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domingo, 29 de agosto de 2010

LAS MIL Y UNA NOCHE -- LA PRIMERA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD El MARINO, QUE TRATA DEL PRIMER VIAJE



LAS MIL Y UNA NOCHE

LA PRIMERA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD El MARINO,

QUE TRATA DEL PRIMER VIAJE

Sabed todos vosotros, ¡oh señores ilustrísimos, y tú, honrada cargador, que te llamas, como yo, Sindbad!

que mi padre era un mercader de rango entre las mercaderes. Había en su casa numerosas riquezas, de las

cuales hacía uso sin cesar para distribuir a los pobres dádivas con largueza, si bien con prudencia, ya que a

su muerte me dejó muchos bienes, tierras y poblados enteros, siendo yo muy pequeño todavía.

Cuando llegué a la edad de hombre, tomé posesión de todo aquello y me dediqué a comer manjares extraordinarios

y a beber bebidas extraordinarias alternando con la gente joven, y presumiendo de trajes excesivamente

caros, y cultivando el trato de amigos y camaradas. Y estaba convencido de que aquello había

de durar siempre para mayor ventaja mía. Continué viviendo mucho tiempo así, hasta que un día, curado de

mis errores y vuelto a mi razón, hube de notar que mis riquezas habíanse disipado, mi condición había

cambiado y mis bienes habían huido. Entonces desperté completamente de mi inacción, sintiéndome poseído

por el temor y el espanto de llegar a la vejez un día sin tener qué ponerme, También entonces me vinieron

a la memoria estás palabras que mi difunto padre se complacía en repetir, palabras de nuestro Señor

Saleimán ben-Daud (¡con ambas la plegaria y la paz!): Hay tres cosas preferibles a otras tres: el día en que

se muere es menos penoso que el día en que se nace, un perro vivo vale más que un león muerto, y la tumba

es mejor que la pobreza.

Tan pronto camo me asaltaron estos peesamientos, me levanté, reuní lo que me restaba de muebles y vestidos,

y sin pérdida de momento lo vendí en almoneda pública, con los residuos de mis bienes, propiedades

y tierras. De ese modo me hice con la suma de tres mil dracmas...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.

PERO GUANDO LLEGÓ LA 292 NOCHE

Ella dijo:

...me hice con la suma de tres mil dracmas, y en seguida se me antojó viajar por las comarcas y países de

los hombres, porque me acordé de las palabras del poeta que ha dicho:

¡Las penas hacen más hermosa aún la gloria que se adquiere! ¡La gloria de los humanos es la hija inmortal

de muchas noches pasadas sin dormir!

¡Quien desea encontrar el tesoro sin igual de las perlas del mar, blancas, grises o rosadas, tiene que hacerse

buzo ántes de conseguirlas!

¡A la muerte llegara en su esperanza vana quien quisiera alcanzar la gloria sin esfuerzo!

Así, pues, sin tardanza, corrí al zoco, donde tuve cuidado de comprar mercancías diversas y pacotillas de

todas clases. Lo transporté inmediaamente todo a bordo de un navía, en el que se encontraban ya dispuestos

a partir otros mercaderes, y con el alma deseosa de marinas andanzas, vi cómo se alejaba de Bagdad el navío

y descendía por el río hasta Bassra, yendo a parar al mar.



En Bassra, el navío dirigió la vela hacia alta mar, y entonces navegamos durante días y noches, tocando

en islas y en islas, y entrando en un mar después de otro mar, y llegando a una tierra después de otra tierra!

Y en cada sitio en que desembarcábamos, vendíamos unas mercancías para comprar otras, y hacíamos trueques

y cambios muy ventajosos.

Un día en que navegábamos sin ver tierra desde hacía varios días, vimos surgir del mar una isla que por

su vegetación nos pareció algún jardín maravilloso entre los jardines del Edén. Al advertirla, el capitán del

navío quiso tomar allí tierra, dejándonos, desembarcar una vez que anclamos.

Descendimos todos los comerciantes; llevando con nosotros cuantos víveres y utensilios de cocina nos

eran necesarios. Encargáronse algunos de encender lumbre, y preparar la comida, y lavar la ropa, en tanto

que otros se contentaron con pasearse, divertirse y descansar de las fatigas marítimas. Yo fui de los que

prefirieron pasearte y gozar de las bellezas de la vegetación que cubría aquellas costas, sin olvidarme de comer

y beber.

Mientras de tal manera reposábamos, sentimos de repente que temblaba la isla toda con tan ruda sacudida.,

que fuimos despedidos a algunos pies de altura sobre el suelo. Y en aquel momento vimos aparecer en

la proa del navío al capitán, que nos gritaba eon una voz terrible Y gestos alarmantes: “¡Salvaos pronto, ¡oh

pasajeros! ¡Subid en seguida a bordo! ¡Dejadlo todo! ¡Abandonad en tierra vuestros efectos y salvad vuestras

almas! ¡Huid del abismo que os espera! ¡Porque la isla donde os encontráis no es una isla, sino una ballena

gigantesca que eligió en medio de este mar su domicilio desde antiguos tiempos, y merced a la arena

marina crecieron árboles en su lomo! ¡La despertasteis ahora de su sueño, turbásteis su reposo, excitasteis

sus sensaciones encendiendo lumbre sobre su lomo, y hela aquí que se despereza! ¡Salvaos, o si no, os sumergirá

en el mar, que ha de tragaron sin remedio! ¡Salvaos! ¡Dejadlo todo, que he de partir!”

Al oír estas palabras del capitán, los pasajeros, aterrados, dejaron todos sus efectos, vestidos, utensilios y

hornillas, y echaran a correr hacia el navío, que a la sazón levaba el ancla. Pudieron alcanzarlo a tiempo algunos;

otros no pudieron. Porque la ballena se había ya puesto en movimiento, Y tras unos cuantos saltos

espantosos, se sumergía en el mar con cuantos tenía encima del lomo, y las olas, que chocaban y se entrechocaban

cerráranse para siempre sobre ella y sobre ellos.

¡Yo fui de los que se quedaron abandonados encima de la ballena. Y había de ahogarse!

Pero Alah el Altísimo veló por mí y me libró de ahogarme, poniéndame al alcance de la mano una especie

de cubeta grande de madera, llevada allí por los pasajeros para lavar su ropa. Me aferré primero a aquel

objeto, y luego pude ponerme a horcajadas sobre él, gracias a los esfuerzos extraordinarias de que me hacían

capaz el peligro y el cariño que tenía yo a mi alma, que me era preciosísima. Entonces me puse a batir

al agua con mis pies a manera de remos, mientras las olas jugueteaban conmigo haciéndame zozobrar a derecha

e izquierda.

En cuanta al capitán, se dio prisa a alejarte a toda vela con los que se pudieron salvar, sin ocuparse de los

que sabrenadaban todavía. No tardaron en perecer éstos, mientras yo ponía a contribución todas mis fuerzas

para servirme de mis pies a fin de alcanzar al navío, al cual hube de seguir con los ojos hasta que desapareció

de mi vista, y la noche cayó sobre el mar, dándome la certeza de mi perdición y mi abandono.

Durante una noche y un día enteros estuve en lucha contra el abismo. El viento y las corrientes me arrastraron

a las orillas de una isla escarpada, cubierta de plantas trepadoras que descendían a lo largo de los

acantilados hundiéndose en el mar. Me así a estos ramajes, y ayudándome con pies y manos conseguí trepar

hasta lo alto del acantilado.

Habiéndome escapado de tal modo de una perdición segura, pensé entonces en examinar mi cuerpo, y vi

que estaba lleno de contusiones y tenía los pies hinchados y con huellas de mordeduras de peces, que habíanse

llenado el vientre a costa de mis extremidades. Sin embargo, no sentía dolor ninguno de tan insensibilizado

como estaba por la fatiga y el peligro que corrí. Me eché de bruces, como un cadáver, en el suelo

de la isla, y me desvanecí, sumergido en un aniquilamiento total.

Permanecí dos días en aquel estado, y me desperté cuando caía sobre mí a plomo el sol. Quise levantarme;

pero mis pies hinchados y doloridos se negaron a socorrerme, y volvía a caer en tierra. Muy apesadumbrado

entonces por el estado a que me hallaba reducido, hube de arrastrarme, a gatas unas veces y de

rodillas otras, en busca de algo para comer. Llegué, por fin, a una llanura cubierta de árboles frutales y regada

por manantiales de agua pura y excelente. Y allí reposé durante varios días, comiendo frutas y bebiendo

en las fuentes. Así que no tardó mi alma en revivir, reanimándose mi cuerpo entorpecido, que logró

ya moverse con facilidad y recobrar el uso de sus miembros, aunque no del todo, porque vine todavía precisado

a confeccionarme, para andar, un par de muletas que me sostuvieran.

De esta suerte pude pasearme lentamente entre los árboles, comiendo frutas, y pasaba largos ratos admirando

aquel país y extasiándome ante la obra del Todopoderoso.

Un día que me paseaba por la ribera, vi aparecer en lontananza una cosa que me pareció un animal salveje

o algún monstruo entre los monstruos del mar. Tanto hubo de intrigarme aquella cosa, que, a pesar de

los sentimientos diversos que en mí se agitaban, me acerqué a ella, ora avanzando, ora retrocediendo. Y

acabé por ver que era una yegua maravillosa atada a un poste. Tan bella era, que intenté aproximarme más,



para verla todo lo cerca posible, cuando de pronto me aterró un grito espantoso, dejándome clavado en el

suelo, por más que mi deseo fuera huir cuanto antes; y en el mismo instante surgió de debajo de la tierra un

hombre que avanzó a grandes pasos hacia donde yo estaba, y exclamó: “¿Quién eres? ¿Y de dónde vienes?

¿Y qué motivo te impulsó a aventurarte hasta aquí?”

Yo contesté: “¡Oh señor! Sabe que soy un extranjero que iba abordo de un navío y naufragué con otros

varios pasajeros. ¡Pero Alah me facilitó una cubeta de madera a la que me así y que me sostuvo hasta que

fui despedido a esta costa por las olas!”

Cuando oyó mis palabras, cogióme de la mano y me dijo: “¡Sigueme!” Y le seguí. Entonces me hizo bajar

a una caverna subterránea y me obligó a entrar en un salón, en cuyo sitio de honor me invitó a sentarme,

y me llevó algo de comer, porque yo tenía hambre. Comí hasta hartarme y apaciguar mi ánimo. Entonces

me interrogó acerca de mi aventura y se la conté desde el principio al fin; y se asombró prodigiosamente.

Luego añadí: “¡Por Alah sobre ti, ¡oh dueño mío! no te enfades demasiado por lo que voy a preguntarte!

¡Acabo de contarte la verdad de mi aventura, y ahora anhelaría saber el motivo de tu estancia en esta sala

subterránea y la causa por qué atas sola a esa yegua en la orilla del mar!”

El me dijo: “Sabe que somos varios las que estamos en esta isla, situados en diferentes lugares, para

guardar los caballos del rey Mihraján. Todos los meses, al salir la luna nueva, cada uno de nosotros trae

aquí una yegua de pura raza, virgen todavía, la ata en la ribera y en seguida se oculta en la gruta subterránea.

Atraído entonces por el olor a hembra, sale del agua uno caballo entre los caballos marinos, que mira

a derecha y a izquierda, y al no ver a nadie salta sobre la yegua y la cubre. Luego, cuando ha acabado su

cosa con ella, desciende de sus ancas e intenta llevarla consigo. Pero ella no puede seguirle, porque está

atada al poste; entonces relincha muy fuerte él y le da cabezazos y coces, y relincha cada vez mas fuerte. Le

oímos nosotros y comprendemos que ha acabado de cubrirla; inmediatamente salimos par todos lados, y

corremos hacia él lazando grandes gritos, que le asustan y le obligan a entrar en el mar de nuevo. En cuanto

a la yegua queda preñada y pare un potro o una potra que vale todo un tesoro, y que no puede tener igual en

toda la faz de la tierra. Y precisamente hoy ha de venir el caballo marino. Y te prometo que, una vez terminada

la cosa, te llevaré conmigo para presentarte a nuestro rey Mihraján y darte a conocer nuestro país.

¡Bendice, pues, a Alah, que te hizo encontrarme, porque sin mí morirías de tristeza en esta soledad, sin volver

a ver nunca a los tuyos y a tu país y sin que nunca supiese de ti nadie!”

Al oír tales palabras, di muchas gracias al guardián de la yegua, y continué departiendo con él, en tanto

que el caballo marino salía del agua, saltando sobre la yegua y la cubría. Y cuando hubo terminado lo que

tenía que terminar, descendió de ella y quiso llevársela; mas ella no podía desatarse del poste, y se encabritaba

y relinchaba. Pero el guardián de la yegua se precipitó fuera de la caverna, llamó con grandes voces

a sus compañeros, y provistos todos de hachas, lanzas y escudos, se abalanzaron al caballo marino, que lleno

de terror soltó su presa, y como un búfalo, fue a tirarse al mar y desapareció bajo las aguas.

Entonces todos los guardianes, cada uno con su yegua, se agruparon a mi alrededor y me prodigaron mil

amabilidades, y después de facilitarme aún más comida y de comer conmigo, me ofrecieron una buena

montura, y en vista de la invitación que me hizo el primer guardián, me propusieron que les acompañara a

ver al rey su señor. Acepté desde luego, y partimos todos juntos.

Cuando llegamos a la ciudad, se adelantaron mis compañeros para poner a su señor al corriente de lo que

me había acaecido. Tras de lo oral volvieron a buscarme y me llevaron al palacio; y en uso del permiso que

se me concedió, entré en la sala del trono y fui a ponerme entre las manos del rey Mihraján, al cual le deseé

la paz.

Correspondiendo a mis deseos de paz, el rey me dio la bienvenida, y quiso oír de mi boca el relato de mi

aventura. Obedecí en seguida, y le conté cuanto me había sucedido, sin omitir un detalle.

Al escuchar semejante historia, el rey Milrraján se maravilló y me dijo: “¡Por Alah, hijo mío, que si tu

suerte no fuera tener una vida larga, sin duda a estas horas habrías sucumbido a tantas pruebas y sinsabores!

¡Pero da gracias a Alah por tu liberación!” Todavía me prodigó muchas más frases benévolas, quiso admitirme

en su intimidad para lo sucesivo y a fin de darme un testimonio de sus buenos propósitos con respecto

a mí, y de lo mucho que estimaba mis conocimientos marítimos, me nombró desde entonces director

de las puertos y radas de su isla, e interventor de las llegadas y salidas de todos los navíos.

No me impidieron mis nuevas funciones personarme en palacio todos los días para cumplimentar al rey,

quien de tal modo se habituó a mí, que me prefirió a todos sus íntimos, probándomelo diariamente con

grandes obsequios. Con lo cual tuve tanta influencia sobre él, que todas las peticiones y todos las asuntos

del reino eran intervenidos por mí para bien general de los habitantes.

Pero estos cuidadas no me hacían olvidar mi país ni perder la esperanza de volver a él. Así que jamás dejaba

yo de interrogar a cuantos viajeros y a cuantos marinos llegaban a la isla, diciéndoles si conocían Bagdad,

y hacia qué lado estaba sitirada. Pero ninguno podía responderme, y todos me aseguraban que jamás

oyeron hablar de tal ciudad, ni tenían noticia del paraje en que se encontrase. Y aumentaba mi pena paulatinamente

al verme condenado a vivir en tierra extranjera, y llegaba a sus límites mi perplejidad ante estas



gentes que, no sólo ignoraban en absoluto el camino que conducía a mi ciudad, sino que ni siquiera sabían

de su existencia.

Durante mi estancia en aquella isla, tuve ocasión de ver cosas asombrosas, y he aquí algunas de ellas entre

mil.

Un día que fui a visitar al rey Mihraján, como era mi costumbre trabé conocimiento con unos personajes

indios, que, tras mutuas zalemas, se prestaron gustosos a satisfacer mi curiosidad, y me enseñaron que en la

India hay gran número de castas, entre las cuales son las dos principales la casta de los kchatryas, compuesta

de hombres nobles y justos que nunca cometen exacciones o actos reprensibles, y la casta de los

brahmanes, hombres puros que jamás beben vino y son amigos de la alegría, de la dulzura en los modales,

de los caballos, del fasto y de la belleza. Aquellos sabios indios me enseñaron también que las castas principales

se dividen en otras setenta y dos castas que no tienen entre sí relación ninguna. Lo cual hubo de

asombrarme hasta el límite del asombro.

En aquella isla tuve asimismo ocasión de visitar una tierra perteneciente al rey Mihraján y que se llamaba

Cabil. Todas las noches se oían en ella resonar timbales y tambores. Y pude observar que sus habitantes estaban

muy fuertes en materia de silogismos; y eran fértiles en hermosos pensamientos. De ahí que se hallasen

muy reputados entre viajeros y mecaderes.

En aquellos mares lejanos vi cierto día un pez de cien codos de longitud, y otros peces cuyo rastro se parecía

al rostro de los buhos.

En verdad, ¡oh amigos! que aun vi cosas más extraordinarias y prodigiosas, cuyo relato me apartaría demasiado

de la cuestión. Me limitaré a añadir que viví todavía en aquella isla el tiempo necesario para

aprender muchas cosas, y enriquecerme con diversos cambios, ventas y compras.

Un día, según mi costumbre, estaba yo de pie a la orilla del mar en el ejercicio de mis funciones, y permanecía

apoyado en mi muleta, como siempre, cuando vi entrar en la rada un navío enorme lleno de mercaderes.

Esperé a que el navío hubiese anclado sólidamente y soltado su escala, para subir a bordo y buscar

al capitán a fin de inscribir su cargamento. Los marineros iban desembarcando todas las mercancías, que al

propio tiempo yo anotaba, y cuando terminaron su trabajo pregunté al capitán: “¿Queda aún alguna cosa en

tu navío?” Me contestó: “Aun quedan, ¡oh mi señor! algunas mercancías en el fondo del navío; pero están

en depósito únicamente, porque se ahogó hace mucho tiempo su propietario, que viajaba con nosotros. ¡Y

quisiéramos vender esas mercancías para entregar su importe a los parientes del difunto de Bagdad, morada

de paz!”

Emocionada entonces hasta el último límite de la emoción, exclamé:

¿Y cómo se llamaba ese mercader, ¡oh capitán!?” Me contestó: “¡Sindbad el Marino!”

A estas palabras miré con más detenimiento al capitán, y reconocí en él al dueño del navío que se vio

precisado a abandonarnos encima de la ballena. Y grité con toda mi voz: “¡Yo soy Sindbad el Marino!”

Luego añadí: “Cuando se puso en movimiento la ballena a causa del fuego que encendieron en su lomo,

yo fui de los que no pudieron ganar tu navío y cayeron al agua. Pero me salvé gracias a la cubeta de madera

que habían transportado los mercaderes para lavar allí su ropa. Efectivamente, me puse a horcajadas sobre

aquella cubeta y agité los pies a manera de remos. ¡Y sucedió lo que sucedió con la venia del Ordenador!”

Y conté al capitán cómo pude salvarme y a través de cuántas vicisitudes había llegado a ejercer las altas

funciones de escriba marítima al lado del rey Mihraján.

Al escucharme el capitán, exclamó: “¡No hay recursos y poder más que en Alah el Altísimo, el Omnipotente....

En este. momento de su narración Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 294 NOCHE

Ella dijo:

... “¡No hay recursos y poder más que en Alah el Altísimo, el Omnipotente! ¡Ya no queda conciencia ni

honradez en ninguna criatura de este mundo! ¿Cómo osas afirmar que eres Sindbad el Marino, ¡oh escriba

astuto! cuanto todos nosotros le vimos por nuestros propios ojos ahogarse con los demás mercaderes?

¡Vergüenza sobre ti por mentir con impudicia tanta!”

Entonces le contesté: “¡Cierto ¡oh capitán! que la mentira es la renta de los bellacos! ¡Pero escúchame,

porque voy a probarte que soy Sindbad el ahogado!” Y conté al capitán diversos incidentes que sólo conocíamos

él y yo, y que sobrevinieron durante aquella maldita travesía. El capitán entonces no dudó ya de mi

identidad y llamó a los que iban en el barco, y todos me felicitaron por mi salvamento, y me dijeron, “¡Por

Alah, no podemos creer que lograras librarte de perecer ahogado! ¡Alah te concedió una segunda vida!”



Tras de lo cual apresuróse el capitán a devolverme mis mercancías, que yo hice transportar al zoco en el

momento, después de asegurarme de que no faltaba nada y de que todavía aparecían en dos fardos mi nombre

y mi sello.

Una vez en el zoco, abrí mis fardos y vendí mis mercancías con un beneficio deciento por una; pero tuve

cuidado de reservarme algunas objetos de valor, que me apresure a ofrecer como presente al rey Mihraján.

Le relaté la llegada del capián del navío, y el rey asombróse en extremo de este acontecimiento inesperado,

y como me quería mucho, no quiso ser menos amable que yo, y a su vez me hizo regalos inestimables

que contribuyeron no poco a enriquecerme completamente. Porque yo me di prisa a vender todo aquello,

realizando así una fortuna considerable que transporté a bordo del mismo navío donde había emprendido

antes mi viaje.

Efectuado esto, fui a palacio para despedirme del rey Mihraján y darle gracias por todas sus generosidades

y por su protección. Me despidió con frases muy conmovedoras, y no me dejó partir sin haberme ofrecido

aun más presentes suntuosos y objetos de valor que ya no me decidí a vender y que, por cierto, estáis

viendo ahora en esta sala, ¡oh mis honorables invitados! Tuve igualmente cuidado de llevar conmigo por

todo equipaje los perfumes que estáis aspirando aquí, madera de áloe, alcanfor, incienso y sándalo, productos

de aquella isla lejana.

Subí en seguida a bordo, y a poco diose a la vela el navío con la autorización de Alha. Porque nos favoreció

la Fortuna y nos ayudó el Destino, en aquella travesía, que duró días y noches, y por último, una mañana

llegamos con salud a la vista de Bassra, donde no nos detuvimos mas que muy escaso tiempo para ascender

por el río y entrar al fin, con el alma regocijada, en la ciudad de paz, Bagdad, mi tierra.

Cargado de riquezas y con la mano pronta para las dádivas, llegué a mi calle así, y entré en mi casa, donde

volví a ver con buena salud a mi familia y a mis amigos. Y al punto compré gran cantidad de esclavos de

uno y otro sexo, mamalik, mujeres hermosas, negros, tierras, casas y propiedades, como no tuve nunca, ni

aun cuando murió mi padre.

Con esta nueva vida olvidé las vicisitudes pasadas, las penas y los peligros sufridos, la tristeza del destierro,

los sinsabores y fatigas del viaje. Tuve amigos numerosos y deliciosos, y durante largo tiempo vivía

una vida llena de agrado y de placeres y exenta de preocupaciones y molestias, disfrutando con toda mi alma

de cuanto me gustaba y comiendo manjares admirables y bebiendo bebidas preciosas.

¡Y tales el primero de mis viajes! Pero mañana, si Alah quiere, os contaré, ¡oh invitados míos! el segundo

de los siete viajes que emprendí, y que es bastante más extraordinario que el primero.”

Y Sindbad el Marino se encaró con Sindbad el Cargador y le rogó que cenase con él. Luego, tras de haberle

tratado con mucho miramiento y afabilidad, hizo que le entregaran mil monedas de oro, y antes de

despedirle le invitó a volver al día siguiente, diciéndole: “¡Para mí tu urbanidad será siempre un placer y tus

buenos modales una delicia!” Y contestó Sindbad el Cargador: “¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos!

¡Obedezco con respeto! ¡Y sea continua en tu casa la alegría, ¡oh señor mío!”

Salió entonces de allá, después de dar las gracias y llevarse consigo el regalo que acababa de recibir, y retornó

a su hogar, maravillándose hasta el límite de la maravilla, y pensó toda la noche en lo que acababa de

escuchar y de experimentar.

Así es que en cuanto amaneció apresuróse a volver a casa de Sindbad el Marino...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 295 NOCHE

Ella dijo:

... apresuróse a volver a casa de Sindbad el Marino, que le recibió con aire afable, y le dijo: “Séate cosa

fácil la amistad aquí! ¡Y la confianza sea contigo!” y el cargador quiso besarle la mano, y al ver que Sindbad

no consentía en ello, de dijo:

¡Dilate Alah tus días y consolide sobre ti sus beneficios!” Y como ya habían llegado los demás invitados,

comenzaron por sentarse en torno del mantel extendido en que vertían su grasa los corderos asados y

se doraban las pollos rellenos deliciosamente con pastas de alfónsigos, de nueces y de uvas. Y comieron, y

bebieron, y se divirtieron, y se regalaron el espíritu y el oído escuchando cantar a los instrumentos bajo los

dedos expertos de sus tañedores.

Cuando acabaron, habló Sindbad en estos términos en medio del silencio de los convidados:

LA SEGUNDA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD

EL MARINO, QUE TRATA DEL SEGUNDO VIAJE

Verdaderamente disfrutaba de la más sabrosa vida, cuando un día entre los días asaltó mi espíritu la idea

de los viajes por las comarcas de las hombres; y de nuevo sintió mi alma con ímpetu el anhelo de correr y



gozar con la vista el espectáculo de tierras e islas, y mirar con curiosidad cosas desconocidas, sin descuidar

jamás la compra y venta por diversos países.

Hice hincapié en este proyecto, y me dispuse a ejecutarlo en seguida. Fui al zoco, donde, mediante una

importante suma de dinero, compré mercancías apropiadas al tráfico que pretendía exportar; las acondicioné

en fardos sólidos y las transporté a la orilla del agua, no tardando en descubrir un navío hermoso y nuevo,

provisto de velas de buena calidad y lleno de marineros, y de un conjunto imponente de maquinarias de

todas formas. Su aspecto me inspiró confianza y transporté a él mis fardos inmediatamente, siguiendo el

ejemplo de otros varios mercaderes conocidos míos, y con los que no me disgustaba hacer el viaje.

Partimos aquel mismo día, y tuve mos una navegación excelente. Viajamos de isla en isla y de mar en

mar durante días y noches, y a cada escala íbamos en busca de los mercaderes de la localidad, de los notables,

y de los vendedores, y de los compradores, y vendíamos y comprábamos, y verificábamos cambios

ventajosos. Y de tal suerte continuábamos navegando, y nuestro destino nos guió a una isla muy hermosa,

cubierta de frondosos árboles, abundante en frutas, rica en flores, habitada por el canto de los pájaros, regada

por aguas puras, pero absolutamente virgen de toda vivienda y de todo ser humano.

El capitán accedió a nuestro deseo de detenernos unas horas allí, y echó el ancla junto a tierra. Desembarcamos

en seguida, y fuimos a respirar el aire grato en las praderas sombreadas por árboles donde holgábanse

las aves. Llevando algunas provisiones de boca, yo fui a sentarme a orillas de un arroyo de agua límpida,

resguardado del sol por ramales frondosos, y tuve un placer extremado en comer un bocado y beber

de aquella agua deliciosa. Por si eso fuera poco, una brisa suave modulaba dulces acordes e invitaba al reposo

absoluto. Así es que me tendí en el césped, y dejé que se apoderara de mí el sueño en medio de la

frescura y los aromas del ambiente.

Cuando desperté no vi ya a ninguno de los pasajeros, y el navío había partido sin que nadie se enterase de

mi ausencia. En vano hube de mirar a derecha y a izquierda, adelante y atrás, pues no distinguí en toda la

isla a otra persona que a mi mismo. A lo lejos se alejaba por el mar una vela que muy pronto perdí de vista.

Entonces quedé sumirlo en un estupor sin igual e insuperable; y sentí que mi vejiga biliar estaba a punto

de estallar de tanto dolor y tanta pena. Porque, ¿qué podía ser de mí en aquella isla, habiendo dejado en el

navío todos mis efectos y todos mis bienes? ¿Qué desastre iba a ocurrirme en esta soledad desconocida?

Ante tan desconsoladores pensamientos; exclamé: “¡Pierde toda esperanza, Sindbad el Marino! ¡Si la primera

vez saliste del apuro merced a circunstancias suscitadas por el Destino propicio, no creas que ocurrirá

lo mismo siempre, pues, como dice el proverbio, se rompe el jarro cuando se cae dos veces!”

En tal punto me eché a llorar, gimiendo, lanzando luego gritos espantosos, hasta que la desesperación se

apoderó por completo de mi corazón. Me golpeé entonces la cabeza con las dos manos, y exclamé tadavía:

¿Qué necesidad ténías de viajar ¡oh miserable! cuando en Bagdad vivías entre delicias? ¿No poseías manjares

excelentes, líquidos excelentes y trajes excelentes? Qué te faltaba para ser dichoso? ¿No fue próspero

tu primer viaje?” Entoncaes me tiré a tierra de bruces, llorando ya la propia muerte, y diciendo: “¡Pertenecemos

a Alah y hemos de tornar a él!” Y aquel día creí volverme loco.

Pero como por último comprendí que eran inútiles todos mis lamentos y mi arrepentimiento demasiado

tardío, hube de conformarme con mi destino. Me erguí sobre mis piernas, y tras de haber andado algún

tiempo sin rumbo, tuve miedo de un encuentro desagradable con cualquier animal salvaje o con un enemigo

desconocido, y trepé a la copa de un arbol, desde donde me puse a observar con más atención a derecha y a

izquierda; pero no pude distinguir otra cosa que el cielo, la tierra, el mar; los árboles, los pájaros, la arena y

las rocas. Sin embargo, al fijarme más atentamente en un punto del horizonte, me pareció distinguir un

fantasma blanco y gigantesco. Entonces me bajé del árbol atraído por tal curiosidad; pero, paralizado de

miedo, fui avanzando muy lentamente y con mucha cautela hacia aquel sitio. Cuando me encontré más cerca

de la masa blanca, advertí que era una inmensa cúpula, de blancura resplandeciente, ancha de base y altísima.

Me aproximé a ella más aún y la di por completo la vuelta; pero no descubrí la puerta de entrada que

buscaba. Entonces quisé encaramame a lo alto; pera era tan lisa y tan escurridiza, que no tuve destreza, ni

agilidad, ni posibilidad de ascender. Hube de contentarme, pues, con medirla; puse una señal sobre la huella

de mi primer paso en la arena y de nuevo la di la vuelta contando mis pasos. Por este proedimiento supe

que su circunfencia exacta era de cincuenta pasos, más bien que menos.

Mientras reflexionaba sobre el media de que me valdría para dar con alguna puerta de entrada a salida de

la tal cúpula, advertí que de pronto desaparecía el sol y que el día se tornaba en una noche negra. Primero lo

creí debido a cualquier nube inmensa que pasase por delante del sol, aunque la casa fuera imposible en pleno

verano. Alcé, pues, la cabeza para mirar la nube que tanto me asombraba, y vi un pájaro enorme de alas

formidables que volaba por delante de los ojos del sol, esparciendo la obscuridad sobre la isla.

Mi asombro llegó entonces a sus límites extremas, y me acordé de lo que en mi juventud me habían contado

viajeros y marineros acerca de un pájaro de tamaño extraordinario, llamado “rokh”, que se encontraba

en una isla muy remota y que podía levantar un elefante. Saqué entones como conclusión que el pájaro que

yo veía debía ser el rokh, y la cúpula blanca a cuyo pie me hallaba debía ser un huevo entre los huevos de

aquel rokh. Pero, no bien me asaltó esta idea, el pájaro descendió sobre el huevo y se posó enecima como



para empollarle. ¡En efecto, extendió sobre el huevo sus alas ínmensas, dejó descansando a ambos lados en

tierra sus dos patas, y se durmió encima! (¡Bendito El que no duerme en toda la eternidad!)

Entonces yo, que me había echado de bruces en el suelo, y precisamente me encontraba debajo de una de

las patas, lo cual me pareció más gruesa que el tronco de un árbol añoso, me levanté con viveza, desenrollé

la tela de mi turbante y luego de doblarla, la retorcí para servirme de ella como de una soga. La até sólidamente

a mi cintura y sujeté ambos cabos con un nudo resistente a un dedo del pájaro. Porque que dije para

mí: “Este pájaro enorme acabará por remontar el vuelo, con lo que me sacará de esta soledad y me transportará

a cualquier punto donde pueda ver seres humanos. ¡De cualquier modo, el lugar en que caiga será

preferible a esta isla desierta, de la que soy el único habitante!”

¡Eso fue todo! ¡Y a pesar de mis movimientos, el pájaro no se cuidó de mi presencia más que si se tratara

de alguna mosca sin importancia o alguna humilde hormiga que por allí pasase!

Así permanecí toda la noche, sin poder pegar ojo por temor de que el pájaro echase a volar y me llevase

durante mi sueño. Pero no se movió hasta que fue de día. Sólo entonces se quitó de encima de su huevo,

lanzó un grito espantoso, y remontó el vuelo, llevándome, consigo. Subió y subió tan alto, que creí tocar la

bóveda del cielo; pero de pronto descendió con tanta rapidez, que ya no sentía yo mi propio peso, y abatióse

conmigo en tierra firme. Se posó en un sitio escarpado, y yo, en seguida, sin esperar más, me apresuré

a desatar el turbante, con un gran terror de ser izado otra vez antes de que tuviese tiempo de librarme de

mis ligaduras. Pero conseguí desatarme sin dificultad, y después de estirar mis miembros y arreglarme el

traje, me alejé vivamente hasta hallarme fuera del alcance del pájaro, a quien de nuevo vi elevarse por los

aires. Llevaba entonces en sus garras un enorme objeto negro, que no era otra cosa que una serpiente de inmensa

longitud y de forma detestable. No tardó en desaparecér, dirigiéndo hacia el mar su vuelo.

Conmovido en extremo por cuanto acababa de ocurrirme, lancé una miráda en torno de mí y quedé inmóvil

de espanto. Porque me encontraba en un valle ancho y profundo, rodeado por todas partes de montañas

tan altas, que para medirlas con la vista tuve que alzar de tal modo la cabeza, que rodó por mi espalda mi

turbante al suelo. ¡Además, eran tan escarpadas aquellas montañas, que se hacia imposible subir por ellas, y

juzgué inútil toda tentativa en tal sentido!

Al dame cuenta de ello no tuvieron límites mi desolación y mi desesperación, y me dije: “¡Ah, cuánto

más hubiérame valido no abandonar la isla desierta en que sna hallaba y que era mil veces preferible a esta

soledad desolada y árida, donde no hay nada que comer ni beber! ¡Allí, al menos, había frutas que llenaban

los árboles y arroyos de agua deliciosa; pero aquí solo ratas hostiles y desnudas para morir de hambre y de

sed! ¡Qué calamidad! ¡No hay recurso y poder más que en Alah el Omnipotente! ¡Cada vez que escapo de

una catástrofe es para caer en otra peor y definitiva!”

En seguida me levanté del sitio en que me encontraba y recorrí aquel valle para explorarle un poco, observando

que estaba enteramente creado con rocas de diamante. Por todas partes a mi alrededor aparecía

sembrado el suelo de diamantitos desprendidos de la montaña y que en ciertas sitios formaban montones de

la altura de un hombre.

Camenzaba yo a mirarlas ya con algún interés, cuando me inmovilizó de terror un espectáculo más espantaso

que todos los horrores experimentados hasta entonces. Entre las rocas de diamante vi circular a sus

guardianes, que eran innumerables serpientes negras, más gruesas y mayores que palmeras, y cada una de

las cuales muy bien podría devorar a un elefante grande. En aquel momento comenzaban a meterse en sus

antros; porque durante el día se ocultaban para que no las cogiese, su enemigo el pájaro rokh, y únicamente

salían de noche.

Entonces intenté con precauciones infinitas alejarme de allí, mirando bien dónde ponía los pies y pensando

desde el fondo de mi alma: “¡He aquí lo que ganaste a trueque de haber querido abusar de la clemencia

del Destino, ¡oh Sindbad! hombre de ojos insaciables y siempre vacíos!” Y presa de un cumulo de terrores,

continué en mi caminar sin rumbo por el valle de diamantes, descansando de vez en cuando en los parajes

que me parecían más resguardados, y así estuve hasta que llegó la noche.

Durante todo aquel tiempo me había olvidado por completo de comer y beber, y no pensaba más que en

salir del mal paso y en salvar de las serpientes mi alma. Y he aquí que acabé por descubrir, junto al lugar en

que me dejé caer, una, gruta cuya entrada era muy angosta, aunque suficiente para que yo pudiese franquearla.

Avancé, pues, y penetré en la gruta, cuidando de obstruir la entrada con un peñasco que conseguí

arrastrar hasta allá. Seguro ya, me aventuré por su interior en busca del lugar más cómodo para dormir esperando

el día, y pensé: “¡Mañana al amanecer saldré para enterarme de lo que me reserva el Destino!”

Iba ya a acostarme, cuando advertí que lo que a primera vista tomé por una enorme roca negra era una

espantosa serpiente enroscada sobre sus huevos para incubarlos., Sintió entonces mi carne todo el horror de

semejante espectáculo, y la piel se me encogió como una hoja seca y tembló en toda su superficie; y caí al

suelo sin conocimiento, y permanecí en tal estado hasta la mañana.

Entonces, al convencerme de que no había sido devorado todavía, tuve alientos para deslizarme hasta la

entrada, separar la roca y lanzarme fuera como ebrio y sin que mis piernas pudieran sostenerme de tan agotado

como me encontraba por la falta de sueño y de comida, y por aquel terror sin tregua.



Miré a mi alrededor, y de repente vi caer a algunos pasos de mi nariz un gran trozo de carne que chocó

contra el suelo con estrépido. Aturdido al pronto, alcé los ojos luego para ver quien quería aporreárme con

aquello; pero no vi a nadie. Entonces me acordé de cierta historia oída antaño en boca de los mercaderes,

viajeros y exploradores de la montaña de diamantes, de la que se contaba que, como los buscadores de

diamantes no podían bajar a este valle inaccesible, recurrían a un medio curioso para procurarse esas piedras

preciosas. Mataban unos carneros; los partían en cuartos y los arrojaban al fondo del valle, donde iban

a caer sobre las puntas de diamantes, que se incrustaban en ellos profundamente. Entonces se abalanzaban

sobre aquella presa los rokhs y las águilas gigantescas, sacándola del valle para llevársela a sus nidos en lo

alto de las rocas y que sirviera de sustento a sus crías. Los buscadores de diamantes se precipitaban entonces

sobre el ave; haciendo muchos gestos y lanzando grandes gritos para obligarla a soltar su presa y a emprender

de nuevo el vuelo. Registraban entonces el cuarto de carne y cogían los diamantes que tenía adheridos.

Asaltóme a la sazón la idea de que podía tratar aún de salvar mi vida y salir de aquel valle que se me antojó

había de ser mi tumba. Me incorporé, pues, y comencé a amontonar una gran cantidad de diamantes,

escogiendo los más gordos y los más hermosos. Me los guardé en todas partes, abarroté con ellos mis bolsillos,

me los introduje entre el traje y la camisa, llené mi turbante y mi calzón, y hasta metía algunos entre

los pliegues de mi ropa. Tras de lo cual, desenrollé la tela de mi turbante, como la primera vez...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 297 NOCHE

Ella dijo:

... Tras de lo cual, desenrollé la tela de mi turbante, como la primera vez, y me la rodeé a la cintura, yendo

a situarme debajo del cuarto de carnero, que até sólidamente a mi pecho con las dos puntas del turbante.

Permanecía ya algún tiempo en esta posición, cuando súbitamente me sentí llevado por los aires, como

una pluma entre las garras formidables de un rokh y en compañía del cuarto de carne de carnero. Y en un

abrir y cerrar los ojos me encontré fuera del valle, sobre la cúspide de una montaña, en el nido del rokh, que

se dispuso en seguida a despedazar la carne aquella y mi, propia carne para sustentar, a sus rokhecillos. Pero

de pronto se alzó hacia nosotros un estrépito de gritos que asustaron al ave y la obligaron a emprender de

nuevo el vuelo, abandonándome. Entonces desaté mis ligaduras y me erguí sobre ambos pies, con huellas

de sangre en mis vestidos y en mi rostro.

Vi a la sazón aproximarse al sitio en que yo estaba a un mercader, que se mostró muy contrariado y

asombrado al percibirme. Pero advirtiendo que yo no le quería mal y que ni aun me movía, se inclinó sobre

el cuarto de carne y lo escudriñó, sin encontrar en él los diamantes que buscaba. Entonces alzó al cielo sus

largos brazos y se lamentó, diciendo: “¡Qué desilusión! ¡Estoy perdido! ¡No hay recurso más que en Alah!

¡Me refugio en Alah contra el Maldito, el Malhechor!” Y se golpeó una con otra las palmas de las manos,

como señal de una desesperación inmensa.

Al advertir aquello, me acerqué a él y le deseé la paz. Pero él, sin corresponder a mi zalema, me arañó furioso

y exclamó: “¿Quién eres? ¿Y de dónde vienes para robarme mi fortuna?” Le respondí: “No temas nada,

¡oh digno mercader! porque no soy ladrón, y tu fortuna en nada ha disminuido. Soy un ser humano y no

un genio malhechor, como creías, por lo visto. Soy incluso un hombre honrado entre la gente honrada, y

antiguamente, antes de correr aventuras tan extrañas, yo tenía también el oficio de mercader. En cuanto al

motivo de mi venida a este paraje, es una historia asombrosa, que te contaré al punto. ¡Pero de antemano,

quiero probarte mis buenas intenciones gratificándote con algunos diamantes recogidos por mí mismo en el

fondo de esa sima, que jamás fue sondeada por la vista humana!”

Saqué en seguida de mi cinturón algunos hermosos ejemplares de diamentes; y se los entregué diciéndole:

¡He aquí una ganancia que no habrías osado esperar en tu vida!” Entonces el propietario del cuarto

de carnero manifestó una alegría inconcebible y me dio muchas gracias, y tras de mil zalemas, me dijo:

¡La bendición está contigo, ¡oh mi señor! ¡Uno solo de estos diamantes bastaría para enriquecerme hasta

la más dilatada vejez! ¡Porque en mi vida hube de verlos semejantes ni en la corte de los reyes y sultanes!”

Y me dio gracias otra vez, y finalmente llamó a otros mercaderes que allí se hallaban y que se agruparon en

torno mío, deseándome la paz y la bienvenida. Y les conté mi rara aventura desde el principio hasta el fin.

Pero sería útil repetirla.

Entonces, vueltos de su asombro los mercaderes, me felicitaron mucho por mi liberación, diciéndome:

¡Por Alah! ¡Tu destino te ha sacado de un abismo del que nadie regresó nunca!” Después, al verme extenuado

por la fatiga, el hámbre y la sed, se apresuraron a darme de comer y beber con abundancia, y me

condujeron a una tienda, donde velaron mi sueño, que duró un día entero y una noche.



A la mañana, los mercaderes me llevaron con ellos en tanto que comenzaba yo a regocijarme de modo

intenso por haber escapado a aquellos peligros sin precedente. Al cabo de un viaje bastante corto, llegamos

a una isla muy agradable, donde crecían magníficos árboles de copa tan espesa y amplia, que con facilidad

podrían dar sombra a cien hombres. De estos árboles es precisamente de los que se extrae la substancia

blanca, de olor cálido y grato, que se llama alcanfor. A tal fin, se hace una incisión en lo alto del árbol, recogiendo

en una cubeta que se pone al pie el jugo que destila y que al principio parece como gotas de goma,

y no es otra cosa que la miel del árbol.

También en aquella isla vi al espantable animal que se llama “karkadann” y pace exactamente como pacen

las vacas y los búfalos en nuestras praderas. El cuerpo de esa fíera es mayor que el cuerpo del camello;

al extremo del morro tiene un cuerno de diez codos de largo y en el cual se halla labrada una cara humana.

Es tan sólido este cuerno, que le sirve al karkadann para pelear y vencer al elefante, enganchándole y teniéndole

en vilo hasta que muere. Entonces la grasa del elefante muerto va a parara los ojos del karkadann,

cegándole y haciéndole caer. Y desde lo alto de los aires se abate sobre ellos el terrible rokh, y los transporta

a su nido para alimentar a sus crías.

Vi asimismo en aquella isla diversas clases de búfalos

Vivimos algún tiempo allá, respirando el aire embalsamado; tuve con ello ocasión de cambiar mis diamantes,

por más oro y plata de lo que podría contener la cala de un navío. ¡Después nos marchamos de allí;

y de isla en isla, y de tierra en tierra, y de ciudad en ciudad, admirando a cada paso la obra del Creador; y

haciendo acá y allá algunas ventas, compras y cambios, acabamos por bordear Bassra, país de bendición,

para ascender hasta Bagdad, morada de paz!

Me faltó el tiempo entonces para correr a mi calle y entrar en mi casa, enriquecido con sumas conside~

rables, dinares de oro y hermosos diamantes que no tuve alma para vender. Y he aquí que, tras las efúsiones

propias del retorno entre mis parientes y amigos, no dejé de comportarme generosamente, repartiendo dádivas

a mi alrededor, sin olvidar a nadie.

Luego, disfruté alegremente de la vida, comiendo manjares exquisitos, bebiendo licores delicados, vistiéndome

con ricos trajes y sin privarme de la sociedad de las personas deliciosas. Así es que todos los días

tenía numerosos visitantes notables que, al oír hablar de mis aventuras; me honraban con su presencia para

pedirme que les narrara mis viajes y les pusiera al corriente de lo que sucedía con las tierras lejanas. Y yo

experimentaba una verdadera satisfacción instruyéndoles acerca de tantos cosas, lo, que inducía a todos a

felicitarme por haber escapado de tan terribles peligros, maravillándose con mi relato hasta el límite de la

maravilla. Y así es como acaba mi segundo viaje.

¡Pero mañana, ¡oh mis amigos! os contaré las peripecias de mi tercer viaje, el cual, sin duda, es mucho

más interesante y estupefaciente que los dos primeros!”

Luego calló Sindbad. Entonces los esclavos sirvieron de comer y de beber a todos los invitados, que se

hallaban prodigiosamente asombrados de cuanto acababan de oír. Después Sindbad el Marino hizo que dieran

cien monedas de oro a Sindbad el Cargador, que las admitió, dando muchas gracias, y se marchó invocando

sobre la cabeza de su huésped las bendiciones de Alah, y llegó a su casa maravillándose de cuanto

ocababa de ver y de escuchar.

Por la mañana se levantó el cargador Sindbad, hizo la plegaria matinal y volvió a casa del rico Sindbad,

como le indicó éste. Y fue recibido cordialmente y tratado con muchos miramientos, e invitado a tomar

parte en el festín del día y en los placeres, que duraron toda la jornada. Tras de lo cual, en medio de sus

convidados, atentos y graves, Sindbad el Marino empezó su relato de la manera siguiente:

LA TERCERA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD

EL MARINO, QUE TRATA DEL TERCER VIAJE

Sabed, ¡oh mis amigos! -¡Pero Alah sabe las cosas mejor que la criatura!- que con la deliciosa vida de

que yo disfrutaba desde el regreso de mi segundo viaje, acabé por perder completamente, entre las riquezas

y el descanso, el recuerdo de los sinsabores sufridos y de los peligros que corrí, aburriéndome a la postre de

la inacción monótona de mi existencia en Bagdad. Así es que mi alma deseó con ardor la mudanza y el espectáculo

de las cosas de viaje. Y la misma afición al comercio, con su ganancia y su provecho, me tentó

otra vez. En el fondo, siempre la ambición es causa de nuestras desdichas. En breve debía yo comprobarlo

del modo más espantoso.

Puse en ejecución inmediatamente mi proyecto, y después de proveerme de ricas mercancías del país,

partí de Bagdad para Bassra. Allí me esperaba un gran navío lleno ya de pasajeros y mercaderes, todos

gente de bien, honrada, con buen corazón, hombres de conciencia y capaces de servirle a uno, por lo que se

podría vivir con ellos en buenas relaciones. Así es que no dudé en embarcarme en su compañía dentro de

aquel navío; y no bien me encontré a bordo, nos hicimos a la vela con la bendición de Alah para nosotros y

para nuestra travesía.



Bajo felices auspicios comenzó, en efecto, nuestra navegación. En todos los lugares que abordábamos hacíamos

negocios excelentes, a la vez que nos paseábamos e instruíamos con todas las cosas nuevas que

veíamos sin cesar. Y nada, verdaderamente, faltaba a nuestra dicha, y nos hallábamos en el límite del desahogo

y la opulencia.

Un día entre los días, estábamos en alta mar, muy lejos de los países musulmanes, cuando de pronto vimos

que el capitán del navío se golpeaba con fuerza el rostro, se mesaba los pelos de la barba, desgarraba

sus vestiduras y tiraba al suelo su turbante, después de examinar durante largo tiempo el horizonte. Luego

empezó a lamentarse; a gemir y a lanzar gritos de desesperación.

Al verlo, rodeamos todos al capitán, y le dijimos: “¿Qué pasa, ¡oh capitán!?” Contestó: “Sabed, ¡oh pasajeros

de paz! que estamos a merced del viento contrario, y habiéndonos desviado de nuestra ruta, nos hemos

lanzado a este mar siniestro. Y para colmar nuestra mala suerte, el Destino hace que toquemos en esa

isla que veis delante de vosotros, y de la cual jamás pudo salir con vida nadie que arribara a ella. ¡Esa isla

es la Isla de los Monos! ¡Me da el corazón que estamos perdidos sin remedio!

Todavía no había acabado de explicarse el capitán, cuando vimos que rodeaba al navío una multitud de

seres velludos cual monos, y más innumerables que una nube de langostas, en tanto que desde la playa de la

isla otros monos, en cantidad incalculable, lanzaba chillidos que nos helaron de estupor. Y no osamos maltratar,

atacar, ni siquiera espantar a ninguno de ellos, por miedo a que se abalanzaran todos sobre nosotros y

nos matasen hasta el último, vista su superioridad numérica; porque no cabe duda de que la certidumbre de

esta superioridad numérica aumenta el valor de quienes la poseen. No quisimos, pues, hacer ningun movimiento,

aunque por todos lados nos invadían, aquellos monos, que empezaban a apoderarse ya de cuanto

nos pertenecía. Eran muy feos. Eran incluso más feos que las cosas más feas que he visto hasta este día de

mi vida. ¡Eran peludos y velludos, con ojos amarillos en sus caras negras; tenían poquísima estatura, apenas

cuatro palmos, y sus muecas y sus gritos, resultaban más horribles que cuanto a tal respecto pudiera imaginarse!

Por lo que afecta a su lenguaje, en vano nos hablaban y nos insultaban chocando las mandíbulas, ya

que no lográbamos comprenderles, a pesar de la atención que a tal fin poníamos. No tardamos por desgracia,

en verles ejecutar el más funesto de los proyectos. Treparon por los palos, desplegaron las velas, cortaron

con los dientes todas las amarras y acabaron por apoderarse del timón. Entonces, impulsado por el

viento, marchó el navío contra la costa, donde encalló. Y los monos apoderáronse de todos nosotros, nos

hicieron desembarcar sucesivamente, nos dejarqn en la playa, y sin ocuparse más de nosotros para nada,

embarcaron de nuevo en el navío, al cual consiguieron poner a flote, y desaparecieron todos con él a lo lejos

del mar.

Entonces, en el limite de la perplejidad, juzgamos inútil permanecer de tal modo en la playa contemplando

el mar, y avanzamos por la isla, donde al fin descubrimos algunos árboles frutales y agua corriente, lo

que nos permitió reponer un tanto nuestras fuerzas a fin de retardar lo más posible una muerte que todos

creiamos segura.

Mientras seguíamos en aquel estado, nos pareció ver entre los árboles un edificio muy grande que se diría

abandonado. Sentimos la tentación de acercarnos a él, y, cuando llegamos a alcanzarlo, advertimos que era

un palacio...

En este momento de su narración, Schahrazada Vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 299 NOCHE

Ella dijo:

... advertimos que era un palacio de mucha altura, cuadrado, rodeado por sólidas murallas y que tenía una

gran puerta de ébano de dos hojas. Como esta puerta estaba abierta y ningún portero la guardaba, la franqueamos

y penetramos en seguida en una inmensa sala tan grande como un patio. Tenía por todo mobiliario

la tal sala enormes utensilios, de cocina y asadores de una longitud desmesurada; el suelo, por toda alfombra,

montones de huesos, ya calcinados unos, otros sin quemar aún. Dentro reinaba un olor que perturbó en

extremo nuestro olfato. Pero como estábamos extenúados de fatigo y miedo, nos dejamos caer cuan largos

éramos y nos dormimos profundamente

Ya se había puesto el sol, cuando nos sobresaltó un ruido estruendoso, despertándonos de repente; y vimot

descender ante nosotros desde el techo a un ser negro con rostro humano, tan alto como una palmera, y

cuyo aspecto era más horrible que el de todos los monos reunidos. Tenía los ojos rojos como dos tizones inflamados

los dientes largos y salientes como los colmillos de un cerdo, una boca enorme, tan grande como

el brocal de un pozo, labios que le colgaban sobre el pecho, orejas movibles como las del elefante y que le

cubrían los hombros, y uñas ganchudas cual las garras del león.

A su vista, nos llenamos de terror, y después nos quedamos rígidos como muertos. Pero él fue a sentarse

en un banco alto adosado a la pared, y desde allí comenzó a examinarnos en silencio y con toda atención



uno a uno. Tras de lo cual se adelantó hacia nosotros, fue derecho a mí, prefiriéndome a los demás mercaderes,

tendió la mano y me cogio de la nuca, cual podía cogarse un lío de trapos. Me dio vueltas y vueltas

en todas direcciones, palpándome como palparía un carnicero cualquier cabeza de carnero. Pero sin duda

no debió encontrarme de su gusto, liquidado por el terror como yo estaba y con la grasa de mi piel disuelta

por las fatigas del viaje y la pena. Entonces me dejó, echándome a rodar por el suelo, y se apoderó de mi

vecino más próximo y lo manoseó, como me había manoseado a mí, para rechazarle luego y apoderarse del

siguiente. De este modo fue cogiendo uno tras de otro a todos los mercaderes, y le tocó ser el último en el

turno al capitán del navio.

Aconteció que el capitán era un hombre gordo y lleno de carne, y naturalmente, era el más robusto y sólido

de todos los hombres del navío. Así es que el espantoso gigante no dudó en fijarse en él al elegir: le

cogio entre su manos cual un carnicero cogería un cordero, le derribó en tierra, le puso un pie en el cuello y

le desnucó con un solo golpe. Empuñó entonces uno de los inmensos asadores en cuestion y se lo introdujo

por la boca haciéndolo salir por el ano. Entonces encendió mucha leña en el hogar que había en la sala, puso

entre las llamas al capitán ensartado, y comenzó a darle vueltas lentamente hasta que estuvo en sazón.

Le retiró del fuego entonces y empezo a trincharle en pedazos, como si se tratara de un pollo, sirviéndose

para el caso de sus uñas. Hecho aquello le devoró en un abrir y cerrar de ojos. Tras de lo cual chupó los

huesos, vaciándolos de la médula, y los arrojó en medio del montón que se alzaba en la sala.

Concluida esta comida, el espantoso gigante fue a tenderse en el banco para digerir, y no tardó en dormirse,

roncando exactamente igual que un búfalo a quien se degollara o como un asno a quien se incitara a

rebuznar. Y así permaneció dormido hasta por la mañana. Le vimos entonces levantarse y alejarse como

había llegado, mientras permaneciamos inmóviles de espanto.

Cuando tuvimos la certeza de que había desaparecido, salimos del silencio que guardamos toda la noche,

y nos comunicamos mutuamente nuestras reflexiones y empezamos a sollozar y gemir pensando en la

suerte que nos esperaba.

Y con tristeza nos decíamos: “Mejor hubiera sido perecer en el mar ahogados o comidos por los monos,

que ser asados en las brasas. ¡Por Alah, que se trata de una muerte detestablel! Pero ¿que hacer? ¡Ha de

ocurrir lo que Alah disponga! ¡No hay recurso más que en Alah el Todopoderoso!”

Abandonamos entonces aquella casa y vagamos por toda la isla en busca de algún escondrijo donde resguardarnos;

pero fue en vano, porque la isla era llana y no había en ella cavernas ni nada que nos permitiese

sustraernos a la persecución. Así es que, como caía la tarde, nos pareció mas prudente volver al palacio.

Pero, apenas llegamos hizo su aparición en medio del ruido atronador el horrible hombre negro, y después

del palpamiento y el manoseo, se apoderó de uno de mis compañeros mercaderes, ensartándole en seguida,

asándolo y haciéndole pasar a su vientre, para tenderse luego en el banco y roncar hasta la mañana

como un bruto degollado. Despertáse entonces y se desperezó, gruñendo ferozmente, y se marchó sin ocuparse

de nosotros y cual si no nos viera.

Cuando partió, como habíamos tenido tiempo de reflexionar sobre nuestra triste situación, exclamamos

todos a la vez: “Vamos a tirarnos al mar para morir ahogados, mejor que perecer asados y devorados. ¡Porque

debe ser una muerte terrible!” Al ir a ejecutar este proyecto, se levantó uno de nosotros y dijo: “¡Escuchadme

compañeros! ¿No creéis que vale quizá más matar al hombre negro antes de que nos extermine?”

Entonces levanté a mi vez yo el dedo y dije: “¡Escuchadme, compañeros! ¡Caso de que verdaderamente hayáis

resuelto matar al hombre negro, sería preciso antes comenzar por utilizar los trozos de madera de que

esta cubierta la playa, con objeto de construimos una balsa en la cual podamos huir de esta isla maldita después

de librar a la Creación de tan bárbaro comedor de musulmanes! ¡Bordearemos entonces cualquier isla

donde esperaremos la clemencia del Destino, que nos enviará algún navío para regresar a nuestro país! De

todos modos, aunque naufrague la balsa y nos ahoguemos, habremos evitado que nos asen y no habremos

cometido la mala acción de matarnos voluntariamente. ¡Nuestra muerte será un martirio que se tendrá en

cuenta el día de la Retribución!” Entonces exclamaron los mercaderes: “¡Por Alah! ¡Es una idea excelente

y una acción razonable!”

Al momento nos dirigimos a la playa y construimos la balsa en cuestión, en la cual tuvimos cuidado de

poner algunas provisiones, tales como frutas y hierbas comestibles; luego volvimos al palacio para esperar,

temblando, la llegada del hombre negro.

Llegó precedido de un ruido atronador, y creíamos ver entrar a un enorme perro rabioso. Todavía tuvimos

necesidad de presenciar sin un murmullo cómo ensartaba y asaba a uno, de nuestros compañeros, a

quien escogió por su grasa y buen aspecto, tras del palpamiento y manoseo. Pero cuando el espantoso bruto

se durmió y comenzó a roncar de un modo estrepitoso, pensamos en aprovecharnos de su sueño con objeto

de hacerle inofensivo para siempre.

Cogimos a tal fin dos de los inmensos asadores de hierro, y los calentamos al fuego hasta que estuvieron

al rojo blanco; luego los empuñamos fuertemente por el extremo frío, y como eran muy pesados, llevamos,

entre varios cada uno. Nos acercamos a él quedamente, y entre todos hundimos a la vez ambos asadores en



ambos ojos del horrible hombre negro que dormía, y apretamos con todas nuestras fuerzas para que cegase

en absoluto.

Debió sentir seguramente un dolor extremado, porque el grito que lanzó fue tan espantoso, que al oírlo

rodamos por el suelo a una distancia respetable. Y saltó él a ciegas, y aullando y corriendo en todos sentidos,

intentó coger a alguno de nosotros. Pero habíamos tenido tiempo de evitarlo y tirarnos al suelo de bruces

a su derecha y a su izquierda, de manera que a cada vez sólo se encontraba con el vacío. Así es que, que

no podía realizar su proposito, acabó por dirigirse a tientas a la puerta y salió dando gritos espantosos.

Entonces, convencidos de que el gigante ciego moriría por fin en su suplicio, Comenzamos a tranquilizarnos,

y nos dirigimos al mar con paso lento. Arreglamos un poco mejor la balsa, nos embarcamos en ella,

la desamarramos de la orilla, y ya ibamos a remar para alejamos, cuando vimos al horrible gigante ciego

que llegaba corriendo, guiado por una hembra gigante todavía más horrible y antipática que él. Llegados

que fueron a la playa, lanzaron gritos amedrentadores al ver que nos alejábamos, después cada uno de ellos

comenzó a apedreamos, arrojando a la balsa trozos de peñasco. Por aquel procedimiento consiguieron alcanzarnos

con sus proyectiles y ahogar a todos mis compañeros, excepto dos. En cuanto a los tres que salimos

con vida, pudimos al fin alejamos y ponemos fuera del alcance de los peñascos que lanzaban.

Pronto llegamos a alta mar, donde nos vimos a merced del viento y empujados hacia una isla que distaba

dos días de aquella en que creíamos perecer ensartados y asados. Pudimos encontrar allá frutas, con lo que

nos libramos de morir de hambre; luego, como la noche iba ya avanzada, trepamos a un gran árbol para

dormir en él.

Por la mañana, cuando nos despertamos, lo primero que se presentó ante nuestros ojos asustados fue una

terrible serpiente tan gruesa como el árbol en que nos hallabamos y que clavaba en nosotros sus ojos llameantes,

y abría una boca tan ancha como un horno. Y de pronto se irguió, y su cabeza nos alcanzó en la

copa del árbol. Cogió con sus fauces a uno de mis compañeros Y lo engulló hasta los hombros, para devorarle

por completo casi inmediatamente. Y al punto oímos los huesos del infortunado crugir en el vientre de

la serpiente, que bajó del árbol y nos dejó aniquilados de espanto y de dolor. Y pensamos: “¡Por Alah, este

nuevo género de muerte es más detestable que el anterior! ¡La alegría de haber escapado del asador del

hombre negro, se convierte en un presentimiento peor aún que cuanto hubiéramos de experimentar! ¡No

hay recurso más que en Alahl”

Tuvimos en seguida alientos para bajar del árbol y recoger algunas frutas que nos comimos, satisfaciendo

nuestra sed con el agua de los arroyos. Tras de lo cual, vagamos por la isla en busca de cualquier abrigo

más seguro que el de la precedente noche, y acabamos por encontrar un árbol de una altura prodigiosa, que

nos pareció podría protegernos eficazmente. Trepamos a él al hacerse de noche y ya instalados lo mejor posible,

empezábamos a dormimos, cuando nos despertó un silbido seguido de un rumor de ramas tronchadas,

y antes de que tuviésemos tiempo de hacer un movimiento para escapar, la serpiente cogió a mi compañero,

que se había encaramado por debajo de mí y de un solo golpe le devoró hasta las tres cuartas partes. La vi

luego enroscase al árbol, haciendo rechinar los huesos de mi último compañero hasta que terminó de devorarle.

Después se retiró, dejándome muerto de miedo.

Continué en el árbol sin moverme hasta por la mañana, y únicamente entonces me decidí a bajar. Mi

primer movinúento fue para tirarme al mar con objeto de concluir una vida miserable y llena de alarmas

cada vez más terribles; en él camino me paré, porque mi alma, don precioso, no se avenía a tal resolución; y

me sugirió una idea a la cual debo el haberme salvado.

Empecé a buscar leña, y encontrándola en seguida, me tendí en tierra y cogí una tabla grande que sujetó a

las plantas de mis pies en toda su extensión; cogí luego una segunda tabla que até a mi costado izquierdo,

otra a mi costado derecho, la cuarta me la puse en el vientre, y la quinta, más ancha y más larga que las anteriores,

la sujeté a mi cabeza. De este modo me encontraba rodeado por una muralla de tablas que oponían

en todos sentidos un obstáculo a las fauces de la serpiente. Realizado aquello, permanecí tendido en el

suelo, y esperé lo que me reservaba el Destino.

Al hacerse de noche, no dejó de ir la serpiente. En cuanto me vio, arrojóse sobre mí dispuesta a sujetarme

en su vientre; pero se lo impidieron las tablas. Se puso entonces a dar vueltas a mi alrededor intentando cogerme

por algún lado más accesible; pero, no pudo lograr su propósito, a pesar de todos sus esfuerzos y

aunque tiraba de mí en todas direcciones. Así pasó toda la noche haciéndome sufrir, y yo me creía ya

muerto y sentía en mi rostro su aliento nauseabundo. Al amanecer me dejó por fin, y se alejó muy furiosa,

en el límite de la cólera y de la rabia.

Cuando estuve seguro de que se había alejado del todo, saqué la mano y me desembaracé de las ligaduras

que me ataban a las tablas. Pero había estado en una postura tan incómoda, que en un principio no logré

moverme, y durante varias horas creí no poder recobrar el uso de mis miembros. Pero al fin conseguí ponerme

en pie, y poco a poco pude andar y pasearme por la isla. Me encaminé hacia el mar, y apenas llegué,

descubrí en lontananza un navío que bordeaba la isla velozmente a toda vela.



Al verlo me puse a agitar los brazos y gritar como un loco; luego desplegué la tela de mi turbante, y

atándola a una rama de árbol, la levanté por encima de mi cabeza y me esforcé en hacer señales para que

me advirtiesen desde el navío.

El destino quiso que mis esfuerzos no resultaran inútiles. No tardé, efectivamente, en ver que el navío viraba

y se dirigía a tierra; y poco después fui recogido por el capitán y sus hombres.

Una vez a bordo del navío, empezaron por proporcionarme vestidos y ocultar mi desnudez, ya que desde

hacía tiempo había yo destrozado mi ropa, luego me ofrecieron manjares para que comiera, lo cual hice con

mucho apetito, a causa de mis pasadas privaciones; pero lo que me llegó especialmente al alma fue cierta

agua fresca en su punto y deliciosa en verdad, de la que bebí hasta saciarme. Entonces se calmó mi corazón

y se tranquilizó mi espíritu, y sentí que el reposo y el bienestar descendían por fin a mi cuerpo extenuado.

Comencé, pues, a vivir de nuevo tras de ver a dos pasos de mí la muerte y bendije a Alah por su misericordia,

y le di gracias por haber interrumpido mis tribulaciones. Así es que no tardé en reponerme completamente

de mis emociones y fatigas, hasta el punto de casi llegar a creer que todas aquellas calamidades

habían sido un sueño.

Nuestra navegación resultó excelente, y con la venia de Alah el viento nos fue favorable todo el tiempo,

y nos hizo tocar felizmente en una isla llamada Salahata, donde debíamos hacer escala y en cuya rada ordenó

anclar el capitán para permitir a los mercaderes desembarcar y despachar sus asuntos.

Cuando estuvieron en tierra los pasajeros, como era el único a bordo que carecía de mercancías para vender

o cambiar el capitán se acercó a mi y me dijo: “¡Escucha lo que voy a decirte! Eres un hombre pobre y

extranjero, y por ti sabemos cuántas pruebas has sufrido en tu vida. ¡Así, pues, quiero serte de alguna utilidad

ahora y ayudarte a regresar a tu país con el fin de que cuando pienses en mí lo.hagas gustoso e invoques

para mi persona todas las bendiciones!” Yo lo contesté: “Ciertamente, ¡oh capitán! que no dejaré de hacer

votos en tu favor.” Y él dijo: “Sabe que hace algunos años vino con nosotros un viajero que si perdió en

una isla en que hicimos escala. Y desde entonces no hemos vuelto a tener noticias suyas, ni sabemos si ha

muerto o si vive todavía. Como están en el navío depositadas las mercancías que dejó aquel viajero, abrigo

la idea de confiártelas para que mediante un corretaje provisional sobre la ganancia, las vendas en esta isla

y me des su importe, a fin de que a mi regreso a Baplad pueda yo entregarlo a sus parientes o dárselo a él

mismo, si consiguió volver a su ciudad.” Y contesté yo: “¡Te soy deudor del bienestar y la obediencia, ¡oh

mi señor! ¡Y verdaderamente, eres acreedor a mi mucha gratitud, ya que quieres proporcionarme una honrada

ganancia!”

Entonces el capitán ordenó a los marineros que sacasen de la cala las mercancías y las llevaran a la orilla

para que yo me hiciera cargo de ellas, Después llamó al escriba del navío y le dijo que las contase y las

anotara fardo por fardo.. Y contestó el escriba: “¿A quién pertenecen estos fardos y a nombre de quien debo

inscribirlos?” El capitán respondió: “El propietario de estos fardos se llamaba Sindbad el Marino. Ahora

inscríbelos a nombre de ese pobre pasajero y pregúntale cómo se llama.”

Al oír aquellas palabras del capitán, me asombré prodigiosamente, y exclamé: “¡Pero si Sindbad el Marino

soy yo!” Y mirando atentamente al capitán, reconocí en él al que al comienzo de mi segundo viaje, me

abandonó en la isla donde me quedé dormido.

Ante descubrimiento tan inesperado, mi emoción llegó a sus últimos límites, y añadí: “¡Oh Capitán! ¿No

me reconoces? ¡Soy el propio Sindhad el Marino, oriundo de Bagdad! ¡Escucha mí historia! Acuérdate, ¡oh

capitán! de que fui yo quien desembarcó en la isla hace tantos años sin que hubiera vuelto. En efecto, me

dormí a la margen de un arroyo delicioso, después de haber comido, y cuando desperté ya había zarpado el

barco. ¡Por cierto que me vieron muchos mercaderes, de la montaña de diamantes, y podrían atestiguar que

soy yo el propio Sindbad el Marino!

Aun no había acabado de explicarme, cuando uno de los mercaderes que había subido por mercaderias a

bordo, sea cercó a mí, me miró atentamente, y en cuanto terminé de hablar, palmoteó sorprendido, y exclamó:

Por Alah! Ninguno me creyo cuando hace tiempo relaté la extraña aventura que me acaeció un día

en la montaña de diamantes, donde, según dije, vi a un hombre atado a un cuarto de carnero y transportado

desde el valle a la montaña por un pájaro llamado rokh. ¡Plues bien; he aquí aquel hombre! ¡Este mismo es

Sindbad el Marino, el hombre generoso que me regaló tan hermosos diamantes! “Y tras de hablar así, el

mercader corrió a abrazarme como a un hermano ausente que encontrara de pronto a su hermano.

Entonces me contempló un instante el capitán del navío y en seguida me reconoció también por Sindbad,

el Marino. Y me tomó en sus brazos como lo hubiera hecho con su hijo, me felicitó por estar con vida todavía,

y me dijo: “¡Por Alah, ¡oh mi señor! que es asombrosa tu historia y prodigiosa tu aventura! ¡Pero bendito

sea Alah, que permitió nos reuniéramos, e hizo que encontraras tus mercancías y tu fortuna!” Luego

dio orden de que llevaran mis mercancías a tierra para que yo las vendiese, aprovechándome de ellas por

completo aquella vez. Y efectivamente, fue enorme la ganancia que me proporcionaron, indemnizándome

con mucho de todo el tiempo que había perdido hasta entonces.

Después de lo cual, dejamos la isla Salahata y llegamos al país de Sind, donde vendimos y compramos

igualmente.



En aquellos mares lejanos vi cosas asombrosas y prodigios innumerables, cuyo relato no puedo detallar.

Pero, entro otras cosas, vi un pez que tenía el aspecto de una vaca y otro que parecía un asno. Vi también

un pájaro que nacía del nácar marino y cuyas crías vivían en la superficiade las aguas sin volar nunca sobre

tierra.

Más tarde continuamos nuestra navegación, con la venia de Alah, y a la postre llegamos a Bassra, donde

nos detuvimos pocos días, para entrar por último en Bagdad.

Entonces me dirigí a mi calle, penetré en mi casa, saludé a mis parientes, a mis amigos y a mis antiguos

compañeros, e hice muchas dádivas a viudas y a huérfanm Por que había regresado más rico que nunca a

causa de los últimos negocios hechos al vender mis mercancías.

Pero mañana, si Alah quiere, ¡oh amigos míos! os contaré la historia de mi cuarto viaje, que supera en

interés a las.tres que acabáis de oír.”

Luego Sindbad el Marino, como los anteriores días, hizo que dieran cien monedas de oro a Sindbad el

Cargador, invitándole a volver al día siguiente.

No dejó de obedecer el cargador, y volvió al otro día para escuchar lo que había de contar Sindbad el Marino

cuando terminase la comida...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 302 NOCHE

Ella dijo:

... para escuchar lo que había de contar Sindbad el Marino cuando terminase la comida.

LA CUARTA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD

EL MARINO, QUE TRATA DEL CUARTO VIAJE

Y dijo Sindbad el Marino:

Ni las delicias ni los placeres de la vida de Bagdad, ¡oh amigos míos! me hicieron olvidar los viajes. Al

contrario, casi no me acordaba de las fatigas sufridas y los peligros corridos. Y el alma pérfida que vivía en

mí no dejó de mostrarme lo ventajoso que seiría recorrer de nuevo las comarcas de los hombres. Así es que

no pude resistirme a sus tentaciones, y abandonando un día la casa y las riquezas, llevó conmigo una gran

cantidad de mercaderías de precio, bastantes más que las que había llevado en mis últimos viajes, y de

Bagdad partí para Bassra, donde me embarqué en un gran navío en compañía de varios notables mercaderes

prestigiosamente conocidos.

Al principio fue excelente nuestro viaje por el mar, gracias a la bendíción. Fuimos de isla en isla y de tierra

en tierra, vendiendo y comprando Y realizando beneficios muy apreciables, hasta que un día en alta mar

hizo anclar el capitán, diciéndonos: “¡Estamos perdidos sin remedio!” Y de improviso un golpe de viento

terrible hinchó todo el mar, que se precipitó sobre el navío, haciéndolo crujir por todas partes, y arrebató a

los pasajeros, incluso el capitán, los marineros y yo mismo. Y se hundió todo el mundo y yo igual que los

demás.

Pero, merced a la misericordia, pude encontrar sobre el abismo una tabla del navío, a la que me agarré

con manos y pies, y encima de la cual navegamos durante medio día yo y algunos otros mercaderes que lograron

asirse conmigo a ella.

Entonces, a fuerza de bregar con pies y manos, ayudados por el viento y la corriente, caímos en la costa

de una isla, cual si fuésemos un montón de algas, medio muertos ya de frío y de miedo.

Toda una noche permanecimos sin movernos, aniquilados, en la costa de aquella isla. Pero al día siguiente

pudimos levantarnos e intemarnos por ella, vislumbrando una casa, hacia la cual nos encaminamos.

Cuando, llegamos a ella, vimos que por la puerta de la vivienda salía un grupo de individuos completamente

desnudos y negros, quienes se apoderaron de nosotros sin decirnos palabra y nos hicieron penetrar en

una vasta sala donde aparecía un rey sentado en alto trono.

El rey nos ordenó que nos sentáramos, y nos sentamos. Entonces pusieron a nuestro alcance platos llenos

de manjares como no los habíamos visto en toda nuestra vida. Sin embargo, su aspecto no excitó mi apetito,

al revés de lo que ocurría a mis companeros, que comieron glotonamente para aplacar el hambre que les

torturaba desde que nufragamos. En cuanto a mí, por abstenerme conservo la existencia hasta hoy.

Efectivamente, desde que tomaron los primeros bocados, apoderóse de mis compañeros una gula enorme,

y estuvieron durante horas y horas devorando cuanto les presentaban; mientras hacían gestos de locos y

lanzaban extraordinarios gruñidos de satisfacción.

En tanto que caían en aquel estado mis amigos, los hombres desnudos llevaron un tazón lleno de cierta

pomada con la que untaron todo el cuerpo a mis compañeros, resultando asombroso el efecto que hubo de

producirle en el vientre., Porque vi que se les dilataba poco a poco en todos sentidos hasta quedar más gordo

que un pellejo inflado. Y su apetito aumentó proporcionalmente, y continuaron comiendo sin tregua,

mientras yo les miraba asustado al ver que no se llenaba su vientre nunca.

Por lo que a mí respecta, persistí en no tocar aquellos manjares, y me negué a que me untaran con la pomada

al ver el efecto que produjo en mis compañeros. Y en verdad que mi sobriedad fue provechosa, porque

averigüé que aquellos hombres desnudos comían carne humana, y empleaban diversos medios para cebar

a los hombres que caían entre sus manos y hacer de tal suerte más tierna y mas jugosa su carne. En

cuanto al rey de estos antropófagos, descubrí que era ogro. Todos los días le servían asado un hombre cebado

por aquel método; a los demás no les gustaba el asado y comían la carne humana al natural, sin ningún

aderezó.

Ante tan triste descubrimiento, mi ansiedad sobre mi suerte y la de mis compañeros no conoció límites

cuando advertí en seguida una disminución notable de la inteligencia de mis camaradas, a medida que se

hinchaba su vientre y engordaba su individuo. Acabaron por embrutecerse del todo a fuerza de comer, y

cuando tuvieron el aspecto de unas bestias buenas para el matadero, se les confió a la vigilancia de un pastor

que a diario les llevaba a pacer en el prado.

En cuanto a mí, por una parte el hambre, y el miedo por otra, hicieron de mi persona la sombra de mí

mismo y la carne se me secó encima del hueso. Así, es que, cuando los indígenas de la isla me vieron tan

delgado y seco, no se ocuparon ya de mí y me olvidaron enteramente, juzgándome sin duda indigno de servirme

asado ni siquiera a la parrilla ante su rey.

Tal falta de vigilancia por parte de aquellos insulares negros y desnudos, me permitió un día alejarme de

su vivienda y marchar en dirección opuesta a ella. En el camino me encontré al pastor que llevaba a pacer a

mis desgraciados compañeros, embrutecidos por culpa de su vientre. Me di prisa, a esconderme entre las

hierbas altas, andando y corriendo para perderlos de vista, pues su aspecto me producía torturas y tristeza.

Ya se había puesto el sol, y yo no dejaba de andar. Continué camino adelante, toda la noche sin sentir necesidad

de dormir, porque me despabilaba el miedo de caer en manos de los negros comedores de carne

humana. Y anduve aún durante todo el otro día, y también los seis siguientes, sin perder más que el tiempo

necesario para hacer una comida diaria que me permitiese seguir mi carrera en pos de lo desconocido. Y

por todo alimento Cogía hierbas y me comía las indispensables para no sucumbir de hambre.

Al amanecer del octavo día...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGó LA 303 NOCHE

Ella dijo:

...Al amanecer del octavo día llegué a la orilla opuesta de la isla y me encontré con hombres como yo,

blancos y vestidos con trajes, que se ocupaban en quitar granos de pimienta de los árboles de que estaba

cubierta aquella región. Cuando me advirtieron, se agruparon en torno mío y me hablaron en mi lengua, el

árabe, que no escuchaba yo desde hacia tiempo. Me preguntaron quién era y de dónde venía. Contesté:

¡Oh buenas gentes, soy un pobre extranjero!” Y les enumeré cuantas desgracias y peligros había experimentado.

Mi relato les asombró maravillosamente, y me felicitaron por haber podido escapar de los devoradores

de carne humana; me ofrecieron de comer y de beber, me dejaron reposar una hora y después me

llevaron a su barca para presentarme a su rey, cuya residencia se hallaba en otra isla vecina.

La isla en que reinaba este rey tenía por capital una ciudad muy poblada, abundante en todas las cosas de

la vida, rica en zocos y en mercaderes cuyas tiendas aparecían provistas de objetos preciosos, cruzada por

calles en que circulaban numerosos jinetes en caballos espléndidos, aunque sin sillas ni estribos. Así es que

cuando me presentaron al rey, tras de las zalemas hube de participarle mi asombro por ver cómo los hombres

montaban a pelo en los caballos. Y le dije: “¿Por qué motivo, ¡oh mi señor y soberano! no se usa aquí

la silla de montar? ¡Es un objeto tan cómodo para ir a cabállo! ¡Y adernas aumenta el dominio del jinete!”

Sorprendióse mucho de mis palabras el rey, y me preguntó: “¿Pero en qué consiste una silla de montar?

¡Se trata de una cosa que nunca en nuestra vida vimos!” Yo lo dije: “¿Quiéres, entonces, que te confeccione

una silla para que puedas comprobar su comodidad y experímentar sus ventajas?” Me contestó: “¡Sin duda!”

Dije que pusieran a mis órdenes un carpintero hábil y le hice trabajar a mi vista la madera de una silla

conforme exactamente, a mis indicaciones. Y permanecí junto a él hasta que la terminó. Entonces yo mismo

forré la madera de la silla con lana y cuero, y acabé guarneciéndola alrededor con bordados de oro y

borlas de diversos colores. Hice que viniese a mi presencia luego un herrero, al cual le enseñé el arte de

confeccionar un bocado y estribos; y ejecutó perfectamente estas cosas, porque no le perdí de vista un instaute.

Cuando estuvo todo en condiciones, escogí el caballo más hermoso de las cuadras del rey, y le ensillé y

embridé, y le enjaecé espléndidamente, sin olvidarme de ponerle diversos accesorios de adorno, como largas

gualdrapas, borlas de seda y oro, penacho y collera azul. Y fui en seguida a presentárselo al rey, que lo

esperaba con mucha impaciencia desde hacía algunos días.

Inmediatamente lo montó el rey, y se sintió tan a gusto y le satisfizo tanto la invención, que me probó su

contento con regalos suntuosos y grandes prodigalidades.

Cuando el gran visir vio aquella silla y comprobó su superioridad, me rogó que le hiciera una parecida. Y

yo accedí gustoso. Entonces todos los notables del reino y los altos dignatarios quisieron asimismo tener

una silla, y me hicieron la oportuna demanda. Y tanto me obsequiaron, que en poco tiempo hube de convertirme

en el hombre más rico y considerado de la ciudad.

Me había hecho amigo del rey, y un día que fui a verle, según era mi costumbre, se encaró conmigo, y

me dijo: “¡Ya sabes, Sindbad, que te quiero mucho! En mi palacio llegaste a ser como de mi familia, Y no

puedo pasarme sin ti ni soportar la idea de que venga un día en que nos dejes. ¡Deseo, pues, pedirte una cosa

sin que me la rehuses!” Contesté: “¡Ordena, ¡oh rey! ¡Tu poder sobre mi lo consolidaron tus beneficios y

la gratitud que te debo por todo el bien que de ti recibí desde mi llegada a este reino!” Contestó él: “Deseo

casarte entre nosotros con una mujer bella bonita, perfecta, rica en oro y en cualidades, con el fin de que

ella te decida a permanecer siempre en nuestra ciudad y en mi palacio. ¡Espero, pues, de ti, que no rechaces

mi ofrecimiento y mis palabras!”

Al oír aquel discurso quedé confundido, bajé la cabeza y no pude responder de tanta timidez que me embargaba.

De manera que el rey me preguntó: “¿Por qué no me contestas, hijo mío?” Yo repliqué: “¡Oh rey

del tiempo, tus deseos son los míos y en mí tienes un esclavo!- Al punto envió él a buscar al kadí y a los

testigos, y acto seguido dióme por esposa a una mujer noble de alto rango, poderosamente rica, dueña de

propiedades edificadas y de tierras, y dotada de gran belleza. Al propio tiempo, me hizo el regalo de un palacio

completamente amueblado, con sus esclavos de ambos sexos y un tren de casa verdaderamente regio.

Desde entonces viví en medio de una tranquilidad perfecta y llegué al límite del desahogo y el bienestar.

Y de antemano me regocijaba, la idea de poder un día escaparme de aquella ciudad y volver a Bagdad con

mi esposa, porque la amaba mucho, y ella también me amaba, y nos llevábamos muy bien. Pero cuando el

Destino dispone algo, ningún poder humano logra torcer su curso. ¿Y qué criatura puede conocer el porvenir?

Aun había yo de comprobar una vez más ¡ay! que todos nuestros proyectos son juegos infantiles ante

los designios del Destino.

Un día, por orden de Alah, murió la esposa de mi vecino. Como el tal vecino era amigo mío, fui a verle y

traté de consolarle, diciéndole: “¡No te aflijas más de lo permitido, ¡oh vecino mío! ¡Pronto te indemnizará

Alah, dándote una esposa mas bendita todavía! ¡Prolongue Alah tus días!” Pero mi vecino, asombrado de

mis palabras, levantó la cabeza y me dijo: ¿Cómo puedes desearme larga vida cuando bien sabes que sólo

tengo ya una, hora de vivir7' Entonces me asombré a mi vez y le dije: “¿Por qué hablas así, vecino mío, y a

qué vienen semejantes presentimientos? ¡Gracias a Alah, eres robusto y nada te amenaza! ¿Pretendes, pues,

matarte por tu propia mano?” Contestó: “¡Ah! Bien veo ahora tu ignorancia acerca de los usos de nuestro

país. Sabe, pues, que la costumbre quiere que todo marido vivo sea enterrado vivo con su mujer cuando ella

muere, y que toda mujer viva sea enterrada viva con su marido cuando muere él. ¡Es cosa inviolable! ¡Y en

seguida debo ser enterrado vivo ya con mi mujer muerta! ¡Aquí ha de cumplir tal ley, establecida por los

antepasados, todo el mundo, incluso el rey!”

Al escuchar aquellas palabras, exclamé: “¡Por Alah, qué costumbre tan detestable! ¡Jamás podré conformarme

con ella!”

Mientras hablábamos en estos términos, entraron los parientes y amigos de mi vecino y se dedicaron, en

efecto, a consolarle por su propia muerte y la de su mujer. Tras de lo cual, se procedió a los funerales. Pusieron

en un ataúd descubierto el cuerpo de la mujer, después de revestirla con los trajes más hermosos y

adornarla, con las más preciosas joyas. Luego se formó el acompañamiento; el marido iba a la cabeza detrás

del ataúd, y todo el mundo, incluso yo, se dirigió al sitio del entierro.

Salimos de la ciudad, llegando a una montaña que daba sobre el mar. En cierto paraje vi una especie de

pozo inmenso, cuya tapa de piedra levantaron en seguida. Bajaron por allá el ataúd donde yacía la mujer

muerta adornada con sus alhajas; luego se apoderaron de mi vecino, que no opuso ninguna resistencia; por

medio de una cuerda le bajaron hasta el fondo del pozo, proveyéndole de un cántaro con agua y siete panes.

Hecho lo cual, taparon el brocal del pozo con las piedras grandes que lo cubrían, y nos volvimos por donde

habíamos ido.

Asistí a todo esto en un estado de alarma inconcebible, pensando: “¡La cosa es aún peor que todas cuantas

he visto!” Y no bien regresé al palacio, corrí en busca del rey y le dije: “¡Oh señor mío! ¡muchos países

recorrí hasta hoy; pero en ninguna parte vi una costumbre tan barbara como esa de enterrar al marido vivo

con su mujer muerta! Por tanto, desearía saber, ¡oh rey del tiempo! si el extranjero ha de cumplir tambien

esta ley al morir su esposa,” El rey contestó: “¡Sin duda que se le enterrará con ella!”

Cuando hube oído aquellas palabras, sentí que en el hígado me estallaba la vejiga de la hiel a causa de la

pena, salí de allí loco de terror y marché a mi casa, temiendo ya que hubiese muerto mi esposa durante mi

ausencia y que se me obligase a sufrir el horroroso suplicio que acababa de presenciar. En vano intenté

consolarme diciendo: “¡Tranquilízate, Sindbad! -¡Seguramente morirás tú primero! ¡Por consiguiente, no

tendrás que ser enterrado vivo!” Tal consuelo de nada había de servirine, porque poco tiempo después mi

mujer cayó enferma, guardó cama algunos días y murió, a pesar de todos los cuidados con que no cesé de

rodearla día y noche.

Entonces mi dolor no tuvo límites porque si realmente resultaba deplorable el hecho, de ser devorado

por los comedores de carne humana, no lo resultaba menos el de ser enterrado vivo. Cuando vi que el rey

iba personalmente a mi casa para darme el pésame por mi entierro, no dudé ya de mi suerte. El soberano

quiso hacerme el honor de asistir, acompañado por todos los personajes de la corte, a mi entierro, yendo al

lado mío a la cabeza del acompañamiento, detrás del ataúd, en que yacía muerta mi esposa, cubierta con sus

joyas y adornada con todos sus atavios.

Cuando estuvirnos al pie de la montaña que daba sobre el mar, se abrió el pozo en cuestión, haciendo

bajar al fondo del agujero el cuerpo de mi esposa; tras de lo cual, todos los concurrentes se acercaron a mí y

me dieron el pésame, despidiéndose. Entonces yo quise intentar que el rey y los concurrentes me dispensaran

de aquella prueba, y exclamé llorando: “¡Soy extranjero y no parece justo que me someta a vuestra ley.

¡Además, en mi país tengo una esposa que vive e hijos que necesitan de mí!”

Pero en vano hube de gritar y sollozar, porque cogiéronme sin escucharme, me echaron cuerdas por debajo

de los brazos, sujetaron a mi cuerpo un cántaro de agua y siete panes, como era costumbre, y me descolgaron

hasta el fondo del pozo. Cuando llegué abajo me dijeron: “¡Desátate para que nos llevemos las

cuerdas!” Pero no quise desligarme y continué con ellas, por si se decidían a subirme de nuevo. Entonces

abandonaron las cuerdas, que cayeron sobre mí, taparon otra vez con las grandes piedras el brocal del pozo

y se fueron por su camino sin escuchar mis gritos, que movían a piedad.

A poco me obligó a taparme las narices la hediondez de aquel lugar subterráneo. Pero no me impidió inspeccionar,

merced a la escasa luz que descendía de lo alto, aquella gruta mortuoria llena de cadáveres antiguos

y recientes. Era muy espaciosa, y se dilataba hasta una distancia que mis ojos no podían sondear. Entonces

me tiré al suelo llorando, y exclamé: “¡Bien merecida tienes tu suerte, Sindbad de alma insaciable! Y

luego, ¿qué necesidad tenías de casarte en esta ciudad? ¡Ah! ¿Por qué no pereciste en el valle de los diamantes,

o por qué no te devoraron los comedores de hombres? ¡Era preferible que te hubiese tragado el mar

en uno de tus naufrugios y no tendrías que sucumbir ahora a tan espantosa muerte!” Y al punto comencé a

golpearme con fuerza en la cabeza en el estómago y en todo mi cuerpo. Sin embargo, acosado por el hambre

y la sed, no me decidí a dejarme morir de inanición, y desaté de la cuerda los panes y el cántaro de

agua, y comí y bebí, aunque con prudencia, en previsión de los siguientes días.

De este modo viví durante algunos días, habituándome paulatinamente al olor insoportable de aquella

gruta, y para dormir me acostaba en un lugar que tuve buen cuidado de limpiar de los huesos que en él aparecían.

Pero no podía retrasar mas el momento en que se me acabaran el pan y el agua. Y llegó ese momento.

Entonces, poseído por la más absoluta desesperación, hice mi acto de fe, y ya iba a cerrar los ojos

para aguardar la muerte, cuando vi abrirse por encima de mi cabeza el agujero del pozo -y descender en un

ataúd a un hombre muerto, y tras él su esposa con los siete panes y el cántaro de agua.

Entonces esperé a que los hombres de arriba tapasen de nuevo el bocal, y sin hacer el menor ruido, muy

sigilosamente, cogí un gran hueso de muerto y me arrojé de un salto sobre la mujer, rematándola de un golpe

en la cabeza; y para cerciorarme de su muerte, todavía la propiné un segundo y un tercer golpe con toda

mi fuerza. Me apoderé entonces de los siete panes y del agua, con lo que tuve provisiones para algunos días.

Al cabo de ese tiempo, abrióse de nuevo el orificio, y esta vez descendieron una mujer muerta y un hombre.

Con objeto de seguir viviendo -¡porque el alma es preciosa!- no dejó de rematar al hombre, robándole

sus panes y su agua. Y así continué viviendo durante algún tiempo matando en cada oportunidad a la persona

a quien se enterraba viva y robándola sus provisiones.

Un día entre los días, dormía yo en mi sitio de costumbre, cuando me desperté sobresaltado al oír un ruido

insólito. Era cual un resuello humano y un rumor de pasos. Me levanté y cogí el hueso que me servía para

rematar a los individuos enterrados vivos, dirigiéndome al lado de donde parecía venir el ruido. Después

de dar unos pasos, creí entrever algo que huía resollando con fuerza. Entonces, siempre armado con mi

hueso, perseguí mucho tiernpo a aquella especie de sombra fugitiva, y continué corriendo en la obscuridad

tras ella, y tropezando a cada paso con los huesos de los muertos; pero de pronto crei ver en el fondo de la

gruta como una estrella luminosa que tan pronto brillaba como se extinguía. Proseguí avanzando en la

misma dirección, y conforme avanzaba veía aumentar y ensancharse la luz. Sin embargo, no me atreví a

creer que fuese aquello una salida por donde pudiese escaparme, y me dije: “¡Indudablemente debe ser un

segundo agujero de este pozo por el que bajan ahora, algún cadáver!” Así, que cuál no sería mi emoción al

ver que la sombra fugitiva, que no era otra cosa que un animal, saltaba con ímpetu por aquel agujero. Entonces

comprendí que se trataba de una brecha abierta por las fieras para ir a comerse en la gruta los cadáveres.

Y salté detrás del animal y me hallé al aire libre bajo el cielo.

Al darme cuenta de la realidad, caí de rodillas, y con todo mi corazón di gracias al Altísimo, por haberme

libertado, y calmé y tranquilicé mi alma.

Miré entonces al cielo, y vi que me encontraba al pie de una montaña junto al mar; y observé que la tal

montaña no debía comunicarse de ninguna manera con la ciudad por lo escarpada e impracticable que era.

Efectivamente, intenté ascender por ella, pero en vano. Entoneces, para no morirme de hambre, entré en la

gruta por la brecha en cuestión y cogí pan y agua; y volví a alimentarme, bajo el cielo, verificándolo con

bastante mejor apetito que mientras duró mi estancia entre los muertos.

Todos los días continué yendo a la gruta para quitarles los panes y el agua, matando a los que se enterraba

vivos. Luego tuve la idea de recoger todas las joyas de los muertos, diamantes brazaletes, collares, perlas,

metales cincelados, telas preciosas y cuantos objetos de oro y plata había por allá. Y poco a poco iba

transportando mi botín a la orilla del mar, esperando que llegara día en que pudiese salvarme con tales riquezas.

Y para, que todo estuviese preparado, hice fardos bien envueltos en los trajes de los hombres y

mujeres de la gruta.

Estaba yo sentado un día a la orilla del mar pensando en mis aventuras y en mi actual estado, cuando vi

que pasaba un navío por cerca de la montaña. Me levanté en seguida, desarrollé la tela de mi turbante y me

puse a agitarla con bruscos ademanes y dando muchos gritos mientras corría por la costa. Gracias a Alah, la

gente del navío advirtió mis señales, y destacaron una barca para que fuese a recogerme y transportarme a

bordo. Me llevaron con ellos y también se encargaron muy gustosos de mis fardos.

Cuando estuvimos a bordo, el capitán se acercó a mí y me dijo: “¿Quién eres y cómo te encontrabas en

esa montaña donde nunca vi más que animales salvajes y aves de rapiña, pero no un ser humano, desde que

navego por estos parajes?” Conteste: ¡Oh señor mio, soy un pobre mercader extranjero en estas comarcas!

Embarqué en un navío enorme que naufragó junto a esta costa; y gracias a mi valor y a mi resistencia, yo

sólo entre mis compañeros pude salvarme de perecer ahogado y salvé conmigo mis fardos de mercancías,

poniéndolos en una tabla grande que me proporcioné cuando el navío viose a merced de las olas. El Destino

y mi suerte me arrojaron a esa orilla, y Alah ha querido que no muera yo de hambre y de sed.” Y esto fue lo

que dije al capitán, guardándome mucho de decirle la verdad sobre mi matrimonio y mi enterramiento, no

fuera que a bordo hubiese alguien de la ciudad donde reinaba la espantosa costumbre de que estuve a punto

de ser víctima.

Al acabar mi discurso al capitán, saqué de uno de mis paquetes un hermoso objeto de precio y se lo ofrecí

como presente para que me tuviese consideración durante el viaje. Pero con gran sorpresa por mi parte, dio

prueba de un raro desinterés sin querer aceptar mi obsequio, y me dijo con acento benévolo: “No acostumbro

a hacerme pagar las buenas acciones. No eres el primero a quien hemos recogido en el mar. A otros

náufragos socorrimos, transportándolos a su país, ¡por Alah! y no sólo nos negamos a que nos pagaran, sino

que como carecían de todo, les dimos de comer y de beber y les vestimos, y siempre ¡por Alah! hubimos de

proporcionarles lo preciso para subvenir a sus gastos de viaje. ¡Porque el hombre se debe a sus semejantes,

por Alah!”

Al escuchar tales palabras, di gracias al capitán e hice votos en su favor, deseándole larga vida, en tanto

que él ordenaba desplegar las velas y ponía en marcha al navio. Durante días y días navegamos en excelentes

condiciones, de isla en isla y de mar en mar, mientras yo me pasaba las horas muertas deliciosamente

tendido, pensando en mis extrañas aventuras y preguntándome si en realidad había yo experimentado todos

aquellos sinsabores o si no eran un sueño. Y al recordar algunas veces mi estancia en la gruta subterránea

con mi esposa muerta, creía volverme loco de espanto.

Pero al fin, por obra y gracia de Alah, llegamos con buena salud a Bassra, donde no nos detuvimos más

que algunos días, entrando luego en Bagdad.

Entonces, cargado con riquezas infinitas, tomé el camino de mi calle y de mi casa, adonde entré y encontré

a mis parientes y a mis amigos; festejaron mi regreso y se regocijaron en extremo, felicitándome por mi

salvación. Yo entonces guardé con cuidado en los armarios mis tesoros, sin olvidarme de distribuir muchas

limosnas a los pobres, a las viudas y a los huérfanos, así como valiosas dádivas entre mis amigos y conocimientos.

Y desde entonces no cesé de entregarme a todas las diversiones y a todos los placeres en compañía

de personas agradables.

¡Pero cuanto os conté hasta aquí no es nada, verdaderamente, en comparación de lo que me reservo para

contároslo mañana, si Alah quiere!”

¡Así hablo aquel día Sindbad! Y no dejó de mandar que dieran cien monedas de oro al cargador invitándole

a cenar con él, en compañía asimismo de los notables que se hallaban presentes Y todo el mundo maravillóse

de aquello.

En cuanto a Sindbad el Cargador...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 306 NOCHE


Ella dijo:

En cuanto a Sindbad el Cargador, llegó a su casa, donde soñó toda la noche con el relato asombroso. Y

cuando al día siguiente estuvo de vuelta en casa de Sindbad el Marino, todavía se hallaba emocionado a

causa del enterramiento de su huésped. Pero como ya habían extendido el mantel, se hizo sitio entre los

demás, y comió, y bebió, y bendijo al Bienhechor. Tras de lo cual, en medio del general silencio, escuchó

lo que contaba Sindbad el Marino.

LA QUINTA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD

EL MARINO, QUE TRATA DEL QUINTO VIAJE

Dijo Sindbad:

Sabed, ¡oh amigos míos! que al regresar del cuarto viaje me dediqué a hacer una vida de alegría, de placeres

y de diversiones, y con ello olvidé en seguida mis pasados sufrimientos, y sólo me acordé de las ganancias

admirables que me proporcionaron mis aventuras extraordinarias. Así es que no os asombréis si os

digo que no dejé de atender a mi alma, la cual inducíame a nuevos viajes por los países de los hombres.

Me apresté, pues a seguir aquel impulso, y compré las mercaderías que a mi experiencia parecieron de

más fácil salida y de ganancia segura y fructífera; hice que las encajonasen, y partí con ellas para Bassra.

Allí fui a pasearme por el puerto y vi un navío grande, nuevo completamente, que me gustó mucho y que

acto seguido compré para mí solo. Contraté a mi servicio a un buen capitán experimentado y a los necesarios

marineros. Después mandé que cargaran las mercaderías mis esclavos, a los cuales mantuve a bordo

para que me sirvieran. También acepté en calidad de pasajeros a algunos mercaderes de buen aspecto, que

me pagaron honradamente el precio del pasaje. De esta manera, convertido entonces en dueño de un navío,

podía ayudar al capitán con mis consejos, merced a la experiencia que adquirí en asuntos marítimos.

Abandonamos Bassra con el corazón confiado y alegre, deseándonos mutuamente, todo género de bendiciones.

Y nuestra navegación fue muy feliz, favorecida de continuo por un viento propicio y un mar clemente.

Y después de haber hecho diversas escalas con objeto de vender y comprar, arribamos un día a una

isla, completamente deshabitada y desierta, y en la cual se veía como unica vivienda una cúpula blanca. Pero

al examinar más de cerca aquella cúpula blanca, adivine que se trataba de un huevo de rokh. Me olvidé

de advertirlo a los pasajeros, los cuales, una vez que desembarcaron, no encontraron para entretenerse nada

mejor que tirar gruesas piedras a la superficie del huevo; y algunos instantes más tarde sacó del huevo una

de sus patas el rokhecillo.

Al verlo, continuaron rompiendo el huevo los mercaderes; luego mataron a la cría del rokh, cortándola en

pedazos grandes, y fueron a bordo para contarme la aventura.

,Entonces llegué al límite del terror, y exclamé: “¡Estamos perdidos! ¡En seguida vendrán el padre y la

madre del rokh para atacamos y hacernos perecer! ¡Hay que alejarse, pues, de esta isla lo más de prisa posible!

Y al punto desplegamos la vela y nos pusimos en marcha, ayudados por el viento.

En tanto, los mercaderes ocupabanse en asar los cuartos del rokh; pero no habían empezado a saborearlos,

cuando vimos sobre los ojos del sol dos gruesas nubes que lo tapaban completamente. Al hallarse más

cerca de nosotros estas nubes, advertimos no eran otra cosa que dos gigantescos rokhs, el padre y la madre

del muerto. Y les oimos batir las alas y lanzar graznidos más terribles que el trueno. Y en seguida nos dimos

cuenta de que estaban precisamente encima de nuestras cabezas, aunque a una gran altura, sosteniendo

cada cual en sus garras una roca enorme, mayor que nuestro navío.

Al verlo, no dudamos ya de que la venganza de los rokhs nos perdería. Y de repente uno de los rokhs

dejó caer desde lo alto la roca en dirección al navío. Pero el capitán tenía mucha experiencia; maniobró con

la barra tan rápidamente, que el navío viró a un lado, y la roca, pasando junto a nosotros, fue a dar en el

mar, el cual abrióse de tal modo, que vimos su fondo, y el navío se alzó, bajó y volvió a alzarse espantablemente.

Pero quiso nuestro destino que en aquel mismo instante soltase el segundo Rokh su piedra, que, sin

que pudiésemos evitarlo, fue a caer en la popa, rompiendo el timón en veinte pedazos y hundiendo la mitad

del navío. Al golpe, mercaderes y marineros quedaron aplastados o sumergidos. Yo fui de los que se sumergieron.

Pero tanto luché con la muerte, impulsado por el instinto de conservar mi alma preciosa, que pude salir a

la superficie del agua. Y por fortuna, logré agarrarme a una tabla de mi destrozado navío.

Al fin conseguí ponerme a horcajadas encima de la tabla y remando con los pies y ayudado por el viento

y la corriente, pude llegar a una isla en el preciso instante en que iba a entregar mi último aliento, pues estaba

extenuado de fatiga, hambre y sed. Empecé por tenderme en la playa, donde permanecí aniquilado una

hora, hasta que descansaron y se tranquilizaron mi alma y mi corazón. Me levantó entonces y me interné en

la isla con objeto de reconocerla.



No tuve necesidad de caminar mucho para advertir que aquella vez el Destino me había transportado a un

jardín tan hermoso, que podría compararse con los jardines del paraíso. Ante mis ojos estáticos aparecían

por todas partes árboles de dorados frutos, arroyos cristalinos, pájaros de mil plumajes diferentes y flores

arrebatadoras. Por consiguiente, no quise privarme de comer de aquellas frutas, beber de aquella agua y aspirar

aquellas flores; y todo lo encontré lo más excelente posible. Así es que no me moví del sitio en que

me hallaba, y continué reposando de mis fatigas hasta que acabó el día.

Pero cuando llegó la noche, y me vi en aquella isla solo entre los árboles, no pude por menos de tener un

miedo atroz, a pesar de la belleza y la paz que me rodeaban; no logré dominarme más qne a medias, y durante

el sueño me asaltaron pesadillas terribles en medio de aquel silencio y aquella soledad.

Al amanecer me levanté más tranquilo y avancé en mi exploración. De esta suerte pude llegar junto a un

estanque donde iba a dar el agua de un manantial, y a la orilla del estanque, hallábase sentado inmóvil un

venerable anciano cubierto con amplio manto hecho de hojas de árbol. Y pensé para mí: “¡También este

anciano debe ser algún náufrago que se refugiara antes que yo en esta isla!”

Me acerqué, pues, a él y le deseé la paz. Me devolvió el saludo, pero solamente por señas y sin pronunciar

palabra. Y le pregunté: “¡Oh Venerable jeique! ¿a qué se debe tu estancia en este sitio?” Tampoco me

contestó; pero movió con aire triste la cabeza, y con la mano me hizo señas que significaban: “¡Te suplico

que me cargues a tu espalda y atravieses el arroyo conmigo, porque quisiera coger frutas en la otra orilla!”

Entonces pensé: “¡Ciertamente, Sindbad, que verificarás una buena acción sirviendo así a este anciano!”

Me incliné, pues, y me lo cargué sobre los hombros, atrayendo a mi pecho sus piernas, y con sus muslos me

rodeába el cuello y la cabeza con sus brazos. Y le transporté por la otra orilla del arroyo hasta el lugar que

hubo de designarme; luego me incliné nuevamente y le dije: “Baja con cuidado, ¡oh venerable jeique!” ¡Pero

no se movió! Por el contrario, cada vez apretaba más sus muslos en torno de mi cuello, y se afianzaba a

mis hombros con todas sus fuerzas.

Al darme cuenta de ello llegué al límite del asombro y miré con atención sus piernas, Me parecieron negras

y velludas, y ásperas como la piel de un búfalo, y me dieron miedo. Así es que, haciendo un esfuerzo

inmenso, quise desenlazarme de su abrazo y dejarle en tierra; pero entonces me apretó él la garganta tan

fuertemente, que casi me extranguló y ante mí se obscureció el mundo. Todavía hice un último esfuerzo;

pero perdí el conocimiento, casi ya sin respiración, y caí al suelo desvanecido.

Al cabo de algún tiempo volví en mí, observando que, a pesar de mi desvanecimiento, el anciano se mantenía

siempre agarrado a mis hornbros; sólo había aflojado sus piernas ligeramente para permitir que el aire

penetrara en mi garganta.

Cuando me vio respirar, diome dos puntapiés en el estómago para obligarme a que me incorporara de

nuevo. El dolor me hizo obedecer, y me erguí sobre mis piernas, mientras él se afianzaba a mi cuello más

que nunca. Con la mano me indicó que anduviera por debajo de los árboles, y se puso a coger frutas y a

comerlas. Y cada vez que me paraba yo contra su voluntad o andaba demasiado de prisa, me daba puntapiés

tan violentos que veíame obligado a obedecerle.

Todo aquel día estuvo sobre mis hombros, haciéndome caminar como un animal de carga; y llegada la

noche, me obligó a tenderme con él para dormir sujeto siempre a mi cuello. Y a la mañana me despertó de

un puntapié en el vientre, obrando como la víspera.

Así permaneció afianzado a mis hombros día y noche sin tregua. Encima de mí hacía todas sus necesidades

líquidas y sólidas, y sin piedad me obligaba a marchar, dándome puntapiés y puñetazos.

Jamás había yo sufrido en mi alma tantas humillaciones y en mi cuerpo tan malos tratos como al servicio

forzoso de este anciano, más robusto que un joven y más despiadado que un arriero. Y ya no sabía yo de

qué medio valerme para desembarazarme de él; y deploraba el caritativo impulso que me hizo compadecerle

y subirle a mis hombros y desde aquel momento me deseé la muerte desde lo más profundo de mi

corazón.

Hacía ya mucho tiempo que me veía reducido a tan deplorable estado, cuando un día aquel hombre me

obligó a caminar bajo unos árboles de los que colgaban gruesas calabazas, y se me ocurrió la idea de aprovechar

aquellas frutas secas para hacer con ellas recipientes. Recogí una gran calabaza seca que había caído

del árbol tiempo atrás, la vacié por completo, la limpié, y fui a una vid para cortar racimos de uvas que exprimí

dentro de la calabaza hasta llenarla. La tapé luego cuidadosamente y la puse al sol dejándola allí varios

días, hasta que el zumo de uvas convirtióse en vino puro. Entonces cogí la calabaza y bebí de su contenido

la cantidad suficiente para reponer fuerzas y ayudarme a soportar las fatigas de la carga, pero no lo

bastante para embriagarme. Al momento me sentí reanimado y alegre hasta tal punto, que por primera vez

me puse a hacer piruetas en todos sentidos con mi carga sin notarla ya, y a bailar cantando por entre los árboles.

Incluso hube de dar palmadas para acompañar mi baile, riendo a carcajadas.

Cuando el anciano me vio en aquel estado inusitado y advirtió que mis fuerzas se multiplicaban hasta el

extremo de conducirle sin fatiga, me ordenó por señas que le diese la calabaza. Me contrarió bastante la

petición; pero le tenía tanto miedo, que no me atreví a negarme; me apresuré, pues, a darle la calabaza de

muy mala gana. La tomó en sus manos, la llevó a sus labios, saboreó prímero el líquido para saber a qué



atenerse, y como lo encontró agradable, se lo bebió, vaciando la calabaza hasta la última gota y arrojándola

después lejos de sí.

En seguida se hizo en su cerebro el efecto del vino; y como había bebido lo suficiente para embriagarse,

no tardó en bailar a su manera en un pnricipio, zarandeándose sobre mis hombros, para aplomarse luego

con todos los músculos relajados, venciéndose a derecha y a izquierda y sosteniéndose sólo lo preciso para

no caerse.

Entonces yo, al sentir que no me oprimía como de costumbre, desanudé de mi cuello sus piernas con un

movimiento rápido, y por medio de una contracción de hombros le despedí a alguna distancia, haciéndole

rodar por el suelo, en donde quedó sin movimiento. Salté sobre él entonces, y cogiendo de entre los árboles

una piedra enorme le sacudí con ella con la cabeza diversos golpes tan certeros, que le destrocé el cráneo, y

mezclé su sangre a su carne. ¡Murió! ¡Ojalá no haya tenido Alah nunca compasión de su alma!...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGó LA 308 NOCHE

Ella dijo:

... ¡Ojalá no haya tenido Alah nunca compasión de su alma!

A la vista de su cadáver, me sentí el alma todavía más aligerada que el cuerpo, y me puse a correr de alegría,

y así llegué a la playa, al mismo sitio donde me arrojó el mar cuando el naufragio de mi navío. Quiso

el Destino que precisamente en aquel momento se encontrasen allí unos marineros que desembarcaron de

un navío anclado para buscar agua y frutas. Al verme, llegaron al limite del asombro, y me rodearon y me

interrogaron después de mutuas zalemas. Y les contó lo que acababa de ocurrirme, cómo había naufragado

y cómo estuve reducido al estado de perpetuo animal de carga para el jeique a quien hube de matar.

Estupefactos quedaron los marineros con el relato de mi historia, y exclamaron. “¡Es prodigioso que pudieras

librarte de ese jeique, conocido por todos los navegantes con el nombre de Anciano del mar! Tú eres

el primero a quien no extranguló, porque siempre ha ahogado entre sus muslos a cuantos tuvo a su servicio.

¡Bendito sea Alah, que te libró de él!”

Después de lo cuál, me llevaron a su navío, donde su capitán me recibió cordialmente, Y me dio vestidos

con que cubrir mi desnudez; y luego que le hube contado mi aventura, me felicitó por mi salvacion, y nos

hicimos a la vela.

Tras varios días y varias noches de navegación, entramos en el puerto de una ciudad que tenía casas muy

bien construidas junto al mar. Esta ciudad llamábase la Ciudad de los Monos, a causa de la cantidad prodigiosa

de monos que habitaban en los árboles de las inmediaciones.

Bajé a tierra acompañado por uno de los mercaderes del navío, con objeto de visitar la ciudad y procurar

hacer algún negocio. El mercader con quien entablé amistad me dio un saco de algodón y me dijo: “Toma

este saco, llénale de guijarros .y agrégate a los habitantes de la ciudad, que salen ahora de sus muros. Imita

exactamente lo que les veas hacer. Y así ganarás, muy bien tu vida.”

Entonces hice lo que él me aconsejaba; llené de guijarros mi sacó, y cuando terminé aquel trabajo, vi salir

de la ciudad a un tropel de personas, igualmente cargadas cada cual con un saco parecido al mío. Mi

amigo el mercader me recomendó a ellas cariñosamente, diciéndoles: “Es un hombre pobre y extranjero.

¡Llevadle con vosotros para enseñarle a ganarse aquí la vida! ¡Si le hacéis tal servicio seréis recompensados

pródigamente por el Retribuidor!” Ellos contestaron que escuchaban y obedecían, y me llevaron consigo.

Después de andar durante algún tiempo, llegamos a un gran valle, cubierto de árboles tan altos que resultaba

imposible subir a ellos; y estos árboles estaban poblados por los monos, y sus ramas aparecían cargadas

de frutos de corteza dura llamados cocos de Indias.

Nos detuvimos al pie de aquellos árboles, y mis compañeros dejaron en tierra sus sacos y pusiéronse a

apedrear a los monos, tirándoles piedras. Y yo hice lo que ellos. Entonces, furiosos, los monos nos respondieron

tirándonos desde lo alto de los árboles una cantidad enorme de cocos. Y nosotros, procurando resguardamos,

recogíamos aquellos frutos y llenábamos nuestros sacos con ellos.

Una vez llenos los sacos, nos los cargamos de nuevo a hombros, y volvimos a emprender el camino de la

ciudad, en la cual un mercader me compró el saco pagándome en dinero. Y de este modo continué acompañando

todos los días a los recolectores de cocos y vendiendo en la ciudad aquellos frutos, y así estuve hasta

que poco a poco, a fuerza de acumular lo que ganaba, adquirí una fortuna que engrosó por sí sola después

de diversos cambios y compras, y me permitió embarcarme en un navio que salía para el Mar de las Perlas.

Como tuve cuidado de llevar conmigo una cantidad prodigiosa de cocos, no deje de cambiarlos por mostaza

y canela a mi llegada a diversas islas; y después vendí la mostaza y la canela, y con el dinero que gané

me fui al Mar de las Perlas, donde contraté buzos por mi cuenta. Fue muy grande mi suerte en la pesca de

perlas pues me permitió realizar en poco tiempo una gran fortuna. Así es que no quise retrasar más mi regreso,

y después de comprar, para mi uso personal madera de áloe de la mejor calidad a los indígenas de

aquel país descreído, me embarqué en un barco que se hacía a la vela para Bassra, adonde arribé felizmente



después de una excelente navegación. Desde allí salí en seguida para Bagdad, y corrí a mi calle y a mi casa,

donde me recibieron con grandes manifestaciones de alegría mis parientes y mis amigos.

Como volvía mas rico que jamás lo había estado, no dejé de repartir en torno mío el bienestar, haciendo

muchas dádivas a los necesitados. Y viví en un reposo perfecto desde el seno de la alegría y los placeres.

Pero cenad en mi casa esta noche, ¡oh mis amigos! y no faltéis mañana para escuchar el relato de mi

sexto viaje, porque es verdaderamente asombroso y os hará olvidar las aventuras que acabáis de oír, por

muy extraordinarias que hayan sido.”

Luego, terminada esta historia, Sindbad el Marino, según su costumbre, hizo que entregaran las cien monedas

de oro al cargador, que con los demás comensales retiróse maravillado, después de cenar. Y al día siguiente,

después de un festín tan suntuoso como el de la víspera, Sindbad el Marino habló en los siguientes

términos ante la misma asistencia:

LA SEXTA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD

EL MARINO, QUE TRATA DEL SEXTO VIAJE

Sabed, ¡oh todos vosotros mis amigos, mis compañeros y mis queridos huéspedes! que al regreso de mi

quinto viaje, estaba yo un día sentado delante de mi puerta tomando el frescoy he aquí que llegué al límite

del asombro cuando vi pasar por la calle unos mercaderes que al parecer volvían de viaje. Al verlos recordé

con satisfacción los días de mis retornos, la alegría que experimentaba al encontrar a mis parientes, amigos

y antiguos compañeros, y la alegría mayor aún, de volver a ver mi país natal; y este recuerdo incitó a mi

alma al viaje y al comercio. Resolví, pues, viajar; compré ricas y valiosas mercaderías a propósito para el

comercio por mar, mandé cargar los fardos y partí de la ciudad de Bagdad con dirección a la de Bassra. Allí

encontré una gran nave llena de mercaderes y de notables, que llevaban consigo mercancías suntuosas. Hice

embarcar mis, fardos con los suyos a bordo de aquel navío,y abandonamos en paz la ciudad de Bassra.

No dejamos de navegar de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, vendiendo, comprando y alegrando la

vista con el espectáculo de los países de los hombres, viéndonos favorecidos constantemente Por una feliz

navegación, que aprovechábamos para gozar de la vida. Pero un día entre los días, cuando nos creíamos en

completa seguridad, oímos gritos de desesperación. Era nuestro capitán, quien los lanzaba. Al mismo tiempo

le vimos tirar al suelo el turbante, golpearse el rostro, mesarse las barbas y dejarse caer en mitad del buque,

presa de un pesar inconcebible.

Entonces todos los mercaderes y pasajeros le rodeamos, y le preguntamos: “¡Oh capitán! ¿qué sucede?”

El capitán respondió: “Sabed, buena gente aquí reunida, que nos hemos extraviado con nuestro navío, y hemos

salido del mar en que estábamos para entrar en otro mar cuya derrota no conocemos. Y si Alah no nos

depara algo que nos salve de este mar, quedaremos aniquilados cuantos estamos aquí. ¡Por lo tanto, hay

quee suplicar a Alah el Altísimo que nos saque de este trance!”

Dicho esto, el Capitán se levantó y subió al palo mayor, y quiso arreglar las velas; pero de pronto sopló

con violencia el viento y echó al navio hacia atrás tan bruscamente, que se rompió el timón cuando estábamos

cerca de una alta montaña. Entonces el capitán bajó del palo, y exclamó: “¡No hay fuerza ni recurso

más que en Alah el Altísimo y Todopoderoso! ¡Nadie puede detener al Destino! ¡Por Alah! ¡Hemos caído

en una perdición espantosa, sin ninguna probabilidad de salvarnos!”

Al oír tales palabras, todos los pasajeros se echaron llorar por propio impulso, y despidiéndose unos de

otros, antes de que se acabase su existencia y se perdiera toda esperanza. Y de pronto el navío se inclinó

hacia la montaña, y se estrelló y se dispersó en tablas por todas partes. Y cuantos estaban dentro se sumergieron.

Y los mercaderes cayeron al mar. Y unos se ahogaron y otros se agarraron a la montaña consabida y

pudieron salvarse. Yo fui uno de los que pudieron agarrarse a la montaña.

Estaba tal montaña situada en una isla muy grande, cuyas costas aparecían cubiertas por restos de buques

naufragados y de toda clase de residuos. En el sitio en que tomamos tierra, vimos a nuestro alrededor una

cantidad prodigiosa de fardos, y mercancías, y objetos valiosos de todas clases, arrojados por el mar.

Y yo empece a andar, por en medio: de aquellas cosas dispersas, y a los pocos pasos llegué a un riachuelo

de agua dulce que, al revés de todos los demás ríos que van a desaguar en el mar, salía de la montaña y se

alejaba del mar, para internarse más adelante en una gruta situada al pie de aquella montaña y desaparecer

por ella.

Pero había más. Observé que las orillas de aquel río estaban sembradas de piedras, de rubíes, de gemas

de todos los colores, de pedrería de todas formas y de metales preciosos. Y todas aquellas piedras abundaban

tanto como los guijarros en el cauce de un río. Así es que todo aquel terreno brillaba y centelleaba con

mil reflejos y luces, de manera que los ojos no podían soportar su resplandor.

Noté también que aquella isla contenía la mejor calidad de madera de áloe chino Y de áloe comarí.

También había en aquella isla una fuente de ámbar bruto líquido, del color del betún, que manaba como

cera derretida por el suelo bajo la acción del sol y salían del mar grandes peces para devorarlo. Y se lo calentaban

dentro y lo vomitaban al poco tiempo en la superficie del agua y entonces se endurecía y cambiaba



de naturaleza y color. Y las olas lo llevaban a la orilla, embalsamándola. En cuanto al ámbar que no tragaban

los peces, se derretía bajo la acción de los rayos del sol, y esparcía por toda la isla un olor semejante

al del almizcle.

He de deciros asimismo que todas aquellas riquezas no le servian a nadie, puesto que nadie pudo llegar a

aquella isla y salir de ella vivo ni muerto. En efecto todo navio que se acercaba a sus costas estrellábase

contra la montaña; y nadie podía subir a la montaña porque era inaccesible.

De modo que los pasajeros que lograron salvarse del naufragio de nuestra nave, y yo entre ellos, quedamos

muy perplejos, y estuvimos en la orilla, asombrados con todas las riquezas que teníamos a la vista, y

con la mísera suerte que nos aguardaba en medio de tanta suntuosidad.

Así estuvimos durante bastante rato en la orilla, sin saber qué hacer y después, como habíamos encontrado

algunas provisiones, nos las repartimos con toda equidad. Y mis compañeros, que no estaban acostumbrados

a las aventuras, se comieron su parte de una vez o en dos; y no tardaron al cabo de cierto tiempo,

variable según la resistencia de cada cual, en sucumbir uno tras otro por falta de alimento. Pero yo supe

economizar con prudencia mis víveres y no comi mas que una vez al día, aparte de que había encontrado

otras provisiones de las cuales no dije palabra a mis compañeros.

Los primeros que murieron fueron enterrados por los demás después de lavarles y meterles en sudarios

confeccionados con las telas recogidas en la orilla. Con las privaciones vino a complicarse una epidemia de

dolores de vientre, originada por el clima húmedo del mar. Así es que mis compañeros no tardaron en morir

hasta el último, y yo abrí con mis manos la huesa del postrer camarada.

En aquel momento, ya me quedaban muy pocas provisiones, a pesar de mi economia y prudencia, y como

vela acercarse el momento de la muerte, empecé a llorar por mí, pensando: ¿Por qué no sucumbí antes

que mis compañeros, que me hubieran rendido el último tributo, lavándome y sepultándome? ¡No hay recurso

ni fuerza más que en Alah el Omnipotente!” Y en seguida empecé a morderme las manos con desesperación.

En este momento de su narracion, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 310 NOCHE

Ella dijo:

... empecé a morderme las manos con desesperación.

Me decidí entonces a levantarme, y empecé a abrir una fosa profunda, diciendo para mí: “Cuando sienta

llegar mi último momento, me arrastraré hasta allí y me meteré en la fosa, donde moriré. ¡El viento se encargará

de acumular poco a poco la arena encima de mi cabeza, y llenará el hoyo!” Y mientras verificaba

aquel trabajo, me echaba en cara mi falta de inteligencia y mi salida de mi país después de todo lo que me

había ocurrido en nus diferentes viajes, y de lo que había experimentado la primera, y la segunda, y la tercera,

y la cuarta, y la quinta vez, siendo cada prueba peor que la anterior. Y decía para mí: “¡Cuántas veces

te arrepentiste para volver a empezar! ¿Qué necesidad tenías de viajar nuevamente? ¿No poseías en Bagdad

riquezas bastantes para gastar sin cuento y sin temor a que se te acabaran nunca los fondos suficientes para

dos existencias como la tuya?”

A estos pensamientos sucedió pronto otra reflexión sugerida por la vista del río. En efecto, pensé: ¡Por

Alah! Ese río indudablemente ha de tener un principio y un fin. Desde aquí veo el principio, pero el fin es

invisible. No obstante, ese río que se interna así por debajo de la montaña, sin remedio ha de salir al otro

lado por algún sitio. De modo que la única idea práctica para escaparme de aquí, es construir una embarcación

cualquiera, meterme en ella y dejarme llevar por la corriente del agua que entra en la gruta. Si es mi

destino, ya encontraré de ese modo el medió de salvarme; ¡si no, moriré ahí dentro y será menos espantoso

que perecer de hambre, en esta playa!

Me levanté, pues, algo animado por esta idea, y en seguida me puse a ejecutar mi proyecto. Junté grandes

haces de madera de áloes comarí y chino; los até sólidamente con cuerdas; coloqué encima grandes tablones

recogidos de la orilla y procedentes de los barcos náufragos, y con todo confeccioné una balsa tan

ancha como el río, o mejor dicho, algo menos ancha, pero poco. Terminado este trabajo, cargué la balsa con

algunos sacos grandes llenos de rubies, perlas y toda clase de pedrerías, escogiendo las más gordas, que

eran como guijarros, y cogí también algunos fardos de ámbar gris, que elegí muy bueno y libre de impurezas;

y no deje tampoco de llevarme las provisiones que me quedaban. Lo puse todo bien acondicionado sobre

la balsa, que cuidé de proveer de dos tablas a guisa de remos, y acabé por embarcarme en ella, confiando

en la voluntad de Alah y recordando estos versos del poeta:

¡Amigo, apártate de los lugares en que reina la opresión, y deja que resuene la morada con los gritos de

duelo de quienes la construyeron.



¡Encontrarás tierra distinta de tu tierra; pero tu alma es una sola y no encontrarás otra!

¡Y no te aflijas ante los accidentes de las noches, pues por muy grandes que sean las desgracias, siempre

tienen un término!

¡Y sabe que aquel cuya muerte fue decretada de antemano en una tierra, no podrá morir en otra!

¡Y en tu desgracia no envíes mensajes a ningún consejero; ningún, consejero mejor que el alma propia!

La balsa fue, pues, arrastrada por la corriente bajo la bóveda de la gruta, donde empezó a rozar con aspereza

contra las paredes, y también mi cabeza recibió varios choques mientras que yo, espantado por la

obscuridad completa en que me vi de pronto, quería ya volver a la playa. Pero no podía retroceder; la fuerte

corriente me arrastraba cada vez más adentro, y el cauce del río tan pronto se estrechaba como se ensanchaba,

en tanto que iban haciéndose más densas las tinieblas a mi alrededor, cansándome muchísimo. Entonces,

soltando los remos que por cierto no me servían para gran cosa, me tumbó boca abajo en la balsa

con objeto de no romperme el cráneo contra la bóveda, y no se cómo fui insensibilizándome en un profundo

sueño.

Debió éste durar un año o más, a juzgar por la pena que lo originó. El caso es que al despertarme me encontré

en plena claridad. Abrí más los ojos y me encontró tendido en la hierba de una vasta campiña, y mi

balsa estaba amarrada junto a un río; y alrededor de mí había indios y abisinios.

Cuando me vieron ya, despierto aquellos hombres, se pusieron a hablarme, pero no entendí nada de su

idioma y no les pude contestar. Empezaba a creer que era un sueño todo aquello, cuando advertí que hacia

mí avanzaba un hombre que me dijo en árabe: “¡La paz contigo, ¡oh hermano nuestro! ¿Quién eres, de dónde

vienes y qué motivo te trajo a este país? Nosotros somos labradores que venimos aquí a regar nuestros

campos y plantaciones. Vimos la balsa en que te dormiste y la hemos sujetado y amarrado a lo orilla. Después

nos aguardamos a que despertaras tú solo, para no asustarte. ¡Cuéntanos ahora qué aventura te condujo

a este lugar!” Pero yo contesté: “¡Por Alah sobre ti, ¡oh señor! dame primeramente de comer, porque

tengo hambre, y pregúntame luego cuanto gustes!”

Al oír estas palabras, el hombre se apresuró a traerme alimento y comí hasta que me encontré harto, y

tranquilo, y reanimado. Entonces comprendí que recobraba el alma, y di gracias a Alah por lo ocurrido, y

me felicité de haberme librado de aquel río subterráneo. Tras de lo cual conte a quienes me rodeaban todo

lo que me aconteció, desde el principio hasta el fin.

Cuando hubieron oído mi relato, quedaron maravillosamente asambrados, y conversaron entre sí, y el que

hablaba árabe me explicaba lo que se decían como, también les había hecho comprender mis palabras. Tan

admirados estaban, que querían llevarme junto a su rey para que oyera mis aventuras. Yo consentí inmediatamente,

y me llevaron. Y no dejaron tampoco de transportar la balsa como estaba, con sus fardos de ámbar

y sus sacos llenos de pedrería.

El rey, al cual le contaron quién era yo, me recibió con mucha cordialidad, y después de recíprocas zalemas

me pidió que yo mismo le contase mis aventuras. Al punto obedecí, y le narré cuanto me había ocurrido,

sin omitir nada. Pero no es necesario repetirlo.

Oído mi relato, el rey de aquella isla, que era la de Serendib, llegó al límite del asombro y me felicitó

mucho por haber salvado la vida a pesar de tanto peligro corrido. En seguida quise demostrarle que los viajes

me sirvieron de algo, y me apresuré a abrir en su presencia mis sacos y mis fardos.

Entonces el rey, que era muy inteligente en pedrería, admiró mucho mi colección, y yo, por deferencia a

él, escogí un ejemplar muy hermoso de cada especie de piedra, como asi mismo perlas grandes y pedazos

enteros de oro y plata, y se los ofrecí de regalo. Avínose a aceptarlos, y en cambio me colmó de consideraciones

y honores, y me rogó que habitara en su propio palacio. Así lo hice, y desde aquel día llegué a

ser amigo del rey y uno de los personajes principales de la isla. Y todos me hacían preguntas acerca de mi

país, y yo les contestaba, y les interrogaba acerca del suyo, y me respondían. Así supe que la isla de Serendib

tenía ochenta parasanges de longitud y ochenta de anchura; que poseía una montaña que era la más alta

del mundo, en cuya cima había vivido nuestro padre Adán cierto tiempo; que encerraba muchas perlas y

piedras preciosas, menos bellas, en realidad, que las de mis fardos, y muchos cocoteros.

Un día el rey de Serendib me interrogó acerca de los asuntos públicos de Bagdad, y del modo que tenía

de gobernar el califa Harún Al-Rachid. Y yo le conté cuán equitativo y magnánimo era el califa y le hablé

extensamente de sus méritos y buenas cualidades. Y el rey de Screndib se maravilló y me dijo: “¡Por Alah!'

¡Veo que el califa conoce verdaderamente la cordura y el arte de gobernar su imperio, y acabas de hacer

que le tomo gran afecto! ¡De modo que desearía prepararle algún regalo digno de él, y enviárselo contigo!”

Yo contestó en seguida: “¡Escucho y obedezco, ¡oh mi señor! ¡Ten la seguridad de que entregaré fielmente

tu regalo al califa, que llegará al límite del encanto! ¡Y al mismo tiempo le diré cuán excelente amigo suyo

eres, y que puede contar con tu alianza!”

Oídas estas palabras, el rey de Serendib dio algunas órdenes a sus chambelanes, que se apresuraron a

obedecer. Y he aquí en qué consistía el regalo que me dieron para el califa Harún Al-Rachid. Primeramente

había una gran vasija tallada en un solo rubí de color admirable, que tenía medio pie de altura y un dedo de



espesor. Esta vasija, en forma de copa, estaba completamente llena de perlas redondas y blancas, como una

avellana cada una. Además, había un alfombra hecha con una enorme piel de serpiente, con escamas grandes

como un dínar de oro, que tenía la virtud de curar todas las enfermedades a quienes se acostaban en

ella. En tercer lugar había doscientos granos de alcanfor exquisito, cada cual del tamaño de un alfónsigo.

En cuarto lugar había dos colmillos de elefante, de doce codos de largo cada uno, y dos de ancho en la base.

Y por último había una hermosa joven de Serendib, cubierta de pedrerías.

Al mismo tiempo el rey me entregó una carta para el Emir de los Creyentes, diciéndome: “Discúlpame

con el califa de lo poco que vale mi regalo. ¡Y has de decirle lo mucho que le quiero! Y yo contesté. “¡Escucho

y obedezcol” Y le besé la mano. Entonces, me dijo: “De todos modos, Sindbad, si prefieres quedarte

en mi reino, te tendré sobre mi cabeza y mis ojos; y en ese caso en-viaré a otro en tu lugar junto al califa de

Bagdad”. Entonces exclamé: “¡Por Alah! Tu esplendidez es gran esplendidez, y me has colmado de beneficios.

¡Pero precisamente hay un barco que va a salir para Bassra y mucho desearía embarcarme en él para

volver a ver a mis parientes, a mis hijos y mi tierra!”

Oído esto, el rey no quiso insistir en que me quedase, y mandó llamar inmediatamente al capitán del barco,

así como a los mercaderes que iban a ir conmigo, y me recomendó mucho a ellos, encargándoles que

me guardaran toda clase de consideraciones. Pagó el precio de mi pasaje y me regaló muchas preciosidades

que conservo todavía, pues no pude decidirme a vender lo que me recuerda al excelente rey de Serendib.

Después de despedirme del rey y de todos los amigos que me hice durante mi estancia en aquella isla tan

encantadora, me embarqué en la nave, que en seguida se dio a la vela. Partimos con viento favorable y navegamos

de isla en isla y de mar en mar, hasta que, gracias a Alah, llegamos con toda seguridad a Bassra,

desde donde me dirigí a Bagdad con mis riquezas y el presente destinado al califa.

De modo que lo primero que hice fue encaminarme al palacio del Emir de los Creyentes; me introdujeron

en el salón de recepciones, y besé la tierra entre las manos del califa, entregándole la carta y los presentes, y

contándole mi aventura con todos sus detalles.

Cuando el califa acabó de leer la carta del rey de Serendib y examinó los presentes, me preguntó si aquel

rey era tan rico y poderoso como lo indicaban su carta y sus regalos. Yo contesté: “¡Oh Emir de los Creyentes!

Puedo asegurar que el rey de Serendib no exagera. Además, a su poderío y su riqueza añade un gran

sentimiento de justicia, y gobierna sabiamente a su pueblo. Es el único kadí de su reino, cuyos habitantes

son, por cierto, tan pacíficos, que nunca suelen tener litigios. ¡Verdaderaniente, el rey es digno de tu amistad,

¡oh Emir de los Creyentes!”

El califa quedó satisfecho de mis palabras, y me dijo: “La carta que acabo de leer y tu discurso me demuestraa

que el rey de Serendib es un hombre excelente que no ignora los preceptos de la sabiduría y sabe

vivir. ¡Dichoso el pueblo gobernado por él!” Después el califa me regaló un ropón de honor y ricos presentes,

y me colmó de premincias y prerrogativas, y quiso que escribieran mi historia los escribas más hábiles

para conservarla en los archivos del reino.

Y me retiró entonces, y corrí a mi calle y a mi casa, y vivi en el seno de las riquezas y los honores, entre

mis parientes y amigos, olvidando las pasadas tribulaciones y sin pensar mas que en extraer de la existencia

cuantos bienes pudiera proporcionarme.

Y tal es mi historia durante el sexto viaje. Pero mañana, ¡oh huéspedes míos! Os contaré la historia de mi

séptimo viaje, que es más mayavilloso, y más admirable, Y más abundante en prodigios que los otros seis

juntos.”

Y Sindbad el Marino mandó poner el mantel para el festín y dio de comer a sus huéspedes, incluso a Sindbad

el Cargador, a quien mandó entregaran, antes de que se fuera, cien monedas de oro como los demás

días. Y el cargador se retiró a su casa, maravillado de cuanto acababa de oír. Y al día siguiente hizo su oración

de la mañana y volvió al palacio de Sindbad el Marino. Cuando estuvieron reunidos todos los invitados,

y comieron, y bebieron, y conversaron, y rieron, y oyeron los cantos y la música, se colocaron en corro,

graves y silenciosos. Y habló así Sindbad el Marino:

LA SEPTIMA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD EL MARINO,

QUE TRATA DE LA SEPTIMA Y ÚLTIMA HISTORIA

Sabed, ¡oh amigos míos! que al regreso del sexto viaje, di resueltamente de lado a toda idea de emprender

en lo sucesivo otros, pues aparte de que mi edad me impedía hacer excursiones lejanas, ya no tenía

yo deseos de acometer nuevas aventuras, tras de tanto peligro corrido y tanto mal experimentado. Además,

había llegado a ser el hombre más rico de Bagdad, y el califa me mandaba llamar con frecuencia para oír de

mis labios el relato de las cosas extraordinarias que en mis viajes vi.

Un día que el califa ordenó que me llamaran, según su costumbre, me disponía a contarle una, o dos, o

tres de mis aventuras, cuando me dijo: “Sindbad, hay que ir a ver al rey de Serendib para llevarle mi contestación

y los regalos que le destino. Nadie conoce como tú el camino de esa tierra, cuyo rey se alegrará



mucho de volver a verte. ¡Prepárate, pues, a salir hoy mismo, porque no me estaría bien quedar en deuda

con el rey de aquella isla, ni sería digno retrasar más la respuesta y el envío!”

Ante mi vista se ennegreció el mundo, y llegué al limite de la perplejidad y la sorpresa al oír estas palabras

del califa. Pero logré dominarme, para no caer en su desagrado. Y aunque había hecho voto de no volver

a salir de Bagdad, besé la tierra entre las manos del califa, y contesté oyendo y obedeciendo. Entonces

ordenó que me dieran mil dinares de oro para mis gastos de viaje, y me entregó una carta de su puño y letra

y los regalos destinados al rey de Serendib.

Y he aquí en qué consistían los regalos: en primer lugar una magnífica cama, completa, de terciopelo

carmesi, que valía una cantidad enorme de dinares de oro; además, había otra cama de otro color, y otra de

otro; había también cien trajes de tela fina y bordada de Kufa y Alejandría, y cincuenta de Bagdad. Había

una vasija de comalina blanca procedente de tiempos, muy remotos. en cuyo fondo figuraba un guerrero

armado con su arco tirante contra un león. Y había otras muchas cosas que sería prolijo enumerar, y un

tronco de caballos de la más pura raza árabe...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 312 NOCHE

Ella dijo:

... un tronco de caballos de la más pura raza árabe.

Entonces me vi obligado a partir contra mi gusto aquella vez, y me embarqué en una nave que salía de

Bassra.

Tanto nos favoreció el Destino, que a los dos meses, día tras día, llegamos a Serendib con toda seguridad.

Y me apresuré a llevar al rey la carta y los obsequios del Emir de los Creyentes.

Al verme, se alegró y satisfizo el rey, quedando muy complacido de la cortesía del califa. Quiso entonces

retenerme a su lado una larga temporada; pero yo no accedí a quedarme más que el tiempo preciso para

descansar. Después de lo cual me despedí de él, y colmado de consideraciones y regalos, me apresuré a

embarcarme de nuevo para tomar el camino de Bassra, por donde había ido.

Al principio nos fue favorable el viento, y el primer sitio a que arribamos fue una isla llamada la isla de

Sin. Y realmente, hasta entonces habíamos estado contentísimos, y durante toda la travesía hablábamos

unos con otros, conversando tranquila y agradablemente acerca de mil cosas.

Pero un día, a la semana después de haber dejado la isla, en la cual los mercaderes habían hecho varios

cambios y compras, mientras estábamos tendidos tranquilos, como de costumbre, estalló de pronto sobre

nuestras cabezas una tormenta terrible y nos inundó una lluvia torrencial. Entonces nos apresuramos a tender

tela de cáñamo encima de nuestros fardos y mercancías para evitar que el agua los estropease, y empezamos

a suplicar a Alah, que alejase el peligro de nuestro camino.

En tanto permanecíamos en aquella situación, el capitán del buque se levantó, apretóse el cinturón a la

cintura, se remangó las mangas y la ropa, y después subió al palo mayor, desde el cual estuvo mirando

bastante tiempo a derecha e izquierda. Luego bajó con la cara muy amarilla, nos miró con aspecto completamente

desesperado, y en silencio empezó a golpearse el rostro y a mesarse las barbas. Entonces corrimos

hacia él muy asustados y le preguntamos: “¿Qué ocurre?” Y él contestó: “¡Pedidle a Alah que nos saque

del abismo en que hemos caído! ¡Oh más bien, llorad por todos y despedíos unos de otros! ¡Sabed que

la corriente nos ha desviado de nuestro camino, arrojándonos a los confines de los mares del mundo!”

Y después de haber hablado así, el capitán abrió un cajón, y sacó de él un saco de algodón, del cual extrajo

polvo que parecia ceniza. Mojó el polvo con un poco de agua, esperó algunos momentos, y se puso

luego a aspirar aquel producto. Después sacó del cajón un libro pequeño, y leyó entre dientes algunas páginas,

y acabó por decimos: “Sabed, ¡oh pasajeros! que el libro prodigioso acaba de confirmar mis suposiciones.

La tierra que se dibuja ante nosotros en lontananza, es la tierra conocida con el nombre de Clima de

los Reyes. Ahí se encuentra la tumba de nuestro señor Soleimán ben-Daúd (¡con ambos la plegaria y la

paz!) Ahí se crían monstruos y serpientes de espantable catadura. Además, el mar en que nos encontriamos

está habitado por monstruos marinos que se pueden tragar de un bocado los navíos mayores con cargamento

y pasajeros! ¡Ya estáis avisados! ¡Adiós!”

Cuando oímos estas palabras del capitán, quedamos de todo punto estupefactos, y nos preguntábamos

qué espantosa catástrofe iría a pasar, cuando de pronto nos sentimos levantados con barco y todo, y después

hundidos bruscamente, mientras se alzaba del mar un grito.más terrible que el trueno. Tan espantados qudamos

que dijimos nuestra última oracion, y permanecimos inertes como muertos. Y de improviso vimos

que sobre el agua revuelta y delante de nosotros, avanzaba hacia el barco un monstruo tan alto y tan grande

como una montaña, y después otro.monstruo mayor, y detrás otro tan enorme como los dos juntos. Este último

brincó de pronto por el mar, que se abría como una sima, mostró una boca más profunda que un abismo,

y se tragó las tres cuartas partes del barco con cuanto contenía. Yo tuve el tiempo justo para retroceder



hacia lo alto del buque y saltar al mar, mientras el monstruo acababa de tragarse la otra cuarta parte, y desaparecía

en las profundidades con sus dos compañeros.

Logré agarrarme a uno de los tablones que habían saltado del barco al darle la dentellada el monstruo

marino, y después de mil dificultades pude llegar a una isla que afortunadamente estaba cubierta de árboles

frutales y regada por un río de agua excelente. Pero noté que la corriente del río era rápida hasta el punto de

que el ruido que hacía oíase muy a lo lejos. Entonces, y al recordar como me salvé de la muerte en la isla de

las pedrerías, concebí la idea de construir una balsa igual a la anterior y dejarme llevar por la corriente. En

efecto, a pesar de lo agradable de aquella isla nueva, yo pretendía volver a mi país. Y pensaba: “Si logro

salvarme, todo irá bien, y haré voto de no pronunciar siquiera la palabra viaje, y de no pensar en tal cosa

durante el resto de mi vida. ¡En cambio, si perezco en la tentativa, todo irá bien asimismo, porque acabaré

definitivamente con peligros y tribulaciones.”

Me levanté, pues, inmediatamente, y después de haber comido alguna fruta, recogí muchas ramas grandes

cuya,especie ignoraba entonces, aunque luego supe eran de sándalo, de la calidad más estimada por los

mercaderes, a causa de su rareza. Después empecé a buscar cuerdas y cordeles, y al principio no los encontré;

pero vi en los árboles unas plantas trepadoras y flexibles, muy fuertes, que podían servirme. Corté las

que me hicieron falta, y las utilicé para atar entre sí las ramas grandes de sándalo. Preparé de este modo una

enorme balsa, en la cual coloqué fruta en abundancia, y me embarqué diciendo: “¡Si me salvo, lo habrá

querido Alah!”

Apenas subí a la balsa Y me hube separado de la orilla, me vi arrastrado con una rapidez espantosa por la

corriente, y sentí vértigos, y caí desmayado encima del montón de fruta exactamente igual que un pollo borracho.

Al recobrar el conocimiento, miré a mi alrededor, y quedé más inmóvil de espanto que nunca, y ensordecido

por un ruido como el del trueno. El río no era más que un torrente de espuma hirviente, y más veloz

que el viento, que chocando con estrépito contra las rocas, se lanzaba hacia un precipicio que adivinaba yo

más que veía. ¡Indudablemente iba a hacerme pedazos en él, despeñándome sabe quién desde qué altura!

Ante esta idea aterradora, me agarré con todas mis fuerzas a las ramas de la balsa, y cerré los ojos instintivamente

para no verme aplastado y destrozado, e invoqué el nombre de Alah antes de morir. Y de

pronto, en vez de rodar hasta el abismo, comprendí que la balsa se paraba bruscamente encima del agua, y

abrí los ojos un minuto por saber a qué distancia estaba de la muerte, y no fue para verme estrellado contra

los peñascos, sino cogido con mi balsa en una inmensa red, que unos hombres echaros sobre mí desde la ribera.

De esta suerte me hallé cogido y llevado a tierra, y allí me sacaron o vivo y medio muerto de entre las

mallas de la red, en tanto transportaban a la orilla mi balsa. Mientras yo permanecía tendido, inerte y tiritando,

se adelantó hacia mí un venerable jeique de barbas blancas, que empezó por desearme la bienvenida,

y por cubrirme- con ropa caliente que me sentó muy bien. Reanimado ya por las fricciones y el masaje que

tuvo la bondad de darme el anciano, pude sentarme, pero sin recobrar todavía el uso de la palabra.

Entonces el anciano me cogió del brazo, y me llevó suavemente al hammam, en donde me hizo tomar un

baño excelente que acabó de restituirme el alma; después me hizo aspirar perfumes exquisitos y me los

echó por todo el cuerpo, y me llevó a su casa.

Cuando entré en la morada de aquel anciano, toda su familia se alegró mucho de mi llegada, y me recibió

con gran cordialidad y demostraciones amistosas. El mismo anciano hizome áentar en medio del diván de

la sala de recepcion, y me dio a comer cosas de primer orden, y a beber un agua agradable perfumada con

flores. Después quemaron incienso a mi alrededor, y los esclavos me trajeron agua caliente y aromatizada

para lavarme las manos, y me presentaron servilletas ribeteadas de seda, para secarme los dedos las barbas

y la boca. Tras de lo cual el anciano me llevó a una habitación muy bien amueblada, en donde quedé solo,

porque se retiró con mucha discreción. Pero dejó a mis órdenes varios esclavos que de cuando en cuando

iban a verme por si necesitaba sus servicios.

Del propio modo me trataron durante tres días, sin que nadie me interrogase ni me dirigiera ninguna pregunta,

y no dejaban que careciese de nada, cuidándome con mucho esmero, hasta que recobré completamente

las fuerzas, y mi alma y mi corazón se calmaron y refrescaron. Entonces, o sea la mañana del cuarto

día, el anciano se sentó a mi lado, y después de las zalemas, me dijo: “¡Oh huésped, cuanto placer y satisfacción

hubo de proporcionarnos tu presencia! ¡Bendito sea Alah, que nos puso en tu camino para salvarte

del abismo! ¿Quién eres y de dónde vienes?” Entonces di muchas gracias al anciano por el favor enorme

que me había hecho salvándome la vida y luego dándome de comer excelentemente, y de beber excelentemente,

y perfumándome excelentemente, y le dije: “.¡Me llamo Sindbad el Marino! ¡Tengo este sobrenombre

a consecuencia de mis grandes viajes por mar y de las cosas extraordínarías que me ocurrieron, y que si

se escribieran con agujas en el ángulo de un ojo, servirían de lección a los lectores atentos!” Y le conté al

anciano mi historia desde el principio hasta el fin, sin omitir detalle.

Quedó prodigiosamente asombrado entonces el jeique, y estuvo una hora sin poder hablar, conmovido

por lo que acababa de oír. Luego levantó la cabeza, me reiteró la expresión de su alegría por haberme

socorrido, y me dijo: “¡Ahora, ¡oh huésped mío! si quisieras oír mi consejo, venderías aquí tus mercancías,

que valen mucho dinero por su rareza y calidad!”

Al oír las palabras del viejo, llegué al límite del asombro, y no sabiendo lo que quería decir ni de qué

mercancías hablaba, pues yo estaba desprovisto de todo, empecé por callarme un rato, y como de ninguna

manera quería dejar escapar una ocasion extraordinaria que se presentaba inesperadamente, me hice el enterado,

y conteste: “¡Puede que sí!” Entonces el anciano me dijo: “No te preocupes, hijo mío, respecto a tus

mercaderías. No tienes más que levantarte y acompañarme al zoco. Yo me encargo de todo lo demás. Si la

mercancía subastada produce un precio que nos convenga, lo aceptaremos; si no, te haré el favor de conservarla

en mi almacén hasta que suba en el mercado. ¡Y en tiempo oportuno podremos sacar un precio más

ventajoso!”

Entonces quedé interiormente cada vez más perplejo; pero no lo di a entender, sino que pensé: “¡Ten paciencia,

Sindbad, y ya sabrás de qué se trata!” Y dije al anciano: “¡Oh mi venerable tío, escucho y obedezco!

¡Todo lo que tú dispongas me parecerá lleno de bendición! ¡Por mi parte, después de cuanto por mí hiciste,

me conformaré con tu voluntad!” Y me levanté inmediatamente y le acompañé al zoco.

Cuando llegarnos al centro del zoco en que se hacía la subasta pública, ¡cuál no sería mi asombro al ver

mi balsa transportada allí y rodeada de una multitud de corredores y mercaderes qué la miraban con respeto

y moviendo la cabeza! Y por todas partes oía exclamaciones de admiracion: “¡Ya Alah! ¡Qué maravillosa

calidad de sándalo! ¡En ninguna parte del mundo la hay mejor!” Entonces comprendí cuál era la mercancía

consabida, y creí conveniente para la venta tornar un aspecto digno y reservado.

Pero he aquí que en seguida, el anciano protector mío, aproximandose al jefe de los corredores, le dijo:

¡Empiece, la subasta!” Y se empezó con el precio de mil dinares por la balsa. Y el jefe corredor exclamó:

¡A mil dinares la balsa de sándalo, ¡oh compradores! Entonces gritó él anciano: “¡La compro en dos rnil!”

Y otro gritó: “¡En tres mil!” Y los mercaderes siguieron subiendo el precio hasta diez mil dinares. Entonces

se encaró conmigo el jefe de los corredores y me dijo: “¡Son diez mil; ya no puja nadie!” Y yo dije: “¡No la

vendo en ese precio!”

Entonces mi protector se me acercó y me dijo: “¡Hijo mío, el zoco, en estos tiempos, no anda muy próspero,

y la mercancía ha perdido algo de su valor! Vale más que aceptes el precio que te ofrecen. Pero yo, si

te parece, voy a pujar otros cien dinares más. ¿Quieres dejármelo en diez mil cien dinares?” Yo contesté: “

¡Por Alah! mi buen tío, sólo por ti lo hago para agradecer tus beneficios. ¡Consiento en dejártelo por esa

cantidad!” Oídas estas palabras, el anciano mandó a sus esclavos que transportaran todo el sándalo a sus

almacenes de reserva, y me llevó a su casa, en la cual me contó inmediatamente los diez mil cien dinares, y

los encerró en una caja sólida cuya llave me entregó, dándome encima las gracias por lo que había hecho en

su favor.

Mandó en seguida poner el mantel, y comimos, y bebimos, y charlamos alegremente. Después nos lavamos

las manos y la boca, y por fin me dijo: “¡Hijo mío, quiero dirigirte una petición, que deseo mucho

aceptes!” Yo le contesté: “¡Mi buen tío, todo te lo concederé a gusto!” Él me dijo: “Ya ves, hijo mío, que

he llegado a una edad muy avanzada sin tener hijo varón que pueda heredar un día mis bienes. Pero he de

decirte que tengo una hija, muy joven aún, llena de encanto y belleza, que será muy rica cuando yo me

muera. Deseo dártela en matrimonio siempre que consientas en habitar en nuestro país y vivir nuestra vida.

Así serás el amo de cuanto poseo y de cuanto dirige mi mano. ¡Y me sustituirás en mi autoridad y en la posesión

de mis bienes!”

Cuando oí estas palabras del ancíano, bajé la cabeza en silencio y permanecí sin decir palabra. Entónces

añadió: “¡Créeme, ¡oh hijo mío! que si me otorgas lo que te pido te atraerá la bendición! ¡Añadiré, para

tranquilizar tu alma, que después de mi muerte podrás regresar a tu tierra, llevándote a tu esposa e hija mía!

¡No te exijo sino que permanezcas aquí el tiempo que me quede de vida!” Entonces contesté: “¡Por Alah,

mi tío el jeique, eres como un padre para mi, y ante ti no puedo tener opinión ni tomar otra resolución que

la que te convenga! Porque cada vez que en mi vida quise ejecutar un proyecto, no hube de sacar más que

desgracias y decepciones. ¡Estoy, pues, dispuesto a conformarme con tu voluntad!”

En seguida el anciano, extremadamente contento con mi respuesta, mandó a sus esclavos que fueran a

buscar al kadí y a los testigos, que no tardaron en llegar..

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 314 NOCHE

Ella dijo:

... al kadi y a los testigos, que no tardaron en llegar. Y el anciano me casó con su hija, y nos dio un festín

enorme, y celebró una boda espléndida. Después me llamó y me llevó junto a su hija, a la cual aun no había

yo visto. Y la encontró perfecta en hermosura y gentileza, en esbeltez de cintura y en proporciones. Además,

la vi adornada con suntuosas alhajas, sedas y brocados, joyas y pedrerías, y lo que llevaba encima valía

millares y millares de monedas de oro, cuyo importe exacto nadie había podido calcular.

Y cuando la tuve cerca, me gustó. Y nos enarnorarnos uno de otro. Y vivimos mucho tiempo juntos, en el

colmo de las caricias y la felicidad.

El anciano padre de mi esposa falleció al poco tiempo en la paz y misericordia del Altísimo. Le hicimos

unos grandes funerales y lo enterramos. Y yo tomé posesión de todos sus bienes, y sus esclavos y servidores

fueron mis esclavos y servidores, bajo mi única autoridad. Además, los mercaderes de la ciudad me

nombraron su jefe en lugar del difunto, y pude estudiar las costumbres de los habitantes de aquella población

y su manera de vivir.

En efecto, un día noté con estupefacción que la gente de aquella ciudad experimentaba un cambio anuál

en primavera; de un día a otro mudaban de forma y aspecto: les brotaban alas de los hombros, y se convertían

en volátiles. Podían volar entonces hasta lo más alto de la boveda aérea, y se aprovechaban de su nuevo

estado para volar todos fuera de la ciudad, dejando en ésta a los niños y mujeres, a quienes nunca brotaban

alas.

Este descubrimiento me asombró al principio; pero acabé por acostumbrarme a tales cambios periódicos.

Sin embargo, llegó un día en que empecé, a avergonzarme de ser el único hombre sin alas, viéndome obligado

a guardar yo solo la ciudad con las mujeres y los niños. Y por mucho que pregunté a los habitantes

sobre el medio de que habría de valerme para que me saliesen alas en los hombros, nadie pudo ni quiso

contestarme. Y me mortificó bastante no ser más que Sindbad el Marino y no poder añadir a mi sobrenombre

la condición de aéreo.

Un día, desesperado de conseguir nunca que me revelaran el secreto del crecimiento de las alas, me dirigí

a uno, a quien había hecho muchos favores, y cogiéndole del brazo, le dije: “¡Por Alah sobre ti! Hazme el

favor, por los que te he hecho yo a ti, de dejarme que me cuelgue de tu persona, y vuele contigo a través del

aire. ¡Es un viaje que me tienta mucho, y quiero añadir a los que realicé por mar!” Al principio no quiso

prestarme atención; pero a fuerza de súplicas acabé por moverle a accediera. Tanto me encantó aquello, que

ni siquiera me cuidé de avisar a mi mujer ni a mi servidumbre, me colgué de él abrazándole por la cintura,

y me llevó por el aire, volando con la alas muy desplegadas.

Nuestra carrera por el aire empezó ascendiendo en línea recta durante un tiempo considerable. Y acabamos

por llegar tan arriba en la bóveda celeste, que pude oír distintamente cantar a los ángeles y sus melodías

debajo de la cúpula del cielo.

Al oír cantos tan maravillosos, llegué al límite de la emoción religiosa, y exclamé “¡Loor a Alah en lo

profundo del cielo! ¡Bendito y glorificado sea por todas las criaturas!”

Apenas formulé estas palabras, cuando mi portador lanzó un juramento tremendo, y bruscamente, entre el

estrépito de un trueno precedido de terrible relámpago, bajó con tal rapídez que me faltaba el aire, y por poco

me desmayo, soltándome de él con peligro de caer al abismo insondable. Y en un instante llegamos a la

cima de una montaña, en la cual me abandonó mi Portador dirigiéndome una mirada infernal, y desapareció,

tendiendo el vuelo por lo invisible.

Y quedé completamente solo en aquella montaña desierta, y no sabía dónde estaba, ni por dónde ir para

reunirme con mi mujer, y exclamé en el colmo de la perplejidad: “¡No hay recurso ni fuerza más que en

Alah el Altísimo y Omnipotente! ¡Siempre que me libro de una calamidad caiga en otra peor! ¡En realidad,

merezco todo lo que me sucede!”

Me senté entonces en un peñasco Para reflexionar sobre el medio de librarme del mal presente, cuando

de pronto vi adelantar hacia mí a dos muchachos de una belleza maravillosa, que parecían dos lunas. Cada

uno llevaba en la mano un bastón de oro rojo, en el cual se apoyaba, al andar. Entonces me levanté rápidamente,

fui a su encuentro y les deseé la paz. Correspondieron con gentileza a mi saludo, lo cual me alento a

dirigirles la palabra, y les dije: “¡Por Alah sobre vosotros, ¡oh maravillosos jóvenes! decidine, quiénes sois

y qué hacéis!” Y me contestaron: “¡Somos adoradores del Dios verdadero!” Y uno de ellos, sin decir más,

me hizo seña con la mano en cierta dirección, como invitándome a dirigir mis pasos por aquella parte, me

entregó el bastón de oro, y cogiendo de la mano a su hermoso compañero; desapareció de mi vista.

Empuñé entonces el bastón de oro, y no vacilé en seguir el camino que se me había indicado, maravillándome

al recordar a aquellos muchachos tan hermosos. Llevaba algún tiempo andando, cuando vi salir súbitamente

de detrás de un penasco una serpiente gigantesca que llevaba en la boca a un hombre, cuyas tres

cuartas partes se había ya tragado, y del cual no se veían más que la cabeza y los brazos. Estos se agitaban

desesperadamente, y la cabeza gritaba: “¡Oh caminante! ¡Sálvame del furor de esta serpiente y no te arrepentirás

de tal acción!” Corrí entonces detrás de la serpiente, y le di con el bastón de oro rojo un golpe tan

afortunado, que quedó exánime en aquel momento. Y alargué la mano al hombre tragado y le ayudé a salir

del vientre de la serpiente.

Cuando miré mejor la cara del hombre, llegué al límite de la sorpresa al conocer que era el volátil que me

había llevado en su viaje aéreo y había acabado por precipitarse conmigo, a riesgo de matarme, desde lo

alto de la bóveda del cielo hasta la -cumbre de la montaña en la cual me había abandonado, exponiéndome a



morir de hambre y sed. Pero ni siquiera quise demostrar rencor por su mala acción, y me conformé con decirle

dulcemente: “¿Es así como obran los amigos con los amigos?” Él me contestó: “En prinier lugar he de

darte las gracias por lo que acabas de hacer en mi favor. Pero ignoras que fuiste tú, con tus invocaciones

inoportunas pronunciando el Nombre, quien me precipitaste de lo alto contra mi voluntad. ¡El Nombre Produce

ese efecto en todos nosotros! ¡Por eso no lo pronunciamos jamás!” Entonces yo, para que me sacara

de aquella montaña, le dije: ¡Perdona y no me riñas; pues, en verdad, yo no podía adivinar las consecuencias

funestas de mi homenaje al Nombre! ¡Te prometo no volverlo a pronunciar durante el trayecto, si quieres

transportarme ahora a mi casa!”

Entonces el volátil se bajó, me cogió a cuestas, y en un abrir y cerrar de ojos me dejó en la azotea de mi

casa y se fue para la suya.

Cuando mi mujer me vio bajar de la azotea y entrar en la casa después de tan larga ausencia, comprendió

cuanto acababa de ocurrir, y bendijo a Alah que me había salvado una vez más de la perdición. Y tras las

efusiones del regreso me dijo: “Ya no debemos tratarnos con la gente de esta ciudad. ¡Son hermanos de los

demonios!” Y yo le dije: “¿Y cómo vivía tu padre entre ellos?” Ella me contestó: “Mi padre no pertenecía a

su casta, ni hacía nada como ellos, ni vivía su vida. De todos modos, si quieres seguir mi consejo, lo mejor

que podemos hacer ahora que mi padre ha muerto es abandonar esta ciudad impía, no sin haber vendido

nuestros bienes, casa y posesiones. Realiza eso lo mejor que puedas, compra buenas mercancías con parte

de la cantidad que cobres, y vámonos juntos a Bagdad, tu patria, a ver a tus parientes y amigos, viviendo en

paz y seguros, con el respeto debido a Alah el Altísimo.” Entonces contesté oyendo y obedeciendo.

En seguida empecé a vender lo mejor que pude, pieza por pieza, y cada cosa en su tiempo, todos los bienes

de mi tío el jeique, padre de mi esposa, ¡difunto a quien Alah haya recibido en paz y misericordía! Y así

realice en monedas de oro cuanto nos pertenecía, como muebles y propiedades, y gané un ciento por uno.

Después de lo cual me llevé a mi esposa y las mercancías que había cuidado de comprar, fleté por mi

cuenta un barco, que con la voluntad de Alah tuvo navegación feliz y fructuosa, de modo que de isla en isla,

y de mar en mar, acabamos por llegar con seguridad a Bassra, en donde paramos poco tiempo. Subimos

el río y entramos en Bagdad, ciudad de paz.

Me dirigí entonces con mi esposa y mis riquezas hacia mi calle y mí casa, en donde mis parientes nos recibieron

con grandes transporte de alegría, y quisieron mucho a mi esposa, la hija del jeique.

Yo me apresuré a poner en orden definitivo mis asuntos, almacené mis magníficas mercaderías,, encerré

mis riquezas, y pude por fin recibir en paz las felicitaciones de mis parientes y amigos, que calculando el

tiernpo que estuve ausente, vieron que este séptimo y último viaje mío había durado exactamente veintisiete

años desde el principio hasta el fin. Y les conté con pormenores mis aventuras durante esta larga ausencia,

e hice el voto, que cumplo escrupulosamente, como veis, de no emprender en toda mi vida ningún otro

viaje ni por mar ni por tierra. Y no dejé de dar gracias al Altísimo que tantas veces, a pesar de mis reincidencias,

me libró de tantos peligros y me reintegró entre mi familia y mis amigos.

Cuando Sindbad el Marino terminó de esta suerte su relato entre los convidados silenciosos y maravillados,

se volvió hacia Sindbad el Cargador y le dijo: “Ahora, Sindbad terrestre, considera los trabajos que pasé

y las dificultades que venci, gracias a Alah y dime si tu suerte de cargador no ha sido mucho mas favorable

para una vida tranquila que la que me impuso el Destino. Verdad es que sigues pobre y yo adquirí riquezas

incalculables; pero ¿no es -verdad también que a cada uno de nosotros se le retribuyó, según su esfuerzo?”

Al oír estas palabras, Sindbad el Cargador fue a besar la mano de Sindbad el Marino, y le dijo:

¡Por Alah sobre ti, ¡oh mi amo! perdona lo inconveniente de mi canción!”

Entonces Sindbad el Marino mandó poner el mantel para sus convidados, y les dio un festín que duró

treinta noches. Y después quiso tener a su lado, como mayordomo de su casa a Sindbad el Cargador. Y ambos

vivieron en amistad perfecta y en el limite de la satisfacción, hasta que fue a visitarlos aquella que hace

desvanecerse las delicias, rompe las amistades, destruye los palacios y levanta las tumbas, la amarga

muerte. ¡Gloria al Eterno, que no muere jamás.

Cuando Schahrazada, la hija del visir, acabó de contar la historia de Sindbad el Marino, sintióse un tanto

fatigada, y como veía acercarse la mañana y no quería, por su discreción habitual, abusar del permiso concedido,

se calló sonriendo.

Entonces la pequeña Doniazada, que maravillada y con los ojos muy abiertos había oído la historia pasmosa,

se levantó de la alfombra en que estaba acurrucada, y corrió a abrazar a su hermana, diciéndole:

¡Oh, Schahrazada, hermana mía! ¡cuán suaves, y puras, y gratas, y deliciosas para el paladar, y cuán sabrosas

en su frescura, son tus palabras! ¡Y qué terrible, y prodigioso, y temerario era Sindbad el Marino! Y

Schahrazada sonrió y dijo:

No creas, ¡oh rey afortunado! que todas las historias que has oído hasta ahora pueden valer de cerca ni

de lejos lo que la HISTORIA PRODIGIOSA DE LA CIUDAD DE BRONCE, que me reservo contarte la

noche próxima, si quieres.

Entonces el rey Schahriar dijo para sí: “No la mataré hasta después!” Y la pequeña Doniazada exclamó:

¡Oh qué amabla serías, Schahrazada, si entretanto nos dijeras las primeras palabras!”



Entonces Schabrazada sonrió y dijo: “Cuentan que había un rey ¡Alah sólo es rey! en la ciudad, de...

En este momento de su narración Schahrazada vio aparecer la mañana y se calló discreta.

Por la mañana salió el rey y se fue a la sala de justicia. Y el diván se llenó con la muchedumbre de visires,

emires, chambelanes, guardias y gente de palacio. Y el último que entró fue el gran visir, padre de

Schahrazada, que llevaba debajo del brazo el sudario destinado a su hija, a la cual creía aquella vez muerta

de veras; pero el rey no le dijo nada del asunto, y siguió juzgando y nombrando para los empleos, y destituyendo

gobernando, y despachando los asuntos pendientes hasta terminar el día. Luego se levantó el diván y

el rey volvió a palacio, mientras el gran visir seguía perplejo y en el límite extremo del asombro

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