BLOOD

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sábado, 11 de septiembre de 2010

ANTOLOGIA SCI-FI



Philip K. Dick - ORFEO CON PIES DE ARCILLA


En las oficinas de Asesores Concord para el Servicio Militar, Jesse Slade miraba por la ventana hacia abajo en la calle, observando todo lo que negaba su camino hacia la libertad, flores y hierba, la oportunidad de un camino largo y desconocido hacia nuevos lugares. Suspiró.

—Perdón, señor —murmuró disculpándose el cliente que estaba al otro lado de su escritorio—. Creo que lo estoy aburriendo.

—En lo absoluto —dijo Slade, tomando conciencia una vez más de sus imperiosos deberes—. Veamos...—. Examinó los papeles con los que su cliente, un tal Walter Grossbein, se presentaba ante él. —Cree usted, señor Grossbein, que su oportunidad más favorable para evitar el servicio militar tiene que ver con un problema crónico de audición disminuida diagnosticada con anterioridad por médicos civiles como una laberintitis aguda. Hmmm—. Slade estudió los documentos pertinentes.

Sus deberes, los cuales no disfrutaba, consistían en localizar formas de evitarle a sus clientes presentarse ante el servicio militar. La guerra contra las Cosas no había sido llevada a cabo de la manera más adecuada en los últimos tiempos; se habían reportado demasiados accidentes desde la región de Próxima... y con estos reportes se habían disparado los negocios para los Asesores Concord para el Servicio Militar.

—Señor Grossbein —dijo Slade, pensativamente—, he notado que cuando usted entró en mi oficina tendía a desviarse hacia un lado al caminar.

—¿Lo hice? —preguntó el señor Grossbein, sorprendido.

—Sí, y me he dicho, este hombre tiene un severo daño en su sentido del equilibrio. Pues sabrá, señor Grossbein, que eso se relaciona con el oído. La audición, desde una perspectiva evolutiva, es un desarrollo del sentido del equilibrio. Algunas criaturas acuáticas de orden inferior incorporan un grano de arena y lo emplean como punto de referencia dentro de sus fluidos corporales, y gracias a este método pueden decir si suben o bajan.

—Creo que entiendo —dijo el señor Grossbein.

—Dígalo, entonces —dijo Jesse Slade.

—Yo... frecuentemente me voy hacia un lado u otro mientras camino.

—¿Y por las noches?

El señor Grossbein frunció el ceño, y entonces dijo lleno de felicidad:

—Yo, eh, encuentro casi imposible orientarme en la noche, en la oscuridad, cuando no puedo ver.

—Bien —dijo Jesé Slade, y comenzó a escribir sobre la forma B-30 del servicio militar de su cliente—. Creo que esto hará que lo eximan —dijo.

Felizmente, el cliente dijo:

—No puedo agradecerle lo suficiente.

Oh, claro que puede, pensó Jesse Slade para sí mismo. Nos puede agradecer con la cantidad de cincuenta dólares. Después de todo, sin nuestra ayuda sería un pálido cuerpo sin vida en algún barrancón de algún distante planeta, no muy lejos de ahora.

Y, pensando en planetas distantes, Jesse Slade sintió una vez más el anhelo. La necesidad de escapar de su pequeña oficina y del proceso de tratar con clientes adinerados a los que tenía que enfrentar, día tras día.

Debe haber otra vida aparte de esta, se dijo Slade. ¿Acaso esto es todo lo que hay en mi existencia?

A través de su ventana un anuncio de neón brillaba allá abajo en la calle día y noche. Proyecto Musa, se leía en el anuncio, y Jesse Slade sabía lo que significaba. Voy a ir allí, se dijo. Hoy. A la hora del café de las diez y media; ni siquiera voy a esperar la hora del almuerzo.

Mientras se ponía su abrigo, el señor Hnatt, su supervisor, entró en la oficina y dijo:

—Slade, ¿qué hay de nuevo? ¿Por qué esa mirada de fiera atrapada?

—Verá, voy a salir, señor Hnatt —le dijo Slade—. A escapar. Le he dicho a quince mil hombres cómo escapar del servicio militar; ahora es mi turno.

El señor Hnatt le palmeó su espalda.

—Buena idea, Slade; ha trabajado demasiado. Tómese unas vacaciones. Tome un viaje por el tiempo y viva una aventura en alguna civilización distante... le hará bien.

—Gracias, señor Hnatt —dijo Slade—. Haré exactamente eso. —Y dejó su oficina tan pronto como sus pies pudieron llevárselo fuera del edificio y abajo a la calle hacia el brillante anuncio de neón de Proyecto Musa.


La chica atrás de la caja, de pelo rubio, con ojos grandes y verdes y una figura que lo impresionó por su ingeniería, su suspensión, por así decirlo, le sonrió y dijo:

—El señor Manville lo verá en un momento, señor Slade. Por favor, permanezca sentado. Encontrará auténticos Harper’s Weekly del siglo diecinueve sobre la mesa, ahí. —Y agregó—: Y algunos Mad del siglo veinte, esos grandes clásicos satíricos de la calidad de Hogarth.

De manera tensa, el señor Slade se sentó y trató de leer; encontró un artículo en el Harper’s Weekly diciendo que la construcción del Canal de Panamá era imposible y que ya casi había sido abandonada por los diseñadores franceses... esto retuvo su atención por un momento (el razonamiento era tan lógico, tan convincente) pero después de unos breves momentos, su antiguo tedio y su inquietud, como una niebla crónica, retornaron. Levantándose, una vez más se aproximó al escritorio.

—¿No ha llegado el señor Manville todavía? —preguntó con esperanza.

Atrás de él una voz masculina dijo:

—Usted, ahí en la caja.

Slade dio la vuelta. Y se encontró frente a un hombre alto y de cabello oscuro, con una intensa expresión, los ojos ardiendo.

—Usted —dijo el hombre—, está en el siglo equivocado.

Slade tragó saliva.

Acercándose hacia él, el hombre de cabello oscuro dijo:

—Soy Manville, señor. —Extendió su mano y estrecharon ambas. —Debe irse —dijo Manville—, ¿Lo entiende, señor? Tan pronto como sea posible.

—Pero yo quiero emplear sus servicios —murmuró Slade.

Los ojos de Manville brillaron.

—Quiero decir que debe irse al pasado. ¿Cuál es su nombre? —Hizo un gesto con gran énfasis—. Espere, me está llegando. Jesse Slade, de Concord, calle arriba, allá.

—Correcto —dijo Slade impresionado.

—Muy bien, ahora a los negocios —dijo el señor Manville—. A mi oficina. —Dirigiéndose a la chica excepcionalmente bien construida de la caja, dijo: —Que nadie nos moleste, señorita Frib.

—Sí, señor Manville —dijo la señorita Frib—. Me encargaré de ello, no tema, señor.

—Lo sé, señorita Frib. —El señor Manville condujo a Slade al interior de una oficina bien amueblada. Viejos mapas e impresiones decoraban las paredes; los muebles... Slape miró atónito. De la etapa Americana Temprana, con clavijas de madera en lugar de clavos. Arce de Nueva Inglaterra, toda una fortuna.

—Todo está bien... —comenzó a decir.

—Sí, puede sentarse en esa silla de Director —le dijo el señor Manville—. Pero tenga cuidado; lo puede tumbar si se inclina hacia delante. Tratamos de mantenerla en buen estado aplicándole aceite de castor o cosas por el estilo. —Ahora parecía irritado, al tener que discutir semejantes nimiedades—. Señor Slade —dijo bruscamente—, le hablaré directamente, obviamente es usted un hombre con un elevado intelecto, así que podemos saltarnos los protocolos.

—Sí —dijo Slade—, por favor hágalo.

—Nuestros convenios de viajes en el tiempo son de una naturaleza específica; de ahí el nombre «Musa» ¿Capta el significado?

—Eh —dijo Slade desconcertado pero intentándolo—. Veamos. Una musa es un organismo cuya función es...

—Inspiración —cortó bruscamente el señor Manville—. Slade, usted no es..., encarémoslo... precisamente un hombre creativo. Es por eso que se siente aburrido y sin plenitud. ¿Pinta? ¿Compone? ¿Hace esculturas de hierro fundido con restos de naves espaciales o con deshechas sillas de jardín? No. No hace nada de eso; es absolutamente pasivo. ¿Correcto?

Slade asintió:

—Ha acertado, señor Manville.

—No he acertado a nada —dijo el señor Manville irritado—. No me sigue, Slade. Nada lo hará creativo porque usted no posee la creatividad en su interior. Es demasiado ordinario. No voy a hacer que comience a pintar con los dedos o a tejer canastas. No soy un analista Jungiano de los que creen que el arte es la respuesta. —Estirándose hacia atrás apuntó su dedo hacia Slade—. Mire, Slade. No podemos ayudarlo si no tiene la voluntad de ayudarse a sí mismo primero. Ya que no es creativo, lo más que puede esperar, y aquí sí podemos ayudarlo, es inspirar a otros que son creativos. ¿Lo ve?

Después de un momento Slade dijo:

—Lo entiendo, señor Manville. Sí.

—Correcto —dijo Manville asintiendo—. Así, puede usted inspirar a un músico famoso, como Mozart o Beethoven, o a un científico como Albert Einstein, o a algún escultor como Sir Jacop Epstein... cualquiera de un gran número, escritores, músicos, poetas. Puede, por ejemplo, conocer a Sir Edward Gibbon durante sus viajes al Mediterráneo y conversar con él casualmente para decirle algo así como... «Hmmm, vea todas estas ruinas antiguas a nuestro alrededor. Me pregunto cómo un imperio tan poderoso como el de Roma vino a caer en este estado de deterioro... ¿cómo cayó en la ruina?... semejante caída...»

—Buen Dios —dijo Slade fervientemente—, ya veo, Manville; lo he captado. Le repito a Gibbon la palabra caída una y otra vez, y con esto tiene la idea de su gran historia de Roma, «Declive y caída del Imperio Romano». Y... —Estaba temblando—. Yo habría ayudado.

—¿Ayudó? —dijo Manville—. Slade, esa no es la palabra adecuada. Sin usted no habría existido tal obra. Usted, Slade, podría ser la musa de Sir Edward. —Se inclinó hacia delante y tomó un puro Upmann, de alrededor de 1915, y lo encendió.

—Creo —dijo Slade—, que me gustaría reflexionar sobre esto. Quiero estar seguro de inspirar a la persona adecuada, quiero decir, todos ellos merecen ser inspirados, pero...

—Pero quiere encontrar a la persona en términos de sus propias necesidades psíquicas —convino Manville, soplando una fragante nube azul—. Llévese nuestro catálogo. —Le paso un gran folleto publicitario, brillante, a todo color y en tercera dimensión—. Llévelo a casa, léalo y vuelva con nosotros cuando esté listo.

—Dios lo bendiga, señor Manville —dijo Slade.

—Y cálmese —dijo Manville—. El mundo no se va a terminar... lo sabemos aquí en Proyecto Musa porque lo hemos visto. —Sonrió y Slade se las arregló para devolverle la sonrisa.


Dos días después Jesse Slade regresó a Proyecto Musa.

—Señor Manville —dijo—, sé a quien quiero inspirar. —Inspiró profundamente—. He estado pensando y pensando, y lo más significativo para mí sería si pudiera viajar al pasado a Viena e inspirar a Ludwing van Beethoven con la idea de su Sinfonía Coral, sabe usted, ese tema del cuarto movimiento que canta el barítono, que va bum-bum de-da de-da bum-bum, hijas de Elsysium; lo conoce. —Se sonrojó—. No soy músico, pero toda mi vida he admirado la novena de Beethoven y especialmente...

—Ya está hecho —dijo Manville.

—¿Eh? —Slade no comprendió.

—Ya se ha llevado a cabo, señor Slade. —Manville se veía impaciente mientras se sentaba en su gran escritorio con tapa corrediza de roble, de alrededor de 1910. Sacando una gruesa carpeta negra forrada con duela de metal empezó a hojear las páginas—. Hace dos años una señora Ruby Welch de Montpelier, Idaho, retornó a Viena para inspirar a Beethoven con el tema para el movimiento coral de su Novena. —Manville cerró de golpe la carpeta y se dirigió a Slade—: Bueno, ¿cuál es su segunda opción?

Tartamudeando, Slade dijo:

—Yo... tendría que pensar. Deme tiempo.

Examinando su reloj, Manville dijo de manera abrupta:

—Le doy dos horas. Hasta las tres de la tarde. Buen día, Slade. —Se levantó y Slade automáticamente hizo lo mismo.


Una hora más tarde en su atestada oficina de Asesores Concord para el Servicio Militar, Jesse Slade se dio cuenta en un luminoso y preciso instante, a quién quería inspirar y con qué. Enseguida se puso su abrigo, se disculpó ante un comprensivo señor Hnatt, y corrió de prisa calle abajo hacia el edificio de Proyecto Musa.

—Bien, señor Slade —dijo Manville al verlo entrar—. Regresó muy pronto. Vamos a mi oficina. —Avanzó a grandes zancadas, marcando el camino—. Correcto. Hagámoslo. —Cerró la puerta una vez que ambos entraron.

Jesse Slade humedeció sus labios resecos y entonces dijo, tosiendo:

—Señor Manville, quiero ir al pasado e inspirar a... bien, permítame explicarle. ¿Conoce usted la edad de oro de la ciencia ficción, entre 1930 y 1970?

—Sí, sí —dijo Manville con impaciencia, frunciendo el ceño mientras escuchaba.

—Cuando estaba en la Universidad —dijo Slade—, haciendo mi maestría en literatura Inglesa, tuve, desde luego, que leer una buena cantidad de obras de ciencia ficción del siglo veinte. De todos los escritores notables de ciencia ficción había tres que se destacaban por encima de los demás. El primero era Robert Heinlein con su Historia del Futuro. El segundo, Isaac Asimov con sus épicas series sobre la Fundación. Y... —Inspiró hondamente mientras se estremecía—. El hombre sobre el que hice mi tesis. Jack Dowland. De los tres, Dowland era considerado el más grande. Sus historias sobre el Mundo Futuro comenzaron a aparecer en 1957, tanto en revistas en forma de cuentos, como en libros, como novelas completas. Para 1963, Dowland era considerado como...

—Hmmm —dijo el señor Manville, abriendo su carpeta negra y comenzando a hojearla—. Escritores de ciencia ficción del siglo veinte, un tema más bien especializado... afortunadamente para usted. Veamos.

—Espero —dijo Slade en voz baja—, que no lo hayan tomado.

—Aquí hay un cliente —dijo el señor Manville—, Leo Parks de Vacaville, California. Regresó e inspiró a A.E. van Vogt para evitar que escribiera historias de amor y westerns y lo intentara en cambio con la ciencia ficción. —Dando vueltas a más páginas, dijo el señor Manville—: Y el año pasado, Julie Oxen, una señorita de la ciudad de Kansas, y cliente nuestra, pidió que se le permitiera inspirar a Robert Heinlein para su Historia del Futuro... ¿fue a Heinlein al que mencionó, señor Slade?

—No —dijo Slade—, fue Jack Dowland, el más grande de los tres. Heinlein fue notable, pero investigué lo suficiente sobre esto, señor Manville, y Dowland fue el más grande.

—No, no se ha hecho —decidió Manville cerrando su carpeta negra. Del cajón de su escritorio extrajo una forma—. Llene esto, señor Slade —dijo—, y este asunto comenzará a moverse. ¿Conoce el año y el lugar en el cual Jack Dowland comenzó a trabajar en su historia del Mundo Futuro?

—Sí, lo conozco —dijo Slade—. Estaba viviendo en un pequeño pueblo sobre la Ruta 40 en Nevada, un poblado llamado Purpleblossom, que apenas consistía en tres gasolineras, un café, un bar y una almacén general. Dowland se había trasladado ahí para conseguir la atmósfera; quería escribir historias del Viejo Oeste en forma de guiones para televisión. Tenía la esperanza de hacer un buen negocio.

—Veo que conoce su tema —dijo Manville, impresionado.

Slade continuó:

—Mientras vivía en Purpleblossom escribió un buen número de guiones del oeste pero de alguna manera los encontró insatisfactorios. De cualquier modo, permaneció ahí, tratando de escribir tanto en otros géneros como libros para niños y artículos sobre sexo premarital en adolescentes para las revistas de lujo de aquellos tiempos... y entonces, repentinamente y en un solo momento, en el año de 1956, cambió a la ciencia ficción e inmediatamente produjo la novela corta más notable vista hasta esa fecha en el género. Ese fue el consenso de toda la gente en ese entonces, señor Manville, he leído la historia y estoy de acuerdo. Se llamaba «El padre sobre la pared» y aún aparece en antologías de vez en cuando; es la clase de cuento que nunca morirá. Y la revista en la que apareció, Fantasy & Science Fiction, será recordada siempre por haber publicado el primer relato de Dowland en su edición de agosto de 1957.

Asintiendo, el señor Manville dijo:

—Y esta es la opus magna que quiere inspirar. Ésta, y todo lo que siguió.

—Tiene toda la razón, señor —dijo el señor Slade.

—Llene su forma —dijo Manville—, y nosotros haremos el resto. —Le sonrió a Slade y Slade, confiado, le devolvió la sonrisa.


El operador de la nave temporal, un joven robusto y bajo, con corte de pelo al rape y con fuertes rasgos, le dijo brevemente a Slade:

—Bien, compañero, ¿estás listo o no? Hazte la idea.

Slade inspeccionó por última vez su traje del siglo veinte que Proyecto Musa le había dado... uno de los servicios por la cuota más bien alta que había tenido que pagar. Corbata angosta, pantalones sin dobladillo, y una camisa a rayas Ivy League... sí, decidió Slade, por lo que conocía de la época era auténtico, al igual que los zapatos Italianos puntiagudos y los calcetines firmes y coloridos. Pasaría sin ninguna dificultad como un ciudadano de los Estados Unidos de 1956, incluso en Purpleblossom, Nevada.

—Ahora escucha —dijo el operador, mientras aseguraba el cinturón de seguridad alrededor de la cintura de Slade—, tienes que recordar un par de cosas. Primero, la única manera de regresar al 2040 es conmigo; no puedes volver caminando. Y segundo, tienes que ser muy cuidadoso para no cambiar el pasado... quiero decir, limítate a tu simple tarea de inspirar a este individuo, este Jack Dowland, y déjalo así.

—Desde luego —dijo Slade perplejo por la amonestación.

—Muchos clientes —dijo el operador, —y te sorprendería saber cuántos, enloquecen cuando llegan al pasado; desarrollan ilusiones de poder y quieren hacer toda clase de cambios, eliminar las guerras, el hambre y la pobreza, sabes. Cambiar la historia.

—No haré eso —dijo Slade—. No tengo el menor interés en abstractas empresas cósmicas de tal magnitud.

Para él, inspirar a Jack Dowland era lo suficientemente cósmico. Y podía sentir la suficiente empatía hacia la idea para entender la tentación. En su propio trabajo había visto toda clase de gente.

El operador cerró con un portazo el casco de la nave temporal, se aseguró que Slade estuviera bien atado con las correas, y entonces tomó asiento frente a los controles. Chasqueó un interruptor y un momento más tarde Slade estaba en camino rumbo a sus vacaciones, lejos del monótono trabajo de la oficina... hacia 1956 y lo más cerca que iba a estar jamás de un acto creativo en su vida.


El cálido sol del mediodía de Nevada caía a plomo, cegándolo; Slade echó un vistazo, buscando nerviosamente con la vista dónde estaba el pueblo de Purpleblossom. Todo lo que podía ver eran rocas y arena sin interés, el desierto interminable con un camino único y angosto que transitaba entre secos arbustos.

—Hacia la derecha —dijo el operador, y volvió a introducirse en la nave temporal, apuntado—. Camina por ahí, te llevará como diez minutos. Espero que entiendas tu contrato. Será mejor que lo saques y lo leas.

Del bolsillo interior de su traje estilo 1950, Slade sacó el contrato grande y amarillo que había hecho con Proyecto Musa.

—Dice que tengo treinta y seis horas. Que me recogerás aquí en este lugar y que es mi responsabilidad estar aquí; si no lo hago, y no puede regresar a mi propio tiempo, la compañía no se hace responsable.

—Correcto —dijo el operador y volvió a entrar en la nave temporal—. Buena suerte, Slade. O, debería llamarte, musa de Jack Dowlands. —Sonrió abiertamente, un poco en son de burla y otro poco con amigable simpatía, y entonces el casco se cerró tras de él.

Jesse Slade se hallaba solo en el desierto de Nevada, a un cuarto de milla del pequeño pueblo de Purpleblossom.

Comenzó a caminar, sudando, secándose el cuello con su pañuelo.


No tuvo problema en localizar donde vivía Jack Dowland ya que sólo existían siete casas en el poblado. Slade subió los peldaños sobre el desvencijado porche, viendo de reojo el jardín lleno de latas vacías, ropas tendidas, accesorios de plomería abandonados.... estacionado junto al camino vio un arcaico carro abandonado, arcaico incluso para el año de 1956.

Tocó el timbre, se ajusto la corbata con nerviosismo, y una vez más repaso en su mente lo que pensaba decir. En este momento de su vida, Jack Dowland no había escrito ciencia ficción; era importante recordar eso... de hecho era el punto clave. Esta era la encrucijada crítica de su vida, de su historia, esta fatídica llamada a la puerta. Desde luego que Dowland no sabía eso. ¿Qué estaba haciendo en su casa? ¿Escribiendo? ¿Leyendo los chistes de algún diario de Reno? ¿Durmiendo?

Ruidos de pasos. Con tirantez, Slade se preparó.

La puerta se abrió. Una joven mujer con ligeros pantalones de algodón, su cabello atado hacia atrás con un listón, lo inspeccionó con calma. Slade se dio cuenta que tenía unos pies pequeños y hermosos. Usaba zapatillas; su piel era suave y brillante, y él se encontró mirándola fijamente, desacostumbrado a ver tanto en una mujer. Sus tobillos estaban completamente desnudos.

—¿Sí? —preguntó la mujer de manera agradable pero con un toque de fatiga. Slade se dio cuenta en ese momento que estaba aspirando; ahí en la sala estaba una aspiradora con tanque General Electric... su sola existencia probaba que los historiadores estaban equivocados; la aspiradora con tanque no había desaparecido en 1950 como pensaban.

Slade, minuciosamente preparado, dijo con suavidad:

—¿Señora Dowland? —La mujer asintió. En ese momento un niño pequeño pareció asomarse atrás de su madre—. Soy un admirador de la monumental obra de su marido... —Oh, pensó, eso no está bien—. Ahem —se corrigió, utilizando una expresión típica de ese período del siglo veinte según los libros—: Tsk, Tsk —dijo—. Lo que quiero decir es esto, señora. Conozco muy bien la obra de su marido, Jack. He cruzado los páramos del desierto, viniendo desde muy lejos para llegar aquí y observarlo en su hábitat. —Sonrió lleno de esperanza.

—¿Conoce la obra de Jack? —Parecía sorprendida, pero completamente complacida.

—En la televisión —dijo Slade—. Buenos guiones los suyos. —Y asintió.

—Usted es inglés, ¿verdad? —dijo la señora Dowland—. Bien, ¿quiere pasar? —Mantuvo la puerta abierta—. Jack está trabajando ahora arriba en el ático... el ruido de los niños lo molesta. Pero sé que le gustaría detenerse y hablar con usted, especialmente si condujo desde tan lejos. Usted es el señor...

—Slade —dijo—. Muy agradable el domicilio que tienen.

—Gracias —Lo condujo hacia una cocina fresca y oscura en el centro de la cual se veía una mesa de plástico con cartones encerados de leche, platos de plástico, azucarero, tazas cafeteras y otros objetos sorprendentes.

—Jack —llamó ella desde el primer tramo de las escaleras—. Aquí está un admirador tuyo. ¡Quiere verte!

Arriba a lo lejos una puerta se abrió. Se oyó el sonido de los pasos de una persona y, mientras Slade permanecía rígido, Jack Dowland apareció, joven y con buen aspecto, con su cabello castaño ligeramente delgado, con un suéter y unos pantalones flojos, su cara delgada y con aspecto inteligente se veía sombría y con el ceño fruncido.

—Estoy trabajando —dijo de manera cortante—. Aunque lo hago en casa es como cualquier otro empleo. —Miró de un vistazo a Slade—: ¿Qué desea? ¿Qué quiere decir con eso de que es un «admirador» de mi obra? ¿Cuál obra? Dios mío, hace meses que no vendo nada, estaba a punto de cambiar de idea sobre a qué dedicarme.

—Jack Dowland —dijo Slade—, eso es porque no ha encontrado todavía el género adecuado. —Oyó su propia voz temblorosa, este era el momento.

—¿Desearía una cerveza, señor Slade? —preguntó la señora Dowland.

—Gracias —dijo—. Jack Dowland —dijo Slade—, estoy aquí para inspirarlo.

—¿De dónde viene usted? —preguntó Dowland con desconfianza—. ¿Y por qué trae esa corbata tan rara?

—¿Rara en qué sentido? —preguntó Slade, sintiéndose nervioso.

—Con el nudo abajo y no alrededor de su nuez de Adán. —Dowland caminó alrededor de él, ahora, estudiándolo críticamente—. ¿Y por qué trae la cabeza rapada? Es demasiado joven para estar calvo.

—Es la moda de esta época —dijo Slade débilmente—. Es preciso traer la cabeza rapada, al menos en Nueva York.

—¡La cabeza rapada y un cuerno! —dijo Dowland—. Sé qué es usted. Una especie de maniático. ¿Qué quiere?

—Yo quería elogiarlo —dijo Slade.

Ahora se sentía enojado; una nueva emoción, la indignación, lo llenaba... no estaba siendo tratado propiamente y lo sabía.

—Jack Dowland —dijo, tartamudeando un poco—, sé más sobre su obra que usted mismo; sé que su género adecuado no son los guiones sobre el oeste sino la ciencia ficción. Será mejor que me escuche, soy su musa. —Se quedó en silencio, entonces, respirando ruidosamente y con dificultad.

Dowland se le quedó viendo fijamente, y luego levantó la cabeza y estalló en carcajadas.

Sonriendo también, la señora Dowland dijo:

—Bien, yo sabía que Jack tenía una musa pero pensé que era mujer. ¿No son todas las musas del sexo femenino?

—No —dijo Slade colérico—, Leon Parks de Vacaville, California, inspiró a A.E. van Vogt, y era de sexo masculino. —Se sentó junto a la mesa de plástico, sintiendo sus piernas demasiado tambaleantes para sostenerlo—. Escúcheme, Jack Dowland…

—Por el amor de Dios —llámame Jack o Dowland—, pero no de ambos modos; no es natural la forma en que hablas. Traes el «té cruzado», ¿o qué? —Hizo la seña como si inspirará algo.

—¿Té? —repitió Slade, sin entender—. No, sólo una cerveza, por favor.

Dowland dijo:

—Pongamos esto en claro. Estoy ansioso por regresar a trabajar. Aunque lo haga en casa, es trabajo.

No había tiempo ahora para que Slade enunciara todos sus elogios. Lo había preparado cuidadosamente; aclarando su garganta, comenzó:

—Jack, si puedo llamarlo así, me pregunto por qué diablos no ha intentado escribir ciencia ficción. Creo que...

—Te diré por qué —interrumpió Jack Dowland. Empezó a moverse hacia delante y hacia atrás, con sus manos en los bolsillos de sus pantalones—. Porque va a haber una guerra con bombas de hidrógeno. El futuro es sombrío. ¿Quién quiere escribir acerca de eso? ¡Cristo! —Sacudió la cabeza—. Y de cualquier modo, ¿quién lee esa cosa? Adolescentes con problemas en la piel. Inadaptados. Y es basura. Nómbrame una buena historia de ciencia ficción, solo una. Compré una revista en un autobús una vez que fui a Utah. ¡Basura! No voy a escribir esa basura aunque me paguen bien, y he visto que no pagan bien... como un centavo por palabra. ¿Quién puede vivir con eso? —Indignado, comenzó a subir las escaleras—. Voy a volver a trabajar.

—Espere —dijo Slade, sintiéndose desesperado. Todo estaba yendo mal—. Escúcheme, Jack Dowland.

—Vaya insistencia en hablar de esa manera tan rara —dijo Dowland. Pero se detuvo a esperar—. ¿Y bien? —demandó.

Slade dijo:

—Señor Dowland, vengo del futuro. —Se suponía que no debía decir eso, el señor Manville se lo había advertido con severidad, pero en ese momento parecía la única manera, lo único que detendría a Jack Dowland.

—¿Qué? —dijo Dowland alzando la voz—. ¿De dónde?

—Soy un viajero del tiempo —dijo Slade débilmente, y se quedó en silencio.

Dowland regresó hacia él.


Cuando llegó al punto dónde estaba la nave temporal, Slade encontró al robusto y bajo operador en el suelo junto a ésta, leyendo el diario.

—De vuelta sano y salvo, Slade. Vamos, marchémonos. —Abrió el casco y guió a Slade a su interior.

—Lléveme de vuelta —dijo Slade—. Sólo lléveme de vuelta.

—¿Cuál es el problema? ¿No disfrutaste de tu labor inspiradora?

—Sólo quiero regresar a mi propio tiempo —dijo Slade.

—Muy bien —dijo el operador, levantando una ceja. Aseguró a Slade a su asiento y tomaron el camino de regreso.

Cuando llegaron a Proyecto Musa, el señor Manville lo estaba aguardando.

—Slade —dijo—, venga conmigo. —Su expresión era oscura—. Tenemos que hablar.

Cuando estuvieron solos en la oficina de Manville, Slade comenzó:

—Estaba de mal humor, señor Manville. No me culpe. —Se sostenía la cabeza, sintiéndose vacío e inútil.

—Usted... —Manville se quedó mirándolo fijamente lleno de incredulidad—. ¡Falló en inspirarlo! ¡Esto nunca había sucedido antes!

—Quizá pueda regresar una vez más —dijo Slade.

—Dios mío —dijo Manville—, no sólo falló en inspirarlo... lo volvió en contra de la ciencia ficción.

—¿Cómo lo supo? —preguntó Slade. Tenía la esperanza de mantener el asunto en silencio, sería un secreto que se llevaría a la tumba con él.

Manville dijo, con mordacidad:

—Todo lo que tuve que hacer fue mantenerme viendo las referencias relacionadas con la literatura del siglo veinte. Media hora después de su partida, todos los textos de Jack Dowland, incluyendo la media página dedicada a él en la Enciclopedia Británica... se desvanecieron.

Slade no dijo nada; se quedó mirando fijamente hacia el suelo.

—Así que me puse a investigar —dijo Manville—. Utilicé las computadoras de la Universidad de California para buscar todas las citas existentes sobre Jack Dowland.

—¿Encontró alguna? —murmuró Slade.

—Sí —dijo Manville—, había un par. Minúsculas, en artículos técnicos especializados que trataban de manera minuciosa y exhaustiva ese período. Porque, gracias a usted, Jack Dowland es ahora completamente desconocido para la gente... y lo fue incluso durante su propia época. —Levantó un dedo hacia Slade, señalándolo con ira—. Gracias a usted, Jack Dowland jamás escribió su historia épica del Mundo Futuro. Gracias a su «inspiración» continuó escribiendo guiones del oeste para la televisión, y murió a los cuarenta y seis años como un escritorzuelo completamente desconocido.

—¿No escribió nada de ciencia ficción? —preguntó Slade, incrédulo. ¿Lo había hecho tan mal? No podía creerlo; es cierto que Dowland había rechazado con amargura cada sugerencia que Slade le había hecho... cierto que se había regresado a su ático con una actitud mental bastante peculiar después de discutir con Slade. Pero...

—Bien —dijo Manville—, existe un relato de ciencia ficción de Jack Dowland. Muy corto, mediocre y totalmente desconocido. —Abriendo el cajón de su escritorio extrajo una revista amarillenta y antigua que le arrojó a Slade—. Una cuento corto llamado ORFEO CON PIES DE ARCILLA, escrito con el seudónimo de Philip K. Dick. Nadie lo leyó, nadie lo lee ahora... es la descripción de la visita a un tal Jack Dowland por... —Miró con furia a Slade—, por un bienintencionado idiota del futuro con la idea trastornada de inspirarlo para escribir la historia mitológica del mundo por venir. Y bien, Slade. ¿Qué tiene que decir?

—Utilizó mi visita como base para el cuento. Obviamente —dijo Slade con dificultad.

—Y con eso consiguió el único dinero que habría de obtener escribiendo ciencia ficción... muy poco, desgraciadamente, pero lo suficiente para justificar el intento y el tiempo empleado. Usted está en el relato, yo estoy en el relato, Dios Santo, Slade, debe haberle contado absolutamente todo.

—Lo hice —dijo Slade—. Para convencerlo.

—Pues bien, no quedó convencido. Pensó que era una clase de loco. Escribió la historia con una perspectiva mental amarga. Permítame preguntarle: ¿Estaba trabajando cuando usted llegó?

—Sí —dijo Slade—, pero la señora Dowland dijo...

—¡No hay, no hubo, ninguna señora Dowland! Dowland nunca se casó. Debió haber sido la esposa de algún vecino con la que Dowland tenía alguna aventura. No hay duda que estaba furioso; impidió la cita que tenía con esa chica quienquiera que haya sido. Ella aparece en el relato, también; lo escribió todo y luego abandonó su casa de Purpleblossom y se mudó a Dodge, City en Kansas.

Ambos permanecieron en silencio.

—Eh —dijo por fin Slade—, bien, ¿podría intentarlo de nuevo? ¿Con alguien más? Estaba pensando en Paul Ehrlich y su bala mágica, su descubrimiento de la cura del...

—Escuche —dijo Manville—. También he estado pensando. Va a volver pero no para inspirar al doctor Ehrlich ni a Beethoven ni a Dowland ni a nadie como ellos, a nadie útil a la sociedad.

Con temor, Slade volteó a mirarlo.

—Va a volver —dijo Manville entre dientes— para cortar la inspiración de gente como Adolf Hitler, Karl Marx y Sanrome Clinger...

—¿Cree usted que soy tan ineficaz que...? —murmuró Slade.

—Exactamente. Comenzaremos con Hitler en su periodo de encarcelamiento después del primer fallido intento de hacerse del poder en Bavaria. La época en la que le dictó «Mi Lucha» a Rudolf Hess. He discutido esto con mis superiores y todo está planeado; estará usted ahí como compañero de celda, ¿lo entiende? Y le recomendará a Hitler, así como le recomendó a Jack Dowland, que escriba. En este caso, una detallada autobiografía que exponga en detalle su programa político para el mundo. Y si todo va bien...

—Entiendo —murmuró Slade, mirando fijamente el piso de nuevo—. Es una idea... iba a decir que era una idea inspirada pero no sé si darle ya valor a esa palabra.

—No me dé el crédito de la idea —dijo Manville—. La obtuve de ese pobre cuento olvidado, ORFEO CON PIES DE ARCILLA; así es cómo finaliza. —Le dio vuelta a las páginas hasta que llegó a la parte que quería—. Lea esto, Slade. Encontrará que el relato lo trae aquí hasta encontrarse conmigo, y luego se marcha a investigar todo lo posible sobre el Partido Nazi para así poder instar a Adolf Hitler a no escribir su autobiografía y, de ahí, posiblemente, prevenir la Segunda Guerra Mundial. Y si falla con Hitler, lo intentaremos con Stalin, y si falla con Stalin, entonces...

—Correcto —farfulló Slade—, lo entiendo; no tiene que explicármelo con tantos detalles.

—Y usted lo hará —dijo Manville—, porque en ORFEO CON PIES DE ARCILLA dice estar de acuerdo.

Slade asintió.

—Cualquier cosa. Para tratar de compensar.

—Es un tonto. ¿Cómo pudo hacerlo tan mal? —le dijo Manville.

—Fue un mal día —replicó Slade—. Estoy seguro que podré hacerlo mejor la próxima vez. —Quizá con Hitler, pensó. Quizá pueda hacer un trabajo excelente para cortarle la inspiración, mejor que el que cualquiera haya hecho en la historia.

—Le llamaremos la antimusa —dijo Manville.

—Una buena idea —dijo Slade.

Con cansancio, dijo Manville:

—No me felicite; felicite a Jack Dowland. Está también en su relato. Ya al final.

—¿Y así es cómo termina? —preguntó Slade.

—No —dijo Manville—, finaliza conmigo presentándole una factura.... el costo de mandarlo al pasado para acabar con la inspiración de Adolfo Hitler. Quinientos dólares, por adelantado. —Dijo extendiéndole su mano—. Sólo por si no vuelve.

Resignadamente, sintiéndose miserable, Jesse Slade, de la manera más lenta posible, sacó su cartera del bolsillo de su traje del siglo veinte.



Orpheus with clay feet ©1964

Fritz Leiber - EL HOMBRE QUE NUNCA LLEGABA A JOVEN


Maot se está impacientando. Muchas veces, al caer de la tarde, se encamina lentamente a donde la tierra negra se encuentra con la arena arnarwa y allí se queda, avizorando el desierto, hasta que empiezan a soplar los vientos.

Yo en cambio me siento de espaldas a la mampara de cañas y contemplo el Nilo.

No es únicamente porque está llegando a joven. También empieza a hastiarse de los campos. Deja a mi cuidado las tareas de labranza y prodiga su atención al rebaño. Cada día lleva las cabras y las ovejas más lejos a pastorear.

Yo he estado viendo los síntomas durante mucho tiempo. En el transcurso de las últimas generaciones los campos cultivados se han vuelto cada vez más escasos y se los riega con menos diligencia. Se diría que llueve más a menudo. Las casas se han tornado más simples, meras tiendas cercadas por muros. Y cada año hay alguna familia que recoge sus rebaños y emprende la lenta marcha hacia el oeste.

¿Por qué aferrarme tan tenazmente a estas pobres reliquias de civilización, yo que he visto a los hombres del rey Keops desarmar piedra por piedra la Gran Pirámide y transportarla de nuevo a las montañas?

Me he preguntado a menudo por qué yo nunca llego a joven. Ese hecho es todavía para mí un misterio tan grande como el de los labriegos de tez morena que se arrodillan con temerosa veneración cuando paso a su lado.

Envidio a los que llegan a jóvenes. Sueño con desprenderme de esta cáscara de sensatez y responsabilidad, con zambullirme en un período de amores borrascosos y pasiones intensas, los años felices que preceden al fin.

Pero sigo siendo un hombre barbado de unos treinta años, y visto hoy la piel de cabra como otrora vestí el jubón o la toga, siempre a punto de dar el gran salto, pero sin llegar jamás a darlo.

Tengo la impresión de que siempre fui así. Ni siquiera puedo recordar mi propio desentierro, y eso es algo que todo el mundo recuerda.

Maot es sutil. No pide lo que quiere, pero al anochecer, cuando regresa a casa, se sienta lejos del fuego y murmura incitantes fragmentos de canciones y se frota los párpados con pigmento verde para hacerse deseable a mis ojos, y trata por todos los medios de contagiarme su desasosiego. Me tienta a interrumpir el trabajo abrasador del mediodía y me hace ver lo robustas que se están poniendo nuestras cabras y ovejas.

Ya no quedan más hombres jóvenes entre nosotros. Cuando llegan a jóvenes, o acaso antes, todos toman el camino del desierto. Incluso patriarcas desdentados, macilentos, se levantan de sus sepulcros y sin detenerse casi a reponer sus fuerzas con las vituallas y los brebajes excavados con ellos, juntan sus manadas y sus esposas y parten, cojeando, rumbo al poniente.

Recuerdo el primer desentierro que presencié. Era en un país de maquinarias y humo e incesantes noticias. Pero lo que voy a relatar ocurrió en un remanso donde había aún granjas pequeñas y caminos estrechos y formas de vida simples.

Había dos viejecitas llamadas Flora y Helena. Seguramente ellas mismas habían sido desenterradas hacía unos pocos años, pero eso no lo recuerdo. Creo que yo era algo así como un sobrino, pero no estoy seguro.

Empezaron a visitar a una vieja tumba en el cementerio, a un kilómetro del pueblo. Recuerdo los ramilletes de flores que traían cuando regresaban. Sus rostros severos, plácidos, habían empezado a agitarse. Yo veía que el dolor iba entrando en sus vidas.

Pasaron los años. Sus visitas al cementerio se hicieron más frecuentes. Una vez, al acompañarlas, advertí que la borrosa inscripción de la lápida se iba tomando más nítida y clara, al igual que las facciones de los rostros de las dos ancianas. «John, amante esposo de Flora...»

A menudo Flora sollozaba hasta la medianoche, y Helena iba y venía por la casa con el semblante atribulado. Llegaban los parientes y les decían palabras de consuelo, pero con eso sólo parecían ahondarles el dolor.

Por último la lápida llegó a ser totalmente nueva, y el césped que la cubría se puso verde y tierno y desapareció en la húmeda tierra pardusca. Como si estas fueran las señales que sus oscuros instintos habían estado aguardando, Flora y Helena dominaron su pena y visitaron al pastor y al encargado de la funeraria y al médico, e hicieron ciertos arreglos.

En un frío día de otoño, cuando las rizadas hojas castañas remolineaban entre los árboles, partió el cortejo: el vacío coche fúnebre, los silenciosos automóviles negros. En el cementerio vimos a un par de hombre provistos de palas que se alejaban discretamente de la tumba recién abierta. Entonces, mientras Flora y Helena lloraban desconsoladamente y el pastor pronunciaba palabras solemnes, una caja larga y estrecha fue retirada de la tumba y transportada a la carroza.

En la casa desatornillaron y levantaron la tapa del féretro, y vimos a John, un anciano ceroso con una larga vida por delante.

Al día siguiente, en obediencia a lo que al parecer era un antiguo ritual, lo sacaron del ataúd, y el hombre de la funeraria le extrajo de las venas un líquido acre y le inyectó la sangre roja. Luego lo llevaron y lo acostaron en una cama. Al cabo de algunas horas de petrificada espera, la sangre empezó a actuar. El hombre se agitó, y el primer hálito de vida le resonó ásperamente en la garganta. Flora se sentó en la cama y lo estrechó contra su pecho en un tímido abrazo.

Pero estaba muy enfermo y necesitado de reposo, y el médico le indicó por señas a Flora que saliera de la alcoba. Recuerdo la expresión de su rostro en el momento de cerrar la puerta.

También yo hubiera debido sentirme feliz, pero me parece recordar que tuve la sensación de que había un no sé qué de malsano en todo el episodio. Tal vez nuestras primeras experiencias de las grandes crisis de la vida nos afecten siempre en esa forma.

Estoy enamorado de Maot. Los centenares de mujeres que antes he amado en mi largo errar por el mundo no desmedran la sinceridad de mi afecto. Yo no entré en su vida, ni en la de las otras, como lo hacen normalmente los amantes: desde la tumba o en la pasión de una terrible querella. Yo siempre voy a la deriva.

Maot sabe que en mí hay algo extraño. Pero no deja que eso interfiera en sus esfuerzos por hacerme hacer lo que ella quiere.

Amo a Maot y sé que en última instancia accederé a su deseo. Pero antes quiero seguir un tiempo más a la orilla del Nilo y de la magnífica pompa que su pasar conjura.

Mis primeros recuerdos son siempre los más difíciles, y lucho con todas mis fuerzas por interpretarlos. Tengo la sensación de que si pudiera retroceder un paso más en la memoria llegaría a poseer una sabiduría aterradora. Pero, al parecer, nunca puedo hacer el esfuerzo necesario.

Esos recuerdos comienzan sin nada que los preceda, en nubes y torbellinos, en oscuridad y miedo. Soy ciudadano de una grande y lejana nación, no uso barba y visto ropas feas y incómodas, pero por mi aspecto y mi edad no soy distinto del que soy ahora. El país es cien veces más grande que Egipto, y sin embargo es sólo uno de tantos. Todos los pueblos del mundo se conocen entre sí, y el mundo es redondo, no plano, y flota en una inmensidad sin límites, jalonada por archipiélagos de soles, no circunscripta por una bóveda tachonada de estrellas.

Hay máquinas en todas partes, y las noticias dan la vuelta al mundo como un grito, y los deseos son muchos. Existe una abundancia jamás soñada, oportunidades sin par. Y sin embargo los hombres no son felices. Viven con miedo. Miedo, si la memoria no me engaña, de una guerra que nos envolverá y acaso destruirá a todos y que se cierne sobre nosotros como una amenaza de oscuridad.

Las armas que tienen preparadas para esa guerra son terribles. Grandes máquinas que navegan sin timonel, no a través del agua sino del aire, dando la vuelta al mundo para ir a destruir una ciudad enemiga. Otras que surcan el cielo como dardos hasta más allá del aire, para venir a atacarnos desde las estrellas. Nubes envenenadas. Partículas letales de polvo luminoso.

Pero las peores de todas son las armas que sólo se rumorean.

Durante meses que parecen eternidades esperamos el estallido de esa guerra. Sabemos que los errores ya fueron cometidos, que se han dado los pasos irrevocables, que se han perdido las últimas oportunidades. Sólo esperamos el momento.

Se diría que debiera existir alguna razón especial para que hayamos llegado a tales extremos de horror y desesperanza. Como si hubiera habido otras guerras mundiales anteriores y hubiésemos luchado desesperadamente por salir de ellas prometiéndonos que esa sería la última Pero de esas guerras nada recuerdo. Y bien pudiera ser que el mundo y yo hayamos sido creados a la sombra de esa catástrofe, en un desentierro universal.

Lentos pasan los meses. De pronto, misteriosamente, increíblemente, la guerra empieza a replegarse. Las tensiones se alivian. Las nubes se disipan. Hay gran actividad, conferencias y planes. Se multiplican las esperanzas de una paz duradera.

Pero no dura. En súbito holocausto, surge un opresor llamado Hitler. Curioso que este nombre me vuelva a la memoria después de tantos milenios. Sus ejércitos se despliegan por todo el globo.

Pero sus triunfos son efímeros. Sus soldados son rechazados y Hitler cae en el olvido. Al final, es un oscuro agitador, casi un desconocido.

Otra paz, entonces, pero tampoco duradera. Una nueva guerra, menos cruenta que la anterior, que también trae consigo un período más apacible.

Y así sucesivamente.

Algunas veces pienso (debo aferrarme a esto) que en otras eras el tiempo ha de haber fluido en el sentido opuesto y que, en violenta reacción a la postrer guerra total, ha de haber vuelto sobre sus pasos para desandar su primitivo curso. Que nuestras vidas presentes no son más que un retorno y un retroceso. Una gran retirada.

En ese caso es posible aún que el tiempo vuelva a invertir su curso. Quizá tengamos otra posibilidad de escalar la valla.

Pero no...

El pensamiento se ha desvanecido en las ondas del Nilo.

Otra familia se marcha del valle en este día. Toda la mañana han estado escalando penosamente la garganta de arena. Y ahora, al volver las cabezas para contemplar acaso por última vez el borde de los amarillos acantilados, se perfilan contra el cielo de la mañana: motas verticales los hombres, motas horizontales las bestias.

Junto a mí, Maot los sigue con la mirada. Pero no hace ningún comentario. Está segura de mí.

El acantilado queda otra vez desierto. Pronto habrán olvidado al Nilo con sus turbadores fantasmas de recuerdos.

Nuestra vida entera es un olvidar y un retornar. Del mismo modo que las madres absorben a los niños, así los grandes pensamientos son absorbidos por las mentes geniales. Al principio están en todas partes. Nos rodean como el aire. Luego hay una merma. Ya no todos los hombres los conocen. Y surge entonces un gran hombre y los toma para sí, y se convierten en un secreto. Sólo subsiste la inquietante convicción de que algo maravilloso se ha desvanecido.

He visto a Shakespeare desescribir las grandes tragedias. He visto a Sócrates despensar los profundos pensamientos. He oído a Jesús desdecir las divinas palabras.

Hay una inscripción en la piedra, y parece eterna. Al volver, siglos después, la encuentro igual, apenas un poco menos borrosa, y pienso que ella, el menos, puede durar. Pero un día llega un escriba y laboriosamente rellena los surcos hasta que queda tan solo la piedra lisa.

Entonces solo él sabe lo que allí estaba escrito. Y cuando llega a joven, ese conocimiento se extingue para siempre.

Lo mismo ocurre con todo cuanto hacemos. Nuestras casas se vuelven nuevas y las desmantelamos, y arrumbamos los materiales en minas y canteras, bosques y campos. Nuestras ropas se vuelven nuevas y las abandonamos. Y nosotros mismos nos volvemos nuevos y olvidamos y buscamos ciegamente una madre.

Ahora todos se han marchado. Solo Maot y yo nos demoramos.

No pensé que ocurriría tan pronto. Ahora que estamos acercándonos al fin, la naturaleza parece apresurarse.

Supongo que aquí y allá, a lo largo del Nilo, ha de haber otros rezagados, pero a mí me gusta pensar que nosotros somos los últimos, los últimos que veremos desaparecer los sembrados, los últimos que miraremos el río sabiendo algo de lo que antaño simbolizó, antes de hundirse en el eterno olvido.

Nuestro mundo es el del triunfo de las causas perdidas. Después de esa segunda guerra de que hablé hubo en mi país natal, del otro lado del mar, un largo período de paz. Había en ese entonces entre nosotros un pueblo primitivo al que llamábamos indios, un pueblo desdeñado y dominado, obligado por nosotros a vivir aislado, en áreas miserables. No nos causaban ninguna preocupación. Si alguien nos hubiera dicho que tenían poder para dañarnos, nos habríamos reído.

Pero repentinamente surgió entre ellos una chispa de rebelión. Formaron bandas, se procuraron arcos y armas inferiores y vinieron a nosotros en pie de guerra.

Nosotros los enfrentamos en pequeñas batallas que jamás eran del todo decisivas. Ellos persistían, volvían siempre a la lucha, tendían emboscadas a nuestros hombres y nuestras carretas, nos hostigaban sin cesar y finalmente sus incursiones se volvieron respetables.

Sin embargo, los considerábamos tan insignificantes que hasta encontramos tiempo para librar entre nosotros una guerra civil.

El desenlace de esa guerra fue triste. Una porción de la población de piel oscura fue esclavizada y obligada a trabajar para nosotros en las casas y los campos.

Las fuerzas de los indios crecieron de una manera formidable. Poco a poco nos expulsaron de los anchos ríos y llanuras del oeste medio, obligándonos a atravesar las boscosas montañas hacia el este.

En la costa oriental los resistimos durante algún tiempo, principalmente por habernos aliado con una nación isleña transoceánica, a la que cedimos nuestra independencia.

Hubo un hecho alentador. Los negros esclavizados fueron reunidos y amontonados en navíos y traídos a las playas australes de este continente, y aquí fueron liberados o puestos en manos de tribus guerreras que finalmente les concedieron libertad.

Pero la presión de los indios, esporádicamente ayudados por aliados extranjeros, fue en aumento. Ciudad por ciudad, pueblo por pueblo, caserío por caserío, levantamos nuestras viviendas y también nosotros nos embarcamos para surcar el mar. Hacia el final los indios se tornaron extrañamente pacíficos, y los últimos cargamentos de hombres parecían huir no tanto por miedo físico sino por el terror sobrenatural que inspiraban las verdes florestas silenciosas que habían engullido sus hogares.

En el sur los aztecas empuñaron sus cuchillos de vidrio y sus espadas con filo de pedernal y echaron a los... creo que se llamaban españoles.

Un siglo más y todo el continente occidental cayó en el olvido, salvo algunas vagas, obsesivas remembranzas.

La tiranía y la ignorancia crecientes, una incesante contracción de las fronteras, rebeliones de los oprimidos, que a su vez se convertían en opresores: estos hechos constituyeron la siguiente era de la historia.

Una vez pensé que la marea había cambiado de rumbo. Surgió un pueblo pujante y disciplinado, el pueblo romano, y sometió bajo su férula a la mayor parte del mundo debilitado.

Pero esa estabilidad resultó transitoria. Una vez más los gobernados se levantaron contra los gobernantes. Los romanos fueron expulsados: de Inglaterra, de Egipto, de la Galia, de Asia, de Grecia. De los campos yermos surgió Cartago para disputarle y arrebatarle a Roma su hegemonía. Los romanos buscaron refugio en Roma, su importancia menguó, se perdieron en un laberinto de migraciones.

Sus ideas revitalizantes resplandecieron durante un siglo glorioso en Atenas, luego cesaron de gravitar.

Después de eso, la declinación continuó a un ritmo uniforme. Ya nunca más me dejé engañar con el pensamiento de que el curso de las cosas había cambiado.

Excepto esta última vez.

Porque era pétreo y seco, porque el sol lo bañaba a raudales, porque estaba lleno de templos y sepulcros, porque era afecto a las tradiciones y a la calma, pensé que Egipto podría perdurar. El casi inmutable correr de los siglos alentó en mí esa creencia. Pensaba que si no habíamos llegado al momento crucial habíamos al menos llegado al reposo.

Pero han comenzado las lluvias, los templos y sepulcros llenan los peñascos de los acantilados, y la tradición y la calma han dado paso a los impacientes afanes del nómade.

Si hay un momento crucial, no llegará hasta que el hombre sea uno con las bestias.

Y Egipto deberá desaparecer como todo lo demás.

Mañana Maot y yo emprenderemos la marcha. Ya hemos reunido nuestros animales y enrollado nuestra tienda.

Maot arde de juventud. Está muy cariñosa.

Será extraño andar por el desierto. Pronto, demasiado pronto, nos daremos nuestro último y más dulce beso, y ella parloteará conmigo como una niña y yo velaré por ella hasta que encontremos a su madre.

O quizá un día la abandonaré en el desierto, y su madre la encontrará.

Y yo, yo seguiré eternamente.

Fredric Brown - LOS ONDULANTES


Definiciones del diccionario abreviado Webster-Hamlin, edición de 1998:

Ondulante: un invasor.

Invasor: inórgano de la clase radio.

Inórgano: ente incorpóreo, invasor.

Radio: 1. clase de inórganos. 2. frecuencia etérea entre la luz y la electricidad. 3. (obsoleto) método de comunicación usado hasta 1957


Las salvas inaugurales de la invasión no fueron estruendosas, pero fueron oídas por millones de personas. George Bailey estaba entre esos millones. Elijo a George Bailey porque fue el único que llegó a tener una vaga intuición de lo que pasaba.

George Bailey estaba borracho, y dadas las circunstancias no se lo podía culpar por ello. Estaba escuchando avisos radiales de la clase más repulsiva. No porque él quisiera escucharlos, desde luego, sino porque su jefe, J.R. McGee de la red MID, le había dicho que los escuchara.

George Bailey escribía avisos para la radio. Lo único que odiaba más que la publicidad era la radio. Y ahora dedicaba su tiempo libre a escuchar irritantes y nauseabundos avisos comerciales en una emisora rival.

- Bailey - había dicho J.R. McGee -, deberías familiarizarte más con lo que hacen otros. Especialmente, deberías estar informado sobre lo que hacen los clientes nuestros que usan varias emisoras. Francamente, te sugiero...

Uno no se opone a las francas sugerencias del jefe si quiere conservar un trabajo de doscientos dólares por semana.

Pero uno puede beber whisky sours mientras escucha. George Baile bebía whisky sours.

Además, entre una tanda comercial y otra, jugaba al gin rummy con Maisie Hetterman, una atractiva dactilógrafa pelirroja del estudio. Era el departamento de Maisie y la radio de Maisie (George, por principios, no tenía radio ni televisor), pero George había traído el licor.

- ...sólo los mejores tabacos - decía la radio - entran dit-dit-dit cigarrillo favorito del país...

George miró la radio.

- Marconi - dijo.

Desde luego quería decir Morse, pero como los whisky sours lo habían mareado un poco su primera corazonada se acercó más a la verdad que la de cualquier otro. Era Marconi, en cierto modo, de un modo muy especial.

- ¿Marconi? - preguntó Maisie.

George, que odiaba hablar con la radio encendida, se inclinó para apagarla.

- Quise decir Morse - dijo -. Morse, como en los boy scouts o en el cuerpo de señales. En un tiempo fui boy scout.

- Vaya si has cambiado - dijo Maisie.

George suspiró.

- Alguien se creará problemas, transmitiendo en código en esa longitud de onda.

- ¿Qué decía?

- ¿Decía? Ah, quieres decir qué decía la señal. S..., la letra S. Dit-dit-dit es S. SOS es dit-dit-dit da-da-da dit-dit-dit.

- ¿La O es da-da-da?

George sonrió.

- Dilo de nuevo, Maisie. Me gusta: Y creo que tú también eres da-da-da.

- George, quizá sea realmente un SOS. Enciéndela de nuevo.

George la encendió de nuevo. El aviso de cigarrillos aún estaba en el aire.

- ...caballeros del gusto más dit-dit-dit ...guido prefieren el gusto superior de los cigarri-dit-dit-dit. En su nuevo paquete, que los conserva dit-dit-dit y ultrafrescos...

- No es un SOS. Son sólo eses.

- Como una tetera, o... Oye, George, quizá sea un truco publicitario.

George meneó la cabeza.

- En ese caso no taparía el nombre del producto. Espera un minuto hasta que...

Extendió la mano y movió la perilla de la radio un poco a la derecha y un poco a la izquierda, y una expresión incrédula le inundó la cara. Movió la perilla hacia el extremo izquierdo, tanto como podía. No había ninguna estación allí, ni siquiera el zumbido de una nota de transmisión, pero la radio decía dit-dit-dit, dit-dit-dit.

Movió la perilla hacia el extremo derecho. Dit-dit-dit.

George apagó la radio y miró a Maisie sin verla, lo cual no era fácil.

- ¿Algo malo, George?

- Espero que sí - dijo George Bailey -. Por cierto espero que sí.

Pensó en tomar otra copa y cambió de idea. Tuvo la repentina corazonada de que algo importante estaba ocurriendo y quería estar sobrio para evaluar las cosas.

No tenía la menor idea de cuán importante era.

- George, ¿qué quieres decir?

- No sé qué quiero decir. Maisie, demos un paseo hasta el estudio, ¿eh? Creo que habrá cosas interesantes.


5 de abril de 1957; ésa fue la noche en que llegaron los ondulantes.

Había empezado como una noche más. Ya no lo era..

George y Maisie esperaron un taxi, pero como no venía ninguno tomaron el subterráneo. Ah sí, los subterráneos aún funcionaban en esos días. Los dejó a una cuadra del edificio de la emisora.

El edificio era un manicomio. George, sonriendo, atravesó el lobby llevando a Maisie del brazo, tomó el ascensor hasta el quinto piso y sin ninguna razón dio un dólar al ascensorista. Nunca en su vida había dado propina a un ascensorista.

El joven le dio las gracias.

- Le conviene no acercarse a los gerentes, señor Bailey - dijo -. Le arrancarán las orejas a dentelladas a cualquiera que tan sólo se atreva a mirarlos.

- Maravilloso - dijo George.

Desde el ascensor fue directamente hacia la oficina del propio J.R. McGee.

Se oían voces estridentes detrás de la puerta de vidrio. George estiró la mano hacia el picaporte y Maisie trató de detenerlo.

- Pero George - susurró -, ¡te despedirá!

- Hay momentos para todo - dijo George -. Aléjate de la puerta, primor.

Apartó a Maisie con suavidad pero también con firmeza.

- Pero George, ¿qué te propones...?

- Observa - dijo él.

Entreabrió la puerta y las voces frenéticas cesaron. Al asomar la cabeza todos los ojos se volvieron hacia él.

- Dit-dit-dit - dijo -. Dit-dit-dit.

Se echó hacia atrás y hacia un costado justo a tiempo para escapar del vidrio astillado por el pisapapeles y el tintero que atravesaron el panel de la puerta.

Aferró a Maisie y corrió hacia las escaleras.

- Ahora beberemos una copa, - le dijo.

Había una multitud en el bar de enfrente, pero era una multitud extrañamente silenciosa. Por respeto al hecho de que la mayoría de los clientes eran gente de la radio ese bar no tenía televisor sino un gran gabinete de radio, y casi todos estaban agolpados alrededor.

- Dit - decía la radio -. Dit-dad-da-di-daditda-dit...

- ¿No es hermoso? - le susurró George a Maisie.

Alguien movió la perilla. Alguien preguntó qué banda era ésa y alguien dijo: «La policial.» Alguien dijo «Busca la onda corta», y alguien la buscó. «Esto debería ser Buenos Aires», dijo alguien. «Ditd-da-dit», dijo la radio.

Alguien se pasó los dedos por el pelo y dijo: «Apaguen esa maldita cosa.» Alguien la apagó y alguien la encendió de nuevo.

George sonrió y se dirigió hacia un reservado donde había visto a Pete Mulvaney sentado a solas con una botella delante. George y Maisie se sentaron frente a Pete.

- Hola - dijo George, muy serio.

- Demonios - dijo Pete, que era jefe del personal de investigación técnica de la radio.

- Una bella noche, Mulvaney - dijo George - ¿Viste la luna remontando las algodonosas nubes cual un áureo galeón arrojado sobre olas de plateada cresta en un huracanado...

- Cállate - dijo Pete -. Estoy pensando.

- Whisky sours - le dijo George al mozo. Se volvió hacia Pete -. Piensa en voz alta, para que oigamos todos. Pero antes, ¿cómo escapaste del manicomio de enfrente?

- Me patearon, me echaron, me despidieron.

- Choca esos cinco. Y luego explícate. ¿Les dijiste dit-dit-dit?

Pete lo miró con repentina admiración.

- ¿Eso hiciste?

- Tengo una testigo. ¿Qué hiciste tú?

- Les dije lo que pensaba que era y creen que estoy loco.

- ¿Lo estás?

- Sí.

- Bien - dijo George -. Entonces queremos oírlo... - Chasqueó los dedos. - ¿Qué pasa con la televisión?

- Lo mismo. El mismo sonido en audio, y la imagen tiembla y se desdibuja con cada punto o guión. En este momento es sólo un borrón.

- Maravilloso. Y ahora dime qué ocurre. No me importa lo que sea, mientras no sea una trivialidad, pero quiero saber.

- Creo que es el espacio. El espacio está distorsionado.

- El viejo amigo, el espacio - dijo George Bailey.

- George - dijo Maisie -, cáIlate por favor. Quiero oír esto.

- El espacio - dijo Pete - también es finito. - Se sirvió otra copa. - Recorres cierta distancia en cualquier dirección y vuelves al punto de partida. Como una hormiga arrastrándose alrededor de una manzana.

- Mejor una naranja - dijo George.

- De acuerdo, una naranja. Ahora supongamos que las primeras ondas de radio jamás emitidas acaban de terminar el viaje de vuelta. En cincuenta y seis años.

- ¿Cincuenta y seis años? Pero pensé que las ondas de radio viajaban a la misma velocidad que la luz. Si es así, en cincuenta y seis años sólo pudieron recorrer cincuenta y seis años-luz, y eso no puede ser todo el universo porque se sabe que hay galaxias a millones o quizá miles de millones de años-luz. No recuerdo las cifras, Pete, pero nuestra galaxia sola tiene mucha más extensión que cincuenta y seis años-luz.

Pete Mulvaney suspiró.

- Por eso digo que el espacio debe estar distorsionado. Hay un atajo en alguna parte.

- ¿Un atajo tan corto? No puede ser.

- Pero George, escucha lo que se está recibiendo. ¿Entiendes el código?

- Ya no. No a esa velocidad, al menos.

- Bien, yo sí lo entiendo - dijo Pete -. Ésa es la jerga de los primeros radioaficionados norteamericanos. Son los sonidos que llenaban el aire antes que se iniciaran las emisiones radiales normales. Es la jerga, las abreviaturas, la cháchara del granero al altillo de los aficionados con claves, con cohesores Marconi o detectores Fessenden... y pronto oirás un solo de violín. Te diré cuál es.

- ¿Cuál?

- El Largo de Handel. El primer disco fonográfico transmitido por radio. Fessenden lo emitió desde Brant Rock en 1906. Oirás su CQ-CQ en cualquier momento. Te apuesto un trago.

- De acuerdo. ¿Pero qué era el dit-dit-dit que empezó todo esto?

Mulvaney sonrió.

- Marconi, George. ¿Cuál fue la señal más poderosa jamás emitida, cuándo y por quién?

- ¿Marconi? ¿Dit-dit-dit? ¿Hace cincuenta y seis años?

- Eres un buen alumno. La primera señal transatlántica, el 12 de diciembre de 1901. Durante tres horas la gran estación de Marconi en Poldhu, con postes de más de sesenta metros, envió una S intermitente, dit-dit-dit, mientras Marconi y dos asistentes, en St. Johns, Terranova, remontaban una antena a ciento veinte metros en una cometa hasta que al fin captaron la señal. A través del Atlántico. George, con chispas que saltaban de las grandes botellas de Leyden en Poldhu y 20.000 voltios brincando de las tremendas antenas...

- Un minuto, Pete, hay algo que no encaja. Si eso fue en 1901 y la primera emisión radial fue en 1906, pasarán cinco años antes que la emisión de Fessenden llegue aquí por la misma ruta. Aun si hay un atajo de cincuenta y seis años-luz en el espacio y aun si esas señales no se debilitaron tanto en el viaje como para que no podamos oírlas... es una locura.

- Te previne que lo era - dijo Pete desanimadamente -. Caray. esas señales serían tan infinitesimales después de viajar tan lejos que en la práctica no existirían. Más aún, están en todas las bandas, desde las microondas para arriba, y en todas tienen la misma fuerza. Y, como dices tú, ya hemos recibido casi cinco años en dos horas, lo cual no es posible. Te dije que era una locura.

- Pero...

- Sshhh. Escucha - dijo Pete.

Una voz borrosa pero inequívocamente humana venía de la radio, mezclándose con los chasquidos del código. Y luego una música débil y cascada, pero inequívocamente de violín. El Largo de Handel.

Sólo que de pronto se agudizó como si escalara de clave en clave, hasta volverse tan estridente que lastimaba el oído. Y siguió hasta pasar el límite de lo audible y no pudieron oírla más.

- Apaguen ya esa maldita cosa - dijo alguien. Alguien la apagó, pero esta vez nadie volvió a encenderla.

- Yo mismo no lo creía - dijo Pete -. Y hay otro elemento en contra, George. Esas señales afectan también la televisión, y las ondas de radio no tienen la longitud adecuada para eso. - Meneó la cabeza lentamente. - Tiene que haber otra explicación, George. Cuanto más lo pienso, más me convenzo de que estoy equivocado.

Tenía razón: estaba equivocado.


- Descabellado - dijo el señor Ogilvie.

Se quitó las gafas, frunció el ceño, y se las caló de nuevo. Miró a través de ellas los papeles que tenía en la mano y los arrojó desdeñosamente sobre el escritorio. Los papeles resbalaron hasta descansar contra la placa triangular que rezaba:

B.R. OGILVIE

Jefe de redacción

- Descabellado - repitió.

Casey Blair, su mejor reportero, sopló un anillo de humo y lo atravesó con el índice.

- ¿Por qué? - preguntó.

- Porque... caramba, es absolutamente descabellado.

- Ahora son las tres de la mañana - dijo Casey Blair -. La interferencia ha durado cinco horas y no hay un solo programa por televisión ni por radio. Todas las estaciones importantes de radio y televisión del mundo entero han dejado de trasmitir. Por dos razones. Una, sólo estaban gastando corriente. Dos, las secretarías de Comunicaciones de sus respectivos gobiernos les solicitaron que cesaran de trasmitir para colaborar en las campañas de rastreo. Hace cinco horas, desde el comienzo de la interferencia, que están trabajando con todo lo que tienen. ¿Y qué han averiguado?

- ¡Es descabellado! - dijo el jefe de redacción.

- De acuerdo, pero es cierto. Greenwich, a las once de la noche hora de Nueva York (traduciré todas las horas a la de Nueva York) encontró algo en la dirección de Miami. Viró hacia el norte hasta qué a las dos la dirección era aproximadamente la de Richmond. Virginia. A las once San Francisco encontró algo en la dirección de Denver; tres horas más tarde viró al sur, hacia Tucson. En el hemisferio sur: señales captadas en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, viraron de la dirección de Buenos Aires a la de Río de Janeiro, mil quinientos kilómetros al norte. Nueva York a las once recibía señales débiles de Madrid, pero a las dos no recibía ninguna señal. - Soltó otro anillo de humo. - ¿Quizá porque las antenas de cuadro que usan sólo giran en un plano horizontal?

- Absurdo.

- Me gusta más «descabellado», señor Ogilvie. Es descabellado, pero no absurdo. Yo estoy muerto de miedo. Esas líneas, y todas las señales de que hemos oído hablar, corren en la misma dirección si uno las toma como líneas rectas trazadas como tangentes de la Tierra en vez de curvarlas alrededor de la superficie. Yo lo hice con un pequeño globo terráqueo y un mapa estelar. Convergen en la constelación de Leo. - Se inclinó y tocó con el índice la primera página del artículo que acababa de entregar. - Las estaciones que están directamente bajo Leo no reciben ninguna señal. Las estaciones que están en lo que sería el perímetro de la Tierra respecto de ese punto reciben las señales más fuertes. Escuche, si prefiere haga revisar esas cifras por un astrónomo antes de publicar la nota, pero hágalo pronto... a menos que quiera leer la noticia en otros diarios primero.

- Pero la ionosfera, Casey... ¿no se supone que detiene todas las ondas de radio y las hace rebotar?

- Claro que sí. Pero quizá hay una filtración. O quizá las señales pueden atravesarla desde afuera aunque no puedan salir desde adentro. No es una pared sólida.

- Pero...

- Lo sé, es descabellado. Pero allí está. Y nos falta sólo una hora para cerrar. Será mejor que mande esta nota pronto y la haga componer mientras hace revisar mis datos y direcciones. Además, usted querrá cerciorarse de algo más.

- ¿Qué?

- Yo no tenía los datos para corroborar la posición de los planetas. Leo está en la eclíptica; un planeta podría interponerse entre aquí y allá. Marte, tal vez.

Los ojos del señor Ogilvie se iluminaron y se opacaron de nuevo.

- Blair - dijo -, si usted se equivoca seremos el hazmerreír del mundo.

- ¿Y si tengo razón?

El jefe de redacción tomó el teléfono y ladró una orden.


Titular del 6 de abril del Morning Messenger de Nueva York, última edición (6 de la mañana):

INTERFERENCIA RADIAL VIENE DEL ESPACIO

SE ORIGINA EN LEO

Seres ajenos al sistema solar intentarían comunicarse.


Todas las emisiones de radio y televisión fueron suspendidas.

Las acciones de las empresas radiales y televisivas abrieron varios puntos por encima de la cotización del día anterior, y luego bajaron abruptamente hasta mediodía, cuando una moderada estampida de compradores las hizo subir un poco.

La reacción del público era ambigua; la gente que no tenía radio salió precipitadamente a comprar una, y las ventas subieron, especialmente en aparatos portátiles y de mesa. Por otra parte, no se vendió ningún televisor. Con la suspensión de las emisiones no había imágenes en las pantallas, ni siquiera imágenes borrosas. Los circuitos de audio, cuando se los encendía, emitían el mismo murmullo que los receptores de radio. Lo cual, como Pete Mulvaney le había señalado a George Bailey, era imposible; las ondas de radio no pueden activar los circuitos de audio de los televisores. Pero éstas los activaban, y eran ondas de radio.

En los aparatos de radio aparecían ondas de radio, aunque horriblemente trituradas. Nadie podía escucharlas mucho tiempo. Había momentos fugaces en que, por varios segundos consecutivos, uno podía reconocer la voz de Will Rogers o Geraldine Farrar, o pescar instantes de la pelea Dempsey-Carpentier o la excitación de Pearl Harbor (¿recuerdan Pearl Harbor?). Pero las cosas dignas de oírse eran raras. En general era una mezcla ininteligible de radioteatro, publicidad y jirones desafinados de lo que una vez había sido música. Era totalmente indiscriminado, y totalmente insoportable.

Peco la curiosidad es una motivación poderosa. Hubo un breve auge de venta de radios por unos días.

Hubo otros auges, menos explicables, más difíciles de analizar. Hubo un alza repentina en la venta de escopetas y armas portátiles que evocaba el pánico causado en 1938 por los marcianos de Wells-Welles. Las Biblias se vendían tanto como los libros de astronomía, y los libros de astronomía se vendían como pan caliente. Una zona del país demostró un repentino interés en los pararrayos; los constructores fueron inundados con pedidos de instalación inmediata.

Por alguna razón que nunca se ha aclarado del todo hubo una fiebre de venta de anzuelos en Mobile, Alabama; todas las ferreterías y tiendas deportivas los vendieron en pocas horas.

Las bibliotecas públicas y las librerías fueron despojadas de los libros de astrología y los libros sobre Marte. Sí, sobre Marte, pese a que Marte estaba en ese momento del otro lado del sol y que toda nota periodística sobre el tema enfatizaba que ningún planeta se interponía entre la Tierra y la constelación de Leo.

Algo extraño ocurría, y no se disponía de noticias sobre las novedades excepto a través de los diarios. La gente se apiñaba frente a los edificios de los diarios a la espera de cada edición. Los jefes de producción enloquecían.

La gente también se reunía en pequeños grupos de curiosos alrededor de los silenciosos estudios y estaciones de emisión, hablando en voz baja como en un velorio. Las puertas de la emisora estaban cerradas, aunque había un portero encargado de hacer entrar a los técnicos que intentaban encontrar una respuesta al problema. Algunos de los técnicos que habían trabajado el día anterior acababan de pasar más de veinticuatro horas en vela.


George Bailey despertó al mediodía, con sólo una pequeña jaqueca. Se afeitó y duchó, salió, tomó un desayuno ligero y se sintió mejor. Compró las primeras ediciones de los diarios de la tarde, las leyó, sonrió.

Su corazonada había sido correcta: fuera lo que fuese, no era una trivialidad.

Pero ¿qué era?

Las últimas ediciones de los diarios de la tarde lo anunciaron.

INVADEN LA TIERRA

SEGÚN CIENTÍFICO

El cuerpo treinta y seis era el mayor que tenían; lo usaron. Ni un solo diario fue distribuido esa tarde. Los repartidores eran prácticamente asaltados cuando iniciaban su recorrido. Vendían diarios en vez de repartirlos; los más listos los vendían a un dólar el ejemplar. Los tontos y honestos que no querían venderlos porque pensaban que los diarios correspondían a los clientes regulares del reparto los perdieron de todos modos. La gente se los arrebató.

Las últimas ediciones apenas cambiaron el titular. Es decir, apenas desde un punto de vista tipográfico. Pero el cambio en el significado era tremendo. Decía:

INVADEN LA TIERRA

SEGÚN CIENTÍFICOS

Es increíble el efecto que puede producir una sola S.

Carnegie Hall rompió esa noche todas las tradiciones con una conferencia a última hora. Una conferencia no programada ni publicitada. El profesor Helmetz había bajado del tren a las once y media y una multitud de reporteros lo estaba esperando. Helmetz, de Harvard, había sido el científico (en singular) que figuraba en el primer titular.

Harvey Amhers, jefe del directorio del Carnegie Hall, se había abierto paso en la multitud. En el trayecto perdió las gafas, el sombrero y el aliento. pero aferró el brazo de Helmetz y se colgó de él hasta que recobró el habla.

- Queremos que hable usted en Carnegie, profesor - gritó al oído de Helmetz -. Cinco mil dólares por una conferencia sobre los invasores.

- Desde luego. ¿Mañana a la tarde?

- ¡Ahora! Tengo un taxi esperando. Venga.

- Pero...

- Le conseguimos público. ¡De prisa! - Se volvió hacia la multitud. - Abran paso. Es imposible oír al profesor aquí. Vengan al Carnegie Hall y él les hablará. Y corran la voz en el camino.

Tanto se corrió la voz que el Carnegie Hall estaba atestado cuando el profesor empezó a hablar. Poco después instalaron un sistema de altoparlantes para que la gente de afuera pudiera oír. A la una de la mañana las calles estaban atestadas en cuadras a la redonda.

No había en la Tierra un patrocinador con un millón de dólares a su nombre que no hubiera dado gustosamente un millón de dólares por el privilegio de patrocinar esa conferencia en televisión o radio, pero no fue emitida por radio ni por televisión. Ambas líneas estaban ocupadas.


- ¿Alguna pregunta? - dijo el profesor Helmetz.

Un reportero de la primera fila se adelantó a los demás.

- Profesor - erijo -, ¿todas las estaciones rastreadoras de la Tierra han confirmado lo que usted nos dijo esta tarde sobre los cambios de dirección?

- Sí, absolutamente. Alrededor del mediodía todas las indicaciones direccionales empezaron a debilitarse. A las tres menos cuarto, hora del Este, cesaron por completo. Hasta entonces las ondas radiales procedían del cielo, cambiando continuamente de dirección con respecto a la superficie de la Tierra, pero constantes con respecto a un punto en la constelación de Leo.

- ¿Qué estrella de Leo?

- Ninguna estrella visible en nuestros mapas. Tampoco venían de un punto en el espacio o de una estrella demasiado débil para nuestros telescopios.

- Pero a las tres menos cuarto de la tarde de hoy (o mejor dicho de ayer, pues ya ha pasado medianoche) todos los rastreadores de dirección dejaron de funcionar. Aun así las señales persistían, y venían de todas partes por igual. Todos los invasores estaban aquí.

»No se puede llegar a otra conclusión. Ahora la Tierra está rodeada, totalmente cubierta, por ondas de tipo radial que no tienen un punto de origen, que viajan incesantemente alrededor de la Tierra en todas las direcciones, cambiando de forma a voluntad. Esa forma actualmente sigue imitando las señales radiales originadas en la Tierra que les llamaron la atención y las trajeron aquí.

- ¿Cree usted que era de una estrella que no podemos ver, o pudo haber sido realmente un mero punto en el espacio?

- Quizá de un punto en el espacio. ¿Y por qué no? No son criaturas materiales. Si vinieron aquí desde una estrella, tiene que ser una estrella muy oscura para que nos resulte invisible, pues estaría relativamente cerca de nosotros... a sólo veintiocho años-luz, que es muy poco en términos de distancias estelares.

- ¿Cómo puede usted saber la distancia?

- Partiendo del muy razonable supuesto de que iniciaron el viaje cuando descubrieron nuestras señales de radio: la emisión en código de Marconi hace cincuenta y seis años, las eses intermitentes. Como ésa fue la forma adoptada por los primeros en llegar, suponemos que iniciaron el viaje cuando encontraron esas señales. Las señales de Marconi, viajando a la velocidad de la luz, habrían llegado a un punto a veintiocho años-luz de distancia hace veintiocho años; los invasores, viajando también a la velocidad de la luz, necesitarían el mismo tiempo para llegar hasta nosotros.

»Como sería de esperar, sólo los primero en llegar cobraron forma de código Morse. Los siguientes llegaron con la forma de otras ondas que encontraron y pasaron, o quizás absorbieron, en su viaje a la Tierra. Ahora están vagando alrededor de la Tierra, como quien dice, fragmentos de los últimos programas que se irradiaron, pero todavía no han sido identificados.

- Profesor, ¿puede usted describir a uno de esos invasores?

- Tanto como puedo describir una onda de radio. De hecho, son ondas de radio, aunque no provengan de ninguna emisora. Son una forma de vida que depende del movimiento de las ondas, tal como nuestra forma de vida depende de la vibración de la materia.

- ¿Tienen tamaños diferentes?

- Sí, en dos sentidos de la palabra tamaño. Las ondas de radio se miden de cresta a cresta, medida que se conoce como longitud de onda. Como tos invasores cubren todo el espectro de recepción de nuestros aparatos de radio y televisión es obvio que sucede una de dos cosas: o vienen en todos los tamaños cresta-a-cresta o cada cual puede cambiar su medida cresta-a-cresta para adaptarse a la sintonía de cualquier receptor.

»Pero eso es sólo en cuanto a la longitud cresta-a-cresta. En un sentido puede decirse que una onda de radio tiene una longitud general determinada por su duración. Si una emisora irradia un programa que tiene una duración de un segundo, una onda que lleva ese programa tiene un segundo-luz de longitud, unos 300.000 kilómetros. Un programa de media hora continua está, por así decirlo, en una onda continua de media hora-luz de longitud, y así sucesivamente.

»Tomando esa forma de longitud, cada invasor varía en longitud desde unos miles de kilómetros, una duración de una pequeña fracción de segundo, hasta un millón de kilómetros de longitud, una duración de varios segundos. El fragmento continuo más largo de cualquier programa que se haya observado ha sido de unos siete segundos.

- Pero, profesor Helmetz, ¿por qué supone usted que esas ondas son seres vivientes, una forma de vida? ¿Por qué no meras ondas?

- Porque si fueran «meras ondas» como dice usted, seguirían ciertas leyes, tal como la materia inanimada sigue ciertas leyes. Un animal puede trepar cuesta arriba, por ejemplo; una piedra no puede hacerlo a menos que la impulse una fuerza externa. Estos invasores son formas de vida porque demuestran volición, porque pueden cambiar de rumbo, y ante todo porque conservan su identidad; dos señales nunca se confunden en el mismo receptor de radio. Se siguen una a otra pero no llegan simultáneamente. No se mezclan como lo harían normalmente las señales en la misma longitud de onda. No son «meras ondas».

- ¿Diría usted que son inteligentes?.

El profesor Helmetz se quitó las gafas y las lustró pensativamente.

- Dudo que alguna vez lo sepamos - dijo -. La inteligencia de tales seres, si existe, estaría en un plano tan distinto del nuestro que no habría un punto común desde el cual iniciar una comunicación. Nosotros somos materiales; ellos son inmateriales. No existe un terreno común a ambos.

- Pero si tienen algún grado de inteligencia...

- Las hormigas son inteligentes, en cierto modo. Llámelo instinto si quiere, pero el instinto es una forma de inteligencia; al menos las capacita para realizar algunas de las cosas que la inteligencia las capacitaría para realizar. Aun así no podemos establecer comunicación con las hormigas, y es mucho menos probable que podamos establecer comunicación con estos invasores. La diferencia genérica entre la inteligencia de las hormigas y la nuestra no sería nada comparada con la diferencia genérica entre la inteligencia de los invasores, si la tienen, y la nuestra. No, dudo que alguna vez nos comuniquemos.


El profesor estaba en lo cierto. Jamás se llegó a establecer comunicación con los invasores.

Las acciones de las compañías radiales se estabilizaron en la bolsa al día siguiente. Pero un día después alguien hizo al doctor Helmetz una pregunta crucial y los diarios publicaron su respuesta:

- ¿Reiniciar las emisiones? No sé si alguna vez lo haremos. Por cierto no podremos hacerlo hasta que se vayan los invasores, y no tienen por qué irse. A menos que la comunicación radial sea perfeccionada en algún planeta lejano y sean atraídos hacia allá.

»Pero al menos algunos de ellos regresarían en cuanto reiniciáramos las transmisiones.

Las acciones de la radio y la televisión bajaron prácticamente a cero en una hora. Sin embargo, no hubo escenas frenéticas en centros financieros; no hubo ventas frenéticas porque no había compras, ni frenéticas ni de ninguna clase. Ninguna acción de las radios cambió de manos.

Los empleados y actores de radio y televisión empezaron a buscar otro trabajo. Los actores no tuvieron problema en encontrarlo. Todas las demás formas de espectáculo florecían como nunca.


- Van dos - dijo George Bailey. El barman le preguntó qué quería decir.

- No sé, Hank. Es sólo una corazonada.

- ¿Qué clase de corazonada?

- Ni siquiera sé eso. Báteme otro de ésos y luego me iré.

La batidora eléctrica no funcionaba y Hank tuvo que batir la bebida a mano.

- Buen ejercicio. Es justo lo que necesitas - dijo George -. Te quitará un poco de grasa:

Hank gruñó, y el hielo tintineó alegremente mientras él inclinaba la coctelera para servir el trago.

George Bailey se tomó su tiempo para beberlo y luego salió a un chaparrón de primavera. Se detuvo bajo el toldo y esperó un taxi. También había un viejo esperando.

- Qué tiempo - dilo George.

El viejo le sonrió.

- Lo ha notado ¿verdad?

- ¿Eh? ¿Si he notado qué?

- Sólo observe un rato, amigo. Sólo observe un rato.

El viejo siguió su camino. No pasaba ningún taxi vacío y George estuvo bastante tiempo allí hasta que se dio cuenta. Se le aflojó la mandíbula. Luego cerró la boca y entró de nuevo en el bar. Fue a una cabina telefónica y llamó a Pete Mulvaney.

Marcó tres números equivocados hasta que al fin lo atendió Pete.

- Habla George Bailey, Pete. Escucha, ¿te has fijado en el tiempo?

- Claro que sí. No hay relámpagos, y tendría que haberlos en una tormenta como ésta.

- ¿Qué significa, Pete? ¿Los invasores?

- Claro. Y esto es sólo el comienzo si... - Un crujido en la línea le tapó la voz.

- Eh, Pete, ¿aún estás allí?

El sonido de un violín. Pete Mulvaney no tocaba el violín.

- Eh, Pete, ¿qué cuernos...?

De nuevo la voz de Pete.

- Ven aquí, George. El teléfono no durará mucho tiempo. Trae... - Hubo un zumbido y luego una voz dijo -: ...vengan a Carnegie Hall. Las mejores melodías vienen...

George colgó bruscamente.

Caminó por la lluvia hasta la casa de Pete. En el camino compró una botella de whisky. Pete había empezado a decirle que trajera algo y tal vez era eso.

Era eso.

Se sirvieron un trago cada uno y brindaron. Las luces fluctuaron brevemente, se apagaron, y luego se encendieron de nuevo pero con menos intensidad.

- No hay relámpagos - dijo George -. No hay relámpagos y pronto no habrá iluminación. Están adueñándose del teléfono. ¿Qué hacen con los relámpagos?

- Supongo que los comen. Deben comer electricidad.

- No hay relámpagos - dijo George -. Demonios. Puedo arreglarme sin teléfono, y las velas y las lámparas de aceite no alumbran mal... pero echaré de menos los relámpagos. Me gustan los relámpagos. Demonios.

Las luces se apagaron por completo.

Pete Mulvaney bebió despacio en la oscuridad. Dijo:

- Luz eléctrica, refrigeradores, tostadoras eléctricas, aspiradoras...

- Tocadiscos automáticos - dijo George -. Piénsalo, no habrá que aguantarlos más. No habrá más altoparlantes, ni... Oye, ¿y las películas?

- No habrá películas, ni siquiera mudas. No puedes hacer funcionar un proyector con una lámpara de aceite. Pero escucha, George, no habrá automóviles... ningún motor de gasolina funciona sin electricidad.

- ¿Por qué no, si usas una manivela en vez de conectar el arranque?

- La chispa, George. ¿Cómo crees que se produce la chispa?

- Correcto. Tampoco habrá aviones, entonces. ¿Ni siquiera aviones de reacción?

- Bien, supongo que algunos aviones de reacción podrían adaptarse a la falta de electricidad, pero no harías mucho con ellos. Un avión de reacción tiene más instrumentos que motor, y todos esos instrumentos son eléctricos. Y no puedes hacer volar ni aterrizar esos aviones por intuición.

- No habrá radar. Pero ¿para qué lo necesitamos? No habrá más guerras en mucho tiempo.

- Un tiempo demasiado largo.

George se incorporó de golpe.

- Oye, Pete, ¿y la fisión atómica? ¿La energía atómica? ¿Aún funcionará?

- Lo dudo. Los fenómenos subatómicos son básicamente eléctricos. Te apuesto a que también pierden los neutrones sueltos.

(Habría ganado la apuesta; el gobierno no había anunciado que una bomba A probada ese día en Nevada se había apagado con el siseo de un cohete mojado y que las pilas atómicas estaban dejando de funcionar.)

George meneó la cabeza lentamente, intrigado.

- Tranvías y autobuses - dijo -,transatlánticos... Pete, esto significa que volveremos a la fuente original de los caballos de fuerza. Los caballos. Si quieres invertir, compra caballos. Sobre todo yeguas. Una yegua reproductora valdrá mil veces su peso en platino.

- Correcto. Pero no olvides el vapor. Aún tendremos máquinas de vapor, estacionarias y móviles.

- Claro, tienes razón. De nuevo el caballo de hierro para los viajes largos. Pero el noble bruto para los cortos. ¿Sabes montar, Pete?

- Sabía, pero creo que ya estoy un poco viejo. Me inclinaré por una bicicleta. Oye, será mejor que consigas una bicicleta mañana a primera hora, antes que todos corran a comprarlas. Sé que yo iré a comprar una.

- Buen dato. Y yo solía ser buen ciclista. Será magnífico sin autos que estorben. Y otra cosa...

- ¿Qué?

- También compraré una corneta. Tocaba una cuando era chico y puedo empezar de nuevo. Y quizá luego me encierre en alguna parte y escriba esa nove... Oye, ¿qué pasará con la imprenta?

- Se imprimían libros mucho antes de la electricidad, George. Llevará un tiempo readaptar la industria editorial, pero seguirá habiendo libros. Gracias a Dios.

George Bailey sonrió y se levantó. Caminó hasta la ventana y observó la noche. La lluvia había cesado y el cielo estaba limpio.

Un tranvía estaba parado, sin luces, en medio de la calle. Un auto se detuvo, luego arrancó más despacio, se detuvo de nuevo; los faros se opacaban rápidamente.

George miró el cielo y bebió un sorbo de whisky.

- No hay más relámpagos - dijo con tristeza -. Echaré de menos los relámpagos.


El cambio fue menos violento de lo que nadie hubiera imaginado.

El gobierno, en una sesión de emergencia, tomó la sabia decisión de crear un comité con autoridad absolutamente ilimitada y debajo de él sólo tres comités subsidiarios. El comité principal, llamado Secretaría de Readaptación Económica, tenía sólo siete miembros y su función era coordinar los esfuerzos de los tres comités subsidiarios y decidir, rápidamente y sin apelaciones, toda querella jurisdiccional entre ellos.

El primero de los tres comités subsidiarios era la Secretaría de Transporte. Inmediatamente se hizo cargo, en forma temporaria, de los ferrocarriles. Ordenó que las máquinas Diesel fueran llevadas a vías laterales y abandonadas, organizó el uso de las locomotoras de vapor y resolvió los problemas creados por ferrocarriles sin telegrafía ni señales eléctricas. Luego decretó qué se debía transportar: alimentos en primer lugar, luego carbón y fuel oil, y artículos manufacturados esenciales en el orden de su importancia relativa. Un cargamento tras otro de radios nuevas, cocinas eléctricas, refrigeradores y otros artículos inútiles fueron amontonados irrespetuosamente a lo largo de las vías para ser usados más tarde como chatarra.

Todos los caballos fueron declarados bajo protección gubernamental, clasificados de acuerdo con su capacidad, y puestos a trabajar o a reproducir. Los caballos de tiro eran usados sólo para los acarreos más esenciales. El programa de reproducción recibió el mayor énfasis posible; la secretaría estimó que la población equina se duplicaría en dos años, se cuadriplicaría en tres, y que en seis o siete años habría un caballo en cada garaje del país.

Los granjeros, privados provisionalmente de sus caballos, y con los tractores oxidándose en los campos, recibieron instrucciones para usar bovinos para arar y otras faenas, incluyendo el acarreo de corta distancia.

El segundo comité, la Secretaría de Reempleo Humano, funcionaba tal como uno deduciría del título. Otorgaba beneficios por desempleo a los millones privados temporariamente de trabajo y contribuía a reemplearlos, una tarea no tan difícil teniendo en cuenta el gran incremento de la demanda de mano de obra en muchos campos.

En mayo de 1957 había treinta y cinco millones de desocupados; en octubre, quince millones; en mayo de 1958, cinco millones. En 1959 la situación estaba totalmente dominada y la demanda competitiva ya empezaba a elevar los salarios.

El tercer comité tenía la función más difícil de los tres. Se llamaba Secretaría de Readaptación de las Fábricas. Encaraba la tremenda tarea de convertir fábricas llenas de máquinas operadas por electricidad y, en su mayoría, adaptadas para producir otras máquinas operadas por electricidad, para la producción, sin electricidad, de artículos esencialmente no eléctricos.

Las pocas máquinas de vapor estacionarias disponibles trabajaban las veinticuatro horas en esos primeros días, y lo primero que se les encomendó fue la activación de los tornos, estampadores, cepillos mecánicos y molinos que trabajaban para fabricar más máquinas de vapor estacionarias de todos los tamaños. Éstas, a su vez, fueron puestas a trabajar para fabricar aún más máquinas de vapor. El número de máquinas de vapor creció exponencialmente, tal como el número de caballos. El principio era el mismo. Uno podría, y muchos lo hicieron, referirse a esas primeras máquinas de vapor como a sementales. Al menos, no faltaba metal para fabricarlas. Las fábricas estaban llenas de maquinaria no convertible que esperaba para ser fundida.

Sólo cuando las máquinas de vapor - base de la nueva economía fabril - estuvieron en plena producción, fueron asignadas a la maquinaria destinada a manufacturar otros artículos: lámparas de aceite, ropas, cocinas de carbón, cocinas de petróleo, bañeras, y camas.

No todas las grandes fábricas fueron convertidas. Pues mientras continuaba el período de conversión, las artesanías individuales se desarrollaron en miles de lugares. Pequeños talleres de uno o dos operarios fabricaban y reparaban muebles, zapatos, velas, todas las cosas que podían hacerse sin maquinaria compleja. Al principio esos pequeños talleres hicieron pequeñas fortunas porque no tenían competencia de la industria pesada. Más tarde, compraron pequeñas máquinas de vapor para impulsar pequeñas máquinas y sobrevivieron, creciendo con el florecimiento causado por la normalización del empleo y el poder adquisitivo, expandiéndose gradualmente hasta que muchos de ellos rivalizaron con las fábricas más grandes en productividad y las superaron en calidad.

Durante el período de readaptación económica hubo sufrimiento, pero menos del que había habido durante la gran depresión de la década del treinta. Y la recuperación fue más rápida.

La razón era obvia: al combatir la depresión, los legisladores trabajaban en la oscuridad. No conocían la causa - mejor dicho, conocían mil teorías conflictivas sobre la causa - y no conocían el remedio.

Los trababa la idea de que el problema era temporario y se solucionaría por sí solo si no intervenían.

En pocas palabras, no sabían de qué se trataba, y mientras ellos experimentaban el fenómeno cobraba proporciones gigantescas.

Pero la situación que enfrentaba el país, y todos los demás países en 1957, era nítida y obvia. No habría más electricidad. Había que volver al vapor y la tracción a sangre.

Era así de sencillo y, claro, y no había peros ni alternativas. Y toda la gente - excepto los chiflados de siempre - respondió.


En 1961...

Era un lluvioso día de abril y George Bailey esperaba bajo el techo de la pequeña estación de ferrocarril de Blakestown, Connecticut, para ver quién vendría en el de las 3:14.

Entró a las 3:25 y frenó entre bufidos, tres vagones de pasajeros y uno para el equipaje. La portezuela del vagón de equipajes se abrió. Descargaron una bolsa de correspondencia y la portezuela se cerró de nuevo. No había equipaje, de modo que quizá no hubiera pasajeros.

De pronto, al ver a un hombre alto y moreno que bajaba del estribo del último vagón, George Bailey soltó un hurra de alegría.

- ¡Pete! ¡Pete Mulvaney! ¿Qué diablos...?

- ¡Bailey, por todos los cielos! ¿Qué haces aquí?

George aferró la mano de Pete.

- ¿Yo? Yo vivo aquí. Hace dos años. Compré el Blakestown Weekly en el 59, por una bicoca, y me hice cargo... redactor, reportero y ordenanza. Tengo un impresor que me ayuda con esa parte, y Maisie se encarga de las noticias sociales. Ella es...

- ¿Maisie? ¿Maisie Hetterman?

- Ahora es Maisie Bailey. Nos casamos cuando compré el diario y nos mudamos aquí. ¿A qué has venido, Pete?

- Viaje de negocios. Sólo pasaré la noche. Debo ver a un tal Wilcox...

- Ah, Wilcox. Nuestro excéntrico local... pero no me interpretes mal; es un individuo bastante listo. Bien, podrás verlo mañana. Ahora vendrás conmigo. Cenarás y dormirás en casa. Maisie se alegrará de verte. Vamos, tengo el carro afuera.

- Claro. ¿Has terminado can el asunto que te traía aquí?

- Sí. Sólo venía a enterarme de quién llegaba en el tren. Y has llegado tú, así que vamos.

Subieron al carro, y George empuñó las riendas y azuzó a la yegua:

- Vamos, Bessie. - Luego preguntó: - ¿Qué haces aquí, Pete?

- Investigo. Para una compañía de gas. Estuve trabajando en una gasa incandescente más eficaz, que dará más luz y será menos destructible. El tal Wilcox nos escribió que tenía algo en esa línea; la compañía me envió a echarle un vistazo. Si tiene lo que él dice, lo llevaré conmigo a Nueva York y dejaré que los abogados de la compañía se arreglen con él.

- ¿Cómo andan los negocios, por lo demás?

- Muy bien, George. Gas, ésa es la clave ahora. En cada casa nueva se instalan cañerías para eso, y en muchas de las viejas. ¿Qué cuentas tú?

- Nos va bien. Por suerte teníamos una de esas viejas linotipias que fundía los tipos con un mechero de gas, de modo que la instalación ya estaba hecha. Y nuestra casa está encima de la oficina y el taller, de modo que sólo tuvimos que prolongar las cañerías hacia arriba. El gas es grandioso. ¿Cómo anda Nueva York?

- Bien George. Ha llegado a tener un millón de habitantes, y se ha estabilizado allí. No hay apiñamiento y sobra lugar para todos. El aire... vaya, es mejor que Atlantic City, sin el humo de los escapes.

- ¿Aún hay suficientes caballos?

- Casi. Pero lo que está de moda es la bicicleta; las fábricas no alcanzan a cubrir la demanda. Hay un club de ciclistas en casi todas las cuadras, y los que están físicamente capacitados van y vienen del trabajo en bicicleta. Les hace bien, además; en pocos años los médicos estarán en apuros.

- ¿Tú tienes una bicicleta?

- Claro, una anterior a la invasión. Hago un promedio de siete kilómetros diarios en ella, y como igual que un caballo.

George Bailey rió.

- Diré a Maisie que incluya un poco de heno en la cena. Bien, aquí estamos. Alto, Bessie.

Arriba se abrió una ventana, y Maisie se asomó y miró hacia abajo.

- ¡Hola, Pete! - saludó.

- Un plato extra, Maisie - dijo George -. Subiremos pronto, en cuanto guarde la yegua y le muestre a Pete la planta baja.

Cuando salieron del establo, hizo entrar a Pete por la puerta trasera del taller.

- ¡Nuestra linotipia! - anunció orgullosamente, señalándola.

- ¿Cómo funciona? ¿Dónde está tu máquina de vapor?

George sonrió.

- Aún no funciona; todavía ponemos los tipos a mano. Sólo pude conseguir una máquina de vapor y tuve que usarla para imprimir. Pero he mandado pedir una para la linotipia, y llegará en un mes. Cuando la tengamos, Pop Jenkins, mi impresor, me enseñará a manejarla y se quedará sin trabajo. Con la linotipia en marcha, puedo encargarme de todo personalmente.

- ¿No es duro para Pop?

George meneó la cabeza.

- Pop espera ese día con ansiedad. Tiene sesenta y nueve años y quiere jubilarse. Se quedará sólo hasta que yo pueda arreglarme sin él. Aquí está la imprenta... una pequeña Miehle, una joya; y la hacemos trabajar bastante. Y aquí al frente tienes la oficina. Desordenada, pero eficaz.

Mulvaney echó una mirada y sonrió.

- George, creo que has encontrado tu vocación. Tenías pasta para editor de pueblo.

- ¿Pasta? Me enloquece hacerlo. Me divierto más que nadie. Créaslo o no, trabajo como un perro y me gusta. Ven arriba.

En la escalera, Pete preguntó:

- ¿Y la novela que ibas a escribir?

- A medio terminar, y no está mal. Pero no es la novela que iba a escribir; entonces era un cínico. Ahora...

- George, creo que los ondulantes fueron tus mejores amigos.

- ¿Ondulantes?

- Dios mío, ¿cuánto tardan las palabras nuevas en llegar de Nueva York al campo? Los invasores, desde luego. Un profesor cuya especialidad es estudiarlos describió a uno de ellos como un lugar ondulante en el éter, y «ondulante» prendió en el público... Qué tal, Maisie. Luces espléndida.

Comieron lentamente. Casi disculpándose, George le trajo cerveza, en botellas frías.

- Lo lamento, Pete, no tengo nada más fuerte para ofrecerte. Pero últimamente no he bebido. Supongo...

- ¿Tú estás abstemio, George?

- No exactamente abstemio. No hice un juramento ni nada por el estilo, pero hace casi un año que no bebo ningún licor fuerte. No sé por qué, pero...

- Yo sé - dijo Pete Mulvaney -. Yo sé exactamente por qué no bebes... porque yo no bebo mucho tampoco, por la misma razón. No bebemos porque no hay por qué beber... Oye, ¿eso no es una radio?

George rió.

- Un recuerdo. No la vendería por nada del mundo. De vez en cuando me gusta mirarla y pensar en el palabrerío horrible que yo inventaba para ella. Y luego me acerco, muevo la perilla y no hay nada. Sólo silencio. A veces el silencio es lo más maravilloso del mundo, Pete. Claro que no podría hacer eso si hubiera un poco de electricidad, porque entonces habría invasores. Supongo que la situación sigue siendo la misma.

- Sí, la Secretaría de Investigación revisa diariamente. Tratan de obtener corriente con un pequeño generador activado por una turbina de vapor. Pero no hay caso; los invasores la absorben en cuanto es generada.

- ¿Suponen que ellos se irán?

Mulvaney se encogió de hombros.

- Helmetz piensa que no. Piensa que se propagarán en proporción con la electricidad disponible. Aun si el desarrollo de la emisión de radio en otra parte del universo los atrajera hacia allí, algunos se quedarían aquí... y se multiplicarían como moscas en cuanto intentáramos usar de nuevo la electricidad. Entretanto viven de la electricidad estática del aire. ¿Qué hacen aquí en la noche?

- ¿Qué hacemos? Leemos, escribimos, nos visitamos, vamos a los grupos de aficionados... Maisie es presidenta de los Actores de Blakestown, y yo hago pequeños papeles. Al no haber cine todo el mundo se interesa en el teatro y hemos descubierto verdaderos talentos. Y está el club de damas y ajedrez, y los viajes en bicicleta y los picnics... el tiempo no alcanza para todo. Por no mencionar la música. Todo el mundo toca un instrumento, o lo intenta.

- ¿Tú?

- Claro, la corneta. Primera corneta de la Silver Concert Band, con partes solistas. Y... ¡cielos! Esta noche hay ensayo, y damos un concierto el domingo a la tarde. Lamento dejarte, pero...

- ¿Puedo ir y participar? Tengo mi flauta en el maletín, y...

- ¿Flauta? Nos faltan flautas. Tráela y Perkins, nuestro director, prácticamente te obligará a quedarte para el concierto del domingo... Y sólo faltan tres días, así que ¿por qué no? Tráela ahora mismo; tocaremos algunas viejas melodías para entonamos. ¡Eh, Maisie, deja esos platos y ven a acompañarnos con el piano!

Mientras Pete Mulvaney iba al cuarto de huéspedes a sacar su flauta del maletín, George Bailey tomó su corneta de la tapa del piano y sopló unas notas suaves y plañideras. Un sonido perfecto; tenía los labios en buena forma esa noche.

Y con ese objeto brillante y plateado en la mano se acercó a la ventana y se puso a mirar la noche. Afuera oscurecía y había cesado la lluvia.

Un brioso caballo pasó al trote y se oyó el timbre de una bicicleta. Enfrente alguien rasgueaba una guitarra y cantaba. George inhaló profundamente y soltó el aire despacio.

El olor de la primavera era suave y dulce en el aire húmedo.

Paz y atardecer.

Un trueno rodando a lo tejos.

Demonios, pensó, si tan sólo hubiera unos relámpagos.

Echaba de menos los relámpagos.


Philip K. Dick - EL OJO DE LA SIBILA


¿Cómo es que nuestra antigua República Romana se protege a sí misma en contra de aquellos que la destruirían? Nosotros, los romanos, aunque sólo mortales como el resto de los mortales, hacemos uso de la ayuda que seres enormemente superiores a nosotros nos brindan. Esas sabias y amables entidades, originarias de mundos desconocidos para nosotros, están listos para asistir a la República cuando se encuentra en peligro. Cuando no se encuentra en peligro, ellos se ocultan de nuestra vista para regresar cuando los necesitemos.

Tomemos el caso del asesinato de Julio César: un caso que se encontraba aparentemente cerrado cuando aquellos que conspiraron para matarlo fueron asesinados. ¿Pero cómo, nosotros los romanos, determinamos quién intencionalmente había cometido este asqueroso acto infame? Y, más importante aún, ¿cómo llevamos a la justicia a esos conspiradores? Tuvimos ayuda exterior; tuvimos la asistencia de la Sibila de Cumas, quien sabe desde miles de años antes lo que sucederá, y nos da, en forma escrita, su consejo. Todos los romanos son conscientes de la existencia de los Libros Sibilinos. Los abrimos cuando la necesidad surge.

Yo mismo, Philos Diktos de Tyana, he visto los Libros Sibilinos. Muchos ciudadanos romanos importantes, especialmente miembros del Senado, los han consultado. Pero yo he visto a la Sibila misma y por mi propia experiencia se algo sobre ella, algo que pocos hombres saben. Ahora que soy viejo —a mi gran pesar, pero con la necesidad que ata a todos los hombres mortales— estoy dispuesto a confesar que un día, aunque por accidente, supongo, en el curso de mis deberes presbiterianos, vi como la Sibila es capaz de ver bajo los compartimientos del tiempo; yo se lo que le permite hacer esto, se cómo ella se desarrollaba fuera de la anterior Sibila griega en Delphi, en aquella grande y venerada tierra, Grecia.

Pocos hombres saben esto y quizá la Sibila, alargando su mano a través del tiempo para llamarme la atención por hablar en voz alta, me silenciará para siempre. Es bastante posible, por tanto, que antes de que termine este pergamino, sea hallado muerto. Mi cabeza estará partida y abierta como uno se esos melones demasiado maduros provenientes de Levante los cuales, nosotros los romanos, valoramos demasiado. En cualquier caso, al ser viejo, con atrevimiento y descaro hablaré.


Había estado riñendo con mi esposa esa mañana —no era viejo entonces, y el terrible asesinato de Julio César había apenas sucedido. En aquel momento nadie estaba seguro de quién era el culpable. ¡Alta traición contra el Estado! El asesinato más siniestro— mil cuchillos hirieron el cuerpo del hombre que había venido para estabilizar nuestra temblorosa sociedad... con la aprobación de la Sibila, en su templo; hemos visto los libros que ella ha escrito para este efecto. Sabíamos que ella había previsto que Cesar llevaría su armada sobre el río hasta Roma, para aceptar la corona del cesar.

Tú, tonto ingenuo —me estaba diciendo mi esposa aquella mañana—. Si la Sibila fuera tan sabia como tu crees, habría anticipado ese asesinato.

Quizá lo hizo —respondí.

Creo que ella es una farsante —me dijo mi esposa Xantippe, haciendo muecas como sólo ella sabe hacer, lo cual es muy repulsivo. Ella es —debería decir era— de una clase social más alta que la mía, y siempre me hacía conciente de eso—. Ustedes los sacerdotes hacen esos textos; ustedes mismos los escriben, dicen lo que creen de una manera tan vaga que cualquier clase de interpretación puede hacerse de eso. Ustedes están engañando a los ciudadanos, especialmente a los acomodados. Con eso ella quiere decir, a su propia familia.

Le dije con furia, levantándome abruptamente de la mesa del desayuno:

Ella es una inspiración, una profetisa, conoce el futuro. Evidentemente no había manera de que el asesinato de nuestro gran líder, a quien la gente amaba tanto, pudiera ser evitado.

La Sibila es una broma de mal gusto— dijo mi esposa y, en su codiciosa y glotona forma usual, empezó a untar mantequilla en otro pedazo de pan.

He visto los grandes libros y...

¿Cómo es que ella conoce el futuro? —exigió mi esposa.

En cuanto a eso tuve que admitir que no sabía; estaba cabizbajo. Yo, un sacerdote de Cumas, servidor del Estado Romano. Me sentí humillado.

Es un juego de dinero, un timo —mi esposa estaba diciendo mientras yo daba zancadas hacia la puerta.

Aunque estaba apunto de amanecer —la bella Aurora, la diosa del amanecer, estaba mostrando aquella luz blanca sobre el mundo, la luz que consideramos sagrada, y de la cual muchas de nuestras inspiradas visiones provienen— me dirigí, caminando, al amado templo donde trabajo.

Nadie más había llegado aún, excepto los guardias armados, inútilmente parados afuera; me echaron un vistazo sorprendidos de verme tan temprano, y luego me saludaron con la cabeza al reconocerme. Con la excepción de un reconocido sacerdote del templo en Cumas, nadie tiene permitido entrar; aún el mismo Cesar debía depender de nosotros.

Al entrar, pase por la gran bóveda llena de gas, en la cual el gran trono de piedra de la Sibila brillaba de humedad en la penumbra; sólo unas pobres y escasas antorchas habían estado encendidas.

Me paré y me quedé totalmente callado, congelado, cuando vi algo que nunca antes se me había revelado. La Sibila, con su largo cabello negro atado en un ajustado nudo, sus brazos cubiertos y sentada en su trono, se inclinaba hacia delante, y vi, entonces, que no estaba sola.

Dos criaturas se mantenían de pie detrás de ella, dentro de una burbuja redonda. Parecían hombres, pero cada uno de ellos tenía una cosa más, no estoy seguro, aún ahora, de qué tenían de más, pero no eran mortales. Eran dioses. Tenían ranuras en lugar de ojos, sin pupilas. En lugar de manos, tenían pinzas, como las tiene un cangrejo. Sus bocas eran sólo agujeros, y me di cuenta de que ellos, no lo quiera Dios, eran mudos.

Parecían estar hablando con la Sibila, pero por medio de un gran hilo de forma que en cada uno de sus extremos había una caja. Una de las criaturas sostenía la caja al lado de su cabeza, y la Sibila escuchaba en la caja utilizando su otro extremo. La caja tenía números y botones, y el hilo estaba amontonado en un rollo, así que se podía extender.

Esos eran los Inmortales. Pero, nosotros los romanos, nosotros los mortales, habíamos creído que todos los Inmortales habían abandonado el mundo hace mucho tiempo. Esto era lo que nos habían dicho. Evidentemente ellos habían regresado —al menos por un corto tiempo— para darle información a la Sibila.

La Sibila se dirigió hacia donde estaba e, increíblemente, su cabeza atravesó toda la cámara llena de gas hasta encontrarse cerca de la mía. Estaba sonriendo, me había descubierto. Ahora podía oír la conversación entre ella y los Inmortales; graciosamente ella la hizo audible para mí.

...sólo uno de muchos —estaba diciendo el más alto de los dos Inmortales—. Mas está por venir, pero no por algún tiempo. La oscuridad de la ignorancia está por venir, luego de un periodo dorado.

¿No hay forma en que esto pueda ser evitado?— preguntó la Sibila, con esa voz melodiosa que nosotros atesoramos demasiado.

Augusto reinará bien —dijo el más alto de los Inmortales—, pero después de el, vendrán hombres diabólicos y trastornados.

El otro Inmortal dijo:

Debes entender que un nuevo culto surgirá en torno a una Criatura Luminosa. El culto crecerá, pero sus textos verdaderos estarán codificados y los verdaderos mensajes estarán perdidos. Hemos previsto una falla en la misión de la Criatura Luminosa, será torturada y asesinada, como lo fue Julio. Y después de eso...

Mucho después de eso —dijo el más alto de los Inmortales—, la civilización misma se levantará de la ignorancia una vez más, luego de dos mil años, y luego...

La Sibila jadeó:

¿Todo ese tiempo, Padres?

Todo ese tiempo. Y luego, cuando empiecen a cuestionarse, a buscar y encontrar algo para aprender sobre sus verdaderos orígenes, su divinidad, los asesinatos empezarán otra vez, la represión y la crueldad, y otra era oscura empezará.

Puede ser evitado —dijo el otro Inmortal.

¿Puedo ayudar? —dijo la Sibila.

Gentilmente los dos Inmortales dijeron:

Estarás muerta para entonces.

¿No habrá sibila que tome mi lugar?

Nadie. Nadie resguardará la República dos mil años a partir de ahora. Y, asquerosos hombres con pequeñas ideas corretearan y escarbarán de un lado a otro como ratas; sus huellas se cruzarán una y otra vez por el mundo en la medida en la que ellos busquen poder y compitan por falsos honores, por la superioridad el uno con el otro—. Y luego ambos Inmortales le dijeron a la Sibila, —para entonces no serás capaz de ayudar a la gente.

Abruptamente los dos Inmortales se desvanecieron, así como el rollo del hilo y las cajas con números por las que hablaban y fueron persuadidos, como por la sola presencia de la mente y el espíritu. La Sibila se sentó por un momento, y después levantó sus brazos de manera que por medio del mecanismo que los egipcios nos enseñaron, una de las blancas páginas se levantó hacia ella, para que ella quizá escribiera. Pero entonces hizo una cosa curiosa, y esto que voy a narrar es lo que más miedo me da, más miedo de lo que ya he contado.

Alargando la mano entre los pliegues de su toga sacó un Ojo. Puso el ojo en el centro de su frente, no era un ojo del todo como los de nosotros, con pupilas, pero más o menos como eso, era como el ojo-ranura de los Inmortales, pero no del todo. Tenía bandas oblicuas hacia un lado que se movían de una a otra.... No tengo palabras para describir esto, siendo tan solo un sacerdote por medio del entrenamiento formal y de las clases, pero la Sibila en realidad volteó hacia mí y, con el Ojo, miró mi pasado y luego entonces lloró tan fuerte que hizo templar las paredes del templo; las piedras cayeron y las víboras que se encontraban debajo de las ranuras de las piedras silbaron. Lloró llena de consternación y horror por lo que vio, en mi pasado, y su extraño tercer ojo permanecía aún en su frente; continuaba mirando.

Y entonces se cayó, como si se desmayara. Corrí hacia ella para echarle una mano. Toqué a la Sibila, mi amiga, esa gran y amada amiga de la República, mientras ella se sentía mareada y se balanceaba hacia adelante llena de consternación por lo que vio más allá, bajo los túneles y pasadizos del tiempo. Porque era a través de ese Ojo que la Sibila veía lo que tenía que ver, para instruirnos y prevenirnos de algo. Y para mí fue evidente que algunas veces veía cosas tan terribles y espantosas para ella como para soportarlas, y que nosotros deberemos de manejar, intentar manejarlas, mientras podamos.

Mientras sostenía a la Sibila, una cosa extraña sucedió. Entre los arremolinados gases vi figuras que empezaban a tomar forma.

No debes dar por hecho que son reales —dijo la Sibila; escuché su voz y con todo y eso, aunque entendí sus palabras sabía que aquellas figuras eran, de hecho, reales. Vi un barco gigante, sin velas ni remos... Vi una ciudad con altos y flacos edificios, llena de vehículos diferentes a cualquiera que haya visto antes. Y con todo me moví hacia ellos y ellos se movieron hacia mí, hasta el momento en que las figuras se arremolinaron detrás de mi, separándome de la Sibila—. Veo esto con el Ojo de Gorgon —me estaba diciendo la Sibila—. Es el Ojo que Medusa tomó por detrás y por delante, el ojo de todos los destinos —has caído en...

Y después de eso sus palabras se habían ido.


Jugué en el césped con mi cachorro, sorprendido por una botella de Coca-Cola que habían dejado en el jardín trasero de nuestra casa, no se quién la había dejado allí.

Philip, la cena esta servida, métete ya —me dijo mi abuela que se encontraba en el vestíbulo de atrás. Vi que el sol se ponía.

Ok —le respondí. Pero continué jugando. Había encontrado una enorme telaraña, y en ella estaba atrapada una abeja, mordida por la araña. Empecé a desenvolver a la abeja, pero me mordió.

A la mañana siguiente me encontraba leyendo las tiras cómicas que aparecían en la Gaceta Periodística de Berkeley. Leí sobre Brick Bradford y como encontró civilizaciones perdidas provenientes de hace miles de años.

¡Mamá! —le dije a mi madre—. Ve esto, es estupendo. Paredes de ladrillo bajo este arrecife, velo mamá, y además en el fondo. —Me mantenía mirando fijamente a los cascos, provenientes de los viejos tiempos, que la gente utilizaba, y una extraña sensación llenaba mi ser; no sabía por qué.

Ciertamente eso está bastante lejos de la diversión —decía mi abuela con voz disgustada—. Debería leer algo que le aproveche más. Esas tiras cómicas son basura.

Lo siguiente que recuerdo es que estaba en la escuela, sentado y viendo a una mujer bailar. Su nombre era Jill y era de un grado superior al nuestro, el sexto. Tenía puesto uno de esos vestidos para la danza del vientre y su velo cubría la parte baja de su cara. Pero pude ver sus adorables y encantadores ojos, esos ojos llenos de sabiduría. Me recordaban los ojos de alguien más, de alguien que alguna vez conocí, pero ¿quién tiene una niña jamás conocida?

Después, la señora Redman nos puso a hacer una composición y escribí acerca de Jill. Escribí sobre tierras extrañas donde Jill vivía, donde bailaba sin nada puesto sobre su cintura. Luego, la señora Redman habló con mi madre por teléfono y yo estaba berreando en el exterior diciendo, en términos oscuros, que eso tenía que ver con un sostén o algo por el estilo. En ese entonces nunca lo entendí; había mucho que no entendía. Parecía tener unos recuerdos y, sin embargo, no tenían nada que ver con el hecho de haber crecido en Berkeley y asistido a la Escuela de Gramática en Hillside, o con mi familia, o con la casa en la que vivíamos... tenían que ver con serpientes. Ahora sé porqué soñaba con serpientes: serpientes sabias, no serpientes malévolas, sino con aquellas que susurran sabiduría.

De cualquier forma, mi composición fue muy bien considerada por el director principal de mi escuela, el señor Bill Gaines luego de que escribí, en todo momento, que Jill utilizaba algo sobre la cintura. Luego decidí ser un escritor.

Una noche tuve un raro sueño. Quizá me encontraba en la preparatoria, preparándome para ir a la universidad de Berkeley el siguiente año. Soñé que, en la profundidad de la noche —y no fue como un sueño regular, realmente fue real— detrás de un cristal vi a esta persona del espacio exterior en un satélite o algo por el estilo, y venía para acá. El no podía hablar; sólo me miró con sus ojos graciosos.

Más o menos dos semanas después, tenía que llenar un cuestionario en el que me preguntaban qué quería ser cuando sea grande, y pensé en el sueño del hombre de otro universo, así que escribí:


VOY A SER UN ESCRITOR DE CIENCIA FICCIÓN


Eso puso loca a mi familia, pero entonces, cuando se volvieron locos, me volví obstinado. De todos modos mi novia, Ysabel Lomax, me dijo que no sería bueno para eso y que de cualquier manera no ganaría dinero, que la ciencia ficción era tonta y que sólo gente con barros la leía. Así que me convencí de escribir ciencia ficción, porque la gente con barros debe tener a alguien escribiendo para ellos, de otra manera sería injusto, escribir solamente para la gente con complexiones perfectas. Los Estados Unidos de América están cimentados en la justicia; esto es lo que el señor Gaines nos enseñó en la Escuela de Gramática en Hillside, y como el había sido capaz de fijar mi atención en aquella época, cuando nadie más lo hizo, tiendo a admirarlo.

En la preparatoria fui un fracasado porque sólo me sentaba para escribir y escribir todo el día, y todos los maestros me gritaban y decían que era un comunista por que no hacía lo que me pedían.

¿A sí? —solía decir. Eso me llevó a parodiar al decano de los estudiantes. Me dijo en una voz peor que la que mi abuelo tenía, que si no mejoraba mis calificaciones sería expulsado.

Aquella noche tuve otro de aquellos sueños vívidos. En esta ocasión me encontraba en el carro de una mujer, y ella iba manejándolo. Sólo que era como uno de esos carruajes viejos estilo romano, y ella estaba cantando.

El siguiente día, cuando tenía que ir a ver al señor Erlaud, el decano de los estudiantes, escribí en el pizarrón, en latín:


UBI PECUNIA REGNET


Cuando regresó su rostro se tornó rojo, debido a que el enseña latín y sabe lo que significa. «Donde el dinero gobierna.»

Esto es lo que escribiría una persona izquierdista que se queja —me dijo. Así que escribí algo más, mientras se sentó para echarle un vistazo a mis notas en el cuaderno. Escribí:


UBI CUNNUS REGNET


Eso pareció ponerlo perplejo.

¿Donde aprendiste esa oración en particular en latín? —me dijo.

No se —le dije. No estaba seguro, pero me parecía que en mis sueños ellos estaban hablando conmigo en latín. Quizá era solo mi propio cerebro dando vueltas y reanudando mi clase de Latín 1A, para principiantes en la que fui realmente muy bueno, sorprendentemente, por que no estudié.

El siguiente sueño vívido como ese, vino dos noches antes de que aquel monstruo, o bien aquellos monstruos, mataran al presidente Kennedy. Vi todo sucediendo en mi sueño, dos noches antes pero, más que cualquier cosa, más vívido aún, vi a mi novia Ysabel Lomax observando a los conspiradores realizar su diabólica hazaña, e Ysabel tenía un tercer ojo.

Mis amigos me llevaron después con una psicóloga porque, luego de que el presidente fue asesinado, me volví realmente extraño. Sólo me sentaba, le daba vueltas a algo como empollando, y luego me retiraba.

Fue una elegante y pulcra dama a la que me mandaron, una tal Carol Heims. Era muy hermosa y no dijo que estaba loco, dijo que me debería de alejar de mi familia y salirme de la escuela. Dijo que el sistema escolar te aísla de la realidad y de aprender técnicas para desarrollarte en situaciones reales, y que escribiera ciencia ficción.

Y lo hice. Trabajé en una tienda de televisores, barriendo el piso, desenvolviendo y acomodando los nuevos equipos de televisión. Me mantenía pensando que cada televisor era como un gran ojo, creo, esto me preocupaba. Le comenté a Carol Heims sobre mi sueño, que había estado teniendo toda mi vida, sobre la gente del espacio, y hablar en latín, y que creía que debía de haber mucho más, pero que nunca me acordaba de todo cuando me despertaba.

Los sueños no llegan a comprenderse completamente —me dijo la señorita Heims. Estaba sentado ahí, preguntándome como luciría en un vestido y bailando la danza del vientre, desnuda por encima de la cintura; me di cuenta que al hacer esto la hora de terapia se iba más rápido—. Existe una nueva teoría que es parte de tu inconsciente colectivo, que se extiende quizá unos miles de años en el pasado... y en sueños estás en contacto con eso. Así que, si eso es cierto, los sueños son válidos y muy valiosos.

Estaba ocupado imaginando sus caderas moviéndose sugestivamente de lado a lado, pero alcancé a escuchar lo que me dijo; era algo sobre la bondadosa sabiduría de sus ojos. Siempre pensaba en esas sabias víboras, por alguna razón.

He estado soñando con libros —le dije—. Libros abiertos asiéndose frente a mí. Libros enormes, muy valiosos. Sagrados, como la Biblia.

Eso tiene que ver con tu carrera como escritor —dijo la señorita Heims.

Esos libros son viejos. Como de unos mil años. Y nos están advirtiendo sobre algo. Un terrible asesinato, muchos asesinatos. Y sobre policías poniendo a gente en prisión por sus ideas, pero haciéndolo en forma secreta, declarando en falso para incriminar a la gente. Y siempre estoy viendo a esa mujer que se parece a usted, pero está sentada en un inmenso trono de piedra.

Después la señorita Heims fue transferida a otra parte del país y no pude verla más. Me sentí realmente mal, y me ocultaba de mí mismo en mi escritura. Vendí una historia para una revista llamada «Fortaleciendo los Hechos de la Ciencia», la cual hablaba sobre razas superiores que habían aterrizado en la Tierra y dirigían nuestros asuntos secretamente. Nunca me pagaron.

Ahora soy viejo, y me arriesgo al contar esto, pero a fin de cuentas, ¿qué tengo que perder? Una vez me solicitaron escribir un pequeño ensayo para la revista «Narraciones Extraordinarias y Aventuras en el Planeta-Amor». Ellos me dieron un pequeño bosquejo del argumento que querían ver escrito, así como una fotografía en blanco y negro de la portada.

Me quedé mirando fijamente la fotografía; mostraba a un romano o a un griego —de cualquier manera, vestía una toga— y tenía en su pecho un caduceo, el cual es el signo médico: dos serpientes enroscadas, solo que en realidad tenían originalmente ramos de olivo.

¿Cómo sabes que eso se llama un «caduceo»? —me preguntó Ysabel (ahora vivíamos juntos, y siempre me estaba diciendo que hiciera más dinero y que fuera como su familia, que era de una clase acomodada.)

No lo se —le dije, y me sentí curioso. Y luego comencé a ver, agitándose violentamente, una actividad fosfénica de colores en mis dos ojos, como aquellos gráficos de arte moderno abstracto que dibujan Paul Klee y otros— en vívidos colores, cuchilladas de ráfagas de luz con una muy rápida duración.

¿Qué fecha es hoy? —le grité a Ysabel, quien se encontraba sentada secándose el pelo y leyendo la revista Harvard Lampoon.

Es 1974 —me respondió.

Entonces la tiranía esta en el poder, si sólo es 1974 —le dije.

¿Qué? —me respondió asombrada, mirándome fijamente.

En ese momento dos seres aparecieron a cada lado de ella, encapsulados en sus vasijas de sistema interno, dos globos que flotaban y mantenían su atmósfera y temperatura.

No le digas ni una palabra más a ella —me advirtió uno de ellos—. Borraremos su memoria; pensará que se quedó dormida y tuvo un sueño.

Ya recuerdo —dije, presionando mis manos en mi cabeza. Había tenido lugar la anamnesia; recordé que venía de tiempos antiguos y que, antes de eso, venía de la estrella Albemuth, de donde venían esos dos Inmortales—. ¿Porqué están de regreso? —dije—. ¿Para...

Deberemos trabajar enteramente a través de mortales ordinarios —dijo J’Annis. El era el más sabio de los dos Inmortales—. Ahora no hay Sibila, para ayudar, para darle consejo a la República. A través de los sueños estamos comunicándonos con la gente aquí y allá, para despertarlos; ellos están empezando a entender que el Precio de la Liberación está siendo pagado por nosotros, para liberarlos del Mentiroso, que ahora los gobierna.

¿No están ellos conscientes de su existencia? —pregunté.

Ellos sospechan. Ven hologramas nuestros proyectados en el cielo, los cuales utilizamos para distraerlos; ellos imaginan que estamos flotando por allá.

Sabía que estos Inmortales estaban en las mentes de los humanos, no en los cielos de la Tierra y que, distrayendo la atención hacia fuera estaban libres una vez más para ayudar hacia dentro, como ellos habían siempre ayudado: al Mundo interior.

Traeremos la primavera a este mundo de invierno —dijo F’fr’am, sonriendo—. Levantaremos las barreras que aprisionan a esta gente que gime bajo una tiranía que ven en forma opaca. ¿Tú la viste? ¿Sabías sobre los movimientos y andadas de la policía secreta, los equipos casi-militares que destruyen toda la libertad de expresión, todos aquellos que disidieron?


Ahora, a mi vieja edad, pongo a la vista este relato para todos ustedes, mis amigos romanos, aquí en Cumae, donde vive la Sibila. Pasé, ya sea por casualidad o por designio, a un futuro lejano, a un mundo de tiranía, de invierno, el cual no se pueden imaginar. Y vi a los Inmortales que nos asistieron y también asisten a aquellos ¡dos mil años a partir de ahora! Aunque esos mortales en el futuro están —escúchenme— ciegos. Les han quitado la vista debido a mil años de represión; ellos han sido atormentados y limitados, en la misma forma en como limitamos a los animales. Pero los Inmortales los están despertando, los van a despertar, debería decir, a tiempo para salvarlos.

Y entonces los dos mil años de invierno terminarán; abrirán sus ojos. A causa del sueño y de inspiraciones secretas, sabrán, aunque he dicho a ustedes todo esto en mi antigua y vaga forma.

Déjenme terminar con este verso de nuestro gran poeta Virgilio, un buen amigo de la Sibila, y sabrán a través del mismo, lo que yace más allá, por que la Sibila ha dicho que aunque no se aplicará a nuestro tiempo, aquí en Roma, se aplicará a aquellos que están dos mil años de nosotros, trayéndoles una promesa de auxilio:


«Ultima Cumaei venit iam carmines aetas;

magnus ab integro saeclorum nascitur ordo.

Iam redit et Virgo, redeunt Saturnia regna;

iam nova progenies, caelo demittitur alto.

Tu modo nascenti puero, quo ferrea primum

desinet, ac toto surgent gens aurea mundo,

casta fave Lucina; tuus iam regnat Apollo.»


Pondré esto en la extraña lengua llamada castellano, la cual aprendí a hablar durante mi tiempo en el futuro, antes de que los Inmortales y la Sibila me trajeran de vuelta aquí, cuando mi trabajo allá en aquel tiempo había terminado:


«Por fin, el Tiempo Final anunciado por la Sibila llegará:

la procesión de la eternidad vuelve a su origen.

La Virgen regresa y Saturno reina como antes;

una nueva raza del cielo en las alturas desciende.

La Diosa del Nacimiento, sonríe al bebé recién nacido,

en cuyo tiempo la Prisión de Acero caerá en ruinas,

y una raza dorada surge por todos lados.

¡Apolo, el rey legítimo, está restaurado!»


Por desgracia ustedes, mis queridos amigos romanos, no vivirán para ver esto. Pero lejos, a lo largo de los corredores del tiempo, en los Estados Unidos de América (uso aquí palabras extrañas para ustedes), el demonio caerá, y esta pequeña profecía de Virgilio, que la Sibila inspiró en él, se hará realidad.

¡La primavera esta renaciendo!



FIN


11 de septiembre de 1978


Querida Pat:


Luego de platicar contigo esta noche, recordé que las primeras imágenes hipnagógicas que vi luego de mi anamnesis de febrero de 1974, consistieron en la Sibila de Cumas con un tercer ojo o ajna; quien me decía que ella había visto a los conspiradores que mataron a los Kennedy, al doctor King y a mi amigo el obispo Pike, y que los conspiradores serían destruidos. Me mostró de cerca una breve visión momentánea de ellos, y todos ellos vestían caros trajes de negocios provenientes de establecimientos en el este. Luego, llegue a darme cuenta de que ella hablaba de Nixon y su gente.


Te comentaré completamente sobre todo esto cuando te vea. Te quiero presentar esta égloga de Virgilio (su cuarta), el cual creo firmemente está relacionado con estos asuntos (la traducción es mía):

Ultima Cumaei venit iam carmines aetas;

magnus ab integro saeclorum nascitur ordo.

Iam redit et Virgo, redeunt Saturnia regna;

iam nova progenies, caelo demittitur alto.

Tu modo nascenti puero, quo ferrea primum

desinet, ac toto surgent gens aurea mundo,

Casta fave Lucina; tuus iam regnat Apollo.


Por fin el Tiempo Final anunciado por la Sibila llegará:

la procesión de la eternindad vuelve a su origen.

La Virgen regresa y Saturno reina como antes;

una nueva raza del cielo en las alturas desciende.

La Diosa del Nacimiento, sonríe al bebé recién nacido,

en cuyo tiempo la Prisión de Acero caerá en ruinas,

y una raza dorada surge por todos lados.

¡Apolo, el rey legítimo, está restaurado!


En mi opinión, esta égloga se refiere a nuestro propio tiempo. La otra noche, durante un estado hipnagógico, escuché esta sentencia: “El líder Apolo está próximo a regresar.” Previamente, y luego de algunos años, me dijeron que “Santa Sofía nacerá de nuevo, anteriormente ella no fue aceptable.” También escuché que “El Buda está en el parque.” Y soñé con un gran libro dividido en dos partes; la primera había terminado en donde Sidartha estaba durmiendo, y ahora debería ser despertado. Para mí, todas estas oraciones se refieren a la misma cosa: la reencarnación entre nosotros, una vez más, del Rey Inmortal, el cual gobernará –la Era Dorada que los romanos, a través de la Sibila, esperaron con ansia y que los apostólicos cristianos anticiparon tan profundamente; pero que anticiparon, por desgracia, muy pronto pues no iba a venir durante su tiempo.


Por tanto la dirección de mis pensamientos toman un giro místico y profético, con un sentido de la inminente Parusía, en la cual yo creo completamente (y, de hecho, totalmente). Aunque tiendo a verlo en términos cristianos, creo que el Salvador quien o bien esta por nacer o, de hecho, ya nació se extiende más allá del alcance de cualquier religión, esas expectativas Zoroastrianas así como aquellas pertenecientes a otros sistemas religiosos serán completamente satisfechas.


El sueño en mi novela Fluyan Mis Lágrimas, Dijo el Policía se refiere a este evento por venir; fue de hecho un sueño real que yo tuve, y sabía que debía poner en la novela. En la novela las palabras “Felix” y “rey” [que en inglés se escribe “king”] se sitúan juntas –en el momento en el que escribí la novela, pensé que Felix era sólo un nombre… no me di cuenta de que había escrito “el Rey Feliz” [que en inglés se escribe “The Happy King”] que es, de hecho, el rey que hemos estado esperando.


Esta carta es una comunicación privada entre nosotros dos; no quiero manifestar mis expectativas en forma abierta. Pero, creo, cada día el cumplimiento de esta profecía de Virgilio está más cerca. Por supuesto, mucha gente en la historia ha creído esto, y esta es la razón por la que no quiero hablar públicamente. Me urge que veas la película El Hombre que Cayó Sobre La Tierra interpretada por David Bowie; es un estudio bastante bello de toda esta situación. K. W. [Jeter] va a verla una y otra vez, obteniendo un nuevo significada cada vez que la ve.


Admito que puedo ser un tonto o un lunático, pero en mi secreta mente honestamente siento tales ansias por esto, y un sentido de su inminencia: creo que la Prisión de Acero ya ha caído –la caída de Nixon y su policía tiránica– en que a decir verdad, la verdadera verdad, Apolo (quienquiera que signifique; llámenlo Cristo, Apolo, Buda, Santa Sofia, Sidartha, el que sea) el rey legítimo está restaurado –no mil años a partir de ahora o siquiera un año a partir de ahora... sino en este preciso momento, mientras realizamos las actividades rutinarias de nuestras vidas diarias, ellos están llevándolo de contrabando a través del río hacia Inglaterra (oculto la razón para creerlo), un bebé recién nacido, el cual no es humano sino transhumano, ultrahumano, lo que desees ponerle: el Hombre Inmortal. Esto es lo que me mantiene con vida esta ansiosa expectación. “Die Zeit ist da!” como dijo Klingsor en Parsifal. “¡El Tiempo ha llegado!” Siento las emocionantes fuerzas celestiales en su propia emoción, lo que siento yo reflejo. Bueno, si estoy mal esto al menos me mantiene para sobrellevar algunos años muy tristes.


Phil


COMENTARIOS ADICIONALES


Los fragmentos 15 y 16 que aparecen en el “Tractates Cryptica Scriptura” de la novela VALIS dicen lo siguiente:


15. La Sibila de Cumas protegió a la República Romana y le hizo advertencias oportunas. En el siglo I E.C. previó el asesinado de los hermanos Kennedy, el doctor King y el obispo Pike. En los cuatro hombres asesinados percibió los dos comunes denominadores: en primer lugar, defendían las libertades de la República y, en segundo lugar, cada uno de ellos era un líder religioso. Por eso fueron asesinados. La República, una vez más, se había convertido en un césar. «El Imperio nunca tuvo fin.»


16. En marzo de 1974 la Sibila dijo: “Los conspiradores han sido descubiertos y deberán comparecer ante la justicia.” Los descubrió con el tercer ojo o ajna, el ojo de Siva que da discernimiento interior, pero cuando se vuelve hacia afuera, fulmina con un calor que diseca. En agosto de 1974 tuvo lugar el juicio que había prometido la Sibila.



En cuanto a la carta anteriormente presentada y con respecto al juego de letras entre las palabras “Felix” y “rey,” los fragmentos 18 y 19 del “Tractates” mencionan lo siguiente:


18. El tiempo real llegó a su término en el 70 E.C. con la caída del templo de Jerusalén. Volvió a comenzar en 1974. El periodo transcurrido entre ambas fechas fue una interpolación perfectamente espuria que imitó como un mono la creación de la Mente. «El Imperio nunca tuvo fin», pero en 1974 se envió un mensaje cifrado como señal de que la Edad de Acero había llegado a su término; el mensaje comprendía dos palabras: REY FELIX, lo cual se refiere al Rey Feliz (o Justo).


19. El mensaje cifrado de dos palabras, REY FELIZ, no t enía por destinatarios a los seres humanos, sino a los descendientes de Ijnaton, la raza de tres ojos que, en secreto, habita entre nosotros.


El fragmento 13 hace mención a Apolo:


13. Dijo Pascal “Toda historia no es sino un hombre inmortal que aprende de continuo.” Se trata del Inmortal al que veneramos sin conocer su nombre. “Vivió mucho tiempo atrás, pero aún sigue vivo” y “El Apolo Capital está a punto de regresar.” El nombre cambia.



Como se ha venido comentando, las ideas plasmadas en el cuento aquí presentado se extienden, no de manera natural, en las novelas VALIS y Radio Libre Albemuth. En 1991 Lawrence Sutin publicó el libro In Pursut of VALIS: Selections From the Exegesis, en el cual aparece lo que a su consideración es lo más rescatable del Exégesis de Philip K. Dick. Ese libro de unas 8,000 páginas que Dick escribió para tratar de explicar la experiencia mística que empezó el 3 de febrero de 1974. Posteriormente, en el libro The Shifting Realities of Philip K. Dick, Lawrence Sutin incorpora otras partes del Exégesis. Naturalmente, muchas de las ideas que se mencionan en el cuento “El Ojo de la Sibila” se pueden encontrar en varias partes del Exégesis.


Con respecto a la escena de la bailarina de la danza del vientre, existe una curiosa anécdota. Resulta que Philip K. Dick no conocía personalmente al escritor Robert Anton Wilson, el cual era amigo de D. Scott Appel y Kevin C. Briggs los que por aquel tiempo realizaban la serie de entrevistas a Dick que aparecieron posteriormente en el libro The Dream Connection. En una ocasión Robert se encontraba en su hotel y Philip andaba por ahí. Scott y Kevin se morían por las ganas por presentarlos, de “juntar a estos dos genios,” en palabras de Scott Appel. Así que llevaron a Philip a la habitación en la que se encontraba Robert Antón Wilson. El estaba en su balcón contemplando una escena en el motel de enfrente. Hacía una exhibición de bailarinas. Bailaban la danza del vientre. Philip se puso al lado de Robert y sin dirigirse palabra alguna, se quedaron anonadados contemplando la danza del vientre.


No hacían más que contemplar, en silencio, los vientres de las bailarinas. Scott y Kevin se sentaron en una mesa pequeña en la habitación, mirándose el uno al otro y murmurando consternados: “¿Eso es todo? Bueno, en algún momento las bailarinas tienen que dejar de bailar” Luego de unos cinco minutos, Philip miró a Robert Anton. Scott tenía el dedo en su grabadora, listo para registrar lo que sería una interesantísima conversación entre esos dos genios. Philip dijo: “Como lo que escribes, hombre.” Robert le dio las gracias a Phil y dijo: “También me gusta lo que escribes.” Luego los dos volvieron su atención a las bailarinas.


Después de unos minutos más, Philip dijo: “Bueno, me tengo que ir. Me están esperando.” Robert respondió que era un placer conocerlo y Phil dijo: “Es también un placer para mi conocerte.” Se despidió y se fue. Esa fue la gran reunión de los dos genios y lo que se dijeron. Como escribe Scott, “en algunas ocasiones la magia hace su trabajo y, en otras, las bailarinas de la danza del vientre.” Scott comenta también que fue este incidente lo que quizá inspiró a Phil para agregar la escena de la bailarina de la danza del vientre en la historia “El Ojo de la Sibila.”


Y eso es todo, si leíste hasta aquí muchas gracias.


Robert Silverberg - EL OCASO DE LOS MITOS



Durante unos años nos dedicamos a invocar a los grandes personajes del pasado, para descubrir cómo eran. Eso ocurría a mediados del siglo CXXV: del 12.400 al 12.450, digamos. Invocamos a César y a Antonio, y también a Cleopatra. Reunimos a Freud, a Marx y a Lenin en la misma habitación y les dejamos hablar. Convocamos a Winston Churchill, que por cierto resultó una decepción (ceceaba y bebía demasiado), y a Napoleón, un tipo espléndido. Entramos a saco en diez milenios de historia para divertirnos.

Pero al cabo de medio siglo, el juego empezó a aburrirnos. En aquella época nos aburríamos fácilmente. De modo que empezamos a invocar a los personajes míticos, los dioses y, los héroes. Parecía mucho más romántico, y estábamos viviendo una de las épocas románticas de la Tierra.

Yo ostentaba el cargo de celador del Salón del Hombre, y allí fue donde construyeron la máquina, de modo que fui testigo de su desarrollo desde el primer momento. La tarea había sido encomendada a Leor el Constructor. Había construido ya las máquinas que invocaban a los personajes reales, de modo que ésta, aunque algo más complicada, no debía plantearle serios problemas. Tenía que alimentarla con otro tipo de datos, llenarla de arquetipos y de corrientes psíquicas, pero el proceso de reconstrucción fundamental sería el mismo. Ni por un solo instante dudó del éxito.

La nueva máquina de Leor tenía varillas de cristal y aristas de plata. Una esmeralda gigantesca estaba incrustada en su tapadera de doce ángulos.

- Simples adornos - me confió Leor -. Podía haber construido una sencilla caja negra. Pero el brutalismo está pasado de moda.

La máquina ocupaba todo el Pabellón de la Esperanza en la Fachada norte del Salón del Hombre. Tapaba el hermoso mosaico fluorescente del Pabellón, aunque el mosaico continuaba proyectando bellísimos reflejos sobre las pulidas superficies de las pantallas de exhibición. Alrededor del 12.570 Leor dijo que estaba dispuesto a poner su máquina en marcha.

Dispusimos el mejor tiempo posible. Armonizamos los vientos, desviando un poco los del oeste y empujando todas las nubes hacia el sur. Enviamos nuevas lunas a danzar por la noche en pasmosas formaciones, haciendo que de cuando en cuando se reunieran para componer el nombre de Leor. Llegó gente de toda la Tierra, acampando en tiendas susurrantes sobre la gran llanura que empieza en el umbral del Salón del Hombre. La excitación era muy intensa y se propagaba a través del límpido aire.

Leor hizo sus últimos preparativos. El comité de asesores literarios conferenció con él acerca del orden en que se desarrollarían los acontecimientos. Habíamos escogido las horas diurnas para la primera demostración, y habíamos teñido el cielo ligeramente de púrpura para mejorar el efecto. La mayoría de nosotros llevábamos nuestros cuerpos más jóvenes, aunque había algunos que decían que querían aparecer como hombres maduros en presencia de aquellas figuras fabulosas surgidas del amanecer del tiempo.

- Todo está a punto - anunció Leor.

Pero antes se pronunciaron los discursos de rigor. El Presidente Peng saludó cordialmente a todos los presentes. El Procurador de Plutón, que se encontraba de visita entre nosotros, felicitó a Leor por la abundancia de sus inventos. Nistim, que cumplía su tercer o cuarto mandato como Metabolizador General, estimuló a todos los presentes a acceder a un nivel superior. Luego, el jefe de ceremonial me hizo una seña. No, dije, sacudiendo la cabeza, soy muy mal orador.

Ellos replicaron que era mi obligación, como celador del Salón del Hombre, explicar lo que íbamos a presenciar.

De mala gana, avancé unos pasos.

- Hoy veréis los sueños del antiguo género humano hechos realidad - dije, esforzándome en encontrar las palabras apropiadas -. Las esperanzas del pasado, y supongo que también las pesadillas, andarán entre vosotros. Vamos a ofrecemos una visión de las figuras imaginarias por medio de las cuales los antiguos intentaron dar una estructura al universo. Esos dioses, esos héroes, resumen unos patrones de causa y efecto, utilizados como fuerzas organizadoras alrededor de las cuales podían cristalizar las culturas. Algo desconocido para nosotros, y muy interesante. Gracias.

Antes de empezar, Leor dijo:

- Debo explicar una cosa. Algunos de los seres que vais a ver fueron puramente imaginarios, inventados por poetas tribales, como mi amigo acaba de sugerir. Pero otros se basaron en verdaderos seres humanos que vivieron en la Tierra como mortales vulgares, y que después de su muerte fueron mitificados, siéndoles atribuidas cualidades sobrehumanas. Hasta que aparezcan, no sabremos qué figuras pertenecen a una categoría determinada, pero yo puedo deciros cómo detectar su origen, una vez las hayáis visto. Los que fueron seres humanos antes de convertirse en mitos tendrán una leve aureola, una sombra, una oscuridad en el aire a su alrededor. Esa aureola es el rastro de su humanidad esencial, que no puede ser borrada por ningún fabricante de mitos. Eso es lo que he aprendido en mis experimentos preliminares. Y, ahora, vamos a empezar.

Leor desapareció en las entrañas de la máquina. Una sola nota, profunda y clara, resonó en el aire. Súbitamente, sobre el escenario que daba a la llanura, apareció un hombre desnudo, parpadeando, mirando a su alrededor.

Desde el interior de la máquina la voz de Leor anunció:

- Este es Adán, el primero de todos los hombres.


Adán cruzó el escenario y se acercó al Presidente Peng, el cual le saludó solemnemente y le explicó lo que estábamos haciendo.

Adán se cubría las vergüenzas con las manos.

- ¿Por qué estoy desnudo? - preguntó -. Ir desnudo es pecado.

Le indiqué que cuando llegó al mundo iba desnudo, y que al invocarle de aquel modo no hacíamos más que respetar la autenticidad.

- Pero yo he comido la manzana - objetó Adán -. ¿Por qué me traéis aquí consciente de mi vergüenza, y no me dais nada para ocultarla? ¿Es justo eso? ¿Es consecuente? Si queríais un Adán desnudo, teníais que haber traído a un Adán que no hubiera comido aún la manzana. Pero...

La voz de Leor anunció:

- Esta es Eva, la madre de todos nosotros.

Apareció Eva, también desnuda, aunque su larga y sedosa cabellera ocultaba la curva de sus senos. Sin el menor rastro de timidez, sonrió y tendió una mano a Adán, el cual se precipitó hacia ella.

¡Cúbrete! ¡Cúbrete!

Mirando a los millares de espectadores, Eva dijo fríamente:

- ¿Por qué tengo que cubrirme, Adán? Esa gente también va desnuda. Por lo visto, estamos de nuevo en el Edén.

- Esto no es el Edén - dijo Adán -. Esto es el mundo de los hijos de los hijos de los hijos de los hijos de nuestros hijos.

- Me gusta este mundo - dijo Eva -. Es muy tranquilo.

Leor anunció la llegada de Pan, el de los pies de cabra.

Ahora, Adán y Eva estaban rodeados por la aureola de la humanidad esencial. El detalle me sorprendió, puesto que dudaba de que hubieran existido un Primer Hombre y una Primera Mujer en los cuales pudieran basarse las leyendas; pero supuse que debía tratarse de alguna representación simbólica del concepto de la evolución del hombre. Pero Pan, el monstruo semihumano, también llevaba la aureola. ¿Había existido un ser semejante en el mundo real?

En aquel momento no lo comprendí. Pero más tarde me di cuenta de que si bien no había existido nunca un hombre con pies de cabra, habían existido hombres que se comportaron como se comportaba Pan, dando origen a la creación de aquel lujurioso dios. En cuanto al Pan que salió de la máquina de Leor, no permaneció mucho tiempo sobre el escenario. Corrió a mezclarse con los espectadores, riendo y agitando los brazos.

- ¡El Gran Pan ha vuelto! - gritó -. ¡El Gran Pan ha vuelto!

Cogió entre sus brazos a Milian, la esposa anual de Divud, el Arquivista, y se la llevó hacia un bosquecillo.

- Honor que me hace - dijo Divud, el marido-anual de Milian.

Leor continuó manipulando en su máquina.

Invocó a Héctor y a Aquiles, a Orfeo, a Perseo, a Loki y a Absalón. Invocó a Medea, a Casandra, a Odiseo, a Edipo. Invocó a Toth, al Minotauro, a Eneas, a Salomé. Invocó a Shiva y a Gilgamesh, a Viracocha y a Pandora, a Príapo y a Astarté, a Diana, a Diámedes, a Dionisio, a Deucalion. La tarde se apagó y las resplandecientes lunas se encendieron en el cielo y Leor continuó trabajando. Nos dio a Clitemnestra y a Agamenón, a Elena y a Menelao, a Isis y a Osiris. Nos dio a Damballa y a Geudenibo y a Legba. Nos dio a Baal. Nos dio a Sansón. Nos dio a Krishna. Despertó a Quetzalcoatl, a Adonis, a Holger, a Kali, a Ptah, a Thor, a Jason, a Nimrod, a Set.

La oscuridad se hizo más intensa y los seres míticos aparecían sobre el escenario y se derramaban por la llanura. Se mezclaban unos con otros antiguos enemigos intercambiando habladurías, antiguos amigos estrechándose las manos, miembros del mismo panteón abrazando a sus rivales. Se mezclaban con nosotros, también, los héroes escogiendo mujeres, los monstruos tratando de parecer menos monstruosos, los dioses buscándose adoradores.

Quizás era suficiente. Pero Leor continuó trabajando. Era su momento de gloria.

De la máquina salieron Rolando y Oliver, Rustum y Sohrab, Caín y Abel, Damon y Pythias, Orestes y Pilades, Jonathan y David. De la máquina salieron San Jorge, San Vito, San Nicolás, San Cristóbal, San Valentín, San Judas. De la máquina salieron las Furias, las Arpías, las Pléyades, las Parcas, las Normas. Leor era un romántico, y no conocía la moderación.

Todos los que aparecían llevaban la aureola de la humanidad.

Pero las maravillas acaban por empalagar. La gente del siglo CXXVI se distraía fácilmente y se aburría con la misma facilidad. La cornucopia de milagros no estaba agotada, ni mucho menos, pero me di cuenta de que numerosos espectadores abandonaban la llanura y emprendían el regreso a sus hogares. Los que estábamos cerca de Leor teníamos que quedarnos, desde luego, aunque estuviéramos abrumados por aquellas fantasías y agobiados por su abundancia.

Un anciano de barba blanca envuelto en una espesa aureola salió de la máquina. Llevaba un delgado tubo de metal.

- Este es Galileo - dijo Leor.

- ¿Quién es? - me preguntó el Procurador de Plutón, ya que Leor, cada vez más cansado, había dejado de describir a sus fantasmas.

Tuve que pedir la información por radio al Salón del Hombre.

- Un dios moderno de la ciencia - le dije al Procurador -, al cual se atribuye el descubrimiento de las estrellas. Su deificación se produjo después de ser perseguido por la Inquisición.

Tras la aparición de Galileo, Leor evocó a otros dioses de la ciencia: Newton y Einstein, Hipócrates y Copérnico, Oppenheimer y Freud. Habíamos conocido a algunos de ellos antes, en la época en que evocábamos a personajes reales de épocas pretéritas, pero ahora tenían otro aspecto, ya que habían pasado por las manos de los fabricantes de mitos. Llevaban emblemas de sus funciones especiales, y pasaban entre nosotros ofreciéndose para curar, para enseñar, para explicar. No se parecían en nada a los verdaderos Newton, Einstein y Freud que habíamos visto. Tenían una estatura tres veces superior a la de los hombres, y sus ceños despedían relámpagos.

Luego llegó un hombre alto y barbudo, con la cabeza ensangrentada.

- Abraham Lincoln - dijo Leor.

- El antiguo dios de la emancipación - le dije al Procurador, tras algunas investigaciones.

Luego llegó un hombre joven y apuesto, con una deslumbrante sonrisa y una cabeza también ensangrentada.

- John Kennedy - dijo Leor.

- El antiguo dios de la juventud y de la primavera - le dije al Procurador -. Un símbolo del cambio de estaciones, de la derrota del invierno por el verano.

- Ese fue Osiris - dijo el Procurador -. ¿Acaso hubieron dos?

- Hubieron muchos más - dije -, Baldur, Tammuz, Mithra, Attis...

- ¿Por qué necesitaban tantos? - inquirió el Procurador.

Leor dijo:

- Ahora me tomaré un descanso.


Los dioses y héroes estaban entre nosotros. Empezó una época de francachelas.

Medea salía con Jason, Agamenón se reconcilió con Clitemnestra, y Teseo y el Minotauro vivían en el mismo albergue. Yo tuve ocasión de hablar con John Kennedy, el último de los mitos que había salido de la máquina. Como a Adán, el primero, le fastidiaba encontrarse aquí.

- Yo no fui ningún mito - insistió -. Fui un ser vivo, que estudió en la Universidad y pronunció discursos.

- Te convertiste en un mito - dije -. Viviste, y moriste, y al morir fuiste transfigurado.

Dejó escapar una risita.

- ¿En Osiris? ¿En Baldur?

- Parece apropiado.

- Te lo parecerá a ti. La gente dejó de creer en Baldur mil años antes de que yo naciera.

- Para mí - dije -, Osiris, Baldur y tú sois contemporáneos. Tú perteneces al mundo antiguo. Estás separado de nosotros por miles de años.

- ¿Y soy el último mito que salió de la máquina?

- Sí.

- ¿Por qué? ¿Acaso los hombres dejaron de fabricar mitos después del siglo XX?

- Tendrías que preguntárselo a Leor. Pero creo que estás en lo cierto: tu época fue el final de la era de los mitos. Después de tu época no podíamos creer ya en cosas tales como mitos. No necesitábamos mitos. Cuando superamos la era de las dificultades, entramos en una especie de paraíso donde cada uno de nosotros vivía su propio mito. En consecuencia, ¿por qué habíamos de levantar a algunos hombres a grandes alturas entre nosotros?

Me dirigió una extraña mirada.

- ¿De veras crees eso? ¿Que vives en un paraíso? ¿Que los hombres se han convertido en dioses?

- Pasa algún tiempo en nuestro mundo - le dije -, y Compruébalo por ti mismo.

Ignoro cuáles fueron sus conclusiones, porque no se me presentó la ocasión de volver a hablar con él, a pesar de que a menudo me encontraba con dioses y con héroes. Estaban en todas partes. Algunos de ellos eran pendencieros o ladrones, pero el hecho no nos afectaba demasiado, ya que su conducta era, en nuestra opinión, la que correspondía a unos arquetipos de épocas tan pretéritas. Y algunos eran amables. Viví una breve aventura amorosa con Perséfona. Escuché, extasiado, el canto de Orfeo.. Krishna danzó para mí.

Dionisio revivió el arte perdido de destilar licores y nos enseñó a beber y a emborracharnos.

Taliesin nos recitó incomprensibles y maravillosas baladas.

Aquiles lanzó su jabalina para nosotros.

Fue una época de maravillas, pero, pasada la novedad, los mitos empezaron a fastidiarnos. Había demasiados, y eran demasiado ruidosos, demasiado activos, demasiado exigentes. Querían que les amásemos, que les escuchásemos, que nos inclinásemos ante ellos, que escribiéramos poemas acerca de ellos. Formulaban preguntas - algunos de ellos - interesándose por el funcionamiento interno de nuestro mundo, y nos desconcertaban, ya que apenas conocíamos las respuestas.

Leor nos había proporcionado una espléndida diversión. Pero todos estábamos de acuerdo en que ya era hora de que los mitos se marcharan. Los habíamos tenido con nosotros por espacio de cincuenta años, y era más que suficiente. Les rodeamos, y empezamos a meterlos de nuevo en la máquina. Los héroes eran los más fáciles de capturar, a pesar de su fuerza. Contratarnos a Loki para que les engañara y les hiciera regresar al Salón del Hombre. «Allí os esperan importantes tareas», les dijo, y ellos se apresuraron a acudir, a fin de demostrar lo que valían. Loki les metió en la máquina y Leor les facturó a sus lugares de origen. Así nos libramos de Heracles, Aquiles, Héctor, Perseo, Cuchulainn y otros tipos de la misma calaña.

Después de aquello se presentaron muchos de los demoníacos y dijeron que estaban tan cansados de nosotros como nosotros de ellos, y se metieron en la máquina voluntariamente. Así nos libramos de Kali, Legba, Set y muchos más.

Algunos nos obligaron a emplear la fuerza. Odiseo se disfrazó de Breel, el secretario del Presidente Peng, y nos hubiera engañado para siempre si el verdadero Breel, al regreso de unas vacaciones en Júpiter, no hubiese descubierto el fraude. Y entonces Odiseo luchó. Kori nos planteó problemas. Edipo profirió horribles maldiciones cuando fuimos a por él. Dédalo se agarró a Leor y suplicó: «¡Déjame quedar, hermano! ¡Déjame quedar!»

Año tras año nos dedicamos a la tarea de localizarlos y capturarlos, hasta que llegó el día en que supimos que nos habíamos librado de todos. La última en marcharse fue Casandra, que había estado viviendo sola en una isla lejana, envuelta en harapos.

- ¿Por qué nos trajisteis aquí? - preguntó -. Y, después de habernos traído, ¿por qué nos echáis?

- El juego ha terminado - le dije -. Ahora nos divertiremos con otras cosas.

- Debisteis dejarnos aquí - dijo Casandra -. La gente que no tiene mitos propios, obra juiciosamente al tomar prestados los de otros, y no como simple diversión. ¿Quién consolará vuestras almas en los negros tiempos que se avecinan? ¿Quién guiará vuestros espíritus cuando empiecen los sufrimientos? ¿Quién explicará el desastre que caerá sobre vosotros? ¡Desastre! ¡Desastre!

- Los desastres de la Tierra - le dije - son cosas del pasado de la Tierra. Nosotros no necesitamos mitos.

Casandra sonrió y se metió en la máquina. Y desapareció.


Y entonces llegó la época del fuego y de la agitación, ya que cuando los mitos se hubieron marchado llegaron los invasores, descendiendo del cielo. Y nuestras torres quedaron derruidas y nuestras lunas cayeron. Y los extranjeros de ojos fríos se quedaron entre nosotros, haciendo lo que les venía en gana.

Y los supervivientes de entre nosotros llamaron a los viejos dioses, a los héroes desaparecidos.

¡Loki, ven!

¡Aquiles, defiéndenos!

¡Shiva, libéranos!

¡Heracles! ¡Thor! ¡Gawain!

Pero los dioses permanecen silenciosos, y los héroes no vienen. La máquina que resplandecía en el Salón del Hombre está rota. Leor, su constructor, ha desaparecido de este mundo. Los chacales se pasean por nuestros jardines, y nuestros amos cabalgan por nuestras calles. Nos hemos convertido en esclavos. Y estamos solos bajo el pavoroso cielo. Y estamos solos.


Fritz Leiber - EL NÚMERO DE LA BESTIA



- Me gustaría... - dijo el Joven Capitán, jefe de policía de Chicago Alto, el turbulento satélite colocado sobre el meridiano centro-oeste de la parte terrestre de la ciudad -. Me gustaría que las razas telepáticas de la galaxia no fueran siempre tan veraces y silenciosas.

- ¿Tus cuatro sospechosos son telépatas? - preguntó el Viejo Teniente.

- Sí. Y también me gustaría tener más de media hora para decidir a cuál he de acusar. Pero Tierra ha metido la nariz en el asunto y está presionando. Si no lo puedo deducir razonando, lo tendré que hacer a ojo. Me conceden solamente media hora.

- En ese caso no deberías perderla con un viejo cascarrabias retirado como yo.

El Joven Capitán negó decididamente con la cabeza.

- No. Tú piensas. Ahora tienes tiempo para hacerlo.

El Viejo Teniente sonrió.

- A veces me gustaría no tenerlo. Y dudo poder darte alguna pista sobre los telépatas, Jim. Es cierto que últimamente he estado estudiando por mi cuenta los sistemas de pensamiento extranjeros con Kla-Kla el marciano, pero...

- No he venido a ti en busca de un especialista en telepatía - puntualizó el Joven Capitán rápidamente.

- Muy bien entonces, Jim. Tú sabrás lo que haces. Oigamos tu caso. Y ponme al corriente del asunto. No estoy muy al tanto de las noticias.

El Joven Capitán le miró con escepticismo.

- Todo el mundo en Chicago Alto ha oído algo del asesinato, cometido en la persona del delegado del partido pacifista arcturiano, a menos de cien metros de aquí.

- Yo no he oído nada - dijo el Viejo Teniente -. ¿Quienes son los arcturianos? Créeme, para un vejestorio como yo, el ahora es solamente un período histórico más. Mejor será que consultes a otra persona, Jim.

- No. Los arcturianos son los primeros humanoides de origen inconexo que han aparecido en la Galaxia. Inconexos con los humanos de la Tierra porque, aunque son mamíferos bípedos sin pelo, tienen tres ojos, y seis dedos en cada mano. Una de sus hembras protagoniza actualmente ese escándalo burlesco de «La estrella y la liga».

- También en mis tiempos la policía hubiese pensado que no convenía quitar el ojo de un asunto como éste - dijo el Viejo Teniente, asintiendo -. ¿Los arcturianos son telépatas?

- No. Luego hablaremos de la telepatía. Los arcturianos están divididos en dos partidos: los que quieren ingresar en la Unión Comercial y abrir sus planetas a naves espaciales extranjeras, entre ellas las de la Tierra, el partido pacifista, en una palabra, y los que desean una política de estricta no relación, que, hasta donde llega nuestra experiencia, conduce indefectiblemente a la guerra. El partido belicista es, por un escaso margen, el más fuerte de los dos. Cualquier acontecimiento puede desequilibrar la balanza.

- ¿Y ese delegado del partido pacifista vino tranquilamente a la Tierra y se dejó cepillar antes de bajar de Chicago Alto?

- Exacto. El asunto tiene mal aspecto, Sean. Parece que nosotros queramos la guerra. Los demás miembros de la Unión Comercial miran ya con bastante escepticismo el pacifismo que puedan encerrar las intenciones de la Tierra con respecto a toda la Galaxia. Para ellos, el asunto arcturiano es una prueba. Dicen que aceptamos a los polarianos, a los antareanos y a los demás porque su cultura y forma son tan diferentes a las nuestras. Dicen que no cuesta nada admitir en teoría la igualdad con un abejorro, por ejemplo, y luego jugarle la mala pasada.

»Pero, preguntan nuestros críticos galácticos, ¿desearían, o estarían dispuestos a aceptar los terrícolas la igualdad con una raza humanoide? ¿Sabe? A veces es más difícil reconocer que tu propio hermano es un ser humano que darle el título a un campesino anónimo del otro lado del globo. Dicen, sigo con nuestros críticos galácticos, que de puertas para afuera los terrícolas van a trabajar por la paz con los arcturianos y, secretamente, van a sabotearla.

- Incluso mediante el asesinato.

- Eso es, Sean. Así que mientras no podamos colgar este asesinato a los extranjeros, y mejor, a los extremistas del partido belicista arcturiano, algo que creo pero no puedo probar de ninguna manera, correrá por la Unión el rumor de que la Tierra quiere la guerra, al tiempo que los arcturianos terrofóbicos tendrán el camino labrado.

- Dejemos el trasfondo, Jim. ¿Cómo se cometió el asesinato?

Permitiéndose una amarga sonrisa, el Joven Capitán dijo tristemente:

- A pesar de que toda la Galaxia es un laboratorio de venenos y una tienda de armamento, a pesar de lo disponibles que están los medios de disfrazarse y desvanecerse, los métodos de aproximación repentina y de huida instantánea, y estoy seguro de que cualquier día de éstos nos encontraremos con un criminal utilizando una máquina del tiempo, el asesinato se cometió con un instrumento romo y su autor fue uno de los cuatro extranjeros domiciliados en el mismo campamento que el miembro del partido pacifista.

»Es desagradable, ¿no crees?, imaginarse al pobre fulano atrapado por el tentáculo de un pulpoide o por las pinzas de un marciano negro. Para ser francos, Sean, hubiese preferido que el asesino fuese más delicado en su modus operandi. Me hubiese permitido dejar el asunto en manos de los chicos de la ciencia.

- Yo también me alegraba cuando podía delegar en los físicos - corroboró el Viejo Teniente -. Es maravilloso lo que las luces coloreadas y el crepitar de los contadores Geiger hacen para descargar la tensión de un vulgar policía. ¿Esos cuatro extranjeros que mencionaste son telépatas?

- Exacto, Sean. Oscuras personalidades, también. Matones a sueldo los cuatro, lo que complica las cosas. Y cada uno de ellos asume el típico punto de vista telepático. ¡Dios, cómo me exaspera! ¡Que debamos saber cuál de ellos es el culpable sin hacer preguntas! Saben de sobra que los terrícolas no somos telépatas, pero se siguen parapetando en la pretensión de que todo habitante inteligente del Cosmos debe ser telépata.

»Si de entrada les dices que tu mente es totalmente ciega, sorda y muda a los pensamientos de los demás, actúan como si hubiesen cometido una falta social imperdonable y se cierran fingiendo que no te han oído. ¡Y háblales de buscar un lenguaje común! Son como la mujer que espera que adivines el porqué de su enfado sin soltar prenda. Son como...

- Bueno, bueno, yo también tuve que vérmelas en mis tiempos con algunos telépatas, Jim. Supongo que la otra cara del dilema que debes resolver es que si acusas oficialmente a uno de ellos, y aciertas, entonces confesará como un buen animalillo, utilizando el lenguaje normal, y te dirá quién ordenó el asesinato y todo lo demás, y todo irá sobre ruedas. Pero si no aciertas, será un insulto mortal a toda su raza, y por extensión a todos los telépatas, y los sistemas solares abandonarán la Unión y harán todo lo posible por jugarnos malas jugadas. Puesto que, según la ficción de los telépatas, «tú mismo eres un telépata y deberías haber sabido que era inocente, y sin embargo le has acusado».

- Tienes toda la razón, Sean - admitió el Joven Capitán, apenado -. Como te he dicho al principio, los veraces y silenciosos telépatas son unos intelectuales de pacotilla. Todos se niegan a revelar los pensamientos de un semejante suyo a un no telépata. Puedo entenderlo, aunque, con un solo confidente, la Policía trabajaría diez veces mejor. ¡Pero todas esas nobles ficciones idealistas me sacan de quicio! ¡Si yo gobernase la Unión...!

- Jim, se te acaba el tiempo. Supongo que me pides ayuda para decidir a quién acusar. Es decir, si decides intentarlo y no cerrar la boca, esconder la cabeza y esperar.

- Tengo que intentarlo, Sean. Tierra lo exige. Pero tal como están las cosas, tengo una probabilidad entre cuatro, puesto que cada uno es tan sospechoso como los demás. A mis ojos, son cuatro chicos igual de malos.

- Descríbeme a tus sospechosos rápidamente. - El Viejo Teniente cerró los ojos.

- Primero, Tlik-Tcha el marciano - empezó el Joven Capitán, contándolos con sus dedos -. Un escarabajo negro y desagradable. ¡Menudo es! Contuvo el aire veinte minutos y luego me lo soltó a la cara. Cada vez que le preguntaba algo, imprimía «sin comentario» en blanco y negro en su pecho. ¡En caracteres Garamond!

- Anímate, Jim. Podrían haber sido mayúsculas rústicas. El siguiente.

- Hilav, el antareano multibraquial. Estuvo todo el interrogatorio agitando lentamente los tentáculos. ¡Creo que trataba de hipnotizarme! Se me ocurrió que podía estar hablando en clave, pero el intérprete dijo que no. Al final soltó un silbido muy largo, como un insulto desvergonzado. El silbido no significaba nada, me dijo el intérprete, al tiempo que me aconsejaba educadamente serenidad.

»El tercer cliente es Fa, el rigeliano compuesto. Se arrancó un miembro, uno de verdad, por supuesto, no artificial, y jugueteó con él mientras le hacía preguntas. Me costaba mantener la atención en lo que estaba diciendo. ¡Esperaba que después se arrancase la cabeza! También lo hizo, cuando volvía a su celda.

- Los telépatas pueden ser exasperantes - dijo el Viejo Teniente -. Siempre me costaba recordar lo cansador que debía ser para ellos mantener una conversación oral. Como si un hombre, capaz de hablar, se empeñase en mantener una conversación a base de lápiz y papel, y encima, esperando que el interlocutor escribiese sus opiniones con estilo. ¿Tu cuarto sospechoso, Jim?

- Jorrakak, el centrípedo polariano. Se torció en forma de un gran signo de interrogación cuando me dirigí a él. Parecía más una cobra gigante de piel negra y espesa. También estuvo todo el tiempo murmurando para sí, muy bajo. El intérprete dijo que repetía una y otra vez: «¡Oh, Dios padre! ¿Cuándo alejarás de mí este cáliz?» A mitad del interrogatorio extendió a Donovan uno de sus pequeños miembros negros y le dio lo que parecía una bolita de billar rosa.

- Muy feo, muy feo - observó el Viejo Teniente, meneando la cabeza mientras sonreía -. ¿Así que ésos son tus cuatro sospechosos, Jim? ¿Los cuatro caballos de carreras de fina estampa entre los que tienes que apostar por uno?

- Ellos son. Cada uno tuvo oportunidad de hacerlo. Todos tienen fama de criminales y pueden haber sido contratados para cometer el asesinato, bien por los extremistas del partido belicista arcturiano, bien por cualquier organización extranjera hostil a la Tierra, la Liga de las Bestias, por ejemplo, con sus ceremoniales pseudorreligiosos.

- No estoy de acuerdo en lo de la Liga. Pero no olvides a nuestros propios extremistas de mente sanguinaria - le recordó el Viejo Teniente -. También hay demonios entre nosotros, Jim.

- Es cierto, Sean. Pero independientemente de quien pagara por el crimen, uno de los cuatro fue el agente. Porque para rematar el problema y liarlo con un nudo gordiano de un metro de espesor, cada uno de los sospechosos ha recibido últimamente, y sin que podamos localizar su origen, una gran cantidad de dinero, suficiente en cada caso para pagar el asesinato.

Recostándose, el Viejo. Teniente dijo:

- ¿No me dilas? Háblame de eso, Jim.

- Bueno, ya sabes que el precio de la vida de cualquier ser de la Galaxia es mil veces la moneda que se utilice como valor. No es una regla aleatoria tan mala. En este caso, la unidad fueron marcianos de oro, que ni son de oro ni están apoyados por la pequeña burocracia de Marte, pero...

- Ya lo sé. Sólo te quedan unos minutos, Jim. ¿Cuánto fueron las cantidades exactas que recibieron?

- Hilav, el antareano multibraquial, recibió mil veinticuatro marcianos de oro; Jorrakak, el centrípedo polariano, mil marcianos de oro; Fa, el compuesto rigeliano, mil setecientos veintiocho marcianos de oro y Tlik-Tcha, el coleopteroide marciano, seiscientos sesenta y seis marcianos de oro.

- ¡Ah! - dijo el Viejo Teniente lentamente -. El número de la bestia.

- ¿Cómo dices, Sean?

El Viejo Teniente citó con voz pausada:

- «Aquí está la sabiduría. El que tenga inteligencia calcule el número de la bestia, porque es número de hombre.» El Apocalipsis, Jim, el último libro de la Biblia.

- Lo conozco - dijo el Joven Capitán saltando de la silla nerviosamente -. Y también sé cuáles son las siguientes palabras, aunque sólo porque son las preferidas de los chiflados numerólogos que tanto abundan en la estación. Las siguientes palabras son: «Su número es seiscientos sesenta y seis». ¡Dios Santo! Se trata de Tlik-Tcha, ¡es el número de sus marcianos de oro! Hemos sabido desde siempre que la Liga de las Bestias tomó muchos de sus ceremoniales de la Tierra. ¿Por qué no entonces de su Biblia? Sean, viejo sabio, voy a hacer realidad tu presentimiento. - El Joven Capitán se levantó -. Vuelvo a la estación, voy a reunir a los cuatro y a acusar a Tlik-Tcha delante de los demás.

El Viejo Teniente levantó una mano.

- Un momento, Jim - dijo rápidamente -. Vas a ir a la estación, vas a reunir a los cuatro, sí, pero vas a acusar a Fa, el rigeliano.

El Joven Capitán se sentó involuntariamente.

- Pero eso no tiene sentido - protestó -. El número de Fa es mil setecientos veintiocho. No encaja en nuestra pista. No es el número de la bestia.

- Las bestias tienen toda clase de números, Jim. El que tú buscas es mil setecientos veintiocho.

- ¿Por qué, Sean? Dame tus razones.

- No, no hay tiempo. Y seguramente no me creerías. Me pediste consejo y te lo he dado. Acusa a Fa, el rigeliano.

- Pero...

- Eso es todo, Jim.


Minutos más tarde, el Joven Capitán todavía sentía la comezón de su enfado. Pero estaba de vuelta en la estación y el momento de decidir pesaba tenazmente sobre él. Qué loco había sido, se dijo a sí mismo, de perder el tiempo con un viejo decrépito como aquél. Qué caradura de hombre, dando consejos - órdenes prácticamente - que se negaba a justificar, comportándose con los caprichos y la cabezonería - ¡sí, y la insolencia! - que sólo un hombre jubilado se puede permitir.

Miró los cuatro rostros extranjeros que tenía al otro lado de la mesa: el de Tlik-Tcha, como una bola de ébano con sus tres perceptores hundidos profundamente; el de Jorrakak, como un gran penacho negro temblando ligeramente; el de Fa, pálido y humanoide, pero excesivamente grande, como la máscara funeraria de un emperador; el de Hilav, un racimo de ojos parpadeando alternativamente salpicado de mandíbulas verduzcas. Deseó poder mezclarlos a todos en una bolsa y sacar con un guantelete de acero a uno de ellos.

La habitación apestaba a desinfectante y a extranjero, el hedor familiar de la antigua estación de policía aunque mucho más variado. El Joven Capitán sintió el sudor que goteaba por su frente. Abrió de par en par la ventana que tenía junto a él y la habitación se inundó del murmullo que llenaba el edificio central del satélite. No aligeró la atmósfera, pero por un momento pareció sentirse menos oprimido.

Luego miró otra vez los cuatro rostros y sintió de nuevo la desesperación de estar en una vía muerta. «Elige un número - pensó -. Cualquiera de uno a dos mil. Elige un rostro. Cree en la suerte. Sean es un viejo lobo cabezota, pero los muchachos dicen que siempre tenía una maldita buena suerte.»

Extendió un dedo.

- En el nexo de estas mentes reunidas - dijo en voz alta - publico la verdad que comparto con la suya: Fa...

Eso fue todo cuanto pudo decir. El rigeliano se levantó de un salto, volteó su cabeza y la lanzó contra la ventana abierta.

Pero si el Joven Capitán no había estado ágil para el pensamiento, estaba bien preparado para la acción. Atrapó la cabeza cuando pasaba junto a él, esquivando un mordisco. Entonces una voz diminuta que surgía de la cabeza dijo las palabras que estaba deseando oír:

- Deje que la verdad que nuestras mentes comparten sea publicada más tarde. Primero, por favor, lléveme a mi fuente de aliento...


Al día siguiente, el Viejo Teniente y el Joven Capitán hablaron largamente del asunto.

- ¿Así que no atrapaste a los cómplices de Fa en el edificio central? - preguntó el Viejo Teniente.

- No, Sean, se escaparon. Y de haber podido hubiesen desaparecido con la cabeza de Fa.

- ¿Pero, sin embargo, nuestro asesino lo confesó todo? ¿Contó toda la historia, dio el nombre de sus jefes, y proporcionó datos suficientes para encerrarles de una vez por todas?

- Desde luego. Cuando uno de esos telépatas decide hablar, es un placer oírle. Lo hace con arte, como el mismo Shakespeare. Pero ahora, Sean, quiero repetirte la pregunta que ayer no pudiste contestar. Aunque reconozco que lo hago con una actitud muy diferente. Me impresionaste mucho, pero debo admitir que nunca hubiese seguido tu consejo a ciegas, como lo hice, si llego a tener otro clavo donde agarrarme. Además, estaba muy impresionado por aquella cita de la Biblia que recordaste tan oportunamente. A no ser que me digas que no significaba lo que parecía.

»Pero seguí tu consejo, y me sacó de uno de los mayores atolladeros de mi vida. Y, por añadidura, con una palmadita en el hombro de Tierra. Así que déjame preguntarte, Sean, en nombre de lo que para mí es más sagrado: ¿cómo supiste con tanta certeza de cuál de los cuatro se trataba?

- No lo supe, Jim. Es más correcto decir que lo supuse.

- ¡Maldito fulero! ¿Quieres decir que sólo fue una suposición afortunada?

- No tanto como eso, Jim. Fue una suposición, de acuerdo, pero una suposición con fundamento. Todo el secreto radica en los números, por supuesto, en el número de marcianos de oro, los números de nuestras cuatro bestias. Los seiscientos sesenta y seis de Tlik-Tcha señalaban obsesivamente que trabajaba para la Liga de las Bestias, puesto que se pirran por los símbolos y sacan el número en cuestión cada vez que pueden. Pero eso no nos lleva a ningún sitio: la Liga, aunque critica frecuentemente a los terrícolas, nunca ha deseado fomentar una guerra interestelar.

»Los mil de Jorrakak indicaban que recibió el dinero de alguna organización de terrícolas, o de alguna fuente extranjera que utiliza el sistema decimal. Estos mil de Jorrakak no nos llevan a ninguna parte.

»Respecto a los mil veinticuatro de Hilav: ese número es la décima potencia de dos. Por lo que sé, ninguna especie natural de seres utiliza el sistema binario. Sin embargo, es la regla entre los robots. Eso nos conduce a que Hilav trabajaba para la Hermandad Interestelar de Máquinas de Negocios Libres o para alguna organización similar. Como tú y yo sabemos, los robots no tocan tambores de guerra ni funden plomos de la paz, puesto que siempre son los principales perdedores.

»Sólo nos quedan los mil setecientos veintiocho de Fa. Jim, lo primero que me dijiste de los arcturianos fue que eran bípedos hexadáctilos. Seis dedos en una mano significan doce en las dos. Y con una certeza mortal, los seres equipados de esta forma por la naturaleza utilizarán el sistema duodecimal, el más conveniente por muchas razones. En el sistema duodecimal, «mil» no es diez por diez por diez, sino doce por doce por doce. Exactamente mil setecientos veintiocho en nuestro sistema decimal. Como habías dicho, un millar de la unidad en curso es el precio de la vida de un ser. Alguien que reciba «mil» marcianos de oro de un arcturiano tendrá mil setecientos veintiocho en su bolsillo según nuestra numeración.

»La cuantía de la bolsa de Fa me pareció un indicio inequívoco de que le pagaba el partido belicista arcturiano. El hombre se debió sentir muy a gusto recibiendo esos setecientos veintiocho de más. Un matón más experimentado se hubiese reído de la idea de sacar tajada de una vulgar diferencia en los sistemas de numeración.

El Joven Capitán se tomó tiempo antes de contestar. Sonrió con incredulidad varias veces, y, en una de ellas, movió la cabeza. Por fin dijo:

- ¿Y tú me empujaste a acusar sin más suposición que ésa?

- Te sirvió, ¿o no? - respondió con un guiño el Viejo Teniente -. Y tan pronto Fa empezó a confesar, debiste pensar que yo tenía razón sin ninguna posibilidad de duda. Los telépatas son siempre veraces.

El Joven Capitán le miró con extrañeza.

- ¿No podría ser que, Sean... - dijo lentamente -, no podría ser que tú mismo fueses un telépata? ¿Que sea ése el sistema de pensamiento extranjero que has estado estudiando con tu docto brujo marciano?

  • Si lo fuese, lo diría... - Se detuvo. Guiñó un ojo -. ¿O no?

Robert Silverberg - MOSCAS



Aquí yace Cassiday, clavado en una mesa.


No quedaba mucho de él: el receptáculo del cerebro, unos cuantos nervios sueltos, un miembro. La repentina implosión se había cuidado del resto. Sin embargo, quedaba lo suficiente. Las doradas no necesitaban más para actuar. Le habían encontrado entre los restos de la nave destrozada cuando ésta pasara ante su zona, más allá de Iapetus. Estaba vivo. Podían repararlo. Los otros que quedaban en la nave eran casos perdidos.

¿Repararlo? Claro. ¿Acaso uno ha de ser humano para mostrarse humanitario? Repararlo, no faltaba más Y cambiarlo. Las doradas eran creativas.

Lo que quedaba de Cassiday fue puesto en dique seco sobre una mesa, en una esfera dorada de fuerza. No había cambio de estaciones allí; sólo el brillo de los muros, el calor invariable. Ni día ni noche; ni ayer ni mañana. Las formas iban y venían en torno a él. Le regeneraban paso a paso, mientras yacía en una inmovilidad total, sin ningún pensamiento. El cerebro estaba intacto, pero aún no funcionaba. Poco a poco, el resto del hombre surgía de nuevo: tendones y ligamentos, huesos y sangre, el corazón, los codos... Montículos alargados de tejido daban paso a diminutos botones que crecían en ampollas de carne. Unir las células, reconstruir a un hombre de sus propias ruinas... Nada difícil para las doradas. Tenían habilidad. Pero todavía les quedaba mucho que aprender, y Cassiday podía ayudarlas en eso.

Día a día progresaba la reconstrucción total de Cassiday. No lo despertaban. Yacía envuelto en calor, inmóvil, sin pensar, como llevado por la marea. La carne nueva era rosada y suave como la de un bebé. El endurecimiento epitelial vendría un poco más tarde. El mismo Cassiday servía como modelo. Las doradas lo estaban duplicando, lo construían de nuevo a partir de sus propias cadenas polinucleótidas, decodificaban sus proteínas y las reedificaban a partir de ese patrón. Una tarea fácil para ellas. ¿Por qué no? Una burbuja de protoplasma podía hacerlo... por sí misma. Las doradas, que no eran protoplasmáticas, podían hacerlo por otros.

Introdujeron algunos cambios en el patrón. Por supuesto. Eran artistas y había mucho que querían aprender.

Mirad a Cassiday:

el dossier.

NACIMIENTO: 1 de agosto de 2316.

LUGAR: Nyak, Nueva York.

PADRES: Varios.

NIVEL ECONÓMICO: Bajo.

NIVEL EDUCACIONAL: Medio.

OCUPACIÓN: Técnico de combustibles.

ESTADO CIVIL: Tres relaciones legales. Duración: ocho meses

dieciséis meses y dos meses.

ALTURA: Dos metros.

PESO: 96 kilos.

COLOR DEL PELO: Rubio.

OJOS: Azules.

SANGRE TIPO: A+

NIVEL DE INTELIGENCIA: Elevado.

INCLINACIONES SEXUALES: Normales.

Observadlas ahora, transformándole.

El hombre completo estaba ante ellas, fundido nuevamente, dispuesto para el renacimiento. Faltaban los ajustes definitivos. Tomaron el cerebro gris en su envoltura rosada y lo introdujeron, viajando por los entresijos de la mente, deteniéndose ahora en esta cueva, echando después el ancla en la base de aquel acantilado. Operaban, pero lo hacían limpiamente. No había resecciones mucosas, ni hojas brillantes que cortaran la carne y el hueso, ni un rayo láser en funcionamiento, ni un martilleo torpe en las meninges tiernas. El acero frío no cortaba las sinapsis. Las doradas tenían mayor sutileza. Ellas mismas disponían el circuito que era Cassiday. Aumentaban la fuerza, reducían el ruido. Y lo hacían suavemente.

Cuando hubieron acabado con él, era mucho más sensible. Sentía ansias nuevas. Y le habían concedido ciertas habilidades.

Lo despertaron.

- Estás vivo, Cassiday - dijo una voz susurrante -. Tu nave quedó destruida. Tus compañeros murieron. Sólo tú sobreviviste.

- ¿Qué hospital es éste?

- No estás en la Tierra. Volverás allí pronto. Levántate, Cassiday. Mueve la mano derecha. La izquierda. Dobla las rodillas. Llena los pulmones. Abre y cierra los ojos varias veces. ¿Cómo te llamas, Cassiday?

- Richard Henry Cassiday.

- ¿Cuántos años tienes?

- Cuarenta y uno.

- Mira este reflejo. ¿Qué ves?

- A mí mismo.

- ¿Tienes alguna pregunta que hacer?

- ¿Qué me habéis hecho?

- Te reparamos. Estabas casi destrozado.

- ¿Me cambiasteis en algo?

- Te hicimos más sensible a los sentimientos de tus congéneres.

- ¡Ah! - dijo Cassiday.


Seguid a Cassiday mientras viaja, de regreso a la Tierra.

Llegó en un día en el que se había programado la nieve. Una nieve ligera, que se fundía rápidamente. Una cuestión de estética, más que una manifestación auténtica del tiempo. Era magnífico poner de nuevo los pies en el mundo. Las doradas habían dispuesto diestramente su regreso, poniéndole a bordo de su nave destrozada y dándole el impulso suficiente para que se situara al alcance de una nave de salvamento. Los monitores lo habían detectado y recogido. «¿Cómo sobrevivió al desastre sin ninguna herida, astronauta Cassiday?» «Muy sencillo, señor. Estaba fuera de la nave cuando sucedió aquello. Hubo una implosión y todos murieron. Sólo quedé yo para contarlo.»

Lo llevaron a Marte, lo examinaron, lo retuvieron algún tiempo en un área de descontaminación situada en la Luna y por fin lo enviaron de regreso a la Tierra. Llegó con la tormenta de nieve, un hombre alto de paso brioso, con los callos adecuados en los lugares adecuados. Contaba con pocos amigos, ningún pariente, dinero suficiente para vivir una temporada y algunas ex esposas a las que visitar. Según la ley, tenía derecho a un año de permiso con paga completa por el accidente. Se proponía aprovechar la licencia.

Aún no había empezado a utilizar su nueva sensibilidad. Las doradas lo habían planeado de modo que su capacidad no entrara en funcionamiento hasta que regresara a su mundo. Ahora había llegado, y era el momento de servirse de ella. Las criaturas siempre curiosas que vivían más allá de Iapetus aguardaban pacientemente mientras Cassiday buscaba a las personas que lo habían amado.

Empezó su búsqueda en el Distrito Urbano de Chicago, porque allí se hallaba el puerto espacial, justo en las afueras de Rockford. La avenida deslizante lo llevó rápidamente a la torre de caliza adornada con brillantes incrustaciones de ébano y metal violeta. Allí, en el Televector Central de la localidad, Cassiday comprobó la situación actual de sus anteriores esposas. Se mostró paciente, un hombre enorme de rostro apacible, apretando los botones adecuados y aguardando con calma a que los contactos se unieran en algún punto en las profundidades de la Tierra. Cassiday nunca había sido violento. Era tranquilo. Y sabía esperar.

La máquina le dijo que Beryl Fraser Cassiday Mellon vivía en el Distrito Urbano de Boston. La máquina le dijo que Lureen Holstein Cassiday vivía en el Distrito Urbano de Nueva York La máquina le dijo que Mirabel Gunryk Cassiday Milman Reed vivía en el Distrito Urbano de San Francisco.

Esos nombres despertaron recuerdos: el calor de la carne, el aroma de los cabellos, el contacto de las manos, el sonido de una voz. Susurros de pasión. Gritos de desprecio. Jadeos amorosos.

Cassiday, devuelto a la vida, fue a ver a sus ex esposas.

Encontramos a una, sana y salva.

Beryl tenía las pupilas lechosas, los ojos verdosos donde debían de haber sido blancos. Había perdido peso en los últimos diez años y su tez se tensaba como pergamino sobre los huesos. Un rostro devastado, los pómulos presionando bajo la piel, a punto de horadar. Cassiday había estado casado con ella durante ocho meses cuando tenía veinticuatro años. Se habían separado porque ella insistía en presentar la Solicitud de Esterilidad. En realidad él no deseaba hijos, pero se sintió ofendido por la maniobra. Ahora, lo recibió acostada en una cama de espuma tratando de sonreírle sin que se le resquebrajaran los labios.

- Dijeron que habías muerto.

- Escapé. ¿Qué tal te ha ido, Beryl?

- Ya puedes verlo. Me estoy sometiendo a una cura.

- ¿Una cura?

- Me aficioné a la trilina. ¿No lo ves? ¿No ves mis ojos, mi cara? Me deshizo. Pero significaba la paz. Como desconectar el alma. Sólo que un año más me habría matado. Ahora estoy en tratamiento. Me libraron de ello el mes pasado. Me están reconstruyendo el sistema a base de prótesis. Estoy rellena de plástico. Pero viva.

- Te volviste a casar? - preguntó Cassiday.

- Me dejó hace tiempo. He pasado sola cinco años. Sola con la trilina. Aunque por fin la he dejado. - Parpadeó penosamente -. Tú pareces relajado, Dick. Siempre fuiste muy tranquilo. Sereno y seguro de ti mismo. Tú nunca te entregarías a la trilina. Cógeme la mano, ¿quieres?

Cogió aquella garra seca. Sintió el calor que se desprendía de ella, la necesidad de amor. Algo semejante a una oleada lo inundó, un latido de anhelo que se filtraba a través de él y ascendía hasta las doradas, que vigilaban allá lejos.

- Una vez me amaste - dijo Beryl. Entonces éramos muy tontos los dos. Ámame de nuevo. Ayúdame a recuperarme. Necesito tu fuerza.

- Claro que te ayudaré - aseguró Cassiday.

Dejó el apartamento y se fue a comprar tres cubos de trilina. Al volver, activó uno de ellos y lo puso en la mano de Beryl. Los ojos verdes y lechosos giraron aterrados.

- ¡No! - gimió.

El dolor que surgía de su alma destrozada era exquisito en su intensidad. Cassiday lo aceptó plenamente. Luego, ella apretó el puño y la droga entró en su metabolismo. Y de nuevo la inundó la paz.

Vean a la siguiente, con un amigo.

El anunciador dijo:

- El señor Cassiday está aquí.

- Que entre - contestó Mirabel Gunryk Cassiday Milman Reed.

La puerta se abrió con un resplandor, y Cassiday pasó por ella a un ambiente lujoso, de ónix y mármol. Rayos de palisandro dorado formaban un marco de madera pulido sobre el que yacía Mirabel. Indudablemente, disfrutaba con la sensación de la madera dura contra su grueso cuerpo. Una cascada de pelo de cristal coloreado le caía hasta los hombros. Había sido esposa de Cassiday durante dieciséis meses en 2346. Entonces era una chica delgada y tímida, pero apenas si la reconocía ahora en aquella mole de carne mimada y satisfecha.

- Te has casado bien - observó.

- A la tercera fue la vencida - asintió Mirabel -. Siéntate. ¿Una copa? ¿Ajusto el ambiente?

- Está bien así. - Seguía en pie -. Siempre deseaste una mansión lujosa, Mirabel. Fuiste la más intelectual de mis esposas, pero ansiabas la comodidad. Supongo que te sentirás cómoda ahora.

- Mucho.

- ¿Feliz?

- Disfruto de mi comodidad - respondió Mirabel -. No leo mucho ya, pero me siento cómoda.

Cassiday observó lo que parecía ser una mantita arrugada, algo púrpura, suave y ocioso, que se acurrucaba en su regazo. Tenía varios ojos. Mirabel lo acariciaba con las manos.

- ¿De Ganímedes? - preguntó él -. ¿Un animalito doméstico?

- Sí. Mi marido me lo trajo el año pasado. Me es muy querido.

- Todo el mundo los aprecia. Creo que son caros.

- Pero encantadores - dijo Mirabel -. Casi humanos. Muy devotos. Supongo que pensarás que soy tonta, pero se ha convertido en la cosa más importante de mi vida. Más que mi marido incluso. Le quiero, compréndelo. Estoy acostumbrada a que los demás me quieran, pero no hay muchas cosas a las que haya podido amar.

- ¿Me dejas que lo vea? - preguntó Cassiday suavemente.

- Con cuidado.

- Desde luego.

Cogió aquella criatura de Ganímedes. Su textura era extraordinaria, lo más suave que había visto en su vida. Algo tembló de aprensión en el interior del cuerpo del animal. Cassiday detectó un temor semejante en Mirabel, mientras él sostenía a su querido animalito. Acarició a la criatura, que latió ahora afectuosamente. Bandas de iridiscencia brillaban al contacto de sus manos. Ella le preguntó:

- ¿Qué haces ahora, Dick? ¿Algún trabajo para la línea espacial?

Ignoró la pregunta.

- Dime aquel verso de Shakespeare, Mirabel. Aquel sobre las moscas y los chicos traviesos.

En la frente pálida se marcaron unas arrugas.

- Es del Rey Lear - dijo -. Espera. Sí. Lo que las moscas son para los chicos traviesos, eso somos nosotros para los dioses. Nos matan para divertirse.

- Eso es - asintió Cassiday.

Sus grandes manos se enroscaron súbitamente en torno a la criatura de Ganímedes. Ésta se tornó de un gris mustio. Fibras sinuosas saltaron en su superficie reventada. Cassiday lo dejó caer al suelo. El grito de horror, dolor y pérdida que estalló en los labios de Mirabel casi lo anonadó, pero aceptó y transmitió aquel sentimiento.

- Moscas y muchachos traviesos - explicó -. Mi diversión, Mirabel. Soy un dios ahora, ¿lo sabías? - Su voz era serena y alegre -. Adiós. Y gracias.

Otra más que espera su visita, henchida de nueva vida.

Lureen Holstein Cassiday, de treinta y un años, pelo oscuro, ojos grandes y embarazada de siete meses, era la única de sus esposas que no había vuelto a casarse. Su habitación, en Nueva York, era pequeña y austera. Había sido una muchacha gordita cuando estuviera casada con Cassiday durante dos meses, hacía cinco años, y estaba mucho más gorda ahora, si bien él ignoraba hasta qué punto aquel aumento de tamaño se debía al embarazo.

- ¿Te casarás ahora? - preguntó.

Sonriendo, ella agitó la cabeza.

- Tengo dinero y estimo mucho mi independencia. Jamás me metería en otra relación como la nuestra. Con nadie.

- ¿Y el bebé? ¿Lo tendrás?

Asintió con vehemencia.

- ¡He luchado mucho para conseguirlo! ¿Crees que fue fácil? ¡Dos años de inseminaciones! ¡Una fortuna en facturas! Con máquinas rodeándome por todas partes, baterías elevadoras de la fertilidad... No se trata de un niño no deseado. Me ha costado mucho lograrlo.

- Interesante - dijo Cassiday -. Visité también a Mirabel y a Beryl. Cada una de ellas tenía su propio bebé. A su estilo. Mirabel tenía una bestezuela de Ganímedes; Beryl, su dependencia de la trilina, y se sentía muy orgullosa de desembarazarse de ella. Y tú un bebé que has concebido sin ayuda del hombre. Las tres buscabais algo... Resulta interesante.

- ¿Te encuentras bien, Dick?

- Muy bien.

- Tu voz suena tan monótona... Y dices unas cosas... Me asustas un poco.

- Sí... ¿Sabes hasta qué punto fui amable con Beryl? Le compré unos cubos de trilina. Y cogí al animalito de Mirabel y le rompí el... Bueno, no el cuello. Lo hice tranquilamente. Nunca fui un hombre apasionado.

- Creo que te has vuelto loco, Dick.

- Siento tu temor. Crees que voy a hacerle algo a tu bebé. El temor no me interesa, Lureen. En cambio el dolor... Sí, eso vale la pena analizarlo. La desolación. Quiero estudiarla. Quiero ayudarlas a ellas a estudiarlo. Creo que es lo que ellas desean conocer. No huyas de mi, Lureen. No quiero herirte, no así.

Era pequeña, no muy fuerte y estaba torpe por el embarazo. Cassiday la asió suavemente por las muñecas y la atrajo hacia sí. Sentía ya las nuevas emociones que surgían en Lureen, la autocompasión tras el terror. Y aún no le había hecho nada...

¿Cómo se mataba a un feto a dos meses del término?

¿Un golpe brutal en el vientre? No, demasiado grosero, demasiado bestial. Sin embargo, Cassiday no había ido allí armado de abortivos, una píldora de ergotina, un rápido inductor de espasmos. Alzó la rodilla bruscamente, lamentando aquella vulgaridad. Lureen se encogió. La golpeó por segunda vez, esforzándose por hacerlo con toda serenidad, pues sería un error gozarse en la violencia. Un tercer golpe parecía lo indicado. Al fin, la soltó.

Ella permanecía consciente, gimiendo de dolor. Cassiday se hizo receptivo a ese sentimiento. Comprendió que el niño no había muerto aún. Tal vez no muriera. Pero, desde luego, nacería tarado. Adivinaba en Lureen la conciencia de que podía dar a luz a un ser defectuoso. El feto habría de ser destruido. Y ella tendría que empezar otra vez. Todo aquello era muy triste.

- ¿Por qué? - murmuró Lureen -. ¿Por qué?

Entre los observadores, la equivalencia a la desilusión.

En cierto modo, las cosas no se habían desarrollado como las doradas suponían. Incluso ellas podían equivocarse por lo visto, conocimiento que les resultó muy grato. Sin embargo, había que hacer algo con respecto a Cassiday.

Le habían dado poderes. Era capaz de detectar y transmitirles las puras emociones de los otros. Lo cual les resultaba muy útil, pues con esos datos tal vez obtuvieran la comprensión de los seres humanos. Pero al concederle el poder de transmitir las emociones de los demás, se habían visto obligadas a bloquear las suyas. Y eso distorsionaba los datos.

Se había vuelto demasiado destructivo, aunque sin el menor goce. Había que corregir eso. Porque Cassiday compartía con demasiada intensidad la naturaleza de las doradas. Ellas podían divertirse con Cassiday, ya que les debía la vida. Pero Cassiday no podía divertirse con los demás.

Se pusieron en contacto con él a través de la línea de comunicación y le dieron sus instrucciones.

- No - dijo Cassiday -. Ya habéis terminado conmigo. No necesito volver ahí.

- Hay que hacer unos ajustes precisos.

- No estoy de acuerdo.

- No será por mucho tiempo.

A pesar de su opinión en contra, Cassiday tomó la nave que se dirigía a Marte, incapaz de desobedecer las órdenes de las doradas. En Marte transbordó a otra nave que hacia la ruta de Saturno y convenció a los tripulantes para que pasaran cerca de Iapetus. Las doradas se apoderaron de él una vez estuvo a su alcance.

- ¿Qué vais a hacer conmigo? - preguntó Cassiday.

- Cambiaremos la onda. Ya no serás sensible a las emociones de los demás. Nos informarás de tus propias emociones. Te devolveremos la conciencia, Cassiday.

Protestó, pero fue inútil.

Dentro de la esfera brillante de luz dorada procedieron a sus ajustes. Entraron en él, lo alteraron y dirigieron sus percepciones hacía sí mismo, de modo que sintiera su propia tristeza como un buitre que le desgarrara las entrañas. Eso sería muy informativo. Cassiday protestó hasta que se quedó sin fuerzas para protestar, y cuando recobró la conciencia ya era demasiado tarde.

- No - murmuró. Bajo la luz amarillenta, veía los rostros de Beryl, Mirabel y Lureen -. No debíais haberme hecho esto. Me estáis torturando... como se tortura a una mosca...

No hubo respuesta. Lo enviaron de nuevo a la Tierra. Lo devolvieron a la torre de caliza, a la avenida deslizante, a la casa de placer de la calle 48, a las islas de luz que ardían en el cielo, a los once billones de personas. Lo soltaron entre ellas para que sufriera y les informara de sus sufrimientos. Ya llegaría el momento de liberarlo, pero no todavía.

Aquí yace Cassiday, clavado en su cruz.

Fredric Brown - LOS MONSTRUOS SONRIENTES


La espacionave procedente de Andrómeda II giraba, como una peonza, dominada por poderosas fuerzas. El ser de Andrómeda, fuertemente atado al asiento del piloto, volvió los tres protuberantes ojos de una de sus cabezas hacia los otros cuatro tripulantes de la nave, asegurados en las literas de la cabina.

- Vamos a estrellarnos - dijo.

Así fue.

Elmo Scott apretó el tabulador de su máquina de escribir y escuchó cómo el carro se deslizaba y hacía tocar la campanita. Le pareció divertido y lo volvió a hacer. Pero no había ninguna palabra escrita en la hoja de papel puesta en la máquina.

Encendió un cigarrillo y se quedó contemplándolo. Al papel, no al cigarrillo, naturalmente. Aún no había escrito nada.

Inclinó su silla para atrás y se volvió para mirar al gran perro Doberman que dormía en el centro matemático de la alfombra. Luego dijo:

- ¡Qué perro más afortunado!

El Doberman se despertó y movió la pequeña cola que tenía. No dio ninguna otra contestación.

Elmo Scott volvió a mirar al papel. Seguían sin aparecer las palabras que él esperaba. Puso los dedos sobre el teclado y escribió: «Ya es tiempo que todos los hombres buenos vengan en ayuda de la gente.» Contempló las palabras que acababa de escribir y sintió el leve contacto de una idea rozarle la mejilla.

Llamó:

- ¡Toots! - Y una joven morena y simpática que llevaba un traje casero azul, salió de la cocina y se puso a su lado. El la enlazó por la cintura.

- Tengo una idea - dijo él.

Ella leyó las palabras escritas en la máquina.

- Es lo mejor que has escrito en tres días - dijo -, aparte aquella carta renovando la suscripción al periódico. Y pienso que la carta era aun mejor.

- Oh, cállate - dijo Elmo -. Estoy hablando de lo que voy a hacer con esta frase. La voy a convertir en un argumento de fantasía científica, palabra tras palabra. No puede fallar. Fíjate.

Sacó el brazo de la cintura de ella y escribió bajo la primera frase: «Ya es tiempo que todos los monstruos buenos vengan en ayuda de la gente». Y dijo:

- ¿Entiendes la idea, Toots? Ya se va pareciendo al principio de una novela de fantasías científicas. Los Monstruos Buenos. Atiende al próximo paso.

Debajo de las dos primeras frases, escribió: «Ya es tiempo que todos los monstruos buenos vengan en ayuda de...». Se interrumpió.

- ¿Qué pondré, Toots? ¿La Galaxia o el Universo?

- Será mejor que te pongas a ti mismo - dijo ella -. Porque si no consigues tener una novela terminada y cobrada dentro de dos semanas, perderemos esta casita en la montaña y tendremos que volver a la ciudad andando y tú tendrás que dejar de escribir novelas y volver al periódico y...

- Basta, Toots. Ya sé todo eso. Lo sé muy bien.

- Sin embargo, lo mejor que puedes hacer es escribir: «Ya es tiempo que todos los monstruos buenos vengan en ayuda de Elmo Scott».

El gran Doberman se estiró en la alfombra y dijo:

- No los necesitáis.

Las dos cabezas humanas se volvieron hacia el animal.

La joven morena golpeó en el suelo con un pie elegantemente calzado.

- ¡Elmo! - dijo -. Haciendo trucos como éste. Así es corno gastas el tiempo que debías dedicar a escribir. Aprendiendo ventriloquía.

- No, Toots - dijo el perro -. No es eso.

- ¡Elmo! Cómo puedes hacer que mueva la boca como si... - Los ojos de ella fueron del rostro del perro al de Scott y se detuvo sin concluir la frase. Si es que Elmo Scott no se sentía lleno de terror, entonces era mejor actor que Humphrey Bogart. Ella volvió a decir: ¡Elmo! pero esta vez su voz era un pequeño gemido asustado y no golpeó el suelo con el pie. En vez de ello, prácticamente se dejó caer en la rodilla de Elmo y si él no la hubiese abrazado, hubiera caído de allí al suelo.

- No te asustes, Toots - dijo el perro.

Elmo Scott volvió a sentirse dueño de sí mismo.

- Quien quiera que seas, no llames a mi esposa Toots - dijo -. Su nombre es Dorothy.

- Tú la llamas Toots.

- Eso... eso es diferente.

- Ya veo por qué - dijo el perro. Su boca se abrió como si estuviera riendo -. El concepto que entró en tu mente cuando usaste la palabra «esposa» es muy interesante. Entonces éste es un planeta bisexual.

Elmo dijo:

- Este es un... qué... ¿De qué estás hablando?

- En Andrómeda Il - dijo el perro - tenemos cinco sexos. Pero nosotros somos una raza altamente desarrollada, desde luego. La vuestra es altamente primitiva. Quizá debiera decir bajamente primitiva. Vuestro lenguaje tiene palabras que se prestan a confusión; no es matemático. Pero como dije antes, veo que estáis en el período bisexual. ¿Cuánto tiempo hace desde que érais monosexuales? Y no niegues que una vez lo fuisteis; puedo leer la palabra «amiba» en tu mente.

- Si puedes leer en mi mente - dijo Elmo - ¿por qué tengo que hablar?

- Ten en cuenta a Toots, quiero decir Dorothy - dijo el perro -. No podríamos mantener una conversación entre los tres, ya que vosotros dos no sois telépatas. De cualquier forma, pronto seremos más en la conversación. He llamado a mis compañeros - volvió a reír -. No dejéis que os asusten, no importa en qué forma se presenten. Son simplemente monstruos buenos.

- ¿Monstruos? - preguntó Dorothy -. ¿Quieres decir que son seres de otros mundos? Eso es lo que Elmo quiere significar por monstruos, pero tú no eres...

- Yo soy exactamente eso. Un habitante de otro mundo. Naturalmente no veis mi apariencia real. Tampoco veréis las de mis compañeros. Ellos, igual que yo, están temporalmente animando los cuerpos de criaturas de baja inteligencia. En nuestros cuerpos verdaderos, os aseguro que nos clasificaríais como monstruos verdaderos. Uno de nosotros tiene cinco miembros y dos cabezas, cada una de las cuales tiene tres ojos colocados en los extremos de tentáculos.

- ¿Donde están, entonces, vuestros cuerpos? - preguntó Elmo.

- Están muertos... Espera, ya veo que esta palabra tiene mayor significado para ti de lo que pensé al principio. Están inutilizados, temporalmente inhabitables y necesitan reparaciones, dentro del casco fundido de nuestra espacionave. Salimos del hiperespacio demasiado cerca de un planeta. Este planeta. Nos hemos estrellado.

- ¿Dónde? ¿Quieres decir que hay realmente una espacionave cerca de aquí? ¿Dónde? - Los ojos de Elmo casi salían de sus órbitas mientras se dirigían al perro.

- Eso no te importa, Terrestre. Si la nave fuese descubierta y examinada por vosotros, posiblemente descubriríais el secreto de los viajes espaciales antes de que estéis preparados para ello. La estructura cósmica sería quebrantada. - Luego gruñó -: Tal como están las cosas ya hay bastantes guerras cósmicas ahora. Nosotros estábamos huyendo de una nave de Betelgeuse cuando salimos del hiperespacio dentro de vuestra atmósfera.

- Elmo - dijo Dorothy -. ¿De qué Belén estáis hablando? ¿No era todo bastante absurdo antes de que empezara a hablar de una nave de Belén?

- No - dijo Elmo con resignación. -. Se ve que no lo era -. Porque en aquel momento una ardilla acababa de entrar en la habitación a través de un agujero que había en la tela metálica de la puerta.

La ardilla dijo:

- Salud, señores. Hemos recibido tu menzaje, Uno.

- Ves lo que quiero decir - dijo Elmo.

- Todo va bien, Cuatro - dijo el Doberman -. Esta pareja servirá para nuestro propósito perfectamente. Te presento a Elmo Scott y a Dorothy Scott; no la llames Toots.

- Zi zeñor. Mucho guzto de conozerles.

La boca del Doberman volvió a abrirse como si riera. Esta vez no podía haber error.

- Quizá será mejor que explique el acento de Cuatro - dijo -. Nos hemos separado, cada uno de nosotros entrando en el cuerpo de una criatura de baja mentalidad y, desde ese punto de observación, nos hemos puesto en contacto con la mente de algún miembro de la especie dominante, aprendiendo de esta mente su lenguaje, su nivel de inteligencia y el grado de su imaginación. Entiendo de vuestra reacción, que Cuatro ha aprendido el idioma de alguna mente que lo habla de un modo ligeramente diferente de vosotros.

- Dezde luego - dijo la ardilla.

Elmo se estremeció.

- No es que supiera que lo hagáis, pero tengo curiosidad por saber por qué no habéis entrado en el cuerpo de uno de la raza dominante, directamente.

El perro pareció ofendido. Era la primera vez que Elmo veía a un perro ofendido, pero el Doberman se las arregló para dar esa impresión.

- Eso es algo que no debe ni pensarse - declaró -. La ética universal nos impide el entrar en posesión de cualquier criatura que tenga una inteligencia por encima del nivel cuarto. Los de Andrómeda estamos en el nivel veintitrés y veo que los Terrestres tenéis...

- ¡Espera! - dijo Elmo -. No me lo digas. Puede darme un complejo de inferioridad. ¿O quizá no?

- Pienso que zí lo haría - dijo la ardilla.

El Doberman dijo:

- De modo que podéis comprender que no es simplemente coincidencia que nosotros los monstruos de otro mundo nos manifestemos a ti, que eres un escritor de lo que llamáis fantasía científica. Hemos estudiado muchas mentes y la tuya es la primera que hemos encontrado capaz de aceptar el hecho de que somos visitantes de Andrómeda. Si mi compañero Cuatro, por ejemplo, hubiese tratado de explicar la situación a la mujer cuya mente ha estudiado, ella probablemente se hubiese vuelto loca.

- Zin duda - dijo la ardilla.

Una gallina metió la cabeza por el agujero de la puerta, cacareó, volvió a retirarse.

- Por favor, dejad entrar a Tres - dijo el Doberman -. Temo que no os será posible comunicaros directamente con él. Nos hemos encontrado con que la operación necesaria para modificar la estructura de la garganta de este animal, para que pueda hablar vuestro idioma, requiere una técnica bastante complicada. Además eso no importa mucho. Puede comunicarse telepáticamente con uno de nosotros, y nosotros podremos transmitir sus comentarios hasta vosotros. Por el momento os envía sus saludos y os pide que abráis la puerta.

El cacareo de la gallina - Elmo se dio cuenta de que se trataba de un gran ejemplar negro - sonaba irritado y Elmo dijo:

- Será mejor que abras la puerta, Toots.

Dorothy Scott se levantó de las rodillas de Elmo y abrió la puerta. Luego volvió el rostro asustado hacia Elmo y luego se dirigió al Doberman.

- Hay una vaca que atraviesa el jardín y se dirige hacia aquí - dijo -. No me vas a decir que ella...

- Él - corrigió el Doberman -. Sí, ése debe ser Dos. Y dado que vuestro idioma es completamente inadecuado, ya que solamente dispone de dos géneros, quizás será mejor que nos llaméis a todos nosotros por «él». Nos ahorrará confusiones. Desde luego, nosotros tenemos cinco sexos diferentes, como ya os he explicado.

- No nos has aclarado este punto todavía - dijo Elmo, interesado.

Dorothy dirigió una breve mirada a Elmo.

- Será mejor que no lo explique. ¡Cinco sexos diferentes! Y todos viviendo juntos en la misma espacionave. Supongo que son necesarios los cinco para... uh...

- Exactamente - dijo el Doberman -. Y ahora, si me haces el favor de abrir la puerta a Dos, estoy seguro que...

- ¡No lo haré! - dijo Dorothy - ¿Hacer entrar a una vaca? ¿Crees que estoy loca?

- Nosotros podemos hacer que lo seas - dijo el perro. Elmo miró del perro a su esposa.

- Más vale que abras la puerta, Dorothy - aconsejó.

- Excelente consejo - dijo el Doberman -. Incidentalmente, quiero deciros que no vamos a abusar de vuestra hospitalidad, ni os pediremos que hagáis nada que no sea razonable.

Dorothy abrió la puerta y la vaca entró agitando la cola.

Miró a Elmo y luego dijo:

- ¿Qué hay, amigazo? ¿Qué vientos soplan por aquí?

Elmo cerró los ojos.

El Doberman le preguntó a la vaca:

- ¿Dónde está Cinco? ¿Has estado en contacto con él?

- Yeah - dijo la vaca -. Viene. El tipo a quien estudié había cogido un tablón, Uno. ¿Quiénes son esos muñecos?

- El que lleva pantalones es un escritor - dijo el perro -. El que lleva faldas es su esposa.

- ¿Qué es una esposa? - dijo la vaca. Lanzó a Dorothy una mirada que la hizo sonrojar -. Me gustan más las faldas - dijo -. Hola, guapa.

Elmo saltó de su silla y se dirigió a la vaca.

- Oye, tú... - Ya no pudo decir más. Su ira se disolvió en risa, casi risa histérica, y volvió a dejarse caer en la silla.

Dorothy lo miró indignada.

- ¡Elmo! Es que vas a permitir que una vaca...

Casi se ahogó con esa palabra cuando vio el rostro de Elmo, y luego ella también empezó a reír. Se dejó caer en las rodillas de Elmo tan fuerte que éste gimió.

El Doberman también estaba riendo.

- Celebro que vosotros tengáis ese sentido del humor - dijo con aprobación -. En realidad, ésa es una razón por la que os hemos escogido a vosotros. Pero vamos a ser serios por un momento.

Ahora no había ni rastro de risa en su voz. Dijo:

- No haremos daño a ninguno de los dos, pero seréis vigilados. No os acerquéis al teléfono ni abandonéis la casa mientras nosotros estemos aquí. ¿Está claro?

- ¿Cuánto tiempo vais a estar aquí? - dijo Elmo -. Sólo tenemos comida para unos cuantos días.

- Eso será suficiente. Podremos construir una nueva espacionave en cuestión de horas. Veo que eso te sorprende; debo explicar que trabajaremos en una dimensión más lenta.

- Comprendo - dijo Elmo.

- ¿De qué está hablando, Elmo? - dijo Dorothy.

- Una dimensión más lenta - dijo Elmo -. Yo mismo la usé en una de mis novelas. Uno se traslada a otra dimensión donde la velocidad del tiempo es diferente; pasas un mes allí y regresas sólo unos cuantos minutos u horas después, de acuerdo con el tiempo transcurrido en tu propia dimensión.

- ¿Y tú inventaste eso? Elmo, qué maravilloso.

Elmo sonrió al Doberman y dijo:

- ¿De modo que eso es todo lo que queréis? ¿Que os dejemos estar aquí hasta que hayáis construido una nave? ¿Y que os dejemos tranquilos y no avisemos a nadie que tenemos visitantes de otro mundo?

- Exactamente. - El perro parecía estar muy satisfecho - Y no os molestaremos sin necesidad. Pero os vigilaremos. Cinco o yo haremos la guardia.

- ¿Cinco? ¿Dónde está?

- No os alarméis, en este momento está debajo de vuestra silla, pero no os causará ningún daño. No os fijasteis cuando entró por el agujero de la puerta hace unos instantes. Cinco, te presento a Elmo y Dorothy Scott. No la llames Toots.

Hubo un rápido sonido como de castañuelas debajo de la silla. Dorothy gritó y levantó los pies hasta las rodillas de Elmo. Elmo trató de hacer lo mismo con los suyos, con unos resultados sorprendentes.

Hubo una risa sibilante que emergía de debajo de la silla. Una voz silbante dijo:

- No oss preocupéiss amigoss. Yo no ssabía hasta ahora que lo acabo de leer en vuesstras mentess, que el mover mi cola de esste modo era un avisso de que iba a... Pienssa en la palabra por mí. Graciass. Atacar.

Una serpiente de cascabel de casi dos metros se arrastró de debajo de la silla y se enroscó al lado del Doberman.

- Cinco no os hará daño - dijo el perro -. Ninguno de nosotros lo intentará.

- Zeguro, no oz molestaremos - dijo la ardilla.

La vaca se reclinó en la pared, cruzó sus patas delanteras y dijo:

- Por éstas, amigazos. - El o ella miró evidentemente a Dorothy y dijo -: Guapa, no debes preocuparte por eso que piensas. Estoy domesticado. - Luego empezó a rumiar tranquilamente.

- Tú mismo has hecho bromas peores que ésta - dijo el Doberman - Y es de admirar que Dos pueda gastar bromas en un idioma que acaba de aprender. Puedo ver una pregunta en tu mente. Por qué seres de inteligencia muy desarrollada deben tener un sentido del humor proporcionado. La respuesta es obvia si piensas en ello; ¿no es cierto que tu propio sentido del humor está más desarrollado que el de las criaturas que tienen menos inteligencia que tú?

- Sí - admitió Elmo -. Pero quisiera preguntar algo más. Andrómeda es una constelación, no una estrella. Sin embargo me dijiste que vuestro planeta es Andrómeda II. ¿Cómo es posible?

- En realidad venimos del planeta de una estrella en Andrómeda para la cual no tenéis nombre; está demasiado lejos para que aparezca en vuestros telescopios. Simplemente la llamé por un nombre que sería familiar para vosotros. Para vuestra comodidad llamé a la estrella según la constelación.

Cualquier sospecha - de qué, no podía decirlo - que Elmo Scott tuviera, se acababa de evaporar.

La vaca se enderezó.

- Bueno, ¿qué esperamos para largarnos?

- Nada, supongo - dijo el doberman -. Cinco y yo nos turnaremos en la guardia.

- Id adelante y empezad a trabajar - dijo la serpiente de cascabel -. Yo haré la primera guardia. Media hora; eso os dará un mes allí.

El Doberman asintió. Se levantó dirigiéndose a la puerta, que abrió con el morro después de levantar el pestillo con la cola. La ardilla, la gallina y la vaca le siguieron.

- Ya nos veremos, guapa - dijo la vaca.

- Hazta luego, zeñores - dijo la ardilla.

Casi dos horas después, el Doberman que estaba entonces de guardia, levantó la cabeza repentinamente.

- Ya se van - dijo.

- ¿Cómo? - dijo Elmo Scott.

- Su nueva espacionave acaba de despegar. Ha entrado en el hiperespacio y está acelerando hacia Andrómeda.

- Has dicho su nave. ¿Por qué no has ido con ellos?

- ¿Yo? Desde luego que no voy. Yo soy Rex, tu perro. ¿No te acuerdas? Sólo que Uno, el que usaba mi cuerpo, me ha dejado una comprensión de lo sucedido y un bajo nivel de inteligencia.

- ¿Un bajo nivel?

- Parecido al tuyo, Elmo. Dice que se desvanecerá, pero no hasta que te lo haya explicado todo. ¿Qué te parece si me das comida? Estoy hambriento. ¿Quieres darme la comida, Toots?

Elmo dijo:

- No llames a mi esposa... Dime, ¿eres realmente Rex?

- Desde luego que soy Rex.

- Dale la comida, Toots - dijo Elmo -. Espera, tengo una idea. Vamos todos a la cocina de modo que podamos seguir hablando.

- ¿No me darás doble ración? - preguntó el Doberman.

Dorothy estaba sacando la comida del perro de la nevera.

- Desde luego, Rex.

El perro se colocó en su rincón de la cocina.

- Qué te parece si preparas algo de comer para nosotros, Toots - sugirió Elmo -. Estoy hambriento. Mira, Rex, ¿cómo es que se fueron de este modo, sin despedirse de nosotros?

- Me dejaron a mí para deciros adiós de su parte. Y te hicieron un favor, Elmo, para compensarte por tu hospitalidad. Uno te examinó el cerebro y encontró la barrera psicológica que te ha impedido el idear nuevos argumentos para tus novelas. La destruyó. De modo que ahora podrás escribir de nuevo. Ni mejor ni peor que antes, quizá, pero al menos no te sentirás impotente, delante de una hoja de papel en blanco.

- Qué importa eso ahora - dijo Elmo -. ¿Qué hay de la nave que no pudieron reparar? ¿La dejaron aquí?

- Desde luego. Pero sacaron sus cuerpos y los repararon. Eran verdaderos monstruos, desde luego. Dos cabezas cada uno y cinco miembros y podían usarlos como piernas o como brazos; con seis ojos cada uno, tres en cada cabeza, colocados al extremo de largos tentáculos. Quisiera que los hubieras visto.

Dorothy estaba colocando la comida en la mesa.

- ¿No te importará una comida fría, Elmo? - preguntó.

Elmo la miró sin verla y dijo:

- ¿Eh? - y luego se volvió hacia el perro. El Doberman estaba en su rincón inclinado sobre una gran fuente de comida, que Dorothy acababa de poner en el suelo a su lado. Dijo:

- Gracias Toots - y empezó a tragar con gran ruido de mandíbulas. Elmo se preparó un sándwich y empezó a comer. El Doberman terminó su comida, bebió algo de agua y se tendió a los pies de Elmo.

Elmo lo miró.

- Rex, si puedo encontrar la espacionave que abandonaron no tendré que volver a escribir historias - dijo -. Puedo hallar bastantes cosas dentro para... Oye, voy a hacerte una proposición.

- Ya sé - dijo el Doberman - Si te digo dónde está, buscarás «una» Doberman para que tenga compañía y te dedicarás a la cría de perritos Doberman. Bien, quizá no lo sabes, pero de todos modos vas a hacer precisamente esto. El monstruo llamado Uno puso esa idea en tu cabeza; me dijo que yo también tenía que sacar algo de provecho de todo este asunto.

- Conforme, pero ¿me dirás dónde está el aparato?

- Te lo diré, ahora que te has terminado ese sándwich. Era algo que parecía una mota de polvo, si la hubieses visto, encima del pedazo de jamón cocido que te has comido. Era casi submicroscópico. Te lo acabas de tragar.

Elmo Scott se llevó las manos a la cabeza. La boca del Doberman estaba abierta; cualquiera habría dicho que se estaba riendo de él.

Elmo lo amenazó con un dedo.

- ¿Quieres decir que tendré que seguir escribiendo novelas toda mi vida?

- ¿Y por qué no? - preguntó el Doberman -. Ellos decidieron que realmente serías más feliz de ese modo, y con la barrera psicológica destruida no te será difícil. Ya no tendrás que empezar por: - Ya es tiempo que todos los hombres buenos... - Incidentalmente, no fue ninguna casualidad que sustituyeras monstruos por hombres; fue la idea de Uno. Ya se encontraba aquí, en mi interior, observándote. Y divirtiéndose mucho, además.

Elmo se levantó y empezó a pasearse por la cocina.

- Parece que han sido más listos que yo en todo, excepto en una cosa, Rex - murmuró - Esto no me lo podrán quitar, si tú cooperas.

- ¿Cómo?

- Podemos ganarnos una fortuna. ¡Rex, el único perro del mundo que habla! Puedo darte collares con diamantes incrustados y podrás comer bistecs de ternera y todo lo que quieras. ¿Lo harás?

- ¿Si haré el qué?

- Hablar.

- Woof - dijo el Doberman.

Dorothy Scott miró a Elrno Scott.

- ¿Por qué has hecho eso, Elmo? Siempre me has dicho que no le pidiese que hiciera nada.

- No sé - dijo Elmo -. Se me ha olvidado. Bien, creo que lo mejor será que vuelva a escribir mi novela. - Pasó por encima del perro y se dirigió a la máquina de escribir en la otra habitación.

Se sentó delante de ella y luego llamó.

- Eh, Toots.

Dorothy entró y se puso a su lado.

Elmo dijo:

- Creo que tengo una idea. Esa frase de «Ya es tiempo que todos los monstruos buenos vengan en ayuda de Elmo Scott» contiene una idea estupenda. Casi puedo sacar el título de ahí. «Los Monstruos Risueños». Se trata de un individuo que quería escribir una novela de fantasía científica y de repente su... uh... perro. Puedo hacer que sea un Doberman como Rex y... Bien, espera hasta que la leas.

Puso una hoja limpia de papel en la máquina y escribió el título:


LOS MONSTRUOS SONRIENTES

Harry Harrison - EL MECÁNICO



El viejo tenía cara de pocos amigos, lo cual significaba que alguien iba a pasar un mal rato. Dado que estábamos solos, no se necesitaba una gran dosis de inteligencia para imaginar que ese alguien sería yo. Me adelanté a hablar, por aquello de que la mejor defensa es un buen ataque.

- Me marcho. No se moleste en decirme el desagradable trabajo que ha inventado para mí, puesto que me marcho, y no querrá usted revelarle los secretos de la compañía a una persona que ha dejado de pertenecer a ella...

El rostro del viejo se distendió en una amplia sonrisa y me pareció oírle cloquear mientras pulsaba un botón de su escritorio. Uno de los cajones de la mesa se abrió y el viejo sacó de él un grueso documento legal.

- Este es su contrato - dijo -. Establece cómo y hasta cuándo trabajará usted aquí. Un contrato encuadernado en acero y vanadio que no podría usted romper con una trituradora molecular.

Me incliné rápidamente, cogí el contrato y lo lancé al aire con un solo movimiento. Antes de que llegara al suelo había desenfundado mi Solar y, disparando contra él, lo reduje a cenizas.

El viejo volvió a apretar el botón y sacó otro contrato del cajón. Su sonrisa se hizo más amplia si cabe.

- Tenía que haber dicho un duplicado de su contrato... como éste.

Hizo unas rápidas anotaciones.

- Le descontarán trece créditos de su sueldo por el importe del contrato que ha destruido... así como cien créditos de multa por disparar un Solar en el interior de un edificio.

Me dejé caer sobre una silla derrotado, esperando que descargara el golpe. El viejo palmeó cariñosamente mi contrato.

- De acuerdo con este documento, no puede usted marcharse. Nunca. En consecuencia, tengo un pequeño trabajo que creo va a gustarle. Un trabajo de reparación. La baliza luminosa de Centauro se ha apagado. Es una baliza Mark III...

- ¿Qué clase de baliza? - pregunté.

Había reparado balizas hiperespaciales de un extremo a otro de la Galaxia y estaba convencido de haber trabajado en todos los tipos o modelos que se habían fabricado. Pero nunca había oído hablar de aquélla.

- Una Mark III - repitió el viejo socarronamente -. Creo que es el tipo más antiguo de baliza que se ha fabricado... y en la Tierra nada menos. Teniendo en cuenta su emplazamiento en uno de los planetas del Centauro, no me extrañaría nada que fuera la primera baliza espacial que se instaló.

Contemplé las fotografías que me entregó el viejo y me estremecí de horror.

- ¡Esto es una monstruosidad! Parece más una destilería que una baliza... y por lo menos tiene quinientos metros de altura. Soy mecánico, no arqueólogo. Este montón de chatarra tiene más de dos mil años. Será mejor darlo de baja e instalar una baliza nueva.

El viejo se inclinó por encima de su mesa, echándome el aliento a la cara.

- Costaría un año instalar una baliza nueva..., además de ser demasiado cara..., y esa reliquia se encuentra en una de las principales rutas. En la actualidad algunas de nuestras naves se ven obligadas a dar un rodeo de quince años-luz.

Volvió a echarse hacia atrás, se secó las manos en su pañuelo y me recitó el Párrafo Cuarenta y Cuatro de las Obligaciones de la Compañía.

- Este departamento recibe el nombre oficial de Mantenimiento y Reparación, cuando en realidad tendría que llamarse Fuente de Complicaciones. Las balizas hiperespaciales están fabricadas para durar eternamente... o casi eternamente. Cuando una de ellas se estropea, no es nunca un accidente, y repararla no es nunca un asunto sin importancia.

Me lo estaba diciendo a mí... el tipo que hacía todo su trabajo sentado cómodamente en una oficina dotada de aire acondicionado.

Empezó a divagar.

- ¡Cómo me gustaría mandar todo esto al diablo! Me dedicaría tranquilamente a la construcción de naves y me ahorraría muchos quebraderos de cabeza. Pero las cosas son como son. Y ahora poseo una flota de naves que están equipadas para hacerlo casi todo... manejadas por un montón de irresponsables como usted.

Asentí lúgubremente a su índice acusador.

- ¡Cómo me gustaría prenderles fuego a todos ustedes! Pilotos, mecánicos, soldados y cuantos intervienen en las reparaciones. Tengo que intimidar, sobornar y chantajear a la gente para que haga un sencillo trabajo. Si usted está asqueado, imagine cómo estaré yo. ¡Pero las naves tienen que seguir viajando! ¡Las balizas tienen que funcionar!

Era una despedida, y me apresuré a ponerme en pie. El viejo me entregó las notas acerca del Mark III y dedicó su atención a otros papeles, como si yo hubiera dejado de existir. En el instante en que llegaba a la puerta, el viejo alzó la mirada y me apuntó de nuevo con su índice.

- Y no se haga ilusiones vanas sobre la posibilidad de eludir su contrato. Podemos retener la cuenta corriente que posee en el Banco de Algol II mucho antes de que usted consiga sacar el dinero.

Sonreí sin demasiadas ganas, lo reconozco, como si nunca se me hubiese ocurrido la idea de mantener en secreto aquella cuenta. Mientras me dirigía hacia el vestíbulo traté de imaginar un medio de transferir el dinero subrepticiamente... sabiendo que en aquel mismo instante el viejo estaba planeando algún medio para evitarlo.

El asunto resultaba muy deprimente, de modo que me detuve a echar un trago antes de dirigirme al espaciopuerto.


Cuando la nave estuvo dispuesta, yo tenía ya una ruta trazada. La baliza más próxima a la averiada de Centauro se encontraba en uno de los planetas de Beta Circinus, y hacia allí debía encaminarme primero. Un corto viaje de sólo nueve días por el hiperespacio.

Para comprender la importancia de las balizas hay que comprender el hiperespacio. No es que haya mucha gente que lo entienda, pero resulta bastante fácil darse cuenta de que en ese no-espacio las normas ordinarias no tienen aplicación. La velocidad y las medidas son un problema de afinidad y no hechos constantes.

Las primeras naves que entraron en el hiperespacio no tenían ningún lugar adonde ir... ni ningún medio para saber si se habían movido. Las balizas resolvieron aquel problema y abrieron todo el universo. Están construidas sobre planetas y generan enormes cantidades de energía. La energía es convertida en radiaciones que son proyectadas a través del hiperespacio. Cada baliza tiene un código de señales que forma parte de sus radiaciones y representa un punto mensurable en el superespacio. La triangulación y la cuadratura de las señales de la baliza para convertirlas en datos destinados a la navegación se llevan a cabo de acuerdo con sus propias reglas. Las reglas son complicadas y variables, pero al fin y al cabo son reglas que un navegante puede seguir.

Para un salto hiperespacial son necesarias por lo menos cuatro balizas para una exacta orientación. Si se trata de un viaje largo, los navegantes utilizan hasta siete u ocho. De modo que cada una de las balizas es importante y todas tienen que estar funcionando. De atender a su funcionamiento nos encargamos los otros mecánicos y yo.

Viajamos en naves perfectamente equipadas con todo el material necesario; sólo un hombre en cada nave, porque la pesada maquinaria destinada a la reparación no deja espacio para más. Debido a la verdadera naturaleza de nuestro trabajo, pasamos la mayor parte del tiempo volando a través del espacio normal. Después de todo, cuando una baliza sufre una avería, ¿cómo puede ser localizada? A través del hiperespacio no, desde luego. Lo único que puede hacerse es acercarse el máximo a ella utilizando otras balizas y luego terminar el viaje por el espacio normal. Esto puede exigir meses enteros de navegación, y a menudo los exige.

El trabajo que me había encargado el viejo no parecía ofrecer perspectivas demasiado desagradables. Partiendo de los supuestos que me facilitó la baliza de Beta Circinus, le planteé un complicado problema de ocho incógnitas al piloto automático, utilizando como puntos de referencia todas las balizas a las cuales podía llegar. El piloto me proporcionó una ruta con un aproximado punto de llegada; con un factor de seguridad que formaba parte de la estructura y que yo no podía eliminar de la máquina.

Hubiera preferido correr el riesgo de estrellarme contra un planeta próximo a pasar el tiempo enjaulado a través del espacio normal. Pero, al parecer, la técnica sabía también esto. El piloto automático proporcionaba siempre un factor de seguridad, de modo que uno no podía meterse dentro de un sol, por mucho que lo intentara. Estoy convencido de que al prever aquel factor de seguridad la técnica no obedeció a motivos humanitarios. Lo único que le importaba a la técnica era no perder la nave.


A través de un salto de veinticuatro horas el robot analizador escudriñó todas las estrellas, comparándolas con el espectro del Próximo Centauro. Finalmente hizo sonar un timbre y parpadear una luz. Miré a través del ocular.

Una última lectura con la fotocélula me dio la magnitud aparente, y una comparación con su magnitud absoluta mostró su distancia. No era tan larga como yo había creído: un vuelo de seis semanas, día más día menos. Después de marcar un rumbo en el piloto automático me introduje en el tanque de aceleración y me quedé dormido.

El tiempo transcurrió rápidamente. Rellené mi cámara por vigésima vez y casi terminé un curso de física nuclear por correspondencia. La mayoría de los mecánicos siguen esos cursos. Tienen un valor en sí mismos, ya que uno no sabe nunca qué clase de extraños elementos tendrá que manejar. Además, la compaña le paga a uno de acuerdo con las especialidades que domina. Todo esto, unido a un poco de pintura al óleo y unos ejercicios de gimnasia, me ayudó a pasar el tiempo. Estaba dormido cuando sonó el timbre de alarma que anunciaba la presencia de un planeta.

El planeta dos, donde según los antiguos mapas estaba situada la baliza, era una especie de globo de aspecto húmedo y pulposo. Trabajé duramente para poder utilizar con provecho las antiguas directrices, y finalmente localicé la zona correcta. En este oficio se aprende muy pronto cuándo y dónde se arriesga la propia piel. Por lo tanto, envié un Ojo Volador a la atmósfera exterior para que efectuara una investigación preliminar.

Los que habían instalado la baliza habían sido lo suficientemente perspicaces como para escoger un lugar fácilmente localizable, equidistante sobre una línea entre dos de los picos montañosos más altos. Tras haber localizado los picos, hice que el Ojo recorriera la distancia existente entre el primero y el segundo. El Ojo tenía un hocico y una cola de radar, y procuré que coincidieran respectivamente con cada uno de los picos. Al producirse la coincidencia corté los controles del Ojo y empecé a descender.

Desconecté el radar, conecté el tele-explorador y me senté a esperar que la baliza apareciera en la pantalla.

La imagen parpadeó, quedó automáticamente enfocada... y una gran pirámide apareció en la pantalla. Refunfuñando, hice girar el Ojo en círculos, examinando el terreno circundante. Era un terreno llano, pantanoso, sin la menor elevación. Lo único que sobresalía en un radio de diez millas era aquella pirámide..., que decididamente no era mi baliza.

¿O acaso lo era?

Hice descender más el Ojo. La pirámide era un burda construcción de piedra, completamente lisa. En la cima se divisaba un débil resplandor. La examiné más de cerca. En la cumbre de la pirámide había una cavidad llena de agua. Al verla me pareció recordar algo.

Fijando el Ojo en una ruta circular, rebusqué entre los planos del Mark III... y allí estaba. La baliza tenía un plano de sedimentación y encima de él una cavidad destinada a contener agua; el agua era utilizada para enfriar el reactor que proporcionaba energía al monstruo. Si el agua estaba aún allí, la baliza también estaba allí... en el interior de la pirámide. Los indígenas, que no habían sido mencionados por los imbéciles que construyeron la cosa, habían edificado una hermosa y recia pirámide de piedra alrededor de la baliza.

Dirigí otra mirada a la pantalla y comprobé que había fijado el Ojo en una órbita circular a unos veinte pies sobre la pirámide. La cima del montón de piedra estaba ahora cubierta de una especie de lagartos, al parecer las formas de vida locales. Iban armados con lo que parecían ballestas y trataban de alcanzar al Ojo: una nube de flechas y de piedras volaba en todas direcciones.

Conecté el circuito que devolvería automáticamente el Ojo a la nave.

A continuación me dirigí a la cocina para echar un buen trago. Mi baliza no sólo estaba encerrada en el interior de una montaña de piedra hecha a mano, sino que mi presencia había conseguido irritar a los seres que la habían construido. Un buen comienzo para un trabajo; un comienzo capaz de inducir a un hombre más fuerte que yo a buscar consuelo en la bebida.

Normalmente un mecánico permanece alejado de las civilizaciones indígenas. Son veneno puro. A los antropólogos puede no importarles que les diseccionen en beneficio de su ciencia, pero un mecánico no está dispuesto a ninguna clase de sacrificio por su trabajo. Por este motivo la mayoría de las balizas están situadas en planetas deshabitados. Si una baliza tiene que ser instalada en un planeta habitado, suele colocarse en algún lugar inaccesible.

Los motivos de que aquella baliza hubiera sido instalada al alcance de las garras locales se me escapaban de momento. A su debido tiempo me interesaría por ellos. Lo primero que tenía que hacer era establecer contacto. Para establecer contacto tiene uno que conocer el idioma local.

Y para esto hacía mucho tiempo que yo había ideado un sistema a prueba de imprudencias.

Tenía un «espía» que había construido yo mismo. Parecía un trozo de roca de un pie de longitud aproximadamente. Una vez en el suelo pasaba completamente inadvertido, pero resultaba un poco desconcertante verlo flotar. Localicé una ciudad indígena a unos mil kilómetros de distancia de la pirámide y dejé caer el Ojo. Aterrizó de noche a orillas del revolcadero de fango local. Allí acudirían a revolcarse los indígenas en gran número durante el día. Por la mañana, cuando llegaron los primeros indígenas, puse en marcha el aparato de grabación.

Al cabo de unos cinco días locales tenía un mar de conversación indígena en el archivador de la máquina de traducir y había anotado unas cuantas frases. Esto resulta muy fácil cuando se dispone de una máquina archivadora. Uno de los lagartos le gargarizó algo a otro, y el segundo se volvió en redondo. Anoté aquella expresión con la frase: «¡Eh, George!», y esperé una oportunidad para utilizarla. Aquel mismo día, más tarde, divisé a uno de ellos que iba solo y le grité: «¡Eh, George!» La frase gargarizó a través del altavoz en el idioma local y el lagarto se volvió en redondo.

Cuando uno tiene suficientes frases de referencia como ésta en el archivador de la máquina de traducir, la máquina se encarga de llenar las lagunas existentes. En cuanto la MT fue capaz de traducir de corrido cualquier conversación que oyera, pensé que había llegado el momento de establecer contacto.

Lo encontré con bastante facilidad. Era una versión centáurica de un pastor: apacentaba un rebaño de una forma de vida local especialmente repugnante, en las marismas situadas en las afueras de la ciudad.

Yo tenía uno de los Ojos oculto en una especie de caverna y aguardé a que pasara por delante de ella.

Esto ocurrió al día siguiente. Susurré por el micrófono:

- ¡Bienvenido, nieto pastor! El espíritu de tu abuelo te habla desde el paraíso.

El pastor se detuvo como si acabaran de pegarle un tiro. Antes de que pudiera moverse pulsé un interruptor, y un montón de dinero local, una especie de conchas de diversos colores, salió rodando de la cueva y aterrizó a sus pies.

- Ahí va algún dinero del paraíso, porque has sido un buen muchacho. - No procedía del paraíso, desde luego: la noche anterior lo había extraído de la Tesorería -. Vuelve mañana y charlaremos un poco - le grité a la figura que se alejaba precipitadamente.

Me complació muchísimo comprobar que antes de emprender la huida recogía el dinero.

Después de aquello el Abuelo del paraíso sostuvo muchas conversaciones íntimas con su Nieto, el cual no pudo resistir la tentación del dinero celeste. El Abuelo no había estado en contacto con las cosas desde su muerte, y el Pastor se alegró de poder satisfacer su curiosidad.

Me enteré de todo lo que necesitaba saber acerca de la historia, pasada y reciente, de aquel pueblo, y la información que obtuve no fue precisamente agradable.

Además de la pirámide construida alrededor de la baliza había una pequeña guerra alrededor de la pirámide.

Todo había empezado con el seísmo. Al parecer, los lagartos locales vivían en las distantes marismas cuando fue instalada la baliza, pero los constructores no les habían dado demasiada importancia. Eran una raza inferior que habitaba en un lejano continente. La idea de que la raza pudiera desarrollarse y llegar hasta aquel continente no se les había ocurrido a los mecánicos de la baliza. Pero eso fue precisamente lo que sucedió.

Un pequeño seísmo geológico formó un puente de tierra entre los dos continentes, y los lagartos empezaron a afluir al valle de la baliza. Y encontraron un brillante templo de metal del cual fluía un continuo chorro de agua mágica; el agua destinada a enfriar el reactor, que se renovaba a través de un condensador atmosférico instalado en el techo. La radiactividad del agua no perjudicaba a los indígenas. Produjo algunas mutaciones que resultaron beneficiosas.

Se edificó una ciudad alrededor del templo y, con el paso de los siglos, fue alzándose la pirámide alrededor de la baliza. Una categoría especial de sacerdotes servía al templo. Todo marchó bien hasta que uno de los sacerdotes violó el templo y destruyó las aguas sagradas. Desde entonces se habían producido revueltas, asesinatos y destrucciones. Pero las aguas sagradas no volvieron a fluir. Ahora, muchedumbres armadas luchaban alrededor del templo todos los días y un grupo de sacerdotes vigilaba la fuente sagrada.

Y yo tenía que meterme en medio de aquel jaleo y reparar la baliza.

La cosa hubiera resultado bastante fácil de haber tenido cierta libertad de acción. Hubiera podido hacer una fritada de lagartos, arreglar la baliza y largarme. Pero las «formas de vida indígenas» estaban muy bien protegidas. En mi nave había células espías, las cuales no había conseguido localizar en su totalidad, y a mi regreso proporcionarían un interesante informe de mis actividades.

Había que emplear la diplomacia. Suspiré y saqué el equipo de plasticarne.

Utilizando como modelo tres instantáneas que había tomado del Pastor, moldeé una pasable cabeza de reptil sobre mis propias facciones. La quijada quedaba un poco corta, ya que yo no poseía sus dentadas mandíbulas, pero esto no tenía demasiada importancia. Mi aspecto no tenía que ser exactamente igual que el suyo, sino únicamente perecido, lo suficiente para tranquilizar a los indígenas. Es natural. Si yo fuera un ignorante aborigen de la Tierra y me tropezara con un Espicano, cuyo aspecto recuerda el de un pez disecado, echaría a correr inmediatamente. Pero si el Espicano llevara un vestido de plasticarne que le diera un aspecto vagamente humanoide, no vacilaría en acercarme a él para entablar conversación por lo menos. Esto era lo que yo me proponía hacer.

Cuando estuvo modelada la cabeza, la uní a un atractivo traje de plástico verde, añadiéndole una cola. Estaba realmente satisfecho de que aquellos seres tuvieran cola. Los lagartos no iban vestidos y yo deseaba llevarme un montón de equipo electrónico. Moldeé la cola sobre un armazón de metal, y en el hueco así formado introduje todo el material que podía necesitar. A continuación me puse el traje.

Me contemplé en un espejo. El efecto era horrible, pero eficaz. La cola arrastraba por el suelo, pero esto hacía mayor el parecido.

Aquella noche llevé la nave hacia las colinas más próximas a la pirámide, un lugar seco al que los anfibios indígenas no se acercarían. Un poco antes del amanecer, el Ojo me cogió por debajo de los hombros y emprendimos el vuelo. Planeamos por encima del templo, a unos dos mil metros, hasta que se hizo de día, y entonces nos dejamos caer.

Nuestra llegada debió constituir un gran espectáculo. El Ojo estaba camuflado para que pareciera un lagarto volador, una especie de pterodáctilo de cartón, y sus alas, que se agitaban lentamente, no tenían nada que ver con nuestro vuelo, desde luego. Pero bastaba para impresionar a los indígenas. El primero que tropezó conmigo se puso a gritar y cayó de espaldas. Los otros llegaron corriendo. Se apelotonaron unos encima de otros, y cuando aterricé en la plaza, situada enfrente del templo, llegaban los sacerdotes.

Plegué mis brazos en un saludo regio.

- ¡Salud, oh nobles servidores del Gran Templo! - dije.

Desde luego no lo dije en voz alta, sino que me limité a susurrarlo para que pudiera ser captado por el micrófono que llevaba oculto en el cuello. El micrófono trasladó mis palabras a la MT, y la traducción surgió por el altavoz que llevaba en la mandíbula.

Los indígenas parlotearon y la traducción surgió casi instantáneamente. Tenía el volumen muy alto y toda la plaza resonó.

Algunos de los más crédulos se aplastaron contra el suelo y otros huyeron gritando. Un tipo receloso levantó una lanza, pero nadie volvió a intentarlo después de que el Ojo pterodáctilo hubo agarrado al belicoso indígena para dejarlo caer en una charca.

Aprovechando la sorpresa general, me acerqué a las puertas del templo.

- He de hablar con vosotros, nobles sacerdotes - dije.

Y antes de que encontraran una respuesta adecuada me había colado en el templo.

El templo era un pequeño edificio construido contra la base de la pirámide, y esperé no quebrantar demasiados tabúes entrando en él. Nadie me detuvo, de modo que la cosa parecía marchar bien. Me encontré en una sala de forma alargada, con una especie de piscina en uno de los extremos. En la piscina chapoteaba un viejo reptil, uno de los jefes evidentemente. Me dirigí hacia él. Me acogió con una mirada fría, de pez, y luego gruñó algo.

La MT susurró a mi oído:

- ¡En nombre de los trece pecados! ¿Quién eres y qué estás haciendo aquí?

Erguí mi escamosa figura en un noble gesto y señalé hacia el techo.

- He venido en nombre de tus antepasados para ayudarte. Estoy aquí para reparar las Aguas Sagradas.

Esto despertó un murmullo de conversaciones detrás de mí, pero no pareció convencer al jefe. Se hundió lentamente en el agua hasta que sólo fueron visibles sus ojos. Luego volvió a emerger y me apuntó con un dedo amenazador.

- ¡Eres un embustero! ¡Tú no eres ningún antepasado nuestro! Vamos a...

- ¡Un momento! - grité antes de que llegara tan lejos en sus palabras que le resultara imposible retroceder -. He dicho que tus antepasados me han enviado aquí en calidad de emisario... No soy uno de tus antepasados. No trates de hacerme ningún daño si no quieres que la cólera de los Muertos se vuelva contra ti.

Mientras pronunciaba estas palabras me volví hacia los otros sacerdotes, utilizando el movimiento para disimular el lanzamiento de una bomba de humo detrás de mí. La bomba abrió un hermoso agujero en el suelo, con un gran despliegue de ruido y de humo.

El Primer Lagarto supo entonces que yo hablaba en serio e inmediatamente convocó una reunión de sacerdotes. Tuvo lugar en la piscina pública, desde luego, y yo tuve que meterme en ella. Chapoteamos y gargarizamos durante una hora hasta dejar sentados los extremos más importantes de la operación.

Descubrí que todos ellos eran sacerdotes nuevos; los anteriores habían sido hervidos por haber permitido que las Aguas Sagradas dejaran de fluir. Yo les expliqué que estaba allí únicamente para ayudarles a recobrar las aguas. Cuando esto hubo quedado en claro salimos de la piscina dejando grandes charcos de agua y de fango en el suelo. Nos acercamos a una puerta cerrada y vigilada que conducía al interior de la pirámide. Mientras la abrían, el Primer Lagarto se volvió hacia mí.

- Ya debes de conocer la norma - me dijo -. Después de lo ocurrido con los antiguos sacerdotes fue ordenado que en adelante sólo los ciegos podrían entrar en el recinto sagrado.

Puedo jurar que al pronunciar aquellas palabras sonreía, si treinta dientes asomando por lo que parecía una raja en una vieja maleta pueden llamarse una sonrisa.

Hizo una seña a un sacerdote que se acercó portando un brasero de carbones encendidos lleno de hierros calentados al rojo. Dejó el brasero en el suelo, removió los carbones, sacó uno de los hierros y se volvió hacia mí. Estaba a punto de aplicar el hierro a uno de mis ojos cuando reaccioné.

- Desde luego - dije -, la norma es la ceguera. Pero, en mi caso, tendréis que cegarme antes de que abandone el sagrado recinto, no ahora. Necesito mis ojos para ver y reparar la Fuente de las Aguas Sagradas. Cuando las aguas vuelvan a fluir, yo mismo me aplicaré el hierro candente.

Tardaron medio minuto en digerir aquello, pero acabaron por reconocer que tenía razón. El verdugo local hizo una mueca de disgusto y añadió un poco más de carbón al brasero. La puerta se abrió de par en par y entré en la pirámide; a continuación la puerta volvió a cerrarse detrás de mí y me encontré a solas en la oscuridad.

Pero no por mucho tiempo... Oí un ruido cerca de mí y decidí encender mi linterna. Tres sacerdotes se acercaban al lugar donde me encontraba: las cuencas de sus ojos eran un deforme montón de carne quemada. Sabían lo que yo deseaba, y me señalaron el camino sin pronunciar una sola palabra.

Una agrietada escalera de piedra nos condujo ante una sólida puerta de metal, de la cual colgaba un letrero redactado con una escritura arcaica: BALIZA MARK III. PROHIBIDA LA ENTRADA A TODA PERSONA AJENA AL SERVICIO. Los constructores de la baliza habían confiado de un modo absoluto en la eficacia del letrero, ya que la puerta no tenía cerradura. Uno de los lagartos hizo girar el pomo y nos encontramos en el interior de la baliza.

Con los sacerdotes ciegos tropezando detrás de mí, localicé el cuarto de máquinas y encendí las luces. En las baterías de emergencia había un resto de carga, lo suficiente para proporcionar una débil claridad. Los reguladores e indicadores parecían encontrarse en buen estado; los revisé cuidadosamente y descubrí lo que ya había sospechado.

Uno de los lagartos había conseguido abrir una caja destinada a proteger los interruptores, los había estado manoseando y había cambiado accidentalmente la posición de uno de ellos: esto había producido el trastorno.

Mejor dicho, había iniciado el trastorno. La cosa no va a solucionarse volviendo a su posición normal el interruptor de la válvula del agua. Aquella válvula sólo debía ser utilizada en el curso de una reparación después de haber humedecido la pila. Como el agua había sido cortada mientras la pila estaba funcionando, los dispositivos de seguridad habían humedecido automáticamente la carga.

Hacer surgir de nuevo el agua no era ningún problema, pero en el reactor no quedaba ningún combustible.

No iba a complicarme la vida con el problema del combustible. La mejor solución sería instalar un nuevo generador. Yo tenía uno en la nave que era diez veces menor que el de la baliza y producía cuatro veces más energía. Antes de enviar a buscarlo revisé el resto de la baliza. En dos mil años tenía que haber alguna señal de desgaste.

Los mecánicos de aquella época remota habían trabajado bien, tuve que reconocerlo. El noventa por ciento de la maquinaria no tenía partes movibles y, en consecuencia, no había sufrido ningún desgaste. Otras partes habían sido reforzadas, previendo su posible desgaste. El conducto alimentador le agua que descendía del techo, por ejemplo. Las paredes del conducto tenían unos tres metros de espesor... y la abertura del conducto no era mayor que mi cabeza. De todos modos, había algunas cosas que yo podía hacer y anoté las piezas que necesitaba.

Las piezas, entre ellas el nuevo generador, estaban en la nave. El Ojo se encargó de recogerlas y de colocarlas en una caja metálica. Una hora antes de que amaneciera, el Ojo depositó la caja en el exterior del templo y se marchó sin ser visto.

Contemplé a los sacerdotes a través de mi «espía» mientras trataban de abrirla. Cuando se dieron por vencidos les grité unas órdenes a través de un altavoz instalado en la caja. Se pasaron la mayor parte del día arrastrando la pesada caja por el templo y subiéndola por las angostas escaleras que conducían a la baliza. Entretanto, me tomé un sueño reparador. Cuando desperté, la caja estaba junto a la puerta de entrada a la baliza.

Las reparaciones no me llevaron mucho tiempo, aunque los sacerdotes ciegos gruñeron lo suyo cuando me oyeron abrir un boquete en la pared para encajar el nuevo generador. Incluso coloqué un aparato en el conducto del agua para que sus Aguas Sagradas tuvieran la habitual radiactividad refrescante cuando empezaron a fluir de nuevo. En cuanto hube terminado con todo esto hice lo que los lagartos estaban esperando.

Conecté el interruptor que daba paso al agua.

Transcurrieron unos minutos mientras el agua empezaba a gorgotear a través del seco conducto. Luego llegó un rugido del exterior de la pirámide que debió de sacudir sus paredes de piedra. Entrechocando mis manos por encima de mi cabeza, me dispuse a enfrentarme con la ceremonia de quemar mis ojos.

Los lagartos ciegos estaban esperándome junto a la puerta, y su aspecto mohíno no presagiaba nada bueno. Cuando empujé la puerta descubrí el motivo de aquella actitud: la habían cerrado y atrancado por la parte exterior.

- Hemos decidido - dijo un lagarto - que te quedes aquí para siempre cuidando de las Aguas Sagradas. Nosotros atenderemos a todas tus necesidades.

Una deliciosa perspectiva: pasar toda la vida encerrado en una baliza con tres lagartos ciegos. A pesar de su hospitalidad no podía aceptarla.

- ¡Cómo! ¡Os atrevéis a disponer a vuestro antojo del mensajero de vuestros antepasados!

Había dado todo el volumen a mi altavoz y la vibración casi me arrancó la cabeza de cuajo.

Los lagartos gruñeron algo, y yo ajusté mi Solar para que proyectara un rayo delgado como la hoja de un cuchillo y lo hice correr alrededor de la jamba de la puerta. Al cabo de un instante la puerta se derrumbó en medio de un gran estrépito.

Bajé corriendo las escaleras, abriéndome paso entre la multitud de asombrados sacerdotes y fui a enfrentarme con el Primer Lagarto, que seguía en su piscina. Al ver que me acercaba, se hundió lentamente debajo del agua.

- ¡Qué falta de cortesía! - grité -. Los antepasados están muy enojados, y sólo por su gran bondad permiten que las aguas fluyan de nuevo. Ahora tengo que marcharme. ¡Adelante con la ceremonia!

El verdugo estaba demasiado asustado para moverse, de modo que me acerqué al brasero y cogí uno de los hierros candentes. Una presión en las sienes hizo caer sobre mis ojos una lámina de acero debajo de la piel de plástico. A continuación apliqué el hierro candente a mis ficticias cuencas, y el plástico despidió un impresionante olor a quemado.

Un grito se alzó de la multitud mientras yo dejaba caer el hierro y zigzagueaba ciegamente. Tengo que admitir que la cosa resultó bastante fácil.

Antes de que pudieran reaccionar apreté el interruptor y mi pterodáctilo de plástico entró volando. No pude verlo, desde luego, pero supe que había llegado cuando los garfios de sus garras aferraron las láminas de acero de mis hombros.


Cuando alcé las láminas que cubrían mis ojos y practiqué unos agujeros en el chamuscado plástico, pude ver la pirámide disminuyendo de tamaño detrás de mí, el agua derramándose de la base y una alegre multitud de reptiles revolcándose en su corriente radiactiva. Pasé revista a los hechos para comprobar si había olvidado alguna cosa.

Primero: La baliza estaba reparada.

Segundo: Los sacerdotes tenían que estar satisfechos.

El agua fluía de nuevo, mis ojos habían sido debidamente quemados y ellos volvían a encontrarse en una posición preponderante. A lo cual había que añadir:

Tercero: El hecho de que, si se producía otra avería en la baliza, los sacerdotes no pondrían obstáculos al mecánico que acudiera a repararla en las mismas condiciones. Por lo menos yo no había hecho nada que pudiera despertar su antagonismo hacia los futuros mensajeros de sus antepasados.

De todos modos mientras me despojaba del disfraz de lagarto pensé que no me disgustaría en absoluto que, llegado el caso, encargaran el trabajo a otro mecánico.

Alexander Kazantzev - EL MARCIANO


El espíritu de la «catástrofe marciana» se instaló en el comedor de oficiales del Gueorgui Sedov. Nadie experimentaba ya deseos de contar las aventuras árticas; los marineros y los hombres de las estaciones polares recordaban los detalles de la explosión en la taiga, se excitaban, discutían... Nuestro «Decamerón septentrional», como decía el capitán, había encallado sobre un banco de arena...

- A usted, Alexander Petrovich, le corresponde volver a ponerlo a flote - se dirigió a mí, riendo -. Que el escritor nos cuente ahora algo fantástico, puesto que el mensajero del Cosmos nos ha dejado en esta disposición de ánimo.

- ¡Sí, sí! - se animaron los presentes -. ¡Cuéntenos algo de lo cual no pueda creerse una sola palabra!

- Y la nave interplanetaria, ¿creyeron en ella? - inquirí, bromeando.

- Los americanos dicen: «Nosotros creemos en Dios; el resto se paga al contado». En mi opinión, hay muchas cosas que podrían ser adquiridas a cambio de mi dinero.

- Tantas, que no podrían rechazarse - observó el piloto, un hombre de una estatura enorme, siempre silencioso, calzado con unas flexibles botas de piel de perro. Tenía que escoger el emplazamiento para un aeródromo sobre una de las islas, lo que explicaba su presencia a bordo del Sedov.

- Imposible creerlo... Pero imposible también rechazarlo - dijo pensativamente Netaiev, el navegante.

- Entonces, ¿quieren que cuente una cosa en la cual no sea posible creer? - pregunté, habiendo ya decidido colocar entre los relatos poco complicados sobre la vida ártica que había oído aquí la historia de una vida distinta, increíble, imposible, pero...

Al principio me escucharon con una leve desconfianza, con una sonrisa condescendiente o estimulante, la misma quizá que esboza el lector al volver esta página, en espera de una ficción...

En mi relato se tratará del presente, de una sola entrevista en una estancia triste con el techo lleno de manchas de humedad y las mesas cubiertas de manchas de tinta del aeroclub central Tchkalov en Tuchino, en los alrededores de Moscú.

Aquel día, yo estaba de servicio en el aeroclub. No, no soy aviador, no se asombren. Aficionados a la astronáutica, habíamos creado hace unos años una sección de astronáutica, una organización que se proponía favorecer los futuros viajes interplanetarios. En fecha no demasiado lejana se burlaban de nosotros, llamándonos «lunáticos» a causa de nuestro sueño de volar un día hacia la Luna. Lo soportábamos todo estoicamente, hacíamos propaganda de nuestra querida astronáutica, tratando de reunir a nuestro alrededor a todos aquellos a los cuales podíamos comunicar la fe en los viajes cósmicos; habíamos creado toda clase de comités: astronavegación, técnica de reacción, astronomía y biología del vuelo cósmico, etc. Ahora ya no se burlan de la sección de astronáutica, que cuenta entre sus miembros a numerosos sabios, famosos aviadores, estudiantes, ingenieros, escritores... personas jóvenes, personas de edad madura, ancianos, investigadores, pedantes y soñadores..

En resumen, en mi calidad de organizador de la sección de astronáutica tuve ocasión, a raíz del lanzamiento de los primeros satélites artificiales de la Tierra, de estar al servicio del aeroclub. Después de haber charlado amistosamente con dos muchachas y un joven que soñaban con volar nada menos que a Marte, al quedarme solo me dediqué a ojear las cartas que habían llegado.

Había algunas muy interesantes. Un joven escribía:

«Tengo dieciocho años, acabo de terminar mis estudios secundarios, no he hecho nada aún en la vida y quisiera hacer mucho por la ciencia. He oído decir que se proyectaba poner un perro en el satélite artificial de la Tierra para enviarlo al espacio cósmico. Desde luego, es más importante para la ciencia que el lugar sea ocupado por un hombre. Les ruego que accedan a ayudarme a ofrecer mis servicios para el vuelo experimental al Cosmos. Estoy seguro de que tendría tiempo de transmitir por radio todas mis sensaciones... Y vería el globo terrestre del lado de las estrellas...»

Otra carta estaba escrita por una mujer:

«Soy un ama de casa, tengo cuarenta y seis años y no he hecho nada en la vida. Permítanme que sirva a la ciencia y que me ofrezca para el estudio del estado del cuerpo humano en el curso del vuelo cósmico. Sé que no todos los cohetes regresan...»

Un mecánico de los ferrocarriles de Transbaikalia escribía:

«Soy un apasionado de la técnica, entiendo mucho de mecanismos y estoy dispuesto a estudiar. Podría ser útil como miembro de la tripulación de una nave cósmica...»

Dicho sea de paso, en nuestro país y en el extranjero hay decenas de millares de hombres que arden en deseos de tomar parte en los próximos viajes cósmicos.

Medité en esta particularidad asombrosa del carácter humano. ¿Cuál es la fuerza que empuja al hombre hacia las estrellas, que le arranca de la Tierra? ¡Es la sed de conocimientos, una sed ardiente, insaciable, inextinguible! La misma que empujaba a los exploradores polares, hombres apasionados, poseídos en el sentido más noble de la palabra, avanzando siempre a través de los hielos infranqueables, de las tormentas de nieve y del frío hacia un punto misterioso llamado polo y representado en los mapas por una mancha blanca... La misma fuerza que impulsaba a los audaces navegantes a cruzar las vastas extensiones de los océanos, desafiando todos los peligros, en busca de unas tierras lejanas, bellas porque eran desconocidas... La que guía a los intrépidos que escalan las paredes heladas de una cima inviolada, inaccesible, sobre la cual no hay nada a excepción de un viento impetuoso, una vista deslumbrante y una sensación embriagadora...

Los objetivos y las alturas hacia las cuales tiende hoy el hombre no tienen comparación con nada de lo que alcanzó hasta ahora.

Así es la naturaleza humana, admirable por ello...

Le vi en el momento en que cruzaba el patio del aeroclub. Me disponía a entrar, pero me quedé, como si supiera que venía a verme. Había captado algo raro en él, o en su porte, no sabría decirlo, cuando se dirigía hacia la puerta de entrada.

Aquella sensación se acentuó cuando le vi de cerca (¡Efectivamente, venía a verme!). No era su pequeña estatura, ni sus movimientos tímidos, ni la evidente desproporción del cuerpo, de los brazos y de las piernas, ni siquiera su cráneo abombado y completamente desprovisto de cabellos... Lo que me impresionó fue la expresión de sus grandes ojos inteligentes, alterada por los cristales increíblemente convexos de sus gafas. Estas acercaban a mí sus enormes ojos, un poco tristes, penetrantes e infinitamente comprensivos.

Atribuí a aquellas gafas extraordinarios la impresión que me había causado el visitante y le ofrecí un asiento.

Después de haber dejado sobre la mesa un voluminoso manuscrito, me miró con una amable sonrisa y captó, sin duda, un leve espanto en mis ojos, tal vez incluso comprendió que yo tenía que leer demasiados manuscritos y que me inspiraban cierta aprensión. El caso es que dijo:

- No, no se trata de una consulta literaria.

Le miré con aire interrogador.

- Sé que es prematuro aún hablar de un viaje interplanetario real, de la composición eventual de la tripulación... Aunque, Quizás, no falten ya los solicitantes. Por eso quisiera, desde este momento, obtener el apoyo de su sección.

El que tenía delante de mí no era un hombre joven, no podía bromearse con él, comprometerle a estudiar los dominios de las ciencias que algún día necesitaría un astronauta.

Comprendió mi pensamiento, no sé cómo, y me dijo que no era astronauta, ni geólogo, ni médico, ni ingeniero. Buscaba un apoyo para asegurarse una plaza entre los miembros de la tripulación del primer navío que partiera hacia Marte, porque... porque todo el mundo tenía derecho a regresar a su punto de origen.

Me sentí incómodo. Recordé haber leído en 1940 la carta del director de unos grandes almacenes de Sverdlovsk que solicitaba también que le ayudaran a regresar a Marte. En todos los demás aspectos aquel hombre era completamente normal.

El visitante sonrió. Leí en sus ojos que también esta vez lo había comprendido todo.

¡Diablo! Quizás en Marte habían renunciado a comunicar sus ideas con ayuda de las ondas sonoras, es decir, haciendo vibrar el aire. Me di cuenta de que no solamente él, sino también yo, adivinaba sus pensamientos... Lo más fácil era tomarle por un enfermo...

- Sí - dijo el visitante -. Al principio me encerraron varias veces en clínicas mentales, hasta que comprendí que era inútil tratar de convencer a los hombres.

Me pregunté si no sería suya la carta que había leído un día, antes de la guerra.

El visitante señaló el manuscrito.

- Hubiera podido escribirlo en ruso o en inglés, en francés o en holandés, en alemán, en chino o en japonés, empleando una de las escrituras que se usan en la Tierra...

Tratando de ser cortés, abrí el manuscrito y enarqué las cejas al ver la página cubierta de extraños signos. ¿Qué significaba aquello? ¿Una mixtificación? ¿O un síntoma de enfermedad?

- A un ser razonable le resulta imposible - continuó el visitante - inventar en la soledad un idioma desconocido, transmitiendo con toda su expresividad las ideas y los sentimientos comprensibles para los hombres; a un ser razonable le resulta imposible, si se encuentra solo, inventar una escritura para transcribir todas las riquezas de un idioma semejante. Comprenderá usted que este manuscrito sólo ha podido ser escrito por el representante de una tribu lejana, antigua, sabia, que existe efectivamente en un mundo severo en vías de aniquilamiento.

- Pero, ¿cómo leerlo? - exclamé, no pudiendo contenerme.

Inmediatamente, capté detrás de las maravillosas gafas la expresión de una afectuosa bondad.

- Durante el último siglo, la civilización terrestre ha dado un verdadero salto. Han pasado ustedes de la comprensión de la ley de conservación de la energía a la utilización de la energía de la materia, del oscurantismo a la creación de máquinas que multiplican la fuerza del cerebro y lo reemplazan en muchas de sus funciones. Me siento feliz al saberme contemporáneo del florecimiento de esta civilización en un planeta joven y rico que, poseyendo una masa suficiente, no pierde su atmósfera ni su agua y que nunca estará amenazado de muerte.

Yo había comprendido ya a mi interlocutor.

- ¿Y cree usted - inquirí - que las máquinas de calcular electrónicas podrán descifrar este manuscrito?

- Sus máquinas lo leerán y usted comprenderá quién lo ha escrito.

Yo había comprendido ya por quién había sido escrito. Me daba cuenta del carácter ridículo e insólito de la situación, y mis manos temblaban. ¿Quién se interesaría por esta entrevista, el mundo entero, o únicamente unos cuantos alienistas?

Los ojos que podían transmitir y leer los pensamientos me miraban a través de los cristales convexos de las gafas. Ante aquellos ojos, ¿eran posibles la mentira o la doblez, la falsedad o la hipocresía?

Nos separamos, mi visitante y yo, tras convenir en que volveríamos a encontrarnos en aquella misma estancia pasados seis meses, exactamente.

Y luego... luego salí de viaje a bordo del Gueorgui Sedov y aquí estoy desde hace muchos meses.

- ¡Un momento! - dijo el navegante Netaiev, en tono casi indignado, alzando sus ojos claros y dilatados en aquel momento -. ¿Y el manuscrito? ¿Qué pasó con él?

- Las historias de locos siempre tienen algo de divertido - observó alguien.

Netaiev, irritado, se volvió hacia él.

- Creo que el relato no ha terminado - dijo el capitán, y me miró, acechando mi respuesta.

- Desde luego que no - admití.

- ¿Tiene usted el manuscrito? - inquirió vivamente Netaiev -. ¿Podríamos echarle una ojeada?

- No. No lo tengo. El relato, en efecto, tiene una continuación. Después de la entrevista que acabo de contar, un sabio muy notable acudió a nuestra Unión de Escritores. Su nombre es pronunciado con respeto por los matemáticos del mundo entero. Se trata de un hombre muy interesante. Un tipo nuevo de sabio. Alto, bien formado, de aire deportivo, excelente jugador de tenis, buen ajedrecista, conocedor de la literatura... El y yo discutíamos mucho acerca de cuestiones literarias. Después de la Revolución, a la edad de dieciséis años, empezó sus estudios universitarios; a los veinte años era ya licenciado, y al cumplir los veintiocho fue elegido académico.

- ¡Oh! ¡Ya sé de quién se trata! - exclamó Netaiev.

- El sabio nos habló de la técnica electrónica del cálculo. Indudablemente han oído ustedes hablar de las máquinas cibernéticas capaces, no sólo de realizar los cálculos más complicados, que requerirían los esfuerzos de varias generaciones de matemáticos, sino también de resolver problemas lógicos, poseyendo una memoria llamada electrónica, es decir, capaces de traducir con la ayuda de un diccionario automático de un idioma a otro, e incluso de revisar el texto traducido.

Cuando le llevé a mi casa en mi automóvil, el académico me confió que había realizado un audaz experimento... Había presentado a la Gran máquina de calcular electrónica de la Academia de Ciencias, capaz entre otras cosas de jugar pasablemente al ajedrez, un programa según el cual tenía que adivinar el tema de una obra de teatro con la sola lectura de la lista de los personajes. Cuando se trataba de una obra mediocre, estereotipada, en la cual todo se hallaba efectivamente distribuido de antemano, la máquina indicaba con precisión quién era el bueno o el malo, cuándo el profesor engañaría a la pobre estudiante, cuándo intervendría el profesor noble, y cuál sería el final, feliz, por supuesto...

Pero, tal como me dijo el académico, la máquina electrónica poseía además una facultad de las más valiosas. Podía realizar centenares de miles de tentativas por segundo, y dentro de poco llegaría al millón por segundo. Aplicando el método de eliminación, utilizando una enorme cantidad de tentativas, podía descifrarse en muy poco tiempo toda clase de escrituras secretas, todas las claves... El académico hizo observar que los jeroglíficos egipcios y la escritura cuneiforme hubieran podido ser descifradas por las máquinas en un plazo muchísimo más breve que el que invirtieron los sabios del siglo pasado...

Era lo que yo esperaba, como tal vez habrán supuesto ustedes.

Prudentemente, le conté al académico la historia del extraño visitante y de su manuscrito. Estalló en una risa juvenil y contagiosa. Confieso que quedé un poco desconcertado por su actitud. Continué conduciendo en silencio. Cuando llegamos a la calle Bolchaia Kalujskaia, el académico se apeó y me estrechó la mano. Reteniéndola unos instantes, me dijo, con aire travieso:

- Bueno, vamos a arriesgarnos. Tenemos una máquina experimental. Por las noches está libre. Si consigue usted convencer a mis colaboradores, los jóvenes... Podríamos tratar de descifrar algunas páginas del principio...

- Y del final - añadí.

De nuevo se echó a reír.

- A condición de que sean descifrables.

Cuando me presenté en la Academia de Ciencias con el manuscrito, los jóvenes colaboradores del académico, advertidos ya por su jefe, me esperaban con impaciencia y se echaron sobre el manuscrito, hojeándolo, discutiendo qué programa de desciframiento convendría proponer.

¡Ah, el programa de desciframiento! ¡Cuántas veces hubo que cambiarlos

- ¿No se llegaba a ningún resultado? - inquirió Netaiev.

- No. Muchos de los científicos se dieron por vencidos. En cuanto al académico, reía, bromeaba, pero... intervenía y proponía otro programa.

- ¿Y luego?

- Transcurrieron varios meses... Un día, el académico declaró que, manejada correctamente, una máquina cibernética podía descifrar incluso la iluminación nocturna de la ciudad en forma de una obra poética... De pronto, pareció entreverse el principio de algo coherente. El académico cesó de bromear, se mostró irritable, exigente... La máquina descifraba ahora no sólo durante la noche, sino también durante el día. Los cálculos de filtración del agua a través de una presa quedaron marginados; alguien los reclamaba imperiosamente, en tanto que nosotros... presentábamos un nuevo programa a la máquina, ahora con más seguridad.

- ¿Leyó usted el manuscrito? - inquirió Netaiev.

- Sí, las primeras páginas.

- ¿Y qué? ¿Y qué?

- Pues bien, la máquina de calcular eléctrica, aumentando la capacidad del cerebro humano, del mismo modo que una excavadora a vapor aumenta la potencia de los músculos, descifró las primeras páginas del diario escrito, día por día, por un Marciano que en circunstancias trágicas se había quedado en la Tierra, en 1908...

Imaginen mi emoción cuando a través de los ojos de un ser llegado del mundo de los desiertos marchitos, descubrí la belleza generosa y pródiga de nuestro planeta, la multitud infinita de sus formas vegetales asombrosas, deslumbrando la imaginación del extranjero con su diversidad inconcebible, nuestro mundo animal desarrollado en miríadas de pequeños arroyos independientes de la vida, cada uno de ellos de una belleza perfecta a su manera... Y, en la cumbre, el hombre, dueño de la naturaleza, que el representante de otro planeta había encontrado por fin...

¡Ah! ¡Cómo le impresionó el hecho de que los seres de la Tierra se parecieran a él, habitante del lejano Marte! Es cierto que los seres de la Tierra, los hombres, pensaban, intercambiaban sus ideas de un modo raro, haciendo vibrar el aire, produciendo unos sonidos con ayuda de los cuales no sólo podían dar a conocer las ideas, sino también disimularlas...

Aquel visitante de otro planeta trató de imitar a los hombres, hasta conseguir anunciarles quién era por medio de la reproducción de sonidos. Pero los comerciantes siberianos y el uriadnik sólo vieron en él a un extranjero, y por añadidura loco, y le encerraron en un manicomio.

Pasó cincuenta años entre los hombres, escribiendo su diario. No hemos leído aún todas las páginas, pero me he prometido a mí mismo descifrarlas todas y publicarlas en mi novela El Marciano, que empiezo con este relato. En el diario del marciano veremos a través de los ojos del representante de una tribu sabia y antigua que en su viejo planeta había alcanzado la forma superior de la sociedad, que, hace millones de años, había pasado la fase del desarrollo que nos es contemporánea, a través de los ojos del marciano veremos nuestra vida, nos veremos a nosotros mismos, nuestros actos y las relaciones entre los hombres puestos al desnudo por sus gafas mágicas, veremos la mentira y la falsedad, la gazmoñería y la hipocresía que no pueden existir, si la idea no es disimulada por una vibración convencional del aire, y que no existirán cuando la mente de los hombres se haya desarrollado del todo.

¿Qué opinó de nosotros cuando empezó a conocernos? ¿Y más tarde, cuando fue testigo de las guerras mundiales? ¿Qué pensó de unos seres que resolvían sus diferencias con el derramamiento de sangre, que obligaban a otros a trabajar para ellos, haciendo desgraciados a unos para hacer felices a otros?

Después de haber leído el diario del marciano puede verse la vida terrestre desde un observatorio inigualable... Y en las últimas páginas nos enteraremos de su deseo de regresar a su planeta, tan inhóspito pero tan querido para él, aportando la energía desbordante de los hombres que ayudarán a prolongar en millones de años la vida sobre Marte, cada vez más árido.

Leeremos su diario y comprenderemos qué clase de hombre... perdón, quiero decir de marciano... era. Sí, me emociona pensar en nuestra nueva entrevista. ¿Acaso alguno de ustedes no se sentiría emocionado al pensar que a su lado se encontraba alguien llegado de nuestro futuro, que nos juzgaba de acuerdo con las leyes de nuestro ensueño?

Se estableció un breve silencio.

- ¡Ah, si pudiéramos leer todo el diario! - dijo finalmente Netaiev.

- Lo leerá usted, se lo prometo - afirmé -. Pero, ¡un momento! Habíamos quedado en que no creerían nada de lo que contara...

Netaiev sonrió, con aire condescendiente, y el capitán me amenazó con el dedo:

- Si no nos obligaran a efectuar la travesía del Sur, me gustaría ir a verle al aeroclub el día que estuviera usted de servicio.

Subí al puente. Resultan sorprendentes estas estrellas del Ártico. Diríase que están más próximas que en ninguna otra parte.

Netaiev me esperaba.

- Allí está Marte - dijo, señalando una estrella rojiza.

Mirando aquella lucecita de un mundo desconocido me quedé pensativo.

Guardamos silencio durante largo rato. Luego, Netaiev murmuró:

- Allí... en la sección de astronáutica... ¿no sería posible que me tuvieran en cuenta? Un navegante... las estrellas le son familiares... En el Cosmos, yo podría ser también un buen navegante.

Nos separamos para ir a acostarnos.

Pero otro hombre me esperaba. Era el piloto. Quería hablarme a solas.

Escuché su petición y estreché su mano.

Los hombres como él serán sin duda los que conducirán los primeros navíos cósmicos.

El Gueorgui Sedov continuó su ruta bajo las estrellas.


Burt Filer - MARCHA ATRÁS



Lo primero que vio fue a Sally mirándole fijamente. Estaba sentada en el amplio lecho y tenía cuatro dedos de su mano izquierda introducidos en su boca. Por algún motivo, se envolvió en la sábana y la mantuvo alrededor de su cuerpo con el otro brazo, como sorprendida súbitamente por un desconocido. Fletcher se incorporó.

- ¿Qué pasa? ¿Qué hora es?

Se sentía raro y más fatigado de lo normal. Su voz había sonado ronca y le dolían las dos piernas, la sana y la otra.

- Ha empezado la marcha atrás - dijo Sally. Sus dientes castañetearon, como siempre que experimentaba una intensa emoción. Sus largos cabellos castaños cayeron hacia adelante, con un rizo en vanguardia.

Fletcher inclinó la mirada hacia el brazo que mantenía engarfiado alrededor de su rodilla sana. Estaba requemado por el sol y pecoso, tal como agosto solía ponerlo. Pero, ¿de qué año futuro era el agosto que había hecho esto? Los dedos estaban embotados, las uñas recomidas, y el propio brazo aparecía dos veces más hinchado que cuando Fletcher se acostó.

Sally se retrepó en la almohada, parpadeando, al borde de las lágrimas.

- Estás más viejo - dijo -, mucho más viejo. ¿Por qué lo has hecho?

Fletcher apartó la sábana y apoyó los pies en el suelo.

- No lo sé, de veras que no lo sé. Pero dicen que esto le cambia a uno por completo.

Andando apresuradamente por encima de la vieja alfombra verde que habían trasladado al dormitorio después de un prolongado servicio en la planta baja, se contempló en el espejo del tocador. Al principio no daba crédito a sus ojos.

El hombre de negocios, algo obeso pero todavía atractivo, de treinta y seis años, había desaparecido. El hombre del espejo se parecía más a un pescador siciliano, nudoso y curtido por el viento. Fletcher observó durante unos largos segundos las venas azules que envolvían sus antebrazos y pantorrillas como redes de pescar. Las dos pantorrillas. La izquierda, aunque torcida como siempre, era ahora más gruesa. Parecía fuerte, pero le dolía.

El rostro de Fletcher era diez años más viejo. Grabado en los surcos que rodeaban sus ojos veíase el desencanto que la edad aporta a través de una vida de forzadas sonrisas. Y aunque el vello de su pecho estaba decolorado por el sol, pudo ver fácilmente que buena parte de él era realmente blanco. Fletcher cerró los ojos y se apartó del espejo.

Acercándose de nuevo a Sally, se sentó en el borde de la cama y apoyó una mano en el hombro de su esposa.

- Debo de haber tenido un buen motivo. No tardaremos en descubrirlo.

No eran más que las seis de la mañana, pero no podían pensar ya en dormir, naturalmente. Se vistieron. Sally descendió a la planta baja delante de él, todavía esbelta a los treinta y cuatro años, y todavía deseable. La envidia de muchos.

Sally giró a la izquierda y entró en la cocina, seguida de Fletcher, el cual continuó andando hacia el garaje. Su pretexto para el aislamiento eran los velocípedos, del mismo modo que para Sally lo era el desayuno. «Dejadme solo y me acostumbraré a ello - pensó Fletcher -. Dejadla sola y también ella se acostumbrará.»

Dio la vuelta alrededor de su automóvil hasta llegar a su banco de trabajo y encendió la luz. Los velocípedos le infundieron una momentánea sensación de seguridad, brillando allí, tan esbeltos, tan funcionales. Levantando el suyo, comprobó la tensión de la cadena. Perfecta.

Dejó caer la rueda trasera en los rodillos libres. Montando, pedaleó contra una leve resistencia, tal como siempre había soñado que deberían ser los caminos.

Tal vez lo serían ahora, con aquellas piernas. ¿Por qué había pasado diez años torturando los músculos de un lisiado? Por vanidad, quizás. Pero a costa de perder aquellos diez años para siempre, parecía irrazonable.

Fletcher estaba sudando, y el velocímetro sobre los rodillos marcaba treinta. Pedaleó con más fuerza y el velocímetro marcó cincuenta.

¿Debía llamar a la Central del Tiempo? No, ya le habían advertido que no le prestarían ninguna clase de ayuda. Se limitarían a decirle que en algún punto, diez años en el futuro, había acudido a ellos con la petición de ser retrotraído al presente... y que antes de dar el salto su mente había sido acondicionada debidamente.

Lamentable, Mr. Fletcher, pero es el único modo de minimizar la contaminación y la paradoja temporales. Algo fastidioso, la paradoja. Su mente pertenece al Fletcher del presente; no tiene usted conocimiento del futuro. Se hace usted cargo, desde luego...

Lo que él sabía era que el cuerpo de cuarenta y pico de años de Fletcher había sido retrotraído para ser utilizado por la mente del Fletcher de treinta y seis años, casi como una bestia de carga.

Y el Fletcher de treinta y seis años sólo podía preguntarse por qué.

Mucha gente trataba de escapar de alguna infelicidad en sus últimos años. A menudo, la cosa daba resultado. Se convertían inevitablemente en anacrónicas incongruencias entre los que en otro tiempo fueron contemporáneos suyos. Pero, a la edad de Fletcher, diez años no significaban demasiado, y suponía que todo el mundo se acostumbraría a él. Pero, ¿se acostumbraría Sally?

Sesenta, marcaba el velocímetro. Fletcher observó con cierta sorpresa que había estado pedaleando a aquella velocidad durante quince minutos. Era preferible reducir la marcha, y ahorrar energías para el viaje. ¡Qué fuerza! Tal vez aprendería a jugar al tenis. Podía verse a sí mismo derrotando a Dave Schenk, con Sally de espectadora. Ahora, Fletcher estaba sonriendo. Sally se alegraría. Ahora tenía un viejo fuerte, en vez de un joven blando, de un pobre lisiado. Polio. El había sido uno de los últimos. Otros hombres habían mantenido las puertas abiertas para él desde siempre, y él aprendió a sonreír...

El velocímetro volvía a marcar los cincuenta. Y, ¿dónde estaba el desayuno? Su cuerpo tenía hambre. ¿Qué había hecho, este cuerpo? Sabiendo por amarga experiencia la lentitud con que respondía al ejercicio, Fletcher llegó a la conclusión de que los diez años perdidos habían sido dedicados casi exclusivamente al desarrollo físico.

Pero, ¿para qué? ¿Alguna crisis, que podría afrontar con más fortaleza en el segundo rodeo? ¿Y por qué había decidido ser retrotraído a esta mañana, precisamente?

- ¡Fletch, el desayuno está listo! - llamó Sally.

La voz era más firme y sosegada. Desmontando, Fletcher se quedó de pie, con las manos en los bolsillos, contemplando cómo perdía velocidad, hasta pararse del todo, la plateada rueda.

Sally no querría discutir. Al menos durante una temporada. Había sucedido lo mismo con la pierna de Fletcher, antes de que contrajeran matrimonio. Fletcher apagó la luz y se dirigió a la cocina.

- Aquí se está más fresco - dijo.

Al sentarse, notó que la silla estaba más dura. Tenía menos carne en las nalgas. Sally se acercó con dos platos y se sentó. No al otro lado de la mesa, sino al lado de Fletcher. Una muestra de confianza. Comieron lentamente, en silencio.

Fletcher contempló el perfil de su esposa. Con los cabellos recogidos detrás de la nuca, tenía un aire muy patricio. Nariz recta, boca seria. Como Anastasia, había dicho Dave Schenk. Sally le sorprendió mirándola, empezó a sonreír, cambió de idea y soltó su tenedor.

Le miró rectamente a los ojos.

- Creo que lo hice yo, Fletch - dijo.

Inclinó un poco la frente, esperando un golpecito tranquilizador, y Fletcher se lo dio.


El día fue muy caluroso. Al cabo de una hora estaban pedaleando a la brillante luz del sol y se habían detenido para quitarse los jerseys. Sally parecía alegre. Por primera vez, quizás, Fletcher la sorprendió observando con aire maravillado su cuerpo, especialmente su pierna. En su fuero interno, Fletcher se regocijó. En voz alta, dijo:

- ¡Adelante, mis guerreros!

Y pedaleó con más fuerza, situándose en cabeza.

Se dirigían hacia la Storm King Mountain. De cuando en cuando, un automóvil pasaba rápidamente junto a ellos, pero no tardaron en abandonar la carretera. Tenían, exclusivamente para ellos, el camino de tierra que conducía a la alberca. Zumaques lampiños a la izquierda, y un centenar de pies de aire desnudo a la derecha.

- ¡Eh! - dijo Sally -. No tan aprisa.

Desmontando, se sentaron debajo de un inmenso arce. Sally reclinó la cabeza sobre un hombro de Fletcher y deslizó una mano entre su brazo y sus costillas.

- ¡Oh! - exclamó, y enarcó las cejas.

Permanecieron sentados allí unos instantes. Encima de ellos, las ramas se extendían a través del camino. Debajo, el Hudson trazaba una enorme ese, con una isla verde y redonda en un extremo. Era un río ancho y viejo, moviéndose lentamente. A lo lejos, unas cuantas lanchas de motor zumbaban como abejorros, dejando pequeñas estelas blancas detrás de ellas. Reptando a lo largo de la orilla opuesta, un tren de pasajeros se dirigía a Nueva York.

Olía como en primavera. Levantándose, Sally se acercó a las bicicletas y cogió una sombrilla blanca. Regresó haciendo girar el mango entre sus dedos.

- Lista - dijo.

Reemprendieron la marcha. Fletcher subió la cuesta sin cambiar de desarrollo, tal como hacía Dave Schenk. ¡Ojalá estuviera ahora con ellos!

Alrededor de las once llegaron a la cumbre. Era un pequeño parque, muy poco frecuentado, al parecer, y en él se encontraba el depósito de agua de la compañía de electricidad. Sally extendió la comida que traía preparada sobre una mesa de madera roída por la lluvia y el viento. Luego se sentó sobre una ancha repisa de granito. Fletcher empezó a encender una fogata.

Le costaba un poco de trabajo, ya que había olvidado traerse unas teas y tuvo que trocear unas cuantas ramitas para que prendiera el fuego. Se pinchó el dedo pulgar, frunció el ceño, se chupó el dedo y levantó la mirada.

Sally estaba de nuevo en pie, recogiendo más flores. De cuando en cuando se interrumpía para proyectar su mirada por encima del río. El paisaje era incluso más espectacular aquí, ya que se encontraban a una altura de trescientos o cuatrocientos pies directamente encima del agua.

Unos cuantos pies más allá de la línea principal del arrecife había un promontorio herboso. Una sombrilla blanca ondeaba por encima del heno y de las enredaderas silvestres. Fletcher intuyó el peligro y tomó aliento para llamar a Sally.

Sally gritó al tiempo que sus piernas desaparecían de la vista. Retorciéndose en el aire, se agarró frenéticamente a dos puñados de hierba.

Sólo estaba a veinte metros de distancia, pero entre ellos se interponían la fogata y la vieja mesa de madera. Fletcher apoyó ambas manos sobre la humeante chimenea de piedra y saltó. Era un metro de altura, pero hubiera saltado igualmente metro y medio. Una docena de pasos, cada uno de ellos más rápido y más largo que el anterior, le llevaron hasta la mesa. Inclinó la cabeza y levantó la pierna derecha para saltar, echando hacia atrás la más débil. Experimentó un intenso dolor y estuvo a punto de caer. Necesitó andar cuatro pasos para rehacerse, y otros cuatro pasos para llegar junto a Sally.

Se precipitó hacia las dos delgadas muñecas que se deslizaban hacia abajo, y agarró una.

Sally volvió a gritar, esta vez de dolor. Fletcher la alzó hasta la altura de su barbilla, con las dos manos alrededor de la pequeña mano blanca de su esposa. Reclinándose hacia atrás sobre sus rodillas, la izó del todo. Luego empezó a temblar y trató de ayudar a Sally a ponerse en pie. Su pierna izquierda le falló.

Cayendo al lado de Sally, permaneció tendido sobre el cálido granito y trató de controlar el ritmo de su respiración. Por algún motivo, le resultó difícil. El rostro de Sally se agitó delante de él y mientras perdía el conocimiento se oyó a sí mismo repitiendo

- Este es el motivo, este es el motivo...


Los párpados de Fletcher estaban ardiendo, de modo que los abrió y miró directamente al sol. Llevaba más de una hora tendido allí. Sally... Su mente dio un salto hacia atrás y el aliento se encalló en su garganta. Pero, no, todo había pasado, Sally estaba ahora tendida a su lado. Fletcher se incorporó sobre un codo. Su pierna oscilaba entre el entumecimiento y un insoportable dolor, y tenía muy mal aspecto.

Pero la muñeca de Sally no lo tenía mejor. La espuma que rodeaba sus labios daba fe de ello. Mientras Fletcher movía suavemente su cabeza para apartarla del abismo, Sally gimió.

Fletcher tardó diez minutos en llegar a la mesa y regresar con una botella de vino. No habían traído agua. Roció la frente de Sally y luego acercó el gollete a sus labios. Sally se reanimó, se desmayó, volvió a reanimarse.

Sally había descendido la mitad de la cuesta cuando encontró a unos excursionistas. El jeep llegó a las tres, y a las cuatro estaban los dos en la sala de ortopedia del Hospital de Rockland.

Fletcher se encontraba aún bajo los efectos del anestésico y no se había recuperado del todo del shock. Mientras le contaba al reportero lo que había ocurrido, al hombrecillo casi le caía la baba. El suceso había tenido lugar en sábado. El miércoles siguiente, cuando les dieron de alta y regresaron a casa, la historia aparecía aún en la cuarta página de los periódicos. En el porche había un cesto de plástico amarillo lleno de telegramas y de cartas sin abrir.

En el hospital no habían podido estar mucho tiempo solos. De modo que después de que Sally hubo preparado el café se sentó enfrente de Fletcher en la mesa de la cocina y preguntó:

- ¿Cómo te has sentido?

- Bien. Un poco desorientado, quizás.

- Sí. - Sally inclinó la mirada hacia su taza -. Fletch, supongo que la primera vez que fuimos allí, me caí.

Fletcher asintió.

- Tal como era antes, no hubiese podido salvarte. - Contempló el yeso que recubría su pierna -. Diez años míos por todos los tuyos. Volvería a hacerlo.

- No resultó barato - dijo Sally.

- No, no resultó barato.

Aquella noche hicieron el amor. Fletcher había estado preocupado por aquel aspecto del problema, y descubrió que sus temores eran justificados hasta cierto punto. Diez años establecen una diferencia. Sally procuró tranquilizarle y Fletcher se quedó dormido; algo apaciguado, pero sabiendo lo que iba a suceder.

Fletcher se tiñó el pelo y se sometió a una operación de cirugía estética. Ganó cinco kilos de peso. Su aspecto era muy parecido al del Fletcher de treinta y seis años. Su nombre quedó envuelto en una especie de leyenda, y cuando cambió de empleo su sueldo casi se duplicó.

Su pierna izquierda no se soldó nunca satisfactoriamente, y a pesar de todo lo que hizo para remediar la situación se encontró en el mismo lugar donde había empezado. El y Sally no tuvieron hijos y terminaron divorciándose, dos años más tarde. Sally volvió a casarse, pero Fletcher permaneció solo.

Bob Shaw - LUZ DE OTROS DÍAS PERDIDOS


Abandonamos el pueblo, y enfilamos las empinadas cuestas de la carretera que conducían hacia el país del cristal lento.

Nunca había visto aquellos grandes caserones y, al primer momento, los encontré un poco insólitos... un efecto que acentuaban aún más mi imaginación y las circunstancias. La turbina del coche giraba suave y silenciosamente en el aire saturado de humedad, hasta tal punto que nos parecía estar siguiendo las curvas de la carretera en alas de una paz sobrenatural. A la derecha, la montaña se abría a un valle de pinos milenarios, de una increíble perfección; y por todas partes se erguían los cuadrados de cristal lento bebiendo ávidamente la luz. De tanto en tanto, un destello del sol en sus tendederos daba una ilusión de movimiento, pero en realidad aquellos parajes estaban desiertos. Las hileras de ventanas alineadas en el flanco de la montaña contemplaban desde hacía años el valle, y los hombres las limpiaban tan sólo por la noche, cuando la presencia humana no podía alterar en nada la sed de imágenes del cristal.

Era algo fascinante, pero ni Selina ni yo hablábamos de las ventanas. Creo que nos detestábamos hasta tal punto que nos negábamos a ensuciar cualquier cosa nueva que surgiera mezclándola con nuestros conflictos emocionales. Empezaba a comprender que aquella idea de unas vacaciones había sido una estupidez. Me había dicho que aquello pondría de nuevo las cosas en su lugar, pero naturalmente esto no evitaba que Selina siguiera estando embarazada y, lo que era peor, no impedía que se sintiera furiosa por el hecho de estar embarazada.

Para dar falsas razones a nuestra evidente contrariedad por aquel hecho habíamos hecho correr los comentarios habituales, es decir, que queríamos tener niños... sólo que más tarde, en su tiempo. El embarazo de Selina nos había costado su bien pagado empleo, al mismo tiempo que la nueva casa cuya compra estaba en tratos y cuyo precio superaba con mucho las posibilidades de los ingresos que me proporcionaba mi poesía. Pero el origen real de nuestras dificultades era que nos habíamos hallado de pronto enfrentados al hecho de que las gentes que quieren tener niños más tarde en realidad no quieren tenerlos en absoluto. Nuestros nervios se estremecían ante la inevitabilidad del hecho de que nosotros, que nos habíamos creído tan diferentes, habíamos caído también en la misma trampa biológica que cualquier otra criatura estúpida y fornicadora que hubiera existido nunca.

La carretera nos condujo a lo largo de la ladera sur del Ben Cruachan, y acabamos por ver de tanto en tanto el gris y lejano Atlántico. Había reducido la velocidad para gozar mejor del paisaje, cuando observé el cartel clavado en uno de los postes de una cerca. Anunciaba: «CRISTAL LENTO: Alta calidad, bajo precio. J. R. Hagan.» Bajo un repentino impulso detuve el coche en la cuneta, maldiciendo por lo bajo cuando las duras hierbas rascaron fuertemente la carrocería.

- ¿Por qué nos paramos? - preguntó sorprendida Selina, girando su delicada cabeza, cuya cabellera era como una aureola de plateado humo.

- Mira ese cartel. Vamos a ver lo que tienen. Quizá los precios sean razonables por aquí.

La voz de Selina tenía un tono de hastiado descontento, pero mi idea me seducía lo suficiente como para que no le prestara atención. Tenía la convicción, sin el menor fundamento, de que el hecho de hacer algo extravagante, sin sentido, fuera de lo normal, pondría las cosas en su sitio.

- Anda, ven - le dije -. El ejercicio nos hará bien. Hace ya demasiado que no salimos del coche.

Ella se alzó de hombros de una forma que me dolió, y saltó al suelo. Nos metimos en un sendero hecho con arcilla prensada a distintos niveles, sujeta por redondos troncos de madera. Serpenteaba entre los árboles que cubrían la colina. A su final había una casona baja. Tras el achaparrado edificio de piedra, altos bastidores de cristal lento contemplaban la impresionante vista del Cruachan que se alzaba imponente hasta las aguas del Loch Linnhe. La mayor parte de los cristales eran perfectamente transparentes, pero algunos de ellos eran oscuros como paneles de ébano pulido.

Mientras nos acercábamos a la casa a través de un patio pavimentado escrupulosamente limpio, un hombre de mediana edad, alto, vestido con un traje de lana color gris ceniza, nos hizo señas para que nos acercáramos. Estaba sentado en el muro de argamasa que cerraba el patio, fumando su pipa y contemplando la casa. Al otro lado a ventana del edificio, una mujer joven, con ropas anaranjadas, estaba de pie, con un bebé entre los brazos, pero no nos prestó la menor atención y desapareció a nuestra llegada.

- ¿El señor Hagan? - dije.

- Exactamente. Vienen para ver el cristal, ¿no? Bueno, han elegido ustedes el lugar adecuado - Hagan se expresaba con un tono claro que iba más allá del acento de los Highlands que el oído no acostumbrado confunde a menudo con el irlandés. Poseía uno de esos rostros tranquilos e inexpresivos que uno halla entre los campesinos y entre los filósofos de edad avanzada.

- Oh - dije -, hemos visto su cartel. Estamos de vacaciones, ¿sabe?

Selina, que habitualmente es prolija por naturaleza con los desconocidos, no decía nada. Miraba hacia la ventana, ahora desierta, con una expresión que consideré un tanto intrigada.

- Así que vienen de Londres, ¿eh? Bueno, repito que han elegido el mejor lugar... y el mejor momento. Ni yo ni mi mujer vemos a mucha gente por esta época. No es la estación, ¿saben?

Me eché a reír.

- ¿Significa esto que podemos comprar un poco de cristal sin tener que hipotecar nuestra casa?

- ¡Oh, no me digan eso! - Hagan mostró una sonrisa desarmada -. Acabo de perder todo el beneficio que esperaba conseguir con la transacción. Rosa... mi mujer, ¿saben?... dice que nunca sabré ser vendedor. Pero siéntense, y charlaremos un rato - señaló el muro de argamasa, luego miró dubitativamente la inmaculada falda blanca de Selina -. Esperen, iré a casa a buscar una manta - se alejó cojeando levemente y penetró en el edificio, cerrando la puerta a sus espaldas.

- Quizá no haya sido una idea tan genial el venir aquí - le dije a Selina -, pero al menos podrías mostrarte amable con él. Presiento que podemos hacer un buen negocio.

- ¡Oh! - dijo ella, con una calculada brutalidad -. Seguro que incluso tú te has dado cuenta del traje tan viejo que llevaba su mujer. Seguro que no va a hacerle ningún regalo a unos extraños.

- ¿Era su mujer?

- Por supuesto que era su mujer.

- Bueno, bueno - dije -. Pero de todos modos procura ser un poco amable con él. No quiero que se sienta a disgusto.

Selina resopló algo irritada, pero esbozó una pálida Sonrisa cuando Hagan regresó, y me sentí un poco más tranquilo. Es extraño como uno puede amar a una mujer y sin embargo desear al mismo tiempo que el cielo la meta bajo las ruedas de un tren.

Hagan colocó una manta a cuadros sobre el muro, y nos sentamos, un poco intimidados por hallarnos transferidos, de nuestra vida de ciudadanos, a un medio tan absolutamente campesino. En las lejanas pizarras del Loch, más allá de los vigilantes cuadrados del cristal lento, una ligera bruma oscilaba suavemente, dejando una estela blanca en dirección al sur. El aire procedente de la montaña parecía invadir nuestros pulmones, suministrándonos más oxígeno del que necesitábamos.

- Hay algunos comerciantes de vidrio de por aquí - comenzó Hagan -, que ensalzan a los extranjeros como ustedes las bellezas del otoño en esta parte de Argyll, o incluso de la primavera, o del invierno. Yo nunca lo hago cualquier cretino sabe que un lugar que no se ve hermoso en verano nunca lo será. ¿Qué cree usted al respecto?

Asentí condescendientemente con la cabeza.

- Tan sólo le ruego que mire atentamente en dirección a Mull, señor...

- Garland.

- ...señor Garland. Eso es lo que comprará usted si compra mi cristal, y nunca se ve más hermoso de lo que puede verlo en este mismo instante. El cristal se halla perfectamente en fase, ninguno de mis cristales tiene menos de diez años de espesor... y una ventana de un metro veinte le costará tan sólo doscientas libras.

- ¡Doscientas libras! - se escandalizó Selina -. ¡Pero este es el precio que piden en Scenedows, en pleno Bond Street!

Hagan sonrió pacientemente, luego me estudió para ver si yo sabía lo suficiente sobre el cristal lento como para apreciar lo que él acababa de decir. Su precio era mucho más elevado de lo que había esperado, pero... ¡diez años de espesor! El cristal barato que uno puede encontrar en los almacenes como Vistaplex o Panorama no es más que cristal ordinario de medio centímetro recubierto con un barniz de cristal lento, cuyo espesor es como máximo de diez o doce meses.

- Tú no entiendes, querida - dije, decidido a comprar -. Ese cristal durará como mínimo diez años, y está en fase.

- ¿Pero eso no significa tan sólo que sigue el curso de las horas?

Hagan sonrió de nuevo, dándose cuenta de que me había ganado.

- ¡Tan sólo, dice usted! Le pido mil perdones, señora Garland, pero usted no parece comprender el milagro, el verdadero y auténtico milagro de precisión mecánica que se necesita para fabricar un pedazo de cristal en fase. Cuando digo que el cristal tiene diez años de espesor, quiero decir que la luz necesita diez años para atravesarlo. De hecho, cada uno de estos cristales tiene diez años-luz de espesor... más de diez veces la distancia desde aquí a la estrella más próxima... lo cual quiere decir que una diferencia en espesor real de tan sólo un millonésimo de segundo equivaldría a...

Se detuvo unos instantes para desviar su vista hacia la casa. Yo aparté mi mirada del Loch y vi de nuevo a la mujer joven tras la ventana. Los ojos de Hagan estaban inundados de una especie de ávida adoración que me intranquilizó al tiempo que me persuadía de que Selina estaba equivocada. Por lo que sabía, los maridos nunca miran así a las esposas... al menos a las suyas propias.

La mujer permaneció a la vista algunos segundos, luego desapareció de nuevo en las profundidades de la habitación. De repente tuve la impresión, nítida aunque inexplicable, de que era ciega. Me dije que tal vez Selina y yo nos habíamos introducido en un complejo de emociones tan violento como el nuestro.

- Les pido perdón - dijo Hagan -: creí que Rose iba a llamarme. Veamos... ¿dónde estábamos? Ah, sí. Diez años-luz, comprimidos en un centímetro de espesor, significa que...


Dejé de escucharle, en parte porque ya estaba decidido, en parte porque había oído muchas veces la historia del cristal lento, pese a lo cual aún no había comprendido sus principios. Uno de mis amigos, que tenía una sólida formación científica, había intentado en una ocasión hacérmelo comprender diciéndome que considerara una lámina de cristal lento como un holograma que no necesitaba de la luz coherente de un laser para reconstituir las informaciones vitales, y en la cual todos los fotones ordinarios de luz pasaban a través de un conducto en espiral enrollado en la parte exterior del rayo de captación de cada uno de los átomos del cristal. Aquella jerga no sólo no me había aclarado nada, sino que me había afianzado en mi convicción de que una mente tan poco técnica como la mía se interesaba menos en las causas que en los efectos.

A los ojos del individuo medio, el efecto más importante era que la luz tardaba mucho tiempo en atravesar una lámina de cristal lento. Los cristales nuevos eran siempre de un negro color jade, puesto que nada los había atravesado aún, pero uno podía situar por ejemplo su cristal cerca de un lago, en mitad de un bosque, y el paisaje surgiría quizás al cabo de un año. Si entonces se transportaba el cristal para instalarlo en un triste apartamento ciudadano, el apartamento - durante el siguiente año - parecería dominar el lago y los bosques que lo rodeaban. Y durante aquel año no sería tan sólo una imagen exacta e inmóvil de aquel paisaje, sino que el agua ondularía y lanzaría sus destellos bajo el sol, los silenciosos animales acudirían a beber, los pájaros cruzarían el cielo, la noche sucedería al día, las estaciones seguirían su eterno ritmo. Hasta que un día - al cabo de un año -, la belleza encerrada en los conductos subatómicos se agotaría, y sería sustituida por el sempiterno y gris paisaje urbano.

Más allá de su interés como novedad, el éxito comercial del cristal lento estaba basado en el hecho de que disponer de un tal paisaje equivalía, en el plano emotivo, a la posesión del paisaje en sí. El más humilde troglodita podía así contemplar maravillosos paisajes cubiertos por la bruma... ¿y quién podía afirmar que no le pertenecían? El hombre que realmente posee unas tierras o un jardín o un bosque bien cuidado no pasa todo su tiempo arrastrándose por el suelo, palpando, oliendo o saboreando lo que posee para demostrar su propiedad. Todo lo que recibe de ella son imágenes luminosas, y gracias al cristal lento se podían transportar estas imágenes a las minas de carbón, a bordo de los submarinos, a las celdas penitenciarias.

En varias ocasiones había intentado escribir breves poemas sobre este cristal encantado, pero para mí el tema es tan excepcionalmente poético que paradójicamente se halla fuera del alcance de la poesía... al menos de la mía. Además, las mejores poesías habían sido ya escritas, bajo una inspiración vidente, por gentes que habían muerto mucho antes de que se descubriera el cristal lento. Por ejemplo, no tenía ni remotamente la menor esperanza de igualar los versos de Moore:


A menudo, en la tranquila noche,

Antes de que el sueño me encadene

El Recuerdo adorado trae junto a mí

La luz de otros días perdidos...


Bastaron algunos años para que el cristal lento pasara, del estado de curiosidad científica, al de industria respetable. Y con gran sorpresa de nosotros, los poetas - al menos de aquellos de nosotros que seguimos persuadidos de que la belleza sobrevivirá incluso a la muerte de las flores -, las manifestaciones de esta industria no se diferenciaban en nada a las de cualquier otra empresa comercial. Había buenos scenedows que costaban una barbaridad, y había cristales inferiores que costaban muchísimo menos. El espesor - medido en años - era un factor importante del precio, pero también lo era el problema del espesor real, o sea la fase.

Incluso con los más perfeccionados métodos de fabricación, el control del espesor quedaba un poco al azar. Un error de bulto podía significar que un espesor previsto para cinco años tuviera por ejemplo cinco años y medio, lo cual traía como consecuencia que la luz que penetrara en él en verano saldría por el otro lado en invierno; un pequeño error podía hacer que el sol saliera de medianoche a mediodía. Esas inexactitudes tenían su particular encanto - un buen número de trabajadores nocturnos, por ejemplo, preferían ver el sol en sus horas de descanso -, pero en general era mucho más costoso comprar scenedows, que permanecían estrechamente fieles al tiempo real.


Selina no pareció muy convencida cuando Hagan terminó de hablar. Agitó la cabeza con un gesto casi imperceptible, y comprendí que había entendido mal. Repentinamente, la cascada de su cabello color estaño fue agitada por un soplo de viento frío, y enormes gotas de límpida lluvia empezaron a caer desde un cielo casi desprovisto de nubes.

- Le firmaré inmediatamente un cheque - dije sin esperar más, y sentí como los verdes ojos de Selina se clavaban coléricos en mí -. ¿Se encargará usted de enviárnoslo?

- Por supuesto - dijo Hagan, levantándose -. El transporte no presenta ningún problema. ¿Pero no preferirían llevárselo ustedes mismos?

- Bueno... sí, si usted no tiene ningún inconveniente - me sentía confuso por la confianza que le otorgaba a mi firma.

- Buscaré un buen cristal para ustedes. Esperen aquí. Se lo embalaré rápidamente en un marco de transporte.

Hagan se dirigió cojeando pendiente arriba hacia la serie de cristales, a través de algunos de los cuales la visión del Linnhe era soleada, mientras se veía nuboso a través de otros. Otros incluso eran de un color profundamente negro.

Selina se levantó el cuello de su chaqueta.

- Al menos podría habernos invitado a su casa - dijo -. No debe haber tantos imbéciles que pasen por aquí como para que se permita tratarlos tan mal.

Me esforcé en hacer caso omiso del calificativo, y me enfrasqué en la redacción del cheque. Una enorme gota cayó sobre el dorso de mi mano, salpicando el papel.

- De acuerdo - dije -, vayamos bajo el alero mientras aguardamos a que vuelva.

Especie de gusano, pensé, dándome cuenta de que nuestras relaciones se iban agriando cada vez más. Tuve que ser un perfecto imbécil para casarme contigo. Un imbécil de primera, el mejor de todos. Y ahora que te has apoderado de una parte de mí, jamás, jamás, jamás conseguiré liberarme.

Con el estómago dolorosamente contraído, corrí tras Selina hasta la pared de la casa. Tras la ventana, el salón, muy limpio pese al fuego de leña, estaba vacío, pero había un montón de juguetes esparcidos por el suelo: cubos alfabéticos, una carretilla del mismo color que las zanahorias recién rayadas... Mientras contemplaba todo aquello, el niño llegó corriendo desde la habitación contigua y empezó a dar patadas a los cubos. No me vió. Unos instantes más tarde la mujer entró y lo cogió en brazos, con una risa franca y jovial. Se acercó a la ventana, como había hecho antes, y yo esbocé una sonrisa de circunstancias que ni ella ni el niño me devolvieron.

Un sudor frío perló mi frente. ¿Era posible que tanto ella como el niño fueran ciegos? Me eché a un lado.

Selina lanzó un gritito, y me giré hacia ella.

- ¡La manta! - dijo -. ¡Se va a empapar!

Atravesó corriendo el patio, bajo la lluvia, arrancó la manta del muro y regresó, también corriendo, a la puerta de la casa. Algo protestó convulsivamente en mi subconsciente.

- ¡Selina! - exclamé -. ¡No entres!

Pero ya era demasiado tarde. Selina había empujado la puerta de madera y permanecía inmóvil, con una mano sobre la boca, contemplando el interior de la casa. Me acerqué a ella y tomé la manta de sus dedos sin fuerza.

Mientras cerraba la puerta, mis ojos se posaron en el interior de la casa. El salón escrupulosamente limpio donde acababa de ver a la mujer y al niño no era en realidad más que un triste amasijo de viejos muebles, periódicos antiguos, ropa sucia y vajilla por lavar. Era húmedo, pestilente, totalmente abandonado. Lo único que reconocí de mi visión a través de la ventana fue la pequeña carretilla, rota, con la pintura desconchada.

Cerré enérgicamente la puerta, ordenándome olvidar lo que acababa de ver. Hay hombres que viven solos y saben arreglárselas, pero hay otros que no pueden.

Selina estaba pálida.

- No comprendo - murmuró -. No comprendo.

- El cristal lento funciona en ambos sentidos - le dije con voz suave -. La luz sale de la casa del mismo modo que entra en ella.

- ¿Quieres decir que...?

- No lo sé. Y no nos concierne. Ahora cálmate... Hagan vuelve ya con nuestro cristal.

El tumulto de mi estómago comenzaba a apaciguarse.


Hagan llegó al patio, trayendo un marco rectangular recubierto de plástico. Le tendí el cheque, pero él estaba observando el rostro de Selina. Pareció comprender instantáneamente que nuestros dedos desprovistos de comprensión habían hurgado en su alma. Selina apartó la mirada. Parecía envejecida, enferma, y sus ojos estaban obstinadamente clavados en el horizonte.

- Deme la manta, señor Garland - dijo finalmente Hagan -. No tenía que haberse molestado por ella.

- No importa. Aquí tiene su cheque.

- Muchas gracias. - Seguía examinando a Selina, Con un aire sorprendentemente suplicante -. Me siento muy feliz de haber llegado a un acuerdo con ustedes.

- Yo soy quien está encantado - dije, con el mismo formalismo desprovisto de todo significado. Tomé el pesado rectángulo y conduje a Selina hacia el sendero que conducía a la carretera. Cuando llegábamos ya arriba de los poco empinados peldaños de arcilla, resbaladizos ahora, Hagan llamó:

- ¡Señor Garland!

Me giré a mi pesar.

- No fue culpa mía - dijo, con voz firme -. Un conductor irresponsable los mató a los dos en la carretera de Oban, hace seis años. Mi hijo tenía tan sólo siete años cuando ocurrió. Creo que tengo derecho a conservar algo.

Asentí lentamente con la cabeza, sin decir nada, y reemprendí la marcha, apretando a mi mujer contra mí, saboreando la alegría de estar junto a ella. En el recodo del sendero, miré hacia atrás a través de la lluvia y vi a Hagan sentado, con los hombros erguidos, en el mismo lugar donde lo habíamos visto por primera vez.

Miraba fijamente hacia la casa, pero fui incapaz de decir si había alguien en la ventana.

Philip K. Dick - JUEGO DE GUERRA




El hombre alto recogió del cesto de alambre los recordatorios recibidos por la mañana, se sentó a su escritorio de la Sección Control de Importaciones Terran y los distribuyó para leerlos; luego se colocó los lentes de iris y encendió un cigarrillo.

- Buenos días - saludó a Wiseman la voz metálica y gárrula de la primera memoria cuando pasó el pulgar por la línea de la cinta empastada.

Continuó escuchando, distraído, mientras miraba por la ventana la playa de estacionamiento.

- Escuche, ¿se puede saber qué les pasa a ustedes? Les enviamos ese lote de... (Se produjo una pausa mientras el que hablaba, gerente de ventas de una tienda por secciones de Nueva York, buscaba su referencia)... juguetes ganimedianos. Bien saben que deben estar aprobados antes de la campaña de compras de otoño, a fin de tenerlos en depósito para la época de Navidad - gruñó el gerente de ventas -. Los juguetes bélicos volverán a estar en demanda este año. Tenemos pensado comprar gran cantidad - dijo para concluir.

Wiseman siguió presionando con el pulgar hasta escuchar el nombre y título del que hablaba.

- Joe Hauch - chirrió la voz del memorandum -; sección niños de Appeley.

Ah, pensó Wiseman para sí. Dejó la cinta a un lado y tomó otra en blanco, dispuesto a contestar. De pronto dijo, a media voz.

- ¿Qué sucede con esos juguetes ganimedianos?

Creyó recordar que el laboratorio de prueba los había recibido hacía tiempo; por lo menos un par de semanas.

Por esa época se prestaba especial atención a todos los productos ganimedianos. En el último año las lunas habían superado su habitual ambición económica y, de acuerdo a los servicios de inteligencia, habían empezado a tramar algún tipo de acción militar abierta contra ciertos intereses que competían con los suyos, entre los cuales los Tres Planetas Internos ocupaban el primer lugar. Sin embargo, hasta el momento no había ocurrido nada. Las exportaciones mantenían su calidad habitual; no habían aparecido bromas pesadas, ni pintura tóxica para lamer, ni cápsulas llenas de microbios.

A pesar de eso...

Una comunidad con tanta inventiva como los ganimedanos podían darse el lujo de demostrar su capacidad de creación en el campo que se le antojase. Podían encarar la subversión, por ejemplo, como cualquier otro tipo de actividad, con gran despliegue de imaginación y cierto sentido del humor.

Wiseman salió de la oficina y se dirigió al edificio anexo en el que funcionaban los laboratorios de prueba.


Rodeado de un montón de productos de consumo semi-desarmados, Pinario levantó la vista hacia su jefe, Leon Wiseman, que acababa de cerrar la última puerta del laboratorio.

- Me alegro que haya venido - dijo Pinario -. Le aconsejaría que se coloque un traje profiláctico: no debemos arriesgarnos.

Wiseman lo miró con expresión adusta, sin dejarse impresionar por el tono placentero de su empleado. Sabía que Pinario sólo trataba de ganar tiempo, pues su trabajo tenía cinco días de atraso, por lo menos, y presentía, sin duda, que esta reunión con su jefe no sería muy agradable.

- He venido por esas tropas de choque para invadir la ciudadela a seis dólares el juego - dijo Wiseman, caminando entre pilas de artículos de diverso tamaño aún sin desempacar que esperaban su turno para las pruebas correspondientes y el visto bueno final.

- ¡Oh!, ese juego de soldaditos ganimedianos - dijo Pinario, con alivio.

Con respecto a ese artículo tenía la conciencia tranquila. Todos los probadores del laboratorio conocían las instrucciones especiales del gobierno cheyenne sobre los Peligros de Contaminación para las Poblaciones Urbanas Inocentes por partículas de Culturas Enemigas, un memorandum extremadamente complicado recibido de las esferas oficiales. Siempre le quedaba un último recurso de defensa: consultar los registros y citar el número de la directiva.

- Los he separado del resto - explicó, disponiéndose a acompañar a Wiseman - porque los creo muy peligrosos.

- Vamos a ver - dijo Wiseman -. ¿Crees que es una precaución necesaria o es un caso más de paranoia con respecto a un «medio foráneo»?

- Está justificado - afirmó Pinario -, sobre todo por tratarse de artículos destinados a los niños.

Siguieron el trayecto señalado por algunos carteles hechos a mano hasta llegar a un boquete en la pared que revelaba una habitación lateral.

La extraña escena que vio en el centro del cuarto hizo detener de golpe a Wiseman: un maniquí de plástico, con las medidas de un niño de cinco años y vestido con ropas corrientes, estaba sentado en el suelo, rodeado de juguetes. En ese momento el maniquí estaba hablando.

- Esto me aburre - dijo -. Hagan algo diferente.

Después de una breve pausa, volvía a repetir lo mismo: «Esto me aburre, hagan algo diferente».

Todos los juguetes esparcidos por el suelo, provistos de mecanismos que respondían a instrucciones verbales, cumplieron el ciclo completo de sus diversas acciones y volvieron a empezar.

- Nos permite ahorrar salarios - explicó Pinario -. Este montón de basura debe cumplir todo un repertorio de funciones para que el comprador quede satisfecho de su inversión. Si nosotros nos encargáramos de hacerlos funcionar no podríamos movernos de aquí.

Frente al maniquí había un grupo de soldados ganimedianos y una ciudadela especialmente construida para rechazar el ataque de los mismos. Los soldados trataban de acercarse a hurtadillas efectuando diversas maniobras complicadas, pero al oír las palabras del maniquí habían hecho alto. En ese momento se estaban reagrupando.

- ¿Registras todo esto en cinta? - preguntó Wiseman.

- Por supuesto - respondió Pinario.

Los soldados, de unos quince centímetros de altura, estaban construidos con el termoplástico casi indestructible que había hecho famosos a los fabricantes ganimedianos. Lucían uniformes de material plástico, una síntesis de varios trajes militares usados en las Lunas y en los planetas vecinos. En cuanto a la ciudadela, era un bloque de metal oscuro y amenazador, similar a los fuertes tradicionales con las superficies superiores salpicadas de orificios para espiar y un puente levadizo que quedaba oculto. En su torrecilla más elevada ondeaba una bandera de colores.

Se oyeron algunos estampidos sibilantes producidos por una serie de proyectiles que arrojaba la ciudadela y que explotaban en medio del grupo de soldados dispuestos al ataque rodeándolos de un nube de humo.

- Está respondiendo al ataque - observó Wiseman.

- Sí, pero en última instancia sale perdiendo - explicó Pinario -. Así debe ser. Considerada desde un punto de vista psicológico, representa la realidad exterior los doce soldados, por otra parte, representan para el niño sus propios esfuerzos para enfrentar obstáculos. Al participar en el asalto a la ciudadela, el niño desarrolla la capacidad para enfrentarse a un mundo hostil. Eventualmente resultará vencedor, pero sólo después de poner todo su esfuerzo y paciencia en la lucha. Al menos eso indica el folleto de instrucciones - concluyó Pinario, entregando un ejemplar a Wiseman.

Wiseman echó una mirada al folleto.

- Las pautas de asalto ¿varían siempre? - preguntó.

- Hace una semana que lo estamos probando y todavía no han repetido el mismo tipo de asalto. Bueno, tenemos varias unidades en acción.

Los soldados se arrastraban en torno a la ciudadela, acercándose cada vez más. Varios mecanismos de medición asomaron en las paredes del fuerte para determinar los movimientos de los soldados. Estos usaban, para esconderse, los distintos juguetes que estaban siendo probados.

- Poseen orientación objetiva - explicó Pinario - y pueden aprovechar ciertas características accidentales del terreno. Por ejemplo, si encuentran a su paso una casa de muñecas qué estamos probando, trepan por ella como si fueran ratones. Se meten por todas partes.

Para demostrar lo que afirmaba tomó una nave espacial de buen tamaño y la sacudió: cayeron dos soldados.

- ¿En qué proporción consiguen su objetivo los asaltos? - preguntó Wiseman.

- Hasta ahora han tenido éxito en uno de cada nueve asaltos - dijo Pinario -; pero en la parte posterior de la ciudadela hay un tornillo que puede regularse para obtener una mayor proporción de intentos logrados.

Los dos se abrieron paso entre los soldados que avanzaban y se inclinaron para examinar la ciudadela de cerca.

- Aquí está la fuente de energía - explicó Pinario -. Muy ingenioso. Las instrucciones para los soldados también emanan de aquí. Un polvorín con transmisión de alta frecuencia.

Abrió la parte posterior de la ciudadela para mostrar a su jefe el compartimiento destinado a depósito de proyectiles. Cada bala constituía un elemento de instrucción. Para formar un modelo de asalto las balas, arrojadas al aire, vibraban y volvían a reagruparse en un orden distinto. Así se lograba obtener el factor azar. Pero como había un número finito de balas, debía haber también un número finito de asaltos.

- Estamos tratando de determinar todos los patrones de asalto - dijo Pinario.

- ¿No se puede acelerar el proceso?

- No, hay que darle el tiempo necesario; puede ser que posea mil pautas distintas y entonces...

- ...es posible que el siguiente - dijo Wiseman, terminando el pensamiento del otro - describa un ángulo de noventa grados y tire contra la persona que esté más cerca.

- O quizá algo peor - admitió Pinario, sombrío -. Ese paquete de energía posee unos cuantos ergos; está preparado para funcionar durante cinco años, pero si toda saliera simultáneamente...

- Continúe las pruebas - ordenó Wiseman.

Se miraron entre ellos y luego volvieron la atención a la ciudadela. Para entonces los soldados se habían acercado al fuerte; de súbito, un muro de la ciudadela se bajó parcialmente dejando al descubierto la boca de un cañón; los soldados se tiraron cuerpo a tierra.

- Nunca había visto esto - dijo Pinario.

Hubo un silencio. Transcurridos algunos minutos el maniquí del niño, sentado entre los juguetes, dijo:

- Esto me aburre. Hagan algo diferente.

Los dos hombres se estremecieron mientras los soldados volvían a levantarse para reagruparse.


Dos días después apareció en la oficina el supervisor de Wiseman, un hombre bajo y morrudo, con ojos saltos y expresión iracunda.

- Escuche: tiene que sacarme esos juguetes de la fase de prueba - dijo Fowler -. Tiene tiempo hasta mañana.

Iba a salir de la oficina cuando Wiseman lo detuvo.

- Se trata de algo muy serio - explicó -; venga al laboratorio y verá que está sucediendo.

Fowler lo acompañó, aunque sin dejar de argumentar durante todo el trayecto.

- Parece no tener noción del capital que algunas firmas han invertido en estos artículos - le decía en el momento de entrar en el laboratorio -. Por cada artículo de muestra que usted tiene aquí hay en la Luna una nave o un depósito con miles de ellos esperando el permiso oficial para entrar aquí.

Como no había rastros de Pinario, Wiseman empleó su propia llave.

Rodeado de juguetes, como antes, el maniquí construido por los hombres del laboratorio continuaba sentado en el suelo. En torno a él, varios juguetes cumplían con su ciclo mecánico. El ruido ensordecedor de todos los aparatos en funcionamiento hizo dar un respingo a Fowler.

- Este es el artículo en cuestión - dijo Wiseman, inclinándose hacia la ciudadela -. Como puede ver, hay doce soldados. Considerando ese número, la energía de que disponen y los complejos datos de instrucción...

- Hay sólo once soldados - dijo Fowler interrumpiéndolo.

- Quizá alguno se ha escondido por ahí - dijo Wiseman.

- Tiene razón - dijo, detrás de ellos, una voz.

Era Pinario; su rostro tenía una extraña expresión.

- Ordené que se organizara una búsqueda. Falta uno.

Los tres permanecieron en silencio.

- Quizá fue destruido por la ciudadela - se atrevió a decir Wiseman.

- Pero según las leyes de la materia - dijo Pinario -, si lo destruyó ¿qué hizo con los restos?

- Es posible que los haya transformado en energía - aventuró Fowler mientras examinaba la ciudadela.

- Tuvimos una idea ingeniosa - dijo Pinario -; cuando nos dimos cuenta de que había desaparecido un soldado pesamos la ciudadela y los once restantes. El peso total es exactamente igual al peso del juego completo, es decir a la ciudadela más los doce soldados. Por lo tanto, debemos dar por sentado que está dentro, en alguna parte - concluyó, señalando la ciudadela que en ese momento apuntaba hacia los soldados que avanzaban para atacar.

Al mirarla de cerca, algo dijo a Wiseman que la ciudadela había cambiado; no estaba como antes.

- Vamos a ver; pasen las cintas - dijo Wiseman.

- ¿Qué? - preguntó Pinario ruborizándose - ¡Oh! naturalmente.

Se acercó al maniquí y, después de desconectarlo, sacó el tambor que contenía la cinta de grabación visual. Temblando, la llevó hasta el proyector.

Después de sentarse, los tres hombres observaron las secuencias grabadas iluminándose una tras otra, hasta que se les cansaron los ojos. Los soldados avanzaban, retrocedían, recibían el fuego, se levantaban y volvían a avanzar...

- Paren esa cinta - ordenó Wiseman súbitamente.

Volvieron a pasar la última secuencia.

Un soldado, con movimientos lentos, se acercaba a la base de la ciudadela; un proyectil, que le estaba destinado, estalló muy cerca del soldado y el humo de la explosión lo ocultó por un momento. Entretanto, el resto de los soldados corrió precipitadamente tratando de escalar las paredes del fuerte. El soldado, que emergió de entre la nube de polvo, continuó su marcha. Cuando llegó junto al muro, una sección de éste se corrió hacia atrás.

El soldado, mimetizado con la mugrienta pared de la ciudadela, usó el extremo de su rifle como destornillador y se quitó la cabeza, después un brazo y por último ambas piernas. Las partes así separadas pasaron por la apertura de la ciudadela; uno de los brazos y el rifle quedaron para lo último. Cuando todo lo demás hubo pasado, esas partes también se arrastraron dentro de la ciudadela y desaparecieron. La apertura volvió a cerrarse.

Hubo un largo silencio quebrado, al fin, por la voz enronquecida de Fowler.

- El padre del niño creerá que éste ha perdido o destruido uno de los soldados. Al disminuir paulatinamente el número de piezas del juego, el niño parece culpable.

- ¿Qué sugiere usted? - dijo Pinario.

- Manténganlo funcionando - dijo Fowler mientras asentía -. Que cumpla todo su ciclo, pero no lo dejen solo.

- Desde ahora en adelante me encargaré de que siempre haya alguien en la habitación - dijo Pinario.

- Será mejor que se quede usted - observó Fowler.

Wiseman pensó, tal vez sería mejor que todos nos quedáramos junto al juego; por lo menos dos: Pinario y yo. Me intriga saber qué hizo con las piezas. ¿Qué pudo hacer?


Al finalizar la semana la ciudadela había absorbido cuatro soldados más.

Observando a través de un monitor, Wiseman no pudo percibir ningún cambio en la apariencia del fuerte. Naturalmente, el crecimiento era interno y tenía lugar en un sitio oculto.

Continuaban los eternos asaltos; los soldados se arrastraban hasta el fuerte y éste arrojaba una andanada de proyectiles para defenderse.

Mientras tanto, habían seguido recibiendo nuevos productos ganimedianos y juguetes último modelo llegaban a la oficina para ser inspeccionados.

- ¿Y ahora qué? - preguntó Wiseman para sí.

El primero era un artículo de apariencia bastante simple: un traje de cow-boy del lejano oeste americano; al menos así decía la descripción, pero él prestó al folleto una atención somera. ¡Al diablo con lo que decían los ganimedianos!

Abrió la caja en la que venía el traje y lo desdobló. Hecho con una tela agrisada, tenía una calidad indefinida. ¡Qué trabajo deficiente!, pensó. Apenas se parecía al traje tradicional de cow-boy. Las costuras eran vagas, indefinidas y cuando lo tomaba entre las manos la tela se estiraba, deformándose. Sin darse cuenta, había tirado hacia afuera el interior de un bolsillo que quedó colgando.

- No entiendo; - dijo Wiseman -. Va a ser muy difícil vender este traje.

- Pruébatelo - sugirió Pinario - ya verás.

Wiseman consiguió meterse el traje a duras penas.

- ¿Es peligroso?

- No - contestó Pinario -. Ya lo he probado; fue concebido con intención de entretener y creo que puede ser efectivo. Hay que usar la imaginación para hacerlo accionar.

- ¿En qué sentido?

- En cualquier forma.

Naturalmente, al ver el traje Wiseman se puso a pensar en cow-boys. Se imaginó en el rancho, cabalgando por el campo mientras, a los costados del sendero, un rebaño de ovejas negras rumiaba heno con el característico movimiento lento y circular de las quijadas inferiores. Se detuvo junto al cerco de alambre de púas, sostenido por un poste de vez en cuando, y siguió contemplando las ovejas. En cierto momento, y aparentemente sin motivo alguno, los animales formaron una larga fila y se alejaron hacia una colina sombría, que él no podía ver con claridad.

Había, contra el horizonte, algunos árboles aislados. Un polluelo de gavilán se remontó hacia el cielo aleteando para darse impulso, como si tratara de llenarse los pulmones de aire para volar más alto, pensó. El halcón planeó vigorosamente por algunos minutos y después se deslizó con suavidad. Wiseman recorrió el paisaje con la vista, tratando de descubrir la posible presa.

Ante sí, el campo seco, rasurado por las ovejas que habían pastado en él, se extendía bajo el sol estival. Algunas langostas saltarinas salpicaban la planicie; de pronto, en medio del camino, apareció un sapo. Estaba casi enterrado en un montículo de tierra y sólo la parte superior de su cuerpo permanecía al descubierto.

Se inclinó y, armándose de coraje, trató de acariciar la cabeza del sapo, cubierta de verrugas, cuando oyó a sus espaldas la voz sonora de un hombre.

- ¿Te gusta mucho?

- Sí, claro - respondió Wiseman.

Respiró profundamente, aspirando el olor a pasto seco que le llenó los pulmones.

- ¿En qué se distingue el sapo macho de la hembra? ¿Por las manchas, quizá?

- Por qué me lo preguntas? - dijo el hombre que continuaba detrás de él, fuera de su campo visual.

- Aquí hay un sapo.

- ¿Podría hacerte algunas preguntas? Curiosidad, simplemente.

- Por supuesto - respondió Wiseman.

- ¿Cuántos años tienes?

La pregunta era fácil.

- Diez años y cuatro meses - respondió, orgulloso.

- ¿Dónde estás en este momento?

- En el campo; este rancho es del señor Gaylor. Mi padre nos trae a mamá y a mí todos los fines de semana, siempre que puede.

- Vuélvete y mírame bien - dijo el hombre -, a ver si me conoces.

Apartó la mirada del sapo semienterrado y, al volverse de mala gana, vio a un adulto de rostro alargado y nariz irregular.

- Usted es el que entrega el gas - dijo -; trabaja para la compañía de gas butano.

Miró alrededor y, como era de esperar, el camión estaba estacionado allí cerca.

- Dice mi padre que el butano es muy caro, pero no hay otro...

El hombre lo interrumpió.

- Por curiosidad, solamente. ¿Cómo se llama la compañía de butano?

- Lo dice en el camión - dijo Wiseman mientras leía los grandes caracteres pintados en el costado del vehículo - «Pinario Distribuidora de Butano. Petaluma. California». Usted es el señor Pinario.

- ¿Puedes jurar que tienes diez años y estás en un campo cerca de Petaluma, California? - preguntó el señor Pinario.

- Claro - replicó el otro.

Más allá del campo vio algunas colinas arboladas. Sintió deseos de ir hasta ellas y vagabundear; estaba cansado de estar quieto, hablando sin moverse.

- Hasta luego - dijo, mientras empezaba a caminar -. Tengo que hacer un poco de ejercicio.

Salió corriendo por el sendero de grava, dejando solo al señor Pinario. Las langostas, asustadas, saltaban a su paso. Echó a correr, cada vez más rápido hasta qué empezó a jadear.

- ¡Leon! - llamó el señor Pinario - deja de correr.

- Quiero llegar hasta esas colinas - dijo Wiseman con la voz entrecortada, pues aún seguía trotando.

Súbitamente sintió un fuerte golpe; cayó de bruces y trató de levantarse con gran esfuerzo.

Un tenue resplandor se produjo en el aire seco del mediodía. Sintió miedo y trató de alejarse. Frente a él comenzó a materializarse un objeto; era una pared plana...

- No podrás llegar hasta esas colinas - dijo el señor Pinario a sus espaldas -. Será mejor que te quedes en tu lugar; es peligroso, puedes chocar contra algo.

Wiseman tenía las manos húmedas de sangre; al caer se había cortado.

Miró la sangre, azorado...

Mientras lo ayudaba a quitarse el traje de cow-boy, Pinario le decía:

- Es el juguete más malsano que pueda pedirse; al poco tiempo de usarlo, el niño será incapaz de enfrentar la realidad contemporánea. Mire como ha quedado.

Poniéndose de pie con mucha dificultad, Wiseman examinó el traje que Pinario le había quitado a la fuerza.

- No está mal - dijo, temblándole la voz -. Evidentemente estimula cierta tendencia a la enajenación que pueda haber latente. Reconozco haber abrigado siempre cierta añoranza por volver a la niñez, especialmente a ese período en que vivíamos en el campo.

- Fíjate que dentro de la fantasía has logrado incorporar ciertos elementos reales - dijo Pinario -, para prolongarla todo el tiempo posible. De no haberte llamado a la realidad habrías incorporado al sueño la pared del laboratorio para imaginar que se trataba del granero.

- Ya... había empezado a ver el viejo edificio donde se ordeñaba - admitió Wiseman -; donde los granjeros iban a buscar la leche.

- Después de cierto tiempo habría sido imposible sacarte de allí - dijo Pinario.

Si esto le sucede a un adulto, ¿qué pasará con un niño?, pensó Wiseman.

- Eso que ves allí - dijo Pinario - ese juego, es una novedad excéntrica. ¿Quieres verlo? No hay prisa, sin embargo.

- Me encuentro bien - afirmó Wiseman, y tomando el tercer artículo comenzó a desenvolverlo.

- Se llama «Síndrome» - dijo Pinario -; es muy semejante al antiguo juego de Monopolio.

El juego estaba compuesto de un cartón, dados, piezas que representaban a los jugadores y dinero para jugar. Traía también certificados de acciones.

- Es como todo ese tipo de juegos - dijo Pinario -, sin molestarse en leer las instrucciones -. Obviamente consiste en comprar el mayor número de acciones. Vamos a llamar a Fowler para que participe; se necesitan por lo menos tres participantes.

El jefe de la sección no tardó en reunirse con ellos, y los tres se sentaron a una mesa con el juego de Síndrome en el centro.

- Todos los jugadores empiezan con la misma base - explicó Pinario - como se acostumbra en este tipo de juego. Durante el desarrollo del mismo la situación de los participantes va cambiando de acuerdo con el valor de las acciones que adquieren en los diversos síndromes económicos.

Los síndromes estaban representados por unos objetos de plástico, de colores vivos y tamaño pequeño, semejantes a las viejas casas y hoteles del juego de Monopolio.

Arrojaban el dado y, según los puntos que sacaban, movían las piezas sobre el cartón; de acuerdo con los puntos obtenidos hacían ofertas para comprar propiedades; compraban, pagaban multas, cobraban multas y a veces volvían por un rato a «las cámaras de descontaminación».

Mientras tanto, a sus espaldas, los siete soldaditos volvían a atacar la ciudadela, una y otra vez.

- Eso me aburre - dijo el niño maniquí -. Hagan algo diferente.

Los soldados se reagruparon y empezaron un nuevo ataque, acercándose cada vez más a la fortaleza.

Inquieto e irritado, Wiseman exclamó:

- Me pregunto cuánto tiempo tiene que seguir funcionando eso para que podamos descubrir su finalidad.

- No podemos saberlo - dijo Pinario, clavando la mirada en una acción de mercado color púrpura y oro que Fowler acababa de adquirir -. Esa me viene bien, es de una mina de uranio en Plutón. ¿Cuánto pide por ella?

- Tiene un alto valor - murmuró Fowler, mirando apreciativamente sus otras acciones -. Puede ser que haga un trueque.

¿Cómo puedo concentrarme en el juego - pensó Wiseman - si esa cosa se acerca cada vez más, Dios sabe a qué punto critico? ¡Ojalá supiera para qué fue construida! Para llegar a un punto crítico de masa...

- Un momento - dijo lenta y cautelosamente, dejando sobre la mesa su paco de acciones -. ¿No les parece que esa ciudadela puede ser una pila?

- ¿Pila de qué? - preguntó Fowler, ensimismado en el juego.

- Dejen de jugar - ordenó Wiseman en voz alta.

- La idea es interesante - dijo Pinario, dejando a un lado sus fichas -; puede convertirse en una bomba atómica poco a poco. Va agregando masa hasta que... - se interrumpió -... no, ya hemos pensado en eso. No contiene elementos pesados. Es sólo una batería que dura cinco años, mas una cantidad de pequeños mecanismos, manejados mediante instrucciones transmitidas por la misma batería. Con esos elementos no se puede hacer una pila atómica.

- Creo que sería conveniente salir de aquí - dijo Wiseman.

Su reciente experiencia con el traje de cow-boy le había inspirado gran respeto por los artífices ganimedianos. Si el traje era un juguete pacífico...

Mirando por encima del hombro Fowler anunció:

- Ahora quedan sólo seis soldados.

Wiseman y Pinario se pusieron de pie simultáneamente. Era cierto; sólo quedaba la mitad del grupo de soldados. Otro más había quedado integrado a la ciudadela.

- Llamemos a servicios militares y pidamos un experto en bombas - dijo Wiseman -, para que la examine. Esto no corresponde a nuestro departamento.

Y volviéndose hacia su jefe agregó:

- ¿No está de acuerdo?

- Primero terminemos el partido - dijo Fowler.

- Es mejor estar seguros - dijo Wiseman.

Su expresión distraída denotaba que estaba completamente absorto en el juego y deseaba seguir hasta el final.

- ¿Cuánto ofrecen por mi acción de Plutón? - preguntó -. Estoy dispuesto a aceptar ofertas.

Hizo un trueque con Pinario y así, entretenidos, continuaron jugando una hora más. Pasado ese tiempo fue evidente para todos que Fowler estaba ganando control de los diversos tipos de acciones. Había podido acumular cinco síndromes de minas, dos de fábricas de plástico, un monopolio de algas y los siete síndromes de ventas al por menor. Como consecuencia de haber logrado el control de las acciones, había acumulado casi todo el dinero.

- Yo salgo - dijo Pinario - ¿Alguien quiere comprar lo que me queda? - preguntó, señalando las acciones insignificantes que no le dan control de nada.

Wiseman ofreció el dinero que le quedaba para comprar las últimas acciones y con el producto de la compra reinició el juego, esa vez sólo contra Fowler.

- Es evidente que este juego es una réplica de aventuras económicas típicamente infra-culturales - dijo Wiseman -. Los síndromes de ventas minoristas son, sin lugar a dudas, acciones ganimedianas.

Empezó a entusiasmarse. En dos oportunidades el dado le resultó favorable y eso le permitió agregar algunas acciones a su escaso capital.

- Los niños que participen en este juego - comentó - adquirirán una sana actitud con respecto a la realidad económica. Los preparará para desenvolverse en la vida.

Pero pocos minutos después su marcador cayó sobre un gran recuadro de acciones pertenecientes a Fowler y la multa consiguiente lo despojó de todos sus recursos. Tuvo que renunciar a dos acciones importantes; el fin estaba a la vista.

Pinario echó una mirada a los soldados que avanzaban contra la ciudadela.

- ¿Sabes una cosa, Leon? - preguntó -. Creo que estoy de acuerdo contigo; esto puede ser una terminal de bomba, una especie de estación receptora. Cuando tenga toda la cuerda acumulada tal vez la energía transmitida desde Ganimedes provoque una explosión.

- ¿Creen que eso es posible? - preguntó Fowler mientras distribuía pilas de dinero de acuerdo a su valor.

- ¿Quién sabe de lo que son capaces? - dijo Pinario caminando con las manos en los bolsillos -. ¿Terminaron de jugar?

- Falta poco - dijo Wiseman.

- Les digo eso - explicó Pinario - porque ahora sólo quedan cinco soldados. Está actuando con más celeridad. Tardó una semana en incorporar el primer soldado, y para el séptimo sólo necesitó una hora. No me sorprendería que el resto, los cinco que quedan, se fueran en una hora.

- Terminamos - anunció Fowler, que acabó dueño de todas las acciones y hasta el último dólar.

- Llamaré a los servicios militares para que examinen la ciudadela - dijo Wiseman apartándose de Fowler que quedaba solo a la mesa. En cuanto a este juego - agregó -, es sólo una imitación del juego terráqueo de Monopolio.

- Tal vez no han advertido que ya lo tenemos, aunque con otro nombre - dijo Fowler.

Después de estampar el sello de admisibilidad sobre el juego de Síndrome informaron al importador. Wiseman llamó desde su oficina a los servicios militares para pedirles ayuda.

- Enseguida le enviaremos un experto en bombas - dijo una voz suave desde el otro extremo de la línea -. Tal vez convenga dejar el objeto hasta que llegue el técnico.

Wiseman agradeció al empleado y cortó; se sintió inútil. No habían podido descubrir el misterio de la ciudadela y ahora el asunto estaba fuera de sus manos.


El experto en bombas, un joven de pelo muy corto, les sonrió amablemente mientras dejaba su equipo en el suelo. Vestía traje mecánico común, sin ninguna protección especial.

- Mi primera recomendación - dijo después de mirar rápidamente la ciudadela - sería desconectar las tomas de la batería; o, si lo prefieren, podemos dejar que se cumpla todo el ciclo y desconectaremos las cargas antes de que se produzca cualquier reacción. En otras palabras; dejaremos que los últimos elementos móviles penetren en la ciudadela y, en cuanto estén dentro, desconectaremos las tomas, las abriremos y veremos qué es lo que está pasando.

- ¿No es peligroso? - preguntó Wiseman.

- No creo - dijo el experto -; al menos no detecto signos de radioactividad.

Se sentó en el suelo, frente a la parte posterior de la ciudadela, con un alicate cortante.

Quedaban sólo tres soldados.

- Ya no tardará - dijo el joven, entusiasmado.

Quince minutos más tarde, uno de los soldados restantes se arrastró hasta la base de la ciudadela, se quitó la cabeza, un brazo, las piernas, el tronco y desapareció, en trozos, por la apertura que tenía ante sí.

- Ahora quedan dos - anunció Fowler.

Diez minutos después, uno de los dos soldados que quedaba siguió al anterior.

Los presentes se miraron entre sí.

- Estamos llegando al final - sentenció Pinario, con la voz enronquecida.

El último soldado se abrió paso hacia la ciudadela. A pesar de los proyectiles disparados, continuó su camino.

- Desde un punto de vista lógico - dijo Wiseman en voz alta, para romper la tensión -, debería requerir más tiempo a medida que avanza el proceso, puesto que hay menos soldados en los que concentrar la acción. Tendría que haber empezado rápido para después hacerse menos frecuente, y el último soldado debería haber tardado por lo menos un mes para...

- Baje la voz - dijo el experto, amable -. Por favor.

El soldado número doce había llegado a la base del fuerte. Igual que los precedentes empezó a desarticularse.

- Tenga listo el alicate - graznó Pinario.

Las partes del soldado se introdujeron en la ciudadela. La apertura empezó a cerrarse lentamente. Desde adentro se escuchó un zumbido. Hubo signos de actividad.

- ¡Ya, por el amor de Dios! - gritó Fowler.

El técnico cortó con las tenacillas la toma positiva de la batería. Una chispa se desprendió de la herramienta y el joven dió un brinco; el alicate saltó de la mano y se deslizó por el suelo.

- ¡Jesús! - exclamó -. Parece que dí en tierra.

Un poco mareado, se inclinó para recoger el alicate.

- Tenía la mano apoyada sobre el armazón de esa cosa - dijo Pinario, excitado.

El joven recogió el alicate y se puso en cuclillas, buscando a tientas la toma.

- Tal vez si lo envuelvo en un pañuelo - murmuró, tomando el alicate mientras buscaba un pañuelo en el bolsillo -. ¿Alguien puede darme algo para envolver ésto? No quiero que me tire al suelo; quién sabe cuántos...

- Démelo a mí - pidió Wiseman, quitándole el alicate y, haciendo a un costado a Pinario, cerró las muelas del alicate en torno a la toma.

- Demasiado tarde - dijo Fowler, con calma.

Aturdido por un rumor constante que sentía en la cabeza, Wiseman casi no pudo oír la voz de su jefe; se tapó los oídos con las manos haciendo un esfuerzo inútil por no escuchar el ruido. Parecía pasar directamente de la ciudadela a su cerebro, transmitida por el hueso. Nos demoramos demasiado - pensó -; nos tiene en su poder. Ganó porque somos muchos y empezamos a discutir entre nosotros...

Escuchó una voz en su cerebro:

- Lo felicito por su fortaleza; usted ha ganado.

Tuvo una agradable sensación de triunfo.

- Había tantas posibilidades en contra - continuó la voz - que cualquier otro habría fracasado.

Entonces supo que todo estaba bien. Se había equivocado.

- Lo que acabas de lograr - continuó la voz -, puedes repetirlo en cualquier momento de tu vida. Siempre podrás triunfar sobre tus adversarios; si eres paciente y constante podrás triunfar; el universo, después de todo, no es un lugar apabullante...

Estaba de acuerdo. Es cierto, pensó, irónicamente; tiene razón.

- Son personas comunes - dijo la voz, tranquilizándolo -. Aunque eres uno solo, un individuo contra todos, nada tienes que temer. Deja pasar el tiempo y no te preocupes.

- Así lo haré - dijo en voz alta.

El zumbido disminuyó paulatinamente; la voz se apagó.

- Terminó - dijo Fowler después de una larga pausa.

- No entiendo nada - confesó Pinario.

- Esa es la finalidad - dijo Wiseman -. Se trata de un juguete de apoyo psicológico; contribuye a darle confianza en sí mismo al niño. La destrucción de los soldados pone fin a la separación que existe entre él y el mundo; se confunde con el medio hostil y, al hacerlo, logra dominarlo.

- Entonces no es perjudicial - dijo Fowler.

- ¡Tanto trabajo para nada! - gruñó Pinario y, dirigiéndose al experto en bombas agregó -. Lamento haberlo hecho venir.

La ciudadela abrió sus puertas de par en par. Doce soldados, completos e intactos, salieron de adentro. El ciclo se había cumplido; una vez más podía comenzar la serie de asaltos.

- No voy a aprobarlo - anunció repentinamente Wiseman.

- ¿Qué dice? - preguntó Pinario - ¿Porqué?

- No me inspira confianza. Es demasiado complicado para lo que hace.

- Explíquese - pidió Fowler.

- No hay nada que explicar - continuó Wiseman -. Tenemos aquí un artefacto muy complicado y todo lo que hace es desarmarse y volverse a armar. Tiene que haber algo más que nosotros no podemos...

- Pero es terapéutico - interpuso Pinario.

- Lo dejo a tu criterio, Leon - dijo Fowler -, si tienes dudas, no lo apruebes. No están de más ciertas precauciones.

- Tal vez me equivoque - dijo Wiseman -, pero no puedo menos que pensar una cosa: ¿Para qué fabricaron esto? Creo que aún no lo sabemos.

- ¿Tampoco aprobaremos el traje de cow-boy norteamericano? - dijo Pinario.

- No. Sólo el otro juego - dijo Wiseman - ese... Síndrome, o como se llame.

Se inclinó para ver a los soldados asaltar la ciudadela. Otra vez las bocanadas de humo, más actividad, ataques simulados, cuidadosas retiradas...

- ¿En qué estás pensando? - preguntó Pinario, mirándolo atentamente.

- Tal vez su único objeto sea distraernos - dijo Wiseman -; mantener nuestras mentes ocupadas para que no nos demos cuenta de algún otro hecho.

Tenía una vaga intuición, una inquietud, pero no podía precisarla.

- Un anzuelo - dijo -, mientras sucede algo más en lo que no reparamos. Por eso es tan complicado, para despertar nuestras sospechas. Fue construido con ese fin.

Confundido aún, puso el pie frente a un soldado; éste se refugió detrás del zapato, escondiéndose de los monitores de la ciudadela.

- Debe ser algo que tenemos ante nuestros propios ojos - dijo Fowler - y no lo percibimos.

- Sí - dijo Wiseman, preguntándose si lograrían encontrarlo -. De todos modos queda aquí, donde podemos observarlo.

Se sentó cerca, dispuesto a mirar el accionar de los soldados. Se puso lo más cómodo posible, preparándose para esperar mucho, mucho tiempo.


Esa misma tarde, a las seis, Joe Hauck, gerente de ventas de la tienda para niños Appeley, paró el coche frente a su casa; bajó y subió rápidamente los escalones.

Llevaba bajo el brazo un paquete grande; era una muestra, de la que se había apropiado.

- ¡Hola! - chillaron sus hijos Bobby y Laura cuando entró - ¿Nos trajiste algo, papaíto?

Se pusieron a saltar en torno suyo, impidiéndole el paso. Su esposa dejó la revista que estaba leyendo y lo miró desde la cocina.

- Es un nuevo juego que les he traído - dijo Hauck, sintiéndose alegre al desatar el paquete.

No veía por qué razón no podía, de vez en cuando, llevarse alguno de los paquetes con los nuevos juguetes. Había pasado semanas en el teléfono, tratando de que Control de Importaciones aprobara la mercadería. Después de tanto tira y afloja, sólo uno de los tres artículos había sido aprobado.

Mientras los chicos se iban con el juego, su esposa murmuró en voz baja:

- Más corrupción en las altas esferas.

Nunca aprobaba que él trajera a su casa artículos del negocio.

- Tenemos miles de esos juegos - contestó Hauck -; el depósito está lleno, uno más o menos no tiene importancia. Nadie notará que falta.

A la hora de la cena los niños leyeron cuidadosamente las instrucciones, estudiándolas palabra por palabra. Era lo único que les interesaba.

- No leáis mientras coméis - los reprendió la madre.

Recostándose en el respaldo de la silla, Joe Hauck con mentó sus experiencias del día.

- Y después de tanto tiempo, ¿sabes qué aprobaron? Un miserable artículo. Con mucha suerte y una campaña intensa tal vez saquemos alguna ganancia. Lo que se hubiera vendido muy bien es ese invento de las tropas de choque. Pero está estancado indefinidamente.

Encendió un cigarrillo, dispuesto a descansar. Estaba disfrutando de la tranquilidad del hogar, la compañía de su esposa y sus hijos.

- Papá, ¿quieres jugar? - preguntó su hija -. Dice que cuantos más jugadores mejor.

- Por supuesto - replicó Joe Hauck.

Mientras su mujer retiraba los platos de la mesa, los niños y él extendieron el cartón; sacaron el dado, el facsímil de dinero y las acciones. No tardó en concentrarse en el juego, que absorbió toda su atención. Le volvieron a la mente reminiscencias de juegos de su niñez y, con habilidad y recursos originales, empezó a acumular acciones. Cuando el juego estaba por terminar había logrado apoderarse de casi todos los síndromes.

Se recostó, suspirando satisfecho.

- Eso es todo - dijo a los niños -. Reconozco que tengo un poco de ventaja; después de todo, tengo cierta experiencia en este tipo de juego.

Se puso a levantar del cartón las valiosas acciones; estaba orgulloso y satisfecho.

- Lamento haberles ganado, chicos.

- No has ganado - respondió la niña.

- Has perdido - afirmó el varón.

- ¿Queeeé? - exclamó Joe Hauck.

- La persona que termina con más acciones, pierde - aclaró Laura.

- ¿Ves? - dijo, mostrándole la hoja de instrucciones -. La finalidad es desprenderte de tus acciones. Papá, estás fuera del juego.

- ¡Al diablo con todo! - exclamó, frustrado - ¿Qué clase de juego es este? No es divertido.

- Ahora continuamos el juego nosotros dos - dijo Bobby -; después veremos quién gana.

Mientras se apartaba de la mesa, Joe Hauck murmuró.

- No entiendo. ¿Qué podrá ver la gente en un juego en que el ganador termina sin nada?

Los chicos continuaban con el juego. A medida que el dinero y las acciones pasaban de una mano a otra, el entusiasmo de los niños iba en aumento. Cuando el juego llegó a su etapa final estaban tan concentrados que era imposible sacarlos de su embeleso.

- No conocen Monopolio - dijo Hauck -, por eso este juego tonto les gusta.

De todas maneras, lo importante era que Síndrome gustara a los chicos. Eso quería decir que sería fácil venderlo, y eso le bastaba.

Los niños aprendieron con facilidad a entregar su capital; demostraban mucha ansiedad por desprenderse de sus acciones y del dinero, agitados y felices.

Laura levantó la vista un momento, los ojos brillantes de satisfacción.

- Es el mejor juego educativo que has traído a casa, papá - dijo.


David Langford - TRAS EL INCIERTO HORIZONTE, A MANO DERECHA



En lo alto, sin armar jaleo, las estrellas se estaban apagando una a una.


Mientras tanto, la sesión vespertina de reclutamiento de la Patrulla Cósmica iba bastante bien, con el Agente Cósmico Mac Malsenn como atracción principal. Malsenn estaba demostrando el virtuosismo de que era capaz un Agente bien entrenado haciendo malabarismos con doce sacos llenos de gránulos de tulio, sacos que pesaban veinte kilos cada uno. De los malabarismos se encargaba la mano izquierda, mientras que la derecha manejaba los increíblemente sensibles controles del aparato de manipulación genética con el que estaba creando una especie hasta ahora desconocida de whelk telepático. Mientras, su tranquila voz iba enunciando lacónicamente las jugadas que hacía en treinta y cinco partidas simultáneas de ajedrez 4-D; sus piernas, sujetas con cadenas, se movían con increíble precisión mientras iban esquivando los mortíferos pozos de lava y las pieles de plátano utilizadas en la Etapa número 10 del Curso de Asalto para Comandos. Naturalmente, llevaba los ojos vendados. El observador casual quizá no llegara a darse cuenta de que sus pensamientos estaban en otra parte, absortos en la belleza de su amada, Laura, quien esa misma mañana le había dicho que podía considerarla como su prometida. Malsenn tenía la vaga idea de que «prometida» quería decir «amiguita», y estaba la mar de contento.

Inspirados por su actuación, los reclutas se empujaban unos a otros por el privilegio de convertirse en Agentes Cósmicos y matar a todas las formas de vida alienígenas que les diera la gana. La prueba básica de entrada era una sencilla combinación de examen físico y mental concebida por el mismo Malsenn. De la puerta trasera de la estación de reclutamiento iban emergiendo interminables colas de inválidos con el cerebro destrozado que se agitaban débilmente para ocupar el mejor sitio en los montones de camillas apiladas unas sobre otras. La Patrulla Cósmica no quería debiluchos: se trataba de una organización tan exclusiva que, invariablemente, el único Agente que participaba en sus grandes desfiles y marchas era Malsenn (lo cual le daba a los envidiosos la oportunidad para murmurar que siempre perdía el paso).

De repente, el transceptor colocado en el canino derecho de Malsenn empezó a sonar. Malsenn rechinó los dientes, lo cual tuvo el efecto accidental de poner en marcha una muela del juicio que emitió inmediatamente toda su reserva de refranes, entre los que figuraban algunos tan interesantes como «Planetoide rodado no cría musgo» y «Más vale parsec en mano que cien años luz volando». Mientras tanto, su canino izquierdo iba diciendo:

- Esto es un mensaje grabado. El Agente Cósmico se encuentra muy ocupado. Por favor, deje su mensaje al oír el tercer pip, momento en el cual este mecanismo se desconectará automáticamente. Pip...

- ¡Malsenn, sé que estás ahí! - Era la voz de Alkloyd, el comandante de la Flota Estelar, cuya osadía y capacidad de iniciativa podían rivalizar con las de la babosa. Malsenn suspiró, metió su lengua en la cavidad borrado del diente donde estaba el transceptor y, mientras iba dictando un ininterrumpido torrente de jugadas de ajedrez por un lado de esa misma lengua, utilizó el otro lado para decir:

- Ahora estoy un poco atareado. ¿Es importante?

- Prueba a levantar la vista.

Malsenn miró hacia arriba.

- Está negro - dijo -. Mucho.

- ¿No te das cuenta de que en lo alto las estrellas se están apagando una a una sin armar jaleo?

- Un momento... - Un solo fruncimiento de las bien entrenadas cejas de Malsenn convirtió la venda en un montón de tela calcinada que se dispersó como si fuera confetti -. ¡¡¡8/3πr2!!! - maldijo -. Cielo santo, Alkloyd... parece que en lo alto las estrellas se estén apagando una a una sin...

- Ya lo sé, ya lo sé - dijo el Comandante con un chillido histérico que le hizo sentir una cierta dentera a Malsenn -. Y, ahora, ¿quieres hacer algo al respecto? Tengo la impresión de que este asunto es de los que te van como un guante. Bueno, tengo que cortar... es hora de tomar el café.

Malsenn empezó a moverse a toda velocidad, dictando mates en dos o tres jugadas mientras se enfrentaba a los últimos y letales aros antimateria de la pista de obstáculos, haciendo un trabajo algo apresurado en los genes del whelk: su prisa tuvo como efecto que las señales que había sobre la concha de la criatura que había tenido la intención de que mostraran la Oda a una urna griega, exquisitamente caligrafiada se limitarían a formar una no muy hermosa transcripción mecanografiada de Gunga Din.

Tras haber roto sus cadenas, Malsenn corrió hacia el espaciopuerto tan deprisa que provocó unos cuantos informes sobre OVNIS curiosamente borrosos que volaban a baja altitud. Su pequeña nave de exploración, el Ratoncillo Estelar, le aguardaba en el espaciopuerto, armada con revienta-universos de varias tallas y totalmente repostada de combustible. En menos tiempo del que hace falta para entrar por una escotilla Malsenn ya había entrado por la escotilla, se había lanzado sobre los controles y había dejado atrás el sistema solar; sólo entonces, con la concentración en el deber momentáneamente relajada, se dio cuenta de que su mano izquierda seguía haciendo malabarismos con doce sacos repletos de gránulos de tulio. Los dejó caer al suelo y preparó el rumbo hacia donde había estado Sirio: en lo alto, la estrella se había apagado sin armar jaleo. Como siempre, el impulsor intergaláctico del Ratoncillo Estelar se basaba en un nuevo y asombroso principio concebido por Malsenn mientras estudiaba modelos de goma de los patoides centurianos en su bañera. El Impulsor Axiomático tenía de raro que en ningún momento superaba la velocidad de la luz; en vez de ello, su campo antilógico redefinía dicha velocidad como algo infinito (más o menos), asegurándose con ello de que no hubiera ninguna necesidad de excederla.

Un subproducto de esta variación axiomática era que se podía utilizar el E=mc2 de Einstein para extraer una cantidad infinita de energía de una masa finita: la fusión de un solo átomo de hidrógeno bastaba para cualquier viaje, y dejaba un superávit de energía infinito que era preciso almacenar en pilas.


Y, entonces, lo imposible sucedió. En una transición tan rápida que la vida de Malsenn sólo consiguió pasar ante sus ojos utilizando la velocidad de varios millones de imágenes por segundo, el fondo del universo se desprendió. Un instante después volvió a su sitio de costumbre, y el aturdido Agente Cósmico descubrió que su entorno había cambiado por completo. El Ratoncillo Estelar ya no existía; y sólo uno de los sacos con gránulos de tulio seguía a su lado en aquella extraña e iridiscente envoltura de un material indefinible pero indiscutible. A través de aquel algo iridiscente vio una terrible mueca sardónica y una barba igualmente terrible... una mueca sardónica y una barba que sólo podían pertenecer a su viejo enemigo, el archidemonio satánico, el crítico y sibarita de los megagenocidios. ¡Nivek!

- ¡Ja, ja! - dijo el malvado -. ¡Volvemos a encontrarnos, maldito Agente Cósmico! ¿Cómo podías imaginarte mi más reciente aparato, mi trampa-botella de Klein, un invento todavía más satánico que la caspa? ¿Cómo podías imaginarte que en cuanto dejaras la protección de la Tierra yo podría redefinir el espacio de tal forma que, pese a que las botellas de Klein carecen de interior o exterior, tú te encontrarías aparentemente dentro de ella? ¿Cómo podías imaginarte que...?

- La verdad es que ya me esperaba todo esto y he permitido que me atraparas - dijo Malsenn, sopesando disimuladamente el saco con los gránulos de tulio. Tenía la corazonada de que podían resultarle útiles.

- ¿Cómo podías imaginarte que permitiendo que te atrapara estabas cayendo en una trampa? - dijo Nivek.

- Y tú - replicó Malsenn -, ¿cómo podías imaginarte que permitiéndome caer en una trampa has caído en una trampa? ¡Dado que para esta botella de Klein el interior y el exterior son lo mismo, puedo redefinirme en un momento como situado fuera de ella, con lo cual te dejo atrapado! - Y, con un poderoso esfuerzo de voluntad, Malsenn retorció la estructura conceptual de lo que, para entendernos, podría calificarse de realidad. La contigüidad espacial se dobló por varios sitios con un crujido oxidado y se oyó un ruido terrible, como si una gran cantidad de gigantes rojas y enanas blancas estuvieran entregándose a repugnantes perversiones (como así estaba ocurriendo, de hecho). La botella de Klein eructó y se volvió del revés, dejando fuera a Malsenn mientras Nivek se quedaba dentro, irremediablemente atrapado. Por desgracia, atrapado en el interior junto a Nivek estaba todo el universo conocido.

- Mi bobo adversario, no pensarías que me había olvidado de cerrar la botella con un tapón conceptual, ¿verdad?

- De acuerdo, demonio. Has ganado este asalto, pero cuando nuestras espadas vuelvan a cruzarse seré yo quien tenga las mejores cartas. No me cabe duda de que eres tú quien está haciendo apagarse las estrellas, ¿eh?

Malsenn oyó un horrible raspar: Nivek se estaba acariciando la barba.

- Sí. Necesito fuentes de energía, y he encerrado al 99% de los soles conocidos dentro de esferas Dyson para utilizar su potencia. Así conseguiré la energía suficiente para ponerle fin a este universo tan mundano.

Malsenn estaba sorprendidísimo.

- Nivek, me asombras. ¿Por qué no estás utilizando las sanguijuelas energéticas chupa-galaxias en las que solías confiar? ¿O los generadores nova? ¿Por qué no usar los sistemas de calefacción central accionados por el fuego planetario?

- Últimamente me he vuelto un poco ecologista - dijo Nivek, subrayando sus palabras con un ademán más bien lánguido -. ¿Te has fijado? Hay muy poca gente capaz de domesticar los ademanes rigelianos.

- No me extraña. Por lo lánguidos que son, el que los hace parece a punto de morirse. Pero, ¿qué opinarías de regodearte un poco y revelarme el ingenioso sistema con el que pretendes ponerle fin al universo? De esa forma podré... bueno, podré mostrar el debido terror.

- Por supuesto que no.

- ¡Naña naña, naña naña, el viejo Nivek es tonto y no tiene ningún plan!

El señor del mal cayó de lleno en la sutil trampa de manipulación psicológica tendida por Malsenn.

- ¡Sí lo tengo, sí lo tengo, sí lo tengo! - respondió con astucia jesuítica -. ¡Mi intención es duplicar todo el universo!

- Vaya, parece algo bastante... constructivo - dijo Malsenn, no muy convencido.

- Ah, pero incluso la más pequeña partícula del nuevo universo ocupará el mismo espacio que el viejo. Bang.

- Astuto, diabólicamente astuto - admitió el Agente Cósmico -. Pero aún tenemos que ocuparnos del muy singular asunto de la singularidad.

- Pero si en mi plan no hay ninguna singularidad...

- Por eso es tan singular. Debes comprender que en estos tiempos todos los planes contienen por lo menos un agujero negro o una singularidad.

El rostro de Nivek se iluminó de alegría.

- Estupendo. Tú mismo me has dado el medio de eliminarte - graznó, lleno de felicidad -. ¡Lo único que debo hacer es apretar este botón, y te verás precipitado inexorablemente hacia los inescapables confines de una singularidad cercana! ¿Tienes algunas últimas palabras que pronunciar?

- No pienso darte esa satisfacción, canalla - logró jadear Malsenn por entre sus apretadas mandíbulas.

Nivek anotó esas palabras en un volumen sobre cuya tapa había escrito ÚLTIMAS PALABRAS DE AGENTES CÓSMICOS: por lo menos Malsenn tuvo la satisfacción de ver cómo tenía que hacer tres intentos antes de escribir correctamente «satisfacción». Un instante después, la cabeza de guerra hizo impacto en la punta de su caftán y, con una extraña sensación de plátanos implosionando, al universo de Malsenn se le desprendieron el fondo, la tapa y unos cuantos lados.


E, inmediatamente, se encontró cayendo hacia un punto del espacio cuyos inmensos trastornos y distorsiones hacían que la luz de las estrellas trazara pautas tan enloquecidas como las de una pantalla de televisión cuando la emisora termina la programación o llega la hora del noticiario. El ir y venir de las ondas gravitatorias hizo que Malsenn sintiera una extraña incomodidad parecida al mareo espacial. Siguiendo una desesperada intuición, Malsenn se arrancó la bota izquierda y la arrojó hacia un lado. La fuerza de reacción causada por haber arrojado la bota hizo que dejara de caer hacia aquella singularidad indecentemente desnuda y le puso en órbita. Mientras se ajustaba su casco espacial de bolsillo, Malsenn se dio cuenta de que sus dedos seguían sujetando el saco con los gránulos de tulio. La corazonada de que le resultarían útiles era más fuerte que nunca. Pero su poderosa mente estuvo meditando en ello sin resultado alguno durante muchas horas mientras su cuerpo circulaba, - para ser más precisos, elipsaba - junto a la zona donde el espacio se caía por el sumidero. ¿No habría forma alguna de escapar? De repente recordó un artículo que había leído mientras visitaba 1978 por razones de trabajo: un artículo que explicaba las irracionales propiedades de las singularidades. Al parecer, si uno esperaba el tiempo suficiente, la singularidad acabaría emitiéndolo irremediablemente todo, fuera lo que fuese. Aquello no había sido comprobado, sobre todo porque nadie había esperado los eones necesarios... ¡pero parecía ser su única esperanza!


Malsenn extrajo toda la variedad de equipo microelectrónico que llevaba invariablemente incorporado a sus dientes y ropa interior y se puso a trabajar con su caja de microherramientas. Microdestornilladores, micromartillos pilones, microserruchos... todo fue utilizado en el curso de su laboriosa construcción de una cámara de hibernación improvisada, un ordenador de varios megabites improvisado y una almohada improvisada. Más pronto o más tarde las aleatorias leyes del azar debían hacer que una réplica del Ratoncillo Estelar fuera emitida por la singularidad... ¡y lo único que debía hacer era esperar! Programó al ordenador para que montara guardia y esperase la emisión de cualquier Ratoncillo Estelar que se presentara, así como la de cierto ingenio distinto que necesitaría... y después apretó el interruptor que le haría caer en trance durante un período tan prolongado que sus whelks de genes alterados tendrían tiempo de desarrollar la inteligencia, echarle una buena mirada a lo que les rodeaba, y empezar una apresurada degeneración antes de que la más pequeña fracción del tiempo necesario hubiera empezado a aproximarse al punto de comenzar a transcurrir... Y, mientras apretaba el interruptor, Malsenn recordó claramente, horrorizado, el ejemplar de la Revista de Física Moderna que se había detenido a contemplar despectivamente una fracción de segundo mientras pasaba a través de 1979 tras haberse ocupado de sus asuntos.

- Oh, no - tuvo tiempo de pensar, antes de que la nada cayera sobre él como un pastel de arroz arrojado desde 10.000 metros de altura.


Pasaron 1010 años. Todas las estrellas del universo acabaron agotándose, y una o dos cosas muy raras brotaron de la singularidad. Cuando habían transcurrido 1065 años, la primera predicción de aquel artículo que había recordado resultó ser cierta: en una escala de tiempo tan vasta toda la materia fluye igual que un líquido, y poco después Malsenn, su ordenador y toda su ropa se habían fundido convirtiéndose en una masa esférica perfecta. Cuando habían pasado 101500 años, varios objetos todavía más extraños pasaron velozmente junto a la pelota, huyendo de la singularidad... y ahora la masa esférica era una masa esférica de hierro más caliente, dado que en semejante escala temporal toda la materia es radioactiva y acaba convirtiéndose en hierro (es sorprendente la cantidad de física que se puede aprender leyendo incluso la peor clase de ciencia ficción). Muchísimo tiempo después sucedió lo inesperado, como debe ocurrir más pronto o más tarde. Debido al más puro y aleatorio azar, un artefacto emergió de la singularidad, un artefacto que muy bien podría haber sido diseñado para devolverle su forma anterior a la masa esférica que en un tiempo fue Malsenn. Desgraciadamente, no había nadie capaz de poner en marcha tal artefacto, y éste se alejó a la deriva hasta que eones después acabó siendo adorado por una raza de whelks inteligentes. A éste siguieron varios fracasos parecidos, hasta que por fin un deus ex machina emergió de la singularidad en perfecto estado de funcionamiento, se puso en marcha y apuntó hacia la dirección correcta. Malsenn fue restaurado instantáneamente a su forma original y su ordenador le despertó de inmediato, pues entre los despojos que orbitaban la singularidad a esas alturas ya había varios Ratoncillos Estelares, así como dos o tres máquinas del tiempo, aunque esas máquinas se encontraban casi ocultas por grandes masas de ediciones de las obras de Shakespeare mecanografiadas por monos. Y así fue como en casi nada de tiempo, relativamente hablando (de hecho pasaron unas cuantas semanas), Malsenn se encontró de camino a una nueva confrontación con Nivek... armado con su nave, una máquina del tiempo y un saco lleno de gránulos de tulio.


La máquina del tiempo empezó a hacer encaje de bolillos con las líneas temporales y la realidad se vio estirada en varias direcciones incompatibles; un hervor de minúsculos agujeros negros fue liberado para perturbar toda la historia conocida (el que aterrizó en Calcuta causó una cierta conmoción), y la mismísima textura del espacio se vio doblada, grapada, cosida, encuadernada y mutilada: cuando Malsenn terminó con ella, los restos se encontraban francamente desgastados, y a partir de entonces hubo que manejarlos con mucho cuidado.


- ¡No tan deprisa! ¡No tan deprisa, demonio! ¡Contra la pared! ¡No toques ese botón! - Y, diciendo esas palabras, Malsenn irrumpió en la sala de control secreta de Nivek, astutamente ubicada en el núcleo de Betelgeuse, lo cual había costado una auténtica fortuna en aire acondicionado. Incluso su mente concienzudamente entrenada había necesitado diez minutos para deducir su localización -. ¡Ja! ¿Cómo podías imaginarte que era posible derrotar a un Agente Cósmico? ¿Cómo podías imaginarte que volvería para frustrar tus sucios planes? Y ahora, manténte bien lejos de ese botón...

Nivek sonrió con una de sus peores sonrisas, y la más que maltratada textura del espaciotiempo tembló un poquito.

- Jie, jie, jie - dijo.

- ¿Por qué sonríes? - inquirió Malsenn.

- Porque hace varios minutos que apreté el botón.

Malsenn se lanzó hacia el Ratoncillo Estelar y descubrió que una impenetrable puerta de neutronio le bloqueaba el camino. Para salvar el universo sólo contaba con su pistola lanzarrayos, que nunca le había fallado, su saco con gránulos de tulio, que todavía no había tenido ocasión de fallarle, y la granada revienta-universos que colgaba de su cinturón. Y allí estaba Nivek junto a su repugnante botella de Klein, sonriendo y con la cabeza llena de pensamientos escatológicos... ¿Sería éste realmente el fin? Las cosas ya estaban abultándose con un brillo tembloroso a medida que el universo duplicado empezaba a materializarse dentro de los mismísimos confines del original. Sólo Malsenn no estaba siendo duplicado, ya que había estado ausente durante el inicio del proceso. Y de repente una cegadora comprensión iluminó su mente, una comprensión tan inesperada y deslumbrante como una amnistía fiscal: ¡la solución estaba en sus manos! En unos pocos segundos le había quitado el seguro a la granada revienta-universos, metiéndola en la mano de Nivek y conceptualizándose en el seguro refugio de la iridiscente botella de Klein. Y, justo cuando cerraba el tapón a su espalda, la granada estalló con un chasquido apagado y no hubo más universo.


- No hubo más remedio que destruir el universo para salvarlo - dijo Malsenn con voz abatida, mientras el nuevo esquema de las cosas completaba sin oposición alguna su viaje hacia la existencia y empezaba a lamentarlo. El nuevo Nivek, tan aturdido por la maniobra de Malsenn como el antiguo, fue fácilmente reducido tras una breve lucha que destruyó toda la base secreta y provocó una erupción solar con la forma de un ademán rigeliano particularmente feo.


De regreso a la nueva y mejorada Tierra, Malsenn le narró sus hazañas cósmicas a la nueva versión de Laura (cuyos bostezos de agudo entusiasmo parecían ser los mismos de siempre).

- Pero - le dijo ella, asombrada -, ¿por qué sigues llevando ese saco con veinte kilos de gránulos de tulio?

Malsenn le dirigió una sonrisa enigmática.

- Bueno, tengo la corazonada de que algún día me resultarán muy útiles.


En lo alto, sin armar jaleo, las estrellas estaban volviendo a encenderse una a una.


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