida —se puso a examinarme de cerca—. Pensaba que todas serían iguales.

Lydia...

¿Qué pasa?

Tengo que decirte una cosa.

¿El qué?

Tengo que ir a ver a Dee Dee.

¿Ir a veer a Dee Dee? —preguntó con retintín.

No seas graciosa. Hay una razón.

Dijiste que todo se había terminado.

Así es. Pero no quiero dejarla caer sin contemplaciones. Quiero explicarle lo que ocurrió. La gente es muy insensible para con su prójimo. No quiero volver con ella, sólo quiero tratar de explicar lo que ocurrió para que pueda comprenderlo.

Quieres follártela.

No, no quiero follármela. Ni siquiera tenía grandes deseos de follármela cuando salía con ella. Sólo quiero darle alguna explicación.

No me gusta. Me suena ...a truco.

Déjame hacerlo, por favor. Sólo quiero dejar las cosas claras. Volveré pronto.

Muy bien, pero vuelve bien pronto.

Subí al Volks, doblé hacia Fountain, subí unas cuantas millas, luego cogí hacia el norte en Bronson y me metí por el barrio de altos alquileres. Aparqué en el exterior y salí. Subí el largo trecho de escaleras y llamé al timbre. Blanca abrió la puerta. Me acordé de una noche que me había abierto la puerta desnuda y yo la había abrazado y mientras estábamos besándonos había aparecido Dee Dee diciendo «¿Qué demonios está pasando aquí?».

Esta vez no fue así. Blanca dijo:

¿Qué quieres?

Quiero ver a Dee Dee. Quiero hablar con ella.

Está jodida, jodida de verdad. No creo que debieras verla después del modo en que la has tratado. Verdaderamente eres un hijo de puta de primera.

Sólo quiero hablar con ella un rato, explicarle una serie de cosas.

De acuerdo. Está en el dormitorio.

Atravesé el salón hasta el dormitorio. Dee Dee estaba en la cama sólo con las bragas puestas. Tenía un brazo tapándose los ojos. Sus tetas tenían buena pinta. Había una botella vacía de whisky en la cama y una palangana en el suelo. La palangana apestaba a vómito y alcohol.

Dee Dee...

Ella levantó el brazo.

¿Qué? ¿Hank, has vuelto?

No, espera, sólo quiero hablar contigo.

Oh, Hank, te he echado de menos de una forma horrible. He estado a punto de volverme loca, el sufrimiento ha sido insoportable...

Quiero hacerlo más fácil. Es por lo que he vuelto. Quizá sea estúpido, pero no me gusta la crueldad innecesaria...

No sabes lo que he pasado...

Lo sé. Lo he sentido muchas veces.

¿Quieres algo de beber? —apuntó a la botella.

Cogí la botella y con tristeza la volví a dejar.

Hay demasiada frialdad en el mundo —le dije—. Si la gente simplemente hablase junta de las cosas ayudaría bastante.

Quédate conmigo. Hank. No vuelvas con ella, por favor. Por favor. He vivido lo bastante para saber cómo ser una buena mujer. Sabes que he sido buena contigo y para ti.

Lydia me tiene enganchado. No puedo explicarlo.

Es un flirt. Es impulsiva. Te acabará abandonando.

Quizás ahí esté parte de la atracción.

Quieres una puta. Le tienes miedo al amor.

A lo mejor tienes razón.

Sólo bésame. ¿Sería demasiado pedirte que me beses?

No.

Me arrimé a ella. Nos abrazamos. Su boca olía a vómito. Me besó, nos besamos y ella se aferró a mí. Me separé lo más amablemente que pude.

Hank —dijo—. ¡Quédate conmigo! ¡No vuelvas con ella! ¡Mira, tengo unas buenas piernas!

Dee Dee levantó una de sus piernas y me la enseñó.

¡Y también tengo buenos tobillos! ¡Mira!

Me enseñó los tobillos.

Yo estaba sentado en el borde de la cama.

No puedo quedarme contigo, Dee Dee...

Se incorporó y empezó a pegarme. Sus puños eran duros como rocas. Lanzaba puñetazos con ambas manos. Yo seguí sentado mientras ella me pegaba puñetazos. Me alcanzó debajo del ojo, en el ojo, en la frente y en las mejillas. Recibí uno hasta en la garganta.

¡Oh, hijo de puta! ¡Hijoputa, hijoputa, hijoputa! ¡TE ODIO!

La agarré de las muñecas.

Está bien, Dee Dee, ya es suficiente.

Se derrumbó sobre la cama mientras yo me levantaba y salía por el salón hacia la puerta.


Cuando volví, Lydia estaba sentada en un sillón. Tenía un aire oscuro en la cara.

Has estado fuera mucho tiempo. ¡Mírame! ¿Te la has tirado, no?

No.

Has estado fuera mucho rato. ¡Mira, te ha dejado arañada la cara!

Te digo que no pasó nada.

Quítate la camisa. ¡Quiero ver tu espalda!

Oh, mierda, Lydia.

Quítate la camisa y la camiseta.

Me las quité. Se dio una vuelta mirándome la espalda.

¿Qué es ese arañazo en tu espalda?

¿Qué arañazo?

Hay ahí uno bien largo... de uñas de mujer.

Si está ahí, tú lo pusiste.

Muy bien. Sólo hay una manera de comprobarlo.

¿Cómo?

Vamos a la cama.

¡Está bien!

Pasé el examen, pero luego pensé: ¿cómo puede un hombre comprobar la infidelidad de una mujer? No parecía justo.

21

Recibía continuamente cartas de una mujer que vivía sólo a una milla o así de mi casa. Firmaba Nicole. Decía que había leído algunos de mis libros y le habían gustado. Contesté a una de sus cartas y ella me respondió con una invitación a visitarla. Una tarde, sin decirle nada a Lydia, subí al Volkswagen y fui hasta allí. Tenía un piso en un edificio del Bulevar Santa Mónica. Su puerta daba a la calle y pude ver una escalera detrás del cristal. Llamé al timbre.

¿Quién es? —se oyó una voz de mujer saliendo de un pequeño interfono.

Soy Chinaski —dije. Sonó un zumbido y abrí la puerta.

Nicole me esperó en lo alto de las escaleras observándome mientras subía. Tenía una cara cultivada, casi teatral y llevaba un largo vestido verde de ancho escote. Su cuerpo parecía tener buen aspecto. Me miró con unos grandes ojos marrón oscuro. Alrededor de sus ojos había muchas arruguitas, quizás de mucho beber o de mucho llorar.

¿Estás sola? —le pregunté.

Sí —me sonrió—, entra.

Entré. Era espacioso, dos dormitorios, con muy poco mobiliario. Descubrí una pequeña librería y unos cuantos discos clásicos. Me senté en el sofá. Ella se sentó junto a mí.

-Acabo de leer —me dijo— La vida de Picasso.

Había muchos ejemplares del New Yorker en la mesilla.

¿Te preparo algo de té? —me preguntó.

Saldré y traeré algo de beber.

No es necesario. Yo tengo alguna cosa.

¿Qué?

¿Un poco de buen vino tinto?

Me gustaría.

Nicole se levantó y entró en la cocina. La contemplé moverse. Siempre me habían gustado las mujeres con vestidos largos. Se movían graciosamente. Ella parecía tener mucha clase. Volvió con dos copas y una botella de vino y sirvió. Me ofreció un Benson and Hedges. Lo encendí.

¿Lees el New Yorker? —me preguntó—. Sacan buenas historias.

No estoy de acuerdo.

¿Cuál es la razón?

Son demasiado educadas.

A mí me gustan.

Bueno, mierda.

Seguimos bebiendo y fumando.

¿Te gusta mi apartamento?

Sí, es muy agradable.

Me recuerda a algunos de los sitios donde viví en Europa. Me gusta el espacio, la luz.

¿Europa, eh?

Sí, Grecia, Italia... Grecia sobre todo.

¿París?

Oh, sí, me gustó París. Londres no.

Entonces me habló de ella misma. Su familia había vivido en Nueva York. Su padre era un comunista, su madre una sastra en una modistería. Su madre había manejado la primera máquina de coser, era la número uno, la mejor de todas. Resistente y agradable. Nicole se había educado ella sola, había crecido en Nueva York, conocido a un famoso doctor, se había casado con él, viviendo juntos diez años y luego divorciándose. Ahora sólo recibía una pensión de 400 dólares al mes y era difícil administrarlo. No podía mantener su apartamento pero le gustaba demasiado para abandonarlo.

Tu escritura —me dijo— es tan cruda. Es como un martillo de carnicero, pero aun así tiene humor y ternura...

Sí —dije.

Dejé mi copa y la miré. La cogí de la barbilla y la atraje hacia mí, le di un ligerísimo beso.

Nicole continuó hablando. Me contó algunas historias bastante interesantes, de las que decidí utilizar más de una como cuentos o poemas. Observé sus tetas mientras se inclinaba a servir bebidas. Es como una película, pensé, como una jodida película. Resultaba gracioso. Me sentía como si nos estuviesen filmando. Me gustaba. Era mejor que el hipódromo, era mejor que los combates de boxeo. Seguimos bebiendo. Nicole abrió otra botella. Hablaba. Escucharla era fácil. Había sabiduría y algo de risa en sus relatos. Nicole me estaba impresionando más de lo que ella creía. Eso me preocupaba, en cierto modo.

Salimos al balcón con nuestras copas y contemplamos el tráfico de media tarde. Ella hablaba de Huxley y de Lawrence en Italia. Vaya mierda. Le dije que Knut Hamsun había sido el escritor más grande del mundo. Ella me miró, atónita de que yo hubiera oído hablar de él, luego me dio la razón. Nos besamos en el balcón y pude oler el humo de los automóviles que pasaban abajo en la calle. Mi cuerpo se sentía bien junto a su cuerpo. Sabía que no íbamos a joder aquella misma noche, pero también sabía que iba a volver por allí. Nicole también lo sabía.

22

Ángela, la hermana de Lydia, vino desde Utah a ver la nueva casa de Lydia. Esta había pagado la entrada de una casita y los plazos mensuales eran muy bajos. Había sido una compra muy buena. El tío que le había vendido la casa creía que se iba a morir y la había dejado muy barata, demasiado. Había un dormitorio en el piso de arriba para los niños, y un inmenso jardín trasero lleno de árboles y cañas de bambú.

Ángela era la mayor de las hermanas, la más sensible, con el mejor cuerpo, y era la más realista. Vendía seguros. Pero había un problema, no había lugar donde alojarla. Lydia sugirió la casa de Marvin.

¿Marvin? —dije yo.

Sí, Marvin —dijo Lydia.

Bueno, vamos —dije yo.

Subimos todos en la Cosa anaranjada de Lydia. La Cosa. Así es como llamábamos a su coche. Parecía como un tanque, muy viejo y feo. Era ya tarde. Antes habíamos llamado a Marvin. Nos dijo que iba a estar en casa toda la noche.

Fuimos hasta la playa y divisamos su casita al borde del mar.

Oh —dijo Ángela—, qué casa tan bonita.

Además es rico —dijo Lydia.

Y escribe buena poesía —dije yo.

Salimos del coche. Marvin estaba allí, con sus acuarios de peces marinos y sus pinturas. Pintaba bastante bien. Para ser un niño rico había sobrevivido decentemente, lo había superado con buen arte. Hice las presentaciones. Ángela dio una vuelta contemplando los cuadros de Marvin.

Son muy bonitos. —Ángela también pintaba, pero no era muy buena.

Yo había comprado algo de cerveza y tenía una botella de whisky escondida en el bolsillo de mi abrigo de la que echaba mano de vez en cuando. Marvin sacó más cerveza y comenzó un ligero flirteo entre él y Ángela. Marvin parecía lo bastante dispuesto, pero Ángela parecía más inclinada a reírse de él. A ella le gustaba Marvin, pero todavía no lo bastante para acostarse con él de primeras. Charlamos y bebimos. Marvin tenía unos bongos, un piano y algo de hierba. Tenía una casa buena y confortable. En una casa como ésta podría escribir mejor, pensé yo, mi suerte mejoraría. Podías oír el océano y no había vecinos para quejarse del ruido de la máquina de escribir.

Seguí echando traguitos al whisky. Estuvimos dos o tres horas, luego nos fuimos. Lydia cogió la autopista de vuelta.

Lydia —le dije—, te jodiste a Marvin, ¿no?

¿De qué estás hablando?

La noche que te presentaste en su casa, sola.

¡Maldita sea, no quiero oír hablar de eso!

Bien, es verdad. ¡Te lo jodiste!

¡Mira, si continúas con eso no me voy a quedar escuchándolo!

Te lo jodiste.

Ángela parecía asustada. Lydia se metió en el arcén de la autopista, paró y abrió la puerta de mi lado de un empujón.

¡Sal! —me dijo.

Salí. El coche se alejó. Caminé por el arcén. Saqué la botella y eche un trago. Anduve unos cinco minutos cuando la Cosa vino a pararse junto a mí. Lydia abrió la puerta.

Sube.

Subí.

No digas una palabra.

Te lo jodiste. Lo sé.

¡Oh, Cristo!

Lydia volvió a parar en el arcén y a abrir la puerta.

¡Fuera!

Salí. Caminé por el arcén. Entonces llegué a un descampado que daba a una calle desierta. Atravesé el descampado y llegué a la calle. Estaba muy oscuro. Miré por las ventanas de algunas de las casas. Al parecer estaba en un distrito negro. Vi algunas luces en un cruce más adelante. Había un bar de perritos calientes. Entré. Había un negro detrás de la barra. No había nadie más. Pedí un café.

Malditas mujeres —le dije—, están más allá de toda razón. Mi chica me dejó en mitad de la autopista. ¿Quieres un trago?

Claro —dijo él.

Pegó un buen trago y me devolvió la botella.

¿Tienes un teléfono? —le pregunté—. Te pagaré.

¿Es una llamada local?

Sí.

No hace falta que pagues.

Sacó un teléfono de debajo del mostrador y me lo alcanzó. Eché un trago y le pasé la botella. Tomó otro.

Llamé a la compañía Yellow Cab de taxis, les di mi localización. Mi amigo tenía una cara agradable e inteligente. La bondad podía encontrarse a veces en el centro del infierno. Nos fuimos pasando la botella mientras yo esperaba al taxi. Cuando llegó el taxi subí al asiento trasero y le di al taxista la dirección de Nicole.

23

A partir de ahí todo se borra. Supongo que había bebido más whisky del que pensaba. No recuerdo cómo llegué a casa de Nicole. Me desperté por la mañana dándole la espalda a alguien en una cama extraña. Miré a la pared que me daba la cara y vi una gran letra decorativa colgando, una enorme «N». Era por «Nicole». Me sentía mal. Fui al baño. Usé el cepillo de dientes de Nicole, vomité. Me lavé la cara, me peiné, cagué y meé, me lavé las manos y bebí gran cantidad de agua del grifo del lavabo. Luego volví a la cama. Nicole se levantó, se aseó y volvió. Empezamos a besarnos y acariciarnos.

Soy inocente en mi comportamiento, Lydia, pensé, te sigo siendo fiel.

Nada de sexo oral. Tenía el estómago demasiado revuelto. Monté a la ex mujer del famoso doctor. La culta viajera mundana. Tenía a las hermanas Brontë en su biblioteca. A los dos nos gustaba Carson McCullers. El corazón es un cazador solitario. Le di tres o cuatro embestidas particularmente salvajes y ella gimió. Ahora sabía lo que valía un puño de escritor. No un escritor muy conocido, por supuesto, pero me las arreglaba para pagar el alquiler, lo que era ya insólito. Un día ella saldría en uno de mis libros. Me estaba tirando a una perra de la cultura. Me sentí cercano al clímax. Empujé mi lengua dentro de su boca, la besé y me corrí. Me eché a un lado sintiéndome un poco idiota. La mantuve un rato abrazada, entonces se levantó y se fue al baño. Seguramente hubiera sido un polvo mucho mejor en Grecia, quizás América era un lugar mierdoso para joder.


Después de aquello visitaba a Nicole dos o tres veces por semana a media tarde. Bebíamos vino, charlábamos, y de vez en cuando hacíamos el amor. Descubrí que no estaba particularmente interesado en ella, era solamente algo que hacer. Lydia y yo teníamos siempre bronca al día siguiente. Ella me preguntaba dónde había estado la tarde anterior.

Fui al supermercado —le decía yo, y era verdad. Solía ir al supermercado antes.

Nunca te había visto pasar tanto tiempo en el supermercado.

Una noche me emborraché y le mencioné a Lydia que conocía a una tal Nicole. Le dije dónde vivía, pero que «no ocurría gran cosa entre nosotros». Por qué se lo dije, no lo tengo muy claro, pero cuando uno bebe a veces piensa de modo poco claro...

Una tarde venía de la tienda de licores y acababa de llegar a la casa de Nicole. Llevaba dos paquetes de seis cervezas y una pinta de whisky. Lydia y yo acabábamos de tener otra reciente pelea y había decidido pasar la noche con Nicole. Estaba entrando, ya un punto intoxicado, cuando oí a alguien subir corriendo detrás mío. Me di la vuelta. Era Lydia.

¡Ja! —dijo—. ¡Ja!

Agarró la bolsa de licores de un zarpazo y empezó a sacar las botellas de cerveza. Las arrojó contra el suelo una a una. Producían amplias explosiones. El Bulevar Santa Mónica tiene mucho ajetreo. El tráfico vespertino estaba empezando a congestionarse. Todo esto estaba ocurriendo justo en la puerta del edificio de Nicole. Entonces Lydia sacó la botella de whisky. La alzó y me gritó:

¡Ja! ¡Ibais a beberos esto y luego te la ibas a joder! —Arrojó la botella contra el cemento.

La puerta de Nicole estaba abierta y Lydia subió corriendo por las escaleras. Nicole estaba quieta en lo alto. Lydia empezó a atizarla con su gran bolso. Tenía largas correas y ella lo lanzaba tan fuertemente como podía.

¡Es mi hombre! ¡Es mi hombre! ¡Mantente apartada de mi hombre!

Entonces Lydia bajó corriendo, pasó junto a mí y salió por la puerta desapareciendo en la calle.

Dios mío —dijo Nicole—. ¿Qué fue eso?

Era Lydia. Déjame una escoba y una bolsa.

Bajé a la calle y empecé a recoger los cristales rotos metiéndolos en una bolsa marrón de papel. Esta perra ha ido demasiado lejos esta vez, pensé. Iré a comprar más bebida y pasaré la noche con Nicole, quizás un par de noches.

Estaba inclinado recogiendo los cristales cuando oí un extraño sonido detrás mío. Miré a mi alrededor. Era Lydia en la Cosa. Había subido a la acera y venía directamente hacia mí a unos 50 kilómetros por hora. Me eché a un lado de un salto y el coche pasó junto a mí, no pillándome por unos centímetros. Corrió hasta el final de la manzana, botó al caer a la calzada, continuó por la calle, dobló luego por la siguiente esquina y desapareció.

Volví a recoger cristales. Lo barrí todo y me lo llevé. Entonces eché un vistazo en el interior de la bolsa de papel y encontré una botella de cerveza intacta. Tenía muy buena pinta. Realmente la necesitaba. Iba a quitarle la chapa cuando alguien me la arrebató de la mano. Era Lydia otra vez. Corrió con la botella hasta la puerta de Nicole y la arrojó contra el cristal. La lanzó con tal velocidad que atravesó el vidrio como si fuera una bala, sin romper la ventana entera, sólo dejando un limpio agujero.

Lydia se fue corriendo y yo subí las escaleras. Nicole seguía allí de pie.

Por Dios, Chinaski, llévatela antes de que mate a todo el mundo.

Me di la vuelta y bajé las escaleras. Lydia estaba sentada en su coche junto a la acera con el motor en marcha. Abrí la puerta y subí. Ella arrancó. Ninguno de los dos dijo una palabra.

24

Empecé a recibir cartas de una chica de Nueva York. Se llamaba Mindy. Había leído un par de mis libros, pero lo mejor de las cartas era que raramente mencionaba la escritura excepto para decirme que ella no era escritora. Me hablaba de las cosas en general y de hombres y sexo en particular. Mindy tenía 25 años, me escribía a mano y su caligrafía era estable, sensible, sus cartas estaban llenas de humor. Yo contestaba a mi vez y siempre me alegraba de encontrar una carta suya en mi buzón. La mayoría de la gente es mucho mejor explicando cosas en cartas que conversando, y hay gente que puede escribir cartas artísticas y llenas de inventiva, pero cuando tratan de escribir un poema o un cuento, se convierten en pretenciosos.

Entonces Mindy me mandó algunas fotografías. Si eran fieles, ella era muy guapa. Nos escribimos unas cuantas semanas más y llegó un día en que ella mencionó que iba a tener unas vacaciones de dos semanas.

¿Por qué no te vienes por aquí? —sugerí yo.

Muy bien —me contestó.

Empezamos a telefonearnos. Finalmente me avisó su hora de llegada al aeropuerto de Los Ángeles.

Estaré allí, le dije, nada podrá impedírmelo.

25

Mantuve los datos en la cabeza. Nunca había problema para romper con Lydia. Yo era por naturaleza un solitario, me contentaba simplemente con vivir con una mujer, comer con ella, dormir con ella y dar algún paseo con ella. No quería conversación, ni ir a ninguna parte que no fueran el hipódromo o los combates de boxeo. No entendía la televisión. Me resultaba estúpido pagar para ir a ver una película o al teatro y sentarme junto a otra gente para compartir sus emociones. Las fiestas me ponían enfermo. Odiaba la comedieta, el juego sucio, el flirteo, los borrachos aficionados, los coñazos. Pero las fiestas, el baile, la cháchara, estimulaban a Lydia. Se consideraba a sí misma una bomba sexy. Pero era demasiado obvia. Así que nuestras discusiones solían surgir de mi deseo de nada-de-gente-para-nada contra su deseo de toda-la-gente-tan-a-menudo-como-sea-posible.

Un par de días antes de la llegada de Mindy comencé mi táctica. Estábamos juntos en la cama.

Lydia, cojones, ¿por qué eres tan estúpida? ¿No te das cuenta de que yo soy un solitario? ¿Un recluso? Tengo que ser así para escribir.

¿Cómo puedes aprender nada de la gente si no tratas a nadie?

Ya lo sé todo acerca de ella.

Incluso cuando salimos a comer en un restaurante, te quedas con la cabeza gacha, no miras a nadie.

¿Para qué ponerme malo?

Yo observo a la gente —dijo ella—, la estudio.

¡Mierda!

¡Le tienes miedo a la gente!

Los odio.

¿Cómo puedes ser un escritor? ¡No observas!

De acuerdo, no miro a la gente, pero pago el alquiler gracias a mis escritos. Es mejor que cuidar ovejas.

No vas a durar mucho. Nunca lo conseguirás. Lo haces todo al revés.

Por eso lo hago.

¿Hacer? ¿Quién coño sabe quién eres tú? ¿Eres famoso como Mailer? ¿Como Capote?

Esos no saben escribir.

¡Y puedes! ¡Sólo tú, Chinaski, puedes escribir!

Sí, así me parece.

¿Eres famoso? ¿Si fueras a Nueva York, te conocería alguien?

Mira, eso no me preocupa. Sólo quiero seguir escribiendo. No necesito ningún resonar de trompetas.

Tú cogerías todas las trompetas que pudieras.

Puede ser.

-Te gusta pretender que eres ya famoso.

Siempre he actuado de la misma manera, incluso antes de escribir.

Tú eres el hombre famoso más desconocido que jamás he visto.

Simplemente no soy ambicioso.

Lo eres, pero eres perezoso. Lo quieres todo a cambio de nada. ¿Cuándo escribes, de todos modos? ¿Cuándo lo haces? Siempre estás en la cama o borracho o en las carreras.

No sé. No es importante.

¿Qué es importante entonces?

Dímelo tú.

¡Bien, te voy a decir qué es importante! No hemos ido a una fiesta desde hace mucho tiempo. ¡No he visto a nadie desde hace mucho! ¡A mí me GUSTA la gente! Mis hermanas ADORAN las fiestas. ¡Pueden conducir miles de kilómetros para ir a una fiesta! ¡Así nos criamos en Utah! No hay nada malo en las fiestas. ¡Es sólo gente DEJÁNDOSE IR y pasando un buen rato! ¡Tienes esta idea chiflada en la cabeza. Crees que divertirse conduce a joder! ¡Cristo, la gente es decente! ¡Lo que a ti te pasa es que no sabes cómo pasar un buen rato!

No me gusta la gente.

Lydia saltó fuera de la cama.

Coño, me pones enferma.

Vale, entonces te dejaré algo de espacio.

Saqué las piernas de la cama y empecé a ponerme los zapatos.

¿Algo de espacio? —preguntó Lydia—. ¿Qué quieres decir con eso de «algo de espacio»?

¡Quiero decir que me largo de aquí!

Muy bien, pero escucha esto: ¡Si sales por esa puerta no volverás a verme!

Es una perspectiva agradable.

Me levanté, me dirigí hacia la puerta, la abrí, la cerré y bajé hasta el Volks. Puse en marcha el motor y me fui. Había hecho algo de espacio para Mindy.

26

Me senté en el aeropuerto y esperé. Con las fotos nunca sabías. Nunca podías estar seguro. Estaba nervioso. Sentía ganas de vomitar. Encendí un cigarrillo y gargajeé. ¿Por qué hacía estas cosas? Ahora no quería nada con ella. Y Mindy estaba volando todo ese trecho desde Nueva York. Yo conocía a muchas mujeres. ¿Por qué siempre más mujeres? ¿Qué intentaba hacer? Los nuevos ligues eran excitantes, pero también eran un trabajo duro. El primer beso, el primer polvo, tenían algo de teatro. La gente era interesante al principio. Luego más tarde, lenta pero firmemente, toda la mala leche y chifladura se ponían de manifiesto. Yo iba significando menos y menos para ellas; ellas iban significando menos y menos para mí.

Era viejo y feo. Quizás por eso era tan agradable trincársela dentro a jovencitas. Yo era King Kong y ellas eran frágiles y tiernas. ¿Estaba tratando de penetrar por un camino que me alejase de la muerte? ¿Estando con chicas jóvenes esperaba no hacerme viejo, no sentirme viejo? Solamente no quería envejecer de mala manera, quería simplemente cortar, estar muerto antes de que llegara la muerte.

El avión de Mindy aterrizó y se estacionó. Me sentí en peligro. Las mujeres me conocían previamente porque habían leído mis libros. Yo había expuesto mis entresijos. En cambio, yo no sabía nada de ellas. Yo era el verdadero jugador. Podía ser asesinado, podían cortarme las pelotas. Chinaski sin pelotas. Poemas de amor de un eunuco.

Me planté esperando a Mindy. Los pasajeros fueron entrando por la verja.

Oh, espero que no sea ésa.

O ésa.

O sobre todo ésa.

¡Oye, ésa estaría bien! Mira esas piernas, ese trasero, esos ojos...

Una de ellas vino hacia mí. Deseé que fuera ella. Era la mejor de todo el maldito lote. No podía ser tan afortunado. Llegó junto a mí y me sonrió.

Soy Mindy.

Me alegro de que seas Mindy.

Me alegro de que seas Chinaski.

¿Tienes que esperar tu equipaje?

Sí. ¡Me he traído bastante para una larga estancia!

Vamos a esperar en el bar.

Entramos y encontramos una mesa. Mindy pidió un vodka con tónica. Yo un vodka con 7-Up. Ah, casi en armonía. Encendí su cigarrillo. Tenía muy buen aspecto. Casi virginal. Era difícil de creer. Era pequeña, rubia y con todo colocado a la perfección. Era más natural que sofisticada. Me resultó fácil mirarla a los ojos, de un azulado verdoso. Llevaba dos pequeños pendientes. Y tacones altos. Yo le había dicho que me excitaban los tacones altos.

Bueno —dijo ella—. ¿Estás asustado?

Ya no tanto. Me gustas.

Tú tienes mejor aspecto que en las fotos. Creo que no eres del todo feo.

Gracias.

Oh, no quiero decir que seas guapo, no tal como entiende la gente la belleza. Tu rostro es atrayente. Y tus ojos... son hermosos. Son salvajes, enloquecidos, como los de un animal escapando de un bosque incendiado. Hostia, algo así. No me manejo muy bien con las palabras.

Yo creo que eres hermosa —dije yo—, y muy simpática. Me siento bien junto a ti. Creo que es bueno que estemos juntos. Bebe. Necesitamos otro más. Eres igual que tus cartas.

Tomamos una segunda copa y fuimos a buscar el equipaje. Me sentía orgulloso de estar con Mindy. Caminaba con estilo. Había tantas mujeres con buenos cuerpos que simplemente se arrastraban como criaturas sobrecargadas. Mindy flotaba.

Yo pensaba; esto es demasiado bueno. Sencillamente no es posible.


De vuelta a mi casa, Mindy se dio un baño y cambió de ropa. Salió con un ligero vestido azul. Se había cambiado de peinado, un poco. Nos sentamos juntos en el sofá con el vodka y el vodka mezclado.

Bueno —dije—, sigo todavía asustado. Me da que voy a acabar un poco borracho.

Tu casa es exactamente igual como me la imaginaba —dijo ella.

Me estaba mirando, sonriéndome. Me incliné y la toqué justo detrás del cuello, me la acerqué y le di un suave beso.

Sonó el teléfono. Era Lydia.

¿Qué estás haciendo?

Estoy con una persona.

¿Es una mujer, no?

Lydia, se acabó nuestra relación. Ya lo sabes.

¿ES UNA MUJER, NO?

Sí.

Bueno, muy bien.

Muy bien. Adiós.

Adiós —dijo ella.

El tono de Lydia se había calmado súbitamente. Me sentí mejor. Su violencia me acojonaba. Ella siempre decía que yo era el celoso, y yo a menudo lo era, pero cuando veía las cosas ir en contra mía, simplemente me disgustaba y deprimía. Lydia era diferente. Reaccionaba. Era la cabeza de ataque en el juego de la violencia.

Pero por su tono supe que había claudicado. No estaba furiosa. Conocía bien su voz.

Era mi ex —le dije a Mindy.

¿Se acabó todo?

Sí.

¿Te ama ella todavía?

Creo que sí.

Entonces no se acabó.

Se acabó.

¿Me puedo quedar?

Claro. Por favor.

¿No estarás simplemente utilizándome? He leído todos esos poemas de amor... a Lydia.

Estaba enamorado. No estoy utilizándote.

Mindy se apretó contra mí y me besó. Fue un largo beso. Se me empalmó la polla. Últimamente había estado tomando mucha vitamina E. Yo tenía mis propias ideas sobre el sexo. Estaba constantemente cachondo y me masturbaba continuamente. Le hacía el amor a Lydia y luego por la mañana volvía a mi casa y me masturbaba. El pensamiento del sexo como algo prohibido me excitaba más allá de toda razón. Era como un animal aplastando a otro hasta la sumisión.

Cuando me corría sentía como si fuera en la cara de todo lo decente, blanca esperma resbalando por las cabezas y almas de mis padres muertos. Si hubiera nacido mujer seguro que hubiera sido una prostituta. Como había nacido hombre, anhelaba constantemente mujeres, cuanto más guarras mejor. Y sin embargo las mujeres, las buenas mujeres, me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí. Básicamente deseaba prostitutas, porque eran duras, sin esperanzas, y no pedían nada personal. Nada se perdía cuando ellas se iban. Pero al mismo tiempo soñaba con una mujer buena y cariñosa, a pesar de lo que me pudiera costar. De cualquier manera estaba perdido. Un hombre fuerte pasaría de ambos tipos. Yo no era fuerte. Así que continuaba bregando con las mujeres, con la idea de las mujeres.


Mindy y yo acabamos la botella y nos fuimos a la cama. La besé durante un rato, luego pedí disculpas y me eché a un lado. Estaba demasiado borracho para actuar. Vaya una mierda de gran amante. Le prometí muchas experiencias magníficas en un futuro inmediato y entonces me quedé dormido, con su cuerpo apretado junto al mío.

Por la mañana me desperté, resacoso. Observé a Mindy, desnuda a mi lado. Incluso entonces, después de toda la borrachera, parecía un milagro. No había conocido nunca una joven tan hermosa y al mismo tiempo tan inteligente y comprensiva. ¿Dónde estaban sus hombres? ¿En qué habían fallado?

Fui al baño y traté de asearme un poco. Hice gárgaras. Me afeité y me di una loción. Me mojé el pelo y lo peiné. Me acerqué a la nevera, cogí un 7-Up y lo bebí de un trago.

Volví a meterme en la cama. Mindy estaba caliente, su cuerpo estaba caliente. Parecía estar dormida. Me gustaba. Rocé mis labios con los suyos, suavemente. Se me puso dura. Sentí sus tetas contra mí. Cogí una y la chupé. Sentí endurecerse el pezón. Mindy empezó a moverse. Bajé acariciándole el vientre hasta el coño. Comencé a tocarlo, con calma.

Es como abrir un capullo de rosa, pensé. Esto tiene un significado. Es algo bueno. Es como dos insectos en un jardín acercándose lentamente el uno al otro. El macho desplegando su magia sin prisas. La hembra abriéndose despacio. Me gusta, me gusta. Dos bichos. Mindy se está abriendo, se está humedeciendo. Es hermosa. Entonces la monté. Me deslicé en su interior, con mi boca pegada a la suya.

27

Bebimos todo el día y por la noche intenté otra vez hacerle el amor a Mindy. Me quedé atónito y desalentado al descubrir que tenía un coño grande. Un coño extra grande. No me había dado cuenta la noche anterior. Era una tragedia. El peor pecado de una mujer. Yo le daba y le daba. Mindy en mis brazos como si estuviera disfrutando. Deseé que así fuera. Empecé a sudar. Me dolía la espalda. Estaba mareado, enfermo. Su coño parecía agrandarse. Yo no sentía nada. Era como intentar joderse una gran bolsa de papel llena de aire. Apenas me sentía tocar las paredes de su coño. Era una agonía, trabajo inútil sin la menor recompensa. Me sentí condenado. No quería herir sus sentimientos. Deseaba desesperadamente correrme. No era sólo la bebida. Solía funcionar mejor de lo normal cuando bebía adecuadamente. Oía mi corazón. Sentía mi corazón. Lo sentía dentro de mi pecho. Lo sentía en mi garganta. Lo sentía en mi cabeza. No pude aguantar más. Me eché a un lado con un suspiro angustiado.

Lo siento, Mindy, Cristo, lo siento.

No pasa nada, Hank —dijo ella.

Rodé por la cama. Estaba empapado en sudor. Me levanté y serví dos bebidas. Nos sentamos en la cama y bebimos al lado el uno del otro. No podía entender cómo me las había arreglado para correrme la primera vez. Teníamos un problema. Toda la belleza, toda aquella gentileza, toda aquella maravilla, y teníamos un problema. Era incapaz de decirle a Mindy lo que pasaba. No sabía cómo decirle que tenía el coño grande. Quizás nadie se lo había dicho nunca.

Será mejor cuando no beba tanto —le dije.

Por favor. Hank, no te preocupes.

De acuerdo.

Nos pusimos a dormir o pretendimos hacerlo. Finalmente lo conseguí...

28

Mindy se quedó cerca de una semana. La presenté a mis amigos. Fuimos a sitios. Pero no se resolvió nada. Yo no conseguía correrme. Ella no parecía darse por enterada. Era extraño.

Una noche, hacia las 10:45, Mindy estaba sentada en la sala leyendo una revista y yo estaba tumbado en la cama en calzoncillos, bebido, fumando, con una copa sobre la silla. Estaba mirando el techo azul, sin sentir ni pensar nada.

Se oyó llamar a la puerta.

¿Abro? —dijo Mindy.

Sí —dije yo—, abre.

Oí a Mindy abrir la puerta. Entonces escuché la voz de Lydia.

Sólo me he acercado a conocer a mi competidora.

Oh, pensé, esto es cojonudo. Voy a levantarme y les serviré a las dos un trago, beberemos todos juntos y charlaremos. Me gusta que mis mujeres se entiendan entre sí.

Entonces escuché a Lydia decir:

¿Eres una cosita muy mona, verdad?

Entonces oí gritar a Mindy. Y a Lydia gritar. Oí forcejeos, gruñidos, cuerpos volando. Los muebles cayéndose. Mindy gritó otra vez, el grito de alguien siendo atacado. Lydia gritó, la tigresa ejecutando. Yo salté de la cama. Iba a separarlas. Corrí en calzoncillos hasta la puerta. Era una escena frenética de tirones de pelo, escupitajos y arañazos. Corrí a separarlas. Tropecé con uno de mis zapatos en la alfombra y caí pesadamente. Mindy salió despavorida a la calle con Lydia detrás. Corrieron por el camino hacia la calle. Oí otro chillido. Pasaron unos cuantos minutos. Me levanté y cerré la puerta. Evidentemente Mindy había huido porque de repente se presentó Lydia. Se sentó en una silla junto a la puerta. Me miró.

Lo siento. Me he meado.

Era cierto. Había una mancha oscura en su ingle y una de sus medias estaba empapada.

Está bien —dije.

Le serví un trago y ella se quedó allí sentada sosteniéndolo. Yo no podía sostener el mío. Nadie hablaba. Un poco más tarde se oyó llamar a la puerta. Me levanté en calzoncillos y la abrí. Mi tripa gorda, blanca, fofa, colgaba por encima de los calzones. Delante mío había plantados dos policías.

Hola —dije.

Estamos atendiendo una llamada por escándalo público.

Sólo una pequeña discusión en familia —dije yo.

Tenemos algunos detalles —dijo el poli más cercano a mí—. Había dos mujeres.

Suele ocurrir.

Muy bien —dijo el primer poli—, sólo quiero hacerle una pregunta.

Vale.

¿Cuál de las dos mujeres quiere?

Me quedaré con ésta —señalé a Lydia, sentada en la silla, toda meada.

De acuerdo, señor. ¿Está seguro?

Seguro.

Los policías se fueron y yo estaba otra vez con Lydia.

29

A la mañana siguiente sonó el teléfono. Lydia había vuelto a su casa. Era Bobby, el chico que vivía en la casa de al lado y que trabajaba en una tienda de material porno.

Mindy está aquí. Quiere que vengas y hablar contigo.

Bueno.

Me acerqué con tres botellas de cerveza. Mindy estaba con tacones altos y un traje negro transparente de Frederick's. Parecía un vestido de muñeca, y podías ver sus pantys negros. No llevaba sujetador. Valerie no estaba. Me senté y quité las chapas a las botellas, las pasé.

¿Vas a volver con Lydia, Hank? —me preguntó Mindy.

Lo siento, pero sí.

Fue algo asqueroso, lo que ocurrió. Yo creía que tú y Lydia habíais terminado.

Yo también lo creía. Estas cosas son extrañas.

Toda mi ropa está en tu casa. Tengo que pasar a recogerla.

Claro

¿Estás seguro de que se ha ido?

Sí.

Se porta como un toro esta mujer, es como un dique.

No creo que lo sea.

Mindy se levantó y fue al baño. Bobby me miró.

Me la tiré —dijo—. No la culpes. No tenía otro sitio donde ir.

No la culpo.

Valerie la llevó a Frederick's para que se alegrara un poco. Le compró un vestido nuevo.

Mindy salió del baño. Había estado llorando.

Mindy —dije—, tengo que irme.

Pasaré más tarde a por mi ropa.

Me levanté y me dirigí hacia la puerta. Mindy me siguió.

Abrázame —dijo.

La abracé. Estaba llorando.

¡Nunca me has de olvidar... nunca!

Volví a mi casa, pensando ¿se la tiró Bobby de verdad? Bobby y Valerie hacían cantidad de cosas nuevas y extrañas. No me importaba la ausencia de sentimiento común entre ellos. Lo que me dejaba mosca era el modo en que lo hacían todo, sin mostrar la más mínima emoción. Igual que cualquier otra persona podría bostezar o cocer una patata.

30

Para hacer las paces con Lydia accedí a ir a Muleshead. Su hermana estaba acampada en las montañas. Las hermanas poseían muchas tierras. Las habían heredado de su padre. Glendoline, una de ellas, tenía una tienda de campaña montada en mitad del bosque. Estaba escribiendo una novela. La mujer salvaje de las montañas. Las otras hermanas iban a caer por allí algún día. Lydia llegó la primera, conmigo. Teníamos una minitienda. Nos apretujamos allí la primera noche y los mosquitos se apretujaron con nosotros. Era terrible.

A la mañana siguiente nos sentamos alrededor del fuego. Glendoline y Lydia prepararon el desayuno. Yo había comprado 40 pavos de provisiones que incluían varios paquetes de cervezas. Las había metido a refrescar en un arroyuelo. Acabamos el desayuno. Ayudé a limpiar los platos y luego Glendoline sacó su novela y empezó a leérnosla. No era del todo mala, pero era muy poco profesional y necesitaba mucha corrección. Glendoline suponía que el lector tenía que quedarse tan fascinado por su vida como ella misma lo estaba, lo cual era un error mortífero. Los demás errores mortíferos en que había caído eran demasiado numerosos para ser mencionados.

Fui hasta el arroyo y regresé con tres botellas de cerveza. Las chicas dijeron que no, no querían. Las dos eran muy anti-cerveza. Comentamos la novela de Glendoline. Yo pensaba que cualquiera que leía su novela en voz alta para otros tenía que ser necesariamente sospechoso. Si aquello no era el viejo beso de la muerte, nada lo era.

Acabó la conversación y las chicas empezaron a chismorrear sobre hombres, fiestas, bailes y sexo. Glendoline tenía una voz potente y excitada, y se reía continuamente, nerviosamente. Tenía cuarenta y tantos años, era bastante gorda y muy blandorra. Aparte de eso, igual que yo, era fea.

Glendoline se debió pasar hablando sin parar cerca de una hora, enteramente acerca del sexo. Empecé a marearme. Ella saltó y empezó a agitar los brazos por encima de su cabeza:

¡SOY LA MUJER SALVAJE DE LAS MONTAÑAS! ¿OH, DONDE, OH, DONDE ESTA EL HOMBRE, EL HOMBRE DE VERDAD QUE TENGA EL VALOR DE TOMARME?

Bueno, ciertamente no está aquí, pensé yo.

Miré a Lydia.

Vamos a dar un paseo.

No —dijo ella—, quiero leer este libro. —Se titulaba Amor y orgasmo: Una guía revolucionaria para la plenitud sexual.

Muy bien —dije—, entonces me iré a pasear solo.

Fui subiendo por el arroyuelo. Cogí una cerveza, la abrí y me senté un rato. Estaba atrapado entre montañas y bosques con dos mujeres chifladas. Sacaban todo el disfrute de joder por medio de hablar de ello todo el tiempo. A mí también me gustaba joder, pero para mí no era una religión. Había en ello demasiadas cosas ridículas y trágicas. La gente parecía no saber cómo controlarlo. Así que lo convertían en un juguete. Un juguete que acababa destruyéndoles.

Lo principal, pensé, era encontrar la mujer adecuada. ¿Pero, cómo? Me había traído un cuadernito y un bolígrafo. Escribí un poema meditativo. Luego subí hasta el lago. Vastos pastos, se llamaba el sitio. Las hermanitas eran dueñas de casi todo. Tenía ganas de echar una cagada. Me bajé los pantalones y obré entre los hierbajos con moscas y mosquitos. Me quedaba con las ventajas de la ciudad, como fuera. Me tuve que limpiar con hojas. Me acerqué al lago y metí un pie en el agua. Estaba como un témpano.

Sé un hombre, vejete. Entra.

Mi piel estaba blanca como la harina. Me sentía muy viejo, muy blandorro. Fui metiéndome en las gélidas aguas. Entré hasta la cintura, luego respiré fuerte y seguí hacia delante. ¡Estaba completamente metido! El fango se removió del fondo y se metió por mis orejas y boca, entre mi pelo. Me quedé allí, en el agua embarrada, tiritando.

Esperé un buen rato a que se aclarara el agua. Entonces salí. Me vestí y me fui andando por la orilla del lago. Cuando llegué al final del lago oí un sonido como de una cascada. Penetré en el bosque, siguiendo el ruido. Tuve que escalar unas rocas en un barranco. El sonido cada vez se hacía más cercano. Las moscas y mosquitos se multiplicaban por todo mi cuerpo. Las moscas eran grandes y rabiosas y hambrientas, mucho mayores que las moscas de la ciudad, y sabían distinguir un buen bocado en cuanto lo veían.

Me abrí paso a través de un arbusto y allí estaba: mi primera catarata real y sin trucos. El agua caía de las montañas desde un borde rocoso. Era hermoso. Caía continuamente, caía. Aquel agua provenía de alguna parte. E iba hacia alguna parte. Había tres o cuatro corrientes que seguramente iban a parar al lago.

Finalmente me cansé de contemplar la cosa y decidí volver. Decidí también coger una ruta diferente de regreso, un atajo. Bajé hacia el otro lado del lago para llegar directamente al campamento. Tenía una cierta idea de dónde estaba. Todavía llevaba mi cuadernito rojo. Me paré a escribir otro poema, menos meditativo, luego seguí. Anduve. El campamento no aparecía. Anduve más. Busqué el lago con la vista. No pude ver el lago, no sabía por qué lado estaba. De repente me di cuenta: estaba PERDIDO. Aquellas zorras calentorras me habían sacado de quicio y ahora estaba PERDIDO. Miré a mi alrededor. Se veían al fondo las montañas y por todas partes árboles y maleza. No había centro, ni puntos de referencia, ni ninguna conexión entre nada. Sentí miedo, verdadero miedo. ¿Por qué había dejado que me sacaran de mi ciudad, de mi Los Ángeles? Allí un hombre podía coger un taxi, podía utilizar el teléfono. Había soluciones razonables a problemas razonables.

Los vastos pastos se extendían a mi alrededor millas y millas. Arrojé mi cuadernillo. ¡Vaya una manera de morir para un escritor! Ya lo veía en los periódicos:


HENRY CHINASKI, POETA DE SEGUNDA FILA, HALLADO MUERTO EN UN BOSQUE DE UTAH.

Henry Chinaski, antiguo empleado de correos convertido en escritor, fue hallado en avanzado estado de descomposición por el guarda forestal W. K. Brooks Jr. En las proximidades se encontró también un pequeño cuaderno rojo que evidentemente contenía los últimos escritos del señor Chinaski.


Seguí andando. Entré en una zona semipantanosa llena de agua. Cada dos por tres una de mis piernas se hundía hasta la rodilla en el fango y tenía que hacer esfuerzos sobrehumanos para sacarla.

Llegué a una valla alambrada. Inmediatamente supe que no debía saltarla. Sabía que sería un error, pero no tenía otra alternativa. Trepé por la valla y desde arriba grité «¡LYDIA!».

No hubo respuesta.

Probé de nuevo, «¡LYDIA!».

Mi voz sonaba plañidera. La voz de un cobarde.

Salté. Sería hermoso, pensé, volver con las hermanitas, oírlas reírse hablando del sexo y los hombres y los bailes y las fiestas. Sería tan maravilloso oír la voz de Glendoline. Y pasar mi mano por la cabellera de Lydia. La llevaría encantado a todas las fiestas de la ciudad. Hasta bailaría con todo el mundo y haría chistes brillantes acerca de todo. Soportaría todos los rollos mierdosos con una sonrisa. Me podía ver a mí mismo diciendo: —«¡Hey, qué marcha más fenomenal para bailar! ¿Quién quiere irse? ¿Bailamos un buen despelote?»

Continué andando por el fango. Finalmente llegué a terreno seco. Salí a una carretera. No era más que una vieja y polvorienta carretera, pero a mí me parecía cojonuda. Vi marcas de neumáticos, huellas de ganado. Incluso había cables eléctricos por encima que conducían a algún sitio. Todo lo que tenía que hacer era seguir esos cables. Fui por la carretera. El sol estaba alto, debía ser mediodía. Anduve sintiéndome un idiota.

Llegué a una verja cerrada que cruzaba la carretera. ¿Qué significaba aquello? Había una pequeña entrada por un lado. Evidentemente era la entrada de una finca, ¿pero dónde estaba la finca? ¿Dónde el dueño de la finca? Tal vez sólo se pasase por allí cada medio año.

Algo me empezó a doler en la cabeza. Me llevé allí la mano y noté la cicatriz de hacía treinta años, cuando me rompieron la crisma en un bar de Filadelfia. Todavía quedaba algo de costra, que se había cocido con el sol y se había levantado. Se alzaba como un pequeño cuerno. Rompí un pedazo y lo tiré a la carretera.

Anduve otra hora, entonces decidí dar la vuelta. Aquello significaba tener que desandar todo lo andado, pero me parecía que era lo mejor que podía hacer. Me quité la camisa y me la enrollé en la cabeza. Me detuve una o dos veces y grité «¡LYDIA!», sin obtener respuesta.

Un poco más tarde llegué a la verja. Todo lo que tenía que hacer era rodearla, pero había algo en el camino. Estaba parado en frente de la verja, a unos siete metros de mí. Era un pequeño cervatillo, un gamo, algo así.

Me fui acercando a él lentamente. No se movió. ¿Iba a dejarme llegar junto a él? No parecía asustarse. Supuse que se daba cuenta de mi confusión, mi cobardía. Me aproximé más y más. No se apartaba del camino. Tenía unos grandes y hermosos ojos marrones, más bellos que los de cualquier mujer que hubiera visto en mi vida. No podía creerlo. Estaba a un metro escaso de él, sin saber qué hacer, cuando se apartó de un salto. Se fue corriendo por la carretera y desapareció en el bosque. Estaba en una forma excelente, eso sí que era correr.

Continué por la carretera y entonces oí el sonido de agua corriendo. Necesitaba agua. No podía vivir mucho tiempo sin agua. Dejé la carretera y me guié por el sonido. Había un pequeño montículo cubierto de hierba, subí a lo alto y allí estaba: agua cayendo de varias tuberías de cemento en una alberca desde una especie de depósito. Me senté al borde de la alberca, me quité zapatos y calcetines, me remangué los pantalones y metí las piernas en el agua. Luego me eché agua por la cabeza. Luego bebí, no mucho ni muy rápido, como había visto hacerlo en las películas.

Después de recobrarme un poco, vi un camino de cemento que rodeaba el depósito. Caminé por él y llegué a una cabina metálica levantada al borde. Estaba cerrada con un candado. ¡Y allí probablemente habría un teléfono! ¡Podía llamar pidiendo ayuda!

Busqué una piedra y comencé a golpear con ella el candado. Pero no cedía. ¿Qué demonios habría hecho Jack London? ¿Y Hemingway? ¿O Jean Genet?

Seguí dándole con la piedra. A veces fallaba y golpeaba el candado con la mano. Piel desgarrada, la sangre empezó a correr. Saqué fuerzas de flaqueza y le di un último golpe. Se abrió. Quité el candado y abrí la puerta. No había teléfono. Había una serie de interruptores y pesados cables. Me acerqué, toqué un cable y recibí una terrible sacudida. Luego le di a un interruptor. Oí un fragor de agua. Fuera, tres o cuatro de las salidas del depósito estaban soltando gigantescos chorros blancos de agua. Le di a otro interruptor. Tres o cuatro salidas más se abrieron, dejando caer toneladas de agua. Accioné un tercer interruptor y toda la maldita cosa se abrió. Me quedé allí contemplando el agua salir disparada. A lo mejor podía provocar una inundación y alguna policía montada vendría a salvarme en caballos o en camionetas. Podía ver los titulares:


HENRY CHINASKI, POETA DE SEGUNDA FILA, INUNDA LOS BOSQUES DE UTAH PARA SALVAR SU BLANDO CULO DE LOS ÁNGELES.


Decidí evitarlo. Volví a cerrar todos los interruptores y la cabina metálica y colgué el candado roto en la cerradura.

Dejé el depósito, encontré otra carretera más arriba y seguí por ella. Parecía más transitada que la anterior. Anduve. Nunca había estado tan cansado. Apenas podía ver. De repente apareció una niña de unos cinco años caminando hacia mí. Llevaba un pequeño vestido azul y zapatos blancos. Cuando me vio pareció asustarse. Traté de parecer amable y simpático mientras me aproximaba a ella.

Niñita, no te vayas. No voy a hacerte daño. ¡ME HE PERDIDO! ¿Dónde están tus papas? ¡Niñita, llévame a donde están tus papas!

La niña señaló con el dedo. Vi un coche y un remolque aparcados más arriba.

¡EH, me he PERDIDO! —grité—. CRISTO, ME ALEGRO DE VERLES.

Lydia apareció a un lado del remolque, tenía el pelo enrollado en rulos rojos.

Vamos, chico de ciudad —me dijo—, sígueme a casa.

¡Cómo me alegro de verte, nena, bésame!

No, sígueme.

Salió corriendo unos diez metros por delante de mí. Era difícil seguirla.

Le pregunté a aquella gente si habían visto a un chico de ciudad por los alrededores. Me dijeron que no.

¡Lydia, te quiero!

¡Vamos! ¡Eres un lentorro!

¡Espera, Lydia, espera!

Saltó una pequeña valla de alambre. Yo no pude hacerlo. Tropecé y me quedé enganchado. No podía moverme. Era como una vaca atrapada.

¡LYDIA!

Volvió con sus rulos rojos y me ayudó a incorporarme.

Seguí tu rastro. Encontré tu cuadernito rojo. Te perdiste deliberadamente porque estabas enfadado.

No, me perdí por ignorancia y por miedo. No soy una persona completa, soy la caricatura urbana de un hombre. Más o menos una fallida escultura de mierda sin nada absolutamente que ofrecer.

Cristo —dijo ella—. ¿Crees que no lo sé?

Me liberó del último gancho. Me arrastré tras ella. Otra vez estaba con Lydia.

31

Ocurrió tres o cuatro días antes de que tuviera que volar a Houston para una lectura de poemas. Fui al hipódromo, bebí en el hipódromo y luego me pasé por un bar de Hollywood Boulevard. Volví a casa a las nueve o las diez de la noche. Cuando atravesaba el dormitorio para ir al baño, tropecé con el cable del teléfono. Me caí sobre el pico de la cama, un borde de acero afilado como la hoja de un cuchillo. Cuando me levanté vi que tenía un profundo tajo justo debajo del tobillo. La sangre caía sobre la alfombra y fui dejando un rastro aparatoso hasta el baño. La sangre caía sobre las baldosas y dejé las huellas de mis pies teñidas de rojo mientras andaba.

Oí llamar a la puerta y dejé entrar a Bobby.

Hostia, tío, ¿qué te ha pasado?

Es la MUERTE —dije yo—. Me estoy desangrando hasta morir...

Tío, mejor que te cures de algún modo esa pierna.

Llamó Valerie. La dejé entrar. Gritó. Serví bebidas para todos. Sonó el teléfono. Era Lydia.

¡Lydia, chiquita, me estoy desangrando!

¿Ya estás con otro de tus rollos dramáticos?

No, me estoy desangrando de verdad. Pregúntaselo a Valerie.

Valerie cogió el teléfono.

Es verdad, tiene un corte espantoso en el tobillo. Hay sangre por todas partes y no hace nada para detenerla. Será mejor que vengas...

Cuando llegó Lydia yo estaba sentado en el sofá.

Mira, Lydia: ¡MUERTE! —Pequeñas venas colgaban fuera de la herida como spaghettis. Tiré de ellas. Cogí mi cigarrillo y eché cenizas en el tajo—. ¡Soy un HOMBRE! ¡Cojones, soy un HOMBRE!

Lydia trajo algo de agua oxigenada y me la vertió sobre la herida. Era bonito. Empezó a salir una espuma blanca. Burbujeaba y gorgoteaba. Lydia echó más.

Sería mejor que fueras a un hospital —dijo Bobby.

No necesito para nada ningún jodido hospital —dije yo—, ya se curará solo.

A la mañana siguiente la herida tenía un aspecto horrible. Estaba todavía abierta y se había formado una espesa costra. Fui a la farmacia a por más agua oxigenada, vendas y sales cicatrizantes. Llené la bañera con agua caliente y las sales y me metí dentro. Empecé a imaginarme viviendo sin una pierna. Había algunas ventajas:


HENRY CHINASKI ES, SIN DUDA, EL MEJOR POETA CON UNA SOLA PIERNA EN TODO EL MUNDO.


Bobby volvió al mediodía.

¿Sabes cuánto cuesta amputarte una pierna?

12.000 dólares.

Después de que se fuera Bobby llamé a mi médico.

Llegué a Houston con una pierna aparatosamente vendada. Tomaba continuamente píldoras antibióticas para curar la infección. Mi médico me avisó de que cualquier tipo de bebida alcohólica anularía todo el efecto benéfico de los antibióticos.

Durante el recital, en el museo de arte moderno, yo estaba sobrio. Después de leer algunos poemas, alguien del público me preguntó:

¿Cómo es que no estás borracho?

Henry Chinaski no pudo venir —dije—, yo soy su hermano gemelo, Efram.

Leí después otro poema y entonces confesé lo de los antibióticos. También les informé, por si no lo sabían, que beber en actos oficiales estaba en contra de las reglas del museo. Alguien del público me trajo una cerveza. Me la bebí y leí un poco más.

Alguien salió con otra cerveza. Luego las cervezas empezaron a volar. Los poemas se oyeron mejor.

Después hubo una fiesta y antes una cena en un café. Casi en frente mío estaba una chica que sin necesidad de dudas era la más hermosa mujer que había visto en mi vida. Parecía una Katherine Hepburn joven, arrebatadora. Tenía unos 22 años, e irradiaba belleza. Traté como pude de hacer bromas simpáticas, llamándole Katherine Hepburn. Parecía que le gustaba. Yo no esperaba que surgiese nada especial. Ella estaba con una amiga. Cuando llegó la hora de marcharse le dije al director del museo, o directora, una chica o señora llamada Nana, en cuya casa me alojaba:

Creo que la voy a echar de menos. Era demasiado bueno para poder creerse.

Viene a casa con nosotros.

No me lo puedo creer.

...Pero algo más tarde allí estaba, en casa de Nana, en el dormitorio conmigo. Llevaba puesto un delicado camisón y estaba sentada al borde de la cama peinándose su larguísima cabellera y sonriéndome.

¿Cómo te llamas? —le pregunté.

Laura.

Bueno, oye, Laura, yo te voy a llamar Katherine.

Muy bien.

Su pelo era de un castaño cobrizo, muy largo. Era pequeña pero bien proporcionada. Su rostro era lo más hermoso de todo su ser.

¿Te sirvo algo de beber? —le dije.

Oh, no, no bebo. No me gusta.

A decir verdad, me asustaba. No podía comprender qué hacía ella con un tipo como yo. No tenía pinta de groupie. Fui al baño, salí y apagué la luz. Noté cómo ella se metía en la cama conmigo. La cogí en mis brazos y empezamos a besarnos. No podía dar crédito a mi suerte. ¿Qué derecho tenía yo? ¿Cómo podían unos pocos libros conseguir estas cosas? No había manera de entenderlo. Ciertamente no iba a desperdiciarlo. Empecé a excitarme. De repente, ella bajó y cogió mi polla con su boca. Contemplé el lento movimiento de su cuerpo y cabeza a la luz de la luna. No era demasiado buena haciéndolo, pero era el simple hecho de que ella lo hiciera lo que lo convertía en asombroso, Justo cuando me fui a correr hundí mi mano en aquella mata de maravilloso cabello, levantándolo a la luz de la luna al tiempo que me venía en la boca de Katherine,

32

Lydia fue a recibirme al aeropuerto. Estaba tan caliente como de costumbre.

¡Cristo —dijo—, estoy cachonda! Me he estado masturbando, pero no he logrado gran cosa.

íbamos conduciendo hacia mi casa.

Lydia, mi pierna está todavía en muy mal estado. No sé si podré hacerlo con la pierna así.

¿Qué?

Es verdad. No creo que pueda joder con la pierna como está.

¿Qué coño puedes hacer bien, entonces?

Bueno, puedo freír huevos y hacer juegos de manos.

No te hagas el gracioso. Te estoy preguntando qué cojones vas a poder hacer bien.

La pierna se curará. Si no me la cortan. Ten paciencia.

Si no hubieras estado borracho no te hubieras caído, ni hecho ese corte. ¡Siempre tiene la culpa la botella!

No es siempre la botella, Lydia. Jodemos unas cuatro veces por semana. Para mi edad ya es bastante.

A veces me parece que ni siquiera lo disfrutas.

¡Lydia, el sexo no lo es todo! Estás obsesionada. Por Dios, dame un descanso.

¿Un descanso hasta que se cure tu pierna? ¿Cómo me lo voy a hacer entretanto?

Jugaré contigo al parchís.

Lydia gritó. El coche empezó a irse de un lado a otro por toda la calle.

¡HIJO DE PUTA! ¡TE VOY A MATAR!

Cruzó la doble raya amarilla a toda velocidad, directamente contra el tráfico en sentido contrario. Sonaron las bocinas y derraparon los automóviles. Marchamos en contra de la avalancha de coches que pasaban a escasos milímetros por ambos lados. Entonces, igual de abruptamente, Lydia volvió a cruzar las rayas amarillas hacia nuestro carril.

¿Dónde está la policía?, pensé. ¿Por qué cuando Lydia hace alguna locura la policía desaparece del mapa?

Muy bien —dijo ella—, te voy a llevar a casa y se acabó. Ya he tenido bastante. Voy a vender mi casa y me largo para Phoenix. Mis hermanas ya me advirtieron que no viviera con un jodido viejo como tú.

Hicimos el resto del camino sin hablar. Cuando llegamos a mi casa cogí mi maleta, miré a Lydia y dije adiós. Ella estaba llorando sin dejar escapar un solo sonido, toda su cara estaba húmeda. De repente salió a toda velocidad hacia Western Avenue. Entré por el patio. De vuelta de otra lectura...

Miré el correo y luego telefoneé a Katherine, que vivía en Austin, Tejas. Pareció alegrarse bastante de oír mi voz, y para mí era desde luego algo cojonudo escuchar aquel acento lejano, aquella risa sonora. Le dije que me gustaría que viniera a visitarme, que le pagaría el billete de avión de ida y vuelta. Iríamos a las carreras, iríamos a Malibú, iríamos a...donde ella quisiera.

¿Pero Hank, no tienes una novia?

No, ninguna, soy un recluso.

Pero siempre estás escribiendo sobre mujeres en tus poemas.

Eso es el pasado. Esto es el presente.

¿Pero qué pasa con Lydia?

¿Lydia?

Sí, me hablaste de ella.

¿Qué te conté?

Me dijiste que ya había zurrado a otras dos mujeres. ¿Dejarías que me pegase? No soy muy fuerte, ya sabes.

No puede ocurrir. Se ha ido a Phoenix. Ya te contaré. Katherine, tú eres la mujer excepcional que siempre he buscado. Por favor, confía en mí.

Tendré que hacer preparativos. Tengo que buscar a alguien que cuide de mi gato.

De acuerdo. Pero quiero que sepas que todo está despejado por aquí.

Pero Hank, no te olvides de lo que me dijiste acerca de tus mujeres.

¿Qué te dije?

Dijiste: «Siempre vuelven».

Es sólo fanfarronería de macho.

Iré —dijo—, tan pronto como arregle las cosas por aquí haré una reserva y ya te avisaré.

Durante mi estancia en Tejas, Katherine me había hablado de su vida. Yo era sólo el tercer hombre con quien se había acostado. Antes habían sido su ex marido, Arnold, y un famoso músico alcohólico. Arnold estaba metido en el mundo del espectáculo y las artes. No sé exactamente en lo que trabajaba. Estaba continuamente firmando contratos con famosas estrellas del rock, pintores y gente así. Debía 60.000 dólares, pero el negocio florecía. Era uno de estos casos en que cuanto más debes, más categoría alcanzas.

No sé qué ocurrió con el músico. Se esfumaría, supongo. Entonces Arnold empezó con la coca. La coca le cambió de la noche a la mañana. Katherine me dijo que se convirtió en una persona distinta de la que ella conocía. Era terrible. Viajes en ambulancia a los hospitales. Y luego él volvía por las mañanas a la oficina como si nada ocurriese. Entonces entró en escena Joanna Dover. Una semimillonaria alta y mundana. Educada y chiflada. Ella y Arnold comenzaron a hacer negocios juntos. Joanna Dover comerciaba con el arte como otras personas comercian con cereales. Descubría artistas desconocidos, prometedores, les compraba sus obras a bajo precio y lo vendía luego todo por mucho dinero cuando se hacían conocidos. Tenía buen ojo. Y un cuerpo magnífico de uno noventa. Empezó a ver mucho a Arnold. Una noche vino a recogerle vestida con un lujoso traje largo ajustado. Entonces Katherine comprendió que Joanna significaba realmente buenos negocios. Así que, luego de aquello, ella iba allí donde Joanna y Arnold fuesen. Eran un trío. Arnold era muy apagado sexualmente, no era eso lo que a Katherine le preocupaba. Le preocupaban los negocios. Luego Joanna salió de escena y Arnold se metió más y más en la coca. Más y más viajes en ambulancia, Katherine finalmente se divorció de él. De todas maneras, seguían viéndose. Ella llevaba todas las mañanas a las diez y media el café para el personal de la oficina y Arnold la tenía incluida en nómina. Esto le permitía mantener el piso. Los dos cenaban juntos de vez en cuando, pero sin percances sexuales de por medio. El todavía la necesitaba y ella se sentía amparadora. Katherine era también devota de la alimentación natural y la única carne que comía era de pollo o pescado. Era, ante todo, una hermosa mujer.

33

Pasados un par de días, hacia la una de la tarde oí una llamada en mi puerta. Era un pintor, Monty Riff, o algo así me dijo. También me contó que yo solía emborracharme junto a él cuando tenía mi casa en la avenida De Longpre.

No me acuerdo de ti —le dije.

Dee Dee me llevaba a menudo.

¿Ah sí? Bueno, entra. —Monty traía con él un paquete de 6 cervezas y una mujer muy alta.

Esta es Joanna Dover —me presentó.

Me perdí tu recital en Houston —me dijo.

Laura Stanley me habló ampliamente de ti —le dije yo.

¿La conoces?

Sí, pero la he rebautizado como Katherine, en voto a Katherine Hepburn.

¿La conoces de verdad?

En buena medida.

-—¿Cómo en qué medida?

Dentro de un día o dos va a venir en avión a visitarme.

¿En serio?

Sí.

Acabamos las cervezas y yo salí a por más. Cuando regresé Monty se había ido. Joanna me explicó que había acudido a una cita. Empezamos los dos a hablar de pintura y yo saqué algunas cosas mías. Les echó un vistazo y decidió comprarme dos.

¿Cuánto? —me preguntó.

Bueno, 40 dólares por el pequeño y 60 por el grande.

Joanna me firmó un talón por 100 dólares, luego me dijo:

Quiero que vivas conmigo.

¿Qué? Es demasiado repentino.

Saldría bien. Tengo dinero. No me preguntes cuánto. He estado pensando en unas cuantas razones por las que deberíamos vivir juntos. ¿Quieres oírlas?

No.

Por ejemplo una: si viviéramos juntos, te llevaría a París.

Aborrezco los viajes.

Te enseñaría un París que te gustaría de veras.

Déjame pensarlo.

Me aproximé y le di un beso. Luego la besé de nuevo, esta vez por más tiempo.

Mierda —dije—, vámonos a la cama.

Muy bien —replicó Joanna Dover.

Nos desvestimos y nos acostamos. Medía casi uno noventa. Yo siempre había estado con mujeres pequeñas. Era extraño... por todas partes me salían más y más mujeres. Nos calentamos. Le di tres o cuatro minutos de sexo oral, luego la monté. Era buena, era realmente buena. Después nos aseamos, nos vestimos y me llevó a cenar a Malibú. Me dijo que vivía en Galveston, Texas. Me dio su número de teléfono y dirección y me invitó a que fuera a visitarla. Le dije que lo haría. Me dijo que hablaba en serio respecto a lo de París y lo demás. Había sido un buen polvo y la cena fue también excelente.

34

Al día siguiente me llamó Katherine. Me dijo que tenía ya el billete y que aterrizaría en el aeropuerto internacional de Los Ángeles a las 2:30 de la tarde.

Katherine —le dije—, hay algo que tengo que decirte.

¿Es que no quieres verme, Hank?

Eres la persona que más deseos tengo de ver en estos momentos.

¿Entonces qué pasa?

Bueno, tú conoces a Joanna Dover...

¿Joanna Dover?

Aquélla... ya sabes... con tu marido...

¿Qué pasa con ella. Hank?

Verás, vino a verme aquí.

¿Quieres decir que fue a tu casa?

Sí.

¿Qué ocurrió?

Charlamos. Me compró dos de mis pinturas.

¿Ocurrió algo más?

Sí.

Katherine mostró calma, entonces dijo:

Hank, ahora no sé si quiero verte.

Lo comprendo. Mira, ¿por qué no lo piensas y me vuelves a llamar más tarde? Lo siento, Katherine, siento mucho lo ocurrido. Es todo lo que puedo decir.

Ella colgó. No volverá a llamar, pensé. La mejor mujer que había conocido jamás y había dejado que se esfumase. Me merecía la derrota, merecía morir solo en un asilo mental.

Me quedé sentado junto al teléfono. Leí el periódico, la sección de deportes, la sección financiera, las tiras cómicas. Sonó el teléfono. Era Katherine.

¡QUE SE JODA Joanna Dover! —exclamó riendo. Nunca había oído a Katherine hablar de esa forma.

¿Entonces vienes?

Sí. ¿Sabes la hora de llegada?

Lo tengo todo. Estaré allí.

Nos dijimos adiós. Katherine iba a venir, iba a venir para quedarse por lo menos una semana con aquella cara, aquel cuerpo, aquella cabellera, aquellos ojos, aquella risa...

35

Salí de la cafetería y observé el panel de llegadas. El avión llegaba a su hora. Katherine estaba en el cielo viniendo hacia mí. Me senté y aguardé. Enfrente mío había una mujer de muy buena catadura leyendo un periódico. Su vestido se le quedaba bastante subido alrededor de los muslos, enseñando toda aquella ijada, aquella pierna espléndida envuelta en nylon. ¿Por qué insistía en hacer eso? Yo estaba con un periódico, y espiaba por encima, subiendo por su vestido. Tenía unos muslos de fábula. ¿Quién estaría beneficiándose de aquellos muslos? Me sentía como un idiota fisgando de aquel modo, pero no podía remediarlo. Era un monumento. Una vez había sido una niñita, algún día estaría muerta, pero ahora me estaba enseñando la cima de sus piernas. La maldita calientapollas, le daría un centenar de embestidas. ¡Le daría veinticinco centímetros de púrpura palpitante! Cruzó sus piernas y el vestido se retrayó más aún. Levantó la vista de su periódico. Sus ojos se clavaron en los míos que miraban asomados por encima de mi periódico. Su expresión era de indiferencia. Abrió su bolso y sacó una barra de chicle, quitó la envoltura y se lo metió en la boca. Chicle verde. Empezó a mascar el chicle verde y yo contemplé su boca. No se bajaba la falda. Sabía sin embargo que yo estaba mirando. No había nada que yo pudiera hacer. Abrí mi cartera y saqué dos billetes de cincuenta dólares. Ella levantó la vista, miró los billetes y volvió a lo suyo. Entonces un gordo cayó como un bombazo a sentarse junto a mí. Tenía una cara muy roja y una nariz masiva. Llevaba un traje marrón claro que olía a charcutería. Se tiró un pedo. La dama se bajó el vestido y yo metí los billetes en mi cartera. Se reblandeció mi polla, me levanté y fui a la fuentecilla de agua.

Afuera en la pista el avión de Katherine estaba tomando tierra. Me puse a esperar en la puerta. Katherine, te adoro.

Apareció Katherine, perfecta, con su pelo marrón rojizo, su ligezo cuerpo, con un traje azul que volaba mientras ella andaba, zapatos blancos, finos y tiernos tobillos, juventud. Llevaba un sombrero blanco de ala ancha caída hacia abajo hasta el punto justo. Sus ojos miraban al mundo desde debajo del ala, amplios, marrones y risueños. Tenía clase. Nunca andaría enseñando el culo en los asientos del área de espera de un aeropuerto.

Y allí estaba yo, con casi cien kilos de peso, perpetuamente confuso y perdido, con piernas cortas, tronco de simio, todo pecho, sin cuello, cabeza demasiado grande, ojos embotados, pelo despeinado, metro noventa de carne petrificada esperándola.

Katherine vino hacia mí. Toda aquella limpia cabellera marrón rojiza. Las mujeres de Texas eran tan relajadas, tan naturales. La besé y pregunté por su equipaje. Sugerí hacer una parada en el bar. Las camareras llevaban unos vestidos cortos de color rojo que enseñaban sus bragas blancas de encaje. Los escotes eran muy bajos para mostrar las tetas. Se ganaban de verdad el sueldo, se ganaban las propinas, hasta el último céntimo. Vivían en los suburbios y odiaban a los hombres. Vivían con sus madres y hermanos y estaban enamoradas de sus psiquiatras.

Acabamos nuestras bebidas y salimos a por el equipaje de Katherine. Unos cuantos hombres trataron de llamar su atención, pero ella caminaba pegada a mí, cogida de mi brazo. Pocas mujeres hermosas deseaban mostrar en público que pertenecían a algún hombre. Había conocido a bastantes mujeres para poder asegurarlo. Yo las aceptaba por lo que eran, y el amor venía difícilmente y muy raras veces. Cuando ocurría era normalmente por razones equivocadas. Uno simplemente se cansaba de estar manteniendo apartado al amor y lo dejaba venir porque a algún lado tenía que ir. Entonces, normalmente, venían muchos problemas.


En mi casa, Katherine abrió su maleta y sacó un par de guantes de goma. Se rió.

¿Qué es eso? —pregunté yo.

Darlene, mi mejor amiga, me vio haciendo el equipaje y me preguntó «¿Qué estás haciendo?». Y yo le dije: ¡No he visto nunca la casa de Hank, pero que antes de poder cocinar, vivir y dormir allí, tendré que limpiarlo todo de un extremo al otro!

Entonces Katherine soltó una de aquellas felices carcajadas tejanas. Entró en el baño, se puso un par de vaqueros y una blusa naranja, salió descalza y fue hacia la cocina con sus guantes de goma.

Yo entré en el baño y también me cambié de ropa. Decidí que si Lydia osaba acercarse por allí, jamás permitiría que ni siquiera rozara un pelo de Katherine. ¿Lydia? ¿Dónde estaría? ¿Qué estaría haciendo?

Envié una pequeña oración a los dioses que vigilaban mis pasos: Por favor, mantened a Lydia bien lejos. Dejad que chupe cornamentas de cowboys y que baile hasta las tres de la madrugada, pero por favor, mantenedla lejos...

Cuando entré, Katherine estaba de rodillas raspando una acumulación de grasa de dos años en el suelo de mi cocina.

Katherine —dije—, vamos a salir a dar una vuelta por la ciudad. Vamos a cenar. Esta no es manera de empezar.

De acuerdo. Hank, pero tengo que acabar con este suelo antes. Entonces nos iremos.

Me senté a esperar. Entonces ella salió. Se inclinó hacia mí y me besó, riéndose:

¡De verdad eres un viejo guarro! —luego se fue hacia el dormitorio. De nuevo estaba enamorado. Estaba en problemas...

36

Después de cenar volvimos a casa y charlamos. Ella era una adicta de la comida natural y no comía carne a excepción de pollo o pescado. La verdad es que le sentaba muy bien.

Hank —me dijo—, mañana voy a limpiarte el baño.

Muy bien —dije por encima de mi copa.

Y tengo que hacer mis ejercicios todos los días. ¿Te molesta?

No, no.

¿Podrás escribir mientras yo estoy enredando por aquí?

No hay problema.

Puedo salir a pasear.

No, sola no, en este barrio.

No quiero interferir en tu escritura.

No hay manera de que yo pare de escribir, es una forma de locura.

Katherine se acercó y se sentó a mi lado en el sofá. Parecía más una niña que una mujer. Dejé mi bebida y la besé, un beso largo. Sus labios estaban frescos y blandos. Su pelo marrón rojizo cegaba mi atención. Me aparté y volví a echar un trago. Ella me aturdía. Yo estaba acostumbrado a viles zorras borrachas.

Charlamos durante otra hora.

Vámonos a dormir —le dije—, estoy cansado.

Muy bien. Antes voy a prepararme —dijo ella.

Me quedé sentado bebiendo. Necesitaba beber más. Ella era simplemente demasiado.

Hank —dijo ella—, estoy en la cama.

Bien.

Entré en el baño y me desnudé, me lavé los dientes, la cara y las manos. Había recorrido todo el camino desde Texas en un avión para verme y ahora estaba en mi cama, esperándome.

Yo no tenía pijama. Me dirigí a la cama. Ella llevaba un fino camisón.

Hank —me dijo—, tenemos unos seis días en los que no habrá peligro, luego tendremos que pensar en alguna otra cosa.

Entré en la cama con ella. La pequeña niña-mujer estaba lista. La atraje hacia mí. La suerte estaba otra vez de mi lado, los dioses me sonreían. Los besos se hicieron más intensos. Puse su mano en mi verga y luego le subí el camisón. Empecé a jugar con su coño. ¿Katherine con un coño? Se erigió el clítoris y lo acaricié con ternura, una y otra vez. Finalmente, la monté. Mi verga entró hasta la mitad. Era muy estrecha. Moví hacia delante y detrás y luego empujé. El resto de mi verga penetró. Era glorioso. Ella me apretó. Me moví y seguía apretado. Traté de controlarme. Cesé las sacudidas y esperé a enfriarme un poco. La besé, abriendo sus labios, chupando su labio superior. Vi su cabellera desparramada por toda la almohada. Entonces desistí de intentar complacerla y simplemente la jodí, poseyéndola viciosamente. Era como un asesinato. No me importaba, mi polla se había vuelto loca. Todo aquel pelo, su cara núbil y hermosa. Era como violar a la Virgen María. Me corrí. Me corrí en su interior, agonizando, sintiendo cómo mi esperma se introducía en su cuerpo. Ella estaba indefensa y yo disparé mi éxtasis al interior último de su ser, cuerpo y alma, una y otra vez...

Más tarde nos dormimos. O Katherine se durmió. Yo la abrazaba por detrás. Por primera vez pensé en casarme. Sabía que indudablemente había todavía tachas en ella que no habían salido a la superficie. El comienzo de una relación siempre era lo más fácil. Después era cuando comenzaba el desenmascaramiento, que ya no para nunca. Era igual, seguí pensando en el matrimonio. Pensé en un hogar, un perro y un gato, la compra en el supermercado. Henry Chinaski estaba perdiendo los cojones. Y no importaba.

Finalmente me dormí. Cuando me desperté por la mañana, Katherine estaba sentada en el borde de la cama cepillándose toda aquella extensión de cabello marrón rojizo. Sus grandes ojos oscuros me observaron al despertarme.

Katherine —dije—. ¿Te quieres casar conmigo?

No, por favor —dijo ella—. No me gustan esas cosas.

Lo digo en serio.

¡Oh, mierda, Hank!

¿Qué?

He dicho «mierda» y si sigues hablando de esas cosas cojo el primer avión que salga.

Está bien.

¿Hank?

¿Sí?

Miré a Katherine. Ella seguía cepillándose el pelo. Sus grandes ojos oscuros me miraron, estaba sonriendo. Dijo:

¡Es solamente sexo, Hank, solamente sexo!

Entonces se rió a carcajadas. No era una risa sardónica, sino feliz. Se cepillaba el pelo y yo puse mi brazo alrededor de su cintura y dejé descansar mi cabeza sobre su pierna. No estaba bastante seguro de nada.

37

Yo a las mujeres las llevaba bien a los combates de boxeo, bien al hipódromo. Aquel jueves por la noche llevé a Katherine a una velada boxística en el Olympic. Nunca había asistido a un combate en vivo. Llegamos allí antes del primer combate y nos sentamos en primera fila de ring. Yo bebía cerveza, fumaba y esperaba.

Es extraño —le dije—, toda esta gente sentada aquí esperando a que dos hombres suban ahí a ese ring a tratar de noquear al otro a golpes.

Parece algo desagradable.

Este sitio fue construido hace mucho tiempo —le dije mientras ella contemplaba el viejo foro—. Hay sólo dos servicios. Uno para los hombres y otro para las mujeres, y son minúsculos. Así que intenta ir antes o después de los descansos.

Muy bien.

El Olympic era frecuentado sobre todo por latinos y trabajadores blancos de medio pelo, junto a unas pocas estrellas de cine y celebridades. Había muchos boxeadores mexicanos muy buenos, que peleaban con todo su corazón. Las únicas malas peleas eran cuando boxeaban negros o blancos, especialmente los pesos pesados.

Estar allí con Katherine era algo extraño. Las relaciones humanas eran extrañas. Quiero decir que pasabas un tiempo con una persona, comiendo, durmiendo y viviendo con ella, amándola, hablando con ella, yendo a los sitios juntos y, de repente, todo cesaba. Luego había un corto período de tiempo durante el cual no estabas con nadie, pero entonces otra mujer aparecía y tú comías con ella y jodían con ella y todo parecía-tan normal como si hubieses estado esperando a que llegara y ella hubiese estado esperándote a ti. A mí nunca me parecía bien estar solo, algunas veces no me sentía mal, pero nunca me parecía bien.

La primera pelea fue una de las buenas, con mucha sangre y coraje. Un escritor tenía mucho que aprender en los combates de boxeo o en el hipódromo. El mensaje no era del todo claro pero a mí me ayudaba. Esto era lo principal: el mensaje no era definible. Era inexpresable, como una casa ardiendo, o un terremoto, o una inundación, o una mujer saliendo de un coche mostrando sus piernas. Yo no sabía lo que otros escritores podrían necesitar; no me importaba, de cualquier modo era incapaz de leerlos. Estaba encerrado en mis propios hábitos, mis propios prejuicios. No era malo ser un bobo si la ignorancia era todo lo que tenías. Sabía que algún día escribiría sobre Katherine y que sería duro. Era fácil escribir sobre zorras, pero escribir sobre una mujer de excepción era mucho más difícil.

La segunda pelea también fue buena. La muchedumbre rugía y se desgañitaba y trasegaba cerveza. Habían escapado temporalmente de fábricas, almacenes, mataderos, garajes de limpieza de coches... volverían a la cautividad al siguiente día, pero ahora estaban fuera, enardecidos por la libertad. No estaban pensando en la esclavitud de la pobreza, ni en la esclavitud de la beneficencia y los sellos de comida. El resto de nosotros viviría tranquilo hasta que los pobres aprendiesen a construir bombas atómicas en sus sótanos.

Todos los combates fueron buenos. Me levanté y fui al retrete. Cuando volví, Katherine estaba muy seria. Más parecía que estuviese presenciando un ballet o un concierto. Parecía tan delicada y aun así tenía un polvo tan maravilloso.

Yo seguí bebiendo y Katherine me agarraba de la mano cada vez que una pelea se hacía excepcionalmente brutal. La multitud adoraba los noqueamientos. Prorrumpían en salvajes ovaciones cada vez que uno de los combatientes abandonaba el mundo de las luces. Ellos propinaban aquellos golpes. Tal vez estaban zurrando a sus patrones o a sus mujeres. ¿Quién podía saberlo? ¿A quién le importaba? Más cerveza.

Sugerí a Katherine que nos fuéramos antes del final. Yo ya tenía bastante.

De acuerdo —dijo ella.

Subimos por el estrecho pasillo, con el aire azul de humo. No se produjeron silbidos ni gestos obscenos. Mi cara triturada y llena de cicatrices era a veces una garantía de tranquilidad.

Bajamos al pequeño aparcamiento debajo de la autopista. El Volkswagen no estaba allí. El modelo del 67 era el último buen Volkswagen, y los jovenzuelos lo sabían.

Hepburn, nos han robado el jodido coche.

Oh, Hank, seguramente no.

Ha desaparecido. Estaba aquí aparcado —señalé—, y ahora ya no está.

Hank, ¿qué vamos a hacer?

Cogeremos un taxi. Me siento mal de verdad.

¿Por qué hace la gente estas cosas?

Tienen que hacerlo. Es su manera de escapar.

Entramos en un café y llamé un taxi por teléfono. Pedimos un café y unas rosquillas. Mientras presenciábamos los combates alguien había estado abriendo la cerradura y haciendo un puente en mi coche. Yo tenía un dicho: «Llevaros a mi mujer, pero dejar mi coche». Nunca mataría a un hombre que se llevara a mi mujer; mataría sin contemplaciones a aquel que se llevara mi coche.

Vino el taxi. En mi casa, afortunadamente, había cerveza y algo de vodka. Había desistido de toda esperanza de mantenerme lo suficientemente sobrio para poder hacer el amor. Katherine lo sabía. Estuve dando vueltas de un lado a otro hablando de mi Volkswagen azul del 67. El último modelo bueno. Ni siquiera podía llamar a la policía. Estaba demasiado borracho. Tenía que esperar hasta por la mañana, hasta mediodía.

Hepburn —le dije—, no es culpa tuya, no lo robaste.

Ojalá hubiera sido así. Ahora lo tendrías.

Pensé en dos o tres jovencitos corriendo mi angelito azul por toda la autopista de la costa, fumando droga, riéndose, descapotándolo. Luego pensé en todas las chatarrerías de la avenida Santa Fe. Montañas de parachoques, parabrisas, portezuelas, piezas de motor, neumáticos, ruedas, volantes, llantas, asientos, frenos, radios, pistones, válvulas, carburadores, palancas de cambio, transmisiones, ejes... mi coche pronto iba a ser sólo una pila de accesorios.

Aquella noche dormí pegado a Katherine, pero mi corazón estaba entristecido y frío.

38

Por suerte tenía un seguro de automóvil que te pagaba un coche de alquiler. Llevé a Katherine en él al hipódromo. Nos sentamos en las tribunas de sol de Hollywood Park cercanos a la curva. Katherine dijo que no quería apostar, pero la llevé dentro y le enseñé el panel totalizador y las ventanillas de apuestas.

Yo puse 5 a ganador a un ejemplar a 7 a 2 de estirón temprano, mi tipo favorito de caballo. Yo siempre pensaba que si ibas a perder era igual perder yendo en cabeza; tenías la carrera ganada hasta que otro venía a quitártela. El caballo se mantuvo de punta por los palos y al final consiguió llegar. Pagaron a 9,40 dólares y yo conseguí 17,50 limpios.

A la siguiente carrera ella se quedó en su asiento mientras yo iba a apostar. Cuando regresé ella me señaló a un hombre sentado dos filas más abajo.

¿Ves a ese hombre?

Sí.

Me ha dicho que ganó 2.000 dólares ayer y que hoy lleva ya ganados 25.000.

¿No quieres apostar? Quizás todos podamos ganar.

Oh, no, no sé nada de esto.

Es muy simple: tú les das un dólar y ellos te devuelven 84 centavos. Lo llaman «el porcentaje». El estado y el hipódromo se lo reparten. No les importa quién gane la carrera, su porcentaje está fuera del total en juego.

En la segunda carrera, mi caballo, un favorito a 8 a 5, quedó segundo. Un rematador lo había superado por un hocico en la llegada. Pagó 48,50 dólares.

El hombre dos filas más abajo se volvió y miró a Katherine.

Lo llevaba apostado —le dijo—. Había puesto diez a ese hocico.

Oooh —le dijo ella, sonriendo—, eso está bien.

Estudié la tercera carrera, una prueba para potros y potrancas de dos años. A cinco minutos de cerrar examiné el totalizador y fui a apostar. Mientras bajaba vi de reojo cómo el hombre dos filas más abajo se daba la vuelta y comenzaba a hablar con Katherine. Siempre había por lo menos una docena de ellos todos los días en el hipódromo, contando a las mujeres atractivas lo grandes ganadores que eran, con la esperanza de lograr de algún modo acabar en la cama con ellas. Quizás ni siquiera esperasen tanto; puede que sólo esperaran vagamente algo sin estar muy seguros de qué. Estaban poseídos y enloquecidos por el vértigo, ¿quién podía odiarles? Grandes ganadores, pero si les veías apostar, siempre estaban en las ventanillas de 2 dólares, con sus zapatos desgastados por las suelas y su vestimenta sucia. Lo más bajo de la escoria.

Me decidí por lo más fácil y aposté al favorito, que ganó por 6 cuerpos y pagó a 4 dólares, pero yo le había puesto diez a ganador. El tipo se volvió y le dijo a Katherine:

Lo tenía. 100 dólares a ganador.

Katherine no contestó. Estaba empezando a comprender. Los ganadores no abrían nunca la boca. Tenían miedo de ser asesinados en el patio de estacionamiento.

Después de la cuarta carrera, con un ganador a 22,80 dólares, se dio otra vez la vuelta y le dijo a Katherine:

Ese lo llevaba, diez a tocateja.

Ella me miró:

Tiene la cara amarilla. Hank. ¿Has visto sus ojos? Está enfermo,

Está enfermo en el sueño. Todos estamos metidos en la enfermedad del sueño, por eso estamos aquí.

Hank, vámonos.

De acuerdo.

Aquella noche ella se bebió media botella de vino tinto, buen vino, y la vi triste y calmada. Supe que me estaba conectando con la gente del hipódromo y la multitud del boxeo, y era verdad, yo estaba con ellos, era uno de ellos. Katherine sabía que había algo en mí que pasaba de todo lo que podía considerarse saludable. Yo estaba sumergido en todas las cosas supuestamente malas: me gustaba beber, era un vago, no tenía dios ni conciencia política, ideas, ideales. Estaba metido en la inanidad más completa; una especie de no-ser, y lo aceptaba. Eso no podía hacerme una persona muy interesante. Yo no quería ser interesante, de todos modos, era algo muy duro. Lo único que quería realmente era un lugar blando e impreciso donde poder vivir y donde me dejaran tranquilo. Por otro lado, cuando me emborrachaba pegaba gritos, me volvía loco, perdía todo tipo de control. Un comportamiento no pegaba mucho con el otro. No me importaba. Aquella noche el sexo estuvo muy bien, pero fue la noche que la perdí. No había nada que pudiera hacer para remediarlo. Me eché a un lado y me limpié con la sábana mientras ella se iba al baño. Arriba, un helicóptero de la policía sobrevolaba Hollywood.

39

La noche siguiente vinieron Bobby y Valerie. Se habían mudado recientemente a mi bloque de apartamentos y ahora vivían cruzado el patio. Bobby llevaba su niki ajustado. Siempre le quedaba toda la ropa perfectamente ajustada, los pantalones cómodos y con la largura exacta, los zapatos a juego y el pelo bien peinado. Valerie también vestía bien pero no tan conscientemente. La gente los llamaba «Los muñequitos Barbie». Valerie estaba muy bien cuando te quedabas con ella a solas, era inteligente, muy energética y de lo más honesto. Bobby, también, era mucho más humano cuando nos quedábamos a solas él y yo, pero cuando una mujer nueva andaba alrededor se volvía estúpido y muy obvio. Dirigía toda su atención y conversación hacia esa mujer, como si su presencia fuera una cosa interesante y maravillosa, pero su conversación se hacía predecible e idiota. Me preguntaba cómo se lo tomaría Katherine.

Se sentaron. Yo estaba en un sillón cerca de la ventana y Valerie se sentó entre Bobby y Katherine en el sofá. Bobby empezó. Se inclinó hacia delante e ignorando a Valerie dirigió su atención a Katherine.

¿Te gusta Los Ángeles? —preguntó.

Está bien —contestó Katherine.

¿Te vas a quedar mucho tiempo?

Un tiempo.

¿Eres de Texas?

Sí.

¿Tus padres son de Texas?

Sí.

¿Hay algo interesante en la televisión por allí?

Más o menos lo mismo.

Yo tengo un tío en Texas.

Oh.

Sí, vive en Dallas.

Katherine no contestó. Entonces dijo:

Perdona, voy a hacer un sandwich. ¿Quiere alguien algo?

Dijimos que no queríamos. Katherine se levantó y fue a la cocina. Bobby se levantó y la siguió. No se podía oír muy bien lo que decían, pero se podía asegurar que le estaba haciendo más preguntas, Valerie miraba al suelo. Katherine y Bobby pasaron mucho tiempo en la cocina. De repente Valerie levantó la cabeza y comenzó a hablarme. Hablaba muy rápido y de modo nervioso.

Valerie —interrumpí—, no necesitamos hablar, no tenemos por qué hablar.

Volvió a bajar la cabeza.

Entonces dije:

Eh, tíos, lleváis ahí un buen rato. ¿Estáis encerando el suelo?

Bobby se rió y empezó a zapatear en el suelo con ritmo.

Finalmente Katherine salió, seguida por Bobby. Se acercó a mí y me enseñó su sandwich: mantequilla de cacahuete sobre copos de trigo con plátano en rodajas y semillas de sésamo.

Tiene buena pinta —le dije.

Se sentó y comenzó a comerse el sandwich. Todo estaba tranquilo. Siguió tranquilo. Entonces Bobby dijo:

Bueno, creo que mejor nos vamos...

Se fueron. Después de que se cerrara la puerta Katherine me miró y dijo:

No pienses nada, Hank. Sólo estaba tratando de impresionarme.

Lo ha hecho con todas las mujeres que he conocido desde que le conozco.

Sonó el teléfono. Era Bobby.

Hey, tío. ¿Qué le has hecho a mi mujer?

¿Qué pasa?

Está ahí sentada, está completamente deprimida. ¡No quiere hablar!

Yo no le he hecho nada a tu mujer.

¡No lo entiendo!

Buenas noches, Bobby.

Colgué.

Era Bobby —le dije a Katherine—, su mujer está deprimida.

¿De verdad?

Eso parece.

¿Seguro que no quieres un sandwich?

¿Puedes hacerme uno igual que el tuyo?

Oh, sí.

Eso tomaré.

40

Katherine se quedó cuatro o cinco días más. Había llegado el tiempo del mes en que joder le resultaba arriesgado. Yo no podía soportar los condones. Katherine compró algo de crema anticonceptiva. Mientras tanto, la policía había recuperado mi Volkswagen. Fuimos adonde estaba depositado. Estaba intacto y con buen aspecto a excepción de la batería, que estaba descargada. Lo dejé en un taller le Hollywood donde lo pusieron a punto. Después de un largo adiós en la cama, llevé a Katherine al aeropuerto en el Volks azul. Vuelo TRV n.° 469.

No fue un día feliz para mí. No nos dijimos gran cosa. Llamaron a su vuelo y nos besamos.

Eh, que va a ver todo el mundo a esta jovencita besando a este viejo.

No me importa un carajo...

Katherine me besó otra vez.

Vas a perder tu vuelo —dije.

Ven a verme, Hank. Tengo una bonita casa. Vivo sola. Ven a verme.

Lo haré.

¡Escribe!

Lo haré.

Katherine se fue por el túnel de embarque y desapareció. Volví al aparcamiento, subí al Volkswagen y pensé, todavía tengo esto. Qué coño, no lo he perdido todo. Puse en marcha el motor.

41

Aquella noche empecé a beber. No iba a ser fácil estar sin Katherine. Encontré algunas cosas que se había dejado, pendientes, una pulsera.

Tengo que volver a la máquina de escribir, pensé. El arte exige disciplina. Cualquier gilipollas puede perder el culo por una falda. Bebí, pensando en ello.

A las dos y diez de la madrugada sonó el teléfono. Estaba bebiendo mi última cerveza.

¿Hola?

Hola —era la voz de una mujer, joven.

¿Sí?

¿Eres Henry Chinaski?

Sí.

Mi amiga es una admiradora tuya. Es su cumpleaños y le dije que te telefonearía. Nos sorprendió encontrar tu número en la guía.

Estoy en ella.

Bueno, es su cumpleaños y pensé que estaría bien si pudiéramos ir a verte.

De acuerdo.

Le dije a Arlene que probablemente tendrás alguna mujer en tu casa.

Soy un anacoreta.

¿Entonces podemos pasarnos?

Les di mi dirección.

Sólo una cosa. Me he quedado sin cerveza.

Conseguiremos algo de cerveza. Yo me llamo Tammie.

Son más de las dos de la madrugada.

Conseguiremos cerveza. Una raja puede conseguir maravillas.

Llegaron veinte minutos más tarde con las rajas pero sin la cerveza.

Ese hijo de puta —dijo Arlene—. Antes siempre nos las había dado. Esta vez parece que se acojonó.

Que le den por el culo —dijo Tammie.

Se sentaron las dos y proclamaron sus edades.

Yo tengo 32 —dijo Arlene.

Yo tengo 23 —dijo Tammie.

Juntad vuestras edades y tendréis la mía —dije yo.

El pelo de Arlene era largo y negro. Se sentó en el sillón junto a la ventana y se puso a peinarse y a maquillarse, mirándose en un gran espejo plateado y hablando sin parar. Obviamente estaba colocada con pastillas. Tammie tenía un cuerpo cercano a la perfección y una larga cabellera pelirroja natural. También iba de pastillas, pero no estaba tan colocada.

El polvo te costará cien dólares —dijo Tammie.

Paso.

Tammie era como muchas mujeres a los veintipocos años. Su cara tenía aire de tiburón. Entonces me gustó poco.

Se fueron hacia las tres y media de la mañana y yo me fui a la cama solo.

42

Dos días más tarde, a las cuatro de la madrugada alguien llamó a la puerta.

¿Quién es?

Una gatita pelirroja.

Dejé entrar a Tammie. Se sentó y yo abrí un par de cervezas.

Tengo mal aliento, tengo estos dos dientes jodidos. No puedes besarme.

Está bien.

Hablamos. Bueno, yo escuché. Tammie estaba en anfetamina. Escuché y contemplé su larga cabellera roja y cuando ella se distraía yo miraba y miraba aquel cuerpo. Pugnaba por salir del vestido, pidiendo respirar fuera. Ella habló y habló. Yo no la toqué.

A las seis de la mañana Tammie me dio su dirección y número de teléfono.

Tengo que irme —dijo.

Te acompaño hasta el coche.

Era un Camaro de color rojo intenso, completamente abollado por todos lados. La parte delantera estaba hundida, un lado levantado y faltaban las ventanas. Dentro había trapos y blusas y cajas de kleenex y periódicos y cartones de leche y botellas de Coca-Cola y alambres y cuerdas y servilletas de papel y revistas y tazas de papel y zapatos y pajas de beber de múltiples colores. Esta masa de material estaba apilada por encima del nivel de los asientos y llegaba a cubrirlos. Sólo la zona del conductor tenía algo de espacio libre.

Tammie sacó la cabeza por la ventanilla y nos besamos.

Luego se puso en marcha y cuando llegó a la esquina ya iba a unos 70 kilómetros por hora. Pegó un pisotón a los frenos y el Camaro se bamboleó arriba y abajo. Volví a entrar en casa.

Me fui a la cama y pensé en su pelo. Nunca había conocido a una pelirroja de verdad. Era como fuego.

Como luz celestial, pensé.

De alguna manera su cara no me parecía ya tan recia...

43

La llamé por teléfono. Era la una de la mañana. Fui hasta su casa.

Tammie vivía en un pequeño bungalow detrás de un edificio.

Me abrió la puerta.

Ten cuidado, no despiertes a Dancy. Es mi hija. Tiene seis años y está en el dormitorio.

Yo llevaba un paquete de seis cervezas. Tammie las puso en el refrigerador y salió con dos botellas.

Mi hija no debe ver nada. Sigo con los dos dientes malos que me dejan mal aliento. No podemos besarnos.

Muy bien.

La puerta del dormitorio estaba cerrada.

Oye —dijo ella—, tengo que tomar vitamina B. Voy a tener que bajarme los pantalones y pincharme en el culo. Mira hacia otro lado.

De acuerdo.

La vi meter el líquido en la jeringa. Miré hacia otro lado.

Tengo que metérmelo todo —dijo ella.

Cuando acabó encendió una pequeña radio roja.

Tienes una casa muy agradable.

Llevo un mes de retraso en el alquiler.

Oh...

No importa. El casero vive en el piso de arriba y lo sé manejar.

Bien.

Está casado, el viejo bribón, ¿y sabes qué?

No sé.

El otro día su mujer se fue a no sé dónde y el viejo cabrón me pidió que subiera. ¿Y sabes qué?

Se la sacó fuera.

No, puso películas verdes. Pensó que aquella mierda me pondría cachonda.

¿No te puso?

Dije: «Señor Miller, tengo que irme. Debo recoger a Dancy en la escuela.»

Tammie me dio un estimulante. Hablamos y hablamos. Bebimos cerveza.

A las seis de la mañana Tammie abrió el sofá en el que habíamos estado sentados. Había una sábana. Nos quitamos los zapatos y nos subimos encima vestidos. La abracé por la espalda, con todo aquel pelo rojo junto a mi cara. Se me puso dura. Se la pegué en el culo, a través de la ropa. Oí cómo arañaba y rascaba el borde del sofá.

Tengo que irme —dije.

Oye, todo lo que tengo que hacer es prepararle a Dancy el desayuno y llevarla a la escuela. No importa si te ve. Sólo espera aquí hasta que yo vuelva.

Me voy.

Me fui conduciendo a casa, borracho. El sol estaba muy alto, doloroso y dorado...

44

Había estado durmiendo durante muchos años en un colchón terrible con todos los muelles sueltos clavándose sobre mí de forma inmisericorde. Aquella tarde cuando me desperté quité el colchón de la cama, lo saqué fuera y lo tiré a la basura.

Volví a entrar dejando la puerta abierta.

Eran las dos de la tarde y hacía calor.

Tammie entró y se sentó en el sofá.

Tengo que irme —le dije—, he de comprar un colchón.

¿Un colchón? Bueno, entonces me voy.

No, Tammie, espera. Por favor. Todo no me llevará más de quince minutos. Espera aquí y tómate una cerveza.

Muy bien —dijo ella...


Había una tienda de colchones unas tres manzanas más abajo hacia el oeste. Aparqué enfrente y entré corriendo por la puerta.

¡Tíos necesito un colchón... DEPRISA!

¿Para qué tipo de cama?

Doble.

Tenemos éste por 35 dólares.

Me lo llevo.

¿Le cabrá en el coche?

Tengo un Volkswagen.

Está bien, se lo llevaremos a su casa. ¿Dirección?


Tammie estaba todavía allí cuando regresé.

¿Dónde está el colchón?

En camino. Tómate otra cerveza. ¿Tienes alguna pastilla?

Me dio una. La luz atravesaba su roja cabellera.

Tammie había sido elegida Miss Sol Salero en la feria de Orange County en 1973. Habían pasado cuatro años, pero seguía en forma. Estaba bien repartida en todos los sitios correctos.

El repartidor estaba en la puerta con el colchón.

Déjeme ayudarle.

Era un tío decente. Me ayudó a ponerlo en la cama. Entonces vio a Tammie sentada en el sofá. Sonrió.

Hola —le dijo.

Muchas gracias —le dije. Le di tres dólares y se fue.

Entré en el dormitorio y contemplé el colchón. Tammie vino detrás. Estaba envuelto en celofán. Empecé a rasgarlo. Tammie me ayudó.

Míralo. Es bonito —dijo ella.

Sí, lo es.

Era brillante y colorido. Rosas, tallos, hojas, fluctuantes enredaderas. Parecía el jardín del Edén, y por 35 dólares.

Tammie lo observaba.

Este colchón me pone cachonda. Quiero estrenarlo. Quiero ser la primera mujer que joda contigo en este colchón.

Me pregunto, ¿quién será la segunda?

Tammie entró en el baño. Hubo un momento de silencio. Entonces oí la ducha. Puse sábanas y fundas de almohada limpias, me desnudé y subí a la cama. Tammie salió, joven y mojada, centelleante. Su pelo púbico era del mismo color que el de su cabeza: rojo, como el fuego.

Se paró frente al espejo y encogió el estómago. Aquellas fantásticas tetas se alzaron en el cristal. La pude ver de frente y por detrás simultáneamente.

Vino y se metió bajo la sábana.

Empezamos con calma.

Fuimos hasta el final, con todo aquel pelo rojo sobre la almohada, mientras afuera ululaban las sirenas y los perros ladraban.

45

Tammie vino por la noche. Parecía ir colocada de anfeta.

Quiero champagne —dijo.

Muy bien —dije yo.

Le di un billete de veinte.

Vuelvo ahora —dijo, saliendo por la puerta.

Entonces sonó el teléfono. Era Lydia.

Quería saber qué tal estabas...

Todo va bien.

Aquí no. Estoy preñada.

¿Qué?

Y no sé quién es el padre.

¿Eh?

¿Conoces a Dutch, el tío que anda por el bar donde ahora trabajo?

Sí, el viejo calvete.

Bueno, la verdad es que es un tío majo. Está enamorado de mí. Me trae flores y dulces. Quiere casarse conmigo. Es encantador. Y una noche fui a casa con él. Lo hicimos.

Vale.

Luego está Barney. Está casado pero me gusta. De todos los tíos del bar es el único que nunca trataba de meterme mano. Me fascinaba. Bueno, ya sabes, estoy tratando de vender mi casa. Así que vino una tarde. Sólo se pasó a verla. Dijo que quería verla para un amigo suyo. Bueno, vino justo en el momento adecuado. Los niños estaban en el colegio, así que le dejé hacer... Luego también una noche apareció aquel tipo extraño en el bar a última hora. Me pidió que le acompañara a su casa. Le dije que no. Entonces me dijo que sólo quería sentarse un rato en el coche conmigo, hablarme. Dije que bueno. Nos sentamos en el coche y hablamos. Entonces lió un porro. Luego me besó. Aquel beso tuvo la culpa. Si no me hubiera besado, no lo hubiéramos hecho. Ahora estoy preñada y no sé de quién. Tendré que esperar y ver a quién se parece el niño.

Muy bien, Lydia, te deseo mucha suerte.

Gracias.

Colgué. Pasó un minuto y volvió a sonar el teléfono. Era Lydia.

Oh —dijo—, te había llamado para saber cómo estabas tú.

Igual que siempre, con los caballos y el frasco.

¿Entonces todo te va bien?

No del todo.

¿Qué pasa?

Bueno, mandé a esta mujer a por champagne...

¿Mujer?

Bueno, una chica, la verdad...

¿Una chica?

La mandé con veinte dólares a por champagne y no ha vuelto. Creo me ha timado.

Chinaski, no quiero oír hablar de tus mujeres. ¿Entiendes?

De acuerdo.

Lydia colgó. Se oyó una llamada en la puerta. Era Tammie. Había vuelto con el champagne y con el cambio.

46

Al mediodía siguiente sonó el teléfono. Era Lydia de nuevo.

¿Bueno, volvió con el champagne?

¿Quién?

Tu puta.

Sí, volvió.

¿Luego qué ocurrió?

Nos bebimos el champagne. Era del bueno.

¿Qué ocurrió después?

Bueno, ya sabes, mierda...

Oí un largo y demencial aullido, como el de una loba en mitad del hielo ártico, herida y abandonada para morir sola... Colgó.

Dormí la mayor parte de la tarde y aquella noche fui a las carreras nocturnas.

Perdí 32 dólares, subí al Volks y regresé. Aparqué, atravesé el porche y metí la llave en la cerradura. Todas las luces estaban dadas. Miré alrededor mío. Todos los muebles estaban patas arriba, las cubiertas de la cama por los suelos. Todos mis libros faltaban de los estantes, incluyendo los libros que había escrito, 20 o así. Y había desaparecido mi máquina de escribir y mi tostadora y mi radio y mis pinturas.

Lydia, pensé.

Lo único que había dejado era la televisión porque sabía que nunca la veía.

Salí fuera y allí estaba el coche de Lydia, pero ella no estaba en él.

¡Lydia —dije—, eh, nena!

Anduve por la calle de un lado a otro y entonces vi sus pies, los dos, saliendo de detrás de un árbol junto a la pared de una casa de apartamentos. Me acerqué al árbol y dije:

¿Oye, qué coño pasa contigo?

Lydia se quedó allí quieta. Tenía dos bolsas de compra llenas con mis libros y una carpeta con mis pinturas.

Mira, me tienes que devolver mis libros y pinturas. Me pertenecen.

Lydia salió de detrás del árbol, gritando. Sacó las pinturas fuera y comenzó a despedazarlas. Lanzó los pedazos por el aire y luego los pisoteó cuando cayeron al suelo. Llevaba sus botas vaqueras.

Luego sacó mis libros y empezó a lanzarlos por la calle, por la hierba, por todas partes.

¡Aquí están tus pinturas! ¡Aquí están tus libros! ¡Y NO ME HABLES DE TUS MUJERES! ¡NO ME HABLES DE TUS MUJERES!

Luego se fue corriendo hacia mi patio con un libro mío en su mano, el más reciente. Obras selectas de Henry Chinaski. Chilló:

¿Así que quieres que te devuelva tus libros? ¡Aquí están tus malditos libros! ¡Y NO ME HABLES DE TUS MUJERES! ¡NO QUIERO OÍR HABLAR DE TUS MUJERES!

Empezó a golpear los paneles de cristal de mi puerta. Cogió las Obras selectas de Henry Chinaski y fue rompiendo panel por panel gritando;

¿Quieres que te devuelva tus libros? ¡Aquí están tus malditos libros! ¡Y NO ME HABLES DE TUS MUJERES!

Yo me quedé allí parado mientras ella chillaba y rompía cristales.

¿Dónde estará la policía? me preguntaba. ¿Dónde?

Entonces Lydia bajó corriendo por el camino del patio, dobló rápidamente a la izquierda entre los cubos de basura y fue por la acera hasta la siguiente casa de apartamentos. Detrás de un pequeño arbusto estaban mi máquina de escribir, mi tostadora y mi radio.

Lydia cogió mi máquina de escribir y fue corriendo con ella hasta el centro de la calle. Era una pesada y antigua máquina modelo estándar. Lydia la levantó por encima de su cabeza con las dos manos y la estampó contra la calzada. El rodillo y varias otras piezas salieron volando. Volvió a levantarla otra vez, la alzó por encima de su cabeza y gritó:

¡NO ME HABLES DE TUS MUJERES! —estampándola otra vez contra la calzada.

Luego subió de un salto en su coche y se fue.

Quince minutos más tarde apareció un coche de policía.

Es un Volkswagen naranja. Se le conoce como la COSA, parece un tanque. No recuerdo el número de la matrícula, pero las letras son HZY, ¿vale?

¿Dirección?

Les di su dirección...

Fue suficiente, la trajeron. La oí maldiciendo en el asiento trasero mientras llegaban.

¡QUIETA AHÍ! —dijo uno de los policías al salir. Vino conmigo hasta mi casa. Entró pisando algo de cristal roto. Por alguna razón enfocó su linterna hacia el techo y las esquinas del techo.

¿Quiere presentar cargos? —me preguntó.

No. Ella tiene hijos. No quiero que los pierda. Su ex marido está tratando de quitárselos. Pero por favor, díganle que se supone que la gente no debe andar por ahí haciendo estas cosas.

De acuerdo —dijo él—, firme esto.

Escribió en un pequeño cuaderno con papel a rayas. Firmé que yo, Henry Chinaski, no iba a presentar cargos contra Lydia Vanee.

Se fue. Cerré lo que quedaba de la puerta, me fui a la cama y traté de dormir.

Tras una hora o así sonó el teléfono. Era Lydia. Había vuelto a su casa.

TU, HIJO-DE-PUTA: ¡COMO ME VUELVAS A HABLAR DE TUS MUJERES HARÉ OTRA VEZ LO MISMO!

Colgó.

47

Dos noches más tarde fui a casa de Tammie en Rustic Court. Llamé a la puerta. Las luces estaban apagadas. Parecía vacío. Miré su buzón. Había cartas dentro. Escribí una nota: «Tammie, he estado tratando de telefonearte. He venido y no estabas. ¿Estás bien? Llámame... Hank».

Volví a las once de la mañana siguiente. Su coche no estaba. Mi nota estaba todavía en la puerta. Llamé de todos modos al timbre. Las cartas seguían en el buzón. Dejé una nota en el buzón: «¿Tammie, dónde coño estás? Ponte en contacto conmigo... Hank».

Di vueltas por todo el vecindario buscando el Camaro rojo.

Volví aquella noche. Estaba lloviendo. Mis notas estaban empapadas. Había más correo en el buzón. Le dejé un libro de mis poemas dedicado. Luego volví a mi Volks. Tenía una cruz maltesa colgando de mi espejo retrovisor. Quité la cruz, volví a su casa y la até en su puerta.

No sabía dónde vivían sus amigos, dónde vivía su madre, dónde vivían sus amantes.

Regresé a mi casa y escribí algunos poemas de amor.

48

Estaba sentado con un anarquista de Beverly Hills, Ben Solvnag, que estaba escribiendo mi biografía cuando oí sus pasos por la vereda. Conocía el sonido. Eran siempre rápidos y frenéticos y sexys, aquellos piececitos. Yo vivía casi al fondo del patio. Mi puerta estaba abierta. Tammie entró corriendo.

Caímos el uno en los brazos del otro, acariciándonos y besándonos.

Ben Solvnag dijo adiós y se fue.

Esos hijos de puta me han confiscado mis cosas. ¡Todo! ¡No pude pagar el alquiler! ¡Ese sucio hijo de perra!

Iré allí y le partiré la cara. Recuperaremos tus cosas.

¡No, tiene pistolas! ¡Todo tipo de pistolas!

Oh.

Mi hija está con mi madre.

¿Qué te parece tomar una copa?

Muy bien.

¿Qué?

Champagne extra seco.

Vale.

La puerta estaba todavía abierta y la luz de la tarde se filtraba por su pelo. Era tan largo y tan rojo que ardía.

¿Puedo darme un baño? —me preguntó.

Por supuesto.

Espérame.

Por la mañana hablamos de sus finanzas. Tenía algo de dinero en camino: el mantenimiento de los niños más un par de cheques de desempleo.

La casa de detrás está libre.

¿Cuánto es el alquiler?

105 dólares con la mitad de los servicios pagados.

Oh, coño, eso lo puedo conseguir. ¿Admiten niños? ¿Una niña?

Lo harán, tengo influencias. Conozco a los administradores.

Para el domingo ya estaba instalada. Estaba justo detrás de mí, podía asomarse a mi cocina y verme mecanografiar mis cosas en la mesa del desayuno.

49

La noche de aquel martes estábamos sentados en mi casa bebiendo; Tammie, su hermano Jay y yo. Sonó el teléfono. Era Bobby.

Louie y su mujer están aquí y quieren verte.

Louie era el tío que acababa de dejar libre el apartamento de Tammie. Tocaba en grupos de jazz en pequeños clubs y no tenía mucha suerte, pero era un hombre interesante.

Mejor olvidarlo, Bobby.

Louie se sentirá herido si no vienes.

Está bien, Bobby, pero voy a llevar un par de amigos.

Nos pasamos y se hicieron las presentaciones. Luego Bobby sacó algo de su cerveza casera. Había música de estéreo y estaba muy fuerte.

Leí tu relato en Knight —dijo Louie—, era muy extraño. ¿Tú nunca te has jodido una mujer muerta, verdad?

Algunas de ellas lo parecían.

Sé a lo que te refieres.

Odio esa música —dijo Tammie.

¿Cómo te va la música, Louie?

Bueno, ahora tengo un grupo nuevo. Si conseguimos seguir durante un tiempo juntos puede que logremos algo.

¡Creo que voy a chupársela a alguien —dijo Tammie—, creo que se la voy a chupar a Bobby, creo que se la voy a chupar a Louie, creo que se la voy a chupar a mi hermano!

Tammie llevaba un vestido largo que parecía una mezcla de traje de noche y camisón.

Valerie, la mujer de Bobby, estaba fuera trabajando. Trabajaba dos noches a la semana como camarera en un bar. Louie, su mujer, Paula, y Bobby habían estado bebiendo desde hacía rato.

Louie tomó un trago de la cerveza casera, empezó a ponerse malo, se levantó de un salto y corrió hacia la puerta. Tammie se levantó también y salió detrás de él. Después de un rato volvieron a entrar juntos.

Vámonos de aquí —le dijo Louie a Paula.

De acuerdo —dijo ella.

Se levantaron y se fueron.

Bobby sacó más cerveza. Jay y yo hablamos un rato sobre algo. Entonces oí a Bobby:

¡No me culpes! ¡Hey, tío, no tengo la culpa!

Miré. Tammie tenía su cabeza en el regazo de Bobby y tenía su mano puesta en los huevos de él, luego la subió hacia arriba y agarró su polla, sosteniéndola, y todo el tiempo sus ojos me miraban directamente.

Tomé un trago de mi cerveza, la dejé, me levanté y me fui.

50

Vi a Bobby en la puerta de su casa a la mañana siguiente cuando fui a comprar el periódico.

Llamó Louie por teléfono —me dijo—, me contó lo que le pasó.

¿Sí?

Salió corriendo a vomitar y Tammie le agarró la polla mientras estaba vomitando y le dijo «Vente arriba y te la chupo. Luego clavaremos tu picha en un huevo de pascua». El dijo que no y ella dijo «¿Qué pasa? ¿No eres un hombre? ¿No puedes aguantar tu licor? Ven arriba y te la chuparé».

Bajé hasta la esquina a comprar el periódico. Regresé y leí los resultados de las carreras, los atracos, las violaciones, los asesinatos.

Oí llamar a la puerta. Abrí. Era Tammie. Entró y se sentó.

Mira —me dijo—, lo siento si te hago daño actuando así, pero si te pido disculpas es sólo por eso. El resto es sólo cosa mía.

Está bien —dije yo—, pero heriste a Paula cuando corriste detrás de Louie. Están juntos, ya lo sabes.

¡MIERDA! —me gritó—. ¡PAULA ME LA SUDA!

51

Aquella noche llevé a Tammie a las carreras nocturnas. Subimos al segundo piso de tribunas y nos sentamos. Le compré un programa y ella se quedó un rato mirándolo. (En las carreras nocturnas, las llegadas de las últimas carreras están impresas en fotografía en el programa.)

Oye —me dijo—, voy de pastillas, y cuando tomo pastillas a veces me flipo y me pierdo. No me pierdas de vista.

Está bien. Tengo que ir a apostar. ¿Quieres unos pavos para apostar tú?

No.

De acuerdo. Ahora vuelvo.

Fui a las ventanillas y puse cinco a ganador al caballo n.° 7.

Cuando regresé, Tammie no estaba. Habrá ido a los lavabos, pensé.

Me senté y vi la carrera. Ganó el 7 y pagó 5 a 1. Iba ganando 25 dólares.

Tammie no había vuelto todavía. Salieron los caballos para la próxima carrera. Decidí no apostar. Me puse a buscar a Tammie.

Primero subí al piso superior y desde allí observé todas las tribunas, el patio, el bar. No pude verla.

Comenzó la segunda carrera y todo el mundo fue a verla. Oí el clamor de los apostantes durante la recta final mientras bajaba al piso de abajo. Miré por todas partes en busca de aquel maravilloso cuerpo y aquel pelo rojo. No pude encontrarla.

Me acerqué a la oficina de auxilios de emergencia. Un hombre estaba allí fumando un puro. Le pregunté:

¿Tienen aquí a una joven pelirroja? Puede que se desmayara... ha estado enferma.

No tengo ninguna pelirroja aquí, señor.

Tenía los pies cansados. Volví a la segunda tribuna y empecé a pensar en la tercera carrera.

Para el final de la octava carrera llevaba ganados 132 dólares. Iba a poner 50 a ganador al caballo n.° 4 en la última. Me fui a apostar y entonces vi a Tammie en la puerta de un cuarto de servicio. Estaba entre un hombre de la limpieza negro con una fregona y otro negro que iba muy bien vestido. Parecía una starlet de cine. Sonrió y me saludó con la mano.

Me acerqué.

Te estaba buscando. Pensé que tal vez llevases una sobredosis.

No, estoy bien, perfectamente.

Bueno, me alegro. Buenas noches, rojita.

Me fui hacia la ventanilla de apuestas. La oí correr detrás mío.

Hey, ¿dónde coño vas?

Quiero apostar al n.° 4.

Lo aposté. El 4 perdió por un morro. Acabaron las carreras. Tammie y yo salimos al aparcamiento. Su cadera iba rebotando en mí mientras andábamos.

Me tuviste preocupado —dije.

Encontramos el coche y subimos. Tammie fumó seis o siete cigarrillos en el camino de vuelta, fumándolos a medias y luego despachurrándolos en el cenicero. Puso la radio. Subía y bajaba el volumen, cambiando emisoras y chasqueando con los dedos al ritmo de la música.

Cuando llegamos al bloque, corrió por el patio hacia su casa, entró y cerró la puerta.

52

La mujer de Bobby trabajaba dos noches a la semana, y cuando ella se iba, él agarraba el teléfono. Yo sabía que los martes y jueves se quedaba solo.

Era un martes por la noche cuando sonó el teléfono. Era Bobby.

Eh, tío, ¿te importa si me paso por ahí y tomamos unas cervezas?

Está bien, Bobby.

Yo estaba sentado en un sillón enfrente de Tammie, que estaba sentada en el sofá. Bobby llegó y se sentó en el sofá. Le abrí una cerveza. Bobby empezó a hablar con Tammie. La conversación era tan inane que desconecté mi antena. Pero de vez en cuando me venía algo.

Por la mañana —dijo Bobby—, tomo una ducha fría. Realmente me despierta.

Yo por las mañanas también me doy una ducha fría —dijo Tammie.

Yo me doy una ducha fría y después me envuelvo en una toalla —continuó Bobby—, luego leo una revista o cualquier cosa. Tras esto estoy listo para afrontar el día.

Yo tomo la ducha fría, pero no me seco —dijo Tammie—, simplemente dejo estar todas las gotitas por mi cuerpo.

A veces me doy un verdadero baño caliente. El agua está tan caliente que tengo que meterme con mucha lentitud —dijo Bobby.

Entonces Bobby se levantó y demostró cómo se metía en el baño caliente de verdad.

La conversación se fue hacia las películas y la televisión. Los dos parecían adorar las películas y los programas de televisión

Hablaron durante dos o tres horas sin parar.

Entonces Bobby se levantó.

Bueno —dijo—, tengo que irme.

Oh, por favor, no te vayas, Bobby —dijo Tammie.

No. Tengo que irme.

Valerie había vuelto a casa.

53

La noche del jueves Bobby telefoneó otra vez.

Eh, tío, ¿qué estás haciendo?

Nada importante.

¿Te importa si me paso a tomar una cerveza?

Preferiría no tener visitantes esta noche.

Oh, vamos, hombre, sólo me quedaré para un par de cervezas...

No, mejor no.

¡BUENO, PUES QUE TE JODAN! —gritó.

Colgué y fui a la otra habitación.

¿Quién era? —preguntó Tammie.

Solamente alguien que quería venir aquí,

Era Bobby ¿no?

Sí.

Le tratas mal. Se siente solo cuando su mujer está en el trabajo. ¿Qué coño pasa contigo?

Tammie se levantó de un salto y entró corriendo en el dormitorio. La oí marcando un número. Le acababa de comprar una botella de champagne. No la había abierto. La cogí y la escondí en el armario de la limpieza.

Bobby —dijo por el teléfono—, soy Tammie. ¿Acabas de telefonear? ¿Dónde está tu mujer? Oye, me paso ahora por ahí.

Colgó y salió del dormitorio.

¿Dónde está el champagne?

Te jodes —dije yo—, no vas a ir ahí a bebértelo con él.

Quiero ese champagne. ¿Dónde está?

Que lo compre él.

Tammie cogió un paquete de cigarrillos de la mesa y salió corriendo.

Saqué el champagne, lo descorché y me serví una copa. Ya no escribía poemas de amor. De hecho, no escribía nada. No estaba con ganas de escribir.

El champagne entraba con facilidad. Bebí copa tras copa.

Luego me quité los zapatos y me acerqué al apartamento de Bobby. Miré por la ventana. Estaban sentados muy juntos en el sofá, charlando.

Regresé. Acabé con el champagne y empecé con la cerveza.

Sonó el teléfono. Era Bobby.

Oye, ¿por qué no te vienes para aquí y te tomas una cerveza con Tammie y conmigo?

Colgué.

Bebí algo más de cerveza y fumé un par de puros baratos, Me fui poniendo cada vez más borracho. Fui al apartamento de Bobby. Llamé a la puerta. Me abrió.

Tammie estaba al fondo sentada en el sofá esnifando coca usando una cucharadita de McDonalds. Bobby puso una cerveza en mi mano.

El problema —me dijo— es que eres inseguro, te falta confianza en ti mismo.

Chupé de la cerveza.

Tienes razón, Bobby —dijo Tammie.

Algo en mi interior me produce dolor.

Solamente es que eres inseguro —dijo Bobby—, es muy simple.


Tenía dos números de teléfono de Joanna Dover. Probé en el de Galveston. Contestó.

Soy yo, Henry.

Se te oye bebido.

Lo estoy. Quiero ir a verte.

¿Cuando?

Mañana.

De acuerdo.

¿Me esperarás en el aeropuerto?

Claro, nene.

Reservaré un vuelo y te llamaré después.


Cogí el vuelo 707, que salía del internacional de Los Ángeles al día siguiente a las 12:15. Le pasé la información a Joanna Dover. Dijo que estaría allí.

Sonó el teléfono. Era Lydia.

Pensé que debía decirte que he vendido la casa. Me voy a Phoenix. Salgo mañana por la mañana.

Muy bien, Lydia. Buena suerte.

Tuve un aborto. Casi me muero, fue horrible. Perdí mucha sangre. No quiero molestarte con ello.

¿Estás bien ahora?

Estoy bien. Sólo quiero salir de esta ciudad, estoy harta de esta ciudad.

Nos despedimos.


Abrí otra cerveza. Se abrió la puerta y Tammie entró. Empezó a dar vueltas salvajemente, mirándome.

¿Ha vuelto Valerie a casa? —pregunté—. ¿Le curaste la soledad a Bobby?

Tammie siguió dando vueltas. Tenía muy buena pinta con su vestido largo, se la hubiesen jodido o no.

Vete de aquí —dije.

Dio una vuelta más y se fue corriendo a su casa.

No pude dormir. Afortunadamente, tenía algo más de cerveza. Seguí bebiendo y acabé la última cerveza a las 4:30 de la madrugada. Me senté a esperar a que se hicieran las seis, entonces salí a por más.

El tiempo pasó lentamente. Di vueltas por toda la casa. No me sentía bien, pero empecé a cantar canciones. Cantaba y rondaba de un lado a otro, del baño al dormitorio al salón a la cocina y de vuelta, canturreando canciones.

Miré el reloj. Las once y cuarto. El aeropuerto estaba a una hora de mi casa. Estaba vestido. Llevaba zapatos pero no calcetines. Todo lo que cogí fue un par de gafas de leer que metí en el bolsillo de mi camisa. Salí por la puerta sin equipaje.

El Volks estaba enfrente. Subí. La luz del sol era muy fuerte. Puse mi cabeza sobre el volante un momento. Oí una voz desde el patio.

¿Dónde se cree que va así?

Puse en marcha el coche, encendí la radio y salí. Tenía problemas para conducir. Continuamente me salía del carril cruzando la raya amarilla y yéndome contra el tráfico contrario. Tocaban la bocina y yo volvía a mi sitio.

Llegué al aeropuerto. Faltaban quince minutos. Me había pasado discos en rojo, signos de stop, había excedido el límite de velocidad, fuertemente, durante todo el camino. Tenía catorce minutos. El parking estaba lleno. No pude encontrar un hueco. Entonces vi un sitio enfrente de un ascensor. Un cartel decía, NO APARCAR. Aparqué. Mientras cerraba el coche, mis gafas cayeron del bolsillo y se rompieron contra el suelo.

Bajé corriendo por las escaleras hasta el mostrador de reservas. Hacía calor. El sudor me corría por todo el cuerpo.

Reserva para Henry Chinaski... —el empleado rellenó el ticket y yo pagué el importe.

Por cierto —dijo el empleado—, he leído sus libros.

Corrí por el control de seguridad. Sonó la alarma. Demasiada calderilla, siete llaves y mi cortaplumas. Lo puse todo en el plato y lo atravesé otra vez.

Cinco minutos. Puerta 42.

Todo el mundo había embarcado. Subí. Tres minutos. Encontré mi asiento, me hundí en él. El capitán estaba hablando por el micrófono.

Corrimos por la pista, nos elevamos por el aire. Hicimos un giro sobre el océano y nos pusimos en dirección a Texas.

54

Salí el último del avión y allí estaba Joanna Dover.

¡Dios mío! —se rió—. ¡Tienes un aspecto espantoso!

Joanna, vamos a tomar un Bloody Mary mientras esperamos mi equipaje. Oh, demonio, no traigo nada de equipaje. Pero vamos a tomar un bloody mary de todos modos.

Entramos en el bar y nos sentamos.

Nunca triunfarás en París de esta manera.

Los franchutes no me vuelven loco. Nací en Alemania, ya lo sabes.

Espero que te guste mi casa. Es sencilla. Dos pisos y mucho espacio.

Mientras estemos en la misma cama.

Tengo pinturas.

¿Pinturas?

Quiero decir que puedes pintar si quieres.

Mierda, pero gracias de todos modos. ¿Interrumpo algo?

No. Estaba con un mecánico, un chico de un garaje, pero se botó. No podía aguantar la marcha.

Sé buena conmigo, Joanna, chupar y joder no lo son todo

Por eso te he comprado las pinturas. Para cuando descanses.

Eres mucha mujer, incluso olvidando tu estatura.

Cristo, como si no lo supiera.

Me gustó su casa. Había cortinas en todas las ventanas, amplias y enormes ventanas. No había alfombras en el suelo. Había dos baños, muebles viejos y muchas mesas por todas partes, de todos los tamaños. Era sencillo y funcional.

Date una ducha —dijo Joanna.

Me reí.

Esta es toda la ropa que tengo. La que llevo.

Te conseguiremos ropa nueva mañana. Después de que te duches saldremos a tomar una buena comida a base de marisco. Conozco un buen sitio.

¿Sirven bebidas?

Imbécil.

No tomé una ducha. Me di un baño.

Fuimos conduciendo un buen rato. No sabía que Galveston era una isla.

Hace días que los traficantes de droga están secuestrando las barcas de pesca de camarones. Matan a toda la tripulación y luego se quedan con el cargamento. Esa es una de las razones por las que el precio del camarón está subiendo, su pesca se está convirtiendo en una ocupación peligrosa. ¿Qué tal van tus ocupaciones?

No he estado escribiendo. Creo que se acabó para mí.

¿Cuánto tiempo ha pasado?

Seis o siete días.

Este es el sitio...

Joanna entró en el aparcamiento. Conducía muy rápido, pero sin llegar a tanto como para infringir la ley. Conducía velozmente como si fuera por derecho propio. Había una diferencia que no me pasó desapercibida.

Cogimos una mesa apartada de la gente. El sitio era fresco, tranquilo y oscuro. Me gustaba. Me decidí por la langosta. Joanna pidió algo extraño. Lo dijo en francés. Era sofisticada, mundana. En cierto sentido, a pesar de lo que me disgustaba, la educación ayudaba cuando estabas mirando un menú o buscando un trabajo, especialmente cuando mirabas un menú. Siempre me sentía inferior a los camareros. Había llegado demasiado tarde con demasiado poco. Todos los camareros leían a Truman Capote. Yo leía los resultados de las carreras.

La cena fue buena y afuera en el golfo estaban las barcas del camarón, las barcas patrulleras y los piratas. La langosta tenía buen sabor en mi boca, y la echaba para abajo con un vino excelente. Buena chica. Siempre me gustaste dentro de tu concha sonrojada, peligrosa y lenta.

De vuelta en casa de Joanna Dover teníamos esperando una deliciosa botella de vino tinto. Nos sentamos en la oscuridad contemplando los escasos coches que pasaban por la calle. Estábamos en calma. Entonces Joanna habló.

¿Hank?

¿Sí?

¿Fue alguna mujer la que te ha conducido hasta aquí?

Sí.

¿Has acabado con ella?

Me gustaría pensar que sí, pero si digo «no»...

¿Entonces no sabes?

No, la verdad.

¿Lo sabe alguien alguna vez?

No creo.

Eso es lo que lo hace todo tan podrido.

Sí, todo podrido.

Vamos a joder.

He bebido demasiado.

Vámonos a la cama.

Quiero beber un poco más.

No vas a ser capaz de...

Lo sé. Espero que me dejes estar cuatro o cinco días.

Dependerá de tus actuaciones.

Buena medida.

Para cuando acabamos el vino a duras penas pude llegar a la cama. Estaba ya dormido cuando ella salió del baño.

55

Cuando me desperté, me levanté y usé el cepillo de dientes de Joanna, bebí un par de vasos de agua, me lavé la cara y las manos y volví a la cama. Joanna se dio la vuelta y mi boca encontró la suya. Mi polla comenzó a empalmarse. Puse su mano en mi polla. La agarré del pelo, tirando su cabeza hacia atrás, besándola salvajemente. Jugué con su coño. Acaricié su clítoris durante largo rato. Estaba muy húmeda. La monté, hundiéndosela hasta el fondo. La mantuve dentro. La sentí responder. Conseguí aguantar bastante tiempo. Finalmente no pude seguir más. Estaba empapado de sudor y mi corazón latía tan fuerte que podía oírlo.

No estoy en muy buena forma —le dije.

Me gustó. Vamos a hacer un canuto.

Sacó un porro ya liado. Nos lo fuimos pasando.

Joanna —le dije—, todavía tengo sueño. Me gustaría dormir otra hora.

Claro, en cuanto acabemos este porro.

Acabamos el porro y nos tumbamos de nuevo en la cama. Me dormí.

56

Aquella noche después de cenar Joanna sacó algo de mezcalina.

¿La has probado alguna vez?

No.

¿Quieres probarla?

.—Bueno.

Joanna había puesto algunas pinturas y pinceles junto a papel abundante sobre la mesa. Entonces me acordé de que era coleccionista de arte y que me había comprado un par de cuadros, habíamos estado bebiendo Heinekens la mayor parte de la tarde, pero estábamos todavía sobrios.

Esto es muy potente.

¿Qué te hace?

Te da una extraña forma de subida. Puede que te pongas mal al principio. Cuando vomitas te sube más, pero yo prefiero no vomitar, así que le pongo un poco de levadura. Creo que la característica principal de la mezcalina es que te hace sentir terror.

Puedo sentirlo sin necesidad de tomar nada.

Empecé a pintar. Joanna puso el estéreo. Era una música muy extraña, pero me gustaba. Miré a mi alrededor y Joanna no estaba. No me importaba. Pinté un hombre que acababa de suicidarse, se había colgado de las vigas con una cuerda. Utilicé muchos amarillos, el muerto estaba luminoso y precioso. Entonces algo dijo:

Hank... Fue justo detrás mío. Me levanté de un salto de la silla.

¡CRISTO Y LA VIRGEN! ¡CRISTO, LA MIERDA Y LA VIRGEN!

Pequeñas burbujitas heladas corrían desde mis muñecas a los hombros y bajaban por mi espalda. Me estremecí de escalofrío. Miré a mi alrededor. Joanna estaba allí de pie.

Nunca me vuelvas a hacer esto —le dije—. ¡Nunca te escabullas de mí de esa manera o te mato!

Hank, solamente he ido a por unos cigarrillos.

Mira esta pintura.

Oh, es magnífica —dijo—. ¡Me encanta!

Es la mezcalina, supongo.

Sí, sí lo es.

Bien, dame un cigarrillo, señora mía.

Joanna se rió y encendió dos.

Empecé a pintar de nuevo. Esta vez sí que lo conseguí: un enorme lobo verde jodiéndose a una pelirroja. Su roja cabellera desparramada hacia atrás mientras el lobo verde se la hincaba sin compasión a través de sus piernas separadas. Ella estaba indefensa y sumisa. El lobo la aserraba y sobre su cabeza la noche ardía, era exterior, y estrellas de largas puntas y la luna los contemplaban. Era caliente, caliente y lleno de color.

Hank...

Me levanté de un salto y me di la vuelta. Joanna estaba detrás mío. La cogí del cuello.

¡Te dije, maldita sea, que no te escabulleras...!

57

Me quedé cinco días con sus noches. Entonces ya no se me pudo levantar más. Joanna me llevó al aeropuerto. Me había comprado una maleta nueva y abundante ropa. Odiaba aquel aeropuerto del fuerte de Dallas. Era el aeropuerto más inhumano de los Estados Unidos.

Joanna me despidió con la mano y me elevé por los aires...

El viaje a Los Ángeles transcurrió sin incidentes. Desembarqué preguntándome qué habría sido del Volks. Subí en el ascensor al aparcamiento y no lo vi. Me figuré que se lo habría llevado la grúa. Caminé hacia el otro lado y allí estaba. Todo lo que tenía era un ticket de aparcamiento.

Conduje hasta casa. El apartamento parecía igual que siempre, botellas y basura por todas partes. Tenía que limpiarlo un poco. Si alguien lo veía así me acabarían encerrando.

Oí una llamada. Abrí la puerta. Era Tammie.

¡Hola! -—dijo.

Hola.

Debías tener mucha prisa cuando te fuiste. Todas las puertas estaban abiertas. Oye, ¿me prometes que no lo dirás si te cuento una cosa?

De acuerdo.

Arlene vino y utilizó tu teléfono, larga distancia.

Vale.

Traté de detenerla pero no pude. Iba cargada de pastillas.

Está bien.

¿Dónde has estado?

En Galveston.

¿Por qué te vas volando de esa manera? Estás chalado.

Tengo que irme otra vez el sábado.

¿Sábado? ¿Qué es hoy?

Jueves.

¿Adonde vas?

A Nueva York.

¿Por qué?

Una lectura. Enviaron los tickets hace dos semanas y me llevo un porcentaje de la recaudación.

¡Oh, llévame contigo! Dejaré a Dancy con mi madre. ¡Quiero ir!

No puedo permitirme llevarte. Se comería todo mi capital. He tenido fuertes gastos últimamente.

¡Seré buena! ¡Seré muy buena! ¡Nunca me iré de tu lado! Te he echado mucho de menos.

No puedo hacerlo, Tammie.

Se fue a la nevera y cogió una cerveza.

No te importo un pijo. Todos esos poemas de amor no eran en serio.

Hablaba en serio cuando los escribí.

Sonó el teléfono. Era mi editor.

¿Dónde has estado?

En Galveston. Descansando.

He oído que das una lectura en Nueva York este sábado.

Sí, Tammie quiere ir, es mi chica.

¿La vas a llevar?

No, no puedo pagarlo.

¿Cuánto es?

316 dólares ida y vuelta.

¿Quieres llevarla de verdad?

Sí, creo que sí.

Está bien, adelante. Te mandaré un cheque.

¿Lo dices en serio?

Sí.

No sé qué decir...

Olvídalo. Sólo acuérdate de Dylan Thomas.

A no me conseguirán matar.

Nos despedimos. Tammie estaba morreando su cerveza.

De acuerdo —dije—, tienes dos o tres días para hacer el equipaje.

¿Quieres decir que voy?

Sí, mi editor te paga el viaje.

Tammie se levantó de un salto y me abrazó. Me besó, me agarró las pelotas, tiró de mi polla.

¡Eres el más apetitoso de los viejos verdes!

Nueva York. Aparte de Dallas, Houston, Charleston y Atlanta era el peor sitio que había conocido. Tammie se pegó a mí y se me empalmó la polla. Joanna Dover no se había quedado con todo...

58

Salíamos de Los Ángeles aquel sábado a las 3:30 de la tarde. A las 2 fui a llamar a la puerta de Tammie. No estaba. Volví a mi casa y me senté. Sonó el teléfono. Era Tammie.

Mira —le dije-—, tenemos que pensar en irnos. Tengo gente esperándome en el aeropuerto Kennedy. ¿Dónde estás?

Me faltan seis dólares para una receta. Quiero comprar unos Quaaludes.

¿Dónde estás?

Estoy justo debajo del Bulevar Santa Mónica y la Avenida Oeste, a una manzana. Es un drugstore Búho. No tiene pérdida.

Colgué, subí al Volks y conduje hasta allí. Aparqué una manzana por debajo del Bulevar Santa Mónica y la Oeste, salí y miré a mi alrededor. No había ninguna farmacia.

Volví al Volks y di unas vueltas buscando el Camaro rojo. Entonces lo vi, cinco manzanas más abajo. Aparqué y entré. Tammie estaba sentada en una silla. Dancy salió corriendo y me hizo una mueca.

No podemos llevarnos a la niña.

Ya lo sé. La dejaremos en casa de mi madre.

¿En casa de tu madre? Está a tres millas en la otra dirección.

Está camino del aeropuerto.

No, es en la otra dirección.

¿Tienes los seis pavos?

Se los di.

Te espero en tu casa. ¿Has hecho el equipaje?

Sí. Lo tengo todo listo.

Fui a su casa y esperé. Entonces las oí.

¡Mamá! —dijo Dancy—. ¡Quiero un Ding-Dong!

Subieron las escaleras. Esperé a que bajaran. No bajaron. Subí. Tammie tenía el equipaje, pero estaba de rodillas abriendo y cerrando la cremallera de la maleta.

Oye —dije—, iré bajando el resto de tus cosas al coche.

Tenía dos grandes bolsas de papel llenas a rebosar y tres vestidos en perchas. Todo esto aparte de su maleta.

Bajé las bolsas y los vestidos al coche. Cuando regresé todavía estaba abriendo y cerrando la maleta.

Tammie, vámonos.

Espera un minuto.

Siguió allí de rodillas abriendo y cerrando la cremallera. No miraba el interior, sólo corría la cremallera de un lado a otro.

Mamá —dijo Dancy—, quiero un Ding-Dong.

Venga, Tammie, vámonos.

Oh, está bien.

Cogí la maleta y ellas me siguieron.



Fui detrás del Camaro rojo hasta casa de su madre. Entramos. Tammie fue al vestidor de su madre y empezó a abrir cajones, sacándolos y metiéndolos. Cada vez que abría uno empezaba a revolverlo todo. Luego lo metía de un golpe y se iba a por el siguiente a lo mismo.

Tammie, el avión está a punto de salir.

Oh, no, tenemos tiempo de sobra. Odio andar esperando en los aeropuertos.

¿Qué vas a hacer con Dancy?

La voy a dejar aquí hasta que vuelva mi madre del trabajo.

Dancy dejó escapar un sollozo. Finalmente comprendió y sollozó y se le escaparon las lágrimas. Luego paró, cerró los puños y gritó:

¡QUIERO UN DING-DONG!

Oye, Tammie, te espero en el coche.

Salí y esperé. Esperé cinco minutos y entonces volví a entrar. Tammie seguía abriendo y cerrando cajones.

¡Por favor, Tammie, vámonos!

Está bien.

Se volvió hacia Dancy.

Oye, te vas a quedar aquí quieta hasta que vuelva la abuelita. ¡Ten la puerta cerrada y no dejes entrar a nadie hasta que vuelva la abuelita!

Dancy sollozó otra vez. Entonces gritó:

¡TE ODIO!



Tammie me siguió y subimos al Volks. Puse en marcha el motor. Ella abrió la puerta y se fue.

¡TENGO QUE COGER UNA COSA DE MI COCHE!

Tammie fue corriendo hasta el Camaro.

¡Mierda, lo cerré y no llevo la llave! ¿Tienes una percha de abrigo?

¡No —grité—, no tengo una percha de abrigo!

¡Vuelvo ahora mismo!

Tammie volvió corriendo a casa de su madre. Oí abrirse la puerta. Dancy sollozó y berreó. Luego oí la puerta cerrarse de un portazo y Tammie volvió con una percha de abrigo. Fue hasta el Camaro y abrió la puerta haciendo palanca.

Me acerqué hasta el coche. Tammie había subido al asiento trasero y estaba rebuscando entre aquel increíble batiburrillo... ropas, bolsas de papel, vasos de papel, periódicos, botellas de cerveza, cajas de cartón, allí apilados. Entonces la encontró: su cámara, la Polaroid que yo le había regalado por su cumpleaños.

Nos pusimos en camino, corriendo el Volks como si estuviera en las 500 millas, Tammie se inclinó hacia mí.

¿Me quieres de verdad, no?

Sí.

Cuando lleguemos a Nueva York te voy a joder como nunca se te han jodido antes.

¿Lo dices en serio?

Sí.

Me cogió de la polla y se echó a mi lado.

Mi primera y única pelirroja. Tenía suerte...

59

Subimos corriendo por la rampa. Yo llevaba sus vestidos y las bolsas de papel.

En el ascensor, Tammie vio la máquina de seguro de vuelo.

Por favor —dije yo—, sólo tenemos cinco minutos antes de que despegue.

Quiero que le quede dinero a Dancy.

De acuerdo.

¿Tienes dos cuartos?

Le di los dos cuartos. Los metió y una tarjeta salió de la máquina.

¿Tienes un bolígrafo?

Tammie rellenó la tarjeta y luego la metió en un sobre. Entonces trató de meterla por la ranura.

¡Esta cosa no entra!

Vamos a perder el avión.

Siguió tratando de meter el sobre por la ranura. No entraba.

Se paró allí luchando por meterlo. Ahora el sobre estaba completamente doblado por la mitad y los bordes.

Me estoy volviendo loco —le dije—, no puedo soportarlo.

Presionó unas cuantas veces más. No entraba. Me miró.

De acuerdo, vámonos.

Subimos en el ascensor con sus vestidos y las bolsas de papel.

Encontramos la puerta de embarque. Subimos y cogimos dos asientos cerca de la cola. Nos acomodamos.

¿Ves? —dijo ella—, te dije que teníamos tiempo de sobra. Miré mi reloj. El avión empezó a andar.

60

Llevábamos veinte minutos en el aire cuando ella sacó un espejo de su bolso y empezó a maquillarse la cara, sobre todo los ojos. Empezó a trabajarse los ojos con un cepillito, concentrándose en las pestañas. Mientras hacía esto, abría los ojos mucho y mantenía la boca abierta. La miré y se me empezó a empalmar.

Su boca era tan llena y redonda y abierta y ella seguía arreglándose los ojos. Pedí dos bebidas.

Un jovencito a nuestra derecha empezó a toquetearse. Tammie siguió mirándose al espejo, con la boca abierta. Parecía como si pudiera de verdad chupar con esa boca.

Continuó durante una hora, luego dejó el espejo y el cepillito, se echó junto a mí y se puso a dormir.

Había una señora en el asiento a nuestra izquierda. Tendría unos cuarenta y tantos años. Tammie dormía junto a mí.

La mujer me miró.

¿Cuántos años tiene?

De repente se hizo un gran silencio en aquel jet. Todo el mundo cerca nuestro estaba escuchando.

Veintitrés.

Aparenta diecisiete.

Tiene veintitrés.

Se pasa dos horas arreglándose la cara y luego se pone a dormir.

No fue más de una hora.

¿Van a Nueva York?

Sí.

¿Es su hija?

No, no soy su padre o abuelo. No estoy emparentado con ella para nada. Es mi novia y vamos a Nueva York. Podía ver en sus ojos los titulares:


Monstruo del este de Hollywood droga a una chica de 17 años, y se la lleva a Nueva York, donde abusa sexualmente de ella y luego vende su cuerpo a numerosos vagabundos.


La señora fisgona se dio por vencida. Se echó en su asiento y cerró los ojos. Su cabeza se inclinó hacia mí. Estaba casi en mi hombro. Sosteniendo a Tammie, vigilaba aquella cabeza. Me preguntaba si le importaría que cruzara sus labios con un beso salvaje. Se me empalmó otra vez.



Estábamos a punto de aterrizar. Tammie parecía muy dormida. Me preocupaba. La intenté despertar.

¡Tammie, estamos en Nueva York! ¡Vamos a aterrizar!. ¡Tammie, despierta!

No hubo respuesta.

¿Una sobredosis?

Le tomé el pulso. No logré sentir nada.

Miré sus enormes pechos. Busqué algún signo de respiración. No se movían. Me levanté y llamé a la azafata.

Por favor, señor, siéntese. Vamos a aterrizar.

Oiga, estoy preocupado. Mi novia no se despierta.

¿Cree que estará muerta? —susurró ella.

No sé —contesté también susurrando.

Está bien, señor. Tan pronto como aterricemos volveré aquí.

El avión estaba empezando a descender. Fui al retrete y mojé algunas toallas de papel. Volví, me senté junto a Tammie y se las restregué por la cara. Todo aquel maquillaje, perdido. Tammie no respondía.

¡Tú, zorra, despiértate!

Bajé con las toallas hasta sus pechos. Nada. Ningún movimiento. Me di por vencido.

Tendría que mandar su cuerpo de vuelta, de algún modo. Tendría que darle explicaciones a su madre. Su madre me odiaría.

Aterrizamos. La gente se levantó y se puso en fila esperando a salir. Yo me quedé sentado. Sacudí a Tammie y la pellizqué.

Es Nueva York, zanahoria. La manzana podrida. Venga, corta el rollo.

La azafata volvió y movió a Tammie.

¿Preciosa, qué te pasa?

Tammie comenzó a responder. Se movió. Entonces sus ojos se abrieron. Sólo fue cuestión de una voz nueva. Nadie prestaba atención a una vieja voz. Las viejas voces se hacían parte de uno mismo, como una uña.

Tammie sacó el espejo y empezó a peinarse. La azafata le acariciaba el hombro. Me levanté y saqué los vestidos de la repisa de arriba. Las bolsas estaban allí también. Tammie siguió mirándose en el espejo y peinándose.

Tammie, estamos en Nueva York, vamos a salir de aquí.

Se movió velozmente. Yo llevaba las dos bolsas de papel y los vestidos. Salió por la portezuela agitando las nalgas. Yo la seguí.

61

Allí estaba esperándonos nuestro hombre, Gary Benson. También escribía poesía y conducía un taxi. Era muy gordo y por lo menos no tenía pinta de poeta, no tenía aspecto de North Beach o del East Village o de profesor inglés, y eso ayudaba porque aquel día hacía un calor espantoso en Nueva York, cerca de los 40 grados. Cogimos el equipaje y subimos en su coche, mejor dicho su taxi, y nos explicó por qué era prácticamente inútil tener un coche en Nueva York. Por eso había tantos taxis. Nos sacó del aeropuerto y empezó a charlar mientras conducía, y los conductores de Nueva York eran igual que Nueva York —nadie cedía un pelo. No había compasión ni cortesía, los parachoques iban pegados a los parachoques. Lo comprendí: cualquiera que cediera un solo centímetro provocaría un colapso de tráfico, una catástrofe, un crimen. El tráfico fluía inacabable como una procesionaria. Era maravilloso verlo. Ninguno de los conductores iba furioso, simplemente se resignaban a los hechos.

Pero a Gary le gustaba hablar.

Si estás de acuerdo, me gustaría grabar una entrevista contigo para un programa de radio.

De acuerdo, Gary, digamos mañana después del recital.

Voy a llevarte ahora a ver al coordinador de poesía. Lo tiene todo organizado. Te dirá dónde te tienes que alojar y todo eso. Se llama Marshall Benchly y no digas que te lo he dicho, pero no lo puedo tragar.

Llegamos allí y entonces vimos a Marshall Benchly de pie delante de una placa conmemorativa. No había aparcamiento. Subió al coche y Gary se puso en marcha. Benchly tenía pinta de poeta, un poeta de buena familia que jamás hubiera trabajado para comer; eso parecía. Era afectado y blando, un guijarro.

Te llevaremos a donde te hospedas —dijo.

Orgullosamente recitó la lista de personajes que habían estado en mi hotel. Salimos. Gary dijo:

Nos vemos en la lectura, y no te olvides de lo de mañana.

Marshall nos llevó dentro y nos acercamos al mostrador del conserje. El hotel Chelsea, la verdad, no era gran cosa. Tal vez de ahí venía su encanto y su fama. Me alcanzó la llave.

Es la habitación 1010, la antigua de Janis Joplin.

Gracias.

Muchos grandes artistas han dormido en la 1010.

Nos llevó hasta el minúsculo ascensor.

La lectura es a las 8. Os recogeré a las 7:30. Tenemos todas las entradas vendidas desde hace dos semanas. Estamos vendiendo algunas entradas de pie, pero hemos de tener cuidado por las normas de incendios.

¿Marshall, dónde está la tienda de licores más cercana?

Bajando a la derecha.

Nos despedimos y subimos en el ascensor.

62

Hacía calor aquella noche en la lectura, que iba a ser en la iglesia de Saint Mark (conocido centro de lecturas poéticas). Tammie y yo nos sentamos en lo que se usaba como vestidor. Tammie encontró un espejo de cuerpo entero apoyado contra una pared y empezó a peinarse. Marshall me sacó al patio de la iglesia. Tenían unas cuantas tumbas. Pequeñas lápidas se levantaban sobre la tierra, y sobre las lápidas había inscripciones grabadas. Marshall me llevó de un lado a otro mostrándome las inscripciones. Siempre me ponía nervioso antes de una lectura, muy tenso y desasosegado. Casi siempre vomitaba. Entonces lo hice. Vomité sobre una de las tumbas.

Acabas de vomitar sobre Peter Stuyvesant —dijo Marshall.



Regresé al vestidor. Tammie seguía mirándose en el espejo. Se miraba el rostro y el cuerpo, pero sobre todo se preocupaba por el pelo. Se lo levantaba por encima de la cabeza, lo observaba así y luego lo dejaba caer.

Marshall asomó la cabeza.

¡Vamos, están esperando!

Tammie no está preparada —le dije.

Entonces ella se levantó otra vez la cabellera y se miró. Luego la dejó caer. Luego se pegó al espejo y se miró los ojos.

Marshall llamó a la puerta, entró.

¡Venga, Chinaski!

Venga, Tammie, vamos a salir.

Está bien.

Salí con Tammie cogida del brazo. Empezaron a aplaudir. El viejo rollo Chinaski estaba funcionando. Tammie bajó con la multitud y yo empecé a leer. Tenía muchas cervezas en una neverita con hielo. Tenía viejos poemas y nuevos poemas. No podía perder. Tenía a San Marcos cogido por la cruz.

63

Regresamos a la 1010. Tenía mi cheque. Había dejado dicho que no nos molestasen. Tammie y yo empezamos a beber. Había leído cinco o seis poemas sobre ella.

Sabían quién era yo —me dijo—, algunas veces me entraba la risa. Era embarazoso.

Habían sabido acertadamente quién era ella. Refulgía de sexo. Incluso las cucarachas y las hormigas y las moscas querían jodérsela.

Alguien llamó a la puerta. Se colaron dos personas, un poeta y su mujer. El poeta era Morse Jenkins, de Vermont. Su mujer era Sadie Everet. Tenían cuatro botellas de cerveza.

El llevaba sandalias y unos jeans gastados; brazaletes turquesa; una cadena alrededor de la garganta; una barba y larga melena; blusa naranja. Hablaba sin parar y daba vueltas por la habitación.

Hay un problema con los escritores. Si lo que había escrito un escritor se publicaba y vendía mucho, muchos ejemplares, el escritor pensaba que era magnífico. Si lo que había escrito un escritor se publicaba y vendía un número aceptable de ejemplares, el escritor pensaba que era magnífico. Si lo que había escrito se publicaba y vendía poco, pensaba que era magnífico. Si lo que había escrito nunca se publicaba y no tenía dinero suficiente para publicárselo él mismo, entonces pensaba que era, más que magnífico, genial. La verdad, sin embargo, es que había muy poca magnificencia. Era prácticamente inexistente, invisible. Pero podías estar seguro de que los peores escritores eran los que más confiaban en sí mismos, los que menos dudas tenían. De cualquier manera, los escritores eran seres que había que evitar, y yo trataba de evitarlos, pero era casi imposible. Pretendían que existiera una especie de hermandad, de unidad. Ninguno de ellos tenía nada que hacer con la literatura, ninguno podía ayudar a la máquina de escribir.

Yo hacía de sparring con Clay antes de que se convirtiese en Alí —dijo Morse. Morse saltó y fintó, danzando—. Era bastante bueno, pero le di castaña alguna vez.

Morse hizo boxeo de sombra por la habitación.

¡Mirad mis piernas —dijo—, tengo unas piernas fantásticas!

Hank tiene mejores piernas que tú —dijo Tammie.

Siendo un hombre de piernas, asentí.

Morse se sentó. Apuntó con la botella de cerveza a Sadie.

Trabaja de enfermera. Me mantiene. Pero algún día lo voy a conseguir. ¡Todos me van a oír!

Morse nunca iba a necesitar un micrófono en sus lecturas.

Me miró.

Chinaski, tú eres uno de los dos o tres mejores poetas vivos. Lo estás haciendo de verdad. Escribes con un par de cojones. ¡Pero aquí vengo yo también! Deja que te lea mi mierda. Sadie, pásame mis poemas.

No —dije—. ¡Espera! No quiero oírlos.

¿Por qué no, tío? ¿Por qué no?

Ya he tenido demasiada poesía esta noche, Morse. Sólo quiero tumbarme y olvidarlo.

Bueno, está bien... Oye, nunca contestas mis cartas.

No soy un snob, Morse, pero recibo 75 cartas al mes. Si las contestase todas, eso es todo lo que haría.

Apuesto a que contestas a las mujeres.

Eso depende...

Está bien, tío, no soy rencoroso. Me siguen gustando tus cosas. Quizás yo nunca llegue a ser famoso, pero yo creo que lo conseguiré y que te alegrarás de haberme conocido. Vamos, Sadie, larguémonos...

Les acompañé hasta la puerta. Morse agarró mi mano. No la estrechó ni la sacudió, y ninguno de los dos miró al otro.

Eres un buen viejo —dijo.

Gracias, Morse...

Y se fueron.

64

A la mañana siguiente Tammie encontró una receta en su bolso.

Voy a aprovechar esto —me dijo—, mira.

Estaba arrugada y con la tinta corrida.

¿Qué pasó?

Bueno, ya conoces a mi hermano, es un pirado de las pastillas.

Conozco a tu hermano, me debe veinte pavos.

Bueno, trató de quitarme esta receta. Trató de estrangularme. Yo me metí la receta en la boca y me la tragué. O pretendí que me la había tragado. El no estaba seguro. Fue la vez que te llamé por teléfono y te pedí que vinieras a romperle la cara a hostias. Al final se dio por vencido, pero yo tenía aún la receta en mi boca. No la he usado todavía, pero puedo aprovecharla aquí. Por probar nada se pierde.

Muy bien.

Bajamos en el ascensor a la calle. Hacía un calor insoportable. Apenas me podía mover. Tammie empezó a andar y yo la seguí mientras cruzaba de un lado a otro de la calle.

¡Vamos! —decía ella—. ¡Animo!

Iba colocada de algo, al parecer barbitúricos. Se le iba el cuerpo. Tammie se acercó a un quiosco y empezó a mirar una revista. Creo que era un Variety. Se quedó allí quieta y se siguió quieta. Yo me quedé aguardando a unos metros. Era aburrido y sin sentido. Simplemente miraba fijamente el Variety.

Oiga, hermana, ¡si no compra la maldita revista lárguese! —le dijo el hombre del quiosco.

Tammie se movió.

¡Dios mío, Nueva York es un sitio horrible! ¡Sólo quería ver si decía algo interesante!

Tammie siguió andando, meneándolo, basculando de un lado del pavimento al otro. En Hollywood, los coches se hubieran subido a la acera, los negros hubieran silbado oberturas, ella habría sido abordada, seguida, ovacionada. Nueva York era diferente; estaba mustia y fatigada y desdeñaba la carne.

Estábamos en un barrio negro. Nos observaron al pasar: la pelirroja de larga cabellera, totalmente pasada, y el viejo de la barba gris caminando a su lado. Los observé, sentados en sus escalones; tenían buenos rostros. Me gustaban. Me gustaban más de lo que me gustaba ella.

Seguí a Tammie calle abajo. Había una tienda de muebles, y en la puerta de la calle una silla de escritorio rota. Tammie se acercó a la silla y empezó a mirarla. Parecía hipnotizada. Se quedó con la mirada fija en la silla de escritorio. La tocó con un dedo. Pasaron los minutos. Entonces se sentó en ella.

Oye —le dije-—, yo me vuelvo al hotel. Haz lo que te venga en gana.

Tammie ni siquiera levantó la vista. Deslizó sus manos a lo largo de los brazos de la silla. Estaba metida en su rollo particular. Me di la vuelta y regresé al hotel Chelsea.

Conseguí algo de cerveza y subí en el ascensor. Me desnudé, me di una ducha, puse un par de almohadas contra la cabecera de la cama y me tumbé a beber la cerveza. Las lecturas me disminuían. Te chupaban el alma. Acabé una cerveza y empecé otra. Las lecturas a veces te proporcionaban un buen culo. Las estrellas de rock conseguían culos; los buenos boxeadores conseguían culos; los grandes toreros conseguían vírgenes. De alguna manera, sólo los toreros se lo merecían de verdad.

Alguien llamó a la puerta. Me levanté y entreabrí la puerta. Era Tammie. Empujó la puerta y entró.

Me encontré con este sucio judío hijo de puta. Me pedía doce dólares para rellenarme la receta. ¡Cuesta seis pavos en la Costa! Le dije que sólo tenía seis. No me hizo caso. ¡Un sucio judío viviendo en Harlem! ¿Puedo tomar una cerveza?

Tammie cogió una cerveza y se sentó junto a la ventana, con una pierna fuera, un brazo fuera, una pierna dentro sujetándose al borde.

Quiero ver la estatua de la Libertad, quiero ver Coney Island.

Me abrí otra cerveza.

¡Oh, se está bien aquí afuera! ¡Es agradable y fresco!

Tammie se inclinó hacia fuera, mirando.

Entonces soltó un grito.

La mano que había estado sujetándose al borde resbaló. Vi casi todo su cuerpo yéndose por la ventana. Entonces volvió. No sé cómo, se había vuelto a meter dentro. Se quedó allí sentada, anonadada.

Esa estuvo cerca —le dije—, hubiera hecho un buen poema. He perdido mujeres de muchas maneras, pero ésta hubiera sido una nueva forma.

Tammie se fue a la cama. Se quedó tumbada boca abajo. Vi que estaba todavía colocada. Entonces se deslizó fuera de la cama. Se quedó tumbada de espaldas en el suelo. Me acerqué, la levanté y la tumbé en la cama. La agarré del pelo y la besé viciosamente.

Eh... ¿Qué estás haciendo?

Recordé que me había prometido una buena ración de culo. Le di la vuelta y la puse de espaldas, le subí el vestido, bajé las bragas. Me eché encima de ella y embestí, tratando de encontrar el coño. Exploré y exploré. Entró. Fue deslizándose entrando más y más. La tenía bien cogida. Ella dejaba escapar pequeños sonidos. Entonces sonó el teléfono. La saqué, me levanté y lo cogí. Era Gary Benson.

Voy a pasarme con la grabadora para la entrevista de la radio.

¿Cuándo?

En tres cuartos de hora.

Colgué y volví a Tammie. Seguía empalmado. Agarré su pelo y le di otro violento beso. Sus ojos estaban cerrados, su boca sin vida. La monté de nuevo. Afuera, la gente estaba sentada en las salidas de incendio. Cuando el sol empezaba a irse y aparecía algo de sombra, salían a refrescarse. La gente de Nueva York se sentaba allí fuera a beber cerveza y soda y agua helada. Pensaban en las musarañas y fumaban cigarrillos. Sólo seguir vivos era ya una victoria. Decoraban sus salidas de incendio con plantas. El jardín del edén en la puerta del infierno.

Empecé a darle duro a Tammie. A lo perro. Los perros sabían lo que era bueno. Acometí con euforia. Era bueno estar fuera de la oficina de correos. Apisoné y taladré su cuerpo. A pesar de las píldoras, ella trataba de hablar.

Hank... —dijo.

Me corrí, finalmente, entonces reposé sobre ella. Estábamos los dos empapados en sudor. Me aparté, me levanté y fui a la ducha. Una vez más me había jodido a esta pelirroja 32 años más joven que yo. Me sentí bien en la ducha. Esperaba llegar a los 80 para poder joderme a una niña de 18 años. El aire acondicionado no funcionaba, pero la ducha sí. Sentaba de maravilla. Estaba listo para mi entrevista de radio.

65

De vuelta en Los Ángeles, hubo casi una semana en paz. Entonces sonó el teléfono. Era el dueño de un club nocturno de Manhattan Beach, Marty Seavers. Yo había leído poemas allí un par de veces. El club se llamaba Smack-Hi.

Chinaski, quiero que leas la noche del viernes. Te llevarás unos 450 dólares.

De acuerdo.

Allí tocaban grupos de rock. Era una audiencia diferente de la de las universidades. Eran tan salvajes como yo y nos insultábamos mutuamente entre poema y poema. Los prefería.

Chinaski —me dijo Marty—, te crees que tú tienes problemas con las mujeres. Deja que te cuente. Con la que voy ahora tiene la manía de colarse por las ventanas. Estoy durmiendo y de repente aparece a las tres o las cuatro de la mañana. Me sacude. Me pega unos sustos de muerte. Se queda allí de pie y dice: «¡Sólo quería asegurarme de que estabas durmiendo solo!».

Muerte y transfiguración.

La otra noche, estoy sentado y oigo llamar a la puerta. Sé que es ella. Abro y no hay nadie. Son las once de la noche y estoy en calzoncillos. He estado bebiendo y estoy preocupado. Salgo corriendo en calzoncillos. Le había regalado vestidos por valor de 400 dólares por su cumpleaños. Salgo corriendo y allí están los vestidos, sobre el capó de mi coche nuevo, y se están quemando, ¡están ardiendo! Corro a apartarlos y ella aparece de un salto de detrás de un arbusto y empieza a chillar. Los vecinos se asoman y allí estoy yo en calzoncillos, quemándome las manos, apartando los vestidos del capó,

Parece una historia de las mías —le digo.

Sí. Así que pensé que habíamos terminado. Pero dos noches más tarde estoy sentado, tenía que trabajar luego en el club, estoy sentado aquí a las tres de la mañana bebido y otra vez en calzoncillos. Oigo una llamada en la puerta. Es su llamada. Abro y no está allí. Salgo hasta donde mi coche y hay más vestidos empapados en gasolina ardiendo. Había guardado algunos. Sólo que esta vez están ardiendo sobre la portezuela de atrás. Ella sale de un salto de alguna parte y comienza a chillar. Los vecinos se asoman. Allí estoy yo otra vez en calzoncillos tratando de apartar los trajes ardiendo de la parte de atrás del automóvil.

Es fantástico, me gustaría que me hubiera ocurrido a mí.

Deberías ver mi coche nuevo. Está lleno de quemaduras en la pintura por el capó y la parte trasera.

¿Dónde está ella ahora?

Volvemos a estar juntos. Va a venir dentro de media hora. ¿Puedo contar contigo para las lecturas?

Claro

Tú anulas a los grupos de rock. Jamás había visto nada igual. Me gustaría traerte todos los viernes y sábados por la noche.

No funcionaría, Marty. Puedes tocar una canción una y otra vez, pero con los poemas siempre quieren algo nuevo.

Marty se rió y colgó.

66

Recogí a Tammie. Llegamos allí un poco temprano y nos fuimos a un bar que había cruzada la calle. Nos sentamos a una mesa.

Ahora no bebas demasiado. Hank. Ya sabes cómo se te traban las palabras y pierdes el control cuando te pones muy borracho.

Por fin —dije— hablas con sentido.

¿Tienes miedo del público, no?

Sí, pero no es miedo de escenario. Es que estoy ahí de fantoche. Les gusta verme comer mi propia mierda. Pero eso me paga la cuenta de la luz y me ayuda a ir al hipódromo. No tengo demasiadas excusas para hacerlo.

Yo quiero un Stinger —dijo Tammie.

Le dije a la chica que nos trajera un Stinger y un Bud.

Estaré bien esta noche —dijo ella—, no te preocupes por mí.

Tammie se bebió el Stinger.

Estos Stingers parece que son muy pequeños. Tomaré otro.

Tomamos otro Stinger y otro Bud.

La verdad —dijo ella—, me parece que no ponen nada en estas bebidas. Creo que tomaré otro.

Tammie se tomó cinco Stingers en 40 minutos.

Llamamos a la puerta trasera del Smack-Hi. Uno de los enormes guardaespaldas de Marty nos abrió. Tenía a estos tipos con disfunción de tiroides trabajando para él para mantener la ley y el orden cuando los saltimbanquis adolescentes, los freaks peludos, los esnifadores de pegamento, las cabezas en ácido, los fumados, los alcohólicos, todos los miserables, los condenados, los aburridos y los hipócritas, perdían el control.

Estaba ya a punto de vomitar y lo hice. Esta vez encontré un cubo de basura y allí fue todo. La última vez lo había echado justo en la puerta de la oficina de Marty. Le agradó esta vez el cambio.

67

¿Queréis beber algo? —dijo Marty.

Tomaré una cerveza —dije yo.

Yo tomaré un Stinger —dijo Tammie.

Busca un asiento para ella —le dije a Marty.

Está bien, la colocaremos en algún sitio. Todo está lleno a rebosar. Hemos tenido que devolver dinero de entradas. Falta media hora para que salgas.

Quiero presentarle Chinaski a la audiencia —dijo Tammie.

¿Estás de acuerdo? —preguntó Marty.

De acuerdo.

Fuera tenían a un chaval con una guitarra, Dinky Summers, y la muchedumbre le estaba sacando las tripas. Ocho años atrás Dinky había conseguido un disco de oro, pero desde entonces nada más.

Marty cogió un telefonillo y dijo:

¿Oye, suena tan mal ese tío como parece desde aquí?

Oímos una voz femenina por el telefonillo:

Es terrible.

Marty colgó.

¡Queremos a Chinaski! —aullaban.

Está bien —oímos a Dinky—, Chinaski viene ahora.

Empezó a cantar otra vez. Estaban borrachos. Abuchearon y silbaron. Dinky siguió cantando. Acabó y se fue del escenario. Uno nunca sabía. Algunos días era mejor no salir de la cama.

Se oyó una llamada en la puerta. Era Dinky con sus zapatillas de tenis rojas, blancas y azules, su camiseta blanca, collares y un sombrero marrón de fieltro. El sombrero reposaba sobre una masa de rizos rubios. En la camiseta ponía: «Dios es Amor».

Dinky nos miró.

¿Estuve realmente tan mal? Quiero saberlo. ¿Estuve realmente tan mal?

Nadie contestó.

Dinky me miró.

¿Hank, estuve tan mal?

La tropa está borracha. Es carnaval.

Quiero saber si estuve mal o no.

Tómate un trago.

Tengo que ir a buscar a mi chica —dijo Dinky—, está ahí fuera sola.

Bueno —dije—, vamos para el ruedo.

Muy bien —dijo Marty—, entra ya.

Yo lo presento —dijo Tammie.

Salí con ella. Mientras nos acercábamos al escenario nos vieron y empezaron a gritar y a desgañitarse. Las botellas se cayeron de las mesas. Hubo una primera pelea. Los chicos de la oficina de correos nunca lo hubieran creído.

Tammie se acercó al micrófono.

Señoras y caballeros —dijo—, Henry Chinaski no ha podido venir esta noche...

Hubo un silencio.

Entonces dijo:

Señoras y caballeros, ¡Henry Chinaski!

Me acerqué. Me ovacionaron. Todavía no había hecho nada. Cogí el micrófono:

Hola, soy Henry Chinaski.

El lugar tembló con el fragor. Yo no tenía que hacer nada. Ellos lo hacían todo. Pero tenías que andarte con cuidado. Bebidos como estaban podían inmediatamente detectar cualquier gesto falso, cualquier palabra falsa. Nunca podías desestimar a un público. Habían pagado para entrar; habían pagado las bebidas; querían obtener algo a cambio, y si no se lo dabas te correrían a leches hasta el océano.

Había una nevera en el escenario. La abrí. Debía haber por lo menos 40 botellas de cerveza. Me incliné y cogí una, quité la chapa y pegué un trago.

Entonces alguien de abajo soltó un bramido:

¡Hey, Chinaski, nosotros estamos pagando las bebidas!

Era un tío gordo de la primera fila con traje de cartero.

Me acerqué a la nevera y saqué una cerveza. Fui hasta allí y se la alcancé. Luego volví a por más cervezas y se las pasé a la gente de la primera fila.

Eh, ¿y nosotros qué? —se oyó una voz por atrás.

Cogí una botella y la lancé por el aire. Tiré unas cuantas más. Eran buenos. Las cazaban todas. Entonces una se me escapó de la mano y se fue volando. Oí un sonido de cristales rotos. Decidí dejarlo. Ya veía la denuncia: rotura de cráneo.

Quedaban unas veinte botellas.

Ahora, ¡el resto son mías!

¿Vas a leer toda la noche?

Voy a beber toda la noche.

Aplausos, silbidos, gritos...

¡TU, JODIDA PLASTA DE MIERDA! —gritó alguien.

Gracias, tía Pepita —contesté.

Me senté, ajusté el micro y empecé con el primer poema. Vino la calma. Estaba ahora solo en el ruedo frente al toro. Sentí algo de terror. Pero yo había escrito los poemas. Los leí. Era mejor abrir con algo fácil, un poema burlón. Acabé y las paredes temblaron. Cuatro o cinco personas estaban peleando durante los aplausos. Iba a tener suerte. Todo lo que tenía que hacer era seguir allí.

No podías menospreciarlos y tampoco podías lamerles el culo. Había que encontrar el punto medio.

Leí más poemas, bebí cerveza. Me puse más borracho. Las palabras se iban haciendo más difíciles de leer. Perdía líneas, se me caían poemas al suelo. Entonces paré y me quedé sentado sólo bebiendo.

Esto está bien —les dije—, pagáis para verme beber.

Hice un esfuerzo y leí algunos poemas más. Finalmente les leí unos cuantos poemas obscenos y acabé.

Esto es todo —dije.

Pidieron más a gritos.

Los chicos del matadero, los chicos de Sears Roebuck, todos los chicos de todos los almacenes y fábricas donde había trabajado desde que era un chaval, nunca se lo hubieran creído.

En la oficina había más bebidas y varios gruesos porros, como bombas. Marty habló por el telefonillo para que cerraran las verjas.

Tammie miró a Marty.

No me gustas —dijo—, no me gustan tus ojos.

No te preocupes por sus ojos —dije yo—, vamos a coger el dinero y nos vamos.

Marty hizo el cheque y me lo entregó.

Aquí tienes —dijo—, doscientos dólares...

¡Doscientos! —gritó Tammie—. ¡Podrido hijo de puta!

Miré el cheque.

Está bromeando —le dije—, cálmate.

Me ignoró.

Doscientos —le dijo a Marty—, tú, jodido...

Tammie —le dije—, son cuatrocientos...

Firma el cheque —dijo Marty— y te lo daré en metálico.

Cogí una buena borrachera ahí fuera —me dijo Tammie—, le dije a este tío, «¿Puedo apoyarme en tu cuerpo?», y él dijo que sí.

Firmé y Marty me dio un fajo de billetes. Los metí en mi bolsillo.

Oye, Marty, creo que mejor nos vamos.

Aborrezco tus ojos —le dijo Tammie a Marty.

¿Por qué no os quedáis y charlamos un rato? —me preguntó Marty.

No, debemos irnos.

Tammie se puso de pie.

Tengo que ir al lavabo.

Se fue.

Marty y yo nos quedamos allí sentados. Pasaron diez minutos. Marty se levanto y me dijo:

Espera, ahora vuelvo.

Me quedé sentado y esperé, cinco minutos, diez minutos. Salí de la oficina y me fui hacia la calle. Llegué hasta el aparcamiento y me senté en mi Volkswagen. Pasaron quince minutos, 20:25.

Le voy a dar cinco minutos más y me largo, pensé.

Justo en ese momento Marty y Tammie salieron por la puerta trasera al callejón.

Marty señalo:

Allí está.

Tammie se acercó. Su ropa estaba toda desabrochada y revuelta. Se subió en el asiento trasero y cayó redonda.

Me perdí dos o tres veces en la autopista. Finalmente llegué a casa. Desperté a Tammie. Se levantó, salió corriendo hacia su apartamento y cerró fuertemente la puerta.

* Juego de palabras con shit, mierda. La ciudad de Kansas se pronuncia igual que «la mierda de Kansas». (N. del T.).

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